Poemas de José María Gabriel y Galán
Poemas de José María Gabriel y Galán (1870–1905), poeta español fundamental en la literatura regionalista del siglo XIX. Aunque nació en Salamanca, su obra alcanzó la madurez en Extremadura, donde se estableció tras abandonar la enseñanza. Su estilo destaca por una sencillez profunda y una conexión visceral con la vida campesina, la religión y las tradiciones rurales.
Su legado se divide principalmente en dos vertientes: el uso de un castellano sobrio y el empleo del «castúo» (dialecto extremeño) en obras icónicas como Extremeñas. En poemas como «El Cristu Benditu», Galán capturó la identidad del pueblo con una sensibilidad que evita el artificio. Su poesía, de ritmo natural y espíritu conservador, es un homenaje eterno a la tierra y a la dignidad de la vida humilde. Falleció prematuramente, consolidado como el gran bardo de la Extremadura rural.
A Cándida
I
¿Quieres, Cándida saber
cuál es la niña mejor?
Pues medita con amor
lo que ahora vas a leer.
La que es dócil y obediente,
la que reza con fe ciega,
con abandono inocente.
la que canta, la que juega.
La que de necias se aparta,
la que aprende con anhelo
cómo se borda un pañuelo,
cómo se escribe una carta.
La que no sabe bailar
y sí rezar el rosario
y lleva un escapulario
al cuello, en vez de un collar.
La que desprecia o ignora
los desvaríos mundanos;
la que quiere a sus hermanos;
y a su madrecita adora.
La que llena de candor
canta y ríe con nobleza;
trabaja, obedece y reza…
¡esa es la niña mejor!
II
¿Quieres saber, Candidita,
tú, que aspirarás al cielo,
cuál es perfecto modelo
de cristiana jovencita?
La que a Dios se va acercando,
la que, al dejar de ser niña,
con su casa se encariña
y la calle va olvidando.
La que borda escapularios
en lugar de escarapelas;
la que lee pocas novelas
y muchos devocionarios.
La que es sencilla y es buena
y sabe que no es desdoro,
después de bordar en oro
ponerse a guisar la cena.
La que es pura y recogida,
la que estima su decoro
como un preciado tesoro
que vale más que su vida.
Esa humilde jovencita,
noble imagen del pudor,
es el modelo mejor
que has de imitar, Candidita.
III
¿Y quieres, por fin, saber
cuál es el tipo acabado,
el modelo y el dechado
de la perfecta mujer?
La que sabe conservar
su honor puro y recogido:
la que es honor del marido
y alegría del hogar.
La noble mujer cristiana
de alma fuerte y generosa,
a quien da su fe piadosa
fortaleza soberana.
La de sus hijos fiel prenda
y amorosa educadora;
la sabia administradora
de su casa y de su hacienda.
La que delante marchando,
lleva la cruz más pesada
y camina resignada
dando ejemplo y valor dando.
La que sabe padecer,
la que a todos sabe amar
y sabe a todos llevar
por la senda del deber.
La que el hogar santifica,
la que a Dios en él invoca,
la que todo cuanto toca
lo ennoblece y dignifica.
La que mártir sabe ser
y fe a todos sabe dar,
y los enseña a rezar
y los enseña a crecer.
La que de esa fe a la luz
y al impulso de su ejemplo
erige en su casa un templo
al trabajo y la virtud…
La que eso de Dios consiga
es la perfecta mujer,
¡y así tienes tú que ser
para que Dios te bendiga!
A Correo Vuelto
(Al Poeta José Rodao)
¿Sablazos entre poetas?
¡No llega la sangre al río!
Allá va ese libro mío
que no vale dos pesetas…
¡Y no es modestia de autor,
no, señor!
¡Es que le faltan dos reales
para tener de valor
las dos pesetas cabales!
¡Pero aunque ciento valiera!
¡Bueno fuera!
que siendo usted segoviano
y siendo yo salmantino,
no se hiciera honor entero
a aquel dicho decidero,
netamente castellano
que dice «de herrero a herrero…»!
(Si tiene algo suyo a mano…
Y sabe usted, compañero.)
Allá van mis Campesinas
con fraternal abrazo.
¡Y gracias por el «sablazo»!
¡Y dígame «sin pamplinas
y sin gastar etiqueta»
si es verdad que, bien tasadas,
no valen las dos pesetas
mal contadas!
¡Es tan saludable oír,
si se dice la verdad,
un «Deje usted de escribir
por toda una eternidad»
o un sincero
«Siga por ese camino
porque ese es el verdadero»!
¡Es tan grato
saber que a uno se le trata,
no con perfidias de gato
muy buenas… para la gata…,
ni con falsa cortesía,
ni con saña venenosa
que el recio juicio extravía,
ni con cegador cariño
que envanece al hombre-niño,
sino con un buen amor
que exprese el justo sentir
con un prudente decir
sedante y educador!…
¡Ganase tanto el que hablara!…
¡Y aprendiera
tanto el que bien escuchara
la sincera
voz leal que le ilustrara!
Pero bastan reflexiones;
allá van mis Campesinas
con esas dos condiciones:
que me diga sin pamplinas
y sin gastar «etiqueta»
si es verdad que, bien tasadas,
no valen las dos pesetas
mal contadas,
y que, como entre poetas
«no llega la sangre al río»,
y es gran dicho decidero
el de que de «herrero a herrero…»
Ya sabe, tocayo mío,
lo que espero.
A La Definición Dogmática De La Inmaculada Concepción
Era venido el suspirado día,
por el dedo divino señalado,
para que el Cielo oyera la armonía
del himno más sublime que ha cantado
el mundo, enamorado de María.
La mano augusta que grabó indelebles
en el seno de todo lo creado
las sabias leyes que la vida rigen,
la que movió el abismo de la nada,
la que del tiempo señaló el origen,
la que la vida conoció increada,
la que en el caos derramó armonías
y en el vacío modeló grandezas,
y en los abismos encendió los días
y con su luz iluminó bellezas;
la que en los días del vivir primeros
selló los hechiceros
secretos de las grandes maravillas,
la que en el cielo derramó luceros
como en la tierra derramó semillas;
la que en los montes despeñó torrentes;
la que en los valles ocultó palomas
y desató las brisas y las fuentes,
pintó los lirios y esenció las pomas:
la que endulzó el sonoro
de aves cantoras incontable coro;
la que a los ojos de belleza avaros
les mostró de los días el tesoro
con ocasos teñidos de escarlata,
bellas auroras de oro
y mediodías de bruñida plata…
La mano omnipotente
que hizo del limo la gentil figura
de la primera humana criatura,
carne hermosa con alma inteligente…,
aquella sabia mano,
providente, magnánima, divina,
quiso en un ser, por ello soberano,
compendiar la hermosura peregrina
que vertió en lo divino y en lo humano,
y con la luz de todas las blancuras,
con la clave de todas las grandezas,
con el fuego de todas las ternuras,
con la esencia de todas las purezas,
con las mieles de todas las dulzuras
y la cifra de todas las bellezas,
graciosa, exuberante,
casta, ideal, magnífica y triunfante,
más sencilla y gentil que las palomas,
más hermosa que el día,
más pura que la luz y los aromas,
más hermosa que el sol… ¡hizo a María!
Y ¿cómo no creerla pura y bella,
si morada de Dios iba a ser ella?
Y fue limpia morada
del que pasó por Ella, Cristo vivo,
puras dejando sus entrañas puras…
¿Mancha el beso del sol la inmaculada
nieve de las alturas?
El Dios que la creó quiso que el mundo
sin su mandato Pura la sintiera…
Y el mundo bueno, con amor profundo,
la sintió como era…
Ancianos patriarcas venerables
videntes y profetas,
mártires incontables,
teólogos y poetas,
cenobitas y santos adorables,
filósofos y extáticos ascetas…
Mundo meditador, mundo creyente…
¡Todos en santa universal porfía
tuvisteis en el pecho y en la mente
la fe de la pureza de María!
Pero faltaba el eco soberano
de la voz del Señor, nota primera
del divino Poema mariano…
¡Indigno de ella fuera,
sin preludio de Dios, un canto humano!
Y aquel sublime y venerable anciano
que el místico rebaño dirigiera
con luces celestiales en la mente,
con llaves áureas en la augusta mano
el mártir generoso
de alma de fuego y corazón piadoso,
y corona de espinas en la frente:
que vivió sangre santa derramando
y se pasó la vida bendiciendo
y descendió al sepulcro perdonando;
el justo, el perseguido,
el del ardiente corazón herido
que en Santa Caridad se derretía,
¡aquel fue el elegido
para exaltar la gloria de María,
para apagar el infernal rugido
con el preludio santo
del más sublime canto
que de boca del hombre el Cielo ha oído!
Oraba el justo con fervor profundo,
callaba el cielo y esperaba el mundo…
Arrobado en coloquios divinales
con el más grande amor de los amores,
paladeando mieles edeniales,
bálsamo de agudísimos dolores,
en los ojos el fuego de los llantos
y el del amor dulcísimo delirio,
en las sienes el nimbo de los santos
y en la mano la palma del martirio,
extático, magnífico, sereno,
ebrio de Caridad, de gracia lleno,
cuando del Cielo descendió el torrente
de la divina inspiración gigante,
tomó a sus hijos la mirada amante
llena de amor ardiente
y grande, mayestático, triunfante,
con las mieles de todos los consuelos,
en una voz que resonó en la anchura
del ancho mundo y de los anchos cielos
llorando de alegría y de ternura
clamó radiante: «¡Inmaculada y Pura!»
«¡Inmaculada y Pura!», repitieron
los ángeles que asisten a María;
y la creyente muchedumbre humana
con voz de amores, honda y soberana:
«¡Inmaculada y Pura!», repetía.
¡Y toda la armonía
con que sabe latir Naturaleza
se derrama en la inmensa sinfonía;
y del aire en el ámbito profundo
y de las almas en la fresca hondura
flotó un ambiente de ideal pureza,
segundo redentor de todo un mundo
puesto a las plantas de la Virgen Pura!
Y herida nuevamente
con honda herida la infernal serpiente,
silbó blasfemias con su lengua impura
moviendo al Cielo guerra,
y su chata cabeza ensangrentada
golpeó sobre el polvo de la tierra,
con rabia loca de soberbia hollada
y sus fauces cargadas de veneno
polvo amasaron con su baba horrible,
y el cuerpo innoble, en convulsión terrible
se retorció sobre su propio cieno…
¡Gloria a Ti, Madre mía,
que con tus plantas al abismo huellas,
y con tu luz disipas las negruras,
áurea alborada del dichoso día
de quien un rayo son las cosas bellas,
de quien un rayo son las cosas puras!
Gloria canto a tus plantas,
sol del edén, de perfección dechado,
de quién átomos son las cosas santas,
que el Señor en la vida ha derramado;
de quien son un reflejo peregrino
las estrellas de luz resplandecientes
y el coro de querubes refulgente
que forman el divino
nimbo de luz de tu divina frente:
¡Dios te salve, María Inmaculada,
de la gracia de Dios favorecida,
y con todo el poder de Dios creada,
y con todo el favor de Dios henchida,
y con todo el amor de Dios amada,
la sin pecado original nacida,
la sin mácula Virgen coronada!
Flor de las flores, adorable encanto,
gloria del mundo, celestial hechizo…
¡Dios no pudo hacer más cuanto te hizo!
¡Yo no sé decir más cuando te canto!
Sibarita
¡A mí n’ámas me gusta
que dali gustu al cuerpo!
Si yo fuera bien rico,
jacía n’ámas eso:
jechalmi güenas siestas
embajo de los fresnos,
jartalmi de gaspachos
con güevos y poleos,
cascalmi güenos fritis
con bolas y pimientos,
mercal un güen caballo,
tenel un jornalero
que to me lo jiciera
pa estalmi yo bien quieto,
andal bien jateao,
jechal cá instanti medio,
fumal de nuevi perras
y andalmi de paseo
lo mesmo que los curas,
lo mesmo que los médicos…
Si yo fuera bien rico,
jacía n’ámas eso,
¡que a mí n’ámas me gusta
que dali gustu al cuerpo!
A Plasencia
Toda ciudad es dichosa
si tiene historia gloriosa,
bellos campos, cielo hermoso,
vida honrada y laboriosa,
puro instinto religioso.
Sabios hombres que admirar,
joyas de arte que lucir,
bellas mujeres que amar,
patriotismo que sentir
y caridad que imitar.
¡Vieja ciudad de los Fueros!
Tu historia cuenta legiones
de gentiles caballeros,
sapientísimos varones
y denodados guerreros.
Tus bellos alrededores
sembró la Naturaleza
de cuadros multicolores,
contrastes encantadores
que hacen mejor tu belleza.
Y eriales tienes baldíos,
y olivares pintorescos,
y peñascales bravíos
y edénicos huertos frescos,
y precipicios sombríos,
y una vega amena y grata
que riega amoroso el Jerte,
cuya corriente de plata
parece que se dilata
por si en ella quieres verte.
Y son en tan bella tierra
tan hermosos cielo y suelo,
que tu horizonte se cierra
con un pedazo de sierra
que es un pedazo de cielo.
Plasencia: para expresarte
lo deliciosa que eres,
bastaba con recordarte
tus bellísimas mujeres,
tus maravillas del arte.
Plasencia: tu historia honrosa
me ha dicho que eres gloriosa,
y mis ojos al mirarte
me dicen que eres hermosa,
que eres digna de cantarte.
Mas yo no sé si hoy tu vida
es la vida indiferente
de todo pueblo suicida,
o es vida sana y potente
de ricas savias henchida.
Vida pujante y briosa,
con cultura vigorosa
y actividades geniales
¡La vida brava y nerviosa
de un pueblo con ideales!
No sé si tú los tendrás,
pero supongo que sí,
pues no tan loca serás,
que ignores adónde vas
o mueras dentro de ti.
Pueblo que duerme es suicida,
y yo no puedo creer
que estés pasando la vida
lánguidamente dormida
sobre tus glorias de ayer.
¡Sueño loco, sueño vano,
del amor con que te mira
un rimador castellano,
que de su bárbara lira
te hace oír el canto llano!
Pueblo que tiene tu historia
debe estar siempre despierto,
y fresco está en la memoria
el recuerdo de una gloria
que dice que tú no has muerto.
Un día…, ¡qué infausto días!…,
la pobre Patria venía
llorando horribles traiciones,
con la bandera en jirones
y el honor en la agonía.
Loca, inerme, macilenta,
llorando a gritos la afrenta
que le hizo la iniquidad,
llegó a tus puertas hambrienta,
llamando a la caridad.
Y un grupo de caballeros,
heraldos de la hidalguía
de la ciudad de los Fueros,
oyó los sollozos fieros
con que la Patria gemía.
Y al frente de mucha gente
de esa que trabaja y calla,
de esa a quien llama canalla
la casta más decadente
que en las historias se halla,
salió a tus puertas gritando:
—¡Ábranse pronto esas puertas,
que está la Patria llamando,
y siempre han estado abiertas
para el que viene llorando!
Y abrió el amor en seguida
tus puertas, noble ciudad,
y entró la Patria afligida,
que en brazos se echó rendida
de tu hermosa Caridad.
¡Vieja ciudad de los fueros!
Sin alardes pregoneros,
han dicho bien lo que eres
tus patriotas caballeros,
tus compasivas mujeres.
¡Plasencia! La lira oscura
de un rimador sin grandeza
no intentará la locura
de ensalzar tanta nobleza,
de cantar tanta hermosura.
Objeto tan sobrehumano
como el de tus maravillas,
es de un Himno soberano;
no de las ruines coplillas
de un rimador castellano.
¡Funde un genio de la Historia
que eternice tu memoria
y haga tu gloria completa!
¡Engendra el hijo poeta
que sepa cantar tu gloria!
¡Plasencia: bien has ganado
tu derecho de vivir!
Tienes glorioso pasado,
tienes un presente honrado:
¡Dios te dé buen porvenir!
A Solas
¡Qué bien se vive así! Pasan los días
sin dejar en el alma sedimentos
de insanas alegrías
ni de amargos tormentos…
Ni el placer emborracha los sentidos
con falsos espejismos, revestidos
de engañosa apariencia,
ni el dolor de vivir en este mundo
nos hace maldecir nuestra existencia.
¡Qué bien se vive así! Pasan las horas
tranquilas y serenas
cual ondas de arroyuelo bullidoras
que ruedan mansamente sobre arenas.
Ni mis pasos acecha un enemigo,
ni la calumnia sobre mí se ensaña,
ni me hiere a traición el falso amigo
que cuanto más me abraza, más me engaña.
¡Qué bien se vive así, sin ser testigo
de ese culto idolátrico del oro
que convierte en mercado la existencia
y nos hace vivir en la presencia
de miserias que ofenden el decoro
y escándalos que alarman la conciencia!
¡Qué bien se vive así; qué bien, Dios mío!
Ni me roba la farsa el albedrío,
ni tiene que estrechar mi honrada mano
la mano del ladrón y del impío
al par que la del hombre honrado y sano.
¡Qué bien se vive sólo a Dios amando,
en Dios viviendo y para Dios obrando!
La atmósfera serena
de esta amorosa soledad amena
de los ruidos del mundo está vacía,
pero Dios está en ella y Dios la llena
con hálitos de amor y de poesía.
Al alma no acongojan
las diarias mundanas tentaciones
que en los abismos del pecado arrojan
tantos flacos vencidos corazones.
Jamás conturban tan augusta calma
los fantasmas del odio y la perfidia,
ni la codicia ruin que seca el alma,
ni el espectro amarillo de la envidia:
jamás se oye rodar por el vacío
la maldecida voz, hija insolente
de la boca podrida del impío
y la boca soez del maldiciente.
¡Qué bien se vive así! La vida entera
se desvanece en Dios, su Sumo Dueño,
y nos abrasa de su amor la hoguera,
y el bien es fácil, el vivir risueño,
sabroso el pan, reparador el sueño
y dulce el esperar para el que espera.
Y en este grato estado
el espíritu está de Dios más lleno,
y el dolor suele ser más resignado,
y el placer es más puro y más sereno…
Calientan las entrañas
generosos deseos de ser bueno;
ansiedades extrañas
a que antes era el corazón ajeno;
misteriosas y nuevas impresiones
que tienen escondido
del alma en los más íntimos rincones
su delicioso nido;
sublimes explosiones
de amor universal, nunca sentido;
deseos de morirse resignado
a la Cruz abrazado;
infinita ternura
que hace llorar con llanto de dulzura;
fuego que el alma abrasa…,
salto desdén de la mundana escoria…
¡El hálito de Dios, que cuando pasa
nos deja la nostalgia de la gloria!
¡Qué bien así se vive, a Dios amando,
en Dios viviendo y para Dios obrando!
Mas, ¡ay!, cómo me olvido,
en estos pensamientos embebido,
de que este hermoso estado
del vivir «ni envidioso ni envidiado»
es para mí tan breve
que, pronto, sí, ¡desvanecerse debe!
Éste no es para mí perenne estado;
es, no más, un momento de reposo
al cuerpo y al espíritu cansado:
un descanso en un puerto
de este mar de la vida borrascoso,
¡un oasis en medio del desierto!
Después…, ¡después lo mismo!
¡A luchar otra vez por este mundo!
¡A saltar de un abismo en otro abismo,
con riesgo de rodar a lo profundo!…
Pero… ¿y si no rodara?
¿Y si Dios de la mano me llevara,
y humilde tras Él fuera,
y entre tantos abismos no cayera
y a la cumbre llegara?
¿Será más meritoria
la victoria sin lucha así lograda,
que la santa victoria
con lágrimas y sangre conquistada?
¡Oh, no; no vale tanto!
No se llega hasta el Dios tres veces Santo,
no se llega hasta Vos, ¡oh Dios Divino!,
por caminos de flores alfombrados.
¡Se llega con los pies ensangrentados
por las duras espinas del camino!
A Su Majestad El Rey
Señor: No soy un juglar;
soy un sincero cantor
del castellano solar.
Canto el alma popular;
no tengo nombre, señor.
Por eso, porque un oscuro,
porque un sincero es quien canta
y no un cortesano impuro,
oiréis el de mi garganta
canto llano, pobre y duro.
Más placerá a vuestro oído
el débil trinar sentido
del pájaro del erial
que el resonante graznido
del hueco pavo real.
Señor: si en ese sagrado
solar de español sentir
han ante vos ocultado
con luz de vivir dorado
sombras de negro vivir,
mintió la vieja embustera
que llaman cortesanía…
¡Mejor a su rey sirviera
si, en bien de la Patria mía,
verdad a su rey dijera!
No sé con reyes hablar;
mas, bien podréis perdonar
que yo platique con vos
tal como en son de rezar
platico de esto con Dios.
Estáme la fe enseñando
y estáme el amor diciendo
que todo se torna blando
a nuestro Dios invocando
y a nuestro rey requiriendo.
Que Dios corona a los reyes
para que a mundos mejores
lleven innúmeras greyes,
mejor que atadas con leyes,
sueltas en cursos de amores.
Señor: en tierras hermanas
de estas tierras castellanas,
no viven vida de humanos
nuestros míseros hermanos
de las montañas jurdanas.
Señor: no oigáis las canciones
de las doradas sirenas,
que solo cantan ficciones…
¡Los más grandes corazones
son los que arrostran más penas!
Dolor de cuantos los vieren,
mentís de los que mintieren,
aquí los parias están…
De hambre del alma se mueren,
se mueren de hambre de pan.
Hasta este monte eminente
donde rimo mis cantares
sube famélica gente
que mis modestos manjares
devora violentamente…
Tanta pena he contemplado
que unas veces he llorado
con llanto de compasión,
y otras mi voz han velado
gemidos de indignación.
Porque infama la negrura
de la siniestra figura
de hombres que hundidos están
en un sopor de incultura
con fiebre de hambre de pan.
Limosna de un rey cristiano
es manantial soberano
de grande consolación…
Mas nunca llega la mano
donde llega el corazón.
La Patria es madre amorosa
que hace milagros de amores…
¡Tienda una mano piadosa
que disipe los horrores
de esta visión afrentosa!
Señor: no soy un juglar.
Yo nunca rimo un cantar
si no me lo pide amor.
La Patria me hizo vibrar…
¡Patria sois también, señor!
A Teresa De Jesús
Mujer de inteligencia peregrina
y corazón sublime de cristiana,
fue más divina cuanto más humana
y más humana cuanto más divina.
Hasta el impío ante tu fe se inclina
y adora la grandeza soberana
de la egregia doctora castellana,
de la santa mujer y la heroína.
¡Oh mujer! Te dará la humana historia
la gloria que por sabia merecieres;
mas con el mundo acabará esa gloria,
que por ser terrenal no es sempiterna.
¡Tú, Teresa de Ahumada, al cabo mueres!
¡Teresa de Jesús, tú eres eterna!
Canto Al Trabajo
A ti, de Dios venida,
dura ley del trabajo merecida,
mi lira ruda su cantar convierte;
a ti, fuente de vida;
a ti, dominadora de la suerte.
Escucha cómo canta
la oscurísima voz de mi garganta
lo que tienes, ¡oh ley!, de creadora,
lo que tienes de santa,
lo que tienes de sabia y redentora.
Porque eres fuente pura
que manas oro de la henchida hondura,
fecunda y rica en mi canción te llamo;
porque eres levadura
del humano vivir, buena te aclamo.
Redimes y ennobleces,
fecundas, regeneras, enriqueces,
alegras, perfeccionas, multiplicas,
el cuerpo fortaleces
y el alma en tus crisoles purificas.
¡Señor! Si abandonado
dejas al mundo a su primer pecado
y la sabia sentencia no fulminas,
hubiéranse asentado
tumbas y cunas sobre muertas ruinas.
Mas tu voz iracunda
fulminó la sentencia tremebunda,
y por tocar en tus divinos labios
tornóse en ley fecunda
el rayo vengador de tus agravios.
Si de acres amarguras
extraen las abejas mieles puras,
¿cómo Tú no sacar de tu justicia
paternales ternuras
para la humana original malicia?
Fecundo hiciste al mundo,
feliz nos lo entregó tu amor profundo,
y cuando el crimen tu rigor atrajo,
nuevamente fecundo,
si no feliz, nos lo tornó el trabajo.
¡Mirad, ojos atentos,
toda la luz que radian sus portentos,
todo el vigor que en sus empresas late!
¡No hay épicos acentos
para cantar el colosal combate!
Mirad cómo a la tierra
provoca con el hierro a santa guerra,
desgarrando sus senos productores,
donde juntos sotierra
semillas, esperanzas y sudores.
El boscaje descuaja,
las peñas de su asiento desencaja,
estimula veneros, ciega fosas,
y el alto cerro cuaja
de arbóreas plantaciones vigorosas.
Abajo, en la ancha vega,
trenza el río sereno y lo despliega
en innúmeros hilos de agua pura
que mansamente riega
opulentas alfombras de verduras.
A veces, remansada,
la detiene la presa, y luego airada
la despeña en cascadas cristalinas
con fuerza regulada
que hace girar rodeznos y turbinas.
Mirad cómo los mares
abruma con el peso de millares
de buques que cargó con sus labores,
y a remotos lugares
manda de su riqueza portadores.
Mirad cómo devora
la distancia en la audaz locomotora
que creó gallardísimas y ligera;
mirad cómo perfora
la montaña que estorba su carrera.
Cómo escarba en la hondura
y persigue el filón dentro la oscura
profunda mina que el tesoro guarda,
como la inmensa altura
va conquistando de la nube parda.
Como el taller agita,
cómo en el templo del saber medita,
y trepida en las fábricas brioso,
y en las calles se agita,
y brega en los hogares codicioso.
Labra, funde, modela,
torna rico el erial, pinta, cincela,
incrusta, sierra, pule y abrillanta,
edifica, nivela,
inventa, piensa, escribe, rima y canta.
El rayo reluciente,
fuego del cielo, espanto de la gente,
ha tornado en sumiso mensajero,
que de Oriente a Poniente
lleva latidos del vivir ligero.
Al padre y al esposo
les da para los suyos pan sabroso,
olvido al triste en su dolor profundo,
salud al poderoso,
honra a la patria y bienestar al mundo.
Tiempos aún no venidos
del imperio triunfal de los caídos:
¡derramad pan honrado y paz bendita
sobre hogares queridos
que templos son donde el trabajo habita!
Tiempos tan esperados
de la justicia, que avanzáis armados:
¡sitiad por hambre o desquiciad las puertas
de alcázares dorados
que no las tengan al trabajo abiertas!
¡Vida que vive asida
savia sorbiendo de la ajena vida,
duerma en el polvo en criminal sosiego!
¡Rama sea o podrida
perezca por el hacha o por el fuego!
Y gloria a ti, ¡oh fecundo
sol del trabajador, alegrador del mundo!
Sin ofensa de Dios, que fue el primero,
tú el creador segundo
bien te puedes llamar del mundo entero.
A Un Rico
¿Quién te ha dado tu hacienda o tu dinero?
O son fruto del trabajo honrado,
o el haber que tu padre te ha legado,
o el botín de un ladrón o un usurero.
Si el dinero que das al pordiosero
te lo dio tu sudor, te has sublimado;
si es herencia, ¡cuán bien lo has empleado!;
si es un robo, ¿qué das, mal caballero?
Yo he visto a un lobo que, de carne ahíto,
dejó comer los restos de un cabrito
a un perro ruin que presenció su robo.
Deja, ¡oh rico!, comer lo que te sobre,
porque algo más que un perro será un pobre,
y tú no querrás ser menos que un lobo.
Acuérdate De Mí
Cuando tiendas tu vista por las cumbres
de esas sombrías y gigantescas sierras
que estas tierras separan de esas tierras,
acuérdate de mí;
que yo también, cuando los ojos fijo
en esas altas moles silenciosas,
me paro a meditar en muchas cosas…
¡y a recordarte a ti!
Cuando hondas ansias de llorar te ahoguen
cuando la pena acobardarte quiera,
resígnate al dolor con alma entera
¡y acuérdate de mí!,
que yo también cuando en el alma siento
algo que se me sube a la garganta,
¡sé resignarme con paciencia tanta,
que te admirara a ti!
Cuando te creas en el mundo solo
y juzgues cada ser un enemigo,
¡acuerdote de Dios y de este amigo
que te recuerda a ti!
Y esa doliente soledad sombría
poblárase de amor en un instante
si en Dios llegas a ver un Padre amante,
¡y un buen hermano en mí!
Si del trabajo la pesada carga
y lo áspero y lo largo del camino
te hicieran renegar de tu destino.
¡acuérdate de mí!
Porque soy otro hijo del trabajo
que, sin temor a que la senda es larga,
llevando al hombro, como tú, mi carga,
¡voy delante de ti!
Si del demonio tentación maldita
o el mal consejo del amigo insano
te pusieran al borde del pantano,
¡acuérdate de mí!
Y piensa un poco lo que tú perdías
y piensa un poco lo que yo sufriera
si donde otros se hundieron, yo te viera
¡también hundirte a ti!
Y si te cierra la desgracia el paso
sin llegar a la hermosa lontananza
donde tú tienes puesta la esperanza,
¡acuérdate de mí!
¡Acaso yo tampoco haya llegado
donde me dijo el corazón que iría!
¡Y esta resignación del alma mía
te da un ejemplo a ti!
Si vacila tu fe (Dios no lo quiera)
y vacila por débil o por poca,
pídele a Dios que te la dé de roca,
¡y acuérdate de mí!;
que yo soy pecador porque soy débil,
pero hizo Dios tan grande la fe mía,
que, si a ti te faltara, yo podría
¡darte mucha fe a ti!
Adoración
I
Estaba amaneciendo. En los espacios
del mundo sideral ya se borraban
las últimas estrellas que aún brillaban
como débiles chispas de topacios.
Nada alteraba el general reposo
del mundo en la extensión de sombras llena,
ni turbaba un acento rumoroso
el solemne silencio religioso
de la noche serena…
Mansa, indecisa, vaga todavía,
la luz matutinal ya despuntaba,
y en trémulos fulgores envolvía
un paisaje de abril que se esfumaba
en la vaga y borrosa lejanía.
Iba a salir el sol. El horizonte
de luz amarillenta se teñía,
y de rumores se llenaba el monte
y el valle se poblaba de armonía;
y en el oscuro monte rumoroso,
surgiendo acompasada,
se iniciaba la intensa melodía
del sublime y grandioso
preludio musical de la alborada.
Iba a salir el sol. Lo presentía
la gran Naturaleza,
que en el sereno despertar del día,
espléndida, sublime en su grandeza,
y henchida de vigor se estremecía.
El soberano toque misterioso
de la mano de Dios la despertaba,
y a su sereno despertar grandioso,
con vigor portentoso,
la vida universal se reanimaba.
De su jugo vital iban a henchirse
los gérmenes hundidos en la sombra;
al beso de la luz iban a abrirse
los cálices plegados de las flores
que al valle dan alfombra
y a las brisas suavísimos olores;
la tropa peregrina
de pájaros cantores, aún dormidos,
iba a cantar su estrofa matutina
al posarse en los bordes de sus nidos
la del radiante sol, luz argentina;
y las errantes brisas olorosas,
las frondas rumorosas,
las aguas transparentes
de los ríos, los lagos y las fuentes,
los cerros de la sierra…
¡Todo cuanto en la tierra
produce, con acentos diferentes,
trino, ruido, voz, eco o lamento
al sentir ya cercana
la luz del astro, que preside el día,
preludiaba con su gárrula armonía
el himno enunciador de la mañana!
II
Y el sol salió. Sus vivos resplandores
se esparcieron en franjas ambarinas
y explosiones de luz y de colores,
de acentos y rumores,
palpitaron por valles y colinas.
El coro de los pájaros cantores,
desatando sus lenguas peregrinas,
inundó de armonías el ambiente;
y para el gran concierto que a la aurora
dedicaba la gran Naturaleza,
el bosque dio su voz, honda y sonora,
su aroma dieron las gentiles flores,
la alondra dio cantares,
el rocío del valle dio colores,
el aura dio rumores;
soñoliento gemir, los anchos mares;
vapores, las cañadas;
la flauta del pastor, dulces tonadas,
y el Oriente, bellísimos celajes,
y el éter, vibraciones irisadas.
Y aquella voz magnífica, una y varia,
que en sus senos encierra,
con toda la armonía de los cielos
los rumores que vibran en la tierra,
al cantar de la aurora sonriente
su himno de amor, magnífico y ardiente,
parece que decía:
¡Gloria al Dios cuya voz omnipotente
del caos hizo el día!…
III
En medio del alegre y peregrino
concierto musical de la mañana,
un eco grave, dulce y argentino
se dilata en el valle… ¡Es la campana
de la ermita cercana!
Impío, ven conmigo; y tú, cristiano,
ven conmigo también. Dadme la mano,
y entremos juntos en la pobre ermita
solitaria, pacífica, bendita…
Ante el ara inclinado
ved allí al sacerdote… Ya es llegado
el sublime momento…
¡Elevad un instante el pensamiento!
El dueño de esa gran Naturaleza
que admirabais conmigo hace un instante,
el soberano Dios de la grandeza,
el Dios del infinito poderío
¡es Aquel que levanta el sacerdote
en su trémula mano!
¡De rodillas ante Él! ¡Témele, impío!
¡De rodillas! ¡Adórale, cristiano!
Yo también me arrodillo reverente,
y hundo en el polvo, ante mi Dios, la frente.
De Nada
I
Al pardear se encontraron
y hablaron estas palabras:
—¿Ande vas?
—Voy al casillo.
—¿No sales luego una miaja?
—Daremos un cacho vuelta
cuantis que apaje las vacas.
Me faltan cuatro posturas.
—Pues yo voy a darles agua.
—¿Al río?
—No, al Mullaero.
—Pues bien mala está esa charca.
Y los mozos se apartaron
sin decirse más palabras.
II
Era una noche de enero
muy fría, serena y clara:
noche de muchas estrellas
y pocos ruidos. Helaba.
Cuatro mozos embozados
en sus anguarinas pardas
platican, y no de amores,
en la mitad de la plaza:
—¿Qué andáis haciendo estos días?
—Pues hate cuenta que nada:
arrecogiendo buñicas
en los praos; mi padre, en casa.
Y vusotros, ¿ánde andáis?
—Hiciendo también la engaña:
hoy, a por unos carrascos
pa masar. La otra semana
no nos vagó dir a ellos
y derrotemos más támbaras…
—Y tú, Juan, ¿andas a istierco?
—No, maldito: ya no hay nada.
cuasi de viga derecha
to el día. Pasó mañana
habrá que echarlo al molino
con garrobas pa las vacas,
y el desotro a por adobes
pa gobernar una miaja
las tenás del otro barrio…
—¡Chachos, qué noche tan rasa!…
No se barrunta una mosca.
—No, pues ancá de Luciana
buena zorita traían
cuando yo salí de casa
—Hay baile.
—¿De pandereta?
—¡Quia, de badil!
¿Quién cantaba?
—Pues por un lao parecía
Quica, y por otro Colasa.
—¡Son tan autás!…
—¿Y de mozos?
—Cuatro chavalillos…, nada.
—¡Chico, pai han jijao!
—Esos serán los Pardalas
que salen de ancá de Petra…
¡Callarsos a ver si cantan!…
—Ellos son, hombre, no escuches,
¡si han jijeao!…
¡Coine, calla!
¡Tú jijea y que hablen ellos!
—¡Ay jijí!…
—¿Quién vive?
—¡España!
—Buenas noches.
—Buenas noches.
—Y frescas. ¿De qué se trata?
—Pues decían que esta noche
iba a hacer baile Luciana
porque iba a venir a ella
un mozo de Matamala,
que dice que gasta ponche
y que toca la dulzaina.
—Pues lo del mozo es mentira,
porque han ido ancá Luciana
tres veces los mayordomos
a cobrar el vino y… ¡nada!
Lo que hay es baile.
—Pues vamos.
—¡Si es de badil!
—¿Y qué? ¡Hala!
—¡Muchachos, la toná nueva!
—¡Los que la cojáis, echaila!…
III
Y abriendo mucho las bocas,
llegaron ancá Luciana.
Cerrada estaba la puerta,
la casa en silencio estaba,
porque su gente tenía
que masar muy de mañana
y no madruga la gente
si las veladas son largas.
Calle abajo, calle abajo
la ronda siguió su marcha
y no dejó aquella noche
calleja no paseada,
ventanillo no atisbado,
gato que no apedreara,
perro echado, charco lleno
y estrella no contemplada.
—¡Chachos, debemos de dirnos,
si sos parece, a la cama;
que antes que nos percatemos
la gente vieja reballa.
Si no, mirai las cabrillas
por ánde van ya.
—Pues anda,
que yo que tengo en el cinto
la llave pa entrar en casa…
¡Huy, Dios, como me barrunten,
verás mi madre mañana!
—Pues, chicos, yo no me acuesto;
me voy a apajar las vacas
cuantis me quite esta ropa
pa dir temprano a por támbaras,
—Y a mí me dijo mi madre
que a cepas, chico, ¡pues anda,
que voy a tener un cuerpo
pa rozar!… ¡Huy qué galbana!
—Pues yo, galán, a buñicas…
—Y yo a calentar el agua
pa masar.
—Y yo al mercao.
—Y yo a piedra.
—Y yo a las cabras.
Conque, muchachos, que es hora:
¡cada uno pa su casa!
Y el grupo de rondadores
se abrió como una granada.
IV
Al poco rato la aldea
muerta del todo quedaba;
la alborada aún no venía,
declinó la luna blanca,
relucían las estrellas,
iba en aumento la helada,
el suelo se endurecía,
los tejados blanqueaban…
La Presea
I
Al señor de Salvatierra,
don Diego Álvar de León,
mancebo en la paz prudente
como en guerra lidiador,
requiere con estas letras,
que honor de sangre dictó,
la que es hija bien nacida
del señor de Monleón:
«De aquella ciudad de Baza
que el moro ha tiempo ocupó
asaz tristes nuevas vienen
para el castellano honor,
que así puro siempre ha sido
como la llama del sol.
Cabe aquellos fuertes muros
que en vano abatir trató
la nuestra aguerrida hueste
con asaltos de león,
defiéndese la morisca
tal como tigre feroz
que entre las garras oprime
la corza que aprisionó.
»El nuestro rey Don Fernando,
el grande, el conquistador,
el que la cruz lleva enhiesta
sobre el morado pendón,
desde Medina del Campo
para Jaén se partió
con la nuestra amada reina,
la de noble corazón;
y haciendo alarde de gente
que el llamamiento acudió,
allega al cerco de Baza
gente de cuenta y valor
que no es bien que aquella joya
desde solar español
cautiva en manos de infieles
Castilla la pierda y Dios.
»Yo vos requiero por ésta,
don Diego Alvar de León,
porque siendo vos tan caro
como decís el mi amor,
a los sus requerimientos
esquivo no seréis vos.
Y ya que al mi amor queréis
que le ponga precio yo,
deciros he, buen mancebo,
que vale más su valor
que la vuestra Salvatierra
y el mi fuerte Monleón;
que vale un joyel que quiero
en mis bodas lucir yo,
hecho de piedras preciosas
que arranque vuestro valor
del puño del rico alfanje
de algún árabe feroz
de aquellos que en Baza fincan
con mengua del nuestro honor.
»Esto tan solo vos digo,
don Diego Alvar de León:
En Baza está la presea,
y en el mi castillo, yo».
Así doña Luz, la hija
del señor de Monleón,
escribe y manda sus letras
con un jinete veloz
al señor de Salvatierra,
que arde por ella en amor.
II
Por los campos castellanos,
cargada de majestad,
pasando va dulcemente
la tarde primaveral;
una tarde tibia y pura
que infunde al ánimo paz
con los amables silencios
de su dulce resbalar,
con las tristezas que embeben
y las tristezas que dan
los montes rubios teñidos
en oro crepuscular.
Allá por aquel camino
que viene del Endrinal
y va a las fuertes murallas
de Monleón a rasar,
cabalgan a media rienda
con apostura marcial
hasta cuarenta lanceros
formando apretado haz,
cuyo avanzar vigoroso
la tierra hace trepidar.
Al frente del haz guerrero
cabalga firme y audaz
el señor de Salvatierra
sobre alterado alazán
de rica sangre española
tan fiera como leal,
negras pupilas de toro,
que radian ferocidad,
eréctil musculatura
que treme al manotear,
relincho de agudo timbre,
clarín de guerra en la paz,
crines blondas que lo ciegan,
curvas que gracia le dan,
casco duro, piel nerviosa
y amplia traza escultural;
con un alentar de fuego
como hálito de volcán,
con un marchar armonioso
que encanto a los ojos da,
con un galopar hermano
del más veloz huracán.
Cabe los muros se paran
de la mansión señorial,
dorada con oro viejo
del cielo crepuscular.
Alza don Diego los ojos,
que avaros de luz están,
y déjalos casi ciegos
la luz de aquella beldad.
Tal como imagen hermosa
compuesta en dorado altar,
en un ajimez dorado
la hermosa doncella está.
—¡En Baza está la presea!
—gritó la dama al galán.
Y así contestó el mancebo:
—¡Y en Baza mi honor está!
Y saludando rendido,
con apostura marcial,
al frente de sus lanceros,
partió el gentil capitán.
Cerró el ajimez la dama
y el sol ocultó su faz….
y como todo oscurece
cuando los soles se van,
sobre el alma del guerrero
cayó una noche ideal,
y sobre el campo tranquilo
cayó una noche de paz…
¡Plegue a Dios que dos auroras
las tomen pronto a ahuyentar!
III
Es sangrienta la defensa,
sangriento el asalto es,
que están adentro los tigres
de ágil cuerpo y alma infiel,
y afuera están los leones
que asaltan con altivez;
y adentro batirse saben,
y afuera saben vencer;
y a aquellos la rabia enciende,
y a apuestos la intrepidez…
¡Hermosa ciudad de Baza:
caro tu rescate es!
Acosados una tarde
por nuestro ejército fiel,
salieron los defensores
a sucumbir o a vencer,
ardiendo en rabia de locos,
ardiendo en sangrienta sed.
Ante los mismos reales
se traba el combate aquel
en que el oído ensordece,
los turbios ojos no ven,
y la cólera es demencia,
y es el ardor embriaguez,
y es la sangre lava roja
que quema hasta enloquecer,
y es un rayo cada ataque,
y un bloque cada hombre es,
y el herir es siempre hondo
y es mortal siempre el caer…
Espanto pone a los ojos
y el alma pena cruel
ver tantos mozos gentiles
en tierra muertos yacer;
tantos nobles caballeros,
dechados de intrepidez,
luchando tan mal heridos
que pronto habrán de caer,
cristianos, por Dios muriendo;
y españoles, por el rey;
caballeros, por su dama;
guerreros, por honra y prez.
¡Morir de muerte gloriosa
nacer en la Historia es!
En lo recio de la lucha
combate un moro cruel,
que por sus ricos arreos
y su bravura también,
capitán el más famoso
de los de Baza ha de ser.
Al punto viole don Diego,
y así se dirige a él,
como león que de pronto
la presa buscando ve.
Correr el moro lo ha visto
y entre su gente romper,
así como si rompiera
por bosques de frágil mies.
Tal como los bravos toros
que antes del duelo cruel
de hito en hito se contemplan
con ojos que apenas ven,
y como nubes preñadas,
de rayos chocan después,
así los dos capitanes
viniéronse a acometer,
astillas hechas dejando
las lanzas bajo sus pies
y mal por don Diego herido
del brazo moro el corcel.
Alfanje y espada vibran
sobre crujidos de arnés,
truenos estos de la nube
y aquellos rayo cruel,
combate don Diego herido
y herido el moro también,
y éste no quiere rendirse,
y aquél no sabe ceder,
y muertos ya los caballos,
prosigue la lucha a pie.
De pronto el bravo don Diego,
cual si en su mente al caer
alguna amante memoria
doblara su intrepidez,
así como un torbellino
de incontrastable poder
cayó sobre el bravo moro,
que herido rodó a sus pies
gimiendo: «¡Noble cristiano!
¡Solo es vencer tu vencer!
¡Toma el alfanje de un hombre
vencido sólo una vez!»
IV
Sobre las torres de Baza
que alumbra radiante el sol,
tremola al beso del viento
nuestro morado pendón.
En un salón del castillo
donde el rey lo aposentó,
cabe el rey está expirando
don Diego Alvar de León
de las sangrientas heridas
que en el combate ganó.
El rey ha escrito una carta
que don Diego le dictó,
y con estas sus palabras
entrégala a un servidor:
«A los lanceros que trajo
don Diego Alvar de León
dais este alfanje, que todos
custodiarán con amor,
y estas letras, y que cumplan
lo que en ellas se ordenó».
Y una tarde, una doliente
tarde de invierno, sin sol,
oscura como el que llevan
de luto enhiesto pendón,
aquellos veinte lanceros
que de Baza el rey mandó
llegando van al famoso
castillo de Monleón.
Desde un ajimez, al verlos
la dama que le cerró
la tarde aquella de mayo
que tuvo radiante sol,
al interior del castillo
llorando se retiró,
y al poco rato, enlutada,
del castillo en un salón,
una joya y estas letras
de sus manos recogió:
«A doña Luz de Mendoza,
el mi más amable amor,
desde el castillo de Baza,
que ya la Cruz coronó,
por la misma mano escrita
de nuestro rey y señor
esta carta vos envía
don Diego Alvar de León,
que en duro trance de muerte
deciros pretende adiós.
»Con estas letras, señora,
lleva un leal servidor
la venturosa presea
que hubiese prendido yo
sobre el vuestro noble pecho
del lado del corazón,
para que vieran mis ojos
sobre tal cielo tal sol.
Dios y el vuestro amor, señora
hanme dado grande honor
de que mi vida al tablero
por Él pusiera y por vos;
y fuera yo mal nacido
y mal caballero yo
si desta merced no fuese
rendido conocedor.
»Mi feudo de Salvatierra
queda, doña Luz, por vos,
que así a nuestro rey placióle
cuando dispúselo yo;
y ya que a Dios no pluguiera
la nuestra feliz unión
luzcan en la misma piedra
por siempre juntos los dos,
el vuestro blasón honrado
y el mi preciado blasón.
»No derraméis de los ojos
llanto que no empuje amor,
porque si solo lo empuja
tristeza del corazón
que en el honor no repara
del que por éste finó,
fuera un llorar muy menguado
que lastimase el honor.
»Maguer la memoria mía
rompa el vuestro corazón,
así verteréis el llanto
que vos arranque el dolor
como yo vierto mi sangre,
sin plañir lamentación,
porque firmeza y no cuitas
nos piden Dios y el amor.
¡Adiós, y guardad el mío
donde el vuestro llevo yo,
que así os lo pide expirando
don Diego Alvar de León!»
De esta manera muy triste
la hermosa dama leyó
ante los veinte lanceros,
ante su padre y señor.
Prendióse el joyel precioso
del lado del corazón,
guardó en el seno la carta
y así diciendo acabó:
«¡Lanceros de Salvatierra!
»Esta noche en Monleón,
y a Salvatierra conmigo
mañana, al salir el sol.
Al salir el sol mañana
vos dejo, buen padre, a vos.
Labrad pronto cabe el nuestro
de Salvatierra el blasón.
Eso vos manda, leales,
y esto vos ruega, señor,
la viuda del valiente
don Diego Alvar de León».
Alegórica
Pajarillos con alas doradas,
que en las ramas del árbol bendito
suspendidos de hilillos de oro,
tenéis vuestros nidos…
¡Mirad hacia abajo,
mirad con cariño!
Pajarillos con alas de pluma,
que debajo del árbol bendito
vuestros nidos tenéis en el suelo
cuajados de frío…,
¡mirad hacia arriba
y esperad tranquilos!
Pajarillos dorados de arriba:
de las plumas calientes del nido,
de los frutos del árbol sagrado
cargad los piquillos,
tended esas alas,
cortad esos hilos…
Pajarillos humildes del suelo,
ya va el sol a templar vuestros nidos,
ya el amor va a bajar a buscaros;
abrid los piquitos,
tended las alillas,
estad prevenidos…
Descended ya vosotros del árbol,
elevaos vosotros y uníos,
y en los aires os dais un abrazo,
juntáis los piquitos,
rozáis vuestras alas.
unís los pechillos…
Y bajaron amables los unos,
y subieron los otros sumisos,
y después de besarse en los aires
volaron unidos…
¡Todos eran unos!
¡Todos pajarillos!
¡Que se calle ese sabio parlante,
que los males del mundo afligido
no se curan con esos discursos
hinchados y fríos…
¡Se curan con besos,
con besos de niño!
Los que nazcan en camas de oro
que se acuerden de sus hermanitos.
Los que nazcan en cunas de paja
que sufran sumisos,
porque Aquel que nació en el pesebre
también tuvo frío…
Deuda
Almas grandes que pudierais remontaros,
poderosas, mayestáticas, serenas,
por encima de las águilas reales,
a purísimas atmósferas etéreas
donde el oro de las alas no se mancha,
ni oscurecen las pupilas vagas nieblas,
ni desgarran el oído los estrépitos
de los hombres que se hieren y se quejan…
Almas sabias que en las cimas de la vida
como nubes protectoras la envolvieran,
desgarrándose en relámpagos de oro
y lloviendo lluvias ricas y benéficas
para damos a los ciegos de los valles
luz que rasgue las negruras que nos ciegan
y caudales de rocíos salutíferos
que a las almas enfermizas regeneran…
Almas fuertes que pudierais desligaros
del mortífero dogal de las miserias
y llevarnos de la mano por la vida,
guarneciéndonos de santas fortalezas,
saturándose de amores generosos,
regalándonos magnánimas ideas.
Almas buenas que sabéis de las torturas
de las pobres almas rudas y sinceras
que al querer de la miseria levantarse
desde arriba las azotan y envenenan
con el látigo estallante del escándalo
que repugna, que deprime, que avergüenza…
Almas grandes, almas sabias,
almas fuertes, almas buenas…
¡Nos debéis a los humildes,
nos debéis a las pequeñas
la limosna del ejemplo,
que es la deuda más sagrada de las deudas!
Almas (Soneto)
(En la muerte del Padre Cámara)
Yo de un alma de luz estuve asido,
luz de su luz para mi fe tomando;
pero el Dios que la estaba iluminando,
veló la luz bajo crespón tupido.
Tanto sentí, que sollocé dormido,
y dentro de mi sueño despertando,
vi que el alma del justo iba bogando
por el espacio ante el Señor tendido.
Y, faro bienhechor, polar estrella,
la mística doctora del Carmelo,
desde una celosía de la Gloria,
—¡Ven! ¡Ven!— le dijo, ¡y la elevó hasta ella!
Entraron las dos almas en el cielo
y un nuevo sol brilló en el de la Historia.
Un Don Juan
Amo, de aquella cuestión
de ayer, pues ya me atreví.
—¡Gracias a Dios, cobardón!
¿Y qué te dijo?
—Que sí.
—¿Ves, Jenaro? Si te dejo,
no llegas nunca a animarte,
y te me mueres de viejo
con las ganas de casarte.
Me gusta la valentía.
