Poemas de José María Gabriel y Galán

Poemas de José María Gabriel y Galán

Poemas de José María Gabriel y Galán (1870–1905), poeta español fundamental en la literatura regionalista del siglo XIX. Aunque nació en Salamanca, su obra alcanzó la madurez en Extremadura, donde se estableció tras abandonar la enseñanza. Su estilo destaca por una sencillez profunda y una conexión visceral con la vida campesina, la religión y las tradiciones rurales.

Su legado se divide principalmente en dos vertientes: el uso de un castellano sobrio y el empleo del «castúo» (dialecto extremeño) en obras icónicas como Extremeñas. En poemas como «El Cristu Benditu», Galán capturó la identidad del pueblo con una sensibilidad que evita el artificio. Su poesía, de ritmo natural y espíritu conservador, es un homenaje eterno a la tierra y a la dignidad de la vida humilde. Falleció prematuramente, consolidado como el gran bardo de la Extremadura rural.

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A Cándida

I

¿Quieres, Cándida saber

cuál es la niña mejor?

Pues medita con amor

lo que ahora vas a leer.

 

La que es dócil y obediente,

la que reza con fe ciega,

con abandono inocente.

la que canta, la que juega.

 

La que de necias se aparta,

la que aprende con anhelo

cómo se borda un pañuelo,

cómo se escribe una carta.

 

La que no sabe bailar

y sí rezar el rosario

y lleva un escapulario

al cuello, en vez de un collar.

 

La que desprecia o ignora

los desvaríos mundanos;

la que quiere a sus hermanos;

y a su madrecita adora.

 

La que llena de candor

canta y ríe con nobleza;

trabaja, obedece y reza…

¡esa es la niña mejor!

 

II

¿Quieres saber, Candidita,

tú, que aspirarás al cielo,

cuál es perfecto modelo

de cristiana jovencita?

 

La que a Dios se va acercando,

la que, al dejar de ser niña,

con su casa se encariña

y la calle va olvidando.

 

La que borda escapularios

en lugar de escarapelas;

la que lee pocas novelas

y muchos devocionarios.

 

La que es sencilla y es buena

y sabe que no es desdoro,

después de bordar en oro

ponerse a guisar la cena.

 

La que es pura y recogida,

la que estima su decoro

como un preciado tesoro

que vale más que su vida.

 

Esa humilde jovencita,

noble imagen del pudor,

es el modelo mejor

que has de imitar, Candidita.

 

III

¿Y quieres, por fin, saber

cuál es el tipo acabado,

el modelo y el dechado

de la perfecta mujer?

 

La que sabe conservar

su honor puro y recogido:

la que es honor del marido

y alegría del hogar.

 

La noble mujer cristiana

de alma fuerte y generosa,

a quien da su fe piadosa

fortaleza soberana.

 

La de sus hijos fiel prenda

y amorosa educadora;

la sabia administradora

de su casa y de su hacienda.

 

La que delante marchando,

lleva la cruz más pesada

y camina resignada

dando ejemplo y valor dando.

 

La que sabe padecer,

la que a todos sabe amar

y sabe a todos llevar

por la senda del deber.

 

La que el hogar santifica,

la que a Dios en él invoca,

la que todo cuanto toca

lo ennoblece y dignifica.

 

La que mártir sabe ser

y fe a todos sabe dar,

y los enseña a rezar

y los enseña a crecer.

 

La que de esa fe a la luz

y al impulso de su ejemplo

erige en su casa un templo

al trabajo y la virtud…

 

La que eso de Dios consiga

es la perfecta mujer,

¡y así tienes tú que ser

para que Dios te bendiga!

 

A Correo Vuelto

(Al Poeta José Rodao)

¿Sablazos entre poetas?

¡No llega la sangre al río!

Allá va ese libro mío

que no vale dos pesetas…

 

¡Y no es modestia de autor,

no, señor!

¡Es que le faltan dos reales

para tener de valor

las dos pesetas cabales!

 

¡Pero aunque ciento valiera!

¡Bueno fuera!

que siendo usted segoviano

y siendo yo salmantino,

no se hiciera honor entero

a aquel dicho decidero,

netamente castellano

que dice «de herrero a herrero…»!

(Si tiene algo suyo a mano…

Y sabe usted, compañero.)

 

Allá van mis Campesinas

con fraternal abrazo.

¡Y gracias por el «sablazo»!

¡Y dígame «sin pamplinas

y sin gastar etiqueta»

si es verdad que, bien tasadas,

no valen las dos pesetas

mal contadas!

 

¡Es tan saludable oír,

si se dice la verdad,

un «Deje usted de escribir

por toda una eternidad»

o un sincero

«Siga por ese camino

porque ese es el verdadero»!

¡Es tan grato

saber que a uno se le trata,

no con perfidias de gato

muy buenas… para la gata…,

ni con falsa cortesía,

ni con saña venenosa

que el recio juicio extravía,

ni con cegador cariño

que envanece al hombre-niño,

sino con un buen amor

que exprese el justo sentir

con un prudente decir

sedante y educador!…

¡Ganase tanto el que hablara!…

¡Y aprendiera

tanto el que bien escuchara

la sincera

voz leal que le ilustrara!

 

Pero bastan reflexiones;

allá van mis Campesinas

con esas dos condiciones:

que me diga sin pamplinas

y sin gastar «etiqueta»

si es verdad que, bien tasadas,

no valen las dos pesetas

mal contadas,

y que, como entre poetas

«no llega la sangre al río»,

y es gran dicho decidero

el de que de «herrero a herrero…»

Ya sabe, tocayo mío,

lo que espero.

 

A La Definición Dogmática De La Inmaculada Concepción

Era venido el suspirado día,

por el dedo divino señalado,

para que el Cielo oyera la armonía

del himno más sublime que ha cantado

el mundo, enamorado de María.

 

La mano augusta que grabó indelebles

en el seno de todo lo creado

las sabias leyes que la vida rigen,

la que movió el abismo de la nada,

la que del tiempo señaló el origen,

la que la vida conoció increada,

la que en el caos derramó armonías

y en el vacío modeló grandezas,

y en los abismos encendió los días

y con su luz iluminó bellezas;

la que en los días del vivir primeros

selló los hechiceros

secretos de las grandes maravillas,

la que en el cielo derramó luceros

como en la tierra derramó semillas;

la que en los montes despeñó torrentes;

la que en los valles ocultó palomas

y desató las brisas y las fuentes,

pintó los lirios y esenció las pomas:

la que endulzó el sonoro

de aves cantoras incontable coro;

la que a los ojos de belleza avaros

les mostró de los días el tesoro

con ocasos teñidos de escarlata,

bellas auroras de oro

y mediodías de bruñida plata…

La mano omnipotente

que hizo del limo la gentil figura

de la primera humana criatura,

carne hermosa con alma inteligente…,

aquella sabia mano,

providente, magnánima, divina,

quiso en un ser, por ello soberano,

compendiar la hermosura peregrina

que vertió en lo divino y en lo humano,

y con la luz de todas las blancuras,

con la clave de todas las grandezas,

con el fuego de todas las ternuras,

con la esencia de todas las purezas,

con las mieles de todas las dulzuras

y la cifra de todas las bellezas,

graciosa, exuberante,

casta, ideal, magnífica y triunfante,

más sencilla y gentil que las palomas,

más hermosa que el día,

más pura que la luz y los aromas,

más hermosa que el sol… ¡hizo a María!

Y ¿cómo no creerla pura y bella,

si morada de Dios iba a ser ella?

 

Y fue limpia morada

del que pasó por Ella, Cristo vivo,

puras dejando sus entrañas puras…

¿Mancha el beso del sol la inmaculada

nieve de las alturas?

 

El Dios que la creó quiso que el mundo

sin su mandato Pura la sintiera…

Y el mundo bueno, con amor profundo,

la sintió como era…

Ancianos patriarcas venerables

videntes y profetas,

mártires incontables,

teólogos y poetas,

cenobitas y santos adorables,

filósofos y extáticos ascetas…

Mundo meditador, mundo creyente…

¡Todos en santa universal porfía

tuvisteis en el pecho y en la mente

la fe de la pureza de María!

 

Pero faltaba el eco soberano

de la voz del Señor, nota primera

del divino Poema mariano…

¡Indigno de ella fuera,

sin preludio de Dios, un canto humano!

 

Y aquel sublime y venerable anciano

que el místico rebaño dirigiera

con luces celestiales en la mente,

con llaves áureas en la augusta mano

el mártir generoso

de alma de fuego y corazón piadoso,

y corona de espinas en la frente:

que vivió sangre santa derramando

y se pasó la vida bendiciendo

y descendió al sepulcro perdonando;

el justo, el perseguido,

el del ardiente corazón herido

que en Santa Caridad se derretía,

¡aquel fue el elegido

para exaltar la gloria de María,

para apagar el infernal rugido

con el preludio santo

del más sublime canto

que de boca del hombre el Cielo ha oído!

Oraba el justo con fervor profundo,

callaba el cielo y esperaba el mundo…

Arrobado en coloquios divinales

con el más grande amor de los amores,

paladeando mieles edeniales,

bálsamo de agudísimos dolores,

en los ojos el fuego de los llantos

y el del amor dulcísimo delirio,

en las sienes el nimbo de los santos

y en la mano la palma del martirio,

extático, magnífico, sereno,

ebrio de Caridad, de gracia lleno,

cuando del Cielo descendió el torrente

de la divina inspiración gigante,

tomó a sus hijos la mirada amante

llena de amor ardiente

y grande, mayestático, triunfante,

con las mieles de todos los consuelos,

en una voz que resonó en la anchura

del ancho mundo y de los anchos cielos

llorando de alegría y de ternura

clamó radiante: «¡Inmaculada y Pura!»

 

«¡Inmaculada y Pura!», repitieron

los ángeles que asisten a María;

y la creyente muchedumbre humana

con voz de amores, honda y soberana:

«¡Inmaculada y Pura!», repetía.

¡Y toda la armonía

con que sabe latir Naturaleza

se derrama en la inmensa sinfonía;

y del aire en el ámbito profundo

y de las almas en la fresca hondura

flotó un ambiente de ideal pureza,

segundo redentor de todo un mundo

puesto a las plantas de la Virgen Pura!

 

Y herida nuevamente

con honda herida la infernal serpiente,

silbó blasfemias con su lengua impura

moviendo al Cielo guerra,

y su chata cabeza ensangrentada

golpeó sobre el polvo de la tierra,

con rabia loca de soberbia hollada

y sus fauces cargadas de veneno

polvo amasaron con su baba horrible,

y el cuerpo innoble, en convulsión terrible

se retorció sobre su propio cieno…

 

¡Gloria a Ti, Madre mía,

que con tus plantas al abismo huellas,

y con tu luz disipas las negruras,

áurea alborada del dichoso día

de quien un rayo son las cosas bellas,

de quien un rayo son las cosas puras!

 

Gloria canto a tus plantas,

sol del edén, de perfección dechado,

de quién átomos son las cosas santas,

que el Señor en la vida ha derramado;

de quien son un reflejo peregrino

las estrellas de luz resplandecientes

y el coro de querubes refulgente

que forman el divino

nimbo de luz de tu divina frente:

 

¡Dios te salve, María Inmaculada,

de la gracia de Dios favorecida,

y con todo el poder de Dios creada,

y con todo el favor de Dios henchida,

y con todo el amor de Dios amada,

la sin pecado original nacida,

la sin mácula Virgen coronada!

 

Flor de las flores, adorable encanto,

gloria del mundo, celestial hechizo…

¡Dios no pudo hacer más cuanto te hizo!

¡Yo no sé decir más cuando te canto!

 

Sibarita

¡A mí n’ámas me gusta

que dali gustu al cuerpo!

 

Si yo fuera bien rico,

jacía n’ámas eso:

jechalmi güenas siestas

embajo de los fresnos,

jartalmi de gaspachos

con güevos y poleos,

cascalmi güenos fritis

con bolas y pimientos,

mercal un güen caballo,

tenel un jornalero

que to me lo jiciera

pa estalmi yo bien quieto,

andal bien jateao,

jechal cá instanti medio,

fumal de nuevi perras

y andalmi de paseo

lo mesmo que los curas,

lo mesmo que los médicos…

 

Si yo fuera bien rico,

jacía n’ámas eso,

¡que a mí n’ámas me gusta

que dali gustu al cuerpo!

 

A Plasencia

Toda ciudad es dichosa

si tiene historia gloriosa,

bellos campos, cielo hermoso,

vida honrada y laboriosa,

puro instinto religioso.

Sabios hombres que admirar,

joyas de arte que lucir,

bellas mujeres que amar,

patriotismo que sentir

y caridad que imitar.

¡Vieja ciudad de los Fueros!

Tu historia cuenta legiones

de gentiles caballeros,

sapientísimos varones

y denodados guerreros.

Tus bellos alrededores

sembró la Naturaleza

de cuadros multicolores,

contrastes encantadores

que hacen mejor tu belleza.

Y eriales tienes baldíos,

y olivares pintorescos,

y peñascales bravíos

y edénicos huertos frescos,

y precipicios sombríos,

y una vega amena y grata

que riega amoroso el Jerte,

cuya corriente de plata

parece que se dilata

por si en ella quieres verte.

Y son en tan bella tierra

tan hermosos cielo y suelo,

que tu horizonte se cierra

con un pedazo de sierra

que es un pedazo de cielo.

Plasencia: para expresarte

lo deliciosa que eres,

bastaba con recordarte

tus bellísimas mujeres,

tus maravillas del arte.

Plasencia: tu historia honrosa

me ha dicho que eres gloriosa,

y mis ojos al mirarte

me dicen que eres hermosa,

que eres digna de cantarte.

Mas yo no sé si hoy tu vida

es la vida indiferente

de todo pueblo suicida,

o es vida sana y potente

de ricas savias henchida.

Vida pujante y briosa,

con cultura vigorosa

y actividades geniales

¡La vida brava y nerviosa

de un pueblo con ideales!

No sé si tú los tendrás,

pero supongo que sí,

pues no tan loca serás,

que ignores adónde vas

o mueras dentro de ti.

Pueblo que duerme es suicida,

y yo no puedo creer

que estés pasando la vida

lánguidamente dormida

sobre tus glorias de ayer.

¡Sueño loco, sueño vano,

del amor con que te mira

un rimador castellano,

que de su bárbara lira

te hace oír el canto llano!

Pueblo que tiene tu historia

debe estar siempre despierto,

y fresco está en la memoria

el recuerdo de una gloria

que dice que tú no has muerto.

Un día…, ¡qué infausto días!…,

la pobre Patria venía

llorando horribles traiciones,

con la bandera en jirones

y el honor en la agonía.

Loca, inerme, macilenta,

llorando a gritos la afrenta

que le hizo la iniquidad,

llegó a tus puertas hambrienta,

llamando a la caridad.

Y un grupo de caballeros,

heraldos de la hidalguía

de la ciudad de los Fueros,

oyó los sollozos fieros

con que la Patria gemía.

Y al frente de mucha gente

de esa que trabaja y calla,

de esa a quien llama canalla

la casta más decadente

que en las historias se halla,

salió a tus puertas gritando:

—¡Ábranse pronto esas puertas,

que está la Patria llamando,

y siempre han estado abiertas

para el que viene llorando!

Y abrió el amor en seguida

tus puertas, noble ciudad,

y entró la Patria afligida,

que en brazos se echó rendida

de tu hermosa Caridad.

¡Vieja ciudad de los fueros!

Sin alardes pregoneros,

han dicho bien lo que eres

tus patriotas caballeros,

tus compasivas mujeres.

¡Plasencia! La lira oscura

de un rimador sin grandeza

no intentará la locura

de ensalzar tanta nobleza,

de cantar tanta hermosura.

Objeto tan sobrehumano

como el de tus maravillas,

es de un Himno soberano;

no de las ruines coplillas

de un rimador castellano.

¡Funde un genio de la Historia

que eternice tu memoria

y haga tu gloria completa!

¡Engendra el hijo poeta

que sepa cantar tu gloria!

¡Plasencia: bien has ganado

tu derecho de vivir!

Tienes glorioso pasado,

tienes un presente honrado:

¡Dios te dé buen porvenir!

 

A Solas

¡Qué bien se vive así! Pasan los días

sin dejar en el alma sedimentos

de insanas alegrías

ni de amargos tormentos…

 

Ni el placer emborracha los sentidos

con falsos espejismos, revestidos

de engañosa apariencia,

ni el dolor de vivir en este mundo

nos hace maldecir nuestra existencia.

¡Qué bien se vive así! Pasan las horas

tranquilas y serenas

cual ondas de arroyuelo bullidoras

que ruedan mansamente sobre arenas.

 

Ni mis pasos acecha un enemigo,

ni la calumnia sobre mí se ensaña,

ni me hiere a traición el falso amigo

que cuanto más me abraza, más me engaña.

 

¡Qué bien se vive así, sin ser testigo

de ese culto idolátrico del oro

que convierte en mercado la existencia

y nos hace vivir en la presencia

de miserias que ofenden el decoro

y escándalos que alarman la conciencia!

 

¡Qué bien se vive así; qué bien, Dios mío!

Ni me roba la farsa el albedrío,

ni tiene que estrechar mi honrada mano

la mano del ladrón y del impío

al par que la del hombre honrado y sano.

¡Qué bien se vive sólo a Dios amando,

en Dios viviendo y para Dios obrando!

 

La atmósfera serena

de esta amorosa soledad amena

de los ruidos del mundo está vacía,

pero Dios está en ella y Dios la llena

con hálitos de amor y de poesía.

 

Al alma no acongojan

las diarias mundanas tentaciones

que en los abismos del pecado arrojan

tantos flacos vencidos corazones.

Jamás conturban tan augusta calma

los fantasmas del odio y la perfidia,

ni la codicia ruin que seca el alma,

ni el espectro amarillo de la envidia:

jamás se oye rodar por el vacío

la maldecida voz, hija insolente

de la boca podrida del impío

y la boca soez del maldiciente.

¡Qué bien se vive así! La vida entera

se desvanece en Dios, su Sumo Dueño,

y nos abrasa de su amor la hoguera,

y el bien es fácil, el vivir risueño,

sabroso el pan, reparador el sueño

y dulce el esperar para el que espera.

 

Y en este grato estado

el espíritu está de Dios más lleno,

y el dolor suele ser más resignado,

y el placer es más puro y más sereno…

Calientan las entrañas

generosos deseos de ser bueno;

ansiedades extrañas

a que antes era el corazón ajeno;

misteriosas y nuevas impresiones

que tienen escondido

del alma en los más íntimos rincones

su delicioso nido;

sublimes explosiones

de amor universal, nunca sentido;

deseos de morirse resignado

a la Cruz abrazado;

infinita ternura

que hace llorar con llanto de dulzura;

fuego que el alma abrasa…,

salto desdén de la mundana escoria…

¡El hálito de Dios, que cuando pasa

nos deja la nostalgia de la gloria!

 

¡Qué bien así se vive, a Dios amando,

en Dios viviendo y para Dios obrando!

 

Mas, ¡ay!, cómo me olvido,

en estos pensamientos embebido,

de que este hermoso estado

del vivir «ni envidioso ni envidiado»

es para mí tan breve

que, pronto, sí, ¡desvanecerse debe!

 

Éste no es para mí perenne estado;

es, no más, un momento de reposo

al cuerpo y al espíritu cansado:

un descanso en un puerto

de este mar de la vida borrascoso,

¡un oasis en medio del desierto!

Después…, ¡después lo mismo!

¡A luchar otra vez por este mundo!

¡A saltar de un abismo en otro abismo,

con riesgo de rodar a lo profundo!…

 

Pero… ¿y si no rodara?

¿Y si Dios de la mano me llevara,

y humilde tras Él fuera,

y entre tantos abismos no cayera

y a la cumbre llegara?

¿Será más meritoria

la victoria sin lucha así lograda,

que la santa victoria

con lágrimas y sangre conquistada?

 

¡Oh, no; no vale tanto!

No se llega hasta el Dios tres veces Santo,

no se llega hasta Vos, ¡oh Dios Divino!,

por caminos de flores alfombrados.

¡Se llega con los pies ensangrentados

por las duras espinas del camino!

 

A Su Majestad El Rey

Señor: No soy un juglar;

soy un sincero cantor

del castellano solar.

Canto el alma popular;

no tengo nombre, señor.

 

Por eso, porque un oscuro,

porque un sincero es quien canta

y no un cortesano impuro,

oiréis el de mi garganta

canto llano, pobre y duro.

 

Más placerá a vuestro oído

el débil trinar sentido

del pájaro del erial

que el resonante graznido

del hueco pavo real.

 

Señor: si en ese sagrado

solar de español sentir

han ante vos ocultado

con luz de vivir dorado

sombras de negro vivir,

 

mintió la vieja embustera

que llaman cortesanía…

¡Mejor a su rey sirviera

si, en bien de la Patria mía,

verdad a su rey dijera!

 

No sé con reyes hablar;

mas, bien podréis perdonar

que yo platique con vos

tal como en son de rezar

platico de esto con Dios.

 

Estáme la fe enseñando

y estáme el amor diciendo

que todo se torna blando

a nuestro Dios invocando

y a nuestro rey requiriendo.

 

Que Dios corona a los reyes

para que a mundos mejores

lleven innúmeras greyes,

mejor que atadas con leyes,

sueltas en cursos de amores.

 

Señor: en tierras hermanas

de estas tierras castellanas,

no viven vida de humanos

nuestros míseros hermanos

de las montañas jurdanas.

 

Señor: no oigáis las canciones

de las doradas sirenas,

que solo cantan ficciones…

¡Los más grandes corazones

son los que arrostran más penas!

 

Dolor de cuantos los vieren,

mentís de los que mintieren,

aquí los parias están…

De hambre del alma se mueren,

se mueren de hambre de pan.

 

Hasta este monte eminente

donde rimo mis cantares

sube famélica gente

que mis modestos manjares

devora violentamente…

 

Tanta pena he contemplado

que unas veces he llorado

con llanto de compasión,

y otras mi voz han velado

gemidos de indignación.

 

Porque infama la negrura

de la siniestra figura

de hombres que hundidos están

en un sopor de incultura

con fiebre de hambre de pan.

 

Limosna de un rey cristiano

es manantial soberano

de grande consolación…

Mas nunca llega la mano

donde llega el corazón.

 

La Patria es madre amorosa

que hace milagros de amores…

¡Tienda una mano piadosa

que disipe los horrores

de esta visión afrentosa!

 

Señor: no soy un juglar.

Yo nunca rimo un cantar

si no me lo pide amor.

La Patria me hizo vibrar…

¡Patria sois también, señor!

 

A Teresa De Jesús

Mujer de inteligencia peregrina

y corazón sublime de cristiana,

fue más divina cuanto más humana

y más humana cuanto más divina.

 

Hasta el impío ante tu fe se inclina

y adora la grandeza soberana

de la egregia doctora castellana,

de la santa mujer y la heroína.

 

¡Oh mujer! Te dará la humana historia

la gloria que por sabia merecieres;

mas con el mundo acabará esa gloria,

 

que por ser terrenal no es sempiterna.

¡Tú, Teresa de Ahumada, al cabo mueres!

¡Teresa de Jesús, tú eres eterna!

 

Canto Al Trabajo

A ti, de Dios venida,

dura ley del trabajo merecida,

mi lira ruda su cantar convierte;

a ti, fuente de vida;

a ti, dominadora de la suerte.

 

Escucha cómo canta

la oscurísima voz de mi garganta

lo que tienes, ¡oh ley!, de creadora,

lo que tienes de santa,

lo que tienes de sabia y redentora.

 

Porque eres fuente pura

que manas oro de la henchida hondura,

fecunda y rica en mi canción te llamo;

porque eres levadura

del humano vivir, buena te aclamo.

 

Redimes y ennobleces,

fecundas, regeneras, enriqueces,

alegras, perfeccionas, multiplicas,

el cuerpo fortaleces

y el alma en tus crisoles purificas.

 

¡Señor! Si abandonado

dejas al mundo a su primer pecado

 

y la sabia sentencia no fulminas,

hubiéranse asentado

tumbas y cunas sobre muertas ruinas.

 

Mas tu voz iracunda

fulminó la sentencia tremebunda,

y por tocar en tus divinos labios

tornóse en ley fecunda

el rayo vengador de tus agravios.

 

Si de acres amarguras

extraen las abejas mieles puras,

¿cómo Tú no sacar de tu justicia

paternales ternuras

para la humana original malicia?

 

Fecundo hiciste al mundo,

feliz nos lo entregó tu amor profundo,

y cuando el crimen tu rigor atrajo,

nuevamente fecundo,

si no feliz, nos lo tornó el trabajo.

 

¡Mirad, ojos atentos,

toda la luz que radian sus portentos,

todo el vigor que en sus empresas late!

¡No hay épicos acentos

para cantar el colosal combate!

 

Mirad cómo a la tierra

provoca con el hierro a santa guerra,

desgarrando sus senos productores,

donde juntos sotierra

semillas, esperanzas y sudores.

 

El boscaje descuaja,

las peñas de su asiento desencaja,

estimula veneros, ciega fosas,

y el alto cerro cuaja

de arbóreas plantaciones vigorosas.

 

Abajo, en la ancha vega,

trenza el río sereno y lo despliega

en innúmeros hilos de agua pura

que mansamente riega

opulentas alfombras de verduras.

 

A veces, remansada,

la detiene la presa, y luego airada

la despeña en cascadas cristalinas

con fuerza regulada

que hace girar rodeznos y turbinas.

 

Mirad cómo los mares

abruma con el peso de millares

de buques que cargó con sus labores,

y a remotos lugares

manda de su riqueza portadores.

 

Mirad cómo devora

la distancia en la audaz locomotora

que creó gallardísimas y ligera;

mirad cómo perfora

la montaña que estorba su carrera.

 

Cómo escarba en la hondura

y persigue el filón dentro la oscura

profunda mina que el tesoro guarda,

como la inmensa altura

va conquistando de la nube parda.

 

Como el taller agita,

cómo en el templo del saber medita,

y trepida en las fábricas brioso,

y en las calles se agita,

y brega en los hogares codicioso.

 

Labra, funde, modela,

torna rico el erial, pinta, cincela,

incrusta, sierra, pule y abrillanta,

edifica, nivela,

inventa, piensa, escribe, rima y canta.

 

El rayo reluciente,

fuego del cielo, espanto de la gente,

ha tornado en sumiso mensajero,

que de Oriente a Poniente

lleva latidos del vivir ligero.

 

Al padre y al esposo

les da para los suyos pan sabroso,

olvido al triste en su dolor profundo,

salud al poderoso,

honra a la patria y bienestar al mundo.

 

Tiempos aún no venidos

del imperio triunfal de los caídos:

¡derramad pan honrado y paz bendita

sobre hogares queridos

que templos son donde el trabajo habita!

 

Tiempos tan esperados

de la justicia, que avanzáis armados:

¡sitiad por hambre o desquiciad las puertas

de alcázares dorados

que no las tengan al trabajo abiertas!

 

¡Vida que vive asida

savia sorbiendo de la ajena vida,

duerma en el polvo en criminal sosiego!

¡Rama sea o podrida

perezca por el hacha o por el fuego!

 

Y gloria a ti, ¡oh fecundo

sol del trabajador, alegrador del mundo!

Sin ofensa de Dios, que fue el primero,

tú el creador segundo

bien te puedes llamar del mundo entero.

 

A Un Rico

¿Quién te ha dado tu hacienda o tu dinero?

O son fruto del trabajo honrado,

o el haber que tu padre te ha legado,

o el botín de un ladrón o un usurero.

 

Si el dinero que das al pordiosero

te lo dio tu sudor, te has sublimado;

si es herencia, ¡cuán bien lo has empleado!;

si es un robo, ¿qué das, mal caballero?

 

Yo he visto a un lobo que, de carne ahíto,

dejó comer los restos de un cabrito

a un perro ruin que presenció su robo.

 

Deja, ¡oh rico!, comer lo que te sobre,

porque algo más que un perro será un pobre,

y tú no querrás ser menos que un lobo.

 

Acuérdate De Mí

Cuando tiendas tu vista por las cumbres

de esas sombrías y gigantescas sierras

que estas tierras separan de esas tierras,

acuérdate de mí;

que yo también, cuando los ojos fijo

en esas altas moles silenciosas,

me paro a meditar en muchas cosas…

¡y a recordarte a ti!

 

Cuando hondas ansias de llorar te ahoguen

cuando la pena acobardarte quiera,

resígnate al dolor con alma entera

¡y acuérdate de mí!,

que yo también cuando en el alma siento

algo que se me sube a la garganta,

¡sé resignarme con paciencia tanta,

que te admirara a ti!

 

Cuando te creas en el mundo solo

y juzgues cada ser un enemigo,

¡acuerdote de Dios y de este amigo

que te recuerda a ti!

Y esa doliente soledad sombría

poblárase de amor en un instante

si en Dios llegas a ver un Padre amante,

¡y un buen hermano en mí!

 

Si del trabajo la pesada carga

y lo áspero y lo largo del camino

te hicieran renegar de tu destino.

¡acuérdate de mí!

Porque soy otro hijo del trabajo

que, sin temor a que la senda es larga,

llevando al hombro, como tú, mi carga,

¡voy delante de ti!

 

Si del demonio tentación maldita

o el mal consejo del amigo insano

te pusieran al borde del pantano,

¡acuérdate de mí!

Y piensa un poco lo que tú perdías

y piensa un poco lo que yo sufriera

si donde otros se hundieron, yo te viera

¡también hundirte a ti!

 

Y si te cierra la desgracia el paso

sin llegar a la hermosa lontananza

donde tú tienes puesta la esperanza,

¡acuérdate de mí!

¡Acaso yo tampoco haya llegado

donde me dijo el corazón que iría!

¡Y esta resignación del alma mía

te da un ejemplo a ti!

 

Si vacila tu fe (Dios no lo quiera)

y vacila por débil o por poca,

pídele a Dios que te la dé de roca,

¡y acuérdate de mí!;

que yo soy pecador porque soy débil,

pero hizo Dios tan grande la fe mía,

que, si a ti te faltara, yo podría

¡darte mucha fe a ti!

 

Adoración

I

Estaba amaneciendo. En los espacios

del mundo sideral ya se borraban

las últimas estrellas que aún brillaban

como débiles chispas de topacios.

 

Nada alteraba el general reposo

del mundo en la extensión de sombras llena,

ni turbaba un acento rumoroso

el solemne silencio religioso

de la noche serena…

 

Mansa, indecisa, vaga todavía,

la luz matutinal ya despuntaba,

y en trémulos fulgores envolvía

un paisaje de abril que se esfumaba

en la vaga y borrosa lejanía.

 

Iba a salir el sol. El horizonte

de luz amarillenta se teñía,

y de rumores se llenaba el monte

y el valle se poblaba de armonía;

y en el oscuro monte rumoroso,

surgiendo acompasada,

se iniciaba la intensa melodía

del sublime y grandioso

preludio musical de la alborada.

 

Iba a salir el sol. Lo presentía

la gran Naturaleza,

que en el sereno despertar del día,

espléndida, sublime en su grandeza,

y henchida de vigor se estremecía.

 

El soberano toque misterioso

de la mano de Dios la despertaba,

y a su sereno despertar grandioso,

con vigor portentoso,

la vida universal se reanimaba.

 

De su jugo vital iban a henchirse

los gérmenes hundidos en la sombra;

al beso de la luz iban a abrirse

los cálices plegados de las flores

que al valle dan alfombra

y a las brisas suavísimos olores;

la tropa peregrina

de pájaros cantores, aún dormidos,

iba a cantar su estrofa matutina

al posarse en los bordes de sus nidos

la del radiante sol, luz argentina;

y las errantes brisas olorosas,

las frondas rumorosas,

las aguas transparentes

de los ríos, los lagos y las fuentes,

los cerros de la sierra…

¡Todo cuanto en la tierra

produce, con acentos diferentes,

trino, ruido, voz, eco o lamento

al sentir ya cercana

la luz del astro, que preside el día,

preludiaba con su gárrula armonía

el himno enunciador de la mañana!

 

II

Y el sol salió. Sus vivos resplandores

se esparcieron en franjas ambarinas

y explosiones de luz y de colores,

de acentos y rumores,

palpitaron por valles y colinas.

 

El coro de los pájaros cantores,

desatando sus lenguas peregrinas,

inundó de armonías el ambiente;

y para el gran concierto que a la aurora

dedicaba la gran Naturaleza,

el bosque dio su voz, honda y sonora,

su aroma dieron las gentiles flores,

la alondra dio cantares,

el rocío del valle dio colores,

el aura dio rumores;

soñoliento gemir, los anchos mares;

vapores, las cañadas;

la flauta del pastor, dulces tonadas,

y el Oriente, bellísimos celajes,

y el éter, vibraciones irisadas.

 

Y aquella voz magnífica, una y varia,

que en sus senos encierra,

con toda la armonía de los cielos

los rumores que vibran en la tierra,

al cantar de la aurora sonriente

su himno de amor, magnífico y ardiente,

parece que decía:

¡Gloria al Dios cuya voz omnipotente

del caos hizo el día!…

 

III

En medio del alegre y peregrino

concierto musical de la mañana,

un eco grave, dulce y argentino

se dilata en el valle… ¡Es la campana

de la ermita cercana!

 

Impío, ven conmigo; y tú, cristiano,

ven conmigo también. Dadme la mano,

y entremos juntos en la pobre ermita

solitaria, pacífica, bendita…

Ante el ara inclinado

ved allí al sacerdote… Ya es llegado

el sublime momento…

¡Elevad un instante el pensamiento!

El dueño de esa gran Naturaleza

que admirabais conmigo hace un instante,

el soberano Dios de la grandeza,

el Dios del infinito poderío

¡es Aquel que levanta el sacerdote

en su trémula mano!

¡De rodillas ante Él! ¡Témele, impío!

¡De rodillas! ¡Adórale, cristiano!

Yo también me arrodillo reverente,

y hundo en el polvo, ante mi Dios, la frente.

 

De Nada

I

Al pardear se encontraron

y hablaron estas palabras:

—¿Ande vas?

—Voy al casillo.

—¿No sales luego una miaja?

—Daremos un cacho vuelta

cuantis que apaje las vacas.

Me faltan cuatro posturas.

—Pues yo voy a darles agua.

—¿Al río?

—No, al Mullaero.

—Pues bien mala está esa charca.

Y los mozos se apartaron

sin decirse más palabras.

 

II

Era una noche de enero

muy fría, serena y clara:

noche de muchas estrellas

y pocos ruidos. Helaba.

Cuatro mozos embozados

en sus anguarinas pardas

platican, y no de amores,

en la mitad de la plaza:

—¿Qué andáis haciendo estos días?

—Pues hate cuenta que nada:

arrecogiendo buñicas

en los praos; mi padre, en casa.

Y vusotros, ¿ánde andáis?

—Hiciendo también la engaña:

hoy, a por unos carrascos

pa masar. La otra semana

no nos vagó dir a ellos

y derrotemos más támbaras…

—Y tú, Juan, ¿andas a istierco?

—No, maldito: ya no hay nada.

cuasi de viga derecha

to el día. Pasó mañana

habrá que echarlo al molino

con garrobas pa las vacas,

y el desotro a por adobes

pa gobernar una miaja

las tenás del otro barrio…

—¡Chachos, qué noche tan rasa!…

No se barrunta una mosca.

—No, pues ancá de Luciana

buena zorita traían

cuando yo salí de casa

—Hay baile.

—¿De pandereta?

—¡Quia, de badil!

¿Quién cantaba?

—Pues por un lao parecía

Quica, y por otro Colasa.

—¡Son tan autás!…

—¿Y de mozos?

—Cuatro chavalillos…, nada.

—¡Chico, pai han jijao!

—Esos serán los Pardalas

que salen de ancá de Petra…

¡Callarsos a ver si cantan!…

—Ellos son, hombre, no escuches,

¡si han jijeao!…

¡Coine, calla!

¡Tú jijea y que hablen ellos!

—¡Ay jijí!…

—¿Quién vive?

—¡España!

—Buenas noches.

—Buenas noches.

—Y frescas. ¿De qué se trata?

—Pues decían que esta noche

iba a hacer baile Luciana

porque iba a venir a ella

un mozo de Matamala,

que dice que gasta ponche

y que toca la dulzaina.

—Pues lo del mozo es mentira,

porque han ido ancá Luciana

tres veces los mayordomos

a cobrar el vino y… ¡nada!

Lo que hay es baile.

—Pues vamos.

—¡Si es de badil!

—¿Y qué? ¡Hala!

—¡Muchachos, la toná nueva!

—¡Los que la cojáis, echaila!…

 

III

Y abriendo mucho las bocas,

llegaron ancá Luciana.

Cerrada estaba la puerta,

la casa en silencio estaba,

porque su gente tenía

que masar muy de mañana

y no madruga la gente

si las veladas son largas.

Calle abajo, calle abajo

la ronda siguió su marcha

y no dejó aquella noche

calleja no paseada,

ventanillo no atisbado,

gato que no apedreara,

perro echado, charco lleno

y estrella no contemplada.

—¡Chachos, debemos de dirnos,

si sos parece, a la cama;

que antes que nos percatemos

la gente vieja reballa.

Si no, mirai las cabrillas

por ánde van ya.

—Pues anda,

que yo que tengo en el cinto

la llave pa entrar en casa…

¡Huy, Dios, como me barrunten,

verás mi madre mañana!

—Pues, chicos, yo no me acuesto;

me voy a apajar las vacas

cuantis me quite esta ropa

pa dir temprano a por támbaras,

—Y a mí me dijo mi madre

que a cepas, chico, ¡pues anda,

que voy a tener un cuerpo

pa rozar!… ¡Huy qué galbana!

—Pues yo, galán, a buñicas…

—Y yo a calentar el agua

pa masar.

—Y yo al mercao.

—Y yo a piedra.

—Y yo a las cabras.

Conque, muchachos, que es hora:

¡cada uno pa su casa!

Y el grupo de rondadores

se abrió como una granada.

 

IV

Al poco rato la aldea

muerta del todo quedaba;

la alborada aún no venía,

declinó la luna blanca,

relucían las estrellas,

iba en aumento la helada,

el suelo se endurecía,

los tejados blanqueaban…

 

La Presea

I

Al señor de Salvatierra,

don Diego Álvar de León,

mancebo en la paz prudente

como en guerra lidiador,

requiere con estas letras,

que honor de sangre dictó,

la que es hija bien nacida

del señor de Monleón:

 

«De aquella ciudad de Baza

que el moro ha tiempo ocupó

asaz tristes nuevas vienen

para el castellano honor,

que así puro siempre ha sido

como la llama del sol.

Cabe aquellos fuertes muros

que en vano abatir trató

la nuestra aguerrida hueste

con asaltos de león,

defiéndese la morisca

tal como tigre feroz

que entre las garras oprime

la corza que aprisionó.

 

»El nuestro rey Don Fernando,

el grande, el conquistador,

el que la cruz lleva enhiesta

sobre el morado pendón,

desde Medina del Campo

para Jaén se partió

con la nuestra amada reina,

la de noble corazón;

y haciendo alarde de gente

que el llamamiento acudió,

allega al cerco de Baza

gente de cuenta y valor

que no es bien que aquella joya

desde solar español

cautiva en manos de infieles

Castilla la pierda y Dios.

 

»Yo vos requiero por ésta,

don Diego Alvar de León,

porque siendo vos tan caro

como decís el mi amor,

a los sus requerimientos

esquivo no seréis vos.

Y ya que al mi amor queréis

que le ponga precio yo,

deciros he, buen mancebo,

que vale más su valor

que la vuestra Salvatierra

y el mi fuerte Monleón;

que vale un joyel que quiero

en mis bodas lucir yo,

hecho de piedras preciosas

que arranque vuestro valor

del puño del rico alfanje

de algún árabe feroz

de aquellos que en Baza fincan

con mengua del nuestro honor.

 

»Esto tan solo vos digo,

don Diego Alvar de León:

En Baza está la presea,

y en el mi castillo, yo».

 

Así doña Luz, la hija

del señor de Monleón,

escribe y manda sus letras

con un jinete veloz

al señor de Salvatierra,

que arde por ella en amor.

 

II

Por los campos castellanos,

cargada de majestad,

pasando va dulcemente

la tarde primaveral;

una tarde tibia y pura

que infunde al ánimo paz

con los amables silencios

de su dulce resbalar,

con las tristezas que embeben

y las tristezas que dan

los montes rubios teñidos

en oro crepuscular.

Allá por aquel camino

que viene del Endrinal

y va a las fuertes murallas

de Monleón a rasar,

cabalgan a media rienda

con apostura marcial

hasta cuarenta lanceros

formando apretado haz,

cuyo avanzar vigoroso

la tierra hace trepidar.

 

Al frente del haz guerrero

cabalga firme y audaz

el señor de Salvatierra

sobre alterado alazán

de rica sangre española

tan fiera como leal,

negras pupilas de toro,

que radian ferocidad,

eréctil musculatura

que treme al manotear,

relincho de agudo timbre,

clarín de guerra en la paz,

crines blondas que lo ciegan,

curvas que gracia le dan,

casco duro, piel nerviosa

y amplia traza escultural;

con un alentar de fuego

como hálito de volcán,

con un marchar armonioso

que encanto a los ojos da,

con un galopar hermano

del más veloz huracán.

 

Cabe los muros se paran

de la mansión señorial,

dorada con oro viejo

del cielo crepuscular.

Alza don Diego los ojos,

que avaros de luz están,

y déjalos casi ciegos

la luz de aquella beldad.

Tal como imagen hermosa

compuesta en dorado altar,

en un ajimez dorado

la hermosa doncella está.

 

—¡En Baza está la presea!

—gritó la dama al galán.

Y así contestó el mancebo:

—¡Y en Baza mi honor está!

 

Y saludando rendido,

con apostura marcial,

al frente de sus lanceros,

partió el gentil capitán.

Cerró el ajimez la dama

y el sol ocultó su faz….

y como todo oscurece

cuando los soles se van,

sobre el alma del guerrero

cayó una noche ideal,

y sobre el campo tranquilo

cayó una noche de paz…

¡Plegue a Dios que dos auroras

las tomen pronto a ahuyentar!

 

III

Es sangrienta la defensa,

sangriento el asalto es,

que están adentro los tigres

de ágil cuerpo y alma infiel,

y afuera están los leones

que asaltan con altivez;

y adentro batirse saben,

y afuera saben vencer;

y a aquellos la rabia enciende,

y a apuestos la intrepidez…

¡Hermosa ciudad de Baza:

caro tu rescate es!

 

Acosados una tarde

por nuestro ejército fiel,

salieron los defensores

a sucumbir o a vencer,

ardiendo en rabia de locos,

ardiendo en sangrienta sed.

 

Ante los mismos reales

se traba el combate aquel

en que el oído ensordece,

los turbios ojos no ven,

y la cólera es demencia,

y es el ardor embriaguez,

y es la sangre lava roja

que quema hasta enloquecer,

y es un rayo cada ataque,

y un bloque cada hombre es,

y el herir es siempre hondo

y es mortal siempre el caer…

 

Espanto pone a los ojos

y el alma pena cruel

ver tantos mozos gentiles

en tierra muertos yacer;

tantos nobles caballeros,

dechados de intrepidez,

luchando tan mal heridos

que pronto habrán de caer,

cristianos, por Dios muriendo;

y españoles, por el rey;

caballeros, por su dama;

guerreros, por honra y prez.

¡Morir de muerte gloriosa

nacer en la Historia es!

 

En lo recio de la lucha

combate un moro cruel,

que por sus ricos arreos

y su bravura también,

capitán el más famoso

de los de Baza ha de ser.

Al punto viole don Diego,

y así se dirige a él,

como león que de pronto

la presa buscando ve.

Correr el moro lo ha visto

y entre su gente romper,

así como si rompiera

por bosques de frágil mies.

 

Tal como los bravos toros

que antes del duelo cruel

de hito en hito se contemplan

con ojos que apenas ven,

y como nubes preñadas,

de rayos chocan después,

así los dos capitanes

viniéronse a acometer,

astillas hechas dejando

las lanzas bajo sus pies

y mal por don Diego herido

del brazo moro el corcel.

 

Alfanje y espada vibran

sobre crujidos de arnés,

truenos estos de la nube

y aquellos rayo cruel,

combate don Diego herido

y herido el moro también,

y éste no quiere rendirse,

y aquél no sabe ceder,

y muertos ya los caballos,

prosigue la lucha a pie.

 

De pronto el bravo don Diego,

cual si en su mente al caer

alguna amante memoria

doblara su intrepidez,

así como un torbellino

de incontrastable poder

cayó sobre el bravo moro,

que herido rodó a sus pies

gimiendo: «¡Noble cristiano!

¡Solo es vencer tu vencer!

¡Toma el alfanje de un hombre

vencido sólo una vez!»

 

IV

Sobre las torres de Baza

que alumbra radiante el sol,

tremola al beso del viento

nuestro morado pendón.

 

En un salón del castillo

donde el rey lo aposentó,

cabe el rey está expirando

don Diego Alvar de León

de las sangrientas heridas

que en el combate ganó.

 

El rey ha escrito una carta

que don Diego le dictó,

y con estas sus palabras

entrégala a un servidor:

«A los lanceros que trajo

don Diego Alvar de León

dais este alfanje, que todos

custodiarán con amor,

y estas letras, y que cumplan

lo que en ellas se ordenó».

 

Y una tarde, una doliente

tarde de invierno, sin sol,

oscura como el que llevan

de luto enhiesto pendón,

aquellos veinte lanceros

que de Baza el rey mandó

llegando van al famoso

castillo de Monleón.

Desde un ajimez, al verlos

la dama que le cerró

la tarde aquella de mayo

que tuvo radiante sol,

al interior del castillo

llorando se retiró,

y al poco rato, enlutada,

del castillo en un salón,

una joya y estas letras

de sus manos recogió:

 

«A doña Luz de Mendoza,

el mi más amable amor,

desde el castillo de Baza,

que ya la Cruz coronó,

por la misma mano escrita

de nuestro rey y señor

esta carta vos envía

don Diego Alvar de León,

que en duro trance de muerte

deciros pretende adiós.

 

»Con estas letras, señora,

lleva un leal servidor

la venturosa presea

que hubiese prendido yo

sobre el vuestro noble pecho

del lado del corazón,

para que vieran mis ojos

sobre tal cielo tal sol.

Dios y el vuestro amor, señora

hanme dado grande honor

de que mi vida al tablero

por Él pusiera y por vos;

y fuera yo mal nacido

y mal caballero yo

si desta merced no fuese

rendido conocedor.

 

»Mi feudo de Salvatierra

queda, doña Luz, por vos,

que así a nuestro rey placióle

cuando dispúselo yo;

y ya que a Dios no pluguiera

la nuestra feliz unión

luzcan en la misma piedra

por siempre juntos los dos,

el vuestro blasón honrado

y el mi preciado blasón.

 

»No derraméis de los ojos

llanto que no empuje amor,

porque si solo lo empuja

tristeza del corazón

que en el honor no repara

del que por éste finó,

fuera un llorar muy menguado

que lastimase el honor.

 

»Maguer la memoria mía

rompa el vuestro corazón,

así verteréis el llanto

que vos arranque el dolor

como yo vierto mi sangre,

sin plañir lamentación,

porque firmeza y no cuitas

nos piden Dios y el amor.

¡Adiós, y guardad el mío

donde el vuestro llevo yo,

que así os lo pide expirando

don Diego Alvar de León!»

 

De esta manera muy triste

la hermosa dama leyó

ante los veinte lanceros,

ante su padre y señor.

Prendióse el joyel precioso

del lado del corazón,

guardó en el seno la carta

y así diciendo acabó:

«¡Lanceros de Salvatierra!

 

»Esta noche en Monleón,

y a Salvatierra conmigo

mañana, al salir el sol.

Al salir el sol mañana

vos dejo, buen padre, a vos.

Labrad pronto cabe el nuestro

de Salvatierra el blasón.

Eso vos manda, leales,

y esto vos ruega, señor,

la viuda del valiente

don Diego Alvar de León».

 

Alegórica

Pajarillos con alas doradas,

que en las ramas del árbol bendito

suspendidos de hilillos de oro,

tenéis vuestros nidos…

¡Mirad hacia abajo,

mirad con cariño!

 

Pajarillos con alas de pluma,

que debajo del árbol bendito

vuestros nidos tenéis en el suelo

cuajados de frío…,

¡mirad hacia arriba

y esperad tranquilos!

 

Pajarillos dorados de arriba:

de las plumas calientes del nido,

de los frutos del árbol sagrado

cargad los piquillos,

tended esas alas,

cortad esos hilos…

 

Pajarillos humildes del suelo,

ya va el sol a templar vuestros nidos,

ya el amor va a bajar a buscaros;

abrid los piquitos,

tended las alillas,

estad prevenidos…

 

Descended ya vosotros del árbol,

elevaos vosotros y uníos,

y en los aires os dais un abrazo,

juntáis los piquitos,

rozáis vuestras alas.

unís los pechillos…

 

Y bajaron amables los unos,

y subieron los otros sumisos,

y después de besarse en los aires

volaron unidos…

¡Todos eran unos!

¡Todos pajarillos!

 

¡Que se calle ese sabio parlante,

que los males del mundo afligido

no se curan con esos discursos

hinchados y fríos…

¡Se curan con besos,

con besos de niño!

 

Los que nazcan en camas de oro

que se acuerden de sus hermanitos.

Los que nazcan en cunas de paja

que sufran sumisos,

porque Aquel que nació en el pesebre

también tuvo frío…

 

Deuda

Almas grandes que pudierais remontaros,

poderosas, mayestáticas, serenas,

por encima de las águilas reales,

a purísimas atmósferas etéreas

donde el oro de las alas no se mancha,

ni oscurecen las pupilas vagas nieblas,

ni desgarran el oído los estrépitos

de los hombres que se hieren y se quejan…

 

Almas sabias que en las cimas de la vida

como nubes protectoras la envolvieran,

desgarrándose en relámpagos de oro

y lloviendo lluvias ricas y benéficas

para damos a los ciegos de los valles

luz que rasgue las negruras que nos ciegan

y caudales de rocíos salutíferos

que a las almas enfermizas regeneran…

 

Almas fuertes que pudierais desligaros

del mortífero dogal de las miserias

y llevarnos de la mano por la vida,

guarneciéndonos de santas fortalezas,

saturándose de amores generosos,

regalándonos magnánimas ideas.

 

Almas buenas que sabéis de las torturas

de las pobres almas rudas y sinceras

que al querer de la miseria levantarse

desde arriba las azotan y envenenan

con el látigo estallante del escándalo

que repugna, que deprime, que avergüenza…

Almas grandes, almas sabias,

almas fuertes, almas buenas…

¡Nos debéis a los humildes,

nos debéis a las pequeñas

la limosna del ejemplo,

que es la deuda más sagrada de las deudas!

 

Almas (Soneto)

(En la muerte del Padre Cámara)

Yo de un alma de luz estuve asido,

luz de su luz para mi fe tomando;

pero el Dios que la estaba iluminando,

veló la luz bajo crespón tupido.

 

Tanto sentí, que sollocé dormido,

y dentro de mi sueño despertando,

vi que el alma del justo iba bogando

por el espacio ante el Señor tendido.

 

Y, faro bienhechor, polar estrella,

la mística doctora del Carmelo,

desde una celosía de la Gloria,

 

—¡Ven! ¡Ven!— le dijo, ¡y la elevó hasta ella!

Entraron las dos almas en el cielo

y un nuevo sol brilló en el de la Historia.

 

Un Don Juan

Amo, de aquella cuestión

de ayer, pues ya me atreví.

—¡Gracias a Dios, cobardón!

¿Y qué te dijo?

—Que sí.

 

—¿Ves, Jenaro? Si te dejo,

no llegas nunca a animarte,

y te me mueres de viejo

con las ganas de casarte.

 

Me gusta la valentía.

Y la lengua, ¿se enredó?

—Pues mire usted, yo creía

que iba a ser más; pero no.

 

Y eso que al dir a empezar,

por mucho que porfié,

pues no me pude acordar

del emprencipio de usté.

 

—¡Por vida de…! ¿Y qué jinojos

hiciste entonces, Jenaro?

 

—Pues, nada, cerrar los ojos

y dir p’alante.

—¡Pues claro!

 

Cuando se ignora, se inventa.

—Pues ese fue el aquel mío.

Me tuve que echar la cuenta

que se echa el hombre perdío,

 

y como un eral cerril

arremetí con alientos,

porque ya, preso por mil…,

pues preso por mil quinientos.

 

No es más que mientras se empieza.

Yo cuantis que me corté,

pues na más de mi cabeza

cuasi todo lo saqué.

