Poemas de Juan de Castellanos

Poemas de Juan de Castellanos

Poemas de Juan de Castellanos (1522–1607) militar, sacerdote y cronista español, célebre por componer «Elegías de varones ilustres de Indias». Esta obra destaca por ser el poema épico más extenso de la lengua castellana, con más de 113.000 versos endecasílabos. Tras participar en la conquista de territorios en las actuales Colombia y Venezuela, se estableció como beneficiado en Tunja, donde dedicó décadas a registrar la historia de la colonización.

Su escritura combina la rigurosidad del dato histórico con la sensibilidad literaria del Renacimiento. A diferencia de otros cronistas, Castellanos humaniza a los conquistadores y describe con asombroso detalle la geografía, flora y fauna americanas. Su legado es fundamental para comprender la transición cultural en el Nuevo Mundo y la formación de la identidad hispanoamericana temprana.

Elegías de varones ilustres de Indias

Año de cuatrocientos y noventa

con mil y un año mas era pasado,

cuando los argonáutas desta cuenta

iban a conquistar vellon dorado;

mas no donde Medea la sangrienta

al padre, viejo rey, dejo burlado;

pues es otra riqueza tan crecida,

que de sí sola puede ser vencida.

 

Callen Tifis, Jasón, Butes, Teseo,

Anfion, Echión, Erex, Climino,

Castor y Pólux, Testor y Tideo, Hércules, Telamon, Ergino;p

ues vencen á sus obras y deseo

los que trataron ir este camino,

haciendo llanas las dificultades

que pregonado han antigüedades.

 

Las naciones más altas y excelentes

callen con valor de la española,

pues van con intenciones de hallar gentes

que pongan piens contrios en la bola;

Espanto no les dan inconvenientes,

ni temen del dragón ardiente cola,

deseando hacer en su corrida

de mas precio la fama que la vida.

 

De capitanes van los tres Pinzones,

para tal cargo ninos y bastantes,

y en marear las velas y timones

muy pocos que les fuesen semejantes;

de Palos y Moguer salen varones

admirables y diestros navegantes;

con tanta prevención, con tal avío,

salieron al remate del estío.

 

Con gran concierto guían el armada,

inflada toda vela y extendida;

vereis espumear agua salada

a tierra van no vista ni hollada,

huyendo de la tierra conocida;

ya no ven edificioes torreados

porque por alta mar van engolfados.

 

Al occidente van encaminadas

las naves inventoras de regiones;

pasando van las islas Fortunadas

y Hespérides que dicen Ogorgones:

No curan de señales limitadas

que ponen las antiguas opiniones,

y el trópico, que fue duro viaje,

no quiere limitar este paisaje.

 

Dedicatoria A la Majestad del rey don Filipe, nuestro señor.

Católico señor, rey soberano,

Do celestial virtud se manifiesta,

Y en cuya potestad hoy tiene puesta

Dios la tutela del honor cristiano:

Esta labor que lleva solo grano

De verdad pura y al examen presta,

Para prosecucion de lo que resta

A vuestra Majestad pide la mano.

Porque si mereciere tal defensa

El gran memorial que redimiendo

Voy de la tiranía del olvido,

Será la mas insigne recompensa

Que se me pueda dar é yo pretendo

Por paga del trabajo recebido.

 

Al Lector

Lector amigo, claramente veo

Salir á luz aqueste monumento

Sin aquellos matices y ornamento

Que por ventura tienes en deseo.

Con solo la verdad lo hermoseo,

Porque no pide tanto crescimiento

De variedades, mas detenimiento

Del que suele llevar veloz correo.

La peregrinacion es inexhausta,

La vida breve, vena mal propicia

Para me detener en las jornadas,

Y ansí vamos de paso, porque basta

En aqueste compendio dar noticia

De las cosas que estaban olvidadas.

 

Del licenciado Cristóbal de León, vecino de Santa-Fe

Si pudiera llegar mi flaco vuelo

Adonde con el tuyo te abalanzas,

Tuvieras, Castellanos, alabanzas

Tan altas que subieran hasta el cielo.

Supla la falta dellas este celo

Que tuvo levantadas esperanzas

Cuando pensé con tales confianzas

Volar sobre los términos del suelo.

Mas ya que mas no puedo, me contento

Con hacer de mi parte lo posible,

Ques es admirarme tu cabal historia,

De fábricas eterno monumento

En verso terso, dulce y apacible,

Digno por cierto de inmortal memoria.

 

De Francisco Soler, vecino de la ciudad de Tunja

De tales elegancias se matiza

Vuestra süave musa cuando canta,

Que á la de los antiguos se adelanta

Y por los que son hoy se solemniza.

Aliéntase la frígida ceniza

Que del sepulcro frio se levanta

Oyendo vuestra lira, que con tanta

Facundia sus hazañas eterniza.

Con gran razon, heroico Castellanos,

Indiano morador os quiere y ama,

Mediterráneos y marinos puertos,

Viendo que con labor de vuestras manos

Viven los vivos por eterna fama,

Y tienen vida hechos de los muertos.

 

Del licenciado Ciprian de la Cueva

El seno mas preñado y generoso

De la concha avarísima que cría

Los tersos granos que Colonia envía

Al último britano, al chino hermoso;

Y el objeto mas grato al codicioso

De fértil vena, que su aumento fía

Del planeta mayor, y al claro día

Hurta el vivo color rojo y fogoso,

Por luna menstrua y por su hermano ardiente

Se alteran en virtud de oculto genio

Faltando á los pronósticos indianos:

Tú solo, sin temer nuevo accidente,

Coges el fruto eterno de tu ingenio

En heroicos poemas, Castellanos.

 

De Diego de Buitrago, vecino de Tunja

Los claros rayos del moderno Apolo

Alumbran y esclarecen la memoria

De nuestros españoles, con historia

Que no contiene fabuloso dolo.

Es Juan de Castellanos á quien solo

Deben los deste nombre dar la gloria

Por hacer él la dellos ser notoria

Al morador del uno y otro polo.

Y ansí de le llamar Febo segundo

Gran sinrazon sería que lo priven

Los que de sus efectos están ciertos:

Pues con su luz en este nuevo mundo

Los grandes hechos de los vivos viven

Y renacen hazañas de los muertos.

 

De Gabriel de Minaya

Poeta lleno de licor divino,

Por influjo del alto firmamiento,

Para manifestar vuestro talento

Tentastes asperísimo camino.

Y en el progreso que de vos es dino

Adelante pasais del pensamiento

Fabricando perpetuo monumento

Al español en Indias peregrino,

Homero tuvo de los suyos cargo,

Virgilio de la lacio arena

Y reliquias fugaces de troyanos:

Mas en las Indias, un mundo tan largo,

¿Quién puede? Nadie, fuera de la vena

Casta del casto y llano Castellanos.

 

Soneto del sargento mayor Lázaro Luis Iranzo

Hechos heroicos de cenizas frias,

Que en el olvido fueron sepultados,

En esta historia están resucitados

Con gloria eterna de sus bizarrías:

Las batallas, contiendas y porfías,

Reinos en nuevo mundo conquistados

Por españoles, cuyo triunfo y hados

Se vino á celebrar en nuestros días.

Levántase el que está mas abscondido,

Y toma nuevo espíritu viviente;

Que Castellanos con su voz lo llama.

Sus nombres sonarán de gente en gente

Sin temer las tinieblas del olvido,

Siendo este Apolo trompa de su fama.

 

Historia De Cartagena

Dejad de descansar, pluma cansada,

Que no cumple dormir tanto la siesta;

Pues si pensais dar fin á la jornada,

Gran peregrinacion es la que resta;

Añadid á la tela comenzada

Aquella ciudad sobre mar puesta

Y aquel emporio cuyo nombre suena,

Por la bondad del puerto, Cartagena.

Desta y de Popayán, si tengo día,

Propongo de tejer parte tercera,

Intemerata Madre, Virgen pía,

Linterna de la lumbre verdadera,

Bien conozco ser flaca mi Talia

Para poder pasar esta carrera;

Mas con vuestro favor, escelsa Musa,

No se me hará larga ni confusa.

Dicen en mas de diez grados ser esta

Costa, los que regulan el altura;

La gente natural es bien dispuesta,

Y pura desnudez su vestidura;

La mano para guerra siempre presta,

Las mujeres de grande hermosura,

Y el arma de quel indio se aprovecha

Es de mortal y venenosa flecha.

A los principios hubo gran tesoro

Que por el natural se poseía,

Porque todos traian joyas de oro,

Aunque la tierra destos no lo cria;

Mas rescatábanlo para decoro

Y aumento de su mucha gallardía

De lugares que son poco distantes

De auríferos veneros abundantes.

Desta riqueza la comun cudicia

Que los humanos pechos afligía,

Habia dado ya cierta noticia

A quien en la Española residía;

Y la gente de allí, menos novicia,

Estos puertos y playas recorría,

Como fueron Ojeda y el Bastidas,

Personas de quien ya conté sus vidas.

Y aun antes no se daba poca priesa

En saltear por mar aquella tierra

El gobernador Diego de Nicuesa

Con otro capitán dicho Luis Guerra,

Que no cumplieron bien con su promesa,

Porque fuerza de indios los destierra,

Y allí vino también Juan de la Cosa,

Sin la hacer que fuese provechosa.

Pero poco después desta tragedia,

Cuando de Santa Marta fué teniente,

Acudió por allí Pedro de Heredia

Con razonable número de gente,

Cuya necesidad grande remedia

Con despojos del bárbaro valiente,

Y la riqueza de la tierra vista

Deseaba pedir esta conquista.

Fué de Madrid hidalgo conocido,

De noble parentela descendiente,

Hombre tan animoso y atrevido,

Que jamás se halló volver la frente

A peligrosos trances do se vido,

Saliendo dellos honorosamente;

Mas rodeándolo seis hombres buenos,

Escapó dellos las narices menos.

Médicos de Madrid ó de Toledo,

O de mas largas y prolijas vías,

Narices le sacaron del molledo

Porque las otras se hallaron frias;

Y sin se menear estuvo quedo

Por mas espacio de sesenta días,

Hasta que carnes de diversas partes

Pudieron adunar médicas artes.

A mi se me hacía cosa dura

Creello; pero con estas sospechas

Hablándole, miraba la juntura,

Y al fin me parecían contrahechas

Segun manifestaba su hechura,

Por ser amoratadas y mal hechas:

Certificábanlo muchos antiguos

Que todos ellos fueron mis amigos.

Después desta pasion, en tiempos varios

Como se viese ya con miembros sanos

Teniendo los avisos necesarios

Que suelen tener hombres homicianos,

Mató de seis los tres de sus contrarios

Por no poder haber mas á las manos;

Fué también hombre de armas en fronteras,

Y no fueron sus lanzas las postreras.

Pero por declinar furor insano

Que de sus agraviados se movía,

A las Indias pasó con un hermano,

Y este Alonso de Heredia se decía,

Varon sagaz, en días mas anciano,

Y no menos en cuerda valentía;

En la Española fué primer escala,

Y el Alonso después fué á Goatemala.

Quedó Pedro de Heredia donde digo

Con mediano recurso de substancia,

Por haber heredado de un amigo

Un ingenio de azúcar y un estancia;

Mas deseoso de hallar abrigo

Donde fuese crecida la ganancia,

A Santa Marta fué como caudillo,

Y teniente de Pedro de Vadillo.

 

Ido Vadillo ya para Castilla

Sin dar de sus delictos residencia,

Pedro de Heredia gobernó la villa,

Usando como siempre su tenencia,

Y capitaneaba la cuadrilla

Con viva y admirable diligencia,

Hasta que Lerma vino con el mando,

A quien dió sus descargos en llegando,

Por no faltar quien diese dél querella;

Pero como no fué de casos feos,

Honoríficamente salió della;

Y como de rescates y rancheos

Tenía recogida buena pella,

En ir á España puso sus deseos

Para pedir al rey el señorío

De las otras riberas del gran rio.

Efectuóse luego su viaje

Con mediano caudal, y en salvamento

A su mujer y hijos y linaje

E á sus amigos dió contentamiento,

Como le vieron en ilustre traje,

Y con tan levantado pensamiento.

Habló al emperador como debía,

Dando razon de lo que pretendía.

Presentó luego las informaciones

De sus servicios llenas de testigos,

Mas no faltaron malas intenciones

Y envidias de los émulos antiguos,

Que contrastaban estas pretensiones

Segun suelen mortales enemigos;

Pero los del consejo sin embargo

Desta gobernacion le dieron cargo:

Representándole las cosas varias

Que sucedieron en aquella tierra

Desde que le mataron á Pedrarias

Trescientos con el capitán Becerra,

Con amonestaciones necesarias,

Mas para santa paz que para guerra,

Y que cumplían para su demanda

Grandes avisos y la mano blanda.

Heredia tuvo cumplimiento lleno

De cortesanos agradecimientos,

Diciéndoles también que de aquel seno

Eran antiguos sus conocimientos,

Y pensaba traerlos á lo bueno

Con amistad y buenos tractamientos,

Primero que viniesen á las manos.

El despacho se dió que pretendía

De la gobernacion de Cartagena,

Y el término de tierra se estendía

Desde el gran rio de la Magdalena

Hasta el de Darién y su bahía,

Y por la tierra adentro fué muy llena,

Con las fuerzas y vínculos bastantes

Que se dan en negocios semejantes.

Puesto debajo la real tutela,

Luego se despachó para Sevilla,

Adonde para ver tierra novela

Se le convidó gente no sencilla;

Compróse galeon y carabela,

Estancos de costados y de quilla,

Y una fusta mandó hacer aposta

Para poder correr aquella costa.

Cargó mucha harina, mucho vino,

Armas, machetes, hachas y alpargates,

Y para contractar con el vecino

Diferentes maneras de rescates,

Con todo lo demás que le convino,

Hasta que á la moneda dió remates;

Y de la gente que se le llegaba

Escogió la que vido que bastaba.

Y en general á todos les avisa

En ropas ricas no hacer empleo,

Pues en entradas sobre la camisa

Podrian comportar otra de anjeo,

Y no ropa de paño ni de frisa,

Por ser para calores mal arreo,

Ni curasen de plumas ni de cueros,

Pues no los respetaban aguaceros.

