Poemas de Francisco de Trillo y Figueroa

Poemas de Francisco de Trillo y Figueroa

Poemas de Francisco de Trillo y Figueroa (1618-1680), destacado poeta y polígrafo gallego asentado en Granada, cuya obra representa la transición hacia la complejidad del Barroco tardío. Considerado un discípulo aventajado de Góngora, destacó por una técnica depurada y un uso audaz de la metáfora y el hipérbaton.

Su producción es versátil: desde la épica culta hasta la sátira y la lírica amorosa. Sin embargo, su mayor reconocimiento reside en su habilidad para hibridar lo culto con lo popular, elevando temas cotidianos mediante una ornamentación retórica exquisita.

A menudo eclipsado por los grandes nombres del Siglo de Oro, Trillo y Figueroa permanece como una figura esencial para entender la sofisticación intelectual y la estética culterana de la España del siglo XVII.

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A La Firmeza Del Amor

Al pie de una alta haya en dulce avena

el mantuano Títiro tañía,

y Amarilis no mas le respondía

el valle umbroso, que a su voz resuena.

 

Cuando un triste zagal, que la cadena

arrastrado de amor también había,

por el valle sus cabras conducía

al lento paso de una amarga pena.

 

Oyó al triste pastor y dijo: «En vano

te dan oído las frondosas ramas,

y voz la sola y taciturna selva,

 

»pues no hay piedad en el amor tirano

para olvidar, ni aun las difuntas llamas,

aunque ya en llanto el humo se resuelva».

 

A La Muerte De Don Alfonso Enríquez, Almirante De Castilla

Ya no los rayos del purpúreo oriente
rompan las sombras de la aurora fría,
taciturno silencio asombre el día,
siendo al llanto aun al mar poca corriente.

Ya el pálido lamento en son doliente
confunda de los orbes la armonía,
vuelva el caos a su indómita porfía,
estremeciendo el frío el polo ardiente.

Del grande Enríquez la inmortal memoria
honoren todos, tristemente haciendo
luto a la paz, obsequias a la guerra.

Siendo el papel diáfano a su historia
volumen poco, y a su diestra siendo
leve el materno peso de la tierra.

 

A Un Cupido De Nieve, Aludiendo A La Firmeza De Un Efecto

¿Qué es esto, Amor? ¿Acaso soñolientas

están tus flechas y tu engaño ciego?

¿De nieve tú, que la región del fuego

con ansias encendidas alimentas?

 

¿Adónde están las iras que sangrientas

en la rueda se afilan del sosiego?

¿Helado tú? Sin duda que mi ruego

o de Filida el pecho representas.

 

¡Oh Filida cruel! ¡Oh amor tirano!

¿con el ardor de mi encendido pecho

tu hielo impío a combatir se atreve?

 

¿Mi afecto vencer quieres soberano?

Pues yo en su abono (bien que a su despecho)

quemaré el hielo, abrasaré la nieve.

 

A Un Desengaño De Fortuna

Quebranta ya, fortuna, las prisiones

en que amarrada mi esperanza, incierto

tantos días halló el amigo puerto,

arrastrando mi fe tus eslabones.

 

Honren ya tus paredes sujeciones

del ánimo rendido al desconcierto;

que en las aras inciertas encubierto

no está bien el ardor de mis pasiones.

 

Halla donde tu halago no se esconde,

cual la espina en la flor insidiosa

alimenta el recelo en la esperanza.

 

Básteme a mí saber que no responde

a mi ruego tu mano cautelosa;

que harto es dichoso quien su riesgo alcanza.

 

A Un Pajarillo A Quien Una Dama Sacó De La Jaula, Y Quitándole Los Ojos Le Echó A Volar

Surcando dudas con dudoso aliento,

las ciegas alas al recelo fía

un Cupido de pluma, que podía

imagen ser del pálido escarmiento.

 

Sus grandes ansias tiende al frágil viento,

más que la pluma al nebuloso día,

y embarazando el vuelo en la porfía,

naufraga en el dolor otro elemento.

 

Efectos son de Fili rigurosa

estos por quien mi fe se constituye

víctima heroica de un rigor tirano.

 

Dichoso tú, que en pira lacrimosa

venciste el hado, que inconstante huye

de darte muerte con piadosa mano.

 

A Un Poema De San Bruno

Aun la alta cumbre de la envidia sea

pequeño afán al vuelo de tu pluma,

¡Oh docto Bruno! cuya ardiente suma

de acentos no apagada el tiempo vea.

 

El canto heroico de tu santa idea

del sagrado Genil la blanca espuma

comunique a ambos mares, y aun presuma

luciente hacerlo en cuanto el sol rodea.

 

Tu nombre al santo cuya vida cantas,

de hoy más iguale (bien que reverente);

que bien podrá, pues te acrecientas gloria.

 

Y este culto trofeo que levantas

a su fama, en la tuya se acreciente

aun más allá de la mayor memoria.

 

A Un Suplicio De Fuego, Ejecutado En Un Cómplice, De Muchos, El Menos Poderoso

Arde el deliro en las crueles aras

de la necesidad más encendidas

que del fuego, brotando las heridas

tanto dolientes señas cuanto avaras.

 

Enlazada segur, torcidas varas,

cenizas entre llanto sumergidas

aun el humo descubre, aunque oprimidas

del ciego polvo y las pavesas claras.

