Poemas de José de Espronceda

Poemas de José de Espronceda

Poemas de José de Espronceda (1808–1842), máximo exponente del Romanticismo pleno en España, encarnando tanto en su obra como en su vida el espíritu rebelde, apasionado y liberal de su época. Influenciado por Lord Byron, su poesía se caracteriza por una exaltación del «yo» y una defensa ferviente de la libertad individual frente a las normas sociales.

Sus obras más emblemáticas incluyen El estudiante de Salamanca, un poema narrativo que explora el mito de Don Juan con tintes macabros, y El diablo mundo, donde reflexiona sobre la inocencia y el mal. Sin embargo, su legado brilla en sus famosas canciones, como la «Canción del pirata», donde idealiza a personajes marginales que viven al margen de la ley. Con un estilo dinámico y sonoro, Espronceda transformó el pesimismo existencial en una vibrante expresión de protesta política y desengaño amoroso.

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A ***

Marchitas ya las juveniles flores,

Nublado el sol de la esperanza mía,

Hora tras hora cuento y mi agonía

Crecen y mi ansiedad y mis dolores.

 

Sobre terso cristal ricos colores,

Pinta alegre tal vez mi fantasía,

Cuando la triste realidad sombría

Marcha el cristal y empaña sus fulgores.

 

Los ojos vuelvo en incesante anhelo,

Y gira entorno indiferente el mundo,

Y entorno gira indiferente el cielo.

 

A ti las quejas de mi mal profundo,

Hermosa sin ventura, yo te envío:

Mis versos son tu corazón y el mío.

 

A Carolina Coronado después de leída su composición “A la palma”

Dicen  que tienes trece primaveras

y eres portento de hermosura ya,

y que en tus grandes ojos reverberas

la lumbre de los astros inmortal.

Juro a tus plantas que insensato he sido

de placer en placer corriendo en pos,

cuando en el mismo valle hemos nacido,

niña gentil, para adorarnos, dos.

Torrentes brota de armonía el alma;

huyamos a los bosques a cantar;

denos la sombra tu inocente palma,

y reposo tu virgen soledad.

Mas, ¡ay!, perdona, virginal capullo,

cierra tu cáliz a mi loco amor,

que nacimos de un aura al mismo arrullo,

para ser, yo el insecto; tú, la flor.

 

A Jarifa, en una orgía

Trae, Jarifa, trae tu mano,

ven y pósala en mi frente,

que en un mar de lava hirviente

mi cabeza siento arder.

Ven y junta con mis labios

esos labios que me irritan,

donde aún los besos palpitan

de tus amantes de ayer.

 

¿Qué la virtud, la pureza?

¿qué la verdad y el cariño?

Mentida ilusión de niño,

que halagó mi juventud.

Dadme vino: en él se ahoguen

mis recuerdos; aturdida

sin sentir huya la vida;

paz me traiga el ataúd.

 

El sudor mi rostro quema,

y en ardiente sangre rojos

brillan inciertos mis ojos,

se me salta el corazón.

Huye, mujer; te detesto,

siento tu mano en la mía,

y tu mano siento fría,

y tus besos hielos son.

 

¡Siempre igual! Necias mujeres,

inventad otras caricias,

otro mundo, otras delicias,

o maldito sea el placer.

Vuestros besos son mentira,

mentira vuestra ternura:

es fealdad vuestra hermosura,

vuestro gozo es padecer.

Yo quiero amor, quiero gloria,

quiero un deleite divino,

como en mi mente imagino,

como en el mundo no hay;

y es la luz de aquel lucero

que engañó mi fantasía,

fuego fatuo, falso guía

que errante y ciego me tray.

 

¿Por qué murió para el placer mi alma,

y vive aún para el dolor impío?

¿Por qué si yazgo en indolente calma,

siento, en lugar de paz, árido hastío?

 

¿Por qué este inquieto, abrasador deseo?

¿Por qué este sentimiento extraño y vago,

que yo mismo conozco un devaneo,

y busco aún su seductor halago?

 

¿Por qué aún fingirme amores y placeres

que cierto estoy de que serán mentira?

¿Por qué en pos de fantásticas mujeres

necio tal vez mi corazón delira,

 

si luego, en vez de prados y de flores,

halla desiertos áridos y abrojos,

y en sus sandios o lúbricos amores

fastidio sólo encontrará y enojos?

 

Yo me arrojé cual rápido cometa,

en alas de mi ardiente fantasía:

doquier mi arrebatada mente inquieta,

dichas y triunfos encontrar creía.

 

Yo me lancé con atrevido vuelo

fuera del mundo en la región etérea,

y hallé la duda, y el radiante cielo

vi convertirse en ilusión aérea.

 

Luego en la tierra la virtud, la gloria,

busqué con ansia y delirante amor,

y hediondo polvo y deleznable escoria

mi fatigado espíritu encontró.

 

Mujeres vi de virginal limpieza

entre albas nubes de celeste lumbre;

yo las toqué, y en humo su pureza

trocarse vi, y en lodo y podredumbre.

 

Y encontré mi ilusión desvanecida

y eterno e insaciable mi deseo:

palpé la realidad y odié la vida;

sólo en la paz de los sepulcros creo.

 

Y busco aún y busco codicioso,

y aún deleites el alma finge y quiere:

pregunto y un acento pavoroso

«¡Ay! me responde, desespera y muere.

 

Muere, infeliz: la vida es un tormento,

un engaño el placer; no hay en la tierra

paz para ti, ni dicha, ni contento,

sino eterna ambición y eterna guerra.

 

Que así castiga Dios el alma osada,

que aspira loca, en su delirio insano,

de la verdad para el mortal velada

a descubrir el insondable arcano.»

 

¡Oh! cesa; no, yo no quiero

ver más, ni saber ya nada:

harta mi alma y postrada,

sólo anhela descansar.

En mí muera el sentimiento,

pues ya murió mi ventura,

ni el placer ni la tristura

vuelvan mi pecho a turbar.

 

Pasad, pasad en óptica ilusoria

y otras jóvenes almas engañad:

nacaradas imágenes de gloria,

coronas de oro y de laurel, pasad.

 

Pasad, pasad mujeres voluptuosas,

con danza y algazara en confusión;

pasad como visiones vaporosas

sin conmover ni herir mi corazón.

 

Y aturdan mi revuelta fantasía

los brindis y el estruendo del festín,

y huya la noche y me sorprenda el día

en un letargo estúpido y sin fin.

 

Ven, Jarifa; tú has sufrido

como yo; tú nunca lloras;

mas ¡ay triste! que no ignoras

cuán amarga es mi aflicción.

Una misma es nuestra pena,

en vano el llanto contienes…

Tú también, como yo, tienes

desgarrado el corazón.

 

A la muerte de don Joaquín de Pablo (Chapalangarra)

Desde la elevada cumbre

Do el gran Pirene levanta

Término y muro soberbio

Que cerca y defiende a España,

Un joven proscrito de ella

Tristes lágrimas derrama,

Y acaso tiende la vista

Por ver desde allí su patria,

Desde allí do a su despecho,

Llorando deja las armas

Con que del Sena al Pirene

Se lanzó por libertarla;

Y al ver la turba de esclavos

Que sus hierros afianzan,

De infame triunfo orgullosos,

Alejarse en algazara,

Solo entonces, contemplando

El suelo que ellos pisaran,

Y que aun torrentes de sangre

Recién derramada bañan,

En su rápida carrera

Volcando cuerpos y armas,

Se sienta en la alzada cima,

A un lado la rota espada,

Y al rumor de los torrentes

Y del huracán que brama,

Negra cítara pulsando,

Endechas lúgubres canta.

 

«Llorad, vírgenes tristes de Iberia,

Nuestros héroes en fúnebre lloro;

Dad al viento las trenzas de oro

Y los cantos de muerte entonad.

Y vosotros, ¡oh nobles guerreros!

De la patria sostén y esperanza,

Abrasados en sed de venganza,

Odio eterno al tirano jurad.»

 

Coro de vírgenes

«Danos, noche, tu lóbrego manto;

Nuestras frentes enlute el ciprés.

El robusto cayó: su sepulcro

Del inicuo mancharon los pies.

 

Enrojece ¡oh Pirene! tus cumbres

Pura sangre del libre animoso,

Y el tropel de los siervos odioso

En su lago su sed abrevó.

Cayó en ellos la gloria de España,

Cayó en ellas De Pablo valiente,

Y la patria, inclinada la frente,

Su gemido al del héroe juntó.

 

Sus cadenas la patria arrastrando,

Y su manto con sangre teñido,

Tardamente y con hondo gemido

Va a la tumba del fuerte varón.

Y el ajado laurel de su frente

Al sepulcro circunda llorosa,

Mientras ruge en la fúnebre losa,

Aherrojado a sus pies, el león.»

 

Coro de mancebos

«Traición solo ha vencido al valiente;

Sénos astro de triunfo y de honor,

Tú, que siempre a los déspotas fuiste

Como a negras tormentas el sol.»

 

A la muerte de Torrijos y sus compañeros

Helos allí: junto a la mar bravía

Cadáveres están ¡ay! los que fueron

Honra del libre, y con su muerte dieron

Almas al cielo, a España nombradía.

 

Ansia de patria y libertad henchía

Sus nobles pechos que jamás temieron,

Y las costas de Málaga los vieron

Cual sol de gloria en desdichado día.

 

Españoles, llorad; mas vuestro llanto

Lágrimas de dolor y sangre sean,

Sangre que ahogue a siervos y opresores,

 

Y los viles tiranos con espanto,

Siempre delante amenazando vean

Alzarse sus espectros vengadores.

 

A la noche

Salve, oh tú, noche serena,

Que al mundo velas augusta,

Y los pesares de un triste

Con tu oscuridad endulzas.

 

El arroyuelo a lo lejos

Más acallado murmura,

Y entre las ramas el aura

Eco armonioso susurra.

 

Se cubre el monte de sombras

Que las praderas anublan,

Y las estrellas apenas

Con trémula luz alumbran.

 

Melancólico rüido

Del mar las olas murmuran,

Y fatuos, rápidos fuegos

Entre sus aguas fluctúan.

 

El majestüoso río

Sus claras ondas enluta,

Y los colores del campo

Se ven en sombra confusa.

 

Al aprisco sus ovejas

Lleva el pastor con presura,

Y el labrador impaciente

Los pesados bueyes punza.

 

En sus hogares le esperan

Su esposa y prole robusta,

Parca cena, preparada

Sin sobresalto ni angustia.

 

Todos süave reposo

En tu calma, ¡oh noche!, buscan,

Y aun las lágrimas tus sueños

Al desventurado enjugan.

¡Oh qué silencio! ¡Oh qué grata

Oscuridad y tristura!

¡Cómo el alma contemplaros

En sí recogida gusta!

 

Del mustio agorero búho

El ronco graznar se escucha,

Que el magnífico reposo

Interrumpe de las tumbas.

 

Allá en la elevada torre

Lánguida lámpara alumbra,

Y en derredor negras sombras,

Agitándose, circulan.

 

Mas ya el pértigo de plata

Muestra naciente la luna,

Y las cimas del otero

De cándida luz inunda.

 

Con majestad se adelanta

Y las estrellas ofusca,

Y el azul del alto cielo

Reverbera en lumbre pura.

 

Deslízase manso el río

Y su luz trémula ondula

En sus aguas retratada,

Que, terso espejo, relumbran.

 

Al blando batir del remo

Dulces cantares se escuchan

Del pescador, y su barco

Al plácido rayo cruza.

 

El ruiseñor a su esposa

Con vario cántico arrulla,

Y en la calma de los bosques

Dice él solo sus ternuras.

 

Tal vez de algún caserío

Se ve subir en confusas

Ondas el humo, y por ellas

Entreclarear la luna.

 

Por el espeso ramaje

Penetrar sus rayos dudan,

Y las hojas que los quiebran,

Hacen que tímidos luzcan.

 

Ora la brisa süave

Entre las flores susurra,

Y de sus gratos aromas

El ancho campo perfuma.

 

Ora acaso en la montaña

Eco sonoro modula

Algún lánguido sonido,

Que otro a imitar se apresura.

 

Silencio, plácida calma

A algún murmullo se juntan

Tal vez, haciendo más grata

La faz de la noche augusta.

 

¡Oh! salve, amiga del triste,

Con blando bálsamo endulza

Los pesares de mi pecho,

Que en ti su consuelo buscan.

 

A la patria

¡Cuán solitaria la nación que un día

Poblara inmensa gente,

La nación cuyo imperio se extendía

Del Ocaso al Oriente!

¡Lágrimas viertes, infeliz ahora,

Soberana del mundo,

Y nadie de tu faz encantadora

Borra el dolor profundo!

Oscuridad y luto tenebroso

En ti vertió la muerte,

Y en su furor el déspota sañoso

Se complació en tu suerte.

No perdonó lo hermoso, patria mía;

Cayó el joven guerrero,

Cayó el anciano, y la segur impía

Manejó placentero.

So la rabia cayó la virgen pura

Del déspota sombrío,

Como eclipsa la rosa su hermosura

En el sol del estío.

¡Oh vosotros, del mundo habitadores,

Contemplad mi tormento!

¿Igualarse podrán ¡ah! qué dolores

Al dolor que yo siento?

Yo desterrado de la patria mía,

De una patria que adoro,

Perdida miro su primer valía

Y sus desgracias lloro.

Hijos espúreos y el fatal tirano

Sus hijos han perdido,

Y en campo de dolor su fértil llano

Tienen ¡ay! convertido.

Tendió sus brazos la agitada España,

Sus hijos implorando;

Sus hijos fueron, mas traidora saña

Desbarató su bando.

¿Qué se hicieron tus muros torreados?

¡Oh mi patria querida!

¿Dónde fueron tus héroes esforzados,

Tu espada no vencida?

¡Ay! de tus hijos en la humilde frente

Está el rubor grabado;

A sus ojos caídos tristemente

El llanto está agolpado.

Un tiempo España fue: cien héroes fueron

En tiempos de ventura,

Y las naciones tímidas la vieron

Vistosa en hermosura.

Cual cedro que en el Líbano se ostenta,

Su frente se elevaba;

Como el trueno a la virgen amedrenta,

Su voz las aterraba.

Mas ora, como piedra en el desierto,

Yaces desamparada,

Y el justo desgraciado vaga incierto

Allá en tierra apartada.

Cubren su antigua pompa y poderío

Pobre yerba y arena,

Y el enemigo que tembló a su brío

Burla y goza en su pena.

Vírgenes, destrenzad la cabellera

Y dadla al vago viento;

Acompañad con arpa lastimera

Mi lúgubre lamento.

Desterrados, ¡oh Dios!, de nuestros lares,

Lloremos duelo tanto.

¿Quién calmará, ¡oh España!, tus pesares?

¿Quién secará tu llanto?

 

A la patria: Elegía

¡Cuán solitaria la nación que un día

poblara inmensa gente!

¡La nación cuyo imperio se extendía

del Ocaso al Oriente!

Lágrimas viertes, infeliz ahora,

soberana del mundo,

¡y nadie de tu faz encantadora

borra el dolor profundo!

Oscuridad y luto tenebroso

en ti vertió la muerte,

y en su furor el déspota sañoso

se complació en tu suerte.

No perdonó lo hermoso, patria mía;

cayó el joven guerrero,

cayó el anciano, y la segur impía

manejó placentero.

So la rabia cayó la virgen pura

del déspota sombrío,

como eclipsa la rosa su hermosura

en el sol del estío.

¡Oh vosotros, del mundo, habitadores!,

contemplad mi tormento:

¿Igualarse podrán ¡ah!, qué dolores

al dolor que yo siento?

Yo desterrado de la patria mía,

de una patria que adoro,

perdida miro su primer valía,

y sus desgracias lloro.

Hijos espurios y el fatal tirano

sus hijos han perdido,

y en campo de dolor su fértil llano

tienen ¡ay!, convertido.

Tendió sus brazos la agitada España,

sus hijos implorando;

sus hijos fueron, mas traidora saña

desbarató su bando.

¿Qué se hicieron tus muros torreados?

¡Oh mi patria querida!

¿Dónde fueron tus héroes esforzados,

tu espada no vencida?

¡Ay!, de tus hijos en la humilde frente

está el rubor grabado:

a sus ojos caídos tristemente

el llanto está agolpado.

Un tiempo España fue: cien héroes fueron

en tiempos de ventura,

y las naciones tímidas la vieron

vistosa en hermosura.

Cual cedro que en el Líbano se ostenta,

su frente se elevaba;

como el trueno a la virgen amedrenta,

su voz las aterraba.

Mas ora, como piedra en el desierto,

yaces desamparada,

y el justo desgraciado vaga incierto

allá en tierra apartada.

Cubren su antigua pompa y poderío

pobre yerba y arena,

y el enemigo que tembló a su brío

burla y goza en su pena.

Vírgenes, destrenzad la cabellera

y dadla al vago viento:

acompañad con arpa lastimera

mi lúgubre lamento.

Desterrados ¡oh Dios!, de nuestros lares,

lloremos duelo tanto:

¿quién calmará ¡oh España!, tus pesares?,

¿quién secará tu llanto?

 

A… madrigal

Son tus labios un rubí

partido por gala en dos,

arrancado para ti

de la corona de un dios.

 

A un ruiseñor

Canta en la noche, canta en la mañana,

ruiseñor, en el bosque tus amores;

canta, que llorará cuando tú llores

el alba perlas en la flor temprana.

 

Teñido el cielo de amaranta y grana,

la brisa de la tarde entre las flores

suspirará también a los rigores

de tu amor triste y tu esperanza vana.

 

Y en la noche serena, al puro rayo

de la callada luna, tus cantares

los ecos sonarán del bosque umbrío.

 

Y vertiendo dulcísimo desmayo,

cual bálsamo süave en mis pesares,

endulzará tu acento el labio mío.

 

A una dama burlada

Dueña de rubios cabellos,

Tan altiva,

Que creéis que basta el vellos

Para que un amante viva

Preso en ellos

El tiempo que vos queréis;

Si tanto ingenio tenéis

Que entretenéis tres galanes,

¿Cómo salieron mal hora,

Mi señora,

Tus afanes?

 

Pusiste gesto amoroso

Al primero;

Al segundo el rostro hermoso

Le volviste placentero,

 

Y con doloso

Sortilegio en tu prisión

Entró un tercer corazón;

Viste a tus pies tres galanes,

Y diste, al verlos rendidos,

Por cumplidos

Tus afanes.

 

¡De cuántas mañas usabas

Diligente!

Ya tu voz al viento dabas,

Ya mirabas dulcemente,

O ya hablabas

De amor, o dabas enojos;

Y en tus engañosos ojos

A un tiempo los tres galanes,

Sin saberlo tú, leían

Que mentían

Tus afanes.

 

Ellos de ti se burlaban;

Tú reías;

Ellos a ti te engañaban,

Y tú, mintiendo, creías

Que te amaban:

Decid, ¿quién aquí engañó?

 

¿Quién aquí ganó o perdió?

Sus deseos tus galanes

Al fin miraron cumplidos,

Tú, fallidos,

Tus afanes.

 

A una estrella

¿Quién eres tú, lucero misterioso,

Tímido y triste entre luceros mil,

Que cuando miro tu esplendor dudoso,

Turbado siento el corazón latir?

¿Es acaso tu luz recuerdo triste

De otro antiguo perdido resplandor,

Cuando engañado como yo creíste

Eterna tu ventura que pasó?

Tal vez con sueños de oro la esperanza

Acarició su pura juventud,

Y gloria y paz y amor y venturanza

Vertió en el mundo tu primera luz.

Y al primer triunfo del amor primero

Que embalsamó en aromas el Edén,

Luciste acaso, mágico lucero,

Protector del misterio y del placer.

Y era tu luz voluptüosa y tierna

La que entre flores resbalando allí,

Inspiraba en el alma un ansia eterna

De amor perpetuo y de placer sin fin.

Mas ¡ay! que luego el bien y la alegría

En llanto y desventura se trocó:

Tu esplendor empañó niebla sombría;

Sólo un recuerdo al corazón quedó.

Y ahora melancólico me miras

Y tu rayo es un dardo del pesar;

Si amor aún al corazón inspiras,

Es un amor sin esperanza ya.

 

¡Ay, lucero! yo te vi

Resplandecer en mi frente,

Cuando palpitar sentí

Mi corazón dulcemente

Con amante frenesí.

 

Tu faz entonces lucía

Con más brillante fulgor,

Mientras yo me prometía

Que jamás se apagaría

Para mí tu resplandor.

 

¿Quién aquel brillo radiante

¡Oh lucero! te robó,

Que oscureció tu semblante,

Y a mi pecho arrebató

La dicha en aquel instante?

 

¿O acaso tú siempre así

Brillaste y en mi ilusión

Yo aquel esplendor te di,

Que amaba mi corazón,

Lucero, cuando te vi?

 

Una mujer adoré

Que imaginara yo un cielo;

Mi gloria en ella cifré,

Y de un luminoso velo

En mi ilusión la adorné.

 

Y tú fuiste la aureola

Que iluminaba su frente,

Cual los aires arrebola

El fúlgido sol naciente,

Y el puro azul tornasola.

 

Y, astro de dicha y amores,

Se deslizaba mi vida

A la luz de tus fulgores,

Por fácil senda florida,

Bajo un cielo de colores.

 

Tantas dulces alegrías,

Tantos mágicos ensueños,

¿Dónde fueron?

Tan alegres fantasías,

Deleites tan halagüeños,

¿Qué se hicieron?

 

Huyeron con mi ilusión

Para nunca más tornar,

Y pasaron,

Y sólo en mi corazón

Recuerdos, llanto y pesar

¡Ay! dejaron.

 

¡Ah lucero! tú perdiste

También tu puro fulgor,

Y lloraste;

También como yo sufriste,

Y el crudo arpón del dolor

¡Ay! probaste.

 

¡Infeliz! ¿por qué volví

De mis sueños de ventura

Para hallar

Luto y tinieblas en ti,

Y lágrimas de amargura

Que enjugar?

 

Pero tú conmigo lloras,

Que eres el ángel caído

Del dolor,

Y piedad llorando imploras,

Y recuerdas tu perdido

Resplandor.

 

Lucero, si mi quebranto

Oyes, y sufres cual yo,

¡Ay! juntemos

Nuestras quejas, nuestro llanto:

Pues nuestra gloria pasó,

Juntos lloremos.

 

Mas hoy miro tu luz casi apagada,

Y un vago padecer mi pecho siente;

Que está mi alma de sufrir cansada,

Seca ya de las lágrimas la fuente.

 

¡Quién sabe!… tú recordarás acaso

Otra vez tu pasado resplandor,

A ti tal vez te anunciará tu ocaso

Un Oriente más puro que el del sol.

 

A mí tan sólo penas y amargura

Me quedan en el valle de la vida;

Como un sueño pasó mi infancia pura,

Se agosta ya mi juventud florida.

 

Astro sé tú de candidez y amores

Para el que luz te preste en su ilusión,

Y ornado el porvenir de blancas flores,

Sienta latir de amor su corazón.

 

Yo indiferente sigo mi camino

A merced de los vientos y la mar,

Y entregado en los brazos del destino,

Ni me importa salvarme o zozobrar.

 

A XXX, dedicándole estas poesías

Marchitas ya las juveniles flores,

nublado el sol de la esperanza mía,

hora tras hora cuento, y mi agonía

crecen, y mi ansiedad y mis dolores.

 

Sobre terso cristal, ricos colores

pinta alegre, tal vez, mi fantasía,

cuando la dura realidad sombría

mancha el cristal y empaña sus fulgores.

 

Los ojos vuelvo en incesante anhelo,

y gira en torno indiferente el mundo

y en torno gira indiferente el cielo.

 

A ti las quejas de mi mal profundo,

hermosa sin ventura, yo te envío.

Mis versos son tu corazón y el mío.

 

Al sol

Himno

Para y óyeme ¡oh Sol! yo te saludo

Y estático ante ti me atrevo a hablarte;

Ardiente como tú mi fantasía,

Arrebatada en ansia de admirarte,

Intrépidas a ti sus alas guía.

¡Ojalá que mi acento poderoso,

Sublime resonando,

Del trueno pavoroso

La temerosa voz sobrepujando,

¡Oh sol!, a ti llegara

Y en medio de tu curso te parara!

¡Ah! si la llama que mi mente alumbra

Diera también su ardor a mis sentidos,

Al rayo vencedor que los deslumbra,

Los anhelantes ojos alzaría,

Y en tu semblante fúlgido atrevidos

Mirando sin cesar los fijaría.

¡Cuánto siempre te amé, sol refulgente!

¡Con qué sencillo anhelo,

Siendo niño inocente,

Seguirte ansiaba en el tendido cielo,

Y extático te vía

Y en contemplar tu luz me embebecía!

De los dorados límites de Oriente,

Que ciñe el rico en perlas Oceano,

Al término asombroso de Occidente

Las orlas de tu ardiente vestidura

Tiendes en pompa, augusto soberano,

Y el mundo bañas en tu lumbre pura.

Vívido lanzas de tu frente el día,

Y, alma y vida del mundo,

Tu disco en paz majestuoso envía

Plácido ardor fecundo,

Y te elevas triunfante,

Corona de los orbes centellante.

Tranquilo subes del cenit dorado

Al regio trono en la mitad del cielo,

De vivas llamas y esplendor ornado,

Y reprimes tu vuelo.

Y desde allí tu fúlgida carrera

Rápido precipitas,

Y tu rica encendida cabellera

En el seno del mar trémula agitas,

Y tu esplendor se oculta,

Y el ya pasado día

Con otros mil la eternidad sepulta.

¡Cuántos siglos sin fin, cuántos has visto

En su abismo insondable desplomarse!

¡Cuánta pompa, grandeza y poderío

De imperios populosos disiparse!

¿Qué fueron ante ti? Del bosque umbrío

Secas y leves hojas desprendidas,

Que en círculo se mecen,

Y al furor de Aquilón desaparecen.

Libre tú de la cólera divina,

Viste anegarse el universo entero,

Cuando las aguas por Jehová lanzadas,

Impelidas del brazo justiciero,

Y a mares por los vientos despeñadas,

Bramó la tempestad; retumbó en torno

El ronco trueno y con temblor crujieron

Los ejes de diamante de la tierra;

Montes y campos fueron

Alborotado mar, tumba del hombre.

Se estremeció el profundo;

Y entonces tú, como Señor del mundo,

Sobre la tempestad tu trono alzabas,

Vestido de tinieblas,

Y tu faz engreías,

Y a otros mundos en paz resplandecías.

Y otra vez nuevos siglos

Viste llegar, huir, desvanecerse

En remolino eterno, cual las olas

Llegan, se agolpan y huyen de Oceano,

Y tornan otra vez a sucederse;

Mientra inmutable tú, solo y radiante

¡Oh sol! siempre te elevas,

Y edades mil y mil huellas triunfante.

¿Y habrás de ser eterno, inextinguible,

Sin que nunca jamás tu inmensa hoguera

Pierda su resplandor, siempre incansable,

Audaz siguiendo tu inmortal carrera,

Hundirse las edades contemplando,

Y solo, eterno, perenal, sublime,

Monarca poderoso dominando?

