Poemas de Sor Juana Inés de la Cruz

Poemas de Sor Juana Inés de la Cruz

Poemas de Sor Juana Inés de la Cruz (1648-1695), la «Décima Musa», la figura más brillante del Barroco novohispano. Niña prodigio que aprendió a leer a los tres años, desafió las convenciones de su época al elegir la vida monástica no por vocación religiosa, sino para salvaguardar su libertad intelectual y su inmenso deseo de saber.

Su obra abarca lírica, teatro y prosa, destacando por su complejidad filosófica y maestría técnica. En su famosa Respuesta a Sor Filotea de la Cruz, defendió con valentía el derecho de las mujeres a la educación, convirtiéndose en una pionera del feminismo temprano.

Dominó formas como el soneto y el villancico, siendo Primero sueño su poema más profundo. Sor Juana sigue siendo un símbolo eterno de resistencia intelectual y brillantez literaria universal.

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A Cristo Sacramentado, día de comunión

Amante dulce del alma,

bien soberano a que aspiro,

tú que sabes las ofensas

castigar a beneficios;

 

divino imán en que adoro:

hoy que tan propicio os miro,

que me mimáis la osadía

de poder llamaros mío:

 

hoy que en unión amorosa

pareció a vuestro cariño

que si no estabais en mí

era poco estar conmigo;

 

hoy que para examinar

el afecto con que os sirvo

al corazón en persona

habéis entrado vos mismo,

 

pregunto: ¿es amor o celos

tan cuidadoso escrutinio?

Que quien lo registra todo

da de sospechar indicios.

 

Mas ¡ay, bárbara ignorante,

y qué de errores he dicho,

como si el estorbo humano

obstara al lince divino!

 

Para ver los corazones

no es menester asistirlos,

que para vos son patentes

las entrañas del abismo.

 

Con una intuición presente

tenéis en vuestro registro

el infinito pasado

hasta el presente finito.

 

Luego no necesitabais

para ver el pecho mío,

si lo estáis mirando sabio,

entrar a mirarlo fino.

 

Luego es amor, no celos,

lo que en vos miro.

 

A estos peñascos rudos…

A estos peñascos rudos,

mudos testigos del dolor que siento,

que sólo siendo mudos

pudiera yo fiarles mi tormento,

si acaso de mis penas lo terrible

no infunde lengua y voz en lo insensible,

 

quiero contar mis males,

si es que yo sé los males de que muero;

pues son mis penas tales,

que si contarlas por alivio quiero,

le son, una con otra atropellada,

dogal a la garganta, al pecho espada.

 

No envidio dicha ajena,

que el mal eterno que en mi pecho lidia

hace incapaz mi pena

de que pueda tener tan alta envidia:

es tan mísero estado en el que peno,

que como dicha envidio el mal ajeno:

 

No pienso yo si hay glorias,

porque estoy de pensarlo tan distante,

que aun las dulces memorias

de mi pasado bien, tan ignorante

las mira de mi mal el desengaño,

que ignoro si fue bien y sé que es daño.

 

Estense allá en su esfera

los dichosos, que es cosa en mi sentido

tan remota, tan fuera

de mi imaginación, que sólo mido,

entre lo que padecen los mortales,

lo que distan sus males de mis males.

 

¡Quién tan dichoso fuera

que de un agravio indigno se quejara!

¡Quién un desdén llorara!

¡Quién un alto imposible pretendiera!

¡Quién llegara, de ausencia o de mudanza,

casi a perder de vista la esperanza!

 

¡Quién en ajenos brazos

viera a su dueño, y con dolor rabioso

se arrancara a pedazos

del pecho ardiente el corazón celoso!

Pues fuera menor mal que mis desvelos

el infierno insufrible de los celos.

 

Pues todos esos males

tienen consuelo o tienen esperanza;

y los más son iguales,

solicitan o animan la venganza,

y sólo de mi fiero mal se aleja

la esperanza, venganza, alivio y queja.

 

Porque ¿a quién sino al cielo,

que me robó mi dulce prenda amada,

podrá mi desconsuelo

dar sacrílega queja destemplada?

Y él con sordas, rectísimas orejas,

a cuenta de blasfemias pondrá quejas.

 

Ni Fabio fue grosero,

ni ingrato, ni traidor, antes amante,

con pecho verdadero:

nadie fue más leal ni más constante;

nadie más fino supo en sus acciones

finezas añadir a obligaciones.

 

Sólo el cielo envidioso

mi esposo me quitó: la Parca dura,

con ceño riguroso,

 

fue sólo autor de tanta desventura.

¡Oh cielo riguroso! ¡Oh triste suerte,

que tantas muertes das con una muerte!

 

¡Ay, dulce esposo amado!

¿Para qué te vi yo? ¿Por qué te quise,

y por qué tu cuidado

me hizo con las venturas infelice?

¡Oh dicha fementida y lisonjera,

quién tus amargos fines conociera!

 

¿Qué vida es ésta mía,

que rebelde resiste a dolor tanto?

¿Por qué, necia, porfía

y en las amargas fuentes de mi llanto,

atenuada, no acaba de extinguirse,

si no puede en mi fuego consumirse?

 

A Julia

La heroica esposa de Pompeyo, altiva,

al ver su vestidura en sangre roja,

con generosa cólera se enoja

de sospecharlo muerto y estar viva.

 

Rinde la vida en que el sosiego estriba

de esposo y padre, y con mortal congoja,

la concebida sucesión arroja,

y de la paz con ella a Roma priva.

 

Si el infeliz concepto que tenía

en las entrañas Julia, no abortara,

la muerte de Pompeyo excusaría.

 

¡Qué tirana fortuna! ¡Quién pensara,

que con el mismo amor que la temía,

con ese mismo amor se la causara!

 

A la esperanza

Verde embeleso de la vida humana,

loca esperanza, frenesí dorado,

sueño de los despiertos intrincado,

como de sueños, de tesoros vana;

 

alma del mundo, senectud lozana,

decrépito verdor imaginado,

el hoy de los dichosos esperado

y de los desdichados el mañana:

 

sigan tu sombra en busca de tu día

los que, con verdes vidrios por anteojos,

todo lo ven pintado a su deseo:

 

que yo, más cuerda en la fortuna mía,

tengo en entrambas manos ambos ojos

y solamente lo que toco veo.

 

A la esperanza, escrito en uno de sus retratos

Verde embeleso de la vida humana,

loca esperanza, frenesí dorado,

sueño de los despiertos intrincado,

como de sueños, de tesoros vana;

 

alma del mundo, senectud lozana,

decrépito verdor imaginado,

el hoy de los dichosos esperado

y de los desdichados el mañana:

 

sigan tu sombra en busca de tu día

los que, con verdes vidrios por anteojos,

todo lo ven pintado a su deseo:

 

que yo, más cuerda en la fortuna mía,

tengo en entrambas manos ambos ojos

y solamente lo que toco veo.

 

A la Excelentísima Señora de Paredes

El Hijo, que la Esclava ha concebido,

dice el Derecho, que le pertenece

al legítimo Dueño, que obedece

la Esclava Madre, de quien es nacido.

 

El que retorna, el campo agradecido;

opimo fruto, que obediente ofrece,

es del Señor, pues si fecundo crece,

se lo debe al cultivo recibido.

 

Así, Lisi Divina, estos borrones,

que hijos del alma son, partos del pecho,

será razón, que a ti te restituya.

 

Y no lo impidan sus imperfecciones,

pues vienen a ser tuyos de derecho

los conceptos de un Alma, que es tan tuya.

 

A la muerte de la marquesa de Mancera

Bello compuesto en Laura dividido,

alma inmortal, espíritu glorioso,

¿por qué dejaste cuerpo tan hermoso?

¿Y para qué tal alma has despedido?

 

Pero ya ha penetrado en mi sentido

que sufres el divorcio riguroso

porque el día final puedas gozoso

volver a ser enteramente unido.

 

Alza tú, alma dichosa, el presto vuelo,

y de tu hermosa cárcel desatada,

dejando vuelto su arrebol en hielo,

 

sube a ser de luceros coronada:

que bien es necesario todo el cielo

porque no eches de menos tu morada.

 

A la muerte del excelentísimo señor duque de Veragua

Ves caminante en esta triste Pira,

la potencia de Jove está postrada;

aquí Marte rindió la fuerte espada,

aquí Apolo rompió la dulce Lira.

 

Aquí Minerva triste se retira,

y la luz de los Astros eclipsada

todo está en la ceniza venerada,

del Excelso Color que aquí se mira.

 

Tanto pudo la fama encarecerlo,

y tanto las noticias sublimarlo,

que sin haber llegado a conocerlo,

 

llevó con tanto extremo el Reino a amarlo,

que muchos ojos no pudieron verlo,

mas ninguno pudieron no llorarlo.

 

A la muerte del señor rey Felipe IV

¡Oh cuán frágil se muestra el ser humano

en los últimos términos fatales,

donde sirven aromas Orientales

de culto inútil, de resguardo vano!

 

Solo a ti respetó el poder tirano,

¡oh gran Felipe! pues con las señales

que ha mostrado que todos son mortales,

te ha acreditado a ti de Soberano.

 

Conoces ser de tierra fabricado

este cuerpo, y que está con mortal guerra

el bien del alma en él aprisionado;

 

y así, subiendo al bien que el Cielo encierra,

que en la tierra no cabes has probado,

pues aun tu cuerpo dejas porque es tierra.

 

A la sentencia que contra Cristo dio Pilatos

Firma Pilatos la que juzga ajena

sentencia, y es la suya ¡O caso fuerte!

quien creerá, que firmando ajena muerte,

el mismo juez en ella se condena.

 

La ambición de sí, tanto le enajena,

que con el vil temor ciego no advierte,

que carga sobre sí la infausta suerte,

quien al justo sentencia a injusta pena.

 

Jueces del mundo, detened la mano

aun no firméis mirad si son violencias

las que os pueden mover de odio inhumano.

 

Examinar primero las conciencias,

mirad no haga el juez recto, y soberano,

que en la ajena firméis vuestra sentencia.

 

A lo mismo

Bello compuesto en Laura dividido,

alma inmortal, espíritu glorioso,

¿por qué dejaste cuerpo tan hermoso?

¿Y para qué tal alma has despedido?

 

Pero ya ha penetrado en mi sentido

que sufres el divorcio riguroso

porque el día final puedas gozoso

volver a ser enteramente unido.

 

Alza tú, alma dichosa, el presto vuelo,

y de tu hermosa cárcel desatada,

dejando vuelto su arrebol en hielo,

 

sube a ser de luceros coronada:

que bien es necesario todo el cielo

porque no eches de menos tu morada.

 

A Porcia

¿Qué pasión, Porcia, qué dolor tan ciego

te obliga a ser de ti fiera homicida?

¿O en qué te ofende tu inocente vida

que así le das batalla a sangre y fuego?

 

Si la fortuna airada al justo ruego

de tu esposo se muestra endurecida,

 

bástale el mal de ver su acción perdida;

no acabes, con tu vida, su sosiego.

 

Deja las brasas, Porcia, que mortales

impaciente tu amor elegir quiere;

no al fuego de tu amor el fuego iguales;

 

porque si bien de tu pasión se infiere,

mal morirá a las brasas materiales

quien a las llamas del amor no muere.

 

A señor san José, escrito según el asunto de un certamen que pedía las metáforas que contiene

Nace de la escarcha fresca rosa

dulce abeja, y apenas aparece,

cuando a su regio natalicio ofrece

tutela verde, palma victoriosa.

 

Así Rosa, María, más hermosa,

concibe a Dios, y el vientre apenas crece,

cuando es, de la sospecha que padece,

el Espíritu Santo Palma umbrosa.

 

Pero cuando el tirano, por prenderlo,

tanta inocente turba herir pretende,

solo Vos, ¡oh José!, vais a esconderlo:

 

para que en Vos admire, quien lo entiende,

que Vos bastáis del mundo a defenderlo,

y que de Vos, Dios solo le defiende.

 

A su retrato

Este que ves, engaño colorido,

que, del arte ostentando los primores,

con falsos silogismos de colores

es cauteloso engaño del sentido;

 

éste, en quien la lisonja ha pretendido

excusar de los años los horrores,

y venciendo del tiempo los rigores

triunfar de la vejez y del olvido,

 

es un vano artificio del cuidado,

es una flor al viento delicada,

es un resguardo inútil para el hado:

 

es una necia diligencia errada,

es un afán caduco y, bien mirado,

es cadáver, es polvo, es sombra, es nada.

 

A una pintura de Nuestra Señora, de muy excelente pincel

Si un pincel, aunque grande, al fin humano,

pudo hacer tan bellísima Pintura,

que aun vista perspicaz en vano apura

tus luces, o admirada, si no en vano.

 

El Autor de tu Alma soberano,

proporcionado campo a más hechura,

¿qué gracia pintaría, qué hermosura,

el Lienzo más capaz, mejor la Mano?

 

¿Si estará ya en la Esfera luminoso

el pincel, de Lucero graduado,

porque te amaneció Divina Aurora?

 

¡Y cómo que lo está! Pero, quejoso,

dice que ni aun la costa le ha pagado:

que gastó en ti más luz que tiene ahora.

 

A una rosa

Rosa divina que en gentil cultura

eres con tu fragante sutileza

magisterio purpúreo en la belleza,

enseñanza nevada a la hermosura;

 

amago de la humana arquitectura,

ejemplo de la vana gentileza

en cuyo ser unió naturaleza

la cuna alegre y triste sepultura:

 

¡cuán altiva en tu pompa, presumida,

soberbia, el riesgo de morir desdeñas;

y luego, desmayada y encogida,

 

de tu caduco ser das mustias señas!

¡Con qué, con docta muerte y necia vida,

viviendo engañas y muriendo enseñas!

 

Acusa la hidropesía de mucha ciencia, que teme inútil, aun para saber, y nociva para vivir

Finjamos que soy feliz,

triste pensamiento, un rato;

quizá podréis persuadirme,

aunque yo sé lo contrario.

 

Que pues sólo en la aprehensión

dicen que estriban los daños,

si os imagináis dichoso

no seréis tan desdichado.

 

Sírvame el entendimiento

alguna vez de descanso

y no siempre esté el ingenio

con el provecho encontrado.

 

Todo el mundo es opiniones,

de pareceres tan varios,

que lo que el uno, que es negro,

el otro prueba que es blanco.

 

A uno sirve de atractivo

lo que otro concibe enfado,

y lo que éste por alivio

aquél tiene por trabajo.

 

El que está triste censura

al alegre de liviano

y el que está alegre se burla

de ver al triste penando.

 

Los dos filósofos griegos

bien esta verdad probaron;

pues lo que en el uno risa,

causaba en el otro llanto.

 

Célebre su oposición

ha sido por siglos tantos,

sin que cuál acertó esté

hasta ahora averiguado.

 

Antes, en sus dos banderas

el mundo todo alistado,

conforme el humor le dicta

sigue cada cual el bando.

 

Uno dice que de risa

sólo es digno el mundo vario,

y otro que sus infortunios

son sólo para llorados.

 

Para todo se halla prueba

y razón en que fundarlo;

y no hay razón para nada,

de haber razón para tanto.

 

Todos son iguales jueces,

y siendo iguales y varios,

no hay quien pueda decidir

cuál es lo más acertado.

 

Pues si no hay quien lo sentencie

¿por qué pensáis vos, errado,

que os sometió Dios a vos

la decisión de los casos?

 

¿O por qué, contra vos mismo

severamente inhumano,

entre lo amargo y lo dulce

queréis elegir lo amargo?

 

Si es mío mi entendimiento

¿por qué siempre he de encontrarlo

tan torpe para el alivio,

tan agudo para el daño?

 

El discurso es un acero

que sirve por ambos cabos:

de dar muerte, por la punta;

por el pomo, de resguardo.

 

Si vos, sabiendo el peligro,

queréis por la punta usarlo,

¿qué culpa tiene el acero

del mal uso de la mano?

 

No es saber, saber hacer

discursos sutiles vanos;

que el saber consiste sólo

en elegir lo más sano.

 

Especular las desdichas

y examinar los presagios

sólo sirve de que el mal

crezca con anticiparlo.

 

En los trabajos futuros

la atención sutilizando

más formidable que el riesgo

suele fingir el amago.

 

¡Qué feliz es la ignorancia

del que indoctamente sabio

halla, de lo que padece,

en lo que ignora, sagrado!

 

No siempre suben seguros

vuelos del ingenio osados,

que buscan trono en el fuego

y hallan sepulcro en el llanto.

 

También es vicio el saber,

que si no se va atajando,

cuanto menos se conoce

es más nocivo el estrago.

 

Y si el vuelo no le abaten,

es sutilezas cebado,

por cuidar de lo curioso

olvida lo necesario.

 

Si culta mano no impide

crecer al árbol copado,

quitan la sustancia al fruto

la locura de los ramos.

 

Si andar a nave ligera

no estorba lastre pesado,

sirve el vuelo de que sea

el precipicio más alto.

 

En amenidad inútil

¿qué importa al florido campo,

si no halla fruto el otoño

que ostente flores el mayo?

 

¿De qué le sirve al ingenio

el producir muchos partos

si a la multitud se sigue

el malogro de abortarlos?

 

Ya esta desdicha por fuerza

ha de seguirse el fracaso

de quedar el que produce,

si no muerto, lastimado.

 

El ingenio es como el fuego,

que, con la materia ingrato,

tanto la consume más

cuando él se ostenta más claro.

 

Es de su propio señor

tan rebelado vasallo,

que convierte en sus ofensas

las armas de su resguardo.

 

Este pésimo ejercicio,

este duro afán pesado,

a los hijos de los hombres

dio Dios para ejercitarlos.

 

¿Qué loca ambición nos lleva,

de nosotros olvidados?

Si es que vivir tan poco,

¿de qué sirve saber tanto?

 

¡Oh, si como hay de saber

hubiera algún seminario

o escuela donde a ignorar

se enseñaran los trabajos!

 

¡Qué felizmente viviera

el que flojamente cauto

burlara las amenazas

del influjo de los astros!

 

Aprendamos a ignorar,

pensamiento, pues hallamos

que cuanto añado al discurso

tanto le usurpo a los años.

 

Al mismo intento

Mientras la gracia me excita

por elevarme a la esfera,

mas me abate a lo profundo

el peso de mis miserias.

 

La virtud y la costumbre

en el corazón pelean

y el corazón agoniza

en tanto que lidian ellas.

 

Y aunque es la virtud tan fuerte

temo que tal vez la venzan,

que es muy grande la costumbre

y está la virtud muy tierna.

 

Oscurécese el discurso

entre confusas tinieblas;

pues ¿quién podrá darme luz,

si está la razón a ciegas?

 

De mí misma soy verdugo

y soy cárcel de mí mesma:

¿quién vio que pena y penante

una propia cosa sean?

 

Hago disgusto a lo mismo

que más agradar quisiera,

y el disgusto que doy

en mí resulta la pena.

 

Amo a Dios y siento en Dios,

y hace mi voluntad mesma

de lo que es alivio, cruz,

del mismo puerto, tormenta.

 

Padezca, pues Dios lo manda;

mas de tal manera sea,

que si son penas las culpas

que no sean culpas las penas.

 

Al mismo

Detén el paso, caminante, advierte,

que aun esta losa guarda enternecida,

con triunfos de su diestra no vencida,

al Capitán más valeroso, y fuerte.

 

Al duque de Veragua ¡o triste suerte!

que nos dio en su noticia esclarecida,

en relación, los bienes de su vida,

y en posesión, los males de su muerte.

 

No es muerto el duque, aunque su cuerpo abrace,

la losa, que piadosa le recibe,

pues porque a su vivir el culto enlace.

 

Aunque el mármol su muerte sobrevive,

en las piedras verás el «aquí yace»,

más en los corazones, «aquí vive».

 

Al padre Francisco de Castro

La compuesta de flores maravilla,

divina protectora americana,

que a ser se pasa rosa mexicana

apareciendo rosa de Castilla;

 

la que, en vez del dragón (de quien humilla

cerviz rebelde en Pathmos) huella ufana

hasta aquí inteligencia soberana

de su pura grandeza, pura silla;

 

ya el cielo, que la copia misterioso,

segunda vez sus señas celestiales

en guarismo de flores claro suma;

 

pues no menos le dan traslado hermoso

las flores de tus versos sin iguales,

la maravilla de tu culta pluma.

 

Al presbítero Br. D. Diego de Ribera, cantor de la dedicación de la catedral

Suspende, cantor Cisne, el dulce acento:

mira, por ti, al Señor que Delfos mira,

en zampoña trocar la dulce lira

y hacer a Admito pastoril contento.

 

Cuanto cabe suave, si violento,

piedras movió, rindió la infernal ira,

corrido de escucharte, se retira;

y al mismo Templo agravia tu instrumento.

 

Que aunque no llega a sus columnas cuanto

edificó la antigua Arquitectura,

cuando tu clara voz sus piedras toca,

 

nada se vio mayor sino tu canto;

y así como lo excede tu dulzura,

mientras más lo engrandece, más lo apoca.

 

Al presbítero Br. D. Diego de Ribera, cantor de las obras del arzobispo virrey don fray Payo Enríquez de Ribera

¿Qué importa al Pastor Sacro, que a la llama

de su obrar negar quiera la victoria,

si cuando más apaga tanta gloria,

la misma luz a los recuerdos llama?

 

¿Si en cada mármol mudamente clama

de sus blasones indeleble historia,

porque sirva la letra a su memoria

lo que de piedra al tiempo de su Fama?

 

A la sagrada cifra, que venera

el discurso en las piedras, comedido,

y en duración eterna persevera,

 

exenta y libre del oscuro olvido,

alabarte podrás, culta Ribera,

que sólo le construyes el sentido.

 

Al presbítero Lic. D. Carlos de Sigüenza y Góngora, frente a su panegírico de los marqueses de la Laguna

Dulce, canoro Cisne Mexicano

cuya voz si el Estigio layo oyera,

segunda vez a Eurídice te diera,

y segunda el Delfín te fuera humano;

 

a quien si el Teucro muro, si el Tebano,

el ser en dulces, cláusulas debiera,

ni a aquel el griego incendio consumiera,

ni a este postrara alejandrina mano:

 

no el sacro numen con mi voz ofendo,

ni al que pulsa divino plectro de oro

agreste avena concordar pretendo;

 

pues por no profanar tanto decoro,

mi entendimiento admira lo que entiendo

y mi fe reverencia lo que ignoro.

 

Al que ingrato me deja, busco amante…

Al que ingrato me deja, busco amante;

al que amante me sigue, dejo ingrata;

constante adoro a quien mi amor maltrata;

maltrato a quien mi amor busca constante.

 

Al que trato de amor hallo diamante;

y soy diamante al que de amor me trata;

triunfante quiero ver al que me mata

y mato a quien me quiere ver triunfante.

 

Si a este pago, padece mi deseo:

si ruego aquel, mi pundonor enojo:

de entrambos modos infeliz me veo.

 

Pero yo por mejor partido escojo

de quien no quiero, ser violento empleo,

que de quien no me quiere, vil despojo.

 

Al retardarse san Juan de Sahagún en consumir la hostia sagrada por aparecérsele en ella Cristo visiblemente

¿Quién, que regale visto y o comido,

el León, ya panal, imaginara?

¿Quién, que dulzura tanta se estorbara

lo muy sabroso, por lo muy florido?

 

¡Oh Juan, come y no mires, que a un sentido

le das celos con otro! ¿Y quién pensara

que el Fruto de la Vida le quitara

lo hermoso, la razón de apetecido?

 

Manjar de niños es el Sacramento,

y Dios, a ojos cerrados, nos provoca

a merecer, comiendo, su alimento.

 

Sólo a San Juan, que con la vista toca

a Cristo en él, fue más merecimiento

abrir los ojos y cerrar la boca.

 

Alaba con especial acierto el de un músico primoroso

Dulce deidad del viento armoniosa,

suspensión del sentido deseada,

donde gustosamente aprisionada

se mira la atención más bulliciosa;

 

perdona a mi zampoña licenciosa

si al escuchar tu lira delicada

canta con ruda voz desentonada

prodigios de la tuya milagrosa.

 

Pause su lira el Tracio, que aunque calma

puso a las negras sombras del olvido,

cederte debe más gloriosa palma,

 

pues más que a ciencia el arte has reducido

haciendo suspensión de toda un alma

el que sólo era objeto de un sentido.

 

Alaba en el padre Baltasar de Mansilla de la Compañía de Jesús, gran predicador y confesor de la señora virreina, tanta sabiduría como modestia

Docto Mansilla, no para aplaudirte

ponderaciones buscaré del arte

retórica, que fuera limitarte

querer entre sus cláusulas ceñirte.

 

Sólo en mi intento, cuando llego a oírte,

alabarte con sólo no alabarte;

pues quien mejor llegare a ponderarte

será el que no intentare definirte.

 

Aún en tu mismo juicio tú no cabes;

ni de tu ingenio las riquezas raras

pudiera, del discurso con los graves

 

reflejos, conocer si lo intentaras:

porque si tú supieras lo que sabes,

mucho de lo que sabes ignoraras.

 

Altísimo señor monarca hispano

Altísimo señor monarca hispano,

que a Dios, entre accidentes escondido,

cuando queréis mostraros más rendido,

es cuando os ostentáis más soberano.

 

Que esa sección Señor, que al luterano

asombró en Carlos Quinto esclarecido,

y esa, por quien el gran Rodolfo vido

del mando al cetro en su piadosa mano.

 

Aunque aplaudida en el hispano suelo

ha sido, con católica alegría,

no causa admiración a mi desvelo.

 

Quede admirado aquel, que desconfía,

y de vuestra Piedad, Virtud, y Celo,

esa, y más religión, no suponía.

 

Amado dueño mío…

Amado dueño mío:

escucha un rato mis cansadas quejas,

pues del viento las fío

que breve las conduzca a tus orejas,

si no se desvanece el triste acento

como mi esperanza en el viento.

 

Óyeme con los ojos,

ya que están tan distantes los oídos

y de ausentes enojos

en ecos de mi pluma mis gemidos;

y ya que a ti no llega mi voz ruda,

óyeme sordo, pues me quejo muda.

 

Si del campo te agradas,

goza de sus frescuras venturosas,

sin que aquestas cansadas

lágrimas te detengan enfadosas;

que en él verás, si atento te entretienes,

ejemplo de mis males y mis bienes,

 

Si el arroyo parlero

ves galán de las flores en el prado,

que amante y lisonjero

a cuantas mira íntima su cuidado,

en su corriente mi dolor te avisa

que a costa de mi llanto tienes risa.

 

Si ves que triste llora

su esperanza marchita en ramo verde

tórtola gemidora,

en él y en ella mi dolor te acuerde

que imitan con verdor y con lamento

él a mi esperanza y ella mi tormento.

 

Si la flor delicada,

si la peña, que altiva no consiente

del tiempo ser hollada,

ambas me imitaban, aunque variamente,

ya con fragilidad, ya con dulzura,

mi dicha aquélla, y ésta mi firmeza.

 

Si ves el ciervo herido

que baja por el monte acelerado,

buscando, dolorido,

alivio al mal en un arroyo helado,

y sediento al cristal se precipita,

no en el alivio, en el dolor me imita.

 

Si la liebre encogida

huye medrosa de los galgos fieros,

y por salvar la vida

no deja estampa de los pies ligeros,

tal mi esperanza en dudas y recelos

se ve acusada de villanos celos.

 

Si ves el cielo claro,

tal es la sencillez del alma mía;

y si, de luz avaro,

de tinieblas emboza el claro día,

es con su oscuridad y su clemencia

imagen de mi vida en esta ausencia.

 

Así que, Fabio amado,

saber puedes mis males sin costarte

la noticia cuidado,

pues puedes de los campos informarte,

y pues yo a todo mi dolor ajusto,

saber mi pena sin dejar tu gusto.

 

Mas ¿cuándo (¡ay, gloria mía!)

mereceré gozar tu luz serena?

¿Cuándo llegará el día

que pongas dulce fin a tanta pena?

¿Cuándo veré tus ojos, dulce encanto,

y de los míos quitarás el llanto?

 

¿Cuándo tu voz sonora

herirá mis oídos, delicada,

y el alma que te adora,

de inundación de gozos anegada,

a recibirte con amante prisa

saldrá a los ojos desatada en risa?

 

¿Cuándo tu luz hermosa

revestirá de glorias mis sentidos?

¿Y cuándo yo dichosa

mis suspiros daré por bien perdidos,

teniendo en poco el precio de mi llanto?

¡Que tanto ha de penar quien goza tanto!

 

¿Cuándo de tu apacible

rostro alegre veré el semblante afable

y aquel bien indecible,

a toda humana pluma inexplicable?

Que mal se ceñirá a lo definido

lo que no cabe en todo lo sentido.

 

Ven, pues, mi prenda amada,

que ya fallece mi cansada vida

de esta ausencia pesada;

ven, pues, que mientras tarda tu venida,

aunque me cueste su verdor enojos,

regaré mi esperanza con mis ojos.

 

Amante dulce del alma…

Amante dulce del alma,

bien soberano a que aspiro,

tú que sabes las ofensas

castigar a beneficios;

 

divino imán en que adoro:

hoy que tan propicio os miro,

que me mimáis la osadía

de poder llamaros mío:

 

hoy que en unión amorosa

pareció a vuestro cariño

que si no estabais en mí

era poco estar conmigo;

 

hoy que para examinar

el afecto con que os sirvo

al corazón en persona

habéis entrado vos mismo,

 

pregunto: ¿es amor o celos

tan cuidadoso escrutinio?

Que quien lo registra todo

da de sospechar indicios.

 

Mas ¡ay, bárbara ignorante,

y qué de errores he dicho,

como si el estorbo humano

obstara al lince divino!

 

Para ver los corazones

no es menester asistirlos,

que para vos son patentes

las entrañas del abismo.

 

Con una intuición presente

tenéis en vuestro registro

el infinito pasado

hasta el presente finito.

 

Luego no necesitabais

para ver el pecho mío,

si lo estáis mirando sabio,

entrar a mirarlo fino.

 

Luego es amor, no celos,

lo que en vos miro.

 

Amor empieza por desasosiego…

Amor empieza por desasosiego,

solicitud, ardores y desvelos;

crece con riesgos, lances y recelos;

susténtase de llantos y de ruego.

 

Doctrínanle tibiezas y despego,

conserva el ser entre engañosos velos,

hasta que con agravios o con celos

apaga con sus lágrimas su fuego.

 

Su principio, su medio y fin es éste:

¿pues por qué, Alcino, sientes el desvío

de Celia, que otro tiempo bien te quiso?

 

¿Qué razón hay de que dolor te cueste?

Pues no te engaño amor, Alcino mío,

sino que llegó el término preciso.

 

Aplaude la ciencia astronómica del padre Francisco Kino

Aunque es clara del Cielo la luz pura

clara la Luna, y claras las Estrellas,

y clara las efímeras centellas,

que el aire eleva, y el incendio apura.

 

Aunque es el rayo claro, cuya dura

producción, cuesta al viento mi querellas,

y el relámpago, que hizo de su huellas

medrosa luz en la tiniebla oscura.

 

Todo el conocimiento torpe humano,

se estuvo oscuro, sin que los mortales,

plumas pudiesen ser, con vuelo ufano.

 

Ícaros de discursos racionales,

hasta que al tuyo, Eusebio soberano,

les dio a las luces, luces celestiales.

 

Arguye de inconsecuencia el gusto y la censura de los hombres, que en las mujeres acusan lo que acusan

Hombres necios que acusáis

a la mujer sin razón,

sin ver que sois la ocasión

de lo mismo que culpáis.

 

Si con ansia sin igual

solicitáis su desdén,

¿por qué queréis que obren bien

si las incitáis al mal?

 

Combatís su resistencia

y luego con gravedad

decís que fue liviandad

lo que hizo la diligencia.

 

Parecer quiere el denuedo

de vuestro parecer loco

al niño que pone el coco

y luego le tiene miedo.

 

Queréis con presunción necia

hallar a la que buscáis,

para pretendida, Tais,

y en la posesión, Lucrecia.

 

¿Qué humor puede ser más raro

que el que, falto de consejo,

él mismo empaña el espejo

y siente que no esté claro?

 

Con el favor y el desdén

tenéis condición igual,

quejándoos, si os tratan mal,

burlándoos, si os quieren bien.

 

Opinión ninguna gana,

pues la que más se recata,

si no os admite, es ingrata,

y si os admite, es liviana.

 

Siempre tan necios andáis

que con desigual nivel

a una culpáis por cruel

y a otra por fácil culpáis.

 

¿Pues cómo ha de estar templada

la que vuestro amor pretende,

si la que es ingrata ofende

y la que es fácil enfada?

 

Mas entre el enfado y pena

que vuestro gusto refiere,

bien haya la que no os quiere

y queja enhorabuena.

 

Dan vuestras amantes penas

a sus libertades alas

y después de hacerlas malas

las queréis hallar muy buenas.

 

¿Cuál mayor culpa ha tenido

en una pasión errada:

la que cae de rogada

o el que ruega de caído?

 

¿O cuál es más de culpar,

aunque cualquiera mal haga:

la que peca por la paga

o el que paga por pecar?

 

¿Pues para qué os espantáis

de la culpa que tenéis?

Queredlas cual las hacéis

o hacedlas cual las buscáis.

 

Dejad de solicitar

y después con más razón

acusaréis la afición

de la que os fuere a rogar.

 

Bien con muchas armas fundo

que lidia vuestra arrogancia,

pues en promesa e instancia

juntáis diablo, carne y mundo.

 

Atribuido a Juana

Cítara de carmín que amaneciste

trinando endechas a tu amada esposa

y, paciéndole el ámbar a la rosa,

el pico de oro, de coral teñiste;

 

dulce jilguero, pajarito triste,

que apenas el aurora viste hermosa

cuando el tono primero de una glosa

la muerte hallaste y el compás perdiste:

 

no hay en la vida, no, segura suerte;

tu misma voz al cazador convida

para que el golpe cuando tire acierte.

 

¡Oh fortuna buscada aunque temida!

¿Quién pensara que cómplice en tu muerte

fuera, por no callar, tu propia vida?

 

Aunque en vano, quiere reducir a método racional el pesar de un celoso

¿Qué es esto, Alcino, cómo tu cordura

se deja así vencer de un mal celoso,

haciendo con extremos de furioso

demostraciones más que de locura?

 

¿En qué te ofendió Celia? si se apura;

o porque al amor culpas de engañoso,

si no aseguró nunca poderoso

la eterna posesión de su hermosura?

 

La posesión de cosas temporales

temporales, Alcino, y es abuso

el querer conservarlas siempre iguales.

 

Con que tu error, o tu ignorancia acuso,

pues Fortunas, y Amor de cosas tales

la propiedad no han dado, sino el uso.

 

Aunque eres (Teresilla) tan muchacha

Aunque eres (Teresilla) tan Muchacha,

le das que hacer al pobre de Camacho,

porque dará tu disimulo un Chacho,

a aquel que se pintase más sin Tacha.

 

De los empleos que tu Amor Despacha,

anda el triste cargado como un Macho

y tienen tan crecido ya el Penacho,

que ya no puede entrar, sino se Agacha.

 

Estás ha hacerle burlas ya tan Ducha,

y a salir de ellas bien estás tan Hecha,

que, de lo que tu vientre Desembucha,

 

sabes darle a entender, cuando Sospecha,

que has hecho, por hacer su hacienda Mucha,

de ajena siembra suya la Cosecha.

 

Aunque es clara del Cielo la luz pura…

Aunque es clara del Cielo la luz pura

clara la Luna, y claras las Estrellas,

y clara las efímeras centellas,

que el aire eleva, y el incendio apura.

 

Aunque es el rayo claro, cuya dura

producción, cuesta al viento mi querellas,

y el relámpago, que hizo de su huellas

medrosa luz en la tiniebla oscura.

 

Todo el conocimiento torpe humano,

se estuvo oscuro, sin que los mortales,

plumas pudiesen ser, con vuelo ufano.

 

Ícaros de discursos racionales,

hasta que al tuyo, Eusebio soberano,

les dio a las luces, luces celestiales.

 

Aunque presume (Nife) que soy Tosco

Aunque presume (Nife) que soy Tosco,

y que, (cual Palomilla) me Chamusco,

yo te aseguro, que tu luz no Busco,

porque ya tus engaños Reconozco.

 

Y así aunque en tus enredos más me Embosco,

muy poco viene a ser lo que me Ofusco,

porque, si en el color soy algo Fusco,

soy en la condición mucho más Hosco.

 

Lo que es de tus Picones, no me Rasco,

antes estoy con ellos ya tan Fresco,

que te puedo servir de helar un Frasco,

 

Que a darte nieve sólo me Enternezco,

y así (Nife) no piensa darme Chasco,

porque yo sé muy bien lo que me Pesco.

 

Bello compuesto en Laura dividido…

Bello compuesto en Laura dividido,

alma inmortal, espíritu glorioso,

¿por qué dejaste cuerpo tan hermoso?

¿Y para qué tal alma has despedido?

 

Pero ya ha penetrado en mi sentido

que sufres el divorcio riguroso

porque el día final puedas gozoso

volver a ser enteramente unido.

 

Alza tú, alma dichosa, el presto vuelo,

y de tu hermosa cárcel desatada,

dejando vuelto su arrebol en hielo,

 

sube a ser de luceros coronada:

que bien es necesario todo el cielo

porque no eches de menos tu morada.

 

Bien puedo formar querella

Bien puedo formar querella,

cuando me dejas en calma,

de que me robas el alma

y no te animas con ella;

y cuando altivo atropella

tu rigor mi rendimiento,

apurando el sufrimiento

tanto tu piedad se aleja,

que se me pierde la queja

y se me logra el tormento.

 

Cítara de carmín que amaneciste…

Cítara de carmín que amaneciste

trinando endechas a tu amada esposa

y, paciéndole el ámbar a la rosa,

el pico de oro, de coral teñiste;

 

dulce jilguero, pajarito triste,

que apenas el aurora viste hermosa

cuando el tono primero de una glosa

la muerte hallaste y el compás perdiste:

 

no hay en la vida, no, segura suerte;

tu misma voz al cazador convida

para que el golpe cuando tire acierte.

 

¡Oh fortuna buscada aunque temida!

¿Quién pensara que cómplice en tu muerte

fuera, por no callar, tu propia vida?

 

Como en la regia playa cristalina

Como en la regia playa cristalina

el gran señor del húmedo tridente

acompaña ideal, sirve obediente

a cerúlea deidad, pompa marina,

 

no de otra suerte, al Cerda heroico inclina

de almejas coronada la alta frente,

la laguna imperial del occidente,

y al dulce yugo la cerviz destina.

 

Tres partes del tridente significa

dulce, amarga y salada en sus cristales,

y tantas al bastón dan conveniencia:

 

porque lo dulce o lo civil se aplica,

lo amargo a ejecuciones criminales,

y lo salado a militar prudencia.

 

Con el dolor de la mortal herida…

Con el dolor de la mortal herida,

de un agravio de amor me lamentaba,

y por ver si la muerte se llegaba

procuraba que fuese más crecida.

 

Toda en su mal el alma divertida,

pena por pena su dolor sumaba,

y en cada circunstancia ponderaba

que sobraban mil muertes a una vida.

 

Y cuando, al golpe de uno y otro tiro

rendido el corazón, daba penoso

señas de dar el último suspiro.

 

no sé por qué destino prodigioso

volví a mi acuerdo y dije: ¿qué me admiro?

¿Quién en amor ha sido más dichoso?

 

Con una reelección cuerda mitiga el dolor de una pasión

Con el dolor de la mortal herida,

de un agravio de amor me lamentaba,

y por ver si la muerte se llegaba

procuraba que fuese más crecida.

 

Toda en su mal el alma divertida,

pena por pena su dolor sumaba,

y en cada circunstancia ponderaba

que sobraban mil muertes a una vida.

 

Y cuando, al golpe de uno y otro tiro

rendido el corazón, daba penoso

señas de dar el último suspiro.

 

no sé por qué destino prodigioso

volví a mi acuerdo y dije: ¿qué me admiro?

¿Quién en amor ha sido más dichoso?

 

Condena por crueldad disimulada, el alivio, que la esperanza da

Diuturna enfermedad de la esperanza,

que así entretienes mis cansado años,

y el fiel de los bienes, y los daños,

tienes en equilibrio la balanza.

 

Que siempre suspendida, en la tardanza

de inclinarse, no dejan tus engaños

que lleguen a excederse en los tamaños

la desesperación, o confianza.

 

¿Quién te ha quitado el nombre de homicida?

Pues lo eres más severa, si se advierte,

que suspendes el alma entretenida;

 

y entre la infausta, o felice suerte,

no lo haces tú, por conservar la vida,

sino por dar más dilatada muerte.

 

Consuelos seguros en el desengaño

Ya, desengaño mío,

llegasteis al extremo

que pudo en vuestro ser

verificar el serlo.

 

Todo lo habéis perdido:

mas no todo, pues creo

que aun a costa es de todo

barato el escarmiento.

 

No envidiaréis de amor

los gustos lisonjeros

que está un escarmentado

muy remoto del riesgo.

 

El no esperar alguno

me sirve de consuelo,

que también es alivio

el no buscar remedio.

 

En la pérdida misma

los alivios encuentro,

pues si perdí el tesoro,

también se perdió el miedo

 

No tener qué perder

me sirve de sosiego,

que no teme ladrones

desnudo el pasajero.

 

Ni aun la libertad misma

tenerla por bien quiero,

que luego será daño

si por tal la poseo.

 

No quiero más cuidados

de bienes tan inciertos,

sino tener el alma

como que no la tengo.

 

Contiene una fantasía contenta con amar decente

Detente, sombra de mi bien esquivo

imagen del hechizo que más quiero,

bella ilusión por quien alegre muero,

dulce ficción por quien penosa vivo.

 

Si al imán de tus gracias atractivo

sirve mi pecho de obediente acero,

¿para qué me enamoras lisonjero,

si has de burlarme luego fugitivo?

 

Mas blasonar no puedes satisfecho

de que triunfa de mí tu tiranía;

que aunque dejas burlado el lazo estrecho

 

que tu forma fantástica ceñía,

poco importa burlar brazos y pecho

si te labra prisión mi fantasía.

 

Continúa el asunto y aun le expresa con más viva elegancia

Feliciano me adora y le aborrezco;

Lisardo me aborrece y yo le adoro;

por quien no me apetece ingrato, lloro,

y al que me llora tierno, no apetezco:

 

a quien más me desdora, el alma ofrezco;

a quien me ofrece víctimas, desdoro;

desprecio al que enriquece mi decoro

y al que le hace desprecios enriquezco;

 

si con mi ofensa al uno reconvengo,

me reconviene el otro a mí ofendido

y al padecer de todos modos vengo;

 

pues ambos atormentan mi sentido:

aquéste con pedir lo que no tengo

y aquél con no tener lo que le pido.

