Poemas del Marqués de Santillana (Íñigo López de Mendoza) poeta castellano
Marqués de Santillana (Íñigo López de Mendoza) (1398-1458), fue la figura más brillante del Prerrenacimiento español, encarnando el ideal del caballero que equilibra las armas y las letras. Como político y militar, fue un poderoso noble en la corte de Juan II; como autor, destacó por su ambición estética y técnica.
Su obra es fundamental por dos hitos: la introducción del soneto en España («al itálico modo») y la elevación de la lírica popular a través de sus célebres serranillas, poemas breves sobre encuentros con pastoras. Además de su vasta producción de carácter moral y alegórico (como la Comedieta de Ponza), poseyó una de las bibliotecas más importantes de su tiempo, fomentando la traducción de clásicos y el humanismo temprano.
Serranilla III – Illiana, la serrana de Lozoyuela
Desde que nací,
no vi tal serrana
como esta mañana.
Allá en la pradera
de Mata el Espino,
en ese camino
que va a Lozoyuela,
de tal modo la vi
que me dio ganas
la fruta temprana.
Túnica traía
de oro, ajustada
con broche dorado,
que bien le lucía.
Hacia ella me volví
diciendo: —»Loçana,
¿sois vos aldeana?»
—»Sí soy, caballero;
si por mí preguntáis,
decid ¿qué deseáis?,
hablad verdadero.»
Yo le dije así:
—»Juro por Santa Ana
que no sois aldeana.»
Serranilla IV – La moza de Bores
Moza de Bores,
allá por la Lama,
me puso en amores.
Creí que olvidado
el amor me tenía,
como quien se había
hace tiempo alejado
de tales dolores
que más que la llama
queman a los amantes.
Pero vi a la hermosa
de buena presencia,
la cara agradable,
fresca como rosa,
de tales colores
cual nunca vi en dama,
ni en otra, señores.
Por lo cual: «señora»,
le dije, «en verdad
vuestra belleza
saldrá desde ahora
de entre estos cerros,
pues merece fama
de grandes elogios».
Dijo: «caballero,
echos a un lado:
dejad a la vaquera
pasar al otero;
que dos labradores
me pretenden de Frama,
ambos pastores».
«Señora, pastor
seré si queréis:
mandarme podéis
como a servidor;
mayores dulzuras
será para mí el bramido
que oír ruiseñores».
Así concluimos
nuestro proceso
sin cometer exceso
y nos pusimos de acuerdo.
Y fueron las flores
de junto a Espinama
las encubridoras.
Menga de Manzanares
Por todos estos pinares
ni en Navalagamella,
no vi serrana más bella
que Menga de Manzanares.
Descendiendo el Yelmo abajo,
hacia el Bóbalo tirando,
en ese valle de arriba,
vi a una serrana cantando;
la saludé, según es uso,
y dije: «Serrana, estando
oyendo, yo no me excuso
de hacer lo que mandares».
Respondióme con orgullo:
«Bien vengáis, caballero;
¿quién os trae de mañana
por este valle solitario?
Que por toda esta llanura
yo no dejo andar vaquero,
ni pastora, ni serrana,
sino a Pascual de Bustares.
Pero ya, pues la ventura
por aquí os ha traído,
conviene de cualquier modo,
sin ningún otro trato,
que me entreguéis la cintura
o luchemos cuerpo a cuerpo;
que dentro de esta espesura
os quiero luchar dos pares».
Viendo que no podía,
me alejé de allí sin daño,
como aquel que no sabía
de luchar arte ni maña;
con muy gran melancolía,
le armé tal estratagema
que cayó con su porfía
cerca de unos tomillares.
La vaquera de la Finojosa
Moza tan hermosa
no vi en la frontera,
como una vaquera
de la Finojosa.
Haciendo la vía
del Calatraveño
a Santa María,
vencido del sueño,
por tierra fragosa
perdí el camino,
donde vi a la vaquera
de la Finojosa.
En un verde prado
de rosas y flores,
guardando ganado
con otros pastores,
la vi tan graciosa,
que apenas creyera
que fuese vaquera
de la Finojosa.
No creo que las rosas
de la primavera
sean tan hermosas
ni de tal manera;
hablando sin rodeos,
si antes supiera
de aquella vaquera
de la Finojosa,
no tanto mirara
su mucha belleza,
porque me dejara
en mi libertad.
Mas dije: «Donosa
—por saber quién era—,
¿dónde está la vaquera
de la Finojosa?»
Como quien se ríe,
dijo: «Bien vengáis,
que ya bien entiendo
lo que preguntáis;
no está deseosa
de amar, ni lo espera,
esa vaquera
de la Finojosa».
Cuando yo veo a la gentil criatura
Cuando yo veo a la gentil criatura
que el cielo, acorde con naturaleza
formaron, loo mi buena ventura.
El punto y hora de tanta belleza
me demostraron, y su hermosura,
que sola de loor es la pureza;
mas luego torno con igual tristura
y plango y quéjome de su crueza.