Y ansí cada cual dellos se pertrecha

Del atavio que les representa

Que para las entradas aprovecha,

Sin que de galas se hiciese cuenta;

Y los soldados ya la lista hecha

Fueron por todos tres veces cincuenta,

Varones singulares, de los cuales

Nombraremos algunos principales.

Urriaga, que fué guipuzcoano,

Y un Sebastián de Risa, vizcaíno,

Hector de Barras, hombre lusitano,

Con dos valientes hijos y un sobrino;

Y Pedro del Alcázar, sevillano,

Y el leal Juan Alonso Palomino,

Después, en un rebelde desconcierto,

Por Francisco Fernandez Giron muerto.

Y Sebastián de Heredia su pariente,

Los Albadanes, dos hermanos nobles,

Con los cuales vinieron juntamente

Aquellos dos hermanos dichos Robles,

Que sin temor de Dios ni rey potente

En el Pirú tuvieron tractos dobles;

Vino Pedro Martinez de Agramonte,

También el capitán Alonso Monte.

Y Gonzalo Fernandez, cuyo marte

Fué de las guerras todas buen testigo,

Y ansi destos discursos me dió parte

Como quien me tenía por amigo;

Los cuales por escrito los reparte

De la misma manera que los digo;

Y es tanta su bondad, que me asegura

Ser todo lo que dice verdad pura.

 

Y el fuerte capitán Nuño de Castro,

Cuya noble progenie fué notoria,

El cual dejó de su valor tal rastro

Que allí será perpetua su memoria:

Padre de peregrinos, no padrastro,

Y ansi goza de Dios y de su gloria,

Pues sus limosnas y misericordia

Lejos iban del reino de discordia.

Era de Burgos raro cortesano,

A guerrero rigor la mano presta,

Y al tiempo que yo fui misacantano

En su casa se celebró la fiesta,

En amistad me fué padre y hermano,

Y ansi diré después lo que me resta;

Pero segun su gran bondad obliga

Poco será por mucho que se diga.

Siendo pues yo soldado peregrino,

Allí me dieron amigable mano

Y recibí las órdenes, indino

De subir á lugar tan soberano;

Y en mi primera misa fué padrino

El dean don Juan Perez Materano,

Venerable persona, docto, santo,

Y Jusquin en teórica de canto.

Y el canónigo Campos, que hoy nos dura,

Entonces provisor en aquel clero,

Por mas honrarme me nombró por cura,

Después su Majestad por tesorero;

Mas porque para lo que se procura

Este digreso es algo rastrero,

Quiero volver á nuestros navegantes

Y al mismo punto do quedamos antes.

Vino también Saavedra, tesorero,

Y Juan Velazquez, que veedor era,

Con otros cuyos nombres no refiero

Por no nombrar á toda la bandera;

Mas en prosecucion de lo que quiero,

A su tiempo daré razon entera

Cuando lo demandare la escritura

Y vinieren a buena coyuntura.

Estando todo pues aderezado

Para hacer viajes tan remotos,

Entraron en el puerto deseado

Todos ellos contritos y devotos,

Siendo Ginés Pinzon, hombre cursado,

Y Juan Gomez Cerezo los pilotos;

Y ansi dieron las velas á los vientos

Año de treinta y dos y tres quinientos.

Pasan por las Canarias, ven el pico

De Teide que domina los celajes;

Corta las ondas náutico hocico;

Continuando prósperos viajes,

Llegaron á San Juan de Puerto-Rico,

Contentos marineros y los pajes

Por no ver en marinos movimientos

Rigores que les den desabrimientos.

Compran guayaba, plátano, batata,

Y ven gente que traen á su voto,

Perdidos de jornada menos grata,

Que los traia Sebastián Gaboto

A conquistar el rio de la Plata,

Y se volvió con miedo de ser roto;

Estaban pues allí con intenciones

De no perder honrosas ocasiones.

Destos que procuraban su provecho,

Fué Francisco de César escelente

Y César en el nombre y en el hecho,

A quien Heredia hizo su teniente

Y lo tractó con amigable pecho

Por sus estremos grandes de valiente;

Porque el gobernador los tuvo tales,

Y siempre se preció de sus iguales.

Siguieron estas mismas opiniones,

Por estar de fortuna mal opresos,

Dos hermanos llamados Hogazones,

Y dos que se decian Valdiviesos;

Y no señalo los demás varones

A causa de abreviar estos procesos:

Basta decir que fueron casi treinta

Hombres de bien para cualquier afrenta.

Con esta gente, que tenia brios

Bastantes para bélicas contiendas,

Deste puerto mandó hacer desvíos

Levando cables y encorvadas riendas;

En la Española surgen los navíos

Y en Azúa do tenia sus haciendas:

Allí desembarcó toda la gente

Y dió mantenimiento competente.

Luego determinó por su presencia,

Dejándolos á todos proveidos,

De ver á los señores del audiencia

Y á los demás amigos conocidos;

Recibiéronlo con benevolencia,

Y allí halló también de los perdidos

De don Diego de Ordás y de Sedeño,

Los cuales deseaban hallar dueño.

Porque como tuviesen ya noticia

De su valor y gran entendimiento,

Y la jornada fuese de cudicia,

Segun en otras partes represento,

Cada cual lo regala y acaricia,

Y él tuvo generoso cumplimiento;

Y ansi recogió copia de soldados

Viejos y en los trabajos mas usados.

Y fueron los mas dignos de memoria,

Diestros en semejantes menesteres,

Un Gonzalo Ceron, Juan de Villoria,

Martiniáñez Tafur, Sebastián Perez,

El bachiller ó licenciado Soria,

Montemayor, que fué después alférez,

Pinos, Alonso Lopez el de Ayala,

Y Bautista Cimbron, que les iguala:

 

Bartolomé de Porras, Villafaña,

Rivadeneira, Diego Maldonado,

Fué Francisco Cortés desta campaña,

Julian de Villegas, Alvarado,

Y Juan de Peñalver, que tuvo maña

Con ánimo y valor de buen soldado,

El capitán Hurones, Juan de Urista;

Con otros que no van en esta lista.

Serian pocos menos de cincuenta,

Hechos á hambres, frios y calores,

De quien Heredia hizo mucha cuenta

Por ser antiguos y conquistadores;

Y ansi por no perder tiempo ni renta

Luego se despidió de los oidores,

Fletando carabelas do llevallos

Y número bastante de caballos.

Esta guerrera gente recogida

Con los demás pertrechos que llevaban,

Efectuóse luego la partida

A Azúa do los otros esperaban,

Donde se proveyó de mas comida,

De la que sus estancias abundaban,

Y allí tuvieron en aquel asiento

La fiesta del divino Nacimiento.

Año de treinta y tres era llegado

Del parto de la Virgen soberana,

Cuando para viaje deseado

Al manso viento dieron la mesana,

Por no lo ser entonces destemplado,

Antes hallaron siempre la mar llana;

Y á trece dias ya del mes de enero

Vieron á Calamar, pueblo frontero.

Al cual llaman agora Cartagena,

Y tal nombre le dieron al instante

Los que surgieron en aquel arena,

Por tener apariencia semejante

A la que de tormentas es ajena

En las aguas que dicen de Levante;

Mas este espacio es, segun mi seso,

Península de mar ó Quersoneso.

Es asiento que corre leste oeste,

Y cuasi norte sur la travesía;

De los confines puertos es aqueste

El que menos enfermedades cria;

De raras disenterias es la peste,

Pero de las demás tierra sania,

Y al novicio que viene mal dispuesto

O le da sanidad ó mata presto.

Al oriente le cae por frontera

Un promontorio, no de gran altura,

Que comunmente llaman la Galera

Por la similitud de su hechura;

Al poniente del puerto, no muy fuera,

La isla de Carex le da clausura;

Y á causa deste natural concierto

Por dos canales entran en el puerto.

La latitud de mar á mar es breve

De quien el istmo dicho va cercado;

A la parte del sur el mar aleve

Ancon hace quieto y abrigado;

En la ciudad el agua que se bebe

Es gruesa, de sabor algo salado,

De jaqueyes que tienen estas gentes,

Que son manantiales no corrientes.

Mas donde de regalos hay ventajas

Y desean beber el vaso lleno,

El agua tienen muchos en tinajas

Donde gozan de sol y de sereno,

Cerradas porque no les caigan pajas

O (de los muchos) animal obsceno;

Y de mañana sacan agua fria

La que pueden beber en aquel dia.

No faltan calurosas pesadumbres,

Y cuasi siempre suda la mejilla;

Hay huertas hoy pobladas de legumbres

Nativas y traidas de Castilla;

Mas estas allí mudan sus costumbres,

Pues no producen granos de semilla,

Y ansi siempre les va de tierra estraña,

Deste reino mas breve que de España.

Hay pepinos, cohombros y melones,

Copia de calabazas, berenjenas;

Hay naranjas y limas y limones,

De que casas y huertas están llenas;

Hay uvas, á sus tiempos y sazones,

De parras que se dan allí muy buenas;

Hay de la tierra frutas diferentes,

Gustosas, olorosas y escelentes.

Hay caimitos, guanávanas, anones

En árbores mayores que manzanos;

Hay olorosos hobos que en faiciones

Y pareceres son mirabolanos;

Hay guayabas, papayas y mamones,

Piñas que hinchen bien entrambas manos,

Con olor mas suave que de nardos,

Y el nacimiento dellas es en cardos.

Hay plátanos que es fruta cudiciosa;

A manera de árbor es su planta,

Mas no lo es aquella muy umbrosa

Y estéril de quien vieja musa canta,

Pues á la fruta destos deliciosa

Musa le llaman en la tierra santa,

Y no sé por qué via ó qué hombre

Acá de plátano le puso nombre.

 

Y en una jaula destas en mis dias,

En cierto pueblo de doña Costanza

De Heredia, su criado Pero Diaz

En seis ó mas ensangrentó la lanza,

No sin ayuda de las compañias

A quien mas competia la venganza,

Pues en sabiendo ser presa la fiera

Luego se convocaba la frontera

 

Cosa digna de ver es la postura

Y el rostro fiero con que se menea

Viéndose rodeado de clausura,

Y fuera gente que lo garrochea:

Tienta los gruesos palos, y procura

Rompellos por salir á la pelea;

Mas como bajo y alto halla fuerte

Con lanza ó arcabuz padece muerte.

Yo ví los cueros, y uno dellos era

Tal que lo tanteaba con espanto,

Pues (segun lo comun en esta fiera)

Tenia lo que todos, y otro tanto,

Menos lugar cubrió bina ternera

Bien estendido su velloso manto;

Y este, considerados sus tamaños,

Era como novillo de tres años.

Es la tierra por partes salebrosa,

Y poca que se pueda decir llana,

Y por la mayor parte montüosa,

Aunque como dijimos tierra sana,

Por ser siempre mas seca que lluviosa;

Para ganados hay poca zavana:

Ciertos hatos hay hoy de lo vacuno,

Pero de los demás cuasi ninguno.

Muchas gallinas hay de gentil casta;

Y como por allí ceban con grano,

Carne de puercos es la que se gasta,

Y tiénese por alimento sano;

Mas esta, ni de fuera no les basta,

Por ser mucho gentío castellano;

Perdices también hay en la montaña

En grandeza mayores que de España.

Son poco diferentes en la traza

Y no menos gustosos sus bocados;

Hay conejos, coríes y otra caza,

Pero muy poca la de los venados,

Pues como dicho tengo se embaraza

La tierra con los montes apretados;

Aves diversas la marina cria,

Y en sus ancones mucha pesquería.

Ya dije desnudez ser el arreo

Ansi de hembras como de varones,

Y para remediar el traje feo

Podrian tener copia de algodones;

Mas ya se cubren todos con anjeo

De justas camisetas y calzones,

Y las hembras por campos y por villas

También usan camisas y faldillas.

Esta costumbre tienen desde cuando

El doctor Melchor Perez de Artiaga

Como censor andaba visitando

Las villas y lugares desta plaga;

Y ansi la gente dellas por su mando

Cubrió su desnudez segun la paga,

Porque varon y hembra se vestia

Por orden del posible que tenia.

 

Pero dejemos estos atavios

Como cosa que tiene su concierto,

Y agora no tratemos de los rios

Ni de lugar poblado ni desierto;

Pues es justo volver a los navíos

Que ya dejamos surtos en el puerto,

Los cuales vistos por la gente fiera

Apellidaron toda la frontera.

Y aquella noche, puestos en paradas

En partes encubiertas y secretas

Haciendo grandes fuegos y ahumadas,

Sonaba gran estruendo de cornetas,

Y por la playa van gentes armadas

Que no quieren á sueño ser subjetas,

Porque de los recuentos atrasados

Estaban temerosos y avisados.

Fueron tantos los fuegos y faroles

Que el indio hizo para su seguro,

Ya por la playa, ya por los peñoles

Del premontorio con intento duro,

Que no pudieron nuestros españoles

Saltar en la ribera con obscuro;

Y ansi determinaron que saltasen

Cuando solares rayos alumbrasen.

Y cuando ya venia descubriendo

Apolo su dorada cabellera,

Los nocturnos vapores esparciendo

Y nublos que cubrian la ribera,

Por inquietas ondas estendiendo

Lumbre que por la cumbre reverbera,

Marineros, maestres, coroneles,

Ponen á punto barcos y bateles.

Cargan en ellos todos los pertrechos

Que son del uso del cristiano bando,

Adargas y rodelas en los pechos,

Los caballos asidos y nadando,

A la frontera playa van derechos

Do bárbaros estaban esperando;

Mas como de los tiros hay estruendo,

A Calamar se iban retrayendo.

No viendo ya peligros manifiestos,

Sacan á tierra gentes y caballos,

Y como tienen aderezos prestos,

Brevemente pudieron ensillallos;

De necesarias armas son compuestos

Aquellos que sabian meneallos,

Colchadas de tupidos algodones

Y coracinas todos los peones.

Las láminas de cuernos aserrados

Que con fuego trajeron á blandura,

Al modo de corazas enlazados

Que puestos imitaban su hechura;

Mas fueron tan molestos y pesados

Quel sufrimiento fué de poca dura:

Ovieron estos cuernos en los hatos

De la Española, por valer baratos.

