Poemas de Carolina Coronado
Poemas de Carolina Coronado (1820-1911), la voz lírica más representativa del Romanticismo español y una precursora del feminismo literario. Extremeña de nacimiento, rompió con los moldes de su época al liderar la «Hermandad Lírica», una red de apoyo entre escritoras que desafiaba el aislamiento intelectual femenino.
Su obra, encabezada por Poesías (1843), destaca por una sensibilidad espiritual y naturalista, empleando símbolos como la flor para explorar la fragilidad y el destino de la mujer. No fue solo poeta; cultivó la novela histórica y el teatro, integrando siempre una aguda crítica social contra la opresión de género. Su estilo, caracterizado por una espontaneidad reflexiva, influyó notablemente en Bécquer. Con una vida marcada por la melancolía y el misticismo, Coronado se consolidó como una figura clave en la modernización de la lírica castellana.
A Alfonso de Lamartine
Libre será la voz, fuerte el aliento;
sonoro el instrumento
que vuestro canto, Alfonso, han sostenido,
cuando torpe y doliente
la humanidad presente
al inaudito son se ha conmovido.
De pueblo en pueblo, hasta el confín de España
llegó la voz extraña,
de ese mi pobre valle, nunca oída,
y aun del valle tranquilo
en el oscuro asilo
con entusiasmo ardiente fue acogida.
Poco de claras letras entendemos
las hembras que nacemos
en el rincón, sin luz, de humilde villa;
y poco nos cuidamos
de ésos que no estudiamos
volúmenes de Francia o de Castilla.
Tardo, como de sordos, el oído
apenas el sonido
del agudo talento ¡ay! nos alcanza;
y turbios nuestros ojos
ven siempre con enojos
las luces del saber, en lontananza.
Postrado el femenil entendimiento
en hondo abatimiento
las vidas silenciosas consumimos;
ajenas a la fama
con que la tierra aclama
los sabios cuyas lenguas no entendimos.
Mas, una rara historia desdoblamos
en cuyo centro hallamos
impresos nuestros propios corazones,
y ansiosas, palpitantes;
con ojos anhelantes
cruzamos, sin descanso, sus renglones.
De lágrimas, Señor, la vena rota
vierais, gota por gota
las páginas bañar de vuestro escrito:
las almas inflamadas
vierais arrebatadas,
de gratitud, alzarse al infinito.
Vos solo revelasteis sentimientos
que nunca los acentos
de nuestros pechos modular osaron:
sólo en los labios vuestros
los infortunios nuestros
hoy sus fieles intérpretes hallaron.
¡Cuánto sabéis de penas femeninas!
¡Cuán puras y argentinas
corrientes de palabras generosas,
tierno y profundo sabio,
manan de vuestro labio
y alivian nuestras almas fatigosas.
La escala de las penas de la vida
tan larga y tan sentida,
habéis en nuestra historia recorrido,
y con distintos sones
todos los corazones
vibrando fuertemente han respondido.
Dicen que explica para docta gente
política eminente
de vuestro libro la preciosa historia:
dicen, que en las naciones
turbulentas pasiones
se levantan en torno a vuestra gloria.
Rudas, señor, y frívolas mujeres,
de los ilustres seres
los encumbrados juicios no alcanzamos;
pero las almas puras
de las buenas criaturas
mil votos por instinto os consagramos.
Os alaben los pueblos oprimidos
porque habéis sus gemidos
con soberano esfuerzo levantado,
y humíllense en la tierra
los que movieron guerra
al valiente pendón que hais tremolado.
La patria que en sus ínclitos blasones
muestra Napoleones,
láurea corona en vuestra sien suspenda;
mas, permitid que os lleve,
Señor, aunque tan leve,
el arpa femenil, su justa ofrenda.
¿Pues no somos también seres humanos?
¿No son nuestros hermanos
los que osáis ahogar por nuestras vidas?
¿No debemos cantaros
y las manos bañaros,
de lágrimas, señor, agradecidas…?
Suban entre el ferviente clamoreo
del aplauso europeo
nuestros votos también a vuestro oído,
como sube al ambiente
con la voz del torrente
el trino de la alondra confundido.
Hoy estamos del mundo en las regiones
hembras, niños, varones,
a general concierto convocados,
caiga perpetua mengua
sobre aquél cuya lengua
por vos no rompa en himnos acordados.
Del femenino coro aun el acento
embarga el sentimiento,
ya cantaros, Señor, vengo yo sola;
oídme con dulzura,
que es verdadera y pura
la ardiente bendición de una española.
Vos sois francés; la Francia os merecía;
pero no es patria mía,
y al ensalzar vuestro glorioso nombre
añado tristemente:
¡Oh Dios omnipotente!
¿Por qué no es español tan grande hombre?
A Ángela
Ángela, melancólica mi alma
hacia tus brazos encamina el vuelo
ansiosa de encontrar en ellos calma.
Que, siempre son los ángeles del cielo
ésos que nos arrullan blandamente
y nos prestan reposo y dan consuelo.
Tú tienes una voz que el ruido miente
de las sencillas tórtolas, y el eco
del murmurar tranquilo de la fuente,
Y aunque en el pecho de inocencia seco
no halle lugar tan cándido sonido
halla en el mío dilatado hueco.
Si, yo mi juventud no he consumido,
conservo la ilusión y el sentimiento
y aun puedo al tierno amor prestar oído:
Ora célebre amor tu tierno acento,
ora te duelas dél, siempre te escucha
mi enternecido corazón atento.
Y si en el siglo de ambición y lucha
consuelo mutuamente no nos damos
de nuestras almas a la pena mucha,
Ángela, ¿con el llanto a dónde vamos?
¿Hacia dónde el amor sencillo y bello
de nuestra musa juvenil llevamos?
De rosas y jazmines el cabello
te puedo coronar, sino ambiciosa
por ceñir el laurel doblas el cuello:
Yo quiero consagrar mi edad penosa
a celebrar las cándidas doncellas
que sólo en su amistad mi alma reposa;
Entusiasmo y virtud encuentro en ellas
y en sus arpas dulcísimas y santas
el consuelo y la paz de mis querellas.
Por eso vuelo a ti, que tierna cantas
a Dios ya los amores de mi vida
raudal perpetuo de emociones tantas.
Por eso ya sintiéndome abatida
el alma hacia tus brazos encamino
porque en ellos la des bella acogida.
Más precio yo tu arrullo peregrino
que de las trompas bélicas los sones
donde horribles batallas imagino,
Más precio yo, doncella, tus canciones
que los oscuros libros de la historia
donde jamás hallé sino borrones;
Más precio de amistad la suave gloria,
más de mis compañeros la sonrisa
que del mayor guerrero la victoria.
De dos en dos, las tórtolas, poetisa,
cantan sobre los rudos encinares
mecidas en sus ramas por la brisa:
Así das tú compaña a mis pesares
aliento a un pecho lánguido infundiendo
con el celeste ardor de tus cantares…
Ya no sufro; mis párpados cayendo
a tu benigno influjo, dulce amiga,
poco a poco y mi espíritu adurmiendo
en tus brazos se van… ¡Dios te bendiga!
A Cádiz
No es sueño, es la verdad ¡oh mar! te veo…
no es sueño, es la verdad, ¡estoy contigo!…
no es sueño, es la verdad, tus ondas sigo
y sacio en contemplarte mi deseo;
aquí está la verdad en que yo creo,
aquí habita el Señor que yo bendigo,
y siento entre estas vívidas montañas
el hondo palpitar de sus entrañas.
¡Tú eres el mar!… ¡el mar!… no eres el río;
el horizonte con tus brazos llenas,
y en vez de murmurar bramas y truenas
maravillando el pensamiento mío,
pero en tu seno con placer confío
recuerdos, dichas, esperanzas, penas,
sin que un instante me acobarde el miedo
de que en tus ondas sumergirme puedo.
¿Miedo de ti? ¿Por qué? ¿No es de la tierra
de dónde vengo yo? ¡Por qué temerte!
¿Amenazas tú más que con la muerte
ni tienes sino el agua que dé guerra?
¿En dónde tu maldad ¡oh mar! se encierra
para que así nos acobarde el verte?
¿Qué me puedes hacer? ¿Tragar mi barca?…
La Francia se ha tragado a su monarca.
¿A dónde vais, pobres gaviotas,
huyendo así del horizonte oscuro?
¿No teméis el morir al pie del muro
en sangre tintas vuestras alas rotas?
Hubo una edad entre las más remotas,
en que la tierra fue asilo seguro;
pero lanzados ya de aquel asilo,
el torrente del mar es más tranquilo.
¡Ah! yo no sé; pero al mirar de lejos
la vasta soledad del agua hermosa,
me siento de vosotras envidiosa
que podéis habitar en sus espejos;
los marinos nos dan tristes consejos,
porque huyamos del agua borrascosa;
pero al lanzarnos de tan bella casa,
no saben ahora lo que en tierra pasa.
¡Cuánto más blando el mar que nos rodea,
aunque el torrente abata vuestros vuelos,
será que las pasiones, los desvelos
de esa región que a nuestra vista humea!
¡No os vais del mar! El alma se recrea
soñándose suspensa entre dos cielos,
y si no tengo yo en las verdes salas,
menos debéis temer que tenéis alas.
¿Qué he de temer? ¿Que el mar en sus extremos
de sal inunde mi entreabierta boca?
¡La sed que en medio el agua nos sofoca
en la salada lluvia saciaremos!
Más salado es el llanto y lo bebemos
en tierra seca, y no en corriente poca,
siempre con ansia igual, con igual daño
un día y otro, uno y otro año.
¡Oh mil veces feliz ave y marino,
que cruzan sin temor esas montañas,
y más dichosa tú la que te bañas,
Cádiz, en ese golfo cristalino!
Allá te veo entre el flotante lino
salir, hermosa, honor de las Españas,
cual salen las palomas por el río
cuando a bañarse van en el estío.
Hija de las entrañas de Océano,
como sus conchas y sus peces eres,
y las que guardas célicas mujeres
son perlas escogidas por tu mano,
a bordo de tu buque soberano
Siempre embarcados, tus felices seres,
Gozan en paz de la ilusión divina
De este viaje que jamás termina.
Cuando del muro los estrechos lazos
salta y el onda tu cabeza baña,
dicen que quiere con terrible saña
tragarte el mar en míseros pedazos,
pero es que te acaricia entre sus brazos
como a sus tiernos hijos la alimaña,
y cuando más parece que te abruma
te da la leche de su blanca espuma.
¡Ciudad de torres solitaria y bella!
todo es hermoso en tu recinto amigo;
el pobre halla limosna y halla abrigo,
y aun da a otros pobres el sobrante de ella.
Cuando me lleve mi contraria estrella
lejos de ti; me soñaré contigo…
si es que duerme bastante para el sueño
quien nada espera dulce ni risueño.
¡Ah, sí! me queda la ilusión divina
de este mar tan inmenso y tan profundo,
donde ha de hallar, al fin, descanso el mundo
cuando lo quiera Dios. Alma vecina
del mar, mejor comprende y adivina
lo que es Dios, lo que el pueblo moribundo,
que encerrado se agita y despedaza
ser contra ser y raza contra raza.
Ya le voy a dejar, nada en la vida
sino el dolor profundo es duradero,
y por lo mismo que mirarlo quiero,
tengo que darle ya mi despedida;
todo placer va siempre de partida
muy pronto por la vida, muy ligero,
y basta que la mar mi encanto sea
para que nunca más su encanto vea.
¡Adiós, amigos!… ¡tierra hospitalaria!…
Las lagrimas más dulces que he vertido
¡oh Cádiz, Cádiz! en tu seno han sido;
y si en medio del agua solitaria
ves en el barco un rostro, que afligido
te mira, yo seré que entre la varia
gente y la nube del vapor que humea
«¡Adiós, adiós, diré mientras te vea!»
A Cesarina
¡Que teniendo, Cesarina,
en tu hermosísimo rostro
ojos tan claros y bellos
me mires con malos ojos!
¡Que siendo risueño y blando
tu semblante para todos,
doncella, para mí sólo
haya de ser duro y hosco!…
—¿Celos de mí? ¡Virgen Santa!
¿Pues qué amador hay tan loco
que dude que con tu busto
competir no puede otro?
Bajo melena dorada,
sobre cuello delicioso,
con su cutis de azucena,
con su matiz de pimpollo
¿cómo hallar teme rivales
entre mujeres tu rostro
si juzgo que entre los ángeles
no los hallará tampoco?
¿No es por mi faz?… ¿por mi lira?
¡Oh demencia! ¿Te da enojos
un pedazo de madera
con unos bordones toscos
donde canto unos romances
que desoye el mundo todo,
porque una mitad no atiende
y la otra mitad es sordo?
¡Cómo el amor enajena!
¡Cómo los celos son topos
cuando ignoras que esa lira
vale entre los hombres poco!
Siquiera fuese mi canto
dulce, apacible, sonoro;
siquiera tierno y vibrante
alzara sublime tono,
entre escuchar sus conciertos
y mirar tus lindos ojos
no vacilara, alma mía,
el galancete más docto.
Brillante luz es el genio
mas si no tiene un contorno
lucido el fanal que encierra
ese vivo meteoro,
Cesarina, de sus rayos
teme las heridas poco
que aman los hombres al genio…
si el genio tiene tu rostro.
A Cuba
Cuando los recios vientos se embravecen,
cuando mugen los mares irritados,
cuando estallan con furia los nublados,
cuando las olas borrascosas crecen,
cuando los buques míseros perecen
por las revueltas ondas anegados,
cuando la Europa envuelta en la tormenta
traba en la oscuridad lucha sangrienta;
Barca dichosa en medio del Océano,
tú sola vas del huracán segura:
Francia se anega, y en la noche oscura
el rayo incendia el pabellón romano;
y oyes los gritos del naufragio humano,
y te duele tal vez su desventura,
¡ay! cuando ves de las antiguas zonas
por la espuma del mar flotar coronas.
Y ves como cadáveres perdidos
al agua nuestros pueblos arrojados,
y ves como timones destrozados
los cetros a las playas sacudidos;
y a los que, aún viven, en el mar hundidos,
por los marinos monstruos devorados,
y como barco que encalló en la arena
a España inmóvil junto al mar que truena.
Y te contemplas tú, y en el espejo
de tus serenos mares retratada,
de la luz juvenil por el reflejo
ves tu belleza pura, inmaculada:
y de la Europa con el rostro viejo
a la fealdad rugosa comparada,
entre perlas tu hermoso cuello engríes,
y de lástima acaso te sonríes.
¡Oh ¡cuánta es tu beldad, cuál tu riqueza!
¡oh! ¡cuánto es tu esplendor, hija de España!
por eso están los buzos de Bretaña
asomando a tus golfos la cabeza…
Mas no serán ¡oh perla! tu belleza
y tu valor de su codicia extraña;
pues antes que cedérsela al britano
nos tragará contigo el Océano.
Dicen que tienen sobre tres castillos,
de los mares enmedio levantados,
a los reinos del mundo aprisionados
del oro del Perú con los anillos;
y que van a engarzar nuevos zarcillos
a la reina feliz de sus estados,
si la prenda mejor que la engalana
hurtan a la corona castellana.
¡Ah! bien los oigo por la noche oscura
cuando te entregas a tu sueño blando,
en la vecina costa murmurando
cantos de seducción a tu hermosura
«Despierta, dicen, reina sin ventura,
esclava del poder de San Fernando,
que ya de libertad llegó la hora
y ya puedes reinar, ya eres señora.
»Si hubieron cetro tus antiguos reyes,
¿por qué el yugo sufrir de la extranjera?
Si tú le puedes dar al mundo leyes,
¿por qué no alzar tu nacional bandera?
¿Serán tus hijos como pobres bueyes,
cuyo trabajo a la comarca ibera
dará las mieses de tu campo ameno,
mientras ellos no más pacen el heno?»…
Pero adormida tú, nunca a su canto,
inocente beldad, prestes oído;
¡ay de tu corazón si seducido
pierde la dicha de candor tan santo!
¡ay si de España el amoroso manto
donde por tantos años has dormido,
loca rasgando tras la voz que miente
te, osaras aclamar independiente!
Pobre beldad, despojo del pirata,
ese mismo cantor que te enamora
te forjará en su harem, altiva mora,
recias cadenas con tu misma plata;
y ese brillante espejo que retrata
tus fiestas y tus náyades ahora,
por sus navales guerras empeñado
reflejará tu rostro ensangrentado.
¿No eres libre y feliz? ¿No estás contenta
mientras nosotros sin cesar lloramos?
Mientras nosotros viejos peleamos
¿no estás joven, tranquila y opulenta?
¿No nos ves en la noche turbulenta
que en las rocas del mar nos estrellamos,
que vamos a morir ya sin consuelo
mientras serena tú cruzas el cielo?
¿No ves nuestros monarcas fugitivos?
¿No ves nuestros pontífices huyendo?
¿No ves a Europa, cuya hoguera ardiendo,
se sustenta con carne de los vivos?
¿Serán nuestros dolores incentivos
que te harán suspirar por el estruendo
y del infierno con que Europa lidia
América, gran Dios, tendrás envidia?
Cuentan los sabios que en la noche vienen
espíritus lanzados del profundo,
que la ruina del antiguo mundo
con acentos fatídicos previenen…
y que, será verdad… y que, ellos tienen
miedo del pueblo loco y moribundo,
que entre las ansias ya de la agonía
llama a la libertad con voz tardía…
Y que a su triste voz vendrán las fieras
de esas comarcas tras la muerta gente
a hundir en sus cadáveres el diente
hozando entre su sangre sus banderas;
y que allá en las edades venideras
irán los peregrinos de Occidente
enseñando al francés en su ignorancia
a qué desierto se llamaba Francia.
Y a contar al inglés, que oyendo atento
de su patria estará las aventuras,
en qué vasto erial, en qué llanuras
la populosa Londres tuvo asiento:
cómo en chozas buscaron aposento
los hombres que habitaban las alturas,
y cómo sus magníficos vapores
se tornaron en barcos pescadores.
Y que, así como queda por los huertos
si la sacude lluvia anticipada,
no madura la fruta abandonada,
España quedará por los desiertos…
¡España con la sangre de sus muertos
hijos queridos, sin sazón regada,
que sacudida al golpe de la guerra
sin madurar se pudrirá en la tierra!…
Mas, que primero aquellos que con vida
queden en los desiertos europeos
recogiendo sus libros y trofeos
irán a tu ciudad esclarecida;
y que en vez de la historia entretenida
que nos enseñan hoy de los hebreos
la nuestra en este libro han de enseñarte
«Vida de Hernán Cortés y Bonaparte».
Por eso aguardas tú como heredera
a que exhalemos el postrer aliento,
y ves rodar al pie de tu palmera
nuestras hojas de acacia por el viento:
porque has de trasplantar en tu pradera
a este mundo arrancado de cimiento,
para que en ese suelo más fecundo
broten las flores del antiguo mundo.
Por eso alhajas tu preciosa villa
para hospedar a nuestras pobres gentes,
por eso a tus hermanos de Castilla
les preparas caminos relucientes;
por eso a tus mares a la orilla
guardas entre tus palmas reverentes
¡isla de salvación del pueblo ibero!
las reliquias del náufrago primero.
¡Cortés, Cortés! que le legó su gloria,
Cortés que prefirió tu cementerio,
la existencia en el mundo transitoria
temiendo sabio del anciano imperio,
la tumba de Cortés en tu hemisferio
de nuestra santa unión es la memoria;
¡sus huesos son de nuestra fe la prenda!
¡maldito el indio que sus huesos venda!
A dónde estáis, consuelos de mi alma
¿A dónde estáis, consuelos de mi alma,
cantoras de esta edad, hermanas mías,
que os escucho sonar y nunca os veo,
que os llamo y no atendéis mi voz amiga?
¿A dónde estáis, risueñas y lozanas
juveniles imágenes queridas?…
Yo quiero veros, mi tristeza acrece
la soledad mi padecer irrita;
a darme aliento a mitigar mi pena
venid, cantoras, con las sacras liras.
He visto alguna vez que al cuerpo herido
flores que sanan con su jugo aplican,
de mi espíritu triste a la dolencia
yo le aplicara la amistad que alivia.
Flores, que la salud de pobre enferma
pudierais reanimar con vuestra vista,
¿por qué estáis de la tierra en el espacio,
colocadas tan lejos de mi vida?…
Ése es, cantoras, de infortunio el colmo,
ésa en el mundo la mayor desdicha;
sufrir el mal, adivinar remedio
y no lograrlo cuando el bien nos brinda.—
No he de lograrlo sola y olvidada,
como el espino en la ribera umbría,
de mi cariño las lozanas flores
lejos de la amistad caerán marchitas.
Nunca os veré; mi estrella indiferente
no marca en mi vivir grandes desdichas,
pero tampoco ¡ay Dios! grandes placeres,
tampoco venturosas alegrías.
¿Qué valen las desgracias si a sus horas
de tormentoso afán sigue la dicha?
Es menos bella la existencia, hermanas,
pálida, melancólica, indecisa;
que no tenga un azar de los que rinden
ni una felicidad de las que animan.
¡A Dios, auras de abril, rosas de mayo,
cantoras bellas de la patria mía!
Yo no puedo estrecharos en mis brazos,
yo no puedo besar vuestras mejillas;
pero al ardiente sol mando un suspiro
y a la luna, al lucero y a la brisa
para que allá, donde en la tierra os hallen,
lo lleven en sus alas fugitivas.
¿Qué dais, hermanas, de mi amor en pago?
Dadme canciones tiernas y sencillas
reflejo puro de las almas vuestras,
consuelo activo de las ansias mías;
y así podré exclamar «¡nunca las veo,
sin verlas moriré, mas logro oírlas!»
¿A dónde vas ¡oh rey! con tus pesares?…
¿A dónde vas ¡oh rey! con tus pesares?
¿No sabes que en los mares
aun la roca inmortal de Santa Elena
te brinda con su asilo?
¿que allí lecho tranquilo
tienes guardado en la caliente arena?
Aun hallarás la arena removida
con la huella atrevida
de otro Napoleón, que destronado
fue también a esa tierra;
aun su lauro de guerra
los trópicos allí no han marchitado.
Tú no fuiste a insultar con tus trofeos
los muertos Ptolomeos,
ni entre el eco marcial de los cañones
ligero cabalgando,
cadáveres hollando,
has llevado el terror a las naciones.
Mas tú, sin esgrimir hierro iracundo,
dabas leyes al mundo,
y a una mirada sola que lanzaban
tus ojos indignados,
los tercios espantados
el acero a tus plantas humillaban.
Y ¿piensas tú que el mundo te perdona
que unas genio y corona
y gobernando sin temor ni traba,
des a tu antojo, leyes
y domines los reyes,
y a Europa tengas de tu mente esclava?
…Ve, rey, a descansar. Londres te espera
como una hambrienta fiera
para tragar de Francia los despojos;
ella que hundió en la tierra
vuestro genio de guerra,
también a ti te cerrará los ojos.
Rivales en lo eterno ambas naciones
con dos Napoleones,
de la guerra y la paz a ti te halaga
¡oh Francia! la fortuna;
mas ¡ay! tú eres su cuna
e Inglaterra es la tumba que los traga.
A Elisa
En buen hora llegaste, compañera,
la desdeñosa irónica sonrisa
que tan amarga para el alma era
cesa ya de afligir a la poetisa;
rompimos el concierto muy aprisa
sin aguardar compás en nuestra era
y las damas cerraron los oídos
y el sexo fuerte prorrumpió en silbidos.
«¡Extraño caso! ¡una mujer que canta!
Tan sólo oímos la mujer que llora».
Eso gritaron los que aplauden ora
con tanto bravo y con palmada tanta:
¡fuerza de la opinión cómo quebranta
la ley de muchos siglos triunfadora
y lo que ayer fue arroyo es hoy torrente
marchando de los tiempos la corriente!
No conquistó Pizarro el pueblo de oro
con más fatiga, con mayor quebranto
que de elevar al aire el pobre canto
la libertad nuestro sencillo coro;
sonó la voz pero sonó entre lloro,
porque al fin de las hembras es el llanto,
y cantar sin gemir, cantar placeres
es propio de varón, no de mujeres.
Porque lo sabes ¡ay! nuestra es la pena;
el mayor infortunio en las naciones
herencia de mujer, no de varones,
no podrán usurparnos la cadena;
ven conmigo a gemir en hora buena
y a defender, amiga, estos blasones
de tristeza y sentir y mala suerte
que no nos puede hurtar el sexo fuerte.
¿Cómo formar jamás esa armonía
de gracioso contraste, compañera,
si la mujer humilde no gimiera
mientras el hombre soberano ría?
Canta la vida triste, amiga mía,
que ellos deben cantar la placentera,
y pues que suyos son placer y risa
que le dejen el llanto a la poetisa.
No ha de mudar la ley volcar el trono
de las dolientes hembras el gemido,
ni el gobierno en los hombres repartido
ha de ceder el mundo en nuestro abono;
¡ni le plegue el Señor! en abandono
quede primero el sexo y confundido
que en la palestra pública lanzado
intrigante, ambicioso, arrebatado.
Para oprimir al pueblo el hombre hasta;
no los yerros del mundo acrecentemos,
no en la tribuna ni en la lid busquemos
renombre duro a nuestra blanda casta;
de la bandera nacional el asta
en los brazos endebles que tenemos
presto al suelo con nos diera y consigo
dejando el reino libre al enemigo.
¡Oh no! jamás. —En la modesta casa
por toda gloria nuestro canto alcemos
y del soberbio dueño conquistemos
el privilegio de llorar sin tasa;
que siempre habrá de ser la vena escasa
por mucho, compañera, que lloremos
para gemir del hombre el cruel dominio
sus ímpetus de sangre y de exterminio.
¡Ojalá cuando en guerra desastrada
se despedazan cual salvajes hienas,
pudieran estas lágrimas serenas
su mejilla bañar seca y tostada!
¡Ojalá cuando, en ley desesperada,
lanzan al reo bárbaras condenas
sobre el peligro al tender rasgo inhumano,
regarán estas lágrimas su mano.
Cuando nos oigan, cuando el loco orgullo
ceda del hombre en nuestro siglo ciego,
no estéril ha de ser el dulce riego
que hoy brota en melancólico murmullo;
nueva generación, ora en capullo,
crecerá, se alzará, brillará al fuego
del maternal amor; sol refulgente
que aun anublado está en la edad presente.
A Emilio dormido
¡Cuál brilla su alba frente
de angélica pureza!…
¡Cuál vierte su mejilla
el candor infantil!
Exhalan el aliento
sus labios bulliciosos
más dulce que las auras
del aromado abril.
Entre rosado velo
de púrpura y de flores
protege su descanso
el ángel de la paz.
Y vaga cariñoso
en torno de su cuna
y halaga blandamente
su adormecida faz.
Y coronó su lecho
de blancas azucenas,
y coronó su frente
de rosas y azahar.
Silencio… que no turbe
ninguna voz humana
su plácido sosiego,
su blando dormitar.
A España
¿Qué hace la negra esclava, canta o llora?
Tú, Europa, gran señora,
que a tu servicio espléndido la tienes,
responde, ¿llora, canta,
o dormida a tu planta
apoya ora en tus pies sus tristes sienes?
Yo que en su misma entraña me he nutrido
y en su pecho he bebido
su ardiente leche, con amor la adoro,
y por saber me afano
si al pie de su tirano
reposa, canta o se deshace en lloro.
Venga el pueblo que a madre tan querida
debe también la vida,
las nuevas a escuchar, que de su suerte
por caridad nos diga
la señora enemiga
de quien vive amarrada al yugo fuerte.
Oigan los hijos de la negra esclava
lo que orgullosa acaba
de transmitir su dueña a las naciones,
para que mofa sea
del mundo que la vea
sufriendo eternamente humillaciones.
Dice, que por nodriza solamente
al Norte y al Oriente
conducen a la madre, cuyo seno
a mucha boca hambrienta
sin cesar alimenta
con la abundancia que lo tiene lleno.
Y nos dice también que latigazos
la dan con duros brazos
los hijos de Bretaña y del Pirene,
después de haber sacado
al seno regalado
el jugo que los nutre y los sostiene.
Y se atreve a decir la fiera dueña
que en rendirla se empeña,
dejándola cansada, enferma y pobre,
para que no en la vida
emprendiendo la huida
su independencia y libertad recobre…
¿No tenemos un Cid? ¿No hay un Pelayo
que nos presten un rayo
de indignación, con que a librarla acuda
ese pueblo indolente,
esa cobarde gente,
egoísta, ambiciosa, sorda, muda?
¿Dónde está la bandera, caballeros,
que dos pueblos enteros
con su anchuroso pabellón cubría?
¿dónde los castellanos
en cuyas fuertes manos
la enseña nacional se sostenía?
Ya no hay bandera; el pabellón lucido
en trozos dividido
como harapos levanta nuestra gente
sin escudo y sin nombre,
sirviendo cada hombre
de caudillo y de tropa juntamente.
Cual árabes errantes, cada uno
sin domicilio alguno
vagan los desdichados en la tierra,
huyendo del vecino
que hallan en su camino
por no poder marchar juntos sin guerra.
Quién levanta su tienda de campaña
en un rincón de España
y por su rey a su persona elige,
y quién sobre la arena
traza, escribe y ordena
las leyes con que él sólo se dirige.
Y quién burlando al Dios de sus abuelos
nombra para los cielos
otro señor que nos gobierne el alma,
juzgando la criatura
que siendo el Dios su hechura
más fácilmente alcanzará la palma.
Patria, leyes y Dios, siervo y monarca
el español abarca
refundiendo sus varias existencias
en el cerebro loco
para quien juzga poco,
de esa inmensa reunión, cinco potencias.
¡Soberbia, necia vanidad mezquina
que a padecer destina
la soledad, el duelo, el abandono
a esa España afligida
que siempre desvalida
se ve juguete de extranjero encono!
Ha menester alzarse una cruzada,
ha menester la espada
blandir al aire la española tropa,
los reinos espantando
para salvar luchando
a ésa que gime esclava de la Europa.
Mas ¿dónde habéis de ir, tercios perdidos,
de nadie dirigidos,
marchando sin compás por senda oscura
con rumbo diferente,
a dónde, pobre gente,
a dónde habéis de ir a la ventura?
¿Resucitó Cortés, vive aún Pizarro,
o de encarnado barro
queréis poner vestido de amarillo
un busto en vuestro centro
por que al primer encuentro
vengan rodando huestes y caudillo?
Nunca se lanza el águila a la esfera
sin medir su carrera;
nunca el toro acosado en la llanura
rompe en empuje fiero
sin pararse primero
a reforzar su aliento y su bravura.
Unid el pabellón roto en pedazos,
enlazad vuestros brazos,
a un mismo campo el español acuda,
y al brindar la pelea
que un mismo nombre sea
el que invoquéis a un tiempo en vuestra ayuda.
Así de negra esclava que es ahora
será España señora,
por vosotros del yugo rescatada,
y al abrigo del trono
con soberano tono
de los pueblos servida y respetada.
Así ¡ay! de infeliz que hoy se presenta
será España opulenta,
por vosotros no más enriquecida,
bella y engalanada,
de laurel coronada,
respirando salud, contento y vida.
¡Veréis como ya entonces no la insultan
los que su diente ocultan
entre sus pechos, con hambrienta boca,
después de haber sacado,
su jugo regalado,
llamándola salvaje, necia y loca!
Veréis ¡oh! como entonces las banderas
de aquellas extranjeras
que la trataron con tan dura saña,
inclinando su frente,
con voz muy reverente
la dicen al pasar —«Salud, España»
A Herminia
¿No ves qué tierra, qué cielo,
uno azul, otra florida?
¿No ves qué estrellas, mi vida,
no ves qué luna, qué sol?
¿No ves qué hermoso es el suelo
donde Dios te ha confinado?
Es fecundo, es dilatado,
es soberbio, es…. ¡español!
Yo no vi de ese paisaje
sino el rincón por su extremo;
mas no hay duda que es supremo
cual su tinta su pincel;
pues, el lugar más salvaje
de nuestra bella comarca
forma, en los valles que abarca,
a España rico dosel.
Por cada grano de tierra
brota en ella una semilla;
no hay extranjera avecilla
que no nos la venga a hurtar:
los pueblos nos mueven guerra
por sólo pisar a España,
cual transeúnte cabaña
lamiendo el suelo al pasar.
Cuando sacuda tu mente
de la infancia los ensueños,
estos campos tan risueños
y riquísimos al ver;
¿por qué dirás esa gente,
que ha marchado a mi venida,
pasó la preciosa vida
en quejas de padecer?
¿Por qué las tiernas mujeres,
que a mi llegar se alejaron,
tantas lágrimas lloraron
vertidas del corazón?
Si tiene el mundo placeres
y la vida tal encanto,
¿por qué se ha dolido tanto
la muerta generación?
Prende fuego en la montaña
y devasta la pradera;
mas oye a la primavera,
la yerba vegeta más:
así en la guerra de España
que estos seres encendimos
de cenizas os servimos
a los que venís detrás.
¿Sabes tú para que puedas
alcanzar luz en tus días
qué de noches tan sombrías
estamos pasando aquí?
¡Tú que en el valle te quedas
cuando nosotras nos vamos
no sabes cómo le hallamos
al venir antes de ti!
De laureles, de riqueza
de altos honores cargados,
son, Herminia, desgraciados
los hombres de nuestra edad;
de brillantes, de belleza
y de amores circundadas
mujeres muy desdichadas
son las de esta sociedad.
Pero tú que has retardado
más que aquellos tu venida,
vas a encontrar en la vida
más placer, menos dolor;
pues que de España han cruzado
tantos otros el camino,
que sufre ya el peregrino
sus asperezas mejor.
Ya nuestro campo no vemos
salpicado y reteñido
con la sangre que ha vertido
la guerrera juventud;
y ya tranquilos podemos
elevar nuestras canciones,
sin que vengan los cañones
a atronar nuestro laúd.
Ni ya rechazan del coro
a las cantoras mujeres;
pues al fin que somos seres
de la especie racional,
en este siglo sonoro
los españoles declaran…
¡Qué indulgencia!… y nos preparan…
¡Qué dicha!… lauro inmortal.
Pero es tarde, Herminia mía,
tarde ya para esta gente,
que ha pasado tristemente
lo mejor de su vivir;
esa naciente alegría
que en nuestro pueblo resuena
no basta a calmar la pena
que venimos de sufrir.
De las pasadas tormentas
naves nosotras heridas,
vamos a quedar sumidas
presto en el revuelto mar;
pero tú, que apenas cuentas,
Herminia, trescientos soles,
a los puertos españoles
logras a tiempo arribar.
¡Quiera Dios que la bonanza
con que empieza tu fortuna
como te mima en la cuna
te mime en la juventud!
Cada niña una esperanza
de placer es para el mundo:
¡quiera Dios que tú fecundo
manantial seas de virtud!
Que los dulcísimos nombres
que te da el materno anhelo
de serafín y de cielo
vayan de tu vida en pos.
Que embelesados los hombres
al exclamar —«¡qué hermosura!»
añadan siempre:—«¡y qué pura!
¡Bendígate, Herminia, Dios!»
A Isabel la Católica
Si alcanzaran los ojos
a descubrir la inmensa pesadumbre
de los luceros rojos,
en la celeste cumbre
te hallaran con la santa muchedumbre.
En resplandor el oro
trocado de la espléndida corola,
que puso espanto al moro,
a los cielos, tú sola
prestas, más luz que el sol, con tu aureola.
¡Oh tierra gobernada
por tu cetro sagrado y victorioso
cual se miró encumbrada!
¡Oh pueblo venturoso,
oh trono de la Iberia glorioso!
Por ti aquel noble empeño
con fama coronó el pueblo cristiano;
por ti de la mar dueño
el genio soberano,
un nuevo mundo hallo en el Océano.
Mas eran a tu alma
dos mundos en la tierra espacio estrecho,
y una tercera palma
a conquistar derecho
tu espíritu se alzaba a mayor trecho.
Reina a la par y santa,
de majestad en majestad te alzaste,
y hasta do se levanta
el mismo sol llegaste,
y sobre los luceros te asentaste.
¡Oh sacra! ¡Oh gran matrona
de la cristiana grey! ¡Oh reina mía!
Sé tú de la corona
que sustentaste un día,
inexpugnable amparo y guarda pía.
Bendice tú, y alienta
la adorada, infantil, cabeza pura
que hoy tu diadema ostenta,
y bajo la ternura
de tu divino amor crezca segura.
A la amapola
Yo te vi, triste amapola,
de las flores retirada
mecer la roja corola
entre la espiga dorada.
Leve el cuello y hechicero
débilmente se agitaba;
y el cefirillo ligero
en tu seno revolaba.
Del fuego del sol bañada
la cabeza purpurina,
desmayaba sonrojada
sobre la planta vecina.
Y allí entre la rubia espiga
los pajarillos cantores
daban con su trova amiga
a tu belleza loores.
Yo te viera retirada
a la par del rudo espino,
guarneciendo descuidada
el apartado camino.
Al morir la última estrella
extiendes las puras alas;
y a la purpúrea centella
del sol renaciente igualas.
Mas ese tu empeño vano,
y temeraria osadía,
desde el trono soberano
castiga el señor del día.
Que su llama en Occidente
no adurmiera sosegada,
sin dejar tu roja frente
con sus rayos abrasada.
Y de la noche
la fresca brisa
marchita hallara
tu tierna faz.
¡Ay! que tu vida,
flor desdichada,
sólo un instante
brilla fugaz.
Y tu aureola
pura y luciente
desconocida
muere también.
Nace en la aurora,
y al alba nueva
frágil desnuda
tu débil sien.
A la comisión de monumentos históricos y artísticos de Badajoz
A vosotros que dais a lo pasado
un culto apasionado
arrancando; señores, del olvido
las gloriosas hazañas
del pueblo en sus campañas,
batiendo a los franceses atrevido,
A vosotros que un bello monumento
con generoso intento
alzáis sobre los campos de la Albuera,
para que no olvidada
tan famosa jornada
queda en la edad remota venidera,
A vosotros sus tímidos acentos
hoy por breves momentos
a dirigir se atreve mi poesía;
oídme atentamente,
que en mi entusiasmo ardiente
la disculpa hallaréis de mi osadía.
¡Oh sí! que al pronunciar el alto nombre
del más ilustre hombre
que ha visto el sol, mi corazón se inflama,
y juzgo que abrasado
su pueblo idolatrado
también se siente por la propia llama.
Os hablo de Cortés en alabanza,
aunque el numen no alcanza
al remontarse al cerco de su luna:
pues llena de sonrojos
con el llanto en los ojos
he visto al pueblo donde fue su cuna.
Y ¡oh vergüenza! ¡vergüenza! allí olvidada
y a su primera morada
asilo de las pobres golondrinas,
sin un solo letrero
este otoño primero
va a desplomarse en míseras ruinas,
Y ¿qué nos quedará de tanta gloria
si esa débil memoria
furioso el aquilón nos arrebata?
¿Qué de tantos honores
como nos dio, señores,
en cambio le dará su tierra ingrata?
¿No tendrá entre sus mármoles Castilla
una piedra sencilla
donde su ilustre nombre coloquemos?
Con nuestras propias manos
guerreros y artesanos
y… hasta las damas a grabarlo iremos.
Más trabajo, más pena, más fatiga
en la tierra enemiga
pasó el gran capitán por darle sólo
a su patria grandeza
por hacer que en riqueza
fuera el reino mayor de polo a polo.
Por él fue nuestra patria rica y fuerte
por él con tanta suerte
el soberbio cristal del Océano,
surgieron cien navíos,
transportando carguíos
del inmenso tesoro americano.
Ved hoy esas magníficas ciudades
que fueron soledades
tristes ayer alzarse florecientes,
fundadas por su mano,
llevando el nombre hispano
en su poder, en esplendor crecientes.
Él hizo interminable nuestra tierra
con la perpetua guerra,
asolación del pueblo mejicano,
y por él solamente
flota entre aquella gente
la santa insignia del pendón cristiano.
Y ¿se dirá que ingratos y egoístas
sus valientes conquistas
nosotros españoles desdeñamos?
¿Que un puñado de cobre
por una piedra pobre
con voluntad siquiera no le damos?
En tanto que su nombre no ensalcemos
y en Medellín alcemos
un monumento a los brillantes soles
de su gloriosa guerra,
las gentes de esta tierra
¡¡no somos ni extremeños ni españoles!!
A la invención del globo
Águila altiva, que la nube asaltas
y en la cumbre a mirar al sol te atreves;
águila rauda, que los mares saltas
cuando las alas anchurosas mueves;
águila audaz, que en las regiones altas
la hiriente lumbre de los astros bebes;
águila reina, ya tiene el espacio
rival que te dispute tu palacio.
Si hallaras por acaso en tu elemento
veloz cruzando por las propias vías
al hombre que se eleva al firmamento
«vive Dios, al pasar, le gritarías,
que ni libres están, genio avariento,
de tus asaltos las regiones mías;
venció tu brazo cuanto halló en la tierra
¿y ora viene a mover al cielo guerra?»
Sí, sí, corcel para correr el suelo,
ligero pez para salvar los mares,
es águila atrevida para el cielo
el libre ser que en tu camino hallares;
déjale remontar contigo el vuelo
que de estrellas tal vez nuevos millares
cuando más huya la terrestre esfera
va a descubrir en su feliz carrera.
¿Qué vales tú si allá de las alturas
las bellezas que alcanzas no nos cuentas?
¿Qué importa cuanto ves en las anchuras
que mides con tus alas turbulentas
si nuevas no nos das a las criaturas
que estamos de saber aquí sedientas,
si un himno a la creación por obra tanta
jamás tu pico inexpresivo canta?
Mas aquel otro ser que el éter hiende
sube ya a comprender tanta belleza,
y del nuevo prodigio que sorprende
bajará a relatarnos la grandeza;
ya por cima del mundo se suspende
a contemplar la gran naturaleza,
y si le place el mar, su vuelo ataja
y como el ave acuática al mar baja.
Y cual vapor del mar se eleva luego
y con las nubes por los aires gira,
del encendido Can resiste el fuego,
del furioso aquilón sufre la ira;
sus fuertes alas en su presto juego
salvan al hombre que asombrado mira
allá por bajo de sus pies tendido
el monstruo enorme de quien es nacido.
Como naturalista observa atento
de ignorado reptil la forma extraña;
el hombre aquel verá, pegado al viento,
como es la tierra que el Océano baña;
del polo ignoto, de viviente exento,
escrutará, tal vez, la oculta entraña,
y tal verdad puede alcanzar su idea
que la ciencia de ayer fábula sea…
¡Tanto saber…! ¿si escalará tu estancia
esta turba, Señor, de inquieta gente?
¿No pusiste, gran Dios, harta distancia
entre tu solio y nuestro genio ardiente?
No lograremos ¡ay!, por mi constancia
el triunfo de encontrarte frente a frente,
mas libres ya sobre los aires vamos;
¡Gloria porque a tu sol nos acercamos!
A la juventud española del siglo XIX
¡Salud prole gallarda!, salud hijos
en quienes tiene fijos
sus ojos la nación que en vos confía;
las madres orgullosas
sus frases cariñosas
que os trove ordenan en el arpa mía.
«Doncella, -me dijeron-; tú que sabes
de las voces suaves
el sonoro compás, blanda caída;
escoge las más bellas
y fórmanos con ellas
una dulce canción, tierna y florida;
»Hoy regalar queremos los oídos
de los hijos queridos
que alfombran nuestro suelo de laureles».
Yo respondí: «Matronas,
tejed vos las coronas
y yo las llevaré a vuestros donceles».
¿Por qué de aquellas madres la dulzura
y amorosa ternura
de los acentos que por vos elevan,
con la misma armonía
de su ardiente poesía
mis vagos tonos, juventud, no os llevan?
Cantan y lloran, ríen y deliran,
cuando pasar os miran,
sabios mancebos, en lucida tropa;
y ¿no es su orgullo justo?
¿de España el nombre augusto
no defendéis vosotros ante Europa?
¿Quiénes, sino vosotros, han sacado
al pueblo extraviado
en la ignorancia estúpida, al camino?
¿a quiénes hoy debemos
lo que el siglo sabemos
sino al ingenio vuestro peregrino?
Esa ruda corteza que tenía
nunca arrancar podía
de los viejos el pueblo moribundo;
no en sus hombros inertes
en los del mozo, fuertes
un paso más logra avanzar el mundo.
¿No podrá del saber la rica vena
bajo negra melena
juvenil palpitar, que necesita
que las frentes lozanas
se coronen de canas
para ostentarla en la vejez marchita?
¡Si puede, responded, turba gloriosa
a la voz envidiosa
que en el antiguo pueblo se levanta
en boca del que espera
tener en su carrera
al genio que a su ciencia se adelanta.
Dejad al cuervo atrás cansado y ronco
graznar sobre ese tronco
por antiguo en el bosque mutilado,
y, garzas placenteras,
volad siempre ligeras
hacia el árbol que veis recién brotado.
Puedan sus altas ramas algún día,
con verle lozanía
dar sombra a multitud de vuestros nidos
que en sus hojas colgados
los hijos regalados
os guarden de los vientos defendidos.
Flores, aromas, frutos, hermosura,
pompa, galas, frescura
el árbol fecundísimo esparciendo,
¡cuán abundante y puro
para el siglo futuro
su frondoso ramaje está nutriendo!
Hasta el pastor en su gentil corteza
podrá grabar «riqueza»,
hasta las hembras «libertad, ventura»,
hasta los bardos «gloria»,
y hasta «paz», por memoria,
el guerrero esculpir con su armadura.
Para nosotros ¡ay! no bien brotados
sus ramos deseados,
ni sombra prestan, ni nos dan verdores;
y en su blanda corteza
hoy grabamos, «pobreza,
infortunio, baldón, llanto y dolores».
¿No asoma la tristeza a nuestra frente
al ver que solamente
en la vana ilusión de la poesía
tenemos los primores
de esos frutos y flores,
galas, aromas, pompa y lozanía?
¿No sentís vuestra sangre, hijos de España,
hervir con fuerza extraña,
correr desesperada por las venas
al mirar que logramos
en vez de lo que ansiamos
miseria, oscuridad, guerra y cadenas…?
En vosotros no más, gallardos hijos,
tiene sus ojos fijos
la española nación, que en vos confía;
las madres orgullosas
en frases cariñosas
ruegos os mandan por la trova mía.
Yo quisiera saber, como las aves,
de las voces suaves
el sonoro compás, blanda caída,
para daros con ellas
unas canciones bellas
dignas de vuestra mente esclarecida.
Pero está en cabeza el pensamiento
falto de atrevimiento
y en los labios la voz de la poetisa,
de la propia manera
que en la nación ibera
la nueva sociedad, torpe, indecisa.
A la mariposa
Bien hayan, mariposa,
las bellas alas como el aire leves,
que inquieta y vagarosa
entre las flores mueves,
ostentando tu púrpura preciosa.
De blanda primavera
bien haya la callada y fiel vecina,
la dulce compañera
del alba cristalina,
perdida entre la flor de la pradera.
Ligera y afanosa
el prado mide tu inseguro vuelo,
ya huyendo temblorosa,
ya con ansioso anhelo
en las flores vagando codiciosa.
Bien haya el purpurino,
el vaporoso polvo de tus alas,
que al aire de continuo
puro y luciente exhalas
al abrirte en sus ámbitos camino.
¡Ay! goza, mariposa,
la pasajera vida de dulzura,
que vuela presurosa:
goza allá tu ventura,
revolando en la siesta silenciosa.
Apura de las flores
el empapado cáliz que te ofrecen,
y apura tus amores;
que ya en la noche acrecen
del otoño los vientos destructores.
Y eres frágil y bella,
y tu belleza el cierzo descolora.
Si sañudo atropella
tu gala seductora,
ni aun de tu forma quedará la huella.
A la mujer más fea de España
Venid, señora, a escuchar
la unánime votación
que España acaba de dar:
venid; que os va a coronar
FEA por aclamación.