Y la lengua, ¿se enredó?
—Pues mire usted, yo creía
que iba a ser más; pero no.
Y eso que al dir a empezar,
por mucho que porfié,
pues no me pude acordar
del emprencipio de usté.
—¡Por vida de…! ¿Y qué jinojos
hiciste entonces, Jenaro?
—Pues, nada, cerrar los ojos
y dir p’alante.
—¡Pues claro!
Cuando se ignora, se inventa.
—Pues ese fue el aquel mío.
Me tuve que echar la cuenta
que se echa el hombre perdío,
y como un eral cerril
arremetí con alientos,
porque ya, preso por mil…,
pues preso por mil quinientos.
No es más que mientras se empieza.
Yo cuantis que me corté,
pues na más de mi cabeza
cuasi todo lo saqué.
—¡Bien hecho! ¿Y le gustaría
bastante más que lo mío?
—Yo le dije asín: «María:
dirás que a qué habré venío.»
—¿Y qué te dijo?
—Que hablara.
Ella bajó la cabeza
y se le puso la cara
lo mesmo que una cereza.
A mí también se me ardía,
la verdá se ha de decir;
pero le dije: «María:
¿sabrás que tengo un sentir?»
—¡Bien dicho! ¿Y no te comieron
porque hiciste esa pregunta?
—No, pero me se pusieron
todos los pelos de punta.
Yo cuasi que no veía,
la verdá se ha de decir;
pero le dije: «María:
¿sabrás que tengo un sentir?»
Cuasi que me han obligao
—le dije— a venir acá,
que yo bien retuso he estao
por mo de la cortedá;
pero el amo, que sabía
mi sentir, pues ayer tarde
mesmamente me decía:
«Jenaro, ¡no seas cobarde!
La moza es poco fiestera
y poco aparentadora,
y no es moza ventanera,
y es árdiga y vividora.
Y luego, es bien parecía,
y es callaíta y prudente,
y es honesta y recogía,
y viene de buena gente…
Anda con ella, comienza
mañana a la noche a dir,
que a cuenta de la vergüenza
te la dejas escurrir…»
Pues sobre aquello volviendo
del sentir que te decía,
sabrás que te estoy quisiendo
ya hace tres años, María.
Siempre he andao negativo
dejándolo pa dispués
y na más que es a motivo
de lo corto que uno es.
Y asín me estaba, me estaba,
aguantándome el sentir,
a ver si se me pasaba,
la verdá se ha de decir.
Y hate cuenta que cada año
pues más me reconcomía,
hasta que ya dije hogaño:
¡Habrá que estar con María!
Porque en habiendo un querer,
la verdá se ha de decir,
ni cuasi puedes comer
ni cuasi puedes dormir.
Y no es el decir que uno
esté encitando el pensar,
porque yo creo que nenguno
quedrá siempre asín estar.
Es na más que te aficionas
y que pierdes la chaveta
en cuantis que una persona
por los ojos te se meta.
Y que ya nadie te apea
ni te hace volver atrás
y llevas aquella idea
por andiquiera que vas.
Pues un querer derechero
como el corazón te ablande,
es igual que un abujero:
cuanti más le hurgas, más grande.
—¡Caramba! ¡Muy bien, Jenaro!
y ella entonces te diría…
—A lo primero, pus claro,
dijo que ya se vería.
Pero dispués ya ve usté,
la gente se va atreviendo.
Yo le dije: «Volveré.»
y ella dijo: «Vay viniendo.»
—Vamos, sí, que habrá casorio.
—De eso entá no hemos tratao.
Sólo el parlárselo…, ¡corio!,
¡más vergüenza me ha costao…!
Amor
La muerte con sus soplos heladores
apagó unos amores
que fueron viva y rutilante llama;
y la copa de hiel de mis dolores
me hizo decir: «¡Feliz el que no ama!»
Y huí cobardemente,
vertiendo sangre de la abierta herida,
en busca de un rincón —¡pobre demente!—
donde no hubiera amor y hubiera vida.
En un repliegue de la sierra brava
la pobre choza del pastor estaba,
y del rústico albergue en los umbrales
una pobre mujer canturreaba
dulcísimas tonadas guturales.
Un angelillo humano
que estatuilla de bronce parecía,
fruto de sierra vigoroso y sano,
escuchaba el salvaje canto llano
de la ruda mujer, y se dormía…
Y un hombre gigantesco, otra escultura
de faz de bronce y de mirada dura,
un solitario de la sierra brava,
un hijo de los riscos,
con traje de pellejo que exhalaba
efluvios de varón y olor de apriscos,
al niño, embebecido, contemplaba;
y de sus ojos el mirar ceñudo,
a medida que plácido se hundía
en aquel idolillo hermoso y rudo,
se iba quedando ante el amor desnudo
y en caricia ideal se convertía…
¡Era un nido de amores
la choza de los rústicos pastores!
En la cumbre del páramo vacío
vi la fábrica ingente de un convento,
y a acogerme corrí dentro el sombrío
grandioso monumento.
Y en las penumbras vanas
de sus místicas cárceles oscuras,
una legión de vírgenes humanas,
blanca bandada de palomas puras,
los ojos elevando a las alturas,
que sus castas miradas atraían,
con plañideras voces temblorosas
cantaban y decían:
—¡Jesús! ¡Jesús!… ¡Te adoran tus esposas!
¡Tus esposas te adoran!… -repetían.
Crucé meditabundo
la llanura monótona y desierta…,
un pedazo de mundo
donde la vida se imagina muerta.
Era un silencio como el mar profundo,
era un ambiente de infinita calma,
era un dogal para la asfixia hecho,
era una pena que mataba el alma,
era una angustia que mataba el pecho.
Solo en la lejanía
un minúsculo punto se movía…
tal vez un hombre que escapó al desierto,
cobarde, como yo, y allí vivía
porque todo en redor estaba muerto.
Busqué su compañía,
como un marido derrotado, el puerto;
era un gañán que araba
la tierra fértil de la gris llanura
que yo me imaginaba
páramo estéril, infecunda grava,
polvo de sepultura…
Y con una tristísima dulzura
que convidaba a padecer dolores,
vibró la voz del rudo campesino
y este cantar de amores
llevó la brisa hasta el lugar vecino:
Te quiero más que a mi vida,
más que a mi padre y mi madre,
y si no fuera pecado,
más que a la Virgen del Carmen.
¡Aquí no hablan de amor! -dije a las puertas
del de los muertos olvidado asilo;
y por sus calles frías y desiertas,
triste vagué, pero vagué tranquilo.
Y en losas sepulcrales,
y en coronas, y en urnas funerales,
y en criptas que guardaban los despojos
de olvidados mortales.
«¡Amor, amor, amor!», leían mis ojos,
¡Mentira! —dije, ¡Soledad y olvido!
Los vivos, ¿dónde están? ¡Están viviendo!…
Y de allá, del rincón más escondido,
¡trajo el aire un acento dolorido
de humano pecho que se abrió gimiendo!,
era una pobre anciana que tenía
calentura de amor con desvarío
y ante un sepulcro frío,
temblando de dolor, así decía:
—¡No estás solo, hijo mío!
¡Te acompaña el dolor del alma mía!
Pasé después por la gentil pradera
y vi las dulces retozonas luchas
del terreno precoz con la ternera;
y en la fría corriente regadera
vi los saltos nerviosos de las truchas,
y rasando los prados amarillos,
unidas vi volar dos mariposas,
y de floridas zarzas espinosas,
posados en los móviles arquillos,
abiertos los piquillos
y tendidas las alas temblorosas,
volaban, sin volar, los pajarillos…,
y las brisas errantes que pasaban
en sus alas llevaban
ritmos de vida, música de amores,
aromas de salud, polen de flores…
¡Yo me embriagué! Las puertas del sentido
y del alma las puertas,
tomé a poner frente al vivir abiertas,
llamé al amor y me entregué rendido.
Y la sombra querida
que en el sepulcro abandoné en mi huida,
surgiendo luminosa,
surgiendo agradecida,
me dijo que el amor era la cosa
más bella de la vida;
me dijo que el amor era más fuerte,
más grande que la muerte;
me dijo que las almas que se adoran
el roto lazo de su unión no lloran,
porque el beso ideal de la constancia
se lo dan a través de los abismos
de la tumba, del tiempo y la distancia;
me dijo que la vida en el desierto
es cobarde vivir de un vivo muerto;
me dijo que a lo largo del camino
de un hondo amor a quien hirió el destino
las penas son ternuras,
las nostalgias del bien son poesía,
las lágrimas tranquilas son dulzura,
la soledad del alma es compañía…
Y me dijo también: «La vida es bella,
si en ella descubrieses, tras mi huella,
la honda belleza de que está nutrida
y me quieres amar…. ama la vida
que a Dios y a mí nos amarás en ella».
Amor De Madre
I
Antes de que el poeta alce su canto
a un santo amor a quien le debe tanto,
dejad que el hijo que lo santo siente,
comience haciendo, con respeto santo,
la señal de la cruz sobre su frente.
Siempre la sello con el signo eterno
cuando al borde me inclino
del mar inmenso del amor divino
o del torrente del amor materno.
La cuerda del laúd ruda y bravía,
que los canta con mísera armonía,
debiera ser el llamamiento muda,
porque la mano que lo pulsa es mía,
porque la cuerda que responde es ruda,
y el salmo santo de las cosas santas
debe bajar de alturas celestiales
con letras de seráficas gargantas
y acentos de laúdes edeniales.
Por eso, cuando canto,
con pálido decir y acento oscuro,
el amor de aquel Dios, tres veces santo,
o el de aquella mujer, tres veces puro…;
cuando hallar he creído
con mi canción el amoroso emblema
y la recito de esperanza henchido,
me desgarran el alma y el oído,
las míseras estrofas del poema;
rompo el laúd, que acompañó mi canto,
y digo con la voz de la amargura:
¡Señor a quien soñé: Tú eres más santo!
¡Mujer de quien nací: tú eres más pura!
II
La he visto arrodillada
junto a la cuna del enfermo hijo,
fija en el ángel la febril mirada
y en Dios clemente el pensamiento fijo.
La carita de nácar y de rosa
era un montón de podredumbre horrendo,
que la zarpa asquerosa
de horrible enfermedad iba pudriendo.
Pero la mano valerosa y fuerte
de la amorosa madre dolorida
daba un toque de vida
sobre cada mordisco de la muerte;
y aquella ardiente boca
de la sublime enamorada loca,
que respiraba lumbre
de amorosa materna calentura,
besaba la espantosa podredumbre
con locos arrebatos de ternura…
Sudor vertiendo y devorando hieles,
yo la vi resignada
al yugo de las bregas más crueles
como una res atada.
La vi en el crudo y frío,
turbio y callado amanecer de enero,
yerta junto al helado lavadero
en las gélidas márgenes del río.
Hacia el bosque sombrío
la vi subir por los barrancos rojos;
la vi bajar de las agrestes faldas,
desgarrando sus plantas los abrojos,
desgarrando la leña sus espaldas…
Y en la espinosa vía
que sube y baja de las agrias crestas,
yo la he visto caer, como caía
Cristo divino con la cruz a cuestas.
Yo la he visto dejar su pobre casa
cuando julio cruel ciega los ojos,
bruñe los cielos y la tierra abrasa,
y en los ardientes áridos rastrojos
disputando su presa a las hormigas,
yo la he visto buscar unas espigas
perdidas entre sábanas de abrojos.
Yo la he visto cargada,
camino de la vega, con la azada,
delante de un verdugo
que a la humana legión desheredada
disputaba a pellizcos un mendrugo,
y en el hijito el pensamiento fijo,
iba la mártir amarrada al yugo,
pues solo de su sangre con el jugo
la mártir amasaba el pan del hijo.
Yo la he visto bajar a los fangales
donde el hijo infeliz se revolcaba
donde las alas de su amor manchaba
con el lobo de amores criminales.
Era una noche brava,
sin luz y fría como el alma loca
de aquel hijo perdido,
que al antro infame a derramar ha ido
baba de impío de la torpe boca,
fango de amor del corazón podrido,
una noche de aquellas
en que, al verse tal vez más ofendido,
vela Dios las estrellas,
y no le queda al hombre
otra luz que el fulgor de las centellas
y el de la fe en el nombre
del Dios que vibra justiciero en ellas
Noches para el hogar, que nadie sabe
si en una de ellas estará dispuesto
que el mundo frágil espantado acabe,
y del naufragio en el momento grave,
el que no esté en su hogar no está en su puesto.
Y en una de esas de terrores llenas,
noches que zumban como el mar airado
el látigo de acero de las penas
echó a la madre de su hogar honrado.
Al hijo desmandado
iba a llamar con doloroso acento
al antro tenebroso donde, hambriento,
encueva sus miserias el pecado.
Detúvose a la puerta,
muerta de angustias y de espanto muerta;
zumbaba loca la feroz orgía,
botaba la borrasca en las alturas,
y otra más brava, sin rugir, vertía
sobre el alma turbiones de amarguras.
El coro de las bestias blasfemaba,
vibraba el antro, el huracán rugía.
Dios relampagueaba
y la vieja infeliz se estremecía.
Estaba oyendo en el feroz concierto
del hondo lupanar, negro y abierto,
la loca voz del réprobo querido…
¡Fuera menos dolor llorarlo muerto
que llorarlo perdido!
Y, acurrucada en la calleja oscura,
como una pordiosera,
transida de dolor con calentura,
con frío de terror y faz de cera,
parecía, velando en la negrura,
la muda estatua del amor que espera
la santa redención de un alma impura.
Salieron de repente
del tenebroso lupanar rugiente
dos hombres ebrios, de mirada loca,
que en la calle pararon frente a frente,
la blasfemia en la boca
y en la mano el cuchillo reluciente…
Una sola embestida,
un opaco rugido maldiciente,
el estruendo mortal de una caída
y un sordo surtidor de sangre hirviente
brotando por la boca de una herida…
Y otro grito vibrante,
plañidero, feroz, dilacerante,
del pecho débil de la madre fuerte,
detuvo al asesino en el instante
del blandir otra vez el humeante
fino puñal sobre el rival inerte.
Antes ebrio de vino,
antes ebrio de rabia vengadora,
y ebrio de sangre ahora,
el bárbaro asesino,
con la más espantosa de las sañas
alza el puñal que ensangrentado oprime
y lo hunde en las entrañas
llenas de amor de la mujer sublime,
y al caer la heroína sobre el hijo,
que en el charco de sangre agonizaba,
«¡Hijo del alma!», dijo
con voz de mártir que a perdón sonaba.
La sangre de la débil ancianita,
cayendo sobre el pecho palpitante
del hijo agonizante,
como lluvia bendita,
corrió caliente hacia la herida abierta,
y el rojo raudalillo desatado
que abierta halló del corazón la puerta,
inundó el corazón del hijo amado.
Las pupilas cuajadas
de la víctima inerte,
cargadas de dolor, de amor cargadas,
hundieron en el cielo sus miradas.
¡Y en él hundidas las dejó la muerte!
Brillaban las estrellas cual topacios
en el húmedo azul de los espacios,
que el soplo del Señor limpió de nubes,
la borrasca pasó, reinó la calma,
y, en su augusto callar, oyó mi alma
que una gentil tropilla de querubes
ante las puertas de oro
del alcázar de Dios, cantaba a coro:
«¡Señor, Señor! En el humano suelo
de tu amor una chispa aun ha quedado
que el alma de una madre trae al cielo
la de un hijo infeliz regenerado!…»
Más sublime te he visto
cuando salvas, ¡oh amor!, que cuando creas.
¡Tú sabes ser como el amor de Cristo,
pues sabes redimir! ¡Bendito seas!
Ana María
(Fragmentos de un poema)
I
La primavera
Una alondra feliz del pardo suelo,
fue la primera en presentir al día,
y loca de alegría,
al cielo azul enderezando el vuelo,
contábaselo al campo, que aún dormía.
Celosa codorniz, madrugadora,
dijo tres veces que la bella aurora
se avecinaba con amable prisa:
del lado del Oriente
vino una fresca misteriosa brisa,
con las alas cargadas de relente,
y aun en sagrada oscuridad envueltas
las hojas de los árboles sonaron
dulcemente revueltas,
las mieses ondearon,
y de los senos de la tierra helada
surgió, vivificante,
el húmedo perfume penetrante
que solo sabe dar la madrugada.
¡Cuán bien se disponía
Naturaleza a recibir el día!
La línea pura del albor naciente,
vaga primicia grata
del de la luz fecundador tesoro,
primero fue de plata,
más tarde de oro,
después encendidísima escarlata,
roja amapola, y luego
cegador, chispeante, ardiente fuego.
En medio de la lumbre
que derretía el encendido Oriente,
sobre el perfil de la elevada cumbre,
el sol triunfante levantó la frente…
y a la puerta feliz de la alquería
asomó al mismo tiempo Ana María.
¡Gran Dios, bendito seas!
¡Qué soles, Dios de amor, qué soles creas!
II
Ave María
¿Por qué tan madrugadora
la rosa de la alquería?
Porque es una labradora
castiza y trabajadora
que siente pequeño al día.
¿Por qué tan pronto romper
del mañanero dormir
y del soñar el placer?
Porque dormir no es vivir
y soñar no es proveer.
Porque sabe que conviene,
como le enseña su madre,
mirar al tiempo que viene…
¡Por eso tiene su padre
la buena hacienda que tiene!
Tiene en la alegre alquería
labor y ganadería,
con pastos siempre sobrados;
huertos en la Alberguería,
y en Hondura casa y prados;
y de su padre heredadas,
y en su gente vinculadas,
puede en la Armuña contar
con cuatro o cinco yugadas
de tierras de pan llevar,
y, estimulante más grato,
corren añejas hablillas
diciendo, no sin recato,
que tiene zurrón de gato
lleno de onzas amarillas.
Y aun dice la gente a coro
que son su hacienda y su oro
cosas de menos valía
que aquel divino tesoro
de su hermosa Ana María.
¡Y dice verdad la gente!
Pues ¿quién como esta doncella
promete vida tan bella
cual la del nido caliente
que del hogar hará ella?
Del monte en el mundo estrecho
túvola Dios que poner,
porque paloma la ha hecho.
No tiene hiel en el pecho,
¿cómo ha de darla a beber?
Dará bálsamos calmantes,
hondas ternuras sedantes,
cosas del alma sin nombres…
¡Lo que buscamos los hombres
del grave vivir amantes!
Natura le dio belleza;
su madre le dio ternuras;
su padre, viril nobleza,
y Dios la humilde grandeza
que tienen las almas puras.
Los rayos del sol, fogosos,
cetrina su tez pusieron,
y los aires olorosos
de los montes carrascosos
la sangre le enriquecieron.
Diole el trabajo soltura;
la juventud, bizarría;
el buen ejemplo, cordura;
la sencillez, alegría,
y la honestidad, frescura.
Con generosa largueza,
Natura le dio riqueza
de sustancioso saber.
¿Qué enseña Naturaleza
que no se deba aprender?
Que la abeja es laboriosa,
que la tórtola es sencilla,
que la hormiga es hacendosa;
que se esconde, que no brilla
la violeta pudorosa…
Que las aves hacen nidos,
siempre solos y escondidos
en los senos de la fronda,
porque no es la dicha honda
buena amiga de los ruidos;
que los ríos y las fuentes
tienen aguas transparentes
cuando corren muy serenas…,
que son limpias las arenas
y son mansas las corrientes;
y de aquella golondrina
que ha anidado en la campana
de la rústica cocina,
se despierta alegre y trina
cuando apunta la mañana.
Que las corderas vehementes
que se apartan imprudentes
de las madres clamorosas,
morirán entre los dientes
de famélicas raposas.
Eso Natura enseñaba
y eso la moza aprendía.
Quien era mozo soñaba,
yo era poeta y cantaba,
Dios es bueno y bendecía.
III
Los amores
Así miraban los mozos
la alquería solitaria
como su cueva el avaro,
como el sediento las aguas,
como el labriego su siembra,
como el cabrero sus cabras,
como los santos la gloria,
como sus dichas el alma.
En vano mandó emisarios
el mozo aquel de Villalba,
que tiene buena presencia,
buena hijuela y buena fama.
En vano mandó memorias,
por boca de un viejo guarda,
Tomás, el de Moraleja,
que ha de disfrutar mañana
su buena montaracía,
su no pequeña senara,
sus buenas yeguas de vientre,
su buena punta de vacas.
En vano, como los otros,
mandó después una carta
por medio de una pavera
que está en la dehesa rayana,
José Manuel, el de Fresno,
hijo de gente muy sana,
vividor como una oruga
y muy metido en su casa.
En vano aquel estudiante
que estudiaba en Salamanca
y a holgar iba en los estíos
a la solariega casa,
llegaba hasta la alquería
contando azares de caza
que lo llevaban rendido
buscando descanso y agua,
y algo más que Ana María
discretamente callaba.
Tampoco era el elegido
Manuel Andrés, el de Navas,
aquel que yendo a la aceña
perdió una jornada larga
para que viera la moza
pasar por ante su casa
cuatro parejas de bueyes
que daba gusto mirarlas,
con dorados esquilones
y melenas coloradas;
cuatro carros muy galanos,
llevando la rica carga
de cien fanegas de trigo
para el consumo de casa;
costales nuevos, de estopa
como la nieve de blanca,
escriños y sacas nuevas,
alforjas abarrotadas
y el amo llevando el carro
que iba rompiendo la marcha.
Todo lo vio Ana María,
que estaba fuera de casa
tendiendo al sol unas telas
como la nieve de blancas,
y, ni amorosa ni esquiva,
cuando llegó a saludarla,
al majo mozo engreído
le dijo en tono de hermana:
«Hijo, tienes unas yuntas
que da contento mirarlas.
Así quisiera las nuestras,
pero mi padre me salta
con que las carnes que sobran
son garrobitas que faltan.»
Como este mozo pasaron
por la afortunada casa
mozos de toda la Huebra,
mozos de tierra de Alba,
madres de mozos huraños,
gañanes con embajadas,
comadres con panegíricos,
parientes con esperanzas…
Mas cuando llegaba el caso
de dar la respuesta ansiada,
marchábase Ana María,
su padre no contestaba,
y sola la pobre madre
henchir algo procuraba
la alforja a los emisarios
con semejantes palabras:
«Que se agradece el acuerdo;
que la familia es honrada;
que el mozo, si sale a ella,
será un hombre de su casa;
pero que ahora es una niña
sin reflexión la muchacha,
y hay que dejar que se críe,
que es mucho lo que hace falta
para enseñarle a una hija
a ser mujer de su casa.»
Y así pasaban los meses,
y así los años pasaban,
y un vaquerillo que antaño
sirviendo estuvo en Arlanza
y hogaño estaba en Olmedo,
trajo de Olmedo una carta
que recibió Ana María
y abrió su madre en la sala,
que no es la cocina sitio
para secretos de casa.
Y así la carta decía
con letras muy retocadas,
y así, dos meses más tarde,
la moza le contestaba:
Las Cartas
1
«Apreciable Ana María:
Me alegraré que te halles
al recibo de estas letras
que te dirige tu amante,
tan bien como yo deseo,
en compañía de tus padres,
pues yo estoy bueno, a Dios gracias,
pa lo que gustes mandarme.
Pues sabrás, Ana María,
que el motivo de mandarte
por el dador esta esquela,
es porque dice mi madre
que antes de dir a tu casa
debo de manifestarte
las intenciones que tengo
determinao de expresarte,
y son el tratar contigo,
si son gustosos tus padres,
y si tú también lo eres
como este tu fino amante.
Pues el motivo de ello
sabrás que es el de apreciarte
y el de casarme contigo,
si no encontraras achaques
que ponerle a mi persona,
como tampoco a mis padres.
Pues sabrás que a mí me corre
bastante prisa el casarme,
por causa de que mi hermana
por mí tiene que esperarse,
y el novio le mete prisa
por mor de no tener madre.
Pues sabrás que yo deseo
que, cuantis puedas, me mandes
a decir el resultado
de si todos sois gustantes,
pues el saber que me quieres
será un alegrón bien grande,
pues sabrás que yo te quiero
ya hace tres años cabales,
y por ser uno algo corto
pues no te lo he dicho antes.
Sin más, les darás memorias
a tu padre y a tu madre,
y tú recibes el alma
y el corazón de tu amante,
que te aprecia y que lo es,
Juan Manuel Sánchez y Sánchez».
2
«Apreciable Juan Manuel:
Me alegraré que recibas
la presente disfrutando
de igual salud que la mía,
en compaña de tus padres
y de la demás familia.
Pues sabrás por la presente
que recibí hace tres días
la esquela que me mandaste
diciéndome que te escriba
mandándote el resultao
de lo que en ella decías.
Pues sabrás que se lo dije,
a mis padres en seguida,
lo cual les ha parecido
que vienes con mucha prisa,
y dicen que yo no tengo
prisas ninguna hoy día.
Pues sabrás por la presente
lo mucho que te se estima
el acuerdo que has tenido
y el decir que a mí me escribas
con licencia de tus padres
y de toda la familia.
Pues de aquello que tú quieres
el resultao en seguida,
sabrás que no hemos pensao
el asunto entodavía;
por lo cual no puedo ahora
darte entrada ni salida;
pero si vas a Cabrera
quizás allí te lo diga,
porque hemos determinao
de dir hogaño a la misa
que va mi padre, a motivo
de ser de la cofradía.
Sin más, les darás memorias,
de parte de mi familia,
a tu padre y a tu madre,
y se las das también mías.
Y tú también las recibes
de tu afectísima amiga,
que te aprecia y que lo es,
Ana García y García».
IV
Cabrera
Donde Dios nos dé un campo deleitoso
levantamos los hombres una ermita,
que así como el Edén es delicioso
porque el Señor lo habita
el campo es más hermoso
cuando el Dios que lo hizo lo visita.
Dios quiso un día derramar verdura
sobre los campos de Cabrera amenos,
y aquella casta de la sangre pura,
la rica casta de los hombres buenos,
aquellos que la vida atravesaron
con paso de viajero que no yerra,
una ermita en Cabrera levantaron,
y vivieron con Dios sobre la tierra.
Era la raza cuya muerte lloro
cuando con Dios para llorar me encierro,
almas de acero, corazones de oro,
pechos de cera y miel, brazos de hierro.
Hijos de Dios y para Dios criados,
conocieron a Dios; fueron piadosos;
pidieron solo pan; fueron honrados;
el mundo no los vio; fueron dichosos.
Con Dios vivir supieron,
y en Dios al fin morir. ¡Cuán sabios fueron!
Eran los campos su vivienda hermosa;
los del hogar, sus pensamientos fijos;
su eterno amor, la esposa;
su eterno afán, los hijos;
su instrumento, el arado;
el bien querer, su natural deseo;
y el bien obrar, su natural estado,
y el Cristo de la ermita de Cabrera,
su rey, su amor, su providencia era.
La mano tosca y dura
del anónimo artista
que labrara la bárbara escultura
supo infundir en ella,
con sublime inconsciencia de vidente,
las grandezas insólitas de aquella
fe gigantesca de la vieja gente.
Era el sagrado leño
la visión infantil, místico sueño,
mayestático símbolo imponente
de la robusta concepción cristiana
del alma ruda y sana
que a Cristo-Dios en la conciencia siente.
¡Nuestro Cristo es aquél! Nos lo legaron
los rudos patriarcas
que vivieron con Él y a Él consagraron
las nativas y fértiles comarcas.
¡Nuestro Cristo es aquél! Éramos niños
y los maternos labios rumorosos
que cantando difunden los cariños
y besando los sellan amorosos,
nos cantaban con música de gloria
y habla de oro que la suya era,
la de prodigios peregrina historia
del Cristo de la ermita de Cabrera.
¡Nuestro Cristo es aquel! ¿Qué hermano mío
en mi Patria nació que no haya amado,
si Dios para el amor los ha criado
y siempre al bien su voluntad dispuesta
hace nacer a la mujer honesta
en la tierra feliz del hombre honrado?
¿Y quién que tuvo amores
en al tierra feliz de mis mayores
del idilio amoroso no escribía
la página primera
en aquella famosa romería
del Cristo de la ermita de Cabrera?
¡Nuestro Cristo es aquel!
¿Por qué?
Aquella flor anónima
de pétalos iguales
que sola está en el páramo
de grises pizarrales,
¿por qué ha nacido allí?
Y aquella moza rústica
que a ser esclava aspira
de aquel pastor selvático
que, huraño y torvo, mira,
¿por qué lo adora así?
¿Por qué mete el cernícalo
su nido en la hendidura
y el colorín minúsculo
lo guarda en la espesura
del viejo carrascal?
¿Por qué las oropéndolas
lo cuelgan del encino
y aquellos otros pájaros
sotiérranlo en el fino
tapiz del arenal?
¿Por qué a la loba escuálida
creó Naturaleza
vecina de la tórtola
que arrulla en la maleza
la calma del cubil?
¿Por qué son hermosísimos
los blancos recentales?
¿Por qué tan torvos y hórridos,
por qué tan desleales
la hiena y el reptil?
¿Por qué vivirá errático,
sin nido, el necio cuco?
¿Por qué será el polícromo
vistoso abejaruco
tan áspero cantor?
¿Por qué de dulce música
tesoro tal Dios guarda
para el pardillo mísero,
para la alondra parda
y el pardo ruiseñor?
¿Por qué destila bálsamos
el mísero cantueso
que vive en las estériles
calvicies de aquel teso
paupérrimo vivir?
¿Por qué las pomposísimas
peonías fastuosas
producen esas fétidas
grasientas grandes rosas
de enfático vestir?
¿Por qué vierten las víboras
ponzoñas dañadoras?
¿Por qué las beneméritas
abejas labradoras
producen rica miel?
¿Por qué si bajan límpidas
a un labio que sonría
las gratas puras lágrimas
que arrancan la alegría
también saben a hiel?
¿Por qué?… Curioso espíritu,
no quieras indagarlo,
ni en tristes secas fórmulas
pretendas encerrarlo
si no quieres llorar.
Misterios que sois únicos
divinos bebederos
de encantos sabrosísimos:
¡tocaros es perderos!
¡Viviros es gozar!
Canción
Aquí se siente a Dios. En el reposo
de este dulce aislamiento
un fecundo sentido religioso
preside el pensamiento.
Derrámase por uno de dulzuras
ambiente equilibrado,
y en él cosecha las ideas puras
de que está penetrado.
Y sereno después, las alas tiende
y escala el firmamento,
seguro como el pájaro que hiende
su apropiado elemento.
Entonces toca el alma lo profundo
del alto amor sin nombre
y quisiera que un templo fuera el mundo
y un sacerdote el hombre.
¡El mundo, el hombre! Tras el doble abismo,
solo esto es luminoso:
¡cuán feliz puede hacerse el hombre mismo,
y al mundo, cuán hermoso!
Desde este solitario apartamiento
del monte sosegado
contemplo el armonioso movimiento
de todo lo creado.
¡El trabajo es la ley! Todo se agita,
todo prosigue el giro
que le marca esa ley por Dios escrita,
dondequiera que miro.
Aquel pardo milano vagabundo
buscando va la presa,
que le cuesta medir ese profundo
vacío que atraviesa.
Riega el labriego la feraz besana
con sudor de su frente,
si rubio trigo le ha de dar mañana
para nutrir su gente.
Quiere la golondrina nido blando
para el amor sentido,
y mis ojos fatiga acarreando
pajuelas para el nido.
A los vientos la abeja se encadena
y la hormiga al sendero,
para llenar aquella su colmena
y estotra su granero.
La mansa yunta trabajosamente
tira del tosco arado,
y el pesado mastín va diligente
detrás de su ganado.
¡Todo el trabajo se ligó fecundo!
¿Y yo he de estar ocioso?
¿Y yo he de ser estéril en un mundo
nacido fructuoso?
¡Arriba, arriba! ¡El corazón al cielo
y a la tierra los brazos!
¡A la suerte del mundo unirme anhelo
con más estrechos lazos!
¡La pluma, los cinceles, la mancera,
la espada victoriosa!…
¡Dadme lo que queráis, que abierta espera
mi mano vigorosa!
Si sé cantar, te elevaré canciones,
¡oh Patria infortunada!,
que mil hay en tu amor inspiraciones
para la lira airada.
Si es la piedra a mis manos obediente,
venga el cincel a ellas,
que el suelo patrio sembrará mi mente
de creaciones bellas.
Si hace falta una mano y una vida
dad a aquella una espada,
y toma tú mi sangre, ¡oh dolorida
Patria desventurada!
Y si mi suerte, pero ruda mano
solo puede servirte
para en los surcos enterrar el grano
que de oro puede henchirte,
para en tus vegas derramar tus ríos,
para abonar tus tierras,
y coronar de montes tus baldíos
y enriquecer tus sierras…,
entonces no me arrojes al semblante
deberes no cumplidos,
porque yo soy el hijo más amante
de tus campos queridos,
y para hacer esta canción honrada
que el alma me pidiera
he dejado un momento abandonada
mi tosca podadera…
Ara Y Canta
I
Labriego, ¿vas a la arada?
Pues dudo que haya otoñada
más grata y más placentera
para cantar la tonada
de la dulce sementera,
¿Qué has dicho? ¡Que el desgraciado
que pasa el eterno día
bregando tras un arado
jamás cantó de alegría
si alguna vez ha cantado?
Es una queja embustera
la que me acabas de dar.
¿No sabes que yo sé arar?
Pues déjame la mancera,
y oye, que voy a cantar:
II
Labriego poco paciente:
si crees que solo tu frente
vierte copioso sudor,
que sorbe innúmera gente,
sal de tu error, labrador.
Lo dice quien es tu hermano,
quien canta tu lucha brava,
lo dice quien por su mano
siega la mies en verano
y el huerto en invierno cava.
¿Qué sabes tú del tributo
que el mundo al trabajo rinde,
ni qué sabes de su fruto,
si no has transpuesto la linde
del terruño diminuto?
Si el mundo aquel te impusiera
yugos que impone al mejor,
pensaras que tu mancera,
si no es la más llevadera
tampoco es la cruz mayor.
Te quema el sol del estío,
te azota el viento de enero
y aguantas en el baldío
los hálitos del rocío
y el golpe del aguacero.
Dura y perenne es la brega
que pide riegos la vega,
que pide rejas la arada,
que pide gente la siega,
que el huerto espera la azada.
y es trabajoso el descuajo,
y abrumador el destajo
y a veces nulo el afán…
¡Y tal vez es el trabajo
más duro que blando el pan!
Todo es verdad, labrador;
pero en esos horizontes,
y en esas siembras en flor,
y en estos alegres montes,
¿no hay nada consolador?.
¿Todo negro es tu destino?
¿Todo el vivir te envenena?
¿De abrojos horribles llena
todo el árido camino?
¿Toda ingrata es la faena?
¿No sabes tú, labrador,
que hay frente que el tiempo arruga
escaldada en un sudor
que sana brisa no enjuga
con soplo consolador?
¿Sabes que hay ojos que ciegan
laborando en la penumbra,
mientras los tuyos se entregan
al piélago en que se anegan
de la luz que nos alumbra?
¿Sabes qué ambientes malsanos,
si no venenos letales
marchitan pechos humanos
con corazones leales
del tuyo dignos hermanos,
mientras tu pecho sanean,
y equilibran tus sentidos,
y tus sudores orean
ricas brisas que pasean
por estos campos floridos?
¿Quieres en un mundo verte
con bravas agitaciones,
con injurias de la suerte,
con bárbaras tentaciones
y duelos, sin sangre, a muerte?
¿Qué sirena engañadora
hasta aquí a decirte llega
que en la ciudad bullidora
ni se reza, ni se llora,
ni se sufre, ni se brega?
¿Qué espíritu engañador
o torpe decirte quiso:
«Llora y suda, labrador,
que el mundo es un paraíso
regado con tu sudor?»
Fuera más útil y honrado
decirte quién ha arrancado
de las entrañas de un cerro
este pedazo de hierro
de la reja de tu arado.
Decirte que hornos ardientes
fundieron humanas frentes
cuando este hierro ablandaron,
y que en su masa cuajaron
sudores de hermanas gentes.
Ara tranquilo, labriego,
y piensa que no tan ciego
fue tu destino contigo,
que el campo es un buen amigo
y es dulce miel su sosiego,
y es salud el puro día,
y estas bregas son vigor,
y este ambiente es armonía,
y esta luz es alegría…
¡Ara y canta, labrador!
Cuentas Del Tío Mariano
Araba el tío Mariano
la húmeda tierra gredosa,
y entre la bruma lluviosa
del horizonte lejano,
con cierta noble ansiedad
que a la amargura se junta,
miraba, al volver la yunta,
las torres de la ciudad.
Allí los amos estaban
de aquel pedazo de llano,
ya convertido en pantano
por lluvias que no amainaban.
Y no pensaba el rentero
que el amo estaba al abrigo
del bofetón del hostigo
y el frío del aguacero.
Aspiraciones más parcas
tentaban al viejo charro
mientras hundía en el barro
sus bien calzadas abarcas.
Era un día de febrero
revuelto, lluvioso y frío;
cada camino era un río
y un charco cada sendero.
Bajaban por las quebradas
turbios regatos zumbando,
que iban el hoyo inundando
de hoscas aguas coloradas.
Y era el barbecho un fangal,
y el prado un estanque era,
y una charca la ribera,
los valles un chapatal.
Arrebataba el solano
las gotas del aguacero,
que eran las puntas de acero
de su látigo inhumano.
Iracundos los zagales
bregaban con los corderos
y los cabritos zagueros
hundidos en los fangales.
Y el pobre tío Mariano,
con la anguarina calada,
bajo un brazo la aguijada
y en la mancera una mano,
arando estaba en tal día
por no perder una huebra,
donde diz que el viento quiebra
cosa que él solo diría,
pues en aquella desnuda
tierra llana sin abrigo
le flagelaba el hostigo
la cara con saña cruda.
Y así malamente araba
y echaba el hombre sus cuentas,
las cuentas de aquellas rentas
que por las tierras pagaba.
Bien echadas las tenía,
pero con mal resultado,
y así, terco y porfiado,
las iba haciendo aquel día;
«Las rastras ya no las miento;
hogaño, si pinta el año,
no será ningún extraño
que me arrimase a las ciento.
Se ha derramao en sazón;
la desará fue mu guapa,
y si sigue asín, no escapa
de haber buena granición.»
(Este cálculo lo hacía
con las leves omisiones
de langosta, inundaciones,
de pedriscos y sequía…)
«¡Ahora, tanto pa calzar,
tanto en vestir y en comer…
(Y no hablaba de beber,
porque era hablar… de la mar.)
«Tanto pa contribuciones,
tanto pa renta y simiente…»
Y así fue del remanente
practicando sustracciones.
Y de las ciento supuestas
sustrajo el tío Mariano
tantas fanegas de grano,
que al pasar de ciento éstas,
puso cara de ansiedad,
dijo con pena, mirando
y el cuerpo zarandeando,
las torres de la ciudad:
«Si hogaño fuese allá un día
y el amo bajar quisiera
seis fanegas…, ¡cualisquiera,
cualisquiera me tosía!…»
¡Señor del tío Mariano!:
si acude a ti, sé piadoso,
que harás un hogar dichoso
con seis fanegas de grano.
Surco Arriba Y Surco Abajo
Araba el tío Roque
con su yunta de dóciles vacas:
con la Triguerona,
con la Temeraria.
Y conforme la reja iba hendiendo
la tierra esponjada,
que al calor y a la luz descubría
las frescas entrañas,
el secreto pensar del tío Roque,
que el silencio en redor barruntaba
por imán de silencio arrancado
del fondo del alma,
a esparcirse sin miedo salía
de la cárcel estrecha en que estaba,
y en las alas de un aire de otoño
se cernía con estas palabras:
¡Vuelve, Triguerona!
¡Vuelve, Temeraria!
Si la mesma canción de otros años
hogaño nos pasa,
di que nos avía
la miaja senara.
Ca vez más señora
te se pone la tierra y más mala.
No te sirve que le eches simiente
como chochos de gorda y de blanca,
ni que en piedra lípiz
gastes las pestañas,
ni que rompas, y bines y tercies,
y les des aricá bien temprana.
Cuasi con comuelgo
seis fanegas o siete derramas
y te dan veintinueve raídas,
que ni cuasi el trabajo le sacas.
Y esto es echar uno
las cuentas galanas,
porque si una pedrea te viene,
que no son muy ralas,
ni siquiera te deja un pajuco
pa sacar del invierno las vacas,
¡cuanti más un chocho
pa meter en casa!
Y entá no es lo malo
que no cojas nada,
porque en un apurón, hate cuenta
que un invierno… en la cárcel se pasa;
pero, amigo, te afronta con pagos
porque, claro, que no tienes cara
pa cuadrarte y decir que lo debes…
pero no lo pagas…
y lo cual es mejor no decirlo,
pues no habiendo vergüenza, no hay nada
¡Vuelve, Triguerona!
¡Vuelve, Temeraria!
Porque no es el decir de que digas
que no aguantas ancas,
y que te rebelas,
u que te aperrangas,
porque en viéndote ya mancornao
te quiten la carga
Es que ya no puedes el dir más alante
porque cuasi el aliento te falta,
porque viene de atrás la flojera,
porque no puedes ya con las rastras…
¡Vuelve, Triguerona!
¡Vuelve, Temeraria!
Si pintaran dos años arreo,
pues entá se tapaban las faltas
y el perro que hogaño
nos dio la senara.
Yo cuasi que tengo
como confianza,
porque entá no creí que venían
las primeras aguas
y la tierra con ellas se ha puesto
amorosa que gusta el ararla,
de modo y manera
que la cosa no empieza tan mala.
Y no miento ahora
los runrunes continuos que andan
de que el rey mesmamente en persona
viene a Salamanca,
que no es mala seña
si tampoco falla…
¡Vuelve, Triguerona!
¡Vuelve, Temeraria!
Yo no sé, pero yo me magino
de que el rey no vendrá a ver la Plaza,
que en el mesmo Madrid habrá muchas,
no agraviando a la nuestra, tan guapas.
Me magino de que él no se fía
y que viene a oservar lo que pasa,
porque hacienda en poder de criaos
se la lleva en un verbo a la trampa.
Me magino que viene a enterarse
de si tiras p’alante u atrasas,
de si siembras, u comes, o ayunas,
u pierdes u ganas.
De modo y manera
que en queriendo fijarse una miaja,
se ha de dir al Palacio enterao
de má e cuatro lástimas,
que, si a mano viene,
podrá remediártelas,
u quisiera poner los posibles,
que en pusiéndolos bien no te fallan…
Yo no sé; pero yo me magino
de que el rey no vendrá a ver la Plaza.
Y si sólo la Plaza le enseñan
los de Salamanca…
¡Para, Triguerona!
¡Tente, Temeraria!
La Jedihonda
I
Asín jablaba la madri
y asín el hijo jablaba:
el hijo ajogao de aginos,
la madri ajogá de lágrimas
él jechao y ella encogía
a la vera de la cama.
—Si sigues asín penando,
te mueris, hijo del alma,
y si te casas con ella
te jundis y a tos mos matas.
¿Ondi tienis la cabeza,
ondi tienis las entrañas
que no se te jacin migas
de vel las jielis que pasa
tu padri, que to lo sabi
manque no te dici nada?
¿Ondi tienis tú los ojos
pa no vel en lo que paras
cuantis que logri enrealti
la serpiente que te engaña?
Pa ti no es eso aparenti,
ni ella con tu genti encaja,
ni a ti. Gelipe, te sali
esí rumbo que ella gasta.
Y entávia más malu que eso
es que tieni mala fama
y a tos los hombris los quieri
y, como a ti, los jalaga;
y acuerdáte tú, Gelipe,
que pol jacel cosas malas,
jasta el alcalde y el cura
quisum del pueblo aventala.
Una mujel que ha venío
de alguna ciudá mundana,
¡qué habrá jecho pa estal sola
sin naide de la su casta!…
¡Qué habrá jecho!, lo que dicin
que jaci aquí: cosas malas,
que a mí me cuesta decilas,
pero a ella jacelas, nada.
Bien sabis tú, que la genti
la «Jedihonda» la llama
porque dicin tos los hombris
que endi lejos jiedi a mala.
Y tú cieguinu a querela,
y ella jaciéndote cara
pa empicarti a su persona
o calentarti la entraña.
¡Y bien que lo ha conseguío!
¡Y bien la genti lo jabla!
¡Y bien se agina tu madri
por ti, Gelipe del alma!
Dicir que bebel te ha jecho
de una bebía mu mala
que a los hombris entonteci
pa hacelos querel sin gana.
Y asín debí sel. Gelipe,
Gelipe de mis entrañas,
que tú eras bueno aninatis
y nunca jielis nos dabas,
y na del mundo sabías,
y siempre quietino en casa,
jasta te daba vergüenza
si de novias te jablaban.
Y jaci un año corrío
que eris otro, hijo del alma,
ajuyis de andi tu madri,
duermis poco, no trabajas,
comes como un pajarino
y ya solino te encamas.
To jué porque te empicaste
a esa serpiente mundana,
con la que, dici la genti,
aunque te matin te casas.
Imi si es cierto, Gelipe,
pa yo morilme de ansia,
pa que se ajogui tu padri,
pa que se aflija tu hermana,
pa dicilti que te jundis
y deshonras la tu casta,
porque esa mujer perdía
endi lejus jiedi a mala.
II
Asín jablaba la madri,
y el hijo asín contestaba:
—Madri, me quieri y la quiero,
manque dicin que es mundana.
Ni pueo ejala a ella
ni a usté quiero yo matala…
¡Ejalmi morir de queo
y queáis iguales dambas!…
La Balada De Los Tres
I
Ayer por la tarde
se acabó la fiesta,
la de San Antonio,
que es la de mi aldea.
A incienso y a flores
olía la iglesia;
la casa, a membrillo;
la ropa, a camuesas;
las mozas, a vírgenes,
y a santas, las viejas.
¡Qué pronto se pasan
los días de fiesta!
Ahora está la niña
lavando en la vega,
y el alma le hieren
borrosas tristezas,
dolientes memorias,
ternuras patéticas…
Ya guardó en el arca
la ropita nueva,
la ropita limpia,
que huele a camuesas.
Tamboril y gaita
ya no la recrean,
ni de amor alegre
la sangre le llenan
los repiques duros
de las castañuelas,
lenguas de muchachos
que no tienen lengua
para hablar de amores
a las muchachuelas.
¡Qué sola está el alma!
¡Qué sola la vega!
¡Esta tarde se muere la niña,
se muere de pena!
II
El mozo está solo
regando la huerta;
la huerta está alegre;
la tarde, serena,
y al alma del mozo
le agobian tristezas.
¡Qué pronto se pasan
los días de fiesta!
¡Qué tristes las tristes
memorias que dejan!
Ya no luce el mozo
la voz en la iglesia,
ni en el ancho ejido
con los mozos juega,
ni a la tarde baila
con las muchachuelas,
ni a la noche ronda
la ventana estrecha
de la casa blanca
de la fiel morena.
En la vieja arcona
de la sala vieja
ya guardó su madre
la ropita nueva
con las cintas verdes
de las castañuelas
y el de cien colores
corbatín de seda…
¡Qué sola está el alma!
¡Qué triste la huerta!
¡Esta tarde se muere el muchacho,
se muere de pena!
III
Yo ya no soy mozo,
pero tengo penas
que parecen cosas
de la gente nueva.
Se me van muy pronto
los días de fiesta.
La misa cantada
y el juego en la era
y el baile en la plaza
de vida me llenan.
Esta tarde siento
mortales tristezas,
ansias dolorosas,
ternuras patéticas.
La tarde está sorda,
sin ruido la aldea,
desierta la plaza,
cerrada la iglesia:
y en la huerta, el mozo;
la moza, en la vega…
¡Yo, dos veces solo,
tengo una tristeza!…
¡Yo me muero también esta tarde,
me muero de pena!
Bálsamo Casero
Estamos perdíos,
no hay que dali güeltas,
que ya estoy mu jarto
de jechal la cuenta,
y ca ves que güelvo
se me poni dolol de cabeza.
—Quico, no te agines.
—Paecis boba, Cleta;
quedrás que me esponji,
u que baile, u que jaga fachenda;
mentris que la genti
mos jaci esta cuenta:
«Dies al escribano,
dieciséis al tío Lucio Candela,
nuevi a la comadri
y ocho a tía Endelenceia,
sin contal los caíos de hogaño,
que entri to, pues, se arrima a sesenta…
Y no miento al méico
ni al jerrero, que ya se mos quejan;
ni te meto la renta de hogaño,
ni el trimestri, que ya se mos llega,
que solo de costas
un duru te cuesta.
¡Estamos perdíos…
no hay que dali güeltas!
U se vende el cachujo de casa
y en cueros mos quean…,
¡u me ajorco y me ajorro de andalmi
jechando más cuentas!
—¡Vamos, no esvaríes,
que ni en groma, ni en groma siquiera
debin de mintalsi
brutás como esa!
Y más que las trampas
tampoco te aprietan
pa que asín te agines,
pa que asín de ajogao te veas.
Verdá que se debin
toas esas gabelas;
pero, mira, tenemos posibles
pa pagal sin vendel la jacienda.
Treinta duros quiciás la potranca
te vali en la feria;
tres guarrapos, a cinco, son quinci,
y preñá la lichona mos quea;
entri yo y la muchacha otros cinco
mos ganamos jilando dos telas,
que quiciás este ivierno poamos
jilal dos y media;
con los burros, a días perdíos,
tú te sacas tres durus de güebras,
y las miajas de rastras que faltan
y el réito que sea,
lo poemos matal con jornalis
de la aceitunera,
de los cavucheos
y de la lavería.
Si asperan un año,
no se quea a debel una perra.
Y en cuenta no meto
lo primero que para la yegua,
que está senteciao
pa si al cabo se casa Teresa,
que hay que jateala
bien de ropa nueva.
¿No ves cómo sali
pa salil de deudas
sin mental la casa
ni decilmos brutás como aquella?
—¡Hora! Ya lo veo;
no sé jechal cuentas,
porque no pienso en esos rinconis
que a ti te se acuerdan.
Lo que jago es ponelme möorro
cuando doy en quereli dal güeltas;
y con estas que tú me has jechao,
me has barrío el dolol de cabeza…
Del Charrete Al Baturrico
Baturrico, baturrico,
yo te digo la verdad,
que soy también un baturro
de castellano lugar
y los hermanos no engañan
a sus hermanos jamás.
No apartes nunca tus ojos
de ese adorable Pilar,
que si los tiempos que corren
no hubiesen medido ya
lo fuerte que es una Reina,
que tiene un pueblo leal,
ya hubieran ido royendo
con diente frío y tenaz
los basamentos innobles
del bendito pedestal
donde la madre de España
quiso su trono asentar.
¡Bien en el cielo sabían
que en esta Patria inmortal
vivir con aragoneses
es vivir con lealtad!
Pero mira, baturrico,
mira que el genio del mal
anda agotando las fuentes
que quedan sin agotar,
las fuentecitas que manan
agüicas como cristal
para que puedan los hombres
la sed del alma apagar.