 

Mas á los que los llevan por tutela

El peso de tal suerte les embarga,

Que quien mas de la flecha se recela

Tuvo por bueno de dejar la carga;

Armándose de sola la rodela

Aunque no fuese la carrera larga;

Que la fatiga del calor inmensa

No consintió llevar otra defensa.

Recoge pues Heredia sus soldados

Formando concertados escuadrones;

Los caballos delante bien armados,

A las espaldas dellos los peones,

Y á pasos lentos porque descansados

Entrasen en guerreras confusiones,

Fueron al pueblo do mas gente suena,

Que es Calamar y agora Cartagena.

Los indios, conociendo su venida,

Las mujeres y hijos echan fuera,

Y luego como vieron estendida

Cercana de las casas la bandera,

También ellos se ponen en hüida

Que ningun morador destos espera,

Salvo Corinche, bárbaro ya cano,

Que no pudo huir de muy anciano.

Una india, llamada Catalina,

Desde Santo Domingo se traia,

Y era de Zamba, pueblo que confina

Con los que viven en esta bahía;

En lengua castellana muy ladina,

Y que la destas gentes entendia;

La cual desde esta costa llevó presa,

Siendo muchacha, Diego de Nicuesa.

Con esta le hablaron al captivo

Las cosas que les eran convinientes,

Y fué lo principal que su motivo

Era hacellos deudos y parientes,

Y siempre con amor caritativo

Enseñalles costumbres escelentes,

Abriéndoles con ellas un camino

Cuyo fin goza de favor divino.

Y pues él sabe cuál es mas abierto

Para Zamba, con toda diligencia

Procure de mostralles uno cierto

Si no quiere que pierdan la paciencia

Pues tienen de hacer en aquel puerto

Para siempre jamás su permanencia,

Y que por bien ó mal, ó paz ó guerra,

No tienen de dejar aquella tierra.

Corinche, percebidas las razones,

Luego les respondió que le placia,

Pero no con sinceras intenciones,

Segun que vieron el siguiente dia;

Pues fué guiando por las poblaciones

Donde la mayor fuerza residia,

La tierra adentro acia Turuaco,

Que deste compás fué lo menos flaco.

 

Sabiendo bien que por aquella frente

Mataron en los años atrasados

Al justador Pedrarias mucha gente,

Siendo todos magnánimos soldados,

Y al capitán Becerra juntamente,

De quien eran no mal acaudillados;

Y ansi pensó que los recién venidos

Fueran desta manera consumidos.

Llegado pues el nublo tenebroso,

En Calamar la gente castellana

Puso sus velas y tomó reposo

Hasta tanto que vino la mañana,

Díjoles misa cierto religioso,

Que llamaban el padre Mariana,

Y dados á los cuerpos alimentos

Prosiguen adelante sus intentos.

Dejando los navíos á recado

Y en ellos gente bien apercebida,

El caballero y el peon armado,

Pusieron en efecto la partida;

Corinche, de peones rodeado,

Guiando por la vía referida

A Turuaco, mas llegando junto

Guerreros escuadrones ven á punto.

Opónense catervas de salvajes;

Levántase la grita y alaridos,

Larga y espesa selva de plumajes,

Voces que se confunden los oidos;

Resuenan sagitíferos carcajes,

Los golpes de los arcos y crujidos;

Rompe los aires índica corneta,

Y acá cualquier caballo se inquieta.

Dan muestra las orejas que se espanta

De ver y oir salvajes inhumanos;

Sobre los piés traseros se levanta,

Ningun sosiego tiene con las manos,

Y tanto mas se azora y se quebranta

Cuanto los indios van mas cercanos,

Hasta tanto que ya nuestro jinete

Hiere de las espuelas y arremete.

Pelea cada cual donde se halla,

Sin poder acudir adonde quiso,

Porque la ferocísima canalla

Se vido cuasi cuasi de improviso;

Cobra valor y fuerza la batalla,

Andan entrambas partes con aviso,

La tierra cubren venenosos tiros

Y golpes causadores de suspiros.

Bien como cuando de los altos senos

Viene ventosa nube descargando

Granizo con relámpagos y truenos,

Las sendas y caminos ocupando,

Pues los altos y bajos quedan llenos

Y el circunstante suelo blanqueando,

Poniendo las borrascas semejantes

Impedimentos á los caminantes:

 

No con menos horror suenan los puertos

En aquestos conflictos presurosos,

Los lugares que huellan ya cubiertos

De piedras y de tiros venenosos,

Andan por cima de los hombres muertos,

Destiérranse descansos y reposos:

Quien mas pelea y el que mas trabaja

No conoce victoria ni ventaja.

El gobernador va por la pelea

Como bravo leon en el semblante:

Atropella, derriba y alancea

A cuantos se le ponen por delante;

Con singular destreza se menea

Al fervoroso Turno semejante,

Y tanto prosiguió pasos perplejos,

Que de los suyos se halló muy lejos.

Los indios que lo ven en el conflito

Solo, sin que con él alguno sea,

Formaron un espeso circüito

Caudillos de la bárbara ralea,

Con número de indios infinito

Que de una parte y otra le rodea;

Y fué tan numerosa la pujanza

Que pudieron asille de la lanza.

Viendo su lanza ser embarazada

Del escuadron feroz que la pretende,

Valióse de los filos del espada

Con la cual desta furia se defiende;

Lastima con sangrienta cuchillada,

Corta molledos, y cabezas hiende;

Miran acaso, ven las confusiones,

Acuden caballeros y peones.

Llegaron á tan buena coyuntura,

Repartidos por una y otra parte,

Que se pudo librar de la presura

Donde ya lo traian de mal arte,

No sin estrago de la gente dura

Que hizo con el fino bracamarte;

Pero salió del dicho detrimento

Cubierto de sudor y sin aliento.

Porque entonces el sol con su cuadriga

El hemisferio por igual demedia,

El aire falta quel calor mitiga,

Ningun soplo de viento lo remedia;

Aumentan demás desto la fatiga

Las armas de algodon al buen Heredia;

Y ansi con ansiosas turbaciones

Pide que le relajen los botones.

Acuden españoles que hay en torno,

Para hacer aquello que pedia:

Mitígase la furia del bochorno,

Porque también le dieron agua fria;

Mas si el lugar ardia como horno,

Mucho mas la batalla se encendia;

Y ansi sin esperar el aire frio

A ella revolvió con mayor brio.

 

El Francisco de César acompaña,

Montes y Juan Alonso Palomino,

Juan de Villoria, Pinos, Villafaña:

Que en este riguroso torbellino

Todos se daban admirable maña

Y hacian bien ancho su camino;

Mas bien han menester que les ayuden,

Pues cuantos mas derriban mas acuden.

Con su valor Heredia los provoca,

Y el valeroso César muchos hiere:

Es su caballo muy duro de boca,

Y no puede mandallo como quiere:

Mas se desmanda cuanto mas le toca

La flecha, sin que los demás espere;

Pero por donde quiera que lo lleve

El caballero hace lo que debe.

En este tiempo los arcabuceros

En los indios hacian gran estrago,

Por tener tan espesos los terreros

Que ningunas pelotas dan en vago;

Los indios no se hallan tan enteros

Como los que decian ¡Santiago!

Y ansi se meten por las espesuras

O partes que les eran mas seguras.

El buen gobernador incontinente

Mandó que se recojan los soldados

Que pelearon valerosamente,

Aunque, como ya dije, derramados;

Recorre las escuadras de su gente,

Halló los treinta dellos maltratados,

A los cuales él hizo curar luego,

Y la principal cura fué con fuego.

Estos con buena guarda de caudillos

Encaminaron al marino puerto;

Danles á beber agua de membrillos,

Y sanaron mediante buen concierto,

Aunque quedaron flacos y amarillos,

Y Juan del Junco Montañés fué muerto;

Pero de los caballos que hirieron

Cuatro de los mejores perecieron.

Y el de César, con ser el que tenia

La carne mas que todos lastimada,

Escapó del gran riesgo que corria,

Y le sirvió muy bien en la jornada;

Y es porque le lavaba cada dia

Las heridas con el agua salada;

Mas túvose por grande maravilla

Salir el amo bien de la rencilla.

Pues cuando fuga el caballo hizo,

El freno remordiendo con los dientes,

Descargaban en él como granizo

Las mortíferas flechas destas gentes,

Y tantas como puntas un erizo

De las colchadas armas van pendientes;

Las muy metidas fueron veinte y una,

Mas á las carnes le llegó ninguna.

 

La causa fué de no herille tanta

Flecha las buenas armas de algodones,

Debajo dellas una cuera de anta

A donde reparaban los harpones,

O por mejor decir ayuda santa

Y algunas religiosas devociones;

Pues no matallo los que vieron esto

Decian ser milagro manifiesto.

Dejando pues aquel espacio vaco

Los indios á los fuertes vencedores,

Entraron la ciudad de Turüaco

Sin se hallar en ella moradores;

Pero tuvieron razonable saco

No sin gana de ver otros mejores,

Porque lo substancial de sus haberes

Habian abscondido las mujeres.

Visto pues que la gente se desmanda

Mas de lo que cumplia salir fuera,

Con penas de rigor Heredia manda

Que todos se recojan á bandera,

Como quien conocia no ser blanda

La gente natural desta frontera;

Y ansi huyendo del inconviniente,

A los soldados dijo lo siguiente:

»Esta gente yo sé no ser cobarde,

Antes falta de todo sufrimiento,

Y tienen de buscarnos esta tarde

Con intencion de darnos otro tiento;

Y aqui no nos conviene que se aguarde

Sino que les dejemos el asiento,

Y en tal lugar debemos esperallos

Que puedan revolverse los caballos.

»Paréceme ser, como lo pedimos,

Aquel llano poblado de labranzas;

Ellos han de pensar que les hüimos,

Y alli se han de templar sus destemplanzas

Porque podremos bien, segun decimos,

Menear los caballos y las lanzas.»

Esto dicho, sacó la compañía

Ocupando la parte que decia.

Y mandóles estar apercebidos,

A punto las espadas y rodelas,

En partes diferentes repartidos

Y el caballero prestas las espuelas:

Ansimismo por árboles subidos

Soldados que hacian centinelas,

Porque si descubriesen escuadrones

Diesen aviso y arma con pregones.

Presto se vido ser consejo sano

Para salir mejor de los conflitos;

Pues apenas llegaban á lo llano,

Cuando vieron plumajes infinitos

Que descendian con potente mano,

Dando terribles y espantables gritos,

Temeroso rüido de cornetas

Y abundancia de dardos y saetas.

 

Vistos por el Heredia, dijo luego:

»Señores, si ganais esta victoria,

Con ella granjeais vuestro sosiego,

Y vuestra gran virtud será notoria:

Y pues sois españoles, solo ruego

Que de vuestro valor tengais memoria,

Que si ponemos esto por delante

Ningun rigor habrá que nos espante.

»Gran nube viene, y el turbion es grande

A causa de llover sobre mojado;

Mas aquí le haremos que se ablande

Quien de dureza viene mas armado,

Como ningun soldado se desmande

Del orden que tenemos concertado,

Con el cual, en oyendo nuestra trompa,

Abra los ojos, y contrarios rompa.»

Dijo su parecer, y los soldados

Las condiciones puestas obedecen,

Los mas modernos dellos admirados

De ver los escuadrones que parecen

Con diademas de oro coronados,

Que de rayos heridos resplandecen;

Y con betumen negro ó colorado

Viene cada cual dellos embijado.

En esto ya llegaban á la plaza,

No con menos furor que bestias fieras

Dando lijeros saltos tras la caza

Y abalanzándose por las laderas:

El arco corvo se desembaraza;

Suenan engañadoras silbaderas;

Mas desque ya los vieron en los llanos

Al encuentro salieron los cristianos.

El buen gobernador iba delante

Dando de su valor patente muestra,

Recambiando la lanza penetrante,

Vez á la diestra, vez á la siniestra;

Corria rojo rio y abundante

De los que clava su potente diestra;

Brama la tierra con mortal gemido,

Y auméntase la grita y alarido.

César iba haciendo maravillas

Dignas de su valor y de su nombre,

Rompiéndoles costados y ternillas,

Con brio que parece mas que hombre;

Acuden las católicas cuadrillas,

Procura cada cual ganar renombre,

Cubre los campos ciega polvareda

De la batida y rehollada greda.

Confúndese la junta de salvajes;

Crecian los horrisonos bullicios,

Acrecentando furias y corajes

Con los sanguinolentos ejercicios;

Cubríase la tierra con plumajes

Caidos de los vivos edificios;

Huellan unos y otros litigantes

Por encima de miembros palpitantes.

 

Bien como los que van rompiendo breña

Espesa con agudos segurones,

Para cosas que siempre les enseña

Necesidad maestra de invenciones,

Ocupando la tierra con la leña,

Trozos de palos, ramas y troncones,

Quedando de los árbores tal rima

Que no pueden andar sino por cima:

Desta manera son los embarazos

Que ponen á los vivos los caídos,

Con piernas y con piés, manos y brazos

Que por aquel lugar están tendidos:

Cabezas repartidas en pedazos,

Y sesos derramados y esparcidos,

Con los demás belígeros pertrechos

Con que se mueven semejantes hechos.

Incitan á la bárbara bandera

Las noctígenas hijas de Aqueronte;

Mas ella de victoria desespera,

Buscando los latibulos del monte;

Y ansi cuando su roja cabellera

El sol metia tras del horizonte,

Los indios que quedaban con la vida

Sin orden se pusieron en hüida.

Viéndose la victoria ya patente,

Y para mas honor mayor indicio,

A Dios dió cada cual devotamente

Gracias por tan inmenso beneficio;

Pues con el vencimiento desta gente

Vernian los demás á su servicio,

Y ansi el gobernador con grato gesto,

Recogida la gente, dijo esto:

«Cierto, señores mios, yo no siento,

Si buenos hechos piden alabanza,

Quién pueda dar con ella henchimiento

A los que vemos hoy de vuestra lanza

En este milagroso vencimiento

Contra dudosa y áspera pujanza;

Cuya hüida vino tan á pelo

Que bien pareció ser obra del cielo.