 

Tres veces impacientes rodearon

las llamas el cadáver, apartadas

aun menos del juez que del suplicio.

 

A muchos con la vista salpicaron,

y no fueron de pocos veneradas;

que habla mucho el silencio de un juicio.

 

A Una Dama Que Miraba Dolorosa El Sepulcro De Un Galán, Con Quien Había Sido Esquiva

¡Qué tarde, oh Fili, tu rigor se admira

del efecto que amor hace oprimido,

pues ya en fuego tu hielo convertido,

sólo sirve de hacer mayor la pira!

 

¡Qué tarde, oh Fili, tu rigor aspira

a detener el riesgo prevenido,

pues miras su memoria en el olvido

cuando el olvido tu memoria admira!

 

Mas ¡ay cruel! que no es piedad tu llanto,

sino rigor, con que le solemnizas,

porque arda más aprisa su alta gloria.

 

Mas ella vivirá felice en cuanto

abrigare tu hielo en sus cenizas

la gran fe de esta última memoria.

 

A Una Esperanza Dudosa

De anciano roble un tronco mal vestido,

con débiles raíces amarrado

a un duro escollo, a quien el tiempo airado

de una alta roca había dividido,

 

yacía en la montaña, defendido

más del riesgo a que estaba dedicado,

que de amiga segur o de olvidado

rigor, no al infelice concedido.

 

Doliente asombro del hermoso día,

de mi esperanza simulacro era,

y horrendo asilo de aves gemidoras.

 

¡Oh cuán ingrato el riesgo se desvía

de quien trofeo el precipicio fuera!

¡Oh cuánto muere un triste en horas breves!

 

A Una Mariposa, Que Dando Tornos Desde Una Luz A Los Ojos De Una Dama Cayó En Una Fuente De Agua Y Se Ahogó

Si ciega de una luz que tanto inflama,

huyes la gloria que en su ardor te espera,

o porque dudas cual será postrera,

o porque ignora términos o fama;

 

la pira undosa que tu suerte infama

lave esa culpa, y sea la vez primera

que ignores al morir, porque tu esfera

no era capaz de tan luciente llama.

 

Injustamente lleva el frágil viento

tus cobardes cenizas a la cumbre

que alto en reposo del ardiente día.

 

Nunca ese aplauso mereció tu aliento,

porque el crisol de tan divina lumbre

solamente mi amor lo merecía.

 

A Unos Papeles, Retrato Y Otras Prendas De Una Dama

Crueles ondas, cauteloso puerto,

embozados escollos, duras peñas,

donde aun blanquean las ingratas señas

que aseguraban un trofeo incierto;

 

ya que habéis las heridas descubierto,

que, a pesar del dolor, juzgué pequeñas,

no más, Filida, ya; basten las señas

para juzgar el precipicio cierto.

 

Deje las ondas ya, deje las redes

mi ciego amor, y penda la barquilla

del alto escollo o del piadoso ejemplo.

 

Honren ya mis prisiones sus paredes,

y los remos hincados en la orilla

muro sean al mar, cuando no templo.

 

Al Fénix, En Alusión A Una Esperanza Desesperada

Oídos pone aun a la muda llama,

centellas profiriendo armoniosa,

entre sacros aromas religiosa,

purpúrea fénix en la inculta rama.

 

Mudas cenizas mudamente inflama

en los acentos de su voz gloriosa,

haciendo aun más su pira espaciosa

que los términos largos de su fama.

 

El pecho rompe, y de la pira enjuta

el humo las cenizas humedece,

nueva materia tributando al cielo.

 

¡Ay de quién llanto, quién ardor tributa,

y solamente a las ruinas crece,

sin abrasar, sin renacer el vuelo!

 

Al Suceso De Susana En El Baño

Al frío pedernal de nieve cano,

a pesar de las llamas que fomenta,

¿quiere, ¡oh duro amor! que el golpe sienta

del acerado impulso de tu mano?

 

Caduco roble ha de ilustrar el llano

cuando su ancianidad vive por cuenta

del duro escollo que en la lumbre alienta,

débil raíz fortalecida en vano.

 

¿Qué flecha el casto pecho de Susana

no rebatiera, aun cuando la porfía

de cuerda juvenil le diera plumas?

 

Quebranta el arco pues, la sombra vana

desata de esos ojos, porque el día

no muere aunque fluctúe en las espumas.

 

Al Himeneo Del Señor Don Francisco De Vergara, No Habiéndole Entendido Los Demás, Y Censurándole Muchos

Salió Himeneo muy a lo romano,

y el gran Talasion muy a lo griego,

ante el Herodes del vulgacho ciego,

a tanto sol implume gavilano.

 

Se dejaron llevar de mano en mano

al tribunal de la ignorancia, y luego

turba de escribas vomitando fuego,

enjugar presumía el Océano.

 

La Razón muy acaso fue a deshora,

inquiriendo el tropel de tanto insulto,

y dijo a los crueles asesinos:

 

«¿Por qué con ignorancia burladora

a vuestros dioses revocáis el culto?

-Porque son en su patria peregrinos».

 

Al Licenciado Juan Agudo

No el tardo vuelo del infiel olvido

la llama apague de tu vuelo ardiente,

¡oh culto Agudo! cuya docta frente

honre sacro laurel de honor ceñido.

 

De la envidia tenaz enmudecido

halles jamás el venenoso diente;

que el estado más mísero doliente

es estar de sus leyes excluido.