No, que también la muerte,

Si de lejos te sigue,

No menos anhelante te persigue.

¿Quién sabe si tal vez pobre destello

Eres tú de otro sol que otro universo

Mayor que el nuestro un día

Con doble resplandor esclarecía!!!

Goza tu juventud y tu hermosura

¡Oh sol!, que cuando el pavoroso día

Llegue que el orbe estalle y se desprenda

De la potente mano

Del Padre Soberano,

Y allá a la eternidad también descienda,

Deshecho en mil pedazos, destrozado

Y en piélagos de fuego

Envuelto para siempre, y sepultado

De cien tormentas al horrible estruendo,

En tinieblas sin fin tu llama pura

Entonces morirá. Noche sombría

Cubrirá eterna la celeste cumbre;

Ni aun quedará reliquia de tu lumbre!!!

 

Arrepentimiento

A mi madre

Triste es la vida cuando piensa el alma,

triste es vivir si siente el corazón;

nunca se goza de ventura y calma

si se piensa del mundo en la ficción.

 

No hay que buscar del mundo los placeres,

pues que ninguno existe en realidad;

no hay que buscar amigos ni mujeres,

que es mentira el placer y la amistad.

 

Es inútil que busque el desgraciado

quien quiera su dolor con él partir;

sordo el mundo, le deja abandonado

sin aliviar su mísero vivir.

 

La virtud y el honor, sólo de nombre

existen en el mundo engañador;

un juego la virtud es para el hombre;

un fantasma, no más, es el honor.

 

No hay que buscar palabras de ternura,

que le presten al alma algún solaz;

no hay que pensar que dure la ventura,

que en el mundo el placer siempre es fugaz.

 

Esa falsa deidad que llaman gloria

es del hombre tan sólo una ilusión,

que siempre está patente en su memoria

halagando, traidora, el corazón.

 

Todo es mentira lo que el mundo encierra,

que el niño no conoce, por su bien;

entonces la niñez sus ojos cierra,

y un tiempo a mí me los cerró también

 

En aquel tiempo el maternal cariño

como un Edén el mundo me pintó;

yo lo miré como lo mira un niño,

y mejor que un Edén me pareció.

 

Lleno lo vi de fiestas y jardines,

donde tranquilo imaginé gozar;

oí cantar pintados colorines

y escuché de la fuente el murmurar.

 

Yo apresaba la blanca mariposa,

persiguiéndola ansioso en el jardín,

bien al parar en la encarnada rosa

o al posarse después en el jazmín.

 

Miraba al sol, sin que jamás su fuego

quemase mis pupilas ni mi tez;

que entonces lo miré con el sosiego

y con la paz que infunde la niñez

 

Mi vida resbalaba entre delicias

prodigadas, ¡oh madre!, por tu amor.

¡Cuántas veces, entonces, tus caricias

acallaron mi llanto y mi clamor!

¡Cuántas veces, durmiendo en tu regazo,

en pájaros y flores yo soñé!

¡Cuántas veces, entonces, tus caricias

acallaron mi llanto y mi clamor!

¡Cuántas me diste, oh madre, un tierno abrazo

porque alegre y risueño te miré!

 

Mis caricias pagaste con exceso,

como pagan las flores al abril;

mil besos, ¡ay!, me dabas por un beso,

por un abrazo tú me dabas mil.

 

Pero yo te abandoné

por seguir la juventud;

en el mundo me interné,

y al primer paso se fue

de la infancia la quietud;

 

que aunque tu voz me anunciaba

los escondidos abrojos

del camino que pisaba,

mi oído no te escuchaba

ni te miraban mis ojos.

 

¡Sí, madre! Yo no creí

que fuese cierto tu aviso;

tan hechizado lo vi,

que al principio para mi

era el mundo un paraíso.

 

Así viví sin temor,

disfrutando los placeres

del mundo tan seductor;

en él encontré el amor

al encontrar las mujeres.

 

Mis oídos las oyeron,

y mis ojos las miraron,

y ángeles me parecieron;

mis ojos, ¡ay!, me engañaron

y mis oídos mintieron.

 

Entre placeres y amores

fueron pasando mis años

sin recelo ni temores,

mi corazón sin engaños

y mi alma sin dolores.

 

Mas hoy ya mi corazón

por su bien ha conocido

de los hombres la traición

y mi alma ha descorrido

el velo de la ilusión.

 

Ayer vi el mundo risueño

y hoy triste lo miro ya;

para mí no es halagüeño;

mis años han sido un sueño

que disipándose va.

 

Por estar durmiendo ayer,

de este mundo la maldad

ni pude ni quise ver,

ni del amigo y mujer

conocí la falsedad.

 

Por el sueño, no miraron

mis ojos teñido un río

de sangre, que derramaron

hermanos que se mataron

llevados de un desvarío.

 

Por el sueño, madre mía,

del porvenir, sin temor,

ayer con loca alegría

entonaba en una orgía

cantos de placer y amor.

 

Por el sueño fui perjuro

con las mujeres allí;

y en lugar de tu amor puro,

amor frenético, impuro,

de impuros labios bebí.

 

Mi corazón fascinaste

cuando me ofreciste el bien;

pero (¡oh mundo!), me engañaste

porque en infierno trocaste

lo que yo juzgaba Edén.

 

Tú me mostraste unos seres

con rostros de querubines

y con nombres de mujeres,

tú me brindaste placeres

en ciudades y festines.

 

Tus mujeres me engañaron.

que al brindarme su cariño

en engañarme pensaron

y sin compasión jugaron

con mi corazón de niño.

 

En tus pueblos no hay clemencia,

la virtud no tiene abrigo;

por eso con insolencia

los ricos, en su opulencia,

encarnecen al mendigo.

 

Y en vez de arroyos y flores

y fuentes y ruiseñores,

se escuchan en tus jardines

los gritos y los clamores

que salen de los festines.

 

Por eso perdí el reposo

de mis infantiles años;

dime, mundo peligroso,

¿por qué siendo tan hermoso

contienes tantos engaños?

 

Heme a tus pies llorando arrepentido,

fría la frente y seco el corazón;

¡ah!, si supieras cuánto he padecido,

me tuvieras, ¡os madre!, compasión.

 

No te admires de hallarme en este estado,

sin luz los ojos, sin color la tez;

porque mis labios, ¡ay!, han apurado

el cáliz del dolor hasta la hez.

 

¡Que es veneno el amor de las mujeres

que en el mundo, gozoso, yo bebí!

Pero, a pesar de todos los placeres,

jamás pude olvidarme yo de ti.

 

Siempre, extasiado, recordó mi mente

aquellos días de ventura y paz

que a tu lado viví tranquilamente

ajeno de este mundo tan falaz.

 

Todo el amor que tiene es pasajero,

nocivo, receloso, engañador;

no hay otro, no, más puro y verdadero

que dure más que el maternal amor.

 

Vuelve, ¡oh madre!, a mirarme con cariño;

tus caricias y halagos tórname;

yo de ti me alejé, pero era un niño,

y el mundo me engañó, ¡perdóname!

 

Yo pagaré tu amor con el exceso

con que pagan las flores al abril;

mil besos te daré por sólo un beso,

por un abrazo yo te daré mil.

 

Dejemos que prosigan engañando

los hombres y mujeres a la par;

de nuestro amor sigamos disfrutando

en sus engaños, madre, sin pensar.

 

Porque es triste vivir si piensa el alma,

y mucho más si siente el corazón;

nunca se goza de ventura y calma

si se piensa del mundo en la ficción.

 

Bellísima parece…

Bellísima parece

al vástago prendida,

gallarda y encendida

de abril la linda flor;

empero muy más bella

la virgen ruborosa

se muestra, al dar llorosa

las quejas de su amor.

 

Suave es el acento

de dulce amante lira,

si al blando son suspira

de noche el trovador;

pero aun es más suave

la voz de la hermosura

si dice con ternura

las quejas de su amor.

 

Grato es en noche umbría

al triste caminante

del alma radiante

mirar el resplandor;

empero es aun más grato

el alma enamorada

oír de su adorada

las quejas de su amor.

 

Boguemos, boguemos…

Boguemos, boguemos;

la barca empujad,

que rompa las nubes,

que rompa las nieblas,

los aires, las llamas,

las densas tinieblas,

las olas del mar.

 

Boguemos, crucemos;

del mundo el confín;

que hoy su triste cárcel quiebran

libres los diablos en fin,

y con música y estruendo

los condenados celebran,

juntos cantando y bebiendo

un diabólico festín.

 

Canción de la muerte

Débil mortal no te asuste

mi oscuridad ni mi nombre;

en mi seno encuentra el hombre

un término a su pesar.

Yo, compasiva, te ofrezco

lejos del mundo un asilo,

donde a mi sombra tranquilo

para siempre duerma en paz.

 

Isla yo soy del reposo

en medio el mar de la vida,

y el marinero allí olvida

la tormenta que pasó;

allí convidan al sueño

aguas puras sin murmullo,

allí se duerme al arrullo

de una brisa sin rumor.

 

Soy melancólico sauce

que su ramaje doliente

inclina sobre la frente

que arrugara el padecer,

y aduerme al hombre, y sus sienes

con fresco jugo rocía

mientras el ala sombría

bate el olvido sobre él.

 

Soy la virgen misteriosa

de los últimos amores,

y ofrezco un lecho de flores,

sin espina ni dolor,

y amante doy mi cariño

sin vanidad ni falsía;

no doy placer ni alegría,

más es eterno mi amor.

 

En mi la ciencia enmudece,

en mi concluye la duda

y árida, clara, desnuda,

enseño yo la verdad;

y de la vida y la muerte

al sabio muestro el arcano

cuando al fin abre mi mano

la puerta a la eternidad.

 

Ven y tu ardiente cabeza

entre mis manos reposa;

tu sueño, madre amorosa;

eterno regalaré;

ven y yace para siempre

en blanca cama mullida,

donde el silencio convida

al reposo y al no ser.

 

Deja que inquieten al hombre

que loco al mundo se lanza;

mentiras de la esperanza,

recuerdos del bien que huyó;

mentiras son sus amores,

mentiras son sus victorias,

y son mentiras sus glorias,

y mentira su ilusión.

 

Cierre mi mano piadosa

tus ojos al blanco sueño,

y empape suave beleño

tus lágrimas de dolor.

Yo calmaré tu quebranto

y tus dolientes gemidos,

apagando los latidos

de tu herido corazón.

 

Canción del pirata

Con diez cañones por banda,

viento en popa a toda vela,

no corta el mar, sino vuela

un velero bergantín:

bajel pirata que llaman,

por su bravura, el Temido,

en todo mar conocido

del uno al otro confín.

 

La luna en el mar riela,

en la lona gime el viento,

y alza en blando movimiento

olas de plata y azul;

y ve el capitán pirata,

cantando alegre en la popa,

Asia a un lado, al otro Europa,

y allá a su frente Stambul¹.

 

Navega, velero mío,

sin temor;

que ni enemigo navío,

ni tormenta, ni bonanza

tu rumbo a torcer alcanza,

ni a sujetar tu valor.

 

Veinte presas

hemos hecho

a despecho

del inglés,

y han rendido

sus pendones

cien naciones

a mis pies.

 

Que es mi barco mi tesoro,

que es mi Dios la libertad,

mi ley la fuerza del viento,

mi única patria, la mar.

 

Allá muevan feroz guerra

ciegos reyes

por un palmo más de tierra:

que yo tengo aquí por mío

cuanto abarca el mar bravío,

a quien nadie impuso leyes.

 

Y no hay playa,

sea cualquiera,

ni bandera

de esplendor,

que no sienta

mi derecho,

y dé pecho

a mi valor.

 

Que es mi barco mi tesoro,

que es mi Dios la libertad,

mi ley la fuerza del viento,

mi única patria, la mar.

 

A la voz de “¡barco viene!”

es de ver

cómo vira y se previene

a todo trapo escapar;

que yo soy el rey del mar,

y mi furia es de temer.

 

En las presas

yo divido

lo cogido

por igual:

solo quiero

por riqueza

la belleza

sin rival.

 

Que es mi barco mi tesoro,

que es mi Dios la libertad,

mi ley la fuerza del viento,

mi única patria, la mar.

 

¡Sentenciado estoy a muerte!

yo me río:

no me abandone la suerte

y al mismo que me condena,

colgaré de alguna antena,

quizá en su propio navío.

 

Y si caigo,

¿qué es la vida?

por perdida

ya la di,

cuando el yugo

del esclavo,

como un bravo,

sacudí.

 

Que es mi barco mi tesoro,

que es mi Dios la libertad,

mi ley la fuerza del viento,

mi única patria, la mar.

 

Son mi música mejor

aquilones:

el estrépito y temblor

de los cables sacudidos,

del negro mar los bramidos

y el rugir de mis cañones.

 

Y del trueno

al son violento

y del viento

al rebramar,

yo me duermo

sosegado,

arrullado

por la mar.

 

Que es mi barco mi tesoro,

que es mi Dios la libertad,

mi ley la fuerza del viento,

mi única patria, la mar.

FIN

 

Canta en la noche, canta en la mañana…

Canta en la noche, canta en la mañana,

ruiseñor, en el bosque tus amores;

canta, que llorará cuando tú llores

el alba perlas en la flor temprana.

 

Teñido el cielo de amaranta y grana,

la brisa de la tarde entre las flores

suspirará también a los rigores

de tu amor triste y tu esperanza vana.

 

Y en la noche serena, al puro rayo

de la callada luna, tus cantares

los ecos sonarán del bosque umbrío.

 

Y vertiendo dulcísimo desmayo,

cual bálsamo süave en mis pesares,

endulzará tu acento el labio mío.

 

Canto a Teresa

Descansa en paz

¡Bueno es el mundo, bueno, bueno, bueno!

Como de Dios al fin obra maestra,

Por todas partes de delicias lleno,

De que Dios ama al hombre hermosa muestra.

Salga la voz alegre de mi seno

A celebrar esta vivienda nuestra;

¡Paz a los hombres! ¡gloria en las alturas!

¡Cantad en vuestra jaula, criaturas!

—María, por Miguel de los Santos Álvarez

 

¿Por qué volvéis a la memoria mía,

Tristes recuerdos del placer perdido,

A aumentar la ansiedad y la agonía

De este desierto corazón herido?

¡Ay! que de aquellas horas de alegría

Le quedó al corazon sólo un gemido,

Y el llanto que al dolor los ojos niegan

Lágrimas son de hiel que el alma anegan.

 

¿Dónde volaron ¡ay! aquellas horas

De juventud, de amor y de ventura,

Regaladas de músicas sonoras,

Adornadas de luz y de hermosura?

Imágenes ce oro bullidoras.

Sus alas de carmín y nieve pura,

Al sol de mi esperanza desplegando,

Pasaban ¡ay! a mi alredor cantando.

 

Gorjeaban los dulces ruiseñores,

El sol iluminaba mi alegría,

El aura susurraba entre las flores,

El bosque mansamente respondía,

Las fuentes murmuraban sus amores. . .

¡Ilusiones que llora el alma mía!

¡Oh! ¡cuán süave resonó en mi oído

El bullicio del mundo y su ruido!

 

Mi vida entonces, cual guerrera nave

Que el puerto deja por la vez primera,

Y al soplo de los céfiros süave

Orgullosa despliega su bandera,

Y-al mar dejando que a sus pies alabe

Su triunfo en roncos cantos, va velera,

Una ola tras otra bramadora

Hollando y dividiendo vencedora.

 

¡Ay! en el mar del mundo, en ansia ardiente

De amor volaba; el sol de la mañana

Llevaba yo sobre mi tersa frente,

Y el alma pura de su dicha ufana:

Dentro de ella el amor, cual rica fuente

Que entre frescuras y arboledas mana.

Brotaba entonces abundante río

De ilusiones y dulce desvarío.

 

Yo amaba todo: un noble sentimiento

Exaltaba mi ánimo, y sentía

En mi pecho un secreto movimiento,

De grandes hechos generoso guía:

La libertad con su inmortal aliento,

Santa diosa, mi espíritu encendía,

Contino imaginando en mi fe pura

Sueños de gloria al mundo y de ventura.

 

El puñal de Catón, la adusta frente

Del noble Bruto, la constancia fiera

Y el arrojo de Scévola valiente,

La doctrina de Sócrates severa,

La voz atronadora y elocuente

Del orador de Atenas, la bandera

Contra el tirano Macedonio alzando,

Y al espantado pueblo arrebatando:

 

El valor y la fe del caballero,

Del trovador el arpa y los cantares,

Del gótico castillo el altanero

Antiguo torreón, do sus pesares

Cantó tal vez con eco lastimero,

¡Ay! arrancada de sus patrios lares,

Joven cautiva, al rayo de la luna,

Lamentando su ausencia y su fortuna:

 

El dulce anhelo del amor que aguarda,

Tal vez inquieto y con mortal recelo;

La forma bella que cruzó gallarda,

Allá en la noche, entre medroso velo;

La ansiada cita que en llegar se tarda

Al impaciente y amoroso anhelo,

La mujer y la voz de su dulzura,

Que inspira al alma celestial ternura:

 

A un tiempo mismo en rápida tormenta

Mi alma alborotada de contino,

Cual las olas que azota con violenta

Cólera impetüoso torbellino:

Soñaba al héroe ya, la plebe atenta

En mi voz escuchaba su destino;

Ya al caballero, al trovador soñaba,

Y de gloria y de amores suspiraba.

 

Hay una voz secreta, un dulce canto,

Que el alma sólo recogida entiende,

Un sentimiento misterioso y santo,

Que del barro al espíritu desprende;

Agreste, vago y solitario encanto

Que en inefable amor el alma enciende,

Volando tras la imagen peregrina

El corazón de su ilusión divina.

 

Yo, desterrado en extranjera playa,

Con los ojos extático seguía

La nave audaz que en argentada raya

Volaba al puerto de la patria mía:

Yo, cuando en Occidente el soy desmaya,

Solo y perdido en la arboleda umbría,

Oír pensaba el armonioso acento

De una mujer, al suspirar del viento.

 

¡Una mujer! En el templado rayo

De la mágica luna se colora,

Del sol poniente al lánguido desmayo

Lejos entre las nubes se evapora;

Sobre las cumbres que florece Mayo

Brilla fugaz al despuntar la aurora,

Cruza tal vez por entre el bosque umbrío,

Juega en las aguas del sereno río.

 

¡Una mujer! Deslizase en el cielo

Allá en la noche desprendida estrella.

Si aroma el aire recogió en el suelo,

Es el aroma que le presta ella.

Blanca es la nube que en callado vuelo

Cruza la esfera, y que su planta huella.

Y en la tarde la mar olas le ofrece

De plata y de zafir, donde se mece.

 

Mujer que amor en su ilusión figura,

Mujer que nada dice a los sentidos,

Ensueño de suavísima ternura,

Eco que regaló nuestros oídos;

De amor la llama generosa y pura,

Los goces dulces del amor cumplidos,

Que engalana la rica fantasía,

Goces que avaro el corazón ansía.

 

¡Ay! aquella mujer, tan sólo aquella,

Tanto delirio a realizar alcanza,

Y esa mujer tan cándida y tan bella

Es mentida ilusión de la esperanza:

Es el alma que vívida destella

Su luz al mundo cuando en él se lanza,

Y el mundo con su magia y galanura

Es espejo no más de su hermosura:

 

Es el amor que al mismo amor adora,

El que creó las Sílfides y Ondinas,

La sacra ninfa que bordando mora

Debajo de las aguas cristalinas:

Es el amor que recordando llora

Las arboledas del Edén divinas:

Amor de allí arrancado, allí nacido,

Que busca en vano aquí su bien perdido.

 

¡Oh llama santa! ¡celestial anhelo!

¡Sentimiento purísimo! ¡memoria

Acaso triste de un perdido cielo,

Quizá esperanza de futura gloria!

¡Huyes y dejas llanto y desconsuelo!

¡Oh mujer que en imagen ilusoria

Tan pura, tan feliz, tan placentera,

Brindó el amor a mi ilusión primera! . . .

 

¡Oh Teresa! ¡Oh dolor! Lágrimas mías,

¡Ah! ¿dónde estáis que no corréis a mares?

¿Por qué, por qué como en mejores días,

No consoláis vosotras mis pesares?

¡Oh! los que no sabéis las agonías

De un corazón que penas a millares

¡Ah! desgarraron y que ya no llora,

¡Piedad tened de mi tormento ahora!

 

¡Oh dichosos mil veces, sí, dichosos

Los que podéis llorar! y ¡ay! sin ventura

De mí, que entre suspiros angustiosos

Ahogar me siento en infernal tortura.

¡Retuércese entre nudos dolorosos

Mi corazón, gimiendo de amargura!

También tu corazón, hecho pavesa;

¡Ay! llegó a no llorar, ¡pobre Teresa!

 

¿Quién pensara jamás, Teresa mía,

Que fuera eterno manantial de llanto,

Tanto inocente amor, tanta alegría,

Tantas delicias y delirio tanto?

¿Quién pensara jamás llegase un día

En que perdido el celestial encanto

Y caída la venda de los ojos,

Cuanto diera placer causara enojos?

 

Aun parece, Teresa, que te veo

Aerea como dorada mariposa,

Ensueño delicioso del deseo,

Sobre tallo gentil temprana rosa,

Del amor venturoso devaneo,

Angélica, purísima y dichosa,

Y oigo tu voz dulcísima, y respiro

Tu aliento perfumado en tu suspiro.

 

Y aun miro aquellos ojos que robaron

A los cielos su azul, y las rosadas

Tintas sobre la nieve, que envidiaron

Las de Mayo serenas alboradas:

Y aquellas horas dulces que pasaron

Tan breves, ¡ay! como después lloradas,

Horas de confianza y de delicias,

De abandono y de amor y de caricias.

 

Que así las horas rápidas pasaban,

Y pasaba a la par nuestra ventura;

Y nunca nuestras ansias las contaban,

Tú embriagada en mi amor, yo en tu hermosura.

Las horas ¡ay! huyendo nos miraban,

Llanto tal vez vertiendo de ternura;

Que nuestro amor y juventud veían,

Y temblaban las horas que vendrían.

 

Y llegaron en fin. . . ¡Oh! ¿quién impío

¡Ay! agostó la flor de tu pureza?

Tú fuiste un tiempo cristalino río,

Manantial de purísima limpieza;

Después torrente de color sombrío,

Rompiendo entre peñascos y maleza,

Y estanque, en fin, de aguas corrompidas,

Entre fétido fango detenidas.

 

¿Cómo caíste despeñado al suelo,

Astro de la mañana luminoso?

Ángel de luz, ¿quién te arrojó del cielo

A este valle de lágrimas odioso?

Aun cercaba tu frente el blanco velo

Del serafín, y en ondas fulguroso

Rayos al mundo tu esplendor vertía,

Y otro cielo el amor te prometía.

 

Mas ¡ay! que es la mujer ángel caído,

O mujer nada más y lodo inmundo,

Hermoso ser para llorar nacido,

O vivir como autómata en el mundo.

Sí, que el demonio en el Edén perdido,

Abrasara con fuego del profundo

La primera mujer, y ¡ay! aquel fuego

La herencia ha sido de sus hijos luego.

 

Brota en el cielo del amor la fuente,

Que a fecundar el universo mana,

Y en la tierra su límpida corriente

Sus márgenes con flores engalana;

Mas, ¡ay! huid: el corazón ardiente

Que el agua clara por beber se afana,

Lágrimas verterá de duelo eterno,

Que su raudal lo envenenó el infierno.

 

Huid, si no queréis que llegue un día

En que enredado en retorcidos lazos

El corazón, con bárbara porfía

Luchéis por arrancároslo a pedazos:

En que al cielo en histérica agonía

Frenéticos alcéis entrambos brazos,

Para en vuestra impotencia maldecirle,

Y escupiros, tal vez, al escupirle.

 

Los años ¡ay! de la ilusión pasaron,

Las dulces esperanzas que trajeron

Con sus blancos ensueños se llevaron,

Y el porvenir de oscuridad vistieron:

Las rosas del amor se marchitaron,

Las flores en abrojos convirtieron,

Y de afán tanto y tan soñada gloria

Sólo quedó una tumba, una memoria.

 

¡Pobre Teresa! ¡Al recordarte siento

Un pesar tan intenso!. . . Embarga impío

Mi quebrantada voz mi sentimiento,

Y suspira tu nombre el labio mío:

Para allí su carrera el pensamiento,

Hiela mi corazón punzante frío,

Ante mis ojos la funesta losa,

Donde vil polvo tu beldad reposa.

 

Y tú feliz, que hallastes en la muerte

Sombra a que descansar en tu camino,

Cuando llegabas, mísera, a perderte

Y era llorar tu único destino:

Cuando en tu frente la implacable suerte

Grababa de los réprobos el sino;

Feliz, la muerte te arrancó del suelo,

Y otra vez ángel, te volviste al cielo.

 

Roída de recuerdos de amargura,

Árido el corazón, sin ilusiones,

La delicada flor de tu hermosura

Ajaron del dolor los aquilones:

Sola, y envilecida, y sin ventura,

Tu corazón secaron las pasiones:

Tus hijos ¡ay! de ti se avergonzaran,

Y hasta el nombre de madre te negaran.

 

Los ojos escaldados de tu llanto,

Tu rostro cadavérico y hundido;

Único desahogo en tu quebranto,

El histérico ¡ay! de tu gemido:

¿Quién, quién pudiera en infortunio tanto

Envolver tu desdicha en el olvido,

Disipar tu dolor y recogerte

En su seno de paz? ¡Sólo la muerte!

 

¡Y tan joven, y ya tan desgraciada!

Espíritu indomable, alma violenta,

En ti, mezquina sociedad, lanzada

A romper tus barreras turbulenta.

Nave contra las rocas quebrantada,

Allá vaga, a merced de la tormenta,

En las olas tal vez náufraga tabla,

Que sólo ya de sus grandezas habla.

 

Un recuerdo de amor que nunca muere

Y está en mi corazón; un lastimero

Tierno quejido que en el alma hiere,

Eco süave de su amor primero:

¡Ay! de tu luz, en tanto yo viviere,

Quedará un rayo en mí, blanco lucero,

Que iluminaste con tu luz querida

La dorada mañana de mi vida.

 

Que yo, como una flor que en la mañana

Abre su cáliz al naciente día,

¡Ay! al amor abrí tu alma temprana,

Y exalté tu inocente fantasía,

Yo inocente también ¡oh! cuán ufana

Al porvenir mi mente sonreía,

Y en alas de mi amor, ¡con cuánto anhelo

Pensé contigo remontarme al cielo!

 

Y alegre, audaz, ansioso, enamorado,

En tus brazos en lánguido abandono,

De glorias y deleites rodeado,

Levantar para ti soñé yo un trono:

Y allí, tú venturosa y yo a tu lado,

Vencer del mundo el implacable encono,

Y en un tiempo, sin horas ni medida,

Ver como un sueño resbalar la vida.

