Poemas de Sor Juana Inés de la Cruz
Poemas de Sor Juana Inés de la Cruz (1648-1695), la «Décima Musa», la figura más brillante del Barroco novohispano. Niña prodigio que aprendió a leer a los tres años, desafió las convenciones de su época al elegir la vida monástica no por vocación religiosa, sino para salvaguardar su libertad intelectual y su inmenso deseo de saber.
Su obra abarca lírica, teatro y prosa, destacando por su complejidad filosófica y maestría técnica. En su famosa Respuesta a Sor Filotea de la Cruz, defendió con valentía el derecho de las mujeres a la educación, convirtiéndose en una pionera del feminismo temprano.
Dominó formas como el soneto y el villancico, siendo Primero sueño su poema más profundo. Sor Juana sigue siendo un símbolo eterno de resistencia intelectual y brillantez literaria universal.
A Cristo Sacramentado, día de comunión
Amante dulce del alma,
bien soberano a que aspiro,
tú que sabes las ofensas
castigar a beneficios;
divino imán en que adoro:
hoy que tan propicio os miro,
que me mimáis la osadía
de poder llamaros mío:
hoy que en unión amorosa
pareció a vuestro cariño
que si no estabais en mí
era poco estar conmigo;
hoy que para examinar
el afecto con que os sirvo
al corazón en persona
habéis entrado vos mismo,
pregunto: ¿es amor o celos
tan cuidadoso escrutinio?
Que quien lo registra todo
da de sospechar indicios.
Mas ¡ay, bárbara ignorante,
y qué de errores he dicho,
como si el estorbo humano
obstara al lince divino!
Para ver los corazones
no es menester asistirlos,
que para vos son patentes
las entrañas del abismo.
Con una intuición presente
tenéis en vuestro registro
el infinito pasado
hasta el presente finito.
Luego no necesitabais
para ver el pecho mío,
si lo estáis mirando sabio,
entrar a mirarlo fino.
Luego es amor, no celos,
lo que en vos miro.
A estos peñascos rudos…
A estos peñascos rudos,
mudos testigos del dolor que siento,
que sólo siendo mudos
pudiera yo fiarles mi tormento,
si acaso de mis penas lo terrible
no infunde lengua y voz en lo insensible,
quiero contar mis males,
si es que yo sé los males de que muero;
pues son mis penas tales,
que si contarlas por alivio quiero,
le son, una con otra atropellada,
dogal a la garganta, al pecho espada.
No envidio dicha ajena,
que el mal eterno que en mi pecho lidia
hace incapaz mi pena
de que pueda tener tan alta envidia:
es tan mísero estado en el que peno,
que como dicha envidio el mal ajeno:
No pienso yo si hay glorias,
porque estoy de pensarlo tan distante,
que aun las dulces memorias
de mi pasado bien, tan ignorante
las mira de mi mal el desengaño,
que ignoro si fue bien y sé que es daño.
Estense allá en su esfera
los dichosos, que es cosa en mi sentido
tan remota, tan fuera
de mi imaginación, que sólo mido,
entre lo que padecen los mortales,
lo que distan sus males de mis males.
¡Quién tan dichoso fuera
que de un agravio indigno se quejara!
¡Quién un desdén llorara!
¡Quién un alto imposible pretendiera!
¡Quién llegara, de ausencia o de mudanza,
casi a perder de vista la esperanza!
¡Quién en ajenos brazos
viera a su dueño, y con dolor rabioso
se arrancara a pedazos
del pecho ardiente el corazón celoso!
Pues fuera menor mal que mis desvelos
el infierno insufrible de los celos.
Pues todos esos males
tienen consuelo o tienen esperanza;
y los más son iguales,
solicitan o animan la venganza,
y sólo de mi fiero mal se aleja
la esperanza, venganza, alivio y queja.
Porque ¿a quién sino al cielo,
que me robó mi dulce prenda amada,
podrá mi desconsuelo
dar sacrílega queja destemplada?
Y él con sordas, rectísimas orejas,
a cuenta de blasfemias pondrá quejas.
Ni Fabio fue grosero,
ni ingrato, ni traidor, antes amante,
con pecho verdadero:
nadie fue más leal ni más constante;
nadie más fino supo en sus acciones
finezas añadir a obligaciones.
Sólo el cielo envidioso
mi esposo me quitó: la Parca dura,
con ceño riguroso,
fue sólo autor de tanta desventura.
¡Oh cielo riguroso! ¡Oh triste suerte,
que tantas muertes das con una muerte!
¡Ay, dulce esposo amado!
¿Para qué te vi yo? ¿Por qué te quise,
y por qué tu cuidado
me hizo con las venturas infelice?
¡Oh dicha fementida y lisonjera,
quién tus amargos fines conociera!
¿Qué vida es ésta mía,
que rebelde resiste a dolor tanto?
¿Por qué, necia, porfía
y en las amargas fuentes de mi llanto,
atenuada, no acaba de extinguirse,
si no puede en mi fuego consumirse?
A Julia
La heroica esposa de Pompeyo, altiva,
al ver su vestidura en sangre roja,
con generosa cólera se enoja
de sospecharlo muerto y estar viva.
Rinde la vida en que el sosiego estriba
de esposo y padre, y con mortal congoja,
la concebida sucesión arroja,
y de la paz con ella a Roma priva.
Si el infeliz concepto que tenía
en las entrañas Julia, no abortara,
la muerte de Pompeyo excusaría.
¡Qué tirana fortuna! ¡Quién pensara,
que con el mismo amor que la temía,
con ese mismo amor se la causara!
A la esperanza
Verde embeleso de la vida humana,
loca esperanza, frenesí dorado,
sueño de los despiertos intrincado,
como de sueños, de tesoros vana;
alma del mundo, senectud lozana,
decrépito verdor imaginado,
el hoy de los dichosos esperado
y de los desdichados el mañana:
sigan tu sombra en busca de tu día
los que, con verdes vidrios por anteojos,
todo lo ven pintado a su deseo:
que yo, más cuerda en la fortuna mía,
tengo en entrambas manos ambos ojos
y solamente lo que toco veo.
A la esperanza, escrito en uno de sus retratos
Verde embeleso de la vida humana,
loca esperanza, frenesí dorado,
sueño de los despiertos intrincado,
como de sueños, de tesoros vana;
alma del mundo, senectud lozana,
decrépito verdor imaginado,
el hoy de los dichosos esperado
y de los desdichados el mañana:
sigan tu sombra en busca de tu día
los que, con verdes vidrios por anteojos,
todo lo ven pintado a su deseo:
que yo, más cuerda en la fortuna mía,
tengo en entrambas manos ambos ojos
y solamente lo que toco veo.
A la Excelentísima Señora de Paredes
El Hijo, que la Esclava ha concebido,
dice el Derecho, que le pertenece
al legítimo Dueño, que obedece
la Esclava Madre, de quien es nacido.
El que retorna, el campo agradecido;
opimo fruto, que obediente ofrece,
es del Señor, pues si fecundo crece,
se lo debe al cultivo recibido.
Así, Lisi Divina, estos borrones,
que hijos del alma son, partos del pecho,
será razón, que a ti te restituya.
Y no lo impidan sus imperfecciones,
pues vienen a ser tuyos de derecho
los conceptos de un Alma, que es tan tuya.
A la muerte de la marquesa de Mancera
Bello compuesto en Laura dividido,
alma inmortal, espíritu glorioso,
¿por qué dejaste cuerpo tan hermoso?
¿Y para qué tal alma has despedido?
Pero ya ha penetrado en mi sentido
que sufres el divorcio riguroso
porque el día final puedas gozoso
volver a ser enteramente unido.
Alza tú, alma dichosa, el presto vuelo,
y de tu hermosa cárcel desatada,
dejando vuelto su arrebol en hielo,
sube a ser de luceros coronada:
que bien es necesario todo el cielo
porque no eches de menos tu morada.
A la muerte del excelentísimo señor duque de Veragua
Ves caminante en esta triste Pira,
la potencia de Jove está postrada;
aquí Marte rindió la fuerte espada,
aquí Apolo rompió la dulce Lira.
Aquí Minerva triste se retira,
y la luz de los Astros eclipsada
todo está en la ceniza venerada,
del Excelso Color que aquí se mira.
Tanto pudo la fama encarecerlo,
y tanto las noticias sublimarlo,
que sin haber llegado a conocerlo,
llevó con tanto extremo el Reino a amarlo,
que muchos ojos no pudieron verlo,
mas ninguno pudieron no llorarlo.
A la muerte del señor rey Felipe IV
¡Oh cuán frágil se muestra el ser humano
en los últimos términos fatales,
donde sirven aromas Orientales
de culto inútil, de resguardo vano!
Solo a ti respetó el poder tirano,
¡oh gran Felipe! pues con las señales
que ha mostrado que todos son mortales,
te ha acreditado a ti de Soberano.
Conoces ser de tierra fabricado
este cuerpo, y que está con mortal guerra
el bien del alma en él aprisionado;
y así, subiendo al bien que el Cielo encierra,
que en la tierra no cabes has probado,
pues aun tu cuerpo dejas porque es tierra.
A la sentencia que contra Cristo dio Pilatos
Firma Pilatos la que juzga ajena
sentencia, y es la suya ¡O caso fuerte!
quien creerá, que firmando ajena muerte,
el mismo juez en ella se condena.
La ambición de sí, tanto le enajena,
que con el vil temor ciego no advierte,
que carga sobre sí la infausta suerte,
quien al justo sentencia a injusta pena.
Jueces del mundo, detened la mano
aun no firméis mirad si son violencias
las que os pueden mover de odio inhumano.
Examinar primero las conciencias,
mirad no haga el juez recto, y soberano,
que en la ajena firméis vuestra sentencia.
A lo mismo
Bello compuesto en Laura dividido,
alma inmortal, espíritu glorioso,
¿por qué dejaste cuerpo tan hermoso?
¿Y para qué tal alma has despedido?
Pero ya ha penetrado en mi sentido
que sufres el divorcio riguroso
porque el día final puedas gozoso
volver a ser enteramente unido.
Alza tú, alma dichosa, el presto vuelo,
y de tu hermosa cárcel desatada,
dejando vuelto su arrebol en hielo,
sube a ser de luceros coronada:
que bien es necesario todo el cielo
porque no eches de menos tu morada.
A Porcia
¿Qué pasión, Porcia, qué dolor tan ciego
te obliga a ser de ti fiera homicida?
¿O en qué te ofende tu inocente vida
que así le das batalla a sangre y fuego?
Si la fortuna airada al justo ruego
de tu esposo se muestra endurecida,
bástale el mal de ver su acción perdida;
no acabes, con tu vida, su sosiego.
Deja las brasas, Porcia, que mortales
impaciente tu amor elegir quiere;
no al fuego de tu amor el fuego iguales;
porque si bien de tu pasión se infiere,
mal morirá a las brasas materiales
quien a las llamas del amor no muere.
A señor san José, escrito según el asunto de un certamen que pedía las metáforas que contiene
Nace de la escarcha fresca rosa
dulce abeja, y apenas aparece,
cuando a su regio natalicio ofrece
tutela verde, palma victoriosa.
Así Rosa, María, más hermosa,
concibe a Dios, y el vientre apenas crece,
cuando es, de la sospecha que padece,
el Espíritu Santo Palma umbrosa.
Pero cuando el tirano, por prenderlo,
tanta inocente turba herir pretende,
solo Vos, ¡oh José!, vais a esconderlo:
para que en Vos admire, quien lo entiende,
que Vos bastáis del mundo a defenderlo,
y que de Vos, Dios solo le defiende.
A su retrato
Este que ves, engaño colorido,
que, del arte ostentando los primores,
con falsos silogismos de colores
es cauteloso engaño del sentido;
éste, en quien la lisonja ha pretendido
excusar de los años los horrores,
y venciendo del tiempo los rigores
triunfar de la vejez y del olvido,
es un vano artificio del cuidado,
es una flor al viento delicada,
es un resguardo inútil para el hado:
es una necia diligencia errada,
es un afán caduco y, bien mirado,
es cadáver, es polvo, es sombra, es nada.
A una pintura de Nuestra Señora, de muy excelente pincel
Si un pincel, aunque grande, al fin humano,
pudo hacer tan bellísima Pintura,
que aun vista perspicaz en vano apura
tus luces, o admirada, si no en vano.
El Autor de tu Alma soberano,
proporcionado campo a más hechura,
¿qué gracia pintaría, qué hermosura,
el Lienzo más capaz, mejor la Mano?
¿Si estará ya en la Esfera luminoso
el pincel, de Lucero graduado,
porque te amaneció Divina Aurora?
¡Y cómo que lo está! Pero, quejoso,
dice que ni aun la costa le ha pagado:
que gastó en ti más luz que tiene ahora.
A una rosa
Rosa divina que en gentil cultura
eres con tu fragante sutileza
magisterio purpúreo en la belleza,
enseñanza nevada a la hermosura;
amago de la humana arquitectura,
ejemplo de la vana gentileza
en cuyo ser unió naturaleza
la cuna alegre y triste sepultura:
¡cuán altiva en tu pompa, presumida,
soberbia, el riesgo de morir desdeñas;
y luego, desmayada y encogida,
de tu caduco ser das mustias señas!
¡Con qué, con docta muerte y necia vida,
viviendo engañas y muriendo enseñas!
Acusa la hidropesía de mucha ciencia, que teme inútil, aun para saber, y nociva para vivir
Finjamos que soy feliz,
triste pensamiento, un rato;
quizá podréis persuadirme,
aunque yo sé lo contrario.
Que pues sólo en la aprehensión
dicen que estriban los daños,
si os imagináis dichoso
no seréis tan desdichado.
Sírvame el entendimiento
alguna vez de descanso
y no siempre esté el ingenio
con el provecho encontrado.
Todo el mundo es opiniones,
de pareceres tan varios,
que lo que el uno, que es negro,
el otro prueba que es blanco.
A uno sirve de atractivo
lo que otro concibe enfado,
y lo que éste por alivio
aquél tiene por trabajo.
El que está triste censura
al alegre de liviano
y el que está alegre se burla
de ver al triste penando.
Los dos filósofos griegos
bien esta verdad probaron;
pues lo que en el uno risa,
causaba en el otro llanto.
Célebre su oposición
ha sido por siglos tantos,
sin que cuál acertó esté
hasta ahora averiguado.
Antes, en sus dos banderas
el mundo todo alistado,
conforme el humor le dicta
sigue cada cual el bando.
Uno dice que de risa
sólo es digno el mundo vario,
y otro que sus infortunios
son sólo para llorados.
Para todo se halla prueba
y razón en que fundarlo;
y no hay razón para nada,
de haber razón para tanto.
Todos son iguales jueces,
y siendo iguales y varios,
no hay quien pueda decidir
cuál es lo más acertado.
Pues si no hay quien lo sentencie
¿por qué pensáis vos, errado,
que os sometió Dios a vos
la decisión de los casos?
¿O por qué, contra vos mismo
severamente inhumano,
entre lo amargo y lo dulce
queréis elegir lo amargo?
Si es mío mi entendimiento
¿por qué siempre he de encontrarlo
tan torpe para el alivio,
tan agudo para el daño?
El discurso es un acero
que sirve por ambos cabos:
de dar muerte, por la punta;
por el pomo, de resguardo.
Si vos, sabiendo el peligro,
queréis por la punta usarlo,
¿qué culpa tiene el acero
del mal uso de la mano?
No es saber, saber hacer
discursos sutiles vanos;
que el saber consiste sólo
en elegir lo más sano.
Especular las desdichas
y examinar los presagios
sólo sirve de que el mal
crezca con anticiparlo.
En los trabajos futuros
la atención sutilizando
más formidable que el riesgo
suele fingir el amago.
¡Qué feliz es la ignorancia
del que indoctamente sabio
halla, de lo que padece,
en lo que ignora, sagrado!
No siempre suben seguros
vuelos del ingenio osados,
que buscan trono en el fuego
y hallan sepulcro en el llanto.
También es vicio el saber,
que si no se va atajando,
cuanto menos se conoce
es más nocivo el estrago.
Y si el vuelo no le abaten,
es sutilezas cebado,
por cuidar de lo curioso
olvida lo necesario.
Si culta mano no impide
crecer al árbol copado,
quitan la sustancia al fruto
la locura de los ramos.
Si andar a nave ligera
no estorba lastre pesado,
sirve el vuelo de que sea
el precipicio más alto.
En amenidad inútil
¿qué importa al florido campo,
si no halla fruto el otoño
que ostente flores el mayo?
¿De qué le sirve al ingenio
el producir muchos partos
si a la multitud se sigue
el malogro de abortarlos?
Ya esta desdicha por fuerza
ha de seguirse el fracaso
de quedar el que produce,
si no muerto, lastimado.
El ingenio es como el fuego,
que, con la materia ingrato,
tanto la consume más
cuando él se ostenta más claro.
Es de su propio señor
tan rebelado vasallo,
que convierte en sus ofensas
las armas de su resguardo.
Este pésimo ejercicio,
este duro afán pesado,
a los hijos de los hombres
dio Dios para ejercitarlos.
¿Qué loca ambición nos lleva,
de nosotros olvidados?
Si es que vivir tan poco,
¿de qué sirve saber tanto?
¡Oh, si como hay de saber
hubiera algún seminario
o escuela donde a ignorar
se enseñaran los trabajos!
¡Qué felizmente viviera
el que flojamente cauto
burlara las amenazas
del influjo de los astros!
Aprendamos a ignorar,
pensamiento, pues hallamos
que cuanto añado al discurso
tanto le usurpo a los años.
Al mismo intento
Mientras la gracia me excita
por elevarme a la esfera,
mas me abate a lo profundo
el peso de mis miserias.
La virtud y la costumbre
en el corazón pelean
y el corazón agoniza
en tanto que lidian ellas.
Y aunque es la virtud tan fuerte
temo que tal vez la venzan,
que es muy grande la costumbre
y está la virtud muy tierna.
Oscurécese el discurso
entre confusas tinieblas;
pues ¿quién podrá darme luz,
si está la razón a ciegas?
De mí misma soy verdugo
y soy cárcel de mí mesma:
¿quién vio que pena y penante
una propia cosa sean?
Hago disgusto a lo mismo
que más agradar quisiera,
y el disgusto que doy
en mí resulta la pena.
Amo a Dios y siento en Dios,
y hace mi voluntad mesma
de lo que es alivio, cruz,
del mismo puerto, tormenta.
Padezca, pues Dios lo manda;
mas de tal manera sea,
que si son penas las culpas
que no sean culpas las penas.
Al mismo
Detén el paso, caminante, advierte,
que aun esta losa guarda enternecida,
con triunfos de su diestra no vencida,
al Capitán más valeroso, y fuerte.
Al duque de Veragua ¡o triste suerte!
que nos dio en su noticia esclarecida,
en relación, los bienes de su vida,
y en posesión, los males de su muerte.
No es muerto el duque, aunque su cuerpo abrace,
la losa, que piadosa le recibe,
pues porque a su vivir el culto enlace.
Aunque el mármol su muerte sobrevive,
en las piedras verás el «aquí yace»,
más en los corazones, «aquí vive».
Al padre Francisco de Castro
La compuesta de flores maravilla,
divina protectora americana,
que a ser se pasa rosa mexicana
apareciendo rosa de Castilla;
la que, en vez del dragón (de quien humilla
cerviz rebelde en Pathmos) huella ufana
hasta aquí inteligencia soberana
de su pura grandeza, pura silla;
ya el cielo, que la copia misterioso,
segunda vez sus señas celestiales
en guarismo de flores claro suma;
pues no menos le dan traslado hermoso
las flores de tus versos sin iguales,
la maravilla de tu culta pluma.
Al presbítero Br. D. Diego de Ribera, cantor de la dedicación de la catedral
Suspende, cantor Cisne, el dulce acento:
mira, por ti, al Señor que Delfos mira,
en zampoña trocar la dulce lira
y hacer a Admito pastoril contento.
Cuanto cabe suave, si violento,
piedras movió, rindió la infernal ira,
corrido de escucharte, se retira;
y al mismo Templo agravia tu instrumento.
Que aunque no llega a sus columnas cuanto
edificó la antigua Arquitectura,
cuando tu clara voz sus piedras toca,
nada se vio mayor sino tu canto;
y así como lo excede tu dulzura,
mientras más lo engrandece, más lo apoca.
Al presbítero Br. D. Diego de Ribera, cantor de las obras del arzobispo virrey don fray Payo Enríquez de Ribera
¿Qué importa al Pastor Sacro, que a la llama
de su obrar negar quiera la victoria,
si cuando más apaga tanta gloria,
la misma luz a los recuerdos llama?
¿Si en cada mármol mudamente clama
de sus blasones indeleble historia,
porque sirva la letra a su memoria
lo que de piedra al tiempo de su Fama?
A la sagrada cifra, que venera
el discurso en las piedras, comedido,
y en duración eterna persevera,
exenta y libre del oscuro olvido,
alabarte podrás, culta Ribera,
que sólo le construyes el sentido.
Al presbítero Lic. D. Carlos de Sigüenza y Góngora, frente a su panegírico de los marqueses de la Laguna
Dulce, canoro Cisne Mexicano
cuya voz si el Estigio layo oyera,
segunda vez a Eurídice te diera,
y segunda el Delfín te fuera humano;
a quien si el Teucro muro, si el Tebano,
el ser en dulces, cláusulas debiera,
ni a aquel el griego incendio consumiera,
ni a este postrara alejandrina mano:
no el sacro numen con mi voz ofendo,
ni al que pulsa divino plectro de oro
agreste avena concordar pretendo;
pues por no profanar tanto decoro,
mi entendimiento admira lo que entiendo
y mi fe reverencia lo que ignoro.
Al que ingrato me deja, busco amante…
Al que ingrato me deja, busco amante;
al que amante me sigue, dejo ingrata;
constante adoro a quien mi amor maltrata;
maltrato a quien mi amor busca constante.
Al que trato de amor hallo diamante;
y soy diamante al que de amor me trata;
triunfante quiero ver al que me mata
y mato a quien me quiere ver triunfante.
Si a este pago, padece mi deseo:
si ruego aquel, mi pundonor enojo:
de entrambos modos infeliz me veo.
Pero yo por mejor partido escojo
de quien no quiero, ser violento empleo,
que de quien no me quiere, vil despojo.
Al retardarse san Juan de Sahagún en consumir la hostia sagrada por aparecérsele en ella Cristo visiblemente
¿Quién, que regale visto y o comido,
el León, ya panal, imaginara?
¿Quién, que dulzura tanta se estorbara
lo muy sabroso, por lo muy florido?
¡Oh Juan, come y no mires, que a un sentido
le das celos con otro! ¿Y quién pensara
que el Fruto de la Vida le quitara
lo hermoso, la razón de apetecido?
Manjar de niños es el Sacramento,
y Dios, a ojos cerrados, nos provoca
a merecer, comiendo, su alimento.
Sólo a San Juan, que con la vista toca
a Cristo en él, fue más merecimiento
abrir los ojos y cerrar la boca.
Alaba con especial acierto el de un músico primoroso
Dulce deidad del viento armoniosa,
suspensión del sentido deseada,
donde gustosamente aprisionada
se mira la atención más bulliciosa;
perdona a mi zampoña licenciosa
si al escuchar tu lira delicada
canta con ruda voz desentonada
prodigios de la tuya milagrosa.
Pause su lira el Tracio, que aunque calma
puso a las negras sombras del olvido,
cederte debe más gloriosa palma,
pues más que a ciencia el arte has reducido
haciendo suspensión de toda un alma
el que sólo era objeto de un sentido.
Alaba en el padre Baltasar de Mansilla de la Compañía de Jesús, gran predicador y confesor de la señora virreina, tanta sabiduría como modestia
Docto Mansilla, no para aplaudirte
ponderaciones buscaré del arte
retórica, que fuera limitarte
querer entre sus cláusulas ceñirte.
Sólo en mi intento, cuando llego a oírte,
alabarte con sólo no alabarte;
pues quien mejor llegare a ponderarte
será el que no intentare definirte.
Aún en tu mismo juicio tú no cabes;
ni de tu ingenio las riquezas raras
pudiera, del discurso con los graves
reflejos, conocer si lo intentaras:
porque si tú supieras lo que sabes,
mucho de lo que sabes ignoraras.
Altísimo señor monarca hispano
Altísimo señor monarca hispano,
que a Dios, entre accidentes escondido,
cuando queréis mostraros más rendido,
es cuando os ostentáis más soberano.
Que esa sección Señor, que al luterano
asombró en Carlos Quinto esclarecido,
y esa, por quien el gran Rodolfo vido
del mando al cetro en su piadosa mano.
Aunque aplaudida en el hispano suelo
ha sido, con católica alegría,
no causa admiración a mi desvelo.
Quede admirado aquel, que desconfía,
y de vuestra Piedad, Virtud, y Celo,
esa, y más religión, no suponía.
Amado dueño mío…
Amado dueño mío:
escucha un rato mis cansadas quejas,
pues del viento las fío
que breve las conduzca a tus orejas,
si no se desvanece el triste acento
como mi esperanza en el viento.
Óyeme con los ojos,
ya que están tan distantes los oídos
y de ausentes enojos
en ecos de mi pluma mis gemidos;
y ya que a ti no llega mi voz ruda,
óyeme sordo, pues me quejo muda.
Si del campo te agradas,
goza de sus frescuras venturosas,
sin que aquestas cansadas
lágrimas te detengan enfadosas;
que en él verás, si atento te entretienes,
ejemplo de mis males y mis bienes,
Si el arroyo parlero
ves galán de las flores en el prado,
que amante y lisonjero
a cuantas mira íntima su cuidado,
en su corriente mi dolor te avisa
que a costa de mi llanto tienes risa.
Si ves que triste llora
su esperanza marchita en ramo verde
tórtola gemidora,
en él y en ella mi dolor te acuerde
que imitan con verdor y con lamento
él a mi esperanza y ella mi tormento.
Si la flor delicada,
si la peña, que altiva no consiente
del tiempo ser hollada,
ambas me imitaban, aunque variamente,
ya con fragilidad, ya con dulzura,
mi dicha aquélla, y ésta mi firmeza.
Si ves el ciervo herido
que baja por el monte acelerado,
buscando, dolorido,
alivio al mal en un arroyo helado,
y sediento al cristal se precipita,
no en el alivio, en el dolor me imita.
Si la liebre encogida
huye medrosa de los galgos fieros,
y por salvar la vida
no deja estampa de los pies ligeros,
tal mi esperanza en dudas y recelos
se ve acusada de villanos celos.
Si ves el cielo claro,
tal es la sencillez del alma mía;
y si, de luz avaro,
de tinieblas emboza el claro día,
es con su oscuridad y su clemencia
imagen de mi vida en esta ausencia.
Así que, Fabio amado,
saber puedes mis males sin costarte
la noticia cuidado,
pues puedes de los campos informarte,
y pues yo a todo mi dolor ajusto,
saber mi pena sin dejar tu gusto.
Mas ¿cuándo (¡ay, gloria mía!)
mereceré gozar tu luz serena?
¿Cuándo llegará el día
que pongas dulce fin a tanta pena?
¿Cuándo veré tus ojos, dulce encanto,
y de los míos quitarás el llanto?
¿Cuándo tu voz sonora
herirá mis oídos, delicada,
y el alma que te adora,
de inundación de gozos anegada,
a recibirte con amante prisa
saldrá a los ojos desatada en risa?
¿Cuándo tu luz hermosa
revestirá de glorias mis sentidos?
¿Y cuándo yo dichosa
mis suspiros daré por bien perdidos,
teniendo en poco el precio de mi llanto?
¡Que tanto ha de penar quien goza tanto!
¿Cuándo de tu apacible
rostro alegre veré el semblante afable
y aquel bien indecible,
a toda humana pluma inexplicable?
Que mal se ceñirá a lo definido
lo que no cabe en todo lo sentido.
Ven, pues, mi prenda amada,
que ya fallece mi cansada vida
de esta ausencia pesada;
ven, pues, que mientras tarda tu venida,
aunque me cueste su verdor enojos,
regaré mi esperanza con mis ojos.
Amante dulce del alma…
Amante dulce del alma,
bien soberano a que aspiro,
tú que sabes las ofensas
castigar a beneficios;
divino imán en que adoro:
hoy que tan propicio os miro,
que me mimáis la osadía
de poder llamaros mío:
hoy que en unión amorosa
pareció a vuestro cariño
que si no estabais en mí
era poco estar conmigo;
hoy que para examinar
el afecto con que os sirvo
al corazón en persona
habéis entrado vos mismo,
pregunto: ¿es amor o celos
tan cuidadoso escrutinio?
Que quien lo registra todo
da de sospechar indicios.
Mas ¡ay, bárbara ignorante,
y qué de errores he dicho,
como si el estorbo humano
obstara al lince divino!
Para ver los corazones
no es menester asistirlos,
que para vos son patentes
las entrañas del abismo.
Con una intuición presente
tenéis en vuestro registro
el infinito pasado
hasta el presente finito.
Luego no necesitabais
para ver el pecho mío,
si lo estáis mirando sabio,
entrar a mirarlo fino.
Luego es amor, no celos,
lo que en vos miro.
Amor empieza por desasosiego…
Amor empieza por desasosiego,
solicitud, ardores y desvelos;
crece con riesgos, lances y recelos;
susténtase de llantos y de ruego.
Doctrínanle tibiezas y despego,
conserva el ser entre engañosos velos,
hasta que con agravios o con celos
apaga con sus lágrimas su fuego.
Su principio, su medio y fin es éste:
¿pues por qué, Alcino, sientes el desvío
de Celia, que otro tiempo bien te quiso?
¿Qué razón hay de que dolor te cueste?
Pues no te engaño amor, Alcino mío,
sino que llegó el término preciso.
Aplaude la ciencia astronómica del padre Francisco Kino
Aunque es clara del Cielo la luz pura
clara la Luna, y claras las Estrellas,
y clara las efímeras centellas,
que el aire eleva, y el incendio apura.
Aunque es el rayo claro, cuya dura
producción, cuesta al viento mi querellas,
y el relámpago, que hizo de su huellas
medrosa luz en la tiniebla oscura.
Todo el conocimiento torpe humano,
se estuvo oscuro, sin que los mortales,
plumas pudiesen ser, con vuelo ufano.
Ícaros de discursos racionales,
hasta que al tuyo, Eusebio soberano,
les dio a las luces, luces celestiales.
Arguye de inconsecuencia el gusto y la censura de los hombres, que en las mujeres acusan lo que acusan
Hombres necios que acusáis
a la mujer sin razón,
sin ver que sois la ocasión
de lo mismo que culpáis.
Si con ansia sin igual
solicitáis su desdén,
¿por qué queréis que obren bien
si las incitáis al mal?
Combatís su resistencia
y luego con gravedad
decís que fue liviandad
lo que hizo la diligencia.
Parecer quiere el denuedo
de vuestro parecer loco
al niño que pone el coco
y luego le tiene miedo.
Queréis con presunción necia
hallar a la que buscáis,
para pretendida, Tais,
y en la posesión, Lucrecia.
¿Qué humor puede ser más raro
que el que, falto de consejo,
él mismo empaña el espejo
y siente que no esté claro?
Con el favor y el desdén
tenéis condición igual,
quejándoos, si os tratan mal,
burlándoos, si os quieren bien.
Opinión ninguna gana,
pues la que más se recata,
si no os admite, es ingrata,
y si os admite, es liviana.
Siempre tan necios andáis
que con desigual nivel
a una culpáis por cruel
y a otra por fácil culpáis.
¿Pues cómo ha de estar templada
la que vuestro amor pretende,
si la que es ingrata ofende
y la que es fácil enfada?
Mas entre el enfado y pena
que vuestro gusto refiere,
bien haya la que no os quiere
y queja enhorabuena.
Dan vuestras amantes penas
a sus libertades alas
y después de hacerlas malas
las queréis hallar muy buenas.
¿Cuál mayor culpa ha tenido
en una pasión errada:
la que cae de rogada
o el que ruega de caído?
¿O cuál es más de culpar,
aunque cualquiera mal haga:
la que peca por la paga
o el que paga por pecar?
¿Pues para qué os espantáis
de la culpa que tenéis?
Queredlas cual las hacéis
o hacedlas cual las buscáis.
Dejad de solicitar
y después con más razón
acusaréis la afición
de la que os fuere a rogar.
Bien con muchas armas fundo
que lidia vuestra arrogancia,
pues en promesa e instancia
juntáis diablo, carne y mundo.
Atribuido a Juana
Cítara de carmín que amaneciste
trinando endechas a tu amada esposa
y, paciéndole el ámbar a la rosa,
el pico de oro, de coral teñiste;
dulce jilguero, pajarito triste,
que apenas el aurora viste hermosa
cuando el tono primero de una glosa
la muerte hallaste y el compás perdiste:
no hay en la vida, no, segura suerte;
tu misma voz al cazador convida
para que el golpe cuando tire acierte.
¡Oh fortuna buscada aunque temida!
¿Quién pensara que cómplice en tu muerte
fuera, por no callar, tu propia vida?
Aunque en vano, quiere reducir a método racional el pesar de un celoso
¿Qué es esto, Alcino, cómo tu cordura
se deja así vencer de un mal celoso,
haciendo con extremos de furioso
demostraciones más que de locura?
¿En qué te ofendió Celia? si se apura;
o porque al amor culpas de engañoso,
si no aseguró nunca poderoso
la eterna posesión de su hermosura?
La posesión de cosas temporales
temporales, Alcino, y es abuso
el querer conservarlas siempre iguales.
Con que tu error, o tu ignorancia acuso,
pues Fortunas, y Amor de cosas tales
la propiedad no han dado, sino el uso.
Aunque eres (Teresilla) tan muchacha
Aunque eres (Teresilla) tan Muchacha,
le das que hacer al pobre de Camacho,
porque dará tu disimulo un Chacho,
a aquel que se pintase más sin Tacha.
De los empleos que tu Amor Despacha,
anda el triste cargado como un Macho
y tienen tan crecido ya el Penacho,
que ya no puede entrar, sino se Agacha.
Estás ha hacerle burlas ya tan Ducha,
y a salir de ellas bien estás tan Hecha,
que, de lo que tu vientre Desembucha,
sabes darle a entender, cuando Sospecha,
que has hecho, por hacer su hacienda Mucha,
de ajena siembra suya la Cosecha.
Aunque es clara del Cielo la luz pura…
Aunque es clara del Cielo la luz pura
clara la Luna, y claras las Estrellas,
y clara las efímeras centellas,
que el aire eleva, y el incendio apura.
Aunque es el rayo claro, cuya dura
producción, cuesta al viento mi querellas,
y el relámpago, que hizo de su huellas
medrosa luz en la tiniebla oscura.
Todo el conocimiento torpe humano,
se estuvo oscuro, sin que los mortales,
plumas pudiesen ser, con vuelo ufano.
Ícaros de discursos racionales,
hasta que al tuyo, Eusebio soberano,
les dio a las luces, luces celestiales.
Aunque presume (Nife) que soy Tosco
Aunque presume (Nife) que soy Tosco,
y que, (cual Palomilla) me Chamusco,
yo te aseguro, que tu luz no Busco,
porque ya tus engaños Reconozco.
Y así aunque en tus enredos más me Embosco,
muy poco viene a ser lo que me Ofusco,
porque, si en el color soy algo Fusco,
soy en la condición mucho más Hosco.
Lo que es de tus Picones, no me Rasco,
antes estoy con ellos ya tan Fresco,
que te puedo servir de helar un Frasco,
Que a darte nieve sólo me Enternezco,
y así (Nife) no piensa darme Chasco,
porque yo sé muy bien lo que me Pesco.
Bello compuesto en Laura dividido…
Bello compuesto en Laura dividido,
alma inmortal, espíritu glorioso,
¿por qué dejaste cuerpo tan hermoso?
¿Y para qué tal alma has despedido?
Pero ya ha penetrado en mi sentido
que sufres el divorcio riguroso
porque el día final puedas gozoso
volver a ser enteramente unido.
Alza tú, alma dichosa, el presto vuelo,
y de tu hermosa cárcel desatada,
dejando vuelto su arrebol en hielo,
sube a ser de luceros coronada:
que bien es necesario todo el cielo
porque no eches de menos tu morada.
Bien puedo formar querella
Bien puedo formar querella,
cuando me dejas en calma,
de que me robas el alma
y no te animas con ella;
y cuando altivo atropella
tu rigor mi rendimiento,
apurando el sufrimiento
tanto tu piedad se aleja,
que se me pierde la queja
y se me logra el tormento.
Cítara de carmín que amaneciste…
Cítara de carmín que amaneciste
trinando endechas a tu amada esposa
y, paciéndole el ámbar a la rosa,
el pico de oro, de coral teñiste;
dulce jilguero, pajarito triste,
que apenas el aurora viste hermosa
cuando el tono primero de una glosa
la muerte hallaste y el compás perdiste:
no hay en la vida, no, segura suerte;
tu misma voz al cazador convida
para que el golpe cuando tire acierte.
¡Oh fortuna buscada aunque temida!
¿Quién pensara que cómplice en tu muerte
fuera, por no callar, tu propia vida?
Como en la regia playa cristalina
Como en la regia playa cristalina
el gran señor del húmedo tridente
acompaña ideal, sirve obediente
a cerúlea deidad, pompa marina,
no de otra suerte, al Cerda heroico inclina
de almejas coronada la alta frente,
la laguna imperial del occidente,
y al dulce yugo la cerviz destina.
Tres partes del tridente significa
dulce, amarga y salada en sus cristales,
y tantas al bastón dan conveniencia:
porque lo dulce o lo civil se aplica,
lo amargo a ejecuciones criminales,
y lo salado a militar prudencia.
Con el dolor de la mortal herida…
Con el dolor de la mortal herida,
de un agravio de amor me lamentaba,
y por ver si la muerte se llegaba
procuraba que fuese más crecida.
Toda en su mal el alma divertida,
pena por pena su dolor sumaba,
y en cada circunstancia ponderaba
que sobraban mil muertes a una vida.
Y cuando, al golpe de uno y otro tiro
rendido el corazón, daba penoso
señas de dar el último suspiro.
no sé por qué destino prodigioso
volví a mi acuerdo y dije: ¿qué me admiro?
¿Quién en amor ha sido más dichoso?
Con una reelección cuerda mitiga el dolor de una pasión
Con el dolor de la mortal herida,
de un agravio de amor me lamentaba,
y por ver si la muerte se llegaba
procuraba que fuese más crecida.
Toda en su mal el alma divertida,
pena por pena su dolor sumaba,
y en cada circunstancia ponderaba
que sobraban mil muertes a una vida.
Y cuando, al golpe de uno y otro tiro
rendido el corazón, daba penoso
señas de dar el último suspiro.
no sé por qué destino prodigioso
volví a mi acuerdo y dije: ¿qué me admiro?
¿Quién en amor ha sido más dichoso?
Condena por crueldad disimulada, el alivio, que la esperanza da
Diuturna enfermedad de la esperanza,
que así entretienes mis cansado años,
y el fiel de los bienes, y los daños,
tienes en equilibrio la balanza.
Que siempre suspendida, en la tardanza
de inclinarse, no dejan tus engaños
que lleguen a excederse en los tamaños
la desesperación, o confianza.
¿Quién te ha quitado el nombre de homicida?
Pues lo eres más severa, si se advierte,
que suspendes el alma entretenida;
y entre la infausta, o felice suerte,
no lo haces tú, por conservar la vida,
sino por dar más dilatada muerte.
Consuelos seguros en el desengaño
Ya, desengaño mío,
llegasteis al extremo
que pudo en vuestro ser
verificar el serlo.
Todo lo habéis perdido:
mas no todo, pues creo
que aun a costa es de todo
barato el escarmiento.
No envidiaréis de amor
los gustos lisonjeros
que está un escarmentado
muy remoto del riesgo.
El no esperar alguno
me sirve de consuelo,
que también es alivio
el no buscar remedio.
En la pérdida misma
los alivios encuentro,
pues si perdí el tesoro,
también se perdió el miedo
No tener qué perder
me sirve de sosiego,
que no teme ladrones
desnudo el pasajero.
Ni aun la libertad misma
tenerla por bien quiero,
que luego será daño
si por tal la poseo.
No quiero más cuidados
de bienes tan inciertos,
sino tener el alma
como que no la tengo.
Contiene una fantasía contenta con amar decente
Detente, sombra de mi bien esquivo
imagen del hechizo que más quiero,
bella ilusión por quien alegre muero,
dulce ficción por quien penosa vivo.
Si al imán de tus gracias atractivo
sirve mi pecho de obediente acero,
¿para qué me enamoras lisonjero,
si has de burlarme luego fugitivo?
Mas blasonar no puedes satisfecho
de que triunfa de mí tu tiranía;
que aunque dejas burlado el lazo estrecho
que tu forma fantástica ceñía,
poco importa burlar brazos y pecho
si te labra prisión mi fantasía.
Continúa el asunto y aun le expresa con más viva elegancia
Feliciano me adora y le aborrezco;
Lisardo me aborrece y yo le adoro;
por quien no me apetece ingrato, lloro,
y al que me llora tierno, no apetezco:
a quien más me desdora, el alma ofrezco;
a quien me ofrece víctimas, desdoro;
desprecio al que enriquece mi decoro
y al que le hace desprecios enriquezco;
si con mi ofensa al uno reconvengo,
me reconviene el otro a mí ofendido
y al padecer de todos modos vengo;
pues ambos atormentan mi sentido:
aquéste con pedir lo que no tengo
y aquél con no tener lo que le pido.
