Poemas de Carolina Coronado

Poemas de Carolina Coronado

Poemas de Carolina Coronado (1820-1911), la voz lírica más representativa del Romanticismo español y una precursora del feminismo literario. Extremeña de nacimiento, rompió con los moldes de su época al liderar la «Hermandad Lírica», una red de apoyo entre escritoras que desafiaba el aislamiento intelectual femenino.

Su obra, encabezada por Poesías (1843), destaca por una sensibilidad espiritual y naturalista, empleando símbolos como la flor para explorar la fragilidad y el destino de la mujer. No fue solo poeta; cultivó la novela histórica y el teatro, integrando siempre una aguda crítica social contra la opresión de género. Su estilo, caracterizado por una espontaneidad reflexiva, influyó notablemente en Bécquer. Con una vida marcada por la melancolía y el misticismo, Coronado se consolidó como una figura clave en la modernización de la lírica castellana.

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A Alfonso de Lamartine

Libre será la voz, fuerte el aliento;

sonoro el instrumento

que vuestro canto, Alfonso, han sostenido,

cuando torpe y doliente

la humanidad presente

al inaudito son se ha conmovido.

 

De pueblo en pueblo, hasta el confín de España

llegó la voz extraña,

de ese mi pobre valle, nunca oída,

y aun del valle tranquilo

en el oscuro asilo

con entusiasmo ardiente fue acogida.

 

Poco de claras letras entendemos

las hembras que nacemos

en el rincón, sin luz, de humilde villa;

y poco nos cuidamos

de ésos que no estudiamos

volúmenes de Francia o de Castilla.

 

Tardo, como de sordos, el oído

apenas el sonido

del agudo talento ¡ay! nos alcanza;

y turbios nuestros ojos

ven siempre con enojos

las luces del saber, en lontananza.

 

Postrado el femenil entendimiento

en hondo abatimiento

las vidas silenciosas consumimos;

ajenas a la fama

con que la tierra aclama

los sabios cuyas lenguas no entendimos.

 

Mas, una rara historia desdoblamos

en cuyo centro hallamos

impresos nuestros propios corazones,

y ansiosas, palpitantes;

con ojos anhelantes

cruzamos, sin descanso, sus renglones.

 

De lágrimas, Señor, la vena rota

vierais, gota por gota

las páginas bañar de vuestro escrito:

las almas inflamadas

vierais arrebatadas,

de gratitud, alzarse al infinito.

 

Vos solo revelasteis sentimientos

que nunca los acentos

de nuestros pechos modular osaron:

sólo en los labios vuestros

los infortunios nuestros

hoy sus fieles intérpretes hallaron.

 

¡Cuánto sabéis de penas femeninas!

¡Cuán puras y argentinas

corrientes de palabras generosas,

tierno y profundo sabio,

manan de vuestro labio

y alivian nuestras almas fatigosas.

 

La escala de las penas de la vida

tan larga y tan sentida,

habéis en nuestra historia recorrido,

y con distintos sones

todos los corazones

vibrando fuertemente han respondido.

 

Dicen que explica para docta gente

política eminente

de vuestro libro la preciosa historia:

dicen, que en las naciones

turbulentas pasiones

se levantan en torno a vuestra gloria.

 

Rudas, señor, y frívolas mujeres,

de los ilustres seres

los encumbrados juicios no alcanzamos;

pero las almas puras

de las buenas criaturas

mil votos por instinto os consagramos.

 

Os alaben los pueblos oprimidos

porque habéis sus gemidos

con soberano esfuerzo levantado,

y humíllense en la tierra

los que movieron guerra

al valiente pendón que hais tremolado.

 

La patria que en sus ínclitos blasones

muestra Napoleones,

láurea corona en vuestra sien suspenda;

mas, permitid que os lleve,

Señor, aunque tan leve,

el arpa femenil, su justa ofrenda.

 

¿Pues no somos también seres humanos?

¿No son nuestros hermanos

los que osáis ahogar por nuestras vidas?

¿No debemos cantaros

y las manos bañaros,

de lágrimas, señor, agradecidas…?

 

Suban entre el ferviente clamoreo

del aplauso europeo

nuestros votos también a vuestro oído,

como sube al ambiente

con la voz del torrente

el trino de la alondra confundido.

 

Hoy estamos del mundo en las regiones

hembras, niños, varones,

a general concierto convocados,

caiga perpetua mengua

sobre aquél cuya lengua

por vos no rompa en himnos acordados.

 

Del femenino coro aun el acento

embarga el sentimiento,

ya cantaros, Señor, vengo yo sola;

oídme con dulzura,

que es verdadera y pura

la ardiente bendición de una española.

 

Vos sois francés; la Francia os merecía;

pero no es patria mía,

y al ensalzar vuestro glorioso nombre

añado tristemente:

¡Oh Dios omnipotente!

¿Por qué no es español tan grande hombre?

 

A Ángela

Ángela, melancólica mi alma

hacia tus brazos encamina el vuelo

ansiosa de encontrar en ellos calma.

 

Que, siempre son los ángeles del cielo

ésos que nos arrullan blandamente

y nos prestan reposo y dan consuelo.

 

Tú tienes una voz que el ruido miente

de las sencillas tórtolas, y el eco

del murmurar tranquilo de la fuente,

 

Y aunque en el pecho de inocencia seco

no halle lugar tan cándido sonido

halla en el mío dilatado hueco.

 

Si, yo mi juventud no he consumido,

conservo la ilusión y el sentimiento

y aun puedo al tierno amor prestar oído:

 

Ora célebre amor tu tierno acento,

ora te duelas dél, siempre te escucha

mi enternecido corazón atento.

 

Y si en el siglo de ambición y lucha

consuelo mutuamente no nos damos

de nuestras almas a la pena mucha,

 

Ángela, ¿con el llanto a dónde vamos?

¿Hacia dónde el amor sencillo y bello

de nuestra musa juvenil llevamos?

 

De rosas y jazmines el cabello

te puedo coronar, sino ambiciosa

por ceñir el laurel doblas el cuello:

 

Yo quiero consagrar mi edad penosa

a celebrar las cándidas doncellas

que sólo en su amistad mi alma reposa;

 

Entusiasmo y virtud encuentro en ellas

y en sus arpas dulcísimas y santas

el consuelo y la paz de mis querellas.

 

Por eso vuelo a ti, que tierna cantas

a Dios ya los amores de mi vida

raudal perpetuo de emociones tantas.

 

Por eso ya sintiéndome abatida

el alma hacia tus brazos encamino

porque en ellos la des bella acogida.

 

Más precio yo tu arrullo peregrino

que de las trompas bélicas los sones

donde horribles batallas imagino,

 

Más precio yo, doncella, tus canciones

que los oscuros libros de la historia

donde jamás hallé sino borrones;

 

Más precio de amistad la suave gloria,

más de mis compañeros la sonrisa

que del mayor guerrero la victoria.

 

De dos en dos, las tórtolas, poetisa,

cantan sobre los rudos encinares

mecidas en sus ramas por la brisa:

 

Así das tú compaña a mis pesares

aliento a un pecho lánguido infundiendo

con el celeste ardor de tus cantares…

 

Ya no sufro; mis párpados cayendo

a tu benigno influjo, dulce amiga,

poco a poco y mi espíritu adurmiendo

en tus brazos se van… ¡Dios te bendiga!

 

A Cádiz

No es sueño, es la verdad ¡oh mar! te veo…

no es sueño, es la verdad, ¡estoy contigo!…

no es sueño, es la verdad, tus ondas sigo

y sacio en contemplarte mi deseo;

aquí está la verdad en que yo creo,

aquí habita el Señor que yo bendigo,

y siento entre estas vívidas montañas

el hondo palpitar de sus entrañas.

 

¡Tú eres el mar!… ¡el mar!… no eres el río;

el horizonte con tus brazos llenas,

y en vez de murmurar bramas y truenas

maravillando el pensamiento mío,

pero en tu seno con placer confío

recuerdos, dichas, esperanzas, penas,

sin que un instante me acobarde el miedo

de que en tus ondas sumergirme puedo.

 

¿Miedo de ti? ¿Por qué? ¿No es de la tierra

de dónde vengo yo? ¡Por qué temerte!

¿Amenazas tú más que con la muerte

ni tienes sino el agua que dé guerra?

¿En dónde tu maldad ¡oh mar! se encierra

para que así nos acobarde el verte?

¿Qué me puedes hacer? ¿Tragar mi barca?…

La Francia se ha tragado a su monarca.

 

¿A dónde vais, pobres gaviotas,

huyendo así del horizonte oscuro?

¿No teméis el morir al pie del muro

en sangre tintas vuestras alas rotas?

Hubo una edad entre las más remotas,

en que la tierra fue asilo seguro;

pero lanzados ya de aquel asilo,

el torrente del mar es más tranquilo.

 

¡Ah! yo no sé; pero al mirar de lejos

la vasta soledad del agua hermosa,

me siento de vosotras envidiosa

que podéis habitar en sus espejos;

los marinos nos dan tristes consejos,

porque huyamos del agua borrascosa;

pero al lanzarnos de tan bella casa,

no saben ahora lo que en tierra pasa.

 

¡Cuánto más blando el mar que nos rodea,

aunque el torrente abata vuestros vuelos,

será que las pasiones, los desvelos

de esa región que a nuestra vista humea!

¡No os vais del mar! El alma se recrea

soñándose suspensa entre dos cielos,

y si no tengo yo en las verdes salas,

menos debéis temer que tenéis alas.

 

¿Qué he de temer? ¿Que el mar en sus extremos

de sal inunde mi entreabierta boca?

¡La sed que en medio el agua nos sofoca

en la salada lluvia saciaremos!

Más salado es el llanto y lo bebemos

en tierra seca, y no en corriente poca,

siempre con ansia igual, con igual daño

un día y otro, uno y otro año.

 

¡Oh mil veces feliz ave y marino,

que cruzan sin temor esas montañas,

y más dichosa tú la que te bañas,

Cádiz, en ese golfo cristalino!

Allá te veo entre el flotante lino

salir, hermosa, honor de las Españas,

cual salen las palomas por el río

cuando a bañarse van en el estío.

 

Hija de las entrañas de Océano,

como sus conchas y sus peces eres,

y las que guardas célicas mujeres

son perlas escogidas por tu mano,

a bordo de tu buque soberano

Siempre embarcados, tus felices seres,

Gozan en paz de la ilusión divina

De este viaje que jamás termina.

 

Cuando del muro los estrechos lazos

salta y el onda tu cabeza baña,

dicen que quiere con terrible saña

tragarte el mar en míseros pedazos,

pero es que te acaricia entre sus brazos

como a sus tiernos hijos la alimaña,

y cuando más parece que te abruma

te da la leche de su blanca espuma.

 

¡Ciudad de torres solitaria y bella!

todo es hermoso en tu recinto amigo;

el pobre halla limosna y halla abrigo,

y aun da a otros pobres el sobrante de ella.

Cuando me lleve mi contraria estrella

lejos de ti; me soñaré contigo…

si es que duerme bastante para el sueño

quien nada espera dulce ni risueño.

 

¡Ah, sí! me queda la ilusión divina

de este mar tan inmenso y tan profundo,

donde ha de hallar, al fin, descanso el mundo

cuando lo quiera Dios. Alma vecina

del mar, mejor comprende y adivina

lo que es Dios, lo que el pueblo moribundo,

que encerrado se agita y despedaza

ser contra ser y raza contra raza.

 

Ya le voy a dejar, nada en la vida

sino el dolor profundo es duradero,

y por lo mismo que mirarlo quiero,

tengo que darle ya mi despedida;

todo placer va siempre de partida

muy pronto por la vida, muy ligero,

y basta que la mar mi encanto sea

para que nunca más su encanto vea.

 

¡Adiós, amigos!… ¡tierra hospitalaria!…

Las lagrimas más dulces que he vertido

¡oh Cádiz, Cádiz! en tu seno han sido;

y si en medio del agua solitaria

ves en el barco un rostro, que afligido

te mira, yo seré que entre la varia

gente y la nube del vapor que humea

«¡Adiós, adiós, diré mientras te vea!»

 

A Cesarina

¡Que teniendo, Cesarina,

en tu hermosísimo rostro

ojos tan claros y bellos

me mires con malos ojos!

¡Que siendo risueño y blando

tu semblante para todos,

doncella, para mí sólo

haya de ser duro y hosco!…

—¿Celos de mí? ¡Virgen Santa!

¿Pues qué amador hay tan loco

que dude que con tu busto

competir no puede otro?

Bajo melena dorada,

sobre cuello delicioso,

con su cutis de azucena,

con su matiz de pimpollo

¿cómo hallar teme rivales

entre mujeres tu rostro

si juzgo que entre los ángeles

no los hallará tampoco?

¿No es por mi faz?… ¿por mi lira?

¡Oh demencia! ¿Te da enojos

un pedazo de madera

con unos bordones toscos

donde canto unos romances

que desoye el mundo todo,

porque una mitad no atiende

y la otra mitad es sordo?

¡Cómo el amor enajena!

¡Cómo los celos son topos

cuando ignoras que esa lira

vale entre los hombres poco!

Siquiera fuese mi canto

dulce, apacible, sonoro;

siquiera tierno y vibrante

alzara sublime tono,

entre escuchar sus conciertos

y mirar tus lindos ojos

no vacilara, alma mía,

el galancete más docto.

Brillante luz es el genio

mas si no tiene un contorno

lucido el fanal que encierra

ese vivo meteoro,

Cesarina, de sus rayos

teme las heridas poco

que aman los hombres al genio…

si el genio tiene tu rostro.

 

A Cuba

Cuando los recios vientos se embravecen,

cuando mugen los mares irritados,

cuando estallan con furia los nublados,

cuando las olas borrascosas crecen,

cuando los buques míseros perecen

por las revueltas ondas anegados,

cuando la Europa envuelta en la tormenta

traba en la oscuridad lucha sangrienta;

 

Barca dichosa en medio del Océano,

tú sola vas del huracán segura:

Francia se anega, y en la noche oscura

el rayo incendia el pabellón romano;

y oyes los gritos del naufragio humano,

y te duele tal vez su desventura,

¡ay! cuando ves de las antiguas zonas

por la espuma del mar flotar coronas.

 

Y ves como cadáveres perdidos

al agua nuestros pueblos arrojados,

y ves como timones destrozados

los cetros a las playas sacudidos;

y a los que, aún viven, en el mar hundidos,

por los marinos monstruos devorados,

y como barco que encalló en la arena

a España inmóvil junto al mar que truena.

 

Y te contemplas tú, y en el espejo

de tus serenos mares retratada,

de la luz juvenil por el reflejo

ves tu belleza pura, inmaculada:

y de la Europa con el rostro viejo

a la fealdad rugosa comparada,

entre perlas tu hermoso cuello engríes,

y de lástima acaso te sonríes.

 

¡Oh ¡cuánta es tu beldad, cuál tu riqueza!

¡oh! ¡cuánto es tu esplendor, hija de España!

por eso están los buzos de Bretaña

asomando a tus golfos la cabeza…

Mas no serán ¡oh perla! tu belleza

y tu valor de su codicia extraña;

pues antes que cedérsela al britano

nos tragará contigo el Océano.

 

Dicen que tienen sobre tres castillos,

de los mares enmedio levantados,

a los reinos del mundo aprisionados

del oro del Perú con los anillos;

y que van a engarzar nuevos zarcillos

a la reina feliz de sus estados,

si la prenda mejor que la engalana

hurtan a la corona castellana.

 

¡Ah! bien los oigo por la noche oscura

cuando te entregas a tu sueño blando,

en la vecina costa murmurando

cantos de seducción a tu hermosura

«Despierta, dicen, reina sin ventura,

esclava del poder de San Fernando,

que ya de libertad llegó la hora

y ya puedes reinar, ya eres señora.

 

»Si hubieron cetro tus antiguos reyes,

¿por qué el yugo sufrir de la extranjera?

Si tú le puedes dar al mundo leyes,

¿por qué no alzar tu nacional bandera?

¿Serán tus hijos como pobres bueyes,

cuyo trabajo a la comarca ibera

dará las mieses de tu campo ameno,

mientras ellos no más pacen el heno?»…

 

Pero adormida tú, nunca a su canto,

inocente beldad, prestes oído;

¡ay de tu corazón si seducido

pierde la dicha de candor tan santo!

¡ay si de España el amoroso manto

donde por tantos años has dormido,

loca rasgando tras la voz que miente

te, osaras aclamar independiente!

 

Pobre beldad, despojo del pirata,

ese mismo cantor que te enamora

te forjará en su harem, altiva mora,

recias cadenas con tu misma plata;

y ese brillante espejo que retrata

tus fiestas y tus náyades ahora,

por sus navales guerras empeñado

reflejará tu rostro ensangrentado.

 

¿No eres libre y feliz? ¿No estás contenta

mientras nosotros sin cesar lloramos?

Mientras nosotros viejos peleamos

¿no estás joven, tranquila y opulenta?

¿No nos ves en la noche turbulenta

que en las rocas del mar nos estrellamos,

que vamos a morir ya sin consuelo

mientras serena tú cruzas el cielo?

 

¿No ves nuestros monarcas fugitivos?

¿No ves nuestros pontífices huyendo?

¿No ves a Europa, cuya hoguera ardiendo,

se sustenta con carne de los vivos?

¿Serán nuestros dolores incentivos

que te harán suspirar por el estruendo

y del infierno con que Europa lidia

América, gran Dios, tendrás envidia?

 

Cuentan los sabios que en la noche vienen

espíritus lanzados del profundo,

que la ruina del antiguo mundo

con acentos fatídicos previenen…

y que, será verdad… y que, ellos tienen

miedo del pueblo loco y moribundo,

que entre las ansias ya de la agonía

llama a la libertad con voz tardía…

 

Y que a su triste voz vendrán las fieras

de esas comarcas tras la muerta gente

a hundir en sus cadáveres el diente

hozando entre su sangre sus banderas;

y que allá en las edades venideras

irán los peregrinos de Occidente

enseñando al francés en su ignorancia

a qué desierto se llamaba Francia.

 

Y a contar al inglés, que oyendo atento

de su patria estará las aventuras,

en qué vasto erial, en qué llanuras

la populosa Londres tuvo asiento:

cómo en chozas buscaron aposento

los hombres que habitaban las alturas,

y cómo sus magníficos vapores

se tornaron en barcos pescadores.

 

Y que, así como queda por los huertos

si la sacude lluvia anticipada,

no madura la fruta abandonada,

España quedará por los desiertos…

¡España con la sangre de sus muertos

hijos queridos, sin sazón regada,

que sacudida al golpe de la guerra

sin madurar se pudrirá en la tierra!…

 

Mas, que primero aquellos que con vida

queden en los desiertos europeos

recogiendo sus libros y trofeos

irán a tu ciudad esclarecida;

y que en vez de la historia entretenida

que nos enseñan hoy de los hebreos

la nuestra en este libro han de enseñarte

«Vida de Hernán Cortés y Bonaparte».

 

Por eso aguardas tú como heredera

a que exhalemos el postrer aliento,

y ves rodar al pie de tu palmera

nuestras hojas de acacia por el viento:

porque has de trasplantar en tu pradera

a este mundo arrancado de cimiento,

para que en ese suelo más fecundo

broten las flores del antiguo mundo.

 

Por eso alhajas tu preciosa villa

para hospedar a nuestras pobres gentes,

por eso a tus hermanos de Castilla

les preparas caminos relucientes;

por eso a tus mares a la orilla

guardas entre tus palmas reverentes

¡isla de salvación del pueblo ibero!

las reliquias del náufrago primero.

 

¡Cortés, Cortés! que le legó su gloria,

Cortés que prefirió tu cementerio,

la existencia en el mundo transitoria

temiendo sabio del anciano imperio,

la tumba de Cortés en tu hemisferio

de nuestra santa unión es la memoria;

¡sus huesos son de nuestra fe la prenda!

¡maldito el indio que sus huesos venda!

 

A dónde estáis, consuelos de mi alma

¿A dónde estáis, consuelos de mi alma,

cantoras de esta edad, hermanas mías,

que os escucho sonar y nunca os veo,

que os llamo y no atendéis mi voz amiga?

¿A dónde estáis, risueñas y lozanas

juveniles imágenes queridas?…

Yo quiero veros, mi tristeza acrece

la soledad mi padecer irrita;

a darme aliento a mitigar mi pena

venid, cantoras, con las sacras liras.

He visto alguna vez que al cuerpo herido

flores que sanan con su jugo aplican,

de mi espíritu triste a la dolencia

yo le aplicara la amistad que alivia.

Flores, que la salud de pobre enferma

pudierais reanimar con vuestra vista,

¿por qué estáis de la tierra en el espacio,

colocadas tan lejos de mi vida?…

Ése es, cantoras, de infortunio el colmo,

ésa en el mundo la mayor desdicha;

sufrir el mal, adivinar remedio

y no lograrlo cuando el bien nos brinda.—

No he de lograrlo sola y olvidada,

como el espino en la ribera umbría,

de mi cariño las lozanas flores

lejos de la amistad caerán marchitas.

Nunca os veré; mi estrella indiferente

no marca en mi vivir grandes desdichas,

pero tampoco ¡ay Dios! grandes placeres,

tampoco venturosas alegrías.

¿Qué valen las desgracias si a sus horas

de tormentoso afán sigue la dicha?

Es menos bella la existencia, hermanas,

pálida, melancólica, indecisa;

que no tenga un azar de los que rinden

ni una felicidad de las que animan.

¡A Dios, auras de abril, rosas de mayo,

cantoras bellas de la patria mía!

Yo no puedo estrecharos en mis brazos,

yo no puedo besar vuestras mejillas;

pero al ardiente sol mando un suspiro

y a la luna, al lucero y a la brisa

para que allá, donde en la tierra os hallen,

lo lleven en sus alas fugitivas.

¿Qué dais, hermanas, de mi amor en pago?

Dadme canciones tiernas y sencillas

reflejo puro de las almas vuestras,

consuelo activo de las ansias mías;

y así podré exclamar «¡nunca las veo,

sin verlas moriré, mas logro oírlas!»

 

¿A dónde vas ¡oh rey! con tus pesares?…

¿A dónde vas ¡oh rey! con tus pesares?

¿No sabes que en los mares

aun la roca inmortal de Santa Elena

te brinda con su asilo?

¿que allí lecho tranquilo

tienes guardado en la caliente arena?

 

Aun hallarás la arena removida

con la huella atrevida

de otro Napoleón, que destronado

fue también a esa tierra;

aun su lauro de guerra

los trópicos allí no han marchitado.

 

Tú no fuiste a insultar con tus trofeos

los muertos Ptolomeos,

ni entre el eco marcial de los cañones

ligero cabalgando,

cadáveres hollando,

has llevado el terror a las naciones.

 

Mas tú, sin esgrimir hierro iracundo,

dabas leyes al mundo,

y a una mirada sola que lanzaban

tus ojos indignados,

los tercios espantados

el acero a tus plantas humillaban.

 

Y ¿piensas tú que el mundo te perdona

que unas genio y corona

y gobernando sin temor ni traba,

des a tu antojo, leyes

y domines los reyes,

y a Europa tengas de tu mente esclava?

 

…Ve, rey, a descansar. Londres te espera

como una hambrienta fiera

para tragar de Francia los despojos;

ella que hundió en la tierra

vuestro genio de guerra,

también a ti te cerrará los ojos.

 

Rivales en lo eterno ambas naciones

con dos Napoleones,

de la guerra y la paz a ti te halaga

¡oh Francia! la fortuna;

mas ¡ay! tú eres su cuna

e Inglaterra es la tumba que los traga.

 

A Elisa

En buen hora llegaste, compañera,

la desdeñosa irónica sonrisa

que tan amarga para el alma era

cesa ya de afligir a la poetisa;

rompimos el concierto muy aprisa

sin aguardar compás en nuestra era

y las damas cerraron los oídos

y el sexo fuerte prorrumpió en silbidos.

 

«¡Extraño caso! ¡una mujer que canta!

Tan sólo oímos la mujer que llora».

Eso gritaron los que aplauden ora

con tanto bravo y con palmada tanta:

¡fuerza de la opinión cómo quebranta

la ley de muchos siglos triunfadora

y lo que ayer fue arroyo es hoy torrente

marchando de los tiempos la corriente!

 

No conquistó Pizarro el pueblo de oro

con más fatiga, con mayor quebranto

que de elevar al aire el pobre canto

la libertad nuestro sencillo coro;

sonó la voz pero sonó entre lloro,

porque al fin de las hembras es el llanto,

y cantar sin gemir, cantar placeres

es propio de varón, no de mujeres.

 

Porque lo sabes ¡ay! nuestra es la pena;

el mayor infortunio en las naciones

herencia de mujer, no de varones,

no podrán usurparnos la cadena;

ven conmigo a gemir en hora buena

y a defender, amiga, estos blasones

de tristeza y sentir y mala suerte

que no nos puede hurtar el sexo fuerte.

 

¿Cómo formar jamás esa armonía

de gracioso contraste, compañera,

si la mujer humilde no gimiera

mientras el hombre soberano ría?

Canta la vida triste, amiga mía,

que ellos deben cantar la placentera,

y pues que suyos son placer y risa

que le dejen el llanto a la poetisa.

 

No ha de mudar la ley volcar el trono

de las dolientes hembras el gemido,

ni el gobierno en los hombres repartido

ha de ceder el mundo en nuestro abono;

¡ni le plegue el Señor! en abandono

quede primero el sexo y confundido

que en la palestra pública lanzado

intrigante, ambicioso, arrebatado.

 

Para oprimir al pueblo el hombre hasta;

no los yerros del mundo acrecentemos,

no en la tribuna ni en la lid busquemos

renombre duro a nuestra blanda casta;

de la bandera nacional el asta

en los brazos endebles que tenemos

presto al suelo con nos diera y consigo

dejando el reino libre al enemigo.

 

¡Oh no! jamás. —En la modesta casa

por toda gloria nuestro canto alcemos

y del soberbio dueño conquistemos

el privilegio de llorar sin tasa;

que siempre habrá de ser la vena escasa

por mucho, compañera, que lloremos

para gemir del hombre el cruel dominio

sus ímpetus de sangre y de exterminio.

 

¡Ojalá cuando en guerra desastrada

se despedazan cual salvajes hienas,

pudieran estas lágrimas serenas

su mejilla bañar seca y tostada!

¡Ojalá cuando, en ley desesperada,

lanzan al reo bárbaras condenas

sobre el peligro al tender rasgo inhumano,

regarán estas lágrimas su mano.

 

Cuando nos oigan, cuando el loco orgullo

ceda del hombre en nuestro siglo ciego,

no estéril ha de ser el dulce riego

que hoy brota en melancólico murmullo;

nueva generación, ora en capullo,

crecerá, se alzará, brillará al fuego

del maternal amor; sol refulgente

que aun anublado está en la edad presente.

 

A Emilio dormido

¡Cuál brilla su alba frente

de angélica pureza!…

¡Cuál vierte su mejilla

el candor infantil!

 

Exhalan el aliento

sus labios bulliciosos

más dulce que las auras

del aromado abril.

 

Entre rosado velo

de púrpura y de flores

protege su descanso

el ángel de la paz.

 

Y vaga cariñoso

en torno de su cuna

y halaga blandamente

su adormecida faz.

 

Y coronó su lecho

de blancas azucenas,

y coronó su frente

de rosas y azahar.

 

Silencio… que no turbe

ninguna voz humana

su plácido sosiego,

su blando dormitar.

 

A España

¿Qué hace la negra esclava, canta o llora?

Tú, Europa, gran señora,

que a tu servicio espléndido la tienes,

responde, ¿llora, canta,

o dormida a tu planta

apoya ora en tus pies sus tristes sienes?

 

Yo que en su misma entraña me he nutrido

y en su pecho he bebido

su ardiente leche, con amor la adoro,

y por saber me afano

si al pie de su tirano

reposa, canta o se deshace en lloro.

 

Venga el pueblo que a madre tan querida

debe también la vida,

las nuevas a escuchar, que de su suerte

por caridad nos diga

la señora enemiga

de quien vive amarrada al yugo fuerte.

 

Oigan los hijos de la negra esclava

lo que orgullosa acaba

de transmitir su dueña a las naciones,

para que mofa sea

del mundo que la vea

sufriendo eternamente humillaciones.

 

Dice, que por nodriza solamente

al Norte y al Oriente

conducen a la madre, cuyo seno

a mucha boca hambrienta

sin cesar alimenta

con la abundancia que lo tiene lleno.

 

Y nos dice también que latigazos

la dan con duros brazos

los hijos de Bretaña y del Pirene,

después de haber sacado

al seno regalado

el jugo que los nutre y los sostiene.

 

Y se atreve a decir la fiera dueña

que en rendirla se empeña,

dejándola cansada, enferma y pobre,

para que no en la vida

emprendiendo la huida

su independencia y libertad recobre…

 

¿No tenemos un Cid? ¿No hay un Pelayo

que nos presten un rayo

de indignación, con que a librarla acuda

ese pueblo indolente,

esa cobarde gente,

egoísta, ambiciosa, sorda, muda?

 

¿Dónde está la bandera, caballeros,

que dos pueblos enteros

con su anchuroso pabellón cubría?

¿dónde los castellanos

en cuyas fuertes manos

la enseña nacional se sostenía?

 

Ya no hay bandera; el pabellón lucido

en trozos dividido

como harapos levanta nuestra gente

sin escudo y sin nombre,

sirviendo cada hombre

de caudillo y de tropa juntamente.

 

Cual árabes errantes, cada uno

sin domicilio alguno

vagan los desdichados en la tierra,

huyendo del vecino

que hallan en su camino

por no poder marchar juntos sin guerra.

 

Quién levanta su tienda de campaña

en un rincón de España

y por su rey a su persona elige,

y quién sobre la arena

traza, escribe y ordena

las leyes con que él sólo se dirige.

 

Y quién burlando al Dios de sus abuelos

nombra para los cielos

otro señor que nos gobierne el alma,

juzgando la criatura

que siendo el Dios su hechura

más fácilmente alcanzará la palma.

 

Patria, leyes y Dios, siervo y monarca

el español abarca

refundiendo sus varias existencias

en el cerebro loco

para quien juzga poco,

de esa inmensa reunión, cinco potencias.

 

¡Soberbia, necia vanidad mezquina

que a padecer destina

la soledad, el duelo, el abandono

a esa España afligida

que siempre desvalida

se ve juguete de extranjero encono!

 

Ha menester alzarse una cruzada,

ha menester la espada

blandir al aire la española tropa,

los reinos espantando

para salvar luchando

a ésa que gime esclava de la Europa.

 

Mas ¿dónde habéis de ir, tercios perdidos,

de nadie dirigidos,

marchando sin compás por senda oscura

con rumbo diferente,

a dónde, pobre gente,

a dónde habéis de ir a la ventura?

 

¿Resucitó Cortés, vive aún Pizarro,

o de encarnado barro

queréis poner vestido de amarillo

un busto en vuestro centro

por que al primer encuentro

vengan rodando huestes y caudillo?

 

Nunca se lanza el águila a la esfera

sin medir su carrera;

nunca el toro acosado en la llanura

rompe en empuje fiero

sin pararse primero

a reforzar su aliento y su bravura.

 

Unid el pabellón roto en pedazos,

enlazad vuestros brazos,

a un mismo campo el español acuda,

y al brindar la pelea

que un mismo nombre sea

el que invoquéis a un tiempo en vuestra ayuda.

 

Así de negra esclava que es ahora

será España señora,

por vosotros del yugo rescatada,

y al abrigo del trono

con soberano tono

de los pueblos servida y respetada.

 

Así ¡ay! de infeliz que hoy se presenta

será España opulenta,

por vosotros no más enriquecida,

bella y engalanada,

de laurel coronada,

respirando salud, contento y vida.

 

¡Veréis como ya entonces no la insultan

los que su diente ocultan

entre sus pechos, con hambrienta boca,

después de haber sacado,

su jugo regalado,

llamándola salvaje, necia y loca!

 

Veréis ¡oh! como entonces las banderas

de aquellas extranjeras

que la trataron con tan dura saña,

inclinando su frente,

con voz muy reverente

la dicen al pasar —«Salud, España»

 

A Herminia

¿No ves qué tierra, qué cielo,

uno azul, otra florida?

¿No ves qué estrellas, mi vida,

no ves qué luna, qué sol?

¿No ves qué hermoso es el suelo

donde Dios te ha confinado?

Es fecundo, es dilatado,

es soberbio, es…. ¡español!

 

Yo no vi de ese paisaje

sino el rincón por su extremo;

mas no hay duda que es supremo

cual su tinta su pincel;

pues, el lugar más salvaje

de nuestra bella comarca

forma, en los valles que abarca,

a España rico dosel.

 

Por cada grano de tierra

brota en ella una semilla;

no hay extranjera avecilla

que no nos la venga a hurtar:

los pueblos nos mueven guerra

por sólo pisar a España,

cual transeúnte cabaña

lamiendo el suelo al pasar.

 

Cuando sacuda tu mente

de la infancia los ensueños,

estos campos tan risueños

y riquísimos al ver;

¿por qué dirás esa gente,

que ha marchado a mi venida,

pasó la preciosa vida

en quejas de padecer?

 

¿Por qué las tiernas mujeres,

que a mi llegar se alejaron,

tantas lágrimas lloraron

vertidas del corazón?

Si tiene el mundo placeres

y la vida tal encanto,

¿por qué se ha dolido tanto

la muerta generación?

 

Prende fuego en la montaña

y devasta la pradera;

mas oye a la primavera,

la yerba vegeta más:

así en la guerra de España

que estos seres encendimos

de cenizas os servimos

a los que venís detrás.

 

¿Sabes tú para que puedas

alcanzar luz en tus días

qué de noches tan sombrías

estamos pasando aquí?

¡Tú que en el valle te quedas

cuando nosotras nos vamos

no sabes cómo le hallamos

al venir antes de ti!

 

De laureles, de riqueza

de altos honores cargados,

son, Herminia, desgraciados

los hombres de nuestra edad;

de brillantes, de belleza

y de amores circundadas

mujeres muy desdichadas

son las de esta sociedad.

 

Pero tú que has retardado

más que aquellos tu venida,

vas a encontrar en la vida

más placer, menos dolor;

pues que de España han cruzado

tantos otros el camino,

que sufre ya el peregrino

sus asperezas mejor.

 

Ya nuestro campo no vemos

salpicado y reteñido

con la sangre que ha vertido

la guerrera juventud;

y ya tranquilos podemos

elevar nuestras canciones,

sin que vengan los cañones

a atronar nuestro laúd.

 

Ni ya rechazan del coro

a las cantoras mujeres;

pues al fin que somos seres

de la especie racional,

en este siglo sonoro

los españoles declaran…

¡Qué indulgencia!… y nos preparan…

¡Qué dicha!… lauro inmortal.

 

Pero es tarde, Herminia mía,

tarde ya para esta gente,

que ha pasado tristemente

lo mejor de su vivir;

esa naciente alegría

que en nuestro pueblo resuena

no basta a calmar la pena

que venimos de sufrir.

 

De las pasadas tormentas

naves nosotras heridas,

vamos a quedar sumidas

presto en el revuelto mar;

pero tú, que apenas cuentas,

Herminia, trescientos soles,

a los puertos españoles

logras a tiempo arribar.

 

¡Quiera Dios que la bonanza

con que empieza tu fortuna

como te mima en la cuna

te mime en la juventud!

Cada niña una esperanza

de placer es para el mundo:

¡quiera Dios que tú fecundo

manantial seas de virtud!

 

Que los dulcísimos nombres

que te da el materno anhelo

de serafín y de cielo

vayan de tu vida en pos.

Que embelesados los hombres

al exclamar —«¡qué hermosura!»

añadan siempre:—«¡y qué pura!

¡Bendígate, Herminia, Dios!»

 

A Isabel la Católica

Si alcanzaran los ojos

a descubrir la inmensa pesadumbre

de los luceros rojos,

en la celeste cumbre

te hallaran con la santa muchedumbre.

 

En resplandor el oro

trocado de la espléndida corola,

que puso espanto al moro,

a los cielos, tú sola

prestas, más luz que el sol, con tu aureola.

 

¡Oh tierra gobernada

por tu cetro sagrado y victorioso

cual se miró encumbrada!

¡Oh pueblo venturoso,

oh trono de la Iberia glorioso!

 

Por ti aquel noble empeño

con fama coronó el pueblo cristiano;

por ti de la mar dueño

el genio soberano,

un nuevo mundo hallo en el Océano.

 

Mas eran a tu alma

dos mundos en la tierra espacio estrecho,

y una tercera palma

a conquistar derecho

tu espíritu se alzaba a mayor trecho.

 

Reina a la par y santa,

de majestad en majestad te alzaste,

y hasta do se levanta

el mismo sol llegaste,

y sobre los luceros te asentaste.

 

¡Oh sacra! ¡Oh gran matrona

de la cristiana grey! ¡Oh reina mía!

Sé tú de la corona

que sustentaste un día,

inexpugnable amparo y guarda pía.

 

Bendice tú, y alienta

la adorada, infantil, cabeza pura

que hoy tu diadema ostenta,

y bajo la ternura

de tu divino amor crezca segura.

 

A la amapola

Yo te vi, triste amapola,

de las flores retirada

mecer la roja corola

entre la espiga dorada.

 

Leve el cuello y hechicero

débilmente se agitaba;

y el cefirillo ligero

en tu seno revolaba.

 

Del fuego del sol bañada

la cabeza purpurina,

desmayaba sonrojada

sobre la planta vecina.

 

Y allí entre la rubia espiga

los pajarillos cantores

daban con su trova amiga

a tu belleza loores.

 

Yo te viera retirada

a la par del rudo espino,

guarneciendo descuidada

el apartado camino.

 

Al morir la última estrella

extiendes las puras alas;

y a la purpúrea centella

del sol renaciente igualas.

 

Mas ese tu empeño vano,

y temeraria osadía,

desde el trono soberano

castiga el señor del día.

 

Que su llama en Occidente

no adurmiera sosegada,

sin dejar tu roja frente

con sus rayos abrasada.

 

Y de la noche

la fresca brisa

marchita hallara

tu tierna faz.

 

¡Ay! que tu vida,

flor desdichada,

sólo un instante

brilla fugaz.

 

Y tu aureola

pura y luciente

desconocida

muere también.

 

Nace en la aurora,

y al alba nueva

frágil desnuda

tu débil sien.

 

A la comisión de monumentos históricos y artísticos de Badajoz

A vosotros que dais a lo pasado

un culto apasionado

arrancando; señores, del olvido

las gloriosas hazañas

del pueblo en sus campañas,

batiendo a los franceses atrevido,

 

A vosotros que un bello monumento

con generoso intento

alzáis sobre los campos de la Albuera,

para que no olvidada

tan famosa jornada

queda en la edad remota venidera,

 

A vosotros sus tímidos acentos

hoy por breves momentos

a dirigir se atreve mi poesía;

oídme atentamente,

que en mi entusiasmo ardiente

la disculpa hallaréis de mi osadía.

 

¡Oh sí! que al pronunciar el alto nombre

del más ilustre hombre

que ha visto el sol, mi corazón se inflama,

y juzgo que abrasado

su pueblo idolatrado

también se siente por la propia llama.

 

Os hablo de Cortés en alabanza,

aunque el numen no alcanza

al remontarse al cerco de su luna:

pues llena de sonrojos

con el llanto en los ojos

he visto al pueblo donde fue su cuna.

 

Y ¡oh vergüenza! ¡vergüenza! allí olvidada

y a su primera morada

asilo de las pobres golondrinas,

sin un solo letrero

este otoño primero

va a desplomarse en míseras ruinas,

 

Y ¿qué nos quedará de tanta gloria

si esa débil memoria

furioso el aquilón nos arrebata?

¿Qué de tantos honores

como nos dio, señores,

en cambio le dará su tierra ingrata?

 

¿No tendrá entre sus mármoles Castilla

una piedra sencilla

donde su ilustre nombre coloquemos?

Con nuestras propias manos

guerreros y artesanos

y… hasta las damas a grabarlo iremos.

 

Más trabajo, más pena, más fatiga

en la tierra enemiga

pasó el gran capitán por darle sólo

a su patria grandeza

por hacer que en riqueza

fuera el reino mayor de polo a polo.

 

Por él fue nuestra patria rica y fuerte

por él con tanta suerte

el soberbio cristal del Océano,

surgieron cien navíos,

transportando carguíos

del inmenso tesoro americano.

 

Ved hoy esas magníficas ciudades

que fueron soledades

tristes ayer alzarse florecientes,

fundadas por su mano,

llevando el nombre hispano

en su poder, en esplendor crecientes.

 

Él hizo interminable nuestra tierra

con la perpetua guerra,

asolación del pueblo mejicano,

y por él solamente

flota entre aquella gente

la santa insignia del pendón cristiano.

 

Y ¿se dirá que ingratos y egoístas

sus valientes conquistas

nosotros españoles desdeñamos?

¿Que un puñado de cobre

por una piedra pobre

con voluntad siquiera no le damos?

 

En tanto que su nombre no ensalcemos

y en Medellín alcemos

un monumento a los brillantes soles

de su gloriosa guerra,

las gentes de esta tierra

¡¡no somos ni extremeños ni españoles!!

 

A la invención del globo

Águila altiva, que la nube asaltas

y en la cumbre a mirar al sol te atreves;

águila rauda, que los mares saltas

cuando las alas anchurosas mueves;

águila audaz, que en las regiones altas

la hiriente lumbre de los astros bebes;

águila reina, ya tiene el espacio

rival que te dispute tu palacio.

 

Si hallaras por acaso en tu elemento

veloz cruzando por las propias vías

al hombre que se eleva al firmamento

«vive Dios, al pasar, le gritarías,

que ni libres están, genio avariento,

de tus asaltos las regiones mías;

venció tu brazo cuanto halló en la tierra

¿y ora viene a mover al cielo guerra?»

 

Sí, sí, corcel para correr el suelo,

ligero pez para salvar los mares,

es águila atrevida para el cielo

el libre ser que en tu camino hallares;

déjale remontar contigo el vuelo

que de estrellas tal vez nuevos millares

cuando más huya la terrestre esfera

va a descubrir en su feliz carrera.

 

¿Qué vales tú si allá de las alturas

las bellezas que alcanzas no nos cuentas?

¿Qué importa cuanto ves en las anchuras

que mides con tus alas turbulentas

si nuevas no nos das a las criaturas

que estamos de saber aquí sedientas,

si un himno a la creación por obra tanta

jamás tu pico inexpresivo canta?

 

Mas aquel otro ser que el éter hiende

sube ya a comprender tanta belleza,

y del nuevo prodigio que sorprende

bajará a relatarnos la grandeza;

ya por cima del mundo se suspende

a contemplar la gran naturaleza,

y si le place el mar, su vuelo ataja

y como el ave acuática al mar baja.

 

Y cual vapor del mar se eleva luego

y con las nubes por los aires gira,

del encendido Can resiste el fuego,

del furioso aquilón sufre la ira;

sus fuertes alas en su presto juego

salvan al hombre que asombrado mira

allá por bajo de sus pies tendido

el monstruo enorme de quien es nacido.

 

Como naturalista observa atento

de ignorado reptil la forma extraña;

el hombre aquel verá, pegado al viento,

como es la tierra que el Océano baña;

del polo ignoto, de viviente exento,

escrutará, tal vez, la oculta entraña,

y tal verdad puede alcanzar su idea

que la ciencia de ayer fábula sea…

 

¡Tanto saber…! ¿si escalará tu estancia

esta turba, Señor, de inquieta gente?

¿No pusiste, gran Dios, harta distancia

entre tu solio y nuestro genio ardiente?

No lograremos ¡ay!, por mi constancia

el triunfo de encontrarte frente a frente,

mas libres ya sobre los aires vamos;

¡Gloria porque a tu sol nos acercamos!

 

A la juventud española del siglo XIX

¡Salud prole gallarda!, salud hijos

en quienes tiene fijos

sus ojos la nación que en vos confía;

las madres orgullosas

sus frases cariñosas

que os trove ordenan en el arpa mía.

 

«Doncella, -me dijeron-; tú que sabes

de las voces suaves

el sonoro compás, blanda caída;

escoge las más bellas

y fórmanos con ellas

una dulce canción, tierna y florida;

 

»Hoy regalar queremos los oídos

de los hijos queridos

que alfombran nuestro suelo de laureles».

Yo respondí: «Matronas,

tejed vos las coronas

y yo las llevaré a vuestros donceles».

 

¿Por qué de aquellas madres la dulzura

y amorosa ternura

de los acentos que por vos elevan,

con la misma armonía

de su ardiente poesía

mis vagos tonos, juventud, no os llevan?

 

Cantan y lloran, ríen y deliran,

cuando pasar os miran,

sabios mancebos, en lucida tropa;

y ¿no es su orgullo justo?

¿de España el nombre augusto

no defendéis vosotros ante Europa?

 

¿Quiénes, sino vosotros, han sacado

al pueblo extraviado

en la ignorancia estúpida, al camino?

¿a quiénes hoy debemos

lo que el siglo sabemos

sino al ingenio vuestro peregrino?

 

Esa ruda corteza que tenía

nunca arrancar podía

de los viejos el pueblo moribundo;

no en sus hombros inertes

en los del mozo, fuertes

un paso más logra avanzar el mundo.

 

¿No podrá del saber la rica vena

bajo negra melena

juvenil palpitar, que necesita

que las frentes lozanas

se coronen de canas

para ostentarla en la vejez marchita?

 

¡Si puede, responded, turba gloriosa

a la voz envidiosa

que en el antiguo pueblo se levanta

en boca del que espera

tener en su carrera

al genio que a su ciencia se adelanta.

 

Dejad al cuervo atrás cansado y ronco

graznar sobre ese tronco

por antiguo en el bosque mutilado,

y, garzas placenteras,

volad siempre ligeras

hacia el árbol que veis recién brotado.

 

Puedan sus altas ramas algún día,

con verle lozanía

dar sombra a multitud de vuestros nidos

que en sus hojas colgados

los hijos regalados

os guarden de los vientos defendidos.

 

Flores, aromas, frutos, hermosura,

pompa, galas, frescura

el árbol fecundísimo esparciendo,

¡cuán abundante y puro

para el siglo futuro

su frondoso ramaje está nutriendo!

 

Hasta el pastor en su gentil corteza

podrá grabar «riqueza»,

hasta las hembras «libertad, ventura»,

hasta los bardos «gloria»,

y hasta «paz», por memoria,

el guerrero esculpir con su armadura.

 

Para nosotros ¡ay! no bien brotados

sus ramos deseados,

ni sombra prestan, ni nos dan verdores;

y en su blanda corteza

hoy grabamos, «pobreza,

infortunio, baldón, llanto y dolores».

 

¿No asoma la tristeza a nuestra frente

al ver que solamente

en la vana ilusión de la poesía

tenemos los primores

de esos frutos y flores,

galas, aromas, pompa y lozanía?

 

¿No sentís vuestra sangre, hijos de España,

hervir con fuerza extraña,

correr desesperada por las venas

al mirar que logramos

en vez de lo que ansiamos

miseria, oscuridad, guerra y cadenas…?

 

En vosotros no más, gallardos hijos,

tiene sus ojos fijos

la española nación, que en vos confía;

las madres orgullosas

en frases cariñosas

ruegos os mandan por la trova mía.

 

Yo quisiera saber, como las aves,

de las voces suaves

el sonoro compás, blanda caída,

para daros con ellas

unas canciones bellas

dignas de vuestra mente esclarecida.

 

Pero está en cabeza el pensamiento

falto de atrevimiento

y en los labios la voz de la poetisa,

de la propia manera

que en la nación ibera

la nueva sociedad, torpe, indecisa.

 

A la mariposa

Bien hayan, mariposa,

las bellas alas como el aire leves,

que inquieta y vagarosa

entre las flores mueves,

ostentando tu púrpura preciosa.

 

De blanda primavera

bien haya la callada y fiel vecina,

la dulce compañera

del alba cristalina,

perdida entre la flor de la pradera.

 

Ligera y afanosa

el prado mide tu inseguro vuelo,

ya huyendo temblorosa,

ya con ansioso anhelo

en las flores vagando codiciosa.

 

Bien haya el purpurino,

el vaporoso polvo de tus alas,

que al aire de continuo

puro y luciente exhalas

al abrirte en sus ámbitos camino.

 

¡Ay! goza, mariposa,

la pasajera vida de dulzura,

que vuela presurosa:

goza allá tu ventura,

revolando en la siesta silenciosa.

 

Apura de las flores

el empapado cáliz que te ofrecen,

y apura tus amores;

que ya en la noche acrecen

del otoño los vientos destructores.

 

Y eres frágil y bella,

y tu belleza el cierzo descolora.

Si sañudo atropella

tu gala seductora,

ni aun de tu forma quedará la huella.

 

A la mujer más fea de España

Venid, señora, a escuchar

la unánime votación

que España acaba de dar:

venid; que os va a coronar

FEA por aclamación.