 

—¡Bien hecho! ¿Y le gustaría

bastante más que lo mío?

—Yo le dije asín: «María:

dirás que a qué habré venío.»

 

—¿Y qué te dijo?

—Que hablara.

Ella bajó la cabeza

y se le puso la cara

lo mesmo que una cereza.

 

A mí también se me ardía,

la verdá se ha de decir;

pero le dije: «María:

¿sabrás que tengo un sentir?»

 

—¡Bien dicho! ¿Y no te comieron

porque hiciste esa pregunta?

—No, pero me se pusieron

todos los pelos de punta.

 

Yo cuasi que no veía,

la verdá se ha de decir;

pero le dije: «María:

¿sabrás que tengo un sentir?»

 

Cuasi que me han obligao

—le dije— a venir acá,

que yo bien retuso he estao

por mo de la cortedá;

 

pero el amo, que sabía

mi sentir, pues ayer tarde

mesmamente me decía:

«Jenaro, ¡no seas cobarde!

 

La moza es poco fiestera

y poco aparentadora,

y no es moza ventanera,

y es árdiga y vividora.

 

Y luego, es bien parecía,

y es callaíta y prudente,

y es honesta y recogía,

y viene de buena gente…

 

Anda con ella, comienza

mañana a la noche a dir,

que a cuenta de la vergüenza

te la dejas escurrir…»

 

Pues sobre aquello volviendo

del sentir que te decía,

sabrás que te estoy quisiendo

ya hace tres años, María.

 

Siempre he andao negativo

dejándolo pa dispués

y na más que es a motivo

de lo corto que uno es.

 

Y asín me estaba, me estaba,

aguantándome el sentir,

a ver si se me pasaba,

la verdá se ha de decir.

 

Y hate cuenta que cada año

pues más me reconcomía,

hasta que ya dije hogaño:

¡Habrá que estar con María!

 

Porque en habiendo un querer,

la verdá se ha de decir,

ni cuasi puedes comer

ni cuasi puedes dormir.

 

Y no es el decir que uno

esté encitando el pensar,

porque yo creo que nenguno

quedrá siempre asín estar.

 

Es na más que te aficionas

y que pierdes la chaveta

en cuantis que una persona

por los ojos te se meta.

 

Y que ya nadie te apea

ni te hace volver atrás

y llevas aquella idea

por andiquiera que vas.

 

Pues un querer derechero

como el corazón te ablande,

es igual que un abujero:

cuanti más le hurgas, más grande.

 

—¡Caramba! ¡Muy bien, Jenaro!

y ella entonces te diría…

—A lo primero, pus claro,

dijo que ya se vería.

 

Pero dispués ya ve usté,

la gente se va atreviendo.

Yo le dije: «Volveré.»

y ella dijo: «Vay viniendo.»

 

—Vamos, sí, que habrá casorio.

—De eso entá no hemos tratao.

Sólo el parlárselo…, ¡corio!,

¡más vergüenza me ha costao…!

 

Amor

La muerte con sus soplos heladores

apagó unos amores

que fueron viva y rutilante llama;

y la copa de hiel de mis dolores

me hizo decir: «¡Feliz el que no ama!»

 

Y huí cobardemente,

vertiendo sangre de la abierta herida,

en busca de un rincón —¡pobre demente!—

donde no hubiera amor y hubiera vida.

 

En un repliegue de la sierra brava

la pobre choza del pastor estaba,

y del rústico albergue en los umbrales

una pobre mujer canturreaba

dulcísimas tonadas guturales.

 

Un angelillo humano

que estatuilla de bronce parecía,

fruto de sierra vigoroso y sano,

escuchaba el salvaje canto llano

de la ruda mujer, y se dormía…

 

Y un hombre gigantesco, otra escultura

de faz de bronce y de mirada dura,

un solitario de la sierra brava,

un hijo de los riscos,

con traje de pellejo que exhalaba

efluvios de varón y olor de apriscos,

al niño, embebecido, contemplaba;

 

y de sus ojos el mirar ceñudo,

a medida que plácido se hundía

en aquel idolillo hermoso y rudo,

se iba quedando ante el amor desnudo

y en caricia ideal se convertía…

¡Era un nido de amores

la choza de los rústicos pastores!

 

En la cumbre del páramo vacío

vi la fábrica ingente de un convento,

y a acogerme corrí dentro el sombrío

grandioso monumento.

 

Y en las penumbras vanas

de sus místicas cárceles oscuras,

una legión de vírgenes humanas,

blanca bandada de palomas puras,

los ojos elevando a las alturas,

que sus castas miradas atraían,

con plañideras voces temblorosas

cantaban y decían:

—¡Jesús! ¡Jesús!… ¡Te adoran tus esposas!

¡Tus esposas te adoran!… -repetían.

 

Crucé meditabundo

la llanura monótona y desierta…,

un pedazo de mundo

donde la vida se imagina muerta.

Era un silencio como el mar profundo,

era un ambiente de infinita calma,

era un dogal para la asfixia hecho,

era una pena que mataba el alma,

era una angustia que mataba el pecho.

 

Solo en la lejanía

un minúsculo punto se movía…

tal vez un hombre que escapó al desierto,

cobarde, como yo, y allí vivía

porque todo en redor estaba muerto.

Busqué su compañía,

como un marido derrotado, el puerto;

era un gañán que araba

la tierra fértil de la gris llanura

que yo me imaginaba

páramo estéril, infecunda grava,

polvo de sepultura…

 

Y con una tristísima dulzura

que convidaba a padecer dolores,

vibró la voz del rudo campesino

y este cantar de amores

llevó la brisa hasta el lugar vecino:

Te quiero más que a mi vida,

más que a mi padre y mi madre,

y si no fuera pecado,

más que a la Virgen del Carmen.

 

¡Aquí no hablan de amor! -dije a las puertas

del de los muertos olvidado asilo;

y por sus calles frías y desiertas,

triste vagué, pero vagué tranquilo.

 

Y en losas sepulcrales,

y en coronas, y en urnas funerales,

y en criptas que guardaban los despojos

de olvidados mortales.

«¡Amor, amor, amor!», leían mis ojos,

¡Mentira! —dije, ¡Soledad y olvido!

Los vivos, ¿dónde están? ¡Están viviendo!…

 

Y de allá, del rincón más escondido,

¡trajo el aire un acento dolorido

de humano pecho que se abrió gimiendo!,

era una pobre anciana que tenía

calentura de amor con desvarío

y ante un sepulcro frío,

temblando de dolor, así decía:

—¡No estás solo, hijo mío!

¡Te acompaña el dolor del alma mía!

 

Pasé después por la gentil pradera

y vi las dulces retozonas luchas

del terreno precoz con la ternera;

y en la fría corriente regadera

vi los saltos nerviosos de las truchas,

y rasando los prados amarillos,

unidas vi volar dos mariposas,

y de floridas zarzas espinosas,

posados en los móviles arquillos,

abiertos los piquillos

y tendidas las alas temblorosas,

volaban, sin volar, los pajarillos…,

y las brisas errantes que pasaban

en sus alas llevaban

ritmos de vida, música de amores,

aromas de salud, polen de flores…

¡Yo me embriagué! Las puertas del sentido

y del alma las puertas,

tomé a poner frente al vivir abiertas,

llamé al amor y me entregué rendido.

 

Y la sombra querida

que en el sepulcro abandoné en mi huida,

surgiendo luminosa,

surgiendo agradecida,

me dijo que el amor era la cosa

más bella de la vida;

me dijo que el amor era más fuerte,

más grande que la muerte;

me dijo que las almas que se adoran

el roto lazo de su unión no lloran,

porque el beso ideal de la constancia

se lo dan a través de los abismos

de la tumba, del tiempo y la distancia;

me dijo que la vida en el desierto

es cobarde vivir de un vivo muerto;

me dijo que a lo largo del camino

de un hondo amor a quien hirió el destino

las penas son ternuras,

las nostalgias del bien son poesía,

las lágrimas tranquilas son dulzura,

la soledad del alma es compañía…

 

Y me dijo también: «La vida es bella,

si en ella descubrieses, tras mi huella,

la honda belleza de que está nutrida

y me quieres amar…. ama la vida

que a Dios y a mí nos amarás en ella».

 

Amor De Madre

I

Antes de que el poeta alce su canto

a un santo amor a quien le debe tanto,

dejad que el hijo que lo santo siente,

comience haciendo, con respeto santo,

la señal de la cruz sobre su frente.

Siempre la sello con el signo eterno

cuando al borde me inclino

del mar inmenso del amor divino

o del torrente del amor materno.

La cuerda del laúd ruda y bravía,

que los canta con mísera armonía,

debiera ser el llamamiento muda,

porque la mano que lo pulsa es mía,

porque la cuerda que responde es ruda,

y el salmo santo de las cosas santas

debe bajar de alturas celestiales

con letras de seráficas gargantas

y acentos de laúdes edeniales.

 

Por eso, cuando canto,

con pálido decir y acento oscuro,

el amor de aquel Dios, tres veces santo,

o el de aquella mujer, tres veces puro…;

cuando hallar he creído

con mi canción el amoroso emblema

y la recito de esperanza henchido,

me desgarran el alma y el oído,

las míseras estrofas del poema;

rompo el laúd, que acompañó mi canto,

y digo con la voz de la amargura:

 

¡Señor a quien soñé: Tú eres más santo!

¡Mujer de quien nací: tú eres más pura!

 

II

La he visto arrodillada

junto a la cuna del enfermo hijo,

fija en el ángel la febril mirada

y en Dios clemente el pensamiento fijo.

La carita de nácar y de rosa

era un montón de podredumbre horrendo,

que la zarpa asquerosa

de horrible enfermedad iba pudriendo.

Pero la mano valerosa y fuerte

de la amorosa madre dolorida

daba un toque de vida

sobre cada mordisco de la muerte;

y aquella ardiente boca

de la sublime enamorada loca,

que respiraba lumbre

de amorosa materna calentura,

besaba la espantosa podredumbre

con locos arrebatos de ternura…

 

Sudor vertiendo y devorando hieles,

yo la vi resignada

al yugo de las bregas más crueles

como una res atada.

La vi en el crudo y frío,

turbio y callado amanecer de enero,

yerta junto al helado lavadero

en las gélidas márgenes del río.

Hacia el bosque sombrío

la vi subir por los barrancos rojos;

la vi bajar de las agrestes faldas,

desgarrando sus plantas los abrojos,

desgarrando la leña sus espaldas…

Y en la espinosa vía

que sube y baja de las agrias crestas,

yo la he visto caer, como caía

Cristo divino con la cruz a cuestas.

Yo la he visto dejar su pobre casa

cuando julio cruel ciega los ojos,

bruñe los cielos y la tierra abrasa,

y en los ardientes áridos rastrojos

disputando su presa a las hormigas,

yo la he visto buscar unas espigas

perdidas entre sábanas de abrojos.

Yo la he visto cargada,

camino de la vega, con la azada,

delante de un verdugo

que a la humana legión desheredada

disputaba a pellizcos un mendrugo,

y en el hijito el pensamiento fijo,

iba la mártir amarrada al yugo,

pues solo de su sangre con el jugo

la mártir amasaba el pan del hijo.

 

Yo la he visto bajar a los fangales

donde el hijo infeliz se revolcaba

donde las alas de su amor manchaba

con el lobo de amores criminales.

Era una noche brava,

sin luz y fría como el alma loca

de aquel hijo perdido,

que al antro infame a derramar ha ido

baba de impío de la torpe boca,

fango de amor del corazón podrido,

una noche de aquellas

en que, al verse tal vez más ofendido,

vela Dios las estrellas,

y no le queda al hombre

otra luz que el fulgor de las centellas

y el de la fe en el nombre

del Dios que vibra justiciero en ellas

Noches para el hogar, que nadie sabe

si en una de ellas estará dispuesto

que el mundo frágil espantado acabe,

y del naufragio en el momento grave,

el que no esté en su hogar no está en su puesto.

Y en una de esas de terrores llenas,

noches que zumban como el mar airado

el látigo de acero de las penas

echó a la madre de su hogar honrado.

 

Al hijo desmandado

iba a llamar con doloroso acento

al antro tenebroso donde, hambriento,

encueva sus miserias el pecado.

Detúvose a la puerta,

muerta de angustias y de espanto muerta;

zumbaba loca la feroz orgía,

botaba la borrasca en las alturas,

y otra más brava, sin rugir, vertía

sobre el alma turbiones de amarguras.

El coro de las bestias blasfemaba,

vibraba el antro, el huracán rugía.

Dios relampagueaba

y la vieja infeliz se estremecía.

 

Estaba oyendo en el feroz concierto

del hondo lupanar, negro y abierto,

la loca voz del réprobo querido…

¡Fuera menos dolor llorarlo muerto

que llorarlo perdido!

Y, acurrucada en la calleja oscura,

como una pordiosera,

transida de dolor con calentura,

con frío de terror y faz de cera,

parecía, velando en la negrura,

la muda estatua del amor que espera

la santa redención de un alma impura.

Salieron de repente

del tenebroso lupanar rugiente

dos hombres ebrios, de mirada loca,

que en la calle pararon frente a frente,

la blasfemia en la boca

y en la mano el cuchillo reluciente…

Una sola embestida,

un opaco rugido maldiciente,

el estruendo mortal de una caída

y un sordo surtidor de sangre hirviente

brotando por la boca de una herida…

 

Y otro grito vibrante,

plañidero, feroz, dilacerante,

del pecho débil de la madre fuerte,

detuvo al asesino en el instante

del blandir otra vez el humeante

fino puñal sobre el rival inerte.

 

Antes ebrio de vino,

antes ebrio de rabia vengadora,

y ebrio de sangre ahora,

el bárbaro asesino,

con la más espantosa de las sañas

alza el puñal que ensangrentado oprime

y lo hunde en las entrañas

llenas de amor de la mujer sublime,

y al caer la heroína sobre el hijo,

que en el charco de sangre agonizaba,

«¡Hijo del alma!», dijo

con voz de mártir que a perdón sonaba.

 

La sangre de la débil ancianita,

cayendo sobre el pecho palpitante

del hijo agonizante,

como lluvia bendita,

corrió caliente hacia la herida abierta,

y el rojo raudalillo desatado

que abierta halló del corazón la puerta,

inundó el corazón del hijo amado.

 

Las pupilas cuajadas

de la víctima inerte,

cargadas de dolor, de amor cargadas,

hundieron en el cielo sus miradas.

¡Y en él hundidas las dejó la muerte!

 

Brillaban las estrellas cual topacios

en el húmedo azul de los espacios,

que el soplo del Señor limpió de nubes,

la borrasca pasó, reinó la calma,

y, en su augusto callar, oyó mi alma

que una gentil tropilla de querubes

ante las puertas de oro

del alcázar de Dios, cantaba a coro:

«¡Señor, Señor! En el humano suelo

de tu amor una chispa aun ha quedado

que el alma de una madre trae al cielo

la de un hijo infeliz regenerado!…»

 

Más sublime te he visto

cuando salvas, ¡oh amor!, que cuando creas.

¡Tú sabes ser como el amor de Cristo,

pues sabes redimir! ¡Bendito seas!

 

Ana María

(Fragmentos de un poema)

I

La primavera

Una alondra feliz del pardo suelo,

fue la primera en presentir al día,

y loca de alegría,

al cielo azul enderezando el vuelo,

contábaselo al campo, que aún dormía.

 

Celosa codorniz, madrugadora,

dijo tres veces que la bella aurora

se avecinaba con amable prisa:

del lado del Oriente

vino una fresca misteriosa brisa,

con las alas cargadas de relente,

y aun en sagrada oscuridad envueltas

las hojas de los árboles sonaron

dulcemente revueltas,

las mieses ondearon,

y de los senos de la tierra helada

surgió, vivificante,

el húmedo perfume penetrante

que solo sabe dar la madrugada.

 

¡Cuán bien se disponía

Naturaleza a recibir el día!

La línea pura del albor naciente,

vaga primicia grata

del de la luz fecundador tesoro,

primero fue de plata,

más tarde de oro,

después encendidísima escarlata,

roja amapola, y luego

cegador, chispeante, ardiente fuego.

 

En medio de la lumbre

que derretía el encendido Oriente,

sobre el perfil de la elevada cumbre,

el sol triunfante levantó la frente…

y a la puerta feliz de la alquería

asomó al mismo tiempo Ana María.

¡Gran Dios, bendito seas!

¡Qué soles, Dios de amor, qué soles creas!

 

II

Ave María

¿Por qué tan madrugadora

la rosa de la alquería?

Porque es una labradora

castiza y trabajadora

que siente pequeño al día.

 

¿Por qué tan pronto romper

del mañanero dormir

y del soñar el placer?

Porque dormir no es vivir

y soñar no es proveer.

 

Porque sabe que conviene,

como le enseña su madre,

mirar al tiempo que viene…

¡Por eso tiene su padre

la buena hacienda que tiene!

 

Tiene en la alegre alquería

labor y ganadería,

con pastos siempre sobrados;

huertos en la Alberguería,

y en Hondura casa y prados;

 

y de su padre heredadas,

y en su gente vinculadas,

puede en la Armuña contar

con cuatro o cinco yugadas

de tierras de pan llevar,

 

y, estimulante más grato,

corren añejas hablillas

diciendo, no sin recato,

que tiene zurrón de gato

lleno de onzas amarillas.

 

Y aun dice la gente a coro

que son su hacienda y su oro

cosas de menos valía

que aquel divino tesoro

de su hermosa Ana María.

 

¡Y dice verdad la gente!

Pues ¿quién como esta doncella

promete vida tan bella

cual la del nido caliente

que del hogar hará ella?

 

Del monte en el mundo estrecho

túvola Dios que poner,

porque paloma la ha hecho.

No tiene hiel en el pecho,

¿cómo ha de darla a beber?

 

Dará bálsamos calmantes,

hondas ternuras sedantes,

cosas del alma sin nombres…

¡Lo que buscamos los hombres

del grave vivir amantes!

 

Natura le dio belleza;

su madre le dio ternuras;

su padre, viril nobleza,

y Dios la humilde grandeza

que tienen las almas puras.

 

Los rayos del sol, fogosos,

cetrina su tez pusieron,

y los aires olorosos

de los montes carrascosos

la sangre le enriquecieron.

 

Diole el trabajo soltura;

la juventud, bizarría;

el buen ejemplo, cordura;

la sencillez, alegría,

y la honestidad, frescura.

 

Con generosa largueza,

Natura le dio riqueza

de sustancioso saber.

¿Qué enseña Naturaleza

que no se deba aprender?

 

Que la abeja es laboriosa,

que la tórtola es sencilla,

que la hormiga es hacendosa;

que se esconde, que no brilla

la violeta pudorosa…

 

Que las aves hacen nidos,

siempre solos y escondidos

en los senos de la fronda,

porque no es la dicha honda

buena amiga de los ruidos;

 

que los ríos y las fuentes

tienen aguas transparentes

cuando corren muy serenas…,

que son limpias las arenas

y son mansas las corrientes;

 

y de aquella golondrina

que ha anidado en la campana

de la rústica cocina,

se despierta alegre y trina

cuando apunta la mañana.

 

Que las corderas vehementes

que se apartan imprudentes

de las madres clamorosas,

morirán entre los dientes

de famélicas raposas.

 

Eso Natura enseñaba

y eso la moza aprendía.

Quien era mozo soñaba,

yo era poeta y cantaba,

Dios es bueno y bendecía.

 

III

Los amores

Así miraban los mozos

la alquería solitaria

como su cueva el avaro,

como el sediento las aguas,

como el labriego su siembra,

como el cabrero sus cabras,

como los santos la gloria,

como sus dichas el alma.

En vano mandó emisarios

el mozo aquel de Villalba,

que tiene buena presencia,

buena hijuela y buena fama.

En vano mandó memorias,

por boca de un viejo guarda,

Tomás, el de Moraleja,

que ha de disfrutar mañana

su buena montaracía,

su no pequeña senara,

sus buenas yeguas de vientre,

su buena punta de vacas.

En vano, como los otros,

mandó después una carta

por medio de una pavera

que está en la dehesa rayana,

José Manuel, el de Fresno,

hijo de gente muy sana,

vividor como una oruga

y muy metido en su casa.

En vano aquel estudiante

que estudiaba en Salamanca

y a holgar iba en los estíos

a la solariega casa,

llegaba hasta la alquería

contando azares de caza

que lo llevaban rendido

buscando descanso y agua,

y algo más que Ana María

discretamente callaba.

Tampoco era el elegido

Manuel Andrés, el de Navas,

aquel que yendo a la aceña

perdió una jornada larga

para que viera la moza

pasar por ante su casa

cuatro parejas de bueyes

que daba gusto mirarlas,

con dorados esquilones

y melenas coloradas;

cuatro carros muy galanos,

llevando la rica carga

de cien fanegas de trigo

para el consumo de casa;

costales nuevos, de estopa

como la nieve de blanca,

escriños y sacas nuevas,

alforjas abarrotadas

y el amo llevando el carro

que iba rompiendo la marcha.

Todo lo vio Ana María,

que estaba fuera de casa

tendiendo al sol unas telas

como la nieve de blancas,

y, ni amorosa ni esquiva,

cuando llegó a saludarla,

al majo mozo engreído

le dijo en tono de hermana:

«Hijo, tienes unas yuntas

que da contento mirarlas.

Así quisiera las nuestras,

pero mi padre me salta

con que las carnes que sobran

son garrobitas que faltan.»

Como este mozo pasaron

por la afortunada casa

mozos de toda la Huebra,

mozos de tierra de Alba,

madres de mozos huraños,

gañanes con embajadas,

comadres con panegíricos,

parientes con esperanzas…

Mas cuando llegaba el caso

de dar la respuesta ansiada,

marchábase Ana María,

su padre no contestaba,

y sola la pobre madre

henchir algo procuraba

la alforja a los emisarios

con semejantes palabras:

«Que se agradece el acuerdo;

que la familia es honrada;

que el mozo, si sale a ella,

será un hombre de su casa;

pero que ahora es una niña

sin reflexión la muchacha,

y hay que dejar que se críe,

que es mucho lo que hace falta

para enseñarle a una hija

a ser mujer de su casa.»

Y así pasaban los meses,

y así los años pasaban,

y un vaquerillo que antaño

sirviendo estuvo en Arlanza

y hogaño estaba en Olmedo,

trajo de Olmedo una carta

que recibió Ana María

y abrió su madre en la sala,

que no es la cocina sitio

para secretos de casa.

Y así la carta decía

con letras muy retocadas,

y así, dos meses más tarde,

la moza le contestaba:

 

Las Cartas

1

«Apreciable Ana María:

Me alegraré que te halles

al recibo de estas letras

que te dirige tu amante,

tan bien como yo deseo,

en compañía de tus padres,

pues yo estoy bueno, a Dios gracias,

pa lo que gustes mandarme.

Pues sabrás, Ana María,

que el motivo de mandarte

por el dador esta esquela,

es porque dice mi madre

que antes de dir a tu casa

debo de manifestarte

las intenciones que tengo

determinao de expresarte,

y son el tratar contigo,

si son gustosos tus padres,

y si tú también lo eres

como este tu fino amante.

Pues el motivo de ello

sabrás que es el de apreciarte

y el de casarme contigo,

si no encontraras achaques

que ponerle a mi persona,

como tampoco a mis padres.

Pues sabrás que a mí me corre

bastante prisa el casarme,

por causa de que mi hermana

por mí tiene que esperarse,

y el novio le mete prisa

por mor de no tener madre.

Pues sabrás que yo deseo

que, cuantis puedas, me mandes

a decir el resultado

de si todos sois gustantes,

pues el saber que me quieres

será un alegrón bien grande,

pues sabrás que yo te quiero

ya hace tres años cabales,

y por ser uno algo corto

pues no te lo he dicho antes.

Sin más, les darás memorias

a tu padre y a tu madre,

y tú recibes el alma

y el corazón de tu amante,

que te aprecia y que lo es,

Juan Manuel Sánchez y Sánchez».

 

2

«Apreciable Juan Manuel:

Me alegraré que recibas

la presente disfrutando

de igual salud que la mía,

en compaña de tus padres

y de la demás familia.

Pues sabrás por la presente

que recibí hace tres días

la esquela que me mandaste

diciéndome que te escriba

mandándote el resultao

de lo que en ella decías.

Pues sabrás que se lo dije,

a mis padres en seguida,

lo cual les ha parecido

que vienes con mucha prisa,

y dicen que yo no tengo

prisas ninguna hoy día.

Pues sabrás por la presente

lo mucho que te se estima

el acuerdo que has tenido

y el decir que a mí me escribas

con licencia de tus padres

y de toda la familia.

Pues de aquello que tú quieres

el resultao en seguida,

sabrás que no hemos pensao

el asunto entodavía;

por lo cual no puedo ahora

darte entrada ni salida;

pero si vas a Cabrera

quizás allí te lo diga,

porque hemos determinao

de dir hogaño a la misa

que va mi padre, a motivo

de ser de la cofradía.

Sin más, les darás memorias,

de parte de mi familia,

a tu padre y a tu madre,

y se las das también mías.

Y tú también las recibes

de tu afectísima amiga,

que te aprecia y que lo es,

Ana García y García».

 

IV

Cabrera

Donde Dios nos dé un campo deleitoso

levantamos los hombres una ermita,

que así como el Edén es delicioso

porque el Señor lo habita

el campo es más hermoso

cuando el Dios que lo hizo lo visita.

Dios quiso un día derramar verdura

sobre los campos de Cabrera amenos,

y aquella casta de la sangre pura,

la rica casta de los hombres buenos,

aquellos que la vida atravesaron

con paso de viajero que no yerra,

una ermita en Cabrera levantaron,

y vivieron con Dios sobre la tierra.

Era la raza cuya muerte lloro

cuando con Dios para llorar me encierro,

almas de acero, corazones de oro,

pechos de cera y miel, brazos de hierro.

Hijos de Dios y para Dios criados,

conocieron a Dios; fueron piadosos;

pidieron solo pan; fueron honrados;

el mundo no los vio; fueron dichosos.

Con Dios vivir supieron,

y en Dios al fin morir. ¡Cuán sabios fueron!

 

Eran los campos su vivienda hermosa;

los del hogar, sus pensamientos fijos;

su eterno amor, la esposa;

su eterno afán, los hijos;

su instrumento, el arado;

el bien querer, su natural deseo;

y el bien obrar, su natural estado,

y el Cristo de la ermita de Cabrera,

su rey, su amor, su providencia era.

La mano tosca y dura

del anónimo artista

que labrara la bárbara escultura

supo infundir en ella,

con sublime inconsciencia de vidente,

las grandezas insólitas de aquella

fe gigantesca de la vieja gente.

Era el sagrado leño

la visión infantil, místico sueño,

mayestático símbolo imponente

de la robusta concepción cristiana

del alma ruda y sana

que a Cristo-Dios en la conciencia siente.

¡Nuestro Cristo es aquél! Nos lo legaron

los rudos patriarcas

que vivieron con Él y a Él consagraron

las nativas y fértiles comarcas.

 

¡Nuestro Cristo es aquél! Éramos niños

y los maternos labios rumorosos

que cantando difunden los cariños

y besando los sellan amorosos,

nos cantaban con música de gloria

y habla de oro que la suya era,

la de prodigios peregrina historia

del Cristo de la ermita de Cabrera.

¡Nuestro Cristo es aquel! ¿Qué hermano mío

en mi Patria nació que no haya amado,

si Dios para el amor los ha criado

y siempre al bien su voluntad dispuesta

hace nacer a la mujer honesta

en la tierra feliz del hombre honrado?

¿Y quién que tuvo amores

en al tierra feliz de mis mayores

del idilio amoroso no escribía

la página primera

en aquella famosa romería

del Cristo de la ermita de Cabrera?

¡Nuestro Cristo es aquel!

 

¿Por qué?

Aquella flor anónima

de pétalos iguales

que sola está en el páramo

de grises pizarrales,

¿por qué ha nacido allí?

 

Y aquella moza rústica

que a ser esclava aspira

de aquel pastor selvático

que, huraño y torvo, mira,

¿por qué lo adora así?

 

¿Por qué mete el cernícalo

su nido en la hendidura

y el colorín minúsculo

lo guarda en la espesura

del viejo carrascal?

 

¿Por qué las oropéndolas

lo cuelgan del encino

y aquellos otros pájaros

sotiérranlo en el fino

tapiz del arenal?

 

¿Por qué a la loba escuálida

creó Naturaleza

vecina de la tórtola

que arrulla en la maleza

la calma del cubil?

 

¿Por qué son hermosísimos

los blancos recentales?

¿Por qué tan torvos y hórridos,

por qué tan desleales

la hiena y el reptil?

 

¿Por qué vivirá errático,

sin nido, el necio cuco?

¿Por qué será el polícromo

vistoso abejaruco

tan áspero cantor?

 

¿Por qué de dulce música

tesoro tal Dios guarda

para el pardillo mísero,

para la alondra parda

y el pardo ruiseñor?

 

¿Por qué destila bálsamos

el mísero cantueso

que vive en las estériles

calvicies de aquel teso

paupérrimo vivir?

 

¿Por qué las pomposísimas

peonías fastuosas

producen esas fétidas

grasientas grandes rosas

de enfático vestir?

 

¿Por qué vierten las víboras

ponzoñas dañadoras?

¿Por qué las beneméritas

abejas labradoras

producen rica miel?

 

¿Por qué si bajan límpidas

a un labio que sonría

las gratas puras lágrimas

que arrancan la alegría

también saben a hiel?

 

¿Por qué?… Curioso espíritu,

no quieras indagarlo,

ni en tristes secas fórmulas

pretendas encerrarlo

si no quieres llorar.

 

Misterios que sois únicos

divinos bebederos

de encantos sabrosísimos:

¡tocaros es perderos!

¡Viviros es gozar!

 

Canción

Aquí se siente a Dios. En el reposo

de este dulce aislamiento

un fecundo sentido religioso

preside el pensamiento.

 

Derrámase por uno de dulzuras

ambiente equilibrado,

y en él cosecha las ideas puras

de que está penetrado.

 

Y sereno después, las alas tiende

y escala el firmamento,

seguro como el pájaro que hiende

su apropiado elemento.

 

Entonces toca el alma lo profundo

del alto amor sin nombre

y quisiera que un templo fuera el mundo

y un sacerdote el hombre.

 

¡El mundo, el hombre! Tras el doble abismo,

solo esto es luminoso:

¡cuán feliz puede hacerse el hombre mismo,

y al mundo, cuán hermoso!

 

Desde este solitario apartamiento

del monte sosegado

contemplo el armonioso movimiento

de todo lo creado.

 

¡El trabajo es la ley! Todo se agita,

todo prosigue el giro

que le marca esa ley por Dios escrita,

dondequiera que miro.

 

Aquel pardo milano vagabundo

buscando va la presa,

que le cuesta medir ese profundo

vacío que atraviesa.

 

Riega el labriego la feraz besana

con sudor de su frente,

si rubio trigo le ha de dar mañana

para nutrir su gente.

 

Quiere la golondrina nido blando

para el amor sentido,

y mis ojos fatiga acarreando

pajuelas para el nido.

 

A los vientos la abeja se encadena

y la hormiga al sendero,

para llenar aquella su colmena

y estotra su granero.

 

La mansa yunta trabajosamente

tira del tosco arado,

y el pesado mastín va diligente

detrás de su ganado.

 

¡Todo el trabajo se ligó fecundo!

¿Y yo he de estar ocioso?

¿Y yo he de ser estéril en un mundo

nacido fructuoso?

 

¡Arriba, arriba! ¡El corazón al cielo

y a la tierra los brazos!

¡A la suerte del mundo unirme anhelo

con más estrechos lazos!

 

¡La pluma, los cinceles, la mancera,

la espada victoriosa!…

¡Dadme lo que queráis, que abierta espera

mi mano vigorosa!

 

Si sé cantar, te elevaré canciones,

¡oh Patria infortunada!,

que mil hay en tu amor inspiraciones

para la lira airada.

 

Si es la piedra a mis manos obediente,

venga el cincel a ellas,

que el suelo patrio sembrará mi mente

de creaciones bellas.

 

Si hace falta una mano y una vida

dad a aquella una espada,

y toma tú mi sangre, ¡oh dolorida

Patria desventurada!

 

Y si mi suerte, pero ruda mano

solo puede servirte

para en los surcos enterrar el grano

que de oro puede henchirte,

 

para en tus vegas derramar tus ríos,

para abonar tus tierras,

y coronar de montes tus baldíos

y enriquecer tus sierras…,

 

entonces no me arrojes al semblante

deberes no cumplidos,

porque yo soy el hijo más amante

de tus campos queridos,

 

y para hacer esta canción honrada

que el alma me pidiera

he dejado un momento abandonada

mi tosca podadera…

 

Ara Y Canta

I

Labriego, ¿vas a la arada?

Pues dudo que haya otoñada

más grata y más placentera

para cantar la tonada

de la dulce sementera,

 

¿Qué has dicho? ¡Que el desgraciado

que pasa el eterno día

bregando tras un arado

jamás cantó de alegría

si alguna vez ha cantado?

 

Es una queja embustera

la que me acabas de dar.

¿No sabes que yo sé arar?

Pues déjame la mancera,

y oye, que voy a cantar:

 

II

Labriego poco paciente:

si crees que solo tu frente

vierte copioso sudor,

que sorbe innúmera gente,

sal de tu error, labrador.

 

Lo dice quien es tu hermano,

quien canta tu lucha brava,

lo dice quien por su mano

siega la mies en verano

y el huerto en invierno cava.

 

¿Qué sabes tú del tributo

que el mundo al trabajo rinde,

ni qué sabes de su fruto,

si no has transpuesto la linde

del terruño diminuto?

 

Si el mundo aquel te impusiera

yugos que impone al mejor,

pensaras que tu mancera,

si no es la más llevadera

tampoco es la cruz mayor.

 

Te quema el sol del estío,

te azota el viento de enero

y aguantas en el baldío

los hálitos del rocío

y el golpe del aguacero.

 

Dura y perenne es la brega

que pide riegos la vega,

que pide rejas la arada,

que pide gente la siega,

que el huerto espera la azada.

 

y es trabajoso el descuajo,

y abrumador el destajo

y a veces nulo el afán…

¡Y tal vez es el trabajo

más duro que blando el pan!

 

Todo es verdad, labrador;

pero en esos horizontes,

y en esas siembras en flor,

y en estos alegres montes,

¿no hay nada consolador?.

 

¿Todo negro es tu destino?

¿Todo el vivir te envenena?

¿De abrojos horribles llena

todo el árido camino?

¿Toda ingrata es la faena?

 

¿No sabes tú, labrador,

que hay frente que el tiempo arruga

escaldada en un sudor

que sana brisa no enjuga

con soplo consolador?

 

¿Sabes que hay ojos que ciegan

laborando en la penumbra,

mientras los tuyos se entregan

al piélago en que se anegan

de la luz que nos alumbra?

 

¿Sabes qué ambientes malsanos,

si no venenos letales

marchitan pechos humanos

con corazones leales

del tuyo dignos hermanos,

 

mientras tu pecho sanean,

y equilibran tus sentidos,

y tus sudores orean

ricas brisas que pasean

por estos campos floridos?

 

¿Quieres en un mundo verte

con bravas agitaciones,

con injurias de la suerte,

con bárbaras tentaciones

y duelos, sin sangre, a muerte?

 

¿Qué sirena engañadora

hasta aquí a decirte llega

que en la ciudad bullidora

ni se reza, ni se llora,

ni se sufre, ni se brega?

 

¿Qué espíritu engañador

o torpe decirte quiso:

«Llora y suda, labrador,

que el mundo es un paraíso

regado con tu sudor?»

 

Fuera más útil y honrado

decirte quién ha arrancado

de las entrañas de un cerro

este pedazo de hierro

de la reja de tu arado.

 

Decirte que hornos ardientes

fundieron humanas frentes

cuando este hierro ablandaron,

y que en su masa cuajaron

sudores de hermanas gentes.

 

Ara tranquilo, labriego,

y piensa que no tan ciego

fue tu destino contigo,

que el campo es un buen amigo

y es dulce miel su sosiego,

 

y es salud el puro día,

y estas bregas son vigor,

y este ambiente es armonía,

y esta luz es alegría…

¡Ara y canta, labrador!

 

Cuentas Del Tío Mariano

Araba el tío Mariano

la húmeda tierra gredosa,

y entre la bruma lluviosa

del horizonte lejano,

 

con cierta noble ansiedad

que a la amargura se junta,

miraba, al volver la yunta,

las torres de la ciudad.

 

Allí los amos estaban

de aquel pedazo de llano,

ya convertido en pantano

por lluvias que no amainaban.

 

Y no pensaba el rentero

que el amo estaba al abrigo

del bofetón del hostigo

y el frío del aguacero.

 

Aspiraciones más parcas

tentaban al viejo charro

mientras hundía en el barro

sus bien calzadas abarcas.

 

Era un día de febrero

revuelto, lluvioso y frío;

cada camino era un río

y un charco cada sendero.

 

Bajaban por las quebradas

turbios regatos zumbando,

que iban el hoyo inundando

de hoscas aguas coloradas.

 

Y era el barbecho un fangal,

y el prado un estanque era,

y una charca la ribera,

los valles un chapatal.

 

Arrebataba el solano

las gotas del aguacero,

que eran las puntas de acero

de su látigo inhumano.

 

Iracundos los zagales

bregaban con los corderos

y los cabritos zagueros

hundidos en los fangales.

 

Y el pobre tío Mariano,

con la anguarina calada,

bajo un brazo la aguijada

y en la mancera una mano,

 

arando estaba en tal día

por no perder una huebra,

donde diz que el viento quiebra

cosa que él solo diría,

 

pues en aquella desnuda

tierra llana sin abrigo

le flagelaba el hostigo

la cara con saña cruda.

 

Y así malamente araba

y echaba el hombre sus cuentas,

las cuentas de aquellas rentas

que por las tierras pagaba.

 

Bien echadas las tenía,

pero con mal resultado,

y así, terco y porfiado,

las iba haciendo aquel día;

 

«Las rastras ya no las miento;

hogaño, si pinta el año,

no será ningún extraño

que me arrimase a las ciento.

 

Se ha derramao en sazón;

la desará fue mu guapa,

y si sigue asín, no escapa

de haber buena granición.»

 

(Este cálculo lo hacía

con las leves omisiones

de langosta, inundaciones,

de pedriscos y sequía…)

 

«¡Ahora, tanto pa calzar,

tanto en vestir y en comer…

(Y no hablaba de beber,

porque era hablar… de la mar.)

 

«Tanto pa contribuciones,

tanto pa renta y simiente…»

Y así fue del remanente

practicando sustracciones.

 

Y de las ciento supuestas

sustrajo el tío Mariano

tantas fanegas de grano,

que al pasar de ciento éstas,

 

puso cara de ansiedad,

dijo con pena, mirando

y el cuerpo zarandeando,

las torres de la ciudad:

 

«Si hogaño fuese allá un día

y el amo bajar quisiera

seis fanegas…, ¡cualisquiera,

cualisquiera me tosía!…»

 

¡Señor del tío Mariano!:

si acude a ti, sé piadoso,

que harás un hogar dichoso

con seis fanegas de grano.

 

Surco Arriba Y Surco Abajo

Araba el tío Roque

con su yunta de dóciles vacas:

con la Triguerona,

con la Temeraria.

Y conforme la reja iba hendiendo

la tierra esponjada,

que al calor y a la luz descubría

las frescas entrañas,

el secreto pensar del tío Roque,

que el silencio en redor barruntaba

por imán de silencio arrancado

del fondo del alma,

a esparcirse sin miedo salía

de la cárcel estrecha en que estaba,

y en las alas de un aire de otoño

se cernía con estas palabras:

¡Vuelve, Triguerona!

¡Vuelve, Temeraria!

 

Si la mesma canción de otros años

hogaño nos pasa,

di que nos avía

la miaja senara.

Ca vez más señora

te se pone la tierra y más mala.

No te sirve que le eches simiente

como chochos de gorda y de blanca,

ni que en piedra lípiz

gastes las pestañas,

ni que rompas, y bines y tercies,

y les des aricá bien temprana.

Cuasi con comuelgo

seis fanegas o siete derramas

y te dan veintinueve raídas,

que ni cuasi el trabajo le sacas.

 

Y esto es echar uno

las cuentas galanas,

porque si una pedrea te viene,

que no son muy ralas,

ni siquiera te deja un pajuco

pa sacar del invierno las vacas,

¡cuanti más un chocho

pa meter en casa!

Y entá no es lo malo

que no cojas nada,

porque en un apurón, hate cuenta

que un invierno… en la cárcel se pasa;

pero, amigo, te afronta con pagos

porque, claro, que no tienes cara

pa cuadrarte y decir que lo debes…

pero no lo pagas…

y lo cual es mejor no decirlo,

pues no habiendo vergüenza, no hay nada

¡Vuelve, Triguerona!

¡Vuelve, Temeraria!

 

Porque no es el decir de que digas

que no aguantas ancas,

y que te rebelas,

u que te aperrangas,

porque en viéndote ya mancornao

te quiten la carga

Es que ya no puedes el dir más alante

porque cuasi el aliento te falta,

porque viene de atrás la flojera,

porque no puedes ya con las rastras…

¡Vuelve, Triguerona!

¡Vuelve, Temeraria!

 

Si pintaran dos años arreo,

pues entá se tapaban las faltas

y el perro que hogaño

nos dio la senara.

Yo cuasi que tengo

como confianza,

porque entá no creí que venían

las primeras aguas

y la tierra con ellas se ha puesto

amorosa que gusta el ararla,

de modo y manera

que la cosa no empieza tan mala.

 

Y no miento ahora

los runrunes continuos que andan

de que el rey mesmamente en persona

viene a Salamanca,

que no es mala seña

si tampoco falla…

¡Vuelve, Triguerona!

¡Vuelve, Temeraria!

 

Yo no sé, pero yo me magino

de que el rey no vendrá a ver la Plaza,

que en el mesmo Madrid habrá muchas,

no agraviando a la nuestra, tan guapas.

 

Me magino de que él no se fía

y que viene a oservar lo que pasa,

porque hacienda en poder de criaos

se la lleva en un verbo a la trampa.

Me magino que viene a enterarse

de si tiras p’alante u atrasas,

de si siembras, u comes, o ayunas,

u pierdes u ganas.

De modo y manera

que en queriendo fijarse una miaja,

se ha de dir al Palacio enterao

de má e cuatro lástimas,

que, si a mano viene,

podrá remediártelas,

u quisiera poner los posibles,

que en pusiéndolos bien no te fallan…

 

Yo no sé; pero yo me magino

de que el rey no vendrá a ver la Plaza.

Y si sólo la Plaza le enseñan

los de Salamanca…

¡Para, Triguerona!

¡Tente, Temeraria!

 

 

La Jedihonda

I

Asín jablaba la madri

y asín el hijo jablaba:

el hijo ajogao de aginos,

la madri ajogá de lágrimas

él jechao y ella encogía

a la vera de la cama.

—Si sigues asín penando,

te mueris, hijo del alma,

y si te casas con ella

te jundis y a tos mos matas.

¿Ondi tienis la cabeza,

ondi tienis las entrañas

que no se te jacin migas

de vel las jielis que pasa

tu padri, que to lo sabi

manque no te dici nada?

¿Ondi tienis tú los ojos

pa no vel en lo que paras

cuantis que logri enrealti

la serpiente que te engaña?

Pa ti no es eso aparenti,

ni ella con tu genti encaja,

ni a ti. Gelipe, te sali

esí rumbo que ella gasta.

Y entávia más malu que eso

es que tieni mala fama

y a tos los hombris los quieri

y, como a ti, los jalaga;

y acuerdáte tú, Gelipe,

que pol jacel cosas malas,

jasta el alcalde y el cura

quisum del pueblo aventala.

Una mujel que ha venío

de alguna ciudá mundana,

¡qué habrá jecho pa estal sola

sin naide de la su casta!…

¡Qué habrá jecho!, lo que dicin

que jaci aquí: cosas malas,

que a mí me cuesta decilas,

pero a ella jacelas, nada.

Bien sabis tú, que la genti

la «Jedihonda» la llama

porque dicin tos los hombris

que endi lejos jiedi a mala.

Y tú cieguinu a querela,

y ella jaciéndote cara

pa empicarti a su persona

o calentarti la entraña.

¡Y bien que lo ha conseguío!

¡Y bien la genti lo jabla!

¡Y bien se agina tu madri

por ti, Gelipe del alma!

Dicir que bebel te ha jecho

de una bebía mu mala

que a los hombris entonteci

pa hacelos querel sin gana.

Y asín debí sel. Gelipe,

Gelipe de mis entrañas,

que tú eras bueno aninatis

y nunca jielis nos dabas,

y na del mundo sabías,

y siempre quietino en casa,

jasta te daba vergüenza

si de novias te jablaban.

Y jaci un año corrío

que eris otro, hijo del alma,

ajuyis de andi tu madri,

duermis poco, no trabajas,

comes como un pajarino

y ya solino te encamas.

To jué porque te empicaste

a esa serpiente mundana,

con la que, dici la genti,

aunque te matin te casas.

Imi si es cierto, Gelipe,

pa yo morilme de ansia,

pa que se ajogui tu padri,

pa que se aflija tu hermana,

pa dicilti que te jundis

y deshonras la tu casta,

porque esa mujer perdía

endi lejus jiedi a mala.

 

II

Asín jablaba la madri,

y el hijo asín contestaba:

—Madri, me quieri y la quiero,

manque dicin que es mundana.

Ni pueo ejala a ella

ni a usté quiero yo matala…

¡Ejalmi morir de queo

y queáis iguales dambas!…

 

La Balada De Los Tres

I

Ayer por la tarde

se acabó la fiesta,

la de San Antonio,

que es la de mi aldea.

 

A incienso y a flores

olía la iglesia;

la casa, a membrillo;

la ropa, a camuesas;

las mozas, a vírgenes,

y a santas, las viejas.

¡Qué pronto se pasan

los días de fiesta!

 

Ahora está la niña

lavando en la vega,

y el alma le hieren

borrosas tristezas,

dolientes memorias,

ternuras patéticas…

 

Ya guardó en el arca

la ropita nueva,

la ropita limpia,

que huele a camuesas.

Tamboril y gaita

ya no la recrean,

ni de amor alegre

la sangre le llenan

los repiques duros

de las castañuelas,

lenguas de muchachos

que no tienen lengua

para hablar de amores

a las muchachuelas.

¡Qué sola está el alma!

¡Qué sola la vega!

¡Esta tarde se muere la niña,

se muere de pena!

 

II

El mozo está solo

regando la huerta;

la huerta está alegre;

la tarde, serena,

y al alma del mozo

le agobian tristezas.

¡Qué pronto se pasan

los días de fiesta!

¡Qué tristes las tristes

memorias que dejan!

Ya no luce el mozo

la voz en la iglesia,

ni en el ancho ejido

con los mozos juega,

ni a la tarde baila

con las muchachuelas,

ni a la noche ronda

la ventana estrecha

de la casa blanca

de la fiel morena.

 

En la vieja arcona

de la sala vieja

ya guardó su madre

la ropita nueva

con las cintas verdes

de las castañuelas

y el de cien colores

corbatín de seda…

¡Qué sola está el alma!

¡Qué triste la huerta!

¡Esta tarde se muere el muchacho,

se muere de pena!

 

III

Yo ya no soy mozo,

pero tengo penas

que parecen cosas

de la gente nueva.

Se me van muy pronto

los días de fiesta.

La misa cantada

y el juego en la era

y el baile en la plaza

de vida me llenan.

 

Esta tarde siento

mortales tristezas,

ansias dolorosas,

ternuras patéticas.

La tarde está sorda,

sin ruido la aldea,

desierta la plaza,

cerrada la iglesia:

y en la huerta, el mozo;

la moza, en la vega…

¡Yo, dos veces solo,

tengo una tristeza!…

¡Yo me muero también esta tarde,

me muero de pena!

 

Bálsamo Casero

Estamos perdíos,

no hay que dali güeltas,

que ya estoy mu jarto

de jechal la cuenta,

y ca ves que güelvo

se me poni dolol de cabeza.

—Quico, no te agines.

—Paecis boba, Cleta;

quedrás que me esponji,

u que baile, u que jaga fachenda;

mentris que la genti

mos jaci esta cuenta:

«Dies al escribano,

dieciséis al tío Lucio Candela,

nuevi a la comadri

y ocho a tía Endelenceia,

sin contal los caíos de hogaño,

que entri to, pues, se arrima a sesenta…

Y no miento al méico

ni al jerrero, que ya se mos quejan;

ni te meto la renta de hogaño,

ni el trimestri, que ya se mos llega,

que solo de costas

un duru te cuesta.

¡Estamos perdíos…

no hay que dali güeltas!

U se vende el cachujo de casa

y en cueros mos quean…,

¡u me ajorco y me ajorro de andalmi

jechando más cuentas!

—¡Vamos, no esvaríes,

que ni en groma, ni en groma siquiera

debin de mintalsi

brutás como esa!

Y más que las trampas

tampoco te aprietan

pa que asín te agines,

pa que asín de ajogao te veas.

Verdá que se debin

toas esas gabelas;

pero, mira, tenemos posibles

pa pagal sin vendel la jacienda.

Treinta duros quiciás la potranca

te vali en la feria;

tres guarrapos, a cinco, son quinci,

y preñá la lichona mos quea;

entri yo y la muchacha otros cinco

mos ganamos jilando dos telas,

que quiciás este ivierno poamos

jilal dos y media;

con los burros, a días perdíos,

tú te sacas tres durus de güebras,

y las miajas de rastras que faltan

y el réito que sea,

lo poemos matal con jornalis

de la aceitunera,

de los cavucheos

y de la lavería.

Si asperan un año,

no se quea a debel una perra.

Y en cuenta no meto

lo primero que para la yegua,

que está senteciao

pa si al cabo se casa Teresa,

que hay que jateala

bien de ropa nueva.

¿No ves cómo sali

pa salil de deudas

sin mental la casa

ni decilmos brutás como aquella?

—¡Hora! Ya lo veo;

no sé jechal cuentas,

porque no pienso en esos rinconis

que a ti te se acuerdan.

Lo que jago es ponelme möorro

cuando doy en quereli dal güeltas;

y con estas que tú me has jechao,

me has barrío el dolol de cabeza…

 

Del Charrete Al Baturrico

Baturrico, baturrico,

yo te digo la verdad,

que soy también un baturro

de castellano lugar

y los hermanos no engañan

a sus hermanos jamás.

 

No apartes nunca tus ojos

de ese adorable Pilar,

que si los tiempos que corren

no hubiesen medido ya

lo fuerte que es una Reina,

que tiene un pueblo leal,

ya hubieran ido royendo

con diente frío y tenaz

los basamentos innobles

del bendito pedestal

donde la madre de España

quiso su trono asentar.

 

¡Bien en el cielo sabían

que en esta Patria inmortal

vivir con aragoneses

es vivir con lealtad!

 

Pero mira, baturrico,

mira que el genio del mal

anda agotando las fuentes

que quedan sin agotar,

las fuentecitas que manan

agüicas como cristal

para que puedan los hombres

la sed del alma apagar.

 

Y si estas fuentes se agotan,

los frutos se secarán

y va a quedarse la vida

como fructífero erial…

 

Mira, mira, baturrico,

cómo quitándole van

a muchos hermanos nuestros

lo que ellos amaban más:

su rica fe vigorosa,

su instinto del ideal,

sus viejas virtudes sanas,

sus amores…, ¡su Pilar!…

 

En ese de Zaragoza

bien sé que se estrellarán

con ira estéril las alas

del negro espíritu audaz;

que es la savia de ese árbol

sangre de gente leal,

y la red de sus raíces

tan lejos llega a arraigar,

que no es solo red de arterias

del corazón nacional,

sino de toda la Patria,

que vive de él a compás.

 

¡Pobre español, si lo hubiese,

que de su infancia en la edad

no oyó en su casa plegarias

a la Virgen del Pilar!

 

Baturrico, baturrico,

yo te diré la verdad,

que a mis hermanos los charros

se la he predicado ya,

¡y ay de mis charros queridos

si la llegan a olvidar!

 

De todo aquel patrimonio,

de todo el rico caudal

de nuestros tesoros viejo

nos queda uno solo ya:

nos queda la fe en el alma,

la savia del ideal;

¡nos queda Dios en el Cielo,

y en Zaragoza, el Pilar!

 

Y quíteme Dios la vida

antes del día fatal

en que con tristes clamores

tuviera yo que clamar:

—¡Ay de mis charros queridos,

que al Cielo no miran ya!