Monstruos mil se presentaron;
mas con voz solemne y clara
los tribunales fallaron,
que otra cara no encontraron
semejante a vuestra cara.
Cual vuestra cara no hay dos:
hay de feas copia extraña,
muchas feas ¡vive Dios!
pero sin disputa vos
sois la más fea de España.
Os dieron la primacía:
señora, ¡cuánto me alegro!
mas, ¡cielos! ¿quién la osadía
de mostrar, cual vos, tendría
ojo azul en campo negro?
¿Quién, no siendo, cual vos, loca
mostrara a la humanidad
boca igual a vuestra boca,
aunque tuviese muy poca
vergonzosa vanidad?
La fealdad tiene pudor;
y yo en el caso presente
(os lo digo sin rencor)
por modestia, por rubor
me escondiera de la gente.
¡Ay! ¡cuánto hacéis padecer,
mostrando vuestra cabeza
al que procura creer
en la belleza del ser,
en su bondad y pureza!
Sois una horrible creación;
porque aun hay cosa más rara
en esa organización:
que tenéis el corazón
mucho peor que la cara.
Todos vuestros pensamientos
son torpes y maldicientes:
aborrecéis los talentos,
las virtudes eminentes
y los nobles sentimientos.
No hay honra libre e vos,
aunque bendita se acoja
al manto del mismo Dios;
porque en medio de los dos
vuestra calumnia se arroja.
¡Ay! ¿por qué si de la huesa,
mala anciana, a un paso estás,
no dejas la humana presa?
¿Por qué en la fama ilesa
te irritas y ensañas más?
Déjame con mi poesía
pasar la vida inocente,
si no quieres que algún día
tu horrorosa biografía
a las criaturas presente.
Aunque no sé si te diga
que es mi más gloriosa hazaña
el que me odie y persiga
como mortal enemiga,
la mujer más fea de España.
A la palma
Alza gallarda tu elevada frente,
hija del suelo ardiente,
y al recio soplo de aquilón mecida,
de mil hojas dorada,
de majestad ornada,
descuella ufana sobre el tallo erguida;
Y arrojando tu sombra allá a lo lejos,
del sol a los reflejos,
al árabe sediento y fatigado,
desdeñosa levanta
tu bendecida planta
en el desierto triste y abrasado.
Allí horroroso el simoon se ofrece,
y tu cima enrojece.
Vertiendo lumbre que la tierra inflama;
y aparece sangriento
el sol desde su asiento
lanzando ardiente destructora llama.
Y tú, entre nubes de encendida arena
majestosa y serena,
o ya del recio vendaval batida,
elevas tu cimera,
orgullosa palmera,
contando siglos de gloriosa vida.
No las tranquilas aguas dulcemente
arrastran su corriente
bajo el dorado pabellón que ostentas;
que, siempre en el estío,
sin fresco ni rocío,
sólo de arena y fuego te alimentas.
Tú, virgen sacrosanta y peregrina,
de las nubes vecina,
tú su signo le das a la victoria,
y corona esplendente
de tus hojas luciente
al héroe ciñes de radiante gloria;
La corona inmortal, que ciñe el hombre
con glorioso renombre
en derredor de la altanera frente,
porque en gigante vuelo
arrebatado al cielo
bebió en la sacra inspiradora fuente.
La corona inmortal, prenda sagrada
del imbécil hollada,
orgullo y ambición del alma inquieta;
escondido tesoro,
brillante más que el oro,
gloria, entusiasmo y vida del poeta.
¿Qué vale de los reyes la diadema
ante el místico emblema
de la noble ambición, genio y poesía?
si una hoja solamente
ciñera yo a mi frente
que acallara el afán del alma mía;
Si al entusiasmo que mi mente inspira
alcanzara mi lira
un triunfo de la gloria seductora,
¡Oh palma! hasta las nubes,
más allá do tú subes,
se elevara la voz de tu cantora.
Allí en el trono que el Señor levanta
te viera yo a mi planta;
y de mis sienes deslumbrando el brillo,
contemplara las hojas
que ora te visten rojas,
teñidas débilmente de amarillo.
¡Delirio nada más! Nunca gloriosa
guirnalda esplendorosa
alegrará mis sienes lisonjera,
ni tampoco mi acento
perdido por el viento
podrá elevarse a la celeste esfera.
Guarda tus ramos para el vate augusto
premio a su lira justo,
o a ceremonias santas consagrados,
entre el canto sonoro
de religioso coro,
en el altar del templo colocados.
Guarda tus ramos, virgen soberana,
bella y noble africana,
formando airosos tu lucido manto;
y el ave pasajera
besando tu cimera
te deje un eco de su dulce canto.
Alza gallarda tu cabeza al viento
en blando movimiento,
la corona agitando mal prendida;
y despreciando el brío
del huracán bravío,
descuella ufana sobre el tronco erguida.
A la señorita de armiño
¿También, nueva cantora,
el arpa juvenil cubres de luto?
¿Tú desconsoladora
a la musa, que llora,
rindes también tributo
de secas flores y de amargo fruto?
¡Suave luz del oriente!
¿Por qué entre nubes escondida tanto
muestras la faz riente?
¡Ángel mío inocente!
¿Por qué entre amargo llanto
ensayas siempre tu sonoro canto?
¡Gemidos solamente!
¿Acrecentar la pena y el desvelo
de la turba doliente?…
No ha menester la gente
más triste en su duelo—
sóbrale el lloro; fáltale el consuelo.
Sin fe, desesperado,
al pie de sus altares derruidos,
ya de luchar cansado
al pueblo infortunado
lleva en tiernos sonidos
aliento y esperanza, no gemidos.
Tal queda en el sendero
el labrador postrado de fatiga
mas oye pasajero
el canto placentero
de la calandria amiga,
y el placer el cansancio le mitiga.
¡Viuda de los amores!
Cambia en tu sien las tocas enlutadas
por guirnaldas de flores:
que a templar los dolores
de las más desdichadas
están las almas puras consagradas.
En el monte bravío
nace la flor; en la salvaje sierra
brota el sereno río
sobre el campo sombrío,
que ensangrentó la guerra,
alcemos nuestro canto en nuestra tierra.
Mas siempre, compañera,
unidas nuestras voces alzaremos,
y la hoja primera
de palma lisonjera
que entrambas alcancemos,
como hermanas las dos la partiremos.
A la siempreviva
Cuando el alma primavera
con sus joyas peregrinas
engalana la pradera,
los valles y las colinas;
Y las hojas entreabriendo
leve aroma exhala apenas
la rosa, y van descubriendo
su cáliz las azucenas;
Y su capullo amarillo
de pura esencia desplega
el delicado junquillo
en la espalda de la vega;
Cuando la plácida aurora
el garzo cuello levanta,
y el tulipán cimbradora
descubre la tierna planta;
Una flor nace entre aquellas
émula de las estrellas
en el rubio tornasol,
y que brilla como ellas
a los reflejos del sol.
En el ramo suspendida
menuda, bella, encendida,
es el alma de las flores,
porque es eterna su vida,
y eternos son sus colores.
Allá entre las orlas crece
de su fresca vestidura.
Cuando el alba resplandece,
chispa de fuego parece
sobre la verde llanura.
Tú, belleza marchitable,
de los campos maravilla,
prodigiosa flor, que luces
siempre joven, siempre viva,
De otras bellas los encantos
son tal vez demás valía
que tu capullo inodoro
y tu corona pajiza.
Tú las ves cuando el abril
sus tibias auras expira,
en desplegados pimpollos
vertiendo frescura y vida,
Tú la ves bajo las copas
que los árboles agitan,
embriagando las abejas
y perfumando las brisas
Pero también deshojadas,
marchitas y destrozadas
entre el polvo en la ribera
tú las verás sepultadas
al morir la primavera.
Y pasarán los primores
del risueño abril lozano;
y pasarán los ardores,
las tormentas del verano,
y del otoño las flores;
Y cuando ya el campo yerto
con la tierra haya cubierto
tanta beldad fugitiva,
aún habrá en aquel desierto
una flor, la siempreviva.
A la soledad
Al fin hallo en tu calma
si no el que ya perdí contento mío,
si no entero del alma
el noble señorío,
blando reposo a mi penar tardío.
Al fin en tu sosiego,
amiga soledad, tan suspirado,
el encendido fuego
de un pecho enamorado
resplandece más dulce y más templado.
Y al fin si con mi llanto
quiero aplacar ¡ay triste! los enojos
del íntimo quebranto,
no me dará sonrojos
el continuo mirar de tantos ojos.
Danme, sí, tierno alivio
la soledad del campo y su belleza,
y va el dolor más tibio
su ardiente fortaleza
convirtiendo en pacífica tristeza.
Plácenme los colores
que al bosque dan las luces matutinas:
alégranme las flores,
las risueñas colinas
y las fuentes que bullen cristalinas.
Y pláceme del monte
la grave majestad que en las llanadas
como pardo horizonte
de nubes agolpadas,
deja ver sus encinas agrupadas.
Allí con triste ruido
de las sonoras tórtolas, en tanto
que posan en el nido
bajo calado manto,
de una a otra encina se responde el canto.—
—Tal vez mis pasos guío
por los sombrosos valles, escuchando
al caminante río,
que con acento blando
se va por los juncares lamentando.
Ya entonces descendiendo
de su altura va el sol, cansada y fría
claridad esparciendo,
y a poco entre armonía
cierra sus ojos el señor del día.
Y los míos acaso
alguna vez, del sueño sorprendidos,
dejaron que en su ocaso
pararan confundidos
afanes del espíritu y sentidos.
Si sola y retirada,
aún me entristece más noche sombría,
la luna con rosada
faz, por oculta vía
sale a hacerme amorosa compañía.
Y al fin hallo en tu calma,
¡Oh soledad! si no el contento mío,
si no entero del alma
el dulce señorío,
blando reposo a mi penar tardío.
A Larra
¿Qué voz, pobre Mariano,
de mofa, de sarcasmo, de amargura,
al que le ofrezco humano
recuerdo de ternura,
darás riendo en tu morada oscura?
Si la mujer que llora
fue blanco del rigor de tu garganta,
¿qué pensarás ahora
de la mujer que canta?
¡ay! ¿qué dijeras de la nueva planta?
Al ver a la poetisa
tú contemplaras su cabeza atento,
y entre cruel sonrisa
prorrumpiera tu acento:
«Aquí yacen el juicio y el talento».
Porque estás muerto canto:
vivo, Mariano, de tu pluma el vuelo
diérame tal espanto,
que no osara del suelo
mi lira levantarse de recelo.
¿Qué digo? En este instante
juzgo escuchar desde el profundo hueco
tu voz agria y punzante,
que aun en tu labio seco
para rasgar las almas tiene un eco.
«—Mujer ¿a qué has venido?
Al romántico yugo sujetada.
¿Ensayas tu gemido
en mi tumba olvidada
por ser luego del mundo celebrada?
»El nombre de Mariano
¿es que presta sonoro consonante
a tu numen profano,
o vienes insultante
a escarnecer aun mi sombra errante?»
—¡Ateo desgraciado!
¡Víbora de las bellas ilusiones!
¡Genio desesperado!
¡Que al mundo no perdones
ni aun las que eleva a ti santas canciones!
Vengo piadosa y triste
no a escarnecer tu nombre, respetado
aun luego que moriste
vengo, escritor amado,
el libro a agradecer que nos has dado.
Si fue como tu vida
horrible tu morir, de Dios es cuenta,
tu historia dolorida
dos páginas presenta,
una que el mundo aplauda, otra que sienta.
Lástima para el hombre,
corona para el genio esclarecido,
yo al invocar tu nombre
al criminal olvido
para cantar al escritor querido.
Mira si el mundo es bueno,
que en tu risueña pluma a las criaturas
nos da hiel y veneno,
y nuestras bocas puras
gracias te dan por tales amarguras.
La risa convulsiva
en que a tu hablar rompemos, nos quebranta,
¡oh guadaña festiva!
y en pago a pena tanta
mira si el mundo es bueno, que aún te canta.
Pero de nuevo suena
a interrumpir mi voz tu voz burlona.
«Engañosa sirena,
guárdate esa corona
que ofrece el mundo necio a mi persona.
»Sírvate de prendido,
que más le cuadra a tu cabeza lisa
que a mi cráneo partido,
coronas que mi risa
excitan como tú, ¡¡vana poetisa!!»
—¡Oh! basta, adiós, poeta,
pues desdeñas mi ofrenda de armonía;
hasta en la tumba quieta
tu genio desconfía,
¡hielas la pobre flor de mi poesía!
¡Que en los ángeles crea
quien duda así de los humanos seres;
que del cielo te sea
la gloria que tuvieres
mas grata que del mundo los placeres!
A las nubes
¡Cuán bellas sois las que sin fin vagando
en la espaciosa altura,
inmensas nubes, pabellón formando
al aire suspendido,
inundáis de tristura
y de placer a un tiempo mi sentido!
¡Cuán bellas sois, bajo el azul brillante
las zonas recorriendo,
ya desmayando leves un instante
entre la luz perdidas,
ya el sol oscureciendo
y con su llama ardiente enrojecidas!
Y ya brilláis como la blanca espuma
en las olas del viento,
y ya fugaces como leve pluma,
y de sombras ceñidas,
cruzáis el firmamento
las pardas frentes de vapor henchidas.
¡Cuán dulce brilla en su mortal desmayo
rompido en vuestro seno
del sol ardiente el amarillo rayo!
¡Y cuán dulce y templado
el resplandor sereno
del astro de la noche sosegado!
Y ¡cuánto, oh nubes, vuestro errante giro
place a mi fantasía!
triste y callada y solitaria os miro
flotar allá en el viento,
y por celeste vía
melancólico vaga el pensamiento.
Y yo os adoro si con tibio anhelo
adormís las centellas
el vivo sol en el tendido cielo;
si en delicioso manto
veláis de las estrellas
y la pálida luna el triste encanto.
¡Oh!, ¡yo os adoro, del espacio inmenso
deidades vagarosas!
no cuando hirvientes desde el seno denso
en ronco torbellino
arrojáis espantosas
vívidas llamas del furor divino.
¡Ay! ¡que medrosa entonces se ahuyentara
la inspiración sublime!
ni medrosa la cítara ensalzara
del cielo la belleza,
cuando mi sien oprime
nubloso manto de mortal tristeza.
Muda contemplo de pavor cercada
la turba misteriosa
que en pos del huracán revuela osada,
así errante la vida
se arrastra lastimosa
a la senda fatal do el mal se anida.—
Allá en la inmensidad os mueven guerra
furiosos aquilones:
así de desventuras en la tierra
nos cerca turba insana;
así de las pasiones
es juguete infeliz la vida humana.
Ella varía también la faz ostenta,
y brilla y se oscurece,
y cual vosotras rápida se ahuyenta;
y es nube que exhalada
el aire desvanece
en la corriente de la triste nada.
Mas ¡ay! vosotras revagad en tanto
que la cítara mía
os pueda consagrar su débil canto.
Del sol al rayo bello
tended el ala umbría,
y apacible volvedme su destello.
Y dadme inspiración; yo mis cantares
daré a vuestra hermosura.
las que sorbéis el agua de los mares,
¡vagad tranquilamente
con nevada blancura
en la encendida cumbre del Oriente!—
A las poetisas: Invitación
¿Queréis formar un coro,
hermosas las del canto peregrino,
más dulce, más sonoro
que el rumor argentino
del agua y de los pájaros el trino?
¿No veis cómo las aves
cantan en amigable compañía
a unos acentos graves
los otros de alegría,
uniendo en perfectísima armonía?
Nunca entre sí celosas,
porque la voz del ruiseñor descuella,
se alejan rencorosas
de la enramada bella,
dejando triste al ruiseñor en ella.
No, que con tiernos píos
la bulliciosa turba Rey le aclama
y en los valles sombríos,
donde a su coro inflama,
sólo el odioso búho le desama…
Yo ya tengo escogida
corona de bellísimos laureles
y de rosas ceñida,
que estimo en los vergeles
mejor que a los brillantes oropeles.
Riquísimo prendido
que bañará de aromas los cabellos
y en el rostro encendido
hará a los ojos bellos
orgullosos lucir con sus destellos.
¡Mil veces venturosa
la compañera que en su tierna frente,
esa fresca y airosa
guirnalda trasparente
entre nosotras alce alegremente!
Orne prenda tan bella
a la que eleve más el claro acento:
el ruiseñor aquella
será del coro atento,
y el búho la que envidie su talento.
A Lidia
Error, mísero error, Lidia, si dicen
los hombres que son justos nos mintieron,
no hay leyes que sus yugos autoricen.
¿Es justa esclavitud la que nos dieron,
justo el olvido ingrato en que nos tienen?
¡Cuánto nuestros espíritus sufrieron!
Mal sus hechos tiránicos se avienen
con las altas virtudes, que atrevidos,
en tribunas y púlpitos sostienen.
Pregonan libertad y sometidos
nuestros pobres espíritus por ellos,
no son dueños de alzar ni sus gemidos.
Pregonan igualdad; y esos tan bellos
amores que les da nuestra pureza
nos pagan con sus pálidos destellos;
Pregonan caridad; y esta tristeza
en que ven nuestras almas abismadas
no mueven su piedad ni su terneza.
¡Ay Lidia! en la niñez siempre olvidadas,
en juventud por la beldad queridas
somos en la vejez muy desgraciadas.
Paréceme que miran nuestras vidas
como a plantas de inútiles follajes
que valen sólo cuando están floridas.
«No han menester jardín, crezcan salvajes,
rindan como tributo su hermosura.»
¿Qué más osan decir?… ¡Cuántos ultrajes!
¡Cuántos ultrajes! Lidia a la criatura
que tiene un alma pura enamorada
y un corazón tan lleno de ternura.
¿Verdad que el alma noble está enojada
de que tantas bondades como encierra
porque nazca mujer sea desdeñada?
¿Verdad que estamos, Lidia, aquí en la tierra,
murmurando las hembras sordamente
contra la injusta ley que nos destierra?
No bulle la ambición en nuestra mente
de gobernar los pueblos revoltosos,
que es tan grande saber para otra gente.
Ni sentimos arranques belicosos
de disputar el lauro a los varones
en sus hechos, de guerra, victoriosos.
Lejos de la tribuna y los cañones
y de la adusta ciencia, nuestras vidas,
gloria podemos ser de las naciones.
Pero no en la ignorancia, no oprimidas,
no por hermosas siempre contempladas
sino por buenas ¡ah! siempre queridas.
¡Oh madres de otra edad afortunadas
cuán dichosos haréis a vuestros hijos
si en escuela mejor sois enseñadas!
No sufrirán por males tan prolijos
como aquellos que ya desde la cuna
tienen en el error los ojos fijos…
Mas, Lidia, cuando el mundo por fortuna
tras de su largo llanto y dura guerra,
esa feliz prosperidad reúna
ya estaremos tú y yo bajo la tierra.
A los que lamentaron mi supuesta muerte. La muerta agradecida
El corazón, amigos, palpitante
como otras veces en mi pecho siento;
mas al oír vuestro piadoso acento
sobre las nubes me soñé un instante.
Juzgué más claro el sol, menos distante,
vi espíritus celestes en el viento
y en la estrella que más resplandecía
vi confusa la imagen de María.
Los colores, la luz, aire, el ruido,
todo más bello que en la tierra era,
y aquel mundo con gloria verdadera
le brindaba a mi espíritu embebido.
Pero con ser del alma tan querido
el cielo que de muertos nos espera,
esa dicha, medrosa rechazando,
de mi ilusión me desperté temblando.
Dios quiere que aun el día no llegado
a mi vida en su plazo, todavía;
resignación le falte al alma mía
para dejar mi triste suelo amado.
Amo a los corazones que me han dado,
pena, placer, tristezas, alegría;
amo al árbol, al río, a la pradera
y amo a mi dulce lira compañera.
Vendrá colmado de dolor, acaso,
el porvenir que a mi existencia aguarda
y de la muerte en su carrera tarda,
tal vez acuse el perezoso paso.
Mas nunca Dios el sufrimiento escaso
nos da, cuando el descanso nos retarda,
y mi término corto o prolongado
siempre estará por el bien señalado.
Mas, en tanto que treguas a mi vida
le place conceder al poderoso,
escuchad de una muerta agradecida
el acento que exhala cariñoso;
Sabed que de una voz dulce y sentida
a mí llegando el eco generoso,
vuestra memoria de amistad bendita
deja en mi corazón con llanto escrita.
A Luis Felipe destronado
¿A dónde vas ¡oh rey! con tus pesares?
¿No sabes que en los mares
aun la roca inmortal de Santa Elena
te brinda con su asilo?
¿que allí lecho tranquilo
tienes guardado en la caliente arena?
Aun hallarás la arena removida
con la huella atrevida
de otro Napoleón, que destronado
fue también a esa tierra;
aun su lauro de guerra
los trópicos allí no han marchitado.
Tú no fuiste a insultar con tus trofeos
los muertos Ptolomeos,
ni entre el eco marcial de los cañones
ligero cabalgando,
cadáveres hollando,
has llevado el terror a las naciones.
Mas tú, sin esgrimir hierro iracundo,
dabas leyes al mundo,
y a una mirada sola que lanzaban
tus ojos indignados,
los tercios espantados
el acero a tus plantas humillaban.
Y ¿piensas tú que el mundo te perdona
que unas genio y corona
y gobernando sin temor ni traba,
des a tu antojo, leyes
y domines los reyes,
y a Europa tengas de tu mente esclava?
…Ve, rey, a descansar. Londres te espera
como una hambrienta fiera
para tragar de Francia los despojos;
ella que hundió en la tierra
vuestro genio de guerra,
también a ti te cerrará los ojos.
Rivales en lo eterno ambas naciones
con dos Napoleones,
de la guerra y la paz a ti te halaga
¡oh Francia! la fortuna;
mas ¡ay! tú eres su cuna
e Inglaterra es la tumba que los traga.
A Luisita
Pues eres tú forastera
recién llegada a la vida,
te contaré, mi querida,
lo que tienes que sufrir;
te gané la delantera
de la vida en el camino,
y merced a este destino
he aprendido ya a sentir.
Yo sé ya cómo se llora
de una pena lloro ardiente,
y si quieres que te cuente
cuál se disfraza también,
mostraré, por que lo veas,
la sonrisa en mi semblante
cuando el raudal abundante
mis ojos brotando estén.
A este saber doloroso
discreción el mundo llama,
y no es discreta la dama
si no es en el mundo así;
por eso en risa mi llanto
suelo mudar tan aprisa,
que al asomar la sonrisa
trago el llanto para mí.
Pero el mundo no se engaña,
y al mirar nuestro contento
grita airado «¡Fingimiento,
falsedad de la mujer!»
¡Oh graciosa tiranía
que a las que fingen condena
cuando fingir nos ordena
como preciso saber!
Esto, niña, es solamente
lo que, de ciencia nos toca;
después te dirá mi boca
lo que hay de felicidad:
y en fe de que no te engaño
en lo propio que te digo,
todo un sexo por testigo
te pondré de esta verdad.
Yo te diré nuestra historia
y aunque otra de hombres cuenten,
por Dios, que los hombres mienten
o ignoran este saber:
ellos beben Cicerones,
con Sénecas se alimentan,
pero esos libros no cuentan
las penas de la mujer.
Y ¡más valiera que doctos,
sapientísimos varones
perdieran en las naciones
su tiempo en tratar de nos!;
¡harto hicieron si aseguran
como un hecho averiguado
que de Adán y Eva el pecado
por ella sufren los dos!
¿Qué importa que su existencia,
la leche con que medraron,
los brazos en que apoyaron
su cuerpo desde el nacer;
y los besos maternales,
y el solícito cariño,
y sus placeres de niño
se los diera la mujer?
¿Qué importa que le dé ella
la amorosa compañía
al que triste viviría
sin ella en la soledad;
y el consuelo al desgraciado,
y la asistencia al doliente,
qué importa a esa ingrata gente
que se los dé la beldad?
De madres, esposas, hijas,
los tiernos, los dulces nombres,
¿no merecen a esos hombres
una página, un borrón?
¿no merecen que una hora
en nuestra suerte mediten
aunque algo al estudio quiten
de Séneca y Cicerón?…
¿Mas no escuchas? ¿Interrumpes,
niña, con risa mi canto?
Haces bien, porque iba el llanto
brotando a mis ojos ya;
conviértase en risas el lloro,
que en la mudanza precisa
pronta siempre la sonrisa
tras mis lágrimas está.
Pero, guarda, por tu vida,
el papel de estas canciones,
y en la edad de las pasiones
fija los ojos en él:
«¡Ay, dirás, verdad decía
la que estas cosas cantaba;
bien me acuerdo que lloraba
cuando escribió este papel!»
A mi hermano Emilio. Memorias de la infancia
Ya no es tan joven mi vida
que desde esta cima, hermano,
logre ver distinto el llano
donde quedó mi niñez.
Es la pradera florida
bajo la sombra de un monte,
y por eso es su horizonte
más delicioso, tal vez.
Yo con el rostro no acierto
de ese tiempo fugitivo,
mas su belleza percibo
de los años al trasluz,
como aquel reflejo incierto,
aquellos matices rojos
que perciben nuestros ojos
cerrados frente a la luz.
Yo no sé lo que soñaba
mas recuerdo mis amores;
sé que amaba entre las flores
a un hermoso tulipán:
y que a mis solas le hablaba,
Emilio, tan dulcemente
que murmuraba el ambiente
celoso en mi tierno afán.
Lloré cuando se agostaba
su cabeza peregrina
pero amé a la golondrina
así que la flor murió:
la golondrina emigraba
y entonces, Emilio mío,
a mi constante amorío
buscaba otro objeto yo.
¡Oh!¡Todo me enamoraba
en aquel tiempo querido!
¡Cuál me recuerda un sonido
el ave y el tulipán;
y la fuente que manaba
el agua que yo bebía
y el campo donde crecía
la semilla de mi pan!
¡Pero si no me comprendes,
si aquella edad ha pasado
y yo ya tengo olvidado
el suave idioma infantil!
si por acaso me atiendes
huyes riendo a deshora,
¿por qué no estoy en tu aurora
o tú no estás en mi abril?
Tú juzgas porque me hallaste,
bello garzón, a tu lado
que una ruta ha señalado
a nuestra existencia Dios:
no, que tu vía empezaste
en la mitad de la mía
y poco por esa vía
iremos juntos los dos.
Emilio, cuando recuerdes
cual yo tu pasada infancia,
ya habrá una eterna distancia
que me separe de ti;
entonces, tal vez, te acuerdes
de mí, cual yo de las flores,
y entre tus tiernos amores
me cuentes, Emilio, a mí.
A mi tío don Pedro Romero
Soneto
Si para entrar en tan difícil vía
el aliento a mi numen no faltara,
ya de la patria nuestra lamentara
los males en tristísima elegía.
Ya la virtud, ya el genio cantaría,
ya el vicio a deprimir me consagrara;
pero mi voz de niña desmayara
y desmayara endeble el arpa mía.
Mas quiero humilde abeja, aquí en el suelo
vagar de flor en flor siempre ignorada,
que al águila siguiendo arrebatada
con alas cortas remontar mi vuelo.
Canto las flores que en los campos nacen;
cántolas para ti, que a ti te placen.
A Napoleón
«No es ira, no es amor, no es del poeta
inspiración febril, es más ardiente
la llama que discurre por mi frente,
y el alma absorbe, el corazón me inquieta.
»Yo amo la tempestad, amo el estruendo;
cuando el vértigo insano me arrebata,
sueño que en nube de luciente plata
voy por el mundo un huracán siguiendo.
»El rayo en torno de mi frente gira,
el aquilón bajo mis plantas brama,
y lucho y venzo, y mi furor se inflama,
y ansiosa el alma a otra victoria aspira.
»Yo quiero alzado al fin sobre los hombres,
avasallar los pueblos y los reyes;
romper sus cetros; derrocar sus leyes,
hollar sus triunfos y borrar sus nombres.
»Ancha cadena que circunde el polo
yo quiero eslabonar con mis guerreros;
y bajo el pabellón de sus aceros
la gran nave en la mar llevar yo solo.
»Y ¡oh! si pudiera hurtar al firmamento
sus brillantes magníficas estrellas,
¡también imperios levantara en ellas
para ensanchar allí mi pensamiento!»
¡Francia, levanta! sal del caos profundo
en que yace tu pueblo sepultado,
que en brazo poderoso tremolado
va tu estandarte a conquistar el mundo.
¿Quién distinguir entre la inmensa grey
podrá al caudillo de tamaña empresa?
¿Qué señal en el rostro lleva impresa
el que del solio arrojará a tu rey?
Ese mancebo que los brazos grave
cruza sobre su seno, y la mirada
como águila en el sol, ardiente, osada,
clava en la multitud… ése lo sabe.
¡Oh! ¡cuál contra el mancebo se irritara
si su mirar la turba comprendiera!…
¡Si su ambición oculta sorprendiera
de ese rubio garzón, cuál se burlara!
Joven es el león; mas ya en la tierra
no hay fuerza que a igualar su fuerza alcance,
y ¡ay de la Europa, o Francia! cuando lance
ese joven león grito de guerra.
Verás como esa voz de los franceses
de pecho en pecho noble se difunde;
como chispa de fuego prende y cunde
de caña en caña por las secas mieses.
Verás, tras el magnífico estandarte
donde el águila altiva se reposa,
como tu juventud marcha orgullosa
la libertad, la gloria a conquistarte.
¡Verás!… mas antes que el caudillo sea
héroe conquistador de las naciones,
deja que a Egipto lleve sus legiones
y del grande Ramsé la tumba vea.
«Éstas de reyes son y emperadores
las moradas magníficas que habitan,
éste es el rico manto en que dormitan
de tierras y de mares los señores…
ȃste es el cetro que en sus regias manos
fue látigo cruel o adorno inútil:
no es que un brillo me seduzca fútil
si hoy os le arranco ¡nobles soberanos!
»No es que me ciega joya tan lucida,
¡es que me irrita que los pueblos lloren,
es que me irrita que temblando adoren
los pueblos esa joya envilecida!…
»Y esta corona… ¿sola una diadema?
¿cien batallas por una solamente?
¿Será una sola incienso suficiente
para este fuego que mis sienes quema?
»Reyes, emperadores, ¡guerra! ¡guerra!
yo haré que en una sola se refundan
las coronas que, inútiles, circundan
tantas míseras frentes en la tierra!»
¡Huid del monte aquel resplandeciente
que de Austerlitz se eleva en las llanuras…
Huye, Alejandro, antes que en sus alturas
volcán oculto brote de repente
¡Ay! que ya va tu juventud ardiente
a estrellarse en las águilas seguras…
Las nubes su vapor todo han juntado,
y el suelo va a quedar todo anegado.
Pero en sangre, Señor, en sangre pura,
porque el rey de las águilas osadas
donde terrible asienta sus pisadas
de cadáveres cubre la llanura;
cual los ojos de fiera en noche oscura
relucen entre el humo sus espadas,
y a bandadas los cuervos por el viento
síguenle en torno con feroz contento.
Caen, como en horrible terremoto,
las torres desplomadas, sus legiones,
sobre los extranjeros campeones
que osan poner a sus victorias coto;
bajo los pies de sus caballos roto
yace el blasón de dos fuertes naciones,
y dos imperios juntos retroceden
y dos monarcas el laurel le ceden.
¡Oh! tú que alzado al fin sobre los hombres,
lograste avasallar pueblos y reyes,
romper sus cetros, derrocar sus leyes,
hollar sus triunfos y borrar sus nombres.
¡Napoleón! tú que abarcando el polo
con tu cadena inmensa de guerreros,
bajo del pabellón de sus aceros
la gran nave en la mar llevabas solo.
¡Ay! ¿cómo a la merced del Océano
dejas bogar tu nave huyendo de ella?
¿Has ido a conquistar alguna estrella
para alzar otro imperio soberano?
A Neira. Golondrinas, grullas y patos
Carolina Coronado acompaña en su despedida
a las golondrinas, a las grullas y a los patos.
Ya, Neira, despedí a la golondrina
que en el techo campestre haciendo el nido
mansa inocente mi compaña ha sido
en la estación risueña que termina;
la grulla en cambio ya vino dañina
el fruto a destrozar recién nacido
que en este yermo a fuerza de sudores
lograron cultivar los labradores.
El pato en enturbiar las claras fuentes
de este valle purísimo obcecado
revuelve con el fondo encenagado
los graciosos espejos trasparentes;
¡lástima que desdeñe las corrientes
de un brillo tan hermoso y azulado,
donde lucir pudiera entre la espuma,
por hundir en el fango el alba pluma!
¿Quién nos diera encontrar siempre a la bella
que en nuestros techos amorosa anida
y en su cantar sencillo entretenida
nos divierte feliz de sol a estrella?
¿Quién nos diera encontrarla siempre a ella
que a nadie ofende, cuya dulce vida
consagrada a los suyos, sobre el heno,
ni daña al labrador ni anda entre cieno?
¿Hay en mi tierra hermosos olivares
formados como tropas, en hileras?
Pues a dañar su flor a sus praderas
vienen bandos de grullas a millares.
¿Hay arroyos que van entre juncares
retratando el verdor de estas laderas?
Pues acuden los patos a bandadas,
«¿Aves estas no son civilizadas?»
¿Qué más da que en mi lira sean cantados
hombres o grullas si en diversos nombres
disfrazadas las grullas van de hombres
y los hombres de grullas disfrazados?
¿Por qué han de ser los patos desdeñados
si los hombres tal vez con sus renombres
viviendo en bacanales, como en cieno,
no fueron ni más puros ni más buenos?
¿Qué más da pues que yo cante los hechos
con mi endeble laúd, mi voz de niña
de las aves que pueblan la campiña
y las aves que habitan bajo techos?
Con iguales instintos y derechos
todas viven del daño y la rapiña;
soldados-grullas talan los sembrados
y las ciudades ¡ay! grullas-soldados.
Galanes patos de la fuente empañan
el manantial que beben los pastores,
patos galanes, patos impostores
en las virtudes la calumnia ensañan;
hombres-patos, en fin, sus alas bañan
en fétidos pantanos corruptos;
patos-hombres sepultan en orgías
su bella juventud, sus bellos días.
¿Por qué al mísero pato guerra tanta,
por qué a la infeliz grulla tanta guerra,
si hay seres más indignos en la tierra
y el hombre docto los celebra y canta?
Cada piedra, cada ave, cada planta,
una vida, una historia, un mundo encierra
y muchos en el mundo, bien lo sabes,
valen menos que piedras, plantas, aves.
Pues no siempre he de hallar por mi camino
golondrinas, que pocas han quedado,
mejor canto a las grullas, que al malvado.
A los patos mejor que al libertino:
esos nombres de Atila, Jerjes, Nino
siempre al numen benigno han espantado
y siempre aborrecí como a enemigos
los Paris, los Nerones, los Rodrigos.
Una grulla el gran Jerjes vale en suma,
pero el rico Nerón no vale un pato
que fuera a dar el pájaro barato
aun dando por Nerón no más la pluma:
¿pues por qué si la historia nos abruma
con uno y otro nombre tan ingrato
no ha de cantar, sin que te cause risa,
a la grulla y al pato la poetisa?
Lo mismo da las aves que los hombres
lo mismo el campo da que las ciudades,
pues componen entrambas vecindades,
los mismos seres con distintos nombres;
grullas hay en el mundo con nombres,
patos bajo soberbias potestades,
y en ciudades lo mismo que entre encinas
sobre grullas y patos golondrinas.
A Quintana
Buen sabio, ¿de tu tierra y de la mía
tu corazón no ansía
el nombre oír que la memoria encierra
de los pasados años?
¿O a tu memoria extraños
serán ya los recuerdos de tu tierra?
Yo, Señor, que heredé de mis abuelos
un libro de consuelos
obra de tu lozana fantasía,
cuando eras mozo o niño,
tengo mucho cariño
al buen cantor de la comarca mía.
Siempre al pasar cercana de tus lares
recordé tus cantares,
y otras veces al margen del Guadiana
medité dulcemente
en la gloria eminente
que a nuestro pueblo consagró Quintana.
¿Por qué en el aprender ¡ay! soy tan ruda
que, aun cuando ansiosa acuda,
en la ciencia a estudiar de tus escritos
las brillantes lecciones,
no logro en mis canciones
remedar tus acentos infinitos?
Mas ¡qué mucho! las artes lentamente
vienen, cual la corriente,
del manantial sereno del Ruidera
a visitar los muros
solitarios y oscuros
de esta ciudad de España la postrera.
No se pule el salvaje entendimiento
del campesino acento
entre el tosco rumor; y la poesía
levanta su cabeza,
entre tanta aspereza,
como una planta estéril y bravía…
¿Qué nuevas te daré que a tu celoso
patrio entusiasmo hermoso
por la fama y el bien de nuestro suelo
alegren placenteras,
si antes que estas riberas
pienso, Quintana, que se mude el cielo?
Si las vastas encinas del contorno,
solo y agreste adorno
de estos valles, tal vez, contado hubieras,
al despedirte de ellos
en tus abriles bellos,
esas propias hallaras, si hoy volvieras.
Los arraigados juncos de este río
bajo el mismo rocío
con que la espuma, al salpicar, los baña,
medran tranquilamente
sin que del hombre intente
otros sauces plantar la mano extraña.
Y aun hay de tierra vírgenes pedazos
donde jamás los brazos
del colono feliz su fuerza emplean,
y hay fuentes, manantiales
sin guía y sin brocales
cuyos hilos se pierden y se orean…
Más aprisa se mueve la tortuga;
menos tarda la oruga
su bella metamorfosis presenta
en esta tierra, Quintana,
un solo paso gana
de su cultura en la carrera lenta.
Empero un solo nombre hay en el mundo
que del sueño profundo
a este pueblo pacífico levanta
y lo agita, lo enciende,
cuando extático entiende
la nota fiel de esta palabra santa.
Grítale «Libertad» verás leones:
que vengan las naciones
a esclavizar a la soberbia España,
y será de este otero
cada azadón grosero
hacha incansable en la mortal campaña.
¡Por Dios! este rincón, hoy tan tranquilo,
fuera el último asilo
de aquella libertad apetecida
que, aunque no entiendo de ella,
debe de ser muy bella
cuando es tan ponderada y tan querida.
Tú la llamaste flor en tus cantares;
¡en la tierra y los mares
cuánta sangre costó! ¿Y eso son flores?
¡Hoy por lo solitaria
Será la pasionaria
o la viuda negra y sin olores!
Negra e inodora fue para los míos
cuyos años sombríos
vagando tras sus pétalos tronchados,
con pertinaz constancia,
las horas de mi infancia
y triste juventud han amargado…
No la aborrezco, no, me espanta
esa costosa planta
que nuestro llanto bebe por rocío:
más fruto y menos penas
me dan las azucenas
que en mi puerto florecen en estío.
¡Quiera Dios que no tronche en nuestra tierra
nuevo huracán de guerra
esa flor que inspiró tus armonías:
siquiera porque ha sido
la que más ha lucido
en tu guirnalda eterna de poesías!
A Rioja
Rioja vive en ellas,
Rioja en esas flores
que brillan a mis ojos aún más bellas
porque son de Rioja los amores.
Esos albos jazmines
de su pecho llagado,
por enemigos fieros y ruines
fueron el lenitivo regalado.
Esos claveles rojos,
esas rosas lozanas,
honor tuvieron se alegrar sus ojos
y de ceñir sus sienes soberanas.
El bardo agradecido
alzó a sus compañeras
un canto, que en los siglos repetido,
vino a llenar también estas riberas.
Y así cual las historias
y los célebres nombres
de abuelos que obtuvieron altas glorias
repiten a los nietos, otros hombres.
Así a las de mi huerto
repito las canciones
que otro pueblo de flores, que ya es muerto,
logró inspirar en béticas regiones.
Y es mucha maravilla
el mirar cómo ellas
doloridas oyen, por mi voz sencilla,
de su sentido vate las querellas.
Paréceme que gimen,
paréceme que llanto
brota de entre sus hojas, que se oprimen
de sentimiento al escuchar el canto.
¡Oh Rioja, oh poeta!,
¡y cuán poco su alma
tiene del mundo a la ambición sujeta
quien en vergel humilde halla la calma!
Un libro y un amigo
en tu modesta vida
¡oh sabio angelical! bastan contigo
para lograr la dicha apetecida.
No te cuidas de honores,
desdeñas la riqueza
y ensalzas la belleza de las flores
al par que otros del oro la grandeza.
Fenómeno del mundo,
que no comprende ahora
el siglo en ambiciones tan fecundo,
la edad en avaricias tan creadora.
¿Quién hoy ya se contenta
con la sencilla vida?
¿Quién no va tras de vida turbulenta?
¿A quién la paz del alma es hoy querida?
Los niños envejecen
de ambición prematura;
los bosques de laureles no abastecen
el ansia de laurel de una criatura.
El atrevido mozo
por el mando se afana,
cuando el albor de su naciente bozo
anuncia apenas su primer mañana.
¡Y dichoso si fuera
orgullo solamente!
¡Dichosos si esta raza no sintiera
de la codicia el aguijón hiriente!…:
Mas no, dulce Rioja
turbe nuestro reposo
esa amarga verdad que el alma enoja
y el corazón rechaza generoso.
Pensemos que esa tierra
la habitan serafines,
pero huyendo su gloria que me aterra,
tomemos a tu reina de jazmines.
Yo en las flores te veo,
tu cuerpo ha fenecido,
mas las alas del tiempo a mi deseo
de tu espíritu un átomo han traído.
Y fecunda mi alma,
así tu pensamiento
cual de su amiga a la distante palma
fecunda el germen que transmite el viento.
Por eso amo a las flores,
porque vives en ellas;
porque fueron, Rioja, tus amores,
son esas flores a mis ojos bellas.
Si su color admiro,
si percibo su esencia,
escucho un melancólico suspiro,
oigo de su arpa dulce la cadencia.
Y llevo reverente
a mis labios su hoja,
diciendo al huerto en mi entusiasmo ardiente
béselas yo pues las cantó Rioja.
A SM la reina el día de su salida. La reina que dos veces ha nacido
Madrid aguarda tu triunfal salida
para cubrir de flores tu carrera
como si el pueblo por la vez primera
celebrara en España tu venida;
la fiesta a que gozoso te convida,
cual si de nuevo a coronarte fuera,
tiene un placer que hoy halla repetido
la Reina que dos veces ha nacido.
Carlos quinto inmortal cuando ceñía
a sus sienes la fúlgida corona
del pueblo que adoraba a su persona
oyó el supremo canto de alegría;
mas para Ti, Isabel, es doble día
el de esta aclamación que el Pueblo entona.
Porque tú, cuando el seno te han herido,
para España dos veces has nacido.
Tú apareces al Pueblo castellano
con tu Niña tan dulce y tan hermosa,
como la luna de color de rosa
que ilumina las noches del verano;
y dejas luego de alumbrar el llano,
quedamos en tiniebla pavorosa,
pero ya con reflejo más lucido
luna nueva en el Cielo has renacido.
Ya la Virgen te aguarda en los altares,
y a la niña cubriendo con su manto
desde el Cielo confirma el nombre santo
que el Serafín celebra en sus cantares;
¡vive, Madre feliz libre de azares,
que al triunfar de la muerte, por encanto,
doble vida del Cielo ha merecido
la Reina que dos veces ha nacido!
A SM la reina madre doña María Cristina de Borbón
Aquel nombre primero
que bendijo mi labio balbuciente,
después que prisionero
vi a mi padre inocente,
fue, Señora, tu nombre reverente.
Aquella faz hermosa
que, después de la faz hermosa y santa
de mi madre amorosa
miré con ansia tanta,
fue, Señora, tu faz que al mundo encanta.
La primera alegría
que de mi triste infancia en los albores
recuerda el alma mía,
brotó con tus favores
como al rayo del sol brotan las flores.
Y la primera gala
que el sereno y trasparente cielo
al puro azul iguala,
la vestí con anhelo
por celebrar tu nombre y mi consuelo.
Yo entonces no sabía
cómo en la vaga mente se creaba
la sonora poesía,
pero entonces cantaba
los himnos que en tu honor el pueblo alzaba.
De tu dulce amnistía
a la sombra feliz hemos crecido,
las que niñas un día
tanto habemos sufrido
que sin ti fuera triste haber nacido.
Con noche muy oscura
nacimos en el siglo desgraciado,
y nunca la luz pura
hubiéramos gozado
si no le amaneciera tu reinado.
Luz trajo tu venida,
luz tu sonrisa, luz es tu mirada,
y a tu luz atraída,
ave desorientada,
yo te vine a buscar triste y cansada.
Y tú al ave importuna
que de Aranjuez al campo retirado
fue a gemir su fortuna,
tendiste con agrado
tu mano, que es su nido regalado.
Al verte, a mi memoria
vino el recuerdo de la infancia mía,
toda la amarga historia
del padre que gemía,
y tu grandeza soberana y pía.
Recordé tu hermosura,
como del campo la primera mañana
que en nuestra infancia pura.
Con el alba lozana,
se muestra tan risueña y tan galana.
Y los himnos suaves
que gozosos cantaban mis hermanos,
al compás de las aves,
por los floridos llanos,
en honor de tus rasgos soberanos.
Y por eso a tu planta,
sin poder exhalar palabra alguna
mi anudada garganta,
quedé, como en la cuna
el niño embelesado al ver la luna.
Y nunca mi cariño
te pudiera expresar con un acento,
si, cual la madre al niño,
no me enseñara atento
tu labio a traducir mi pensamiento.
Tú al canto del Petrarca
y del Tasso a los épicos sonidos,
en la bella comarca
los muy blandos oídos
tienes acostumbrados y entendidos.
Yo no sé hacer canciones
que el genio inspira, que el talento ordena,
mas, ¡ah! los corazones
que el entusiasmo llena,
tienen de gratitud fecunda vena.
De un alma agradecida
comprende el amoroso sentimiento,
sin arte y sin medida,
que el agradecimiento
es, Señora, virtud, mas no talento.
Mejor sé verter llanto
estrechando tus manos contra el pecho,
que encerrar en mi canto,
con un límite estrecho,
la gratitud que Dios tan grande ha hecho.
Al decir que te ama
el corazón, Señora, no se inquieta
por la Apolínea llama
que, al numen no sujeta,
prefiero ser mujer a ser poeta.
No puedo consagrarte
rico poema do tu augusto nombre
con perfección del arte
al universo asombre,
que los épicos cantos son del hombre.
Mas ruego cada día
en piadosa oración, que es más sonora,
a la Virgen María,
que te sea, Señora,
como eres tú, mi augusta protectora.
A una coqueta
Como aquellas lucecillas
vaporosas y ligeras,
que sin calor a millares
se levantan de la tierra,
Los amores en tu pecho,
fragilísima belleza,
sin que su fuego te abrase
alzan mil llamas diversas:
Brotan, lucen, se disipan,
otras nacen tras aquellas:
la inconstancia las apaga,
la liviandad las renueva.
A una gota de rocío
Lágrima viva de la fresca aurora,
a quien la mustia flor la vida debe,
y el prado ansioso entre el follaje embebe;
gota que el sol con sus reflejos dora;
Que en la tez de las flores seductora
mecida por el céfiro más leve,
mezclas de grana tu color de nieve
y de nieve su grana encantadora:
Ven a mezclarte con mi triste lloro,
y a consumirte en mi mejilla ardiente;
que acaso correrán más dulcemente
las lágrimas amargas que devoro…
mas ¡qué fuera una gota de rocío
perdida entre el raudal del llanto mío…!
A vosotros que dais a lo pasado…
A vosotros que dais a lo pasado
un culto apasionado
arrancando; señores, del olvido
las gloriosas hazañas
del pueblo en sus campañas,
batiendo a los franceses atrevido,
A vosotros que un bello monumento
con generoso intento
alzáis sobre los campos de la Albuera,
para que no olvidada
tan famosa jornada
queda en la edad remota venidera,
A vosotros sus tímidos acentos
hoy por breves momentos
a dirigir se atreve mi poesía;
oídme atentamente,
que en mi entusiasmo ardiente
la disculpa hallaréis de mi osadía.