 

Contrapone el amor al fuego material y quiere achacar remisiones a este, con ocasión de contar el suceso de Porcia

¿Qué pasión, Porcia, qué dolor tan ciego

te obliga a ser de ti fiera homicida?

¿O en qué te ofende tu inocente vida

que así le das batalla a sangre y fuego?

 

Si la fortuna airada al justo ruego

de tu esposo se muestra endurecida,

 

bástale el mal de ver su acción perdida;

no acabes, con tu vida, su sosiego.

 

Deja las brasas, Porcia, que mortales

impaciente tu amor elegir quiere;

no al fuego de tu amor el fuego iguales;

 

porque si bien de tu pasión se infiere,

mal morirá a las brasas materiales

quien a las llamas del amor no muere.

 

Convaleciente de una enfermedad grave, discretea con la señora virreina, marquesa de Mancera, atribuyendo a su mucho amor aun su mejoría en morir

En la vida que siempre tuya fue,

Laura divina, y siempre lo será,

la Parca fiera, que en seguirme da,

quiso asentar por triunfo el mortal pie.

 

Yo de su atrevimiento me admiré,

que si debajo de su imperio está,

tener poder no puede en ella ya,

pues del suyo contigo me libré.

 

Para cortar el hilo que no hiló,

la tijera mortal abierta vi.

-¡Ay, parca fiera! -dije entonces yo-.

 

Mira que sola Laura manda aquí.

Ella corrida al punto se apartó.

Y dejome vivir sólo por ti.

 

Copia divina en quien veo…

Copia divina en quien veo

desvanecido al pincel,

de ver que ha llegado él

donde no pudo el deseo;

alto, soberano empleo

de más que humano talento,

exenta de atrevimiento,

pues tu beldad increíble,

como excede a lo posible,

no la alcanza el pensamiento.

 

¿Qué pincel tan soberano

fue a copiarte suficiente?

¿Qué numen movió la mente?

¿Qué virtud rigió la mano?

No se alabe el arte vano

que te formó peregrino,

pues en tu beldad convino,

para formar un portento,

fuese humano el instrumento

pero el impulso divino.

 

Tan espíritu te admiro,

que cuando deidad te creó

halló el alma que no veo

y dudó el cuerpo que miro:

todo el discurso retiro,

admirada en tu beldad;

que muestra con realidad,

dejando el sentido en calma,

que puede copiarse el alma,

que es visible la deidad.

 

Mirando perfección tal,

cual la que en ti llegó a ver,

apenas puedo creer

que puedes tener igual:

y a no haber original

de cuya perfección rara

la que hay en ti se copiara

perdida por tu afición

segundo Pigmalión

la animación te impetrara.

 

Toco, por ver si escondido

lo viviente en ti parece.

¿Posible es que de él carece

quien roba todo el sentido?

¿Posible es que no ha sentido

esta mano que le toca?

¿Y a que atiendas te provoca

a mis rendidos despojos?

¿Que no hay luz en esos ojos?

¿Que no hay voz en esa boca?

 

Bien puedo formar querella,

cuando me dejas en calma,

de que me robas el alma

y no te animas con ella;

y cuando altivo atropella

tu rigor mi rendimiento,

apurando el sufrimiento

tanto tu piedad se aleja,

que se me pierde la queja

y se me logra el tormento.

 

Tal vez pienso que piadoso

respondes a mi afición,

y otras teme el corazón

que te esquivas desdeñoso:

ya alienta el pecho dichoso,

ya infeliz el rigor muere;

pero, como quiera, adquiere

la dicha de poseer,

porque al fin en mi poder

serás lo que yo quisiere.

 

Y aunque ostentes el rigor

de tu original fiel,

a mí me ha dado el pincel

lo que no puede el amor:

dichosa vivo al favor

que me ofrece un bronce frío,

pues aunque muestres desvío,

podrás, cuando más terrible,

decir que eres imposible,

pero no que no eres mío.

 

Correspondencias entre amar o aborrecer

Feliciano me adora y le aborrezco;

Lisardo me aborrece y yo le adoro;

por quien no me apetece ingrato, lloro,

y al que me llora tierno no apetezco.

 

A quien más me desdora, el alma ofrezco;

a quien me ofrece víctimas, desdoro;

desprecio al que enriquece mi decoro,

y al que le hace desprecios, enriquezco.

 

Si con mi ofensa al uno reconvengo,

me reconviene el otro a mí ofendido;

y a padecer de todos modos vengo,

 

pues ambos atormentan mi sentido:

aqueste con pedir lo que no tengo,

y aquél con no tener lo que le pido.

 

Cuando mi error y tu vileza veo…

Cuando mi error y tu vileza veo,

contemplo, Silvio, de mi amor errado,

cuán grave es la malicia del pecado,

cuán violenta la fuerza de un deseo.

 

A mi misma memoria apenas creo

que pudiese caber en mi cuidado

la última línea de lo despreciado,

el término final de un mal empleo.

 

Yo bien quisiera, cuando llego a verte,

viendo mi infame amor poder negarlo;

mas luego la razón justa me advierte

 

que sólo me remedia en publicarlo;

porque del gran delito de quererte

sólo es bastante pena confesarlo.

 

De amor, puesto antes en sujeto indigno, es enmienda blasonar del arrepentimiento

Cuando mi error y tu vileza veo,

contemplo, Silvio, de mi amor errado,

cuán grave es la malicia del pecado,

cuán violenta la fuerza de un deseo.

 

A mi misma memoria apenas creo

que pudiese caber en mi cuidado

la última línea de lo despreciado,

el término final de un mal empleo.

 

Yo bien quisiera, cuando llego a verte,

viendo mi infame amor poder negarlo;

mas luego la razón justa me advierte

 

que sólo me remedia en publicarlo;

porque del gran delito de quererte

sólo es bastante pena confesarlo.

 

De “El divino Narciso” Cuadro IV – Narciso

Mas ya el dolor me vence. Ya, ya llego,

al término fatal por mi querida:

que es poca la materia de una vida

para la forma de tan grande fuego.

 

Ya licencia a la muerte doy: ya entrego

el alma, a que del cuerpo la divida,

aunque en ella y en él quedará asida

mi deidad, que las vuelva a reunir luego.

 

Sed tengo: que el amor me ha abrasado

aun con todo el dolor que padeciendo

estoy, mi corazón aún no saciado.

 

¡Padre! ¿Por qué en un trance tan tremendo

me desamparas? Ya está consumado.

¡En tus manos mi espíritu encomiendo!

 

De la beldad de Laura enamorados…

De la beldad de Laura enamorados

los cielos, la robaron a su altura,

porque no era decente a su luz pura

ilustrar estos valles desdichados.

 

O porque los mortales, engañados

de su cuerpo en la hermosa arquitectura,

admirados de ver tanta hermosura

no se juzgasen bienaventurados.

 

Nació donde el Oriente el rojo velo

corre al nacer al astro rubicundo

y murió donde con ardiente anhelo

 

da sepultura a su luz el mar profundo:

que fue preciso a su divino vuelo

que diese como el sol la vuelta al mundo.

 

De “Los empeños de una casa” Acto I – Ana

Si de Carlos la garra y bizarría

pudo por sí mover a mi cuidado,

¿cómo parecerá, siendo envidiado,

lo que sólo por sí bien parecía?

 

Si sin triunfo rendirle pretendía,

sabiendo que ya vive enamorado,

¿qué victoria será verle apartado

de quien antes por suyo le tenía?

 

Pues perdone don Juan, que aunque yo quiera

pagar su amor, que a olvido ya condeno,

¿cómo podré si ya en mi pena fiera

 

introducen los celos su veneno?

Que es Carlos más galán; y aunque no fuera,

tiene de más galán el ser ajeno.

 

De un funesto moral la negra sombra…

De un funesto moral la negra sombra,

de horrores mil, y confusiones llena,

en cuyo hueco tronco aún hoy resuena

el eco que doliente a Tisbe nombra,

 

cubrió la verde matizada alfombra

en que Píramo amante abrió la vena

del corazón, y Tisbe de su pena

dio la señal que aún hoy al mundo asombra.

 

Mas viendo del amor tanto despecho,

la muerte, entonces de ellos lastimada,

sus dos pechos juntó con lazo estrecho:

 

mas ¡ay de la infeliz y desdichada

que a su Píramo dar no puede el pecho

ni aun por los duros filos de una espada!

 

De una reflexión cuerda con que mitiga el dolor de una pasión

Con el dolor de la mortal herida,

de un agravio de amor me lamentaba,

y por ver si la muerte se llegaba

procuraba que fuese más crecida.

 

Toda en su mal el alma divertida,

pena por pena su dolor sumaba,

y en cada circunstancia ponderaba

que sobraban mil muertes a una vida.

 

Y cuando, al golpe de uno y otro tiro

rendido el corazón, daba penoso

señas de dar el último suspiro.

 

no sé por qué destino prodigioso

volví a mi acuerdo y dije: ¿qué me admiro?

¿Quién en amor ha sido más dichoso?

 

Décimas

Copia divina en quien veo

desvanecido al pincel,

de ver que ha llegado él

donde no pudo el deseo;

alto, soberano empleo

de más que humano talento,

exenta de atrevimiento,

pues tu beldad increíble,

como excede a lo posible,

no la alcanza el pensamiento.

 

¿Qué pincel tan soberano

fue a copiarte suficiente?

¿Qué numen movió la mente?

¿Qué virtud rigió la mano?

No se alabe el arte vano

que te formó peregrino,

pues en tu beldad convino,

para formar un portento,

fuese humano el instrumento

pero el impulso divino.

 

Tan espíritu te admiro,

que cuando deidad te creó

halló el alma que no veo

y dudó el cuerpo que miro:

todo el discurso retiro,

admirada en tu beldad;

que muestra con realidad,

dejando el sentido en calma,

que puede copiarse el alma,

que es visible la deidad.

 

Mirando perfección tal,

cual la que en ti llegó a ver,

apenas puedo creer

que puedes tener igual:

y a no haber original

de cuya perfección rara

la que hay en ti se copiara

perdida por tu afición

segundo Pigmalión

la animación te impetrara.

 

Toco, por ver si escondido

lo viviente en ti parece.

¿Posible es que de él carece

quien roba todo el sentido?

¿Posible es que no ha sentido

esta mano que le toca?

¿Y a que atiendas te provoca

a mis rendidos despojos?

¿Que no hay luz en esos ojos?

¿Que no hay voz en esa boca?

 

Bien puedo formar querella,

cuando me dejas en calma,

de que me robas el alma

y no te animas con ella;

y cuando altivo atropella

tu rigor mi rendimiento,

apurando el sufrimiento

tanto tu piedad se aleja,

que se me pierde la queja

y se me logra el tormento.

 

Tal vez pienso que piadoso

respondes a mi afición,

y otras teme el corazón

que te esquivas desdeñoso:

ya alienta el pecho dichoso,

ya infeliz el rigor muere;

pero, como quiera, adquiere

la dicha de poseer,

porque al fin en mi poder

serás lo que yo quisiere.

 

Y aunque ostentes el rigor

de tu original fiel,

a mí me ha dado el pincel

lo que no puede el amor:

dichosa vivo al favor

que me ofrece un bronce frío,

pues aunque muestres desvío,

podrás, cuando más terrible,

decir que eres imposible,

pero no que no eres mío.

 

Demostrando afectos de un favorecido que se ausenta

Divino dueño mío,

si al tiempo de apartarme

tiene mi amante pecho

alientos de quejarse,

oye mis penas, mira mis males,

 

aliéntese el dolor

si puede lamentarse

y a vista de perderse

mi corazón exhale

llanto a la tierra, quejas al aire,

 

apenas de tus ojos

quise al Sol elevarme

cuando mi precipicio

da en sentidas señales

venganza al fuego, nombre a los mares.

 

Apenas tus favores

quisieron coronarse,

dichoso más que todos,

felice como nadie,

cuando los gustos fueron pesares.

 

Sin duda el ser dichoso

es la culpa más grave,

pues mi fortuna adversa

dispone que la pague

con que a mis ojos tus luces falten.

 

¡Ay dura ley de ausencia!

¿Quién podrá derogarte,

si adonde yo no quiero

me llevas sin llevarme,

con alma muerta, vivo cadáver?

 

Será de tus favores

sólo el corazón cárcel,

por ser aún el silencio,

si quiero que los guarde,

custodio indigno, siglo frágil.

 

Y puesto que me ausento,

por el último valle,

te prometo rendido

mi amor, y ser constante,

siempre quererte, nunca olvidarte.

 

Detén el paso, caminante, advierte…

Detén el paso, caminante, advierte,

que aun esta losa guarda enternecida,

con triunfos de su diestra no vencida,

al Capitán más valeroso, y fuerte.

 

Al duque de Veragua ¡o triste suerte!

que nos dio en su noticia esclarecida,

en relación, los bienes de su vida,

y en posesión, los males de su muerte.

 

No es muerto el duque, aunque su cuerpo abrace,

la losa, que piadosa le recibe,

pues porque a su vivir el culto enlace.

 

Aunque el mármol su muerte sobrevive,

en las piedras verás el «aquí yace»,

más en los corazones, «aquí vive».

 

Detente, sombra de mi bien esquivo…

Detente, sombra de mi bien esquivo

imagen del hechizo que más quiero,

bella ilusión por quien alegre muero,

dulce ficción por quien penosa vivo.

 

Si al imán de tus gracias atractivo

sirve mi pecho de obediente acero,

¿para qué me enamoras lisonjero,

si has de burlarme luego fugitivo?

 

Mas blasonar no puedes satisfecho

de que triunfa de mí tu tiranía;

que aunque dejas burlado el lazo estrecho

 

que tu forma fantástica ceñía,

poco importa burlar brazos y pecho

si te labra prisión mi fantasía.

 

Dices, que no te acuerdas, Clori, y mientes

Dices, que no te acuerdas, Clori, y mientes

en decir, que te olvidas de olvidarte;

pues das ya en tu memoria alguna parte,

en que, por olvidado, me presentes.

 

Si son tus pensamientos diferentes

de los de Albiro, dejarás tratarme;

pues tu misma pretendes agraviarte,

con querer persuadir, lo que no sientes.

 

Niégasme ser capaz de ser querido,

y tú misma concedes esta gloria,

con que en tu contra tu argumento ha sido.

 

Pues si para alcanzar tanta victoria,

te acuerdas de olvidarte del olvido,

ya no das negación a tu memoria.

 

Dices que yo te olvido, Celio, y mientes…

Dices que yo te olvido, Celio, y mientes,

en decir que me acuerdo de olvidarte,

pues no hay en mi memoria alguna parte

en que, aun como olvidado, te presentes.

 

Mis pensamientos son tan diferentes

y en todo tan ajenos de tratarte,

que ni saben ni pueden olvidarte,

ni si te olvidan saben si lo sientes.

 

Si tú fueras capaz de ser querido,

fueras capaz de olvido; y ya era gloria

al menos la potencia de haber sido.

 

Mas tan lejos estás de esa victoria,

que aqueste no acordarme no es olvido

sino una negación de la memoria.

 

Discurre, con ingenuidad ingeniosa, sobre la pasión de los celos. Muestra que su desorden es senda única para hallar al amor y contradice un problema de don José Montoro, uno de los más célebres poetas de este siglo

Si es causa amor productivo

de diversidad de afectos,

que, con producirlos todos,

se perficiona a sí mesmo:

 

y si el uno de los más

naturales son los celos,

¿cómo sin tenerlos puede

el amor estar perfecto?

 

Son ellos de que hay amor

el signo más manifiesto:

como la humedad del agua

y como el humo del fuego.

 

No son (que dicen) de amor

bastardos hijos groseros;

sino legítimos, claros

sucesores de su imperio.

 

Son crédito y prueba suya,

pues sólo pueden dar ellos

auténticos testimonios

de que es amor verdadero.

 

Porque la fineza, que es

de ordinario el tesorero

a quien remite las pagas

amor de sus libramientos,

 

¿cuántas veces, motivada

de otros impulsos diversos,

ejecuta por de amor

decretos de galanteo?

 

El cariño ¿cuántas veces,

por dulce entretenimiento,

fingiendo quilates, crece

la mitad del justo precio?

 

¿Y cuántas más el discurso,

por ostentarse discreto,

acredita por de amor

partos del entendimiento?

 

¿Cuántas veces hemos visto

disfrazada en rendimientos

a la propia conveniencia,

a la tema o al empeño?

 

Sólo los celos ignoran

fábricas de fingimientos,

que, como son locos, tienen

propiedad de verdaderos.

 

Los gritos que ellos dan son,

sin dictamen de su dueño,

no ilaciones del discurso,

sino abortos del tormento.

 

Como de razón carecen,

carecen del instrumento

de fingir, que aquesto sólo

es en lo irracional bueno.

 

Desbocados ejercitan

contra sí el furor violento,

y no hay quien quiera en su daño

mentir, sino en su provecho.

 

Del frenético, que fuera

de su natural acuerdo

de despedaza, no hay quien

juzgue que finge el extremo.

 

En prueba de esta verdad,

mírense cuántos ejemplos

en bibliotecas de siglos

guarda el archivo del tiempo.

 

A Dido fingió el troyano,

mintió a Adriadna Teseo,

ofendió a Minos Pasife

y engañaba a Marte Venus.

 

Semíramis mató a Nino,

Elena deshonró al griego,

Jasón agravió a Medea

y dejó a Olimpia Vireno.

 

Betsabé engañaba a Urías,

Dalila al caudillo hebreo,

Jael a Sísara horrible,

Judit a Holofernes fiero.

 

Éstos y otros, que mostraban

tener amor, sin tenerlo,

todos fingieron amor,

mas ninguno fingió celos.

 

Porque aquél puede fingirse

con otro color, mas éstos

son la prueba del amor

y la prueba de sí mesmos.

 

Si ellos no tienen más padres

que el amor, luego son ellos

sus más naturales hijos

y más legítimos dueños.

 

Las demás demostraciones,

por más que finas las vemos,

pueden no mirar a amor

sino a otros varios respectos.

 

Ellos solos se van con él,

como la causa y efecto:

¿hay celos?, luego hay amor;

¿hay amor?, luego habrá celos.

 

De la fiebre ardiente suya

son el delirio más cierto;

que, como están sin sentido,

publican lo más secreto.

 

El que no los siente, amando,

del indicio más pequeño,

en tranquilidad de tibio

goza bonanzas de necio.

 

Que asegurarse en las dichas

solamente puede hacerlo

la villana confianza,

el propio merecimiento.

 

Bien sé que tal vez furiosos

suelen pasar desatentos,

a profanar de lo amado

osadamente el respeto.

 

Mas no es esto esencia suya,

sino un accidente anexo,

que tal vez los acompaña

y tal vez deja de hacerlo.

 

Mas doy que siempre: aún debiera

el más soberano objeto,

por la prueba de lo fino,

perdonarles lo grosero.

 

Mas no es, vuelvo a repetir,

preciso que el pensamiento

pase a ofender del decoro

los sagrados privilegios.

 

Para tener celos basta

sólo el temor de tenerlos;

que ya está sintiendo el daño

quien está sintiendo el riesgo.

 

Temer yo que haya quien quiera

festejar a quien festejo,

aspirar a mi fortuna

y solicitar mi empleo,

 

no es ofender lo que adoro,

antes es un alto aprecio

de pensar que deben todos

adorar lo que yo quiero.

 

Y éste es un dolor preciso,

por más que divino el dueño

asegure en confianza

prerrogativas de exento.

 

Decir que éste no es cuidado

que llegue a desasosiego,

podrá decirlo la boca,

mas no comprobarlo el pecho.

 

Persuadirme a que es lisonja

amor lo que yo apetezco,

aprobarme la elección

y calificar mi empleo;

 

a quien tal tiene a lisonja

nunca le falte este obsequio:

que yo juzgo que aquí sólo

son duros los lisonjeros.

 

Pues sólo fuera, a poder

contenerse estos afectos

en la línea del aplauso

o en el coto del cortejo.

 

¿Pero quién con tal medida

les podrá tener el freno

que no rompan desbocados

el alacrán del consejo?

 

Y aunque ellos en sí no pasen

el término de lo cuerdo,

¿quién lo podrá persuadir

a quien los mira con miedo?

 

Aplaudir lo que yo estimo,

bien puede ser sin intento

segundo; mas ¿quién podrá

tener mis temores quedos?

 

Quien tiene enemigos, suele

decir que no tenga sueño;

pues ¿cómo ha de sosegarse

el que los tiene tan ciertos?

 

Quien en frontera enemiga

descuidado ocupa el lecho,

sólo parece que quiere

ser del contrario trofeo.

 

Aunque inaccesible sea

el blanco: si los flecheros

son muchos, ¿quién asegura

que alguno no tenga acierto?

 

Quien se alienta a competirme

aun en menores empeños,

es un dogal que compone

mis ahogos de su aliento.

 

¿Pues qué será el que pretende

excederme los afectos,

mejorarme las finezas

y aventajar los deseos?

 

¿Quién quiere usurpar mis dichas?

¿Quién quiere ganarme el premio?

¿Y quién en galas del alma

quiere dejar más bien puesto?

 

¿Quién para su exaltación

procura mi abatimiento

y quiere comprar su gloria

a costa de mis desprecios?

 

¿Quién pretende, con los suyos,

deslucir mis sentimientos:

que en los desaires del alma

es el más sensible duelo?

 

Al que este dolor no llega

al más reservado seno

del alma, apueste insensibles

competencias con el hielo.

 

La confianza ha de ser

con proporcionado medio:

que deje de ser molestia

sin pasar a ser despego.

 

El que es discreto, a quien ama

le ha de mostrar que el recelo

lo tiene en la voluntad

y no en el entendimiento.

 

Un desconfiar de sí

y un estar siempre temiendo

que podrá exceder al mío

cualquiera mérito ajeno:

 

un temer que la fortuna

podrá con airado ceño

despojarme por indigno

del favor que no merezco:

 

no sólo no ofende; antes

es el esmalte más bello

que a las joyas de lo fino

les puede dar lo discreto.

 

Y aunque algo exceda la queja,

nunca queda mal, supuesto,

que es gala de lo sentido

exceder de lo modesto.

 

Lo atrevido es un celoso,

lo irracional y lo terco,

prueba es de amor, que merece

la beca de su colegio.

 

Y aunque muestre que se ofende,

yo sé que por allá dentro

no le pesa a la más alta

de mirar tales extremos.

 

La más airada deidad

al celoso más grosero

le está aceptando servicios

los que riñe atrevimientos.

 

La que se queja oprimida

del natural más estrecho

hace ostentación de amada

el que parece lamento.

 

De la triunfante hermosura

tiran el carro soberbio

el desdichado con quejas

y el celoso con despechos.

 

Uno de sus sacrificios

es este dolor acerbo,

y ella, ambiciosa, no quiere

nunca tener uno menos.

 

¡Oh doctísimo Montoro,

asombro de nuestros tiempos,

injuria de los Virgilios,

afrenta de los Homeros!

 

Cuando de amor prescindiste

este inseparable afecto

(precisión que sólo pudo

formarla tu entendimiento),

 

bien se ve que sólo fue

la empresa de tus talentos

el probar lo más difícil,

no persuadir a creerlo.

 

Al modo de aquellos que

sutilmente defendieron

que de la nube los campos

se visten de color negro.

 

De tu sutileza fue

airoso, galán empeño,

sofística bizarría

de tu soberano ingenio.

 

Probar lo que no es probable

bien se ve que fue el intento

tuyo, porque lo evidente

probado se estaba ello.

 

Acudiste al partido

que hallaste más indefenso

y a la opinión desvalida

ayudaste caballero.

 

Éste fue tu fin; y así,

debajo de este supuesto,

no es ésta, ni puede ser,

réplica de tu argumento,

 

sino sólo una obediencia

mandada de gusto ajeno,

cuya insinuación en mí

tiene fuerza de precepto.

 

Confieso que de mejor

gana siguiera mi genio

el extravagante rumbo

de tu no hallado sendero.

 

Pero, sobre ser difícil,

inaccesible lo has hecho,

pues el mayor imposible

fuera ir en tu seguimiento.

 

Rumbo que estrenan las alas

de tu remontado vuelo

(aun determinando al daño)

no lo intentara un despecho.

 

La opinión que yo quería

seguir, seguiste primero;

dísteme celos, y tuve

la contraria con tenerlos.

 

Con razón se reservó

tanto asunto a tanto ingenio;

que a fuerzas sólo de Atlante

fía la esfera su peso.

 

Tenla, pues, que si consigues

persuadirla al universo,

colgará el género humano

sus cadenas en tu templo.

 

No habrá quejosos de amor,

y en sus dulces prisioneros

serán las cadenas oro

y no dorados los yerros.

 

Será la sospecha inútil,

estará ocioso el recelo,

desterrarase el indicio

y perderá el ser el miedo.

 

Todo será dicha, todo

felicidad y contento,

todo venturas, y en fin

pasará el mundo a ser cielo.

 

Deberanle los mortales

a tu valeroso esfuerzo

la más dulce libertad

del más duro cautiverio.

 

Mucho te deberán todos,

y yo más que todos debo

las discretas instrucciones

a las luces de tus versos.

 

Dalos a la estampa, porque

en caracteres eternos

viva tu nombre, y con él

se extienda el común provecho.

 

Discurre inevitable el llanto a vista de quien ama

Mandas, Anarda, que sin llanto asista

a ver tus ojos, de lo cual sospecho,

que el ignorar la causa, es quien te ha hecho

querer, que emprenda yo tanta conquista.

 

Amor, Señora, sin que me resista,

que tiene en fuego el corazón deshecho,

como hace huir la sangre allá en el pecho,

vaporiza en ardores por la vista.

 

Buscan luego mis ojos tu presencia,

que centro juzga de su dulce encanto,

y cuando mi atención te reverencia.

 

Los virtuales rayos entretanto,

como hallan en tu nieve resistencia,

lo que salió vapor, se vuelve llanto.

 

Diuturna enfermedad de la esperanza…

Diuturna enfermedad de la esperanza

que así entretienes mis cansados años

y en el fiel de los bienes y los daños

tienes en equilibrio la balanza;

 

que siempre suspendida en la tardanza

de inclinarse, no dejan tus engaños

que lleguen a excederse en los tamaños

la desesperación o la confianza:

 

¿quién te ha quitado el nombre de homicida

pues lo eres más severa, si se advierte

que suspendes el alma entretenida

 

y entre la infausta o la felice suerte

no lo haces tú por conservar la vida

sino por dar más dilatada muerte?

 

Divino dueño mío…

Divino dueño mío,

si al tiempo de apartarme

tiene mi amante pecho

alientos de quejarse,

oye mis penas, mira mis males,

 

aliéntese el dolor

si puede lamentarse

y a vista de perderse

mi corazón exhale

llanto a la tierra, quejas al aire,

 

apenas de tus ojos

quise al Sol elevarme

cuando mi precipicio

da en sentidas señales

venganza al fuego, nombre a los mares.

 

Apenas tus favores

quisieron coronarse,

dichoso más que todos,

felice como nadie,

cuando los gustos fueron pesares.

 

Sin duda el ser dichoso

es la culpa más grave,

pues mi fortuna adversa

dispone que la pague

con que a mis ojos tus luces falten.

 

¡Ay dura ley de ausencia!

¿Quién podrá derogarte,

si adonde yo no quiero

me llevas sin llevarme,

con alma muerta, vivo cadáver?

 

Será de tus favores

sólo el corazón cárcel,

por ser aún el silencio,

si quiero que los guarde,

custodio indigno, siglo frágil.

 

Y puesto que me ausento,

por el último valle,

te prometo rendido

mi amor, y ser constante,

siempre quererte, nunca olvidarte.

 

Docto Mansilla, no para aplaudirte…

Docto Mansilla, no para aplaudirte

ponderaciones buscaré del arte

retórica, que fuera limitarte

querer entre sus cláusulas ceñirte.

 

Sólo en mi intento, cuando llego a oírte,

alabarte con sólo no alabarte;

pues quien mejor llegare a ponderarte

será el que no intentare definirte.

 

Aún en tu mismo juicio tú no cabes;

ni de tu ingenio las riquezas raras

pudiera, del discurso con los graves

 

reflejos, conocer si lo intentaras:

porque si tú supieras lo que sabes,

mucho de lo que sabes ignoraras.

 

Dulce, canoro cisne mexicano…

Dulce, canoro Cisne Mexicano

cuya voz si el Estigio layo oyera,

segunda vez a Eurídice te diera,

y segunda el Delfín te fuera humano;

 

a quien si el Teucro muro, si el Tebano,

el ser en dulces, cláusulas debiera,

ni a aquel el griego incendio consumiera,

ni a este postrara alejandrina mano:

 

no el sacro numen con mi voz ofendo,

ni al que pulsa divino plectro de oro

agreste avena concordar pretendo;

 

pues por no profanar tanto decoro,

mi entendimiento admira lo que entiendo

y mi fe reverencia lo que ignoro.

 

Dulce deidad del viento armoniosa…

Dulce deidad del viento armoniosa,

suspensión del sentido deseada,

donde gustosamente aprisionada

se mira la atención más bulliciosa;

 

perdona a mi zampoña licenciosa

si al escuchar tu lira delicada

canta con ruda voz desentonada

prodigios de la tuya milagrosa.

 

Pause su lira el Tracio, que aunque calma

puso a las negras sombras del olvido,

cederte debe más gloriosa palma,

 

pues más que a ciencia el arte has reducido

haciendo suspensión de toda un alma

el que sólo era objeto de un sentido.

 

Efectos muy penosos de amor y que por no grandes igualan con las prendas de quien las causa

¿Vesme, Alcino, que atada a la cadena

de amor, paso, en sus hierros aherrojada,

mísera esclavitud desesperada,

de libertad y de consuelo ajena?

 

¿Ves de dolor y angustia el alma llena,

de tan fieros tormentos lastimada,

y entre las vivas llamas abrasada,

juzgarse por indigna de su pena?

 

¿Vesme seguir sin alma un desatino

que yo misma condeno por extraño?

¿Vesme derramar sangre en el camino

 

siguiendo los vestigios de un engaño?

¿Muy admirado estás? ¿Pues ves, Alcino?

Más merece la causa de mi daño.

 

El ausente, el celoso, se provoca…

El ausente, el celoso, se provoca,

aquél con sentimiento, éste con ira;

presume éste la ofensa que no mira

y siente aquél la realidad que toca:

 

Éste templa tal vez su furia loca

cuando el discurso en su favor delira;

y sin intermisión aquél suspira,

pues nada a su dolor la fuerza apoca.

 

Éste aflige dudoso su paciencia

y aquél padece ciertos sus desvelos;

éste al dolor opone resistencia;

 

aquél, sin ella, sufre desconsuelos:

y si es pena de daño, al fin, la ausencia,

luego es mayor tormento que los celos.

 

El Hijo, que la Esclava ha concebido…

El Hijo, que la Esclava ha concebido,

dice el Derecho, que le pertenece

al legítimo Dueño, que obedece

la Esclava Madre, de quien es nacido.

 

El que retorna, el campo agradecido;

opimo fruto, que obediente ofrece,

es del Señor, pues si fecundo crece,

se lo debe al cultivo recibido.

 

Así, Lisi Divina, estos borrones,

que hijos del alma son, partos del pecho,

será razón, que a ti te restituya.

 

Y no lo impidan sus imperfecciones,

pues vienen a ser tuyos de derecho

los conceptos de un Alma, que es tan tuya.

 

El que Hipogrifo de mejor Rugero…

El que Hipogrifo de mejor Rugero,

Ave de Ganimedes, más hermoso,

Pegaso de Perseo más airoso,

de más dulce Arión, Delfín ligero

 

fue, ya sin vida yace el golpe fiero

de transformado Jove, que celoso

los rayos disimula, belicoso,

sólo en un semicírculo de acero.

 

Rindió el fogoso postrimero aliento

el veloz bruto, a impulso soberano;

pero aquel su dolor, que tuvo, siento,

 

más de afectivo y menos de inhumano:

pues fue de vergonzoso sentimiento

de ser bruto, rigiéndole tal mano.

 

En la muerte de la excelentísima señora marquesa de Mancera

De la beldad de Laura enamorados

los cielos, la robaron a su altura,

porque no era decente a su luz pura

ilustrar estos valles desdichados.

 

O porque los mortales, engañados

de su cuerpo en la hermosa arquitectura,

admirados de ver tanta hermosura

no se juzgasen bienaventurados.

 

Nació donde el Oriente el rojo velo

corre al nacer al astro rubicundo

y murió donde con ardiente anhelo

 

da sepultura a su luz el mar profundo:

que fue preciso a su divino vuelo

que diese como el sol la vuelta al mundo.

 

En la vida que siempre tuya fue…

En la vida que siempre tuya fue,

Laura divina, y siempre lo será,

la Parca fiera, que en seguirme da,

quiso asentar por triunfo el mortal pie.

 

Yo de su atrevimiento me admiré,

que si debajo de su imperio está,

tener poder no puede en ella ya,

pues del suyo contigo me libré.

 

Para cortar el hilo que no hiló,

la tijera mortal abierta vi.

-¡Ay, parca fiera! -dije entonces yo-.

 

Mira que sola Laura manda aquí.

Ella corrida al punto se apartó.

Y dejome vivir sólo por ti.

 

En pensar que me quieres, Clori, he dado…

En pensar que me quieres, Clori, he dado,

por lo mismo que yo no te quisiera;

porque sólo quien no me conociera,

me pudiera a mí, Clori, haber amado.

 

En tú no conocerme, desdichado

por sólo esta carencia de antes fuera;

mas como yo saberlo no pudiera,

tuviera menos mal en lo ignorado.

 

Me conoces, o no me has conocido;

si me conoces, suplirás mis males.

Si aquello, negaraste a lo entendido;

 

si aquesto, quedaremos desiguales.

Pues, ¿cómo me aseguras lo querido,

mi Clori, en dos de Amor carencias tales?

 

¿En perseguirme, mundo, qué interesas?…

¿En perseguirme, mundo, qué interesas?

¿En qué te ofendo, cuando sólo intento

poner bellezas en mi entendimiento

y no mi entendimiento en las bellezas?

 

Yo no estimo tesoros ni riquezas,

y así, siempre me causa más contento

poner riquezas en mi entendimiento

que no mi entendimiento en las riquezas.

 

Yo no estimo hermosura que vencida

es despojo civil de las edades

ni riqueza me agrada fementida,

 

teniendo por mejor en mis verdades

consumir vanidades de la vida

que consumir la vida en vanidades.

 

En que celebra la poetisa el cumplimiento de años de un hermano suyo

¡Oh quién, amado Anfriso, te ciñera

del Mundo las coronas poderosas!

Que a coronar tus prendas generosas

el círculo del Orbe corto fuera.

 

¡Quién, para eternizarte, hacer supiera

mágicas confecciones prodigiosas,

o tuviera las hierbas milagrosas

que feliz gustó Glauco en la ribera!

 

Mas aunque no halla medio mi cuidado

para que goces de inmortal la palma,

otro más propio mi cariño ha hallado

 

que el curso de tu vida tenga en calma;

pues juzgo que es el más proporcionado

de alargar una vida, dar un alma.

 

En que consuela a un celoso epilogando la serie de los amores

Amor empieza por desasosiego,

solicitud, ardores y desvelos;

crece con riesgos, lances y recelos;

susténtase de llantos y de ruego.

 

Doctrínanle tibiezas y despego,

conserva el ser entre engañosos velos,

hasta que con agravios o con celos

apaga con sus lágrimas su fuego.

 

Su principio, su medio y fin es éste:

¿pues por qué, Alcino, sientes el desvío

de Celia, que otro tiempo bien te quiso?

 

¿Qué razón hay de que dolor te cueste?

Pues no te engaño amor, Alcino mío,

sino que llegó el término preciso.

 

En que da moral censura a una rosa y en ella a sus semejantes

Rosa divina que en gentil cultura

eres con tu fragante sutileza

magisterio purpúreo en la belleza,

enseñanza nevada en la hermosura.

 

Amago de la humana arquitectura,

ejemplo de la vana gentileza,

en cuyo ser unió naturaleza

la cuna alegre y triste sepultura.

 

¡Cuán altiva en tu pompa, presumida,

soberbia, el riesgo de morir desdeñas,

y luego, desmayada y encogida,

 

de tu caduco ser das mustias señas!

Con que con docta muerte y necia vida

viviendo engañas y muriendo enseñas.

 

En que describe racionalmente los efectos irracionales del Amor

Este amoroso tormento

que en mi corazón se ve,

sé que lo siento, y no sé

la causa por que lo siento.

 

Siento una grave agonía

por lograr un devaneo

que empieza como deseo

y para en melancolía.

 

Y cuando con más terneza

mi infeliz estado lloro,

sé que estoy triste e ignoro

la causa de mi tristeza.

 

Siento un anhelo tirano

por la ocasión a que aspiro

y cuando cerca la miro

yo misma aparto la mano.

 

Porque si acaso se ofrece

después de tanto desvelo,

la desazona el recelo

o el susto la desvanece.

 

Y si alguna vez sin susto

consigo tal posesión,

cualquiera leve ocasión

me malogra todo el gusto.

 

Siento mal del mismo bien

con receloso temor,

y me obliga el mismo amor

tal vez a mostrar desdén.

 

Cualquier leve ocasión labra

en mi pecho de manera

que el que imposibles venciera

se irrita de una palabra.

 

Con poca causa ofendida

suelo en mitad de mi amor

negar un leve favor

a quien le diera la vida.

 

Ya sufrida, ya irritada,

con contrarias penas lucho,

que por él sufriré mucho

y con él sufriré nada.

 

No sé en qué lógica cabe

el que tal cuestión se pruebe,

que por él lo grave es leve

y con él lo leve es grave.

 

Sin bastantes fundamentos

forman mis tristes cuidados,

de conceptos engañados,

un monte de sentimientos.

 

Y en aquel fiero conjunto

hallo, cuando se derriba,

que aquella máquina altiva

sólo estribaba en un punto.

 

Tal vez el dolor me engaña,

y presumo sin razón

que no habrá satisfacción

que pueda templar mi saña.

 

Y cuando a averiguar llego

el agravio por que riño,

es como espanto de niño

que para en burlas y juego.

 

Y aunque el desengaño toco,

con la misma pena lucho

de ver que padezco mucho

padeciendo por tan poco.

 

A vengarse se abalanza

tal vez el alma ofendida

y después arrepentida

toma de mí otra venganza.

 

Y si al desdén satisfago

es con tan ambiguo error

que yo pienso que es rigor

y se remata en halago.

 

Hasta el labio desatento

suele equívoco tal vez,

por usar de la altivez,

encontrar el rendimiento.

 

Cuando por soñada culpa

con más enojo me incito,

yo le acrimino el delito

y le busco la disculpa.

 

No huyo el mal ni busco el bien,

porque en mi confuso error

ni me asegura el amor

ni me despecha el desdén.

 

En mi ciego devaneo,

bien hallada con mi engaño,

solicito el desengaño

y no encontrarlo deseo.

 

Si alguno mis quejas oye,

más a decirlas me obliga,

porque me las contradiga,

que no porque las apoye.

 

Porque si con la pasión

algo contra mi amor digo,

es mi mayor enemigo

quien me concede razón.

 

Y si acaso en mi provecho

hallo la razón propicia,

me embaraza la injusticia

y ando cediendo el derecho.

 

Nunca hallo gusto cumplido,

porque entre alivio y dolor

hallo culpa en el amor

y disculpa en el olvido.

 

Esto de mi pena dura

es algo del dolor fiero

y mucho más no refiero

porque pasa de locura.

 

Si acaso me contradigo

en este confuso error,

aquel que tuviese amor

entenderá lo que digo.

 

En que expresa los efectos del Amor Divino, y propone morir amante, a pesar de todo riesgo

Traigo conmigo un cuidado,

y tan esquivo, que creo

que aunque sé sentirlo tanto

aún yo mismo no lo siento.

 

Es amor, pero es amor

que, faltándole lo ciego,

los ojos que tiene son

para darle más tormento.

 

El término no es a quo,

que causa el pesar que veo

que siendo el término el bien

todo el dolor es el medio.

 

Si es lícito y aún debido

este cariño que tengo,

¿por qué me han de dar castigo

porque pago lo que debo?

 

¡Oh, cuánta fineza! ¡Oh, cuántos

cariños he visto tiernos!

Que amor que se tiene a Dios

es calidad sin opuestos.

 

De lo lícito no puede

hacer contrarios conceptos,

con que es amor que al olvido

no puede vivir expuesto.

 

Yo me acuerdo (¡ah, nunca fuera!)

que he querido en otro tiempo

lo que pasó de locura

y lo que excedió de extremo.

 

Mas como era amor bastardo

y de contrarios compuesto,

fue fácil desvanecerse,

de achaque de su ser mesmo.

 

Mas ahora (¡ay de mí!) está

tan en su natural centro

que la virtud y razón

son quien aviva su incendio.

 

Quien tal oyere dirá

que si es así ¿por qué peno?

Mas mi corazón ansioso

dirá que por eso mesmo.

 

¡Oh, humana flaqueza nuestra,

adonde el más puro afecto

aún no sabe desnudarse

del natural sentimiento!

 

Tan precisa es la apetencia

que a ser amados tenemos,

que aun sabiendo que no sirve

nunca dejarla sabemos.

 

Que corresponda a mi amor

nada añade; mas no puedo

(por más que lo solicito)

dejar yo de apetecerlo.

 

Si es delito, yo lo digo;

si es culpa, ya lo confieso;

mas no puedo arrepentirme

por más que hacerlo pretendo.

 

Bien ha visto quien penetra

lo interior de mis secretos

que yo misma estoy formando

los dolores que padezco.

 

Bien sabe que soy yo misma

verdugo de mis deseos,

pues muertos entre mis ansias

tienen sepulcro en mi pecho.

 

Muero (¿quién lo creerá?) a manos

de la cosa que más quiero,

y el motivo de matarme

es el amor que le tengo.

 

Así alimentando triste

la vida con el veneno,

la misma muerte que vivo

es la vida con que muero.

 

Pero valor, corazón,

porque en tal dulce tormento,

en medio de cualquier suerte

no dejar de amar protesto.

 

En que satisface un recelo con la retórica del llanto

Esta tarde, mi bien, cuando te hablaba,

como en tu rostro y tus acciones veía

que con palabras no te persuadía,

que el corazón me vieses deseaba.

 

Y Amor, que mis intentos ayudaba,

venció lo que imposible parecía,

pues entre el llanto que el dolor vertía,

el corazón deshecho destilaba.