¡Ay de mis buenos baturros

que ya no tienen Pilar!

 

Bodas De Oro

(Al excelentísimo e ilustrísimo señor don Pedro Casas y Souto, obispo de Plasencia)

¿Que cante al virtuoso

sabio varón de corazón piadoso?

No es mi musa la musa cortesana

de palabra del miel y áureo ropaje

que quema incienso a la grandeza humana;

es la ruda aldeana

que va vestida con honesto traje,

cantando la virtud en el lenguaje

que le enseñó Naturaleza sana.

Y porque ella es así, porque es sincera,

porque no es lisonjera,

porque es del bien la enamorada ruda

cantando la virtud es vocinglera,

mas delante del héroe es hosca y muda.

 

Ni mi musa acaricia los sentidos

de los hombres henchidos

del viento de la gloria inmerecida,

ni desgarra con épicos sonidos

los austeros oídos

de los grandes humildes de la vida.

 

Es de almas sin decoro

plegar las alas ante el trono de oro

donde se asienta la soberbia humana,

y pulsando el laúd, rodilla en tierra,

quemar inciensos y cantar a coro

con las legiones de la gente vana.

 

Pero es mayor pecado

cantarle al justo la canción sonora,

que su virtud celebra,

en lengua seductora

de meliflua serpiente tentadora

a quien solo humildad su diente quiebra.

 

Arrullen los juglares

el trono del soberbio con cantares,

y la turba servil de aduladores

queme todo su incienso en los altares

donde honor y virtud no son señores.

 

Pero la musa honrada,

cuando penetre en el desnudo templo

del alma de un humilde, ore callada

y escuche en las honduras del ejemplo

la armonía del bien allí guardada.

 

Y luego de aprendida

la música de Dios, que a gloria suena,

requiera el arpa que a cantar convida

y ensaye en ella la canción serena

del alma recta, de virtud nutrida.

 

Mas no hiera el oído de los justos

con ditirambos de clamor liviano,

que en los senos de espíritus robustos

suenan a ruido vano.

 

¿Qué le place a los grandes corazones

un decir halagüeño,

si ellos moran en diáfanas regiones

donde el ídolo humano es muy pequeño,

la voz de la lisonja desabrida,

la trompa de la fama ronca y hueca,

pobre la falsa vida

y el mundo frágil como caña seca?

 

Las alas de la fama presurosa,

esta vez no engañosa,

también trajeron a mi abierto oído,

que lo oyó con deleite inenarrable,

el nombre esclarecido

del justo patriarca venerable.

 

Y así como el idólatra del oro

guarda siempre el tesoro

de su morada en el rincón oscuro,

yo de ese justo la adorable historia

escondí en el rincón de la memoria

donde suelo guardar todo lo puro.

Y en el silencio donde oculto he dado

a su santa humildad, nunca he clamado:

«¡Si supiera cantar almas tan santas!…»

Pero siempre muy quedo he murmurado:

«¡Si supiera imitar virtudes tantas!»

 

Palabras indiscretas,

qué hermosas habéis sido

mientras fuisteis sencillas y secretas

si osáis llegar al delicado oído

del venerable anciano

que sabe perdonar flaquezas tales,

decidle que sois hijas de un cristiano

y que amores filiales

os arrancaron del rincón arcano

donde estabais mejor que en las venales

alas del viento charlatán y vano.

 

Bien sé que en la armonía

que el justo oyera de la lira mía,

fuera gárrula música liviana,

hueca trompetería

que no conmueve la muralla ingente

de la humildad cristiana,

que escucha el alma del varón prudente.

 

Pero más que la estrofa detonante

con que el hijo leal celebre y cante

las altas prendas de su padre amado,

le place al padre amante

oír la apasionada melodía

del hijo enamorado

de la virtud que de nutrirlo ansía.

 

Venerable Pastor que has conducido

tu rebaño querido

hollando con tus plantas los abrojos,

por las ásperas cuestas de la vida:

tú, que ya ves con anhelantes ojos

la tierra prometida,

desde las cumbres del dorado ocaso

que ganas paso a paso

con santa majestad de alma elegida,

alza tus manos al clemente Cielo

y alcánzale a tus hijos el consuelo

de dilatar tu triste despedida.

 

¿No ves cómo te aman?

¿No escuchas cómo a coro

todos padre te llaman?

¿Oyes cómo te aclaman

celebrando tus puras bodas de oro?

 

¿No ves cómo a tus puertas,

siempre a la santa Caridad abiertas,

se agolpan, rumorosas,

las turbas de tus pobres, numerosas,

que pan y bendiciones

reciben de tus manos amorosas?

 

Ese rumor opaco y elocuente

que tu nombre amadísimo murmura

es el himno amoroso más ardiente

que de la humana gente

puede escuchar una conciencia pura.

 

El otro canto, el de la gloria humana,

ya sonará vibrante

cuando entres por las puertas de la Historia;

y otro más dulce que tu triunfo cante

cuando te abra el Señor las de su gloria.

 

Brindis

Mi pobre prosa rimada

no podrá deciros nada

que suene a cosa asombrosa:

esto será una charrada;

no puede ser otra cosa.

 

No abráis el avaro oído

creyendo que raro y bueno

manjar de allende he traído,

que yo jamás me he nutrido

con pan de terruño ajeno.

 

Pienso que el nuestro es fecundo,

como todo lo español.

Pienso que no hay en el mundo

grano que arraigue profundo

debajo de extraño sol.

 

Por algo Natura cría

ventiscares en la sierra

y alamedas en la umbría:

por algo hay quien moriría

si no viviera en su tierra.

 

En ella y a vuestro lado

fuera tremendo pecado

cantar en música extraña

que de frente o que de lado

no venga a decir: ¡España!

 

Más todavía: ¡Castilla!;

todavía más: ¡Salamanca!,

y aún más: la pobre aldeílla,

la limpia casita blanca,

la cuna, la paz sencilla…

 

Si el molde parece estrecho

de mi canción natural,

decidlo a Aquel que me ha hecho

pajarillo del barbecho

y no lorito real.

 

Naturaleza ha querido

que cada ser dé una nota

viva un campo y tenga un nido:

orden sabio y bien sentido

que sólo el cuco alborota,

 

pues tiene la mala maña

de que los huevos que pone

se incuben en casa extraña.

¡Pecado igual Dios perdone

a muchos hombres de España!

 

Si a la selva tenebrosa

fuese la alondra armoniosa,

no supiera entre el ramaje

dar la nota misteriosa

del silencio del boscaje.

 

Y si al barbecho viniera

cotorra exótica y rara

cantando la sementera,

ni el ave la interpretara,

ni el labriego la sintiera.

 

¿Quién da la nota del río

mejor que el mirlo sombrío

nacido entre sus mimbrales?

¿Quién canta los majadales

como el cárabo bravío?

 

¿Quién da la visión entera

de carrascosa ladera

como la perdiz bizarra?

¿Quién mejor que la chicharra

canta las mies en la era?

 

¿Suenan bien en los jarales

músicas de colorines?

Silbos de águilas reales,

¿nos dirán en los jardines

lo mismo que en los canchales?

 

Y el ronco graznido duro

de deforme buitre impuro,

¿cómo podrá matizar

el divino claroscuro

de la paz del olivar?

 

Cantemos nuestra tonada,

la genuina, la sincera:

tú, ruiseñor, la alborada;

tú, alondra, la barbechera,

y yo, charro, la charrada.

 

A sus típicos primores,

tan rudos como bizarros,

hoy daré finos colores,

porque la canto entre charros

disfrazados de señores.

 

Que quepan en ella quiero

la aldeílla y la ciudad,

ambas con vivir entero,

que es en aquella el granero

y aquí la Universidad.

 

Aquél da al cuerpo vigores,

ésta da al alma ideales…

Sudor de mil labradores

y saber de cien doctores,

son dos tesoros iguales.

 

Dice la Escuela: «Yo un día

fui madre y templo sagrado

de toda sabiduría.

Jamás numerar podría

los hijos que he amamantado.

 

Del seno de que nacieron

saberes hondos bebieron

disueltos en fe de Cristo.

Honor los hijos me hicieron,

grande los siglos me han visto.

 

Fui fragua del pensamiento,

yunque del entendimiento,

levadura de la vida,

brújula en mar turbulento,

sol de la Patria querida.

 

Sol cuya rica influencia

bajó sobre la opulencia

de los troncos y fue ley,

que el alcázar de la Ciencia

más alto está que el del rey.

 

Ahora, lacrimosos coros

me afligen con tristes lloros

diciéndome que soy ruinas,

que soy hueco de tesoros,

jirón de edades divinas,

 

sombra augusta y venerable,

muerta gloria inolvidable,

vieja majestad caída,

triste membranza adorable,

puesta de sol dolorida…

 

Y me suenan esos trenos

a quejidos de hijos buenos,

mas, ¡ay!, que también me suenan

a estériles falsos truenos

que el viento de ruidos llenan.

 

Algo lloran que es verdad.

Vinieron tiempos tiranos

que al grito de libertad

encadenaron las manos

de esta pobre majestad.

 

Y adiós trono, centro y manto,

y adiós oro y esplendores,

¡mucho grande y mucho santo!

¡Mas no los santos amores

de los hijos que amamanto!

 

No el pan de su inteligencia

ni la luz de su conciencia,

porque yo siempre seré

el alcázar de la Ciencia

y el castillo de la Fe.

 

Si reina fuese, mi suerte

rodara por rumbos fijos

que van a dar a la muerte

No soy reina; soy más fuerte:

¡soy madre de muchos hijos!

 

¡Hijos!, os pido un mañana

como el ayer que gocé,

¿será mi súplica vana?

¡Oh, no!, cuanto más anciana.

más madre os pareceré…»

 

Dice el granero al gañán:

«Yo soy tu rico tesoro,

soy el sudor de tu afán,

sudor que ha cuajado en oro

y oro que luego soy pan.

 

El pan de la esposa buena

que esotro cuarto vecino

con celo de hormiga llena

de blandos copos de lino

que en lienzo de nieve ordena.

 

El pan de tus tres mozones,

enhiesto como negrillos,

alegres como esquilones,

dóciles como chiquillos

y fuertes como leones.

 

El pan de tus dos mozuelas,

sus cintas de oro y alpaca,

sus dengues y lentejuelas,

sus cruces de Alcaravaca,

sus hilos y sus chinelas.

 

Y el pan del hijo mayor,

que es pan blanco de ciudad,

como que es para un señor

que pronto será doctor

de nuestra Universidad.

 

Labrador que vas arando,

mete la reja más honda,

que el filón se va agotando,

y el tiempo viene apurando

y el oro es de quien ahonda.

 

De este modo tan sincero

y en este sentido amante,

nos hablan lenguaje entero

a mí, labriego, el granero,

y a ti, la Escuela, estudiante.

 

Son la Patria en la indigencia.

¿Qué pide a nuestra conciencia?

Espigas de un mismo haz:

que tú les des gloria y ciencia.

Que yo les dé trigo y paz.

 

¡Gracias a todos, señores!

De esta rica convidada

llevo en el alma sabores

que yo no comparo a nada…

¡He comido pan de amores!…

 

Y no hay deleites humanos

ni más grandes ni más sanos

que estos que son mi ideal:

pan de trigo candeal

comido en paz y entre hermanos.

 

Entre hermanos, sí, señores,

que aunque vos, señor rector,

de quien son estos honores,

tengáis muy lejos amores

que hermanos son de este amor,

 

yo tengo a otro amor sujeto

mi corazón de cristiano,

un corazón que, discreto,

os llama sabio en secreto

y en público os llama, hermano.

 

¡Adiós! ¡Hasta la primera!

Gente que estudia o que ara,

debe ser poco fiestera.

Yo me voy a mi senara,

que estamos en sementera.

 

Campos Vírgenes

En tierras de Extremadura,

donde una raza se cría,

toda vigor y frescura,

nacieron Pedro y María,

la fuerza y la donosura.

Tuvieron amores rudos,

de los hondos, de los mudos,

de los ingenuos amores,

de los amores desnudos

que prometen más que flores…

Ella, bella y montesina,

y él, montesino y fogoso,

eran el roble y la encina,

la clara luna marcina

y el sol de julio ardoroso.

Antes de la sementera,

cuando vecina ya era

la ansiada fecha dichosa

de aquella unión fructuosa

que ya la pareja espera,

estaba el ardiente mozo

descuajando inculto trozo

de rica tierra bravía,

pensó en el trigo con gozo,

pensó con fuego en María…

¡Y ved qué sabrosa cosa

de pronto los dos gozaron!

Por la senda polvorosa

pasó la muchacha hermosa,

y así a voces platicaron:

—¡Adios, Pedro!

—¡Adios, María!

—Tierra bien jolgá y de sierra…

¡Lo que le jechis te cría!…

—Y asín debi sel la tierra,

y así la genti…, agraecía…

¡Oh, quién la dicha me diera

de ver tras la venidera

ansiada unión venturosa

el hogar y la panera

de la pareja briosa!

 

Canción

No piense nunca el lloroso

que este cantar dolorido

es un capricho tejido

por la musa de un dichoso.

No piense que es armonioso

juego de un estro liviano;

piense que yo no profano,

ni con mentiras sonoras,

las penas desgarradoras

del corazón de un hermano.

 

Una canción de dolores

me piden mis padeceres,

tal como ayer mis quereres

pidieron cantos de amores;

que así como son mayores

si se cantan los contentos,

así los tristes acentos

de las trovas doloridas,

si no curan las heridas,

amansan los sufrimientos.

 

Mis penas son tan vulgares

como esas espinas duras

que erizan las espesuras

de todos los espinares.

Más hondas son que los mares

Más hondas y más sombrías

que un horizonte sin días,

pues no hay abismo tan hondo

como el abismo sin fondo

de unas entrañas vacías.

 

Dios me las hizo de fuego…

¿Por qué no les dio dureza

si quiso su fortaleza

probar golpe a golpe luego?

¿Por qué enriqueció con riego

de sementera de amores

huerto que sabe dar flores,

si luego le manda días

de matadoras sequías

y vientos asoladores?

 

¡Ay! Al llegar a las puertas

de la tarde de mi vida,

voz de los cielos venida

me ha dicho: «¡Ya están abiertas!

¡Entra y sigue, y no conviertas

la mente a tiempos mejores,

que en vez de aquellos amores

de santidades pristinas

verás las desiertas ruinas

del solar de tus mayores!»

 

«¡Mejor es cegar, Dios mío!

¡Mejor es ir paso a paso

cayendo hacia el propio ocaso

solo, con pena y con frío!

¡Mejor es ir al vacío

que a ruinas y sepulturas!

¡Mejores son las negruras

de la noche más sombría,

que las negruras del día,

que son dos veces oscuras!»

 

Así, loco de dolor,

dije con vil vocecilla…

¡Esto que tengo de arcilla

fue quien lo dijo, Señor!

Pero esto que es resplandor

de Ti, venido hasta mí,

cuando tu rayo sentí

bien sabes Tú que te dijo:

«¡Señor! ¡La frente del hijo

tienes rendida ante Ti!»

 

Con solo llorar mi suerte,

con solo dejar abierta

de tal herida la puerta,

muriera de triste muerte.

Mas, hijo yo del Dios fuerte,

me he resignado a vivir,

y voy dejándome ir

sobre el polvo de la senda

caminando a media rienda

por el campo del sentir.

 

Porque si rindo la frente

sobre las manos crispadas,

si hacia las ruinas sagradas

dejo que vaya la mente,

si de mi llanto el torrente

dejo que anegue mi vida,

si abriese más esta herida

que en lumbre de fiebre arde,

viviera como un cobarde,

muriera como un suicida.

 

¡Quiero vivir! Las dulzuras

de los gozados placeres,

con hieles de padeceres

se toman del todo puras.

Visión de mis desventuras:

¡Yo no te cierro mis ojos!

Camino de los abrojos:

¡yo no me cubro las plantas!

Cruz que mis hombros quebrantas:

¡yo te acepto sin enojos!

 

¡Quiero vivir! Dios es vida.

¿No veis que en vida convierte

la ancianidad que en la muerte

cayó con dulce caída?

¿No soy yo vida nacida

de vidas que a mí se dieran?

Pues vidas que en mí se unieran,

si vivo, no han de morir,

¡por eso quiero vivir,

porque mis muertos no mueran!

 

¡Y no morirán conmigo,

que el huerto de mis amores

está rebosando flores

que pinta Dios y yo abrigo!

¡Y atrás el cierzo enemigo

de esas mis vivas canciones,

pues son santos eslabones

de una cadena florida

para corona tejida

del Dios de las creaciones.

 

¡Quiero vivir! A Dios voy

y a Dios no se va muriendo,

se va al Oriente subiendo

por la breve noche de hoy.

De luz y de sombras soy

y quiero darme a las dos.

¡Quiero dejar de mí en pos

robusta y santa semilla

de esto que tengo de arcilla,

de esto que tengo de Dios!

 

Cara Al Cielo

¡Qué nochi tan rica!

¡Qué luna tan guapa!

Cuantis llega esti tiempo, compadri,

no me jago a dormil en mi casa.

Me agino en el patio,

me asfixio en la sala,

los violeros me jacin ronchonis,

me ajogan las mantas

y p’alivio me pongo möorro

cuando da en guarreal la muchacha

y su madri en cantali al oído

sin chispa de gana.

¡Y luego un bochorno

que dan cuasi ansias!

—¡No sigas p’lanti,

que lo mesmo, lo mesmo me pasa!

—¡Te digo que hay nochis

que no pueo pegal la pestaña!

Justamenti me queo traspuesto

cuando va a clarear la mañana,

¡y asín me levanto

con los ojos que escuecin que rabian,

los güesos molíos,

la cabeza que asín se me anda

y una derrengueta

que no pueo englestalmi en la cama!

Pero n’amás que vieni el güen tiempo

me esmonto de casa.

La mujel se esconfía que ajuyo

d’ella y la muchacha

pa roncal ondi naide me espierti

y ondi hayga frescanza;

pero yo, pa si cuela, le igo:

«¡Quedrás que en la cuadra

se empocheza la pobri la burra

u quedrás que se acabi de flaca!

Bien de mal se me jaci de nochi

jechal caminatas

y aguantal con el cuerpo el recencio

de por las mañanas;

pero a vel: si embochamos la burra

en el tiempo mejol pa que paza;

me dirá que sigún es el cuido

le jechi la carga…

¡Y así se la enreo

cuando dici que ajuyo de casa!

¡Qué noche tan rica!

¡Qué luna tan guapa!

No hay na que me sepa

como estalmi tumbao a la larga

mirando p’al cielo

y escuchando cantar la caraba,

los capachos, los bujos, los grillos

y también las ranas,

cuando cantan asín algo lejos,

que ampié de las charcas

me ponin möorro

con aquel sonsoneti que arman.

¡Mia que está una nochi…

jasta allí de clara!…

¿Quién habrá jecho aquello de arriba?

¡Mia que es cosa guapa!

¡Mentira paéci

que no se mos caiga,

porque mira que están las estrellas

en el airi n’amás!

¡Y cuidiao que son unas pocas!

¡Y cuidiao que están todas altas,

que si se cayeran

bien nos estripaban!

Y la luna también. ¡Mia que es cosa!

¡Qué bien jecha que tiene la cara!

¡Esa si que paeci imposibli

que no se mos caiga,

porque está como casi esprendía

si te queas parao a mirala!

¡Mia que es cosa esa!

¿Quién dirás que la ha jecho!

—¡Pus vaya

con unas preguntas

que jacis tan cándidas!

¿Pus quién jizu el mundo?

¡Pus Dios! No sé n’amás,

porque estoy cuasi ya trascordao

de cómo lo jizu, que bien lo galraba

cuando anduvi de chico a la escuela

aprendiendo esas cosas tan guapas.

Pero tienis al mi Gelipino

que ahora mesmo de golpi te galra

qué jizu Dios hoy,

qué jizu mañana,

qué jizu el desotro…,

y asín te lo acaba.

Yo no pueo palralo seguío,

porque ya la memoria me falla,

y además se me enrea la lengua

con tantas palabras.

—¡Lo mesmo, compadri

lo mesmo me pasa!

Se me jaci un ñúo

que no pueo siquiá meneala

cuantis güeli que vienin en ringla

dos palabras u tres de las malas.

Pero mira, también yo me acuerdo

de que altoncis asín lo enseñaban,

y siempre se ha oído

de que Dios jizu el mundo…

—Y mos basta

sabel quién lo jizu;

eso sé yo n’amás.

—¡Es que no falta genti de estudio

que se poni a lleval la contraria!

Mos estaba jerrando las bestias

hogaño en la plaza

don Silvestre, el albéital, pa dilnus

a la Virgen del Valle, a pujala.

¡Juy, Dios, si lo oyis!

¡Juy, cómo galraba!

Daba gusto oílo,

pero daba tamién repunanza,

porque jizu tamién de la Virgen

asín como guasa.

Yo no pueo explicalti el sentío

de tantas palabras

pero vinon a dal a que el mundo

no lo ha jecho el de arriba y que n’amás

que él solu se ha jecho,

pero asín, sin que nadie lo jaga.

¡Mia que es cosa esa

también algo parda!

Entavia le dijo

tío Prudencio con alguna guasa:

«¡Jaga usted las bolas

más chiquinas, que asín no mos pasan!»

¡Juy, cómo se pusu!

Mos llamó genti bruta de rabia,

y mos dijo: «¡El que puea, que aprenda,

que yo tengo pa mí que me basta!»

—¡Pus más le valía,

ya que tanto jabla,

aprendel a curalmos las bestias,

polque a mí me queó sin pollanca,

y a Ginio sin burro

y a ti sin guarrapa!…

—¡No la mientes, porque un gabarruño

se me jacin las tripas de rabia!

Di que no jue acuerdo,

cuando tanto galraba en la plaza,

pero ya verás tú si le igo

cuantis yo me lo jechi a la cara:

¡No se jabla tan mal del de arriba

pa jechalsi usté mesmo alabancias,

que la genti tamién comprendemos

lo que ca uno jaga,

lo que ca uno envente,

lo que ca uno valga.

Y si no, ya ve usté, yo le pongo

esta comparanza:

¡El de arriba mos da los ganaos

y usté mos los mata!»

 

Castellana

I

¿Por qué estás triste, mujer?

¿Pues no te sé yo querer

con un amor singular

de aquellos que hacen llorar

de doloroso placer?

 

Crees que mi amor es menor

porque tan hondo se encierra,

y es que ignoras que el amor

de los hijos de esta tierra

no sabe ser hablador.

 

¿No está tu gozo cumplido

viendo desde esta colina

un pueblo a tus pies tendido,

un sol que ante ti declina

y un hombre a tu amor rendido?

 

¿Te place la patria mía?

No en sus hondas soledades

busques con vana porfía

la estrepitosa alegría

de las doradas ciudades.

 

El campo que está a tus pies

siempre es tan mudo, tan serio,

tan grave, como hoy lo ves.

No es mi patria un cementerio,

pero un templo sí lo es,

 

Busca en ella soledades,

serenas melancolías,

profundas tranquilidades,

perennes monotonías

y castizas realidades.

 

Si tú gozarlas supieras,

ahora mismo depusieras

tu adusto ceño sombrío.

¿Qué de mi patria quisieras

para alegrarte, bien mío?

 

¿Quieres que vaya a buscar

cuarzos blancos al repecho,

colorines al linar,

nidos de alondra al barbecho

y endrinas al espinar?

 

Para que tú te regales,

no dejaré una con vida

veloz liebre en los eriales,

ni esquiva perdiz hundida

del cerro en los matorrales,

 

ni conejillo bravío

dormido bajo el carrasco,

ni mirlo a orillas del río,

ni sisón en el peñasco,

ni alondras en el baldío.

 

¿Quieres que hiera en su vuelo

a ese milano que el cielo

raya con círculos anchos,

y de sus garras los ganchos

venga a clavar en el suelo,

 

y, atrás la cabeza echada,

las plumas te enseñe y rice

de la pechuga alterada,

y ante tus pies agonice

con la pupila espantada?

 

Si buscas flores sencillas,

hay en el valle violetas,

y gamarzas amarillas,

y estrelladas tijeretas,

y olorosas campanillas.

 

Si quieres, rosa temprana,

ver los sudores y afanes

que cuesta el pan de mañana,

ven y verás mis gañanes

trajinando en la besana.

 

O vamos a mis sembrados

y allí verás emulados

de tus labios los carmines,

que parecen amasados

con pétalos de alvergines.

 

Verás mecerse, aireadas,

del mar de la mies las olas,

aquí y allá salpicadas

de encendidas amapolas

y de jaritas moradas.

 

Y mientras gozas del vago

rumor de aquel ancho lago

de móviles verdes tules,

yo una corona te hago

de clavelillos azules;

 

y con ella, nueva Ceres,

reina serás, si tú quieres,

de mis campos y labores,

que reina de mis amores

ya hace tiempo que lo eres.

 

¿Sientes ganas de llorar?

También las sé yo sufrir

cuando me pongo a pensar

que Dios te puede llevar

y hacerme sin ti vivir.

 

Mas… ¡vamos al prado un rato,

que en él hay sombra de encinas,

murmullos de viento grato

y agua fresca de regato

rebosante de pamplinas!

 

¿Quieres que de esa ladera

te baje un haz de tomillo,

o que salte a esa pradera

y te traiga un manojillo

de oliente hierba triguera?

 

¿Lloras? Pues si es de ternura,

deja ese llanto correr,

que es un riego de dulzura,

hijo de la fresca hondura

del manantial del placer.

 

Mas si lloras desconsuelos

y torturas de los celos,

¡vive Dios, que lloras mal!

Testigos me son los cielos

de que mi amor es leal.

 

Y si piensas que es menor

porque tan hondo se encierra,

recuerda que el hondo amor

de los hijos de esta tierra

no sabe ser hablador.

 

Alégrate, pues, mujer,

porque te sé yo querer

con querer tan singular,

que a veces me hace llorar

de doloroso placer…

 

Soledad

I

Ciego que ayer no lo fuera

sufre más negra ceguera

que el que en la sombra ha nacido.

Triste que ayer no lo era

dos veces hondo ha caído.

 

Yo un día —¡lejano día!—

gocé de la compañía

de mis placeres mejores;

yo bebí de la ambrosía

del amor de mis amores;

 

yo gusté la miel sabrosa

de un vivir feliz, sereno,

lleno de fe sustanciosa…

puro vivir, todo lleno

de grandeza religiosa…

 

Pan el trabajo me daba,

la paz me lo equilibraba,

la fe me lo dirigía,

el amor me lo alegraba

y Dios me lo bendecía…

 

¡Santo vivir cuya historia

como una reliquia encierra

la llave de mi memoria!

¡Era lo que hay en la tierra

más parecido a la gloria!

 

Y otro día —¡turbio día!—,

la misma mano que el cielo

de mis venturas teñía

con luz de rosa que un velo

de eterna aurora fingía,

 

trajo nubes por Oriente,

vibró el relámpago ardiente

con cárdenos resplandores…

¡y el rayo cayó en la frente

del amor de mis amores!

 

Y he sentido en torno mío

las tinieblas del vacío

con sus hondas ansiedades,

y he sentido todo el frío

de las grandes soledades…

 

Y he gritado en la arenosa

solitaria inmensidad

con ronca voz clamorosa:

¡No hay soledad dolorosa

como esta mi soledad!

 

II

Una noche, una doliente

noche de angustia empapada,

noche de místico ambiente,

que tenía el peso ingente

de la culpa consumada…,

 

una noche religiosa,

fúnebremente sentida,

místicamente radiosa,

hondamente entristecida

y ardientemente amorosa…,

 

muchedumbre de creyentes

doloridos, reverentes,

apiñados, silenciosos,

bajas las pálidas frentes,

turbios los ojos llorosos,

 

llevaban, triste, adelante

del cortejo entristecido,

la imagen interesante

de la Madre más amante

del hijo más dolorido.

 

La miré con alma llena

de luz y calor de fe;

la vi sola, la vi buena,

y al abismo de su pena

con el alma me asomé.

 

¡Gran Dios! Tan honda y oscura

la sima de la amargura

mi sentimiento entrevió,

que el vértigo de la hondura

mi mente desvaneció.

 

Y así me dijo el sentido:

—Ésa no es extraña humana

que humano amor ha perdido:

¡es la Virgen soberana

que Madre de un Dios ha sido!

 

Lo dio por la pecadora

loca y ciega Humanidad…

El Mártir ha muerto ahora…

¡la Madre de Cristo llora,

sin Cristo, su soledad!

 

Si siempre ha sido el amor

la medida del dolor,

di, pecador, ¿dónde has visto

duelo de madre mayor

que el de la Madre de Cristo?

 

III

¡Madre mía, débil fui!

Por no ver el hondo abismo

de tu dolor ante mí,

miré dentro de mí mismo,

y ante otro abismo me vi.

 

El abismo hondo y oscuro

del pecado más odioso

de este corazón impuro,

que es ingrato y veleidoso,

loco y ciego, torpe y duro.

 

¡Dulce estrella matutina!

¡Virgen de la Soledad!

¡Yo también puse una espina

sobre la frente divina

del Sol de la Humanidad!

 

Si Madre de Dios no fueras,

¿cómo el crimen perdonaras,

ni en mis lágrimas creyeras,

ni al Hijo por mí rogaras?

 

¡Madre mía, madre mía!

Llorando yo soledades

que eran como una agonía,

dije que nadie sufría

tan horrendas ansiedades.

 

Y hoy, que, al ver tu duelo santo,

vislumbré, anegado en llanto,

un punto de tu grandeza,

me han causado igual espanto

tu dolor y mi flaqueza.

 

¡Dolorida gran Señora!,

tu soledad, ¡ay!, ha sido

la segunda redentora

de este corazón herido

que en tu soledad te adora.

 

Ciegos

I

No le dieron el cetro la intriga,

ni la torpe ambición, ni el engaño,

ni la sangre que vierten los hombres

que se roban el oro y el mando.

Dios los puso de todos los tronos

en el trono más puro y más alto,

y subió como siervo que sube

con al cruz del deber al Calvario.

¡Y subió con el santo derecho

del Príncipe santo,

sin las náuseas del odio en el alma,

sin la mueca del triunfo en los labios,

sin mancha en la frente,

sin sangre en las manos!…

Era el trono, entre Dios y los hombres,

dulcísimo lazo,

pararrayos divino del mundo,

concordia entre hermanos,

faro en las tinieblas,

orden en el caos.

 

Y el Ungido miraba a sus hijos,

y lloraba de amor al mirarlos…,

¡tan débiles todos!…,

¡todos tan amados!…

 

Y tornaba los ojos al cielo,

y alzaba los brazos,

y del cielo a raudales caían,

al subir la oración de sus labios,

luces en su mente,

bienes en sus manos…

y en la grada más alta del trono,

mirando hacia abajo,

temblando de amores,

de amores llorando…,

soberano, radiante, divino,

sublime, inspirado,

como blanca visión de los cielos,

como Padre de amores avaro,

que a sus hijos quisiera traerles

la gloria en pedazos…,

dulce, generoso,

solemne, magnánimo,

derramaba la luz de su mente

y el bien de sus manos,

inundando de efluvios de cielo,

del mundo los ámbitos.

 

II

¡Se resiste la mente a creerlo!

¡Se resiste la lira a cantarlo!

La legión de los hombres impíos,

la legión de los hijos ingratos,

ante el trono del Príncipe justo,

del Príncipe sabio,

ante el trono del Padre amoroso,

del Padre injuriado,

congregados por vientos de abismos,

rugieron, gritaron…

¡Lo mismo que aquellos

que escuchaba el cobarde Pilatos!

Y rodó la corona del justo,

y a la cárcel al justo llevaron,

¡y vive en la cárcel, por ellos gimiendo,

por todos orando!

 

¡Se resiste a creerlo la mente!

¡Se resiste la lira a cantarlo!

Y una sola cuerda,

que responde al pulsarla mi mano,

solo quiere cantar esta estrofa,

que repite con ecos airados:

«¡Ay de los impíos!

¡Ay de los ingratos

que coronan de agudas espinas

las sienes de un santo,

la frente de un Padre,

la cabeza de un débil anciano!…»

 

Las Sementeras

I

Con el relente que le da tempero,

la madrugada roció la tierra.

Se siente frío en la besana húmeda;

el terruño está solo. Ya alborea.

Lo dice levantándose del surco

la alondra mañanera

que desgrana en el aire el de sus trinos

hilo copioso de sonantes perlas.

 

Ya sale el sol de las mañanas tibias,

ya sale el sol de las mañanas buenas,

sol de salud, incubador de gérmenes,

sol de la sementera.

 

No tiene más testigos y cantores

que yo y la alondra en la besana escueta,

ni más espejos que el regato limpio

y el rocío en las puntas de la hierba.

 

Viene triunfante, coronado de oro;

radiante viene levantando nieblas

y evaporando el matinal relente

que parece el aliento de la tierra.

 

Ya llegan mis gañanes con las yuntas

canturreando la canción primera

que les arranca el equilibrio plácido

del bien venir de la mañana buena.

 

Rayando los timones el camino,

y en alto la mancera,

vienen los bueyes con la cruz que forman

el yugo y el arado en la cabeza.

 

Ya escucho golpes secos

de mazos y de azuelas,

silbidos cariñosos,

nombres de bueyes que en besana entran

y uno que suena compasado ruido

como de riego de menudas perlas

al desplegarse el abanico de oro

de la simiente que los mozos riegan.

 

Estoy en el repecho

presidiendo mi hermosa sementera.

Todo lo escucho con avaro oído:

el blando hundirse de las anchas rejas;

el süave rodar hacia los lados

de la mullida tierra;

el alentar pujante de los bueyes,

de cuyos bezos charolados cuelgan

tenues hilos de baba trasparente

que el manso andar no quiebra;

aquel pausado y firme

posar de sus pezuñas gigantescas;

el crujir dormilón de las coyundas

que el yugo pulimentan;

un aliento de brisa tan süave

que apenas se menea,

un hondo y general rumor de vida

y un ruido sordo de pujante brega.

 

Y tal como si el alma del terruño

viniese toda condensada en ella,

la tonada de arar surge solemne

la tonada de arar al alma llega

cantando cosas dulces,

diciendo cosas buenas.

 

Sus mansas recaídas

parecen que remedan

la suavidad de las laderas dulces

de la ondulada castellana tierra

o el tranquilo vaivén de los pensares

que el mar ondulan de las almas serias.

 

Y a mí también me hablan

sus lánguidas cadencias

del bien gozar los apacibles goces,

del bien llorar las bendecidas penas,

del buen amor de la mujer fecunda,

del bien sentir la paternal querencia

y de un vivir sereno,

fuerte y seguro, como aquel que llevan,

paso de hierro sobre tierra blanda,

los mansos bueyes de gigantes fuerzas.

 

II

Cruzan el cielo nubecillas tenues

que parecen blanquísimas guedejas

cortadas del vellón inmaculado

que dieron en abril las corderuelas.

 

El sol baña el terruño,

se ve crecer la hierba

y huele a tierra húmeda

cargada de promesas.

 

¡Qué dulce es presidir desde el repecho

la propia sementera

si el cielo es transparente, fresco el aire,

húmeda y fértil la esponjada tierra,

el sol templado, la simiente sana,

robustas las parejas,

alegres los gañanes,

la tonada de arar, sentida y lenta,

sabroso el pan de casa

y el agua del regato limpia y fresca!

 

La mente embebecida

se carga entonces de memorias bellas;

del lado del hogar me vienen todas,

que el hogar es el cielo de la tierra,

la paz de mi vivir me las regala

y en paz el corazón las paladea.

¡Aquella del hogar sí que es hermosa!

¡Aquella sí que es santa sementera!

También yo la presido,

también Dios la bendice y la gobierna.

Dios encendió en el cielo de la vida

el sol de los amores para ella,

para que al fuego santo

las almas y las sangres se fundieran.

Dios le da noches de fecundas horas

y luengos días de apacibles treguas…,

¡horas sin luz que velen sus misterios

y horas de sol que sus entrañas templan!

 

Y Dios, Padre del mundo,

le da también cosecha

de frutos vivos que el vivir anudan,

de frutos bellos que el vivir alegran…

 

¡Señor, que das la vida!

Dame salud y amor, y sol y tierra,

y yo te pagaré con campos ricos

en ambas sementeras.

 

Confidencias

Un secreto vida mía;

pero quiero que no llores

si te digo que la adoro con el alma,

si te digo que del todo no soy tuyo,

si te digo que me ama

una sombra peregrina de mujer irrealizable

que mi espíritu ha creado porque nunca pudo hallarla

en la vasta muchedumbre de adorables criaturas

por los ámbitos del mundo derramadas.

Tú no sabes

que en mis días de mortales desalientos pavorosos

y en las horas tan vacías de mis noches solitarias,

cuando el mundo me abandona,

cuando duermen los que aman,

cuando sólo tengo enfrente los asaltos del hastío,

cuando el alma,

cuando el alma combate afligida

con el ansia de todas las ansias,

con el peso de todas las dudas,

con las sales de todas las lágrimas,

con el fuego de todas las fiebres,

con el hipo de todas las náuseas,

la impalpable vaga sombra femenina misteriosa

como nuncio de consuelos que los cielos me enviaran,

viene a verme con las alas extendidas,

viene a verme cual paloma enamorada,

y disipa en mi cerebro la pesada calentura

con el roce de las puntas de sus alas…,

¡con el roce de las puntas

de sus alas nacaradas!

 

¡Oh qué sueños!

Yo soñaba

que esa sombra nebulosa de mujer irrealizable

que mi espíritu refresca con el toque de sus alas;

¡de unas alas como aquellas que perdimos

las criaturas humanas!,

en un cuerpo como el tuyo, con hechuras milagrosas

encarnara.

¡Sueños locos!

Dios no quiere que en la vida cristalicen

esas sombras de los mundos de la nada:

Dios no quiere que la aroma de la idea,

condensada por anhelos de quien ama,

caiga dentro de ese vaso peregrino

de viviente forma humana.

 

Dios no quiere,

Dios no quiere que yo sea todo tuyo,

porque quiso que te viera y que te amara,

y no quiso darte algo

que necesita mi alma

para que entera en la tuya

pudiera yo derramarla

 

Pero yo te quiero mucho,

de otro modo que a esa aérea femenina sombra vaga

que disipa en mi cerebro las ardientes calenturas

con el toque misterioso de sus alas.

Para ti son los impulsos

más robustos de mi cuerpo y de mi alma,

las miradas de mis ojos,

que en los tuyos derretidas se derraman,

las caricias de mis manos que te buscan

y el aliento de mi boca que te abrasa,

y en los besos de mis labios,

y el ardiente palpitar de mis entrañas.

Para ti mi compañía

por la senda de la vida solitaria,

el apoyo y la defensa de mi brazo vigoroso,

los alientos de mi pecho, recipiente de tus lágrimas,

y el cariño serio y hondo del esposo enamorado

que en sus hijos te idolatra…,

¡en sus hijos cuyas vidas son estrofas del poema

que el esposo enamorado, rendidísimo, te canta!

 

Para ella…

los delirios de la mente soñadora,

los sentires melancólicos del alma,

los pensares exquisitos y sutiles,

las poéticas nostalgias…,

los estériles poemas de la lira,

¡de la pobre lira bárbara!,

los hastíos taciturnos

y las hambres de ideales que me arañan

¡unas hambres de ideales

que me arañan en el alma!

Sí; las flores y los frutos y las savias de mi vida

para ti, que eres humana:

los aromas, para ella,

que es fantástica figura de los mundos de la nada.

¡Oh mujer, el Hombre es tuyo!

¡Tuyo el Poeta, oh fantasma!

 

La Pedrada

I

Cuando pasa el Nazareno

de la túnica morada,

con la frente ensangrentada,

la mirada del Dios bueno

y la soga al cuello echada,

 

el pecado me tortura,

las entrañas se me anegan

en torrentes de amargura,

y las lágrimas me ciegan

y me hiere la ternura…

 

Yo he nacido en esos llanos

de la estepa castellana,

cuando había unos cristianos

que vivían como hermanos

en república cristiana.

 

Me enseñaron a rezar,

enseñáronme a sentir

y me enseñaron a amar,

y como amar es sufrir

también aprendí a llorar.

 

Cuando esta fecha caía

sobre los pobres lugares,

la vida se entristecía,

cerrábanse los hogares

y el pobre templo se abría.

 

Y detrás del Nazareno

de la frente coronada,

por aquel de espigas lleno

campo dulce, campo ameno,

de la aldea sosegada,

 

los clamores escuchando

de dolientes Misereres,

iban los hombres rezando,

sollozando las mujeres

y los niños observando…

 

¡Oh, qué dulce, qué sereno

caminaba el Nazareno

por el campo solitario,

de verdura menos lleno

que de abrojos el Calvario!

 

¡Cuán suave, cuán paciente

caminaba y cuán doliente

con la cruz al hombro echada,

el dolor sobre la frente

y el amor en la mirada!

 

Y los hombres, abstraídos,

en hileras extendidos,

iban todos encapados,

con hachones encendidos

y semblantes apagados.

 

Y enlutadas, apiñadas,

doloridas, angustiadas,

enjugando en las mantillas

las pupilas empañadas

y las húmedas mejillas,

 

viejecitas y doncellas

de la imagen por las huellas

santo llanto iban vertiendo…

¡Como aquellas, como aquellas

que a Jesús iban siguiendo!

 

Y los niños, admirados,

silenciosos, apenados,

presintiendo vagamente

dramas hondos no alcanzados

por el vuelo de la mente,

 

caminábamos sombríos,

junto al dulce Nazareno,

maldiciendo a los judíos,

¡que eran Judas y unos tíos

que mataron al Dios bueno!

 

II

¡Cuántas veces he llorado

recordando la grandeza

de aquel hecho inusitado

que una sublime nobleza

inspirole a un pecho honrado!

 

La procesión se movía

con honda calma doliente.

¡Qué triste el sol se ponía!

¡Cómo lloraba la gente!

¡Cómo Jesús se afligía!…

 

¡Qué voces tan plañideras

el Miserere cantaban!

¡Qué luces, que no alumbraban,

tras las verdes vidrïeras

de los faroles brillaban!

 

Y aquel sayón inhumano

que al dulce Jesús seguía

con el látigo en la mano,

¡qué feroz cara tenía,

qué corazón tan villano!

 

¡La escena a un tigre ablandara!

Iba a caer el cordero,

y aquel negro monstruo fiero

iba a cruzarle la cara

con el látigo de acero…

 

Mas un travieso aldeano,

una precoz criatura

de corazón noble y sano

y alma tan grande y tan pura

como el cielo castellano,

 

rapazuelo generoso

que al mirarla, silencioso,

sintió la trágica escena,

que le dejó el alma llena

de hondo rencor doloroso,

 

se sublimó de repente,

se separó de la gente,

cogió un guijarro redondo,

miróle al sayón de frente

con ojos de odio muy hondo,

 

parose ante la escultura,

apretó la dentadura,

aseguróse en los pies,

midió con tino la altura,

tendió el brazo de través,

 

zumbó el proyectil terrible,

sonó un golpe indefinible,

y del infame sayón

cayó botando la horrible

cabezota de cartón.

 

Los fieles, alborotados

por el terrible suceso,

cercaron al niño, airados,

preguntándole admirados:

—¿Por qué, por qué has hecho eso?…

 

Y él contestaba, agresivo,

con voz de aquellas que llegan

de un alma justa a lo vivo:

—¡Porque sí, porque le pegan

sin hacer ningún motivo!

 

III

Hoy, que con los hombres voy,

viendo a Jesús padecer,

interrogándome estoy:

¿Somos los hombres de hoy

aquellos niños de ayer?

 

La Fabla Del Lugar

 (Improvisación)

Cuando yo güelva al pueblo y me diga

mi compadri Cerilo, el de Cleta:

—Pero escucha: ¿pues andi has estao

pa que asina vengas,

fechendosu como un pavo güero

que de puru fanfarria se encrespa?

Pus hombri, paeci

como si te hubieran

jechu juez de estrución de repenti

pa jacel fachenda.

—Pus de Cáceres vengo, compadri

¿Te jaci algu e mella

el pensal si yo tengu o no tengu

genti de la güena

pa si me ofreci

metel enfluencias?

Pues si estás rescocío por eso

dati con manteca,

porque naide te tieni la culpa

de que un naide seas,

que no sabis n’amás

que ajuntar una miaja las letras,

tratal con el burro,

dirte a la taberna

u charlal a bandujo de cosas

que no tienin cuenta.

—Homnbre, no te igo

que ande bien de letra,

porque es cosa que no me ha tirao

ni siquiá cuando anduvi a la escuela,

pero mira, tamién arrempujo

si se ofreci metel enfluencias,

porque el nuestro señol deputao

cuando vino a los votos, ¿te acuerdas?,

se jué de jocicus

a mi casa mesma,

y al marcharse me dijo: «Cerilo,

pide lo que quieras,

porque ya te he dicho

que a ti te se aprecia.»

—Calla, no me jablis

de las cosas esas,

que n’amás de oílas

no me jaci coción la merienda;

lo que tu deputao quería

era que metieras

dentro de la urnia

la su papeleta.

¡Vaya unos quereris

eus que me mientas!

Los quereris de adentro, compadri

son de otra manera…

y me obliga a decírtelo n’amás

que pa que lo sepas.

Cuando yo a la ciudá jui ahora

n’amás que quisiera

que hubieras golío

los convitis que me han jechu en ella,

n’más porque dicin

que sé algo de letra.

Unos señoronis

que jablaban más finus que perlas

se ajuntaron, asín que me vieron,

jablaron con priesa

y le andaban diciendo a los otros

en la calle mesma:

«¡Señoris, señoris,

a vel qué se piensa,

que ha venío p’acá de las Jurdis

un muchacho que sabi de letras,

que jaci aleluyas,

que jaci comedias,

que jaci unas coplas

jasta allí de güenas!»

«¡Pus a convialo!

Y que el hombri se jaga la cuenta

de que aquí solamente hay convitis

pa quien los merezca.»

¡Compadri, compadri!

N’amás que quisiera

que por un bujerinu bien chico

golíu lo hubieras.

¡Juy, Dios, qué salota!

¡Juy, chico, qué mesas!

¡Juy, Dios, qué comías!

¡Juy, qué güenas bebías aquellas!

¡Juy, qué cigarronis!

Los llamaban brevas

como aquí nombran tos a los jigos

más temprano que dan las jigueras.

¡Qué ricus, compadri!

¡Aquello es canela,

y no los pitillos

de las pitilleras,

que paeci que sabin a istierco

y a jiel de la tierra!

¡Y vengan cafesis,

y vengan botellas

que estrumpían lo mesmo que tirus

y jacía el licol al verterlas

un espumarajo

que cocía de puru la juerza!

Y luego, compadri,

¡qué lenguas aquellas

pa brindal y ponel pol las nubes

las cosas de letra!

Ya no pueo explical lo que dijon,

pero dijon tamién cosas güenas

de las coplas que jice hogañazo

pa imprentarlas en libro, ¿te acuerdas?

¡Compadri, qué gentis

tan finas aquellas,

qué gentis tan listas,

y tamién qué güenas!

Los quereris de aquellos señoris

son quereris de adentru, ¿te enteras?

Porque na te piden

ni na de ti esperan,

y n’amás te quierin

porque dicin que sabis de letra,

y como ellus son listos, les gusta

que la genti sea lista y espierta,

porque mira, pa brutos ya bastan

entri güeyis, guarrapos y bestias.

—¿Y tú qué decías

cuando vías aquellas finezas

que han jecho contigo

pol sabel de letra?

—Pus compadri, pal caso, ni chispa,

polque yo pa decil cosas güenas

paeci que me jacen

un ñúo en la lengua.

Pero mira, compadri, te digo

que si yo te viera

dil el río abaju

con la genti aquella

y a ti o a ellos n’amás

sacalsus pudiera,

te ajogas, compadri,

como rata vieja,

aunque mil gorgoritos jicieses

pa querel conserval la pelleja…

¡aunque en crus me pidiese socorro

la comadri Cleta!

¡Ya ves tú si vendré agraecío

de la gente aquella!

N’amás una espina

me escarabajea

pa en dentru, pa en dentru

de las entretelas:

no poeli habel dicho a la genti

con palabras bien finas y güenas:

«¡Señoronis, que yo no merezco

toas esas querencias!

¡Que Dios vos lo pagui

y que yo de verdá lo agraeza!»

 

La Canción Del Terruño

De los cuerpos y las almas de mis hijos

yo soy cuna, yo soy tumba, yo soy patria;

yo soy tierra donde afincan sus amores,

yo soy tierra donde afincan sus nostalgias,

yo soy álveo que recoge los regueros

de sudores que fecundan mis entrañas,

yo soy fuente de sus gozos

yo soy vaso de sus lágrimas…

 

Yo el calvario de sus bárbaras caídas,

yo el oriente de sus tenues esperanzas,

yo la carga de sus días mal vividos

y el insomnio de sus noches abreviadas,

yo el tesoro de sabroso pan moreno

que las manos honradísimas amasan

 

de los hijos bien nacidos

y la esposa bien amada.

 

Yo quisiera que los gérmenes fecundos

que sotierran en mis áridas entrañas,

vigorosos y prolíferos se hinchasen,

y pletóricos de vida reventaran,

y paridos de mis senos a la vida,

por mi haz se derramasen en cascadas

que espumaran en agosto

oro rubio sobre plata…

 

Pero yo soy un decrépito ya estéril,

sin las vírgenes frescuras de las savias,

que mis bellas primaveras de otros días

encendieron y cuajaron en sustancias,

¡en sustancias de la vida que rebosan

porque hierven, porque sobran, porque matan

si cuajando en otras vidas

sus esencias no derraman!

 

De la vida que me dio Naturaleza

me sorbieron esas vírgenes sustancias,

que en la mano pedigüeña de mis hijos

yo vertía en creaciones espontáneas.

El tesoro de mis senos ya está pobre,

seco el álveo que la linfa refrescaba…

¡No pidáis pan al hambriento

ni al sediento pidáis agua!

 

Ya están hondos, ya están hondos los filones

del tesoro que mi seno os regalaba;

con la punta de esas rejas no se topan,

con gemidos y sudores no se ablandan…

Ya mis senos no son cuna de semillas

que en fecundo limo virgen germinaran:

¡Son sepulcros de simientes

en el polvo sepultadas!

 

Y es preciso que renazcan, que rebullan,

que revivan en mi hondura nuevas savias,

que me enciendan fructuosas concepciones,

que me alegren florescencias soberanas,

que me engrían madureces olorosas

de cosechas opulentas bien gozadas…

¡Hizo Dios así a Natura:

grande y fértil, bella y sana!

 

Pero quiero que los hijos del trabajo

no derritan de su carne las sustancias

en la vieja brega estéril que me oprime,

en la ruda brega torpe que los mata…

No con riegos de sudores solamente

se conquistan y enriquecen mis entrañas.

¡Hace falta luz fecunda!

¡Sol de ideas hace falta!

 

Lo Inagotable

De rodillas delante de la fosa

donde se pudre el mocetón garrido,

la pobre vieja sin moverse pasa

la tarde del domingo.

 

Una tarde otoñal, helada y muda,

de cielo muy azul, campiña yerta,

y un sol amarillento que se muere

de frío y de tristeza.

 

Una vela amarilla que no alumbra,

se quema, como el alma de la anciana,

cuyos ojos decrépitos no lloran

porque no tienen lágrimas.

 

Todas se las tragó la avara tierra

de la tumba del hijo malogrado,

a cuyos pies la hierba está escaldada

con las sales del llanto.

 

Vagaba por los ámbitos vacíos

del humilde y herboso cementerio,

el aroma de muerte que despide

la tierra de los muertos.

 

Volaban sobre el templo los cernícalos

y rasaban el viejo campanario

los bandos de veloces aviones

que pasaban chillando.

 

Y de la plaza del lugar venían

sones de tamboril y castañuelas,

notas de gaita que al hablar de amores

infundían tristeza.

 

¡Cómo bailaba la muchacha alegre

para quien fue belleza vigorosa

lo que era ya bajo viscosa hierba

montón de carne rota!

 

Montón de carne rota que una madre

tuvo un día pegado a sus entrañas,

y espejado en las niñas de sus ojos

y en el centro del alma.

 

Y ya está allí, deshecho en las tinieblas,

el fuerte hastial de la feliz casita,

el que ganaba el mendruguito blando

que la anciana comía.

 

Una alondra del páramo vecino

se posó en la pared del campo santo

para beber el rayo agonizante

del frío sol dorado,

 

y cantó una canción opaca y fría

que ni siquiera le agitó el pechuelo

que cien mañanas pareció romperse

modulando gorjeos.