 

Monstruos mil se presentaron;

mas con voz solemne y clara

los tribunales fallaron,

que otra cara no encontraron

semejante a vuestra cara.

 

Cual vuestra cara no hay dos:

hay de feas copia extraña,

muchas feas ¡vive Dios!

pero sin disputa vos

sois la más fea de España.

 

Os dieron la primacía:

señora, ¡cuánto me alegro!

mas, ¡cielos! ¿quién la osadía

de mostrar, cual vos, tendría

ojo azul en campo negro?

 

¿Quién, no siendo, cual vos, loca

mostrara a la humanidad

boca igual a vuestra boca,

aunque tuviese muy poca

vergonzosa vanidad?

 

La fealdad tiene pudor;

y yo en el caso presente

(os lo digo sin rencor)

por modestia, por rubor

me escondiera de la gente.

 

¡Ay! ¡cuánto hacéis padecer,

mostrando vuestra cabeza

al que procura creer

en la belleza del ser,

en su bondad y pureza!

 

Sois una horrible creación;

porque aun hay cosa más rara

en esa organización:

que tenéis el corazón

mucho peor que la cara.

 

Todos vuestros pensamientos

son torpes y maldicientes:

aborrecéis los talentos,

las virtudes eminentes

y los nobles sentimientos.

 

No hay honra libre e vos,

aunque bendita se acoja

al manto del mismo Dios;

porque en medio de los dos

vuestra calumnia se arroja.

 

¡Ay! ¿por qué si de la huesa,

mala anciana, a un paso estás,

no dejas la humana presa?

¿Por qué en la fama ilesa

te irritas y ensañas más?

 

Déjame con mi poesía

pasar la vida inocente,

si no quieres que algún día

tu horrorosa biografía

a las criaturas presente.

 

Aunque no sé si te diga

que es mi más gloriosa hazaña

el que me odie y persiga

como mortal enemiga,

la mujer más fea de España.

 

A la palma

Alza gallarda tu elevada frente,

hija del suelo ardiente,

y al recio soplo de aquilón mecida,

de mil hojas dorada,

de majestad ornada,

descuella ufana sobre el tallo erguida;

 

Y arrojando tu sombra allá a lo lejos,

del sol a los reflejos,

al árabe sediento y fatigado,

desdeñosa levanta

tu bendecida planta

en el desierto triste y abrasado.

 

Allí horroroso el simoon se ofrece,

y tu cima enrojece.

Vertiendo lumbre que la tierra inflama;

y aparece sangriento

el sol desde su asiento

lanzando ardiente destructora llama.

 

Y tú, entre nubes de encendida arena

majestosa y serena,

o ya del recio vendaval batida,

elevas tu cimera,

orgullosa palmera,

contando siglos de gloriosa vida.

 

No las tranquilas aguas dulcemente

arrastran su corriente

bajo el dorado pabellón que ostentas;

que, siempre en el estío,

sin fresco ni rocío,

sólo de arena y fuego te alimentas.

 

Tú, virgen sacrosanta y peregrina,

de las nubes vecina,

tú su signo le das a la victoria,

y corona esplendente

de tus hojas luciente

al héroe ciñes de radiante gloria;

 

La corona inmortal, que ciñe el hombre

con glorioso renombre

en derredor de la altanera frente,

porque en gigante vuelo

arrebatado al cielo

bebió en la sacra inspiradora fuente.

 

La corona inmortal, prenda sagrada

del imbécil hollada,

orgullo y ambición del alma inquieta;

escondido tesoro,

brillante más que el oro,

gloria, entusiasmo y vida del poeta.

 

¿Qué vale de los reyes la diadema

ante el místico emblema

de la noble ambición, genio y poesía?

si una hoja solamente

ciñera yo a mi frente

que acallara el afán del alma mía;

 

Si al entusiasmo que mi mente inspira

alcanzara mi lira

un triunfo de la gloria seductora,

¡Oh palma! hasta las nubes,

más allá do tú subes,

se elevara la voz de tu cantora.

 

Allí en el trono que el Señor levanta

te viera yo a mi planta;

y de mis sienes deslumbrando el brillo,

contemplara las hojas

que ora te visten rojas,

teñidas débilmente de amarillo.

 

¡Delirio nada más! Nunca gloriosa

guirnalda esplendorosa

alegrará mis sienes lisonjera,

ni tampoco mi acento

perdido por el viento

podrá elevarse a la celeste esfera.

 

Guarda tus ramos para el vate augusto

premio a su lira justo,

o a ceremonias santas consagrados,

entre el canto sonoro

de religioso coro,

en el altar del templo colocados.

 

Guarda tus ramos, virgen soberana,

bella y noble africana,

formando airosos tu lucido manto;

y el ave pasajera

besando tu cimera

te deje un eco de su dulce canto.

 

Alza gallarda tu cabeza al viento

en blando movimiento,

la corona agitando mal prendida;

y despreciando el brío

del huracán bravío,

descuella ufana sobre el tronco erguida.

 

A la señorita de armiño

¿También, nueva cantora,

el arpa juvenil cubres de luto?

¿Tú desconsoladora

a la musa, que llora,

rindes también tributo

de secas flores y de amargo fruto?

 

¡Suave luz del oriente!

¿Por qué entre nubes escondida tanto

muestras la faz riente?

¡Ángel mío inocente!

¿Por qué entre amargo llanto

ensayas siempre tu sonoro canto?

 

¡Gemidos solamente!

¿Acrecentar la pena y el desvelo

de la turba doliente?…

No ha menester la gente

más triste en su duelo—

sóbrale el lloro; fáltale el consuelo.

 

Sin fe, desesperado,

al pie de sus altares derruidos,

ya de luchar cansado

al pueblo infortunado

lleva en tiernos sonidos

aliento y esperanza, no gemidos.

 

Tal queda en el sendero

el labrador postrado de fatiga

mas oye pasajero

el canto placentero

de la calandria amiga,

y el placer el cansancio le mitiga.

 

¡Viuda de los amores!

Cambia en tu sien las tocas enlutadas

por guirnaldas de flores:

que a templar los dolores

de las más desdichadas

están las almas puras consagradas.

 

En el monte bravío

nace la flor; en la salvaje sierra

brota el sereno río

sobre el campo sombrío,

que ensangrentó la guerra,

alcemos nuestro canto en nuestra tierra.

 

Mas siempre, compañera,

unidas nuestras voces alzaremos,

y la hoja primera

de palma lisonjera

que entrambas alcancemos,

como hermanas las dos la partiremos.

 

A la siempreviva

Cuando el alma primavera

con sus joyas peregrinas

engalana la pradera,

los valles y las colinas;

 

Y las hojas entreabriendo

leve aroma exhala apenas

la rosa, y van descubriendo

su cáliz las azucenas;

 

Y su capullo amarillo

de pura esencia desplega

el delicado junquillo

en la espalda de la vega;

 

Cuando la plácida aurora

el garzo cuello levanta,

y el tulipán cimbradora

descubre la tierna planta;

 

Una flor nace entre aquellas

émula de las estrellas

en el rubio tornasol,

y que brilla como ellas

a los reflejos del sol.

 

En el ramo suspendida

menuda, bella, encendida,

es el alma de las flores,

porque es eterna su vida,

y eternos son sus colores.

 

Allá entre las orlas crece

de su fresca vestidura.

Cuando el alba resplandece,

chispa de fuego parece

sobre la verde llanura.

 

Tú, belleza marchitable,

de los campos maravilla,

prodigiosa flor, que luces

siempre joven, siempre viva,

 

De otras bellas los encantos

son tal vez demás valía

que tu capullo inodoro

y tu corona pajiza.

 

Tú las ves cuando el abril

sus tibias auras expira,

en desplegados pimpollos

vertiendo frescura y vida,

 

Tú la ves bajo las copas

que los árboles agitan,

embriagando las abejas

y perfumando las brisas

 

Pero también deshojadas,

marchitas y destrozadas

entre el polvo en la ribera

tú las verás sepultadas

al morir la primavera.

 

Y pasarán los primores

del risueño abril lozano;

y pasarán los ardores,

las tormentas del verano,

y del otoño las flores;

 

Y cuando ya el campo yerto

con la tierra haya cubierto

tanta beldad fugitiva,

aún habrá en aquel desierto

una flor, la siempreviva.

 

A la soledad

Al fin hallo en tu calma

si no el que ya perdí contento mío,

si no entero del alma

el noble señorío,

blando reposo a mi penar tardío.

 

Al fin en tu sosiego,

amiga soledad, tan suspirado,

el encendido fuego

de un pecho enamorado

resplandece más dulce y más templado.

 

Y al fin si con mi llanto

quiero aplacar ¡ay triste! los enojos

del íntimo quebranto,

no me dará sonrojos

el continuo mirar de tantos ojos.

 

Danme, sí, tierno alivio

la soledad del campo y su belleza,

y va el dolor más tibio

su ardiente fortaleza

convirtiendo en pacífica tristeza.

 

Plácenme los colores

que al bosque dan las luces matutinas:

alégranme las flores,

las risueñas colinas

y las fuentes que bullen cristalinas.

 

Y pláceme del monte

la grave majestad que en las llanadas

como pardo horizonte

de nubes agolpadas,

deja ver sus encinas agrupadas.

 

Allí con triste ruido

de las sonoras tórtolas, en tanto

que posan en el nido

bajo calado manto,

de una a otra encina se responde el canto.—

 

—Tal vez mis pasos guío

por los sombrosos valles, escuchando

al caminante río,

que con acento blando

se va por los juncares lamentando.

 

Ya entonces descendiendo

de su altura va el sol, cansada y fría

claridad esparciendo,

y a poco entre armonía

cierra sus ojos el señor del día.

 

Y los míos acaso

alguna vez, del sueño sorprendidos,

dejaron que en su ocaso

pararan confundidos

afanes del espíritu y sentidos.

 

Si sola y retirada,

aún me entristece más noche sombría,

la luna con rosada

faz, por oculta vía

sale a hacerme amorosa compañía.

 

Y al fin hallo en tu calma,

¡Oh soledad! si no el contento mío,

si no entero del alma

el dulce señorío,

blando reposo a mi penar tardío.

 

A Larra

¿Qué voz, pobre Mariano,

de mofa, de sarcasmo, de amargura,

al que le ofrezco humano

recuerdo de ternura,

darás riendo en tu morada oscura?

 

Si la mujer que llora

fue blanco del rigor de tu garganta,

¿qué pensarás ahora

de la mujer que canta?

¡ay! ¿qué dijeras de la nueva planta?

 

Al ver a la poetisa

tú contemplaras su cabeza atento,

y entre cruel sonrisa

prorrumpiera tu acento:

«Aquí yacen el juicio y el talento».

 

Porque estás muerto canto:

vivo, Mariano, de tu pluma el vuelo

diérame tal espanto,

que no osara del suelo

mi lira levantarse de recelo.

 

¿Qué digo? En este instante

juzgo escuchar desde el profundo hueco

tu voz agria y punzante,

que aun en tu labio seco

para rasgar las almas tiene un eco.

 

«—Mujer ¿a qué has venido?

Al romántico yugo sujetada.

¿Ensayas tu gemido

en mi tumba olvidada

por ser luego del mundo celebrada?

 

»El nombre de Mariano

¿es que presta sonoro consonante

a tu numen profano,

o vienes insultante

a escarnecer aun mi sombra errante?»

 

—¡Ateo desgraciado!

¡Víbora de las bellas ilusiones!

¡Genio desesperado!

¡Que al mundo no perdones

ni aun las que eleva a ti santas canciones!

 

Vengo piadosa y triste

no a escarnecer tu nombre, respetado

aun luego que moriste

vengo, escritor amado,

el libro a agradecer que nos has dado.

 

Si fue como tu vida

horrible tu morir, de Dios es cuenta,

tu historia dolorida

dos páginas presenta,

una que el mundo aplauda, otra que sienta.

 

Lástima para el hombre,

corona para el genio esclarecido,

yo al invocar tu nombre

al criminal olvido

para cantar al escritor querido.

 

Mira si el mundo es bueno,

que en tu risueña pluma a las criaturas

nos da hiel y veneno,

y nuestras bocas puras

gracias te dan por tales amarguras.

 

La risa convulsiva

en que a tu hablar rompemos, nos quebranta,

¡oh guadaña festiva!

y en pago a pena tanta

mira si el mundo es bueno, que aún te canta.

 

Pero de nuevo suena

a interrumpir mi voz tu voz burlona.

«Engañosa sirena,

guárdate esa corona

que ofrece el mundo necio a mi persona.

 

»Sírvate de prendido,

que más le cuadra a tu cabeza lisa

que a mi cráneo partido,

coronas que mi risa

excitan como tú, ¡¡vana poetisa!!»

 

—¡Oh! basta, adiós, poeta,

pues desdeñas mi ofrenda de armonía;

hasta en la tumba quieta

tu genio desconfía,

¡hielas la pobre flor de mi poesía!

 

¡Que en los ángeles crea

quien duda así de los humanos seres;

que del cielo te sea

la gloria que tuvieres

mas grata que del mundo los placeres!

 

A las nubes

¡Cuán bellas sois las que sin fin vagando

en la espaciosa altura,

inmensas nubes, pabellón formando

al aire suspendido,

inundáis de tristura

y de placer a un tiempo mi sentido!

 

¡Cuán bellas sois, bajo el azul brillante

las zonas recorriendo,

ya desmayando leves un instante

entre la luz perdidas,

ya el sol oscureciendo

y con su llama ardiente enrojecidas!

 

Y ya brilláis como la blanca espuma

en las olas del viento,

y ya fugaces como leve pluma,

y de sombras ceñidas,

cruzáis el firmamento

las pardas frentes de vapor henchidas.

 

¡Cuán dulce brilla en su mortal desmayo

rompido en vuestro seno

del sol ardiente el amarillo rayo!

¡Y cuán dulce y templado

el resplandor sereno

del astro de la noche sosegado!

 

Y ¡cuánto, oh nubes, vuestro errante giro

place a mi fantasía!

triste y callada y solitaria os miro

flotar allá en el viento,

y por celeste vía

melancólico vaga el pensamiento.

 

Y yo os adoro si con tibio anhelo

adormís las centellas

el vivo sol en el tendido cielo;

si en delicioso manto

veláis de las estrellas

y la pálida luna el triste encanto.

 

¡Oh!, ¡yo os adoro, del espacio inmenso

deidades vagarosas!

no cuando hirvientes desde el seno denso

en ronco torbellino

arrojáis espantosas

vívidas llamas del furor divino.

 

¡Ay! ¡que medrosa entonces se ahuyentara

la inspiración sublime!

ni medrosa la cítara ensalzara

del cielo la belleza,

cuando mi sien oprime

nubloso manto de mortal tristeza.

 

Muda contemplo de pavor cercada

la turba misteriosa

que en pos del huracán revuela osada,

así errante la vida

se arrastra lastimosa

a la senda fatal do el mal se anida.—

 

Allá en la inmensidad os mueven guerra

furiosos aquilones:

así de desventuras en la tierra

nos cerca turba insana;

así de las pasiones

es juguete infeliz la vida humana.

 

Ella varía también la faz ostenta,

y brilla y se oscurece,

y cual vosotras rápida se ahuyenta;

y es nube que exhalada

el aire desvanece

en la corriente de la triste nada.

 

Mas ¡ay! vosotras revagad en tanto

que la cítara mía

os pueda consagrar su débil canto.

Del sol al rayo bello

tended el ala umbría,

y apacible volvedme su destello.

 

Y dadme inspiración; yo mis cantares

daré a vuestra hermosura.

las que sorbéis el agua de los mares,

¡vagad tranquilamente

con nevada blancura

en la encendida cumbre del Oriente!—

 

A las poetisas: Invitación

¿Queréis formar un coro,

hermosas las del canto peregrino,

más dulce, más sonoro

que el rumor argentino

del agua y de los pájaros el trino?

 

¿No veis cómo las aves

cantan en amigable compañía

a unos acentos graves

los otros de alegría,

uniendo en perfectísima armonía?

 

Nunca entre sí celosas,

porque la voz del ruiseñor descuella,

se alejan rencorosas

de la enramada bella,

dejando triste al ruiseñor en ella.

 

No, que con tiernos píos

la bulliciosa turba Rey le aclama

y en los valles sombríos,

donde a su coro inflama,

sólo el odioso búho le desama…

 

Yo ya tengo escogida

corona de bellísimos laureles

y de rosas ceñida,

que estimo en los vergeles

mejor que a los brillantes oropeles.

 

Riquísimo prendido

que bañará de aromas los cabellos

y en el rostro encendido

hará a los ojos bellos

orgullosos lucir con sus destellos.

 

¡Mil veces venturosa

la compañera que en su tierna frente,

esa fresca y airosa

guirnalda trasparente

entre nosotras alce alegremente!

 

Orne prenda tan bella

a la que eleve más el claro acento:

el ruiseñor aquella

será del coro atento,

y el búho la que envidie su talento.

 

A Lidia

Error, mísero error, Lidia, si dicen

los hombres que son justos nos mintieron,

no hay leyes que sus yugos autoricen.

 

¿Es justa esclavitud la que nos dieron,

justo el olvido ingrato en que nos tienen?

¡Cuánto nuestros espíritus sufrieron!

 

Mal sus hechos tiránicos se avienen

con las altas virtudes, que atrevidos,

en tribunas y púlpitos sostienen.

 

Pregonan libertad y sometidos

nuestros pobres espíritus por ellos,

no son dueños de alzar ni sus gemidos.

 

Pregonan igualdad; y esos tan bellos

amores que les da nuestra pureza

nos pagan con sus pálidos destellos;

 

Pregonan caridad; y esta tristeza

en que ven nuestras almas abismadas

no mueven su piedad ni su terneza.

 

¡Ay Lidia! en la niñez siempre olvidadas,

en juventud por la beldad queridas

somos en la vejez muy desgraciadas.

 

Paréceme que miran nuestras vidas

como a plantas de inútiles follajes

que valen sólo cuando están floridas.

 

«No han menester jardín, crezcan salvajes,

rindan como tributo su hermosura.»

¿Qué más osan decir?… ¡Cuántos ultrajes!

 

¡Cuántos ultrajes! Lidia a la criatura

que tiene un alma pura enamorada

y un corazón tan lleno de ternura.

 

¿Verdad que el alma noble está enojada

de que tantas bondades como encierra

porque nazca mujer sea desdeñada?

 

¿Verdad que estamos, Lidia, aquí en la tierra,

murmurando las hembras sordamente

contra la injusta ley que nos destierra?

 

No bulle la ambición en nuestra mente

de gobernar los pueblos revoltosos,

que es tan grande saber para otra gente.

 

Ni sentimos arranques belicosos

de disputar el lauro a los varones

en sus hechos, de guerra, victoriosos.

 

Lejos de la tribuna y los cañones

y de la adusta ciencia, nuestras vidas,

gloria podemos ser de las naciones.

 

Pero no en la ignorancia, no oprimidas,

no por hermosas siempre contempladas

sino por buenas ¡ah! siempre queridas.

 

¡Oh madres de otra edad afortunadas

cuán dichosos haréis a vuestros hijos

si en escuela mejor sois enseñadas!

 

No sufrirán por males tan prolijos

como aquellos que ya desde la cuna

tienen en el error los ojos fijos…

 

Mas, Lidia, cuando el mundo por fortuna

tras de su largo llanto y dura guerra,

esa feliz prosperidad reúna

ya estaremos tú y yo bajo la tierra.

 

A los que lamentaron mi supuesta muerte. La muerta agradecida

El corazón, amigos, palpitante

como otras veces en mi pecho siento;

mas al oír vuestro piadoso acento

sobre las nubes me soñé un instante.

 

Juzgué más claro el sol, menos distante,

vi espíritus celestes en el viento

y en la estrella que más resplandecía

vi confusa la imagen de María.

 

Los colores, la luz, aire, el ruido,

todo más bello que en la tierra era,

y aquel mundo con gloria verdadera

le brindaba a mi espíritu embebido.

 

Pero con ser del alma tan querido

el cielo que de muertos nos espera,

esa dicha, medrosa rechazando,

de mi ilusión me desperté temblando.

 

Dios quiere que aun el día no llegado

a mi vida en su plazo, todavía;

resignación le falte al alma mía

para dejar mi triste suelo amado.

 

Amo a los corazones que me han dado,

pena, placer, tristezas, alegría;

amo al árbol, al río, a la pradera

y amo a mi dulce lira compañera.

 

Vendrá colmado de dolor, acaso,

el porvenir que a mi existencia aguarda

y de la muerte en su carrera tarda,

tal vez acuse el perezoso paso.

 

Mas nunca Dios el sufrimiento escaso

nos da, cuando el descanso nos retarda,

y mi término corto o prolongado

siempre estará por el bien señalado.

 

Mas, en tanto que treguas a mi vida

le place conceder al poderoso,

escuchad de una muerta agradecida

el acento que exhala cariñoso;

 

Sabed que de una voz dulce y sentida

a mí llegando el eco generoso,

vuestra memoria de amistad bendita

deja en mi corazón con llanto escrita.

 

A Luis Felipe destronado

¿A dónde vas ¡oh rey! con tus pesares?

¿No sabes que en los mares

aun la roca inmortal de Santa Elena

te brinda con su asilo?

¿que allí lecho tranquilo

tienes guardado en la caliente arena?

 

Aun hallarás la arena removida

con la huella atrevida

de otro Napoleón, que destronado

fue también a esa tierra;

aun su lauro de guerra

los trópicos allí no han marchitado.

 

Tú no fuiste a insultar con tus trofeos

los muertos Ptolomeos,

ni entre el eco marcial de los cañones

ligero cabalgando,

cadáveres hollando,

has llevado el terror a las naciones.

 

Mas tú, sin esgrimir hierro iracundo,

dabas leyes al mundo,

y a una mirada sola que lanzaban

tus ojos indignados,

los tercios espantados

el acero a tus plantas humillaban.

 

Y ¿piensas tú que el mundo te perdona

que unas genio y corona

y gobernando sin temor ni traba,

des a tu antojo, leyes

y domines los reyes,

y a Europa tengas de tu mente esclava?

 

…Ve, rey, a descansar. Londres te espera

como una hambrienta fiera

para tragar de Francia los despojos;

ella que hundió en la tierra

vuestro genio de guerra,

también a ti te cerrará los ojos.

 

Rivales en lo eterno ambas naciones

con dos Napoleones,

de la guerra y la paz a ti te halaga

¡oh Francia! la fortuna;

mas ¡ay! tú eres su cuna

e Inglaterra es la tumba que los traga.

 

A Luisita

Pues eres tú forastera

recién llegada a la vida,

te contaré, mi querida,

lo que tienes que sufrir;

te gané la delantera

de la vida en el camino,

y merced a este destino

he aprendido ya a sentir.

 

Yo sé ya cómo se llora

de una pena lloro ardiente,

y si quieres que te cuente

cuál se disfraza también,

mostraré, por que lo veas,

la sonrisa en mi semblante

cuando el raudal abundante

mis ojos brotando estén.

 

A este saber doloroso

discreción el mundo llama,

y no es discreta la dama

si no es en el mundo así;

por eso en risa mi llanto

suelo mudar tan aprisa,

que al asomar la sonrisa

trago el llanto para mí.

 

Pero el mundo no se engaña,

y al mirar nuestro contento

grita airado «¡Fingimiento,

falsedad de la mujer!»

¡Oh graciosa tiranía

que a las que fingen condena

cuando fingir nos ordena

como preciso saber!

 

Esto, niña, es solamente

lo que, de ciencia nos toca;

después te dirá mi boca

lo que hay de felicidad:

y en fe de que no te engaño

en lo propio que te digo,

todo un sexo por testigo

te pondré de esta verdad.

 

Yo te diré nuestra historia

y aunque otra de hombres cuenten,

por Dios, que los hombres mienten

o ignoran este saber:

ellos beben Cicerones,

con Sénecas se alimentan,

pero esos libros no cuentan

las penas de la mujer.

 

Y ¡más valiera que doctos,

sapientísimos varones

perdieran en las naciones

su tiempo en tratar de nos!;

¡harto hicieron si aseguran

como un hecho averiguado

que de Adán y Eva el pecado

por ella sufren los dos!

 

¿Qué importa que su existencia,

la leche con que medraron,

los brazos en que apoyaron

su cuerpo desde el nacer;

y los besos maternales,

y el solícito cariño,

y sus placeres de niño

se los diera la mujer?

 

¿Qué importa que le dé ella

la amorosa compañía

al que triste viviría

sin ella en la soledad;

y el consuelo al desgraciado,

y la asistencia al doliente,

qué importa a esa ingrata gente

que se los dé la beldad?

 

De madres, esposas, hijas,

los tiernos, los dulces nombres,

¿no merecen a esos hombres

una página, un borrón?

¿no merecen que una hora

en nuestra suerte mediten

aunque algo al estudio quiten

de Séneca y Cicerón?…

 

¿Mas no escuchas? ¿Interrumpes,

niña, con risa mi canto?

Haces bien, porque iba el llanto

brotando a mis ojos ya;

conviértase en risas el lloro,

que en la mudanza precisa

pronta siempre la sonrisa

tras mis lágrimas está.

 

Pero, guarda, por tu vida,

el papel de estas canciones,

y en la edad de las pasiones

fija los ojos en él:

«¡Ay, dirás, verdad decía

la que estas cosas cantaba;

bien me acuerdo que lloraba

cuando escribió este papel!»

 

A mi hermano Emilio. Memorias de la infancia

Ya no es tan joven mi vida

que desde esta cima, hermano,

logre ver distinto el llano

donde quedó mi niñez.

 

Es la pradera florida

bajo la sombra de un monte,

y por eso es su horizonte

más delicioso, tal vez.

 

Yo con el rostro no acierto

de ese tiempo fugitivo,

mas su belleza percibo

de los años al trasluz,

 

como aquel reflejo incierto,

aquellos matices rojos

que perciben nuestros ojos

cerrados frente a la luz.

 

Yo no sé lo que soñaba

mas recuerdo mis amores;

sé que amaba entre las flores

a un hermoso tulipán:

 

y que a mis solas le hablaba,

Emilio, tan dulcemente

que murmuraba el ambiente

celoso en mi tierno afán.

 

Lloré cuando se agostaba

su cabeza peregrina

pero amé a la golondrina

así que la flor murió:

 

la golondrina emigraba

y entonces, Emilio mío,

a mi constante amorío

buscaba otro objeto yo.

 

¡Oh!¡Todo me enamoraba

en aquel tiempo querido!

¡Cuál me recuerda un sonido

el ave y el tulipán;

 

y la fuente que manaba

el agua que yo bebía

y el campo donde crecía

la semilla de mi pan!

 

¡Pero si no me comprendes,

si aquella edad ha pasado

y yo ya tengo olvidado

el suave idioma infantil!

 

si por acaso me atiendes

huyes riendo a deshora,

¿por qué no estoy en tu aurora

o tú no estás en mi abril?

 

Tú juzgas porque me hallaste,

bello garzón, a tu lado

que una ruta ha señalado

a nuestra existencia Dios:

 

no, que tu vía empezaste

en la mitad de la mía

y poco por esa vía

iremos juntos los dos.

 

Emilio, cuando recuerdes

cual yo tu pasada infancia,

ya habrá una eterna distancia

que me separe de ti;

 

entonces, tal vez, te acuerdes

de mí, cual yo de las flores,

y entre tus tiernos amores

me cuentes, Emilio, a mí.

 

A mi tío don Pedro Romero

Soneto

Si para entrar en tan difícil vía

el aliento a mi numen no faltara,

ya de la patria nuestra lamentara

los males en tristísima elegía.

 

Ya la virtud, ya el genio cantaría,

ya el vicio a deprimir me consagrara;

pero mi voz de niña desmayara

y desmayara endeble el arpa mía.

 

Mas quiero humilde abeja, aquí en el suelo

vagar de flor en flor siempre ignorada,

que al águila siguiendo arrebatada

 

con alas cortas remontar mi vuelo.

Canto las flores que en los campos nacen;

cántolas para ti, que a ti te placen.

 

A Napoleón

«No es ira, no es amor, no es del poeta

inspiración febril, es más ardiente

la llama que discurre por mi frente,

y el alma absorbe, el corazón me inquieta.

 

»Yo amo la tempestad, amo el estruendo;

cuando el vértigo insano me arrebata,

sueño que en nube de luciente plata

voy por el mundo un huracán siguiendo.

 

»El rayo en torno de mi frente gira,

el aquilón bajo mis plantas brama,

y lucho y venzo, y mi furor se inflama,

y ansiosa el alma a otra victoria aspira.

 

»Yo quiero alzado al fin sobre los hombres,

avasallar los pueblos y los reyes;

romper sus cetros; derrocar sus leyes,

hollar sus triunfos y borrar sus nombres.

 

»Ancha cadena que circunde el polo

yo quiero eslabonar con mis guerreros;

y bajo el pabellón de sus aceros

la gran nave en la mar llevar yo solo.

 

»Y ¡oh! si pudiera hurtar al firmamento

sus brillantes magníficas estrellas,

¡también imperios levantara en ellas

para ensanchar allí mi pensamiento!»

 

¡Francia, levanta! sal del caos profundo

en que yace tu pueblo sepultado,

que en brazo poderoso tremolado

va tu estandarte a conquistar el mundo.

 

¿Quién distinguir entre la inmensa grey

podrá al caudillo de tamaña empresa?

¿Qué señal en el rostro lleva impresa

el que del solio arrojará a tu rey?

 

Ese mancebo que los brazos grave

cruza sobre su seno, y la mirada

como águila en el sol, ardiente, osada,

clava en la multitud… ése lo sabe.

 

¡Oh! ¡cuál contra el mancebo se irritara

si su mirar la turba comprendiera!…

¡Si su ambición oculta sorprendiera

de ese rubio garzón, cuál se burlara!

 

Joven es el león; mas ya en la tierra

no hay fuerza que a igualar su fuerza alcance,

y ¡ay de la Europa, o Francia! cuando lance

ese joven león grito de guerra.

 

Verás como esa voz de los franceses

de pecho en pecho noble se difunde;

como chispa de fuego prende y cunde

de caña en caña por las secas mieses.

 

Verás, tras el magnífico estandarte

donde el águila altiva se reposa,

como tu juventud marcha orgullosa

la libertad, la gloria a conquistarte.

 

¡Verás!… mas antes que el caudillo sea

héroe conquistador de las naciones,

deja que a Egipto lleve sus legiones

y del grande Ramsé la tumba vea.

 

«Éstas de reyes son y emperadores

las moradas magníficas que habitan,

éste es el rico manto en que dormitan

de tierras y de mares los señores…

 

ȃste es el cetro que en sus regias manos

fue látigo cruel o adorno inútil:

no es que un brillo me seduzca fútil

si hoy os le arranco ¡nobles soberanos!

 

»No es que me ciega joya tan lucida,

¡es que me irrita que los pueblos lloren,

es que me irrita que temblando adoren

los pueblos esa joya envilecida!…

 

»Y esta corona… ¿sola una diadema?

¿cien batallas por una solamente?

¿Será una sola incienso suficiente

para este fuego que mis sienes quema?

 

»Reyes, emperadores, ¡guerra! ¡guerra!

yo haré que en una sola se refundan

las coronas que, inútiles, circundan

tantas míseras frentes en la tierra!»

 

¡Huid del monte aquel resplandeciente

que de Austerlitz se eleva en las llanuras…

Huye, Alejandro, antes que en sus alturas

volcán oculto brote de repente

 

¡Ay! que ya va tu juventud ardiente

a estrellarse en las águilas seguras…

Las nubes su vapor todo han juntado,

y el suelo va a quedar todo anegado.

 

Pero en sangre, Señor, en sangre pura,

porque el rey de las águilas osadas

donde terrible asienta sus pisadas

de cadáveres cubre la llanura;

 

cual los ojos de fiera en noche oscura

relucen entre el humo sus espadas,

y a bandadas los cuervos por el viento

síguenle en torno con feroz contento.

 

Caen, como en horrible terremoto,

las torres desplomadas, sus legiones,

sobre los extranjeros campeones

que osan poner a sus victorias coto;

 

bajo los pies de sus caballos roto

yace el blasón de dos fuertes naciones,

y dos imperios juntos retroceden

y dos monarcas el laurel le ceden.

 

¡Oh! tú que alzado al fin sobre los hombres,

lograste avasallar pueblos y reyes,

romper sus cetros, derrocar sus leyes,

hollar sus triunfos y borrar sus nombres.

 

¡Napoleón! tú que abarcando el polo

con tu cadena inmensa de guerreros,

bajo del pabellón de sus aceros

la gran nave en la mar llevabas solo.

 

¡Ay! ¿cómo a la merced del Océano

dejas bogar tu nave huyendo de ella?

¿Has ido a conquistar alguna estrella

para alzar otro imperio soberano?

 

A Neira. Golondrinas, grullas y patos

Carolina Coronado acompaña en su despedida

a las golondrinas, a las grullas y a los patos.

Ya, Neira, despedí a la golondrina

que en el techo campestre haciendo el nido

mansa inocente mi compaña ha sido

en la estación risueña que termina;

la grulla en cambio ya vino dañina

el fruto a destrozar recién nacido

que en este yermo a fuerza de sudores

lograron cultivar los labradores.

 

El pato en enturbiar las claras fuentes

de este valle purísimo obcecado

revuelve con el fondo encenagado

los graciosos espejos trasparentes;

¡lástima que desdeñe las corrientes

de un brillo tan hermoso y azulado,

donde lucir pudiera entre la espuma,

por hundir en el fango el alba pluma!

 

¿Quién nos diera encontrar siempre a la bella

que en nuestros techos amorosa anida

y en su cantar sencillo entretenida

nos divierte feliz de sol a estrella?

¿Quién nos diera encontrarla siempre a ella

que a nadie ofende, cuya dulce vida

consagrada a los suyos, sobre el heno,

ni daña al labrador ni anda entre cieno?

 

¿Hay en mi tierra hermosos olivares

formados como tropas, en hileras?

Pues a dañar su flor a sus praderas

vienen bandos de grullas a millares.

¿Hay arroyos que van entre juncares

retratando el verdor de estas laderas?

Pues acuden los patos a bandadas,

«¿Aves estas no son civilizadas?»

 

¿Qué más da que en mi lira sean cantados

hombres o grullas si en diversos nombres

disfrazadas las grullas van de hombres

y los hombres de grullas disfrazados?

¿Por qué han de ser los patos desdeñados

si los hombres tal vez con sus renombres

viviendo en bacanales, como en cieno,

no fueron ni más puros ni más buenos?

 

¿Qué más da pues que yo cante los hechos

con mi endeble laúd, mi voz de niña

de las aves que pueblan la campiña

y las aves que habitan bajo techos?

Con iguales instintos y derechos

todas viven del daño y la rapiña;

soldados-grullas talan los sembrados

y las ciudades ¡ay! grullas-soldados.

 

Galanes patos de la fuente empañan

el manantial que beben los pastores,

patos galanes, patos impostores

en las virtudes la calumnia ensañan;

hombres-patos, en fin, sus alas bañan

en fétidos pantanos corruptos;

patos-hombres sepultan en orgías

su bella juventud, sus bellos días.

 

¿Por qué al mísero pato guerra tanta,

por qué a la infeliz grulla tanta guerra,

si hay seres más indignos en la tierra

y el hombre docto los celebra y canta?

Cada piedra, cada ave, cada planta,

una vida, una historia, un mundo encierra

y muchos en el mundo, bien lo sabes,

valen menos que piedras, plantas, aves.

 

Pues no siempre he de hallar por mi camino

golondrinas, que pocas han quedado,

mejor canto a las grullas, que al malvado.

A los patos mejor que al libertino:

esos nombres de Atila, Jerjes, Nino

siempre al numen benigno han espantado

y siempre aborrecí como a enemigos

los Paris, los Nerones, los Rodrigos.

 

Una grulla el gran Jerjes vale en suma,

pero el rico Nerón no vale un pato

que fuera a dar el pájaro barato

aun dando por Nerón no más la pluma:

¿pues por qué si la historia nos abruma

con uno y otro nombre tan ingrato

no ha de cantar, sin que te cause risa,

a la grulla y al pato la poetisa?

 

Lo mismo da las aves que los hombres

lo mismo el campo da que las ciudades,

pues componen entrambas vecindades,

los mismos seres con distintos nombres;

grullas hay en el mundo con nombres,

patos bajo soberbias potestades,

y en ciudades lo mismo que entre encinas

sobre grullas y patos golondrinas.

 

A Quintana

Buen sabio, ¿de tu tierra y de la mía

tu corazón no ansía

el nombre oír que la memoria encierra

de los pasados años?

¿O a tu memoria extraños

serán ya los recuerdos de tu tierra?

 

Yo, Señor, que heredé de mis abuelos

un libro de consuelos

obra de tu lozana fantasía,

cuando eras mozo o niño,

tengo mucho cariño

al buen cantor de la comarca mía.

 

Siempre al pasar cercana de tus lares

recordé tus cantares,

y otras veces al margen del Guadiana

medité dulcemente

en la gloria eminente

que a nuestro pueblo consagró Quintana.

 

¿Por qué en el aprender ¡ay! soy tan ruda

que, aun cuando ansiosa acuda,

en la ciencia a estudiar de tus escritos

las brillantes lecciones,

no logro en mis canciones

remedar tus acentos infinitos?

 

Mas ¡qué mucho! las artes lentamente

vienen, cual la corriente,

del manantial sereno del Ruidera

a visitar los muros

solitarios y oscuros

de esta ciudad de España la postrera.

 

No se pule el salvaje entendimiento

del campesino acento

entre el tosco rumor; y la poesía

levanta su cabeza,

entre tanta aspereza,

como una planta estéril y bravía…

 

¿Qué nuevas te daré que a tu celoso

patrio entusiasmo hermoso

por la fama y el bien de nuestro suelo

alegren placenteras,

si antes que estas riberas

pienso, Quintana, que se mude el cielo?

 

Si las vastas encinas del contorno,

solo y agreste adorno

de estos valles, tal vez, contado hubieras,

al despedirte de ellos

en tus abriles bellos,

esas propias hallaras, si hoy volvieras.

 

Los arraigados juncos de este río

bajo el mismo rocío

con que la espuma, al salpicar, los baña,

medran tranquilamente

sin que del hombre intente

otros sauces plantar la mano extraña.

 

Y aun hay de tierra vírgenes pedazos

donde jamás los brazos

del colono feliz su fuerza emplean,

y hay fuentes, manantiales

sin guía y sin brocales

cuyos hilos se pierden y se orean…

 

Más aprisa se mueve la tortuga;

menos tarda la oruga

su bella metamorfosis presenta

en esta tierra, Quintana,

un solo paso gana

de su cultura en la carrera lenta.

 

Empero un solo nombre hay en el mundo

que del sueño profundo

a este pueblo pacífico levanta

y lo agita, lo enciende,

cuando extático entiende

la nota fiel de esta palabra santa.

 

Grítale «Libertad» verás leones:

que vengan las naciones

a esclavizar a la soberbia España,

y será de este otero

cada azadón grosero

hacha incansable en la mortal campaña.

 

¡Por Dios! este rincón, hoy tan tranquilo,

fuera el último asilo

de aquella libertad apetecida

que, aunque no entiendo de ella,

debe de ser muy bella

cuando es tan ponderada y tan querida.

 

Tú la llamaste flor en tus cantares;

¡en la tierra y los mares

cuánta sangre costó! ¿Y eso son flores?

¡Hoy por lo solitaria

Será la pasionaria

o la viuda negra y sin olores!

 

Negra e inodora fue para los míos

cuyos años sombríos

vagando tras sus pétalos tronchados,

con pertinaz constancia,

las horas de mi infancia

y triste juventud han amargado…

 

No la aborrezco, no, me espanta

esa costosa planta

que nuestro llanto bebe por rocío:

más fruto y menos penas

me dan las azucenas

que en mi puerto florecen en estío.

 

¡Quiera Dios que no tronche en nuestra tierra

nuevo huracán de guerra

esa flor que inspiró tus armonías:

siquiera porque ha sido

la que más ha lucido

en tu guirnalda eterna de poesías!

 

A Rioja

Rioja vive en ellas,

Rioja en esas flores

que brillan a mis ojos aún más bellas

porque son de Rioja los amores.

 

Esos albos jazmines

de su pecho llagado,

por enemigos fieros y ruines

fueron el lenitivo regalado.

 

Esos claveles rojos,

esas rosas lozanas,

honor tuvieron se alegrar sus ojos

y de ceñir sus sienes soberanas.

 

El bardo agradecido

alzó a sus compañeras

un canto, que en los siglos repetido,

vino a llenar también estas riberas.

 

Y así cual las historias

y los célebres nombres

de abuelos que obtuvieron altas glorias

repiten a los nietos, otros hombres.

 

Así a las de mi huerto

repito las canciones

que otro pueblo de flores, que ya es muerto,

logró inspirar en béticas regiones.

 

Y es mucha maravilla

el mirar cómo ellas

doloridas oyen, por mi voz sencilla,

de su sentido vate las querellas.

 

Paréceme que gimen,

paréceme que llanto

brota de entre sus hojas, que se oprimen

de sentimiento al escuchar el canto.

 

¡Oh Rioja, oh poeta!,

¡y cuán poco su alma

tiene del mundo a la ambición sujeta

quien en vergel humilde halla la calma!

 

Un libro y un amigo

en tu modesta vida

¡oh sabio angelical! bastan contigo

para lograr la dicha apetecida.

 

No te cuidas de honores,

desdeñas la riqueza

y ensalzas la belleza de las flores

al par que otros del oro la grandeza.

 

Fenómeno del mundo,

que no comprende ahora

el siglo en ambiciones tan fecundo,

la edad en avaricias tan creadora.

 

¿Quién hoy ya se contenta

con la sencilla vida?

¿Quién no va tras de vida turbulenta?

¿A quién la paz del alma es hoy querida?

 

Los niños envejecen

de ambición prematura;

los bosques de laureles no abastecen

el ansia de laurel de una criatura.

 

El atrevido mozo

por el mando se afana,

cuando el albor de su naciente bozo

anuncia apenas su primer mañana.

 

¡Y dichoso si fuera

orgullo solamente!

¡Dichosos si esta raza no sintiera

de la codicia el aguijón hiriente!…:

 

Mas no, dulce Rioja

turbe nuestro reposo

esa amarga verdad que el alma enoja

y el corazón rechaza generoso.

 

Pensemos que esa tierra

la habitan serafines,

pero huyendo su gloria que me aterra,

tomemos a tu reina de jazmines.

 

Yo en las flores te veo,

tu cuerpo ha fenecido,

mas las alas del tiempo a mi deseo

de tu espíritu un átomo han traído.

 

Y fecunda mi alma,

así tu pensamiento

cual de su amiga a la distante palma

fecunda el germen que transmite el viento.

 

Por eso amo a las flores,

porque vives en ellas;

porque fueron, Rioja, tus amores,

son esas flores a mis ojos bellas.

 

Si su color admiro,

si percibo su esencia,

escucho un melancólico suspiro,

oigo de su arpa dulce la cadencia.

 

Y llevo reverente

a mis labios su hoja,

diciendo al huerto en mi entusiasmo ardiente

béselas yo pues las cantó Rioja.

 

A SM la reina el día de su salida. La reina que dos veces ha nacido

Madrid aguarda tu triunfal salida

para cubrir de flores tu carrera

como si el pueblo por la vez primera

celebrara en España tu venida;

la fiesta a que gozoso te convida,

cual si de nuevo a coronarte fuera,

tiene un placer que hoy halla repetido

la Reina que dos veces ha nacido.

 

Carlos quinto inmortal cuando ceñía

a sus sienes la fúlgida corona

del pueblo que adoraba a su persona

oyó el supremo canto de alegría;

mas para Ti, Isabel, es doble día

el de esta aclamación que el Pueblo entona.

Porque tú, cuando el seno te han herido,

para España dos veces has nacido.

 

Tú apareces al Pueblo castellano

con tu Niña tan dulce y tan hermosa,

como la luna de color de rosa

que ilumina las noches del verano;

y dejas luego de alumbrar el llano,

quedamos en tiniebla pavorosa,

pero ya con reflejo más lucido

luna nueva en el Cielo has renacido.

 

Ya la Virgen te aguarda en los altares,

y a la niña cubriendo con su manto

desde el Cielo confirma el nombre santo

que el Serafín celebra en sus cantares;

¡vive, Madre feliz libre de azares,

que al triunfar de la muerte, por encanto,

doble vida del Cielo ha merecido

la Reina que dos veces ha nacido!

 

A SM la reina madre doña María Cristina de Borbón

Aquel nombre primero

que bendijo mi labio balbuciente,

después que prisionero

vi a mi padre inocente,

fue, Señora, tu nombre reverente.

 

Aquella faz hermosa

que, después de la faz hermosa y santa

de mi madre amorosa

miré con ansia tanta,

fue, Señora, tu faz que al mundo encanta.

 

La primera alegría

que de mi triste infancia en los albores

recuerda el alma mía,

brotó con tus favores

como al rayo del sol brotan las flores.

 

Y la primera gala

que el sereno y trasparente cielo

al puro azul iguala,

la vestí con anhelo

por celebrar tu nombre y mi consuelo.

 

Yo entonces no sabía

cómo en la vaga mente se creaba

la sonora poesía,

pero entonces cantaba

los himnos que en tu honor el pueblo alzaba.

 

De tu dulce amnistía

a la sombra feliz hemos crecido,

las que niñas un día

tanto habemos sufrido

que sin ti fuera triste haber nacido.

 

Con noche muy oscura

nacimos en el siglo desgraciado,

y nunca la luz pura

hubiéramos gozado

si no le amaneciera tu reinado.

 

Luz trajo tu venida,

luz tu sonrisa, luz es tu mirada,

y a tu luz atraída,

ave desorientada,

yo te vine a buscar triste y cansada.

 

Y tú al ave importuna

que de Aranjuez al campo retirado

fue a gemir su fortuna,

tendiste con agrado

tu mano, que es su nido regalado.

 

Al verte, a mi memoria

vino el recuerdo de la infancia mía,

toda la amarga historia

del padre que gemía,

y tu grandeza soberana y pía.

 

Recordé tu hermosura,

como del campo la primera mañana

que en nuestra infancia pura.

Con el alba lozana,

se muestra tan risueña y tan galana.

 

Y los himnos suaves

que gozosos cantaban mis hermanos,

al compás de las aves,

por los floridos llanos,

en honor de tus rasgos soberanos.

 

Y por eso a tu planta,

sin poder exhalar palabra alguna

mi anudada garganta,

quedé, como en la cuna

el niño embelesado al ver la luna.

 

Y nunca mi cariño

te pudiera expresar con un acento,

si, cual la madre al niño,

no me enseñara atento

tu labio a traducir mi pensamiento.

 

Tú al canto del Petrarca

y del Tasso a los épicos sonidos,

en la bella comarca

los muy blandos oídos

tienes acostumbrados y entendidos.

 

Yo no sé hacer canciones

que el genio inspira, que el talento ordena,

mas, ¡ah! los corazones

que el entusiasmo llena,

tienen de gratitud fecunda vena.

 

De un alma agradecida

comprende el amoroso sentimiento,

sin arte y sin medida,

que el agradecimiento

es, Señora, virtud, mas no talento.

 

Mejor sé verter llanto

estrechando tus manos contra el pecho,

que encerrar en mi canto,

con un límite estrecho,

la gratitud que Dios tan grande ha hecho.

 

Al decir que te ama

el corazón, Señora, no se inquieta

por la Apolínea llama

que, al numen no sujeta,

prefiero ser mujer a ser poeta.

 

No puedo consagrarte

rico poema do tu augusto nombre

con perfección del arte

al universo asombre,

que los épicos cantos son del hombre.

 

Mas ruego cada día

en piadosa oración, que es más sonora,

a la Virgen María,

que te sea, Señora,

como eres tú, mi augusta protectora.

 

A una coqueta

Como aquellas lucecillas

vaporosas y ligeras,

que sin calor a millares

se levantan de la tierra,

 

Los amores en tu pecho,

fragilísima belleza,

sin que su fuego te abrase

alzan mil llamas diversas:

 

Brotan, lucen, se disipan,

otras nacen tras aquellas:

la inconstancia las apaga,

la liviandad las renueva.

 

A una gota de rocío

Lágrima viva de la fresca aurora,

a quien la mustia flor la vida debe,

y el prado ansioso entre el follaje embebe;

gota que el sol con sus reflejos dora;

 

Que en la tez de las flores seductora

mecida por el céfiro más leve,

mezclas de grana tu color de nieve

y de nieve su grana encantadora:

 

Ven a mezclarte con mi triste lloro,

y a consumirte en mi mejilla ardiente;

que acaso correrán más dulcemente

 

las lágrimas amargas que devoro…

mas ¡qué fuera una gota de rocío

perdida entre el raudal del llanto mío…!