 

¡Pobre Teresa! Cuando ya tus ojos

Áridos ni una lágrima brotaban;

Cuando ya su color tus labios rojos

En cárdenos matices se cambiaban;

Cuando de tu dolor tristes despojos

La vida y su ilusión te abandonaban,

Y consumía lenta calentura

Tu corazón al par de tu amargura;

 

Si en tu penosa y última agonía

Volviste a lo pasado el pensamiento;

Si comparaste a tu existencia un día

Tu triste soledad y tu aislamiento;

Si arrojó a tu dolor tu fantasía

Tus hijos ¡ay! en tu postrer momento

A otra mujer tal vez acariciando,

«Madre» tal vez a otra mujer llamando;

 

Si el cuadro de tus breves glorias viste

Pasar como fantástica quimera,

Y si la voz de tu conciencia oíste

Dentro de ti gritándote severa;

Si, en fin, entonces tú llorar quisiste

Y no brotó una lágrima siquiera

Tu seco corazón, y a Dios llamaste,

Y no te escuchó Dios, y blasfemaste,

¡Oh! ¡crüel! ¡muy crüel! ¡martirio horrendo!

¡Espantosa expiación de tu pecado!

Sobre un lecho de espinas, maldiciendo,

Morir, el corazón desesperado!

Tus mismas manos de dolor mordiendo,

Presente a tu conciencia tu pasado,

Buscando en vano, con los ojos fijos,

Y extendiendo tus brazos a tus hijos.

 

¡Oh! ¡crüel! ¡muy crüel! … ¡Ay! yo entre tanto

Dentro del pecho mi dolor oculto,

Enjugo de mis párpados el llanto

Y doy al mundo el exigido culto:

Yo escondo con vergüenza mi quebranto,

Mi propia pena con mi risa insulto,

Y me divierto en arrancar del pecho

Mi mismo corazón pedazos hecho.

 

Gocemos, sí; la cristalina esfera

Gira bañada en luz: ¡bella es la vida!

¿Quién a parar alcanza la carrera

Del mundo hermoso que al placer convida?

Brilla ardiente el sol, la primavera

Los campos pinta en la estación florida:

Truéquese en risa mi dolor profundo. . .

Que haya un cadáver más ¿qué importa al mundo?

 

Con diez cañones por banda…

Con diez cañones por banda,

viento en popa a toda vela,

no corta el mar, sino vuela

un velero bergantín:

bajel pirata que llaman,

por su bravura, el Temido,

en todo mar conocido

del uno al otro confín.

 

La luna en el mar riela,

en la lona gime el viento,

y alza en blando movimiento

olas de plata y azul;

y ve el capitán pirata,

cantando alegre en la popa,

Asia a un lado, al otro Europa,

y allá a su frente Stambul¹.

 

Navega, velero mío,

sin temor;

que ni enemigo navío,

ni tormenta, ni bonanza

tu rumbo a torcer alcanza,

ni a sujetar tu valor.

 

Veinte presas

hemos hecho

a despecho

del inglés,

y han rendido

sus pendones

cien naciones

a mis pies.

 

Que es mi barco mi tesoro,

que es mi Dios la libertad,

mi ley la fuerza del viento,

mi única patria, la mar.

 

Allá muevan feroz guerra

ciegos reyes

por un palmo más de tierra:

que yo tengo aquí por mío

cuanto abarca el mar bravío,

a quien nadie impuso leyes.

 

Y no hay playa,

sea cualquiera,

ni bandera

de esplendor,

que no sienta

mi derecho,

y dé pecho

a mi valor.

 

Que es mi barco mi tesoro,

que es mi Dios la libertad,

mi ley la fuerza del viento,

mi única patria, la mar.

 

A la voz de “¡barco viene!”

es de ver

cómo vira y se previene

a todo trapo escapar;

que yo soy el rey del mar,

y mi furia es de temer.

 

En las presas

yo divido

lo cogido

por igual:

solo quiero

por riqueza

la belleza

sin rival.

 

Que es mi barco mi tesoro,

que es mi Dios la libertad,

mi ley la fuerza del viento,

mi única patria, la mar.

 

¡Sentenciado estoy a muerte!

yo me río:

no me abandone la suerte

y al mismo que me condena,

colgaré de alguna antena,

quizá en su propio navío.

 

Y si caigo,

¿qué es la vida?

por perdida

ya la di,

cuando el yugo

del esclavo,

como un bravo,

sacudí.

 

Que es mi barco mi tesoro,

que es mi Dios la libertad,

mi ley la fuerza del viento,

mi única patria, la mar.

 

Son mi música mejor

aquilones:

el estrépito y temblor

de los cables sacudidos,

del negro mar los bramidos

y el rugir de mis cañones.

 

Y del trueno

al son violento

y del viento

al rebramar,

yo me duermo

sosegado,

arrullado

por la mar.

 

Que es mi barco mi tesoro,

que es mi Dios la libertad,

mi ley la fuerza del viento,

mi única patria, la mar.

FIN

 

Coro de demonios

Boguemos, boguemos;

la barca empujad,

que rompa las nubes,

que rompa las nieblas,

los aires, las llamas,

las densas tinieblas,

las olas del mar.

 

Boguemos, crucemos;

del mundo el confín;

que hoy su triste cárcel quiebran

libres los diablos en fin,

y con música y estruendo

los condenados celebran,

juntos cantando y bebiendo

un diabólico festín.

 

¡Cuán solitaria la nación que un día!…

¡Cuán solitaria la nación que un día

poblara inmensa gente!

¡La nación cuyo imperio se extendía

del Ocaso al Oriente!

Lágrimas viertes, infeliz ahora,

soberana del mundo,

¡y nadie de tu faz encantadora

borra el dolor profundo!

Oscuridad y luto tenebroso

en ti vertió la muerte,

y en su furor el déspota sañoso

se complació en tu suerte.

No perdonó lo hermoso, patria mía;

cayó el joven guerrero,

cayó el anciano, y la segur impía

manejó placentero.

So la rabia cayó la virgen pura

del déspota sombrío,

como eclipsa la rosa su hermosura

en el sol del estío.

¡Oh vosotros, del mundo, habitadores!,

contemplad mi tormento:

¿Igualarse podrán ¡ah!, qué dolores

al dolor que yo siento?

Yo desterrado de la patria mía,

de una patria que adoro,

perdida miro su primer valía,

y sus desgracias lloro.

Hijos espurios y el fatal tirano

sus hijos han perdido,

y en campo de dolor su fértil llano

tienen ¡ay!, convertido.

Tendió sus brazos la agitada España,

sus hijos implorando;

sus hijos fueron, mas traidora saña

desbarató su bando.

¿Qué se hicieron tus muros torreados?

¡Oh mi patria querida!

¿Dónde fueron tus héroes esforzados,

tu espada no vencida?

¡Ay!, de tus hijos en la humilde frente

está el rubor grabado:

a sus ojos caídos tristemente

el llanto está agolpado.

Un tiempo España fue: cien héroes fueron

en tiempos de ventura,

y las naciones tímidas la vieron

vistosa en hermosura.

Cual cedro que en el Líbano se ostenta,

su frente se elevaba;

como el trueno a la virgen amedrenta,

su voz las aterraba.

Mas ora, como piedra en el desierto,

yaces desamparada,

y el justo desgraciado vaga incierto

allá en tierra apartada.

Cubren su antigua pompa y poderío

pobre yerba y arena,

y el enemigo que tembló a su brío

burla y goza en su pena.

Vírgenes, destrenzad la cabellera

y dadla al vago viento:

acompañad con arpa lastimera

mi lúgubre lamento.

Desterrados ¡oh Dios!, de nuestros lares,

lloremos duelo tanto:

¿quién calmará ¡oh España!, tus pesares?,

¿quién secará tu llanto?

 

Débil mortal no te asuste…

Débil mortal no te asuste

mi oscuridad ni mi nombre;

en mi seno encuentra el hombre

un término a su pesar.

Yo, compasiva, te ofrezco

lejos del mundo un asilo,

donde a mi sombra tranquilo

para siempre duerma en paz.

 

Isla yo soy del reposo

en medio el mar de la vida,

y el marinero allí olvida

la tormenta que pasó;

allí convidan al sueño

aguas puras sin murmullo,

allí se duerme al arrullo

de una brisa sin rumor.

 

Soy melancólico sauce

que su ramaje doliente

inclina sobre la frente

que arrugara el padecer,

y aduerme al hombre, y sus sienes

con fresco jugo rocía

mientras el ala sombría

bate el olvido sobre él.

 

Soy la virgen misteriosa

de los últimos amores,

y ofrezco un lecho de flores,

sin espina ni dolor,

y amante doy mi cariño

sin vanidad ni falsía;

no doy placer ni alegría,

más es eterno mi amor.

 

En mi la ciencia enmudece,

en mi concluye la duda

y árida, clara, desnuda,

enseño yo la verdad;

y de la vida y la muerte

al sabio muestro el arcano

cuando al fin abre mi mano

la puerta a la eternidad.

 

Ven y tu ardiente cabeza

entre mis manos reposa;

tu sueño, madre amorosa;

eterno regalaré;

ven y yace para siempre

en blanca cama mullida,

donde el silencio convida

al reposo y al no ser.

 

Deja que inquieten al hombre

que loco al mundo se lanza;

mentiras de la esperanza,

recuerdos del bien que huyó;

mentiras son sus amores,

mentiras son sus victorias,

y son mentiras sus glorias,

y mentira su ilusión.

 

Cierre mi mano piadosa

tus ojos al blanco sueño,

y empape suave beleño

tus lágrimas de dolor.

Yo calmaré tu quebranto

y tus dolientes gemidos,

apagando los latidos

de tu herido corazón.

 

Delio a las rejas de Elisa…

Delio a las rejas de Elisa

Le canta en noche serena

Sus amores.

 

Raya la luna, y la brisa

Al pasar plácida suena

Por las flores.

 

Y al eco que va formando

El arroyuelo saltando

Tan sonoro,

 

Le dice Delio a su hermosa

En cantilena amorosa:

«Yo te adoro».

 

En el regazo adormida

Del blando sueño, presentes

Mil delicias,

 

En tu ilusión embebida,

Feliz te finges, y sientes

Mis caricias.

 

Y en la noche silenciosa

Por la pradera espaciosa

Blando coro

 

Forman, diciendo a mi acento,

El arroyuelo y el viento:

«Yo te adoro».

 

En derredor de tu frente

Leve soplo vuela apenas

Muy callado,

 

Y allí esparcido se siente

Dulce aroma de azucenas

Regalado,

 

Que en fragancia deleitosa

Vuela también a la diosa

Que enamoro,

 

El eco grato que suena

Oyendo mi cantilena:

«Yo te adoro».

 

Del fondo del pecho mío

Vuela a ti suspiro tierno

con mi acento;

 

En él, mi Elisa, te envío

El fuego de amor eterno,

Que yo siento.

 

Por él, mi adorada hermosa,

Por esos labios de rosa

De ti imploro

 

Que le escuches con ternura,

Y le oirás cómo murmura:

«Yo te adoro».

 

Despierta y el lecho deja:

No prive el sueño tirano

De tu risa

 

A Delio, que está a tu reja,

Y espera ansioso tu mano,

Bella Elisa.

 

Despierta, que ya pasaron

Las horas que nos costaron

Tanto lloro;

 

Sal, que gentil enramada

Dice a tu puerta enlazada:

«Yo te adoro».

 

Desde la elevada cumbre…

Desde la elevada cumbre

Do el gran Pirene levanta

Término y muro soberbio

Que cerca y defiende a España,

Un joven proscrito de ella

Tristes lágrimas derrama,

Y acaso tiende la vista

Por ver desde allí su patria,

Desde allí do a su despecho,

Llorando deja las armas

Con que del Sena al Pirene

Se lanzó por libertarla;

Y al ver la turba de esclavos

Que sus hierros afianzan,

De infame triunfo orgullosos,

Alejarse en algazara,

Solo entonces, contemplando

El suelo que ellos pisaran,

Y que aun torrentes de sangre

Recién derramada bañan,

En su rápida carrera

Volcando cuerpos y armas,

Se sienta en la alzada cima,

A un lado la rota espada,

Y al rumor de los torrentes

Y del huracán que brama,

Negra cítara pulsando,

Endechas lúgubres canta.

 

«Llorad, vírgenes tristes de Iberia,

Nuestros héroes en fúnebre lloro;

Dad al viento las trenzas de oro

Y los cantos de muerte entonad.

Y vosotros, ¡oh nobles guerreros!

De la patria sostén y esperanza,

Abrasados en sed de venganza,

Odio eterno al tirano jurad.»

 

Coro de vírgenes

«Danos, noche, tu lóbrego manto;

Nuestras frentes enlute el ciprés.

El robusto cayó: su sepulcro

Del inicuo mancharon los pies.

 

Enrojece ¡oh Pirene! tus cumbres

Pura sangre del libre animoso,

Y el tropel de los siervos odioso

En su lago su sed abrevó.

Cayó en ellos la gloria de España,

Cayó en ellas De Pablo valiente,

Y la patria, inclinada la frente,

Su gemido al del héroe juntó.

 

Sus cadenas la patria arrastrando,

Y su manto con sangre teñido,

Tardamente y con hondo gemido

Va a la tumba del fuerte varón.

Y el ajado laurel de su frente

Al sepulcro circunda llorosa,

Mientras ruge en la fúnebre losa,

Aherrojado a sus pies, el león.»

 

Coro de mancebos

«Traición solo ha vencido al valiente;

Sénos astro de triunfo y de honor,

Tú, que siempre a los déspotas fuiste

Como a negras tormentas el sol.»

 

Despedida del patriota griego de la hija del apóstata

Era la noche: en la mitad del cielo

Su luz rayaba la argentada luna,

Y otra luz más amable destellaba

De sus llorosos ojos la hermosura.

 

Allí en la triste soledad se hallaron

Su amante y ella con mortal angustia,

Y su voz en amarga despedida

Por vez postrera la infeliz escucha.

 

»Determinado está; sí, mi sentencia

Para siempre selló la suerte injusta,

Y cuando allá la eternidad sombría

Este momento en sus abismos hunda,

 

»¡Ojalá para siempre que el olvido,

Suavizando el rigor de la fortuna,

La imagen ¡ay! de las pasadas glorias

Bajo sus alas lóbregas encubra!

 

»¿Por qué al nacer crüeles me arrancaron

Del seno de mi madre moribunda,

Y salvo he sido de mortales riesgos

Para vivir penando en amargura?

 

»¿Por qué yo fui por mi fatal destino

Unido a ti desde la tierna cuna?

¿Por qué nos hizo iguales en riqueza

Y en linaje también mi desventura?

 

»¿Por qué mi infancia en inocentes juegos

Brilló contigo, y con delicia mutua

Ambos tejimos el infausto lazo

Que nuestras almas míseras anuda?

 

»¡Ah! para siempre adiós: vano es ahora

Acariciar memorias de ventura;

Voló ya la ilusión de la esperanza,

Y es vano amar sin esperanza alguna.

 

»¿Qué puede el infeliz contra el destino?

¿Qué ruegos moverán, qué desventuras

El bajo pecho de tu infame padre?

Infame, sí, que al despotismo jura

 

»Vil sumisión, y en sórdida avaricia

Vende su patria a las riquezas turcas.

Él apellida sacrosantas leyes

El capricho de un déspota; él nos juzga

 

»De rebeldes doquier: su voz comprada

Culpa a su patria y al tirano adula;

Él nos ordena ante el sultán odioso

Humilde miedo y obediencia muda.

 

»Mas no, que el alma de la Grecia existe;

Santo furor su corazón circunda,

Que ávido se hartará de sangre hirviente,

Que nuevo ardor le infundirá y bravura.

 

»No ya el tirano mandará en nosotros:

Tristes rüinas, áridas llanuras,

Cadáveres no más serán su imperio,

Será solo el señor de nuestras tumbas.

 

»Ya osan ser libres los armados brazos

Y ya rompen la bárbara coyunda,

y con júbilo a ti, todos ¡oh muerte!

y a ti, divina libertad, saludan.

 

»Gritos de triunfo, sacudido el viento

hará que al éter resonando suban,

O eterna muerte cubrirá a la Grecia

En noche infanda y soledad profunda.

 

»Ese altivo monarca, que embriagado

Yace en perfumes y lascivia impura,

Despechado sabrá que no hay cadena

Que la mano de un libre no destruya.

 

»Con rabia oirá de libertad el grito

Sonar tremendo en la obstinada lucha,

Y con miedo y horror su sed de sangre

Torrentes hartarán de sangre turca.

 

»Y tu padre también, si ora imprudente

So el poder del Islam su patria insulta,

Pronto verá cuan formidable espada

Blande en la lid la libertad sañuda.

 

»Marcha y dile por mí que hay mil valientes,

Y yo uno de ellos, que animosos juran

Morir cual héroes o romper el cetro

A cuya sombra el pérfido se escuda.

 

»Que aunque marcados con la vil cadena,

No han sido esclavas nuestras almas nunca,

Que el heredado ardor de nuestros padres

Las hace hervir aún: que nuestra furia

 

»Nos labrará, lidiando, en cada golpe

Triunfo seguro o noble sepultura.

Dile que solo en baja servidumbre

Puede vivir un alma cual la suya,

 

»El alma de un apóstata que indigno

Llega sus labios a la mano impura,

Que de caliente sangre reteñida,

Nuevos destrozos a su patria anuncia.

 

»Perdóname, infeliz, si mis palabras

Rudas ofenden tu filial ternura.

Es verdad, es verdad: tu padre un tiempo

Mi amigo se llamó, y ¡ojalá nunca

 

»Pasado hubieran tan dichosos días!

¡Yo no llamara injusta a la fortuna!

¡Cómo entonces mi mano enjugaría

Las lágrimas que viertes de amargura!

 

»Tú padre ¡oh Dios! como engañoso amigo

Cuando la Grecia la servil coyunda

Intrépida rompió, cuando mi pecho

Respiraba gozoso el aura pura

 

»De la alma libertad, pensó el inicuo

Seducirme tal vez con tu hermosura,

Y en premio vil me prometió tu mano

Si ser secuaz de su traición inmunda,

 

»Y desolar mi patria le ofrecía,

¡Esclavo yo de la insolente turba

De esclavos del sultán!!! Antes el cielo

Mis yertos miembros insepultos cubra,

 

»Que goce yo de ignominiosa vida

Ni en el seno feliz de tu dulzura.

¡Ah! para siempre a Dios: la infausta suerte

Que el lazo rompe que las almas junta,

 

»Y va a arrancar tu corazón del mío,

Tan solo ahora una esperanza endulza.

Yo te hallaré donde perpetuas dichas

Las almas de los ángeles disfrutan.

 

»¡Ah! para siempre adiós… tente… un momento

Un beso nada más… es de amargura…

Es el último ¡oh Dios!… mi sangre hiela…

¡Ah! los martirios del infierno nunca

 

»Igualaron mi pena y mi agonía.

¡Terminara muerte aquí mi angustia,

Y aun muriera feliz! Mis ojos quema

Una lágrima ¡oh Dios! y tú la enjugas.

 

»¡Quién resistir podrá! Basta, la hora

Se acerca ya que mi partida anuncia.

¡Ojalá para siempre que el olvido,

Suavizando el rigor de la fortuna,

 

»La imagen ¡ay! de las pasadas glorias

Bajo sus alas lóbregas encubra!»

 

Dice, y se alejan. A esperar consuelo

La hija del Apóstata en la tumba;

Él batallando pereció en las lides,

Y ella víctima fue de su amargura.

 

Dicen que tienes trece primaveras…

Dicen  que tienes trece primaveras

y eres portento de hermosura ya,

y que en tus grandes ojos reverberas

la lumbre de los astros inmortal.

Juro a tus plantas que insensato he sido

de placer en placer corriendo en pos,

cuando en el mismo valle hemos nacido,

niña gentil, para adorarnos, dos.

Torrentes brota de armonía el alma;

huyamos a los bosques a cantar;

denos la sombra tu inocente palma,

y reposo tu virgen soledad.

Mas, ¡ay!, perdona, virginal capullo,

cierra tu cáliz a mi loco amor,

que nacimos de un aura al mismo arrullo,

para ser, yo el insecto; tú, la flor.

 

Dueña de rubios cabellos…

Dueña de rubios cabellos,

Tan altiva,

Que creéis que basta el vellos

Para que un amante viva

Preso en ellos

El tiempo que vos queréis;

Si tanto ingenio tenéis

Que entretenéis tres galanes,

¿Cómo salieron mal hora,

Mi señora,

Tus afanes?

 

Pusiste gesto amoroso

Al primero;

Al segundo el rostro hermoso

Le volviste placentero,

 

Y con doloso

Sortilegio en tu prisión

Entró un tercer corazón;

Viste a tus pies tres galanes,

Y diste, al verlos rendidos,

Por cumplidos

Tus afanes.

 

¡De cuántas mañas usabas

Diligente!

Ya tu voz al viento dabas,

Ya mirabas dulcemente,

O ya hablabas

De amor, o dabas enojos;

Y en tus engañosos ojos

A un tiempo los tres galanes,

Sin saberlo tú, leían

Que mentían

Tus afanes.

 

Ellos de ti se burlaban;

Tú reías;

Ellos a ti te engañaban,

Y tú, mintiendo, creías

Que te amaban:

Decid, ¿quién aquí engañó?

 

¿Quién aquí ganó o perdió?

Sus deseos tus galanes

Al fin miraron cumplidos,

Tú, fallidos,

Tus afanes.

 

El arrepentimiento

A mi madre

Triste es la vida cuando piensa el alma,

triste es vivir si siente el corazón;

nunca se goza de ventura y calma

si se piensa del mundo en la ficción.

 

No hay que buscar del mundo los placeres,

pues que ninguno existe en realidad;

no hay que buscar amigos ni mujeres,

que es mentira el placer y la amistad.

 

Es inútil que busque el desgraciado

quien quiera su dolor con él partir;

sordo el mundo, le deja abandonado

sin aliviar su mísero vivir.

 

La virtud y el honor, sólo de nombre

existen en el mundo engañador;

un juego la virtud es para el hombre;

un fantasma, no más, es el honor.

 

No hay que buscar palabras de ternura,

que le presten al alma algún solaz;

no hay que pensar que dure la ventura,

que en el mundo el placer siempre es fugaz.

 

Esa falsa deidad que llaman gloria

es del hombre tan sólo una ilusión,

que siempre está patente en su memoria

halagando, traidora, el corazón.

 

Todo es mentira lo que el mundo encierra,

que el niño no conoce, por su bien;

entonces la niñez sus ojos cierra,

y un tiempo a mí me los cerró también

 

En aquel tiempo el maternal cariño

como un Edén el mundo me pintó;

yo lo miré como lo mira un niño,

y mejor que un Edén me pareció.

 

Lleno lo vi de fiestas y jardines,

donde tranquilo imaginé gozar;

oí cantar pintados colorines

y escuché de la fuente el murmurar.

 

Yo apresaba la blanca mariposa,

persiguiéndola ansioso en el jardín,

bien al parar en la encarnada rosa

o al posarse después en el jazmín.

 

Miraba al sol, sin que jamás su fuego

quemase mis pupilas ni mi tez;

que entonces lo miré con el sosiego

y con la paz que infunde la niñez

 

Mi vida resbalaba entre delicias

prodigadas, ¡oh madre!, por tu amor.

¡Cuántas veces, entonces, tus caricias

acallaron mi llanto y mi clamor!

¡Cuántas veces, durmiendo en tu regazo,

en pájaros y flores yo soñé!

¡Cuántas veces, entonces, tus caricias

acallaron mi llanto y mi clamor!

¡Cuántas me diste, oh madre, un tierno abrazo

porque alegre y risueño te miré!

 

Mis caricias pagaste con exceso,

como pagan las flores al abril;

mil besos, ¡ay!, me dabas por un beso,

por un abrazo tú me dabas mil.

 

Pero yo te abandoné

por seguir la juventud;

en el mundo me interné,

y al primer paso se fue

de la infancia la quietud;

 

que aunque tu voz me anunciaba

los escondidos abrojos

del camino que pisaba,

mi oído no te escuchaba

ni te miraban mis ojos.

 

¡Sí, madre! Yo no creí

que fuese cierto tu aviso;

tan hechizado lo vi,

que al principio para mi

era el mundo un paraíso.

 

Así viví sin temor,

disfrutando los placeres

del mundo tan seductor;

en él encontré el amor

al encontrar las mujeres.

 

Mis oídos las oyeron,

y mis ojos las miraron,

y ángeles me parecieron;

mis ojos, ¡ay!, me engañaron

y mis oídos mintieron.

 

Entre placeres y amores

fueron pasando mis años

sin recelo ni temores,

mi corazón sin engaños

y mi alma sin dolores.

 

Mas hoy ya mi corazón

por su bien ha conocido

de los hombres la traición

y mi alma ha descorrido

el velo de la ilusión.

 

Ayer vi el mundo risueño

y hoy triste lo miro ya;

para mí no es halagüeño;

mis años han sido un sueño

que disipándose va.

 

Por estar durmiendo ayer,

de este mundo la maldad

ni pude ni quise ver,

ni del amigo y mujer

conocí la falsedad.

 

Por el sueño, no miraron

mis ojos teñido un río

de sangre, que derramaron

hermanos que se mataron

llevados de un desvarío.

 

Por el sueño, madre mía,

del porvenir, sin temor,

ayer con loca alegría

entonaba en una orgía

cantos de placer y amor.

 

Por el sueño fui perjuro

con las mujeres allí;

y en lugar de tu amor puro,

amor frenético, impuro,

de impuros labios bebí.

 

Mi corazón fascinaste

cuando me ofreciste el bien;

pero (¡oh mundo!), me engañaste

porque en infierno trocaste

lo que yo juzgaba Edén.

 

Tú me mostraste unos seres

con rostros de querubines

y con nombres de mujeres,

tú me brindaste placeres

en ciudades y festines.

 

Tus mujeres me engañaron.

que al brindarme su cariño

en engañarme pensaron

y sin compasión jugaron

con mi corazón de niño.

 

En tus pueblos no hay clemencia,

la virtud no tiene abrigo;

por eso con insolencia

los ricos, en su opulencia,

encarnecen al mendigo.

 

Y en vez de arroyos y flores

y fuentes y ruiseñores,

se escuchan en tus jardines

los gritos y los clamores

que salen de los festines.

 

Por eso perdí el reposo

de mis infantiles años;

dime, mundo peligroso,

¿por qué siendo tan hermoso

contienes tantos engaños?

 

Heme a tus pies llorando arrepentido,

fría la frente y seco el corazón;

¡ah!, si supieras cuánto he padecido,

me tuvieras, ¡os madre!, compasión.

 

No te admires de hallarme en este estado,

sin luz los ojos, sin color la tez;

porque mis labios, ¡ay!, han apurado

el cáliz del dolor hasta la hez.

 

¡Que es veneno el amor de las mujeres

que en el mundo, gozoso, yo bebí!