 

¡Sorda elegía que inspiró Natura

junto a la tumba donde el mozo estaba,

que tantas veces, cual la alondra aquella,

le cantó la alborada!

 

Se hundieron en sus grietas los cernícalos,

y en los huecos del viejo campanario,

poco a poco los raudos aviones

se metieron chillando.

 

Cayó el silencio sobre el pueblo humilde,

murió la tarde y se marchó la alondra,

y la vida le dijo a la ancianita

que estaba ya muy sola.

 

¡Era preciso abandonar al hijo!

Besó la tumba y apagó la vela,

que derramó sobre la hierba húmeda

dos lágrimas de cera.

 

¡Y dieron todavía otras dos lágrimas

aquellos ojos que estrujó el dolor!

Ni ignoradas ni estériles las dieron:

¡las vimos Dios y yo!

 

Dolor

I

Débil corazón humano

que fuiste de dichas nido

y hoy te lamentas herido

por un destino tirano:

 

corazón que en viejos días

viste un mundo todo amores,

una tierra toda flores

y un cielo todo alegrías;

 

corazón que ayer cantabas

con musicales dulzuras

la canción de las venturas

que feliz paladeabas,

 

y hoy en doliente clamor

dices que estás afligido,

que estás mortalmente herido

por el puñal del dolor;

 

corazón de fe dormida

que gritas mirando al cielo:

«¡No hay duelo como mi duelo,

ni herida como mi herida!»;

 

ruin corazón pecador

que miras solo a ti mismo:

¿has medido tú el abismo

del más inmenso dolor?

 

II

Corazón poco paciente:

¿ves la imagen dolorosa

que en procesión lacrimosa

conduce piadosa gente?

 

Abre el alma a los fulgores

de aquella enlutada estrella:

¿tú sabes quién es aquella?

¡La Virgen de los Dolores!

 

¿Sabes la divina historia

de aquella que es madre tuya?

Hízola Dios Madre suya;

¿pudo Dios darle más gloria?

 

¿Habrá semejante amor

al que con hondas ternuras

sintió en sus entrañas puras

la Madre del Redentor?

 

¿Puede tu mente alcanzar,

ni en sueños puede haber visto

lo que la Madre de Cristo

pudo a Cristo Dios amar?

 

Entonces, ¿cómo medir

la inmensa hondura insondable

del dolor inenarrable

de ver al Hijo morir?

 

Verlo vilmente azotado,

horriblemente escupido,

despiadadamente herido,

bárbaramente clavado;

 

verlo Mártir del Amor

de la ruin humanidad

y ver nuestra iniquidad,

¿cabe tormento mayor?

 

Pues esos desgarradores

duelos jamás bien contados,

sufrió por nuestros pecados

la Virgen de los Dolores.

 

Corazón de fe dormida

que a Dios, gritando, mostrabas

la sangre que derramabas

de tu levísima herida:

 

mira esos siete raudales

que de esas entrañas puras

derraman las puntas duras

de siete agudos puñales.

 

Sabe la santa ambrosía

que en este abismo se encierra

y adora, rodilla en tierra,

¡los dolores de María!

 

La Romería Del Amor

I

Declinaba la tarde lentamente.

El sol enrojecido transponía

las cumbres solitarias del Poniente

tras un radiante y bochornoso día

del sol sin nubes y de siesta ardiente.

 

A medida que el astro moribundo

sola dejaba la extensión del mundo,

la tierra, adormecida

de la pereza en el sopor profundo,

resucitaba espléndida a la vida;

y cual mujer hermosa

que de los sueños de enervante siesta

despierta triste, de vivir ansiosa,

y se dispone a la nocturna fiesta;

así Naturaleza despertando

del hondo sueño incubador del día

empezaba a moverse, preludiando

la inmensa rumorosa sinfonía

de una noche serena

de brisas mansas y de luna llena.

 

La tarde se moría,

y a medida que el fuego se apagaba

del sol fecundador, que ya se hundía,

el monte melodioso se animaba,

la vega se reía,

se cargaban los aires de rumores,

y temblaban las hojas de alegría,

y en la atmósfera azul, rica en fulgores,

la luz crepuscular se derretía…

¡Solo la de la tarde hay en el mundo

que se pueda llamar bella agonía!

 

El campo abrió sus pomas,

y en las alas del céfiro movido,

subieron y bajaron de las lomas

y entraron por las puertas del sentido

riquísimos aromas

de ya agostada manzanilla enana,

rosillas de gavanzos,

toronjil, hierbabuena y mejorana,

madreselva, poleos y mastranzos…

 

Innominada pajarita albina

entonó su cantata vespertina

posada en los pimpollos del saúco,

arrulló la paloma montesina,

chilló el abejaruco

clavado en la berruga de la encina,

la atmósfera caliente saturaron

de frescas humedades las riberas,

las mieses ondearon,

gimieron las choperas…

y todo el gran paisaje

teñido del misterio de la hora,

moviendo el verde mar de su follaje,

inició la canción susurradora

que canta por las tardes su oleaje.

 

Las sombras del crepúsculo amoroso,

velos de muerte de la tarde quieta,

cayeron sobre el valle misterioso,

cayeron sobre el alma del poeta…

 

Y del dulce, del grato

seno profundo de la oscura fronda

de fresnos y mimbrales del regato,

romántica, alta y honda,

purísima y vibrante,

bizarra, magistral, insinuante,

más cargada que nunca de dulzura,

más henchida que nunca de armonía,

más llena de frescura,

más rica en poesía,

más intensa y sonora,

más que nunca feliz, más habladora,

surgió la incomparable,

surgió la peregrina

primorosa canción inimitable

que brota de la lengua cristalina

del pájaro cantor de los cantores,

cuando sabe que escucha sus primores

en la rama vecina

una enferma de fiebre incubadora

que extática reposa sobre el nido

donde el hondo misterio se elabora…

¡Sólo estando en amores

saben cantar así los ruiseñores!

 

II

El riente lucero vespertino,

y el hijo del crepúsculo y del día,

ya en el cielo lucía

circundado de un nimbo diamantino.

 

Delante de la ermita un valle había,

y en él alegremente

bailaba todavía

gran multitud de campesina gente.

¡Sones de tamboril, toques sentidos

de la gaita dulcísima caídos,

alegre repicar de castañuelas!…

¡Qué bien debéis sonar en los oídos

de todas las mozuelas!

 

Tocó a su fin la alegre romería;

y tomando caminos y senderos,

se dispersó con loca algarabía

la feliz multitud de los romeros.

 

Mansa luna redonda,

surgiendo del perfil del horizonte,

tiñó de blanco la movida fronda,

y una dulzura honda

se derramó por la extensión del monte.

 

La alegre juventud, con sus cantares,

llenó los encinares,

y en amantes parejas separados

caminaban por valles y cañadas,

ellos enamorados

y ellas enamoradas…

 

¡Dichosos ellos y dichosas ellas

que unirse saben y decirse amores

debajo de una bóveda de estrellas

y encima de una sábana de flores!

 

Solo el pobre poeta, el visionario,

el hongo de los valles de la aldea,

por los cuales pasea

un dolor siempre igual y siempre vario,

no tiene un alma amiga,

un alma de mujer hermosa y pura

que por él sienta amor y se lo diga

con la voz empañada de ternura.

 

La luz de plata de la luna llena,

tibia, elegíaca, mística y serena,

llenaba el mundo de apacible calma:

la sangre hervía, se quejaba el alma,

y el pobre rimador lloró de pena.

 

¿De qué le servirán al visionario

los sueños de la loca fantasía

si al tomar de la alegre romería

nadie más que él camina solitario,

mendigo de amor y la alegría?

 

¿Qué le vale la musa soñadora

que le inspira sutiles creaciones?

¿Qué le vale la cítara sonora,

si sus vagas románticas canciones

son errabundas melodías muertas

cuyo ritmo ideal, desvanecido,

no llega enamorado ante las puertas

de amante corazón y amante oído?

 

¡Qué artificio tan ruin le parecían

sus doradas cantatas amorosas,

muertas flores pomposas

con senos de papel que no tenían

polen fecundador ni olor de rosas!

 

¡Qué falsas vio pasar, qué mentirosas

sus legiones de vírgenes sutiles,

sus engendros de gasas y vapores,

dislocadas bellezas femeninas

que brindaban estériles amores!

 

¡Cuán pobre poesía,

cuán helada, cuán pálida y vacía

aquella que brotaba

del cerebro genial que la creaba

y en estrofas de mármol la vertía!

 

¡Oh!, por eso al romántico ingenioso,

aéreo soñador artificioso

de otro vivir enamorado ahora,

le invadió la nostalgia tentadora

del amor fructuoso,

nutrimiento del alma soñadora,

savia pujante del vivir brioso,

el amor que en el monte se reía

y en la ermita rezaba agradecido,

y en el valle bailaba de alegría,

y al fuego del placer enardecido,

en ansias de vivir se derretía…;

un amor fuerte y sano,

tan fecundo en promesas, tan humano

como el que en alas de esperanza ciega

iba cantando por aquel camino

la canción de la vida que se entrega

en los brazos fecundos del destino.

 

Si aquel amor su espíritu tocara,

sus entrañas de hombre sacudiera

y su mente de artista caldeara,

¡qué rica, qué sincera,

qué llena de vigor su poesía!

¡La helada realidad qué poco fría!

¡Qué sabrosa y feliz la vida fuera!

La música briosa sonaría

de sus nuevas canciones

a murmullos de plática vehemente,

y a fogoso latir de corazones,

y a rítmico alentar de pecho ardiente…

 

—¡Más, más! ¡Más todavía!

—gimió el poeta con doliente brío—:

¡Seré de una mujer, será ella mía

y aun no seré feliz!… ¡Mas, más, Dios mío!

 

III

¡El poeta era yo! Sentíme fuerte,

llena mi carne se sintió de vida,

lleno de fe mi corazón inerte,

llena de luz mi mente oscurecida…

¡Me alcé en la tumba y sacudí la muerte!

 

Y tomando a la ermita abandonada,

ya envuelta en la callada,

tranquila y santa soledad serena

de la noche ideal de luna llena,

ante sus muros me postré de hinojos,

al alto ventanal iluminado

alcé mi corazón, alcé mis ojos

y del fondo del pecho enamorado

me salió esta oración. «¡Virgen bendita!,

no volveré a tu ermita

a rendirte misérrimos cantares,

a poner con los hielos de la mente,

ofrendas de artificio en tus altares,

coronas de oropel sobre tu frente.

¡Volveré cuando traiga de la mano,

para rendirlo ante tus pies de hinojos,

un angelino humano

que tenga azules, como tú, los ojos!…»

 

Del Viejo, El Consejo

Deja la charla, Consuelo,

que una moza casadera

no debe estar en la era

si no está el Sol en el cielo.

 

Tu hogar tendrás apagado,

y al mozo que habla contigo

le está devorando el trigo

la yunta que ha abandonado.

 

Mira que está oscureciendo,

que en las riberas lejanas

ya están cantando las ranas,

ya están las aves durmiendo.

 

Que tocan a la oración,

y hay gentes murmuradoras

cuyos ojos a estas horas

cristales de aumento son.

 

Y es que los oscureceres

son unas horas menguadas

que han hecho ya desgraciadas

a muchas pobres mujeres.

 

Mira, muchacha, que ha sido

la tarde muy bochornosa

y va a ser fresca y hermosa

la noche que ha producido.

 

Mira que son muy contadas

las fuerzas de la memoria;

mira que huelen a gloria

las mieses amontonadas.

 

Y está tu galán delante,

y está tu hermanillo ausente,

y está el amor en creciente

y está la Luna en menguante.

 

Y a luz tan débil yo creo

que sola a salir no atinas

del laberinto de hacinas

donde metida te veo.

 

Tal vez si el mozo me oyera

pensara que esto es perfidia,

creyera que tengo envidia,

que tengo celos dijera.

 

Pues con la venda de amor

no viera que soy un viejo

que solo con un consejo

puedo acercarme a tu honor.

 

Vete, muchacha, y no quieras

llorar prematuros gozos,

que sé lo que son los mozos

y sé lo que son las eras.

 

Y en tales oscureceres

pláticas tales de amores

dicen los murmuradores

que son de tales mujeres…

 

Y tienen razón, Consuelo,

que una moza casadera

no debe estar en la era

si no está el Sol en el cielo.

 

Desde El Campo

Luz ingrávida, hija blanca de la nada

que te ciernes en los ámbitos del cielo;

ancho círculo de brumas taciturnas,

horizonte de los días cenicientos;

negra sierra de grandeza inmensurable

que te elevas como monstruo gigantesco

con peana de boscosas montañuelas

y corona de pináculos de hielo;

valle ameno, rico nido de quietudes,

melancólica vivienda del sosiego,

donde apenas de la muerte y de la vida

vagamente se perciben los linderos,

que se borran en los diáfanos ambientes

del reposo, de la paz y del silencio;

sol que enciendes y dibujas con tu lumbre

los ardientes mediodías soñolientos,

las auroras con crepúsculos de nácar

y las tardes con crepúsculos de fuego;

soledades taciturnas de los páramos;

compañía rumorosa de los pueblos…,

por beber entre vosotros la existencia

ha ya mucho que a estos sitios vine huyendo

de la mágica ciudad artificiosa

donde flota el oro puro junto al cieno,

donde todo se discute con audacia,

donde todo se ejecuta con estrépito.

 

Tal vez bulla entre vosotros todavía

una turba de sofistas embusteros

que negaban a mi Dios con artificios

fabricados en sus débiles cerebros.

Con el agua de la charca a la cintura

y en el alma la soberbia del infierno,

revolvían los minúsculos tentáculos

de sus mentes enfermizas en el cieno

y buscaban… ¡lo que encuentran tantos hombres

que con limpio corazón miran al cielo!

¡Qué grandeza la del Dios de mi creencia!

Y los hombres que lo niegan, ¡qué pequeños!

Solamente por amarle yo en sus obras

he corrido a todas partes siempre inquieto.

 

Yo he pasado largas noches en la selva,

cabe el tronco perfumado del abeto,

escuchando los rumores del torrente,

y los trémulos bramidos de los ciervos,

y el aullido plañidero de la loba,

y las músicas errátiles del viento,

y el insólito graznido de los cárabos,

que parece carcajada del infierno.

Yo he gozado en la salvaje serranía

la frescura deleitante de los céfiros,

y he dormido junto al tajo del abismo

la embriaguez que le producen al cerebro

los olores resinosos de las jaras,

los selváticos aromas de los brezos

y la hipnótica visión de las alturas

que me hundía en las regiones de los vértigos.

Yo he bebido en los recónditos aguajes

de las corzas amarillas y los ciervos,

y he matado a puñaladas en el coto

al arisco jabalí, sañudo y fiero.

Yo he bogado en un madero por el río,

y he corrido con un potro por los cerros,

y he plantado en el peñasco la buitrera

y he arrojado los harpones en el piélago.

 

Contemplando la armonía de la vida

bajo el ancho cortinaje de los cielos,

yo he pasado las de agosto noches puras

y las negras noches lóbregas de invierno

en la cumbre de colinas virgilianas

o en la choza de lentiscos del cabrero,

o en las húmedas umbrías de los montes

bajo el palio de follaje de los quéjigos.

Y han henchido mis pulmones con sus ráfagas

el de mayo, delicioso ambiente fresco,

el solano bochornoso del estío

y el de enero flagelante duro cierzo.

 

A las puertas de los antros de las fieras

los impulsos violentísimos del miedo

me han llevado a guarecerme, acobardado

por la ronca fragorosa voz del trueno

que botaba en las gargantas de la sierra

y mugía en los abismos de los cielos.

 

Y encajado como mísera alimaña

en la grieta del peñasco gigantesco,

he sentido la grandeza de lo grande

y he llorado la ruindad de lo pequeño.

 

Y en la sierra, y en el monte, y en el valle,

y en el río, y en el antro, y en el piélago,

dondequiera que mis ojos se posaron,

dondequiera que mis pies me condujeron,

me decían: —¿Ves a Dios? —Todas las cosas,

y mi espíritu decía: —Sí, lo veo.

 

—¿Y confiesas? —Y confieso. —¿Y amas? —Y amo.

—¿Y en tu Dios esperarás? —En Él espero.

 

¡Cuantas veces he llorado la miseria

de la turba dislocada de perversos

que en la mágica ciudad artificiosa

injuriaban a mi Dios sin conocerlo!

Si es verdad que no lo encuentran, aturdidos

de la mágica ciudad por el estruendo,

que se vengan a admirarlo aquí en sus obras,

que se vengan a adorarlo en sus efectos,

en el seno de esta gran Naturaleza

donde es grande por su esencia lo pequeño;

donde, hablándonos de Dios todas las cosas,

al revés de la ciudad de los estruendos,

lo soberbio dice menos que lo humilde,

el reposo dice más que el movimiento,

las palabras hablan menos que el movimiento,

las palabras hablan menos que los ruidos,

y los ruidos dicen menos que el silencio…

 

Las Sequías

Después de larga sequía

que atormentara los campos,

copiosas y frescas lluvias

los bañaron.

 

Y agua tomaron las fuentes

y agua embebieron los surcos,

y se alegraron las flores

y los frutos.

 

Y esta oración insensata

mis labios al Cielo alzaron,

torpe rosario imprudente

de mis labios:

 

«¡Señor que riges el mundo

con paternal Providencia,

que abarcas los anchos cielos

y la tierra!

 

¡Señor que pintas los lirios,

y haces puras las palomas,

y los ocasos serenos

arrebolas,

 

y vivificas los gérmenes

y cuidas los libres pájaros,

y llenas de luz radiosa

los espacios!

 

Eres, Señor, más piadoso

con esta tierra agostada

que con los secos eriales

de las almas.

 

Cuando la tierra que hollamos

los rayos del sol calcinan,

con lluvias consoladoras

la reanimas.

 

Pero jamás a las almas

que se marchitan sedientas

con rocíos de ideales

las refrescas.

 

¡Señor! ¿Por qué más piadoso

con esta tierra liviana

que con los páramos muertos

de las almas?»

 

Y dentro de mi conciencia,

que oyó mi clamor impío,

sonó una voz poderosa

que me dijo:

 

«Al beso del sol fecundo,

la tierra hacia el Cielo exhala

los ricos jugos que encierran

sus entrañas;

 

y el Cielo que los absorbe,

los cuaja en frescos rocíos

y en lluvias se los devuelve

convertidos.

 

Pero las almas ingratas

que en hálitos de oraciones

al alto Cielo no elevan

Fe y amores,

 

no esperen que el alto Cielo

la sed que las mata apague

con amorosos rocíos

de ideales…»

 

Vamos A Esperarlos

¡Dichosos los niños

que tienen caballo,

que es tener la dicha

de ser Reyes Magos!

¡Dichoso vosotros

que vais a esperarlos,

pues por tantos Reyes

seréis visitados!

 

Ya vienen, ya llegan…

¡Y cuántos! ¡Y cuántos!

¿Cómo habrá en Oriente

tierras y vasallos,

mantos y coronas,

tronos para tantos?

¡Qué trajes tan ricos!

¡Qué hermosos caballos!

¡Y qué pequeñuelos

estos Reyes Magos!

¿Pequeños he dicho?

Pues dije un pecado;

¡no hay Reyes más grandes

que esos de ocho años!

No traen escuadrones

de bravos soldados,

ni orgullo en el pecho,

ni sangre en las manos,

ni órdenes terribles

brotan de sus labios,

ni al de la victoria

trepidante carro

míseros vencidos

traen encadenados.

Soldados de plomo,

risas en los labios,

amor en el pecho,

dulces en las manos…

¡Eso es lo que traen

estos Reyes Magos

que se dieron cita

para conquistarnos!

De Oriente vinieron,

vinieron mandados

por aquel Rey Niño

que a los hombres malos

con el arma sola

de Amor ha ganado.

¡Esos son los Reyes

que tendrán vasallos

como el mar arenas,

y la selva ramos,

y estrellas los cielos

y espigas los campos!

¡Vamos con vosotros,

vamos a esperarlos!

Todos esos Reyes

de otro son vasallos,

de otro que les manda

que vengan a daros

dulces y juguetes,

y besos y abrazos.

¡Que vengan, que vengan,

que van a enseñarnos

que ellos y vosotros

de Amor sois vasallos,

¡vasallos de Cristo,

que es de Amor dechado!

 

¡Dichosos los niños

que tienen caballo,

que es tener la dicha

de ser Reyes Magos!

¡Dichosos vosotros,

que vais a esperarlos,

que es ir a un convite

de dulces y abrazos!

 

Inmaculada

I

Dime coplas, musa mía.

¿Me las niegas por vulgares?

¿Me reprendes la osadía

de que en coplas populares

quiera cantar a María?

 

¿Murmuras avergonzada

porque en la ruda tonada

de esta mortal criatura

no cabe la gran figura

de María Inmaculada?

 

¡Bien lo sé yo, musa mía!

El gran himno de María

no lo rima ni lo canta

miel de humana poesía

ni voz de humana garganta.

 

Ni tú, porque eres tan ruda

que vives con la desnuda

Naturaleza en amores,

amante, extática y muda

de encinas, piedras y flores,

 

ni esotra sutil y grave

musa de rica realeza

que dicen que tanto sabe,

daréis jamás con la clave

del himno de la pureza.

 

Ese gran himno bendito

ya está en los cielos escrito

por Dios con cifras de estrellas…

¿Qué no sabrán decir ellas,

letras de un libro infinito?

 

Pero escucha, musa mía:

la música reverente

del poema de María

es la total armonía

del Universo viviente,

 

y todo lo que es cantar,

y todo lo que es bullir,

entero se le ha de dar,

porque cantar es amar,

porque agitarse es sentir.

 

Y yo, corazón de arcilla,

que adoro tanta grandeza,

le debo mi tonadilla…

Negársela por sencilla

fuera negar mi pobreza.

 

II

Yo he cantado cosas puras:

radiosas noches serenas,

empapadas de dulzuras,

de castos silencios llenas

y henchidas de hondas ternuras.

 

Hele rimado cantares

al candor de las palomas

de mis blancos palomares

y a la miel de los aromas

de mis ricos tomillares.

 

He cantado la blancura

de la azucena sencilla,

la purísima tersura

de la nieve de la altura,

que es la nieve sin mancilla.

 

He cantado la pureza

de las fuentes naturales,

la gentil delicadeza

que en los blancos recentales

expresó Naturaleza;

 

la sonrisa matutina

de los días abrileños,

la disuelta purpurina

con que tiñen la colina

los crepúsculos risueños;

 

los arrullos guturales

y los ósculos caídos

en las caras celestiales

de los niñitos dormidos

en los brazos maternales…

 

Cosas puras he cantado,

cosas puras he sentido,

y con ellas embriagado,

como un niño me he dormido,

como un ángel he soñado…

 

Mas ni en mis noches divinas

con estrellas diamantinas,

ni en mis caseras palomas,

ni en la miel de los aromas

de mis natales colinas,

 

ni en las puras azucenas,

ni en las fuentes de la umbría,

ni en las auroras serenas,

ni en las dulces tardes llenas

de profunda melodía,

 

ni en los besos ideales,

ni en las mieles musicales

de las madres cuando cantan,

ni en las risas celestiales

de los niños que amamantan,

 

encontró la musa mía

pobre símbolo siquiera

que con miel de poesía

interpretarme pudiera

la pureza de María…

 

III

¿Qué nombre darte, hechicero?

Nada me dice el grosero

decir del humano idioma,

ni cuando dice paloma

ni cuando dice lucero.

 

¿Cómo bosquejar tu alteza

con pobre imagen oscura

que ofrezca Naturaleza,

si no hizo Dios criatura

gemela tuya en pureza?

 

Fuente de aguas celestiales,

crisol de amores humanos

que tus ojos virginales

depuran de los livianos

sedimentos mundanales;

 

sol del más dichoso día,

vaso de Dios, puro y fiel;

¡por Ti pasó Dios, María!

¡Cuán pura el Señor te haría

para hacerte digna de Él!

 

Manantial de los consuelos,

plenitud de los anhelos,

luz que toda luz encierra,

embeleso de los cielos,

alegría de la tierra…

 

¿Qué más decirse podría

en tu alabanza y loor,

después de decir que un día

fuiste sin mancha, ¡oh María!,

la Madre del Redentor?

 

Corazón que ante tu planta

no adore grandeza tanta,

¡muerto o podrido ha de estar!

Garganta que no te canta,

¡muda debiera quedar!

 

IV

Musa mía campesina,

que vives enamorada

de la fuente y de la encina,

de la luz de la alborada,

de la paz de la colina,

 

del vivir de mis pastores,

del vibrar de sus sentires,

del pudor de sus amores,

del vigor de sus decires

y el callar de sus dolores…

 

¿No me has dicho, musa mía,

que te placen cosas bellas?

¡Pues viértete en armonía,

que es centro de todas ellas

la belleza de María!

 

¿No me dices, cuando cantas

el candor y la humildad,

que te placen cosas santas?

Pues María es, entre tantas,

la más grande santidad.

 

¿No tienes para la alteza

de cosas puras tonada?

¡Pues la esencia, la riqueza,

el sol de toda pureza

es María Inmaculada!

 

¡Rima y canta musa adusta!

¡Canta el misterio insondable

cuya grandeza te asusta!…

¡La divina Madre Augusta

con los pobres es amable!

 

Yo la he visto sonriente

escuchando el balbuciente

decir de rudos cantares

que ante míseros altares

le rimaba ruda gente…

 

Gente de sano vivir

que al sentirla Inmaculada,

le cantaba su sentir.

¡El del alma enamorada

es el más bello decir!

 

¡Madre mía! ¡Madre mía!

¡Que beba mi poesía

pureza de tu pureza!

¡Que aprenda a tomar belleza

de tu belleza María!

 

¡Que suba tu amor ardiente

del corazón del creyente

a la mente del poeta,

y oirás el himno ferviente

que el gran misterio interpreta!

 

¡Que el mundo pura te adore!

¡Que te cante y que te implore!

¡Que tú le mires amante

cuando rece, cuando llore,

cuando bregue, cuando cante!

 

Y que a una voz concertada

diga ante tanta grandeza

la Humanidad prosternada:

¡Gloria a Dios en la pureza

de María Inmaculada!

 

El Barbecho

¿Dónde irá sola Teresa

por la senda que atraviesa

los barbechos? ¿Dónde irá?

¿Qué tendrá, que así suspira?

¿Qué tendrá, que apenas mira

las aradas? ¿Qué tendrá?

 

¿Por qué con más gentileza

llevó sobre su cabeza

la blanca cestita ayer?

¿Por qué le dijo a su madre:

—Madre, que está lejos padre

y he de tardar en volver?

 

Su madre ayer le decía:

—Hija, que no es mediodía…

¿No ves el sol en la torre?

—Madre, ¿el sol no se equivoca?

—¡Jesús, qué cosa tan loca

de muchacha!… ¡Corre, corre!

 

Y alegre y ligera vino

por ese mismo camino

que parte en dos el barbecho;

llevaba luz en los ojos,

risas en los labios rojos,

gozos en el alto pecho.

 

Cantaba las melodías

que el sol de los buenos días

inspira a las castellanas

e inspira a los castellanos

cuando se vierte en los llanos

de las abiertas besanas.

 

Y las alondras terrosas

sus oídos, codiciosas

al dulce cantar abrieron,

y sobre el surco posadas,

con pupilas asombradas,

pasar a Teresa vieron.

 

Hoy pasa muda y sombría…

«Hija que ya es mediodía»,

dijo tres veces su madre.

«¡Jesús, madre, qué inoportuna!

¡No tengo prisa ninguna,

que no está muy lejos padre!»

 

Moza: ¿por qué esas mudanzas?,

¿no tiene hoy lontananzas

los bellos ojos de ayer?

¿No te pide melodías

el sol de los buenos días

en la besana al caer?

 

¿No te dio un beso tu madre?

¿No vas a darle a tu padre

besos y pan en la arada?

¿Hoy no hay alondras terrosas

que te escuchen codiciosas

la vagabunda tonada?

 

Camino vas del barbecho

con un secreto en el pecho

que yo conozco, Teresa…

No pienses que soy un duende

porque mi mente comprende

lo que en el pecho te pesa.

 

Allá en aquella hondonada,

hay una tierra ya arada

que estaba ayer sin arar…

Solos tú y yo hemos sabido

que a arar el gañán se ha ido

a otro lado del lugar.

 

Descansa un rato, Teresa,

que yo bien sé cuánto pesa

lo que llevas en el pecho,

y sé cómo caminamos

cuando la carga llevamos

hacia el contrario barbecho.

 

No te sonrojes, hermosa,

que no es una extraña cosa

ni es pecadora mudanza

que el sol te parezca oscuro,

pesado el ambiente puro,

ceñuda la lontananza,

 

pálidas tus melodías,

tristes estas gañanías,

áridos estos senderos…,

y hasta el querer de tu padre

y hasta el apego a tu madre

más borrosos, más someros…

 

¿Qué es el barbecho, Teresa?

Si amor no está en él, confiesa

que barbecho es un erial;

mas si algo dice en el pecho

que anda amor por el barbecho…

¡barbecho es huerto edenial!

 

Dos Nidos

Enfrente de mi casa yace en ruinas

un viejo torreón de cuatro esquinas,

y en este viejo torreón derruido

tiene asentado una cigüeña el nido.

¡Y parece mentira, pero enseña

muchas cosas un nido de cigüeña!

 

Por el borde del nido de mi cuento,

donde reina una paz que es un portento,

asoman el pescuezo noche y día

los zancudos cigüeños de la cría.

Cuando los deja la cigüeña madre,

trae alimentos el cigüeño padre,

y cuando con su presa ella regresa,

vuela el padre a buscarles otra presa;

y de este modo la zancuda cría

en banquete perenne pasa el día.

 

Estaba yo una tarde distraído

desde mi casa contemplando el nido,

cuando del campo regresó cargada

la solícita madre apresurada.

Presentó con orgullo ante su cría

una culebra muerta que traía,

y mientras sus hijuelos la «trinchaban»

y, defendiendo la ración, luchaban,

reventaba la madre de contenta

mirándolos comer… ¡y estaba hambrienta!

 

¡Y cómo demostraba su alegría

viendo el festín de su zancuda cría!

¡Qué graznidos, qué dulces aletazos

y qué cariñositos picotazos

les daba a aquellos hijos comilones

que estaban devorando sus raciones!

 

Al ver desde mi casa aquella escena,

llena de amor y de ternura llena,

bendije al nido aquel, y, ¡lo confieso!,

estuve a punto de tirarle un beso.

Ahogué mi beso, pero tristemente

me dije por lo bajo de repente:

«¡Quizás haya en el mundo quien querría

convertirse en cigüeño de la cría!»

 

Cerca del viejo torreón derruido

en donde está de la cigüeña el nido,

hay otro nido, pero nido «humano»

que habita la familia de un cristiano.

 

El mismo día y a la misma hora

en que la escena aquella encantadora

del nido de la torre yo admiraba

y un beso con los ojos le enviaba,

del otro nido humano un rapazuelo

salía sollozando sin consuelo.

Una mujer de innoble catadura

salió tras la harapienta criatura,

cruzóle el rostro, la empujó hacia fuera,

metiose en casa y la dejó en la acera.

 

—¿Por qué te echan de casa, rapazuelo?

—le dije al verlo, y contestó el chicuelo:

 

—Porque a pedir limosna había salido

y un poco pan «na» más hoy he traído,

y dinero me dice que le traiga,

y que vaya a buscarlo «ande» lo «haiga».

 

Alcé los ojos sin querer al nido

del solitario torreón derruido,

y dije, contemplando aquella escena

y aquella madre cuidadosa y buena:

«Si este niño pensara, ¿no querría

convertirse en cigüeño de la cría?

 

Dos Paisajes

I

Dos paisajes: el uno soñado

y el otro vivido.

 

¡Cuán amarga, sin sueños, me fuera

la vida que vivo!

 

Era un trozo de tierra jurdana

con una alquería;

era un trozo de mundo sin ruido,

de mundo sin vida.

 

Era un campo tan solo, tan solo

como un cementerio,

donde más hondamente se sienten

los hondos silencios.

 

Madroñeras, lentiscos y jaras

helechos y piedras,

madreselvas, zarzales y brezos,

retamas escuetas…

 

¡La maraña revuelta y estéril

que viste los campos

cuando no los fecundan y riegan

sudores humanos!

 

No tenían trigales las lomas,

ni huertos las vegas,

ni sotillos las frescas umbrías,

ni árboles la sierra…

 

No tenían las rudas labores

cantores humanos,

ni el sabroso caer de las tardes

cantores alados.

 

No tenían ni puente el riachuelo,

ni torre la aldea,

ni alegría de vida sus grises

hórridas viviendas.

 

A sus puertas holgaban desnudos

niñitos hambrientos,

devorando sopores de muerte

de alma y del cuerpo.

 

Y unas ruines mujeres traían

de pueblos lejanos

miserables mendrugos mohosos

envueltos en trapos…

 

Y unos hombres huraños y entecos

la tierra arañaban

como ruines raposos sin presa

que el páramo escarban.

 

Y una sorda quietud imponente,

grabándolo todo,

sobre el muerto vivir descargaba

su losa de plomo…

 

II

Era un trozo de tierra jurdana

con una alquería;

era un trozo de mundo vibrante,

de ruidos de vida.

 

Era un campo de flores y frutos,

con hombres y pájaros,

con caricias de sol y aguas puras,

de limpios regatos.

 

Olivares azules que escalan

alegres laderas;

huertecillos con frutas de oro

que engríen las vegas.

 

Recortados, pequeños trigales;

minúsculos prados,

alamedas pomposas y viñas,

sotos de castaños…

 

Y la sierra gentil, más arriba,

perdiendo asperezas…

¡sonriendo a medida que sube

la vida por ella!

 

Colmenares que zumban y labran,

palomares blancos,

majadillas que alegran las cuestas,

sonoros rebaños…

 

Carboneras humosas que fingen

pequeños volcanes;

leñadores que cortan y cantan,

que llevan y traen…

 

¡La visión de los campos incultos

qué ricos se tornan

si los baña del sol del trabajo

la luz creadora!

 

Y tenía ya puente el riachuelo,

y torre la aldea,

y alegría de vida sus blancas

y sanas viviendas.

 

Y del útil saber en un templo

limpio y diminuto,

y en el templo más grande y más sabio

del campo fecundo,

 

bando alegre de niños que un hombre

discreto guiaba,

la salud y la vida bebían

del cuerpo y del alma.

 

Y unas madres con leche en sus pechos

y luz en la mente,

y en las caras morenas, dulzuras

y risas alegres,

 

amasaban el pan de los suyos,

rezaban, bullían,

gobernaban la casa cantando,

¡cantando la vida!

 

Y unos hombres briosos y cultos

labraban los campos

con la sana alegría que infunden

la paz y el trabajo.

 

Y flotaba en los aires el ritmo

gigante y oscuro

con que alienta la tierra fecunda

preñada de frutos.

 

¡Dos paisajes! El uno soñado

y el otro vivido.

Del vivir al soñar, ¿hay distancia?

¡Pues amor cegará tal abismo!

 

Las Represalias De Pablos

I

Dos peñascales horrendos,

abajo un río que brama,

y arriba el arco de un puente,

que aquel precipicio salva

cual cinta sutil de acero,

sobre el abismo curvada.

La blanca luz de la luna

luchaba con la del alba;

la de la luna, perdía;

la de la aurora, ganaba.

Un cielo que nada dice,

un mundo en quien nadie habla,

soledades de sepulcros,

silencios hondos que alarman,

quietudes inalterables,

la plenitud de la calma;

menos: la inercia absoluta

de la vida desmayada;

aún menos: la muerte misma,

que sobre el mundo descansa;

y si no zumbara el río,

¡todavía menos!…, la nada.

 

II

Era el sueño, no la muerte.

No hay muerte, no muere nada

mientras se sepa que el hálito

de Dios por el mundo vaga.

De los blancos peñascales

surgieron como fantasmas

dos hombres, que cautelosos,

hacia el alto puente avanzan,

como ciervos que ventean,

como liebres alarmadas…

Del puente en la embocadura

cambiaron unas palabras;

el uno apostóse fuera;

el otro enfiló la entrada,

pasó, y, en la lejanía,

se perdió como un fantasma.

 

III

La blanca luz de la luna

luchaba con la del alba;

la de la luna, perdía;

la de la aurora, ganaba.

Misteriosa brisa fresca

pasó batiendo las alas,

vino del lado del día,

de Oriente vino, y sus ráfagas

movieron olores acres,

frescuras de rociada.

Cantó una abubilla necia

tres veces. Alboreaba.

Una raposa flexible,

de cola encrespada y larga,

blandos andares felinos

y anchas pupilas de ámbar,

llegó a un extremo del puente

como sombra que resbala.

¡Dudó!, miró a todas partes,

tomó vientos, recelaba;

y cruel perro avergonzado,

como ladrón que se alarma,

entró en el estrecho puente

y avanzó toda azorada…

De pronto, cuando en lo alto

del arco sutil estaba,

en cada extremo del puente,

oyó un silbido de alarma,

y luego voces, y luego

vio que el paso le cerraban,

por ambos lados, dos hombres,

blandiendo recias estacas,

y oyó que la maldecían,

y vio que la amenazaban…

Despavorida, sin tino,

la miserable alimaña,

se puso, de un solo salto,

sobre el pretil, aterrada…

Vio el abismo; se detuvo,

y aun miró atrás. ¡Se acercaban!

Miró al cielo: ni una peña,

ni una grieta, ni una rama…

Y aun dudó…, pero llegaron,

oyó zumbar las estacas…

y allá fue, pataleando,

por el abismo tragada,

la de la cola espumosa,

la de los ojos de ámbar,

la de los blandos andares,

que nadie los barruntaba.

 

IV

El remolino furioso

que abajo formaba el agua

cogió a la víctima débil

que la traición entregara;

y no la escupió a la orilla,

ni sumergióla en sus aguas,

ni la estrelló en un peñasco

para el tormento abreviarla:

sobre sus lomos de espuma

cargóla con loca rabia,

y condenóla al suplicio

de girar con vueltas rápidas,

isócronas, mareantes,

que aturdían, que embriagaban.

 

V

Desde la altura del puente

cayeron estas palabras,

más horribles porque abajo

no sabían contestarlas:

«Dici Pablos que te iga

que sigas con la ginasia,

que mañana volveremos

a velti jacel roangas!»

 

VI

—¿Vamos, Pablo?

—Vamos, Ginio

—¿Cuándo golvemos?

—Mañana

—¿No más que mañana?

—Y siempri,

y hasta que no quedi casta.

—¿Y luego?

—Pos si me apuras,

arrempujamos a Blasa,

que cuela el puenti de noche

cuando güelvi de las cabras.

¡Ya tengo ganas de vela

jaciendo abajo roangas,

que muchas jaci valsando

con Meregildo Pardala,

pa que me enrite de celos,

pa que me ajogue de rabia!

 

El Ama

I

Yo aprendí en el hogar en qué se funda

la dicha más perfecta,

y para hacerla mía

quise yo ser como mi padre era

y busqué una mujer como mi madre

entre las hijas de mi hidalga tierra.

Y fui como mi padre, y fue mi esposa

viviente imagen de la madre muerta.

¡Un milagro de Dios, que ver me hizo

otra mujer como la santa aquella!

 

Compartían mis únicos amores

la amante compañera,

la patria idolatrada,

la casa solariega,

con la heredada historia,

con la heredada hacienda.

¡Qué buena era la esposa

y qué feraz la tierra!

 

¡Qué alegre era mi casa

y qué sana mi hacienda,

y con qué solidez estaba unida

la tradición de la honradez a ellas!

 

Una sencilla labradora, humilde,

hija de oscura castellana aldea;

una mujer trabajadora, honrada,

cristiana, amable, cariñosa y seria,

trocó mi casa en adorable idilio

que no pudo soñar ningún poeta.

 

¡Oh, cómo se suaviza

el penoso trajín de las faenas

cuando hay amor en casa

y con él mucho pan se amasa en ella

para los pobres que a su sombra viven,

para los pobres que por ella bregan!

¡Y cuánto lo agradecen, sin decirlo,

y cuánto por la casa se interesan,

y cómo ellos la cuidan,

y cómo Dios la aumenta!

Todo lo pudo la mujer cristiana,

logrólo todo la mujer discreta.

 

La vida en la alquería

giraba en torno a ella

pacífica y amable,

monótona y serena…

 

¡Y cómo la alegría y el trabajo

donde está la virtud se compenetran!

 

Lavando en el regato cristalino

cantaban las mozuelas,

y cantaba en los valles el vaquero,

y cantaban los mozos en las tierras,

y el aguador camino de la fuente,

y el cabrerillo en la pelada cuesta…

¡Y yo también cantaba,

que ella y el campo hiciéronme poeta!

 

Cantaba el equilibrio

de aquel alma serena

como los anchos cielos,

como los campos de mi amada tierra;

y cantaba también aquellos campos,

los de las pardas, onduladas cuestas,

los de los mares de enceradas mieses,

los de las mudas perspectivas serias,

los de las castas soledades hondas,

los de las grises lontananzas muertas…

 

El alma se empapaba

en la solemne clásica grandeza

que llenaba los ámbitos abiertos

del cielo y de la tierra.

 

¡Qué placido el ambiente,

qué tranquilo el paisaje, qué serena

la atmósfera azulada se extendía

por sobre el haz de la llanura inmensa!

 

La brisa de la tarde

meneaba, amorosa, la alameda,

los zarzales floridos del cercado,

los guindos de la vega,

las mieses de la hoja,

la copa verde de la encina vieja…

¡Monorrítmica música del llano,

qué grato tu sonar, qué dulce era!

 

La gaita del pastor en la colina

lloraba las tonadas de la tierra,

cargadas de dulzuras,

cargadas de monótonas tristezas,

y dentro del sentido

caían las cadencias

como doradas gotas

de dulce miel que del panal fluyeran.

 

La vida era solemne;

puro y sereno el pensamiento era;

sosegado el sentir, como las brisas;

mudo y fuerte el amor, mansas las penas

austeros los placeres,

raigadas las creencias,

sabroso el pan, reparador el sueño,

fácil el bien y pura la conciencia.

 

¡Qué deseos el alma

tenía de ser buena,

y cómo se llenaba de ternura

cuando Dios le decía que lo era!

 

II

Pero bien se conoce

que ya no vive ella;

el corazón, la vida de la casa

que alegraba el trajín de las tareas,

la mano bienhechora

que con las sales de enseñanzas buenas

amasó tanto pan para los pobres

que regaban, sudando, nuestra hacienda.

 

¡La vida en la alquería

se tiñó para siempre de tristeza!

 

Ya no alegran los mozos la besana

con las dulces tonadas de la tierra,

que al paso perezoso de las yuntas

ajustaban sus lánguidas cadencias.

 

Mudos de casa salen,

mudos pasan el día en sus faenas,

tristes y mudos vuelven;

y sin decirse una palabra cenan;

que está el aire de casa

cargado de tristeza

y palabras y ruidos importunan

la rumia sosegada de las penas.

 

Y rezamos, reunidos, el Rosario,

sin decirnos por quién…, pero es por ella.

Que aunque ya no su voz a orar nos llama,

su recuerdo querido nos congrega,

y nos pone el Rosario entre los dedos

y las santas plegarias en la lengua.

 

¡Qué días y qué noches!

¡Con cuánta lentitud las horas ruedan

por encima del alma que está sola

llorando en las tinieblas!

 

Las sales de mis lágrimas amargan

el pan que me alimenta;

me cansa el movimiento,

me pesan las faenas,

la casa me entristece

y he perdido el cariño de la hacienda.

 

¡Qué me importan los bienes

si he perdido mi dulce compañera!

 

¡Qué compasión me tienen mis criados

que ayer me vieron con el alma llena

de alegrías sin fin que rebosaban

y suyas también eran!

 

Hasta el hosco pastor de mis ganados,

que ha medido la hondura de mi pena,

si llego a su majada

baja los ojos y ni hablar quisiera;

y dice al despedirme: «Ánimo, amo;

haiga mucho valor y haiga pacencia…»

 

Y le tiembla la voz cuando lo dice,

y se enjuga una lágrima sincera,

que en la manga de la áspera zamarra

temblando se le queda…

 

¡Me ahogan estas cosas,

me matan de dolor estas escenas!

 

¡Que me anime, pretende, y él no sabe

que de su choza en la techumbre negra

le he visto yo escondida

la dulce gaita aquella

que cargaba el sentido de dulzuras

y llenaba los aires de cadencias!…

¿Por qué ya no la toca?

¿Por qué los campos su tañer no alegra?

 

Y el atrevido vaquerillo sano

que amaba a una mozuela

de aquellas que trajinan en la casa,

¿por qué no ha vuelto a verla?

¿Por qué no canta en los tranquilos valles?

¿Por qué no silba con la misma fuerza?

¿Por qué no quiere restallar la honda?

¿Por qué esta muda la habladora lengua,

que al amo le contaba sus sentires

cuando el amo le daba su licencia?

 

«¡El ama era una santa!…»,

me dicen todos, cuando me hablan de ella.

 

«¡Santa, santa!», me ha dicho

el viejo señor cura de la aldea,

aquel que le pedía

las limosnas secretas

que de tantos hogares ahuyentaban

las hambres, y los fríos, y las penas.

 

¡Por eso los mendigos

que llegan a mi puerta

llorando se descubren

y un padrenuestro por el ama rezan!

 

El velo del dolor me ha oscurecido

la luz de la belleza.

Ya no saben hundirse mis pupilas

en la visión serena

de los espacios hondos,

puros y azules, de extensión inmensa.

 

Ya no sé traducir la poesía,

ni del alma en la médula me entra

la intensa melodía del silencio

que en la llanura quieta

parece que descansa,

parece que se acuesta.

 

Será puro el ambiente, como antes,

y la atmósfera azul será serena,

y la brisa amorosa

moverá con sus alas la alameda,

los zarzales floridos,

los guindos de la vega,

las mieses de la hoja,

la copa verde de la encina vieja…

 

Y mugirán los tristes becerrillos,

lamentando el destete, en la pradera,

y la de alegres recentales dulces,

tropa gentil, escalará la cuesta

balando plañideros

al pie de las dulcísimas ovejas;

y cantará en el monte la abubilla

y en los aires la alondra mañanera

seguirá derritiéndose en gorjeos,

musical filigrana de su lengua…

 

Y la vida solemne de los mundos

seguirá su carrera

monótona, inmutable,

magnífica, serena…

 

Mas ¿qué me importa todo,

si el vivir de los mundos no me alegra,

ni el ambiente me baña en bienestares,

ni las brisas a música me suenan,

ni el cantar de los pájaros del monte

estimulan mi lengua,

ni me mueve a ambición la perspectiva

de la abundante próxima cosecha,

ni el vigor de mis bueyes me envanece,

ni el paso del caballo me recrea,

ni me embriaga el olor de las majadas,

ni con vértigos dulces me deleitan

el perfume del heno que madura

y el perfume del trigo que se encera?

 

Resbala sobre mí sin agitarme

la dulce poesía en que se impregnan

la llanura sin fin, toda quietudes,

y el magnífico cielo, todo estrellas.

 

Y ya mover no pueden

mi alma de poeta,

ni las de mayo auroras nacarinas

con húmedos vapores en las vegas,

con cánticos de alondra y con efluvios

de rocïadas frescas,

ni éstos de otoño atardeceres dulces

de manso resbalar, pura tristeza

de la luz que se muere

y el paisaje borroso que se queja…,

ni las noches románticas de julio,

magníficas, espléndidas,

cargadas de silencios rumorosos

y de sanos perfumes de las eras;

noches para el amor, para la rumia

de las grandes ideas,

que a la cumbre al llegar de las alturas

se hermanan y se besan…

 

¡Cómo tendré yo el alma,

que resbala sobre ella

la dulce poesía de mis campos

como el agua resbala por la piedra!

 

Vuestra paz era imagen de mi vida,

¡oh, campos de mi tierra!

Pero la vida se me puso triste

y su imagen de ahora ya no es ésa:

en mi casa, es el frío de mi alcoba,

es el llanto vertido en sus tinieblas;

en el campo, es el árido camino

del barbecho sin fin que amarillea.

 

Pero yo ya sé hablar como mi madre,

y digo como ella

cuando la vida se le puso triste:

«¡Dios lo ha querido así! ¡Bendito sea!»

 

El Amo

En el nombre de Dios que las abriera,

cierro las puertas del hogar paterno,

que es cerrarle a mi vida un horizonte

y a Dios cerrarle un templo.

 

Es preciso tener alma de roca,

sangre de hiena y corazón de acero,

para dar este adiós que en la garganta

se me detiene al bosquejarlo el pecho.

 

Es preciso tener labios de mártir

para acercarse a ellos

la hiel del cáliz que en mi mano trémula

con ojos turbios esperando veo.

 

Ya está solo el hogar. Mis patriarcas

uno en pos de otro del hogar salieron.

 

Me los vino a buscar Cristo amoroso

con los brazos abiertos…

 

El Arrullo Del Atlántico

I

En el nombre de Dios canto la vida.

Era la hora en que la luz esperan,

para iniciar la cotidiana huida,

las sombras densas de la noche oscura

que en el abismo caótico fundieran

el abismo del mar y el de la altura.

¡Naturaleza!, cuando estás dormida

y el alma que te adora

por nocturno crespón te ve cubierta,

se finge en su cariño que estás muerta,

y perdida te llora,

hasta que luz de aurora te despierta…

¡Salve, luz creadora!

Si de la mano del Señor salida

prístina creación es toda vida

segunda creación es toda aurora.

 

Como se abren los pétalos iguales

de roja minutisa,

como se abren dos labios virginales

que quieren bosquejar una sonrisa,

como deben abrirse a los mortales

las áureas celosías edeniales,

así se abrió, purísimo y riente,

un resquicio de cielo por Oriente,

y trémulas surgieron e indecisas,

por el abierto desgarrón del velo,

tintas crepusculares

que elevaron la bóveda del cielo

y abatieron las curvas de los mares.

 

La musa de los piélagos azules

que alienta brisas y transpira brumas

y viste mantos de azulosos tules,

con encajes purísimos de espumas…

La gran dominadora

del piélago iracundo donde mora;

la maga del abismo, que aún dormía,

movió la linfa, le prestó armonía,

y este armonioso cántico

surgió solemne, al despuntar el día,

del hondo seno del azul Atlántico.

 

II

Verdes musas erráticas

de almas de luz y liras cristalinas,

nereidas de pupilas abismáticas,

sirenas de gargantas peregrinas,

monstruos del fondo, genios de las olas,

acres brisas marinas,

que venís de las playas españolas

o venís de las playas argentinas…

Genio de la bonanza, a cuyo arrullo

trueco mi grito en musical murmullo;

genio de la borrasca, a cuyo grito

respondo detonante

y en hervidero arrollador me agito…,

¡cantad conmigo la ocasión gigante

con que a los hombres al progreso invito!

 

Yo soy aquel abismo que separa

la que el destino poderosa y una

raza noble creara

en hispano solar e hispana cuna.

Yo soy el gran vencido

del genio humano, que me vio rendido

bajo frágiles quillas victoriosas

de audaces carabelas

que rayaron mis lomos con estelas

de perennes honduras luminosas.

 

Hermanas tierras cuyas bellas playas

ricas de frutos y de flores gayas,

beso con los gigantes

labios de mis orillas…

¡los besos de mis labios son semillas

que producen cosechas abundantes!

 

Nobles razas gemelas

que ardéis en fraternales sentimientos,

¡ahonde vuestro amor esas estelas

que han vencido a los siglos y a los vientos!

¡Tejed, tejed sobre mi haz hirviente

de nuevos derroteros red tupida

y engrandecedme bajo el peso ingente

de pedazos de Patria enriquecida

que, abatiendo mis lomos en su centro

dilate mis orillas tierra adentro!

 

Poderoso Neptuno, que dominas

las iras bravas de mis glaucas olas

¡úncelas a las naves peregrinas

que vengan de las playas españolas

o vengan de las playas argentinas!

 

¡Enfrena, Eolo, enfrena

la cuadriga briosa de los vientos

y fija en popa ordena

que sople una veloz brisa serena

que endulce y apresure movimientos!

 

Y vosotras, nereidas ambarinas

con luengas cabelleras

de oscurísimas algas azulinas,

¡alejad a esas ricas mensajeras

de escollos y de sirtes traicioneras!

Y tú también, estrella titilante

que en mi espejo oscilante

y en el del cielo diáfano rutilas

menos que en las pupilas

de atento navegante:

tus fulgores purísimos no veles

con crespones de nubes tormentosas

que a esos ricos bajeles

aparten de las vías venturosas.