¡Oh sí! que al pronunciar el alto nombre
del más ilustre hombre
que ha visto el sol, mi corazón se inflama,
y juzgo que abrasado
su pueblo idolatrado
también se siente por la propia llama.
Os hablo de Cortés en alabanza,
aunque el numen no alcanza
al remontarse al cerco de su luna:
pues llena de sonrojos
con el llanto en los ojos
he visto al pueblo donde fue su cuna.
Y ¡oh vergüenza! ¡vergüenza! allí olvidada
y a su primera morada
asilo de las pobres golondrinas,
sin un solo letrero
este otoño primero
va a desplomarse en míseras ruinas,
Y ¿qué nos quedará de tanta gloria
si esa débil memoria
furioso el aquilón nos arrebata?
¿Qué de tantos honores
como nos dio, señores,
en cambio le dará su tierra ingrata?
¿No tendrá entre sus mármoles Castilla
una piedra sencilla
donde su ilustre nombre coloquemos?
Con nuestras propias manos
guerreros y artesanos
y… hasta las damas a grabarlo iremos.
Más trabajo, más pena, más fatiga
en la tierra enemiga
pasó el gran capitán por darle sólo
a su patria grandeza
por hacer que en riqueza
fuera el reino mayor de polo a polo.
Por él fue nuestra patria rica y fuerte
por él con tanta suerte
el soberbio cristal del Océano,
surgieron cien navíos,
transportando carguíos
del inmenso tesoro americano.
Ved hoy esas magníficas ciudades
que fueron soledades
tristes ayer alzarse florecientes,
fundadas por su mano,
llevando el nombre hispano
en su poder, en esplendor crecientes.
Él hizo interminable nuestra tierra
con la perpetua guerra,
asolación del pueblo mejicano,
y por él solamente
flota entre aquella gente
la santa insignia del pendón cristiano.
Y ¿se dirá que ingratos y egoístas
sus valientes conquistas
nosotros españoles desdeñamos?
¿Que un puñado de cobre
por una piedra pobre
con voluntad siquiera no le damos?
En tanto que su nombre no ensalcemos
y en Medellín alcemos
un monumento a los brillantes soles
de su gloriosa guerra,
las gentes de esta tierra
¡¡no somos ni extremeños ni españoles!!
Abrid los ojos, célica María…
Abrid los ojos, célica María,
más que la luna del enero, claros,
abrid los ojos y mirad cuán raros
son los dones que Dios tierno os envía:
el serafín más bello que tenía
entre sus dulces serafines caros
coronado de rayos celestiales
coloca en vuestros brazos virginales.
¡Mirad quién se os estrecha a la garganta,
mirad qué labio os busca con anhelo,
mirad, que por el santo rey del cielo
qué gozosa estaréis con dicha tanta!
Al ser que a vuestro pecho se amamanta
velad; señora, con ardiente celo,
¡que ya desesperado y moribundo
dél solo espera salvación el mundo!
Al fin hallo en tu calma…
Al fin hallo en tu calma
si no el que ya perdí contento mío,
si no entero del alma
el noble señorío,
blando reposo a mi penar tardío.
Al fin en tu sosiego,
amiga soledad, tan suspirado,
el encendido fuego
de un pecho enamorado
resplandece más dulce y más templado.
Y al fin si con mi llanto
quiero aplacar ¡ay triste! los enojos
del íntimo quebranto,
no me dará sonrojos
el continuo mirar de tantos ojos.
Danme, sí, tierno alivio
la soledad del campo y su belleza,
y va el dolor más tibio
su ardiente fortaleza
convirtiendo en pacífica tristeza.
Plácenme los colores
que al bosque dan las luces matutinas:
alégranme las flores,
las risueñas colinas
y las fuentes que bullen cristalinas.
Y pláceme del monte
la grave majestad que en las llanadas
como pardo horizonte
de nubes agolpadas,
deja ver sus encinas agrupadas.
Allí con triste ruido
de las sonoras tórtolas, en tanto
que posan en el nido
bajo calado manto,
de una a otra encina se responde el canto.—
—Tal vez mis pasos guío
por los sombrosos valles, escuchando
al caminante río,
que con acento blando
se va por los juncares lamentando.
Ya entonces descendiendo
de su altura va el sol, cansada y fría
claridad esparciendo,
y a poco entre armonía
cierra sus ojos el señor del día.
Y los míos acaso
alguna vez, del sueño sorprendidos,
dejaron que en su ocaso
pararan confundidos
afanes del espíritu y sentidos.
Si sola y retirada,
aún me entristece más noche sombría,
la luna con rosada
faz, por oculta vía
sale a hacerme amorosa compañía.
Y al fin hallo en tu calma,
¡Oh soledad! si no el contento mío,
si no entero del alma
el dulce señorío,
blando reposo a mi penar tardío.
Alberto, si lloro o canto…
Alberto, si lloro o canto
siempre con voz dolorida,
no es que tenga de la vida
recuerdos el corazón;
Es que el dolor presintiendo
antes que el dolor le hiriera,
como en pena verdadera
he sufrido en la ilusión.
No vi la maldad del mundo,
ni vi los hombres perversos,
pero he llorado en mis versos
presintiendo su maldad,
como pobre gaviota
que espantada busca asilo
antes que en el mar tranquilo
resuene la tempestad.
Mar tranquilo de mi vida
mi juventud es ahora,
pero de esta mar sonora
las entrañas siento hervir:
tengo en mi mente mis alas,
voy cruzando ola tras ola,
pero en la mar española
temo mis alas hundir.
Temo al viento, a los nublados
antes de arribar al muro,
y temo al giro inseguro
de mi cobarde volar,
cual temen las gaviotas
en las saladas espumas
que pueda sus blancas plumas
el torrente salpicar.
Si estuviera yo en la gloria
en cuyo trono esplendente
dices que tan claramente
me contempla tu ilusión,
no llorara, y de mi lira
fueran los cantos risueños;
pero tú me ves en sueños
y los sueños, sueños son.
No soy ángel, no soy santa,
y aunque a la virtud bendigo
no estoy en la gloria, amigo,
sobre el divino tisú;
mas, viviera agradecida
en el mundo que me encierra
¡ah! si todos en la tierra
fueran buenos como tú.
Alza gallarda tu elevada frente…
Alza gallarda tu elevada frente,
hija del suelo ardiente,
y al recio soplo de aquilón mecida,
de mil hojas dorada,
de majestad ornada,
descuella ufana sobre el tallo erguida;
Y arrojando tu sombra allá a lo lejos,
del sol a los reflejos,
al árabe sediento y fatigado,
desdeñosa levanta
tu bendecida planta
en el desierto triste y abrasado.
Allí horroroso el simoon se ofrece,
y tu cima enrojece.
Vertiendo lumbre que la tierra inflama;
y aparece sangriento
el sol desde su asiento
lanzando ardiente destructora llama.
Y tú, entre nubes de encendida arena
majestosa y serena,
o ya del recio vendaval batida,
elevas tu cimera,
orgullosa palmera,
contando siglos de gloriosa vida.
No las tranquilas aguas dulcemente
arrastran su corriente
bajo el dorado pabellón que ostentas;
que, siempre en el estío,
sin fresco ni rocío,
sólo de arena y fuego te alimentas.
Tú, virgen sacrosanta y peregrina,
de las nubes vecina,
tú su signo le das a la victoria,
y corona esplendente
de tus hojas luciente
al héroe ciñes de radiante gloria;
La corona inmortal, que ciñe el hombre
con glorioso renombre
en derredor de la altanera frente,
porque en gigante vuelo
arrebatado al cielo
bebió en la sacra inspiradora fuente.
La corona inmortal, prenda sagrada
del imbécil hollada,
orgullo y ambición del alma inquieta;
escondido tesoro,
brillante más que el oro,
gloria, entusiasmo y vida del poeta.
¿Qué vale de los reyes la diadema
ante el místico emblema
de la noble ambición, genio y poesía?
si una hoja solamente
ciñera yo a mi frente
que acallara el afán del alma mía;
Si al entusiasmo que mi mente inspira
alcanzara mi lira
un triunfo de la gloria seductora,
¡Oh palma! hasta las nubes,
más allá do tú subes,
se elevara la voz de tu cantora.
Allí en el trono que el Señor levanta
te viera yo a mi planta;
y de mis sienes deslumbrando el brillo,
contemplara las hojas
que ora te visten rojas,
teñidas débilmente de amarillo.
¡Delirio nada más! Nunca gloriosa
guirnalda esplendorosa
alegrará mis sienes lisonjera,
ni tampoco mi acento
perdido por el viento
podrá elevarse a la celeste esfera.
Guarda tus ramos para el vate augusto
premio a su lira justo,
o a ceremonias santas consagrados,
entre el canto sonoro
de religioso coro,
en el altar del templo colocados.
Guarda tus ramos, virgen soberana,
bella y noble africana,
formando airosos tu lucido manto;
y el ave pasajera
besando tu cimera
te deje un eco de su dulce canto.
Alza gallarda tu cabeza al viento
en blando movimiento,
la corona agitando mal prendida;
y despreciando el brío
del huracán bravío,
descuella ufana sobre el tronco erguida.
Amor de los amores
I
¿Cómo te llamaré para que entiendas
que me dirijo a ti ¡dulce amor mío!
cuando lleguen al mundo las ofrendas
que desde oculta soledad te envío?…
A ti, sin nombre para mí en la tierra
¿cómo te llamaré con aquel nombre,
tan claro, que no pueda ningún hombre
confundirlo, al cruzar por esta sierra?
¿Cómo sabrás que enamorada vivo
siempre de ti, que me lamento sola
del Gévora que pasa fugitivo
mirando relucir ola tras ola?
Aquí estoy aguardando en una peña
a que venga el que adora el alma mía;
¿por qué no ha de venir, si es tan risueña
la gruta que formé por si venía?
¿Qué tristeza ha de haber donde hay zarzales
todos en flor, y acacias olorosas,
y cayendo en el agua blancas rosas,
y entre la espuma lirios virginales?
Y ¿por qué de mi vista has de esconderte;
por qué no has de venir si yo te llamo?
¡Porque quiero mirarte, quiero verte
y tengo que decirte que te amo!
¿Quién nos ha de mirar por estas vegas
como vengas al pie de las encinas,
si no hay más que palomas campesinas
que están también con sus amores ciegas?
Pero si quieres esperar la luna,
escondida estaré entre la zarza-rosa,
y si vienes con planta cautelosa
no nos podrá sentir paloma alguna.
Y no temas si alguna se despierta,
que si te logro ver, de gozo muero,
y aunque después lo cante al mundo entero,
¿qué han de decir los vivos de una muerta?
II
Como lirio del sol descolorido
ya de tanto llorar tengo el semblante,
y cuando venga mi gallardo amante,
se pondrá al contemplarlo entristecido.
Siempre en pos de mi amor voy por la tierra
y creyendo encontrarle en las alturas,
con el naciente sol trepo a la sierra;
con la noche desciendo a las llanuras,
Y hallo al hambriento lobo en mi camino
y al toro que me mira que me espera;
en vano grita el pobre campesino
«No cruces por la noche la ribera. »
En la sierra de rocas erizada,
del valle entre los árboles y flores,
en la ribera sola y apartada
he esperado el amor de mis amores.
A cada instante lavo mis mejillas
del claro manantial en la corriente,
y le vuelvo a esperar más impaciente
cruzando con afán las dos orillas.
A la gruta te llaman mis amores;
mira que ya se va la primavera
y se marchitan las lozanas flores
que traje para ti de la ribera.
Si estás entre las zarzas escondido
y por verme llorar no me respondes,
ya sabes que he llorado y he gemido,
y yo no sé, mi amor, por qué te escondes.
Tú pensarás, tal vez, desdeñosa
por no enlazar mi mano con tu mano
huiré, si te me acercas, por el llano
y a los pastores llamaré medrosa.
Pero te engañas, porque yo te quiero
con delirio tan ciego y tan ardiente,
que un beso te iba a dar sobre la frente
cuando me dieras el adiós postrero.
III
Dejaba apenas la inocente cuna
cuando una hermosa noche en la pradera
los juegos suspendí por ver la luna
y en sus rayos te vi, la vez primera.
Otra tarde después, cruzando el monte,
vi venir la tormenta de repente,
y por segunda vez, más vivamente
alumbró tu mirada el horizonte.
Quise luego embarcarme por el río,
y hallé que el son del agua que gemía
como la luz, mi corazón hería
y dejaba temblando el pecho mío.
Me acordé de la luna y la centella
y entonces conocí que eran iguales
lo que sentí escuchando a los raudales,
lo que sentí mirando a la luz bella.
Vago, sin forma, sin color, sin nombre,
espíritu de luz y agua formado,
tú de mi corazón eras amado
sin recordar en tu figura al hombre.
Ángel eres, tal vez, a quien no veo
ni lograré, jamás, ver en la tierra,
pero sin verte en tu existencia creo,
y en adorarte mi placer se encierra.
Por eso entre los vientos bramadores
salgo a cantar por el desierto valle,
pues aunque en el desierto no te halle,
ya sé que escuchas mi canción de amores
Y ¿quién sabe si al fin tu luz errante
desciende con el rayo de la luna,
y tan sola otra vez, tan sola una,
volveré a contemplar tu faz amante?
Mas, si no te he de ver, la selva dejo,
abandono por siempre estos lugares,
y peregrina voy hasta los mares.
A ver si te retratas en su espejo.
IV
He venido a escuchar los amadores
por ver si entre sus ecos logro oírte,
porque te quiero hablar para decirte
que eres siempre el amor de mis amores.
Tu ya sabes, mi bien, que yo te adoro
desde que tienen vida mis entrañas,
y vertiendo por ti mares de lloro
me cansé de esperarte en las montañas.
La gruta que formé para el estío
la arrebató la ráfaga de octubre…
¿qué he de hacer allí sola al pie del río
que todo el valle con sus aguas cubre?
Y ¡oh Dios! quién sabe si de ti me alejo
conforme el valle solitario huyo,
si no suena jamás un eco tuyo
ni brilla de tus ojos un reflejo.
Por la tierra ¡ay de mí! desconocida,
como el Gévora, acaso, arrebatada
dejo mi bosque y a la mar airada
a impulso de este amor corro atrevida.
Mas si te encuentro a orilla de los mares
cesaron para siempre mis temores
porque puedo decirte en mis cantares
que tú eres el amor de mis amores.
V
Aquí tu barca está sobre la arena:
desierta miro la extensión marina:
te llamo sin censar con tu bocina
y no pareces a calmar mi pena.
Aquí estoy en la barca triste y sola
aguardando a mi amado noche y día;
llega a mis pies la espuma de la ola,
y huye otra vez, cual la esperanza mía.
¡Blanca y ligera espuma transparente,
ilusión, esperanza, desvarío,
como hielas mis pies con tu rocío
el desencanto hiela nuestra mente!
Tampoco es el mar a donde él mora,
ni en la tierra ni el mar mi amor existe
: ¡Ay! dime si en la tierra te escondiste
o si dentro del mar estás ahora.
Porque es mucho dolor que siempre ignores
que yo te quiero ver, que yo te llamo
sólo para decirte que te amo,
¡que eres siempre el amor de mis amores!
VI
Pero te llamo yo, ¡dulce amor mío!
como si fueras tú mortal viviente,
cuando sólo eres luz, eres ambiente,
eres aroma, eres vapor del río.
Eres la sombra de la nube errante,
eres el son del árbol que se mueve,
y aunque a adorarte el corazón se atreve,
tú solo en la ilusión eres mi amante.
Hoy me engañas también como otras veces;
tú eres la imagen que el delirio crea,
fantasma del vapor que me rodea
que con el fuego de mi aliento creces.
Mi amor, el tierno amor por el que lloro
eres tan sólo tú ¡señor Dios mío!
Si te busco y te llamo, es desvarío
de lo mucho que sufro y que te adoro.
Yo nunca te veré, porque no tienes
ser humano, ni forma, ni presencia:
yo siempre te amaré, porque en esencia
a el alma mía como amante vienes.
Nunca en tu frente sellará mi boca
el beso que al ambiente le regalo;
siempre el suspiro que a tu amor exhalo
vendrá a quebrarse en la insensible roca.
Pero cansada de penar la vida,
cuando se apague el fuego del sentido,
por el amor tan puro que he tenido
tú me darás la gloria prometida.
Y entonces al ceñir la eterna palma,
que ciñen tus esposas en el cielo,
el beso celestial, que darte anhelo,
llena de gloria te dará mi alma.
Ángela, melancólica mi alma…
Ángela, melancólica mi alma
hacia tus brazos encamina el vuelo
ansiosa de encontrar en ellos calma.
Que, siempre son los ángeles del cielo
ésos que nos arrullan blandamente
y nos prestan reposo y dan consuelo.
Tú tienes una voz que el ruido miente
de las sencillas tórtolas, y el eco
del murmurar tranquilo de la fuente,
Y aunque en el pecho de inocencia seco
no halle lugar tan cándido sonido
halla en el mío dilatado hueco.
Si, yo mi juventud no he consumido,
conservo la ilusión y el sentimiento
y aun puedo al tierno amor prestar oído:
Ora célebre amor tu tierno acento,
ora te duelas dél, siempre te escucha
mi enternecido corazón atento.
Y si en el siglo de ambición y lucha
consuelo mutuamente no nos damos
de nuestras almas a la pena mucha,
Ángela, ¿con el llanto a dónde vamos?
¿Hacia dónde el amor sencillo y bello
de nuestra musa juvenil llevamos?
De rosas y jazmines el cabello
te puedo coronar, sino ambiciosa
por ceñir el laurel doblas el cuello:
Yo quiero consagrar mi edad penosa
a celebrar las cándidas doncellas
que sólo en su amistad mi alma reposa;
Entusiasmo y virtud encuentro en ellas
y en sus arpas dulcísimas y santas
el consuelo y la paz de mis querellas.
Por eso vuelo a ti, que tierna cantas
a Dios ya los amores de mi vida
raudal perpetuo de emociones tantas.
Por eso ya sintiéndome abatida
el alma hacia tus brazos encamino
porque en ellos la des bella acogida.
Más precio yo tu arrullo peregrino
que de las trompas bélicas los sones
donde horribles batallas imagino,
Más precio yo, doncella, tus canciones
que los oscuros libros de la historia
donde jamás hallé sino borrones;
Más precio de amistad la suave gloria,
más de mis compañeros la sonrisa
que del mayor guerrero la victoria.
De dos en dos, las tórtolas, poetisa,
cantan sobre los rudos encinares
mecidas en sus ramas por la brisa:
Así das tú compaña a mis pesares
aliento a un pecho lánguido infundiendo
con el celeste ardor de tus cantares…
Ya no sufro; mis párpados cayendo
a tu benigno influjo, dulce amiga,
poco a poco y mi espíritu adurmiendo
en tus brazos se van… ¡Dios te bendiga!
Ángeles peregrinos que habitáis…
Ángeles peregrinos que habitáis
las moradas divinas del Oriente
y que mecidos sobre el claro ambiente
por los espacios del mortal vagáis.
A vosotros un alma enamorada
os pide sin cesar en su lamento
alas, para cruzar del firmamento
la senda de los aires azulada.
Veladme con la niebla temerosa
que por la noche ciega a los mortales,
y en vuestros puros brazos fraternales
llevadme allá donde mi bien reposa.
Conducidme hasta el sol donde se asienta
bajo el dosel de reluciente oro
el bien querido por quien tanto lloro,
genio de la pasión que me atormenta.
¡Ay! Transportad mi corazón al cielo,
y si os place después darme castigo,
destrozadme en los aires y bendigo
vuestra piedad y mi dichoso vuelo.
Aquel nombre primero…
Aquel nombre primero
que bendijo mi labio balbuciente,
después que prisionero
vi a mi padre inocente,
fue, Señora, tu nombre reverente.
Aquella faz hermosa
que, después de la faz hermosa y santa
de mi madre amorosa
miré con ansia tanta,
fue, Señora, tu faz que al mundo encanta.
La primera alegría
que de mi triste infancia en los albores
recuerda el alma mía,
brotó con tus favores
como al rayo del sol brotan las flores.
Y la primera gala
que el sereno y trasparente cielo
al puro azul iguala,
la vestí con anhelo
por celebrar tu nombre y mi consuelo.
Yo entonces no sabía
cómo en la vaga mente se creaba
la sonora poesía,
pero entonces cantaba
los himnos que en tu honor el pueblo alzaba.
De tu dulce amnistía
a la sombra feliz hemos crecido,
las que niñas un día
tanto habemos sufrido
que sin ti fuera triste haber nacido.
Con noche muy oscura
nacimos en el siglo desgraciado,
y nunca la luz pura
hubiéramos gozado
si no le amaneciera tu reinado.
Luz trajo tu venida,
luz tu sonrisa, luz es tu mirada,
y a tu luz atraída,
ave desorientada,
yo te vine a buscar triste y cansada.
Y tú al ave importuna
que de Aranjuez al campo retirado
fue a gemir su fortuna,
tendiste con agrado
tu mano, que es su nido regalado.
Al verte, a mi memoria
vino el recuerdo de la infancia mía,
toda la amarga historia
del padre que gemía,
y tu grandeza soberana y pía.
Recordé tu hermosura,
como del campo la primera mañana
que en nuestra infancia pura.
Con el alba lozana,
se muestra tan risueña y tan galana.
Y los himnos suaves
que gozosos cantaban mis hermanos,
al compás de las aves,
por los floridos llanos,
en honor de tus rasgos soberanos.
Y por eso a tu planta,
sin poder exhalar palabra alguna
mi anudada garganta,
quedé, como en la cuna
el niño embelesado al ver la luna.
Y nunca mi cariño
te pudiera expresar con un acento,
si, cual la madre al niño,
no me enseñara atento
tu labio a traducir mi pensamiento.
Tú al canto del Petrarca
y del Tasso a los épicos sonidos,
en la bella comarca
los muy blandos oídos
tienes acostumbrados y entendidos.
Yo no sé hacer canciones
que el genio inspira, que el talento ordena,
mas, ¡ah! los corazones
que el entusiasmo llena,
tienen de gratitud fecunda vena.
De un alma agradecida
comprende el amoroso sentimiento,
sin arte y sin medida,
que el agradecimiento
es, Señora, virtud, mas no talento.
Mejor sé verter llanto
estrechando tus manos contra el pecho,
que encerrar en mi canto,
con un límite estrecho,
la gratitud que Dios tan grande ha hecho.
Al decir que te ama
el corazón, Señora, no se inquieta
por la Apolínea llama
que, al numen no sujeta,
prefiero ser mujer a ser poeta.
No puedo consagrarte
rico poema do tu augusto nombre
con perfección del arte
al universo asombre,
que los épicos cantos son del hombre.
Mas ruego cada día
en piadosa oración, que es más sonora,
a la Virgen María,
que te sea, Señora,
como eres tú, mi augusta protectora.
Aquí tienes al anciano…
Aquí tienes al anciano
terminando su agonía,
y al niño en el mismo día
empezando su vivir.
Escucha cual suena, hermano,
de ese que viene el gemido
con el adiós confundido
del otro que va a partir.
¿Qué es más triste, la ignorancia
de aquel que busca la vida,
o de otro que perdida
deja la vida, el saber?
¿Qué lloras más, a la infancia
que a padecer se encamina,
o a la vejez que termina,
hermano, su padecer?
Tuvo el año lozanía,
bella fue su primavera,
mas ¿sabes en la pradera
para qué las flores son?
Para hacernos más sombría,
cuando acaba su belleza,
de los campos la tristeza
en la invernal estación.
¿Dudas? ¡ay! estrecha cuenta
hoy al año reclamemos,
y sus penas coloquemos
al lado de su placer.
Ya verás cuál se acrecienta
ancho el cerco de sus males,
y el de sus bienes cabales
cuán estrecho viene a ser.
Tenemos pena cumplida,
ventura solo aplazada,
con lágrima anticipada
tan antes pagada ya,
que parece que la vida
poscrita al placer tenemos,
y solo que le soñemos
castigo el dolor nos da.
Tal nos pasa, tal sufrimos,
tal es el mundo presente;
tras nosotros otra gente
más dichosa ha de venir:
que las almas que nacimos
de este siglo entre las guerras,
para cruzar nuestras tierras
en un perpetuo gemir.
Bardos vendrán más contentos
en otra edad venturosa
que la vida hallen hermosa
y canten solo placer;
mas nosotros, descontentos
de estos tiempos revoltosos,
con los ojos lagrimosos
cantamos el padecer.
Y cuando el año termina
más nuestro duelo se aumenta;
triste el año es que ahuyenta
¿mas cómo el otro será?
Esa aurora que vecina
sigue ya a la noche esta
en alas del sol traspuesta,
¿sabes tú qué luz traerá?
¿Podrán los ojos mirarla
frente a frente sin recelo?
¿Brillará pura en el ciclo?
¿Saldrá envuelta en lobreguez?
¿Vendrá algún astro a eclipsarla,
tanta nube a oscurecerla,
que nunca logremos verla
en completa brillantez?
Allá los sabios que miran
por la noche a los luceros,
en sus cálculos certeros
lo que averiguan dirán;
mas a mí que no me inspiran
profecías las estrellas,
no puedo decir por ellas
lo que los años traerán.
Pero los temo y los lloro,
y entre su noche y su aurora
está para mí la hora
más triste del corazón;
del rudo bronce sonoro
que entrambos años separa,
temblando aguardo la clara
y solemne vibración…
Dos… cuatro… seis… alegría
al que nace saludemos;
ocho… diez… doce… ¡lloremos
al que deja de vivir!
Es del año la agonía
y el nacimiento del año,
la esperanza y desengaño
lo pasado y porvenir.
¡Ay! transportad mi corazón al cielo!
Ángeles peregrinos que habitáis
las moradas divinas del Oriente
y que mecidos sobre el claro ambiente
por los espacios del mortal vagáis.
A vosotros un alma enamorada
os pide sin cesar en su lamento
alas, para cruzar del firmamento
la senda de los aires azulada.
Veladme con la niebla temerosa
que por la noche ciega a los mortales,
y en vuestros puros brazos fraternales
llevadme allá donde mi bien reposa.
Conducidme hasta el sol donde se asienta
bajo el dosel de reluciente oro
el bien querido por quien tanto lloro,
genio de la pasión que me atormenta.
¡Ay! Transportad mi corazón al cielo,
y si os place después darme castigo,
destrozadme en los aires y bendigo
vuestra piedad y mi dichoso vuelo.
Bien hayan, mariposa…
Bien hayan, mariposa,
las bellas alas como el aire leves,
que inquieta y vagarosa
entre las flores mueves,
ostentando tu púrpura preciosa.
De blanda primavera
bien haya la callada y fiel vecina,
la dulce compañera
del alba cristalina,
perdida entre la flor de la pradera.
Ligera y afanosa
el prado mide tu inseguro vuelo,
ya huyendo temblorosa,
ya con ansioso anhelo
en las flores vagando codiciosa.
Bien haya el purpurino,
el vaporoso polvo de tus alas,
que al aire de continuo
puro y luciente exhalas
al abrirte en sus ámbitos camino.
¡Ay! goza, mariposa,
la pasajera vida de dulzura,
que vuela presurosa:
goza allá tu ventura,
revolando en la siesta silenciosa.
Apura de las flores
el empapado cáliz que te ofrecen,
y apura tus amores;
que ya en la noche acrecen
del otoño los vientos destructores.
Y eres frágil y bella,
y tu belleza el cierzo descolora.
Si sañudo atropella
tu gala seductora,
ni aun de tu forma quedará la huella.
Bien llegados a España, caballeros…
Bien llegados a España, caballeros.
Esta joven nación, su tierra pura
os brinda a los amigos extranjeros
que lecciones la ofrecen de cultura:
por el terso carril marchen ligeros
los hijos de la rica Extremadura,
vuestras artes, y ciencias y portentos
a igualar y vencer con sus talentos.
¡O mi pueblo, sencillo patriarca
tan agreste pacífico y tan rudo,
de ferrados-carriles tu comarca
van a ornar, y ya en vez del torpe y mudo
buey que sus pasos por minutos marca
¡rodará gran vapor!… ¿Quién tanto pudo?
¿Qué impulso, qué vigor, qué movimiento
pone a tan bella fábrica el cimiento?
Hay una tierra, en medio el Océano
donde O”Connell nació y a Byron cuenta,
¿qué reino hallar más fuerte y soberano
que la patria feliz que a ambos alienta?
Pues ya del genio y del poder Britano
tanto el raudal inmenso se acrecienta
que sus diques rompiendo a inundar pasa
el virgen suelo que de sed se abrasa.
Ya corren hasta aquí sus manantiales;
ya el campo bebe su copioso riego;
ya florecen brillando a sus cristales
el extremeño prado y el manchego.
¡Ay! los que tal pobreza y tantos males
en la guerrera lucha a sangre y fuego,
soportaron pacientes, ¿cómo ahora,
dicha comprenderán tan seductora?
Agriado el corazón por los azares,
perdida en desengaños la esperanza,
nada aguardamos ya sino pesares,
sólo en el mal tenemos confianza;
por eso hacia la gente de los mares
torva la vista, y suspicaz se lanza
y rechazando el bien porque suspira
responde el español: «Fraude, mentira».
Empero, no a los hijos de Bretaña
que nos tendieron las amigas manos
cuando el Coloso amenazó a la España
deben temer los nobles castellanos;
antes bien recordar la fiel campaña
que hicieron los dos reinos como hermanos
para que aliento infunda a la memoria
de Wellington su lauro y nuestra gloria.
¡Por qué ese recelar eterno y triste!
¡Por qué en el porvenir tal desconsuelo!
¡Por qué así nuestro espíritu reviste
con su negro color el blanco cielo!
Tal vez el hado en el rencor desiste
con que siguió nuestro cefrado suelo,
y su primer sonrisa alegremente
nos muestra en el camino reluciente.
¡Cuánta prosperidad, cuánta grandeza!
¡Cuán fecundos los montes hoy salvajes
pavimentos darán con su corteza,
moradas ornarán con sus ramajes!;
cuántos pueblos, alzando la cabeza
por contestar de Europa a los ultrajes
«venid aquí —dirán— pueblos hambrientos,
¡que nosotros estamos opulentos!»
¡Bravo!… generación; rauda caminas…
¡Bravo!… generación; rauda caminas
a modelar tus hombres con las fieras;
¡bien tus nobles misiones adivinas,
te escapas de las cátedras latinas
y en las plazas de toros te atrincheras!
Nuevos campos de lid a los toreros
levanta ¡oh patria! agota los tesoros.
¿Pueblo de sabios son los extranjeros?
Pues aquí somos pueblo de vaqueros…
necios ¿qué vale más, leyes o toros?
¿La libertad, qué importa mientras brama
el acosado toro en la llanura
y la arena socava y desparrama
y sufre el aguijón… sufre la llama,
de la infeliz España imagen pura?
Y cuando ronco ya lanza profundos
del traspasado pecho los bramidos
y hombres caen y alazanes moribundos
¡cómo es ver a los mozos rubicundos
romper en gozosísimos silbidos!
Y a las damas, las dulces, las mimadas,
corazones de leche delicados,
cebarse en contemplar ensangrentadas
las carnes del buen toro acribilladas,
los pechos del caballo desgarrados.
Mas escuchad; a defender la lucha
de hombres y toros se levanta osado
el petulante hidalgo que me escucha
«Yo vengo —exclama— aquí con gloria mucha
porque esto es español». ¡Bien, ha gritado!
¡Oh Nacional ardor! cien aureolas
de rubias astas en la docta frente
coloquen del mancebo, que halla solas
en los chulos las glorias españolas,
en los toros su fuerza prepotente.
Para aquellas ¡oh pueblo! almas de toro
el valor y el saber son extranjeros;
no aprenden en el Cid que bate al moro,
no abren de nuestros libros el tesoro
y de España osan ser con ser toreros.
Pues también en las bellas de la España
tanto el patrio cariño se acrisola
que ven con entusiasmo a la alimaña;
con ellas la bondad es planta extraña,
tan sólo la crueldad es española.
¡Quién me diera tu numen, Jovellanos,
para tronar y despedir centellas
contra aquellos padrones castellanos
que se elevan más altos, más ufanos
en vez de perecer bajo tus huellas!
¡Varón ilustre, si tu mente pura
de los rayos del sol aquí desciende,
mira al pueblo español en esa altura,
cómo rápido avanza en la cultura,
cómo en la escuela de la ciencia aprende!
Pan y toros tenemos —prorrumpiste—
pero tu siglo fue siglo de oro,
el nuestro, Jovellanos, es más triste,
tú, al menos, con el toro pan tuviste,
¡a nosotros nos dan sin pan el toro!
Brillaba el sol aquel día…
Brillaba el sol aquel día
con luz clara, pura, hermosa;
yo no sé qué presentía,
pero estaba el alma mía
agitada y recelosa.
Antes de ver la tormenta
el Alción la pronostica:
así una emoción violenta
que se siente y no se explica
a veces nos amedrenta.
¡Tempestad!… y recia que era
la que aguardaba a mi vida,
cuando por la vez primera
tu mirada placentera
vino a anunciar su venida.
«Alma noble, dije al verte,
corazón osado y fuerte
en amor y odio extremado,
has de ser muy estimado
de la que llegue a quererte».
Harto bien lo presagiaba,
¡mas, por Dios, no sospechaba
aquélla que lo decía
que la idólatra sería
del corazón que juzgaba!
¿Por qué tu mirada era
tan dulce? ¿Por qué tu ruego
quisiste una vez que oyera?…
Con una chispa de fuego
se enciende una inmensa hoguera.
Dice alguno en su porfía
que es mi alma dura roca;
mas, por la Virgen María,
que a un acento de tu boca
se ha deshecho el alma mía.
Buen sabio, ¿de tu tierra y de la mía?…
Buen sabio, ¿de tu tierra y de la mía
tu corazón no ansía
el nombre oír que la memoria encierra
de los pasados años?
¿O a tu memoria extraños
serán ya los recuerdos de tu tierra?
Yo, Señor, que heredé de mis abuelos
un libro de consuelos
obra de tu lozana fantasía,
cuando eras mozo o niño,
tengo mucho cariño
al buen cantor de la comarca mía.
Siempre al pasar cercana de tus lares
recordé tus cantares,
y otras veces al margen del Guadiana
medité dulcemente
en la gloria eminente
que a nuestro pueblo consagró Quintana.
¿Por qué en el aprender ¡ay! soy tan ruda
que, aun cuando ansiosa acuda,
en la ciencia a estudiar de tus escritos
las brillantes lecciones,
no logro en mis canciones
remedar tus acentos infinitos?
Mas ¡qué mucho! las artes lentamente
vienen, cual la corriente,
del manantial sereno del Ruidera
a visitar los muros
solitarios y oscuros
de esta ciudad de España la postrera.
No se pule el salvaje entendimiento
del campesino acento
entre el tosco rumor; y la poesía
levanta su cabeza,
entre tanta aspereza,
como una planta estéril y bravía…
¿Qué nuevas te daré que a tu celoso
patrio entusiasmo hermoso
por la fama y el bien de nuestro suelo
alegren placenteras,
si antes que estas riberas
pienso, Quintana, que se mude el cielo?
Si las vastas encinas del contorno,
solo y agreste adorno
de estos valles, tal vez, contado hubieras,
al despedirte de ellos
en tus abriles bellos,
esas propias hallaras, si hoy volvieras.
Los arraigados juncos de este río
bajo el mismo rocío
con que la espuma, al salpicar, los baña,
medran tranquilamente
sin que del hombre intente
otros sauces plantar la mano extraña.
Y aun hay de tierra vírgenes pedazos
donde jamás los brazos
del colono feliz su fuerza emplean,
y hay fuentes, manantiales
sin guía y sin brocales
cuyos hilos se pierden y se orean…
Más aprisa se mueve la tortuga;
menos tarda la oruga
su bella metamorfosis presenta
en esta tierra, Quintana,
un solo paso gana
de su cultura en la carrera lenta.
Empero un solo nombre hay en el mundo
que del sueño profundo
a este pueblo pacífico levanta
y lo agita, lo enciende,
cuando extático entiende
la nota fiel de esta palabra santa.
Grítale «Libertad» verás leones:
que vengan las naciones
a esclavizar a la soberbia España,
y será de este otero
cada azadón grosero
hacha incansable en la mortal campaña.
¡Por Dios! este rincón, hoy tan tranquilo,
fuera el último asilo
de aquella libertad apetecida
que, aunque no entiendo de ella,
debe de ser muy bella
cuando es tan ponderada y tan querida.
Tú la llamaste flor en tus cantares;
¡en la tierra y los mares
cuánta sangre costó! ¿Y eso son flores?
¡Hoy por lo solitaria
Será la pasionaria
o la viuda negra y sin olores!
Negra e inodora fue para los míos
cuyos años sombríos
vagando tras sus pétalos tronchados,
con pertinaz constancia,
las horas de mi infancia
y triste juventud han amargado…
No la aborrezco, no, me espanta
esa costosa planta
que nuestro llanto bebe por rocío:
más fruto y menos penas
me dan las azucenas
que en mi puerto florecen en estío.
¡Quiera Dios que no tronche en nuestra tierra
nuevo huracán de guerra
esa flor que inspiró tus armonías:
siquiera porque ha sido
la que más ha lucido
en tu guirnalda eterna de poesías!
Como aquellas lucecillas…
Como aquellas lucecillas
vaporosas y ligeras,
que sin calor a millares
se levantan de la tierra,
Los amores en tu pecho,
fragilísima belleza,
sin que su fuego te abrase
alzan mil llamas diversas:
Brotan, lucen, se disipan,
otras nacen tras aquellas:
la inconstancia las apaga,
la liviandad las renueva.
Como el aura suavísima resbala…
Como el aura suavísima resbala
de placer en placer fácil mi vida:
entre el amor y gloria dividida,
¿cuál es la dicha que a mi dicha iguala?
Al lado de Faón, su amor cantando;
con la luz de sus ojos fascinada;
dicha inmensa es de Safo bienhadada
perder sus horas en deliquio blando.
Dicha inmensa es de Safo venturosa
que su amante en el aire que respira
beba el acento de la tierna lira,
que tan sólo por él suena amorosa.
¡Cómo a mis ojos inefable llanto
gota por gota el corazón destila,
si un instante su faz dulce y tranquila
brilla gozosa al escuchar mi canto!…
¡Si de su boca en lisonjero arrullo
la voz desciende a celebrar mi lira,
y hálito vago que su labio expira
mis sienes cerca entre el falaz murmullo!
Siento, Faón, tu delicado aliento
bullir entorno de la frente mía,
y en deliciosos tonos de armonía
herirme el corazón tus voces siento.
El corazón sus golpes precipita
al eco de tu voz apasionada:
a un suspiro, a un acento, a una mirada
como el seno de tórtola se agita.
No temo entonces que por bella alguna
perjuro olvides tu feliz cantora,
ni atractiva beldad venga en mal hora
a destrozar mi plácida fortuna.
¿Y quién la flor de la ventura mía
osará marchitar con mano aleve?
¿Quién a usurpar tu corazón se atreve
y a reinar donde Safo reinó un día?
¡Ah! no soy bella: su preciosa mano
en mi rostro los Dioses no imprimieron;
más al alma benignos concedieron
de los genios el numen soberano.
Y cítara en mis manos peregrina
las hermanas de Febo colocaron,
y de entusiasmo el corazón llenaron
de amor ardiente e inspiración divina.
Goza de triunfos la beldad un día,
que el porvenir destruye rigoroso;
cuando el genio entre aplausos victorioso
de la inmortalidad al templo guía.
Lecho de tierra y silencioso olvido
sólo del mundo la hermosura alcanza:
el estrecho sepulcro a do se lanza,
los rayos borrará de haber nacido.
Cual sueño pasará, si el genio alzando
la poderosa voz no la eterniza,
su cantar que a los siglos se desliza
vida preciosa a sus cenizas dando.
Yo también cantaré: también mis voces,
tierna Faón, tu nombre repitiendo,
con tu amor y mi amor sobreviviendo,
al porvenir sin fin irán veloces.
Yo a esa Grecia opulenta, sabia y justa
arrancaré un aplauso duradero,
una corona como el grande Homero
a mis sienes tal vez ceñiré augusta.
Y mírala ¡oh Faón! y tu sonrisa
premie el esfuerzo de tu Safo amada,
más plácida a su ser que en la alborada
place a las flores la naciente brisa.
¡Cómo, Señor, no he de tenerte miedo!
Yo te olvidaba ya; ni una alabanza
a la gloriosa bóveda te envía
la cantora sin fe; sin confianza
enmudece, Señor, el alma mía;
horas de ingratitud donde no alcanza
el reflejo inmortal de tu poesía
duermo, cuando mi sueño indiferente
viene a romper tu cólera imponente.
“De tus seres de amor, vaga doncella,
¿cuál de ellos quieres que a mi voz sucumba?
¿Qué faz querida borrará mi huella?
¿Qué ser amado lanzará a la tumba?
¿Tu padre morirá? ¿Tu madre bella?”
dices, y el eco de tu voz retumba
dentro de mí, Señor: “Todo lo puedo.”
Todo lo puedes, sí; ¡Tú eres el miedo!
Cubre la sombra de la muerte el mundo
cuando tu ceño muestras indignado,
y yo he visto a mi padre moribundo
con la sombra mortal de ese nublado:
Señor, al verte contra mí iracundo
entonces tu poder he recordado;
entonces fue el clamor, el rezo, el lloro:
entonces fue el saber cuánto te adoro.
Tú juegas con las vidas desdichadas,
tú al borde del abismo las suspendes,
y al vernos a tu cólera aterrados,
de súplicas y lágrimas te ofendes;
tú no quieres plegarias arrancadas
al espanto, Señor, tú nos comprendes;
sabes que el labio tu alabanza niega,
y si ruega, Señor, por miedo ruega.
Tú no cediste a mi medroso ruego,
tú perdonaste la oscilante vida,
porque en tu libro de radiante fuego
la indeleble sentencia está esculpida;
pero salvaste de su infiel sosiego
a la memoria ingrata que te olvida…
¡Frágil memoria que tu nombre pierde
y el miedo haya de ser quien lo recuerde!
Ni tu sol, ni tu luna, ni tus flores,
ni me inspiró tu lluvia del estío,
ni penetrar lograron tus favores
en este corazón cerrado y frío:
insensata dejé que otros cantores
elevaran a ti su acento pío
como el insecto inútil que dormita
mientras que el ruiseñor canta y se agita.
No te cantaba cuando en calma el cielo
ornado de celaje transparente
brillaba puro: en tanto que su vuelo
sereno detenía el claro ambiente
no te cantó mi espíritu de hielo:
más rugió la tormenta de repente,
con tu rayo amagaste al ser amado
y de miedo, Señor, te he recordado.
¡Míseras oraciones y cantares
que a impulso del temor rompen conmigo!
no más que en las desdichas y pesares
te llamo grande y te apellido amigo:
sólo cuando te ruego que me ampares
dulces palabras con amor te digo;
sólo cuando vivir sin ti no puedo,
“Señor, exclamo, ven, que tengo miedo.”
¿Pero me escuchas tú? ¿Pero respondes?
¿No me desdeñas porque indigna clamo?
¿Tu cariñosa gracia no me escondes
porque te olvido en paz y en guerra te amo?
¡Ay! no el cruel remordimiento ahondes;
no rechaces mi voz cuando te llamo;
si tanto puedes tú, yo nada puedo;
no es pecado, Señor, que tenga miedo.
Tú vives entre bóvedas de lumbre
de los soles que giran al ruido,
y yo sin que su fuego me deslumbre
no puedo ver al sol medio escondido;
tú de siglos y siglos pesadumbre
eterna llevas, –yo nada he vivido–
tú me puedes hundir –yo nada puedo–
¿cómo, Señor, no he de tenerte miedo?
Tiembla del hombre el corazón valiente,
tiembla el pueblo que audaz te desafía,
la fanática raza del Oriente
y la raza sin fe del Mediodía;
¡muy temible serás cuando el viviente
de tan lejana edad, Señor, temía
y en tanto siglos de gentil denuedo
no ha podido vencer, Señor, su miedo!
Tú eres el miedo que despide llamas,
tú eres el miedo que el diluvio riegas,
y tiene miedo el mundo a quien inflamas,
y tiene miedo el mundo a quien anegas;
si tu poder conoces y nos amas,
cuando los rayos del furor desplegas
y acobardada ante tus iras quedo,
no te enojes, Señor, si tengo miedo.
Puedes quitarnos los amados seres,
nuestra alegría convertir en llanto,
mudar en desventura los placeres,
y trocar en gemidos nuestro canto:
Señor, tan grande y poderoso eres,
es tan inmenso tu gobierno santo
¡que a tu amenaza amedrentada cedo
y te digo ¡Señor, tú eres el miedo!
¿Cómo te llamaré para que entiendas…
I
¿Cómo te llamaré para que entiendas
que me dirijo a ti ¡dulce amor mío!
cuando lleguen al mundo las ofrendas
que desde oculta soledad te envío?…
A ti, sin nombre para mí en la tierra
¿cómo te llamaré con aquel nombre,
tan claro, que no pueda ningún hombre
confundirlo, al cruzar por esta sierra?
¿Cómo sabrás que enamorada vivo
siempre de ti, que me lamento sola
del Gévora que pasa fugitivo
mirando relucir ola tras ola?
Aquí estoy aguardando en una peña
a que venga el que adora el alma mía;
¿por qué no ha de venir, si es tan risueña
la gruta que formé por si venía?
¿Qué tristeza ha de haber donde hay zarzales
todos en flor, y acacias olorosas,
y cayendo en el agua blancas rosas,
y entre la espuma lirios virginales?
Y ¿por qué de mi vista has de esconderte;
por qué no has de venir si yo te llamo?
¡Porque quiero mirarte, quiero verte
y tengo que decirte que te amo!
¿Quién nos ha de mirar por estas vegas
como vengas al pie de las encinas,
si no hay más que palomas campesinas
que están también con sus amores ciegas?
Pero si quieres esperar la luna,
escondida estaré entre la zarza-rosa,
y si vienes con planta cautelosa
no nos podrá sentir paloma alguna.
Y no temas si alguna se despierta,
que si te logro ver, de gozo muero,
y aunque después lo cante al mundo entero,
¿qué han de decir los vivos de una muerta?
II
Como lirio del sol descolorido
ya de tanto llorar tengo el semblante,
y cuando venga mi gallardo amante,
se pondrá al contemplarlo entristecido.
Siempre en pos de mi amor voy por la tierra
y creyendo encontrarle en las alturas,
con el naciente sol trepo a la sierra;
con la noche desciendo a las llanuras,
Y hallo al hambriento lobo en mi camino
y al toro que me mira que me espera;
en vano grita el pobre campesino
«No cruces por la noche la ribera. »
En la sierra de rocas erizada,
del valle entre los árboles y flores,
en la ribera sola y apartada
he esperado el amor de mis amores.
A cada instante lavo mis mejillas
del claro manantial en la corriente,
y le vuelvo a esperar más impaciente
cruzando con afán las dos orillas.
A la gruta te llaman mis amores;
mira que ya se va la primavera
y se marchitan las lozanas flores
que traje para ti de la ribera.
Si estás entre las zarzas escondido
y por verme llorar no me respondes,
ya sabes que he llorado y he gemido,
y yo no sé, mi amor, por qué te escondes.
Tú pensarás, tal vez, desdeñosa
por no enlazar mi mano con tu mano
huiré, si te me acercas, por el llano
y a los pastores llamaré medrosa.
Pero te engañas, porque yo te quiero
con delirio tan ciego y tan ardiente,
que un beso te iba a dar sobre la frente
cuando me dieras el adiós postrero.
III
Dejaba apenas la inocente cuna
cuando una hermosa noche en la pradera
los juegos suspendí por ver la luna
y en sus rayos te vi, la vez primera.
Otra tarde después, cruzando el monte,
vi venir la tormenta de repente,
y por segunda vez, más vivamente
alumbró tu mirada el horizonte.