»A Dios demos las gracias y la gloria,

Y el rey del galardon tenga cuidado,

Porque de Dios nos vino la victoria,

Y aquí venimos por real mandado,

En cuyo nombre yo terné memoria

Que sea cada cual galardonado

Con aquel miramiento que conviene,

Después de ver lo que la tierra tiene.

»Vencimos el contrario mas soberbio

Que solia tener esta frontera;

Vencimos y cortamos aquel nervio

Que á los demás servia de barrera;

De manera que todo queda pervio

Para poder pasar por donde quiera,

Pues los temores destos rompimientos

Son durísimos frenos y escarmientos.

 

»Y pues se llegan ya nublos obscuros,

Vamos á Turüaco, cenaremos,

Que puesto que durmamos intramuros,

Ningun impedimento hallaremos,

Antes nos hace su temor seguros

Para que del trabajo descansemos,

Mayormente teniendo velas puestas,

Rondas y centinelas por las cuestas.»

Aquesto dicho, fueron al asiento

Sin que hallasen bárbaro contrario,

Y con el recatado miramiento

Que no tiene jüicio temerario

Dan á los cuerpos el mantenimiento

Que fué segun su hambre necesario;

Y como suelen los que se recelan,

Los unos duermen y los otros velan.

Mas cuando descubrió su roja frente

Apolo con el rapto movimiento,

El sabio capitán y diligente

De principales hizo llamamiento

Para manifestalles lo que siente

Y conocer ajeno sentimiento

Cerca del parecer que mejor era,

El cual lo consultó desta manera:

«Señores, si el camino comenzado

Puede por tiempo dar algun reposo,

Paréceme que ya teneis andado

No menos que lo mas dificultoso;

Pues que, bendito Dios, ya desmembrado

Un enemigo siempre victorioso,

Cuya crüel y vengadora diestra

Nadie la quebrantó sino la vuestra.

»Agora será bien que se discante

Sobre cuál destos es mejor concierto;

O pasar con las armas adelante

Por el camino que teneis abierto,

O determinacion mas importante

A nuestra pretension, volver al puerto,

Para reconocer con advertencia

Asiento que prometa permanencia.

»Esta perplejidad os manifiesto,

Cuya resolucion de vos confio;

Y segun que por vos fuere dispuesto,

Desa suerte daremos el avio,

Pues vuestro parecer acerca desto

Determino tener por proprio mio,

Y no traspasaré llano ni cumbre

Sin que vuestro consejo me dé lumbre.»

Responden los que deben obediencia,

Y César con la gente mas granada:

«Vos, señor, teneis ciencia y esperiencia

Para nos adestrar en la jornada;

Vuestra boca pronuncie la sentencia,

Y esa será por todos aprobada,

Pues como por tan buen seso se ordene,

Todo se guiará segun conviene.»

 

Reconocidas estas intenciones,

Luego, segun las suyas, determina

Dejar aquellos senos y rincones

Y dar la vuelta sobre la marina,

Para hacer con nuevas poblaciones

Albergos de la gente peregrina;

Y no fué la partida menos presta

De lo que fué durable la respuesta.

Y ansi, sin ofrecerse desavíos,

Llegaron á la playa ya notoria

Con aquellos despojos y atavios

Que suele dar la guerra meritoria:

Salieron luego los de los navíos

A dar el parabién de la victoria

Con encarecimientos elegantes

Usados en negocios semejantes.

Cumplidos eran ya los dias veinte

Del mes nombrado del bifronte Jano,

Del año que dijimos ser presente,

Y dia del beato Sebastiano,

Cuando para trazar pueblo potente

Cristiano morador tomó la mano,

Repartiendo por orden los solares

En el istmos que goza de dos mares.

Segun comodidad se dió la traza

Por diestros y peritos medidores:

Lo que era monte se desembaraza,

Talándolo los nuevos pobladores;

Señalaron iglesia, dióse plaza,

Y á San Sebastián dos de los mejores

Solares, donde hay hospital nombrado,

Y es hoy como patron reverenciado.

Nombráronse justicias ordinarias,

Segun dispusicion de justo fuero,

Con otras muchas cosas necesarias,

Las cuales de presente no refiero,

Pues á causa de ser muchas y varias

Se quedan para el canto venidero;

Y de presente tengo justa causa

Por donde me conviene hacer pausa.

 

Elegía IX

“Aunque parezca seco despidiente

no proceder aquí más adelante,

determino volver más al oriente

de Paria y a la tierra circunstante,

para tratar de ‘Ordás’ y de su gente,

de quien pretendo dar razón bastante,

pues del honor más alto de los buenos

al ‘Ordás’ se le debe nada menos.

 

En Castroverde fueron sus natales

del reino de León, y en Nueva España

fue de los capitanes principales.

El de mayor valor y mejor maña;

en las islas sus hechos fueron tales

que cada cual se vende por hazaña,

y ansí Cortés por su merecimiento

le dio grandísimo repartimiento.

 

Mas no se contentó con esta suerte,

no menos honorosa que crecida,

y a pretensiones otra se convierte,

que fue cierta región muy extendida.

Causa para morir angosta muerte,

cuando pudo gozar más ancha vida…”.

 

A la muerte de Antonio Sedeño, donde ansimismo se cuenta el suceso de su jornada

“A cosas de Cubagua y Margarita

aspiraba, lector, mi flaca pluma

a dar de relación tan infinita

alguna recogida y breve suma,

pero dame Sedeño tanta grita

rogando que su causa se resuma

que primero que de ellas es forzado

acabar lo que de él he comenzado.

 

… Sacó quinientos hombres escogidos,

todos valerosísimos soldados,

de caballos y armas proveídos,

de cosas necesarias reparados.

De pensamientos altos van movidos,

de grandes esperanzas alentados

con intento de ver templo dorado

do el padre de Faetón es adorado.

 

… Hizo Sedeño ir por otras vías

gente que parecía ser bastante,

para que descubriesen adelante,

y él se detuvo por algunos días

más cerca de la mar con la restante

en el pueblo del Cojo, que ya cuento,

porque le pareció fértil asiento…”.

 

A la muerte de Joan de Bustos de Villegas, segundo gobernador de Cartagena por provision de la R. M.

Después de ser en el adelantado

Ejecutada la fatal sentencia,

El doctor gobernó Juan Maldonado,

A quien luego de la real audiencia

Fue deste nuevo reino señalado

Por jüez que tomase residencia

Don Gonzalo Jimenez de Quesada,

Persona grave, docta y estimada.

 

Pero por ser a su salud embargo

El temple de las tierras y contrario,

Su morada no fue de tiempo largo,

A causa de buscar el necesario;

Y a Francisco Velázquez dejó el cargo,

Hoy en aqueste reino secretario,

Que aunque mozo mostró tener talento

Para negocios de mayor momento.

 

Y ansi con su valor y buenas mañas

Compuso graves y pesadas bregas,

Por no faltar allí parciales sañas,

Contrarios bandos y pasiones ciegas;

Y con poder del rey de las Españas

Sucedió Juan de Bustos de Villegas,

Del cual quiero tractar por orden raso

Las cosas que hicieren más al caso.

Uno faltaba ya para sesenta

Años de más de mil y otros quinientos,

Cuando con este cargo se presenta,

Mediante los reales mandamientos.

Daba de su gobierno buena cuenta,

Alegres los vecinos y contentos,

Pero después al Juan de Bustos

No faltaron enojos y disgustos.

De los cuales no fue menor azote

Venir para robar el oro y plata,

El próspero caudal y rico dote

Destos marinos puertos, un pirata

Que se dijo don Juan y un Martin Cote,

Franceses de la Galia bracata,

Con siete naos, cada cual potente,

Y en ellas grande número de gente.

Sabida su venida por la vía

De Santa Marta, cuyo flaco puerto

El robador cosario ya tenía

A su querer y voluntad abierto,

El Juan de Bustos, como convenía,

Puso sus pocas gentes en concierto

Para se defender desta potencia,

Haciendo la posible resistencia.

Mandó hacer trincheras y bastiones

Con gran solicitud en las entradas,

Aunque de necesarias municiones,

Por le faltar, no bien aderezadas;

Convocó caballeros y peones,

Hizo venir las gentes derramadas,

Entrellos los antiguos capitanes,

Dispuestos a victorias o desmanes.

Fue capitán de la caballería

Alvaro de Mendoza, que hoy nos dura,

Nuño de Castro del infantería:

Ambos en valentía y en cordura

Cabales, si tuvieran aquel día

Más posibilidad y más ventura;

El un alférez fue Francisco Portes,

Y no refiero los demás consortes.

Mandó venir al indio Maridado,

Cacique principal de los fronteros,

El cual acudió bien acompañado

De quinientos destrísimos flecheros,

De venenosos tiros pertrechado

Cada cual, según bárbaros guerreros;

Luego la playa por las partes juntas

Fue sembrada de venenosas puntas.

 

Cuando quería pues del primer sino

Febeo resplandor hacer desvíos,

Y entrar en el de Toro por camino

Compuesto de dorados atavíos,

Vieron por aquel término marino

Venir estos belígeros navíos,

Pendientes dellos por diversas partes

Flámulas, gallardetes y estandartes.

Bateles artillados traen fuera

O lanchas y lijeros bergantines,

Y cuando ya tuvieron la frontera,

Rompen el aire trompas y clarines;

Al puerto van y toman la ribera

Para de sus intentos ver los fines;

Mandan que gente de caballo vaya

A ver si desembarcan en la playa.

En el puerto, de la ciudad distante

Poco menos que legua de comarca,

El francés cudicioso y arrogante

Más de mil hombres diestros desembarca:

Caminan bien armados adelante

Contra pocos del español monarca;

Los de caballo que eran centinelas

Baten a toda furia las espuelas.

Avisan a las gentes castellanas

Y a voces dicen que los galos llegan;

Tocan los atambores y campanas,

Y dentro de la plaza se congregan

Robustas fuerzas, y las viejas canas

Se sobresaltan y desasosiegan;

Mas el Bustos formó sus escuadrones,

Hablándoles allí tales razones:

«Buen ánimo, carísimos hermanos,

Que para más honor y mayor gloria

La batalla tenemos en las manos,

Y della nos dará Dios la victoria:

No temais estos viles luteranos;

Baja canalla es y vil escoria;

Por buen Dios peleais y por las prendas

De hijos y mujeres y haciendas.

«En el pueblo teneis vuestras alhajas,

Que de lo substancial no falta pelo;

Negocio es adonde no van pajas

Y no cumple tomallo con recelo:

Ellos tienen favor de sus ventajas,

Pero nosotros el del alto cielo,

Y yo confío de su gran clemencia

Que no puede durar su violencia».

Esto dicho, camina con la gente

Para los encontrar en los caminos,

E Luis de Villanueva su teniente,

Con los que del lugar eran vecinos,

Cada cual conocido por valiente

En muchos belicosos torbellinos:

Todos y cada cual mostraba gana

De romper con la gente luterana.

 

Habia ciertos hombres forasteros

A vueltas de los dichos moradores,

Que presumian mucho de guerreros,

Y aquestos, no sin voces y clamores,

Decian: «No conviene, caballeros,

Salir de donde somos muy mejores:

Yerro notable es el que hacemos,

Y en salir de la plaza nos perdemos».

Juan de Bustos se lo contradecia,

Teniendo por mejor salir afuera;

Mas fue tan pertinace la porfia

De la ya dicha gente forastera,

Que lo hacen volver do no queria,

Y porfió hasta la vez tercera

A salir, con enojo manifiesto,

Mas no pudo sacallos de aquel puesto.

Habia solos diez arcabuceros

Vecinos, y con ser gente tan poca,

Divisos de los otros compañeros,

Por acudir a lo que más les toca,

De la calle por do vienen los fieros

Franceses se pusieron a la boca,

Y allí hicieron la posible salva

Francisco Sánchez y Francisco de Alba.

También allí Bartolomé de Arjona,

Con los siete que no van señalados,

Hacia cada cual por su persona

Lo que suelen hacer buenos soldados,

Sin que de los demás desta corona

Fuesen favorecidos ni ayudados,

Sino Mendoza que con los caballos

A ellos se llegó por reguardallos.

Acércanse los galos con estruendo,

Suena para romper trompa sonora

Donde los diez estaban atendiendo

Que salieron con furia vengadora;

Por dos veces los fueron retrayendo,

Espacio que duró más de una hora,

Hasta que ya cesaron los cañones

Por se les acabar las municiones.

Conocida por el francés la falta

Del famoso cañón y del mosquete,

Por dos partes del pueblo los asalta

Y más adentro las escuadras mete;

A los unos Mendoza sobresalta,

Y con veinte caballos arremete;

Retrájolos a parte conviniente,

Do se empuyó gran número de gente.

Pero como persona que sabia

Tener aquel lugar mortal engaño,

Y que por esta causa no podia

Por allí pelear sin proprio daño,

Retrájose con esta compañía

A la ciudad con el demás rebaño,

Y con los que seguian su bandera

Junto a Santo Domingo los espera.

 

Viendo que ya llegaban al paraje,

Antes que del lugar viesen el centro,

Rompió por ellos varonil coraje;

Y fue de tantas muertes el encuentro,

Que muchos, del cosario peonaje

Huyendo, se metieron mar adentro;

Mas todos los que son menos inertes

En un cercado se hicieron fuertes.

Oyendo Bustos la sangrienta caza,

Pareciéndole ser exorbitante

Negocio no salirse de la plaza,

Y más en coyuntura semejante,

Aquella parte se desembaraza,

Y el buen alférez Portes por delante

Acudió con alguna gente suelta

A do sonaba la mayor revuelta.

Yendo dispuesto para la pelea,

Hicieron que torciese su camino

Antes de se hallar donde desea,

Por voces que le dio cierto vecino:

«Acá, señor, acá, que nos rodea

Otro más peligroso torbellino».