 

A vosotros que dais a lo pasado…

A vosotros que dais a lo pasado

un culto apasionado

arrancando; señores, del olvido

las gloriosas hazañas

del pueblo en sus campañas,

batiendo a los franceses atrevido,

 

A vosotros que un bello monumento

con generoso intento

alzáis sobre los campos de la Albuera,

para que no olvidada

tan famosa jornada

queda en la edad remota venidera,

 

A vosotros sus tímidos acentos

hoy por breves momentos

a dirigir se atreve mi poesía;

oídme atentamente,

que en mi entusiasmo ardiente

la disculpa hallaréis de mi osadía.

 

¡Oh sí! que al pronunciar el alto nombre

del más ilustre hombre

que ha visto el sol, mi corazón se inflama,

y juzgo que abrasado

su pueblo idolatrado

también se siente por la propia llama.

 

Os hablo de Cortés en alabanza,

aunque el numen no alcanza

al remontarse al cerco de su luna:

pues llena de sonrojos

con el llanto en los ojos

he visto al pueblo donde fue su cuna.

 

Y ¡oh vergüenza! ¡vergüenza! allí olvidada

y a su primera morada

asilo de las pobres golondrinas,

sin un solo letrero

este otoño primero

va a desplomarse en míseras ruinas,

 

Y ¿qué nos quedará de tanta gloria

si esa débil memoria

furioso el aquilón nos arrebata?

¿Qué de tantos honores

como nos dio, señores,

en cambio le dará su tierra ingrata?

 

¿No tendrá entre sus mármoles Castilla

una piedra sencilla

donde su ilustre nombre coloquemos?

Con nuestras propias manos

guerreros y artesanos

y… hasta las damas a grabarlo iremos.

 

Más trabajo, más pena, más fatiga

en la tierra enemiga

pasó el gran capitán por darle sólo

a su patria grandeza

por hacer que en riqueza

fuera el reino mayor de polo a polo.

 

Por él fue nuestra patria rica y fuerte

por él con tanta suerte

el soberbio cristal del Océano,

surgieron cien navíos,

transportando carguíos

del inmenso tesoro americano.

 

Ved hoy esas magníficas ciudades

que fueron soledades

tristes ayer alzarse florecientes,

fundadas por su mano,

llevando el nombre hispano

en su poder, en esplendor crecientes.

 

Él hizo interminable nuestra tierra

con la perpetua guerra,

asolación del pueblo mejicano,

y por él solamente

flota entre aquella gente

la santa insignia del pendón cristiano.

 

Y ¿se dirá que ingratos y egoístas

sus valientes conquistas

nosotros españoles desdeñamos?

¿Que un puñado de cobre

por una piedra pobre

con voluntad siquiera no le damos?

 

En tanto que su nombre no ensalcemos

y en Medellín alcemos

un monumento a los brillantes soles

de su gloriosa guerra,

las gentes de esta tierra

¡¡no somos ni extremeños ni españoles!!

 

Abrid los ojos, célica María…

Abrid los ojos, célica María,

más que la luna del enero, claros,

abrid los ojos y mirad cuán raros

son los dones que Dios tierno os envía:

el serafín más bello que tenía

entre sus dulces serafines caros

coronado de rayos celestiales

coloca en vuestros brazos virginales.

 

¡Mirad quién se os estrecha a la garganta,

mirad qué labio os busca con anhelo,

mirad, que por el santo rey del cielo

qué gozosa estaréis con dicha tanta!

Al ser que a vuestro pecho se amamanta

velad; señora, con ardiente celo,

¡que ya desesperado y moribundo

dél solo espera salvación el mundo!

 

Al fin hallo en tu calma…

Al fin hallo en tu calma

si no el que ya perdí contento mío,

si no entero del alma

el noble señorío,

blando reposo a mi penar tardío.

 

Al fin en tu sosiego,

amiga soledad, tan suspirado,

el encendido fuego

de un pecho enamorado

resplandece más dulce y más templado.

 

Y al fin si con mi llanto

quiero aplacar ¡ay triste! los enojos

del íntimo quebranto,

no me dará sonrojos

el continuo mirar de tantos ojos.

 

Danme, sí, tierno alivio

la soledad del campo y su belleza,

y va el dolor más tibio

su ardiente fortaleza

convirtiendo en pacífica tristeza.

 

Plácenme los colores

que al bosque dan las luces matutinas:

alégranme las flores,

las risueñas colinas

y las fuentes que bullen cristalinas.

 

Y pláceme del monte

la grave majestad que en las llanadas

como pardo horizonte

de nubes agolpadas,

deja ver sus encinas agrupadas.

 

Allí con triste ruido

de las sonoras tórtolas, en tanto

que posan en el nido

bajo calado manto,

de una a otra encina se responde el canto.—

 

—Tal vez mis pasos guío

por los sombrosos valles, escuchando

al caminante río,

que con acento blando

se va por los juncares lamentando.

 

Ya entonces descendiendo

de su altura va el sol, cansada y fría

claridad esparciendo,

y a poco entre armonía

cierra sus ojos el señor del día.

 

Y los míos acaso

alguna vez, del sueño sorprendidos,

dejaron que en su ocaso

pararan confundidos

afanes del espíritu y sentidos.

 

Si sola y retirada,

aún me entristece más noche sombría,

la luna con rosada

faz, por oculta vía

sale a hacerme amorosa compañía.

 

Y al fin hallo en tu calma,

¡Oh soledad! si no el contento mío,

si no entero del alma

el dulce señorío,

blando reposo a mi penar tardío.

 

Alberto, si lloro o canto…

Alberto, si lloro o canto

siempre con voz dolorida,

no es que tenga de la vida

recuerdos el corazón;

Es que el dolor presintiendo

antes que el dolor le hiriera,

como en pena verdadera

he sufrido en la ilusión.

 

No vi la maldad del mundo,

ni vi los hombres perversos,

pero he llorado en mis versos

presintiendo su maldad,

como pobre gaviota

que espantada busca asilo

antes que en el mar tranquilo

resuene la tempestad.

 

Mar tranquilo de mi vida

mi juventud es ahora,

pero de esta mar sonora

las entrañas siento hervir:

tengo en mi mente mis alas,

voy cruzando ola tras ola,

pero en la mar española

temo mis alas hundir.

 

Temo al viento, a los nublados

antes de arribar al muro,

y temo al giro inseguro

de mi cobarde volar,

cual temen las gaviotas

en las saladas espumas

que pueda sus blancas plumas

el torrente salpicar.

 

Si estuviera yo en la gloria

en cuyo trono esplendente

dices que tan claramente

me contempla tu ilusión,

no llorara, y de mi lira

fueran los cantos risueños;

pero tú me ves en sueños

y los sueños, sueños son.

 

No soy ángel, no soy santa,

y aunque a la virtud bendigo

no estoy en la gloria, amigo,

sobre el divino tisú;

mas, viviera agradecida

en el mundo que me encierra

¡ah! si todos en la tierra

fueran buenos como tú.

 

Alza gallarda tu elevada frente…

Alza gallarda tu elevada frente,

hija del suelo ardiente,

y al recio soplo de aquilón mecida,

de mil hojas dorada,

de majestad ornada,

descuella ufana sobre el tallo erguida;

 

Y arrojando tu sombra allá a lo lejos,

del sol a los reflejos,

al árabe sediento y fatigado,

desdeñosa levanta

tu bendecida planta

en el desierto triste y abrasado.

 

Allí horroroso el simoon se ofrece,

y tu cima enrojece.

Vertiendo lumbre que la tierra inflama;

y aparece sangriento

el sol desde su asiento

lanzando ardiente destructora llama.

 

Y tú, entre nubes de encendida arena

majestosa y serena,

o ya del recio vendaval batida,

elevas tu cimera,

orgullosa palmera,

contando siglos de gloriosa vida.

 

No las tranquilas aguas dulcemente

arrastran su corriente

bajo el dorado pabellón que ostentas;

que, siempre en el estío,

sin fresco ni rocío,

sólo de arena y fuego te alimentas.

 

Tú, virgen sacrosanta y peregrina,

de las nubes vecina,

tú su signo le das a la victoria,

y corona esplendente

de tus hojas luciente

al héroe ciñes de radiante gloria;

 

La corona inmortal, que ciñe el hombre

con glorioso renombre

en derredor de la altanera frente,

porque en gigante vuelo

arrebatado al cielo

bebió en la sacra inspiradora fuente.

 

La corona inmortal, prenda sagrada

del imbécil hollada,

orgullo y ambición del alma inquieta;

escondido tesoro,

brillante más que el oro,

gloria, entusiasmo y vida del poeta.

 

¿Qué vale de los reyes la diadema

ante el místico emblema

de la noble ambición, genio y poesía?

si una hoja solamente

ciñera yo a mi frente

que acallara el afán del alma mía;

 

Si al entusiasmo que mi mente inspira

alcanzara mi lira

un triunfo de la gloria seductora,

¡Oh palma! hasta las nubes,

más allá do tú subes,

se elevara la voz de tu cantora.

 

Allí en el trono que el Señor levanta

te viera yo a mi planta;

y de mis sienes deslumbrando el brillo,

contemplara las hojas

que ora te visten rojas,

teñidas débilmente de amarillo.

 

¡Delirio nada más! Nunca gloriosa

guirnalda esplendorosa

alegrará mis sienes lisonjera,

ni tampoco mi acento

perdido por el viento

podrá elevarse a la celeste esfera.

 

Guarda tus ramos para el vate augusto

premio a su lira justo,

o a ceremonias santas consagrados,

entre el canto sonoro

de religioso coro,

en el altar del templo colocados.

 

Guarda tus ramos, virgen soberana,

bella y noble africana,

formando airosos tu lucido manto;

y el ave pasajera

besando tu cimera

te deje un eco de su dulce canto.

 

Alza gallarda tu cabeza al viento

en blando movimiento,

la corona agitando mal prendida;

y despreciando el brío

del huracán bravío,

descuella ufana sobre el tronco erguida.

 

Amor de los amores

I

¿Cómo te llamaré para que entiendas

que me dirijo a ti ¡dulce amor mío!

cuando lleguen al mundo las ofrendas

que desde oculta soledad te envío?…

A ti, sin nombre para mí en la tierra

¿cómo te llamaré con aquel nombre,

tan claro, que no pueda ningún hombre

confundirlo, al cruzar por esta sierra?

¿Cómo sabrás que enamorada vivo

siempre de ti, que me lamento sola

del Gévora que pasa fugitivo

mirando relucir ola tras ola?

Aquí estoy aguardando en una peña

a que venga el que adora el alma mía;

¿por qué no ha de venir, si es tan risueña

la gruta que formé por si venía?

¿Qué tristeza ha de haber donde hay zarzales

todos en flor, y acacias olorosas,

y cayendo en el agua blancas rosas,

y entre la espuma lirios virginales?

Y ¿por qué de mi vista has de esconderte;

por qué no has de venir si yo te llamo?

¡Porque quiero mirarte, quiero verte

y tengo que decirte que te amo!

¿Quién nos ha de mirar por estas vegas

como vengas al pie de las encinas,

si no hay más que palomas campesinas

que están también con sus amores ciegas?

Pero si quieres esperar la luna,

escondida estaré entre la zarza-rosa,

y si vienes con planta cautelosa

no nos podrá sentir paloma alguna.

Y no temas si alguna se despierta,

que si te logro ver, de gozo muero,

y aunque después lo cante al mundo entero,

¿qué han de decir los vivos de una muerta?

 

II

Como lirio del sol descolorido

ya de tanto llorar tengo el semblante,

y cuando venga mi gallardo amante,

se pondrá al contemplarlo entristecido.

Siempre en pos de mi amor voy por la tierra

y creyendo encontrarle en las alturas,

con el naciente sol trepo a la sierra;

con la noche desciendo a las llanuras,

Y hallo al hambriento lobo en mi camino

y al toro que me mira que me espera;

en vano grita el pobre campesino

«No cruces por la noche la ribera. »

En la sierra de rocas erizada,

del valle entre los árboles y flores,

en la ribera sola y apartada

he esperado el amor de mis amores.

A cada instante lavo mis mejillas

del claro manantial en la corriente,

y le vuelvo a esperar más impaciente

cruzando con afán las dos orillas.

A la gruta te llaman mis amores;

mira que ya se va la primavera

y se marchitan las lozanas flores

que traje para ti de la ribera.

Si estás entre las zarzas escondido

y por verme llorar no me respondes,

ya sabes que he llorado y he gemido,

y yo no sé, mi amor, por qué te escondes.

Tú pensarás, tal vez, desdeñosa

por no enlazar mi mano con tu mano

huiré, si te me acercas, por el llano

y a los pastores llamaré medrosa.

Pero te engañas, porque yo te quiero

con delirio tan ciego y tan ardiente,

que un beso te iba a dar sobre la frente

cuando me dieras el adiós postrero.

 

III

Dejaba apenas la inocente cuna

cuando una hermosa noche en la pradera

los juegos suspendí por ver la luna

y en sus rayos te vi, la vez primera.

Otra tarde después, cruzando el monte,

vi venir la tormenta de repente,

y por segunda vez, más vivamente

alumbró tu mirada el horizonte.

Quise luego embarcarme por el río,

y hallé que el son del agua que gemía

como la luz, mi corazón hería

y dejaba temblando el pecho mío.

Me acordé de la luna y la centella

y entonces conocí que eran iguales

lo que sentí escuchando a los raudales,

lo que sentí mirando a la luz bella.

Vago, sin forma, sin color, sin nombre,

espíritu de luz y agua formado,

tú de mi corazón eras amado

sin recordar en tu figura al hombre.

Ángel eres, tal vez, a quien no veo

ni lograré, jamás, ver en la tierra,

pero sin verte en tu existencia creo,

y en adorarte mi placer se encierra.

Por eso entre los vientos bramadores

salgo a cantar por el desierto valle,

pues aunque en el desierto no te halle,

ya sé que escuchas mi canción de amores

Y ¿quién sabe si al fin tu luz errante

desciende con el rayo de la luna,

y tan sola otra vez, tan sola una,

volveré a contemplar tu faz amante?

Mas, si no te he de ver, la selva dejo,

abandono por siempre estos lugares,

y peregrina voy hasta los mares.

A ver si te retratas en su espejo.

 

IV

He venido a escuchar los amadores

por ver si entre sus ecos logro oírte,

porque te quiero hablar para decirte

que eres siempre el amor de mis amores.

Tu ya sabes, mi bien, que yo te adoro

desde que tienen vida mis entrañas,

y vertiendo por ti mares de lloro

me cansé de esperarte en las montañas.

La gruta que formé para el estío

la arrebató la ráfaga de octubre…

¿qué he de hacer allí sola al pie del río

que todo el valle con sus aguas cubre?

Y ¡oh Dios! quién sabe si de ti me alejo

conforme el valle solitario huyo,

si no suena jamás un eco tuyo

ni brilla de tus ojos un reflejo.

Por la tierra ¡ay de mí! desconocida,

como el Gévora, acaso, arrebatada

dejo mi bosque y a la mar airada

a impulso de este amor corro atrevida.

Mas si te encuentro a orilla de los mares

cesaron para siempre mis temores

porque puedo decirte en mis cantares

que tú eres el amor de mis amores.

 

V

Aquí tu barca está sobre la arena:

desierta miro la extensión marina:

te llamo sin censar con tu bocina

y no pareces a calmar mi pena.

Aquí estoy en la barca triste y sola

aguardando a mi amado noche y día;

llega a mis pies la espuma de la ola,

y huye otra vez, cual la esperanza mía.

¡Blanca y ligera espuma transparente,

ilusión, esperanza, desvarío,

como hielas mis pies con tu rocío

el desencanto hiela nuestra mente!

Tampoco es el mar a donde él mora,

ni en la tierra ni el mar mi amor existe

: ¡Ay! dime si en la tierra te escondiste

o si dentro del mar estás ahora.

Porque es mucho dolor que siempre ignores

que yo te quiero ver, que yo te llamo

sólo para decirte que te amo,

¡que eres siempre el amor de mis amores!

 

VI

Pero te llamo yo, ¡dulce amor mío!

como si fueras tú mortal viviente,

cuando sólo eres luz, eres ambiente,

eres aroma, eres vapor del río.

Eres la sombra de la nube errante,

eres el son del árbol que se mueve,

y aunque a adorarte el corazón se atreve,

tú solo en la ilusión eres mi amante.

Hoy me engañas también como otras veces;

tú eres la imagen que el delirio crea,

fantasma del vapor que me rodea

que con el fuego de mi aliento creces.

Mi amor, el tierno amor por el que lloro

eres tan sólo tú ¡señor Dios mío!

Si te busco y te llamo, es desvarío

de lo mucho que sufro y que te adoro.

Yo nunca te veré, porque no tienes

ser humano, ni forma, ni presencia:

yo siempre te amaré, porque en esencia

a el alma mía como amante vienes.

Nunca en tu frente sellará mi boca

el beso que al ambiente le regalo;

siempre el suspiro que a tu amor exhalo

vendrá a quebrarse en la insensible roca.

Pero cansada de penar la vida,

cuando se apague el fuego del sentido,

por el amor tan puro que he tenido

tú me darás la gloria prometida.

Y entonces al ceñir la eterna palma,

que ciñen tus esposas en el cielo,

el beso celestial, que darte anhelo,

llena de gloria te dará mi alma.

 

Ángela, melancólica mi alma…

Ángela, melancólica mi alma

hacia tus brazos encamina el vuelo

ansiosa de encontrar en ellos calma.

 

Que, siempre son los ángeles del cielo

ésos que nos arrullan blandamente

y nos prestan reposo y dan consuelo.

 

Tú tienes una voz que el ruido miente

de las sencillas tórtolas, y el eco

del murmurar tranquilo de la fuente,

 

Y aunque en el pecho de inocencia seco

no halle lugar tan cándido sonido

halla en el mío dilatado hueco.

 

Si, yo mi juventud no he consumido,

conservo la ilusión y el sentimiento

y aun puedo al tierno amor prestar oído:

 

Ora célebre amor tu tierno acento,

ora te duelas dél, siempre te escucha

mi enternecido corazón atento.

 

Y si en el siglo de ambición y lucha

consuelo mutuamente no nos damos

de nuestras almas a la pena mucha,

 

Ángela, ¿con el llanto a dónde vamos?

¿Hacia dónde el amor sencillo y bello

de nuestra musa juvenil llevamos?

 

De rosas y jazmines el cabello

te puedo coronar, sino ambiciosa

por ceñir el laurel doblas el cuello:

 

Yo quiero consagrar mi edad penosa

a celebrar las cándidas doncellas

que sólo en su amistad mi alma reposa;

 

Entusiasmo y virtud encuentro en ellas

y en sus arpas dulcísimas y santas

el consuelo y la paz de mis querellas.

 

Por eso vuelo a ti, que tierna cantas

a Dios ya los amores de mi vida

raudal perpetuo de emociones tantas.

 

Por eso ya sintiéndome abatida

el alma hacia tus brazos encamino

porque en ellos la des bella acogida.

 

Más precio yo tu arrullo peregrino

que de las trompas bélicas los sones

donde horribles batallas imagino,

 

Más precio yo, doncella, tus canciones

que los oscuros libros de la historia

donde jamás hallé sino borrones;

 

Más precio de amistad la suave gloria,

más de mis compañeros la sonrisa

que del mayor guerrero la victoria.

 

De dos en dos, las tórtolas, poetisa,

cantan sobre los rudos encinares

mecidas en sus ramas por la brisa:

 

Así das tú compaña a mis pesares

aliento a un pecho lánguido infundiendo

con el celeste ardor de tus cantares…

 

Ya no sufro; mis párpados cayendo

a tu benigno influjo, dulce amiga,

poco a poco y mi espíritu adurmiendo

en tus brazos se van… ¡Dios te bendiga!

 

Ángeles peregrinos que habitáis…

Ángeles peregrinos que habitáis

las moradas divinas del Oriente

y que mecidos sobre el claro ambiente

por los espacios del mortal vagáis.

 

A vosotros un alma enamorada

os pide sin cesar en su lamento

alas, para cruzar del firmamento

la senda de los aires azulada.

 

Veladme con la niebla temerosa

que por la noche ciega a los mortales,

y en vuestros puros brazos fraternales

llevadme allá donde mi bien reposa.

 

Conducidme hasta el sol donde se asienta

bajo el dosel de reluciente oro

el bien querido por quien tanto lloro,

genio de la pasión que me atormenta.

 

¡Ay! Transportad mi corazón al cielo,

y si os place después darme castigo,

destrozadme en los aires y bendigo

vuestra piedad y mi dichoso vuelo.

 

Aquel nombre primero…

Aquel nombre primero

que bendijo mi labio balbuciente,

después que prisionero

vi a mi padre inocente,

fue, Señora, tu nombre reverente.

 

Aquella faz hermosa

que, después de la faz hermosa y santa

de mi madre amorosa

miré con ansia tanta,

fue, Señora, tu faz que al mundo encanta.

 

La primera alegría

que de mi triste infancia en los albores

recuerda el alma mía,

brotó con tus favores

como al rayo del sol brotan las flores.

 

Y la primera gala

que el sereno y trasparente cielo

al puro azul iguala,

la vestí con anhelo

por celebrar tu nombre y mi consuelo.

 

Yo entonces no sabía

cómo en la vaga mente se creaba

la sonora poesía,

pero entonces cantaba

los himnos que en tu honor el pueblo alzaba.

 

De tu dulce amnistía

a la sombra feliz hemos crecido,

las que niñas un día

tanto habemos sufrido

que sin ti fuera triste haber nacido.

 

Con noche muy oscura

nacimos en el siglo desgraciado,

y nunca la luz pura

hubiéramos gozado

si no le amaneciera tu reinado.

 

Luz trajo tu venida,

luz tu sonrisa, luz es tu mirada,

y a tu luz atraída,

ave desorientada,

yo te vine a buscar triste y cansada.

 

Y tú al ave importuna

que de Aranjuez al campo retirado

fue a gemir su fortuna,

tendiste con agrado

tu mano, que es su nido regalado.

 

Al verte, a mi memoria

vino el recuerdo de la infancia mía,

toda la amarga historia

del padre que gemía,

y tu grandeza soberana y pía.

 

Recordé tu hermosura,

como del campo la primera mañana

que en nuestra infancia pura.

Con el alba lozana,

se muestra tan risueña y tan galana.

 

Y los himnos suaves

que gozosos cantaban mis hermanos,

al compás de las aves,

por los floridos llanos,

en honor de tus rasgos soberanos.

 

Y por eso a tu planta,

sin poder exhalar palabra alguna

mi anudada garganta,

quedé, como en la cuna

el niño embelesado al ver la luna.

 

Y nunca mi cariño

te pudiera expresar con un acento,

si, cual la madre al niño,

no me enseñara atento

tu labio a traducir mi pensamiento.

 

Tú al canto del Petrarca

y del Tasso a los épicos sonidos,

en la bella comarca

los muy blandos oídos

tienes acostumbrados y entendidos.

 

Yo no sé hacer canciones

que el genio inspira, que el talento ordena,

mas, ¡ah! los corazones

que el entusiasmo llena,

tienen de gratitud fecunda vena.

 

De un alma agradecida

comprende el amoroso sentimiento,

sin arte y sin medida,

que el agradecimiento

es, Señora, virtud, mas no talento.

 

Mejor sé verter llanto

estrechando tus manos contra el pecho,

que encerrar en mi canto,

con un límite estrecho,

la gratitud que Dios tan grande ha hecho.

 

Al decir que te ama

el corazón, Señora, no se inquieta

por la Apolínea llama

que, al numen no sujeta,

prefiero ser mujer a ser poeta.

 

No puedo consagrarte

rico poema do tu augusto nombre

con perfección del arte

al universo asombre,

que los épicos cantos son del hombre.

 

Mas ruego cada día

en piadosa oración, que es más sonora,

a la Virgen María,

que te sea, Señora,

como eres tú, mi augusta protectora.

 

Aquí tienes al anciano…

Aquí tienes al anciano

terminando su agonía,

y al niño en el mismo día

empezando su vivir.

Escucha cual suena, hermano,

de ese que viene el gemido

con el adiós confundido

del otro que va a partir.

 

¿Qué es más triste, la ignorancia

de aquel que busca la vida,

o de otro que perdida

deja la vida, el saber?

¿Qué lloras más, a la infancia

que a padecer se encamina,

o a la vejez que termina,

hermano, su padecer?

 

Tuvo el año lozanía,

bella fue su primavera,

mas ¿sabes en la pradera

para qué las flores son?

Para hacernos más sombría,

cuando acaba su belleza,

de los campos la tristeza

en la invernal estación.

 

¿Dudas? ¡ay! estrecha cuenta

hoy al año reclamemos,

y sus penas coloquemos

al lado de su placer.

Ya verás cuál se acrecienta

ancho el cerco de sus males,

y el de sus bienes cabales

cuán estrecho viene a ser.

 

Tenemos pena cumplida,

ventura solo aplazada,

con lágrima anticipada

tan antes pagada ya,

que parece que la vida

poscrita al placer tenemos,

y solo que le soñemos

castigo el dolor nos da.

 

Tal nos pasa, tal sufrimos,

tal es el mundo presente;

tras nosotros otra gente

más dichosa ha de venir:

que las almas que nacimos

de este siglo entre las guerras,

para cruzar nuestras tierras

en un perpetuo gemir.

 

Bardos vendrán más contentos

en otra edad venturosa

que la vida hallen hermosa

y canten solo placer;

mas nosotros, descontentos

de estos tiempos revoltosos,

con los ojos lagrimosos

cantamos el padecer.

 

Y cuando el año termina

más nuestro duelo se aumenta;

triste el año es que ahuyenta

¿mas cómo el otro será?

Esa aurora que vecina

sigue ya a la noche esta

en alas del sol traspuesta,

¿sabes tú qué luz traerá?

 

¿Podrán los ojos mirarla

frente a frente sin recelo?

¿Brillará pura en el ciclo?

¿Saldrá envuelta en lobreguez?

¿Vendrá algún astro a eclipsarla,

tanta nube a oscurecerla,

que nunca logremos verla

en completa brillantez?

 

Allá los sabios que miran

por la noche a los luceros,

en sus cálculos certeros

lo que averiguan dirán;

mas a mí que no me inspiran

profecías las estrellas,

no puedo decir por ellas

lo que los años traerán.

 

Pero los temo y los lloro,

y entre su noche y su aurora

está para mí la hora

más triste del corazón;

del rudo bronce sonoro

que entrambos años separa,

temblando aguardo la clara

y solemne vibración…

 

Dos… cuatro… seis… alegría

al que nace saludemos;

ocho… diez… doce… ¡lloremos

al que deja de vivir!

Es del año la agonía

y el nacimiento del año,

la esperanza y desengaño

lo pasado y porvenir.

 

¡Ay! transportad mi corazón al cielo!

Ángeles peregrinos que habitáis

las moradas divinas del Oriente

y que mecidos sobre el claro ambiente

por los espacios del mortal vagáis.

 

A vosotros un alma enamorada

os pide sin cesar en su lamento

alas, para cruzar del firmamento

la senda de los aires azulada.

 

Veladme con la niebla temerosa

que por la noche ciega a los mortales,

y en vuestros puros brazos fraternales

llevadme allá donde mi bien reposa.

 

Conducidme hasta el sol donde se asienta

bajo el dosel de reluciente oro

el bien querido por quien tanto lloro,

genio de la pasión que me atormenta.

 

¡Ay! Transportad mi corazón al cielo,

y si os place después darme castigo,

destrozadme en los aires y bendigo

vuestra piedad y mi dichoso vuelo.

 

Bien hayan, mariposa…

Bien hayan, mariposa,

las bellas alas como el aire leves,

que inquieta y vagarosa

entre las flores mueves,

ostentando tu púrpura preciosa.

 

De blanda primavera

bien haya la callada y fiel vecina,

la dulce compañera

del alba cristalina,

perdida entre la flor de la pradera.

 

Ligera y afanosa

el prado mide tu inseguro vuelo,

ya huyendo temblorosa,

ya con ansioso anhelo

en las flores vagando codiciosa.

 

Bien haya el purpurino,

el vaporoso polvo de tus alas,

que al aire de continuo

puro y luciente exhalas

al abrirte en sus ámbitos camino.

 

¡Ay! goza, mariposa,

la pasajera vida de dulzura,

que vuela presurosa:

goza allá tu ventura,

revolando en la siesta silenciosa.

 

Apura de las flores

el empapado cáliz que te ofrecen,

y apura tus amores;

que ya en la noche acrecen

del otoño los vientos destructores.

 

Y eres frágil y bella,

y tu belleza el cierzo descolora.

Si sañudo atropella

tu gala seductora,

ni aun de tu forma quedará la huella.

 

Bien llegados a España, caballeros…

Bien llegados a España, caballeros.

Esta joven nación, su tierra pura

os brinda a los amigos extranjeros

que lecciones la ofrecen de cultura:

por el terso carril marchen ligeros

los hijos de la rica Extremadura,

vuestras artes, y ciencias y portentos

a igualar y vencer con sus talentos.

 

¡O mi pueblo, sencillo patriarca

tan agreste pacífico y tan rudo,

de ferrados-carriles tu comarca

van a ornar, y ya en vez del torpe y mudo

buey que sus pasos por minutos marca

¡rodará gran vapor!… ¿Quién tanto pudo?

¿Qué impulso, qué vigor, qué movimiento

pone a tan bella fábrica el cimiento?

 

Hay una tierra, en medio el Océano

donde O”Connell nació y a Byron cuenta,

¿qué reino hallar más fuerte y soberano

que la patria feliz que a ambos alienta?

Pues ya del genio y del poder Britano

tanto el raudal inmenso se acrecienta

que sus diques rompiendo a inundar pasa

el virgen suelo que de sed se abrasa.

 

Ya corren hasta aquí sus manantiales;

ya el campo bebe su copioso riego;

ya florecen brillando a sus cristales

el extremeño prado y el manchego.

¡Ay! los que tal pobreza y tantos males

en la guerrera lucha a sangre y fuego,

soportaron pacientes, ¿cómo ahora,

dicha comprenderán tan seductora?

 

Agriado el corazón por los azares,

perdida en desengaños la esperanza,

nada aguardamos ya sino pesares,

sólo en el mal tenemos confianza;

por eso hacia la gente de los mares

torva la vista, y suspicaz se lanza

y rechazando el bien porque suspira

responde el español: «Fraude, mentira».

 

Empero, no a los hijos de Bretaña

que nos tendieron las amigas manos

cuando el Coloso amenazó a la España

deben temer los nobles castellanos;

antes bien recordar la fiel campaña

que hicieron los dos reinos como hermanos

para que aliento infunda a la memoria

de Wellington su lauro y nuestra gloria.

 

¡Por qué ese recelar eterno y triste!

¡Por qué en el porvenir tal desconsuelo!

¡Por qué así nuestro espíritu reviste

con su negro color el blanco cielo!

Tal vez el hado en el rencor desiste

con que siguió nuestro cefrado suelo,

y su primer sonrisa alegremente

nos muestra en el camino reluciente.

 

¡Cuánta prosperidad, cuánta grandeza!

¡Cuán fecundos los montes hoy salvajes

pavimentos darán con su corteza,

moradas ornarán con sus ramajes!;

cuántos pueblos, alzando la cabeza

por contestar de Europa a los ultrajes

«venid aquí —dirán— pueblos hambrientos,

¡que nosotros estamos opulentos!»

 

¡Bravo!… generación; rauda caminas…

¡Bravo!… generación; rauda caminas

a modelar tus hombres con las fieras;

¡bien tus nobles misiones adivinas,

te escapas de las cátedras latinas

y en las plazas de toros te atrincheras!

 

Nuevos campos de lid a los toreros

levanta ¡oh patria! agota los tesoros.

¿Pueblo de sabios son los extranjeros?

Pues aquí somos pueblo de vaqueros…

necios ¿qué vale más, leyes o toros?

 

¿La libertad, qué importa mientras brama

el acosado toro en la llanura

y la arena socava y desparrama

y sufre el aguijón… sufre la llama,

de la infeliz España imagen pura?

 

Y cuando ronco ya lanza profundos

del traspasado pecho los bramidos

y hombres caen y alazanes moribundos

¡cómo es ver a los mozos rubicundos

romper en gozosísimos silbidos!

 

Y a las damas, las dulces, las mimadas,

corazones de leche delicados,

cebarse en contemplar ensangrentadas

las carnes del buen toro acribilladas,

los pechos del caballo desgarrados.

 

Mas escuchad; a defender la lucha

de hombres y toros se levanta osado

el petulante hidalgo que me escucha

«Yo vengo —exclama— aquí con gloria mucha

porque esto es español». ¡Bien, ha gritado!

 

¡Oh Nacional ardor! cien aureolas

de rubias astas en la docta frente

coloquen del mancebo, que halla solas

en los chulos las glorias españolas,

en los toros su fuerza prepotente.

 

Para aquellas ¡oh pueblo! almas de toro

el valor y el saber son extranjeros;

no aprenden en el Cid que bate al moro,

no abren de nuestros libros el tesoro

y de España osan ser con ser toreros.

 

Pues también en las bellas de la España

tanto el patrio cariño se acrisola

que ven con entusiasmo a la alimaña;

con ellas la bondad es planta extraña,

tan sólo la crueldad es española.

 

¡Quién me diera tu numen, Jovellanos,

para tronar y despedir centellas

contra aquellos padrones castellanos

que se elevan más altos, más ufanos

en vez de perecer bajo tus huellas!

 

¡Varón ilustre, si tu mente pura

de los rayos del sol aquí desciende,

mira al pueblo español en esa altura,

cómo rápido avanza en la cultura,

cómo en la escuela de la ciencia aprende!

 

Pan y toros tenemos —prorrumpiste—

pero tu siglo fue siglo de oro,

el nuestro, Jovellanos, es más triste,

tú, al menos, con el toro pan tuviste,

¡a nosotros nos dan sin pan el toro!

 

Brillaba el sol aquel día…

Brillaba el sol aquel día

con luz clara, pura, hermosa;

yo no sé qué presentía,

pero estaba el alma mía

agitada y recelosa.

 

Antes de ver la tormenta

el Alción la pronostica:

así una emoción violenta

que se siente y no se explica

a veces nos amedrenta.

 

¡Tempestad!… y recia que era

la que aguardaba a mi vida,

cuando por la vez primera

tu mirada placentera

vino a anunciar su venida.

 

«Alma noble, dije al verte,

corazón osado y fuerte

en amor y odio extremado,

has de ser muy estimado

de la que llegue a quererte».

 

Harto bien lo presagiaba,

¡mas, por Dios, no sospechaba

aquélla que lo decía

que la idólatra sería

del corazón que juzgaba!

 

¿Por qué tu mirada era

tan dulce? ¿Por qué tu ruego

quisiste una vez que oyera?…

Con una chispa de fuego

se enciende una inmensa hoguera.

 

Dice alguno en su porfía

que es mi alma dura roca;

mas, por la Virgen María,

que a un acento de tu boca

se ha deshecho el alma mía.

 

Buen sabio, ¿de tu tierra y de la mía?…

Buen sabio, ¿de tu tierra y de la mía

tu corazón no ansía

el nombre oír que la memoria encierra

de los pasados años?

¿O a tu memoria extraños

serán ya los recuerdos de tu tierra?

 

Yo, Señor, que heredé de mis abuelos

un libro de consuelos

obra de tu lozana fantasía,

cuando eras mozo o niño,

tengo mucho cariño

al buen cantor de la comarca mía.

 

Siempre al pasar cercana de tus lares

recordé tus cantares,

y otras veces al margen del Guadiana

medité dulcemente

en la gloria eminente

que a nuestro pueblo consagró Quintana.

 

¿Por qué en el aprender ¡ay! soy tan ruda

que, aun cuando ansiosa acuda,

en la ciencia a estudiar de tus escritos

las brillantes lecciones,

no logro en mis canciones

remedar tus acentos infinitos?

 

Mas ¡qué mucho! las artes lentamente

vienen, cual la corriente,

del manantial sereno del Ruidera

a visitar los muros

solitarios y oscuros

de esta ciudad de España la postrera.

 

No se pule el salvaje entendimiento

del campesino acento

entre el tosco rumor; y la poesía

levanta su cabeza,

entre tanta aspereza,

como una planta estéril y bravía…

 

¿Qué nuevas te daré que a tu celoso

patrio entusiasmo hermoso

por la fama y el bien de nuestro suelo

alegren placenteras,

si antes que estas riberas

pienso, Quintana, que se mude el cielo?

 

Si las vastas encinas del contorno,

solo y agreste adorno

de estos valles, tal vez, contado hubieras,

al despedirte de ellos

en tus abriles bellos,

esas propias hallaras, si hoy volvieras.

 

Los arraigados juncos de este río

bajo el mismo rocío

con que la espuma, al salpicar, los baña,

medran tranquilamente

sin que del hombre intente

otros sauces plantar la mano extraña.

 

Y aun hay de tierra vírgenes pedazos

donde jamás los brazos

del colono feliz su fuerza emplean,

y hay fuentes, manantiales

sin guía y sin brocales

cuyos hilos se pierden y se orean…

 

Más aprisa se mueve la tortuga;

menos tarda la oruga

su bella metamorfosis presenta

en esta tierra, Quintana,

un solo paso gana

de su cultura en la carrera lenta.

 

Empero un solo nombre hay en el mundo

que del sueño profundo

a este pueblo pacífico levanta

y lo agita, lo enciende,

cuando extático entiende

la nota fiel de esta palabra santa.

 

Grítale «Libertad» verás leones:

que vengan las naciones

a esclavizar a la soberbia España,

y será de este otero

cada azadón grosero

hacha incansable en la mortal campaña.

 

¡Por Dios! este rincón, hoy tan tranquilo,

fuera el último asilo

de aquella libertad apetecida

que, aunque no entiendo de ella,

debe de ser muy bella

cuando es tan ponderada y tan querida.

 

Tú la llamaste flor en tus cantares;

¡en la tierra y los mares

cuánta sangre costó! ¿Y eso son flores?

¡Hoy por lo solitaria

Será la pasionaria

o la viuda negra y sin olores!

 

Negra e inodora fue para los míos

cuyos años sombríos

vagando tras sus pétalos tronchados,

con pertinaz constancia,

las horas de mi infancia

y triste juventud han amargado…

 

No la aborrezco, no, me espanta

esa costosa planta

que nuestro llanto bebe por rocío:

más fruto y menos penas

me dan las azucenas

que en mi puerto florecen en estío.

 

¡Quiera Dios que no tronche en nuestra tierra

nuevo huracán de guerra

esa flor que inspiró tus armonías:

siquiera porque ha sido

la que más ha lucido

en tu guirnalda eterna de poesías!

 

Como aquellas lucecillas…

Como aquellas lucecillas

vaporosas y ligeras,

que sin calor a millares

se levantan de la tierra,

 

Los amores en tu pecho,

fragilísima belleza,

sin que su fuego te abrase

alzan mil llamas diversas:

 

Brotan, lucen, se disipan,

otras nacen tras aquellas:

la inconstancia las apaga,

la liviandad las renueva.

 

Como el aura suavísima resbala…

Como el aura suavísima resbala

de placer en placer fácil mi vida:

entre el amor y gloria dividida,

¿cuál es la dicha que a mi dicha iguala?

 

Al lado de Faón, su amor cantando;

con la luz de sus ojos fascinada;

dicha inmensa es de Safo bienhadada

perder sus horas en deliquio blando.

 

Dicha inmensa es de Safo venturosa

que su amante en el aire que respira

beba el acento de la tierna lira,

que tan sólo por él suena amorosa.

 

¡Cómo a mis ojos inefable llanto

gota por gota el corazón destila,

si un instante su faz dulce y tranquila

brilla gozosa al escuchar mi canto!…

 

¡Si de su boca en lisonjero arrullo

la voz desciende a celebrar mi lira,

y hálito vago que su labio expira

mis sienes cerca entre el falaz murmullo!

 

Siento, Faón, tu delicado aliento

bullir entorno de la frente mía,

y en deliciosos tonos de armonía

herirme el corazón tus voces siento.

 

El corazón sus golpes precipita

al eco de tu voz apasionada:

a un suspiro, a un acento, a una mirada

como el seno de tórtola se agita.

 

No temo entonces que por bella alguna

perjuro olvides tu feliz cantora,

ni atractiva beldad venga en mal hora

a destrozar mi plácida fortuna.

 

¿Y quién la flor de la ventura mía

osará marchitar con mano aleve?

¿Quién a usurpar tu corazón se atreve

y a reinar donde Safo reinó un día?

 

¡Ah! no soy bella: su preciosa mano

en mi rostro los Dioses no imprimieron;

más al alma benignos concedieron

de los genios el numen soberano.

 

Y cítara en mis manos peregrina

las hermanas de Febo colocaron,

y de entusiasmo el corazón llenaron

de amor ardiente e inspiración divina.

 

Goza de triunfos la beldad un día,

que el porvenir destruye rigoroso;

cuando el genio entre aplausos victorioso

de la inmortalidad al templo guía.

 

Lecho de tierra y silencioso olvido

sólo del mundo la hermosura alcanza:

el estrecho sepulcro a do se lanza,

los rayos borrará de haber nacido.

 

Cual sueño pasará, si el genio alzando

la poderosa voz no la eterniza,

su cantar que a los siglos se desliza

vida preciosa a sus cenizas dando.

 

Yo también cantaré: también mis voces,

tierna Faón, tu nombre repitiendo,

con tu amor y mi amor sobreviviendo,

al porvenir sin fin irán veloces.

 

Yo a esa Grecia opulenta, sabia y justa

arrancaré un aplauso duradero,

una corona como el grande Homero

a mis sienes tal vez ceñiré augusta.

 

Y mírala ¡oh Faón! y tu sonrisa

premie el esfuerzo de tu Safo amada,

más plácida a su ser que en la alborada

place a las flores la naciente brisa.

 

¡Cómo, Señor, no he de tenerte miedo!

Yo te olvidaba ya; ni una alabanza

a la gloriosa bóveda te envía

la cantora sin fe; sin confianza

enmudece, Señor, el alma mía;

horas de ingratitud donde no alcanza

el reflejo inmortal de tu poesía

duermo, cuando mi sueño indiferente

viene a romper tu cólera imponente.

“De tus seres de amor, vaga doncella,

¿cuál de ellos quieres que a mi voz sucumba?

¿Qué faz querida borrará mi huella?

¿Qué ser amado lanzará a la tumba?

¿Tu padre morirá? ¿Tu madre bella?”

dices, y el eco de tu voz retumba

dentro de mí, Señor: “Todo lo puedo.”

Todo lo puedes, sí; ¡Tú eres el miedo!

Cubre la sombra de la muerte el mundo

cuando tu ceño muestras indignado,

y yo he visto a mi padre moribundo

con la sombra mortal de ese nublado:

Señor, al verte contra mí iracundo

entonces tu poder he recordado;

entonces fue el clamor, el rezo, el lloro:

entonces fue el saber cuánto te adoro.

Tú juegas con las vidas desdichadas,

tú al borde del abismo las suspendes,

y al vernos a tu cólera aterrados,

de súplicas y lágrimas te ofendes;

tú no quieres plegarias arrancadas

al espanto, Señor, tú nos comprendes;

sabes que el labio tu alabanza niega,

y si ruega, Señor, por miedo ruega.

Tú no cediste a mi medroso ruego,

tú perdonaste la oscilante vida,

porque en tu libro de radiante fuego

la indeleble sentencia está esculpida;

pero salvaste de su infiel sosiego

a la memoria ingrata que te olvida…

¡Frágil memoria que tu nombre pierde

y el miedo haya de ser quien lo recuerde!

Ni tu sol, ni tu luna, ni tus flores,

ni me inspiró tu lluvia del estío,

ni penetrar lograron tus favores

en este corazón cerrado y frío:

insensata dejé que otros cantores

elevaran a ti su acento pío

como el insecto inútil que dormita

mientras que el ruiseñor canta y se agita.

No te cantaba cuando en calma el cielo

ornado de celaje transparente

brillaba puro: en tanto que su vuelo

sereno detenía el claro ambiente

no te cantó mi espíritu de hielo:

más rugió la tormenta de repente,

con tu rayo amagaste al ser amado

y de miedo, Señor, te he recordado.

¡Míseras oraciones y cantares

que a impulso del temor rompen conmigo!

no más que en las desdichas y pesares

te llamo grande y te apellido amigo:

sólo cuando te ruego que me ampares

dulces palabras con amor te digo;

sólo cuando vivir sin ti no puedo,

“Señor, exclamo, ven, que tengo miedo.”

¿Pero me escuchas tú? ¿Pero respondes?

¿No me desdeñas porque indigna clamo?

¿Tu cariñosa gracia no me escondes

porque te olvido en paz y en guerra te amo?

¡Ay! no el cruel remordimiento ahondes;

no rechaces mi voz cuando te llamo;

si tanto puedes tú, yo nada puedo;

no es pecado, Señor, que tenga miedo.

Tú vives entre bóvedas de lumbre

de los soles que giran al ruido,

y yo sin que su fuego me deslumbre

no puedo ver al sol medio escondido;

tú de siglos y siglos pesadumbre

eterna llevas, –yo nada he vivido–

tú me puedes hundir –yo nada puedo–

¿cómo, Señor, no he de tenerte miedo?

Tiembla del hombre el corazón valiente,

tiembla el pueblo que audaz te desafía,

la fanática raza del Oriente

y la raza sin fe del Mediodía;

¡muy temible serás cuando el viviente

de tan lejana edad, Señor, temía

y en tanto siglos de gentil denuedo

no ha podido vencer, Señor, su miedo!

Tú eres el miedo que despide llamas,

tú eres el miedo que el diluvio riegas,

y tiene miedo el mundo a quien inflamas,

y tiene miedo el mundo a quien anegas;

si tu poder conoces y nos amas,

cuando los rayos del furor desplegas

y acobardada ante tus iras quedo,

no te enojes, Señor, si tengo miedo.

Puedes quitarnos los amados seres,

nuestra alegría convertir en llanto,

mudar en desventura los placeres,

y trocar en gemidos nuestro canto:

Señor, tan grande y poderoso eres,

es tan inmenso tu gobierno santo

¡que a tu amenaza amedrentada cedo

y te digo ¡Señor, tú eres el miedo!

 

¿Cómo te llamaré para que entiendas…

I

¿Cómo te llamaré para que entiendas

que me dirijo a ti ¡dulce amor mío!

cuando lleguen al mundo las ofrendas

que desde oculta soledad te envío?…

A ti, sin nombre para mí en la tierra

¿cómo te llamaré con aquel nombre,

tan claro, que no pueda ningún hombre

confundirlo, al cruzar por esta sierra?

¿Cómo sabrás que enamorada vivo

siempre de ti, que me lamento sola

del Gévora que pasa fugitivo

mirando relucir ola tras ola?

Aquí estoy aguardando en una peña

a que venga el que adora el alma mía;

¿por qué no ha de venir, si es tan risueña

la gruta que formé por si venía?

¿Qué tristeza ha de haber donde hay zarzales

todos en flor, y acacias olorosas,

y cayendo en el agua blancas rosas,

y entre la espuma lirios virginales?

Y ¿por qué de mi vista has de esconderte;

por qué no has de venir si yo te llamo?

¡Porque quiero mirarte, quiero verte

y tengo que decirte que te amo!

¿Quién nos ha de mirar por estas vegas

como vengas al pie de las encinas,

si no hay más que palomas campesinas

que están también con sus amores ciegas?

Pero si quieres esperar la luna,

escondida estaré entre la zarza-rosa,

y si vienes con planta cautelosa

no nos podrá sentir paloma alguna.

Y no temas si alguna se despierta,

que si te logro ver, de gozo muero,

y aunque después lo cante al mundo entero,

¿qué han de decir los vivos de una muerta?

 

II

Como lirio del sol descolorido

ya de tanto llorar tengo el semblante,

y cuando venga mi gallardo amante,

se pondrá al contemplarlo entristecido.

Siempre en pos de mi amor voy por la tierra

y creyendo encontrarle en las alturas,

con el naciente sol trepo a la sierra;

con la noche desciendo a las llanuras,

Y hallo al hambriento lobo en mi camino

y al toro que me mira que me espera;

en vano grita el pobre campesino

«No cruces por la noche la ribera. »

En la sierra de rocas erizada,

del valle entre los árboles y flores,

en la ribera sola y apartada

he esperado el amor de mis amores.

A cada instante lavo mis mejillas

del claro manantial en la corriente,

y le vuelvo a esperar más impaciente

cruzando con afán las dos orillas.

A la gruta te llaman mis amores;

mira que ya se va la primavera

y se marchitan las lozanas flores

que traje para ti de la ribera.

Si estás entre las zarzas escondido

y por verme llorar no me respondes,

ya sabes que he llorado y he gemido,

y yo no sé, mi amor, por qué te escondes.

Tú pensarás, tal vez, desdeñosa

por no enlazar mi mano con tu mano

huiré, si te me acercas, por el llano

y a los pastores llamaré medrosa.

Pero te engañas, porque yo te quiero

con delirio tan ciego y tan ardiente,

que un beso te iba a dar sobre la frente

cuando me dieras el adiós postrero.

 

III

Dejaba apenas la inocente cuna

cuando una hermosa noche en la pradera

los juegos suspendí por ver la luna

y en sus rayos te vi, la vez primera.