Pero, a pesar de todos los placeres,

jamás pude olvidarme yo de ti.

 

Siempre, extasiado, recordó mi mente

aquellos días de ventura y paz

que a tu lado viví tranquilamente

ajeno de este mundo tan falaz.

 

Todo el amor que tiene es pasajero,

nocivo, receloso, engañador;

no hay otro, no, más puro y verdadero

que dure más que el maternal amor.

 

Vuelve, ¡oh madre!, a mirarme con cariño;

tus caricias y halagos tórname;

yo de ti me alejé, pero era un niño,

y el mundo me engañó, ¡perdóname!

 

Yo pagaré tu amor con el exceso

con que pagan las flores al abril;

mil besos te daré por sólo un beso,

por un abrazo yo te daré mil.

 

Dejemos que prosigan engañando

los hombres y mujeres a la par;

de nuestro amor sigamos disfrutando

en sus engaños, madre, sin pensar.

 

Porque es triste vivir si piensa el alma,

y mucho más si siente el corazón;

nunca se goza de ventura y calma

si se piensa del mundo en la ficción.

 

El canto del cosaco

Donde sienta mi caballo los pies

no vuelve a nacer yerba.

Palabras de Atila.

 

Coro

¡Hurra, cosacos del desierto! ¡Hurra!

La Europa os brinda espléndido botín;

Sangrienta charca sus campiñas sean,

De los grajos su ejército festín.

 

¡Hurra! ¡A caballo, hijos de la niebla!

Suelta la rienda, a combatir volad;

¿Veis esas tierras fértiles? Las puebla

Gente opulenta, afeminada ya.

Casas, palacios, campos y jardines,

Todo es hermoso y refulgente allí;

Son sus hembras celestes serafines,

Su sol alumbra un cielo de zafir.

 

¡Hurra, cosacos del desierto! ¡Hurra!

La Europa os brinda espléndido botín;

Sangrienta charca sus campiñas sean,

De los grajos su ejército festín.

 

Nuestros sean su oro y sus placeres,

Gocemos de ese campo y ese sol;

Son sus soldados menos que mujeres.

Sus reyes viles mercaderes son.

Vedlos huir para esconder su oro,

Vedlos cobardes lágrimas verter…

¡Hurra! Volad, sus cuerpos, su tesoro

Huellen nuestros caballos con sus pies.

 

¡Hurra, cosacos del desierto! ¡Hurra!

La Europa os brinda espléndido botín;

Sangrienta charca sus campiñas sean,

De los grajos su ejército festín.

 

Dictará allí nuestro capricho leyes,

Nuestras casas alcázares serán,

Los cetros y coronas de los reyes

Cual juguetes de niños rodarán.

¡Hurra! ¡Volad a hartar nuestros deseos!

Las más hermosas nos darán su amor,

Y no hallarán nuestros semblantes feos,

Que siempre brilla hermoso el vencedor.

 

¡Hurra, cosacos del desierto! ¡Hurra!

La Europa os brinda espléndido botín;

Sangrienta charca sus campiñas sean,

De los grajos su ejército festín.

 

Desgarraremos la vencida Europa

Cual tigres que devoran su ración;

En sangre empaparemos nuestra ropa,

Cual rojo manto de imperial señor.

Nuestros nobles caballos relinchando

Regias habitaciones morarán;

Cien esclavos, sus frentes inclinando,

Al mover nuestros ojos temblarán.

 

¡Hurra, cosacos del desierto! ¡Hurra!

La Europa os brinda espléndido botín;

Sangrienta charca sus campiñas sean,

De los grajos su ejército festín.

 

Venid, volad, guerreros del desierto,

Como nubes en negra confusión,

Todos suelto el bridón, el ojo incierto,

Todos atropellándoos en montón.

Id en la espesa niebla confundidos,

Cual tromba que arrebata el huracán,

Cual témpanos de hielo endurecidos

Por entre rocas despeñadas van.

 

¡Hurra, cosacos del desierto! ¡Hurra!

La Europa os brinda espléndido botín;

Sangrienta charca sus campiñas sean,

De los grajos su ejército festín.

 

Nuestros padres un tiempo caminaron

Hasta llegar a una imperial ciudad;

Un sol más puro es fama que encontraron,

Y palacios de oro de cristal.

Vadearon el Tibre sus bridones,

Yerta a sus pies la tierra enmudeció;

Su sueño con fantásticas canciones

La fada de los triunfos arrulló.

 

¡Hurra, cosacos del desierto! ¡Hurra!

La Europa os brinda espléndido botín;

Sangrienta charca sus campiñas sean,

De los grajos su ejército festín.

 

¡Qué! ¿No sentís la lanza estremecerse

Hambrienta en vuestras manos de matar?

¿No veis entre la niebla aparecerse

Visiones mil que el parabién nos dan?

Escudo de esas míseras naciones

Era ese muro que abatido fue;

La gloria de Polonia y sus blasones

En humo y sangre convertidos ved.

 

¡Hurra, cosacos del desierto! ¡Hurra!

La Europa os brinda espléndido botín;

Sangrienta charca sus campiñas sean,

De los grajos su ejército festín.

 

¿Quién en dolor trocó sus alegrías?

¿Quién sus hijos triunfante encadenó?

¿Quién puso fin a sus gloriosos días?

¿Quién en su propia sangre los ahogó?

¡Hurra, cosacos! ¡Gloria al más valiente!

Esos hombres de Europa nos verán:

¡Hurra! Nuestros caballos en su frente

Hondas sus herraduras marcarán.

 

¡Hurra, cosacos del desierto! ¡Hurra!

La Europa os brinda espléndido botín;

Sangrienta charca sus campiñas sean,

De los grajos su ejército festín.

 

A cada bote de la lanza ruda,

A cada escape en la abrasada lid,

La sangrienta ración de carne cruda

Bajo la silla sentiréis hervir.

Y allá después en templos suntüosos,

Sirviéndonos de mesa algún altar,

Nuestra sed calmarán vinos sabrosos,

Hartará nuestra hambre blanco pan.

 

¡Hurra, cosacos del desierto! ¡Hurra!

La Europa os brinda espléndido botín;

Sangrienta charca sus campiñas sean,

De los grajos su ejército festín.

 

Y nuestras madres nos verán triunfantes,

Y a esa caduca Europa a nuestros pies,

Y acudirán de gozo palpitantes,

En cada hijo a contemplar un rey.

Nuestros hijos sabrán nuestras acciones,

Las coronas de Europa heredarán,

Y a conquistar también otras regiones

El caballo y la lanza aprestarán.

 

¡Hurra, cosacos del desierto! ¡Hurra!

La Europa os brinda espléndido botín,

Sangrienta charca sus campiñas sean,

De los grajos su ejército festín.

 

El Dos de Mayo

¡Oh! ¡Es el pueblo! ¡Es el pueblo! Cual las olas

Del hondo mar alborotado brama;

Las esplendentes glorias españolas,

Su antigua prez, su independencia clama.

Hombres, mujeres vuelan al combate,

El volcán de sus iras estalló:

Sin armas van, pero en sus pechos late

Un corazón colérico, español.

La frente coronada de laureles,

Con el botín de la vencida Europa,

Con sangre hasta las cinchas los corceles,

En cien campañas veterana tropa;

Los que el rápido Volga ensangrentaron,

Los que humillaron a sus pies naciones,

Y sobre las pirámides pasaron

Al galope veloz de sus bridones;

A eterna lucha, a sin igual batalla

Madrid provoca en su encendida ira;

Su pueblo inerme allí entre la metralla

Y entre los sables reluchando gira.

Graba en su frente luminosa huella

La lumbre que destella el corazón;

Y a parar con sus pechos se atropella

El rayo del mortífero cañón.

¡Oh de sangre y valor glorioso día!

Mis padres cuando niño me contaron

Sus hechos ¡ay! y en la memoria mía,

Santo recuerdo de virtud, quedaron.

Entonces, indignados me decían,

Cayó el cetro español pedazos hecho;

Por precio vil a extraños nos vendían,

Desde el de Carlos profanado lecho.

La corte del monarca disoluta,

Prosternada a las plantas de un privado,

Sobre el seno de impura prostituta,

Al trono de los reyes ensalzado.

Sobre coronas, tronos y tiaras

Su orgullo solo y su capricho ley;

Hordas de sangre y de conquista avaras,

Cada soldado un absoluto rey;

Fijo en España el ojo centellante,

El Pirene a salvar pronto el bridón,

Al rey de reyes, al audaz gigante

Ciegos ensalzan, siguen en montón.

Y vosotros ¿qué hicisteis entre tanto,

Los de espíritu flaco y alta cuna?

Derramar como hembras débil llanto

O adular bajamente a la fortuna.

Buscar tras la extranjera bayoneta

Seguro a vuestras vidas y muralla,

Y siervos viles a la plebe inquieta

Con baja lengua apellidar canalla.

¡Canalla! sí, vosotros los traidores,

Los que negáis al entusiasmo ardiente

Su gloria, y nunca visteis los fulgores

Con que ilumina la inspirada frente!

¡Canalla! sí, los que, en la lid, alarde

Hicieron de su infame villanía,

Disfrazando su espíritu cobarde

Con la sana razón segura y fría!

¡Oh! La canalla, la canalla en tanto

Arrojó el grito de venganza y guerra,

Y arrebatada en su entusiasmo santo

Quebrantó las cadenas de la tierra.

Del cetro de sus reyes los pedazos

Del suelo ensangrentados recogía,

Y un nuevo trono en sus robustos brazos

Levantando a su príncipe ofrecía.

Brilla el puñal en la irritada mano,

Huye el cobarde y el traidor se esconde;

Truena el cañón y el grito castellano

De Independencia y Libertad responde.

¡Héroes de Mayo, levantad las frentes!

Sonó la hora y la venganza espera;

Id, y hartad vuestra sed en los torrentes

De sangre de Bailen y Talavera.

Id, saludad los héroes de Gerona,

Alzad con ellos el radiante vuelo,

Y a los de Zaragoza alta corona

Ceñid, que aumente el esplendor del cielo.

Mas ¡ay! ¿por qué cuando los ojos brotan

Lágrimas de entusiasmo y alegría,

Y el alma atropellados alborotan

Tantos recuerdos de honra y valentía;

Negra nube en el alma se levanta

Que turba y oscurece los sentidos,

Fiero dolor el corazón quebranta

Y se ahoga la voz entre gemidos?

¡Oh! levantad la frente carcomida,

Mártires de la gloria,

Que aun arde en ella con eterna vida

La luz de la victoria!

¡Oh! levantadla del eterno sueño,

Y con los huecos de los ojos fijos,

Contemplad una vez con torvo ceño

La vergüenza y baldón de vuestros hijos!

Quizá en vosotros donde el fuego arde

Del castellano honor, aun sobre vida

Para alentar el corazón cobarde

Y abrasar esta tierra envilecida.

¡Ay! ¿Cuál fue el galardón de vuestro celo,

De tanta sangre y bárbaro quebranto,

De tan heroica lucha y tanto anhelo,

Tanta virtud y sacrificio tanto?

El trono que erigió vuestra bravura

Sobre huesos de héroes levantado,

Un rey ingrato de memoria impura

Con eterno baldón dejó manchado.

¡Ay! Para hollar la libertad sagrada,

El príncipe, borrón de nuestra historia,

Llamó en su auxilio la francesa espada

Que segase el laurel de vuestra gloria.

Y vuestros hijos de la muerte huyeron

Y esa sagrada tumba abandonaron,

Hollarla ¡oh Dios! a los franceses vieron

Y hollarla a los franceses les dejaron.

Como la mar tempestuosa ruge,

La losa al choque de los cráneos duros,

Tronó y se alzó con indignado empuje

Del galo audaz bajo los pies impuros.

Y aun hoy helos allí, que su semblante

Con hipócrita máscara cubrieron,

Y a Luis Felipe, en muestra suplicante,

Ambos brazos imbéciles tendieron.

La vil palabra ¡intervención! gritaron,

Y del rey mercader la reclamaban;

De vuestros timbres sin honor mofaron,

Mientras en su impudor se encenegaban.

Hoy esa raza degradada, espuria,

Pobre nación, que esclavizarte anhela,

Busca también por renovar tu injuria

De extranjeros monarcas la tutela.

Tumba vosotros sois de nuestra gloria,

De la antigua hidalguía,

Del castellano honor, que en la memoria,

Solo nos queda hoy día.

Verted juntando las dolientes manos

Lágrimas ¡ay! que escalden la mejilla;

Mares de eterno llanto, castellanos,

No bastan a borrar vuestra mancilla.

Llorad como mujeres; vuestra lengua

No osa lanzar el grito de venganza;

Apáticos vivís en tanta mengua,

Y os cansa el brazo el peso de la lanza.

¡Oh! en el dolor eterno que me inspira

El pueblo en torno avergonzado calle,

Y estallando las cuerdas de mi lira

Roto también mi corazón estalle.

 

El estandarte ved que en Ceriñola…

El estandarte ved que en Ceriñola

el gran Gonzalo desplegó triunfante,

la noble enseña ilustre y española

que al indio domeñó y al mar de Atlante;

regio pendón que al aire se tremola,

don de CRISTINA, enseña relumbrante,

verla podremos en la lid reñida

rasgada sí, pero jamás vencida.

 

El mendigo

Mío es el mundo: como el aire libre,

Otros trabajan porque coma yo;

todos se ablandan si doliente pido

Una limosna por amor de Dios.

 

El palacio, la cabaña

Son mi asilo,

Si del ábrego el furor

Troncha el roble en la montaña,

O que inunda la campaña

El torrente asolador.

 

Y a la hoguera

Me hacen lado

Los pastores

Con amor,

Y sin pena

Y descuidado

De su cena

Ceno yo.

O en la rica

Chimenea,

Que recrea

Con su olor,

Me regalo

Codicioso

Del banquete

Suntüoso

Con las sobras

De un señor.

 

Y me digo: el viento brama,

Caiga furioso turbión;

Que al son que cruje de la seca leña,

Libre me duermo sin rencor ni amor.

 

Mío es el mundo: como el aire libre,

Otros trabajan porque coma yo;

todos se ablandan si doliente pido

Una limosna por amor de Dios.

 

Todos son mis bienhechores,

Y por todos

A Dios ruego con fervor;

De villanos y señores

Yo recibo los favores

Sin estima y sin amor.

Ni pregunto

Quiénes sean,

Ni me obligo

A agradecer;

Que mis rezos

Si desean,

Dar limosna

Es un deber.

Y es pecado

La riqueza,

La pobreza

Santidad;

Dios a veces

Es mendigo,

Y al avaro

Da castigo

Que le niegue

Caridad.

 

Yo soy pobre y se lastiman

Todos al verme plañir,

Sin ver son mías sus riquezas todas,

Que mina inagotable es el pedir.

 

Mío es el mundo: como el aire libre,

Otros trabajan porque coma yo;

todos se ablandan si doliente pido

Una limosna por amor de Dios.

 

Mal revuelto y andrajoso,

Entre harapos

Del lujo sátira soy,

Y con mi aspecto asqueroso

Me vengo del poderoso,

Y a donde va tras él voy.

 

Y a la hermosa

Que respira

Cien perfumes,

Gala, amor,

La persigo

Hasta que mira,

Y me gozo

Cuando aspira

Mi punzante

Mal olor.

Y las fiestas

Y el contento

Con mi acento

Turbo yo,

Y en la bulla

Y la alegría

Interrumpen

La armonía

Mis harapos

Y mi voz:

 

Mostrando cuán cerca habitan

El gozo y el padecer,

Que no hay placer sin lágrimas, ni pena

Que no transpire en el medio del placer.

 

Mío es el mundo: como el aire libre,

Otros trabajan porque coma yo;

todos se ablandan si doliente pido

Una limosna por amor de Dios.

 

Y para mí no hay mañana,

Ni hay ayer;

Olvido el bien como el mal,

Nada me aflige ni afana;

Me es igual para mañana

Un palacio, un hospital.

Vivo ajeno

De memorias,

De cuidados

libre estoy;

Busquen otros

Oro y glorias,

Yo no pienso

Sino en hoy.

Y do quiera

Vayan leyes,

Quiten reyes,

Reyes den;

Yo soy pobre,

Y al mendigo,

Por el miedo

Del castigo,

Todos hacen

Siempre bien.

 

Y un asilo donde quiera

Y un lecho en el hospital

Siempre hallaré, y un hoyo donde caiga

Mi cuerpo miserable al espirar.

 

Mío es el mundo: como el aire libre,

Otros trabajan porque coma yo;

Todos se ablandan, si doliente pido

Una limosna por amor de Dios.

 

El pescador

Pescadorcita mía,

Desciende a la ribera,

Y escucha placentera

Mi cántico de amor;

Sentado en su barquilla,

Te canta su cuidado,

Cual nunca enamorado

Tu tierno pescador.

 

La noche el cielo encubre

Y acalla manso el viento,

Y el mar sin movimiento

También en calma está:

A mi batel desciende,

Mi dulce amada hermosa:

La noche tenebrosa

Tu faz alegrará.

 

Aquí apartados, solos,

Sin otros pescadores,

Suavísimos amores

Felice te diré,

Y en esos dulces labios

De rosas y claveles

El ámbar y las mieles

Que vierten libaré.

 

La mar adentro iremos,

En mi batel cantando

Al son del viento blando

Amores y placer;

Regalarete entonces

Mil varios pececillos

Que al verte, simplecillos,

De ti se harán prender.

 

De conchas y corales

Y nácar a tu frente

Guirnalda reluciente,

Mi bien, te ceñiré;

Y eterno amor mil veces

Jurándote, cumplida

En ti, mi dulce vida,

Mi dicha encontraré.

 

No el hondo mar te espante,

Ni el viento proceloso,

Que al ver tu rostro hermoso

Sus iras calmarán;

Y sílfidas y ondinas

Por reina de los mares

Con plácidos cantares

A par te aclamarán.

 

Ven ¡ay! a mi barquilla,

Completa mi fortuna;

Naciente ya a la luna

Refleja el ancho mar;

Sus mansas olas bate

Süave, leve brisa;

Ven ¡ay! mi dulce Elisa,

Mi pecho a consolar.

 

El reo de muerte

Para hacer bien por el alma

Del que van a ajusticiar!!!

 

I

Reclinado sobre el suelo

Con lenta amarga agonía,

Pensando en el triste día

Que pronto amanecerá,

En silencio gime el reo

Y el fatal momento espera

En que el sol por vez postrera

En su frente lucirá.

 

Un altar y un crucifijo,

Y la enlutada capilla

Lánguida vela amarilla

Tiñe en su luz funeral,

Y junto al mísero reo,

Medio encubierto el semblante,

Se oye al fraile agonizante

En son confuso rezar.

 

El rostro levanta el triste

y alza los ojos al cielo;

Tal vez eleva en su duelo

La súplica de piedad:

¡Una lágrima! ¿es acaso

De temor o de amargura?

¡Ay!, ¡a aumentar su tristura

Vino un recuerdo quizá!!!

 

Es un joven y la vida

Llena de sueños de oro,

Pasó ya, cuando aun el lloro

De la niñez no enjugó:

El recuerdo es de la infancia,

¡Y su madre que le llora,

Para morir así ahora

Con tanto amor le crió!!!

 

Y a par que sin esperanza

Ve ya la muerte en acecho,

Su corazón en su pecho

Siente con fuerza latir,

Al tiempo que mira al fraile

Que en paz ya duerme a su lado,

Y que, ya viejo y postrado,

Le habrá de sobrevivir.

 

¿Mas qué rumor a deshora

Rompe el silencio? Resuena

Una alegre cantilena

Y una guitarra a la par,

Y gritos y de botellas

Que se chocan el sonido,

Y el amoroso estallido

De los besos y el danzar.

Y también pronto en son triste

Lúgubre voz sonará:

¡Para hacer bien por el alma

Del que van a ajusticiar!

 

Y la voz de los borrachos,

Y sus brindis, sus quimeras,

Y el cantar de las rameras,

Y el desorden bacanal

En la lúgubre capilla

Penetran, y carcajadas,

Cual de lejos arrojadas

De la mansión infernal.

Y también pronto en son triste

Lúgubre voz sonará:

¡Para hacer bien por el alma

Del que van a ajusticiar!

 

¡Maldición! Al eco infausto

El sentenciado maldijo

La madre que como a hijo

A sus pechos le crió;

Y maldijo el mundo todo,

Maldijo su suerte impía,

Maldijo el aciago día

Y la hora en que nació.

 

II

Serena la luna

Alumbra en el cielo,

Domina en el suelo

Profunda quietud;

Ni voces se escuchan,

Ni ronco ladrido,

Ni tierno quejido

De amante laúd.

 

Madrid yace envuelto en sueño,

Todo al silencio convida,

Y el hombre duerme y no cuida

Del hombre que va a expirar;

Si tal vez piensa en mañana,

Ni una vez piensa siquiera

En el mísero que espera

Para morir, despertar;

Que sin pena ni cuidado

Los hombres oyen gritar:

¡Para hacer bien por el alma

Del que van a ajusticiar!

 

¡Y el juez también en su lecho

Duerme en paz!, ¡y su dinero

El verdugo placentero

Entre sueños cuenta ya!

Tan sólo rompe el silencio

En la sangrienta plazuela

El hombre del mal que vela

Un cadalso a levantar.

 

Loca y confusa la encendida mente,

Sueños de angustia y fiebre y devaneo

El alma envuelven del confuso reo,

Que inclina al pecho la abatida frente.

 

Y en sueños

Confunde

La muerte,

La vida.

Recuerda

Y olvida,

Suspira,

Respira

Con hórrido afán.

 

Y en un mundo de tinieblas

Vaga y siente miedo y frío,

Y en su horrible desvarío

Palpa en su cuello el dogal;

Y cuanto más forcejea,

Cuanto más lucha y porfía,

Tanto más en su agonía

Aprieta el nudo fatal.

Y oye ruido, voces, gentes,

Y aquella voz que dirá:

¡Para hacer bien por el alma

Del que van a ajusticiar!

 

O ya libre se contempla,

Y el aire puro respira,

Y oye de amor que suspira

La mujer que un tiempo amó,

Bella y dulce cual solía,

Tierna flor de primavera,

El amor de la pradera

Que el abril galán mimó.

 

Y gozoso a verla vuela,

Y alcanzarla intenta en vano,

Que al tender la ansiosa mano

Su esperanza a realizar,

Su ilusión la desvanece

De repente el sueño impío,

Y halla un cuerpo mudo y frío

Y un cadalso en su lugar.

Y oye a su lado en son triste

Lúgubre voz resonar:

¡Para hacer bien por el alma

Del que van a ajusticiar!

Poemas de José de Espronceda

El sol

Himno

Para y óyeme ¡oh Sol! yo te saludo

Y estático ante ti me atrevo a hablarte;

Ardiente como tú mi fantasía,

Arrebatada en ansia de admirarte,

Intrépidas a ti sus alas guía.

¡Ojalá que mi acento poderoso,

Sublime resonando,

Del trueno pavoroso

La temerosa voz sobrepujando,

¡Oh sol!, a ti llegara

Y en medio de tu curso te parara!

¡Ah! si la llama que mi mente alumbra

Diera también su ardor a mis sentidos,

Al rayo vencedor que los deslumbra,

Los anhelantes ojos alzaría,

Y en tu semblante fúlgido atrevidos

Mirando sin cesar los fijaría.

¡Cuánto siempre te amé, sol refulgente!

¡Con qué sencillo anhelo,

Siendo niño inocente,

Seguirte ansiaba en el tendido cielo,

Y extático te vía

Y en contemplar tu luz me embebecía!

De los dorados límites de Oriente,

Que ciñe el rico en perlas Oceano,

Al término asombroso de Occidente

Las orlas de tu ardiente vestidura

Tiendes en pompa, augusto soberano,

Y el mundo bañas en tu lumbre pura.

Vívido lanzas de tu frente el día,

Y, alma y vida del mundo,

Tu disco en paz majestuoso envía

Plácido ardor fecundo,

Y te elevas triunfante,

Corona de los orbes centellante.

Tranquilo subes del cenit dorado

Al regio trono en la mitad del cielo,

De vivas llamas y esplendor ornado,

Y reprimes tu vuelo.

Y desde allí tu fúlgida carrera

Rápido precipitas,

Y tu rica encendida cabellera

En el seno del mar trémula agitas,

Y tu esplendor se oculta,

Y el ya pasado día

Con otros mil la eternidad sepulta.

¡Cuántos siglos sin fin, cuántos has visto

En su abismo insondable desplomarse!

¡Cuánta pompa, grandeza y poderío

De imperios populosos disiparse!

¿Qué fueron ante ti? Del bosque umbrío

Secas y leves hojas desprendidas,

Que en círculo se mecen,

Y al furor de Aquilón desaparecen.

Libre tú de la cólera divina,

Viste anegarse el universo entero,

Cuando las aguas por Jehová lanzadas,

Impelidas del brazo justiciero,

Y a mares por los vientos despeñadas,

Bramó la tempestad; retumbó en torno

El ronco trueno y con temblor crujieron

Los ejes de diamante de la tierra;

Montes y campos fueron

Alborotado mar, tumba del hombre.

Se estremeció el profundo;

Y entonces tú, como Señor del mundo,

Sobre la tempestad tu trono alzabas,

Vestido de tinieblas,

Y tu faz engreías,

Y a otros mundos en paz resplandecías.

Y otra vez nuevos siglos

Viste llegar, huir, desvanecerse

En remolino eterno, cual las olas

Llegan, se agolpan y huyen de Oceano,

Y tornan otra vez a sucederse;

Mientra inmutable tú, solo y radiante

¡Oh sol! siempre te elevas,

Y edades mil y mil huellas triunfante.

¿Y habrás de ser eterno, inextinguible,

Sin que nunca jamás tu inmensa hoguera

Pierda su resplandor, siempre incansable,

Audaz siguiendo tu inmortal carrera,

Hundirse las edades contemplando,

Y solo, eterno, perenal, sublime,

Monarca poderoso dominando?

No, que también la muerte,

Si de lejos te sigue,

No menos anhelante te persigue.

¿Quién sabe si tal vez pobre destello

Eres tú de otro sol que otro universo

Mayor que el nuestro un día

Con doble resplandor esclarecía!!!

Goza tu juventud y tu hermosura

¡Oh sol!, que cuando el pavoroso día

Llegue que el orbe estalle y se desprenda

De la potente mano

Del Padre Soberano,

Y allá a la eternidad también descienda,

Deshecho en mil pedazos, destrozado

Y en piélagos de fuego

Envuelto para siempre, y sepultado

De cien tormentas al horrible estruendo,

En tinieblas sin fin tu llama pura

Entonces morirá. Noche sombría

Cubrirá eterna la celeste cumbre;

Ni aun quedará reliquia de tu lumbre!!!

 

El verdugo

De los hombres lanzado al desprecio,

De su crimen la víctima fui,

Y se evitan de odiarse a sí mismos,

Fulminando sus odios en mí.