Contrapone el amor al fuego material y quiere achacar remisiones a este, con ocasión de contar el suceso de Porcia
¿Qué pasión, Porcia, qué dolor tan ciego
te obliga a ser de ti fiera homicida?
¿O en qué te ofende tu inocente vida
que así le das batalla a sangre y fuego?
Si la fortuna airada al justo ruego
de tu esposo se muestra endurecida,
bástale el mal de ver su acción perdida;
no acabes, con tu vida, su sosiego.
Deja las brasas, Porcia, que mortales
impaciente tu amor elegir quiere;
no al fuego de tu amor el fuego iguales;
porque si bien de tu pasión se infiere,
mal morirá a las brasas materiales
quien a las llamas del amor no muere.
Convaleciente de una enfermedad grave, discretea con la señora virreina, marquesa de Mancera, atribuyendo a su mucho amor aun su mejoría en morir
En la vida que siempre tuya fue,
Laura divina, y siempre lo será,
la Parca fiera, que en seguirme da,
quiso asentar por triunfo el mortal pie.
Yo de su atrevimiento me admiré,
que si debajo de su imperio está,
tener poder no puede en ella ya,
pues del suyo contigo me libré.
Para cortar el hilo que no hiló,
la tijera mortal abierta vi.
-¡Ay, parca fiera! -dije entonces yo-.
Mira que sola Laura manda aquí.
Ella corrida al punto se apartó.
Y dejome vivir sólo por ti.
Copia divina en quien veo…
Copia divina en quien veo
desvanecido al pincel,
de ver que ha llegado él
donde no pudo el deseo;
alto, soberano empleo
de más que humano talento,
exenta de atrevimiento,
pues tu beldad increíble,
como excede a lo posible,
no la alcanza el pensamiento.
¿Qué pincel tan soberano
fue a copiarte suficiente?
¿Qué numen movió la mente?
¿Qué virtud rigió la mano?
No se alabe el arte vano
que te formó peregrino,
pues en tu beldad convino,
para formar un portento,
fuese humano el instrumento
pero el impulso divino.
Tan espíritu te admiro,
que cuando deidad te creó
halló el alma que no veo
y dudó el cuerpo que miro:
todo el discurso retiro,
admirada en tu beldad;
que muestra con realidad,
dejando el sentido en calma,
que puede copiarse el alma,
que es visible la deidad.
Mirando perfección tal,
cual la que en ti llegó a ver,
apenas puedo creer
que puedes tener igual:
y a no haber original
de cuya perfección rara
la que hay en ti se copiara
perdida por tu afición
segundo Pigmalión
la animación te impetrara.
Toco, por ver si escondido
lo viviente en ti parece.
¿Posible es que de él carece
quien roba todo el sentido?
¿Posible es que no ha sentido
esta mano que le toca?
¿Y a que atiendas te provoca
a mis rendidos despojos?
¿Que no hay luz en esos ojos?
¿Que no hay voz en esa boca?
Bien puedo formar querella,
cuando me dejas en calma,
de que me robas el alma
y no te animas con ella;
y cuando altivo atropella
tu rigor mi rendimiento,
apurando el sufrimiento
tanto tu piedad se aleja,
que se me pierde la queja
y se me logra el tormento.
Tal vez pienso que piadoso
respondes a mi afición,
y otras teme el corazón
que te esquivas desdeñoso:
ya alienta el pecho dichoso,
ya infeliz el rigor muere;
pero, como quiera, adquiere
la dicha de poseer,
porque al fin en mi poder
serás lo que yo quisiere.
Y aunque ostentes el rigor
de tu original fiel,
a mí me ha dado el pincel
lo que no puede el amor:
dichosa vivo al favor
que me ofrece un bronce frío,
pues aunque muestres desvío,
podrás, cuando más terrible,
decir que eres imposible,
pero no que no eres mío.
Correspondencias entre amar o aborrecer
Feliciano me adora y le aborrezco;
Lisardo me aborrece y yo le adoro;
por quien no me apetece ingrato, lloro,
y al que me llora tierno no apetezco.
A quien más me desdora, el alma ofrezco;
a quien me ofrece víctimas, desdoro;
desprecio al que enriquece mi decoro,
y al que le hace desprecios, enriquezco.
Si con mi ofensa al uno reconvengo,
me reconviene el otro a mí ofendido;
y a padecer de todos modos vengo,
pues ambos atormentan mi sentido:
aqueste con pedir lo que no tengo,
y aquél con no tener lo que le pido.
Cuando mi error y tu vileza veo…
Cuando mi error y tu vileza veo,
contemplo, Silvio, de mi amor errado,
cuán grave es la malicia del pecado,
cuán violenta la fuerza de un deseo.
A mi misma memoria apenas creo
que pudiese caber en mi cuidado
la última línea de lo despreciado,
el término final de un mal empleo.
Yo bien quisiera, cuando llego a verte,
viendo mi infame amor poder negarlo;
mas luego la razón justa me advierte
que sólo me remedia en publicarlo;
porque del gran delito de quererte
sólo es bastante pena confesarlo.
De amor, puesto antes en sujeto indigno, es enmienda blasonar del arrepentimiento
Cuando mi error y tu vileza veo,
contemplo, Silvio, de mi amor errado,
cuán grave es la malicia del pecado,
cuán violenta la fuerza de un deseo.
A mi misma memoria apenas creo
que pudiese caber en mi cuidado
la última línea de lo despreciado,
el término final de un mal empleo.
Yo bien quisiera, cuando llego a verte,
viendo mi infame amor poder negarlo;
mas luego la razón justa me advierte
que sólo me remedia en publicarlo;
porque del gran delito de quererte
sólo es bastante pena confesarlo.
De “El divino Narciso” Cuadro IV – Narciso
Mas ya el dolor me vence. Ya, ya llego,
al término fatal por mi querida:
que es poca la materia de una vida
para la forma de tan grande fuego.
Ya licencia a la muerte doy: ya entrego
el alma, a que del cuerpo la divida,
aunque en ella y en él quedará asida
mi deidad, que las vuelva a reunir luego.
Sed tengo: que el amor me ha abrasado
aun con todo el dolor que padeciendo
estoy, mi corazón aún no saciado.
¡Padre! ¿Por qué en un trance tan tremendo
me desamparas? Ya está consumado.
¡En tus manos mi espíritu encomiendo!
De la beldad de Laura enamorados…
De la beldad de Laura enamorados
los cielos, la robaron a su altura,
porque no era decente a su luz pura
ilustrar estos valles desdichados.
O porque los mortales, engañados
de su cuerpo en la hermosa arquitectura,
admirados de ver tanta hermosura
no se juzgasen bienaventurados.
Nació donde el Oriente el rojo velo
corre al nacer al astro rubicundo
y murió donde con ardiente anhelo
da sepultura a su luz el mar profundo:
que fue preciso a su divino vuelo
que diese como el sol la vuelta al mundo.
De “Los empeños de una casa” Acto I – Ana
Si de Carlos la garra y bizarría
pudo por sí mover a mi cuidado,
¿cómo parecerá, siendo envidiado,
lo que sólo por sí bien parecía?
Si sin triunfo rendirle pretendía,
sabiendo que ya vive enamorado,
¿qué victoria será verle apartado
de quien antes por suyo le tenía?
Pues perdone don Juan, que aunque yo quiera
pagar su amor, que a olvido ya condeno,
¿cómo podré si ya en mi pena fiera
introducen los celos su veneno?
Que es Carlos más galán; y aunque no fuera,
tiene de más galán el ser ajeno.
De un funesto moral la negra sombra…
De un funesto moral la negra sombra,
de horrores mil, y confusiones llena,
en cuyo hueco tronco aún hoy resuena
el eco que doliente a Tisbe nombra,
cubrió la verde matizada alfombra
en que Píramo amante abrió la vena
del corazón, y Tisbe de su pena
dio la señal que aún hoy al mundo asombra.
Mas viendo del amor tanto despecho,
la muerte, entonces de ellos lastimada,
sus dos pechos juntó con lazo estrecho:
mas ¡ay de la infeliz y desdichada
que a su Píramo dar no puede el pecho
ni aun por los duros filos de una espada!
De una reflexión cuerda con que mitiga el dolor de una pasión
Con el dolor de la mortal herida,
de un agravio de amor me lamentaba,
y por ver si la muerte se llegaba
procuraba que fuese más crecida.
Toda en su mal el alma divertida,
pena por pena su dolor sumaba,
y en cada circunstancia ponderaba
que sobraban mil muertes a una vida.
Y cuando, al golpe de uno y otro tiro
rendido el corazón, daba penoso
señas de dar el último suspiro.
no sé por qué destino prodigioso
volví a mi acuerdo y dije: ¿qué me admiro?
¿Quién en amor ha sido más dichoso?
Décimas
Copia divina en quien veo
desvanecido al pincel,
de ver que ha llegado él
donde no pudo el deseo;
alto, soberano empleo
de más que humano talento,
exenta de atrevimiento,
pues tu beldad increíble,
como excede a lo posible,
no la alcanza el pensamiento.
¿Qué pincel tan soberano
fue a copiarte suficiente?
¿Qué numen movió la mente?
¿Qué virtud rigió la mano?
No se alabe el arte vano
que te formó peregrino,
pues en tu beldad convino,
para formar un portento,
fuese humano el instrumento
pero el impulso divino.
Tan espíritu te admiro,
que cuando deidad te creó
halló el alma que no veo
y dudó el cuerpo que miro:
todo el discurso retiro,
admirada en tu beldad;
que muestra con realidad,
dejando el sentido en calma,
que puede copiarse el alma,
que es visible la deidad.
Mirando perfección tal,
cual la que en ti llegó a ver,
apenas puedo creer
que puedes tener igual:
y a no haber original
de cuya perfección rara
la que hay en ti se copiara
perdida por tu afición
segundo Pigmalión
la animación te impetrara.
Toco, por ver si escondido
lo viviente en ti parece.
¿Posible es que de él carece
quien roba todo el sentido?
¿Posible es que no ha sentido
esta mano que le toca?
¿Y a que atiendas te provoca
a mis rendidos despojos?
¿Que no hay luz en esos ojos?
¿Que no hay voz en esa boca?
Bien puedo formar querella,
cuando me dejas en calma,
de que me robas el alma
y no te animas con ella;
y cuando altivo atropella
tu rigor mi rendimiento,
apurando el sufrimiento
tanto tu piedad se aleja,
que se me pierde la queja
y se me logra el tormento.
Tal vez pienso que piadoso
respondes a mi afición,
y otras teme el corazón
que te esquivas desdeñoso:
ya alienta el pecho dichoso,
ya infeliz el rigor muere;
pero, como quiera, adquiere
la dicha de poseer,
porque al fin en mi poder
serás lo que yo quisiere.
Y aunque ostentes el rigor
de tu original fiel,
a mí me ha dado el pincel
lo que no puede el amor:
dichosa vivo al favor
que me ofrece un bronce frío,
pues aunque muestres desvío,
podrás, cuando más terrible,
decir que eres imposible,
pero no que no eres mío.
Demostrando afectos de un favorecido que se ausenta
Divino dueño mío,
si al tiempo de apartarme
tiene mi amante pecho
alientos de quejarse,
oye mis penas, mira mis males,
aliéntese el dolor
si puede lamentarse
y a vista de perderse
mi corazón exhale
llanto a la tierra, quejas al aire,
apenas de tus ojos
quise al Sol elevarme
cuando mi precipicio
da en sentidas señales
venganza al fuego, nombre a los mares.
Apenas tus favores
quisieron coronarse,
dichoso más que todos,
felice como nadie,
cuando los gustos fueron pesares.
Sin duda el ser dichoso
es la culpa más grave,
pues mi fortuna adversa
dispone que la pague
con que a mis ojos tus luces falten.
¡Ay dura ley de ausencia!
¿Quién podrá derogarte,
si adonde yo no quiero
me llevas sin llevarme,
con alma muerta, vivo cadáver?
Será de tus favores
sólo el corazón cárcel,
por ser aún el silencio,
si quiero que los guarde,
custodio indigno, siglo frágil.
Y puesto que me ausento,
por el último valle,
te prometo rendido
mi amor, y ser constante,
siempre quererte, nunca olvidarte.
Detén el paso, caminante, advierte…
Detén el paso, caminante, advierte,
que aun esta losa guarda enternecida,
con triunfos de su diestra no vencida,
al Capitán más valeroso, y fuerte.
Al duque de Veragua ¡o triste suerte!
que nos dio en su noticia esclarecida,
en relación, los bienes de su vida,
y en posesión, los males de su muerte.
No es muerto el duque, aunque su cuerpo abrace,
la losa, que piadosa le recibe,
pues porque a su vivir el culto enlace.
Aunque el mármol su muerte sobrevive,
en las piedras verás el «aquí yace»,
más en los corazones, «aquí vive».
Detente, sombra de mi bien esquivo…
Detente, sombra de mi bien esquivo
imagen del hechizo que más quiero,
bella ilusión por quien alegre muero,
dulce ficción por quien penosa vivo.
Si al imán de tus gracias atractivo
sirve mi pecho de obediente acero,
¿para qué me enamoras lisonjero,
si has de burlarme luego fugitivo?
Mas blasonar no puedes satisfecho
de que triunfa de mí tu tiranía;
que aunque dejas burlado el lazo estrecho
que tu forma fantástica ceñía,
poco importa burlar brazos y pecho
si te labra prisión mi fantasía.
Dices, que no te acuerdas, Clori, y mientes
Dices, que no te acuerdas, Clori, y mientes
en decir, que te olvidas de olvidarte;
pues das ya en tu memoria alguna parte,
en que, por olvidado, me presentes.
Si son tus pensamientos diferentes
de los de Albiro, dejarás tratarme;
pues tu misma pretendes agraviarte,
con querer persuadir, lo que no sientes.
Niégasme ser capaz de ser querido,
y tú misma concedes esta gloria,
con que en tu contra tu argumento ha sido.
Pues si para alcanzar tanta victoria,
te acuerdas de olvidarte del olvido,
ya no das negación a tu memoria.
Dices que yo te olvido, Celio, y mientes…
Dices que yo te olvido, Celio, y mientes,
en decir que me acuerdo de olvidarte,
pues no hay en mi memoria alguna parte
en que, aun como olvidado, te presentes.
Mis pensamientos son tan diferentes
y en todo tan ajenos de tratarte,
que ni saben ni pueden olvidarte,
ni si te olvidan saben si lo sientes.
Si tú fueras capaz de ser querido,
fueras capaz de olvido; y ya era gloria
al menos la potencia de haber sido.
Mas tan lejos estás de esa victoria,
que aqueste no acordarme no es olvido
sino una negación de la memoria.
Discurre, con ingenuidad ingeniosa, sobre la pasión de los celos. Muestra que su desorden es senda única para hallar al amor y contradice un problema de don José Montoro, uno de los más célebres poetas de este siglo
Si es causa amor productivo
de diversidad de afectos,
que, con producirlos todos,
se perficiona a sí mesmo:
y si el uno de los más
naturales son los celos,
¿cómo sin tenerlos puede
el amor estar perfecto?
Son ellos de que hay amor
el signo más manifiesto:
como la humedad del agua
y como el humo del fuego.
No son (que dicen) de amor
bastardos hijos groseros;
sino legítimos, claros
sucesores de su imperio.
Son crédito y prueba suya,
pues sólo pueden dar ellos
auténticos testimonios
de que es amor verdadero.
Porque la fineza, que es
de ordinario el tesorero
a quien remite las pagas
amor de sus libramientos,
¿cuántas veces, motivada
de otros impulsos diversos,
ejecuta por de amor
decretos de galanteo?
El cariño ¿cuántas veces,
por dulce entretenimiento,
fingiendo quilates, crece
la mitad del justo precio?
¿Y cuántas más el discurso,
por ostentarse discreto,
acredita por de amor
partos del entendimiento?
¿Cuántas veces hemos visto
disfrazada en rendimientos
a la propia conveniencia,
a la tema o al empeño?
Sólo los celos ignoran
fábricas de fingimientos,
que, como son locos, tienen
propiedad de verdaderos.
Los gritos que ellos dan son,
sin dictamen de su dueño,
no ilaciones del discurso,
sino abortos del tormento.
Como de razón carecen,
carecen del instrumento
de fingir, que aquesto sólo
es en lo irracional bueno.
Desbocados ejercitan
contra sí el furor violento,
y no hay quien quiera en su daño
mentir, sino en su provecho.
Del frenético, que fuera
de su natural acuerdo
de despedaza, no hay quien
juzgue que finge el extremo.
En prueba de esta verdad,
mírense cuántos ejemplos
en bibliotecas de siglos
guarda el archivo del tiempo.
A Dido fingió el troyano,
mintió a Adriadna Teseo,
ofendió a Minos Pasife
y engañaba a Marte Venus.
Semíramis mató a Nino,
Elena deshonró al griego,
Jasón agravió a Medea
y dejó a Olimpia Vireno.
Betsabé engañaba a Urías,
Dalila al caudillo hebreo,
Jael a Sísara horrible,
Judit a Holofernes fiero.
Éstos y otros, que mostraban
tener amor, sin tenerlo,
todos fingieron amor,
mas ninguno fingió celos.
Porque aquél puede fingirse
con otro color, mas éstos
son la prueba del amor
y la prueba de sí mesmos.
Si ellos no tienen más padres
que el amor, luego son ellos
sus más naturales hijos
y más legítimos dueños.
Las demás demostraciones,
por más que finas las vemos,
pueden no mirar a amor
sino a otros varios respectos.
Ellos solos se van con él,
como la causa y efecto:
¿hay celos?, luego hay amor;
¿hay amor?, luego habrá celos.
De la fiebre ardiente suya
son el delirio más cierto;
que, como están sin sentido,
publican lo más secreto.
El que no los siente, amando,
del indicio más pequeño,
en tranquilidad de tibio
goza bonanzas de necio.
Que asegurarse en las dichas
solamente puede hacerlo
la villana confianza,
el propio merecimiento.
Bien sé que tal vez furiosos
suelen pasar desatentos,
a profanar de lo amado
osadamente el respeto.
Mas no es esto esencia suya,
sino un accidente anexo,
que tal vez los acompaña
y tal vez deja de hacerlo.
Mas doy que siempre: aún debiera
el más soberano objeto,
por la prueba de lo fino,
perdonarles lo grosero.
Mas no es, vuelvo a repetir,
preciso que el pensamiento
pase a ofender del decoro
los sagrados privilegios.
Para tener celos basta
sólo el temor de tenerlos;
que ya está sintiendo el daño
quien está sintiendo el riesgo.
Temer yo que haya quien quiera
festejar a quien festejo,
aspirar a mi fortuna
y solicitar mi empleo,
no es ofender lo que adoro,
antes es un alto aprecio
de pensar que deben todos
adorar lo que yo quiero.
Y éste es un dolor preciso,
por más que divino el dueño
asegure en confianza
prerrogativas de exento.
Decir que éste no es cuidado
que llegue a desasosiego,
podrá decirlo la boca,
mas no comprobarlo el pecho.
Persuadirme a que es lisonja
amor lo que yo apetezco,
aprobarme la elección
y calificar mi empleo;
a quien tal tiene a lisonja
nunca le falte este obsequio:
que yo juzgo que aquí sólo
son duros los lisonjeros.
Pues sólo fuera, a poder
contenerse estos afectos
en la línea del aplauso
o en el coto del cortejo.
¿Pero quién con tal medida
les podrá tener el freno
que no rompan desbocados
el alacrán del consejo?
Y aunque ellos en sí no pasen
el término de lo cuerdo,
¿quién lo podrá persuadir
a quien los mira con miedo?
Aplaudir lo que yo estimo,
bien puede ser sin intento
segundo; mas ¿quién podrá
tener mis temores quedos?
Quien tiene enemigos, suele
decir que no tenga sueño;
pues ¿cómo ha de sosegarse
el que los tiene tan ciertos?
Quien en frontera enemiga
descuidado ocupa el lecho,
sólo parece que quiere
ser del contrario trofeo.
Aunque inaccesible sea
el blanco: si los flecheros
son muchos, ¿quién asegura
que alguno no tenga acierto?
Quien se alienta a competirme
aun en menores empeños,
es un dogal que compone
mis ahogos de su aliento.
¿Pues qué será el que pretende
excederme los afectos,
mejorarme las finezas
y aventajar los deseos?
¿Quién quiere usurpar mis dichas?
¿Quién quiere ganarme el premio?
¿Y quién en galas del alma
quiere dejar más bien puesto?
¿Quién para su exaltación
procura mi abatimiento
y quiere comprar su gloria
a costa de mis desprecios?
¿Quién pretende, con los suyos,
deslucir mis sentimientos:
que en los desaires del alma
es el más sensible duelo?
Al que este dolor no llega
al más reservado seno
del alma, apueste insensibles
competencias con el hielo.
La confianza ha de ser
con proporcionado medio:
que deje de ser molestia
sin pasar a ser despego.
El que es discreto, a quien ama
le ha de mostrar que el recelo
lo tiene en la voluntad
y no en el entendimiento.
Un desconfiar de sí
y un estar siempre temiendo
que podrá exceder al mío
cualquiera mérito ajeno:
un temer que la fortuna
podrá con airado ceño
despojarme por indigno
del favor que no merezco:
no sólo no ofende; antes
es el esmalte más bello
que a las joyas de lo fino
les puede dar lo discreto.
Y aunque algo exceda la queja,
nunca queda mal, supuesto,
que es gala de lo sentido
exceder de lo modesto.
Lo atrevido es un celoso,
lo irracional y lo terco,
prueba es de amor, que merece
la beca de su colegio.
Y aunque muestre que se ofende,
yo sé que por allá dentro
no le pesa a la más alta
de mirar tales extremos.
La más airada deidad
al celoso más grosero
le está aceptando servicios
los que riñe atrevimientos.
La que se queja oprimida
del natural más estrecho
hace ostentación de amada
el que parece lamento.
De la triunfante hermosura
tiran el carro soberbio
el desdichado con quejas
y el celoso con despechos.
Uno de sus sacrificios
es este dolor acerbo,
y ella, ambiciosa, no quiere
nunca tener uno menos.
¡Oh doctísimo Montoro,
asombro de nuestros tiempos,
injuria de los Virgilios,
afrenta de los Homeros!
Cuando de amor prescindiste
este inseparable afecto
(precisión que sólo pudo
formarla tu entendimiento),
bien se ve que sólo fue
la empresa de tus talentos
el probar lo más difícil,
no persuadir a creerlo.
Al modo de aquellos que
sutilmente defendieron
que de la nube los campos
se visten de color negro.
De tu sutileza fue
airoso, galán empeño,
sofística bizarría
de tu soberano ingenio.
Probar lo que no es probable
bien se ve que fue el intento
tuyo, porque lo evidente
probado se estaba ello.
Acudiste al partido
que hallaste más indefenso
y a la opinión desvalida
ayudaste caballero.
Éste fue tu fin; y así,
debajo de este supuesto,
no es ésta, ni puede ser,
réplica de tu argumento,
sino sólo una obediencia
mandada de gusto ajeno,
cuya insinuación en mí
tiene fuerza de precepto.
Confieso que de mejor
gana siguiera mi genio
el extravagante rumbo
de tu no hallado sendero.
Pero, sobre ser difícil,
inaccesible lo has hecho,
pues el mayor imposible
fuera ir en tu seguimiento.
Rumbo que estrenan las alas
de tu remontado vuelo
(aun determinando al daño)
no lo intentara un despecho.
La opinión que yo quería
seguir, seguiste primero;
dísteme celos, y tuve
la contraria con tenerlos.
Con razón se reservó
tanto asunto a tanto ingenio;
que a fuerzas sólo de Atlante
fía la esfera su peso.
Tenla, pues, que si consigues
persuadirla al universo,
colgará el género humano
sus cadenas en tu templo.
No habrá quejosos de amor,
y en sus dulces prisioneros
serán las cadenas oro
y no dorados los yerros.
Será la sospecha inútil,
estará ocioso el recelo,
desterrarase el indicio
y perderá el ser el miedo.
Todo será dicha, todo
felicidad y contento,
todo venturas, y en fin
pasará el mundo a ser cielo.
Deberanle los mortales
a tu valeroso esfuerzo
la más dulce libertad
del más duro cautiverio.
Mucho te deberán todos,
y yo más que todos debo
las discretas instrucciones
a las luces de tus versos.
Dalos a la estampa, porque
en caracteres eternos
viva tu nombre, y con él
se extienda el común provecho.
Discurre inevitable el llanto a vista de quien ama
Mandas, Anarda, que sin llanto asista
a ver tus ojos, de lo cual sospecho,
que el ignorar la causa, es quien te ha hecho
querer, que emprenda yo tanta conquista.
Amor, Señora, sin que me resista,
que tiene en fuego el corazón deshecho,
como hace huir la sangre allá en el pecho,
vaporiza en ardores por la vista.
Buscan luego mis ojos tu presencia,
que centro juzga de su dulce encanto,
y cuando mi atención te reverencia.
Los virtuales rayos entretanto,
como hallan en tu nieve resistencia,
lo que salió vapor, se vuelve llanto.
Diuturna enfermedad de la esperanza…
Diuturna enfermedad de la esperanza
que así entretienes mis cansados años
y en el fiel de los bienes y los daños
tienes en equilibrio la balanza;
que siempre suspendida en la tardanza
de inclinarse, no dejan tus engaños
que lleguen a excederse en los tamaños
la desesperación o la confianza:
¿quién te ha quitado el nombre de homicida
pues lo eres más severa, si se advierte
que suspendes el alma entretenida
y entre la infausta o la felice suerte
no lo haces tú por conservar la vida
sino por dar más dilatada muerte?
Divino dueño mío…
Divino dueño mío,
si al tiempo de apartarme
tiene mi amante pecho
alientos de quejarse,
oye mis penas, mira mis males,
aliéntese el dolor
si puede lamentarse
y a vista de perderse
mi corazón exhale
llanto a la tierra, quejas al aire,
apenas de tus ojos
quise al Sol elevarme
cuando mi precipicio
da en sentidas señales
venganza al fuego, nombre a los mares.
Apenas tus favores
quisieron coronarse,
dichoso más que todos,
felice como nadie,
cuando los gustos fueron pesares.
Sin duda el ser dichoso
es la culpa más grave,
pues mi fortuna adversa
dispone que la pague
con que a mis ojos tus luces falten.
¡Ay dura ley de ausencia!
¿Quién podrá derogarte,
si adonde yo no quiero
me llevas sin llevarme,
con alma muerta, vivo cadáver?
Será de tus favores
sólo el corazón cárcel,
por ser aún el silencio,
si quiero que los guarde,
custodio indigno, siglo frágil.
Y puesto que me ausento,
por el último valle,
te prometo rendido
mi amor, y ser constante,
siempre quererte, nunca olvidarte.
Docto Mansilla, no para aplaudirte…
Docto Mansilla, no para aplaudirte
ponderaciones buscaré del arte
retórica, que fuera limitarte
querer entre sus cláusulas ceñirte.
Sólo en mi intento, cuando llego a oírte,
alabarte con sólo no alabarte;
pues quien mejor llegare a ponderarte
será el que no intentare definirte.
Aún en tu mismo juicio tú no cabes;
ni de tu ingenio las riquezas raras
pudiera, del discurso con los graves
reflejos, conocer si lo intentaras:
porque si tú supieras lo que sabes,
mucho de lo que sabes ignoraras.
Dulce, canoro cisne mexicano…
Dulce, canoro Cisne Mexicano
cuya voz si el Estigio layo oyera,
segunda vez a Eurídice te diera,
y segunda el Delfín te fuera humano;
a quien si el Teucro muro, si el Tebano,
el ser en dulces, cláusulas debiera,
ni a aquel el griego incendio consumiera,
ni a este postrara alejandrina mano:
no el sacro numen con mi voz ofendo,
ni al que pulsa divino plectro de oro
agreste avena concordar pretendo;
pues por no profanar tanto decoro,
mi entendimiento admira lo que entiendo
y mi fe reverencia lo que ignoro.
Dulce deidad del viento armoniosa…
Dulce deidad del viento armoniosa,
suspensión del sentido deseada,
donde gustosamente aprisionada
se mira la atención más bulliciosa;
perdona a mi zampoña licenciosa
si al escuchar tu lira delicada
canta con ruda voz desentonada
prodigios de la tuya milagrosa.
Pause su lira el Tracio, que aunque calma
puso a las negras sombras del olvido,
cederte debe más gloriosa palma,
pues más que a ciencia el arte has reducido
haciendo suspensión de toda un alma
el que sólo era objeto de un sentido.
Efectos muy penosos de amor y que por no grandes igualan con las prendas de quien las causa
¿Vesme, Alcino, que atada a la cadena
de amor, paso, en sus hierros aherrojada,
mísera esclavitud desesperada,
de libertad y de consuelo ajena?
¿Ves de dolor y angustia el alma llena,
de tan fieros tormentos lastimada,
y entre las vivas llamas abrasada,
juzgarse por indigna de su pena?
¿Vesme seguir sin alma un desatino
que yo misma condeno por extraño?
¿Vesme derramar sangre en el camino
siguiendo los vestigios de un engaño?
¿Muy admirado estás? ¿Pues ves, Alcino?
Más merece la causa de mi daño.
El ausente, el celoso, se provoca…
El ausente, el celoso, se provoca,
aquél con sentimiento, éste con ira;
presume éste la ofensa que no mira
y siente aquél la realidad que toca:
Éste templa tal vez su furia loca
cuando el discurso en su favor delira;
y sin intermisión aquél suspira,
pues nada a su dolor la fuerza apoca.
Éste aflige dudoso su paciencia
y aquél padece ciertos sus desvelos;
éste al dolor opone resistencia;
aquél, sin ella, sufre desconsuelos:
y si es pena de daño, al fin, la ausencia,
luego es mayor tormento que los celos.
El Hijo, que la Esclava ha concebido…
El Hijo, que la Esclava ha concebido,
dice el Derecho, que le pertenece
al legítimo Dueño, que obedece
la Esclava Madre, de quien es nacido.
El que retorna, el campo agradecido;
opimo fruto, que obediente ofrece,
es del Señor, pues si fecundo crece,
se lo debe al cultivo recibido.
Así, Lisi Divina, estos borrones,
que hijos del alma son, partos del pecho,
será razón, que a ti te restituya.
Y no lo impidan sus imperfecciones,
pues vienen a ser tuyos de derecho
los conceptos de un Alma, que es tan tuya.
El que Hipogrifo de mejor Rugero…
El que Hipogrifo de mejor Rugero,
Ave de Ganimedes, más hermoso,
Pegaso de Perseo más airoso,
de más dulce Arión, Delfín ligero
fue, ya sin vida yace el golpe fiero
de transformado Jove, que celoso
los rayos disimula, belicoso,
sólo en un semicírculo de acero.
Rindió el fogoso postrimero aliento
el veloz bruto, a impulso soberano;
pero aquel su dolor, que tuvo, siento,
más de afectivo y menos de inhumano:
pues fue de vergonzoso sentimiento
de ser bruto, rigiéndole tal mano.
En la muerte de la excelentísima señora marquesa de Mancera
De la beldad de Laura enamorados
los cielos, la robaron a su altura,
porque no era decente a su luz pura
ilustrar estos valles desdichados.
O porque los mortales, engañados
de su cuerpo en la hermosa arquitectura,
admirados de ver tanta hermosura
no se juzgasen bienaventurados.
Nació donde el Oriente el rojo velo
corre al nacer al astro rubicundo
y murió donde con ardiente anhelo
da sepultura a su luz el mar profundo:
que fue preciso a su divino vuelo
que diese como el sol la vuelta al mundo.
En la vida que siempre tuya fue…
En la vida que siempre tuya fue,
Laura divina, y siempre lo será,
la Parca fiera, que en seguirme da,
quiso asentar por triunfo el mortal pie.
Yo de su atrevimiento me admiré,
que si debajo de su imperio está,
tener poder no puede en ella ya,
pues del suyo contigo me libré.
Para cortar el hilo que no hiló,
la tijera mortal abierta vi.
-¡Ay, parca fiera! -dije entonces yo-.
Mira que sola Laura manda aquí.
Ella corrida al punto se apartó.
Y dejome vivir sólo por ti.
En pensar que me quieres, Clori, he dado…
En pensar que me quieres, Clori, he dado,
por lo mismo que yo no te quisiera;
porque sólo quien no me conociera,
me pudiera a mí, Clori, haber amado.
En tú no conocerme, desdichado
por sólo esta carencia de antes fuera;
mas como yo saberlo no pudiera,
tuviera menos mal en lo ignorado.
Me conoces, o no me has conocido;
si me conoces, suplirás mis males.
Si aquello, negaraste a lo entendido;
si aquesto, quedaremos desiguales.
Pues, ¿cómo me aseguras lo querido,
mi Clori, en dos de Amor carencias tales?
¿En perseguirme, mundo, qué interesas?…
¿En perseguirme, mundo, qué interesas?
¿En qué te ofendo, cuando sólo intento
poner bellezas en mi entendimiento
y no mi entendimiento en las bellezas?
Yo no estimo tesoros ni riquezas,
y así, siempre me causa más contento
poner riquezas en mi entendimiento
que no mi entendimiento en las riquezas.
Yo no estimo hermosura que vencida
es despojo civil de las edades
ni riqueza me agrada fementida,
teniendo por mejor en mis verdades
consumir vanidades de la vida
que consumir la vida en vanidades.
En que celebra la poetisa el cumplimiento de años de un hermano suyo
¡Oh quién, amado Anfriso, te ciñera
del Mundo las coronas poderosas!
Que a coronar tus prendas generosas
el círculo del Orbe corto fuera.
¡Quién, para eternizarte, hacer supiera
mágicas confecciones prodigiosas,
o tuviera las hierbas milagrosas
que feliz gustó Glauco en la ribera!
Mas aunque no halla medio mi cuidado
para que goces de inmortal la palma,
otro más propio mi cariño ha hallado
que el curso de tu vida tenga en calma;
pues juzgo que es el más proporcionado
de alargar una vida, dar un alma.
En que consuela a un celoso epilogando la serie de los amores
Amor empieza por desasosiego,
solicitud, ardores y desvelos;
crece con riesgos, lances y recelos;
susténtase de llantos y de ruego.
Doctrínanle tibiezas y despego,
conserva el ser entre engañosos velos,
hasta que con agravios o con celos
apaga con sus lágrimas su fuego.
Su principio, su medio y fin es éste:
¿pues por qué, Alcino, sientes el desvío
de Celia, que otro tiempo bien te quiso?
¿Qué razón hay de que dolor te cueste?
Pues no te engaño amor, Alcino mío,
sino que llegó el término preciso.
En que da moral censura a una rosa y en ella a sus semejantes
Rosa divina que en gentil cultura
eres con tu fragante sutileza
magisterio purpúreo en la belleza,
enseñanza nevada en la hermosura.
Amago de la humana arquitectura,
ejemplo de la vana gentileza,
en cuyo ser unió naturaleza
la cuna alegre y triste sepultura.
¡Cuán altiva en tu pompa, presumida,
soberbia, el riesgo de morir desdeñas,
y luego, desmayada y encogida,
de tu caduco ser das mustias señas!
Con que con docta muerte y necia vida
viviendo engañas y muriendo enseñas.
En que describe racionalmente los efectos irracionales del Amor
Este amoroso tormento
que en mi corazón se ve,
sé que lo siento, y no sé
la causa por que lo siento.
Siento una grave agonía
por lograr un devaneo
que empieza como deseo
y para en melancolía.
Y cuando con más terneza
mi infeliz estado lloro,
sé que estoy triste e ignoro
la causa de mi tristeza.
Siento un anhelo tirano
por la ocasión a que aspiro
y cuando cerca la miro
yo misma aparto la mano.
Porque si acaso se ofrece
después de tanto desvelo,
la desazona el recelo
o el susto la desvanece.
Y si alguna vez sin susto
consigo tal posesión,
cualquiera leve ocasión
me malogra todo el gusto.
Siento mal del mismo bien
con receloso temor,
y me obliga el mismo amor
tal vez a mostrar desdén.
Cualquier leve ocasión labra
en mi pecho de manera
que el que imposibles venciera
se irrita de una palabra.
Con poca causa ofendida
suelo en mitad de mi amor
negar un leve favor
a quien le diera la vida.
Ya sufrida, ya irritada,
con contrarias penas lucho,
que por él sufriré mucho
y con él sufriré nada.
No sé en qué lógica cabe
el que tal cuestión se pruebe,
que por él lo grave es leve
y con él lo leve es grave.
Sin bastantes fundamentos
forman mis tristes cuidados,
de conceptos engañados,
un monte de sentimientos.
Y en aquel fiero conjunto
hallo, cuando se derriba,
que aquella máquina altiva
sólo estribaba en un punto.
Tal vez el dolor me engaña,
y presumo sin razón
que no habrá satisfacción
que pueda templar mi saña.
Y cuando a averiguar llego
el agravio por que riño,
es como espanto de niño
que para en burlas y juego.
Y aunque el desengaño toco,
con la misma pena lucho
de ver que padezco mucho
padeciendo por tan poco.
A vengarse se abalanza
tal vez el alma ofendida
y después arrepentida
toma de mí otra venganza.
Y si al desdén satisfago
es con tan ambiguo error
que yo pienso que es rigor
y se remata en halago.
Hasta el labio desatento
suele equívoco tal vez,
por usar de la altivez,
encontrar el rendimiento.
Cuando por soñada culpa
con más enojo me incito,
yo le acrimino el delito
y le busco la disculpa.
No huyo el mal ni busco el bien,
porque en mi confuso error
ni me asegura el amor
ni me despecha el desdén.
En mi ciego devaneo,
bien hallada con mi engaño,
solicito el desengaño
y no encontrarlo deseo.
Si alguno mis quejas oye,
más a decirlas me obliga,
porque me las contradiga,
que no porque las apoye.
Porque si con la pasión
algo contra mi amor digo,
es mi mayor enemigo
quien me concede razón.
Y si acaso en mi provecho
hallo la razón propicia,
me embaraza la injusticia
y ando cediendo el derecho.
Nunca hallo gusto cumplido,
porque entre alivio y dolor
hallo culpa en el amor
y disculpa en el olvido.
Esto de mi pena dura
es algo del dolor fiero
y mucho más no refiero
porque pasa de locura.
Si acaso me contradigo
en este confuso error,
aquel que tuviese amor
entenderá lo que digo.
En que expresa los efectos del Amor Divino, y propone morir amante, a pesar de todo riesgo
Traigo conmigo un cuidado,
y tan esquivo, que creo
que aunque sé sentirlo tanto
aún yo mismo no lo siento.
Es amor, pero es amor
que, faltándole lo ciego,
los ojos que tiene son
para darle más tormento.
El término no es a quo,
que causa el pesar que veo
que siendo el término el bien
todo el dolor es el medio.
Si es lícito y aún debido
este cariño que tengo,
¿por qué me han de dar castigo
porque pago lo que debo?
¡Oh, cuánta fineza! ¡Oh, cuántos
cariños he visto tiernos!
Que amor que se tiene a Dios
es calidad sin opuestos.
De lo lícito no puede
hacer contrarios conceptos,
con que es amor que al olvido
no puede vivir expuesto.
Yo me acuerdo (¡ah, nunca fuera!)
que he querido en otro tiempo
lo que pasó de locura
y lo que excedió de extremo.
Mas como era amor bastardo
y de contrarios compuesto,
fue fácil desvanecerse,
de achaque de su ser mesmo.
Mas ahora (¡ay de mí!) está
tan en su natural centro
que la virtud y razón
son quien aviva su incendio.
Quien tal oyere dirá
que si es así ¿por qué peno?
Mas mi corazón ansioso
dirá que por eso mesmo.
¡Oh, humana flaqueza nuestra,
adonde el más puro afecto
aún no sabe desnudarse
del natural sentimiento!
Tan precisa es la apetencia
que a ser amados tenemos,
que aun sabiendo que no sirve
nunca dejarla sabemos.
Que corresponda a mi amor
nada añade; mas no puedo
(por más que lo solicito)
dejar yo de apetecerlo.
Si es delito, yo lo digo;
si es culpa, ya lo confieso;
mas no puedo arrepentirme
por más que hacerlo pretendo.
Bien ha visto quien penetra
lo interior de mis secretos
que yo misma estoy formando
los dolores que padezco.
Bien sabe que soy yo misma
verdugo de mis deseos,
pues muertos entre mis ansias
tienen sepulcro en mi pecho.
Muero (¿quién lo creerá?) a manos
de la cosa que más quiero,
y el motivo de matarme
es el amor que le tengo.
Así alimentando triste
la vida con el veneno,
la misma muerte que vivo
es la vida con que muero.
Pero valor, corazón,
porque en tal dulce tormento,
en medio de cualquier suerte
no dejar de amar protesto.
En que satisface un recelo con la retórica del llanto
Esta tarde, mi bien, cuando te hablaba,
como en tu rostro y tus acciones veía
que con palabras no te persuadía,
que el corazón me vieses deseaba.
Y Amor, que mis intentos ayudaba,
venció lo que imposible parecía,
pues entre el llanto que el dolor vertía,
el corazón deshecho destilaba.