 

Y tú, Dios soberano,

que todo lo creaste y lo gobiernas;

única augusta mano

que sabe modelar cosas eternas,

única idea que en ninguna anida,

única luz que de la luz no nace,

origen sin origen de la vida

que se apaga ante Ti, y en Ti renace…

Tú el poder, Tú la gloria, Tú la alteza.

Tú la sabiduría,

Tú la derecha iluminada vía

de la humana grandeza,

bendice el alma de tus pueblos fieles,

haz que cuajen sus flores

en frutos áureos de sabrosas mieles,

pon en su entraña amores,

lumbre en su inteligencia,

paz en sus horas, gloria en sus destinos,

fe pura en su conciencia,

luz en su oriente y oro en sus caminos.

 

Tiende sobre mi haz el invisible

manto de tu poder incontrastable,

y por seguros derroteros fijos

bogarán en legión interminable

tus laboriosos hijos.

No me ordenes, Señor, que abra mis senos,

y de tus pueblos fieles

en ellos precipite los bajeles

que mi móvil cristal hienden serenos.

¡Señor! Navegan llenos

de ricos frutos que crió Natura

con riegos de rocíos y sudores,

llevan copia hechicera

de industriales y artísticas labores,

llevan la luz postrera

que la ciencia radió, llevan amores…

 

Hermanas gentes cuya entraña encierra

sangre y alma españolas:

¡el cielo es vuestro; sojuzgar la tierra!

¡Vuestro yo soy; encadenad mis olas!

Unid mis dos orillas

con oscilantes puentes

de regueros longuísimos de quillas

henchidas de riquezas y de gentes.

Y con los brazos en la brega dura,

en Dios la fe y el corazón en todo,

gozad el oro en su virtud más pura,

poned la muerte entre el honor y el lodo,

sentid el arte en su divina altura,

buscad la gloria donde eterna sea,

trocad la ciencia en savia sustanciosa,

cambiad amor del que deleita y crea…

¡Vivid la vida en su verdad hermosa!

Poemas de José María Gabriel y Galán

El Cantar De Las Chicharras

I

Que se queman los lugares,

los azules olivares,

los dormidos encinares

y las viñas, y las mieses, y los huertos,

bajo el hálito encendido

que desciende desprendido

como plomo derretido

de este sol abrasador de los desiertos.

Se han dormido las riberas,

y las gentes de las eras,

y las moscas volanderas,

y los flacos aguiluchos cazadores;

se han dormido en la hondonada

la pacífica yeguada,

la doméstica boyada,

los mastines, el rebaño y los pastores.

En los rígidos pimpollos

de alcornoques y trepollos

se recogen con sus pollos

angustiados pajaruchos montesinos,

y en los céspedes dormitan,

y jadean y palpitan,

se sotierran y crepitan

anillados gusarapos mortecinos.

Fuego radian los jarales,

y los grises pizarrales,

y los blancos pedernales,

y los líquenes de oro de los canchos;

se platean los rastrojos,

se requeman los matojos,

se retuercen los abrojos,

y se azulan los aceros de sus ganchos.

¡Todo ha muerto en la comarca!

Hierve el agua de la charca

que el ijar del tono enarca

y acentúa de la alondra las congojas;

vibra el aire en la colina,

zumba el tábano en la encina

e hipnotizan la retina

las metálicas quietudes de sus hojas.

Yo los párpados entorno

bajo el peso del bochorno

viendo a medias en el horno

de la tierra la agonía del paisaje,

y me sueño con las frondas,

con los ríos de aguas hondas,

con las márgenes redondas

de los lagos circuidos de follaje…

La extensión indefinida

de la tierra empedernida

pierde el tono de la vida

que en el seno solo vive de la idea…

Es el sueño de un despierto,

es la calma del desierto,

es un vivo mundo muerto…

¡Es la ardiente Extremadura que sestea!…

Y la aduermen esta nota

monorrítmica que brota

de mi pobre lira rota,

que la reza bajo el palio de la parra,

y el unísono rasgueo,

y el isócrono goteo,

el perenne martilleo

del monótono cantar de la chicharra.

 

II

Vete lejos, linda Andrea,

que el bochorno me marea,

me emborracha, me caldea,

me pervierte los sentidos perezosos…

Vete lejos, criatura,

ue en tus labios hay frescura

y en mi sangre calentura,

y en mi mente sueños árabes borrosos…

Muchachuela: no son esos,

no son risas, no son besos,

son más graves embelesos

los que encantan mis ardientes melodías…,

sonsonetes de chicharra,

sombra fresca de la parra,

agua fría de la jarra,

dulce holganza y uniformes canturías…

Hondamente enervadoras,

blandamente abrumadoras

las quietudes de estas horas

se recuestan en el lecho de mi mente,

y el espíritu abatido

que las vive adormecido

va rumiando su sentido

gravemente, suavemente, lentamente…

¡Qué flojera, qué flojera!

¡Qué pesada soñarrera!

¡Qué enervante borrachera

de pereza los sentidos narcotiza!

¡Qué modorra, qué modorra!…

¡Qué penumbra de mazmorra…

los contornos casi borra

del premioso pensamiento que agoniza!…

¡Vete y vuelve, muchachuela,

que me dejas una estela

de frescura que consuela

cuando pasas, cuando pasas a mi lado!

¡Trae la jarra, trae la jarra!

¡Qué se calle la chicharra!

¡Qué las hojas de la parra

mueva el hálito del céfiro encalmado!

¡Pero no, que el fuego es vida;

y bajo esta derretida

lumbre roja desprendida

de ese sol abrasador de los desiertos,

vida incuban los lugares,

sus azules olivares,

sus dormidos encinares,

y sus viñas y sus mieses y sus huertos!

Y entre tanto, lira mía,

tú con bárbara armonía

de chicharra, dile al día

los contrastes que me brinda la fortuna;

de mañana, brisa y parra;

en la siesta, la chicharra,

y a la noche, la guitarra,

las muchachas, los ensueños y la luna…

 

El Catecismo

La fiesta de la Doctrina

no es una efímera fiesta;

es una hermosa protesta

de la piedad salmantina.

 

La Salamanca de ahora

infunde en la de mañana

la rica savia cristiana,

del mundo liberadora.

 

Recíbela en su conciencia

la Salamanca futura,

que al sol de la fe más pura

toma briosa existencia;

 

y a la lucha del abismo

con la luz acude armada,

pero no con una espada,

sino con un Catecismo,

 

con una Ley redentora

que ha de ser el estandarte

que corone el baluarte

de nuestra Fe Salvadora.

 

¡Ley de Cristo: tú fecundas,

fortaleces, purificas,

acrisolas, glorificas

y de paz el mundo inundas!

 

¡Ley de Cristo: tú ennobleces,

sanas los entendimientos,

sublimas los sentimientos

y la Patria robusteces!

 

De tu luz divina en pos

seguro va el que camina,

porque todo se ilumina

con el Código de Dios.

 

En ti por Cristo nacimos

y a Cristo en ti confesamos.

¡Ley de Cristo: te acatamos!

¡Ley de Cristo: te seguimos!

 

Nuestro cristiano nacer

traiga el cristiano vivir;

nuestro cristiano morir

como el vivir ha de ser.

 

Tal será nuestra existencia

¡divino Código viejo!:

tu letra, en la inteligencia;

tu sentido, en la conciencia,

y en las obras tu reflejo.

 

El Cristo De Velázquez

¡Lo amaba, lo amaba!

¡No fue sólo milagro del genio!

 

Lo intuyó cuando estaba dormido,

porque sólo en las sombras del sueño

se nos dan las sublimes visiones,

se nos dan los divinos conceptos,

la luz de lo grande,

la miel de lo bello…

¡Lo amaba, lo amaba!

¡Nacióle en el pecho!

No se puede soñar sin amores,

no se puede crear sin su fuego,

no se puede sentir sin sus dardos,

no se puede vibrar sin sus ecos,

volar sin sus alas,

vivir sin su aliento…

El sublime vidente dormía

del amor y del arte los sueños

-¡los sueños divinos

que duermen los genios!

¡Los que ven llamaradas de gloria

por hermosos resquicios de cielo!-

 

Y el amor, el imán de las almas

le acercó la visión del Cordero,

la visión del dulcísimo Mártir

clavado en el leño,

con su frente de Dios dolorida,

con sus ojos de Dios entreabiertos,

con sus labios de Dios amargados,

con su boca de Dios sin aliento…,

¡muerto por los hombres!,

¡por amarlos muerto!

 

Y el artista lo vio como era,

lo sintió Dios y Mártir a un tiempo,

lo amó con entrañas

cargadas de fuego,

y en la santa visión empapado,

con divinos arrobos angélicos,

con magnéticos éxtasis líricos,

con sabrosos deliquios ascéticos,

con el ascua del fuego dramático,

con la fiebre de artísticos vértigos,

la memoria tomando a los hombres

ingratos y ciegos,

débiles o locos,

ruines o perversos,

invocó a la Divina Belleza

donde beben bellezas los genios,

los justos, los santos,

los limpios, los buenos…

 

Y al conjuro bajaron los ángeles,

y al artista inspirado asistieron,

su paleta cargaron de sombras

y luces del cielo

alzaron el trípode,

tendieron el lienzo,

y arrancándose plumas de raso

de las alas, pinceles le hicieron.

Y el mago del arte,

el sublime elegido, entreabriendo

los extáticos ojos cargados

de penumbras del místico ensueño,

tomó los pinceles,

sonámbulo, trémulo…

 

De rodillas cayeron los ángeles

y en el aire solemnes cayeron

todas las tristezas,

todos los silencios…

¡Y el genio del arte

se posó sobre el borde del lienzo!

Con fiebre en la frente,

con fuego en el pecho,

con miradas de Dios en los ojos

y en la mente arrebatos de genio,

el artista empapaba de sombras

y de luces de sombras el lienzo…

 

No eran tintas que copian inertes,

eran vivos dolientes tormentos,

eran sangre caliente de Mártir,

eran huellas de crimen de réprobos,

eran voces justicia clamando,

y suspiros clemencia pidiendo…

¡Eran el drama del mundo deicida

y el grito del cielo!…

¡Y el sueño del hombre

quedó sobre el lienzo!

¡Lo amaba, lo amaba!:

¡el amor es un ala del genio!

 

El Cristu Benditu

I

¿Ondi jueron los tiempos aquellos,

que pue que no güelvan,

cuando yo juí persona leía

que jizu comedias

y aleluyas tamién y cantaris

pa cantalos en una vigüela?

¿Ondi jueron aquellas cosinas

que llamaba ilusionis y eran

a’specie de airinos

que atontá me tenían la mollera?

¿Ondi jueron de aquellos sentires

las delicaezas

que me jizun llorar como un neni,

de gustu y de pena?

¿Ondi jueron aquellos pensaris

que jacían dolel la cabeza

de puro lo jondus

y en reäos que eran?

Ajuyó tuito aquello pa siempre,

y ya no me quea

más remedio que dilme jaciendo

a esta vía nueva.

¡Ya no güelvin los tiempos de altoncis,

ya no tengo ilusionis de aquellas,

ni jago aleluyas,

ni jago comedias,

ni jago cantaris

pa cantalos en una vigüela!…

 

II

Pensando estas cosas,

que me daban ajogos de pena,

una vez andaba por los olivaris

que la ermita del Cristu roëan.

Triste y aginao,

de la ermita me juí pa la vera;

solitaria y abierta la vide

y entrémi por ella.

Con el alma llenita de jielis,

con el pecho jechito una breva

y la cara jaciendo pucheros

lo mesmito que un niño de teta,

juíme ampié del Cristu,

me jinqué en la tierra.

y jaciendo la crus, recé un Creo

pa que Dios quisiera

jacelme la vía

una miaja tan solo más güena.

¡Qué güeno es el Cristu

de la ermita aquella!

Yo le ije, dispués de rezali:

-¡Santu Cristu, que yo tengo pena,

que yo vivo tristi

sin sabel de qué tengo tristeza

y me ajogo con estos ansionis

y este jormiguillo que me jormiguea!

¡Santu Cristu querío del alma!

Tú pasastis las jelis más negras

que ha podido pasal un nacío

pa que tos los malos güenos se golvieran;

pero yo sigo siendo maleto

y a Ti te lo digo lleno de velgüenza

pa que me perdonis

y me jagas entral en verea.

¡Tú, que estás en la Crus clavaíto

pol sel yo maleto, quítame esta pena

que aentru del pecho

me escarabajea!…

¡Jalo asina, que yo te prometo

jacelmi bien güeno pa que Tú me quieras!

 

III

¡Qué güeno es el Cristu

de la ermita aquella!

Pa jacel más alegri mi vía,

ni dineros me dio ni jacienda,

polque ice la genti que sabi

que la dicha no está en la riqueza.

Ni me jizu marqués, ni menistro,

ni alcaldi siquiera,

pa podel dil a misa el primero

con la ensinia los días de fiesta

y sentalmi a la vera del cura

jaciendu fachenda.

¡Pa esas cosas que son de fanfarria

no da nada el Cristu de la ermita aquella!

Pero aquel que jaciendo pucheros

se jinquí en la tierra,

y, dispués de rezali, le iga

las jielis que tenga,

que se vaiga tranquilo pa casa,

que ha de dali el Cristu lo que le convenga.

A mí me dio un hijo

que päeci de rosa y de cera,

como dos angelinos que adornan

el retablo mayol de la inglesia.

Un jabichuelino

con la cara como una azucena,

una miaja teñía de rosa

pa que entávia más guapo paeza.

A mí me entonteci

cuando alguna risina me jecha

con aquella boquina sin dientis,

rëondina y fresca,

que paeci el cuenquín de una rosa

que se jabri sola pa si se la besa.

¡Juy, qué boca tan guapa y tan rica!

¡Paeci de una tenca!

A vecis su madri

en cuerinos del to me lo quea,

se poni un pañali tendío en las sayas

y allí me lo jecha

¡Paeci un angelino

de los de la inglesia!

Yo quería que asín, en coretis,

siempre lo tuviera:

y cuando su madri vüelvi a jatealo,

le igo con pena:

-Éjalo que bregui,

éjalo que puéa

raneal con las piernas al airi

pa que críe juerza.

¡Éjalo que se esponji un ratino,

que tiempo le quea

pa enliarsi con esos pañalis

que me lo revientan!

¡Éjamelo un rato

pa que yo lo tenga

y le jaga cosinas bonitas

pa que se me ría mientris que pernea!

¡Que goci, que goci

to lo que asín quiera;

que pa jielis, ajogos y aginos

mucho tiempo quea!

¡Éjamelo pronto pa zarandealo!

Éjame el mi mozu pa que yo lo meza,

pa que yo le canti,

pa que yo lo duerma

al ton de las guapas

tonás de mi tierra,

continas y dulcis

que päecin zumbíos de abeja,

ruíos de regato,

airi de alamea,

sonsoneti del trillo en las miesis,

rezumbal de mosconis que vuelan

u cantal dormilón de chicharra

que entonteci de gusto en la siesta…

¡Miale cómo bulli,

miale cómo brega,

miale cómo sabi

óndi está la teta!

Si conocis que tieni jambrina

dali una gotera

pa que prontu se jaga tallúo

y amarri los chotos a puro de juerza.

¡Miali qué prontino

jizu ya la presa!

Miali cómo traga; mia qué cachetinos

mientris mama en el pecho te pega!

¡Miá que arrempujonis da con la carina

pa que salga la lechi con priesa!

¡Asín jacin también los chotinos

pa que baji el galro seguío y con juerza!

Ya se va jartando ¡Miá cómo se ríe,

miale cómo enrea!

Jasta el guarguerino

la lechi le llega,

porque va poniendo cara de jartura

y el piquino del pecho ya eja.

Quítalo en seguía pa que no se empachi

y trai que lo tenga…

¡Clavelino querío del güerto!,

ven que yo te quiera,

ven que yo te canti,

ven que yo te duerma,

al son de las guapas

tonás de mi tierra,

pa que pueas cantalas de mozo

cuando sepas tocal la vigüela.

¡Venga el mi mocino,

venga la mi prenda!

Ven que yo te besi

con delicäeza,

ondi menos te piquin las barbas

pa que no te ajuyas cuando yo te quiera,

ni te llorin los ojos, ni arruguis

esa cara más fina que sea,

ni te trinquis p’atrás enojao

si tu padri en la boca te besa…

 

IV

Mujer, ¡miá qué lindu

cuando ya está dormío se quea!

¿Tú no sabis por qué se sonríe?

Es porque se sueña

que anda de retozus con los angelinos

en la gloria mesma…

 

V

¡Qué guapo es mi neni!

¡Ya no tengo pena!

¡Qué güeno es el Cristu

de la ermita aquella!

 

El Desafío

En la izquierda la guitarra,

la navaja en la derecha,

terciada la manta al hombro,

la faja encarnada, suelta;

la actitud provocativa,

la mirada descompuesta,

roja de rabia la cara,

ronca la voz y algo trémula,

así apostrofaba el mozo

más rumboso de la aldea

a cuatro o seis rondadores

que invadieron la calleja

donde el mozo le cantaba

cantares a su morena:

«¡Me caso en Reus! Los majos

que asín de mí se moflean

jechin el paso p’alanti

como el que jabla lo jecha.

Si alguno tiene asaúras

y halbeliá más que lengua,

jala p’alanti ahora mesmo,

que al que de mí se grojea

sé yo jaceli una raya

pa embajo de alguna teta.

Sos tengo bien advertío,

por ajuyir de quimeras,

que cuando yo jechi rondas

a la vera de esta reja

calli la boca quien pasi

pa que le salga la cuenta

y jaga que no m’ha visto,

y andi agúo y no se güelva,

que esta calli es pa mí solo

dendi que Dios anochezca.

Si en esi corru hay alguno

que quie que le dé en la jeta

y jaga un bochi y lo entierri

al mesmo pie de esta reja

pa cantali luego encima

lo que él cantali quisiera

a una mujer que le ajuyi

y a ca minuto lo avienta.

Si quie dil de golpe al bochi,

eji el corru y acá venga,

y si el humol no le ayúa

y el miëo le jormiguea,

ayuali los del corru,

que pa tos acaso tenga.

¡Jala p’alanti los cinco,

que aunque sin naide me vea,

enjamás he rejilao

ampié la ventana esta!»

Así dijo el bravo mozo,

y a saltos como un fiera

lanzóse hacia los del grupo,

que, sin grande resistencia,

dejaron en un momento

despejada la calleja.

Tornó el mozo a la ventana

de la muchacha morena,

y la guitarra pulsando

hirió con rabia las cuerdas,

y al aire lanzó esta copla

con la voz un poco trémula:

«No le jurguis al león

que anda alreor de la jembra,

ni te enredis con el hombri

que canta al pie de una reja».

 

El Desahuciado

¡Estoy ya mu jarto!

Miusté a vel, por favol, señol médico,

si hay alguna cosa

pa esti mal repegoso que tengo,

porque llevo ya asín ocho mesis

maleto, maleto…

con una singana

y una aginaero,

con una flojera,

con un escaimiento,

que paeci una breva maúra,

esti perro cuerpo,

que antis era tan recio y tan duro

como el propio jierro.

Debi estal la mujel aburría

de jacel remedios,

pero yo ni me pongo pirongo

ni de golpi espeno.

La jacienda, tuita perdía;

los pagos, cayendo;

la mujer y el chiquino, escaldaos,

jechos unos negros

que me estoy ajogando de ansionis

n’amás que de velos

Y p’alivio to el día mirando

dendi casa la genti del pueblo

p’abajo y p’arriba

pasando y golviendo,

unos con guarrapos,

otros con aperos,

unos con forraji

y otros con istierco,

saliendo y entrando,

llevando y trujiendo,

como las jormigas

en el jormiguero.

Y n’más yo solo

enrëao con esto que tengo,

vengan ratos al sol con las tías,

enroscao lo mesmo que un perro,

u si no en el corral mancornao

entri los maeros,

sin jacel ni las sopas que como,

sin galnal ni p’a1 agua que bebo,

que velgüenza me da que me vean

asín tanto tiempo.

Cuatro vecis quiciás haiga dío

ancá’l cuarandero,

que me dijo que estaba embargao

y me puso dos parches al pecho

y una bilma de pés y de estopas

en el regäero.

Y aquí la he tenío

clavá como un perro

¡pa ná!, ¡pa quealsi

con piazos asín de pellejo!

¡Mentira paeci

que la gracia que tieni el tío Cleto

pa los males no le haiga servío

pa acertalmi con esti que tengo!

El domingo me jici el valienti

y me juí p’al güerto

conque a esparegilme

y a jacel p’allí na de provecho.

¡Cuidiaíto que juí despacino,

como ustés cuando van a paseo!

Pus me pusi a jacel unos bochis

pa tiral cuatro jabas en ellos,

y aquello eran ansias,

y sudores, y ajogo y mareos…,

que si asín acontino, me caigo

rëondo allí mesmo.

Y me vini pa casa ajogao,

sin poel ni siquiá con el cuerpo,

acezando por esas callejas

lo mesmo que un perro,

chángala mandrángala,

que tardé media tardi lo menos.

¡Me caso en la luna!

¿Miusté a vel, por favol, señol médico,

si dicin los libros

que hay algo pa esto!

Pero no me dé usté más papelis

de esos polvos negros,

porque cuasi me estoy provocando

n’amás que los miento.

Ni me jaga mercal más botellas

del constituyenti, porque no poemos,

y además que eso n’amás que sirvi

pa sacadinero.

¡Mentira paeci

que los libros no enseñin remedios

pa una cosa tan simpli, tan simpli

como esta que tengo!

¡Yo no sé pa qué está la botica

de cacharros tapá jasta el techo!

¡Miusté a vel si hay quiciás una untura,

miusté a vel si hay quiciás un ungüento,

bien juerti, bien juerti

que ajondi en el pecho,

que chupi, que saqui,

lo que tengo dañao aquí aentro,

que esti mal es asín como un bicho

agarrao en el güeco del cuerpo:

me chupa la sangri,

me atapona el gañón, y por eso

tengo esta flojera

y esti ajogaero!

Receti esa untura,

receti ese «unguentu»

que no haiga nenguno

más juerti y más recio…

¡A vel si de golpi

o me pongo pirongo o espeno!…

 

El Embargo

Señol jues, pasi usté más alanti

y que entrin tos esos,

no le dé a usté ansia

no le dé a usté mieo…

 

Si venís antiayel a afligila

sos tumbo a la puerta. ¡Pero ya s’ha muerto!

 

¡Embargal, embargal los avíos,

que aquí no hay dinero:

lo he gastao en comías pa ella

y en boticas que no le sirvieron;

y eso que me quea,

porque no me dio tiempo a vendello,

ya me está sobrando,

ya me está gediendo!

 

Embargal esi sacho de pico,

y esas jocis clavás en el techo,

y esa segureja

y ese cacho e liendro…

 

¡Jerramientas, que no quedi una!

¿Ya pa qué las quiero?

Si tuviá que ganalo pa ella,

¡cualisquiá me quitaba a mí eso!

Pero ya no quio vel esi sacho,

ni esas jocis clavás en el techo,

ni esa segureja

ni ese cacho e liendro…

 

¡Pero a vel, señol jues: cuidaíto

si alguno de ésos

es osao de tocali a esa cama

ondi ella s’ha muerto:

la camita ondi yo la he querío

cuando dambos estábamos güenos;

la camita ondi yo la he cuidiau,

la camita ondi estuvo su cuerpo

cuatro mesis vivo

y una nochi muerto!

 

¡Señol jues: que nenguno sea osao

de tocali a esa cama ni un pelo,

porque aquí lo jinco

delanti usté mesmo!

Lleváisoslo todu,

todu, menus eso,

que esas mantas tienin

suol de su cuerpo…

¡y me güelin, me güelin a ella

ca ves que las güelo!…

 

Mensaje

I

El geniecillo riente

que mis tonadas me inspira

oyó complacidamente

la ruda música ardiente

de una canción de mi lira.

 

Su última nota bebió,

subió a la cumbre del monte

que el canto con él oyó

y en el lejano horizonte

sagaz mirada fijó…

 

Las alas apresurado

batió en derechura al cielo,

quedó en la altura parado

y, apenas se hubo orientado

tendió hacia el Norte su vuelo.

 

Cruzó las llanuras anchas

de la desierta Castilla,

manchas de mies amarilla,

grises y estériles manchas

de muerta, mísera arcilla…

 

Viejas villas y lugares,

ciudades y caseríos,

verdes, pomposos pinares,

apretados encinares,

luengos parajes baldíos…

 

Y atrás el erial quedaba

y atrás dejando la brava

soledad de pardas sierras,

ya volaba, ya volaba,

por aragonesas tierras.

 

Y atrás quedaban los blancos,

los cabezos eminentes,

protegidos en sus flancos

por las rápidas pendientes

de abismáticos barrancos.

 

Y atrás quedaba la vega

con el río que la riega,

con la gente que la cuida,

con las casas en que anida

la rural legión labriega…

 

Y atrás las viejas ciudades

que despiertan las memorias

de los tiempos de las glorias

y las heroicas edades

que nos pintan las historias…

 

Y amainando mansamente,

como amaina la corriente

junto al borde de la poza,

plegó el vuelo de repente

sobre la gran Zaragoza.

 

Y bajando disparado

como blanca culebrina

desprendida del nublado,

con caída repentina

de avión aliquebrado;

 

como cosa que al bajar

precipita su correr

sin poderlo remediar,

raudo el genio fue a caer

sobre el templo del Pilar.

 

Traspasó la vidriera

de una artística tronera,

y ante la Virgen, de hinojos

humillados alas y ojos,

exclamó de esta manera:

 

¡Señora! de la lejana

noble tierra castellana,

donde se os rinden loores,

traigo un mensaje de amores

a tierra zaragozana.

 

Para ante vos presentarlo

debiera dulcificarlo,

ponerlo en habla divina;

pero es más bello dejarlo

con su rudeza prístina.

 

Ved de qué modo os venera

y os ama el alma sincera

de un rimador de Castilla,

que en habla ruda y sencilla

lo canta de esta manera:

 

¡Virgen Santa del Pilar!

Desde este rincón querido

donde he escondido mi hogar

quiero mandarte prendido

mi espíritu en un cantar.

 

En esa tierra de hermanos

estuve hace pocos meses

bebiendo aromas cristianos

y estrechando honradas manos

de hidalgos aragoneses.

 

¡Nunca podré bien pagarte

la dicha de visitarte

que quiso darle el destino

a este pobre peregrino

de la piedad y del arte!

 

A ti el amor me llevó

¡y estuve cerca de Ti!:

mi espíritu te sintió,

pero verte, no te vi,

porque tu luz me cegó.

 

Ojos que tanta belleza

sorprenden en los arcanos

que incuba Naturaleza,

pequeños son y profanos

para admirar tu grandeza.

 

Perdona si al visitarte,

ciego, mudo y aturdido,

no supe ni saludarte,

que yo sólo puedo hablarte

desde lejos y escondido.

 

Escondido en las serenas

tranquilidades amenas

de estas húmedas umbrías

que están de ruidos vacías,

que de amores están llenas.

 

¡Aquí ya sé yo cantar!

¡Aquí ya puedo sentir

las grandezas del Pilar!

¡Aquí ya acierto a decir

sabrosas cosas de amar!

 

Si esa ciudad vencedora

no fuera merecedora

de tu regia rica silla,

yo te dijera: «¡Señora!,

¡vente a morar en Castilla!»

 

Y si este suelo querido

se hubiese al peso rendido

del Pilar abrumador,

¡tendrémoslo suspendido

con el imán del amor!

 

Yo no soy más que un poeta

que toscamente interpreta

las tonadas del lugar…

Permíteme que prometa

tu gloria no profanar.

 

Porque el himno de tu gloria,

para la humana memoria

sólo se concibe escrito

por el dedo de la Historia

sobre el espacio infinito.

 

Pero yo sé hacer cantares

con decires populares

y sentires del amar,

que en estos pobres lugares

saben a pan del hogar.

 

Y ya que endechas sutiles

no te cantan tus poetas,

oirás coplillas viriles

al son de las panderetas

y al son de los tamboriles.

 

Y yo haré que de dulzores

te den su rico tesoro

las gaitas de mis pastores,

que saben decir amores

mejor que las arpas de oro.

 

Los campos registraremos,

y en el valle más tranquilo

sencilla ermita te haremos,

y en ella amoroso asilo

y adoración te daremos.

 

A pobre mansión te envita

mi cielo, Virgen bendita;

mas tu ruda grey leal

sabe rezarte en la ermita

mejor que en la catedral.

 

Y allí, en el campo, a tus plantas,

cantan mejor tu grandeza

los hombres con sus gargantas

y Dios con músicas santas

que sabe Naturaleza.

 

Mi gente no te daría

coronas ni toca de oro

ni mantos de pedrería;

mas ¡cuán henchido tesoro

de amores te rendiría!

 

Alegrando estos caminos

vieras venir a millares

los rústicos peregrinos

de los lugares vecinos

y los lejanos lugares.

 

Vieras venir las doncellas

por estas campiñas bellas,

del dulce reposo amigas,

cortando flores y espigas

para adomarte con ellas.

 

Grupos de mozos forzudos

y de zagales talludos

con danzas te festejaran,

donde sus cuerpos membrudos

bravos vigores mostraran.

 

Y a lomos de sus asnillas

vinieran las viejecillas

a darte con fe leal

velas de cera amarillas,

roscas de pan candeal…

 

Si hay en la ofrenda pureza,

¿qué añadirá a su grandeza

la pompa y el esplendor?

¡Qué sublime es la pobreza

cuando festeja el amor!»

 

II

«Perdona, Reina gloriosa,

si acaso a ofenderte llega

mi invitación amorosa;

y tú, Zaragoza hermosa,

perdona a mi fe, que es ciega.

 

No ha visto que formular

su amorosa petición

es torpemente olvidar

que una misma cosa son

Zaragoza y el Pilar.

 

No ha visto que era robarte

la más envidiable gloria

que el cielo quiso donarte.

¡No ha visto que era arrancarte

las entrañas de tu historia!

 

Sigue, pueblo venturoso,

sigue ostentando el hermoso

diamante de tu presea,

y ese Pilar suntuoso

tu hogar, Zaragoza, sea.

 

Y sea en mi tierra bendita

cada alma una lucecita,

y cada pecho un altar,

y cada hogar una ermita

de la Virgen del Pilar».

 

Tradicional

El huerto que heredé de mis mayores

no tiene bellas flores

de efímero vivir ni tenues frondas;

tiene hiedra sagrada

de hojas perennes y raíces hondas;

fresca niñez y ancianidad honrada.

 

Una bíblica higuera

lo llena todo con su copa oscura,

y una fuente con rica regadera,

que música me da, le da frescura.

 

Lo poco que en el mundo me ha quedado

lo tengo en este huerto,

siempre al estruendo mundanal cerrado,

siempre a la voz de mi sentir abierto.

En medio está enclavado

del árido desierto,

triste vivienda de la grey humana

que duda de la tierra prometida,

cada vez más lejana,

cada vez hacia Oriente más hundida…

 

Yo, cuando el sol del arenal me ciega

y en fuerza de mirar siento borrosa

la visión luminosa

donde parece que jamás se llega…

Cuando el sudor anega

mis doloridos empañados ojos,

cuando me hieren los aceros fríos

de punzantes abrojos,

cuando me azotan los hermanos míos

que me encuentro de frente en el desierto,

vertiendo sangre a ríos

y lágrimas a mares, torno al huerto.

 

Mi padre se sentaba en esta piedra,

que coronó de hiedra

la mano santa de mi santa madre…

Fue un altar al amor en roca dura

con dosel de verdura,

trono de patriarca con mi padre

y urna de santa con mi madre pura.

 

Ya está solo el edén. Todo es desierto.

Detrás de mis santísimos ancianos

saliendo han ido del sagrado huerto

mis amantes dulcísimos hermanos…

¡Los he visto morir, y yo no he muerto!

 

¡Jamás he comprendido

por qué Dios ha querido

que el vástago más ruin y débil sea

el último habitante de este nido.

Querrá Dios encerrarme

tal vez para ganarme,

porque en estas sagradas espesuras,

donde pasos al cielo son los días,

yo no puedo sentir cosas impuras,

yo no puedo soñar cosas impías.

 

He nacido en amenas,

castizas y santísimas comarcas

y corre por mis venas

sangre de venerables patriarcas

que me legaron enseñanzas buenas,

huerto, escudo solar y oro en sus arcas.

Mas, en mi estéril soledad hundido,

Amor me ha visitado. Amor me ha herido,

y hervor de sangre que mi cuerpo inunda

dice que no he nacido

para morir estéril junto al nido

de una raza fecunda.

 

Dondequiera que estés, mujer hermosa,

predestinada esposa

que merezcas posar aquí tu planta,

que merezcas sentarte en esta piedra

que coronó de hiedra

la mano de una santa,

ven al huerto querido,

y a la sombra de Dios, Padre del mundo,

pondremos cama nueva al viejo nido

que mi sangre y mi Dios quieren fecundo.

 

El cielo todavía

no ha otorgado a mis ojos el consuelo

de beber tu hermosura, ¡oh virgen mía!;

pero te adoro en el azul del cielo,

y en el tranquilo resbalar del día,

y en el silencio de la noche oscura,

y en la quietud del huerto sosegado,

y en el recuerdo de la gente pura

que me lo hizo sagrado.

 

Te adoro en la memoria

de aquella santa de sencilla historia

que la tierra del huerto que he heredado

santificó con su adorable planta

y el dulce ambiente nos dejó inundado

de perfumes de santa.

 

Ven, casta virgen, al reclamo amigo

de un alma de hombre que te espera ansiosa

porque presiente que vendrán contigo

el pudor de la virgen candorosa,

la gravedad de la mujer cristiana,

el casto amor de la leal esposa

y el pecho maternal que juntos mana

leche y amor para la prole sana

que a Dios le place alegre y numerosa.

 

¡Dios que lo escuchas!, acelera el día,

porque es tu sol incubador y hermoso,

y la noche es estéril y sombría,

la vida breve, el corazón fogoso,

sensible el alma mía,

soberano el Amor y fructuoso

y Tú eres Padre del inmenso mundo

e hijo yo soy del mundo vigoroso

que te plugo crear grande y fecundo.

 

Alegra mi desierto

con ruido de vivir cuyo concierto

pueda sonarte a coro de angelillos…

Ya ves que entre las hiedras encubierto

hay un nido minúsculo en mi huerto

con siete pajarillos…

 

Nocturno Montañés

(A J. Neira Cancela)

El oro del crepúsculo

se va tomando plata,

y detrás de los abismos que limita

con perfiles ondulantes la montaña,

va acostándose la tarde fatigosa

precursora de una virgen noche cálida,

una noche de opulencias enervantes

y de místicas ternuras abismáticas,

una noche de lujurias en la tierra

por alientos de los cielos depuradas,

una noche de deleites del sentido

depurado por los ósculos del alma…

A ocaso baja el día

rodando en oleadas

y los ruidos de los hombres y las aves,

a medida que el crepúsculo se apaga,

va cayendo mansamente en el abismo

del silencio que de música empapa.

 

Las penumbras de los valles misteriosos

van en ondas esfumando las gargantas,

van en ondas esfumando las colinas,

van en ondas escalando las montañas;

y el errático murciélago nervioso

raudo cruza, raudo sube, raudo baja,

con revuelo laberíntico rayando

las purezas del crepúsculo de plata.

Con regio andar solemne

la noche se adelanta,

y en el lienzo de los cielos infinitos,

y en las selvas de las tierras perfumadas,

van surgiendo las estrellas titilantes,

van surgiendo las luciérnagas fantásticas.

 

Lentamente, como alientos misteriosos,

de los senos de los bosques se levantan

brisas frescas que estremecen el paisaje

con el roce de las puntas de sus alas,

preludiando rumorosas en las frondas

las nocturnas melancólicas tonadas,

la que vibran los pinares resinosos,

la que zumban las robledas solitarias,

la que hojean los maizales susurrantes,

la que arrullan las olientes pomaradas…

y aquella más poética

que suena en las entrañas,

la que viene sin saber de donde viene,

la que suena sin sonoras asonancias,

¡la que arranca la divina poesía

de las fibras más vibrantes de las almas!

 

De los coros rumorosos de la noche,

de los senos de las flores fecundadas,

al sentido vienen músicas que engríen,

al sentido vienen poemas que embriagan….

es la hora de los grandes embelesos,

es la hora de las dulces remembranzas,

es la hora de los éxtasis sabrosos

que aproximan la visión paradisíaca,

es la hora de los cálidos amores

de los hijos, de la esposa y de la Patria…

¡El momento más fecundo de la carne

y el momento más fecundo de las almas!

Tendido en lecho húmedo

de hierbas aromáticas,

he bebido la ambrosía de la noche

sobre el lomo de la céltica montaña.

 

Más arriba, los luceros de diamantes;

más arriba, las estrellas plateadas;

más arriba, las inmensas nebulosas

infinitas, melancólicas, arcanas…;

más arriba, Dios y el éter…; más arriba,

 

Dios a solas en la gloria con las almas….

¡con las almas de los buenos que la tierra

fecundaron con regueros de sus lágrimas!

 

Más abajo, las robledas sonorosas;

más abajo las luciérnagas fantásticas;

más abajo, los dormidos caseríos;

más abajo, las riberas arrulladas

por el coro de bichuelos estivales,

por el himno ronco y fresco de las aguas,

por el sordo rebullir de los silencios

que parece el alentar de las montañas…

Los hombres todos duermen,

las horas solas pasan,

y ahora, salen mis secretos sentimientos

del encierro perennal de mis entrañas,

y ahora salen mis recónditas ideas

a esparcirse en las regiones dilatadas

donde el choque con los hombres no las hiere,

donde el roce con los fangos no las mancha,

donde juegan, donde ríen, donde lloran,

donde sienten, donde estudian, donde aman…

Ellas pueblan los abismos de los cielos

y en efluvios sutilísimos se bañan,

ellas oyen el silencio de los mundos,

ellas miden sus grandezas soberanas,

ellas suben y temblando se aproximan

a las puertas diamantinas de un alcázar,

y algo entienden de una música distante

que estremece, que embelesa, que embriaga,

y algo sienten de una atmósfera sin peso

que parece delicioso lecho de almas…

¡Oh nostalgias del espíritu que ha visto

los linderos aún sellados de su patria!

¡Oh grandezas de las noches religiosas

que aproximan las divinas lontananzas!

 

Se asoma blanca y tímida

la dulce madrugada;

palidecen las estrellas del Oriente

y se enfrían los alientos de las auras,

se recogen los misterios de la noche,

las luciérnagas suavísimas se apagan

y los libres sueños amplios de mi mente

se repliegan en la cárcel de mi alma…

 

Y honda y queda en sus arrullos iniciales,

y habladora cuando el mundo se levanta,

y opulenta en las severas plenitudes

de su música de oro y rica casta,

se derrama por los campos

la canción de la mañana.

 

La Flor Del Espino

I

El padre es un tosco

labriego fornido,

áspero y velludo

gigante broncíneo.

 

¡La madre, una hembra

con hombrunos bríos,

desgarradas formas,

groseros aliños!

 

¡Y ved el misterio!…

La niña ha nacido

pequeñita y blanca

como flor de espino.

 

¡La teta es tan grande

como el angelito!

Parecen el bronce

y el mármol unidos.

 

Me da mucha pena

que aquel hociquillo

tan tierno, tan puro,

tan fresco, tan rico,

toque el pezón negro

el pechazo henchido.

 

Y ¡siento una lástima

y un miedo y un frío

cuando el gigantesco

labriego fornido

coge en sus manazas

aquel cuerpecito

blanco como el mármol,

tierno como un lirio!

 

Como es tan pequeño,

tan blando, tan fino,

temo que las zarpas

del león broncíneo

lo hieran, lo quiebren…

¡Me da miedo y frío!

 

Y luego, ¡qué ira

cuando le hace mimos

con aquellos dedos

callosos y heridos

y cuando le pone

con brutal cariño

los labiazos ásperos

sobre el hociquillo,

que parece un fresco

clavel con rocío!…

 

II

¡Eran aprensiones!

Después lo he sabido.

El pezón negruzco

del pechazo henchido

no mancha los labios

de los angelitos.

Es moreno y tosco,

¡pero está tan tibio!…

¡Tan tibia y tan pura

derrama en hilillos

la leche purísima

del pechazo henchido,

que ¡pobre de aquella

flor blanca de espino

sin ese venero

de vida tan rico!

¡Por eso aquel ángel

lo quiere tantísimo,

que cuando se aparta,

cansado y ahíto,

del pezón moreno

rebosante y tibio,

lo mira y sonríe,

le quiere hacer mimos,

lo dobla y lo estruja

con el hociquillo,

lo coge y lo suelta,

le da golpecitos,

y poquito a poco

se queda dormido

de hartura y de gusto

junto al calorcillo!…

 

Ni aquellas manazas

del padre sombrío

lastiman al ángel…

¡Ya lo he comprendido!

¿Qué es lo que no torna

süave el cariño?

 

Cogerá a su hija

como yo a mi hijo,

quien dice su madre

cuando se lo quito

desnudo del halda

para hacerle mimos:

 

—¡Me da gusto verte

levantar al niño,

porque lo levantas

lo mismo, lo mismo

que los sacerdotes

el cuerpo de Cristo!

 

III

Eran aprensiones,

¡ya lo he comprendido!

Mas queda el enigma

recóndito, vivo…

El hombre es velloso,

grosero, cetrino;

la madre es hombruna

de ceños sombríos;

la débil niñita

¿por qué habrá nacido

blanca como el mármol,

tierna como el lirio?

 

Pues es un misterio

lo mismo, lo mismo,

que el que nos ofrece

la flor del espino…

 

El Poema Del Gañán

I

Era el tiempo llegado

de las puras mañanas otoñales,

las que tienen un sol tibio y dorado

que, de la hermosa vega enamorado,

desgarra, para verla, los cendales

de flotante vapor que la han velado

en las primeras horas matinales.

Mañana con alondras y rocío,

canturreos sonoros,

silvar de tordos y zumbar de río,

balar de ovejas y mugir de toros…

Alegre despertar de los lugares,

tañidos de campana,

humo de los hogares,

pura luz, tibio sol, dulce galbana…

Vinieron otra vez los esplendentes

serenos mediodías,

las tardes impregnadas de dolientes

dulces melancolías,

las noches de los húmedos relentes,

las misteriosas madrugadas frías…

La tierra laborable,

refrescada por lluvia saludable,

iba tomando con el sol tempero,

y al abrir el sencillo timonero

de los húmedos senos el tesoro,

tan frescos y amorosos se ofrecían,

que ellos mismos pedían

del puño sembrador la lluvia de oro.

Erraban dos por el azul profundo

jirones ambos de flotante nube,

como las alas que perdió un querube

que Dios ha puesto junto a mí en el mundo.

El aire se dormía,

extática la mente se quedaba,

el ojo distraído ver creía

que el suelo palpitaba

a impulsos de la vida que lo henchía,

y absorto en la visión, le parecía

que la inmensa llanura respiraba.

El alma vislumbraba

los misterios profundos

del eterno existir de los espacios

y el perenne equilibrio de los mundos.

Natura estaba henchida

del gran silencio que en lo grande anida,

y hundido en el abismo del reposo,

barruntaba el sentido vigilante,

el sereno rodar majestuoso

de la Tierra gigante…

La atmósfera era pura,

grande como los mares la llanura,

abierto el horizonte,

llenos los cielos de infinita calma,

llena de amores la quietud del monte,

llena de fe la soledad del alma…

Y el que suele rodar carro del tiempo

con paso presuroso

sobre la vida del mortal dichoso

que tiene que gozarla apresurado,

era allí tan piadoso,

que acortaba su paso, antes ligero,

y rodaba callado

para hacer el placer más duradero,

para hacer el sentir más sosegado.

Brotaban ya en las eras

quitameriendas de matices rojos,

criaban achicorias los rastrojos,

se llenaban las lindes de acederas

y los huertos de malvas y de hinojos.

La grata algarabía

de los bandos de tordos silbadores

los prados alegraba en que caía;

tábanos zumbadores

por la atmósfera erraban placentera,

holgaban los pastores,

tomando el sol en la feraz ribera,

y reía el regato en la hondonada,

y apuntaba la grama en la pradera…

Nuncios de la otoñada…

¡Tiempos de sementera!

¡Gran Dios: tan bellos días

haces caer de tus hermosos cielos

que hasta me obligan a olvidar mis duelos

y es pecado olvidar lo que tú envías!

 

II

Echa surcos derechos

a mi ventana;

labrador de mis padres

serás mañana.

(Cantar popular castellano.)

 

La postrer melodía

sonó amorosa del cantar süave

que vino de la vaga lejanía

con blando ritmo de volar de ave.

Rayaba el puro día;

el rústico cantor, embebecido

de su labor en la profunda calma,

plegó sus labios y rumió el sentido

de aquel cantar que le llegaba al alma.

Era verdad lo que el cantar decía.

En aquel lugarejo que dormía

bajo la fronda espesa

de la mansa alameda juguetona.

Trabajo era honradez y Amor promesa;

Trabajo era virtud y Amor corona.

Y el gañán laborioso

se deleitaba en el sentido hermoso

del cantar de la moza castellana,

que al elegir para mañana esposo

buscaba labrador para mañana.

Él también intuía

que el trabajo es virtud, es armonía,

es levadura del placer humano,

frente del bien, secreto de la suerte,

deber del hombre sano,

honra del varón fuerte

y vanidad de mozo castellano

que el pan que come con la misma toma

con que lo gana diligente mano.

Y meditando sobre aquel mañana

del severo cantar de la aldeana,

pensó en sus padres, de ternura lleno,

pues sus frentes rugosas le decían

las gotas de sudor que se vertían

para dar a los hijos pan moreno.

Y absorto, grave y mudo,

vio grabado en el libro del Destino

aquel cantar desnudo,

primera estrofa del poema rudo

de la vida del pobre campesino.

 

III

De poco le servía

labrar la tierra,

como sus bendiciones

Dios no le diera.

 

Así cantó el labriego

con música de intensa melodía

que en el sentido derramó ambrosía

y en la conciencia derramó sosiego.

Mediaba el puro día.

La quietud de la atmósfera pesaba,

la yunta se dormía,

la brisa se paraba

y las pardas alondras del camino

se quedaban extáticas bebiendo

las dulzuras del ritmo peregrino

que del manso cantar iban fluyendo.

Era el himno aldeano,

salmo de agradecida criatura

que a Dios concibe en la celeste altura

dándonos pan con amorosa mano;

severo canto llano

que al rudo mozo le enseñó Natura

para el culto del templo soberano

de la vasta llanura,

que aún es estrecha para altar cristiano.

Y yo escuchaba embelesado y mudo

la piadosa letrilla,

decir sincero de la fe sencilla,

hija de un pecho rudo

donde nunca arañó, ruin y sañuda,

la sama miserable de la duda.

El hijo del trabajo,

surco arriba marchando y surco abajo,

buscaba en el trabajo solamente

los pedazos de pan que el suelo encierra.

porque siempre creyó cosa evidente

que el sudor de la frente

es el mejor abono de la tierra.

Pero también creía

que es la mano de Dios omnipotente

quien a la tierra laborable envía

el sol que la caldea,

la escarcha que la enfría,

la brisa que la orea,

la lluvia que la baña y sanea…

La mano soberana,

fuente de vida de la raza humana;

la mano de las grandes maravillas;

la que encierra en minúsculas semillas

gérmenes diminutos,

misterio del amor encantadores

de donde brotan las hermosas flores,

de donde surgen los sabrosos frutos…

Así se lo decía

la firme y pura que adquirido había

fe de granito en el hogar amado;

y aquel cantar piadoso y sosegado

que del alma escapó por la garganta

fiel expresión de sus sentires era,

porque el alma sincera

lo que siente, y no más, es lo que canta.

 

IV

Dice la mi morena

que cuando voy a arar

se entristecen los campos

y se alegra el lugar.

 

La labor terminaba. Atardecía,

y la copla postrera,

más rica que ninguna en armonía,

más dulce en el caer, más plañidera,

más empapada en la nostalgia austera

que infunde el campo de la patria mía,

voló por la llanura

y en el alma cayó por el oído

con cadencias de lánguida dulzura,

con dejos de quejido

y amorosos temblores de ternura.

 

Era el himno sereno

del amor castellano,

de prudente pudor, de calma lleno,

como el alma del rústico aldeano:

vibración de los gozos y las penas

de las almas serenas,

ante robusto de las almas rudas,

hondo consuelo de las almas buenas,

único idioma de las almas mudas…

¡Señor, si tus enojos

haces caer sobre miseria tanta

como aflige a cualquiera de tus hijos,

ponle llanto en los ojos,

ponle abrojos debajo de la planta,

ponle arrugas y canas en la frente;

pero déjale voz en la garganta,

porque bien sabes Tú, Dios providente,

que no puede vivir el que no canta!

Camino de la aldea,

que, oculta entre los álamos, humea,

delante del muchacho distraído

la yunta va marchando,

el arado del yugo suspendido

y el timón arrastrando.

Lánguidamente declinaba el día;

la brisa se hizo fría,

la alondra se acostó, cantó el mochuelo,

el murciélago errante

culebreó con dislocado vuelo.

Era verdad lo que el cantar decía.

A medida que el mozo la dejaba,

la llanura ¡qué triste se ponía!

¡qué sola se quedaba!

Todo en ella decía

que él era el alma del terruño muerto,

él era lengua del paisaje mudo,

él la nota viviente del desierto,

el sacerdote rudo

de aquel templo desnudo,

al culto grave del trabajo abierto.

Y a medida que el campo se ponía

como la copla del gañán decía,

se alegraba el lugar con los rumores

de la humilde legión de labradores

que a la aldea volvía

en busca del pedazo de cariño,

la pobre cena en el hogar risueño,

las caricias de un niño

y unas horas dulcísimas de sueño.

Cuando el mozo pasaba por la era,

del lugarejo plácida vecina,

le pidió una campana plañidera

la oración vespertina,

y él la rezó con la piedad sincera

y algo inconsciente de la fe pristina.

En el cielo amarillo del Poniente

brilló una estrella rutilante y pura,

y el mozo, indiferente,

la bio cabrillear, fija en la altura;

pero de aquella cristalina fuente

que está junto al camino

vio venir hacia él alegremente,

como bando de alondras trinadoras,

alborotado grupo peregrino

de garridas muchachas habladoras.

Y ojos que no cegaron

con la luz del lucero vespertino,

deslumbrados quedaron

al fulgor de una estrella

de la gentil constelación humana…

Con las Rebecas del alma castellana

que el mozo vio venir… ¡estaba «ella»!

 

Ése es un hijo de la patria mía:

el que Natura para el Cielo cría,

el que entero en la vida se derrama,

porque a vivirla, generoso, viene,

trabaja, reza y ama:

¡Dios no le pide más: da lo que tiene!

 

El Ramo

I

Y ¿qué quieres, Sebastián?

—Pues unos cantares, amo.

—¿Para Luciana serán?

—Son para cantarle el ramo

de la noche de San Juan.

 

—Bueno; pues di a Luciana

que atienda y se ponga ufana

si en la canción se conoce,

y aquella noche, a las doce,

le cantas a la ventana:

 

«Te traigo un ramo de flores

del huerto de mis amores

para adornarte la reja;

del huerto de mis mayores

te traigo mieles de abeja;

 

y amor y trabajo, unidos,

cantando regalarán

 

tus oídos

en la noche de San Juan».

 

«¡Si tú supieras, Luciana,

qué triste he pasado el día!…

Fue tan larga la mañana,

tan larga la tarde vana,

que yo a las dos les decía:

 

—Si no acabáis de esconderos,

¿cuándo su luz me darán

los luceros

de la noche de San Juan?

 

«Me dice nuestro querer

que aquel gozar de mañana

más hondo que éste ha de ser…

Perdone el Amor, Luciana,

que no lo puedo creer.

 

¿Quién midió la dicha honda

que inspira al pobre galán

esta ronda

de la noche de San Juan?»

 

«Casta, cual noche de estío

cual la hormiga, vividora;

pura, cual puro rocío;

risueña como la aurora…»

¡Así ha de ser, hijo mío!…

 

Y se oían concertadas

—olas que vienen y van—

las tonadas

de la noche de San Juan.

 

«Antes que amores sintiera

cantaba yo el esquileo,

cantaba la barbechera,

la plácida sementera

y el codicioso acarreo.

Y nunca aprendí estos sones,

porque no eran los del pan

las canciones

de la noche de San Juan».

 

«Tranquilo te vi crecer;

mas no sé con qué ilusión

te pude más tarde ver,

que díjome el corazón:

 

¡Es la soñada mujer!