 

Tu «Epitome», capaz de trompas ciento,

cante la fama en plecto armonioso.

Si hasta a tanto son tan poco aliento.

 

Y el paso de los siglos presuroso,

encadenado en tu elegante acento,

sea una vez al riesgo perezoso.

 

Al Profeta Jeremías

¡Oh cuánto, envuelta la sagrada lumbre,

esplendor manifiesta de tu celo!

¡Oh cuánto! Más ¿qué mucho, si a tu vuelo

de los cielos humilla la alta cumbre?

 

A las antiguas aras la costumbre

volviste del lucir, su honor al cielo.

Ya de tu fe lo diga sin recelo

la undosa de centellas muchedumbre.

 

Arder en llamas líquidas las ondas,

¿a quién no enseña convertirse en llanto,

que es la fe de un profundo sentimiento?

 

¿Qué importa pues que el fuego en agua escondas,

si aun el mar arderá mi pensamiento,

bebiendo siglos de dolor en tanto?

 

Al Sacrificio De Abrahán

En la alta cumbre de la fe, animando

bastante ardor a sacrificios ciento,

cien aras de Abrahán el sufrimiento

fuera poco encender, sacrificando.

 

Menos luces el sol esparce cuando

sale de entre las ondas soñoliento,

que ardores a la fe prestó su aliento,

las dudas con las dudas devorando.

 

Cegar las luces para ver con ellas,

esperar sucesión dándole muerte,

hacer sepulcro la flamante cuna,

 

no es creíble al poder de las estrellas;

que aun a Dios excediera acción tan fuerte,

a poder excederle cosa alguna.

 

Al Sepulcro De Góngora

Yace, mas no fallece en la copiosa

que admiras urna, oh peregrino, el que antes

mármoles culto acentuó elegantes

que su lira se oyese espaciosa.

 

Tu admiración revoque ponderosa,

aquella que aún sus pórfidos sonantes,

bien que vano, morder con vigilantes

quiere duros aceros, lagrimosa.

 

La atención su holocausto sea debido,

la ceniza alumbrando en sus altares

cuanto el pórfido culto esplendor sella,

 

cuanto el mármol no puede enternecido,

aun desatando en lagrimosos mares,

dar a entender con sola una centella.

 

Al Suceso De Acab, En La Batalla En Que Murió

Muchos, huyendo el golpe recelado,

se acercaron al riesgo no advertido,

como el leño en el puerto sumergido,

ya de las ondas fieras perdonado.

 

Huyendo Acab del vigilante hado,

pretende en vano ser desconocido;

mas la ruina afila en el olvido

quien piensa que en la culpa está olvidado.

 

Vistiendo engaños, ya de honor desnudo,

la púrpura depone por librarse,

como si lejos de sí mismo fuera.

 

Mas también embozado el hierro agudo

dos veces vio en su pecho ensangrentarse,

porque dos veces de una vez muriera.

 

Al Suceso De Aman Y Mardoqueo

Ya las infieles llamas en que ardía

quiere apagar en la enemiga muerte

el envidioso Aman, si bien la suerte

en sus pasos su riesgo conducía.

 

Pendiente pues del lazo en que pendía

su cruel esperanza, en vano advierte

que por grande el bajel, nunca divierte

de las ondas crueles la porfía.

 

La playa experimenta procelosa,

cual pudiera el humilde Mardoqueo,

que en la doliente arena fluctuaba.

 

¡Oh cuánto la ignorancia injuriosa

ruinas alimenta en el trofeo,

flechando riesgos a su misma aljaba!

 

Al Suceso De Jacob Y Raquel

Siete veces el sol quitado había

al frío polo el tenebroso velo,

cuando Jacob el engañado vuelo

segunda vez a la esperanza fía,

 

en cambio de las llamas en que ardía,

examinaba un perezoso hielo,

sin que apagase tan infiel recelo

el ardor que en su fe resplandecía.

 

¡Oh amor de ningún hombre imaginado!

¡Oh suerte, no de alguno conseguida!

¿Qué hubiese vida igual a incendio tanto?

 

Poco fue amar, pues pudo ser premiado

tan largo amor en tan pequeña vida,

y tanto riesgo en tan debido llanto.

 

Al Suceso De Jezabel Y Nabot

No siempre el alto escollo en la ribera

seguro está del proceloso viento,

que uno y otro combate al escarmiento

alguna vez conducen la carrera.

 

Bien de Nabot la sangre hacer pudiera

notorio a Jezabel el fin violento;

que harto dice callado el mudo acento

del que venganza sin pedirla espera.

 

¿Cómo pues el poder se precipita,

si nunca llega el escarmiento tarde,

ni hay suficiente el la crueldad disculpa?

 

Así el riesgo soberbio solicita

mas el que menos le recela; que arde

muy a ciegas la llama de la culpa.

 

Al Suceso De Judas Y Tamar, Su Nuera, En Alusión A La Violencia De Los Halagos Femeninos

No así del mar las ondas impacientes

combaten el escollo sumergido,

como Tamar al suegro inadvertido

combatió con halagos inclementes.

 

No el pedernal afanes suda ardientes,

del duro acero duramente herido,

veloz así, como el enternecido,

llamas a la ocasión prestó indecentes.

 

No así en la selva Calidonia, cuando

fiero león es del cordero insulto,

igual peligro hallar Judas pudiera.

 

¿Qué tigre, los corderos devorando

entre las sombras del silencio inculto,

iguala a una mujer que finge es fiera?