Baste ya de rigores, mi bien, baste,
no te atormenten más celos tiranos,
ni el vil recelo tu quietud contraste
con sombras necias, con indicios vanos:
pues ya en líquido humor viste y tocaste
mi corazón deshecho entre tus manos.
En vano tu canto suena…
En vano tu canto suena
pues no advierte en su desdicha
que será el fin de tu dicha
el principio de tu pena.
El loco orgullo refrena,
de que tan ufano estás,
sin advertir, cuando das
cuenta al aire de tus bienes,
que si ahora dichas tienes
presto celos llorarás.
En lo dulce de tu canto,
el justo temor te avisa
que en un amante no hay risa
que no se alterne con llanto.
No te desvanezca tanto
el favor, que te hallarás
burlado y conocerás
cuánto es necio un confiado;
que si hoy blasonas de amado
presto celos llorarás.
Advierte que el mismo estado
que al amante venturoso
le constituye dichoso,
le amenaza desdichado;
pues le da tan alto grado
por derribarle no más:
y así tú, que ahora estás
en tal altura, no ignores
que si hoy ostentas favores
presto celos llorarás.
La gloria más levantada
que amor a tu dicha ordena
contémplala como ajena
y tenla como prestada.
No tu ambición engañada
piense que eterno serás
en las dichas pues verás
que hay áspid entre las flores
y que si hoy cantas favores
presto celos llorarás.
Encarece de animosidad la elección de estado durable hasta la muerte
Si los riesgos del mar considerara
ninguno se embarcara, si antes viera
bien su peligro, nadie se atreviera,
ni al bravo toro osado provocara.
Si del fogoso bruto ponderara
la furia desbocada en la carrera,
el jinete prudente, nunca hubiera,
quien con discreta mano le enfrenara.
Pero si hubiera algo tan osado,
que, no obstante el peligro, al mismo Apolo
quisiera gobernar con atrevida
mano, el rápido carro en luz bañado
todo lo hiciera, y no tomara sólo
estado, que ha de ser toda la vida.
Endecha I
Sabrás, querido Fabio,
si ignoras que te quiero,
que ignorar lo dichoso
es muy de lo discreto;
que apenas fuiste blanco
en que el rapaz arquero
del tiro indefectible
logró el mejor acierto,
cuando en mi pecho amante
brotaron el incendio
de recíprocas llamas
conformes ardimientos.
¿No has visto, Fabio mío,
cuando el señor de Delas
hiere con armas de oro
la luna de un espejo,
que haciendo en el cristal
reflejo el rayo bello
hiere repercusivo
al más cercano objeto?
Pues así del amor
las flechas, que en mi pecho
tu resistente nieve
les dio mayor esfuerzo,
vueltas a mí las puntas,
dispuso amor soberbio,
sólo con un impulso,
dos alcanzar trofeos.
Díganlo las ruinas
de mi valor deshecho
que en contritas cenizas
predican escarmientos.
Mi corazón lo diga,
que en padrones eternos
inextinguibles guarda
testimonios del fuego.
Segunda Troya, el alma,
de ardientes Mongibelos
es pavesa a la saña
de más astuto griego.
De las sangrientas viras
los enervados hierros
por las venas difunden
el amable veneno.
Las cercenadas voces,
que en balbucientes ecos,
si el amor las impele,
las retiene el respeto.
Las niñas de mis ojos,
que con mirar travieso
sinceramente parlan
del alma los secretos.
El turbado semblante
y el impedido aliento
en cuya muda calma
da voces el afecto.
Aquel decirte más,
cuando me explico menos,
queriendo en negaciones
expresar los conceptos.
Y en fin, dígaslo tú,
que de mis pensamientos,
lince sutil, penetras
los más ocultos senos.
Si he dicho que te he visto,
mi amor está supuesto,
pues es correlativo
de tus merecimientos.
Si a ellos atiendes, Fabio,
con indicios más ciertos
verás de mis finezas
evidentes contextos.
Ellos a ti te basten,
que si prosigo, pienso
que con superfluas voces
su autoridad ofendo.
Endecha II
Me acerco y me retiro:
¿quién sino yo hallar puedo
a la ausencia en los ojos
la presencia en lo lejos?
Del desprecio de Filis
infelice me ausento:
¡ay de aquel de quien es
aún perdida el desprecio!
Tan atento la adora,
que en el mal que padezco
no siento sus rigores
tanto como el perderlos.
No pierdo al partir sólo
los bienes que poseo,
si en Filis, que no es mía,
pierdo lo que no pierdo.
¡Ay de quien un desdén
lograba tan atento
que por no ser dolor
no se atrevió a ser premio!
Pues viendo en mi destino
preciso mi destierro,
me desdeñaba más
porque perdiera menos.
¡Ay! ¿Quién te enseñó, Filis,
tan primoroso medio:
vedar a los desdenes
el traje del afecto?
A vivir ignorado
de tus luces me ausento,
donde ni aun mi mal sirva
a tu desdén de obsequio.
Endecha III
Ya, desengaño mío,
llegasteis al extremo
que pudo en vuestro ser
verificar el serlo.
Todo lo habéis perdido:
mas no todo, pues creo
que aun a costa es de todo
barato el escarmiento.
No envidiaréis de amor
los gustos lisonjeros
que está un escarmentado
muy remoto del riesgo.
El no esperar alguno
me sirve de consuelo,
que también es alivio
el no buscar remedio.
En la pérdida misma
los alivios encuentro,
pues si perdí el tesoro,
también se perdió el miedo
No tener qué perder
me sirve de sosiego,
que no teme ladrones
desnudo el pasajero.
Ni aun la libertad misma
tenerla por bien quiero,
que luego será daño
si por tal la poseo.
No quiero más cuidados
de bienes tan inciertos,
sino tener el alma
como que no la tengo.
Endecha IV
Divino dueño mío,
si al tiempo de apartarme
tiene mi amante pecho
alientos de quejarse,
oye mis penas, mira mis males,
aliéntese el dolor
si puede lamentarse
y a vista de perderse
mi corazón exhale
llanto a la tierra, quejas al aire,
apenas de tus ojos
quise al Sol elevarme
cuando mi precipicio
da en sentidas señales
venganza al fuego, nombre a los mares.
Apenas tus favores
quisieron coronarse,
dichoso más que todos,
felice como nadie,
cuando los gustos fueron pesares.
Sin duda el ser dichoso
es la culpa más grave,
pues mi fortuna adversa
dispone que la pague
con que a mis ojos tus luces falten.
¡Ay dura ley de ausencia!
¿Quién podrá derogarte,
si adonde yo no quiero
me llevas sin llevarme,
con alma muerta, vivo cadáver?
Será de tus favores
sólo el corazón cárcel,
por ser aún el silencio,
si quiero que los guarde,
custodio indigno, siglo frágil.
Y puesto que me ausento,
por el último valle,
te prometo rendido
mi amor, y ser constante,
siempre quererte, nunca olvidarte.
Endecha V
Si acaso, Fabio mío,
después de penas tantas
quedan para las quejas
alientos en el alma;
si acaso en las cenizas
de mi muerte esperanza
se libró por pequeña
alguna débil rama,
adonde entretenerse,
con fuerza limitada,
el rato que me escuchas
pueda la vital aura;
si acaso a la tijera
mortal que me amenaza
concede breves treguas
la inexorable parca,
oye en tristes endechas
tiernas consonancias
que al moribundo cisne
sirven de exequias blandas.
Y antes que noche eterna
con letal llave opaca
de mis trémulo ojos
cierre las lumbres vagas,
dame el postrer abrazo,
cuyas tiernas lazadas,
siendo unión de los cuerpos,
identifican almas.
Oigo tus dulces ecos,
y en cadencias turbadas
no permite el ahogo
entera la palabra.
De tu rostro en el mío
haz amoroso estampa
y las mejillas frías
de ardiente llanto baña.
Tus lágrimas y mías
digan equivocadas
que aunque en distintos pechos
las engendró una causa.
Unidas de las manos
las bien tejidas palmas,
con movimientos digan
lo que los labios callan.
Dame, por prendas firmes
de tu fe no violada,
en tu pecho escrituras,
seguros en tu cara;
para que cuando baje
a las estigias aguas,
tuyo el óbolo sea
para fletar la barca.
Recibe de mis labios
el que, en mortales ansias,
el exánime pecho
último aliento exhala.
Y el espíritu ardiente,
que vivifica llama
de acto sirvió primero
a tierra organizada,
recibe, y de tu pecho
en la dulce morada
padrón eterno sea
de mi fineza rara.
Y adiós, Fabio querido,
que ya el aliento falta,
y de vivir se aleja
la que de ti se aparta.
Endecha VI
Prolija memoria,
permite, siquiera,
que por un instante
sosieguen mis penas.
Afloja el cordel,
que (según aprietas)
temo que reviente
si das otra vuelta.
Mira que si acabas
con mi vida, cesa
de tus tiranías
la triste materia.
No piedad te pido
en aquestas treguas,
sino que otra especie
de tormento sea.
Ni de mí presumas
que soy tan grosera
que la vida sólo
para vivir quiera.
Bien sabes tú, como
quien está tan cerca,
que sólo la estimo
por sentir con ella,
y porque perdida,
perder era fuerza
un amor que pide
duración eterna:
por eso te pido
que tengas clemencia,
no porque yo viva,
sí porque él no muera.
¿No basta cuán vivas
se me representan
de mi ausente cielo
las divinas prendas?
¿No basta acordarme
sus caricias tiernas,
sus dulces palabras,
sus nobles finezas?
¿Y no basta que
industriosas crezcan,
con pasadas glorias,
mis presentes penas?
¿Sino que (¡ay de mí,
mi bien, quién pudiera
no hacerte este agravio
de temer mi ofensa!),
sino que villano
persuadirme intentas
que mi agravio es
posible que sea?
Y para formarlo,
con necia agudeza,
con cuerdas palabras,
acciones contestas.
Sus proposiciones
me las interpretas
y lo que en paz dije
me sirve de guerra.
¿Para qué examinas
si habrá quien merezca
de tus bellos ojos
atenciones tiernas?
¿Si de otra hermosura
acaso le llevan
méritos más altos,
más dulces ternezas?
¿Si de obligaciones
la carga molesta
le obliga en mi agravio
a pagar la deuda?
¿Para qué ventilas
la cuestión superflua
de si es la mudanza
hija de la ausencia?
Ya yo sé que es frágil
la naturaleza
y que su constancia
sola es no tenerla.
Sé que la mudanza
por puntos, en ella
es de su ser propio
caduca dolencia.
Pero también sé
que ha habido firmeza,
que ha habido excepciones
de la común regla.
¿Pues por qué la suya
quieres tú que sea,
siendo ambas posibles,
de aquélla, y no de ésta?
Mas ¡ay! que ya escucho
que das por respuesta
que son más seguras
las cosas adversas.
Con estos temores
en confusa guerra,
entre muerte y vida
me tienes suspensa.
Ven a algún partido
de una vez y acepta
permitir que viva
o dejar que muera.
Engrandece el hecho de Lucrecia
¡Oh, famosa Lucrecia, gentil dama,
de cuyo ensangrentado noble pecho
salió la sangre que extinguió a despecho
del rey injusto la lasciva llama!
¡Oh, con cuánta razón el mundo aclama
tu virtud, pues por premio de tal hecho
aún es para tus sienes cerco estrecho
la amplísima corona de tu fama!
Pero si el modo de tu fin violento
puedes borrar del tiempo y sus anales,
quita la punta del puñal sangriento
con que pusiste fin a tantos males;
que es mengua de tu honrado sentimiento
decir que te ayudaste de puñales.
Enseña cómo un solo empleo en amar es razón y conveniencia
Fabio, en el ser de todos adoradas
son todas las beldades ambiciosas,
porque tienen las aras por ociosas
si no las ven de víctimas colmadas.
Y así, sí de uno solo son amadas,
viven de la fortuna querellosas;
porque piensan que más que ser hermosas
constituyen deidad al ser rogadas.
Mas yo soy en aquesto tan medida,
que en viendo a muchos mi atención zozobra
y sólo quiero ser correspondido.
de aquel que de mi amor réditos cobra;
porque es la sal del gusto al ser querido:
que daña lo que falta y lo que sobra.
Enseña modo con que la Hermosura, solicitada de amor importuno, pueda quedarse fuera de él, con entereza tan cortés que haga bienquisto hasta el mismo desaire
Dos dudas en que escoger
tengo y no sé a cuál prefiera,
pues vos sentís que no quiera
y yo sintiera querer.
Con que si a cualquier lado
quiero inclinarme, es forzoso,
quedando el uno gustoso,
que otro quede disgustado.
Si daros gusto me ordena
la obligación, es injusto
que por daros a vos gusto
haya yo de tener pena.
Y no juzgo que habrá quien
apruebe sentencia tal
como que me trate mal
por trataros a vos bien.
Mas por otra parte siento
que es también mucho rigor
que lo que os debo en amor
pague en aborrecimiento.
Y aun irracional parece
este rigor, pues se infiere,
si aborrezco a quien me quiere,
¿qué haré con quien aborrezco?
No sé cómo despacharos,
pues hallo al determinarme
que amaros es disgustarme
y no amaros disgustaros.
Pero dar un medio justo
en estas dudas pretendo,
pues no queriendo os ofendo
y queriéndoos me disgusto.
Y sea ésta la sentencia,
porque no os podáis quejar:
que entre aborrecer y amar
se parta la diferencia.
De modo que entre el rigor
y el llegar a querer bien
ni vos encontréis desdén
ni yo pueda hallar amor.
Esto el discurso aconseja,
pues con esta conveniencia
ni yo quedo con violencia
ni vos partís con queja.
Y que estaremos infiero
gustosos con lo que ofrezco,
vos, de ver que no aborrezco,
yo, de saber que no quiero.
Sólo este medio es bastante
a ajustarnos, si os contenta:
que vos me logréis atenta
sin que yo pase a lo amante.
Y así quedo, en mi entender,
esta vez bien con los dos:
con agradecer, con vos;
conmigo, con no querer.
Que aunque a nadie llegue a darse
en esto gusto cumplido
ver que es igual el partido
servirá de resignarse.
Escoge antes el morir que exponerse a los ultrajes de la vejez
Miró Celia una rosa que en el prado
ostentaba feliz la pompa vana
y con afeites de carmín y grana
bañaba alegre el rostro delicado;
y dijo: Goza, sin temor del hado,
el curso breve de tu edad lozana,
pues no podrá la muerte de mañana
quitarte lo que hubieres hoy gozado.
Y aunque llega la muerte presurosa
y tu fragante vida se te aleja,
no sientas el morir tan bella y moza;
mira que la experiencia te aconseja
que es fortuna morirte siendo hermosa
y no ver el ultraje de ser vieja.
Esmera su respetuoso amor, habla con el retrato, y no calla con él, dos veces dueño
Copia divina en quien veo
desvanecido al pincel,
de ver que ha llegado él
donde no pudo el deseo;
alto, soberano empleo
de más que humano talento,
exenta de atrevimiento,
pues tu beldad increíble,
como excede a lo posible,
no la alcanza el pensamiento.
¿Qué pincel tan soberano
fue a copiarte suficiente?
¿Qué numen movió la mente?
¿Qué virtud rigió la mano?
No se alabe el arte vano
que te formó peregrino,
pues en tu beldad convino,
para formar un portento,
fuese humano el instrumento
pero el impulso divino.
Tan espíritu te admiro,
que cuando deidad te creo
hallo el alma que no veo
y dudo el cuerpo que miro:
todo el discurso retiro,
admirada en tu beldad;
que muestra con realidad,
dejando el sentido en calma,
que puede copiarse el alma,
que es visible la deidad.
Mirando perfección tal,
cual la que en ti llego a ver,
apenas puedo creer
que puedes tener igual:
y a no haber original
de cuya perfección rara
la que hay en ti se copiara
perdida por tu afición
segundo Pigmalión
la animación te impetrara.
Toco, por ver si escondido
lo viviente en ti parece.
¿Posible es que de él carece
quien roba todo el sentido?
¿Posible es que no ha sentido
esta mano que le toca?
¿Y a que atiendas te provoca
a mis rendidos despojos?
¿Que no hay luz en esos ojos?
¿Que no hay voz en esa boca?
Bien puedo formar querella,
cuando me dejas en calma,
de que me robas el alma
y no te animas con ella;
y cuando altivo atropella
tu rigor mi rendimiento,
apurando el sufrimiento
tanto tu piedad se aleja,
que se me pierde la queja
y se me logra el tormento.
Tal vez pienso que piadoso
respondes a mi afición,
y otras teme el corazón
que te esquivas desdeñoso:
ya alienta el pecho dichoso,
ya infeliz el rigor muere;
pero, como quiera, adquiere
la dicha de poseer,
porque al fin en mi poder
serás lo que yo quisiere.
Y aunque ostentes el rigor
de tu original fiel,
a mí me ha dado el pincel
lo que no puede el amor:
dichosa vivo al favor
que me ofrece un bronce frío,
pues aunque muestres desvío,
podrás, cuando más terrible,
decir que eres imposible,
pero no que no eres mío.
Esta tarde, mi bien, cuando te hablaba…
Esta tarde, mi bien, cuando te hablaba,
como en tu rostro y tus acciones veía
que con palabras no te persuadía,
que el corazón me vieses deseaba.
Y Amor, que mis intentos ayudaba,
venció lo que imposible parecía,
pues entre el llanto que el dolor vertía,
el corazón deshecho destilaba.
Baste ya de rigores, mi bien, baste,
no te atormenten más celos tiranos,
ni el vil recelo tu quietud contraste
con sombras necias, con indicios vanos:
pues ya en líquido humor viste y tocaste
mi corazón deshecho entre tus manos.
Este amoroso tormento…
Este amoroso tormento
que en mi corazón se ve,
sé que lo siento, y no sé
la causa por que lo siento.
Siento una grave agonía
por lograr un devaneo
que empieza como deseo
y para en melancolía.
Y cuando con más terneza
mi infeliz estado lloro,
sé que estoy triste e ignoro
la causa de mi tristeza.
Siento un anhelo tirano
por la ocasión a que aspiro
y cuando cerca la miro
yo misma aparto la mano.
Porque si acaso se ofrece
después de tanto desvelo,
la desazona el recelo
o el susto la desvanece.
Y si alguna vez sin susto
consigo tal posesión,
cualquiera leve ocasión
me malogra todo el gusto.
Siento mal del mismo bien
con receloso temor,
y me obliga el mismo amor
tal vez a mostrar desdén.
Cualquier leve ocasión labra
en mi pecho de manera
que el que imposibles venciera
se irrita de una palabra.
Con poca causa ofendida
suelo en mitad de mi amor
negar un leve favor
a quien le diera la vida.
Ya sufrida, ya irritada,
con contrarias penas lucho,
que por él sufriré mucho
y con él sufriré nada.
No sé en qué lógica cabe
el que tal cuestión se pruebe,
que por él lo grave es leve
y con él lo leve es grave.
Sin bastantes fundamentos
forman mis tristes cuidados,
de conceptos engañados,
un monte de sentimientos.
Y en aquel fiero conjunto
hallo, cuando se derriba,
que aquella máquina altiva
sólo estribaba en un punto.
Tal vez el dolor me engaña,
y presumo sin razón
que no habrá satisfacción
que pueda templar mi saña.
Y cuando a averiguar llego
el agravio por que riño,
es como espanto de niño
que para en burlas y juego.
Y aunque el desengaño toco,
con la misma pena lucho
de ver que padezco mucho
padeciendo por tan poco.
A vengarse se abalanza
tal vez el alma ofendida
y después arrepentida
toma de mí otra venganza.
Y si al desdén satisfago
es con tan ambiguo error
que yo pienso que es rigor
y se remata en halago.
Hasta el labio desatento
suele equívoco tal vez,
por usar de la altivez,
encontrar el rendimiento.
Cuando por soñada culpa
con más enojo me incito,
yo le acrimino el delito
y le busco la disculpa.
No huyo el mal ni busco el bien,
porque en mi confuso error
ni me asegura el amor
ni me despecha el desdén.
En mi ciego devaneo,
bien hallada con mi engaño,
solicito el desengaño
y no encontrarlo deseo.
Si alguno mis quejas oye,
más a decirlas me obliga,
porque me las contradiga,
que no porque las apoye.
Porque si con la pasión
algo contra mi amor digo,
es mi mayor enemigo
quien me concede razón.
Y si acaso en mi provecho
hallo la razón propicia,
me embaraza la injusticia
y ando cediendo el derecho.
Nunca hallo gusto cumplido,
porque entre alivio y dolor
hallo culpa en el amor
y disculpa en el olvido.
Esto de mi pena dura
es algo del dolor fiero
y mucho más no refiero
porque pasa de locura.
Si acaso me contradigo
en este confuso error,
aquel que tuviese amor
entenderá lo que digo.
Este que ves, engaño colorido…
Este que ves, engaño colorido,
que, del arte ostentando los primores,
con falsos silogismos de colores
es cauteloso engaño del sentido;
éste, en quien la lisonja ha pretendido
excusar de los años los horrores,
y venciendo del tiempo los rigores
triunfar de la vejez y del olvido,
es un vano artificio del cuidado,
es una flor al viento delicada,
es un resguardo inútil para el hado:
es una necia diligencia errada,
es un afán caduco y, bien mirado,
es cadáver, es polvo, es sombra, es nada.
Exhorta a conocer los bienes frágiles
En vano tu canto suena
pues no advierte en su desdicha
que será el fin de tu dicha
el principio de tu pena.
El loco orgullo refrena,
de que tan ufano estás,
sin advertir, cuando das
cuenta al aire de tus bienes,
que si ahora dichas tienes
presto celos llorarás.
En lo dulce de tu canto,
el justo temor te avisa
que en un amante no hay risa
que no se alterne con llanto.
No te desvanezca tanto
el favor, que te hallarás
burlado y conocerás
cuánto es necio un confiado;
que si hoy blasonas de amado
presto celos llorarás.
Advierte que el mismo estado
que al amante venturoso
le constituye dichoso,
le amenaza desdichado;
pues le da tan alto grado
por derribarle no más:
y así tú, que ahora estás
en tal altura, no ignores
que si hoy ostentas favores
presto celos llorarás.
La gloria más levantada
que amor a tu dicha ordena
contémplala como ajena
y tenla como prestada.
No tu ambición engañada
piense que eterno serás
en las dichas pues verás
que hay áspid entre las flores
y que si hoy cantas favores
presto celos llorarás.
Expresa el sentimiento que padece una mujer amante de su marido muerto
A estos peñascos rudos,
mudos testigos del dolor que siento,
que sólo siendo mudos
pudiera yo fiarles mi tormento,
si acaso de mis penas lo terrible
no infunde lengua y voz en lo insensible,
quiero contar mis males,
si es que yo sé los males de que muero;
pues son mis penas tales,
que si contarlas por alivio quiero,
le son, una con otra atropellada,
dogal a la garganta, al pecho espada.
No envidio dicha ajena,
que el mal eterno que en mi pecho lidia
hace incapaz mi pena
de que pueda tener tan alta envidia:
es tan mísero estado en el que peno,
que como dicha envidio el mal ajeno:
No pienso yo si hay glorias,
porque estoy de pensarlo tan distante,
que aun las dulces memorias
de mi pasado bien, tan ignorante
las mira de mi mal el desengaño,
que ignoro si fue bien y sé que es daño.
Estense allá en su esfera
los dichosos, que es cosa en mi sentido
tan remota, tan fuera
de mi imaginación, que sólo mido,
entre lo que padecen los mortales,
lo que distan sus males de mis males.
¡Quién tan dichoso fuera
que de un agravio indigno se quejara!
¡Quién un desdén llorara!
¡Quién un alto imposible pretendiera!
¡Quién llegara, de ausencia o de mudanza,
casi a perder de vista la esperanza!
¡Quién en ajenos brazos
viera a su dueño, y con dolor rabioso
se arrancara a pedazos
del pecho ardiente el corazón celoso!
Pues fuera menor mal que mis desvelos
el infierno insufrible de los celos.
Pues todos esos males
tienen consuelo o tienen esperanza;
y los más son iguales,
solicitan o animan la venganza,
y sólo de mi fiero mal se aleja
la esperanza, venganza, alivio y queja.
Porque ¿a quién sino al cielo,
que me robó mi dulce prenda amada,
podrá mi desconsuelo
dar sacrílega queja destemplada?
Y él con sordas, rectísimas orejas,
a cuenta de blasfemias pondrá quejas.
Ni Fabio fue grosero,
ni ingrato, ni traidor, antes amante,
con pecho verdadero:
nadie fue más leal ni más constante;
nadie más fino supo en sus acciones
finezas añadir a obligaciones.
Sólo el cielo envidioso
mi esposo me quitó: la Parca dura,
con ceño riguroso,
fue sólo autor de tanta desventura.
¡Oh cielo riguroso! ¡Oh triste suerte,
que tantas muertes das con una muerte!
¡Ay, dulce esposo amado!
¿Para qué te vi yo? ¿Por qué te quise,
y por qué tu cuidado
me hizo con las venturas infelice?
¡Oh dicha fementida y lisonjera,
quién tus amargos fines conociera!
¿Qué vida es ésta mía,
que rebelde resiste a dolor tanto?
¿Por qué, necia, porfía
y en las amargas fuentes de mi llanto,
atenuada, no acaba de extinguirse,
si no puede en mi fuego consumirse?
Fabio, en el ser de todos adoradas…
Fabio, en el ser de todos adoradas
son todas las beldades ambiciosas,
porque tienen las aras por ociosas
si no las ven de víctimas colmadas.
Y así, sí de uno solo son amadas,
viven de la fortuna querellosas;
porque piensan que más que ser hermosas
constituyen deidad al ser rogadas.
Mas yo soy en aquesto tan medida,
que en viendo a muchos mi atención zozobra
y sólo quiero ser correspondido.
de aquel que de mi amor réditos cobra;
porque es la sal del gusto al ser querido:
que daña lo que falta y lo que sobra.
Feliciano me adora y le aborrezco…
Feliciano me adora y le aborrezco;
Lisardo me aborrece y yo le adoro;
por quien no me apetece ingrato, lloro,
y al que me llora tierno, no apetezco:
a quien más me desdora, el alma ofrezco;
a quien me ofrece víctimas, desdoro;
desprecio al que enriquece mi decoro
y al que le hace desprecios enriquezco;
si con mi ofensa al uno reconvengo,
me reconviene el otro a mí ofendido
y al padecer de todos modos vengo;
pues ambos atormentan mi sentido:
aquéste con pedir lo que no tengo
y aquél con no tener lo que le pido.
Finjamos que soy feliz…
Finjamos que soy feliz,
triste pensamiento, un rato;
quizá podréis persuadirme,
aunque yo sé lo contrario.
Que pues sólo en la aprehensión
dicen que estriban los daños,
si os imagináis dichoso
no seréis tan desdichado.
Sírvame el entendimiento
alguna vez de descanso
y no siempre esté el ingenio
con el provecho encontrado.
Todo el mundo es opiniones,
de pareceres tan varios,
que lo que el uno, que es negro,
el otro prueba que es blanco.
A uno sirve de atractivo
lo que otro concibe enfado,
y lo que éste por alivio
aquél tiene por trabajo.
El que está triste censura
al alegre de liviano
y el que está alegre se burla
de ver al triste penando.
Los dos filósofos griegos
bien esta verdad probaron;
pues lo que en el uno risa,
causaba en el otro llanto.
Célebre su oposición
ha sido por siglos tantos,
sin que cuál acertó esté
hasta ahora averiguado.
Antes, en sus dos banderas
el mundo todo alistado,
conforme el humor le dicta
sigue cada cual el bando.
Uno dice que de risa
sólo es digno el mundo vario,
y otro que sus infortunios
son sólo para llorados.
Para todo se halla prueba
y razón en que fundarlo;
y no hay razón para nada,
de haber razón para tanto.
Todos son iguales jueces,
y siendo iguales y varios,
no hay quien pueda decidir
cuál es lo más acertado.
Pues si no hay quien lo sentencie
¿por qué pensáis vos, errado,
que os sometió Dios a vos
la decisión de los casos?
¿O por qué, contra vos mismo
severamente inhumano,
entre lo amargo y lo dulce
queréis elegir lo amargo?
Si es mío mi entendimiento
¿por qué siempre he de encontrarlo
tan torpe para el alivio,
tan agudo para el daño?
El discurso es un acero
que sirve por ambos cabos:
de dar muerte, por la punta;
por el pomo, de resguardo.
Si vos, sabiendo el peligro,
queréis por la punta usarlo,
¿qué culpa tiene el acero
del mal uso de la mano?
No es saber, saber hacer
discursos sutiles vanos;
que el saber consiste sólo
en elegir lo más sano.
Especular las desdichas
y examinar los presagios
sólo sirve de que el mal
crezca con anticiparlo.
En los trabajos futuros
la atención sutilizando
más formidable que el riesgo
suele fingir el amago.
¡Qué feliz es la ignorancia
del que indoctamente sabio
halla, de lo que padece,
en lo que ignora, sagrado!
No siempre suben seguros
vuelos del ingenio osados,
que buscan trono en el fuego
y hallan sepulcro en el llanto.
También es vicio el saber,
que si no se va atajando,
cuanto menos se conoce
es más nocivo el estrago.
Y si el vuelo no le abaten,
es sutilezas cebado,
por cuidar de lo curioso
olvida lo necesario.
Si culta mano no impide
crecer al árbol copado,
quitan la sustancia al fruto
la locura de los ramos.
Si andar a nave ligera
no estorba lastre pesado,
sirve el vuelo de que sea
el precipicio más alto.
En amenidad inútil
¿qué importa al florido campo,
si no halla fruto el otoño
que ostente flores el mayo?
¿De qué le sirve al ingenio
el producir muchos partos
si a la multitud se sigue
el malogro de abortarlos?
Ya esta desdicha por fuerza
ha de seguirse el fracaso
de quedar el que produce,
si no muerto, lastimado.
El ingenio es como el fuego,
que, con la materia ingrato,
tanto la consume más
cuando él se ostenta más claro.
Es de su propio señor
tan rebelado vasallo,
que convierte en sus ofensas
las armas de su resguardo.
Este pésimo ejercicio,
este duro afán pesado,
a los hijos de los hombres
dio Dios para ejercitarlos.
¿Qué loca ambición nos lleva,
de nosotros olvidados?
Si es que vivir tan poco,
¿de qué sirve saber tanto?
¡Oh, si como hay de saber
hubiera algún seminario
o escuela donde a ignorar
se enseñaran los trabajos!
¡Qué felizmente viviera
el que flojamente cauto
burlara las amenazas
del influjo de los astros!
Aprendamos a ignorar,
pensamiento, pues hallamos
que cuanto añado al discurso
tanto le usurpo a los años.
Firma Pilatos la que juzga ajena…
Firma Pilatos la que juzga ajena
sentencia, y es la suya ¡O caso fuerte!
quien creerá, que firmando ajena muerte,
el mismo juez en ella se condena.
La ambición de sí, tanto le enajena,
que con el vil temor ciego no advierte,
que carga sobre sí la infausta suerte,
quien al justo sentencia a injusta pena.
Jueces del mundo, detened la mano
aun no firméis mirad si son violencias
las que os pueden mover de odio inhumano.
Examinar primero las conciencias,
mirad no haga el juez recto, y soberano,
que en la ajena firméis vuestra sentencia.
Glosa
En vano tu canto suena
pues no advierte en su desdicha
que será el fin de tu dicha
el principio de tu pena.
El loco orgullo refrena,
de que tan ufano estás,
sin advertir, cuando das
cuenta al aire de tus bienes,
que si ahora dichas tienes
presto celos llorarás.
En lo dulce de tu canto,
el justo temor te avisa
que en un amante no hay risa
que no se alterne con llanto.
No te desvanezca tanto
el favor, que te hallarás
burlado y conocerás
cuánto es necio un confiado;
que si hoy blasonas de amado
presto celos llorarás.
Advierte que el mismo estado
que al amante venturoso
le constituye dichoso,
le amenaza desdichado;
pues le da tan alto grado
por derribarle no más:
y así tú, que ahora estás
en tal altura, no ignores
que si hoy ostentas favores
presto celos llorarás.
La gloria más levantada
que amor a tu dicha ordena
contémplala como ajena
y tenla como prestada.
No tu ambición engañada
piense que eterno serás
en las dichas pues verás
que hay áspid entre las flores
y que si hoy cantas favores
presto celos llorarás.
Habiendo muerto un toro el caballo a un caballero toreador
El que Hipogrifo de mejor Rugero,
Ave de Ganimedes, más hermoso,
Pegaso de Perseo más airoso,
de más dulce Arión, Delfín ligero
fue, ya sin vida yace el golpe fiero
de transformado Jove, que celoso
los rayos disimula, belicoso,
sólo en un semicírculo de acero.
Rindió el fogoso postrimero aliento
el veloz bruto, a impulso soberano;
pero aquel su dolor, que tuvo, siento,
más de afectivo y menos de inhumano:
pues fue de vergonzoso sentimiento
de ser bruto, rigiéndole tal mano.
Hombres necios que acusáis…
Hombres necios que acusáis
a la mujer sin razón,
sin ver que sois la ocasión
de lo mismo que culpáis.
Si con ansia sin igual
solicitáis su desdén,
¿por qué queréis que obren bien
si las incitáis al mal?
Combatís su resistencia
y luego con gravedad
decís que fue liviandad
lo que hizo la diligencia.
Parecer quiere el denuedo
de vuestro parecer loco
al niño que pone el coco
y luego le tiene miedo.
Queréis con presunción necia
hallar a la que buscáis,
para pretendida, Tais,
y en la posesión, Lucrecia.
¿Qué humor puede ser más raro
que el que, falto de consejo,
él mismo empaña el espejo
y siente que no esté claro?
Con el favor y el desdén
tenéis condición igual,
quejándoos, si os tratan mal,
burlándoos, si os quieren bien.
Opinión ninguna gana,
pues la que más se recata,
si no os admite, es ingrata,
y si os admite, es liviana.
Siempre tan necios andáis
que con desigual nivel
a una culpáis por cruel
y a otra por fácil culpáis.
¿Pues cómo ha de estar templada
la que vuestro amor pretende,
si la que es ingrata ofende
y la que es fácil enfada?
Mas entre el enfado y pena
que vuestro gusto refiere,
bien haya la que no os quiere
y queja enhorabuena.
Dan vuestras amantes penas
a sus libertades alas
y después de hacerlas malas
las queréis hallar muy buenas.
¿Cuál mayor culpa ha tenido
en una pasión errada:
la que cae de rogada
o el que ruega de caído?
¿O cuál es más de culpar,
aunque cualquiera mal haga:
la que peca por la paga
o el que paga por pecar?
¿Pues para qué os espantáis
de la culpa que tenéis?
Queredlas cual las hacéis
o hacedlas cual las buscáis.
Dejad de solicitar
y después con más razón
acusaréis la afición
de la que os fuere a rogar.
Bien con muchas armas fundo
que lidia vuestra arrogancia,
pues en promesa e instancia
juntáis diablo, carne y mundo.
Inés, cuando te riñen por bellaca
Inés, cuando te riñen por Bellaca,
para disculpas, no te falta Achaque
porque dices, que traque, y que Barraque
con que sabes muy bien tapar la Caca.
Si coges la palabra, no hay Urraca,
que así la gorja de mal año Saques
y con tronidos, más que un triqui Traque,
a todo el Mundo aturdes, cual Matraca.
Este bullicio todo lo Trabuca,
este embeleco todo lo Embeleca,
más, aunque eres (Inés) tan mala Cuca,
sabe mi amor muy bien lo que se Peca,
y así con tu afición no se Embabuca,
aunque eres Zancarrón, y yo de Meca.
Inés, yo con tu amor me Regocilo
Inés, yo con tu amor me Regocilo,
y viéndome querer, me Regodeo,
en mirar una Hermosura me Recreo,
y, cuando está celosa me Reguilo.
Si a otro miras, de celos me Aniquilo,
y tiemblo de tu Gracia, y tu Meneo,
porque sé (Inés) que tú con un voleo,
no dejarás humor, ni aun para Quilo.
Cuando estás enojada no Resuello,
cuando me das picones me Refino,
cuando sales de casa no Reposo,
Y espero (Inés) que entre esto, y entre
tu Amor acompañado de mi Bino,
de contigo en la cama, o en el Coso.
Intenta de Tarquino el artificio…
Intenta de Tarquino el artificio
a tu pecho, Lucrecia, dar batalla;
ya amante llora, ya modesto calla;
ya ofrece toda el alma en sacrificio.
Y cuando piensa ya que más propicio
tu pecho a tanto imperio se avasalla,
el premio, como Sísifo, que halla,
es empezar de nuevo el ejercicio.
Arde furioso y la amorosa tema
crece en la resistencia de tu honda,
con tanta privación más obstinada.
¡Oh providencia de deidad suprema:
tu honestidad motiva tu deshonra
y tu deshonra te eterniza honrada!
Jocoso, a la rosa
Señora doña Rosa, hermosa amago
de cuantas flores miran Sol y Luna:
¿cómo, si es dama ya, se está en la cuna,
y si es divina, teme humano estrago?
¿Cómo, expuesta del cierzo al rigor vago,
teme humilde el desdén de la fortuna,
mendigando alimentos, importuna,
del turbio humor de un cenagoso lago?
Bien sé que ha de decirte que el respeto
le pierdo con mi mal limada prosa.
Pues a fe que me he visto en harto aprieto;
y advierta vuesarced, señora Rosa,
que le escribo, no más, este soneto
porque todo poeta aquí se roza.
La compuesta de flores maravilla…
La compuesta de flores maravilla,
divina protectora americana,
que a ser se pasa rosa mexicana
apareciendo rosa de Castilla;
la que, en vez del dragón (de quien humilla
cerviz rebelde en Pathmos) huella ufana
hasta aquí inteligencia soberana
de su pura grandeza, pura silla;
ya el cielo, que la copia misterioso,
segunda vez sus señas celestiales
en guarismo de flores claro suma;
pues no menos le dan traslado hermoso
las flores de tus versos sin iguales,
la maravilla de tu culta pluma.
La heroica esposa de Pompeyo, altiva…
La heroica esposa de Pompeyo, altiva,
al ver su vestidura en sangre roja,
con generosa cólera se enoja
de sospecharlo muerto y estar viva.
Rinde la vida en que el sosiego estriba
de esposo y padre, y con mortal congoja,
la concebida sucesión arroja,
y de la paz con ella a Roma priva.
Si el infeliz concepto que tenía
en las entrañas Julia, no abortara,
la muerte de Pompeyo excusaría.
¡Qué tirana fortuna! ¡Quién pensara,
que con el mismo amor que la temía,
con ese mismo amor se la causara!
La mexicana musa, hija eminente
La Mexicana Musa, Hija eminente
de Apolo, y que las Nueve aun más divina,
porque fuese del Sol la Benjamina,
le nació en la vejez de su Poniente.
¡Qué sutil, si discurre! ¡Qué elocuente,
si razona! ¡Si habla, qué ladina!
Y si canta de amor, cuerda es tan fina,
que no se oye rozado en lo indecente.
Única poetisa, ese talento
(que no le desperdicias, que le empleas)
aun le envidia mi amor, que es lince a tiento.
¡O enhorabuena Peregrina seas,
por si vago tal vez mi pensamiento,
se encontrase contigo en sus ideas.
Lamenta con todos la muerte de la Señora Marquesa de Mancera
Mueran contigo, Laura, pues moriste,
los afectos, que en vano te desean,
los ojos, a quien privas, de que vean
la hermosa luz, que a un tiempo concediste.
Muera mi Lira infausta, en que influiste
ecos, que lamentables te vocean,
y, hasta estos rasgos mal formados, sean
lágrimas negras de mi pluma triste.
Muévase a compasión la misma muerte,
que precisa no pudo perdonarte,
y lamentó el amor su amarga suerte.
Pues si antes, ambicioso de gozarte,
deseó tener ojos para verte
ya le sirvieran sólo de llorarte.
Lámina sirva el cielo al retrato…
Lámina sirva el cielo al retrato,
Lísida, de su angélica forma;
cálamos forme el sol de sus luces,
sílabas las estrellas componga.
Cárceles tu madeja fabrica,
dédalo que sutilmente forma
vínculos de dorados Ofires,
Tíbares de prisiones gustosas.
Hécate, no triforme, mas llena,
pródiga de candores asoma,
trémula no en tu frente se oculta,
fúlgida su esplendor desemboza.
Círculo dividido en dos arcos,
pérsica forman lid belicosa:
áspides que por flechas disparas,
víboras de halagüeña ponzoña.
Lámparas, tus dos ojos, febeas,
súbitos resplandores arrojan;
pólvora que a las almas que llega
tórridas abrasadas transforma.
Límite de una y otra luz pura,
último, tu nariz judiciosa,
árbitro es, entre dos, confinantes,
máquina que divide una y otra.
Cátedras del abril tus mejillas,
clásicas dan a mayo estudiosas
métodos a jazmines nevados,
fórmula rubicunda a las rosas.
Lágrimas del aurora congela,
búcaro de fragancia tu boca,
rúbrica con jazmines escrita,
cláusula de coral y de aljófar.
Cóncavo es, breve pira, en la barba,
pórfido en que las almas reposan;
túmulo les eriges de luces,
bóveda de luceros las honra.
Tránsito a los jardines de Venus,
órgano es de marfil, en canora
música tu garganta, que en dulces
éxtasis aun al viento aprisiona.