Y su rencor

Al poner en mi mano, me hicieron

Su vengador;

Y se dijeron:

«Que nuestra vergüenza común caiga en él;

Se marque en su frente nuestra maldición;

Su pan amasado con sangre y con hiel,

Su escudo con armas de eterno baldón

Sean la herencia

Que legue al hijo,

El que maldijo

La sociedad.»

¡Y de mí huyeron,

De sus culpas el manto me echaron,

Y mi llanto y mi voz escucharon

Sin piedad!!!

Al que a muerte condena le ensalzan…

¿Quién al hombre del hombre hizo juez?

¿Que no es hombre ni siente el verdugo

Imaginan los hombres tal vez?

¡Y ellos no ven

Que yo soy de la imagen divina

Copia también!

Y cual dañina

Fiera a que arrojan un triste animal,

Que ya entre sus dientes se siente crujir,

Así a mí, instrumento del genio del mal,

Me arrojan al hombre que traen a morir.

Y ellos son justos,

Yo soy maldito,

Yo sin delito

Soy criminal:

Mirad al hombre

Que me paga una muerte; el dinero

Me echa al suelo con rostro altanero,

¡A mí, su igual!

 

El tormento que quiebra los huesos

Y del reo el histérico ¡ay!

Y el crujir de los nervios rompidos

Bajo el golpe del hacha que cae,

Son mi placer.

Y al rumor que en las piedras rodando

Hace, al caer,

Del triste saltando

La hirviente cabeza de sangre en un mar,

Allí entre el bullicio del pueblo feroz

Mi frente serena contemplan brillar,

Tremenda, radiante con júbilo atroz.

Que de los hombres

En mí respira

Toda la ira,

Todo el rencor;

Que a mí pasaron:

la crueldad de sus almas impía,

Y al cumplir su venganza y la mía

¡Gozo en mi horror!

 

Ya más alto que el grande que altivo

Con sus plantas hollara la ley,

Al verdugo los pueblos miraron

Y mecido en los hombros de un Rey;

Y en él se hartó,

Embriagado de gozo aquel día

Cuando expiró;

Y su alegría

Su esposa y sus hijos pudieron notar;

Que en vez de la densa tiniebla de horror,

Miraron la risa su labio amargar,

Lanzando sus ojos fatal resplandor.

Que el verdugo

Con su encono

Sobre el trono

Se asentó.

Y aquel pueblo

Que tan alto le alzara bramando,

Otro rey de venganzas, temblando,

En él miró.

 

En mí vive la historia del mundo

Que el destino con sangre escribió,

Y en sus páginas rojas Dios mismo

Mi figura imponente grabó.

La eternidad

Ha tragado cien siglos y ciento,

Y la maldad

Su monumento

En mí todavía contempla existir;

Y en vano es que el hombre do brota la luz

Con viento de orgullo pretenda subir:

¡Preside el verdugo los siglos aún!

Y cada gota

Que me ensangrienta,

Del hombre ostenta

Un crimen más.

Y yo aún existo,

Fiel recuerdo de edades pasadas,

A quien siguen cien sombras airadas

¡Siempre detrás!

 

¡Oh!, ¿por qué te ha engendrado el verdugo,

Tú, hijo mío, tan puro y gentil?

En tu boca la gracia de un ángel

Presta gracia a tu risa infantil.

¡Ay! tu candor,

Tu inocencia, tu dulce hermosura

Me inspira horror.

¡Oh! tu ternura,

Mujer, ¿a qué gastas con ese infeliz?

¡Oh! muéstrate madre piadosa con él;

¡Ahógale y piensa será así feliz!

¿Qué importa que el mundo te llame cruel?

Mi vil oficio

Querrás que siga,

¡Que te maldiga

Tal vez querrás!

Piensa que un día

Al que hoy miras jugar inocente,

¡Maldecido cual yo y delincuente

También verás!!!!!

 

Elegía a la patria

¡Cuán solitaria la nación que un día

poblara inmensa gente!

¡La nación cuyo imperio se extendía

del Ocaso al Oriente!

Lágrimas viertes, infeliz ahora,

soberana del mundo,

¡y nadie de tu faz encantadora

borra el dolor profundo!

Oscuridad y luto tenebroso

en ti vertió la muerte,

y en su furor el déspota sañoso

se complació en tu suerte.

No perdonó lo hermoso, patria mía;

cayó el joven guerrero,

cayó el anciano, y la segur impía

manejó placentero.

So la rabia cayó la virgen pura

del déspota sombrío,

como eclipsa la rosa su hermosura

en el sol del estío.

¡Oh vosotros, del mundo, habitadores!,

contemplad mi tormento:

¿Igualarse podrán ¡ah!, qué dolores

al dolor que yo siento?

Yo desterrado de la patria mía,

de una patria que adoro,

perdida miro su primer valía,

y sus desgracias lloro.

Hijos espurios y el fatal tirano

sus hijos han perdido,

y en campo de dolor su fértil llano

tienen ¡ay!, convertido.

Tendió sus brazos la agitada España,

sus hijos implorando;

sus hijos fueron, mas traidora saña

desbarató su bando.

¿Qué se hicieron tus muros torreados?

¡Oh mi patria querida!

¿Dónde fueron tus héroes esforzados,

tu espada no vencida?

¡Ay!, de tus hijos en la humilde frente

está el rubor grabado:

a sus ojos caídos tristemente

el llanto está agolpado.

Un tiempo España fue: cien héroes fueron

en tiempos de ventura,

y las naciones tímidas la vieron

vistosa en hermosura.

Cual cedro que en el Líbano se ostenta,

su frente se elevaba;

como el trueno a la virgen amedrenta,

su voz las aterraba.

Mas ora, como piedra en el desierto,

yaces desamparada,

y el justo desgraciado vaga incierto

allá en tierra apartada.

Cubren su antigua pompa y poderío

pobre yerba y arena,

y el enemigo que tembló a su brío

burla y goza en su pena.

Vírgenes, destrenzad la cabellera

y dadla al vago viento:

acompañad con arpa lastimera

mi lúgubre lamento.

Desterrados ¡oh Dios!, de nuestros lares,

lloremos duelo tanto:

¿quién calmará ¡oh España!, tus pesares?,

¿quién secará tu llanto?

 

Era la noche: en la mitad del cielo…

Era la noche: en la mitad del cielo

Su luz rayaba la argentada luna,

Y otra luz más amable destellaba

De sus llorosos ojos la hermosura.

 

Allí en la triste soledad se hallaron

Su amante y ella con mortal angustia,

Y su voz en amarga despedida

Por vez postrera la infeliz escucha.

 

»Determinado está; sí, mi sentencia

Para siempre selló la suerte injusta,

Y cuando allá la eternidad sombría

Este momento en sus abismos hunda,

 

»¡Ojalá para siempre que el olvido,

Suavizando el rigor de la fortuna,

La imagen ¡ay! de las pasadas glorias

Bajo sus alas lóbregas encubra!

 

»¿Por qué al nacer crüeles me arrancaron

Del seno de mi madre moribunda,

Y salvo he sido de mortales riesgos

Para vivir penando en amargura?

 

»¿Por qué yo fui por mi fatal destino

Unido a ti desde la tierna cuna?

¿Por qué nos hizo iguales en riqueza

Y en linaje también mi desventura?

 

»¿Por qué mi infancia en inocentes juegos

Brilló contigo, y con delicia mutua

Ambos tejimos el infausto lazo

Que nuestras almas míseras anuda?

 

»¡Ah! para siempre adiós: vano es ahora

Acariciar memorias de ventura;

Voló ya la ilusión de la esperanza,

Y es vano amar sin esperanza alguna.

 

»¿Qué puede el infeliz contra el destino?

¿Qué ruegos moverán, qué desventuras

El bajo pecho de tu infame padre?

Infame, sí, que al despotismo jura

 

»Vil sumisión, y en sórdida avaricia

Vende su patria a las riquezas turcas.

Él apellida sacrosantas leyes

El capricho de un déspota; él nos juzga

 

»De rebeldes doquier: su voz comprada

Culpa a su patria y al tirano adula;

Él nos ordena ante el sultán odioso

Humilde miedo y obediencia muda.

 

»Mas no, que el alma de la Grecia existe;

Santo furor su corazón circunda,

Que ávido se hartará de sangre hirviente,

Que nuevo ardor le infundirá y bravura.

 

»No ya el tirano mandará en nosotros:

Tristes rüinas, áridas llanuras,

Cadáveres no más serán su imperio,

Será solo el señor de nuestras tumbas.

 

»Ya osan ser libres los armados brazos

Y ya rompen la bárbara coyunda,

y con júbilo a ti, todos ¡oh muerte!

y a ti, divina libertad, saludan.

 

»Gritos de triunfo, sacudido el viento

hará que al éter resonando suban,

O eterna muerte cubrirá a la Grecia

En noche infanda y soledad profunda.

 

»Ese altivo monarca, que embriagado

Yace en perfumes y lascivia impura,

Despechado sabrá que no hay cadena

Que la mano de un libre no destruya.

 

»Con rabia oirá de libertad el grito

Sonar tremendo en la obstinada lucha,

Y con miedo y horror su sed de sangre

Torrentes hartarán de sangre turca.

 

»Y tu padre también, si ora imprudente

So el poder del Islam su patria insulta,

Pronto verá cuan formidable espada

Blande en la lid la libertad sañuda.

 

»Marcha y dile por mí que hay mil valientes,

Y yo uno de ellos, que animosos juran

Morir cual héroes o romper el cetro

A cuya sombra el pérfido se escuda.

 

»Que aunque marcados con la vil cadena,

No han sido esclavas nuestras almas nunca,

Que el heredado ardor de nuestros padres

Las hace hervir aún: que nuestra furia

 

»Nos labrará, lidiando, en cada golpe

Triunfo seguro o noble sepultura.

Dile que solo en baja servidumbre

Puede vivir un alma cual la suya,

 

»El alma de un apóstata que indigno

Llega sus labios a la mano impura,

Que de caliente sangre reteñida,

Nuevos destrozos a su patria anuncia.

 

»Perdóname, infeliz, si mis palabras

Rudas ofenden tu filial ternura.

Es verdad, es verdad: tu padre un tiempo

Mi amigo se llamó, y ¡ojalá nunca

 

»Pasado hubieran tan dichosos días!

¡Yo no llamara injusta a la fortuna!

¡Cómo entonces mi mano enjugaría

Las lágrimas que viertes de amargura!

 

»Tú padre ¡oh Dios! como engañoso amigo

Cuando la Grecia la servil coyunda

Intrépida rompió, cuando mi pecho

Respiraba gozoso el aura pura

 

»De la alma libertad, pensó el inicuo

Seducirme tal vez con tu hermosura,

Y en premio vil me prometió tu mano

Si ser secuaz de su traición inmunda,

 

»Y desolar mi patria le ofrecía,

¡Esclavo yo de la insolente turba

De esclavos del sultán!!! Antes el cielo

Mis yertos miembros insepultos cubra,

 

»Que goce yo de ignominiosa vida

Ni en el seno feliz de tu dulzura.

¡Ah! para siempre a Dios: la infausta suerte

Que el lazo rompe que las almas junta,

 

»Y va a arrancar tu corazón del mío,

Tan solo ahora una esperanza endulza.

Yo te hallaré donde perpetuas dichas

Las almas de los ángeles disfrutan.

 

»¡Ah! para siempre adiós… tente… un momento

Un beso nada más… es de amargura…

Es el último ¡oh Dios!… mi sangre hiela…

¡Ah! los martirios del infierno nunca

 

»Igualaron mi pena y mi agonía.

¡Terminara muerte aquí mi angustia,

Y aun muriera feliz! Mis ojos quema

Una lágrima ¡oh Dios! y tú la enjugas.

 

»¡Quién resistir podrá! Basta, la hora

Se acerca ya que mi partida anuncia.

¡Ojalá para siempre que el olvido,

Suavizando el rigor de la fortuna,

 

»La imagen ¡ay! de las pasadas glorias

Bajo sus alas lóbregas encubra!»

 

Dice, y se alejan. A esperar consuelo

La hija del Apóstata en la tumba;

Él batallando pereció en las lides,

Y ella víctima fue de su amargura.

 

Fresca, lozana, pura y olorosa…

Fresca, lozana, pura y olorosa,

Gala y adorno del pensil florido,

Gallarda puesta sobre el ramo erguido,

Fragancia esparce la naciente rosa.

 

Mas si el ardiente sol lumbre enojosa

Vibra del can en llamas encendido,

El dulce aroma y el color perdido,

Sus hojas lleva el aura presurosa.

 

Así brilló un momento mi ventura

En alas del amor, y hermosa nube

Fingí tal vez de gloria y de alegría.

 

Mas ¡ay! que el bien trocose en amargura,

Y deshojada por los aires sube

La dulce flor de la esperanza mía.

 

¡Guerra!

¿Oís? Es el cañón. Mi pecho hirviendo

El cántico de guerra entonará,

Y al eco ronco del cañón venciendo,

La lira del poeta sonará.

 

El pueblo ved que la orgullosa frente

Levanta ya del polvo en que yacía,

Arrogante en valor, omnipotente,

Terror de la insolente tiranía.

Rumor de voces siento,

Y al aire miro deslumbrar espadas,

Y desplegar banderas;

Y retumban al son las escarpadas

Rocas del Pirineo;

Y retiemblan los muros

De la opulenta Cádiz, y el deseo

Crece en los pechos de vencer lidiando,

Brilla en los rostros el marcial contento,

Y donde quiera el generoso acento

Se alza de patria y libertad tronando.

Al grito de la patria

Volemos, compañeros,

Blandamos los aceros

Que intrépida nos da.

A par en nuestros brazos

Ufanos la ensalcemos

y al mundo proclamemos:

«España es libre ya.»

 

¡Mirad, mirad en sangre

Y lágrimas teñidos

Reír los forajidos,

Gozar en su dolor!

¡Oh! fin tan sólo ponga

Su muerte a la contienda,

Y cada golpe encienda

Aún más nuestro rencor.

 

¡Oh! siempre dulce patria

Al alma generosa;

¡Oh! ¡siempre portentosa

Magia de libertad!

Tus ínclitos pendones

Que el español tremola,

Un rayo tornasola

Del iris de la paz.

 

En medio del estruendo

Del bronce pavoroso,

Tu grito prodigioso

Se escucha resonar.

Tu grito que las almas

Inunda de alegría,

Tu nombre que a esa impía

Caterva hace temblar.

 

¿Quién hay ¡oh compañeros!

Que al bélico redoble

No sienta el pecho noble

Con júbilo latir?

Mirad centelleantes,

Cual nuncios ya de gloria,

Reflejos de victoria

Las armas despedir.

 

¡Al arma!, ¡al arma!, ¡mueran los carlistas!

Y al mar se lancen con bramido horrendo

De la infiel sangre caudalosos ríos,

Y atónito contemple el Oceano

Sus olas combatidas

Con la traidora sangre enrojecidas.

 

Truene el cañón: el cántico de guerra,

Pueblos ya libres, con placer alzad.

Ved, ya desciende a la oprimida tierra

Los hierros a romper, la libertad.

 

Helos allí: junto a la mar bravía…

Helos allí: junto a la mar bravía

Cadáveres están ¡ay! los que fueron

Honra del libre, y con su muerte dieron

Almas al cielo, a España nombradía.

 

Ansia de patria y libertad henchía

Sus nobles pechos que jamás temieron,

Y las costas de Málaga los vieron

Cual sol de gloria en desdichado día.

 

Españoles, llorad; mas vuestro llanto

Lágrimas de dolor y sangre sean,

Sangre que ahogue a siervos y opresores,

 

Y los viles tiranos con espanto,

Siempre delante amenazando vean

Alzarse sus espectros vengadores.

 

Himno de la inmortalidad

¡Salve, llama creadora del mundo,

Lengua ardiente de eterno saber,

Puro germen, principio fecundo

Que encadenas la muerte a tus pies!

 

Tú la inerte materia espoleas,

Tú la ordenas juntarse y vivir,

Tú su lodo modelas, y creas

Miles seres de formas sin fin.

 

Desbarata tus obras en vano

Vencedora la muerte tal vez;

De sus restos levanta tu mano

Nuevas obras triunfante otra vez.

 

Tú la hoguera del sol alimentas,

Tú revistes los cielos de azul,

Tú la luna en las sombras argentas,

Tú coronas la aurora de luz.

 

Gratos ecos al bosque sombrío,

Verde pompa a los árboles das,

Melancólica música al río,

Ronco grito a las olas del mar.

 

Tú el aroma en las flores exhalas,

En los valles suspiras de amor,

Tú murmuras del aura en las alas,

En el Bóreas retumba tu voz.

 

Tú derramas el oro en la tierra

En arroyos de hirviente metal;

Tú abrillantas la perla que encierra

En su abismo profundo la mar.

 

Tú las cárdenas nubes extiendes,

Negro manto que agita Aquilón;

Con tu aliento los aires enciendes,

Tus rugidos infunden pavor.

 

Tú eres pura simiente de vida,

Manantial sempiterno del bien;

Luz del mismo Hacedor desprendida,

Juventud y hermosura es tu ser.

 

Tú eres fuerza secreta que el mundo

En sus ejes impulsa a rodar,

Sentimiento armonioso y profundo

De los orbes que anima tu faz.

 

De tus obras los siglos que vuelan

Incansables artífices son,

Del espíritu ardiente cincelan

Y embellecen la estrecha prisión.

 

Tú en violento, veloz torbellino

Los empujas enérgica, y van;

Y adelante en tu raudo camino

A otros siglos ordenas llegar.

 

Y otros siglos ansiosos se lanzan,

Desparecen y llegan sin fin,

Y en su eterno trabajo se alcanzan,

Y se arrancan sin tregua el buril.

 

Y afanosos sus fuerzas emplean

En tu inmenso taller sin cesar,

Y en la tosca materia golpean,

Y redobla el trabajo su afán.

 

De la vida en el hondo Oceáno

Flota el hombre en perpetuo vaivén,

Y derrama abundante tu mano

La creadora semilla en su ser.

 

Hombre débil, levanta la frente,

Pon tu labio en su eterno raudal;

Tú serás como el sol en Oriente,

Tú serás como el mundo, inmortal.

 

¡Hurra, cosacos del desierto! ¡Hurra!…

Donde sienta mi caballo los pies

no vuelve a nacer yerba.

Palabras de Atila.

 

Coro

¡Hurra, cosacos del desierto! ¡Hurra!

La Europa os brinda espléndido botín;

Sangrienta charca sus campiñas sean,

De los grajos su ejército festín.

 

¡Hurra! ¡A caballo, hijos de la niebla!

Suelta la rienda, a combatir volad;

¿Veis esas tierras fértiles? Las puebla

Gente opulenta, afeminada ya.

Casas, palacios, campos y jardines,

Todo es hermoso y refulgente allí;

Son sus hembras celestes serafines,

Su sol alumbra un cielo de zafir.

 

¡Hurra, cosacos del desierto! ¡Hurra!

La Europa os brinda espléndido botín;

Sangrienta charca sus campiñas sean,

De los grajos su ejército festín.

 

Nuestros sean su oro y sus placeres,

Gocemos de ese campo y ese sol;

Son sus soldados menos que mujeres.

Sus reyes viles mercaderes son.

Vedlos huir para esconder su oro,

Vedlos cobardes lágrimas verter…

¡Hurra! Volad, sus cuerpos, su tesoro

Huellen nuestros caballos con sus pies.

 

¡Hurra, cosacos del desierto! ¡Hurra!

La Europa os brinda espléndido botín;

Sangrienta charca sus campiñas sean,

De los grajos su ejército festín.

 

Dictará allí nuestro capricho leyes,

Nuestras casas alcázares serán,

Los cetros y coronas de los reyes

Cual juguetes de niños rodarán.

¡Hurra! ¡Volad a hartar nuestros deseos!

Las más hermosas nos darán su amor,

Y no hallarán nuestros semblantes feos,

Que siempre brilla hermoso el vencedor.

 

¡Hurra, cosacos del desierto! ¡Hurra!

La Europa os brinda espléndido botín;

Sangrienta charca sus campiñas sean,

De los grajos su ejército festín.

 

Desgarraremos la vencida Europa

Cual tigres que devoran su ración;

En sangre empaparemos nuestra ropa,

Cual rojo manto de imperial señor.

Nuestros nobles caballos relinchando

Regias habitaciones morarán;

Cien esclavos, sus frentes inclinando,

Al mover nuestros ojos temblarán.

 

¡Hurra, cosacos del desierto! ¡Hurra!

La Europa os brinda espléndido botín;

Sangrienta charca sus campiñas sean,

De los grajos su ejército festín.

 

Venid, volad, guerreros del desierto,

Como nubes en negra confusión,

Todos suelto el bridón, el ojo incierto,

Todos atropellándoos en montón.

Id en la espesa niebla confundidos,

Cual tromba que arrebata el huracán,

Cual témpanos de hielo endurecidos

Por entre rocas despeñadas van.

 

¡Hurra, cosacos del desierto! ¡Hurra!

La Europa os brinda espléndido botín;

Sangrienta charca sus campiñas sean,

De los grajos su ejército festín.

 

Nuestros padres un tiempo caminaron

Hasta llegar a una imperial ciudad;

Un sol más puro es fama que encontraron,

Y palacios de oro de cristal.

Vadearon el Tibre sus bridones,

Yerta a sus pies la tierra enmudeció;

Su sueño con fantásticas canciones

La fada de los triunfos arrulló.

 

¡Hurra, cosacos del desierto! ¡Hurra!

La Europa os brinda espléndido botín;

Sangrienta charca sus campiñas sean,

De los grajos su ejército festín.

 

¡Qué! ¿No sentís la lanza estremecerse

Hambrienta en vuestras manos de matar?

¿No veis entre la niebla aparecerse

Visiones mil que el parabién nos dan?

Escudo de esas míseras naciones

Era ese muro que abatido fue;

La gloria de Polonia y sus blasones

En humo y sangre convertidos ved.

 

¡Hurra, cosacos del desierto! ¡Hurra!

La Europa os brinda espléndido botín;

Sangrienta charca sus campiñas sean,

De los grajos su ejército festín.

 

¿Quién en dolor trocó sus alegrías?

¿Quién sus hijos triunfante encadenó?

¿Quién puso fin a sus gloriosos días?

¿Quién en su propia sangre los ahogó?

¡Hurra, cosacos! ¡Gloria al más valiente!

Esos hombres de Europa nos verán:

¡Hurra! Nuestros caballos en su frente

Hondas sus herraduras marcarán.

 

¡Hurra, cosacos del desierto! ¡Hurra!

La Europa os brinda espléndido botín;

Sangrienta charca sus campiñas sean,

De los grajos su ejército festín.

 

A cada bote de la lanza ruda,

A cada escape en la abrasada lid,

La sangrienta ración de carne cruda

Bajo la silla sentiréis hervir.

Y allá después en templos suntüosos,

Sirviéndonos de mesa algún altar,

Nuestra sed calmarán vinos sabrosos,

Hartará nuestra hambre blanco pan.

 

¡Hurra, cosacos del desierto! ¡Hurra!

La Europa os brinda espléndido botín;

Sangrienta charca sus campiñas sean,

De los grajos su ejército festín.

 

Y nuestras madres nos verán triunfantes,

Y a esa caduca Europa a nuestros pies,

Y acudirán de gozo palpitantes,

En cada hijo a contemplar un rey.

Nuestros hijos sabrán nuestras acciones,

Las coronas de Europa heredarán,

Y a conquistar también otras regiones

El caballo y la lanza aprestarán.

 

¡Hurra, cosacos del desierto! ¡Hurra!

La Europa os brinda espléndido botín,

Sangrienta charca sus campiñas sean,

De los grajos su ejército festín.

 

La cautiva

Ya el sol esconde sus rayos,

el mundo en sombras se vela,

el ave a su nido vuela.

Busca asilo el trovador.

 

Todo calla: en pobre cama

duerme el pastor venturoso:

en su lecho suntüoso

se agita insomne el señor.

 

Se agita; mas ¡ay! reposa

al fin en su patrio suelo;

no llora en mísero duelo

la libertad que perdió.

 

Los campos ve que a su infancia

horas dieron de contento,

su oído halaga el acento

del país donde nació.

 

No gime ilustre cautivo

entre doradas cadenas,

que si bien de encanto llenas,

al cabo cadenas son.

 

Si acaso, triste lamenta,

en torno ve a sus amigos,

que, de su pena testigos,

consuelan su corazón.

 

La arrogante erguida palma

que en el desierto florece,

al viajero sombra ofrece,

descanso y grato manjar.

 

Y, aunque sola, allí es querida

del árabe errante y fiero,

que siempre va placentero

a su sombra a reposar.

 

Mas ¡ay triste! yo cautiva,

huérfana y sola suspiro,

el clima extraño respiro,

y amo a un extraño también.

 

No hallan mis ojos mi patria;

humo han sido mis amores;

nadie calma mis dolores

y en celos me siento arder.

 

¡Ah! ¿Llorar? ¿Llorar?… no puedo

ni ceder a mi tristura,

ni consuelo en mi amargura

podré jamás encontrar.

 

Supe amar como ninguna,

supe amar correspondida;

despreciada, aborrecida,

¿no sabré también odiar?

 

¡Adiós, patria! ¡adiós, amores!

La infeliz Zoraida ahora

sólo venganzas implora,

ya condenada a morir.

 

No soy ya del castellano

la sumisa enamorada:

soy la cautiva cansada

ya de dejarse oprimir.

 

La desesperación

Me gusta ver el cielo

con negros nubarrones

y oír los aquilones

horrísonos bramar,

me gusta ver la noche

sin luna y sin estrellas,

y solo las centellas

la tierra iluminar.

 

Me agrada un cementerio

de muertos bien relleno,

manando sangre y cieno

que impida el respirar,

y allí un sepulturero

de tétrica mirada

con mano despiadada

los cráneos machacar.

 

Me alegra ver la bomba

caer mansa del cielo,

e inmóvil en el suelo,

sin mecha al parecer,

y luego embravecida

que estalla y que se agita

y rayos mil vomita

y muertos por doquier.

 

Que el trueno me despierte

con su ronco estampido,

y al mundo adormecido

le haga estremecer,

que rayos cada instante

caigan sobre él sin cuento,

que se hunda el firmamento

me agrada mucho ver.

 

La llama de un incendio

que corra devorando

y muertos apilando

quisiera yo encender;

tostarse allí un anciano,

volverse todo tea,

y oír como chirrea

¡qué gusto!, ¡qué placer!

 

Me gusta una campiña

de nieve tapizada,

de flores despojada,

sin fruto, sin verdor,

ni pájaros que canten,

ni sol haya que alumbre

y solo se vislumbre

la muerte en derredor.

 

Allá, en sombrío monte,

solar desmantelado,

me place en sumo grado

la luna al reflejar,

moverse las veletas

con áspero chirrido

igual al alarido

que anuncia el expirar.

 

Me gusta que al Averno

lleven a los mortales

y allí todos los males

les hagan padecer;

les abran las entrañas,

les rasguen los tendones,

rompan los corazones

sin de ayes caso hacer.