Y a un lado viejos pensares,

dime a aprender con afán

los cantares

de la noche de San Juan».

 

«Te dije triste y sincero:

—¡Soy un pobre jornalero,

pero te tengo un querer!…

—También soy pobre y te quiero

—me hubiste de responder—;

y aquel año de alegrías

ya cantó el pobre gañán

melodías

de la noche de San Juan».

 

«Si te pudiera pintar

unas ansias de querer

en que ahora me siento ahogar

y unas ganas de llorar

que tengo al amanecer…

¡Ay!, a encenderlas volvieras

cuando apagándose van

las hogueras

de la noche de San Juan».

 

«Mas oye: vengan los días

de nuevas felicidades

y de nuevas alegrías.

Si amor promete ambrosía,

juremos fidelidades,

 

que cuantos años vivamos

las hojas revivirán

de estos ramos

de la noche de San Juan».

 

II

—Pero ¿lloras, Sebastián?

—Yo no sé qué es esto, amo…

—Pues lágrimas que se van…

 

¡Sé muy bien lo que es el ramo

de la noche de San Juan!…

 

Los Postres De La Merienda

El sol quemaba, y al mediar el día

interrumpió Francisco la faena:

una faena trabajosa y ruda,

menos propia de hombres que de bestias.

Y laxos ya los músculos de acero,

medio asfixiado, con las fauces secas,

limpiándose los ojos escaldados

y mascando el polvillo de la tierra,

a la sombra candente de un olivo

se dispuso a comerse la merienda:

un pedazo de pan como caliza

y un trago de agua… si la hubiese cerca.

«¡Y entavia gruñi el amo! —meditaba—.

Pus no sé yo que más jacel se puea

que trabajal jasta que el cuerpo dici

que aunque quiera no pue jacel más fuerza.

¡Y gruñí! Y pa ganal los cuatru realis

es menestel queal jecho una breva,

y estrozalsi la ropa, y no traelsi

ni un cacho tajaína pa merienda

pa que el cuerpo no diga que no puedi

y se abarranqui con la carga a cuestas.

Y ahora menos mal que los jornalis

rejundin más, aunque sual me cuestan;

pero n’amás que pase el tiempo esti

con tres realis pelaos uno se quea,

jasta que espués la bellotera ayúe

y espués también la aceitunera venga,

pa que siquiera otro mesín poamos

ganal escasamenti la peseta.

Y luego… los tres realis, y el invierno

que se pue regilal sin cuasi leña

ni aceiti p’al candil ni na de trigo,

que se poni a cincuenta la janega.

No quea más que el ajo de patatas,

si hay algo de cundío pa cocelas,

que no lo habrá si la mujer no sali

por ahí avelgonzá con la aceitera.

Ya podía robali al amo mesmo

bellotas y aceitunas pa vendelas,

y cosas de más valía que tieni

juera de casa y en su casa mesma.

Pa jacelo me sobran asaúras,

me sobra halbelía, me sobra juerza,

pero ejaba perdía a la mi genti

si en el ajo me cogin y me enrean.

¡Y aunque no! Ni mi padri jizu eso

ni me ijo enjamás que lo jiciera,

ni aninantis he sío de la uña

ni quieri la mujel que ahora lo sea.

¡Ni falta que jacía ni pensalo

con un jornal contino de peseta!;

pero súas y súas como un negro

y a ganalo algún mes cuantis que llegas.

¡Y asín tiene que sel! Yo no me arrocho

a jacel la bruta mas que me muera,

porque a mí no me sale la robaina

¡y antis me junda que me jaga a ella!

Seguiremos asín, como poamos,

aguantando, aguantando lo que venga,

jasta que ya se llenin las medías,

¡porque me gieri que el muchacho y ella

no se puéan jartal de pan de trigo

ni un torresnino pa colalo tengan!…»

Por aquí iba Francisco en sus pensares

cuando de pronto resonó ya cerca

el trote de la jaca que montaba

el amo que no daba la peseta

Y ante Francisco, en ademán airado,

gruñó el verdugo con la voz muy seca:

«No quiero jornaleros comodones

que a la sombra tan frescos se me sientan,

ni señoritos finos que se tardan

una hora en comerse la merienda.

La herramienta parada, tú sentado,

y luego, ¡que te paguen a peseta!

Te debo medio día, deja el corte

y a la noche te vas a por la cuenta.»

No dijo más, y al trote de la jaca

salió del olivar por la vereda.

Mirándole Francisco como a veces

suele mirar al domador la fiera,

murmuró con la voz un poco ronca,

preñada de amenazas y algo trémula.

«¡Me caso en Reus!… ¡Lo que yo jaría

si el chico y la mujel se me murieran!…»

 

Elegía

I

No fue una reina

de las de España,

fue la alegría

de una majada.

 

Trece años cumple

para la Pascua

la cabrerilla

de Casablanca.

Su pobre madre

sola la manda

todas las tardes

a la majada.

Lleva ropilla,

lleva viandas

y trae jugosa

leche de cabras.

Vuelve de noche,

porque es muy larga,

porque es muy dura

la caminada

para un asnillo

que apenas anda.

 

¡Qué miedo lleva!

Pero lo espanta

con el sonido

de sus tonadas.

Canta con miedo,

de miedo canta.

¡Son tan profundas

las hondonadas

y tan espesas

todas las matas!…

¡Son tan horribles

las noches malas,

cuando errabundas

aullando vagan

lobas paridas

por las cañadas

con unos ojos

como las brasas!…

¡Son tan medrosas

las noches claras

cuando en los charcos

cantan las ranas,

cuando los búhos

ocultos graznan,

cuando hacen sombra

todas las matas

y se menean

todas las ramas!…

 

Los viejos hombres

de la majada

la quieren mucho

porque es tan guapa,

porque es tan buena,

porque es tan sabia.

Pero a un despierto

zagal de cabras,

que cumple trece

para la Pascua,

no sé con ella

lo que le pasa,

que algunas veces,

al contemplarla,

se pone trémula

su cara pálida

y entre sus párpados

tiemblan dos lágrimas…

 

Nadie ha sabido

que la regala

dijes y cruces

de Alcaravaca

de bien pulido

cuerno de cabra.

 

Cuando ella viene

con la vianda

¡le da más gusto!…

¡Le da más ansia,

le da más pena,

cuando se marcha!…

¡Como que toda

la noche pasa

llorando quedo

sobre la manta

sin que lo sepan

en la majada!

 

II

¡Ay pobre madre,

cómo gritaba,

despavorida,

desmelenada!

¡Ay los cabreros

cómo lloraban,

apostrofando,

ciegos de rabia!

¡Cómo corrían

y golpeaban

con los cayados

peñas y matas!

¡Y eran muy pocas

todas las lágrimas

que de los ojos

se derramaban!

¡Y eran pequeñas

todas las ansias

y las torturas

de las entrañas!

¿Quién nunca ha visto

desdicha tanta?

¡La cabrerilla

de Casablanca

por fieros lobos,

¡ay!, devorada!

Sangre en las peñas,

sangre en las matas,

¡la virgencita,

desbaratada!

¡Toda en pedazos

sobre la grava:

los huesecitos

que blanqueaban,

la cabellera

presa en las matas,

rota en mechones

y ensangrentada!…

¡Los zapatitos,

las pobres sayas

todas revueltas

y desgarradas!…

 

Loca la madre,

qué miedo daba

de ver los rayos

de sus miradas,

de oír los timbres

de sus palabras,

y el cabrerillo

de la majada

mudo y atónito

tremiendo estaba

con los ojazos

llenos de lágrimas,

despavorido

como zorzala

de un aguilucho

presa en las garras.

¿Cómo los árboles

no se desgajan?

¿Cómo las peñas

no se quebrantan,

y no se enturbian

las fuentes claras

y no ennegrecen

las noches blancas?

Ya vienen hombres

con unas andas,

con unos paños,

con una sábana;

los despojitos

en ella guardan

y se los llevan

a Casablanca.

 

Y al cabrerillo

nadie lo llama,

pero él camina

tras de las andas

mirando a todos

con la mirada

de herido pájaro

que en torno vaga

de los verdugos

que le arrebatan

el dulce nido

donde habitaba.

¡Ay virgencita

de Casablanca!

¡Ay cabrerillo

de la majada!

 

III

Su padre silba,

su padre llama,

porque el muchacho

deja las cabras

junto a las siembras

abandonadas

y en los jarales

oculto pasa

tardes enteras,

largas mañanas…

¿Qué es lo que hace?

¿Por qué se guarda?

Pues es que a solas

las horas pasa,

pule que pule,

taja que taja,

llora que llora,

ciego de lágrimas…,

que dos veneras

finas prepara

de bien pulido

cuerno de cabra,

porque una noche

quiere llevarlas

al campo santo

de Casablanca…

 

En La Majada (Coro De Vaqueros)

VAQUEROS

La alborada,

la alborada, la alborada va a venir.

No se puede con el frío de la helada

dormir.

¡No se puede dormir!

Se mete hasta los tuétanos

el húmedo relente

y el filo del carámbano

parece que se siente

por la carne dolorida penetrar.

Se hielan en los párpados

las gotas de rocío,

las mantas empandéranse

y no quitan el frío;

este frío que nos hace tiritar.

 

MAYORAL

¡Arriba, muchachos!

¡Que va a amanecer

y al chozo hoy los amos

nos vienen a ver!

 

VAQUEROS

La alborada,

la alborada por allí despuntará.

Ya la luna, melancólica, borrada,

se va;

¡ya la luna se va!

Pusiéronse ya pálidos

el carro y las cabrillas;

ya cantan en los árboles

las tontas abubillas

la temprana monorrítmica canción.

Calláronse los cárabos,

y braman los becerros;

las vacas, levantándose,

sacuden los cencerros,

que resuenan como notas de un bordón.

¡Tolón! ¡Tolón!

¡Tolón! ¡Tolón!

 

MAYORAL

¡Aprisa, muchachos

que va a clarear,

y ya están las vacas

queriendo marchar!

 

VAQUEROS

La alborada,

la alborada por allí ya despuntó.

Su venida la alegría en la majada

vertió.

¡La alegría vertió!

Las vacas, relamiéndolos,

sus chotos amamantan;

allá en las vegas húmedas,

las nieblas se levantan

y transponen de las cúspides a ras;

la escarcha de los árboles

el sol va derritiendo,

y al suelo en puras lágrimas,

deshechas van cayendo

con monótono dulcísimo compás.

¡Tas! ¡Tas!

¡Tas! ¡Tas!

 

Y a la vaca más lechera,

que llamándonos espera,

desde que al choto se acercó

asaltamos de costado,

el becerro por un lado,

por el otro lado, yo.

 

Y espumosa,

mantecosa,

bienoliente,

sabrosa,

bullente,

jugosa,

caliente,

cual finísimo riel

de la ubre va fluyendo

y en la cuerna va cayendo

espumando,

chispeando,

humeando,

leche dulce como miel…

 

En Todas Partes

En los montes de encinas seculares

donde toda raíz profunda arraiga

donde tronco es columna inconmovible

y brazo de gigante toda rama;

 

allí donde en la vida se suceden,

cual recordando lo que nunca acaba,

el estallido de la yema nueva

y el caer funeral de la hojarasca;

allí, Señor, del tiempo

te siento Eterno el alma.

 

Con las pupilas y la mente hundidas

en los espacios de las noches claras;

en las orillas de los mares hondos

con el oído abierto a la borrasca;

junto a la base de la oscura sierra,

mirando el risco de las crestas ásperas;

sobre el perfil de la montaña ingente,

mirando el mundo de las tierras bajas,

allí, Señor del mundo,

te siente Grande el alma.

 

De la pradera en el riente suelo

pintado de violetas y gamarzas;

en el fogoso amanecer de oro

y en el sereno amanecer de plata;

 

oyendo al ave que cantando sube

y al regatuelo que rezando baja;

con una rosa cerca de los ojos

y un ruido de aire que entre frondas pasa,

así, por el sentido,

te siente Bueno el alma.

 

Y de ese insecto en los flexibles élitros,

y de esa fiera en las agudas garras,

y en esa escarcha que la tierra hiela,

y en ese rayo que el ambiente abrasa,

en ese sol incubador de vida,

en esa lluvia que mis surcos baña,

en esa brisa que fecundo polen

lleva en la punta de sus leves alas,

te siente Providente,

te siente Sabio el alma.

 

Sobre la peña del erial hirsuto

paladeando hieles las entrañas;

bajo la hiedra de heredado huerto

saboreando amores o esperanzas;

 

revolcando mis carnes sobre abrojos

cuando me acusa la conciencia airada

o en mi lecho campestre de tomillos

cantando paz de honrado patriarca,

allí, Padre del hombre,

te siente Bueno el alma.

 

Y no en los ruidos de los bellos días

ni en los silencios de las noches diáfanas;

y no en lo grande de tus grandes mundos

ni en lo pequeño que en sus senos guardan;

 

ni en esas cumbres de la vida eterna

ni en esos valles de la vida humana

es donde el alma que con sed te busca

bebe y se baña en tu visión más clara…

 

¡Mejor que fuera de ella

te siente dentro de su abismo el alma!

 

La Jurdana

I

Era un día crudo y turbio de febrero

que las sierras azotaba

con el látigo iracundo

de los vientos y las aguas…

Unos vientos que pasaban restallando

las silbantes finas alas…

Unos turbios, desatados aguaceros,

cuyas gotas aceradas

descendían de los cielos como flechas

y corrían por la tierra como lágrimas.

Como bajan de las sierras tenebrosas

las famélicas hambrientas alimañas,

por la cuesta del serrucho va bajando

la paupérrima jurdana…

Lleva el frío de las fiebres en los huesos,

lleva el frío de las penas en el alma,

lleva el pecho hacia la tierra,

lleva el hijo a las espaldas…

Viene sola, como flaca loba joven

por el látigo del hambre flagelada,

con la fiebre de sus hambres en los ojos,

con la angustia de sus hambres en la entraña.

Es la imagen del serrucho solitario

de misérrimos lentiscos y pizarras;

es el símbolo del barro empedernido

de los álveos de las fuentes agotadas…

Ni sus venas tienen fuego,

ni su carne tiene savia,

ni sus pechos tienen leche,

ni sus ojos tienen lágrimas…

Ha dejado la morada nauseabunda

donde encueva sus tristezas y sus sarnas,

donde roe los mendrugos indigestos,

de dureza despiadada,

cuando torna de la vida vagabunda

con el hijo y los mendrugos a la espalda,

y ahora viene, y ahora viene de sus sierras

a pedirnos a las gentes sin entrañas

el mendrugo que arrojamos a la calle

si a la puerta no lo pide la jurdana.

 

II

¡Pobre niño! ¡Pobre niño!

Tú no ríes, tú no juegas, tú no hablas,

porque nunca tu hociquillo codicioso

nutridora leche mama

de la teta flaca y fría,

álveo enjuto de la fuente ya agotada.

Te verías, si te vieras, el más pobre

de los seres de la tierra solitaria.

No envidiaras solamente al pajarillo

que en el nido duerme inerte con la carga

de alimentos regalados

que calientan sus entrañas,

envidiaras del famélico lobezno

los festines que la loba le depara,

si en la noche tormentosa con fortuna

da el asalto a los rediles de las cabras…

Estos días que en la sierra se embravecen,

por la sierra nadie vaga…

Toda cría se repliega en las honduras

de cubiles o cabañas,

de calientes blandos nidos

o de enjutas oquedades subterráneas.

Tú solito, que eres hijo de un humano

maridaje del instinto y la desgracia,

vas a espaldas de tu madre recibiendo

las crüeles restallantes bofetadas

de las alas de los ábregos revueltos

que chorrean gotas de agua.

Tú solito vas errante

con el sello de tus hambres en la cara,

con tus fríos en los tuétanos del cuerpo,

con tus nieblas en la mente aletargada

que reposa en los abismos

de una negra noche larga,

sin anuncios de alboradas en los ojos,

orientales horizontes de las almas

 

III

Por la cuesta del serrucho pizarroso

va bajando la paupérrima jurdana

con miserias en el alma y en el cuerpo,

con el hijo medio imbécil a la espalda…

Yo les pido dos limosnas para ellos

a los hijos de mi patria:

¡Pan de trigo para el hambre de sus cuerpos!

¡Pan de ideas para el hambre de sus almas!

 

La Virgen De La Montaña

(A mi querido amigo el virtuoso sacerdote don Germán Fernández)

I

Era un día quejumbroso de diciembre ceniciento

cuando yo subí la cuesta de la mística mansión:

el que aquella cuesta sube con angustias de sediento,

baja rico de frescuras el ardiente corazón.

 

Era un día de diciembre. La ciudad estaba muerta

sobre el árido repecho calvo y frío del erial;

la ciudad estaba muda, la ciudad estaba yerta

sobre el yermo fustigado por el hálito invernal.

 

Los palacios y las torres de los viejos hombres idos

en el carro de los tiempos de las glorias y el honor,

dormitaban indolentes, indolentemente hundidos

de seniles impotencias en el lánguido sopor.

 

Era un día de infinitas y secretas amarguras

que a las almas resignadas se complacen en probar;

me apretaban las entrañas melancólicas ternuras

y membranzas dolorosas de los hijos y el hogar.

 

Me caían en la frente doloridos pensamientos

de esta trágica y oculta mansa pena de vivir;

me pesaban en el alma los mortales desalientos

de las pobres almas mudas, fatigadas de sentir.

 

Arrancaban de mi pecho melancolías piedades

y santísimos desdenes de confeso pecador;

la grotesca danza loca de las locas vanidades

que los hombres arrastramos de la fama en derredor.

 

Las ridículas miserias del orgullo pendenciero,

las efímeras victorias de los hombres del placer,

las groseras presunciones de los hombres del dinero,

las grotescas arrogancias de los hombres del poder…

 

Todo el mundo de las grandes epilépticas demencias,

todo el mundo de infortunios de la pobre Humanidad,

todo el mundo quejumbroso de mis íntimas dolencias

me pesaban en el alma con gigante gravedad.

 

Era un día de amarguras cuando yo subí la cuesta

de la alegre montañuela que veía yo a mis pies

desde aquella blanca ermita que asentaron en su cresta

como nidos de palomas en pimpollo de ciprés.

 

Como sábanas inmensas de longuísimos desiertos

se extendían, dominados por los brazos de la Cruz,

horizontes infinitos, infinitamente abiertos

al abrazo de los cielos y a los besos de la luz;

 

horizontes que pusieron en las niñas de mis ojos

la visión de la desnuda muda tierra en que nací;

tierras verdes de las siembras, tierras blancas de rastrojos,

tierras grises de barbechos… ¡Patria mía, yo te vi!

 

Me trajeron tu memoria las espléndidas anchuras

de las tierras y los cielos que se llegan a besar;

las severas desnudeces de las áridas llanuras,

las gigantes majestades de su grave reposar…

 

Y una pena que atraviesa por la médula del alma,

una pena que mi lengua nunca supo definir,

me invadió para robarme la serena augusta calma

que refrena, que preside los espasmos del sentir.

 

Pero a mí cuando la pena con su látigo me azota

no me arranca ni un lamento de grosera indignación;

por la misma herida abierta que caliente sangre brota,

brota el bálsamo tranquilo de la fe del corazón.

 

Y por eso cuando siento que rugiendo se adelanta

la borrasca detonante que me quiere aniquilar,

ni su rayo me acobarda, ni su estrépito me espanta

porque sé dónde arriarme, porque sé dónde mirar.

 

¡Madre mía, madre mía! Cuando aquella tarde brava

yo subía por la cuesta de tu mística mansión,

como el látigo del viento que la cara me cruzaba,

flagelaba el de la pena mi sensible corazón,

 

y por eso te miraba con aquella que conoces

tan recóndita mirada que te sé yo dirigir

cuando inician en mi pecho sus asaltos más feroces

las nostalgias taciturnas que me suelen afligir.

 

¡Madre mía!… Me contaron unos buenos caballeros,

moradores de tu hidalga y amadísima ciudad,

que son tuyos sus amores, y son suyos tus veneros

copiosísimos y santos de graciosa caridad:

 

me contaron episodios de la bella historia tuya,

dulcemente convivida con tu amante pueblo fiel;

me dijeron que era tuyo; me dijeron que eras suya,

que te daban bellas flores, que les dabas rica miel,

 

que el que suba aquella cuesta y en el pecho lleve agravios,

turbias aguas en los ojos y en los hombros dura cruz,

baja alegre sin la carga, con dulzuras en los labios,

con amores en el pecho y en los ojos mucha luz.

 

¡Madre mía, lo he gozado! Los dulcísimos instantes

que mis penas me tuvieron de rodillas ante Ti

fueron siglos de exquisitas dulcedumbres deleitantes

que los ríos de tus gracias derramaron sobre mí.

 

Y el oscuro peregrino que la cuesta de tu ermita

como cuesta de un calvario rendidísimo subió

con la carga de miserias que en los hombres deposita

la ceguera de una vida que entre polvo se vivió,

 

descendió de tu montaña con los ojos empapados

en aquella luz que hiende las negruras del morir,

y el espíritu sereno de los hombres resignados

que sonríen santamente con la pena de vivir.

 

¡Madre mía!, si esas mieles has tenido en tus veneros,

para el labio de un andante caballero de la fe,

¿qué tendrás en tu tesoro para aquellos caballeros

del hidalgo pueblo noble que es alfombra de tu pie?

 

II

Bellísima cacereña,

hija del sol que te baña:

¡la Virgen de la Montaña

te guarde, niña trigueña!

 

Te habrán dicho los espejos

que son tus labios muy rojos,

que son muy negros tus ojos,

que fuego son tus reflejos,

 

que son tus trenzas dos lindas

cadenas de amor ardientes,

que son perlitas tus dientes

y tus mejillas son guindas.

 

Te habrá dicho ese indiscreto

cortesano de mujeres

todo lo hermosa que eres,

porque él no guarda un secreto.

 

Y un funesto genio alado,

sátiro, flaco y viscoso,

murciélago tenebroso,

tras los espejos posado,

 

te habrá cantado: «¡Oh mujer!,

¿qué reina Venus mejor

para la corte de amor

donde el rey es el placer?»

 

Y yo que te adoro tanto;

yo que te quiero más bella

que la loca reina aquella,

de esta manera te canto:

 

¡Qué angelical ermitaña

tuviera en ti, cacereña,

para su ermita risueña

la Virgen de la Montaña!

 

¿Ves la poética ermita

que irradia blancos reflejos?

Pues no la busques más lejos,

que allí la belleza habita.

 

Linda garza y ribereña:

levanta el gallardo vuelo,

que estás más cerca del cielo

posada en aquella peña.

 

Vive tu propio vivir,

deja del valle la hondura,

que si alas te dio Natura

te las dio para subir.

 

Sube a la mística loma,

que no hay mansión deleitable

más llena de paz amable

que el nido de una paloma.

 

Sube, que yo, cuando subes

por ese atajo risueño,

gentil alondra te sueño,

que va a cantar a las nubes.

 

Sube, preciosa ermitaña,

que algo que no da Natura

se lo dará a tu hermosura

la Virgen de la Montaña.

 

Que aunque el espejo te cuente

que son tus labios muy rojos,

que son muy negros tus ojos

y que es divina tu frente,

 

nunca, con ruda franqueza

de amigo que se delata,

te dirá que él no retrata

lo mejor de la belleza.

 

Yo puedo darte un consejo,

pues digo verdad si digo

que soy más honrado amigo

que el sátiro y el espejo,

 

y sé mejor que los dos

cuáles son las más graciosas,

cuáles las más bellas cosas

que puso en el mundo Dios.

 

¿No sabes que los poetas

vivimos siempre cantando,

de la belleza buscando,

siempre las claves secretas?

 

¿Y no sabes tú, paloma,

que no nos placen las flores

ricas en vivos colores

y pobres en rico aroma?

 

¡Pues sube, linda ermitaña,

que algo que no da Natura

se lo dará a tu hermosura

la Virgen de la Montaña!

 

Todos los años, estrella,

sé que subís a su ermita

y le hacéis una visita

tú y la primavera bella,

 

y yo, que vivo buscando

bellas cosas que cantar,

tal visita al recordar

suelo decir suspirando:

 

¡Será un cielo aquella sierra

cuando, levantando el vuelo,

visiten a la del cielo

las vírgenes de la tierra!…

 

Regreso

I

Estuve en la ciudad. Vi la materia

brillar resplandeciente,

correr arrolladora,

sonar dulce y rugiente

y en la vida imperar como señora.

Reina del mundo, la ciudad entera

su esclava fiel, su adoradora era.

Los sabios peroraban

del aula en la trinchera,

en defensa del ídolo que amaban;

los coros de los hijos del Parnaso

coplas sublimes en su honor cantaban,

obstruían el paso

en plazas y jardines y museos

las estatuas alzadas a la diosa,

soberanos trofeos

que falange de artistas victoriosa

le rindió generosa

del ingenio de artísticos torneos;

y la gran muchedumbre

de libres ciudadanos de rodillas,

en hábito de eterna servidumbre

que no le pagan sus eternos amos,

entonaban su canto de costumbre:

«¡Te adoramos, oh diosa, te adoramos!»

 

Estuve en la ciudad y vi los sabios.

Fui dispuesto a escucharles de rodillas,

sin que allí mis palabras de hombre rudo

salieran de la cárcel de mis labios,

que en ellos hizo la ignorancia un nudo.

En su alas la fama vocinglera

llevó dos o tres nombres

al oscuro rincón de mi morada

que augusto templo del silencio era,

y una noble ambición que hay en los hombres

me hizo salir de mi rincón querido,

y a oír la voz que del saber es puerta

fui con el alma abierta

puesta debajo del abierto oído.

A entender los misterios fui dispuesto

de la vida y del mundo,

la fuerte base del obrar modesto,

la clave oscura del saber profundo,

la oculta vía del vivir sin brillo,

la esencia arcana del amor honesto,

la regla simple del pensar sencillo…

iba a aprender, sin tortuosos modos,

la fórmula del bien, los soberanos

conceptos graves del amor de hermanos

que nacimos de Dios, padre de todos;

y rasgadas las brumas que embarazan

la alta visión con su tupido velo,

iba a saber el punto en que se enlazan

la senda de la vida y la del cielo.

Y así como la abeja,

libado el polen, de la flor se aleja

y toma a elaborar el néctar puro

de su colmena en el recinto oscuro,

yo, conduciendo de placer henchido

mi carga de saber, carga de oro,

de los sabios tomada en el tesoro,

a las dulzuras del rincón querido

contento volvería

a labrar con el polen adquirido

miel de sabiduría…

¡Oh fama vocinglera!

¡Cuán fácil es el viento que te guía,

y tu sonora voz, cuán embustera!

La gran sabiduría nunca ha sido

música del oído,

torrente de palabras que allí cae

donde un hueco encontró, como el sonido,

que el viento que lo lleva se lo trae.

Ni es orgullo que ciega,

ni es encono que grita,

ni estéril voz que apasionada niega,

ni desprecio del bien que al mal invita.

Ni tampoco almacén abarrotado

de innúmeras ideas

que pueril vanidad ha amontonado

para que tú, ¡oh adulador!, las veas,

y tú, Fama veloz, vueles y cantes,

y tú, varón sencillo, oigas y creas,

y os asombréis vosotros, ¡oh ignorantes!

No, no; sabiduría,

en la noche del mundo tan sombría,

es estrella que alumbra,

brazo amigo que guía,

no relámpago breve que deslumbra

ni mano malhechora que extravía.

¡Oh tú, Fama embustera!

No alborotes las plácidas mansiones

donde quiere la vida ser sincera:

¡tienes otras regiones

donde suenan mejor tus huecos sones!

No vuelvas a mi casa: está cerrada

y en ella encarcelada

tu enemiga mortal, la Verdad ruda,

que no sale a la calle

porque nadie la quiere ver desnuda.

Y vosotros, ¡oh sabios!, cuyos nombres

no saldrán de la cárcel de mis labios,

una noble ambición que hay en los hombres

me trajo a vuestro pies… ¡Adiós, oh sabios!

 

Estuve en la ciudad y vi la vida.

Es ligera y hermosa,

del modo que es hermosa y es ligera

la ingrávida, la leve mariposa

que nace, vive y muere en primavera.

Y así como el insecto primoroso,

visitador inquieto de las flores,

más parece nutrirse de colores

que de polen sabroso,

la vida ciudadana

de la flor del placer fiel cortesana,

no se acercaba a ella

con aguijón de abeja laboriosa,

sino con frágil ala lujuriosa,

de mariposa bella.

¡Qué de prisa las horas sin regreso

rodaban por encima de los seres!

¡Qué nervioso el avance del progreso;

qué fuertes los placeres;

las fiestas, qué brillantes;

qué hermosas las mujeres

y los hombres, qué cultos, qué elegantes!

Lo que sabe el varón adusto y grave

que en el pobre lugar pasa por sabio,

cualquiera allí lo sabe;

por eso es elocuente todo labio,

porque los abre del saber la llave.

Conocen allí todos

los secretos del Arte y de la Ciencia;

saben de varios modos

faltar a la verdad con elocuencia;

saben negar, audaces;

saben reír, satíricos feroces;

saben gustar, voraces,

las mieles de las mieles de los goces,

y saben ser flexibles, distinguidos,

hablar con gran finura

y obrar con gran descoco…

¡Saben vivir unidos

amándose muy poco!

¡El saber, el saber! Ése era el lema,

la aspiración suprema

de la vida veloz que se vivía.

¡Se estudiaba el amor como un problema!

Y yo también quería

ser un sabio de aquellos que admiraba,

mas no lo quiso la fortuna mía.

Ufano contemplaba

montón de ideas mi cerebro hecho;

pero, ¡ay!, se me olvidaba

en qué lado del pecho

mi corazón encadenado estaba.

Sensible corazón que ahora palpitas

al fuego del amor que ya te quema:

¿para qué pude yo necesitarte

donde el cerebro fabricaba el Arte

y estudiaba el amor como un problema?

Yo pasaba los días presurosos,

entre sabios famosos,

y las noches pasaba entre poetas.

¡Qué días tan ruidosos!

Y las noches, ¡qué estériles, qué inquietas!

Y después de vivir la fácil vida

que una noble ambición, humana y santa,

me pintó de grandezas toda henchida,

ni ella me dio sabiduría tanta

como a cualquiera le infundió Natura,

ni a cantar aprendí con más dulzura

que la que puso Dios en mi garganta.

 

II

Pero ya estoy aquí, campos queridos,

cuyos encantos olvidé por otros

amasados con miel y con veneno.

¡Pequé contra vosotros!

¡Recibidme otra vez en vuestro seno!

Yo te conozco, solitario monte;

te cantaré de nuevo, patria mía;

beber quiero tu luz, ancho horizonte;

gozar quiero tu paz, ¡oh mi alquería!

Mis hijos inocentes

beben el agua de tus puras fuentes,

nutren su cuerpo con el pan sabroso

que produce tu suelo generoso,

tuesta sus puras frentes

la lumbre pura de tu sol caída,

y me los hinchan de salud y vida

los céfiros sedantes y serenos

que vienen de tus grandes encinares,

que vienen de tus mieses y tus henos,

que vienen de tus ricos tomillares…

Aquí no vive la materia inerte

esa vida que presta el artificio,

estéril disimulo de la muerte.

Viven aquí las cosas

porque en su entraña cada cual encierra

la del vivir intimación divina

que a ti te ha dado jugos, fértil tierra,

y a ti te ha dado savia, vieja encina.

Yo admiro la hermosura,

la soberana esplendidez grandiosa

que augusta ostenta sobre sí Natura;

pero ella es criatura,

no puede ser mi diosa;

y aunque canto postrado de rodillas,

delante de sus grandes maravillas,

que son del mundo hechizo,

yo sólo adoro en ella

la mano soberana que la hizo…

¿Y quién no besará la mano aquella

que ha sabido crear cosa tan bella?

 

Hombres de mi alquería,

custodios fieles de la hacienda mía:

los que vais encorvados

detrás de los arados

desgarrando los senos de mis tierras;

los que del hierro de la paz armados

abatís la esperanza de mis sierras;

los que andáis sin hogar, solos y errantes

guardando mis ganados noche y día;

los de mis montes fieles vigilantes;

los de mi casa honrada compañía;

los que colmáis de frutos diferentes

mi casa, mis laneros,

mis templados establos, mis graneros

y mis anchos pajares bienolientes…

Mayorales, gañanes y renteros,

cabreros y pastores,

colonos y yegüeros,

guardas y aperadores,

montaraces, zagales y vaqueros…

¡todos los hijos del trabajo rudo

que regáis con sudor la hacienda mía…,

salid a recibirme! ¡Yo os saludo

y os bendigo en la paz de la alquería!

Vengo a anudar el hilo

roto en mal hora del vivir tranquilo;

a humillar, cual vosotros, la cabeza

al yugo del trabajo cotidiano,

fuente de la riqueza,

padre providencial de la pobreza,

sal del vivir humano.

Que rueden por la mía,

como ruedan también por vuestras frentes,

las de honrado sudor gotas ardientes

que cuesta el pan del día,

y que sepan mis hijos inocentes,

cuando puedan mirar hacia el pasado,

que el pan sabroso que los ha nutrido

era pan amasado

con gotas de sudor por mí vertido.

Desciendan por mi frente

del sudor del trabajo los raudales

y bañen mi pupila distraída,

que esos son los cristales

a través de los cuales

debemos todos contemplar la vida.

¡Hijos humildes del trabajo honrado!,

yo la vuestra contemplo

como el más alto ejemplo

del vivir generoso y resignado;

y vuelvo a vuestro lado,

porque todo lo bueno que he aprendido

vuestro grave vivir me lo ha enseñado.

Yo traigo, en cambio, el corazón henchido

de anhelos puros, de doctrinas buenas

y de costumbres santas,

y vengo hasta vosotros decidido

a derramar el bien a manos llenas,

porque el Dios que me dio riquezas tantas

diome con ellas el mayor tesoro

que recibí de su divina mano:

¡un corazón de oro

que de todos los hombres me hace hermano!

 

Y tú, vida serena

de la blanca alquería,

de artificios vacía

y de vigores naturales llena…

Tú, soledad amena,

del encinar cargado de reposo,

donde flota un ambiente religioso

que de dulzor, ¡oh alma!, te enajena,

y un bienestar sabroso

que a ti, mortal escoria, te encadena

al placer de un vivir tan deleitoso…

Tú, feliz compañía

de la fe, del amor y del trabajo,

las tres que el alma mía

virtudes altas a la vida trajo…

 

Tú, silencio elocuente

que en el del campo bienhechor asilo

hablas grave y severo,

sabio maestro del pensar prudente,

padre fecundo del amor tranquilo,

fiel confidente del sentir austero…

Y tú también, jugosa poesía,

de este rico soñar del alma mía,

de este vivir en el hogar templado,

de este cantar en la alameda oscura,

de este dormir en el regazo amado

de la conciencia pura

que arrulla el sueño del varón honrado:

¡dejadme respirar esta frescura

de vuestro ambiente que a vivir convida,

que yo quiero vivir y ésta es la vida!

 

Y vosotros, los anchos horizontes,

los blancos caseríos,

los valles y los montes,

las fuentes y los ríos,

los áridos y grises labrantíos…,

la sombra de la encina,

la música del aire dulce y queda,

y el cantar de la honrada golondrina

y el ruidoso hojear de la arboleda…

El agua de la poza cristalina,

las guindas de mi huerto delicioso,

sus ricos toronjiles y albahacas,

el pan de mis pastores, tan sabroso,

la leche vadeante de mis vacas…,

¡regalazme con goces repetidos,

que os esperan, abiertos, mis sentidos!

Yo daré cuanto tengo,

que a derramar entre vosotros vengo

pedazos de mi ser a manos llenas:

para ti, mi sudor, hacienda mía;

para ti, mis cantares, Patria hermosa;

para vosotros, sangre de mis venas,

hijos amantes y adorable esposa;

para los hombres cuyas rudas manos

colman mi casa de riquezas tantas,

pan abundante con doctrinas santas

y el nombre sabrosísimo de hermano;

para el mal que a la lucha me provoca,

los de luchar inacabables modos;

para el Dios de la Cruz, mi fe de roca,

y el amor de mi alma, para todos.

¡Bendita, ¡oh Patria!, seas, que me has dado

uno en tu seno bienhechor asilo

para morirme en el vivir honrado

que es el secreto de morir tranquilo!

 

Fe

I

¡Señor! ¡Mi patria llora!

La apartaron, ¡oh Dios!, de tus caminos,

y ciega hacia el abismo corre ahora

la del mundo de ayer reina y señora

de gloriosos destinos.

 

Hijos desatentados,

que ya la vieron sin pudor vencida,

la arrastran por atajos ignorados…

¡Señor, que va perdida!

¡Que no lleva en su pecho la encendida

luz de tu Fe que alumbre su carrera!

¡Que no lleva el apoyo de tu mano!

¡Que no lleva la Cruz en la bandera

ni en los labios tu nombre soberano!

¡Señor! ¡Mi patria llora!

¿Y quién no llorará como ella ahora

tremendas desventuras,

si fuera de tus vías

sólo hay horribles soledades frías,

lágrimas y negruras?

 

¿Quién que de Ti se aleje

camina en derechura a la grandeza?

¿Ni quién que a Ti te deje

su brazo puede armar de fortaleza?

 

Solamente unos pocos pervertidos,

hijos envanecidos

de esa Madre fecunda de creyentes

pretenden, imprudentes,

alejarla de Ti: son insensatos;

olvidan tus favores: son ingratos,

desprecian tu poder: están dementes.

 

Pero la patria mía,

por Ti feliz y poderosa un día,

siempre te ve, Señor, como a quien eres,

y en Ti, gran Dios, en Ti solo confía;

que es grande quien Tú quieres,

fuerte quien tiene tu segura guía,

sabio quien te conoce,

¡y feliz quien te sirva y quien te goce!

 

¡Señor! ¡Mi Patria llora!

Ebria, desoladora,

la frenética turba parricida

la lleva a los abismos arrastrada,

la lleva empobrecida…,

¡la lleva deshonrada!…

 

¡Alza, Señor, tu brazo justiciero,

y sobre ellos descarga el golpe fiero,

vengador de sus ciegos desvaríos!…

¡No son hermanos míos

ni hijos tuyos, Señor! ¡Son gente impía!

¡Son asesinos de la patria mía!

 

II

¡Señor, Señor; deténte!

¡No hagas caer sobre la impura gente

el rudo golpe grave

de la iracunda mano justiciera,

sino el toque süave

de la mano que funde y regenera!

 

Y a Ti ya convertidos,

los hijos ciegos a tu amor perdidos,

aplaca tus enojos,

la noche ahuyenta, enciéndenos el día

y pon de nuevo tus divinos ojos

en los destinos de la patria mía.

 

¿No es ella la que hiciera

con los lemas sagrados

de la Cruz y el honor una bandera?

¿La que tantos a Ti restituyera

pueblos ignotos de tu fe apartados,

que con sangre de intrépidos soldados

y con sangre de santos redimiera?

 

¿Y Tú no eres el Dios Omnipotente

que quitas o derramas con largueza

gloria y poder entre la humana gente?

 

¿No eres prístina fuente

de donde ha de venir toda grandeza?

¿No eres origen, pedestal ingente

de toda fortaleza?

 

¿No es toda humana gloria

dádiva generosa de tu mano?

¿No viene la victoria

delante de tu soplo soberano?

 

¡Señor, oye los ruegos

que ya te elevan los hermanos míos!

¡Ya ven, ya ven los ciegos!

¡Ya rezan los impíos!

¡Ya el soberbio impotente

hunde en el polvo, ante tus pies, la frente!

¡Ya el demente blasfemo, arrepentido,

cubre su rostro, el pecho se golpea

y clama compungido:

«¡Alabado el Señor; bendito sea!»

 

Y los justos te aclaman,

alzando a Ti los brazos, y te llaman;

y porque España sólo en Ti confía,

al unísono claman

todos los hijos de la Patria mía:

 

¡Salva a España, Señor; enciende el día

que ponga fin a abatimiento tanto!

¡Tú, Señor de la vida o de la muerte!

¡Tú, Dios de Sabahot, tres veces Santo,

tres veces Inmortal, tres veces Fuerte!…

 

Fecundidad

I

Mucho más alto que los anchos valles,

honda vivienda de la grey humana;

mucho más alto que las altas torres

con que los hombres a los siglos hablan;

mucho más alto que la cumbre arbórea,

llena de luz, de la colina plácida;

mucho más alto que la alondra alegre

cuando en los aires la alborada canta;

mucho más alto que la línea oscura

que hay de la sierra en la fragosa falda,

donde empieza el imperio de las fieras

y las conquistas del trabajo acaban…

Allá, en las cumbres de las sierras hoscas,

allá, en las cimas de las sierras bravas;

en la mansión de las quietudes grandes,

en la región de las silbantes águilas,

donde se borra del vivir la idea,

donde se posa la absoluta calma,

su nido asientan los silencios grandes,

el tiempo pliega sus gigantes alas

y el espíritu atento

siente flotar en derredor la nada…;

allá, en las crestas de los riscos negros,

cerca del vientre de las nubes pardas,

donde la mano que los rayos forja

las detonantes tempestades fragua,

allí vivía el montaraz cabrero

su tenebrosa vida solitaria,

melancólico Adán de un paraíso

sin Eva y sin manzanas…

 

Las sierras imponentes

le dieron a su alma

la terrible dureza de sus focas,

la intensa lobreguez de sus gargantas,

las sombras tristes de las noches negras,

la inclemencia feroz de sus borrascas,

los ceños de sus breñas bravas,

la indolencia brutal de sus reposos

y el eterno callar de sus entrañas.

 

Jamás movió la risa

los músculos de acero de su cara

ni ver dejaron sus hirsutos labios

unos dientes de tigre que guardaban.

 

Un traje de pellejo,

que hiede a ubre de cabras

y suena a seco ruido

de frágil hojarasca,

cubre aquel cuerpo que parece un diente

del risco roto de la sierra parda.

 

¡Oh! Cuando tenue en las rocosas cumbres

la aurora se derrama

sus ámbitos tiñendo

de dulce luz violácea,

 

ya el solitario en el peñón la espera

mirando a Oriente con quietud de estatua;

viva estatua musgosa

que siempre a solas con el tiempo habla;

esfinge viva que plegó su ceño

porque la vida le negó sus gracias,

porque azotó la soledad sus carnes,

porque el reposo congeló su alma…

 

Y luego, cuando abajo

se muere el día de tristeza lánguida

y se ponen las peñas de las cimas

tristemente doradas,

y luego grises, y borrosas luego,

y al cabo negras, con negruras trágicas,

mirando hacia Occidente,

desde aguda granítica atalaya

recibe inmóvil el Adán salvaje

la noche negra que la sierra escala…

 

¿No habrá creado Dios un sol que rompa

la noche de aquel alma

y en luz de aurora fructuosa y bella

le bañe las entrañas?

 

II

Bajó una tarde de las altas cumbres,

vagó errabundo por las anchas faldas

y se asomó a la vida de los hombres

desde la orilla de las breñas agrias.

Subió otra vez a su salvaje nido,

tomó a bajar a la vivienda humana

y ya movió la risa

los músculos de acero de su cara,

y sus diente de tigre, descubiertos,

dieron reflejos de marfil y nácar,

y el hosco ceño despejó la frente,

y se hizo dulce y mansa

la dulzura feroz, brava y sañuda

de aquel mirar de sus pupilas de ágata…;

cortó un lentisco y horadó su tallo,

pulió sus nudos y tocó la gaita,

y oyó por vez primera

la sierra solitaria

música ingenua, balbuciente idioma

que al hombre niño le nació en el alma.

¡Cantó la estatua al declinar la tarde!

¡Cantó la esfinge al apuntar el alba!

 

Y una que trajo de color de oro

mayo gentil espléndida mañana,

con sol de fuego que arrancó resinas

de las olientes montaraces jaras,

e hizo bramar al encelado ciervo,

junto al aguaje en que su sed templaba,

e hizo gruñir al jabalí espantoso,

e hizo silbar a las celosas águilas

que por encima de los altos riscos

persiguiéndose locas volteaban…;

una mañana que vertió en la sierra

toda la luz que de los cielos baja,

todas las auras que la sangre encienden,

todos los ruidos que el oír regalan,

todas las pomas que el sentido enervan,

todos los fuegos que la vida inflaman…;

por entre ciegas madroñeras húmedas,

por entre redes de revueltas jaras,

por laberintos de lentiscos vírgenes

y de opulentas madreselvas pálidas,

y de bravíos vigorosos brezos,

y de romero cuyo aroma embriaga,

el solitario montaraz subía

rompiendo el monte con segura planta

y abriendo paso a la cabrera ruda

que vio del monte en la fragosa falda,

y fue a buscar a la vecina aldea

cual lobo hambriento que al aprisco baja.

En derechura al nido de la cumbre

radiante de alegría la llevaba.

Eva morena, de las breñas hija

y de ella locamente enamorada,

iba a la cumbre a coronarse sola

reina de la montaña.

 

Como membrudo corredor venado,

rompe el cabrero las breñosas mallas;

como ligera vigorosa corza,

de peña en peña la cabrera salta.

Corren así temblando de alegría,

cuantas parejas por la tierra vagan,

pero ninguna tan gentil y noble

subiendo va cual la pareja humana,

que amor le dice que la altura es suya,

porque es del rey el elevado alcázar,

y es para el lobo la maraña negra

de la húmeda garganta,

y es para el feo jabalí el pantano

donde el camastro enfanga,

y es para el chato culebrón la grieta

de ambiente frío y tenebrosa entrada…

 

III

Y vi una tarde el amoroso idilio

sobre la cima de la azul montaña:

un sol que se ponía,

una limpia caseta que humeaba,

una cuna de helechos a la puerta

y una mujer que ante la cuna canta…

Y el hombre en un peñasco

tañendo dulce gaita

que va trayendo hacia el dorado aprisco

los chivos y las cabras…

 

Ganadero

Tiene un viejo caballote,

de gigantesca armadura,

buen correr, mala andadura,

largo pienso y alto trote.

 

Tiene dos perros de presa

de ancha boca bien dentada,

por si una res empicada

se desmanda en la dehesa.

 

Tiene dos galgos zancudos

de ojos vivos como chispas,

flacas cinturas de avispas

y curvos dorsos huesudos:

 

dos destructores crueles

de las liebres y los panes,

pues corren como huracanes

y comen… como lebreles.

 

Tiene… nada a lo moderno:

perdiz en ancho jaulón,

escopeta de pistón

y polvorines de cuerno.

 

Y tiene tan larga capa,

tan ancha capa de paño,

que al caballote castaño

nalgas y cuello le tapa.

 

Gran pensador de negocios,

ladino en compras y ventas,

serio y honrado en sus cuentas,

grave y zumbón en sus ocios,

 

vividor como una oruga,

su vida de siempre es esta:

con las gallinas se acuesta,

con las alondras madruga.

 

Clavado en la dura silla

de su viejo caballote,

se va a Extremadura al trote

y al trote toma a Castilla;

 

y toma allá montaneras,

y arrienda aquí espigaderos,

y busca allá invernaderos,

y goza aquí primaveras,

 

y viene y va con ganado,

y vende, y vuelve a arrendar,

y paga y vuelve a criar…

y siempre está atareado.

 

Y entre tantos trajinares,

aun puede al año unos días

lucirse en las romerías

de los rayanos lugares;

 

porque el intrépido charro

juega tan bien a la calva,

que no hay en tierra de Alba

quien no respete su marro.

 

Ni hay labrador ni vaquero

que de tan brava manera

coja una manta torera

y eche a rodar un utrero.

 

Nadie como él ha lucido

yeguas en las «cuatropeas»,

y mantas en las capeas,

y marros en el ejido,

 

rumbos, en las romerías,

maña en los retajaderos,

fuerzas en los herraderos,

y enas tientas, valentías.

 

Pocas habrá tan certeras

cual sus sagaces miradas

para arrendar otoñadas

y calcular montaneras,

 

pesar un novillo «a ojo»,

vender oportunamente,

saber observar prudente,

saber mirar de reojo…

 

Mas, ¡ay, que todo declina!

Ya no baila, ni capea,

ya no lucha ni pulsea,

ya va viejo, ya se arruina…

 

Ya con su grave figura

y su aspecto, antes bizarro,

sombras de aquel cuerpo charro

que fue broncínea escultura…

 

¡Y no hay que hacerse ilusiones,

porque al charro más valiente,

se le arruga la frente…

se le arrugan los calzones!…

 

La Montaña

¡Hablemos, atalaya gigantea!

Desde tu inmensa altura,

¿me verás muy pequeño en esta hondura

del valle estrecho en que mi choza humea?

¿Verdad que para ti somos iguales

el hombre de la choza

que, sentado en sus míseros umbrales,

la gran visión de tus grandezas goza,

y el último volátil insectillo

que se posa en el último ramillo

del árbol más enteco,

del menos admirado bosquecillo,

de tu más olvidado recoveco?

 

¡Es tanta tu grandeza!…,

tan soberbia tu historia, tan altiva

levantas y tan alta la cabeza,

que solo pequeñez, solo pobreza

verás en lo de abajo desde arriba.

 

Te engendró trepidando el terremoto,

¡reina de las montañas!,

y por la boca del abismo ignoto

la tierra te parió de sus entrañas,

rugiendo de dolor su seno roto.

 

Viniste a la vida,

no tremiendo con trémulos vagidos,

sino cantando la jamás oída

formidable canción de tus rugidos.

Y transpiraste en tu alentar inmenso

soberbias espirales

que cegaron el éter de humo denso.

Y tu loca niñez, brava y ardiente,

envolvióse en pañales

que eran manto de lava incandescente…

 

Luego imprimieron sobre ti sus huellas

los días creadores

de las fecundas primaveras bellas,

las que en tierra feraz siembras las flores

como Dios en el cielo las estrellas.

Tu ardiente aliento, destructor por fuerte,

fue brisa luego, de frescura henchida,

y aquel tu arrollador fuego de muerte

trocóse en fuego incubador de vida.

 

Y una robusta juventud briosa

sembró tus cumbres y cuajó tus faldas

de lluvia lujuriosa,

de boscaje espumante de guirnaldas.

 

Enamorada del soberbio nido

vino a incubar sobre tu haz la vida,

vino a habitarte el concertado ruido,

vino a vivir de tu vivir henchido

toda pareja por instinto unida.

 

Por tus gargantas hondas

rodó el torrente flagelando peñas,

hinchando espumas y mojando frondas;

erró la fiera entre tus hoscas breñas,

el cabrero salvaje

incrustó su majada en las risueñas

orillas agrias del corriente aguaje,

y alegraron sus cuestas los apriscos,

y hubo nidos de pluma entre el ramaje,

y cuevas de reptiles en los riscos…

 

Y en tus noches ardientes

te arrullaron graznidos estridentes

de búhos en el árbol apostados,

y bramidos dolientes

de ciervos encelados;

y te bañastes en el mar de oro

de las auroras puras,

oyendo el himno del vivir sonoro

del de las aves incontable coro

que habitaba tus densas espesuras…

 

Cantares de cabreros,

zumbar de regatuelos espumosos,

balidos lastimeros

de cabritos nerviosos,

silbos de águila osada

que de éter embriagada

se cierne sobre ti cerca del cielo,

delineando con redondo vuelo

el nimbo de tu cresta coronada

de riscos y de nieve inmaculada…

 

Todo vivió cantando como pudo

tu vida fuerte, formidable y ruda,

de cuerpo virgen ante el sol desnudo,

y tú, serena y muda,

como quien todo lo abarcó y lo encierra,

por el éter sutil ibas rodando

en tus lomos gigantes soportando

la mitad de la vida de la tierra.

 

El bello sol naciente

siempre el beso primero

puso amoroso en tu soberbia frente;

siempre su adiós postrero

te quiso dedicar el sol poniente…

¡Con qué gigante majestad rendida!

os amáis los gigantes de la vida!

¡Qué pequeño verás desde tu altura

al hombre de la choza

que tus regias grandezas canta y goza

hundido en las honduras de esta hondura!

 

Eres grande, ¡oh montaña!,

y rica con espléndida riqueza;

tienes oro en la entraña

y corona de plata en la cabeza…

¡Pero yo soy más grande! ¡Yo más fuerte!

¡Yo más rico que tú!… ¡Yo he de vencerte!

No en la entraña metales brilladores,

ni en la frente coronas temporales:

¡tengo en el corazón fragua de amores!

¡Tengo en la frente fragua de ideales!

¿Y qué volcán tuviste tan ardiente

como el humano corazón que ama?