Pámpanos de cristal y de nieve,
cándidos tus dos brazos provocan,
Tántalos, los deseos ayunos,
míseros sienten frutas y ondas.
Dátiles de alabastro tus dedos,
fértiles de sus dos palmas brotan;
frígidos, si los ojos los miran;
cálidos, si las almas los tocan.
Bósforo de estrechez, tu cintura,
cíngulo ciñe breve por zona;
rígida (si de seda) clausura,
músculos nos oculta ambiciosa.
Cúmulo de primores tu talle,
dóricas esculturas asombra,
jónicos lineamientos desprecia,
émula su labor de sí propia.
Móviles pequeñeces tus plantas,
sólidos pavimentos ignoran;
mágicos, que a los vientos que pisan
tósigos de beldad inficionan.
Plátano, tu gentil estatura,
flámula es que a los aires tremola;
ágiles movimientos que esparcen
bálsamo de fragantes aromas.
Índices de tu rara hermosura,
rústicas estas líneas son cortas;
Cítara solamente de Apolo
méritos cante tuyos sonora.
Lira I
A estos peñascos rudos,
mudos testigos del dolor que siento,
que sólo siendo mudos
pudiera yo fiarles mi tormento,
si acaso de mis penas lo terrible
no infunde lengua y voz en lo insensible,
quiero contar mis males,
si es que yo sé los males de que muero;
pues son mis penas tales,
que si contarlas por alivio quiero,
le son, una con otra atropellada,
dogal a la garganta, al pecho espada.
No envidio dicha ajena,
que el mal eterno que en mi pecho lidia
hace incapaz mi pena
de que pueda tener tan alta envidia:
es tan mísero estado en el que peno,
que como dicha envidio el mal ajeno:
No pienso yo si hay glorias,
porque estoy de pensarlo tan distante,
que aun las dulces memorias
de mi pasado bien, tan ignorante
las mira de mi mal el desengaño,
que ignoro si fue bien y sé que es daño.
Estense allá en su esfera
los dichosos, que es cosa en mi sentido
tan remota, tan fuera
de mi imaginación, que sólo mido,
entre lo que padecen los mortales,
lo que distan sus males de mis males.
¡Quién tan dichoso fuera
que de un agravio indigno se quejara!
¡Quién un desdén llorara!
¡Quién un alto imposible pretendiera!
¡Quién llegara, de ausencia o de mudanza,
casi a perder de vista la esperanza!
¡Quién en ajenos brazos
viera a su dueño, y con dolor rabioso
se arrancara a pedazos
del pecho ardiente el corazón celoso!
Pues fuera menor mal que mis desvelos
el infierno insufrible de los celos.
Pues todos esos males
tienen consuelo o tienen esperanza;
y los más son iguales,
solicitan o animan la venganza,
y sólo de mi fiero mal se aleja
la esperanza, venganza, alivio y queja.
Porque ¿a quién sino al cielo,
que me robó mi dulce prenda amada,
podrá mi desconsuelo
dar sacrílega queja destemplada?
Y él con sordas, rectísimas orejas,
a cuenta de blasfemias pondrá quejas.
Ni Fabio fue grosero,
ni ingrato, ni traidor, antes amante,
con pecho verdadero:
nadie fue más leal ni más constante;
nadie más fino supo en sus acciones
finezas añadir a obligaciones.
Sólo el cielo envidioso
mi esposo me quitó: la Parca dura,
con ceño riguroso,
fue sólo autor de tanta desventura.
¡Oh cielo riguroso! ¡Oh triste suerte,
que tantas muertes das con una muerte!
¡Ay, dulce esposo amado!
¿Para qué te vi yo? ¿Por qué te quise,
y por qué tu cuidado
me hizo con las venturas infelice?
¡Oh dicha fementida y lisonjera,
quién tus amargos fines conociera!
¿Qué vida es ésta mía,
que rebelde resiste a dolor tanto?
¿Por qué, necia, porfía
y en las amargas fuentes de mi llanto,
atenuada, no acaba de extinguirse,
si no puede en mi fuego consumirse?
Lira II
Amado dueño mío:
escucha un rato mis cansadas quejas,
pues del viento las fío
que breve las conduzca a tus orejas,
si no se desvanece el triste acento
como mi esperanza en el viento.
Óyeme con los ojos,
ya que están tan distantes los oídos
y de ausentes enojos
en ecos de mi pluma mis gemidos;
y ya que a ti no llega mi voz ruda,
óyeme sordo, pues me quejo muda.
Si del campo te agradas,
goza de sus frescuras venturosas,
sin que aquestas cansadas
lágrimas te detengan enfadosas;
que en él verás, si atento te entretienes,
ejemplo de mis males y mis bienes,
Si el arroyo parlero
ves galán de las flores en el prado,
que amante y lisonjero
a cuantas mira íntima su cuidado,
en su corriente mi dolor te avisa
que a costa de mi llanto tienes risa.
Si ves que triste llora
su esperanza marchita en ramo verde
tórtola gemidora,
en él y en ella mi dolor te acuerde
que imitan con verdor y con lamento
él a mi esperanza y ella mi tormento.
Si la flor delicada,
si la peña, que altiva no consiente
del tiempo ser hollada,
ambas me imitaban, aunque variamente,
ya con fragilidad, ya con dulzura,
mi dicha aquélla, y ésta mi firmeza.
Si ves el ciervo herido
que baja por el monte acelerado,
buscando, dolorido,
alivio al mal en un arroyo helado,
y sediento al cristal se precipita,
no en el alivio, en el dolor me imita.
Si la liebre encogida
huye medrosa de los galgos fieros,
y por salvar la vida
no deja estampa de los pies ligeros,
tal mi esperanza en dudas y recelos
se ve acusada de villanos celos.
Si ves el cielo claro,
tal es la sencillez del alma mía;
y si, de luz avaro,
de tinieblas emboza el claro día,
es con su oscuridad y su clemencia
imagen de mi vida en esta ausencia.
Así que, Fabio amado,
saber puedes mis males sin costarte
la noticia cuidado,
pues puedes de los campos informarte,
y pues yo a todo mi dolor ajusto,
saber mi pena sin dejar tu gusto.
Mas ¿cuándo (¡ay, gloria mía!)
mereceré gozar tu luz serena?
¿Cuándo llegará el día
que pongas dulce fin a tanta pena?
¿Cuándo veré tus ojos, dulce encanto,
y de los míos quitarás el llanto?
¿Cuándo tu voz sonora
herirá mis oídos, delicada,
y el alma que te adora,
de inundación de gozos anegada,
a recibirte con amante prisa
saldrá a los ojos desatada en risa?
¿Cuándo tu luz hermosa
revestirá de glorias mis sentidos?
¿Y cuándo yo dichosa
mis suspiros daré por bien perdidos,
teniendo en poco el precio de mi llanto?
¡Que tanto ha de penar quien goza tanto!
¿Cuándo de tu apacible
rostro alegre veré el semblante afable
y aquel bien indecible,
a toda humana pluma inexplicable?
Que mal se ceñirá a lo definido
lo que no cabe en todo lo sentido.
Ven, pues, mi prenda amada,
que ya fallece mi cansada vida
de esta ausencia pesada;
ven, pues, que mientras tarda tu venida,
aunque me cueste su verdor enojos,
regaré mi esperanza con mis ojos.
Mandas, Anarda, que sin llanto asista…
Mandas, Anarda, que sin llanto asista
a ver tus ojos, de lo cual sospecho,
que el ignorar la causa, es quien te ha hecho
querer, que emprenda yo tanta conquista.
Amor, Señora, sin que me resista,
que tiene en fuego el corazón deshecho,
como hace huir la sangre allá en el pecho,
vaporiza en ardores por la vista.
Buscan luego mis ojos tu presencia,
que centro juzga de su dulce encanto,
y cuando mi atención te reverencia.
Los virtuales rayos entretanto,
como hallan en tu nieve resistencia,
lo que salió vapor, se vuelve llanto.
Máquinas primas de su ingenio agudo…
Máquinas primas de su ingenio agudo
A Arquímedes, artífice famoso,
Raro nombre dieron de ingenioso;
¡Tanto el afán y tanto el arte pudo!
Invención rara, que en el mármol rudo
No sin arte grabó, maravilloso,
De su mano, su nombre prodigioso,
Entretejido en flores el escudo.
¡Oh! Así permita el Cielo que se entregue
Lince tal mi atención en imitarte,
I en el mar de la ciencia así se anegue
Vajel, que -al discurrir por alcanzarte-
Alcance que el que a ver la hechura llegue,
Sepa tu nombre del primor del Arte.
Mas ya el dolor me vence. Ya, ya llego…
Mas ya el dolor me vence. Ya, ya llego,
al término fatal por mi querida:
que es poca la materia de una vida
para la forma de tan grande fuego.
Ya licencia a la muerte doy: ya entrego
el alma, a que del cuerpo la divida,
aunque en ella y en él quedará asida
mi deidad, que las vuelva a reunir luego.
Sed tengo: que el amor me ha abrasado
aun con todo el dolor que padeciendo
estoy, mi corazón aún no saciado.
¡Padre! ¿Por qué en un trance tan tremendo
me desamparas? Ya está consumado.
¡En tus manos mi espíritu encomiendo!
Me acerco y me retiro…
Me acerco y me retiro:
¿quién sino yo hallar puedo
a la ausencia en los ojos
la presencia en lo lejos?
Del desprecio de Filis
infelice me ausento:
¡ay de aquel de quien es
aún perdida el desprecio!
Tan atento la adora,
que en el mal que padezco
no siento sus rigores
tanto como el perderlos.
No pierdo al partir sólo
los bienes que poseo,
si en Filis, que no es mía,
pierdo lo que no pierdo.
¡Ay de quien un desdén
lograba tan atento
que por no ser dolor
no se atrevió a ser premio!
Pues viendo en mi destino
preciso mi destierro,
me desdeñaba más
porque perdiera menos.
¡Ay! ¿Quién te enseñó, Filis,
tan primoroso medio:
vedar a los desdenes
el traje del afecto?
A vivir ignorado
de tus luces me ausento,
donde ni aun mi mal sirva
a tu desdén de obsequio.
Mientras la gracia me excita…
Mientras la gracia me excita
por elevarme a la esfera,
mas me abate a lo profundo
el peso de mis miserias.
La virtud y la costumbre
en el corazón pelean
y el corazón agoniza
en tanto que lidian ellas.
Y aunque es la virtud tan fuerte
temo que tal vez la venzan,
que es muy grande la costumbre
y está la virtud muy tierna.
Oscurécese el discurso
entre confusas tinieblas;
pues ¿quién podrá darme luz,
si está la razón a ciegas?
De mí misma soy verdugo
y soy cárcel de mí mesma:
¿quién vio que pena y penante
una propia cosa sean?
Hago disgusto a lo mismo
que más agradar quisiera,
y el disgusto que doy
en mí resulta la pena.
Amo a Dios y siento en Dios,
y hace mi voluntad mesma
de lo que es alivio, cruz,
del mismo puerto, tormenta.
Padezca, pues Dios lo manda;
mas de tal manera sea,
que si son penas las culpas
que no sean culpas las penas.
Mirando perfección tal
Mirando perfección tal,
cual la que en ti llegó a ver,
apenas puedo creer
que puedes tener igual:
y a no haber original
de cuya perfección rara
la que hay en ti se copiara
perdida por tu afición
segundo Pigmalión
la animación te impetrara.
Miró Celia una rosa que en el prado…
Miró Celia una rosa que en el prado
ostentaba feliz la pompa vana
y con afeites de carmín y grana
bañaba alegre el rostro delicado;
y dijo: Goza, sin temor del hado,
el curso breve de tu edad lozana,
pues no podrá la muerte de mañana
quitarte lo que hubieres hoy gozado.
Y aunque llega la muerte presurosa
y tu fragante vida se te aleja,
no sientas el morir tan bella y moza;
mira que la experiencia te aconseja
que es fortuna morirte siendo hermosa
y no ver el ultraje de ser vieja.
Moriste duque excelso, en fin moriste…
Moriste duque excelso, en fin moriste,
Sol de Veragua claro, y refulgente,
que apenas ilustrabas el Oriente,
cuando en fatal Ocaso te pusiste.
Tú que por tantas veces te ceñiste,
al desdén vencedor del Sol ardiente,
apareciste exhalación luciente,
llegaste aplauso, ejemplo feneciste.
Moriste en fin, pero mostraste osado
el valor de tu pecho no vencido,
de la propia Nación tan venerado.
De las contrarias armas tan temido,
moriste de improviso, que aun el Hado,
no osará acometerte prevenido.
Mueran contigo, Laura, pues moriste…
Mueran contigo, Laura, pues moriste,
los afectos, que en vano te desean,
los ojos, a quien privas, de que vean
la hermosa luz, que a un tiempo concediste.
Muera mi Lira infausta, en que influiste
ecos, que lamentables te vocean,
y, hasta estos rasgos mal formados, sean
lágrimas negras de mi pluma triste.
Muévase a compasión la misma muerte,
que precisa no pudo perdonarte,
y lamentó el amor su amarga suerte.
Pues si antes, ambicioso de gozarte,
deseó tener ojos para verte
ya le sirvieran sólo de llorarte.
Muestra se debe escoger antes morir que exponerse a los ultrajes de la vejez
Miró Celia una rosa que en el prado
ostentaba feliz la pompa vana
y con afeites de carmín y grana
bañaba alegre el rostro delicado;
y dijo: Goza, sin temor del hado,
el curso breve de tu edad lozana,
pues no podrá la muerte de mañana
quitarte lo que hubieres hoy gozado.
Y aunque llega la muerte presurosa
y tu fragante vida se te aleja,
no sientas el morir tan bella y moza;
mira que la experiencia te aconseja
que es fortuna morirte siendo hermosa
y no ver el ultraje de ser vieja.
Muestra sentir que la baldonen por los aplausos de su habilidad
¿Tan grande, ¡ay hado!, mi delito ha sido
que por castigo de él o por tormento
no basta el que adelanta el pensamiento
sino el que le previenes al oído?
Tan severo en mi contra has procedido, 5
que me persuado, de tu duro intento,
a que sólo me diste entendimiento
porque fuese mi daño más crecido.
Dísteme aplausos para más baldones,
subir me hiciste, para penas tales; 10
y aun pienso que me dieron tus traiciones
penas a mi desdicha desiguales
porque viéndome rica de tus dones
nadie tuviese lástima a mis males.
Nace de la escarcha fresca rosa…
Nace de la escarcha fresca rosa
dulce abeja, y apenas aparece,
cuando a su regio natalicio ofrece
tutela verde, palma victoriosa.
Así Rosa, María, más hermosa,
concibe a Dios, y el vientre apenas crece,
cuando es, de la sospecha que padece,
el Espíritu Santo Palma umbrosa.
Pero cuando el tirano, por prenderlo,
tanta inocente turba herir pretende,
solo Vos, ¡oh José!, vais a esconderlo:
para que en Vos admire, quien lo entiende,
que Vos bastáis del mundo a defenderlo,
y que de Vos, Dios solo le defiende.
No es solo por antojo el haber dado…
No es solo por antojo el haber dado
en quererte, mi bien: pues no pudiera
alguno que tus prendas conociera,
negarte que mereces ser amado.
Y si mi entendimiento desdichado
tan incapaz de conocerte fuera,
de tan grosero error aun no pudiera
hallar disculpa en todo lo ignorado.
Aquella que te hubiere conocido,
o te ha de amar, o confesar los males
que padece su ingenio en lo entendido,
juntando dos extremos desiguales;
con que ha de confesar que eres querido,
para no dar improporciones tales.
No quiere pasar por olvido lo descuidado
Dices que yo te olvido, Celio, y mientes,
en decir que me acuerdo de olvidarte,
pues no hay en mi memoria alguna parte
en que, aun como olvidado, te presentes.
Mis pensamientos son tan diferentes
y en todo tan ajenos de tratarte,
que ni saben ni pueden olvidarte,
ni si te olvidan saben si lo sientes.
Si tú fueras capaz de ser querido,
fueras capaz de olvido; y ya era gloria
al menos la potencia de haber sido.
Mas tan lejos estás de esa victoria,
que aqueste no acordarme no es olvido
sino una negación de la memoria.
Nueva alabanza del hecho de Lucrecia
Intenta de Tarquino el artificio
a tu pecho, Lucrecia, dar batalla;
ya amante llora, ya modesto calla;
ya ofrece toda el alma en sacrificio.
Y cuando piensa ya que más propicio
tu pecho a tanto imperio se avasalla,
el premio, como Sísifo, que halla,
es empezar de nuevo el ejercicio.
Arde furioso y la amorosa tema
crece en la resistencia de tu honda,
con tanta privación más obstinada.
¡Oh providencia de deidad suprema:
tu honestidad motiva tu deshonra
y tu deshonra te eterniza honrada!
¡Oh cuán frágil se muestra el ser humano…
¡Oh cuán frágil se muestra el ser humano
en los últimos términos fatales,
donde sirven aromas Orientales
de culto inútil, de resguardo vano!
Solo a ti respetó el poder tirano,
¡oh gran Felipe! pues con las señales
que ha mostrado que todos son mortales,
te ha acreditado a ti de Soberano.
Conoces ser de tierra fabricado
este cuerpo, y que está con mortal guerra
el bien del alma en él aprisionado;
y así, subiendo al bien que el Cielo encierra,
que en la tierra no cabes has probado,
pues aun tu cuerpo dejas porque es tierra.
Oh, famosa Lucrecia, gentil dama…
¡Oh, famosa Lucrecia, gentil dama,
de cuyo ensangrentado noble pecho
salió la sangre que extinguió a despecho
del rey injusto la lasciva llama!
¡Oh, con cuánta razón el mundo aclama
tu virtud, pues por premio de tal hecho
aún es para tus sienes cerco estrecho
la amplísima corona de tu fama!
Pero si el modo de tu fin violento
puedes borrar del tiempo y sus anales,
quita la punta del puñal sangriento
con que pusiste fin a tantos males;
que es mengua de tu honrado sentimiento
decir que te ayudaste de puñales.
¡Oh quién, amado Anfriso, te ciñera…
¡Oh quién, amado Anfriso, te ciñera
del Mundo las coronas poderosas!
Que a coronar tus prendas generosas
el círculo del Orbe corto fuera.
¡Quién, para eternizarte, hacer supiera
mágicas confecciones prodigiosas,
o tuviera las hierbas milagrosas
que feliz gustó Glauco en la ribera!
Mas aunque no halla medio mi cuidado
para que goces de inmortal la palma,
otro más propio mi cariño ha hallado
que el curso de tu vida tenga en calma;
pues juzgo que es el más proporcionado
de alargar una vida, dar un alma.
Para explicar la causa a la rebeldía
Probable opinión es, que conservarse
la forma celestial en su fijeza,
no es porque en lo material hay más nobleza,
sino por la manera de informarse.
Porque aquel apetito de mudarse,
la sacia de la forma, la Nobleza,
con que cesando el apetito, cesa
la ocasión, que tuvieran de apartarse.
Así tu amor, con vínculo terrible,
el alma que te adora, Celia informa,
con que su corrupción es imposible.
Ni aducir otra con quien no conforma,
no por ser la materia incorruptible,
más por lo inadmisible de la forma.
Pinta la proporción hermosa de la excelentísima señora condesa de Paredes, con otra de cuidados, elegantes esdrújulos, que aún le remite desde México a su excelencia
Lámina sirva el cielo al retrato,
Lísida, de su angélica forma;
cálamos forme el sol de sus luces,
sílabas las estrellas componga.
Cárceles tu madeja fabrica,
dédalo que sutilmente forma
vínculos de dorados Ofires,
Tíbares de prisiones gustosas.
Hécate, no triforme, mas llena,
pródiga de candores asoma,
trémula no en tu frente se oculta,
fúlgida su esplendor desemboza.
Círculo dividido en dos arcos,
pérsica forman lid belicosa:
áspides que por flechas disparas,
víboras de halagüeña ponzoña.
Lámparas, tus dos ojos, febeas,
súbitos resplandores arrojan;
pólvora que a las almas que llega
tórridas abrasadas transforma.
Límite de una y otra luz pura,
último, tu nariz judiciosa,
árbitro es, entre dos, confinantes,
máquina que divide una y otra.
Cátedras del abril tus mejillas,
clásicas dan a mayo estudiosas
métodos a jazmines nevados,
fórmula rubicunda a las rosas.
Lágrimas del aurora congela,
búcaro de fragancia tu boca,
rúbrica con jazmines escrita,
cláusula de coral y de aljófar.
Cóncavo es, breve pira, en la barba,
pórfido en que las almas reposan;
túmulo les eriges de luces,
bóveda de luceros las honra.
Tránsito a los jardines de Venus,
órgano es de marfil, en canora
música tu garganta, que en dulces
éxtasis aun al viento aprisiona.
Pámpanos de cristal y de nieve,
cándidos tus dos brazos provocan,
Tántalos, los deseos ayunos,
míseros sienten frutas y ondas.
Dátiles de alabastro tus dedos,
fértiles de sus dos palmas brotan;
frígidos, si los ojos los miran;
cálidos, si las almas los tocan.
Bósforo de estrechez, tu cintura,
cíngulo ciñe breve por zona;
rígida (si de seda) clausura,
músculos nos oculta ambiciosa.
Cúmulo de primores tu talle,
dóricas esculturas asombra,
jónicos lineamientos desprecia,
émula su labor de sí propia.
Móviles pequeñeces tus plantas,
sólidos pavimentos ignoran;
mágicos, que a los vientos que pisan
tósigos de beldad inficionan.
Plátano, tu gentil estatura,
flámula es que a los aires tremola;
ágiles movimientos que esparcen
bálsamo de fragantes aromas.
Índices de tu rara hermosura,
rústicas estas líneas son cortas;
Cítara solamente de Apolo
méritos cante tuyos sonora.
Presto celos llorarás
En vano tu canto suena
pues no advierte en su desdicha
que será el fin de tu dicha
el principio de tu pena.
El loco orgullo refrena,
de que tan ufano estás,
sin advertir, cuando das
cuenta al aire de tus bienes,
que si ahora dichas tienes
presto celos llorarás.
En lo dulce de tu canto,
el justo temor te avisa
que en un amante no hay risa
que no se alterne con llanto.
No te desvanezca tanto
el favor, que te hallarás
burlado y conocerás
cuánto es necio un confiado;
que si hoy blasonas de amado
presto celos llorarás.
Advierte que el mismo estado
que al amante venturoso
le constituye dichoso,
le amenaza desdichado;
pues le da tan alto grado
por derribarle no más:
y así tú, que ahora estás
en tal altura, no ignores
que si hoy ostentas favores
presto celos llorarás.
La gloria más levantada
que amor a tu dicha ordena
contémplala como ajena
y tenla como prestada.
No tu ambición engañada
piense que eterno serás
en las dichas pues verás
que hay áspid entre las flores
y que si hoy cantas favores
presto celos llorarás.
Pretende con toda ingeniosidad esforzar el dictamen de que sea ausencia mayor mal que los celos
El ausente, el celoso, se provoca,
aquél con sentimiento, éste con ira;
presume éste la ofensa que no mira
y siente aquél la realidad que toca:
Éste templa tal vez su furia loca
cuando el discurso en su favor delira;
y sin intermisión aquél suspira,
pues nada a su dolor la fuerza apoca.
Éste aflige dudoso su paciencia
y aquél padece ciertos sus desvelos;
éste al dolor opone resistencia;
aquél, sin ella, sufre desconsuelos:
y si es pena de daño, al fin, la ausencia,
luego es mayor tormento que los celos.
Probable opinión es, que conservarse…
Probable opinión es, que conservarse
la forma celestial en su fijeza,
no es porque en lo material hay más nobleza,
sino por la manera de informarse.
Porque aquel apetito de mudarse,
la sacia de la forma, la Nobleza,
con que cesando el apetito, cesa
la ocasión, que tuvieran de apartarse.
Así tu amor, con vínculo terrible,
el alma que te adora, Celia informa,
con que su corrupción es imposible.
Ni aducir otra con quien no conforma,
no por ser la materia incorruptible,
más por lo inadmisible de la forma.
Procura desmentir los elogios que a un retrato de la poetisa inscribió la verdad, que llama pasión
Este que ves, engaño colorido,
que, del arte ostentando los primores,
con falsos silogismos de colores
es cauteloso engaño del sentido;
éste, en quien la lisonja ha pretendido
excusar de los años los horrores,
y venciendo del tiempo los rigores
triunfar de la vejez y del olvido,
es un vano artificio del cuidado,
es una flor al viento delicada,
es un resguardo inútil para el hado:
es una necia diligencia errada,
es un afán caduco y, bien mirado,
es cadáver, es polvo, es sombra, es nada.
Prolija memoria…
Prolija memoria,
permite, siquiera,
que por un instante
sosieguen mis penas.
Afloja el cordel,
que (según aprietas)
temo que reviente
si das otra vuelta.
Mira que si acabas
con mi vida, cesa
de tus tiranías
la triste materia.
No piedad te pido
en aquestas treguas,
sino que otra especie
de tormento sea.
Ni de mí presumas
que soy tan grosera
que la vida sólo
para vivir quiera.
Bien sabes tú, como
quien está tan cerca,
que sólo la estimo
por sentir con ella,
y porque perdida,
perder era fuerza
un amor que pide
duración eterna:
por eso te pido
que tengas clemencia,
no porque yo viva,
sí porque él no muera.
¿No basta cuán vivas
se me representan
de mi ausente cielo
las divinas prendas?
¿No basta acordarme
sus caricias tiernas,
sus dulces palabras,
sus nobles finezas?
¿Y no basta que
industriosas crezcan,
con pasadas glorias,
mis presentes penas?
¿Sino que (¡ay de mí,
mi bien, quién pudiera
no hacerte este agravio
de temer mi ofensa!),
sino que villano
persuadirme intentas
que mi agravio es
posible que sea?
Y para formarlo,
con necia agudeza,
con cuerdas palabras,
acciones contestas.
Sus proposiciones
me las interpretas
y lo que en paz dije
me sirve de guerra.
¿Para qué examinas
si habrá quien merezca
de tus bellos ojos
atenciones tiernas?
¿Si de otra hermosura
acaso le llevan
méritos más altos,
más dulces ternezas?
¿Si de obligaciones
la carga molesta
le obliga en mi agravio
a pagar la deuda?
¿Para qué ventilas
la cuestión superflua
de si es la mudanza
hija de la ausencia?
Ya yo sé que es frágil
la naturaleza
y que su constancia
sola es no tenerla.
Sé que la mudanza
por puntos, en ella
es de su ser propio
caduca dolencia.
Pero también sé
que ha habido firmeza,
que ha habido excepciones
de la común regla.
¿Pues por qué la suya
quieres tú que sea,
siendo ambas posibles,
de aquélla, y no de ésta?
Mas ¡ay! que ya escucho
que das por respuesta
que son más seguras
las cosas adversas.
Con estos temores
en confusa guerra,
entre muerte y vida
me tienes suspensa.
Ven a algún partido
de una vez y acepta
permitir que viva
o dejar que muera.
Prosigue el mismo asunto, y determina que prevalezca la razón contra el gusto
Al que ingrato me deja, busco amante;
al que amante me sigue, dejo ingrata;
constante adoro a quien mi amor maltrata;
maltrato a quien mi amor busca constante.
Al que trato de amor hallo diamante;
y soy diamante al que de amor me trata;
triunfante quiero ver al que me mata
y mato a quien me quiere ver triunfante.
Si a este pago, padece mi deseo:
si ruego aquel, mi pundonor enojo:
de entrambos modos infeliz me veo.
Pero yo por mejor partido escojo
de quien no quiero, ser violento empleo,
que de quien no me quiere, vil despojo.
Prosigue el mismo pesar, y dice, que aun no debe aborrecer tan indigno sujeto, por no tenerle aun así cerca del corazón
Silvio, yo te aborrezco y aun condeno
el que estés de esta suerte en mi sentido,
que infama el hierro el escorpión herido
y a quien lo huella mancha inmundo cieno.
Eres como el mortífero veneno,
que daña quien lo vierte inadvertido;
y en fin, eres tan malo y fementido,
que aun para aborrecido no eres bueno.
Tu aspecto vil a mi memoria ofrezco,
aunque con susto me lo contradice,
por darme yo la pena que merezco,
pues cuando considero lo que hice,
no sólo a ti, corrida, te aborrezco,
pero a mí, por el tiempo que te quise.
Que celebra a un graduado de doctor
Vista tus hombros el verdor lozano,
Joven, con que tu ciencia te laurea;
y puesto en ello dignamente, sea
índice de tus méritos ufano.
Corone tu discurso soberano
la que blanda tus sientes lisonjea
insignia literaria, en quien se emplea
el flamante sepulcro de un gusano.
¡Oh qué enseñanza llevan escondida
honrosos los halagos de tu suerte,
donde despierta la atención dormida!
Pues ese verde honor, si bien se advierte,
mientras más brinda gustos a la vida,
más ofrece recuerdos a la muerte.
Que consuela un celoso epilogando la serie de los amores
Amor empieza por desasosiego,
solicitud, ardores y desvelos;
crece con riesgos, lances y recelos;
susténtase de llantos y de ruego.
Doctrínanle tibiezas y despego,
conserva el ser entre engañosos velos,
hasta que con agravios o con celos
apaga con sus lágrimas su fuego.
Su principio, su medio y fin es éste:
¿pues por qué, Alcino, sientes el desvío
de Celia, que otro tiempo bien te quiso?
¿Qué razón hay de que dolor te cueste?
Pues no te engaño amor, Alcino mío,
sino que llegó el término preciso.
Que contiene una fantasía con amor decente
Detente, sombra de mi bien esquivo
imagen del hechizo que más quiero,
bella ilusión por quien alegre muero,
dulce ficción por quien penosa vivo.
Si al imán de tus gracias atractivo
sirve mi pecho de obediente acero,
¿para qué me enamoras lisonjero,
si has de burlarme luego fugitivo?
Mas blasonar no puedes satisfecho
de que triunfa de mí tu tiranía;
que aunque dejas burlado el lazo estrecho
que tu forma fantástica ceñía,
poco importa burlar brazos y pecho
si te labra prisión mi fantasía.
Que discurren fantasías tristes de un ausente
Prolija memoria,
permite, siquiera,
que por un instante
sosieguen mis penas.
Afloja el cordel,
que (según aprietas)
temo que reviente
si das otra vuelta.
Mira que si acabas
con mi vida, cesa
de tus tiranías
la triste materia.
No piedad te pido
en aquestas treguas,
sino que otra especie
de tormento sea.
Ni de mí presumas
que soy tan grosera
que la vida sólo
para vivir quiera.
Bien sabes tú, como
quien está tan cerca,
que sólo la estimo
por sentir con ella,
y porque perdida,
perder era fuerza
un amor que pide
duración eterna:
por eso te pido
que tengas clemencia,
no porque yo viva,
sí porque él no muera.
¿No basta cuán vivas
se me representan
de mi ausente cielo
las divinas prendas?
¿No basta acordarme
sus caricias tiernas,
sus dulces palabras,
sus nobles finezas?
¿Y no basta que
industriosas crezcan,
con pasadas glorias,
mis presentes penas?
¿Sino que (¡ay de mí,
mi bien, quién pudiera
no hacerte este agravio
de temer mi ofensa!),
sino que villano
persuadirme intentas
que mi agravio es
posible que sea?
Y para formarlo,
con necia agudeza,
con cuerdas palabras,
acciones contestas.
Sus proposiciones
me las interpretas
y lo que en paz dije
me sirve de guerra.
¿Para qué examinas
si habrá quien merezca
de tus bellos ojos
atenciones tiernas?
¿Si de otra hermosura
acaso le llevan
méritos más altos,
más dulces ternezas?
¿Si de obligaciones
la carga molesta
le obliga en mi agravio
a pagar la deuda?
¿Para qué ventilas
la cuestión superflua
de si es la mudanza
hija de la ausencia?
Ya yo sé que es frágil
la naturaleza
y que su constancia
sola es no tenerla.
Sé que la mudanza
por puntos, en ella
es de su ser propio
caduca dolencia.
Pero también sé
que ha habido firmeza,
que ha habido excepciones
de la común regla.
¿Pues por qué la suya
quieres tú que sea,
siendo ambas posibles,
de aquélla, y no de ésta?
Mas ¡ay! que ya escucho
que das por respuesta
que son más seguras
las cosas adversas.
Con estos temores
en confusa guerra,
entre muerte y vida
me tienes suspensa.
Ven a algún partido
de una vez y acepta
permitir que viva
o dejar que muera.
¿Qué es esto, Alcino, cómo tu cordura…
¿Qué es esto, Alcino, cómo tu cordura
se deja así vencer de un mal celoso,
haciendo con extremos de furioso
demostraciones más que de locura?
¿En qué te ofendió Celia? si se apura;
o porque al amor culpas de engañoso,
si no aseguró nunca poderoso
la eterna posesión de su hermosura?
La posesión de cosas temporales
temporales, Alcino, y es abuso
el querer conservarlas siempre iguales.
Con que tu error, o tu ignorancia acuso,
pues Fortunas, y Amor de cosas tales
la propiedad no han dado, sino el uso.
Que escribió curioso a la madre Juana para que le respondiese
En pensar que me quieres, Clori, he dado,
por lo mismo que yo no te quisiera;
porque sólo quien no me conociera,
me pudiera a mí, Clori, haber amado.
En tú no conocerme, desdichado
por sólo esta carencia de antes fuera;
mas como yo saberlo no pudiera,
tuviera menos mal en lo ignorado.
Me conoces, o no me has conocido;
si me conoces, suplirás mis males.
Si aquello, negaraste a lo entendido;
si aquesto, quedaremos desiguales.
Pues, ¿cómo me aseguras lo querido,
mi Clori, en dos de Amor carencias tales?
Que explica la más sublime calidad de amor
Yo adoro a Lisi, pero no pretendo
que Lisi corresponda mi fineza;
pues si juzgo posible su belleza,
a su decoro y mi aprehensión ofendo.
No emprender, solamente, es lo que emprendo:
pues sé que a merecer tanta grandeza
ningún mérito basta, y es simpleza
obrar contra lo mismo que yo entiendo.
Como cosa concibo tan sagrada
su beldad que ni quiere mi osadía
a la esperanza dar ni aun leve entrada:
pues cediendo a la suya mi alegría,
por no llegarla a ver mal empleada,
aun pienso que sintiera verla mía.
Que explican un ingenioso sentir de ausente y desdeñado
Me acerco y me retiro:
¿quién sino yo hallar puedo
a la ausencia en los ojos
la presencia en lo lejos?
Del desprecio de Filis
infelice me ausento:
¡ay de aquel de quien es
aún perdida el desprecio!
Tan atento la adora,
que en el mal que padezco
no siento sus rigores
tanto como el perderlos.
No pierdo al partir sólo
los bienes que poseo,
si en Filis, que no es mía,
pierdo lo que no pierdo.
¡Ay de quien un desdén
lograba tan atento
que por no ser dolor
no se atrevió a ser premio!
Pues viendo en mi destino
preciso mi destierro,
me desdeñaba más
porque perdiera menos.
¡Ay! ¿Quién te enseñó, Filis,
tan primoroso medio:
vedar a los desdenes
el traje del afecto?
A vivir ignorado
de tus luces me ausento,
donde ni aun mi mal sirva
a tu desdén de obsequio.
Que expresa sentimiento de ausente
Amado dueño mío:
escucha un rato mis cansadas quejas,
pues del viento las fío
que breve las conduzca a tus orejas,
si no se desvanece el triste acento
como mi esperanza en el viento.
Óyeme con los ojos,
ya que están tan distantes los oídos
y de ausentes enojos
en ecos de mi pluma mis gemidos;
y ya que a ti no llega mi voz ruda,
óyeme sordo, pues me quejo muda.
Si del campo te agradas,
goza de sus frescuras venturosas,
sin que aquestas cansadas
lágrimas te detengan enfadosas;
que en él verás, si atento te entretienes,
ejemplo de mis males y mis bienes,
Si el arroyo parlero
ves galán de las flores en el prado,
que amante y lisonjero
a cuantas mira íntima su cuidado,
en su corriente mi dolor te avisa
que a costa de mi llanto tienes risa.
Si ves que triste llora
su esperanza marchita en ramo verde
tórtola gemidora,
en él y en ella mi dolor te acuerde
que imitan con verdor y con lamento
él a mi esperanza y ella mi tormento.
Si la flor delicada,
si la peña, que altiva no consiente
del tiempo ser hollada,
ambas me imitaban, aunque variamente,
ya con fragilidad, ya con dulzura,
mi dicha aquélla, y ésta mi firmeza.
Si ves el ciervo herido
que baja por el monte acelerado,
buscando, dolorido,
alivio al mal en un arroyo helado,
y sediento al cristal se precipita,
no en el alivio, en el dolor me imita.
Si la liebre encogida
huye medrosa de los galgos fieros,
y por salvar la vida
no deja estampa de los pies ligeros,
tal mi esperanza en dudas y recelos
se ve acusada de villanos celos.
Si ves el cielo claro,
tal es la sencillez del alma mía;
y si, de luz avaro,
de tinieblas emboza el claro día,
es con su oscuridad y su clemencia
imagen de mi vida en esta ausencia.
Así que, Fabio amado,
saber puedes mis males sin costarte
la noticia cuidado,
pues puedes de los campos informarte,
y pues yo a todo mi dolor ajusto,
saber mi pena sin dejar tu gusto.
Mas ¿cuándo (¡ay, gloria mía!)
mereceré gozar tu luz serena?
¿Cuándo llegará el día
que pongas dulce fin a tanta pena?
¿Cuándo veré tus ojos, dulce encanto,
y de los míos quitarás el llanto?
¿Cuándo tu voz sonora
herirá mis oídos, delicada,
y el alma que te adora,
de inundación de gozos anegada,
a recibirte con amante prisa
saldrá a los ojos desatada en risa?
¿Cuándo tu luz hermosa
revestirá de glorias mis sentidos?
¿Y cuándo yo dichosa
mis suspiros daré por bien perdidos,
teniendo en poco el precio de mi llanto?
¡Que tanto ha de penar quien goza tanto!
¿Cuándo de tu apacible
rostro alegre veré el semblante afable
y aquel bien indecible,
a toda humana pluma inexplicable?
Que mal se ceñirá a lo definido
lo que no cabe en todo lo sentido.
Ven, pues, mi prenda amada,
que ya fallece mi cansada vida
de esta ausencia pesada;
ven, pues, que mientras tarda tu venida,
aunque me cueste su verdor enojos,
regaré mi esperanza con mis ojos.
Que expresan cultos conceptos de afecto singular
Sabrás, querido Fabio,
si ignoras que te quiero,
que ignorar lo dichoso
es muy de lo discreto;
que apenas fuiste blanco
en que el rapaz arquero
del tiro indefectible
logró el mejor acierto,
cuando en mi pecho amante
brotaron el incendio
de recíprocas llamas
conformes ardimientos.
¿No has visto, Fabio mío,
cuando el señor de Delas
hiere con armas de oro
la luna de un espejo,
que haciendo en el cristal
reflejo el rayo bello
hiere repercusivo
al más cercano objeto?
Pues así del amor
las flechas, que en mi pecho
tu resistente nieve
les dio mayor esfuerzo,
vueltas a mí las puntas,
dispuso amor soberbio,
sólo con un impulso,
dos alcanzar trofeos.
Díganlo las ruinas
de mi valor deshecho
que en contritas cenizas
predican escarmientos.
Mi corazón lo diga,
que en padrones eternos
inextinguibles guarda
testimonios del fuego.
Segunda Troya, el alma,
de ardientes Mongibelos
es pavesa a la saña
de más astuto griego.
De las sangrientas viras
los enervados hierros
por las venas difunden
el amable veneno.
Las cercenadas voces,
que en balbucientes ecos,
si el amor las impele,
las retiene el respeto.
Las niñas de mis ojos,
que con mirar travieso
sinceramente parlan
del alma los secretos.
El turbado semblante
y el impedido aliento
en cuya muda calma
da voces el afecto.
Aquel decirte más,
cuando me explico menos,
queriendo en negaciones
expresar los conceptos.
Y en fin, dígaslo tú,
que de mis pensamientos,
lince sutil, penetras
los más ocultos senos.
Si he dicho que te he visto,
mi amor está supuesto,
pues es correlativo
de tus merecimientos.
Si a ellos atiendes, Fabio,
con indicios más ciertos
verás de mis finezas
evidentes contextos.
Ellos a ti te basten,
que si prosigo, pienso
que con superfluas voces
su autoridad ofendo.
¿Qué importa al Pastor Sacro, que a la llama…
¿Qué importa al Pastor Sacro, que a la llama
de su obrar negar quiera la victoria,
si cuando más apaga tanta gloria,
la misma luz a los recuerdos llama?
¿Si en cada mármol mudamente clama
de sus blasones indeleble historia,
porque sirva la letra a su memoria
lo que de piedra al tiempo de su Fama?
A la sagrada cifra, que venera
el discurso en las piedras, comedido,
y en duración eterna persevera,
exenta y libre del oscuro olvido,
alabarte podrás, culta Ribera,
que sólo le construyes el sentido.
Que no me quiera Fabio al verse amado…
Que no me quiera Fabio al verse amado
es dolor sin igual, en mi sentido;
mas que me quiera Silvio aborrecido
es menor mal, mas no menor enfado.