 

Al Suceso De Rut

Pasos no ciegamente aconsejados,

bien que de sombras ciegas conducidos,

fió a la suerte Rut, desconocidos

del sol, de quien más fueron alumbrados.

 

No se adquiere la suerte, no los hados

siempre al rigor se hallaron prevenidos;

que tal vez al acento están dormidos

de quien más los recela desvelados.

 

Los desperdicios que en las rubias eras

no acaso fecundó pródiga suerte,

¿cuánto costar pudieron escarmiento?

 

No en vano el mar tropieza en las riberas,

aunque tal vez la tierra en sí convierte,

que ya enfrenarle supo un leve acento.

 

Al Suceso De Sansón Dormido, En Alusión A La Suave Crueldad De Las Mujeres

Des puerto amigo, aun más asegurado,

se imaginaba el naufragante leño,

con las amarras oprimiendo el ceño

del austro bramador, del noto airado.

 

La inquietud de las ondas y el cuidado

en las áncoras ya prendía el sueño,

cuando cortadas por ingrato dueño,

destrozo fue del iracundo hado.

 

Sin duda que del Cáucaso naciste

Dalila ingrata, y ese duro pecho

duros peñascos alimenta horribles.

 

Mas ¡ay! que eres mujer, y no resiste

nave amorosa cauteloso estrecho,

ocultas rocas, golfos apacibles.

 

¡Válgame Dios, Que Los Ánsares Vuelan!

¡Válgame Dios, que los ánsares vuelan!

¡Válgame Dios, que saben volar!

El ánsar gracioso

vide un ánsar chico,

y alzando su pico

vino a mí de vuelo,

diome un gran consuelo

de verlo alear.

¡Válgame Dios, que los ánsares vuelan!

¡Válgame Dios, que saben volar!

 

El ánsar gracioso

comenzó a picarme,

y aun a enamorarme

su pico amoroso;

mas como alevoso

volviome a dejar.

¡Válgame Dios, que los ánsares vuelan!

¡Válgame Dios, que saben volar!

 

Era tan bonico

que me dejó en calma,

dando gusto al alma

su agraciado pico,

pues era, aunque chico,

grande en el picar.

¡Válgame Dios, que los ánsares vuelan!

¡Válgame Dios, que saben volar!

 

Más quisiera yo

nunca haberle visto,

pues dulce le asisto

y cruel se huyó.

Sólo me dejó

que sentir y amar.

¡Válgame Dios, que los ánsares vuelan!

¡Válgame Dios, que saben volar!

 

¡Ay, amor cruel,

cuando quieres paces

qué de halagos haces,

cuando no, qué infiel!

¿Dónde iré tras él,

que no sé volar?

¡Válgame Dios, que los ánsares vuelan!

¡Válgame Dios, que saben volar!

 

Soneto V

Bañaba el Sol, precipitando el día,

entre la sondas la purpúrea frente,

cuando Daliso, en confusión doliente,

la red y el llanto sobre el mar tendía:

 

—Fílida ingrata, más cruel —decía—

que las arenas de la Libia ardiente,

que del Euripo inquieto, la corriente,

y más mudable que la suerte impía.

 

¿Por qué desprecias los maternos lares

de nuestra llama, que alumbrar pudiera

las corvas playas de los anchos mares?

 

¿Por qué, si no hay Deidad a quien debiera

reconocer Neptuno más altares,

flechas amor, trofeos la ribera?

 

Respondiendo A Una Censura Que Hizo Una Dama Al Romance Del Botón Bien Redimida

Cándida, hermosa flor, que en la avarienta

zarza, de una censura presumida,

si deshojada no, si no ofendida,

fuiste violada de atención sangrienta.

 

De tus espinas el rigor fomenta

contra rústica abeja, cuya herida

afanes suda, y a tus pies rendida,

reconozca el honor que la alimenta.

 

Mas no, que harto castigo se apercibe

quien del néctar suave hace veneno

pisando el áspid por hollar la rosa.

 

Segura pues de su ignorancia vive;

que no está el fuego de su luz ajeno

porque ignore su luz la mariposa.

 

Celebrando El Nacimiento Del Duque De Cardona Y Segorbe

Culto buril en mármol elegante

acentúe el ardor de la que hoy dora

nativa expectación, la sacra aurora

del Febo de Cardona purpurante.

 

Sea en luces grabadas resonante

aun la muda ceniza a cuanto mora

(bien que sus rayos cual el sol ignora)

la última Tule; bárbaro arrogante.

 

Con piedra blanca elogie su memoria

con el jamás de acentos bronce avaro,

este anterior al más glorioso día.

 

Si acaso insuficiente a tanta gloria

no es el volumen de sus luces claro,

aun desenvuelto de la sombra fría.

 

Soneto XXV

Como furioso el mar en ondas ciento

se explaya con undosa muchedumbre

sobre la arena, o como en la alta cumbre

nubes desata humedecido el viento.

 

Lágrimas daba en dolorido acento

a el mar un pescador, que ya costumbre

había hecho en él la pesadumbre

del repetido afán de su tormento.

 

«Dioses, decía (si es que hay dios alguno)

a quien se deba el paternal cuidado

de consolar a el engañado amante).

 

»¿Cuándo de mi prisión el importuno

cruel acero se verá limado

con la paciencia de mi fe constante?»