¿Ni qué encendida llama

radiará luz tan pura y esplendente

como esta que mi espíritu derrama?

 

¡Tú envejeces! La nieve de tu cumbre

que ya ha apagado tu prístina lumbre

me dice que declinas,

que ya helada caminas

de tu vivir hacia el helado invierno…

 

¡Tú tienes que morir! ¡Yo soy eterno!

Mas ¿para qué conmigo compararte,

soberbio monstruo inerte,

si del cogüelmo de mi vida, el Arte

te está dando una parte

porque no te confundan con la muerte?

 

Y, en fin, mole dormida,

aunque sintieras como yo la vida,

me envidiaras, sin duda,

¡porque yo sé cantar y tú eres muda!

 

Las Repúblicas

I

He admirado el hormiguero

cuando henchían su granero

las innúmeras hormigas.

He observado su tarea

bajo el fuego que caldea

la estación de las espigas.

 

Esquivando cien alturas,

y salvando cien honduras,

las conduce hasta las eras

un sendero largo y hondo

que labraron desde el fondo

de las lóbregas paneras.

 

Y en hileras numerosas,

paralelas, tortuosas,

van y vienen las hormigas…

La vereda es dura y larga,

pesadísima la carga

y asfixiantes las fatigas;

 

mas la activa muchedumbre,

sobre el hálito de lumbre

que la tierra reverbera,

senda arriba y senda abajo,

se embriaga en el trabajo

que le colma la panera.

 

Son comunes los quehaceres,

son iguales los deberes,

los derechos son iguales,

armoniosa la energía,

generosa la porfía,

los amores, fraternales.

 

Si rendida alguna obrera

por avara no subiera

con la carga la alta loma,

la hermanita más cercana,

con amor de buena hermana,

la mitad del peso toma.

 

Nadie huelga ni vocea,

nadie injuria ni guerrea,

nadie manda ni obedece,

nadie asalta el gran tesoro,

nadie encienta el grano de oro

que al tesoro pertenece…

 

He observado el hervidero

del innúmero hormiguero

en sus horas de fatigas…

Si en los ocios invernales

sus costumbres son iguales,

¡son muy sabías las hormigas!

 

II

He observado la colmena

al mediar una serena

tarde plácida de mayo.

La volante, la sonora

muchedumbre zumbadora

laboraba sin desmayo.

 

¡Qué magnífica opulencia

la de aquella florescencia

de los campos amarillos!…

Madreselvas y rosales,

agavanzos y zarzales,

mejoranas y tomillos…

 

Todo vivo, todo hermoso,

todo ardiente y oloroso,

todo abierto y fecundado:

los perales del plantío,

los cantuesos del baldío,

las campánulas del prado…

 

Y en corolas hechiceras,

y en pletóricas anteras,

y en estilos diminutos,

y en finísimos estambres,

van buscando los enjambres

las esencias de los frutos.

 

Y los finos aguijones

en robadas libaciones

van llevando a los talleres

lo mejor de la riqueza

que vertió Naturaleza

por los términos de Ceres.

 

Zumba el himno rumoroso

del trabajo fructuoso

con monótona dulzura:

las obreras impacientes

salen y entran diligentes

por la estrecha puerta obscura.

 

Las que dentro descargaron

las esencias que libaron,

palpitantes aparecen,

vuelo toman oscilante

y en la atmósfera radiante

volteando desaparecen.

 

Las que tornan presurosas

con sus cargas deliciosas

de ambrosías y colores,

no parecen volanderas

juiciosísimas obreras,

sino aladas lindas flores.

 

No se estorban ni detienen

las que ricas de oro vienen,

las que en busca van del oro…

Unas liban y acarrean,

otras labran y moldean,

¡todas hinchen el tesoro!

 

Y hacinados en los cienos;

expulsados de los senos

del alcázar del trabajo,

los cadáveres viscosos

de los zánganos ociosos

se corrompen allá abajo….

 

III

Cosas buenas he aprendido

contemplando embebecido

resbalar por la hondonada

la sonora algarabía

de la alegre pastoría

que despunta la otoñada.

 

¡Qué bien suenan sobre fondo

de quietudes, dulce y hondo,

el latir de roncos perros,

el vibrar de los silbidos,

el clamor de los balidos

y el runrún de los cencerros!

 

Y cayendo sobre el coro

como lágrimas de oro

de la vida natural,

¡qué amorosas complacencias

desparraman las cadencias

de la gaita del zagal!

 

Blandamente resbalando

las ovejas van pasando;

paz y hierba van paciendo;

los bocados que una deja

son bocados de otra oveja

que a la hermana va siguiendo.

 

Los corderos baladores

van en grupos triscadores

asaltando los repechos,

coronando los cerrillos,

despuntando los tomillos

y brincando los helechos.

 

Y el que topa con la ubre

o a lo lejos la descubre,

bala y corre hacia la oveja,

se arrodilla tembloroso,

llena el cuajo, trisca airoso

y esponjándose se aleja.

 

En la honrada pastoría

cada amante madre cría

su corderuelo querido…

¡No hay cordero destetado

porque lo haya abandonado

la madre que lo ha parido!

 

Venerable pastor viejo

con zamarra de pellejo

de los muertos recentales,

siempre atento vigilando

el rebaño va guiando

por los buenos pastizales.

 

Como abuelo que a su niño

lleva en brazos con cariño,

rebosante de placer,

el silvestre viejo austero

lleva al trémulo cordero

que ha acabado de nacer.

 

Los zagales silbadores,

los ingenuos tañedores

de la gaita cadenciosa,

viendo van las avanzadas

y alegrando con tonadas

la piara rumorosa.

 

Y librándola de robos

de raposas y de lobos,

van retándolos a muerte

dos mastines corpulentos,

con ojos sanguinolentos,

paso grave y pecho fuerte.

 

El pastor es cuidadoso,

el otoño es amoroso,

son alegres los rapaces,

las ovejas obedientes,

los mastines muy valientes

y los campos muy feraces…

 

Han gozado mis pupilas

la visión de las tranquilas

ovejitas resbalando…

Paz y hierba van paciendo,

dulce vida van viviendo,

grata huella van dejando…

 

Esta vida que vivimos

los que reyes nos decimos

de este mundo engañador,

no es la vida sabia y sana…

¡Ay! ¡La república humana

me parece la peor!…

 

Los Pastores De Mi Abuelo

I

He dormido en la majada sobre un lecho de lentiscos

embriagado por el vaho de los húmedos apriscos

y arrullado por murmullos de mansísimo rumiar.

He comido pan sabroso con entrañas de carnero

que guisaron los pastores en blanquísimo caldero

suspendido de las llares sobre el fuego del hogar.

 

Y al arrullo soñoliento de monótonos hervores,

he charlado largamente con los rústicos pastores

y he buscado en sus sentires algo bello que decir…

¡Ya se han ido, ya se han ido! ¡Ya no encuentro en la comarca

los pastores de mi abuelo, que era un viejo patriarca

con pastores y vaqueros que rimaban el vivir!

 

Se acabaron para siempre los selváticos juglares

que alegraban las majadas con historias y cantares

y romances peregrinos de muchísimo sabor.

Para siempre se acabaron los ingenuos narradores

de las trágicas leyendas de fantásticos amores

y contiendas fabulosas de los hombres del honor.

 

¡Ya se han ido, ya se han ido! Los que habitan sus majadas,

ya no riman, ya no cantan villancicos y tonadas

y fantásticas leyendas que encantaban mi niñez.

Han perdido los vigores y las vírgenes frescuras

de los cuerpos y las almas que bebieron aguas puras

de veneros naturales de exquisita limpidez.

 

¡Ya no riman, ya no cantan! Ya no piden al viajero

que les cuente la leyenda del gentil aventurero,

la princesa encarcelada y el enano encantador.

Ya no piden aquel cuento de la azada y el tesoro,

ni la historia fabulosa de la guerra con el moro,

ni el romance tierno y bello de la Virgen y el pastor.

 

¡He dormido en la majada! Blasfemaban los pastores

maldiciendo la fortuna de los amos y señores

que habitaban los palacios de la mágica ciudad;

y gruñían rencorosos como perros amarrados

venteando los placeres y blandiendo los cayados

que heredaron de otros hombres como cetros de la paz.

 

II

Yo quisiera que tomaran a mis chozas y casetas

las estirpes patriarcales de selváticos poetas,

tañedores montesinos de la gaita y el rabel,

que mis campos empapaban en la intensa melodía

de una música primera que en los senos se fundía

de silencios transparentes, más sabrosos que la miel.

 

Una música tan virgen como el aura de mis montes,

tan serena como el cielo de sus amplios horizontes,

tan ingenua como el alma del artista montaraz,

tan sonora como el viento de las tardes abrileñas,

tan süave como el paso de las aguas ribereñas,

tan tranquila como el curso de las horas de la paz.

 

Una música fundida con balidos de corderos,

con arrullos de palomas y mugidos de terneros,

con chasquidos de la onda del vaquero silbador,

con rodar de regatillos entre peñas y zarzales,

con zumbidos de cencerros y cantares de zagales,

¡de precoces zagalillos que barruntan ya el amor!

 

Una música que dice cómo suenan en los chozos

las sentencias de los viejos y las risas de los mozos,

y el silencio de las noches en la inmensa soledad,

y el hervir de los calderos en las lumbres pavorosas,

y el llover de los abismos en las noches tenebrosas,

y el ladrar de los mastines en la densa oscuridad.

 

Yo quisiera que la musa de la gente campesina

no durmiese en las entrañas de la vieja hueca encina

donde, herida por los tiempos, hosca y brava se encerró.

Yo quisiera que las puntas de sus alas vigorosas

nuevamente restallaran en las frentes tenebrosas

de esta raza cuya sangre la codicia envenenó.

 

Yo quisiera que encubriesen las zamarras de pellejo

pechos fuertes con ingenuos corazones de oro viejo

penetrados de la calma de la vida montaraz.

Yo quisiera que en el culto de los montes abrevados,

sacerdotes de los montes, ostentaran sus cayados

como símbolos de un culto, como cetros de la paz.

 

Yo quisiera que vagase por los rústicos asilos,

no la casta fabulosa de fantásticos Batilos

que jamás en las majadas de mis montes habitó,

sino aquella casta de hombres vigorosos y severos,

más leales que mastines, más sencillos que corderos,

más esquivos que lobatos, ¡más poetas, ¡ay!, que yo!

 

¡Más poetas! Los que miran silenciosos hacia Oriente

y saludan a la aurora con la estrofa balbuciente

que derraman, sin saberlo, de la gaita pastoril,

son los hijos naturales de la musa campesina

que les dicta mansamente la tonada matutina

con que sienten las auroras del sereno mes de abril.

 

¡Más poetas, más poetas! Los artistas inconscientes

que se sientan por las tardes en las peñas eminentes

y modulan sin quererlo, melancólico cantar,

son las almas empapadas en la rica poesía

melancólica y süave que destila la agonía

dolorida y perezosa de la luz crepuscular.

 

¡Más poetas, más poetas! Los que riman sus sentires

cuando dentro de las almas cristalizan en decires

que en los senos de los campos se derraman sin querer,

son los hijos elegidos que desnudos amamanta

la pujanza brava musa que al oído solo canta

las sinceras efusiones del dolor y del placer.

 

¡Más poetas! Los que viven la feliz monotonía

sin frenéticos espasmos de placer y de alegría

de los cuales las enfermas pobres almas van en pos,

han saltado, sin saberlo, sobre todas las alturas

y serenos van cantando por las plácidas llanuras

de la vida humilde y fuerte que cantando va hacia Dios.

 

¡Que reviva, que rebulla por mis chozos y casetas

la castiza vieja raza de selváticos poetas

que la vida buena vieron y rimaron el vivir!

¡Que repueblen las campiñas de la clásica comarca

los pastores y vaqueros de mi abuelo el patriarca

que con ellos tuvo un día la fortuna de morir!

 

Mi Vaquerillo

He dormido esta noche en el monte

con el niño que cuida mis vacas.

En el valle tendió para ambos,

el rapaz su raquítica manta

¡y se quiso quitar —¡pobrecillo!—

su blusilla y hacerme almohada!

 

Una noche solemne de junio,

una noche de junio muy clara…

Los valles dormían,

los búhos cantaban,

sonaba un cencerro;

rumiaban las vacas…,

y una luna de luz amorosa,

presidiendo la atmósfera diáfana,

inundaba los cielos tranquilos

de dulzuras sedantes y cálidas.

¡Qué noches, qué noches!

¡Qué horas, qué auras!

¡Para hacerse de acero los cuerpos!

¡Para hacerse de oro las almas!

Pero el niño, ¡qué solo vivía!

¡Me daba una lástima

recordar que en los campos desiertos

tan solo pasaba

las noches de junio

rutilantes, medrosas, calladas,

y las húmedas noches de octubre,

cuando el aire menea las ramas,

y las noches del turbio febrero,

tan negras, tan bravas,

con lobos y cárabos,

con vientos y aguas!…

¡Recordar que dormido pudieran

pisarlo las vacas,

morderle en los labios

horrendas tarántulas,

matarlo los lobos,

comerlo las águilas!…

¡Vaquerito mío!

¡Cuán amargo era el pan que te daba!

 

Yo tenía un hijito pequeño

—¡hijo de mi alma,

que jamás te dejé si tu madre

sobre ti no tendía sus alas!—

y si un hombre duro

le vendiera las cosas tan caras…

 

Pero ¡qué van a hablar mis amores,

si el niñito que cuida mis vacas

también tiene padres

con tiernas entrañas?

 

He pasado con él esta noche,

y en las horas de más honda calma

 

me habló la conciencia

muy duras palabras…

y le dije que sí, que era horrible…,

que llorándolo el alma ya estaba.

El niño dormía

cara al cielo con plácida calma;

la luz de la luna

puro beso de madre le daba,

y el beso del padre

se lo puso mi boca en su cara.

 

Y le dije con voz de cariño

cuando vi clarear la mañana:

—¡Despierta, mi mozo,

que ya viene el alba

y hay que hacer una lumbre muy grande

y un almuerzo muy rico!… ¡Levanta!

Tú te quedas luego

guardando las vacas,

y a la noche te vas y las dejas…

¡San Antonio bendito las guarda!…

 

Y a tu madre a la noche le dices

que vaya a mi casa,

porque ya eres grande

y te quiero aumentar la soldada.

 

Idilio

La pulida paverilla

—¡un capullo de amapola!—

huelga con el paverillo

en la linde de la hoja.

La pavada anda buscando

hormiguitas y langosAtas

en los cercanos baldíos,

que no tienen otra cosa.

Sentada está la pavera

del lindón sobre la alfombra,

y el pavero de rodillas,

como adoran los que adoran.

Ella ha juntado en el halda,

donde los tallos les corta,

un montón de bien cerrados

capullitos de amapola.

Sin romperlo, en sus dedillos

uno coge cuidadosa

y se lo muestra al muchacho

preguntando: «¿Fraile o monja?»

Y esperando se le queda

¡más picaresca y más mona!…

El capullo será fraile

si tiene rojas las hojas,

pero si las tiene blancas,

el capullo será monja.

Y estático el paverillo,

con ojazos interrogan,

contempla el misterio, y duda,

y se agita, y se emociona,

y mira luego a la niña

que lo apremia, que lo azora,

y lleno del hondo pánico

que presiente la derrota,

se lanza a dar la respuesta

como el que a morir se arroja.

Y apenas ha dicho: «¡Fraile!»

con la voz un poco ronca,

rompe la niña el capullo

y exclama entre risas: «¡Monja!»

Y apenas ha dicho el niño:

«¡Monja!», con voz temblorosa,

«¡Fraile!», le grita riéndose

la paverilla burlona…

 

¡Está más torpe el muchacho!

¡La niña tanto lo azora!…

¡Y luego, es tan misterioso

un capullo de amapola!…

¡Como que yo no diría

jamás ni fraile ni monja!…

 

Invitación

Señores de la ciudad:

si ella admite en su grandeza

vientos de sinceridad,

ruidos de Naturaleza

y aromas de soledad;

 

si en vuestros breves vagares

merecen entreteneros

las coplas y los cantares

de oscuros, pero sinceros,

rimadores populares,

 

cerrad los ojos expertos

al artificio ingenioso

y oíd sus rudos conciertos

con los sentidos abiertos

del percibir vigoroso.

 

Cabe la misma espesura

donde ha soltado Natura

su coro de ruiseñores,

puso una legión oscura

de más sencillos cantores.

 

Y no es artista el sentido

que, por sencillos y tantos,

desprécialos, distraído:

¡algo dirán esos cantos

al alma si no al oído!

 

Algo tendrá todo ardiente

pecho que así se derrama;

que en el concierto viviente

todo lo que canta siente;

todo lo que siente, ama.

 

Y es el amor cosa tal

que todo amor es hermoso,

vibre en un alma inmortal

o en el pechuelo fogoso

del ave del matorral.

 

Y es el cantar una cosa

tan hija de este sentir,

que para el alma amorosa

toda canción es hermosa

si quiere amores decir.

 

Señores de la ciudad:

los del cerebro cansado,

que aun corre tras la verdad;

los del ingenio aguzado

que inventa la novedad…

 

Si frívolos y ligeros,

cual sus artificios ruines,

no os parecen ya sinceros

esos de vuestros jardines

ruiseñores prisioneros,

 

¡venid al campo a escuchar

a otros sencillos cantores

que os pueden acaso dar

algo más que los primores

de un ingenioso cantar!

 

¡Subid, siquiera, a la altura

de esas torres elevadas,

a ver si la brisa pura

lleva del campo tonadas

de las que enseña Natura!

 

¡Y aunque el ingenio las mida

y arguya que no son bellas,

probad su savia escondida,

sentid con ellas la vida

y haced el arte con ellas!

 

Señores de la ciudad:

si henchir queréis de verdad

el mundo de la belleza,

dejadle a Naturaleza

su centro de majestad.

 

La Cenéfica

Yo no sé explicalo,

porque a mi se me enrea la lengua

con esas palabras que train los papelis

dendi las ciudaes dondi los imprentan;

pero he comprendío

que la reina le ha dao a Plasencia

una cosa asina

como una «Cenéfica»,

que es aspecia de un premio mu fino,

porque jué mu güena

cuando los soldaus

vinon de la guerra.

Yo no pueo explical lo que es eso

que ha dau la reina;

pero no habrá ciudá en toa España

que más lo merezca.

Que lo igan, si no, Juan Berruga,

Goriu el de tía Petra,

Gelipi el Coneju

y el mediano de tía Macarena.

Cuando los yanquisis

mos robaron las tierras aquellas,

p’allá estuvon estos

pasando las penas.

N’más que de oílos contar sus trabajos

se queaba aginao cualisquiera.

¡Me caso en la luna

qué jielis tan negras,

qué ajogos tan grandis,

qué vía tan perra

se pasaron los cuatro enfelicis

que tan güenos eran!

Aquí se quearon

toas sus querencias,

aginás las madres y cuasi perdía

la miaja e jacienda,

que no da ni siquiá pa los pagos

cuantis que se afloja de bregal en ella.

Aquí, sin sabersi

si muertos ya eran

pa rezali siquiá un Padrinuestro

u jechali un responso en la iglesia;

y ellos, mentris tanto,

pasando miserias,

sufri que te sufri,

pena que te pena,

rabia que te rabia,

brega que te brega…

Cuasi esnúos y muertos de jambri,

con el jato a cuestas,

¡vengan días sin miaja e descanso

y nochis de vela,

con el alma afligía de ansionis,

con el cuerpo jechito una breva

y la vía prendía de un jilo,

abocaos ca instante a perderla!

¡Asín se quearon

como sanguijuelas!

Paecía mentira

que ellos mesmos jueran

los que andaban p’aquí más alegris

que unas pascualejas,

sanos, respingonis,

coloraos y llenos de juerza.

Daba gustu velos

cargal las janegas,

estronchal de tres golpis un leño

con la segureja,

amarral los novillos a uña,

tiral a la barra los días de fiesta.

Y vinon transíos

con el propio colol de la cera,

sin ganas de groma,

sin chispa de juerza

y dañaos de adentro los cuatro,

que al mirarlos doblaba las penas.

No traían ni un probi remúo,

ni siquiá una perra

pa mercal boticas

u jacel una miaja merienda.

¡Juy, cómo llegaron

los cuatro a Plasencia!

¡Cascan todos si no ven tan pronto

la quería ciudad de su tierra!

Unos señoronis

que viven en ella

los estaban al tren esperando.

¡Qué genti más güena!

¡Juy, Dios mío si tos los señoris

juesin en el mundo como aquellos eran!

¡Juy, Dios mío, si toas las ciudades

se golviesen igual que Plasencia!

A tos los jeríos

los curaban con cosas bien güenas,

y tenían tamién camas finas

p’acostal los maletos en ellas.

Llamaban un méico

pa que allí los viera,

y le daban caldos

de güenas pucheras,

y le icían tamién muchas cosas

pa quitali una miaja la pena.

Y a los sanos tamién los trataban

con delicaezas,

y les daban tabaco y licoris

de esos güenos que tanto calientan.

Bien lo puee Plasencia decilo,

que si no es por ella,

más de cuatro sin vel a su madri

cascan de cansera.

¡Qué bien jecho está eso que dicin

que jaici la reina

de dali esa cosa

que llaman «Cenéfica»,

porque no habrá ciudá en toa España

que más lo mereza!

¡Juy, si tos los siñoris del mundo

como aquellos jueran!

¡Juy, si juesin tamién las ciudades

igual que Plasencia!

¡Vivan los soldaos!

¡viva nuestra tierra!

¡Vivan los señoris!

¡Viva la «Cenéfica»!

 

La Ciega

I

Los ojazos más llenos de amores

eran los de Rosa,

que irradiaban envuelta en fulgores

honda sed de vivir querenciosa.

 

Yo no sé de las dos cuál sería

pena más doliente:

porque Rosa quedó ciega un día

la dejó de querer su Vicente.

 

No fue objeto el galán que olvidaba

de extraños enojos,

porque el mundo entendió que adoraba

la negrura y la luz de unos ojos,

 

y los soles que él viera tan francos

al amor abiertos

se quedaron inertes y blancos

como siempre se quedan los muertos.

 

Al rincón de lo inútil de casa

sentose la ciega

a esperar una muerte que pasa

si el dolor con la vida le ruega;

 

que en dejar se complace sangrando

y a medias su obra,

el consuelo mejor alejando

del rincón donde está lo que sobra.

 

Y, en lugar de la muerte, entró un día

una voz humana

que en la calle de Rosa decía:

«Pues Vicente se casa con Juana».

 

Y la ciega sintió más intensa

la triste negrura,

porque no hay nube negra más densa

que una nube de horrible amargura.

 

II

—¡Hermanito! ¡Clemente! ¡Clemente!

—¿qué quieres hermana?

—Yo te juro que adoro a Vicente

y que no quiero mal a la Juana…

 

¡Que me creas!…

—Que sí te lo creo;

Mas… deja esas cosas…

—Yo te juro que no es mi deseo

recrearme en venganzas odiosas…

 

¡Que me creas, Clemente!

—Sí, hija;

¡si sé que eres buena!

Pero no quiero yo que te aflija

semejante recuerdo de pena.

 

—No es venganza; mas óyeme, hijo:

—¿Qué quieres, hermana?

—Ven más cerca, más cerca…

—Y le dijo—:

¡Que le saques los ojos a Juana!…

 

Las Sublimes

¿La conoces, musa mía?

Es modelo soberano

bosquejado por la mano

de la gran sabiduría.

 

Es el más dulce buen ver

de tus visiones risueñas;

es la mujer que tú sueñas

cuando sueñas la mujer.

 

La discreta, la prudente,

la letrada, la piadosa,

la noble, la generosa,

la sencilla, la indulgente,

 

la süave, la severa,

la fuerte, la bienhechora,

la sabia, la previsora,

la grande, la justiciera…

 

la que crea y fortalece,

la que ordena y pacifica,

la que ablanda y dulcifica…,

¡la que todo lo engrandece!

 

La que es esclava y señora,

la que gobierna y vigila,

la que labra y la que hila,

la que vela y la que ora…

 

¡Hela, hela, musa ruda!

¿No lo cantas?

—No la canto.

—¿Por qué, si la admiras tanto?

—Porque si admiro soy muda.

 

—¿Y cuál es la maravilla

que así admiras muda y queda?

¡O es Teresa de Cepeda

o es Isabel de Castilla!

 

La Embajadora

Pablos: Aquí te lo traigu,

aunque sepa que me avientas

y me das ondi lo oiga

paque a tu casa no güelva.

Mal jarás si asín lo jacis,

que no te ofendo aunque venga

sin mandálmelo a traelti

lo que a ti te pertenezca.

Y pa sabel que esto es tuyo

no es menestel dil a’scuela,

ni ojus cuasi jacin falta,

se sabi cuasi que a tientas.

Jéchale p’acá de golpi

una mirá tan siquiera,

que vas a velti pintau

cuantis esti mozu veas.

Mira tú a vel si estos ojos

vivinos como candelas,

mira tú a vel si esta frenti,

y esti pelo, y estas cejas,

y este corti de semblanti,

y esta carina morena

no dicin que son de Pablos

cuantis de golpi se vean.

«¡Si esto es tu mesma presona

jecha una miaja pequeña!

Pué que no jaga una hora

que nació; quiciás ni media;

y yo ije: a jatealo

pa que su padri lo vea,

y asín los cargos se jaga,

porque es hombri de vergüenza

y no ha de querer quëala

asín a la probi aquella,

ni ejal perdío a esti mozu

masao con su sangri mesma.

Dici la genti galrona

que no te casas con ella

porque te has esconfiao

na más de vel a su puerta

dos o tres vecis de nochi

a Gapitu el de tía Petra.

¡Quitá p’allá! ¡Pa él estaba

prepará la moza esa,

que el querel que te ha tenío

la ha jechu estal como ciega!

Eso lo jizu Gapitu

pa que la genti creyera

que andaba metío en el ajo

y perdiese el crédito ella,

y tú plantá la ejaras

pa vengalsi el sinvelgüenza

de que hogaño quiso hablala

y cuasi no pudo vela.

Escupi, Pablos, escupi

la repunanza que tengas,

que como algo hubiese habío

ya Gapitu el de tía Petra

mos tendría a todos jartos

de alabancias y fachendas.

Y si entavía te arreparas,

mira la carina esta

que no es más que una pintura

propiamente a ti espurecha…

¡Y a vel si hay genti que dudi

si se paece esta prenda

a Pablos el de tío Quico

u a Gapitu el de tía Petra!

¡Ahí lo tienis! Dali un beso

a la sangre de tus venas

y me icis qué le igo

a la pobri madri aquella,

que a naide quieri en el mundo

n’más que a ti y a esta prenda.

¿Qué me dicis?

—Que le iga…

lo que usté decile quiera…

¡Qué güeno… que iré p’alanti…,

más por ésti que por ella!…

 

La Espigadora

¿Vas a espigar, Isabel?

¡Cuánto siento, criatura,

que bese el sol esa piel

que tiene jugo y frescura

de pétalos de clavel!

 

Sé que espigar necesitas,

porque, aunque al sol te marchitas,

no es bueno que huelgue y duerma

quien tiene cuatro hermanitas

y tiene a su madre enferma.

 

Mas díganme humanos ojos

si te hizo Naturaleza

para que en estos rastrojos,

hieran tus pies los abrojos

y abrase el sol tu cabeza.

 

Entre pintados cristales

de alcázares ideales

hay cien reinas poderosas…

¡Para la más bellas cosas

no tiene el mundo fanales!

 

Isabel: no puedo amar;

no puedo abrirte la puerta

de mi pecho y de mi hogar,

porque a otra Isabel, ya muerta,

se los juré consagrar.

 

Y eres tan bella, Isabel,

que tengo duda cruel

de si serás sombra bella

de aquella eclipsada estrella

que viene a ver si soy fiel.

 

Lo digo por tus miradas,

que parecen oleadas

del piélago de la gloria

y no pobres llamaradas

de bella mortal escoria;

 

lo digo porque me suena

tu voz a salmo cristiano:

lo digo porque eres buena,

porque eres casta y serena

como noche de verano.

 

¡Isabel: no puedo amar!

Dios sabe que si pudiera

partir contigo mi hogar

ahora mismo te dijera:

—No vayas, niña, a espigar,

 

que cerca de ese desierto

tengo una casa y un huerto

que entolda un viejo parral

donde estarás a cubierto

del beso de mi rival,

 

y si espigar necesitas…,

¡descanse mi reina y duerma!,

que está en mis trojes benditas

el pan de tus hermanitas

y el pan de tu madre enferma.

 

Mas ni estas puras y sanas

consolaciones cristianas

puedo pedir al amor…,

¡dijeran lenguas villanas

que andaba en ello tu honor!

 

Vete a espigar, moza mía,

que si el mundo fuese honrado,

como tu honor merecía,

contigo a espigar iría

quien sabe lo que es sagrado;

 

contigo se fuera, hermosa,

por el desierto ardoroso,

quien tiene por cierta cosa

que nadie mancha una rosa

si no es un reptil baboso.

 

En el rincón de ese ardiente

desierto que el sol calcina

tengo yo un prado riente

con una pomposa encina

y una purísima fuente;

 

y bajo el palio frondoso

que apaga el fuego del cielo,

yo te dejara gozoso

oyendo el decir copioso

del agua del regatuelo,

 

y yo, afrontando fatigas

bajo ese cielo que arde,

diera envidia a las hormigas

para llevarte a la tarde

rubias manadas de espigas.

 

¡No puedo, sol de mis ojos!

Tendrás que ir sola, Isabel,

para que en esos rastrojos

hieran tus pies los abrojos

y el sol mancille tu piel.

 

Tendré que verte a la vuelta,

cuando a tu pobre hogar vayas,

la trenza del jubón suelta,

rotas las pulidas sayas,

la cabellera revuelta,

 

con polvo y sudor pegado

sobre las sienes el pelo

y hundido el seno abultado,

y el alto dorso encorvado,

y el casto mirar al suelo.

 

Y fuerza será que vea

cómo el sol de los rastrojos

tu piel de rosa broncea

y cómo escalda y orea

tus húmedos labios rojos.

 

Mas vete sola, Isabel,

que, aunque me cause dolor

que el sol mancille tu piel,

es más injusto y crüel

que el mundo empañe tu honor.

 

Mejor que un decir artero

mil veces llorar prefiero

bellezas que el sol se lleve…

¡Virgen de bronce te quiero

mejor que Venus de nieve!

 

La Fuente Vaquera (Balada)

Lejos, bastante lejos,

del pueblo mío,

encerrado en un monte

triste y sombrío,

hay un valle tan lindo

que no hay quien halle

un valle tan ameno

como aquel valle.

 

Entre sus arboledas,

por la espesura

solitaria y tranquila,

corre y murmura

una fuente tranquilina

y bullanguera,

a que dieron por nombre

Fuente Vaquera.

 

Está tan escondida

bajo el follaje,

guarda tanto sus aguas

entre el ramaje,

que cuando por el valle

va murmurando

toda clase de hierbas

va salpicando.

 

Unas veces sonríe

dulce y sonora,

y otras veces parece

que gime y llora,

y siempre de sus aguas

el dulce juego

arrullando, produce

grato sosiego.

 

Allí pasan las horas

en dulce calma,

allí meditar puede

tranquila el alma,

y todo son consuelos

para el que llora

al pie de aquella fuente

fresca y sonora.

 

¡Todo es allí sosiego,

calma, tristeza!

Las auras, que suspiran

en la maleza…

Los pájaros, que cantan

en la espesura…

El agua, que en el valle

corre y murmura…

 

Los arrullos del viento,

gratos y mansos…

Los juncos que vegetan,

en los remansos…

Los claros resplandores

del sol naciente,

que asoma entre vapores

por el Oriente…

Las tórtolas que arrullan

con armonía,

convidando a una dulce

melancolía…

 

¡Todo, en fin, allí aleja

presentimientos,

trayendo a la memoria

mil pensamientos,

y adormeciendo el alma

con impresiones

que convidan a dulces

meditaciones!…

 

Tal es Fuente Vaquera,

la hermosa fuente

que murmura en el valle

tan sonriente,

que en su margen tranquila

cantan amores

tórtolas, colorines

y ruiseñores.

 

Una hermosa mañana

de junio ardiente

salió el sol como nunca

de refulgente,

y pájaros y flores

con alegría

la bienvenida daban

al nuevo día.

 

Elevábase el astro

con gran sosiego,

esparciendo sus rayos

de luz de fuego

sobre el fresco rocío

de la mañana,

que formaba en los valles

mantos de grana.

 

Sacuden las ovejas

sus cencerrillos,

y en el prado retozan

los corderillos,

que del rústico valle

sobre la hierba

forman jugueteando

linda caterva.

 

Al cielo sube el humo

de los hogares,

los gallos ya despiertan

con sus cantares,

y sacude la hermosa

Naturaleza

el tranquilo letargo

de su pereza.

 

Dejé el mullido lecho

con alegría,

cuando apenas rayaba

la luz del día;

carguéme diligente

con la escopeta,

y como siempre ha sido

medio poeta,

 

al nacer del gran Febo

la luz primera,

ya estaba yo en la hermosa

Fuente Vaquera…

Fuente en cuyas orillas

cantan amores

tórtolas, colorines

y ruiseñores.

 

Ocultéme en la margen

con el follaje,

y viendo las delicias

de aquel paisaje,

esperé silencioso

bajo la fronda,

viendo correr las aguas

onda tras onda…

 

Siguió el sol elevándose

resplandeciente,

y era ya tan molesta

su luz ardiente,

que, a medida que el astro

más se elevaba,

todo se iba durmiendo,

todo callaba.

 

Se inclinan en su tallo

todas las flores,

rendidas por los rayos

abrasadores,

y las aves se esconden

en las encinas

que a la tranquila fuente

crecen vecinas.

 

Sólo se escucha a veces,

del fresco viento,

las ráfagas que lanza,

sonoro y lento…

El agua, que su curso

nunca suspende…

El rumor de una hoja…

que se desprende…

 

El pïar apagado

de alguna alondra,

que entre las verdes matas

busca una sombra…,

y los ecos lejanos

de los zumbidos

de insectos, que en los aires

vagan perdidos…

 

Lejos de la apacible

Fuente Vaquera,

que corre por el valle

tan placentera,

existe un solitario

y oscuro monte,

que encierra los confines

del horizonte.

 

Al compás de las auras,

lenta se inclina

altiva, corpulenta

y añosa encina,

y entre sus verdes ramas

aprisionado

tiene una tortolilla

su nido amado.

 

En él está arrullando,

dulce y sonora,

a los amantes hijos

a quien adora,

gozando en su coloquio

de las delicias

que sus hijos le endulzan

con sus caricias.

 

El calor la atormenta,

la sed la abrasa,

y dejando con pena

su pobre casa,

les dio con un arrullo

la despedida

a los hijos queridos

que eran su vida;

 

batió sus puras alas

tendió su vuelo

cruzó por los espacios

del ancho cielo,

y pensando en sus hijos,

se fue ligera

a beber a la clara

Fuente Vaquera.

 

¡Ay! ¡Dónde irá esa madre

tierna y sencilla!…

¡Dónde irá tan ligera

la tortolilla,

mirando a todas partes,

amedrentada,

al verse sola y lejos

de su morada!…

 

¿Por qué deja sus hijos

abandonados,

y ella, cruzando espacios

tan dilatados,

va surcando los aires

rápidamente

a beber en las aguas

de aquella fuente?…

 

¡Pobre madre, si, ansiosa,

vuelve a su nido

y sus amantes hijos

ya se han perdido!…

¡Pobres hijos, si, a causa

de abandonarlos,

no volviera su madre

nunca a arrullarlos!…

 

Por el verde follaje

casi cubierto,

yo, casi más que un vivo,

parezco un muerto,

y mudo y silencioso

presto mi oído

al eco que produce

cualquiera ruido.

 

Al columpiar las hojas

el viento blando,

pájaros me parecen

que van volando,

y con mi diestra mano

nerviosa, inquieta,

alzo la curva llave

de la escopeta.

 

Sobre la verde copa

de vieja encina,

que cubre aquella fuente

tan cristalina,

una tórtola hermosa

paró su vuelo,

mirando la corriente

del arroyuelo.

 

Lanza su blando pecho

tiernos arrullos,

que no imita la fuente

con sus murmullos,

y a los lados humilde

mira asustada,

débil, inquieta, esquiva

y amedrentada.

 

Tendió después su vuelo

pausadamente,

y al llegar a la orilla

de la corriente,

sobre la verde alfombra

lenta se posa,

débil y acobardada,

triste y medrosa.

 

Dirige luego el paso

tímidamente

hasta tocar la margen

de la corriente,

donde, el agua fingiendo

cuadros de plata,

le recoge su imagen

y la retrata.

 

Yo, silencioso, en tanto

que la espiaba,

mi artística escopeta

ya preparaba,

y ocasión esperando,

cual diestro espía,

afiné cuanto quise

la puntería.

Disparé… ¡Sonó el tiro

ronco, tremendo!…

El arroyuelo manso

siguió corriendo.

El viento entre las hojas

siguió sonando

con un eco apacible,

sonoro y blando…

¡Y vi la tortolilla,

que ya sufría

las tristes convulsiones

de la agonía!…

 

Cogí tan apreciado

tierno despojo;

su hermoso pecho estaba

de sangre rojo,

rojas las aguas puras

del arroyuelo,

que corrían llorando

con triste duelo,

y mis ardientes manos

también manchadas

de sangre, enrojecidas

y salpicadas.

 

Con ellas oprimía

su pecho blando:

sus latidos se iban

amortiguando,

y cerraba sus ojos

pausadamente,

su cabeza inclinando

lánguidamente…

 

Yo vi en sus turbios ojos

el sentimiento

y las fieras angustias

de su tormento,

porque del nido lejos

agonizaba

y a sus pobres hijuelos

solos dejaba.

 

Conocí en sus miradas

bien claramente

esa inquieta agonía

del inocente,

que sufre los rigores

de su destino

muriendo por las manos

de un asesino.

 

Aquella pobre madre

casi expirante

era la madre tierna,

la madre amante,

que a sus hijos no pudo

darles en vida

una lágrima dulce

de despedida.

 

Y aquella tierna madre,

cuando sufría

la convulsión postrera

de la agonía,

me dijo con sus ojos

casi nublados

que dejaba dos hijos

abandonados.

 

Yo comprendí lo injusto

de aquella muerte;

mas la víctima estaba

fría e inerte…

y una lágrima amarga

por mi mejilla

rodó, cuando vi muerta

la tortolilla.

 

Desde entonces no quiero

que un inocente

de alguna injusta muerte

se me lamente,

y diga con sus ojos

casi nublados

que deja sus hijuelos

abandonados.

 

Y en vez de estar cazando

la tarde entera

junto a la cristalina

Fuente Vaquera,

voy a ver cómo en ella

cantan amores

tórtolas, colorines

y ruiseñores,

y cómo de aquel monte

sobre las lomas

arrullan solitarias

blancas palomas.

 

La «Galana»

I

¡Pobrecita madre!

¡Se murió solita!

Cuando vino el cabrero a la choza

con la cabra «Galana» parida

y el trémulo chivo

sin lamer ni atetar todavía,

vio a la madre muerta

y a la niña viva.

Sobre un borriquillo,

sobre una angarilla

de las del aprisco,

se llevaron la muerta querida

y él se quedó solo,

solo con la niña…

La envolvió torpemente en pañales

de dura sedija,

y amoroso la puso a la teta

de la cabra «Galana» parida…

—¡«Galana», «Galana»!

¡Tate bien quietita!…

¡Tate asín, que pueda

mamar la mi niña!»

Y la cabra balaba celosa,

por la fiebre materna encendida,

y poquito a poquito, la teta

fue chupando la débil niñita…

¡Pobre cabritillo!

¡Corta fue tu vida!

 

II

Solita en el chozo

se queda la niña

mientras lleva el pastor las ovejas

a pacer por aquellas umbrías.

Cerca del chocillo

pace la cabrita,

nerviosa, impaciente,

con susto, con prisa,

y si el viento le hiere el oído

con rumores de llanto de niña,

corre al chozo balando amorosa,

se encarama en la pobre tarima,

se espatarra temblando de amores,

se derringa balando caricias

y le mete a la niña en la boca

la tetaza henchida

que derrama en ella

dulce leche tibia…

¡Qué lechera y qué amante la cabra!

¡Qué robusta y qué santa la niña!

 

III

¿Serían los lobos?

¿Algún hombre perverso sería?

Una tarde la cabra «Galana»,

la amante nodriza,

se arrastraba a la puerta del chozo

mortalmente herida.

Allá adentro sonaron sollozos,

sollozos de niña,

y un horrible temblor convulsivo

agitó a la expirante cabrita,

que luchó por alzarse del suelo

con esfuerzo de angustia infinita.

Y en un último intento supremo

de sublime materna energía,

que arrancó dolorosos acentos

de la cencerrilla,

y en un largo balido amoroso…

¡se le fue la vida!…

 

IV

Ni leche de ovejas

ni dulces papillas,

ni mimos, ni besos…

¡Se murió la niña!

¡Esta vez quedó el crimen impune!

¡Esta vez no brilló la justicia!

 

La Vela

I

La moza murió a la aurora

y el mozo no sabe nada,

que más temprano que el día

se levantó esta mañana,

y alma blanda y cuerpo recio

bregando están en la arada

con una pena muy honda,

con una tierra muy áspera.

 

A ratos desmaya el cuerpo

y el alma a ratos desmaya,

y ya cuando al surco caen

aquellas gotas de agua,

no sabe el mozo de fijo

si son sudores o lágrimas,

que si el alma mucho sufre

y el cuerpo mucho se afana,

ruedan en uno fundidos

jugos del cuerpo y del alma.

 

¡Qué tarde aquella tan triste!

¡Las nubes son tan opacas!…

¡Están los campos tan mudos!…

¡Están las tierras tan pardas!…

Y la idea de la vida

¡es tan borrosa y tan vaga!

 

Parece que Dios se ha ido

del yermo que antes llenaba

y el alma se siente sola

en el centro de la nada.

 

¡Señor, que todo lo llenas!

¡Señor, que todo lo abarcas!

¡No dejes solo el terruño

y a tus edenes te vayas,

que en el terruño vivimos

con el pan de la esperanza

aquel gañán que perdiera

sus dichas esta mañana

y este hijo fiel que en el surco

con las alondras te canta!

 

II

¡Qué pobremente la entierran!

La llevan en unas andas

cuatro viejos que en el campo

por viejos ya no trabajan,

y solo siete mujeres…

han podido acompañarla,

que al yugo de sus trabajos

están las gentes atadas.

 

La marcha a veces suspenden

porque los viejos se cansan

y en el suelo depositan

la pesadísima carga,

mientras el sudor se enjugan

de sus venerables calvas.

 

Llegaron al campo santo

cuando aquel gañán llegaba

ya con el último surco

del campo santo a la tapia,

que araba el muchacho en tierras

al cementerio rayanas

porque en vida y en amores

piensa no más el que ama.

 

Los bueyes humedecieron

la pobre musgosa tapia

con el largo resoplido

de la postrera parada;

y el mozo, extático y mudo,

con ojos llenos de lágrimas,

vio turbiamente las luces,

vio turbiamente las andas,

y oyó el caer de la tierra,

y vio que se arrodillaban

los viejos y las mujeres

murmurando una plegaria…

 

Cayó el mozo de rodillas,

una mano en la aguijada,

otra mano en la mancera,

un dogal en la garganta,

y en el corazón un nudo,

y un mar de hiel en el alma,

—¡Ni una velita siquiera

que tengo para alumbrarla!

Así, con honda ironía,

dijo el gañán sin palabras.

 

Si hubiese alzado a los cielos

la triste turbia mirada,

viera mansamente ardiendo

con trémula luz opaca

el aguijón que guarnece

la enhiesta, recta, aguijada…

 

La Tregua

Ya pasaron, ya pasaron

las plúmbeas modorras esas

del sol de julio, que inflama;

del sol de agosto, que tuesta;

de aquel, que la espiga dora,

y de éste, que la platea.

 

Y tú, labrador, ya tienes,

ya tienes aquí la tregua.

Siéntate un rato y descansa

de tu casita a la puerta,

y bebe allí con tu gente

brisas de tarde serena,

que el amor quita pesares

y el aire sudor orea,

y no es tu cuerpo de mármol,

ni es la tuya alma de fiera,

que treguas aquel demanda

y ésta te pide querencia.

 

Ya tienen nubes los cielos

y ya las tardes son frescas,

y está al rastrojo el ganado,

y están barridas las eras,

y están en casa los viejos,

y están los mozos de fiesta,

y Dios está en todas partes…

y el trigo está en la panera.

 

Mal te conocen los hombres

que, porque tienes en ella

puestos el alma y los ojos

de avaro y ruin te motejan.

 

Pensaran con más cordura

si lo que guarda supieran

ese recinto modesto,

donde el sentido ventea

auras de pobreza y orden

con efluvios de limpieza.

 

Ignoran que ahí tienes armas

para matar la miseria,

tienes tu honor de hombre honrado

fiel pagador de tus deudas,

puntal de la pobre patria,

sostén de holguras ajenas…

 

Ignoran o no meditan

que en ese rincón encierras

todo el sudor de tu frente,

todo el fruto de una brega

que acaba con el estío

y en el otoño comienza,

que deja el alma aplastada

y el cuerpo rendido deja.

 

Ignoran que ahí tienes cosas

que valen tu dicha entera:

¡el pan de los hijos débiles

y el pan de la esposa buena!

Que aunque de modo tan rudo

decírtelo yo no deba,

porque parece pecado,

pecado de alma grosera,

te lo diré rudamente,

como la vida lo reza:

¡Si quieres tener amores,

tienes que tener panera!

 

No extraño que tengas puestos

los ojos y el alma en ella,

ni que la mires avaro,

ni que su puerta defiendas,

que en ello te va la dicha

y en ello la vida juegas.

 

¡Arriba otra vez, arriba!

Muy breve ha sido la tregua,

pero es larga del trabajo

la abrumadora cadena,

y nadie romperla debe,

que a Dios le toca romperla.

 

¡Arriba!, que ya te llaman

las campesinas faenas,

que ya la lluvia de otoño

bañó la tierra sedienta,

que hay brumas por las mañanas

en los picos de las sierras,

que ya los amaneceres

lloran rociadas frescas;

que ya se inicia en los campos

el apuntar de la hierba,

y el sonreír de las aguas

y el son de las alamedas.

 

¡Arriba!, que el sol es tibio;

las nubes, blancas guedejas;

intensas las humedades

y sana la brisa cierza…,

y a gloria sabe el ambiente,

y a música el campo suena,

y huelen las tierras húmedas

a tierra de sementera.

 

Mueve tu gente con prisa,

vuelve otra vez a la brega,

requiere aperos y yuntas,

abre la limpia panera

y suenen en los corrales,

y suenen de nuevo en ella,

ruidos de palas y harneros

que las simientes asean,

tonadillas entre dientes,

pláticas sobre la siembra,

silboteos sonorosos,

golpes de mazos y azuelas,

que aprietan, tajan y embuten

cinchos, cuñas y orejeras…

 

Y devorando el almuerzo,

y unidas ya las parejas,

el jarro de agua agotado,

sobre un hombro la chaqueta,

en la izquierda la aguijada

y un mendrugo en la derecha,

 

comiendo tras de la yunta

que arado y simiente lleva,

¡vete a verterla en el seno

de aquellas húmedas tierras

que otoño bañó con lluvias

y tú con sudores riegas!

Muy larga la brega ha sido,

muy corta ha sido la tregua,

pero sujetos estamos

del trabajo a la cadena,

y nadie romperla debe,

que a Dios le toca romperla.

 

Las Canciones De La Noche

I

Una noche rumorosa y palpitante

de húmedas aromáticas cargada;

una noche más hermosa que aquel día

que nació con un crepúsculo de nácar,

y medió con un incendio del espacio

y expiró con un ocaso de oro y grana…

Una tibia clara noche melodiosa,

impregnada de dulzuras elegíacas

que caían mansamente de los cielos

en los rayos de la dulce luna blanca,

por el seno de los montes

triste y solo yo vagaba

con el alma más vacía

que el abismo de la nada.

Y los coros rumorosos de la noche

con su música de oro me cantaban

la canción de la tristeza

de la almas solitarias.

Yo era un hongo de los valles de la vida,

yo el cadáver de mi raza

yo una sombra que pasaba por el mundo

sin dejarle ni la huella de mis plantas,

ni los trozos de mi carne redivivos,

ni la imagen de mi alma en otras almas,

ni los nidos de mis goces,

ni los charcos de mis lágrimas…

Yo era sombra, yo era muerte,

yo era estéril movimiento sin sustancia…

y por eso los rumores musicales

de la noche misteriosa me cantaban

la canción de la tristeza,

ruin idioma de las almas solitarias.

 

II

Otra noche, tan hermosa como aquella,

de armonía y de aromas empapada;

otra pura, casta noche, rutilante,

presidida por solemne luna diáfana

que inundaba los espacios infinitos

con el polvo de su mansa luz fantástica,

triste y solo, como siempre,

por el seno de los montes yo vagaba,

y la puerta de la choza de un cabrero

se empaparon mis pupilas fatigadas

en la mística visión de un niño hermoso

que dormido y solo estaba

sobre una cama de hierbas

que tiñó agosto de plata.

¡Oh, qué hermoso, qué sereno, qué divino!

Era el ángel, era el alma

de la choza miserable

de la choza solitaria.

¡No era mío, no era mío!,

era el beso de las almas que se enlazan.

¡Era el premio merecido

por los seres que se aman!

¡Cuánto diera por tocarle aquella frente

y besarle la carita sonrosada!

¡Qué tranquilo! Los rumores de los montes

con magnífica armonía le arrullaban,

y las brisas de la noche misteriosa

le tocaban con la punta de las alas,

y los rayos amorosos de la luna

le caían como besos en la cara.

Yo me puse de rodillas

ante el ángel de la choza solitaria

cual sediento caminante

que se inclina sobre el agua,

y al amado, como hambriento ladronzuelo

que a unos pobres la limosna les robara,

puse el beso más sublime de mi vida

sobre aquella frente blanca.

¡No era mío, no era mío!,

pero el beso me quemaba en las entrañas,

y la noche se me puso más hermosa,

con el ritmo de la vida

la canción de la esperanza.

¡Yo sentía, yo vivía,

yo quería, yo esperaba!

Si tuviera el cuerpo herido,

si tuviera muerta el alma,

no sintiera ni los besos de la vida

ni el placer de derramarla…

¡Dios que creas! ¡Dame dichas como aquellas

de la choza solitaria!

 

Y los coros musicales de la noche

no callaban, no callaban, no callaban…

 

III

Y otra noche, de seguro tan hermosa

como aquellas ideales noches blancas,

arrulladas por el ritmo de los mundos

y pobladas de los sueños de las almas,

a la puerta de la choza miserable

del cabrero cuya dicha yo envidiaba,

se quedaron medio ciegas

mis pupilas espantadas;

muerto estaba el pobre ángel

 

de la choza solitaria,

y su madre estaba loca,

y su padre mudo estaba,

y los rayos elegíacos de la luna

le caían amorosos en la cara,

 

su carita transparente,

que era blanca, que era blanca

como el ala de los cisnes del estanque

como el campo de la nieve inmaculada,

como el seno de las vírgenes,

como el mármol de las tumbas y las aras.

Yo me puse de rodillas ante al ángel,

e inclinando la cabeza atormentada,

como víctima medrosa y dolorida

 

que presenta el cuello al hacha,

puse el beso más amargo de mi boca

sobre aquella frente blanca

dura y fría como el mármol

de las rígidas estatuas funerarias.

Yo sentí de repente

se me helaron las entrañas.

Era el frío del terror a lo futuro

quien me dio la puñalada;

era el miedo a los dolores infinitos

que los padres de aquel ángel destrozaban…

Y gemí como un cobarde,

y gocé como un perverso sin entrañas

con la muerte repentina

de mi última esperanza,

que dejaba conjurados los peligros

que mi instinto de cobarde presagiaba.

¡Fuga estéril! ¡Tú iniciaste

el principio del reguero de mis lágrimas!

Todo el pecho de aquel ancho cielo plúmbeo

gravitó sobre mi alma,

y dejómela el delito como antes,

más vacía que el abismo de la nada.

Y le dije a la armonía de la noche:

«No me cantes la canción de la esperanza:

canta el himno del dolor inapelable,

que es la carga ineludible de mi alma».

 

Las Hazañas De «Coral»

(A mi compañero de caza don J. de la F. A.)