Quise luego embarcarme por el río,
y hallé que el son del agua que gemía
como la luz, mi corazón hería
y dejaba temblando el pecho mío.
Me acordé de la luna y la centella
y entonces conocí que eran iguales
lo que sentí escuchando a los raudales,
lo que sentí mirando a la luz bella.
Vago, sin forma, sin color, sin nombre,
espíritu de luz y agua formado,
tú de mi corazón eras amado
sin recordar en tu figura al hombre.
Ángel eres, tal vez, a quien no veo
ni lograré, jamás, ver en la tierra,
pero sin verte en tu existencia creo,
y en adorarte mi placer se encierra.
Por eso entre los vientos bramadores
salgo a cantar por el desierto valle,
pues aunque en el desierto no te halle,
ya sé que escuchas mi canción de amores
Y ¿quién sabe si al fin tu luz errante
desciende con el rayo de la luna,
y tan sola otra vez, tan sola una,
volveré a contemplar tu faz amante?
Mas, si no te he de ver, la selva dejo,
abandono por siempre estos lugares,
y peregrina voy hasta los mares.
A ver si te retratas en su espejo.
IV
He venido a escuchar los amadores
por ver si entre sus ecos logro oírte,
porque te quiero hablar para decirte
que eres siempre el amor de mis amores.
Tu ya sabes, mi bien, que yo te adoro
desde que tienen vida mis entrañas,
y vertiendo por ti mares de lloro
me cansé de esperarte en las montañas.
La gruta que formé para el estío
la arrebató la ráfaga de octubre…
¿qué he de hacer allí sola al pie del río
que todo el valle con sus aguas cubre?
Y ¡oh Dios! quién sabe si de ti me alejo
conforme el valle solitario huyo,
si no suena jamás un eco tuyo
ni brilla de tus ojos un reflejo.
Por la tierra ¡ay de mí! desconocida,
como el Gévora, acaso, arrebatada
dejo mi bosque y a la mar airada
a impulso de este amor corro atrevida.
Mas si te encuentro a orilla de los mares
cesaron para siempre mis temores
porque puedo decirte en mis cantares
que tú eres el amor de mis amores.
V
Aquí tu barca está sobre la arena:
desierta miro la extensión marina:
te llamo sin censar con tu bocina
y no pareces a calmar mi pena.
Aquí estoy en la barca triste y sola
aguardando a mi amado noche y día;
llega a mis pies la espuma de la ola,
y huye otra vez, cual la esperanza mía.
¡Blanca y ligera espuma transparente,
ilusión, esperanza, desvarío,
como hielas mis pies con tu rocío
el desencanto hiela nuestra mente!
Tampoco es el mar a donde él mora,
ni en la tierra ni el mar mi amor existe
: ¡Ay! dime si en la tierra te escondiste
o si dentro del mar estás ahora.
Porque es mucho dolor que siempre ignores
que yo te quiero ver, que yo te llamo
sólo para decirte que te amo,
¡que eres siempre el amor de mis amores!
VI
Pero te llamo yo, ¡dulce amor mío!
como si fueras tú mortal viviente,
cuando sólo eres luz, eres ambiente,
eres aroma, eres vapor del río.
Eres la sombra de la nube errante,
eres el son del árbol que se mueve,
y aunque a adorarte el corazón se atreve,
tú solo en la ilusión eres mi amante.
Hoy me engañas también como otras veces;
tú eres la imagen que el delirio crea,
fantasma del vapor que me rodea
que con el fuego de mi aliento creces.
Mi amor, el tierno amor por el que lloro
eres tan sólo tú ¡señor Dios mío!
Si te busco y te llamo, es desvarío
de lo mucho que sufro y que te adoro.
Yo nunca te veré, porque no tienes
ser humano, ni forma, ni presencia:
yo siempre te amaré, porque en esencia
a el alma mía como amante vienes.
Nunca en tu frente sellará mi boca
el beso que al ambiente le regalo;
siempre el suspiro que a tu amor exhalo
vendrá a quebrarse en la insensible roca.
Pero cansada de penar la vida,
cuando se apague el fuego del sentido,
por el amor tan puro que he tenido
tú me darás la gloria prometida.
Y entonces al ceñir la eterna palma,
que ciñen tus esposas en el cielo,
el beso celestial, que darte anhelo,
llena de gloria te dará mi alma.
¡Cuál brilla su alba frente!…
¡Cuál brilla su alba frente
de angélica pureza!…
¡Cuál vierte su mejilla
el candor infantil!
Exhalan el aliento
sus labios bulliciosos
más dulce que las auras
del aromado abril.
Entre rosado velo
de púrpura y de flores
protege su descanso
el ángel de la paz.
Y vaga cariñoso
en torno de su cuna
y halaga blandamente
su adormecida faz.
Y coronó su lecho
de blancas azucenas,
y coronó su frente
de rosas y azahar.
Silencio… que no turbe
ninguna voz humana
su plácido sosiego,
su blando dormitar.
¿Cuál de las hijas del verano ardiente…
¿Cuál de las hijas del verano ardiente,
cándida rosa, iguala a tu hermosura,
la suavísima tez y la frescura
que brotan de tu faz resplandeciente?
La sonrosada luz de alba naciente
no muestra al desplegarse más dulzura,
ni el ala de los cisnes la blancura
que el peregrino cerco de tu frente.
Así, gloria del huerto, en el pomposo
ramo descuellas desde verde asiento;
cuando llevado sobre el manso viento
a tu argentino cáliz oloroso
roba su aroma insecto licencioso,
y el puro esmalte empaña con su aliento.
¡Cuál te adoro!
¡Oh, cuál te adoro! con la luz del día
tu nombre invoco apasionada y triste,
y cuando el cielo en sombras se reviste
aun te llama exaltada el alma mía.
Tú eres el tiempo que mis horas guía,
tú eres la idea que a mi mente asiste,
porque en ti se concentra cuanto existe,
mi pasión, mi esperanza, mi poesía.
No hay canto que igualar pueda a tu acento
cuando tu amor me cuentas y deliras
revelando la fe de tu contento;
Tiemblo a tu voz y tiemblo si me miras,
y quisiera exhalar mi último aliento
abrasada en el aire que respiras.
¡Cuán bellas sois las que sin fin vagando!…
¡Cuán bellas sois las que sin fin vagando
en la espaciosa altura,
inmensas nubes, pabellón formando
al aire suspendido,
inundáis de tristura
y de placer a un tiempo mi sentido!
¡Cuán bellas sois, bajo el azul brillante
las zonas recorriendo,
ya desmayando leves un instante
entre la luz perdidas,
ya el sol oscureciendo
y con su llama ardiente enrojecidas!
Y ya brilláis como la blanca espuma
en las olas del viento,
y ya fugaces como leve pluma,
y de sombras ceñidas,
cruzáis el firmamento
las pardas frentes de vapor henchidas.
¡Cuán dulce brilla en su mortal desmayo
rompido en vuestro seno
del sol ardiente el amarillo rayo!
¡Y cuán dulce y templado
el resplandor sereno
del astro de la noche sosegado!
Y ¡cuánto, oh nubes, vuestro errante giro
place a mi fantasía!
triste y callada y solitaria os miro
flotar allá en el viento,
y por celeste vía
melancólico vaga el pensamiento.
Y yo os adoro si con tibio anhelo
adormís las centellas
el vivo sol en el tendido cielo;
si en delicioso manto
veláis de las estrellas
y la pálida luna el triste encanto.
¡Oh!, ¡yo os adoro, del espacio inmenso
deidades vagarosas!
no cuando hirvientes desde el seno denso
en ronco torbellino
arrojáis espantosas
vívidas llamas del furor divino.
¡Ay! ¡que medrosa entonces se ahuyentara
la inspiración sublime!
ni medrosa la cítara ensalzara
del cielo la belleza,
cuando mi sien oprime
nubloso manto de mortal tristeza.
Muda contemplo de pavor cercada
la turba misteriosa
que en pos del huracán revuela osada,
así errante la vida
se arrastra lastimosa
a la senda fatal do el mal se anida.—
Allá en la inmensidad os mueven guerra
furiosos aquilones:
así de desventuras en la tierra
nos cerca turba insana;
así de las pasiones
es juguete infeliz la vida humana.
Ella varía también la faz ostenta,
y brilla y se oscurece,
y cual vosotras rápida se ahuyenta;
y es nube que exhalada
el aire desvanece
en la corriente de la triste nada.
Mas ¡ay! vosotras revagad en tanto
que la cítara mía
os pueda consagrar su débil canto.
Del sol al rayo bello
tended el ala umbría,
y apacible volvedme su destello.
Y dadme inspiración; yo mis cantares
daré a vuestra hermosura.
las que sorbéis el agua de los mares,
¡vagad tranquilamente
con nevada blancura
en la encendida cumbre del Oriente!—
Cuando el alma primavera…
Cuando el alma primavera
con sus joyas peregrinas
engalana la pradera,
los valles y las colinas;
Y las hojas entreabriendo
leve aroma exhala apenas
la rosa, y van descubriendo
su cáliz las azucenas;
Y su capullo amarillo
de pura esencia desplega
el delicado junquillo
en la espalda de la vega;
Cuando la plácida aurora
el garzo cuello levanta,
y el tulipán cimbradora
descubre la tierna planta;
Una flor nace entre aquellas
émula de las estrellas
en el rubio tornasol,
y que brilla como ellas
a los reflejos del sol.
En el ramo suspendida
menuda, bella, encendida,
es el alma de las flores,
porque es eterna su vida,
y eternos son sus colores.
Allá entre las orlas crece
de su fresca vestidura.
Cuando el alba resplandece,
chispa de fuego parece
sobre la verde llanura.
Tú, belleza marchitable,
de los campos maravilla,
prodigiosa flor, que luces
siempre joven, siempre viva,
De otras bellas los encantos
son tal vez demás valía
que tu capullo inodoro
y tu corona pajiza.
Tú las ves cuando el abril
sus tibias auras expira,
en desplegados pimpollos
vertiendo frescura y vida,
Tú la ves bajo las copas
que los árboles agitan,
embriagando las abejas
y perfumando las brisas
Pero también deshojadas,
marchitas y destrozadas
entre el polvo en la ribera
tú las verás sepultadas
al morir la primavera.
Y pasarán los primores
del risueño abril lozano;
y pasarán los ardores,
las tormentas del verano,
y del otoño las flores;
Y cuando ya el campo yerto
con la tierra haya cubierto
tanta beldad fugitiva,
aún habrá en aquel desierto
una flor, la siempreviva.
Cuando exhala de esa suerte…
Cuando exhala de esa suerte
vuestra Lira dormitando
un eco tan dulce y blando
¿a qué queréis que despierte?
Dejadlo siempre soñando.
Ni vos debéis lamentar
que estén sus cuerdas rompidas,
pues que las sabéis pulsar
tan bien que por vos heridas
aun rotas quieren sonar.
Ni digáis que los azares
apagan vuestros destellos,
cantad con vuestros pesares,
porque los tristes cantares
son los cantares más bellos.
Mas no queráis vuestro acento
rendir, cantor a mis pies,
elévese al firmamento
que su camino es el viento
y el cielo su trono es.
Cuando los recios vientos se embravecen…
Cuando los recios vientos se embravecen,
cuando mugen los mares irritados,
cuando estallan con furia los nublados,
cuando las olas borrascosas crecen,
cuando los buques míseros perecen
por las revueltas ondas anegados,
cuando la Europa envuelta en la tormenta
traba en la oscuridad lucha sangrienta;
Barca dichosa en medio del Océano,
tú sola vas del huracán segura:
Francia se anega, y en la noche oscura
el rayo incendia el pabellón romano;
y oyes los gritos del naufragio humano,
y te duele tal vez su desventura,
¡ay! cuando ves de las antiguas zonas
por la espuma del mar flotar coronas.
Y ves como cadáveres perdidos
al agua nuestros pueblos arrojados,
y ves como timones destrozados
los cetros a las playas sacudidos;
y a los que, aún viven, en el mar hundidos,
por los marinos monstruos devorados,
y como barco que encalló en la arena
a España inmóvil junto al mar que truena.
Y te contemplas tú, y en el espejo
de tus serenos mares retratada,
de la luz juvenil por el reflejo
ves tu belleza pura, inmaculada:
y de la Europa con el rostro viejo
a la fealdad rugosa comparada,
entre perlas tu hermoso cuello engríes,
y de lástima acaso te sonríes.
¡Oh ¡cuánta es tu beldad, cuál tu riqueza!
¡oh! ¡cuánto es tu esplendor, hija de España!
por eso están los buzos de Bretaña
asomando a tus golfos la cabeza…
Mas no serán ¡oh perla! tu belleza
y tu valor de su codicia extraña;
pues antes que cedérsela al britano
nos tragará contigo el Océano.
Dicen que tienen sobre tres castillos,
de los mares enmedio levantados,
a los reinos del mundo aprisionados
del oro del Perú con los anillos;
y que van a engarzar nuevos zarcillos
a la reina feliz de sus estados,
si la prenda mejor que la engalana
hurtan a la corona castellana.
¡Ah! bien los oigo por la noche oscura
cuando te entregas a tu sueño blando,
en la vecina costa murmurando
cantos de seducción a tu hermosura
«Despierta, dicen, reina sin ventura,
esclava del poder de San Fernando,
que ya de libertad llegó la hora
y ya puedes reinar, ya eres señora.
»Si hubieron cetro tus antiguos reyes,
¿por qué el yugo sufrir de la extranjera?
Si tú le puedes dar al mundo leyes,
¿por qué no alzar tu nacional bandera?
¿Serán tus hijos como pobres bueyes,
cuyo trabajo a la comarca ibera
dará las mieses de tu campo ameno,
mientras ellos no más pacen el heno?»…
Pero adormida tú, nunca a su canto,
inocente beldad, prestes oído;
¡ay de tu corazón si seducido
pierde la dicha de candor tan santo!
¡ay si de España el amoroso manto
donde por tantos años has dormido,
loca rasgando tras la voz que miente
te, osaras aclamar independiente!
Pobre beldad, despojo del pirata,
ese mismo cantor que te enamora
te forjará en su harem, altiva mora,
recias cadenas con tu misma plata;
y ese brillante espejo que retrata
tus fiestas y tus náyades ahora,
por sus navales guerras empeñado
reflejará tu rostro ensangrentado.
¿No eres libre y feliz? ¿No estás contenta
mientras nosotros sin cesar lloramos?
Mientras nosotros viejos peleamos
¿no estás joven, tranquila y opulenta?
¿No nos ves en la noche turbulenta
que en las rocas del mar nos estrellamos,
que vamos a morir ya sin consuelo
mientras serena tú cruzas el cielo?
¿No ves nuestros monarcas fugitivos?
¿No ves nuestros pontífices huyendo?
¿No ves a Europa, cuya hoguera ardiendo,
se sustenta con carne de los vivos?
¿Serán nuestros dolores incentivos
que te harán suspirar por el estruendo
y del infierno con que Europa lidia
América, gran Dios, tendrás envidia?
Cuentan los sabios que en la noche vienen
espíritus lanzados del profundo,
que la ruina del antiguo mundo
con acentos fatídicos previenen…
y que, será verdad… y que, ellos tienen
miedo del pueblo loco y moribundo,
que entre las ansias ya de la agonía
llama a la libertad con voz tardía…
Y que a su triste voz vendrán las fieras
de esas comarcas tras la muerta gente
a hundir en sus cadáveres el diente
hozando entre su sangre sus banderas;
y que allá en las edades venideras
irán los peregrinos de Occidente
enseñando al francés en su ignorancia
a qué desierto se llamaba Francia.
Y a contar al inglés, que oyendo atento
de su patria estará las aventuras,
en qué vasto erial, en qué llanuras
la populosa Londres tuvo asiento:
cómo en chozas buscaron aposento
los hombres que habitaban las alturas,
y cómo sus magníficos vapores
se tornaron en barcos pescadores.
Y que, así como queda por los huertos
si la sacude lluvia anticipada,
no madura la fruta abandonada,
España quedará por los desiertos…
¡España con la sangre de sus muertos
hijos queridos, sin sazón regada,
que sacudida al golpe de la guerra
sin madurar se pudrirá en la tierra!…
Mas, que primero aquellos que con vida
queden en los desiertos europeos
recogiendo sus libros y trofeos
irán a tu ciudad esclarecida;
y que en vez de la historia entretenida
que nos enseñan hoy de los hebreos
la nuestra en este libro han de enseñarte
«Vida de Hernán Cortés y Bonaparte».
Por eso aguardas tú como heredera
a que exhalemos el postrer aliento,
y ves rodar al pie de tu palmera
nuestras hojas de acacia por el viento:
porque has de trasplantar en tu pradera
a este mundo arrancado de cimiento,
para que en ese suelo más fecundo
broten las flores del antiguo mundo.
Por eso alhajas tu preciosa villa
para hospedar a nuestras pobres gentes,
por eso a tus hermanos de Castilla
les preparas caminos relucientes;
por eso a tus mares a la orilla
guardas entre tus palmas reverentes
¡isla de salvación del pueblo ibero!
las reliquias del náufrago primero.
¡Cortés, Cortés! que le legó su gloria,
Cortés que prefirió tu cementerio,
la existencia en el mundo transitoria
temiendo sabio del anciano imperio,
la tumba de Cortés en tu hemisferio
de nuestra santa unión es la memoria;
¡sus huesos son de nuestra fe la prenda!
¡maldito el indio que sus huesos venda!
Dejas apenas la risueña infancia…
Dejas apenas la risueña infancia;
juegos, placeres de su edad dejaste.
Ya el dulce brillo de los quince mayos
cerca tus sienes.
Niña aún graciosa, la infantil sonrisa
bulle en tus labios, como el aura tenue.
Juega en el seno de entreabiertas rosas
fresca y fugace.
Tinta ligera de carmín suave
vase tendiendo por tu tez de nieve.
Como de luna sonrosado cerco
brilla en tu rostro.
Virgen, tu bella juventud al mundo
muéstrase alegre, candorosa y pura.
Tal entre rocas cristalina fuente
brota en la sierra.
Vesla que nace sosegada y tersa,
clara tendiendo sus dorados hilos.
Sigue su curso: caminando, mira
cómo se enturbia.
¡Ah, que tu bella juventud al mundo
muéstrase alegre, candorosa y pura!
Mas ¡ay! ¡cuán presto la serena vida
tuerce su paso!
Ya el adormido corazón despierta
voz misteriosa, que de amor le inflama.
Virgen, ¿no sientes palpitar tu seno
más agitado?
Ya las mejillas de encarnado vivo
tiñe la nueva confusión del alma.
Fijos en tierra los turbados ojos
lágrimas brotan.
¡Ay de la hermosa libertad perdida!
¡ay del sosiego de perdida infancia!
¡Ay del tranquilo corazón tan libre,
ya aprisionado!
Ansias, cuidados, agitadas horas,
largos afanes tras ventura escasa
por solo y triste galardón espera
virgen amante.
El amor de los amores
I
¿Cómo te llamaré para que entiendas
que me dirijo a ti ¡dulce amor mío!
cuando lleguen al mundo las ofrendas
que desde oculta soledad te envío?…
A ti, sin nombre para mí en la tierra
¿cómo te llamaré con aquel nombre,
tan claro, que no pueda ningún hombre
confundirlo, al cruzar por esta sierra?
¿Cómo sabrás que enamorada vivo
siempre de ti, que me lamento sola
del Gévora que pasa fugitivo
mirando relucir ola tras ola?
Aquí estoy aguardando en una peña
a que venga el que adora el alma mía;
¿por qué no ha de venir, si es tan risueña
la gruta que formé por si venía?
¿Qué tristeza ha de haber donde hay zarzales
todos en flor, y acacias olorosas,
y cayendo en el agua blancas rosas,
y entre la espuma lirios virginales?
Y ¿por qué de mi vista has de esconderte;
por qué no has de venir si yo te llamo?
¡Porque quiero mirarte, quiero verte
y tengo que decirte que te amo!
¿Quién nos ha de mirar por estas vegas
como vengas al pie de las encinas,
si no hay más que palomas campesinas
que están también con sus amores ciegas?
Pero si quieres esperar la luna,
escondida estaré entre la zarza-rosa,
y si vienes con planta cautelosa
no nos podrá sentir paloma alguna.
Y no temas si alguna se despierta,
que si te logro ver, de gozo muero,
y aunque después lo cante al mundo entero,
¿qué han de decir los vivos de una muerta?
II
Como lirio del sol descolorido
ya de tanto llorar tengo el semblante,
y cuando venga mi gallardo amante,
se pondrá al contemplarlo entristecido.
Siempre en pos de mi amor voy por la tierra
y creyendo encontrarle en las alturas,
con el naciente sol trepo a la sierra;
con la noche desciendo a las llanuras,
Y hallo al hambriento lobo en mi camino
y al toro que me mira que me espera;
en vano grita el pobre campesino
«No cruces por la noche la ribera. »
En la sierra de rocas erizada,
del valle entre los árboles y flores,
en la ribera sola y apartada
he esperado el amor de mis amores.
A cada instante lavo mis mejillas
del claro manantial en la corriente,
y le vuelvo a esperar más impaciente
cruzando con afán las dos orillas.
A la gruta te llaman mis amores;
mira que ya se va la primavera
y se marchitan las lozanas flores
que traje para ti de la ribera.
Si estás entre las zarzas escondido
y por verme llorar no me respondes,
ya sabes que he llorado y he gemido,
y yo no sé, mi amor, por qué te escondes.
Tú pensarás, tal vez, desdeñosa
por no enlazar mi mano con tu mano
huiré, si te me acercas, por el llano
y a los pastores llamaré medrosa.
Pero te engañas, porque yo te quiero
con delirio tan ciego y tan ardiente,
que un beso te iba a dar sobre la frente
cuando me dieras el adiós postrero.
III
Dejaba apenas la inocente cuna
cuando una hermosa noche en la pradera
los juegos suspendí por ver la luna
y en sus rayos te vi, la vez primera.
Otra tarde después, cruzando el monte,
vi venir la tormenta de repente,
y por segunda vez, más vivamente
alumbró tu mirada el horizonte.
Quise luego embarcarme por el río,
y hallé que el son del agua que gemía
como la luz, mi corazón hería
y dejaba temblando el pecho mío.
Me acordé de la luna y la centella
y entonces conocí que eran iguales
lo que sentí escuchando a los raudales,
lo que sentí mirando a la luz bella.
Vago, sin forma, sin color, sin nombre,
espíritu de luz y agua formado,
tú de mi corazón eras amado
sin recordar en tu figura al hombre.
Ángel eres, tal vez, a quien no veo
ni lograré, jamás, ver en la tierra,
pero sin verte en tu existencia creo,
y en adorarte mi placer se encierra.
Por eso entre los vientos bramadores
salgo a cantar por el desierto valle,
pues aunque en el desierto no te halle,
ya sé que escuchas mi canción de amores
Y ¿quién sabe si al fin tu luz errante
desciende con el rayo de la luna,
y tan sola otra vez, tan sola una,
volveré a contemplar tu faz amante?
Mas, si no te he de ver, la selva dejo,
abandono por siempre estos lugares,
y peregrina voy hasta los mares.
A ver si te retratas en su espejo.
IV
He venido a escuchar los amadores
por ver si entre sus ecos logro oírte,
porque te quiero hablar para decirte
que eres siempre el amor de mis amores.
Tu ya sabes, mi bien, que yo te adoro
desde que tienen vida mis entrañas,
y vertiendo por ti mares de lloro
me cansé de esperarte en las montañas.
La gruta que formé para el estío
la arrebató la ráfaga de octubre…
¿qué he de hacer allí sola al pie del río
que todo el valle con sus aguas cubre?
Y ¡oh Dios! quién sabe si de ti me alejo
conforme el valle solitario huyo,
si no suena jamás un eco tuyo
ni brilla de tus ojos un reflejo.
Por la tierra ¡ay de mí! desconocida,
como el Gévora, acaso, arrebatada
dejo mi bosque y a la mar airada
a impulso de este amor corro atrevida.
Mas si te encuentro a orilla de los mares
cesaron para siempre mis temores
porque puedo decirte en mis cantares
que tú eres el amor de mis amores.
V
Aquí tu barca está sobre la arena:
desierta miro la extensión marina:
te llamo sin censar con tu bocina
y no pareces a calmar mi pena.
Aquí estoy en la barca triste y sola
aguardando a mi amado noche y día;
llega a mis pies la espuma de la ola,
y huye otra vez, cual la esperanza mía.
¡Blanca y ligera espuma transparente,
ilusión, esperanza, desvarío,
como hielas mis pies con tu rocío
el desencanto hiela nuestra mente!
Tampoco es el mar a donde él mora,
ni en la tierra ni el mar mi amor existe
: ¡Ay! dime si en la tierra te escondiste
o si dentro del mar estás ahora.
Porque es mucho dolor que siempre ignores
que yo te quiero ver, que yo te llamo
sólo para decirte que te amo,
¡que eres siempre el amor de mis amores!
VI
Pero te llamo yo, ¡dulce amor mío!
como si fueras tú mortal viviente,
cuando sólo eres luz, eres ambiente,
eres aroma, eres vapor del río.
Eres la sombra de la nube errante,
eres el son del árbol que se mueve,
y aunque a adorarte el corazón se atreve,
tú solo en la ilusión eres mi amante.
Hoy me engañas también como otras veces;
tú eres la imagen que el delirio crea,
fantasma del vapor que me rodea
que con el fuego de mi aliento creces.
Mi amor, el tierno amor por el que lloro
eres tan sólo tú ¡señor Dios mío!
Si te busco y te llamo, es desvarío
de lo mucho que sufro y que te adoro.
Yo nunca te veré, porque no tienes
ser humano, ni forma, ni presencia:
yo siempre te amaré, porque en esencia
a el alma mía como amante vienes.
Nunca en tu frente sellará mi boca
el beso que al ambiente le regalo;
siempre el suspiro que a tu amor exhalo
vendrá a quebrarse en la insensible roca.
Pero cansada de penar la vida,
cuando se apague el fuego del sentido,
por el amor tan puro que he tenido
tú me darás la gloria prometida.
Y entonces al ceñir la eterna palma,
que ciñen tus esposas en el cielo,
el beso celestial, que darte anhelo,
llena de gloria te dará mi alma.
El corazón, amigos, palpitante…
El corazón, amigos, palpitante
como otras veces en mi pecho siento;
mas al oír vuestro piadoso acento
sobre las nubes me soñé un instante.
Juzgué más claro el sol, menos distante,
vi espíritus celestes en el viento
y en la estrella que más resplandecía
vi confusa la imagen de María.
Los colores, la luz, aire, el ruido,
todo más bello que en la tierra era,
y aquel mundo con gloria verdadera
le brindaba a mi espíritu embebido.
Pero con ser del alma tan querido
el cielo que de muertos nos espera,
esa dicha, medrosa rechazando,
de mi ilusión me desperté temblando.
Dios quiere que aun el día no llegado
a mi vida en su plazo, todavía;
resignación le falte al alma mía
para dejar mi triste suelo amado.
Amo a los corazones que me han dado,
pena, placer, tristezas, alegría;
amo al árbol, al río, a la pradera
y amo a mi dulce lira compañera.
Vendrá colmado de dolor, acaso,
el porvenir que a mi existencia aguarda
y de la muerte en su carrera tarda,
tal vez acuse el perezoso paso.
Mas nunca Dios el sufrimiento escaso
nos da, cuando el descanso nos retarda,
y mi término corto o prolongado
siempre estará por el bien señalado.
Mas, en tanto que treguas a mi vida
le place conceder al poderoso,
escuchad de una muerta agradecida
el acento que exhala cariñoso;
Sabed que de una voz dulce y sentida
a mí llegando el eco generoso,
vuestra memoria de amistad bendita
deja en mi corazón con llanto escrita.
El marido verdugo
¿Teméis de esa que puebla las Montañas
turba de brutos fiera el desenfreno?…
¡más feroces dañinas alimañas
la madre sociedad nutre en su seno!
Bullen, de humanas formas revestidos,
torpes vivientes entre humanos seres,
que ceban el placer de sus sentidos
en el llanto infeliz de las mujeres.
No allá a las lides de su patria fueron
a exhalar de su ardor la inmensa llama;
nunca enemiga lanza acometieron,
que otra es la lid que su valor inflama.
Nunca el verdugo de inocente esposa
con noble lauro coronó su frente:
¡Ella os dirá temblando y congojosa
las gloriosas hazañas del valiente!
Ella os dirá que a veces siente el cuello
por sus manos de bronce atarazado,
y a veces el finísimo cabello
por las garras del héroe arrebatado.
Que a veces sobre el seno trasparente
cárdenas huellas de sus dedos halla;
que a veces brotan de su blanca frente
sangre las venas que su esposo estalla.
¡Y que ¡ay! del tierno corazón llagado
más sangre, más dolor la herida brota,
que el delicado seno macerado,
y que la vena de sus sienes rota!
Así hermosura y juventud al lado
pierde de su verdugo; así envejece:
así lirio suave y delicado
junto al áspero cardo arraiga y crece.
Y así en humanas formas escondidos,
cual bajo el agua del arroyo el cieno,
torpes vivientes al amor uncidos
la madre sociedad nutre en su seno.
El último día del año y el primero
Aquí tienes al anciano
terminando su agonía,
y al niño en el mismo día
empezando su vivir.
Escucha cual suena, hermano,
de ese que viene el gemido
con el adiós confundido
del otro que va a partir.
¿Qué es más triste, la ignorancia
de aquel que busca la vida,
o de otro que perdida
deja la vida, el saber?
¿Qué lloras más, a la infancia
que a padecer se encamina,
o a la vejez que termina,
hermano, su padecer?
Tuvo el año lozanía,
bella fue su primavera,
mas ¿sabes en la pradera
para qué las flores son?
Para hacernos más sombría,
cuando acaba su belleza,
de los campos la tristeza
en la invernal estación.
¿Dudas? ¡ay! estrecha cuenta
hoy al año reclamemos,
y sus penas coloquemos
al lado de su placer.
Ya verás cuál se acrecienta
ancho el cerco de sus males,
y el de sus bienes cabales
cuán estrecho viene a ser.
Tenemos pena cumplida,
ventura solo aplazada,
con lágrima anticipada
tan antes pagada ya,
que parece que la vida
poscrita al placer tenemos,
y solo que le soñemos
castigo el dolor nos da.
Tal nos pasa, tal sufrimos,
tal es el mundo presente;
tras nosotros otra gente
más dichosa ha de venir:
que las almas que nacimos
de este siglo entre las guerras,
para cruzar nuestras tierras
en un perpetuo gemir.
Bardos vendrán más contentos
en otra edad venturosa
que la vida hallen hermosa
y canten solo placer;
mas nosotros, descontentos
de estos tiempos revoltosos,
con los ojos lagrimosos
cantamos el padecer.
Y cuando el año termina
más nuestro duelo se aumenta;
triste el año es que ahuyenta
¿mas cómo el otro será?
Esa aurora que vecina
sigue ya a la noche esta
en alas del sol traspuesta,
¿sabes tú qué luz traerá?
¿Podrán los ojos mirarla
frente a frente sin recelo?
¿Brillará pura en el ciclo?
¿Saldrá envuelta en lobreguez?
¿Vendrá algún astro a eclipsarla,
tanta nube a oscurecerla,
que nunca logremos verla
en completa brillantez?
Allá los sabios que miran
por la noche a los luceros,
en sus cálculos certeros
lo que averiguan dirán;
mas a mí que no me inspiran
profecías las estrellas,
no puedo decir por ellas
lo que los años traerán.
Pero los temo y los lloro,
y entre su noche y su aurora
está para mí la hora
más triste del corazón;
del rudo bronce sonoro
que entrambos años separa,
temblando aguardo la clara
y solemne vibración…
Dos… cuatro… seis… alegría
al que nace saludemos;
ocho… diez… doce… ¡lloremos
al que deja de vivir!
Es del año la agonía
y el nacimiento del año,
la esperanza y desengaño
lo pasado y porvenir.
Emilio, mi canto cesa…
Emilio, mi canto cesa;
falta a mi numen aliento.
Cuando aspira todo el viento
que circula en su fanal,
el insecto que aprisionas
en su cóncavo perece
si aire nuevo no aparece
bajo el cerrado cristal.
Celebré de mis campiñas
las flores que allí brotaron
y las aves que pasaron
y los arroyos que hallé,
mas de arroyos, flores y aves
fatigado el pensamiento
en mi prisión sin aliento
como el insecto quedé.
¿Y qué mucho cuando un hora
basta al pájaro de vuelo
para cruzar todo el cielo
que mi horizonte cubrió?;
¿qué mucho que necesite
ver otra tierra más bella
si no ha visto sino aquella
que de cuna le sirvió?
Agoté como la abeja
de estos campos los primores
y he menester nuevas flores
donde perfumes libar,
o, cual la abeja en su celda,
en mi mente la poesía
ni una gota de ambrosía
a la colmena ha de dar.
No anhela tierra el que ha visto
lo más bello que atesora,
ni la desea el que ignora
si hay otra tierra que ver:
mas de entrambos yo no tengo
la ignorancia ni la ciencia,
y del mundo la existencia
comprendo sin conocer.
Sé que entre cien maravillas
el más caudaloso río
gota leve de rocío
es en el seno del mar:
y que en nave, cual montaña,
que mi horizonte domina
logra la gente marina
por esa región cruzar.
Mas ¡por Dios! que fue conmigo
tan escasa la fortuna
que el pato de la laguna
vi por sola embarcación:
¿qué me importa el Océano
y cuantos ámbitos cierra?
¡Sólo para mí en la tierra
hay diez millas de creación!
Mar, ciudades, campos bellos
velados ¡ay! a mis ojos;
sólo escucho para enojos
vuestros nombres resonar.
Ni de Dios ni de los hombres
las magníficas hechuras
son para el ciego que a oscuras
la existencia ha de pasar.
Tal ansiedad me consume,
tal condición me quebranta,
roca inmóvil es mi planta,
águila rauda mi ser…
¡Muere el águila a la roca
por ambas alas sujeta;
mi espíritu de poeta
a mis plantas de mujer!—
Pues tras de nuevos perfumes
no puede volar mi mente
ni respirar otro ambiente
que el de este cielo natal;
no labra ya más panales
la abeja a quien falta prado,
perece el insecto ahogado
sin más aire en su fanal.
En buen hora llegaste, compañera…
En buen hora llegaste, compañera,
la desdeñosa irónica sonrisa
que tan amarga para el alma era
cesa ya de afligir a la poetisa;
rompimos el concierto muy aprisa
sin aguardar compás en nuestra era
y las damas cerraron los oídos
y el sexo fuerte prorrumpió en silbidos.
«¡Extraño caso! ¡una mujer que canta!
Tan sólo oímos la mujer que llora».
Eso gritaron los que aplauden ora
con tanto bravo y con palmada tanta:
¡fuerza de la opinión cómo quebranta
la ley de muchos siglos triunfadora
y lo que ayer fue arroyo es hoy torrente
marchando de los tiempos la corriente!
No conquistó Pizarro el pueblo de oro
con más fatiga, con mayor quebranto
que de elevar al aire el pobre canto
la libertad nuestro sencillo coro;
sonó la voz pero sonó entre lloro,
porque al fin de las hembras es el llanto,
y cantar sin gemir, cantar placeres
es propio de varón, no de mujeres.
Porque lo sabes ¡ay! nuestra es la pena;
el mayor infortunio en las naciones
herencia de mujer, no de varones,
no podrán usurparnos la cadena;
ven conmigo a gemir en hora buena
y a defender, amiga, estos blasones
de tristeza y sentir y mala suerte
que no nos puede hurtar el sexo fuerte.
¿Cómo formar jamás esa armonía
de gracioso contraste, compañera,
si la mujer humilde no gimiera
mientras el hombre soberano ría?
Canta la vida triste, amiga mía,
que ellos deben cantar la placentera,
y pues que suyos son placer y risa
que le dejen el llanto a la poetisa.
No ha de mudar la ley volcar el trono
de las dolientes hembras el gemido,
ni el gobierno en los hombres repartido
ha de ceder el mundo en nuestro abono;
¡ni le plegue el Señor! en abandono
quede primero el sexo y confundido
que en la palestra pública lanzado
intrigante, ambicioso, arrebatado.
Para oprimir al pueblo el hombre hasta;
no los yerros del mundo acrecentemos,
no en la tribuna ni en la lid busquemos
renombre duro a nuestra blanda casta;
de la bandera nacional el asta
en los brazos endebles que tenemos
presto al suelo con nos diera y consigo
dejando el reino libre al enemigo.
¡Oh no! jamás. —En la modesta casa
por toda gloria nuestro canto alcemos
y del soberbio dueño conquistemos
el privilegio de llorar sin tasa;
que siempre habrá de ser la vena escasa
por mucho, compañera, que lloremos
para gemir del hombre el cruel dominio
sus ímpetus de sangre y de exterminio.
¡Ojalá cuando en guerra desastrada
se despedazan cual salvajes hienas,
pudieran estas lágrimas serenas
su mejilla bañar seca y tostada!
¡Ojalá cuando, en ley desesperada,
lanzan al reo bárbaras condenas
sobre el peligro al tender rasgo inhumano,
regarán estas lágrimas su mano.
Cuando nos oigan, cuando el loco orgullo
ceda del hombre en nuestro siglo ciego,
no estéril ha de ser el dulce riego
que hoy brota en melancólico murmullo;
nueva generación, ora en capullo,
crecerá, se alzará, brillará al fuego
del maternal amor; sol refulgente
que aun anublado está en la edad presente.
En despedidas nuestra vida pasa…
En despedidas nuestra vida pasa
cada día un adiós ¡ay triste vida!
¡que siendo vida en tiempo tan escasa,
la hayamos de pasar tan afligida!
Aun el de ayer nuestra mejilla abrasa
llanto de la postrera despedida,
y hoy se agolpa a los ojos otro tanto…
¡qué lluvia tan perenne es la del llanto!
Yo que no dejo hogar en que viviera,
una piedra ni un árbol conocido,
sin que al mirarlo por la vez postrera
no me arranque una lágrima, un gemido;
paso en lamentación mi vida entera:
mas ¿cómo sin lamentos me despido?
¿cómo no ha de llorar el alma mía
cuando te pierdo, hermosa Andalucía?
Hasta al mismo dolor si se despide
le damos al pasar una mirada,
una mirada que el espacio mide
de aquella hora en su región pasada.
¿Cómo podéis pensar que el bien se olvide?
¿cómo podéis querer que yo olvidada
de esta hermosa y dulcísima ribera
no le dé ni una lágrima siquiera?
Las bellas tardes que pasé a su orilla
¿sabéis que fueron para mí muy bellas?
¿sabéis que de la barca más sencilla
gozo en seguir las relucientes huellas?
¿sabéis que es más hermosa cuando brilla
aquí la luna, el sol y las estrellas,
y que voy a sufrir más desconsuelo
cuando me aleje de tan claro cielo?
¿Sabéis que necesito en este ambiente
ahogarme en azahar, morirme en rosas
para aliviar mi corazón doliente,
de emociones muy tristes, muy penosas?
¿sabéis que he menester la luz candente
de esas puras mañanas vaporosas,
aspirar de estos huertos en la calma,
para alejar el tedio de mi alma?
¿Habéis mirado el agua en la llanura
cuando se oculta el sol en la arboleda,
los árboles bañando y la frescura
y la fragancia que al bañarlos queda
habéis sentido allí… ¡Ah! qué ternura
inspira el son del agua cuando rueda
por los campos de acacia perfumados
y sus ecos muriendo en los collados.
¡O amiga tierra! ¡O vale regalado!
O sol ardiente, sol de Mediodía,
como al insecto yerto has reanimado
mi ser que en el dolor languidecía;
en pago al caro bien que tú me has dado
te doy mi corazón en mi poesía,
y aunque la hieran con su diente insano
canes que al darles pan muerden la mano.
Poco y amargo a su mortal fiereza
hoy mi mano en mis versos les envía,
porque abrasa la fiebre mi cabeza
y no puedo cantar como quería;
yo me llevo conmigo la tristeza,
pero dejar quisiera la alegría,
y no puedo… me ahogo… esfuerzo el canto,
y en vez ¡ay! de cantar prorrumpo en llanto.
Error, mísero error, Lidia, si dicen…
Error, mísero error, Lidia, si dicen
los hombres que son justos nos mintieron,
no hay leyes que sus yugos autoricen.
¿Es justa esclavitud la que nos dieron,
justo el olvido ingrato en que nos tienen?
¡Cuánto nuestros espíritus sufrieron!
Mal sus hechos tiránicos se avienen
con las altas virtudes, que atrevidos,
en tribunas y púlpitos sostienen.
Pregonan libertad y sometidos
nuestros pobres espíritus por ellos,
no son dueños de alzar ni sus gemidos.
Pregonan igualdad; y esos tan bellos
amores que les da nuestra pureza
nos pagan con sus pálidos destellos;
Pregonan caridad; y esta tristeza
en que ven nuestras almas abismadas
no mueven su piedad ni su terneza.
¡Ay Lidia! en la niñez siempre olvidadas,
en juventud por la beldad queridas
somos en la vejez muy desgraciadas.
Paréceme que miran nuestras vidas
como a plantas de inútiles follajes
que valen sólo cuando están floridas.
«No han menester jardín, crezcan salvajes,
rindan como tributo su hermosura.»
¿Qué más osan decir?… ¡Cuántos ultrajes!
¡Cuántos ultrajes! Lidia a la criatura
que tiene un alma pura enamorada
y un corazón tan lleno de ternura.
¿Verdad que el alma noble está enojada
de que tantas bondades como encierra
porque nazca mujer sea desdeñada?
¿Verdad que estamos, Lidia, aquí en la tierra,
murmurando las hembras sordamente
contra la injusta ley que nos destierra?
No bulle la ambición en nuestra mente
de gobernar los pueblos revoltosos,
que es tan grande saber para otra gente.
Ni sentimos arranques belicosos
de disputar el lauro a los varones
en sus hechos, de guerra, victoriosos.
Lejos de la tribuna y los cañones
y de la adusta ciencia, nuestras vidas,
gloria podemos ser de las naciones.
Pero no en la ignorancia, no oprimidas,
no por hermosas siempre contempladas
sino por buenas ¡ah! siempre queridas.
¡Oh madres de otra edad afortunadas
cuán dichosos haréis a vuestros hijos
si en escuela mejor sois enseñadas!
No sufrirán por males tan prolijos
como aquellos que ya desde la cuna
tienen en el error los ojos fijos…
Mas, Lidia, cuando el mundo por fortuna
tras de su largo llanto y dura guerra,
esa feliz prosperidad reúna
ya estaremos tú y yo bajo la tierra.
Escuchad mis querellas…
Escuchad mis querellas,
recinto y flores del placer abrigo,
imágenes tan bellas
como ese cielo que os protege amigo.
Asilo de inocencia,
consuelo del dolor, bosque sombrío,
ir quiero a tu presencia,
y tu césped regar con llanto mío.
Y el agua de tu fuente
beber acaso por la vez postrera,
y respirar tu ambiente,
besar tus flores, la gentil palmera.
Que tu dintel guarnece
de lejos saludar entre congojas,
y a la que en torno crece
modesta acacia de menudas hojas.
Y a los álamos graves
el postrimer adiós dar afligida,
y cantar con las aves
tristísima canción de despedida.
Y en tu graciosa alfombra
reposar halagada de ilusiones
bajo la fresca sombra
de tus frondosos sauces y llorones…
Sus hojas se estremecen
y errantes sombras a mi planta evocan,
que en el viento se mecen,
y mis cabellos con blandura tocan.
Desde aquí la pintura
es más bello admirar de ese tu cielo,
los visos y frescura
de las nubes cercanas a tu suelo;
Y al través de las ramas
mirar el sol que su lumbrera humilla,
y cual de rojas llamas
el Occidente retocado brilla.
¿Ni qué música iguala
al sordo vago suspirar del viento
con que armonioso exhala
un bello día su postrer aliento?
¡Ah! ¡si mi vida entera,
mi cara soledad, recinto amado,
consagrarte pudiera
el mundo huyendo y su falaz cuidado!
Mas ¡ay! que la alegría
de contemplaros con la luz perece
del presuroso día
que a mis ansiosos ojos desparece.
Esas aves cantoras
que de gozar la tarde fatigadas,
en tropas voladoras
retornan gorjeando a sus moradas;
Cuando una sola estrella
con apagada luz brille en el cielo;
cuando la aurora bella
ciña el espacio con purpúreo velo,
Y el nuevo y claro día
con sus tintas anime la pradera;
ellas con alegría
volverán a girar por tu ribera.
En turba bulliciosa
los bosques poblarán… y yo entretanto
lejana y silenciosa
las horas contaré de mi quebranto.
¡Ay! ¡ellas tu hermosura
gozarán y tu paz y sus amores!
yo gusté harta ventura
bebí en tus fuentes y besé tus flores.
¡Extremada bizarría!…
¡Extremada bizarría!
¡Rendimiento cortesano!
¡Bondad la del castellano
consumadísima es,
pues con una dama altiva
mueve altivo una querella,
por que logre el triunfo ella
de que se rinda a sus pies!
A quien vencido se aclama
con tan noble gallardía,
no tiene la musa mía
nada, señor, que añadir;
si no es que a vos mucho estima
el sacrificio costoso
del empeño generoso
que os obliga a desistir.
Tal hazaña en vos excede
a una cumplida victoria,
que a veces está la gloria
más que en triunfar, en ceder;
triunfo alcanzáis en rendiros
con galán comedimiento,
mayor que el merecimiento
que lograrais en vencer.
Básteos, señor, esto y dejo
que desdeñados garzones
formen grandes coaliciones
en sus odios contra mí,
pues el odio es tan amargo
para el alma que lo siente,
que odiándome injustamente
la pena llevan en sí.
Gloria del sentimiento
¡Qué hermoso es Dios, qué hermosa su cabeza!
¡Qué gallardo su andar, su voz qué suave!
Rasgos los cielos son de su belleza,
pasos los siglos de su marcha grave;
la voz de la inmortal naturaleza
de sus conciertos la sonora clave,
su acento arroba, su mirar abrasa,
tiembla el mundo a sus huellas cuando pasa.
Yo me enamoro dél: pobre doncella
a la ardiente pasión esclavizada,
la sangre a mi cerebro se atropella
a su paso, a su canto, a su mirada;
medito y me consumo con la estrella,
por el trueno me siento subyugada,
y al ver al tiempo transcurrir ligero
sufro, lo lloro, clamo, desespero.
Seres tranquilos vi sobre la tierra
que esta ansiedad febril nunca padecen,
ni están con los espíritus en guerra,
ni en éxtasis de amor se desvanecen:
cuatro páginas ¡ay!, su libro encierra;
nacen, medran, se nutren, envejecen,
y como nada amaron ni sintieron
nunca se mueren porque no vivieron.
Repose en paz el corazón helado
yo quiero ver lucir tu sol ardiente,
vagar tras de tu voz por el collado,
beber tu aspiración en el ambiente:
¡quiero mirar tu ceño en el nublado,
tu sonrisa en la luna transparente,
en las corrientes aguas tu armonía
y tus halagos en el alma mía!…
Ese es el solo bien del sentimiento,
la sola dicha de la triste alma,
la sola gloria del mayor talento,
del martirio mayor la sola palma;
llevar por adorarte el sufrimiento,
por comprenderte renunciar la calma,
de la pasión en el delirio ciego
ser desgraciada por sentir su fuego.
Sé que al cantarte en mi ilusión suspensa
la trova que mi boca te improvisa,
de los pueblos tendrá por recompensa
desdeñosa y sarcástica sonrisa:
su atmósfera pesada, oscura y densa
no dejará volar tan dulce brisa,
pero en el valle puro en que la exhalo
sirve a las soledades de regalo.

Hechas polvo caen, hermano…
Hechas polvo caen, hermano,
las flores del jazminero
y ha perecido el postrero
pimpollo de aquel rosal,
cuyo vástago lozano
tantos hijos sostenía,
que ignoro cómo vivía
la gran planta maternal.