 

Baste ya de rigores, mi bien, baste,

no te atormenten más celos tiranos,

ni el vil recelo tu quietud contraste

 

con sombras necias, con indicios vanos:

pues ya en líquido humor viste y tocaste

mi corazón deshecho entre tus manos.

 

En vano tu canto suena…

En vano tu canto suena

pues no advierte en su desdicha

que será el fin de tu dicha

el principio de tu pena.

El loco orgullo refrena,

de que tan ufano estás,

sin advertir, cuando das

cuenta al aire de tus bienes,

que si ahora dichas tienes

presto celos llorarás.

 

En lo dulce de tu canto,

el justo temor te avisa

que en un amante no hay risa

que no se alterne con llanto.

No te desvanezca tanto

el favor, que te hallarás

burlado y conocerás

cuánto es necio un confiado;

que si hoy blasonas de amado

presto celos llorarás.

 

Advierte que el mismo estado

que al amante venturoso

le constituye dichoso,

le amenaza desdichado;

pues le da tan alto grado

por derribarle no más:

y así tú, que ahora estás

en tal altura, no ignores

que si hoy ostentas favores

presto celos llorarás.

 

La gloria más levantada

que amor a tu dicha ordena

contémplala como ajena

y tenla como prestada.

No tu ambición engañada

piense que eterno serás

en las dichas pues verás

que hay áspid entre las flores

y que si hoy cantas favores

presto celos llorarás.

 

Encarece de animosidad la elección de estado durable hasta la muerte

Si los riesgos del mar considerara

ninguno se embarcara, si antes viera

bien su peligro, nadie se atreviera,

ni al bravo toro osado provocara.

 

Si del fogoso bruto ponderara

la furia desbocada en la carrera,

el jinete prudente, nunca hubiera,

quien con discreta mano le enfrenara.

 

Pero si hubiera algo tan osado,

que, no obstante el peligro, al mismo Apolo

quisiera gobernar con atrevida

 

mano, el rápido carro en luz bañado

todo lo hiciera, y no tomara sólo

estado, que ha de ser toda la vida.

 

Endecha I

Sabrás, querido Fabio,

si ignoras que te quiero,

que ignorar lo dichoso

es muy de lo discreto;

 

que apenas fuiste blanco

en que el rapaz arquero

del tiro indefectible

logró el mejor acierto,

 

cuando en mi pecho amante

brotaron el incendio

de recíprocas llamas

conformes ardimientos.

 

¿No has visto, Fabio mío,

cuando el señor de Delas

hiere con armas de oro

la luna de un espejo,

 

que haciendo en el cristal

reflejo el rayo bello

hiere repercusivo

al más cercano objeto?

 

Pues así del amor

las flechas, que en mi pecho

tu resistente nieve

les dio mayor esfuerzo,

 

vueltas a mí las puntas,

dispuso amor soberbio,

sólo con un impulso,

dos alcanzar trofeos.

 

Díganlo las ruinas

de mi valor deshecho

que en contritas cenizas

predican escarmientos.

 

Mi corazón lo diga,

que en padrones eternos

inextinguibles guarda

testimonios del fuego.

 

Segunda Troya, el alma,

de ardientes Mongibelos

es pavesa a la saña

de más astuto griego.

 

De las sangrientas viras

los enervados hierros

por las venas difunden

el amable veneno.

 

Las cercenadas voces,

que en balbucientes ecos,

si el amor las impele,

las retiene el respeto.

 

Las niñas de mis ojos,

que con mirar travieso

sinceramente parlan

del alma los secretos.

 

El turbado semblante

y el impedido aliento

en cuya muda calma

da voces el afecto.

 

Aquel decirte más,

cuando me explico menos,

queriendo en negaciones

expresar los conceptos.

 

Y en fin, dígaslo tú,

que de mis pensamientos,

lince sutil, penetras

los más ocultos senos.

 

Si he dicho que te he visto,

mi amor está supuesto,

pues es correlativo

de tus merecimientos.

 

Si a ellos atiendes, Fabio,

con indicios más ciertos

verás de mis finezas

evidentes contextos.

 

Ellos a ti te basten,

que si prosigo, pienso

que con superfluas voces

su autoridad ofendo.

 

Endecha II

Me acerco y me retiro:

¿quién sino yo hallar puedo

a la ausencia en los ojos

la presencia en lo lejos?

 

Del desprecio de Filis

infelice me ausento:

¡ay de aquel de quien es

aún perdida el desprecio!

 

Tan atento la adora,

que en el mal que padezco

no siento sus rigores

tanto como el perderlos.

 

No pierdo al partir sólo

los bienes que poseo,

si en Filis, que no es mía,

pierdo lo que no pierdo.

 

¡Ay de quien un desdén

lograba tan atento

que por no ser dolor

no se atrevió a ser premio!

 

Pues viendo en mi destino

preciso mi destierro,

me desdeñaba más

porque perdiera menos.

 

¡Ay! ¿Quién te enseñó, Filis,

tan primoroso medio:

vedar a los desdenes

el traje del afecto?

 

A vivir ignorado

de tus luces me ausento,

donde ni aun mi mal sirva

a tu desdén de obsequio.

 

Endecha III

Ya, desengaño mío,

llegasteis al extremo

que pudo en vuestro ser

verificar el serlo.

 

Todo lo habéis perdido:

mas no todo, pues creo

que aun a costa es de todo

barato el escarmiento.

 

No envidiaréis de amor

los gustos lisonjeros

que está un escarmentado

muy remoto del riesgo.

 

El no esperar alguno

me sirve de consuelo,

que también es alivio

el no buscar remedio.

 

En la pérdida misma

los alivios encuentro,

pues si perdí el tesoro,

también se perdió el miedo

 

No tener qué perder

me sirve de sosiego,

que no teme ladrones

desnudo el pasajero.

 

Ni aun la libertad misma

tenerla por bien quiero,

que luego será daño

si por tal la poseo.

 

No quiero más cuidados

de bienes tan inciertos,

sino tener el alma

como que no la tengo.

 

Endecha IV

Divino dueño mío,

si al tiempo de apartarme

tiene mi amante pecho

alientos de quejarse,

oye mis penas, mira mis males,

 

aliéntese el dolor

si puede lamentarse

y a vista de perderse

mi corazón exhale

llanto a la tierra, quejas al aire,

 

apenas de tus ojos

quise al Sol elevarme

cuando mi precipicio

da en sentidas señales

venganza al fuego, nombre a los mares.

 

Apenas tus favores

quisieron coronarse,

dichoso más que todos,

felice como nadie,

cuando los gustos fueron pesares.

 

Sin duda el ser dichoso

es la culpa más grave,

pues mi fortuna adversa

dispone que la pague

con que a mis ojos tus luces falten.

 

¡Ay dura ley de ausencia!

¿Quién podrá derogarte,

si adonde yo no quiero

me llevas sin llevarme,

con alma muerta, vivo cadáver?

 

Será de tus favores

sólo el corazón cárcel,

por ser aún el silencio,

si quiero que los guarde,

custodio indigno, siglo frágil.

 

Y puesto que me ausento,

por el último valle,

te prometo rendido

mi amor, y ser constante,

siempre quererte, nunca olvidarte.

 

Endecha V

Si acaso, Fabio mío,

después de penas tantas

quedan para las quejas

alientos en el alma;

 

si acaso en las cenizas

de mi muerte esperanza

se libró por pequeña

alguna débil rama,

 

adonde entretenerse,

con fuerza limitada,

el rato que me escuchas

pueda la vital aura;

 

si acaso a la tijera

mortal que me amenaza

concede breves treguas

la inexorable parca,

 

oye en tristes endechas

tiernas consonancias

que al moribundo cisne

sirven de exequias blandas.

 

Y antes que noche eterna

con letal llave opaca

de mis trémulo ojos

cierre las lumbres vagas,

 

dame el postrer abrazo,

cuyas tiernas lazadas,

siendo unión de los cuerpos,

identifican almas.

 

Oigo tus dulces ecos,

y en cadencias turbadas

no permite el ahogo

entera la palabra.

 

De tu rostro en el mío

haz amoroso estampa

y las mejillas frías

de ardiente llanto baña.

 

Tus lágrimas y mías

digan equivocadas

que aunque en distintos pechos

las engendró una causa.

 

Unidas de las manos

las bien tejidas palmas,

con movimientos digan

lo que los labios callan.

 

Dame, por prendas firmes

de tu fe no violada,

en tu pecho escrituras,

seguros en tu cara;

 

para que cuando baje

a las estigias aguas,

tuyo el óbolo sea

para fletar la barca.

 

Recibe de mis labios

el que, en mortales ansias,

el exánime pecho

último aliento exhala.

 

Y el espíritu ardiente,

que vivifica llama

de acto sirvió primero

a tierra organizada,

 

recibe, y de tu pecho

en la dulce morada

padrón eterno sea

de mi fineza rara.

 

Y adiós, Fabio querido,

que ya el aliento falta,

y de vivir se aleja

la que de ti se aparta.

 

Endecha VI

Prolija memoria,

permite, siquiera,

que por un instante

sosieguen mis penas.

 

Afloja el cordel,

que (según aprietas)

temo que reviente

si das otra vuelta.

 

Mira que si acabas

con mi vida, cesa

de tus tiranías

la triste materia.

 

No piedad te pido

en aquestas treguas,

sino que otra especie

de tormento sea.

 

Ni de mí presumas

que soy tan grosera

que la vida sólo

para vivir quiera.

 

Bien sabes tú, como

quien está tan cerca,

que sólo la estimo

por sentir con ella,

 

y porque perdida,

perder era fuerza

un amor que pide

duración eterna:

 

por eso te pido

que tengas clemencia,

no porque yo viva,

sí porque él no muera.

 

¿No basta cuán vivas

se me representan

de mi ausente cielo

las divinas prendas?

 

¿No basta acordarme

sus caricias tiernas,

sus dulces palabras,

sus nobles finezas?

 

¿Y no basta que

industriosas crezcan,

con pasadas glorias,

mis presentes penas?

 

¿Sino que (¡ay de mí,

mi bien, quién pudiera

no hacerte este agravio

de temer mi ofensa!),

 

sino que villano

persuadirme intentas

que mi agravio es

posible que sea?

 

Y para formarlo,

con necia agudeza,

con cuerdas palabras,

acciones contestas.

 

Sus proposiciones

me las interpretas

y lo que en paz dije

me sirve de guerra.

 

¿Para qué examinas

si habrá quien merezca

de tus bellos ojos

atenciones tiernas?

 

¿Si de otra hermosura

acaso le llevan

méritos más altos,

más dulces ternezas?

 

¿Si de obligaciones

la carga molesta

le obliga en mi agravio

a pagar la deuda?

 

¿Para qué ventilas

la cuestión superflua

de si es la mudanza

hija de la ausencia?

 

Ya yo sé que es frágil

la naturaleza

y que su constancia

sola es no tenerla.

 

Sé que la mudanza

por puntos, en ella

es de su ser propio

caduca dolencia.

 

Pero también sé

que ha habido firmeza,

que ha habido excepciones

de la común regla.

 

¿Pues por qué la suya

quieres tú que sea,

siendo ambas posibles,

de aquélla, y no de ésta?

 

Mas ¡ay! que ya escucho

que das por respuesta

que son más seguras

las cosas adversas.

 

Con estos temores

en confusa guerra,

entre muerte y vida

me tienes suspensa.

 

Ven a algún partido

de una vez y acepta

permitir que viva

o dejar que muera.

 

Engrandece el hecho de Lucrecia

¡Oh, famosa Lucrecia, gentil dama,

de cuyo ensangrentado noble pecho

salió la sangre que extinguió a despecho

del rey injusto la lasciva llama!

 

¡Oh, con cuánta razón el mundo aclama

tu virtud, pues por premio de tal hecho

aún es para tus sienes cerco estrecho

la amplísima corona de tu fama!

 

Pero si el modo de tu fin violento

puedes borrar del tiempo y sus anales,

quita la punta del puñal sangriento

 

con que pusiste fin a tantos males;

que es mengua de tu honrado sentimiento

decir que te ayudaste de puñales.

 

Enseña cómo un solo empleo en amar es razón y conveniencia

Fabio, en el ser de todos adoradas

son todas las beldades ambiciosas,

porque tienen las aras por ociosas

si no las ven de víctimas colmadas.

 

Y así, sí de uno solo son amadas,

viven de la fortuna querellosas;

porque piensan que más que ser hermosas

constituyen deidad al ser rogadas.

 

Mas yo soy en aquesto tan medida,

que en viendo a muchos mi atención zozobra

y sólo quiero ser correspondido.

 

de aquel que de mi amor réditos cobra;

porque es la sal del gusto al ser querido:

que daña lo que falta y lo que sobra.

 

Enseña modo con que la Hermosura, solicitada de amor importuno, pueda quedarse fuera de él, con entereza tan cortés que haga bienquisto hasta el mismo desaire

Dos dudas en que escoger

tengo y no sé a cuál prefiera,

pues vos sentís que no quiera

y yo sintiera querer.

 

Con que si a cualquier lado

quiero inclinarme, es forzoso,

 

quedando el uno gustoso,

que otro quede disgustado.

 

Si daros gusto me ordena

la obligación, es injusto

que por daros a vos gusto

haya yo de tener pena.

 

Y no juzgo que habrá quien

apruebe sentencia tal

como que me trate mal

por trataros a vos bien.

 

Mas por otra parte siento

que es también mucho rigor

que lo que os debo en amor

pague en aborrecimiento.

 

Y aun irracional parece

este rigor, pues se infiere,

si aborrezco a quien me quiere,

¿qué haré con quien aborrezco?

 

No sé cómo despacharos,

pues hallo al determinarme

que amaros es disgustarme

y no amaros disgustaros.

 

Pero dar un medio justo

en estas dudas pretendo,

pues no queriendo os ofendo

y queriéndoos me disgusto.

 

Y sea ésta la sentencia,

porque no os podáis quejar:

que entre aborrecer y amar

se parta la diferencia.

 

De modo que entre el rigor

y el llegar a querer bien

ni vos encontréis desdén

ni yo pueda hallar amor.

 

Esto el discurso aconseja,

pues con esta conveniencia

ni yo quedo con violencia

ni vos partís con queja.

 

Y que estaremos infiero

gustosos con lo que ofrezco,

vos, de ver que no aborrezco,

yo, de saber que no quiero.

 

Sólo este medio es bastante

a ajustarnos, si os contenta:

que vos me logréis atenta

sin que yo pase a lo amante.

 

Y así quedo, en mi entender,

esta vez bien con los dos:

con agradecer, con vos;

conmigo, con no querer.

 

Que aunque a nadie llegue a darse

en esto gusto cumplido

ver que es igual el partido

servirá de resignarse.

 

Escoge antes el morir que exponerse a los ultrajes de la vejez

Miró Celia una rosa que en el prado

ostentaba feliz la pompa vana

y con afeites de carmín y grana

bañaba alegre el rostro delicado;

 

y dijo: Goza, sin temor del hado,

el curso breve de tu edad lozana,

pues no podrá la muerte de mañana

quitarte lo que hubieres hoy gozado.

 

Y aunque llega la muerte presurosa

y tu fragante vida se te aleja,

no sientas el morir tan bella y moza;

 

mira que la experiencia te aconseja

que es fortuna morirte siendo hermosa

y no ver el ultraje de ser vieja.

 

Esmera su respetuoso amor, habla con el retrato, y no calla con él, dos veces dueño

Copia divina en quien veo

desvanecido al pincel,

de ver que ha llegado él

donde no pudo el deseo;

alto, soberano empleo

de más que humano talento,

exenta de atrevimiento,

pues tu beldad increíble,

como excede a lo posible,

no la alcanza el pensamiento.

 

¿Qué pincel tan soberano

fue a copiarte suficiente?

¿Qué numen movió la mente?

¿Qué virtud rigió la mano?

No se alabe el arte vano

que te formó peregrino,

pues en tu beldad convino,

para formar un portento,

fuese humano el instrumento

pero el impulso divino.

 

Tan espíritu te admiro,

que cuando deidad te creo

hallo el alma que no veo

y dudo el cuerpo que miro:

todo el discurso retiro,

admirada en tu beldad;

que muestra con realidad,

dejando el sentido en calma,

que puede copiarse el alma,

que es visible la deidad.

 

Mirando perfección tal,

cual la que en ti llego a ver,

apenas puedo creer

que puedes tener igual:

y a no haber original

de cuya perfección rara

la que hay en ti se copiara

perdida por tu afición

segundo Pigmalión

la animación te impetrara.

 

Toco, por ver si escondido

lo viviente en ti parece.

¿Posible es que de él carece

quien roba todo el sentido?

¿Posible es que no ha sentido

esta mano que le toca?

¿Y a que atiendas te provoca

a mis rendidos despojos?

¿Que no hay luz en esos ojos?

¿Que no hay voz en esa boca?

 

Bien puedo formar querella,

cuando me dejas en calma,

de que me robas el alma

y no te animas con ella;

y cuando altivo atropella

tu rigor mi rendimiento,

apurando el sufrimiento

tanto tu piedad se aleja,

que se me pierde la queja

y se me logra el tormento.

 

Tal vez pienso que piadoso

respondes a mi afición,

y otras teme el corazón

que te esquivas desdeñoso:

ya alienta el pecho dichoso,

ya infeliz el rigor muere;

pero, como quiera, adquiere

la dicha de poseer,

porque al fin en mi poder

serás lo que yo quisiere.

 

Y aunque ostentes el rigor

de tu original fiel,

a mí me ha dado el pincel

lo que no puede el amor:

dichosa vivo al favor

que me ofrece un bronce frío,

pues aunque muestres desvío,

podrás, cuando más terrible,

decir que eres imposible,

pero no que no eres mío.

 

Esta tarde, mi bien, cuando te hablaba…

Esta tarde, mi bien, cuando te hablaba,

como en tu rostro y tus acciones veía

que con palabras no te persuadía,

que el corazón me vieses deseaba.

 

Y Amor, que mis intentos ayudaba,

venció lo que imposible parecía,

pues entre el llanto que el dolor vertía,

el corazón deshecho destilaba.

 

Baste ya de rigores, mi bien, baste,

no te atormenten más celos tiranos,

ni el vil recelo tu quietud contraste

 

con sombras necias, con indicios vanos:

pues ya en líquido humor viste y tocaste

mi corazón deshecho entre tus manos.

 

Este amoroso tormento…

Este amoroso tormento

que en mi corazón se ve,

sé que lo siento, y no sé

la causa por que lo siento.

 

Siento una grave agonía

por lograr un devaneo

que empieza como deseo

y para en melancolía.

 

Y cuando con más terneza

mi infeliz estado lloro,

sé que estoy triste e ignoro

la causa de mi tristeza.

 

Siento un anhelo tirano

por la ocasión a que aspiro

y cuando cerca la miro

yo misma aparto la mano.

 

Porque si acaso se ofrece

después de tanto desvelo,

la desazona el recelo

o el susto la desvanece.

 

Y si alguna vez sin susto

consigo tal posesión,

cualquiera leve ocasión

me malogra todo el gusto.

 

Siento mal del mismo bien

con receloso temor,

y me obliga el mismo amor

tal vez a mostrar desdén.

 

Cualquier leve ocasión labra

en mi pecho de manera

que el que imposibles venciera

se irrita de una palabra.

 

Con poca causa ofendida

suelo en mitad de mi amor

negar un leve favor

a quien le diera la vida.

 

Ya sufrida, ya irritada,

con contrarias penas lucho,

que por él sufriré mucho

y con él sufriré nada.

 

No sé en qué lógica cabe

el que tal cuestión se pruebe,

que por él lo grave es leve

y con él lo leve es grave.

 

Sin bastantes fundamentos

forman mis tristes cuidados,

de conceptos engañados,

un monte de sentimientos.

 

Y en aquel fiero conjunto

hallo, cuando se derriba,

que aquella máquina altiva

sólo estribaba en un punto.

 

Tal vez el dolor me engaña,

y presumo sin razón

que no habrá satisfacción

que pueda templar mi saña.

 

Y cuando a averiguar llego

el agravio por que riño,

es como espanto de niño

que para en burlas y juego.

 

Y aunque el desengaño toco,

con la misma pena lucho

de ver que padezco mucho

padeciendo por tan poco.

 

A vengarse se abalanza

tal vez el alma ofendida

y después arrepentida

toma de mí otra venganza.

 

Y si al desdén satisfago

es con tan ambiguo error

que yo pienso que es rigor

y se remata en halago.

 

Hasta el labio desatento

suele equívoco tal vez,

por usar de la altivez,

encontrar el rendimiento.

 

Cuando por soñada culpa

con más enojo me incito,

yo le acrimino el delito

y le busco la disculpa.

 

No huyo el mal ni busco el bien,

porque en mi confuso error

ni me asegura el amor

ni me despecha el desdén.

 

En mi ciego devaneo,

bien hallada con mi engaño,

solicito el desengaño

y no encontrarlo deseo.

 

Si alguno mis quejas oye,

más a decirlas me obliga,

porque me las contradiga,

que no porque las apoye.

 

Porque si con la pasión

algo contra mi amor digo,

es mi mayor enemigo

quien me concede razón.

 

Y si acaso en mi provecho

hallo la razón propicia,

me embaraza la injusticia

y ando cediendo el derecho.

 

Nunca hallo gusto cumplido,

porque entre alivio y dolor

hallo culpa en el amor

y disculpa en el olvido.

 

Esto de mi pena dura

es algo del dolor fiero

y mucho más no refiero

porque pasa de locura.

 

Si acaso me contradigo

en este confuso error,

aquel que tuviese amor

entenderá lo que digo.

 

Este que ves, engaño colorido…

Este que ves, engaño colorido,

que, del arte ostentando los primores,

con falsos silogismos de colores

es cauteloso engaño del sentido;

 

éste, en quien la lisonja ha pretendido

excusar de los años los horrores,

y venciendo del tiempo los rigores

triunfar de la vejez y del olvido,

 

es un vano artificio del cuidado,

es una flor al viento delicada,

es un resguardo inútil para el hado:

 

es una necia diligencia errada,

es un afán caduco y, bien mirado,

es cadáver, es polvo, es sombra, es nada.

 

Exhorta a conocer los bienes frágiles

En vano tu canto suena

pues no advierte en su desdicha

que será el fin de tu dicha

el principio de tu pena.

El loco orgullo refrena,

de que tan ufano estás,

sin advertir, cuando das

cuenta al aire de tus bienes,

que si ahora dichas tienes

presto celos llorarás.

 

En lo dulce de tu canto,

el justo temor te avisa

que en un amante no hay risa

que no se alterne con llanto.

No te desvanezca tanto

el favor, que te hallarás

burlado y conocerás

cuánto es necio un confiado;

que si hoy blasonas de amado

presto celos llorarás.

 

Advierte que el mismo estado

que al amante venturoso

le constituye dichoso,

le amenaza desdichado;

pues le da tan alto grado

por derribarle no más:

y así tú, que ahora estás

en tal altura, no ignores

que si hoy ostentas favores

presto celos llorarás.

 

La gloria más levantada

que amor a tu dicha ordena

contémplala como ajena

y tenla como prestada.

No tu ambición engañada

piense que eterno serás

en las dichas pues verás

que hay áspid entre las flores

y que si hoy cantas favores

presto celos llorarás.

 

Expresa el sentimiento que padece una mujer amante de su marido muerto

A estos peñascos rudos,

mudos testigos del dolor que siento,

que sólo siendo mudos

pudiera yo fiarles mi tormento,

si acaso de mis penas lo terrible

no infunde lengua y voz en lo insensible,

 

quiero contar mis males,

si es que yo sé los males de que muero;

pues son mis penas tales,

que si contarlas por alivio quiero,

le son, una con otra atropellada,

dogal a la garganta, al pecho espada.

 

No envidio dicha ajena,

que el mal eterno que en mi pecho lidia

hace incapaz mi pena

de que pueda tener tan alta envidia:

es tan mísero estado en el que peno,

que como dicha envidio el mal ajeno:

 

No pienso yo si hay glorias,

porque estoy de pensarlo tan distante,

que aun las dulces memorias

de mi pasado bien, tan ignorante

las mira de mi mal el desengaño,

que ignoro si fue bien y sé que es daño.

 

Estense allá en su esfera

los dichosos, que es cosa en mi sentido

tan remota, tan fuera

de mi imaginación, que sólo mido,

entre lo que padecen los mortales,

lo que distan sus males de mis males.

 

¡Quién tan dichoso fuera

que de un agravio indigno se quejara!

¡Quién un desdén llorara!

¡Quién un alto imposible pretendiera!

¡Quién llegara, de ausencia o de mudanza,

casi a perder de vista la esperanza!

 

¡Quién en ajenos brazos

viera a su dueño, y con dolor rabioso

se arrancara a pedazos

del pecho ardiente el corazón celoso!

Pues fuera menor mal que mis desvelos

el infierno insufrible de los celos.

 

Pues todos esos males

tienen consuelo o tienen esperanza;

y los más son iguales,

solicitan o animan la venganza,

y sólo de mi fiero mal se aleja

la esperanza, venganza, alivio y queja.

 

Porque ¿a quién sino al cielo,

que me robó mi dulce prenda amada,

podrá mi desconsuelo

dar sacrílega queja destemplada?

Y él con sordas, rectísimas orejas,

a cuenta de blasfemias pondrá quejas.

 

Ni Fabio fue grosero,

ni ingrato, ni traidor, antes amante,

con pecho verdadero:

nadie fue más leal ni más constante;

nadie más fino supo en sus acciones

finezas añadir a obligaciones.

 

Sólo el cielo envidioso

mi esposo me quitó: la Parca dura,

con ceño riguroso,

 

fue sólo autor de tanta desventura.

¡Oh cielo riguroso! ¡Oh triste suerte,

que tantas muertes das con una muerte!

 

¡Ay, dulce esposo amado!

¿Para qué te vi yo? ¿Por qué te quise,

y por qué tu cuidado

me hizo con las venturas infelice?

¡Oh dicha fementida y lisonjera,

quién tus amargos fines conociera!

 

¿Qué vida es ésta mía,

que rebelde resiste a dolor tanto?

¿Por qué, necia, porfía

y en las amargas fuentes de mi llanto,

atenuada, no acaba de extinguirse,

si no puede en mi fuego consumirse?

 

Fabio, en el ser de todos adoradas…

Fabio, en el ser de todos adoradas

son todas las beldades ambiciosas,

porque tienen las aras por ociosas

si no las ven de víctimas colmadas.

 

Y así, sí de uno solo son amadas,

viven de la fortuna querellosas;

porque piensan que más que ser hermosas

constituyen deidad al ser rogadas.

 

Mas yo soy en aquesto tan medida,

que en viendo a muchos mi atención zozobra

y sólo quiero ser correspondido.

 

de aquel que de mi amor réditos cobra;

porque es la sal del gusto al ser querido:

que daña lo que falta y lo que sobra.

 

Feliciano me adora y le aborrezco…

Feliciano me adora y le aborrezco;

Lisardo me aborrece y yo le adoro;

por quien no me apetece ingrato, lloro,

y al que me llora tierno, no apetezco:

 

a quien más me desdora, el alma ofrezco;

a quien me ofrece víctimas, desdoro;

desprecio al que enriquece mi decoro

y al que le hace desprecios enriquezco;

 

si con mi ofensa al uno reconvengo,

me reconviene el otro a mí ofendido

y al padecer de todos modos vengo;

 

pues ambos atormentan mi sentido:

aquéste con pedir lo que no tengo

y aquél con no tener lo que le pido.

 

Finjamos que soy feliz…

Finjamos que soy feliz,

triste pensamiento, un rato;

quizá podréis persuadirme,

aunque yo sé lo contrario.

 

Que pues sólo en la aprehensión

dicen que estriban los daños,

si os imagináis dichoso

no seréis tan desdichado.

 

Sírvame el entendimiento

alguna vez de descanso

y no siempre esté el ingenio

con el provecho encontrado.

 

Todo el mundo es opiniones,

de pareceres tan varios,

que lo que el uno, que es negro,

el otro prueba que es blanco.

 

A uno sirve de atractivo

lo que otro concibe enfado,

y lo que éste por alivio

aquél tiene por trabajo.

 

El que está triste censura

al alegre de liviano

y el que está alegre se burla

de ver al triste penando.

 

Los dos filósofos griegos

bien esta verdad probaron;

pues lo que en el uno risa,

causaba en el otro llanto.

 

Célebre su oposición

ha sido por siglos tantos,

sin que cuál acertó esté

hasta ahora averiguado.

 

Antes, en sus dos banderas

el mundo todo alistado,

conforme el humor le dicta

sigue cada cual el bando.

 

Uno dice que de risa

sólo es digno el mundo vario,

y otro que sus infortunios

son sólo para llorados.

 

Para todo se halla prueba

y razón en que fundarlo;

y no hay razón para nada,

de haber razón para tanto.

 

Todos son iguales jueces,

y siendo iguales y varios,

no hay quien pueda decidir

cuál es lo más acertado.

 

Pues si no hay quien lo sentencie

¿por qué pensáis vos, errado,

que os sometió Dios a vos

la decisión de los casos?

 

¿O por qué, contra vos mismo

severamente inhumano,

entre lo amargo y lo dulce

queréis elegir lo amargo?

 

Si es mío mi entendimiento

¿por qué siempre he de encontrarlo

tan torpe para el alivio,

tan agudo para el daño?

 

El discurso es un acero

que sirve por ambos cabos:

de dar muerte, por la punta;

por el pomo, de resguardo.

 

Si vos, sabiendo el peligro,

queréis por la punta usarlo,

¿qué culpa tiene el acero

del mal uso de la mano?

 

No es saber, saber hacer

discursos sutiles vanos;

que el saber consiste sólo

en elegir lo más sano.

 

Especular las desdichas

y examinar los presagios

sólo sirve de que el mal

crezca con anticiparlo.

 

En los trabajos futuros

la atención sutilizando

más formidable que el riesgo

suele fingir el amago.

 

¡Qué feliz es la ignorancia

del que indoctamente sabio

halla, de lo que padece,

en lo que ignora, sagrado!

 

No siempre suben seguros

vuelos del ingenio osados,

que buscan trono en el fuego

y hallan sepulcro en el llanto.

 

También es vicio el saber,

que si no se va atajando,

cuanto menos se conoce

es más nocivo el estrago.

 

Y si el vuelo no le abaten,

es sutilezas cebado,

por cuidar de lo curioso

olvida lo necesario.

 

Si culta mano no impide

crecer al árbol copado,

quitan la sustancia al fruto

la locura de los ramos.

 

Si andar a nave ligera

no estorba lastre pesado,

sirve el vuelo de que sea

el precipicio más alto.

 

En amenidad inútil

¿qué importa al florido campo,

si no halla fruto el otoño

que ostente flores el mayo?

 

¿De qué le sirve al ingenio

el producir muchos partos

si a la multitud se sigue

el malogro de abortarlos?

 

Ya esta desdicha por fuerza

ha de seguirse el fracaso

de quedar el que produce,

si no muerto, lastimado.

 

El ingenio es como el fuego,

que, con la materia ingrato,

tanto la consume más

cuando él se ostenta más claro.

 

Es de su propio señor

tan rebelado vasallo,

que convierte en sus ofensas

las armas de su resguardo.

 

Este pésimo ejercicio,

este duro afán pesado,

a los hijos de los hombres

dio Dios para ejercitarlos.

 

¿Qué loca ambición nos lleva,

de nosotros olvidados?

Si es que vivir tan poco,

¿de qué sirve saber tanto?

 

¡Oh, si como hay de saber

hubiera algún seminario

o escuela donde a ignorar

se enseñaran los trabajos!

 

¡Qué felizmente viviera

el que flojamente cauto

burlara las amenazas

del influjo de los astros!

 

Aprendamos a ignorar,

pensamiento, pues hallamos

que cuanto añado al discurso

tanto le usurpo a los años.

 

Firma Pilatos la que juzga ajena…

Firma Pilatos la que juzga ajena

sentencia, y es la suya ¡O caso fuerte!

quien creerá, que firmando ajena muerte,

el mismo juez en ella se condena.

 

La ambición de sí, tanto le enajena,

que con el vil temor ciego no advierte,

que carga sobre sí la infausta suerte,

quien al justo sentencia a injusta pena.

 

Jueces del mundo, detened la mano

aun no firméis mirad si son violencias

las que os pueden mover de odio inhumano.

 

Examinar primero las conciencias,

mirad no haga el juez recto, y soberano,

que en la ajena firméis vuestra sentencia.

 

Glosa

En vano tu canto suena

pues no advierte en su desdicha

que será el fin de tu dicha

el principio de tu pena.

El loco orgullo refrena,

de que tan ufano estás,

sin advertir, cuando das

cuenta al aire de tus bienes,

que si ahora dichas tienes

presto celos llorarás.

 

En lo dulce de tu canto,

el justo temor te avisa

que en un amante no hay risa

que no se alterne con llanto.

No te desvanezca tanto

el favor, que te hallarás

burlado y conocerás

cuánto es necio un confiado;

que si hoy blasonas de amado

presto celos llorarás.

 

Advierte que el mismo estado

que al amante venturoso

le constituye dichoso,

le amenaza desdichado;

pues le da tan alto grado

por derribarle no más:

y así tú, que ahora estás

en tal altura, no ignores

que si hoy ostentas favores

presto celos llorarás.

 

La gloria más levantada

que amor a tu dicha ordena

contémplala como ajena

y tenla como prestada.

No tu ambición engañada

piense que eterno serás

en las dichas pues verás

que hay áspid entre las flores

y que si hoy cantas favores

presto celos llorarás.

 

Habiendo muerto un toro el caballo a un caballero toreador

El que Hipogrifo de mejor Rugero,

Ave de Ganimedes, más hermoso,

Pegaso de Perseo más airoso,

de más dulce Arión, Delfín ligero

 

fue, ya sin vida yace el golpe fiero

de transformado Jove, que celoso

los rayos disimula, belicoso,

sólo en un semicírculo de acero.

 

Rindió el fogoso postrimero aliento

el veloz bruto, a impulso soberano;

pero aquel su dolor, que tuvo, siento,

 

más de afectivo y menos de inhumano:

pues fue de vergonzoso sentimiento

de ser bruto, rigiéndole tal mano.

 

Hombres necios que acusáis…

Hombres necios que acusáis

a la mujer sin razón,

sin ver que sois la ocasión

de lo mismo que culpáis.

 

Si con ansia sin igual

solicitáis su desdén,

¿por qué queréis que obren bien

si las incitáis al mal?

 

Combatís su resistencia

y luego con gravedad

decís que fue liviandad

lo que hizo la diligencia.

 

Parecer quiere el denuedo

de vuestro parecer loco

al niño que pone el coco

y luego le tiene miedo.

 

Queréis con presunción necia

hallar a la que buscáis,

para pretendida, Tais,

y en la posesión, Lucrecia.

 

¿Qué humor puede ser más raro

que el que, falto de consejo,

él mismo empaña el espejo

y siente que no esté claro?

 

Con el favor y el desdén

tenéis condición igual,

quejándoos, si os tratan mal,

burlándoos, si os quieren bien.

 

Opinión ninguna gana,

pues la que más se recata,

si no os admite, es ingrata,

y si os admite, es liviana.

 

Siempre tan necios andáis

que con desigual nivel

a una culpáis por cruel

y a otra por fácil culpáis.

 

¿Pues cómo ha de estar templada

la que vuestro amor pretende,

si la que es ingrata ofende

y la que es fácil enfada?

 

Mas entre el enfado y pena

que vuestro gusto refiere,

bien haya la que no os quiere

y queja enhorabuena.

 

Dan vuestras amantes penas

a sus libertades alas

y después de hacerlas malas

las queréis hallar muy buenas.

 

¿Cuál mayor culpa ha tenido

en una pasión errada:

la que cae de rogada

o el que ruega de caído?

 

¿O cuál es más de culpar,

aunque cualquiera mal haga:

la que peca por la paga

o el que paga por pecar?

 

¿Pues para qué os espantáis

de la culpa que tenéis?

Queredlas cual las hacéis

o hacedlas cual las buscáis.

 

Dejad de solicitar

y después con más razón

acusaréis la afición

de la que os fuere a rogar.

 

Bien con muchas armas fundo

que lidia vuestra arrogancia,

pues en promesa e instancia

juntáis diablo, carne y mundo.

 

Inés, cuando te riñen por bellaca

Inés, cuando te riñen por Bellaca,

para disculpas, no te falta Achaque

porque dices, que traque, y que Barraque

con que sabes muy bien tapar la Caca.

 

Si coges la palabra, no hay Urraca,

que así la gorja de mal año Saques

y con tronidos, más que un triqui Traque,

a todo el Mundo aturdes, cual Matraca.

 

Este bullicio todo lo Trabuca,

este embeleco todo lo Embeleca,

más, aunque eres (Inés) tan mala Cuca,

 

sabe mi amor muy bien lo que se Peca,

y así con tu afición no se Embabuca,

aunque eres Zancarrón, y yo de Meca.

 

Inés, yo con tu amor me Regocilo

Inés, yo con tu amor me Regocilo,

y viéndome querer, me Regodeo,

en mirar una Hermosura me Recreo,

y, cuando está celosa me Reguilo.

 

Si a otro miras, de celos me Aniquilo,

y tiemblo de tu Gracia, y tu Meneo,

porque sé (Inés) que tú con un voleo,

no dejarás humor, ni aun para Quilo.

 

Cuando estás enojada no Resuello,

cuando me das picones me Refino,

cuando sales de casa no Reposo,

 

Y espero (Inés) que entre esto, y entre

tu Amor acompañado de mi Bino,

de contigo en la cama, o en el Coso.

 

Intenta de Tarquino el artificio…

Intenta de Tarquino el artificio

a tu pecho, Lucrecia, dar batalla;

ya amante llora, ya modesto calla;

ya ofrece toda el alma en sacrificio.

 

Y cuando piensa ya que más propicio

tu pecho a tanto imperio se avasalla,

el premio, como Sísifo, que halla,

es empezar de nuevo el ejercicio.

 

Arde furioso y la amorosa tema

crece en la resistencia de tu honda,

con tanta privación más obstinada.

 

¡Oh providencia de deidad suprema:

tu honestidad motiva tu deshonra

y tu deshonra te eterniza honrada!

 

Jocoso, a la rosa

Señora doña Rosa, hermosa amago

de cuantas flores miran Sol y Luna:

¿cómo, si es dama ya, se está en la cuna,

y si es divina, teme humano estrago?

 

¿Cómo, expuesta del cierzo al rigor vago,

teme humilde el desdén de la fortuna,

mendigando alimentos, importuna,

del turbio humor de un cenagoso lago?

 

Bien sé que ha de decirte que el respeto

le pierdo con mi mal limada prosa.

Pues a fe que me he visto en harto aprieto;

 

y advierta vuesarced, señora Rosa,

que le escribo, no más, este soneto

porque todo poeta aquí se roza.

 

La compuesta de flores maravilla…

La compuesta de flores maravilla,

divina protectora americana,

que a ser se pasa rosa mexicana

apareciendo rosa de Castilla;

 

la que, en vez del dragón (de quien humilla

cerviz rebelde en Pathmos) huella ufana

hasta aquí inteligencia soberana

de su pura grandeza, pura silla;

 

ya el cielo, que la copia misterioso,

segunda vez sus señas celestiales

en guarismo de flores claro suma;

 

pues no menos le dan traslado hermoso

las flores de tus versos sin iguales,

la maravilla de tu culta pluma.

 

La heroica esposa de Pompeyo, altiva…

La heroica esposa de Pompeyo, altiva,

al ver su vestidura en sangre roja,

con generosa cólera se enoja

de sospecharlo muerto y estar viva.

 

Rinde la vida en que el sosiego estriba

de esposo y padre, y con mortal congoja,

la concebida sucesión arroja,

y de la paz con ella a Roma priva.

 

Si el infeliz concepto que tenía

en las entrañas Julia, no abortara,

la muerte de Pompeyo excusaría.

 

¡Qué tirana fortuna! ¡Quién pensara,

que con el mismo amor que la temía,

con ese mismo amor se la causara!

 

La mexicana musa, hija eminente

La Mexicana Musa, Hija eminente

de Apolo, y que las Nueve aun más divina,

porque fuese del Sol la Benjamina,

le nació en la vejez de su Poniente.

 

¡Qué sutil, si discurre! ¡Qué elocuente,

si razona! ¡Si habla, qué ladina!

Y si canta de amor, cuerda es tan fina,

que no se oye rozado en lo indecente.

 

Única poetisa, ese talento

(que no le desperdicias, que le empleas)

aun le envidia mi amor, que es lince a tiento.

 

¡O enhorabuena Peregrina seas,

por si vago tal vez mi pensamiento,

se encontrase contigo en sus ideas.

 

Lamenta con todos la muerte de la Señora Marquesa de Mancera

Mueran contigo, Laura, pues moriste,

los afectos, que en vano te desean,

los ojos, a quien privas, de que vean

la hermosa luz, que a un tiempo concediste.

 

Muera mi Lira infausta, en que influiste

ecos, que lamentables te vocean,

y, hasta estos rasgos mal formados, sean

lágrimas negras de mi pluma triste.

 

Muévase a compasión la misma muerte,

que precisa no pudo perdonarte,

y lamentó el amor su amarga suerte.

 

Pues si antes, ambicioso de gozarte,

deseó tener ojos para verte

ya le sirvieran sólo de llorarte.

 

Lámina sirva el cielo al retrato…

Lámina sirva el cielo al retrato,

Lísida, de su angélica forma;

cálamos forme el sol de sus luces,

sílabas las estrellas componga.

 

Cárceles tu madeja fabrica,

dédalo que sutilmente forma

vínculos de dorados Ofires,

Tíbares de prisiones gustosas.

 

Hécate, no triforme, mas llena,

pródiga de candores asoma,

trémula no en tu frente se oculta,

fúlgida su esplendor desemboza.

 

Círculo dividido en dos arcos,

pérsica forman lid belicosa:

áspides que por flechas disparas,

víboras de halagüeña ponzoña.

 

Lámparas, tus dos ojos, febeas,

súbitos resplandores arrojan;

pólvora que a las almas que llega

tórridas abrasadas transforma.

 

Límite de una y otra luz pura,

último, tu nariz judiciosa,

árbitro es, entre dos, confinantes,

máquina que divide una y otra.

 

Cátedras del abril tus mejillas,

clásicas dan a mayo estudiosas

métodos a jazmines nevados,

fórmula rubicunda a las rosas.

 

Lágrimas del aurora congela,

búcaro de fragancia tu boca,

rúbrica con jazmines escrita,

cláusula de coral y de aljófar.

 

Cóncavo es, breve pira, en la barba,

pórfido en que las almas reposan;

túmulo les eriges de luces,

bóveda de luceros las honra.