Otra tarde después, cruzando el monte,

vi venir la tormenta de repente,

y por segunda vez, más vivamente

alumbró tu mirada el horizonte.

Quise luego embarcarme por el río,

y hallé que el son del agua que gemía

como la luz, mi corazón hería

y dejaba temblando el pecho mío.

Me acordé de la luna y la centella

y entonces conocí que eran iguales

lo que sentí escuchando a los raudales,

lo que sentí mirando a la luz bella.

Vago, sin forma, sin color, sin nombre,

espíritu de luz y agua formado,

tú de mi corazón eras amado

sin recordar en tu figura al hombre.

Ángel eres, tal vez, a quien no veo

ni lograré, jamás, ver en la tierra,

pero sin verte en tu existencia creo,

y en adorarte mi placer se encierra.

Por eso entre los vientos bramadores

salgo a cantar por el desierto valle,

pues aunque en el desierto no te halle,

ya sé que escuchas mi canción de amores

Y ¿quién sabe si al fin tu luz errante

desciende con el rayo de la luna,

y tan sola otra vez, tan sola una,

volveré a contemplar tu faz amante?

Mas, si no te he de ver, la selva dejo,

abandono por siempre estos lugares,

y peregrina voy hasta los mares.

A ver si te retratas en su espejo.

 

IV

He venido a escuchar los amadores

por ver si entre sus ecos logro oírte,

porque te quiero hablar para decirte

que eres siempre el amor de mis amores.

Tu ya sabes, mi bien, que yo te adoro

desde que tienen vida mis entrañas,

y vertiendo por ti mares de lloro

me cansé de esperarte en las montañas.

La gruta que formé para el estío

la arrebató la ráfaga de octubre…

¿qué he de hacer allí sola al pie del río

que todo el valle con sus aguas cubre?

Y ¡oh Dios! quién sabe si de ti me alejo

conforme el valle solitario huyo,

si no suena jamás un eco tuyo

ni brilla de tus ojos un reflejo.

Por la tierra ¡ay de mí! desconocida,

como el Gévora, acaso, arrebatada

dejo mi bosque y a la mar airada

a impulso de este amor corro atrevida.

Mas si te encuentro a orilla de los mares

cesaron para siempre mis temores

porque puedo decirte en mis cantares

que tú eres el amor de mis amores.

 

V

Aquí tu barca está sobre la arena:

desierta miro la extensión marina:

te llamo sin censar con tu bocina

y no pareces a calmar mi pena.

Aquí estoy en la barca triste y sola

aguardando a mi amado noche y día;

llega a mis pies la espuma de la ola,

y huye otra vez, cual la esperanza mía.

¡Blanca y ligera espuma transparente,

ilusión, esperanza, desvarío,

como hielas mis pies con tu rocío

el desencanto hiela nuestra mente!

Tampoco es el mar a donde él mora,

ni en la tierra ni el mar mi amor existe

: ¡Ay! dime si en la tierra te escondiste

o si dentro del mar estás ahora.

Porque es mucho dolor que siempre ignores

que yo te quiero ver, que yo te llamo

sólo para decirte que te amo,

¡que eres siempre el amor de mis amores!

 

VI

Pero te llamo yo, ¡dulce amor mío!

como si fueras tú mortal viviente,

cuando sólo eres luz, eres ambiente,

eres aroma, eres vapor del río.

Eres la sombra de la nube errante,

eres el son del árbol que se mueve,

y aunque a adorarte el corazón se atreve,

tú solo en la ilusión eres mi amante.

Hoy me engañas también como otras veces;

tú eres la imagen que el delirio crea,

fantasma del vapor que me rodea

que con el fuego de mi aliento creces.

Mi amor, el tierno amor por el que lloro

eres tan sólo tú ¡señor Dios mío!

Si te busco y te llamo, es desvarío

de lo mucho que sufro y que te adoro.

Yo nunca te veré, porque no tienes

ser humano, ni forma, ni presencia:

yo siempre te amaré, porque en esencia

a el alma mía como amante vienes.

Nunca en tu frente sellará mi boca

el beso que al ambiente le regalo;

siempre el suspiro que a tu amor exhalo

vendrá a quebrarse en la insensible roca.

Pero cansada de penar la vida,

cuando se apague el fuego del sentido,

por el amor tan puro que he tenido

tú me darás la gloria prometida.

Y entonces al ceñir la eterna palma,

que ciñen tus esposas en el cielo,

el beso celestial, que darte anhelo,

llena de gloria te dará mi alma.

 

¡Cuál brilla su alba frente!…

¡Cuál brilla su alba frente

de angélica pureza!…

¡Cuál vierte su mejilla

el candor infantil!

 

Exhalan el aliento

sus labios bulliciosos

más dulce que las auras

del aromado abril.

 

Entre rosado velo

de púrpura y de flores

protege su descanso

el ángel de la paz.

 

Y vaga cariñoso

en torno de su cuna

y halaga blandamente

su adormecida faz.

 

Y coronó su lecho

de blancas azucenas,

y coronó su frente

de rosas y azahar.

 

Silencio… que no turbe

ninguna voz humana

su plácido sosiego,

su blando dormitar.

 

¿Cuál de las hijas del verano ardiente…

¿Cuál de las hijas del verano ardiente,

cándida rosa, iguala a tu hermosura,

la suavísima tez y la frescura

que brotan de tu faz resplandeciente?

 

La sonrosada luz de alba naciente

no muestra al desplegarse más dulzura,

ni el ala de los cisnes la blancura

que el peregrino cerco de tu frente.

 

Así, gloria del huerto, en el pomposo

ramo descuellas desde verde asiento;

cuando llevado sobre el manso viento

 

a tu argentino cáliz oloroso

roba su aroma insecto licencioso,

y el puro esmalte empaña con su aliento.

 

¡Cuál te adoro!

¡Oh, cuál te adoro! con la luz del día

tu nombre invoco apasionada y triste,

y cuando el cielo en sombras se reviste

aun te llama exaltada el alma mía.

 

Tú eres el tiempo que mis horas guía,

tú eres la idea que a mi mente asiste,

porque en ti se concentra cuanto existe,

mi pasión, mi esperanza, mi poesía.

 

No hay canto que igualar pueda a tu acento

cuando tu amor me cuentas y deliras

revelando la fe de tu contento;

 

Tiemblo a tu voz y tiemblo si me miras,

y quisiera exhalar mi último aliento

abrasada en el aire que respiras.

 

¡Cuán bellas sois las que sin fin vagando!…

¡Cuán bellas sois las que sin fin vagando

en la espaciosa altura,

inmensas nubes, pabellón formando

al aire suspendido,

inundáis de tristura

y de placer a un tiempo mi sentido!

 

¡Cuán bellas sois, bajo el azul brillante

las zonas recorriendo,

ya desmayando leves un instante

entre la luz perdidas,

ya el sol oscureciendo

y con su llama ardiente enrojecidas!

 

Y ya brilláis como la blanca espuma

en las olas del viento,

y ya fugaces como leve pluma,

y de sombras ceñidas,

cruzáis el firmamento

las pardas frentes de vapor henchidas.

 

¡Cuán dulce brilla en su mortal desmayo

rompido en vuestro seno

del sol ardiente el amarillo rayo!

¡Y cuán dulce y templado

el resplandor sereno

del astro de la noche sosegado!

 

Y ¡cuánto, oh nubes, vuestro errante giro

place a mi fantasía!

triste y callada y solitaria os miro

flotar allá en el viento,

y por celeste vía

melancólico vaga el pensamiento.

 

Y yo os adoro si con tibio anhelo

adormís las centellas

el vivo sol en el tendido cielo;

si en delicioso manto

veláis de las estrellas

y la pálida luna el triste encanto.

 

¡Oh!, ¡yo os adoro, del espacio inmenso

deidades vagarosas!

no cuando hirvientes desde el seno denso

en ronco torbellino

arrojáis espantosas

vívidas llamas del furor divino.

 

¡Ay! ¡que medrosa entonces se ahuyentara

la inspiración sublime!

ni medrosa la cítara ensalzara

del cielo la belleza,

cuando mi sien oprime

nubloso manto de mortal tristeza.

 

Muda contemplo de pavor cercada

la turba misteriosa

que en pos del huracán revuela osada,

así errante la vida

se arrastra lastimosa

a la senda fatal do el mal se anida.—

 

Allá en la inmensidad os mueven guerra

furiosos aquilones:

así de desventuras en la tierra

nos cerca turba insana;

así de las pasiones

es juguete infeliz la vida humana.

 

Ella varía también la faz ostenta,

y brilla y se oscurece,

y cual vosotras rápida se ahuyenta;

y es nube que exhalada

el aire desvanece

en la corriente de la triste nada.

 

Mas ¡ay! vosotras revagad en tanto

que la cítara mía

os pueda consagrar su débil canto.

Del sol al rayo bello

tended el ala umbría,

y apacible volvedme su destello.

 

Y dadme inspiración; yo mis cantares

daré a vuestra hermosura.

las que sorbéis el agua de los mares,

¡vagad tranquilamente

con nevada blancura

en la encendida cumbre del Oriente!—

 

Cuando el alma primavera…

Cuando el alma primavera

con sus joyas peregrinas

engalana la pradera,

los valles y las colinas;

 

Y las hojas entreabriendo

leve aroma exhala apenas

la rosa, y van descubriendo

su cáliz las azucenas;

 

Y su capullo amarillo

de pura esencia desplega

el delicado junquillo

en la espalda de la vega;

 

Cuando la plácida aurora

el garzo cuello levanta,

y el tulipán cimbradora

descubre la tierna planta;

 

Una flor nace entre aquellas

émula de las estrellas

en el rubio tornasol,

y que brilla como ellas

a los reflejos del sol.

 

En el ramo suspendida

menuda, bella, encendida,

es el alma de las flores,

porque es eterna su vida,

y eternos son sus colores.

 

Allá entre las orlas crece

de su fresca vestidura.

Cuando el alba resplandece,

chispa de fuego parece

sobre la verde llanura.

 

Tú, belleza marchitable,

de los campos maravilla,

prodigiosa flor, que luces

siempre joven, siempre viva,

 

De otras bellas los encantos

son tal vez demás valía

que tu capullo inodoro

y tu corona pajiza.

 

Tú las ves cuando el abril

sus tibias auras expira,

en desplegados pimpollos

vertiendo frescura y vida,

 

Tú la ves bajo las copas

que los árboles agitan,

embriagando las abejas

y perfumando las brisas

 

Pero también deshojadas,

marchitas y destrozadas

entre el polvo en la ribera

tú las verás sepultadas

al morir la primavera.

 

Y pasarán los primores

del risueño abril lozano;

y pasarán los ardores,

las tormentas del verano,

y del otoño las flores;

 

Y cuando ya el campo yerto

con la tierra haya cubierto

tanta beldad fugitiva,

aún habrá en aquel desierto

una flor, la siempreviva.

 

Cuando exhala de esa suerte…

Cuando exhala de esa suerte

vuestra Lira dormitando

un eco tan dulce y blando

¿a qué queréis que despierte?

Dejadlo siempre soñando.

 

Ni vos debéis lamentar

que estén sus cuerdas rompidas,

pues que las sabéis pulsar

tan bien que por vos heridas

aun rotas quieren sonar.

 

Ni digáis que los azares

apagan vuestros destellos,

cantad con vuestros pesares,

porque los tristes cantares

son los cantares más bellos.

 

Mas no queráis vuestro acento

rendir, cantor a mis pies,

elévese al firmamento

que su camino es el viento

y el cielo su trono es.

 

Cuando los recios vientos se embravecen…

Cuando los recios vientos se embravecen,

cuando mugen los mares irritados,

cuando estallan con furia los nublados,

cuando las olas borrascosas crecen,

cuando los buques míseros perecen

por las revueltas ondas anegados,

cuando la Europa envuelta en la tormenta

traba en la oscuridad lucha sangrienta;

 

Barca dichosa en medio del Océano,

tú sola vas del huracán segura:

Francia se anega, y en la noche oscura

el rayo incendia el pabellón romano;

y oyes los gritos del naufragio humano,

y te duele tal vez su desventura,

¡ay! cuando ves de las antiguas zonas

por la espuma del mar flotar coronas.

 

Y ves como cadáveres perdidos

al agua nuestros pueblos arrojados,

y ves como timones destrozados

los cetros a las playas sacudidos;

y a los que, aún viven, en el mar hundidos,

por los marinos monstruos devorados,

y como barco que encalló en la arena

a España inmóvil junto al mar que truena.

 

Y te contemplas tú, y en el espejo

de tus serenos mares retratada,

de la luz juvenil por el reflejo

ves tu belleza pura, inmaculada:

y de la Europa con el rostro viejo

a la fealdad rugosa comparada,

entre perlas tu hermoso cuello engríes,

y de lástima acaso te sonríes.

 

¡Oh ¡cuánta es tu beldad, cuál tu riqueza!

¡oh! ¡cuánto es tu esplendor, hija de España!

por eso están los buzos de Bretaña

asomando a tus golfos la cabeza…

Mas no serán ¡oh perla! tu belleza

y tu valor de su codicia extraña;

pues antes que cedérsela al britano

nos tragará contigo el Océano.

 

Dicen que tienen sobre tres castillos,

de los mares enmedio levantados,

a los reinos del mundo aprisionados

del oro del Perú con los anillos;

y que van a engarzar nuevos zarcillos

a la reina feliz de sus estados,

si la prenda mejor que la engalana

hurtan a la corona castellana.

 

¡Ah! bien los oigo por la noche oscura

cuando te entregas a tu sueño blando,

en la vecina costa murmurando

cantos de seducción a tu hermosura

«Despierta, dicen, reina sin ventura,

esclava del poder de San Fernando,

que ya de libertad llegó la hora

y ya puedes reinar, ya eres señora.

 

»Si hubieron cetro tus antiguos reyes,

¿por qué el yugo sufrir de la extranjera?

Si tú le puedes dar al mundo leyes,

¿por qué no alzar tu nacional bandera?

¿Serán tus hijos como pobres bueyes,

cuyo trabajo a la comarca ibera

dará las mieses de tu campo ameno,

mientras ellos no más pacen el heno?»…

 

Pero adormida tú, nunca a su canto,

inocente beldad, prestes oído;

¡ay de tu corazón si seducido

pierde la dicha de candor tan santo!

¡ay si de España el amoroso manto

donde por tantos años has dormido,

loca rasgando tras la voz que miente

te, osaras aclamar independiente!

 

Pobre beldad, despojo del pirata,

ese mismo cantor que te enamora

te forjará en su harem, altiva mora,

recias cadenas con tu misma plata;

y ese brillante espejo que retrata

tus fiestas y tus náyades ahora,

por sus navales guerras empeñado

reflejará tu rostro ensangrentado.

 

¿No eres libre y feliz? ¿No estás contenta

mientras nosotros sin cesar lloramos?

Mientras nosotros viejos peleamos

¿no estás joven, tranquila y opulenta?

¿No nos ves en la noche turbulenta

que en las rocas del mar nos estrellamos,

que vamos a morir ya sin consuelo

mientras serena tú cruzas el cielo?

 

¿No ves nuestros monarcas fugitivos?

¿No ves nuestros pontífices huyendo?

¿No ves a Europa, cuya hoguera ardiendo,

se sustenta con carne de los vivos?

¿Serán nuestros dolores incentivos

que te harán suspirar por el estruendo

y del infierno con que Europa lidia

América, gran Dios, tendrás envidia?

 

Cuentan los sabios que en la noche vienen

espíritus lanzados del profundo,

que la ruina del antiguo mundo

con acentos fatídicos previenen…

y que, será verdad… y que, ellos tienen

miedo del pueblo loco y moribundo,

que entre las ansias ya de la agonía

llama a la libertad con voz tardía…

 

Y que a su triste voz vendrán las fieras

de esas comarcas tras la muerta gente

a hundir en sus cadáveres el diente

hozando entre su sangre sus banderas;

y que allá en las edades venideras

irán los peregrinos de Occidente

enseñando al francés en su ignorancia

a qué desierto se llamaba Francia.

 

Y a contar al inglés, que oyendo atento

de su patria estará las aventuras,

en qué vasto erial, en qué llanuras

la populosa Londres tuvo asiento:

cómo en chozas buscaron aposento

los hombres que habitaban las alturas,

y cómo sus magníficos vapores

se tornaron en barcos pescadores.

 

Y que, así como queda por los huertos

si la sacude lluvia anticipada,

no madura la fruta abandonada,

España quedará por los desiertos…

¡España con la sangre de sus muertos

hijos queridos, sin sazón regada,

que sacudida al golpe de la guerra

sin madurar se pudrirá en la tierra!…

 

Mas, que primero aquellos que con vida

queden en los desiertos europeos

recogiendo sus libros y trofeos

irán a tu ciudad esclarecida;

y que en vez de la historia entretenida

que nos enseñan hoy de los hebreos

la nuestra en este libro han de enseñarte

«Vida de Hernán Cortés y Bonaparte».

 

Por eso aguardas tú como heredera

a que exhalemos el postrer aliento,

y ves rodar al pie de tu palmera

nuestras hojas de acacia por el viento:

porque has de trasplantar en tu pradera

a este mundo arrancado de cimiento,

para que en ese suelo más fecundo

broten las flores del antiguo mundo.

 

Por eso alhajas tu preciosa villa

para hospedar a nuestras pobres gentes,

por eso a tus hermanos de Castilla

les preparas caminos relucientes;

por eso a tus mares a la orilla

guardas entre tus palmas reverentes

¡isla de salvación del pueblo ibero!

las reliquias del náufrago primero.

 

¡Cortés, Cortés! que le legó su gloria,

Cortés que prefirió tu cementerio,

la existencia en el mundo transitoria

temiendo sabio del anciano imperio,

la tumba de Cortés en tu hemisferio

de nuestra santa unión es la memoria;

¡sus huesos son de nuestra fe la prenda!

¡maldito el indio que sus huesos venda!

 

Dejas apenas la risueña infancia…

Dejas apenas la risueña infancia;

juegos, placeres de su edad dejaste.

Ya el dulce brillo de los quince mayos

cerca tus sienes.

 

Niña aún graciosa, la infantil sonrisa

bulle en tus labios, como el aura tenue.

Juega en el seno de entreabiertas rosas

fresca y fugace.

 

Tinta ligera de carmín suave

vase tendiendo por tu tez de nieve.

Como de luna sonrosado cerco

brilla en tu rostro.

 

Virgen, tu bella juventud al mundo

muéstrase alegre, candorosa y pura.

Tal entre rocas cristalina fuente

brota en la sierra.

 

Vesla que nace sosegada y tersa,

clara tendiendo sus dorados hilos.

Sigue su curso: caminando, mira

cómo se enturbia.

 

¡Ah, que tu bella juventud al mundo

muéstrase alegre, candorosa y pura!

Mas ¡ay! ¡cuán presto la serena vida

tuerce su paso!

 

Ya el adormido corazón despierta

voz misteriosa, que de amor le inflama.

Virgen, ¿no sientes palpitar tu seno

más agitado?

 

Ya las mejillas de encarnado vivo

tiñe la nueva confusión del alma.

Fijos en tierra los turbados ojos

lágrimas brotan.

 

¡Ay de la hermosa libertad perdida!

¡ay del sosiego de perdida infancia!

¡Ay del tranquilo corazón tan libre,

ya aprisionado!

 

Ansias, cuidados, agitadas horas,

largos afanes tras ventura escasa

por solo y triste galardón espera

virgen amante.

 

El amor de los amores

I

¿Cómo te llamaré para que entiendas

que me dirijo a ti ¡dulce amor mío!

cuando lleguen al mundo las ofrendas

que desde oculta soledad te envío?…

A ti, sin nombre para mí en la tierra

¿cómo te llamaré con aquel nombre,

tan claro, que no pueda ningún hombre

confundirlo, al cruzar por esta sierra?

¿Cómo sabrás que enamorada vivo

siempre de ti, que me lamento sola

del Gévora que pasa fugitivo

mirando relucir ola tras ola?

Aquí estoy aguardando en una peña

a que venga el que adora el alma mía;

¿por qué no ha de venir, si es tan risueña

la gruta que formé por si venía?

¿Qué tristeza ha de haber donde hay zarzales

todos en flor, y acacias olorosas,

y cayendo en el agua blancas rosas,

y entre la espuma lirios virginales?

Y ¿por qué de mi vista has de esconderte;

por qué no has de venir si yo te llamo?

¡Porque quiero mirarte, quiero verte

y tengo que decirte que te amo!

¿Quién nos ha de mirar por estas vegas

como vengas al pie de las encinas,

si no hay más que palomas campesinas

que están también con sus amores ciegas?

Pero si quieres esperar la luna,

escondida estaré entre la zarza-rosa,

y si vienes con planta cautelosa

no nos podrá sentir paloma alguna.

Y no temas si alguna se despierta,

que si te logro ver, de gozo muero,

y aunque después lo cante al mundo entero,

¿qué han de decir los vivos de una muerta?

 

II

Como lirio del sol descolorido

ya de tanto llorar tengo el semblante,

y cuando venga mi gallardo amante,

se pondrá al contemplarlo entristecido.

Siempre en pos de mi amor voy por la tierra

y creyendo encontrarle en las alturas,

con el naciente sol trepo a la sierra;

con la noche desciendo a las llanuras,

Y hallo al hambriento lobo en mi camino

y al toro que me mira que me espera;

en vano grita el pobre campesino

«No cruces por la noche la ribera. »

En la sierra de rocas erizada,

del valle entre los árboles y flores,

en la ribera sola y apartada

he esperado el amor de mis amores.

A cada instante lavo mis mejillas

del claro manantial en la corriente,

y le vuelvo a esperar más impaciente

cruzando con afán las dos orillas.

A la gruta te llaman mis amores;

mira que ya se va la primavera

y se marchitan las lozanas flores

que traje para ti de la ribera.

Si estás entre las zarzas escondido

y por verme llorar no me respondes,

ya sabes que he llorado y he gemido,

y yo no sé, mi amor, por qué te escondes.

Tú pensarás, tal vez, desdeñosa

por no enlazar mi mano con tu mano

huiré, si te me acercas, por el llano

y a los pastores llamaré medrosa.

Pero te engañas, porque yo te quiero

con delirio tan ciego y tan ardiente,

que un beso te iba a dar sobre la frente

cuando me dieras el adiós postrero.

 

III

Dejaba apenas la inocente cuna

cuando una hermosa noche en la pradera

los juegos suspendí por ver la luna

y en sus rayos te vi, la vez primera.

Otra tarde después, cruzando el monte,

vi venir la tormenta de repente,

y por segunda vez, más vivamente

alumbró tu mirada el horizonte.

Quise luego embarcarme por el río,

y hallé que el son del agua que gemía

como la luz, mi corazón hería

y dejaba temblando el pecho mío.

Me acordé de la luna y la centella

y entonces conocí que eran iguales

lo que sentí escuchando a los raudales,

lo que sentí mirando a la luz bella.

Vago, sin forma, sin color, sin nombre,

espíritu de luz y agua formado,

tú de mi corazón eras amado

sin recordar en tu figura al hombre.

Ángel eres, tal vez, a quien no veo

ni lograré, jamás, ver en la tierra,

pero sin verte en tu existencia creo,

y en adorarte mi placer se encierra.

Por eso entre los vientos bramadores

salgo a cantar por el desierto valle,

pues aunque en el desierto no te halle,

ya sé que escuchas mi canción de amores

Y ¿quién sabe si al fin tu luz errante

desciende con el rayo de la luna,

y tan sola otra vez, tan sola una,

volveré a contemplar tu faz amante?

Mas, si no te he de ver, la selva dejo,

abandono por siempre estos lugares,

y peregrina voy hasta los mares.

A ver si te retratas en su espejo.

 

IV

He venido a escuchar los amadores

por ver si entre sus ecos logro oírte,

porque te quiero hablar para decirte

que eres siempre el amor de mis amores.

Tu ya sabes, mi bien, que yo te adoro

desde que tienen vida mis entrañas,

y vertiendo por ti mares de lloro

me cansé de esperarte en las montañas.

La gruta que formé para el estío

la arrebató la ráfaga de octubre…

¿qué he de hacer allí sola al pie del río

que todo el valle con sus aguas cubre?

Y ¡oh Dios! quién sabe si de ti me alejo

conforme el valle solitario huyo,

si no suena jamás un eco tuyo

ni brilla de tus ojos un reflejo.

Por la tierra ¡ay de mí! desconocida,

como el Gévora, acaso, arrebatada

dejo mi bosque y a la mar airada

a impulso de este amor corro atrevida.

Mas si te encuentro a orilla de los mares

cesaron para siempre mis temores

porque puedo decirte en mis cantares

que tú eres el amor de mis amores.

 

V

Aquí tu barca está sobre la arena:

desierta miro la extensión marina:

te llamo sin censar con tu bocina

y no pareces a calmar mi pena.

Aquí estoy en la barca triste y sola

aguardando a mi amado noche y día;

llega a mis pies la espuma de la ola,

y huye otra vez, cual la esperanza mía.

¡Blanca y ligera espuma transparente,

ilusión, esperanza, desvarío,

como hielas mis pies con tu rocío

el desencanto hiela nuestra mente!

Tampoco es el mar a donde él mora,

ni en la tierra ni el mar mi amor existe

: ¡Ay! dime si en la tierra te escondiste

o si dentro del mar estás ahora.

Porque es mucho dolor que siempre ignores

que yo te quiero ver, que yo te llamo

sólo para decirte que te amo,

¡que eres siempre el amor de mis amores!

 

VI

Pero te llamo yo, ¡dulce amor mío!

como si fueras tú mortal viviente,

cuando sólo eres luz, eres ambiente,

eres aroma, eres vapor del río.

Eres la sombra de la nube errante,

eres el son del árbol que se mueve,

y aunque a adorarte el corazón se atreve,

tú solo en la ilusión eres mi amante.

Hoy me engañas también como otras veces;

tú eres la imagen que el delirio crea,

fantasma del vapor que me rodea

que con el fuego de mi aliento creces.

Mi amor, el tierno amor por el que lloro

eres tan sólo tú ¡señor Dios mío!

Si te busco y te llamo, es desvarío

de lo mucho que sufro y que te adoro.

Yo nunca te veré, porque no tienes

ser humano, ni forma, ni presencia:

yo siempre te amaré, porque en esencia

a el alma mía como amante vienes.

Nunca en tu frente sellará mi boca

el beso que al ambiente le regalo;

siempre el suspiro que a tu amor exhalo

vendrá a quebrarse en la insensible roca.

Pero cansada de penar la vida,

cuando se apague el fuego del sentido,

por el amor tan puro que he tenido

tú me darás la gloria prometida.

Y entonces al ceñir la eterna palma,

que ciñen tus esposas en el cielo,

el beso celestial, que darte anhelo,

llena de gloria te dará mi alma.

 

El corazón, amigos, palpitante…

El corazón, amigos, palpitante

como otras veces en mi pecho siento;

mas al oír vuestro piadoso acento

sobre las nubes me soñé un instante.

 

Juzgué más claro el sol, menos distante,

vi espíritus celestes en el viento

y en la estrella que más resplandecía

vi confusa la imagen de María.

 

Los colores, la luz, aire, el ruido,

todo más bello que en la tierra era,

y aquel mundo con gloria verdadera

le brindaba a mi espíritu embebido.

 

Pero con ser del alma tan querido

el cielo que de muertos nos espera,

esa dicha, medrosa rechazando,

de mi ilusión me desperté temblando.

 

Dios quiere que aun el día no llegado

a mi vida en su plazo, todavía;

resignación le falte al alma mía

para dejar mi triste suelo amado.

 

Amo a los corazones que me han dado,

pena, placer, tristezas, alegría;

amo al árbol, al río, a la pradera

y amo a mi dulce lira compañera.

 

Vendrá colmado de dolor, acaso,

el porvenir que a mi existencia aguarda

y de la muerte en su carrera tarda,

tal vez acuse el perezoso paso.

 

Mas nunca Dios el sufrimiento escaso

nos da, cuando el descanso nos retarda,

y mi término corto o prolongado

siempre estará por el bien señalado.

 

Mas, en tanto que treguas a mi vida

le place conceder al poderoso,

escuchad de una muerta agradecida

el acento que exhala cariñoso;

 

Sabed que de una voz dulce y sentida

a mí llegando el eco generoso,

vuestra memoria de amistad bendita

deja en mi corazón con llanto escrita.

 

El marido verdugo

¿Teméis de esa que puebla las Montañas

turba de brutos fiera el desenfreno?…

¡más feroces dañinas alimañas

la madre sociedad nutre en su seno!

 

Bullen, de humanas formas revestidos,

torpes vivientes entre humanos seres,

que ceban el placer de sus sentidos

en el llanto infeliz de las mujeres.

 

No allá a las lides de su patria fueron

a exhalar de su ardor la inmensa llama;

nunca enemiga lanza acometieron,

que otra es la lid que su valor inflama.

 

Nunca el verdugo de inocente esposa

con noble lauro coronó su frente:

¡Ella os dirá temblando y congojosa

las gloriosas hazañas del valiente!

 

Ella os dirá que a veces siente el cuello

por sus manos de bronce atarazado,

y a veces el finísimo cabello

por las garras del héroe arrebatado.

 

Que a veces sobre el seno trasparente

cárdenas huellas de sus dedos halla;

que a veces brotan de su blanca frente

sangre las venas que su esposo estalla.

 

¡Y que ¡ay! del tierno corazón llagado

más sangre, más dolor la herida brota,

que el delicado seno macerado,

y que la vena de sus sienes rota!

 

Así hermosura y juventud al lado

pierde de su verdugo; así envejece:

así lirio suave y delicado

junto al áspero cardo arraiga y crece.

 

Y así en humanas formas escondidos,

cual bajo el agua del arroyo el cieno,

torpes vivientes al amor uncidos

la madre sociedad nutre en su seno.

 

El último día del año y el primero

Aquí tienes al anciano

terminando su agonía,

y al niño en el mismo día

empezando su vivir.

Escucha cual suena, hermano,

de ese que viene el gemido

con el adiós confundido

del otro que va a partir.

 

¿Qué es más triste, la ignorancia

de aquel que busca la vida,

o de otro que perdida

deja la vida, el saber?

¿Qué lloras más, a la infancia

que a padecer se encamina,

o a la vejez que termina,

hermano, su padecer?

 

Tuvo el año lozanía,

bella fue su primavera,

mas ¿sabes en la pradera

para qué las flores son?

Para hacernos más sombría,

cuando acaba su belleza,

de los campos la tristeza

en la invernal estación.

 

¿Dudas? ¡ay! estrecha cuenta

hoy al año reclamemos,

y sus penas coloquemos

al lado de su placer.

Ya verás cuál se acrecienta

ancho el cerco de sus males,

y el de sus bienes cabales

cuán estrecho viene a ser.

 

Tenemos pena cumplida,

ventura solo aplazada,

con lágrima anticipada

tan antes pagada ya,

que parece que la vida

poscrita al placer tenemos,

y solo que le soñemos

castigo el dolor nos da.

 

Tal nos pasa, tal sufrimos,

tal es el mundo presente;

tras nosotros otra gente

más dichosa ha de venir:

que las almas que nacimos

de este siglo entre las guerras,

para cruzar nuestras tierras

en un perpetuo gemir.

 

Bardos vendrán más contentos

en otra edad venturosa

que la vida hallen hermosa

y canten solo placer;

mas nosotros, descontentos

de estos tiempos revoltosos,

con los ojos lagrimosos

cantamos el padecer.

 

Y cuando el año termina

más nuestro duelo se aumenta;

triste el año es que ahuyenta

¿mas cómo el otro será?

Esa aurora que vecina

sigue ya a la noche esta

en alas del sol traspuesta,

¿sabes tú qué luz traerá?

 

¿Podrán los ojos mirarla

frente a frente sin recelo?

¿Brillará pura en el ciclo?

¿Saldrá envuelta en lobreguez?

¿Vendrá algún astro a eclipsarla,

tanta nube a oscurecerla,

que nunca logremos verla

en completa brillantez?

 

Allá los sabios que miran

por la noche a los luceros,

en sus cálculos certeros

lo que averiguan dirán;

mas a mí que no me inspiran

profecías las estrellas,

no puedo decir por ellas

lo que los años traerán.

 

Pero los temo y los lloro,

y entre su noche y su aurora

está para mí la hora

más triste del corazón;

del rudo bronce sonoro

que entrambos años separa,

temblando aguardo la clara

y solemne vibración…

 

Dos… cuatro… seis… alegría

al que nace saludemos;

ocho… diez… doce… ¡lloremos

al que deja de vivir!

Es del año la agonía

y el nacimiento del año,

la esperanza y desengaño

lo pasado y porvenir.

 

Emilio, mi canto cesa…

Emilio, mi canto cesa;

falta a mi numen aliento.

Cuando aspira todo el viento

que circula en su fanal,

el insecto que aprisionas

en su cóncavo perece

si aire nuevo no aparece

bajo el cerrado cristal.

 

Celebré de mis campiñas

las flores que allí brotaron

y las aves que pasaron

y los arroyos que hallé,

mas de arroyos, flores y aves

fatigado el pensamiento

en mi prisión sin aliento

como el insecto quedé.

 

¿Y qué mucho cuando un hora

basta al pájaro de vuelo

para cruzar  todo el cielo

que mi horizonte cubrió?;

¿qué mucho que necesite

ver otra tierra más bella

si no ha visto sino aquella

que de cuna le sirvió?

 

Agoté como la abeja

de estos campos los primores

y he menester nuevas flores

donde perfumes libar,

o, cual la abeja en su celda,

en mi mente la poesía

ni una gota de ambrosía

a la colmena ha de dar.

 

No anhela tierra el que ha visto

lo más bello que atesora,

ni la desea el que ignora

si hay otra tierra que ver:

mas de entrambos yo no tengo

la ignorancia ni la ciencia,

y del mundo la existencia

comprendo sin conocer.

 

Sé que entre cien maravillas

el más caudaloso río

gota leve de rocío

es en el seno del mar:

y que en nave, cual montaña,

que mi horizonte domina

logra la gente marina

por esa región cruzar.

 

Mas ¡por Dios! que fue conmigo

tan escasa la fortuna

que el pato de la laguna

vi por sola embarcación:

¿qué me importa el Océano

y cuantos ámbitos cierra?

¡Sólo para mí en la tierra

hay diez millas de creación!

 

Mar, ciudades, campos bellos

velados ¡ay! a mis ojos;

sólo escucho para enojos

vuestros nombres resonar.

Ni de Dios ni de los hombres

las magníficas hechuras

son para el ciego que a oscuras

la existencia ha de pasar.

 

Tal ansiedad me consume,

tal condición me quebranta,

roca inmóvil es mi planta,

águila rauda mi ser…

¡Muere el águila a la roca

por ambas alas sujeta;

mi espíritu de poeta

a mis plantas de mujer!—

 

Pues tras de nuevos perfumes

no puede volar mi mente

ni respirar otro ambiente

que el de este cielo natal;

no labra ya más panales

la abeja a quien falta prado,

perece el insecto ahogado

sin más aire en su fanal.

 

En buen hora llegaste, compañera…

En buen hora llegaste, compañera,

la desdeñosa irónica sonrisa

que tan amarga para el alma era

cesa ya de afligir a la poetisa;

rompimos el concierto muy aprisa

sin aguardar compás en nuestra era

y las damas cerraron los oídos

y el sexo fuerte prorrumpió en silbidos.

 

«¡Extraño caso! ¡una mujer que canta!

Tan sólo oímos la mujer que llora».

Eso gritaron los que aplauden ora

con tanto bravo y con palmada tanta:

¡fuerza de la opinión cómo quebranta

la ley de muchos siglos triunfadora

y lo que ayer fue arroyo es hoy torrente

marchando de los tiempos la corriente!

 

No conquistó Pizarro el pueblo de oro

con más fatiga, con mayor quebranto

que de elevar al aire el pobre canto

la libertad nuestro sencillo coro;

sonó la voz pero sonó entre lloro,

porque al fin de las hembras es el llanto,

y cantar sin gemir, cantar placeres

es propio de varón, no de mujeres.

 

Porque lo sabes ¡ay! nuestra es la pena;

el mayor infortunio en las naciones

herencia de mujer, no de varones,

no podrán usurparnos la cadena;

ven conmigo a gemir en hora buena

y a defender, amiga, estos blasones

de tristeza y sentir y mala suerte

que no nos puede hurtar el sexo fuerte.

 

¿Cómo formar jamás esa armonía

de gracioso contraste, compañera,

si la mujer humilde no gimiera

mientras el hombre soberano ría?

Canta la vida triste, amiga mía,

que ellos deben cantar la placentera,

y pues que suyos son placer y risa

que le dejen el llanto a la poetisa.

 

No ha de mudar la ley volcar el trono

de las dolientes hembras el gemido,

ni el gobierno en los hombres repartido

ha de ceder el mundo en nuestro abono;

¡ni le plegue el Señor! en abandono

quede primero el sexo y confundido

que en la palestra pública lanzado

intrigante, ambicioso, arrebatado.

 

Para oprimir al pueblo el hombre hasta;

no los yerros del mundo acrecentemos,

no en la tribuna ni en la lid busquemos

renombre duro a nuestra blanda casta;

de la bandera nacional el asta

en los brazos endebles que tenemos

presto al suelo con nos diera y consigo

dejando el reino libre al enemigo.

 

¡Oh no! jamás. —En la modesta casa

por toda gloria nuestro canto alcemos

y del soberbio dueño conquistemos

el privilegio de llorar sin tasa;

que siempre habrá de ser la vena escasa

por mucho, compañera, que lloremos

para gemir del hombre el cruel dominio

sus ímpetus de sangre y de exterminio.

 

¡Ojalá cuando en guerra desastrada

se despedazan cual salvajes hienas,

pudieran estas lágrimas serenas

su mejilla bañar seca y tostada!

¡Ojalá cuando, en ley desesperada,

lanzan al reo bárbaras condenas

sobre el peligro al tender rasgo inhumano,

regarán estas lágrimas su mano.

 

Cuando nos oigan, cuando el loco orgullo

ceda del hombre en nuestro siglo ciego,

no estéril ha de ser el dulce riego

que hoy brota en melancólico murmullo;

nueva generación, ora en capullo,

crecerá, se alzará, brillará al fuego

del maternal amor; sol refulgente

que aun anublado está en la edad presente.

 

En despedidas nuestra vida pasa…

En despedidas nuestra vida pasa

cada día un adiós ¡ay triste vida!

¡que siendo vida en tiempo tan escasa,

la hayamos de pasar tan afligida!

Aun el de ayer nuestra mejilla abrasa

llanto de la postrera despedida,

y hoy se agolpa a los ojos otro tanto…

¡qué lluvia tan perenne es la del llanto!

 

Yo que no dejo hogar en que viviera,

una piedra ni un árbol conocido,

sin que al mirarlo por la vez postrera

no me arranque una lágrima, un gemido;

paso en lamentación mi vida entera:

mas ¿cómo sin lamentos me despido?

¿cómo no ha de llorar el alma mía

cuando te pierdo, hermosa Andalucía?

 

Hasta al mismo dolor si se despide

le damos al pasar una mirada,

una mirada que el espacio mide

de aquella hora en su región pasada.

¿Cómo podéis pensar que el bien se olvide?

¿cómo podéis querer que yo olvidada

de esta hermosa y dulcísima ribera

no le dé ni una lágrima siquiera?

 

Las bellas tardes que pasé a su orilla

¿sabéis que fueron para mí muy bellas?

¿sabéis que de la barca más sencilla

gozo en seguir las relucientes huellas?

¿sabéis que es más hermosa cuando brilla

aquí la luna, el sol y las estrellas,

y que voy a sufrir más desconsuelo

cuando me aleje de tan claro cielo?

 

¿Sabéis que necesito en este ambiente

ahogarme en azahar, morirme en rosas

para aliviar mi corazón doliente,

de emociones muy tristes, muy penosas?

¿sabéis que he menester la luz candente

de esas puras mañanas vaporosas,

aspirar de estos huertos en la calma,

para alejar el tedio de mi alma?

 

¿Habéis mirado el agua en la llanura

cuando se oculta el sol en la arboleda,

los árboles bañando y la frescura

y la fragancia que al bañarlos queda

habéis sentido allí… ¡Ah! qué ternura

inspira el son del agua cuando rueda

por los campos de acacia perfumados

y sus ecos muriendo en los collados.

 

¡O amiga tierra! ¡O vale regalado!

O sol ardiente, sol de Mediodía,

como al insecto yerto has reanimado

mi ser que en el dolor languidecía;

en pago al caro bien que tú me has dado

te doy mi corazón en mi poesía,

y aunque la hieran con su diente insano

canes que al darles pan muerden la mano.

 

Poco y amargo a su mortal fiereza

hoy mi mano en mis versos les envía,

porque abrasa la fiebre mi cabeza

y no puedo cantar como quería;

yo me llevo conmigo la tristeza,

pero dejar quisiera la alegría,

y no puedo… me ahogo… esfuerzo el canto,

y en vez ¡ay! de cantar prorrumpo en llanto.

 

Error, mísero error, Lidia, si dicen…

Error, mísero error, Lidia, si dicen

los hombres que son justos nos mintieron,

no hay leyes que sus yugos autoricen.

 

¿Es justa esclavitud la que nos dieron,

justo el olvido ingrato en que nos tienen?

¡Cuánto nuestros espíritus sufrieron!

 

Mal sus hechos tiránicos se avienen

con las altas virtudes, que atrevidos,

en tribunas y púlpitos sostienen.

 

Pregonan libertad y sometidos

nuestros pobres espíritus por ellos,

no son dueños de alzar ni sus gemidos.

 

Pregonan igualdad; y esos tan bellos

amores que les da nuestra pureza

nos pagan con sus pálidos destellos;

 

Pregonan caridad; y esta tristeza

en que ven nuestras almas abismadas

no mueven su piedad ni su terneza.

 

¡Ay Lidia! en la niñez siempre olvidadas,

en juventud por la beldad queridas

somos en la vejez muy desgraciadas.

 

Paréceme que miran nuestras vidas

como a plantas de inútiles follajes

que valen sólo cuando están floridas.

 

«No han menester jardín, crezcan salvajes,

rindan como tributo su hermosura.»

¿Qué más osan decir?… ¡Cuántos ultrajes!

 

¡Cuántos ultrajes! Lidia a la criatura

que tiene un alma pura enamorada

y un corazón tan lleno de ternura.

 

¿Verdad que el alma noble está enojada

de que tantas bondades como encierra

porque nazca mujer sea desdeñada?

 

¿Verdad que estamos, Lidia, aquí en la tierra,

murmurando las hembras sordamente

contra la injusta ley que nos destierra?

 

No bulle la ambición en nuestra mente

de gobernar los pueblos revoltosos,

que es tan grande saber para otra gente.

 

Ni sentimos arranques belicosos

de disputar el lauro a los varones

en sus hechos, de guerra, victoriosos.

 

Lejos de la tribuna y los cañones

y de la adusta ciencia, nuestras vidas,

gloria podemos ser de las naciones.

 

Pero no en la ignorancia, no oprimidas,

no por hermosas siempre contempladas

sino por buenas ¡ah! siempre queridas.

 

¡Oh madres de otra edad afortunadas

cuán dichosos haréis a vuestros hijos

si en escuela mejor sois enseñadas!

 

No sufrirán por males tan prolijos

como aquellos que ya desde la cuna

tienen en el error los ojos fijos…

 

Mas, Lidia, cuando el mundo por fortuna

tras de su largo llanto y dura guerra,

esa feliz prosperidad reúna

ya estaremos tú y yo bajo la tierra.

 

Escuchad mis querellas…

Escuchad mis querellas,

recinto y flores del placer abrigo,

imágenes tan bellas

como ese cielo que os protege amigo.

 

Asilo de inocencia,

consuelo del dolor, bosque sombrío,

ir quiero a tu presencia,

y tu césped regar con llanto mío.

 

Y el agua de tu fuente

beber acaso por la vez postrera,

y respirar tu ambiente,

besar tus flores, la gentil palmera.

 

Que tu dintel guarnece

de lejos saludar entre congojas,

y a la que en torno crece

modesta acacia de menudas hojas.

 

Y a los álamos graves

el postrimer adiós dar afligida,

y cantar con las aves

tristísima canción de despedida.

 

Y en tu graciosa alfombra

reposar halagada de ilusiones

bajo la fresca sombra

de tus frondosos sauces y llorones…

 

Sus hojas se estremecen

y errantes sombras a mi planta evocan,

que en el viento se mecen,

y mis cabellos con blandura tocan.

 

Desde aquí la pintura

es más bello admirar de ese tu cielo,

los visos y frescura

de las nubes cercanas a tu suelo;

 

Y al través de las ramas

mirar el sol que su lumbrera humilla,

y cual de rojas llamas

el Occidente retocado brilla.

 

¿Ni qué música iguala

al sordo vago suspirar del viento

con que armonioso exhala

un bello día su postrer aliento?

 

¡Ah! ¡si mi vida entera,

mi cara soledad, recinto amado,

consagrarte pudiera

el mundo huyendo y su falaz cuidado!

 

Mas ¡ay! que la alegría

de contemplaros con la luz perece

del presuroso día

que a mis ansiosos ojos desparece.

 

Esas aves cantoras

que de gozar la tarde fatigadas,

en tropas voladoras

retornan gorjeando a sus moradas;

 

Cuando una sola estrella

con apagada luz brille en el cielo;

cuando la aurora bella

ciña el espacio con purpúreo velo,

 

Y el nuevo y claro día

con sus tintas anime la pradera;

ellas con alegría

volverán a girar por tu ribera.

 

En turba bulliciosa

los bosques poblarán… y yo entretanto

lejana y silenciosa

las horas contaré de mi quebranto.

 

¡Ay! ¡ellas tu hermosura

gozarán y tu paz y sus amores!

yo gusté harta ventura

bebí en tus fuentes y besé tus flores.

 

¡Extremada bizarría!…

¡Extremada bizarría!

¡Rendimiento cortesano!

¡Bondad la del castellano

consumadísima es,

pues con una dama altiva

mueve altivo una querella,

por que logre el triunfo ella

de que se rinda a sus pies!

 

A quien vencido se aclama

con tan noble gallardía,

no tiene la musa mía

nada, señor, que añadir;

si no es que a vos mucho estima

el sacrificio costoso

del empeño generoso

que os obliga a desistir.

 

Tal hazaña en vos excede

a una cumplida victoria,

que a veces está la gloria

más que en triunfar, en ceder;

triunfo alcanzáis en rendiros

con galán comedimiento,

mayor que el merecimiento

que lograrais en vencer.

 

Básteos, señor, esto y dejo

que desdeñados garzones

formen grandes coaliciones

en sus odios contra mí,

pues el odio es tan amargo

para el alma que lo siente,

que odiándome injustamente

la pena llevan en sí.

 

Gloria del sentimiento

¡Qué hermoso es Dios, qué hermosa su cabeza!

¡Qué gallardo su andar, su voz qué suave!

Rasgos los cielos son de su belleza,

pasos los siglos de su marcha grave;

la voz de la inmortal naturaleza

de sus conciertos la sonora clave,

su acento arroba, su mirar abrasa,

tiembla el mundo a sus huellas cuando pasa.

Yo me enamoro dél: pobre doncella

a la ardiente pasión esclavizada,

la sangre a mi cerebro se atropella

a su paso, a su canto, a su mirada;

medito y me consumo con la estrella,

por el trueno me siento subyugada,

y al ver al tiempo transcurrir ligero

sufro, lo lloro, clamo, desespero.

Seres tranquilos vi sobre la tierra

que esta ansiedad febril nunca padecen,

ni están con los espíritus en guerra,

ni en éxtasis de amor se desvanecen:

cuatro páginas ¡ay!, su libro encierra;

nacen, medran, se nutren, envejecen,

y como nada amaron ni sintieron

nunca se mueren porque no vivieron.

Repose en paz el corazón helado

yo quiero ver lucir tu sol ardiente,

vagar tras de tu voz por el collado,

beber tu aspiración en el ambiente:

¡quiero mirar tu ceño en el nublado,

tu sonrisa en la luna transparente,

en las corrientes aguas tu armonía

y tus halagos en el alma mía!…

Ese es el solo bien del sentimiento,

la sola dicha de la triste alma,

la sola gloria del mayor talento,

del martirio mayor la sola palma;

llevar por adorarte el sufrimiento,

por comprenderte renunciar la calma,

de la pasión en el delirio ciego

ser desgraciada por sentir su fuego.

Sé que al cantarte en mi ilusión suspensa

la trova que mi boca te improvisa,

de los pueblos tendrá por recompensa

desdeñosa y sarcástica sonrisa:

su atmósfera pesada, oscura y densa

no dejará volar tan dulce brisa,

pero en el valle puro en que la exhalo

sirve a las soledades de regalo.

Poemas de Carolina Coronado

Hechas polvo caen, hermano…

Hechas polvo caen, hermano,

las flores del jazminero

y ha perecido el postrero

pimpollo de aquel rosal,

cuyo vástago lozano

tantos hijos sostenía,

que ignoro cómo vivía

la gran planta maternal.