 

Del Suceso De Judit

Cual se mira a los soplos impacientes

del austro fiero la robusta encina,

o cual las nieves de la cumbre alpina

desatadas en líquidas corrientes;

 

de Betulia los muros ya dolientes

así al golpe cruel de su ruina,

cuando cauta Judit los avecina

del honor a los rayos más lucientes.

 

El débil golpe de una débil mano

¿quién ¡oh fortuna! recelar pudiera

a un tiempo tan pesado y delicioso?

 

Mas ¡ay! que fue de impulso soberano,

y el delito peligra en la ribera

mucho más que en golfo proceloso.

Poemas de Francisco de Trillo y Figueroa

Respondiendo A Un Amigo Sobre La Tragedia De Holofernes, Escrita En 148 Coplas

Cuarenta y ocho veces sobre ciento

el romance leí. y aun más doliente

quedé que si a las rocas impaciente

desde las ondas me arrojara el viento.

 

Sin duda peñascoso dio alimento

el Cáucaso a la musa balbuciente

del Varón que elegante, (al revés) mente,

el de Holofernes prefirió escarmiento.

 

Tragedia y triunfo como noche y día,

compuestos de dos simples, mano y pluma,

sin duda recetar quiso el dolor.

 

Bien pues, en cambio de la tumba fría,

que recelaba entre la blanca espuma,

merece de gran lumbre grande ardor.

 

Prólogo Al Libro De Profetas Y Patriarcas, Del Licenciado Juan Agudo

Culto buril de artífice elegante

tan docto este volumen acredita,

que eterna duración se facilita

aun más en el papel que en el diamante.

 

La muda voz incluye resonante,

que oído a tantos siglos solicita

desde la edad primera, a la inaudita

desolación del pueblo más triunfante.

 

Presta, lector, en atenciones ciento,

cien ojos, cien oídos y cien plumas

al grave estilo de esta culta historia;

 

que al profético, al sacro, al dulce aliento,

con que te informas de noticias sumas,

bien es debida la mayor memoria.

 

Soneto VI

Daliso, con el cuento de un cayado,

el nombre deshaciendo estaba un día

de su Fílida ingrata, que él había

de un robre en la corteza ya grabado.

 

Mas viendo que ya el tronco había quebrado

con el cayado, la tenaz porfía,

o porque el nombre ya con él crecía,

o bien porque él fuese honorado,

 

¿cómo es posible, amor tirano (dijo),

este nombre apartar de mi firmeza

si con él es un tronco aun elegante?

 

Si aun a pesar de mi sentir prolijo,

en su abono es de bronce una corteza,

¿por qué conoce que es mi fe diamante?

 

Soneto XXII

De roble duro en la tenaz corteza

Daliso el nombre de su Fili había

grabado con su fe, donde crecía

al paso que crecía su firmeza.

 

De las frondosas ramas la belleza

no a su dulce esperanza respondía,

porque un día engañando en otro día,

el roble continuaba en su aspereza.

 

Florecieron al fin con tiempo largo

las letras en las ramas, y el amante

presumió ver su largo llanto enjuto.

 

Cortó una flor, su gusto vido amargo,

y dijo: «¡Oh de mi fe gloria inconstante!

¿qué este es de amor el deseado fruto?»

 

Soneto XXIII

De una nudosa haya carcomida

ya de los siglos por que había pasado,

honor de las montañas y sagrado

de las fieras, a quien era acogida,

 

una rama rebelde y desabrida

una siesta Daliso había cortado

para sustituir de su cayado

la antigua paz, la anciana fe rompida.

 

«Ya que el grueso bastón (aunque prolijo)

vido obediente a su maestra mano,

al cielo se volvió, y así impaciente,

 

»vengarme, dioses, de una ingrata, —dijo—,

pues un tronco a mi ruego es tan humano,

y ella a mi dulce fe tan inclemente».

 

Soneto IX

Del mar cantaba entre las ondas fieras

mi dulce Fili tan suave acento,

que no sólo los cóncavos del viento,

más también suspendía las riberas.

 

Escuadrón de nadantes primaveras,

floreciendo aquel bárbaro elemento,

fruto fue de su voz, de ciento en ciento

atrayendo las aves y las fieras.

 

Los mudos de las ondas moradores,

de alga azul, verdes ovas, roja escama,

duras conchas y blanda piel vestidos;

 

los del cielo más pálidos ardores,

la de la selva más inculta rama,

canoros a su voz prestando oídos.

 

Imitando A Boecio

Dichoso aquel a quien la amarga muerte

no tronca el tiempo de sus dulces años,

y aquel que no alimenta desengaños

con el cebo engañoso de la suerte.

 

Dichoso (si hay alguno) aquel que advierte

su riesgo al resplandor de los extraños,

y aquel que, mariposa a los engaños,

entre las llamas el ardor advierte.

 

Dichoso el que con vuelo reposado

a la cumbre se acerca fatigable

de la alta ruina a que el honor aspira,

 

y mucho más aquel que retirado

vive de la fortuna incontrastable,

limando con su paz su cruel ira.

 

Dulces Exubiae, De Virgilio

«¡Oh duras prendas, bien que dulces cuando

su acíbar escondía entre las flores

el duro hado! Ya de sus rigores

presto veréis la causa agonizando.

 

»Ya la cobarde prora fatigando

menos las ondas va que mis ardores.

¡Oh, quién del mar pudiera hacer mayores

los profundos, mis ansias anegando!