 

Tránsito a los jardines de Venus,

órgano es de marfil, en canora

música tu garganta, que en dulces

éxtasis aun al viento aprisiona.

 

Pámpanos de cristal y de nieve,

cándidos tus dos brazos provocan,

Tántalos, los deseos ayunos,

míseros sienten frutas y ondas.

 

Dátiles de alabastro tus dedos,

fértiles de sus dos palmas brotan;

frígidos, si los ojos los miran;

cálidos, si las almas los tocan.

 

Bósforo de estrechez, tu cintura,

cíngulo ciñe breve por zona;

rígida (si de seda) clausura,

músculos nos oculta ambiciosa.

 

Cúmulo de primores tu talle,

dóricas esculturas asombra,

jónicos lineamientos desprecia,

émula su labor de sí propia.

 

Móviles pequeñeces tus plantas,

sólidos pavimentos ignoran;

mágicos, que a los vientos que pisan

tósigos de beldad inficionan.

 

Plátano, tu gentil estatura,

flámula es que a los aires tremola;

ágiles movimientos que esparcen

bálsamo de fragantes aromas.

 

Índices de tu rara hermosura,

rústicas estas líneas son cortas;

Cítara solamente de Apolo

méritos cante tuyos sonora.

 

Lira I

A estos peñascos rudos,

mudos testigos del dolor que siento,

que sólo siendo mudos

pudiera yo fiarles mi tormento,

si acaso de mis penas lo terrible

no infunde lengua y voz en lo insensible,

 

quiero contar mis males,

si es que yo sé los males de que muero;

pues son mis penas tales,

que si contarlas por alivio quiero,

le son, una con otra atropellada,

dogal a la garganta, al pecho espada.

 

No envidio dicha ajena,

que el mal eterno que en mi pecho lidia

hace incapaz mi pena

de que pueda tener tan alta envidia:

es tan mísero estado en el que peno,

que como dicha envidio el mal ajeno:

 

No pienso yo si hay glorias,

porque estoy de pensarlo tan distante,

que aun las dulces memorias

de mi pasado bien, tan ignorante

las mira de mi mal el desengaño,

que ignoro si fue bien y sé que es daño.

 

Estense allá en su esfera

los dichosos, que es cosa en mi sentido

tan remota, tan fuera

de mi imaginación, que sólo mido,

entre lo que padecen los mortales,

lo que distan sus males de mis males.

 

¡Quién tan dichoso fuera

que de un agravio indigno se quejara!

¡Quién un desdén llorara!

¡Quién un alto imposible pretendiera!

¡Quién llegara, de ausencia o de mudanza,

casi a perder de vista la esperanza!

 

¡Quién en ajenos brazos

viera a su dueño, y con dolor rabioso

se arrancara a pedazos

del pecho ardiente el corazón celoso!

Pues fuera menor mal que mis desvelos

el infierno insufrible de los celos.

 

Pues todos esos males

tienen consuelo o tienen esperanza;

y los más son iguales,

solicitan o animan la venganza,

y sólo de mi fiero mal se aleja

la esperanza, venganza, alivio y queja.

 

Porque ¿a quién sino al cielo,

que me robó mi dulce prenda amada,

podrá mi desconsuelo

dar sacrílega queja destemplada?

Y él con sordas, rectísimas orejas,

a cuenta de blasfemias pondrá quejas.

 

Ni Fabio fue grosero,

ni ingrato, ni traidor, antes amante,

con pecho verdadero:

nadie fue más leal ni más constante;

nadie más fino supo en sus acciones

finezas añadir a obligaciones.

 

Sólo el cielo envidioso

mi esposo me quitó: la Parca dura,

con ceño riguroso,

 

fue sólo autor de tanta desventura.

¡Oh cielo riguroso! ¡Oh triste suerte,

que tantas muertes das con una muerte!

 

¡Ay, dulce esposo amado!

¿Para qué te vi yo? ¿Por qué te quise,

y por qué tu cuidado

me hizo con las venturas infelice?

¡Oh dicha fementida y lisonjera,

quién tus amargos fines conociera!

 

¿Qué vida es ésta mía,

que rebelde resiste a dolor tanto?

¿Por qué, necia, porfía

y en las amargas fuentes de mi llanto,

atenuada, no acaba de extinguirse,

si no puede en mi fuego consumirse?

 

Lira II

Amado dueño mío:

escucha un rato mis cansadas quejas,

pues del viento las fío

que breve las conduzca a tus orejas,

si no se desvanece el triste acento

como mi esperanza en el viento.

 

Óyeme con los ojos,

ya que están tan distantes los oídos

y de ausentes enojos

en ecos de mi pluma mis gemidos;

y ya que a ti no llega mi voz ruda,

óyeme sordo, pues me quejo muda.

 

Si del campo te agradas,

goza de sus frescuras venturosas,

sin que aquestas cansadas

lágrimas te detengan enfadosas;

que en él verás, si atento te entretienes,

ejemplo de mis males y mis bienes,

 

Si el arroyo parlero

ves galán de las flores en el prado,

que amante y lisonjero

a cuantas mira íntima su cuidado,

en su corriente mi dolor te avisa

que a costa de mi llanto tienes risa.

 

Si ves que triste llora

su esperanza marchita en ramo verde

tórtola gemidora,

en él y en ella mi dolor te acuerde

que imitan con verdor y con lamento

él a mi esperanza y ella mi tormento.

 

Si la flor delicada,

si la peña, que altiva no consiente

del tiempo ser hollada,

ambas me imitaban, aunque variamente,

ya con fragilidad, ya con dulzura,

mi dicha aquélla, y ésta mi firmeza.

 

Si ves el ciervo herido

que baja por el monte acelerado,

buscando, dolorido,

alivio al mal en un arroyo helado,

y sediento al cristal se precipita,

no en el alivio, en el dolor me imita.

 

Si la liebre encogida

huye medrosa de los galgos fieros,

y por salvar la vida

no deja estampa de los pies ligeros,

tal mi esperanza en dudas y recelos

se ve acusada de villanos celos.

 

Si ves el cielo claro,

tal es la sencillez del alma mía;

y si, de luz avaro,

de tinieblas emboza el claro día,

es con su oscuridad y su clemencia

imagen de mi vida en esta ausencia.

 

Así que, Fabio amado,

saber puedes mis males sin costarte

la noticia cuidado,

pues puedes de los campos informarte,

y pues yo a todo mi dolor ajusto,

saber mi pena sin dejar tu gusto.

 

Mas ¿cuándo (¡ay, gloria mía!)

mereceré gozar tu luz serena?

¿Cuándo llegará el día

que pongas dulce fin a tanta pena?

¿Cuándo veré tus ojos, dulce encanto,

y de los míos quitarás el llanto?

 

¿Cuándo tu voz sonora

herirá mis oídos, delicada,

y el alma que te adora,

de inundación de gozos anegada,

a recibirte con amante prisa

saldrá a los ojos desatada en risa?

 

¿Cuándo tu luz hermosa

revestirá de glorias mis sentidos?

¿Y cuándo yo dichosa

mis suspiros daré por bien perdidos,

teniendo en poco el precio de mi llanto?

¡Que tanto ha de penar quien goza tanto!

 

¿Cuándo de tu apacible

rostro alegre veré el semblante afable

y aquel bien indecible,

a toda humana pluma inexplicable?

Que mal se ceñirá a lo definido

lo que no cabe en todo lo sentido.

 

Ven, pues, mi prenda amada,

que ya fallece mi cansada vida

de esta ausencia pesada;

ven, pues, que mientras tarda tu venida,

aunque me cueste su verdor enojos,

regaré mi esperanza con mis ojos.

 

Mandas, Anarda, que sin llanto asista…

Mandas, Anarda, que sin llanto asista

a ver tus ojos, de lo cual sospecho,

que el ignorar la causa, es quien te ha hecho

querer, que emprenda yo tanta conquista.

 

Amor, Señora, sin que me resista,

que tiene en fuego el corazón deshecho,

como hace huir la sangre allá en el pecho,

vaporiza en ardores por la vista.

 

Buscan luego mis ojos tu presencia,

que centro juzga de su dulce encanto,

y cuando mi atención te reverencia.

 

Los virtuales rayos entretanto,

como hallan en tu nieve resistencia,

lo que salió vapor, se vuelve llanto.

 

Máquinas primas de su ingenio agudo…

Máquinas primas de su ingenio agudo

A Arquímedes, artífice famoso,

Raro nombre dieron de ingenioso;

¡Tanto el afán y tanto el arte pudo!

 

Invención rara, que en el mármol rudo

No sin arte grabó, maravilloso,

De su mano, su nombre prodigioso,

Entretejido en flores el escudo.

 

¡Oh! Así permita el Cielo que se entregue

Lince tal mi atención en imitarte,

I en el mar de la ciencia así se anegue

 

Vajel, que -al discurrir por alcanzarte-

Alcance que el que a ver la hechura llegue,

Sepa tu nombre del primor del Arte.

 

Mas ya el dolor me vence. Ya, ya llego…

Mas ya el dolor me vence. Ya, ya llego,

al término fatal por mi querida:

que es poca la materia de una vida

para la forma de tan grande fuego.

 

Ya licencia a la muerte doy: ya entrego

el alma, a que del cuerpo la divida,

aunque en ella y en él quedará asida

mi deidad, que las vuelva a reunir luego.

 

Sed tengo: que el amor me ha abrasado

aun con todo el dolor que padeciendo

estoy, mi corazón aún no saciado.

 

¡Padre! ¿Por qué en un trance tan tremendo

me desamparas? Ya está consumado.

¡En tus manos mi espíritu encomiendo!

 

Me acerco y me retiro…

Me acerco y me retiro:

¿quién sino yo hallar puedo

a la ausencia en los ojos

la presencia en lo lejos?

 

Del desprecio de Filis

infelice me ausento:

¡ay de aquel de quien es

aún perdida el desprecio!

 

Tan atento la adora,

que en el mal que padezco

no siento sus rigores

tanto como el perderlos.

 

No pierdo al partir sólo

los bienes que poseo,

si en Filis, que no es mía,

pierdo lo que no pierdo.

 

¡Ay de quien un desdén

lograba tan atento

que por no ser dolor

no se atrevió a ser premio!

 

Pues viendo en mi destino

preciso mi destierro,

me desdeñaba más

porque perdiera menos.

 

¡Ay! ¿Quién te enseñó, Filis,

tan primoroso medio:

vedar a los desdenes

el traje del afecto?

 

A vivir ignorado

de tus luces me ausento,

donde ni aun mi mal sirva

a tu desdén de obsequio.

 

Mientras la gracia me excita…

Mientras la gracia me excita

por elevarme a la esfera,

mas me abate a lo profundo

el peso de mis miserias.

 

La virtud y la costumbre

en el corazón pelean

y el corazón agoniza

en tanto que lidian ellas.

 

Y aunque es la virtud tan fuerte

temo que tal vez la venzan,

que es muy grande la costumbre

y está la virtud muy tierna.

 

Oscurécese el discurso

entre confusas tinieblas;

pues ¿quién podrá darme luz,

si está la razón a ciegas?

 

De mí misma soy verdugo

y soy cárcel de mí mesma:

¿quién vio que pena y penante

una propia cosa sean?

 

Hago disgusto a lo mismo

que más agradar quisiera,

y el disgusto que doy

en mí resulta la pena.

 

Amo a Dios y siento en Dios,

y hace mi voluntad mesma

de lo que es alivio, cruz,

del mismo puerto, tormenta.

 

Padezca, pues Dios lo manda;

mas de tal manera sea,

que si son penas las culpas

que no sean culpas las penas.

 

Mirando perfección tal

Mirando perfección tal,

cual la que en ti llegó a ver,

apenas puedo creer

que puedes tener igual:

y a no haber original

de cuya perfección rara

la que hay en ti se copiara

perdida por tu afición

segundo Pigmalión

la animación te impetrara.

 

Miró Celia una rosa que en el prado…

Miró Celia una rosa que en el prado

ostentaba feliz la pompa vana

y con afeites de carmín y grana

bañaba alegre el rostro delicado;

 

y dijo: Goza, sin temor del hado,

el curso breve de tu edad lozana,

pues no podrá la muerte de mañana

quitarte lo que hubieres hoy gozado.

 

Y aunque llega la muerte presurosa

y tu fragante vida se te aleja,

no sientas el morir tan bella y moza;

 

mira que la experiencia te aconseja

que es fortuna morirte siendo hermosa

y no ver el ultraje de ser vieja.

 

Moriste duque excelso, en fin moriste…

Moriste duque excelso, en fin moriste,

Sol de Veragua claro, y refulgente,

que apenas ilustrabas el Oriente,

cuando en fatal Ocaso te pusiste.

 

Tú que por tantas veces te ceñiste,

al desdén vencedor del Sol ardiente,

apareciste exhalación luciente,

llegaste aplauso, ejemplo feneciste.

 

Moriste en fin, pero mostraste osado

el valor de tu pecho no vencido,

de la propia Nación tan venerado.

 

De las contrarias armas tan temido,

moriste de improviso, que aun el Hado,

no osará acometerte prevenido.

 

Mueran contigo, Laura, pues moriste…

Mueran contigo, Laura, pues moriste,

los afectos, que en vano te desean,

los ojos, a quien privas, de que vean

la hermosa luz, que a un tiempo concediste.

 

Muera mi Lira infausta, en que influiste

ecos, que lamentables te vocean,

y, hasta estos rasgos mal formados, sean

lágrimas negras de mi pluma triste.

 

Muévase a compasión la misma muerte,

que precisa no pudo perdonarte,

y lamentó el amor su amarga suerte.

 

Pues si antes, ambicioso de gozarte,

deseó tener ojos para verte

ya le sirvieran sólo de llorarte.

 

Muestra se debe escoger antes morir que exponerse a los ultrajes de la vejez

Miró Celia una rosa que en el prado

ostentaba feliz la pompa vana

y con afeites de carmín y grana

bañaba alegre el rostro delicado;

 

y dijo: Goza, sin temor del hado,

el curso breve de tu edad lozana,

pues no podrá la muerte de mañana

quitarte lo que hubieres hoy gozado.

 

Y aunque llega la muerte presurosa

y tu fragante vida se te aleja,

no sientas el morir tan bella y moza;

 

mira que la experiencia te aconseja

que es fortuna morirte siendo hermosa

y no ver el ultraje de ser vieja.

 

Muestra sentir que la baldonen por los aplausos de su habilidad

¿Tan grande, ¡ay hado!, mi delito ha sido

que por castigo de él o por tormento

no basta el que adelanta el pensamiento

sino el que le previenes al oído?

 

Tan severo en mi contra has procedido, 5

que me persuado, de tu duro intento,

a que sólo me diste entendimiento

porque fuese mi daño más crecido.

 

Dísteme aplausos para más baldones,

subir me hiciste, para penas tales; 10

y aun pienso que me dieron tus traiciones

 

penas a mi desdicha desiguales

porque viéndome rica de tus dones

nadie tuviese lástima a mis males.

 

Nace de la escarcha fresca rosa…

Nace de la escarcha fresca rosa

dulce abeja, y apenas aparece,

cuando a su regio natalicio ofrece

tutela verde, palma victoriosa.

 

Así Rosa, María, más hermosa,

concibe a Dios, y el vientre apenas crece,

cuando es, de la sospecha que padece,

el Espíritu Santo Palma umbrosa.

 

Pero cuando el tirano, por prenderlo,

tanta inocente turba herir pretende,

solo Vos, ¡oh José!, vais a esconderlo:

 

para que en Vos admire, quien lo entiende,

que Vos bastáis del mundo a defenderlo,

y que de Vos, Dios solo le defiende.

 

No es solo por antojo el haber dado…

No es solo por antojo el haber dado

en quererte, mi bien: pues no pudiera

alguno que tus prendas conociera,

negarte que mereces ser amado.

 

Y si mi entendimiento desdichado

tan incapaz de conocerte fuera,

de tan grosero error aun no pudiera

hallar disculpa en todo lo ignorado.

 

Aquella que te hubiere conocido,

o te ha de amar, o confesar los males

que padece su ingenio en lo entendido,

 

juntando dos extremos desiguales;

con que ha de confesar que eres querido,

para no dar improporciones tales.

 

No quiere pasar por olvido lo descuidado

Dices que yo te olvido, Celio, y mientes,

en decir que me acuerdo de olvidarte,

pues no hay en mi memoria alguna parte

en que, aun como olvidado, te presentes.

 

Mis pensamientos son tan diferentes

y en todo tan ajenos de tratarte,

que ni saben ni pueden olvidarte,

ni si te olvidan saben si lo sientes.

 

Si tú fueras capaz de ser querido,

fueras capaz de olvido; y ya era gloria

al menos la potencia de haber sido.

 

Mas tan lejos estás de esa victoria,

que aqueste no acordarme no es olvido

sino una negación de la memoria.

 

Nueva alabanza del hecho de Lucrecia

Intenta de Tarquino el artificio

a tu pecho, Lucrecia, dar batalla;

ya amante llora, ya modesto calla;

ya ofrece toda el alma en sacrificio.

 

Y cuando piensa ya que más propicio

tu pecho a tanto imperio se avasalla,

el premio, como Sísifo, que halla,

es empezar de nuevo el ejercicio.

 

Arde furioso y la amorosa tema

crece en la resistencia de tu honda,

con tanta privación más obstinada.

 

¡Oh providencia de deidad suprema:

tu honestidad motiva tu deshonra

y tu deshonra te eterniza honrada!

 

¡Oh cuán frágil se muestra el ser humano…

¡Oh cuán frágil se muestra el ser humano

en los últimos términos fatales,

donde sirven aromas Orientales

de culto inútil, de resguardo vano!

 

Solo a ti respetó el poder tirano,

¡oh gran Felipe! pues con las señales

que ha mostrado que todos son mortales,

te ha acreditado a ti de Soberano.

 

Conoces ser de tierra fabricado

este cuerpo, y que está con mortal guerra

el bien del alma en él aprisionado;

 

y así, subiendo al bien que el Cielo encierra,

que en la tierra no cabes has probado,

pues aun tu cuerpo dejas porque es tierra.

 

Oh, famosa Lucrecia, gentil dama…

¡Oh, famosa Lucrecia, gentil dama,

de cuyo ensangrentado noble pecho

salió la sangre que extinguió a despecho

del rey injusto la lasciva llama!

 

¡Oh, con cuánta razón el mundo aclama

tu virtud, pues por premio de tal hecho

aún es para tus sienes cerco estrecho

la amplísima corona de tu fama!

 

Pero si el modo de tu fin violento

puedes borrar del tiempo y sus anales,

quita la punta del puñal sangriento

 

con que pusiste fin a tantos males;

que es mengua de tu honrado sentimiento

decir que te ayudaste de puñales.

 

¡Oh quién, amado Anfriso, te ciñera…

¡Oh quién, amado Anfriso, te ciñera

del Mundo las coronas poderosas!

Que a coronar tus prendas generosas

el círculo del Orbe corto fuera.

 

¡Quién, para eternizarte, hacer supiera

mágicas confecciones prodigiosas,

o tuviera las hierbas milagrosas

que feliz gustó Glauco en la ribera!

 

Mas aunque no halla medio mi cuidado

para que goces de inmortal la palma,

otro más propio mi cariño ha hallado

 

que el curso de tu vida tenga en calma;

pues juzgo que es el más proporcionado

de alargar una vida, dar un alma.

 

Para explicar la causa a la rebeldía

Probable opinión es, que conservarse

la forma celestial en su fijeza,

no es porque en lo material hay más nobleza,

sino por la manera de informarse.

 

Porque aquel apetito de mudarse,

la sacia de la forma, la Nobleza,

con que cesando el apetito, cesa

la ocasión, que tuvieran de apartarse.

 

Así tu amor, con vínculo terrible,

el alma que te adora, Celia informa,

con que su corrupción es imposible.

 

Ni aducir otra con quien no conforma,

no por ser la materia incorruptible,

más por lo inadmisible de la forma.

 

Pinta la proporción hermosa de la excelentísima señora condesa de Paredes, con otra de cuidados, elegantes esdrújulos, que aún le remite desde México a su excelencia

Lámina sirva el cielo al retrato,

Lísida, de su angélica forma;

cálamos forme el sol de sus luces,

sílabas las estrellas componga.

 

Cárceles tu madeja fabrica,

dédalo que sutilmente forma

vínculos de dorados Ofires,

Tíbares de prisiones gustosas.

 

Hécate, no triforme, mas llena,

pródiga de candores asoma,

trémula no en tu frente se oculta,

fúlgida su esplendor desemboza.

 

Círculo dividido en dos arcos,

pérsica forman lid belicosa:

áspides que por flechas disparas,

víboras de halagüeña ponzoña.

 

Lámparas, tus dos ojos, febeas,

súbitos resplandores arrojan;

pólvora que a las almas que llega

tórridas abrasadas transforma.

 

Límite de una y otra luz pura,

último, tu nariz judiciosa,

árbitro es, entre dos, confinantes,

máquina que divide una y otra.

 

Cátedras del abril tus mejillas,

clásicas dan a mayo estudiosas

métodos a jazmines nevados,

fórmula rubicunda a las rosas.

 

Lágrimas del aurora congela,

búcaro de fragancia tu boca,

rúbrica con jazmines escrita,

cláusula de coral y de aljófar.

 

Cóncavo es, breve pira, en la barba,

pórfido en que las almas reposan;

túmulo les eriges de luces,

bóveda de luceros las honra.

 

Tránsito a los jardines de Venus,

órgano es de marfil, en canora

música tu garganta, que en dulces

éxtasis aun al viento aprisiona.

 

Pámpanos de cristal y de nieve,

cándidos tus dos brazos provocan,

Tántalos, los deseos ayunos,

míseros sienten frutas y ondas.

 

Dátiles de alabastro tus dedos,

fértiles de sus dos palmas brotan;

frígidos, si los ojos los miran;

cálidos, si las almas los tocan.

 

Bósforo de estrechez, tu cintura,

cíngulo ciñe breve por zona;

rígida (si de seda) clausura,

músculos nos oculta ambiciosa.

 

Cúmulo de primores tu talle,

dóricas esculturas asombra,

jónicos lineamientos desprecia,

émula su labor de sí propia.

 

Móviles pequeñeces tus plantas,

sólidos pavimentos ignoran;

mágicos, que a los vientos que pisan

tósigos de beldad inficionan.

 

Plátano, tu gentil estatura,

flámula es que a los aires tremola;

ágiles movimientos que esparcen

bálsamo de fragantes aromas.

 

Índices de tu rara hermosura,

rústicas estas líneas son cortas;

Cítara solamente de Apolo

méritos cante tuyos sonora.

 

Presto celos llorarás

En vano tu canto suena

pues no advierte en su desdicha

que será el fin de tu dicha

el principio de tu pena.

El loco orgullo refrena,

de que tan ufano estás,

sin advertir, cuando das

cuenta al aire de tus bienes,

que si ahora dichas tienes

presto celos llorarás.

 

En lo dulce de tu canto,

el justo temor te avisa

que en un amante no hay risa

que no se alterne con llanto.

No te desvanezca tanto

el favor, que te hallarás

burlado y conocerás

cuánto es necio un confiado;

que si hoy blasonas de amado

presto celos llorarás.

 

Advierte que el mismo estado

que al amante venturoso

le constituye dichoso,

le amenaza desdichado;

pues le da tan alto grado

por derribarle no más:

y así tú, que ahora estás

en tal altura, no ignores

que si hoy ostentas favores

presto celos llorarás.

 

La gloria más levantada

que amor a tu dicha ordena

contémplala como ajena

y tenla como prestada.

No tu ambición engañada

piense que eterno serás

en las dichas pues verás

que hay áspid entre las flores

y que si hoy cantas favores

presto celos llorarás.

 

Pretende con toda ingeniosidad esforzar el dictamen de que sea ausencia mayor mal que los celos

El ausente, el celoso, se provoca,

aquél con sentimiento, éste con ira;

presume éste la ofensa que no mira

y siente aquél la realidad que toca:

 

Éste templa tal vez su furia loca

cuando el discurso en su favor delira;

y sin intermisión aquél suspira,

pues nada a su dolor la fuerza apoca.

 

Éste aflige dudoso su paciencia

y aquél padece ciertos sus desvelos;

éste al dolor opone resistencia;

 

aquél, sin ella, sufre desconsuelos:

y si es pena de daño, al fin, la ausencia,

luego es mayor tormento que los celos.

 

Probable opinión es, que conservarse…

Probable opinión es, que conservarse

la forma celestial en su fijeza,

no es porque en lo material hay más nobleza,

sino por la manera de informarse.

 

Porque aquel apetito de mudarse,

la sacia de la forma, la Nobleza,

con que cesando el apetito, cesa

la ocasión, que tuvieran de apartarse.

 

Así tu amor, con vínculo terrible,

el alma que te adora, Celia informa,

con que su corrupción es imposible.

 

Ni aducir otra con quien no conforma,

no por ser la materia incorruptible,

más por lo inadmisible de la forma.

 

Procura desmentir los elogios que a un retrato de la poetisa inscribió la verdad, que llama pasión

Este que ves, engaño colorido,

que, del arte ostentando los primores,

con falsos silogismos de colores

es cauteloso engaño del sentido;

 

éste, en quien la lisonja ha pretendido

excusar de los años los horrores,

y venciendo del tiempo los rigores

triunfar de la vejez y del olvido,

 

es un vano artificio del cuidado,

es una flor al viento delicada,

es un resguardo inútil para el hado:

 

es una necia diligencia errada,

es un afán caduco y, bien mirado,

es cadáver, es polvo, es sombra, es nada.

 

Prolija memoria…

Prolija memoria,

permite, siquiera,

que por un instante

sosieguen mis penas.

 

Afloja el cordel,

que (según aprietas)

temo que reviente

si das otra vuelta.

 

Mira que si acabas

con mi vida, cesa

de tus tiranías

la triste materia.

 

No piedad te pido

en aquestas treguas,

sino que otra especie

de tormento sea.

 

Ni de mí presumas

que soy tan grosera

que la vida sólo

para vivir quiera.

 

Bien sabes tú, como

quien está tan cerca,

que sólo la estimo

por sentir con ella,

 

y porque perdida,

perder era fuerza

un amor que pide

duración eterna:

 

por eso te pido

que tengas clemencia,

no porque yo viva,

sí porque él no muera.

 

¿No basta cuán vivas

se me representan

de mi ausente cielo

las divinas prendas?

 

¿No basta acordarme

sus caricias tiernas,

sus dulces palabras,

sus nobles finezas?

 

¿Y no basta que

industriosas crezcan,

con pasadas glorias,

mis presentes penas?

 

¿Sino que (¡ay de mí,

mi bien, quién pudiera

no hacerte este agravio

de temer mi ofensa!),

 

sino que villano

persuadirme intentas

que mi agravio es

posible que sea?

 

Y para formarlo,

con necia agudeza,

con cuerdas palabras,

acciones contestas.

 

Sus proposiciones

me las interpretas

y lo que en paz dije

me sirve de guerra.

 

¿Para qué examinas

si habrá quien merezca

de tus bellos ojos

atenciones tiernas?

 

¿Si de otra hermosura

acaso le llevan

méritos más altos,

más dulces ternezas?

 

¿Si de obligaciones

la carga molesta

le obliga en mi agravio

a pagar la deuda?

 

¿Para qué ventilas

la cuestión superflua

de si es la mudanza

hija de la ausencia?

 

Ya yo sé que es frágil

la naturaleza

y que su constancia

sola es no tenerla.

 

Sé que la mudanza

por puntos, en ella

es de su ser propio

caduca dolencia.

 

Pero también sé

que ha habido firmeza,

que ha habido excepciones

de la común regla.

 

¿Pues por qué la suya

quieres tú que sea,

siendo ambas posibles,

de aquélla, y no de ésta?

 

Mas ¡ay! que ya escucho

que das por respuesta

que son más seguras

las cosas adversas.

 

Con estos temores

en confusa guerra,

entre muerte y vida

me tienes suspensa.

 

Ven a algún partido

de una vez y acepta

permitir que viva

o dejar que muera.

 

Prosigue el mismo asunto, y determina que prevalezca la razón contra el gusto

Al que ingrato me deja, busco amante;

al que amante me sigue, dejo ingrata;

constante adoro a quien mi amor maltrata;

maltrato a quien mi amor busca constante.

 

Al que trato de amor hallo diamante;

y soy diamante al que de amor me trata;

triunfante quiero ver al que me mata

y mato a quien me quiere ver triunfante.

 

Si a este pago, padece mi deseo:

si ruego aquel, mi pundonor enojo:

de entrambos modos infeliz me veo.

 

Pero yo por mejor partido escojo

de quien no quiero, ser violento empleo,

que de quien no me quiere, vil despojo.

 

Prosigue el mismo pesar, y dice, que aun no debe aborrecer tan indigno sujeto, por no tenerle aun así cerca del corazón

Silvio, yo te aborrezco y aun condeno

el que estés de esta suerte en mi sentido,

que infama el hierro el escorpión herido

y a quien lo huella mancha inmundo cieno.

 

Eres como el mortífero veneno,

que daña quien lo vierte inadvertido;

y en fin, eres tan malo y fementido,

que aun para aborrecido no eres bueno.

 

Tu aspecto vil a mi memoria ofrezco,

aunque con susto me lo contradice,

por darme yo la pena que merezco,

 

pues cuando considero lo que hice,

no sólo a ti, corrida, te aborrezco,

pero a mí, por el tiempo que te quise.

 

Que celebra a un graduado de doctor

Vista tus hombros el verdor lozano,

Joven, con que tu ciencia te laurea;

y puesto en ello dignamente, sea

índice de tus méritos ufano.

 

Corone tu discurso soberano

la que blanda tus sientes lisonjea

insignia literaria, en quien se emplea

el flamante sepulcro de un gusano.

 

¡Oh qué enseñanza llevan escondida

honrosos los halagos de tu suerte,

donde despierta la atención dormida!

 

Pues ese verde honor, si bien se advierte,

mientras más brinda gustos a la vida,

más ofrece recuerdos a la muerte.

 

Que consuela un celoso epilogando la serie de los amores

Amor empieza por desasosiego,

solicitud, ardores y desvelos;

crece con riesgos, lances y recelos;

susténtase de llantos y de ruego.

 

Doctrínanle tibiezas y despego,

conserva el ser entre engañosos velos,

hasta que con agravios o con celos

apaga con sus lágrimas su fuego.

 

Su principio, su medio y fin es éste:

¿pues por qué, Alcino, sientes el desvío

de Celia, que otro tiempo bien te quiso?

 

¿Qué razón hay de que dolor te cueste?

Pues no te engaño amor, Alcino mío,

sino que llegó el término preciso.

 

Que contiene una fantasía con amor decente

Detente, sombra de mi bien esquivo

imagen del hechizo que más quiero,

bella ilusión por quien alegre muero,

dulce ficción por quien penosa vivo.

 

Si al imán de tus gracias atractivo

sirve mi pecho de obediente acero,

¿para qué me enamoras lisonjero,

si has de burlarme luego fugitivo?

 

Mas blasonar no puedes satisfecho

de que triunfa de mí tu tiranía;

que aunque dejas burlado el lazo estrecho

 

que tu forma fantástica ceñía,

poco importa burlar brazos y pecho

si te labra prisión mi fantasía.

 

Que discurren fantasías tristes de un ausente

Prolija memoria,

permite, siquiera,

que por un instante

sosieguen mis penas.

 

Afloja el cordel,

que (según aprietas)

temo que reviente

si das otra vuelta.

 

Mira que si acabas

con mi vida, cesa

de tus tiranías

la triste materia.

 

No piedad te pido

en aquestas treguas,

sino que otra especie

de tormento sea.

 

Ni de mí presumas

que soy tan grosera

que la vida sólo

para vivir quiera.

 

Bien sabes tú, como

quien está tan cerca,

que sólo la estimo

por sentir con ella,

 

y porque perdida,

perder era fuerza

un amor que pide

duración eterna:

 

por eso te pido

que tengas clemencia,

no porque yo viva,

sí porque él no muera.

 

¿No basta cuán vivas

se me representan

de mi ausente cielo

las divinas prendas?

 

¿No basta acordarme

sus caricias tiernas,

sus dulces palabras,

sus nobles finezas?

 

¿Y no basta que

industriosas crezcan,

con pasadas glorias,

mis presentes penas?

 

¿Sino que (¡ay de mí,

mi bien, quién pudiera

no hacerte este agravio

de temer mi ofensa!),

 

sino que villano

persuadirme intentas

que mi agravio es

posible que sea?

 

Y para formarlo,

con necia agudeza,

con cuerdas palabras,

acciones contestas.

 

Sus proposiciones

me las interpretas

y lo que en paz dije

me sirve de guerra.

 

¿Para qué examinas

si habrá quien merezca

de tus bellos ojos

atenciones tiernas?

 

¿Si de otra hermosura

acaso le llevan

méritos más altos,

más dulces ternezas?

 

¿Si de obligaciones

la carga molesta

le obliga en mi agravio

a pagar la deuda?

 

¿Para qué ventilas

la cuestión superflua

de si es la mudanza

hija de la ausencia?

 

Ya yo sé que es frágil

la naturaleza

y que su constancia

sola es no tenerla.

 

Sé que la mudanza

por puntos, en ella

es de su ser propio

caduca dolencia.

 

Pero también sé

que ha habido firmeza,

que ha habido excepciones

de la común regla.

 

¿Pues por qué la suya

quieres tú que sea,

siendo ambas posibles,

de aquélla, y no de ésta?

 

Mas ¡ay! que ya escucho

que das por respuesta

que son más seguras

las cosas adversas.

 

Con estos temores

en confusa guerra,

entre muerte y vida

me tienes suspensa.

 

Ven a algún partido

de una vez y acepta

permitir que viva

o dejar que muera.

 

¿Qué es esto, Alcino, cómo tu cordura…

¿Qué es esto, Alcino, cómo tu cordura

se deja así vencer de un mal celoso,

haciendo con extremos de furioso

demostraciones más que de locura?

 

¿En qué te ofendió Celia? si se apura;

o porque al amor culpas de engañoso,

si no aseguró nunca poderoso

la eterna posesión de su hermosura?

 

La posesión de cosas temporales

temporales, Alcino, y es abuso

el querer conservarlas siempre iguales.

 

Con que tu error, o tu ignorancia acuso,

pues Fortunas, y Amor de cosas tales

la propiedad no han dado, sino el uso.

 

Que escribió curioso a la madre Juana para que le respondiese

En pensar que me quieres, Clori, he dado,

por lo mismo que yo no te quisiera;

porque sólo quien no me conociera,

me pudiera a mí, Clori, haber amado.

 

En tú no conocerme, desdichado

por sólo esta carencia de antes fuera;

mas como yo saberlo no pudiera,

tuviera menos mal en lo ignorado.

 

Me conoces, o no me has conocido;

si me conoces, suplirás mis males.

Si aquello, negaraste a lo entendido;

 

si aquesto, quedaremos desiguales.

Pues, ¿cómo me aseguras lo querido,

mi Clori, en dos de Amor carencias tales?

 

Que explica la más sublime calidad de amor

Yo adoro a Lisi, pero no pretendo

que Lisi corresponda mi fineza;

pues si juzgo posible su belleza,

a su decoro y mi aprehensión ofendo.

 

No emprender, solamente, es lo que emprendo:

pues sé que a merecer tanta grandeza

ningún mérito basta, y es simpleza

obrar contra lo mismo que yo entiendo.

 

Como cosa concibo tan sagrada

su beldad que ni quiere mi osadía

a la esperanza dar ni aun leve entrada:

 

pues cediendo a la suya mi alegría,

por no llegarla a ver mal empleada,

aun pienso que sintiera verla mía.

 

Que explican un ingenioso sentir de ausente y desdeñado

Me acerco y me retiro:

¿quién sino yo hallar puedo

a la ausencia en los ojos

la presencia en lo lejos?

 

Del desprecio de Filis

infelice me ausento:

¡ay de aquel de quien es

aún perdida el desprecio!

 

Tan atento la adora,

que en el mal que padezco

no siento sus rigores

tanto como el perderlos.

 

No pierdo al partir sólo

los bienes que poseo,

si en Filis, que no es mía,

pierdo lo que no pierdo.

 

¡Ay de quien un desdén

lograba tan atento

que por no ser dolor

no se atrevió a ser premio!

 

Pues viendo en mi destino

preciso mi destierro,

me desdeñaba más

porque perdiera menos.

 

¡Ay! ¿Quién te enseñó, Filis,

tan primoroso medio:

vedar a los desdenes

el traje del afecto?

 

A vivir ignorado

de tus luces me ausento,

donde ni aun mi mal sirva

a tu desdén de obsequio.

 

Que expresa sentimiento de ausente

Amado dueño mío:

escucha un rato mis cansadas quejas,

pues del viento las fío

que breve las conduzca a tus orejas,

si no se desvanece el triste acento

como mi esperanza en el viento.

 

Óyeme con los ojos,

ya que están tan distantes los oídos

y de ausentes enojos

en ecos de mi pluma mis gemidos;

y ya que a ti no llega mi voz ruda,

óyeme sordo, pues me quejo muda.

 

Si del campo te agradas,

goza de sus frescuras venturosas,

sin que aquestas cansadas

lágrimas te detengan enfadosas;

que en él verás, si atento te entretienes,

ejemplo de mis males y mis bienes,

 

Si el arroyo parlero

ves galán de las flores en el prado,

que amante y lisonjero

a cuantas mira íntima su cuidado,

en su corriente mi dolor te avisa

que a costa de mi llanto tienes risa.

 

Si ves que triste llora

su esperanza marchita en ramo verde

tórtola gemidora,

en él y en ella mi dolor te acuerde

que imitan con verdor y con lamento

él a mi esperanza y ella mi tormento.

 

Si la flor delicada,

si la peña, que altiva no consiente

del tiempo ser hollada,

ambas me imitaban, aunque variamente,

ya con fragilidad, ya con dulzura,

mi dicha aquélla, y ésta mi firmeza.

 

Si ves el ciervo herido

que baja por el monte acelerado,

buscando, dolorido,

alivio al mal en un arroyo helado,

y sediento al cristal se precipita,

no en el alivio, en el dolor me imita.

 

Si la liebre encogida

huye medrosa de los galgos fieros,

y por salvar la vida

no deja estampa de los pies ligeros,

tal mi esperanza en dudas y recelos

se ve acusada de villanos celos.

 

Si ves el cielo claro,

tal es la sencillez del alma mía;

y si, de luz avaro,

de tinieblas emboza el claro día,

es con su oscuridad y su clemencia

imagen de mi vida en esta ausencia.

 

Así que, Fabio amado,

saber puedes mis males sin costarte

la noticia cuidado,

pues puedes de los campos informarte,

y pues yo a todo mi dolor ajusto,

saber mi pena sin dejar tu gusto.

 

Mas ¿cuándo (¡ay, gloria mía!)

mereceré gozar tu luz serena?

¿Cuándo llegará el día

que pongas dulce fin a tanta pena?

¿Cuándo veré tus ojos, dulce encanto,

y de los míos quitarás el llanto?

 

¿Cuándo tu voz sonora

herirá mis oídos, delicada,

y el alma que te adora,

de inundación de gozos anegada,

a recibirte con amante prisa

saldrá a los ojos desatada en risa?

 

¿Cuándo tu luz hermosa

revestirá de glorias mis sentidos?

¿Y cuándo yo dichosa

mis suspiros daré por bien perdidos,

teniendo en poco el precio de mi llanto?

¡Que tanto ha de penar quien goza tanto!

 

¿Cuándo de tu apacible

rostro alegre veré el semblante afable

y aquel bien indecible,

a toda humana pluma inexplicable?

Que mal se ceñirá a lo definido

lo que no cabe en todo lo sentido.

 

Ven, pues, mi prenda amada,

que ya fallece mi cansada vida

de esta ausencia pesada;

ven, pues, que mientras tarda tu venida,

aunque me cueste su verdor enojos,

regaré mi esperanza con mis ojos.

 

Que expresan cultos conceptos de afecto singular

Sabrás, querido Fabio,

si ignoras que te quiero,

que ignorar lo dichoso

es muy de lo discreto;

 

que apenas fuiste blanco

en que el rapaz arquero

del tiro indefectible

logró el mejor acierto,

 

cuando en mi pecho amante

brotaron el incendio

de recíprocas llamas

conformes ardimientos.

 

¿No has visto, Fabio mío,

cuando el señor de Delas

hiere con armas de oro

la luna de un espejo,

 

que haciendo en el cristal

reflejo el rayo bello

hiere repercusivo

al más cercano objeto?

 

Pues así del amor

las flechas, que en mi pecho

tu resistente nieve

les dio mayor esfuerzo,

 

vueltas a mí las puntas,

dispuso amor soberbio,

sólo con un impulso,

dos alcanzar trofeos.

 

Díganlo las ruinas

de mi valor deshecho

que en contritas cenizas

predican escarmientos.

 

Mi corazón lo diga,

que en padrones eternos

inextinguibles guarda

testimonios del fuego.

 

Segunda Troya, el alma,

de ardientes Mongibelos

es pavesa a la saña

de más astuto griego.

 

De las sangrientas viras

los enervados hierros

por las venas difunden

el amable veneno.

 

Las cercenadas voces,

que en balbucientes ecos,

si el amor las impele,

las retiene el respeto.

 

Las niñas de mis ojos,

que con mirar travieso

sinceramente parlan

del alma los secretos.

 

El turbado semblante

y el impedido aliento

en cuya muda calma

da voces el afecto.

 

Aquel decirte más,

cuando me explico menos,

queriendo en negaciones

expresar los conceptos.

 

Y en fin, dígaslo tú,

que de mis pensamientos,

lince sutil, penetras

los más ocultos senos.

 

Si he dicho que te he visto,

mi amor está supuesto,

pues es correlativo

de tus merecimientos.

 

Si a ellos atiendes, Fabio,

con indicios más ciertos

verás de mis finezas

evidentes contextos.

 

Ellos a ti te basten,

que si prosigo, pienso

que con superfluas voces

su autoridad ofendo.

 

¿Qué importa al Pastor Sacro, que a la llama…

¿Qué importa al Pastor Sacro, que a la llama

de su obrar negar quiera la victoria,

si cuando más apaga tanta gloria,

la misma luz a los recuerdos llama?

 

¿Si en cada mármol mudamente clama

de sus blasones indeleble historia,

porque sirva la letra a su memoria

lo que de piedra al tiempo de su Fama?

 

A la sagrada cifra, que venera

el discurso en las piedras, comedido,

y en duración eterna persevera,

 

exenta y libre del oscuro olvido,

alabarte podrás, culta Ribera,

que sólo le construyes el sentido.