¿Qué sufrimiento no estará cansado,
si siempre le resuenan al oído,
tras la vana arrogancia de un querido,
el cansado gemir de un desdeñado?
Si de Silvio me cansa el rendimiento,
a Fabio canso con estar rendida:
si de éste busco el agradecimiento,
a mí me busca el otro agradecida:
por activa y pasiva es mi tormento,
pues padezco en querer y ser querida.
Qué pasión, Porcia, qué dolor tan ciego…
¿Qué pasión, Porcia, qué dolor tan ciego
te obliga a ser de ti fiera homicida?
¿O en qué te ofende tu inocente vida
que así le das batalla a sangre y fuego?
Si la fortuna airada al justo ruego
de tu esposo se muestra endurecida,
bástale el mal de ver su acción perdida;
no acabes, con tu vida, su sosiego.
Deja las brasas, Porcia, que mortales
impaciente tu amor elegir quiere;
no al fuego de tu amor el fuego iguales;
porque si bien de tu pasión se infiere,
mal morirá a las brasas materiales
quien a las llamas del amor no muere.
¿Qué pincel tan soberano fue a copiarte suficiente?
¿Qué pincel tan soberano
fue a copiarte suficiente?
¿Qué numen movió la mente?
¿Qué virtud rigió la mano?
No se alabe el arte vano
que te formó peregrino,
pues en tu beldad convino,
para formar un portento,
fuese humano el instrumento
pero el impulso divino.
Que prorrumpen en las voces de dolor al despedirse por una ausencia
Si acaso, Fabio mío,
después de penas tantas
quedan para las quejas
alientos en el alma;
si acaso en las cenizas
de mi muerte esperanza
se libró por pequeña
alguna débil rama,
adonde entretenerse,
con fuerza limitada,
el rato que me escuchas
pueda la vital aura;
si acaso a la tijera
mortal que me amenaza
concede breves treguas
la inexorable parca,
oye en tristes endechas
tiernas consonancias
que al moribundo cisne
sirven de exequias blandas.
Y antes que noche eterna
con letal llave opaca
de mis trémulo ojos
cierre las lumbres vagas,
dame el postrer abrazo,
cuyas tiernas lazadas,
siendo unión de los cuerpos,
identifican almas.
Oigo tus dulces ecos,
y en cadencias turbadas
no permite el ahogo
entera la palabra.
De tu rostro en el mío
haz amoroso estampa
y las mejillas frías
de ardiente llanto baña.
Tus lágrimas y mías
digan equivocadas
que aunque en distintos pechos
las engendró una causa.
Unidas de las manos
las bien tejidas palmas,
con movimientos digan
lo que los labios callan.
Dame, por prendas firmes
de tu fe no violada,
en tu pecho escrituras,
seguros en tu cara;
para que cuando baje
a las estigias aguas,
tuyo el óbolo sea
para fletar la barca.
Recibe de mis labios
el que, en mortales ansias,
el exánime pecho
último aliento exhala.
Y el espíritu ardiente,
que vivifica llama
de acto sirvió primero
a tierra organizada,
recibe, y de tu pecho
en la dulce morada
padrón eterno sea
de mi fineza rara.
Y adiós, Fabio querido,
que ya el aliento falta,
y de vivir se aleja
la que de ti se aparta.
Que responde a un caballero que dijo ponerse hermosa la mujer con querer bien
Silvio, tu opinión va errada,
que en lo común, si se apura,
no admiten por hermosura
hermosura enamorada.
Pues si bien de la extrañeza
el atractivo más grato
es el agrio de lo ingrato
la sazón de la belleza.
Porque gozando excepciones
de perfección más que humana,
la acredita soberana
lo libre de las pasiones.
Que no se conserva bien
ni tiene seguridad
la rosa de la beldad
sin la espina del desdén.
Mas si el amor hace hermosas,
pudiera excusar ufana
con merecer la manzana
la contienda de las diosas.
Belleza llego a tener
de mano ten generosa,
que dices que seré hermosa
solamente con querer.
Y así en lid contenciosa
fuera siempre la triunfante;
que, pues nadie es tan amante,
luego nadie tan hermosa.
Mas si de amor el primor
la belleza me asegura,
te deberé la hermosura,
pues me causas el amor.
Del amor tuyo confío
la beldad que me atribuyo
porque siendo obsequio tuyo
resulta en provecho mío.
Pero a todo satisfago
con ofrecerte de nuevo
la hermosura que te debo
y el amor con que te pago.
Que respondió la madre Juana en los mismos consonantes
No es sólo por antojo el haber dado
en quererte, mi bien: pues no pudiera
alguno que tus prendas conociera,
negarte que mereces ser amado.
Y si mi entendimiento desdichado
tan incapaz de conocerte fuera,
de tan grosero error aun no pudiera
hallar disculpa en todo lo ignorado.
Aquella que te hubiere conocido,
o te ha de amar, o confesar los males
que padece su ingenio en lo entendido,
juntando dos extremos desiguales;
con que ha de confesar que eres querido,
para no dar improporciones tales.
Quéjase de la suerte: insinúa su aversión a los vicios y justifica su divertimento a las musas
¿En perseguirme, mundo, qué interesas?
¿En qué te ofendo, cuando sólo intento
poner bellezas en mi entendimiento
y no mi entendimiento en las bellezas?
Yo no estimo tesoros ni riquezas,
y así, siempre me causa más contento
poner riquezas en mi entendimiento
que no mi entendimiento en las riquezas.
Yo no estimo hermosura que vencida
es despojo civil de las edades
ni riqueza me agrada fementida,
teniendo por mejor en mis verdades
consumir vanidades de la vida
que consumir la vida en vanidades.
¿Quién, que regale visto y o comido…
¿Quién, que regale visto y o comido,
el León, ya panal, imaginara?
¿Quién, que dulzura tanta se estorbara
lo muy sabroso, por lo muy florido?
¡Oh Juan, come y no mires, que a un sentido
le das celos con otro! ¿Y quién pensara
que el Fruto de la Vida le quitara
lo hermoso, la razón de apetecido?
Manjar de niños es el Sacramento,
y Dios, a ojos cerrados, nos provoca
a merecer, comiendo, su alimento.
Sólo a San Juan, que con la vista toca
a Cristo en él, fue más merecimiento
abrir los ojos y cerrar la boca.

Redondilla I
Silvio, tu opinión va errada,
que en lo común, si se apura,
no admiten por hermosura
hermosura enamorada.
Pues si bien de la extrañeza
el atractivo más grato
es el agrio de lo ingrato
la sazón de la belleza.
Porque gozando excepciones
de perfección más que humana,
la acredita soberana
lo libre de las pasiones.
Que no se conserva bien
ni tiene seguridad
la rosa de la beldad
sin la espina del desdén.
Mas si el amor hace hermosas,
pudiera excusar ufana
con merecer la manzana
la contienda de las diosas.
Belleza llego a tener
de mano ten generosa,
que dices que seré hermosa
solamente con querer.
Y así en lid contenciosa
fuera siempre la triunfante;
que, pues nadie es tan amante,
luego nadie tan hermosa.
Mas si de amor el primor
la belleza me asegura,
te deberé la hermosura,
pues me causas el amor.
Del amor tuyo confío
la beldad que me atribuyo
porque siendo obsequio tuyo
resulta en provecho mío.
Pero a todo satisfago
con ofrecerte de nuevo
la hermosura que te debo
y el amor con que te pago.
Redondilla II
Este amoroso tormento
que en mi corazón se ve,
sé que lo siento, y no sé
la causa por que lo siento.
Siento una grave agonía
por lograr un devaneo
que empieza como deseo
y para en melancolía.
Y cuando con más terneza
mi infeliz estado lloro,
sé que estoy triste e ignoro
la causa de mi tristeza.
Siento un anhelo tirano
por la ocasión a que aspiro
y cuando cerca la miro
yo misma aparto la mano.
Porque si acaso se ofrece
después de tanto desvelo,
la desazona el recelo
o el susto la desvanece.
Y si alguna vez sin susto
consigo tal posesión,
cualquiera leve ocasión
me malogra todo el gusto.
Siento mal del mismo bien
con receloso temor,
y me obliga el mismo amor
tal vez a mostrar desdén.
Cualquier leve ocasión labra
en mi pecho de manera
que el que imposibles venciera
se irrita de una palabra.
Con poca causa ofendida
suelo en mitad de mi amor
negar un leve favor
a quien le diera la vida.
Ya sufrida, ya irritada,
con contrarias penas lucho,
que por él sufriré mucho
y con él sufriré nada.
No sé en qué lógica cabe
el que tal cuestión se pruebe,
que por él lo grave es leve
y con él lo leve es grave.
Sin bastantes fundamentos
forman mis tristes cuidados,
de conceptos engañados,
un monte de sentimientos.
Y en aquel fiero conjunto
hallo, cuando se derriba,
que aquella máquina altiva
sólo estribaba en un punto.
Tal vez el dolor me engaña,
y presumo sin razón
que no habrá satisfacción
que pueda templar mi saña.
Y cuando a averiguar llego
el agravio por que riño,
es como espanto de niño
que para en burlas y juego.
Y aunque el desengaño toco,
con la misma pena lucho
de ver que padezco mucho
padeciendo por tan poco.
A vengarse se abalanza
tal vez el alma ofendida
y después arrepentida
toma de mí otra venganza.
Y si al desdén satisfago
es con tan ambiguo error
que yo pienso que es rigor
y se remata en halago.
Hasta el labio desatento
suele equívoco tal vez,
por usar de la altivez,
encontrar el rendimiento.
Cuando por soñada culpa
con más enojo me incito,
yo le acrimino el delito
y le busco la disculpa.
No huyo el mal ni busco el bien,
porque en mi confuso error
ni me asegura el amor
ni me despecha el desdén.
En mi ciego devaneo,
bien hallada con mi engaño,
solicito el desengaño
y no encontrarlo deseo.
Si alguno mis quejas oye,
más a decirlas me obliga,
porque me las contradiga,
que no porque las apoye.
Porque si con la pasión
algo contra mi amor digo,
es mi mayor enemigo
quien me concede razón.
Y si acaso en mi provecho
hallo la razón propicia,
me embaraza la injusticia
y ando cediendo el derecho.
Nunca hallo gusto cumplido,
porque entre alivio y dolor
hallo culpa en el amor
y disculpa en el olvido.
Esto de mi pena dura
es algo del dolor fiero
y mucho más no refiero
porque pasa de locura.
Si acaso me contradigo
en este confuso error,
aquel que tuviese amor
entenderá lo que digo.
Redondilla III
Hombres necios que acusáis
a la mujer sin razón,
sin ver que sois la ocasión
de lo mismo que culpáis.
Si con ansia sin igual
solicitáis su desdén,
¿por qué queréis que obren bien
si las incitáis al mal?
Combatís su resistencia
y luego con gravedad
decís que fue liviandad
lo que hizo la diligencia.
Parecer quiere el denuedo
de vuestro parecer loco
al niño que pone el coco
y luego le tiene miedo.
Queréis con presunción necia
hallar a la que buscáis,
para pretendida, Tais,
y en la posesión, Lucrecia.
¿Qué humor puede ser más raro
que el que, falto de consejo,
él mismo empaña el espejo
y siente que no esté claro?
Con el favor y el desdén
tenéis condición igual,
quejándoos, si os tratan mal,
burlándoos, si os quieren bien.
Opinión ninguna gana,
pues la que más se recata,
si no os admite, es ingrata,
y si os admite, es liviana.
Siempre tan necios andáis
que con desigual nivel
a una culpáis por cruel
y a otra por fácil culpáis.
¿Pues cómo ha de estar templada
la que vuestro amor pretende,
si la que es ingrata ofende
y la que es fácil enfada?
Mas entre el enfado y pena
que vuestro gusto refiere,
bien haya la que no os quiere
y queja enhorabuena.
Dan vuestras amantes penas
a sus libertades alas
y después de hacerlas malas
las queréis hallar muy buenas.
¿Cuál mayor culpa ha tenido
en una pasión errada:
la que cae de rogada
o el que ruega de caído?
¿O cuál es más de culpar,
aunque cualquiera mal haga:
la que peca por la paga
o el que paga por pecar?
¿Pues para qué os espantáis
de la culpa que tenéis?
Queredlas cual las hacéis
o hacedlas cual las buscáis.
Dejad de solicitar
y después con más razón
acusaréis la afición
de la que os fuere a rogar.
Bien con muchas armas fundo
que lidia vuestra arrogancia,
pues en promesa e instancia
juntáis diablo, carne y mundo.
Redondilla IV
Dos dudas en que escoger
tengo y no sé a cuál prefiera,
pues vos sentís que no quiera
y yo sintiera querer.
Con que si a cualquier lado
quiero inclinarme, es forzoso,
quedando el uno gustoso,
que otro quede disgustado.
Si daros gusto me ordena
la obligación, es injusto
que por daros a vos gusto
haya yo de tener pena.
Y no juzgo que habrá quien
apruebe sentencia tal
como que me trate mal
por trataros a vos bien.
Mas por otra parte siento
que es también mucho rigor
que lo que os debo en amor
pague en aborrecimiento.
Y aun irracional parece
este rigor, pues se infiere,
si aborrezco a quien me quiere,
¿qué haré con quien aborrezco?
No sé cómo despacharos,
pues hallo al determinarme
que amaros es disgustarme
y no amaros disgustaros.
Pero dar un medio justo
en estas dudas pretendo,
pues no queriendo os ofendo
y queriéndoos me disgusto.
Y sea ésta la sentencia,
porque no os podáis quejar:
que entre aborrecer y amar
se parta la diferencia.
De modo que entre el rigor
y el llegar a querer bien
ni vos encontréis desdén
ni yo pueda hallar amor.
Esto el discurso aconseja,
pues con esta conveniencia
ni yo quedo con violencia
ni vos partís con queja.
Y que estaremos infiero
gustosos con lo que ofrezco,
vos, de ver que no aborrezco,
yo, de saber que no quiero.
Sólo este medio es bastante
a ajustarnos, si os contenta:
que vos me logréis atenta
sin que yo pase a lo amante.
Y así quedo, en mi entender,
esta vez bien con los dos:
con agradecer, con vos;
conmigo, con no querer.
Que aunque a nadie llegue a darse
en esto gusto cumplido
ver que es igual el partido
servirá de resignarse.
Refiere con ajuste la tragedia de “Príamo y Tisbe”
De un funesto moral la negra sombra,
de horrores mil, y confusiones llena,
en cuyo hueco tronco aún hoy resuena
el eco que doliente a Tisbe nombra,
cubrió la verde matizada alfombra
en que Píramo amante abrió la vena
del corazón, y Tisbe de su pena
dio la señal que aún hoy al mundo asombra.
Mas viendo del amor tanto despecho,
la muerte, entonces de ellos lastimada,
sus dos pechos juntó con lazo estrecho:
mas ¡ay de la infeliz y desdichada
que a su Píramo dar no puede el pecho
ni aun por los duros filos de una espada!
Resuelve la cuestión de cuál sea pesar más molesto en encontradas correspondencias, amar o aborrecer
Que no me quiera Fabio al verse amado
es dolor sin igual, en mi sentido;
mas que me quiera Silvio aborrecido
es menor mal, mas no menor enfado.
¿Qué sufrimiento no estará cansado,
si siempre le resuenan al oído,
tras la vana arrogancia de un querido,
el cansado gemir de un desdeñado?
Si de Silvio me cansa el rendimiento,
a Fabio canso con estar rendida:
si de éste busco el agradecimiento,
a mí me busca el otro agradecida:
por activa y pasiva es mi tormento,
pues padezco en querer y ser querida.
Romance I
Supuesto, discurso mío
que gozáis en todo el orbe,
entre aplausos de entendido,
de agudo veneraciones,
mostradlo en el duro empeño
en que mis ansias os ponen,
dando salida a mis dudas,
dando aliento a mis temores.
Empeño vuestro es el mío;
mirad que será desorden
ser en causa ajena agudo
y en la vuestra propia torpe.
Ved que es querer las causas,
con efectos desconformes,
nieves el fuego congele,
que la nieve llamas brote.
Manda la razón de estado
que, atendiendo a obligaciones,
las partes de Fabio olvide,
las prendas de Silvio adore.
O que al menos, si no puedo
vencer tan fuertes pasiones,
cenizas de disimulo
cubran amantes ardores.
¡Qué vano disfraz la juzgo!
Pues harán, cuando más obren,
que no se mire la llama
no que el ardor no se note.
¿Cómo podré yo mostrarme,
entre estas contradicciones,
a quien no quiero, de cera,
a quien adoro, de bronce?
¿Cómo el corazón podrá,
cómo sabrá el labio torpe
fingir halago, olvidando,
mentir, amando, rigores?
¿Cómo sufrir abatido,
entre tan bajas ficciones,
que lo desmienta la boca
podrá un corazón tan noble?
¿Y cómo podrá la boca
cuando el corazón se enoje,
fingir cariños, faltando
quien le ministre razones?
¿Podrá mi noble altivez
consentir que mis acciones
de nieve y de fuego sirvan
de ser fábula del orbe?
Y yo doy, que tanta dicha
tenga, que todos los ignoren:
para pasar la vergüenza
¿no basta que a mí me conste?
Que aquesto es razón me dicen
los que la razón conocen:
¿pues cómo la razón puede
forjarse de sinrazones?
¿Qué te costaba, hado impío,
dar al repartir tus dones
o los méritos de Fabio
o a Silvio las perfecciones?
Dicha y desdicha de entrambos
la suerte les descompone,
con que el uno su desdicha
y el otro su dicha ignore.
¿Quién ha visto que tan varia
la fortuna se equivoque
y que el dichoso padezca
porque el infelice goce?
No me convence el ejemplo
que en el Mongibelo ponen,
que en él es natural gala
y en mi violencia disforme.
Y resistir el combate
de tan encontrados golpes
no cabe en lo sensitivo
y puede sufrirlo un monte.
¡Oh vil arte cuyas reglas
tanto a la razón se oponen,
que para que se ejecuten
es menester que se ignoren!
¿Qué hace en adorarme Silvio?
¿Cuando más fino blasone,
quererme es más que seguir
de su inclinación el norte?
Gustoso vive en su empleo
sin que disgustos le estorben:
¿pues qué vence, si no vence
por mí en sus inclinaciones?
¿Qué víctimas sacrifica,
qué incienso en mis aras pone,
si cambia sus rendimientos
al precio de mis favores?
Más hago yo; pues no hay duda
que hace finezas mayores
que el que voluntario ruega,
quien violenta corresponde.
Porque aquél sigue obediente
de su estrella el curso dócil,
y éste contra la corriente
de su destino se opone.
Él es libre para amarme,
aunque otra su amor provoque.
¿Y no tendré yo la misma
libertad en mis acciones?
Si él restituir no puede,
su incendio mi incendio abone:
violencia que a él le sujeta,
¿qué mucho que a mí me postre?
¿No es rigor, no es tiranía,
siendo iguales las pasiones,
no poder él reportarse
y querer que me reporte?
Quererle porque él me quiere
no es justo que amor se nombre:
que no ama quien para amar
el ser amado supone.
No es amor correspondencia:
causas tiene superiores,
que las concilian los astros
o la engendran perfecciones.
Quien ama porque es querida,
sin otro impulso más noble,
desprecia el amante y ama
sus propias adoraciones.
Del humo del sacrificio
quiere los vanos honores,
sin mirar si al oferente
hay méritos que le adornen.
Ser potencia y ser objeto
a toda razón se opone;
porque era ejercer en sí
sus propias operaciones.
A parte rei se distinguen
el objeto que conoce;
y lo amable, no lo amante,
es blanco de sus arpones.
Amor no busca la paga
de voluntades conformes;
que tan bajo interés fuera
indigna usura en los dioses.
No hay cualidad que en él pueda
imprimir alteraciones
del velo de los desdenes,
del fuego de los favores.
Su ser es inaccesible
al discurso de los hombres;
que aunque el efecto se sienta,
la esencia no se conoce.
Y en fin, cuando en mi favor
no hubiere tantas razones,
mi voluntad es de Fabio:
Silvio y el mundo perdonen.
Romance II
Finjamos que soy feliz,
triste pensamiento, un rato;
quizá podréis persuadirme,
aunque yo sé lo contrario.
Que pues sólo en la aprehensión
dicen que estriban los daños,
si os imagináis dichoso
no seréis tan desdichado.
Sírvame el entendimiento
alguna vez de descanso
y no siempre esté el ingenio
con el provecho encontrado.
Todo el mundo es opiniones,
de pareceres tan varios,
que lo que el uno, que es negro,
el otro prueba que es blanco.
A uno sirve de atractivo
lo que otro concibe enfado,
y lo que éste por alivio
aquél tiene por trabajo.
El que está triste censura
al alegre de liviano
y el que está alegre se burla
de ver al triste penando.
Los dos filósofos griegos
bien esta verdad probaron;
pues lo que en el uno risa,
causaba en el otro llanto.
Célebre su oposición
ha sido por siglos tantos,
sin que cuál acertó esté
hasta ahora averiguado.
Antes, en sus dos banderas
el mundo todo alistado,
conforme el humor le dicta
sigue cada cual el bando.
Uno dice que de risa
sólo es digno el mundo vario,
y otro que sus infortunios
son sólo para llorados.
Para todo se halla prueba
y razón en que fundarlo;
y no hay razón para nada,
de haber razón para tanto.
Todos son iguales jueces,
y siendo iguales y varios,
no hay quien pueda decidir
cuál es lo más acertado.
Pues si no hay quien lo sentencie
¿por qué pensáis vos, errado,
que os sometió Dios a vos
la decisión de los casos?
¿O por qué, contra vos mismo
severamente inhumano,
entre lo amargo y lo dulce
queréis elegir lo amargo?
Si es mío mi entendimiento
¿por qué siempre he de encontrarlo
tan torpe para el alivio,
tan agudo para el daño?
El discurso es un acero
que sirve por ambos cabos:
de dar muerte, por la punta;
por el pomo, de resguardo.
Si vos, sabiendo el peligro,
queréis por la punta usarlo,
¿qué culpa tiene el acero
del mal uso de la mano?
No es saber, saber hacer
discursos sutiles vanos;
que el saber consiste sólo
en elegir lo más sano.
Especular las desdichas
y examinar los presagios
sólo sirve de que el mal
crezca con anticiparlo.
En los trabajos futuros
la atención sutilizando
más formidable que el riesgo
suele fingir el amago.
¡Qué feliz es la ignorancia
del que indoctamente sabio
halla, de lo que padece,
en lo que ignora, sagrado!
No siempre suben seguros
vuelos del ingenio osados,
que buscan trono en el fuego
y hallan sepulcro en el llanto.
También es vicio el saber,
que si no se va atajando,
cuanto menos se conoce
es más nocivo el estrago.
Y si el vuelo no le abaten,
es sutilezas cebado,
por cuidar de lo curioso
olvida lo necesario.
Si culta mano no impide
crecer al árbol copado,
quitan la sustancia al fruto
la locura de los ramos.
Si andar a nave ligera
no estorba lastre pesado,
sirve el vuelo de que sea
el precipicio más alto.
En amenidad inútil
¿qué importa al florido campo,
si no halla fruto el otoño
que ostente flores el mayo?
¿De qué le sirve al ingenio
el producir muchos partos
si a la multitud se sigue
el malogro de abortarlos?
Ya esta desdicha por fuerza
ha de seguirse el fracaso
de quedar el que produce,
si no muerto, lastimado.
El ingenio es como el fuego,
que, con la materia ingrato,
tanto la consume más
cuando él se ostenta más claro.
Es de su propio señor
tan rebelado vasallo,
que convierte en sus ofensas
las armas de su resguardo.
Este pésimo ejercicio,
este duro afán pesado,
a los hijos de los hombres
dio Dios para ejercitarlos.
¿Qué loca ambición nos lleva,
de nosotros olvidados?
Si es que vivir tan poco,
¿de qué sirve saber tanto?
¡Oh, si como hay de saber
hubiera algún seminario
o escuela donde a ignorar
se enseñaran los trabajos!
¡Qué felizmente viviera
el que flojamente cauto
burlara las amenazas
del influjo de los astros!
Aprendamos a ignorar,
pensamiento, pues hallamos
que cuanto añado al discurso
tanto le usurpo a los años.
Romance III
Si es causa amor productivo
de diversidad de afectos,
que, con producirlos todos,
se perficiona a sí mesmo:
y si el uno de los más
naturales son los celos,
¿cómo sin tenerlos puede
el amor estar perfecto?
Son ellos de que hay amor
el signo más manifiesto:
como la humedad del agua
y como el humo del fuego.
No son (que dicen) de amor
bastardos hijos groseros;
sino legítimos, claros
sucesores de su imperio.
Son crédito y prueba suya,
pues sólo pueden dar ellos
auténticos testimonios
de que es amor verdadero.
Porque la fineza, que es
de ordinario el tesorero
a quien remite las pagas
amor de sus libramientos,
¿cuántas veces, motivada
de otros impulsos diversos,
ejecuta por de amor
decretos de galanteo?
El cariño ¿cuántas veces,
por dulce entretenimiento,
fingiendo quilates, crece
la mitad del justo precio?
¿Y cuántas más el discurso,
por ostentarse discreto,
acredita por de amor
partos del entendimiento?
¿Cuántas veces hemos visto
disfrazada en rendimientos
a la propia conveniencia,
a la tema o al empeño?
Sólo los celos ignoran
fábricas de fingimientos,
que, como son locos, tienen
propiedad de verdaderos.
Los gritos que ellos dan son,
sin dictamen de su dueño,
no ilaciones del discurso,
sino abortos del tormento.
Como de razón carecen,
carecen del instrumento
de fingir, que aquesto sólo
es en lo irracional bueno.
Desbocados ejercitan
contra sí el furor violento,
y no hay quien quiera en su daño
mentir, sino en su provecho.
Del frenético, que fuera
de su natural acuerdo
de despedaza, no hay quien
juzgue que finge el extremo.
En prueba de esta verdad,
mírense cuántos ejemplos
en bibliotecas de siglos
guarda el archivo del tiempo.
A Dido fingió el troyano,
mintió a Adriadna Teseo,
ofendió a Minos Pasife
y engañaba a Marte Venus.
Semíramis mató a Nino,
Elena deshonró al griego,
Jasón agravió a Medea
y dejó a Olimpia Vireno.
Betsabé engañaba a Urías,
Dalila al caudillo hebreo,
Jael a Sísara horrible,
Judit a Holofernes fiero.
Éstos y otros, que mostraban
tener amor, sin tenerlo,
todos fingieron amor,
mas ninguno fingió celos.
Porque aquél puede fingirse
con otro color, mas éstos
son la prueba del amor
y la prueba de sí mesmos.
Si ellos no tienen más padres
que el amor, luego son ellos
sus más naturales hijos
y más legítimos dueños.
Las demás demostraciones,
por más que finas las vemos,
pueden no mirar a amor
sino a otros varios respectos.
Ellos solos se van con él,
como la causa y efecto:
¿hay celos?, luego hay amor;
¿hay amor?, luego habrá celos.
De la fiebre ardiente suya
son el delirio más cierto;
que, como están sin sentido,
publican lo más secreto.
El que no los siente, amando,
del indicio más pequeño,
en tranquilidad de tibio
goza bonanzas de necio.
Que asegurarse en las dichas
solamente puede hacerlo
la villana confianza,
el propio merecimiento.
Bien sé que tal vez furiosos
suelen pasar desatentos,
a profanar de lo amado
osadamente el respeto.
Mas no es esto esencia suya,
sino un accidente anexo,
que tal vez los acompaña
y tal vez deja de hacerlo.
Mas doy que siempre: aún debiera
el más soberano objeto,
por la prueba de lo fino,
perdonarles lo grosero.
Mas no es, vuelvo a repetir,
preciso que el pensamiento
pase a ofender del decoro
los sagrados privilegios.
Para tener celos basta
sólo el temor de tenerlos;
que ya está sintiendo el daño
quien está sintiendo el riesgo.
Temer yo que haya quien quiera
festejar a quien festejo,
aspirar a mi fortuna
y solicitar mi empleo,
no es ofender lo que adoro,
antes es un alto aprecio
de pensar que deben todos
adorar lo que yo quiero.
Y éste es un dolor preciso,
por más que divino el dueño
asegure en confianza
prerrogativas de exento.
Decir que éste no es cuidado
que llegue a desasosiego,
podrá decirlo la boca,
mas no comprobarlo el pecho.
Persuadirme a que es lisonja
amor lo que yo apetezco,
aprobarme la elección
y calificar mi empleo;
a quien tal tiene a lisonja
nunca le falte este obsequio:
que yo juzgo que aquí sólo
son duros los lisonjeros.
Pues sólo fuera, a poder
contenerse estos afectos
en la línea del aplauso
o en el coto del cortejo.
¿Pero quién con tal medida
les podrá tener el freno
que no rompan desbocados
el alacrán del consejo?
Y aunque ellos en sí no pasen
el término de lo cuerdo,
¿quién lo podrá persuadir
a quien los mira con miedo?
Aplaudir lo que yo estimo,
bien puede ser sin intento
segundo; mas ¿quién podrá
tener mis temores quedos?
Quien tiene enemigos, suele
decir que no tenga sueño;
pues ¿cómo ha de sosegarse
el que los tiene tan ciertos?
Quien en frontera enemiga
descuidado ocupa el lecho,
sólo parece que quiere
ser del contrario trofeo.
Aunque inaccesible sea
el blanco: si los flecheros
son muchos, ¿quién asegura
que alguno no tenga acierto?
Quien se alienta a competirme
aun en menores empeños,
es un dogal que compone
mis ahogos de su aliento.
¿Pues qué será el que pretende
excederme los afectos,
mejorarme las finezas
y aventajar los deseos?
¿Quién quiere usurpar mis dichas?
¿Quién quiere ganarme el premio?
¿Y quién en galas del alma
quiere dejar más bien puesto?
¿Quién para su exaltación
procura mi abatimiento
y quiere comprar su gloria
a costa de mis desprecios?
¿Quién pretende, con los suyos,
deslucir mis sentimientos:
que en los desaires del alma
es el más sensible duelo?
Al que este dolor no llega
al más reservado seno
del alma, apueste insensibles
competencias con el hielo.
La confianza ha de ser
con proporcionado medio:
que deje de ser molestia
sin pasar a ser despego.
El que es discreto, a quien ama
le ha de mostrar que el recelo
lo tiene en la voluntad
y no en el entendimiento.
Un desconfiar de sí
y un estar siempre temiendo
que podrá exceder al mío
cualquiera mérito ajeno:
un temer que la fortuna
podrá con airado ceño
despojarme por indigno
del favor que no merezco:
no sólo no ofende; antes
es el esmalte más bello
que a las joyas de lo fino
les puede dar lo discreto.
Y aunque algo exceda la queja,
nunca queda mal, supuesto,
que es gala de lo sentido
exceder de lo modesto.
Lo atrevido es un celoso,
lo irracional y lo terco,
prueba es de amor, que merece
la beca de su colegio.
Y aunque muestre que se ofende,
yo sé que por allá dentro
no le pesa a la más alta
de mirar tales extremos.
La más airada deidad
al celoso más grosero
le está aceptando servicios
los que riñe atrevimientos.
La que se queja oprimida
del natural más estrecho
hace ostentación de amada
el que parece lamento.
De la triunfante hermosura
tiran el carro soberbio
el desdichado con quejas
y el celoso con despechos.
Uno de sus sacrificios
es este dolor acerbo,
y ella, ambiciosa, no quiere
nunca tener uno menos.
¡Oh doctísimo Montoro,
asombro de nuestros tiempos,
injuria de los Virgilios,
afrenta de los Homeros!
Cuando de amor prescindiste
este inseparable afecto
(precisión que sólo pudo
formarla tu entendimiento),
bien se ve que sólo fue
la empresa de tus talentos
el probar lo más difícil,
no persuadir a creerlo.
Al modo de aquellos que
sutilmente defendieron
que de la nube los campos
se visten de color negro.
De tu sutileza fue
airoso, galán empeño,
sofística bizarría
de tu soberano ingenio.
Probar lo que no es probable
bien se ve que fue el intento
tuyo, porque lo evidente
probado se estaba ello.
Acudiste al partido
que hallaste más indefenso
y a la opinión desvalida
ayudaste caballero.
Éste fue tu fin; y así,
debajo de este supuesto,
no es ésta, ni puede ser,
réplica de tu argumento,
sino sólo una obediencia
mandada de gusto ajeno,
cuya insinuación en mí
tiene fuerza de precepto.
Confieso que de mejor
gana siguiera mi genio
el extravagante rumbo
de tu no hallado sendero.
Pero, sobre ser difícil,
inaccesible lo has hecho,
pues el mayor imposible
fuera ir en tu seguimiento.
Rumbo que estrenan las alas
de tu remontado vuelo
(aun determinando al daño)
no lo intentara un despecho.
La opinión que yo quería
seguir, seguiste primero;
dísteme celos, y tuve
la contraria con tenerlos.
Con razón se reservó
tanto asunto a tanto ingenio;
que a fuerzas sólo de Atlante
fía la esfera su peso.
Tenla, pues, que si consigues
persuadirla al universo,
colgará el género humano
sus cadenas en tu templo.
No habrá quejosos de amor,
y en sus dulces prisioneros
serán las cadenas oro
y no dorados los yerros.
Será la sospecha inútil,
estará ocioso el recelo,
desterrarase el indicio
y perderá el ser el miedo.
Todo será dicha, todo
felicidad y contento,
todo venturas, y en fin
pasará el mundo a ser cielo.
Deberanle los mortales
a tu valeroso esfuerzo
la más dulce libertad
del más duro cautiverio.
Mucho te deberán todos,
y yo más que todos debo
las discretas instrucciones
a las luces de tus versos.
Dalos a la estampa, porque
en caracteres eternos
viva tu nombre, y con él
se extienda el común provecho.
Romance IV
Ya que para despedirme,
dulce idolatrado dueño,
ni me da licencia el llanto
ni me da lugar el tiempo,
háblente los tristes rasgos,
entre lastimeros ecos,
de mi triste pluma, nunca
con más justa causa negros.
Y aún ésta te hablará torpe
con las lágrimas que vierto;
porque va borrando el agua
lo que va dictando el fuego.
Hablar me impiden mis ojos,
y es que se anticipan ellos
viendo lo que he de decirte,
a decírtelo primero.
Oye la elocuencia muda
que hay en mi dolor, sirviendo
los suspiros, de palabras,
las lágrimas, de conceptos.
Mira la fiera borrasca
que pasa en el mar del pecho,
donde zozobras turbados
mis confusos pensamientos.
Mira cómo ya el vivir
me sirve de afán grosero,
que se avergüenza la vida
de durarme tanto tiempo.
Mira la muerte, que esquiva
huye, porque la deseo;
que aun la muerte, si es buscada,
se quiere subir de precio.
Mira cómo el cuerpo amante,
rendido a tanto tormento,
siendo en lo demás cadáver,
sólo en el sentir es cuerpo.
Mira cómo el alma misma
aún teme, en su ser exento,
que quiera el dolor violar
la inmunidad de lo eterno.
En lágrimas y suspiros,
alma y corazón a un tiempo,
aquél se convierte en agua
y ésta se resuelve en viento.
Ya no me sirve la vida,
esta vida que poseo,
sino de condición sola
necesaria al sentimiento.
¿Mas por qué gasto razones
en contar mi pena, y dejo
de decir lo que es preciso
por decir lo que estás viendo?
En fin, te vas: ¡ay de mí!,
dudosamente lo pienso;
pues si es verdad, no estoy viva,
y si viva, no lo creo.
¿Posible es que ha de haber día
tan infausto, tan funesto,
en que sin ver yo las tuyas
esparza sus luces Febo?
¿Posible es que ha de llegar
el rigor a tan severo
que no ha de darle tu vista
a mis pesares aliento?
¿Que no he de ver tu semblante?
¿Que no he de escuchar tus ecos?
¿Que no he de gozar tus brazos?
¿Ni me ha de animar tu aliento?
¡Ay, mi bien! ¡Ay, prenda mía!
¡Dulce fin de mis deseos!
¿Por qué me llevas el alma,
dejándome el sentimiento?
Mira que es contradicción
que no cabe en un sujeto
tanta muerte en una vida
tanto dolor en un muerto.
Mas ya que es preciso (¡ay triste!)
en mi infelice suceso
ni vivir con la esperanza
ni morir con el tormento,
dame algún consuelo tú
en el dolor que padezco,
y quien en el suyo muere
viva siquiera en tu pecho.
No te olvides que te adoro,
y sírvante de recuerdo
las finezas que me debes,
si no las prendas que tengo.
Acuérdate que mi amor,
haciendo gala del riesgo,
sólo por atropellarlo
se alegraba de tenerlo.
Y si mi amor no es bastante,
el tuyo mismo te acuerdo,
que no es poco empeño haber
empezado ya en empeño.
Acuérdate, señor mío,
de tus nobles juramentos,
y lo que juró tu boca
no lo desmienten tus hechos.
Y perdona si en temer
mi agravio, mi bien, te ofendo,
que no es dolor el dolor
que se contiene en lo atento.
Y adiós, que con el ahogo
que me embarca los alientos
ni sé ya lo que te digo
ni lo que te escribo leo.
Romance V
Traigo conmigo un cuidado,
y tan esquivo, que creo
que aunque sé sentirlo tanto
aún yo mismo no lo siento.
Es amor, pero es amor
que, faltándole lo ciego,
los ojos que tiene son
para darle más tormento.
El término no es a quo,
que causa el pesar que veo
que siendo el término el bien
todo el dolor es el medio.
Si es lícito y aún debido
este cariño que tengo,
¿por qué me han de dar castigo
porque pago lo que debo?
¡Oh, cuánta fineza! ¡Oh, cuántos
cariños he visto tiernos!
Que amor que se tiene a Dios
es calidad sin opuestos.
De lo lícito no puede
hacer contrarios conceptos,
con que es amor que al olvido
no puede vivir expuesto.
Yo me acuerdo (¡ah, nunca fuera!)
que he querido en otro tiempo
lo que pasó de locura
y lo que excedió de extremo.
Mas como era amor bastardo
y de contrarios compuesto,
fue fácil desvanecerse,
de achaque de su ser mesmo.
Mas ahora (¡ay de mí!) está
tan en su natural centro
que la virtud y razón
son quien aviva su incendio.
Quien tal oyere dirá
que si es así ¿por qué peno?
Mas mi corazón ansioso
dirá que por eso mesmo.
¡Oh, humana flaqueza nuestra,
adonde el más puro afecto
aún no sabe desnudarse
del natural sentimiento!
Tan precisa es la apetencia
que a ser amados tenemos,
que aun sabiendo que no sirve
nunca dejarla sabemos.
Que corresponda a mi amor
nada añade; mas no puedo
(por más que lo solicito)
dejar yo de apetecerlo.
Si es delito, yo lo digo;
si es culpa, ya lo confieso;
mas no puedo arrepentirme
por más que hacerlo pretendo.
Bien ha visto quien penetra
lo interior de mis secretos
que yo misma estoy formando
los dolores que padezco.
Bien sabe que soy yo misma
verdugo de mis deseos,
pues muertos entre mis ansias
tienen sepulcro en mi pecho.
Muero (¿quién lo creerá?) a manos
de la cosa que más quiero,
y el motivo de matarme
es el amor que le tengo.
Así alimentando triste
la vida con el veneno,
la misma muerte que vivo
es la vida con que muero.
Pero valor, corazón,
porque en tal dulce tormento,
en medio de cualquier suerte
no dejar de amar protesto.
Romance VI
Mientras la gracia me excita
por elevarme a la esfera,
mas me abate a lo profundo
el peso de mis miserias.
La virtud y la costumbre
en el corazón pelean
y el corazón agoniza
en tanto que lidian ellas.
Y aunque es la virtud tan fuerte
temo que tal vez la venzan,
que es muy grande la costumbre
y está la virtud muy tierna.
Oscurécese el discurso
entre confusas tinieblas;
pues ¿quién podrá darme luz,
si está la razón a ciegas?
De mí misma soy verdugo
y soy cárcel de mí mesma:
¿quién vio que pena y penante
una propia cosa sean?
Hago disgusto a lo mismo
que más agradar quisiera,
y el disgusto que doy
en mí resulta la pena.
Amo a Dios y siento en Dios,
y hace mi voluntad mesma
de lo que es alivio, cruz,
del mismo puerto, tormenta.
Padezca, pues Dios lo manda;
mas de tal manera sea,
que si son penas las culpas
que no sean culpas las penas.
Romance VII
Amante dulce del alma,
bien soberano a que aspiro,
tú que sabes las ofensas
castigar a beneficios;
divino imán en que adoro:
hoy que tan propicio os miro,
que me mimáis la osadía
de poder llamaros mío:
hoy que en unión amorosa
pareció a vuestro cariño
que si no estabais en mí
era poco estar conmigo;
hoy que para examinar
el afecto con que os sirvo
al corazón en persona
habéis entrado vos mismo,
pregunto: ¿es amor o celos
tan cuidadoso escrutinio?
Que quien lo registra todo
da de sospechar indicios.
Mas ¡ay, bárbara ignorante,
y qué de errores he dicho,
como si el estorbo humano
obstara al lince divino!
Para ver los corazones
no es menester asistirlos,
que para vos son patentes
las entrañas del abismo.
Con una intuición presente
tenéis en vuestro registro
el infinito pasado
hasta el presente finito.