Y fue verdad, porque gentes armadas

Tenian ya las calles ocupadas,

De tal manera, que nunca fue parte

Para poder hacelles resistencia;

Ni valian allí mañas ni arte,

Animo, ni valor ni diligencia;

Mas Portes prosiguió con su estandarte

Do Mendoza tenia la pendencia,

En el cercado do se defendia

El don Juan con la gente que tenia.

La gente castellana, mal armada,

Con ánimo feroz les acomete;

Pero de la primera ruciada

Mataron de peones diez y siete;

Entran los de caballo, y al entrada

Pereció Santa Cruz, un buen jinete,

Con otro que Espinosa se decia,

Que hizo buenos hechos aquel dia.

Rompió como quien bravo monte tala

El buen Francisco Portes por un lado;

Sus golpes a los de Hércules iguala,

Con brazo vigoroso y esforzado,

Hasta tanto que con ardiente bala

Fué de vital calor desamparado,

Dejando de la fuerza de su diestra

Horrible voz de sanguinosa muestra.

Tanto, que dados fines a la guerra

Decian los franceses en su gloria:

«A tener muchos destos esta tierra

Desesperáramos de la victoria».

Luego pues el don Juan se desencierra

Teniendo ya la suya por notoria,

Viendo que nuestras gentes eran rotas

Por la gran multitud de las pelotas.

 

No dejó de hacer con su caterva,

En tanto que duraron los cristianos,

Maridado gran mal en la proterva,

Pues disparaban pocos tiros vanos;

Y ansi hirió con venenosa yerba

Crecido número de luteranos,

Y consumidos ya los tiros diestros

Al monte se retrajo con los nuestros.

Los cuales desamparan sus placeres,

Llevando por delante los heridos

Y cuantidad de niños y mujeres,

Movidos de sus ásperos gemidos;

Y ansi vecinos como mercaderes

Quedaron asolados y perdidos,

Por ser inopinada la venida

Y muy poca hacienda guarecida.

Y mujer pobre y el cansado viejo,

Aunque sepan haber algún cosario,

Y reconozcan ser sano consejo

Trasponer su caudal a lugar vario,

Fáltales el avio y aparejo

En tales coyunturas necesario;

Demás de que con tales confusiones

También roban domésticos ladrones.

A los cuales se quedan en rehenes

Alhajas de las gentes más amigas;

Y por los montes a los salvos bienes,

Demás destas zozobras y fatigas,

Consumen los ardientes comijenes,

Que son blanca manera de hormigas,

En las tierras calientes una plaga

Que nada dejará que no deshaga.

Esta perniciosa sabandija

Sobre la tierra hace su morada,

Y al modo de hormiga se cubija,

Aunque sobre la haz muy levantada,

Donde cría sus pollos y se ahija

Y aumenta crecidísima manada;

Pero su cualidad es tan ardiente

Que lo duro deshace brevemente.

Hasta de la madera se mantiene,

Y en el hierro y acero hace caño;

Al mercadante pues no le conviene

Tardar en revolver lienzos o paño:

Que si por algún tiempo se detiene

Ha de hallar irreparable daño,

Y en guerra mal se puede hacer esto

Andando por los montes descompuesto.

Ansi que por ingleses o por Francia

Hoy es trabajosísima vivienda;

Pues aunque por los tractos hay ganancia

Fácilmente se pierde la hacienda,

Faltando mayormente tal instancia

Que con valor y brío la defienda;

No porque en el conflicto de que trato

Dejasen de hacella muy gran rato.

 

Y si el gobernador no se rigiera,

Cuando se vieron en aquel aprieto,

Por gente fanfarrona forastera

Que siempre lo trajeron inquieto,

Tengo yo para mí que se hiciera

De parte de los nuestros buen efeto,

Porque su voluntad y su desino

Siempre fue de salilles al camino.

Y la gente vecina que se halla

Con él, de caballeros y peones,

Aunque faltos de bronces y de malla,

Tenían estas mismas intenciones,

Deseosísimos de la batalla

Fuera de la ciudad con los ladrones,

Con ser en número siete doblados

Y venir todos ellos bien armados.

Viendo pues ya perdida su bandera,

Por no dar largas a peor estado,

Su gente trabajó sacallo fuera

Con importunidad más que por grado,

Llevando gente que menuda era,

Según pudo furor arrebatado,

Do Gonzalo Fernández guió el freno

Haciendo lo que debe cualquier bueno.

También Rodrigo López a caballo

Con esta voluntad iba corriendo,

Con valor que podríamos contallo

Versos más abundantes estendiendo;

Mas una bala pudo derriballo

Con estampida de furor horrendo,

Privándolo de luz y del consuelo

Que le dieron los hados en el suelo.

Digo que dellos fue favorecido

En dalle generosa compañía,

Pues aqueste hidalgo fue marido

De aquella hermosísima María

Que tiene de Aguilar por apellido;

La cual, con el valor que convenía,

Escedió con bondad su hermosura

Después y antes desta desventura.

Nuño de Castro, por cuya prudencia

Pudiera la victoria ser habida,

Viendo su parecer y su sentencia

Ser del gobernador mal admitida,

La gran tristeza le causó dolencia

Y en pocos días le quitó la vida

Al varón de virtudes relicario

Y para paz y guerra necesario.

Todos lloraron el acabamiento;

Mas su doña Francisca de Padilla

Mostró tan entrañable sentimiento

Que movía las piedras a mancilla;

La cual le hizo tal enterramiento

Que se puede contar por maravilla:

Llorábalo cualquier menesteroso

Por ser dellos amparo generoso.

Poemas de Juan de Castellanos

Señoreóse pues de Cartagena

La gente cudiciosa del pirata;

Halláronla de muchas cosas llena,

Pero pocas preseas de oro y plata;

Y su victoria no fue tan sin pena

Que pudiesen tenella por barata,

Pues de los empuyados y sangrientos

Sus muertos pasarian de trescientos.

Y aún el don Juan salió de una lanzada

El molledo derecho traspasado,

De que después fue nueva divulgada

Que por la mar dio fin a su cuidado:

Hüida pues la gente más granada,

Y el pueblo mucha parte dél quemado,

Prendieron por allí gentes imbeles

Y no sé cuántos indios infieles.

Y adonde Juan de Bustos residia

Los hizo recoger el enemigo,

Y aquí reside Beatriz Garcia

Que fue del número de los que digo:

La cual, como persona que lo via

Es de lo que pasó no mal testigo,

Demás de que me consta claramente,

Porque yo me hallé cuasi presente.

A las personas pues encarceladas

La gente desta pérfida canalla

Juraba de les dar de puñaladas

Si no se componían en la talla,

O si las otras gentes retiradas

Segundaban á dalles la batalla:

Y que del pueblo quemarán el resto

Si no les daban el rescate presto.

Hizose cerca desto mensajero,

Y allí se fortalecen entre tanto;

Corrió la diligencia del tercero

Que pretendió librallos del espanto;

Al fin les dieron copia de dinero,

Pero yo no sabré deciros cuánto,

Mas de que se partieron con provecho

Y el pueblo que lo dio quedó deshecho.

Traian estos cierto sacerdote

Llamado don Martin, el cual trompieza

En no sé qué pasión con Martin Cote,

Que hizo disparar broncina pieza,

Cuya bala le dio por el cocote

Quitando de los hombros la cabeza;

Decían ser por yerro, más no yerra

El golpe, pues que dio con él en tierra.

Mostraron un fingido sentimiento,

Y a causa de ser hombre señalado

Hicieron singular enterramiento

En lo más alto del lugar sagrado;

Mas don Juan de Simancas al asiento

Vuelto, de donde estaba retirado,

Mandó sacallo de la sepultura

Y cubrir el cadaver con basura.

 

Habíanos venido por prelado

Dos años antes deste luterano,

Y renunció después el obispado,

En el cual doce años tuvo mano;

Y en España después de renunciado

Acabó cordobés arcediano:

Fue antes fray Hierónimo Beteta,

Más acá poco tiempo se quieta.

Pues sin ver la ciudad de Cartagena

Do tenia su catedral escuela,

O no le pareciendo tierra buena,

O porque de la carga se recela,

En viendo de las Indias el arena

Se volvió desde el Cabo de la Vela:

Ansi que, después dél, Simancas vino,

Clérigo singular y hombre benino.

El don Juan de Simancas apartado

Del gobierno desta catedral silla,

Don fray Luis Zapata fue nombrado,

Caballero notorio de Castilla;

Mas por ser para él corto cuidado,

Antes de se partir para regilla,

Dignidad de arzobispo le fue dada

En este nuevo reino de Granada.

Salida pues la robadora plaga

Y mal de la francesa pestilencia

De Cartagena con forzosa paga,

Bajó luego desta real audiencia

El oidor Melchior Pérez de Arteaga

A visitar aquella pertenencia,

Tasar los indios y poner concierto

En las cosas tocantes a aquel puerto.

Negocios proveyó bien necesarios;

Y al bárbaro que nada se vestia

Usar hizo de nuestros vestuarios,

Y en ellos permanecen hoy en dia:

Quemó gran cuantidad de santuarios,

Desterrando bestial idolatria;

Persiguió por la mar ciertos piratas

Que salteaban barcos y fragatas.

Deseaba hacer algún buen lance

Por quitar a los tractos mal embargo;

Mas ellos temerosos deste trance

Hicieron sus navios a lo largo,

Y ansi no les pudieron dar alcance;

Al fin los dias que duró su cargo

Quedó con opinión entre la gente

De singular jüez y de valiente.

Estando de la suerte que discierno

Las cosas que lo son en importancia,

De que hace mención este cuaderno,

Dejando la menuda circunstancia,

Al Juan de Bustos dieron el gobierno

De Panamá por ser de más substancia,

Y su teniente Salazar, letrado,

Quedó para regir aquel estado.

 

Al cual vino poder para que haga

Cargos, tomando luego residencia

Al dicho Melchior Pérez de Arteaga,

A quien por su valor y suficiencia

Le dio su Majestad honrosa paga,

Y mis manos tuvieron la sentencia

Impresa, de la cual quedó con fruto

De jüez en sus cargos incorruto.

Después aqueste noble caballero,

Cuyas partes por brevedad abscondo,

El hábito tomó del santo clero,

Teniendo por mejor el sacro pondo;

Y agora por la vía que refiero

Me dicen ser abad del Burgo Fondo,

Y aunque es gran dignidad do permanece,

Es cifra de lo mucho que merece.

Al Juan de Bustos pues a nuevo cargo

Lo lleva la fortuna que lo adula

Con esperanzas de provecho largo

Que los humanos pechos estimula,

Adonde concluyó con fin amargo

Precipitado de su propria mula;

Y ansi damos remates a su historia

Con suplicar a Dios le dé su gloria.

Varón fue grave, de gentil aspeto,

Alto, con miembros bien proporcionados,

Y aunque yo lo tenia por discreto,

Algunos términos tuvo pesados,

Pues no guardó decoro ni respeto

A los eclesiásticos prelados;

Y los hombres que fueren desta suerte

Pocas veces heredan buena muerte.

Después que con tal coce de fortuna

Al busto sepultó fatal arena,

Aquel buen Antón Dávalos de Luna

Vino para regir a Cartagena:

Varón que fue de generosa cuna,

Persona de virtud no menos llena,

Y cuyas principales aficiones

Eran armas, alardes y escuadrones.

Y ansi para defensa de aquel puerto,

Mil veces infestado de cosarios,

Hizo poner las cosas en concierto,

Buscar caballos y pertrechos varios,

Hizo trincheras como bien esperto

En partes y lugares necesarios,

Nombrando proveedor que visitase

Las armas, y las viese y alistase.

De noche por la playa sus espias,

Atalaya de dia que reguarde,

Instruyendo bisoñas compañías

Por levantar al ánimo cobarde:

Ordenó que de quince en quince dias

Hiciese cada capitán alarde,

Y de tres en tres meses se muñesen

Para que todos juntos lo hiciesen.

 

Como buen capitán y buen vasallo

En estos ejercicios se recrea,

Y domingos y fiestas a caballo

A los que son jinetes acarrea,

Porque mejor supiesen meneallo

Al tiempo que viniesen a pelea;

Pero su bondad fue de poca dura

Por acaballa cierta calentura.

Era del hábito de Santiago,

De las Españas defensor y guarda;

Estraño fue de sensual halago

Que varoniles pechos acobarda;

Su fama buena se le da por pago,

Indigna de tener historia tarda;

Mas si de luz gozare su escriptura

Podrá sacallo de la sepultura.

Aqueste caballero fallecido,

Cuya muerte no fue sin sentimiento,

Para la defensión deste partido

Fue luego por cabildo y regimiento

Don Alonso de Vargas elegido,

Hasta venir escelso mandamiento;

El cual llevó como varón bastante

Guerreros ejercicios adelante.

Al más dormido hace que dispierte,

Al más imbele singular atleta,

Y como capitán que bien advierte

A cuán pesado yugo se subjeta,

Mandó que se hiciese cierto fuerte

En la parte que llaman la Caleta,

Adaptado lugar y conviniente

Para se defender de mala gente.

Con gran solicitud y diligencia

Estas cosas y otras ordenando,

Vino por provisiones del audiencia

Don Lope de Orozco con el mando;

Hizo como tres meses asistencia,

Las cosas de gobierno regulando,

Por cuasi que venir a las igualas

Por gobernador Martin de las Alas.

El cual a Santa Marta gobernaba

Entonces, y en aquella serrania

Porque poco caudal interesaba,

Aquesta se le dio por mejoría,

En guarda de la cual siempre se daba

Tan buena maña cuanto convenía,

Sino que vivió poco, y entre tanto

A los cosarios puso gran espanto.

Juan Acle pudo ser testigo desto,

Inglés cosario, cuya gran pujanza

Por la costa barrió lo más compuesto

Sin se les oponer guerrera lanza;

Mas Martin de las Alas mostró gesto

Siempre de vencedora confianza,

Aunque de Santa Marta vino nueva

De la terrible potestad que lleva.

 

Mas el dicho con brios singulares

Puso furor a temerosos pechos,

Y reparó los cómodos lugares

Con posibles defensas y pertrechos,

Fortaleciendo por entrambos mares

Los fuertes para tal ocasión hechos;

Y con la diligencia que cumplia

No paraba de noche ni de dia.