Emilio, en el firmamento
gran revuelta se prepara
pues la avecilla más cara
de mi jardín emigró;
y por las noches el viento
su vuelo tanto levanta
que de las parras quebranta
las hojas que el sol doró.
No sabes de cuál tristeza
se contagian mis sentidos;
no sabes cuántos gemidos
siento en el alma nacer,
cuando apoyo la cabeza
en la pared de mi huerto
oyendo el rumor incierto
que forma el hoja al caer.
No es que del verde emparrado
me aflija el muerto follaje,
ni porque a playa salvaje
huya el pájaro leal;
por lo que siento angustiado
mi pecho con las señales
del ave, de los parrales,
del jazmín y del rosal.
¿Qué me importan los jazmines,
ni las rosas, ni las aves,
cuando, hermano, muy más graves
pesadumbres tengo yo?
Cuando en horas tan ruines
doliente paso la vida,
¿qué me importa la caída
de la flor que se agostó?
Mas oye, cuando fenecen
las florecillas, hermano,
cuando al suelo americano
las golondrinas se van,
unas sombras aparecen
en el viento conmovido
que a mi cuerpo estremecido
prolongada muerte dan.
Surge a mis ojos el llanto
y mi espíritu se abate
y en mi seno apenas late
sofocado el corazón;
y en doloroso quebranto
mi cuerpo endeble flaquea,
y se conturba mi idea
y es todo en mí confusión…
Emilio, el otoño viene
de esas sombras circundado
de ese funesto nublado
que en mi endeble juventud,
tan extraño influjo tiene
que el temor de su venida
me hace escuchar la caída
del hoja con inquietud.
Emilio, el otoño llega
y se agobia el alma mía:
su grave melancolía,
¿quién sabe si acortará
esta vida que se entrega
a merced de ese nublado
que por el aire agitado
como una fantasma va?…
¡Hijo del mar, espíritu querido!…
¡Hijo del mar, espíritu querido!,
alto ingenio inmortal de la poesía,
escucha desde el mar este gemido
que mi amoroso corazón te envía:
yo te adoro en el mar, y yo he venido
a escuchar en sus hondas tu armonía
y en su brisa tu aliento a respirar,
porque están mis amores en el mar.
Muchas noches al rayo de la luna
te he visto en la mitad del Océano
maldiciendo el rigor de tu fortuna
y mi sombra hacia ti llamando en vano;
y a las olas que van una por una
a estrellarse en el muro gaditano,
les digo que te lleven mi cantar
cuando se tornen con la aurora al mar.
Sobre esa torre que en la noche oscura
brilla como la luz de tu mirada,
muchas veces también subo agitada
a mirar tu bajel desde la altura;
y si está su bandera enarbolada,
mi voz en las borrascas te conjura
para que puedan libres navegar
los amores que tengo en este mar.
Pregúntale a la tórtola africana,
si al cruzar por las costas españolas,
no me encontró llorando esta mañana
al pie de las marinas banderolas;
yo le rogué que fuera por las olas
a buscar a tu nave soberana,
y a decirte, poeta, en su cantar
que tengo mis amores en el mar.
Tú de mi juventud primer suspiro,
la primera ilusión de mis cantares,
el fecundo laurel del Manzanares,
cuyas hojas perfuman mi retiro;
tú cuya imagen en las olas miro,
porque eres hijo de los bellos mares,
escucha, si me puedes escuchar,
el amoroso adiós que doy al mar…
Perdón, amigos, si al sonar mi acento
en el último adiós de despedida,
la mente absorta en su ilusión querida
arrebató mi voz por un momento:
nunca de la amistad el sentimiento
mi agradecido corazón olvida;
pero mirad cuán grande es mi penar
que dejo mis amores en el mar.
Vagarosa ilusión del alma mía
es ya la imagen que en las olas veo;
pero es la sola dicha que poseo,
y venturosa en mi ilusión vivía;
y al dejar esa dicha que tenía,
cuando perderla para siempre creo,
sólo deciros puedo en mi cantar
que tengo mis amores en el mar.
Perdón, amigos, si empecé mi canto
a una memoria de eternal consuelo,
y por amante respetad mi duelo
si al recordar su nombre sufro tanto;
y por amante respetad mi llanto
si en esta agitación y este desvelo
al deciros adiós vengo a llorar
¡porque dejo su tumba en ese mar!
Harto dolor aguarda a mi existencia
lejos del mar que mi tristeza calma,
y harta paciencia necesita el alma
para sufrir, amigos, esta ausencia;
pero si logro al fin con la paciencia
de mi martirio conquistar la palma,
yo volveré después de mi penar
a buscar mis amores en el mar.
Más tarde o más temprano mi barquilla
naufragará en la costa gaditana,
y arrojará la mar hasta la orilla
entre la espuma mi reliquia humana;
y esa poetisa, que me nombra hermana,
os dirá con su voz clara y sencilla:
«Aquí vino su sombra a descansar,
porque están sus amores en el mar».
¡Jesús! la tremenda guerra…
¡Jesús! la tremenda guerra
que movéis a mis canciones
me maravilla y me aterra.
¿No salen en nuestra tierra
por las damas campeones
y salen por los garzones?
Vaya en gracia, caballero,
de perseguidos donceles
paladín; sois el primero
que por sostener infieles
a las damas guante fiero
arroja en el suelo ibero.
Aunque enemigos los dos
que andante vayáis alabo
de malas causas en pos,
pues vos pensaréis «al cabo
al bueno le ayuda Dios»
y ayudáis al malo vos.
Es generoso el deseo
de amparar al no creído,
mas, Señor, a lo que veo
en esta querella creo,
que puede ya el descreído
creer que seréis vencido.
Empeño tan sin razón
os puede costar muy caro
que es mucha mi condición,
y si la guerra os declaro
quedaréis con el garzón
malparado en mi canción.
Mas, pues así lo pretende
vuestra musa respondona,
mire bien cual se defiende,
porque mi numen no ofende,
pero al que «guerra» le entona
vence, sigue, y no perdona.
¿Conque decís que la llama
del dulcísimo deseo,
que el pecho rendido inflama
del garzón que tierno ama,
se muda en rencor tan feo
al soplo del no te creo?
¡Válgaos Dios, buen caballero
de que mala condición
será el amante garzón
que trueque en odio fiero,
por un desdén la pasión
que inflamó su corazón!
Ya vuestra causa es perdida;
¿pues no veis por vuestra vida,
que autorizáis el desvío
de la dama descreída,
tan egoísta amorío
describiendo, Señor mío?
No pensáis que con razón
al conocer esa llama,
de tan innoble pasión,
debe responder la dama
a vuestro amante garzón
con semejante canción.
«Quien odia por un desvío
muestra que no supo amar.
Y pues fingisteis impío,
harto bien el pecho mío,
mal garzón hizo en dudar
de vuestro falso llorar.
»Quien así muda el halago
en baja reconvención
muestra indigno corazón,
y os he dado justo pago
rechazando mal garzón,
vuestra mentida pasión.
»Llamáis a mi amor ateo
porque del vuestro dudé,
mas garzón a lo que veo
si os hubiera dicho os creo,
vos respondierais a fe,
porque os creí, la engañé.
»Y pues pretende engañar
el uno aquí de los dos,
el otro debe dudar;
que vale más no adorar
que adorar a un falso Dios,
no amar, que amaros vos».
Ya veis Señor las razones
que a los hombres engreídos
da la dama en sus canciones.
¡Cómo han de ser los garzones,
por votos de amor creídos,
si sus votos son fingidos!
La flor del agua
¿Por qué tiembla? —No lo sabe.
¿Qué aguarda en el lago? —Nada.
De las aguas enlazada
a los hilos su raíz,
el movimiento suave
de la linfa va siguiendo,
la cabeza sumergiendo
del agua, al menor desliz.
Así la halló la alborada,
así la encuentra el lucero,
siempre el esfuerzo postrero
haciendo para bogar;
y en las olas la encallada,
vaga y frágil navecilla
sin poder la florecilla
impeler ni abandonar.
Movimiento que no cesa,
ansiedad que se dilata,
ni el agua que sus pies ata
sostiene a la débil flor,
ni deja, en sus olas presa,
que vaya libre flotando,
quiere que viva luchando
siempre en continuo temblor.
¡Ya se inunda!… ¡Ya se eleva!…
¡Ya la corriente la traga!…
¡Ya navega… ya naufraga!
¡Ya se salva… ya venció!
¡Ya el agua otra vez la lleva
en sus urnas sepultada!…
¡Ya de nuevo sobre—nada
en el agua que la hundió!…
Flor del agua, ¡cuántas flores
viven en paz en la tierra!
Sola tú vives en guerra
en tu acuático jardín:
te da la lluvia temores,
el manso pez te estremece
y tu belleza parece
sin gozar descanso, al fin.
Tú, poetisa, flor del lago,
por amante, por cantora,
has venido en mala hora
con tu lira y tu pasión;
que en el siglo extraño y vago
a quien vida y arpa debes
dondequiera que le lleves
fluctuará tu corazón.
Que las cantoras primeras
que a nuestra España venimos
por sólo cantar sufrimos,
penamos por sólo amar;
porque en la mente quimeras
de un bello siglo traemos
y cuando este siglo vemos
no sabemos do hogar.
Las primeras mariposas
que a la estación se adelantan
y su capullo quebrantan
sin aguardar al abril,
nunca saben temblorosas
adonde fijar las alas,
siempre temen que sus galas
destroce el aire sutil.
Las ráfagas las combaten,
las extrañan los insectos
y de giros imperfectos
si cansado el vuelo ya,
sobre las plantas lo abaten
buscando el capullo amigo
hallan que néctar ni abrigo
la flor en botón les da.
Las orugas que encerradas
aún están en sus clausuras
mañana al campo seguras
podrán sus alas tender;
mas, aquellas desdichadas
que antes cruzan la pradera
¡morirán, la primavera
risueña, sin conocer!…
¿Cuál es tu barca? —Una lira.
—¿Qué traes en ella? —Sonidos.
—¿Vuélvete, que no hay oídos
para tus sones aquí;
vuélvete joven, y mira
si en tu barca, más sonoro,
puedes trasportarnos oro
u otro cargamento así.
¿Quién te llama? ¿A qué nos vienes
con peregrinas canciones
El trueno de los cañones
del siglo el concierto es,
y en vano sus anchas sienes
pretenden ceñir de flores,
¡ay! sus pies destrozadores
hollarán cuantas te des.
¿Vienes de nuevo, alma mía,
qué traes en la barca? —Amores—.
Torna a otras tierras mejores,
torna el camino a emprender;
si es oro nuestra poesía
nuestros amores son… nada.
Ve si la nave cargada
de cetros puedes traer,
Que, si no de amor, tenemos
tan elevadas pasiones
que sentimos ambiciones
de un cetro cada garzón;
y cada garzón podemos
con nuestros genios profundos
media docena de mundos
fundir en una nación.
¿Otra vez? ¿Qué traes ahora?…
Siempre en el mismo camino
sobre el cauce cristalino
en su barquilla la flor:
así la dejó la aurora,
así la encuentra el lucero
siempre en el afán primero,
siempre en el mismo temblor.
Tú, poetisa, flor del lago,
por amante, por cantora
has venido en mala hora
con tu amor y tu cantar:
que en el siglo extraño y vago,
a quien vida y arpa debes,
dondequiera que la lleves
puede el alma naufragar.
Mas, escucha no estás sola,
flor del agua, en el riachuelo;
contigo en igual desvelo
hay florecillas también:
que reluchan contra el ola,
que vacilan, que se anegan,
que nunca libres navegan
ni en salvo su barca ven;
Pero, enlazan sus raíces
a la planta compañera
y viven en la ribera
sosteniéndose entre sí:
y cual ella más felices
desde hoy serán nuestras vidas
si con las almas unidas,
vivimos, las dos así.
La luna es una ausencia
Y tú, ¿quién eres de la noche errante
aparición que pasas silenciosa,
cruzando los espacios ondulantes
tras los vapores de la nube acuosa?
Negra la tierra, triste el firmamento,
ciegos mis ojos sin tu luz estaban,
y suspirando entre el oscuro viento
tenebrosos espíritus vagaban.
yo te aguardaba, y cuando vi tus rojos
perfiles asomar con lenta calma,
como tu rayo descendió a mis ojos,
tierna alegría descendió a mi alma.
¿Y a mis ruegos acudes perezosa
cuando amoroso el corazón te ansía?
Ven a mí, suave luz, nocturna, hermosa
hija del cielo, ven: ¡por qué tardía!
La luz del día se apaga…
La luz del día se apaga;
rosa blanca, sola y muda
entre los álamos vaga
de la arboleda desnuda,
Y se desliza tan leve,
que el pájaro adormecido
toma su andar por ruido
de hoja que la brisa mueve,
Ni para ver en su ocaso
al sol hermoso un instante
ha detenido su paso
indiferente y errante.
Ni de la noche llegada
a las tinieblas atiende,
ni objeto alguno suspende
su turbia incierta mirada.
Y ni lágrimas ni acentos,
ni un suspiro mal ahogado
revelan los sufrimientos
de su espíritu apenado.
¡Tal vez de tantos gemidos
tiene el corazón postrado!
¡Tal vez sus ojos rendidos
están, de mal tan llorado!
Tal vez no hay un pensamiento
en su cabeza marchita,
y en brazos del desaliento
ni oye, ni ve, ni medita.—
El poeta «suave rosa»
llamóla, muerto de amores
¡El poeta es mariposa
que adula todas las flores!
Bella es la azucena pura,
dulce la aroma olorosa
y la postrera hermosura
es siempre la más hermosa.
En sus amantes desvelos
la envidiaron las doncellas;
mas ¡ay! son para los celos
todas las rivales bellas.
Viose en transparente espejo
linda la joven cabeza;
mas tal vez dio en su reflejo
su vanidad la belleza.
¿Y qué importa si es hermosa?
sola, muda y abismada
sólo busca la apartada
arboleda silenciosa.
Y allí cuando debilita
su espíritu el sufrimiento,
en brazos del desaliento
ni oye, ni ve, ni medita.
La niebla del diciembre quebrantaba…
La niebla del diciembre quebrantaba
del sol los melancólicos fulgores
cuando en mi corazón de tus amores
el acento primero resonaba.
El segundo diciembre se acercaba
trayendo para mí nieblas mayores
que a merced de los vientos bramadores
tu nave en el Atlántico bogaba.
Y el diciembre tercero aparecía
templado, alegre como el mayo hermoso
y eras tú mi suspiro todavía.
El cuarto arrebatado, tempestuoso,
vino a robarme la ventura mía
¡ay! mas no a dar a mi pasión reposo.
La poetisa del pueblo
“¡Ya viene, mírala! ¿Quién?
– Esa que saca coplas.
–Jesús que mujer más rara.
–Tiene los ojos de loca”.
“Más valía que aprendiera
a barrer que a decir coplas.
-Vamos a echarla de aquí.
-¿Cómo? -Riéndonos todas.”
La rosa blanca
¿Cuál de las hijas del verano ardiente,
cándida rosa, iguala a tu hermosura,
la suavísima tez y la frescura
que brotan de tu faz resplandeciente?
La sonrosada luz de alba naciente
no muestra al desplegarse más dulzura,
ni el ala de los cisnes la blancura
que el peregrino cerco de tu frente.
Así, gloria del huerto, en el pomposo
ramo descuellas desde verde asiento;
cuando llevado sobre el manso viento
a tu argentino cáliz oloroso
roba su aroma insecto licencioso,
y el puro esmalte empaña con su aliento.
Lágrima viva de la fresca aurora…
Lágrima viva de la fresca aurora,
a quien la mustia flor la vida debe,
y el prado ansioso entre el follaje embebe;
gota que el sol con sus reflejos dora;
Que en la tez de las flores seductora
mecida por el céfiro más leve,
mezclas de grana tu color de nieve
y de nieve su grana encantadora:
Ven a mezclarte con mi triste lloro,
y a consumirte en mi mejilla ardiente;
que acaso correrán más dulcemente
las lágrimas amargas que devoro…
mas ¡qué fuera una gota de rocío
perdida entre el raudal del llanto mío…!
Libertad
Risueños están los mozos,
gozosos están los viejos
porque dicen, compañeras,
que hay libertad para el pueblo.
Todo es la turba cantares,
los campanarios estruendo,
los balcones luminarias,
y las plazuelas festejos.
Gran novedad en las leyes,
que, os juro que no comprendo,
ocurre cuando a los hombres
en tal regocijo vemos.
Muchos bienes se preparan,
dicen los doctos al reino,
si en ello los hombres ganan
yo, por los hombres, me alegro;
Mas, por nosotras, las hembras,
ni lo aplaudo, ni lo siento,
pues aunque leyes se muden
para nosotras no hay fueros.
¡Libertad! ¿qué nos importa?
¿qué ganamos, qué tendremos?
¿un encierro por tribuna
y una aguja por derecho?
¡Libertad! ¿de qué nos vale
si son los tiranos nuestros
no el yugo de los monarcas,
el yugo de nuestro sexo?
¡Libertad! ¿pues no es sarcasmo
el que nos hacen sangriento
con repetir ese grito
delante de nuestros hierros?
¡Libertad! ¡ay! para el llanto
tuvímosla en todos tiempos;
con los déspotas lloramos,
con tributos lloraremos;
Que, humanos y generosos
estos hombres, como aquellos,
a sancionar nuestras penas
en todo siglo están prestos.
Los mozos están ufanos,
gozosos están los viejos,
igualdad hay en la patria,
libertad hay en el reino.
Pero, os digo, compañeras,
que la ley es sola de ellos,
que las hembras no se cuentan
ni hay Nación para este sexo.
Por eso aunque los escucho
ni me aplaudo ni lo siento;
si pierden ¡Dios se lo pague!
y si ganan ¡buen provecho!
Libre será la voz, fuerte el aliento…
Libre será la voz, fuerte el aliento;
sonoro el instrumento
que vuestro canto, Alfonso, han sostenido,
cuando torpe y doliente
la humanidad presente
al inaudito son se ha conmovido.
De pueblo en pueblo, hasta el confín de España
llegó la voz extraña,
de ese mi pobre valle, nunca oída,
y aun del valle tranquilo
en el oscuro asilo
con entusiasmo ardiente fue acogida.
Poco de claras letras entendemos
las hembras que nacemos
en el rincón, sin luz, de humilde villa;
y poco nos cuidamos
de ésos que no estudiamos
volúmenes de Francia o de Castilla.
Tardo, como de sordos, el oído
apenas el sonido
del agudo talento ¡ay! nos alcanza;
y turbios nuestros ojos
ven siempre con enojos
las luces del saber, en lontananza.
Postrado el femenil entendimiento
en hondo abatimiento
las vidas silenciosas consumimos;
ajenas a la fama
con que la tierra aclama
los sabios cuyas lenguas no entendimos.
Mas, una rara historia desdoblamos
en cuyo centro hallamos
impresos nuestros propios corazones,
y ansiosas, palpitantes;
con ojos anhelantes
cruzamos, sin descanso, sus renglones.
De lágrimas, Señor, la vena rota
vierais, gota por gota
las páginas bañar de vuestro escrito:
las almas inflamadas
vierais arrebatadas,
de gratitud, alzarse al infinito.
Vos solo revelasteis sentimientos
que nunca los acentos
de nuestros pechos modular osaron:
sólo en los labios vuestros
los infortunios nuestros
hoy sus fieles intérpretes hallaron.
¡Cuánto sabéis de penas femeninas!
¡Cuán puras y argentinas
corrientes de palabras generosas,
tierno y profundo sabio,
manan de vuestro labio
y alivian nuestras almas fatigosas.
La escala de las penas de la vida
tan larga y tan sentida,
habéis en nuestra historia recorrido,
y con distintos sones
todos los corazones
vibrando fuertemente han respondido.
Dicen que explica para docta gente
política eminente
de vuestro libro la preciosa historia:
dicen, que en las naciones
turbulentas pasiones
se levantan en torno a vuestra gloria.
Rudas, señor, y frívolas mujeres,
de los ilustres seres
los encumbrados juicios no alcanzamos;
pero las almas puras
de las buenas criaturas
mil votos por instinto os consagramos.
Os alaben los pueblos oprimidos
porque habéis sus gemidos
con soberano esfuerzo levantado,
y humíllense en la tierra
los que movieron guerra
al valiente pendón que hais tremolado.
La patria que en sus ínclitos blasones
muestra Napoleones,
láurea corona en vuestra sien suspenda;
mas, permitid que os lleve,
Señor, aunque tan leve,
el arpa femenil, su justa ofrenda.
¿Pues no somos también seres humanos?
¿No son nuestros hermanos
los que osáis ahogar por nuestras vidas?
¿No debemos cantaros
y las manos bañaros,
de lágrimas, señor, agradecidas…?
Suban entre el ferviente clamoreo
del aplauso europeo
nuestros votos también a vuestro oído,
como sube al ambiente
con la voz del torrente
el trino de la alondra confundido.
Hoy estamos del mundo en las regiones
hembras, niños, varones,
a general concierto convocados,
caiga perpetua mengua
sobre aquél cuya lengua
por vos no rompa en himnos acordados.
Del femenino coro aun el acento
embarga el sentimiento,
ya cantaros, Señor, vengo yo sola;
oídme con dulzura,
que es verdadera y pura
la ardiente bendición de una española.
Vos sois francés; la Francia os merecía;
pero no es patria mía,
y al ensalzar vuestro glorioso nombre
añado tristemente:
¡Oh Dios omnipotente!
¿Por qué no es español tan grande hombre?
Llevadme a contemplar su estatua bella…
Llevadme a contemplar su estatua bella,
llevadme a su soberbio mausoleo…
¡Ah! que olvidaba, Hernán, en mi deseo
que éste es mezquino e ilusoria aquélla;
¿y en tu patria por qué? ¿qué diste a ella
para alcanzar de España ese trofeo?
¡Cuestan ¡oh! mucho piedras y escultores
para labrarte, Hernán, tales primores!—
Paréceme que el héroe se levanta
y hacia América el brazo armado tiende,
que avergonzada España le comprende
y el rostro no osa alzar fijo en su planta,
ella, la dueña de riqueza tanta,
hasta la prez de su conquista vende,
y aun juzga escaso el ganancioso fruto
para ofrecerle un mármol por tributo.
Cuando a su casa venga el extranjero,
¿qué osará responder la noble dama
si anhela ver, llevado por su fama,
la tumba del ilustre caballero?
«Ved, le dirá, si el cementerio ibero
guarda un sepulcro que de Hernán se llama,
que a mí, pues heredé ya su fortuna,
ni su tumba me importa ni su cuna».
Eso dirá, y el hijo de Bretaña
o el vecino francés, si el huésped fuera,
con sarcástica risa respondiera
a la matrona: «descastada España,
con que no le valió a Cortés la hazaña
ni una tumba de mármoles siquiera?
¿Y nacen héroes en la tierra ingrata
que así los huesos de los héroes trata?
»¿Es la igualdad que esa nación proclama
la que deja en el polvo confundido,
al buen conquistador con el bandido,
al que la presta honor y al que la inflama?
Grande nación esa nación se llama,
y la imagen del hombre esclarecido
no levanta cien palmos sobre el suelo
para mostrarla al pueblo por modelo…?»—
Callad, callad, que vuestra lengua mata;
no a lamentar venís nuestro destino,
sino a mofaros dél, el mal vecino,
y a desolarnos más, el cruel pirata;
si es con sus hijos nuestra tierra ingrata,
nada os importa, andad vuestro camino,
que así cual es la madre que tenemos
mejor que a las madrastas la queremos.
Así cual es, la envidian las naciones,
virtudes brota en manantial fecundo,
Corteses manda a conquistar el mundo,
que descubren por ella los Colones;
si Bonaparte, rotas sus legiones,
la paz desecha, con desdén profundo,
Cortés entre salvajes y traidores
pone incendio a sus buques salvadores.
Arde la flota, irrítase la gente
a quien cierra la huida acción tamaña;
solo, perdido sobre tierra extraña,
Cortés la doma, al bárbaro hace frente,
y conquistarlo y tórnase él valiente
a rendir su laurel glorioso a España,
que… lo destierra, lo aprisiona en vida
y lo desprecia en muerte… agradecida.—
No veremos, Hernán, tu estatua bella
ni tu losa hallaremos ignorada;
pero en mi tierra existe la morada
donde estampaste tu primera huella;
pensaremos en ti delante de ella,
la extremeña familia arrebatada
de orgullo; porque plugo a la fortuna
en nuestra tierra colocar tu cuna.
Los cantos de Safo
Como el aura suavísima resbala
de placer en placer fácil mi vida:
entre el amor y gloria dividida,
¿cuál es la dicha que a mi dicha iguala?
Al lado de Faón, su amor cantando;
con la luz de sus ojos fascinada;
dicha inmensa es de Safo bienhadada
perder sus horas en deliquio blando.
Dicha inmensa es de Safo venturosa
que su amante en el aire que respira
beba el acento de la tierna lira,
que tan sólo por él suena amorosa.
¡Cómo a mis ojos inefable llanto
gota por gota el corazón destila,
si un instante su faz dulce y tranquila
brilla gozosa al escuchar mi canto!…
¡Si de su boca en lisonjero arrullo
la voz desciende a celebrar mi lira,
y hálito vago que su labio expira
mis sienes cerca entre el falaz murmullo!
Siento, Faón, tu delicado aliento
bullir entorno de la frente mía,
y en deliciosos tonos de armonía
herirme el corazón tus voces siento.
El corazón sus golpes precipita
al eco de tu voz apasionada:
a un suspiro, a un acento, a una mirada
como el seno de tórtola se agita.
No temo entonces que por bella alguna
perjuro olvides tu feliz cantora,
ni atractiva beldad venga en mal hora
a destrozar mi plácida fortuna.
¿Y quién la flor de la ventura mía
osará marchitar con mano aleve?
¿Quién a usurpar tu corazón se atreve
y a reinar donde Safo reinó un día?
¡Ah! no soy bella: su preciosa mano
en mi rostro los Dioses no imprimieron;
más al alma benignos concedieron
de los genios el numen soberano.
Y cítara en mis manos peregrina
las hermanas de Febo colocaron,
y de entusiasmo el corazón llenaron
de amor ardiente e inspiración divina.
Goza de triunfos la beldad un día,
que el porvenir destruye rigoroso;
cuando el genio entre aplausos victorioso
de la inmortalidad al templo guía.
Lecho de tierra y silencioso olvido
sólo del mundo la hermosura alcanza:
el estrecho sepulcro a do se lanza,
los rayos borrará de haber nacido.
Cual sueño pasará, si el genio alzando
la poderosa voz no la eterniza,
su cantar que a los siglos se desliza
vida preciosa a sus cenizas dando.
Yo también cantaré: también mis voces,
tierna Faón, tu nombre repitiendo,
con tu amor y mi amor sobreviviendo,
al porvenir sin fin irán veloces.
Yo a esa Grecia opulenta, sabia y justa
arrancaré un aplauso duradero,
una corona como el grande Homero
a mis sienes tal vez ceñiré augusta.
Y mírala ¡oh Faón! y tu sonrisa
premie el esfuerzo de tu Safo amada,
más plácida a su ser que en la alborada
place a las flores la naciente brisa.
Los quince años
Dejas apenas la risueña infancia;
juegos, placeres de su edad dejaste.
Ya el dulce brillo de los quince mayos
cerca tus sienes.
Niña aún graciosa, la infantil sonrisa
bulle en tus labios, como el aura tenue.
Juega en el seno de entreabiertas rosas
fresca y fugace.
Tinta ligera de carmín suave
vase tendiendo por tu tez de nieve.
Como de luna sonrosado cerco
brilla en tu rostro.
Virgen, tu bella juventud al mundo
muéstrase alegre, candorosa y pura.
Tal entre rocas cristalina fuente
brota en la sierra.
Vesla que nace sosegada y tersa,
clara tendiendo sus dorados hilos.
Sigue su curso: caminando, mira
cómo se enturbia.
¡Ah, que tu bella juventud al mundo
muéstrase alegre, candorosa y pura!
Mas ¡ay! ¡cuán presto la serena vida
tuerce su paso!
Ya el adormido corazón despierta
voz misteriosa, que de amor le inflama.
Virgen, ¿no sientes palpitar tu seno
más agitado?
Ya las mejillas de encarnado vivo
tiñe la nueva confusión del alma.
Fijos en tierra los turbados ojos
lágrimas brotan.
¡Ay de la hermosa libertad perdida!
¡ay del sosiego de perdida infancia!
¡Ay del tranquilo corazón tan libre,
ya aprisionado!
Ansias, cuidados, agitadas horas,
largos afanes tras ventura escasa
por solo y triste galardón espera
virgen amante.
Madrid aguarda tu triunfal salida…
Madrid aguarda tu triunfal salida
para cubrir de flores tu carrera
como si el pueblo por la vez primera
celebrara en España tu venida;
la fiesta a que gozoso te convida,
cual si de nuevo a coronarte fuera,
tiene un placer que hoy halla repetido
la Reina que dos veces ha nacido.
Carlos quinto inmortal cuando ceñía
a sus sienes la fúlgida corona
del pueblo que adoraba a su persona
oyó el supremo canto de alegría;
mas para Ti, Isabel, es doble día
el de esta aclamación que el Pueblo entona.
Porque tú, cuando el seno te han herido,
para España dos veces has nacido.
Tú apareces al Pueblo castellano
con tu Niña tan dulce y tan hermosa,
como la luna de color de rosa
que ilumina las noches del verano;
y dejas luego de alumbrar el llano,
quedamos en tiniebla pavorosa,
pero ya con reflejo más lucido
luna nueva en el Cielo has renacido.
Ya la Virgen te aguarda en los altares,
y a la niña cubriendo con su manto
desde el Cielo confirma el nombre santo
que el Serafín celebra en sus cantares;
¡vive, Madre feliz libre de azares,
que al triunfar de la muerte, por encanto,
doble vida del Cielo ha merecido
la Reina que dos veces ha nacido!
Me acuerdo bien del venturoso instante…
Me acuerdo bien del venturoso instante
cuando vi yo la luz en vuestro oriente.
¡Cuánta luz, cuántas llores, cuánta gente
y qué mundo tan bello y tan brillante!
¿Por qué no estaba alegre tu semblante
tú que lleno de luz eternamente
en ese mundo que feliz te nombra
tienes el alma donde esta tu sombra?
Gran pájaro de América atrevido,
que, trasponiendo los opuestos mares,
entre los recios vientos has venido
a dar al viejo mundo tus cantares;
tú que en tantos torrentes has bebido,
y hoy vienes a beber al Manzanares,
¡para que el ansia de tu sed ardiente
no perdone del mundo una corriente!
Tú que en el nuevo mundo te has mecido
entre el viento de arenas abrasado,
al son del Orinoco adormecido,
al pie de las palmeras arrullado;
y más tarde en el norte has despertado,
y con la luna a Grecia has recorrido,
y de Sión por la cadena santa
¡abriste paso a tu incansable planta!
¿Por qué estás triste tú? ¿Por qué te quejas?
¿Por qué me llamas la feliz cantora,
y ni llorar ni suspirar me dejas,
envidiando mi vida de pastora?
¿Dónde están mi cayado y mis ovejas,
dónde la choza está que te enamora?
¿En dónde están mis dichas y mi calma
si aquí soy sombra a quien le falta el alma?
¡Ah! ¿qué se ha hecho de la pobre sombra
que huyó de esa mansión bella y querida?
El Gévora lo sabe que rendida
la ve muriendo en la campestre alfombra,
¿piensas tú que del alma desprendida
el verme en estos valles no me asombra,
y que puedo tener contento y calma
cuando la sombra está lejos del alma?
Mi alma en las ciudades tiene asiento,
y yo sufro también vuestro quebranto,
porque del vago ser que envidiáis tanto,
aquí está el corazón, allí el aliento;
aquí sus ojos, pero allí su llanto;
aquí su boca, pero allí su acento;
aquí está el mártir, pero allí su palma;
aquí soy sombra, pero allí soy alma.
Las ráfagas del aire trasparente
me pueden ocultar al que me mira;
pero yo siempre vivo en el ambiente
que vuestro labio sin cesar aspira;
es verdad que mi sombra vagamente
por los collados silenciosa gira,
y allí parece que reposa en calma,
pero no soy la sombra, soy el alma.
¡Sí! soy el alma siempre agradecida,
que a vuestro lado está, dulces amigos,
vosotros de mis lágrimas testigos
la noche de mi triste despedida,
nunca a la sombra me veréis unida;
y ¡ojalá que los hados enemigos
presto a mi sombra den eterna calma
y del cielo la luz den a mi alma!
Memoria a los héroes y a los reyes – A Hernán Cortés
Llevadme a contemplar su estatua bella,
llevadme a su soberbio mausoleo…
¡Ah! que olvidaba, Hernán, en mi deseo
que éste es mezquino e ilusoria aquélla;
¿y en tu patria por qué? ¿qué diste a ella
para alcanzar de España ese trofeo?
¡Cuestan ¡oh! mucho piedras y escultores
para labrarte, Hernán, tales primores!—
Paréceme que el héroe se levanta
y hacia América el brazo armado tiende,
que avergonzada España le comprende
y el rostro no osa alzar fijo en su planta,
ella, la dueña de riqueza tanta,
hasta la prez de su conquista vende,
y aun juzga escaso el ganancioso fruto
para ofrecerle un mármol por tributo.
Cuando a su casa venga el extranjero,
¿qué osará responder la noble dama
si anhela ver, llevado por su fama,
la tumba del ilustre caballero?
«Ved, le dirá, si el cementerio ibero
guarda un sepulcro que de Hernán se llama,
que a mí, pues heredé ya su fortuna,
ni su tumba me importa ni su cuna».
Eso dirá, y el hijo de Bretaña
o el vecino francés, si el huésped fuera,
con sarcástica risa respondiera
a la matrona: «descastada España,
con que no le valió a Cortés la hazaña
ni una tumba de mármoles siquiera?
¿Y nacen héroes en la tierra ingrata
que así los huesos de los héroes trata?
»¿Es la igualdad que esa nación proclama
la que deja en el polvo confundido,
al buen conquistador con el bandido,
al que la presta honor y al que la inflama?
Grande nación esa nación se llama,
y la imagen del hombre esclarecido
no levanta cien palmos sobre el suelo
para mostrarla al pueblo por modelo…?»—
Callad, callad, que vuestra lengua mata;
no a lamentar venís nuestro destino,
sino a mofaros dél, el mal vecino,
y a desolarnos más, el cruel pirata;
si es con sus hijos nuestra tierra ingrata,
nada os importa, andad vuestro camino,
que así cual es la madre que tenemos
mejor que a las madrastas la queremos.
Así cual es, la envidian las naciones,
virtudes brota en manantial fecundo,
Corteses manda a conquistar el mundo,
que descubren por ella los Colones;
si Bonaparte, rotas sus legiones,
la paz desecha, con desdén profundo,
Cortés entre salvajes y traidores
pone incendio a sus buques salvadores.
Arde la flota, irrítase la gente
a quien cierra la huida acción tamaña;
solo, perdido sobre tierra extraña,
Cortés la doma, al bárbaro hace frente,
y conquistarlo y tórnase él valiente
a rendir su laurel glorioso a España,
que… lo destierra, lo aprisiona en vida
y lo desprecia en muerte… agradecida.—
No veremos, Hernán, tu estatua bella
ni tu losa hallaremos ignorada;
pero en mi tierra existe la morada
donde estampaste tu primera huella;
pensaremos en ti delante de ella,
la extremeña familia arrebatada
de orgullo; porque plugo a la fortuna
en nuestra tierra colocar tu cuna.
¿Mi vida, Carolina, escribir quieres?…
¿Mi vida, Carolina, escribir quieres?
Deja por Dios tan peregrina idea
que podrás solo hacer que el mundo vea
en vez de lo que soy lo que tú eres.
Digno de ti será lo que escribieres
a tu alma harás brillar en tu tarea,
mas nunca harás que el juicio exacto sea
de cómo yo he cumplido mis deberes.
Mi vida por ti escrita, amiga mía,
un poema completo solo fuera
hijo del corazón y fantasía,
Donde con gran vergüenza yo me viera
cual debiera haber sido o ser debía
y no cual soy o he sido en mi carrera.
Nada resta de ti
Nada resta de ti… te hundió el abismo…
te tragaron los monstruos de los mares.
No quedan en los fúnebres lugares
ni los huesos siquiera de ti mismo.
Fácil de comprender, amante Alberto,
es que perdieras en el mar la vida,
mas no comprende el alma dolorida
cómo yo vivo cuando tú ya has muerto.
¡¡Darnos la vida a mí y a ti la muerte;
darnos a ti la paz y a mí la guerra,
dejarte a ti en el mar y a mí en la tierra
es la maldad más grande de la suerte!!
No es ira, no es amor, no es del poeta…
«No es ira, no es amor, no es del poeta
inspiración febril, es más ardiente
la llama que discurre por mi frente,
y el alma absorbe, el corazón me inquieta.
»Yo amo la tempestad, amo el estruendo;
cuando el vértigo insano me arrebata,
sueño que en nube de luciente plata
voy por el mundo un huracán siguiendo.
»El rayo en torno de mi frente gira,
el aquilón bajo mis plantas brama,
y lucho y venzo, y mi furor se inflama,
y ansiosa el alma a otra victoria aspira.
»Yo quiero alzado al fin sobre los hombres,
avasallar los pueblos y los reyes;
romper sus cetros; derrocar sus leyes,
hollar sus triunfos y borrar sus nombres.
»Ancha cadena que circunde el polo
yo quiero eslabonar con mis guerreros;
y bajo el pabellón de sus aceros
la gran nave en la mar llevar yo solo.
»Y ¡oh! si pudiera hurtar al firmamento
sus brillantes magníficas estrellas,
¡también imperios levantara en ellas
para ensanchar allí mi pensamiento!»
¡Francia, levanta! sal del caos profundo
en que yace tu pueblo sepultado,
que en brazo poderoso tremolado
va tu estandarte a conquistar el mundo.
¿Quién distinguir entre la inmensa grey
podrá al caudillo de tamaña empresa?
¿Qué señal en el rostro lleva impresa
el que del solio arrojará a tu rey?
Ese mancebo que los brazos grave
cruza sobre su seno, y la mirada
como águila en el sol, ardiente, osada,
clava en la multitud… ése lo sabe.
¡Oh! ¡cuál contra el mancebo se irritara
si su mirar la turba comprendiera!…
¡Si su ambición oculta sorprendiera
de ese rubio garzón, cuál se burlara!
Joven es el león; mas ya en la tierra
no hay fuerza que a igualar su fuerza alcance,
y ¡ay de la Europa, o Francia! cuando lance
ese joven león grito de guerra.
Verás como esa voz de los franceses
de pecho en pecho noble se difunde;
como chispa de fuego prende y cunde
de caña en caña por las secas mieses.
Verás, tras el magnífico estandarte
donde el águila altiva se reposa,
como tu juventud marcha orgullosa
la libertad, la gloria a conquistarte.
¡Verás!… mas antes que el caudillo sea
héroe conquistador de las naciones,
deja que a Egipto lleve sus legiones
y del grande Ramsé la tumba vea.
«Éstas de reyes son y emperadores
las moradas magníficas que habitan,
éste es el rico manto en que dormitan
de tierras y de mares los señores…
ȃste es el cetro que en sus regias manos
fue látigo cruel o adorno inútil:
no es que un brillo me seduzca fútil
si hoy os le arranco ¡nobles soberanos!
»No es que me ciega joya tan lucida,
¡es que me irrita que los pueblos lloren,
es que me irrita que temblando adoren
los pueblos esa joya envilecida!…
»Y esta corona… ¿sola una diadema?
¿cien batallas por una solamente?
¿Será una sola incienso suficiente
para este fuego que mis sienes quema?
»Reyes, emperadores, ¡guerra! ¡guerra!
yo haré que en una sola se refundan
las coronas que, inútiles, circundan
tantas míseras frentes en la tierra!»
¡Huid del monte aquel resplandeciente
que de Austerlitz se eleva en las llanuras…
Huye, Alejandro, antes que en sus alturas
volcán oculto brote de repente
¡Ay! que ya va tu juventud ardiente
a estrellarse en las águilas seguras…
Las nubes su vapor todo han juntado,
y el suelo va a quedar todo anegado.
Pero en sangre, Señor, en sangre pura,
porque el rey de las águilas osadas
donde terrible asienta sus pisadas
de cadáveres cubre la llanura;
cual los ojos de fiera en noche oscura
relucen entre el humo sus espadas,
y a bandadas los cuervos por el viento
síguenle en torno con feroz contento.
Caen, como en horrible terremoto,
las torres desplomadas, sus legiones,
sobre los extranjeros campeones
que osan poner a sus victorias coto;
bajo los pies de sus caballos roto
yace el blasón de dos fuertes naciones,
y dos imperios juntos retroceden
y dos monarcas el laurel le ceden.
¡Oh! tú que alzado al fin sobre los hombres,
lograste avasallar pueblos y reyes,
romper sus cetros, derrocar sus leyes,
hollar sus triunfos y borrar sus nombres.
¡Napoleón! tú que abarcando el polo
con tu cadena inmensa de guerreros,
bajo del pabellón de sus aceros
la gran nave en la mar llevabas solo.
¡Ay! ¿cómo a la merced del Océano
dejas bogar tu nave huyendo de ella?
¿Has ido a conquistar alguna estrella
para alzar otro imperio soberano?
No es sueño, es la verdad ¡oh mar! te veo…
No es sueño, es la verdad ¡oh mar! te veo…
no es sueño, es la verdad, ¡estoy contigo!…
no es sueño, es la verdad, tus ondas sigo
y sacio en contemplarte mi deseo;
aquí está la verdad en que yo creo,
aquí habita el Señor que yo bendigo,
y siento entre estas vívidas montañas
el hondo palpitar de sus entrañas.
¡Tú eres el mar!… ¡el mar!… no eres el río;
el horizonte con tus brazos llenas,
y en vez de murmurar bramas y truenas
maravillando el pensamiento mío,
pero en tu seno con placer confío
recuerdos, dichas, esperanzas, penas,
sin que un instante me acobarde el miedo
de que en tus ondas sumergirme puedo.
¿Miedo de ti? ¿Por qué? ¿No es de la tierra
de dónde vengo yo? ¡Por qué temerte!
¿Amenazas tú más que con la muerte
ni tienes sino el agua que dé guerra?
¿En dónde tu maldad ¡oh mar! se encierra
para que así nos acobarde el verte?
¿Qué me puedes hacer? ¿Tragar mi barca?…
La Francia se ha tragado a su monarca.
¿A dónde vais, pobres gaviotas,
huyendo así del horizonte oscuro?
¿No teméis el morir al pie del muro
en sangre tintas vuestras alas rotas?
Hubo una edad entre las más remotas,
en que la tierra fue asilo seguro;
pero lanzados ya de aquel asilo,
el torrente del mar es más tranquilo.
¡Ah! yo no sé; pero al mirar de lejos
la vasta soledad del agua hermosa,
me siento de vosotras envidiosa
que podéis habitar en sus espejos;
los marinos nos dan tristes consejos,
porque huyamos del agua borrascosa;
pero al lanzarnos de tan bella casa,
no saben ahora lo que en tierra pasa.
¡Cuánto más blando el mar que nos rodea,
aunque el torrente abata vuestros vuelos,
será que las pasiones, los desvelos
de esa región que a nuestra vista humea!
¡No os vais del mar! El alma se recrea
soñándose suspensa entre dos cielos,
y si no tengo yo en las verdes salas,
menos debéis temer que tenéis alas.
¿Qué he de temer? ¿Que el mar en sus extremos
de sal inunde mi entreabierta boca?
¡La sed que en medio el agua nos sofoca
en la salada lluvia saciaremos!
Más salado es el llanto y lo bebemos
en tierra seca, y no en corriente poca,
siempre con ansia igual, con igual daño
un día y otro, uno y otro año.
¡Oh mil veces feliz ave y marino,
que cruzan sin temor esas montañas,
y más dichosa tú la que te bañas,
Cádiz, en ese golfo cristalino!
Allá te veo entre el flotante lino
salir, hermosa, honor de las Españas,
cual salen las palomas por el río
cuando a bañarse van en el estío.
Hija de las entrañas de Océano,
como sus conchas y sus peces eres,
y las que guardas célicas mujeres
son perlas escogidas por tu mano,
a bordo de tu buque soberano
Siempre embarcados, tus felices seres,
Gozan en paz de la ilusión divina
De este viaje que jamás termina.
Cuando del muro los estrechos lazos
salta y el onda tu cabeza baña,
dicen que quiere con terrible saña
tragarte el mar en míseros pedazos,
pero es que te acaricia entre sus brazos
como a sus tiernos hijos la alimaña,
y cuando más parece que te abruma
te da la leche de su blanca espuma.
¡Ciudad de torres solitaria y bella!
todo es hermoso en tu recinto amigo;
el pobre halla limosna y halla abrigo,
y aun da a otros pobres el sobrante de ella.
Cuando me lleve mi contraria estrella
lejos de ti; me soñaré contigo…
si es que duerme bastante para el sueño
quien nada espera dulce ni risueño.
¡Ah, sí! me queda la ilusión divina
de este mar tan inmenso y tan profundo,
donde ha de hallar, al fin, descanso el mundo
cuando lo quiera Dios. Alma vecina
del mar, mejor comprende y adivina
lo que es Dios, lo que el pueblo moribundo,
que encerrado se agita y despedaza
ser contra ser y raza contra raza.
Ya le voy a dejar, nada en la vida
sino el dolor profundo es duradero,
y por lo mismo que mirarlo quiero,
tengo que darle ya mi despedida;
todo placer va siempre de partida
muy pronto por la vida, muy ligero,
y basta que la mar mi encanto sea
para que nunca más su encanto vea.
¡Adiós, amigos!… ¡tierra hospitalaria!…
Las lagrimas más dulces que he vertido
¡oh Cádiz, Cádiz! en tu seno han sido;
y si en medio del agua solitaria
ves en el barco un rostro, que afligido
te mira, yo seré que entre la varia
gente y la nube del vapor que humea
«¡Adiós, adiós, diré mientras te vea!»
No hay nada más triste que el último adiós
Si dos con el alma se amaron en vida
y al fin se separan en vida los dos.
¿Sabéis que es tan grande la pena sentida
que nada hay más triste que el último adiós!
En esa palabra que breve murmuran,
en ese gemido que exhalan los dos,
ni verse prometen, ni amarse se juran,
que en esa palabra se dicen ¡adiós!
No hay queja más honda, suspiro más largo
que aquella palabra que dicen los dos:
el alma se entrega a horrible letargo;
la vida se acaba diciéndose ¡adiós!
Al fin ha llegado la muerte en la vida,
y al fin para entrambos morimos los dos;
al fin ha llegado la hora cumplida,
la hora más triste… el último ¡adiós!
Ya nunca en la vida, gentil compañero,
ya nunca volvemos a vernos los dos;
por eso es tan triste mi acento postrero,
que nada hay más triste que el último ¡adiós!
¿No ves qué tierra, qué cielo?…
¿No ves qué tierra, qué cielo,
uno azul, otra florida?
¿No ves qué estrellas, mi vida,
no ves qué luna, qué sol?
¿No ves qué hermoso es el suelo
donde Dios te ha confinado?
Es fecundo, es dilatado,
es soberbio, es…. ¡español!
Yo no vi de ese paisaje
sino el rincón por su extremo;
mas no hay duda que es supremo
cual su tinta su pincel;
pues, el lugar más salvaje
de nuestra bella comarca
forma, en los valles que abarca,
a España rico dosel.
Por cada grano de tierra
brota en ella una semilla;
no hay extranjera avecilla
que no nos la venga a hurtar:
los pueblos nos mueven guerra
por sólo pisar a España,
cual transeúnte cabaña
lamiendo el suelo al pasar.