Con la canana llena

de municiones,

y el morral atestado

de provisiones,

la escopeta brillante

como unas ascuas,

el Coral tan alegre

como unas Pascuas,

la petaca bien llena

de cigarrillos

y las manos metidas

en los bolsillos,

salíme ayer al coto

muy de mañana,

dispuesto a no dejarme

tórtola sana,

ni perdiz, ni conejo

que no matase,

ni codorniz, ni liebre

que lo contase.

 

¡Qué mañanita hacía

tan deliciosa!

¡Qué brisa la del monte

tan olorosa!

¡Qué aurora tan radiante!,

¡qué algarabía

de pájaros cantores

la que se oía!

Henchía los pulmones

un airecillo

con aromas de espliegos

y de tomillo;

flotaban las neblinas

en la hondonada,

bramaban los becerros

en la majada,

las alondras corrían

por los caminos,

las urracas chillaban

en los espinos,

silbaban los vaqueros,

cantaba el cuco

y graznaba el imbécil

abejaruco.

Al salir el sol claro

del nuevo día,

todo resucitaba,

todo reía.

Esponjaban sus plumas

las tortolillas,

desplegaban el moño

las abubillas,

saltaban los pardillos

junto a la fuente,

se bañaban los tordos

en la corriente,

dormitaba el milano

sobre el peñasco,

el lagarto bullía

bajo el carrasco,

y metiendo el piquito

bajo las alas,

se espulgaban las firras

y las zorzalas.

 

¡Vaya una mañanita

la tal mañana!

¡Vaya un olor a heno

y a mejorana!

Mi perro retozaba

como un ternero.

¡Es el perro más bruto

del mundo entero!

«Vamos, Coral —le dije—,

basta de bromas

y echemos una mano

por estas lomas.

Si tienes buenos vientos

y me obedeces

yo te he de dar el premio

que te mereces;

pero si eres muy loco,

si eres muy malo,

te daré pocos mimos

y mucho palo.

Cuando caiga una pieza,

vas a buscarla,

y la traes en la boca

sin destrozarla.

No hagas barbaridades

sin ton ni fruto,

mira que tienes pinta

de ser muy bruto,

y si me armas alguna

por ser violento,

te pego una paliza

que te reviento.»

El perro me miraba

como un idiota,

sin menear siquiera

la cabezota;

yo seguí mis sermones,

mas de repente

levantó una pataza

tranquilamente,

y ante mis propias barbas

hizo una cosa

poco limpia y muy poco

respetuosa.

Al empezar la mano,

junto al camino,

vi posada una alondra

sobre un espino;

la tiré; cayó muerta

y a escape el perro

la apresó en sus enormes

dientes de hierro.

¡No le duró en la boca

medio minuto!

¡Yo no he visto en mi vida

perro más bruto!

Se tragó el pajarillo

más fácilmente

que se traga una píldora

Pé de la Fuente.

Y mientras yo, furioso,

le reprendía,

me miraba el imbécil

y se lamía.

«¡Tragaldabas, idiota,

—le dije al punto—:

si la hazaña repites,

te descoyunto!

¡Si vuelves a las mismas

hoy mismo mueres!

¡Tragaldabas, idiota!

¡Qué bruto eres!»

 

En el mismo momento

de estar hablando

una tórtola cerca

pasó volando.

La tiré como quise,

rompíla un ala

y cayó redondita

como una bala.

Lanzóse encima el perro

medio aturdido,

le llamé quince veces

a grito herido

y no le dio la gana

de respetarme,

ni de dejar la tórtola,

ni de escucharme.

Cuando yo fui corriendo

donde él estaba,

de la tórtola herida

sólo quedaba

una pluma de un ala,

la cabecita,

y dos o tres dedillos

de una patita.

Y el bárbaro del perro

vuelta a mirarme,

y hasta alzó las manazas

para halagarme.

Quise ahogarle allí mismo,

mas tuve calma

y le dije muy serio:

«Coral del alma,

como eres tan brutazo,

tú habrás creído

que has hecho ya dos gracias;

¡pues no, querido!

Has hecho dos gansadas

de las peores

que pueden hacer perros

de cazadores.

¡U obedeces a ciegas

si yo te miro,

o antes de diez minutos

te pego un tiro!»

 

Y seguimos cazando

tranquilamente

por la falda suave

de la pendiente.

De pronto, salen juntas

cuatro perdices,

que a poco no se posan

en mis narices;

apunté a la primera,

llamé la llave

y cayó como un trapo

la pobre ave.

El Coral, más ligero

que una centella,

de cuatro o cinco saltos

se echó sobre ella.

Yo ya no me entretuve

con más llamadas

y llegué donde el perro

de tres zancadas.

¡Yo no he visto en mi vida

perro más bruto!

Si llego a entretenerme

medio minuto,

no tengo ni el consuelo

de ver la huella

del cuerpo de la hermosa

perdiz aquella.

¡Gracias a que el muy bruto

se la quería

tragar de un par de golpes

y no podía!

Lo cogí, lleno de ira,

de una orejaza,

le metí la escopeta

por la bocaza,

y así pude arrancarle

de los dientazos

la perdiz destrozada

casi en pedazos.

Pareciéndome aquello

castigo chico,

le pegué diez cachetes

en el hocico,

le puse a las narices

la perdiz muerta

y le dije indignado:

«¡Boca de espuerta!

El buen perro no come

pieza que cobra.

Di: ¿no tienes en casa

pan que te sobra?

 

Traga—buches, infame,

mal educado,

¿sabes que mis sermones

te han reformado?

No te mato ahora mismo

de un estacazo

porque soy menos bruto

que tú, brutazo;

mas como mi consejo

no te aproveche,

yo le diré al tío Pincos

que te escabeche.

Si vivir siempre a gusto

conmigo quieres,

medita, Coralito,

lo bruto que eres,

y si es que tu torpeza

no tiene cura

le encargaré al tío Pincos

la sepultura.

Vámonos hoy a casa.

Yo te perdono

y no quiero guardarte

rencor ni encono.

Solamente hoy te impongo

como castigo,

contarle tus hazañas

a un buen amigo

que también tiene un perro

tocayo tuyo,

solo que tú no llegas

a donde el suyo.

¿Quieres saber la causa?

Pues te la digo:

¡Es… que tú eres más bruto

que el de mi amigo!»

 

Mal educado estaba el gran Coral,

pero ya no está mal; está muy mal.

Ya no come las piezas que levanta,

pero hace algo peor: me las espanta.

¡A este perro cerril no hay quien lo dome!

La caza que le mates, se la come,

y si piezas de caza no le matas,

se dedica a cazar grillos y ratas.

 

Por ver si muda de conducta y traza

llevélo ayer a Peñalniño a caza.

Peñalniño es un cerro alto, gigante,

al cerro de la Cruz muy semejante:

pero está más tendido, es más bajito,

más abundante en caza y más bonito.

¡Hasta estos pedacitos de la sierra

son aquí más bonitos que en tu tierra!

 

Pues, como iba diciendo, fuime al cerro

y me llevé los galgos con el perro

a ver si este gandul se enmienda algo

yendo a mi lado y entre galgo y galgo.

¡Como no lo reviente o lo deslome,

a este perro cerril no hay quien lo dome!

¡Y menos mal que ha demostrado, al menos,

que tiene vientos, pero vientos buenos!

Mas es un bruto que, en oliendo caza,

pierde el juicio, el respeto y la cachaza.

 

Cuando entramos ayer en cazadero,

cazaba con tal calma y tal salero

que me obligó a pensar subiendo al cerro:

¿Si habré sido yo ingrato con el perro?

¿Si al juzgarle me habré yo equivocado

y le habré injustamente calumniado?

Ese modo de andar, esa cachaza,

esas posturas de excelente traza,

esa dilatación de las narices

que acaso ya ventean las perdices,

ese cuello tendido hacia adelante,

esa mirada vaga, chispeante,

y ese modo de alzar su gran cabeza

buscando el viento de la oculta pieza,

son indicios, al menos, de que el perro

sabe que está cazando en este cerro.

 

Si echa una pieza y se la tiro, y cae,

y sabe obedecerme, y me la trae,

—¡me acabé de lucir, Coral querido!—

tendré que confesar que te he ofendido

y que tienes un amo muy ligero,

calumniador, injusto y embustero.

 

Así iba yo pensando tristemente

cuando el perro se para y, de repente,

cerro arriba arrancó como un venablo,

¡como alma de ladrón que lleva el diablo!

¿Serán conejos o serán perdices

lo que van venteando sus narices?

—¡Coralito —le dije—, espera un poco!

¡Espérame, Coral, y no seas loco!

¡¡Ven aquí, Coralón, no me impacientes!!

¡¡Coralazo, gandul, así revientes!!

Y gritando y corriendo tras el perro,

por la cuesta más áspera del cerro

se me fueron los pies por un peñasco,

y de cara caí sobre un carrasco.

Sin respirar me levanté ligero,

recogí la escopeta y el sombrero

y rascándome un poco las narices,

de nuevo eché a correr tras las perdices.

¡Todo fue inútil! El gandul del perro,

las echó hacia la cúspide del cerro,

y viéndolas volar quedé parado

con la boca entreabierta y atontado.

Además de quedarme sin perdices,

pude también quedarme sin narices.

Se redujo la cosa a un arañazo,

un pequeño chichón y un buen zarpazo;

pero, aun librando bien, aquel que quiera

saber lo que es caer de esa manera,

¡que se deje rodar por un peñasco

y se caiga de cara en un carrasco!

 

El perro regresó triste y arisco

y sentóse a la sombra de un torvisco;

yo no quise ni hablarle de perdices,

ni siquiera enseñarle mis narices,

¡Al que no se hace bueno con sermones,

se le obliga a ser bueno a pescozones!

Le di media docena de primera,

mimé a los galgos para que él lo viera,

fumé un cigarrillo, descansé un poquito

¡y adelante otra vez, que es tardecito!

 

Del prado Verdinal, junto a la esquina,

en una carrasquera chiquitina,

de nuevo el perro se quedó parado

y púseme en seguida yo a su lado,

dispuesto a fusilar lo que saliera

de aquella miserable carrasquera.

Yo, por más que miré nada veía,

pero el perro la muestra no rompía;

y ante fijeza tal y tal postura,

me dije para mí: ¡liebre segura!

—¡Entra, Coral! —le dije al verle inerte.

—¡Entra, Coral! —le repetí más fuerte.

—¡Entra, Coral! —grité por vez tercera;

y el perro se lanzó a la carrasquera.

 

¡Oh vergüenza! ¡Oh dolor! ¡Oh triste chasco!

En lugar de salir de entre el carrasco

una liebre a saltar de mata en mata,

salió un lagarto de cabeza chata,

lomo verdoso, vivarachos ojos

y blanca panza con puntitos rojos.

Lo mismo que un ratón que ha visto al gato,

salió azarado el bicharraco chato,

y el perro se lanzó tras él más listo

que el gato hambriento que al ratón ha visto.

A cambio de un mordisco en una mano,

diole el perro un zarpazo soberano,

echóle el diente y el reptil arisco

le atizó en el hocico el gran mordisco.

Debió ser un mordisco sandunguero

porque el perro gruñó muy lastimero,

flojó los dientes, escurrióse el bicho

y cojo y todo se metió en su nicho.

 

A casita, Coral, que el sol se pone

y es posible que el morro se te encone.

Te doy mi enhorabuena más cumplida

por la dulce caricia recibida,

y me alegra en el alma, buen amigo,

de ver, tras tu pecado, tu castigo.

¿Confunden todavía tus narices

los lagartos con liebres y perdices?

 

Pues aprende, gandul, que esa es tu ciencia;

aprende a distinguir; y en penitencia,

mientras los dientes del lagarto alabo,

¡te rascas el hocico con el rabo!

 

Los Dos Soles

Vámonos al hastial de la sala,

vámonos, Francisco,

que se está que da gloria estos días

de sol y de frío.

Y al rincón del hastial soleado

por tibiezas del sol invernizo

se van temblorosos

los dos viejecitos

con el calendario,

con el argadillo,

con las frentes cargadas de tiempo,

con las venas cargadas de frío.

 

¡Qué serena la tarde resbala

por delante de aquel rinconcito!

¡Las dulces tibiezas

del sol invernizo

como alientos del Dios de la vida

dan calor a los dos viejecitos!

 

Una dulce modorra süave

va durmiendo sus torpes sentidos

al rumor del rozar quejumbroso

de las vueltas del viejo argadillo,

que se queja con ritmo de enfermo,

plañidero, sutil, dolorido…

 

La tarde es templada

y el rincón del hastial está tibio…

Se derrite la nieve en los campos,

se descubre el verdor del ejido,

pican las cigüeñas

la vera del río,

lavan las muchachas,

balan los cabritos,

corren los regatos,

llora el argadillo,

y en los montes las lenguas de acero

de los anchos destrales blandidos

acompañan su bronca salmodia

con reflejos estruendos sombríos,

fragorosos desgarres de ramas,

roncos tumbos de troncos hendidos…

¡Allí están los mozos!…

¡Allí está aquel hijo!…

Murieron los rayos

del sol mortecino…

—Vamos a la lumbre.

—Vámonos, Francisco.

Y al rincón del hogar, frío y solo,

se marcharon los dos viejecitos,

con el calendario,

con el argadillo,

temblando de viejos,

temblando de frío.

—Ya viene cantando…

—Ya viene ese hijo…

Y el hogar apagado y oscuro

revivió con el mozo fornido,

revivió con los fuegos sagrados

del amor y el hogar confundidos…

Y el viejo a la vieja

díjole al oído:

—Tenemos dos soles

que quitan el frío:

pa de día, el que alumbra en el cielo;

pa de noche, ese hijo…, ese hijo…

 

Los Sedientos

I

Vagando va por el erial ingrato,

detrás de veinte cabras

la desgarrada muchachuela virgen,

una broncínea enflaquecida estatua.

Tiene apretadas las morenas carnes,

tiene ceñuda y soñolienta el alma,

cerrado y sordo el corazón de piedra,

secos los labios, dura la mirada…

 

Sin verla ni sentirla,

la estéril vida arrastra

encima de unas tierras siempre grises,

debajo de unas nubes siempre pardas.

Come pan negro, enmohecido y duro,

bebe en los charcos pestilentes aguas,

se alberga en un cubil, viste guiñapos,

y se acuesta en un lecho de retamas.

 

No sueña cuando duerme,

no piensa cuando vela desvelada;

si sufre, nunca llora;

si goza, nunca canta,

y vive sin terrores ni deleites,

que no la dicen nada

ni los fragores de las noches negras,

ni los silencios de las noches diáfanas,

ni el rebullir del convecino sapo,

ni los aullidos de la loba flaca

que yerra sola venteando carne

de chivos y de cabras.

 

Nunca sintió las alboradas tristes,

nunca sintió las bellas alboradas,

ni el ascender solemne de los días,

ni la caída de las tardes mansas,

ni el canto de los pájaros,

ni el ruido de las aguas,

ni la nostalgia del rumor del mundo,

ni los silencios que el erial encalman.

 

Su padre fue el pecado;

su madre, la desgracia,

y otra pareja infame

de carne estéril y de infames almas

la robó de la cuna de los huérfanos

con hórrida codicia calculada.

El mirar de sus ojos ofendidos

por el erial resbala

como el osado pensamiento humano

que osa escrutar los reinos de la nada.

 

Ciegos los ojos, sordos los oídos,

la lengua muda y soñolienta el alma,

vagando va por el erial escueto

detrás de veinte cabras

que las tristezas del silencio ahondan

con la música opaca

del repicar de sus pezuñas grises

sobre grises fragmentos de pizarras.

 

II

Al otro lado del sereno río

que el borde del erial lavando pasa,

Naturaleza derramó unos montes

donde hay rumores que el oír regalan,

donde hay ambientes que la sangre sedan,

donde hay perfumes que el cerebro embargan,

donde hay salud que vigoriza el cuerpo

y paz muy honda que equilibra el alma,

luz de torrentes, música a raudales

y un sordo hervir de vigorosa sabia

que en los pimpollos se resuelve en yemas

y tronco abajo se desliza en lágrimas,

cogüelmo de la vida que revierte

de la tierra otra vez en las entrañas.

 

Por esos montes que robusto crían

todo lo vivo que en sus senos guardan,

vaga un hermoso zagalón impúber

detrás de veinte vigorosas cabras

cuyas duras pezuñas no repican

sobre estériles lechos de pizarras

pues tiene el monte alfombras

espléndidas y blandas,

musgo de terciopelo en los peñascos

y tréboles de seda en las cañadas.

 

Borracho de salud vaga por ella

el alegre zagal de vida errática.

Con la inconsciencia de los niños piensa,

con el vigor de los cabritos salta,

con la lujuria del boscaje crece,

con la alegría de la alondra canta.

 

Él es el limo de las tierras vírgenes,

él es promesa de las tierras áridas,

él es estrofa del amor dormido,

él un vaso de savia

que en abundancia de cogüelmo rico

rebosará mañana.

 

Y entonces el salvaje solitario

clavará las pupilas dilatadas

en la virgen sedienta

del páramo sediento que la mata,

y sediento de amor, ebrio de vida,

desnudos cuerpo y alma,

querrá cruzar el espumoso río,

querrá posar en el erial la planta,

querrá quebrar en el trabajo el cuerpo,

querrá dormir en el amor el alma…

 

¡Hombres de la cultura!,

tended un puente sobre aquellas aguas…,

que se acerquen los hijos de los hombres,

que se junten los hatos de las cabras,

¡que del monte feraz pasen al páramo

del amor y el trabajo las sustancias!

 

Varón

¡Me jiedin los hombris

que son medio jembras!

Cien vecis te ije

que no se lo dieras,

que al chinquín lo jacían marica

las gentis aquellas.

Ahora ya lo vide, y a mí no me mandis

más vecis que güelva.

Te largas tú a velo,

que pue que no creas

que tu cuerpo ha parío aquel mozu,

ni que lo cebasti con tu lechi mesma,

ni que tieni metía en la entraña

sangri de mis venas.

N’amás de mimarros

y delicaezas

que ha queao lo mesmo que un jilo

paliúcho y sin chispa de juerza.

Ca instanti se lava,

ca instanti se peina,

ca instanti se múa

toa la vestimenta,

y se encrespa los pelos con jierros

que se lo retuestan,

y en los dientis se da con boticas

de unos cacharrinos que tieni en la mesa,

y remoja el moquero con pringuis

n’amás pa que güela

¡Jiedi a señorita

dendi media lengua!

Se levanta a las nuevi corrías

y a las doci lo mesmo se acuesta.

¡Va a ponersi pochu

si acotina de aquella manera!

¡Güeno está pa mandalo a bellotas,

pa ayualmi a escuajal en la jesa,

pa jacel un carguju de tarmas

y traelo a cuestas,

u pa estalsi cavando canchalis

dende que amaneci jasta que escurezca!

Los muchachos de acá me esconfío

que mos lo apedrean

cuantis venga jaciendo pinturas

u jablando de aquella manera:

y verás cómo el mozu no tieni

ni agallas ni juerza

pa el primero que quiera molarsi

rompeli la jeta.

Ya no dici padri,

ni madri, ni agüela.

«Mi papá, mi mamá, mi abuelita…»

así chalrotea,

como si el mocoso juesi un señoruco

de los de nacencia.

Ni mienta del pueblo, ni jaci otro oficio

que dil a una escuela

y palral de bobás que allí aprendí,

que pa na le sirvin cuantis que se venga.

Pa sabel sus saberis le ije:

«Sácame la cuenta

del aceiti que hogaño mos toca

del lagal po la parti que es nuestra.

Se maquilan sesenta cuartillos

p’acá parti entera,

y nosotros tenemos, ya sabis,

una media tercia

que tu madre heredó de una quinta

que tenía tu agüela Teresa».

¡Ya ves tú que se jaci en un verbo!

Sesenta la entera,

doci pa la quinta,

cuatru pa la tercia,

quita dos pa una media, y resultan

dos pa la otra media.

Pues el mozu empringó tres papelis

de rayas y letras,

y pa ensenrearsi

de aquella maeja,

ijo que el aceiti que a mí me tocaba

era «pi menus erre», ¿te enteras?

¡Pus pués dil jacindu

las sopas con ella!

¿Y esos son saberis?

¡Esas son fachendas!

No le quise mental del guarrapo

ni icile siquiera

que hogañazo vendimus el churru

pa comprar un cachuju de tierra.

¡Allí no se jabla

de esas cosas ni en ellas se piensa!

N’amás que se jaci comel confituras,

melcal vestimentas,

dirse a los cafesis,

dirse a las comedias

y palral de bobás que no valin

ni siquiá una perra

¡Jolgacián como el nuestro muchacho

no va a haberlo, si aquí no se enmienda!

Yo no lo distingo de otros señorinos

que con él se ajuntan y jolgacianean.

¡Son como maricas!

¡Juy, qué vestimentas!

Ves una persona

por detrás, en la calle, tan tiesa

y endi lejus no sabis de cierto

si es macho u es jembra.

Güelin a lo mesmu

como las ovejas,

y p’aquí no es asín, que ca cosa

güeli a su manera:

güeli a macho la carni de hombre,

y la carni de jembra da a jembra.

Hay que dil a buscar al muchacho

cuantis que se puea,

y le dicis a aquellos señoris

que esu no quita pa que se agraeza,

pero que a su padri le jaci ya falta;

y asín se la enreas.

No lo quió jolgacián, aunque muchos

saberis trujiera.

Y no es esu solu lo que a mí me enrita,

que otras cosas me jacin más mella…

Hay que dil a buscalo ca y cuando:

que venga, que venga;

porque, mira: ¡me jiedin los hombres

que son medio jembras!

 

Mi Montaraza

I

No hay bajo el cielo divino

del campo salamanquino,

moza como Ana María,

ni más alegre alquería

que Carrascal del Camino.

 

En Carrascal nació ella,

y si antes no fuese bella

su natal tierra bendita,

fuéralo porque la habita

la rosa de monte aquella.

 

No nace en tierra cristiana

flor silvestre más lozana

ni hormiga más vividora,

ni moza más castellana,

ni mujer más labradora.

 

Hermosa sin los amaños

de enfermizas vanidades,

tiene unos ojos castaños

con un mirar sin engaños

que infunde tranquilidades.

 

Sencilla para pensar,

prudente para sentir,

recatada para amar,

discreta para callar,

y honesta para decir;

 

robusta como una encina

casera cual golondrina

que en casa canta la paz,

algo arisca y montesina

como paloma torcaz;

 

agria como una manzana,

roja como una cereza,

fresca como una fontana,

vierte efluvios de alma sana

y olor de Naturaleza.

 

¿Qué extraño que los favores

implore yo del Destino,

si estoy enfermo de amores

por la reina de las flores

de Carrascal del Camino?

 

II

¿Me quieres, Ana María?

Yo me he soñado que sí;

mas dudo que guarde impía

la ingrata fortuna mía

tesoro tal para mí;

 

pues de esos montes no lejos,

hay otros montes ceñudos

con montaraces ya viejos

que tienen hijos talludos

atentos a sus consejos.

 

Y sé que a esas alquerías

van también ricos señores

a celebrar cacerías,

a dirigir sus labores

y a ver sus ganaderías;

 

y a mí me causa terror

que en ese rincón de paz

den contigo, rica flor,

el hijo de un montaraz

o el hijo de un gran señor.

 

Felicidad que soñé,

esposa que presentí,

mujer que luego busqué

y ángel que al cabo encontré

deben de ser para mí.

 

Dile al hijo del señor

de la vecina alquería

que dice tu servidor

que no nació Ana María

para caprichos de amor;

 

que en las ciudades doradas

encontrará lindas flores

más suyas por delicadas…

¡Estas rosas coloradas

no son para los señores!

 

Pero si en ello porfía,

por ladrón de mi destino…,

¡lo mato si pisa un día

la raya de la alquería

de Carrascal del Camino!

 

Y el hijo del montaraz

de Castropardo el mayor,

el que oye mucho mejor

la voz de un viejo sagaz

que el grito de un noble amor,

 

si busca montaracías

que den en prados y montes

excusas y regalías,

llenos están de alquerías

esos anchos horizontes;

 

pues solo el amante fino

que ante el encanto se rinde

de tu mirar peregrino

merece pisar la linde

de Carrascal del Camino.

 

¿Me quieres, Ana María?

¿Me esperarás en la raya

de tu divina alquería,

cuando a la casa yo vaya

que pretendo llamar mía?

 

¡Qué buen esposo me hicieras!

¡Qué hogar tan feliz tuvieras,

si de ese monte feraz

tú la montaraza fueras

y fuera yo el montaraz!

 

Sé por guardas y pastores

que riges ya a maravilla

la casa de tus mayores,

donde, por buena y sencilla,

te adoran tus servidores;

 

y yo me tengo jurado

ser un amo tan honrado

y un montaraz tan cabal

como el mejor que ha pisado

los montes de Carrascal.

 

¿No sabes, Ana María

que yo he tenido parientes

en una montaracía

y sé lo que son sirvientes

y sé lo que es la alquería?

 

Hogaño he mercado en Alba

una yegua de Peñalba

de rutilante mirar,

tres años, negra, cuatralba,

rica sangre y buen andar;

 

un precioso bruto fiero

con nobleza de cordero,

blondas crines y ancha nalga,

músculos curvos de acero

y enjutos remos de galga.

 

Y en este animal brioso,

que nunca al trajín se rinde

de su marchar vigoroso,

vigilaré cuidadoso

tus montes de linde a linde;

 

y ni en los montes vecinos

han de quedar clandestinos

y atreviduelos pastores,

ni furtivos cazadores,

ni leñadores dañinos.

 

Y corrigiendo criados,

y amparando desgraciados,

será nuestra casa un día

vivienda de hombres honrados,

colonia de la alegría.

 

¿Quién más dichoso ha de ser

que el hombre que va a tener

bellos campos que cuidar,

sabroso pan que comer

y esposa a quien adorar?

 

Deudos que enfermo me halláis,

amigos que me estimáis,

hombres que me conocéis,

todos los que me queréis,

todos los que me envidiáis,

 

¡pedid en justa porfía

que me conceda el Destino

la mano de Ana María

y aquella montaracía

de Carrascal del Camino!

 

Mi Música

Naturales armonías,

populares canturías

cuyo acento musical

no es engendro artificioso,

sino aliento vigoroso

de la vida natural:

 

vuestras notas, vuestros ruidos,

vuestros ecos repetidos

en ritornelo hablador,

son mis goces más risueños,

son el arte de mis sueños,

¡son mi música mejor!

 

Rumores que en la alquería

revientan con alegría

del dorado amanecer,

que despierta sonriendo

las que estuvieron durmiendo

fuerzas vitales de ayer;

 

brava música sincera

de la ronda callejera

de los mozos del lugar,

que con guitarras sonoras

y bandurrias trinadoras

acompañan su cantar;

 

alegre esquilón de ermita,

voz de amores que recita

la romántica canción;

ruido de aire que adormece,

son de lluvia que entristece,

manso arrullo de pichón;

 

cuchicheos de las brisas,

melodías indecisas

del tranquilo atardecer,

aletazos de paloma,

balbuceos del idioma

que empieza el niño a aprender;

 

jugueteos musicales

que modula entre zarzales

el callado manantial

cuyo hilillo intermitente

da la nota transparente

de una lira de cristal;

 

melancólicos murmullos,

sabrosísimos arrullos,

vibraciones del sentir,

que la madre en su cariño

le dedica al tierno niño

invitándole a dormir;

 

claro timbre plañidero

del balido lastimero

del inquieto recental;

eco triste del bramido

del becerrillo perdido

que sestea en el erial;

 

grave zumbar pregonero

del tábano volandero

que arrullo en la siesta da;

que murmulla, que se queja,

que se acerca, que se aleja,

que retorna, que se va…,

 

hálitos del bosque frío,

lejano zumbar de río,

hachazos de leñador,

explosivos en la sierra,

eco incógnito que yerra,

hijo ignoto de un rumor;

 

suspiro de muda pena

que no vibra, que no suena,

pero se siente sonar;

sollozos del pensamiento

que solo del sentimiento

quieren dejarse escuchar;

 

vuelo sereno de ave,

ritmo de aliento suave,

beso que arranca el querer,

nombre de madre adorada,

voz de la mujer amada,

llanto de niño al nacer;

 

tonadilla peregrina

que modula en la colina

la gaitilla del zagal,

la que vierte blancas notas

que de miel parecen gotas

desprendidas del panal;

 

besos del aura y la parra,

lágrimas de la guitarra

latidos del corazón,

quedas pláticas discretas,

palabras de amor secretas,

lamentos de honda pasión;

 

pintoresca algarabía

de la alegre pastoría

derramada en la heredad,

trajinar de los lugares,

tonadillas populares,

tamboril de Navidad;

 

trino de alondra que el vuelo

levanta, cantando, al cielo,

de donde su voz tomó;

canto llano de sonora

codorniz madrugadora

que a la aurora se enceló;

 

ecos lánguidos que envía

de la vaga lejanía

la tonada del gañán,

que en la tibia sementera

canta y ara en la ladera

que la da trabajo y pan;

 

dulces coros de oraciones

suspiros de devociones,

sollozos de pecador,

voz del órgano suave

que llora con ritmo grave

la elegía del dolor;

 

popular algarabía

de la alegre romería

que ya el valle va a dejar

con jijeos y cantares

que en cañadas y encinares

se repiten sin cesar;

 

aire quedo de alameda

que una música remeda

que el alma nunca entendió,

una música increada

que en el seno de la nada

para siempre se quedó;

 

manso zumbar de colmena

que trabaja en la serena

tarde plácida de abril;

coro que llena de ruidos

la de niños que va a nidos

sonora tropa gentil;

 

bellas rimas del poeta

cuya música interpreta

los arrullos del amor,

los estruendos de la orgía,

la calmante poesía

que hay disuelta en el dolor.

 

Las injurias de la suerte,

los horrores de la muerte,

los misterios del sentir

y el secreto religioso

del encanto doloroso

de la pena de vivir…

 

Yo os lo dije; vuestros ruidos,

vuestros ecos repetidos

en ritornelo hablador,

son el pan de mi deseo,

son el arte en que yo creo,

¡son mi música mejor!

 

Una Nube

No hay posibles hogaño pa eso

—dijo el padre de ella;

y el del mozo exclamó pensativo:

 

«Pues entonces hogaño se deja

porque yo también ando atrasao

con tantas gabelas…

Que se casen al año que viene,

dispués de cosecha,

y hogaño entre dambos

le daremos tierra

pa que el mozo ya siembre pa ellos

esta sementera».

Y el mozo y la moza,

rojos de vergüenza,

lo escucharon humildes y mudos,

sin osar levantar la cabeza.

Y el mozo labraba,

derramaba las siete fanegas,

regaba su trigo

con sudor de la frente morena,

y en sus sueños lo vio muchas veces

maduro en las tierras,

cargado en el carro,

junto ya en las eras,

limpio ya en las trojes,

blanqueadas tres veces por ella…

¡Agosto lejano!

¿No vienes, no llegas?

Agosto ya vino;

su sol ya platea

los inmensos tablares de espigas

que doblándose henchidos revientan…

¡Qué hermosa la hoja!

¡Contento da verla!

¡Qué ondear tan suave a los ojos!

¡Qué música aquella,

la del choque de tantas espigas

que la brisa a compás balancea!

¡La brisa!… ¡La brisa!…

una tarde radiante y serena

sopló más caliente,

sopló con más fuerza,

humilló las espigas al suelo,

revolvió la tranquila alameda,

levantó remolinos de polvo,

trajo nubes negras

que azotaron al suelo con gotas

calientes y gruesas…

 

Se pusieron los valles oscuros,

se pusieron violáceas las sierras,

y fatídica, ronca, iracunda,

vengadora, cercana, tremenda,

zumbó la amenaza

vibró la centella,

que rayó con su látigo el vientre

de la nube cargada de piedra…

¡Y la nube en los campos inermes

derrumbó aquella carga siniestra!…

¡Qué triste la hoja!

¡Pena daba verla!

¡Ya no pueden los mozos casarse

cuando ellos quisieran!

¡Qué triste está el mozo!

¡Cómo llora ella!…

Y es bueno que esperen,

¡que no es firme el amor que no espera!

 

Noche Fecunda

I

Ya dejó sus mocedades

Juan Antonio el de Villalba,

un roble joven que tiene

de pardo sayal la cáscara,

de acero el tronco robusto,

de puras mieles la entraña.

 

Para que hogar fuese haciendo,

para que hacienda fundara,

diole el Destino una esposa,

diole su padre una vaca.

Josefa se llama aquélla;

y ésta Cordera se llama;

una mujer bien nacida,

y una vaca bien criada.

 

Josefa dejó las fiestas

y hundió en el arca sus galas;

Juan Antonio dejó el marro,

y hasta vendió la dulzaina

a un temprano chavalillo

que a mocearse empezaba.

 

¡Y bien sabe Dios del cielo

que la vendió con un ansia!…

Pero el casado es casado

y la dulzaina es dulzaina.

 

Y así pasaban los días,

que ya diez meses sumaban;

Juan Antonio, trajinando;

Josefa, metida en casa;

la vaca, creciendo en ubre;

y el tiempo, dando esperanzas…

 

II

Una noche de verano,

cerca de la madrugada,

llamó a la gente vecina

Juan Antonio el de Villalba.

Al establo acuden hombres

y mujeres a la sala,

y en misteriosos encierros

se truecan ambas estancias,

y hay misteriosos trajines,

y misteriosas palabras,

y prolongados silencios,

y pasajeras alarmas…

Y Juan Antonio anda inquieto,

la frente en sudor bañada,

desde la sala al establo,

desde el establo a la sala.

 

En la cocina un momento

se sienta, mueve las ascuas

y reza dos o tres veces

la Salve que nunca acaba,

y suda y mira las puertas

de establo y sala cerradas…

De repente se oye un grito

de doliente queja humana

y un mugido quejumbroso

de lánguida resonancia.

Luego, un silencio terrible;

luego, un momento de alarma,

y otro grito, otro mugido,

y al fin ruido y voces francas.

Juan Antonio está aterrado

rígido como una estatua;

mira a las cerradas puertas

que súbito se abren ambas,

y oye que desde una y otra

le dicen estas palabras

uno de los del establo

y una de las de la sala:

—¡Dos churros… y dambos muertos!

¡Dos niñas… y vivas dambas!

 

Plétora

Yo no sé qué tieni,

qué tieni esta tierra

de la Extremaúra,

que cuantis que llegan

estos emprencipios

de la primavera

se me poni la sangre encendía

que cuasi me quema,

se me jincha la caja del pecho,

se me jaci más grandi la juerza,

se me poni la frente möorra.

y barruntu que asina me entra

como un jormiguillo

que me jormiguea…

¡Y luego unas ansias

que me ajogan de juerti que aprietan

con arrempujonis

de lloral sin querel, que me quean

que cuasi reviento

sin poel revental de la pena!…

¡Me dan unas ganas

de metermi con cosas de juerza!…

¡Asín jundo el corti

de la segureja,

que lo mesmo ha caíu esta encina

que si juesi de pura manteca!

Yo no sé qué será lo que adentro

me escarabajea

cuantis llega esti tiempo tan güeno

de la primavera…

Digu yo que serán estos vahus

que jecha la tierra,

que güelin a ricos

y paice que, asín que se cuelan,

como que arrempujan

de adentro pa juera,

y levantan el pecho p’arriba,

y entontecin de gustu que quean…

¡Juy, cómu me sabin!…

¡Juy, Dios, y qué juerza!

Si viniese ahora mesmo aquí Gorio

y quisiesi luchal una güelta…

¡Juy, Dios, qué Goriazo

le jacía pintal en la tierra!

Me gusta esti tiempo

de la primavera;

pero, ¡congrio!, me da mucha rabia

no tenel una cosa que puea

sacalmi del cuelpo

el comuelgo n’a más de la juerza.

 

¡Trisca, Vaquerillo!

¿Por qué llora el vaquerillo?

¿Por qué aquella cabrerilla

del sotillo

ya es amor de otro chiquillo?

¡No me causa maravilla!

 

¿Por qué tan osado eres,

siendo rapaz de once años,

que ya quieres

probar de tales quereres

que guardan tales engaños?

 

¿No te ha enseñado Natura

que toda flor que florece

prematura

si da fruto no madura,

porque en abril envejece?

 

¿Y no viven más dichosos

que tus toros reñidores

y celosos

los becerrillos nerviosos

libremente triscadores?

 

Pues trisca tú, vaquerillo,

y olvida a la cabrerilla

del sotillo

porque tú eres un chiquillo

y ella no es una chiquilla…

 

Puesta De Sol

Por un cielo mudo y frío,

sin nubes y sin color,

bajaba un sol moribundo,

muerta sombra de aquel sol

que las viejas primaveras

templaba fecundador.

Eran las tierras de ocaso

desiertos que Dios creó

para que el hombre se acuerde

del Paraíso de Dios

y muera con la nostalgia

del que es infinito amor;

y donde el cielo se unía,

sin nubes y sin color,

con una llanura muerta

que el ruido nunca habitó,

con lentitudes dolientes

organizaba aquel sol.

Y no tuvo en su caída

ni pueblo que la sintió,

ni pájaro que cantara

la vespertina canción,

ni selva que se moviera,

ni hombre que alzara su voz,

ni torre que se pintara

con el dorado arrebol,

ni sedalino celaje

que embebiera en su vellón

la púrpura derretida

del último resplandor.

Entre desiertos desnudos

la muerte le sorprendió,

y al que muere en el desierto

no le ve nunca el amor,

ni nadie le presta oídos,

ni nadie le dice adiós.

 

Así murió aquella tarde

solo y quejándose el sol:

¡Así se mueren los hombres

que han vivido sin amor!

 

Presagio

I

¿Ves ese tronco, Agustina,

que en el hogar se calcina

y da a mis miembros calor?

Pues es el de aquella encina

del valle de Fuenmayor.

 

No mataron sus vigores

ni el cuchillo de la helada

ni el dogal de los calores,

sino la mano pesada

de los años destructores.

 

Allá, cuando Primavera

verdes los campos ponía,

y mi alegre pastoría,

derramada en la ladera,

desde el valle se veía,

 

viví como un rey en él

de esa encinita a la sombra.

¿Dónde hay tronco como aquel?

Hierba y flores por alfombra,

y amplias ramas por dosel.

 

Allí aprendí a meditar

y sentí las embriagueces

del alto y puro pensar,

y por gozarlas cien veces

por eso aprendí a cantar.

 

Y sonaron mis canciones

a ruido de hojas de encina,

arpa ruda cuyos sones

dieron al alma emociones

y al estro voz peregrina.

 

En julio, el abrasador,

cuando a la ruda labor

iba con mis segadores

a aquellos alrededores

del valle de Fuenmayor,

 

esa vieja venerable,

único asilo habitable

de la abrasada llanura,

me daba sombra agradable

con hábitos de frescura.

 

Porque el que puso en el cielo

un sol que calcina el llano,

pone una sombra en el suelo,

como en el dolor humano

pone de la fe el consuelo.

 

Y aquella encina frondosa

que en las gayas estaciones

me dio música amorosa,

cuya dulzura sabrosa

cayó sobre mis canciones,

 

diome después, en estío,

fresco dosel protector,

y ahora, que invierno sombrío

me tiene yerto de frío,

presta a mi cuerpo calor.

 

II

Así fuiste tú, mujer.

Me diste en las primaveras

de aquel encantado ayer

las poéticas primeras

impresiones del querer.

 

Y así como la armonía

que de la encina caía

se derramó en mis canciones,

tu amor en el alma mía

vertió mundos de ilusiones.

 

Después, cuando me agobiaba

la dolorosa fatiga

de un vivir que ya se acaba,

tú fuiste la sombra amiga

donde el alma descansaba.

 

Y ahora, que ya está conmigo

del alma el invierno helado,

que es su postrer enemigo,

viviendo estoy amparado

de tu cariño al abrigo.

 

Yo tengo miedo, Agustina,

que el tiempo que se avecina

me busca amenazador…

¡Ay, que ya murió la encina

del valle de Fuenmayor!…

 

¿Qué Tendrá?

¿Qué tendrá la hija

del sepulturero

que con asco la miran los mozos,

que las mozas la miran con miedo?

Cuando llega el domingo a la plaza

y está el bailoteo

como el Sol de alegre,

vivo como el fuego,

no parece sino que una nube

se atraviesa delante del cielo;

no parece sino que se anuncia,

que se acerca, que pasa un entierro…

 

Una ola de opacos rumores

sustituye al febril charloteo,

se cambian miradas

que expresan recelos,

el ritmo del baile

se torna más lento

y hasta los repiques

alegres y secos

de las castañuelas

callan un momento…

 

Un momento no más duró todo;

mas ¿qué será aquello

que hasta da falsas notas la gaita

por hacer un gesto

con sus gruesos labios

el tamborilero?

 

No hay memoria de amores manchados,

porque nunca, a pesar de ser bellos,

«Buenos ojos tienes»

le ha dicho un mancebo.

Y ella sigue desdenes rumiando,

y ella sigue rumiando desprecios;

pero siempre acercándose a todos,

siempre sonriendo,

presentándose en fiestas y bailes

y estrenando más ricos pañuelos…

¿Qué tendrá la hija

del sepulturero?

 

Me lo dijo un mozo:

¿Ve usted esos pañuelos?

pues se cuenta que son de otras mozas…

¡De otras mozas que están ya pudriendo!…

Y es verdad, que parece que güelen,

que güelen a muerto…

 

Vocación

¡Quién fuera como él! Su edad primera,

gentil proemio de su vida entera,

fue un idilio inocente

de místicos amores

que a la virtud abrieron su alma ardiente

como a la luz del sol abren las flores.

 

¡Hermosa infancia aquella!

Canto sublime de la fe naciente,

áureo reinado de la Aurora bella

del alma de un creyente

que en la noche del mundo es una estrella.

 

Como otros niños, con afán distinto,

amenizan sus juegos y recreos

con guerreros trofeos

y empresas militares

que les enseña a fabricar su instinto,

el niño aquel, sincero, de seguro,

construía minúsculos altares

de su pobre casita en el recinto.

 

Y en el silencio del rincón oscuro,

pobre templo que abría la inocencia

al culto mudo del amor más puro,

vagamente sentido en la conciencia,

pasaba el niño las mejores horas

de la edad más feliz de la existencia.

 

Aquel era su juego, su alegría,

su gloria, su poema, su tesoro,

el deleite más hondo que sentía

y el más hermoso de los sueños de oro

que le pudo fingir la fantasía.

 

Dios era bueno, y grande, y poderoso,

y de los niños huérfanos el Padre

más tierno y amoroso…

¡Se lo oía decir él a su madre

cuando ésta hablaba del perdido esposo!

 

Dios había hecho el mundo

con todas las grandezas que tenía

por amor a los hombres solamente.

Un amor tan inmenso, tan profundo,

que, sobre el mundo que creado había,

pidió cosa más bella,

no fugaz como aquel, no transitoria…

¡Y creó Dios la gloria

tan solo porque el hombre fuera a ella!

En ella estaba Dios, de bondad lleno

y había que adorarle por ser bueno.

 

A esto se reducía

la incompleta, la noble Teología

del pequeño creyente

que a solas en su templo meditando,

más que un niño que piensa parecía

un extático orando…

 

La honda emoción ardiente y misteriosa

de su precoz adoración piadosa,

dulcemente le ataba

al altar de cartón de sus amores,

que a falta de riquísimos primores,

el pobre «sacerdote» engalanaba

con las del prado pequeñuelas flores.

 

Allí adoraba a Dios, allí soñaba

con vagas efusiones inefables

que el alma entrevía

en una misteriosa lejanía

de dulzuras sin fin inenarrables.

 

La emoción religiosa

de su infantil contemplación piadosa,

algo difusa aún, algo incoherente,

en momentos de dicha misteriosa

llegaba a herir su corazón ardiente:

y entonces abstraído, arrebatado,

cual sublime vidente

que oye la voz con que el Señor le ha hablado,

como una estatua del amor que espera

la total plenitud del bien amado;

cual tierna alegoría refulgente

del alma enamorada

que su vuelo al tender buscaba Oriente

para lanzarse recta y de repente

a la región de la feliz morada;

como el santo que en éxtasis adora,

como asceta que ora,

como un arcángel que tendiera el vuelo

desde la tierra a la mansión del cielo,

así el niño quedaba

en sus raros momentos de desmayo;

y cuando el puro, el encendido rayo

de aquel amor de fuego se alejaba,

su alma sensible se quedaba fría,

muda, yerta, vacía…,

y el pobre niño, sin querer, lloraba

con hondo sentimiento

que su pobre razón no definía…

¡La nostalgia del bien es gran tormento!

 

Vagas como la pálida neblina

que empaña un rato la gentil mañana

hasta que en breve la disipa luego

luz del ardiente sol, luz argentina

que el mundo inunda con su luz de fuego,

así su caridad, su fe prístina,

sus vagas concepciones religiosas

iban cristalizando

en regiones más puras y radiosas

que Dios iba delante despejando.

Y así como el imán busca el acero,

cual van los ríos a la mar buscando,

su alma, su corazón, su ser entero

se alzó sobre su fe buscando oriente,

y sereno después partió ligero

hacia su centro natural sumiso:

a la iglesia de Dios, al sacerdocio,

y al martirio tras él, si era preciso.

 

Honra y consuelo de su madre amante,

que jamás concibió dichas mayores;

espejo de modestia y santo celo,

orgullo de sus sabios profesores,

gloria de su colegio, fiel modelo

de sencilla humildad, noble y sincera…

todo eso y algo más, el joven era.

Ya entonces meditaba, preocupado

de más seria manera,

que si por él fue un Dios crucificado,

morir él por su Dios bien poco era.

Y en el santo delirio

de su fiebre de amor, que era una hoguera,

soñaba que el final de su carrera

iba a ser el principio del martirio.

 

Yo no sé si lo fue. Por vez postrera

vile el solemne día

de su misa primera,

que yo a su lado oía…

 

El niño soñador era ya hombre:

un hombre que tenía

la fe tan pura y tan serena el alma

como si fuera niño todavía.

 

Ya estaba allí lo que anhelaba tanto;

lo que asustaba a la humildad ahora…

ya estaba ungido con el óleo santo;.

¡que viniera el martirio a cualquier hora!

 

Centenares de luces titilaban,

el oro del altar resplandecía,

las trompetas del órgano arrojaban

raudales de armonía,

y los fieles oraban

y el humo del incienso trascendía,

y una tropa de arcángeles dorados,

bellísimos, magníficos, alados,

que el Divino tesoro

del rico tabernáculo guardaban,

al fulgor de las luces que oscilaban

parecían batir sus alas de oro.

 

Con el santo temor de alma creyente

que el hálito de Dios siente cercano,

subió el misacantano

las gradas del altar resplandeciente.

«¡Ese sí que es altar!», dijo a mi oído

el eco amortiguado

de la voz de un recuerdo no perdido…

Y al ver al sacerdote allí postrado,

con su rica, sagrada vestidura

de la propia blancura del armiño,

me acordé con tristísima dulzura

de su altar de cartón cuando era niño,

y me hirió en las entrañas la ternura

del idilio inocente recordado

que yo mismo veía

en poema magnífico trocado.

 

Llegó al fin el momento

del sublime misterio: el celebrante

se inclinó y consagró, fijo y atento:

los ojos de su fe vieron delante

el divino portento

que ofuscó, que cegó su pensamiento;

y pálido, con miedo, vacilante,

con toda el alma en el misterio hundida,

con el santo terror de la criatura

que ve su pequeñez engrandecida

y elevada por Dios a aquella altura;

como rendido al infinito peso

de aquel divino y amoroso exceso;

con el alma anegada

en un mar de ternura dolorosa

e implorando la ayuda poderosa

de la bondad de Dios, nunca agotada,

pudo elevar, con mano temblorosa,

la Hostia consagrada…

 

Yo adoré de hinojos

con el pueblo postrado:

y el solemne momento ya pasado,

al levantar los ojos

y ver al sacerdote reposado

y en tranquila actitud, como si orara,

vi también otra cosa…

vi caer una lágrima amorosa

sobre el paño blanquísimo del ara…

 

Treno

Tengo el alma serena

para toda amenaza de catástrofe;

la tengo muda y sorda

para voces de amores que me llamen;

la tengo seria como un campo yermo;

quieta la tengo como aquel cadáver

de quien yo no creí que fuese tierra

porque era el de mi madre.

 

El que ve lo que vi cuando era mozo

que amor disuelto apellidé a la sangre

y eterno soñé al tiempo

para besar la frente de la imagen,

¿qué puede ver que le sacuda el alma

ni al cuerpo un grito de dolor le arranque?

 

Rayo de la tormenta:

podrás romperme pero no espantarme;

volcán rugiente que escupiendo fuego

me enseñas el abismo de tu cráter;

sierra que te derrumbas

y ante las puertas de mi casa caes;

río que te desbordas

y azotas de mi casa los umbrales;

huracán que su techo le arrebatas;

muerte que rondas mi olvidada calle…

¡qué pequeños sois todos, qué pequeños,

y mi dolor qué grande!

 

Y vosotros también, hombres perversos,

que me herís con salivas el semblante;

y vosotros también, hombres amigos

que a la vida feliz queréis tomarme

con la ambrosía de la humana gloria,

miel al beber y al digerir vinagre…,

me herís los unos con estéril saña,

porque herís a un cadáver;

lucháis los otros con afán estéril

porque nadie logró que el mundo hable.

 

Sólo podrá moverme,

desde la noche de la gran catástrofe,

la voz de Dios gritándome: «¡Hijo! ¡Hijo!

¡Respóndele a tu padre!»

 

Sortilegio

Una noche de sibilas y de brujos

y de gnomos y de trasgos y de magas;

una noche de sortílegas diabólicas;

una noche de perversas quirománticas,

y de todos los espasmos,

y de todas las eclampsias

y de horribles hechiceras epilépticas,

y de infames agoreras enigmáticas;

una noche de macabros aquelarres,

y de horrendas infernales algaradas

y de pactos, y de ritos, y de oráculos

y de todas las diabólicas vesanias,

por horrendos peñascales que blanquean,

a los rayos de una enferma luna pálida,

con la fiebre de la hembra, la celosa,

va delante de la vieja nigromántica.

Como sombras del abismo se detienen

a la orilla de rugiente catarata.

 

Es la hora de los ritos,

es la hora de las cábalas,

es la hora del horrible sortilegio,

es la hora del conjuro de las aguas.

 

La sortílega se inclina sobre ellas;

la celosa la contempla muda y pálida.

¡No está Dios en la celosa,

no está Dios en la sortílega satánica!

 

Sobre el lecho de las aguas espumantes

la agorera traza el signo de la cábala

murmurando la diabólica salmodia

con horrendas, con sacrílegas palabras:

¡Aah!… en las nieblas… ¡Aah!… en la espuma

¡Aah!… en los aires… ¡Aah!… en las aguas…

¡Aah!… en las brumas… ¡Aah!… en el tiempo.

¡Surge pronto!… ¡Surge y habla!

 

La agorera se detuvo contemplando

la corriente de la linfa como estática.

—¿No veis nada? —murmuraba la celosa.

—¡No veo nada!… ¡No veo nada!…

¡Aah!… en las nieblas… ¡Aah!… en la espuma

¡Aah!… en los aires… ¡Aah!… en las aguas…

 

Y quedóse de repente muda y quieta

la espantosa nigromántica,

—¿No veis nada? —murmuraba la celosa

con la fiebre de la hembra en la mirada—.

¿No veis nada? —repetía.

—Sí…, ya veo…, Espera…, calla…

Una joven en un lecho suspirando

por el hombre a quien espera enamorada.

¡Oh, qué hermosa!… Tiene el seno descubierto.

—¿Y sabéis cómo se llama?

 

—Pues se llama…

¡Aah!… en las nieblas… ¡Aah!… en la espuma.

¡Aah!… su nombre… ¡Mariana!

 

La celosa dio un gemido horripilante,

—sigue viendo…, sigue viendo… —murmuraba.

 

Ahora un hombre enamorado

se le acerca… Ella lo llama…

—¿Con qué nombre?

—No lo entiendo.

—¿Con qué nombre?

—Espera y calla.

¡Aah!… en las nieblas… ¡Aah!… en la espuma.

¡Aah!… en los aires… ¡Aah!… en las aguas…

Con el nombre de Fernando lo ha llamado,

y él la dice que la ama…

 

—¡Que la ama!…

La celosa llenó el aire con los timbres

de una horrenda desgarrante carcajada

y acercándose a los bordes del abismo

se arrojó tras el infierno de las aguas.

 

Que las brujas la llevaron una noche

las comadres de la aldea murmuraban,

y era cierto… y era cierto

¡Que lo dijo la perversa nigromántica!

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