 

»Vosotros que va el cielo, tú que el mundo

alumbráis con afecto vigilante,

¿si es que vengar podéis al ofendido?

 

»Oíd propicios mi dolor profundo».

Sobre la espada de su ingrato amante,

así decía la infelice Dido.

 

Soneto X

En una sobre el mar caída roca,

que un monte, de las ondas carcomido,

había de su cumbre sacudido,

mucho aviso escondiendo en ruina poca,

 

Daliso estaba una esperanza loca

repitiendo del mar al sordo oído,

que al duro son del llanto enternecido,

apenas sin temor la arena toca.

 

«Si de un monte no es firme aun la espera,

¿quién en la fe de una fortuna fía?

dice una y otra vez con duro aliento;

 

»Si a esta roca aun la ruina alcanza,

¿en qué se funda la esperanza mía?

en qué, si nunca tarda el escarmiento».

 

Soneto IV

Estos de amor, a mísero lamento

dulces folios, no tarde reducidos,

menos del ocio sean proferidos,

que del prolijo afán del escarmiento;

 

alumbre, pues, a todos mi tormento,

que harto es capaz de afectos no dormidos,

pues no mira la playa sin oídos

los escollos, en cuanto brama el viento:

 

naufragio mucho, la amorosa arena

dio en siglos pocos a mi paso incierto,

sin que el riesgo sirviese de atalaya:

 

lime, pues, mi escarmiento la cadena,

y antes creed en la tormenta el puerto

que el mar tranquilo en la amorosa playa.

 

Soneto XLIII

Fortuna, cuya impía providencia

condena al pobre a eterno sufrimiento,

si no hay bien en sus males, ¿con qué intento

en su daño es piadosa tu inclemencia?

 

Si entiendes que es hacerte resistencia

tener paciencia en el mayor tormento,

fallezca en él, sepúltese su aliento;

que la muerte en el pobre es conveniencia.

 

«La muerte ignora que en el pobre hay vida».

Respondes; ¡oh cruel más que la muerte!

pues ni muere ni vive, reducida

 

su vida a entrambos riesgos de tal suerte,

que la muerte se excusa con la vida,

y la vida se excusa con la muerte.

 

LETRILLA XVIII SATÍRICA

Las damas de ogaño, Bras,

No se contentan con galas;

Querrante bien, si regalas,

Y más, si regalas más.

 

Ya el amor no es niño y ciego,

Ni agradece niñerías,

Porque a llantos y porfías,

Nieve enciende en vez de fuego.

La oferta mira, no el ruego,

Volviéndose Venus Palas.

Querrante bien, si regalas,

Y más, si regalas más.

 

La más levantada pluma

Vuela ya riesgos de cera,

Siendo como en la ribera

Deshecha la blanca espuma;

Nada quien no da presuma,

Antes arroje las alas.

Querrante bien, si regalas,

Y más, si regalas más.

 

Ya para dar un favor

El mejor camino es

El paso del interés,

Y mejor, cuanto mejor.

No hay sin este medio amor,

Porque en vano el cielo escalas.

Querrante bien, si regalas,

Y más, si regalas más.

 

Las más discretas razones,

Si no dan, no tienen fuerza,

Y no hay valor que no tuerza

El necio que habla en doblones.

Cautiva los corazones

Con su brío, con sus galas.

Querrante bien, si regalas,

Y más, si regalas más.

 

¿Qué es ver hablar a un pastor

junto a un noble ciudadano,

Si aquel extiende la mano,

Y aqueste extiende el amor?

A aquel le dan el favor,

Y a aqueste le arrojan balas.

Querrante bien, si regalas,

Y más, si regalas más.

 

Romance

Lo que hay de nuevo en Granada,

señor licenciado ingenio

pues ya está rompido el nombre,

os lo diré como nuevo.

Después que la Inquisición

con su acostumbrado celo

mandó celebrar el auto

general, con gran apresto,

de que ya un gran papelón

habréis visto en el correo,

que ya que no puedan verle

podrán cantarle los ciegos,

pasados no aun quince días,

ni aun bien divorciado el pueblo

de tanto ilustre consorcio

otro vio más opulento,

sólo quisiera deciros,

por callarlo el arquitecto,

que no hubo algún castellano

que todos cruzados fueron.

Siguiose a tan grande triunfo

la fiesta del Sacramento,

porque con los que negaron

se viesen los que creyeron,

Y siendo más lo pasado

lo presente no fue menos

que Granada siempre es más

en tocándole a Misterio.

Para cinco horas de fiesta

comisarios cinco fueron

dos mil ducados por hora,

a doblas comprando el tiempo.

Veinticuatros don Francisco

Gómez, de Vago don Diego

don Melchor de Viecas, unidos

al paso de tanto peso.

Jurados Francisco León

conforme a tan grande empeño

con Alonso Toledano,

todos de gran lucimiento;

y bien que no sean muy ricos,

milagrosos parecieron

alumbrando en quince días

quince mil raros portentos,

con tanta riqueza y galas

que en la antigüedad mintieron

sin duda todos sus triunfos

comparados con el nuestro.

¡Oh eterna viva su fama

pues resucitan a eterno

vivir tan sagrada fiesta

que otros iban falleciendo!

Ciento desmontadas selvas

con tablas mil veces ciento

de los naufragios del vulgo

cuatro altares redimieron.