Cuando sacuda tu mente
de la infancia los ensueños,
estos campos tan risueños
y riquísimos al ver;
¿por qué dirás esa gente,
que ha marchado a mi venida,
pasó la preciosa vida
en quejas de padecer?
¿Por qué las tiernas mujeres,
que a mi llegar se alejaron,
tantas lágrimas lloraron
vertidas del corazón?
Si tiene el mundo placeres
y la vida tal encanto,
¿por qué se ha dolido tanto
la muerta generación?
Prende fuego en la montaña
y devasta la pradera;
mas oye a la primavera,
la yerba vegeta más:
así en la guerra de España
que estos seres encendimos
de cenizas os servimos
a los que venís detrás.
¿Sabes tú para que puedas
alcanzar luz en tus días
qué de noches tan sombrías
estamos pasando aquí?
¡Tú que en el valle te quedas
cuando nosotras nos vamos
no sabes cómo le hallamos
al venir antes de ti!
De laureles, de riqueza
de altos honores cargados,
son, Herminia, desgraciados
los hombres de nuestra edad;
de brillantes, de belleza
y de amores circundadas
mujeres muy desdichadas
son las de esta sociedad.
Pero tú que has retardado
más que aquellos tu venida,
vas a encontrar en la vida
más placer, menos dolor;
pues que de España han cruzado
tantos otros el camino,
que sufre ya el peregrino
sus asperezas mejor.
Ya nuestro campo no vemos
salpicado y reteñido
con la sangre que ha vertido
la guerrera juventud;
y ya tranquilos podemos
elevar nuestras canciones,
sin que vengan los cañones
a atronar nuestro laúd.
Ni ya rechazan del coro
a las cantoras mujeres;
pues al fin que somos seres
de la especie racional,
en este siglo sonoro
los españoles declaran…
¡Qué indulgencia!… y nos preparan…
¡Qué dicha!… lauro inmortal.
Pero es tarde, Herminia mía,
tarde ya para esta gente,
que ha pasado tristemente
lo mejor de su vivir;
esa naciente alegría
que en nuestro pueblo resuena
no basta a calmar la pena
que venimos de sufrir.
De las pasadas tormentas
naves nosotras heridas,
vamos a quedar sumidas
presto en el revuelto mar;
pero tú, que apenas cuentas,
Herminia, trescientos soles,
a los puertos españoles
logras a tiempo arribar.
¡Quiera Dios que la bonanza
con que empieza tu fortuna
como te mima en la cuna
te mime en la juventud!
Cada niña una esperanza
de placer es para el mundo:
¡quiera Dios que tú fecundo
manantial seas de virtud!
Que los dulcísimos nombres
que te da el materno anhelo
de serafín y de cielo
vayan de tu vida en pos.
Que embelesados los hombres
al exclamar —«¡qué hermosura!»
añadan siempre:—«¡y qué pura!
¡Bendígate, Herminia, Dios!»
Nos ha dado el Señor cielos hermosos…
Nos ha dado el Señor cielos hermosos
con luz, por que los ojos alumbremos,
y nosotros los pueblos ingeniosos
con humo del cañón la oscurecemos.
Nos ha dado unas tierras deliciosas
donde las vidas sustentar podamos,
y nosotras las gentes belicosas
con sangre de los nuestros las regamos.
Nos ha dado suprema inteligencia
para adorar su ley mientras vivimos,
y nosotros negamos su existencia
y de la propia nuestra maldecimos.
Nos ha dado pasiones generosas
y odiándonos vivimos en la tierra;
«almas, nos dice, paz, sed venturosas»
y respondemos «infortunio, guerra!»
Guerra al Oriente, guerra al Mediodía,
por cuanto abarca el sol guerra sangrienta;
nuestra campana eterna de agonía
por las batallas sus minutos cuenta.
Hacen trocar los siglos pasajeros
leves, imperios, religiones, todo;
pero la horrible estirpe de guerreros
tiende su rama del egipcio al godo.
¡Oh de asesinos fuerte monarquía
de siglo en siglo trasmitida viene;
reino antes de Moisés tal dinastía
y aun después de Jesús príncipes tiene!
Un perpetuo clamor son las naciones;
toda la humanidad es solo un grito;
cansado de sufrir generaciones
el mundo está, y cansado el Infinito…
Tiende ¡oh paterno mar! tiende los brazos
y, por piedad de nuestros hondos males,
de la tierra los míseros pedazos
abisma entre tus formas colosales.
Tal vez al arrollar el viejo mundo,
tus soberanas moles avanzando,
otras tierras mejor desde el profundo
se irán a tus espaldas levantando.
Aquí están las semillas corrompidas,
a Dios no pueden dar ya fruto bueno,
y pues a Dios no sirven nuestras vidas,
¡húndenos mar, te servirán de cieno!
O no hay tierra ni ser, o hay Dios y cielo…
O no hay tierra ni ser, o hay Dios y cielo;
tal cuando niña discurrió la mente,
llevada del amor que hace al viviente,
buscar a Dios con instintivo anhelo;
luego de joven al cruzar el cielo,
hirió su pedernal mi pie inocente,
y más cierta añadí —no es ilusoria
la tierra ni el dolor; hay cielo y gloria.
Fija, obstinada, pertinaz, constante,
su existencia a la nuestra hallando unida,
dios es verdad, pues cierta es nuestra vida,
dije al sentir mi pecho palpitante.
¿Tuve un placer? ¡oh, gracias, Dios amante!
¡piedad mi Dios! clamé cuando afligida;
y el mundo me hizo así mal llevadero
la amistad del divino compañero.
Todo animado al sol de mi creencia,
la planta, el ave, el agua, las criaturas,
Dios es grande, pues forma estas hechuras,
exclamé al adorar su inteligencia.
¿Y no aprendí bastante, hay otra ciencia
que ilumine mejor las almas puras?…
Pues ignorante, amigo, me dijeron
los que a dudar de Dios sólo aprendieron.
Lucha trabé con ellos muy reñida,
trajo el ateo libros a millares;
yo respondí mostrando de los mares
a sus ojos la página cumplida.
La estrella de los cielos encendida,
fijé en su libro al fin de sus cantares,
y si no acierta a huir veloz, ¡presumo
que libro y sabio se tornaran humo!
¿Pensáis que así quedó? volvió la gente
niña, a llamarme crédula y sencilla,
y yo a cantar de Dios la maravilla
en el sol, en el aire, en el torrente.
—No hay Dios, —me grita el genio irreverente
—Hay Dios, —respondo; su mirada brilla,
su aliento corre, su palabra suena,
su amor palpita, su pisada atruena.
Pero en la dura lid tal vez venciera
el que desdeña a Dios a quien lo alaba,
si cuando ya el aliento me faltaba,
otra voz a esforzarme no acudiera;
de una fe más robusta y verdadera,
de un talento mayor la mente esclava,
cuando os oyó decir: —hay Dios y cielo—
tomó con más fervor a alzar su vuelo.
¡Gracias! porque en el mundo hallo profeta
de tan pura virtud, fe tan ardiente,
que en tanto error del mundo diferente
me preste una verdad al alma inquieta;
sí, amigo, la creación obra incompleta
fuera si nuestro autor omnipotente
no escribiera en la humana y triste historia
que para el bueno, como vos, hay gloria.
¡Oh, cuál te adoro!
¡Oh, cuál te adoro! con la luz del día
tu nombre invoco apasionada y triste,
y cuando el cielo en sombras se reviste
aun te llama exaltada el alma mía.
Tú eres el tiempo que mis horas guía,
tú eres la idea que a mi mente asiste,
porque en ti se concentra cuanto existe,
mi pasión, mi esperanza, mi poesía.
No hay canto que igualar pueda a tu acento
cuando tu amor me cuentas y deliras
revelando la fe de tu contento;
Tiemblo a tu voz y tiemblo si me miras,
y quisiera exhalar mi último aliento
abrasada en el aire que respiras.
¡Oh, cuál te adoro! con la luz del día…
¡Oh, cuál te adoro! con la luz del día
tu nombre invoco apasionada y triste,
y cuando el cielo en sombras se reviste
aun te llama exaltada el alma mía.
Tú eres el tiempo que mis horas guía,
tú eres la idea que a mi mente asiste,
porque en ti se concentra cuanto existe,
mi pasión, mi esperanza, mi poesía.
No hay canto que igualar pueda a tu acento
cuando tu amor me cuentas y deliras
revelando la fe de tu contento;
Tiemblo a tu voz y tiemblo si me miras,
y quisiera exhalar mi último aliento
abrasada en el aire que respiras.
¡Oh generosa luz, oh hermoso Oriente!…
¡Oh generosa luz, oh hermoso Oriente
del pensamiento que buscaba el mío,
siempre confuso y ciego en el sombrío
y solitario claustro de mi mente!
¡Oh luz amada, luz resplandeciente,
en cuyos rayos mi esperanza fío,
luz de mi alma, luz de mi deseo,
que iluminas al fin, que al fin te veo!
Luz de gloria inmortal, que en ígnea rueda
brillas sobre la estatua de Cervantes,
brillas sobre los huesos palpitantes
del desgraciado Larra y de Espronceda;
no importa que la suerte me conceda
para verla no más breves instantes,
pues siempre verla y adorarla puedo,
porque se va mi sombra y yo me quedo.
Frentes marchitas, de estudiar cansadas,
ánimos nobles, de luchar rendidos,
poéticos espíritus caídos,
generosas ideas desmayadas;
yo, que del campo allá en las retiradas
soledades, guardé de mis sentidos
el entusiasmo, consolaros puedo
porque se va mi sombra y yo me quedo.
Aquí para cantar y aquí mi oído
para escuchar, amigos, vuestro canto,
y aquí estará mi ser, aunque entretanto
os diga la ilusión que ya he partido;
¡loca ilusión! Engaño del sentido
pensar que os dejo y que derramo llanto,
pensar que sufro y que dejaros puedo
cuando se va mi sombra y yo me quedo.
Aquí para labrar de la poesía
la dura tierra donde el lauro crece,
mi corazón, que nunca desfallece,
os seguirá constante en la porfía;
para dar mi tributo de armonía,
para animar al triste que padece,
para sufrir, si consolar no puedo,
aunque vuele mi sombra yo me quedo.
De las amigas manos las palmadas
aún escucho el dulcísimo ruido
bien sabéis que por cada una he vertido
dos lágrimas profundas y abrasadas;
no me diréis jamás que mal pagadas
por este corazón ardiente han sido,
cuando jurar por vuestra gloria puedo,
que huye mi sombra, pero yo me quedo.
¿No es verdad que es muy triste en la morada
del solitario valle hundir la vida,
y no ver en el agua adormecida
sino la propia imagen retratada?
Por eso vine enferma y lastimada,
y no quiero tornar más abatida,
y por eso, no más, Dios me concede
que se vaya mi sombra y yo me quede.
¡Ay! aunque os digo «adiós» yo no me alejo,
es mi sombra no más la que mañana
volverá a retratarse en el espejo
del insalubre y muerto Guadiana;
aunque soñéis en la ilusión que os dejo,
mirad que es sólo una, quimera vana,
un sueño ingrato a cuyo error no cedo,
que si se va mi sombra yo me quedo.
Nada importa el adiós, si es de tal suerte
que os digo «adiós» y es falsa la partida;
ni ha de rendirse débil y afligida
por un sueño no más el alma fuerte.
¿Qué os importa mi sombra vaga, inerte,
para sufrir en esta despedida,
si he dicho, amigos, que escucharos puedo
porque se va mi sombra y yo me quedo?
«¡Adiós!» mil veces os diré cantando
y estos adioses ni escuchéis siquiera,
ni penséis que mi voz es lastimera,
ni digáis que de pena estoy llorando;
es un adiós tranquilo, un adiós blando,
es una despedida placentera,
pues ni llorar ni enternecerme puedo
porque se va mi sombra y yo me quedo.
¡Oh! ya veréis cómo al acento amigo
mañana y siempre con mi voz respondo,
aunque este adiós tan quebrantado y hondo
aun, otra vez, por postrera os digo;
veréis cómo en los triunfos os bendigo,
aunque os parezca, amigos, que me escondo,
porque es engaño, sí… ¡Nunca!… ¡No puedo!…
Se irá mi sombra, pero yo me quedo.
Pálida insomne, lánguida doliente…
Pálida insomne, lánguida doliente,
sombra tan sólo de criatura humana
ya consumida por la fiebre ardiente
viene de las orillas del Guadiana.
La copa de cristal donde bebía
el agua, que a mi sed siempre era poca
al acercar mi enardecida boca
una vez y otra en sangre se teñía.
Mortificado por tenaz punzada
y de violento palpitar rendido
era del corazón cada latido
un dolor en mi fibra lastimada.
Fatigaba la luz mi vista errante,
ahogaba el aire mi oprimido pecho
y aunque jamás abandonaba el lecho
dormir no me era dado un solo instante.
Las lentas horas de la noche triste
las pasaba gimiendo y delirando
y por la muerte sin cesar clamando
único bien al que doliente existe.
Y ya la muerte al fin compadecida
sus negras alas hacia mí tendiendo
iba a llevarme al ámbito tremendo
término silencioso de la vida.
Pero una mano fuerte y salvadora
con enérgico afán asió la mía;
una mirada fija, escrutadora
a iluminarme vino en la agonía.
Era la luz brillante de la ciencia,
implacable enemiga de la muerte
que vivifica el corazón inerte
que anima con sus rayos la existencia.
Erais vos, erais vos, sabio maestro
de la doliente humanidad amigo;
yo debo la existencia al saber vuestro
vos amo y os respeto y os bendigo.
Y otros seres también dulce memoria
de esa ciencia benéfica guardando
al pobre ingenio mío están rogando
que agradecida escriba vuestra historia.
Vuestra vida, señor, escribir quiero
aunque modesto rechacéis su idea,
no porque el mundo mi talento vea
que nada dél para mi gloria espero.
Vuestra vida, señor, a escribir voy
pues si la escribo porque viva estoy,
y en ella expresaré lo que habéis sido
a Dios y a vuestra ciencia lo he debido.
¿Por qué tiembla? —No lo sabe…
¿Por qué tiembla? —No lo sabe.
¿Qué aguarda en el lago? —Nada.
De las aguas enlazada
a los hilos su raíz,
el movimiento suave
de la linfa va siguiendo,
la cabeza sumergiendo
del agua, al menor desliz.
Así la halló la alborada,
así la encuentra el lucero,
siempre el esfuerzo postrero
haciendo para bogar;
y en las olas la encallada,
vaga y frágil navecilla
sin poder la florecilla
impeler ni abandonar.
Movimiento que no cesa,
ansiedad que se dilata,
ni el agua que sus pies ata
sostiene a la débil flor,
ni deja, en sus olas presa,
que vaya libre flotando,
quiere que viva luchando
siempre en continuo temblor.
¡Ya se inunda!… ¡Ya se eleva!…
¡Ya la corriente la traga!…
¡Ya navega… ya naufraga!
¡Ya se salva… ya venció!
¡Ya el agua otra vez la lleva
en sus urnas sepultada!…
¡Ya de nuevo sobre—nada
en el agua que la hundió!…
Flor del agua, ¡cuántas flores
viven en paz en la tierra!
Sola tú vives en guerra
en tu acuático jardín:
te da la lluvia temores,
el manso pez te estremece
y tu belleza parece
sin gozar descanso, al fin.
Tú, poetisa, flor del lago,
por amante, por cantora,
has venido en mala hora
con tu lira y tu pasión;
que en el siglo extraño y vago
a quien vida y arpa debes
dondequiera que le lleves
fluctuará tu corazón.
Que las cantoras primeras
que a nuestra España venimos
por sólo cantar sufrimos,
penamos por sólo amar;
porque en la mente quimeras
de un bello siglo traemos
y cuando este siglo vemos
no sabemos do hogar.
Las primeras mariposas
que a la estación se adelantan
y su capullo quebrantan
sin aguardar al abril,
nunca saben temblorosas
adonde fijar las alas,
siempre temen que sus galas
destroce el aire sutil.
Las ráfagas las combaten,
las extrañan los insectos
y de giros imperfectos
si cansado el vuelo ya,
sobre las plantas lo abaten
buscando el capullo amigo
hallan que néctar ni abrigo
la flor en botón les da.
Las orugas que encerradas
aún están en sus clausuras
mañana al campo seguras
podrán sus alas tender;
mas, aquellas desdichadas
que antes cruzan la pradera
¡morirán, la primavera
risueña, sin conocer!…
¿Cuál es tu barca? —Una lira.
—¿Qué traes en ella? —Sonidos.
—¿Vuélvete, que no hay oídos
para tus sones aquí;
vuélvete joven, y mira
si en tu barca, más sonoro,
puedes trasportarnos oro
u otro cargamento así.
¿Quién te llama? ¿A qué nos vienes
con peregrinas canciones
El trueno de los cañones
del siglo el concierto es,
y en vano sus anchas sienes
pretenden ceñir de flores,
¡ay! sus pies destrozadores
hollarán cuantas te des.
¿Vienes de nuevo, alma mía,
qué traes en la barca? —Amores—.
Torna a otras tierras mejores,
torna el camino a emprender;
si es oro nuestra poesía
nuestros amores son… nada.
Ve si la nave cargada
de cetros puedes traer,
Que, si no de amor, tenemos
tan elevadas pasiones
que sentimos ambiciones
de un cetro cada garzón;
y cada garzón podemos
con nuestros genios profundos
media docena de mundos
fundir en una nación.
¿Otra vez? ¿Qué traes ahora?…
Siempre en el mismo camino
sobre el cauce cristalino
en su barquilla la flor:
así la dejó la aurora,
así la encuentra el lucero
siempre en el afán primero,
siempre en el mismo temblor.
Tú, poetisa, flor del lago,
por amante, por cantora
has venido en mala hora
con tu amor y tu cantar:
que en el siglo extraño y vago,
a quien vida y arpa debes,
dondequiera que la lleves
puede el alma naufragar.
Mas, escucha no estás sola,
flor del agua, en el riachuelo;
contigo en igual desvelo
hay florecillas también:
que reluchan contra el ola,
que vacilan, que se anegan,
que nunca libres navegan
ni en salvo su barca ven;
Pero, enlazan sus raíces
a la planta compañera
y viven en la ribera
sosteniéndose entre sí:
y cual ella más felices
desde hoy serán nuestras vidas
si con las almas unidas,
vivimos, las dos así.
Primavera invisible
¡Qué caso tan peregrino
un año sin primavera!…
Pasó sin que yo la viera
¿o es tal vez mi desatino?
¿Qué bandos de ruiseñores
en la arboleda cantaron
y que a millares brotaron
y se agostaron las flores?
¿De qué modo, cómo, cuándo
eso pasó, Emilio, di?
O yo nada percibí
o todo lo estás soñando.
¿Qué tamaña desventura
me gritaba en los oídos
que de esos claros sonidos
ni el rumor sentí, criatura?
¿Adónde estaban mis ojos
que no han visto en los collados
tantos lirios azulados
y tantos pimpollos rojos?
¡Yo que soñaba impaciente
con la nueva primavera!
¡Yo que su rosa primera
aguardaba atentamente!
¡Perderla así de ese modo
sin haberla contemplado!
¡Ay, Emilio! yo he cegado
o tú lo has soñado todo.
De las bellas estaciones
adoro, Emilio, el placer,
y no quisiera perder
ni uno solo de sus dones.
Mas sin duda comprimidos
con fortísima tristeza
yo he tenido en mi cabeza
medio muertos los sentidos.
Y cuando al cabo despierto
de mi letargo penoso
hallo un estío ardoroso
y hallo un campo ya desierto.
Ansia de felicidad,
me devora el alma mía,
mas por acaso me guía
su instinto a la adversidad.
Y yo pienso que ha de ser
porque en mi pecho doliente
alienta imperfectamente
el sentido del placer.
Y amo, y busco la aflicción
porque en su grande sentir
a sus anchuras latir
puede sólo el corazón.
Por eso los ruiseñores
que sonaron no escuché,
ni he visto, aunque las busqué
en los campos, esas flores.
Por eso la primavera,
que tú dices que pasó,
aunque la aguardaba yo
paso sin que yo la viera.
Pues eres tú forastera…
Pues eres tú forastera
recién llegada a la vida,
te contaré, mi querida,
lo que tienes que sufrir;
te gané la delantera
de la vida en el camino,
y merced a este destino
he aprendido ya a sentir.
Yo sé ya cómo se llora
de una pena lloro ardiente,
y si quieres que te cuente
cuál se disfraza también,
mostraré, por que lo veas,
la sonrisa en mi semblante
cuando el raudal abundante
mis ojos brotando estén.
A este saber doloroso
discreción el mundo llama,
y no es discreta la dama
si no es en el mundo así;
por eso en risa mi llanto
suelo mudar tan aprisa,
que al asomar la sonrisa
trago el llanto para mí.
Pero el mundo no se engaña,
y al mirar nuestro contento
grita airado «¡Fingimiento,
falsedad de la mujer!»
¡Oh graciosa tiranía
que a las que fingen condena
cuando fingir nos ordena
como preciso saber!
Esto, niña, es solamente
lo que, de ciencia nos toca;
después te dirá mi boca
lo que hay de felicidad:
y en fe de que no te engaño
en lo propio que te digo,
todo un sexo por testigo
te pondré de esta verdad.
Yo te diré nuestra historia
y aunque otra de hombres cuenten,
por Dios, que los hombres mienten
o ignoran este saber:
ellos beben Cicerones,
con Sénecas se alimentan,
pero esos libros no cuentan
las penas de la mujer.
Y ¡más valiera que doctos,
sapientísimos varones
perdieran en las naciones
su tiempo en tratar de nos!;
¡harto hicieron si aseguran
como un hecho averiguado
que de Adán y Eva el pecado
por ella sufren los dos!
¿Qué importa que su existencia,
la leche con que medraron,
los brazos en que apoyaron
su cuerpo desde el nacer;
y los besos maternales,
y el solícito cariño,
y sus placeres de niño
se los diera la mujer?
¿Qué importa que le dé ella
la amorosa compañía
al que triste viviría
sin ella en la soledad;
y el consuelo al desgraciado,
y la asistencia al doliente,
qué importa a esa ingrata gente
que se los dé la beldad?
De madres, esposas, hijas,
los tiernos, los dulces nombres,
¿no merecen a esos hombres
una página, un borrón?
¿no merecen que una hora
en nuestra suerte mediten
aunque algo al estudio quiten
de Séneca y Cicerón?…
¿Mas no escuchas? ¿Interrumpes,
niña, con risa mi canto?
Haces bien, porque iba el llanto
brotando a mis ojos ya;
conviértase en risas el lloro,
que en la mudanza precisa
pronta siempre la sonrisa
tras mis lágrimas está.
Pero, guarda, por tu vida,
el papel de estas canciones,
y en la edad de las pasiones
fija los ojos en él:
«¡Ay, dirás, verdad decía
la que estas cosas cantaba;
bien me acuerdo que lloraba
cuando escribió este papel!»
¡Qué abatida estará, Señor, mi vida!…
¡Qué abatida estará, Señor, mi vida
cuando no te consagro ni un acento!
¡Qué hundido debe estar mi pensamiento
cuando así te abandona, así te olvida!
Preséntasme la tierra florecida,
resplandeciente en lumbre el firmamento,
y en vez de bendecirte y celebrarte
bajo los ojos para no mirarte.
Gran pesar no sufrí, padre divino;
ningún dolor agudo el alma llora;
pero más me entristezco, hora por hora
conforme voy andando mi camino:
ni sé si es bueno o malo mi destino,
ni advierto si se agrava o se mejora;
sólo sé que el vivir menos agrada
cuanto más adelanto en la jornada.
No he perdido la fe, que mucho creo;
no me hirieron, Señor, los desengaños,
ni presa fui de pérfidos amaños,
ni juguete de loco devaneo;
yo no tengo ambición, nada deseo,
es mi existencia juveniles años,
pero triste; Señor, muy triste estoy,
puesto que ni mi canto ya te doy.
¡Ay! Cuando siento del fecundo mayo
el vaporoso y caldeado ambiente
jugar con mis melenas blandamente,
te quisiera cantar, pero en desmayo
melancólico abísmase la mente,
y como herida por amante rayo
las lágrimas se agrupan a mis ojos
y hasta la luz del sol me causa enojos.
Luego las plantas pienso que suspiran,
paréceme que el río se lamenta,
y la vida a mis ojos se presenta
llena de sombras que dolientes giran…
y yo no sé por qué, miedo me inspiran,
y no sé que aflicción me desalienta,
pero tiendo los brazos y te digo
señor, señor, ¡ay! llévame contigo.
Tal vez, Señor, el porvenir me inquieta
porque nací mujer y soy cobarde,
y tal vez en las brisas de la tarde
me anuncia el porvenir mi ángel profeta.
Triste será el de la mujer poeta,
mas ora el bien, ora el dolor me aguarde,
mejor quisiera que con brazo amigo
me quisieras llevar, Señor, contigo.
Aquí la turbación, aquí el gemido,
aquí la guerra, aquí los hondos males
tienen reinado eterno, y siempre iguales
los tiempos han de ser a los que han sido;
señor, y allá el descanso apetecido,
allá la paz, los goces celestiales
me convidan, si quieres santo amigo
para siempre llevarme allá contigo.
Allá en la noche hay sol, no acaba el día,
siempre es abril para los ricos prados,
y por aquellos huertos regalados
sólo la flor de la virtud se cría:
el odio, la ambición, la tiranía
no existe en tus dominios dilatados;
los hombres a los hombres no asesinan,
la virtud y el amor allí germinan.
Allá en la fuente de la fija ciencia
beberé hasta saciar mi gran deseo,
conoceré el error de Ptolomeo,
me reiré de la humana suficiencia;
sabré quién escribió la alta sentencia
que hundió al egipcio y destruyó al hebreo,
qué ilumina las cumbres de Sodoma,
derriba a Grecia y aniquila a Roma.
Sabré mejor que el sabio más profundo
de la historia del orbe tantos hechos,
porque en los pobres libros contrahechos
mientras estudio más, más me confundo;
penetraré las leyes de este mundo,
la esencia de los seres, sus derechos,
lo que son, lo que fueron, lo que esperan
nacidos, por nacer, y cuando mueran.
Sabré por qué tu espíritu se esconde,
por qué rodar nos haces en la esfera,
qué pretendes hacer con tal carrera,
y cómo nos impulsas y hacia dónde:
por qué girar al sol nos corresponde,
por qué su luz la luna reverbera,
por qué tienes volcanes encendidos,
por qué tienes los mares extendidos.
Por qué al par de Jesús nace Mahoma,
por qué alientas entrambas religiones,
por qué arde entre diversas oraciones
y en diferente altar distinto aroma:
qué das al que la cruz sagrada toma,
del de la media luna qué dispones,
quiénes te desconocen o te entienden
quiénes los que te adoran o te ofenden.
Allá sabré también por qué nacimos
débiles y sencillas las mujeres,
y si el premio de tantos padeceres
habremos de lograr cuando morimos.
Allá sabré si destinadas fuimos
al duro yugo de los otros seres,
y si has dispuesto tú las leyes graves
que no puedo decir y que tú sabes.
Allá sabré también por qué deliro,
y la oculta razón de mi tristeza;
por qué abrasada siento mi cabeza,
por qué lloro, Señor, por qué suspiro,
por qué cuando tu hermoso cielo miro
ansiosa de tu gloria y tu grandeza,
olvido de la tierra cuanto amo
y llévame contigo, Señor, clamo.
Si comparando el mundo, éste de penas,
su injusticia, su error, nuestras pasiones
con el bello existir de esas regiones
pacíficas, hermosas y serenas,
anhelamos romper nuestras cadenas,
elevamos a ti los corazones,
y de tus brazos al paterno abrigo
me quiero refugiar yendo contigo.
Si quiero descansar, hallar consuelo,
quiero verte, Señor, yo no vacilo;
¿dónde hallaré más dulce y más tranquilo
amor, y más placeres que en el cielo?
o si te place mi virgíneo velo,
si digna soy de tu celeste asilo,
no me dejes aquí desconsolada
y llévame contigo a tu morada.
¡Qué caso tan peregrino!…
¡Qué caso tan peregrino
un año sin primavera!…
Pasó sin que yo la viera
¿o es tal vez mi desatino?
¿Qué bandos de ruiseñores
en la arboleda cantaron
y que a millares brotaron
y se agostaron las flores?
¿De qué modo, cómo, cuándo
eso pasó, Emilio, di?
O yo nada percibí
o todo lo estás soñando.
¿Qué tamaña desventura
me gritaba en los oídos
que de esos claros sonidos
ni el rumor sentí, criatura?
¿Adónde estaban mis ojos
que no han visto en los collados
tantos lirios azulados
y tantos pimpollos rojos?
¡Yo que soñaba impaciente
con la nueva primavera!
¡Yo que su rosa primera
aguardaba atentamente!
¡Perderla así de ese modo
sin haberla contemplado!
¡Ay, Emilio! yo he cegado
o tú lo has soñado todo.
De las bellas estaciones
adoro, Emilio, el placer,
y no quisiera perder
ni uno solo de sus dones.
Mas sin duda comprimidos
con fortísima tristeza
yo he tenido en mi cabeza
medio muertos los sentidos.
Y cuando al cabo despierto
de mi letargo penoso
hallo un estío ardoroso
y hallo un campo ya desierto.
Ansia de felicidad,
me devora el alma mía,
mas por acaso me guía
su instinto a la adversidad.
Y yo pienso que ha de ser
porque en mi pecho doliente
alienta imperfectamente
el sentido del placer.
Y amo, y busco la aflicción
porque en su grande sentir
a sus anchuras latir
puede sólo el corazón.
Por eso los ruiseñores
que sonaron no escuché,
ni he visto, aunque las busqué
en los campos, esas flores.
Por eso la primavera,
que tú dices que pasó,
aunque la aguardaba yo
paso sin que yo la viera.
¿Qué hace la negra esclava, canta o llora?…
¿Qué hace la negra esclava, canta o llora?
Tú, Europa, gran señora,
que a tu servicio espléndido la tienes,
responde, ¿llora, canta,
o dormida a tu planta
apoya ora en tus pies sus tristes sienes?
Yo que en su misma entraña me he nutrido
y en su pecho he bebido
su ardiente leche, con amor la adoro,
y por saber me afano
si al pie de su tirano
reposa, canta o se deshace en lloro.
Venga el pueblo que a madre tan querida
debe también la vida,
las nuevas a escuchar, que de su suerte
por caridad nos diga
la señora enemiga
de quien vive amarrada al yugo fuerte.
Oigan los hijos de la negra esclava
lo que orgullosa acaba
de transmitir su dueña a las naciones,
para que mofa sea
del mundo que la vea
sufriendo eternamente humillaciones.
Dice, que por nodriza solamente
al Norte y al Oriente
conducen a la madre, cuyo seno
a mucha boca hambrienta
sin cesar alimenta
con la abundancia que lo tiene lleno.
Y nos dice también que latigazos
la dan con duros brazos
los hijos de Bretaña y del Pirene,
después de haber sacado
al seno regalado
el jugo que los nutre y los sostiene.
Y se atreve a decir la fiera dueña
que en rendirla se empeña,
dejándola cansada, enferma y pobre,
para que no en la vida
emprendiendo la huida
su independencia y libertad recobre…
¿No tenemos un Cid? ¿No hay un Pelayo
que nos presten un rayo
de indignación, con que a librarla acuda
ese pueblo indolente,
esa cobarde gente,
egoísta, ambiciosa, sorda, muda?
¿Dónde está la bandera, caballeros,
que dos pueblos enteros
con su anchuroso pabellón cubría?
¿dónde los castellanos
en cuyas fuertes manos
la enseña nacional se sostenía?
Ya no hay bandera; el pabellón lucido
en trozos dividido
como harapos levanta nuestra gente
sin escudo y sin nombre,
sirviendo cada hombre
de caudillo y de tropa juntamente.
Cual árabes errantes, cada uno
sin domicilio alguno
vagan los desdichados en la tierra,
huyendo del vecino
que hallan en su camino
por no poder marchar juntos sin guerra.
Quién levanta su tienda de campaña
en un rincón de España
y por su rey a su persona elige,
y quién sobre la arena
traza, escribe y ordena
las leyes con que él sólo se dirige.
Y quién burlando al Dios de sus abuelos
nombra para los cielos
otro señor que nos gobierne el alma,
juzgando la criatura
que siendo el Dios su hechura
más fácilmente alcanzará la palma.
Patria, leyes y Dios, siervo y monarca
el español abarca
refundiendo sus varias existencias
en el cerebro loco
para quien juzga poco,
de esa inmensa reunión, cinco potencias.
¡Soberbia, necia vanidad mezquina
que a padecer destina
la soledad, el duelo, el abandono
a esa España afligida
que siempre desvalida
se ve juguete de extranjero encono!
Ha menester alzarse una cruzada,
ha menester la espada
blandir al aire la española tropa,
los reinos espantando
para salvar luchando
a ésa que gime esclava de la Europa.
Mas ¿dónde habéis de ir, tercios perdidos,
de nadie dirigidos,
marchando sin compás por senda oscura
con rumbo diferente,
a dónde, pobre gente,
a dónde habéis de ir a la ventura?
¿Resucitó Cortés, vive aún Pizarro,
o de encarnado barro
queréis poner vestido de amarillo
un busto en vuestro centro
por que al primer encuentro
vengan rodando huestes y caudillo?
Nunca se lanza el águila a la esfera
sin medir su carrera;
nunca el toro acosado en la llanura
rompe en empuje fiero
sin pararse primero
a reforzar su aliento y su bravura.
Unid el pabellón roto en pedazos,
enlazad vuestros brazos,
a un mismo campo el español acuda,
y al brindar la pelea
que un mismo nombre sea
el que invoquéis a un tiempo en vuestra ayuda.
Así de negra esclava que es ahora
será España señora,
por vosotros del yugo rescatada,
y al abrigo del trono
con soberano tono
de los pueblos servida y respetada.
Así ¡ay! de infeliz que hoy se presenta
será España opulenta,
por vosotros no más enriquecida,
bella y engalanada,
de laurel coronada,
respirando salud, contento y vida.
¡Veréis como ya entonces no la insultan
los que su diente ocultan
entre sus pechos, con hambrienta boca,
después de haber sacado,
su jugo regalado,
llamándola salvaje, necia y loca!
Veréis ¡oh! como entonces las banderas
de aquellas extranjeras
que la trataron con tan dura saña,
inclinando su frente,
con voz muy reverente
la dicen al pasar —«Salud, España»
¡Qué hermoso es Dios, qué hermosa su cabeza!…
¡Qué hermoso es Dios, qué hermosa su cabeza!
¡Qué gallardo su andar, su voz qué suave!
Rasgos los cielos son de su belleza,
pasos los siglos de su marcha grave;
la voz de la inmortal naturaleza
de sus conciertos la sonora clave,
su acento arroba, su mirar abrasa,
tiembla el mundo a sus huellas cuando pasa.
Yo me enamoro dél: pobre doncella
a la ardiente pasión esclavizada,
la sangre a mi cerebro se atropella
a su paso, a su canto, a su mirada;
medito y me consumo con la estrella,
por el trueno me siento subyugada,
y al ver al tiempo transcurrir ligero
sufro, lo lloro, clamo, desespero.
Seres tranquilos vi sobre la tierra
que esta ansiedad febril nunca padecen,
ni están con los espíritus en guerra,
ni en éxtasis de amor se desvanecen:
cuatro páginas ¡ay!, su libro encierra;
nacen, medran, se nutren, envejecen,
y como nada amaron ni sintieron
nunca se mueren porque no vivieron.
Repose en paz el corazón helado
yo quiero ver lucir tu sol ardiente,
vagar tras de tu voz por el collado,
beber tu aspiración en el ambiente:
¡quiero mirar tu ceño en el nublado,
tu sonrisa en la luna transparente,
en las corrientes aguas tu armonía
y tus halagos en el alma mía!…
Ese es el solo bien del sentimiento,
la sola dicha de la triste alma,
la sola gloria del mayor talento,
del martirio mayor la sola palma;
llevar por adorarte el sufrimiento,
por comprenderte renunciar la calma,
de la pasión en el delirio ciego
ser desgraciada por sentir su fuego.
Sé que al cantarte en mi ilusión suspensa
la trova que mi boca te improvisa,
de los pueblos tendrá por recompensa
desdeñosa y sarcástica sonrisa:
su atmósfera pesada, oscura y densa
no dejará volar tan dulce brisa,
pero en el valle puro en que la exhalo
sirve a las soledades de regalo.
¡Que teniendo, Cesarina!…
¡Que teniendo, Cesarina,
en tu hermosísimo rostro
ojos tan claros y bellos
me mires con malos ojos!
¡Que siendo risueño y blando
tu semblante para todos,
doncella, para mí sólo
haya de ser duro y hosco!…
—¿Celos de mí? ¡Virgen Santa!
¿Pues qué amador hay tan loco
que dude que con tu busto
competir no puede otro?
Bajo melena dorada,
sobre cuello delicioso,
con su cutis de azucena,
con su matiz de pimpollo
¿cómo hallar teme rivales
entre mujeres tu rostro
si juzgo que entre los ángeles
no los hallará tampoco?
¿No es por mi faz?… ¿por mi lira?
¡Oh demencia! ¿Te da enojos
un pedazo de madera
con unos bordones toscos
donde canto unos romances
que desoye el mundo todo,
porque una mitad no atiende
y la otra mitad es sordo?
¡Cómo el amor enajena!
¡Cómo los celos son topos
cuando ignoras que esa lira
vale entre los hombres poco!
Siquiera fuese mi canto
dulce, apacible, sonoro;
siquiera tierno y vibrante
alzara sublime tono,
entre escuchar sus conciertos
y mirar tus lindos ojos
no vacilara, alma mía,
el galancete más docto.
Brillante luz es el genio
mas si no tiene un contorno
lucido el fanal que encierra
ese vivo meteoro,
Cesarina, de sus rayos
teme las heridas poco
que aman los hombres al genio…
si el genio tiene tu rostro.
¿Qué voz, pobre Mariano?…
¿Qué voz, pobre Mariano,
de mofa, de sarcasmo, de amargura,
al que le ofrezco humano
recuerdo de ternura,
darás riendo en tu morada oscura?
Si la mujer que llora
fue blanco del rigor de tu garganta,
¿qué pensarás ahora
de la mujer que canta?
¡ay! ¿qué dijeras de la nueva planta?
Al ver a la poetisa
tú contemplaras su cabeza atento,
y entre cruel sonrisa
prorrumpiera tu acento:
«Aquí yacen el juicio y el talento».
Porque estás muerto canto:
vivo, Mariano, de tu pluma el vuelo
diérame tal espanto,
que no osara del suelo
mi lira levantarse de recelo.
¿Qué digo? En este instante
juzgo escuchar desde el profundo hueco
tu voz agria y punzante,
que aun en tu labio seco
para rasgar las almas tiene un eco.
«—Mujer ¿a qué has venido?
Al romántico yugo sujetada.
¿Ensayas tu gemido
en mi tumba olvidada
por ser luego del mundo celebrada?
»El nombre de Mariano
¿es que presta sonoro consonante
a tu numen profano,
o vienes insultante
a escarnecer aun mi sombra errante?»
—¡Ateo desgraciado!
¡Víbora de las bellas ilusiones!
¡Genio desesperado!
¡Que al mundo no perdones
ni aun las que eleva a ti santas canciones!
Vengo piadosa y triste
no a escarnecer tu nombre, respetado
aun luego que moriste
vengo, escritor amado,
el libro a agradecer que nos has dado.
Si fue como tu vida
horrible tu morir, de Dios es cuenta,
tu historia dolorida
dos páginas presenta,
una que el mundo aplauda, otra que sienta.
Lástima para el hombre,
corona para el genio esclarecido,
yo al invocar tu nombre
al criminal olvido
para cantar al escritor querido.
Mira si el mundo es bueno,
que en tu risueña pluma a las criaturas
nos da hiel y veneno,
y nuestras bocas puras
gracias te dan por tales amarguras.
La risa convulsiva
en que a tu hablar rompemos, nos quebranta,
¡oh guadaña festiva!
y en pago a pena tanta
mira si el mundo es bueno, que aún te canta.
Pero de nuevo suena
a interrumpir mi voz tu voz burlona.
«Engañosa sirena,
guárdate esa corona
que ofrece el mundo necio a mi persona.
»Sírvate de prendido,
que más le cuadra a tu cabeza lisa
que a mi cráneo partido,
coronas que mi risa
excitan como tú, ¡¡vana poetisa!!»
—¡Oh! basta, adiós, poeta,
pues desdeñas mi ofrenda de armonía;
hasta en la tumba quieta
tu genio desconfía,
¡hielas la pobre flor de mi poesía!
¡Que en los ángeles crea
quien duda así de los humanos seres;
que del cielo te sea
la gloria que tuvieres
mas grata que del mundo los placeres!
¿Queréis formar un coro?…
¿Queréis formar un coro,
hermosas las del canto peregrino,
más dulce, más sonoro
que el rumor argentino
del agua y de los pájaros el trino?
¿No veis cómo las aves
cantan en amigable compañía
a unos acentos graves
los otros de alegría,
uniendo en perfectísima armonía?
Nunca entre sí celosas,
porque la voz del ruiseñor descuella,
se alejan rencorosas
de la enramada bella,
dejando triste al ruiseñor en ella.
No, que con tiernos píos
la bulliciosa turba Rey le aclama
y en los valles sombríos,
donde a su coro inflama,
sólo el odioso búho le desama…
Yo ya tengo escogida
corona de bellísimos laureles
y de rosas ceñida,
que estimo en los vergeles
mejor que a los brillantes oropeles.
Riquísimo prendido
que bañará de aromas los cabellos
y en el rostro encendido
hará a los ojos bellos
orgullosos lucir con sus destellos.
¡Mil veces venturosa
la compañera que en su tierna frente,
esa fresca y airosa
guirnalda trasparente
entre nosotras alce alegremente!
Orne prenda tan bella
a la que eleve más el claro acento:
el ruiseñor aquella
será del coro atento,
y el búho la que envidie su talento.
Recuerdos del liceo de Madrid
Me acuerdo bien del venturoso instante
cuando vi yo la luz en vuestro oriente.
¡Cuánta luz, cuántas llores, cuánta gente
y qué mundo tan bello y tan brillante!
¿Por qué no estaba alegre tu semblante
tú que lleno de luz eternamente
en ese mundo que feliz te nombra
tienes el alma donde esta tu sombra?
Gran pájaro de América atrevido,
que, trasponiendo los opuestos mares,
entre los recios vientos has venido
a dar al viejo mundo tus cantares;
tú que en tantos torrentes has bebido,
y hoy vienes a beber al Manzanares,
¡para que el ansia de tu sed ardiente
no perdone del mundo una corriente!
Tú que en el nuevo mundo te has mecido
entre el viento de arenas abrasado,
al son del Orinoco adormecido,
al pie de las palmeras arrullado;
y más tarde en el norte has despertado,
y con la luna a Grecia has recorrido,
y de Sión por la cadena santa
¡abriste paso a tu incansable planta!
¿Por qué estás triste tú? ¿Por qué te quejas?
¿Por qué me llamas la feliz cantora,
y ni llorar ni suspirar me dejas,
envidiando mi vida de pastora?
¿Dónde están mi cayado y mis ovejas,
dónde la choza está que te enamora?
¿En dónde están mis dichas y mi calma
si aquí soy sombra a quien le falta el alma?
¡Ah! ¿qué se ha hecho de la pobre sombra
que huyó de esa mansión bella y querida?
El Gévora lo sabe que rendida
la ve muriendo en la campestre alfombra,
¿piensas tú que del alma desprendida
el verme en estos valles no me asombra,
y que puedo tener contento y calma
cuando la sombra está lejos del alma?
Mi alma en las ciudades tiene asiento,
y yo sufro también vuestro quebranto,
porque del vago ser que envidiáis tanto,
aquí está el corazón, allí el aliento;
aquí sus ojos, pero allí su llanto;
aquí su boca, pero allí su acento;
aquí está el mártir, pero allí su palma;
aquí soy sombra, pero allí soy alma.
Las ráfagas del aire trasparente
me pueden ocultar al que me mira;
pero yo siempre vivo en el ambiente
que vuestro labio sin cesar aspira;
es verdad que mi sombra vagamente
por los collados silenciosa gira,
y allí parece que reposa en calma,
pero no soy la sombra, soy el alma.
¡Sí! soy el alma siempre agradecida,
que a vuestro lado está, dulces amigos,
vosotros de mis lágrimas testigos
la noche de mi triste despedida,
nunca a la sombra me veréis unida;
y ¡ojalá que los hados enemigos
presto a mi sombra den eterna calma
y del cielo la luz den a mi alma!
Réplica de una impugnación al nada creo
¡Jesús! la tremenda guerra
que movéis a mis canciones
me maravilla y me aterra.
¿No salen en nuestra tierra
por las damas campeones
y salen por los garzones?
Vaya en gracia, caballero,
de perseguidos donceles
paladín; sois el primero
que por sostener infieles
a las damas guante fiero
arroja en el suelo ibero.
Aunque enemigos los dos
que andante vayáis alabo
de malas causas en pos,
pues vos pensaréis «al cabo
al bueno le ayuda Dios»
y ayudáis al malo vos.
Es generoso el deseo
de amparar al no creído,
mas, Señor, a lo que veo
en esta querella creo,
que puede ya el descreído
creer que seréis vencido.
Empeño tan sin razón
os puede costar muy caro
que es mucha mi condición,
y si la guerra os declaro
quedaréis con el garzón
malparado en mi canción.
Mas, pues así lo pretende
vuestra musa respondona,
mire bien cual se defiende,
porque mi numen no ofende,
pero al que «guerra» le entona
vence, sigue, y no perdona.
¿Conque decís que la llama
del dulcísimo deseo,
que el pecho rendido inflama
del garzón que tierno ama,
se muda en rencor tan feo
al soplo del no te creo?
¡Válgaos Dios, buen caballero
de que mala condición
será el amante garzón
que trueque en odio fiero,
por un desdén la pasión
que inflamó su corazón!
Ya vuestra causa es perdida;
¿pues no veis por vuestra vida,
que autorizáis el desvío
de la dama descreída,
tan egoísta amorío
describiendo, Señor mío?
No pensáis que con razón
al conocer esa llama,
de tan innoble pasión,
debe responder la dama
a vuestro amante garzón
con semejante canción.
«Quien odia por un desvío
muestra que no supo amar.
Y pues fingisteis impío,
harto bien el pecho mío,
mal garzón hizo en dudar
de vuestro falso llorar.
»Quien así muda el halago
en baja reconvención
muestra indigno corazón,
y os he dado justo pago
rechazando mal garzón,
vuestra mentida pasión.
»Llamáis a mi amor ateo
porque del vuestro dudé,
mas garzón a lo que veo
si os hubiera dicho os creo,
vos respondierais a fe,
porque os creí, la engañé.
»Y pues pretende engañar
el uno aquí de los dos,
el otro debe dudar;
que vale más no adorar
que adorar a un falso Dios,
no amar, que amaros vos».
Ya veis Señor las razones
que a los hombres engreídos
da la dama en sus canciones.
¡Cómo han de ser los garzones,
por votos de amor creídos,
si sus votos son fingidos!
Respuesta a un poeta
Cuando exhala de esa suerte
vuestra Lira dormitando
un eco tan dulce y blando
¿a qué queréis que despierte?
Dejadlo siempre soñando.
Ni vos debéis lamentar
que estén sus cuerdas rompidas,
pues que las sabéis pulsar
tan bien que por vos heridas
aun rotas quieren sonar.
Ni digáis que los azares
apagan vuestros destellos,
cantad con vuestros pesares,
porque los tristes cantares
son los cantares más bellos.
Mas no queráis vuestro acento
rendir, cantor a mis pies,
elévese al firmamento
que su camino es el viento
y el cielo su trono es.
Rioja vive en ellas…
Rioja vive en ellas,
Rioja en esas flores
que brillan a mis ojos aún más bellas
porque son de Rioja los amores.