Y si estas fuentes se agotan,
los frutos se secarán
y va a quedarse la vida
como fructífero erial…
Mira, mira, baturrico,
cómo quitándole van
a muchos hermanos nuestros
lo que ellos amaban más:
su rica fe vigorosa,
su instinto del ideal,
sus viejas virtudes sanas,
sus amores…, ¡su Pilar!…
En ese de Zaragoza
bien sé que se estrellarán
con ira estéril las alas
del negro espíritu audaz;
que es la savia de ese árbol
sangre de gente leal,
y la red de sus raíces
tan lejos llega a arraigar,
que no es solo red de arterias
del corazón nacional,
sino de toda la Patria,
que vive de él a compás.
¡Pobre español, si lo hubiese,
que de su infancia en la edad
no oyó en su casa plegarias
a la Virgen del Pilar!
Baturrico, baturrico,
yo te diré la verdad,
que a mis hermanos los charros
se la he predicado ya,
¡y ay de mis charros queridos
si la llegan a olvidar!
De todo aquel patrimonio,
de todo el rico caudal
de nuestros tesoros viejo
nos queda uno solo ya:
nos queda la fe en el alma,
la savia del ideal;
¡nos queda Dios en el Cielo,
y en Zaragoza, el Pilar!
Y quíteme Dios la vida
antes del día fatal
en que con tristes clamores
tuviera yo que clamar:
—¡Ay de mis charros queridos,
que al Cielo no miran ya!
¡Ay de mis buenos baturros
que ya no tienen Pilar!
Bodas De Oro
(Al excelentísimo e ilustrísimo señor don Pedro Casas y Souto, obispo de Plasencia)
¿Que cante al virtuoso
sabio varón de corazón piadoso?
No es mi musa la musa cortesana
de palabra del miel y áureo ropaje
que quema incienso a la grandeza humana;
es la ruda aldeana
que va vestida con honesto traje,
cantando la virtud en el lenguaje
que le enseñó Naturaleza sana.
Y porque ella es así, porque es sincera,
porque no es lisonjera,
porque es del bien la enamorada ruda
cantando la virtud es vocinglera,
mas delante del héroe es hosca y muda.
Ni mi musa acaricia los sentidos
de los hombres henchidos
del viento de la gloria inmerecida,
ni desgarra con épicos sonidos
los austeros oídos
de los grandes humildes de la vida.
Es de almas sin decoro
plegar las alas ante el trono de oro
donde se asienta la soberbia humana,
y pulsando el laúd, rodilla en tierra,
quemar inciensos y cantar a coro
con las legiones de la gente vana.
Pero es mayor pecado
cantarle al justo la canción sonora,
que su virtud celebra,
en lengua seductora
de meliflua serpiente tentadora
a quien solo humildad su diente quiebra.
Arrullen los juglares
el trono del soberbio con cantares,
y la turba servil de aduladores
queme todo su incienso en los altares
donde honor y virtud no son señores.
Pero la musa honrada,
cuando penetre en el desnudo templo
del alma de un humilde, ore callada
y escuche en las honduras del ejemplo
la armonía del bien allí guardada.
Y luego de aprendida
la música de Dios, que a gloria suena,
requiera el arpa que a cantar convida
y ensaye en ella la canción serena
del alma recta, de virtud nutrida.
Mas no hiera el oído de los justos
con ditirambos de clamor liviano,
que en los senos de espíritus robustos
suenan a ruido vano.
¿Qué le place a los grandes corazones
un decir halagüeño,
si ellos moran en diáfanas regiones
donde el ídolo humano es muy pequeño,
la voz de la lisonja desabrida,
la trompa de la fama ronca y hueca,
pobre la falsa vida
y el mundo frágil como caña seca?
Las alas de la fama presurosa,
esta vez no engañosa,
también trajeron a mi abierto oído,
que lo oyó con deleite inenarrable,
el nombre esclarecido
del justo patriarca venerable.
Y así como el idólatra del oro
guarda siempre el tesoro
de su morada en el rincón oscuro,
yo de ese justo la adorable historia
escondí en el rincón de la memoria
donde suelo guardar todo lo puro.
Y en el silencio donde oculto he dado
a su santa humildad, nunca he clamado:
«¡Si supiera cantar almas tan santas!…»
Pero siempre muy quedo he murmurado:
«¡Si supiera imitar virtudes tantas!»
Palabras indiscretas,
qué hermosas habéis sido
mientras fuisteis sencillas y secretas
si osáis llegar al delicado oído
del venerable anciano
que sabe perdonar flaquezas tales,
decidle que sois hijas de un cristiano
y que amores filiales
os arrancaron del rincón arcano
donde estabais mejor que en las venales
alas del viento charlatán y vano.
Bien sé que en la armonía
que el justo oyera de la lira mía,
fuera gárrula música liviana,
hueca trompetería
que no conmueve la muralla ingente
de la humildad cristiana,
que escucha el alma del varón prudente.
Pero más que la estrofa detonante
con que el hijo leal celebre y cante
las altas prendas de su padre amado,
le place al padre amante
oír la apasionada melodía
del hijo enamorado
de la virtud que de nutrirlo ansía.
Venerable Pastor que has conducido
tu rebaño querido
hollando con tus plantas los abrojos,
por las ásperas cuestas de la vida:
tú, que ya ves con anhelantes ojos
la tierra prometida,
desde las cumbres del dorado ocaso
que ganas paso a paso
con santa majestad de alma elegida,
alza tus manos al clemente Cielo
y alcánzale a tus hijos el consuelo
de dilatar tu triste despedida.
¿No ves cómo te aman?
¿No escuchas cómo a coro
todos padre te llaman?
¿Oyes cómo te aclaman
celebrando tus puras bodas de oro?
¿No ves cómo a tus puertas,
siempre a la santa Caridad abiertas,
se agolpan, rumorosas,
las turbas de tus pobres, numerosas,
que pan y bendiciones
reciben de tus manos amorosas?
Ese rumor opaco y elocuente
que tu nombre amadísimo murmura
es el himno amoroso más ardiente
que de la humana gente
puede escuchar una conciencia pura.
El otro canto, el de la gloria humana,
ya sonará vibrante
cuando entres por las puertas de la Historia;
y otro más dulce que tu triunfo cante
cuando te abra el Señor las de su gloria.
Brindis
Mi pobre prosa rimada
no podrá deciros nada
que suene a cosa asombrosa:
esto será una charrada;
no puede ser otra cosa.
No abráis el avaro oído
creyendo que raro y bueno
manjar de allende he traído,
que yo jamás me he nutrido
con pan de terruño ajeno.
Pienso que el nuestro es fecundo,
como todo lo español.
Pienso que no hay en el mundo
grano que arraigue profundo
debajo de extraño sol.
Por algo Natura cría
ventiscares en la sierra
y alamedas en la umbría:
por algo hay quien moriría
si no viviera en su tierra.
En ella y a vuestro lado
fuera tremendo pecado
cantar en música extraña
que de frente o que de lado
no venga a decir: ¡España!
Más todavía: ¡Castilla!;
todavía más: ¡Salamanca!,
y aún más: la pobre aldeílla,
la limpia casita blanca,
la cuna, la paz sencilla…
Si el molde parece estrecho
de mi canción natural,
decidlo a Aquel que me ha hecho
pajarillo del barbecho
y no lorito real.
Naturaleza ha querido
que cada ser dé una nota
viva un campo y tenga un nido:
orden sabio y bien sentido
que sólo el cuco alborota,
pues tiene la mala maña
de que los huevos que pone
se incuben en casa extraña.
¡Pecado igual Dios perdone
a muchos hombres de España!
Si a la selva tenebrosa
fuese la alondra armoniosa,
no supiera entre el ramaje
dar la nota misteriosa
del silencio del boscaje.
Y si al barbecho viniera
cotorra exótica y rara
cantando la sementera,
ni el ave la interpretara,
ni el labriego la sintiera.
¿Quién da la nota del río
mejor que el mirlo sombrío
nacido entre sus mimbrales?
¿Quién canta los majadales
como el cárabo bravío?
¿Quién da la visión entera
de carrascosa ladera
como la perdiz bizarra?
¿Quién mejor que la chicharra
canta las mies en la era?
¿Suenan bien en los jarales
músicas de colorines?
Silbos de águilas reales,
¿nos dirán en los jardines
lo mismo que en los canchales?
Y el ronco graznido duro
de deforme buitre impuro,
¿cómo podrá matizar
el divino claroscuro
de la paz del olivar?
Cantemos nuestra tonada,
la genuina, la sincera:
tú, ruiseñor, la alborada;
tú, alondra, la barbechera,
y yo, charro, la charrada.
A sus típicos primores,
tan rudos como bizarros,
hoy daré finos colores,
porque la canto entre charros
disfrazados de señores.
Que quepan en ella quiero
la aldeílla y la ciudad,
ambas con vivir entero,
que es en aquella el granero
y aquí la Universidad.
Aquél da al cuerpo vigores,
ésta da al alma ideales…
Sudor de mil labradores
y saber de cien doctores,
son dos tesoros iguales.
Dice la Escuela: «Yo un día
fui madre y templo sagrado
de toda sabiduría.
Jamás numerar podría
los hijos que he amamantado.
Del seno de que nacieron
saberes hondos bebieron
disueltos en fe de Cristo.
Honor los hijos me hicieron,
grande los siglos me han visto.
Fui fragua del pensamiento,
yunque del entendimiento,
levadura de la vida,
brújula en mar turbulento,
sol de la Patria querida.
Sol cuya rica influencia
bajó sobre la opulencia
de los troncos y fue ley,
que el alcázar de la Ciencia
más alto está que el del rey.
Ahora, lacrimosos coros
me afligen con tristes lloros
diciéndome que soy ruinas,
que soy hueco de tesoros,
jirón de edades divinas,
sombra augusta y venerable,
muerta gloria inolvidable,
vieja majestad caída,
triste membranza adorable,
puesta de sol dolorida…
Y me suenan esos trenos
a quejidos de hijos buenos,
mas, ¡ay!, que también me suenan
a estériles falsos truenos
que el viento de ruidos llenan.
Algo lloran que es verdad.
Vinieron tiempos tiranos
que al grito de libertad
encadenaron las manos
de esta pobre majestad.
Y adiós trono, centro y manto,
y adiós oro y esplendores,
¡mucho grande y mucho santo!
¡Mas no los santos amores
de los hijos que amamanto!
No el pan de su inteligencia
ni la luz de su conciencia,
porque yo siempre seré
el alcázar de la Ciencia
y el castillo de la Fe.
Si reina fuese, mi suerte
rodara por rumbos fijos
que van a dar a la muerte
No soy reina; soy más fuerte:
¡soy madre de muchos hijos!
¡Hijos!, os pido un mañana
como el ayer que gocé,
¿será mi súplica vana?
¡Oh, no!, cuanto más anciana.
más madre os pareceré…»
Dice el granero al gañán:
«Yo soy tu rico tesoro,
soy el sudor de tu afán,
sudor que ha cuajado en oro
y oro que luego soy pan.
El pan de la esposa buena
que esotro cuarto vecino
con celo de hormiga llena
de blandos copos de lino
que en lienzo de nieve ordena.
El pan de tus tres mozones,
enhiesto como negrillos,
alegres como esquilones,
dóciles como chiquillos
y fuertes como leones.
El pan de tus dos mozuelas,
sus cintas de oro y alpaca,
sus dengues y lentejuelas,
sus cruces de Alcaravaca,
sus hilos y sus chinelas.
Y el pan del hijo mayor,
que es pan blanco de ciudad,
como que es para un señor
que pronto será doctor
de nuestra Universidad.
Labrador que vas arando,
mete la reja más honda,
que el filón se va agotando,
y el tiempo viene apurando
y el oro es de quien ahonda.
De este modo tan sincero
y en este sentido amante,
nos hablan lenguaje entero
a mí, labriego, el granero,
y a ti, la Escuela, estudiante.
Son la Patria en la indigencia.
¿Qué pide a nuestra conciencia?
Espigas de un mismo haz:
que tú les des gloria y ciencia.
Que yo les dé trigo y paz.
¡Gracias a todos, señores!
De esta rica convidada
llevo en el alma sabores
que yo no comparo a nada…
¡He comido pan de amores!…
Y no hay deleites humanos
ni más grandes ni más sanos
que estos que son mi ideal:
pan de trigo candeal
comido en paz y entre hermanos.
Entre hermanos, sí, señores,
que aunque vos, señor rector,
de quien son estos honores,
tengáis muy lejos amores
que hermanos son de este amor,
yo tengo a otro amor sujeto
mi corazón de cristiano,
un corazón que, discreto,
os llama sabio en secreto
y en público os llama, hermano.
¡Adiós! ¡Hasta la primera!
Gente que estudia o que ara,
debe ser poco fiestera.
Yo me voy a mi senara,
que estamos en sementera.
Campos Vírgenes
En tierras de Extremadura,
donde una raza se cría,
toda vigor y frescura,
nacieron Pedro y María,
la fuerza y la donosura.
Tuvieron amores rudos,
de los hondos, de los mudos,
de los ingenuos amores,
de los amores desnudos
que prometen más que flores…
Ella, bella y montesina,
y él, montesino y fogoso,
eran el roble y la encina,
la clara luna marcina
y el sol de julio ardoroso.
Antes de la sementera,
cuando vecina ya era
la ansiada fecha dichosa
de aquella unión fructuosa
que ya la pareja espera,
estaba el ardiente mozo
descuajando inculto trozo
de rica tierra bravía,
pensó en el trigo con gozo,
pensó con fuego en María…
¡Y ved qué sabrosa cosa
de pronto los dos gozaron!
Por la senda polvorosa
pasó la muchacha hermosa,
y así a voces platicaron:
—¡Adios, Pedro!
—¡Adios, María!
—Tierra bien jolgá y de sierra…
¡Lo que le jechis te cría!…
—Y asín debi sel la tierra,
y así la genti…, agraecía…
¡Oh, quién la dicha me diera
de ver tras la venidera
ansiada unión venturosa
el hogar y la panera
de la pareja briosa!
Canción
No piense nunca el lloroso
que este cantar dolorido
es un capricho tejido
por la musa de un dichoso.
No piense que es armonioso
juego de un estro liviano;
piense que yo no profano,
ni con mentiras sonoras,
las penas desgarradoras
del corazón de un hermano.
Una canción de dolores
me piden mis padeceres,
tal como ayer mis quereres
pidieron cantos de amores;
que así como son mayores
si se cantan los contentos,
así los tristes acentos
de las trovas doloridas,
si no curan las heridas,
amansan los sufrimientos.
Mis penas son tan vulgares
como esas espinas duras
que erizan las espesuras
de todos los espinares.
Más hondas son que los mares
Más hondas y más sombrías
que un horizonte sin días,
pues no hay abismo tan hondo
como el abismo sin fondo
de unas entrañas vacías.
Dios me las hizo de fuego…
¿Por qué no les dio dureza
si quiso su fortaleza
probar golpe a golpe luego?
¿Por qué enriqueció con riego
de sementera de amores
huerto que sabe dar flores,
si luego le manda días
de matadoras sequías
y vientos asoladores?
¡Ay! Al llegar a las puertas
de la tarde de mi vida,
voz de los cielos venida
me ha dicho: «¡Ya están abiertas!
¡Entra y sigue, y no conviertas
la mente a tiempos mejores,
que en vez de aquellos amores
de santidades pristinas
verás las desiertas ruinas
del solar de tus mayores!»
«¡Mejor es cegar, Dios mío!
¡Mejor es ir paso a paso
cayendo hacia el propio ocaso
solo, con pena y con frío!
¡Mejor es ir al vacío
que a ruinas y sepulturas!
¡Mejores son las negruras
de la noche más sombría,
que las negruras del día,
que son dos veces oscuras!»
Así, loco de dolor,
dije con vil vocecilla…
¡Esto que tengo de arcilla
fue quien lo dijo, Señor!
Pero esto que es resplandor
de Ti, venido hasta mí,
cuando tu rayo sentí
bien sabes Tú que te dijo:
«¡Señor! ¡La frente del hijo
tienes rendida ante Ti!»
Con solo llorar mi suerte,
con solo dejar abierta
de tal herida la puerta,
muriera de triste muerte.
Mas, hijo yo del Dios fuerte,
me he resignado a vivir,
y voy dejándome ir
sobre el polvo de la senda
caminando a media rienda
por el campo del sentir.
Porque si rindo la frente
sobre las manos crispadas,
si hacia las ruinas sagradas
dejo que vaya la mente,
si de mi llanto el torrente
dejo que anegue mi vida,
si abriese más esta herida
que en lumbre de fiebre arde,
viviera como un cobarde,
muriera como un suicida.
¡Quiero vivir! Las dulzuras
de los gozados placeres,
con hieles de padeceres
se toman del todo puras.
Visión de mis desventuras:
¡Yo no te cierro mis ojos!
Camino de los abrojos:
¡yo no me cubro las plantas!
Cruz que mis hombros quebrantas:
¡yo te acepto sin enojos!
¡Quiero vivir! Dios es vida.
¿No veis que en vida convierte
la ancianidad que en la muerte
cayó con dulce caída?
¿No soy yo vida nacida
de vidas que a mí se dieran?
Pues vidas que en mí se unieran,
si vivo, no han de morir,
¡por eso quiero vivir,
porque mis muertos no mueran!
¡Y no morirán conmigo,
que el huerto de mis amores
está rebosando flores
que pinta Dios y yo abrigo!
¡Y atrás el cierzo enemigo
de esas mis vivas canciones,
pues son santos eslabones
de una cadena florida
para corona tejida
del Dios de las creaciones.
¡Quiero vivir! A Dios voy
y a Dios no se va muriendo,
se va al Oriente subiendo
por la breve noche de hoy.
De luz y de sombras soy
y quiero darme a las dos.
¡Quiero dejar de mí en pos
robusta y santa semilla
de esto que tengo de arcilla,
de esto que tengo de Dios!
Cara Al Cielo
¡Qué nochi tan rica!
¡Qué luna tan guapa!
Cuantis llega esti tiempo, compadri,
no me jago a dormil en mi casa.
Me agino en el patio,
me asfixio en la sala,
los violeros me jacin ronchonis,
me ajogan las mantas
y p’alivio me pongo möorro
cuando da en guarreal la muchacha
y su madri en cantali al oído
sin chispa de gana.
¡Y luego un bochorno
que dan cuasi ansias!
—¡No sigas p’lanti,
que lo mesmo, lo mesmo me pasa!
—¡Te digo que hay nochis
que no pueo pegal la pestaña!
Justamenti me queo traspuesto
cuando va a clarear la mañana,
¡y asín me levanto
con los ojos que escuecin que rabian,
los güesos molíos,
la cabeza que asín se me anda
y una derrengueta
que no pueo englestalmi en la cama!
Pero n’amás que vieni el güen tiempo
me esmonto de casa.
La mujel se esconfía que ajuyo
d’ella y la muchacha
pa roncal ondi naide me espierti
y ondi hayga frescanza;
pero yo, pa si cuela, le igo:
«¡Quedrás que en la cuadra
se empocheza la pobri la burra
u quedrás que se acabi de flaca!
Bien de mal se me jaci de nochi
jechal caminatas
y aguantal con el cuerpo el recencio
de por las mañanas;
pero a vel: si embochamos la burra
en el tiempo mejol pa que paza;
me dirá que sigún es el cuido
le jechi la carga…
¡Y así se la enreo
cuando dici que ajuyo de casa!
¡Qué noche tan rica!
¡Qué luna tan guapa!
No hay na que me sepa
como estalmi tumbao a la larga
mirando p’al cielo
y escuchando cantar la caraba,
los capachos, los bujos, los grillos
y también las ranas,
cuando cantan asín algo lejos,
que ampié de las charcas
me ponin möorro
con aquel sonsoneti que arman.
¡Mia que está una nochi…
jasta allí de clara!…
¿Quién habrá jecho aquello de arriba?
¡Mia que es cosa guapa!
¡Mentira paéci
que no se mos caiga,
porque mira que están las estrellas
en el airi n’amás!
¡Y cuidiao que son unas pocas!
¡Y cuidiao que están todas altas,
que si se cayeran
bien nos estripaban!
Y la luna también. ¡Mia que es cosa!
¡Qué bien jecha que tiene la cara!
¡Esa si que paeci imposibli
que no se mos caiga,
porque está como casi esprendía
si te queas parao a mirala!
¡Mia que es cosa esa!
¿Quién dirás que la ha jecho!
—¡Pus vaya
con unas preguntas
que jacis tan cándidas!
¿Pus quién jizu el mundo?
¡Pus Dios! No sé n’amás,
porque estoy cuasi ya trascordao
de cómo lo jizu, que bien lo galraba
cuando anduvi de chico a la escuela
aprendiendo esas cosas tan guapas.
Pero tienis al mi Gelipino
que ahora mesmo de golpi te galra
qué jizu Dios hoy,
qué jizu mañana,
qué jizu el desotro…,
y asín te lo acaba.
Yo no pueo palralo seguío,
porque ya la memoria me falla,
y además se me enrea la lengua
con tantas palabras.
—¡Lo mesmo, compadri
lo mesmo me pasa!
Se me jaci un ñúo
que no pueo siquiá meneala
cuantis güeli que vienin en ringla
dos palabras u tres de las malas.
Pero mira, también yo me acuerdo
de que altoncis asín lo enseñaban,
y siempre se ha oído
de que Dios jizu el mundo…
—Y mos basta
sabel quién lo jizu;
eso sé yo n’amás.
—¡Es que no falta genti de estudio
que se poni a lleval la contraria!
Mos estaba jerrando las bestias
hogaño en la plaza
don Silvestre, el albéital, pa dilnus
a la Virgen del Valle, a pujala.
¡Juy, Dios, si lo oyis!
¡Juy, cómo galraba!
Daba gusto oílo,
pero daba tamién repunanza,
porque jizu tamién de la Virgen
asín como guasa.
Yo no pueo explicalti el sentío
de tantas palabras
pero vinon a dal a que el mundo
no lo ha jecho el de arriba y que n’amás
que él solu se ha jecho,
pero asín, sin que nadie lo jaga.
¡Mia que es cosa esa
también algo parda!
Entavia le dijo
tío Prudencio con alguna guasa:
«¡Jaga usted las bolas
más chiquinas, que asín no mos pasan!»
¡Juy, cómo se pusu!
Mos llamó genti bruta de rabia,
y mos dijo: «¡El que puea, que aprenda,
que yo tengo pa mí que me basta!»
—¡Pus más le valía,
ya que tanto jabla,
aprendel a curalmos las bestias,
polque a mí me queó sin pollanca,
y a Ginio sin burro
y a ti sin guarrapa!…
—¡No la mientes, porque un gabarruño
se me jacin las tripas de rabia!
Di que no jue acuerdo,
cuando tanto galraba en la plaza,
pero ya verás tú si le igo
cuantis yo me lo jechi a la cara:
¡No se jabla tan mal del de arriba
pa jechalsi usté mesmo alabancias,
que la genti tamién comprendemos
lo que ca uno jaga,
lo que ca uno envente,
lo que ca uno valga.
Y si no, ya ve usté, yo le pongo
esta comparanza:
¡El de arriba mos da los ganaos
y usté mos los mata!»
Castellana
I
¿Por qué estás triste, mujer?
¿Pues no te sé yo querer
con un amor singular
de aquellos que hacen llorar
de doloroso placer?
Crees que mi amor es menor
porque tan hondo se encierra,
y es que ignoras que el amor
de los hijos de esta tierra
no sabe ser hablador.
¿No está tu gozo cumplido
viendo desde esta colina
un pueblo a tus pies tendido,
un sol que ante ti declina
y un hombre a tu amor rendido?
¿Te place la patria mía?
No en sus hondas soledades
busques con vana porfía
la estrepitosa alegría
de las doradas ciudades.
El campo que está a tus pies
siempre es tan mudo, tan serio,
tan grave, como hoy lo ves.
No es mi patria un cementerio,
pero un templo sí lo es,
Busca en ella soledades,
serenas melancolías,
profundas tranquilidades,
perennes monotonías
y castizas realidades.
Si tú gozarlas supieras,
ahora mismo depusieras
tu adusto ceño sombrío.
¿Qué de mi patria quisieras
para alegrarte, bien mío?
¿Quieres que vaya a buscar
cuarzos blancos al repecho,
colorines al linar,
nidos de alondra al barbecho
y endrinas al espinar?
Para que tú te regales,
no dejaré una con vida
veloz liebre en los eriales,
ni esquiva perdiz hundida
del cerro en los matorrales,
ni conejillo bravío
dormido bajo el carrasco,
ni mirlo a orillas del río,
ni sisón en el peñasco,
ni alondras en el baldío.
¿Quieres que hiera en su vuelo
a ese milano que el cielo
raya con círculos anchos,
y de sus garras los ganchos
venga a clavar en el suelo,
y, atrás la cabeza echada,
las plumas te enseñe y rice
de la pechuga alterada,
y ante tus pies agonice
con la pupila espantada?
Si buscas flores sencillas,
hay en el valle violetas,
y gamarzas amarillas,
y estrelladas tijeretas,
y olorosas campanillas.
Si quieres, rosa temprana,
ver los sudores y afanes
que cuesta el pan de mañana,
ven y verás mis gañanes
trajinando en la besana.
O vamos a mis sembrados
y allí verás emulados
de tus labios los carmines,
que parecen amasados
con pétalos de alvergines.
Verás mecerse, aireadas,
del mar de la mies las olas,
aquí y allá salpicadas
de encendidas amapolas
y de jaritas moradas.
Y mientras gozas del vago
rumor de aquel ancho lago
de móviles verdes tules,
yo una corona te hago
de clavelillos azules;
y con ella, nueva Ceres,
reina serás, si tú quieres,
de mis campos y labores,
que reina de mis amores
ya hace tiempo que lo eres.
¿Sientes ganas de llorar?
También las sé yo sufrir
cuando me pongo a pensar
que Dios te puede llevar
y hacerme sin ti vivir.
Mas… ¡vamos al prado un rato,
que en él hay sombra de encinas,
murmullos de viento grato
y agua fresca de regato
rebosante de pamplinas!
¿Quieres que de esa ladera
te baje un haz de tomillo,
o que salte a esa pradera
y te traiga un manojillo
de oliente hierba triguera?
¿Lloras? Pues si es de ternura,
deja ese llanto correr,
que es un riego de dulzura,
hijo de la fresca hondura
del manantial del placer.
Mas si lloras desconsuelos
y torturas de los celos,
¡vive Dios, que lloras mal!
Testigos me son los cielos
de que mi amor es leal.
Y si piensas que es menor
porque tan hondo se encierra,
recuerda que el hondo amor
de los hijos de esta tierra
no sabe ser hablador.
Alégrate, pues, mujer,
porque te sé yo querer
con querer tan singular,
que a veces me hace llorar
de doloroso placer…
Soledad
I
Ciego que ayer no lo fuera
sufre más negra ceguera
que el que en la sombra ha nacido.
Triste que ayer no lo era
dos veces hondo ha caído.
Yo un día —¡lejano día!—
gocé de la compañía
de mis placeres mejores;
yo bebí de la ambrosía
del amor de mis amores;
yo gusté la miel sabrosa
de un vivir feliz, sereno,
lleno de fe sustanciosa…
puro vivir, todo lleno
de grandeza religiosa…
Pan el trabajo me daba,
la paz me lo equilibraba,
la fe me lo dirigía,
el amor me lo alegraba
y Dios me lo bendecía…
¡Santo vivir cuya historia
como una reliquia encierra
la llave de mi memoria!
¡Era lo que hay en la tierra
más parecido a la gloria!
Y otro día —¡turbio día!—,
la misma mano que el cielo
de mis venturas teñía
con luz de rosa que un velo
de eterna aurora fingía,
trajo nubes por Oriente,
vibró el relámpago ardiente
con cárdenos resplandores…
¡y el rayo cayó en la frente
del amor de mis amores!
Y he sentido en torno mío
las tinieblas del vacío
con sus hondas ansiedades,
y he sentido todo el frío
de las grandes soledades…
Y he gritado en la arenosa
solitaria inmensidad
con ronca voz clamorosa:
¡No hay soledad dolorosa
como esta mi soledad!
II
Una noche, una doliente
noche de angustia empapada,
noche de místico ambiente,
que tenía el peso ingente
de la culpa consumada…,
una noche religiosa,
fúnebremente sentida,
místicamente radiosa,
hondamente entristecida
y ardientemente amorosa…,
muchedumbre de creyentes
doloridos, reverentes,
apiñados, silenciosos,
bajas las pálidas frentes,
turbios los ojos llorosos,
llevaban, triste, adelante
del cortejo entristecido,
la imagen interesante
de la Madre más amante
del hijo más dolorido.
La miré con alma llena
de luz y calor de fe;
la vi sola, la vi buena,
y al abismo de su pena
con el alma me asomé.
¡Gran Dios! Tan honda y oscura
la sima de la amargura
mi sentimiento entrevió,
que el vértigo de la hondura
mi mente desvaneció.
Y así me dijo el sentido:
—Ésa no es extraña humana
que humano amor ha perdido:
¡es la Virgen soberana
que Madre de un Dios ha sido!
Lo dio por la pecadora
loca y ciega Humanidad…
El Mártir ha muerto ahora…
¡la Madre de Cristo llora,
sin Cristo, su soledad!
Si siempre ha sido el amor
la medida del dolor,
di, pecador, ¿dónde has visto
duelo de madre mayor
que el de la Madre de Cristo?
III
¡Madre mía, débil fui!
Por no ver el hondo abismo
de tu dolor ante mí,
miré dentro de mí mismo,
y ante otro abismo me vi.
El abismo hondo y oscuro
del pecado más odioso
de este corazón impuro,
que es ingrato y veleidoso,
loco y ciego, torpe y duro.
¡Dulce estrella matutina!
¡Virgen de la Soledad!
¡Yo también puse una espina
sobre la frente divina
del Sol de la Humanidad!
Si Madre de Dios no fueras,
¿cómo el crimen perdonaras,
ni en mis lágrimas creyeras,
ni al Hijo por mí rogaras?
¡Madre mía, madre mía!
Llorando yo soledades
que eran como una agonía,
dije que nadie sufría
tan horrendas ansiedades.
Y hoy, que, al ver tu duelo santo,
vislumbré, anegado en llanto,
un punto de tu grandeza,
me han causado igual espanto
tu dolor y mi flaqueza.
¡Dolorida gran Señora!,
tu soledad, ¡ay!, ha sido
la segunda redentora
de este corazón herido
que en tu soledad te adora.
Ciegos
I
No le dieron el cetro la intriga,
ni la torpe ambición, ni el engaño,
ni la sangre que vierten los hombres
que se roban el oro y el mando.
Dios los puso de todos los tronos
en el trono más puro y más alto,
y subió como siervo que sube
con al cruz del deber al Calvario.
¡Y subió con el santo derecho
del Príncipe santo,
sin las náuseas del odio en el alma,
sin la mueca del triunfo en los labios,
sin mancha en la frente,
sin sangre en las manos!…
Era el trono, entre Dios y los hombres,
dulcísimo lazo,
pararrayos divino del mundo,
concordia entre hermanos,
faro en las tinieblas,
orden en el caos.
Y el Ungido miraba a sus hijos,
y lloraba de amor al mirarlos…,
¡tan débiles todos!…,
¡todos tan amados!…
Y tornaba los ojos al cielo,
y alzaba los brazos,
y del cielo a raudales caían,
al subir la oración de sus labios,
luces en su mente,
bienes en sus manos…
y en la grada más alta del trono,
mirando hacia abajo,
temblando de amores,
de amores llorando…,
soberano, radiante, divino,
sublime, inspirado,
como blanca visión de los cielos,
como Padre de amores avaro,
que a sus hijos quisiera traerles
la gloria en pedazos…,
dulce, generoso,
solemne, magnánimo,
derramaba la luz de su mente
y el bien de sus manos,
inundando de efluvios de cielo,
del mundo los ámbitos.
II
¡Se resiste la mente a creerlo!
¡Se resiste la lira a cantarlo!
La legión de los hombres impíos,
la legión de los hijos ingratos,
ante el trono del Príncipe justo,
del Príncipe sabio,
ante el trono del Padre amoroso,
del Padre injuriado,
congregados por vientos de abismos,
rugieron, gritaron…
¡Lo mismo que aquellos
que escuchaba el cobarde Pilatos!
Y rodó la corona del justo,
y a la cárcel al justo llevaron,
¡y vive en la cárcel, por ellos gimiendo,
por todos orando!
¡Se resiste a creerlo la mente!
¡Se resiste la lira a cantarlo!
Y una sola cuerda,
que responde al pulsarla mi mano,
solo quiere cantar esta estrofa,
que repite con ecos airados:
«¡Ay de los impíos!
¡Ay de los ingratos
que coronan de agudas espinas
las sienes de un santo,
la frente de un Padre,
la cabeza de un débil anciano!…»
Las Sementeras
I
Con el relente que le da tempero,
la madrugada roció la tierra.
Se siente frío en la besana húmeda;
el terruño está solo. Ya alborea.
Lo dice levantándose del surco
la alondra mañanera
que desgrana en el aire el de sus trinos
hilo copioso de sonantes perlas.
Ya sale el sol de las mañanas tibias,
ya sale el sol de las mañanas buenas,
sol de salud, incubador de gérmenes,
sol de la sementera.
No tiene más testigos y cantores
que yo y la alondra en la besana escueta,
ni más espejos que el regato limpio
y el rocío en las puntas de la hierba.
Viene triunfante, coronado de oro;
radiante viene levantando nieblas
y evaporando el matinal relente
que parece el aliento de la tierra.
Ya llegan mis gañanes con las yuntas
canturreando la canción primera
que les arranca el equilibrio plácido
del bien venir de la mañana buena.
Rayando los timones el camino,
y en alto la mancera,
vienen los bueyes con la cruz que forman
el yugo y el arado en la cabeza.
Ya escucho golpes secos
de mazos y de azuelas,
silbidos cariñosos,
nombres de bueyes que en besana entran
y uno que suena compasado ruido
como de riego de menudas perlas
al desplegarse el abanico de oro
de la simiente que los mozos riegan.
Estoy en el repecho
presidiendo mi hermosa sementera.
Todo lo escucho con avaro oído:
el blando hundirse de las anchas rejas;
el süave rodar hacia los lados
de la mullida tierra;
el alentar pujante de los bueyes,
de cuyos bezos charolados cuelgan
tenues hilos de baba trasparente
que el manso andar no quiebra;
aquel pausado y firme
posar de sus pezuñas gigantescas;
el crujir dormilón de las coyundas
que el yugo pulimentan;
un aliento de brisa tan süave
que apenas se menea,
un hondo y general rumor de vida
y un ruido sordo de pujante brega.
Y tal como si el alma del terruño
viniese toda condensada en ella,
la tonada de arar surge solemne
la tonada de arar al alma llega
cantando cosas dulces,
diciendo cosas buenas.
Sus mansas recaídas
parecen que remedan
la suavidad de las laderas dulces
de la ondulada castellana tierra
o el tranquilo vaivén de los pensares
que el mar ondulan de las almas serias.
Y a mí también me hablan
sus lánguidas cadencias
del bien gozar los apacibles goces,
del bien llorar las bendecidas penas,
del buen amor de la mujer fecunda,
del bien sentir la paternal querencia
y de un vivir sereno,
fuerte y seguro, como aquel que llevan,
paso de hierro sobre tierra blanda,
los mansos bueyes de gigantes fuerzas.
II
Cruzan el cielo nubecillas tenues
que parecen blanquísimas guedejas
cortadas del vellón inmaculado
que dieron en abril las corderuelas.
El sol baña el terruño,
se ve crecer la hierba
y huele a tierra húmeda
cargada de promesas.
¡Qué dulce es presidir desde el repecho
la propia sementera
si el cielo es transparente, fresco el aire,
húmeda y fértil la esponjada tierra,
el sol templado, la simiente sana,
robustas las parejas,
alegres los gañanes,
la tonada de arar, sentida y lenta,
sabroso el pan de casa
y el agua del regato limpia y fresca!
La mente embebecida
se carga entonces de memorias bellas;
del lado del hogar me vienen todas,
que el hogar es el cielo de la tierra,
la paz de mi vivir me las regala
y en paz el corazón las paladea.
¡Aquella del hogar sí que es hermosa!
¡Aquella sí que es santa sementera!
También yo la presido,
también Dios la bendice y la gobierna.
Dios encendió en el cielo de la vida
el sol de los amores para ella,
para que al fuego santo
las almas y las sangres se fundieran.
Dios le da noches de fecundas horas
y luengos días de apacibles treguas…,
¡horas sin luz que velen sus misterios
y horas de sol que sus entrañas templan!
Y Dios, Padre del mundo,
le da también cosecha
de frutos vivos que el vivir anudan,
de frutos bellos que el vivir alegran…
¡Señor, que das la vida!
Dame salud y amor, y sol y tierra,
y yo te pagaré con campos ricos
en ambas sementeras.
Confidencias
Un secreto vida mía;
pero quiero que no llores
si te digo que la adoro con el alma,
si te digo que del todo no soy tuyo,
si te digo que me ama
una sombra peregrina de mujer irrealizable
que mi espíritu ha creado porque nunca pudo hallarla
en la vasta muchedumbre de adorables criaturas
por los ámbitos del mundo derramadas.
Tú no sabes
que en mis días de mortales desalientos pavorosos
y en las horas tan vacías de mis noches solitarias,
cuando el mundo me abandona,
cuando duermen los que aman,
cuando sólo tengo enfrente los asaltos del hastío,
cuando el alma,
cuando el alma combate afligida
con el ansia de todas las ansias,
con el peso de todas las dudas,
con las sales de todas las lágrimas,
con el fuego de todas las fiebres,
con el hipo de todas las náuseas,
la impalpable vaga sombra femenina misteriosa
como nuncio de consuelos que los cielos me enviaran,
viene a verme con las alas extendidas,
viene a verme cual paloma enamorada,
y disipa en mi cerebro la pesada calentura
con el roce de las puntas de sus alas…,
¡con el roce de las puntas
de sus alas nacaradas!
¡Oh qué sueños!
Yo soñaba
que esa sombra nebulosa de mujer irrealizable
que mi espíritu refresca con el toque de sus alas;
¡de unas alas como aquellas que perdimos
las criaturas humanas!,
en un cuerpo como el tuyo, con hechuras milagrosas
encarnara.
¡Sueños locos!
Dios no quiere que en la vida cristalicen
esas sombras de los mundos de la nada:
Dios no quiere que la aroma de la idea,
condensada por anhelos de quien ama,
caiga dentro de ese vaso peregrino
de viviente forma humana.
Dios no quiere,
Dios no quiere que yo sea todo tuyo,
porque quiso que te viera y que te amara,
y no quiso darte algo
que necesita mi alma
para que entera en la tuya
pudiera yo derramarla
Pero yo te quiero mucho,
de otro modo que a esa aérea femenina sombra vaga
que disipa en mi cerebro las ardientes calenturas
con el toque misterioso de sus alas.
Para ti son los impulsos
más robustos de mi cuerpo y de mi alma,
las miradas de mis ojos,
que en los tuyos derretidas se derraman,
las caricias de mis manos que te buscan
y el aliento de mi boca que te abrasa,
y en los besos de mis labios,
y el ardiente palpitar de mis entrañas.
Para ti mi compañía
por la senda de la vida solitaria,
el apoyo y la defensa de mi brazo vigoroso,
los alientos de mi pecho, recipiente de tus lágrimas,
y el cariño serio y hondo del esposo enamorado
que en sus hijos te idolatra…,
¡en sus hijos cuyas vidas son estrofas del poema
que el esposo enamorado, rendidísimo, te canta!
Para ella…
los delirios de la mente soñadora,
los sentires melancólicos del alma,
los pensares exquisitos y sutiles,
las poéticas nostalgias…,
los estériles poemas de la lira,
¡de la pobre lira bárbara!,
los hastíos taciturnos
y las hambres de ideales que me arañan
¡unas hambres de ideales
que me arañan en el alma!
Sí; las flores y los frutos y las savias de mi vida
para ti, que eres humana:
los aromas, para ella,
que es fantástica figura de los mundos de la nada.
¡Oh mujer, el Hombre es tuyo!
¡Tuyo el Poeta, oh fantasma!
La Pedrada
I
Cuando pasa el Nazareno
de la túnica morada,
con la frente ensangrentada,
la mirada del Dios bueno
y la soga al cuello echada,
el pecado me tortura,
las entrañas se me anegan
en torrentes de amargura,
y las lágrimas me ciegan
y me hiere la ternura…
Yo he nacido en esos llanos
de la estepa castellana,
cuando había unos cristianos
que vivían como hermanos
en república cristiana.
Me enseñaron a rezar,
enseñáronme a sentir
y me enseñaron a amar,
y como amar es sufrir
también aprendí a llorar.
Cuando esta fecha caía
sobre los pobres lugares,
la vida se entristecía,
cerrábanse los hogares
y el pobre templo se abría.
Y detrás del Nazareno
de la frente coronada,
por aquel de espigas lleno
campo dulce, campo ameno,
de la aldea sosegada,
los clamores escuchando
de dolientes Misereres,
iban los hombres rezando,
sollozando las mujeres
y los niños observando…
¡Oh, qué dulce, qué sereno
caminaba el Nazareno
por el campo solitario,
de verdura menos lleno
que de abrojos el Calvario!
¡Cuán suave, cuán paciente
caminaba y cuán doliente
con la cruz al hombro echada,
el dolor sobre la frente
y el amor en la mirada!
Y los hombres, abstraídos,
en hileras extendidos,
iban todos encapados,
con hachones encendidos
y semblantes apagados.
Y enlutadas, apiñadas,
doloridas, angustiadas,
enjugando en las mantillas
las pupilas empañadas
y las húmedas mejillas,
viejecitas y doncellas
de la imagen por las huellas
santo llanto iban vertiendo…
¡Como aquellas, como aquellas
que a Jesús iban siguiendo!
Y los niños, admirados,
silenciosos, apenados,
presintiendo vagamente
dramas hondos no alcanzados
por el vuelo de la mente,
caminábamos sombríos,
junto al dulce Nazareno,
maldiciendo a los judíos,
¡que eran Judas y unos tíos
que mataron al Dios bueno!
II
¡Cuántas veces he llorado
recordando la grandeza
de aquel hecho inusitado
que una sublime nobleza
inspirole a un pecho honrado!
La procesión se movía
con honda calma doliente.
¡Qué triste el sol se ponía!
¡Cómo lloraba la gente!
¡Cómo Jesús se afligía!…
¡Qué voces tan plañideras
el Miserere cantaban!
¡Qué luces, que no alumbraban,
tras las verdes vidrïeras
de los faroles brillaban!
Y aquel sayón inhumano
que al dulce Jesús seguía
con el látigo en la mano,
¡qué feroz cara tenía,
qué corazón tan villano!
¡La escena a un tigre ablandara!
Iba a caer el cordero,
y aquel negro monstruo fiero
iba a cruzarle la cara
con el látigo de acero…
Mas un travieso aldeano,
una precoz criatura
de corazón noble y sano
y alma tan grande y tan pura
como el cielo castellano,
rapazuelo generoso
que al mirarla, silencioso,
sintió la trágica escena,
que le dejó el alma llena
de hondo rencor doloroso,
se sublimó de repente,
se separó de la gente,
cogió un guijarro redondo,
miróle al sayón de frente
con ojos de odio muy hondo,
parose ante la escultura,
apretó la dentadura,
aseguróse en los pies,
midió con tino la altura,
tendió el brazo de través,
zumbó el proyectil terrible,
sonó un golpe indefinible,
y del infame sayón
cayó botando la horrible
cabezota de cartón.
Los fieles, alborotados
por el terrible suceso,
cercaron al niño, airados,
preguntándole admirados:
—¿Por qué, por qué has hecho eso?…
Y él contestaba, agresivo,
con voz de aquellas que llegan
de un alma justa a lo vivo:
—¡Porque sí, porque le pegan
sin hacer ningún motivo!
III
Hoy, que con los hombres voy,
viendo a Jesús padecer,
interrogándome estoy:
¿Somos los hombres de hoy
aquellos niños de ayer?
La Fabla Del Lugar
(Improvisación)
Cuando yo güelva al pueblo y me diga
mi compadri Cerilo, el de Cleta:
—Pero escucha: ¿pues andi has estao
pa que asina vengas,
fechendosu como un pavo güero
que de puru fanfarria se encrespa?
Pus hombri, paeci
como si te hubieran
jechu juez de estrución de repenti
pa jacel fachenda.
—Pus de Cáceres vengo, compadri
¿Te jaci algu e mella
el pensal si yo tengu o no tengu
genti de la güena
pa si me ofreci
metel enfluencias?
Pues si estás rescocío por eso
dati con manteca,
porque naide te tieni la culpa
de que un naide seas,
que no sabis n’amás
que ajuntar una miaja las letras,
tratal con el burro,
dirte a la taberna
u charlal a bandujo de cosas
que no tienin cuenta.
—Homnbre, no te igo
que ande bien de letra,
porque es cosa que no me ha tirao
ni siquiá cuando anduvi a la escuela,
pero mira, tamién arrempujo
si se ofreci metel enfluencias,
porque el nuestro señol deputao
cuando vino a los votos, ¿te acuerdas?,
se jué de jocicus
a mi casa mesma,
y al marcharse me dijo: «Cerilo,
pide lo que quieras,
porque ya te he dicho
que a ti te se aprecia.»
—Calla, no me jablis
de las cosas esas,
que n’amás de oílas
no me jaci coción la merienda;
lo que tu deputao quería
era que metieras
dentro de la urnia
la su papeleta.
¡Vaya unos quereris
eus que me mientas!
Los quereris de adentro, compadri
son de otra manera…
y me obliga a decírtelo n’amás
que pa que lo sepas.
Cuando yo a la ciudá jui ahora
n’amás que quisiera
que hubieras golío
los convitis que me han jechu en ella,
n’más porque dicin
que sé algo de letra.
Unos señoronis
que jablaban más finus que perlas
se ajuntaron, asín que me vieron,
jablaron con priesa
y le andaban diciendo a los otros
en la calle mesma:
«¡Señoris, señoris,
a vel qué se piensa,
que ha venío p’acá de las Jurdis
un muchacho que sabi de letras,
que jaci aleluyas,
que jaci comedias,
que jaci unas coplas
jasta allí de güenas!»
«¡Pus a convialo!
Y que el hombri se jaga la cuenta
de que aquí solamente hay convitis
pa quien los merezca.»
¡Compadri, compadri!
N’amás que quisiera
que por un bujerinu bien chico
golíu lo hubieras.
¡Juy, Dios, qué salota!
¡Juy, chico, qué mesas!
¡Juy, Dios, qué comías!
¡Juy, qué güenas bebías aquellas!
¡Juy, qué cigarronis!
Los llamaban brevas
como aquí nombran tos a los jigos
más temprano que dan las jigueras.
¡Qué ricus, compadri!
¡Aquello es canela,
y no los pitillos
de las pitilleras,
que paeci que sabin a istierco
y a jiel de la tierra!
¡Y vengan cafesis,
y vengan botellas
que estrumpían lo mesmo que tirus
y jacía el licol al verterlas
un espumarajo
que cocía de puru la juerza!
Y luego, compadri,
¡qué lenguas aquellas
pa brindal y ponel pol las nubes
las cosas de letra!
Ya no pueo explical lo que dijon,
pero dijon tamién cosas güenas
de las coplas que jice hogañazo
pa imprentarlas en libro, ¿te acuerdas?
¡Compadri, qué gentis
tan finas aquellas,
qué gentis tan listas,
y tamién qué güenas!
Los quereris de aquellos señoris
son quereris de adentru, ¿te enteras?
Porque na te piden
ni na de ti esperan,
y n’amás te quierin
porque dicin que sabis de letra,
y como ellus son listos, les gusta
que la genti sea lista y espierta,
porque mira, pa brutos ya bastan
entri güeyis, guarrapos y bestias.
—¿Y tú qué decías
cuando vías aquellas finezas
que han jecho contigo
pol sabel de letra?
—Pus compadri, pal caso, ni chispa,
polque yo pa decil cosas güenas
paeci que me jacen
un ñúo en la lengua.
Pero mira, compadri, te digo
que si yo te viera
dil el río abaju
con la genti aquella
y a ti o a ellos n’amás
sacalsus pudiera,
te ajogas, compadri,
como rata vieja,
aunque mil gorgoritos jicieses
pa querel conserval la pelleja…
¡aunque en crus me pidiese socorro
la comadri Cleta!
¡Ya ves tú si vendré agraecío
de la gente aquella!
N’amás una espina
me escarabajea
pa en dentru, pa en dentru
de las entretelas:
no poeli habel dicho a la genti
con palabras bien finas y güenas:
«¡Señoronis, que yo no merezco
toas esas querencias!
¡Que Dios vos lo pagui
y que yo de verdá lo agraeza!»
La Canción Del Terruño
De los cuerpos y las almas de mis hijos
yo soy cuna, yo soy tumba, yo soy patria;
yo soy tierra donde afincan sus amores,
yo soy tierra donde afincan sus nostalgias,
yo soy álveo que recoge los regueros
de sudores que fecundan mis entrañas,
yo soy fuente de sus gozos
yo soy vaso de sus lágrimas…
Yo el calvario de sus bárbaras caídas,
yo el oriente de sus tenues esperanzas,
yo la carga de sus días mal vividos
y el insomnio de sus noches abreviadas,
yo el tesoro de sabroso pan moreno
que las manos honradísimas amasan
de los hijos bien nacidos
y la esposa bien amada.
Yo quisiera que los gérmenes fecundos
que sotierran en mis áridas entrañas,
vigorosos y prolíferos se hinchasen,
y pletóricos de vida reventaran,
y paridos de mis senos a la vida,
por mi haz se derramasen en cascadas
que espumaran en agosto
oro rubio sobre plata…
Pero yo soy un decrépito ya estéril,
sin las vírgenes frescuras de las savias,
que mis bellas primaveras de otros días
encendieron y cuajaron en sustancias,
¡en sustancias de la vida que rebosan
porque hierven, porque sobran, porque matan
si cuajando en otras vidas
sus esencias no derraman!
De la vida que me dio Naturaleza
me sorbieron esas vírgenes sustancias,
que en la mano pedigüeña de mis hijos
yo vertía en creaciones espontáneas.
El tesoro de mis senos ya está pobre,
seco el álveo que la linfa refrescaba…
¡No pidáis pan al hambriento
ni al sediento pidáis agua!
Ya están hondos, ya están hondos los filones
del tesoro que mi seno os regalaba;
con la punta de esas rejas no se topan,
con gemidos y sudores no se ablandan…
Ya mis senos no son cuna de semillas
que en fecundo limo virgen germinaran:
¡Son sepulcros de simientes
en el polvo sepultadas!
Y es preciso que renazcan, que rebullan,
que revivan en mi hondura nuevas savias,
que me enciendan fructuosas concepciones,
que me alegren florescencias soberanas,
que me engrían madureces olorosas
de cosechas opulentas bien gozadas…
¡Hizo Dios así a Natura:
grande y fértil, bella y sana!