 

Que no me quiera Fabio al verse amado…

Que no me quiera Fabio al verse amado

es dolor sin igual, en mi sentido;

mas que me quiera Silvio aborrecido

es menor mal, mas no menor enfado.

 

¿Qué sufrimiento no estará cansado,

si siempre le resuenan al oído,

tras la vana arrogancia de un querido,

el cansado gemir de un desdeñado?

 

Si de Silvio me cansa el rendimiento,

a Fabio canso con estar rendida:

si de éste busco el agradecimiento,

 

a mí me busca el otro agradecida:

por activa y pasiva es mi tormento,

pues padezco en querer y ser querida.

 

Qué pasión, Porcia, qué dolor tan ciego…

¿Qué pasión, Porcia, qué dolor tan ciego

te obliga a ser de ti fiera homicida?

¿O en qué te ofende tu inocente vida

que así le das batalla a sangre y fuego?

 

Si la fortuna airada al justo ruego

de tu esposo se muestra endurecida,

 

bástale el mal de ver su acción perdida;

no acabes, con tu vida, su sosiego.

 

Deja las brasas, Porcia, que mortales

impaciente tu amor elegir quiere;

no al fuego de tu amor el fuego iguales;

 

porque si bien de tu pasión se infiere,

mal morirá a las brasas materiales

quien a las llamas del amor no muere.

 

¿Qué pincel tan soberano fue a copiarte suficiente?

¿Qué pincel tan soberano

fue a copiarte suficiente?

¿Qué numen movió la mente?

¿Qué virtud rigió la mano?

No se alabe el arte vano

que te formó peregrino,

pues en tu beldad convino,

para formar un portento,

fuese humano el instrumento

pero el impulso divino.

 

Que prorrumpen en las voces de dolor al despedirse por una ausencia

Si acaso, Fabio mío,

después de penas tantas

quedan para las quejas

alientos en el alma;

 

si acaso en las cenizas

de mi muerte esperanza

se libró por pequeña

alguna débil rama,

 

adonde entretenerse,

con fuerza limitada,

el rato que me escuchas

pueda la vital aura;

 

si acaso a la tijera

mortal que me amenaza

concede breves treguas

la inexorable parca,

 

oye en tristes endechas

tiernas consonancias

que al moribundo cisne

sirven de exequias blandas.

 

Y antes que noche eterna

con letal llave opaca

de mis trémulo ojos

cierre las lumbres vagas,

 

dame el postrer abrazo,

cuyas tiernas lazadas,

siendo unión de los cuerpos,

identifican almas.

 

Oigo tus dulces ecos,

y en cadencias turbadas

no permite el ahogo

entera la palabra.

 

De tu rostro en el mío

haz amoroso estampa

y las mejillas frías

de ardiente llanto baña.

 

Tus lágrimas y mías

digan equivocadas

que aunque en distintos pechos

las engendró una causa.

 

Unidas de las manos

las bien tejidas palmas,

con movimientos digan

lo que los labios callan.

 

Dame, por prendas firmes

de tu fe no violada,

en tu pecho escrituras,

seguros en tu cara;

 

para que cuando baje

a las estigias aguas,

tuyo el óbolo sea

para fletar la barca.

 

Recibe de mis labios

el que, en mortales ansias,

el exánime pecho

último aliento exhala.

 

Y el espíritu ardiente,

que vivifica llama

de acto sirvió primero

a tierra organizada,

 

recibe, y de tu pecho

en la dulce morada

padrón eterno sea

de mi fineza rara.

 

Y adiós, Fabio querido,

que ya el aliento falta,

y de vivir se aleja

la que de ti se aparta.

 

Que responde a un caballero que dijo ponerse hermosa la mujer con querer bien

Silvio, tu opinión va errada,

que en lo común, si se apura,

no admiten por hermosura

hermosura enamorada.

 

Pues si bien de la extrañeza

el atractivo más grato

es el agrio de lo ingrato

la sazón de la belleza.

 

Porque gozando excepciones

de perfección más que humana,

la acredita soberana

lo libre de las pasiones.

 

Que no se conserva bien

ni tiene seguridad

la rosa de la beldad

sin la espina del desdén.

 

Mas si el amor hace hermosas,

pudiera excusar ufana

con merecer la manzana

la contienda de las diosas.

 

Belleza llego a tener

de mano ten generosa,

que dices que seré hermosa

solamente con querer.

 

Y así en lid contenciosa

fuera siempre la triunfante;

que, pues nadie es tan amante,

luego nadie tan hermosa.

 

Mas si de amor el primor

la belleza me asegura,

te deberé la hermosura,

pues me causas el amor.

 

Del amor tuyo confío

la beldad que me atribuyo

porque siendo obsequio tuyo

resulta en provecho mío.

 

Pero a todo satisfago

con ofrecerte de nuevo

la hermosura que te debo

y el amor con que te pago.

 

Que respondió la madre Juana en los mismos consonantes

No es sólo por antojo el haber dado

en quererte, mi bien: pues no pudiera

alguno que tus prendas conociera,

negarte que mereces ser amado.

 

Y si mi entendimiento desdichado

tan incapaz de conocerte fuera,

de tan grosero error aun no pudiera

hallar disculpa en todo lo ignorado.

 

Aquella que te hubiere conocido,

o te ha de amar, o confesar los males

que padece su ingenio en lo entendido,

 

juntando dos extremos desiguales;

con que ha de confesar que eres querido,

para no dar improporciones tales.

 

Quéjase de la suerte: insinúa su aversión a los vicios y justifica su divertimento a las musas

¿En perseguirme, mundo, qué interesas?

¿En qué te ofendo, cuando sólo intento

poner bellezas en mi entendimiento

y no mi entendimiento en las bellezas?

 

Yo no estimo tesoros ni riquezas,

y así, siempre me causa más contento

poner riquezas en mi entendimiento

que no mi entendimiento en las riquezas.

 

Yo no estimo hermosura que vencida

es despojo civil de las edades

ni riqueza me agrada fementida,

 

teniendo por mejor en mis verdades

consumir vanidades de la vida

que consumir la vida en vanidades.

 

¿Quién, que regale visto y o comido…

¿Quién, que regale visto y o comido,

el León, ya panal, imaginara?

¿Quién, que dulzura tanta se estorbara

lo muy sabroso, por lo muy florido?

 

¡Oh Juan, come y no mires, que a un sentido

le das celos con otro! ¿Y quién pensara

que el Fruto de la Vida le quitara

lo hermoso, la razón de apetecido?

 

Manjar de niños es el Sacramento,

y Dios, a ojos cerrados, nos provoca

a merecer, comiendo, su alimento.

 

Sólo a San Juan, que con la vista toca

a Cristo en él, fue más merecimiento

abrir los ojos y cerrar la boca.

Poemas de Sor Juana Inés de la Cruz

Redondilla I

Silvio, tu opinión va errada,

que en lo común, si se apura,

no admiten por hermosura

hermosura enamorada.

 

Pues si bien de la extrañeza

el atractivo más grato

es el agrio de lo ingrato

la sazón de la belleza.

 

Porque gozando excepciones

de perfección más que humana,

la acredita soberana

lo libre de las pasiones.

 

Que no se conserva bien

ni tiene seguridad

la rosa de la beldad

sin la espina del desdén.

 

Mas si el amor hace hermosas,

pudiera excusar ufana

con merecer la manzana

la contienda de las diosas.

 

Belleza llego a tener

de mano ten generosa,

que dices que seré hermosa

solamente con querer.

 

Y así en lid contenciosa

fuera siempre la triunfante;

que, pues nadie es tan amante,

luego nadie tan hermosa.

 

Mas si de amor el primor

la belleza me asegura,

te deberé la hermosura,

pues me causas el amor.

 

Del amor tuyo confío

la beldad que me atribuyo

porque siendo obsequio tuyo

resulta en provecho mío.

 

Pero a todo satisfago

con ofrecerte de nuevo

la hermosura que te debo

y el amor con que te pago.

 

Redondilla II

Este amoroso tormento

que en mi corazón se ve,

sé que lo siento, y no sé

la causa por que lo siento.

 

Siento una grave agonía

por lograr un devaneo

que empieza como deseo

y para en melancolía.

 

Y cuando con más terneza

mi infeliz estado lloro,

sé que estoy triste e ignoro

la causa de mi tristeza.

 

Siento un anhelo tirano

por la ocasión a que aspiro

y cuando cerca la miro

yo misma aparto la mano.

 

Porque si acaso se ofrece

después de tanto desvelo,

la desazona el recelo

o el susto la desvanece.

 

Y si alguna vez sin susto

consigo tal posesión,

cualquiera leve ocasión

me malogra todo el gusto.

 

Siento mal del mismo bien

con receloso temor,

y me obliga el mismo amor

tal vez a mostrar desdén.

 

Cualquier leve ocasión labra

en mi pecho de manera

que el que imposibles venciera

se irrita de una palabra.

 

Con poca causa ofendida

suelo en mitad de mi amor

negar un leve favor

a quien le diera la vida.

 

Ya sufrida, ya irritada,

con contrarias penas lucho,

que por él sufriré mucho

y con él sufriré nada.

 

No sé en qué lógica cabe

el que tal cuestión se pruebe,

que por él lo grave es leve

y con él lo leve es grave.

 

Sin bastantes fundamentos

forman mis tristes cuidados,

de conceptos engañados,

un monte de sentimientos.

 

Y en aquel fiero conjunto

hallo, cuando se derriba,

que aquella máquina altiva

sólo estribaba en un punto.

 

Tal vez el dolor me engaña,

y presumo sin razón

que no habrá satisfacción

que pueda templar mi saña.

 

Y cuando a averiguar llego

el agravio por que riño,

es como espanto de niño

que para en burlas y juego.

 

Y aunque el desengaño toco,

con la misma pena lucho

de ver que padezco mucho

padeciendo por tan poco.

 

A vengarse se abalanza

tal vez el alma ofendida

y después arrepentida

toma de mí otra venganza.

 

Y si al desdén satisfago

es con tan ambiguo error

que yo pienso que es rigor

y se remata en halago.

 

Hasta el labio desatento

suele equívoco tal vez,

por usar de la altivez,

encontrar el rendimiento.

 

Cuando por soñada culpa

con más enojo me incito,

yo le acrimino el delito

y le busco la disculpa.

 

No huyo el mal ni busco el bien,

porque en mi confuso error

ni me asegura el amor

ni me despecha el desdén.

 

En mi ciego devaneo,

bien hallada con mi engaño,

solicito el desengaño

y no encontrarlo deseo.

 

Si alguno mis quejas oye,

más a decirlas me obliga,

porque me las contradiga,

que no porque las apoye.

 

Porque si con la pasión

algo contra mi amor digo,

es mi mayor enemigo

quien me concede razón.

 

Y si acaso en mi provecho

hallo la razón propicia,

me embaraza la injusticia

y ando cediendo el derecho.

 

Nunca hallo gusto cumplido,

porque entre alivio y dolor

hallo culpa en el amor

y disculpa en el olvido.

 

Esto de mi pena dura

es algo del dolor fiero

y mucho más no refiero

porque pasa de locura.

 

Si acaso me contradigo

en este confuso error,

aquel que tuviese amor

entenderá lo que digo.

 

Redondilla III

Hombres necios que acusáis

a la mujer sin razón,

sin ver que sois la ocasión

de lo mismo que culpáis.

 

Si con ansia sin igual

solicitáis su desdén,

¿por qué queréis que obren bien

si las incitáis al mal?

 

Combatís su resistencia

y luego con gravedad

decís que fue liviandad

lo que hizo la diligencia.

 

Parecer quiere el denuedo

de vuestro parecer loco

al niño que pone el coco

y luego le tiene miedo.

 

Queréis con presunción necia

hallar a la que buscáis,

para pretendida, Tais,

y en la posesión, Lucrecia.

 

¿Qué humor puede ser más raro

que el que, falto de consejo,

él mismo empaña el espejo

y siente que no esté claro?

 

Con el favor y el desdén

tenéis condición igual,

quejándoos, si os tratan mal,

burlándoos, si os quieren bien.

 

Opinión ninguna gana,

pues la que más se recata,

si no os admite, es ingrata,

y si os admite, es liviana.

 

Siempre tan necios andáis

que con desigual nivel

a una culpáis por cruel

y a otra por fácil culpáis.

 

¿Pues cómo ha de estar templada

la que vuestro amor pretende,

si la que es ingrata ofende

y la que es fácil enfada?

 

Mas entre el enfado y pena

que vuestro gusto refiere,

bien haya la que no os quiere

y queja enhorabuena.

 

Dan vuestras amantes penas

a sus libertades alas

y después de hacerlas malas

las queréis hallar muy buenas.

 

¿Cuál mayor culpa ha tenido

en una pasión errada:

la que cae de rogada

o el que ruega de caído?

 

¿O cuál es más de culpar,

aunque cualquiera mal haga:

la que peca por la paga

o el que paga por pecar?

 

¿Pues para qué os espantáis

de la culpa que tenéis?

Queredlas cual las hacéis

o hacedlas cual las buscáis.

 

Dejad de solicitar

y después con más razón

acusaréis la afición

de la que os fuere a rogar.

 

Bien con muchas armas fundo

que lidia vuestra arrogancia,

pues en promesa e instancia

juntáis diablo, carne y mundo.

 

Redondilla IV

Dos dudas en que escoger

tengo y no sé a cuál prefiera,

pues vos sentís que no quiera

y yo sintiera querer.

 

Con que si a cualquier lado

quiero inclinarme, es forzoso,

 

quedando el uno gustoso,

que otro quede disgustado.

 

Si daros gusto me ordena

la obligación, es injusto

que por daros a vos gusto

haya yo de tener pena.

 

Y no juzgo que habrá quien

apruebe sentencia tal

como que me trate mal

por trataros a vos bien.

 

Mas por otra parte siento

que es también mucho rigor

que lo que os debo en amor

pague en aborrecimiento.

 

Y aun irracional parece

este rigor, pues se infiere,

si aborrezco a quien me quiere,

¿qué haré con quien aborrezco?

 

No sé cómo despacharos,

pues hallo al determinarme

que amaros es disgustarme

y no amaros disgustaros.

 

Pero dar un medio justo

en estas dudas pretendo,

pues no queriendo os ofendo

y queriéndoos me disgusto.

 

Y sea ésta la sentencia,

porque no os podáis quejar:

que entre aborrecer y amar

se parta la diferencia.

 

De modo que entre el rigor

y el llegar a querer bien

ni vos encontréis desdén

ni yo pueda hallar amor.

 

Esto el discurso aconseja,

pues con esta conveniencia

ni yo quedo con violencia

ni vos partís con queja.

 

Y que estaremos infiero

gustosos con lo que ofrezco,

vos, de ver que no aborrezco,

yo, de saber que no quiero.

 

Sólo este medio es bastante

a ajustarnos, si os contenta:

que vos me logréis atenta

sin que yo pase a lo amante.

 

Y así quedo, en mi entender,

esta vez bien con los dos:

con agradecer, con vos;

conmigo, con no querer.

 

Que aunque a nadie llegue a darse

en esto gusto cumplido

ver que es igual el partido

servirá de resignarse.

 

Refiere con ajuste la tragedia de “Príamo y Tisbe”

De un funesto moral la negra sombra,

de horrores mil, y confusiones llena,

en cuyo hueco tronco aún hoy resuena

el eco que doliente a Tisbe nombra,

 

cubrió la verde matizada alfombra

en que Píramo amante abrió la vena

del corazón, y Tisbe de su pena

dio la señal que aún hoy al mundo asombra.

 

Mas viendo del amor tanto despecho,

la muerte, entonces de ellos lastimada,

sus dos pechos juntó con lazo estrecho:

 

mas ¡ay de la infeliz y desdichada

que a su Píramo dar no puede el pecho

ni aun por los duros filos de una espada!

 

Resuelve la cuestión de cuál sea pesar más molesto en encontradas correspondencias, amar o aborrecer

Que no me quiera Fabio al verse amado

es dolor sin igual, en mi sentido;

mas que me quiera Silvio aborrecido

es menor mal, mas no menor enfado.

 

¿Qué sufrimiento no estará cansado,

si siempre le resuenan al oído,

tras la vana arrogancia de un querido,

el cansado gemir de un desdeñado?

 

Si de Silvio me cansa el rendimiento,

a Fabio canso con estar rendida:

si de éste busco el agradecimiento,

 

a mí me busca el otro agradecida:

por activa y pasiva es mi tormento,

pues padezco en querer y ser querida.

 

Romance I

Supuesto, discurso mío

que gozáis en todo el orbe,

entre aplausos de entendido,

de agudo veneraciones,

 

mostradlo en el duro empeño

en que mis ansias os ponen,

dando salida a mis dudas,

dando aliento a mis temores.

 

Empeño vuestro es el mío;

mirad que será desorden

ser en causa ajena agudo

y en la vuestra propia torpe.

 

Ved que es querer las causas,

con efectos desconformes,

nieves el fuego congele,

que la nieve llamas brote.

 

Manda la razón de estado

que, atendiendo a obligaciones,

las partes de Fabio olvide,

las prendas de Silvio adore.

 

O que al menos, si no puedo

vencer tan fuertes pasiones,

cenizas de disimulo

cubran amantes ardores.

 

¡Qué vano disfraz la juzgo!

Pues harán, cuando más obren,

que no se mire la llama

no que el ardor no se note.

 

¿Cómo podré yo mostrarme,

entre estas contradicciones,

a quien no quiero, de cera,

a quien adoro, de bronce?

 

¿Cómo el corazón podrá,

cómo sabrá el labio torpe

fingir halago, olvidando,

mentir, amando, rigores?

 

¿Cómo sufrir abatido,

entre tan bajas ficciones,

que lo desmienta la boca

podrá un corazón tan noble?

 

¿Y cómo podrá la boca

cuando el corazón se enoje,

fingir cariños, faltando

quien le ministre razones?

 

¿Podrá mi noble altivez

consentir que mis acciones

de nieve y de fuego sirvan

de ser fábula del orbe?

 

Y yo doy, que tanta dicha

tenga, que todos los ignoren:

para pasar la vergüenza

¿no basta que a mí me conste?

 

Que aquesto es razón me dicen

los que la razón conocen:

¿pues cómo la razón puede

forjarse de sinrazones?

 

¿Qué te costaba, hado impío,

dar al repartir tus dones

o los méritos de Fabio

o a Silvio las perfecciones?

 

Dicha y desdicha de entrambos

la suerte les descompone,

con que el uno su desdicha

y el otro su dicha ignore.

 

¿Quién ha visto que tan varia

la fortuna se equivoque

y que el dichoso padezca

porque el infelice goce?

 

No me convence el ejemplo

que en el Mongibelo ponen,

que en él es natural gala

y en mi violencia disforme.

 

Y resistir el combate

de tan encontrados golpes

no cabe en lo sensitivo

y puede sufrirlo un monte.

 

¡Oh vil arte cuyas reglas

tanto a la razón se oponen,

que para que se ejecuten

es menester que se ignoren!

 

¿Qué hace en adorarme Silvio?

¿Cuando más fino blasone,

quererme es más que seguir

de su inclinación el norte?

 

Gustoso vive en su empleo

sin que disgustos le estorben:

¿pues qué vence, si no vence

por mí en sus inclinaciones?

 

¿Qué víctimas sacrifica,

qué incienso en mis aras pone,

si cambia sus rendimientos

al precio de mis favores?

 

Más hago yo; pues no hay duda

que hace finezas mayores

que el que voluntario ruega,

quien violenta corresponde.

 

Porque aquél sigue obediente

de su estrella el curso dócil,

y éste contra la corriente

de su destino se opone.

 

Él es libre para amarme,

aunque otra su amor provoque.

¿Y no tendré yo la misma

libertad en mis acciones?

 

Si él restituir no puede,

su incendio mi incendio abone:

violencia que a él le sujeta,

¿qué mucho que a mí me postre?

 

¿No es rigor, no es tiranía,

siendo iguales las pasiones,

no poder él reportarse

y querer que me reporte?

 

Quererle porque él me quiere

no es justo que amor se nombre:

que no ama quien para amar

el ser amado supone.

 

No es amor correspondencia:

causas tiene superiores,

que las concilian los astros

o la engendran perfecciones.

 

Quien ama porque es querida,

sin otro impulso más noble,

desprecia el amante y ama

sus propias adoraciones.

 

Del humo del sacrificio

quiere los vanos honores,

sin mirar si al oferente

hay méritos que le adornen.

 

Ser potencia y ser objeto

a toda razón se opone;

porque era ejercer en sí

sus propias operaciones.

 

A parte rei se distinguen

el objeto que conoce;

y lo amable, no lo amante,

es blanco de sus arpones.

 

Amor no busca la paga

de voluntades conformes;

que tan bajo interés fuera

indigna usura en los dioses.

 

No hay cualidad que en él pueda

imprimir alteraciones

del velo de los desdenes,

del fuego de los favores.

 

Su ser es inaccesible

al discurso de los hombres;

que aunque el efecto se sienta,

la esencia no se conoce.

 

Y en fin, cuando en mi favor

no hubiere tantas razones,

mi voluntad es de Fabio:

Silvio y el mundo perdonen.

 

Romance II

Finjamos que soy feliz,

triste pensamiento, un rato;

quizá podréis persuadirme,

aunque yo sé lo contrario.

 

Que pues sólo en la aprehensión

dicen que estriban los daños,

si os imagináis dichoso

no seréis tan desdichado.

 

Sírvame el entendimiento

alguna vez de descanso

y no siempre esté el ingenio

con el provecho encontrado.

 

Todo el mundo es opiniones,

de pareceres tan varios,

que lo que el uno, que es negro,

el otro prueba que es blanco.

 

A uno sirve de atractivo

lo que otro concibe enfado,

y lo que éste por alivio

aquél tiene por trabajo.

 

El que está triste censura

al alegre de liviano

y el que está alegre se burla

de ver al triste penando.

 

Los dos filósofos griegos

bien esta verdad probaron;

pues lo que en el uno risa,

causaba en el otro llanto.

 

Célebre su oposición

ha sido por siglos tantos,

sin que cuál acertó esté

hasta ahora averiguado.

 

Antes, en sus dos banderas

el mundo todo alistado,

conforme el humor le dicta

sigue cada cual el bando.

 

Uno dice que de risa

sólo es digno el mundo vario,

y otro que sus infortunios

son sólo para llorados.

 

Para todo se halla prueba

y razón en que fundarlo;

y no hay razón para nada,

de haber razón para tanto.

 

Todos son iguales jueces,

y siendo iguales y varios,

no hay quien pueda decidir

cuál es lo más acertado.

 

Pues si no hay quien lo sentencie

¿por qué pensáis vos, errado,

que os sometió Dios a vos

la decisión de los casos?

 

¿O por qué, contra vos mismo

severamente inhumano,

entre lo amargo y lo dulce

queréis elegir lo amargo?

 

Si es mío mi entendimiento

¿por qué siempre he de encontrarlo

tan torpe para el alivio,

tan agudo para el daño?

 

El discurso es un acero

que sirve por ambos cabos:

de dar muerte, por la punta;

por el pomo, de resguardo.

 

Si vos, sabiendo el peligro,

queréis por la punta usarlo,

¿qué culpa tiene el acero

del mal uso de la mano?

 

No es saber, saber hacer

discursos sutiles vanos;

que el saber consiste sólo

en elegir lo más sano.

 

Especular las desdichas

y examinar los presagios

sólo sirve de que el mal

crezca con anticiparlo.

 

En los trabajos futuros

la atención sutilizando

más formidable que el riesgo

suele fingir el amago.

 

¡Qué feliz es la ignorancia

del que indoctamente sabio

halla, de lo que padece,

en lo que ignora, sagrado!

 

No siempre suben seguros

vuelos del ingenio osados,

que buscan trono en el fuego

y hallan sepulcro en el llanto.

 

También es vicio el saber,

que si no se va atajando,

cuanto menos se conoce

es más nocivo el estrago.

 

Y si el vuelo no le abaten,

es sutilezas cebado,

por cuidar de lo curioso

olvida lo necesario.

 

Si culta mano no impide

crecer al árbol copado,

quitan la sustancia al fruto

la locura de los ramos.

 

Si andar a nave ligera

no estorba lastre pesado,

sirve el vuelo de que sea

el precipicio más alto.

 

En amenidad inútil

¿qué importa al florido campo,

si no halla fruto el otoño

que ostente flores el mayo?

 

¿De qué le sirve al ingenio

el producir muchos partos

si a la multitud se sigue

el malogro de abortarlos?

 

Ya esta desdicha por fuerza

ha de seguirse el fracaso

de quedar el que produce,

si no muerto, lastimado.

 

El ingenio es como el fuego,

que, con la materia ingrato,

tanto la consume más

cuando él se ostenta más claro.

 

Es de su propio señor

tan rebelado vasallo,

que convierte en sus ofensas

las armas de su resguardo.

 

Este pésimo ejercicio,

este duro afán pesado,

a los hijos de los hombres

dio Dios para ejercitarlos.

 

¿Qué loca ambición nos lleva,

de nosotros olvidados?

Si es que vivir tan poco,

¿de qué sirve saber tanto?

 

¡Oh, si como hay de saber

hubiera algún seminario

o escuela donde a ignorar

se enseñaran los trabajos!

 

¡Qué felizmente viviera

el que flojamente cauto

burlara las amenazas

del influjo de los astros!

 

Aprendamos a ignorar,

pensamiento, pues hallamos

que cuanto añado al discurso

tanto le usurpo a los años.

 

Romance III

Si es causa amor productivo

de diversidad de afectos,

que, con producirlos todos,

se perficiona a sí mesmo:

 

y si el uno de los más

naturales son los celos,

¿cómo sin tenerlos puede

el amor estar perfecto?

 

Son ellos de que hay amor

el signo más manifiesto:

como la humedad del agua

y como el humo del fuego.

 

No son (que dicen) de amor

bastardos hijos groseros;

sino legítimos, claros

sucesores de su imperio.

 

Son crédito y prueba suya,

pues sólo pueden dar ellos

auténticos testimonios

de que es amor verdadero.

 

Porque la fineza, que es

de ordinario el tesorero

a quien remite las pagas

amor de sus libramientos,

 

¿cuántas veces, motivada

de otros impulsos diversos,

ejecuta por de amor

decretos de galanteo?

 

El cariño ¿cuántas veces,

por dulce entretenimiento,

fingiendo quilates, crece

la mitad del justo precio?

 

¿Y cuántas más el discurso,

por ostentarse discreto,

acredita por de amor

partos del entendimiento?

 

¿Cuántas veces hemos visto

disfrazada en rendimientos

a la propia conveniencia,

a la tema o al empeño?

 

Sólo los celos ignoran

fábricas de fingimientos,

que, como son locos, tienen

propiedad de verdaderos.

 

Los gritos que ellos dan son,

sin dictamen de su dueño,

no ilaciones del discurso,

sino abortos del tormento.

 

Como de razón carecen,

carecen del instrumento

de fingir, que aquesto sólo

es en lo irracional bueno.

 

Desbocados ejercitan

contra sí el furor violento,

y no hay quien quiera en su daño

mentir, sino en su provecho.

 

Del frenético, que fuera

de su natural acuerdo

de despedaza, no hay quien

juzgue que finge el extremo.

 

En prueba de esta verdad,

mírense cuántos ejemplos

en bibliotecas de siglos

guarda el archivo del tiempo.

 

A Dido fingió el troyano,

mintió a Adriadna Teseo,

ofendió a Minos Pasife

y engañaba a Marte Venus.

 

Semíramis mató a Nino,

Elena deshonró al griego,

Jasón agravió a Medea

y dejó a Olimpia Vireno.

 

Betsabé engañaba a Urías,

Dalila al caudillo hebreo,

Jael a Sísara horrible,

Judit a Holofernes fiero.

 

Éstos y otros, que mostraban

tener amor, sin tenerlo,

todos fingieron amor,

mas ninguno fingió celos.

 

Porque aquél puede fingirse

con otro color, mas éstos

son la prueba del amor

y la prueba de sí mesmos.

 

Si ellos no tienen más padres

que el amor, luego son ellos

sus más naturales hijos

y más legítimos dueños.

 

Las demás demostraciones,

por más que finas las vemos,

pueden no mirar a amor

sino a otros varios respectos.

 

Ellos solos se van con él,

como la causa y efecto:

¿hay celos?, luego hay amor;

¿hay amor?, luego habrá celos.

 

De la fiebre ardiente suya

son el delirio más cierto;

que, como están sin sentido,

publican lo más secreto.

 

El que no los siente, amando,

del indicio más pequeño,

en tranquilidad de tibio

goza bonanzas de necio.

 

Que asegurarse en las dichas

solamente puede hacerlo

la villana confianza,

el propio merecimiento.

 

Bien sé que tal vez furiosos

suelen pasar desatentos,

a profanar de lo amado

osadamente el respeto.

 

Mas no es esto esencia suya,

sino un accidente anexo,

que tal vez los acompaña

y tal vez deja de hacerlo.

 

Mas doy que siempre: aún debiera

el más soberano objeto,

por la prueba de lo fino,

perdonarles lo grosero.

 

Mas no es, vuelvo a repetir,

preciso que el pensamiento

pase a ofender del decoro

los sagrados privilegios.

 

Para tener celos basta

sólo el temor de tenerlos;

que ya está sintiendo el daño

quien está sintiendo el riesgo.

 

Temer yo que haya quien quiera

festejar a quien festejo,

aspirar a mi fortuna

y solicitar mi empleo,

 

no es ofender lo que adoro,

antes es un alto aprecio

de pensar que deben todos

adorar lo que yo quiero.

 

Y éste es un dolor preciso,

por más que divino el dueño

asegure en confianza

prerrogativas de exento.

 

Decir que éste no es cuidado

que llegue a desasosiego,

podrá decirlo la boca,

mas no comprobarlo el pecho.

 

Persuadirme a que es lisonja

amor lo que yo apetezco,

aprobarme la elección

y calificar mi empleo;

 

a quien tal tiene a lisonja

nunca le falte este obsequio:

que yo juzgo que aquí sólo

son duros los lisonjeros.

 

Pues sólo fuera, a poder

contenerse estos afectos

en la línea del aplauso

o en el coto del cortejo.

 

¿Pero quién con tal medida

les podrá tener el freno

que no rompan desbocados

el alacrán del consejo?

 

Y aunque ellos en sí no pasen

el término de lo cuerdo,

¿quién lo podrá persuadir

a quien los mira con miedo?

 

Aplaudir lo que yo estimo,

bien puede ser sin intento

segundo; mas ¿quién podrá

tener mis temores quedos?

 

Quien tiene enemigos, suele

decir que no tenga sueño;

pues ¿cómo ha de sosegarse

el que los tiene tan ciertos?

 

Quien en frontera enemiga

descuidado ocupa el lecho,

sólo parece que quiere

ser del contrario trofeo.

 

Aunque inaccesible sea

el blanco: si los flecheros

son muchos, ¿quién asegura

que alguno no tenga acierto?

 

Quien se alienta a competirme

aun en menores empeños,

es un dogal que compone

mis ahogos de su aliento.

 

¿Pues qué será el que pretende

excederme los afectos,

mejorarme las finezas

y aventajar los deseos?

 

¿Quién quiere usurpar mis dichas?

¿Quién quiere ganarme el premio?

¿Y quién en galas del alma

quiere dejar más bien puesto?

 

¿Quién para su exaltación

procura mi abatimiento

y quiere comprar su gloria

a costa de mis desprecios?

 

¿Quién pretende, con los suyos,

deslucir mis sentimientos:

que en los desaires del alma

es el más sensible duelo?

 

Al que este dolor no llega

al más reservado seno

del alma, apueste insensibles

competencias con el hielo.

 

La confianza ha de ser

con proporcionado medio:

que deje de ser molestia

sin pasar a ser despego.

 

El que es discreto, a quien ama

le ha de mostrar que el recelo

lo tiene en la voluntad

y no en el entendimiento.

 

Un desconfiar de sí

y un estar siempre temiendo

que podrá exceder al mío

cualquiera mérito ajeno:

 

un temer que la fortuna

podrá con airado ceño

despojarme por indigno

del favor que no merezco:

 

no sólo no ofende; antes

es el esmalte más bello

que a las joyas de lo fino

les puede dar lo discreto.

 

Y aunque algo exceda la queja,

nunca queda mal, supuesto,

que es gala de lo sentido

exceder de lo modesto.

 

Lo atrevido es un celoso,

lo irracional y lo terco,

prueba es de amor, que merece

la beca de su colegio.

 

Y aunque muestre que se ofende,

yo sé que por allá dentro

no le pesa a la más alta

de mirar tales extremos.

 

La más airada deidad

al celoso más grosero

le está aceptando servicios

los que riñe atrevimientos.

 

La que se queja oprimida

del natural más estrecho

hace ostentación de amada

el que parece lamento.

 

De la triunfante hermosura

tiran el carro soberbio

el desdichado con quejas

y el celoso con despechos.

 

Uno de sus sacrificios

es este dolor acerbo,

y ella, ambiciosa, no quiere

nunca tener uno menos.

 

¡Oh doctísimo Montoro,

asombro de nuestros tiempos,

injuria de los Virgilios,

afrenta de los Homeros!

 

Cuando de amor prescindiste

este inseparable afecto

(precisión que sólo pudo

formarla tu entendimiento),

 

bien se ve que sólo fue

la empresa de tus talentos

el probar lo más difícil,

no persuadir a creerlo.

 

Al modo de aquellos que

sutilmente defendieron

que de la nube los campos

se visten de color negro.

 

De tu sutileza fue

airoso, galán empeño,

sofística bizarría

de tu soberano ingenio.

 

Probar lo que no es probable

bien se ve que fue el intento

tuyo, porque lo evidente

probado se estaba ello.

 

Acudiste al partido

que hallaste más indefenso

y a la opinión desvalida

ayudaste caballero.

 

Éste fue tu fin; y así,

debajo de este supuesto,

no es ésta, ni puede ser,

réplica de tu argumento,

 

sino sólo una obediencia

mandada de gusto ajeno,

cuya insinuación en mí

tiene fuerza de precepto.

 

Confieso que de mejor

gana siguiera mi genio

el extravagante rumbo

de tu no hallado sendero.

 

Pero, sobre ser difícil,

inaccesible lo has hecho,

pues el mayor imposible

fuera ir en tu seguimiento.

 

Rumbo que estrenan las alas

de tu remontado vuelo

(aun determinando al daño)

no lo intentara un despecho.

 

La opinión que yo quería

seguir, seguiste primero;

dísteme celos, y tuve

la contraria con tenerlos.

 

Con razón se reservó

tanto asunto a tanto ingenio;

que a fuerzas sólo de Atlante

fía la esfera su peso.

 

Tenla, pues, que si consigues

persuadirla al universo,

colgará el género humano

sus cadenas en tu templo.

 

No habrá quejosos de amor,

y en sus dulces prisioneros

serán las cadenas oro

y no dorados los yerros.

 

Será la sospecha inútil,

estará ocioso el recelo,

desterrarase el indicio

y perderá el ser el miedo.

 

Todo será dicha, todo

felicidad y contento,

todo venturas, y en fin

pasará el mundo a ser cielo.

 

Deberanle los mortales

a tu valeroso esfuerzo

la más dulce libertad

del más duro cautiverio.

 

Mucho te deberán todos,

y yo más que todos debo

las discretas instrucciones

a las luces de tus versos.

 

Dalos a la estampa, porque

en caracteres eternos

viva tu nombre, y con él

se extienda el común provecho.

 

Romance IV

Ya que para despedirme,

dulce idolatrado dueño,

ni me da licencia el llanto

ni me da lugar el tiempo,

 

háblente los tristes rasgos,

entre lastimeros ecos,

de mi triste pluma, nunca

con más justa causa negros.

 

Y aún ésta te hablará torpe

con las lágrimas que vierto;

porque va borrando el agua

lo que va dictando el fuego.

 

Hablar me impiden mis ojos,

y es que se anticipan ellos

viendo lo que he de decirte,

a decírtelo primero.

 

Oye la elocuencia muda

que hay en mi dolor, sirviendo

los suspiros, de palabras,

las lágrimas, de conceptos.

 

Mira la fiera borrasca

que pasa en el mar del pecho,

donde zozobras turbados

mis confusos pensamientos.

 

Mira cómo ya el vivir

me sirve de afán grosero,

que se avergüenza la vida

de durarme tanto tiempo.

 

Mira la muerte, que esquiva

huye, porque la deseo;

que aun la muerte, si es buscada,

se quiere subir de precio.

 

Mira cómo el cuerpo amante,

rendido a tanto tormento,

siendo en lo demás cadáver,

sólo en el sentir es cuerpo.

 

Mira cómo el alma misma

aún teme, en su ser exento,

que quiera el dolor violar

la inmunidad de lo eterno.

 

En lágrimas y suspiros,

alma y corazón a un tiempo,

aquél se convierte en agua

y ésta se resuelve en viento.

 

Ya no me sirve la vida,

esta vida que poseo,

sino de condición sola

necesaria al sentimiento.

 

¿Mas por qué gasto razones

en contar mi pena, y dejo

de decir lo que es preciso

por decir lo que estás viendo?

 

En fin, te vas: ¡ay de mí!,

dudosamente lo pienso;

pues si es verdad, no estoy viva,

y si viva, no lo creo.

 

¿Posible es que ha de haber día

tan infausto, tan funesto,

en que sin ver yo las tuyas

esparza sus luces Febo?

 

¿Posible es que ha de llegar

el rigor a tan severo

que no ha de darle tu vista

a mis pesares aliento?

 

¿Que no he de ver tu semblante?

¿Que no he de escuchar tus ecos?

¿Que no he de gozar tus brazos?

¿Ni me ha de animar tu aliento?

 

¡Ay, mi bien! ¡Ay, prenda mía!

¡Dulce fin de mis deseos!

¿Por qué me llevas el alma,

dejándome el sentimiento?

 

Mira que es contradicción

que no cabe en un sujeto

tanta muerte en una vida

tanto dolor en un muerto.

 

Mas ya que es preciso (¡ay triste!)

en mi infelice suceso

ni vivir con la esperanza

ni morir con el tormento,

 

dame algún consuelo tú

en el dolor que padezco,

y quien en el suyo muere

viva siquiera en tu pecho.

 

No te olvides que te adoro,

y sírvante de recuerdo

las finezas que me debes,

si no las prendas que tengo.

 

Acuérdate que mi amor,

haciendo gala del riesgo,

sólo por atropellarlo

se alegraba de tenerlo.

 

Y si mi amor no es bastante,

el tuyo mismo te acuerdo,

que no es poco empeño haber

empezado ya en empeño.

 

Acuérdate, señor mío,

de tus nobles juramentos,

y lo que juró tu boca

no lo desmienten tus hechos.

 

Y perdona si en temer

mi agravio, mi bien, te ofendo,

que no es dolor el dolor

que se contiene en lo atento.

 

Y adiós, que con el ahogo

que me embarca los alientos

ni sé ya lo que te digo

ni lo que te escribo leo.

 

Romance V

Traigo conmigo un cuidado,

y tan esquivo, que creo

que aunque sé sentirlo tanto

aún yo mismo no lo siento.

 

Es amor, pero es amor

que, faltándole lo ciego,

los ojos que tiene son

para darle más tormento.

 

El término no es a quo,

que causa el pesar que veo

que siendo el término el bien

todo el dolor es el medio.

 

Si es lícito y aún debido

este cariño que tengo,

¿por qué me han de dar castigo

porque pago lo que debo?

 

¡Oh, cuánta fineza! ¡Oh, cuántos

cariños he visto tiernos!

Que amor que se tiene a Dios

es calidad sin opuestos.

 

De lo lícito no puede

hacer contrarios conceptos,

con que es amor que al olvido

no puede vivir expuesto.

 

Yo me acuerdo (¡ah, nunca fuera!)

que he querido en otro tiempo

lo que pasó de locura

y lo que excedió de extremo.

 

Mas como era amor bastardo

y de contrarios compuesto,

fue fácil desvanecerse,

de achaque de su ser mesmo.

 

Mas ahora (¡ay de mí!) está

tan en su natural centro

que la virtud y razón

son quien aviva su incendio.

 

Quien tal oyere dirá

que si es así ¿por qué peno?

Mas mi corazón ansioso

dirá que por eso mesmo.

 

¡Oh, humana flaqueza nuestra,

adonde el más puro afecto

aún no sabe desnudarse

del natural sentimiento!

 

Tan precisa es la apetencia

que a ser amados tenemos,

que aun sabiendo que no sirve

nunca dejarla sabemos.

 

Que corresponda a mi amor

nada añade; mas no puedo

(por más que lo solicito)

dejar yo de apetecerlo.

 

Si es delito, yo lo digo;

si es culpa, ya lo confieso;

mas no puedo arrepentirme

por más que hacerlo pretendo.

 

Bien ha visto quien penetra

lo interior de mis secretos

que yo misma estoy formando

los dolores que padezco.

 

Bien sabe que soy yo misma

verdugo de mis deseos,

pues muertos entre mis ansias

tienen sepulcro en mi pecho.

 

Muero (¿quién lo creerá?) a manos

de la cosa que más quiero,

y el motivo de matarme

es el amor que le tengo.

 

Así alimentando triste

la vida con el veneno,

la misma muerte que vivo

es la vida con que muero.

 

Pero valor, corazón,

porque en tal dulce tormento,

en medio de cualquier suerte

no dejar de amar protesto.

 

Romance VI

Mientras la gracia me excita

por elevarme a la esfera,

mas me abate a lo profundo

el peso de mis miserias.

 

La virtud y la costumbre

en el corazón pelean

y el corazón agoniza

en tanto que lidian ellas.

 

Y aunque es la virtud tan fuerte

temo que tal vez la venzan,

que es muy grande la costumbre

y está la virtud muy tierna.

 

Oscurécese el discurso

entre confusas tinieblas;

pues ¿quién podrá darme luz,

si está la razón a ciegas?

 

De mí misma soy verdugo

y soy cárcel de mí mesma:

¿quién vio que pena y penante

una propia cosa sean?

 

Hago disgusto a lo mismo

que más agradar quisiera,

y el disgusto que doy

en mí resulta la pena.

 

Amo a Dios y siento en Dios,

y hace mi voluntad mesma

de lo que es alivio, cruz,

del mismo puerto, tormenta.

 

Padezca, pues Dios lo manda;

mas de tal manera sea,

que si son penas las culpas

que no sean culpas las penas.

 

Romance VII

Amante dulce del alma,

bien soberano a que aspiro,

tú que sabes las ofensas

castigar a beneficios;

 

divino imán en que adoro:

hoy que tan propicio os miro,

que me mimáis la osadía

de poder llamaros mío:

 

hoy que en unión amorosa

pareció a vuestro cariño

que si no estabais en mí

era poco estar conmigo;

 

hoy que para examinar

el afecto con que os sirvo

al corazón en persona

habéis entrado vos mismo,

 

pregunto: ¿es amor o celos

tan cuidadoso escrutinio?