 

Insólita avenida

que inunda fértil vega,

de cumbre en cumbre llega,

y arrasa por doquier;

se lleva los ganados

y las vides sin pausa,

y estragos miles causa,

¡qué gusto!, ¡qué placer!

 

Las voces y las risas,

el juego, las botellas,

en torno de las bellas

alegres apurar;

y en sus lascivas bocas,

con voluptuoso halago,

un beso a cada trago

alegres estampar.

 

Romper después las copas,

los platos, las barajas,

y abiertas las navajas,

buscando el corazón;

oír luego los brindis

mezclados con quejidos

que lanzan los heridos

en llanto y confusión.

 

Me alegra oír al uno

pedir a voces vino,

mientras que su vecino

se cae en un rincón;

y que otros ya borrachos,

en trino desusado,

cantan al dios vendado

impúdica canción.

 

Me agradan las queridas

tendidas en los lechos,

sin chales en los pechos

y flojo el cinturón,

mostrando sus encantos,

sin orden el cabello,

al aire el muslo bello…

¡Qué gozo!, ¡qué ilusión!

 

Las quejas de su amor

Bellísima parece

al vástago prendida,

gallarda y encendida

de abril la linda flor;

empero muy más bella

la virgen ruborosa

se muestra, al dar llorosa

las quejas de su amor.

 

Suave es el acento

de dulce amante lira,

si al blando son suspira

de noche el trovador;

pero aun es más suave

la voz de la hermosura

si dice con ternura

las quejas de su amor.

 

Grato es en noche umbría

al triste caminante

del alma radiante

mirar el resplandor;

empero es aun más grato

el alma enamorada

oír de su adorada

las quejas de su amor.

 

Magnífico Morvén, se alza tu frente…

La despedida

Magnífico Morvén, se alza tu frente

De sempiterna nieve coronada;

Al hondo valle bramador torrente

De tu cumbre enriscada

Se derrumba con ímpetu sonante,

Y zumba allá distante.

La lira de Ossián resonó un día

En tu breñosa cumbre:

Tierna melancolía

Vertió en la soledad, y repetiste

Su acento de dolor lánguido y dulce,

Como el recuerdo del amante triste

De su amada en la tumba.

El eco de su voz clamando guerra

Al rumor del torrente parecía,

Que en silencio retumba.

Aun figuro tal vez que las montañas

De nuevo esperan resonar su acento,

Cual muda la ribera

De las olas que tornan,

El ronco estruendo y el embate espera.

¿Dónde estás, Ossián? ¿En los palacios

De las nubes agitas la tormenta,

O en el collado gira allá en la noche

Vagorosa tu sombra macilenta?

Siento tierno quejido,

Y oigo el nombre de Óscar y de Malvina

Del aura entre el rüido,

Si el alta copa del ciprés inclina;

Y al resonar el hijo de la roca,

Cuando su voz se pierde

Cual la luz de la luna entre la niebla,

Mi mente se figura

Que escucho tus acentos de dulzura.

Miro el alcázar de Fingal cubierto

De innoble musgo y yerba,

Y en silencio profundo sepultado

Como la noche el mar, el viento en calma.

¿Do las armas están? ¿Dónde el sonido

Del escudo batido?

¿Do de Carril la lira delicada,

Las fiestas de las conchas y tu llanto,

Moina desconsolada?

Blando el eco repite

Segunda vez el nombre de Malvina

Y el de su dulce Óscar: tiernos se amaron,

Gime en su losa de la noche el viento,

Y repite sus nombres que pasaron.

Óscar de negros ojos, en las paces

Dulce su corazón como los rayos

Del astro bello precursor del día,

Y fiero en la batalla de la lanza,

A la suya seguía

La muerte que vibraba su pujanza.

Llamó al héroe la guerra

Que el tirano Cairvar fiero traía,

Y su Malvina hermosa

Tierno llanto vertiendo le decía:

«¿Dónde marchas, Óscar? Sobre las rocas,

Donde braman los vientos,

Me mirarán llorar mis compañeras:

No más fatigaré vibrando el arco

Por el monte las fieras,

Ni a ti cansado de la ardiente caza

Te esperaré cuidosa,

Ni oiré ya más la voz de tus amores,

Ni mi alma estará nunca gozosa.

‘¿En dónde está mi Óscar?’ a los guerreros

Preguntaré anhelante,

Y ellos pasando junto a mí ligeros

Responderán: ‘¡Murió!’». Dice, y expira

En sollozos su acento más süave

Que del arpa el sonido,

al vislumbrar la luna

En solitario bosque y escondido.

«Destierra ese temor, Malvina mía

-Óscar responde con fingido aliento-;

Muchos los héroes son que Fingal manda:

Caiga el Fiero Cairvar y yo perezca,

Si es forzoso también; mas tú, Malvina,

Bella como la edad de la inocencia,

Vive, que ya destina

Himnos el barco a eternizar mi gloria.

Mis hazañas oirás y entre las nubes

Yo sonreiré feliz, y vagaroso

Allá en la noche fría

Bajaré a tu mansión; verás mi sombra

Al triste rayo de la luna umbría».

Y dice y se desprende de los brazos

De su infeliz Malvina;

A pasos rapidísimos avanza,

Y a la llama oscilante

De las hogueras del extenso campo

Brillar se ven sus armas cual radiante,

Rápida exhalación. Yace en silencio

El campamento todo,

Y sólo al eco repetir se siente

El crujir al andar de su armadura

Y el blando susurrar del manso ambiente.

Cual por nubes la luna silenciosa

Su luz quebrada envía

Trémula sobre el mar que la retrata,

Que ora se ve brillar, ora perdida

Pardo vellón de nube la arrebata,

Cielo y tierra en tinieblas sepultando;

Así a veces Óscar brilla y se pierde,

La selva atravesando.

 

El combate

Cairvar yace dormido

Y tiene junto a sí lanza y escudo,

Y relumbra su yelmo

Claro a la llamarada reluciente

De un tronco carcomido,

Casi despojo de la llama ardiente,

Mitad de él a cenizas reducido.

«Levántate, Cairvar -Óscar le grita-;

Cual hórrida tormenta

Eres tú de temer, mas yo no tiemblo:

Desprecio tu arrogancia y osadía;

La lanza apresta y el escudo embraza,

Álzate pues, que Óscar te desafía.»

Cual en noche serena

Súbito amenazante, inmensa nube

La turbulenta mar de espanto llena,

Se levanta Cairvar, alto cual roca

De endurecido hielo.

«¿Quién osa del valiente

-En voz tronante grita-

Ora turbar el sueño, y quién irrita

La cólera a Cairvar armipotente?»

«Vigoroso es tu brazo en la pelea,

Rey de la mar de aurirrolladas olas

-Óscar de negros ojos le responde-,

[…]

[…]

Hará ceder tu indómita pujanza.»

Como el furor del viento proceloso

Ondas con ondas con bramido horrendo

Estrella impetuoso,

Los guerreros ardiendo se arremeten

Y fieros se acometen.

Chispea el hierro, la armadura suena:

Al rumor de los golpes gime el viento,

Y su son, dilatándose violento,

Al ronco monte atruena.

Cayó Cairvar como robusto tronco

Que tumba el leñador al golpe rudo

De hendiente hacha pesada,

Y cayó derribada

Su soberbia fiereza,

Y su insolente orgullo y aspereza.

Mas ¡ay! que moribundo

Óscar yace también: ¡triste Malvina!

Aún no los bellos ojos apartaste

Del bosque aquel que le ocultó a tu vista,

Y del último adiós aún no enjugaste

Las lágrimas hermosas,

Tú más dulce a tu Óscar que las sabrosas

Auras de la mañana,

Siempre sola estarás; si entre las selvas

Pirámide de hielo

Reverbera a la luna,

En tu ilusión dichosa

Figurarás tu amante,

Pensando ver su cota fulgurosa;

Pasará tu delirio

Y verterás al llanto de amargura

Sola y desconsolada…

«¡Ay! ¡Óscar pereció!», gemirá el viento

Al romper la alborada,

Y al ocultar el sol la sombra oscura

De la noche callada.

 

Marchitas ya las juveniles flores…

Marchitas ya las juveniles flores,

nublado el sol de la esperanza mía,

hora tras hora cuento, y mi agonía

crecen, y mi ansiedad y mis dolores.

 

Sobre terso cristal, ricos colores

pinta alegre, tal vez, mi fantasía,

cuando la dura realidad sombría

mancha el cristal y empaña sus fulgores.

 

Los ojos vuelvo en incesante anhelo,

y gira en torno indiferente el mundo

y en torno gira indiferente el cielo.

 

A ti las quejas de mi mal profundo,

hermosa sin ventura, yo te envío.

Mis versos son tu corazón y el mío.

 

Me gusta ver el cielo…

Me gusta ver el cielo

con negros nubarrones

y oír los aquilones

horrísonos bramar,

me gusta ver la noche

sin luna y sin estrellas,

y solo las centellas

la tierra iluminar.

 

Me agrada un cementerio

de muertos bien relleno,

manando sangre y cieno

que impida el respirar,

y allí un sepulturero

de tétrica mirada

con mano despiadada

los cráneos machacar.

 

Me alegra ver la bomba

caer mansa del cielo,

e inmóvil en el suelo,

sin mecha al parecer,

y luego embravecida

que estalla y que se agita

y rayos mil vomita

y muertos por doquier.

 

Que el trueno me despierte

con su ronco estampido,

y al mundo adormecido

le haga estremecer,

que rayos cada instante

caigan sobre él sin cuento,

que se hunda el firmamento

me agrada mucho ver.

 

La llama de un incendio

que corra devorando

y muertos apilando

quisiera yo encender;

tostarse allí un anciano,

volverse todo tea,

y oír como chirrea

¡qué gusto!, ¡qué placer!

 

Me gusta una campiña

de nieve tapizada,

de flores despojada,

sin fruto, sin verdor,

ni pájaros que canten,

ni sol haya que alumbre

y solo se vislumbre

la muerte en derredor.

 

Allá, en sombrío monte,

solar desmantelado,

me place en sumo grado

la luna al reflejar,

moverse las veletas

con áspero chirrido

igual al alarido

que anuncia el expirar.

 

Me gusta que al Averno

lleven a los mortales

y allí todos los males

les hagan padecer;

les abran las entrañas,

les rasguen los tendones,

rompan los corazones

sin de ayes caso hacer.

 

Insólita avenida

que inunda fértil vega,

de cumbre en cumbre llega,

y arrasa por doquier;

se lleva los ganados

y las vides sin pausa,

y estragos miles causa,

¡qué gusto!, ¡qué placer!

 

Las voces y las risas,

el juego, las botellas,

en torno de las bellas

alegres apurar;

y en sus lascivas bocas,

con voluptuoso halago,

un beso a cada trago

alegres estampar.

 

Romper después las copas,

los platos, las barajas,

y abiertas las navajas,

buscando el corazón;

oír luego los brindis

mezclados con quejidos

que lanzan los heridos

en llanto y confusión.

 

Me alegra oír al uno

pedir a voces vino,

mientras que su vecino

se cae en un rincón;

y que otros ya borrachos,

en trino desusado,

cantan al dios vendado

impúdica canción.

 

Me agradan las queridas

tendidas en los lechos,

sin chales en los pechos

y flojo el cinturón,

mostrando sus encantos,

sin orden el cabello,

al aire el muslo bello…

¡Qué gozo!, ¡qué ilusión!

 

Mío es el mundo: como el aire libre…

Mío es el mundo: como el aire libre,

Otros trabajan porque coma yo;

todos se ablandan si doliente pido

Una limosna por amor de Dios.

 

El palacio, la cabaña

Son mi asilo,

Si del ábrego el furor

Troncha el roble en la montaña,

O que inunda la campaña

El torrente asolador.

 

Y a la hoguera

Me hacen lado

Los pastores

Con amor,

Y sin pena

Y descuidado

De su cena

Ceno yo.

O en la rica

Chimenea,

Que recrea

Con su olor,

Me regalo

Codicioso

Del banquete

Suntüoso

Con las sobras

De un señor.

 

Y me digo: el viento brama,

Caiga furioso turbión;

Que al son que cruje de la seca leña,

Libre me duermo sin rencor ni amor.

 

Mío es el mundo: como el aire libre,

Otros trabajan porque coma yo;

todos se ablandan si doliente pido

Una limosna por amor de Dios.

 

Todos son mis bienhechores,

Y por todos

A Dios ruego con fervor;

De villanos y señores

Yo recibo los favores

Sin estima y sin amor.

Ni pregunto

Quiénes sean,

Ni me obligo

A agradecer;

Que mis rezos

Si desean,

Dar limosna

Es un deber.

Y es pecado

La riqueza,

La pobreza

Santidad;

Dios a veces

Es mendigo,

Y al avaro

Da castigo

Que le niegue

Caridad.

 

Yo soy pobre y se lastiman

Todos al verme plañir,

Sin ver son mías sus riquezas todas,

Que mina inagotable es el pedir.

 

Mío es el mundo: como el aire libre,

Otros trabajan porque coma yo;

todos se ablandan si doliente pido

Una limosna por amor de Dios.

 

Mal revuelto y andrajoso,

Entre harapos

Del lujo sátira soy,

Y con mi aspecto asqueroso

Me vengo del poderoso,

Y a donde va tras él voy.

 

Y a la hermosa

Que respira

Cien perfumes,

Gala, amor,

La persigo

Hasta que mira,

Y me gozo

Cuando aspira

Mi punzante

Mal olor.

Y las fiestas

Y el contento

Con mi acento

Turbo yo,

Y en la bulla

Y la alegría

Interrumpen

La armonía

Mis harapos

Y mi voz:

 

Mostrando cuán cerca habitan

El gozo y el padecer,

Que no hay placer sin lágrimas, ni pena

Que no transpire en el medio del placer.

 

Mío es el mundo: como el aire libre,

Otros trabajan porque coma yo;

todos se ablandan si doliente pido

Una limosna por amor de Dios.

 

Y para mí no hay mañana,

Ni hay ayer;

Olvido el bien como el mal,

Nada me aflige ni afana;

Me es igual para mañana

Un palacio, un hospital.

Vivo ajeno

De memorias,

De cuidados

libre estoy;

Busquen otros

Oro y glorias,

Yo no pienso

Sino en hoy.

Y do quiera

Vayan leyes,

Quiten reyes,

Reyes den;

Yo soy pobre,

Y al mendigo,

Por el miedo

Del castigo,

Todos hacen

Siempre bien.

 

Y un asilo donde quiera

Y un lecho en el hospital

Siempre hallaré, y un hoyo donde caiga

Mi cuerpo miserable al espirar.

 

Mío es el mundo: como el aire libre,

Otros trabajan porque coma yo;

Todos se ablandan, si doliente pido

Una limosna por amor de Dios.

 

Octava real

El estandarte ved que en Ceriñola

el gran Gonzalo desplegó triunfante,

la noble enseña ilustre y española

que al indio domeñó y al mar de Atlante;

regio pendón que al aire se tremola,

don de CRISTINA, enseña relumbrante,

verla podremos en la lid reñida

rasgada sí, pero jamás vencida.

 

¡Oh! ¡Es el pueblo! ¡Es el pueblo! Cual las olas…

¡Oh! ¡Es el pueblo! ¡Es el pueblo! Cual las olas

Del hondo mar alborotado brama;

Las esplendentes glorias españolas,

Su antigua prez, su independencia clama.

Hombres, mujeres vuelan al combate,

El volcán de sus iras estalló:

Sin armas van, pero en sus pechos late

Un corazón colérico, español.

La frente coronada de laureles,

Con el botín de la vencida Europa,

Con sangre hasta las cinchas los corceles,

En cien campañas veterana tropa;

Los que el rápido Volga ensangrentaron,

Los que humillaron a sus pies naciones,

Y sobre las pirámides pasaron

Al galope veloz de sus bridones;

A eterna lucha, a sin igual batalla

Madrid provoca en su encendida ira;

Su pueblo inerme allí entre la metralla

Y entre los sables reluchando gira.

Graba en su frente luminosa huella

La lumbre que destella el corazón;

Y a parar con sus pechos se atropella

El rayo del mortífero cañón.

¡Oh de sangre y valor glorioso día!

Mis padres cuando niño me contaron

Sus hechos ¡ay! y en la memoria mía,

Santo recuerdo de virtud, quedaron.

Entonces, indignados me decían,

Cayó el cetro español pedazos hecho;

Por precio vil a extraños nos vendían,

Desde el de Carlos profanado lecho.

La corte del monarca disoluta,

Prosternada a las plantas de un privado,

Sobre el seno de impura prostituta,

Al trono de los reyes ensalzado.

Sobre coronas, tronos y tiaras

Su orgullo solo y su capricho ley;

Hordas de sangre y de conquista avaras,

Cada soldado un absoluto rey;

Fijo en España el ojo centellante,

El Pirene a salvar pronto el bridón,

Al rey de reyes, al audaz gigante

Ciegos ensalzan, siguen en montón.

Y vosotros ¿qué hicisteis entre tanto,

Los de espíritu flaco y alta cuna?

Derramar como hembras débil llanto

O adular bajamente a la fortuna.

Buscar tras la extranjera bayoneta

Seguro a vuestras vidas y muralla,

Y siervos viles a la plebe inquieta

Con baja lengua apellidar canalla.

¡Canalla! sí, vosotros los traidores,

Los que negáis al entusiasmo ardiente

Su gloria, y nunca visteis los fulgores

Con que ilumina la inspirada frente!

¡Canalla! sí, los que, en la lid, alarde

Hicieron de su infame villanía,

Disfrazando su espíritu cobarde

Con la sana razón segura y fría!

¡Oh! La canalla, la canalla en tanto

Arrojó el grito de venganza y guerra,

Y arrebatada en su entusiasmo santo

Quebrantó las cadenas de la tierra.

Del cetro de sus reyes los pedazos

Del suelo ensangrentados recogía,

Y un nuevo trono en sus robustos brazos

Levantando a su príncipe ofrecía.

Brilla el puñal en la irritada mano,

Huye el cobarde y el traidor se esconde;

Truena el cañón y el grito castellano

De Independencia y Libertad responde.

¡Héroes de Mayo, levantad las frentes!

Sonó la hora y la venganza espera;

Id, y hartad vuestra sed en los torrentes

De sangre de Bailen y Talavera.

Id, saludad los héroes de Gerona,

Alzad con ellos el radiante vuelo,

Y a los de Zaragoza alta corona

Ceñid, que aumente el esplendor del cielo.

Mas ¡ay! ¿por qué cuando los ojos brotan

Lágrimas de entusiasmo y alegría,

Y el alma atropellados alborotan

Tantos recuerdos de honra y valentía;

Negra nube en el alma se levanta

Que turba y oscurece los sentidos,

Fiero dolor el corazón quebranta

Y se ahoga la voz entre gemidos?

¡Oh! levantad la frente carcomida,

Mártires de la gloria,

Que aun arde en ella con eterna vida

La luz de la victoria!

¡Oh! levantadla del eterno sueño,

Y con los huecos de los ojos fijos,

Contemplad una vez con torvo ceño

La vergüenza y baldón de vuestros hijos!

Quizá en vosotros donde el fuego arde

Del castellano honor, aun sobre vida

Para alentar el corazón cobarde

Y abrasar esta tierra envilecida.

¡Ay! ¿Cuál fue el galardón de vuestro celo,

De tanta sangre y bárbaro quebranto,

De tan heroica lucha y tanto anhelo,

Tanta virtud y sacrificio tanto?

El trono que erigió vuestra bravura

Sobre huesos de héroes levantado,

Un rey ingrato de memoria impura

Con eterno baldón dejó manchado.

¡Ay! Para hollar la libertad sagrada,

El príncipe, borrón de nuestra historia,

Llamó en su auxilio la francesa espada

Que segase el laurel de vuestra gloria.

Y vuestros hijos de la muerte huyeron

Y esa sagrada tumba abandonaron,

Hollarla ¡oh Dios! a los franceses vieron

Y hollarla a los franceses les dejaron.

Como la mar tempestuosa ruge,

La losa al choque de los cráneos duros,

Tronó y se alzó con indignado empuje

Del galo audaz bajo los pies impuros.

Y aun hoy helos allí, que su semblante

Con hipócrita máscara cubrieron,

Y a Luis Felipe, en muestra suplicante,

Ambos brazos imbéciles tendieron.

La vil palabra ¡intervención! gritaron,

Y del rey mercader la reclamaban;

De vuestros timbres sin honor mofaron,

Mientras en su impudor se encenegaban.

Hoy esa raza degradada, espuria,

Pobre nación, que esclavizarte anhela,

Busca también por renovar tu injuria

De extranjeros monarcas la tutela.

Tumba vosotros sois de nuestra gloria,

De la antigua hidalguía,

Del castellano honor, que en la memoria,

Solo nos queda hoy día.

Verted juntando las dolientes manos

Lágrimas ¡ay! que escalden la mejilla;

Mares de eterno llanto, castellanos,

No bastan a borrar vuestra mancilla.

Llorad como mujeres; vuestra lengua

No osa lanzar el grito de venganza;

Apáticos vivís en tanta mengua,

Y os cansa el brazo el peso de la lanza.

¡Oh! en el dolor eterno que me inspira

El pueblo en torno avergonzado calle,

Y estallando las cuerdas de mi lira

Roto también mi corazón estalle.

 

¿Oís? Es el cañón. Mi pecho hirviendo…

¿Oís? Es el cañón. Mi pecho hirviendo

El cántico de guerra entonará,

Y al eco ronco del cañón venciendo,

La lira del poeta sonará.

 

El pueblo ved que la orgullosa frente

Levanta ya del polvo en que yacía,

Arrogante en valor, omnipotente,

Terror de la insolente tiranía.

Rumor de voces siento,

Y al aire miro deslumbrar espadas,

Y desplegar banderas;

Y retumban al son las escarpadas

Rocas del Pirineo;

Y retiemblan los muros

De la opulenta Cádiz, y el deseo

Crece en los pechos de vencer lidiando,

Brilla en los rostros el marcial contento,

Y donde quiera el generoso acento

Se alza de patria y libertad tronando.

Al grito de la patria

Volemos, compañeros,

Blandamos los aceros

Que intrépida nos da.

A par en nuestros brazos

Ufanos la ensalcemos

y al mundo proclamemos:

«España es libre ya.»

 

¡Mirad, mirad en sangre

Y lágrimas teñidos

Reír los forajidos,

Gozar en su dolor!

¡Oh! fin tan sólo ponga

Su muerte a la contienda,

Y cada golpe encienda

Aún más nuestro rencor.

 

¡Oh! siempre dulce patria

Al alma generosa;

¡Oh! ¡siempre portentosa

Magia de libertad!

Tus ínclitos pendones

Que el español tremola,

Un rayo tornasola

Del iris de la paz.

 

En medio del estruendo

Del bronce pavoroso,

Tu grito prodigioso

Se escucha resonar.

Tu grito que las almas

Inunda de alegría,

Tu nombre que a esa impía

Caterva hace temblar.

 

¿Quién hay ¡oh compañeros!

Que al bélico redoble

No sienta el pecho noble

Con júbilo latir?

Mirad centelleantes,

Cual nuncios ya de gloria,

Reflejos de victoria

Las armas despedir.

 

¡Al arma!, ¡al arma!, ¡mueran los carlistas!

Y al mar se lancen con bramido horrendo

De la infiel sangre caudalosos ríos,

Y atónito contemple el Oceano

Sus olas combatidas

Con la traidora sangre enrojecidas.

 

Truene el cañón: el cántico de guerra,

Pueblos ya libres, con placer alzad.

Ved, ya desciende a la oprimida tierra

Los hierros a romper, la libertad.

 

Óscar y Malvina

La despedida

Magnífico Morvén, se alza tu frente

De sempiterna nieve coronada;

Al hondo valle bramador torrente

De tu cumbre enriscada

Se derrumba con ímpetu sonante,

Y zumba allá distante.

La lira de Ossián resonó un día

En tu breñosa cumbre:

Tierna melancolía

Vertió en la soledad, y repetiste

Su acento de dolor lánguido y dulce,

Como el recuerdo del amante triste

De su amada en la tumba.

El eco de su voz clamando guerra

Al rumor del torrente parecía,

Que en silencio retumba.

Aun figuro tal vez que las montañas

De nuevo esperan resonar su acento,

Cual muda la ribera

De las olas que tornan,

El ronco estruendo y el embate espera.

¿Dónde estás, Ossián? ¿En los palacios

De las nubes agitas la tormenta,

O en el collado gira allá en la noche

Vagorosa tu sombra macilenta?

Siento tierno quejido,

Y oigo el nombre de Óscar y de Malvina

Del aura entre el rüido,

Si el alta copa del ciprés inclina;

Y al resonar el hijo de la roca,

Cuando su voz se pierde

Cual la luz de la luna entre la niebla,

Mi mente se figura

Que escucho tus acentos de dulzura.

Miro el alcázar de Fingal cubierto

De innoble musgo y yerba,

Y en silencio profundo sepultado

Como la noche el mar, el viento en calma.

¿Do las armas están? ¿Dónde el sonido

Del escudo batido?

¿Do de Carril la lira delicada,

Las fiestas de las conchas y tu llanto,

Moina desconsolada?

Blando el eco repite

Segunda vez el nombre de Malvina

Y el de su dulce Óscar: tiernos se amaron,

Gime en su losa de la noche el viento,

Y repite sus nombres que pasaron.

Óscar de negros ojos, en las paces

Dulce su corazón como los rayos

Del astro bello precursor del día,

Y fiero en la batalla de la lanza,

A la suya seguía

La muerte que vibraba su pujanza.

Llamó al héroe la guerra

Que el tirano Cairvar fiero traía,

Y su Malvina hermosa

Tierno llanto vertiendo le decía:

«¿Dónde marchas, Óscar? Sobre las rocas,

Donde braman los vientos,

Me mirarán llorar mis compañeras:

No más fatigaré vibrando el arco

Por el monte las fieras,

Ni a ti cansado de la ardiente caza

Te esperaré cuidosa,

Ni oiré ya más la voz de tus amores,

Ni mi alma estará nunca gozosa.

‘¿En dónde está mi Óscar?’ a los guerreros

Preguntaré anhelante,

Y ellos pasando junto a mí ligeros

Responderán: ‘¡Murió!’». Dice, y expira

En sollozos su acento más süave

Que del arpa el sonido,

al vislumbrar la luna

En solitario bosque y escondido.

«Destierra ese temor, Malvina mía

-Óscar responde con fingido aliento-;

Muchos los héroes son que Fingal manda:

Caiga el Fiero Cairvar y yo perezca,

Si es forzoso también; mas tú, Malvina,

Bella como la edad de la inocencia,

Vive, que ya destina

Himnos el barco a eternizar mi gloria.

Mis hazañas oirás y entre las nubes

Yo sonreiré feliz, y vagaroso

Allá en la noche fría

Bajaré a tu mansión; verás mi sombra

Al triste rayo de la luna umbría».