Pero quiero que los hijos del trabajo
no derritan de su carne las sustancias
en la vieja brega estéril que me oprime,
en la ruda brega torpe que los mata…
No con riegos de sudores solamente
se conquistan y enriquecen mis entrañas.
¡Hace falta luz fecunda!
¡Sol de ideas hace falta!
Lo Inagotable
De rodillas delante de la fosa
donde se pudre el mocetón garrido,
la pobre vieja sin moverse pasa
la tarde del domingo.
Una tarde otoñal, helada y muda,
de cielo muy azul, campiña yerta,
y un sol amarillento que se muere
de frío y de tristeza.
Una vela amarilla que no alumbra,
se quema, como el alma de la anciana,
cuyos ojos decrépitos no lloran
porque no tienen lágrimas.
Todas se las tragó la avara tierra
de la tumba del hijo malogrado,
a cuyos pies la hierba está escaldada
con las sales del llanto.
Vagaba por los ámbitos vacíos
del humilde y herboso cementerio,
el aroma de muerte que despide
la tierra de los muertos.
Volaban sobre el templo los cernícalos
y rasaban el viejo campanario
los bandos de veloces aviones
que pasaban chillando.
Y de la plaza del lugar venían
sones de tamboril y castañuelas,
notas de gaita que al hablar de amores
infundían tristeza.
¡Cómo bailaba la muchacha alegre
para quien fue belleza vigorosa
lo que era ya bajo viscosa hierba
montón de carne rota!
Montón de carne rota que una madre
tuvo un día pegado a sus entrañas,
y espejado en las niñas de sus ojos
y en el centro del alma.
Y ya está allí, deshecho en las tinieblas,
el fuerte hastial de la feliz casita,
el que ganaba el mendruguito blando
que la anciana comía.
Una alondra del páramo vecino
se posó en la pared del campo santo
para beber el rayo agonizante
del frío sol dorado,
y cantó una canción opaca y fría
que ni siquiera le agitó el pechuelo
que cien mañanas pareció romperse
modulando gorjeos.
¡Sorda elegía que inspiró Natura
junto a la tumba donde el mozo estaba,
que tantas veces, cual la alondra aquella,
le cantó la alborada!
Se hundieron en sus grietas los cernícalos,
y en los huecos del viejo campanario,
poco a poco los raudos aviones
se metieron chillando.
Cayó el silencio sobre el pueblo humilde,
murió la tarde y se marchó la alondra,
y la vida le dijo a la ancianita
que estaba ya muy sola.
¡Era preciso abandonar al hijo!
Besó la tumba y apagó la vela,
que derramó sobre la hierba húmeda
dos lágrimas de cera.
¡Y dieron todavía otras dos lágrimas
aquellos ojos que estrujó el dolor!
Ni ignoradas ni estériles las dieron:
¡las vimos Dios y yo!
Dolor
I
Débil corazón humano
que fuiste de dichas nido
y hoy te lamentas herido
por un destino tirano:
corazón que en viejos días
viste un mundo todo amores,
una tierra toda flores
y un cielo todo alegrías;
corazón que ayer cantabas
con musicales dulzuras
la canción de las venturas
que feliz paladeabas,
y hoy en doliente clamor
dices que estás afligido,
que estás mortalmente herido
por el puñal del dolor;
corazón de fe dormida
que gritas mirando al cielo:
«¡No hay duelo como mi duelo,
ni herida como mi herida!»;
ruin corazón pecador
que miras solo a ti mismo:
¿has medido tú el abismo
del más inmenso dolor?
II
Corazón poco paciente:
¿ves la imagen dolorosa
que en procesión lacrimosa
conduce piadosa gente?
Abre el alma a los fulgores
de aquella enlutada estrella:
¿tú sabes quién es aquella?
¡La Virgen de los Dolores!
¿Sabes la divina historia
de aquella que es madre tuya?
Hízola Dios Madre suya;
¿pudo Dios darle más gloria?
¿Habrá semejante amor
al que con hondas ternuras
sintió en sus entrañas puras
la Madre del Redentor?
¿Puede tu mente alcanzar,
ni en sueños puede haber visto
lo que la Madre de Cristo
pudo a Cristo Dios amar?
Entonces, ¿cómo medir
la inmensa hondura insondable
del dolor inenarrable
de ver al Hijo morir?
Verlo vilmente azotado,
horriblemente escupido,
despiadadamente herido,
bárbaramente clavado;
verlo Mártir del Amor
de la ruin humanidad
y ver nuestra iniquidad,
¿cabe tormento mayor?
Pues esos desgarradores
duelos jamás bien contados,
sufrió por nuestros pecados
la Virgen de los Dolores.
Corazón de fe dormida
que a Dios, gritando, mostrabas
la sangre que derramabas
de tu levísima herida:
mira esos siete raudales
que de esas entrañas puras
derraman las puntas duras
de siete agudos puñales.
Sabe la santa ambrosía
que en este abismo se encierra
y adora, rodilla en tierra,
¡los dolores de María!
La Romería Del Amor
I
Declinaba la tarde lentamente.
El sol enrojecido transponía
las cumbres solitarias del Poniente
tras un radiante y bochornoso día
del sol sin nubes y de siesta ardiente.
A medida que el astro moribundo
sola dejaba la extensión del mundo,
la tierra, adormecida
de la pereza en el sopor profundo,
resucitaba espléndida a la vida;
y cual mujer hermosa
que de los sueños de enervante siesta
despierta triste, de vivir ansiosa,
y se dispone a la nocturna fiesta;
así Naturaleza despertando
del hondo sueño incubador del día
empezaba a moverse, preludiando
la inmensa rumorosa sinfonía
de una noche serena
de brisas mansas y de luna llena.
La tarde se moría,
y a medida que el fuego se apagaba
del sol fecundador, que ya se hundía,
el monte melodioso se animaba,
la vega se reía,
se cargaban los aires de rumores,
y temblaban las hojas de alegría,
y en la atmósfera azul, rica en fulgores,
la luz crepuscular se derretía…
¡Solo la de la tarde hay en el mundo
que se pueda llamar bella agonía!
El campo abrió sus pomas,
y en las alas del céfiro movido,
subieron y bajaron de las lomas
y entraron por las puertas del sentido
riquísimos aromas
de ya agostada manzanilla enana,
rosillas de gavanzos,
toronjil, hierbabuena y mejorana,
madreselva, poleos y mastranzos…
Innominada pajarita albina
entonó su cantata vespertina
posada en los pimpollos del saúco,
arrulló la paloma montesina,
chilló el abejaruco
clavado en la berruga de la encina,
la atmósfera caliente saturaron
de frescas humedades las riberas,
las mieses ondearon,
gimieron las choperas…
y todo el gran paisaje
teñido del misterio de la hora,
moviendo el verde mar de su follaje,
inició la canción susurradora
que canta por las tardes su oleaje.
Las sombras del crepúsculo amoroso,
velos de muerte de la tarde quieta,
cayeron sobre el valle misterioso,
cayeron sobre el alma del poeta…
Y del dulce, del grato
seno profundo de la oscura fronda
de fresnos y mimbrales del regato,
romántica, alta y honda,
purísima y vibrante,
bizarra, magistral, insinuante,
más cargada que nunca de dulzura,
más henchida que nunca de armonía,
más llena de frescura,
más rica en poesía,
más intensa y sonora,
más que nunca feliz, más habladora,
surgió la incomparable,
surgió la peregrina
primorosa canción inimitable
que brota de la lengua cristalina
del pájaro cantor de los cantores,
cuando sabe que escucha sus primores
en la rama vecina
una enferma de fiebre incubadora
que extática reposa sobre el nido
donde el hondo misterio se elabora…
¡Sólo estando en amores
saben cantar así los ruiseñores!
II
El riente lucero vespertino,
y el hijo del crepúsculo y del día,
ya en el cielo lucía
circundado de un nimbo diamantino.
Delante de la ermita un valle había,
y en él alegremente
bailaba todavía
gran multitud de campesina gente.
¡Sones de tamboril, toques sentidos
de la gaita dulcísima caídos,
alegre repicar de castañuelas!…
¡Qué bien debéis sonar en los oídos
de todas las mozuelas!
Tocó a su fin la alegre romería;
y tomando caminos y senderos,
se dispersó con loca algarabía
la feliz multitud de los romeros.
Mansa luna redonda,
surgiendo del perfil del horizonte,
tiñó de blanco la movida fronda,
y una dulzura honda
se derramó por la extensión del monte.
La alegre juventud, con sus cantares,
llenó los encinares,
y en amantes parejas separados
caminaban por valles y cañadas,
ellos enamorados
y ellas enamoradas…
¡Dichosos ellos y dichosas ellas
que unirse saben y decirse amores
debajo de una bóveda de estrellas
y encima de una sábana de flores!
Solo el pobre poeta, el visionario,
el hongo de los valles de la aldea,
por los cuales pasea
un dolor siempre igual y siempre vario,
no tiene un alma amiga,
un alma de mujer hermosa y pura
que por él sienta amor y se lo diga
con la voz empañada de ternura.
La luz de plata de la luna llena,
tibia, elegíaca, mística y serena,
llenaba el mundo de apacible calma:
la sangre hervía, se quejaba el alma,
y el pobre rimador lloró de pena.
¿De qué le servirán al visionario
los sueños de la loca fantasía
si al tomar de la alegre romería
nadie más que él camina solitario,
mendigo de amor y la alegría?
¿Qué le vale la musa soñadora
que le inspira sutiles creaciones?
¿Qué le vale la cítara sonora,
si sus vagas románticas canciones
son errabundas melodías muertas
cuyo ritmo ideal, desvanecido,
no llega enamorado ante las puertas
de amante corazón y amante oído?
¡Qué artificio tan ruin le parecían
sus doradas cantatas amorosas,
muertas flores pomposas
con senos de papel que no tenían
polen fecundador ni olor de rosas!
¡Qué falsas vio pasar, qué mentirosas
sus legiones de vírgenes sutiles,
sus engendros de gasas y vapores,
dislocadas bellezas femeninas
que brindaban estériles amores!
¡Cuán pobre poesía,
cuán helada, cuán pálida y vacía
aquella que brotaba
del cerebro genial que la creaba
y en estrofas de mármol la vertía!
¡Oh!, por eso al romántico ingenioso,
aéreo soñador artificioso
de otro vivir enamorado ahora,
le invadió la nostalgia tentadora
del amor fructuoso,
nutrimiento del alma soñadora,
savia pujante del vivir brioso,
el amor que en el monte se reía
y en la ermita rezaba agradecido,
y en el valle bailaba de alegría,
y al fuego del placer enardecido,
en ansias de vivir se derretía…;
un amor fuerte y sano,
tan fecundo en promesas, tan humano
como el que en alas de esperanza ciega
iba cantando por aquel camino
la canción de la vida que se entrega
en los brazos fecundos del destino.
Si aquel amor su espíritu tocara,
sus entrañas de hombre sacudiera
y su mente de artista caldeara,
¡qué rica, qué sincera,
qué llena de vigor su poesía!
¡La helada realidad qué poco fría!
¡Qué sabrosa y feliz la vida fuera!
La música briosa sonaría
de sus nuevas canciones
a murmullos de plática vehemente,
y a fogoso latir de corazones,
y a rítmico alentar de pecho ardiente…
—¡Más, más! ¡Más todavía!
—gimió el poeta con doliente brío—:
¡Seré de una mujer, será ella mía
y aun no seré feliz!… ¡Mas, más, Dios mío!
III
¡El poeta era yo! Sentíme fuerte,
llena mi carne se sintió de vida,
lleno de fe mi corazón inerte,
llena de luz mi mente oscurecida…
¡Me alcé en la tumba y sacudí la muerte!
Y tomando a la ermita abandonada,
ya envuelta en la callada,
tranquila y santa soledad serena
de la noche ideal de luna llena,
ante sus muros me postré de hinojos,
al alto ventanal iluminado
alcé mi corazón, alcé mis ojos
y del fondo del pecho enamorado
me salió esta oración. «¡Virgen bendita!,
no volveré a tu ermita
a rendirte misérrimos cantares,
a poner con los hielos de la mente,
ofrendas de artificio en tus altares,
coronas de oropel sobre tu frente.
¡Volveré cuando traiga de la mano,
para rendirlo ante tus pies de hinojos,
un angelino humano
que tenga azules, como tú, los ojos!…»
Del Viejo, El Consejo
Deja la charla, Consuelo,
que una moza casadera
no debe estar en la era
si no está el Sol en el cielo.
Tu hogar tendrás apagado,
y al mozo que habla contigo
le está devorando el trigo
la yunta que ha abandonado.
Mira que está oscureciendo,
que en las riberas lejanas
ya están cantando las ranas,
ya están las aves durmiendo.
Que tocan a la oración,
y hay gentes murmuradoras
cuyos ojos a estas horas
cristales de aumento son.
Y es que los oscureceres
son unas horas menguadas
que han hecho ya desgraciadas
a muchas pobres mujeres.
Mira, muchacha, que ha sido
la tarde muy bochornosa
y va a ser fresca y hermosa
la noche que ha producido.
Mira que son muy contadas
las fuerzas de la memoria;
mira que huelen a gloria
las mieses amontonadas.
Y está tu galán delante,
y está tu hermanillo ausente,
y está el amor en creciente
y está la Luna en menguante.
Y a luz tan débil yo creo
que sola a salir no atinas
del laberinto de hacinas
donde metida te veo.
Tal vez si el mozo me oyera
pensara que esto es perfidia,
creyera que tengo envidia,
que tengo celos dijera.
Pues con la venda de amor
no viera que soy un viejo
que solo con un consejo
puedo acercarme a tu honor.
Vete, muchacha, y no quieras
llorar prematuros gozos,
que sé lo que son los mozos
y sé lo que son las eras.
Y en tales oscureceres
pláticas tales de amores
dicen los murmuradores
que son de tales mujeres…
Y tienen razón, Consuelo,
que una moza casadera
no debe estar en la era
si no está el Sol en el cielo.
Desde El Campo
Luz ingrávida, hija blanca de la nada
que te ciernes en los ámbitos del cielo;
ancho círculo de brumas taciturnas,
horizonte de los días cenicientos;
negra sierra de grandeza inmensurable
que te elevas como monstruo gigantesco
con peana de boscosas montañuelas
y corona de pináculos de hielo;
valle ameno, rico nido de quietudes,
melancólica vivienda del sosiego,
donde apenas de la muerte y de la vida
vagamente se perciben los linderos,
que se borran en los diáfanos ambientes
del reposo, de la paz y del silencio;
sol que enciendes y dibujas con tu lumbre
los ardientes mediodías soñolientos,
las auroras con crepúsculos de nácar
y las tardes con crepúsculos de fuego;
soledades taciturnas de los páramos;
compañía rumorosa de los pueblos…,
por beber entre vosotros la existencia
ha ya mucho que a estos sitios vine huyendo
de la mágica ciudad artificiosa
donde flota el oro puro junto al cieno,
donde todo se discute con audacia,
donde todo se ejecuta con estrépito.
Tal vez bulla entre vosotros todavía
una turba de sofistas embusteros
que negaban a mi Dios con artificios
fabricados en sus débiles cerebros.
Con el agua de la charca a la cintura
y en el alma la soberbia del infierno,
revolvían los minúsculos tentáculos
de sus mentes enfermizas en el cieno
y buscaban… ¡lo que encuentran tantos hombres
que con limpio corazón miran al cielo!
¡Qué grandeza la del Dios de mi creencia!
Y los hombres que lo niegan, ¡qué pequeños!
Solamente por amarle yo en sus obras
he corrido a todas partes siempre inquieto.
Yo he pasado largas noches en la selva,
cabe el tronco perfumado del abeto,
escuchando los rumores del torrente,
y los trémulos bramidos de los ciervos,
y el aullido plañidero de la loba,
y las músicas errátiles del viento,
y el insólito graznido de los cárabos,
que parece carcajada del infierno.
Yo he gozado en la salvaje serranía
la frescura deleitante de los céfiros,
y he dormido junto al tajo del abismo
la embriaguez que le producen al cerebro
los olores resinosos de las jaras,
los selváticos aromas de los brezos
y la hipnótica visión de las alturas
que me hundía en las regiones de los vértigos.
Yo he bebido en los recónditos aguajes
de las corzas amarillas y los ciervos,
y he matado a puñaladas en el coto
al arisco jabalí, sañudo y fiero.
Yo he bogado en un madero por el río,
y he corrido con un potro por los cerros,
y he plantado en el peñasco la buitrera
y he arrojado los harpones en el piélago.
Contemplando la armonía de la vida
bajo el ancho cortinaje de los cielos,
yo he pasado las de agosto noches puras
y las negras noches lóbregas de invierno
en la cumbre de colinas virgilianas
o en la choza de lentiscos del cabrero,
o en las húmedas umbrías de los montes
bajo el palio de follaje de los quéjigos.
Y han henchido mis pulmones con sus ráfagas
el de mayo, delicioso ambiente fresco,
el solano bochornoso del estío
y el de enero flagelante duro cierzo.
A las puertas de los antros de las fieras
los impulsos violentísimos del miedo
me han llevado a guarecerme, acobardado
por la ronca fragorosa voz del trueno
que botaba en las gargantas de la sierra
y mugía en los abismos de los cielos.
Y encajado como mísera alimaña
en la grieta del peñasco gigantesco,
he sentido la grandeza de lo grande
y he llorado la ruindad de lo pequeño.
Y en la sierra, y en el monte, y en el valle,
y en el río, y en el antro, y en el piélago,
dondequiera que mis ojos se posaron,
dondequiera que mis pies me condujeron,
me decían: —¿Ves a Dios? —Todas las cosas,
y mi espíritu decía: —Sí, lo veo.
—¿Y confiesas? —Y confieso. —¿Y amas? —Y amo.
—¿Y en tu Dios esperarás? —En Él espero.
¡Cuantas veces he llorado la miseria
de la turba dislocada de perversos
que en la mágica ciudad artificiosa
injuriaban a mi Dios sin conocerlo!
Si es verdad que no lo encuentran, aturdidos
de la mágica ciudad por el estruendo,
que se vengan a admirarlo aquí en sus obras,
que se vengan a adorarlo en sus efectos,
en el seno de esta gran Naturaleza
donde es grande por su esencia lo pequeño;
donde, hablándonos de Dios todas las cosas,
al revés de la ciudad de los estruendos,
lo soberbio dice menos que lo humilde,
el reposo dice más que el movimiento,
las palabras hablan menos que el movimiento,
las palabras hablan menos que los ruidos,
y los ruidos dicen menos que el silencio…
Las Sequías
Después de larga sequía
que atormentara los campos,
copiosas y frescas lluvias
los bañaron.
Y agua tomaron las fuentes
y agua embebieron los surcos,
y se alegraron las flores
y los frutos.
Y esta oración insensata
mis labios al Cielo alzaron,
torpe rosario imprudente
de mis labios:
«¡Señor que riges el mundo
con paternal Providencia,
que abarcas los anchos cielos
y la tierra!
¡Señor que pintas los lirios,
y haces puras las palomas,
y los ocasos serenos
arrebolas,
y vivificas los gérmenes
y cuidas los libres pájaros,
y llenas de luz radiosa
los espacios!
Eres, Señor, más piadoso
con esta tierra agostada
que con los secos eriales
de las almas.
Cuando la tierra que hollamos
los rayos del sol calcinan,
con lluvias consoladoras
la reanimas.
Pero jamás a las almas
que se marchitan sedientas
con rocíos de ideales
las refrescas.
¡Señor! ¿Por qué más piadoso
con esta tierra liviana
que con los páramos muertos
de las almas?»
Y dentro de mi conciencia,
que oyó mi clamor impío,
sonó una voz poderosa
que me dijo:
«Al beso del sol fecundo,
la tierra hacia el Cielo exhala
los ricos jugos que encierran
sus entrañas;
y el Cielo que los absorbe,
los cuaja en frescos rocíos
y en lluvias se los devuelve
convertidos.
Pero las almas ingratas
que en hálitos de oraciones
al alto Cielo no elevan
Fe y amores,
no esperen que el alto Cielo
la sed que las mata apague
con amorosos rocíos
de ideales…»
Vamos A Esperarlos
¡Dichosos los niños
que tienen caballo,
que es tener la dicha
de ser Reyes Magos!
¡Dichoso vosotros
que vais a esperarlos,
pues por tantos Reyes
seréis visitados!
Ya vienen, ya llegan…
¡Y cuántos! ¡Y cuántos!
¿Cómo habrá en Oriente
tierras y vasallos,
mantos y coronas,
tronos para tantos?
¡Qué trajes tan ricos!
¡Qué hermosos caballos!
¡Y qué pequeñuelos
estos Reyes Magos!
¿Pequeños he dicho?
Pues dije un pecado;
¡no hay Reyes más grandes
que esos de ocho años!
No traen escuadrones
de bravos soldados,
ni orgullo en el pecho,
ni sangre en las manos,
ni órdenes terribles
brotan de sus labios,
ni al de la victoria
trepidante carro
míseros vencidos
traen encadenados.
Soldados de plomo,
risas en los labios,
amor en el pecho,
dulces en las manos…
¡Eso es lo que traen
estos Reyes Magos
que se dieron cita
para conquistarnos!
De Oriente vinieron,
vinieron mandados
por aquel Rey Niño
que a los hombres malos
con el arma sola
de Amor ha ganado.
¡Esos son los Reyes
que tendrán vasallos
como el mar arenas,
y la selva ramos,
y estrellas los cielos
y espigas los campos!
¡Vamos con vosotros,
vamos a esperarlos!
Todos esos Reyes
de otro son vasallos,
de otro que les manda
que vengan a daros
dulces y juguetes,
y besos y abrazos.
¡Que vengan, que vengan,
que van a enseñarnos
que ellos y vosotros
de Amor sois vasallos,
¡vasallos de Cristo,
que es de Amor dechado!
¡Dichosos los niños
que tienen caballo,
que es tener la dicha
de ser Reyes Magos!
¡Dichosos vosotros,
que vais a esperarlos,
que es ir a un convite
de dulces y abrazos!
Inmaculada
I
Dime coplas, musa mía.
¿Me las niegas por vulgares?
¿Me reprendes la osadía
de que en coplas populares
quiera cantar a María?
¿Murmuras avergonzada
porque en la ruda tonada
de esta mortal criatura
no cabe la gran figura
de María Inmaculada?
¡Bien lo sé yo, musa mía!
El gran himno de María
no lo rima ni lo canta
miel de humana poesía
ni voz de humana garganta.
Ni tú, porque eres tan ruda
que vives con la desnuda
Naturaleza en amores,
amante, extática y muda
de encinas, piedras y flores,
ni esotra sutil y grave
musa de rica realeza
que dicen que tanto sabe,
daréis jamás con la clave
del himno de la pureza.
Ese gran himno bendito
ya está en los cielos escrito
por Dios con cifras de estrellas…
¿Qué no sabrán decir ellas,
letras de un libro infinito?
Pero escucha, musa mía:
la música reverente
del poema de María
es la total armonía
del Universo viviente,
y todo lo que es cantar,
y todo lo que es bullir,
entero se le ha de dar,
porque cantar es amar,
porque agitarse es sentir.
Y yo, corazón de arcilla,
que adoro tanta grandeza,
le debo mi tonadilla…
Negársela por sencilla
fuera negar mi pobreza.
II
Yo he cantado cosas puras:
radiosas noches serenas,
empapadas de dulzuras,
de castos silencios llenas
y henchidas de hondas ternuras.
Hele rimado cantares
al candor de las palomas
de mis blancos palomares
y a la miel de los aromas
de mis ricos tomillares.
He cantado la blancura
de la azucena sencilla,
la purísima tersura
de la nieve de la altura,
que es la nieve sin mancilla.
He cantado la pureza
de las fuentes naturales,
la gentil delicadeza
que en los blancos recentales
expresó Naturaleza;
la sonrisa matutina
de los días abrileños,
la disuelta purpurina
con que tiñen la colina
los crepúsculos risueños;
los arrullos guturales
y los ósculos caídos
en las caras celestiales
de los niñitos dormidos
en los brazos maternales…
Cosas puras he cantado,
cosas puras he sentido,
y con ellas embriagado,
como un niño me he dormido,
como un ángel he soñado…
Mas ni en mis noches divinas
con estrellas diamantinas,
ni en mis caseras palomas,
ni en la miel de los aromas
de mis natales colinas,
ni en las puras azucenas,
ni en las fuentes de la umbría,
ni en las auroras serenas,
ni en las dulces tardes llenas
de profunda melodía,
ni en los besos ideales,
ni en las mieles musicales
de las madres cuando cantan,
ni en las risas celestiales
de los niños que amamantan,
encontró la musa mía
pobre símbolo siquiera
que con miel de poesía
interpretarme pudiera
la pureza de María…
III
¿Qué nombre darte, hechicero?
Nada me dice el grosero
decir del humano idioma,
ni cuando dice paloma
ni cuando dice lucero.
¿Cómo bosquejar tu alteza
con pobre imagen oscura
que ofrezca Naturaleza,
si no hizo Dios criatura
gemela tuya en pureza?
Fuente de aguas celestiales,
crisol de amores humanos
que tus ojos virginales
depuran de los livianos
sedimentos mundanales;
sol del más dichoso día,
vaso de Dios, puro y fiel;
¡por Ti pasó Dios, María!
¡Cuán pura el Señor te haría
para hacerte digna de Él!
Manantial de los consuelos,
plenitud de los anhelos,
luz que toda luz encierra,
embeleso de los cielos,
alegría de la tierra…
¿Qué más decirse podría
en tu alabanza y loor,
después de decir que un día
fuiste sin mancha, ¡oh María!,
la Madre del Redentor?
Corazón que ante tu planta
no adore grandeza tanta,
¡muerto o podrido ha de estar!
Garganta que no te canta,
¡muda debiera quedar!
IV
Musa mía campesina,
que vives enamorada
de la fuente y de la encina,
de la luz de la alborada,
de la paz de la colina,
del vivir de mis pastores,
del vibrar de sus sentires,
del pudor de sus amores,
del vigor de sus decires
y el callar de sus dolores…
¿No me has dicho, musa mía,
que te placen cosas bellas?
¡Pues viértete en armonía,
que es centro de todas ellas
la belleza de María!
¿No me dices, cuando cantas
el candor y la humildad,
que te placen cosas santas?
Pues María es, entre tantas,
la más grande santidad.
¿No tienes para la alteza
de cosas puras tonada?
¡Pues la esencia, la riqueza,
el sol de toda pureza
es María Inmaculada!
¡Rima y canta musa adusta!
¡Canta el misterio insondable
cuya grandeza te asusta!…
¡La divina Madre Augusta
con los pobres es amable!
Yo la he visto sonriente
escuchando el balbuciente
decir de rudos cantares
que ante míseros altares
le rimaba ruda gente…
Gente de sano vivir
que al sentirla Inmaculada,
le cantaba su sentir.
¡El del alma enamorada
es el más bello decir!
¡Madre mía! ¡Madre mía!
¡Que beba mi poesía
pureza de tu pureza!
¡Que aprenda a tomar belleza
de tu belleza María!
¡Que suba tu amor ardiente
del corazón del creyente
a la mente del poeta,
y oirás el himno ferviente
que el gran misterio interpreta!
¡Que el mundo pura te adore!
¡Que te cante y que te implore!
¡Que tú le mires amante
cuando rece, cuando llore,
cuando bregue, cuando cante!
Y que a una voz concertada
diga ante tanta grandeza
la Humanidad prosternada:
¡Gloria a Dios en la pureza
de María Inmaculada!
El Barbecho
¿Dónde irá sola Teresa
por la senda que atraviesa
los barbechos? ¿Dónde irá?
¿Qué tendrá, que así suspira?
¿Qué tendrá, que apenas mira
las aradas? ¿Qué tendrá?
¿Por qué con más gentileza
llevó sobre su cabeza
la blanca cestita ayer?
¿Por qué le dijo a su madre:
—Madre, que está lejos padre
y he de tardar en volver?
Su madre ayer le decía:
—Hija, que no es mediodía…
¿No ves el sol en la torre?
—Madre, ¿el sol no se equivoca?
—¡Jesús, qué cosa tan loca
de muchacha!… ¡Corre, corre!
Y alegre y ligera vino
por ese mismo camino
que parte en dos el barbecho;
llevaba luz en los ojos,
risas en los labios rojos,
gozos en el alto pecho.
Cantaba las melodías
que el sol de los buenos días
inspira a las castellanas
e inspira a los castellanos
cuando se vierte en los llanos
de las abiertas besanas.
Y las alondras terrosas
sus oídos, codiciosas
al dulce cantar abrieron,
y sobre el surco posadas,
con pupilas asombradas,
pasar a Teresa vieron.
Hoy pasa muda y sombría…
«Hija que ya es mediodía»,
dijo tres veces su madre.
«¡Jesús, madre, qué inoportuna!
¡No tengo prisa ninguna,
que no está muy lejos padre!»
Moza: ¿por qué esas mudanzas?,
¿no tiene hoy lontananzas
los bellos ojos de ayer?
¿No te pide melodías
el sol de los buenos días
en la besana al caer?
¿No te dio un beso tu madre?
¿No vas a darle a tu padre
besos y pan en la arada?
¿Hoy no hay alondras terrosas
que te escuchen codiciosas
la vagabunda tonada?
Camino vas del barbecho
con un secreto en el pecho
que yo conozco, Teresa…
No pienses que soy un duende
porque mi mente comprende
lo que en el pecho te pesa.
Allá en aquella hondonada,
hay una tierra ya arada
que estaba ayer sin arar…
Solos tú y yo hemos sabido
que a arar el gañán se ha ido
a otro lado del lugar.
Descansa un rato, Teresa,
que yo bien sé cuánto pesa
lo que llevas en el pecho,
y sé cómo caminamos
cuando la carga llevamos
hacia el contrario barbecho.
No te sonrojes, hermosa,
que no es una extraña cosa
ni es pecadora mudanza
que el sol te parezca oscuro,
pesado el ambiente puro,
ceñuda la lontananza,
pálidas tus melodías,
tristes estas gañanías,
áridos estos senderos…,
y hasta el querer de tu padre
y hasta el apego a tu madre
más borrosos, más someros…
¿Qué es el barbecho, Teresa?
Si amor no está en él, confiesa
que barbecho es un erial;
mas si algo dice en el pecho
que anda amor por el barbecho…
¡barbecho es huerto edenial!
Dos Nidos
Enfrente de mi casa yace en ruinas
un viejo torreón de cuatro esquinas,
y en este viejo torreón derruido
tiene asentado una cigüeña el nido.
¡Y parece mentira, pero enseña
muchas cosas un nido de cigüeña!
Por el borde del nido de mi cuento,
donde reina una paz que es un portento,
asoman el pescuezo noche y día
los zancudos cigüeños de la cría.
Cuando los deja la cigüeña madre,
trae alimentos el cigüeño padre,
y cuando con su presa ella regresa,
vuela el padre a buscarles otra presa;
y de este modo la zancuda cría
en banquete perenne pasa el día.
Estaba yo una tarde distraído
desde mi casa contemplando el nido,
cuando del campo regresó cargada
la solícita madre apresurada.
Presentó con orgullo ante su cría
una culebra muerta que traía,
y mientras sus hijuelos la «trinchaban»
y, defendiendo la ración, luchaban,
reventaba la madre de contenta
mirándolos comer… ¡y estaba hambrienta!
¡Y cómo demostraba su alegría
viendo el festín de su zancuda cría!
¡Qué graznidos, qué dulces aletazos
y qué cariñositos picotazos
les daba a aquellos hijos comilones
que estaban devorando sus raciones!
Al ver desde mi casa aquella escena,
llena de amor y de ternura llena,
bendije al nido aquel, y, ¡lo confieso!,
estuve a punto de tirarle un beso.
Ahogué mi beso, pero tristemente
me dije por lo bajo de repente:
«¡Quizás haya en el mundo quien querría
convertirse en cigüeño de la cría!»
Cerca del viejo torreón derruido
en donde está de la cigüeña el nido,
hay otro nido, pero nido «humano»
que habita la familia de un cristiano.
El mismo día y a la misma hora
en que la escena aquella encantadora
del nido de la torre yo admiraba
y un beso con los ojos le enviaba,
del otro nido humano un rapazuelo
salía sollozando sin consuelo.
Una mujer de innoble catadura
salió tras la harapienta criatura,
cruzóle el rostro, la empujó hacia fuera,
metiose en casa y la dejó en la acera.
—¿Por qué te echan de casa, rapazuelo?
—le dije al verlo, y contestó el chicuelo:
—Porque a pedir limosna había salido
y un poco pan «na» más hoy he traído,
y dinero me dice que le traiga,
y que vaya a buscarlo «ande» lo «haiga».
Alcé los ojos sin querer al nido
del solitario torreón derruido,
y dije, contemplando aquella escena
y aquella madre cuidadosa y buena:
«Si este niño pensara, ¿no querría
convertirse en cigüeño de la cría?
Dos Paisajes
I
Dos paisajes: el uno soñado
y el otro vivido.
¡Cuán amarga, sin sueños, me fuera
la vida que vivo!
Era un trozo de tierra jurdana
con una alquería;
era un trozo de mundo sin ruido,
de mundo sin vida.
Era un campo tan solo, tan solo
como un cementerio,
donde más hondamente se sienten
los hondos silencios.
Madroñeras, lentiscos y jaras
helechos y piedras,
madreselvas, zarzales y brezos,
retamas escuetas…
¡La maraña revuelta y estéril
que viste los campos
cuando no los fecundan y riegan
sudores humanos!
No tenían trigales las lomas,
ni huertos las vegas,
ni sotillos las frescas umbrías,
ni árboles la sierra…
No tenían las rudas labores
cantores humanos,
ni el sabroso caer de las tardes
cantores alados.
No tenían ni puente el riachuelo,
ni torre la aldea,
ni alegría de vida sus grises
hórridas viviendas.
A sus puertas holgaban desnudos
niñitos hambrientos,
devorando sopores de muerte
de alma y del cuerpo.
Y unas ruines mujeres traían
de pueblos lejanos
miserables mendrugos mohosos
envueltos en trapos…
Y unos hombres huraños y entecos
la tierra arañaban
como ruines raposos sin presa
que el páramo escarban.
Y una sorda quietud imponente,
grabándolo todo,
sobre el muerto vivir descargaba
su losa de plomo…
II
Era un trozo de tierra jurdana
con una alquería;
era un trozo de mundo vibrante,
de ruidos de vida.
Era un campo de flores y frutos,
con hombres y pájaros,
con caricias de sol y aguas puras,
de limpios regatos.
Olivares azules que escalan
alegres laderas;
huertecillos con frutas de oro
que engríen las vegas.
Recortados, pequeños trigales;
minúsculos prados,
alamedas pomposas y viñas,
sotos de castaños…
Y la sierra gentil, más arriba,
perdiendo asperezas…
¡sonriendo a medida que sube
la vida por ella!
Colmenares que zumban y labran,
palomares blancos,
majadillas que alegran las cuestas,
sonoros rebaños…
Carboneras humosas que fingen
pequeños volcanes;
leñadores que cortan y cantan,
que llevan y traen…
¡La visión de los campos incultos
qué ricos se tornan
si los baña del sol del trabajo
la luz creadora!
Y tenía ya puente el riachuelo,
y torre la aldea,
y alegría de vida sus blancas
y sanas viviendas.
Y del útil saber en un templo
limpio y diminuto,
y en el templo más grande y más sabio
del campo fecundo,
bando alegre de niños que un hombre
discreto guiaba,
la salud y la vida bebían
del cuerpo y del alma.
Y unas madres con leche en sus pechos
y luz en la mente,
y en las caras morenas, dulzuras
y risas alegres,
amasaban el pan de los suyos,
rezaban, bullían,
gobernaban la casa cantando,
¡cantando la vida!
Y unos hombres briosos y cultos
labraban los campos
con la sana alegría que infunden
la paz y el trabajo.
Y flotaba en los aires el ritmo
gigante y oscuro
con que alienta la tierra fecunda
preñada de frutos.
¡Dos paisajes! El uno soñado
y el otro vivido.
Del vivir al soñar, ¿hay distancia?
¡Pues amor cegará tal abismo!
Las Represalias De Pablos
I
Dos peñascales horrendos,
abajo un río que brama,
y arriba el arco de un puente,
que aquel precipicio salva
cual cinta sutil de acero,
sobre el abismo curvada.
La blanca luz de la luna
luchaba con la del alba;
la de la luna, perdía;
la de la aurora, ganaba.
Un cielo que nada dice,
un mundo en quien nadie habla,
soledades de sepulcros,
silencios hondos que alarman,
quietudes inalterables,
la plenitud de la calma;
menos: la inercia absoluta
de la vida desmayada;
aún menos: la muerte misma,
que sobre el mundo descansa;
y si no zumbara el río,
¡todavía menos!…, la nada.
II
Era el sueño, no la muerte.
No hay muerte, no muere nada
mientras se sepa que el hálito
de Dios por el mundo vaga.
De los blancos peñascales
surgieron como fantasmas
dos hombres, que cautelosos,
hacia el alto puente avanzan,
como ciervos que ventean,
como liebres alarmadas…
Del puente en la embocadura
cambiaron unas palabras;
el uno apostóse fuera;
el otro enfiló la entrada,
pasó, y, en la lejanía,
se perdió como un fantasma.
III
La blanca luz de la luna
luchaba con la del alba;
la de la luna, perdía;
la de la aurora, ganaba.
Misteriosa brisa fresca
pasó batiendo las alas,
vino del lado del día,
de Oriente vino, y sus ráfagas
movieron olores acres,
frescuras de rociada.
Cantó una abubilla necia
tres veces. Alboreaba.
Una raposa flexible,
de cola encrespada y larga,
blandos andares felinos
y anchas pupilas de ámbar,
llegó a un extremo del puente
como sombra que resbala.
¡Dudó!, miró a todas partes,
tomó vientos, recelaba;
y cruel perro avergonzado,
como ladrón que se alarma,
entró en el estrecho puente
y avanzó toda azorada…
De pronto, cuando en lo alto
del arco sutil estaba,
en cada extremo del puente,
oyó un silbido de alarma,
y luego voces, y luego
vio que el paso le cerraban,
por ambos lados, dos hombres,
blandiendo recias estacas,
y oyó que la maldecían,
y vio que la amenazaban…
Despavorida, sin tino,
la miserable alimaña,
se puso, de un solo salto,
sobre el pretil, aterrada…
Vio el abismo; se detuvo,
y aun miró atrás. ¡Se acercaban!
Miró al cielo: ni una peña,
ni una grieta, ni una rama…
Y aun dudó…, pero llegaron,
oyó zumbar las estacas…
y allá fue, pataleando,
por el abismo tragada,
la de la cola espumosa,
la de los ojos de ámbar,
la de los blandos andares,
que nadie los barruntaba.
IV
El remolino furioso
que abajo formaba el agua
cogió a la víctima débil
que la traición entregara;
y no la escupió a la orilla,
ni sumergióla en sus aguas,
ni la estrelló en un peñasco
para el tormento abreviarla:
sobre sus lomos de espuma
cargóla con loca rabia,
y condenóla al suplicio
de girar con vueltas rápidas,
isócronas, mareantes,
que aturdían, que embriagaban.
V
Desde la altura del puente
cayeron estas palabras,
más horribles porque abajo
no sabían contestarlas:
«Dici Pablos que te iga
que sigas con la ginasia,
que mañana volveremos
a velti jacel roangas!»
VI
—¿Vamos, Pablo?
—Vamos, Ginio
—¿Cuándo golvemos?
—Mañana
—¿No más que mañana?
—Y siempri,
y hasta que no quedi casta.
—¿Y luego?
—Pos si me apuras,
arrempujamos a Blasa,
que cuela el puenti de noche
cuando güelvi de las cabras.
¡Ya tengo ganas de vela
jaciendo abajo roangas,
que muchas jaci valsando
con Meregildo Pardala,
pa que me enrite de celos,
pa que me ajogue de rabia!
El Ama
I
Yo aprendí en el hogar en qué se funda
la dicha más perfecta,
y para hacerla mía
quise yo ser como mi padre era
y busqué una mujer como mi madre
entre las hijas de mi hidalga tierra.
Y fui como mi padre, y fue mi esposa
viviente imagen de la madre muerta.
¡Un milagro de Dios, que ver me hizo
otra mujer como la santa aquella!
Compartían mis únicos amores
la amante compañera,
la patria idolatrada,
la casa solariega,
con la heredada historia,
con la heredada hacienda.
¡Qué buena era la esposa
y qué feraz la tierra!
¡Qué alegre era mi casa
y qué sana mi hacienda,
y con qué solidez estaba unida
la tradición de la honradez a ellas!
Una sencilla labradora, humilde,
hija de oscura castellana aldea;
una mujer trabajadora, honrada,
cristiana, amable, cariñosa y seria,
trocó mi casa en adorable idilio
que no pudo soñar ningún poeta.
¡Oh, cómo se suaviza
el penoso trajín de las faenas
cuando hay amor en casa
y con él mucho pan se amasa en ella
para los pobres que a su sombra viven,
para los pobres que por ella bregan!
¡Y cuánto lo agradecen, sin decirlo,
y cuánto por la casa se interesan,
y cómo ellos la cuidan,
y cómo Dios la aumenta!
Todo lo pudo la mujer cristiana,
logrólo todo la mujer discreta.
La vida en la alquería
giraba en torno a ella
pacífica y amable,
monótona y serena…
¡Y cómo la alegría y el trabajo
donde está la virtud se compenetran!
Lavando en el regato cristalino
cantaban las mozuelas,
y cantaba en los valles el vaquero,
y cantaban los mozos en las tierras,
y el aguador camino de la fuente,
y el cabrerillo en la pelada cuesta…
¡Y yo también cantaba,
que ella y el campo hiciéronme poeta!
Cantaba el equilibrio
de aquel alma serena
como los anchos cielos,
como los campos de mi amada tierra;
y cantaba también aquellos campos,
los de las pardas, onduladas cuestas,
los de los mares de enceradas mieses,
los de las mudas perspectivas serias,
los de las castas soledades hondas,
los de las grises lontananzas muertas…
El alma se empapaba
en la solemne clásica grandeza
que llenaba los ámbitos abiertos
del cielo y de la tierra.
¡Qué placido el ambiente,
qué tranquilo el paisaje, qué serena
la atmósfera azulada se extendía
por sobre el haz de la llanura inmensa!
La brisa de la tarde
meneaba, amorosa, la alameda,
los zarzales floridos del cercado,
los guindos de la vega,
las mieses de la hoja,
la copa verde de la encina vieja…
¡Monorrítmica música del llano,
qué grato tu sonar, qué dulce era!
La gaita del pastor en la colina
lloraba las tonadas de la tierra,
cargadas de dulzuras,
cargadas de monótonas tristezas,
y dentro del sentido
caían las cadencias
como doradas gotas
de dulce miel que del panal fluyeran.
La vida era solemne;
puro y sereno el pensamiento era;
sosegado el sentir, como las brisas;
mudo y fuerte el amor, mansas las penas
austeros los placeres,
raigadas las creencias,
sabroso el pan, reparador el sueño,
fácil el bien y pura la conciencia.
¡Qué deseos el alma
tenía de ser buena,
y cómo se llenaba de ternura
cuando Dios le decía que lo era!
II
Pero bien se conoce
que ya no vive ella;
el corazón, la vida de la casa
que alegraba el trajín de las tareas,
la mano bienhechora
que con las sales de enseñanzas buenas
amasó tanto pan para los pobres
que regaban, sudando, nuestra hacienda.
¡La vida en la alquería
se tiñó para siempre de tristeza!
Ya no alegran los mozos la besana
con las dulces tonadas de la tierra,
que al paso perezoso de las yuntas
ajustaban sus lánguidas cadencias.
Mudos de casa salen,
mudos pasan el día en sus faenas,
tristes y mudos vuelven;
y sin decirse una palabra cenan;
que está el aire de casa
cargado de tristeza
y palabras y ruidos importunan
la rumia sosegada de las penas.
Y rezamos, reunidos, el Rosario,
sin decirnos por quién…, pero es por ella.
Que aunque ya no su voz a orar nos llama,
su recuerdo querido nos congrega,
y nos pone el Rosario entre los dedos
y las santas plegarias en la lengua.
¡Qué días y qué noches!
¡Con cuánta lentitud las horas ruedan
por encima del alma que está sola
llorando en las tinieblas!
Las sales de mis lágrimas amargan
el pan que me alimenta;
me cansa el movimiento,
me pesan las faenas,
la casa me entristece
y he perdido el cariño de la hacienda.
¡Qué me importan los bienes
si he perdido mi dulce compañera!
¡Qué compasión me tienen mis criados
que ayer me vieron con el alma llena
de alegrías sin fin que rebosaban
y suyas también eran!
Hasta el hosco pastor de mis ganados,
que ha medido la hondura de mi pena,
si llego a su majada
baja los ojos y ni hablar quisiera;
y dice al despedirme: «Ánimo, amo;
haiga mucho valor y haiga pacencia…»
Y le tiembla la voz cuando lo dice,
y se enjuga una lágrima sincera,
que en la manga de la áspera zamarra
temblando se le queda…
¡Me ahogan estas cosas,
me matan de dolor estas escenas!
¡Que me anime, pretende, y él no sabe
que de su choza en la techumbre negra
le he visto yo escondida
la dulce gaita aquella
que cargaba el sentido de dulzuras
y llenaba los aires de cadencias!…
¿Por qué ya no la toca?
¿Por qué los campos su tañer no alegra?
Y el atrevido vaquerillo sano
que amaba a una mozuela
de aquellas que trajinan en la casa,
¿por qué no ha vuelto a verla?
¿Por qué no canta en los tranquilos valles?
¿Por qué no silba con la misma fuerza?
¿Por qué no quiere restallar la honda?
¿Por qué esta muda la habladora lengua,
que al amo le contaba sus sentires
cuando el amo le daba su licencia?
«¡El ama era una santa!…»,
me dicen todos, cuando me hablan de ella.
«¡Santa, santa!», me ha dicho
el viejo señor cura de la aldea,
aquel que le pedía
las limosnas secretas
que de tantos hogares ahuyentaban
las hambres, y los fríos, y las penas.
¡Por eso los mendigos
que llegan a mi puerta
llorando se descubren
y un padrenuestro por el ama rezan!
El velo del dolor me ha oscurecido
la luz de la belleza.
Ya no saben hundirse mis pupilas
en la visión serena
de los espacios hondos,
puros y azules, de extensión inmensa.
Ya no sé traducir la poesía,
ni del alma en la médula me entra
la intensa melodía del silencio
que en la llanura quieta
parece que descansa,
parece que se acuesta.
Será puro el ambiente, como antes,
y la atmósfera azul será serena,
y la brisa amorosa
moverá con sus alas la alameda,
los zarzales floridos,
los guindos de la vega,
las mieses de la hoja,
la copa verde de la encina vieja…
Y mugirán los tristes becerrillos,
lamentando el destete, en la pradera,
y la de alegres recentales dulces,
tropa gentil, escalará la cuesta
balando plañideros
al pie de las dulcísimas ovejas;
y cantará en el monte la abubilla
y en los aires la alondra mañanera
seguirá derritiéndose en gorjeos,
musical filigrana de su lengua…
Y la vida solemne de los mundos
seguirá su carrera
monótona, inmutable,
magnífica, serena…
Mas ¿qué me importa todo,
si el vivir de los mundos no me alegra,
ni el ambiente me baña en bienestares,
ni las brisas a música me suenan,
ni el cantar de los pájaros del monte
estimulan mi lengua,
ni me mueve a ambición la perspectiva
de la abundante próxima cosecha,
ni el vigor de mis bueyes me envanece,
ni el paso del caballo me recrea,
ni me embriaga el olor de las majadas,
ni con vértigos dulces me deleitan
el perfume del heno que madura
y el perfume del trigo que se encera?
Resbala sobre mí sin agitarme
la dulce poesía en que se impregnan
la llanura sin fin, toda quietudes,
y el magnífico cielo, todo estrellas.
Y ya mover no pueden
mi alma de poeta,
ni las de mayo auroras nacarinas
con húmedos vapores en las vegas,
con cánticos de alondra y con efluvios
de rocïadas frescas,
ni éstos de otoño atardeceres dulces
de manso resbalar, pura tristeza
de la luz que se muere
y el paisaje borroso que se queja…,
ni las noches románticas de julio,
magníficas, espléndidas,
cargadas de silencios rumorosos
y de sanos perfumes de las eras;
noches para el amor, para la rumia
de las grandes ideas,
que a la cumbre al llegar de las alturas
se hermanan y se besan…
¡Cómo tendré yo el alma,
que resbala sobre ella
la dulce poesía de mis campos
como el agua resbala por la piedra!
Vuestra paz era imagen de mi vida,
¡oh, campos de mi tierra!
Pero la vida se me puso triste
y su imagen de ahora ya no es ésa:
en mi casa, es el frío de mi alcoba,
es el llanto vertido en sus tinieblas;
en el campo, es el árido camino
del barbecho sin fin que amarillea.
Pero yo ya sé hablar como mi madre,
y digo como ella
cuando la vida se le puso triste:
«¡Dios lo ha querido así! ¡Bendito sea!»
El Amo
En el nombre de Dios que las abriera,
cierro las puertas del hogar paterno,
que es cerrarle a mi vida un horizonte
y a Dios cerrarle un templo.
Es preciso tener alma de roca,
sangre de hiena y corazón de acero,
para dar este adiós que en la garganta
se me detiene al bosquejarlo el pecho.
Es preciso tener labios de mártir
para acercarse a ellos
la hiel del cáliz que en mi mano trémula
con ojos turbios esperando veo.
Ya está solo el hogar. Mis patriarcas
uno en pos de otro del hogar salieron.
Me los vino a buscar Cristo amoroso
con los brazos abiertos…
El Arrullo Del Atlántico
I
En el nombre de Dios canto la vida.
Era la hora en que la luz esperan,
para iniciar la cotidiana huida,
las sombras densas de la noche oscura
que en el abismo caótico fundieran
el abismo del mar y el de la altura.
¡Naturaleza!, cuando estás dormida
y el alma que te adora
por nocturno crespón te ve cubierta,
se finge en su cariño que estás muerta,
y perdida te llora,
hasta que luz de aurora te despierta…
¡Salve, luz creadora!
Si de la mano del Señor salida
prístina creación es toda vida
segunda creación es toda aurora.
Como se abren los pétalos iguales
de roja minutisa,
como se abren dos labios virginales
que quieren bosquejar una sonrisa,
como deben abrirse a los mortales
las áureas celosías edeniales,
así se abrió, purísimo y riente,
un resquicio de cielo por Oriente,
y trémulas surgieron e indecisas,
por el abierto desgarrón del velo,
tintas crepusculares
que elevaron la bóveda del cielo
y abatieron las curvas de los mares.