Congregó del terreno circunstante

Españoles e indios comarcanos,

A los cuales habló con tal semblante,

Que deseaban ver los luteranos,

Pareciéndoles, viéndolo delante,

Tener ya las victorias en las manos:

Todos los españoles son docientos,

Y los bárbaros como cuatrocientos.

Arcabuceros eran los cincuenta,

No con sobrada pólvora ni balas;

Destos como caudillo tiene cuenta

Su buen hijo Gregorio de las Alas;

Rige caballos que serán sesenta

Pedro de Barros, no con ganas malas;

El maese de campo fue Mendoza,

Ambos insignes en edad más moza.

Sembraron muchas puyas por la playa,

Untadas con venenos pestilentes,

Porque cuando contraria gente vaya

Por ella, sin les ser allí patentes,

En paga de sus maleficios haya

Muerte con miserables accidentes;

Puso de mar a mar como cadena

Enhiestas pipas llenas del arena.

Tractadas otras cosas en consejo,

Según necesidad encaminaba,

Al tiempo que la imagen del cangrejo

El resplandor febeo visitaba,

El juvenil hervor y frio viejo

Manos a la labor aparejaba,

Por julio de sesenta y cinco cuando

Las naos se venian acercando.

Once potentes, gavia sobre gavia,

Bien poblado de tiros cada lado,

Manifestando robadora rabia,

Con banderas de blanco y colorado,

No llegan con temor ni con ignavia

Al paraje que tienen deseado:

Una lancha delante con la sonda

Para dalles camino de mar fonda.

El Alas con la gente más guerrera

Moviólas a la playa para vellos,

Do la lancha de paz puso bandera

Viniéndole derecha para ellos;

Hácense señas que se salga fuera

Por no querer oillos ni creellos:

Vista su voluntad al descubierto

Determinó de se bajar al puerto.

 

Mas para no dejallos sin espantos,

Soltaron dos horrisonos cañones;

Tiéndense por el mar fumosos mantos,

Suenan por alto los fogosos sones;

Respóndenles acá con otros tantos

Porque sepan que tienen municiones;

Y estos dos, que con más no se hallaron,

En el muelle y caleta se soltaron.

Y fue la diligencia de tal arte,

Que con la gran presteza se podia

Imaginar que tiene cada parte

Para se defender artilleria;

Al puerto llegó pues el estandarte

De la facinerosa compañia:

Los de tierra van por las riberas,

Puestas en buen concierto sus hileras.

En avanguardia llevan los flecheros,

Indios feroces y etíopes diestros,

Que muchos dellos son buenos arqueros,

Y en la batalla los peones nuestros:

En retaguardia van los caballeros

Acaudillados todos por maestros,

Francisco de Carvajal entrellos

Que como diestro puede componellos.

Caminan las hileras bien digestas

Por aquella maritima ribera;

Mas paran do las puyas tienen puestas,

Por no tener tan ancha la carrera;

Allí se afirman con las armas prestas,

Y para poner orden más entera

Enviaron dos hombres a caballo

Al punto para más señoreallo.

Mandándoles que vean cuerdamente

Qué hacen los ladrones ancleados,

Y vengan con el paso diligente

Si ven desembarcar hombres armados;

Y retrayéronse del sol ardiente

A fin de se hallar más alentados:

Fueron pues donde están las naves todas

Hierónimo Rodriguez, Juan de Rodas.

Yendo los dos con paso presuroso,

Toparon al remate del camino

Un portugués llamado Juan Cardoso,

En varias lenguas hombre peregrino;

Díjoles traer cartas del famoso

Juan Acle, general, varón benino,

Para el gobernador a quien queria

Dar aquellos recaudos que traia.

Eran aquestos dos personas mancas

De cautelas que pérfidos intentan,

Y por les parecer razones francas

Estas y muchas más que no se cuentan,

Al Cardoso tomaron a las ancas

Y al Martin de las Alas lo presentan,

El cual, como lo vido de sus ojos,

Disimular no pudo los enojos.

 

Mandó prender a los que lo trajeron

Con intención de les torcer los cuellos,

Porque de sus mandados escedieron

Cuando menos cumplia salir dellos;

Pero personas graves acudieron

Que con grande hervor ruegan por ellos,

Y ansi se quebrantaron las pasiones

Con tenellos diez dias en prisiones.

Entró también Cardoso con su ruego

Importunándole que se reporte,

Con gran retórica diciendo luego:

«Señor, de ningún mal yo soy consorte,

Ministro soy de paz y de sosiego,

Que vengo para dar algún buen corte;

Luego me volveré, y antes que parta

Tened por bien leer aquesta carta».

El gobernador pues aunque severo,

Como varón ornado de prudencia,

Mandó dar de comer al mensajero,

Sirviéndole con gran magnificencia.

Salió para hablar con el guerrero

Mendoza, so color de la licencia

Que por aquella parte se demanda

Para contractos de una y otra banda.

Mas fue para decir que proveyese

Con diligencia lo que convenía

Hacer, cuando Cardoso se partiese

Con la respuesta desto que pedía,

Porque de las defensas entendiese

Mas posibilidad de la que había;

Y luego con las cartas en la mano

Volvió para hablar al lusitano.

Era lo que la carta contenía,

Encarecer que a todas las naciones

Derecho natural les permitía

Comunicarse por contractaciones,

Y que copia de buena mercancía

Traían en aquellos galeones;

Que celebrasen ferias y contratos,

Pues sus precios serían bien baratos.

Y esto que no debían rehusallo,

Principalmente con Ingalaterra,

Pues él de nuestro rey era vasallo

Como los moradores de su tierra,

Y el tracto no podían estorballo

Por derecho de leyes ni de guerra;

Y otras razones en la carta dijo

Que no refiero por no ser prolijo.

El Martín de las Alas al maldito

Pirata respondió razón abierta,

Y no queriendo dalla por escrito

A sus contractos le cerró la puerta,

Y al portugués le dijo que el conflito

Sería la contractación más cierta,

Mandándole que luego se partiese

Y con ningún mensaje le viniese.

 

Mas quitóse del cuello la cadena

Que pesaba cien pesos de oro fino,

Y al portugués la puso por ser buena,

Que el don agradeció como convino;

Y ansi sin tantear a Cartagena

Lo vuelven a meter en el camino,

En un caballo bien enjaczado

De veinte de caballo rodeado.

Cincuenta arcabuceros desta gente

Salva hacen al tiempo que camina;

Luego pasaban abscondidamente

A hacer otro tanto en cada esquina,

Y cada vez en parte diferente,

Según quien los ordena determina;

Y ansi por industriosos mandamientos

Cincuenta parecieron ser docientos.

Gregorio de las Alas con licencia

Del padre, lo llevó hasta las naves;

Volvióse después desta diligencia,

Al tiempo que las chirladoras aves

Por faltar apolínea presencia

Cesaban de sus cánticos suaves;

Y luego por las partes convinientes

Pusieron centinelas diligentes.

En cada cuarto son de los vecinos

Veinte con sus caballos bien armados,

Puestos donde se juntan los caminos,

Que son lugares más ocasionados,

Atalayando términos marinos

Por partes que divisan ambos lados

Del istmos, acia donde los ladrones

Tenían sus potentes galeones.

De los fuertes ninguno quedó solo,

Y con el principal tenia cuenta

El capitán llamado Diego Polo,

Hombre cabal para cualquier afrenta:

En tanto pues que claridad de Apolo

A los mortales ojos se presenta,

En todos los lugares del estancia

Se tuvo la posible vigilancia.

Cuando ya por las ondas de Oceano

Luz clara perfilaba los celajes,

Vieron segunda vez al lusitano

Cercano de sus puestos y parajes;

Mas por ninguna vía le dan mano

Para llevar al pueblo sus mensajes,

Diciendo que procure la hüida

Si no quiere perder allí la vida.

Oídas las razones por Cardoso,

Que fueron dichas con soberbios bríos,

Pareciéndole mal mucho reposo,

Y no cumplir allí pasos tardíos,

Temblando de temor y disgustoso,

Se volvió luego para los navíos,

Y al Juan Acle le dio razón estensa

De cuán prestos están a su defensa.

 

Entendidas por él aquellas graves

Palabras, sin temor de la batalla,

Mas acia la ciudad llegó las naves

Con intenciones de bombardealla;

A dos cañones apretó las llaves,

Que pasaron por cima sin tocalla,

Porque en aquel lugar quel agua cierra

La mar está más alta que la tierra.

Aquesto visto por aquel buen Diego

Polo, que pusilánimes anima,

A las dos piezas gruesas puso fuego

Que también le pasaron por encima,

Y al mal pirata fueron como ruego

Para que sus propósitos reprima,

Porque no viendo las respuestas tardas

Tuvieron gran silencio sus bombardas.

Visto por el Juan Acle que tenía

Competidor terrible y animoso,

Quísolos engañar por otra vía

Si le valiera lance cauteloso:

Para lo cual un bergantín envía

A disculparse con aquel Cardoso,

Diciendo que sin orden de cabezas

Soltaron artilleros las dos piezas.

Como viesen venir el bergantino

Con pacífica seña que traía,

Con otro le salieron al camino

Para reconocer lo que quería;

Oyeron la disculpa del malino,

Y que tan solamente pretendía

Vendelles cien esclavos de Etiopía,

De los cuales traía buena copia.

Mandáronle que luego se tornase,

Con amenaza ya de voz airada,

Y no le consintieron que llegase

A tierra para dar el embajada,

Diciendo que de cuanto demandase

Ellos habían de salir a nada,

Demás de que tenían de la casta

De esclavos tanta copia que les basta.

En efecto, Cardoso determina

Volverse viendo términos tan bravos;

Y entendido por la gente vecina

Cómo los convidaban con esclavos,

Picaron en aquella golosina,

A lo menos los hombres más ignavos;

Mas Martín de las Alas les advierte

Hablándoles a todos desta suerte:

«Aunque de la bondad de los presentes

Estoy en gran manera satisfecho,

Algunos sin mirar inconvinientes

Al honor anteponen el provecho,

Creyendo recebillo destas gentes

Sin Dios, sin ley, sin rey, y cuyo pecho

Nunca jamás aclara lo que siente,

Sino razón del hecho diferente.

 

«Cualquier ladrón es de verdad estraño

Y en falsedades hace gran instancia;

Sus tractos y contractos son engaño,

Y cuando pone cebo de ganancia,

Será para haceros mayor daño,

Aunque vivais con mucha vigilancia

Por ordenar mejor un maleficio

El hombre que lo tiene por oficio.

«Y aquestos, so color de tracto blando,

Quieren con sus engaños y cautelas

Poco a poco venirsenos entrando

Y descuidar las guardas y las velas,

Entradas y salidas tanteando,

La munición, la gente, las tutelas,

Y al descuido menor en breves puntos

El golpe y al amago llegan juntos.

«Es esta la más cierta mercancía

Con que suelen cazar al más esperto;

Y ansí no cumple por ninguna vía

Dalles resquicio ni rincón abierto;

Porque quien de ladrones se confía

Su perdición y daño tiene cierto,

Y con aquellos pensamientos vanos

El se toma la muerte con sus manos.

«Cuanto por parte mía se dispensa,

Paréceme no ser mal proveído,

Y por esta razón el ladrón piensa

Estar el pueblo bien apercebido,

Y que confía bien de su defensa

Como no le salimos a partido;

Pero para salir con su interese,

Otra cosa sería si lo viese.

«Otra razón también nos encamina,

Demás de las ya dichas importantes,

Y es que la ley humana y la divina

Prohíben los contractos semejantes,

Por ser herejes de opinión malina,

Cuyos errores son exorbitantes,

Fuera de lo que manda fe cristiana

Y la Iglesia católica romana.

«Y ansí por ser intolerable yerro,

Notoria perdición y disparate,

Para siempre jamás la puerta cierro

A que deste negocio se me trate,

So pena de prisión y de destierro,

Y a mi razón con esto doy remate:

Que hagais, pues que va más que dineros,

Aquello que debeis a caballeros».

Dijo, y el capitán Mendoza luego,

Como viese la práctica propuesta

Encaminada para su sosiego,

Y lo demás ser falta manifiesta,

Por todos ellos y de común ruego

Tomó la mano para la respuesta,

Diciéndole: «Señor, estos varones

Están en esas mismas opiniones».

 

«Y si algunos ajenos de maldades

No tenian cautelas entendidas,

Bien informados de vuestras verdades

Prestos están al riesgo de sus vidas,

Pues por vuestro querer y voluntades

Todas las nuestras han de ser medidas;

Porque falto será de entendimiento

Quien tuviere contrario sentimiento».

El buen gobernador destas razones

Y muchas otras recibió contento;

Y ansi debajo destas intenciones

Se despidieron del ayuntamiento;

Anduvo visitando municiones

Con el docto prior de aquel convento,

Fray Pedro Mártir, hombre de gobierno

Y después provincial en este reino.

El cual, en estos lances bien instruto

Y en otros importantes menesteres,

Hizo con su consejo harto fruto

Por tener acertados pareceres;

Al fin Juan Acle no fue resoluto

En les acometer con sus poderes,

Antes por ocho dias cada dia

Con nuevas invenciones les salia.

Vacas, puercos y agua les demanda,

Si no, que tenderá su mano luenga

Con grandes amenazas de su banda;

Y los nuestros también dicen que venga,

Porque no hallará la suya blanda,

Aunque trescientos años se detenga;

Y si mal le viniere no se queje,

Pues siempre le requieren que los deje.

Viendo que nada se le concedia

Y el mal aliño para buen pillaje,

Determinó salir de la bahía

A lo largo haciendo su viaje;

 

Y en la isla Carex cuando partía,

Agua buscando por aquel paraje,

Antes de se volver a los navíos

Quemaron de un estancia los buhíos.

Quedaron libres desta pestilencia

Los nuestros por mostrarse tan constantes,

¡Oh cuánto vale siempre la prudencia

Para negociaciones importantes,

Las industrias, ardides y esperiencia

En las necesidades semejantes,

Y el ser a los gobiernos proveidos

Los que por su valor son conocidos!