 

Emilio, en el firmamento

gran revuelta se prepara

pues la avecilla más cara

de mi jardín emigró;

y por las noches el viento

su vuelo tanto levanta

que de las parras quebranta

las hojas que el sol doró.

 

No sabes de cuál tristeza

se contagian mis sentidos;

no sabes cuántos gemidos

siento en el alma nacer,

cuando apoyo la cabeza

en la pared de mi huerto

oyendo el rumor incierto

que forma el hoja al caer.

 

No es que del verde emparrado

me aflija el muerto follaje,

ni porque a playa salvaje

huya el pájaro leal;

por lo que siento angustiado

mi pecho con las señales

del ave, de los parrales,

del jazmín y del rosal.

 

¿Qué me importan los jazmines,

ni las rosas, ni las aves,

cuando, hermano, muy más graves

pesadumbres tengo yo?

Cuando en horas tan ruines

doliente paso la vida,

¿qué me importa la caída

de la flor que se agostó?

 

Mas oye, cuando fenecen

las florecillas, hermano,

cuando al suelo americano

las golondrinas se van,

unas sombras aparecen

en el viento conmovido

que a mi cuerpo estremecido

prolongada muerte dan.

 

Surge a mis ojos el llanto

y mi espíritu se abate

y en mi seno apenas late

sofocado el corazón;

y en doloroso quebranto

mi cuerpo endeble flaquea,

y se conturba mi idea

y es todo en mí confusión…

 

Emilio, el otoño viene

de esas sombras circundado

de ese funesto nublado

que en mi endeble juventud,

tan extraño influjo tiene

que el temor de su venida

me hace escuchar la caída

del hoja con inquietud.

 

Emilio, el otoño llega

y se agobia el alma mía:

su grave melancolía,

¿quién sabe si acortará

esta vida que se entrega

a merced de ese nublado

que por el aire agitado

como una fantasma va?…

 

¡Hijo del mar, espíritu querido!…

¡Hijo del mar, espíritu querido!,

alto ingenio inmortal de la poesía,

escucha desde el mar este gemido

que mi amoroso corazón te envía:

yo te adoro en el mar, y yo he venido

a escuchar en sus hondas tu armonía

y en su brisa tu aliento a respirar,

porque están mis amores en el mar.

 

Muchas noches al rayo de la luna

te he visto en la mitad del Océano

maldiciendo el rigor de tu fortuna

y mi sombra hacia ti llamando en vano;

y a las olas que van una por una

a estrellarse en el muro gaditano,

les digo que te lleven mi cantar

cuando se tornen con la aurora al mar.

 

Sobre esa torre que en la noche oscura

brilla como la luz de tu mirada,

muchas veces también subo agitada

a mirar tu bajel desde la altura;

y si está su bandera enarbolada,

mi voz en las borrascas te conjura

para que puedan libres navegar

los amores que tengo en este mar.

 

Pregúntale a la tórtola africana,

si al cruzar por las costas españolas,

no me encontró llorando esta mañana

al pie de las marinas banderolas;

yo le rogué que fuera por las olas

a buscar a tu nave soberana,

y a decirte, poeta, en su cantar

que tengo mis amores en el mar.

 

Tú de mi juventud primer suspiro,

la primera ilusión de mis cantares,

el fecundo laurel del Manzanares,

cuyas hojas perfuman mi retiro;

tú cuya imagen en las olas miro,

porque eres hijo de los bellos mares,

escucha, si me puedes escuchar,

el amoroso adiós que doy al mar…

 

Perdón, amigos, si al sonar mi acento

en el último adiós de despedida,

la mente absorta en su ilusión querida

arrebató mi voz por un momento:

nunca de la amistad el sentimiento

mi agradecido corazón olvida;

pero mirad cuán grande es mi penar

que dejo mis amores en el mar.

 

Vagarosa ilusión del alma mía

es ya la imagen que en las olas veo;

pero es la sola dicha que poseo,

y venturosa en mi ilusión vivía;

y al dejar esa dicha que tenía,

cuando perderla para siempre creo,

sólo deciros puedo en mi cantar

que tengo mis amores en el mar.

 

Perdón, amigos, si empecé mi canto

a una memoria de eternal consuelo,

y por amante respetad mi duelo

si al recordar su nombre sufro tanto;

y por amante respetad mi llanto

si en esta agitación y este desvelo

al deciros adiós vengo a llorar

¡porque dejo su tumba en ese mar!

 

Harto dolor aguarda a mi existencia

lejos del mar que mi tristeza calma,

y harta paciencia necesita el alma

para sufrir, amigos, esta ausencia;

pero si logro al fin con la paciencia

de mi martirio conquistar la palma,

yo volveré después de mi penar

a buscar mis amores en el mar.

 

Más tarde o más temprano mi barquilla

naufragará en la costa gaditana,

y arrojará la mar hasta la orilla

entre la espuma mi reliquia humana;

y esa poetisa, que me nombra hermana,

os dirá con su voz clara y sencilla:

«Aquí vino su sombra a descansar,

porque están sus amores en el mar».

 

¡Jesús! la tremenda guerra…

¡Jesús! la tremenda guerra

que movéis a mis canciones

me maravilla y me aterra.

¿No salen en nuestra tierra

por las damas campeones

y salen por los garzones?

 

Vaya en gracia, caballero,

de perseguidos donceles

paladín; sois el primero

que por sostener infieles

a las damas guante fiero

arroja en el suelo ibero.

 

Aunque enemigos los dos

que andante vayáis alabo

de malas causas en pos,

pues vos pensaréis «al cabo

al bueno le ayuda Dios»

y ayudáis al malo vos.

 

Es generoso el deseo

de amparar al no creído,

mas, Señor, a lo que veo

en esta querella creo,

que puede ya el descreído

creer que seréis vencido.

 

Empeño tan sin razón

os puede costar muy caro

que es mucha mi condición,

y si la guerra os declaro

quedaréis con el garzón

malparado en mi canción.

 

Mas, pues así lo pretende

vuestra musa respondona,

mire bien cual se defiende,

porque mi numen no ofende,

pero al que «guerra» le entona

vence, sigue, y no perdona.

 

¿Conque decís que la llama

del dulcísimo deseo,

que el pecho rendido inflama

del garzón que tierno ama,

se muda en rencor tan feo

al soplo del no te creo?

 

¡Válgaos Dios, buen caballero

de que mala condición

será el amante garzón

que trueque en odio fiero,

por un desdén la pasión

que inflamó su corazón!

 

Ya vuestra causa es perdida;

¿pues no veis por vuestra vida,

que autorizáis el desvío

de la dama descreída,

tan egoísta amorío

describiendo, Señor mío?

 

No pensáis que con razón

al conocer esa llama,

de tan innoble pasión,

debe responder la dama

a vuestro amante garzón

con semejante canción.

 

«Quien odia por un desvío

muestra que no supo amar.

Y pues fingisteis impío,

harto bien el pecho mío,

mal garzón hizo en dudar

de vuestro falso llorar.

 

»Quien así muda el halago

en baja reconvención

muestra indigno corazón,

y os he dado justo pago

rechazando mal garzón,

vuestra mentida pasión.

 

»Llamáis a mi amor ateo

porque del vuestro dudé,

mas garzón a lo que veo

si os hubiera dicho os creo,

vos respondierais a fe,

porque os creí, la engañé.

 

»Y pues pretende engañar

el uno aquí de los dos,

el otro debe dudar;

que vale más no adorar

que adorar a un falso Dios,

no amar, que amaros vos».

 

Ya veis Señor las razones

que a los hombres engreídos

da la dama en sus canciones.

¡Cómo han de ser los garzones,

por votos de amor creídos,

si sus votos son fingidos!

 

La flor del agua

¿Por qué tiembla? —No lo sabe.

¿Qué aguarda en el lago? —Nada.

De las aguas enlazada

a los hilos su raíz,

el movimiento suave

de la linfa va siguiendo,

la cabeza sumergiendo

del agua, al menor desliz.

 

Así la halló la alborada,

así la encuentra el lucero,

siempre el esfuerzo postrero

haciendo para bogar;

y en las olas la encallada,

vaga y frágil navecilla

sin poder la florecilla

impeler ni abandonar.

 

Movimiento que no cesa,

ansiedad que se dilata,

ni el agua que sus pies ata

sostiene a la débil flor,

ni deja, en sus olas presa,

que vaya libre flotando,

quiere que viva luchando

siempre en continuo temblor.

 

¡Ya se inunda!… ¡Ya se eleva!…

¡Ya la corriente la traga!…

¡Ya navega… ya naufraga!

¡Ya se salva… ya venció!

¡Ya el agua otra vez la lleva

en sus urnas sepultada!…

¡Ya de nuevo sobre—nada

en el agua que la hundió!…

 

Flor del agua, ¡cuántas flores

viven en paz en la tierra!

Sola tú vives en guerra

en tu acuático jardín:

te da la lluvia temores,

el manso pez te estremece

y tu belleza parece

sin gozar descanso, al fin.

 

Tú, poetisa, flor del lago,

por amante, por cantora,

has venido en mala hora

con tu lira y tu pasión;

que en el siglo extraño y vago

a quien vida y arpa debes

dondequiera que le lleves

fluctuará tu corazón.

 

Que las cantoras primeras

que a nuestra España venimos

por sólo cantar sufrimos,

penamos por sólo amar;

porque en la mente quimeras

de un bello siglo traemos

y cuando este siglo vemos

no sabemos do hogar.

 

Las primeras mariposas

que a la estación se adelantan

y su capullo quebrantan

sin aguardar al abril,

nunca saben temblorosas

adonde fijar las alas,

siempre temen que sus galas

destroce el aire sutil.

 

Las ráfagas las combaten,

las extrañan los insectos

y de giros imperfectos

si cansado el vuelo ya,

sobre las plantas lo abaten

buscando el capullo amigo

hallan que néctar ni abrigo

la flor en botón les da.

 

Las orugas que encerradas

aún están en sus clausuras

mañana al campo seguras

podrán sus alas tender;

mas, aquellas desdichadas

que antes cruzan la pradera

¡morirán, la primavera

risueña, sin conocer!…

 

¿Cuál es tu barca? —Una lira.

—¿Qué traes en ella? —Sonidos.

—¿Vuélvete, que no hay oídos

para tus sones aquí;

vuélvete joven, y mira

si en tu barca, más sonoro,

puedes trasportarnos oro

u otro cargamento así.

 

¿Quién te llama? ¿A qué nos vienes

con peregrinas canciones

El trueno de los cañones

del siglo el concierto es,

y en vano sus anchas sienes

pretenden ceñir de flores,

¡ay! sus pies destrozadores

hollarán cuantas te des.

 

¿Vienes de nuevo, alma mía,

qué traes en la barca? —Amores—.

Torna a otras tierras mejores,

torna el camino a emprender;

si es oro nuestra poesía

nuestros amores son… nada.

Ve si la nave cargada

de cetros puedes traer,

 

Que, si no de amor, tenemos

tan elevadas pasiones

que sentimos ambiciones

de un cetro cada garzón;

y cada garzón podemos

con nuestros genios profundos

media docena de mundos

fundir en una nación.

 

¿Otra vez? ¿Qué traes ahora?…

Siempre en el mismo camino

sobre el cauce cristalino

en su barquilla la flor:

así la dejó la aurora,

así la encuentra el lucero

siempre en el afán primero,

siempre en el mismo temblor.

 

Tú, poetisa, flor del lago,

por amante, por cantora

has venido en mala hora

con tu amor y tu cantar:

que en el siglo extraño y vago,

a quien vida y arpa debes,

dondequiera que la lleves

puede el alma naufragar.

 

Mas, escucha no estás sola,

flor del agua, en el riachuelo;

contigo en igual desvelo

hay florecillas también:

que reluchan contra el ola,

que vacilan, que se anegan,

que nunca libres navegan

ni en salvo su barca ven;

 

Pero, enlazan sus raíces

a la planta compañera

y viven en la ribera

sosteniéndose entre sí:

y cual ella más felices

desde hoy serán nuestras vidas

si con las almas unidas,

vivimos, las dos así.

 

La luna es una ausencia

Y tú, ¿quién eres de la noche errante

aparición que pasas silenciosa,

cruzando los espacios ondulantes

tras los vapores de la nube acuosa?

 

Negra la tierra, triste el firmamento,

ciegos mis ojos sin tu luz estaban,

y suspirando entre el oscuro viento

tenebrosos espíritus vagaban.

 

yo te aguardaba, y cuando vi tus rojos

perfiles asomar con lenta calma,

como tu rayo descendió a mis ojos,

tierna alegría descendió a mi alma.

 

¿Y a mis ruegos acudes perezosa

cuando amoroso el corazón te ansía?

Ven a mí, suave luz, nocturna, hermosa

hija del cielo, ven: ¡por qué tardía!

 

La luz del día se apaga…

La luz del día se apaga;

rosa blanca, sola y muda

entre los álamos vaga

de la arboleda desnuda,

 

Y se desliza tan leve,

que el pájaro adormecido

toma su andar por ruido

de hoja que la brisa mueve,

 

Ni para ver en su ocaso

al sol hermoso un instante

ha detenido su paso

indiferente y errante.

 

Ni de la noche llegada

a las tinieblas atiende,

ni objeto alguno suspende

su turbia incierta mirada.

 

Y ni lágrimas ni acentos,

ni un suspiro mal ahogado

revelan los sufrimientos

de su espíritu apenado.

 

¡Tal vez de tantos gemidos

tiene el corazón postrado!

¡Tal vez sus ojos rendidos

están, de mal tan llorado!

 

Tal vez no hay un pensamiento

en su cabeza marchita,

y en brazos del desaliento

ni oye, ni ve, ni medita.—

 

El poeta «suave rosa»

llamóla, muerto de amores

¡El poeta es mariposa

que adula todas las flores!

 

Bella es la azucena pura,

dulce la aroma olorosa

y la postrera hermosura

es siempre la más hermosa.

 

En sus amantes desvelos

la envidiaron las doncellas;

mas ¡ay! son para los celos

todas las rivales bellas.

 

Viose en transparente espejo

linda la joven cabeza;

mas tal vez dio en su reflejo

su vanidad la belleza.

 

¿Y qué importa si es hermosa?

sola, muda y abismada

sólo busca la apartada

arboleda silenciosa.

 

Y allí cuando debilita

su espíritu el sufrimiento,

en brazos del desaliento

ni oye, ni ve, ni medita.

 

La niebla del diciembre quebrantaba…

La niebla del diciembre quebrantaba

del sol los melancólicos fulgores

cuando en mi corazón de tus amores

el acento primero resonaba.

 

El segundo diciembre se acercaba

trayendo para mí nieblas mayores

que a merced de los vientos bramadores

tu nave en el Atlántico bogaba.

 

Y el diciembre tercero aparecía

templado, alegre como el mayo hermoso

y eras tú mi suspiro todavía.

 

El cuarto arrebatado, tempestuoso,

vino a robarme la ventura mía

¡ay! mas no a dar a mi pasión reposo.

 

La poetisa del pueblo

“¡Ya viene, mírala! ¿Quién?

– Esa que saca coplas.

–Jesús que mujer más rara.

–Tiene los ojos de loca”.

“Más valía que aprendiera

a barrer que a decir coplas.

-Vamos a echarla de aquí.

-¿Cómo? -Riéndonos todas.”

 

La rosa blanca

¿Cuál de las hijas del verano ardiente,

cándida rosa, iguala a tu hermosura,

la suavísima tez y la frescura

que brotan de tu faz resplandeciente?

 

La sonrosada luz de alba naciente

no muestra al desplegarse más dulzura,

ni el ala de los cisnes la blancura

que el peregrino cerco de tu frente.

 

Así, gloria del huerto, en el pomposo

ramo descuellas desde verde asiento;

cuando llevado sobre el manso viento

 

a tu argentino cáliz oloroso

roba su aroma insecto licencioso,

y el puro esmalte empaña con su aliento.

 

Lágrima viva de la fresca aurora…

Lágrima viva de la fresca aurora,

a quien la mustia flor la vida debe,

y el prado ansioso entre el follaje embebe;

gota que el sol con sus reflejos dora;

 

Que en la tez de las flores seductora

mecida por el céfiro más leve,

mezclas de grana tu color de nieve

y de nieve su grana encantadora:

 

Ven a mezclarte con mi triste lloro,

y a consumirte en mi mejilla ardiente;

que acaso correrán más dulcemente

 

las lágrimas amargas que devoro…

mas ¡qué fuera una gota de rocío

perdida entre el raudal del llanto mío…!

 

Libertad

Risueños están los mozos,

gozosos están los viejos

porque dicen, compañeras,

que hay libertad para el pueblo.

 

Todo es la turba cantares,

los campanarios estruendo,

los balcones luminarias,

y las plazuelas festejos.

 

Gran novedad en las leyes,

que, os juro que no comprendo,

ocurre cuando a los hombres

en tal regocijo vemos.

 

Muchos bienes se preparan,

dicen los doctos al reino,

si en ello los hombres ganan

yo, por los hombres, me alegro;

 

Mas, por nosotras, las hembras,

ni lo aplaudo, ni lo siento,

pues aunque leyes se muden

para nosotras no hay fueros.

 

¡Libertad! ¿qué nos importa?

¿qué ganamos, qué tendremos?

¿un encierro por tribuna

y una aguja por derecho?

 

¡Libertad! ¿de qué nos vale

si son los tiranos nuestros

no el yugo de los monarcas,

el yugo de nuestro sexo?

 

¡Libertad! ¿pues no es sarcasmo

el que nos hacen sangriento

con repetir ese grito

delante de nuestros hierros?

 

¡Libertad! ¡ay! para el llanto

tuvímosla en todos tiempos;

con los déspotas lloramos,

con tributos lloraremos;

 

Que, humanos y generosos

estos hombres, como aquellos,

a sancionar nuestras penas

en todo siglo están prestos.

 

Los mozos están ufanos,

gozosos están los viejos,

igualdad hay en la patria,

libertad hay en el reino.

 

Pero, os digo, compañeras,

que la ley es sola de ellos,

que las hembras no se cuentan

ni hay Nación para este sexo.

 

Por eso aunque los escucho

ni me aplaudo ni lo siento;

si pierden ¡Dios se lo pague!

y si ganan ¡buen provecho!

 

Libre será la voz, fuerte el aliento…

Libre será la voz, fuerte el aliento;

sonoro el instrumento

que vuestro canto, Alfonso, han sostenido,

cuando torpe y doliente

la humanidad presente

al inaudito son se ha conmovido.

 

De pueblo en pueblo, hasta el confín de España

llegó la voz extraña,

de ese mi pobre valle, nunca oída,

y aun del valle tranquilo

en el oscuro asilo

con entusiasmo ardiente fue acogida.

 

Poco de claras letras entendemos

las hembras que nacemos

en el rincón, sin luz, de humilde villa;

y poco nos cuidamos

de ésos que no estudiamos

volúmenes de Francia o de Castilla.

 

Tardo, como de sordos, el oído

apenas el sonido

del agudo talento ¡ay! nos alcanza;

y turbios nuestros ojos

ven siempre con enojos

las luces del saber, en lontananza.

 

Postrado el femenil entendimiento

en hondo abatimiento

las vidas silenciosas consumimos;

ajenas a la fama

con que la tierra aclama

los sabios cuyas lenguas no entendimos.

 

Mas, una rara historia desdoblamos

en cuyo centro hallamos

impresos nuestros propios corazones,

y ansiosas, palpitantes;

con ojos anhelantes

cruzamos, sin descanso, sus renglones.

 

De lágrimas, Señor, la vena rota

vierais, gota por gota

las páginas bañar de vuestro escrito:

las almas inflamadas

vierais arrebatadas,

de gratitud, alzarse al infinito.

 

Vos solo revelasteis sentimientos

que nunca los acentos

de nuestros pechos modular osaron:

sólo en los labios vuestros

los infortunios nuestros

hoy sus fieles intérpretes hallaron.

 

¡Cuánto sabéis de penas femeninas!

¡Cuán puras y argentinas

corrientes de palabras generosas,

tierno y profundo sabio,

manan de vuestro labio

y alivian nuestras almas fatigosas.

 

La escala de las penas de la vida

tan larga y tan sentida,

habéis en nuestra historia recorrido,

y con distintos sones

todos los corazones

vibrando fuertemente han respondido.

 

Dicen que explica para docta gente

política eminente

de vuestro libro la preciosa historia:

dicen, que en las naciones

turbulentas pasiones

se levantan en torno a vuestra gloria.

 

Rudas, señor, y frívolas mujeres,

de los ilustres seres

los encumbrados juicios no alcanzamos;

pero las almas puras

de las buenas criaturas

mil votos por instinto os consagramos.

 

Os alaben los pueblos oprimidos

porque habéis sus gemidos

con soberano esfuerzo levantado,

y humíllense en la tierra

los que movieron guerra

al valiente pendón que hais tremolado.

 

La patria que en sus ínclitos blasones

muestra Napoleones,

láurea corona en vuestra sien suspenda;

mas, permitid que os lleve,

Señor, aunque tan leve,

el arpa femenil, su justa ofrenda.

 

¿Pues no somos también seres humanos?

¿No son nuestros hermanos

los que osáis ahogar por nuestras vidas?

¿No debemos cantaros

y las manos bañaros,

de lágrimas, señor, agradecidas…?

 

Suban entre el ferviente clamoreo

del aplauso europeo

nuestros votos también a vuestro oído,

como sube al ambiente

con la voz del torrente

el trino de la alondra confundido.

 

Hoy estamos del mundo en las regiones

hembras, niños, varones,

a general concierto convocados,

caiga perpetua mengua

sobre aquél cuya lengua

por vos no rompa en himnos acordados.

 

Del femenino coro aun el acento

embarga el sentimiento,

ya cantaros, Señor, vengo yo sola;

oídme con dulzura,

que es verdadera y pura

la ardiente bendición de una española.

 

Vos sois francés; la Francia os merecía;

pero no es patria mía,

y al ensalzar vuestro glorioso nombre

añado tristemente:

¡Oh Dios omnipotente!

¿Por qué no es español tan grande hombre?

 

Llevadme a contemplar su estatua bella…

Llevadme a contemplar su estatua bella,

llevadme a su soberbio mausoleo…

¡Ah! que olvidaba, Hernán, en mi deseo

que éste es mezquino e ilusoria aquélla;

¿y en tu patria por qué? ¿qué diste a ella

para alcanzar de España ese trofeo?

¡Cuestan ¡oh! mucho piedras y escultores

para labrarte, Hernán, tales primores!—

 

Paréceme que el héroe se levanta

y hacia América el brazo armado tiende,

que avergonzada España le comprende

y el rostro no osa alzar fijo en su planta,

ella, la dueña de riqueza tanta,

hasta la prez de su conquista vende,

y aun juzga escaso el ganancioso fruto

para ofrecerle un mármol por tributo.

 

Cuando a su casa venga el extranjero,

¿qué osará responder la noble dama

si anhela ver, llevado por su fama,

la tumba del ilustre caballero?

«Ved, le dirá, si el cementerio ibero

guarda un sepulcro que de Hernán se llama,

que a mí, pues heredé ya su fortuna,

ni su tumba me importa ni su cuna».

 

Eso dirá, y el hijo de Bretaña

o el vecino francés, si el huésped fuera,

con sarcástica risa respondiera

a la matrona: «descastada España,

con que no le valió a Cortés la hazaña

ni una tumba de mármoles siquiera?

¿Y nacen héroes en la tierra ingrata

que así los huesos de los héroes trata?

 

»¿Es la igualdad que esa nación proclama

la que deja en el polvo confundido,

al buen conquistador con el bandido,

al que la presta honor y al que la inflama?

Grande nación esa nación se llama,

y la imagen del hombre esclarecido

no levanta cien palmos sobre el suelo

para mostrarla al pueblo por modelo…?»—

 

Callad, callad, que vuestra lengua mata;

no a lamentar venís nuestro destino,

sino a mofaros dél, el mal vecino,

y a desolarnos más, el cruel pirata;

si es con sus hijos nuestra tierra ingrata,

nada os importa, andad vuestro camino,

que así cual es la madre que tenemos

mejor que a las madrastas la queremos.

 

Así cual es, la envidian las naciones,

virtudes brota en manantial fecundo,

Corteses manda a conquistar el mundo,

que descubren por ella los Colones;

si Bonaparte, rotas sus legiones,

la paz desecha, con desdén profundo,

Cortés entre salvajes y traidores

pone incendio a sus buques salvadores.

 

Arde la flota, irrítase la gente

a quien cierra la huida acción tamaña;

solo, perdido sobre tierra extraña,

Cortés la doma, al bárbaro hace frente,

y conquistarlo y tórnase él valiente

a rendir su laurel glorioso a España,

que… lo destierra, lo aprisiona en vida

y lo desprecia en muerte… agradecida.—

 

No veremos, Hernán, tu estatua bella

ni tu losa hallaremos ignorada;

pero en mi tierra existe la morada

donde estampaste tu primera huella;

pensaremos en ti delante de ella,

la extremeña familia arrebatada

de orgullo; porque plugo a la fortuna

en nuestra tierra colocar tu cuna.

 

Los cantos de Safo

Como el aura suavísima resbala

de placer en placer fácil mi vida:

entre el amor y gloria dividida,

¿cuál es la dicha que a mi dicha iguala?

 

Al lado de Faón, su amor cantando;

con la luz de sus ojos fascinada;

dicha inmensa es de Safo bienhadada

perder sus horas en deliquio blando.

 

Dicha inmensa es de Safo venturosa

que su amante en el aire que respira

beba el acento de la tierna lira,

que tan sólo por él suena amorosa.

 

¡Cómo a mis ojos inefable llanto

gota por gota el corazón destila,

si un instante su faz dulce y tranquila

brilla gozosa al escuchar mi canto!…

 

¡Si de su boca en lisonjero arrullo

la voz desciende a celebrar mi lira,

y hálito vago que su labio expira

mis sienes cerca entre el falaz murmullo!

 

Siento, Faón, tu delicado aliento

bullir entorno de la frente mía,

y en deliciosos tonos de armonía

herirme el corazón tus voces siento.

 

El corazón sus golpes precipita

al eco de tu voz apasionada:

a un suspiro, a un acento, a una mirada

como el seno de tórtola se agita.

 

No temo entonces que por bella alguna

perjuro olvides tu feliz cantora,

ni atractiva beldad venga en mal hora

a destrozar mi plácida fortuna.

 

¿Y quién la flor de la ventura mía

osará marchitar con mano aleve?

¿Quién a usurpar tu corazón se atreve

y a reinar donde Safo reinó un día?

 

¡Ah! no soy bella: su preciosa mano

en mi rostro los Dioses no imprimieron;

más al alma benignos concedieron

de los genios el numen soberano.

 

Y cítara en mis manos peregrina

las hermanas de Febo colocaron,

y de entusiasmo el corazón llenaron

de amor ardiente e inspiración divina.

 

Goza de triunfos la beldad un día,

que el porvenir destruye rigoroso;

cuando el genio entre aplausos victorioso

de la inmortalidad al templo guía.

 

Lecho de tierra y silencioso olvido

sólo del mundo la hermosura alcanza:

el estrecho sepulcro a do se lanza,

los rayos borrará de haber nacido.

 

Cual sueño pasará, si el genio alzando

la poderosa voz no la eterniza,

su cantar que a los siglos se desliza

vida preciosa a sus cenizas dando.

 

Yo también cantaré: también mis voces,

tierna Faón, tu nombre repitiendo,

con tu amor y mi amor sobreviviendo,

al porvenir sin fin irán veloces.

 

Yo a esa Grecia opulenta, sabia y justa

arrancaré un aplauso duradero,

una corona como el grande Homero

a mis sienes tal vez ceñiré augusta.

 

Y mírala ¡oh Faón! y tu sonrisa

premie el esfuerzo de tu Safo amada,

más plácida a su ser que en la alborada

place a las flores la naciente brisa.

 

Los quince años

Dejas apenas la risueña infancia;

juegos, placeres de su edad dejaste.

Ya el dulce brillo de los quince mayos

cerca tus sienes.

 

Niña aún graciosa, la infantil sonrisa

bulle en tus labios, como el aura tenue.

Juega en el seno de entreabiertas rosas

fresca y fugace.

 

Tinta ligera de carmín suave

vase tendiendo por tu tez de nieve.

Como de luna sonrosado cerco

brilla en tu rostro.

 

Virgen, tu bella juventud al mundo

muéstrase alegre, candorosa y pura.

Tal entre rocas cristalina fuente

brota en la sierra.

 

Vesla que nace sosegada y tersa,

clara tendiendo sus dorados hilos.

Sigue su curso: caminando, mira

cómo se enturbia.

 

¡Ah, que tu bella juventud al mundo

muéstrase alegre, candorosa y pura!

Mas ¡ay! ¡cuán presto la serena vida

tuerce su paso!

 

Ya el adormido corazón despierta

voz misteriosa, que de amor le inflama.

Virgen, ¿no sientes palpitar tu seno

más agitado?

 

Ya las mejillas de encarnado vivo

tiñe la nueva confusión del alma.

Fijos en tierra los turbados ojos

lágrimas brotan.

 

¡Ay de la hermosa libertad perdida!

¡ay del sosiego de perdida infancia!

¡Ay del tranquilo corazón tan libre,

ya aprisionado!

 

Ansias, cuidados, agitadas horas,

largos afanes tras ventura escasa

por solo y triste galardón espera

virgen amante.

 

Madrid aguarda tu triunfal salida…

Madrid aguarda tu triunfal salida

para cubrir de flores tu carrera

como si el pueblo por la vez primera

celebrara en España tu venida;

la fiesta a que gozoso te convida,

cual si de nuevo a coronarte fuera,

tiene un placer que hoy halla repetido

la Reina que dos veces ha nacido.

 

Carlos quinto inmortal cuando ceñía

a sus sienes la fúlgida corona

del pueblo que adoraba a su persona

oyó el supremo canto de alegría;

mas para Ti, Isabel, es doble día

el de esta aclamación que el Pueblo entona.

Porque tú, cuando el seno te han herido,

para España dos veces has nacido.

 

Tú apareces al Pueblo castellano

con tu Niña tan dulce y tan hermosa,

como la luna de color de rosa

que ilumina las noches del verano;

y dejas luego de alumbrar el llano,

quedamos en tiniebla pavorosa,

pero ya con reflejo más lucido

luna nueva en el Cielo has renacido.

 

Ya la Virgen te aguarda en los altares,

y a la niña cubriendo con su manto

desde el Cielo confirma el nombre santo

que el Serafín celebra en sus cantares;

¡vive, Madre feliz libre de azares,

que al triunfar de la muerte, por encanto,

doble vida del Cielo ha merecido

la Reina que dos veces ha nacido!

 

Me acuerdo bien del venturoso instante…

Me acuerdo bien del venturoso instante

cuando vi yo la luz en vuestro oriente.

¡Cuánta luz, cuántas llores, cuánta gente

y qué mundo tan bello y tan brillante!

¿Por qué no estaba alegre tu semblante

tú que lleno de luz eternamente

en ese mundo que feliz te nombra

tienes el alma donde esta tu sombra?

 

Gran pájaro de América atrevido,

que, trasponiendo los opuestos mares,

entre los recios vientos has venido

a dar al viejo mundo tus cantares;

tú que en tantos torrentes has bebido,

y hoy vienes a beber al Manzanares,

¡para que el ansia de tu sed ardiente

no perdone del mundo una corriente!

 

Tú que en el nuevo mundo te has mecido

entre el viento de arenas abrasado,

al son del Orinoco adormecido,

al pie de las palmeras arrullado;

y más tarde en el norte has despertado,

y con la luna a Grecia has recorrido,

y de Sión por la cadena santa

¡abriste paso a tu incansable planta!

 

¿Por qué estás triste tú? ¿Por qué te quejas?

¿Por qué me llamas la feliz cantora,

y ni llorar ni suspirar me dejas,

envidiando mi vida de pastora?

¿Dónde están mi cayado y mis ovejas,

dónde la choza está que te enamora?

¿En dónde están mis dichas y mi calma

si aquí soy sombra a quien le falta el alma?

 

¡Ah! ¿qué se ha hecho de la pobre sombra

que huyó de esa mansión bella y querida?

El Gévora lo sabe que rendida

la ve muriendo en la campestre alfombra,

¿piensas tú que del alma desprendida

el verme en estos valles no me asombra,

y que puedo tener contento y calma

cuando la sombra está lejos del alma?

 

Mi alma en las ciudades tiene asiento,

y yo sufro también vuestro quebranto,

porque del vago ser que envidiáis tanto,

aquí está el corazón, allí el aliento;

aquí sus ojos, pero allí su llanto;

aquí su boca, pero allí su acento;

aquí está el mártir, pero allí su palma;

aquí soy sombra, pero allí soy alma.

 

Las ráfagas del aire trasparente

me pueden ocultar al que me mira;

pero yo siempre vivo en el ambiente

que vuestro labio sin cesar aspira;

es verdad que mi sombra vagamente

por los collados silenciosa gira,

y allí parece que reposa en calma,

pero no soy la sombra, soy el alma.

 

¡Sí! soy el alma siempre agradecida,

que a vuestro lado está, dulces amigos,

vosotros de mis lágrimas testigos

la noche de mi triste despedida,

nunca a la sombra me veréis unida;

y ¡ojalá que los hados enemigos

presto a mi sombra den eterna calma

y del cielo la luz den a mi alma!

 

Memoria a los héroes y a los reyes – A Hernán Cortés

Llevadme a contemplar su estatua bella,

llevadme a su soberbio mausoleo…

¡Ah! que olvidaba, Hernán, en mi deseo

que éste es mezquino e ilusoria aquélla;

¿y en tu patria por qué? ¿qué diste a ella

para alcanzar de España ese trofeo?

¡Cuestan ¡oh! mucho piedras y escultores

para labrarte, Hernán, tales primores!—

 

Paréceme que el héroe se levanta

y hacia América el brazo armado tiende,

que avergonzada España le comprende

y el rostro no osa alzar fijo en su planta,

ella, la dueña de riqueza tanta,

hasta la prez de su conquista vende,

y aun juzga escaso el ganancioso fruto

para ofrecerle un mármol por tributo.

 

Cuando a su casa venga el extranjero,

¿qué osará responder la noble dama

si anhela ver, llevado por su fama,

la tumba del ilustre caballero?

«Ved, le dirá, si el cementerio ibero

guarda un sepulcro que de Hernán se llama,

que a mí, pues heredé ya su fortuna,

ni su tumba me importa ni su cuna».

 

Eso dirá, y el hijo de Bretaña

o el vecino francés, si el huésped fuera,

con sarcástica risa respondiera

a la matrona: «descastada España,

con que no le valió a Cortés la hazaña

ni una tumba de mármoles siquiera?

¿Y nacen héroes en la tierra ingrata

que así los huesos de los héroes trata?

 

»¿Es la igualdad que esa nación proclama

la que deja en el polvo confundido,

al buen conquistador con el bandido,

al que la presta honor y al que la inflama?

Grande nación esa nación se llama,

y la imagen del hombre esclarecido

no levanta cien palmos sobre el suelo

para mostrarla al pueblo por modelo…?»—

 

Callad, callad, que vuestra lengua mata;

no a lamentar venís nuestro destino,

sino a mofaros dél, el mal vecino,

y a desolarnos más, el cruel pirata;

si es con sus hijos nuestra tierra ingrata,

nada os importa, andad vuestro camino,

que así cual es la madre que tenemos

mejor que a las madrastas la queremos.

 

Así cual es, la envidian las naciones,

virtudes brota en manantial fecundo,

Corteses manda a conquistar el mundo,

que descubren por ella los Colones;

si Bonaparte, rotas sus legiones,

la paz desecha, con desdén profundo,

Cortés entre salvajes y traidores

pone incendio a sus buques salvadores.

 

Arde la flota, irrítase la gente

a quien cierra la huida acción tamaña;

solo, perdido sobre tierra extraña,

Cortés la doma, al bárbaro hace frente,

y conquistarlo y tórnase él valiente

a rendir su laurel glorioso a España,

que… lo destierra, lo aprisiona en vida

y lo desprecia en muerte… agradecida.—

 

No veremos, Hernán, tu estatua bella

ni tu losa hallaremos ignorada;

pero en mi tierra existe la morada

donde estampaste tu primera huella;

pensaremos en ti delante de ella,

la extremeña familia arrebatada

de orgullo; porque plugo a la fortuna

en nuestra tierra colocar tu cuna.

 

¿Mi vida, Carolina, escribir quieres?…

¿Mi vida, Carolina, escribir quieres?

Deja por Dios tan peregrina idea

que podrás solo hacer que el mundo vea

en vez de lo que soy lo que tú eres.

 

Digno de ti será lo que escribieres

a tu alma harás brillar en tu tarea,

mas nunca harás que el juicio exacto sea

de cómo yo he cumplido mis deberes.

 

Mi vida por ti escrita, amiga mía,

un poema completo solo fuera

hijo del corazón y fantasía,

 

Donde con gran vergüenza yo me viera

cual debiera haber sido o ser debía

y no cual soy o he sido en mi carrera.

 

Nada resta de ti

Nada resta de ti… te hundió el abismo…

te tragaron los monstruos de los mares.

No quedan en los fúnebres lugares

ni los huesos siquiera de ti mismo.

Fácil de comprender, amante Alberto,

es que perdieras en el mar la vida,

mas no comprende el alma dolorida

cómo yo vivo cuando tú ya has muerto.

¡¡Darnos la vida a mí y a ti la muerte;

darnos a ti la paz y a mí la guerra,

dejarte a ti en el mar y a mí en la tierra

es la maldad más grande de la suerte!!

 

No es ira, no es amor, no es del poeta…

«No es ira, no es amor, no es del poeta

inspiración febril, es más ardiente

la llama que discurre por mi frente,

y el alma absorbe, el corazón me inquieta.

 

»Yo amo la tempestad, amo el estruendo;

cuando el vértigo insano me arrebata,

sueño que en nube de luciente plata

voy por el mundo un huracán siguiendo.

 

»El rayo en torno de mi frente gira,

el aquilón bajo mis plantas brama,

y lucho y venzo, y mi furor se inflama,

y ansiosa el alma a otra victoria aspira.

 

»Yo quiero alzado al fin sobre los hombres,

avasallar los pueblos y los reyes;

romper sus cetros; derrocar sus leyes,

hollar sus triunfos y borrar sus nombres.

 

»Ancha cadena que circunde el polo

yo quiero eslabonar con mis guerreros;

y bajo el pabellón de sus aceros

la gran nave en la mar llevar yo solo.

 

»Y ¡oh! si pudiera hurtar al firmamento

sus brillantes magníficas estrellas,

¡también imperios levantara en ellas

para ensanchar allí mi pensamiento!»

 

¡Francia, levanta! sal del caos profundo

en que yace tu pueblo sepultado,

que en brazo poderoso tremolado

va tu estandarte a conquistar el mundo.

 

¿Quién distinguir entre la inmensa grey

podrá al caudillo de tamaña empresa?

¿Qué señal en el rostro lleva impresa

el que del solio arrojará a tu rey?

 

Ese mancebo que los brazos grave

cruza sobre su seno, y la mirada

como águila en el sol, ardiente, osada,

clava en la multitud… ése lo sabe.

 

¡Oh! ¡cuál contra el mancebo se irritara

si su mirar la turba comprendiera!…

¡Si su ambición oculta sorprendiera

de ese rubio garzón, cuál se burlara!

 

Joven es el león; mas ya en la tierra

no hay fuerza que a igualar su fuerza alcance,

y ¡ay de la Europa, o Francia! cuando lance

ese joven león grito de guerra.

 

Verás como esa voz de los franceses

de pecho en pecho noble se difunde;

como chispa de fuego prende y cunde

de caña en caña por las secas mieses.

 

Verás, tras el magnífico estandarte

donde el águila altiva se reposa,

como tu juventud marcha orgullosa

la libertad, la gloria a conquistarte.

 

¡Verás!… mas antes que el caudillo sea

héroe conquistador de las naciones,

deja que a Egipto lleve sus legiones

y del grande Ramsé la tumba vea.

 

«Éstas de reyes son y emperadores

las moradas magníficas que habitan,

éste es el rico manto en que dormitan

de tierras y de mares los señores…

 

ȃste es el cetro que en sus regias manos

fue látigo cruel o adorno inútil:

no es que un brillo me seduzca fútil

si hoy os le arranco ¡nobles soberanos!

 

»No es que me ciega joya tan lucida,

¡es que me irrita que los pueblos lloren,

es que me irrita que temblando adoren

los pueblos esa joya envilecida!…

 

»Y esta corona… ¿sola una diadema?

¿cien batallas por una solamente?

¿Será una sola incienso suficiente

para este fuego que mis sienes quema?

 

»Reyes, emperadores, ¡guerra! ¡guerra!

yo haré que en una sola se refundan

las coronas que, inútiles, circundan

tantas míseras frentes en la tierra!»

 

¡Huid del monte aquel resplandeciente

que de Austerlitz se eleva en las llanuras…

Huye, Alejandro, antes que en sus alturas

volcán oculto brote de repente

 

¡Ay! que ya va tu juventud ardiente

a estrellarse en las águilas seguras…

Las nubes su vapor todo han juntado,

y el suelo va a quedar todo anegado.

 

Pero en sangre, Señor, en sangre pura,

porque el rey de las águilas osadas

donde terrible asienta sus pisadas

de cadáveres cubre la llanura;

 

cual los ojos de fiera en noche oscura

relucen entre el humo sus espadas,

y a bandadas los cuervos por el viento

síguenle en torno con feroz contento.

 

Caen, como en horrible terremoto,

las torres desplomadas, sus legiones,

sobre los extranjeros campeones

que osan poner a sus victorias coto;

 

bajo los pies de sus caballos roto

yace el blasón de dos fuertes naciones,

y dos imperios juntos retroceden

y dos monarcas el laurel le ceden.

 

¡Oh! tú que alzado al fin sobre los hombres,

lograste avasallar pueblos y reyes,

romper sus cetros, derrocar sus leyes,

hollar sus triunfos y borrar sus nombres.

 

¡Napoleón! tú que abarcando el polo

con tu cadena inmensa de guerreros,

bajo del pabellón de sus aceros

la gran nave en la mar llevabas solo.

 

¡Ay! ¿cómo a la merced del Océano

dejas bogar tu nave huyendo de ella?

¿Has ido a conquistar alguna estrella

para alzar otro imperio soberano?

 

No es sueño, es la verdad ¡oh mar! te veo…

No es sueño, es la verdad ¡oh mar! te veo…

no es sueño, es la verdad, ¡estoy contigo!…

no es sueño, es la verdad, tus ondas sigo

y sacio en contemplarte mi deseo;

aquí está la verdad en que yo creo,

aquí habita el Señor que yo bendigo,

y siento entre estas vívidas montañas

el hondo palpitar de sus entrañas.

 

¡Tú eres el mar!… ¡el mar!… no eres el río;

el horizonte con tus brazos llenas,

y en vez de murmurar bramas y truenas

maravillando el pensamiento mío,

pero en tu seno con placer confío

recuerdos, dichas, esperanzas, penas,

sin que un instante me acobarde el miedo

de que en tus ondas sumergirme puedo.

 

¿Miedo de ti? ¿Por qué? ¿No es de la tierra

de dónde vengo yo? ¡Por qué temerte!

¿Amenazas tú más que con la muerte

ni tienes sino el agua que dé guerra?

¿En dónde tu maldad ¡oh mar! se encierra

para que así nos acobarde el verte?

¿Qué me puedes hacer? ¿Tragar mi barca?…

La Francia se ha tragado a su monarca.

 

¿A dónde vais, pobres gaviotas,

huyendo así del horizonte oscuro?

¿No teméis el morir al pie del muro

en sangre tintas vuestras alas rotas?

Hubo una edad entre las más remotas,

en que la tierra fue asilo seguro;

pero lanzados ya de aquel asilo,

el torrente del mar es más tranquilo.

 

¡Ah! yo no sé; pero al mirar de lejos

la vasta soledad del agua hermosa,

me siento de vosotras envidiosa

que podéis habitar en sus espejos;

los marinos nos dan tristes consejos,

porque huyamos del agua borrascosa;

pero al lanzarnos de tan bella casa,

no saben ahora lo que en tierra pasa.

 

¡Cuánto más blando el mar que nos rodea,

aunque el torrente abata vuestros vuelos,

será que las pasiones, los desvelos

de esa región que a nuestra vista humea!

¡No os vais del mar! El alma se recrea

soñándose suspensa entre dos cielos,

y si no tengo yo en las verdes salas,

menos debéis temer que tenéis alas.

 

¿Qué he de temer? ¿Que el mar en sus extremos

de sal inunde mi entreabierta boca?

¡La sed que en medio el agua nos sofoca

en la salada lluvia saciaremos!

Más salado es el llanto y lo bebemos

en tierra seca, y no en corriente poca,

siempre con ansia igual, con igual daño

un día y otro, uno y otro año.

 

¡Oh mil veces feliz ave y marino,

que cruzan sin temor esas montañas,

y más dichosa tú la que te bañas,

Cádiz, en ese golfo cristalino!

Allá te veo entre el flotante lino

salir, hermosa, honor de las Españas,

cual salen las palomas por el río

cuando a bañarse van en el estío.

 

Hija de las entrañas de Océano,

como sus conchas y sus peces eres,

y las que guardas célicas mujeres

son perlas escogidas por tu mano,

a bordo de tu buque soberano

Siempre embarcados, tus felices seres,

Gozan en paz de la ilusión divina

De este viaje que jamás termina.

 

Cuando del muro los estrechos lazos

salta y el onda tu cabeza baña,

dicen que quiere con terrible saña

tragarte el mar en míseros pedazos,

pero es que te acaricia entre sus brazos

como a sus tiernos hijos la alimaña,

y cuando más parece que te abruma

te da la leche de su blanca espuma.

 

¡Ciudad de torres solitaria y bella!

todo es hermoso en tu recinto amigo;

el pobre halla limosna y halla abrigo,

y aun da a otros pobres el sobrante de ella.

Cuando me lleve mi contraria estrella

lejos de ti; me soñaré contigo…

si es que duerme bastante para el sueño

quien nada espera dulce ni risueño.

 

¡Ah, sí! me queda la ilusión divina

de este mar tan inmenso y tan profundo,

donde ha de hallar, al fin, descanso el mundo

cuando lo quiera Dios. Alma vecina

del mar, mejor comprende y adivina

lo que es Dios, lo que el pueblo moribundo,

que encerrado se agita y despedaza

ser contra ser y raza contra raza.

 

Ya le voy a dejar, nada en la vida

sino el dolor profundo es duradero,

y por lo mismo que mirarlo quiero,

tengo que darle ya mi despedida;

todo placer va siempre de partida

muy pronto por la vida, muy ligero,

y basta que la mar mi encanto sea

para que nunca más su encanto vea.

 

¡Adiós, amigos!… ¡tierra hospitalaria!…

Las lagrimas más dulces que he vertido

¡oh Cádiz, Cádiz! en tu seno han sido;

y si en medio del agua solitaria

ves en el barco un rostro, que afligido

te mira, yo seré que entre la varia

gente y la nube del vapor que humea

«¡Adiós, adiós, diré mientras te vea!»

 

No hay nada más triste que el último adiós

Si dos con el alma se amaron en vida

y al fin se separan en vida los dos.

¿Sabéis que es tan grande la pena sentida

que nada hay más triste que el último adiós!

 

En esa palabra que breve murmuran,

en ese gemido que exhalan los dos,

ni verse prometen, ni amarse se juran,

que en esa palabra se dicen ¡adiós!

 

No hay queja más honda, suspiro más largo

que aquella palabra que dicen los dos:

el alma se entrega a horrible letargo;

la vida se acaba diciéndose ¡adiós!

 

Al fin ha llegado la muerte en la vida,

y al fin para entrambos morimos los dos;

al fin ha llegado la hora cumplida,

la hora más triste… el último ¡adiós!

 

Ya nunca en la vida, gentil compañero,

ya nunca volvemos a vernos los dos;

por eso es tan triste mi acento postrero,

que nada hay más triste que el último ¡adiós!

 

¿No ves qué tierra, qué cielo?…

¿No ves qué tierra, qué cielo,

uno azul, otra florida?

¿No ves qué estrellas, mi vida,

no ves qué luna, qué sol?

¿No ves qué hermoso es el suelo

donde Dios te ha confinado?

Es fecundo, es dilatado,

es soberbio, es…. ¡español!

 

Yo no vi de ese paisaje

sino el rincón por su extremo;

mas no hay duda que es supremo

cual su tinta su pincel;

pues, el lugar más salvaje

de nuestra bella comarca

forma, en los valles que abarca,

a España rico dosel.

 

Por cada grano de tierra

brota en ella una semilla;

no hay extranjera avecilla

que no nos la venga a hurtar:

los pueblos nos mueven guerra

por sólo pisar a España,

cual transeúnte cabaña

lamiendo el suelo al pasar.