Que quien lo registra todo

da de sospechar indicios.

 

Mas ¡ay, bárbara ignorante,

y qué de errores he dicho,

como si el estorbo humano

obstara al lince divino!

 

Para ver los corazones

no es menester asistirlos,

que para vos son patentes

las entrañas del abismo.

 

Con una intuición presente

tenéis en vuestro registro

el infinito pasado

hasta el presente finito.

 

Luego no necesitabais

para ver el pecho mío,

si lo estáis mirando sabio,

entrar a mirarlo fino.

 

Luego es amor, no celos,

lo que en vos miro.

 

Romance decasílabo

Lámina sirva el cielo al retrato,

Lísida, de su angélica forma;

cálamos forme el sol de sus luces,

sílabas las estrellas componga.

 

Cárceles tu madeja fabrica,

dédalo que sutilmente forma

vínculos de dorados Ofires,

Tíbares de prisiones gustosas.

 

Hécate, no triforme, mas llena,

pródiga de candores asoma,

trémula no en tu frente se oculta,

fúlgida su esplendor desemboza.

 

Círculo dividido en dos arcos,

pérsica forman lid belicosa:

áspides que por flechas disparas,

víboras de halagüeña ponzoña.

 

Lámparas, tus dos ojos, febeas,

súbitos resplandores arrojan;

pólvora que a las almas que llega

tórridas abrasadas transforma.

 

Límite de una y otra luz pura,

último, tu nariz judiciosa,

árbitro es, entre dos, confinantes,

máquina que divide una y otra.

 

Cátedras del abril tus mejillas,

clásicas dan a mayo estudiosas

métodos a jazmines nevados,

fórmula rubicunda a las rosas.

 

Lágrimas del aurora congela,

búcaro de fragancia tu boca,

rúbrica con jazmines escrita,

cláusula de coral y de aljófar.

 

Cóncavo es, breve pira, en la barba,

pórfido en que las almas reposan;

túmulo les eriges de luces,

bóveda de luceros las honra.

 

Tránsito a los jardines de Venus,

órgano es de marfil, en canora

música tu garganta, que en dulces

éxtasis aun al viento aprisiona.

 

Pámpanos de cristal y de nieve,

cándidos tus dos brazos provocan,

Tántalos, los deseos ayunos,

míseros sienten frutas y ondas.

 

Dátiles de alabastro tus dedos,

fértiles de sus dos palmas brotan;

frígidos, si los ojos los miran;

cálidos, si las almas los tocan.

 

Bósforo de estrechez, tu cintura,

cíngulo ciñe breve por zona;

rígida (si de seda) clausura,

músculos nos oculta ambiciosa.

 

Cúmulo de primores tu talle,

dóricas esculturas asombra,

jónicos lineamientos desprecia,

émula su labor de sí propia.

 

Móviles pequeñeces tus plantas,

sólidos pavimentos ignoran;

mágicos, que a los vientos que pisan

tósigos de beldad inficionan.

 

Plátano, tu gentil estatura,

flámula es que a los aires tremola;

ágiles movimientos que esparcen

bálsamo de fragantes aromas.

 

Índices de tu rara hermosura,

rústicas estas líneas son cortas;

Cítara solamente de Apolo

méritos cante tuyos sonora.

 

Romance que en sentidos afectos produce el dolor de una ausencia

Ya que para despedirme,

dulce idolatrado dueño,

ni me da licencia el llanto

ni me da lugar el tiempo,

 

háblente los tristes rasgos,

entre lastimeros ecos,

de mi triste pluma, nunca

con más justa causa negros.

 

Y aún ésta te hablará torpe

con las lágrimas que vierto;

porque va borrando el agua

lo que va dictando el fuego.

 

Hablar me impiden mis ojos,

y es que se anticipan ellos

viendo lo que he de decirte,

a decírtelo primero.

 

Oye la elocuencia muda

que hay en mi dolor, sirviendo

los suspiros, de palabras,

las lágrimas, de conceptos.

 

Mira la fiera borrasca

que pasa en el mar del pecho,

donde zozobras turbados

mis confusos pensamientos.

 

Mira cómo ya el vivir

me sirve de afán grosero,

que se avergüenza la vida

de durarme tanto tiempo.

 

Mira la muerte, que esquiva

huye, porque la deseo;

que aun la muerte, si es buscada,

se quiere subir de precio.

 

Mira cómo el cuerpo amante,

rendido a tanto tormento,

siendo en lo demás cadáver,

sólo en el sentir es cuerpo.

 

Mira cómo el alma misma

aún teme, en su ser exento,

que quiera el dolor violar

la inmunidad de lo eterno.

 

En lágrimas y suspiros,

alma y corazón a un tiempo,

aquél se convierte en agua

y ésta se resuelve en viento.

 

Ya no me sirve la vida,

esta vida que poseo,

sino de condición sola

necesaria al sentimiento.

 

¿Mas por qué gasto razones

en contar mi pena, y dejo

de decir lo que es preciso

por decir lo que estás viendo?

 

En fin, te vas: ¡ay de mí!,

dudosamente lo pienso;

pues si es verdad, no estoy viva,

y si viva, no lo creo.

 

¿Posible es que ha de haber día

tan infausto, tan funesto,

en que sin ver yo las tuyas

esparza sus luces Febo?

 

¿Posible es que ha de llegar

el rigor a tan severo

que no ha de darle tu vista

a mis pesares aliento?

 

¿Que no he de ver tu semblante?

¿Que no he de escuchar tus ecos?

¿Que no he de gozar tus brazos?

¿Ni me ha de animar tu aliento?

 

¡Ay, mi bien! ¡Ay, prenda mía!

¡Dulce fin de mis deseos!

¿Por qué me llevas el alma,

dejándome el sentimiento?

 

Mira que es contradicción

que no cabe en un sujeto

tanta muerte en una vida

tanto dolor en un muerto.

 

Mas ya que es preciso (¡ay triste!)

en mi infelice suceso

ni vivir con la esperanza

ni morir con el tormento,

 

dame algún consuelo tú

en el dolor que padezco,

y quien en el suyo muere

viva siquiera en tu pecho.

 

No te olvides que te adoro,

y sírvante de recuerdo

las finezas que me debes,

si no las prendas que tengo.

 

Acuérdate que mi amor,

haciendo gala del riesgo,

sólo por atropellarlo

se alegraba de tenerlo.

 

Y si mi amor no es bastante,

el tuyo mismo te acuerdo,

que no es poco empeño haber

empezado ya en empeño.

 

Acuérdate, señor mío,

de tus nobles juramentos,

y lo que juró tu boca

no lo desmienten tus hechos.

 

Y perdona si en temer

mi agravio, mi bien, te ofendo,

que no es dolor el dolor

que se contiene en lo atento.

 

Y adiós, que con el ahogo

que me embarca los alientos

ni sé ya lo que te digo

ni lo que te escribo leo.

 

Romance que resuelve con ingenuidad sobre problemas entre las instancias de la obligación y el afecto

Supuesto, discurso mío

que gozáis en todo el orbe,

entre aplausos de entendido,

de agudo veneraciones,

 

mostradlo en el duro empeño

en que mis ansias os ponen,

dando salida a mis dudas,

dando aliento a mis temores.

 

Empeño vuestro es el mío;

mirad que será desorden

ser en causa ajena agudo

y en la vuestra propia torpe.

 

Ved que es querer las causas,

con efectos desconformes,

nieves el fuego congele,

que la nieve llamas brote.

 

Manda la razón de estado

que, atendiendo a obligaciones,

las partes de Fabio olvide,

las prendas de Silvio adore.

 

O que al menos, si no puedo

vencer tan fuertes pasiones,

cenizas de disimulo

cubran amantes ardores.

 

¡Qué vano disfraz la juzgo!

Pues harán, cuando más obren,

que no se mire la llama

no que el ardor no se note.

 

¿Cómo podré yo mostrarme,

entre estas contradicciones,

a quien no quiero, de cera,

a quien adoro, de bronce?

 

¿Cómo el corazón podrá,

cómo sabrá el labio torpe

fingir halago, olvidando,

mentir, amando, rigores?

 

¿Cómo sufrir abatido,

entre tan bajas ficciones,

que lo desmienta la boca

podrá un corazón tan noble?

 

¿Y cómo podrá la boca

cuando el corazón se enoje,

fingir cariños, faltando

quien le ministre razones?

 

¿Podrá mi noble altivez

consentir que mis acciones

de nieve y de fuego sirvan

de ser fábula del orbe?

 

Y yo doy, que tanta dicha

tenga, que todos los ignoren:

para pasar la vergüenza

¿no basta que a mí me conste?

 

Que aquesto es razón me dicen

los que la razón conocen:

¿pues cómo la razón puede

forjarse de sinrazones?

 

¿Qué te costaba, hado impío,

dar al repartir tus dones

o los méritos de Fabio

o a Silvio las perfecciones?

 

Dicha y desdicha de entrambos

la suerte les descompone,

con que el uno su desdicha

y el otro su dicha ignore.

 

¿Quién ha visto que tan varia

la fortuna se equivoque

y que el dichoso padezca

porque el infelice goce?

 

No me convence el ejemplo

que en el Mongibelo ponen,

que en él es natural gala

y en mi violencia disforme.

 

Y resistir el combate

de tan encontrados golpes

no cabe en lo sensitivo

y puede sufrirlo un monte.

 

¡Oh vil arte cuyas reglas

tanto a la razón se oponen,

que para que se ejecuten

es menester que se ignoren!

 

¿Qué hace en adorarme Silvio?

¿Cuando más fino blasone,

quererme es más que seguir

de su inclinación el norte?

 

Gustoso vive en su empleo

sin que disgustos le estorben:

¿pues qué vence, si no vence

por mí en sus inclinaciones?

 

¿Qué víctimas sacrifica,

qué incienso en mis aras pone,

si cambia sus rendimientos

al precio de mis favores?

 

Más hago yo; pues no hay duda

que hace finezas mayores

que el que voluntario ruega,

quien violenta corresponde.

 

Porque aquél sigue obediente

de su estrella el curso dócil,

y éste contra la corriente

de su destino se opone.

 

Él es libre para amarme,

aunque otra su amor provoque.

¿Y no tendré yo la misma

libertad en mis acciones?

 

Si él restituir no puede,

su incendio mi incendio abone:

violencia que a él le sujeta,

¿qué mucho que a mí me postre?

 

¿No es rigor, no es tiranía,

siendo iguales las pasiones,

no poder él reportarse

y querer que me reporte?

 

Quererle porque él me quiere

no es justo que amor se nombre:

que no ama quien para amar

el ser amado supone.

 

No es amor correspondencia:

causas tiene superiores,

que las concilian los astros

o la engendran perfecciones.

 

Quien ama porque es querida,

sin otro impulso más noble,

desprecia el amante y ama

sus propias adoraciones.

 

Del humo del sacrificio

quiere los vanos honores,

sin mirar si al oferente

hay méritos que le adornen.

 

Ser potencia y ser objeto

a toda razón se opone;

porque era ejercer en sí

sus propias operaciones.

 

A parte rei se distinguen

el objeto que conoce;

y lo amable, no lo amante,

es blanco de sus arpones.

 

Amor no busca la paga

de voluntades conformes;

que tan bajo interés fuera

indigna usura en los dioses.

 

No hay cualidad que en él pueda

imprimir alteraciones

del velo de los desdenes,

del fuego de los favores.

 

Su ser es inaccesible

al discurso de los hombres;

que aunque el efecto se sienta,

la esencia no se conoce.

 

Y en fin, cuando en mi favor

no hubiere tantas razones,

mi voluntad es de Fabio:

Silvio y el mundo perdonen.

 

Rosa divina que en gentil cultura…

Rosa divina que en gentil cultura

eres con tu fragante sutileza

magisterio purpúreo en la belleza,

enseñanza nevada a la hermosura;

 

amago de la humana arquitectura,

ejemplo de la vana gentileza

en cuyo ser unió naturaleza

la cuna alegre y triste sepultura:

 

¡cuán altiva en tu pompa, presumida,

soberbia, el riesgo de morir desdeñas;

y luego, desmayada y encogida,

 

de tu caduco ser das mustias señas!

¡Con qué, con docta muerte y necia vida,

viviendo engañas y muriendo enseñas!

 

Sabrás, querido Fabio…

Sabrás, querido Fabio,

si ignoras que te quiero,

que ignorar lo dichoso

es muy de lo discreto;

 

que apenas fuiste blanco

en que el rapaz arquero

del tiro indefectible

logró el mejor acierto,

 

cuando en mi pecho amante

brotaron el incendio

de recíprocas llamas

conformes ardimientos.

 

¿No has visto, Fabio mío,

cuando el señor de Delas

hiere con armas de oro

la luna de un espejo,

 

que haciendo en el cristal

reflejo el rayo bello

hiere repercusivo

al más cercano objeto?

 

Pues así del amor

las flechas, que en mi pecho

tu resistente nieve

les dio mayor esfuerzo,

 

vueltas a mí las puntas,

dispuso amor soberbio,

sólo con un impulso,

dos alcanzar trofeos.

 

Díganlo las ruinas

de mi valor deshecho

que en contritas cenizas

predican escarmientos.

 

Mi corazón lo diga,

que en padrones eternos

inextinguibles guarda

testimonios del fuego.

 

Segunda Troya, el alma,

de ardientes Mongibelos

es pavesa a la saña

de más astuto griego.

 

De las sangrientas viras

los enervados hierros

por las venas difunden

el amable veneno.

 

Las cercenadas voces,

que en balbucientes ecos,

si el amor las impele,

las retiene el respeto.

 

Las niñas de mis ojos,

que con mirar travieso

sinceramente parlan

del alma los secretos.

 

El turbado semblante

y el impedido aliento

en cuya muda calma

da voces el afecto.

 

Aquel decirte más,

cuando me explico menos,

queriendo en negaciones

expresar los conceptos.

 

Y en fin, dígaslo tú,

que de mis pensamientos,

lince sutil, penetras

los más ocultos senos.

 

Si he dicho que te he visto,

mi amor está supuesto,

pues es correlativo

de tus merecimientos.

 

Si a ellos atiendes, Fabio,

con indicios más ciertos

verás de mis finezas

evidentes contextos.

 

Ellos a ti te basten,

que si prosigo, pienso

que con superfluas voces

su autoridad ofendo.

 

Señora doña Rosa, hermosa amago…

Señora doña Rosa, hermosa amago

de cuantas flores miran Sol y Luna:

¿cómo, si es dama ya, se está en la cuna,

y si es divina, teme humano estrago?

 

¿Cómo, expuesta del cierzo al rigor vago,

teme humilde el desdén de la fortuna,

mendigando alimentos, importuna,

del turbio humor de un cenagoso lago?

 

Bien sé que ha de decirte que el respeto

le pierdo con mi mal limada prosa.

Pues a fe que me he visto en harto aprieto;

 

y advierta vuesarced, señora Rosa,

que le escribo, no más, este soneto

porque todo poeta aquí se roza.

 

Si acaso, Fabio mío…

Si acaso, Fabio mío,

después de penas tantas

quedan para las quejas

alientos en el alma;

 

si acaso en las cenizas

de mi muerte esperanza

se libró por pequeña

alguna débil rama,

 

adonde entretenerse,

con fuerza limitada,

el rato que me escuchas

pueda la vital aura;

 

si acaso a la tijera

mortal que me amenaza

concede breves treguas

la inexorable parca,

 

oye en tristes endechas

tiernas consonancias

que al moribundo cisne

sirven de exequias blandas.

 

Y antes que noche eterna

con letal llave opaca

de mis trémulo ojos

cierre las lumbres vagas,

 

dame el postrer abrazo,

cuyas tiernas lazadas,

siendo unión de los cuerpos,

identifican almas.

 

Oigo tus dulces ecos,

y en cadencias turbadas

no permite el ahogo

entera la palabra.

 

De tu rostro en el mío

haz amoroso estampa

y las mejillas frías

de ardiente llanto baña.

 

Tus lágrimas y mías

digan equivocadas

que aunque en distintos pechos

las engendró una causa.

 

Unidas de las manos

las bien tejidas palmas,

con movimientos digan

lo que los labios callan.

 

Dame, por prendas firmes

de tu fe no violada,

en tu pecho escrituras,

seguros en tu cara;

 

para que cuando baje

a las estigias aguas,

tuyo el óbolo sea

para fletar la barca.

 

Recibe de mis labios

el que, en mortales ansias,

el exánime pecho

último aliento exhala.

 

Y el espíritu ardiente,

que vivifica llama

de acto sirvió primero

a tierra organizada,

 

recibe, y de tu pecho

en la dulce morada

padrón eterno sea

de mi fineza rara.

 

Y adiós, Fabio querido,

que ya el aliento falta,

y de vivir se aleja

la que de ti se aparta.

 

Si de Carlos la garra y bizarría…

Si de Carlos la garra y bizarría

pudo por sí mover a mi cuidado,

¿cómo parecerá, siendo envidiado,

lo que sólo por sí bien parecía?

 

Si sin triunfo rendirle pretendía,

sabiendo que ya vive enamorado,

¿qué victoria será verle apartado

de quien antes por suyo le tenía?

 

Pues perdone don Juan, que aunque yo quiera

pagar su amor, que a olvido ya condeno,

¿cómo podré si ya en mi pena fiera

 

introducen los celos su veneno?

Que es Carlos más galán; y aunque no fuera,

tiene de más galán el ser ajeno.

 

Si es causa amor productivo…

Si es causa amor productivo

de diversidad de afectos,

que, con producirlos todos,

se perficiona a sí mesmo:

 

y si el uno de los más

naturales son los celos,

¿cómo sin tenerlos puede

el amor estar perfecto?

 

Son ellos de que hay amor

el signo más manifiesto:

como la humedad del agua

y como el humo del fuego.

 

No son (que dicen) de amor

bastardos hijos groseros;

sino legítimos, claros

sucesores de su imperio.

 

Son crédito y prueba suya,

pues sólo pueden dar ellos

auténticos testimonios

de que es amor verdadero.

 

Porque la fineza, que es

de ordinario el tesorero

a quien remite las pagas

amor de sus libramientos,

 

¿cuántas veces, motivada

de otros impulsos diversos,

ejecuta por de amor

decretos de galanteo?

 

El cariño ¿cuántas veces,

por dulce entretenimiento,

fingiendo quilates, crece

la mitad del justo precio?

 

¿Y cuántas más el discurso,

por ostentarse discreto,

acredita por de amor

partos del entendimiento?

 

¿Cuántas veces hemos visto

disfrazada en rendimientos

a la propia conveniencia,

a la tema o al empeño?

 

Sólo los celos ignoran

fábricas de fingimientos,

que, como son locos, tienen

propiedad de verdaderos.

 

Los gritos que ellos dan son,

sin dictamen de su dueño,

no ilaciones del discurso,

sino abortos del tormento.

 

Como de razón carecen,

carecen del instrumento

de fingir, que aquesto sólo

es en lo irracional bueno.

 

Desbocados ejercitan

contra sí el furor violento,

y no hay quien quiera en su daño

mentir, sino en su provecho.

 

Del frenético, que fuera

de su natural acuerdo

de despedaza, no hay quien

juzgue que finge el extremo.

 

En prueba de esta verdad,

mírense cuántos ejemplos

en bibliotecas de siglos

guarda el archivo del tiempo.

 

A Dido fingió el troyano,

mintió a Adriadna Teseo,

ofendió a Minos Pasife

y engañaba a Marte Venus.

 

Semíramis mató a Nino,

Elena deshonró al griego,

Jasón agravió a Medea

y dejó a Olimpia Vireno.

 

Betsabé engañaba a Urías,

Dalila al caudillo hebreo,

Jael a Sísara horrible,

Judit a Holofernes fiero.

 

Éstos y otros, que mostraban

tener amor, sin tenerlo,

todos fingieron amor,

mas ninguno fingió celos.

 

Porque aquél puede fingirse

con otro color, mas éstos

son la prueba del amor

y la prueba de sí mesmos.

 

Si ellos no tienen más padres

que el amor, luego son ellos

sus más naturales hijos

y más legítimos dueños.

 

Las demás demostraciones,

por más que finas las vemos,

pueden no mirar a amor

sino a otros varios respectos.

 

Ellos solos se van con él,

como la causa y efecto:

¿hay celos?, luego hay amor;

¿hay amor?, luego habrá celos.

 

De la fiebre ardiente suya

son el delirio más cierto;

que, como están sin sentido,

publican lo más secreto.

 

El que no los siente, amando,

del indicio más pequeño,

en tranquilidad de tibio

goza bonanzas de necio.

 

Que asegurarse en las dichas

solamente puede hacerlo

la villana confianza,

el propio merecimiento.

 

Bien sé que tal vez furiosos

suelen pasar desatentos,

a profanar de lo amado

osadamente el respeto.

 

Mas no es esto esencia suya,

sino un accidente anexo,

que tal vez los acompaña

y tal vez deja de hacerlo.

 

Mas doy que siempre: aún debiera

el más soberano objeto,

por la prueba de lo fino,

perdonarles lo grosero.

 

Mas no es, vuelvo a repetir,

preciso que el pensamiento

pase a ofender del decoro

los sagrados privilegios.

 

Para tener celos basta

sólo el temor de tenerlos;

que ya está sintiendo el daño

quien está sintiendo el riesgo.

 

Temer yo que haya quien quiera

festejar a quien festejo,

aspirar a mi fortuna

y solicitar mi empleo,

 

no es ofender lo que adoro,

antes es un alto aprecio

de pensar que deben todos

adorar lo que yo quiero.

 

Y éste es un dolor preciso,

por más que divino el dueño

asegure en confianza

prerrogativas de exento.

 

Decir que éste no es cuidado

que llegue a desasosiego,

podrá decirlo la boca,

mas no comprobarlo el pecho.

 

Persuadirme a que es lisonja

amor lo que yo apetezco,

aprobarme la elección

y calificar mi empleo;

 

a quien tal tiene a lisonja

nunca le falte este obsequio:

que yo juzgo que aquí sólo

son duros los lisonjeros.

 

Pues sólo fuera, a poder

contenerse estos afectos

en la línea del aplauso

o en el coto del cortejo.

 

¿Pero quién con tal medida

les podrá tener el freno

que no rompan desbocados

el alacrán del consejo?

 

Y aunque ellos en sí no pasen

el término de lo cuerdo,

¿quién lo podrá persuadir

a quien los mira con miedo?

 

Aplaudir lo que yo estimo,

bien puede ser sin intento

segundo; mas ¿quién podrá

tener mis temores quedos?

 

Quien tiene enemigos, suele

decir que no tenga sueño;

pues ¿cómo ha de sosegarse

el que los tiene tan ciertos?

 

Quien en frontera enemiga

descuidado ocupa el lecho,

sólo parece que quiere

ser del contrario trofeo.

 

Aunque inaccesible sea

el blanco: si los flecheros

son muchos, ¿quién asegura

que alguno no tenga acierto?

 

Quien se alienta a competirme

aun en menores empeños,

es un dogal que compone

mis ahogos de su aliento.

 

¿Pues qué será el que pretende

excederme los afectos,

mejorarme las finezas

y aventajar los deseos?

 

¿Quién quiere usurpar mis dichas?

¿Quién quiere ganarme el premio?

¿Y quién en galas del alma

quiere dejar más bien puesto?

 

¿Quién para su exaltación

procura mi abatimiento

y quiere comprar su gloria

a costa de mis desprecios?

 

¿Quién pretende, con los suyos,

deslucir mis sentimientos:

que en los desaires del alma

es el más sensible duelo?

 

Al que este dolor no llega

al más reservado seno

del alma, apueste insensibles

competencias con el hielo.

 

La confianza ha de ser

con proporcionado medio:

que deje de ser molestia

sin pasar a ser despego.

 

El que es discreto, a quien ama

le ha de mostrar que el recelo

lo tiene en la voluntad

y no en el entendimiento.

 

Un desconfiar de sí

y un estar siempre temiendo

que podrá exceder al mío

cualquiera mérito ajeno:

 

un temer que la fortuna

podrá con airado ceño

despojarme por indigno

del favor que no merezco:

 

no sólo no ofende; antes

es el esmalte más bello

que a las joyas de lo fino

les puede dar lo discreto.

 

Y aunque algo exceda la queja,

nunca queda mal, supuesto,

que es gala de lo sentido

exceder de lo modesto.

 

Lo atrevido es un celoso,

lo irracional y lo terco,

prueba es de amor, que merece

la beca de su colegio.

 

Y aunque muestre que se ofende,

yo sé que por allá dentro

no le pesa a la más alta

de mirar tales extremos.

 

La más airada deidad

al celoso más grosero

le está aceptando servicios

los que riñe atrevimientos.

 

La que se queja oprimida

del natural más estrecho

hace ostentación de amada

el que parece lamento.

 

De la triunfante hermosura

tiran el carro soberbio

el desdichado con quejas

y el celoso con despechos.

 

Uno de sus sacrificios

es este dolor acerbo,

y ella, ambiciosa, no quiere

nunca tener uno menos.

 

¡Oh doctísimo Montoro,

asombro de nuestros tiempos,

injuria de los Virgilios,

afrenta de los Homeros!

 

Cuando de amor prescindiste

este inseparable afecto

(precisión que sólo pudo

formarla tu entendimiento),

 

bien se ve que sólo fue

la empresa de tus talentos

el probar lo más difícil,

no persuadir a creerlo.

 

Al modo de aquellos que

sutilmente defendieron

que de la nube los campos

se visten de color negro.

 

De tu sutileza fue

airoso, galán empeño,

sofística bizarría

de tu soberano ingenio.

 

Probar lo que no es probable

bien se ve que fue el intento

tuyo, porque lo evidente

probado se estaba ello.

 

Acudiste al partido

que hallaste más indefenso

y a la opinión desvalida

ayudaste caballero.

 

Éste fue tu fin; y así,

debajo de este supuesto,

no es ésta, ni puede ser,

réplica de tu argumento,

 

sino sólo una obediencia

mandada de gusto ajeno,

cuya insinuación en mí

tiene fuerza de precepto.

 

Confieso que de mejor

gana siguiera mi genio

el extravagante rumbo

de tu no hallado sendero.

 

Pero, sobre ser difícil,

inaccesible lo has hecho,

pues el mayor imposible

fuera ir en tu seguimiento.

 

Rumbo que estrenan las alas

de tu remontado vuelo

(aun determinando al daño)

no lo intentara un despecho.

 

La opinión que yo quería

seguir, seguiste primero;

dísteme celos, y tuve

la contraria con tenerlos.

 

Con razón se reservó

tanto asunto a tanto ingenio;

que a fuerzas sólo de Atlante

fía la esfera su peso.

 

Tenla, pues, que si consigues

persuadirla al universo,

colgará el género humano

sus cadenas en tu templo.

 

No habrá quejosos de amor,

y en sus dulces prisioneros

serán las cadenas oro

y no dorados los yerros.

 

Será la sospecha inútil,

estará ocioso el recelo,

desterrarase el indicio

y perderá el ser el miedo.

 

Todo será dicha, todo

felicidad y contento,

todo venturas, y en fin

pasará el mundo a ser cielo.

 

Deberanle los mortales

a tu valeroso esfuerzo

la más dulce libertad

del más duro cautiverio.

 

Mucho te deberán todos,

y yo más que todos debo

las discretas instrucciones

a las luces de tus versos.

 

Dalos a la estampa, porque

en caracteres eternos

viva tu nombre, y con él

se extienda el común provecho.

 

Si los riesgos del mar considerara…

Si los riesgos del mar considerara

ninguno se embarcara, si antes viera

bien su peligro, nadie se atreviera,

ni al bravo toro osado provocara.

 

Si del fogoso bruto ponderara

la furia desbocada en la carrera,

el jinete prudente, nunca hubiera,

quien con discreta mano le enfrenara.

 

Pero si hubiera algo tan osado,

que, no obstante el peligro, al mismo Apolo

quisiera gobernar con atrevida

 

mano, el rápido carro en luz bañado

todo lo hiciera, y no tomara sólo

estado, que ha de ser toda la vida.

 

Si un pincel, aunque grande, al fin humano…

Si un pincel, aunque grande, al fin humano,

pudo hacer tan bellísima Pintura,

que aun vista perspicaz en vano apura

tus luces, o admirada, si no en vano.

 

El Autor de tu Alma soberano,

proporcionado campo a más hechura,

¿qué gracia pintaría, qué hermosura,

el Lienzo más capaz, mejor la Mano?

 

¿Si estará ya en la Esfera luminoso

el pincel, de Lucero graduado,

porque te amaneció Divina Aurora?

 

¡Y cómo que lo está! Pero, quejoso,

dice que ni aun la costa le ha pagado:

que gastó en ti más luz que tiene ahora.

 

Silvio, tu opinión va errada…

Silvio, tu opinión va errada,

que en lo común, si se apura,

no admiten por hermosura

hermosura enamorada.

 

Pues si bien de la extrañeza

el atractivo más grato

es el agrio de lo ingrato

la sazón de la belleza.

 

Porque gozando excepciones

de perfección más que humana,

la acredita soberana

lo libre de las pasiones.

 

Que no se conserva bien

ni tiene seguridad

la rosa de la beldad

sin la espina del desdén.

 

Mas si el amor hace hermosas,

pudiera excusar ufana

con merecer la manzana

la contienda de las diosas.

 

Belleza llego a tener

de mano ten generosa,

que dices que seré hermosa

solamente con querer.

 

Y así en lid contenciosa

fuera siempre la triunfante;

que, pues nadie es tan amante,

luego nadie tan hermosa.

 

Mas si de amor el primor

la belleza me asegura,

te deberé la hermosura,

pues me causas el amor.

 

Del amor tuyo confío

la beldad que me atribuyo

porque siendo obsequio tuyo

resulta en provecho mío.

 

Pero a todo satisfago

con ofrecerte de nuevo

la hermosura que te debo

y el amor con que te pago.

 

Silvio, yo te aborrezco y aun condeno…

Silvio, yo te aborrezco y aun condeno

el que estés de esta suerte en mi sentido,

que infama el hierro el escorpión herido

y a quien lo huella mancha inmundo cieno.

 

Eres como el mortífero veneno,

que daña quien lo vierte inadvertido;

y en fin, eres tan malo y fementido,

que aun para aborrecido no eres bueno.

 

Tu aspecto vil a mi memoria ofrezco,

aunque con susto me lo contradice,

por darme yo la pena que merezco,

 

pues cuando considero lo que hice,

no sólo a ti, corrida, te aborrezco,

pero a mí, por el tiempo que te quise.

 

Solo con aguda ingeniosidad esfuerza el dictamen de que sea la ausencia mayor mal que los celos

El ausente, el celoso, se provoca,

aquél con sentimiento, éste con ira;

presume éste la ofensa que no mira

y siente aquél la realidad que toca:

 

Éste templa tal vez su furia loca

cuando el discurso en su favor delira;

y sin intermisión aquél suspira,

pues nada a su dolor la fuerza apoca.

 

Éste aflige dudoso su paciencia

y aquél padece ciertos sus desvelos;

éste al dolor opone resistencia;

 

aquél, sin ella, sufre desconsuelos:

y si es pena de daño, al fin, la ausencia,

luego es mayor tormento que los celos.

 

Soneto I

Feliciano me adora y le aborrezco;

Lisardo me aborrece y yo le adoro;

por quien no me apetece ingrato, lloro,

y al que me llora tierno no apetezco.

 

A quien más me desdora, el alma ofrezco;

a quien me ofrece víctimas, desdoro;

desprecio al que enriquece mi decoro,

y al que le hace desprecios, enriquezco.

 

Si con mi ofensa al uno reconvengo,

me reconviene el otro a mí ofendido;

y a padecer de todos modos vengo,

 

pues ambos atormentan mi sentido:

aqueste con pedir lo que no tengo,

y aquél con no tener lo que le pido.

 

Soneto II

Este que ves, engaño colorido,

que, del arte ostentando los primores,

con falsos silogismos de colores

es cauteloso engaño del sentido;

 

éste, en quien la lisonja ha pretendido

excusar de los años los horrores,

y venciendo del tiempo los rigores

triunfar de la vejez y del olvido,

 

es un vano artificio del cuidado,

es una flor al viento delicada,

es un resguardo inútil para el hado:

 

es una necia diligencia errada,

es un afán caduco y, bien mirado,

es cadáver, es polvo, es sombra, es nada.

 

Soneto III

Rosa divina que en gentil cultura

eres con tu fragante sutileza

magisterio purpúreo en la belleza,

enseñanza nevada a la hermosura;

 

amago de la humana arquitectura,

ejemplo de la vana gentileza

en cuyo ser unió naturaleza

la cuna alegre y triste sepultura:

 

¡cuán altiva en tu pompa, presumida,

soberbia, el riesgo de morir desdeñas;

y luego, desmayada y encogida,

 

de tu caduco ser das mustias señas!

¡Con qué, con docta muerte y necia vida,

viviendo engañas y muriendo enseñas!

 

Soneto IV

La compuesta de flores maravilla,

divina protectora americana,

que a ser se pasa rosa mexicana

apareciendo rosa de Castilla;

 

la que, en vez del dragón (de quien humilla

cerviz rebelde en Pathmos) huella ufana

hasta aquí inteligencia soberana

de su pura grandeza, pura silla;

 

ya el cielo, que la copia misterioso,

segunda vez sus señas celestiales

en guarismo de flores claro suma;

 

pues no menos le dan traslado hermoso

las flores de tus versos sin iguales,

la maravilla de tu culta pluma.

 

Soneto V

Al que ingrato me deja, busco amante;

al que amante me sigue, dejo ingrata;

constante adoro a quien mi amor maltrata;

maltrato a quien mi amor busca constante.

 

Al que trato de amor hallo diamante;

y soy diamante al que de amor me trata;

triunfante quiero ver al que me mata

y mato a quien me quiere ver triunfante.

 

Si a este pago, padece mi deseo:

si ruego aquel, mi pundonor enojo:

de entrambos modos infeliz me veo.

 

Pero yo por mejor partido escojo

de quien no quiero, ser violento empleo,

que de quien no me quiere, vil despojo.

 

Soneto VI

Miró Celia una rosa que en el prado

ostentaba feliz la pompa vana

y con afeites de carmín y grana

bañaba alegre el rostro delicado;

 

y dijo: Goza, sin temor del hado,

el curso breve de tu edad lozana,

pues no podrá la muerte de mañana

quitarte lo que hubieres hoy gozado.

 

Y aunque llega la muerte presurosa

y tu fragante vida se te aleja,

no sientas el morir tan bella y moza;

 

mira que la experiencia te aconseja

que es fortuna morirte siendo hermosa

y no ver el ultraje de ser vieja.

 

Soneto VII

Verde embeleso de la vida humana,

loca esperanza, frenesí dorado,

sueño de los despiertos intrincado,

como de sueños, de tesoros vana;

 

alma del mundo, senectud lozana,

decrépito verdor imaginado,

el hoy de los dichosos esperado

y de los desdichados el mañana:

 

sigan tu sombra en busca de tu día

los que, con verdes vidrios por anteojos,

todo lo ven pintado a su deseo:

 

que yo, más cuerda en la fortuna mía,

tengo en entrambas manos ambos ojos

y solamente lo que toco veo.

 

Soneto VIII

Esta tarde, mi bien, cuando te hablaba,

como en tu rostro y tus acciones veía

que con palabras no te persuadía,

que el corazón me vieses deseaba.

 

Y Amor, que mis intentos ayudaba,

venció lo que imposible parecía,

pues entre el llanto que el dolor vertía,

el corazón deshecho destilaba.

 

Baste ya de rigores, mi bien, baste,

no te atormenten más celos tiranos,

ni el vil recelo tu quietud contraste

 

con sombras necias, con indicios vanos:

pues ya en líquido humor viste y tocaste

mi corazón deshecho entre tus manos.

 

Soneto IX

Detente, sombra de mi bien esquivo

imagen del hechizo que más quiero,

bella ilusión por quien alegre muero,

dulce ficción por quien penosa vivo.

 

Si al imán de tus gracias atractivo

sirve mi pecho de obediente acero,

¿para qué me enamoras lisonjero,

si has de burlarme luego fugitivo?

 

Mas blasonar no puedes satisfecho

de que triunfa de mí tu tiranía;

que aunque dejas burlado el lazo estrecho

 

que tu forma fantástica ceñía,

poco importa burlar brazos y pecho

si te labra prisión mi fantasía.

 

Soneto X

¿Tan grande, ¡ay hado!, mi delito ha sido

que por castigo de él o por tormento

no basta el que adelanta el pensamiento

sino el que le previenes al oído?

 

Tan severo en mi contra has procedido, 5

que me persuado, de tu duro intento,

a que sólo me diste entendimiento

porque fuese mi daño más crecido.

 

Dísteme aplausos para más baldones,

subir me hiciste, para penas tales; 10

y aun pienso que me dieron tus traiciones

 

penas a mi desdicha desiguales

porque viéndome rica de tus dones

nadie tuviese lástima a mis males.

 

Soneto XI

Fabio, en el ser de todos adoradas

son todas las beldades ambiciosas,

porque tienen las aras por ociosas

si no las ven de víctimas colmadas.

 

Y así, sí de uno solo son amadas,

viven de la fortuna querellosas;

porque piensan que más que ser hermosas

constituyen deidad al ser rogadas.

 

Mas yo soy en aquesto tan medida,

que en viendo a muchos mi atención zozobra

y sólo quiero ser correspondido.

 

de aquel que de mi amor réditos cobra;

porque es la sal del gusto al ser querido:

que daña lo que falta y lo que sobra.

 

Soneto XII

Dices que yo te olvido, Celio, y mientes,

en decir que me acuerdo de olvidarte,

pues no hay en mi memoria alguna parte

en que, aun como olvidado, te presentes.

 

Mis pensamientos son tan diferentes

y en todo tan ajenos de tratarte,

que ni saben ni pueden olvidarte,

ni si te olvidan saben si lo sientes.

 

Si tú fueras capaz de ser querido,

fueras capaz de olvido; y ya era gloria

al menos la potencia de haber sido.

 

Mas tan lejos estás de esa victoria,

que aqueste no acordarme no es olvido

sino una negación de la memoria.

 

Soneto XIII

Máquinas primas de su ingenio agudo

A Arquímedes, artífice famoso,

Raro nombre dieron de ingenioso;

¡Tanto el afán y tanto el arte pudo!

 

Invención rara, que en el mármol rudo

No sin arte grabó, maravilloso,

De su mano, su nombre prodigioso,

Entretejido en flores el escudo.

 

¡Oh! Así permita el Cielo que se entregue

Lince tal mi atención en imitarte,

I en el mar de la ciencia así se anegue

 

Vajel, que -al discurrir por alcanzarte-

Alcance que el que a ver la hechura llegue,

Sepa tu nombre del primor del Arte.

 

Soneto XIV

De un funesto moral la negra sombra,

de horrores mil, y confusiones llena,

en cuyo hueco tronco aún hoy resuena

el eco que doliente a Tisbe nombra,

 

cubrió la verde matizada alfombra

en que Píramo amante abrió la vena

del corazón, y Tisbe de su pena

dio la señal que aún hoy al mundo asombra.

 

Mas viendo del amor tanto despecho,

la muerte, entonces de ellos lastimada,

sus dos pechos juntó con lazo estrecho:

 

mas ¡ay de la infeliz y desdichada

que a su Píramo dar no puede el pecho

ni aun por los duros filos de una espada!

 

Soneto XV

La heroica esposa de Pompeyo, altiva,

al ver su vestidura en sangre roja,

con generosa cólera se enoja

de sospecharlo muerto y estar viva.

 

Rinde la vida en que el sosiego estriba

de esposo y padre, y con mortal congoja,

la concebida sucesión arroja,

y de la paz con ella a Roma priva.

 

Si el infeliz concepto que tenía

en las entrañas Julia, no abortara,

la muerte de Pompeyo excusaría.

 

¡Qué tirana fortuna! ¡Quién pensara,

que con el mismo amor que la temía,

con ese mismo amor se la causara!

 

Soneto XVI

¿Qué pasión, Porcia, qué dolor tan ciego

te obliga a ser de ti fiera homicida?

¿O en qué te ofende tu inocente vida

que así le das batalla a sangre y fuego?

 

Si la fortuna airada al justo ruego

de tu esposo se muestra endurecida,

 

bástale el mal de ver su acción perdida;

no acabes, con tu vida, su sosiego.

 

Deja las brasas, Porcia, que mortales

impaciente tu amor elegir quiere;

no al fuego de tu amor el fuego iguales;

 

porque si bien de tu pasión se infiere,

mal morirá a las brasas materiales

quien a las llamas del amor no muere.

 

Soneto XVII

¡Oh, famosa Lucrecia, gentil dama,

de cuyo ensangrentado noble pecho

salió la sangre que extinguió a despecho

del rey injusto la lasciva llama!

 

¡Oh, con cuánta razón el mundo aclama

tu virtud, pues por premio de tal hecho

aún es para tus sienes cerco estrecho

la amplísima corona de tu fama!

 

Pero si el modo de tu fin violento

puedes borrar del tiempo y sus anales,

quita la punta del puñal sangriento

 

con que pusiste fin a tantos males;

que es mengua de tu honrado sentimiento

decir que te ayudaste de puñales.

 

Soneto XVIII

Con el dolor de la mortal herida,

de un agravio de amor me lamentaba,

y por ver si la muerte se llegaba

procuraba que fuese más crecida.

 

Toda en su mal el alma divertida,

pena por pena su dolor sumaba,

y en cada circunstancia ponderaba

que sobraban mil muertes a una vida.

 

Y cuando, al golpe de uno y otro tiro

rendido el corazón, daba penoso

señas de dar el último suspiro.

 

no sé por qué destino prodigioso

volví a mi acuerdo y dije: ¿qué me admiro?

¿Quién en amor ha sido más dichoso?

 

Soneto XIX

Si los riesgos del mar considerara

ninguno se embarcara, si antes viera

bien su peligro, nadie se atreviera,

ni al bravo toro osado provocara.

 

Si del fogoso bruto ponderara

la furia desbocada en la carrera,

el jinete prudente, nunca hubiera,

quien con discreta mano le enfrenara.

 

Pero si hubiera algo tan osado,

que, no obstante el peligro, al mismo Apolo

quisiera gobernar con atrevida

 

mano, el rápido carro en luz bañado

todo lo hiciera, y no tomara sólo

estado, que ha de ser toda la vida.