Que no fue tanta la del mal Thereo,
ni hizo la de Achila y de Potino,
falsos ministros de ti, Ptholomeo.
Así que lloro mi servicio indigno
y la mi loca fiebre, pues que veo
y me hallo cansado y peregrino.
Lejos de vos
Lejos de vos y cerca de cuidado,
pobre de gozo y rico de tristeza,
fallido de reposo y abastado
de mortal pena, congoja y braveza,
desnudo de esperanza y abrigado
de inmensa cuita y visto de aspereza,
la mi vida me fuye, mal mi grado,
la muerte me persigue sin pereza.
Ni son bastantes a satisfacer
la sed ardiente de mi gran deseo
Tajo al presente, ni me socorrer
la enferma Guadïana, ni lo creo.
Sólo Guadalquivir tene poder
de me guarir y sólo aquél deseo.
Soneto XIV
Cuando estoy ante aquella dama,
a cuyo mando me sometió el Amor,
creo ser uno de los que en el Tabor
vieron el gran resplandor que se relata,
o que ella sea la hija de Latona (Diana),
según su aspecto y gran resplandor:
así que en ningún momento tengo fuerza
para mirar fijamente su divina persona.
Su grato favor, dulce y amoroso,
es una maravilla ciertamente,
en una forma nueva de humanidad:
su andar es con tal reposo,
honesto y manso, y tal su presencia,
que, siendo libre, vivo en cautividad.
Pregunta del Marqués de Santillana a Juan de Mena
Gran retórico elocuente,
a quien la razón florida
con reverencia debida
se nos inclina humildemente,
trascendente
en las artes liberales,
por versos filosóficos
os quiero hacer una pregunta,
y veremos quién acierta,
por sus puntos lógicos,
ya sea con réplica o respuesta.
Canción
Acuérdate de mi vida,
ya que viste
mi partida y despedida
ser tan triste.
Acuérdate que padezco
y padecí
las penas que no merezco,
desde que vi
la respuesta indebida
que me diste;
por lo cual mi despedida
fue tan triste.
Pero no creas, señora,
que por esto
te fui ni te sea ahora
menos fiel;
que de llaga no fingida
me heriste;
así que mi despedida
fue tan triste.
Ya cantan los gallos
Ya cantan los gallos,
buen amor, y vete,
mira que amanece.
—Que canten los gallos,
yo, ¿cómo me iría,
si tengo en mis brazos
a la que yo más quería?
Antes moriría
que de aquí me fuese,
aunque amaneciese.
—Deja tal porfía,
mi dulce amado,
que viene el alba,
esclarece el día;
pues la alegría
en poco tiempo acaba,
mira que amanece.
—¿Qué mejor victoria
darme puede el amor,
que el bien y la gloria
me llamen al alba?
¡Dichoso amante
quien no se marchase
aunque amaneciese!
—¿Piensas, mi señor,
que estoy yo contenta?
¡Dios sabe el dolor
que se me acrecienta!
Pues tal afrenta
a mí se me presenta,
vete, que amanece.
Serranilla de Bores
Moza de Bores,
allá por la Lama,
me puso en amores.
Creí que el amor
me tenía olvidado,
como quien se había
hace tiempo alejado
de tales dolores,
que más que la llama
queman a los amantes.
Pero vi a la hermosa
de buena presencia,
la cara agradable,
fresca como rosa,
de tales colores
cual nunca vi en dama
ni en otra, señores.
Por lo cual: «Señora
—dije—, en verdad
vuestra belleza
saldrá desde ahora
de entre estos cerros,
pues merece fama
de grandes elogios».
Dijo: «Caballero,
echos a un lado:
dejad a la vaquera
pasar al otero;
que dos labradores
me pretenden de Frama,
ambos pastores».
—«Señora, pastor
seré si queréis:
mandarme podéis,
como a servidor:
mayores dulzuras
será para mí el bramido
que oír ruiseñores».
Así concluimos
nuestro proceso
sin cometer exceso,
y nos pusimos de acuerdo.
Y fueron las flores
de junto a Espinama
las encubridoras.
Yo me iba, mi madre
Yo me iba, mi madre,
a Ciudad Real,
y erré el camino
en un lugar difícil.
Siete días anduve
sin comer pan,
dando cebada a mi mula
y carne al gavilán.
Entre la Zarzuela
y Darazután,
alcé los ojos
hacia donde sale el sol.
Espoleé mi mula,
me fui hacia allá;
los perros del ganado
me salen a ladrar;
vi a una serrana
de bella presencia.
—Acercaos, caballero,
no tengáis vergüenza:
mi padre y mi madre
han ido al pueblo;
mi querido Minguillo
ha ido por pan,
ni vendrá esta noche
ni mañana a almorzar;
comeréis la leche
mientras se hace el queso.
Haremos la cama
junto al retamal;
tendremos un hijo,
se llamará Pascual,
o será Arzobispo,
Papa o Cardenal,
o será porquerizo
de Ciudad Real.
—¡Bien, por vida mía,
que os debéis de burlar!