Y dice y se desprende de los brazos

De su infeliz Malvina;

A pasos rapidísimos avanza,

Y a la llama oscilante

De las hogueras del extenso campo

Brillar se ven sus armas cual radiante,

Rápida exhalación. Yace en silencio

El campamento todo,

Y sólo al eco repetir se siente

El crujir al andar de su armadura

Y el blando susurrar del manso ambiente.

Cual por nubes la luna silenciosa

Su luz quebrada envía

Trémula sobre el mar que la retrata,

Que ora se ve brillar, ora perdida

Pardo vellón de nube la arrebata,

Cielo y tierra en tinieblas sepultando;

Así a veces Óscar brilla y se pierde,

La selva atravesando.

 

El otro combate

Cairvar yace dormido

Y tiene junto a sí lanza y escudo,

Y relumbra su yelmo

Claro a la llamarada reluciente

De un tronco carcomido,

Casi despojo de la llama ardiente,

Mitad de él a cenizas reducido.

«Levántate, Cairvar -Óscar le grita-;

Cual hórrida tormenta

Eres tú de temer, mas yo no tiemblo:

Desprecio tu arrogancia y osadía;

La lanza apresta y el escudo embraza,

Álzate pues, que Óscar te desafía.»

Cual en noche serena

Súbito amenazante, inmensa nube

La turbulenta mar de espanto llena,

Se levanta Cairvar, alto cual roca

De endurecido hielo.

«¿Quién osa del valiente

-En voz tronante grita-

Ora turbar el sueño, y quién irrita

La cólera a Cairvar armipotente?»

«Vigoroso es tu brazo en la pelea,

Rey de la mar de aurirrolladas olas

-Óscar de negros ojos le responde-,

[…]

[…]

Hará ceder tu indómita pujanza.»

Como el furor del viento proceloso

Ondas con ondas con bramido horrendo

Estrella impetuoso,

Los guerreros ardiendo se arremeten

Y fieros se acometen.

Chispea el hierro, la armadura suena:

Al rumor de los golpes gime el viento,

Y su son, dilatándose violento,

Al ronco monte atruena.

Cayó Cairvar como robusto tronco

Que tumba el leñador al golpe rudo

De hendiente hacha pesada,

Y cayó derribada

Su soberbia fiereza,

Y su insolente orgullo y aspereza.

Mas ¡ay! que moribundo

Óscar yace también: ¡triste Malvina!

Aún no los bellos ojos apartaste

Del bosque aquel que le ocultó a tu vista,

Y del último adiós aún no enjugaste

Las lágrimas hermosas,

Tú más dulce a tu Óscar que las sabrosas

Auras de la mañana,

Siempre sola estarás; si entre las selvas

Pirámide de hielo

Reverbera a la luna,

En tu ilusión dichosa

Figurarás tu amante,

Pensando ver su cota fulgurosa;

Pasará tu delirio

Y verterás al llanto de amargura

Sola y desconsolada…

«¡Ay! ¡Óscar pereció!», gemirá el viento

Al romper la alborada,

Y al ocultar el sol la sombra oscura

De la noche callada.

 

Para y óyeme ¡oh Sol! yo te saludo…

Himno

Para y óyeme ¡oh Sol! yo te saludo

Y estático ante ti me atrevo a hablarte;

Ardiente como tú mi fantasía,

Arrebatada en ansia de admirarte,

Intrépidas a ti sus alas guía.

¡Ojalá que mi acento poderoso,

Sublime resonando,

Del trueno pavoroso

La temerosa voz sobrepujando,

¡Oh sol!, a ti llegara

Y en medio de tu curso te parara!

¡Ah! si la llama que mi mente alumbra

Diera también su ardor a mis sentidos,

Al rayo vencedor que los deslumbra,

Los anhelantes ojos alzaría,

Y en tu semblante fúlgido atrevidos

Mirando sin cesar los fijaría.

¡Cuánto siempre te amé, sol refulgente!

¡Con qué sencillo anhelo,

Siendo niño inocente,

Seguirte ansiaba en el tendido cielo,

Y extático te vía

Y en contemplar tu luz me embebecía!

De los dorados límites de Oriente,

Que ciñe el rico en perlas Oceano,

Al término asombroso de Occidente

Las orlas de tu ardiente vestidura

Tiendes en pompa, augusto soberano,

Y el mundo bañas en tu lumbre pura.

Vívido lanzas de tu frente el día,

Y, alma y vida del mundo,

Tu disco en paz majestuoso envía

Plácido ardor fecundo,

Y te elevas triunfante,

Corona de los orbes centellante.

Tranquilo subes del cenit dorado

Al regio trono en la mitad del cielo,

De vivas llamas y esplendor ornado,

Y reprimes tu vuelo.

Y desde allí tu fúlgida carrera

Rápido precipitas,

Y tu rica encendida cabellera

En el seno del mar trémula agitas,

Y tu esplendor se oculta,

Y el ya pasado día

Con otros mil la eternidad sepulta.

¡Cuántos siglos sin fin, cuántos has visto

En su abismo insondable desplomarse!

¡Cuánta pompa, grandeza y poderío

De imperios populosos disiparse!

¿Qué fueron ante ti? Del bosque umbrío

Secas y leves hojas desprendidas,

Que en círculo se mecen,

Y al furor de Aquilón desaparecen.

Libre tú de la cólera divina,

Viste anegarse el universo entero,

Cuando las aguas por Jehová lanzadas,

Impelidas del brazo justiciero,

Y a mares por los vientos despeñadas,

Bramó la tempestad; retumbó en torno

El ronco trueno y con temblor crujieron

Los ejes de diamante de la tierra;

Montes y campos fueron

Alborotado mar, tumba del hombre.

Se estremeció el profundo;

Y entonces tú, como Señor del mundo,

Sobre la tempestad tu trono alzabas,

Vestido de tinieblas,

Y tu faz engreías,

Y a otros mundos en paz resplandecías.

Y otra vez nuevos siglos

Viste llegar, huir, desvanecerse

En remolino eterno, cual las olas

Llegan, se agolpan y huyen de Oceano,

Y tornan otra vez a sucederse;

Mientra inmutable tú, solo y radiante

¡Oh sol! siempre te elevas,

Y edades mil y mil huellas triunfante.

¿Y habrás de ser eterno, inextinguible,

Sin que nunca jamás tu inmensa hoguera

Pierda su resplandor, siempre incansable,

Audaz siguiendo tu inmortal carrera,

Hundirse las edades contemplando,

Y solo, eterno, perenal, sublime,

Monarca poderoso dominando?

No, que también la muerte,

Si de lejos te sigue,

No menos anhelante te persigue.

¿Quién sabe si tal vez pobre destello

Eres tú de otro sol que otro universo

Mayor que el nuestro un día

Con doble resplandor esclarecía!!!

Goza tu juventud y tu hermosura

¡Oh sol!, que cuando el pavoroso día

Llegue que el orbe estalle y se desprenda

De la potente mano

Del Padre Soberano,

Y allá a la eternidad también descienda,

Deshecho en mil pedazos, destrozado

Y en piélagos de fuego

Envuelto para siempre, y sepultado

De cien tormentas al horrible estruendo,

En tinieblas sin fin tu llama pura

Entonces morirá. Noche sombría

Cubrirá eterna la celeste cumbre;

Ni aun quedará reliquia de tu lumbre!!!

 

Pescadorcita mía…

Pescadorcita mía,

Desciende a la ribera,

Y escucha placentera

Mi cántico de amor;

Sentado en su barquilla,

Te canta su cuidado,

Cual nunca enamorado

Tu tierno pescador.

 

La noche el cielo encubre

Y acalla manso el viento,

Y el mar sin movimiento

También en calma está:

A mi batel desciende,

Mi dulce amada hermosa:

La noche tenebrosa

Tu faz alegrará.

 

Aquí apartados, solos,

Sin otros pescadores,

Suavísimos amores

Felice te diré,

Y en esos dulces labios

De rosas y claveles

El ámbar y las mieles

Que vierten libaré.

 

La mar adentro iremos,

En mi batel cantando

Al son del viento blando

Amores y placer;

Regalarete entonces

Mil varios pececillos

Que al verte, simplecillos,

De ti se harán prender.

 

De conchas y corales

Y nácar a tu frente

Guirnalda reluciente,

Mi bien, te ceñiré;

Y eterno amor mil veces

Jurándote, cumplida

En ti, mi dulce vida,

Mi dicha encontraré.

 

No el hondo mar te espante,

Ni el viento proceloso,

Que al ver tu rostro hermoso

Sus iras calmarán;

Y sílfidas y ondinas

Por reina de los mares

Con plácidos cantares

A par te aclamarán.

 

Ven ¡ay! a mi barquilla,

Completa mi fortuna;

Naciente ya a la luna

Refleja el ancho mar;

Sus mansas olas bate

Süave, leve brisa;

Ven ¡ay! mi dulce Elisa,

Mi pecho a consolar.

 

¿Por qué volvéis a la memoria mía?…

Descansa en paz

¡Bueno es el mundo, bueno, bueno, bueno!

Como de Dios al fin obra maestra,

Por todas partes de delicias lleno,

De que Dios ama al hombre hermosa muestra.

Salga la voz alegre de mi seno

A celebrar esta vivienda nuestra;

¡Paz a los hombres! ¡gloria en las alturas!

¡Cantad en vuestra jaula, criaturas!

—María, por Miguel de los Santos Álvarez

 

¿Por qué volvéis a la memoria mía,

Tristes recuerdos del placer perdido,

A aumentar la ansiedad y la agonía

De este desierto corazón herido?

¡Ay! que de aquellas horas de alegría

Le quedó al corazon sólo un gemido,

Y el llanto que al dolor los ojos niegan

Lágrimas son de hiel que el alma anegan.

 

¿Dónde volaron ¡ay! aquellas horas

De juventud, de amor y de ventura,

Regaladas de músicas sonoras,

Adornadas de luz y de hermosura?

Imágenes ce oro bullidoras.

Sus alas de carmín y nieve pura,

Al sol de mi esperanza desplegando,

Pasaban ¡ay! a mi alredor cantando.

 

Gorjeaban los dulces ruiseñores,

El sol iluminaba mi alegría,

El aura susurraba entre las flores,

El bosque mansamente respondía,

Las fuentes murmuraban sus amores. . .

¡Ilusiones que llora el alma mía!

¡Oh! ¡cuán süave resonó en mi oído

El bullicio del mundo y su ruido!

 

Mi vida entonces, cual guerrera nave

Que el puerto deja por la vez primera,

Y al soplo de los céfiros süave

Orgullosa despliega su bandera,

Y-al mar dejando que a sus pies alabe

Su triunfo en roncos cantos, va velera,

Una ola tras otra bramadora

Hollando y dividiendo vencedora.

 

¡Ay! en el mar del mundo, en ansia ardiente

De amor volaba; el sol de la mañana

Llevaba yo sobre mi tersa frente,

Y el alma pura de su dicha ufana:

Dentro de ella el amor, cual rica fuente

Que entre frescuras y arboledas mana.

Brotaba entonces abundante río

De ilusiones y dulce desvarío.

 

Yo amaba todo: un noble sentimiento

Exaltaba mi ánimo, y sentía

En mi pecho un secreto movimiento,

De grandes hechos generoso guía:

La libertad con su inmortal aliento,

Santa diosa, mi espíritu encendía,

Contino imaginando en mi fe pura

Sueños de gloria al mundo y de ventura.

 

El puñal de Catón, la adusta frente

Del noble Bruto, la constancia fiera

Y el arrojo de Scévola valiente,

La doctrina de Sócrates severa,

La voz atronadora y elocuente

Del orador de Atenas, la bandera

Contra el tirano Macedonio alzando,

Y al espantado pueblo arrebatando:

 

El valor y la fe del caballero,

Del trovador el arpa y los cantares,

Del gótico castillo el altanero

Antiguo torreón, do sus pesares

Cantó tal vez con eco lastimero,

¡Ay! arrancada de sus patrios lares,

Joven cautiva, al rayo de la luna,

Lamentando su ausencia y su fortuna:

 

El dulce anhelo del amor que aguarda,

Tal vez inquieto y con mortal recelo;

La forma bella que cruzó gallarda,

Allá en la noche, entre medroso velo;

La ansiada cita que en llegar se tarda

Al impaciente y amoroso anhelo,

La mujer y la voz de su dulzura,

Que inspira al alma celestial ternura:

 

A un tiempo mismo en rápida tormenta

Mi alma alborotada de contino,

Cual las olas que azota con violenta

Cólera impetüoso torbellino:

Soñaba al héroe ya, la plebe atenta

En mi voz escuchaba su destino;

Ya al caballero, al trovador soñaba,

Y de gloria y de amores suspiraba.

 

Hay una voz secreta, un dulce canto,

Que el alma sólo recogida entiende,

Un sentimiento misterioso y santo,

Que del barro al espíritu desprende;

Agreste, vago y solitario encanto

Que en inefable amor el alma enciende,

Volando tras la imagen peregrina

El corazón de su ilusión divina.

 

Yo, desterrado en extranjera playa,

Con los ojos extático seguía

La nave audaz que en argentada raya

Volaba al puerto de la patria mía:

Yo, cuando en Occidente el soy desmaya,

Solo y perdido en la arboleda umbría,

Oír pensaba el armonioso acento

De una mujer, al suspirar del viento.

 

¡Una mujer! En el templado rayo

De la mágica luna se colora,

Del sol poniente al lánguido desmayo

Lejos entre las nubes se evapora;

Sobre las cumbres que florece Mayo

Brilla fugaz al despuntar la aurora,

Cruza tal vez por entre el bosque umbrío,

Juega en las aguas del sereno río.

 

¡Una mujer! Deslizase en el cielo

Allá en la noche desprendida estrella.

Si aroma el aire recogió en el suelo,

Es el aroma que le presta ella.

Blanca es la nube que en callado vuelo

Cruza la esfera, y que su planta huella.

Y en la tarde la mar olas le ofrece

De plata y de zafir, donde se mece.

 

Mujer que amor en su ilusión figura,

Mujer que nada dice a los sentidos,

Ensueño de suavísima ternura,

Eco que regaló nuestros oídos;

De amor la llama generosa y pura,

Los goces dulces del amor cumplidos,

Que engalana la rica fantasía,

Goces que avaro el corazón ansía.

 

¡Ay! aquella mujer, tan sólo aquella,

Tanto delirio a realizar alcanza,

Y esa mujer tan cándida y tan bella

Es mentida ilusión de la esperanza:

Es el alma que vívida destella

Su luz al mundo cuando en él se lanza,

Y el mundo con su magia y galanura

Es espejo no más de su hermosura:

 

Es el amor que al mismo amor adora,

El que creó las Sílfides y Ondinas,

La sacra ninfa que bordando mora

Debajo de las aguas cristalinas:

Es el amor que recordando llora

Las arboledas del Edén divinas:

Amor de allí arrancado, allí nacido,

Que busca en vano aquí su bien perdido.

 

¡Oh llama santa! ¡celestial anhelo!

¡Sentimiento purísimo! ¡memoria

Acaso triste de un perdido cielo,

Quizá esperanza de futura gloria!

¡Huyes y dejas llanto y desconsuelo!

¡Oh mujer que en imagen ilusoria

Tan pura, tan feliz, tan placentera,

Brindó el amor a mi ilusión primera! . . .

 

¡Oh Teresa! ¡Oh dolor! Lágrimas mías,

¡Ah! ¿dónde estáis que no corréis a mares?

¿Por qué, por qué como en mejores días,

No consoláis vosotras mis pesares?

¡Oh! los que no sabéis las agonías

De un corazón que penas a millares

¡Ah! desgarraron y que ya no llora,

¡Piedad tened de mi tormento ahora!

 

¡Oh dichosos mil veces, sí, dichosos

Los que podéis llorar! y ¡ay! sin ventura

De mí, que entre suspiros angustiosos

Ahogar me siento en infernal tortura.

¡Retuércese entre nudos dolorosos

Mi corazón, gimiendo de amargura!

También tu corazón, hecho pavesa;

¡Ay! llegó a no llorar, ¡pobre Teresa!

 

¿Quién pensara jamás, Teresa mía,

Que fuera eterno manantial de llanto,

Tanto inocente amor, tanta alegría,

Tantas delicias y delirio tanto?

¿Quién pensara jamás llegase un día

En que perdido el celestial encanto

Y caída la venda de los ojos,

Cuanto diera placer causara enojos?

 

Aun parece, Teresa, que te veo

Aerea como dorada mariposa,

Ensueño delicioso del deseo,

Sobre tallo gentil temprana rosa,

Del amor venturoso devaneo,

Angélica, purísima y dichosa,

Y oigo tu voz dulcísima, y respiro

Tu aliento perfumado en tu suspiro.

 

Y aun miro aquellos ojos que robaron

A los cielos su azul, y las rosadas

Tintas sobre la nieve, que envidiaron

Las de Mayo serenas alboradas:

Y aquellas horas dulces que pasaron

Tan breves, ¡ay! como después lloradas,

Horas de confianza y de delicias,

De abandono y de amor y de caricias.

 

Que así las horas rápidas pasaban,

Y pasaba a la par nuestra ventura;

Y nunca nuestras ansias las contaban,

Tú embriagada en mi amor, yo en tu hermosura.

Las horas ¡ay! huyendo nos miraban,

Llanto tal vez vertiendo de ternura;

Que nuestro amor y juventud veían,

Y temblaban las horas que vendrían.

 

Y llegaron en fin. . . ¡Oh! ¿quién impío

¡Ay! agostó la flor de tu pureza?

Tú fuiste un tiempo cristalino río,

Manantial de purísima limpieza;

Después torrente de color sombrío,

Rompiendo entre peñascos y maleza,

Y estanque, en fin, de aguas corrompidas,

Entre fétido fango detenidas.

 

¿Cómo caíste despeñado al suelo,

Astro de la mañana luminoso?

Ángel de luz, ¿quién te arrojó del cielo

A este valle de lágrimas odioso?

Aun cercaba tu frente el blanco velo

Del serafín, y en ondas fulguroso

Rayos al mundo tu esplendor vertía,

Y otro cielo el amor te prometía.

 

Mas ¡ay! que es la mujer ángel caído,

O mujer nada más y lodo inmundo,

Hermoso ser para llorar nacido,

O vivir como autómata en el mundo.

Sí, que el demonio en el Edén perdido,

Abrasara con fuego del profundo

La primera mujer, y ¡ay! aquel fuego

La herencia ha sido de sus hijos luego.

 

Brota en el cielo del amor la fuente,

Que a fecundar el universo mana,

Y en la tierra su límpida corriente

Sus márgenes con flores engalana;

Mas, ¡ay! huid: el corazón ardiente

Que el agua clara por beber se afana,

Lágrimas verterá de duelo eterno,

Que su raudal lo envenenó el infierno.

 

Huid, si no queréis que llegue un día

En que enredado en retorcidos lazos

El corazón, con bárbara porfía

Luchéis por arrancároslo a pedazos:

En que al cielo en histérica agonía

Frenéticos alcéis entrambos brazos,

Para en vuestra impotencia maldecirle,

Y escupiros, tal vez, al escupirle.

 

Los años ¡ay! de la ilusión pasaron,

Las dulces esperanzas que trajeron

Con sus blancos ensueños se llevaron,

Y el porvenir de oscuridad vistieron:

Las rosas del amor se marchitaron,

Las flores en abrojos convirtieron,

Y de afán tanto y tan soñada gloria

Sólo quedó una tumba, una memoria.

 

¡Pobre Teresa! ¡Al recordarte siento

Un pesar tan intenso!. . . Embarga impío

Mi quebrantada voz mi sentimiento,

Y suspira tu nombre el labio mío:

Para allí su carrera el pensamiento,

Hiela mi corazón punzante frío,

Ante mis ojos la funesta losa,

Donde vil polvo tu beldad reposa.

 

Y tú feliz, que hallastes en la muerte

Sombra a que descansar en tu camino,

Cuando llegabas, mísera, a perderte

Y era llorar tu único destino:

Cuando en tu frente la implacable suerte

Grababa de los réprobos el sino;

Feliz, la muerte te arrancó del suelo,

Y otra vez ángel, te volviste al cielo.

 

Roída de recuerdos de amargura,

Árido el corazón, sin ilusiones,

La delicada flor de tu hermosura

Ajaron del dolor los aquilones:

Sola, y envilecida, y sin ventura,

Tu corazón secaron las pasiones:

Tus hijos ¡ay! de ti se avergonzaran,

Y hasta el nombre de madre te negaran.

 

Los ojos escaldados de tu llanto,

Tu rostro cadavérico y hundido;

Único desahogo en tu quebranto,

El histérico ¡ay! de tu gemido:

¿Quién, quién pudiera en infortunio tanto

Envolver tu desdicha en el olvido,

Disipar tu dolor y recogerte

En su seno de paz? ¡Sólo la muerte!

 

¡Y tan joven, y ya tan desgraciada!

Espíritu indomable, alma violenta,

En ti, mezquina sociedad, lanzada

A romper tus barreras turbulenta.

Nave contra las rocas quebrantada,

Allá vaga, a merced de la tormenta,

En las olas tal vez náufraga tabla,

Que sólo ya de sus grandezas habla.

 

Un recuerdo de amor que nunca muere

Y está en mi corazón; un lastimero

Tierno quejido que en el alma hiere,

Eco süave de su amor primero:

¡Ay! de tu luz, en tanto yo viviere,

Quedará un rayo en mí, blanco lucero,

Que iluminaste con tu luz querida

La dorada mañana de mi vida.

 

Que yo, como una flor que en la mañana

Abre su cáliz al naciente día,

¡Ay! al amor abrí tu alma temprana,

Y exalté tu inocente fantasía,

Yo inocente también ¡oh! cuán ufana

Al porvenir mi mente sonreía,

Y en alas de mi amor, ¡con cuánto anhelo

Pensé contigo remontarme al cielo!

 

Y alegre, audaz, ansioso, enamorado,

En tus brazos en lánguido abandono,

De glorias y deleites rodeado,

Levantar para ti soñé yo un trono:

Y allí, tú venturosa y yo a tu lado,

Vencer del mundo el implacable encono,

Y en un tiempo, sin horas ni medida,

Ver como un sueño resbalar la vida.

 

¡Pobre Teresa! Cuando ya tus ojos

Áridos ni una lágrima brotaban;

Cuando ya su color tus labios rojos

En cárdenos matices se cambiaban;

Cuando de tu dolor tristes despojos

La vida y su ilusión te abandonaban,

Y consumía lenta calentura

Tu corazón al par de tu amargura;

 

Si en tu penosa y última agonía

Volviste a lo pasado el pensamiento;

Si comparaste a tu existencia un día

Tu triste soledad y tu aislamiento;

Si arrojó a tu dolor tu fantasía

Tus hijos ¡ay! en tu postrer momento

A otra mujer tal vez acariciando,

«Madre» tal vez a otra mujer llamando;

 

Si el cuadro de tus breves glorias viste

Pasar como fantástica quimera,

Y si la voz de tu conciencia oíste

Dentro de ti gritándote severa;

Si, en fin, entonces tú llorar quisiste

Y no brotó una lágrima siquiera

Tu seco corazón, y a Dios llamaste,

Y no te escuchó Dios, y blasfemaste,

¡Oh! ¡crüel! ¡muy crüel! ¡martirio horrendo!

¡Espantosa expiación de tu pecado!

Sobre un lecho de espinas, maldiciendo,

Morir, el corazón desesperado!

Tus mismas manos de dolor mordiendo,

Presente a tu conciencia tu pasado,

Buscando en vano, con los ojos fijos,

Y extendiendo tus brazos a tus hijos.

 

¡Oh! ¡crüel! ¡muy crüel! … ¡Ay! yo entre tanto

Dentro del pecho mi dolor oculto,

Enjugo de mis párpados el llanto

Y doy al mundo el exigido culto:

Yo escondo con vergüenza mi quebranto,

Mi propia pena con mi risa insulto,

Y me divierto en arrancar del pecho

Mi mismo corazón pedazos hecho.

 

Gocemos, sí; la cristalina esfera

Gira bañada en luz: ¡bella es la vida!

¿Quién a parar alcanza la carrera

Del mundo hermoso que al placer convida?

Brilla ardiente el sol, la primavera

Los campos pinta en la estación florida:

Truéquese en risa mi dolor profundo. . .

Que haya un cadáver más ¿qué importa al mundo?

 

¿Quién eres tú, lucero misterioso?…

¿Quién eres tú, lucero misterioso,

Tímido y triste entre luceros mil,

Que cuando miro tu esplendor dudoso,

Turbado siento el corazón latir?

¿Es acaso tu luz recuerdo triste

De otro antiguo perdido resplandor,

Cuando engañado como yo creíste

Eterna tu ventura que pasó?

Tal vez con sueños de oro la esperanza

Acarició su pura juventud,

Y gloria y paz y amor y venturanza

Vertió en el mundo tu primera luz.

Y al primer triunfo del amor primero

Que embalsamó en aromas el Edén,

Luciste acaso, mágico lucero,

Protector del misterio y del placer.

Y era tu luz voluptüosa y tierna

La que entre flores resbalando allí,

Inspiraba en el alma un ansia eterna

De amor perpetuo y de placer sin fin.

Mas ¡ay! que luego el bien y la alegría

En llanto y desventura se trocó:

Tu esplendor empañó niebla sombría;

Sólo un recuerdo al corazón quedó.

Y ahora melancólico me miras

Y tu rayo es un dardo del pesar;

Si amor aún al corazón inspiras,

Es un amor sin esperanza ya.

 

¡Ay, lucero! yo te vi

Resplandecer en mi frente,

Cuando palpitar sentí

Mi corazón dulcemente

Con amante frenesí.

 

Tu faz entonces lucía

Con más brillante fulgor,

Mientras yo me prometía

Que jamás se apagaría

Para mí tu resplandor.

 

¿Quién aquel brillo radiante

¡Oh lucero! te robó,

Que oscureció tu semblante,

Y a mi pecho arrebató

La dicha en aquel instante?

 

¿O acaso tú siempre así

Brillaste y en mi ilusión

Yo aquel esplendor te di,

Que amaba mi corazón,

Lucero, cuando te vi?

 

Una mujer adoré

Que imaginara yo un cielo;

Mi gloria en ella cifré,

Y de un luminoso velo

En mi ilusión la adorné.

 

Y tú fuiste la aureola

Que iluminaba su frente,

Cual los aires arrebola

El fúlgido sol naciente,

Y el puro azul tornasola.

 

Y, astro de dicha y amores,

Se deslizaba mi vida

A la luz de tus fulgores,

Por fácil senda florida,

Bajo un cielo de colores.

 

Tantas dulces alegrías,

Tantos mágicos ensueños,

¿Dónde fueron?

Tan alegres fantasías,

Deleites tan halagüeños,

¿Qué se hicieron?

 

Huyeron con mi ilusión

Para nunca más tornar,

Y pasaron,

Y sólo en mi corazón

Recuerdos, llanto y pesar

¡Ay! dejaron.

 

¡Ah lucero! tú perdiste

También tu puro fulgor,

Y lloraste;

También como yo sufriste,

Y el crudo arpón del dolor

¡Ay! probaste.