Con cien arrobas de clavos

áncoras constituyeron

y aunque no sois avestruz

tragar podréis tanto hierro.

Creed no puede la pluma

escribir cuanto pondero,

y que esta epístola está

graduada de Evangelio.

La Vivarrambla oprimía

el altar mayor Pigmeo

fuera con su altura Olimpo

y un punto en el pavimento.

De tan soberbia estructura

y tan altos pensamientos

que ya encelado sagrado

pareció escalar el cielo.

No sólo escalarle más

pareció habitar su centro

pues siendo un Misterio mudo,

hablaba muchos Misterios.

De estatuas muchos vestido,

de muy raros pulimentos

y preciosas colgaduras,

se repartía en tres cuerpos.

La ley natural vestía

sencillamente el primero

sin más ceremonias que

la sencillez de un cordero.

En el segundo la escrita

adornada de misterios

todo era sombras y luces

nada cerca, todo lejos.

Honraba la ley de Gracia

con mucha gracia el tercero

y con tantas cortesías

que era todo cumplimientos.

Y todo con tanto adorno,

tantas letras, tantos versos,

carteras, follajes, plumas,

que hacían dudoso lo cierto.

Tanto era el cúmulo hermoso

de los semblantes diversos

que en él se representaban,

que aun visto pareció incierto.

En parte al temple y al olio

y en parte tanto a lo fresco

que ardiendo la admiración

helada se quedó al verlo.

Un prodigio eran los otros

y de artificio tan diestro

que en nada erraron el blanco

tirándole a él acertero.

Todo el Parnaso y sus Musas

representaba el paseo

de la farsa harto más bellas

y harto más galanes ellos.

Todo fabuloso Dios,

pareció allí verdadero

en lo que representaba

el culto acompañamiento.

De tal esfera adornados

que con la alba se vistieron,

con el sol se pasearon,

y con la luna durmieron.

El pupilo era su autor

y si hay pupilo en el Cielo

bien dudarse puede dónde

tuvo el pupilo maestro.

Así en la plaza dos autos

representó y aunque nuevos

era de Madrid la glosa

pero de Granada el texto.

Por el delito de Gracia

el uno de magisterio

tan alto que la escritura

tenía toda en un dedo.

El triunfador de la muerte

el oro más plecentero

y tan claro que aun de noche

podían verle los ciegos.

Vestidos de tantas galas

que no sólo ardía modesto

el oro en las pedrerías

sino el sol en sus reflejos.

Danzas hubo de los diablos

y otras hubo de los cielos,

mas con tal correspondenda

que era un agradable infierno.

Eran un Abril las galas

tan florido, vario y bello

que en el ardor de las flores

Mayo fue todo el Invierno.

Mayo fue porque vestido

de luces se vio, hasta el yelo

en su ardor, aun la censura

quedándose fría al fuego.

La Tarasca y los Gigantes

deidades cultas mintieron

y bien que asombrando a todos

no alguno se hartó de verlos.

La procesión fue de esfera

tan luminosa, que es derto

mudó de esfera este día

a todos los venideros.

Con tanta música sacra

himnos tantos y tan tiernos

que humillando la alegría

elevaban el concepto.

Creed que Ciudad alguna

destos católicos reinos

no así esta fiesta celebra

ni con tal cultos pretextos.

Deciros las colgaduras

las riquezas, los aseos

de las calles y las plazas,

de los altares y templos;

la vanidad religiosa,

el público galanteo,

la ostentación sin quererla

y el aplauso sin quererlo.

El juicio sin juicio

de tanto concurso haciendo

resucitar mil memorias

de los que una aun no tuvieron.

La opulencia de los frutos,

variedad de condimentos,

multitud de aves y peces

volando en platos diversos.

Las nunca iguales bebidas,

el banquete manifiesto

que parecía un milagro

sin estar en el desierto.

Las nunca iguales riquezas,

las vajillas, los arreos,

la quietud, la vocería,

el andar y estarse quedos.

La variedad de hermosuras,

que ardían tantos inciensos,

que si no altares, el humo

quemaba muchos deseos.

Fuera querer escribirlo

cuando no escalar el viento,

arar el mar o los montes

correr con pasos ligeros.

Por ser todo tan al vivo

y de tan cultos compuestos

que sólo engañaba todo,

en parecer que era cierto.

Así la inquietud ociosa,

término puso al congreso

de tanta opulenta fiesta

traduciéndose a los templos.

Echose a dormir el sol

en tan grande fiesta viendo

no hacían falta las luces

para hacer el día eterno.

Substituyole la noche

atando a un dulce silencio

la inquietud común y el día

y todo pareció sueño.

Granada y veinte de junio

del año mil y seiscientos

y setenta y dos, don Trillo

amigo y servidor vuestro.

 

Soneto XI

Los sordos valles, la infiel floresta,

al son Filida hacia destemplado

de un prolijo rabel, y su cuidado

estar pendientes una ardiente siesta.

 

Era, cruel Daliso, la respuesta

de un eco, del silencio desatado,

a cuyo son la soledad del prado

alternativamente estaba expuesta.

 

Infame turba de prolijas aves

le respondían con gemidos roncos,

piedad mintiendo en el lamento duro.

 

¡Ah ciego amor! ¿quién a tus plomos graves,

quién a tu red, a tus halagos broncos,

mal conducido, el pecho fía puro?