 

Soneto XX

El ausente, el celoso, se provoca,

aquél con sentimiento, éste con ira;

presume éste la ofensa que no mira

y siente aquél la realidad que toca:

 

Éste templa tal vez su furia loca

cuando el discurso en su favor delira;

y sin intermisión aquél suspira,

pues nada a su dolor la fuerza apoca.

 

Éste aflige dudoso su paciencia

y aquél padece ciertos sus desvelos;

éste al dolor opone resistencia;

 

aquél, sin ella, sufre desconsuelos:

y si es pena de daño, al fin, la ausencia,

luego es mayor tormento que los celos.

 

Soneto XXI

Silvio, yo te aborrezco y aun condeno

el que estés de esta suerte en mi sentido,

que infama el hierro el escorpión herido

y a quien lo huella mancha inmundo cieno.

 

Eres como el mortífero veneno,

que daña quien lo vierte inadvertido;

y en fin, eres tan malo y fementido,

que aun para aborrecido no eres bueno.

 

Tu aspecto vil a mi memoria ofrezco,

aunque con susto me lo contradice,

por darme yo la pena que merezco,

 

pues cuando considero lo que hice,

no sólo a ti, corrida, te aborrezco,

pero a mí, por el tiempo que te quise.

 

Soneto XXII

Yo no dudo, Lisarda, que te quiero,

aunque sé que me tienes agraviado;

mas estoy tan amante y tan airado,

que afectos que distingo no prefiero.

 

De ver que odio y amor te tengo, infiero

que ninguno estar puede en sumo grado,

pues no le puede el odio haber ganado

sin haberle perdido amor primero.

 

Y si piensas que el alma que te quiso

ha de estar siempre a tu afición ligada,

de tu satisfacción vana te aviso.

 

Pues si el amor al odio ha dado entrada,

el que bajó de sumo a ser remiso

de lo remiso pasará a ser nada.

 

Soneto XXIII

Cuando mi error y tu vileza veo,

contemplo, Silvio, de mi amor errado,

cuán grave es la malicia del pecado,

cuán violenta la fuerza de un deseo.

 

A mi misma memoria apenas creo

que pudiese caber en mi cuidado

la última línea de lo despreciado,

el término final de un mal empleo.

 

Yo bien quisiera, cuando llego a verte,

viendo mi infame amor poder negarlo;

mas luego la razón justa me advierte

 

que sólo me remedia en publicarlo;

porque del gran delito de quererte

sólo es bastante pena confesarlo.

 

Soneto XXIV

¿Vesme, Alcino, que atada a la cadena

de amor, paso, en sus hierros aherrojada,

mísera esclavitud desesperada,

de libertad y de consuelo ajena?

 

¿Ves de dolor y angustia el alma llena,

de tan fieros tormentos lastimada,

y entre las vivas llamas abrasada,

juzgarse por indigna de su pena?

 

¿Vesme seguir sin alma un desatino

que yo misma condeno por extraño?

¿Vesme derramar sangre en el camino

 

siguiendo los vestigios de un engaño?

¿Muy admirado estás? ¿Pues ves, Alcino?

Más merece la causa de mi daño.

 

Soneto XXV

Intenta de Tarquino el artificio

a tu pecho, Lucrecia, dar batalla;

ya amante llora, ya modesto calla;

ya ofrece toda el alma en sacrificio.

 

Y cuando piensa ya que más propicio

tu pecho a tanto imperio se avasalla,

el premio, como Sísifo, que halla,

es empezar de nuevo el ejercicio.

 

Arde furioso y la amorosa tema

crece en la resistencia de tu honda,

con tanta privación más obstinada.

 

¡Oh providencia de deidad suprema:

tu honestidad motiva tu deshonra

y tu deshonra te eterniza honrada!

 

Soneto XXVI

¿En perseguirme, mundo, qué interesas?

¿En qué te ofendo, cuando sólo intento

poner bellezas en mi entendimiento

y no mi entendimiento en las bellezas?

 

Yo no estimo tesoros ni riquezas,

y así, siempre me causa más contento

poner riquezas en mi entendimiento

que no mi entendimiento en las riquezas.

 

Yo no estimo hermosura que vencida

es despojo civil de las edades

ni riqueza me agrada fementida,

 

teniendo por mejor en mis verdades

consumir vanidades de la vida

que consumir la vida en vanidades.

 

Soneto XXVII

Que no me quiera Fabio al verse amado

es dolor sin igual, en mi sentido;

mas que me quiera Silvio aborrecido

es menor mal, mas no menor enfado.

 

¿Qué sufrimiento no estará cansado,

si siempre le resuenan al oído,

tras la vana arrogancia de un querido,

el cansado gemir de un desdeñado?

 

Si de Silvio me cansa el rendimiento,

a Fabio canso con estar rendida:

si de éste busco el agradecimiento,

 

a mí me busca el otro agradecida:

por activa y pasiva es mi tormento,

pues padezco en querer y ser querida.

 

Soneto XXVIII

El Hijo, que la Esclava ha concebido,

dice el Derecho, que le pertenece

al legítimo Dueño, que obedece

la Esclava Madre, de quien es nacido.

 

El que retorna, el campo agradecido;

opimo fruto, que obediente ofrece,

es del Señor, pues si fecundo crece,

se lo debe al cultivo recibido.

 

Así, Lisi Divina, estos borrones,

que hijos del alma son, partos del pecho,

será razón, que a ti te restituya.

 

Y no lo impidan sus imperfecciones,

pues vienen a ser tuyos de derecho

los conceptos de un Alma, que es tan tuya.

 

Soneto XXIX

La Mexicana Musa, Hija eminente

de Apolo, y que las Nueve aun más divina,

porque fuese del Sol la Benjamina,

le nació en la vejez de su Poniente.

 

¡Qué sutil, si discurre! ¡Qué elocuente,

si razona! ¡Si habla, qué ladina!

Y si canta de amor, cuerda es tan fina,

que no se oye rozado en lo indecente.

 

Única poetisa, ese talento

(que no le desperdicias, que le empleas)

aun le envidia mi amor, que es lince a tiento.

 

¡O enhorabuena Peregrina seas,

por si vago tal vez mi pensamiento,

se encontrase contigo en sus ideas.

 

Soneto XXX

Mandas, Anarda, que sin llanto asista

a ver tus ojos, de lo cual sospecho,

que el ignorar la causa, es quien te ha hecho

querer, que emprenda yo tanta conquista.

 

Amor, Señora, sin que me resista,

que tiene en fuego el corazón deshecho,

como hace huir la sangre allá en el pecho,

vaporiza en ardores por la vista.

 

Buscan luego mis ojos tu presencia,

que centro juzga de su dulce encanto,

y cuando mi atención te reverencia.

 

Los virtuales rayos entretanto,

como hallan en tu nieve resistencia,

lo que salió vapor, se vuelve llanto.

 

Soneto XXXI

Inés, cuando te riñen por Bellaca,

para disculpas, no te falta Achaque

porque dices, que traque, y que Barraque

con que sabes muy bien tapar la Caca.

 

Si coges la palabra, no hay Urraca,

que así la gorja de mal año Saques

y con tronidos, más que un triqui Traque,

a todo el Mundo aturdes, cual Matraca.

 

Este bullicio todo lo Trabuca,

este embeleco todo lo Embeleca,

más, aunque eres (Inés) tan mala Cuca,

 

sabe mi amor muy bien lo que se Peca,

y así con tu afición no se Embabuca,

aunque eres Zancarrón, y yo de Meca.

 

Soneto XXXII

Aunque eres (Teresilla) tan Muchacha,

le das que hacer al pobre de Camacho,

porque dará tu disimulo un Chacho,

a aquel que se pintase más sin Tacha.

 

De los empleos que tu Amor Despacha,

anda el triste cargado como un Macho

y tienen tan crecido ya el Penacho,

que ya no puede entrar, sino se Agacha.

 

Estás ha hacerle burlas ya tan Ducha,

y a salir de ellas bien estás tan Hecha,

que, de lo que tu vientre Desembucha,

 

sabes darle a entender, cuando Sospecha,

que has hecho, por hacer su hacienda Mucha,

de ajena siembra suya la Cosecha.

 

Soneto XXXIII

Inés, yo con tu amor me Regocilo,

y viéndome querer, me Regodeo,

en mirar una Hermosura me Recreo,

y, cuando está celosa me Reguilo.

 

Si a otro miras, de celos me Aniquilo,

y tiemblo de tu Gracia, y tu Meneo,

porque sé (Inés) que tú con un voleo,

no dejarás humor, ni aun para Quilo.

 

Cuando estás enojada no Resuello,

cuando me das picones me Refino,

cuando sales de casa no Reposo,

 

Y espero (Inés) que entre esto, y entre

tu Amor acompañado de mi Bino,

de contigo en la cama, o en el Coso.

 

Soneto XXXIV

Vaya con Dios (Beatriz) el ser Estafa,

que esto se te conoce, hasta en el Tufo;

mas no es razón, que siendo yo tu Rufo,

les sirvas a otros gustos de Garrafa.

 

Fiaste en que tu traza es quien te Zafa

de mi cólera, cuando yo más Bufo,

pues advierte (Beatriz) que si me Atufo,

te abriré en la cabeza tanta Rafa.

 

Dime, si es bien, que el otro a ti te Estafe,

y cuando por tu Amor eche yo Bofe,

te vayas tú con ese Mequetrefe.

 

Y yo me vaya al Rollo, o a Getafe,

y sufra que el Picaño de mi Mofe,

en Asa, Uso, Afe, Ofe, y Efe.

 

Soneto XXXV

Aunque presume (Nife) que soy Tosco,

y que, (cual Palomilla) me Chamusco,

yo te aseguro, que tu luz no Busco,

porque ya tus engaños Reconozco.

 

Y así aunque en tus enredos más me Embosco,

muy poco viene a ser lo que me Ofusco,

porque, si en el color soy algo Fusco,

soy en la condición mucho más Hosco.

 

Lo que es de tus Picones, no me Rasco,

antes estoy con ellos ya tan Fresco,

que te puedo servir de helar un Frasco,

 

Que a darte nieve sólo me Enternezco,

y así (Nife) no piensa darme Chasco,

porque yo sé muy bien lo que me Pesco.

 

Soneto XXXVI

Diuturna enfermedad de la esperanza,

que así entretienes mis cansado años,

y el fiel de los bienes, y los daños,

tienes en equilibrio la balanza.

 

Que siempre suspendida, en la tardanza

de inclinarse, no dejan tus engaños

que lleguen a excederse en los tamaños

la desesperación, o confianza.

 

¿Quién te ha quitado el nombre de homicida?

Pues lo eres más severa, si se advierte,

que suspendes el alma entretenida;

 

y entre la infausta, o felice suerte,

no lo haces tú, por conservar la vida,

sino por dar más dilatada muerte.

 

Soneto XXXVII

Dulce deidad del viento armoniosa,

suspensión del sentido deseada,

donde gustosamente aprisionada

se mira la atención más bulliciosa;

 

perdona a mi zampoña licenciosa

si al escuchar tu lira delicada

canta con ruda voz desentonada

prodigios de la tuya milagrosa.

 

Pause su lira el Tracio, que aunque calma

puso a las negras sombras del olvido,

cederte debe más gloriosa palma,

 

pues más que a ciencia el arte has reducido

haciendo suspensión de toda un alma

el que sólo era objeto de un sentido.

 

Soneto XXXVIII

¿Qué es esto, Alcino, cómo tu cordura

se deja así vencer de un mal celoso,

haciendo con extremos de furioso

demostraciones más que de locura?

 

¿En qué te ofendió Celia? si se apura;

o porque al amor culpas de engañoso,

si no aseguró nunca poderoso

la eterna posesión de su hermosura?

 

La posesión de cosas temporales

temporales, Alcino, y es abuso

el querer conservarlas siempre iguales.

 

Con que tu error, o tu ignorancia acuso,

pues Fortunas, y Amor de cosas tales

la propiedad no han dado, sino el uso.

 

Soneto XXXIX

De la beldad de Laura enamorados

los cielos, la robaron a su altura,

porque no era decente a su luz pura

ilustrar estos valles desdichados.

 

O porque los mortales, engañados

de su cuerpo en la hermosa arquitectura,

admirados de ver tanta hermosura

no se juzgasen bienaventurados.

 

Nació donde el Oriente el rojo velo

corre al nacer al astro rubicundo

y murió donde con ardiente anhelo

 

da sepultura a su luz el mar profundo:

que fue preciso a su divino vuelo

que diese como el sol la vuelta al mundo.

 

Soneto XL

Probable opinión es, que conservarse

la forma celestial en su fijeza,

no es porque en lo material hay más nobleza,

sino por la manera de informarse.

 

Porque aquel apetito de mudarse,

la sacia de la forma, la Nobleza,

con que cesando el apetito, cesa

la ocasión, que tuvieran de apartarse.

 

Así tu amor, con vínculo terrible,

el alma que te adora, Celia informa,

con que su corrupción es imposible.

 

Ni aducir otra con quien no conforma,

no por ser la materia incorruptible,

más por lo inadmisible de la forma.

 

Soneto XLI

Aunque es clara del Cielo la luz pura

clara la Luna, y claras las Estrellas,

y clara las efímeras centellas,

que el aire eleva, y el incendio apura.

 

Aunque es el rayo claro, cuya dura

producción, cuesta al viento mi querellas,

y el relámpago, que hizo de su huellas

medrosa luz en la tiniebla oscura.

 

Todo el conocimiento torpe humano,

se estuvo oscuro, sin que los mortales,

plumas pudiesen ser, con vuelo ufano.

 

Ícaros de discursos racionales,

hasta que al tuyo, Eusebio soberano,

les dio a las luces, luces celestiales.

 

Soneto XLII

Mueran contigo, Laura, pues moriste,

los afectos, que en vano te desean,

los ojos, a quien privas, de que vean

la hermosa luz, que a un tiempo concediste.

 

Muera mi Lira infausta, en que influiste

ecos, que lamentables te vocean,

y, hasta estos rasgos mal formados, sean

lágrimas negras de mi pluma triste.

 

Muévase a compasión la misma muerte,

que precisa no pudo perdonarte,

y lamentó el amor su amarga suerte.

 

Pues si antes, ambicioso de gozarte,

deseó tener ojos para verte

ya le sirvieran sólo de llorarte.

 

Soneto XLIII

Amor empieza por desasosiego,

solicitud, ardores y desvelos;

crece con riesgos, lances y recelos;

susténtase de llantos y de ruego.

 

Doctrínanle tibiezas y despego,

conserva el ser entre engañosos velos,

hasta que con agravios o con celos

apaga con sus lágrimas su fuego.

 

Su principio, su medio y fin es éste:

¿pues por qué, Alcino, sientes el desvío

de Celia, que otro tiempo bien te quiso?

 

¿Qué razón hay de que dolor te cueste?

Pues no te engaño amor, Alcino mío,

sino que llegó el término preciso.

 

Soneto XLIV

Yo no puedo tenerte ni dejarte,

ni sé por qué, al dejarte o al tenerte,

se encuentra un no sé qué para quererte

y muchos sí sé qué para olvidarte.

 

Pues ni quieres dejarme ni enmendarte,

yo templaré mi corazón de suerte

que la mitad se incline a aborrecerte

aunque la otra mitad se incline a amarte.

 

Si ello es fuerza querernos, haya modo,

que es morir el estar siempre riñendo:

no se hable más en celo o en sospecha,

 

y quien da la mitad, no quiera el todo;

y cuando me la estás allá haciendo,

sabe que estoy haciendo la desecha.

 

Soneto XLV

Yo no puedo tenerte ni dejarte,

ni sé por qué, al dejarte o al tenerte,

se encuentra un no sé qué para quererte

y muchos sí sé qué para olvidarte.

 

Pues ni quieres dejarme ni enmendarte,

yo templaré mi corazón de suerte

que la mitad se incline a aborrecerte

aunque la otra mitad se incline a amarte.

 

Si ello es fuerza querernos, haya modo,

que es morir el estar siempre riñendo:

no se hable más en celo o en sospecha,

 

y quien da la mitad, no quiera el todo;

y cuando me la estás allá haciendo,

sabe que estoy haciendo la desecha.

 

Soneto XLVI

En la vida que siempre tuya fue,

Laura divina, y siempre lo será,

la Parca fiera, que en seguirme da,

quiso asentar por triunfo el mortal pie.

 

Yo de su atrevimiento me admiré,

que si debajo de su imperio está,

tener poder no puede en ella ya,

pues del suyo contigo me libré.

 

Para cortar el hilo que no hiló,

la tijera mortal abierta vi.

-¡Ay, parca fiera! -dije entonces yo-.

 

Mira que sola Laura manda aquí.

Ella corrida al punto se apartó.

Y dejome vivir sólo por ti.

 

Soneto XLVII

Como en la regia playa cristalina

el gran señor del húmedo tridente

acompaña ideal, sirve obediente

a cerúlea deidad, pompa marina,

 

no de otra suerte, al Cerda heroico inclina

de almejas coronada la alta frente,

la laguna imperial del occidente,

y al dulce yugo la cerviz destina.

 

Tres partes del tridente significa

dulce, amarga y salada en sus cristales,

y tantas al bastón dan conveniencia:

 

porque lo dulce o lo civil se aplica,

lo amargo a ejecuciones criminales,

y lo salado a militar prudencia.

 

Soneto XLVIII

Cítara de carmín que amaneciste

trinando endechas a tu amada esposa

y, paciéndole el ámbar a la rosa,

el pico de oro, de coral teñiste;

 

dulce jilguero, pajarito triste,

que apenas el aurora viste hermosa

cuando el tono primero de una glosa

la muerte hallaste y el compás perdiste:

 

no hay en la vida, no, segura suerte;

tu misma voz al cazador convida

para que el golpe cuando tire acierte.

 

¡Oh fortuna buscada aunque temida!

¿Quién pensara que cómplice en tu muerte

fuera, por no callar, tu propia vida?

 

Soneto XLIX

Señora doña Rosa, hermosa amago

de cuantas flores miran Sol y Luna:

¿cómo, si es dama ya, se está en la cuna,

y si es divina, teme humano estrago?

 

¿Cómo, expuesta del cierzo al rigor vago,

teme humilde el desdén de la fortuna,

mendigando alimentos, importuna,

del turbio humor de un cenagoso lago?

 

Bien sé que ha de decirte que el respeto

le pierdo con mi mal limada prosa.

Pues a fe que me he visto en harto aprieto;

 

y advierta vuesarced, señora Rosa,

que le escribo, no más, este soneto

porque todo poeta aquí se roza.

 

Soneto L

Yo adoro a Lisi, pero no pretendo

que Lisi corresponda mi fineza;

pues si juzgo posible su belleza,

a su decoro y mi aprehensión ofendo.

 

No emprender, solamente, es lo que emprendo:

pues sé que a merecer tanta grandeza

ningún mérito basta, y es simpleza

obrar contra lo mismo que yo entiendo.

 

Como cosa concibo tan sagrada

su beldad que ni quiere mi osadía

a la esperanza dar ni aun leve entrada:

 

pues cediendo a la suya mi alegría,

por no llegarla a ver mal empleada,

aun pienso que sintiera verla mía.

 

Soneto LI

En pensar que me quieres, Clori, he dado,

por lo mismo que yo no te quisiera;

porque sólo quien no me conociera,

me pudiera a mí, Clori, haber amado.

 

En tú no conocerme, desdichado

por sólo esta carencia de antes fuera;

mas como yo saberlo no pudiera,

tuviera menos mal en lo ignorado.

 

Me conoces, o no me has conocido;

si me conoces, suplirás mis males.

Si aquello, negaraste a lo entendido;

 

si aquesto, quedaremos desiguales.

Pues, ¿cómo me aseguras lo querido,

mi Clori, en dos de Amor carencias tales?

 

Soneto LII

No es solo por antojo el haber dado

en quererte, mi bien: pues no pudiera

alguno que tus prendas conociera,

negarte que mereces ser amado.

 

Y si mi entendimiento desdichado

tan incapaz de conocerte fuera,

de tan grosero error aun no pudiera

hallar disculpa en todo lo ignorado.

 

Aquella que te hubiere conocido,

o te ha de amar, o confesar los males

que padece su ingenio en lo entendido,

 

juntando dos extremos desiguales;

con que ha de confesar que eres querido,

para no dar improporciones tales.

 

Soneto LIII

¡Oh cuán frágil se muestra el ser humano

en los últimos términos fatales,

donde sirven aromas Orientales

de culto inútil, de resguardo vano!

 

Solo a ti respetó el poder tirano,

¡oh gran Felipe! pues con las señales

que ha mostrado que todos son mortales,

te ha acreditado a ti de Soberano.

 

Conoces ser de tierra fabricado

este cuerpo, y que está con mortal guerra

el bien del alma en él aprisionado;

 

y así, subiendo al bien que el Cielo encierra,

que en la tierra no cabes has probado,

pues aun tu cuerpo dejas porque es tierra.

 

Soneto LIV

¡Oh quién, amado Anfriso, te ciñera

del Mundo las coronas poderosas!

Que a coronar tus prendas generosas

el círculo del Orbe corto fuera.

 

¡Quién, para eternizarte, hacer supiera

mágicas confecciones prodigiosas,

o tuviera las hierbas milagrosas

que feliz gustó Glauco en la ribera!

 

Mas aunque no halla medio mi cuidado

para que goces de inmortal la palma,

otro más propio mi cariño ha hallado

 

que el curso de tu vida tenga en calma;

pues juzgo que es el más proporcionado

de alargar una vida, dar un alma.

 

Soneto LV

El que Hipogrifo de mejor Rugero,

Ave de Ganimedes, más hermoso,

Pegaso de Perseo más airoso,

de más dulce Arión, Delfín ligero

 

fue, ya sin vida yace el golpe fiero

de transformado Jove, que celoso

los rayos disimula, belicoso,

sólo en un semicírculo de acero.

 

Rindió el fogoso postrimero aliento

el veloz bruto, a impulso soberano;

pero aquel su dolor, que tuvo, siento,

 

más de afectivo y menos de inhumano:

pues fue de vergonzoso sentimiento

de ser bruto, rigiéndole tal mano.

 

Soneto LVI

Vista tus hombros el verdor lozano,

Joven, con que tu ciencia te laurea;

y puesto en ello dignamente, sea

índice de tus méritos ufano.

 

Corone tu discurso soberano

la que blanda tus sientes lisonjea

insignia literaria, en quien se emplea

el flamante sepulcro de un gusano.

 

¡Oh qué enseñanza llevan escondida

honrosos los halagos de tu suerte,

donde despierta la atención dormida!

 

Pues ese verde honor, si bien se advierte,

mientras más brinda gustos a la vida,

más ofrece recuerdos a la muerte.

 

Soneto LVII

Docto Mansilla, no para aplaudirte

ponderaciones buscaré del arte

retórica, que fuera limitarte

querer entre sus cláusulas ceñirte.

 

Sólo en mi intento, cuando llego a oírte,

alabarte con sólo no alabarte;

pues quien mejor llegare a ponderarte

será el que no intentare definirte.

 

Aún en tu mismo juicio tú no cabes;

ni de tu ingenio las riquezas raras

pudiera, del discurso con los graves

 

reflejos, conocer si lo intentaras:

porque si tú supieras lo que sabes,

mucho de lo que sabes ignoraras.

 

Soneto LVIII

Suspende, cantor Cisne, el dulce acento:

mira, por ti, al Señor que Delfos mira,

en zampoña trocar la dulce lira

y hacer a Admito pastoril contento.

 

Cuanto cabe suave, si violento,

piedras movió, rindió la infernal ira,

corrido de escucharte, se retira;

y al mismo Templo agravia tu instrumento.

 

Que aunque no llega a sus columnas cuanto

edificó la antigua Arquitectura,

cuando tu clara voz sus piedras toca,

 

nada se vio mayor sino tu canto;

y así como lo excede tu dulzura,

mientras más lo engrandece, más lo apoca.

 

Soneto LIX

¿Qué importa al Pastor Sacro, que a la llama

de su obrar negar quiera la victoria,

si cuando más apaga tanta gloria,

la misma luz a los recuerdos llama?

 

¿Si en cada mármol mudamente clama

de sus blasones indeleble historia,

porque sirva la letra a su memoria

lo que de piedra al tiempo de su Fama?

 

A la sagrada cifra, que venera

el discurso en las piedras, comedido,

y en duración eterna persevera,

 

exenta y libre del oscuro olvido,

alabarte podrás, culta Ribera,

que sólo le construyes el sentido.

 

Soneto LX

Dulce, canoro Cisne Mexicano

cuya voz si el Estigio layo oyera,

segunda vez a Eurídice te diera,

y segunda el Delfín te fuera humano;

 

a quien si el Teucro muro, si el Tebano,

el ser en dulces, cláusulas debiera,

ni a aquel el griego incendio consumiera,

ni a este postrara alejandrina mano:

 

no el sacro numen con mi voz ofendo,

ni al que pulsa divino plectro de oro

agreste avena concordar pretendo;

 

pues por no profanar tanto decoro,

mi entendimiento admira lo que entiendo

y mi fe reverencia lo que ignoro.

 

Soneto LXI

Si un pincel, aunque grande, al fin humano,

pudo hacer tan bellísima Pintura,

que aun vista perspicaz en vano apura

tus luces, o admirada, si no en vano.

 

El Autor de tu Alma soberano,

proporcionado campo a más hechura,

¿qué gracia pintaría, qué hermosura,

el Lienzo más capaz, mejor la Mano?

 

¿Si estará ya en la Esfera luminoso

el pincel, de Lucero graduado,

porque te amaneció Divina Aurora?

 

¡Y cómo que lo está! Pero, quejoso,

dice que ni aun la costa le ha pagado:

que gastó en ti más luz que tiene ahora.

 

Soneto LXII

Nace de la escarcha fresca rosa

dulce abeja, y apenas aparece,

cuando a su regio natalicio ofrece

tutela verde, palma victoriosa.

 

Así Rosa, María, más hermosa,

concibe a Dios, y el vientre apenas crece,

cuando es, de la sospecha que padece,

el Espíritu Santo Palma umbrosa.

 

Pero cuando el tirano, por prenderlo,

tanta inocente turba herir pretende,

solo Vos, ¡oh José!, vais a esconderlo:

 

para que en Vos admire, quien lo entiende,

que Vos bastáis del mundo a defenderlo,

y que de Vos, Dios solo le defiende.

 

Soneto LXIII

¿Quién, que regale visto y o comido,

el León, ya panal, imaginara?

¿Quién, que dulzura tanta se estorbara

lo muy sabroso, por lo muy florido?

 

¡Oh Juan, come y no mires, que a un sentido

le das celos con otro! ¿Y quién pensara

que el Fruto de la Vida le quitara

lo hermoso, la razón de apetecido?

 

Manjar de niños es el Sacramento,

y Dios, a ojos cerrados, nos provoca

a merecer, comiendo, su alimento.

 

Sólo a San Juan, que con la vista toca

a Cristo en él, fue más merecimiento

abrir los ojos y cerrar la boca.

 

Soneto LXIV

Vuestra edad, gran Señor, en tanto exceda

a la capacidad que abraza el cero;

que la combinatoria de Kirkero

multiplicar su cantidad no pueda.

 

Del giro hermoso la luciente Rueda,

que el uno trastornó, y otro lucero;

y que el fin fue del círculo primero,

principio de feliz al que suceda.

 

Vivid, porque entre propios, y entre extraños,

de mi plectro las claras armonías,

celebren vuestros hechos, sin engaños;

 

y uniendo duraciones a alegrías,

a las glorias compitan vuestros años

y las glorias excedan a los días.

 

Soneto LXV

Dices, que no te acuerdas, Clori, y mientes

en decir, que te olvidas de olvidarte;

pues das ya en tu memoria alguna parte,

en que, por olvidado, me presentes.

 

Si son tus pensamientos diferentes

de los de Albiro, dejarás tratarme;

pues tu misma pretendes agraviarte,

con querer persuadir, lo que no sientes.

 

Niégasme ser capaz de ser querido,

y tú misma concedes esta gloria,

con que en tu contra tu argumento ha sido.

 

Pues si para alcanzar tanta victoria,

te acuerdas de olvidarte del olvido,

ya no das negación a tu memoria.

 

Soneto LXVI

Altísimo señor monarca hispano,

que a Dios, entre accidentes escondido,

cuando queréis mostraros más rendido,

es cuando os ostentáis más soberano.

 

Que esa sección Señor, que al luterano

asombró en Carlos Quinto esclarecido,

y esa, por quien el gran Rodolfo vido

del mando al cetro en su piadosa mano.

 

Aunque aplaudida en el hispano suelo

ha sido, con católica alegría,

no causa admiración a mi desvelo.

 

Quede admirado aquel, que desconfía,

y de vuestra Piedad, Virtud, y Celo,

esa, y más religión, no suponía.

 

Soneto LXVII

Firma Pilatos la que juzga ajena

sentencia, y es la suya ¡O caso fuerte!

quien creerá, que firmando ajena muerte,

el mismo juez en ella se condena.

 

La ambición de sí, tanto le enajena,

que con el vil temor ciego no advierte,

que carga sobre sí la infausta suerte,

quien al justo sentencia a injusta pena.

 

Jueces del mundo, detened la mano

aun no firméis mirad si son violencias

las que os pueden mover de odio inhumano.

 

Examinar primero las conciencias,

mirad no haga el juez recto, y soberano,

que en la ajena firméis vuestra sentencia.

 

Soneto LXVIII

Ves caminante en esta triste Pira,

la potencia de Jove está postrada;

aquí Marte rindió la fuerte espada,

aquí Apolo rompió la dulce Lira.

 

Aquí Minerva triste se retira,

y la luz de los Astros eclipsada

todo está en la ceniza venerada,

del Excelso Color que aquí se mira.

 

Tanto pudo la fama encarecerlo,

y tanto las noticias sublimarlo,

que sin haber llegado a conocerlo,

 

llevó con tanto extremo el Reino a amarlo,

que muchos ojos no pudieron verlo,

mas ninguno pudieron no llorarlo.

 

Soneto LXIX

Detén el paso, caminante, advierte,

que aun esta losa guarda enternecida,

con triunfos de su diestra no vencida,

al Capitán más valeroso, y fuerte.

 

Al duque de Veragua ¡o triste suerte!

que nos dio en su noticia esclarecida,

en relación, los bienes de su vida,

y en posesión, los males de su muerte.

 

No es muerto el duque, aunque su cuerpo abrace,

la losa, que piadosa le recibe,

pues porque a su vivir el culto enlace.

 

Aunque el mármol su muerte sobrevive,

en las piedras verás el «aquí yace»,

más en los corazones, «aquí vive».

 

Soneto LXX

Moriste duque excelso, en fin moriste,

Sol de Veragua claro, y refulgente,

que apenas ilustrabas el Oriente,

cuando en fatal Ocaso te pusiste.

 

Tú que por tantas veces te ceñiste,

al desdén vencedor del Sol ardiente,

apareciste exhalación luciente,

llegaste aplauso, ejemplo feneciste.

 

Moriste en fin, pero mostraste osado

el valor de tu pecho no vencido,

de la propia Nación tan venerado.

 

De las contrarias armas tan temido,

moriste de improviso, que aun el Hado,

no osará acometerte prevenido.

 

Soneto LXXI

Mas ya el dolor me vence. Ya, ya llego,

al término fatal por mi querida:

que es poca la materia de una vida

para la forma de tan grande fuego.

 

Ya licencia a la muerte doy: ya entrego

el alma, a que del cuerpo la divida,

aunque en ella y en él quedará asida

mi deidad, que las vuelva a reunir luego.

 

Sed tengo: que el amor me ha abrasado

aun con todo el dolor que padeciendo

estoy, mi corazón aún no saciado.

 

¡Padre! ¿Por qué en un trance tan tremendo

me desamparas? Ya está consumado.

¡En tus manos mi espíritu encomiendo!

 

Soneto LXXII

Si de Carlos la garra y bizarría

pudo por sí mover a mi cuidado,

¿cómo parecerá, siendo envidiado,

lo que sólo por sí bien parecía?

 

Si sin triunfo rendirle pretendía,

sabiendo que ya vive enamorado,

¿qué victoria será verle apartado

de quien antes por suyo le tenía?

 

Pues perdone don Juan, que aunque yo quiera

pagar su amor, que a olvido ya condeno,

¿cómo podré si ya en mi pena fiera

 

introducen los celos su veneno?

Que es Carlos más galán; y aunque no fuera,

tiene de más galán el ser ajeno.

 

Soneto a Martín de Olivas

Máquinas primas de su ingenio agudo

A Arquímedes, artífice famoso,

Raro nombre dieron de ingenioso;

¡Tanto el afán y tanto el arte pudo!

 

Invención rara, que en el mármol rudo

No sin arte grabó, maravilloso,

De su mano, su nombre prodigioso,

Entretejido en flores el escudo.

 

¡Oh! Así permita el Cielo que se entregue

Lince tal mi atención en imitarte,

I en el mar de la ciencia así se anegue

 

Vajel, que -al discurrir por alcanzarte-

Alcance que el que a ver la hechura llegue,

Sepa tu nombre del primor del Arte.

 

Supuesto, discurso mío…

Supuesto, discurso mío

que gozáis en todo el orbe,

entre aplausos de entendido,

de agudo veneraciones,

 

mostradlo en el duro empeño

en que mis ansias os ponen,

dando salida a mis dudas,

dando aliento a mis temores.

 

Empeño vuestro es el mío;

mirad que será desorden

ser en causa ajena agudo

y en la vuestra propia torpe.

 

Ved que es querer las causas,

con efectos desconformes,

nieves el fuego congele,

que la nieve llamas brote.

 

Manda la razón de estado

que, atendiendo a obligaciones,

las partes de Fabio olvide,

las prendas de Silvio adore.

 

O que al menos, si no puedo

vencer tan fuertes pasiones,

cenizas de disimulo

cubran amantes ardores.

 

¡Qué vano disfraz la juzgo!

Pues harán, cuando más obren,

que no se mire la llama

no que el ardor no se note.

 

¿Cómo podré yo mostrarme,

entre estas contradicciones,

a quien no quiero, de cera,

a quien adoro, de bronce?

 

¿Cómo el corazón podrá,

cómo sabrá el labio torpe

fingir halago, olvidando,

mentir, amando, rigores?

 

¿Cómo sufrir abatido,

entre tan bajas ficciones,

que lo desmienta la boca

podrá un corazón tan noble?

 

¿Y cómo podrá la boca

cuando el corazón se enoje,

fingir cariños, faltando

quien le ministre razones?

 

¿Podrá mi noble altivez

consentir que mis acciones

de nieve y de fuego sirvan

de ser fábula del orbe?

 

Y yo doy, que tanta dicha

tenga, que todos los ignoren:

para pasar la vergüenza

¿no basta que a mí me conste?

 

Que aquesto es razón me dicen

los que la razón conocen:

¿pues cómo la razón puede

forjarse de sinrazones?

 

¿Qué te costaba, hado impío,

dar al repartir tus dones

o los méritos de Fabio

o a Silvio las perfecciones?

 

Dicha y desdicha de entrambos

la suerte les descompone,

con que el uno su desdicha

y el otro su dicha ignore.

 

¿Quién ha visto que tan varia

la fortuna se equivoque

y que el dichoso padezca

porque el infelice goce?

 

No me convence el ejemplo

que en el Mongibelo ponen,

que en él es natural gala

y en mi violencia disforme.

 

Y resistir el combate

de tan encontrados golpes

no cabe en lo sensitivo

y puede sufrirlo un monte.

 

¡Oh vil arte cuyas reglas

tanto a la razón se oponen,

que para que se ejecuten

es menester que se ignoren!

 

¿Qué hace en adorarme Silvio?

¿Cuando más fino blasone,

quererme es más que seguir

de su inclinación el norte?

 

Gustoso vive en su empleo

sin que disgustos le estorben:

¿pues qué vence, si no vence

por mí en sus inclinaciones?

 

¿Qué víctimas sacrifica,

qué incienso en mis aras pone,

si cambia sus rendimientos

al precio de mis favores?

 

Más hago yo; pues no hay duda

que hace finezas mayores

que el que voluntario ruega,

quien violenta corresponde.

 

Porque aquél sigue obediente

de su estrella el curso dócil,

y éste contra la corriente

de su destino se opone.

 

Él es libre para amarme,

aunque otra su amor provoque.

¿Y no tendré yo la misma

libertad en mis acciones?

 

Si él restituir no puede,

su incendio mi incendio abone:

violencia que a él le sujeta,

¿qué mucho que a mí me postre?

 

¿No es rigor, no es tiranía,

siendo iguales las pasiones,

no poder él reportarse

y querer que me reporte?

 

Quererle porque él me quiere

no es justo que amor se nombre:

que no ama quien para amar

el ser amado supone.

 

No es amor correspondencia:

causas tiene superiores,

que las concilian los astros

o la engendran perfecciones.

 

Quien ama porque es querida,

sin otro impulso más noble,

desprecia el amante y ama

sus propias adoraciones.

 

Del humo del sacrificio

quiere los vanos honores,

sin mirar si al oferente

hay méritos que le adornen.

 

Ser potencia y ser objeto

a toda razón se opone;

porque era ejercer en sí

sus propias operaciones.

 

A parte rei se distinguen

el objeto que conoce;

y lo amable, no lo amante,

es blanco de sus arpones.

 

Amor no busca la paga

de voluntades conformes;

que tan bajo interés fuera

indigna usura en los dioses.

 

No hay cualidad que en él pueda

imprimir alteraciones

del velo de los desdenes,

del fuego de los favores.

 

Su ser es inaccesible

al discurso de los hombres;

que aunque el efecto se sienta,

la esencia no se conoce.

 

Y en fin, cuando en mi favor

no hubiere tantas razones,

mi voluntad es de Fabio:

Silvio y el mundo perdonen.

 

Suspende, cantor Cisne, el dulce acento…

Suspende, cantor Cisne, el dulce acento:

mira, por ti, al Señor que Delfos mira,

en zampoña trocar la dulce lira

y hacer a Admito pastoril contento.

 

Cuanto cabe suave, si violento,

piedras movió, rindió la infernal ira,

corrido de escucharte, se retira;

y al mismo Templo agravia tu instrumento.

 

Que aunque no llega a sus columnas cuanto

edificó la antigua Arquitectura,

cuando tu clara voz sus piedras toca,

 

nada se vio mayor sino tu canto;

y así como lo excede tu dulzura,

mientras más lo engrandece, más lo apoca.

 

Tal vez pienso que piadoso

Tal vez pienso que piadoso

respondes a mi afición,

y otras teme el corazón

que te esquivas desdeñoso:

ya alienta el pecho dichoso,

ya infeliz el rigor muere;

pero, como quiera, adquiere

la dicha de poseer,

porque al fin en mi poder

serás lo que yo quisiere.

 

Tan espíritu te admiro

Tan espíritu te admiro,

que cuando deidad te creó

halló el alma que no veo

y dudó el cuerpo que miro:

todo el discurso retiro,

admirada en tu beldad;

que muestra con realidad,

dejando el sentido en calma,

que puede copiarse el alma,

que es visible la deidad.

 

¿Tan grande, ¡ay hado!, mi delito ha sido…

¿Tan grande, ¡ay hado!, mi delito ha sido

que por castigo de él o por tormento

no basta el que adelanta el pensamiento

sino el que le previenes al oído?

 

Tan severo en mi contra has procedido, 5

que me persuado, de tu duro intento,

a que sólo me diste entendimiento

porque fuese mi daño más crecido.

 

Dísteme aplausos para más baldones,

subir me hiciste, para penas tales; 10

y aun pienso que me dieron tus traiciones

 

penas a mi desdicha desiguales

porque viéndome rica de tus dones

nadie tuviese lástima a mis males.

 

Toco, por ver si escondido

Toco, por ver si escondido

lo viviente en ti parece.

¿Posible es que de él carece

quien roba todo el sentido?

¿Posible es que no ha sentido

esta mano que le toca?

¿Y a que atiendas te provoca

a mis rendidos despojos?

¿Que no hay luz en esos ojos?

¿Que no hay voz en esa boca?

 

Traigo conmigo un cuidado…

Traigo conmigo un cuidado,

y tan esquivo, que creo

que aunque sé sentirlo tanto

aún yo mismo no lo siento.

 

Es amor, pero es amor

que, faltándole lo ciego,

los ojos que tiene son

para darle más tormento.

 

El término no es a quo,

que causa el pesar que veo

que siendo el término el bien

todo el dolor es el medio.

 

Si es lícito y aún debido

este cariño que tengo,

¿por qué me han de dar castigo

porque pago lo que debo?

 

¡Oh, cuánta fineza! ¡Oh, cuántos

cariños he visto tiernos!

Que amor que se tiene a Dios

es calidad sin opuestos.

 

De lo lícito no puede

hacer contrarios conceptos,

con que es amor que al olvido

no puede vivir expuesto.

 

Yo me acuerdo (¡ah, nunca fuera!)

que he querido en otro tiempo

lo que pasó de locura

y lo que excedió de extremo.

 

Mas como era amor bastardo

y de contrarios compuesto,

fue fácil desvanecerse,

de achaque de su ser mesmo.

 

Mas ahora (¡ay de mí!) está

tan en su natural centro

que la virtud y razón

son quien aviva su incendio.

 

Quien tal oyere dirá

que si es así ¿por qué peno?

Mas mi corazón ansioso

dirá que por eso mesmo.

 

¡Oh, humana flaqueza nuestra,

adonde el más puro afecto

aún no sabe desnudarse

del natural sentimiento!

 

Tan precisa es la apetencia

que a ser amados tenemos,

que aun sabiendo que no sirve

nunca dejarla sabemos.

 

Que corresponda a mi amor

nada añade; mas no puedo

(por más que lo solicito)

dejar yo de apetecerlo.

 

Si es delito, yo lo digo;

si es culpa, ya lo confieso;

mas no puedo arrepentirme

por más que hacerlo pretendo.

 

Bien ha visto quien penetra

lo interior de mis secretos

que yo misma estoy formando

los dolores que padezco.

 

Bien sabe que soy yo misma

verdugo de mis deseos,

pues muertos entre mis ansias

tienen sepulcro en mi pecho.

 

Muero (¿quién lo creerá?) a manos

de la cosa que más quiero,

y el motivo de matarme

es el amor que le tengo.

 

Así alimentando triste

la vida con el veneno,

la misma muerte que vivo

es la vida con que muero.

 

Pero valor, corazón,

porque en tal dulce tormento,

en medio de cualquier suerte

no dejar de amar protesto.

 

Un celoso refiere el común pesar que todos padecen y advierte a la causa el fin que puede tener la lucha de afectos encontrados

Yo no dudo, Lisarda, que te quiero,

aunque sé que me tienes agraviado;

mas estoy tan amante y tan airado,

que afectos que distingo no prefiero.