Luego no necesitabais
para ver el pecho mío,
si lo estáis mirando sabio,
entrar a mirarlo fino.
Luego es amor, no celos,
lo que en vos miro.
Romance decasílabo
Lámina sirva el cielo al retrato,
Lísida, de su angélica forma;
cálamos forme el sol de sus luces,
sílabas las estrellas componga.
Cárceles tu madeja fabrica,
dédalo que sutilmente forma
vínculos de dorados Ofires,
Tíbares de prisiones gustosas.
Hécate, no triforme, mas llena,
pródiga de candores asoma,
trémula no en tu frente se oculta,
fúlgida su esplendor desemboza.
Círculo dividido en dos arcos,
pérsica forman lid belicosa:
áspides que por flechas disparas,
víboras de halagüeña ponzoña.
Lámparas, tus dos ojos, febeas,
súbitos resplandores arrojan;
pólvora que a las almas que llega
tórridas abrasadas transforma.
Límite de una y otra luz pura,
último, tu nariz judiciosa,
árbitro es, entre dos, confinantes,
máquina que divide una y otra.
Cátedras del abril tus mejillas,
clásicas dan a mayo estudiosas
métodos a jazmines nevados,
fórmula rubicunda a las rosas.
Lágrimas del aurora congela,
búcaro de fragancia tu boca,
rúbrica con jazmines escrita,
cláusula de coral y de aljófar.
Cóncavo es, breve pira, en la barba,
pórfido en que las almas reposan;
túmulo les eriges de luces,
bóveda de luceros las honra.
Tránsito a los jardines de Venus,
órgano es de marfil, en canora
música tu garganta, que en dulces
éxtasis aun al viento aprisiona.
Pámpanos de cristal y de nieve,
cándidos tus dos brazos provocan,
Tántalos, los deseos ayunos,
míseros sienten frutas y ondas.
Dátiles de alabastro tus dedos,
fértiles de sus dos palmas brotan;
frígidos, si los ojos los miran;
cálidos, si las almas los tocan.
Bósforo de estrechez, tu cintura,
cíngulo ciñe breve por zona;
rígida (si de seda) clausura,
músculos nos oculta ambiciosa.
Cúmulo de primores tu talle,
dóricas esculturas asombra,
jónicos lineamientos desprecia,
émula su labor de sí propia.
Móviles pequeñeces tus plantas,
sólidos pavimentos ignoran;
mágicos, que a los vientos que pisan
tósigos de beldad inficionan.
Plátano, tu gentil estatura,
flámula es que a los aires tremola;
ágiles movimientos que esparcen
bálsamo de fragantes aromas.
Índices de tu rara hermosura,
rústicas estas líneas son cortas;
Cítara solamente de Apolo
méritos cante tuyos sonora.
Romance que en sentidos afectos produce el dolor de una ausencia
Ya que para despedirme,
dulce idolatrado dueño,
ni me da licencia el llanto
ni me da lugar el tiempo,
háblente los tristes rasgos,
entre lastimeros ecos,
de mi triste pluma, nunca
con más justa causa negros.
Y aún ésta te hablará torpe
con las lágrimas que vierto;
porque va borrando el agua
lo que va dictando el fuego.
Hablar me impiden mis ojos,
y es que se anticipan ellos
viendo lo que he de decirte,
a decírtelo primero.
Oye la elocuencia muda
que hay en mi dolor, sirviendo
los suspiros, de palabras,
las lágrimas, de conceptos.
Mira la fiera borrasca
que pasa en el mar del pecho,
donde zozobras turbados
mis confusos pensamientos.
Mira cómo ya el vivir
me sirve de afán grosero,
que se avergüenza la vida
de durarme tanto tiempo.
Mira la muerte, que esquiva
huye, porque la deseo;
que aun la muerte, si es buscada,
se quiere subir de precio.
Mira cómo el cuerpo amante,
rendido a tanto tormento,
siendo en lo demás cadáver,
sólo en el sentir es cuerpo.
Mira cómo el alma misma
aún teme, en su ser exento,
que quiera el dolor violar
la inmunidad de lo eterno.
En lágrimas y suspiros,
alma y corazón a un tiempo,
aquél se convierte en agua
y ésta se resuelve en viento.
Ya no me sirve la vida,
esta vida que poseo,
sino de condición sola
necesaria al sentimiento.
¿Mas por qué gasto razones
en contar mi pena, y dejo
de decir lo que es preciso
por decir lo que estás viendo?
En fin, te vas: ¡ay de mí!,
dudosamente lo pienso;
pues si es verdad, no estoy viva,
y si viva, no lo creo.
¿Posible es que ha de haber día
tan infausto, tan funesto,
en que sin ver yo las tuyas
esparza sus luces Febo?
¿Posible es que ha de llegar
el rigor a tan severo
que no ha de darle tu vista
a mis pesares aliento?
¿Que no he de ver tu semblante?
¿Que no he de escuchar tus ecos?
¿Que no he de gozar tus brazos?
¿Ni me ha de animar tu aliento?
¡Ay, mi bien! ¡Ay, prenda mía!
¡Dulce fin de mis deseos!
¿Por qué me llevas el alma,
dejándome el sentimiento?
Mira que es contradicción
que no cabe en un sujeto
tanta muerte en una vida
tanto dolor en un muerto.
Mas ya que es preciso (¡ay triste!)
en mi infelice suceso
ni vivir con la esperanza
ni morir con el tormento,
dame algún consuelo tú
en el dolor que padezco,
y quien en el suyo muere
viva siquiera en tu pecho.
No te olvides que te adoro,
y sírvante de recuerdo
las finezas que me debes,
si no las prendas que tengo.
Acuérdate que mi amor,
haciendo gala del riesgo,
sólo por atropellarlo
se alegraba de tenerlo.
Y si mi amor no es bastante,
el tuyo mismo te acuerdo,
que no es poco empeño haber
empezado ya en empeño.
Acuérdate, señor mío,
de tus nobles juramentos,
y lo que juró tu boca
no lo desmienten tus hechos.
Y perdona si en temer
mi agravio, mi bien, te ofendo,
que no es dolor el dolor
que se contiene en lo atento.
Y adiós, que con el ahogo
que me embarca los alientos
ni sé ya lo que te digo
ni lo que te escribo leo.
Romance que resuelve con ingenuidad sobre problemas entre las instancias de la obligación y el afecto
Supuesto, discurso mío
que gozáis en todo el orbe,
entre aplausos de entendido,
de agudo veneraciones,
mostradlo en el duro empeño
en que mis ansias os ponen,
dando salida a mis dudas,
dando aliento a mis temores.
Empeño vuestro es el mío;
mirad que será desorden
ser en causa ajena agudo
y en la vuestra propia torpe.
Ved que es querer las causas,
con efectos desconformes,
nieves el fuego congele,
que la nieve llamas brote.
Manda la razón de estado
que, atendiendo a obligaciones,
las partes de Fabio olvide,
las prendas de Silvio adore.
O que al menos, si no puedo
vencer tan fuertes pasiones,
cenizas de disimulo
cubran amantes ardores.
¡Qué vano disfraz la juzgo!
Pues harán, cuando más obren,
que no se mire la llama
no que el ardor no se note.
¿Cómo podré yo mostrarme,
entre estas contradicciones,
a quien no quiero, de cera,
a quien adoro, de bronce?
¿Cómo el corazón podrá,
cómo sabrá el labio torpe
fingir halago, olvidando,
mentir, amando, rigores?
¿Cómo sufrir abatido,
entre tan bajas ficciones,
que lo desmienta la boca
podrá un corazón tan noble?
¿Y cómo podrá la boca
cuando el corazón se enoje,
fingir cariños, faltando
quien le ministre razones?
¿Podrá mi noble altivez
consentir que mis acciones
de nieve y de fuego sirvan
de ser fábula del orbe?
Y yo doy, que tanta dicha
tenga, que todos los ignoren:
para pasar la vergüenza
¿no basta que a mí me conste?
Que aquesto es razón me dicen
los que la razón conocen:
¿pues cómo la razón puede
forjarse de sinrazones?
¿Qué te costaba, hado impío,
dar al repartir tus dones
o los méritos de Fabio
o a Silvio las perfecciones?
Dicha y desdicha de entrambos
la suerte les descompone,
con que el uno su desdicha
y el otro su dicha ignore.
¿Quién ha visto que tan varia
la fortuna se equivoque
y que el dichoso padezca
porque el infelice goce?
No me convence el ejemplo
que en el Mongibelo ponen,
que en él es natural gala
y en mi violencia disforme.
Y resistir el combate
de tan encontrados golpes
no cabe en lo sensitivo
y puede sufrirlo un monte.
¡Oh vil arte cuyas reglas
tanto a la razón se oponen,
que para que se ejecuten
es menester que se ignoren!
¿Qué hace en adorarme Silvio?
¿Cuando más fino blasone,
quererme es más que seguir
de su inclinación el norte?
Gustoso vive en su empleo
sin que disgustos le estorben:
¿pues qué vence, si no vence
por mí en sus inclinaciones?
¿Qué víctimas sacrifica,
qué incienso en mis aras pone,
si cambia sus rendimientos
al precio de mis favores?
Más hago yo; pues no hay duda
que hace finezas mayores
que el que voluntario ruega,
quien violenta corresponde.
Porque aquél sigue obediente
de su estrella el curso dócil,
y éste contra la corriente
de su destino se opone.
Él es libre para amarme,
aunque otra su amor provoque.
¿Y no tendré yo la misma
libertad en mis acciones?
Si él restituir no puede,
su incendio mi incendio abone:
violencia que a él le sujeta,
¿qué mucho que a mí me postre?
¿No es rigor, no es tiranía,
siendo iguales las pasiones,
no poder él reportarse
y querer que me reporte?
Quererle porque él me quiere
no es justo que amor se nombre:
que no ama quien para amar
el ser amado supone.
No es amor correspondencia:
causas tiene superiores,
que las concilian los astros
o la engendran perfecciones.
Quien ama porque es querida,
sin otro impulso más noble,
desprecia el amante y ama
sus propias adoraciones.
Del humo del sacrificio
quiere los vanos honores,
sin mirar si al oferente
hay méritos que le adornen.
Ser potencia y ser objeto
a toda razón se opone;
porque era ejercer en sí
sus propias operaciones.
A parte rei se distinguen
el objeto que conoce;
y lo amable, no lo amante,
es blanco de sus arpones.
Amor no busca la paga
de voluntades conformes;
que tan bajo interés fuera
indigna usura en los dioses.
No hay cualidad que en él pueda
imprimir alteraciones
del velo de los desdenes,
del fuego de los favores.
Su ser es inaccesible
al discurso de los hombres;
que aunque el efecto se sienta,
la esencia no se conoce.
Y en fin, cuando en mi favor
no hubiere tantas razones,
mi voluntad es de Fabio:
Silvio y el mundo perdonen.
Rosa divina que en gentil cultura…
Rosa divina que en gentil cultura
eres con tu fragante sutileza
magisterio purpúreo en la belleza,
enseñanza nevada a la hermosura;
amago de la humana arquitectura,
ejemplo de la vana gentileza
en cuyo ser unió naturaleza
la cuna alegre y triste sepultura:
¡cuán altiva en tu pompa, presumida,
soberbia, el riesgo de morir desdeñas;
y luego, desmayada y encogida,
de tu caduco ser das mustias señas!
¡Con qué, con docta muerte y necia vida,
viviendo engañas y muriendo enseñas!
Sabrás, querido Fabio…
Sabrás, querido Fabio,
si ignoras que te quiero,
que ignorar lo dichoso
es muy de lo discreto;
que apenas fuiste blanco
en que el rapaz arquero
del tiro indefectible
logró el mejor acierto,
cuando en mi pecho amante
brotaron el incendio
de recíprocas llamas
conformes ardimientos.
¿No has visto, Fabio mío,
cuando el señor de Delas
hiere con armas de oro
la luna de un espejo,
que haciendo en el cristal
reflejo el rayo bello
hiere repercusivo
al más cercano objeto?
Pues así del amor
las flechas, que en mi pecho
tu resistente nieve
les dio mayor esfuerzo,
vueltas a mí las puntas,
dispuso amor soberbio,
sólo con un impulso,
dos alcanzar trofeos.
Díganlo las ruinas
de mi valor deshecho
que en contritas cenizas
predican escarmientos.
Mi corazón lo diga,
que en padrones eternos
inextinguibles guarda
testimonios del fuego.
Segunda Troya, el alma,
de ardientes Mongibelos
es pavesa a la saña
de más astuto griego.
De las sangrientas viras
los enervados hierros
por las venas difunden
el amable veneno.
Las cercenadas voces,
que en balbucientes ecos,
si el amor las impele,
las retiene el respeto.
Las niñas de mis ojos,
que con mirar travieso
sinceramente parlan
del alma los secretos.
El turbado semblante
y el impedido aliento
en cuya muda calma
da voces el afecto.
Aquel decirte más,
cuando me explico menos,
queriendo en negaciones
expresar los conceptos.
Y en fin, dígaslo tú,
que de mis pensamientos,
lince sutil, penetras
los más ocultos senos.
Si he dicho que te he visto,
mi amor está supuesto,
pues es correlativo
de tus merecimientos.
Si a ellos atiendes, Fabio,
con indicios más ciertos
verás de mis finezas
evidentes contextos.
Ellos a ti te basten,
que si prosigo, pienso
que con superfluas voces
su autoridad ofendo.
Señora doña Rosa, hermosa amago…
Señora doña Rosa, hermosa amago
de cuantas flores miran Sol y Luna:
¿cómo, si es dama ya, se está en la cuna,
y si es divina, teme humano estrago?
¿Cómo, expuesta del cierzo al rigor vago,
teme humilde el desdén de la fortuna,
mendigando alimentos, importuna,
del turbio humor de un cenagoso lago?
Bien sé que ha de decirte que el respeto
le pierdo con mi mal limada prosa.
Pues a fe que me he visto en harto aprieto;
y advierta vuesarced, señora Rosa,
que le escribo, no más, este soneto
porque todo poeta aquí se roza.
Si acaso, Fabio mío…
Si acaso, Fabio mío,
después de penas tantas
quedan para las quejas
alientos en el alma;
si acaso en las cenizas
de mi muerte esperanza
se libró por pequeña
alguna débil rama,
adonde entretenerse,
con fuerza limitada,
el rato que me escuchas
pueda la vital aura;
si acaso a la tijera
mortal que me amenaza
concede breves treguas
la inexorable parca,
oye en tristes endechas
tiernas consonancias
que al moribundo cisne
sirven de exequias blandas.
Y antes que noche eterna
con letal llave opaca
de mis trémulo ojos
cierre las lumbres vagas,
dame el postrer abrazo,
cuyas tiernas lazadas,
siendo unión de los cuerpos,
identifican almas.
Oigo tus dulces ecos,
y en cadencias turbadas
no permite el ahogo
entera la palabra.
De tu rostro en el mío
haz amoroso estampa
y las mejillas frías
de ardiente llanto baña.
Tus lágrimas y mías
digan equivocadas
que aunque en distintos pechos
las engendró una causa.
Unidas de las manos
las bien tejidas palmas,
con movimientos digan
lo que los labios callan.
Dame, por prendas firmes
de tu fe no violada,
en tu pecho escrituras,
seguros en tu cara;
para que cuando baje
a las estigias aguas,
tuyo el óbolo sea
para fletar la barca.
Recibe de mis labios
el que, en mortales ansias,
el exánime pecho
último aliento exhala.
Y el espíritu ardiente,
que vivifica llama
de acto sirvió primero
a tierra organizada,
recibe, y de tu pecho
en la dulce morada
padrón eterno sea
de mi fineza rara.
Y adiós, Fabio querido,
que ya el aliento falta,
y de vivir se aleja
la que de ti se aparta.
Si de Carlos la garra y bizarría…
Si de Carlos la garra y bizarría
pudo por sí mover a mi cuidado,
¿cómo parecerá, siendo envidiado,
lo que sólo por sí bien parecía?
Si sin triunfo rendirle pretendía,
sabiendo que ya vive enamorado,
¿qué victoria será verle apartado
de quien antes por suyo le tenía?
Pues perdone don Juan, que aunque yo quiera
pagar su amor, que a olvido ya condeno,
¿cómo podré si ya en mi pena fiera
introducen los celos su veneno?
Que es Carlos más galán; y aunque no fuera,
tiene de más galán el ser ajeno.
Si es causa amor productivo…
Si es causa amor productivo
de diversidad de afectos,
que, con producirlos todos,
se perficiona a sí mesmo:
y si el uno de los más
naturales son los celos,
¿cómo sin tenerlos puede
el amor estar perfecto?
Son ellos de que hay amor
el signo más manifiesto:
como la humedad del agua
y como el humo del fuego.
No son (que dicen) de amor
bastardos hijos groseros;
sino legítimos, claros
sucesores de su imperio.
Son crédito y prueba suya,
pues sólo pueden dar ellos
auténticos testimonios
de que es amor verdadero.
Porque la fineza, que es
de ordinario el tesorero
a quien remite las pagas
amor de sus libramientos,
¿cuántas veces, motivada
de otros impulsos diversos,
ejecuta por de amor
decretos de galanteo?
El cariño ¿cuántas veces,
por dulce entretenimiento,
fingiendo quilates, crece
la mitad del justo precio?
¿Y cuántas más el discurso,
por ostentarse discreto,
acredita por de amor
partos del entendimiento?
¿Cuántas veces hemos visto
disfrazada en rendimientos
a la propia conveniencia,
a la tema o al empeño?
Sólo los celos ignoran
fábricas de fingimientos,
que, como son locos, tienen
propiedad de verdaderos.
Los gritos que ellos dan son,
sin dictamen de su dueño,
no ilaciones del discurso,
sino abortos del tormento.
Como de razón carecen,
carecen del instrumento
de fingir, que aquesto sólo
es en lo irracional bueno.
Desbocados ejercitan
contra sí el furor violento,
y no hay quien quiera en su daño
mentir, sino en su provecho.
Del frenético, que fuera
de su natural acuerdo
de despedaza, no hay quien
juzgue que finge el extremo.
En prueba de esta verdad,
mírense cuántos ejemplos
en bibliotecas de siglos
guarda el archivo del tiempo.
A Dido fingió el troyano,
mintió a Adriadna Teseo,
ofendió a Minos Pasife
y engañaba a Marte Venus.
Semíramis mató a Nino,
Elena deshonró al griego,
Jasón agravió a Medea
y dejó a Olimpia Vireno.
Betsabé engañaba a Urías,
Dalila al caudillo hebreo,
Jael a Sísara horrible,
Judit a Holofernes fiero.
Éstos y otros, que mostraban
tener amor, sin tenerlo,
todos fingieron amor,
mas ninguno fingió celos.
Porque aquél puede fingirse
con otro color, mas éstos
son la prueba del amor
y la prueba de sí mesmos.
Si ellos no tienen más padres
que el amor, luego son ellos
sus más naturales hijos
y más legítimos dueños.
Las demás demostraciones,
por más que finas las vemos,
pueden no mirar a amor
sino a otros varios respectos.
Ellos solos se van con él,
como la causa y efecto:
¿hay celos?, luego hay amor;
¿hay amor?, luego habrá celos.
De la fiebre ardiente suya
son el delirio más cierto;
que, como están sin sentido,
publican lo más secreto.
El que no los siente, amando,
del indicio más pequeño,
en tranquilidad de tibio
goza bonanzas de necio.
Que asegurarse en las dichas
solamente puede hacerlo
la villana confianza,
el propio merecimiento.
Bien sé que tal vez furiosos
suelen pasar desatentos,
a profanar de lo amado
osadamente el respeto.
Mas no es esto esencia suya,
sino un accidente anexo,
que tal vez los acompaña
y tal vez deja de hacerlo.
Mas doy que siempre: aún debiera
el más soberano objeto,
por la prueba de lo fino,
perdonarles lo grosero.
Mas no es, vuelvo a repetir,
preciso que el pensamiento
pase a ofender del decoro
los sagrados privilegios.
Para tener celos basta
sólo el temor de tenerlos;
que ya está sintiendo el daño
quien está sintiendo el riesgo.
Temer yo que haya quien quiera
festejar a quien festejo,
aspirar a mi fortuna
y solicitar mi empleo,
no es ofender lo que adoro,
antes es un alto aprecio
de pensar que deben todos
adorar lo que yo quiero.
Y éste es un dolor preciso,
por más que divino el dueño
asegure en confianza
prerrogativas de exento.
Decir que éste no es cuidado
que llegue a desasosiego,
podrá decirlo la boca,
mas no comprobarlo el pecho.
Persuadirme a que es lisonja
amor lo que yo apetezco,
aprobarme la elección
y calificar mi empleo;
a quien tal tiene a lisonja
nunca le falte este obsequio:
que yo juzgo que aquí sólo
son duros los lisonjeros.
Pues sólo fuera, a poder
contenerse estos afectos
en la línea del aplauso
o en el coto del cortejo.
¿Pero quién con tal medida
les podrá tener el freno
que no rompan desbocados
el alacrán del consejo?
Y aunque ellos en sí no pasen
el término de lo cuerdo,
¿quién lo podrá persuadir
a quien los mira con miedo?
Aplaudir lo que yo estimo,
bien puede ser sin intento
segundo; mas ¿quién podrá
tener mis temores quedos?
Quien tiene enemigos, suele
decir que no tenga sueño;
pues ¿cómo ha de sosegarse
el que los tiene tan ciertos?
Quien en frontera enemiga
descuidado ocupa el lecho,
sólo parece que quiere
ser del contrario trofeo.
Aunque inaccesible sea
el blanco: si los flecheros
son muchos, ¿quién asegura
que alguno no tenga acierto?
Quien se alienta a competirme
aun en menores empeños,
es un dogal que compone
mis ahogos de su aliento.
¿Pues qué será el que pretende
excederme los afectos,
mejorarme las finezas
y aventajar los deseos?
¿Quién quiere usurpar mis dichas?
¿Quién quiere ganarme el premio?
¿Y quién en galas del alma
quiere dejar más bien puesto?
¿Quién para su exaltación
procura mi abatimiento
y quiere comprar su gloria
a costa de mis desprecios?
¿Quién pretende, con los suyos,
deslucir mis sentimientos:
que en los desaires del alma
es el más sensible duelo?
Al que este dolor no llega
al más reservado seno
del alma, apueste insensibles
competencias con el hielo.
La confianza ha de ser
con proporcionado medio:
que deje de ser molestia
sin pasar a ser despego.
El que es discreto, a quien ama
le ha de mostrar que el recelo
lo tiene en la voluntad
y no en el entendimiento.
Un desconfiar de sí
y un estar siempre temiendo
que podrá exceder al mío
cualquiera mérito ajeno:
un temer que la fortuna
podrá con airado ceño
despojarme por indigno
del favor que no merezco:
no sólo no ofende; antes
es el esmalte más bello
que a las joyas de lo fino
les puede dar lo discreto.
Y aunque algo exceda la queja,
nunca queda mal, supuesto,
que es gala de lo sentido
exceder de lo modesto.
Lo atrevido es un celoso,
lo irracional y lo terco,
prueba es de amor, que merece
la beca de su colegio.
Y aunque muestre que se ofende,
yo sé que por allá dentro
no le pesa a la más alta
de mirar tales extremos.
La más airada deidad
al celoso más grosero
le está aceptando servicios
los que riñe atrevimientos.
La que se queja oprimida
del natural más estrecho
hace ostentación de amada
el que parece lamento.
De la triunfante hermosura
tiran el carro soberbio
el desdichado con quejas
y el celoso con despechos.
Uno de sus sacrificios
es este dolor acerbo,
y ella, ambiciosa, no quiere
nunca tener uno menos.
¡Oh doctísimo Montoro,
asombro de nuestros tiempos,
injuria de los Virgilios,
afrenta de los Homeros!
Cuando de amor prescindiste
este inseparable afecto
(precisión que sólo pudo
formarla tu entendimiento),
bien se ve que sólo fue
la empresa de tus talentos
el probar lo más difícil,
no persuadir a creerlo.
Al modo de aquellos que
sutilmente defendieron
que de la nube los campos
se visten de color negro.
De tu sutileza fue
airoso, galán empeño,
sofística bizarría
de tu soberano ingenio.
Probar lo que no es probable
bien se ve que fue el intento
tuyo, porque lo evidente
probado se estaba ello.
Acudiste al partido
que hallaste más indefenso
y a la opinión desvalida
ayudaste caballero.
Éste fue tu fin; y así,
debajo de este supuesto,
no es ésta, ni puede ser,
réplica de tu argumento,
sino sólo una obediencia
mandada de gusto ajeno,
cuya insinuación en mí
tiene fuerza de precepto.
Confieso que de mejor
gana siguiera mi genio
el extravagante rumbo
de tu no hallado sendero.
Pero, sobre ser difícil,
inaccesible lo has hecho,
pues el mayor imposible
fuera ir en tu seguimiento.
Rumbo que estrenan las alas
de tu remontado vuelo
(aun determinando al daño)
no lo intentara un despecho.
La opinión que yo quería
seguir, seguiste primero;
dísteme celos, y tuve
la contraria con tenerlos.
Con razón se reservó
tanto asunto a tanto ingenio;
que a fuerzas sólo de Atlante
fía la esfera su peso.
Tenla, pues, que si consigues
persuadirla al universo,
colgará el género humano
sus cadenas en tu templo.
No habrá quejosos de amor,
y en sus dulces prisioneros
serán las cadenas oro
y no dorados los yerros.
Será la sospecha inútil,
estará ocioso el recelo,
desterrarase el indicio
y perderá el ser el miedo.
Todo será dicha, todo
felicidad y contento,
todo venturas, y en fin
pasará el mundo a ser cielo.
Deberanle los mortales
a tu valeroso esfuerzo
la más dulce libertad
del más duro cautiverio.
Mucho te deberán todos,
y yo más que todos debo
las discretas instrucciones
a las luces de tus versos.
Dalos a la estampa, porque
en caracteres eternos
viva tu nombre, y con él
se extienda el común provecho.
Si los riesgos del mar considerara…
Si los riesgos del mar considerara
ninguno se embarcara, si antes viera
bien su peligro, nadie se atreviera,
ni al bravo toro osado provocara.
Si del fogoso bruto ponderara
la furia desbocada en la carrera,
el jinete prudente, nunca hubiera,
quien con discreta mano le enfrenara.
Pero si hubiera algo tan osado,
que, no obstante el peligro, al mismo Apolo
quisiera gobernar con atrevida
mano, el rápido carro en luz bañado
todo lo hiciera, y no tomara sólo
estado, que ha de ser toda la vida.
Si un pincel, aunque grande, al fin humano…
Si un pincel, aunque grande, al fin humano,
pudo hacer tan bellísima Pintura,
que aun vista perspicaz en vano apura
tus luces, o admirada, si no en vano.
El Autor de tu Alma soberano,
proporcionado campo a más hechura,
¿qué gracia pintaría, qué hermosura,
el Lienzo más capaz, mejor la Mano?
¿Si estará ya en la Esfera luminoso
el pincel, de Lucero graduado,
porque te amaneció Divina Aurora?
¡Y cómo que lo está! Pero, quejoso,
dice que ni aun la costa le ha pagado:
que gastó en ti más luz que tiene ahora.
Silvio, tu opinión va errada…
Silvio, tu opinión va errada,
que en lo común, si se apura,
no admiten por hermosura
hermosura enamorada.
Pues si bien de la extrañeza
el atractivo más grato
es el agrio de lo ingrato
la sazón de la belleza.
Porque gozando excepciones
de perfección más que humana,
la acredita soberana
lo libre de las pasiones.
Que no se conserva bien
ni tiene seguridad
la rosa de la beldad
sin la espina del desdén.
Mas si el amor hace hermosas,
pudiera excusar ufana
con merecer la manzana
la contienda de las diosas.
Belleza llego a tener
de mano ten generosa,
que dices que seré hermosa
solamente con querer.
Y así en lid contenciosa
fuera siempre la triunfante;
que, pues nadie es tan amante,
luego nadie tan hermosa.
Mas si de amor el primor
la belleza me asegura,
te deberé la hermosura,
pues me causas el amor.
Del amor tuyo confío
la beldad que me atribuyo
porque siendo obsequio tuyo
resulta en provecho mío.
Pero a todo satisfago
con ofrecerte de nuevo
la hermosura que te debo
y el amor con que te pago.
Silvio, yo te aborrezco y aun condeno…
Silvio, yo te aborrezco y aun condeno
el que estés de esta suerte en mi sentido,
que infama el hierro el escorpión herido
y a quien lo huella mancha inmundo cieno.
Eres como el mortífero veneno,
que daña quien lo vierte inadvertido;
y en fin, eres tan malo y fementido,
que aun para aborrecido no eres bueno.
Tu aspecto vil a mi memoria ofrezco,
aunque con susto me lo contradice,
por darme yo la pena que merezco,
pues cuando considero lo que hice,
no sólo a ti, corrida, te aborrezco,
pero a mí, por el tiempo que te quise.
Solo con aguda ingeniosidad esfuerza el dictamen de que sea la ausencia mayor mal que los celos
El ausente, el celoso, se provoca,
aquél con sentimiento, éste con ira;
presume éste la ofensa que no mira
y siente aquél la realidad que toca:
Éste templa tal vez su furia loca
cuando el discurso en su favor delira;
y sin intermisión aquél suspira,
pues nada a su dolor la fuerza apoca.
Éste aflige dudoso su paciencia
y aquél padece ciertos sus desvelos;
éste al dolor opone resistencia;
aquél, sin ella, sufre desconsuelos:
y si es pena de daño, al fin, la ausencia,
luego es mayor tormento que los celos.
Soneto I
Feliciano me adora y le aborrezco;
Lisardo me aborrece y yo le adoro;
por quien no me apetece ingrato, lloro,
y al que me llora tierno no apetezco.
A quien más me desdora, el alma ofrezco;
a quien me ofrece víctimas, desdoro;
desprecio al que enriquece mi decoro,
y al que le hace desprecios, enriquezco.
Si con mi ofensa al uno reconvengo,
me reconviene el otro a mí ofendido;
y a padecer de todos modos vengo,
pues ambos atormentan mi sentido:
aqueste con pedir lo que no tengo,
y aquél con no tener lo que le pido.
Soneto II
Este que ves, engaño colorido,
que, del arte ostentando los primores,
con falsos silogismos de colores
es cauteloso engaño del sentido;
éste, en quien la lisonja ha pretendido
excusar de los años los horrores,
y venciendo del tiempo los rigores
triunfar de la vejez y del olvido,
es un vano artificio del cuidado,
es una flor al viento delicada,
es un resguardo inútil para el hado:
es una necia diligencia errada,
es un afán caduco y, bien mirado,
es cadáver, es polvo, es sombra, es nada.
Soneto III
Rosa divina que en gentil cultura
eres con tu fragante sutileza
magisterio purpúreo en la belleza,
enseñanza nevada a la hermosura;
amago de la humana arquitectura,
ejemplo de la vana gentileza
en cuyo ser unió naturaleza
la cuna alegre y triste sepultura:
¡cuán altiva en tu pompa, presumida,
soberbia, el riesgo de morir desdeñas;
y luego, desmayada y encogida,
de tu caduco ser das mustias señas!
¡Con qué, con docta muerte y necia vida,
viviendo engañas y muriendo enseñas!
Soneto IV
La compuesta de flores maravilla,
divina protectora americana,
que a ser se pasa rosa mexicana
apareciendo rosa de Castilla;
la que, en vez del dragón (de quien humilla
cerviz rebelde en Pathmos) huella ufana
hasta aquí inteligencia soberana
de su pura grandeza, pura silla;
ya el cielo, que la copia misterioso,
segunda vez sus señas celestiales
en guarismo de flores claro suma;
pues no menos le dan traslado hermoso
las flores de tus versos sin iguales,
la maravilla de tu culta pluma.
Soneto V
Al que ingrato me deja, busco amante;
al que amante me sigue, dejo ingrata;
constante adoro a quien mi amor maltrata;
maltrato a quien mi amor busca constante.
Al que trato de amor hallo diamante;
y soy diamante al que de amor me trata;
triunfante quiero ver al que me mata
y mato a quien me quiere ver triunfante.
Si a este pago, padece mi deseo:
si ruego aquel, mi pundonor enojo:
de entrambos modos infeliz me veo.
Pero yo por mejor partido escojo
de quien no quiero, ser violento empleo,
que de quien no me quiere, vil despojo.
Soneto VI
Miró Celia una rosa que en el prado
ostentaba feliz la pompa vana
y con afeites de carmín y grana
bañaba alegre el rostro delicado;
y dijo: Goza, sin temor del hado,
el curso breve de tu edad lozana,
pues no podrá la muerte de mañana
quitarte lo que hubieres hoy gozado.
Y aunque llega la muerte presurosa
y tu fragante vida se te aleja,
no sientas el morir tan bella y moza;
mira que la experiencia te aconseja
que es fortuna morirte siendo hermosa
y no ver el ultraje de ser vieja.
Soneto VII
Verde embeleso de la vida humana,
loca esperanza, frenesí dorado,
sueño de los despiertos intrincado,
como de sueños, de tesoros vana;
alma del mundo, senectud lozana,
decrépito verdor imaginado,
el hoy de los dichosos esperado
y de los desdichados el mañana:
sigan tu sombra en busca de tu día
los que, con verdes vidrios por anteojos,
todo lo ven pintado a su deseo:
que yo, más cuerda en la fortuna mía,
tengo en entrambas manos ambos ojos
y solamente lo que toco veo.
Soneto VIII
Esta tarde, mi bien, cuando te hablaba,
como en tu rostro y tus acciones veía
que con palabras no te persuadía,
que el corazón me vieses deseaba.
Y Amor, que mis intentos ayudaba,
venció lo que imposible parecía,
pues entre el llanto que el dolor vertía,
el corazón deshecho destilaba.
Baste ya de rigores, mi bien, baste,
no te atormenten más celos tiranos,
ni el vil recelo tu quietud contraste
con sombras necias, con indicios vanos:
pues ya en líquido humor viste y tocaste
mi corazón deshecho entre tus manos.
Soneto IX
Detente, sombra de mi bien esquivo
imagen del hechizo que más quiero,
bella ilusión por quien alegre muero,
dulce ficción por quien penosa vivo.
Si al imán de tus gracias atractivo
sirve mi pecho de obediente acero,
¿para qué me enamoras lisonjero,
si has de burlarme luego fugitivo?
Mas blasonar no puedes satisfecho
de que triunfa de mí tu tiranía;
que aunque dejas burlado el lazo estrecho
que tu forma fantástica ceñía,
poco importa burlar brazos y pecho
si te labra prisión mi fantasía.
Soneto X
¿Tan grande, ¡ay hado!, mi delito ha sido
que por castigo de él o por tormento
no basta el que adelanta el pensamiento
sino el que le previenes al oído?
Tan severo en mi contra has procedido, 5
que me persuado, de tu duro intento,
a que sólo me diste entendimiento
porque fuese mi daño más crecido.
Dísteme aplausos para más baldones,
subir me hiciste, para penas tales; 10
y aun pienso que me dieron tus traiciones
penas a mi desdicha desiguales
porque viéndome rica de tus dones
nadie tuviese lástima a mis males.
Soneto XI
Fabio, en el ser de todos adoradas
son todas las beldades ambiciosas,
porque tienen las aras por ociosas
si no las ven de víctimas colmadas.
Y así, sí de uno solo son amadas,
viven de la fortuna querellosas;
porque piensan que más que ser hermosas
constituyen deidad al ser rogadas.
Mas yo soy en aquesto tan medida,
que en viendo a muchos mi atención zozobra
y sólo quiero ser correspondido.
de aquel que de mi amor réditos cobra;
porque es la sal del gusto al ser querido:
que daña lo que falta y lo que sobra.
Soneto XII
Dices que yo te olvido, Celio, y mientes,
en decir que me acuerdo de olvidarte,
pues no hay en mi memoria alguna parte
en que, aun como olvidado, te presentes.
Mis pensamientos son tan diferentes
y en todo tan ajenos de tratarte,
que ni saben ni pueden olvidarte,
ni si te olvidan saben si lo sientes.
Si tú fueras capaz de ser querido,
fueras capaz de olvido; y ya era gloria
al menos la potencia de haber sido.
Mas tan lejos estás de esa victoria,
que aqueste no acordarme no es olvido
sino una negación de la memoria.
Soneto XIII
Máquinas primas de su ingenio agudo
A Arquímedes, artífice famoso,
Raro nombre dieron de ingenioso;
¡Tanto el afán y tanto el arte pudo!
Invención rara, que en el mármol rudo
No sin arte grabó, maravilloso,
De su mano, su nombre prodigioso,
Entretejido en flores el escudo.
¡Oh! Así permita el Cielo que se entregue
Lince tal mi atención en imitarte,
I en el mar de la ciencia así se anegue
Vajel, que -al discurrir por alcanzarte-
Alcance que el que a ver la hechura llegue,
Sepa tu nombre del primor del Arte.
Soneto XIV
De un funesto moral la negra sombra,
de horrores mil, y confusiones llena,
en cuyo hueco tronco aún hoy resuena
el eco que doliente a Tisbe nombra,
cubrió la verde matizada alfombra
en que Píramo amante abrió la vena
del corazón, y Tisbe de su pena
dio la señal que aún hoy al mundo asombra.
Mas viendo del amor tanto despecho,
la muerte, entonces de ellos lastimada,
sus dos pechos juntó con lazo estrecho:
mas ¡ay de la infeliz y desdichada
que a su Píramo dar no puede el pecho
ni aun por los duros filos de una espada!
Soneto XV
La heroica esposa de Pompeyo, altiva,
al ver su vestidura en sangre roja,
con generosa cólera se enoja
de sospecharlo muerto y estar viva.
Rinde la vida en que el sosiego estriba
de esposo y padre, y con mortal congoja,
la concebida sucesión arroja,
y de la paz con ella a Roma priva.
Si el infeliz concepto que tenía
en las entrañas Julia, no abortara,
la muerte de Pompeyo excusaría.
¡Qué tirana fortuna! ¡Quién pensara,
que con el mismo amor que la temía,
con ese mismo amor se la causara!
Soneto XVI
¿Qué pasión, Porcia, qué dolor tan ciego
te obliga a ser de ti fiera homicida?
¿O en qué te ofende tu inocente vida
que así le das batalla a sangre y fuego?
Si la fortuna airada al justo ruego
de tu esposo se muestra endurecida,
bástale el mal de ver su acción perdida;
no acabes, con tu vida, su sosiego.
Deja las brasas, Porcia, que mortales
impaciente tu amor elegir quiere;
no al fuego de tu amor el fuego iguales;
porque si bien de tu pasión se infiere,
mal morirá a las brasas materiales
quien a las llamas del amor no muere.
Soneto XVII
¡Oh, famosa Lucrecia, gentil dama,
de cuyo ensangrentado noble pecho
salió la sangre que extinguió a despecho
del rey injusto la lasciva llama!
¡Oh, con cuánta razón el mundo aclama
tu virtud, pues por premio de tal hecho
aún es para tus sienes cerco estrecho
la amplísima corona de tu fama!
Pero si el modo de tu fin violento
puedes borrar del tiempo y sus anales,
quita la punta del puñal sangriento
con que pusiste fin a tantos males;
que es mengua de tu honrado sentimiento
decir que te ayudaste de puñales.
Soneto XVIII
Con el dolor de la mortal herida,
de un agravio de amor me lamentaba,
y por ver si la muerte se llegaba
procuraba que fuese más crecida.
Toda en su mal el alma divertida,
pena por pena su dolor sumaba,
y en cada circunstancia ponderaba
que sobraban mil muertes a una vida.
Y cuando, al golpe de uno y otro tiro
rendido el corazón, daba penoso
señas de dar el último suspiro.
no sé por qué destino prodigioso
volví a mi acuerdo y dije: ¿qué me admiro?
¿Quién en amor ha sido más dichoso?
Soneto XIX
Si los riesgos del mar considerara
ninguno se embarcara, si antes viera
bien su peligro, nadie se atreviera,
ni al bravo toro osado provocara.
Si del fogoso bruto ponderara
la furia desbocada en la carrera,
el jinete prudente, nunca hubiera,
quien con discreta mano le enfrenara.
Pero si hubiera algo tan osado,
que, no obstante el peligro, al mismo Apolo
quisiera gobernar con atrevida
mano, el rápido carro en luz bañado
todo lo hiciera, y no tomara sólo
estado, que ha de ser toda la vida.
Soneto XX
El ausente, el celoso, se provoca,
aquél con sentimiento, éste con ira;
presume éste la ofensa que no mira
y siente aquél la realidad que toca:
Éste templa tal vez su furia loca
cuando el discurso en su favor delira;
y sin intermisión aquél suspira,
pues nada a su dolor la fuerza apoca.
Éste aflige dudoso su paciencia
y aquél padece ciertos sus desvelos;
éste al dolor opone resistencia;
aquél, sin ella, sufre desconsuelos:
y si es pena de daño, al fin, la ausencia,
luego es mayor tormento que los celos.
Soneto XXI
Silvio, yo te aborrezco y aun condeno
el que estés de esta suerte en mi sentido,
que infama el hierro el escorpión herido
y a quien lo huella mancha inmundo cieno.
Eres como el mortífero veneno,
que daña quien lo vierte inadvertido;
y en fin, eres tan malo y fementido,
que aun para aborrecido no eres bueno.