 

Soneto XLV

Lucinda, si me adviertes naufragante,

y lejos tanto de tu dulce puerto,

¿cómo culpas mi fe, si el paso incierto

estoy siguiendo de la suerte errante?

 

¿Quién puede de entre el piélago inconstante

oponerse del hado al desacierto,

o de áspid en las ondas encubierto

redimir la barquilla fluctuando?

 

Bien pudiera enjugar el Océano

mi ardiente amor, si ya del mar pudiera

dejarse combatir violenta alguna.

 

Mas ¿quién puede abatir la cumbre al llano,

las ondas amistar con la ribera,

ni oponerse al rigor de la fortuna?

 

Sentimiento De Cornelia, Imaginándose A Vista De La Escasa Lumbre En Que Pompeyo Ardía

¿No basta, ingratos dioses, que esa lumbre

con resplandor cobarde abrigue aquellas

altas cenizas, sin que ardiendo en ellas

de vuestra ira esté la pesadumbre?

 

¿Por qué al grande Pompeyo la costumbre

aun del morir negáis? En mis querellas

no se encendieron más esas centellas,

que sólo son de un gran rigor vislumbre.

 

No me neguéis que en la cruel ribera,

que de él huyendo se disculpa en vano,

tenga mi esposo en mi doliente pira.

 

O a sus cenizas conceded siquiera,

el breve honor de una plebeya mano;

que harto han dichos sus glorias vuestra ira.

 

 

Soneto XXXIII

No bien los rayos de sus luces bellas

la blanca aurora recordando había,

cuando a un valle profundo conducía

su rebaño Daliso y sus querellas.

 

Huella las flores porque un tiempo en ellas

a su Filida ingrata hallar solía,

pisando así de su esperanza fría

las que abrigaba amor frías centellas.

 

El curso de las horas, soñoliento,

el silencio frondoso de las ramas

solicitaba al son de su lamento.

 

«Filida, dice, ¿adónde estás? Mis llamas

alumbren ya ¡oh amor! el escarmiento,

o enmudece el ardor con que me inflamas».

 

Retrato De Una Dama, Hecho De Cera, Aludiendo A La Inconstancia De Las Mujeres

Piedra el original, cera el retrato;

aquél ingrato, aquesta lisonjera.

¿Quién mármol duro unió con blanda cera

si ésta es piadosa y es aquél ingrato?

 

¿Quién, sino amor, pudiera con su trato?

¿Quién, sino el trato, con amor pudiera?

Como el sol y la luna en la alta esfera

con la sombra y la luz tienen contrato.

 

Bien, pues, de Fili abeja susurrante

al retrato ofreció libadas flores,

pues amor vuelve cera el mármol duro.

 

Mas, ¡ay de mí!, que es cera en lo inconstante,

y piedra solamente en los rigores.

¿Quién, pues, de su inconstancia, está seguro?

 

Soneto XLVI

Quién tanto duerme y se pasea tanto,

o quiere poco o ya querer no quiere,

pues bien olvido o atención requiere,

enjugar, vos, Lucinda, vuestro llanto.

 

Y si es que amáis, como decís, en cuanto

vuestra luz a mis ojos se transfiere,

de amor tan soñoliento ¿qué se infiere

si vos no deshacéis tan ciego encanto?

 

Ver yo contra mi amor airado el cielo,

y arder mi fe en holocaustos sumos,

votados al rigor de vuestras aras;

 

buscaros y abatir mi dulce vuelo,

¿qué puede ser sino que aquellos humos

son ya de poca luz señales claras?

 

Últimos Afectos De Una Dama, Mirando El Sepulcro De Su Amante

Si con morir pudiera mejorarte,

si viviendo pudiera no perderte,

qué poco mereciera con la muerte,

qué poco me debieras por amarte.

 

Si con llorar pudiera consolarte,

si risueña pudiera no ofenderte,

qué poco me costara el merecerte,

¡oh cuánto mereciera en olvidarte!

 

Si la elección me fuera permitida,

si en tus cenizas abrigar la pena,

que ardiente paroxismo es de mi vida,

 

¡oh cuán gozosa en la fatal cadena

aprisionara el alma condolida,

que tanto está de libertad ajena!

 

Un Amante En La Muerte De Su Dama

Temprana flor, crecía en confianza,

mi amor, de un tiempo blando y lisonjero,

cuando del hado el siempre duro acero

el vínculo cortó de mi esperanza.

 

¡Oh ciego hado, lince en la mudanza

solamente del bien! y ¡cuán ligero

vuelas al daño, perdonando fiero

al infeliz para mayor venganza!

 

¿Qué gloria adquieres cuando el leño roto

las ondas vence, naufragando en ellas

de la soberbia entena la osadía?

 

Mas ¡ay cruel! ¡No fueras tú el piloto!

que mi amor ablandara las estrellas,

y Filida viviera. ¡Ay, Filis mía!

 

Despreciando La Fortuna

Dichoso aquél a quien la amarga muerte

no tronca el tiempo de sus dulces años,

y aquel que no alimenta desengaños

con el cebo engañoso de la suerte.

 

Dichoso (si hay alguno) aquél que advierte

su riesgo al resplandor de los extraños,

y aquel que, mariposa a los engaños,

entre las llamas el ardor advierte.

 

Dichoso el que con vuelo reposado

a la cumbre se acerca fatigable

de la alta ruina a que el honor aspira,

 

y mucho más aquél que, retirado

vive de la fortuna incontrastable,

limando con su paz su cruel ira.

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