 

De ver que odio y amor te tengo, infiero

que ninguno estar puede en sumo grado,

pues no le puede el odio haber ganado

sin haberle perdido amor primero.

 

Y si piensas que el alma que te quiso

ha de estar siempre a tu afición ligada,

de tu satisfacción vana te aviso.

 

Pues si el amor al odio ha dado entrada,

el que bajó de sumo a ser remiso

de lo remiso pasará a ser nada.

 

Vaya con Dios (Beatriz) el ser Estafa

Vaya con Dios (Beatriz) el ser Estafa,

que esto se te conoce, hasta en el Tufo;

mas no es razón, que siendo yo tu Rufo,

les sirvas a otros gustos de Garrafa.

 

Fiaste en que tu traza es quien te Zafa

de mi cólera, cuando yo más Bufo,

pues advierte (Beatriz) que si me Atufo,

te abriré en la cabeza tanta Rafa.

 

Dime, si es bien, que el otro a ti te Estafe,

y cuando por tu Amor eche yo Bofe,

te vayas tú con ese Mequetrefe.

 

Y yo me vaya al Rollo, o a Getafe,

y sufra que el Picaño de mi Mofe,

en Asa, Uso, Afe, Ofe, y Efe.

 

Verde embeleso de la vida humana…

Verde embeleso de la vida humana,

loca esperanza, frenesí dorado,

sueño de los despiertos intrincado,

como de sueños, de tesoros vana;

 

alma del mundo, senectud lozana,

decrépito verdor imaginado,

el hoy de los dichosos esperado

y de los desdichados el mañana:

 

sigan tu sombra en busca de tu día

los que, con verdes vidrios por anteojos,

todo lo ven pintado a su deseo:

 

que yo, más cuerda en la fortuna mía,

tengo en entrambas manos ambos ojos

y solamente lo que toco veo.

 

Ves caminante en esta triste Pira…

Ves caminante en esta triste Pira,

la potencia de Jove está postrada;

aquí Marte rindió la fuerte espada,

aquí Apolo rompió la dulce Lira.

 

Aquí Minerva triste se retira,

y la luz de los Astros eclipsada

todo está en la ceniza venerada,

del Excelso Color que aquí se mira.

 

Tanto pudo la fama encarecerlo,

y tanto las noticias sublimarlo,

que sin haber llegado a conocerlo,

 

llevó con tanto extremo el Reino a amarlo,

que muchos ojos no pudieron verlo,

mas ninguno pudieron no llorarlo.

 

Vesme, Alcino, que atada a la cadena…

¿Vesme, Alcino, que atada a la cadena

de amor, paso, en sus hierros aherrojada,

mísera esclavitud desesperada,

de libertad y de consuelo ajena?

 

¿Ves de dolor y angustia el alma llena,

de tan fieros tormentos lastimada,

y entre las vivas llamas abrasada,

juzgarse por indigna de su pena?

 

¿Vesme seguir sin alma un desatino

que yo misma condeno por extraño?

¿Vesme derramar sangre en el camino

 

siguiendo los vestigios de un engaño?

¿Muy admirado estás? ¿Pues ves, Alcino?

Más merece la causa de mi daño.

 

Vista tus hombros el verdor lozano…

Vista tus hombros el verdor lozano,

Joven, con que tu ciencia te laurea;

y puesto en ello dignamente, sea

índice de tus méritos ufano.

 

Corone tu discurso soberano

la que blanda tus sientes lisonjea

insignia literaria, en quien se emplea

el flamante sepulcro de un gusano.

 

¡Oh qué enseñanza llevan escondida

honrosos los halagos de tu suerte,

donde despierta la atención dormida!

 

Pues ese verde honor, si bien se advierte,

mientras más brinda gustos a la vida,

más ofrece recuerdos a la muerte.

 

Vuestra edad, Gran Señor, en tanto exceda

Vuestra edad, gran Señor, en tanto exceda

a la capacidad que abraza el cero;

que la combinatoria de Kirkero

multiplicar su cantidad no pueda.

 

Del giro hermoso la luciente Rueda,

que el uno trastornó, y otro lucero;

y que el fin fue del círculo primero,

principio de feliz al que suceda.

 

Vivid, porque entre propios, y entre extraños,

de mi plectro las claras armonías,

celebren vuestros hechos, sin engaños;

 

y uniendo duraciones a alegrías,

a las glorias compitan vuestros años

y las glorias excedan a los días.

 

Y aunque ostentes el rigor

Y aunque ostentes el rigor

de tu original fiel,

a mí me ha dado el pincel

lo que no puede el amor:

dichosa vivo al favor

que me ofrece un bronce frío,

pues aunque muestres desvío,

podrás, cuando más terrible,

decir que eres imposible,

pero no que no eres mío.

 

Ya, desengaño mío…

Ya, desengaño mío,

llegasteis al extremo

que pudo en vuestro ser

verificar el serlo.

 

Todo lo habéis perdido:

mas no todo, pues creo

que aun a costa es de todo

barato el escarmiento.

 

No envidiaréis de amor

los gustos lisonjeros

que está un escarmentado

muy remoto del riesgo.

 

El no esperar alguno

me sirve de consuelo,

que también es alivio

el no buscar remedio.

 

En la pérdida misma

los alivios encuentro,

pues si perdí el tesoro,

también se perdió el miedo

 

No tener qué perder

me sirve de sosiego,

que no teme ladrones

desnudo el pasajero.

 

Ni aun la libertad misma

tenerla por bien quiero,

que luego será daño

si por tal la poseo.

 

No quiero más cuidados

de bienes tan inciertos,

sino tener el alma

como que no la tengo.

 

Ya que para despedirme…

Ya que para despedirme,

dulce idolatrado dueño,

ni me da licencia el llanto

ni me da lugar el tiempo,

 

háblente los tristes rasgos,

entre lastimeros ecos,

de mi triste pluma, nunca

con más justa causa negros.

 

Y aún ésta te hablará torpe

con las lágrimas que vierto;

porque va borrando el agua

lo que va dictando el fuego.

 

Hablar me impiden mis ojos,

y es que se anticipan ellos

viendo lo que he de decirte,

a decírtelo primero.

 

Oye la elocuencia muda

que hay en mi dolor, sirviendo

los suspiros, de palabras,

las lágrimas, de conceptos.

 

Mira la fiera borrasca

que pasa en el mar del pecho,

donde zozobras turbados

mis confusos pensamientos.

 

Mira cómo ya el vivir

me sirve de afán grosero,

que se avergüenza la vida

de durarme tanto tiempo.

 

Mira la muerte, que esquiva

huye, porque la deseo;

que aun la muerte, si es buscada,

se quiere subir de precio.

 

Mira cómo el cuerpo amante,

rendido a tanto tormento,

siendo en lo demás cadáver,

sólo en el sentir es cuerpo.

 

Mira cómo el alma misma

aún teme, en su ser exento,

que quiera el dolor violar

la inmunidad de lo eterno.

 

En lágrimas y suspiros,

alma y corazón a un tiempo,

aquél se convierte en agua

y ésta se resuelve en viento.

 

Ya no me sirve la vida,

esta vida que poseo,

sino de condición sola

necesaria al sentimiento.

 

¿Mas por qué gasto razones

en contar mi pena, y dejo

de decir lo que es preciso

por decir lo que estás viendo?

 

En fin, te vas: ¡ay de mí!,

dudosamente lo pienso;

pues si es verdad, no estoy viva,

y si viva, no lo creo.

 

¿Posible es que ha de haber día

tan infausto, tan funesto,

en que sin ver yo las tuyas

esparza sus luces Febo?

 

¿Posible es que ha de llegar

el rigor a tan severo

que no ha de darle tu vista

a mis pesares aliento?

 

¿Que no he de ver tu semblante?

¿Que no he de escuchar tus ecos?

¿Que no he de gozar tus brazos?

¿Ni me ha de animar tu aliento?

 

¡Ay, mi bien! ¡Ay, prenda mía!

¡Dulce fin de mis deseos!

¿Por qué me llevas el alma,

dejándome el sentimiento?

 

Mira que es contradicción

que no cabe en un sujeto

tanta muerte en una vida

tanto dolor en un muerto.

 

Mas ya que es preciso (¡ay triste!)

en mi infelice suceso

ni vivir con la esperanza

ni morir con el tormento,

 

dame algún consuelo tú

en el dolor que padezco,

y quien en el suyo muere

viva siquiera en tu pecho.

 

No te olvides que te adoro,

y sírvante de recuerdo

las finezas que me debes,

si no las prendas que tengo.

 

Acuérdate que mi amor,

haciendo gala del riesgo,

sólo por atropellarlo

se alegraba de tenerlo.

 

Y si mi amor no es bastante,

el tuyo mismo te acuerdo,

que no es poco empeño haber

empezado ya en empeño.

 

Acuérdate, señor mío,

de tus nobles juramentos,

y lo que juró tu boca

no lo desmienten tus hechos.

 

Y perdona si en temer

mi agravio, mi bien, te ofendo,

que no es dolor el dolor

que se contiene en lo atento.

 

Y adiós, que con el ahogo

que me embarca los alientos

ni sé ya lo que te digo

ni lo que te escribo leo.

 

Yo adoro a Lisi, pero no pretendo…

Yo adoro a Lisi, pero no pretendo

que Lisi corresponda mi fineza;

pues si juzgo posible su belleza,

a su decoro y mi aprehensión ofendo.

 

No emprender, solamente, es lo que emprendo:

pues sé que a merecer tanta grandeza

ningún mérito basta, y es simpleza

obrar contra lo mismo que yo entiendo.

 

Como cosa concibo tan sagrada

su beldad que ni quiere mi osadía

a la esperanza dar ni aun leve entrada:

 

pues cediendo a la suya mi alegría,

por no llegarla a ver mal empleada,

aun pienso que sintiera verla mía.

 

Yo no dudo, Lisarda, que te quiero…

Yo no dudo, Lisarda, que te quiero,

aunque sé que me tienes agraviado;

mas estoy tan amante y tan airado,

que afectos que distingo no prefiero.

 

De ver que odio y amor te tengo, infiero

que ninguno estar puede en sumo grado,

pues no le puede el odio haber ganado

sin haberle perdido amor primero.

 

Y si piensas que el alma que te quiso

ha de estar siempre a tu afición ligada,

de tu satisfacción vana te aviso.

 

Pues si el amor al odio ha dado entrada,

el que bajó de sumo a ser remiso

de lo remiso pasará a ser nada.

 

Yo no puedo tenerte ni dejarte

Yo no puedo tenerte ni dejarte,

ni sé por qué, al dejarte o al tenerte,

se encuentra un no sé qué para quererte

y muchos sí sé qué para olvidarte.

 

Pues ni quieres dejarme ni enmendarte,

yo templaré mi corazón de suerte

que la mitad se incline a aborrecerte

aunque la otra mitad se incline a amarte.

 

Si ello es fuerza querernos, haya modo,

que es morir el estar siempre riñendo:

no se hable más en celo o en sospecha,

 

y quien da la mitad, no quiera el todo;

y cuando me la estás allá haciendo,

sabe que estoy haciendo la desecha.

 

Primero Sueño

Piramidal, funesta, de la tierra

nacida sombra, al cielo encaminaba

de vanos obeliscos punta altiva,

escalar pretendiendo las estrellas;

si bien sus luces bellas,

exentas siempre, siempre rutilantes,

la tenebrosa guerra

que con negros vapores le intimaba

la pavorosa sombra fugitiva

burlaban tan distantes,

que su atezado ceño

al superior convexo aun no llegaba

del orbe de la diosa

que tres veces hermosa

con tres hermosos rostros ser ostenta,

quedando sólo o dueño

del aire que empañaba

con el aliento denso que exhalaba;

y en la quietud contenta

de imperio silencioso,

sumisas sólo voces consentía

de las nocturnas aves,

tan obscuras, tan graves,

que aun el silencio no se interrumpía.

Con tardo vuelo y canto, del oído

mal, y aun peor del ánimo admitido,

la avergonzada Nictimene acecha

de las sagradas puertas los resquicios,

o de las claraboyas eminentes

los huecos más propicios

que capaz a su intento le abren brecha,

y sacrílega llega a los lucientes

faroles sacros de perenne llama,

que extingue, si no infama,

en licor claro, la materia crasa

consumiendo, que el árbol de Minerva

de su fruto, de prensas agravado,

congojoso sudó y rindió forzado.

Y aquellas que su casa

campo vieron volver, sus telas hierba,

a la deidad de Baco inobedientes,

—ya no historias contando diferentes,

en forma sí afrentosa transformadas—,

segunda forman niebla,

ser vistas aun temiendo en la tiniebla,

aves sin pluma aladas:

aquellas tres oficïosas, digo,

atrevidas hermanas,

que el tremendo castigo

de desnudas les dio pardas membranas,

alas tan mal dispuestas

que escarnio son aun de las más funestas.

Éstos, con el parlero

ministro de Plutón un tiempo, ahora

supersticioso indicio al agorero,

solos la no canora

componían capilla pavorosa,

máximas, negras, longas entonando,

y pausas más que voces, esperando

a la torpe mensura perezosa

de mayor proporción tal vez, que el viento

con flemático echaba movimiento,

de tan tardo compás, tan detenido,

que en medio se quedó tal vez dormido.

Este, pues, triste son intercadente

de la asombrada turba temerosa,

menos a la atención solicitaba

que al sueño persuadía;

antes sí, lentamente,

su obtusa consonancia espacïosa

al sosiego inducía

y al reposo los miembros convidaba,

el silencio intimando a los vivientes

(uno y otro sellando labio obscuro

con indicante dedo),

Harpócrates, la noche, silencioso;

a cuyo, aunque no duro,

si bien imperïoso

precepto, todos fueron obedientes.

El viento sosegado, el can dormido,

éste yace, aquél quedo

los átomos no mueve,

con el susurro hacer temiendo leve,

aunque poco, sacrílego ruïdo,

violador del silencio sosegado.

El mar, no ya alterado,

ni aun la instable mecía

cerúlea cuna donde el sol dormía;

y los dormidos, siempre mudos, peces,

en los lechos lamosos

de sus obscuros senos cavernosos,

mudos eran dos veces;

y entre ellos, la engañosa encantadora

Almone, a los que antes

en peces transformó, simples amantes,

transformada también, vengaba ahora.

En los del monte senos escondidos,

cóncavos de peñascos mal formados

de su aspereza menos defendidos

que de su obscuridad asegurados,

cuya mansión sombría

ser puede noche en la mitad del día,

incógnita aun al cierto

montaraz pie del cazador experto,

depuesta la fiereza

de unos, y de otros el temor depuesto,

yacía el vulgo bruto,

a la naturaleza

el de su potestad pagando impuesto,

universal tributo;

y el rey, que vigilancias afectaba,

aun con abiertos ojos no velaba.

El de sus mismos perros acosado,

monarca en otro tiempo esclarecido,

tímido ya venado,

con vigilante oído,

del sosegado ambiente

al menor perceptible movimiento

que los átomos muda,

la oreja alterna aguda

y el leve rumor siente

que aun le altera dormido.

Y en la quietud del nido,

que de brozas y lodo instable hamaca

formó en la más opaca

parte del árbol, duerme recogida

la leve turba, descansando el viento

del que le corta, alado movimiento.

De Júpiter el ave generosa,

como al fin reina, por no darse entera

al descanso, que vicio considera

si de preciso pasa, cuidadosa

de no incurrir de omisa en el exceso,

a un solo pie librada fía el peso,

y en otro guarda el cálculo pequeño

—despertador reloj del leve sueño—,

por que, si necesario fue admitido,

no pueda dilatarse continuado,

antes interrumpido

del regio sea pastoral cuidado.

¡Oh de la Majestad pensión gravosa,

que aun el menor descuido no perdona!

Causa, quizá, que ha hecho misteriosa,

circular, denotando, la corona,

en círculo dorado,

que el afán es no menos continuado.

El sueño todo, en fin, lo poseía;

todo, en fin, el silencio lo ocupaba:

aun el ladrón dormía;

aun el amante no se desvelaba.

El conticinio casi ya pasando

iba, y la sombra dimidiaba, cuando

de las diurnas tareas fatigados

—y no sólo oprimidos

del afán ponderoso

del corporal trabajo, mas cansados

del deleite también (que también cansa

objeto continuado a los sentidos,

aun siendo deleitoso:

que la naturaleza siempre alterna

ya una, ya otra balanza,

distribuyendo varios ejercicios

ya al ocio, ya al trabajo destinados,

en el fiel infïel con que gobierna

la aparatosa máquina del mundo)—;

así pues, de profundo

sueño dulce los miembros ocupados,

quedaron los sentidos

del que ejercicio tienen ordinario

(trabajo en fin, pero trabajo amado,

si hay amable trabajo),

si privados no, al menos suspendidos,

y cediendo al retrato del contrario

de la vida, que, lentamente armado,

cobarde embiste y vence perezoso

con armas soñolientas,

desde el cayado humilde al cetro altivo,

sin que haya distintivo

que el sayal de la púrpura discierna,

pues su nivel, en todo poderoso,

gradúa por exentas

a ningunas personas,

desde la de a quien tres forman coronas

soberana tïara,

hasta la que pajiza vive choza;

desde la que el Danubio undoso dora,

a la que junco humilde, humilde mora;

y con siempre igual vara

(como, en efecto, imagen poderosa

de la muerte) Morfeo

el sayal mide igual con el brocado.

El alma, pues, suspensa

del exterior gobierno, —en que, ocupada

en material empleo,

o bien o mal da el día por gastado—,

solamente dispensa

remota, si del todo separada

no, a los de muerte temporal opresos

lánguidos miembros, sosegados huesos,

los gajes del calor vegetativo,

el cuerpo siendo, en sosegada calma,

un cadáver con alma,

muerto a la vida y a la muerte vivo,

de lo segundo dando tardas señas

el del reloj humano

vital volante que, si no con mano,

con arterial concierto, unas pequeñas

muestras, pulsando, manifiesta lento

de su bien regulado movimiento.

Este, pues, miembro rey y centro vivo

de espíritus vitales,

con su asociado respirante fuelle

—pulmón, que imán del viento es atractivo,

que en movimientos nunca desiguales,

o comprimiendo ya, o ya dilatando

el musculoso, claro arcaduz blando,

hace que en él resuelle

el que le circunscribe fresco ambiente

que impele ya caliente,

y él venga su expulsión haciendo activo,

pequeños robos al calor nativo,

algún tiempo llorados,

nunca recuperados,

si ahora no sentidos de su dueño

(que, repetido, no hay robo pequeño)—;

éstos, pues, de mayor, como ya digo,

excepción, uno y otro fiel testigo,

la vida aseguraban,

mientras con mudas voces impugnaban

la información, callados, los sentidos,

con no replicar sólo defendidos;

y la lengua que, torpe, enmudecía,

con no poder hablar los desmentía.

Y aquella del calor más competente

científica oficina,

próvida de los miembros despensera,

que avara nunca y siempre diligente,

ni a la parte prefiere más vecina

ni olvida a la remota,

y en ajustado natural cuadrante

las cuantidades nota

que a cada cuál tocarle considera,

del que alambicó quilo el incesante

calor, en el manjar que, medianero

piadoso, entre él y el húmedo interpuso

su inocente substancia,

pagando por entero

la que, ya piedad sea, o ya arrogancia,

al contrario voraz, necio, la expuso

(merecido castigo, aunque se excuse,

al que en pendencia ajena se introduce);

ésta, pues, si no fragua de Vulcano,

templada hoguera del calor humano,

al cerebro envïaba

húmedos, mas tan claros los vapores

de los atemperados cuatro humores,

que con ellos no sólo no empañaba

los simulacros que la estimativa

dio a la imaginativa

y aquésta, por custodia más segura,

en forma ya más pura

entregó a la memoria (que, oficiosa,

grabó tenaz y guarda cuidadosa),

sino que daban a la fantasía

lugar de que formase

imágenes diversas. Y del modo

que en tersa superficie, que de Faro

cristalino portento, asilo raro

fue, en distancia longísima se vían

sin que ésta le estorbase,

del reino casi de Neptuno todo

las que distantes le surcaban naves,

viéndose claramente

en su azogada luna

el número, el tamaño y la fortuna

que en la instable campaña transparente

arresgadas tenían,

mientras aguas y vientos dividían

sus velas leves y sus quillas graves:

así ella, sosegada, iba copiando

las imágenes todas de las cosas,

y el pincel invisible iba formando

de mentales, sin luz, siempre vistosas

colores, las figuras

no sólo ya de todas las criaturas

sublunares, mas aun también de aquellas

que intelectuales claras son estrellas,

y en el modo posible

que concebirse puede lo invisible,

en sí, mañosa, las representaba

y al alma las mostraba.

La cual, en tanto, toda convertida

a su inmaterial ser y esencia bella,

aquella contemplaba,

participada de alto Ser, centella

que con similitud en sí gozaba;

y juzgándose casi dividida

de aquella que impedida

siempre la tiene, corporal cadena,

que grosera embaraza y torpe impide

el vuelo intelectual con que ya mide

la cuantidad inmensa de la esfera,

ya el curso considera

regular, con que giran desiguales

los cuerpos celestiales

—culpa, si grave, merecida pena

(torcedor del sosiego, riguroso)

de estudio vanamente judicioso—,

puesta, a su parecer, en la eminente

cumbre de un monte a quien el mismo Atlante,

que preside gigante

a los demás, enano obedecía,

y Olimpo, cuya sosegada frente,

nunca de aura agitada

consintió ser violada,

aun falda suya ser no merecía,

pues las nubes que opaca son corona

de la más elevada corpulencia,

del volcán más soberbio que en la tierra

gigante erguido intima al cielo guerra,

apenas densa zona

de su altiva eminencia,

o a su vasta cintura

cíngulo tosco son que, mal ceñido,

o el viento lo desata sacudido,

o vecino el calor del sol lo apura.

A la región primera de su altura

(ínfima parte, digo, dividiendo

en tres su continuado cuerpo horrendo),

el rápido no pudo, el veloz vuelo

del águila que puntas hace al cielo

y al sol bebe los rayos (pretendiendo

entre sus luces colocar su nido)

llegar; bien que, esforzando

más que nunca el impulso, ya batiendo

las dos plumadas velas, ya peinando

con las garras el aire, ha pretendido,

tejiendo de los átomos escalas,

que su inmunidad rompan sus dos alas.

Las Pirámides dos —ostentaciones

de Menfis vano, y de la arquitectura

último esmero, si ya no pendones

fijos, no tremolantes—, cuya altura

coronada de bárbaros trofeos

tumba y bandera fue a los Ptolomeos,

que al viento, que a las nubes publicaba

(si ya también al cielo no decía)

de su grande, su siempre vencedora

ciudad —ya Cairo ahora—

las que, porque a su copia enmudecía,

la Fama no cantaba

gitanas glorias, ménficas proezas,

aun en el viento, aun en el cielo impresas:

éstas, que en nivelada simetría

su estatura crecía

con tal diminución, con arte tanto,

que cuanto más al cielo caminaba,

a la vista, que lince la miraba,

entre los vientos se desparecía,

sin permitir mirar la sutil punta

que al primer orbe finge que se junta,

hasta que, fatigada del espanto,

no descendida, sino despeñada

se hallaba al pie de la espaciosa basa,

tarde o mal recobrada

del desvanecimiento

que pena fue no escasa

del visüal alado atrevimiento;

cuyos cuerpos opacos

no al sol opuestos, antes avenidos

con sus luces, si no confederados

con él (como, en efecto, confinantes),

tan del todo bañados

de su resplandor eran, que —lucidos—

nunca de calorosos caminantes

al fatigado aliento, a los pies flacos,

ofrecieron alfombra

aun de pequeña, aun de señal de sombra;

éstas, que glorias ya sean gitanas,

o elaciones profanas,

bárbaros jeroglíficos de ciego

error, según el griego

ciego también, dulcísimo poeta,

—si ya, por las que escribe

aquileyas proezas

o marciales de Ulises sutilezas,

la unión no le recibe

de los historiadores, o le acepta

cuando entre su catálogo le cuente,

que gloria más que número le aumente—,

de cuya dulce serie numerosa

fuera más fácil cosa

al temido Tonante

el rayo fulminante

quitar, o la pesada

a Alcides clava herrada,

que un hemistiquio solo

de los que le dictó propicio Apolo:

según de Homero, digo, la sentencia,

las Pirámides fueron materiales

tipos sólo, señales exteriores

de las que, dimensiones interiores,

especies son del alma intencionales:

que como sube en piramidal punta

al cielo la ambiciosa llama ardiente,

así la humana mente

su figura trasunta,

y a la Causa Primera siempre aspira,

céntrico punto donde recta tira

la línea, si ya no circunferencia

que contiene, infinita, toda esencia.

Estos, pues, montes dos artificiales

(bien maravillas, bien milagros sean),

y aun aquella blasfema altiva Torre

de quien hoy dolorosas son señales

—no en piedras, sino en lenguas desiguales,

porque voraz el tiempo no las borre—

los idiomas diversos que escasean

el socïable trato de las gentes

(haciendo que parezcan diferentes

los que unos hizo la naturaleza,

de la lengua por sólo la extrañeza),

si fueran comparados

a la mental pirámide elevada

donde —sin saber cómo— colocada

el alma se miró, tan atrasados

se hallaran, que cualquiera

gradüara su cima por esfera:

pues su ambicioso anhelo,

haciendo cumbre de su propio vuelo,

en la más eminente

la encumbró parte de su propia mente,

de sí tan remontada, que creía

que a otra nueva región de sí salía.

En cuya casi elevación inmensa,

gozosa mas suspensa,

suspensa pero ufana,

y atónita aunque ufana, la suprema

de lo sublunar reina soberana,

la vista perspicaz, libre de anteojos,

de sus intelectuales bellos ojos,

sin que distancia tema

ni de obstáculo opaco se recele

de que interpuesto algún objeto cele,

libre tendió por todo lo crïado:

cuyo inmenso agregado,

cúmulo incomprehensible,

aunque a la vista quiso manifiesto

dar señas de posible,

a la comprehensión no, que, entorpecida

con la sobra de objetos, y excedida

de la grandeza de ellos su potencia,

retrocedió cobarde.

Tanto no, del osado presupuesto

revocó la intención, arrepentida,

la vista que intentó, descomedida,

en vano hacer alarde

contra objeto que excede en excelencia

las líneas visüales

—contra el sol, digo, cuerpo luminoso,

cuyos rayos castigo son fogoso,

que fuerzas desiguales

despreciando, castigan rayo a rayo

el confïado, antes atrevido

y ya llorado ensayo

(necia experiencia que costosa tanto

fue, que Ícaro ya, su propio llanto

lo anegó enternecido)—,

como el entendimiento, aquí vencido

no menos de la inmensa muchedumbre

de tanta maquinosa pesadumbre

(de diversas especies conglobado

esférico compuesto),

que de las cualidades

de cada cual, cedió: tan asombrado

que, entre la copia puesto,

pobre con ella en las neutralidades

de un mar de asombros, la elección confusa,

equívoco, las ondas zozobraba;

y por mirarlo todo, nada vía,

ni discernir podía

(bota la facultad intelectiva

en tanta, tan difusa

incomprehensible especie que miraba

desde el un eje en que librada estriba

la máquina voluble de la esfera,

al contrapuesto polo)

las partes ya no sólo

que al universo todo considera

serle perfeccionantes,

a su ornato, no más pertenecientes,

mas ni aun las que integrantes

miembros son de su cuerpo dilatado,

proporcionadamente competentes.

Mas como al que ha usurpado

diuturna obscuridad, de los objetos

visibles los colores,

si súbitos le asaltan resplandores,

con la sobra de luz queda más ciego

—que el exceso contrarios hace efectos

en la torpe potencia, que la lumbre

del sol admitir luego

no puede por la falta de costumbre—,

y a la tiniebla misma, que antes era

tenebroso a la vista impedimento,

de los agravios de la luz apela,

y una vez y otra con la mano cela

de los débiles ojos deslumbrados

los rayos vacilantes,

sirviendo ya, piadosa medianera,

la sombra de instrumento

para que recobrados

por grados se habiliten,

porque después constantes

su operación más firmes ejerciten.

(Recurso natural, innata ciencia

que, confirmada ya de la experiencia,

maestro quizá mudo,

retórico ejemplar, inducir pudo

a uno y otro Galeno

para que del mortífero veneno,

en bien proporcionadas cantidades

escrupulosamente regulando

las ocultas nocivas cualidades,

ya por sobrado exceso

de cálidas o frías,

o ya por ignoradas simpatías

o antipatías con que van obrando

las causas naturales su progreso,

a la admiración dando, suspendida,

efecto cierto en causa no sabida,

con prolijo desvelo y remirada

empírica atención, examinada

en la bruta experiencia,

por menos peligrosa,

la confección hicieran provechosa,

último afán de la apolínea ciencia,

de admirable trïaca,

¡que así del mal el bien tal vez se saca.)

No de otra suerte el alma, que asombrada

de la vista quedó de objeto tanto,

la atención recogió, que derramada

en diversidad tanta, aun no sabía

recobrarse a sí misma del espanto

que portentoso había

su discurso calmado,

permitiéndole apenas

de un concepto confuso

el informe embrïón que, mal formado,

inordinado caos retrataba

de confusas especies que abrazaba,

sin orden avenidas,

sin orden separadas,

que cuanto más se implican combinadas

tanto más se disuelven desunidas,

de diversidad llenas,

ciñendo con violencia lo difuso

de objeto tanto, a tan pequeño vaso,

aun al más bajo, aun al menor, escaso.

Las velas, en efecto, recogidas,

que fïó inadvertidas

traidor al mar, al viento ventilante

—buscando, desatento,

al mar fidelidad, constancia al viento—,

mal le hizo de su grado

en la mental orilla

dar fondo, destrozado,

al timón roto, a la quebrada entena,

besando arena a arena

de la playa el bajel, astilla a astilla,

donde, ya recobrado,

el lugar usurpó de la carena

cuerda refleja, reportado aviso

de dictamen remiso:

que, en su operación misma reportado,

más juzgó conveniente

a singular asunto reducirse,

o separadamente

una por una discurrir las cosas

que vienen a ceñirse

en las que, artificiosas,

dos veces cinco son Categorías:

reducción metafísica que enseña

(los entes concibiendo generales

en sólo unas mentales fantasías

donde de la materia se desdeña

el discurso abstraído)

ciencia a formar de los Universales,

reparando, advertido,

con el arte el defecto

de no poder con un intüitivo

conocer acto todo lo crïado,

sino que, haciendo escala, de un concepto

en otro va ascendiendo grado a grado,

y el de comprender orden relativo

sigue, necesitado

del del entendimiento

limitado vigor, que a sucesivo

discurso fía su aprovechamiento:

cuyas débiles fuerzas, la doctrina

con doctos alimentos va esforzando,

y el prolijo, si blando,

continuo curso de la disciplina,

robustos le va alientos infundiendo,

con que más animoso

al palio glorïoso

del empeño más arduo, altivo aspira,

los altos escalones ascendiendo,

en una ya, ya en otra cultivado

facultad, hasta que insensiblemente

la honrosa cumbre mira,

término dulce de su afán pesado,

de amarga siembra, fruto al gusto grato

(que aun a largas fatigas fue barato),

y con planta valiente

la cima huella de su altiva frente.

De esta serie seguir mi entendimiento

el método quería,

o del ínfimo grado

del ser inanimado

(menos favorecido,

si no más desvalido,

de la segunda causa productiva),

pasar a la más noble jerarquía

que, en vegetable aliento,

primogénito es, aunque grosero,

de Temis: el primero

que a sus fértiles pechos maternales,

con virtud atractiva,

los dulces apoyó manantïales

de humor terrestre, que a su nutrimento

natural es dulcísimo alimento,

y de cuatro adornada operaciones

de contrarias acciones,

ya atrae, ya segrega diligente

lo que no serle juzga conveniente,

ya lo superfluo expele, y de la copia

la substancia más útil hace propia;

y, ésta ya investigada,

forma inculcar más bella,

de sentido adornada,

y aun más que de sentido, de aprehensiva

fuerza imaginativa:

que justa puede ocasionar querella,

cuando afrenta no sea,

de la que más lucida centellea

inanimada estrella,

bien que soberbios brille resplandores

(que hasta a los astros puede superiores,

aun la menor criatura, aun la más baja,

ocasionar envidia, hacer ventaja);

y de este corporal conocimiento

haciendo, bien que escaso, fundamento,

al supremo pasar maravilloso

compuesto triplicado,

de tres acordes líneas ordenado

y de las formas todas inferiores

compendio misterioso:

bisagra engarzadora

de la que más se eleva entronizada

naturaleza pura

y de la que, criatura

menos noble, se ve más abatida:

no de las cinco solas adornada

sensibles facultades,

mas de las interiores

que tres rectrices son, ennoblecida:

que para ser señora

de las demás, no en vano

la adornó sabia poderosa mano,

fin de sus obras, círculo que cierra

la esfera con la tierra,

última perfección de lo crïado

y último de su eterno Autor agrado,

en quien con satisfecha complacencia

su inmensa descansó magnificencia;

fábrica portentosa

que, cuanto más altiva al cielo toca,

sella el polvo la boca

(de quien ser pudo imagen misteriosa

la que Águila evangélica, sagrada

visión en Patmos vio, que las estrellas

midió y el suelo con iguales huellas,

o la estatua eminente

que del metal mostraba más preciado

la rica altiva frente,

y en el más desechado

material, flaco fundamento hacía,

con que a leve vaivén se deshacía);

el Hombre, digo, en fin, mayor portento

que discurre el humano entendimiento;

compendio que absoluto

parece al ángel, a la planta, al bruto;

cuya altiva bajeza

toda participó naturaleza.

¿Por qué? Quizá porqué, más venturosa

que todas, encumbrada

a merced de amorosa

Unión sería (¡oh, aunque tan repetida,

nunca bastantemente bien sabida

merced, pues ignorada

en lo poco apreciada

parece, o en lo mal correspondida!)

Estos, pues, grados discurrir quería

unas veces, pero otras, disentía,

excesivo juzgando atrevimiento

el discurrirlo todo

quien aun la más pequeña,

aun la más fácil parte no entendía

de los más manüales

efectos naturales;

quien de la fuente no alcanzó risueña

el ignorado modo

con que el curso dirige cristalino

deteniendo en ambages su camino,

los horrorosos senos

de Plutón, las cavernas pavorosas

del abismo tremendo,

las campañas hermosas,

los Elíseos amenos,

tálamo ya de su triforme esposa,

clara pesquisidora registrando

(útil curiosidad, aunque prolija,

que de su no cobrada bella hija

noticia cierta dio a la rubia diosa,

cuando montes y selvas trastornando,

cuando prados y bosques inquiriendo,

su vida iba buscando

y del dolor su vida iba perdiendo);

quien de la breve flor aun no sabía

por qué ebúrnea figura

circunscribe su frágil hermosura;

mixtos, por qué, colores,

confundiendo la grana en los albores,

fragante le son gala;

ámbares por qué exhala,

y el leve, si más bello

ropaje al viento explica,

que en una y otra fresca multiplica

hoja, formando pompa escarolada

de dorados perfiles cairelada,

que, roto del capillo el blanco sello,

de dulce herida de la cipria diosa

los despojos ostenta jactanciosa,

si ya el que la colora,

candor al alba, púrpura a la aurora

no le usurpó y, mezclado,

purpúreo es ampo, rosicler nevado,

tornasol que concita

los que del prado aplausos solicita:

preceptor quizá vano,

si no ejemplo profano,

de industria femenil, que el más activo

veneno hace dos veces ser nocivo

en el velo aparente

de la que finge tez resplandeciente.

Pues si a un objeto solo —repetía

tímido el pensamiento—

huye el conocimiento

y cobarde el discurso se desvía;

si a especie segregada

—como de las demás independiente,

como sin relación considerada—

da las espaldas el entendimiento,

y asombrado el discurso se espeluza

del difícil certamen que rehúsa

acometer valiente,

porque teme, cobarde, comprehenderlo

o mal, o nunca, o tarde,

¿cómo en tan espantosa

máquina inmensa discurrir pudiera?,

cuyo terrible incomportable peso

si ya en su centro mismo no estribara,

de Atlante a las espaldas agobiara,

de Alcides a las fuerzas excediera;

y el que fue de la esfera

bastante contrapeso,

pesada menos, menos ponderosa

su máquina juzgara, que la empresa

de investigar a la naturaleza.

Otras, más esforzado,

demasiada acusaba cobardía

el lauro antes ceder, que en la lid dura

haber siquiera entrado;

y al ejemplar osado

del claro joven la atención volvía,

auriga altivo del ardiente carro,

y el, si infeliz, bizarro

alto impulso, el espíritu encendía:

donde el ánimo halla,

más que el temor ejemplos de escarmiento,

abiertas sendas al atrevimiento,

que una ya vez trilladas, no hay castigo

que intento baste a remover segundo

(segunda ambición, digo).

Ni el panteón profundo,

cerúlea tumba a su infeliz ceniza,

ni el vengativo rayo fulminante

mueve, por más que avisa,

al ánimo arrogante

que, el vivir despreciando, determina

su nombre eternizar en su ruïna.

Tipo es, antes, modelo,

ejemplar pernicioso

que alas engendra a repetido vuelo

del ánimo ambicioso

que, del mismo terror haciendo halago

que al valor lisonjea,

las glorias deletrea

entre los caracteres del estrago.

(O el castigo jamás se publicara

por que nunca el delito se intentara;

político silencio antes rompiera

los autos del proceso

—circunspecto estadista—;

o en fingida ignorancia simulara

o con secreta pena castigara

el insolente exceso,

sin que a popular vista

el ejemplar nocivo propusiera:

que del mayor delito la malicia

peligra en la noticia,

contagio dilatado trascendiendo;

porque singular culpa sólo siendo,

dejara más remota a lo ignorado

su ejecución, que no a lo escarmentado.)

Mas mientras entre escollos zozobraba

confusa la elección, sirtes tocando

de imposibles, en cuantos intentaba

rumbos seguir, no hallando

materia en que cebarse

el calor ya, pues su templada llama

(llama al fin, aunque más templada sea,

que si su activa emplea

operación, consume, si no inflama),

sin poder excusarse,

había lentamente

el manjar trasformado,

propia substancia de la ajena haciendo,

y el que hervor resultaba bullicioso

de la unión entre el húmedo y ardiente,

en el maravilloso

natural vaso había ya cesado

faltando el medio, y consiguientemente

los que de él ascendiendo

soporíferos, húmedos vapores

el trono racional embarazaban

(desde donde a los miembros derramaban

dulce entorpecimiento),

a los suaves ardores

del calor consumidos,

las cadenas del sueño desataban,

y, la falta sintiendo de alimento

los miembros extenuados,

del descanso cansados,

ni del todo despiertos ni dormidos,

muestras de apetecer el movimiento

con tardos esperezos

ya daban, extendiendo

los nervios, poco a poco, entumecidos,

y los cansados huesos

aun sin entero arbitrio de su dueño

volviendo al otro lado,

a cobrar empezaron los sentidos,

dulcemente impedidos

del natural beleño,

su operación, los ojos entreabriendo.

Y del cerebro, ya desocupado,

las fantasmas huyeron

y, como de vapor leve formadas,

en fácil humo, en viento convertidas

su forma resolvieron.

(Así linterna mágica, pintadas

representa fingidas

en la blanca pared varias figuras,

de la sombra no menos ayudadas

que de la luz: que en trémulos reflejos

los competentes lejos

guardando de la docta perspectiva,

en sus ciertas mensuras

de varias experiencias aprobadas,

la sombra fugitiva,

que en el mismo esplendor se desvanece,

cuerpo finge formado,

de todas dimensiones adornado,

cuando aun ser superficie no merece.)

En tanto, el padre de la luz ardiente,

de acercarse al Oriente

ya el término prefijo conocía,

y al antípoda opuesto despedía

con transmontantes rayos:

que, de su luz en trémulos desmayos,

en el punto hace mismo su Occidente,

que nuestro Oriente ilustra luminoso.

Pero de Venus, antes, el hermoso

apacible lucero

rompió el albor primero,

y del viejo Titán la bella esposa,

amazona de luces mil vestida,

contra la noche armada,

hermosa si atrevida,

valiente aunque llorosa,

su frente mostró hermosa

de matutinas luces coronada,

aunque tierno preludio, ya animoso

del planeta fogoso,

que venía las tropas reclutando

de bisoñas vislumbres

(las más robustas, veteranas lumbres

para la retaguardia reservando)

contra la que, tirana usurpadora

del imperio del día,

negro laurel de sombras mil ceñía

y con nocturno cetro pavoroso

las sombras gobernaba,

de quien aun ella misma se espantaba.

Pero apenas la bella precursora

signífera del sol, el luminoso

en el Oriente tremoló estandarte,

tocando al arma todos los süaves

si bélicos clarines de las aves,

diestros, aunque sin arte

trompetas sonorosos,

cuando —como tirana al fin, cobarde,

de recelos medrosos

embarazada, bien que hacer alarde

intentó de sus fuerzas, oponiendo

de su funesta capa los reparos,

breves en ella de los tajos claros

heridas recibiendo

(bien que, mal satisfecho su denuedo,

pretexto mal formado fue del miedo)—,

su débil resistencia conociendo,

a la fuga ya casi cometiendo

más que a la fuerza el medio de salvarse,

ronca tocó bocina

a recoger los negros escuadrones

para poder en orden retirarse,

cuando de más vecina

plenitud de reflejos fue asaltada,

que la punta rayó más encumbrada

de los del mundo erguidos torreones.

Llegó, en efecto, el sol cerrando el giro

que esculpió de oro sobre azul zafiro.

De mil multiplicados

mil veces puntos, flujos mil dorados,

líneas, digo, de luz clara, salían

de su circunferencia luminosa,

pautando al cielo la cerúlea plana;

y a la que antes funesta fue tirana

de su imperio, atropadas embestían:

que sin concierto huyendo presurosa,

en sus mismos horrores tropezando,

su sombra iba pisando,

y llegar al ocaso pretendía

con el sin orden ya, desbaratado

ejército de sombras, acosado

de la luz que el alcance le seguía.

Consiguió, al fin, la vista del ocaso

el fugitivo paso,

y en su mismo despeño recobrada,

esforzando el aliento en la rüina,

en la mitad del globo que ha dejado

el sol desamparada,

segunda vez rebelde, determina

mirarse coronada,

mientras nuestro hemisferio la dorada

ilustraba del sol madeja hermosa,

que con luz judiciosa

de orden distributivo, repartiendo

a las cosas visibles sus colores

iba, y restituyendo

entera a los sentidos exteriores

su operación, quedando a luz más cierta

el mundo iluminado, y yo despierta.

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