La musa de los piélagos azules
que alienta brisas y transpira brumas
y viste mantos de azulosos tules,
con encajes purísimos de espumas…
La gran dominadora
del piélago iracundo donde mora;
la maga del abismo, que aún dormía,
movió la linfa, le prestó armonía,
y este armonioso cántico
surgió solemne, al despuntar el día,
del hondo seno del azul Atlántico.
II
Verdes musas erráticas
de almas de luz y liras cristalinas,
nereidas de pupilas abismáticas,
sirenas de gargantas peregrinas,
monstruos del fondo, genios de las olas,
acres brisas marinas,
que venís de las playas españolas
o venís de las playas argentinas…
Genio de la bonanza, a cuyo arrullo
trueco mi grito en musical murmullo;
genio de la borrasca, a cuyo grito
respondo detonante
y en hervidero arrollador me agito…,
¡cantad conmigo la ocasión gigante
con que a los hombres al progreso invito!
Yo soy aquel abismo que separa
la que el destino poderosa y una
raza noble creara
en hispano solar e hispana cuna.
Yo soy el gran vencido
del genio humano, que me vio rendido
bajo frágiles quillas victoriosas
de audaces carabelas
que rayaron mis lomos con estelas
de perennes honduras luminosas.
Hermanas tierras cuyas bellas playas
ricas de frutos y de flores gayas,
beso con los gigantes
labios de mis orillas…
¡los besos de mis labios son semillas
que producen cosechas abundantes!
Nobles razas gemelas
que ardéis en fraternales sentimientos,
¡ahonde vuestro amor esas estelas
que han vencido a los siglos y a los vientos!
¡Tejed, tejed sobre mi haz hirviente
de nuevos derroteros red tupida
y engrandecedme bajo el peso ingente
de pedazos de Patria enriquecida
que, abatiendo mis lomos en su centro
dilate mis orillas tierra adentro!
Poderoso Neptuno, que dominas
las iras bravas de mis glaucas olas
¡úncelas a las naves peregrinas
que vengan de las playas españolas
o vengan de las playas argentinas!
¡Enfrena, Eolo, enfrena
la cuadriga briosa de los vientos
y fija en popa ordena
que sople una veloz brisa serena
que endulce y apresure movimientos!
Y vosotras, nereidas ambarinas
con luengas cabelleras
de oscurísimas algas azulinas,
¡alejad a esas ricas mensajeras
de escollos y de sirtes traicioneras!
Y tú también, estrella titilante
que en mi espejo oscilante
y en el del cielo diáfano rutilas
menos que en las pupilas
de atento navegante:
tus fulgores purísimos no veles
con crespones de nubes tormentosas
que a esos ricos bajeles
aparten de las vías venturosas.
Y tú, Dios soberano,
que todo lo creaste y lo gobiernas;
única augusta mano
que sabe modelar cosas eternas,
única idea que en ninguna anida,
única luz que de la luz no nace,
origen sin origen de la vida
que se apaga ante Ti, y en Ti renace…
Tú el poder, Tú la gloria, Tú la alteza.
Tú la sabiduría,
Tú la derecha iluminada vía
de la humana grandeza,
bendice el alma de tus pueblos fieles,
haz que cuajen sus flores
en frutos áureos de sabrosas mieles,
pon en su entraña amores,
lumbre en su inteligencia,
paz en sus horas, gloria en sus destinos,
fe pura en su conciencia,
luz en su oriente y oro en sus caminos.
Tiende sobre mi haz el invisible
manto de tu poder incontrastable,
y por seguros derroteros fijos
bogarán en legión interminable
tus laboriosos hijos.
No me ordenes, Señor, que abra mis senos,
y de tus pueblos fieles
en ellos precipite los bajeles
que mi móvil cristal hienden serenos.
¡Señor! Navegan llenos
de ricos frutos que crió Natura
con riegos de rocíos y sudores,
llevan copia hechicera
de industriales y artísticas labores,
llevan la luz postrera
que la ciencia radió, llevan amores…
Hermanas gentes cuya entraña encierra
sangre y alma españolas:
¡el cielo es vuestro; sojuzgar la tierra!
¡Vuestro yo soy; encadenad mis olas!
Unid mis dos orillas
con oscilantes puentes
de regueros longuísimos de quillas
henchidas de riquezas y de gentes.
Y con los brazos en la brega dura,
en Dios la fe y el corazón en todo,
gozad el oro en su virtud más pura,
poned la muerte entre el honor y el lodo,
sentid el arte en su divina altura,
buscad la gloria donde eterna sea,
trocad la ciencia en savia sustanciosa,
cambiad amor del que deleita y crea…
¡Vivid la vida en su verdad hermosa!

El Cantar De Las Chicharras
I
Que se queman los lugares,
los azules olivares,
los dormidos encinares
y las viñas, y las mieses, y los huertos,
bajo el hálito encendido
que desciende desprendido
como plomo derretido
de este sol abrasador de los desiertos.
Se han dormido las riberas,
y las gentes de las eras,
y las moscas volanderas,
y los flacos aguiluchos cazadores;
se han dormido en la hondonada
la pacífica yeguada,
la doméstica boyada,
los mastines, el rebaño y los pastores.
En los rígidos pimpollos
de alcornoques y trepollos
se recogen con sus pollos
angustiados pajaruchos montesinos,
y en los céspedes dormitan,
y jadean y palpitan,
se sotierran y crepitan
anillados gusarapos mortecinos.
Fuego radian los jarales,
y los grises pizarrales,
y los blancos pedernales,
y los líquenes de oro de los canchos;
se platean los rastrojos,
se requeman los matojos,
se retuercen los abrojos,
y se azulan los aceros de sus ganchos.
¡Todo ha muerto en la comarca!
Hierve el agua de la charca
que el ijar del tono enarca
y acentúa de la alondra las congojas;
vibra el aire en la colina,
zumba el tábano en la encina
e hipnotizan la retina
las metálicas quietudes de sus hojas.
Yo los párpados entorno
bajo el peso del bochorno
viendo a medias en el horno
de la tierra la agonía del paisaje,
y me sueño con las frondas,
con los ríos de aguas hondas,
con las márgenes redondas
de los lagos circuidos de follaje…
La extensión indefinida
de la tierra empedernida
pierde el tono de la vida
que en el seno solo vive de la idea…
Es el sueño de un despierto,
es la calma del desierto,
es un vivo mundo muerto…
¡Es la ardiente Extremadura que sestea!…
Y la aduermen esta nota
monorrítmica que brota
de mi pobre lira rota,
que la reza bajo el palio de la parra,
y el unísono rasgueo,
y el isócrono goteo,
el perenne martilleo
del monótono cantar de la chicharra.
II
Vete lejos, linda Andrea,
que el bochorno me marea,
me emborracha, me caldea,
me pervierte los sentidos perezosos…
Vete lejos, criatura,
ue en tus labios hay frescura
y en mi sangre calentura,
y en mi mente sueños árabes borrosos…
Muchachuela: no son esos,
no son risas, no son besos,
son más graves embelesos
los que encantan mis ardientes melodías…,
sonsonetes de chicharra,
sombra fresca de la parra,
agua fría de la jarra,
dulce holganza y uniformes canturías…
Hondamente enervadoras,
blandamente abrumadoras
las quietudes de estas horas
se recuestan en el lecho de mi mente,
y el espíritu abatido
que las vive adormecido
va rumiando su sentido
gravemente, suavemente, lentamente…
¡Qué flojera, qué flojera!
¡Qué pesada soñarrera!
¡Qué enervante borrachera
de pereza los sentidos narcotiza!
¡Qué modorra, qué modorra!…
¡Qué penumbra de mazmorra…
los contornos casi borra
del premioso pensamiento que agoniza!…
¡Vete y vuelve, muchachuela,
que me dejas una estela
de frescura que consuela
cuando pasas, cuando pasas a mi lado!
¡Trae la jarra, trae la jarra!
¡Qué se calle la chicharra!
¡Qué las hojas de la parra
mueva el hálito del céfiro encalmado!
¡Pero no, que el fuego es vida;
y bajo esta derretida
lumbre roja desprendida
de ese sol abrasador de los desiertos,
vida incuban los lugares,
sus azules olivares,
sus dormidos encinares,
y sus viñas y sus mieses y sus huertos!
Y entre tanto, lira mía,
tú con bárbara armonía
de chicharra, dile al día
los contrastes que me brinda la fortuna;
de mañana, brisa y parra;
en la siesta, la chicharra,
y a la noche, la guitarra,
las muchachas, los ensueños y la luna…
El Catecismo
La fiesta de la Doctrina
no es una efímera fiesta;
es una hermosa protesta
de la piedad salmantina.
La Salamanca de ahora
infunde en la de mañana
la rica savia cristiana,
del mundo liberadora.
Recíbela en su conciencia
la Salamanca futura,
que al sol de la fe más pura
toma briosa existencia;
y a la lucha del abismo
con la luz acude armada,
pero no con una espada,
sino con un Catecismo,
con una Ley redentora
que ha de ser el estandarte
que corone el baluarte
de nuestra Fe Salvadora.
¡Ley de Cristo: tú fecundas,
fortaleces, purificas,
acrisolas, glorificas
y de paz el mundo inundas!
¡Ley de Cristo: tú ennobleces,
sanas los entendimientos,
sublimas los sentimientos
y la Patria robusteces!
De tu luz divina en pos
seguro va el que camina,
porque todo se ilumina
con el Código de Dios.
En ti por Cristo nacimos
y a Cristo en ti confesamos.
¡Ley de Cristo: te acatamos!
¡Ley de Cristo: te seguimos!
Nuestro cristiano nacer
traiga el cristiano vivir;
nuestro cristiano morir
como el vivir ha de ser.
Tal será nuestra existencia
¡divino Código viejo!:
tu letra, en la inteligencia;
tu sentido, en la conciencia,
y en las obras tu reflejo.
El Cristo De Velázquez
¡Lo amaba, lo amaba!
¡No fue sólo milagro del genio!
Lo intuyó cuando estaba dormido,
porque sólo en las sombras del sueño
se nos dan las sublimes visiones,
se nos dan los divinos conceptos,
la luz de lo grande,
la miel de lo bello…
¡Lo amaba, lo amaba!
¡Nacióle en el pecho!
No se puede soñar sin amores,
no se puede crear sin su fuego,
no se puede sentir sin sus dardos,
no se puede vibrar sin sus ecos,
volar sin sus alas,
vivir sin su aliento…
El sublime vidente dormía
del amor y del arte los sueños
-¡los sueños divinos
que duermen los genios!
¡Los que ven llamaradas de gloria
por hermosos resquicios de cielo!-
Y el amor, el imán de las almas
le acercó la visión del Cordero,
la visión del dulcísimo Mártir
clavado en el leño,
con su frente de Dios dolorida,
con sus ojos de Dios entreabiertos,
con sus labios de Dios amargados,
con su boca de Dios sin aliento…,
¡muerto por los hombres!,
¡por amarlos muerto!
Y el artista lo vio como era,
lo sintió Dios y Mártir a un tiempo,
lo amó con entrañas
cargadas de fuego,
y en la santa visión empapado,
con divinos arrobos angélicos,
con magnéticos éxtasis líricos,
con sabrosos deliquios ascéticos,
con el ascua del fuego dramático,
con la fiebre de artísticos vértigos,
la memoria tomando a los hombres
ingratos y ciegos,
débiles o locos,
ruines o perversos,
invocó a la Divina Belleza
donde beben bellezas los genios,
los justos, los santos,
los limpios, los buenos…
Y al conjuro bajaron los ángeles,
y al artista inspirado asistieron,
su paleta cargaron de sombras
y luces del cielo
alzaron el trípode,
tendieron el lienzo,
y arrancándose plumas de raso
de las alas, pinceles le hicieron.
Y el mago del arte,
el sublime elegido, entreabriendo
los extáticos ojos cargados
de penumbras del místico ensueño,
tomó los pinceles,
sonámbulo, trémulo…
De rodillas cayeron los ángeles
y en el aire solemnes cayeron
todas las tristezas,
todos los silencios…
¡Y el genio del arte
se posó sobre el borde del lienzo!
Con fiebre en la frente,
con fuego en el pecho,
con miradas de Dios en los ojos
y en la mente arrebatos de genio,
el artista empapaba de sombras
y de luces de sombras el lienzo…
No eran tintas que copian inertes,
eran vivos dolientes tormentos,
eran sangre caliente de Mártir,
eran huellas de crimen de réprobos,
eran voces justicia clamando,
y suspiros clemencia pidiendo…
¡Eran el drama del mundo deicida
y el grito del cielo!…
¡Y el sueño del hombre
quedó sobre el lienzo!
¡Lo amaba, lo amaba!:
¡el amor es un ala del genio!
El Cristu Benditu
I
¿Ondi jueron los tiempos aquellos,
que pue que no güelvan,
cuando yo juí persona leía
que jizu comedias
y aleluyas tamién y cantaris
pa cantalos en una vigüela?
¿Ondi jueron aquellas cosinas
que llamaba ilusionis y eran
a’specie de airinos
que atontá me tenían la mollera?
¿Ondi jueron de aquellos sentires
las delicaezas
que me jizun llorar como un neni,
de gustu y de pena?
¿Ondi jueron aquellos pensaris
que jacían dolel la cabeza
de puro lo jondus
y en reäos que eran?
Ajuyó tuito aquello pa siempre,
y ya no me quea
más remedio que dilme jaciendo
a esta vía nueva.
¡Ya no güelvin los tiempos de altoncis,
ya no tengo ilusionis de aquellas,
ni jago aleluyas,
ni jago comedias,
ni jago cantaris
pa cantalos en una vigüela!…
II
Pensando estas cosas,
que me daban ajogos de pena,
una vez andaba por los olivaris
que la ermita del Cristu roëan.
Triste y aginao,
de la ermita me juí pa la vera;
solitaria y abierta la vide
y entrémi por ella.
Con el alma llenita de jielis,
con el pecho jechito una breva
y la cara jaciendo pucheros
lo mesmito que un niño de teta,
juíme ampié del Cristu,
me jinqué en la tierra.
y jaciendo la crus, recé un Creo
pa que Dios quisiera
jacelme la vía
una miaja tan solo más güena.
¡Qué güeno es el Cristu
de la ermita aquella!
Yo le ije, dispués de rezali:
-¡Santu Cristu, que yo tengo pena,
que yo vivo tristi
sin sabel de qué tengo tristeza
y me ajogo con estos ansionis
y este jormiguillo que me jormiguea!
¡Santu Cristu querío del alma!
Tú pasastis las jelis más negras
que ha podido pasal un nacío
pa que tos los malos güenos se golvieran;
pero yo sigo siendo maleto
y a Ti te lo digo lleno de velgüenza
pa que me perdonis
y me jagas entral en verea.
¡Tú, que estás en la Crus clavaíto
pol sel yo maleto, quítame esta pena
que aentru del pecho
me escarabajea!…
¡Jalo asina, que yo te prometo
jacelmi bien güeno pa que Tú me quieras!
III
¡Qué güeno es el Cristu
de la ermita aquella!
Pa jacel más alegri mi vía,
ni dineros me dio ni jacienda,
polque ice la genti que sabi
que la dicha no está en la riqueza.
Ni me jizu marqués, ni menistro,
ni alcaldi siquiera,
pa podel dil a misa el primero
con la ensinia los días de fiesta
y sentalmi a la vera del cura
jaciendu fachenda.
¡Pa esas cosas que son de fanfarria
no da nada el Cristu de la ermita aquella!
Pero aquel que jaciendo pucheros
se jinquí en la tierra,
y, dispués de rezali, le iga
las jielis que tenga,
que se vaiga tranquilo pa casa,
que ha de dali el Cristu lo que le convenga.
A mí me dio un hijo
que päeci de rosa y de cera,
como dos angelinos que adornan
el retablo mayol de la inglesia.
Un jabichuelino
con la cara como una azucena,
una miaja teñía de rosa
pa que entávia más guapo paeza.
A mí me entonteci
cuando alguna risina me jecha
con aquella boquina sin dientis,
rëondina y fresca,
que paeci el cuenquín de una rosa
que se jabri sola pa si se la besa.
¡Juy, qué boca tan guapa y tan rica!
¡Paeci de una tenca!
A vecis su madri
en cuerinos del to me lo quea,
se poni un pañali tendío en las sayas
y allí me lo jecha
¡Paeci un angelino
de los de la inglesia!
Yo quería que asín, en coretis,
siempre lo tuviera:
y cuando su madri vüelvi a jatealo,
le igo con pena:
-Éjalo que bregui,
éjalo que puéa
raneal con las piernas al airi
pa que críe juerza.
¡Éjalo que se esponji un ratino,
que tiempo le quea
pa enliarsi con esos pañalis
que me lo revientan!
¡Éjamelo un rato
pa que yo lo tenga
y le jaga cosinas bonitas
pa que se me ría mientris que pernea!
¡Que goci, que goci
to lo que asín quiera;
que pa jielis, ajogos y aginos
mucho tiempo quea!
¡Éjamelo pronto pa zarandealo!
Éjame el mi mozu pa que yo lo meza,
pa que yo le canti,
pa que yo lo duerma
al ton de las guapas
tonás de mi tierra,
continas y dulcis
que päecin zumbíos de abeja,
ruíos de regato,
airi de alamea,
sonsoneti del trillo en las miesis,
rezumbal de mosconis que vuelan
u cantal dormilón de chicharra
que entonteci de gusto en la siesta…
¡Miale cómo bulli,
miale cómo brega,
miale cómo sabi
óndi está la teta!
Si conocis que tieni jambrina
dali una gotera
pa que prontu se jaga tallúo
y amarri los chotos a puro de juerza.
¡Miali qué prontino
jizu ya la presa!
Miali cómo traga; mia qué cachetinos
mientris mama en el pecho te pega!
¡Miá que arrempujonis da con la carina
pa que salga la lechi con priesa!
¡Asín jacin también los chotinos
pa que baji el galro seguío y con juerza!
Ya se va jartando ¡Miá cómo se ríe,
miale cómo enrea!
Jasta el guarguerino
la lechi le llega,
porque va poniendo cara de jartura
y el piquino del pecho ya eja.
Quítalo en seguía pa que no se empachi
y trai que lo tenga…
¡Clavelino querío del güerto!,
ven que yo te quiera,
ven que yo te canti,
ven que yo te duerma,
al son de las guapas
tonás de mi tierra,
pa que pueas cantalas de mozo
cuando sepas tocal la vigüela.
¡Venga el mi mocino,
venga la mi prenda!
Ven que yo te besi
con delicäeza,
ondi menos te piquin las barbas
pa que no te ajuyas cuando yo te quiera,
ni te llorin los ojos, ni arruguis
esa cara más fina que sea,
ni te trinquis p’atrás enojao
si tu padri en la boca te besa…
IV
Mujer, ¡miá qué lindu
cuando ya está dormío se quea!
¿Tú no sabis por qué se sonríe?
Es porque se sueña
que anda de retozus con los angelinos
en la gloria mesma…
V
¡Qué guapo es mi neni!
¡Ya no tengo pena!
¡Qué güeno es el Cristu
de la ermita aquella!
El Desafío
En la izquierda la guitarra,
la navaja en la derecha,
terciada la manta al hombro,
la faja encarnada, suelta;
la actitud provocativa,
la mirada descompuesta,
roja de rabia la cara,
ronca la voz y algo trémula,
así apostrofaba el mozo
más rumboso de la aldea
a cuatro o seis rondadores
que invadieron la calleja
donde el mozo le cantaba
cantares a su morena:
«¡Me caso en Reus! Los majos
que asín de mí se moflean
jechin el paso p’alanti
como el que jabla lo jecha.
Si alguno tiene asaúras
y halbeliá más que lengua,
jala p’alanti ahora mesmo,
que al que de mí se grojea
sé yo jaceli una raya
pa embajo de alguna teta.
Sos tengo bien advertío,
por ajuyir de quimeras,
que cuando yo jechi rondas
a la vera de esta reja
calli la boca quien pasi
pa que le salga la cuenta
y jaga que no m’ha visto,
y andi agúo y no se güelva,
que esta calli es pa mí solo
dendi que Dios anochezca.
Si en esi corru hay alguno
que quie que le dé en la jeta
y jaga un bochi y lo entierri
al mesmo pie de esta reja
pa cantali luego encima
lo que él cantali quisiera
a una mujer que le ajuyi
y a ca minuto lo avienta.
Si quie dil de golpe al bochi,
eji el corru y acá venga,
y si el humol no le ayúa
y el miëo le jormiguea,
ayuali los del corru,
que pa tos acaso tenga.
¡Jala p’alanti los cinco,
que aunque sin naide me vea,
enjamás he rejilao
ampié la ventana esta!»
Así dijo el bravo mozo,
y a saltos como un fiera
lanzóse hacia los del grupo,
que, sin grande resistencia,
dejaron en un momento
despejada la calleja.
Tornó el mozo a la ventana
de la muchacha morena,
y la guitarra pulsando
hirió con rabia las cuerdas,
y al aire lanzó esta copla
con la voz un poco trémula:
«No le jurguis al león
que anda alreor de la jembra,
ni te enredis con el hombri
que canta al pie de una reja».
El Desahuciado
¡Estoy ya mu jarto!
Miusté a vel, por favol, señol médico,
si hay alguna cosa
pa esti mal repegoso que tengo,
porque llevo ya asín ocho mesis
maleto, maleto…
con una singana
y una aginaero,
con una flojera,
con un escaimiento,
que paeci una breva maúra,
esti perro cuerpo,
que antis era tan recio y tan duro
como el propio jierro.
Debi estal la mujel aburría
de jacel remedios,
pero yo ni me pongo pirongo
ni de golpi espeno.
La jacienda, tuita perdía;
los pagos, cayendo;
la mujer y el chiquino, escaldaos,
jechos unos negros
que me estoy ajogando de ansionis
n’amás que de velos
Y p’alivio to el día mirando
dendi casa la genti del pueblo
p’abajo y p’arriba
pasando y golviendo,
unos con guarrapos,
otros con aperos,
unos con forraji
y otros con istierco,
saliendo y entrando,
llevando y trujiendo,
como las jormigas
en el jormiguero.
Y n’más yo solo
enrëao con esto que tengo,
vengan ratos al sol con las tías,
enroscao lo mesmo que un perro,
u si no en el corral mancornao
entri los maeros,
sin jacel ni las sopas que como,
sin galnal ni p’a1 agua que bebo,
que velgüenza me da que me vean
asín tanto tiempo.
Cuatro vecis quiciás haiga dío
ancá’l cuarandero,
que me dijo que estaba embargao
y me puso dos parches al pecho
y una bilma de pés y de estopas
en el regäero.
Y aquí la he tenío
clavá como un perro
¡pa ná!, ¡pa quealsi
con piazos asín de pellejo!
¡Mentira paeci
que la gracia que tieni el tío Cleto
pa los males no le haiga servío
pa acertalmi con esti que tengo!
El domingo me jici el valienti
y me juí p’al güerto
conque a esparegilme
y a jacel p’allí na de provecho.
¡Cuidiaíto que juí despacino,
como ustés cuando van a paseo!
Pus me pusi a jacel unos bochis
pa tiral cuatro jabas en ellos,
y aquello eran ansias,
y sudores, y ajogo y mareos…,
que si asín acontino, me caigo
rëondo allí mesmo.
Y me vini pa casa ajogao,
sin poel ni siquiá con el cuerpo,
acezando por esas callejas
lo mesmo que un perro,
chángala mandrángala,
que tardé media tardi lo menos.
¡Me caso en la luna!
¿Miusté a vel, por favol, señol médico,
si dicin los libros
que hay algo pa esto!
Pero no me dé usté más papelis
de esos polvos negros,
porque cuasi me estoy provocando
n’amás que los miento.
Ni me jaga mercal más botellas
del constituyenti, porque no poemos,
y además que eso n’amás que sirvi
pa sacadinero.
¡Mentira paeci
que los libros no enseñin remedios
pa una cosa tan simpli, tan simpli
como esta que tengo!
¡Yo no sé pa qué está la botica
de cacharros tapá jasta el techo!
¡Miusté a vel si hay quiciás una untura,
miusté a vel si hay quiciás un ungüento,
bien juerti, bien juerti
que ajondi en el pecho,
que chupi, que saqui,
lo que tengo dañao aquí aentro,
que esti mal es asín como un bicho
agarrao en el güeco del cuerpo:
me chupa la sangri,
me atapona el gañón, y por eso
tengo esta flojera
y esti ajogaero!
Receti esa untura,
receti ese «unguentu»
que no haiga nenguno
más juerti y más recio…
¡A vel si de golpi
o me pongo pirongo o espeno!…
El Embargo
Señol jues, pasi usté más alanti
y que entrin tos esos,
no le dé a usté ansia
no le dé a usté mieo…
Si venís antiayel a afligila
sos tumbo a la puerta. ¡Pero ya s’ha muerto!
¡Embargal, embargal los avíos,
que aquí no hay dinero:
lo he gastao en comías pa ella
y en boticas que no le sirvieron;
y eso que me quea,
porque no me dio tiempo a vendello,
ya me está sobrando,
ya me está gediendo!
Embargal esi sacho de pico,
y esas jocis clavás en el techo,
y esa segureja
y ese cacho e liendro…
¡Jerramientas, que no quedi una!
¿Ya pa qué las quiero?
Si tuviá que ganalo pa ella,
¡cualisquiá me quitaba a mí eso!
Pero ya no quio vel esi sacho,
ni esas jocis clavás en el techo,
ni esa segureja
ni ese cacho e liendro…
¡Pero a vel, señol jues: cuidaíto
si alguno de ésos
es osao de tocali a esa cama
ondi ella s’ha muerto:
la camita ondi yo la he querío
cuando dambos estábamos güenos;
la camita ondi yo la he cuidiau,
la camita ondi estuvo su cuerpo
cuatro mesis vivo
y una nochi muerto!
¡Señol jues: que nenguno sea osao
de tocali a esa cama ni un pelo,
porque aquí lo jinco
delanti usté mesmo!
Lleváisoslo todu,
todu, menus eso,
que esas mantas tienin
suol de su cuerpo…
¡y me güelin, me güelin a ella
ca ves que las güelo!…
Mensaje
I
El geniecillo riente
que mis tonadas me inspira
oyó complacidamente
la ruda música ardiente
de una canción de mi lira.
Su última nota bebió,
subió a la cumbre del monte
que el canto con él oyó
y en el lejano horizonte
sagaz mirada fijó…
Las alas apresurado
batió en derechura al cielo,
quedó en la altura parado
y, apenas se hubo orientado
tendió hacia el Norte su vuelo.
Cruzó las llanuras anchas
de la desierta Castilla,
manchas de mies amarilla,
grises y estériles manchas
de muerta, mísera arcilla…
Viejas villas y lugares,
ciudades y caseríos,
verdes, pomposos pinares,
apretados encinares,
luengos parajes baldíos…
Y atrás el erial quedaba
y atrás dejando la brava
soledad de pardas sierras,
ya volaba, ya volaba,
por aragonesas tierras.
Y atrás quedaban los blancos,
los cabezos eminentes,
protegidos en sus flancos
por las rápidas pendientes
de abismáticos barrancos.
Y atrás quedaba la vega
con el río que la riega,
con la gente que la cuida,
con las casas en que anida
la rural legión labriega…
Y atrás las viejas ciudades
que despiertan las memorias
de los tiempos de las glorias
y las heroicas edades
que nos pintan las historias…
Y amainando mansamente,
como amaina la corriente
junto al borde de la poza,
plegó el vuelo de repente
sobre la gran Zaragoza.
Y bajando disparado
como blanca culebrina
desprendida del nublado,
con caída repentina
de avión aliquebrado;
como cosa que al bajar
precipita su correr
sin poderlo remediar,
raudo el genio fue a caer
sobre el templo del Pilar.
Traspasó la vidriera
de una artística tronera,
y ante la Virgen, de hinojos
humillados alas y ojos,
exclamó de esta manera:
¡Señora! de la lejana
noble tierra castellana,
donde se os rinden loores,
traigo un mensaje de amores
a tierra zaragozana.
Para ante vos presentarlo
debiera dulcificarlo,
ponerlo en habla divina;
pero es más bello dejarlo
con su rudeza prístina.
Ved de qué modo os venera
y os ama el alma sincera
de un rimador de Castilla,
que en habla ruda y sencilla
lo canta de esta manera:
¡Virgen Santa del Pilar!
Desde este rincón querido
donde he escondido mi hogar
quiero mandarte prendido
mi espíritu en un cantar.
En esa tierra de hermanos
estuve hace pocos meses
bebiendo aromas cristianos
y estrechando honradas manos
de hidalgos aragoneses.
¡Nunca podré bien pagarte
la dicha de visitarte
que quiso darle el destino
a este pobre peregrino
de la piedad y del arte!
A ti el amor me llevó
¡y estuve cerca de Ti!:
mi espíritu te sintió,
pero verte, no te vi,
porque tu luz me cegó.
Ojos que tanta belleza
sorprenden en los arcanos
que incuba Naturaleza,
pequeños son y profanos
para admirar tu grandeza.
Perdona si al visitarte,
ciego, mudo y aturdido,
no supe ni saludarte,
que yo sólo puedo hablarte
desde lejos y escondido.
Escondido en las serenas
tranquilidades amenas
de estas húmedas umbrías
que están de ruidos vacías,
que de amores están llenas.
¡Aquí ya sé yo cantar!
¡Aquí ya puedo sentir
las grandezas del Pilar!
¡Aquí ya acierto a decir
sabrosas cosas de amar!
Si esa ciudad vencedora
no fuera merecedora
de tu regia rica silla,
yo te dijera: «¡Señora!,
¡vente a morar en Castilla!»
Y si este suelo querido
se hubiese al peso rendido
del Pilar abrumador,
¡tendrémoslo suspendido
con el imán del amor!
Yo no soy más que un poeta
que toscamente interpreta
las tonadas del lugar…
Permíteme que prometa
tu gloria no profanar.
Porque el himno de tu gloria,
para la humana memoria
sólo se concibe escrito
por el dedo de la Historia
sobre el espacio infinito.
Pero yo sé hacer cantares
con decires populares
y sentires del amar,
que en estos pobres lugares
saben a pan del hogar.
Y ya que endechas sutiles
no te cantan tus poetas,
oirás coplillas viriles
al son de las panderetas
y al son de los tamboriles.
Y yo haré que de dulzores
te den su rico tesoro
las gaitas de mis pastores,
que saben decir amores
mejor que las arpas de oro.
Los campos registraremos,
y en el valle más tranquilo
sencilla ermita te haremos,
y en ella amoroso asilo
y adoración te daremos.
A pobre mansión te envita
mi cielo, Virgen bendita;
mas tu ruda grey leal
sabe rezarte en la ermita
mejor que en la catedral.
Y allí, en el campo, a tus plantas,
cantan mejor tu grandeza
los hombres con sus gargantas
y Dios con músicas santas
que sabe Naturaleza.
Mi gente no te daría
coronas ni toca de oro
ni mantos de pedrería;
mas ¡cuán henchido tesoro
de amores te rendiría!
Alegrando estos caminos
vieras venir a millares
los rústicos peregrinos
de los lugares vecinos
y los lejanos lugares.
Vieras venir las doncellas
por estas campiñas bellas,
del dulce reposo amigas,
cortando flores y espigas
para adomarte con ellas.
Grupos de mozos forzudos
y de zagales talludos
con danzas te festejaran,
donde sus cuerpos membrudos
bravos vigores mostraran.
Y a lomos de sus asnillas
vinieran las viejecillas
a darte con fe leal
velas de cera amarillas,
roscas de pan candeal…
Si hay en la ofrenda pureza,
¿qué añadirá a su grandeza
la pompa y el esplendor?
¡Qué sublime es la pobreza
cuando festeja el amor!»
II
«Perdona, Reina gloriosa,
si acaso a ofenderte llega
mi invitación amorosa;
y tú, Zaragoza hermosa,
perdona a mi fe, que es ciega.
No ha visto que formular
su amorosa petición
es torpemente olvidar
que una misma cosa son
Zaragoza y el Pilar.
No ha visto que era robarte
la más envidiable gloria
que el cielo quiso donarte.
¡No ha visto que era arrancarte
las entrañas de tu historia!
Sigue, pueblo venturoso,
sigue ostentando el hermoso
diamante de tu presea,
y ese Pilar suntuoso
tu hogar, Zaragoza, sea.
Y sea en mi tierra bendita
cada alma una lucecita,
y cada pecho un altar,
y cada hogar una ermita
de la Virgen del Pilar».
Tradicional
El huerto que heredé de mis mayores
no tiene bellas flores
de efímero vivir ni tenues frondas;
tiene hiedra sagrada
de hojas perennes y raíces hondas;
fresca niñez y ancianidad honrada.
Una bíblica higuera
lo llena todo con su copa oscura,
y una fuente con rica regadera,
que música me da, le da frescura.
Lo poco que en el mundo me ha quedado
lo tengo en este huerto,
siempre al estruendo mundanal cerrado,
siempre a la voz de mi sentir abierto.
En medio está enclavado
del árido desierto,
triste vivienda de la grey humana
que duda de la tierra prometida,
cada vez más lejana,
cada vez hacia Oriente más hundida…
Yo, cuando el sol del arenal me ciega
y en fuerza de mirar siento borrosa
la visión luminosa
donde parece que jamás se llega…
Cuando el sudor anega
mis doloridos empañados ojos,
cuando me hieren los aceros fríos
de punzantes abrojos,
cuando me azotan los hermanos míos
que me encuentro de frente en el desierto,
vertiendo sangre a ríos
y lágrimas a mares, torno al huerto.
Mi padre se sentaba en esta piedra,
que coronó de hiedra
la mano santa de mi santa madre…
Fue un altar al amor en roca dura
con dosel de verdura,
trono de patriarca con mi padre
y urna de santa con mi madre pura.
Ya está solo el edén. Todo es desierto.
Detrás de mis santísimos ancianos
saliendo han ido del sagrado huerto
mis amantes dulcísimos hermanos…
¡Los he visto morir, y yo no he muerto!
¡Jamás he comprendido
por qué Dios ha querido
que el vástago más ruin y débil sea
el último habitante de este nido.
Querrá Dios encerrarme
tal vez para ganarme,
porque en estas sagradas espesuras,
donde pasos al cielo son los días,
yo no puedo sentir cosas impuras,
yo no puedo soñar cosas impías.
He nacido en amenas,
castizas y santísimas comarcas
y corre por mis venas
sangre de venerables patriarcas
que me legaron enseñanzas buenas,
huerto, escudo solar y oro en sus arcas.
Mas, en mi estéril soledad hundido,
Amor me ha visitado. Amor me ha herido,
y hervor de sangre que mi cuerpo inunda
dice que no he nacido
para morir estéril junto al nido
de una raza fecunda.
Dondequiera que estés, mujer hermosa,
predestinada esposa
que merezcas posar aquí tu planta,
que merezcas sentarte en esta piedra
que coronó de hiedra
la mano de una santa,
ven al huerto querido,
y a la sombra de Dios, Padre del mundo,
pondremos cama nueva al viejo nido
que mi sangre y mi Dios quieren fecundo.
El cielo todavía
no ha otorgado a mis ojos el consuelo
de beber tu hermosura, ¡oh virgen mía!;
pero te adoro en el azul del cielo,
y en el tranquilo resbalar del día,
y en el silencio de la noche oscura,
y en la quietud del huerto sosegado,
y en el recuerdo de la gente pura
que me lo hizo sagrado.
Te adoro en la memoria
de aquella santa de sencilla historia
que la tierra del huerto que he heredado
santificó con su adorable planta
y el dulce ambiente nos dejó inundado
de perfumes de santa.
Ven, casta virgen, al reclamo amigo
de un alma de hombre que te espera ansiosa
porque presiente que vendrán contigo
el pudor de la virgen candorosa,
la gravedad de la mujer cristiana,
el casto amor de la leal esposa
y el pecho maternal que juntos mana
leche y amor para la prole sana
que a Dios le place alegre y numerosa.
¡Dios que lo escuchas!, acelera el día,
porque es tu sol incubador y hermoso,
y la noche es estéril y sombría,
la vida breve, el corazón fogoso,
sensible el alma mía,
soberano el Amor y fructuoso
y Tú eres Padre del inmenso mundo
e hijo yo soy del mundo vigoroso
que te plugo crear grande y fecundo.
Alegra mi desierto
con ruido de vivir cuyo concierto
pueda sonarte a coro de angelillos…
Ya ves que entre las hiedras encubierto
hay un nido minúsculo en mi huerto
con siete pajarillos…
Nocturno Montañés
(A J. Neira Cancela)
El oro del crepúsculo
se va tomando plata,
y detrás de los abismos que limita
con perfiles ondulantes la montaña,
va acostándose la tarde fatigosa
precursora de una virgen noche cálida,
una noche de opulencias enervantes
y de místicas ternuras abismáticas,
una noche de lujurias en la tierra
por alientos de los cielos depuradas,
una noche de deleites del sentido
depurado por los ósculos del alma…
A ocaso baja el día
rodando en oleadas
y los ruidos de los hombres y las aves,
a medida que el crepúsculo se apaga,
va cayendo mansamente en el abismo
del silencio que de música empapa.
Las penumbras de los valles misteriosos
van en ondas esfumando las gargantas,
van en ondas esfumando las colinas,
van en ondas escalando las montañas;
y el errático murciélago nervioso
raudo cruza, raudo sube, raudo baja,
con revuelo laberíntico rayando
las purezas del crepúsculo de plata.
Con regio andar solemne
la noche se adelanta,
y en el lienzo de los cielos infinitos,
y en las selvas de las tierras perfumadas,
van surgiendo las estrellas titilantes,
van surgiendo las luciérnagas fantásticas.
Lentamente, como alientos misteriosos,
de los senos de los bosques se levantan
brisas frescas que estremecen el paisaje
con el roce de las puntas de sus alas,
preludiando rumorosas en las frondas
las nocturnas melancólicas tonadas,
la que vibran los pinares resinosos,
la que zumban las robledas solitarias,
la que hojean los maizales susurrantes,
la que arrullan las olientes pomaradas…
y aquella más poética
que suena en las entrañas,
la que viene sin saber de donde viene,
la que suena sin sonoras asonancias,
¡la que arranca la divina poesía
de las fibras más vibrantes de las almas!
De los coros rumorosos de la noche,
de los senos de las flores fecundadas,
al sentido vienen músicas que engríen,
al sentido vienen poemas que embriagan….
es la hora de los grandes embelesos,
es la hora de las dulces remembranzas,
es la hora de los éxtasis sabrosos
que aproximan la visión paradisíaca,
es la hora de los cálidos amores
de los hijos, de la esposa y de la Patria…
¡El momento más fecundo de la carne
y el momento más fecundo de las almas!
Tendido en lecho húmedo
de hierbas aromáticas,
he bebido la ambrosía de la noche
sobre el lomo de la céltica montaña.
Más arriba, los luceros de diamantes;
más arriba, las estrellas plateadas;
más arriba, las inmensas nebulosas
infinitas, melancólicas, arcanas…;
más arriba, Dios y el éter…; más arriba,
Dios a solas en la gloria con las almas….
¡con las almas de los buenos que la tierra
fecundaron con regueros de sus lágrimas!
Más abajo, las robledas sonorosas;
más abajo las luciérnagas fantásticas;
más abajo, los dormidos caseríos;
más abajo, las riberas arrulladas
por el coro de bichuelos estivales,
por el himno ronco y fresco de las aguas,
por el sordo rebullir de los silencios
que parece el alentar de las montañas…
Los hombres todos duermen,
las horas solas pasan,
y ahora, salen mis secretos sentimientos
del encierro perennal de mis entrañas,
y ahora salen mis recónditas ideas
a esparcirse en las regiones dilatadas
donde el choque con los hombres no las hiere,
donde el roce con los fangos no las mancha,
donde juegan, donde ríen, donde lloran,
donde sienten, donde estudian, donde aman…
Ellas pueblan los abismos de los cielos
y en efluvios sutilísimos se bañan,
ellas oyen el silencio de los mundos,
ellas miden sus grandezas soberanas,
ellas suben y temblando se aproximan
a las puertas diamantinas de un alcázar,
y algo entienden de una música distante
que estremece, que embelesa, que embriaga,
y algo sienten de una atmósfera sin peso
que parece delicioso lecho de almas…
¡Oh nostalgias del espíritu que ha visto
los linderos aún sellados de su patria!
¡Oh grandezas de las noches religiosas
que aproximan las divinas lontananzas!
Se asoma blanca y tímida
la dulce madrugada;
palidecen las estrellas del Oriente
y se enfrían los alientos de las auras,
se recogen los misterios de la noche,
las luciérnagas suavísimas se apagan
y los libres sueños amplios de mi mente
se repliegan en la cárcel de mi alma…
Y honda y queda en sus arrullos iniciales,
y habladora cuando el mundo se levanta,
y opulenta en las severas plenitudes
de su música de oro y rica casta,
se derrama por los campos
la canción de la mañana.
La Flor Del Espino
I
El padre es un tosco
labriego fornido,
áspero y velludo
gigante broncíneo.
¡La madre, una hembra
con hombrunos bríos,
desgarradas formas,
groseros aliños!
¡Y ved el misterio!…
La niña ha nacido
pequeñita y blanca
como flor de espino.
¡La teta es tan grande
como el angelito!
Parecen el bronce
y el mármol unidos.
Me da mucha pena
que aquel hociquillo
tan tierno, tan puro,
tan fresco, tan rico,
toque el pezón negro
el pechazo henchido.
Y ¡siento una lástima
y un miedo y un frío
cuando el gigantesco
labriego fornido
coge en sus manazas
aquel cuerpecito
blanco como el mármol,
tierno como un lirio!
Como es tan pequeño,
tan blando, tan fino,
temo que las zarpas
del león broncíneo
lo hieran, lo quiebren…
¡Me da miedo y frío!
Y luego, ¡qué ira
cuando le hace mimos
con aquellos dedos
callosos y heridos
y cuando le pone
con brutal cariño
los labiazos ásperos
sobre el hociquillo,
que parece un fresco
clavel con rocío!…
II
¡Eran aprensiones!
Después lo he sabido.
El pezón negruzco
del pechazo henchido
no mancha los labios
de los angelitos.
Es moreno y tosco,
¡pero está tan tibio!…
¡Tan tibia y tan pura
derrama en hilillos
la leche purísima
del pechazo henchido,
que ¡pobre de aquella
flor blanca de espino
sin ese venero
de vida tan rico!
¡Por eso aquel ángel
lo quiere tantísimo,
que cuando se aparta,
cansado y ahíto,
del pezón moreno
rebosante y tibio,
lo mira y sonríe,
le quiere hacer mimos,
lo dobla y lo estruja
con el hociquillo,
lo coge y lo suelta,
le da golpecitos,
y poquito a poco
se queda dormido
de hartura y de gusto
junto al calorcillo!…
Ni aquellas manazas
del padre sombrío
lastiman al ángel…
¡Ya lo he comprendido!
¿Qué es lo que no torna
süave el cariño?
Cogerá a su hija
como yo a mi hijo,
quien dice su madre
cuando se lo quito
desnudo del halda
para hacerle mimos:
—¡Me da gusto verte
levantar al niño,
porque lo levantas
lo mismo, lo mismo
que los sacerdotes
el cuerpo de Cristo!
III
Eran aprensiones,
¡ya lo he comprendido!
Mas queda el enigma
recóndito, vivo…
El hombre es velloso,
grosero, cetrino;
la madre es hombruna
de ceños sombríos;
la débil niñita
¿por qué habrá nacido
blanca como el mármol,
tierna como el lirio?
Pues es un misterio
lo mismo, lo mismo,
que el que nos ofrece
la flor del espino…
El Poema Del Gañán
I
Era el tiempo llegado
de las puras mañanas otoñales,
las que tienen un sol tibio y dorado
que, de la hermosa vega enamorado,
desgarra, para verla, los cendales
de flotante vapor que la han velado
en las primeras horas matinales.
Mañana con alondras y rocío,
canturreos sonoros,
silvar de tordos y zumbar de río,
balar de ovejas y mugir de toros…
Alegre despertar de los lugares,
tañidos de campana,
humo de los hogares,
pura luz, tibio sol, dulce galbana…
Vinieron otra vez los esplendentes
serenos mediodías,
las tardes impregnadas de dolientes
dulces melancolías,
las noches de los húmedos relentes,
las misteriosas madrugadas frías…
La tierra laborable,
refrescada por lluvia saludable,
iba tomando con el sol tempero,
y al abrir el sencillo timonero
de los húmedos senos el tesoro,
tan frescos y amorosos se ofrecían,
que ellos mismos pedían
del puño sembrador la lluvia de oro.
Erraban dos por el azul profundo
jirones ambos de flotante nube,
como las alas que perdió un querube
que Dios ha puesto junto a mí en el mundo.
El aire se dormía,
extática la mente se quedaba,
el ojo distraído ver creía
que el suelo palpitaba
a impulsos de la vida que lo henchía,
y absorto en la visión, le parecía
que la inmensa llanura respiraba.
El alma vislumbraba
los misterios profundos
del eterno existir de los espacios
y el perenne equilibrio de los mundos.
Natura estaba henchida
del gran silencio que en lo grande anida,
y hundido en el abismo del reposo,
barruntaba el sentido vigilante,
el sereno rodar majestuoso
de la Tierra gigante…
La atmósfera era pura,
grande como los mares la llanura,
abierto el horizonte,
llenos los cielos de infinita calma,
llena de amores la quietud del monte,
llena de fe la soledad del alma…
Y el que suele rodar carro del tiempo
con paso presuroso
sobre la vida del mortal dichoso
que tiene que gozarla apresurado,
era allí tan piadoso,
que acortaba su paso, antes ligero,
y rodaba callado
para hacer el placer más duradero,
para hacer el sentir más sosegado.
Brotaban ya en las eras
quitameriendas de matices rojos,
criaban achicorias los rastrojos,
se llenaban las lindes de acederas
y los huertos de malvas y de hinojos.
La grata algarabía
de los bandos de tordos silbadores
los prados alegraba en que caía;
tábanos zumbadores
por la atmósfera erraban placentera,
holgaban los pastores,
tomando el sol en la feraz ribera,
y reía el regato en la hondonada,
y apuntaba la grama en la pradera…
Nuncios de la otoñada…
¡Tiempos de sementera!
¡Gran Dios: tan bellos días
haces caer de tus hermosos cielos
que hasta me obligan a olvidar mis duelos
y es pecado olvidar lo que tú envías!
II
Echa surcos derechos
a mi ventana;
labrador de mis padres
serás mañana.
(Cantar popular castellano.)
La postrer melodía
sonó amorosa del cantar süave
que vino de la vaga lejanía
con blando ritmo de volar de ave.
Rayaba el puro día;
el rústico cantor, embebecido
de su labor en la profunda calma,
plegó sus labios y rumió el sentido
de aquel cantar que le llegaba al alma.
Era verdad lo que el cantar decía.
En aquel lugarejo que dormía
bajo la fronda espesa
de la mansa alameda juguetona.
Trabajo era honradez y Amor promesa;
Trabajo era virtud y Amor corona.
Y el gañán laborioso
se deleitaba en el sentido hermoso
del cantar de la moza castellana,
que al elegir para mañana esposo
buscaba labrador para mañana.
Él también intuía
que el trabajo es virtud, es armonía,
es levadura del placer humano,
frente del bien, secreto de la suerte,
deber del hombre sano,
honra del varón fuerte
y vanidad de mozo castellano
que el pan que come con la misma toma
con que lo gana diligente mano.
Y meditando sobre aquel mañana
del severo cantar de la aldeana,
pensó en sus padres, de ternura lleno,
pues sus frentes rugosas le decían
las gotas de sudor que se vertían
para dar a los hijos pan moreno.
Y absorto, grave y mudo,
vio grabado en el libro del Destino
aquel cantar desnudo,
primera estrofa del poema rudo
de la vida del pobre campesino.
III
De poco le servía
labrar la tierra,
como sus bendiciones
Dios no le diera.
Así cantó el labriego
con música de intensa melodía
que en el sentido derramó ambrosía
y en la conciencia derramó sosiego.
Mediaba el puro día.
La quietud de la atmósfera pesaba,
la yunta se dormía,
la brisa se paraba
y las pardas alondras del camino
se quedaban extáticas bebiendo
las dulzuras del ritmo peregrino
que del manso cantar iban fluyendo.
Era el himno aldeano,
salmo de agradecida criatura
que a Dios concibe en la celeste altura
dándonos pan con amorosa mano;
severo canto llano
que al rudo mozo le enseñó Natura
para el culto del templo soberano
de la vasta llanura,
que aún es estrecha para altar cristiano.
Y yo escuchaba embelesado y mudo
la piadosa letrilla,
decir sincero de la fe sencilla,
hija de un pecho rudo
donde nunca arañó, ruin y sañuda,
la sama miserable de la duda.
El hijo del trabajo,
surco arriba marchando y surco abajo,
buscaba en el trabajo solamente
los pedazos de pan que el suelo encierra.
porque siempre creyó cosa evidente
que el sudor de la frente
es el mejor abono de la tierra.
Pero también creía
que es la mano de Dios omnipotente
quien a la tierra laborable envía
el sol que la caldea,
la escarcha que la enfría,
la brisa que la orea,
la lluvia que la baña y sanea…
La mano soberana,
fuente de vida de la raza humana;
la mano de las grandes maravillas;
la que encierra en minúsculas semillas
gérmenes diminutos,
misterio del amor encantadores
de donde brotan las hermosas flores,
de donde surgen los sabrosos frutos…
Así se lo decía
la firme y pura que adquirido había
fe de granito en el hogar amado;
y aquel cantar piadoso y sosegado
que del alma escapó por la garganta
fiel expresión de sus sentires era,
porque el alma sincera
lo que siente, y no más, es lo que canta.
IV
Dice la mi morena
que cuando voy a arar
se entristecen los campos
y se alegra el lugar.
La labor terminaba. Atardecía,
y la copla postrera,
más rica que ninguna en armonía,
más dulce en el caer, más plañidera,
más empapada en la nostalgia austera
que infunde el campo de la patria mía,
voló por la llanura
y en el alma cayó por el oído
con cadencias de lánguida dulzura,
con dejos de quejido
y amorosos temblores de ternura.
Era el himno sereno
del amor castellano,
de prudente pudor, de calma lleno,
como el alma del rústico aldeano:
vibración de los gozos y las penas
de las almas serenas,
ante robusto de las almas rudas,
hondo consuelo de las almas buenas,
único idioma de las almas mudas…
¡Señor, si tus enojos
haces caer sobre miseria tanta
como aflige a cualquiera de tus hijos,
ponle llanto en los ojos,
ponle abrojos debajo de la planta,
ponle arrugas y canas en la frente;
pero déjale voz en la garganta,
porque bien sabes Tú, Dios providente,
que no puede vivir el que no canta!
Camino de la aldea,
que, oculta entre los álamos, humea,
delante del muchacho distraído
la yunta va marchando,
el arado del yugo suspendido
y el timón arrastrando.