Durante pues aqueste torbellino

De guerra que les fue poco molesta,

En la morada de cualquier vecino

Hallaban los soldados mesa puesta,

Con muy buenas viandas, pan y vino,

Y liberalidad a todos presta:

Negocio por alli bien necesario,

Por no les prometer otro salario.

El Juan Acle se fue con su compañia,

Ganancias y caudal en la capilla,

Y por la costa de la Nueva-España

Encontró con armada de Castilla,

Do no pudo por fuerza ni por maña

Ser poderoso para resistilla;

De manera que por aquellos puertos

Huyó él, y los suyos fueron muertos.

Mas Martin de las Alas no se olvida

De su solicitud y diligencia

En tener la ciudad bien proveida;

Pero poco después le dio dolencia

De calenturas con que desta vida

Con gran dolor de todos hizo absencia

Para poder gozar la sempiterna,

La cual le dé quien todo lo gobierna.

AMEN.

 

A la muerte de Francisco Bahamon de Lugo, quinto gobernador de Cartagena.

Después que ya paró la dura parca

En Martin de las Alas fatal huso,

En tanto que venia del monarca

Nombrado sucesor para tal uso,

La gente principal desta comarca

En elegir gobernador se puso:

Y en estos nombramientos y elecciones

Habia diferentes opiniones.

Una parcialidad destas acuerda

Alvaro de Mendoza ser decente;

Otros nombran al licenciado Cerda,

Que del gobernador era teniente;

Otros no quieren quel cabildo pierda

Aquello que les era concerniente;

Y en estas banderizas discusiones

Hubo también rencillas y prisiones.

 

Y al tiempo que tenían los disgustos

Disposición de más vivas centellas,

Gobernaba Pero Fernández Bustos

A Santa Marta, do le dan querellas;

El cual, guiado por deseos justos,

Determinó de ir a componellas;

Y ansí luego con términos discretos

Pacíficos quedaron y quietos.

Y como ya tenían experiencia

De la nobleza deste caballero,

Enviaron a la real audiencia

A que le den el cargo mensajero,

Al cual lo proveyó con diligencia

El doctor Andrés Díaz del Venero,

A la sazón en ella presidente,

Teniéndolo por hombre suficiente.

Y ansí, venidas estas posiciones,

La ciudad adornó con obras varias:

Ensanchó muelles, hizo torreones,

Fuentes y muchas cosas necesarias,

Que por no dilatar estos renglones

En esta relación pongo sumarias;

Pues presto diré dél en su carrera

Lo que nunca jamás decir quisiera.

Sería pues el año de setenta

Del nacimiento del Verbo divino,

Con el millar y medio desta cuenta,

Cuando salió del término marino,

Porque con real carta que presenta

Francisco Bahamon de Lugo vino

Para que del gobierno cargo tenga

Y en él la vigilancia que convenga.

En este nuevo reino fué soldado,

Que porque yo lo vi lo certifico,

Y en Italia, según soy informado,

Y en otras partes más que no publico;

Después en estas Indias le fue dado

Gobierno de San Juan de Puerto-Rico,

Donde justa razón será que cuente

Una cosa que hizo de valiente.

La era de sesenta y cinco años,

En un hato que llaman el Coamo,

Andando visitando los rebaños

De cuadrillas que tienen allí amo;

Oyendo los caribes hacer daños,

Acudió, como dicen, al reclamo,

Procurando hacer algun buen lance

Si acaso les pudiese dar alcance.

Supo ser ochocientos la cuadrilla,

Y que para manjares de la mesa,

Después de saltear a Guadianilla,

Llevaban número de gente presa

Demás de los despojos de la villa;

De lo cual en el ánimo le pesa,

Mayormente que desde aquella estancia

Había veinte leguas de distancia.

 

Gente buscó que por allí se aloja,

A causa de faltar pueblo cercano,

Pero muy poca halla que recoja,

Pues solamente vienen a la mano

Un Tello de Monroy, dicho Pantoja;

Y Rodrigo Ramírez, escribano;

Gaspar Lorenzo y un Diego García,

Joan Díaz de Santana, de quien fía;

Otros dos españoles estancieros

Que recogió de los cercanos hatos,

Y de los que servían de vaqueros

Menos de doce negros y mulatos:

Hacen adargas de vacunos cueros,

En que no se gastaron largos ratos,

En caballos y yeguas muy lijeras,

Y en vez de lanzas dejarretaderas.

Y como ya tuviesen cierta fama

Que los caribes iban navegando

A la boca del río de Guayama,

Las estancias y hatos rancheando,

Entregados a la vorace llama,

Allí los estuvieron esperando

En los espesos montes encubiertos,

Hasta que ya llegasen a los puertos.

Pusieron en un árbol atalaya,

Cubiertos todos en lugar sombrío,

Y costeando la marina playa,

Vieron venir el bárbaro gentío,

El cual, sin que más adelante vaya,

Se meten por la boca de aquel río

Con sus barcas de remos o piraguas,

Y allí surgieron en las dulces aguas.

Salieron los crueles escuadrones

A la tierra que ya sabían antes,

Aljabas proveídas de harpones,

Según suelen en trances semejantes;

Gallardos son en las disposiciones,

Miembros y proporciones de gigantes,

Todos con superbísimos plumajes,

Y llenos de veneno los carcajes.

Sobre las naturales vestiduras,

Digo las que les dió naturaleza,

Llevan diversidades de pinturas,

Muestra y ostentación de su braveza;

Los semblantes, meneos y posturas

Aumentan grandemente su fiereza,

Tanto, que nadie juzga del denuedo

Haber peligro que les cause miedo.

Y en hecho de verdad son combatientes

Prontísimos a guerra y advertidos,

Y no menos astutos que valientes

En saberse valer siendo rompidos,

En la mar y en la tierra diligentes,

Mañosos en ardides y atrevidos,

Y es su ferocidad en grado tanto,

Que en estas islas es común espanto.

 

Sacaron pues a tierra las robadas

Haciendas, por estancias y por villas,

Y mas treinta personas maniatadas,

En lágrimas bañadas las mejillas,

Viendo que para ser despedazadas

Las han de repartir a las cuadrillas,

Y desmembradas por las coyunturas

Les tienen de dar vivas sepulturas.

Estas en Guadianilla las prendieron,

Y eran las mas mujeres españolas,

Porque de los demás los que pudieron

Al bárbaro furor vuelven las colas;

Los rústicos maridos se huyeron

Y hijos y mujeres dejan solas:

Dos solos que hicieron resistencia

Perdieron luego la vital presencia.

Pues como Bahamon de Lugo via

Para rompellos cómoda zavana,

Animó su pequeña compañía,

Haciéndoles exhortación cristiana,

Nombrando por alférez aquel dia

Al alguacil Juan Díaz de Santana,

Sirviéndoles entonces de bandera

Una toalla blanca bien lijera.

De los dos estancieros que llevaba,

Uno, que el nombre dél no me fué dado,

De los setenta y nueve ya pasaba,

Decrépito, rugoso, corcobado,

A quien este Juan Díaz desdeñaba

Por parecer imposibilitado

Para se menear en la batalla:

Hacia burla dél, y el viejo calla.

Embrazan pues espadas y rodelas

Para salir al funeral estrago;

Hieren a los caballos las espuelas,

Diciendo: «¡Santiago! Santiago!

¡Y tú, Juan, negro horro, te recelas,

Pues para te huir haces amago!»

Mas el Francisco Bahamon de Lugo

Aquella cobardía le desplugo.

Y ansi, con una voz acelerada,

Por ver al negro tan acobardado,

Un muslo le pasó de una lanzada,

Haciéndolo volver mal de su grado;

El cual hizo después que le fue dada

Lo que pudo hacer un buen soldado;

Y al alférez Juan Díaz el caballo

Le huye sin que pueda subyectallo.

Por volver el caballo desbocado,

Cayóse de la mano la bandera;

Mas aquel vejezuelo corcobado

Tan presto la cobró, como si fuera

Un muchacho robusto y alentado

Y encima de su yegua bien lijera

Rompió por los caribes de tal suerte,

Que doce por su mano ven la muerte.

 

El Francisco de Lugo representa

Las fuerzas y destreza de su diestra,

Pues con los señalados tiene cuenta

Que dejan conocerse por la muestra,

Cuyos crueles pechos ensangrienta,

Poniendo brios a la gente nuestra,

Viendo los que derriba con el asta

Desta feroz y carnicera casta.

En uno y otro y otro va picando,

Metiendo poca lanza como diestro,

El asta sanguinosa recambiando

Veloz al diestro lado y al siniestro;

Llévale los tenores nuestro bando,

Siguiendo las pisadas del maestro,

Junto con él el caballero Tello,

Que en lo que hizo bien mostraba sello.

En las alborotadas confusiones

Ambos rompiendo van bárbaras pieles,

Como si por ventura dos leones

Dieran en junta grande de lebreles,

Que con aquellas fieras condiciones

También se muestran bravos y crueles,

Y cada cual en este que lo caza

Sus durísimos dientes embaraza.

No muestran pues los indios cobardía,

Ni fue su furia menos impaciente

Que las soberbias fuerzas y osadía

De los que les salieron de repente:

Suenan las voces, crece la porfía,

Los tiros vuelan con furor ardiente,

Inmóviles están como peñoles,

Hieren caballos, hieren españoles.

En grande multitud vuelan agudas

Flechas y dardos y tostadas lanzas;

Suenan los bosques y montañas mudas;

Los frios miedos y las confianzas

De las gentes vestidas y desnudas

Tienen por igual peso las balanzas,

Porque por mas espacio de una hora

Ninguna de las partes se mejora.

Mas el gobernador, con los enojos

De ver que punto no los debilita,

Y que los miseros que son despojos

Puestos en oración daban gran grita,

En un viejo gandul puso los ojos,

Que con horrenda voz indios incita:

Rompe los escuadrones y espolea

Hasta poder llegar donde desea.

El caribe feroz, que no se espanta

De ver delante si fuerzas ajenas,

Con pasos alentados se adelanta

Para probar las suyas con sus penas;

Pues el asta coló por la garganta,

Rompiendo luego las vitales venas,

Adonde con un grito no pequeño

Rindió los ojos al eterno sueño.

 

Asieron dél los que se hallan prestos

Para hacer con él largo desvío,

Porque viendo sus daños manifiestos,

Quedaron muy atrás del primer brío,

De tal suerte, que todos descompuestos

A nado se metieron por el río;

Los nuestros ocurrieron a las aguas,

A donde les tomaron dos piraguas.

Fuéronse los demás en las restantes,

Y apriesa bogan como bien espertos,

Mas no tan victoriosos como antes,

Desampararon los marinos puertos;

Y por los españoles triunfantes

Setenta y siete dellos fueron muertos:

Quedó herido mal Diego García,

Y murió dentro de tercero día.

Francisco Bahamon salió herido,

Por faltalle las armas defensoras,

El cual de muerte no fué poseído,

Mas su caballo dentro de dos horas;

Un negro su postrero día vido,

Sin dar la corrupción largas demoras;

Los demás, en quien fué veneno flaco,

Se curaron con zumo de tabaco.

Escaparon los míseros captivos

De bestias en costumbres tan horrendas,

Y a los que fueron muertos y a los vivos

Se les restituyeron sus haciendas;

Volvieron a su pueblo con motivos

De no permanecer en sus viviendas;

Mas entre tanto quel gobierno tuvo

Bahamon, nunca mas caribes hubo.

Y al viejo corcobado y estanciero,

Porque lo hizo valerosamente,

De la caja le dió cierto dinero

A sus necesidades competente,

Y túvolo por bien aquel guerrero

Rey Filipo, monarca prepotente,

Como quien a los hechos que son tales

Remunera con premios principales.

Y ansí viendo también la maña buena

Deste Francisco Bahamon de Lugo,

Por dalle mas favor y mejor cena,

A la sagrada Majestad le plugo

Que los de la ciudad de Cartagena

Estuviesen subyectos a su yugo;

Y allí dejó la vida transitoria,

Sin hacer cosa digna de memoria.

Pero creemos de sus condiciones

E ya reconocida valentía,

Que si tuviera tales ocasiones

Cuales tuvieron otros este día,

 

Mayormente con tantas municiones

Y copia de española compañía,

O feneciera con honrosa muerte,

O los nuestros hicieran mejor suerte.

Y para régimen de lo sagrado

Vino por este tiempo que publico

Fray Dionisio de Sanctis por prelado,

Peritísimo fraile dominico,

De sanctis et cum sanctis munerado

Por ser de santidades vaso rico;

Mas por venirnos en edad cansada

Brevemente dió fin a su jornada.

Muerto pues Bahamon de su dolencia,

Bien quisto de los hombres populares,

Aunque no sin pasión y competencia

De personas algunas singulares,

Se proveyó desta real audiencia

A la gobernación Fernán Süarez

De Villalobos, natural de Ocaña,

Y que supiera darse buena maña.

El de setenta y cuatro ya corría

Cuando llegó de la real audiencia

Un doctor dicho Francisco Mejía

Para tomar al Lugo residencia,

Contra quien se pidió cuando vivía;

Este por oidor iba del audiencia

De la isla Española, y a la ida

Franceses lo privaron de la vida.

En estas coyunturas y sazones

Que este doctor estaba recebido,

Pero Fernández tuvo provisiones

Que de su Majestad habían venido,

El cual fué con lustrosas invenciones

A la gobernación restitüido,

Por ser de condición noble y afable

Y a los vecinos todos agradable.

El cual en este tiempo que yo escribo

En la gobernación y cargo dura,

Mas no sin confusión, pues aunque vivo,

Parece desear la sepultura;

De los contentamientos es esquivo,

Por una miserable desventura

En la costa del norte sucedida,

Digna de ser notada y entendida.

Y para que se ponga sin ficciones,

Sino con sencillez aqueste llanto,

Busco las mas veraces relaciones

Que son sonoros cantos de mi canto;

Pues por haber agora paliaciones,

Cada cual dellas con diverso manto,

Habrá de hacer pausa mi escriptura

Hasta reconocer la verdad pura.

 

Elogio de Pero Fernández de Bustos, gobernador de la provincia de Cartagena, donde se cuenta el discurso de su vida hasta la venida del poderoso cosario que se dice el capitán Francisco Draque.