 

Cuando sacuda tu mente

de la infancia los ensueños,

estos campos tan risueños

y riquísimos al ver;

¿por qué dirás esa gente,

que ha marchado a mi venida,

pasó la preciosa vida

en quejas de padecer?

 

¿Por qué las tiernas mujeres,

que a mi llegar se alejaron,

tantas lágrimas lloraron

vertidas del corazón?

Si tiene el mundo placeres

y la vida tal encanto,

¿por qué se ha dolido tanto

la muerta generación?

 

Prende fuego en la montaña

y devasta la pradera;

mas oye a la primavera,

la yerba vegeta más:

así en la guerra de España

que estos seres encendimos

de cenizas os servimos

a los que venís detrás.

 

¿Sabes tú para que puedas

alcanzar luz en tus días

qué de noches tan sombrías

estamos pasando aquí?

¡Tú que en el valle te quedas

cuando nosotras nos vamos

no sabes cómo le hallamos

al venir antes de ti!

 

De laureles, de riqueza

de altos honores cargados,

son, Herminia, desgraciados

los hombres de nuestra edad;

de brillantes, de belleza

y de amores circundadas

mujeres muy desdichadas

son las de esta sociedad.

 

Pero tú que has retardado

más que aquellos tu venida,

vas a encontrar en la vida

más placer, menos dolor;

pues que de España han cruzado

tantos otros el camino,

que sufre ya el peregrino

sus asperezas mejor.

 

Ya nuestro campo no vemos

salpicado y reteñido

con la sangre que ha vertido

la guerrera juventud;

y ya tranquilos podemos

elevar nuestras canciones,

sin que vengan los cañones

a atronar nuestro laúd.

 

Ni ya rechazan del coro

a las cantoras mujeres;

pues al fin que somos seres

de la especie racional,

en este siglo sonoro

los españoles declaran…

¡Qué indulgencia!… y nos preparan…

¡Qué dicha!… lauro inmortal.

 

Pero es tarde, Herminia mía,

tarde ya para esta gente,

que ha pasado tristemente

lo mejor de su vivir;

esa naciente alegría

que en nuestro pueblo resuena

no basta a calmar la pena

que venimos de sufrir.

 

De las pasadas tormentas

naves nosotras heridas,

vamos a quedar sumidas

presto en el revuelto mar;

pero tú, que apenas cuentas,

Herminia, trescientos soles,

a los puertos españoles

logras a tiempo arribar.

 

¡Quiera Dios que la bonanza

con que empieza tu fortuna

como te mima en la cuna

te mime en la juventud!

Cada niña una esperanza

de placer es para el mundo:

¡quiera Dios que tú fecundo

manantial seas de virtud!

 

Que los dulcísimos nombres

que te da el materno anhelo

de serafín y de cielo

vayan de tu vida en pos.

Que embelesados los hombres

al exclamar —«¡qué hermosura!»

añadan siempre:—«¡y qué pura!

¡Bendígate, Herminia, Dios!»

 

Nos ha dado el Señor cielos hermosos…

Nos ha dado el Señor cielos hermosos

con luz, por que los ojos alumbremos,

y nosotros los pueblos ingeniosos

con humo del cañón la oscurecemos.

 

Nos ha dado unas tierras deliciosas

donde las vidas sustentar podamos,

y nosotras las gentes belicosas

con sangre de los nuestros las regamos.

 

Nos ha dado suprema inteligencia

para adorar su ley mientras vivimos,

y nosotros negamos su existencia

y de la propia nuestra maldecimos.

 

Nos ha dado pasiones generosas

y odiándonos vivimos en la tierra;

«almas, nos dice, paz, sed venturosas»

y respondemos «infortunio, guerra!»

 

Guerra al Oriente, guerra al Mediodía,

por cuanto abarca el sol guerra sangrienta;

nuestra campana eterna de agonía

por las batallas sus minutos cuenta.

 

Hacen trocar los siglos pasajeros

leves, imperios, religiones, todo;

pero la horrible estirpe de guerreros

tiende su rama del egipcio al godo.

 

¡Oh de asesinos fuerte monarquía

de siglo en siglo trasmitida viene;

reino antes de Moisés tal dinastía

y aun después de Jesús príncipes tiene!

 

Un perpetuo clamor son las naciones;

toda la humanidad es solo un grito;

cansado de sufrir generaciones

el mundo está, y cansado el Infinito…

 

Tiende ¡oh paterno mar! tiende los brazos

y, por piedad de nuestros hondos males,

de la tierra los míseros pedazos

abisma entre tus formas colosales.

 

Tal vez al arrollar el viejo mundo,

tus soberanas moles avanzando,

otras tierras mejor desde el profundo

se irán a tus espaldas levantando.

 

Aquí están las semillas corrompidas,

a Dios no pueden dar ya fruto bueno,

y pues a Dios no sirven nuestras vidas,

¡húndenos mar, te servirán de cieno!

 

O no hay tierra ni ser, o hay Dios y cielo…

O no hay tierra ni ser, o hay Dios y cielo;

tal cuando niña discurrió la mente,

llevada del amor que hace al viviente,

buscar a Dios con instintivo anhelo;

luego de joven al cruzar el cielo,

hirió su pedernal mi pie inocente,

y más cierta añadí —no es ilusoria

la tierra ni el dolor; hay cielo y gloria.

 

Fija, obstinada, pertinaz, constante,

su existencia a la nuestra hallando unida,

dios es verdad, pues cierta es nuestra vida,

dije al sentir mi pecho palpitante.

¿Tuve un placer? ¡oh, gracias, Dios amante!

¡piedad mi Dios! clamé cuando afligida;

y el mundo me hizo así mal llevadero

la amistad del divino compañero.

 

Todo animado al sol de mi creencia,

la planta, el ave, el agua, las criaturas,

Dios es grande, pues forma estas hechuras,

exclamé al adorar su inteligencia.

¿Y no aprendí bastante, hay otra ciencia

que ilumine mejor las almas puras?…

Pues ignorante, amigo, me dijeron

los que a dudar de Dios sólo aprendieron.

 

Lucha trabé con ellos muy reñida,

trajo el ateo libros a millares;

yo respondí mostrando de los mares

a sus ojos la página cumplida.

La estrella de los cielos encendida,

fijé en su libro al fin de sus cantares,

y si no acierta a huir veloz, ¡presumo

que libro y sabio se tornaran humo!

 

¿Pensáis que así quedó? volvió la gente

niña, a llamarme crédula y sencilla,

y yo a cantar de Dios la maravilla

en el sol, en el aire, en el torrente.

—No hay Dios, —me grita el genio irreverente

—Hay Dios, —respondo; su mirada brilla,

su aliento corre, su palabra suena,

su amor palpita, su pisada atruena.

 

Pero en la dura lid tal vez venciera

el que desdeña a Dios a quien lo alaba,

si cuando ya el aliento me faltaba,

otra voz a esforzarme no acudiera;

de una fe más robusta y verdadera,

de un talento mayor la mente esclava,

cuando os oyó decir: —hay Dios y cielo—

tomó con más fervor a alzar su vuelo.

 

¡Gracias! porque en el mundo hallo profeta

de tan pura virtud, fe tan ardiente,

que en tanto error del mundo diferente

me preste una verdad al alma inquieta;

sí, amigo, la creación obra incompleta

fuera si nuestro autor omnipotente

no escribiera en la humana y triste historia

que para el bueno, como vos, hay gloria.

 

¡Oh, cuál te adoro!

¡Oh, cuál te adoro! con la luz del día

tu nombre invoco apasionada y triste,

y cuando el cielo en sombras se reviste

aun te llama exaltada el alma mía.

 

Tú eres el tiempo que mis horas guía,

tú eres la idea que a mi mente asiste,

porque en ti se concentra cuanto existe,

mi pasión, mi esperanza, mi poesía.

 

No hay canto que igualar pueda a tu acento

cuando tu amor me cuentas y deliras

revelando la fe de tu contento;

 

Tiemblo a tu voz y tiemblo si me miras,

y quisiera exhalar mi último aliento

abrasada en el aire que respiras.

 

¡Oh, cuál te adoro! con la luz del día…

¡Oh, cuál te adoro! con la luz del día

tu nombre invoco apasionada y triste,

y cuando el cielo en sombras se reviste

aun te llama exaltada el alma mía.

 

Tú eres el tiempo que mis horas guía,

tú eres la idea que a mi mente asiste,

porque en ti se concentra cuanto existe,

mi pasión, mi esperanza, mi poesía.

 

No hay canto que igualar pueda a tu acento

cuando tu amor me cuentas y deliras

revelando la fe de tu contento;

 

Tiemblo a tu voz y tiemblo si me miras,

y quisiera exhalar mi último aliento

abrasada en el aire que respiras.

 

¡Oh generosa luz, oh hermoso Oriente!…

¡Oh generosa luz, oh hermoso Oriente

del pensamiento que buscaba el mío,

siempre confuso y ciego en el sombrío

y solitario claustro de mi mente!

¡Oh luz amada, luz resplandeciente,

en cuyos rayos mi esperanza fío,

luz de mi alma, luz de mi deseo,

que iluminas al fin, que al fin te veo!

 

Luz de gloria inmortal, que en ígnea rueda

brillas sobre la estatua de Cervantes,

brillas sobre los huesos palpitantes

del desgraciado Larra y de Espronceda;

no importa que la suerte me conceda

para verla no más breves instantes,

pues siempre verla y adorarla puedo,

porque se va mi sombra y yo me quedo.

 

Frentes marchitas, de estudiar cansadas,

ánimos nobles, de luchar rendidos,

poéticos espíritus caídos,

generosas ideas desmayadas;

yo, que del campo allá en las retiradas

soledades, guardé de mis sentidos

el entusiasmo, consolaros puedo

porque se va mi sombra y yo me quedo.

 

Aquí para cantar y aquí mi oído

para escuchar, amigos, vuestro canto,

y aquí estará mi ser, aunque entretanto

os diga la ilusión que ya he partido;

¡loca ilusión! Engaño del sentido

pensar que os dejo y que derramo llanto,

pensar que sufro y que dejaros puedo

cuando se va mi sombra y yo me quedo.

 

Aquí para labrar de la poesía

la dura tierra donde el lauro crece,

mi corazón, que nunca desfallece,

os seguirá constante en la porfía;

para dar mi tributo de armonía,

para animar al triste que padece,

para sufrir, si consolar no puedo,

aunque vuele mi sombra yo me quedo.

 

De las amigas manos las palmadas

aún escucho el dulcísimo ruido

bien sabéis que por cada una he vertido

dos lágrimas profundas y abrasadas;

no me diréis jamás que mal pagadas

por este corazón ardiente han sido,

cuando jurar por vuestra gloria puedo,

que huye mi sombra, pero yo me quedo.

 

¿No es verdad que es muy triste en la morada

del solitario valle hundir la vida,

y no ver en el agua adormecida

sino la propia imagen retratada?

Por eso vine enferma y lastimada,

y no quiero tornar más abatida,

y por eso, no más, Dios me concede

que se vaya mi sombra y yo me quede.

 

¡Ay! aunque os digo «adiós» yo no me alejo,

es mi sombra no más la que mañana

volverá a retratarse en el espejo

del insalubre y muerto Guadiana;

aunque soñéis en la ilusión que os dejo,

mirad que es sólo una, quimera vana,

un sueño ingrato a cuyo error no cedo,

que si se va mi sombra yo me quedo.

 

Nada importa el adiós, si es de tal suerte

que os digo «adiós» y es falsa la partida;

ni ha de rendirse débil y afligida

por un sueño no más el alma fuerte.

¿Qué os importa mi sombra vaga, inerte,

para sufrir en esta despedida,

si he dicho, amigos, que escucharos puedo

porque se va mi sombra y yo me quedo?

 

«¡Adiós!» mil veces os diré cantando

y estos adioses ni escuchéis siquiera,

ni penséis que mi voz es lastimera,

ni digáis que de pena estoy llorando;

es un adiós tranquilo, un adiós blando,

es una despedida placentera,

pues ni llorar ni enternecerme puedo

porque se va mi sombra y yo me quedo.

 

¡Oh! ya veréis cómo al acento amigo

mañana y siempre con mi voz respondo,

aunque este adiós tan quebrantado y hondo

aun, otra vez, por postrera os digo;

veréis cómo en los triunfos os bendigo,

aunque os parezca, amigos, que me escondo,

porque es engaño, sí… ¡Nunca!… ¡No puedo!…

Se irá mi sombra, pero yo me quedo.

 

Pálida insomne, lánguida doliente…

Pálida insomne, lánguida doliente,

sombra tan sólo de criatura humana

ya consumida por la fiebre ardiente

viene de las orillas del Guadiana.

 

La copa de cristal donde bebía

el agua, que a mi sed siempre era poca

al acercar mi enardecida boca

una vez y otra en sangre se teñía.

 

Mortificado por tenaz punzada

y de violento palpitar rendido

era del corazón cada latido

un dolor en mi fibra lastimada.

 

Fatigaba la luz mi vista errante,

ahogaba el aire mi oprimido pecho

y aunque jamás abandonaba el lecho

dormir no me era dado un solo instante.

 

Las lentas horas de la noche triste

las pasaba gimiendo y delirando

y por la muerte sin cesar clamando

único bien al que doliente existe.

 

Y ya la muerte al fin compadecida

sus negras alas hacia mí tendiendo

iba a llevarme al ámbito tremendo

término silencioso de la vida.

 

Pero una mano fuerte y salvadora

con enérgico afán asió la mía;

una mirada fija, escrutadora

a iluminarme vino en la agonía.

 

Era la luz brillante de la ciencia,

implacable enemiga de la muerte

que vivifica el corazón inerte

que anima con sus rayos la existencia.

 

Erais vos, erais vos, sabio maestro

de la doliente humanidad amigo;

yo debo la existencia al saber vuestro

vos amo y os respeto y os bendigo.

 

Y otros seres también dulce memoria

de esa ciencia benéfica guardando

al pobre ingenio mío están rogando

que agradecida escriba vuestra historia.

 

Vuestra vida, señor, escribir quiero

aunque modesto rechacéis su idea,

no porque el mundo mi talento vea

que nada dél para mi gloria espero.

 

Vuestra vida, señor, a escribir voy

pues si la escribo porque viva estoy,

y en ella expresaré lo que habéis sido

a Dios y a vuestra ciencia lo he debido.

 

¿Por qué tiembla? —No lo sabe…

¿Por qué tiembla? —No lo sabe.

¿Qué aguarda en el lago? —Nada.

De las aguas enlazada

a los hilos su raíz,

el movimiento suave

de la linfa va siguiendo,

la cabeza sumergiendo

del agua, al menor desliz.

 

Así la halló la alborada,

así la encuentra el lucero,

siempre el esfuerzo postrero

haciendo para bogar;

y en las olas la encallada,

vaga y frágil navecilla

sin poder la florecilla

impeler ni abandonar.

 

Movimiento que no cesa,

ansiedad que se dilata,

ni el agua que sus pies ata

sostiene a la débil flor,

ni deja, en sus olas presa,

que vaya libre flotando,

quiere que viva luchando

siempre en continuo temblor.

 

¡Ya se inunda!… ¡Ya se eleva!…

¡Ya la corriente la traga!…

¡Ya navega… ya naufraga!

¡Ya se salva… ya venció!

¡Ya el agua otra vez la lleva

en sus urnas sepultada!…

¡Ya de nuevo sobre—nada

en el agua que la hundió!…

 

Flor del agua, ¡cuántas flores

viven en paz en la tierra!

Sola tú vives en guerra

en tu acuático jardín:

te da la lluvia temores,

el manso pez te estremece

y tu belleza parece

sin gozar descanso, al fin.

 

Tú, poetisa, flor del lago,

por amante, por cantora,

has venido en mala hora

con tu lira y tu pasión;

que en el siglo extraño y vago

a quien vida y arpa debes

dondequiera que le lleves

fluctuará tu corazón.

 

Que las cantoras primeras

que a nuestra España venimos

por sólo cantar sufrimos,

penamos por sólo amar;

porque en la mente quimeras

de un bello siglo traemos

y cuando este siglo vemos

no sabemos do hogar.

 

Las primeras mariposas

que a la estación se adelantan

y su capullo quebrantan

sin aguardar al abril,

nunca saben temblorosas

adonde fijar las alas,

siempre temen que sus galas

destroce el aire sutil.

 

Las ráfagas las combaten,

las extrañan los insectos

y de giros imperfectos

si cansado el vuelo ya,

sobre las plantas lo abaten

buscando el capullo amigo

hallan que néctar ni abrigo

la flor en botón les da.

 

Las orugas que encerradas

aún están en sus clausuras

mañana al campo seguras

podrán sus alas tender;

mas, aquellas desdichadas

que antes cruzan la pradera

¡morirán, la primavera

risueña, sin conocer!…

 

¿Cuál es tu barca? —Una lira.

—¿Qué traes en ella? —Sonidos.

—¿Vuélvete, que no hay oídos

para tus sones aquí;

vuélvete joven, y mira

si en tu barca, más sonoro,

puedes trasportarnos oro

u otro cargamento así.

 

¿Quién te llama? ¿A qué nos vienes

con peregrinas canciones

El trueno de los cañones

del siglo el concierto es,

y en vano sus anchas sienes

pretenden ceñir de flores,

¡ay! sus pies destrozadores

hollarán cuantas te des.

 

¿Vienes de nuevo, alma mía,

qué traes en la barca? —Amores—.

Torna a otras tierras mejores,

torna el camino a emprender;

si es oro nuestra poesía

nuestros amores son… nada.

Ve si la nave cargada

de cetros puedes traer,

 

Que, si no de amor, tenemos

tan elevadas pasiones

que sentimos ambiciones

de un cetro cada garzón;

y cada garzón podemos

con nuestros genios profundos

media docena de mundos

fundir en una nación.

 

¿Otra vez? ¿Qué traes ahora?…

Siempre en el mismo camino

sobre el cauce cristalino

en su barquilla la flor:

así la dejó la aurora,

así la encuentra el lucero

siempre en el afán primero,

siempre en el mismo temblor.

 

Tú, poetisa, flor del lago,

por amante, por cantora

has venido en mala hora

con tu amor y tu cantar:

que en el siglo extraño y vago,

a quien vida y arpa debes,

dondequiera que la lleves

puede el alma naufragar.

 

Mas, escucha no estás sola,

flor del agua, en el riachuelo;

contigo en igual desvelo

hay florecillas también:

que reluchan contra el ola,

que vacilan, que se anegan,

que nunca libres navegan

ni en salvo su barca ven;

 

Pero, enlazan sus raíces

a la planta compañera

y viven en la ribera

sosteniéndose entre sí:

y cual ella más felices

desde hoy serán nuestras vidas

si con las almas unidas,

vivimos, las dos así.

 

Primavera invisible

¡Qué caso tan peregrino

un año sin primavera!…

Pasó sin que yo la viera

¿o es tal vez mi desatino?

 

¿Qué bandos de ruiseñores

en la arboleda cantaron

y que a millares brotaron

y se agostaron las flores?

 

¿De qué modo, cómo, cuándo

eso pasó, Emilio, di?

O yo nada percibí

o todo lo estás soñando.

 

¿Qué tamaña desventura

me gritaba en los oídos

que de esos claros sonidos

ni el rumor sentí, criatura?

 

¿Adónde estaban mis ojos

que no han visto en los collados

tantos lirios azulados

y tantos pimpollos rojos?

 

¡Yo que soñaba impaciente

con la nueva primavera!

¡Yo que su rosa primera

aguardaba atentamente!

 

¡Perderla así de ese modo

sin haberla contemplado!

¡Ay, Emilio! yo he cegado

o tú lo has soñado todo.

 

De las bellas estaciones

adoro, Emilio, el placer,

y no quisiera perder

ni uno solo de sus dones.

 

Mas sin duda comprimidos

con fortísima tristeza

yo he tenido en mi cabeza

medio muertos los sentidos.

 

Y cuando al cabo despierto

de mi letargo penoso

hallo un estío ardoroso

y hallo un campo ya desierto.

 

Ansia de felicidad,

me devora el alma mía,

mas por acaso me guía

su instinto a la adversidad.

 

Y yo pienso que ha de ser

porque en mi pecho doliente

alienta imperfectamente

el sentido del placer.

 

Y amo, y busco la aflicción

porque en su grande sentir

a sus anchuras latir

puede sólo el corazón.

 

Por eso los ruiseñores

que sonaron no escuché,

ni he visto, aunque las busqué

en los campos, esas flores.

 

Por eso la primavera,

que tú dices que pasó,

aunque la aguardaba yo

paso sin que yo la viera.

 

Pues eres tú forastera…

Pues eres tú forastera

recién llegada a la vida,

te contaré, mi querida,

lo que tienes que sufrir;

te gané la delantera

de la vida en el camino,

y merced a este destino

he aprendido ya a sentir.

 

Yo sé ya cómo se llora

de una pena lloro ardiente,

y si quieres que te cuente

cuál se disfraza también,

mostraré, por que lo veas,

la sonrisa en mi semblante

cuando el raudal abundante

mis ojos brotando estén.

 

A este saber doloroso

discreción el mundo llama,

y no es discreta la dama

si no es en el mundo así;

por eso en risa mi llanto

suelo mudar tan aprisa,

que al asomar la sonrisa

trago el llanto para mí.

 

Pero el mundo no se engaña,

y al mirar nuestro contento

grita airado «¡Fingimiento,

falsedad de la mujer!»

¡Oh graciosa tiranía

que a las que fingen condena

cuando fingir nos ordena

como preciso saber!

 

Esto, niña, es solamente

lo que, de ciencia nos toca;

después te dirá mi boca

lo que hay de felicidad:

y en fe de que no te engaño

en lo propio que te digo,

todo un sexo por testigo

te pondré de esta verdad.

 

Yo te diré nuestra historia

y aunque otra de hombres cuenten,

por Dios, que los hombres mienten

o ignoran este saber:

ellos beben Cicerones,

con Sénecas se alimentan,

pero esos libros no cuentan

las penas de la mujer.

 

Y ¡más valiera que doctos,

sapientísimos varones

perdieran en las naciones

su tiempo en tratar de nos!;

¡harto hicieron si aseguran

como un hecho averiguado

que de Adán y Eva el pecado

por ella sufren los dos!

 

¿Qué importa que su existencia,

la leche con que medraron,

los brazos en que apoyaron

su cuerpo desde el nacer;

y los besos maternales,

y el solícito cariño,

y sus placeres de niño

se los diera la mujer?

 

¿Qué importa que le dé ella

la amorosa compañía

al que triste viviría

sin ella en la soledad;

y el consuelo al desgraciado,

y la asistencia al doliente,

qué importa a esa ingrata gente

que se los dé la beldad?

 

De madres, esposas, hijas,

los tiernos, los dulces nombres,

¿no merecen a esos hombres

una página, un borrón?

¿no merecen que una hora

en nuestra suerte mediten

aunque algo al estudio quiten

de Séneca y Cicerón?…

 

¿Mas no escuchas? ¿Interrumpes,

niña, con risa mi canto?

Haces bien, porque iba el llanto

brotando a mis ojos ya;

conviértase en risas el lloro,

que en la mudanza precisa

pronta siempre la sonrisa

tras mis lágrimas está.

 

Pero, guarda, por tu vida,

el papel de estas canciones,

y en la edad de las pasiones

fija los ojos en él:

«¡Ay, dirás, verdad decía

la que estas cosas cantaba;

bien me acuerdo que lloraba

cuando escribió este papel!»

 

¡Qué abatida estará, Señor, mi vida!…

¡Qué abatida estará, Señor, mi vida

cuando no te consagro ni un acento!

¡Qué hundido debe estar mi pensamiento

cuando así te abandona, así te olvida!

Preséntasme la tierra florecida,

resplandeciente en lumbre el firmamento,

y en vez de bendecirte y celebrarte

bajo los ojos para no mirarte.

 

Gran pesar no sufrí, padre divino;

ningún dolor agudo el alma llora;

pero más me entristezco, hora por hora

conforme voy andando mi camino:

ni sé si es bueno o malo mi destino,

ni advierto si se agrava o se mejora;

sólo sé que el vivir menos agrada

cuanto más adelanto en la jornada.

 

No he perdido la fe, que mucho creo;

no me hirieron, Señor, los desengaños,

ni presa fui de pérfidos amaños,

ni juguete de loco devaneo;

yo no tengo ambición, nada deseo,

es mi existencia juveniles años,

pero triste; Señor, muy triste estoy,

puesto que ni mi canto ya te doy.

 

¡Ay! Cuando siento del fecundo mayo

el vaporoso y caldeado ambiente

jugar con mis melenas blandamente,

te quisiera cantar, pero en desmayo

melancólico abísmase la mente,

y como herida por amante rayo

las lágrimas se agrupan a mis ojos

y hasta la luz del sol me causa enojos.

 

Luego las plantas pienso que suspiran,

paréceme que el río se lamenta,

y la vida a mis ojos se presenta

llena de sombras que dolientes giran…

y yo no sé por qué, miedo me inspiran,

y no sé que aflicción me desalienta,

pero tiendo los brazos y te digo

señor, señor, ¡ay! llévame contigo.

 

Tal vez, Señor, el porvenir me inquieta

porque nací mujer y soy cobarde,

y tal vez en las brisas de la tarde

me anuncia el porvenir mi ángel profeta.

Triste será el de la mujer poeta,

mas ora el bien, ora el dolor me aguarde,

mejor quisiera que con brazo amigo

me quisieras llevar, Señor, contigo.

 

Aquí la turbación, aquí el gemido,

aquí la guerra, aquí los hondos males

tienen reinado eterno, y siempre iguales

los tiempos han de ser a los que han sido;

señor, y allá el descanso apetecido,

allá la paz, los goces celestiales

me convidan, si quieres santo amigo

para siempre llevarme allá contigo.

 

Allá en la noche hay sol, no acaba el día,

siempre es abril para los ricos prados,

y por aquellos huertos regalados

sólo la flor de la virtud se cría:

el odio, la ambición, la tiranía

no existe en tus dominios dilatados;

los hombres a los hombres no asesinan,

la virtud y el amor allí germinan.

 

Allá en la fuente de la fija ciencia

beberé hasta saciar mi gran deseo,

conoceré el error de Ptolomeo,

me reiré de la humana suficiencia;

sabré quién escribió la alta sentencia

que hundió al egipcio y destruyó al hebreo,

qué ilumina las cumbres de Sodoma,

derriba a Grecia y aniquila a Roma.

 

Sabré mejor que el sabio más profundo

de la historia del orbe tantos hechos,

porque en los pobres libros contrahechos

mientras estudio más, más me confundo;

penetraré las leyes de este mundo,

la esencia de los seres, sus derechos,

lo que son, lo que fueron, lo que esperan

nacidos, por nacer, y cuando mueran.

 

Sabré por qué tu espíritu se esconde,

por qué rodar nos haces en la esfera,

qué pretendes hacer con tal carrera,

y cómo nos impulsas y hacia dónde:

por qué girar al sol nos corresponde,

por qué su luz la luna reverbera,

por qué tienes volcanes encendidos,

por qué tienes los mares extendidos.

 

Por qué al par de Jesús nace Mahoma,

por qué alientas entrambas religiones,

por qué arde entre diversas oraciones

y en diferente altar distinto aroma:

qué das al que la cruz sagrada toma,

del de la media luna qué dispones,

quiénes te desconocen o te entienden

quiénes los que te adoran o te ofenden.

 

Allá sabré también por qué nacimos

débiles y sencillas las mujeres,

y si el premio de tantos padeceres

habremos de lograr cuando morimos.

Allá sabré si destinadas fuimos

al duro yugo de los otros seres,

y si has dispuesto tú las leyes graves

que no puedo decir y que tú sabes.

 

Allá sabré también por qué deliro,

y la oculta razón de mi tristeza;

por qué abrasada siento mi cabeza,

por qué lloro, Señor, por qué suspiro,

por qué cuando tu hermoso cielo miro

ansiosa de tu gloria y tu grandeza,

olvido de la tierra cuanto amo

y llévame contigo, Señor, clamo.

 

Si comparando el mundo, éste de penas,

su injusticia, su error, nuestras pasiones

con el bello existir de esas regiones

pacíficas, hermosas y serenas,

anhelamos romper nuestras cadenas,

elevamos a ti los corazones,

y de tus brazos al paterno abrigo

me quiero refugiar yendo contigo.

 

Si quiero descansar, hallar consuelo,

quiero verte, Señor, yo no vacilo;

¿dónde hallaré más dulce y más tranquilo

amor, y más placeres que en el cielo?

o si te place mi virgíneo velo,

si digna soy de tu celeste asilo,

no me dejes aquí desconsolada

y llévame contigo a tu morada.

 

¡Qué caso tan peregrino!…

¡Qué caso tan peregrino

un año sin primavera!…

Pasó sin que yo la viera

¿o es tal vez mi desatino?

 

¿Qué bandos de ruiseñores

en la arboleda cantaron

y que a millares brotaron

y se agostaron las flores?

 

¿De qué modo, cómo, cuándo

eso pasó, Emilio, di?

O yo nada percibí

o todo lo estás soñando.

 

¿Qué tamaña desventura

me gritaba en los oídos

que de esos claros sonidos

ni el rumor sentí, criatura?

 

¿Adónde estaban mis ojos

que no han visto en los collados

tantos lirios azulados

y tantos pimpollos rojos?

 

¡Yo que soñaba impaciente

con la nueva primavera!

¡Yo que su rosa primera

aguardaba atentamente!

 

¡Perderla así de ese modo

sin haberla contemplado!

¡Ay, Emilio! yo he cegado

o tú lo has soñado todo.

 

De las bellas estaciones

adoro, Emilio, el placer,

y no quisiera perder

ni uno solo de sus dones.

 

Mas sin duda comprimidos

con fortísima tristeza

yo he tenido en mi cabeza

medio muertos los sentidos.

 

Y cuando al cabo despierto

de mi letargo penoso

hallo un estío ardoroso

y hallo un campo ya desierto.

 

Ansia de felicidad,

me devora el alma mía,

mas por acaso me guía

su instinto a la adversidad.

 

Y yo pienso que ha de ser

porque en mi pecho doliente

alienta imperfectamente

el sentido del placer.

 

Y amo, y busco la aflicción

porque en su grande sentir

a sus anchuras latir

puede sólo el corazón.

 

Por eso los ruiseñores

que sonaron no escuché,

ni he visto, aunque las busqué

en los campos, esas flores.

 

Por eso la primavera,

que tú dices que pasó,

aunque la aguardaba yo

paso sin que yo la viera.

 

¿Qué hace la negra esclava, canta o llora?…

¿Qué hace la negra esclava, canta o llora?

Tú, Europa, gran señora,

que a tu servicio espléndido la tienes,

responde, ¿llora, canta,

o dormida a tu planta

apoya ora en tus pies sus tristes sienes?

 

Yo que en su misma entraña me he nutrido

y en su pecho he bebido

su ardiente leche, con amor la adoro,

y por saber me afano

si al pie de su tirano

reposa, canta o se deshace en lloro.

 

Venga el pueblo que a madre tan querida

debe también la vida,

las nuevas a escuchar, que de su suerte

por caridad nos diga

la señora enemiga

de quien vive amarrada al yugo fuerte.

 

Oigan los hijos de la negra esclava

lo que orgullosa acaba

de transmitir su dueña a las naciones,

para que mofa sea

del mundo que la vea

sufriendo eternamente humillaciones.

 

Dice, que por nodriza solamente

al Norte y al Oriente

conducen a la madre, cuyo seno

a mucha boca hambrienta

sin cesar alimenta

con la abundancia que lo tiene lleno.

 

Y nos dice también que latigazos

la dan con duros brazos

los hijos de Bretaña y del Pirene,

después de haber sacado

al seno regalado

el jugo que los nutre y los sostiene.

 

Y se atreve a decir la fiera dueña

que en rendirla se empeña,

dejándola cansada, enferma y pobre,

para que no en la vida

emprendiendo la huida

su independencia y libertad recobre…

 

¿No tenemos un Cid? ¿No hay un Pelayo

que nos presten un rayo

de indignación, con que a librarla acuda

ese pueblo indolente,

esa cobarde gente,

egoísta, ambiciosa, sorda, muda?

 

¿Dónde está la bandera, caballeros,

que dos pueblos enteros

con su anchuroso pabellón cubría?

¿dónde los castellanos

en cuyas fuertes manos

la enseña nacional se sostenía?

 

Ya no hay bandera; el pabellón lucido

en trozos dividido

como harapos levanta nuestra gente

sin escudo y sin nombre,

sirviendo cada hombre

de caudillo y de tropa juntamente.

 

Cual árabes errantes, cada uno

sin domicilio alguno

vagan los desdichados en la tierra,

huyendo del vecino

que hallan en su camino

por no poder marchar juntos sin guerra.

 

Quién levanta su tienda de campaña

en un rincón de España

y por su rey a su persona elige,

y quién sobre la arena

traza, escribe y ordena

las leyes con que él sólo se dirige.

 

Y quién burlando al Dios de sus abuelos

nombra para los cielos

otro señor que nos gobierne el alma,

juzgando la criatura

que siendo el Dios su hechura

más fácilmente alcanzará la palma.

 

Patria, leyes y Dios, siervo y monarca

el español abarca

refundiendo sus varias existencias

en el cerebro loco

para quien juzga poco,

de esa inmensa reunión, cinco potencias.

 

¡Soberbia, necia vanidad mezquina

que a padecer destina

la soledad, el duelo, el abandono

a esa España afligida

que siempre desvalida

se ve juguete de extranjero encono!

 

Ha menester alzarse una cruzada,

ha menester la espada

blandir al aire la española tropa,

los reinos espantando

para salvar luchando

a ésa que gime esclava de la Europa.

 

Mas ¿dónde habéis de ir, tercios perdidos,

de nadie dirigidos,

marchando sin compás por senda oscura

con rumbo diferente,

a dónde, pobre gente,

a dónde habéis de ir a la ventura?

 

¿Resucitó Cortés, vive aún Pizarro,

o de encarnado barro

queréis poner vestido de amarillo

un busto en vuestro centro

por que al primer encuentro

vengan rodando huestes y caudillo?

 

Nunca se lanza el águila a la esfera

sin medir su carrera;

nunca el toro acosado en la llanura

rompe en empuje fiero

sin pararse primero

a reforzar su aliento y su bravura.

 

Unid el pabellón roto en pedazos,

enlazad vuestros brazos,

a un mismo campo el español acuda,

y al brindar la pelea

que un mismo nombre sea

el que invoquéis a un tiempo en vuestra ayuda.

 

Así de negra esclava que es ahora

será España señora,

por vosotros del yugo rescatada,

y al abrigo del trono

con soberano tono

de los pueblos servida y respetada.

 

Así ¡ay! de infeliz que hoy se presenta

será España opulenta,

por vosotros no más enriquecida,

bella y engalanada,

de laurel coronada,

respirando salud, contento y vida.

 

¡Veréis como ya entonces no la insultan

los que su diente ocultan

entre sus pechos, con hambrienta boca,

después de haber sacado,

su jugo regalado,

llamándola salvaje, necia y loca!

 

Veréis ¡oh! como entonces las banderas

de aquellas extranjeras

que la trataron con tan dura saña,

inclinando su frente,

con voz muy reverente

la dicen al pasar —«Salud, España»

 

¡Qué hermoso es Dios, qué hermosa su cabeza!…

¡Qué hermoso es Dios, qué hermosa su cabeza!

¡Qué gallardo su andar, su voz qué suave!

Rasgos los cielos son de su belleza,

pasos los siglos de su marcha grave;

la voz de la inmortal naturaleza

de sus conciertos la sonora clave,

su acento arroba, su mirar abrasa,

tiembla el mundo a sus huellas cuando pasa.

Yo me enamoro dél: pobre doncella

a la ardiente pasión esclavizada,

la sangre a mi cerebro se atropella

a su paso, a su canto, a su mirada;

medito y me consumo con la estrella,

por el trueno me siento subyugada,

y al ver al tiempo transcurrir ligero

sufro, lo lloro, clamo, desespero.

Seres tranquilos vi sobre la tierra

que esta ansiedad febril nunca padecen,

ni están con los espíritus en guerra,

ni en éxtasis de amor se desvanecen:

cuatro páginas ¡ay!, su libro encierra;

nacen, medran, se nutren, envejecen,

y como nada amaron ni sintieron

nunca se mueren porque no vivieron.

Repose en paz el corazón helado

yo quiero ver lucir tu sol ardiente,

vagar tras de tu voz por el collado,

beber tu aspiración en el ambiente:

¡quiero mirar tu ceño en el nublado,

tu sonrisa en la luna transparente,

en las corrientes aguas tu armonía

y tus halagos en el alma mía!…

Ese es el solo bien del sentimiento,

la sola dicha de la triste alma,

la sola gloria del mayor talento,

del martirio mayor la sola palma;

llevar por adorarte el sufrimiento,

por comprenderte renunciar la calma,

de la pasión en el delirio ciego

ser desgraciada por sentir su fuego.

Sé que al cantarte en mi ilusión suspensa

la trova que mi boca te improvisa,

de los pueblos tendrá por recompensa

desdeñosa y sarcástica sonrisa:

su atmósfera pesada, oscura y densa

no dejará volar tan dulce brisa,

pero en el valle puro en que la exhalo

sirve a las soledades de regalo.

 

¡Que teniendo, Cesarina!…

¡Que teniendo, Cesarina,

en tu hermosísimo rostro

ojos tan claros y bellos

me mires con malos ojos!

¡Que siendo risueño y blando

tu semblante para todos,

doncella, para mí sólo

haya de ser duro y hosco!…

—¿Celos de mí? ¡Virgen Santa!

¿Pues qué amador hay tan loco

que dude que con tu busto

competir no puede otro?

Bajo melena dorada,

sobre cuello delicioso,

con su cutis de azucena,

con su matiz de pimpollo

¿cómo hallar teme rivales

entre mujeres tu rostro

si juzgo que entre los ángeles

no los hallará tampoco?

¿No es por mi faz?… ¿por mi lira?

¡Oh demencia! ¿Te da enojos

un pedazo de madera

con unos bordones toscos

donde canto unos romances

que desoye el mundo todo,

porque una mitad no atiende

y la otra mitad es sordo?

¡Cómo el amor enajena!

¡Cómo los celos son topos

cuando ignoras que esa lira

vale entre los hombres poco!

Siquiera fuese mi canto

dulce, apacible, sonoro;

siquiera tierno y vibrante

alzara sublime tono,

entre escuchar sus conciertos

y mirar tus lindos ojos

no vacilara, alma mía,

el galancete más docto.

Brillante luz es el genio

mas si no tiene un contorno

lucido el fanal que encierra

ese vivo meteoro,

Cesarina, de sus rayos

teme las heridas poco

que aman los hombres al genio…

si el genio tiene tu rostro.

 

¿Qué voz, pobre Mariano?…

¿Qué voz, pobre Mariano,

de mofa, de sarcasmo, de amargura,

al que le ofrezco humano

recuerdo de ternura,

darás riendo en tu morada oscura?

 

Si la mujer que llora

fue blanco del rigor de tu garganta,

¿qué pensarás ahora

de la mujer que canta?

¡ay! ¿qué dijeras de la nueva planta?

 

Al ver a la poetisa

tú contemplaras su cabeza atento,

y entre cruel sonrisa

prorrumpiera tu acento:

«Aquí yacen el juicio y el talento».

 

Porque estás muerto canto:

vivo, Mariano, de tu pluma el vuelo

diérame tal espanto,

que no osara del suelo

mi lira levantarse de recelo.

 

¿Qué digo? En este instante

juzgo escuchar desde el profundo hueco

tu voz agria y punzante,

que aun en tu labio seco

para rasgar las almas tiene un eco.

 

«—Mujer ¿a qué has venido?

Al romántico yugo sujetada.

¿Ensayas tu gemido

en mi tumba olvidada

por ser luego del mundo celebrada?

 

»El nombre de Mariano

¿es que presta sonoro consonante

a tu numen profano,

o vienes insultante

a escarnecer aun mi sombra errante?»

 

—¡Ateo desgraciado!

¡Víbora de las bellas ilusiones!

¡Genio desesperado!

¡Que al mundo no perdones

ni aun las que eleva a ti santas canciones!

 

Vengo piadosa y triste

no a escarnecer tu nombre, respetado

aun luego que moriste

vengo, escritor amado,

el libro a agradecer que nos has dado.

 

Si fue como tu vida

horrible tu morir, de Dios es cuenta,

tu historia dolorida

dos páginas presenta,

una que el mundo aplauda, otra que sienta.

 

Lástima para el hombre,

corona para el genio esclarecido,

yo al invocar tu nombre

al criminal olvido

para cantar al escritor querido.

 

Mira si el mundo es bueno,

que en tu risueña pluma a las criaturas

nos da hiel y veneno,

y nuestras bocas puras

gracias te dan por tales amarguras.

 

La risa convulsiva

en que a tu hablar rompemos, nos quebranta,

¡oh guadaña festiva!

y en pago a pena tanta

mira si el mundo es bueno, que aún te canta.

 

Pero de nuevo suena

a interrumpir mi voz tu voz burlona.

«Engañosa sirena,

guárdate esa corona

que ofrece el mundo necio a mi persona.

 

»Sírvate de prendido,

que más le cuadra a tu cabeza lisa

que a mi cráneo partido,

coronas que mi risa

excitan como tú, ¡¡vana poetisa!!»

 

—¡Oh! basta, adiós, poeta,

pues desdeñas mi ofrenda de armonía;

hasta en la tumba quieta

tu genio desconfía,

¡hielas la pobre flor de mi poesía!

 

¡Que en los ángeles crea

quien duda así de los humanos seres;

que del cielo te sea

la gloria que tuvieres

mas grata que del mundo los placeres!

 

¿Queréis formar un coro?…

¿Queréis formar un coro,

hermosas las del canto peregrino,

más dulce, más sonoro

que el rumor argentino

del agua y de los pájaros el trino?

 

¿No veis cómo las aves

cantan en amigable compañía

a unos acentos graves

los otros de alegría,

uniendo en perfectísima armonía?

 

Nunca entre sí celosas,

porque la voz del ruiseñor descuella,

se alejan rencorosas

de la enramada bella,

dejando triste al ruiseñor en ella.

 

No, que con tiernos píos

la bulliciosa turba Rey le aclama

y en los valles sombríos,

donde a su coro inflama,

sólo el odioso búho le desama…

 

Yo ya tengo escogida

corona de bellísimos laureles

y de rosas ceñida,

que estimo en los vergeles

mejor que a los brillantes oropeles.

 

Riquísimo prendido

que bañará de aromas los cabellos

y en el rostro encendido

hará a los ojos bellos

orgullosos lucir con sus destellos.

 

¡Mil veces venturosa

la compañera que en su tierna frente,

esa fresca y airosa

guirnalda trasparente

entre nosotras alce alegremente!

 

Orne prenda tan bella

a la que eleve más el claro acento:

el ruiseñor aquella

será del coro atento,

y el búho la que envidie su talento.

 

Recuerdos del liceo de Madrid

Me acuerdo bien del venturoso instante

cuando vi yo la luz en vuestro oriente.

¡Cuánta luz, cuántas llores, cuánta gente

y qué mundo tan bello y tan brillante!

¿Por qué no estaba alegre tu semblante

tú que lleno de luz eternamente

en ese mundo que feliz te nombra

tienes el alma donde esta tu sombra?

 

Gran pájaro de América atrevido,

que, trasponiendo los opuestos mares,

entre los recios vientos has venido

a dar al viejo mundo tus cantares;

tú que en tantos torrentes has bebido,

y hoy vienes a beber al Manzanares,

¡para que el ansia de tu sed ardiente

no perdone del mundo una corriente!

 

Tú que en el nuevo mundo te has mecido

entre el viento de arenas abrasado,

al son del Orinoco adormecido,

al pie de las palmeras arrullado;

y más tarde en el norte has despertado,

y con la luna a Grecia has recorrido,

y de Sión por la cadena santa

¡abriste paso a tu incansable planta!

 

¿Por qué estás triste tú? ¿Por qué te quejas?

¿Por qué me llamas la feliz cantora,

y ni llorar ni suspirar me dejas,

envidiando mi vida de pastora?

¿Dónde están mi cayado y mis ovejas,

dónde la choza está que te enamora?

¿En dónde están mis dichas y mi calma

si aquí soy sombra a quien le falta el alma?

 

¡Ah! ¿qué se ha hecho de la pobre sombra

que huyó de esa mansión bella y querida?

El Gévora lo sabe que rendida

la ve muriendo en la campestre alfombra,

¿piensas tú que del alma desprendida

el verme en estos valles no me asombra,

y que puedo tener contento y calma

cuando la sombra está lejos del alma?

 

Mi alma en las ciudades tiene asiento,

y yo sufro también vuestro quebranto,

porque del vago ser que envidiáis tanto,

aquí está el corazón, allí el aliento;

aquí sus ojos, pero allí su llanto;

aquí su boca, pero allí su acento;

aquí está el mártir, pero allí su palma;

aquí soy sombra, pero allí soy alma.

 

Las ráfagas del aire trasparente

me pueden ocultar al que me mira;

pero yo siempre vivo en el ambiente

que vuestro labio sin cesar aspira;

es verdad que mi sombra vagamente

por los collados silenciosa gira,

y allí parece que reposa en calma,

pero no soy la sombra, soy el alma.

 

¡Sí! soy el alma siempre agradecida,

que a vuestro lado está, dulces amigos,

vosotros de mis lágrimas testigos

la noche de mi triste despedida,

nunca a la sombra me veréis unida;

y ¡ojalá que los hados enemigos

presto a mi sombra den eterna calma

y del cielo la luz den a mi alma!

 

Réplica de una impugnación al nada creo

¡Jesús! la tremenda guerra

que movéis a mis canciones

me maravilla y me aterra.

¿No salen en nuestra tierra

por las damas campeones

y salen por los garzones?

 

Vaya en gracia, caballero,

de perseguidos donceles

paladín; sois el primero

que por sostener infieles

a las damas guante fiero

arroja en el suelo ibero.

 

Aunque enemigos los dos

que andante vayáis alabo

de malas causas en pos,

pues vos pensaréis «al cabo

al bueno le ayuda Dios»

y ayudáis al malo vos.

 

Es generoso el deseo

de amparar al no creído,

mas, Señor, a lo que veo

en esta querella creo,

que puede ya el descreído

creer que seréis vencido.

 

Empeño tan sin razón

os puede costar muy caro

que es mucha mi condición,

y si la guerra os declaro

quedaréis con el garzón

malparado en mi canción.

 

Mas, pues así lo pretende

vuestra musa respondona,

mire bien cual se defiende,

porque mi numen no ofende,

pero al que «guerra» le entona

vence, sigue, y no perdona.

 

¿Conque decís que la llama

del dulcísimo deseo,

que el pecho rendido inflama

del garzón que tierno ama,

se muda en rencor tan feo

al soplo del no te creo?

 

¡Válgaos Dios, buen caballero

de que mala condición

será el amante garzón

que trueque en odio fiero,

por un desdén la pasión

que inflamó su corazón!

 

Ya vuestra causa es perdida;

¿pues no veis por vuestra vida,

que autorizáis el desvío

de la dama descreída,

tan egoísta amorío

describiendo, Señor mío?

 

No pensáis que con razón

al conocer esa llama,

de tan innoble pasión,

debe responder la dama

a vuestro amante garzón

con semejante canción.

 

«Quien odia por un desvío

muestra que no supo amar.

Y pues fingisteis impío,

harto bien el pecho mío,

mal garzón hizo en dudar

de vuestro falso llorar.

 

»Quien así muda el halago

en baja reconvención

muestra indigno corazón,

y os he dado justo pago

rechazando mal garzón,

vuestra mentida pasión.

 

»Llamáis a mi amor ateo

porque del vuestro dudé,

mas garzón a lo que veo

si os hubiera dicho os creo,

vos respondierais a fe,

porque os creí, la engañé.

 

»Y pues pretende engañar

el uno aquí de los dos,

el otro debe dudar;

que vale más no adorar

que adorar a un falso Dios,

no amar, que amaros vos».

 

Ya veis Señor las razones

que a los hombres engreídos

da la dama en sus canciones.

¡Cómo han de ser los garzones,

por votos de amor creídos,

si sus votos son fingidos!

 

Respuesta a un poeta

Cuando exhala de esa suerte

vuestra Lira dormitando

un eco tan dulce y blando

¿a qué queréis que despierte?

Dejadlo siempre soñando.

 

Ni vos debéis lamentar

que estén sus cuerdas rompidas,

pues que las sabéis pulsar

tan bien que por vos heridas

aun rotas quieren sonar.

 

Ni digáis que los azares

apagan vuestros destellos,

cantad con vuestros pesares,

porque los tristes cantares

son los cantares más bellos.

 

Mas no queráis vuestro acento

rendir, cantor a mis pies,

elévese al firmamento

que su camino es el viento

y el cielo su trono es.

 

Rioja vive en ellas…

Rioja vive en ellas,

Rioja en esas flores

que brillan a mis ojos aún más bellas

porque son de Rioja los amores.