Lánguidamente declinaba el día;
la brisa se hizo fría,
la alondra se acostó, cantó el mochuelo,
el murciélago errante
culebreó con dislocado vuelo.
Era verdad lo que el cantar decía.
A medida que el mozo la dejaba,
la llanura ¡qué triste se ponía!
¡qué sola se quedaba!
Todo en ella decía
que él era el alma del terruño muerto,
él era lengua del paisaje mudo,
él la nota viviente del desierto,
el sacerdote rudo
de aquel templo desnudo,
al culto grave del trabajo abierto.
Y a medida que el campo se ponía
como la copla del gañán decía,
se alegraba el lugar con los rumores
de la humilde legión de labradores
que a la aldea volvía
en busca del pedazo de cariño,
la pobre cena en el hogar risueño,
las caricias de un niño
y unas horas dulcísimas de sueño.
Cuando el mozo pasaba por la era,
del lugarejo plácida vecina,
le pidió una campana plañidera
la oración vespertina,
y él la rezó con la piedad sincera
y algo inconsciente de la fe pristina.
En el cielo amarillo del Poniente
brilló una estrella rutilante y pura,
y el mozo, indiferente,
la bio cabrillear, fija en la altura;
pero de aquella cristalina fuente
que está junto al camino
vio venir hacia él alegremente,
como bando de alondras trinadoras,
alborotado grupo peregrino
de garridas muchachas habladoras.
Y ojos que no cegaron
con la luz del lucero vespertino,
deslumbrados quedaron
al fulgor de una estrella
de la gentil constelación humana…
Con las Rebecas del alma castellana
que el mozo vio venir… ¡estaba «ella»!
Ése es un hijo de la patria mía:
el que Natura para el Cielo cría,
el que entero en la vida se derrama,
porque a vivirla, generoso, viene,
trabaja, reza y ama:
¡Dios no le pide más: da lo que tiene!
El Ramo
I
Y ¿qué quieres, Sebastián?
—Pues unos cantares, amo.
—¿Para Luciana serán?
—Son para cantarle el ramo
de la noche de San Juan.
—Bueno; pues di a Luciana
que atienda y se ponga ufana
si en la canción se conoce,
y aquella noche, a las doce,
le cantas a la ventana:
«Te traigo un ramo de flores
del huerto de mis amores
para adornarte la reja;
del huerto de mis mayores
te traigo mieles de abeja;
y amor y trabajo, unidos,
cantando regalarán
tus oídos
en la noche de San Juan».
«¡Si tú supieras, Luciana,
qué triste he pasado el día!…
Fue tan larga la mañana,
tan larga la tarde vana,
que yo a las dos les decía:
—Si no acabáis de esconderos,
¿cuándo su luz me darán
los luceros
de la noche de San Juan?
«Me dice nuestro querer
que aquel gozar de mañana
más hondo que éste ha de ser…
Perdone el Amor, Luciana,
que no lo puedo creer.
¿Quién midió la dicha honda
que inspira al pobre galán
esta ronda
de la noche de San Juan?»
«Casta, cual noche de estío
cual la hormiga, vividora;
pura, cual puro rocío;
risueña como la aurora…»
¡Así ha de ser, hijo mío!…
Y se oían concertadas
—olas que vienen y van—
las tonadas
de la noche de San Juan.
«Antes que amores sintiera
cantaba yo el esquileo,
cantaba la barbechera,
la plácida sementera
y el codicioso acarreo.
Y nunca aprendí estos sones,
porque no eran los del pan
las canciones
de la noche de San Juan».
«Tranquilo te vi crecer;
mas no sé con qué ilusión
te pude más tarde ver,
que díjome el corazón:
¡Es la soñada mujer!
Y a un lado viejos pensares,
dime a aprender con afán
los cantares
de la noche de San Juan».
«Te dije triste y sincero:
—¡Soy un pobre jornalero,
pero te tengo un querer!…
—También soy pobre y te quiero
—me hubiste de responder—;
y aquel año de alegrías
ya cantó el pobre gañán
melodías
de la noche de San Juan».
«Si te pudiera pintar
unas ansias de querer
en que ahora me siento ahogar
y unas ganas de llorar
que tengo al amanecer…
¡Ay!, a encenderlas volvieras
cuando apagándose van
las hogueras
de la noche de San Juan».
«Mas oye: vengan los días
de nuevas felicidades
y de nuevas alegrías.
Si amor promete ambrosía,
juremos fidelidades,
que cuantos años vivamos
las hojas revivirán
de estos ramos
de la noche de San Juan».
II
—Pero ¿lloras, Sebastián?
—Yo no sé qué es esto, amo…
—Pues lágrimas que se van…
¡Sé muy bien lo que es el ramo
de la noche de San Juan!…
Los Postres De La Merienda
El sol quemaba, y al mediar el día
interrumpió Francisco la faena:
una faena trabajosa y ruda,
menos propia de hombres que de bestias.
Y laxos ya los músculos de acero,
medio asfixiado, con las fauces secas,
limpiándose los ojos escaldados
y mascando el polvillo de la tierra,
a la sombra candente de un olivo
se dispuso a comerse la merienda:
un pedazo de pan como caliza
y un trago de agua… si la hubiese cerca.
«¡Y entavia gruñi el amo! —meditaba—.
Pus no sé yo que más jacel se puea
que trabajal jasta que el cuerpo dici
que aunque quiera no pue jacel más fuerza.
¡Y gruñí! Y pa ganal los cuatru realis
es menestel queal jecho una breva,
y estrozalsi la ropa, y no traelsi
ni un cacho tajaína pa merienda
pa que el cuerpo no diga que no puedi
y se abarranqui con la carga a cuestas.
Y ahora menos mal que los jornalis
rejundin más, aunque sual me cuestan;
pero n’amás que pase el tiempo esti
con tres realis pelaos uno se quea,
jasta que espués la bellotera ayúe
y espués también la aceitunera venga,
pa que siquiera otro mesín poamos
ganal escasamenti la peseta.
Y luego… los tres realis, y el invierno
que se pue regilal sin cuasi leña
ni aceiti p’al candil ni na de trigo,
que se poni a cincuenta la janega.
No quea más que el ajo de patatas,
si hay algo de cundío pa cocelas,
que no lo habrá si la mujer no sali
por ahí avelgonzá con la aceitera.
Ya podía robali al amo mesmo
bellotas y aceitunas pa vendelas,
y cosas de más valía que tieni
juera de casa y en su casa mesma.
Pa jacelo me sobran asaúras,
me sobra halbelía, me sobra juerza,
pero ejaba perdía a la mi genti
si en el ajo me cogin y me enrean.
¡Y aunque no! Ni mi padri jizu eso
ni me ijo enjamás que lo jiciera,
ni aninantis he sío de la uña
ni quieri la mujel que ahora lo sea.
¡Ni falta que jacía ni pensalo
con un jornal contino de peseta!;
pero súas y súas como un negro
y a ganalo algún mes cuantis que llegas.
¡Y asín tiene que sel! Yo no me arrocho
a jacel la bruta mas que me muera,
porque a mí no me sale la robaina
¡y antis me junda que me jaga a ella!
Seguiremos asín, como poamos,
aguantando, aguantando lo que venga,
jasta que ya se llenin las medías,
¡porque me gieri que el muchacho y ella
no se puéan jartal de pan de trigo
ni un torresnino pa colalo tengan!…»
Por aquí iba Francisco en sus pensares
cuando de pronto resonó ya cerca
el trote de la jaca que montaba
el amo que no daba la peseta
Y ante Francisco, en ademán airado,
gruñó el verdugo con la voz muy seca:
«No quiero jornaleros comodones
que a la sombra tan frescos se me sientan,
ni señoritos finos que se tardan
una hora en comerse la merienda.
La herramienta parada, tú sentado,
y luego, ¡que te paguen a peseta!
Te debo medio día, deja el corte
y a la noche te vas a por la cuenta.»
No dijo más, y al trote de la jaca
salió del olivar por la vereda.
Mirándole Francisco como a veces
suele mirar al domador la fiera,
murmuró con la voz un poco ronca,
preñada de amenazas y algo trémula.
«¡Me caso en Reus!… ¡Lo que yo jaría
si el chico y la mujel se me murieran!…»
Elegía
I
No fue una reina
de las de España,
fue la alegría
de una majada.
Trece años cumple
para la Pascua
la cabrerilla
de Casablanca.
Su pobre madre
sola la manda
todas las tardes
a la majada.
Lleva ropilla,
lleva viandas
y trae jugosa
leche de cabras.
Vuelve de noche,
porque es muy larga,
porque es muy dura
la caminada
para un asnillo
que apenas anda.
¡Qué miedo lleva!
Pero lo espanta
con el sonido
de sus tonadas.
Canta con miedo,
de miedo canta.
¡Son tan profundas
las hondonadas
y tan espesas
todas las matas!…
¡Son tan horribles
las noches malas,
cuando errabundas
aullando vagan
lobas paridas
por las cañadas
con unos ojos
como las brasas!…
¡Son tan medrosas
las noches claras
cuando en los charcos
cantan las ranas,
cuando los búhos
ocultos graznan,
cuando hacen sombra
todas las matas
y se menean
todas las ramas!…
Los viejos hombres
de la majada
la quieren mucho
porque es tan guapa,
porque es tan buena,
porque es tan sabia.
Pero a un despierto
zagal de cabras,
que cumple trece
para la Pascua,
no sé con ella
lo que le pasa,
que algunas veces,
al contemplarla,
se pone trémula
su cara pálida
y entre sus párpados
tiemblan dos lágrimas…
Nadie ha sabido
que la regala
dijes y cruces
de Alcaravaca
de bien pulido
cuerno de cabra.
Cuando ella viene
con la vianda
¡le da más gusto!…
¡Le da más ansia,
le da más pena,
cuando se marcha!…
¡Como que toda
la noche pasa
llorando quedo
sobre la manta
sin que lo sepan
en la majada!
II
¡Ay pobre madre,
cómo gritaba,
despavorida,
desmelenada!
¡Ay los cabreros
cómo lloraban,
apostrofando,
ciegos de rabia!
¡Cómo corrían
y golpeaban
con los cayados
peñas y matas!
¡Y eran muy pocas
todas las lágrimas
que de los ojos
se derramaban!
¡Y eran pequeñas
todas las ansias
y las torturas
de las entrañas!
¿Quién nunca ha visto
desdicha tanta?
¡La cabrerilla
de Casablanca
por fieros lobos,
¡ay!, devorada!
Sangre en las peñas,
sangre en las matas,
¡la virgencita,
desbaratada!
¡Toda en pedazos
sobre la grava:
los huesecitos
que blanqueaban,
la cabellera
presa en las matas,
rota en mechones
y ensangrentada!…
¡Los zapatitos,
las pobres sayas
todas revueltas
y desgarradas!…
Loca la madre,
qué miedo daba
de ver los rayos
de sus miradas,
de oír los timbres
de sus palabras,
y el cabrerillo
de la majada
mudo y atónito
tremiendo estaba
con los ojazos
llenos de lágrimas,
despavorido
como zorzala
de un aguilucho
presa en las garras.
¿Cómo los árboles
no se desgajan?
¿Cómo las peñas
no se quebrantan,
y no se enturbian
las fuentes claras
y no ennegrecen
las noches blancas?
Ya vienen hombres
con unas andas,
con unos paños,
con una sábana;
los despojitos
en ella guardan
y se los llevan
a Casablanca.
Y al cabrerillo
nadie lo llama,
pero él camina
tras de las andas
mirando a todos
con la mirada
de herido pájaro
que en torno vaga
de los verdugos
que le arrebatan
el dulce nido
donde habitaba.
¡Ay virgencita
de Casablanca!
¡Ay cabrerillo
de la majada!
III
Su padre silba,
su padre llama,
porque el muchacho
deja las cabras
junto a las siembras
abandonadas
y en los jarales
oculto pasa
tardes enteras,
largas mañanas…
¿Qué es lo que hace?
¿Por qué se guarda?
Pues es que a solas
las horas pasa,
pule que pule,
taja que taja,
llora que llora,
ciego de lágrimas…,
que dos veneras
finas prepara
de bien pulido
cuerno de cabra,
porque una noche
quiere llevarlas
al campo santo
de Casablanca…
En La Majada (Coro De Vaqueros)
VAQUEROS
La alborada,
la alborada, la alborada va a venir.
No se puede con el frío de la helada
dormir.
¡No se puede dormir!
Se mete hasta los tuétanos
el húmedo relente
y el filo del carámbano
parece que se siente
por la carne dolorida penetrar.
Se hielan en los párpados
las gotas de rocío,
las mantas empandéranse
y no quitan el frío;
este frío que nos hace tiritar.
MAYORAL
¡Arriba, muchachos!
¡Que va a amanecer
y al chozo hoy los amos
nos vienen a ver!
VAQUEROS
La alborada,
la alborada por allí despuntará.
Ya la luna, melancólica, borrada,
se va;
¡ya la luna se va!
Pusiéronse ya pálidos
el carro y las cabrillas;
ya cantan en los árboles
las tontas abubillas
la temprana monorrítmica canción.
Calláronse los cárabos,
y braman los becerros;
las vacas, levantándose,
sacuden los cencerros,
que resuenan como notas de un bordón.
¡Tolón! ¡Tolón!
¡Tolón! ¡Tolón!
MAYORAL
¡Aprisa, muchachos
que va a clarear,
y ya están las vacas
queriendo marchar!
VAQUEROS
La alborada,
la alborada por allí ya despuntó.
Su venida la alegría en la majada
vertió.
¡La alegría vertió!
Las vacas, relamiéndolos,
sus chotos amamantan;
allá en las vegas húmedas,
las nieblas se levantan
y transponen de las cúspides a ras;
la escarcha de los árboles
el sol va derritiendo,
y al suelo en puras lágrimas,
deshechas van cayendo
con monótono dulcísimo compás.
¡Tas! ¡Tas!
¡Tas! ¡Tas!
Y a la vaca más lechera,
que llamándonos espera,
desde que al choto se acercó
asaltamos de costado,
el becerro por un lado,
por el otro lado, yo.
Y espumosa,
mantecosa,
bienoliente,
sabrosa,
bullente,
jugosa,
caliente,
cual finísimo riel
de la ubre va fluyendo
y en la cuerna va cayendo
espumando,
chispeando,
humeando,
leche dulce como miel…
En Todas Partes
En los montes de encinas seculares
donde toda raíz profunda arraiga
donde tronco es columna inconmovible
y brazo de gigante toda rama;
allí donde en la vida se suceden,
cual recordando lo que nunca acaba,
el estallido de la yema nueva
y el caer funeral de la hojarasca;
allí, Señor, del tiempo
te siento Eterno el alma.
Con las pupilas y la mente hundidas
en los espacios de las noches claras;
en las orillas de los mares hondos
con el oído abierto a la borrasca;
junto a la base de la oscura sierra,
mirando el risco de las crestas ásperas;
sobre el perfil de la montaña ingente,
mirando el mundo de las tierras bajas,
allí, Señor del mundo,
te siente Grande el alma.
De la pradera en el riente suelo
pintado de violetas y gamarzas;
en el fogoso amanecer de oro
y en el sereno amanecer de plata;
oyendo al ave que cantando sube
y al regatuelo que rezando baja;
con una rosa cerca de los ojos
y un ruido de aire que entre frondas pasa,
así, por el sentido,
te siente Bueno el alma.
Y de ese insecto en los flexibles élitros,
y de esa fiera en las agudas garras,
y en esa escarcha que la tierra hiela,
y en ese rayo que el ambiente abrasa,
en ese sol incubador de vida,
en esa lluvia que mis surcos baña,
en esa brisa que fecundo polen
lleva en la punta de sus leves alas,
te siente Providente,
te siente Sabio el alma.
Sobre la peña del erial hirsuto
paladeando hieles las entrañas;
bajo la hiedra de heredado huerto
saboreando amores o esperanzas;
revolcando mis carnes sobre abrojos
cuando me acusa la conciencia airada
o en mi lecho campestre de tomillos
cantando paz de honrado patriarca,
allí, Padre del hombre,
te siente Bueno el alma.
Y no en los ruidos de los bellos días
ni en los silencios de las noches diáfanas;
y no en lo grande de tus grandes mundos
ni en lo pequeño que en sus senos guardan;
ni en esas cumbres de la vida eterna
ni en esos valles de la vida humana
es donde el alma que con sed te busca
bebe y se baña en tu visión más clara…
¡Mejor que fuera de ella
te siente dentro de su abismo el alma!
La Jurdana
I
Era un día crudo y turbio de febrero
que las sierras azotaba
con el látigo iracundo
de los vientos y las aguas…
Unos vientos que pasaban restallando
las silbantes finas alas…
Unos turbios, desatados aguaceros,
cuyas gotas aceradas
descendían de los cielos como flechas
y corrían por la tierra como lágrimas.
Como bajan de las sierras tenebrosas
las famélicas hambrientas alimañas,
por la cuesta del serrucho va bajando
la paupérrima jurdana…
Lleva el frío de las fiebres en los huesos,
lleva el frío de las penas en el alma,
lleva el pecho hacia la tierra,
lleva el hijo a las espaldas…
Viene sola, como flaca loba joven
por el látigo del hambre flagelada,
con la fiebre de sus hambres en los ojos,
con la angustia de sus hambres en la entraña.
Es la imagen del serrucho solitario
de misérrimos lentiscos y pizarras;
es el símbolo del barro empedernido
de los álveos de las fuentes agotadas…
Ni sus venas tienen fuego,
ni su carne tiene savia,
ni sus pechos tienen leche,
ni sus ojos tienen lágrimas…
Ha dejado la morada nauseabunda
donde encueva sus tristezas y sus sarnas,
donde roe los mendrugos indigestos,
de dureza despiadada,
cuando torna de la vida vagabunda
con el hijo y los mendrugos a la espalda,
y ahora viene, y ahora viene de sus sierras
a pedirnos a las gentes sin entrañas
el mendrugo que arrojamos a la calle
si a la puerta no lo pide la jurdana.
II
¡Pobre niño! ¡Pobre niño!
Tú no ríes, tú no juegas, tú no hablas,
porque nunca tu hociquillo codicioso
nutridora leche mama
de la teta flaca y fría,
álveo enjuto de la fuente ya agotada.
Te verías, si te vieras, el más pobre
de los seres de la tierra solitaria.
No envidiaras solamente al pajarillo
que en el nido duerme inerte con la carga
de alimentos regalados
que calientan sus entrañas,
envidiaras del famélico lobezno
los festines que la loba le depara,
si en la noche tormentosa con fortuna
da el asalto a los rediles de las cabras…
Estos días que en la sierra se embravecen,
por la sierra nadie vaga…
Toda cría se repliega en las honduras
de cubiles o cabañas,
de calientes blandos nidos
o de enjutas oquedades subterráneas.
Tú solito, que eres hijo de un humano
maridaje del instinto y la desgracia,
vas a espaldas de tu madre recibiendo
las crüeles restallantes bofetadas
de las alas de los ábregos revueltos
que chorrean gotas de agua.
Tú solito vas errante
con el sello de tus hambres en la cara,
con tus fríos en los tuétanos del cuerpo,
con tus nieblas en la mente aletargada
que reposa en los abismos
de una negra noche larga,
sin anuncios de alboradas en los ojos,
orientales horizontes de las almas
III
Por la cuesta del serrucho pizarroso
va bajando la paupérrima jurdana
con miserias en el alma y en el cuerpo,
con el hijo medio imbécil a la espalda…
Yo les pido dos limosnas para ellos
a los hijos de mi patria:
¡Pan de trigo para el hambre de sus cuerpos!
¡Pan de ideas para el hambre de sus almas!
La Virgen De La Montaña
(A mi querido amigo el virtuoso sacerdote don Germán Fernández)
I
Era un día quejumbroso de diciembre ceniciento
cuando yo subí la cuesta de la mística mansión:
el que aquella cuesta sube con angustias de sediento,
baja rico de frescuras el ardiente corazón.
Era un día de diciembre. La ciudad estaba muerta
sobre el árido repecho calvo y frío del erial;
la ciudad estaba muda, la ciudad estaba yerta
sobre el yermo fustigado por el hálito invernal.
Los palacios y las torres de los viejos hombres idos
en el carro de los tiempos de las glorias y el honor,
dormitaban indolentes, indolentemente hundidos
de seniles impotencias en el lánguido sopor.
Era un día de infinitas y secretas amarguras
que a las almas resignadas se complacen en probar;
me apretaban las entrañas melancólicas ternuras
y membranzas dolorosas de los hijos y el hogar.
Me caían en la frente doloridos pensamientos
de esta trágica y oculta mansa pena de vivir;
me pesaban en el alma los mortales desalientos
de las pobres almas mudas, fatigadas de sentir.
Arrancaban de mi pecho melancolías piedades
y santísimos desdenes de confeso pecador;
la grotesca danza loca de las locas vanidades
que los hombres arrastramos de la fama en derredor.
Las ridículas miserias del orgullo pendenciero,
las efímeras victorias de los hombres del placer,
las groseras presunciones de los hombres del dinero,
las grotescas arrogancias de los hombres del poder…
Todo el mundo de las grandes epilépticas demencias,
todo el mundo de infortunios de la pobre Humanidad,
todo el mundo quejumbroso de mis íntimas dolencias
me pesaban en el alma con gigante gravedad.
Era un día de amarguras cuando yo subí la cuesta
de la alegre montañuela que veía yo a mis pies
desde aquella blanca ermita que asentaron en su cresta
como nidos de palomas en pimpollo de ciprés.
Como sábanas inmensas de longuísimos desiertos
se extendían, dominados por los brazos de la Cruz,
horizontes infinitos, infinitamente abiertos
al abrazo de los cielos y a los besos de la luz;
horizontes que pusieron en las niñas de mis ojos
la visión de la desnuda muda tierra en que nací;
tierras verdes de las siembras, tierras blancas de rastrojos,
tierras grises de barbechos… ¡Patria mía, yo te vi!
Me trajeron tu memoria las espléndidas anchuras
de las tierras y los cielos que se llegan a besar;
las severas desnudeces de las áridas llanuras,
las gigantes majestades de su grave reposar…
Y una pena que atraviesa por la médula del alma,
una pena que mi lengua nunca supo definir,
me invadió para robarme la serena augusta calma
que refrena, que preside los espasmos del sentir.
Pero a mí cuando la pena con su látigo me azota
no me arranca ni un lamento de grosera indignación;
por la misma herida abierta que caliente sangre brota,
brota el bálsamo tranquilo de la fe del corazón.
Y por eso cuando siento que rugiendo se adelanta
la borrasca detonante que me quiere aniquilar,
ni su rayo me acobarda, ni su estrépito me espanta
porque sé dónde arriarme, porque sé dónde mirar.
¡Madre mía, madre mía! Cuando aquella tarde brava
yo subía por la cuesta de tu mística mansión,
como el látigo del viento que la cara me cruzaba,
flagelaba el de la pena mi sensible corazón,
y por eso te miraba con aquella que conoces
tan recóndita mirada que te sé yo dirigir
cuando inician en mi pecho sus asaltos más feroces
las nostalgias taciturnas que me suelen afligir.
¡Madre mía!… Me contaron unos buenos caballeros,
moradores de tu hidalga y amadísima ciudad,
que son tuyos sus amores, y son suyos tus veneros
copiosísimos y santos de graciosa caridad:
me contaron episodios de la bella historia tuya,
dulcemente convivida con tu amante pueblo fiel;
me dijeron que era tuyo; me dijeron que eras suya,
que te daban bellas flores, que les dabas rica miel,
que el que suba aquella cuesta y en el pecho lleve agravios,
turbias aguas en los ojos y en los hombros dura cruz,
baja alegre sin la carga, con dulzuras en los labios,
con amores en el pecho y en los ojos mucha luz.
¡Madre mía, lo he gozado! Los dulcísimos instantes
que mis penas me tuvieron de rodillas ante Ti
fueron siglos de exquisitas dulcedumbres deleitantes
que los ríos de tus gracias derramaron sobre mí.
Y el oscuro peregrino que la cuesta de tu ermita
como cuesta de un calvario rendidísimo subió
con la carga de miserias que en los hombres deposita
la ceguera de una vida que entre polvo se vivió,
descendió de tu montaña con los ojos empapados
en aquella luz que hiende las negruras del morir,
y el espíritu sereno de los hombres resignados
que sonríen santamente con la pena de vivir.
¡Madre mía!, si esas mieles has tenido en tus veneros,
para el labio de un andante caballero de la fe,
¿qué tendrás en tu tesoro para aquellos caballeros
del hidalgo pueblo noble que es alfombra de tu pie?
II
Bellísima cacereña,
hija del sol que te baña:
¡la Virgen de la Montaña
te guarde, niña trigueña!
Te habrán dicho los espejos
que son tus labios muy rojos,
que son muy negros tus ojos,
que fuego son tus reflejos,
que son tus trenzas dos lindas
cadenas de amor ardientes,
que son perlitas tus dientes
y tus mejillas son guindas.
Te habrá dicho ese indiscreto
cortesano de mujeres
todo lo hermosa que eres,
porque él no guarda un secreto.
Y un funesto genio alado,
sátiro, flaco y viscoso,
murciélago tenebroso,
tras los espejos posado,
te habrá cantado: «¡Oh mujer!,
¿qué reina Venus mejor
para la corte de amor
donde el rey es el placer?»
Y yo que te adoro tanto;
yo que te quiero más bella
que la loca reina aquella,
de esta manera te canto:
¡Qué angelical ermitaña
tuviera en ti, cacereña,
para su ermita risueña
la Virgen de la Montaña!
¿Ves la poética ermita
que irradia blancos reflejos?
Pues no la busques más lejos,
que allí la belleza habita.
Linda garza y ribereña:
levanta el gallardo vuelo,
que estás más cerca del cielo
posada en aquella peña.
Vive tu propio vivir,
deja del valle la hondura,
que si alas te dio Natura
te las dio para subir.
Sube a la mística loma,
que no hay mansión deleitable
más llena de paz amable
que el nido de una paloma.
Sube, que yo, cuando subes
por ese atajo risueño,
gentil alondra te sueño,
que va a cantar a las nubes.
Sube, preciosa ermitaña,
que algo que no da Natura
se lo dará a tu hermosura
la Virgen de la Montaña.
Que aunque el espejo te cuente
que son tus labios muy rojos,
que son muy negros tus ojos
y que es divina tu frente,
nunca, con ruda franqueza
de amigo que se delata,
te dirá que él no retrata
lo mejor de la belleza.
Yo puedo darte un consejo,
pues digo verdad si digo
que soy más honrado amigo
que el sátiro y el espejo,
y sé mejor que los dos
cuáles son las más graciosas,
cuáles las más bellas cosas
que puso en el mundo Dios.
¿No sabes que los poetas
vivimos siempre cantando,
de la belleza buscando,
siempre las claves secretas?
¿Y no sabes tú, paloma,
que no nos placen las flores
ricas en vivos colores
y pobres en rico aroma?
¡Pues sube, linda ermitaña,
que algo que no da Natura
se lo dará a tu hermosura
la Virgen de la Montaña!
Todos los años, estrella,
sé que subís a su ermita
y le hacéis una visita
tú y la primavera bella,
y yo, que vivo buscando
bellas cosas que cantar,
tal visita al recordar
suelo decir suspirando:
¡Será un cielo aquella sierra
cuando, levantando el vuelo,
visiten a la del cielo
las vírgenes de la tierra!…
Regreso
I
Estuve en la ciudad. Vi la materia
brillar resplandeciente,
correr arrolladora,
sonar dulce y rugiente
y en la vida imperar como señora.
Reina del mundo, la ciudad entera
su esclava fiel, su adoradora era.
Los sabios peroraban
del aula en la trinchera,
en defensa del ídolo que amaban;
los coros de los hijos del Parnaso
coplas sublimes en su honor cantaban,
obstruían el paso
en plazas y jardines y museos
las estatuas alzadas a la diosa,
soberanos trofeos
que falange de artistas victoriosa
le rindió generosa
del ingenio de artísticos torneos;
y la gran muchedumbre
de libres ciudadanos de rodillas,
en hábito de eterna servidumbre
que no le pagan sus eternos amos,
entonaban su canto de costumbre:
«¡Te adoramos, oh diosa, te adoramos!»
Estuve en la ciudad y vi los sabios.
Fui dispuesto a escucharles de rodillas,
sin que allí mis palabras de hombre rudo
salieran de la cárcel de mis labios,
que en ellos hizo la ignorancia un nudo.
En su alas la fama vocinglera
llevó dos o tres nombres
al oscuro rincón de mi morada
que augusto templo del silencio era,
y una noble ambición que hay en los hombres
me hizo salir de mi rincón querido,
y a oír la voz que del saber es puerta
fui con el alma abierta
puesta debajo del abierto oído.
A entender los misterios fui dispuesto
de la vida y del mundo,
la fuerte base del obrar modesto,
la clave oscura del saber profundo,
la oculta vía del vivir sin brillo,
la esencia arcana del amor honesto,
la regla simple del pensar sencillo…
iba a aprender, sin tortuosos modos,
la fórmula del bien, los soberanos
conceptos graves del amor de hermanos
que nacimos de Dios, padre de todos;
y rasgadas las brumas que embarazan
la alta visión con su tupido velo,
iba a saber el punto en que se enlazan
la senda de la vida y la del cielo.
Y así como la abeja,
libado el polen, de la flor se aleja
y toma a elaborar el néctar puro
de su colmena en el recinto oscuro,
yo, conduciendo de placer henchido
mi carga de saber, carga de oro,
de los sabios tomada en el tesoro,
a las dulzuras del rincón querido
contento volvería
a labrar con el polen adquirido
miel de sabiduría…
¡Oh fama vocinglera!
¡Cuán fácil es el viento que te guía,
y tu sonora voz, cuán embustera!
La gran sabiduría nunca ha sido
música del oído,
torrente de palabras que allí cae
donde un hueco encontró, como el sonido,
que el viento que lo lleva se lo trae.
Ni es orgullo que ciega,
ni es encono que grita,
ni estéril voz que apasionada niega,
ni desprecio del bien que al mal invita.
Ni tampoco almacén abarrotado
de innúmeras ideas
que pueril vanidad ha amontonado
para que tú, ¡oh adulador!, las veas,
y tú, Fama veloz, vueles y cantes,
y tú, varón sencillo, oigas y creas,
y os asombréis vosotros, ¡oh ignorantes!
No, no; sabiduría,
en la noche del mundo tan sombría,
es estrella que alumbra,
brazo amigo que guía,
no relámpago breve que deslumbra
ni mano malhechora que extravía.
¡Oh tú, Fama embustera!
No alborotes las plácidas mansiones
donde quiere la vida ser sincera:
¡tienes otras regiones
donde suenan mejor tus huecos sones!
No vuelvas a mi casa: está cerrada
y en ella encarcelada
tu enemiga mortal, la Verdad ruda,
que no sale a la calle
porque nadie la quiere ver desnuda.
Y vosotros, ¡oh sabios!, cuyos nombres
no saldrán de la cárcel de mis labios,
una noble ambición que hay en los hombres
me trajo a vuestro pies… ¡Adiós, oh sabios!
Estuve en la ciudad y vi la vida.
Es ligera y hermosa,
del modo que es hermosa y es ligera
la ingrávida, la leve mariposa
que nace, vive y muere en primavera.
Y así como el insecto primoroso,
visitador inquieto de las flores,
más parece nutrirse de colores
que de polen sabroso,
la vida ciudadana
de la flor del placer fiel cortesana,
no se acercaba a ella
con aguijón de abeja laboriosa,
sino con frágil ala lujuriosa,
de mariposa bella.
¡Qué de prisa las horas sin regreso
rodaban por encima de los seres!
¡Qué nervioso el avance del progreso;
qué fuertes los placeres;
las fiestas, qué brillantes;
qué hermosas las mujeres
y los hombres, qué cultos, qué elegantes!
Lo que sabe el varón adusto y grave
que en el pobre lugar pasa por sabio,
cualquiera allí lo sabe;
por eso es elocuente todo labio,
porque los abre del saber la llave.
Conocen allí todos
los secretos del Arte y de la Ciencia;
saben de varios modos
faltar a la verdad con elocuencia;
saben negar, audaces;
saben reír, satíricos feroces;
saben gustar, voraces,
las mieles de las mieles de los goces,
y saben ser flexibles, distinguidos,
hablar con gran finura
y obrar con gran descoco…
¡Saben vivir unidos
amándose muy poco!
¡El saber, el saber! Ése era el lema,
la aspiración suprema
de la vida veloz que se vivía.
¡Se estudiaba el amor como un problema!
Y yo también quería
ser un sabio de aquellos que admiraba,
mas no lo quiso la fortuna mía.
Ufano contemplaba
montón de ideas mi cerebro hecho;
pero, ¡ay!, se me olvidaba
en qué lado del pecho
mi corazón encadenado estaba.
Sensible corazón que ahora palpitas
al fuego del amor que ya te quema:
¿para qué pude yo necesitarte
donde el cerebro fabricaba el Arte
y estudiaba el amor como un problema?
Yo pasaba los días presurosos,
entre sabios famosos,
y las noches pasaba entre poetas.
¡Qué días tan ruidosos!
Y las noches, ¡qué estériles, qué inquietas!
Y después de vivir la fácil vida
que una noble ambición, humana y santa,
me pintó de grandezas toda henchida,
ni ella me dio sabiduría tanta
como a cualquiera le infundió Natura,
ni a cantar aprendí con más dulzura
que la que puso Dios en mi garganta.
II
Pero ya estoy aquí, campos queridos,
cuyos encantos olvidé por otros
amasados con miel y con veneno.
¡Pequé contra vosotros!
¡Recibidme otra vez en vuestro seno!
Yo te conozco, solitario monte;
te cantaré de nuevo, patria mía;
beber quiero tu luz, ancho horizonte;
gozar quiero tu paz, ¡oh mi alquería!
Mis hijos inocentes
beben el agua de tus puras fuentes,
nutren su cuerpo con el pan sabroso
que produce tu suelo generoso,
tuesta sus puras frentes
la lumbre pura de tu sol caída,
y me los hinchan de salud y vida
los céfiros sedantes y serenos
que vienen de tus grandes encinares,
que vienen de tus mieses y tus henos,
que vienen de tus ricos tomillares…
Aquí no vive la materia inerte
esa vida que presta el artificio,
estéril disimulo de la muerte.
Viven aquí las cosas
porque en su entraña cada cual encierra
la del vivir intimación divina
que a ti te ha dado jugos, fértil tierra,
y a ti te ha dado savia, vieja encina.
Yo admiro la hermosura,
la soberana esplendidez grandiosa
que augusta ostenta sobre sí Natura;
pero ella es criatura,
no puede ser mi diosa;
y aunque canto postrado de rodillas,
delante de sus grandes maravillas,
que son del mundo hechizo,
yo sólo adoro en ella
la mano soberana que la hizo…
¿Y quién no besará la mano aquella
que ha sabido crear cosa tan bella?
Hombres de mi alquería,
custodios fieles de la hacienda mía:
los que vais encorvados
detrás de los arados
desgarrando los senos de mis tierras;
los que del hierro de la paz armados
abatís la esperanza de mis sierras;
los que andáis sin hogar, solos y errantes
guardando mis ganados noche y día;
los de mis montes fieles vigilantes;
los de mi casa honrada compañía;
los que colmáis de frutos diferentes
mi casa, mis laneros,
mis templados establos, mis graneros
y mis anchos pajares bienolientes…
Mayorales, gañanes y renteros,
cabreros y pastores,
colonos y yegüeros,
guardas y aperadores,
montaraces, zagales y vaqueros…
¡todos los hijos del trabajo rudo
que regáis con sudor la hacienda mía…,
salid a recibirme! ¡Yo os saludo
y os bendigo en la paz de la alquería!
Vengo a anudar el hilo
roto en mal hora del vivir tranquilo;
a humillar, cual vosotros, la cabeza
al yugo del trabajo cotidiano,
fuente de la riqueza,
padre providencial de la pobreza,
sal del vivir humano.
Que rueden por la mía,
como ruedan también por vuestras frentes,
las de honrado sudor gotas ardientes
que cuesta el pan del día,
y que sepan mis hijos inocentes,
cuando puedan mirar hacia el pasado,
que el pan sabroso que los ha nutrido
era pan amasado
con gotas de sudor por mí vertido.
Desciendan por mi frente
del sudor del trabajo los raudales
y bañen mi pupila distraída,
que esos son los cristales
a través de los cuales
debemos todos contemplar la vida.
¡Hijos humildes del trabajo honrado!,
yo la vuestra contemplo
como el más alto ejemplo
del vivir generoso y resignado;
y vuelvo a vuestro lado,
porque todo lo bueno que he aprendido
vuestro grave vivir me lo ha enseñado.
Yo traigo, en cambio, el corazón henchido
de anhelos puros, de doctrinas buenas
y de costumbres santas,
y vengo hasta vosotros decidido
a derramar el bien a manos llenas,
porque el Dios que me dio riquezas tantas
diome con ellas el mayor tesoro
que recibí de su divina mano:
¡un corazón de oro
que de todos los hombres me hace hermano!
Y tú, vida serena
de la blanca alquería,
de artificios vacía
y de vigores naturales llena…
Tú, soledad amena,
del encinar cargado de reposo,
donde flota un ambiente religioso
que de dulzor, ¡oh alma!, te enajena,
y un bienestar sabroso
que a ti, mortal escoria, te encadena
al placer de un vivir tan deleitoso…
Tú, feliz compañía
de la fe, del amor y del trabajo,
las tres que el alma mía
virtudes altas a la vida trajo…
Tú, silencio elocuente
que en el del campo bienhechor asilo
hablas grave y severo,
sabio maestro del pensar prudente,
padre fecundo del amor tranquilo,
fiel confidente del sentir austero…
Y tú también, jugosa poesía,
de este rico soñar del alma mía,
de este vivir en el hogar templado,
de este cantar en la alameda oscura,
de este dormir en el regazo amado
de la conciencia pura
que arrulla el sueño del varón honrado:
¡dejadme respirar esta frescura
de vuestro ambiente que a vivir convida,
que yo quiero vivir y ésta es la vida!
Y vosotros, los anchos horizontes,
los blancos caseríos,
los valles y los montes,
las fuentes y los ríos,
los áridos y grises labrantíos…,
la sombra de la encina,
la música del aire dulce y queda,
y el cantar de la honrada golondrina
y el ruidoso hojear de la arboleda…
El agua de la poza cristalina,
las guindas de mi huerto delicioso,
sus ricos toronjiles y albahacas,
el pan de mis pastores, tan sabroso,
la leche vadeante de mis vacas…,
¡regalazme con goces repetidos,
que os esperan, abiertos, mis sentidos!
Yo daré cuanto tengo,
que a derramar entre vosotros vengo
pedazos de mi ser a manos llenas:
para ti, mi sudor, hacienda mía;
para ti, mis cantares, Patria hermosa;
para vosotros, sangre de mis venas,
hijos amantes y adorable esposa;
para los hombres cuyas rudas manos
colman mi casa de riquezas tantas,
pan abundante con doctrinas santas
y el nombre sabrosísimo de hermano;
para el mal que a la lucha me provoca,
los de luchar inacabables modos;
para el Dios de la Cruz, mi fe de roca,
y el amor de mi alma, para todos.
¡Bendita, ¡oh Patria!, seas, que me has dado
uno en tu seno bienhechor asilo
para morirme en el vivir honrado
que es el secreto de morir tranquilo!
Fe
I
¡Señor! ¡Mi patria llora!
La apartaron, ¡oh Dios!, de tus caminos,
y ciega hacia el abismo corre ahora
la del mundo de ayer reina y señora
de gloriosos destinos.
Hijos desatentados,
que ya la vieron sin pudor vencida,
la arrastran por atajos ignorados…
¡Señor, que va perdida!
¡Que no lleva en su pecho la encendida
luz de tu Fe que alumbre su carrera!
¡Que no lleva el apoyo de tu mano!
¡Que no lleva la Cruz en la bandera
ni en los labios tu nombre soberano!
¡Señor! ¡Mi patria llora!
¿Y quién no llorará como ella ahora
tremendas desventuras,
si fuera de tus vías
sólo hay horribles soledades frías,
lágrimas y negruras?
¿Quién que de Ti se aleje
camina en derechura a la grandeza?
¿Ni quién que a Ti te deje
su brazo puede armar de fortaleza?
Solamente unos pocos pervertidos,
hijos envanecidos
de esa Madre fecunda de creyentes
pretenden, imprudentes,
alejarla de Ti: son insensatos;
olvidan tus favores: son ingratos,
desprecian tu poder: están dementes.
Pero la patria mía,
por Ti feliz y poderosa un día,
siempre te ve, Señor, como a quien eres,
y en Ti, gran Dios, en Ti solo confía;
que es grande quien Tú quieres,
fuerte quien tiene tu segura guía,
sabio quien te conoce,
¡y feliz quien te sirva y quien te goce!
¡Señor! ¡Mi Patria llora!
Ebria, desoladora,
la frenética turba parricida
la lleva a los abismos arrastrada,
la lleva empobrecida…,
¡la lleva deshonrada!…
¡Alza, Señor, tu brazo justiciero,
y sobre ellos descarga el golpe fiero,
vengador de sus ciegos desvaríos!…
¡No son hermanos míos
ni hijos tuyos, Señor! ¡Son gente impía!
¡Son asesinos de la patria mía!
II
¡Señor, Señor; deténte!
¡No hagas caer sobre la impura gente
el rudo golpe grave
de la iracunda mano justiciera,
sino el toque süave
de la mano que funde y regenera!
Y a Ti ya convertidos,
los hijos ciegos a tu amor perdidos,
aplaca tus enojos,
la noche ahuyenta, enciéndenos el día
y pon de nuevo tus divinos ojos
en los destinos de la patria mía.
¿No es ella la que hiciera
con los lemas sagrados
de la Cruz y el honor una bandera?
¿La que tantos a Ti restituyera
pueblos ignotos de tu fe apartados,
que con sangre de intrépidos soldados
y con sangre de santos redimiera?
¿Y Tú no eres el Dios Omnipotente
que quitas o derramas con largueza
gloria y poder entre la humana gente?
¿No eres prístina fuente
de donde ha de venir toda grandeza?
¿No eres origen, pedestal ingente
de toda fortaleza?
¿No es toda humana gloria
dádiva generosa de tu mano?
¿No viene la victoria
delante de tu soplo soberano?
¡Señor, oye los ruegos
que ya te elevan los hermanos míos!
¡Ya ven, ya ven los ciegos!
¡Ya rezan los impíos!
¡Ya el soberbio impotente
hunde en el polvo, ante tus pies, la frente!
¡Ya el demente blasfemo, arrepentido,
cubre su rostro, el pecho se golpea
y clama compungido:
«¡Alabado el Señor; bendito sea!»
Y los justos te aclaman,
alzando a Ti los brazos, y te llaman;
y porque España sólo en Ti confía,
al unísono claman
todos los hijos de la Patria mía:
¡Salva a España, Señor; enciende el día
que ponga fin a abatimiento tanto!
¡Tú, Señor de la vida o de la muerte!
¡Tú, Dios de Sabahot, tres veces Santo,
tres veces Inmortal, tres veces Fuerte!…
Fecundidad
I
Mucho más alto que los anchos valles,
honda vivienda de la grey humana;
mucho más alto que las altas torres
con que los hombres a los siglos hablan;
mucho más alto que la cumbre arbórea,
llena de luz, de la colina plácida;
mucho más alto que la alondra alegre
cuando en los aires la alborada canta;
mucho más alto que la línea oscura
que hay de la sierra en la fragosa falda,
donde empieza el imperio de las fieras
y las conquistas del trabajo acaban…
Allá, en las cumbres de las sierras hoscas,
allá, en las cimas de las sierras bravas;
en la mansión de las quietudes grandes,
en la región de las silbantes águilas,
donde se borra del vivir la idea,
donde se posa la absoluta calma,
su nido asientan los silencios grandes,
el tiempo pliega sus gigantes alas
y el espíritu atento
siente flotar en derredor la nada…;
allá, en las crestas de los riscos negros,
cerca del vientre de las nubes pardas,
donde la mano que los rayos forja
las detonantes tempestades fragua,
allí vivía el montaraz cabrero
su tenebrosa vida solitaria,
melancólico Adán de un paraíso
sin Eva y sin manzanas…
Las sierras imponentes
le dieron a su alma
la terrible dureza de sus focas,
la intensa lobreguez de sus gargantas,
las sombras tristes de las noches negras,
la inclemencia feroz de sus borrascas,
los ceños de sus breñas bravas,
la indolencia brutal de sus reposos
y el eterno callar de sus entrañas.
Jamás movió la risa
los músculos de acero de su cara
ni ver dejaron sus hirsutos labios
unos dientes de tigre que guardaban.
Un traje de pellejo,
que hiede a ubre de cabras
y suena a seco ruido
de frágil hojarasca,
cubre aquel cuerpo que parece un diente
del risco roto de la sierra parda.
¡Oh! Cuando tenue en las rocosas cumbres
la aurora se derrama
sus ámbitos tiñendo
de dulce luz violácea,
ya el solitario en el peñón la espera
mirando a Oriente con quietud de estatua;
viva estatua musgosa
que siempre a solas con el tiempo habla;
esfinge viva que plegó su ceño
porque la vida le negó sus gracias,
porque azotó la soledad sus carnes,
porque el reposo congeló su alma…
Y luego, cuando abajo
se muere el día de tristeza lánguida
y se ponen las peñas de las cimas
tristemente doradas,
y luego grises, y borrosas luego,
y al cabo negras, con negruras trágicas,
mirando hacia Occidente,
desde aguda granítica atalaya
recibe inmóvil el Adán salvaje
la noche negra que la sierra escala…
¿No habrá creado Dios un sol que rompa
la noche de aquel alma
y en luz de aurora fructuosa y bella
le bañe las entrañas?
II
Bajó una tarde de las altas cumbres,
vagó errabundo por las anchas faldas
y se asomó a la vida de los hombres
desde la orilla de las breñas agrias.
Subió otra vez a su salvaje nido,
tomó a bajar a la vivienda humana
y ya movió la risa
los músculos de acero de su cara,
y sus diente de tigre, descubiertos,
dieron reflejos de marfil y nácar,
y el hosco ceño despejó la frente,
y se hizo dulce y mansa
la dulzura feroz, brava y sañuda
de aquel mirar de sus pupilas de ágata…;
cortó un lentisco y horadó su tallo,
pulió sus nudos y tocó la gaita,
y oyó por vez primera
la sierra solitaria
música ingenua, balbuciente idioma
que al hombre niño le nació en el alma.
¡Cantó la estatua al declinar la tarde!
¡Cantó la esfinge al apuntar el alba!
Y una que trajo de color de oro
mayo gentil espléndida mañana,
con sol de fuego que arrancó resinas
de las olientes montaraces jaras,
e hizo bramar al encelado ciervo,
junto al aguaje en que su sed templaba,
e hizo gruñir al jabalí espantoso,
e hizo silbar a las celosas águilas
que por encima de los altos riscos
persiguiéndose locas volteaban…;
una mañana que vertió en la sierra
toda la luz que de los cielos baja,
todas las auras que la sangre encienden,
todos los ruidos que el oír regalan,
todas las pomas que el sentido enervan,
todos los fuegos que la vida inflaman…;
por entre ciegas madroñeras húmedas,
por entre redes de revueltas jaras,
por laberintos de lentiscos vírgenes
y de opulentas madreselvas pálidas,
y de bravíos vigorosos brezos,
y de romero cuyo aroma embriaga,
el solitario montaraz subía
rompiendo el monte con segura planta
y abriendo paso a la cabrera ruda
que vio del monte en la fragosa falda,
y fue a buscar a la vecina aldea
cual lobo hambriento que al aprisco baja.
En derechura al nido de la cumbre
radiante de alegría la llevaba.
Eva morena, de las breñas hija
y de ella locamente enamorada,
iba a la cumbre a coronarse sola
reina de la montaña.
Como membrudo corredor venado,
rompe el cabrero las breñosas mallas;
como ligera vigorosa corza,
de peña en peña la cabrera salta.
Corren así temblando de alegría,
cuantas parejas por la tierra vagan,
pero ninguna tan gentil y noble
subiendo va cual la pareja humana,
que amor le dice que la altura es suya,
porque es del rey el elevado alcázar,
y es para el lobo la maraña negra
de la húmeda garganta,
y es para el feo jabalí el pantano
donde el camastro enfanga,
y es para el chato culebrón la grieta
de ambiente frío y tenebrosa entrada…
III
Y vi una tarde el amoroso idilio
sobre la cima de la azul montaña:
un sol que se ponía,
una limpia caseta que humeaba,
una cuna de helechos a la puerta
y una mujer que ante la cuna canta…
Y el hombre en un peñasco
tañendo dulce gaita
que va trayendo hacia el dorado aprisco
los chivos y las cabras…
Ganadero
Tiene un viejo caballote,
de gigantesca armadura,
buen correr, mala andadura,
largo pienso y alto trote.
Tiene dos perros de presa
de ancha boca bien dentada,
por si una res empicada
se desmanda en la dehesa.
Tiene dos galgos zancudos
de ojos vivos como chispas,
flacas cinturas de avispas
y curvos dorsos huesudos:
dos destructores crueles
de las liebres y los panes,
pues corren como huracanes
y comen… como lebreles.
Tiene… nada a lo moderno:
perdiz en ancho jaulón,
escopeta de pistón
y polvorines de cuerno.
Y tiene tan larga capa,
tan ancha capa de paño,
que al caballote castaño
nalgas y cuello le tapa.
Gran pensador de negocios,
ladino en compras y ventas,
serio y honrado en sus cuentas,
grave y zumbón en sus ocios,
vividor como una oruga,
su vida de siempre es esta:
con las gallinas se acuesta,
con las alondras madruga.
Clavado en la dura silla
de su viejo caballote,
se va a Extremadura al trote
y al trote toma a Castilla;
y toma allá montaneras,
y arrienda aquí espigaderos,
y busca allá invernaderos,
y goza aquí primaveras,
y viene y va con ganado,
y vende, y vuelve a arrendar,
y paga y vuelve a criar…
y siempre está atareado.
Y entre tantos trajinares,
aun puede al año unos días
lucirse en las romerías
de los rayanos lugares;
porque el intrépido charro
juega tan bien a la calva,
que no hay en tierra de Alba
quien no respete su marro.
Ni hay labrador ni vaquero
que de tan brava manera
coja una manta torera
y eche a rodar un utrero.
Nadie como él ha lucido
yeguas en las «cuatropeas»,
y mantas en las capeas,
y marros en el ejido,
rumbos, en las romerías,
maña en los retajaderos,
fuerzas en los herraderos,
y enas tientas, valentías.
Pocas habrá tan certeras
cual sus sagaces miradas
para arrendar otoñadas
y calcular montaneras,
pesar un novillo «a ojo»,
vender oportunamente,
saber observar prudente,
saber mirar de reojo…
Mas, ¡ay, que todo declina!
