La luz — Antonio Arnao
Feliz mariposilla,
fiel a la voz del natural instinto.
Dejando de volar, paró sencilla
sobre el cáliz de pálido jacinto,
donde la miel sabrosa y delicada
quiso libar alegre y descuidada;
cuando vio de repente
hermosísima luz resplandeciente,
y con ímpetu ciego,
mirándola tan bella,
fue veloz a girar en torno de ella,
hasta que al fin tornáronse en el fuego
sus ricas galas míseros despojos:
¡y aquella viva luz eran tus ojos!