Bésame y abrázame
Bésame y abrázame,
marido mío,
y os daré por la mañana
un camisón limpio.
Yo nunca vi hombre
vivo estar tan muerto,
ni hacerse el dormido
estando despierto.
Vamos, marido, alerta,
y tened brío,
y os daré por la mañana
un camisón limpio.
La niña gritillos dar
Que la niña dé grititos
no es de maravillar.
Mucho grita la cuitada
con la voz desmesurada,
por verse asaltada;
no es de maravillar.
Amor puro la venció,
que a muchos engañó;
si por él se descarrió,
no es de maravillar.
Temprano quiso saber
el trabajo y el placer
que el amor nos hace tener;
no es de maravillar.
A los diez años cumplidos
fueron por ella conocidos
todos sus cinco sentidos;
no es de maravillar.
A los quince, ¿qué hará?
Esto notarse deberá
por quien la tratará;
no es de maravillar.
Por una gentil floresta
Por un hermoso bosque
de lindas flores y rosas,
vi a tres damas hermosas
que de amores tienen queja.
Yo, con voluntad muy presta,
me acerqué para conocerlas.
Comenzó una de ellas
esta canción tan honesta:
«Me están vigilando:
nunca tales guardas vi.»
Para mirar la hermosura
de estas tres gentiles damas,
yo me cubrí con las ramas,
me metí bajo el follaje.
La otra con gran tristeza
comenzó a suspirar
y a decir este cantar
con muy honesta mesura:
«La niña que amores tiene,
sola, ¿cómo dormirá?»
Por no causarles molestia
no quise ir más adelante
hacia las que con orden
cantaban tan armoniosas.
La otra con buen semblante
dijo: «Señoras de estado,
pues las dos habéis cantado,
a mí conviene que cante:
«Dejad que el villano sufra:
véngueme Dios de él.»
Después de que hubieron cantado
estas señoras que digo,
yo salí desconsolado,
como hombre sin abrigo.
Ellas dijeron: «Amigo,
no sois vos al que buscamos,
mas cantad, ya que cantamos.»
Dije este cantar antiguo:
«Suspirando va la niña
y no por mí,
que yo bien se lo entendí.»
Al alba venid, buen amigo
Al alba venid, buen amigo,
al alba venid.
Amigo al que yo más quería,
venid al alba del día.
Amigo al que yo más amaba,
venid a la luz del alba.
Venid a la luz del día,
no traigáis compañía.
Venid a la luz del día,
no traigáis gran compañía.
Acuérdate de mi vida
Acuérdate de mi vida,
pues que viste
mi partir y despedida
ser tan triste.
Acuérdate que padezco
y padecí
las penas que no merezco,
desde que oí
la respuesta indebida
que me diste,
por la cual mi despedida
fue tan triste.
Pero no creas, señora,
que por esto
te fui ni te sea ahora
menos fiel,
que de llaga no fingida
me heriste,
así que mi despedida
fue tan triste.
Lejos de vos
Lejos de vos y cerca de cuidado,
pobre de gozo y rico de tristeza,
fallido de reposo y abastado
de mortal pena, congoja y braveza,
desnudo de esperanza y abrigado
de inmensa cuita y visto de aspereza,
a mi vida me huye, mal mi grado,
la muerte me persigue sin pereza.
Ni son bastantes a satisfacer
la sed ardiente de mi gran deseo
Tajo al presente, ni me socorrer
la enferma Guadïana, ni lo creo.
Sólo Guadalquivir tene poder
de me guarir y sólo aquél deseo.
Soy garridilla y pierdo sazón
Soy hermosa y pierdo mi lozanía
por estar mal casada;
tengo un deseo en mi corazón
que a mí me agrada.
Hace ya bien cinco o seis años que soy suya,
y nunca recibí de él ni camisa ni ropa;
solo azotes, palmadas y muchos desprecios,
y estoy mal mantenida.
No quiere que yo quiera ni quiere querer él,
ni quiere que yo vea ni quiere ver;
más dice el villano que, cuando él se duerme,
yo debo estar desvelada.
Estoy por su miedo la noche despierta;
de día no osó ponerme a la puerta;
así que, mezquina, viviendo estoy muerta
y no enterrada.
Desde el día negro en que le conocí,
pese a cuantos servicios y honras le hice,
amargada me veo, pues nunca le vi
la cara satisfecha.
Así Dios me preste la vida y salud,
que nunca un besito me dio con afecto
en todos los días de mi juventud
en que fui desposada.
Para bien o para mal, sufro mis tristes pasiones,
aunque me tienten diez mil tentaciones;
pero ya no puedo sufrir los tormentos
de suegra y cuñada.
Mas si yo quisiera devolver mal por mal,
mancebos muy lindos de mucha fortuna
me darían faldas, mantos y túnicas
por ser su enamorada.
Con toda mi pena, con toda mi hiel,
cuando yo veo a un joven gallardo,
más sufro amargada y hago por él
que Roldán por su espada.
Publicar comentario