 

Esos albos jazmines

de su pecho llagado,

por enemigos fieros y ruines

fueron el lenitivo regalado.

 

Esos claveles rojos,

esas rosas lozanas,

honor tuvieron se alegrar sus ojos

y de ceñir sus sienes soberanas.

 

El bardo agradecido

alzó a sus compañeras

un canto, que en los siglos repetido,

vino a llenar también estas riberas.

 

Y así cual las historias

y los célebres nombres

de abuelos que obtuvieron altas glorias

repiten a los nietos, otros hombres.

 

Así a las de mi huerto

repito las canciones

que otro pueblo de flores, que ya es muerto,

logró inspirar en béticas regiones.

 

Y es mucha maravilla

el mirar cómo ellas

doloridas oyen, por mi voz sencilla,

de su sentido vate las querellas.

 

Paréceme que gimen,

paréceme que llanto

brota de entre sus hojas, que se oprimen

de sentimiento al escuchar el canto.

 

¡Oh Rioja, oh poeta!,

¡y cuán poco su alma

tiene del mundo a la ambición sujeta

quien en vergel humilde halla la calma!

 

Un libro y un amigo

en tu modesta vida

¡oh sabio angelical! bastan contigo

para lograr la dicha apetecida.

 

No te cuidas de honores,

desdeñas la riqueza

y ensalzas la belleza de las flores

al par que otros del oro la grandeza.

 

Fenómeno del mundo,

que no comprende ahora

el siglo en ambiciones tan fecundo,

la edad en avaricias tan creadora.

 

¿Quién hoy ya se contenta

con la sencilla vida?

¿Quién no va tras de vida turbulenta?

¿A quién la paz del alma es hoy querida?

 

Los niños envejecen

de ambición prematura;

los bosques de laureles no abastecen

el ansia de laurel de una criatura.

 

El atrevido mozo

por el mando se afana,

cuando el albor de su naciente bozo

anuncia apenas su primer mañana.

 

¡Y dichoso si fuera

orgullo solamente!

¡Dichosos si esta raza no sintiera

de la codicia el aguijón hiriente!…:

 

Mas no, dulce Rioja

turbe nuestro reposo

esa amarga verdad que el alma enoja

y el corazón rechaza generoso.

 

Pensemos que esa tierra

la habitan serafines,

pero huyendo su gloria que me aterra,

tomemos a tu reina de jazmines.

 

Yo en las flores te veo,

tu cuerpo ha fenecido,

mas las alas del tiempo a mi deseo

de tu espíritu un átomo han traído.

 

Y fecunda mi alma,

así tu pensamiento

cual de su amiga a la distante palma

fecunda el germen que transmite el viento.

 

Por eso amo a las flores,

porque vives en ellas;

porque fueron, Rioja, tus amores,

son esas flores a mis ojos bellas.

 

Si su color admiro,

si percibo su esencia,

escucho un melancólico suspiro,

oigo de su arpa dulce la cadencia.

 

Y llevo reverente

a mis labios su hoja,

diciendo al huerto en mi entusiasmo ardiente

béselas yo pues las cantó Rioja.

 

Risueños están los mozos…

Risueños están los mozos,

gozosos están los viejos

porque dicen, compañeras,

que hay libertad para el pueblo.

 

Todo es la turba cantares,

los campanarios estruendo,

los balcones luminarias,

y las plazuelas festejos.

 

Gran novedad en las leyes,

que, os juro que no comprendo,

ocurre cuando a los hombres

en tal regocijo vemos.

 

Muchos bienes se preparan,

dicen los doctos al reino,

si en ello los hombres ganan

yo, por los hombres, me alegro;

 

Mas, por nosotras, las hembras,

ni lo aplaudo, ni lo siento,

pues aunque leyes se muden

para nosotras no hay fueros.

 

¡Libertad! ¿qué nos importa?

¿qué ganamos, qué tendremos?

¿un encierro por tribuna

y una aguja por derecho?

 

¡Libertad! ¿de qué nos vale

si son los tiranos nuestros

no el yugo de los monarcas,

el yugo de nuestro sexo?

 

¡Libertad! ¿pues no es sarcasmo

el que nos hacen sangriento

con repetir ese grito

delante de nuestros hierros?

 

¡Libertad! ¡ay! para el llanto

tuvímosla en todos tiempos;

con los déspotas lloramos,

con tributos lloraremos;

 

Que, humanos y generosos

estos hombres, como aquellos,

a sancionar nuestras penas

en todo siglo están prestos.

 

Los mozos están ufanos,

gozosos están los viejos,

igualdad hay en la patria,

libertad hay en el reino.

 

Pero, os digo, compañeras,

que la ley es sola de ellos,

que las hembras no se cuentan

ni hay Nación para este sexo.

 

Por eso aunque los escucho

ni me aplaudo ni lo siento;

si pierden ¡Dios se lo pague!

y si ganan ¡buen provecho!

 

Rosablanca

La luz del día se apaga;

rosa blanca, sola y muda

entre los álamos vaga

de la arboleda desnuda,

 

Y se desliza tan leve,

que el pájaro adormecido

toma su andar por ruido

de hoja que la brisa mueve,

 

Ni para ver en su ocaso

al sol hermoso un instante

ha detenido su paso

indiferente y errante.

 

Ni de la noche llegada

a las tinieblas atiende,

ni objeto alguno suspende

su turbia incierta mirada.

 

Y ni lágrimas ni acentos,

ni un suspiro mal ahogado

revelan los sufrimientos

de su espíritu apenado.

 

¡Tal vez de tantos gemidos

tiene el corazón postrado!

¡Tal vez sus ojos rendidos

están, de mal tan llorado!

 

Tal vez no hay un pensamiento

en su cabeza marchita,

y en brazos del desaliento

ni oye, ni ve, ni medita.—

 

El poeta «suave rosa»

llamola, muerto de amores

¡El poeta es mariposa

que adula todas las flores!

 

Bella es la azucena pura,

dulce la aroma olorosa

y la postrera hermosura

es siempre la más hermosa.

 

En sus amantes desvelos

la envidiaron las doncellas;

mas ¡ay! son para los celos

todas las rivales bellas.

 

Viose en transparente espejo

linda la joven cabeza;

mas tal vez dio en su reflejo

su vanidad la belleza.

 

¿Y qué importa si es hermosa?

sola, muda y abismada

sólo busca la apartada

arboleda silenciosa.

 

Y allí cuando debilita

su espíritu el sufrimiento,

en brazos del desaliento

ni oye, ni ve, ni medita.

 

¡Salud prole gallarda!, salud hijos…

¡Salud prole gallarda!, salud hijos

en quienes tiene fijos

sus ojos la nación que en vos confía;

las madres orgullosas

sus frases cariñosas

que os trove ordenan en el arpa mía.

 

«Doncella, -me dijeron-; tú que sabes

de las voces suaves

el sonoro compás, blanda caída;

escoge las más bellas

y fórmanos con ellas

una dulce canción, tierna y florida;

 

»Hoy regalar queremos los oídos

de los hijos queridos

que alfombran nuestro suelo de laureles».

Yo respondí: «Matronas,

tejed vos las coronas

y yo las llevaré a vuestros donceles».

 

¿Por qué de aquellas madres la dulzura

y amorosa ternura

de los acentos que por vos elevan,

con la misma armonía

de su ardiente poesía

mis vagos tonos, juventud, no os llevan?

 

Cantan y lloran, ríen y deliran,

cuando pasar os miran,

sabios mancebos, en lucida tropa;

y ¿no es su orgullo justo?

¿de España el nombre augusto

no defendéis vosotros ante Europa?

 

¿Quiénes, sino vosotros, han sacado

al pueblo extraviado

en la ignorancia estúpida, al camino?

¿a quiénes hoy debemos

lo que el siglo sabemos

sino al ingenio vuestro peregrino?

 

Esa ruda corteza que tenía

nunca arrancar podía

de los viejos el pueblo moribundo;

no en sus hombros inertes

en los del mozo, fuertes

un paso más logra avanzar el mundo.

 

¿No podrá del saber la rica vena

bajo negra melena

juvenil palpitar, que necesita

que las frentes lozanas

se coronen de canas

para ostentarla en la vejez marchita?

 

¡Si puede, responded, turba gloriosa

a la voz envidiosa

que en el antiguo pueblo se levanta

en boca del que espera

tener en su carrera

al genio que a su ciencia se adelanta.

 

Dejad al cuervo atrás cansado y ronco

graznar sobre ese tronco

por antiguo en el bosque mutilado,

y, garzas placenteras,

volad siempre ligeras

hacia el árbol que veis recién brotado.

 

Puedan sus altas ramas algún día,

con verle lozanía

dar sombra a multitud de vuestros nidos

que en sus hojas colgados

los hijos regalados

os guarden de los vientos defendidos.

 

Flores, aromas, frutos, hermosura,

pompa, galas, frescura

el árbol fecundísimo esparciendo,

¡cuán abundante y puro

para el siglo futuro

su frondoso ramaje está nutriendo!

 

Hasta el pastor en su gentil corteza

podrá grabar «riqueza»,

hasta las hembras «libertad, ventura»,

hasta los bardos «gloria»,

y hasta «paz», por memoria,

el guerrero esculpir con su armadura.

 

Para nosotros ¡ay! no bien brotados

sus ramos deseados,

ni sombra prestan, ni nos dan verdores;

y en su blanda corteza

hoy grabamos, «pobreza,

infortunio, baldón, llanto y dolores».

 

¿No asoma la tristeza a nuestra frente

al ver que solamente

en la vana ilusión de la poesía

tenemos los primores

de esos frutos y flores,

galas, aromas, pompa y lozanía?

 

¿No sentís vuestra sangre, hijos de España,

hervir con fuerza extraña,

correr desesperada por las venas

al mirar que logramos

en vez de lo que ansiamos

miseria, oscuridad, guerra y cadenas…?

 

En vosotros no más, gallardos hijos,

tiene sus ojos fijos

la española nación, que en vos confía;

las madres orgullosas

en frases cariñosas

ruegos os mandan por la trova mía.

 

Yo quisiera saber, como las aves,

de las voces suaves

el sonoro compás, blanda caída,

para daros con ellas

unas canciones bellas

dignas de vuestra mente esclarecida.

 

Pero está en cabeza el pensamiento

falto de atrevimiento

y en los labios la voz de la poetisa,

de la propia manera

que en la nación ibera

la nueva sociedad, torpe, indecisa.

 

Salutaciones y despedidas al señor don José María Claros

O no hay tierra ni ser, o hay Dios y cielo;

tal cuando niña discurrió la mente,

llevada del amor que hace al viviente,

buscar a Dios con instintivo anhelo;

luego de joven al cruzar el cielo,

hirió su pedernal mi pie inocente,

y más cierta añadí —no es ilusoria

la tierra ni el dolor; hay cielo y gloria.

 

Fija, obstinada, pertinaz, constante,

su existencia a la nuestra hallando unida,

dios es verdad, pues cierta es nuestra vida,

dije al sentir mi pecho palpitante.

¿Tuve un placer? ¡oh, gracias, Dios amante!

¡piedad mi Dios! clamé cuando afligida;

y el mundo me hizo así mal llevadero

la amistad del divino compañero.

 

Todo animado al sol de mi creencia,

la planta, el ave, el agua, las criaturas,

Dios es grande, pues forma estas hechuras,

exclamé al adorar su inteligencia.

¿Y no aprendí bastante, hay otra ciencia

que ilumine mejor las almas puras?…

Pues ignorante, amigo, me dijeron

los que a dudar de Dios sólo aprendieron.

 

Lucha trabé con ellos muy reñida,

trajo el ateo libros a millares;

yo respondí mostrando de los mares

a sus ojos la página cumplida.

La estrella de los cielos encendida,

fijé en su libro al fin de sus cantares,

y si no acierta a huir veloz, ¡presumo

que libro y sabio se tornaran humo!

 

¿Pensáis que así quedó? volvió la gente

niña, a llamarme crédula y sencilla,

y yo a cantar de Dios la maravilla

en el sol, en el aire, en el torrente.

—No hay Dios, —me grita el genio irreverente

—Hay Dios, —respondo; su mirada brilla,

su aliento corre, su palabra suena,

su amor palpita, su pisada atruena.

 

Pero en la dura lid tal vez venciera

el que desdeña a Dios a quien lo alaba,

si cuando ya el aliento me faltaba,

otra voz a esforzarme no acudiera;

de una fe más robusta y verdadera,

de un talento mayor la mente esclava,

cuando os oyó decir: —hay Dios y cielo—

tomó con más fervor a alzar su vuelo.

 

¡Gracias! porque en el mundo hallo profeta

de tan pura virtud, fe tan ardiente,

que en tanto error del mundo diferente

me preste una verdad al alma inquieta;

sí, amigo, la creación obra incompleta

fuera si nuestro autor omnipotente

no escribiera en la humana y triste historia

que para el bueno, como vos, hay gloria.

 

Se ha deshecho el alma mía

Brillaba el sol aquel día

con luz clara, pura, hermosa;

yo no sé qué presentía,

pero estaba el alma mía

agitada y recelosa.

 

Antes de ver la tormenta

el Alción la pronostica:

así una emoción violenta

que se siente y no se explica

a veces nos amedrenta.

 

¡Tempestad!… y recia que era

la que aguardaba a mi vida,

cuando por la vez primera

tu mirada placentera

vino a anunciar su venida.

 

«Alma noble, dije al verte,

corazón osado y fuerte

en amor y odio extremado,

has de ser muy estimado

de la que llegue a quererte».

 

Harto bien lo presagiaba,

¡mas, por Dios, no sospechaba

aquélla que lo decía

que la idólatra sería

del corazón que juzgaba!

 

¿Por qué tu mirada era

tan dulce? ¿Por qué tu ruego

quisiste una vez que oyera?…

Con una chispa de fuego

se enciende una inmensa hoguera.

 

Dice alguno en su porfía

que es mi alma dura roca;

mas, por la Virgen María,

que a un acento de tu boca

se ha deshecho el alma mía.

 

Se va mi sombra pero yo me quedo. A mis amigos de Madrid

¡Oh generosa luz, oh hermoso Oriente

del pensamiento que buscaba el mío,

siempre confuso y ciego en el sombrío

y solitario claustro de mi mente!

¡Oh luz amada, luz resplandeciente,

en cuyos rayos mi esperanza fío,

luz de mi alma, luz de mi deseo,

que iluminas al fin, que al fin te veo!

 

Luz de gloria inmortal, que en ígnea rueda

brillas sobre la estatua de Cervantes,

brillas sobre los huesos palpitantes

del desgraciado Larra y de Espronceda;

no importa que la suerte me conceda

para verla no más breves instantes,

pues siempre verla y adorarla puedo,

porque se va mi sombra y yo me quedo.

 

Frentes marchitas, de estudiar cansadas,

ánimos nobles, de luchar rendidos,

poéticos espíritus caídos,

generosas ideas desmayadas;

yo, que del campo allá en las retiradas

soledades, guardé de mis sentidos

el entusiasmo, consolaros puedo

porque se va mi sombra y yo me quedo.

 

Aquí para cantar y aquí mi oído

para escuchar, amigos, vuestro canto,

y aquí estará mi ser, aunque entretanto

os diga la ilusión que ya he partido;

¡loca ilusión! Engaño del sentido

pensar que os dejo y que derramo llanto,

pensar que sufro y que dejaros puedo

cuando se va mi sombra y yo me quedo.

 

Aquí para labrar de la poesía

la dura tierra donde el lauro crece,

mi corazón, que nunca desfallece,

os seguirá constante en la porfía;

para dar mi tributo de armonía,

para animar al triste que padece,

para sufrir, si consolar no puedo,

aunque vuele mi sombra yo me quedo.

 

De las amigas manos las palmadas

aún escucho el dulcísimo ruido

bien sabéis que por cada una he vertido

dos lágrimas profundas y abrasadas;

no me diréis jamás que mal pagadas

por este corazón ardiente han sido,

cuando jurar por vuestra gloria puedo,

que huye mi sombra, pero yo me quedo.

 

¿No es verdad que es muy triste en la morada

del solitario valle hundir la vida,

y no ver en el agua adormecida

sino la propia imagen retratada?

Por eso vine enferma y lastimada,

y no quiero tornar más abatida,

y por eso, no más, Dios me concede

que se vaya mi sombra y yo me quede.

 

¡Ay! aunque os digo «adiós» yo no me alejo,

es mi sombra no más la que mañana

volverá a retratarse en el espejo

del insalubre y muerto Guadiana;

aunque soñéis en la ilusión que os dejo,

mirad que es sólo una, quimera vana,

un sueño ingrato a cuyo error no cedo,

que si se va mi sombra yo me quedo.

 

Nada importa el adiós, si es de tal suerte

que os digo «adiós» y es falsa la partida;

ni ha de rendirse débil y afligida

por un sueño no más el alma fuerte.

¿Qué os importa mi sombra vaga, inerte,

para sufrir en esta despedida,

si he dicho, amigos, que escucharos puedo

porque se va mi sombra y yo me quedo?

 

«¡Adiós!» mil veces os diré cantando

y estos adioses ni escuchéis siquiera,

ni penséis que mi voz es lastimera,

ni digáis que de pena estoy llorando;

es un adiós tranquilo, un adiós blando,

es una despedida placentera,

pues ni llorar ni enternecerme puedo

porque se va mi sombra y yo me quedo.

 

¡Oh! ya veréis cómo al acento amigo

mañana y siempre con mi voz respondo,

aunque este adiós tan quebrantado y hondo

aun, otra vez, por postrera os digo;

veréis cómo en los triunfos os bendigo,

aunque os parezca, amigos, que me escondo,

porque es engaño, sí… ¡Nunca!… ¡No puedo!…

Se irá mi sombra, pero yo me quedo.

 

Seoane. Respuesta al Excmo. Sr. D. Mateo Seoane

Pálida insomne, lánguida doliente,

sombra tan sólo de criatura humana

ya consumida por la fiebre ardiente

viene de las orillas del Guadiana.

 

La copa de cristal donde bebía

el agua, que a mi sed siempre era poca

al acercar mi enardecida boca

una vez y otra en sangre se teñía.

 

Mortificado por tenaz punzada

y de violento palpitar rendido

era del corazón cada latido

un dolor en mi fibra lastimada.

 

Fatigaba la luz mi vista errante,

ahogaba el aire mi oprimido pecho

y aunque jamás abandonaba el lecho

dormir no me era dado un solo instante.

 

Las lentas horas de la noche triste

las pasaba gimiendo y delirando

y por la muerte sin cesar clamando

único bien al que doliente existe.

 

Y ya la muerte al fin compadecida

sus negras alas hacia mí tendiendo

iba a llevarme al ámbito tremendo

término silencioso de la vida.

 

Pero una mano fuerte y salvadora

con enérgico afán asió la mía;

una mirada fija, escrutadora

a iluminarme vino en la agonía.

 

Era la luz brillante de la ciencia,

implacable enemiga de la muerte

que vivifica el corazón inerte

que anima con sus rayos la existencia.

 

Erais vos, erais vos, sabio maestro

de la doliente humanidad amigo;

yo debo la existencia al saber vuestro

vos amo y os respeto y os bendigo.

 

Y otros seres también dulce memoria

de esa ciencia benéfica guardando

al pobre ingenio mío están rogando

que agradecida escriba vuestra historia.

 

Vuestra vida, señor, escribir quiero

aunque modesto rechacéis su idea,

no porque el mundo mi talento vea

que nada dél para mi gloria espero.

 

Vuestra vida, señor, a escribir voy

pues si la escribo porque viva estoy,

y en ella expresaré lo que habéis sido

a Dios y a vuestra ciencia lo he debido.

 

Si alcanzaran los ojos…

Si alcanzaran los ojos

a descubrir la inmensa pesadumbre

de los luceros rojos,

en la celeste cumbre

te hallaran con la santa muchedumbre.

 

En resplandor el oro

trocado de la espléndida corola,

que puso espanto al moro,

a los cielos, tú sola

prestas, más luz que el sol, con tu aureola.

 

¡Oh tierra gobernada

por tu cetro sagrado y victorioso

cual se miró encumbrada!

¡Oh pueblo venturoso,

oh trono de la Iberia glorioso!

 

Por ti aquel noble empeño

con fama coronó el pueblo cristiano;

por ti de la mar dueño

el genio soberano,

un nuevo mundo hallo en el Océano.

 

Mas eran a tu alma

dos mundos en la tierra espacio estrecho,

y una tercera palma

a conquistar derecho

tu espíritu se alzaba a mayor trecho.

 

Reina a la par y santa,

de majestad en majestad te alzaste,

y hasta do se levanta

el mismo sol llegaste,

y sobre los luceros te asentaste.

 

¡Oh sacra! ¡Oh gran matrona

de la cristiana grey! ¡Oh reina mía!

Sé tú de la corona

que sustentaste un día,

inexpugnable amparo y guarda pía.

 

Bendice tú, y alienta

la adorada, infantil, cabeza pura

que hoy tu diadema ostenta,

y bajo la ternura

de tu divino amor crezca segura.

 

Si clamo a ti, Señor, ¿no has de escucharme?…

Si clamo a ti, Señor, ¿no has de escucharme

tú de quien es la inmensidad oído?

¿Tú que la hirviente mar has contenido,

no has de poder el corazón calmarme?

¿Un átomo de luz no podrá darme

ése que tantos soles ha encendido?

¡Pues cómo has de dejar, Señor, mi vida

¡ay! ciega y sin consuelo y desoída!

 

Yo me acerco hoy a ti; yo estoy contigo;

sumiso el corazón tengo a tu lado,

pasión, orgullo y penas han callado,

no hay más que fe por ti, no hay más conmigo:

ordéname; una voz y yo te sigo

¿Qué me quieres decir, qué me has hablado?

¡Por qué mi ruda y tarda inteligencia

no basta a percibir su dulce esencia!

 

Yo que te adoro a ti desde la infancia,

yo que te busco en incansable anhelo,

yo que más que a la tierra miro al cielo,

yo que a tu gloria aspiro en mi constancia,

¿he de perder, Señor, por la ignorancia

de no entender tu voz, tu gran consuelo?

¿He de ofenderte, he de labrar mis penas

por no escuchar bien claro qué me ordenas?

 

Mas tú no hablas jamás; no por acentos

tu voluntad al universo explicas;

tienes en tu saber notas más ricas

para expresar tus altos pensamientos;

hablan por ti, Señor, los sentimientos

con que alivias el alma o mortificas,

y yo en ese lenguaje he comprendido

que me pides querer y te he querido.

 

Tú nos pides amor, amor constante

de agradecido pecho justo pago,

tú que una vida das por un halago,

tú de la humanidad eterno amante,

¿y antes quieren, Señor, que el alma errante

se fatigue de error en error vago,

que tener por consuelo en este mundo

cariño tan dulcísimo y fecundo?

 

Aquí abajo, del mundo habitadora,

dicen, Señor, que hay una docta gente

que no te reconoce, no te siente,

que no te admira, que jamás te adora;

que no te rinde gracias ni te implora

en el placer, en el dolor vehemente;

mas, fábula del mundo es torpe y vana,

porque no puede haber tal raza humana.

 

Pues al darnos la luz, belleza tanta

como a su inmenso rayo percibimos;

¿ignoramos, Señor, que la debimos

a un ser que desde el polvo nos levanta?

Tu grande majestad suprema y santa

nuestros ojos no ven, mas la sentimos:

el genio puede errar, cuando te niega,

pero no el corazón, cuando te ruega.

 

Existes, y las gentes lo entendemos,

desde la misma cuna te adoramos,

mas ¿sabes por qué luego te olvidamos?

Por malicia, señor, porque tememos;

no nos place tener jueces supremos

porque mejor sin leyes nos hallamos,

y antes que resignarnos a la pena

negaremos al Dios que nos condena.

 

Pero yo que te amé desde la infancia,

yo que te busco en incansable anhelo,

yo que más que a la tierra miro al cielo,

yo que a tu gloria aspiro en mi constancia;

acudo a tu saber en mi ignorancia,

acudo en mi aflicción a tu consuelo,

y es tal la fe con que te ruega el alma

que en esta misma fe logra la calma

 

Si dos con el alma se amaron en vida…

Si dos con el alma se amaron en vida

y al fin se separan en vida los dos.

¿Sabéis que es tan grande la pena sentida

que nada hay más triste que el último adiós!

 

En esa palabra que breve murmuran,

en ese gemido que exhalan los dos,

ni verse prometen, ni amarse se juran,

que en esa palabra se dicen ¡adiós!

 

No hay queja más honda, suspiro más largo

que aquella palabra que dicen los dos:

el alma se entrega a horrible letargo;

la vida se acaba diciéndose ¡adiós!

 

Al fin ha llegado la muerte en la vida,

y al fin para entrambos morimos los dos;

al fin ha llegado la hora cumplida,

la hora más triste… el último ¡adiós!

 

Ya nunca en la vida, gentil compañero,

ya nunca volvemos a vernos los dos;

por eso es tan triste mi acento postrero,

que nada hay más triste que el último ¡adiós!

 

Si para entrar en tan difícil vía…

Soneto

Si para entrar en tan difícil vía

el aliento a mi numen no faltara,

ya de la patria nuestra lamentara

los males en tristísima elegía.

 

Ya la virtud, ya el genio cantaría,

ya el vicio a deprimir me consagrara;

pero mi voz de niña desmayara

y desmayara endeble el arpa mía.

 

Mas quiero humilde abeja, aquí en el suelo

vagar de flor en flor siempre ignorada,

que al águila siguiendo arrebatada

 

con alas cortas remontar mi vuelo.

Canto las flores que en los campos nacen;

cántolas para ti, que a ti te placen.

 

Siempre tú

La niebla del diciembre quebrantaba

del sol los melancólicos fulgores

cuando en mi corazón de tus amores

el acento primero resonaba.

 

El segundo diciembre se acercaba

trayendo para mí nieblas mayores

que a merced de los vientos bramadores

tu nave en el Atlántico bogaba.

 

Y el diciembre tercero aparecía

templado, alegre como el mayo hermoso

y eras tú mi suspiro todavía.

 

El cuarto arrebatado, tempestuoso,

vino a robarme la ventura mía

¡ay! mas no a dar a mi pasión reposo.

 

Sobre la construcción de nuevas plazas de toros en España

¡Bravo!… generación; rauda caminas

a modelar tus hombres con las fieras;

¡bien tus nobles misiones adivinas,

te escapas de las cátedras latinas

y en las plazas de toros te atrincheras!

 

Nuevos campos de lid a los toreros

levanta ¡oh patria! agota los tesoros.

¿Pueblo de sabios son los extranjeros?

Pues aquí somos pueblo de vaqueros…

necios ¿qué vale más, leyes o toros?

 

¿La libertad, qué importa mientras brama

el acosado toro en la llanura

y la arena socava y desparrama

y sufre el aguijón… sufre la llama,

de la infeliz España imagen pura?

 

Y cuando ronco ya lanza profundos

del traspasado pecho los bramidos

y hombres caen y alazanes moribundos

¡cómo es ver a los mozos rubicundos

romper en gozosísimos silbidos!

 

Y a las damas, las dulces, las mimadas,

corazones de leche delicados,

cebarse en contemplar ensangrentadas

las carnes del buen toro acribilladas,

los pechos del caballo desgarrados.

 

Mas escuchad; a defender la lucha

de hombres y toros se levanta osado

el petulante hidalgo que me escucha

«Yo vengo —exclama— aquí con gloria mucha

porque esto es español». ¡Bien, ha gritado!

 

¡Oh Nacional ardor! cien aureolas

de rubias astas en la docta frente

coloquen del mancebo, que halla solas

en los chulos las glorias españolas,

en los toros su fuerza prepotente.

 

Para aquellas ¡oh pueblo! almas de toro

el valor y el saber son extranjeros;

no aprenden en el Cid que bate al moro,

no abren de nuestros libros el tesoro

y de España osan ser con ser toreros.

 

Pues también en las bellas de la España

tanto el patrio cariño se acrisola

que ven con entusiasmo a la alimaña;

con ellas la bondad es planta extraña,

tan sólo la crueldad es española.

 

¡Quién me diera tu numen, Jovellanos,

para tronar y despedir centellas

contra aquellos padrones castellanos

que se elevan más altos, más ufanos

en vez de perecer bajo tus huellas!

 

¡Varón ilustre, si tu mente pura

de los rayos del sol aquí desciende,

mira al pueblo español en esa altura,

cómo rápido avanza en la cultura,

cómo en la escuela de la ciencia aprende!

 

Pan y toros tenemos —prorrumpiste—

pero tu siglo fue siglo de oro,

el nuestro, Jovellanos, es más triste,

tú, al menos, con el toro pan tuviste,

¡a nosotros nos dan sin pan el toro!

 

Sobre la guerra

Nos ha dado el Señor cielos hermosos

con luz, por que los ojos alumbremos,

y nosotros los pueblos ingeniosos

con humo del cañón la oscurecemos.

 

Nos ha dado unas tierras deliciosas

donde las vidas sustentar podamos,

y nosotras las gentes belicosas

con sangre de los nuestros las regamos.

 

Nos ha dado suprema inteligencia

para adorar su ley mientras vivimos,

y nosotros negamos su existencia

y de la propia nuestra maldecimos.

 

Nos ha dado pasiones generosas

y odiándonos vivimos en la tierra;

«almas, nos dice, paz, sed venturosas»

y respondemos «infortunio, guerra!»

 

Guerra al Oriente, guerra al Mediodía,

por cuanto abarca el sol guerra sangrienta;

nuestra campana eterna de agonía

por las batallas sus minutos cuenta.

 

Hacen trocar los siglos pasajeros

leves, imperios, religiones, todo;

pero la horrible estirpe de guerreros

tiende su rama del egipcio al godo.

 

¡Oh de asesinos fuerte monarquía

de siglo en siglo trasmitida viene;

reino antes de Moisés tal dinastía

y aun después de Jesús príncipes tiene!

 

Un perpetuo clamor son las naciones;

toda la humanidad es solo un grito;

cansado de sufrir generaciones

el mundo está, y cansado el Infinito…

 

Tiende ¡oh paterno mar! tiende los brazos

y, por piedad de nuestros hondos males,

de la tierra los míseros pedazos

abisma entre tus formas colosales.

 

Tal vez al arrollar el viejo mundo,

tus soberanas moles avanzando,

otras tierras mejor desde el profundo

se irán a tus espaldas levantando.

 

Aquí están las semillas corrompidas,

a Dios no pueden dar ya fruto bueno,

y pues a Dios no sirven nuestras vidas,

¡húndenos mar, te servirán de cieno!

 

Soneto

¿Mi vida, Carolina, escribir quieres?

Deja por Dios tan peregrina idea

que podrás solo hacer que el mundo vea

en vez de lo que soy lo que tú eres.

 

Digno de ti será lo que escribieres

a tu alma harás brillar en tu tarea,

mas nunca harás que el juicio exacto sea

de cómo yo he cumplido mis deberes.

 

Mi vida por ti escrita, amiga mía,

un poema completo solo fuera

hijo del corazón y fantasía,

 

Donde con gran vergüenza yo me viera

cual debiera haber sido o ser debía

y no cual soy o he sido en mi carrera.

 

¿También, nueva cantora?…

¿También, nueva cantora,

el arpa juvenil cubres de luto?

¿Tú desconsoladora

a la musa, que llora,

rindes también tributo

de secas flores y de amargo fruto?

 

¡Suave luz del oriente!

¿Por qué entre nubes escondida tanto

muestras la faz riente?

¡Ángel mío inocente!

¿Por qué entre amargo llanto

ensayas siempre tu sonoro canto?

 

¡Gemidos solamente!

¿Acrecentar la pena y el desvelo

de la turba doliente?…

No ha menester la gente

más triste en su duelo—

sóbrale el lloro; fáltale el consuelo.

 

Sin fe, desesperado,

al pie de sus altares derruidos,

ya de luchar cansado

al pueblo infortunado

lleva en tiernos sonidos

aliento y esperanza, no gemidos.

 

Tal queda en el sendero

el labrador postrado de fatiga

mas oye pasajero

el canto placentero

de la calandria amiga,

y el placer el cansancio le mitiga.

 

¡Viuda de los amores!

Cambia en tu sien las tocas enlutadas

por guirnaldas de flores:

que a templar los dolores

de las más desdichadas

están las almas puras consagradas.

 

En el monte bravío

nace la flor; en la salvaje sierra

brota el sereno río

sobre el campo sombrío,

que ensangrentó la guerra,

alcemos nuestro canto en nuestra tierra.

 

Mas siempre, compañera,

unidas nuestras voces alzaremos,

y la hoja primera

de palma lisonjera

que entrambas alcancemos,

como hermanas las dos la partiremos.

 

¿Teméis de esa que puebla las Montañas?…

¿Teméis de esa que puebla las Montañas

turba de brutos fiera el desenfreno?…

¡más feroces dañinas alimañas

la madre sociedad nutre en su seno!

 

Bullen, de humanas formas revestidos,

torpes vivientes entre humanos seres,

que ceban el placer de sus sentidos

en el llanto infeliz de las mujeres.

 

No allá a las lides de su patria fueron

a exhalar de su ardor la inmensa llama;

nunca enemiga lanza acometieron,

que otra es la lid que su valor inflama.

 

Nunca el verdugo de inocente esposa

con noble lauro coronó su frente:

¡Ella os dirá temblando y congojosa

las gloriosas hazañas del valiente!

 

Ella os dirá que a veces siente el cuello

por sus manos de bronce atarazado,

y a veces el finísimo cabello

por las garras del héroe arrebatado.

 

Que a veces sobre el seno trasparente

cárdenas huellas de sus dedos halla;

que a veces brotan de su blanca frente

sangre las venas que su esposo estalla.

 

¡Y que ¡ay! del tierno corazón llagado

más sangre, más dolor la herida brota,

que el delicado seno macerado,

y que la vena de sus sienes rota!

 

Así hermosura y juventud al lado

pierde de su verdugo; así envejece:

así lirio suave y delicado

junto al áspero cardo arraiga y crece.

 

Y así en humanas formas escondidos,

cual bajo el agua del arroyo el cieno,

torpes vivientes al amor uncidos

la madre sociedad nutre en su seno.

 

Temor del mundo

Alberto, si lloro o canto

siempre con voz dolorida,

no es que tenga de la vida

recuerdos el corazón;

Es que el dolor presintiendo

antes que el dolor le hiriera,

como en pena verdadera

he sufrido en la ilusión.

 

No vi la maldad del mundo,

ni vi los hombres perversos,

pero he llorado en mis versos

presintiendo su maldad,

como pobre gaviota

que espantada busca asilo

antes que en el mar tranquilo

resuene la tempestad.

 

Mar tranquilo de mi vida

mi juventud es ahora,

pero de esta mar sonora

las entrañas siento hervir:

tengo en mi mente mis alas,

voy cruzando ola tras ola,

pero en la mar española

temo mis alas hundir.

 

Temo al viento, a los nublados

antes de arribar al muro,

y temo al giro inseguro

de mi cobarde volar,

cual temen las gaviotas

en las saladas espumas

que pueda sus blancas plumas

el torrente salpicar.

 

Si estuviera yo en la gloria

en cuyo trono esplendente

dices que tan claramente

me contempla tu ilusión,

no llorara, y de mi lira

fueran los cantos risueños;

pero tú me ves en sueños

y los sueños sueños son.

 

No soy ángel, no soy santa,

y aunque a la virtud bendigo

no estoy en la gloria, amigo,

sobre el divino tisú;

mas, viviera agradecida

en el mundo que me encierra

¡ah! si todos en la tierra

fueran buenos como tú.

 

Tórtola, te vuelvo a hallar…

Tórtola, te vuelvo a hallar;

roncas ambas de cantar

nos encontramos las dos:

¿te ha dado ventura Dios?

¿Cómo te fue en el amar?

 

Cual yo enamorada y niña

te abandoné en la campiña

cantando en son placentero

¿dónde está tu compañero?

¿Hizo el sacre en él rapiña?

 

¡También desventura aquí!

Yo pensé que sólo a mí

lastimaba la fortuna;

¿dónde hallaré sola una

que no se lamente así?

 

¿Te acuerdas de aquellos días

cuando a mi lado solías

decir amantes congojas

columpiándote en las hojas

del fresno donde vivías?

 

Este mismo es el collado,

nuestro querer no ha mudado,

nuestras canciones tampoco,

pero andando el tiempo loco

la ventura se ha llevado.

 

Y al pie de estos manantiales,

entre los mismos juncales,

bajo el propio fresno umbrío,

a cantar tu amor, yo el mío

vengo al campo, al nido sales.

 

¡Pero qué tristes las dos!

yo pienso que viene en pos

de la pasión la tristeza,

porque cuanto más terneza,

más gemidos nos da Dios.

 

Mira si no el arbolado

bajo ese manso nublado

que circunde el horizonte,

y el arroyuelo del monte

por su velo sombreado;

 

Melancólicos están

aunque su hechizo te dan

las bellas luces de mayo,

que en dulcísimo desmayo

por Occidente se van.

 

De entre las algas del río

ese balbuciente pío

de una escondida garganta,

también es dolor que canta

como tu dolor y el mío.

 

Pero si tú un compañero,

si tú el amante primero

tuvieras como otro día,

¡cuán hermoso te sería

este mayo placentero!

 

En ese fresno escondidos,

en un mismo ramo unidos,

arrullándoos con amor,

de las aguas al rumor,

sobre las aguas mecidos…

 

¡Fuera tanta tu ventura

en esta atmósfera pura

vivir así con tu amado

lejos del mundo que ha dado

honda pena a la criatura!

 

¡Ay! Tú volverás a hallar

otro amante a quien amar,

porque las tórtolas son

todas en el corazón

iguales, y en arrullar.

 

Mas el alma que ha perdido

su compañero querido,

que le llore noche y día

porque aquel sólo sería

para su amor el nacido.

 

Y ese Dios que tanto sabe,

en un arrullo suave

te dará un nuevo querer;

pero tú has nacido ave

y yo he nacido mujer.

 

Tristeza del otoño

Hechas polvo caen, hermano,

las flores del jazminero

y ha perecido el postrero

pimpollo de aquel rosal,

cuyo vástago lozano

tantos hijos sostenía,

que ignoro cómo vivía

la gran planta maternal.

 

Emilio, en el firmamento

gran revuelta se prepara

pues la avecilla más cara

de mi jardín emigró;

y por las noches el viento

su vuelo tanto levanta

que de las parras quebranta

las hojas que el sol doró.

 

No sabes de cuál tristeza

se contagian mis sentidos;

no sabes cuántos gemidos

siento en el alma nacer,

cuando apoyo la cabeza

en la pared de mi huerto

oyendo el rumor incierto

que forma el hoja al caer.

 

No es que del verde emparrado

me aflija el muerto follaje,

ni porque a playa salvaje

huya el pájaro leal;

por lo que siento angustiado

mi pecho con las señales

del ave, de los parrales,

del jazmín y del rosal.

 

¿Qué me importan los jazmines,

ni las rosas, ni las aves,

cuando, hermano, muy más graves

pesadumbres tengo yo?

Cuando en horas tan ruines

doliente paso la vida,

¿qué me importa la caída

de la flor que se agostó?

 

Mas oye, cuando fenecen

las florecillas, hermano,

cuando al suelo americano

las golondrinas se van,

unas sombras aparecen

en el viento conmovido

que a mi cuerpo estremecido

prolongada muerte dan.

 

Surge a mis ojos el llanto

y mi espíritu se abate

y en mi seno apenas late

sofocado el corazón;

y en doloroso quebranto

mi cuerpo endeble flaquea,

y se conturba mi idea

y es todo en mí confusión…

 

Emilio, el otoño viene

de esas sombras circundado

de ese funesto nublado

que en mi endeble juventud,

tan extraño influjo tiene

que el temor de su venida

me hace escuchar la caída

del hoja con inquietud.

 

Emilio, el otoño llega

y se agobia el alma mía:

su grave melancolía,

¿quién sabe si acortará

esta vida que se entrega

a merced de ese nublado

que por el aire agitado

como una fantasma va?…

 

Tú, huéspeda de villa populosa…

Tú, huéspeda de villa populosa,

yo de valle pacífico vecina,

tú por allá viajera golondrina,

yo por aquí tortuga perezosa:

tú del jardín acacia deliciosa,

yo del arroyo zarza campesina,

¿qué indefinible, rara inteligencia

enlaza seres de tan varia esencia?

 

El entusiasmo que hacia ti me impele,

la dulce fe que hacia mi amor te guía,

disponen que en amiga compañía,

mi canto unido a tus acentos vuele;

mas yo no sé, paloma, si recele

que, al fin, he de quedar sola en la vía,

pues tal vas ascendiendo por el cielo,

que no puedo seguirte con mi vuelo.

 

Tú desde el centro de la regia villa

domeñas con la voz los corazones,

yo sólo alcanzo a modular canciones

en honor de la simple florecilla;

ve si el ala podrá, corta y sencilla,

de la alondra, ganar esas regiones

que traspasas, de sola una carrera,

dejando un cielo atrás la compañera.

 

Si mi ardoroso empeño a ti me envía,

de ti me aparta el genio que te eleva

y sola a conquistar la prez te lleva

que no osara tocar mi fantasía:

pero no temas, no, que el alma mía

de su destino a murmurar se atreva,

pues que suyo será el bello destino

de alfombrarte de flores el camino.

 

Mas, al fijar la perspicaz mirada

en esa sociedad, cuya existencia

ha menester de intérprete a la ciencia

para ser comprendida y revelada;

afligida sintiendo y fatigada,

acaso tu sencilla inteligencia,

rechazarás el mundo con enojos

y hacia mi valle tornarás los ojos.

 

¿Y qué hallarás?… La garza en la ribera

del fresno cuelga su morada umbría

y allí anhelante a sus polluelos cría

al par de la amorosa compañera.

Guardan los canes la familia entera

que a su lealtad valiente se confía,

y fiel a su república la abeja

hijos y fruto a la colmena deja.

 

¿Todas las madres son tan cariñosas

entre esa gente de la raza humana?

¿Custodias tiene la nación hispana

de sus honras y haciendas tan celosas?

¿Las vidas de los hombres generosas

conságranse a la patria soberana?

¿O entre brutos a súbditos y reyes

su instinto vale más que nuestras leyes?

 

Donde el arte no está, donde alterada

no hallamos la creación en sus hechuras,

no ha menester que tengan las criaturas

muy alta comprensión ciencia elevada;

para cantar del campo embelesada

las risueñas perfectas hermosuras,

basta de mi garganta el leve acento,

y sobra tu magnífico talento.

 

¿Qué bien hiciera aquí?… ¿dar a estos seres

de paz y dicha y libertad lecciones?

¿Inspirar a las tórtolas pasiones

o a las hormigas enseñar deberes?…

Ve con tan noble empresa a las mujeres

que muestran los llagados corazones,

y de ese ardiente celo el bello fruto

dale a la humanidad, por buen tributo.

 

Deja que mis estériles canciones

mueran sobre este arroyo cristalino,

y sigue tú, paloma, ese camino

el vuelo remontando a otras regiones;

deja entre los agrestes pabellones

de la alondra perderse el vago trino:

y allá del grande pueblo en el altura,

difundan tus arrullos su dulzura.

 

Déjame a mí la gloria campesina,

brille en la sociedad tu bella ciencia

que allí a gloria mayor la providencia

tu corazón y tu saber destinas:

¡palpitante lección, viva doctrina

a la ignorancia y femenil demencia!

Serás, entre su especie degradada,

tipo de la mujer regenerada.

 

Tú me pides querer y te he querido

Si clamo a ti, Señor, ¿no has de escucharme

tú de quien es la inmensidad oído?

¿Tú que la hirviente mar has contenido,

no has de poder el corazón calmarme?

¿Un átomo de luz no podrá darme

ése que tantos soles ha encendido?

¡Pues cómo has de dejar, Señor, mi vida

¡ay! ciega y sin consuelo y desoída!

 

Yo me acerco hoy a ti; yo estoy contigo;

sumiso el corazón tengo a tu lado,

pasión, orgullo y penas han callado,

no hay más que fe por ti, no hay más conmigo:

ordéname; una voz y yo te sigo

¿Qué me quieres decir, qué me has hablado?

¡Por qué mi ruda y tarda inteligencia

no basta a percibir su dulce esencia!

 

Yo que te adoro a ti desde la infancia,

yo que te busco en incansable anhelo,

yo que más que a la tierra miro al cielo,

yo que a tu gloria aspiro en mi constancia,

¿he de perder, Señor, por la ignorancia

de no entender tu voz, tu gran consuelo?

¿He de ofenderte, he de labrar mis penas

por no escuchar bien claro qué me ordenas?

 

Mas tú no hablas jamás; no por acentos

tu voluntad al universo explicas;

tienes en tu saber notas más ricas

para expresar tus altos pensamientos;

hablan por ti, Señor, los sentimientos

con que alivias el alma o mortificas,

y yo en ese lenguaje he comprendido

que me pides querer y te he querido.

 

Tú nos pides amor, amor constante

de agradecido pecho justo pago,

tú que una vida das por un halago,

tú de la humanidad eterno amante,

¿y antes quieren, Señor, que el alma errante

se fatigue de error en error vago,

que tener por consuelo en este mundo

cariño tan dulcísimo y fecundo?

 

Aquí abajo, del mundo habitadora,

dicen, Señor, que hay una docta gente

que no te reconoce, no te siente,

que no te admira, que jamás te adora;

que no te rinde gracias ni te implora

en el placer, en el dolor vehemente;

mas, fábula del mundo es torpe y vana,

porque no puede haber tal raza humana.

 

Pues al darnos la luz, belleza tanta

como a su inmenso rayo percibimos;

¿ignoramos, Señor, que la debimos

a un ser que desde el polvo nos levanta?

Tu grande majestad suprema y santa

nuestros ojos no ven, mas la sentimos:

el genio puede errar, cuando te niega,

pero no el corazón, cuando te ruega.

 

Existes, y las gentes lo entendemos,

desde la misma cuna te adoramos,

mas ¿sabes por qué luego te olvidamos?

Por malicia, señor, porque tememos;

no nos place tener jueces supremos

porque mejor sin leyes nos hallamos,

y antes que resignarnos a la pena

negaremos al Dios que nos condena.

 

Pero yo que te amé desde la infancia,

yo que te busco en incansable anhelo,

yo que más que a la tierra miro al cielo,

yo que a tu gloria aspiro en mi constancia;

acudo a tu saber en mi ignorancia,

acudo en mi aflicción a tu consuelo,

y es tal la fe con que te ruega el alma

que en esta misma fe logra la calma.

 

Última réplica a otra contestación a la anterior

¡Extremada bizarría!

¡Rendimiento cortesano!

¡Bondad la del castellano

consumadísima es,

pues con una dama altiva

mueve altivo una querella,

por que logre el triunfo ella

de que se rinda a sus pies!

 

A quien vencido se aclama

con tan noble gallardía,

no tiene la musa mía

nada, señor, que añadir;

si no es que a vos mucho estima

el sacrificio costoso

del empeño generoso

que os obliga a desistir.

 

Tal hazaña en vos excede

a una cumplida victoria,

que a veces está la gloria

más que en triunfar, en ceder;

triunfo alcanzáis en rendiros

con galán comedimiento,

mayor que el merecimiento

que lograrais en vencer.

 

Básteos, señor, esto y dejo

que desdeñados garzones

formen grandes coaliciones

en sus odios contra mí,

pues el odio es tan amargo

para el alma que lo siente,

que odiándome injustamente

la pena llevan en sí.

 

Última tarde en Andalucía

En despedidas nuestra vida pasa

cada día un adiós ¡ay triste vida!

¡que siendo vida en tiempo tan escasa,

la hayamos de pasar tan afligida!

Aun el de ayer nuestra mejilla abrasa

llanto de la postrera despedida,

y hoy se agolpa a los ojos otro tanto…

¡qué lluvia tan perenne es la del llanto!

 

Yo que no dejo hogar en que viviera,

una piedra ni un árbol conocido,

sin que al mirarlo por la vez postrera

no me arranque una lágrima, un gemido;

paso en lamentación mi vida entera:

mas ¿cómo sin lamentos me despido?

¿cómo no ha de llorar el alma mía

cuando te pierdo, hermosa Andalucía?

 

Hasta al mismo dolor si se despide

le damos al pasar una mirada,

una mirada que el espacio mide

de aquella hora en su región pasada.

¿Cómo podéis pensar que el bien se olvide?

¿cómo podéis querer que yo olvidada

de esta hermosa y dulcísima ribera

no le dé ni una lágrima siquiera?

 

Las bellas tardes que pasé a su orilla

¿sabéis que fueron para mí muy bellas?

¿sabéis que de la barca más sencilla

gozo en seguir las relucientes huellas?

¿sabéis que es más hermosa cuando brilla

aquí la luna, el sol y las estrellas,

y que voy a sufrir más desconsuelo

cuando me aleje de tan claro cielo?

 

¿Sabéis que necesito en este ambiente

ahogarme en azahar, morirme en rosas

para aliviar mi corazón doliente,

de emociones muy tristes, muy penosas?