 

¡Infeliz! ¿por qué volví

De mis sueños de ventura

Para hallar

Luto y tinieblas en ti,

Y lágrimas de amargura

Que enjugar?

 

Pero tú conmigo lloras,

Que eres el ángel caído

Del dolor,

Y piedad llorando imploras,

Y recuerdas tu perdido

Resplandor.

 

Lucero, si mi quebranto

Oyes, y sufres cual yo,

¡Ay! juntemos

Nuestras quejas, nuestro llanto:

Pues nuestra gloria pasó,

Juntos lloremos.

 

Mas hoy miro tu luz casi apagada,

Y un vago padecer mi pecho siente;

Que está mi alma de sufrir cansada,

Seca ya de las lágrimas la fuente.

 

¡Quién sabe!… tú recordarás acaso

Otra vez tu pasado resplandor,

A ti tal vez te anunciará tu ocaso

Un Oriente más puro que el del sol.

 

A mí tan sólo penas y amargura

Me quedan en el valle de la vida;

Como un sueño pasó mi infancia pura,

Se agosta ya mi juventud florida.

 

Astro sé tú de candidez y amores

Para el que luz te preste en su ilusión,

Y ornado el porvenir de blancas flores,

Sienta latir de amor su corazón.

 

Yo indiferente sigo mi camino

A merced de los vientos y la mar,

Y entregado en los brazos del destino,

Ni me importa salvarme o zozobrar.

 

Reclinado sobre el suelo…

Para hacer bien por el alma

Del que van a ajusticiar!!!

 

I

Reclinado sobre el suelo

Con lenta amarga agonía,

Pensando en el triste día

Que pronto amanecerá,

En silencio gime el reo

Y el fatal momento espera

En que el sol por vez postrera

En su frente lucirá.

 

Un altar y un crucifijo,

Y la enlutada capilla

Lánguida vela amarilla

Tiñe en su luz funeral,

Y junto al mísero reo,

Medio encubierto el semblante,

Se oye al fraile agonizante

En son confuso rezar.

 

El rostro levanta el triste

y alza los ojos al cielo;

Tal vez eleva en su duelo

La súplica de piedad:

¡Una lágrima! ¿es acaso

De temor o de amargura?

¡Ay!, ¡a aumentar su tristura

Vino un recuerdo quizá!!!

 

Es un joven y la vida

Llena de sueños de oro,

Pasó ya, cuando aun el lloro

De la niñez no enjugó:

El recuerdo es de la infancia,

¡Y su madre que le llora,

Para morir así ahora

Con tanto amor le crió!!!

 

Y a par que sin esperanza

Ve ya la muerte en acecho,

Su corazón en su pecho

Siente con fuerza latir,

Al tiempo que mira al fraile

Que en paz ya duerme a su lado,

Y que, ya viejo y postrado,

Le habrá de sobrevivir.

 

¿Mas qué rumor a deshora

Rompe el silencio? Resuena

Una alegre cantilena

Y una guitarra a la par,

Y gritos y de botellas

Que se chocan el sonido,

Y el amoroso estallido

De los besos y el danzar.

Y también pronto en son triste

Lúgubre voz sonará:

¡Para hacer bien por el alma

Del que van a ajusticiar!

 

Y la voz de los borrachos,

Y sus brindis, sus quimeras,

Y el cantar de las rameras,

Y el desorden bacanal

En la lúgubre capilla

Penetran, y carcajadas,

Cual de lejos arrojadas

De la mansión infernal.

Y también pronto en son triste

Lúgubre voz sonará:

¡Para hacer bien por el alma

Del que van a ajusticiar!

 

¡Maldición! Al eco infausto

El sentenciado maldijo

La madre que como a hijo

A sus pechos le crió;

Y maldijo el mundo todo,

Maldijo su suerte impía,

Maldijo el aciago día

Y la hora en que nació.

 

II

Serena la luna

Alumbra en el cielo,

Domina en el suelo

Profunda quietud;

Ni voces se escuchan,

Ni ronco ladrido,

Ni tierno quejido

De amante laúd.

 

Madrid yace envuelto en sueño,

Todo al silencio convida,

Y el hombre duerme y no cuida

Del hombre que va a expirar;

Si tal vez piensa en mañana,

Ni una vez piensa siquiera

En el mísero que espera

Para morir, despertar;

Que sin pena ni cuidado

Los hombres oyen gritar:

¡Para hacer bien por el alma

Del que van a ajusticiar!

 

¡Y el juez también en su lecho

Duerme en paz!, ¡y su dinero

El verdugo placentero

Entre sueños cuenta ya!

Tan sólo rompe el silencio

En la sangrienta plazuela

El hombre del mal que vela

Un cadalso a levantar.

 

Loca y confusa la encendida mente,

Sueños de angustia y fiebre y devaneo

El alma envuelven del confuso reo,

Que inclina al pecho la abatida frente.

 

Y en sueños

Confunde

La muerte,

La vida.

Recuerda

Y olvida,

Suspira,

Respira

Con hórrido afán.

 

Y en un mundo de tinieblas

Vaga y siente miedo y frío,

Y en su horrible desvarío

Palpa en su cuello el dogal;

Y cuanto más forcejea,

Cuanto más lucha y porfía,

Tanto más en su agonía

Aprieta el nudo fatal.

Y oye ruido, voces, gentes,

Y aquella voz que dirá:

¡Para hacer bien por el alma

Del que van a ajusticiar!

 

O ya libre se contempla,

Y el aire puro respira,

Y oye de amor que suspira

La mujer que un tiempo amó,

Bella y dulce cual solía,

Tierna flor de primavera,

El amor de la pradera

Que el abril galán mimó.

 

Y gozoso a verla vuela,

Y alcanzarla intenta en vano,

Que al tender la ansiosa mano

Su esperanza a realizar,

Su ilusión la desvanece

De repente el sueño impío,

Y halla un cuerpo mudo y frío

Y un cadalso en su lugar.

Y oye a su lado en son triste

Lúgubre voz resonar:

¡Para hacer bien por el alma

Del que van a ajusticiar!

 

¡Salve, llama creadora del mundo!…

¡Salve, llama creadora del mundo,

Lengua ardiente de eterno saber,

Puro germen, principio fecundo

Que encadenas la muerte a tus pies!

 

Tú la inerte materia espoleas,

Tú la ordenas juntarse y vivir,

Tú su lodo modelas, y creas

Miles seres de formas sin fin.

 

Desbarata tus obras en vano

Vencedora la muerte tal vez;

De sus restos levanta tu mano

Nuevas obras triunfante otra vez.

 

Tú la hoguera del sol alimentas,

Tú revistes los cielos de azul,

Tú la luna en las sombras argentas,

Tú coronas la aurora de luz.

 

Gratos ecos al bosque sombrío,

Verde pompa a los árboles das,

Melancólica música al río,

Ronco grito a las olas del mar.

 

Tú el aroma en las flores exhalas,

En los valles suspiras de amor,

Tú murmuras del aura en las alas,

En el Bóreas retumba tu voz.

 

Tú derramas el oro en la tierra

En arroyos de hirviente metal;

Tú abrillantas la perla que encierra

En su abismo profundo la mar.

 

Tú las cárdenas nubes extiendes,

Negro manto que agita Aquilón;

Con tu aliento los aires enciendes,

Tus rugidos infunden pavor.

 

Tú eres pura simiente de vida,

Manantial sempiterno del bien;

Luz del mismo Hacedor desprendida,

Juventud y hermosura es tu ser.

 

Tú eres fuerza secreta que el mundo

En sus ejes impulsa a rodar,

Sentimiento armonioso y profundo

De los orbes que anima tu faz.

 

De tus obras los siglos que vuelan

Incansables artífices son,

Del espíritu ardiente cincelan

Y embellecen la estrecha prisión.

 

Tú en violento, veloz torbellino

Los empujas enérgica, y van;

Y adelante en tu raudo camino

A otros siglos ordenas llegar.

 

Y otros siglos ansiosos se lanzan,

Desparecen y llegan sin fin,

Y en su eterno trabajo se alcanzan,

Y se arrancan sin tregua el buril.

 

Y afanosos sus fuerzas emplean

En tu inmenso taller sin cesar,

Y en la tosca materia golpean,

Y redobla el trabajo su afán.

 

De la vida en el hondo Oceáno

Flota el hombre en perpetuo vaivén,

Y derrama abundante tu mano

La creadora semilla en su ser.

 

Hombre débil, levanta la frente,

Pon tu labio en su eterno raudal;

Tú serás como el sol en Oriente,

Tú serás como el mundo, inmortal.

 

Salve, oh tú, noche serena…

Salve, oh tú, noche serena,

Que al mundo velas augusta,

Y los pesares de un triste

Con tu oscuridad endulzas.

 

El arroyuelo a lo lejos

Más acallado murmura,

Y entre las ramas el aura

Eco armonioso susurra.

 

Se cubre el monte de sombras

Que las praderas anublan,

Y las estrellas apenas

Con trémula luz alumbran.

 

Melancólico rüido

Del mar las olas murmuran,

Y fatuos, rápidos fuegos

Entre sus aguas fluctúan.

 

El majestüoso río

Sus claras ondas enluta,

Y los colores del campo

Se ven en sombra confusa.

 

Al aprisco sus ovejas

Lleva el pastor con presura,

Y el labrador impaciente

Los pesados bueyes punza.

 

En sus hogares le esperan

Su esposa y prole robusta,

Parca cena, preparada

Sin sobresalto ni angustia.

 

Todos süave reposo

En tu calma, ¡oh noche!, buscan,

Y aun las lágrimas tus sueños

Al desventurado enjugan.

¡Oh qué silencio! ¡Oh qué grata

Oscuridad y tristura!

¡Cómo el alma contemplaros

En sí recogida gusta!

 

Del mustio agorero búho

El ronco graznar se escucha,

Que el magnífico reposo

Interrumpe de las tumbas.

 

Allá en la elevada torre

Lánguida lámpara alumbra,

Y en derredor negras sombras,

Agitándose, circulan.

 

Mas ya el pértigo de plata

Muestra naciente la luna,

Y las cimas del otero

De cándida luz inunda.

 

Con majestad se adelanta

Y las estrellas ofusca,

Y el azul del alto cielo

Reverbera en lumbre pura.

 

Deslízase manso el río

Y su luz trémula ondula

En sus aguas retratada,

Que, terso espejo, relumbran.

 

Al blando batir del remo

Dulces cantares se escuchan

Del pescador, y su barco

Al plácido rayo cruza.

 

El ruiseñor a su esposa

Con vario cántico arrulla,

Y en la calma de los bosques

Dice él solo sus ternuras.

 

Tal vez de algún caserío

Se ve subir en confusas

Ondas el humo, y por ellas

Entreclarear la luna.

 

Por el espeso ramaje

Penetrar sus rayos dudan,

Y las hojas que los quiebran,

Hacen que tímidos luzcan.

 

Ora la brisa süave

Entre las flores susurra,

Y de sus gratos aromas

El ancho campo perfuma.

 

Ora acaso en la montaña

Eco sonoro modula

Algún lánguido sonido,

Que otro a imitar se apresura.

 

Silencio, plácida calma

A algún murmullo se juntan

Tal vez, haciendo más grata

La faz de la noche augusta.

 

¡Oh! salve, amiga del triste,

Con blando bálsamo endulza

Los pesares de mi pecho,

Que en ti su consuelo buscan.

 

Serenata

Delio a las rejas de Elisa

Le canta en noche serena

Sus amores.

 

Raya la luna, y la brisa

Al pasar plácida suena

Por las flores.

 

Y al eco que va formando

El arroyuelo saltando

Tan sonoro,

 

Le dice Delio a su hermosa

En cantilena amorosa:

«Yo te adoro».

 

En el regazo adormida

Del blando sueño, presentes

Mil delicias,

 

En tu ilusión embebida,

Feliz te finges, y sientes

Mis caricias.

 

Y en la noche silenciosa

Por la pradera espaciosa

Blando coro

 

Forman, diciendo a mi acento,

El arroyuelo y el viento:

«Yo te adoro».

 

En derredor de tu frente

Leve soplo vuela apenas

Muy callado,

 

Y allí esparcido se siente

Dulce aroma de azucenas

Regalado,

 

Que en fragancia deleitosa

Vuela también a la diosa

Que enamoro,

 

El eco grato que suena

Oyendo mi cantilena:

«Yo te adoro».

 

Del fondo del pecho mío

Vuela a ti suspiro tierno

con mi acento;

 

En él, mi Elisa, te envío

El fuego de amor eterno,

Que yo siento.

 

Por él, mi adorada hermosa,

Por esos labios de rosa

De ti imploro

 

Que le escuches con ternura,

Y le oirás cómo murmura:

«Yo te adoro».

 

Despierta y el lecho deja:

No prive el sueño tirano

De tu risa

 

A Delio, que está a tu reja,

Y espera ansioso tu mano,

Bella Elisa.

 

Despierta, que ya pasaron

Las horas que nos costaron

Tanto lloro;

 

Sal, que gentil enramada

Dice a tu puerta enlazada:

«Yo te adoro».

 

Son tus labios un rubí…

Son tus labios un rubí

partido por gala en dos,

arrancado para ti

de la corona de un dios.

 

Soneto

Fresca, lozana, pura y olorosa,

Gala y adorno del pensil florido,

Gallarda puesta sobre el ramo erguido,

Fragancia esparce la naciente rosa.

 

Mas si el ardiente sol lumbre enojosa

Vibra del can en llamas encendido,

El dulce aroma y el color perdido,

Sus hojas lleva el aura presurosa.

 

Así brilló un momento mi ventura

En alas del amor, y hermosa nube

Fingí tal vez de gloria y de alegría.

 

Mas ¡ay! que el bien trocose en amargura,

Y deshojada por los aires sube

La dulce flor de la esperanza mía.

 

Trae, Jarifa, trae tu mano…

Trae, Jarifa, trae tu mano,

ven y pósala en mi frente,

que en un mar de lava hirviente

mi cabeza siento arder.

Ven y junta con mis labios

esos labios que me irritan,

donde aún los besos palpitan

de tus amantes de ayer.

 

¿Qué la virtud, la pureza?

¿qué la verdad y el cariño?

Mentida ilusión de niño,

que halagó mi juventud.

Dadme vino: en él se ahoguen

mis recuerdos; aturdida

sin sentir huya la vida;

paz me traiga el ataúd.

 

El sudor mi rostro quema,

y en ardiente sangre rojos

brillan inciertos mis ojos,

se me salta el corazón.

Huye, mujer; te detesto,

siento tu mano en la mía,

y tu mano siento fría,

y tus besos hielos son.

 

¡Siempre igual! Necias mujeres,

inventad otras caricias,

otro mundo, otras delicias,

o maldito sea el placer.

Vuestros besos son mentira,

mentira vuestra ternura:

es fealdad vuestra hermosura,

vuestro gozo es padecer.

Yo quiero amor, quiero gloria,

quiero un deleite divino,

como en mi mente imagino,

como en el mundo no hay;

y es la luz de aquel lucero

que engañó mi fantasía,

fuego fatuo, falso guía

que errante y ciego me tray.

 

¿Por qué murió para el placer mi alma,

y vive aún para el dolor impío?

¿Por qué si yazgo en indolente calma,

siento, en lugar de paz, árido hastío?

 

¿Por qué este inquieto, abrasador deseo?

¿Por qué este sentimiento extraño y vago,

que yo mismo conozco un devaneo,

y busco aún su seductor halago?

 

¿Por qué aún fingirme amores y placeres

que cierto estoy de que serán mentira?

¿Por qué en pos de fantásticas mujeres

necio tal vez mi corazón delira,

 

si luego, en vez de prados y de flores,

halla desiertos áridos y abrojos,

y en sus sandios o lúbricos amores

fastidio sólo encontrará y enojos?

 

Yo me arrojé cual rápido cometa,

en alas de mi ardiente fantasía:

doquier mi arrebatada mente inquieta,

dichas y triunfos encontrar creía.

 

Yo me lancé con atrevido vuelo

fuera del mundo en la región etérea,

y hallé la duda, y el radiante cielo

vi convertirse en ilusión aérea.

 

Luego en la tierra la virtud, la gloria,

busqué con ansia y delirante amor,

y hediondo polvo y deleznable escoria

mi fatigado espíritu encontró.

 

Mujeres vi de virginal limpieza

entre albas nubes de celeste lumbre;

yo las toqué, y en humo su pureza

trocarse vi, y en lodo y podredumbre.

 

Y encontré mi ilusión desvanecida

y eterno e insaciable mi deseo:

palpé la realidad y odié la vida;

sólo en la paz de los sepulcros creo.

 

Y busco aún y busco codicioso,

y aún deleites el alma finge y quiere:

pregunto y un acento pavoroso

«¡Ay! me responde, desespera y muere.

 

Muere, infeliz: la vida es un tormento,

un engaño el placer; no hay en la tierra

paz para ti, ni dicha, ni contento,

sino eterna ambición y eterna guerra.

 

Que así castiga Dios el alma osada,

que aspira loca, en su delirio insano,

de la verdad para el mortal velada

a descubrir el insondable arcano.»

 

¡Oh! cesa; no, yo no quiero

ver más, ni saber ya nada:

harta mi alma y postrada,

sólo anhela descansar.

En mí muera el sentimiento,

pues ya murió mi ventura,

ni el placer ni la tristura

vuelvan mi pecho a turbar.

 

Pasad, pasad en óptica ilusoria

y otras jóvenes almas engañad:

nacaradas imágenes de gloria,

coronas de oro y de laurel, pasad.

 

Pasad, pasad mujeres voluptuosas,

con danza y algazara en confusión;

pasad como visiones vaporosas

sin conmover ni herir mi corazón.

 

Y aturdan mi revuelta fantasía

los brindis y el estruendo del festín,

y huya la noche y me sorprenda el día

en un letargo estúpido y sin fin.

 

Ven, Jarifa; tú has sufrido

como yo; tú nunca lloras;

mas ¡ay triste! que no ignoras

cuán amarga es mi aflicción.

Una misma es nuestra pena,

en vano el llanto contienes…

Tú también, como yo, tienes

desgarrado el corazón.

 

Triste es la vida cuando piensa el alma…

A mi madre

Triste es la vida cuando piensa el alma,

triste es vivir si siente el corazón;

nunca se goza de ventura y calma

si se piensa del mundo en la ficción.

 

No hay que buscar del mundo los placeres,

pues que ninguno existe en realidad;

no hay que buscar amigos ni mujeres,

que es mentira el placer y la amistad.

 

Es inútil que busque el desgraciado

quien quiera su dolor con él partir;

sordo el mundo, le deja abandonado

sin aliviar su mísero vivir.

 

La virtud y el honor, sólo de nombre

existen en el mundo engañador;

un juego la virtud es para el hombre;

un fantasma, no más, es el honor.

 

No hay que buscar palabras de ternura,

que le presten al alma algún solaz;

no hay que pensar que dure la ventura,

que en el mundo el placer siempre es fugaz.

 

Esa falsa deidad que llaman gloria

es del hombre tan sólo una ilusión,

que siempre está patente en su memoria

halagando, traidora, el corazón.

 

Todo es mentira lo que el mundo encierra,

que el niño no conoce, por su bien;

entonces la niñez sus ojos cierra,

y un tiempo a mí me los cerró también

 

En aquel tiempo el maternal cariño

como un Edén el mundo me pintó;

yo lo miré como lo mira un niño,

y mejor que un Edén me pareció.

 

Lleno lo vi de fiestas y jardines,

donde tranquilo imaginé gozar;

oí cantar pintados colorines

y escuché de la fuente el murmurar.

 

Yo apresaba la blanca mariposa,

persiguiéndola ansioso en el jardín,

bien al parar en la encarnada rosa

o al posarse después en el jazmín.

 

Miraba al sol, sin que jamás su fuego

quemase mis pupilas ni mi tez;

que entonces lo miré con el sosiego

y con la paz que infunde la niñez

 

Mi vida resbalaba entre delicias

prodigadas, ¡oh madre!, por tu amor.

¡Cuántas veces, entonces, tus caricias

acallaron mi llanto y mi clamor!

¡Cuántas veces, durmiendo en tu regazo,

en pájaros y flores yo soñé!

¡Cuántas veces, entonces, tus caricias

acallaron mi llanto y mi clamor!

¡Cuántas me diste, oh madre, un tierno abrazo

porque alegre y risueño te miré!

 

Mis caricias pagaste con exceso,

como pagan las flores al abril;

mil besos, ¡ay!, me dabas por un beso,

por un abrazo tú me dabas mil.

 

Pero yo te abandoné

por seguir la juventud;

en el mundo me interné,

y al primer paso se fue

de la infancia la quietud;

 

que aunque tu voz me anunciaba

los escondidos abrojos

del camino que pisaba,

mi oído no te escuchaba

ni te miraban mis ojos.

 

¡Sí, madre! Yo no creí

que fuese cierto tu aviso;

tan hechizado lo vi,

que al principio para mi

era el mundo un paraíso.

 

Así viví sin temor,

disfrutando los placeres

del mundo tan seductor;

en él encontré el amor

al encontrar las mujeres.

 

Mis oídos las oyeron,

y mis ojos las miraron,

y ángeles me parecieron;

mis ojos, ¡ay!, me engañaron

y mis oídos mintieron.

 

Entre placeres y amores

fueron pasando mis años

sin recelo ni temores,

mi corazón sin engaños

y mi alma sin dolores.

 

Mas hoy ya mi corazón

por su bien ha conocido

de los hombres la traición

y mi alma ha descorrido

el velo de la ilusión.

 

Ayer vi el mundo risueño

y hoy triste lo miro ya;

para mí no es halagüeño;

mis años han sido un sueño

que disipándose va.

 

Por estar durmiendo ayer,

de este mundo la maldad

ni pude ni quise ver,

ni del amigo y mujer

conocí la falsedad.

 

Por el sueño, no miraron

mis ojos teñido un río

de sangre, que derramaron

hermanos que se mataron

llevados de un desvarío.

 

Por el sueño, madre mía,

del porvenir, sin temor,

ayer con loca alegría

entonaba en una orgía

cantos de placer y amor.

 

Por el sueño fui perjuro

con las mujeres allí;

y en lugar de tu amor puro,

amor frenético, impuro,

de impuros labios bebí.

 

Mi corazón fascinaste

cuando me ofreciste el bien;

pero (¡oh mundo!), me engañaste

porque en infierno trocaste

lo que yo juzgaba Edén.

 

Tú me mostraste unos seres

con rostros de querubines

y con nombres de mujeres,

tú me brindaste placeres

en ciudades y festines.

 

Tus mujeres me engañaron.

que al brindarme su cariño

en engañarme pensaron

y sin compasión jugaron

con mi corazón de niño.

 

En tus pueblos no hay clemencia,

la virtud no tiene abrigo;

por eso con insolencia

los ricos, en su opulencia,

encarnecen al mendigo.

 

Y en vez de arroyos y flores

y fuentes y ruiseñores,

se escuchan en tus jardines

los gritos y los clamores

que salen de los festines.

 

Por eso perdí el reposo

de mis infantiles años;

dime, mundo peligroso,

¿por qué siendo tan hermoso

contienes tantos engaños?

 

Heme a tus pies llorando arrepentido,

fría la frente y seco el corazón;

¡ah!, si supieras cuánto he padecido,

me tuvieras, ¡os madre!, compasión.

 

No te admires de hallarme en este estado,

sin luz los ojos, sin color la tez;

porque mis labios, ¡ay!, han apurado

el cáliz del dolor hasta la hez.

 

¡Que es veneno el amor de las mujeres

que en el mundo, gozoso, yo bebí!

Pero, a pesar de todos los placeres,

jamás pude olvidarme yo de ti.

 

Siempre, extasiado, recordó mi mente

aquellos días de ventura y paz

que a tu lado viví tranquilamente

ajeno de este mundo tan falaz.

 

Todo el amor que tiene es pasajero,

nocivo, receloso, engañador;

no hay otro, no, más puro y verdadero

que dure más que el maternal amor.

 

Vuelve, ¡oh madre!, a mirarme con cariño;

tus caricias y halagos tórname;

yo de ti me alejé, pero era un niño,

y el mundo me engañó, ¡perdóname!

 

Yo pagaré tu amor con el exceso

con que pagan las flores al abril;

mil besos te daré por sólo un beso,

por un abrazo yo te daré mil.

 

Dejemos que prosigan engañando

los hombres y mujeres a la par;

de nuestro amor sigamos disfrutando

en sus engaños, madre, sin pensar.

 

Porque es triste vivir si piensa el alma,

y mucho más si siente el corazón;

nunca se goza de ventura y calma

si se piensa del mundo en la ficción.

 

Un carajo impertérrito, que al cielo

Un carajo impertérrito, que al cielo

su espumante cabeza levantaba

y coños y más coños desgarraba,

de blanca leche encaneciendo el suelo,

 

en su lascivo ardor, cual Monjibelo,

nunca su seno túrgido saciaba

y con violento empuje penetraba

hórridos bosques de erizado pelo.

 

Venció a la humanidad; quedó rendida

la fuerza mujeril; mas él, sediento

siempre y siempre con ansia coñicida,

 

leche despide y mancha el firmamento,

dejando allí su cólera esculpida

del carajo en eterno monumento.

 

Ya el sol esconde sus rayos…

Ya el sol esconde sus rayos,

el mundo en sombras se vela,

el ave a su nido vuela.

Busca asilo el trovador.

 

Todo calla: en pobre cama

duerme el pastor venturoso:

en su lecho suntüoso

se agita insomne el señor.

 

Se agita; mas ¡ay! reposa

al fin en su patrio suelo;

no llora en mísero duelo

la libertad que perdió.

 

Los campos ve que a su infancia

horas dieron de contento,

su oído halaga el acento

del país donde nació.

 

No gime ilustre cautivo

entre doradas cadenas,

que si bien de encanto llenas,

al cabo cadenas son.

 

Si acaso, triste lamenta,

en torno ve a sus amigos,

que, de su pena testigos,

consuelan su corazón.

 

La arrogante erguida palma

que en el desierto florece,

al viajero sombra ofrece,

descanso y grato manjar.

 

Y, aunque sola, allí es querida

del árabe errante y fiero,

que siempre va placentero

a su sombra a reposar.

 

Mas ¡ay triste! yo cautiva,

huérfana y sola suspiro,

el clima extraño respiro,

y amo a un extraño también.

 

No hallan mis ojos mi patria;

humo han sido mis amores;

nadie calma mis dolores

y en celos me siento arder.

 

¡Ah! ¿Llorar? ¿Llorar?… no puedo

ni ceder a mi tristura,

ni consuelo en mi amargura

podré jamás encontrar.

 

Supe amar como ninguna,

supe amar correspondida;

despreciada, aborrecida,

¿no sabré también odiar?

 

¡Adiós, patria! ¡adiós, amores!

La infeliz Zoraida ahora

sólo venganzas implora,

ya condenada a morir.

 

No soy ya del castellano

la sumisa enamorada:

soy la cautiva cansada

ya de dejarse oprimir.

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