Tu aspecto vil a mi memoria ofrezco,
aunque con susto me lo contradice,
por darme yo la pena que merezco,
pues cuando considero lo que hice,
no sólo a ti, corrida, te aborrezco,
pero a mí, por el tiempo que te quise.
Soneto XXII
Yo no dudo, Lisarda, que te quiero,
aunque sé que me tienes agraviado;
mas estoy tan amante y tan airado,
que afectos que distingo no prefiero.
De ver que odio y amor te tengo, infiero
que ninguno estar puede en sumo grado,
pues no le puede el odio haber ganado
sin haberle perdido amor primero.
Y si piensas que el alma que te quiso
ha de estar siempre a tu afición ligada,
de tu satisfacción vana te aviso.
Pues si el amor al odio ha dado entrada,
el que bajó de sumo a ser remiso
de lo remiso pasará a ser nada.
Soneto XXIII
Cuando mi error y tu vileza veo,
contemplo, Silvio, de mi amor errado,
cuán grave es la malicia del pecado,
cuán violenta la fuerza de un deseo.
A mi misma memoria apenas creo
que pudiese caber en mi cuidado
la última línea de lo despreciado,
el término final de un mal empleo.
Yo bien quisiera, cuando llego a verte,
viendo mi infame amor poder negarlo;
mas luego la razón justa me advierte
que sólo me remedia en publicarlo;
porque del gran delito de quererte
sólo es bastante pena confesarlo.
Soneto XXIV
¿Vesme, Alcino, que atada a la cadena
de amor, paso, en sus hierros aherrojada,
mísera esclavitud desesperada,
de libertad y de consuelo ajena?
¿Ves de dolor y angustia el alma llena,
de tan fieros tormentos lastimada,
y entre las vivas llamas abrasada,
juzgarse por indigna de su pena?
¿Vesme seguir sin alma un desatino
que yo misma condeno por extraño?
¿Vesme derramar sangre en el camino
siguiendo los vestigios de un engaño?
¿Muy admirado estás? ¿Pues ves, Alcino?
Más merece la causa de mi daño.
Soneto XXV
Intenta de Tarquino el artificio
a tu pecho, Lucrecia, dar batalla;
ya amante llora, ya modesto calla;
ya ofrece toda el alma en sacrificio.
Y cuando piensa ya que más propicio
tu pecho a tanto imperio se avasalla,
el premio, como Sísifo, que halla,
es empezar de nuevo el ejercicio.
Arde furioso y la amorosa tema
crece en la resistencia de tu honda,
con tanta privación más obstinada.
¡Oh providencia de deidad suprema:
tu honestidad motiva tu deshonra
y tu deshonra te eterniza honrada!
Soneto XXVI
¿En perseguirme, mundo, qué interesas?
¿En qué te ofendo, cuando sólo intento
poner bellezas en mi entendimiento
y no mi entendimiento en las bellezas?
Yo no estimo tesoros ni riquezas,
y así, siempre me causa más contento
poner riquezas en mi entendimiento
que no mi entendimiento en las riquezas.
Yo no estimo hermosura que vencida
es despojo civil de las edades
ni riqueza me agrada fementida,
teniendo por mejor en mis verdades
consumir vanidades de la vida
que consumir la vida en vanidades.
Soneto XXVII
Que no me quiera Fabio al verse amado
es dolor sin igual, en mi sentido;
mas que me quiera Silvio aborrecido
es menor mal, mas no menor enfado.
¿Qué sufrimiento no estará cansado,
si siempre le resuenan al oído,
tras la vana arrogancia de un querido,
el cansado gemir de un desdeñado?
Si de Silvio me cansa el rendimiento,
a Fabio canso con estar rendida:
si de éste busco el agradecimiento,
a mí me busca el otro agradecida:
por activa y pasiva es mi tormento,
pues padezco en querer y ser querida.
Soneto XXVIII
El Hijo, que la Esclava ha concebido,
dice el Derecho, que le pertenece
al legítimo Dueño, que obedece
la Esclava Madre, de quien es nacido.
El que retorna, el campo agradecido;
opimo fruto, que obediente ofrece,
es del Señor, pues si fecundo crece,
se lo debe al cultivo recibido.
Así, Lisi Divina, estos borrones,
que hijos del alma son, partos del pecho,
será razón, que a ti te restituya.
Y no lo impidan sus imperfecciones,
pues vienen a ser tuyos de derecho
los conceptos de un Alma, que es tan tuya.
Soneto XXIX
La Mexicana Musa, Hija eminente
de Apolo, y que las Nueve aun más divina,
porque fuese del Sol la Benjamina,
le nació en la vejez de su Poniente.
¡Qué sutil, si discurre! ¡Qué elocuente,
si razona! ¡Si habla, qué ladina!
Y si canta de amor, cuerda es tan fina,
que no se oye rozado en lo indecente.
Única poetisa, ese talento
(que no le desperdicias, que le empleas)
aun le envidia mi amor, que es lince a tiento.
¡O enhorabuena Peregrina seas,
por si vago tal vez mi pensamiento,
se encontrase contigo en sus ideas.
Soneto XXX
Mandas, Anarda, que sin llanto asista
a ver tus ojos, de lo cual sospecho,
que el ignorar la causa, es quien te ha hecho
querer, que emprenda yo tanta conquista.
Amor, Señora, sin que me resista,
que tiene en fuego el corazón deshecho,
como hace huir la sangre allá en el pecho,
vaporiza en ardores por la vista.
Buscan luego mis ojos tu presencia,
que centro juzga de su dulce encanto,
y cuando mi atención te reverencia.
Los virtuales rayos entretanto,
como hallan en tu nieve resistencia,
lo que salió vapor, se vuelve llanto.
Soneto XXXI
Inés, cuando te riñen por Bellaca,
para disculpas, no te falta Achaque
porque dices, que traque, y que Barraque
con que sabes muy bien tapar la Caca.
Si coges la palabra, no hay Urraca,
que así la gorja de mal año Saques
y con tronidos, más que un triqui Traque,
a todo el Mundo aturdes, cual Matraca.
Este bullicio todo lo Trabuca,
este embeleco todo lo Embeleca,
más, aunque eres (Inés) tan mala Cuca,
sabe mi amor muy bien lo que se Peca,
y así con tu afición no se Embabuca,
aunque eres Zancarrón, y yo de Meca.
Soneto XXXII
Aunque eres (Teresilla) tan Muchacha,
le das que hacer al pobre de Camacho,
porque dará tu disimulo un Chacho,
a aquel que se pintase más sin Tacha.
De los empleos que tu Amor Despacha,
anda el triste cargado como un Macho
y tienen tan crecido ya el Penacho,
que ya no puede entrar, sino se Agacha.
Estás ha hacerle burlas ya tan Ducha,
y a salir de ellas bien estás tan Hecha,
que, de lo que tu vientre Desembucha,
sabes darle a entender, cuando Sospecha,
que has hecho, por hacer su hacienda Mucha,
de ajena siembra suya la Cosecha.
Soneto XXXIII
Inés, yo con tu amor me Regocilo,
y viéndome querer, me Regodeo,
en mirar una Hermosura me Recreo,
y, cuando está celosa me Reguilo.
Si a otro miras, de celos me Aniquilo,
y tiemblo de tu Gracia, y tu Meneo,
porque sé (Inés) que tú con un voleo,
no dejarás humor, ni aun para Quilo.
Cuando estás enojada no Resuello,
cuando me das picones me Refino,
cuando sales de casa no Reposo,
Y espero (Inés) que entre esto, y entre
tu Amor acompañado de mi Bino,
de contigo en la cama, o en el Coso.
Soneto XXXIV
Vaya con Dios (Beatriz) el ser Estafa,
que esto se te conoce, hasta en el Tufo;
mas no es razón, que siendo yo tu Rufo,
les sirvas a otros gustos de Garrafa.
Fiaste en que tu traza es quien te Zafa
de mi cólera, cuando yo más Bufo,
pues advierte (Beatriz) que si me Atufo,
te abriré en la cabeza tanta Rafa.
Dime, si es bien, que el otro a ti te Estafe,
y cuando por tu Amor eche yo Bofe,
te vayas tú con ese Mequetrefe.
Y yo me vaya al Rollo, o a Getafe,
y sufra que el Picaño de mi Mofe,
en Asa, Uso, Afe, Ofe, y Efe.
Soneto XXXV
Aunque presume (Nife) que soy Tosco,
y que, (cual Palomilla) me Chamusco,
yo te aseguro, que tu luz no Busco,
porque ya tus engaños Reconozco.
Y así aunque en tus enredos más me Embosco,
muy poco viene a ser lo que me Ofusco,
porque, si en el color soy algo Fusco,
soy en la condición mucho más Hosco.
Lo que es de tus Picones, no me Rasco,
antes estoy con ellos ya tan Fresco,
que te puedo servir de helar un Frasco,
Que a darte nieve sólo me Enternezco,
y así (Nife) no piensa darme Chasco,
porque yo sé muy bien lo que me Pesco.
Soneto XXXVI
Diuturna enfermedad de la esperanza,
que así entretienes mis cansado años,
y el fiel de los bienes, y los daños,
tienes en equilibrio la balanza.
Que siempre suspendida, en la tardanza
de inclinarse, no dejan tus engaños
que lleguen a excederse en los tamaños
la desesperación, o confianza.
¿Quién te ha quitado el nombre de homicida?
Pues lo eres más severa, si se advierte,
que suspendes el alma entretenida;
y entre la infausta, o felice suerte,
no lo haces tú, por conservar la vida,
sino por dar más dilatada muerte.
Soneto XXXVII
Dulce deidad del viento armoniosa,
suspensión del sentido deseada,
donde gustosamente aprisionada
se mira la atención más bulliciosa;
perdona a mi zampoña licenciosa
si al escuchar tu lira delicada
canta con ruda voz desentonada
prodigios de la tuya milagrosa.
Pause su lira el Tracio, que aunque calma
puso a las negras sombras del olvido,
cederte debe más gloriosa palma,
pues más que a ciencia el arte has reducido
haciendo suspensión de toda un alma
el que sólo era objeto de un sentido.
Soneto XXXVIII
¿Qué es esto, Alcino, cómo tu cordura
se deja así vencer de un mal celoso,
haciendo con extremos de furioso
demostraciones más que de locura?
¿En qué te ofendió Celia? si se apura;
o porque al amor culpas de engañoso,
si no aseguró nunca poderoso
la eterna posesión de su hermosura?
La posesión de cosas temporales
temporales, Alcino, y es abuso
el querer conservarlas siempre iguales.
Con que tu error, o tu ignorancia acuso,
pues Fortunas, y Amor de cosas tales
la propiedad no han dado, sino el uso.
Soneto XXXIX
De la beldad de Laura enamorados
los cielos, la robaron a su altura,
porque no era decente a su luz pura
ilustrar estos valles desdichados.
O porque los mortales, engañados
de su cuerpo en la hermosa arquitectura,
admirados de ver tanta hermosura
no se juzgasen bienaventurados.
Nació donde el Oriente el rojo velo
corre al nacer al astro rubicundo
y murió donde con ardiente anhelo
da sepultura a su luz el mar profundo:
que fue preciso a su divino vuelo
que diese como el sol la vuelta al mundo.
Soneto XL
Probable opinión es, que conservarse
la forma celestial en su fijeza,
no es porque en lo material hay más nobleza,
sino por la manera de informarse.
Porque aquel apetito de mudarse,
la sacia de la forma, la Nobleza,
con que cesando el apetito, cesa
la ocasión, que tuvieran de apartarse.
Así tu amor, con vínculo terrible,
el alma que te adora, Celia informa,
con que su corrupción es imposible.
Ni aducir otra con quien no conforma,
no por ser la materia incorruptible,
más por lo inadmisible de la forma.
Soneto XLI
Aunque es clara del Cielo la luz pura
clara la Luna, y claras las Estrellas,
y clara las efímeras centellas,
que el aire eleva, y el incendio apura.
Aunque es el rayo claro, cuya dura
producción, cuesta al viento mi querellas,
y el relámpago, que hizo de su huellas
medrosa luz en la tiniebla oscura.
Todo el conocimiento torpe humano,
se estuvo oscuro, sin que los mortales,
plumas pudiesen ser, con vuelo ufano.
Ícaros de discursos racionales,
hasta que al tuyo, Eusebio soberano,
les dio a las luces, luces celestiales.
Soneto XLII
Mueran contigo, Laura, pues moriste,
los afectos, que en vano te desean,
los ojos, a quien privas, de que vean
la hermosa luz, que a un tiempo concediste.
Muera mi Lira infausta, en que influiste
ecos, que lamentables te vocean,
y, hasta estos rasgos mal formados, sean
lágrimas negras de mi pluma triste.
Muévase a compasión la misma muerte,
que precisa no pudo perdonarte,
y lamentó el amor su amarga suerte.
Pues si antes, ambicioso de gozarte,
deseó tener ojos para verte
ya le sirvieran sólo de llorarte.
Soneto XLIII
Amor empieza por desasosiego,
solicitud, ardores y desvelos;
crece con riesgos, lances y recelos;
susténtase de llantos y de ruego.
Doctrínanle tibiezas y despego,
conserva el ser entre engañosos velos,
hasta que con agravios o con celos
apaga con sus lágrimas su fuego.
Su principio, su medio y fin es éste:
¿pues por qué, Alcino, sientes el desvío
de Celia, que otro tiempo bien te quiso?
¿Qué razón hay de que dolor te cueste?
Pues no te engaño amor, Alcino mío,
sino que llegó el término preciso.
Soneto XLIV
Yo no puedo tenerte ni dejarte,
ni sé por qué, al dejarte o al tenerte,
se encuentra un no sé qué para quererte
y muchos sí sé qué para olvidarte.
Pues ni quieres dejarme ni enmendarte,
yo templaré mi corazón de suerte
que la mitad se incline a aborrecerte
aunque la otra mitad se incline a amarte.
Si ello es fuerza querernos, haya modo,
que es morir el estar siempre riñendo:
no se hable más en celo o en sospecha,
y quien da la mitad, no quiera el todo;
y cuando me la estás allá haciendo,
sabe que estoy haciendo la desecha.
Soneto XLV
Yo no puedo tenerte ni dejarte,
ni sé por qué, al dejarte o al tenerte,
se encuentra un no sé qué para quererte
y muchos sí sé qué para olvidarte.
Pues ni quieres dejarme ni enmendarte,
yo templaré mi corazón de suerte
que la mitad se incline a aborrecerte
aunque la otra mitad se incline a amarte.
Si ello es fuerza querernos, haya modo,
que es morir el estar siempre riñendo:
no se hable más en celo o en sospecha,
y quien da la mitad, no quiera el todo;
y cuando me la estás allá haciendo,
sabe que estoy haciendo la desecha.
Soneto XLVI
En la vida que siempre tuya fue,
Laura divina, y siempre lo será,
la Parca fiera, que en seguirme da,
quiso asentar por triunfo el mortal pie.
Yo de su atrevimiento me admiré,
que si debajo de su imperio está,
tener poder no puede en ella ya,
pues del suyo contigo me libré.
Para cortar el hilo que no hiló,
la tijera mortal abierta vi.
-¡Ay, parca fiera! -dije entonces yo-.
Mira que sola Laura manda aquí.
Ella corrida al punto se apartó.
Y dejome vivir sólo por ti.
Soneto XLVII
Como en la regia playa cristalina
el gran señor del húmedo tridente
acompaña ideal, sirve obediente
a cerúlea deidad, pompa marina,
no de otra suerte, al Cerda heroico inclina
de almejas coronada la alta frente,
la laguna imperial del occidente,
y al dulce yugo la cerviz destina.
Tres partes del tridente significa
dulce, amarga y salada en sus cristales,
y tantas al bastón dan conveniencia:
porque lo dulce o lo civil se aplica,
lo amargo a ejecuciones criminales,
y lo salado a militar prudencia.
Soneto XLVIII
Cítara de carmín que amaneciste
trinando endechas a tu amada esposa
y, paciéndole el ámbar a la rosa,
el pico de oro, de coral teñiste;
dulce jilguero, pajarito triste,
que apenas el aurora viste hermosa
cuando el tono primero de una glosa
la muerte hallaste y el compás perdiste:
no hay en la vida, no, segura suerte;
tu misma voz al cazador convida
para que el golpe cuando tire acierte.
¡Oh fortuna buscada aunque temida!
¿Quién pensara que cómplice en tu muerte
fuera, por no callar, tu propia vida?
Soneto XLIX
Señora doña Rosa, hermosa amago
de cuantas flores miran Sol y Luna:
¿cómo, si es dama ya, se está en la cuna,
y si es divina, teme humano estrago?
¿Cómo, expuesta del cierzo al rigor vago,
teme humilde el desdén de la fortuna,
mendigando alimentos, importuna,
del turbio humor de un cenagoso lago?
Bien sé que ha de decirte que el respeto
le pierdo con mi mal limada prosa.
Pues a fe que me he visto en harto aprieto;
y advierta vuesarced, señora Rosa,
que le escribo, no más, este soneto
porque todo poeta aquí se roza.
Soneto L
Yo adoro a Lisi, pero no pretendo
que Lisi corresponda mi fineza;
pues si juzgo posible su belleza,
a su decoro y mi aprehensión ofendo.
No emprender, solamente, es lo que emprendo:
pues sé que a merecer tanta grandeza
ningún mérito basta, y es simpleza
obrar contra lo mismo que yo entiendo.
Como cosa concibo tan sagrada
su beldad que ni quiere mi osadía
a la esperanza dar ni aun leve entrada:
pues cediendo a la suya mi alegría,
por no llegarla a ver mal empleada,
aun pienso que sintiera verla mía.
Soneto LI
En pensar que me quieres, Clori, he dado,
por lo mismo que yo no te quisiera;
porque sólo quien no me conociera,
me pudiera a mí, Clori, haber amado.
En tú no conocerme, desdichado
por sólo esta carencia de antes fuera;
mas como yo saberlo no pudiera,
tuviera menos mal en lo ignorado.
Me conoces, o no me has conocido;
si me conoces, suplirás mis males.
Si aquello, negaraste a lo entendido;
si aquesto, quedaremos desiguales.
Pues, ¿cómo me aseguras lo querido,
mi Clori, en dos de Amor carencias tales?
Soneto LII
No es solo por antojo el haber dado
en quererte, mi bien: pues no pudiera
alguno que tus prendas conociera,
negarte que mereces ser amado.
Y si mi entendimiento desdichado
tan incapaz de conocerte fuera,
de tan grosero error aun no pudiera
hallar disculpa en todo lo ignorado.
Aquella que te hubiere conocido,
o te ha de amar, o confesar los males
que padece su ingenio en lo entendido,
juntando dos extremos desiguales;
con que ha de confesar que eres querido,
para no dar improporciones tales.
Soneto LIII
¡Oh cuán frágil se muestra el ser humano
en los últimos términos fatales,
donde sirven aromas Orientales
de culto inútil, de resguardo vano!
Solo a ti respetó el poder tirano,
¡oh gran Felipe! pues con las señales
que ha mostrado que todos son mortales,
te ha acreditado a ti de Soberano.
Conoces ser de tierra fabricado
este cuerpo, y que está con mortal guerra
el bien del alma en él aprisionado;
y así, subiendo al bien que el Cielo encierra,
que en la tierra no cabes has probado,
pues aun tu cuerpo dejas porque es tierra.
Soneto LIV
¡Oh quién, amado Anfriso, te ciñera
del Mundo las coronas poderosas!
Que a coronar tus prendas generosas
el círculo del Orbe corto fuera.
¡Quién, para eternizarte, hacer supiera
mágicas confecciones prodigiosas,
o tuviera las hierbas milagrosas
que feliz gustó Glauco en la ribera!
Mas aunque no halla medio mi cuidado
para que goces de inmortal la palma,
otro más propio mi cariño ha hallado
que el curso de tu vida tenga en calma;
pues juzgo que es el más proporcionado
de alargar una vida, dar un alma.
Soneto LV
El que Hipogrifo de mejor Rugero,
Ave de Ganimedes, más hermoso,
Pegaso de Perseo más airoso,
de más dulce Arión, Delfín ligero
fue, ya sin vida yace el golpe fiero
de transformado Jove, que celoso
los rayos disimula, belicoso,
sólo en un semicírculo de acero.
Rindió el fogoso postrimero aliento
el veloz bruto, a impulso soberano;
pero aquel su dolor, que tuvo, siento,
más de afectivo y menos de inhumano:
pues fue de vergonzoso sentimiento
de ser bruto, rigiéndole tal mano.
Soneto LVI
Vista tus hombros el verdor lozano,
Joven, con que tu ciencia te laurea;
y puesto en ello dignamente, sea
índice de tus méritos ufano.
Corone tu discurso soberano
la que blanda tus sientes lisonjea
insignia literaria, en quien se emplea
el flamante sepulcro de un gusano.
¡Oh qué enseñanza llevan escondida
honrosos los halagos de tu suerte,
donde despierta la atención dormida!
Pues ese verde honor, si bien se advierte,
mientras más brinda gustos a la vida,
más ofrece recuerdos a la muerte.
Soneto LVII
Docto Mansilla, no para aplaudirte
ponderaciones buscaré del arte
retórica, que fuera limitarte
querer entre sus cláusulas ceñirte.
Sólo en mi intento, cuando llego a oírte,
alabarte con sólo no alabarte;
pues quien mejor llegare a ponderarte
será el que no intentare definirte.
Aún en tu mismo juicio tú no cabes;
ni de tu ingenio las riquezas raras
pudiera, del discurso con los graves
reflejos, conocer si lo intentaras:
porque si tú supieras lo que sabes,
mucho de lo que sabes ignoraras.
Soneto LVIII
Suspende, cantor Cisne, el dulce acento:
mira, por ti, al Señor que Delfos mira,
en zampoña trocar la dulce lira
y hacer a Admito pastoril contento.
Cuanto cabe suave, si violento,
piedras movió, rindió la infernal ira,
corrido de escucharte, se retira;
y al mismo Templo agravia tu instrumento.
Que aunque no llega a sus columnas cuanto
edificó la antigua Arquitectura,
cuando tu clara voz sus piedras toca,
nada se vio mayor sino tu canto;
y así como lo excede tu dulzura,
mientras más lo engrandece, más lo apoca.
Soneto LIX
¿Qué importa al Pastor Sacro, que a la llama
de su obrar negar quiera la victoria,
si cuando más apaga tanta gloria,
la misma luz a los recuerdos llama?
¿Si en cada mármol mudamente clama
de sus blasones indeleble historia,
porque sirva la letra a su memoria
lo que de piedra al tiempo de su Fama?
A la sagrada cifra, que venera
el discurso en las piedras, comedido,
y en duración eterna persevera,
exenta y libre del oscuro olvido,
alabarte podrás, culta Ribera,
que sólo le construyes el sentido.
Soneto LX
Dulce, canoro Cisne Mexicano
cuya voz si el Estigio layo oyera,
segunda vez a Eurídice te diera,
y segunda el Delfín te fuera humano;
a quien si el Teucro muro, si el Tebano,
el ser en dulces, cláusulas debiera,
ni a aquel el griego incendio consumiera,
ni a este postrara alejandrina mano:
no el sacro numen con mi voz ofendo,
ni al que pulsa divino plectro de oro
agreste avena concordar pretendo;
pues por no profanar tanto decoro,
mi entendimiento admira lo que entiendo
y mi fe reverencia lo que ignoro.
Soneto LXI
Si un pincel, aunque grande, al fin humano,
pudo hacer tan bellísima Pintura,
que aun vista perspicaz en vano apura
tus luces, o admirada, si no en vano.
El Autor de tu Alma soberano,
proporcionado campo a más hechura,
¿qué gracia pintaría, qué hermosura,
el Lienzo más capaz, mejor la Mano?
¿Si estará ya en la Esfera luminoso
el pincel, de Lucero graduado,
porque te amaneció Divina Aurora?
¡Y cómo que lo está! Pero, quejoso,
dice que ni aun la costa le ha pagado:
que gastó en ti más luz que tiene ahora.
Soneto LXII
Nace de la escarcha fresca rosa
dulce abeja, y apenas aparece,
cuando a su regio natalicio ofrece
tutela verde, palma victoriosa.
Así Rosa, María, más hermosa,
concibe a Dios, y el vientre apenas crece,
cuando es, de la sospecha que padece,
el Espíritu Santo Palma umbrosa.
Pero cuando el tirano, por prenderlo,
tanta inocente turba herir pretende,
solo Vos, ¡oh José!, vais a esconderlo:
para que en Vos admire, quien lo entiende,
que Vos bastáis del mundo a defenderlo,
y que de Vos, Dios solo le defiende.
Soneto LXIII
¿Quién, que regale visto y o comido,
el León, ya panal, imaginara?
¿Quién, que dulzura tanta se estorbara
lo muy sabroso, por lo muy florido?
¡Oh Juan, come y no mires, que a un sentido
le das celos con otro! ¿Y quién pensara
que el Fruto de la Vida le quitara
lo hermoso, la razón de apetecido?
Manjar de niños es el Sacramento,
y Dios, a ojos cerrados, nos provoca
a merecer, comiendo, su alimento.
Sólo a San Juan, que con la vista toca
a Cristo en él, fue más merecimiento
abrir los ojos y cerrar la boca.
Soneto LXIV
Vuestra edad, gran Señor, en tanto exceda
a la capacidad que abraza el cero;
que la combinatoria de Kirkero
multiplicar su cantidad no pueda.
Del giro hermoso la luciente Rueda,
que el uno trastornó, y otro lucero;
y que el fin fue del círculo primero,
principio de feliz al que suceda.
Vivid, porque entre propios, y entre extraños,
de mi plectro las claras armonías,
celebren vuestros hechos, sin engaños;
y uniendo duraciones a alegrías,
a las glorias compitan vuestros años
y las glorias excedan a los días.
Soneto LXV
Dices, que no te acuerdas, Clori, y mientes
en decir, que te olvidas de olvidarte;
pues das ya en tu memoria alguna parte,
en que, por olvidado, me presentes.
Si son tus pensamientos diferentes
de los de Albiro, dejarás tratarme;
pues tu misma pretendes agraviarte,
con querer persuadir, lo que no sientes.
Niégasme ser capaz de ser querido,
y tú misma concedes esta gloria,
con que en tu contra tu argumento ha sido.
Pues si para alcanzar tanta victoria,
te acuerdas de olvidarte del olvido,
ya no das negación a tu memoria.
Soneto LXVI
Altísimo señor monarca hispano,
que a Dios, entre accidentes escondido,
cuando queréis mostraros más rendido,
es cuando os ostentáis más soberano.
Que esa sección Señor, que al luterano
asombró en Carlos Quinto esclarecido,
y esa, por quien el gran Rodolfo vido
del mando al cetro en su piadosa mano.
Aunque aplaudida en el hispano suelo
ha sido, con católica alegría,
no causa admiración a mi desvelo.
Quede admirado aquel, que desconfía,
y de vuestra Piedad, Virtud, y Celo,
esa, y más religión, no suponía.
Soneto LXVII
Firma Pilatos la que juzga ajena
sentencia, y es la suya ¡O caso fuerte!
quien creerá, que firmando ajena muerte,
el mismo juez en ella se condena.
La ambición de sí, tanto le enajena,
que con el vil temor ciego no advierte,
que carga sobre sí la infausta suerte,
quien al justo sentencia a injusta pena.
Jueces del mundo, detened la mano
aun no firméis mirad si son violencias
las que os pueden mover de odio inhumano.
Examinar primero las conciencias,
mirad no haga el juez recto, y soberano,
que en la ajena firméis vuestra sentencia.
Soneto LXVIII
Ves caminante en esta triste Pira,
la potencia de Jove está postrada;
aquí Marte rindió la fuerte espada,
aquí Apolo rompió la dulce Lira.
Aquí Minerva triste se retira,
y la luz de los Astros eclipsada
todo está en la ceniza venerada,
del Excelso Color que aquí se mira.
Tanto pudo la fama encarecerlo,
y tanto las noticias sublimarlo,
que sin haber llegado a conocerlo,
llevó con tanto extremo el Reino a amarlo,
que muchos ojos no pudieron verlo,
mas ninguno pudieron no llorarlo.
Soneto LXIX
Detén el paso, caminante, advierte,
que aun esta losa guarda enternecida,
con triunfos de su diestra no vencida,
al Capitán más valeroso, y fuerte.
Al duque de Veragua ¡o triste suerte!
que nos dio en su noticia esclarecida,
en relación, los bienes de su vida,
y en posesión, los males de su muerte.
No es muerto el duque, aunque su cuerpo abrace,
la losa, que piadosa le recibe,
pues porque a su vivir el culto enlace.
Aunque el mármol su muerte sobrevive,
en las piedras verás el «aquí yace»,
más en los corazones, «aquí vive».
Soneto LXX
Moriste duque excelso, en fin moriste,
Sol de Veragua claro, y refulgente,
que apenas ilustrabas el Oriente,
cuando en fatal Ocaso te pusiste.
Tú que por tantas veces te ceñiste,
al desdén vencedor del Sol ardiente,
apareciste exhalación luciente,
llegaste aplauso, ejemplo feneciste.
Moriste en fin, pero mostraste osado
el valor de tu pecho no vencido,
de la propia Nación tan venerado.
De las contrarias armas tan temido,
moriste de improviso, que aun el Hado,
no osará acometerte prevenido.
Soneto LXXI
Mas ya el dolor me vence. Ya, ya llego,
al término fatal por mi querida:
que es poca la materia de una vida
para la forma de tan grande fuego.
Ya licencia a la muerte doy: ya entrego
el alma, a que del cuerpo la divida,
aunque en ella y en él quedará asida
mi deidad, que las vuelva a reunir luego.
Sed tengo: que el amor me ha abrasado
aun con todo el dolor que padeciendo
estoy, mi corazón aún no saciado.
¡Padre! ¿Por qué en un trance tan tremendo
me desamparas? Ya está consumado.
¡En tus manos mi espíritu encomiendo!
Soneto LXXII
Si de Carlos la garra y bizarría
pudo por sí mover a mi cuidado,
¿cómo parecerá, siendo envidiado,
lo que sólo por sí bien parecía?
Si sin triunfo rendirle pretendía,
sabiendo que ya vive enamorado,
¿qué victoria será verle apartado
de quien antes por suyo le tenía?
Pues perdone don Juan, que aunque yo quiera
pagar su amor, que a olvido ya condeno,
¿cómo podré si ya en mi pena fiera
introducen los celos su veneno?
Que es Carlos más galán; y aunque no fuera,
tiene de más galán el ser ajeno.
Soneto a Martín de Olivas
Máquinas primas de su ingenio agudo
A Arquímedes, artífice famoso,
Raro nombre dieron de ingenioso;
¡Tanto el afán y tanto el arte pudo!
Invención rara, que en el mármol rudo
No sin arte grabó, maravilloso,
De su mano, su nombre prodigioso,
Entretejido en flores el escudo.
¡Oh! Así permita el Cielo que se entregue
Lince tal mi atención en imitarte,
I en el mar de la ciencia así se anegue
Vajel, que -al discurrir por alcanzarte-
Alcance que el que a ver la hechura llegue,
Sepa tu nombre del primor del Arte.
Supuesto, discurso mío…
Supuesto, discurso mío
que gozáis en todo el orbe,
entre aplausos de entendido,
de agudo veneraciones,
mostradlo en el duro empeño
en que mis ansias os ponen,
dando salida a mis dudas,
dando aliento a mis temores.
Empeño vuestro es el mío;
mirad que será desorden
ser en causa ajena agudo
y en la vuestra propia torpe.
Ved que es querer las causas,
con efectos desconformes,
nieves el fuego congele,
que la nieve llamas brote.
Manda la razón de estado
que, atendiendo a obligaciones,
las partes de Fabio olvide,
las prendas de Silvio adore.
O que al menos, si no puedo
vencer tan fuertes pasiones,
cenizas de disimulo
cubran amantes ardores.
¡Qué vano disfraz la juzgo!
Pues harán, cuando más obren,
que no se mire la llama
no que el ardor no se note.
¿Cómo podré yo mostrarme,
entre estas contradicciones,
a quien no quiero, de cera,
a quien adoro, de bronce?
¿Cómo el corazón podrá,
cómo sabrá el labio torpe
fingir halago, olvidando,
mentir, amando, rigores?
¿Cómo sufrir abatido,
entre tan bajas ficciones,
que lo desmienta la boca
podrá un corazón tan noble?
¿Y cómo podrá la boca
cuando el corazón se enoje,
fingir cariños, faltando
quien le ministre razones?
¿Podrá mi noble altivez
consentir que mis acciones
de nieve y de fuego sirvan
de ser fábula del orbe?
Y yo doy, que tanta dicha
tenga, que todos los ignoren:
para pasar la vergüenza
¿no basta que a mí me conste?
Que aquesto es razón me dicen
los que la razón conocen:
¿pues cómo la razón puede
forjarse de sinrazones?
¿Qué te costaba, hado impío,
dar al repartir tus dones
o los méritos de Fabio
o a Silvio las perfecciones?
Dicha y desdicha de entrambos
la suerte les descompone,
con que el uno su desdicha
y el otro su dicha ignore.
¿Quién ha visto que tan varia
la fortuna se equivoque
y que el dichoso padezca
porque el infelice goce?
No me convence el ejemplo
que en el Mongibelo ponen,
que en él es natural gala
y en mi violencia disforme.
Y resistir el combate
de tan encontrados golpes
no cabe en lo sensitivo
y puede sufrirlo un monte.
¡Oh vil arte cuyas reglas
tanto a la razón se oponen,
que para que se ejecuten
es menester que se ignoren!
¿Qué hace en adorarme Silvio?
¿Cuando más fino blasone,
quererme es más que seguir
de su inclinación el norte?
Gustoso vive en su empleo
sin que disgustos le estorben:
¿pues qué vence, si no vence
por mí en sus inclinaciones?
¿Qué víctimas sacrifica,
qué incienso en mis aras pone,
si cambia sus rendimientos
al precio de mis favores?
Más hago yo; pues no hay duda
que hace finezas mayores
que el que voluntario ruega,
quien violenta corresponde.
Porque aquél sigue obediente
de su estrella el curso dócil,
y éste contra la corriente
de su destino se opone.
Él es libre para amarme,
aunque otra su amor provoque.
¿Y no tendré yo la misma
libertad en mis acciones?
Si él restituir no puede,
su incendio mi incendio abone:
violencia que a él le sujeta,
¿qué mucho que a mí me postre?
¿No es rigor, no es tiranía,
siendo iguales las pasiones,
no poder él reportarse
y querer que me reporte?
Quererle porque él me quiere
no es justo que amor se nombre:
que no ama quien para amar
el ser amado supone.
No es amor correspondencia:
causas tiene superiores,
que las concilian los astros
o la engendran perfecciones.
Quien ama porque es querida,
sin otro impulso más noble,
desprecia el amante y ama
sus propias adoraciones.
Del humo del sacrificio
quiere los vanos honores,
sin mirar si al oferente
hay méritos que le adornen.
Ser potencia y ser objeto
a toda razón se opone;
porque era ejercer en sí
sus propias operaciones.
A parte rei se distinguen
el objeto que conoce;
y lo amable, no lo amante,
es blanco de sus arpones.
Amor no busca la paga
de voluntades conformes;
que tan bajo interés fuera
indigna usura en los dioses.
No hay cualidad que en él pueda
imprimir alteraciones
del velo de los desdenes,
del fuego de los favores.
Su ser es inaccesible
al discurso de los hombres;
que aunque el efecto se sienta,
la esencia no se conoce.
Y en fin, cuando en mi favor
no hubiere tantas razones,
mi voluntad es de Fabio:
Silvio y el mundo perdonen.
Suspende, cantor Cisne, el dulce acento…
Suspende, cantor Cisne, el dulce acento:
mira, por ti, al Señor que Delfos mira,
en zampoña trocar la dulce lira
y hacer a Admito pastoril contento.
Cuanto cabe suave, si violento,
piedras movió, rindió la infernal ira,
corrido de escucharte, se retira;
y al mismo Templo agravia tu instrumento.
Que aunque no llega a sus columnas cuanto
edificó la antigua Arquitectura,
cuando tu clara voz sus piedras toca,
nada se vio mayor sino tu canto;
y así como lo excede tu dulzura,
mientras más lo engrandece, más lo apoca.
Tal vez pienso que piadoso
Tal vez pienso que piadoso
respondes a mi afición,
y otras teme el corazón
que te esquivas desdeñoso:
ya alienta el pecho dichoso,
ya infeliz el rigor muere;
pero, como quiera, adquiere
la dicha de poseer,
porque al fin en mi poder
serás lo que yo quisiere.
Tan espíritu te admiro
Tan espíritu te admiro,
que cuando deidad te creó
halló el alma que no veo
y dudó el cuerpo que miro:
todo el discurso retiro,
admirada en tu beldad;
que muestra con realidad,
dejando el sentido en calma,
que puede copiarse el alma,
que es visible la deidad.
¿Tan grande, ¡ay hado!, mi delito ha sido…
¿Tan grande, ¡ay hado!, mi delito ha sido
que por castigo de él o por tormento
no basta el que adelanta el pensamiento
sino el que le previenes al oído?
Tan severo en mi contra has procedido, 5
que me persuado, de tu duro intento,
a que sólo me diste entendimiento
porque fuese mi daño más crecido.
Dísteme aplausos para más baldones,
subir me hiciste, para penas tales; 10
y aun pienso que me dieron tus traiciones
penas a mi desdicha desiguales
porque viéndome rica de tus dones
nadie tuviese lástima a mis males.
Toco, por ver si escondido
Toco, por ver si escondido
lo viviente en ti parece.
¿Posible es que de él carece
quien roba todo el sentido?
¿Posible es que no ha sentido
esta mano que le toca?
¿Y a que atiendas te provoca
a mis rendidos despojos?
¿Que no hay luz en esos ojos?
¿Que no hay voz en esa boca?
Traigo conmigo un cuidado…
Traigo conmigo un cuidado,
y tan esquivo, que creo
que aunque sé sentirlo tanto
aún yo mismo no lo siento.
Es amor, pero es amor
que, faltándole lo ciego,
los ojos que tiene son
para darle más tormento.
El término no es a quo,
que causa el pesar que veo
que siendo el término el bien
todo el dolor es el medio.
Si es lícito y aún debido
este cariño que tengo,
¿por qué me han de dar castigo
porque pago lo que debo?
¡Oh, cuánta fineza! ¡Oh, cuántos
cariños he visto tiernos!
Que amor que se tiene a Dios
es calidad sin opuestos.
De lo lícito no puede
hacer contrarios conceptos,
con que es amor que al olvido
no puede vivir expuesto.
Yo me acuerdo (¡ah, nunca fuera!)
que he querido en otro tiempo
lo que pasó de locura
y lo que excedió de extremo.
Mas como era amor bastardo
y de contrarios compuesto,
fue fácil desvanecerse,
de achaque de su ser mesmo.
Mas ahora (¡ay de mí!) está
tan en su natural centro
que la virtud y razón
son quien aviva su incendio.
Quien tal oyere dirá
que si es así ¿por qué peno?
Mas mi corazón ansioso
dirá que por eso mesmo.
¡Oh, humana flaqueza nuestra,
adonde el más puro afecto
aún no sabe desnudarse
del natural sentimiento!
Tan precisa es la apetencia
que a ser amados tenemos,
que aun sabiendo que no sirve
nunca dejarla sabemos.
Que corresponda a mi amor
nada añade; mas no puedo
(por más que lo solicito)
dejar yo de apetecerlo.
Si es delito, yo lo digo;
si es culpa, ya lo confieso;
mas no puedo arrepentirme
por más que hacerlo pretendo.
Bien ha visto quien penetra
lo interior de mis secretos
que yo misma estoy formando
los dolores que padezco.
Bien sabe que soy yo misma
verdugo de mis deseos,
pues muertos entre mis ansias
tienen sepulcro en mi pecho.
Muero (¿quién lo creerá?) a manos
de la cosa que más quiero,
y el motivo de matarme
es el amor que le tengo.
Así alimentando triste
la vida con el veneno,
la misma muerte que vivo
es la vida con que muero.
Pero valor, corazón,
porque en tal dulce tormento,
en medio de cualquier suerte
no dejar de amar protesto.
Un celoso refiere el común pesar que todos padecen y advierte a la causa el fin que puede tener la lucha de afectos encontrados
Yo no dudo, Lisarda, que te quiero,
aunque sé que me tienes agraviado;
mas estoy tan amante y tan airado,
que afectos que distingo no prefiero.
De ver que odio y amor te tengo, infiero
que ninguno estar puede en sumo grado,
pues no le puede el odio haber ganado
sin haberle perdido amor primero.
Y si piensas que el alma que te quiso
ha de estar siempre a tu afición ligada,
de tu satisfacción vana te aviso.
Pues si el amor al odio ha dado entrada,
el que bajó de sumo a ser remiso
de lo remiso pasará a ser nada.
Vaya con Dios (Beatriz) el ser Estafa
Vaya con Dios (Beatriz) el ser Estafa,
que esto se te conoce, hasta en el Tufo;
mas no es razón, que siendo yo tu Rufo,
les sirvas a otros gustos de Garrafa.
Fiaste en que tu traza es quien te Zafa
de mi cólera, cuando yo más Bufo,
pues advierte (Beatriz) que si me Atufo,
te abriré en la cabeza tanta Rafa.
Dime, si es bien, que el otro a ti te Estafe,
y cuando por tu Amor eche yo Bofe,
te vayas tú con ese Mequetrefe.