¿sabéis que he menester la luz candente

de esas puras mañanas vaporosas,

aspirar de estos huertos en la calma,

para alejar el tedio de mi alma?

 

¿Habéis mirado el agua en la llanura

cuando se oculta el sol en la arboleda,

los árboles bañando y la frescura

y la fragancia que al bañarlos queda

habéis sentido allí… ¡Ah! qué ternura

inspira el son del agua cuando rueda

por los campos de acacia perfumados

y sus ecos muriendo en los collados.

 

¡O amiga tierra! ¡O vale regalado!

O sol ardiente, sol de Mediodía,

como al insecto yerto has reanimado

mi ser que en el dolor languidecía;

en pago al caro bien que tú me has dado

te doy mi corazón en mi poesía,

y aunque la hieran con su diente insano

canes que al darles pan muerden la mano.

 

Poco y amargo a su mortal fiereza

hoy mi mano en mis versos les envía,

porque abrasa la fiebre mi cabeza

y no puedo cantar como quería;

yo me llevo conmigo la tristeza,

pero dejar quisiera la alegría,

y no puedo… me ahogo… esfuerzo el canto,

y en vez ¡ay! de cantar prorrumpo en llanto.

 

Ultimo canto

Emilio, mi canto cesa;

falta a mi numen aliento.

Cuando aspira todo el viento

que circula en su fanal,

el insecto que aprisionas

en su cóncavo perece

si aire nuevo no aparece

bajo el cerrado cristal.

 

Celebré de mis campiñas

las flores que allí brotaron

y las aves que pasaron

y los arroyos que hallé,

mas de arroyos, flores y aves

fatigado el pensamiento

en mi prisión sin aliento

como el insecto quedé.

 

¿Y qué mucho cuando un hora

basta al pájaro de vuelo

para cruzar  todo el cielo

que mi horizonte cubrió?;

¿qué mucho que necesite

ver otra tierra más bella

si no ha visto sino aquella

que de cuna le sirvió?

 

Agoté como la abeja

de estos campos los primores

y he menester nuevas flores

donde perfumes libar,

o, cual la abeja en su celda,

en mi mente la poesía

ni una gota de ambrosía

a la colmena ha de dar.

 

No anhela tierra el que ha visto

lo más bello que atesora,

ni la desea el que ignora

si hay otra tierra que ver:

mas de entrambos yo no tengo

la ignorancia ni la ciencia,

y del mundo la existencia

comprendo sin conocer.

 

Sé que entre cien maravillas

el más caudaloso río

gota leve de rocío

es en el seno del mar:

y que en nave, cual montaña,

que mi horizonte domina

logra la gente marina

por esa región cruzar.

 

Mas ¡por Dios! que fue conmigo

tan escasa la fortuna

que el pato de la laguna

vi por sola embarcación:

¿qué me importa el Océano

y cuantos ámbitos cierra?

¡Sólo para mí en la tierra

hay diez millas de creación!

 

Mar, ciudades, campos bellos

velados ¡ay! a mis ojos;

sólo escucho para enojos

vuestros nombres resonar.

Ni de Dios ni de los hombres

las magníficas hechuras

son para el ciego que a oscuras

la existencia ha de pasar.

 

Tal ansiedad me consume,

tal condición me quebranta,

roca inmóvil es mi planta,

águila rauda mi ser…

¡Muere el águila a la roca

por ambas alas sujeta;

mi espíritu de poeta

a mis plantas de mujer!—

 

Pues tras de nuevos perfumes

no puede volar mi mente

ni respirar otro ambiente

que el de este cielo natal;

no labra ya más panales

la abeja a quien falta prado,

perece el insecto ahogado

sin más aire en su fanal.

 

Un año más

¡Un año más!… un año, Ángela mía,

y aún no ha mudado mi horizonte triste,

y de tan ancha tierra como existe

no he descubierto un palmo todavía;

¡un año más!… un año día tras día

lentos conté, y enero se reviste

de nuevo sol para ostentar mañana

su cabellera por los hielos cana.

 

Hija de Italia; tú que los jardines

de la reina del mundo has contemplado,

tú, que en su bello mar te has retratado

al buscar sus sirenas y delfines;

tú, que de España ahora en los confines

ves a ese mar, que yo nunca he mirado,

removiendo en su azul mil pabellones,

no puedes comprender mis ambiciones.

 

A veces de ese mar las conchas beso,

y si veo por dicha algún marino

la relación de su feliz camino

le escucho con tiernísimo embeleso,

y cuando cesa, doloroso peso

siento en el alma, al comparar mezquino

con tan soberbios gigantescos mares

el arroyo en que gimo mis cantares.

 

Los barcos de los pobres pescadores

son los buques que cruzan sus riberas,

los lienzos de las pobres lavanderas

los ricos estandartes brilladores;

y tan sólo a estos puertos salvadores

vienen, en vez de flotas extranjeras,

blancos gansos, luchando con la ola

y alguna gallareta errante y sola.

 

¿Has visto al topo que en la tierra hundido

preso en el hoyo se remueve a oscuras

y con la frente en las paredes duras

da cuando intenta ver el sol lucido?

Entre este viejo murallón roído,

yo soy el topo, que las luces puras

que en los alegres campos se reflejan

nunca estos muros contemplar me dejan.

 

Contra este muro donde puso escalas

el francés ambicioso y el britano

como sus vivas y rugientes balas

mi ardiente corazón se estrella en vano;

en vano tiendo ¡ay! hacia ti mis alas

desde este torreón, que el africano

dejó, tal vez, en nombre de Mahoma

para nidos del búho y la paloma.

 

Aquí muere la flor de la poesía

antes que esponje el aura su capullo,

aquí se anega el sol del noble orgullo

antes que logre esclarecer al día,

aquí de la creadora fantasía

el manantial se agota sin murmullo,

aquí sólo el amor gigante crece

y ni se agota, apaga ni envejece,

 

Aquí frente por frente a las pasiones

en imponente lid nos encontramos,

y aquí, como Petrarca, eternizamos

del cariño ideal las ilusiones;

aquí en la soledad los corazones

en nuestro amor tan sólo concentramos

y aquí de la poetisa el vital giro

se puede reasumir en un suspiro.

 

¡Un año más! ¡Un año, Ángela mía,

y el doloroso incendio no se apaga,

y esta ansiedad devoradora y vaga

no se extingue en mi pecho todavía!…

Ángela, pues, tu voz sonora y pía

a tus hermanos ángeles halaga,

¡ruégales por que el sol del nuevo enero

ilumine la paz que ansiosa espero!

 

Yo tengo fe en el porvenir oscuro,

yo de engañarme en los recelos trato,

yo a la esperanza el corazón dilato

y bello siempre el porvenir auguro;

yo ser feliz en la ilusión procuro

contra el torrente del destino ingrato

y al ver del nuevo año, sol que brillas,

cruzo mis manos, doblo mis rodillas.

 

¡Oh nuevo sol, tus rayos bienhechores

no a mí sola su ardor fecundo extiendan

que a las criaturas todas hoy comprendan

sus vivíficos sacros resplandores!

¡Que alivien la miseria y los dolores

de la España infeliz, que al pobre atiendan

y no pase con nuevos desengaños

un año más, unido a tantos años!

 

¡Un año más!… un año, Ángela mía…

¡Un año más!… un año, Ángela mía,

y aún no ha mudado mi horizonte triste,

y de tan ancha tierra como existe

no he descubierto un palmo todavía;

¡un año más!… un año día tras día

lentos conté, y enero se reviste

de nuevo sol para ostentar mañana

su cabellera por los hielos cana.

 

Hija de Italia; tú que los jardines

de la reina del mundo has contemplado,

tú, que en su bello mar te has retratado

al buscar sus sirenas y delfines;

tú, que de España ahora en los confines

ves a ese mar, que yo nunca he mirado,

removiendo en su azul mil pabellones,

no puedes comprender mis ambiciones.

 

A veces de ese mar las conchas beso,

y si veo por dicha algún marino

la relación de su feliz camino

le escucho con tiernísimo embeleso,

y cuando cesa, doloroso peso

siento en el alma, al comparar mezquino

con tan soberbios gigantescos mares

el arroyo en que gimo mis cantares.

 

Los barcos de los pobres pescadores

son los buques que cruzan sus riberas,

los lienzos de las pobres lavanderas

los ricos estandartes brilladores;

y tan sólo a estos puertos salvadores

vienen, en vez de flotas extranjeras,

blancos gansos, luchando con la ola

y alguna gallareta errante y sola.

 

¿Has visto al topo que en la tierra hundido

preso en el hoyo se remueve a oscuras

y con la frente en las paredes duras

da cuando intenta ver el sol lucido?

Entre este viejo murallón roído,

yo soy el topo, que las luces puras

que en los alegres campos se reflejan

nunca estos muros contemplar me dejan.

 

Contra este muro donde puso escalas

el francés ambicioso y el britano

como sus vivas y rugientes balas

mi ardiente corazón se estrella en vano;

en vano tiendo ¡ay! hacia ti mis alas

desde este torreón, que el africano

dejó, tal vez, en nombre de Mahoma

para nidos del búho y la paloma.

 

Aquí muere la flor de la poesía

antes que esponje el aura su capullo,

aquí se anega el sol del noble orgullo

antes que logre esclarecer al día,

aquí de la creadora fantasía

el manantial se agota sin murmullo,

aquí sólo el amor gigante crece

y ni se agota, apaga ni envejece,

 

Aquí frente por frente a las pasiones

en imponente lid nos encontramos,

y aquí, como Petrarca, eternizamos

del cariño ideal las ilusiones;

aquí en la soledad los corazones

en nuestro amor tan sólo concentramos

y aquí de la poetisa el vital giro

se puede reasumir en un suspiro.

 

¡Un año más! ¡Un año, Ángela mía,

y el doloroso incendio no se apaga,

y esta ansiedad devoradora y vaga

no se extingue en mi pecho todavía!…

Ángela, pues, tu voz sonora y pía

a tus hermanos ángeles halaga,

¡ruégales por que el sol del nuevo enero

ilumine la paz que ansiosa espero!

 

Yo tengo fe en el porvenir oscuro,

yo de engañarme en los recelos trato,

yo a la esperanza el corazón dilato

y bello siempre el porvenir auguro;

yo ser feliz en la ilusión procuro

contra el torrente del destino ingrato

y al ver del nuevo año, sol que brillas,

cruzo mis manos, doblo mis rodillas.

 

¡Oh nuevo sol, tus rayos bienhechores

no a mí sola su ardor fecundo extiendan

que a las criaturas todas hoy comprendan

sus vivíficos sacros resplandores!

¡Que alivien la miseria y los dolores

de la España infeliz, que al pobre atiendan

y no pase con nuevos desengaños

un año más, unido a tantos años!

 

Un encuentro en el valle

Tórtola, te vuelvo a hallar;

roncas ambas de cantar

nos encontramos las dos:

¿te ha dado ventura Dios?

¿Cómo te fue en el amar?

 

Cual yo enamorada y niña

te abandoné en la campiña

cantando en son placentero

¿dónde está tu compañero?

¿Hizo el sacre en él rapiña?

 

¡También desventura aquí!

Yo pensé que sólo a mí

lastimaba la fortuna;

¿dónde hallaré sola una

que no se lamente así?

 

¿Te acuerdas de aquellos días

cuando a mi lado solías

decir amantes congojas

columpiándote en las hojas

del fresno donde vivías?

 

Este mismo es el collado,

nuestro querer no ha mudado,

nuestras canciones tampoco,

pero andando el tiempo loco

la ventura se ha llevado.

 

Y al pie de estos manantiales,

entre los mismos juncales,

bajo el propio fresno umbrío,

a cantar tu amor, yo el mío

vengo al campo, al nido sales.

 

¡Pero qué tristes las dos!

yo pienso que viene en pos

de la pasión la tristeza,

porque cuanto más terneza,

más gemidos nos da Dios.

 

Mira si no el arbolado

bajo ese manso nublado

que circunde el horizonte,

y el arroyuelo del monte

por su velo sombreado;

 

Melancólicos están

aunque su hechizo te dan

las bellas luces de mayo,

que en dulcísimo desmayo

por Occidente se van.

 

De entre las algas del río

ese balbuciente pío

de una escondida garganta,

también es dolor que canta

como tu dolor y el mío.

 

Pero si tú un compañero,

si tú el amante primero

tuvieras como otro día,

¡cuán hermoso te sería

este mayo placentero!

 

En ese fresno escondidos,

en un mismo ramo unidos,

arrullándoos con amor,

de las aguas al rumor,

sobre las aguas mecidos…

 

¡Fuera tanta tu ventura

en esta atmósfera pura

vivir así con tu amado

lejos del mundo que ha dado

honda pena a la criatura!

 

¡Ay! Tú volverás a hallar

otro amante a quien amar,

porque las tórtolas son

todas en el corazón

iguales, y en arrullar.

 

Mas el alma que ha perdido

su compañero querido,

que le llore noche y día

porque aquel sólo sería

para su amor el nacido.

 

Y ese Dios que tanto sabe,

en un arrullo suave

te dará un nuevo querer;

pero tú has nacido ave

y yo he nacido mujer.

 

Un otro con igual asunto

Abrid los ojos, célica María,

más que la luna del enero, claros,

abrid los ojos y mirad cuán raros

son los dones que Dios tierno os envía:

el serafín más bello que tenía

entre sus dulces serafines caros

coronado de rayos celestiales

coloca en vuestros brazos virginales.

 

¡Mirad quién se os estrecha a la garganta,

mirad qué labio os busca con anhelo,

mirad, que por el santo rey del cielo

qué gozosa estaréis con dicha tanta!

Al ser que a vuestro pecho se amamanta

velad; señora, con ardiente celo,

¡que ya desesperado y moribundo

dél solo espera salvación el mundo!

 

Un paisaje

Yo vi lucir los albores

de esa purísima atmósfera,

y brotar las claras aguas

de aquella ribera hermosa,

y nacer de su arboleda

una por una las hojas.

 

Yo he visto esas altas sierras

ir subiendo entre las sombras,

y alzarse el puente y la torre

y las casas y las rocas,

y surgir el barquichuelo

entre las plácidas ondas,

y aparecer en la orilla

esa gente pescadora.

 

¡Que la gran naturaleza

años tarde en esas obras

y tu mano las acabe

solamente en doce horas!

Despacio, pintor, despacio,

que son las venturas pocas.

 

¿Por qué has hecho esa ribera

tan risueña y deliciosa

que mis ojos embelesa

y el pensamiento me roba?

¿Por qué has dado al firmamento

esa tinta ardiente y roja

que lo mismo que el reflejo

del sol deslumbra y sofoca?

 

¿No ves que fija en la orilla

de esa ribera frondosa

en contemplarla me llevo

unas tras otras las horas?

¡Ay! ¿no ves que doble pena

sentirá el alma angustiosa

cuando por siempre se aleja

de esa ribera que adora…?

 

Despacio, pintor, despacio,

que son las venturas pocas.

¿Es culpa tuya que tenga

el puente romanas formas

y la torre arquitectura

árabe, morisca y gótica?

 

¿Es culpa tuya que vaya

la mano tan perezosa,

y que tus ojos cansados

de mirar piedras y rocas

en otras miradas fijen

las suyas fascinadoras?…

Aprisa, pintor, aprisa,

aunque las dichas son pocas.

 

Adiós; hermosa ribera,

cielo puro, árboles, rocas:

la mano que os ha formado

para siempre os abandona,

y los ojos que os han visto

aparecer entre sombras

ya cuantas veces os miren

llorarán vuestras memorias,

¡que son las penas tan largas

como las venturas cortas!

 

Una despedida

Escuchad mis querellas,

recinto y flores del placer abrigo,

imágenes tan bellas

como ese cielo que os protege amigo.

 

Asilo de inocencia,

consuelo del dolor, bosque sombrío,

ir quiero a tu presencia,

y tu césped regar con llanto mío.

 

Y el agua de tu fuente

beber acaso por la vez postrera,

y respirar tu ambiente,

besar tus flores, la gentil palmera.

 

Que tu dintel guarnece

de lejos saludar entre congojas,

y a la que en torno crece

modesta acacia de menudas hojas.

 

Y a los álamos graves

el postrimer adiós dar afligida,

y cantar con las aves

tristísima canción de despedida.

 

Y en tu graciosa alfombra

reposar halagada de ilusiones

bajo la fresca sombra

de tus frondosos sauces y llorones…

 

Sus hojas se estremecen

y errantes sombras a mi planta evocan,

que en el viento se mecen,

y mis cabellos con blandura tocan.

 

Desde aquí la pintura

es más bello admirar de ese tu cielo,

los visos y frescura

de las nubes cercanas a tu suelo;

 

Y al través de las ramas

mirar el sol que su lumbrera humilla,

y cual de rojas llamas

el Occidente retocado brilla.

 

¿Ni qué música iguala

al sordo vago suspirar del viento

con que armonioso exhala

un bello día su postrer aliento?

 

¡Ah! ¡si mi vida entera,

mi cara soledad, recinto amado,

consagrarte pudiera

el mundo huyendo y su falaz cuidado!

 

Mas ¡ay! que la alegría

de contemplaros con la luz perece

del presuroso día

que a mis ansiosos ojos desparece.

 

Esas aves cantoras

que de gozar la tarde fatigadas,

en tropas voladoras

retornan gorjeando a sus moradas;

 

Cuando una sola estrella

con apagada luz brille en el cielo;

cuando la aurora bella

ciña el espacio con purpúreo velo,

 

Y el nuevo y claro día

con sus tintas anime la pradera;

ellas con alegría

volverán a girar por tu ribera.

 

En turba bulliciosa

los bosques poblarán… y yo entretanto

lejana y silenciosa

las horas contaré de mi quebranto.

 

¡Ay! ¡ellas tu hermosura

gozarán y tu paz y sus amores!

yo gusté harta ventura

bebí en tus fuentes y besé tus flores.

 

Una fiesta dedicada a la reina gobernadora

Ya el enemigo de la patria mía,

el genio de la guerra destructora

dobla rabioso la falange impía

ante la paz gloriosa y vencedora.

 

Cesó el llanto y la sangre y la agonía

que derramó la espada vengadora

y tras del triste y pavoroso día

luce risueña suspirada aurora.

 

Ya de Cristina el genio prepotente

venció de Carlos la arrogancia altiva,

que doblegando la orgullosa frente

 

el ramo ofrece de apacible oliva;

cantemos, o Cristina, la victoria,

que a España da la paz, y a vos la Gloria.

 

Venid, señora, a escuchar…

Venid, señora, a escuchar

la unánime votación

que España acaba de dar:

venid; que os va a coronar

FEA por aclamación.

 

Monstruos mil se presentaron;

mas con voz solemne y clara

los tribunales fallaron,

que otra cara no encontraron

semejante a vuestra cara.

 

Cual vuestra cara no hay dos:

hay de feas copia extraña,

muchas feas ¡vive Dios!

pero sin disputa vos

sois la más fea de España.

 

Os dieron la primacía:

señora, ¡cuánto me alegro!

mas, ¡cielos! ¿quién la osadía

de mostrar, cual vos, tendría

ojo azul en campo negro?

 

¿Quién, no siendo, cual vos, loca

mostrara a la humanidad

boca igual a vuestra boca,

aunque tuviese muy poca

vergonzosa vanidad?

 

La fealdad tiene pudor;

y yo en el caso presente

(os lo digo sin rencor)

por modestia, por rubor

me escondiera de la gente.

 

¡Ay! ¡cuánto hacéis padecer,

mostrando vuestra cabeza

al que procura creer

en la belleza del ser,

en su bondad y pureza!

 

Sois una horrible creación;

porque aun hay cosa más rara

en esa organización:

que tenéis el corazón

mucho peor que la cara.

 

Todos vuestros pensamientos

son torpes y maldicientes:

aborrecéis los talentos,

las virtudes eminentes

y los nobles sentimientos.

 

No hay honra libre e vos,

aunque bendita se acoja

al manto del mismo Dios;

porque en medio de los dos

vuestra calumnia se arroja.

 

¡Ay! ¿por qué si de la huesa,

mala anciana, a un paso estás,

no dejas la humana presa?

¿Por qué en la fama ilesa

te irritas y ensañas más?

 

Déjame con mi poesía

pasar la vida inocente,

si no quieres que algún día

tu horrorosa biografía

a las criaturas presente.

 

Aunque no sé si te diga

que es mi más gloriosa hazaña

el que me odie y persiga

como mortal enemiga,

la mujer más fea de España.

 

Versos improvisados con varios motivos. La empresa del ferrocarril de Extremadura

Bien llegados a España, caballeros.

Esta joven nación, su tierra pura

os brinda a los amigos extranjeros

que lecciones la ofrecen de cultura:

por el terso carril marchen ligeros

los hijos de la rica Extremadura,

vuestras artes, y ciencias y portentos

a igualar y vencer con sus talentos.

 

¡O mi pueblo, sencillo patriarca

tan agreste pacífico y tan rudo,

de ferrados-carriles tu comarca

van a ornar, y ya en vez del torpe y mudo

buey que sus pasos por minutos marca

¡rodará gran vapor!… ¿Quién tanto pudo?

¿Qué impulso, qué vigor, qué movimiento

pone a tan bella fábrica el cimiento?

 

Hay una tierra, en medio el Océano

donde O”Connell nació y a Byron cuenta,

¿qué reino hallar más fuerte y soberano

que la patria feliz que a ambos alienta?

Pues ya del genio y del poder Britano

tanto el raudal inmenso se acrecienta

que sus diques rompiendo a inundar pasa

el virgen suelo que de sed se abrasa.

 

Ya corren hasta aquí sus manantiales;

ya el campo bebe su copioso riego;

ya florecen brillando a sus cristales

el extremeño prado y el manchego.

¡Ay! los que tal pobreza y tantos males

en la guerrera lucha a sangre y fuego,

soportaron pacientes, ¿cómo ahora,

dicha comprenderán tan seductora?

 

Agriado el corazón por los azares,

perdida en desengaños la esperanza,

nada aguardamos ya sino pesares,

sólo en el mal tenemos confianza;

por eso hacia la gente de los mares

torva la vista, y suspicaz se lanza

y rechazando el bien porque suspira

responde el español: «Fraude, mentira».

 

Empero, no a los hijos de Bretaña

que nos tendieron las amigas manos

cuando el Coloso amenazó a la España

deben temer los nobles castellanos;

antes bien recordar la fiel campaña

que hicieron los dos reinos como hermanos

para que aliento infunda a la memoria

de Wellington su lauro y nuestra gloria.

 

¡Por qué ese recelar eterno y triste!

¡Por qué en el porvenir tal desconsuelo!

¡Por qué así nuestro espíritu reviste

con su negro color el blanco cielo!

Tal vez el hado en el rencor desiste

con que siguió nuestro cefrado suelo,

y su primer sonrisa alegremente

nos muestra en el camino reluciente.

 

¡Cuánta prosperidad, cuánta grandeza!

¡Cuán fecundos los montes hoy salvajes

pavimentos darán con su corteza,

moradas ornarán con sus ramajes!;

cuántos pueblos, alzando la cabeza

por contestar de Europa a los ultrajes

«venid aquí —dirán— pueblos hambrientos,

¡que nosotros estamos opulentos!»

 

Y llévame contigo a tu morada

¡Qué abatida estará, Señor, mi vida

cuando no te consagro ni un acento!

¡Qué hundido debe estar mi pensamiento

cuando así te abandona, así te olvida!

Preséntasme la tierra florecida,

resplandeciente en lumbre el firmamento,

y en vez de bendecirte y celebrarte

bajo los ojos para no mirarte.

 

Gran pesar no sufrí, padre divino;

ningún dolor agudo el alma llora;

pero más me entristezco, hora por hora

conforme voy andando mi camino:

ni sé si es bueno o malo mi destino,

ni advierto si se agrava o se mejora;

sólo sé que el vivir menos agrada

cuanto más adelanto en la jornada.

 

No he perdido la fe, que mucho creo;

no me hirieron, Señor, los desengaños,

ni presa fui de pérfidos amaños,

ni juguete de loco devaneo;

yo no tengo ambición, nada deseo,

es mi existencia juveniles años,

pero triste; Señor, muy triste estoy,

puesto que ni mi canto ya te doy.

 

¡Ay! Cuando siento del fecundo mayo

el vaporoso y caldeado ambiente

jugar con mis melenas blandamente,

te quisiera cantar, pero en desmayo

melancólico abísmase la mente,

y como herida por amante rayo

las lágrimas se agrupan a mis ojos

y hasta la luz del sol me causa enojos.

 

Luego las plantas pienso que suspiran,

paréceme que el río se lamenta,

y la vida a mis ojos se presenta

llena de sombras que dolientes giran…

y yo no sé por qué, miedo me inspiran,

y no sé que aflicción me desalienta,

pero tiendo los brazos y te digo

señor, señor, ¡ay! llévame contigo.

 

Tal vez, Señor, el porvenir me inquieta

porque nací mujer y soy cobarde,

y tal vez en las brisas de la tarde

me anuncia el porvenir mi ángel profeta.

Triste será el de la mujer poeta,

mas ora el bien, ora el dolor me aguarde,

mejor quisiera que con brazo amigo

me quisieras llevar, Señor, contigo.

 

Aquí la turbación, aquí el gemido,

aquí la guerra, aquí los hondos males

tienen reinado eterno, y siempre iguales

los tiempos han de ser a los que han sido;

señor, y allá el descanso apetecido,

allá la paz, los goces celestiales

me convidan, si quieres santo amigo

para siempre llevarme allá contigo.

 

Allá en la noche hay sol, no acaba el día,

siempre es abril para los ricos prados,

y por aquellos huertos regalados

sólo la flor de la virtud se cría:

el odio, la ambición, la tiranía

no existe en tus dominios dilatados;

los hombres a los hombres no asesinan,

la virtud y el amor allí germinan.

 

Allá en la fuente de la fija ciencia

beberé hasta saciar mi gran deseo,

conoceré el error de Ptolomeo,

me reiré de la humana suficiencia;

sabré quién escribió la alta sentencia

que hundió al egipcio y destruyó al hebreo,

qué ilumina las cumbres de Sodoma,

derriba a Grecia y aniquila a Roma.

 

Sabré mejor que el sabio más profundo

de la historia del orbe tantos hechos,

porque en los pobres libros contrahechos

mientras estudio más, más me confundo;

penetraré las leyes de este mundo,

la esencia de los seres, sus derechos,

lo que son, lo que fueron, lo que esperan

nacidos, por nacer, y cuando mueran.

 

Sabré por qué tu espíritu se esconde,

por qué rodar nos haces en la esfera,

qué pretendes hacer con tal carrera,

y cómo nos impulsas y hacia dónde:

por qué girar al sol nos corresponde,

por qué su luz la luna reverbera,

por qué tienes volcanes encendidos,

por qué tienes los mares extendidos.

 

Por qué al par de Jesús nace Mahoma,

por qué alientas entrambas religiones,

por qué arde entre diversas oraciones

y en diferente altar distinto aroma:

qué das al que la cruz sagrada toma,

del de la media luna qué dispones,

quiénes te desconocen o te entienden

quiénes los que te adoran o te ofenden.

 

Allá sabré también por qué nacimos

débiles y sencillas las mujeres,

y si el premio de tantos padeceres

habremos de lograr cuando morimos.

Allá sabré si destinadas fuimos

al duro yugo de los otros seres,

y si has dispuesto tú las leyes graves

que no puedo decir y que tú sabes.

 

Allá sabré también por qué deliro,

y la oculta razón de mi tristeza;

por qué abrasada siento mi cabeza,

por qué lloro, Señor, por qué suspiro,

por qué cuando tu hermoso cielo miro

ansiosa de tu gloria y tu grandeza,

olvido de la tierra cuanto amo

y llévame contigo, Señor, clamo.

 

Si comparando el mundo, éste de penas,

su injusticia, su error, nuestras pasiones

con el bello existir de esas regiones

pacíficas, hermosas y serenas,

anhelamos romper nuestras cadenas,

elevamos a ti los corazones,

y de tus brazos al paterno abrigo

me quiero refugiar yendo contigo.

 

Si quiero descansar, hallar consuelo,

quiero verte, Señor, yo no vacilo;

¿dónde hallaré más dulce y más tranquilo

amor, y más placeres que en el cielo?

o si te place mi virgíneo velo,

si digna soy de tu celeste asilo,

no me dejes aquí desconsolada

y llévame contigo a tu morada.

 

Ya el enemigo de la patria mía…

Ya el enemigo de la patria mía,

el genio de la guerra destructora

dobla rabioso la falange impía

ante la paz gloriosa y vencedora.

 

Cesó el llanto y la sangre y la agonía

que derramó la espada vengadora

y tras del triste y pavoroso día

luce risueña suspirada aurora.

 

Ya de Cristina el genio prepotente

venció de Carlos la arrogancia altiva,

que doblegando la orgullosa frente

 

el ramo ofrece de apacible oliva;

cantemos, o Cristina, la victoria,

que a España da la paz, y a vos la Gloria.

 

Ya, Neira, despedí a la golondrina…

Carolina Coronado acompaña en su despedida

a las golondrinas, a las grullas y a los patos.

 

Ya, Neira, despedí a la golondrina

que en el techo campestre haciendo el nido

mansa inocente mi compaña ha sido

en la estación risueña que termina;

la grulla en cambio ya vino dañina

el fruto a destrozar recién nacido

que en este yermo a fuerza de sudores

lograron cultivar los labradores.

 

El pato en enturbiar las claras fuentes

de este valle purísimo obcecado

revuelve con el fondo encenagado

los graciosos espejos trasparentes;

¡lástima que desdeñe las corrientes

de un brillo tan hermoso y azulado,

donde lucir pudiera entre la espuma,

por hundir en el fango el alba pluma!

 

¿Quién nos diera encontrar siempre a la bella

que en nuestros techos amorosa anida

y en su cantar sencillo entretenida

nos divierte feliz de sol a estrella?

¿Quién nos diera encontrarla siempre a ella

que a nadie ofende, cuya dulce vida

consagrada a los suyos, sobre el heno,

ni daña al labrador ni anda entre cieno?

 

¿Hay en mi tierra hermosos olivares

formados como tropas, en hileras?

Pues a dañar su flor a sus praderas

vienen bandos de grullas a millares.

¿Hay arroyos que van entre juncares

retratando el verdor de estas laderas?

Pues acuden los patos a bandadas,

«¿Aves estas no son civilizadas?»

 

¿Qué más da que en mi lira sean cantados

hombres o grullas si en diversos nombres

disfrazadas las grullas van de hombres

y los hombres de grullas disfrazados?

¿Por qué han de ser los patos desdeñados

si los hombres tal vez con sus renombres

viviendo en bacanales, como en cieno,

no fueron ni más puros ni más buenos?

 

¿Qué más da pues que yo cante los hechos

con mi endeble laúd, mi voz de niña

de las aves que pueblan la campiña

y las aves que habitan bajo techos?

Con iguales instintos y derechos

todas viven del daño y la rapiña;

soldados-grullas talan los sembrados

y las ciudades ¡ay! grullas-soldados.

 

Galanes patos de la fuente empañan

el manantial que beben los pastores,

patos galanes, patos impostores

en las virtudes la calumnia ensañan;

hombres-patos, en fin, sus alas bañan

en fétidos pantanos corruptos;

patos-hombres sepultan en orgías

su bella juventud, sus bellos días.

 

¿Por qué al mísero pato guerra tanta,

por qué a la infeliz grulla tanta guerra,

si hay seres más indignos en la tierra

y el hombre docto los celebra y canta?

Cada piedra, cada ave, cada planta,

una vida, una historia, un mundo encierra

y muchos en el mundo, bien lo sabes,

valen menos que piedras, plantas, aves.

 

Pues no siempre he de hallar por mi camino

golondrinas, que pocas han quedado,

mejor canto a las grullas, que al malvado.

A los patos mejor que al libertino:

esos nombres de Atila, Jerjes, Nino

siempre al numen benigno han espantado

y siempre aborrecí como a enemigos

los Paris, los Nerones, los Rodrigos.

 

Una grulla el gran Jerjes vale en suma,

pero el rico Nerón no vale un pato

que fuera a dar el pájaro barato

aun dando por Nerón no más la pluma:

¿pues por qué si la historia nos abruma

con uno y otro nombre tan ingrato

no ha de cantar, sin que te cause risa,

a la grulla y al pato la poetisa?

 

Lo mismo da las aves que los hombres

lo mismo el campo da que las ciudades,

pues componen entrambas vecindades,

los mismos seres con distintos nombres;

grullas hay en el mundo con nombres,

patos bajo soberbias potestades,

y en ciudades lo mismo que entre encinas

sobre grullas y patos golondrinas.

 

Ya no es tan joven mi vida…

Ya no es tan joven mi vida

que desde esta cima, hermano,

logre ver distinto el llano

donde quedó mi niñez.

 

Es la pradera florida

bajo la sombra de un monte,

y por eso es su horizonte

más delicioso, tal vez.

 

Yo con el rostro no acierto

de ese tiempo fugitivo,

mas su belleza percibo

de los años al trasluz,

 

como aquel reflejo incierto,

aquellos matices rojos

que perciben nuestros ojos

cerrados frente a la luz.

 

Yo no sé lo que soñaba

mas recuerdo mis amores;

sé que amaba entre las flores

a un hermoso tulipán:

 

y que a mis solas le hablaba,

Emilio, tan dulcemente

que murmuraba el ambiente

celoso en mi tierno afán.

 

Lloré cuando se agostaba

su cabeza peregrina

pero amé a la golondrina

así que la flor murió:

 

la golondrina emigraba

y entonces, Emilio mío,

a mi constante amorío

buscaba otro objeto yo.

 

¡Oh!¡Todo me enamoraba

en aquel tiempo querido!

¡Cuál me recuerda un sonido

el ave y el tulipán;

 

y la fuente que manaba

el agua que yo bebía

y el campo donde crecía

la semilla de mi pan!

 

¡Pero si no me comprendes,

si aquella edad ha pasado

y yo ya tengo olvidado

el suave idioma infantil!

 

si por acaso me atiendes

huyes riendo a deshora,

¿por qué no estoy en tu aurora

o tú no estás en mi abril?

 

Tú juzgas porque me hallaste,

bello garzón, a tu lado

que una ruta ha señalado

a nuestra existencia Dios:

 

no, que tu vía empezaste

en la mitad de la mía

y poco por esa vía

iremos juntos los dos.

 

Emilio, cuando recuerdes

cual yo tu pasada infancia,

ya habrá una eterna distancia

que me separe de ti;

 

entonces, tal vez, te acuerdes

de mí, cual yo de las flores,

y entre tus tiernos amores

me cuentes, Emilio, a mí.

 

“¡Ya viene, mírala! ¿Quién?…

“¡Ya viene, mírala! ¿Quién?

– Esa que saca coplas.

–Jesús que mujer más rara.

–Tiene los ojos de loca”.

“Más valía que aprendiera

a barrer que a decir coplas.

-Vamos a echarla de aquí.

-¿Cómo? -Riéndonos todas.”

 

Yo no puedo seguirte con mi vuelo

Tú, huéspeda de villa populosa,

yo de valle pacífico vecina,

tú por allá viajera golondrina,

yo por aquí tortuga perezosa:

tú del jardín acacia deliciosa,

yo del arroyo zarza campesina,

¿qué indefinible, rara inteligencia

enlaza seres de tan varia esencia?

 

El entusiasmo que hacia ti me impele,

la dulce fe que hacia mi amor te guía,

disponen que en amiga compañía,

mi canto unido a tus acentos vuele;

mas yo no sé, paloma, si recele

que, al fin, he de quedar sola en la vía,

pues tal vas ascendiendo por el cielo,

que no puedo seguirte con mi vuelo.

 

Tú desde el centro de la regia villa

domeñas con la voz los corazones,

yo sólo alcanzo a modular canciones

en honor de la simple florecilla;

ve si el ala podrá, corta y sencilla,

de la alondra, ganar esas regiones

que traspasas, de sola una carrera,

dejando un cielo atrás la compañera.

 

Si mi ardoroso empeño a ti me envía,

de ti me aparta el genio que te eleva

y sola a conquistar la prez te lleva

que no osara tocar mi fantasía:

pero no temas, no, que el alma mía

de su destino a murmurar se atreva,

pues que suyo será el bello destino

de alfombrarte de flores el camino.

 

Mas, al fijar la perspicaz mirada

en esa sociedad, cuya existencia

ha menester de intérprete a la ciencia

para ser comprendida y revelada;

afligida sintiendo y fatigada,

acaso tu sencilla inteligencia,

rechazarás el mundo con enojos

y hacia mi valle tornarás los ojos.

 

¿Y qué hallarás?… La garza en la ribera

del fresno cuelga su morada umbría

y allí anhelante a sus polluelos cría

al par de la amorosa compañera.

Guardan los canes la familia entera

que a su lealtad valiente se confía,

y fiel a su república la abeja

hijos y fruto a la colmena deja.

 

¿Todas las madres son tan cariñosas

entre esa gente de la raza humana?

¿Custodias tiene la nación hispana

de sus honras y haciendas tan celosas?

¿Las vidas de los hombres generosas

conságranse a la patria soberana?

¿O entre brutos a súbditos y reyes

su instinto vale más que nuestras leyes?

 

Donde el arte no está, donde alterada

no hallamos la creación en sus hechuras,

no ha menester que tengan las criaturas

muy alta comprensión ciencia elevada;

para cantar del campo embelesada

las risueñas perfectas hermosuras,

basta de mi garganta el leve acento,

y sobra tu magnífico talento.

 

¿Qué bien hiciera aquí?… ¿dar a estos seres

de paz y dicha y libertad lecciones?

¿Inspirar a las tórtolas pasiones

o a las hormigas enseñar deberes?…

Ve con tan noble empresa a las mujeres

que muestran los llagados corazones,

y de ese ardiente celo el bello fruto

dale a la humanidad, por buen tributo.

 

Deja que mis estériles canciones

mueran sobre este arroyo cristalino,

y sigue tú, paloma, ese camino

el vuelo remontando a otras regiones;

deja entre los agrestes pabellones

de la alondra perderse el vago trino:

y allá del grande pueblo en el altura,

difundan tus arrullos su dulzura.

 

Déjame a mí la gloria campesina,

brille en la sociedad tu bella ciencia

que allí a gloria mayor la providencia

tu corazón y tu saber destinas:

¡palpitante lección, viva doctrina

a la ignorancia y femenil demencia!

Serás, entre su especie degradada,

tipo de la mujer regenerada.

 

Yo te olvidaba ya; ni una alabanza…

Yo te olvidaba ya; ni una alabanza

a la gloriosa bóveda te envía

la cantora sin fe; sin confianza

enmudece, Señor, el alma mía;

horas de ingratitud donde no alcanza

el reflejo inmortal de tu poesía

duermo, cuando mi sueño indiferente

viene a romper tu cólera imponente.

“De tus seres de amor, vaga doncella,

¿cuál de ellos quieres que a mi voz sucumba?

¿Qué faz querida borrará mi huella?

¿Qué ser amado lanzará a la tumba?

¿Tu padre morirá? ¿Tu madre bella?”

dices, y el eco de tu voz retumba

dentro de mí, Señor: “Todo lo puedo.”

Todo lo puedes, sí; ¡Tú eres el miedo!

Cubre la sombra de la muerte el mundo

cuando tu ceño muestras indignado,

y yo he visto a mi padre moribundo

con la sombra mortal de ese nublado:

Señor, al verte contra mí iracundo

entonces tu poder he recordado;

entonces fue el clamor, el rezo, el lloro:

entonces fue el saber cuánto te adoro.

Tú juegas con las vidas desdichadas,

tú al borde del abismo las suspendes,

y al vernos a tu cólera aterrados,

de súplicas y lágrimas te ofendes;

tú no quieres plegarias arrancadas

al espanto, Señor, tú nos comprendes;

sabes que el labio tu alabanza niega,

y si ruega, Señor, por miedo ruega.

Tú no cediste a mi medroso ruego,

tú perdonaste la oscilante vida,

porque en tu libro de radiante fuego

la indeleble sentencia está esculpida;

pero salvaste de su infiel sosiego

a la memoria ingrata que te olvida…

¡Frágil memoria que tu nombre pierde

y el miedo haya de ser quien lo recuerde!

Ni tu sol, ni tu luna, ni tus flores,

ni me inspiró tu lluvia del estío,

ni penetrar lograron tus favores

en este corazón cerrado y frío:

insensata dejé que otros cantores

elevaran a ti su acento pío

como el insecto inútil que dormita

mientras que el ruiseñor canta y se agita.

No te cantaba cuando en calma el cielo

ornado de celaje transparente

brillaba puro: en tanto que su vuelo

sereno detenía el claro ambiente

no te cantó mi espíritu de hielo:

más rugió la tormenta de repente,

con tu rayo amagaste al ser amado

y de miedo, Señor, te he recordado.

¡Míseras oraciones y cantares

que a impulso del temor rompen conmigo!

no más que en las desdichas y pesares

te llamo grande y te apellido amigo:

sólo cuando te ruego que me ampares

dulces palabras con amor te digo;

sólo cuando vivir sin ti no puedo,

“Señor, exclamo, ven, que tengo miedo.”

¿Pero me escuchas tú? ¿Pero respondes?

¿No me desdeñas porque indigna clamo?

¿Tu cariñosa gracia no me escondes

porque te olvido en paz y en guerra te amo?

¡Ay! no el cruel remordimiento ahondes;

no rechaces mi voz cuando te llamo;

si tanto puedes tú, yo nada puedo;

no es pecado, Señor, que tenga miedo.

Tú vives entre bóvedas de lumbre

de los soles que giran al ruido,

y yo sin que su fuego me deslumbre

no puedo ver al sol medio escondido;

tú de siglos y siglos pesadumbre

eterna llevas, –yo nada he vivido–

tú me puedes hundir –yo nada puedo–

¿cómo, Señor, no he de tenerte miedo?

Tiembla del hombre el corazón valiente,

tiembla el pueblo que audaz te desafía,

la fanática raza del Oriente

y la raza sin fe del Mediodía;

¡muy temible serás cuando el viviente

de tan lejana edad, Señor, temía

y en tanto siglos de gentil denuedo

no ha podido vencer, Señor, su miedo!

Tú eres el miedo que despide llamas,

tú eres el miedo que el diluvio riegas,

y tiene miedo el mundo a quien inflamas,

y tiene miedo el mundo a quien anegas;

si tu poder conoces y nos amas,

cuando los rayos del furor desplegas

y acobardada ante tus iras quedo,

no te enojes, Señor, si tengo miedo.

Puedes quitarnos los amados seres,

nuestra alegría convertir en llanto,

mudar en desventura los placeres,

y trocar en gemidos nuestro canto:

Señor, tan grande y poderoso eres,

es tan inmenso tu gobierno santo

¡que a tu amenaza amedrentada cedo

y te digo ¡Señor, tú eres el miedo!

 

Yo te vi, triste amapola…

Yo te vi, triste amapola,

de las flores retirada

mecer la roja corola

entre la espiga dorada.

 

Leve el cuello y hechicero

débilmente se agitaba;

y el cefirillo ligero

en tu seno revolaba.

 

Del fuego del sol bañada

la cabeza purpurina,

desmayaba sonrojada

sobre la planta vecina.

 

Y allí entre la rubia espiga

los pajarillos cantores

daban con su trova amiga

a tu belleza loores.

 

Yo te viera retirada

a la par del rudo espino,

guarneciendo descuidada

el apartado camino.

 

Al morir la última estrella

extiendes las puras alas;

y a la purpúrea centella

del sol renaciente igualas.

 

Mas ese tu empeño vano,

y temeraria osadía,

desde el trono soberano

castiga el señor del día.

 

Que su llama en Occidente

no adurmiera sosegada,

sin dejar tu roja frente

con sus rayos abrasada.

 

Y de la noche

la fresca brisa

marchita hallara

tu tierna faz.

 

¡Ay! que tu vida,

flor desdichada,

sólo un instante

brilla fugaz.

 

Y tu aureola

pura y luciente

desconocida

muere también.

 

Nace en la aurora,

y al alba nueva

frágil desnuda

tu débil sien.

 

Yo tengo mis amores en el mar

¡Hijo del mar, espíritu querido!,

alto ingenio inmortal de la poesía,

escucha desde el mar este gemido

que mi amoroso corazón te envía:

yo te adoro en el mar, y yo he venido

a escuchar en sus hondas tu armonía

y en su brisa tu aliento a respirar,

porque están mis amores en el mar.

 

Muchas noches al rayo de la luna

te he visto en la mitad del Océano

maldiciendo el rigor de tu fortuna

y mi sombra hacia ti llamando en vano;

y a las olas que van una por una

a estrellarse en el muro gaditano,

les digo que te lleven mi cantar

cuando se tornen con la aurora al mar.

 

Sobre esa torre que en la noche oscura

brilla como la luz de tu mirada,

muchas veces también subo agitada

a mirar tu bajel desde la altura;

y si está su bandera enarbolada,

mi voz en las borrascas te conjura

para que puedan libres navegar

los amores que tengo en este mar.

 

Pregúntale a la tórtola africana,

si al cruzar por las costas españolas,

no me encontró llorando esta mañana

al pie de las marinas banderolas;

yo le rogué que fuera por las olas

a buscar a tu nave soberana,

y a decirte, poeta, en su cantar

que tengo mis amores en el mar.

 

Tú de mi juventud primer suspiro,

la primera ilusión de mis cantares,

el fecundo laurel del Manzanares,

cuyas hojas perfuman mi retiro;

tú cuya imagen en las olas miro,

porque eres hijo de los bellos mares,

escucha, si me puedes escuchar,

el amoroso adiós que doy al mar…

 

Perdón, amigos, si al sonar mi acento

en el último adiós de despedida,

la mente absorta en su ilusión querida

arrebató mi voz por un momento:

nunca de la amistad el sentimiento

mi agradecido corazón olvida;

pero mirad cuán grande es mi penar

que dejo mis amores en el mar.

 

Vagarosa ilusión del alma mía

es ya la imagen que en las olas veo;

pero es la sola dicha que poseo,

y venturosa en mi ilusión vivía;

y al dejar esa dicha que tenía,

cuando perderla para siempre creo,

sólo deciros puedo en mi cantar

que tengo mis amores en el mar.

 

Perdón, amigos, si empecé mi canto

a una memoria de eternal consuelo,

y por amante respetad mi duelo

si al recordar su nombre sufro tanto;

y por amante respetad mi llanto

si en esta agitación y este desvelo

al deciros adiós vengo a llorar

¡porque dejo su tumba en ese mar!

 

Harto dolor aguarda a mi existencia

lejos del mar que mi tristeza calma,

y harta paciencia necesita el alma

para sufrir, amigos, esta ausencia;

pero si logro al fin con la paciencia

de mi martirio conquistar la palma,

yo volveré después de mi penar

a buscar mis amores en el mar.

 

Más tarde o más temprano mi barquilla

naufragará en la costa gaditana,

y arrojará la mar hasta la orilla

entre la espuma mi reliquia humana;

y esa poetisa, que me nombra hermana,

os dirá con su voz clara y sencilla:

«Aquí vino su sombra a descansar,

porque están sus amores en el mar».

 

Yo vi lucir los albores…

Yo vi lucir los albores

de esa purísima atmósfera,

y brotar las claras aguas

de aquella ribera hermosa,

y nacer de su arboleda

una por una las hojas.

 

Yo he visto esas altas sierras

ir subiendo entre las sombras,

y alzarse el puente y la torre

y las casas y las rocas,

y surgir el barquichuelo

entre las plácidas ondas,

y aparecer en la orilla

esa gente pescadora.

 

¡Que la gran naturaleza

años tarde en esas obras

y tu mano las acabe

solamente en doce horas!

Despacio, pintor, despacio,

que son las venturas pocas.

 

¿Por qué has hecho esa ribera

tan risueña y deliciosa

que mis ojos embelesa

y el pensamiento me roba?

¿Por qué has dado al firmamento

esa tinta ardiente y roja

que lo mismo que el reflejo

del sol deslumbra y sofoca?

 

¿No ves que fija en la orilla

de esa ribera frondosa

en contemplarla me llevo

unas tras otras las horas?

¡Ay! ¿no ves que doble pena

sentirá el alma angustiosa

cuando por siempre se aleja

de esa ribera que adora…?

 

Despacio, pintor, despacio,

que son las venturas pocas.

¿Es culpa tuya que tenga

el puente romanas formas

y la torre arquitectura

árabe, morisca y gótica?

 

¿Es culpa tuya que vaya

la mano tan perezosa,

y que tus ojos cansados

de mirar piedras y rocas

en otras miradas fijen

las suyas fascinadoras?…

Aprisa, pintor, aprisa,

aunque las dichas son pocas.

 

Adiós; hermosa ribera,

cielo puro, árboles, rocas:

la mano que os ha formado

para siempre os abandona,

y los ojos que os han visto

aparecer entre sombras

ya cuantas veces os miren

llorarán vuestras memorias,

¡que son las penas tan largas

como las venturas cortas!

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