Esos albos jazmines
de su pecho llagado,
por enemigos fieros y ruines
fueron el lenitivo regalado.
Esos claveles rojos,
esas rosas lozanas,
honor tuvieron se alegrar sus ojos
y de ceñir sus sienes soberanas.
El bardo agradecido
alzó a sus compañeras
un canto, que en los siglos repetido,
vino a llenar también estas riberas.
Y así cual las historias
y los célebres nombres
de abuelos que obtuvieron altas glorias
repiten a los nietos, otros hombres.
Así a las de mi huerto
repito las canciones
que otro pueblo de flores, que ya es muerto,
logró inspirar en béticas regiones.
Y es mucha maravilla
el mirar cómo ellas
doloridas oyen, por mi voz sencilla,
de su sentido vate las querellas.
Paréceme que gimen,
paréceme que llanto
brota de entre sus hojas, que se oprimen
de sentimiento al escuchar el canto.
¡Oh Rioja, oh poeta!,
¡y cuán poco su alma
tiene del mundo a la ambición sujeta
quien en vergel humilde halla la calma!
Un libro y un amigo
en tu modesta vida
¡oh sabio angelical! bastan contigo
para lograr la dicha apetecida.
No te cuidas de honores,
desdeñas la riqueza
y ensalzas la belleza de las flores
al par que otros del oro la grandeza.
Fenómeno del mundo,
que no comprende ahora
el siglo en ambiciones tan fecundo,
la edad en avaricias tan creadora.
¿Quién hoy ya se contenta
con la sencilla vida?
¿Quién no va tras de vida turbulenta?
¿A quién la paz del alma es hoy querida?
Los niños envejecen
de ambición prematura;
los bosques de laureles no abastecen
el ansia de laurel de una criatura.
El atrevido mozo
por el mando se afana,
cuando el albor de su naciente bozo
anuncia apenas su primer mañana.
¡Y dichoso si fuera
orgullo solamente!
¡Dichosos si esta raza no sintiera
de la codicia el aguijón hiriente!…:
Mas no, dulce Rioja
turbe nuestro reposo
esa amarga verdad que el alma enoja
y el corazón rechaza generoso.
Pensemos que esa tierra
la habitan serafines,
pero huyendo su gloria que me aterra,
tomemos a tu reina de jazmines.
Yo en las flores te veo,
tu cuerpo ha fenecido,
mas las alas del tiempo a mi deseo
de tu espíritu un átomo han traído.
Y fecunda mi alma,
así tu pensamiento
cual de su amiga a la distante palma
fecunda el germen que transmite el viento.
Por eso amo a las flores,
porque vives en ellas;
porque fueron, Rioja, tus amores,
son esas flores a mis ojos bellas.
Si su color admiro,
si percibo su esencia,
escucho un melancólico suspiro,
oigo de su arpa dulce la cadencia.
Y llevo reverente
a mis labios su hoja,
diciendo al huerto en mi entusiasmo ardiente
béselas yo pues las cantó Rioja.
Risueños están los mozos…
Risueños están los mozos,
gozosos están los viejos
porque dicen, compañeras,
que hay libertad para el pueblo.
Todo es la turba cantares,
los campanarios estruendo,
los balcones luminarias,
y las plazuelas festejos.
Gran novedad en las leyes,
que, os juro que no comprendo,
ocurre cuando a los hombres
en tal regocijo vemos.
Muchos bienes se preparan,
dicen los doctos al reino,
si en ello los hombres ganan
yo, por los hombres, me alegro;
Mas, por nosotras, las hembras,
ni lo aplaudo, ni lo siento,
pues aunque leyes se muden
para nosotras no hay fueros.
¡Libertad! ¿qué nos importa?
¿qué ganamos, qué tendremos?
¿un encierro por tribuna
y una aguja por derecho?
¡Libertad! ¿de qué nos vale
si son los tiranos nuestros
no el yugo de los monarcas,
el yugo de nuestro sexo?
¡Libertad! ¿pues no es sarcasmo
el que nos hacen sangriento
con repetir ese grito
delante de nuestros hierros?
¡Libertad! ¡ay! para el llanto
tuvímosla en todos tiempos;
con los déspotas lloramos,
con tributos lloraremos;
Que, humanos y generosos
estos hombres, como aquellos,
a sancionar nuestras penas
en todo siglo están prestos.
Los mozos están ufanos,
gozosos están los viejos,
igualdad hay en la patria,
libertad hay en el reino.
Pero, os digo, compañeras,
que la ley es sola de ellos,
que las hembras no se cuentan
ni hay Nación para este sexo.
Por eso aunque los escucho
ni me aplaudo ni lo siento;
si pierden ¡Dios se lo pague!
y si ganan ¡buen provecho!
Rosablanca
La luz del día se apaga;
rosa blanca, sola y muda
entre los álamos vaga
de la arboleda desnuda,
Y se desliza tan leve,
que el pájaro adormecido
toma su andar por ruido
de hoja que la brisa mueve,
Ni para ver en su ocaso
al sol hermoso un instante
ha detenido su paso
indiferente y errante.
Ni de la noche llegada
a las tinieblas atiende,
ni objeto alguno suspende
su turbia incierta mirada.
Y ni lágrimas ni acentos,
ni un suspiro mal ahogado
revelan los sufrimientos
de su espíritu apenado.
¡Tal vez de tantos gemidos
tiene el corazón postrado!
¡Tal vez sus ojos rendidos
están, de mal tan llorado!
Tal vez no hay un pensamiento
en su cabeza marchita,
y en brazos del desaliento
ni oye, ni ve, ni medita.—
El poeta «suave rosa»
llamola, muerto de amores
¡El poeta es mariposa
que adula todas las flores!
Bella es la azucena pura,
dulce la aroma olorosa
y la postrera hermosura
es siempre la más hermosa.
En sus amantes desvelos
la envidiaron las doncellas;
mas ¡ay! son para los celos
todas las rivales bellas.
Viose en transparente espejo
linda la joven cabeza;
mas tal vez dio en su reflejo
su vanidad la belleza.
¿Y qué importa si es hermosa?
sola, muda y abismada
sólo busca la apartada
arboleda silenciosa.
Y allí cuando debilita
su espíritu el sufrimiento,
en brazos del desaliento
ni oye, ni ve, ni medita.
¡Salud prole gallarda!, salud hijos…
¡Salud prole gallarda!, salud hijos
en quienes tiene fijos
sus ojos la nación que en vos confía;
las madres orgullosas
sus frases cariñosas
que os trove ordenan en el arpa mía.
«Doncella, -me dijeron-; tú que sabes
de las voces suaves
el sonoro compás, blanda caída;
escoge las más bellas
y fórmanos con ellas
una dulce canción, tierna y florida;
»Hoy regalar queremos los oídos
de los hijos queridos
que alfombran nuestro suelo de laureles».
Yo respondí: «Matronas,
tejed vos las coronas
y yo las llevaré a vuestros donceles».
¿Por qué de aquellas madres la dulzura
y amorosa ternura
de los acentos que por vos elevan,
con la misma armonía
de su ardiente poesía
mis vagos tonos, juventud, no os llevan?
Cantan y lloran, ríen y deliran,
cuando pasar os miran,
sabios mancebos, en lucida tropa;
y ¿no es su orgullo justo?
¿de España el nombre augusto
no defendéis vosotros ante Europa?
¿Quiénes, sino vosotros, han sacado
al pueblo extraviado
en la ignorancia estúpida, al camino?
¿a quiénes hoy debemos
lo que el siglo sabemos
sino al ingenio vuestro peregrino?
Esa ruda corteza que tenía
nunca arrancar podía
de los viejos el pueblo moribundo;
no en sus hombros inertes
en los del mozo, fuertes
un paso más logra avanzar el mundo.
¿No podrá del saber la rica vena
bajo negra melena
juvenil palpitar, que necesita
que las frentes lozanas
se coronen de canas
para ostentarla en la vejez marchita?
¡Si puede, responded, turba gloriosa
a la voz envidiosa
que en el antiguo pueblo se levanta
en boca del que espera
tener en su carrera
al genio que a su ciencia se adelanta.
Dejad al cuervo atrás cansado y ronco
graznar sobre ese tronco
por antiguo en el bosque mutilado,
y, garzas placenteras,
volad siempre ligeras
hacia el árbol que veis recién brotado.
Puedan sus altas ramas algún día,
con verle lozanía
dar sombra a multitud de vuestros nidos
que en sus hojas colgados
los hijos regalados
os guarden de los vientos defendidos.
Flores, aromas, frutos, hermosura,
pompa, galas, frescura
el árbol fecundísimo esparciendo,
¡cuán abundante y puro
para el siglo futuro
su frondoso ramaje está nutriendo!
Hasta el pastor en su gentil corteza
podrá grabar «riqueza»,
hasta las hembras «libertad, ventura»,
hasta los bardos «gloria»,
y hasta «paz», por memoria,
el guerrero esculpir con su armadura.
Para nosotros ¡ay! no bien brotados
sus ramos deseados,
ni sombra prestan, ni nos dan verdores;
y en su blanda corteza
hoy grabamos, «pobreza,
infortunio, baldón, llanto y dolores».
¿No asoma la tristeza a nuestra frente
al ver que solamente
en la vana ilusión de la poesía
tenemos los primores
de esos frutos y flores,
galas, aromas, pompa y lozanía?
¿No sentís vuestra sangre, hijos de España,
hervir con fuerza extraña,
correr desesperada por las venas
al mirar que logramos
en vez de lo que ansiamos
miseria, oscuridad, guerra y cadenas…?
En vosotros no más, gallardos hijos,
tiene sus ojos fijos
la española nación, que en vos confía;
las madres orgullosas
en frases cariñosas
ruegos os mandan por la trova mía.
Yo quisiera saber, como las aves,
de las voces suaves
el sonoro compás, blanda caída,
para daros con ellas
unas canciones bellas
dignas de vuestra mente esclarecida.
Pero está en cabeza el pensamiento
falto de atrevimiento
y en los labios la voz de la poetisa,
de la propia manera
que en la nación ibera
la nueva sociedad, torpe, indecisa.
Salutaciones y despedidas al señor don José María Claros
O no hay tierra ni ser, o hay Dios y cielo;
tal cuando niña discurrió la mente,
llevada del amor que hace al viviente,
buscar a Dios con instintivo anhelo;
luego de joven al cruzar el cielo,
hirió su pedernal mi pie inocente,
y más cierta añadí —no es ilusoria
la tierra ni el dolor; hay cielo y gloria.
Fija, obstinada, pertinaz, constante,
su existencia a la nuestra hallando unida,
dios es verdad, pues cierta es nuestra vida,
dije al sentir mi pecho palpitante.
¿Tuve un placer? ¡oh, gracias, Dios amante!
¡piedad mi Dios! clamé cuando afligida;
y el mundo me hizo así mal llevadero
la amistad del divino compañero.
Todo animado al sol de mi creencia,
la planta, el ave, el agua, las criaturas,
Dios es grande, pues forma estas hechuras,
exclamé al adorar su inteligencia.
¿Y no aprendí bastante, hay otra ciencia
que ilumine mejor las almas puras?…
Pues ignorante, amigo, me dijeron
los que a dudar de Dios sólo aprendieron.
Lucha trabé con ellos muy reñida,
trajo el ateo libros a millares;
yo respondí mostrando de los mares
a sus ojos la página cumplida.
La estrella de los cielos encendida,
fijé en su libro al fin de sus cantares,
y si no acierta a huir veloz, ¡presumo
que libro y sabio se tornaran humo!
¿Pensáis que así quedó? volvió la gente
niña, a llamarme crédula y sencilla,
y yo a cantar de Dios la maravilla
en el sol, en el aire, en el torrente.
—No hay Dios, —me grita el genio irreverente
—Hay Dios, —respondo; su mirada brilla,
su aliento corre, su palabra suena,
su amor palpita, su pisada atruena.
Pero en la dura lid tal vez venciera
el que desdeña a Dios a quien lo alaba,
si cuando ya el aliento me faltaba,
otra voz a esforzarme no acudiera;
de una fe más robusta y verdadera,
de un talento mayor la mente esclava,
cuando os oyó decir: —hay Dios y cielo—
tomó con más fervor a alzar su vuelo.
¡Gracias! porque en el mundo hallo profeta
de tan pura virtud, fe tan ardiente,
que en tanto error del mundo diferente
me preste una verdad al alma inquieta;
sí, amigo, la creación obra incompleta
fuera si nuestro autor omnipotente
no escribiera en la humana y triste historia
que para el bueno, como vos, hay gloria.
Se ha deshecho el alma mía
Brillaba el sol aquel día
con luz clara, pura, hermosa;
yo no sé qué presentía,
pero estaba el alma mía
agitada y recelosa.
Antes de ver la tormenta
el Alción la pronostica:
así una emoción violenta
que se siente y no se explica
a veces nos amedrenta.
¡Tempestad!… y recia que era
la que aguardaba a mi vida,
cuando por la vez primera
tu mirada placentera
vino a anunciar su venida.
«Alma noble, dije al verte,
corazón osado y fuerte
en amor y odio extremado,
has de ser muy estimado
de la que llegue a quererte».
Harto bien lo presagiaba,
¡mas, por Dios, no sospechaba
aquélla que lo decía
que la idólatra sería
del corazón que juzgaba!
¿Por qué tu mirada era
tan dulce? ¿Por qué tu ruego
quisiste una vez que oyera?…
Con una chispa de fuego
se enciende una inmensa hoguera.
Dice alguno en su porfía
que es mi alma dura roca;
mas, por la Virgen María,
que a un acento de tu boca
se ha deshecho el alma mía.
Se va mi sombra pero yo me quedo. A mis amigos de Madrid
¡Oh generosa luz, oh hermoso Oriente
del pensamiento que buscaba el mío,
siempre confuso y ciego en el sombrío
y solitario claustro de mi mente!
¡Oh luz amada, luz resplandeciente,
en cuyos rayos mi esperanza fío,
luz de mi alma, luz de mi deseo,
que iluminas al fin, que al fin te veo!
Luz de gloria inmortal, que en ígnea rueda
brillas sobre la estatua de Cervantes,
brillas sobre los huesos palpitantes
del desgraciado Larra y de Espronceda;
no importa que la suerte me conceda
para verla no más breves instantes,
pues siempre verla y adorarla puedo,
porque se va mi sombra y yo me quedo.
Frentes marchitas, de estudiar cansadas,
ánimos nobles, de luchar rendidos,
poéticos espíritus caídos,
generosas ideas desmayadas;
yo, que del campo allá en las retiradas
soledades, guardé de mis sentidos
el entusiasmo, consolaros puedo
porque se va mi sombra y yo me quedo.
Aquí para cantar y aquí mi oído
para escuchar, amigos, vuestro canto,
y aquí estará mi ser, aunque entretanto
os diga la ilusión que ya he partido;
¡loca ilusión! Engaño del sentido
pensar que os dejo y que derramo llanto,
pensar que sufro y que dejaros puedo
cuando se va mi sombra y yo me quedo.
Aquí para labrar de la poesía
la dura tierra donde el lauro crece,
mi corazón, que nunca desfallece,
os seguirá constante en la porfía;
para dar mi tributo de armonía,
para animar al triste que padece,
para sufrir, si consolar no puedo,
aunque vuele mi sombra yo me quedo.
De las amigas manos las palmadas
aún escucho el dulcísimo ruido
bien sabéis que por cada una he vertido
dos lágrimas profundas y abrasadas;
no me diréis jamás que mal pagadas
por este corazón ardiente han sido,
cuando jurar por vuestra gloria puedo,
que huye mi sombra, pero yo me quedo.
¿No es verdad que es muy triste en la morada
del solitario valle hundir la vida,
y no ver en el agua adormecida
sino la propia imagen retratada?
Por eso vine enferma y lastimada,
y no quiero tornar más abatida,
y por eso, no más, Dios me concede
que se vaya mi sombra y yo me quede.
¡Ay! aunque os digo «adiós» yo no me alejo,
es mi sombra no más la que mañana
volverá a retratarse en el espejo
del insalubre y muerto Guadiana;
aunque soñéis en la ilusión que os dejo,
mirad que es sólo una, quimera vana,
un sueño ingrato a cuyo error no cedo,
que si se va mi sombra yo me quedo.
Nada importa el adiós, si es de tal suerte
que os digo «adiós» y es falsa la partida;
ni ha de rendirse débil y afligida
por un sueño no más el alma fuerte.
¿Qué os importa mi sombra vaga, inerte,
para sufrir en esta despedida,
si he dicho, amigos, que escucharos puedo
porque se va mi sombra y yo me quedo?
«¡Adiós!» mil veces os diré cantando
y estos adioses ni escuchéis siquiera,
ni penséis que mi voz es lastimera,
ni digáis que de pena estoy llorando;
es un adiós tranquilo, un adiós blando,
es una despedida placentera,
pues ni llorar ni enternecerme puedo
porque se va mi sombra y yo me quedo.
¡Oh! ya veréis cómo al acento amigo
mañana y siempre con mi voz respondo,
aunque este adiós tan quebrantado y hondo
aun, otra vez, por postrera os digo;
veréis cómo en los triunfos os bendigo,
aunque os parezca, amigos, que me escondo,
porque es engaño, sí… ¡Nunca!… ¡No puedo!…
Se irá mi sombra, pero yo me quedo.
Seoane. Respuesta al Excmo. Sr. D. Mateo Seoane
Pálida insomne, lánguida doliente,
sombra tan sólo de criatura humana
ya consumida por la fiebre ardiente
viene de las orillas del Guadiana.
La copa de cristal donde bebía
el agua, que a mi sed siempre era poca
al acercar mi enardecida boca
una vez y otra en sangre se teñía.
Mortificado por tenaz punzada
y de violento palpitar rendido
era del corazón cada latido
un dolor en mi fibra lastimada.
Fatigaba la luz mi vista errante,
ahogaba el aire mi oprimido pecho
y aunque jamás abandonaba el lecho
dormir no me era dado un solo instante.
Las lentas horas de la noche triste
las pasaba gimiendo y delirando
y por la muerte sin cesar clamando
único bien al que doliente existe.
Y ya la muerte al fin compadecida
sus negras alas hacia mí tendiendo
iba a llevarme al ámbito tremendo
término silencioso de la vida.
Pero una mano fuerte y salvadora
con enérgico afán asió la mía;
una mirada fija, escrutadora
a iluminarme vino en la agonía.
Era la luz brillante de la ciencia,
implacable enemiga de la muerte
que vivifica el corazón inerte
que anima con sus rayos la existencia.
Erais vos, erais vos, sabio maestro
de la doliente humanidad amigo;
yo debo la existencia al saber vuestro
vos amo y os respeto y os bendigo.
Y otros seres también dulce memoria
de esa ciencia benéfica guardando
al pobre ingenio mío están rogando
que agradecida escriba vuestra historia.
Vuestra vida, señor, escribir quiero
aunque modesto rechacéis su idea,
no porque el mundo mi talento vea
que nada dél para mi gloria espero.
Vuestra vida, señor, a escribir voy
pues si la escribo porque viva estoy,
y en ella expresaré lo que habéis sido
a Dios y a vuestra ciencia lo he debido.
Si alcanzaran los ojos…
Si alcanzaran los ojos
a descubrir la inmensa pesadumbre
de los luceros rojos,
en la celeste cumbre
te hallaran con la santa muchedumbre.
En resplandor el oro
trocado de la espléndida corola,
que puso espanto al moro,
a los cielos, tú sola
prestas, más luz que el sol, con tu aureola.
¡Oh tierra gobernada
por tu cetro sagrado y victorioso
cual se miró encumbrada!
¡Oh pueblo venturoso,
oh trono de la Iberia glorioso!
Por ti aquel noble empeño
con fama coronó el pueblo cristiano;
por ti de la mar dueño
el genio soberano,
un nuevo mundo hallo en el Océano.
Mas eran a tu alma
dos mundos en la tierra espacio estrecho,
y una tercera palma
a conquistar derecho
tu espíritu se alzaba a mayor trecho.
Reina a la par y santa,
de majestad en majestad te alzaste,
y hasta do se levanta
el mismo sol llegaste,
y sobre los luceros te asentaste.
¡Oh sacra! ¡Oh gran matrona
de la cristiana grey! ¡Oh reina mía!
Sé tú de la corona
que sustentaste un día,
inexpugnable amparo y guarda pía.
Bendice tú, y alienta
la adorada, infantil, cabeza pura
que hoy tu diadema ostenta,
y bajo la ternura
de tu divino amor crezca segura.
Si clamo a ti, Señor, ¿no has de escucharme?…
Si clamo a ti, Señor, ¿no has de escucharme
tú de quien es la inmensidad oído?
¿Tú que la hirviente mar has contenido,
no has de poder el corazón calmarme?
¿Un átomo de luz no podrá darme
ése que tantos soles ha encendido?
¡Pues cómo has de dejar, Señor, mi vida
¡ay! ciega y sin consuelo y desoída!
Yo me acerco hoy a ti; yo estoy contigo;
sumiso el corazón tengo a tu lado,
pasión, orgullo y penas han callado,
no hay más que fe por ti, no hay más conmigo:
ordéname; una voz y yo te sigo
¿Qué me quieres decir, qué me has hablado?
¡Por qué mi ruda y tarda inteligencia
no basta a percibir su dulce esencia!
Yo que te adoro a ti desde la infancia,
yo que te busco en incansable anhelo,
yo que más que a la tierra miro al cielo,
yo que a tu gloria aspiro en mi constancia,
¿he de perder, Señor, por la ignorancia
de no entender tu voz, tu gran consuelo?
¿He de ofenderte, he de labrar mis penas
por no escuchar bien claro qué me ordenas?
Mas tú no hablas jamás; no por acentos
tu voluntad al universo explicas;
tienes en tu saber notas más ricas
para expresar tus altos pensamientos;
hablan por ti, Señor, los sentimientos
con que alivias el alma o mortificas,
y yo en ese lenguaje he comprendido
que me pides querer y te he querido.
Tú nos pides amor, amor constante
de agradecido pecho justo pago,
tú que una vida das por un halago,
tú de la humanidad eterno amante,
¿y antes quieren, Señor, que el alma errante
se fatigue de error en error vago,
que tener por consuelo en este mundo
cariño tan dulcísimo y fecundo?
Aquí abajo, del mundo habitadora,
dicen, Señor, que hay una docta gente
que no te reconoce, no te siente,
que no te admira, que jamás te adora;
que no te rinde gracias ni te implora
en el placer, en el dolor vehemente;
mas, fábula del mundo es torpe y vana,
porque no puede haber tal raza humana.
Pues al darnos la luz, belleza tanta
como a su inmenso rayo percibimos;
¿ignoramos, Señor, que la debimos
a un ser que desde el polvo nos levanta?
Tu grande majestad suprema y santa
nuestros ojos no ven, mas la sentimos:
el genio puede errar, cuando te niega,
pero no el corazón, cuando te ruega.
Existes, y las gentes lo entendemos,
desde la misma cuna te adoramos,
mas ¿sabes por qué luego te olvidamos?
Por malicia, señor, porque tememos;
no nos place tener jueces supremos
porque mejor sin leyes nos hallamos,
y antes que resignarnos a la pena
negaremos al Dios que nos condena.
Pero yo que te amé desde la infancia,
yo que te busco en incansable anhelo,
yo que más que a la tierra miro al cielo,
yo que a tu gloria aspiro en mi constancia;
acudo a tu saber en mi ignorancia,
acudo en mi aflicción a tu consuelo,
y es tal la fe con que te ruega el alma
que en esta misma fe logra la calma
Si dos con el alma se amaron en vida…
Si dos con el alma se amaron en vida
y al fin se separan en vida los dos.
¿Sabéis que es tan grande la pena sentida
que nada hay más triste que el último adiós!
En esa palabra que breve murmuran,
en ese gemido que exhalan los dos,
ni verse prometen, ni amarse se juran,
que en esa palabra se dicen ¡adiós!
No hay queja más honda, suspiro más largo
que aquella palabra que dicen los dos:
el alma se entrega a horrible letargo;
la vida se acaba diciéndose ¡adiós!
Al fin ha llegado la muerte en la vida,
y al fin para entrambos morimos los dos;
al fin ha llegado la hora cumplida,
la hora más triste… el último ¡adiós!
Ya nunca en la vida, gentil compañero,
ya nunca volvemos a vernos los dos;
por eso es tan triste mi acento postrero,
que nada hay más triste que el último ¡adiós!
Si para entrar en tan difícil vía…
Soneto
Si para entrar en tan difícil vía
el aliento a mi numen no faltara,
ya de la patria nuestra lamentara
los males en tristísima elegía.
Ya la virtud, ya el genio cantaría,
ya el vicio a deprimir me consagrara;
pero mi voz de niña desmayara
y desmayara endeble el arpa mía.
Mas quiero humilde abeja, aquí en el suelo
vagar de flor en flor siempre ignorada,
que al águila siguiendo arrebatada
con alas cortas remontar mi vuelo.
Canto las flores que en los campos nacen;
cántolas para ti, que a ti te placen.
Siempre tú
La niebla del diciembre quebrantaba
del sol los melancólicos fulgores
cuando en mi corazón de tus amores
el acento primero resonaba.
El segundo diciembre se acercaba
trayendo para mí nieblas mayores
que a merced de los vientos bramadores
tu nave en el Atlántico bogaba.
Y el diciembre tercero aparecía
templado, alegre como el mayo hermoso
y eras tú mi suspiro todavía.
El cuarto arrebatado, tempestuoso,
vino a robarme la ventura mía
¡ay! mas no a dar a mi pasión reposo.
Sobre la construcción de nuevas plazas de toros en España
¡Bravo!… generación; rauda caminas
a modelar tus hombres con las fieras;
¡bien tus nobles misiones adivinas,
te escapas de las cátedras latinas
y en las plazas de toros te atrincheras!
Nuevos campos de lid a los toreros
levanta ¡oh patria! agota los tesoros.
¿Pueblo de sabios son los extranjeros?
Pues aquí somos pueblo de vaqueros…
necios ¿qué vale más, leyes o toros?
¿La libertad, qué importa mientras brama
el acosado toro en la llanura
y la arena socava y desparrama
y sufre el aguijón… sufre la llama,
de la infeliz España imagen pura?
Y cuando ronco ya lanza profundos
del traspasado pecho los bramidos
y hombres caen y alazanes moribundos
¡cómo es ver a los mozos rubicundos
romper en gozosísimos silbidos!
Y a las damas, las dulces, las mimadas,
corazones de leche delicados,
cebarse en contemplar ensangrentadas
las carnes del buen toro acribilladas,
los pechos del caballo desgarrados.
Mas escuchad; a defender la lucha
de hombres y toros se levanta osado
el petulante hidalgo que me escucha
«Yo vengo —exclama— aquí con gloria mucha
porque esto es español». ¡Bien, ha gritado!
¡Oh Nacional ardor! cien aureolas
de rubias astas en la docta frente
coloquen del mancebo, que halla solas
en los chulos las glorias españolas,
en los toros su fuerza prepotente.
Para aquellas ¡oh pueblo! almas de toro
el valor y el saber son extranjeros;
no aprenden en el Cid que bate al moro,
no abren de nuestros libros el tesoro
y de España osan ser con ser toreros.
Pues también en las bellas de la España
tanto el patrio cariño se acrisola
que ven con entusiasmo a la alimaña;
con ellas la bondad es planta extraña,
tan sólo la crueldad es española.
¡Quién me diera tu numen, Jovellanos,
para tronar y despedir centellas
contra aquellos padrones castellanos
que se elevan más altos, más ufanos
en vez de perecer bajo tus huellas!
¡Varón ilustre, si tu mente pura
de los rayos del sol aquí desciende,
mira al pueblo español en esa altura,
cómo rápido avanza en la cultura,
cómo en la escuela de la ciencia aprende!
Pan y toros tenemos —prorrumpiste—
pero tu siglo fue siglo de oro,
el nuestro, Jovellanos, es más triste,
tú, al menos, con el toro pan tuviste,
¡a nosotros nos dan sin pan el toro!
Sobre la guerra
Nos ha dado el Señor cielos hermosos
con luz, por que los ojos alumbremos,
y nosotros los pueblos ingeniosos
con humo del cañón la oscurecemos.
Nos ha dado unas tierras deliciosas
donde las vidas sustentar podamos,
y nosotras las gentes belicosas
con sangre de los nuestros las regamos.
Nos ha dado suprema inteligencia
para adorar su ley mientras vivimos,
y nosotros negamos su existencia
y de la propia nuestra maldecimos.
Nos ha dado pasiones generosas
y odiándonos vivimos en la tierra;
«almas, nos dice, paz, sed venturosas»
y respondemos «infortunio, guerra!»
Guerra al Oriente, guerra al Mediodía,
por cuanto abarca el sol guerra sangrienta;
nuestra campana eterna de agonía
por las batallas sus minutos cuenta.
Hacen trocar los siglos pasajeros
leves, imperios, religiones, todo;
pero la horrible estirpe de guerreros
tiende su rama del egipcio al godo.
¡Oh de asesinos fuerte monarquía
de siglo en siglo trasmitida viene;
reino antes de Moisés tal dinastía
y aun después de Jesús príncipes tiene!
Un perpetuo clamor son las naciones;
toda la humanidad es solo un grito;
cansado de sufrir generaciones
el mundo está, y cansado el Infinito…
Tiende ¡oh paterno mar! tiende los brazos
y, por piedad de nuestros hondos males,
de la tierra los míseros pedazos
abisma entre tus formas colosales.
Tal vez al arrollar el viejo mundo,
tus soberanas moles avanzando,
otras tierras mejor desde el profundo
se irán a tus espaldas levantando.
Aquí están las semillas corrompidas,
a Dios no pueden dar ya fruto bueno,
y pues a Dios no sirven nuestras vidas,
¡húndenos mar, te servirán de cieno!
Soneto
¿Mi vida, Carolina, escribir quieres?
Deja por Dios tan peregrina idea
que podrás solo hacer que el mundo vea
en vez de lo que soy lo que tú eres.
Digno de ti será lo que escribieres
a tu alma harás brillar en tu tarea,
mas nunca harás que el juicio exacto sea
de cómo yo he cumplido mis deberes.
Mi vida por ti escrita, amiga mía,
un poema completo solo fuera
hijo del corazón y fantasía,
Donde con gran vergüenza yo me viera
cual debiera haber sido o ser debía
y no cual soy o he sido en mi carrera.
¿También, nueva cantora?…
¿También, nueva cantora,
el arpa juvenil cubres de luto?
¿Tú desconsoladora
a la musa, que llora,
rindes también tributo
de secas flores y de amargo fruto?
¡Suave luz del oriente!
¿Por qué entre nubes escondida tanto
muestras la faz riente?
¡Ángel mío inocente!
¿Por qué entre amargo llanto
ensayas siempre tu sonoro canto?
¡Gemidos solamente!
¿Acrecentar la pena y el desvelo
de la turba doliente?…
No ha menester la gente
más triste en su duelo—
sóbrale el lloro; fáltale el consuelo.
Sin fe, desesperado,
al pie de sus altares derruidos,
ya de luchar cansado
al pueblo infortunado
lleva en tiernos sonidos
aliento y esperanza, no gemidos.
Tal queda en el sendero
el labrador postrado de fatiga
mas oye pasajero
el canto placentero
de la calandria amiga,
y el placer el cansancio le mitiga.
¡Viuda de los amores!
Cambia en tu sien las tocas enlutadas
por guirnaldas de flores:
que a templar los dolores
de las más desdichadas
están las almas puras consagradas.
En el monte bravío
nace la flor; en la salvaje sierra
brota el sereno río
sobre el campo sombrío,
que ensangrentó la guerra,
alcemos nuestro canto en nuestra tierra.
Mas siempre, compañera,
unidas nuestras voces alzaremos,
y la hoja primera
de palma lisonjera
que entrambas alcancemos,
como hermanas las dos la partiremos.
¿Teméis de esa que puebla las Montañas?…
¿Teméis de esa que puebla las Montañas
turba de brutos fiera el desenfreno?…
¡más feroces dañinas alimañas
la madre sociedad nutre en su seno!
Bullen, de humanas formas revestidos,
torpes vivientes entre humanos seres,
que ceban el placer de sus sentidos
en el llanto infeliz de las mujeres.
No allá a las lides de su patria fueron
a exhalar de su ardor la inmensa llama;
nunca enemiga lanza acometieron,
que otra es la lid que su valor inflama.
Nunca el verdugo de inocente esposa
con noble lauro coronó su frente:
¡Ella os dirá temblando y congojosa
las gloriosas hazañas del valiente!
Ella os dirá que a veces siente el cuello
por sus manos de bronce atarazado,
y a veces el finísimo cabello
por las garras del héroe arrebatado.
Que a veces sobre el seno trasparente
cárdenas huellas de sus dedos halla;
que a veces brotan de su blanca frente
sangre las venas que su esposo estalla.
¡Y que ¡ay! del tierno corazón llagado
más sangre, más dolor la herida brota,
que el delicado seno macerado,
y que la vena de sus sienes rota!
Así hermosura y juventud al lado
pierde de su verdugo; así envejece:
así lirio suave y delicado
junto al áspero cardo arraiga y crece.
Y así en humanas formas escondidos,
cual bajo el agua del arroyo el cieno,
torpes vivientes al amor uncidos
la madre sociedad nutre en su seno.
Temor del mundo
Alberto, si lloro o canto
siempre con voz dolorida,
no es que tenga de la vida
recuerdos el corazón;
Es que el dolor presintiendo
antes que el dolor le hiriera,
como en pena verdadera
he sufrido en la ilusión.
No vi la maldad del mundo,
ni vi los hombres perversos,
pero he llorado en mis versos
presintiendo su maldad,
como pobre gaviota
que espantada busca asilo
antes que en el mar tranquilo
resuene la tempestad.
Mar tranquilo de mi vida
mi juventud es ahora,
pero de esta mar sonora
las entrañas siento hervir:
tengo en mi mente mis alas,
voy cruzando ola tras ola,
pero en la mar española
temo mis alas hundir.
Temo al viento, a los nublados
antes de arribar al muro,
y temo al giro inseguro
de mi cobarde volar,
cual temen las gaviotas
en las saladas espumas
que pueda sus blancas plumas
el torrente salpicar.
Si estuviera yo en la gloria
en cuyo trono esplendente
dices que tan claramente
me contempla tu ilusión,
no llorara, y de mi lira
fueran los cantos risueños;
pero tú me ves en sueños
y los sueños sueños son.
No soy ángel, no soy santa,
y aunque a la virtud bendigo
no estoy en la gloria, amigo,
sobre el divino tisú;
mas, viviera agradecida
en el mundo que me encierra
¡ah! si todos en la tierra
fueran buenos como tú.
Tórtola, te vuelvo a hallar…
Tórtola, te vuelvo a hallar;
roncas ambas de cantar
nos encontramos las dos:
¿te ha dado ventura Dios?
¿Cómo te fue en el amar?
Cual yo enamorada y niña
te abandoné en la campiña
cantando en son placentero
¿dónde está tu compañero?
¿Hizo el sacre en él rapiña?
¡También desventura aquí!
Yo pensé que sólo a mí
lastimaba la fortuna;
¿dónde hallaré sola una
que no se lamente así?
¿Te acuerdas de aquellos días
cuando a mi lado solías
decir amantes congojas
columpiándote en las hojas
del fresno donde vivías?
Este mismo es el collado,
nuestro querer no ha mudado,
nuestras canciones tampoco,
pero andando el tiempo loco
la ventura se ha llevado.
Y al pie de estos manantiales,
entre los mismos juncales,
bajo el propio fresno umbrío,
a cantar tu amor, yo el mío
vengo al campo, al nido sales.
¡Pero qué tristes las dos!
yo pienso que viene en pos
de la pasión la tristeza,
porque cuanto más terneza,
más gemidos nos da Dios.
Mira si no el arbolado
bajo ese manso nublado
que circunde el horizonte,
y el arroyuelo del monte
por su velo sombreado;
Melancólicos están
aunque su hechizo te dan
las bellas luces de mayo,
que en dulcísimo desmayo
por Occidente se van.
De entre las algas del río
ese balbuciente pío
de una escondida garganta,
también es dolor que canta
como tu dolor y el mío.
Pero si tú un compañero,
si tú el amante primero
tuvieras como otro día,
¡cuán hermoso te sería
este mayo placentero!
En ese fresno escondidos,
en un mismo ramo unidos,
arrullándoos con amor,
de las aguas al rumor,
sobre las aguas mecidos…
¡Fuera tanta tu ventura
en esta atmósfera pura
vivir así con tu amado
lejos del mundo que ha dado
honda pena a la criatura!
¡Ay! Tú volverás a hallar
otro amante a quien amar,
porque las tórtolas son
todas en el corazón
iguales, y en arrullar.
Mas el alma que ha perdido
su compañero querido,
que le llore noche y día
porque aquel sólo sería
para su amor el nacido.
Y ese Dios que tanto sabe,
en un arrullo suave
te dará un nuevo querer;
pero tú has nacido ave
y yo he nacido mujer.
Tristeza del otoño
Hechas polvo caen, hermano,
las flores del jazminero
y ha perecido el postrero
pimpollo de aquel rosal,
cuyo vástago lozano
tantos hijos sostenía,
que ignoro cómo vivía
la gran planta maternal.
Emilio, en el firmamento
gran revuelta se prepara
pues la avecilla más cara
de mi jardín emigró;
y por las noches el viento
su vuelo tanto levanta
que de las parras quebranta
las hojas que el sol doró.
No sabes de cuál tristeza
se contagian mis sentidos;
no sabes cuántos gemidos
siento en el alma nacer,
cuando apoyo la cabeza
en la pared de mi huerto
oyendo el rumor incierto
que forma el hoja al caer.
No es que del verde emparrado
me aflija el muerto follaje,
ni porque a playa salvaje
huya el pájaro leal;
por lo que siento angustiado
mi pecho con las señales
del ave, de los parrales,
del jazmín y del rosal.
¿Qué me importan los jazmines,
ni las rosas, ni las aves,
cuando, hermano, muy más graves
pesadumbres tengo yo?
Cuando en horas tan ruines
doliente paso la vida,
¿qué me importa la caída
de la flor que se agostó?
Mas oye, cuando fenecen
las florecillas, hermano,
cuando al suelo americano
las golondrinas se van,
unas sombras aparecen
en el viento conmovido
que a mi cuerpo estremecido
prolongada muerte dan.
Surge a mis ojos el llanto
y mi espíritu se abate
y en mi seno apenas late
sofocado el corazón;
y en doloroso quebranto
mi cuerpo endeble flaquea,
y se conturba mi idea
y es todo en mí confusión…
Emilio, el otoño viene
de esas sombras circundado
de ese funesto nublado
que en mi endeble juventud,
tan extraño influjo tiene
que el temor de su venida
me hace escuchar la caída
del hoja con inquietud.
Emilio, el otoño llega
y se agobia el alma mía:
su grave melancolía,
¿quién sabe si acortará
esta vida que se entrega
a merced de ese nublado
que por el aire agitado
como una fantasma va?…
Tú, huéspeda de villa populosa…
Tú, huéspeda de villa populosa,
yo de valle pacífico vecina,
tú por allá viajera golondrina,
yo por aquí tortuga perezosa:
tú del jardín acacia deliciosa,
yo del arroyo zarza campesina,
¿qué indefinible, rara inteligencia
enlaza seres de tan varia esencia?
El entusiasmo que hacia ti me impele,
la dulce fe que hacia mi amor te guía,
disponen que en amiga compañía,
mi canto unido a tus acentos vuele;
mas yo no sé, paloma, si recele
que, al fin, he de quedar sola en la vía,
pues tal vas ascendiendo por el cielo,
que no puedo seguirte con mi vuelo.
Tú desde el centro de la regia villa
domeñas con la voz los corazones,
yo sólo alcanzo a modular canciones
en honor de la simple florecilla;
ve si el ala podrá, corta y sencilla,
de la alondra, ganar esas regiones
que traspasas, de sola una carrera,
dejando un cielo atrás la compañera.
Si mi ardoroso empeño a ti me envía,
de ti me aparta el genio que te eleva
y sola a conquistar la prez te lleva
que no osara tocar mi fantasía:
pero no temas, no, que el alma mía
de su destino a murmurar se atreva,
pues que suyo será el bello destino
de alfombrarte de flores el camino.
Mas, al fijar la perspicaz mirada
en esa sociedad, cuya existencia
ha menester de intérprete a la ciencia
para ser comprendida y revelada;
afligida sintiendo y fatigada,
acaso tu sencilla inteligencia,
rechazarás el mundo con enojos
y hacia mi valle tornarás los ojos.
¿Y qué hallarás?… La garza en la ribera
del fresno cuelga su morada umbría
y allí anhelante a sus polluelos cría
al par de la amorosa compañera.
Guardan los canes la familia entera
que a su lealtad valiente se confía,
y fiel a su república la abeja
hijos y fruto a la colmena deja.
¿Todas las madres son tan cariñosas
entre esa gente de la raza humana?
¿Custodias tiene la nación hispana
de sus honras y haciendas tan celosas?
¿Las vidas de los hombres generosas
conságranse a la patria soberana?
¿O entre brutos a súbditos y reyes
su instinto vale más que nuestras leyes?
Donde el arte no está, donde alterada
no hallamos la creación en sus hechuras,
no ha menester que tengan las criaturas
muy alta comprensión ciencia elevada;
para cantar del campo embelesada
las risueñas perfectas hermosuras,
basta de mi garganta el leve acento,
y sobra tu magnífico talento.
¿Qué bien hiciera aquí?… ¿dar a estos seres
de paz y dicha y libertad lecciones?
¿Inspirar a las tórtolas pasiones
o a las hormigas enseñar deberes?…
Ve con tan noble empresa a las mujeres
que muestran los llagados corazones,
y de ese ardiente celo el bello fruto
dale a la humanidad, por buen tributo.
Deja que mis estériles canciones
mueran sobre este arroyo cristalino,
y sigue tú, paloma, ese camino
el vuelo remontando a otras regiones;
deja entre los agrestes pabellones
de la alondra perderse el vago trino:
y allá del grande pueblo en el altura,
difundan tus arrullos su dulzura.
Déjame a mí la gloria campesina,
brille en la sociedad tu bella ciencia
que allí a gloria mayor la providencia
tu corazón y tu saber destinas:
¡palpitante lección, viva doctrina
a la ignorancia y femenil demencia!
Serás, entre su especie degradada,
tipo de la mujer regenerada.
Tú me pides querer y te he querido
Si clamo a ti, Señor, ¿no has de escucharme
tú de quien es la inmensidad oído?
¿Tú que la hirviente mar has contenido,
no has de poder el corazón calmarme?
¿Un átomo de luz no podrá darme
ése que tantos soles ha encendido?
¡Pues cómo has de dejar, Señor, mi vida
¡ay! ciega y sin consuelo y desoída!
Yo me acerco hoy a ti; yo estoy contigo;
sumiso el corazón tengo a tu lado,
pasión, orgullo y penas han callado,
no hay más que fe por ti, no hay más conmigo:
ordéname; una voz y yo te sigo
¿Qué me quieres decir, qué me has hablado?
¡Por qué mi ruda y tarda inteligencia
no basta a percibir su dulce esencia!
Yo que te adoro a ti desde la infancia,
yo que te busco en incansable anhelo,
yo que más que a la tierra miro al cielo,
yo que a tu gloria aspiro en mi constancia,
¿he de perder, Señor, por la ignorancia
de no entender tu voz, tu gran consuelo?
¿He de ofenderte, he de labrar mis penas
por no escuchar bien claro qué me ordenas?
Mas tú no hablas jamás; no por acentos
tu voluntad al universo explicas;
tienes en tu saber notas más ricas
para expresar tus altos pensamientos;
hablan por ti, Señor, los sentimientos
con que alivias el alma o mortificas,
y yo en ese lenguaje he comprendido
que me pides querer y te he querido.
Tú nos pides amor, amor constante
de agradecido pecho justo pago,
tú que una vida das por un halago,
tú de la humanidad eterno amante,
¿y antes quieren, Señor, que el alma errante
se fatigue de error en error vago,
que tener por consuelo en este mundo
cariño tan dulcísimo y fecundo?
Aquí abajo, del mundo habitadora,
dicen, Señor, que hay una docta gente
que no te reconoce, no te siente,
que no te admira, que jamás te adora;
que no te rinde gracias ni te implora
en el placer, en el dolor vehemente;
mas, fábula del mundo es torpe y vana,
porque no puede haber tal raza humana.
Pues al darnos la luz, belleza tanta
como a su inmenso rayo percibimos;
¿ignoramos, Señor, que la debimos
a un ser que desde el polvo nos levanta?
Tu grande majestad suprema y santa
nuestros ojos no ven, mas la sentimos:
el genio puede errar, cuando te niega,
pero no el corazón, cuando te ruega.
Existes, y las gentes lo entendemos,
desde la misma cuna te adoramos,
mas ¿sabes por qué luego te olvidamos?
Por malicia, señor, porque tememos;
no nos place tener jueces supremos
porque mejor sin leyes nos hallamos,
y antes que resignarnos a la pena
negaremos al Dios que nos condena.
Pero yo que te amé desde la infancia,
yo que te busco en incansable anhelo,
yo que más que a la tierra miro al cielo,
yo que a tu gloria aspiro en mi constancia;
acudo a tu saber en mi ignorancia,
acudo en mi aflicción a tu consuelo,
y es tal la fe con que te ruega el alma
que en esta misma fe logra la calma.
Última réplica a otra contestación a la anterior
¡Extremada bizarría!
¡Rendimiento cortesano!
¡Bondad la del castellano
consumadísima es,
pues con una dama altiva
mueve altivo una querella,
por que logre el triunfo ella
de que se rinda a sus pies!
A quien vencido se aclama
con tan noble gallardía,
no tiene la musa mía
nada, señor, que añadir;
si no es que a vos mucho estima
el sacrificio costoso
del empeño generoso
que os obliga a desistir.
Tal hazaña en vos excede
a una cumplida victoria,
que a veces está la gloria
más que en triunfar, en ceder;
triunfo alcanzáis en rendiros
con galán comedimiento,
mayor que el merecimiento
que lograrais en vencer.
Básteos, señor, esto y dejo
que desdeñados garzones
formen grandes coaliciones
en sus odios contra mí,
pues el odio es tan amargo
para el alma que lo siente,
que odiándome injustamente
la pena llevan en sí.
Última tarde en Andalucía
En despedidas nuestra vida pasa
cada día un adiós ¡ay triste vida!
¡que siendo vida en tiempo tan escasa,
la hayamos de pasar tan afligida!
Aun el de ayer nuestra mejilla abrasa
llanto de la postrera despedida,
y hoy se agolpa a los ojos otro tanto…
¡qué lluvia tan perenne es la del llanto!
Yo que no dejo hogar en que viviera,
una piedra ni un árbol conocido,
sin que al mirarlo por la vez postrera
no me arranque una lágrima, un gemido;
paso en lamentación mi vida entera:
mas ¿cómo sin lamentos me despido?
¿cómo no ha de llorar el alma mía
cuando te pierdo, hermosa Andalucía?
Hasta al mismo dolor si se despide
le damos al pasar una mirada,
una mirada que el espacio mide
de aquella hora en su región pasada.
¿Cómo podéis pensar que el bien se olvide?
¿cómo podéis querer que yo olvidada
de esta hermosa y dulcísima ribera
no le dé ni una lágrima siquiera?
Las bellas tardes que pasé a su orilla
¿sabéis que fueron para mí muy bellas?
¿sabéis que de la barca más sencilla
gozo en seguir las relucientes huellas?
¿sabéis que es más hermosa cuando brilla
aquí la luna, el sol y las estrellas,
y que voy a sufrir más desconsuelo
cuando me aleje de tan claro cielo?
¿Sabéis que necesito en este ambiente
ahogarme en azahar, morirme en rosas
para aliviar mi corazón doliente,
de emociones muy tristes, muy penosas?