Y yo me vaya al Rollo, o a Getafe,
y sufra que el Picaño de mi Mofe,
en Asa, Uso, Afe, Ofe, y Efe.
Verde embeleso de la vida humana…
Verde embeleso de la vida humana,
loca esperanza, frenesí dorado,
sueño de los despiertos intrincado,
como de sueños, de tesoros vana;
alma del mundo, senectud lozana,
decrépito verdor imaginado,
el hoy de los dichosos esperado
y de los desdichados el mañana:
sigan tu sombra en busca de tu día
los que, con verdes vidrios por anteojos,
todo lo ven pintado a su deseo:
que yo, más cuerda en la fortuna mía,
tengo en entrambas manos ambos ojos
y solamente lo que toco veo.
Ves caminante en esta triste Pira…
Ves caminante en esta triste Pira,
la potencia de Jove está postrada;
aquí Marte rindió la fuerte espada,
aquí Apolo rompió la dulce Lira.
Aquí Minerva triste se retira,
y la luz de los Astros eclipsada
todo está en la ceniza venerada,
del Excelso Color que aquí se mira.
Tanto pudo la fama encarecerlo,
y tanto las noticias sublimarlo,
que sin haber llegado a conocerlo,
llevó con tanto extremo el Reino a amarlo,
que muchos ojos no pudieron verlo,
mas ninguno pudieron no llorarlo.
Vesme, Alcino, que atada a la cadena…
¿Vesme, Alcino, que atada a la cadena
de amor, paso, en sus hierros aherrojada,
mísera esclavitud desesperada,
de libertad y de consuelo ajena?
¿Ves de dolor y angustia el alma llena,
de tan fieros tormentos lastimada,
y entre las vivas llamas abrasada,
juzgarse por indigna de su pena?
¿Vesme seguir sin alma un desatino
que yo misma condeno por extraño?
¿Vesme derramar sangre en el camino
siguiendo los vestigios de un engaño?
¿Muy admirado estás? ¿Pues ves, Alcino?
Más merece la causa de mi daño.
Vista tus hombros el verdor lozano…
Vista tus hombros el verdor lozano,
Joven, con que tu ciencia te laurea;
y puesto en ello dignamente, sea
índice de tus méritos ufano.
Corone tu discurso soberano
la que blanda tus sientes lisonjea
insignia literaria, en quien se emplea
el flamante sepulcro de un gusano.
¡Oh qué enseñanza llevan escondida
honrosos los halagos de tu suerte,
donde despierta la atención dormida!
Pues ese verde honor, si bien se advierte,
mientras más brinda gustos a la vida,
más ofrece recuerdos a la muerte.
Vuestra edad, Gran Señor, en tanto exceda
Vuestra edad, gran Señor, en tanto exceda
a la capacidad que abraza el cero;
que la combinatoria de Kirkero
multiplicar su cantidad no pueda.
Del giro hermoso la luciente Rueda,
que el uno trastornó, y otro lucero;
y que el fin fue del círculo primero,
principio de feliz al que suceda.
Vivid, porque entre propios, y entre extraños,
de mi plectro las claras armonías,
celebren vuestros hechos, sin engaños;
y uniendo duraciones a alegrías,
a las glorias compitan vuestros años
y las glorias excedan a los días.
Y aunque ostentes el rigor
Y aunque ostentes el rigor
de tu original fiel,
a mí me ha dado el pincel
lo que no puede el amor:
dichosa vivo al favor
que me ofrece un bronce frío,
pues aunque muestres desvío,
podrás, cuando más terrible,
decir que eres imposible,
pero no que no eres mío.
Ya, desengaño mío…
Ya, desengaño mío,
llegasteis al extremo
que pudo en vuestro ser
verificar el serlo.
Todo lo habéis perdido:
mas no todo, pues creo
que aun a costa es de todo
barato el escarmiento.
No envidiaréis de amor
los gustos lisonjeros
que está un escarmentado
muy remoto del riesgo.
El no esperar alguno
me sirve de consuelo,
que también es alivio
el no buscar remedio.
En la pérdida misma
los alivios encuentro,
pues si perdí el tesoro,
también se perdió el miedo
No tener qué perder
me sirve de sosiego,
que no teme ladrones
desnudo el pasajero.
Ni aun la libertad misma
tenerla por bien quiero,
que luego será daño
si por tal la poseo.
No quiero más cuidados
de bienes tan inciertos,
sino tener el alma
como que no la tengo.
Ya que para despedirme…
Ya que para despedirme,
dulce idolatrado dueño,
ni me da licencia el llanto
ni me da lugar el tiempo,
háblente los tristes rasgos,
entre lastimeros ecos,
de mi triste pluma, nunca
con más justa causa negros.
Y aún ésta te hablará torpe
con las lágrimas que vierto;
porque va borrando el agua
lo que va dictando el fuego.
Hablar me impiden mis ojos,
y es que se anticipan ellos
viendo lo que he de decirte,
a decírtelo primero.
Oye la elocuencia muda
que hay en mi dolor, sirviendo
los suspiros, de palabras,
las lágrimas, de conceptos.
Mira la fiera borrasca
que pasa en el mar del pecho,
donde zozobras turbados
mis confusos pensamientos.
Mira cómo ya el vivir
me sirve de afán grosero,
que se avergüenza la vida
de durarme tanto tiempo.
Mira la muerte, que esquiva
huye, porque la deseo;
que aun la muerte, si es buscada,
se quiere subir de precio.
Mira cómo el cuerpo amante,
rendido a tanto tormento,
siendo en lo demás cadáver,
sólo en el sentir es cuerpo.
Mira cómo el alma misma
aún teme, en su ser exento,
que quiera el dolor violar
la inmunidad de lo eterno.
En lágrimas y suspiros,
alma y corazón a un tiempo,
aquél se convierte en agua
y ésta se resuelve en viento.
Ya no me sirve la vida,
esta vida que poseo,
sino de condición sola
necesaria al sentimiento.
¿Mas por qué gasto razones
en contar mi pena, y dejo
de decir lo que es preciso
por decir lo que estás viendo?
En fin, te vas: ¡ay de mí!,
dudosamente lo pienso;
pues si es verdad, no estoy viva,
y si viva, no lo creo.
¿Posible es que ha de haber día
tan infausto, tan funesto,
en que sin ver yo las tuyas
esparza sus luces Febo?
¿Posible es que ha de llegar
el rigor a tan severo
que no ha de darle tu vista
a mis pesares aliento?
¿Que no he de ver tu semblante?
¿Que no he de escuchar tus ecos?
¿Que no he de gozar tus brazos?
¿Ni me ha de animar tu aliento?
¡Ay, mi bien! ¡Ay, prenda mía!
¡Dulce fin de mis deseos!
¿Por qué me llevas el alma,
dejándome el sentimiento?
Mira que es contradicción
que no cabe en un sujeto
tanta muerte en una vida
tanto dolor en un muerto.
Mas ya que es preciso (¡ay triste!)
en mi infelice suceso
ni vivir con la esperanza
ni morir con el tormento,
dame algún consuelo tú
en el dolor que padezco,
y quien en el suyo muere
viva siquiera en tu pecho.
No te olvides que te adoro,
y sírvante de recuerdo
las finezas que me debes,
si no las prendas que tengo.
Acuérdate que mi amor,
haciendo gala del riesgo,
sólo por atropellarlo
se alegraba de tenerlo.
Y si mi amor no es bastante,
el tuyo mismo te acuerdo,
que no es poco empeño haber
empezado ya en empeño.
Acuérdate, señor mío,
de tus nobles juramentos,
y lo que juró tu boca
no lo desmienten tus hechos.
Y perdona si en temer
mi agravio, mi bien, te ofendo,
que no es dolor el dolor
que se contiene en lo atento.
Y adiós, que con el ahogo
que me embarca los alientos
ni sé ya lo que te digo
ni lo que te escribo leo.
Yo adoro a Lisi, pero no pretendo…
Yo adoro a Lisi, pero no pretendo
que Lisi corresponda mi fineza;
pues si juzgo posible su belleza,
a su decoro y mi aprehensión ofendo.
No emprender, solamente, es lo que emprendo:
pues sé que a merecer tanta grandeza
ningún mérito basta, y es simpleza
obrar contra lo mismo que yo entiendo.
Como cosa concibo tan sagrada
su beldad que ni quiere mi osadía
a la esperanza dar ni aun leve entrada:
pues cediendo a la suya mi alegría,
por no llegarla a ver mal empleada,
aun pienso que sintiera verla mía.
Yo no dudo, Lisarda, que te quiero…
Yo no dudo, Lisarda, que te quiero,
aunque sé que me tienes agraviado;
mas estoy tan amante y tan airado,
que afectos que distingo no prefiero.
De ver que odio y amor te tengo, infiero
que ninguno estar puede en sumo grado,
pues no le puede el odio haber ganado
sin haberle perdido amor primero.
Y si piensas que el alma que te quiso
ha de estar siempre a tu afición ligada,
de tu satisfacción vana te aviso.
Pues si el amor al odio ha dado entrada,
el que bajó de sumo a ser remiso
de lo remiso pasará a ser nada.
Yo no puedo tenerte ni dejarte
Yo no puedo tenerte ni dejarte,
ni sé por qué, al dejarte o al tenerte,
se encuentra un no sé qué para quererte
y muchos sí sé qué para olvidarte.
Pues ni quieres dejarme ni enmendarte,
yo templaré mi corazón de suerte
que la mitad se incline a aborrecerte
aunque la otra mitad se incline a amarte.
Si ello es fuerza querernos, haya modo,
que es morir el estar siempre riñendo:
no se hable más en celo o en sospecha,
y quien da la mitad, no quiera el todo;
y cuando me la estás allá haciendo,
sabe que estoy haciendo la desecha.
Primero Sueño
Piramidal, funesta, de la tierra
nacida sombra, al cielo encaminaba
de vanos obeliscos punta altiva,
escalar pretendiendo las estrellas;
si bien sus luces bellas,
exentas siempre, siempre rutilantes,
la tenebrosa guerra
que con negros vapores le intimaba
la pavorosa sombra fugitiva
burlaban tan distantes,
que su atezado ceño
al superior convexo aun no llegaba
del orbe de la diosa
que tres veces hermosa
con tres hermosos rostros ser ostenta,
quedando sólo o dueño
del aire que empañaba
con el aliento denso que exhalaba;
y en la quietud contenta
de imperio silencioso,
sumisas sólo voces consentía
de las nocturnas aves,
tan obscuras, tan graves,
que aun el silencio no se interrumpía.
Con tardo vuelo y canto, del oído
mal, y aun peor del ánimo admitido,
la avergonzada Nictimene acecha
de las sagradas puertas los resquicios,
o de las claraboyas eminentes
los huecos más propicios
que capaz a su intento le abren brecha,
y sacrílega llega a los lucientes
faroles sacros de perenne llama,
que extingue, si no infama,
en licor claro, la materia crasa
consumiendo, que el árbol de Minerva
de su fruto, de prensas agravado,
congojoso sudó y rindió forzado.
Y aquellas que su casa
campo vieron volver, sus telas hierba,
a la deidad de Baco inobedientes,
—ya no historias contando diferentes,
en forma sí afrentosa transformadas—,
segunda forman niebla,
ser vistas aun temiendo en la tiniebla,
aves sin pluma aladas:
aquellas tres oficïosas, digo,
atrevidas hermanas,
que el tremendo castigo
de desnudas les dio pardas membranas,
alas tan mal dispuestas
que escarnio son aun de las más funestas.
Éstos, con el parlero
ministro de Plutón un tiempo, ahora
supersticioso indicio al agorero,
solos la no canora
componían capilla pavorosa,
máximas, negras, longas entonando,
y pausas más que voces, esperando
a la torpe mensura perezosa
de mayor proporción tal vez, que el viento
con flemático echaba movimiento,
de tan tardo compás, tan detenido,
que en medio se quedó tal vez dormido.
Este, pues, triste son intercadente
de la asombrada turba temerosa,
menos a la atención solicitaba
que al sueño persuadía;
antes sí, lentamente,
su obtusa consonancia espacïosa
al sosiego inducía
y al reposo los miembros convidaba,
el silencio intimando a los vivientes
(uno y otro sellando labio obscuro
con indicante dedo),
Harpócrates, la noche, silencioso;
a cuyo, aunque no duro,
si bien imperïoso
precepto, todos fueron obedientes.
El viento sosegado, el can dormido,
éste yace, aquél quedo
los átomos no mueve,
con el susurro hacer temiendo leve,
aunque poco, sacrílego ruïdo,
violador del silencio sosegado.
El mar, no ya alterado,
ni aun la instable mecía
cerúlea cuna donde el sol dormía;
y los dormidos, siempre mudos, peces,
en los lechos lamosos
de sus obscuros senos cavernosos,
mudos eran dos veces;
y entre ellos, la engañosa encantadora
Almone, a los que antes
en peces transformó, simples amantes,
transformada también, vengaba ahora.
En los del monte senos escondidos,
cóncavos de peñascos mal formados
de su aspereza menos defendidos
que de su obscuridad asegurados,
cuya mansión sombría
ser puede noche en la mitad del día,
incógnita aun al cierto
montaraz pie del cazador experto,
depuesta la fiereza
de unos, y de otros el temor depuesto,
yacía el vulgo bruto,
a la naturaleza
el de su potestad pagando impuesto,
universal tributo;
y el rey, que vigilancias afectaba,
aun con abiertos ojos no velaba.
El de sus mismos perros acosado,
monarca en otro tiempo esclarecido,
tímido ya venado,
con vigilante oído,
del sosegado ambiente
al menor perceptible movimiento
que los átomos muda,
la oreja alterna aguda
y el leve rumor siente
que aun le altera dormido.
Y en la quietud del nido,
que de brozas y lodo instable hamaca
formó en la más opaca
parte del árbol, duerme recogida
la leve turba, descansando el viento
del que le corta, alado movimiento.
De Júpiter el ave generosa,
como al fin reina, por no darse entera
al descanso, que vicio considera
si de preciso pasa, cuidadosa
de no incurrir de omisa en el exceso,
a un solo pie librada fía el peso,
y en otro guarda el cálculo pequeño
—despertador reloj del leve sueño—,
por que, si necesario fue admitido,
no pueda dilatarse continuado,
antes interrumpido
del regio sea pastoral cuidado.
¡Oh de la Majestad pensión gravosa,
que aun el menor descuido no perdona!
Causa, quizá, que ha hecho misteriosa,
circular, denotando, la corona,
en círculo dorado,
que el afán es no menos continuado.
El sueño todo, en fin, lo poseía;
todo, en fin, el silencio lo ocupaba:
aun el ladrón dormía;
aun el amante no se desvelaba.
El conticinio casi ya pasando
iba, y la sombra dimidiaba, cuando
de las diurnas tareas fatigados
—y no sólo oprimidos
del afán ponderoso
del corporal trabajo, mas cansados
del deleite también (que también cansa
objeto continuado a los sentidos,
aun siendo deleitoso:
que la naturaleza siempre alterna
ya una, ya otra balanza,
distribuyendo varios ejercicios
ya al ocio, ya al trabajo destinados,
en el fiel infïel con que gobierna
la aparatosa máquina del mundo)—;
así pues, de profundo
sueño dulce los miembros ocupados,
quedaron los sentidos
del que ejercicio tienen ordinario
(trabajo en fin, pero trabajo amado,
si hay amable trabajo),
si privados no, al menos suspendidos,
y cediendo al retrato del contrario
de la vida, que, lentamente armado,
cobarde embiste y vence perezoso
con armas soñolientas,
desde el cayado humilde al cetro altivo,
sin que haya distintivo
que el sayal de la púrpura discierna,
pues su nivel, en todo poderoso,
gradúa por exentas
a ningunas personas,
desde la de a quien tres forman coronas
soberana tïara,
hasta la que pajiza vive choza;
desde la que el Danubio undoso dora,
a la que junco humilde, humilde mora;
y con siempre igual vara
(como, en efecto, imagen poderosa
de la muerte) Morfeo
el sayal mide igual con el brocado.
El alma, pues, suspensa
del exterior gobierno, —en que, ocupada
en material empleo,
o bien o mal da el día por gastado—,
solamente dispensa
remota, si del todo separada
no, a los de muerte temporal opresos
lánguidos miembros, sosegados huesos,
los gajes del calor vegetativo,
el cuerpo siendo, en sosegada calma,
un cadáver con alma,
muerto a la vida y a la muerte vivo,
de lo segundo dando tardas señas
el del reloj humano
vital volante que, si no con mano,
con arterial concierto, unas pequeñas
muestras, pulsando, manifiesta lento
de su bien regulado movimiento.
Este, pues, miembro rey y centro vivo
de espíritus vitales,
con su asociado respirante fuelle
—pulmón, que imán del viento es atractivo,
que en movimientos nunca desiguales,
o comprimiendo ya, o ya dilatando
el musculoso, claro arcaduz blando,
hace que en él resuelle
el que le circunscribe fresco ambiente
que impele ya caliente,
y él venga su expulsión haciendo activo,
pequeños robos al calor nativo,
algún tiempo llorados,
nunca recuperados,
si ahora no sentidos de su dueño
(que, repetido, no hay robo pequeño)—;
éstos, pues, de mayor, como ya digo,
excepción, uno y otro fiel testigo,
la vida aseguraban,
mientras con mudas voces impugnaban
la información, callados, los sentidos,
con no replicar sólo defendidos;
y la lengua que, torpe, enmudecía,
con no poder hablar los desmentía.
Y aquella del calor más competente
científica oficina,
próvida de los miembros despensera,
que avara nunca y siempre diligente,
ni a la parte prefiere más vecina
ni olvida a la remota,
y en ajustado natural cuadrante
las cuantidades nota
que a cada cuál tocarle considera,
del que alambicó quilo el incesante
calor, en el manjar que, medianero
piadoso, entre él y el húmedo interpuso
su inocente substancia,
pagando por entero
la que, ya piedad sea, o ya arrogancia,
al contrario voraz, necio, la expuso
(merecido castigo, aunque se excuse,
al que en pendencia ajena se introduce);
ésta, pues, si no fragua de Vulcano,
templada hoguera del calor humano,
al cerebro envïaba
húmedos, mas tan claros los vapores
de los atemperados cuatro humores,
que con ellos no sólo no empañaba
los simulacros que la estimativa
dio a la imaginativa
y aquésta, por custodia más segura,
en forma ya más pura
entregó a la memoria (que, oficiosa,
grabó tenaz y guarda cuidadosa),
sino que daban a la fantasía
lugar de que formase
imágenes diversas. Y del modo
que en tersa superficie, que de Faro
cristalino portento, asilo raro
fue, en distancia longísima se vían
sin que ésta le estorbase,
del reino casi de Neptuno todo
las que distantes le surcaban naves,
viéndose claramente
en su azogada luna
el número, el tamaño y la fortuna
que en la instable campaña transparente
arresgadas tenían,
mientras aguas y vientos dividían
sus velas leves y sus quillas graves:
así ella, sosegada, iba copiando
las imágenes todas de las cosas,
y el pincel invisible iba formando
de mentales, sin luz, siempre vistosas
colores, las figuras
no sólo ya de todas las criaturas
sublunares, mas aun también de aquellas
que intelectuales claras son estrellas,
y en el modo posible
que concebirse puede lo invisible,
en sí, mañosa, las representaba
y al alma las mostraba.
La cual, en tanto, toda convertida
a su inmaterial ser y esencia bella,
aquella contemplaba,
participada de alto Ser, centella
que con similitud en sí gozaba;
y juzgándose casi dividida
de aquella que impedida
siempre la tiene, corporal cadena,
que grosera embaraza y torpe impide
el vuelo intelectual con que ya mide
la cuantidad inmensa de la esfera,
ya el curso considera
regular, con que giran desiguales
los cuerpos celestiales
—culpa, si grave, merecida pena
(torcedor del sosiego, riguroso)
de estudio vanamente judicioso—,
puesta, a su parecer, en la eminente
cumbre de un monte a quien el mismo Atlante,
que preside gigante
a los demás, enano obedecía,
y Olimpo, cuya sosegada frente,
nunca de aura agitada
consintió ser violada,
aun falda suya ser no merecía,
pues las nubes que opaca son corona
de la más elevada corpulencia,
del volcán más soberbio que en la tierra
gigante erguido intima al cielo guerra,
apenas densa zona
de su altiva eminencia,
o a su vasta cintura
cíngulo tosco son que, mal ceñido,
o el viento lo desata sacudido,
o vecino el calor del sol lo apura.
A la región primera de su altura
(ínfima parte, digo, dividiendo
en tres su continuado cuerpo horrendo),
el rápido no pudo, el veloz vuelo
del águila que puntas hace al cielo
y al sol bebe los rayos (pretendiendo
entre sus luces colocar su nido)
llegar; bien que, esforzando
más que nunca el impulso, ya batiendo
las dos plumadas velas, ya peinando
con las garras el aire, ha pretendido,
tejiendo de los átomos escalas,
que su inmunidad rompan sus dos alas.
Las Pirámides dos —ostentaciones
de Menfis vano, y de la arquitectura
último esmero, si ya no pendones
fijos, no tremolantes—, cuya altura
coronada de bárbaros trofeos
tumba y bandera fue a los Ptolomeos,
que al viento, que a las nubes publicaba
(si ya también al cielo no decía)
de su grande, su siempre vencedora
ciudad —ya Cairo ahora—
las que, porque a su copia enmudecía,
la Fama no cantaba
gitanas glorias, ménficas proezas,
aun en el viento, aun en el cielo impresas:
éstas, que en nivelada simetría
su estatura crecía
con tal diminución, con arte tanto,
que cuanto más al cielo caminaba,
a la vista, que lince la miraba,
entre los vientos se desparecía,
sin permitir mirar la sutil punta
que al primer orbe finge que se junta,
hasta que, fatigada del espanto,
no descendida, sino despeñada
se hallaba al pie de la espaciosa basa,
tarde o mal recobrada
del desvanecimiento
que pena fue no escasa
del visüal alado atrevimiento;
cuyos cuerpos opacos
no al sol opuestos, antes avenidos
con sus luces, si no confederados
con él (como, en efecto, confinantes),
tan del todo bañados
de su resplandor eran, que —lucidos—
nunca de calorosos caminantes
al fatigado aliento, a los pies flacos,
ofrecieron alfombra
aun de pequeña, aun de señal de sombra;
éstas, que glorias ya sean gitanas,
o elaciones profanas,
bárbaros jeroglíficos de ciego
error, según el griego
ciego también, dulcísimo poeta,
—si ya, por las que escribe
aquileyas proezas
o marciales de Ulises sutilezas,
la unión no le recibe
de los historiadores, o le acepta
cuando entre su catálogo le cuente,
que gloria más que número le aumente—,
de cuya dulce serie numerosa
fuera más fácil cosa
al temido Tonante
el rayo fulminante
quitar, o la pesada
a Alcides clava herrada,
que un hemistiquio solo
de los que le dictó propicio Apolo:
según de Homero, digo, la sentencia,
las Pirámides fueron materiales
tipos sólo, señales exteriores
de las que, dimensiones interiores,
especies son del alma intencionales:
que como sube en piramidal punta
al cielo la ambiciosa llama ardiente,
así la humana mente
su figura trasunta,
y a la Causa Primera siempre aspira,
céntrico punto donde recta tira
la línea, si ya no circunferencia
que contiene, infinita, toda esencia.
Estos, pues, montes dos artificiales
(bien maravillas, bien milagros sean),
y aun aquella blasfema altiva Torre
de quien hoy dolorosas son señales
—no en piedras, sino en lenguas desiguales,
porque voraz el tiempo no las borre—
los idiomas diversos que escasean
el socïable trato de las gentes
(haciendo que parezcan diferentes
los que unos hizo la naturaleza,
de la lengua por sólo la extrañeza),
si fueran comparados
a la mental pirámide elevada
donde —sin saber cómo— colocada
el alma se miró, tan atrasados
se hallaran, que cualquiera
gradüara su cima por esfera:
pues su ambicioso anhelo,
haciendo cumbre de su propio vuelo,
en la más eminente
la encumbró parte de su propia mente,
de sí tan remontada, que creía
que a otra nueva región de sí salía.
En cuya casi elevación inmensa,
gozosa mas suspensa,
suspensa pero ufana,
y atónita aunque ufana, la suprema
de lo sublunar reina soberana,
la vista perspicaz, libre de anteojos,
de sus intelectuales bellos ojos,
sin que distancia tema
ni de obstáculo opaco se recele
de que interpuesto algún objeto cele,
libre tendió por todo lo crïado:
cuyo inmenso agregado,
cúmulo incomprehensible,
aunque a la vista quiso manifiesto
dar señas de posible,
a la comprehensión no, que, entorpecida
con la sobra de objetos, y excedida
de la grandeza de ellos su potencia,
retrocedió cobarde.
Tanto no, del osado presupuesto
revocó la intención, arrepentida,
la vista que intentó, descomedida,
en vano hacer alarde
contra objeto que excede en excelencia
las líneas visüales
—contra el sol, digo, cuerpo luminoso,
cuyos rayos castigo son fogoso,
que fuerzas desiguales
despreciando, castigan rayo a rayo
el confïado, antes atrevido
y ya llorado ensayo
(necia experiencia que costosa tanto
fue, que Ícaro ya, su propio llanto
lo anegó enternecido)—,
como el entendimiento, aquí vencido
no menos de la inmensa muchedumbre
de tanta maquinosa pesadumbre
(de diversas especies conglobado
esférico compuesto),
que de las cualidades
de cada cual, cedió: tan asombrado
que, entre la copia puesto,
pobre con ella en las neutralidades
de un mar de asombros, la elección confusa,
equívoco, las ondas zozobraba;
y por mirarlo todo, nada vía,
ni discernir podía
(bota la facultad intelectiva
en tanta, tan difusa
incomprehensible especie que miraba
desde el un eje en que librada estriba
la máquina voluble de la esfera,
al contrapuesto polo)
las partes ya no sólo
que al universo todo considera
serle perfeccionantes,
a su ornato, no más pertenecientes,
mas ni aun las que integrantes
miembros son de su cuerpo dilatado,
proporcionadamente competentes.
Mas como al que ha usurpado
diuturna obscuridad, de los objetos
visibles los colores,
si súbitos le asaltan resplandores,
con la sobra de luz queda más ciego
—que el exceso contrarios hace efectos
en la torpe potencia, que la lumbre
del sol admitir luego
no puede por la falta de costumbre—,
y a la tiniebla misma, que antes era
tenebroso a la vista impedimento,
de los agravios de la luz apela,
y una vez y otra con la mano cela
de los débiles ojos deslumbrados
los rayos vacilantes,
sirviendo ya, piadosa medianera,
la sombra de instrumento
para que recobrados
por grados se habiliten,
porque después constantes
su operación más firmes ejerciten.
(Recurso natural, innata ciencia
que, confirmada ya de la experiencia,
maestro quizá mudo,
retórico ejemplar, inducir pudo
a uno y otro Galeno
para que del mortífero veneno,
en bien proporcionadas cantidades
escrupulosamente regulando
las ocultas nocivas cualidades,
ya por sobrado exceso
de cálidas o frías,
o ya por ignoradas simpatías
o antipatías con que van obrando
las causas naturales su progreso,
a la admiración dando, suspendida,
efecto cierto en causa no sabida,
con prolijo desvelo y remirada
empírica atención, examinada
en la bruta experiencia,
por menos peligrosa,
la confección hicieran provechosa,
último afán de la apolínea ciencia,
de admirable trïaca,
¡que así del mal el bien tal vez se saca.)
No de otra suerte el alma, que asombrada
de la vista quedó de objeto tanto,
la atención recogió, que derramada
en diversidad tanta, aun no sabía
recobrarse a sí misma del espanto
que portentoso había
su discurso calmado,
permitiéndole apenas
de un concepto confuso
el informe embrïón que, mal formado,
inordinado caos retrataba
de confusas especies que abrazaba,
sin orden avenidas,
sin orden separadas,
que cuanto más se implican combinadas
tanto más se disuelven desunidas,
de diversidad llenas,
ciñendo con violencia lo difuso
de objeto tanto, a tan pequeño vaso,
aun al más bajo, aun al menor, escaso.
Las velas, en efecto, recogidas,
que fïó inadvertidas
traidor al mar, al viento ventilante
—buscando, desatento,
al mar fidelidad, constancia al viento—,
mal le hizo de su grado
en la mental orilla
dar fondo, destrozado,
al timón roto, a la quebrada entena,
besando arena a arena
de la playa el bajel, astilla a astilla,
donde, ya recobrado,
el lugar usurpó de la carena
cuerda refleja, reportado aviso
de dictamen remiso:
que, en su operación misma reportado,
más juzgó conveniente
a singular asunto reducirse,
o separadamente
una por una discurrir las cosas
que vienen a ceñirse
en las que, artificiosas,
dos veces cinco son Categorías:
reducción metafísica que enseña
(los entes concibiendo generales
en sólo unas mentales fantasías
donde de la materia se desdeña
el discurso abstraído)
ciencia a formar de los Universales,
reparando, advertido,
con el arte el defecto
de no poder con un intüitivo
conocer acto todo lo crïado,
sino que, haciendo escala, de un concepto
en otro va ascendiendo grado a grado,
y el de comprender orden relativo
sigue, necesitado
del del entendimiento
limitado vigor, que a sucesivo
discurso fía su aprovechamiento:
cuyas débiles fuerzas, la doctrina
con doctos alimentos va esforzando,
y el prolijo, si blando,
continuo curso de la disciplina,
robustos le va alientos infundiendo,
con que más animoso
al palio glorïoso
del empeño más arduo, altivo aspira,
los altos escalones ascendiendo,
en una ya, ya en otra cultivado
facultad, hasta que insensiblemente
la honrosa cumbre mira,
término dulce de su afán pesado,
de amarga siembra, fruto al gusto grato
(que aun a largas fatigas fue barato),
y con planta valiente
la cima huella de su altiva frente.
De esta serie seguir mi entendimiento
el método quería,
o del ínfimo grado
del ser inanimado
(menos favorecido,
si no más desvalido,
de la segunda causa productiva),
pasar a la más noble jerarquía
que, en vegetable aliento,
primogénito es, aunque grosero,
de Temis: el primero
que a sus fértiles pechos maternales,
con virtud atractiva,
los dulces apoyó manantïales
de humor terrestre, que a su nutrimento
natural es dulcísimo alimento,
y de cuatro adornada operaciones
de contrarias acciones,
ya atrae, ya segrega diligente
lo que no serle juzga conveniente,
ya lo superfluo expele, y de la copia
la substancia más útil hace propia;
y, ésta ya investigada,
forma inculcar más bella,
de sentido adornada,
y aun más que de sentido, de aprehensiva
fuerza imaginativa:
que justa puede ocasionar querella,
cuando afrenta no sea,
de la que más lucida centellea
inanimada estrella,
bien que soberbios brille resplandores
(que hasta a los astros puede superiores,
aun la menor criatura, aun la más baja,
ocasionar envidia, hacer ventaja);
y de este corporal conocimiento
haciendo, bien que escaso, fundamento,
al supremo pasar maravilloso
compuesto triplicado,
de tres acordes líneas ordenado
y de las formas todas inferiores
compendio misterioso:
bisagra engarzadora
de la que más se eleva entronizada
naturaleza pura
y de la que, criatura
menos noble, se ve más abatida:
no de las cinco solas adornada
sensibles facultades,
mas de las interiores
que tres rectrices son, ennoblecida:
que para ser señora
de las demás, no en vano
la adornó sabia poderosa mano,
fin de sus obras, círculo que cierra
la esfera con la tierra,
última perfección de lo crïado
y último de su eterno Autor agrado,
en quien con satisfecha complacencia
su inmensa descansó magnificencia;
fábrica portentosa
que, cuanto más altiva al cielo toca,
sella el polvo la boca
(de quien ser pudo imagen misteriosa
la que Águila evangélica, sagrada
visión en Patmos vio, que las estrellas
midió y el suelo con iguales huellas,
o la estatua eminente
que del metal mostraba más preciado
la rica altiva frente,
y en el más desechado
material, flaco fundamento hacía,
con que a leve vaivén se deshacía);
el Hombre, digo, en fin, mayor portento
que discurre el humano entendimiento;
compendio que absoluto
parece al ángel, a la planta, al bruto;
cuya altiva bajeza
toda participó naturaleza.
¿Por qué? Quizá porqué, más venturosa
que todas, encumbrada
a merced de amorosa
Unión sería (¡oh, aunque tan repetida,
nunca bastantemente bien sabida
merced, pues ignorada
en lo poco apreciada
parece, o en lo mal correspondida!)
Estos, pues, grados discurrir quería
unas veces, pero otras, disentía,
excesivo juzgando atrevimiento
el discurrirlo todo
quien aun la más pequeña,
aun la más fácil parte no entendía
de los más manüales
efectos naturales;
quien de la fuente no alcanzó risueña
el ignorado modo
con que el curso dirige cristalino
deteniendo en ambages su camino,
los horrorosos senos
de Plutón, las cavernas pavorosas
del abismo tremendo,
las campañas hermosas,
los Elíseos amenos,
tálamo ya de su triforme esposa,
clara pesquisidora registrando
(útil curiosidad, aunque prolija,
que de su no cobrada bella hija
noticia cierta dio a la rubia diosa,
cuando montes y selvas trastornando,
cuando prados y bosques inquiriendo,
su vida iba buscando
y del dolor su vida iba perdiendo);
quien de la breve flor aun no sabía
por qué ebúrnea figura
circunscribe su frágil hermosura;
mixtos, por qué, colores,
confundiendo la grana en los albores,
fragante le son gala;
ámbares por qué exhala,
y el leve, si más bello
ropaje al viento explica,
que en una y otra fresca multiplica
hoja, formando pompa escarolada
de dorados perfiles cairelada,
que, roto del capillo el blanco sello,
de dulce herida de la cipria diosa
los despojos ostenta jactanciosa,
si ya el que la colora,
candor al alba, púrpura a la aurora
no le usurpó y, mezclado,
purpúreo es ampo, rosicler nevado,
tornasol que concita
los que del prado aplausos solicita:
preceptor quizá vano,
si no ejemplo profano,
de industria femenil, que el más activo
veneno hace dos veces ser nocivo
en el velo aparente
de la que finge tez resplandeciente.
Pues si a un objeto solo —repetía
tímido el pensamiento—
huye el conocimiento
y cobarde el discurso se desvía;
si a especie segregada
—como de las demás independiente,
como sin relación considerada—
da las espaldas el entendimiento,
y asombrado el discurso se espeluza
del difícil certamen que rehúsa
acometer valiente,
porque teme, cobarde, comprehenderlo
o mal, o nunca, o tarde,
¿cómo en tan espantosa
máquina inmensa discurrir pudiera?,
cuyo terrible incomportable peso
si ya en su centro mismo no estribara,
de Atlante a las espaldas agobiara,
de Alcides a las fuerzas excediera;
y el que fue de la esfera
bastante contrapeso,
pesada menos, menos ponderosa
su máquina juzgara, que la empresa
de investigar a la naturaleza.
Otras, más esforzado,
demasiada acusaba cobardía
el lauro antes ceder, que en la lid dura
haber siquiera entrado;
y al ejemplar osado
del claro joven la atención volvía,
auriga altivo del ardiente carro,
y el, si infeliz, bizarro
alto impulso, el espíritu encendía:
donde el ánimo halla,
más que el temor ejemplos de escarmiento,
abiertas sendas al atrevimiento,
que una ya vez trilladas, no hay castigo
que intento baste a remover segundo
(segunda ambición, digo).
Ni el panteón profundo,
cerúlea tumba a su infeliz ceniza,
ni el vengativo rayo fulminante
mueve, por más que avisa,
al ánimo arrogante
que, el vivir despreciando, determina
su nombre eternizar en su ruïna.
Tipo es, antes, modelo,
ejemplar pernicioso
que alas engendra a repetido vuelo
del ánimo ambicioso
que, del mismo terror haciendo halago
que al valor lisonjea,
las glorias deletrea
entre los caracteres del estrago.
(O el castigo jamás se publicara
por que nunca el delito se intentara;
político silencio antes rompiera
los autos del proceso
—circunspecto estadista—;
o en fingida ignorancia simulara
o con secreta pena castigara
el insolente exceso,
sin que a popular vista
el ejemplar nocivo propusiera:
que del mayor delito la malicia
peligra en la noticia,
contagio dilatado trascendiendo;
porque singular culpa sólo siendo,
dejara más remota a lo ignorado
su ejecución, que no a lo escarmentado.)
Mas mientras entre escollos zozobraba
confusa la elección, sirtes tocando
de imposibles, en cuantos intentaba
rumbos seguir, no hallando
materia en que cebarse
el calor ya, pues su templada llama
(llama al fin, aunque más templada sea,
que si su activa emplea
operación, consume, si no inflama),
sin poder excusarse,
había lentamente
el manjar trasformado,
propia substancia de la ajena haciendo,
y el que hervor resultaba bullicioso
de la unión entre el húmedo y ardiente,
en el maravilloso
natural vaso había ya cesado
faltando el medio, y consiguientemente
los que de él ascendiendo
soporíferos, húmedos vapores
el trono racional embarazaban
(desde donde a los miembros derramaban
dulce entorpecimiento),
a los suaves ardores
del calor consumidos,
las cadenas del sueño desataban,
y, la falta sintiendo de alimento
los miembros extenuados,
del descanso cansados,
ni del todo despiertos ni dormidos,
muestras de apetecer el movimiento
con tardos esperezos
ya daban, extendiendo
los nervios, poco a poco, entumecidos,
y los cansados huesos
aun sin entero arbitrio de su dueño
volviendo al otro lado,
a cobrar empezaron los sentidos,
dulcemente impedidos
del natural beleño,
su operación, los ojos entreabriendo.
Y del cerebro, ya desocupado,
las fantasmas huyeron
y, como de vapor leve formadas,
en fácil humo, en viento convertidas
su forma resolvieron.
(Así linterna mágica, pintadas
representa fingidas
en la blanca pared varias figuras,
de la sombra no menos ayudadas
que de la luz: que en trémulos reflejos
los competentes lejos
guardando de la docta perspectiva,
en sus ciertas mensuras
de varias experiencias aprobadas,
la sombra fugitiva,
que en el mismo esplendor se desvanece,
cuerpo finge formado,
de todas dimensiones adornado,
cuando aun ser superficie no merece.)
En tanto, el padre de la luz ardiente,
de acercarse al Oriente
ya el término prefijo conocía,
y al antípoda opuesto despedía
con transmontantes rayos:
que, de su luz en trémulos desmayos,
en el punto hace mismo su Occidente,
que nuestro Oriente ilustra luminoso.
Pero de Venus, antes, el hermoso
apacible lucero
rompió el albor primero,
y del viejo Titán la bella esposa,
amazona de luces mil vestida,
contra la noche armada,
hermosa si atrevida,
valiente aunque llorosa,
su frente mostró hermosa
de matutinas luces coronada,
aunque tierno preludio, ya animoso
del planeta fogoso,
que venía las tropas reclutando
de bisoñas vislumbres
(las más robustas, veteranas lumbres
para la retaguardia reservando)
contra la que, tirana usurpadora
del imperio del día,
negro laurel de sombras mil ceñía
y con nocturno cetro pavoroso
las sombras gobernaba,
de quien aun ella misma se espantaba.
Pero apenas la bella precursora
signífera del sol, el luminoso
en el Oriente tremoló estandarte,
tocando al arma todos los süaves
si bélicos clarines de las aves,
diestros, aunque sin arte
trompetas sonorosos,
cuando —como tirana al fin, cobarde,
de recelos medrosos
embarazada, bien que hacer alarde
intentó de sus fuerzas, oponiendo
de su funesta capa los reparos,
breves en ella de los tajos claros
heridas recibiendo
(bien que, mal satisfecho su denuedo,
pretexto mal formado fue del miedo)—,
su débil resistencia conociendo,
a la fuga ya casi cometiendo
más que a la fuerza el medio de salvarse,
ronca tocó bocina
a recoger los negros escuadrones
para poder en orden retirarse,
cuando de más vecina
plenitud de reflejos fue asaltada,
que la punta rayó más encumbrada
de los del mundo erguidos torreones.
Llegó, en efecto, el sol cerrando el giro
que esculpió de oro sobre azul zafiro.
De mil multiplicados
mil veces puntos, flujos mil dorados,
líneas, digo, de luz clara, salían
de su circunferencia luminosa,
pautando al cielo la cerúlea plana;
y a la que antes funesta fue tirana
de su imperio, atropadas embestían:
que sin concierto huyendo presurosa,
en sus mismos horrores tropezando,
su sombra iba pisando,
y llegar al ocaso pretendía
con el sin orden ya, desbaratado
ejército de sombras, acosado
de la luz que el alcance le seguía.
Consiguió, al fin, la vista del ocaso
el fugitivo paso,
y en su mismo despeño recobrada,
esforzando el aliento en la rüina,
en la mitad del globo que ha dejado
el sol desamparada,
segunda vez rebelde, determina
mirarse coronada,
mientras nuestro hemisferio la dorada
ilustraba del sol madeja hermosa,
que con luz judiciosa
de orden distributivo, repartiendo
a las cosas visibles sus colores
iba, y restituyendo
entera a los sentidos exteriores
su operación, quedando a luz más cierta
el mundo iluminado, y yo despierta.
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