Ya no baila, ni capea,
ya no lucha ni pulsea,
ya va viejo, ya se arruina…
Ya con su grave figura
y su aspecto, antes bizarro,
sombras de aquel cuerpo charro
que fue broncínea escultura…
¡Y no hay que hacerse ilusiones,
porque al charro más valiente,
se le arruga la frente…
se le arrugan los calzones!…
La Montaña
¡Hablemos, atalaya gigantea!
Desde tu inmensa altura,
¿me verás muy pequeño en esta hondura
del valle estrecho en que mi choza humea?
¿Verdad que para ti somos iguales
el hombre de la choza
que, sentado en sus míseros umbrales,
la gran visión de tus grandezas goza,
y el último volátil insectillo
que se posa en el último ramillo
del árbol más enteco,
del menos admirado bosquecillo,
de tu más olvidado recoveco?
¡Es tanta tu grandeza!…,
tan soberbia tu historia, tan altiva
levantas y tan alta la cabeza,
que solo pequeñez, solo pobreza
verás en lo de abajo desde arriba.
Te engendró trepidando el terremoto,
¡reina de las montañas!,
y por la boca del abismo ignoto
la tierra te parió de sus entrañas,
rugiendo de dolor su seno roto.
Viniste a la vida,
no tremiendo con trémulos vagidos,
sino cantando la jamás oída
formidable canción de tus rugidos.
Y transpiraste en tu alentar inmenso
soberbias espirales
que cegaron el éter de humo denso.
Y tu loca niñez, brava y ardiente,
envolvióse en pañales
que eran manto de lava incandescente…
Luego imprimieron sobre ti sus huellas
los días creadores
de las fecundas primaveras bellas,
las que en tierra feraz siembras las flores
como Dios en el cielo las estrellas.
Tu ardiente aliento, destructor por fuerte,
fue brisa luego, de frescura henchida,
y aquel tu arrollador fuego de muerte
trocóse en fuego incubador de vida.
Y una robusta juventud briosa
sembró tus cumbres y cuajó tus faldas
de lluvia lujuriosa,
de boscaje espumante de guirnaldas.
Enamorada del soberbio nido
vino a incubar sobre tu haz la vida,
vino a habitarte el concertado ruido,
vino a vivir de tu vivir henchido
toda pareja por instinto unida.
Por tus gargantas hondas
rodó el torrente flagelando peñas,
hinchando espumas y mojando frondas;
erró la fiera entre tus hoscas breñas,
el cabrero salvaje
incrustó su majada en las risueñas
orillas agrias del corriente aguaje,
y alegraron sus cuestas los apriscos,
y hubo nidos de pluma entre el ramaje,
y cuevas de reptiles en los riscos…
Y en tus noches ardientes
te arrullaron graznidos estridentes
de búhos en el árbol apostados,
y bramidos dolientes
de ciervos encelados;
y te bañastes en el mar de oro
de las auroras puras,
oyendo el himno del vivir sonoro
del de las aves incontable coro
que habitaba tus densas espesuras…
Cantares de cabreros,
zumbar de regatuelos espumosos,
balidos lastimeros
de cabritos nerviosos,
silbos de águila osada
que de éter embriagada
se cierne sobre ti cerca del cielo,
delineando con redondo vuelo
el nimbo de tu cresta coronada
de riscos y de nieve inmaculada…
Todo vivió cantando como pudo
tu vida fuerte, formidable y ruda,
de cuerpo virgen ante el sol desnudo,
y tú, serena y muda,
como quien todo lo abarcó y lo encierra,
por el éter sutil ibas rodando
en tus lomos gigantes soportando
la mitad de la vida de la tierra.
El bello sol naciente
siempre el beso primero
puso amoroso en tu soberbia frente;
siempre su adiós postrero
te quiso dedicar el sol poniente…
¡Con qué gigante majestad rendida!
os amáis los gigantes de la vida!
¡Qué pequeño verás desde tu altura
al hombre de la choza
que tus regias grandezas canta y goza
hundido en las honduras de esta hondura!
Eres grande, ¡oh montaña!,
y rica con espléndida riqueza;
tienes oro en la entraña
y corona de plata en la cabeza…
¡Pero yo soy más grande! ¡Yo más fuerte!
¡Yo más rico que tú!… ¡Yo he de vencerte!
No en la entraña metales brilladores,
ni en la frente coronas temporales:
¡tengo en el corazón fragua de amores!
¡Tengo en la frente fragua de ideales!
¿Y qué volcán tuviste tan ardiente
como el humano corazón que ama?
¿Ni qué encendida llama
radiará luz tan pura y esplendente
como esta que mi espíritu derrama?
¡Tú envejeces! La nieve de tu cumbre
que ya ha apagado tu prístina lumbre
me dice que declinas,
que ya helada caminas
de tu vivir hacia el helado invierno…
¡Tú tienes que morir! ¡Yo soy eterno!
Mas ¿para qué conmigo compararte,
soberbio monstruo inerte,
si del cogüelmo de mi vida, el Arte
te está dando una parte
porque no te confundan con la muerte?
Y, en fin, mole dormida,
aunque sintieras como yo la vida,
me envidiaras, sin duda,
¡porque yo sé cantar y tú eres muda!
Las Repúblicas
I
He admirado el hormiguero
cuando henchían su granero
las innúmeras hormigas.
He observado su tarea
bajo el fuego que caldea
la estación de las espigas.
Esquivando cien alturas,
y salvando cien honduras,
las conduce hasta las eras
un sendero largo y hondo
que labraron desde el fondo
de las lóbregas paneras.
Y en hileras numerosas,
paralelas, tortuosas,
van y vienen las hormigas…
La vereda es dura y larga,
pesadísima la carga
y asfixiantes las fatigas;
mas la activa muchedumbre,
sobre el hálito de lumbre
que la tierra reverbera,
senda arriba y senda abajo,
se embriaga en el trabajo
que le colma la panera.
Son comunes los quehaceres,
son iguales los deberes,
los derechos son iguales,
armoniosa la energía,
generosa la porfía,
los amores, fraternales.
Si rendida alguna obrera
por avara no subiera
con la carga la alta loma,
la hermanita más cercana,
con amor de buena hermana,
la mitad del peso toma.
Nadie huelga ni vocea,
nadie injuria ni guerrea,
nadie manda ni obedece,
nadie asalta el gran tesoro,
nadie encienta el grano de oro
que al tesoro pertenece…
He observado el hervidero
del innúmero hormiguero
en sus horas de fatigas…
Si en los ocios invernales
sus costumbres son iguales,
¡son muy sabías las hormigas!
II
He observado la colmena
al mediar una serena
tarde plácida de mayo.
La volante, la sonora
muchedumbre zumbadora
laboraba sin desmayo.
¡Qué magnífica opulencia
la de aquella florescencia
de los campos amarillos!…
Madreselvas y rosales,
agavanzos y zarzales,
mejoranas y tomillos…
Todo vivo, todo hermoso,
todo ardiente y oloroso,
todo abierto y fecundado:
los perales del plantío,
los cantuesos del baldío,
las campánulas del prado…
Y en corolas hechiceras,
y en pletóricas anteras,
y en estilos diminutos,
y en finísimos estambres,
van buscando los enjambres
las esencias de los frutos.
Y los finos aguijones
en robadas libaciones
van llevando a los talleres
lo mejor de la riqueza
que vertió Naturaleza
por los términos de Ceres.
Zumba el himno rumoroso
del trabajo fructuoso
con monótona dulzura:
las obreras impacientes
salen y entran diligentes
por la estrecha puerta obscura.
Las que dentro descargaron
las esencias que libaron,
palpitantes aparecen,
vuelo toman oscilante
y en la atmósfera radiante
volteando desaparecen.
Las que tornan presurosas
con sus cargas deliciosas
de ambrosías y colores,
no parecen volanderas
juiciosísimas obreras,
sino aladas lindas flores.
No se estorban ni detienen
las que ricas de oro vienen,
las que en busca van del oro…
Unas liban y acarrean,
otras labran y moldean,
¡todas hinchen el tesoro!
Y hacinados en los cienos;
expulsados de los senos
del alcázar del trabajo,
los cadáveres viscosos
de los zánganos ociosos
se corrompen allá abajo….
III
Cosas buenas he aprendido
contemplando embebecido
resbalar por la hondonada
la sonora algarabía
de la alegre pastoría
que despunta la otoñada.
¡Qué bien suenan sobre fondo
de quietudes, dulce y hondo,
el latir de roncos perros,
el vibrar de los silbidos,
el clamor de los balidos
y el runrún de los cencerros!
Y cayendo sobre el coro
como lágrimas de oro
de la vida natural,
¡qué amorosas complacencias
desparraman las cadencias
de la gaita del zagal!
Blandamente resbalando
las ovejas van pasando;
paz y hierba van paciendo;
los bocados que una deja
son bocados de otra oveja
que a la hermana va siguiendo.
Los corderos baladores
van en grupos triscadores
asaltando los repechos,
coronando los cerrillos,
despuntando los tomillos
y brincando los helechos.
Y el que topa con la ubre
o a lo lejos la descubre,
bala y corre hacia la oveja,
se arrodilla tembloroso,
llena el cuajo, trisca airoso
y esponjándose se aleja.
En la honrada pastoría
cada amante madre cría
su corderuelo querido…
¡No hay cordero destetado
porque lo haya abandonado
la madre que lo ha parido!
Venerable pastor viejo
con zamarra de pellejo
de los muertos recentales,
siempre atento vigilando
el rebaño va guiando
por los buenos pastizales.
Como abuelo que a su niño
lleva en brazos con cariño,
rebosante de placer,
el silvestre viejo austero
lleva al trémulo cordero
que ha acabado de nacer.
Los zagales silbadores,
los ingenuos tañedores
de la gaita cadenciosa,
viendo van las avanzadas
y alegrando con tonadas
la piara rumorosa.
Y librándola de robos
de raposas y de lobos,
van retándolos a muerte
dos mastines corpulentos,
con ojos sanguinolentos,
paso grave y pecho fuerte.
El pastor es cuidadoso,
el otoño es amoroso,
son alegres los rapaces,
las ovejas obedientes,
los mastines muy valientes
y los campos muy feraces…
Han gozado mis pupilas
la visión de las tranquilas
ovejitas resbalando…
Paz y hierba van paciendo,
dulce vida van viviendo,
grata huella van dejando…
Esta vida que vivimos
los que reyes nos decimos
de este mundo engañador,
no es la vida sabia y sana…
¡Ay! ¡La república humana
me parece la peor!…
Los Pastores De Mi Abuelo
I
He dormido en la majada sobre un lecho de lentiscos
embriagado por el vaho de los húmedos apriscos
y arrullado por murmullos de mansísimo rumiar.
He comido pan sabroso con entrañas de carnero
que guisaron los pastores en blanquísimo caldero
suspendido de las llares sobre el fuego del hogar.
Y al arrullo soñoliento de monótonos hervores,
he charlado largamente con los rústicos pastores
y he buscado en sus sentires algo bello que decir…
¡Ya se han ido, ya se han ido! ¡Ya no encuentro en la comarca
los pastores de mi abuelo, que era un viejo patriarca
con pastores y vaqueros que rimaban el vivir!
Se acabaron para siempre los selváticos juglares
que alegraban las majadas con historias y cantares
y romances peregrinos de muchísimo sabor.
Para siempre se acabaron los ingenuos narradores
de las trágicas leyendas de fantásticos amores
y contiendas fabulosas de los hombres del honor.
¡Ya se han ido, ya se han ido! Los que habitan sus majadas,
ya no riman, ya no cantan villancicos y tonadas
y fantásticas leyendas que encantaban mi niñez.
Han perdido los vigores y las vírgenes frescuras
de los cuerpos y las almas que bebieron aguas puras
de veneros naturales de exquisita limpidez.
¡Ya no riman, ya no cantan! Ya no piden al viajero
que les cuente la leyenda del gentil aventurero,
la princesa encarcelada y el enano encantador.
Ya no piden aquel cuento de la azada y el tesoro,
ni la historia fabulosa de la guerra con el moro,
ni el romance tierno y bello de la Virgen y el pastor.
¡He dormido en la majada! Blasfemaban los pastores
maldiciendo la fortuna de los amos y señores
que habitaban los palacios de la mágica ciudad;
y gruñían rencorosos como perros amarrados
venteando los placeres y blandiendo los cayados
que heredaron de otros hombres como cetros de la paz.
II
Yo quisiera que tomaran a mis chozas y casetas
las estirpes patriarcales de selváticos poetas,
tañedores montesinos de la gaita y el rabel,
que mis campos empapaban en la intensa melodía
de una música primera que en los senos se fundía
de silencios transparentes, más sabrosos que la miel.
Una música tan virgen como el aura de mis montes,
tan serena como el cielo de sus amplios horizontes,
tan ingenua como el alma del artista montaraz,
tan sonora como el viento de las tardes abrileñas,
tan süave como el paso de las aguas ribereñas,
tan tranquila como el curso de las horas de la paz.
Una música fundida con balidos de corderos,
con arrullos de palomas y mugidos de terneros,
con chasquidos de la onda del vaquero silbador,
con rodar de regatillos entre peñas y zarzales,
con zumbidos de cencerros y cantares de zagales,
¡de precoces zagalillos que barruntan ya el amor!
Una música que dice cómo suenan en los chozos
las sentencias de los viejos y las risas de los mozos,
y el silencio de las noches en la inmensa soledad,
y el hervir de los calderos en las lumbres pavorosas,
y el llover de los abismos en las noches tenebrosas,
y el ladrar de los mastines en la densa oscuridad.
Yo quisiera que la musa de la gente campesina
no durmiese en las entrañas de la vieja hueca encina
donde, herida por los tiempos, hosca y brava se encerró.
Yo quisiera que las puntas de sus alas vigorosas
nuevamente restallaran en las frentes tenebrosas
de esta raza cuya sangre la codicia envenenó.
Yo quisiera que encubriesen las zamarras de pellejo
pechos fuertes con ingenuos corazones de oro viejo
penetrados de la calma de la vida montaraz.
Yo quisiera que en el culto de los montes abrevados,
sacerdotes de los montes, ostentaran sus cayados
como símbolos de un culto, como cetros de la paz.
Yo quisiera que vagase por los rústicos asilos,
no la casta fabulosa de fantásticos Batilos
que jamás en las majadas de mis montes habitó,
sino aquella casta de hombres vigorosos y severos,
más leales que mastines, más sencillos que corderos,
más esquivos que lobatos, ¡más poetas, ¡ay!, que yo!
¡Más poetas! Los que miran silenciosos hacia Oriente
y saludan a la aurora con la estrofa balbuciente
que derraman, sin saberlo, de la gaita pastoril,
son los hijos naturales de la musa campesina
que les dicta mansamente la tonada matutina
con que sienten las auroras del sereno mes de abril.
¡Más poetas, más poetas! Los artistas inconscientes
que se sientan por las tardes en las peñas eminentes
y modulan sin quererlo, melancólico cantar,
son las almas empapadas en la rica poesía
melancólica y süave que destila la agonía
dolorida y perezosa de la luz crepuscular.
¡Más poetas, más poetas! Los que riman sus sentires
cuando dentro de las almas cristalizan en decires
que en los senos de los campos se derraman sin querer,
son los hijos elegidos que desnudos amamanta
la pujanza brava musa que al oído solo canta
las sinceras efusiones del dolor y del placer.
¡Más poetas! Los que viven la feliz monotonía
sin frenéticos espasmos de placer y de alegría
de los cuales las enfermas pobres almas van en pos,
han saltado, sin saberlo, sobre todas las alturas
y serenos van cantando por las plácidas llanuras
de la vida humilde y fuerte que cantando va hacia Dios.
¡Que reviva, que rebulla por mis chozos y casetas
la castiza vieja raza de selváticos poetas
que la vida buena vieron y rimaron el vivir!
¡Que repueblen las campiñas de la clásica comarca
los pastores y vaqueros de mi abuelo el patriarca
que con ellos tuvo un día la fortuna de morir!
Mi Vaquerillo
He dormido esta noche en el monte
con el niño que cuida mis vacas.
En el valle tendió para ambos,
el rapaz su raquítica manta
¡y se quiso quitar —¡pobrecillo!—
su blusilla y hacerme almohada!
Una noche solemne de junio,
una noche de junio muy clara…
Los valles dormían,
los búhos cantaban,
sonaba un cencerro;
rumiaban las vacas…,
y una luna de luz amorosa,
presidiendo la atmósfera diáfana,
inundaba los cielos tranquilos
de dulzuras sedantes y cálidas.
¡Qué noches, qué noches!
¡Qué horas, qué auras!
¡Para hacerse de acero los cuerpos!
¡Para hacerse de oro las almas!
Pero el niño, ¡qué solo vivía!
¡Me daba una lástima
recordar que en los campos desiertos
tan solo pasaba
las noches de junio
rutilantes, medrosas, calladas,
y las húmedas noches de octubre,
cuando el aire menea las ramas,
y las noches del turbio febrero,
tan negras, tan bravas,
con lobos y cárabos,
con vientos y aguas!…
¡Recordar que dormido pudieran
pisarlo las vacas,
morderle en los labios
horrendas tarántulas,
matarlo los lobos,
comerlo las águilas!…
¡Vaquerito mío!
¡Cuán amargo era el pan que te daba!
Yo tenía un hijito pequeño
—¡hijo de mi alma,
que jamás te dejé si tu madre
sobre ti no tendía sus alas!—
y si un hombre duro
le vendiera las cosas tan caras…
Pero ¡qué van a hablar mis amores,
si el niñito que cuida mis vacas
también tiene padres
con tiernas entrañas?
He pasado con él esta noche,
y en las horas de más honda calma
me habló la conciencia
muy duras palabras…
y le dije que sí, que era horrible…,
que llorándolo el alma ya estaba.
El niño dormía
cara al cielo con plácida calma;
la luz de la luna
puro beso de madre le daba,
y el beso del padre
se lo puso mi boca en su cara.
Y le dije con voz de cariño
cuando vi clarear la mañana:
—¡Despierta, mi mozo,
que ya viene el alba
y hay que hacer una lumbre muy grande
y un almuerzo muy rico!… ¡Levanta!
Tú te quedas luego
guardando las vacas,
y a la noche te vas y las dejas…
¡San Antonio bendito las guarda!…
Y a tu madre a la noche le dices
que vaya a mi casa,
porque ya eres grande
y te quiero aumentar la soldada.
Idilio
La pulida paverilla
—¡un capullo de amapola!—
huelga con el paverillo
en la linde de la hoja.
La pavada anda buscando
hormiguitas y langosAtas
en los cercanos baldíos,
que no tienen otra cosa.
Sentada está la pavera
del lindón sobre la alfombra,
y el pavero de rodillas,
como adoran los que adoran.
Ella ha juntado en el halda,
donde los tallos les corta,
un montón de bien cerrados
capullitos de amapola.
Sin romperlo, en sus dedillos
uno coge cuidadosa
y se lo muestra al muchacho
preguntando: «¿Fraile o monja?»
Y esperando se le queda
¡más picaresca y más mona!…
El capullo será fraile
si tiene rojas las hojas,
pero si las tiene blancas,
el capullo será monja.
Y estático el paverillo,
con ojazos interrogan,
contempla el misterio, y duda,
y se agita, y se emociona,
y mira luego a la niña
que lo apremia, que lo azora,
y lleno del hondo pánico
que presiente la derrota,
se lanza a dar la respuesta
como el que a morir se arroja.
Y apenas ha dicho: «¡Fraile!»
con la voz un poco ronca,
rompe la niña el capullo
y exclama entre risas: «¡Monja!»
Y apenas ha dicho el niño:
«¡Monja!», con voz temblorosa,
«¡Fraile!», le grita riéndose
la paverilla burlona…
¡Está más torpe el muchacho!
¡La niña tanto lo azora!…
¡Y luego, es tan misterioso
un capullo de amapola!…
¡Como que yo no diría
jamás ni fraile ni monja!…
Invitación
Señores de la ciudad:
si ella admite en su grandeza
vientos de sinceridad,
ruidos de Naturaleza
y aromas de soledad;
si en vuestros breves vagares
merecen entreteneros
las coplas y los cantares
de oscuros, pero sinceros,
rimadores populares,
cerrad los ojos expertos
al artificio ingenioso
y oíd sus rudos conciertos
con los sentidos abiertos
del percibir vigoroso.
Cabe la misma espesura
donde ha soltado Natura
su coro de ruiseñores,
puso una legión oscura
de más sencillos cantores.
Y no es artista el sentido
que, por sencillos y tantos,
desprécialos, distraído:
¡algo dirán esos cantos
al alma si no al oído!
Algo tendrá todo ardiente
pecho que así se derrama;
que en el concierto viviente
todo lo que canta siente;
todo lo que siente, ama.
Y es el amor cosa tal
que todo amor es hermoso,
vibre en un alma inmortal
o en el pechuelo fogoso
del ave del matorral.
Y es el cantar una cosa
tan hija de este sentir,
que para el alma amorosa
toda canción es hermosa
si quiere amores decir.
Señores de la ciudad:
los del cerebro cansado,
que aun corre tras la verdad;
los del ingenio aguzado
que inventa la novedad…
Si frívolos y ligeros,
cual sus artificios ruines,
no os parecen ya sinceros
esos de vuestros jardines
ruiseñores prisioneros,
¡venid al campo a escuchar
a otros sencillos cantores
que os pueden acaso dar
algo más que los primores
de un ingenioso cantar!
¡Subid, siquiera, a la altura
de esas torres elevadas,
a ver si la brisa pura
lleva del campo tonadas
de las que enseña Natura!
¡Y aunque el ingenio las mida
y arguya que no son bellas,
probad su savia escondida,
sentid con ellas la vida
y haced el arte con ellas!
Señores de la ciudad:
si henchir queréis de verdad
el mundo de la belleza,
dejadle a Naturaleza
su centro de majestad.
La Cenéfica
Yo no sé explicalo,
porque a mi se me enrea la lengua
con esas palabras que train los papelis
dendi las ciudaes dondi los imprentan;
pero he comprendío
que la reina le ha dao a Plasencia
una cosa asina
como una «Cenéfica»,
que es aspecia de un premio mu fino,
porque jué mu güena
cuando los soldaus
vinon de la guerra.
Yo no pueo explical lo que es eso
que ha dau la reina;
pero no habrá ciudá en toa España
que más lo merezca.
Que lo igan, si no, Juan Berruga,
Goriu el de tía Petra,
Gelipi el Coneju
y el mediano de tía Macarena.
Cuando los yanquisis
mos robaron las tierras aquellas,
p’allá estuvon estos
pasando las penas.
N’más que de oílos contar sus trabajos
se queaba aginao cualisquiera.
¡Me caso en la luna
qué jielis tan negras,
qué ajogos tan grandis,
qué vía tan perra
se pasaron los cuatro enfelicis
que tan güenos eran!
Aquí se quearon
toas sus querencias,
aginás las madres y cuasi perdía
la miaja e jacienda,
que no da ni siquiá pa los pagos
cuantis que se afloja de bregal en ella.
Aquí, sin sabersi
si muertos ya eran
pa rezali siquiá un Padrinuestro
u jechali un responso en la iglesia;
y ellos, mentris tanto,
pasando miserias,
sufri que te sufri,
pena que te pena,
rabia que te rabia,
brega que te brega…
Cuasi esnúos y muertos de jambri,
con el jato a cuestas,
¡vengan días sin miaja e descanso
y nochis de vela,
con el alma afligía de ansionis,
con el cuerpo jechito una breva
y la vía prendía de un jilo,
abocaos ca instante a perderla!
¡Asín se quearon
como sanguijuelas!
Paecía mentira
que ellos mesmos jueran
los que andaban p’aquí más alegris
que unas pascualejas,
sanos, respingonis,
coloraos y llenos de juerza.
Daba gustu velos
cargal las janegas,
estronchal de tres golpis un leño
con la segureja,
amarral los novillos a uña,
tiral a la barra los días de fiesta.
Y vinon transíos
con el propio colol de la cera,
sin ganas de groma,
sin chispa de juerza
y dañaos de adentro los cuatro,
que al mirarlos doblaba las penas.
No traían ni un probi remúo,
ni siquiá una perra
pa mercal boticas
u jacel una miaja merienda.
¡Juy, cómo llegaron
los cuatro a Plasencia!
¡Cascan todos si no ven tan pronto
la quería ciudad de su tierra!
Unos señoronis
que viven en ella
los estaban al tren esperando.
¡Qué genti más güena!
¡Juy, Dios mío si tos los señoris
juesin en el mundo como aquellos eran!
¡Juy, Dios mío, si toas las ciudades
se golviesen igual que Plasencia!
A tos los jeríos
los curaban con cosas bien güenas,
y tenían tamién camas finas
p’acostal los maletos en ellas.
Llamaban un méico
pa que allí los viera,
y le daban caldos
de güenas pucheras,
y le icían tamién muchas cosas
pa quitali una miaja la pena.
Y a los sanos tamién los trataban
con delicaezas,
y les daban tabaco y licoris
de esos güenos que tanto calientan.
Bien lo puee Plasencia decilo,
que si no es por ella,
más de cuatro sin vel a su madri
cascan de cansera.
¡Qué bien jecho está eso que dicin
que jaici la reina
de dali esa cosa
que llaman «Cenéfica»,
porque no habrá ciudá en toa España
que más lo mereza!
¡Juy, si tos los siñoris del mundo
como aquellos jueran!
¡Juy, si juesin tamién las ciudades
igual que Plasencia!
¡Vivan los soldaos!
¡viva nuestra tierra!
¡Vivan los señoris!
¡Viva la «Cenéfica»!
La Ciega
I
Los ojazos más llenos de amores
eran los de Rosa,
que irradiaban envuelta en fulgores
honda sed de vivir querenciosa.
Yo no sé de las dos cuál sería
pena más doliente:
porque Rosa quedó ciega un día
la dejó de querer su Vicente.
No fue objeto el galán que olvidaba
de extraños enojos,
porque el mundo entendió que adoraba
la negrura y la luz de unos ojos,
y los soles que él viera tan francos
al amor abiertos
se quedaron inertes y blancos
como siempre se quedan los muertos.
Al rincón de lo inútil de casa
sentose la ciega
a esperar una muerte que pasa
si el dolor con la vida le ruega;
que en dejar se complace sangrando
y a medias su obra,
el consuelo mejor alejando
del rincón donde está lo que sobra.
Y, en lugar de la muerte, entró un día
una voz humana
que en la calle de Rosa decía:
«Pues Vicente se casa con Juana».
Y la ciega sintió más intensa
la triste negrura,
porque no hay nube negra más densa
que una nube de horrible amargura.
II
—¡Hermanito! ¡Clemente! ¡Clemente!
—¿qué quieres hermana?
—Yo te juro que adoro a Vicente
y que no quiero mal a la Juana…
¡Que me creas!…
—Que sí te lo creo;
Mas… deja esas cosas…
—Yo te juro que no es mi deseo
recrearme en venganzas odiosas…
¡Que me creas, Clemente!
—Sí, hija;
¡si sé que eres buena!
Pero no quiero yo que te aflija
semejante recuerdo de pena.
—No es venganza; mas óyeme, hijo:
—¿Qué quieres, hermana?
—Ven más cerca, más cerca…
—Y le dijo—:
¡Que le saques los ojos a Juana!…
Las Sublimes
¿La conoces, musa mía?
Es modelo soberano
bosquejado por la mano
de la gran sabiduría.
Es el más dulce buen ver
de tus visiones risueñas;
es la mujer que tú sueñas
cuando sueñas la mujer.
La discreta, la prudente,
la letrada, la piadosa,
la noble, la generosa,
la sencilla, la indulgente,
la süave, la severa,
la fuerte, la bienhechora,
la sabia, la previsora,
la grande, la justiciera…
la que crea y fortalece,
la que ordena y pacifica,
la que ablanda y dulcifica…,
¡la que todo lo engrandece!
La que es esclava y señora,
la que gobierna y vigila,
la que labra y la que hila,
la que vela y la que ora…
¡Hela, hela, musa ruda!
¿No lo cantas?
—No la canto.
—¿Por qué, si la admiras tanto?
—Porque si admiro soy muda.
—¿Y cuál es la maravilla
que así admiras muda y queda?
¡O es Teresa de Cepeda
o es Isabel de Castilla!
La Embajadora
Pablos: Aquí te lo traigu,
aunque sepa que me avientas
y me das ondi lo oiga
paque a tu casa no güelva.
Mal jarás si asín lo jacis,
que no te ofendo aunque venga
sin mandálmelo a traelti
lo que a ti te pertenezca.
Y pa sabel que esto es tuyo
no es menestel dil a’scuela,
ni ojus cuasi jacin falta,
se sabi cuasi que a tientas.
Jéchale p’acá de golpi
una mirá tan siquiera,
que vas a velti pintau
cuantis esti mozu veas.
Mira tú a vel si estos ojos
vivinos como candelas,
mira tú a vel si esta frenti,
y esti pelo, y estas cejas,
y este corti de semblanti,
y esta carina morena
no dicin que son de Pablos
cuantis de golpi se vean.
«¡Si esto es tu mesma presona
jecha una miaja pequeña!
Pué que no jaga una hora
que nació; quiciás ni media;
y yo ije: a jatealo
pa que su padri lo vea,
y asín los cargos se jaga,
porque es hombri de vergüenza
y no ha de querer quëala
asín a la probi aquella,
ni ejal perdío a esti mozu
masao con su sangri mesma.
Dici la genti galrona
que no te casas con ella
porque te has esconfiao
na más de vel a su puerta
dos o tres vecis de nochi
a Gapitu el de tía Petra.
¡Quitá p’allá! ¡Pa él estaba
prepará la moza esa,
que el querel que te ha tenío
la ha jechu estal como ciega!
Eso lo jizu Gapitu
pa que la genti creyera
que andaba metío en el ajo
y perdiese el crédito ella,
y tú plantá la ejaras
pa vengalsi el sinvelgüenza
de que hogaño quiso hablala
y cuasi no pudo vela.
Escupi, Pablos, escupi
la repunanza que tengas,
que como algo hubiese habío
ya Gapitu el de tía Petra
mos tendría a todos jartos
de alabancias y fachendas.
Y si entavía te arreparas,
mira la carina esta
que no es más que una pintura
propiamente a ti espurecha…
¡Y a vel si hay genti que dudi
si se paece esta prenda
a Pablos el de tío Quico
u a Gapitu el de tía Petra!
¡Ahí lo tienis! Dali un beso
a la sangre de tus venas
y me icis qué le igo
a la pobri madri aquella,
que a naide quieri en el mundo
n’más que a ti y a esta prenda.
¿Qué me dicis?
—Que le iga…
lo que usté decile quiera…
¡Qué güeno… que iré p’alanti…,
más por ésti que por ella!…
La Espigadora
¿Vas a espigar, Isabel?
¡Cuánto siento, criatura,
que bese el sol esa piel
que tiene jugo y frescura
de pétalos de clavel!
Sé que espigar necesitas,
porque, aunque al sol te marchitas,
no es bueno que huelgue y duerma
quien tiene cuatro hermanitas
y tiene a su madre enferma.
Mas díganme humanos ojos
si te hizo Naturaleza
para que en estos rastrojos,
hieran tus pies los abrojos
y abrase el sol tu cabeza.
Entre pintados cristales
de alcázares ideales
hay cien reinas poderosas…
¡Para la más bellas cosas
no tiene el mundo fanales!
Isabel: no puedo amar;
no puedo abrirte la puerta
de mi pecho y de mi hogar,
porque a otra Isabel, ya muerta,
se los juré consagrar.
Y eres tan bella, Isabel,
que tengo duda cruel
de si serás sombra bella
de aquella eclipsada estrella
que viene a ver si soy fiel.
Lo digo por tus miradas,
que parecen oleadas
del piélago de la gloria
y no pobres llamaradas
de bella mortal escoria;
lo digo porque me suena
tu voz a salmo cristiano:
lo digo porque eres buena,
porque eres casta y serena
como noche de verano.
¡Isabel: no puedo amar!
Dios sabe que si pudiera
partir contigo mi hogar
ahora mismo te dijera:
—No vayas, niña, a espigar,
que cerca de ese desierto
tengo una casa y un huerto
que entolda un viejo parral
donde estarás a cubierto
del beso de mi rival,
y si espigar necesitas…,
¡descanse mi reina y duerma!,
que está en mis trojes benditas
el pan de tus hermanitas
y el pan de tu madre enferma.
Mas ni estas puras y sanas
consolaciones cristianas
puedo pedir al amor…,
¡dijeran lenguas villanas
que andaba en ello tu honor!
Vete a espigar, moza mía,
que si el mundo fuese honrado,
como tu honor merecía,
contigo a espigar iría
quien sabe lo que es sagrado;
contigo se fuera, hermosa,
por el desierto ardoroso,
quien tiene por cierta cosa
que nadie mancha una rosa
si no es un reptil baboso.
En el rincón de ese ardiente
desierto que el sol calcina
tengo yo un prado riente
con una pomposa encina
y una purísima fuente;
y bajo el palio frondoso
que apaga el fuego del cielo,
yo te dejara gozoso
oyendo el decir copioso
del agua del regatuelo,
y yo, afrontando fatigas
bajo ese cielo que arde,
diera envidia a las hormigas
para llevarte a la tarde
rubias manadas de espigas.
¡No puedo, sol de mis ojos!
Tendrás que ir sola, Isabel,
para que en esos rastrojos
hieran tus pies los abrojos
y el sol mancille tu piel.
Tendré que verte a la vuelta,
cuando a tu pobre hogar vayas,
la trenza del jubón suelta,
rotas las pulidas sayas,
la cabellera revuelta,
con polvo y sudor pegado
sobre las sienes el pelo
y hundido el seno abultado,
y el alto dorso encorvado,
y el casto mirar al suelo.
Y fuerza será que vea
cómo el sol de los rastrojos
tu piel de rosa broncea
y cómo escalda y orea
tus húmedos labios rojos.
Mas vete sola, Isabel,
que, aunque me cause dolor
que el sol mancille tu piel,
es más injusto y crüel
que el mundo empañe tu honor.
Mejor que un decir artero
mil veces llorar prefiero
bellezas que el sol se lleve…
¡Virgen de bronce te quiero
mejor que Venus de nieve!
La Fuente Vaquera (Balada)
Lejos, bastante lejos,
del pueblo mío,
encerrado en un monte
triste y sombrío,
hay un valle tan lindo
que no hay quien halle
un valle tan ameno
como aquel valle.
Entre sus arboledas,
por la espesura
solitaria y tranquila,
corre y murmura
una fuente tranquilina
y bullanguera,
a que dieron por nombre
Fuente Vaquera.
Está tan escondida
bajo el follaje,
guarda tanto sus aguas
entre el ramaje,
que cuando por el valle
va murmurando
toda clase de hierbas
va salpicando.
Unas veces sonríe
dulce y sonora,
y otras veces parece
que gime y llora,
y siempre de sus aguas
el dulce juego
arrullando, produce
grato sosiego.
Allí pasan las horas
en dulce calma,
allí meditar puede
tranquila el alma,
y todo son consuelos
para el que llora
al pie de aquella fuente
fresca y sonora.
¡Todo es allí sosiego,
calma, tristeza!
Las auras, que suspiran
en la maleza…
Los pájaros, que cantan
en la espesura…
El agua, que en el valle
corre y murmura…
Los arrullos del viento,
gratos y mansos…
Los juncos que vegetan,
en los remansos…
Los claros resplandores
del sol naciente,
que asoma entre vapores
por el Oriente…
Las tórtolas que arrullan
con armonía,
convidando a una dulce
melancolía…
¡Todo, en fin, allí aleja
presentimientos,
trayendo a la memoria
mil pensamientos,
y adormeciendo el alma
con impresiones
que convidan a dulces
meditaciones!…
Tal es Fuente Vaquera,
la hermosa fuente
que murmura en el valle
tan sonriente,
que en su margen tranquila
cantan amores
tórtolas, colorines
y ruiseñores.
Una hermosa mañana
de junio ardiente
salió el sol como nunca
de refulgente,
y pájaros y flores
con alegría
la bienvenida daban
al nuevo día.
Elevábase el astro
con gran sosiego,
esparciendo sus rayos
de luz de fuego
sobre el fresco rocío
de la mañana,
que formaba en los valles
mantos de grana.
Sacuden las ovejas
sus cencerrillos,
y en el prado retozan
los corderillos,
que del rústico valle
sobre la hierba
forman jugueteando
linda caterva.
Al cielo sube el humo
de los hogares,
los gallos ya despiertan
con sus cantares,
y sacude la hermosa
Naturaleza
el tranquilo letargo
de su pereza.
Dejé el mullido lecho
con alegría,
cuando apenas rayaba
la luz del día;
carguéme diligente
con la escopeta,
y como siempre ha sido
medio poeta,
al nacer del gran Febo
la luz primera,
ya estaba yo en la hermosa
Fuente Vaquera…
Fuente en cuyas orillas
cantan amores
tórtolas, colorines
y ruiseñores.
Ocultéme en la margen
con el follaje,
y viendo las delicias
de aquel paisaje,
esperé silencioso
bajo la fronda,
viendo correr las aguas
onda tras onda…
Siguió el sol elevándose
resplandeciente,
y era ya tan molesta
su luz ardiente,
que, a medida que el astro
más se elevaba,
todo se iba durmiendo,
todo callaba.
Se inclinan en su tallo
todas las flores,
rendidas por los rayos
abrasadores,
y las aves se esconden
en las encinas
que a la tranquila fuente
crecen vecinas.
Sólo se escucha a veces,
del fresco viento,
las ráfagas que lanza,
sonoro y lento…
El agua, que su curso
nunca suspende…
El rumor de una hoja…
que se desprende…
El pïar apagado
de alguna alondra,
que entre las verdes matas
busca una sombra…,
y los ecos lejanos
de los zumbidos
de insectos, que en los aires
vagan perdidos…
Lejos de la apacible
Fuente Vaquera,
que corre por el valle
tan placentera,
existe un solitario
y oscuro monte,
que encierra los confines
del horizonte.
Al compás de las auras,
lenta se inclina
altiva, corpulenta
y añosa encina,
y entre sus verdes ramas
aprisionado
tiene una tortolilla
su nido amado.
En él está arrullando,
dulce y sonora,
a los amantes hijos
a quien adora,
gozando en su coloquio
de las delicias
que sus hijos le endulzan
con sus caricias.
El calor la atormenta,
la sed la abrasa,
y dejando con pena
su pobre casa,
les dio con un arrullo
la despedida
a los hijos queridos
que eran su vida;
batió sus puras alas
tendió su vuelo
cruzó por los espacios
del ancho cielo,
y pensando en sus hijos,
se fue ligera
a beber a la clara
Fuente Vaquera.
¡Ay! ¡Dónde irá esa madre
tierna y sencilla!…
¡Dónde irá tan ligera
la tortolilla,
mirando a todas partes,
amedrentada,
al verse sola y lejos
de su morada!…
¿Por qué deja sus hijos
abandonados,
y ella, cruzando espacios
tan dilatados,
va surcando los aires
rápidamente
a beber en las aguas
de aquella fuente?…
¡Pobre madre, si, ansiosa,
vuelve a su nido
y sus amantes hijos
ya se han perdido!…
¡Pobres hijos, si, a causa
de abandonarlos,
no volviera su madre
nunca a arrullarlos!…
Por el verde follaje
casi cubierto,
yo, casi más que un vivo,
parezco un muerto,
y mudo y silencioso
presto mi oído
al eco que produce
cualquiera ruido.
Al columpiar las hojas
el viento blando,
pájaros me parecen
que van volando,
y con mi diestra mano
nerviosa, inquieta,
alzo la curva llave
de la escopeta.
Sobre la verde copa
de vieja encina,
que cubre aquella fuente
tan cristalina,
una tórtola hermosa
paró su vuelo,
mirando la corriente
del arroyuelo.
Lanza su blando pecho
tiernos arrullos,
que no imita la fuente
con sus murmullos,
y a los lados humilde
mira asustada,
débil, inquieta, esquiva
y amedrentada.
Tendió después su vuelo
pausadamente,
y al llegar a la orilla
de la corriente,
sobre la verde alfombra
lenta se posa,
débil y acobardada,
triste y medrosa.
Dirige luego el paso
tímidamente
hasta tocar la margen
de la corriente,
donde, el agua fingiendo
cuadros de plata,
le recoge su imagen
y la retrata.
Yo, silencioso, en tanto
que la espiaba,
mi artística escopeta
ya preparaba,
y ocasión esperando,
cual diestro espía,
afiné cuanto quise
la puntería.
Disparé… ¡Sonó el tiro
ronco, tremendo!…
El arroyuelo manso
siguió corriendo.
El viento entre las hojas
siguió sonando
con un eco apacible,
sonoro y blando…
¡Y vi la tortolilla,
que ya sufría
las tristes convulsiones
de la agonía!…
Cogí tan apreciado
tierno despojo;
su hermoso pecho estaba
de sangre rojo,
rojas las aguas puras
del arroyuelo,
que corrían llorando
con triste duelo,
y mis ardientes manos
también manchadas
de sangre, enrojecidas
y salpicadas.
Con ellas oprimía
su pecho blando:
sus latidos se iban
amortiguando,
y cerraba sus ojos
pausadamente,
su cabeza inclinando
lánguidamente…
Yo vi en sus turbios ojos
el sentimiento
y las fieras angustias
de su tormento,
porque del nido lejos
agonizaba
y a sus pobres hijuelos
solos dejaba.
Conocí en sus miradas
bien claramente
esa inquieta agonía
del inocente,
que sufre los rigores
de su destino
muriendo por las manos
de un asesino.
Aquella pobre madre
casi expirante
era la madre tierna,
la madre amante,
que a sus hijos no pudo
darles en vida
una lágrima dulce
de despedida.
Y aquella tierna madre,
cuando sufría
la convulsión postrera
de la agonía,
me dijo con sus ojos
casi nublados
que dejaba dos hijos
abandonados.
Yo comprendí lo injusto
de aquella muerte;
mas la víctima estaba
fría e inerte…
y una lágrima amarga
por mi mejilla
rodó, cuando vi muerta
la tortolilla.
Desde entonces no quiero
que un inocente
de alguna injusta muerte
se me lamente,
y diga con sus ojos
casi nublados
que deja sus hijuelos
abandonados.
Y en vez de estar cazando
la tarde entera
junto a la cristalina
Fuente Vaquera,
voy a ver cómo en ella
cantan amores
tórtolas, colorines
y ruiseñores,
y cómo de aquel monte
sobre las lomas
arrullan solitarias
blancas palomas.
La «Galana»
I
¡Pobrecita madre!
¡Se murió solita!
Cuando vino el cabrero a la choza
con la cabra «Galana» parida
y el trémulo chivo
sin lamer ni atetar todavía,
vio a la madre muerta
y a la niña viva.
Sobre un borriquillo,
sobre una angarilla
de las del aprisco,
se llevaron la muerta querida
y él se quedó solo,
solo con la niña…
La envolvió torpemente en pañales
de dura sedija,
y amoroso la puso a la teta
de la cabra «Galana» parida…
—¡«Galana», «Galana»!
¡Tate bien quietita!…
¡Tate asín, que pueda
mamar la mi niña!»
Y la cabra balaba celosa,
por la fiebre materna encendida,
y poquito a poquito, la teta
fue chupando la débil niñita…
¡Pobre cabritillo!
¡Corta fue tu vida!
II
Solita en el chozo
se queda la niña
mientras lleva el pastor las ovejas
a pacer por aquellas umbrías.
Cerca del chocillo
pace la cabrita,
nerviosa, impaciente,
con susto, con prisa,
y si el viento le hiere el oído
con rumores de llanto de niña,
corre al chozo balando amorosa,
se encarama en la pobre tarima,
se espatarra temblando de amores,
se derringa balando caricias
y le mete a la niña en la boca
la tetaza henchida
que derrama en ella
dulce leche tibia…
¡Qué lechera y qué amante la cabra!
¡Qué robusta y qué santa la niña!
III
¿Serían los lobos?
¿Algún hombre perverso sería?
Una tarde la cabra «Galana»,
la amante nodriza,
se arrastraba a la puerta del chozo
mortalmente herida.
Allá adentro sonaron sollozos,
sollozos de niña,
y un horrible temblor convulsivo
agitó a la expirante cabrita,
que luchó por alzarse del suelo
con esfuerzo de angustia infinita.
Y en un último intento supremo
de sublime materna energía,
que arrancó dolorosos acentos
de la cencerrilla,
y en un largo balido amoroso…
¡se le fue la vida!…
IV
Ni leche de ovejas
ni dulces papillas,
ni mimos, ni besos…
¡Se murió la niña!
¡Esta vez quedó el crimen impune!
¡Esta vez no brilló la justicia!
La Vela
I
La moza murió a la aurora
y el mozo no sabe nada,
que más temprano que el día
se levantó esta mañana,
y alma blanda y cuerpo recio
bregando están en la arada
con una pena muy honda,
con una tierra muy áspera.
A ratos desmaya el cuerpo
y el alma a ratos desmaya,
y ya cuando al surco caen
aquellas gotas de agua,
no sabe el mozo de fijo
si son sudores o lágrimas,
que si el alma mucho sufre
y el cuerpo mucho se afana,
ruedan en uno fundidos
jugos del cuerpo y del alma.
¡Qué tarde aquella tan triste!
¡Las nubes son tan opacas!…
¡Están los campos tan mudos!…
¡Están las tierras tan pardas!…
Y la idea de la vida
¡es tan borrosa y tan vaga!
Parece que Dios se ha ido
del yermo que antes llenaba
y el alma se siente sola
en el centro de la nada.
¡Señor, que todo lo llenas!
¡Señor, que todo lo abarcas!
¡No dejes solo el terruño
y a tus edenes te vayas,
que en el terruño vivimos
con el pan de la esperanza
aquel gañán que perdiera
sus dichas esta mañana
y este hijo fiel que en el surco
con las alondras te canta!
II
¡Qué pobremente la entierran!
La llevan en unas andas
cuatro viejos que en el campo
por viejos ya no trabajan,
y solo siete mujeres…
han podido acompañarla,
que al yugo de sus trabajos
están las gentes atadas.
La marcha a veces suspenden
porque los viejos se cansan
y en el suelo depositan
la pesadísima carga,
mientras el sudor se enjugan
de sus venerables calvas.
Llegaron al campo santo
cuando aquel gañán llegaba
ya con el último surco
del campo santo a la tapia,
que araba el muchacho en tierras
al cementerio rayanas
porque en vida y en amores
piensa no más el que ama.
Los bueyes humedecieron
la pobre musgosa tapia
con el largo resoplido
de la postrera parada;
y el mozo, extático y mudo,
con ojos llenos de lágrimas,
vio turbiamente las luces,
vio turbiamente las andas,
y oyó el caer de la tierra,
y vio que se arrodillaban
los viejos y las mujeres
murmurando una plegaria…
Cayó el mozo de rodillas,
una mano en la aguijada,
otra mano en la mancera,
un dogal en la garganta,
y en el corazón un nudo,
y un mar de hiel en el alma,
—¡Ni una velita siquiera
que tengo para alumbrarla!
Así, con honda ironía,
dijo el gañán sin palabras.
Si hubiese alzado a los cielos
la triste turbia mirada,
viera mansamente ardiendo
con trémula luz opaca
el aguijón que guarnece
la enhiesta, recta, aguijada…
La Tregua
Ya pasaron, ya pasaron
las plúmbeas modorras esas
del sol de julio, que inflama;
del sol de agosto, que tuesta;
de aquel, que la espiga dora,
y de éste, que la platea.
Y tú, labrador, ya tienes,
ya tienes aquí la tregua.
Siéntate un rato y descansa
de tu casita a la puerta,
y bebe allí con tu gente
brisas de tarde serena,
que el amor quita pesares
y el aire sudor orea,
y no es tu cuerpo de mármol,
ni es la tuya alma de fiera,
que treguas aquel demanda
y ésta te pide querencia.
Ya tienen nubes los cielos
y ya las tardes son frescas,
y está al rastrojo el ganado,
y están barridas las eras,
y están en casa los viejos,
y están los mozos de fiesta,
y Dios está en todas partes…
y el trigo está en la panera.
Mal te conocen los hombres
que, porque tienes en ella
puestos el alma y los ojos
de avaro y ruin te motejan.
Pensaran con más cordura
si lo que guarda supieran
ese recinto modesto,
donde el sentido ventea
auras de pobreza y orden
con efluvios de limpieza.
Ignoran que ahí tienes armas
para matar la miseria,
tienes tu honor de hombre honrado
fiel pagador de tus deudas,
puntal de la pobre patria,
sostén de holguras ajenas…
Ignoran o no meditan
que en ese rincón encierras
todo el sudor de tu frente,
todo el fruto de una brega
que acaba con el estío
y en el otoño comienza,
que deja el alma aplastada
y el cuerpo rendido deja.
Ignoran que ahí tienes cosas
que valen tu dicha entera:
¡el pan de los hijos débiles
y el pan de la esposa buena!
Que aunque de modo tan rudo
decírtelo yo no deba,
porque parece pecado,
pecado de alma grosera,
te lo diré rudamente,
como la vida lo reza:
¡Si quieres tener amores,
tienes que tener panera!
No extraño que tengas puestos
los ojos y el alma en ella,
ni que la mires avaro,
ni que su puerta defiendas,
que en ello te va la dicha
y en ello la vida juegas.
¡Arriba otra vez, arriba!
Muy breve ha sido la tregua,
pero es larga del trabajo
la abrumadora cadena,
y nadie romperla debe,
que a Dios le toca romperla.
¡Arriba!, que ya te llaman
las campesinas faenas,
que ya la lluvia de otoño
bañó la tierra sedienta,
que hay brumas por las mañanas
en los picos de las sierras,
que ya los amaneceres
lloran rociadas frescas;
que ya se inicia en los campos
el apuntar de la hierba,
y el sonreír de las aguas
y el son de las alamedas.
¡Arriba!, que el sol es tibio;
las nubes, blancas guedejas;
intensas las humedades
y sana la brisa cierza…,
y a gloria sabe el ambiente,
y a música el campo suena,
y huelen las tierras húmedas
a tierra de sementera.
Mueve tu gente con prisa,
vuelve otra vez a la brega,
requiere aperos y yuntas,
abre la limpia panera
y suenen en los corrales,
y suenen de nuevo en ella,
ruidos de palas y harneros
que las simientes asean,
tonadillas entre dientes,
pláticas sobre la siembra,
silboteos sonorosos,
golpes de mazos y azuelas,
que aprietan, tajan y embuten
cinchos, cuñas y orejeras…
Y devorando el almuerzo,
y unidas ya las parejas,
el jarro de agua agotado,
sobre un hombro la chaqueta,
en la izquierda la aguijada
y un mendrugo en la derecha,
comiendo tras de la yunta
que arado y simiente lleva,
¡vete a verterla en el seno
de aquellas húmedas tierras
que otoño bañó con lluvias
y tú con sudores riegas!
Muy larga la brega ha sido,
muy corta ha sido la tregua,
pero sujetos estamos
del trabajo a la cadena,
y nadie romperla debe,
que a Dios le toca romperla.