¿sabéis que he menester la luz candente
de esas puras mañanas vaporosas,
aspirar de estos huertos en la calma,
para alejar el tedio de mi alma?
¿Habéis mirado el agua en la llanura
cuando se oculta el sol en la arboleda,
los árboles bañando y la frescura
y la fragancia que al bañarlos queda
habéis sentido allí… ¡Ah! qué ternura
inspira el son del agua cuando rueda
por los campos de acacia perfumados
y sus ecos muriendo en los collados.
¡O amiga tierra! ¡O vale regalado!
O sol ardiente, sol de Mediodía,
como al insecto yerto has reanimado
mi ser que en el dolor languidecía;
en pago al caro bien que tú me has dado
te doy mi corazón en mi poesía,
y aunque la hieran con su diente insano
canes que al darles pan muerden la mano.
Poco y amargo a su mortal fiereza
hoy mi mano en mis versos les envía,
porque abrasa la fiebre mi cabeza
y no puedo cantar como quería;
yo me llevo conmigo la tristeza,
pero dejar quisiera la alegría,
y no puedo… me ahogo… esfuerzo el canto,
y en vez ¡ay! de cantar prorrumpo en llanto.
Ultimo canto
Emilio, mi canto cesa;
falta a mi numen aliento.
Cuando aspira todo el viento
que circula en su fanal,
el insecto que aprisionas
en su cóncavo perece
si aire nuevo no aparece
bajo el cerrado cristal.
Celebré de mis campiñas
las flores que allí brotaron
y las aves que pasaron
y los arroyos que hallé,
mas de arroyos, flores y aves
fatigado el pensamiento
en mi prisión sin aliento
como el insecto quedé.
¿Y qué mucho cuando un hora
basta al pájaro de vuelo
para cruzar todo el cielo
que mi horizonte cubrió?;
¿qué mucho que necesite
ver otra tierra más bella
si no ha visto sino aquella
que de cuna le sirvió?
Agoté como la abeja
de estos campos los primores
y he menester nuevas flores
donde perfumes libar,
o, cual la abeja en su celda,
en mi mente la poesía
ni una gota de ambrosía
a la colmena ha de dar.
No anhela tierra el que ha visto
lo más bello que atesora,
ni la desea el que ignora
si hay otra tierra que ver:
mas de entrambos yo no tengo
la ignorancia ni la ciencia,
y del mundo la existencia
comprendo sin conocer.
Sé que entre cien maravillas
el más caudaloso río
gota leve de rocío
es en el seno del mar:
y que en nave, cual montaña,
que mi horizonte domina
logra la gente marina
por esa región cruzar.
Mas ¡por Dios! que fue conmigo
tan escasa la fortuna
que el pato de la laguna
vi por sola embarcación:
¿qué me importa el Océano
y cuantos ámbitos cierra?
¡Sólo para mí en la tierra
hay diez millas de creación!
Mar, ciudades, campos bellos
velados ¡ay! a mis ojos;
sólo escucho para enojos
vuestros nombres resonar.
Ni de Dios ni de los hombres
las magníficas hechuras
son para el ciego que a oscuras
la existencia ha de pasar.
Tal ansiedad me consume,
tal condición me quebranta,
roca inmóvil es mi planta,
águila rauda mi ser…
¡Muere el águila a la roca
por ambas alas sujeta;
mi espíritu de poeta
a mis plantas de mujer!—
Pues tras de nuevos perfumes
no puede volar mi mente
ni respirar otro ambiente
que el de este cielo natal;
no labra ya más panales
la abeja a quien falta prado,
perece el insecto ahogado
sin más aire en su fanal.
Un año más
¡Un año más!… un año, Ángela mía,
y aún no ha mudado mi horizonte triste,
y de tan ancha tierra como existe
no he descubierto un palmo todavía;
¡un año más!… un año día tras día
lentos conté, y enero se reviste
de nuevo sol para ostentar mañana
su cabellera por los hielos cana.
Hija de Italia; tú que los jardines
de la reina del mundo has contemplado,
tú, que en su bello mar te has retratado
al buscar sus sirenas y delfines;
tú, que de España ahora en los confines
ves a ese mar, que yo nunca he mirado,
removiendo en su azul mil pabellones,
no puedes comprender mis ambiciones.
A veces de ese mar las conchas beso,
y si veo por dicha algún marino
la relación de su feliz camino
le escucho con tiernísimo embeleso,
y cuando cesa, doloroso peso
siento en el alma, al comparar mezquino
con tan soberbios gigantescos mares
el arroyo en que gimo mis cantares.
Los barcos de los pobres pescadores
son los buques que cruzan sus riberas,
los lienzos de las pobres lavanderas
los ricos estandartes brilladores;
y tan sólo a estos puertos salvadores
vienen, en vez de flotas extranjeras,
blancos gansos, luchando con la ola
y alguna gallareta errante y sola.
¿Has visto al topo que en la tierra hundido
preso en el hoyo se remueve a oscuras
y con la frente en las paredes duras
da cuando intenta ver el sol lucido?
Entre este viejo murallón roído,
yo soy el topo, que las luces puras
que en los alegres campos se reflejan
nunca estos muros contemplar me dejan.
Contra este muro donde puso escalas
el francés ambicioso y el britano
como sus vivas y rugientes balas
mi ardiente corazón se estrella en vano;
en vano tiendo ¡ay! hacia ti mis alas
desde este torreón, que el africano
dejó, tal vez, en nombre de Mahoma
para nidos del búho y la paloma.
Aquí muere la flor de la poesía
antes que esponje el aura su capullo,
aquí se anega el sol del noble orgullo
antes que logre esclarecer al día,
aquí de la creadora fantasía
el manantial se agota sin murmullo,
aquí sólo el amor gigante crece
y ni se agota, apaga ni envejece,
Aquí frente por frente a las pasiones
en imponente lid nos encontramos,
y aquí, como Petrarca, eternizamos
del cariño ideal las ilusiones;
aquí en la soledad los corazones
en nuestro amor tan sólo concentramos
y aquí de la poetisa el vital giro
se puede reasumir en un suspiro.
¡Un año más! ¡Un año, Ángela mía,
y el doloroso incendio no se apaga,
y esta ansiedad devoradora y vaga
no se extingue en mi pecho todavía!…
Ángela, pues, tu voz sonora y pía
a tus hermanos ángeles halaga,
¡ruégales por que el sol del nuevo enero
ilumine la paz que ansiosa espero!
Yo tengo fe en el porvenir oscuro,
yo de engañarme en los recelos trato,
yo a la esperanza el corazón dilato
y bello siempre el porvenir auguro;
yo ser feliz en la ilusión procuro
contra el torrente del destino ingrato
y al ver del nuevo año, sol que brillas,
cruzo mis manos, doblo mis rodillas.
¡Oh nuevo sol, tus rayos bienhechores
no a mí sola su ardor fecundo extiendan
que a las criaturas todas hoy comprendan
sus vivíficos sacros resplandores!
¡Que alivien la miseria y los dolores
de la España infeliz, que al pobre atiendan
y no pase con nuevos desengaños
un año más, unido a tantos años!
¡Un año más!… un año, Ángela mía…
¡Un año más!… un año, Ángela mía,
y aún no ha mudado mi horizonte triste,
y de tan ancha tierra como existe
no he descubierto un palmo todavía;
¡un año más!… un año día tras día
lentos conté, y enero se reviste
de nuevo sol para ostentar mañana
su cabellera por los hielos cana.
Hija de Italia; tú que los jardines
de la reina del mundo has contemplado,
tú, que en su bello mar te has retratado
al buscar sus sirenas y delfines;
tú, que de España ahora en los confines
ves a ese mar, que yo nunca he mirado,
removiendo en su azul mil pabellones,
no puedes comprender mis ambiciones.
A veces de ese mar las conchas beso,
y si veo por dicha algún marino
la relación de su feliz camino
le escucho con tiernísimo embeleso,
y cuando cesa, doloroso peso
siento en el alma, al comparar mezquino
con tan soberbios gigantescos mares
el arroyo en que gimo mis cantares.
Los barcos de los pobres pescadores
son los buques que cruzan sus riberas,
los lienzos de las pobres lavanderas
los ricos estandartes brilladores;
y tan sólo a estos puertos salvadores
vienen, en vez de flotas extranjeras,
blancos gansos, luchando con la ola
y alguna gallareta errante y sola.
¿Has visto al topo que en la tierra hundido
preso en el hoyo se remueve a oscuras
y con la frente en las paredes duras
da cuando intenta ver el sol lucido?
Entre este viejo murallón roído,
yo soy el topo, que las luces puras
que en los alegres campos se reflejan
nunca estos muros contemplar me dejan.
Contra este muro donde puso escalas
el francés ambicioso y el britano
como sus vivas y rugientes balas
mi ardiente corazón se estrella en vano;
en vano tiendo ¡ay! hacia ti mis alas
desde este torreón, que el africano
dejó, tal vez, en nombre de Mahoma
para nidos del búho y la paloma.
Aquí muere la flor de la poesía
antes que esponje el aura su capullo,
aquí se anega el sol del noble orgullo
antes que logre esclarecer al día,
aquí de la creadora fantasía
el manantial se agota sin murmullo,
aquí sólo el amor gigante crece
y ni se agota, apaga ni envejece,
Aquí frente por frente a las pasiones
en imponente lid nos encontramos,
y aquí, como Petrarca, eternizamos
del cariño ideal las ilusiones;
aquí en la soledad los corazones
en nuestro amor tan sólo concentramos
y aquí de la poetisa el vital giro
se puede reasumir en un suspiro.
¡Un año más! ¡Un año, Ángela mía,
y el doloroso incendio no se apaga,
y esta ansiedad devoradora y vaga
no se extingue en mi pecho todavía!…
Ángela, pues, tu voz sonora y pía
a tus hermanos ángeles halaga,
¡ruégales por que el sol del nuevo enero
ilumine la paz que ansiosa espero!
Yo tengo fe en el porvenir oscuro,
yo de engañarme en los recelos trato,
yo a la esperanza el corazón dilato
y bello siempre el porvenir auguro;
yo ser feliz en la ilusión procuro
contra el torrente del destino ingrato
y al ver del nuevo año, sol que brillas,
cruzo mis manos, doblo mis rodillas.
¡Oh nuevo sol, tus rayos bienhechores
no a mí sola su ardor fecundo extiendan
que a las criaturas todas hoy comprendan
sus vivíficos sacros resplandores!
¡Que alivien la miseria y los dolores
de la España infeliz, que al pobre atiendan
y no pase con nuevos desengaños
un año más, unido a tantos años!
Un encuentro en el valle
Tórtola, te vuelvo a hallar;
roncas ambas de cantar
nos encontramos las dos:
¿te ha dado ventura Dios?
¿Cómo te fue en el amar?
Cual yo enamorada y niña
te abandoné en la campiña
cantando en son placentero
¿dónde está tu compañero?
¿Hizo el sacre en él rapiña?
¡También desventura aquí!
Yo pensé que sólo a mí
lastimaba la fortuna;
¿dónde hallaré sola una
que no se lamente así?
¿Te acuerdas de aquellos días
cuando a mi lado solías
decir amantes congojas
columpiándote en las hojas
del fresno donde vivías?
Este mismo es el collado,
nuestro querer no ha mudado,
nuestras canciones tampoco,
pero andando el tiempo loco
la ventura se ha llevado.
Y al pie de estos manantiales,
entre los mismos juncales,
bajo el propio fresno umbrío,
a cantar tu amor, yo el mío
vengo al campo, al nido sales.
¡Pero qué tristes las dos!
yo pienso que viene en pos
de la pasión la tristeza,
porque cuanto más terneza,
más gemidos nos da Dios.
Mira si no el arbolado
bajo ese manso nublado
que circunde el horizonte,
y el arroyuelo del monte
por su velo sombreado;
Melancólicos están
aunque su hechizo te dan
las bellas luces de mayo,
que en dulcísimo desmayo
por Occidente se van.
De entre las algas del río
ese balbuciente pío
de una escondida garganta,
también es dolor que canta
como tu dolor y el mío.
Pero si tú un compañero,
si tú el amante primero
tuvieras como otro día,
¡cuán hermoso te sería
este mayo placentero!
En ese fresno escondidos,
en un mismo ramo unidos,
arrullándoos con amor,
de las aguas al rumor,
sobre las aguas mecidos…
¡Fuera tanta tu ventura
en esta atmósfera pura
vivir así con tu amado
lejos del mundo que ha dado
honda pena a la criatura!
¡Ay! Tú volverás a hallar
otro amante a quien amar,
porque las tórtolas son
todas en el corazón
iguales, y en arrullar.
Mas el alma que ha perdido
su compañero querido,
que le llore noche y día
porque aquel sólo sería
para su amor el nacido.
Y ese Dios que tanto sabe,
en un arrullo suave
te dará un nuevo querer;
pero tú has nacido ave
y yo he nacido mujer.
Un otro con igual asunto
Abrid los ojos, célica María,
más que la luna del enero, claros,
abrid los ojos y mirad cuán raros
son los dones que Dios tierno os envía:
el serafín más bello que tenía
entre sus dulces serafines caros
coronado de rayos celestiales
coloca en vuestros brazos virginales.
¡Mirad quién se os estrecha a la garganta,
mirad qué labio os busca con anhelo,
mirad, que por el santo rey del cielo
qué gozosa estaréis con dicha tanta!
Al ser que a vuestro pecho se amamanta
velad; señora, con ardiente celo,
¡que ya desesperado y moribundo
dél solo espera salvación el mundo!
Un paisaje
Yo vi lucir los albores
de esa purísima atmósfera,
y brotar las claras aguas
de aquella ribera hermosa,
y nacer de su arboleda
una por una las hojas.
Yo he visto esas altas sierras
ir subiendo entre las sombras,
y alzarse el puente y la torre
y las casas y las rocas,
y surgir el barquichuelo
entre las plácidas ondas,
y aparecer en la orilla
esa gente pescadora.
¡Que la gran naturaleza
años tarde en esas obras
y tu mano las acabe
solamente en doce horas!
Despacio, pintor, despacio,
que son las venturas pocas.
¿Por qué has hecho esa ribera
tan risueña y deliciosa
que mis ojos embelesa
y el pensamiento me roba?
¿Por qué has dado al firmamento
esa tinta ardiente y roja
que lo mismo que el reflejo
del sol deslumbra y sofoca?
¿No ves que fija en la orilla
de esa ribera frondosa
en contemplarla me llevo
unas tras otras las horas?
¡Ay! ¿no ves que doble pena
sentirá el alma angustiosa
cuando por siempre se aleja
de esa ribera que adora…?
Despacio, pintor, despacio,
que son las venturas pocas.
¿Es culpa tuya que tenga
el puente romanas formas
y la torre arquitectura
árabe, morisca y gótica?
¿Es culpa tuya que vaya
la mano tan perezosa,
y que tus ojos cansados
de mirar piedras y rocas
en otras miradas fijen
las suyas fascinadoras?…
Aprisa, pintor, aprisa,
aunque las dichas son pocas.
Adiós; hermosa ribera,
cielo puro, árboles, rocas:
la mano que os ha formado
para siempre os abandona,
y los ojos que os han visto
aparecer entre sombras
ya cuantas veces os miren
llorarán vuestras memorias,
¡que son las penas tan largas
como las venturas cortas!
Una despedida
Escuchad mis querellas,
recinto y flores del placer abrigo,
imágenes tan bellas
como ese cielo que os protege amigo.
Asilo de inocencia,
consuelo del dolor, bosque sombrío,
ir quiero a tu presencia,
y tu césped regar con llanto mío.
Y el agua de tu fuente
beber acaso por la vez postrera,
y respirar tu ambiente,
besar tus flores, la gentil palmera.
Que tu dintel guarnece
de lejos saludar entre congojas,
y a la que en torno crece
modesta acacia de menudas hojas.
Y a los álamos graves
el postrimer adiós dar afligida,
y cantar con las aves
tristísima canción de despedida.
Y en tu graciosa alfombra
reposar halagada de ilusiones
bajo la fresca sombra
de tus frondosos sauces y llorones…
Sus hojas se estremecen
y errantes sombras a mi planta evocan,
que en el viento se mecen,
y mis cabellos con blandura tocan.
Desde aquí la pintura
es más bello admirar de ese tu cielo,
los visos y frescura
de las nubes cercanas a tu suelo;
Y al través de las ramas
mirar el sol que su lumbrera humilla,
y cual de rojas llamas
el Occidente retocado brilla.
¿Ni qué música iguala
al sordo vago suspirar del viento
con que armonioso exhala
un bello día su postrer aliento?
¡Ah! ¡si mi vida entera,
mi cara soledad, recinto amado,
consagrarte pudiera
el mundo huyendo y su falaz cuidado!
Mas ¡ay! que la alegría
de contemplaros con la luz perece
del presuroso día
que a mis ansiosos ojos desparece.
Esas aves cantoras
que de gozar la tarde fatigadas,
en tropas voladoras
retornan gorjeando a sus moradas;
Cuando una sola estrella
con apagada luz brille en el cielo;
cuando la aurora bella
ciña el espacio con purpúreo velo,
Y el nuevo y claro día
con sus tintas anime la pradera;
ellas con alegría
volverán a girar por tu ribera.
En turba bulliciosa
los bosques poblarán… y yo entretanto
lejana y silenciosa
las horas contaré de mi quebranto.
¡Ay! ¡ellas tu hermosura
gozarán y tu paz y sus amores!
yo gusté harta ventura
bebí en tus fuentes y besé tus flores.
Una fiesta dedicada a la reina gobernadora
Ya el enemigo de la patria mía,
el genio de la guerra destructora
dobla rabioso la falange impía
ante la paz gloriosa y vencedora.
Cesó el llanto y la sangre y la agonía
que derramó la espada vengadora
y tras del triste y pavoroso día
luce risueña suspirada aurora.
Ya de Cristina el genio prepotente
venció de Carlos la arrogancia altiva,
que doblegando la orgullosa frente
el ramo ofrece de apacible oliva;
cantemos, o Cristina, la victoria,
que a España da la paz, y a vos la Gloria.
Venid, señora, a escuchar…
Venid, señora, a escuchar
la unánime votación
que España acaba de dar:
venid; que os va a coronar
FEA por aclamación.
Monstruos mil se presentaron;
mas con voz solemne y clara
los tribunales fallaron,
que otra cara no encontraron
semejante a vuestra cara.
Cual vuestra cara no hay dos:
hay de feas copia extraña,
muchas feas ¡vive Dios!
pero sin disputa vos
sois la más fea de España.
Os dieron la primacía:
señora, ¡cuánto me alegro!
mas, ¡cielos! ¿quién la osadía
de mostrar, cual vos, tendría
ojo azul en campo negro?
¿Quién, no siendo, cual vos, loca
mostrara a la humanidad
boca igual a vuestra boca,
aunque tuviese muy poca
vergonzosa vanidad?
La fealdad tiene pudor;
y yo en el caso presente
(os lo digo sin rencor)
por modestia, por rubor
me escondiera de la gente.
¡Ay! ¡cuánto hacéis padecer,
mostrando vuestra cabeza
al que procura creer
en la belleza del ser,
en su bondad y pureza!
Sois una horrible creación;
porque aun hay cosa más rara
en esa organización:
que tenéis el corazón
mucho peor que la cara.
Todos vuestros pensamientos
son torpes y maldicientes:
aborrecéis los talentos,
las virtudes eminentes
y los nobles sentimientos.
No hay honra libre e vos,
aunque bendita se acoja
al manto del mismo Dios;
porque en medio de los dos
vuestra calumnia se arroja.
¡Ay! ¿por qué si de la huesa,
mala anciana, a un paso estás,
no dejas la humana presa?
¿Por qué en la fama ilesa
te irritas y ensañas más?
Déjame con mi poesía
pasar la vida inocente,
si no quieres que algún día
tu horrorosa biografía
a las criaturas presente.
Aunque no sé si te diga
que es mi más gloriosa hazaña
el que me odie y persiga
como mortal enemiga,
la mujer más fea de España.
Versos improvisados con varios motivos. La empresa del ferrocarril de Extremadura
Bien llegados a España, caballeros.
Esta joven nación, su tierra pura
os brinda a los amigos extranjeros
que lecciones la ofrecen de cultura:
por el terso carril marchen ligeros
los hijos de la rica Extremadura,
vuestras artes, y ciencias y portentos
a igualar y vencer con sus talentos.
¡O mi pueblo, sencillo patriarca
tan agreste pacífico y tan rudo,
de ferrados-carriles tu comarca
van a ornar, y ya en vez del torpe y mudo
buey que sus pasos por minutos marca
¡rodará gran vapor!… ¿Quién tanto pudo?
¿Qué impulso, qué vigor, qué movimiento
pone a tan bella fábrica el cimiento?
Hay una tierra, en medio el Océano
donde O”Connell nació y a Byron cuenta,
¿qué reino hallar más fuerte y soberano
que la patria feliz que a ambos alienta?
Pues ya del genio y del poder Britano
tanto el raudal inmenso se acrecienta
que sus diques rompiendo a inundar pasa
el virgen suelo que de sed se abrasa.
Ya corren hasta aquí sus manantiales;
ya el campo bebe su copioso riego;
ya florecen brillando a sus cristales
el extremeño prado y el manchego.
¡Ay! los que tal pobreza y tantos males
en la guerrera lucha a sangre y fuego,
soportaron pacientes, ¿cómo ahora,
dicha comprenderán tan seductora?
Agriado el corazón por los azares,
perdida en desengaños la esperanza,
nada aguardamos ya sino pesares,
sólo en el mal tenemos confianza;
por eso hacia la gente de los mares
torva la vista, y suspicaz se lanza
y rechazando el bien porque suspira
responde el español: «Fraude, mentira».
Empero, no a los hijos de Bretaña
que nos tendieron las amigas manos
cuando el Coloso amenazó a la España
deben temer los nobles castellanos;
antes bien recordar la fiel campaña
que hicieron los dos reinos como hermanos
para que aliento infunda a la memoria
de Wellington su lauro y nuestra gloria.
¡Por qué ese recelar eterno y triste!
¡Por qué en el porvenir tal desconsuelo!
¡Por qué así nuestro espíritu reviste
con su negro color el blanco cielo!
Tal vez el hado en el rencor desiste
con que siguió nuestro cefrado suelo,
y su primer sonrisa alegremente
nos muestra en el camino reluciente.
¡Cuánta prosperidad, cuánta grandeza!
¡Cuán fecundos los montes hoy salvajes
pavimentos darán con su corteza,
moradas ornarán con sus ramajes!;
cuántos pueblos, alzando la cabeza
por contestar de Europa a los ultrajes
«venid aquí —dirán— pueblos hambrientos,
¡que nosotros estamos opulentos!»
Y llévame contigo a tu morada
¡Qué abatida estará, Señor, mi vida
cuando no te consagro ni un acento!
¡Qué hundido debe estar mi pensamiento
cuando así te abandona, así te olvida!
Preséntasme la tierra florecida,
resplandeciente en lumbre el firmamento,
y en vez de bendecirte y celebrarte
bajo los ojos para no mirarte.
Gran pesar no sufrí, padre divino;
ningún dolor agudo el alma llora;
pero más me entristezco, hora por hora
conforme voy andando mi camino:
ni sé si es bueno o malo mi destino,
ni advierto si se agrava o se mejora;
sólo sé que el vivir menos agrada
cuanto más adelanto en la jornada.
No he perdido la fe, que mucho creo;
no me hirieron, Señor, los desengaños,
ni presa fui de pérfidos amaños,
ni juguete de loco devaneo;
yo no tengo ambición, nada deseo,
es mi existencia juveniles años,
pero triste; Señor, muy triste estoy,
puesto que ni mi canto ya te doy.
¡Ay! Cuando siento del fecundo mayo
el vaporoso y caldeado ambiente
jugar con mis melenas blandamente,
te quisiera cantar, pero en desmayo
melancólico abísmase la mente,
y como herida por amante rayo
las lágrimas se agrupan a mis ojos
y hasta la luz del sol me causa enojos.
Luego las plantas pienso que suspiran,
paréceme que el río se lamenta,
y la vida a mis ojos se presenta
llena de sombras que dolientes giran…
y yo no sé por qué, miedo me inspiran,
y no sé que aflicción me desalienta,
pero tiendo los brazos y te digo
señor, señor, ¡ay! llévame contigo.
Tal vez, Señor, el porvenir me inquieta
porque nací mujer y soy cobarde,
y tal vez en las brisas de la tarde
me anuncia el porvenir mi ángel profeta.
Triste será el de la mujer poeta,
mas ora el bien, ora el dolor me aguarde,
mejor quisiera que con brazo amigo
me quisieras llevar, Señor, contigo.
Aquí la turbación, aquí el gemido,
aquí la guerra, aquí los hondos males
tienen reinado eterno, y siempre iguales
los tiempos han de ser a los que han sido;
señor, y allá el descanso apetecido,
allá la paz, los goces celestiales
me convidan, si quieres santo amigo
para siempre llevarme allá contigo.
Allá en la noche hay sol, no acaba el día,
siempre es abril para los ricos prados,
y por aquellos huertos regalados
sólo la flor de la virtud se cría:
el odio, la ambición, la tiranía
no existe en tus dominios dilatados;
los hombres a los hombres no asesinan,
la virtud y el amor allí germinan.
Allá en la fuente de la fija ciencia
beberé hasta saciar mi gran deseo,
conoceré el error de Ptolomeo,
me reiré de la humana suficiencia;
sabré quién escribió la alta sentencia
que hundió al egipcio y destruyó al hebreo,
qué ilumina las cumbres de Sodoma,
derriba a Grecia y aniquila a Roma.
Sabré mejor que el sabio más profundo
de la historia del orbe tantos hechos,
porque en los pobres libros contrahechos
mientras estudio más, más me confundo;
penetraré las leyes de este mundo,
la esencia de los seres, sus derechos,
lo que son, lo que fueron, lo que esperan
nacidos, por nacer, y cuando mueran.
Sabré por qué tu espíritu se esconde,
por qué rodar nos haces en la esfera,
qué pretendes hacer con tal carrera,
y cómo nos impulsas y hacia dónde:
por qué girar al sol nos corresponde,
por qué su luz la luna reverbera,
por qué tienes volcanes encendidos,
por qué tienes los mares extendidos.
Por qué al par de Jesús nace Mahoma,
por qué alientas entrambas religiones,
por qué arde entre diversas oraciones
y en diferente altar distinto aroma:
qué das al que la cruz sagrada toma,
del de la media luna qué dispones,
quiénes te desconocen o te entienden
quiénes los que te adoran o te ofenden.
Allá sabré también por qué nacimos
débiles y sencillas las mujeres,
y si el premio de tantos padeceres
habremos de lograr cuando morimos.
Allá sabré si destinadas fuimos
al duro yugo de los otros seres,
y si has dispuesto tú las leyes graves
que no puedo decir y que tú sabes.
Allá sabré también por qué deliro,
y la oculta razón de mi tristeza;
por qué abrasada siento mi cabeza,
por qué lloro, Señor, por qué suspiro,
por qué cuando tu hermoso cielo miro
ansiosa de tu gloria y tu grandeza,
olvido de la tierra cuanto amo
y llévame contigo, Señor, clamo.
Si comparando el mundo, éste de penas,
su injusticia, su error, nuestras pasiones
con el bello existir de esas regiones
pacíficas, hermosas y serenas,
anhelamos romper nuestras cadenas,
elevamos a ti los corazones,
y de tus brazos al paterno abrigo
me quiero refugiar yendo contigo.
Si quiero descansar, hallar consuelo,
quiero verte, Señor, yo no vacilo;
¿dónde hallaré más dulce y más tranquilo
amor, y más placeres que en el cielo?
o si te place mi virgíneo velo,
si digna soy de tu celeste asilo,
no me dejes aquí desconsolada
y llévame contigo a tu morada.
Ya el enemigo de la patria mía…
Ya el enemigo de la patria mía,
el genio de la guerra destructora
dobla rabioso la falange impía
ante la paz gloriosa y vencedora.
Cesó el llanto y la sangre y la agonía
que derramó la espada vengadora
y tras del triste y pavoroso día
luce risueña suspirada aurora.
Ya de Cristina el genio prepotente
venció de Carlos la arrogancia altiva,
que doblegando la orgullosa frente
el ramo ofrece de apacible oliva;
cantemos, o Cristina, la victoria,
que a España da la paz, y a vos la Gloria.
Ya, Neira, despedí a la golondrina…
Carolina Coronado acompaña en su despedida
a las golondrinas, a las grullas y a los patos.
Ya, Neira, despedí a la golondrina
que en el techo campestre haciendo el nido
mansa inocente mi compaña ha sido
en la estación risueña que termina;
la grulla en cambio ya vino dañina
el fruto a destrozar recién nacido
que en este yermo a fuerza de sudores
lograron cultivar los labradores.
El pato en enturbiar las claras fuentes
de este valle purísimo obcecado
revuelve con el fondo encenagado
los graciosos espejos trasparentes;
¡lástima que desdeñe las corrientes
de un brillo tan hermoso y azulado,
donde lucir pudiera entre la espuma,
por hundir en el fango el alba pluma!
¿Quién nos diera encontrar siempre a la bella
que en nuestros techos amorosa anida
y en su cantar sencillo entretenida
nos divierte feliz de sol a estrella?
¿Quién nos diera encontrarla siempre a ella
que a nadie ofende, cuya dulce vida
consagrada a los suyos, sobre el heno,
ni daña al labrador ni anda entre cieno?
¿Hay en mi tierra hermosos olivares
formados como tropas, en hileras?
Pues a dañar su flor a sus praderas
vienen bandos de grullas a millares.
¿Hay arroyos que van entre juncares
retratando el verdor de estas laderas?
Pues acuden los patos a bandadas,
«¿Aves estas no son civilizadas?»
¿Qué más da que en mi lira sean cantados
hombres o grullas si en diversos nombres
disfrazadas las grullas van de hombres
y los hombres de grullas disfrazados?
¿Por qué han de ser los patos desdeñados
si los hombres tal vez con sus renombres
viviendo en bacanales, como en cieno,
no fueron ni más puros ni más buenos?
¿Qué más da pues que yo cante los hechos
con mi endeble laúd, mi voz de niña
de las aves que pueblan la campiña
y las aves que habitan bajo techos?
Con iguales instintos y derechos
todas viven del daño y la rapiña;
soldados-grullas talan los sembrados
y las ciudades ¡ay! grullas-soldados.
Galanes patos de la fuente empañan
el manantial que beben los pastores,
patos galanes, patos impostores
en las virtudes la calumnia ensañan;
hombres-patos, en fin, sus alas bañan
en fétidos pantanos corruptos;
patos-hombres sepultan en orgías
su bella juventud, sus bellos días.
¿Por qué al mísero pato guerra tanta,
por qué a la infeliz grulla tanta guerra,
si hay seres más indignos en la tierra
y el hombre docto los celebra y canta?
Cada piedra, cada ave, cada planta,
una vida, una historia, un mundo encierra
y muchos en el mundo, bien lo sabes,
valen menos que piedras, plantas, aves.
Pues no siempre he de hallar por mi camino
golondrinas, que pocas han quedado,
mejor canto a las grullas, que al malvado.
A los patos mejor que al libertino:
esos nombres de Atila, Jerjes, Nino
siempre al numen benigno han espantado
y siempre aborrecí como a enemigos
los Paris, los Nerones, los Rodrigos.
Una grulla el gran Jerjes vale en suma,
pero el rico Nerón no vale un pato
que fuera a dar el pájaro barato
aun dando por Nerón no más la pluma:
¿pues por qué si la historia nos abruma
con uno y otro nombre tan ingrato
no ha de cantar, sin que te cause risa,
a la grulla y al pato la poetisa?
Lo mismo da las aves que los hombres
lo mismo el campo da que las ciudades,
pues componen entrambas vecindades,
los mismos seres con distintos nombres;
grullas hay en el mundo con nombres,
patos bajo soberbias potestades,
y en ciudades lo mismo que entre encinas
sobre grullas y patos golondrinas.
Ya no es tan joven mi vida…
Ya no es tan joven mi vida
que desde esta cima, hermano,
logre ver distinto el llano
donde quedó mi niñez.
Es la pradera florida
bajo la sombra de un monte,
y por eso es su horizonte
más delicioso, tal vez.
Yo con el rostro no acierto
de ese tiempo fugitivo,
mas su belleza percibo
de los años al trasluz,
como aquel reflejo incierto,
aquellos matices rojos
que perciben nuestros ojos
cerrados frente a la luz.
Yo no sé lo que soñaba
mas recuerdo mis amores;
sé que amaba entre las flores
a un hermoso tulipán:
y que a mis solas le hablaba,
Emilio, tan dulcemente
que murmuraba el ambiente
celoso en mi tierno afán.
Lloré cuando se agostaba
su cabeza peregrina
pero amé a la golondrina
así que la flor murió:
la golondrina emigraba
y entonces, Emilio mío,
a mi constante amorío
buscaba otro objeto yo.
¡Oh!¡Todo me enamoraba
en aquel tiempo querido!
¡Cuál me recuerda un sonido
el ave y el tulipán;
y la fuente que manaba
el agua que yo bebía
y el campo donde crecía
la semilla de mi pan!
¡Pero si no me comprendes,
si aquella edad ha pasado
y yo ya tengo olvidado
el suave idioma infantil!
si por acaso me atiendes
huyes riendo a deshora,
¿por qué no estoy en tu aurora
o tú no estás en mi abril?
Tú juzgas porque me hallaste,
bello garzón, a tu lado
que una ruta ha señalado
a nuestra existencia Dios:
no, que tu vía empezaste
en la mitad de la mía
y poco por esa vía
iremos juntos los dos.
Emilio, cuando recuerdes
cual yo tu pasada infancia,
ya habrá una eterna distancia
que me separe de ti;
entonces, tal vez, te acuerdes
de mí, cual yo de las flores,
y entre tus tiernos amores
me cuentes, Emilio, a mí.
“¡Ya viene, mírala! ¿Quién?…
“¡Ya viene, mírala! ¿Quién?
– Esa que saca coplas.
–Jesús que mujer más rara.
–Tiene los ojos de loca”.
“Más valía que aprendiera
a barrer que a decir coplas.
-Vamos a echarla de aquí.
-¿Cómo? -Riéndonos todas.”
Yo no puedo seguirte con mi vuelo
Tú, huéspeda de villa populosa,
yo de valle pacífico vecina,
tú por allá viajera golondrina,
yo por aquí tortuga perezosa:
tú del jardín acacia deliciosa,
yo del arroyo zarza campesina,
¿qué indefinible, rara inteligencia
enlaza seres de tan varia esencia?
El entusiasmo que hacia ti me impele,
la dulce fe que hacia mi amor te guía,
disponen que en amiga compañía,
mi canto unido a tus acentos vuele;
mas yo no sé, paloma, si recele
que, al fin, he de quedar sola en la vía,
pues tal vas ascendiendo por el cielo,
que no puedo seguirte con mi vuelo.
Tú desde el centro de la regia villa
domeñas con la voz los corazones,
yo sólo alcanzo a modular canciones
en honor de la simple florecilla;
ve si el ala podrá, corta y sencilla,
de la alondra, ganar esas regiones
que traspasas, de sola una carrera,
dejando un cielo atrás la compañera.
Si mi ardoroso empeño a ti me envía,
de ti me aparta el genio que te eleva
y sola a conquistar la prez te lleva
que no osara tocar mi fantasía:
pero no temas, no, que el alma mía
de su destino a murmurar se atreva,
pues que suyo será el bello destino
de alfombrarte de flores el camino.
Mas, al fijar la perspicaz mirada
en esa sociedad, cuya existencia
ha menester de intérprete a la ciencia
para ser comprendida y revelada;
afligida sintiendo y fatigada,
acaso tu sencilla inteligencia,
rechazarás el mundo con enojos
y hacia mi valle tornarás los ojos.
¿Y qué hallarás?… La garza en la ribera
del fresno cuelga su morada umbría
y allí anhelante a sus polluelos cría
al par de la amorosa compañera.
Guardan los canes la familia entera
que a su lealtad valiente se confía,
y fiel a su república la abeja
hijos y fruto a la colmena deja.
¿Todas las madres son tan cariñosas
entre esa gente de la raza humana?
¿Custodias tiene la nación hispana
de sus honras y haciendas tan celosas?
¿Las vidas de los hombres generosas
conságranse a la patria soberana?
¿O entre brutos a súbditos y reyes
su instinto vale más que nuestras leyes?
Donde el arte no está, donde alterada
no hallamos la creación en sus hechuras,
no ha menester que tengan las criaturas
muy alta comprensión ciencia elevada;
para cantar del campo embelesada
las risueñas perfectas hermosuras,
basta de mi garganta el leve acento,
y sobra tu magnífico talento.
¿Qué bien hiciera aquí?… ¿dar a estos seres
de paz y dicha y libertad lecciones?
¿Inspirar a las tórtolas pasiones
o a las hormigas enseñar deberes?…
Ve con tan noble empresa a las mujeres
que muestran los llagados corazones,
y de ese ardiente celo el bello fruto
dale a la humanidad, por buen tributo.
Deja que mis estériles canciones
mueran sobre este arroyo cristalino,
y sigue tú, paloma, ese camino
el vuelo remontando a otras regiones;
deja entre los agrestes pabellones
de la alondra perderse el vago trino:
y allá del grande pueblo en el altura,
difundan tus arrullos su dulzura.
Déjame a mí la gloria campesina,
brille en la sociedad tu bella ciencia
que allí a gloria mayor la providencia
tu corazón y tu saber destinas:
¡palpitante lección, viva doctrina
a la ignorancia y femenil demencia!
Serás, entre su especie degradada,
tipo de la mujer regenerada.
Yo te olvidaba ya; ni una alabanza…
Yo te olvidaba ya; ni una alabanza
a la gloriosa bóveda te envía
la cantora sin fe; sin confianza
enmudece, Señor, el alma mía;
horas de ingratitud donde no alcanza
el reflejo inmortal de tu poesía
duermo, cuando mi sueño indiferente
viene a romper tu cólera imponente.
“De tus seres de amor, vaga doncella,
¿cuál de ellos quieres que a mi voz sucumba?
¿Qué faz querida borrará mi huella?
¿Qué ser amado lanzará a la tumba?
¿Tu padre morirá? ¿Tu madre bella?”
dices, y el eco de tu voz retumba
dentro de mí, Señor: “Todo lo puedo.”
Todo lo puedes, sí; ¡Tú eres el miedo!
Cubre la sombra de la muerte el mundo
cuando tu ceño muestras indignado,
y yo he visto a mi padre moribundo
con la sombra mortal de ese nublado:
Señor, al verte contra mí iracundo
entonces tu poder he recordado;
entonces fue el clamor, el rezo, el lloro:
entonces fue el saber cuánto te adoro.
Tú juegas con las vidas desdichadas,
tú al borde del abismo las suspendes,
y al vernos a tu cólera aterrados,
de súplicas y lágrimas te ofendes;
tú no quieres plegarias arrancadas
al espanto, Señor, tú nos comprendes;
sabes que el labio tu alabanza niega,
y si ruega, Señor, por miedo ruega.
Tú no cediste a mi medroso ruego,
tú perdonaste la oscilante vida,
porque en tu libro de radiante fuego
la indeleble sentencia está esculpida;
pero salvaste de su infiel sosiego
a la memoria ingrata que te olvida…
¡Frágil memoria que tu nombre pierde
y el miedo haya de ser quien lo recuerde!
Ni tu sol, ni tu luna, ni tus flores,
ni me inspiró tu lluvia del estío,
ni penetrar lograron tus favores
en este corazón cerrado y frío:
insensata dejé que otros cantores
elevaran a ti su acento pío
como el insecto inútil que dormita
mientras que el ruiseñor canta y se agita.
No te cantaba cuando en calma el cielo
ornado de celaje transparente
brillaba puro: en tanto que su vuelo
sereno detenía el claro ambiente
no te cantó mi espíritu de hielo:
más rugió la tormenta de repente,
con tu rayo amagaste al ser amado
y de miedo, Señor, te he recordado.
¡Míseras oraciones y cantares
que a impulso del temor rompen conmigo!
no más que en las desdichas y pesares
te llamo grande y te apellido amigo:
sólo cuando te ruego que me ampares
dulces palabras con amor te digo;
sólo cuando vivir sin ti no puedo,
“Señor, exclamo, ven, que tengo miedo.”
¿Pero me escuchas tú? ¿Pero respondes?
¿No me desdeñas porque indigna clamo?
¿Tu cariñosa gracia no me escondes
porque te olvido en paz y en guerra te amo?
¡Ay! no el cruel remordimiento ahondes;
no rechaces mi voz cuando te llamo;
si tanto puedes tú, yo nada puedo;
no es pecado, Señor, que tenga miedo.
Tú vives entre bóvedas de lumbre
de los soles que giran al ruido,
y yo sin que su fuego me deslumbre
no puedo ver al sol medio escondido;
tú de siglos y siglos pesadumbre
eterna llevas, –yo nada he vivido–
tú me puedes hundir –yo nada puedo–
¿cómo, Señor, no he de tenerte miedo?
Tiembla del hombre el corazón valiente,
tiembla el pueblo que audaz te desafía,
la fanática raza del Oriente
y la raza sin fe del Mediodía;
¡muy temible serás cuando el viviente
de tan lejana edad, Señor, temía
y en tanto siglos de gentil denuedo
no ha podido vencer, Señor, su miedo!
Tú eres el miedo que despide llamas,
tú eres el miedo que el diluvio riegas,
y tiene miedo el mundo a quien inflamas,
y tiene miedo el mundo a quien anegas;
si tu poder conoces y nos amas,
cuando los rayos del furor desplegas
y acobardada ante tus iras quedo,
no te enojes, Señor, si tengo miedo.
Puedes quitarnos los amados seres,
nuestra alegría convertir en llanto,
mudar en desventura los placeres,
y trocar en gemidos nuestro canto:
Señor, tan grande y poderoso eres,
es tan inmenso tu gobierno santo
¡que a tu amenaza amedrentada cedo
y te digo ¡Señor, tú eres el miedo!
Yo te vi, triste amapola…
Yo te vi, triste amapola,
de las flores retirada
mecer la roja corola
entre la espiga dorada.
Leve el cuello y hechicero
débilmente se agitaba;
y el cefirillo ligero
en tu seno revolaba.
Del fuego del sol bañada
la cabeza purpurina,
desmayaba sonrojada
sobre la planta vecina.
Y allí entre la rubia espiga
los pajarillos cantores
daban con su trova amiga
a tu belleza loores.
Yo te viera retirada
a la par del rudo espino,
guarneciendo descuidada
el apartado camino.
Al morir la última estrella
extiendes las puras alas;
y a la purpúrea centella
del sol renaciente igualas.
Mas ese tu empeño vano,
y temeraria osadía,
desde el trono soberano
castiga el señor del día.
Que su llama en Occidente
no adurmiera sosegada,
sin dejar tu roja frente
con sus rayos abrasada.
Y de la noche
la fresca brisa
marchita hallara
tu tierna faz.
¡Ay! que tu vida,
flor desdichada,
sólo un instante
brilla fugaz.
Y tu aureola
pura y luciente
desconocida
muere también.
Nace en la aurora,
y al alba nueva
frágil desnuda
tu débil sien.
Yo tengo mis amores en el mar
¡Hijo del mar, espíritu querido!,
alto ingenio inmortal de la poesía,
escucha desde el mar este gemido
que mi amoroso corazón te envía:
yo te adoro en el mar, y yo he venido
a escuchar en sus hondas tu armonía
y en su brisa tu aliento a respirar,
porque están mis amores en el mar.
Muchas noches al rayo de la luna
te he visto en la mitad del Océano
maldiciendo el rigor de tu fortuna
y mi sombra hacia ti llamando en vano;
y a las olas que van una por una
a estrellarse en el muro gaditano,
les digo que te lleven mi cantar
cuando se tornen con la aurora al mar.
Sobre esa torre que en la noche oscura
brilla como la luz de tu mirada,
muchas veces también subo agitada
a mirar tu bajel desde la altura;
y si está su bandera enarbolada,
mi voz en las borrascas te conjura
para que puedan libres navegar
los amores que tengo en este mar.
Pregúntale a la tórtola africana,
si al cruzar por las costas españolas,
no me encontró llorando esta mañana
al pie de las marinas banderolas;
yo le rogué que fuera por las olas
a buscar a tu nave soberana,
y a decirte, poeta, en su cantar
que tengo mis amores en el mar.
Tú de mi juventud primer suspiro,
la primera ilusión de mis cantares,
el fecundo laurel del Manzanares,
cuyas hojas perfuman mi retiro;
tú cuya imagen en las olas miro,
porque eres hijo de los bellos mares,
escucha, si me puedes escuchar,
el amoroso adiós que doy al mar…
Perdón, amigos, si al sonar mi acento
en el último adiós de despedida,
la mente absorta en su ilusión querida
arrebató mi voz por un momento:
nunca de la amistad el sentimiento
mi agradecido corazón olvida;
pero mirad cuán grande es mi penar
que dejo mis amores en el mar.
Vagarosa ilusión del alma mía
es ya la imagen que en las olas veo;
pero es la sola dicha que poseo,
y venturosa en mi ilusión vivía;
y al dejar esa dicha que tenía,
cuando perderla para siempre creo,
sólo deciros puedo en mi cantar
que tengo mis amores en el mar.
Perdón, amigos, si empecé mi canto
a una memoria de eternal consuelo,
y por amante respetad mi duelo
si al recordar su nombre sufro tanto;
y por amante respetad mi llanto
si en esta agitación y este desvelo
al deciros adiós vengo a llorar
¡porque dejo su tumba en ese mar!
Harto dolor aguarda a mi existencia
lejos del mar que mi tristeza calma,
y harta paciencia necesita el alma
para sufrir, amigos, esta ausencia;
pero si logro al fin con la paciencia
de mi martirio conquistar la palma,
yo volveré después de mi penar
a buscar mis amores en el mar.
Más tarde o más temprano mi barquilla
naufragará en la costa gaditana,
y arrojará la mar hasta la orilla
entre la espuma mi reliquia humana;
y esa poetisa, que me nombra hermana,
os dirá con su voz clara y sencilla:
«Aquí vino su sombra a descansar,
porque están sus amores en el mar».
Yo vi lucir los albores…
Yo vi lucir los albores
de esa purísima atmósfera,
y brotar las claras aguas
de aquella ribera hermosa,
y nacer de su arboleda
una por una las hojas.
Yo he visto esas altas sierras
ir subiendo entre las sombras,
y alzarse el puente y la torre
y las casas y las rocas,
y surgir el barquichuelo
entre las plácidas ondas,
y aparecer en la orilla
esa gente pescadora.
¡Que la gran naturaleza
años tarde en esas obras
y tu mano las acabe
solamente en doce horas!
Despacio, pintor, despacio,
que son las venturas pocas.
¿Por qué has hecho esa ribera
tan risueña y deliciosa
que mis ojos embelesa
y el pensamiento me roba?
¿Por qué has dado al firmamento
esa tinta ardiente y roja
que lo mismo que el reflejo
del sol deslumbra y sofoca?
¿No ves que fija en la orilla
de esa ribera frondosa
en contemplarla me llevo
unas tras otras las horas?
¡Ay! ¿no ves que doble pena
sentirá el alma angustiosa
cuando por siempre se aleja
de esa ribera que adora…?
Despacio, pintor, despacio,
que son las venturas pocas.
¿Es culpa tuya que tenga
el puente romanas formas
y la torre arquitectura
árabe, morisca y gótica?
¿Es culpa tuya que vaya
la mano tan perezosa,
y que tus ojos cansados
de mirar piedras y rocas
en otras miradas fijen
las suyas fascinadoras?…
Aprisa, pintor, aprisa,
aunque las dichas son pocas.
Adiós; hermosa ribera,
cielo puro, árboles, rocas:
la mano que os ha formado
para siempre os abandona,
y los ojos que os han visto
aparecer entre sombras
ya cuantas veces os miren
llorarán vuestras memorias,
¡que son las penas tan largas
como las venturas cortas!
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