Ya cincuenta y dos años se contaban

Del parto de la Virgen consagrada,

Que sobre quince cientos numeraban

Los de nuestra católica manada,

Y Gongora y Galarza gobernaban

Aqueste nuevo reino de Granada,

Cuando Pedro Fernández, no si lloro,

A las regiones vino donde moro.

A causa del desastre no pequeño

Que padeció la flota do venia

Por general Bartolomé Carreño,

En las ondas del mar esperta guía;

Mas, salteada del eterno sueño,

Pereció generosa compañía

Y del Pero Fernández un hermano

Con las ardientes llamas de Vulcano.

El cual, siendo del rey favorecido,

Para principio de mas largo pago

A la gobernación fué proveído

De lo de Popayán y de Cartago;

Mas dentro de la mar fué consumido

En fuego que causó mortal estrago,

Con muchas mas personas conocidas

Que fueron perdidosas de las vidas.

Quisiera yo destas adversidades

Dar larga relación en el historia,

Mas con oir particularidades

Muy pocas me quedaron en memoria;

Pero por varias villas y ciudades

Aquesta desventura fué notoria,

Y ansi solo diremos la substancia,

Sin reparar en otra circunstancia.

Una noche de tiempo bonancible,

Navegando con lumbre de Diana,

Viva llama que dió temor horrible

Se tendió por la nao capitana,

Que remedialla no le fué posible

A la misera gente castellana,

Pues ver y peligrar junto le vino

En aquel sobresalto repentino.

A gran priesa la popa desocupa

Quien vido luego quel prois ardía,

Para se recoger en la chalupa

Que por la dicha popa se traía;

Algunos saltan que la mar los chupa,

Porque el bajel del fuego se desvía;

Dentro Pero Fernández y el Carreño

Con pocos mas que recogió su dueño.

 

A las voces y gritos del despierto

Recuerdan sobresaltos al dormido:

Uno huyendo va para ser muerto,

Otro se turba para ser perdido:

Aquí y allí y allá su fin ve cierto,

Ninguno de ninguno socorrido;

Crecen las confusiones y el estruendo,

Hierve la nave con rumor horrendo.

Muerte de todas partes los emplaza:

Ocúpalos obscura humareda;

El ánima del cuerpo desenlaza

El fuego de alquitrán al que se queda,

Con no menos rigor los amenaza

La bulliciosa mar, porque no pueda

Escapar ni valerse criatura

De tan acelerada desventura.

Allí son los singultos, allí llantos,

Allí con el calor frios temblores,

Allí son los mortíferos espantos,

Y el ocupar el humo los clamores,

Querer pedir socorros a los santos

Y ser impedimento los vapores;

Allí penas, angustias, turbaciones,

Que no pueden pintarse con razones.

En rodear la nao poderosa

Consumidoras llamas no son tardas:

Corren por la madera resinosa,

Obscurecen el aire nubes pardas,

Enciéndese la especie salitrosa,

Bufan los pasamuros y lombardas,

Vuelan aquí y allí cuerpos humanos,

Y huyen los navíos mas cercanos.

Vereis partidos cuerpos en pedazos

De mujeres, de niños, de varones;

Van por el aire piernas, manos, brazos,

Mas negros que los mas negros carbones;

Dales el agua y fuego sus abrazos,

Abrazos de crüeles perdiciones:

¡Oh caso triste, duro y espantable,

Y por ninguna via remediable!

Las mas duras entrañas enternecen

Los mal formados sones de gemidos;

Las furias de voraces llamas crecen,

Grandes y presurosos estallidos…

Tres veces ciento son los que perecen

Dellas y de las aguas confundidos,

Quitando ya delante de los ojos

Los miserabilísimos despojos.

 

Digo quel mar profundo no fue tardo

En sepultar la miserable gente,

Y al gobernador Bustos, que reguardo

Neptuno no le dió con su tridente,

Juntamente con él Alonso Pardo,

Perito licenciado, su teniente,

Hermano del factor real, Rodrigo

Pardo, que yo conozco por amigo.

El cual en este Nuevo Reino habita

Con eminencias de principal hombre,

Y su preciosa doña Margarita,

Cuyas obras esceden a su nombre;

Pues como la desdicha que se cita

Con su rigor a todos los asombre,

Cada cual procuró ser vigilante

Por no se ver en trance semejante.

Y cierto no conviene de quién quiera

Fiar fuego con tantos detrimentos

En morada de pez y de madera,

Y estopa y otros tales nutrimentos;

Porque si corre riesgo quien espera,

No menos los que hacen mudamientos;

Y en esto no mirar el que navega,

Inadvertencia es bestial y ciega.

Siguen pues su derrota por la carta,

Ningún rostro de lágrimas enjuto:

Llegaron al ancon de Santa Marta,

Donde de su pasión fué bien instruto,

Pues al Carreño vi con gente harta,

Cuyas cubiertas son paños de luto,

Y él mismo me contó lo que yo cuento,

Por ser antiguos en conocimiento.

Y entonces, si de componer historia

Tuviéramos algunas intenciones,

Encomendáramos a la memoria

Otras particulares aflicciones;

Mas no me juzgué digno desta gloria

Ni de dar fin a peregrinaciones,

Por las cuales y falta de talento

Nunca tal me pasó por pensamiento.

En Santa Marta pues do yo vivia

Salió Pero Fernández mal parado,

Que no solo perdió lo que tenia,

Mas en manos y piés fué lastimado,

Y entre la gente que lo conocia

Fué de ropas decentes reparado;

Después desto con el común avio

Al Nuevo Reino vino por el rio.

Visto su merecer y su presencia

Y la calamidad del mar insano,

Los señores de la real audiencia

Le dieron el gobierno del hermano;

En el uso del cual, con gran prudencia

Buen espacio de tiempo tuvo mano,

Y allí con matrimonio lo consuela

Su muy loada doña Micaela.

 

No le pudo la próspera ventura

Hacello digno de mejor empleo,

Pues si contentamiento se procura

En discreción, prudencia, buen aseo,

Virtud, bondad, honor y hermosura,

Satisfacción terná cualquier deseo,

Pues allí hallará de lo más bueno

Aquello que lo puede hacer lleno.

Después, según habemos declarado

En algunos lugares precedentes,

Por diversos oidores fué nombrado

En cargos a su punto concernientes,

Y con suerte de indios premiado

De las que son allí más eminentes;

Hizo dejación della, con ser buena,

Por ir a gobernar a Cartagena.

Allí por muchos años ha vivido

A contento de toda la frontera;

Mas si tiempo menor hubiera sido,

Es cosa clara que mejor le fuera,

A causa del negocio sucedido,

Dura calamidad de nuestra era,

Pues de reputaciones adquiridas

Han sido no pequeñas las caídas.

A lo menos en uso de guerrero,

Por nunca ser en él ejercitado,

En todo lo demás varon entero,

Afable, circunspecto, bien mirado,

Y ansi como cristiano caballero

Dió ser y dió valor a su cuidado:

Durante su gobierno y en sus dias

Muy adelante fueron obras pías.

Y ansi, con el hervor de celo santo

Y pia devoción, tomó la mano

En hacer hospital de cal y canto

Con otras diligencias de cristiano;

Hizo, ni mas ni menos, otro tanto

En obras del convento franciscano,

Pues las antiguas eran obras muertas

Por ser de paja todas las cubiertas.

Mas entonces faltábales posible,

Diestros y bien instructos oficiales,

Para labrar por orden convenible

Pulidos y adaptados materiales,

Hasta tanto que ya tiempo movible

Acrecentó limosnas y caudales,

Con que hicieron obras de momento

Donde les concedieron el asiento.

Y es por adonde van a Turüaco

Y de la otra parte de la puente,

Que muchos dias conocimos vaco,

Sin pensar ser alli tan eminente

Casa, por parecer terreno flaco;

Mas agora lo vemos diferente,

Pues están ya poblados sus confines

De fructíferos huertos y jardines.

 

Al contador Durán aquel asiento

Le fué con otras tierras proveido:

Beatriz de Cogollos al convento

Lo dió, porque Durán fué su marido:

Señora de cabal merecimiento;

Y la misma le dió por apellido

Nuestra Señora de Lorito pía,

Y ansi le llaman el presente día.

Pero diversas son mis opiniones,

Y no creo será juicio vano

Si digo hacer estas donaciones

El deán don Juan Pérez Materano,

Por tener él aquellas posesiones

Mucho tiempo debajo de su mano;

Y en ser lugar de la ciudad escluso

Materano Getsemaní le puso.

Y el convento dos veces fué fundado,

En un sitio no permanecedero,

Y aquel podría ser, siendo mirado,

La doña Beatriz dallo primero:

Fray Pedro de la Iglesia fué prelado

Primero, con un solo compañero;

Y por franceses que después vinieron

Lo despoblaron y a Tolú se fueron.

Mucho tiempo después desta rüina,

Año de tres quinientos y sesenta,

El padre fray Francisco de Molina

Lo levantó donde se representa;

Y allí por los de ley adulterina

También ha padecido gran tormenta,

Y no menos los frailes agustinos

En aquella ciudad nuevos vecinos.

Pues ochenta del santo Nacimiento

Corrian de la luz que nos repara,

Cuando fundó la casa y el convento

El padre fray Hierónimo Guevara;

Y con el necesario cumplimiento

Este gobernador les hizo cara,

De manera que su mando durante

Aquella ciudad fué muy adelante.

Vinieron en su tiempo dos galeras

Y un bajel que llamaban Saetilla,

Que con sesenta tiros, piezas fieras,

Se armaba para náutica rencilla,

Hechas para guardar estas fronteras

Y contrastar pirática cuadrilla:

Corrian ya setenta y ocho años

De la reparación de nuestros daños.

Soldados y pertrechos tan a pique

Cuanto requieren ocasiones tales;

Dellas por general don Pedro Vique;

Y a Castañedo y a Martin González

También manda la fama que publique

Que fueron capitanes principales:

Serian setecientos numerados

De chusma, marineros y soldados.

 

Destas galeras fué la capitana

Una que se decia Santiago;

La otra la ocasión que hizo vana

Un infelice dia y aciago,

Al tiempo que la gente luterana

En Cartagena hizo gran estrago;

Y para que yo della salir pueda,

Este suceso solamente queda.

Y porque de raíz el caso cuente

Con los negocios que le son anejos,

Paréceme ser cosa conviniente

Comenzar la carrera de mas lejos,

Porque los que lo vieron y el oyente

No queden desabridos ni perplejos,

Y si de verdad algo me divierto,

Digo lo que me venden por muy cierto.

Al fin mi flaco marte se convierte

A diferentes guerras y porfias,

Para tratar la ventajosa suerte

Del diestro capitán Francisco Díaz,

De quien quisiera mas contar la muerte

Que recitar sus grandes valentias,

Y esta terrible plaga y este llanto

Se quiere comenzar con nuevo canto.

 

Discurso del capitán Francisco Draque, de nación inglés, con que se da fin a la historia de Cartagena, compuesta y ordenada por Joan de Castellanos, clérigo beneficiado de Tunja, el cual discurso comienza desde el segundo canto, en cuyo tiempo este cosario vino a la dicha ciudad el año de 1586.

Es su nombre don Pedro de Ludueña,

El cual con ordenada diligencia

Rompiendo va la montuosa breña

De aquellos a quien toma residencia;

Los cargos que salieron en reseña

Al fallo se verán de la sentencia:

Ventura le dé Dios y favor largo

Para que salga bien del nuevo cargo.

Y porque no sé más de Cartagena,

Della huye mi pluma ya cansada

De daros hasta hoy relación llena

Desde el primero por quien fué fundada;

Que cierto para tan angosta vena

Ha sido trabajosa la jornada:

Otros historiadores mas enteros

Dirán después sucesos venideros.

Al fin con esto ceso, mas no cesa

La peregrinación de mis porfías,

Porque para cumplir con mi promesa

Me cumple caminar por otras vías,

Que deseo correr a toda priesa,

Viendo cuán abreviados son los días;

Pues en tal caso la más clara lumbre

Es esperanza con incertidumbre.

LAUS DEO.

 

A la muerte de don Sebastián de Benalcázar, adelantado de la gobernación de Popayán, donde se cuenta el descubrimiento de aquellas provincias, y memorables cosas en ellas acontecidas.

Dejemos de presente la marina

Y la gobernación de Cartagena,

Pues la de Popayán, con quien confina,

Según atrás tocó gracil avena,

Quiero tomar agora por vecina

Para dar della relación más llena,

Contando sus auríferos veneros

Y los célebres hechos de guerreros.

Dadme la mano vos, escelsa Musa,

Templo vivo de Dios enriquecido,

Porque la mía no quede confusa

Pintando lo que tengo prometido;

Y la luz de verdad que está reclusa

Rompa la nube ciega del olvido,

A la posteridad haciendo claras

Hazañas tan heroicas y tan raras.

A la parte del sur de Cartagena,

Cauca, gran río, tiene nacimiento,

El cual y el grande de la Magdalena

Nacen del rumbo deste mismo viento

Distantes hasta cerca del arena

Del mar del Norte, donde con aumento

Juntan sus aguas, y ambos hechos uno

Ensoberbecen ondas de Neptuno.

Estos dos dichos ríos inundantes

Los campos y montañas adyacentes,

Menos de cuatro mil pasos distantes

Tienen sus nacimientos y sus fuentes

En sierras de Hibague, do declinantes

Al mar del Norte tienen las vertientes,

Y con otros menores crecen tanto,

Que su grandeza causa gran espanto.

Aunque parejas cumbres los despiden

Corren por diferentes señoríos,

Pues antes que se junten los dividen

Sierras que llaman dentro los dos ríos,

Que cuasi paralelamente miden

Sus cursos, sus distancias y desvíos;

Mas por do Cauca guía sus corrientes

Hay vegas grandes, valles escelentes.

Y en aquellas llanadas por do viene

Fundó gobernación cristiana gente,

La cual de Popayán renombre tiene

Y con él permanece de presente;

Son pues los aledaños que contiene

Acia la mar del Sur, que es al poniente,

Escelsas sierras en supremo grado,

Que por aquella parte hacen lado.

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