Las Canciones De La Noche
I
Una noche rumorosa y palpitante
de húmedas aromáticas cargada;
una noche más hermosa que aquel día
que nació con un crepúsculo de nácar,
y medió con un incendio del espacio
y expiró con un ocaso de oro y grana…
Una tibia clara noche melodiosa,
impregnada de dulzuras elegíacas
que caían mansamente de los cielos
en los rayos de la dulce luna blanca,
por el seno de los montes
triste y solo yo vagaba
con el alma más vacía
que el abismo de la nada.
Y los coros rumorosos de la noche
con su música de oro me cantaban
la canción de la tristeza
de la almas solitarias.
Yo era un hongo de los valles de la vida,
yo el cadáver de mi raza
yo una sombra que pasaba por el mundo
sin dejarle ni la huella de mis plantas,
ni los trozos de mi carne redivivos,
ni la imagen de mi alma en otras almas,
ni los nidos de mis goces,
ni los charcos de mis lágrimas…
Yo era sombra, yo era muerte,
yo era estéril movimiento sin sustancia…
y por eso los rumores musicales
de la noche misteriosa me cantaban
la canción de la tristeza,
ruin idioma de las almas solitarias.
II
Otra noche, tan hermosa como aquella,
de armonía y de aromas empapada;
otra pura, casta noche, rutilante,
presidida por solemne luna diáfana
que inundaba los espacios infinitos
con el polvo de su mansa luz fantástica,
triste y solo, como siempre,
por el seno de los montes yo vagaba,
y la puerta de la choza de un cabrero
se empaparon mis pupilas fatigadas
en la mística visión de un niño hermoso
que dormido y solo estaba
sobre una cama de hierbas
que tiñó agosto de plata.
¡Oh, qué hermoso, qué sereno, qué divino!
Era el ángel, era el alma
de la choza miserable
de la choza solitaria.
¡No era mío, no era mío!,
era el beso de las almas que se enlazan.
¡Era el premio merecido
por los seres que se aman!
¡Cuánto diera por tocarle aquella frente
y besarle la carita sonrosada!
¡Qué tranquilo! Los rumores de los montes
con magnífica armonía le arrullaban,
y las brisas de la noche misteriosa
le tocaban con la punta de las alas,
y los rayos amorosos de la luna
le caían como besos en la cara.
Yo me puse de rodillas
ante el ángel de la choza solitaria
cual sediento caminante
que se inclina sobre el agua,
y al amado, como hambriento ladronzuelo
que a unos pobres la limosna les robara,
puse el beso más sublime de mi vida
sobre aquella frente blanca.
¡No era mío, no era mío!,
pero el beso me quemaba en las entrañas,
y la noche se me puso más hermosa,
con el ritmo de la vida
la canción de la esperanza.
¡Yo sentía, yo vivía,
yo quería, yo esperaba!
Si tuviera el cuerpo herido,
si tuviera muerta el alma,
no sintiera ni los besos de la vida
ni el placer de derramarla…
¡Dios que creas! ¡Dame dichas como aquellas
de la choza solitaria!
Y los coros musicales de la noche
no callaban, no callaban, no callaban…
III
Y otra noche, de seguro tan hermosa
como aquellas ideales noches blancas,
arrulladas por el ritmo de los mundos
y pobladas de los sueños de las almas,
a la puerta de la choza miserable
del cabrero cuya dicha yo envidiaba,
se quedaron medio ciegas
mis pupilas espantadas;
muerto estaba el pobre ángel
de la choza solitaria,
y su madre estaba loca,
y su padre mudo estaba,
y los rayos elegíacos de la luna
le caían amorosos en la cara,
su carita transparente,
que era blanca, que era blanca
como el ala de los cisnes del estanque
como el campo de la nieve inmaculada,
como el seno de las vírgenes,
como el mármol de las tumbas y las aras.
Yo me puse de rodillas ante al ángel,
e inclinando la cabeza atormentada,
como víctima medrosa y dolorida
que presenta el cuello al hacha,
puse el beso más amargo de mi boca
sobre aquella frente blanca
dura y fría como el mármol
de las rígidas estatuas funerarias.
Yo sentí de repente
se me helaron las entrañas.
Era el frío del terror a lo futuro
quien me dio la puñalada;
era el miedo a los dolores infinitos
que los padres de aquel ángel destrozaban…
Y gemí como un cobarde,
y gocé como un perverso sin entrañas
con la muerte repentina
de mi última esperanza,
que dejaba conjurados los peligros
que mi instinto de cobarde presagiaba.
¡Fuga estéril! ¡Tú iniciaste
el principio del reguero de mis lágrimas!
Todo el pecho de aquel ancho cielo plúmbeo
gravitó sobre mi alma,
y dejómela el delito como antes,
más vacía que el abismo de la nada.
Y le dije a la armonía de la noche:
«No me cantes la canción de la esperanza:
canta el himno del dolor inapelable,
que es la carga ineludible de mi alma».
Las Hazañas De «Coral»
(A mi compañero de caza don J. de la F. A.)
Con la canana llena
de municiones,
y el morral atestado
de provisiones,
la escopeta brillante
como unas ascuas,
el Coral tan alegre
como unas Pascuas,
la petaca bien llena
de cigarrillos
y las manos metidas
en los bolsillos,
salíme ayer al coto
muy de mañana,
dispuesto a no dejarme
tórtola sana,
ni perdiz, ni conejo
que no matase,
ni codorniz, ni liebre
que lo contase.
¡Qué mañanita hacía
tan deliciosa!
¡Qué brisa la del monte
tan olorosa!
¡Qué aurora tan radiante!,
¡qué algarabía
de pájaros cantores
la que se oía!
Henchía los pulmones
un airecillo
con aromas de espliegos
y de tomillo;
flotaban las neblinas
en la hondonada,
bramaban los becerros
en la majada,
las alondras corrían
por los caminos,
las urracas chillaban
en los espinos,
silbaban los vaqueros,
cantaba el cuco
y graznaba el imbécil
abejaruco.
Al salir el sol claro
del nuevo día,
todo resucitaba,
todo reía.
Esponjaban sus plumas
las tortolillas,
desplegaban el moño
las abubillas,
saltaban los pardillos
junto a la fuente,
se bañaban los tordos
en la corriente,
dormitaba el milano
sobre el peñasco,
el lagarto bullía
bajo el carrasco,
y metiendo el piquito
bajo las alas,
se espulgaban las firras
y las zorzalas.
¡Vaya una mañanita
la tal mañana!
¡Vaya un olor a heno
y a mejorana!
Mi perro retozaba
como un ternero.
¡Es el perro más bruto
del mundo entero!
«Vamos, Coral —le dije—,
basta de bromas
y echemos una mano
por estas lomas.
Si tienes buenos vientos
y me obedeces
yo te he de dar el premio
que te mereces;
pero si eres muy loco,
si eres muy malo,
te daré pocos mimos
y mucho palo.
Cuando caiga una pieza,
vas a buscarla,
y la traes en la boca
sin destrozarla.
No hagas barbaridades
sin ton ni fruto,
mira que tienes pinta
de ser muy bruto,
y si me armas alguna
por ser violento,
te pego una paliza
que te reviento.»
El perro me miraba
como un idiota,
sin menear siquiera
la cabezota;
yo seguí mis sermones,
mas de repente
levantó una pataza
tranquilamente,
y ante mis propias barbas
hizo una cosa
poco limpia y muy poco
respetuosa.
Al empezar la mano,
junto al camino,
vi posada una alondra
sobre un espino;
la tiré; cayó muerta
y a escape el perro
la apresó en sus enormes
dientes de hierro.
¡No le duró en la boca
medio minuto!
¡Yo no he visto en mi vida
perro más bruto!
Se tragó el pajarillo
más fácilmente
que se traga una píldora
Pé de la Fuente.
Y mientras yo, furioso,
le reprendía,
me miraba el imbécil
y se lamía.
«¡Tragaldabas, idiota,
—le dije al punto—:
si la hazaña repites,
te descoyunto!
¡Si vuelves a las mismas
hoy mismo mueres!
¡Tragaldabas, idiota!
¡Qué bruto eres!»
En el mismo momento
de estar hablando
una tórtola cerca
pasó volando.
La tiré como quise,
rompíla un ala
y cayó redondita
como una bala.
Lanzóse encima el perro
medio aturdido,
le llamé quince veces
a grito herido
y no le dio la gana
de respetarme,
ni de dejar la tórtola,
ni de escucharme.
Cuando yo fui corriendo
donde él estaba,
de la tórtola herida
sólo quedaba
una pluma de un ala,
la cabecita,
y dos o tres dedillos
de una patita.
Y el bárbaro del perro
vuelta a mirarme,
y hasta alzó las manazas
para halagarme.
Quise ahogarle allí mismo,
mas tuve calma
y le dije muy serio:
«Coral del alma,
como eres tan brutazo,
tú habrás creído
que has hecho ya dos gracias;
¡pues no, querido!
Has hecho dos gansadas
de las peores
que pueden hacer perros
de cazadores.
¡U obedeces a ciegas
si yo te miro,
o antes de diez minutos
te pego un tiro!»
Y seguimos cazando
tranquilamente
por la falda suave
de la pendiente.
De pronto, salen juntas
cuatro perdices,
que a poco no se posan
en mis narices;
apunté a la primera,
llamé la llave
y cayó como un trapo
la pobre ave.
El Coral, más ligero
que una centella,
de cuatro o cinco saltos
se echó sobre ella.
Yo ya no me entretuve
con más llamadas
y llegué donde el perro
de tres zancadas.
¡Yo no he visto en mi vida
perro más bruto!
Si llego a entretenerme
medio minuto,
no tengo ni el consuelo
de ver la huella
del cuerpo de la hermosa
perdiz aquella.
¡Gracias a que el muy bruto
se la quería
tragar de un par de golpes
y no podía!
Lo cogí, lleno de ira,
de una orejaza,
le metí la escopeta
por la bocaza,
y así pude arrancarle
de los dientazos
la perdiz destrozada
casi en pedazos.
Pareciéndome aquello
castigo chico,
le pegué diez cachetes
en el hocico,
le puse a las narices
la perdiz muerta
y le dije indignado:
«¡Boca de espuerta!
El buen perro no come
pieza que cobra.
Di: ¿no tienes en casa
pan que te sobra?
Traga—buches, infame,
mal educado,
¿sabes que mis sermones
te han reformado?
No te mato ahora mismo
de un estacazo
porque soy menos bruto
que tú, brutazo;
mas como mi consejo
no te aproveche,
yo le diré al tío Pincos
que te escabeche.
Si vivir siempre a gusto
conmigo quieres,
medita, Coralito,
lo bruto que eres,
y si es que tu torpeza
no tiene cura
le encargaré al tío Pincos
la sepultura.
Vámonos hoy a casa.
Yo te perdono
y no quiero guardarte
rencor ni encono.
Solamente hoy te impongo
como castigo,
contarle tus hazañas
a un buen amigo
que también tiene un perro
tocayo tuyo,
solo que tú no llegas
a donde el suyo.
¿Quieres saber la causa?
Pues te la digo:
¡Es… que tú eres más bruto
que el de mi amigo!»
Mal educado estaba el gran Coral,
pero ya no está mal; está muy mal.
Ya no come las piezas que levanta,
pero hace algo peor: me las espanta.
¡A este perro cerril no hay quien lo dome!
La caza que le mates, se la come,
y si piezas de caza no le matas,
se dedica a cazar grillos y ratas.
Por ver si muda de conducta y traza
llevélo ayer a Peñalniño a caza.
Peñalniño es un cerro alto, gigante,
al cerro de la Cruz muy semejante:
pero está más tendido, es más bajito,
más abundante en caza y más bonito.
¡Hasta estos pedacitos de la sierra
son aquí más bonitos que en tu tierra!
Pues, como iba diciendo, fuime al cerro
y me llevé los galgos con el perro
a ver si este gandul se enmienda algo
yendo a mi lado y entre galgo y galgo.
¡Como no lo reviente o lo deslome,
a este perro cerril no hay quien lo dome!
¡Y menos mal que ha demostrado, al menos,
que tiene vientos, pero vientos buenos!
Mas es un bruto que, en oliendo caza,
pierde el juicio, el respeto y la cachaza.
Cuando entramos ayer en cazadero,
cazaba con tal calma y tal salero
que me obligó a pensar subiendo al cerro:
¿Si habré sido yo ingrato con el perro?
¿Si al juzgarle me habré yo equivocado
y le habré injustamente calumniado?
Ese modo de andar, esa cachaza,
esas posturas de excelente traza,
esa dilatación de las narices
que acaso ya ventean las perdices,
ese cuello tendido hacia adelante,
esa mirada vaga, chispeante,
y ese modo de alzar su gran cabeza
buscando el viento de la oculta pieza,
son indicios, al menos, de que el perro
sabe que está cazando en este cerro.
Si echa una pieza y se la tiro, y cae,
y sabe obedecerme, y me la trae,
—¡me acabé de lucir, Coral querido!—
tendré que confesar que te he ofendido
y que tienes un amo muy ligero,
calumniador, injusto y embustero.
Así iba yo pensando tristemente
cuando el perro se para y, de repente,
cerro arriba arrancó como un venablo,
¡como alma de ladrón que lleva el diablo!
¿Serán conejos o serán perdices
lo que van venteando sus narices?
—¡Coralito —le dije—, espera un poco!
¡Espérame, Coral, y no seas loco!
¡¡Ven aquí, Coralón, no me impacientes!!
¡¡Coralazo, gandul, así revientes!!
Y gritando y corriendo tras el perro,
por la cuesta más áspera del cerro
se me fueron los pies por un peñasco,
y de cara caí sobre un carrasco.
Sin respirar me levanté ligero,
recogí la escopeta y el sombrero
y rascándome un poco las narices,
de nuevo eché a correr tras las perdices.
¡Todo fue inútil! El gandul del perro,
las echó hacia la cúspide del cerro,
y viéndolas volar quedé parado
con la boca entreabierta y atontado.
Además de quedarme sin perdices,
pude también quedarme sin narices.
Se redujo la cosa a un arañazo,
un pequeño chichón y un buen zarpazo;
pero, aun librando bien, aquel que quiera
saber lo que es caer de esa manera,
¡que se deje rodar por un peñasco
y se caiga de cara en un carrasco!
El perro regresó triste y arisco
y sentóse a la sombra de un torvisco;
yo no quise ni hablarle de perdices,
ni siquiera enseñarle mis narices,
¡Al que no se hace bueno con sermones,
se le obliga a ser bueno a pescozones!
Le di media docena de primera,
mimé a los galgos para que él lo viera,
fumé un cigarrillo, descansé un poquito
¡y adelante otra vez, que es tardecito!
Del prado Verdinal, junto a la esquina,
en una carrasquera chiquitina,
de nuevo el perro se quedó parado
y púseme en seguida yo a su lado,
dispuesto a fusilar lo que saliera
de aquella miserable carrasquera.
Yo, por más que miré nada veía,
pero el perro la muestra no rompía;
y ante fijeza tal y tal postura,
me dije para mí: ¡liebre segura!
—¡Entra, Coral! —le dije al verle inerte.
—¡Entra, Coral! —le repetí más fuerte.
—¡Entra, Coral! —grité por vez tercera;
y el perro se lanzó a la carrasquera.
¡Oh vergüenza! ¡Oh dolor! ¡Oh triste chasco!
En lugar de salir de entre el carrasco
una liebre a saltar de mata en mata,
salió un lagarto de cabeza chata,
lomo verdoso, vivarachos ojos
y blanca panza con puntitos rojos.
Lo mismo que un ratón que ha visto al gato,
salió azarado el bicharraco chato,
y el perro se lanzó tras él más listo
que el gato hambriento que al ratón ha visto.
A cambio de un mordisco en una mano,
diole el perro un zarpazo soberano,
echóle el diente y el reptil arisco
le atizó en el hocico el gran mordisco.
Debió ser un mordisco sandunguero
porque el perro gruñó muy lastimero,
flojó los dientes, escurrióse el bicho
y cojo y todo se metió en su nicho.
A casita, Coral, que el sol se pone
y es posible que el morro se te encone.
Te doy mi enhorabuena más cumplida
por la dulce caricia recibida,
y me alegra en el alma, buen amigo,
de ver, tras tu pecado, tu castigo.
¿Confunden todavía tus narices
los lagartos con liebres y perdices?
Pues aprende, gandul, que esa es tu ciencia;
aprende a distinguir; y en penitencia,
mientras los dientes del lagarto alabo,
¡te rascas el hocico con el rabo!
Los Dos Soles
Vámonos al hastial de la sala,
vámonos, Francisco,
que se está que da gloria estos días
de sol y de frío.
Y al rincón del hastial soleado
por tibiezas del sol invernizo
se van temblorosos
los dos viejecitos
con el calendario,
con el argadillo,
con las frentes cargadas de tiempo,
con las venas cargadas de frío.
¡Qué serena la tarde resbala
por delante de aquel rinconcito!
¡Las dulces tibiezas
del sol invernizo
como alientos del Dios de la vida
dan calor a los dos viejecitos!
Una dulce modorra süave
va durmiendo sus torpes sentidos
al rumor del rozar quejumbroso
de las vueltas del viejo argadillo,
que se queja con ritmo de enfermo,
plañidero, sutil, dolorido…
La tarde es templada
y el rincón del hastial está tibio…
Se derrite la nieve en los campos,
se descubre el verdor del ejido,
pican las cigüeñas
la vera del río,
lavan las muchachas,
balan los cabritos,
corren los regatos,
llora el argadillo,
y en los montes las lenguas de acero
de los anchos destrales blandidos
acompañan su bronca salmodia
con reflejos estruendos sombríos,
fragorosos desgarres de ramas,
roncos tumbos de troncos hendidos…
¡Allí están los mozos!…
¡Allí está aquel hijo!…
Murieron los rayos
del sol mortecino…
—Vamos a la lumbre.
—Vámonos, Francisco.
Y al rincón del hogar, frío y solo,
se marcharon los dos viejecitos,
con el calendario,
con el argadillo,
temblando de viejos,
temblando de frío.
—Ya viene cantando…
—Ya viene ese hijo…
Y el hogar apagado y oscuro
revivió con el mozo fornido,
revivió con los fuegos sagrados
del amor y el hogar confundidos…
Y el viejo a la vieja
díjole al oído:
—Tenemos dos soles
que quitan el frío:
pa de día, el que alumbra en el cielo;
pa de noche, ese hijo…, ese hijo…
Los Sedientos
I
Vagando va por el erial ingrato,
detrás de veinte cabras
la desgarrada muchachuela virgen,
una broncínea enflaquecida estatua.
Tiene apretadas las morenas carnes,
tiene ceñuda y soñolienta el alma,
cerrado y sordo el corazón de piedra,
secos los labios, dura la mirada…
Sin verla ni sentirla,
la estéril vida arrastra
encima de unas tierras siempre grises,
debajo de unas nubes siempre pardas.
Come pan negro, enmohecido y duro,
bebe en los charcos pestilentes aguas,
se alberga en un cubil, viste guiñapos,
y se acuesta en un lecho de retamas.
No sueña cuando duerme,
no piensa cuando vela desvelada;
si sufre, nunca llora;
si goza, nunca canta,
y vive sin terrores ni deleites,
que no la dicen nada
ni los fragores de las noches negras,
ni los silencios de las noches diáfanas,
ni el rebullir del convecino sapo,
ni los aullidos de la loba flaca
que yerra sola venteando carne
de chivos y de cabras.
Nunca sintió las alboradas tristes,
nunca sintió las bellas alboradas,
ni el ascender solemne de los días,
ni la caída de las tardes mansas,
ni el canto de los pájaros,
ni el ruido de las aguas,
ni la nostalgia del rumor del mundo,
ni los silencios que el erial encalman.
Su padre fue el pecado;
su madre, la desgracia,
y otra pareja infame
de carne estéril y de infames almas
la robó de la cuna de los huérfanos
con hórrida codicia calculada.
El mirar de sus ojos ofendidos
por el erial resbala
como el osado pensamiento humano
que osa escrutar los reinos de la nada.
Ciegos los ojos, sordos los oídos,
la lengua muda y soñolienta el alma,
vagando va por el erial escueto
detrás de veinte cabras
que las tristezas del silencio ahondan
con la música opaca
del repicar de sus pezuñas grises
sobre grises fragmentos de pizarras.
II
Al otro lado del sereno río
que el borde del erial lavando pasa,
Naturaleza derramó unos montes
donde hay rumores que el oír regalan,
donde hay ambientes que la sangre sedan,
donde hay perfumes que el cerebro embargan,
donde hay salud que vigoriza el cuerpo
y paz muy honda que equilibra el alma,
luz de torrentes, música a raudales
y un sordo hervir de vigorosa sabia
que en los pimpollos se resuelve en yemas
y tronco abajo se desliza en lágrimas,
cogüelmo de la vida que revierte
de la tierra otra vez en las entrañas.
Por esos montes que robusto crían
todo lo vivo que en sus senos guardan,
vaga un hermoso zagalón impúber
detrás de veinte vigorosas cabras
cuyas duras pezuñas no repican
sobre estériles lechos de pizarras
pues tiene el monte alfombras
espléndidas y blandas,
musgo de terciopelo en los peñascos
y tréboles de seda en las cañadas.
Borracho de salud vaga por ella
el alegre zagal de vida errática.
Con la inconsciencia de los niños piensa,
con el vigor de los cabritos salta,
con la lujuria del boscaje crece,
con la alegría de la alondra canta.
Él es el limo de las tierras vírgenes,
él es promesa de las tierras áridas,
él es estrofa del amor dormido,
él un vaso de savia
que en abundancia de cogüelmo rico
rebosará mañana.
Y entonces el salvaje solitario
clavará las pupilas dilatadas
en la virgen sedienta
del páramo sediento que la mata,
y sediento de amor, ebrio de vida,
desnudos cuerpo y alma,
querrá cruzar el espumoso río,
querrá posar en el erial la planta,
querrá quebrar en el trabajo el cuerpo,
querrá dormir en el amor el alma…
¡Hombres de la cultura!,
tended un puente sobre aquellas aguas…,
que se acerquen los hijos de los hombres,
que se junten los hatos de las cabras,
¡que del monte feraz pasen al páramo
del amor y el trabajo las sustancias!
Varón
¡Me jiedin los hombris
que son medio jembras!
Cien vecis te ije
que no se lo dieras,
que al chinquín lo jacían marica
las gentis aquellas.
Ahora ya lo vide, y a mí no me mandis
más vecis que güelva.
Te largas tú a velo,
que pue que no creas
que tu cuerpo ha parío aquel mozu,
ni que lo cebasti con tu lechi mesma,
ni que tieni metía en la entraña
sangri de mis venas.
N’amás de mimarros
y delicaezas
que ha queao lo mesmo que un jilo
paliúcho y sin chispa de juerza.
Ca instanti se lava,
ca instanti se peina,
ca instanti se múa
toa la vestimenta,
y se encrespa los pelos con jierros
que se lo retuestan,
y en los dientis se da con boticas
de unos cacharrinos que tieni en la mesa,
y remoja el moquero con pringuis
n’amás pa que güela
¡Jiedi a señorita
dendi media lengua!
Se levanta a las nuevi corrías
y a las doci lo mesmo se acuesta.
¡Va a ponersi pochu
si acotina de aquella manera!
¡Güeno está pa mandalo a bellotas,
pa ayualmi a escuajal en la jesa,
pa jacel un carguju de tarmas
y traelo a cuestas,
u pa estalsi cavando canchalis
dende que amaneci jasta que escurezca!
Los muchachos de acá me esconfío
que mos lo apedrean
cuantis venga jaciendo pinturas
u jablando de aquella manera:
y verás cómo el mozu no tieni
ni agallas ni juerza
pa el primero que quiera molarsi
rompeli la jeta.
Ya no dici padri,
ni madri, ni agüela.
«Mi papá, mi mamá, mi abuelita…»
así chalrotea,
como si el mocoso juesi un señoruco
de los de nacencia.
Ni mienta del pueblo, ni jaci otro oficio
que dil a una escuela
y palral de bobás que allí aprendí,
que pa na le sirvin cuantis que se venga.
Pa sabel sus saberis le ije:
«Sácame la cuenta
del aceiti que hogaño mos toca
del lagal po la parti que es nuestra.
Se maquilan sesenta cuartillos
p’acá parti entera,
y nosotros tenemos, ya sabis,
una media tercia
que tu madre heredó de una quinta
que tenía tu agüela Teresa».
¡Ya ves tú que se jaci en un verbo!
Sesenta la entera,
doci pa la quinta,
cuatru pa la tercia,
quita dos pa una media, y resultan
dos pa la otra media.
Pues el mozu empringó tres papelis
de rayas y letras,
y pa ensenrearsi
de aquella maeja,
ijo que el aceiti que a mí me tocaba
era «pi menus erre», ¿te enteras?
¡Pus pués dil jacindu
las sopas con ella!
¿Y esos son saberis?
¡Esas son fachendas!
No le quise mental del guarrapo
ni icile siquiera
que hogañazo vendimus el churru
pa comprar un cachuju de tierra.
¡Allí no se jabla
de esas cosas ni en ellas se piensa!
N’amás que se jaci comel confituras,
melcal vestimentas,
dirse a los cafesis,
dirse a las comedias
y palral de bobás que no valin
ni siquiá una perra
¡Jolgacián como el nuestro muchacho
no va a haberlo, si aquí no se enmienda!
Yo no lo distingo de otros señorinos
que con él se ajuntan y jolgacianean.
¡Son como maricas!
¡Juy, qué vestimentas!
Ves una persona
por detrás, en la calle, tan tiesa
y endi lejus no sabis de cierto
si es macho u es jembra.
Güelin a lo mesmu
como las ovejas,
y p’aquí no es asín, que ca cosa
güeli a su manera:
güeli a macho la carni de hombre,
y la carni de jembra da a jembra.
Hay que dil a buscar al muchacho
cuantis que se puea,
y le dicis a aquellos señoris
que esu no quita pa que se agraeza,
pero que a su padri le jaci ya falta;
y asín se la enreas.
No lo quió jolgacián, aunque muchos
saberis trujiera.
Y no es esu solu lo que a mí me enrita,
que otras cosas me jacin más mella…
Hay que dil a buscalo ca y cuando:
que venga, que venga;
porque, mira: ¡me jiedin los hombres
que son medio jembras!
Mi Montaraza
I
No hay bajo el cielo divino
del campo salamanquino,
moza como Ana María,
ni más alegre alquería
que Carrascal del Camino.
En Carrascal nació ella,
y si antes no fuese bella
su natal tierra bendita,
fuéralo porque la habita
la rosa de monte aquella.
No nace en tierra cristiana
flor silvestre más lozana
ni hormiga más vividora,
ni moza más castellana,
ni mujer más labradora.
Hermosa sin los amaños
de enfermizas vanidades,
tiene unos ojos castaños
con un mirar sin engaños
que infunde tranquilidades.
Sencilla para pensar,
prudente para sentir,
recatada para amar,
discreta para callar,
y honesta para decir;
robusta como una encina
casera cual golondrina
que en casa canta la paz,
algo arisca y montesina
como paloma torcaz;
agria como una manzana,
roja como una cereza,
fresca como una fontana,
vierte efluvios de alma sana
y olor de Naturaleza.
¿Qué extraño que los favores
implore yo del Destino,
si estoy enfermo de amores
por la reina de las flores
de Carrascal del Camino?
II
¿Me quieres, Ana María?
Yo me he soñado que sí;
mas dudo que guarde impía
la ingrata fortuna mía
tesoro tal para mí;
pues de esos montes no lejos,
hay otros montes ceñudos
con montaraces ya viejos
que tienen hijos talludos
atentos a sus consejos.
Y sé que a esas alquerías
van también ricos señores
a celebrar cacerías,
a dirigir sus labores
y a ver sus ganaderías;
y a mí me causa terror
que en ese rincón de paz
den contigo, rica flor,
el hijo de un montaraz
o el hijo de un gran señor.
Felicidad que soñé,
esposa que presentí,
mujer que luego busqué
y ángel que al cabo encontré
deben de ser para mí.
Dile al hijo del señor
de la vecina alquería
que dice tu servidor
que no nació Ana María
para caprichos de amor;
que en las ciudades doradas
encontrará lindas flores
más suyas por delicadas…
¡Estas rosas coloradas
no son para los señores!
Pero si en ello porfía,
por ladrón de mi destino…,
¡lo mato si pisa un día
la raya de la alquería
de Carrascal del Camino!
Y el hijo del montaraz
de Castropardo el mayor,
el que oye mucho mejor
la voz de un viejo sagaz
que el grito de un noble amor,
si busca montaracías
que den en prados y montes
excusas y regalías,
llenos están de alquerías
esos anchos horizontes;
pues solo el amante fino
que ante el encanto se rinde
de tu mirar peregrino
merece pisar la linde
de Carrascal del Camino.
¿Me quieres, Ana María?
¿Me esperarás en la raya
de tu divina alquería,
cuando a la casa yo vaya
que pretendo llamar mía?
¡Qué buen esposo me hicieras!
¡Qué hogar tan feliz tuvieras,
si de ese monte feraz
tú la montaraza fueras
y fuera yo el montaraz!
Sé por guardas y pastores
que riges ya a maravilla
la casa de tus mayores,
donde, por buena y sencilla,
te adoran tus servidores;
y yo me tengo jurado
ser un amo tan honrado
y un montaraz tan cabal
como el mejor que ha pisado
los montes de Carrascal.
¿No sabes, Ana María
que yo he tenido parientes
en una montaracía
y sé lo que son sirvientes
y sé lo que es la alquería?
Hogaño he mercado en Alba
una yegua de Peñalba
de rutilante mirar,
tres años, negra, cuatralba,
rica sangre y buen andar;
un precioso bruto fiero
con nobleza de cordero,
blondas crines y ancha nalga,
músculos curvos de acero
y enjutos remos de galga.
Y en este animal brioso,
que nunca al trajín se rinde
de su marchar vigoroso,
vigilaré cuidadoso
tus montes de linde a linde;
y ni en los montes vecinos
han de quedar clandestinos
y atreviduelos pastores,
ni furtivos cazadores,
ni leñadores dañinos.
Y corrigiendo criados,
y amparando desgraciados,
será nuestra casa un día
vivienda de hombres honrados,
colonia de la alegría.
¿Quién más dichoso ha de ser
que el hombre que va a tener
bellos campos que cuidar,
sabroso pan que comer
y esposa a quien adorar?
Deudos que enfermo me halláis,
amigos que me estimáis,
hombres que me conocéis,
todos los que me queréis,
todos los que me envidiáis,
¡pedid en justa porfía
que me conceda el Destino
la mano de Ana María
y aquella montaracía
de Carrascal del Camino!
Mi Música
Naturales armonías,
populares canturías
cuyo acento musical
no es engendro artificioso,
sino aliento vigoroso
de la vida natural:
vuestras notas, vuestros ruidos,
vuestros ecos repetidos
en ritornelo hablador,
son mis goces más risueños,
son el arte de mis sueños,
¡son mi música mejor!
Rumores que en la alquería
revientan con alegría
del dorado amanecer,
que despierta sonriendo
las que estuvieron durmiendo
fuerzas vitales de ayer;
brava música sincera
de la ronda callejera
de los mozos del lugar,
que con guitarras sonoras
y bandurrias trinadoras
acompañan su cantar;
alegre esquilón de ermita,
voz de amores que recita
la romántica canción;
ruido de aire que adormece,
son de lluvia que entristece,
manso arrullo de pichón;
cuchicheos de las brisas,
melodías indecisas
del tranquilo atardecer,
aletazos de paloma,
balbuceos del idioma
que empieza el niño a aprender;
jugueteos musicales
que modula entre zarzales
el callado manantial
cuyo hilillo intermitente
da la nota transparente
de una lira de cristal;
melancólicos murmullos,
sabrosísimos arrullos,
vibraciones del sentir,
que la madre en su cariño
le dedica al tierno niño
invitándole a dormir;
claro timbre plañidero
del balido lastimero
del inquieto recental;
eco triste del bramido
del becerrillo perdido
que sestea en el erial;
grave zumbar pregonero
del tábano volandero
que arrullo en la siesta da;
que murmulla, que se queja,
que se acerca, que se aleja,
que retorna, que se va…,
hálitos del bosque frío,
lejano zumbar de río,
hachazos de leñador,
explosivos en la sierra,
eco incógnito que yerra,
hijo ignoto de un rumor;
suspiro de muda pena
que no vibra, que no suena,
pero se siente sonar;
sollozos del pensamiento
que solo del sentimiento
quieren dejarse escuchar;
vuelo sereno de ave,
ritmo de aliento suave,
beso que arranca el querer,
nombre de madre adorada,
voz de la mujer amada,
llanto de niño al nacer;
tonadilla peregrina
que modula en la colina
la gaitilla del zagal,
la que vierte blancas notas
que de miel parecen gotas
desprendidas del panal;
besos del aura y la parra,
lágrimas de la guitarra
latidos del corazón,
quedas pláticas discretas,
palabras de amor secretas,
lamentos de honda pasión;
pintoresca algarabía
de la alegre pastoría
derramada en la heredad,
trajinar de los lugares,
tonadillas populares,
tamboril de Navidad;
trino de alondra que el vuelo
levanta, cantando, al cielo,
de donde su voz tomó;
canto llano de sonora
codorniz madrugadora
que a la aurora se enceló;
ecos lánguidos que envía
de la vaga lejanía
la tonada del gañán,
que en la tibia sementera
canta y ara en la ladera
que la da trabajo y pan;
dulces coros de oraciones
suspiros de devociones,
sollozos de pecador,
voz del órgano suave
que llora con ritmo grave
la elegía del dolor;
popular algarabía
de la alegre romería
que ya el valle va a dejar
con jijeos y cantares
que en cañadas y encinares
se repiten sin cesar;
aire quedo de alameda
que una música remeda
que el alma nunca entendió,
una música increada
que en el seno de la nada
para siempre se quedó;
manso zumbar de colmena
que trabaja en la serena
tarde plácida de abril;
coro que llena de ruidos
la de niños que va a nidos
sonora tropa gentil;
bellas rimas del poeta
cuya música interpreta
los arrullos del amor,
los estruendos de la orgía,
la calmante poesía
que hay disuelta en el dolor.
Las injurias de la suerte,
los horrores de la muerte,
los misterios del sentir
y el secreto religioso
del encanto doloroso
de la pena de vivir…
Yo os lo dije; vuestros ruidos,
vuestros ecos repetidos
en ritornelo hablador,
son el pan de mi deseo,
son el arte en que yo creo,
¡son mi música mejor!
Una Nube
No hay posibles hogaño pa eso
—dijo el padre de ella;
y el del mozo exclamó pensativo:
«Pues entonces hogaño se deja
porque yo también ando atrasao
con tantas gabelas…
Que se casen al año que viene,
dispués de cosecha,
y hogaño entre dambos
le daremos tierra
pa que el mozo ya siembre pa ellos
esta sementera».
Y el mozo y la moza,
rojos de vergüenza,
lo escucharon humildes y mudos,
sin osar levantar la cabeza.
Y el mozo labraba,
derramaba las siete fanegas,
regaba su trigo
con sudor de la frente morena,
y en sus sueños lo vio muchas veces
maduro en las tierras,
cargado en el carro,
junto ya en las eras,
limpio ya en las trojes,
blanqueadas tres veces por ella…
¡Agosto lejano!
¿No vienes, no llegas?
Agosto ya vino;
su sol ya platea
los inmensos tablares de espigas
que doblándose henchidos revientan…
¡Qué hermosa la hoja!
¡Contento da verla!
¡Qué ondear tan suave a los ojos!
¡Qué música aquella,
la del choque de tantas espigas
que la brisa a compás balancea!
¡La brisa!… ¡La brisa!…
una tarde radiante y serena
sopló más caliente,
sopló con más fuerza,
humilló las espigas al suelo,
revolvió la tranquila alameda,
levantó remolinos de polvo,
trajo nubes negras
que azotaron al suelo con gotas
calientes y gruesas…
Se pusieron los valles oscuros,
se pusieron violáceas las sierras,
y fatídica, ronca, iracunda,
vengadora, cercana, tremenda,
zumbó la amenaza
vibró la centella,
que rayó con su látigo el vientre
de la nube cargada de piedra…
¡Y la nube en los campos inermes
derrumbó aquella carga siniestra!…
¡Qué triste la hoja!
¡Pena daba verla!
¡Ya no pueden los mozos casarse
cuando ellos quisieran!
¡Qué triste está el mozo!
¡Cómo llora ella!…
Y es bueno que esperen,
¡que no es firme el amor que no espera!
Noche Fecunda
I
Ya dejó sus mocedades
Juan Antonio el de Villalba,
un roble joven que tiene
de pardo sayal la cáscara,
de acero el tronco robusto,
de puras mieles la entraña.
Para que hogar fuese haciendo,
para que hacienda fundara,
diole el Destino una esposa,
diole su padre una vaca.
Josefa se llama aquélla;
y ésta Cordera se llama;
una mujer bien nacida,
y una vaca bien criada.
Josefa dejó las fiestas
y hundió en el arca sus galas;
Juan Antonio dejó el marro,
y hasta vendió la dulzaina
a un temprano chavalillo
que a mocearse empezaba.
¡Y bien sabe Dios del cielo
que la vendió con un ansia!…
Pero el casado es casado
y la dulzaina es dulzaina.
Y así pasaban los días,
que ya diez meses sumaban;
Juan Antonio, trajinando;
Josefa, metida en casa;
la vaca, creciendo en ubre;
y el tiempo, dando esperanzas…
II
Una noche de verano,
cerca de la madrugada,
llamó a la gente vecina
Juan Antonio el de Villalba.
Al establo acuden hombres
y mujeres a la sala,
y en misteriosos encierros
se truecan ambas estancias,
y hay misteriosos trajines,
y misteriosas palabras,
y prolongados silencios,
y pasajeras alarmas…
Y Juan Antonio anda inquieto,
la frente en sudor bañada,
desde la sala al establo,
desde el establo a la sala.
En la cocina un momento
se sienta, mueve las ascuas
y reza dos o tres veces
la Salve que nunca acaba,
y suda y mira las puertas
de establo y sala cerradas…
De repente se oye un grito
de doliente queja humana
y un mugido quejumbroso
de lánguida resonancia.
Luego, un silencio terrible;
luego, un momento de alarma,
y otro grito, otro mugido,
y al fin ruido y voces francas.
Juan Antonio está aterrado
rígido como una estatua;
mira a las cerradas puertas
que súbito se abren ambas,
y oye que desde una y otra
le dicen estas palabras
uno de los del establo
y una de las de la sala:
—¡Dos churros… y dambos muertos!
¡Dos niñas… y vivas dambas!
Plétora
Yo no sé qué tieni,
qué tieni esta tierra
de la Extremaúra,
que cuantis que llegan
estos emprencipios
de la primavera
se me poni la sangre encendía
que cuasi me quema,
se me jincha la caja del pecho,
se me jaci más grandi la juerza,
se me poni la frente möorra.
y barruntu que asina me entra
como un jormiguillo
que me jormiguea…
¡Y luego unas ansias
que me ajogan de juerti que aprietan
con arrempujonis
de lloral sin querel, que me quean
que cuasi reviento
sin poel revental de la pena!…
¡Me dan unas ganas
de metermi con cosas de juerza!…
¡Asín jundo el corti
de la segureja,
que lo mesmo ha caíu esta encina
que si juesi de pura manteca!
Yo no sé qué será lo que adentro
me escarabajea
cuantis llega esti tiempo tan güeno
de la primavera…
Digu yo que serán estos vahus
que jecha la tierra,
que güelin a ricos
y paice que, asín que se cuelan,
como que arrempujan
de adentro pa juera,
y levantan el pecho p’arriba,
y entontecin de gustu que quean…
¡Juy, cómu me sabin!…
¡Juy, Dios, y qué juerza!
Si viniese ahora mesmo aquí Gorio
y quisiesi luchal una güelta…
¡Juy, Dios, qué Goriazo
le jacía pintal en la tierra!
Me gusta esti tiempo
de la primavera;
pero, ¡congrio!, me da mucha rabia
no tenel una cosa que puea
sacalmi del cuelpo
el comuelgo n’a más de la juerza.
¡Trisca, Vaquerillo!
¿Por qué llora el vaquerillo?
¿Por qué aquella cabrerilla
del sotillo
ya es amor de otro chiquillo?
¡No me causa maravilla!
¿Por qué tan osado eres,
siendo rapaz de once años,
que ya quieres
probar de tales quereres
que guardan tales engaños?
¿No te ha enseñado Natura
que toda flor que florece
prematura
si da fruto no madura,
porque en abril envejece?
¿Y no viven más dichosos
que tus toros reñidores
y celosos
los becerrillos nerviosos
libremente triscadores?
Pues trisca tú, vaquerillo,
y olvida a la cabrerilla
del sotillo
porque tú eres un chiquillo
y ella no es una chiquilla…
Puesta De Sol
Por un cielo mudo y frío,
sin nubes y sin color,
bajaba un sol moribundo,
muerta sombra de aquel sol
que las viejas primaveras
templaba fecundador.
Eran las tierras de ocaso
desiertos que Dios creó
para que el hombre se acuerde
del Paraíso de Dios
y muera con la nostalgia
del que es infinito amor;
y donde el cielo se unía,
sin nubes y sin color,
con una llanura muerta
que el ruido nunca habitó,
con lentitudes dolientes
organizaba aquel sol.
Y no tuvo en su caída
ni pueblo que la sintió,
ni pájaro que cantara
la vespertina canción,
ni selva que se moviera,
ni hombre que alzara su voz,
ni torre que se pintara
con el dorado arrebol,
ni sedalino celaje
que embebiera en su vellón
la púrpura derretida
del último resplandor.
Entre desiertos desnudos
la muerte le sorprendió,
y al que muere en el desierto
no le ve nunca el amor,
ni nadie le presta oídos,
ni nadie le dice adiós.
Así murió aquella tarde
solo y quejándose el sol:
¡Así se mueren los hombres
que han vivido sin amor!
Presagio
I
¿Ves ese tronco, Agustina,
que en el hogar se calcina
y da a mis miembros calor?
Pues es el de aquella encina
del valle de Fuenmayor.
No mataron sus vigores
ni el cuchillo de la helada
ni el dogal de los calores,
sino la mano pesada
de los años destructores.
Allá, cuando Primavera
verdes los campos ponía,
y mi alegre pastoría,
derramada en la ladera,
desde el valle se veía,
viví como un rey en él
de esa encinita a la sombra.
¿Dónde hay tronco como aquel?
Hierba y flores por alfombra,
y amplias ramas por dosel.
Allí aprendí a meditar
y sentí las embriagueces
del alto y puro pensar,
y por gozarlas cien veces
por eso aprendí a cantar.
Y sonaron mis canciones
a ruido de hojas de encina,
arpa ruda cuyos sones
dieron al alma emociones
y al estro voz peregrina.
En julio, el abrasador,
cuando a la ruda labor
iba con mis segadores
a aquellos alrededores
del valle de Fuenmayor,
esa vieja venerable,
único asilo habitable
de la abrasada llanura,
me daba sombra agradable
con hábitos de frescura.
Porque el que puso en el cielo
un sol que calcina el llano,
pone una sombra en el suelo,
como en el dolor humano
pone de la fe el consuelo.
Y aquella encina frondosa
que en las gayas estaciones
me dio música amorosa,
cuya dulzura sabrosa
cayó sobre mis canciones,
diome después, en estío,
fresco dosel protector,
y ahora, que invierno sombrío
me tiene yerto de frío,
presta a mi cuerpo calor.
II
Así fuiste tú, mujer.
Me diste en las primaveras
de aquel encantado ayer
las poéticas primeras
impresiones del querer.
Y así como la armonía
que de la encina caía
se derramó en mis canciones,
tu amor en el alma mía
vertió mundos de ilusiones.
Después, cuando me agobiaba
la dolorosa fatiga
de un vivir que ya se acaba,
tú fuiste la sombra amiga
donde el alma descansaba.
Y ahora, que ya está conmigo
del alma el invierno helado,
que es su postrer enemigo,
viviendo estoy amparado
de tu cariño al abrigo.
Yo tengo miedo, Agustina,
que el tiempo que se avecina
me busca amenazador…
¡Ay, que ya murió la encina
del valle de Fuenmayor!…
¿Qué Tendrá?
¿Qué tendrá la hija
del sepulturero
que con asco la miran los mozos,
que las mozas la miran con miedo?
Cuando llega el domingo a la plaza
y está el bailoteo
como el Sol de alegre,
vivo como el fuego,
no parece sino que una nube
se atraviesa delante del cielo;
no parece sino que se anuncia,
que se acerca, que pasa un entierro…
Una ola de opacos rumores
sustituye al febril charloteo,
se cambian miradas
que expresan recelos,
el ritmo del baile
se torna más lento
y hasta los repiques
alegres y secos
de las castañuelas
callan un momento…
Un momento no más duró todo;
mas ¿qué será aquello
que hasta da falsas notas la gaita
por hacer un gesto
con sus gruesos labios
el tamborilero?
No hay memoria de amores manchados,
porque nunca, a pesar de ser bellos,
«Buenos ojos tienes»
le ha dicho un mancebo.
Y ella sigue desdenes rumiando,
y ella sigue rumiando desprecios;
pero siempre acercándose a todos,
siempre sonriendo,
presentándose en fiestas y bailes
y estrenando más ricos pañuelos…
¿Qué tendrá la hija
del sepulturero?
Me lo dijo un mozo:
¿Ve usted esos pañuelos?
pues se cuenta que son de otras mozas…
¡De otras mozas que están ya pudriendo!…
Y es verdad, que parece que güelen,
que güelen a muerto…
Vocación
¡Quién fuera como él! Su edad primera,
gentil proemio de su vida entera,
fue un idilio inocente
de místicos amores
que a la virtud abrieron su alma ardiente
como a la luz del sol abren las flores.
¡Hermosa infancia aquella!
Canto sublime de la fe naciente,
áureo reinado de la Aurora bella
del alma de un creyente
que en la noche del mundo es una estrella.
Como otros niños, con afán distinto,
amenizan sus juegos y recreos
con guerreros trofeos
y empresas militares
que les enseña a fabricar su instinto,
el niño aquel, sincero, de seguro,
construía minúsculos altares
de su pobre casita en el recinto.
Y en el silencio del rincón oscuro,
pobre templo que abría la inocencia
al culto mudo del amor más puro,
vagamente sentido en la conciencia,
pasaba el niño las mejores horas
de la edad más feliz de la existencia.
Aquel era su juego, su alegría,
su gloria, su poema, su tesoro,
el deleite más hondo que sentía
y el más hermoso de los sueños de oro
que le pudo fingir la fantasía.
Dios era bueno, y grande, y poderoso,
y de los niños huérfanos el Padre
más tierno y amoroso…
¡Se lo oía decir él a su madre
cuando ésta hablaba del perdido esposo!
Dios había hecho el mundo
con todas las grandezas que tenía
por amor a los hombres solamente.
Un amor tan inmenso, tan profundo,
que, sobre el mundo que creado había,
pidió cosa más bella,
no fugaz como aquel, no transitoria…
¡Y creó Dios la gloria
tan solo porque el hombre fuera a ella!
En ella estaba Dios, de bondad lleno
y había que adorarle por ser bueno.
A esto se reducía
la incompleta, la noble Teología
del pequeño creyente
que a solas en su templo meditando,
más que un niño que piensa parecía
un extático orando…
La honda emoción ardiente y misteriosa
de su precoz adoración piadosa,
dulcemente le ataba
al altar de cartón de sus amores,
que a falta de riquísimos primores,
el pobre «sacerdote» engalanaba
con las del prado pequeñuelas flores.
Allí adoraba a Dios, allí soñaba
con vagas efusiones inefables
que el alma entrevía
en una misteriosa lejanía
de dulzuras sin fin inenarrables.
La emoción religiosa
de su infantil contemplación piadosa,
algo difusa aún, algo incoherente,
en momentos de dicha misteriosa
llegaba a herir su corazón ardiente:
y entonces abstraído, arrebatado,
cual sublime vidente
que oye la voz con que el Señor le ha hablado,
como una estatua del amor que espera
la total plenitud del bien amado;
cual tierna alegoría refulgente
del alma enamorada
que su vuelo al tender buscaba Oriente
para lanzarse recta y de repente
a la región de la feliz morada;
como el santo que en éxtasis adora,
como asceta que ora,
como un arcángel que tendiera el vuelo
desde la tierra a la mansión del cielo,
así el niño quedaba
en sus raros momentos de desmayo;
y cuando el puro, el encendido rayo
de aquel amor de fuego se alejaba,
su alma sensible se quedaba fría,
muda, yerta, vacía…,
y el pobre niño, sin querer, lloraba
con hondo sentimiento
que su pobre razón no definía…
¡La nostalgia del bien es gran tormento!
Vagas como la pálida neblina
que empaña un rato la gentil mañana
hasta que en breve la disipa luego
luz del ardiente sol, luz argentina
que el mundo inunda con su luz de fuego,
así su caridad, su fe prístina,
sus vagas concepciones religiosas
iban cristalizando
en regiones más puras y radiosas
que Dios iba delante despejando.
Y así como el imán busca el acero,
cual van los ríos a la mar buscando,
su alma, su corazón, su ser entero
se alzó sobre su fe buscando oriente,
y sereno después partió ligero
hacia su centro natural sumiso:
a la iglesia de Dios, al sacerdocio,
y al martirio tras él, si era preciso.
Honra y consuelo de su madre amante,
que jamás concibió dichas mayores;
espejo de modestia y santo celo,
orgullo de sus sabios profesores,
gloria de su colegio, fiel modelo
de sencilla humildad, noble y sincera…
todo eso y algo más, el joven era.
Ya entonces meditaba, preocupado
de más seria manera,
que si por él fue un Dios crucificado,
morir él por su Dios bien poco era.
Y en el santo delirio
de su fiebre de amor, que era una hoguera,
soñaba que el final de su carrera
iba a ser el principio del martirio.
Yo no sé si lo fue. Por vez postrera
vile el solemne día
de su misa primera,
que yo a su lado oía…
El niño soñador era ya hombre:
un hombre que tenía
la fe tan pura y tan serena el alma
como si fuera niño todavía.
Ya estaba allí lo que anhelaba tanto;
lo que asustaba a la humildad ahora…
ya estaba ungido con el óleo santo;.
¡que viniera el martirio a cualquier hora!
Centenares de luces titilaban,
el oro del altar resplandecía,
las trompetas del órgano arrojaban
raudales de armonía,
y los fieles oraban
y el humo del incienso trascendía,
y una tropa de arcángeles dorados,
bellísimos, magníficos, alados,
que el Divino tesoro
del rico tabernáculo guardaban,
al fulgor de las luces que oscilaban
parecían batir sus alas de oro.
Con el santo temor de alma creyente
que el hálito de Dios siente cercano,
subió el misacantano
las gradas del altar resplandeciente.
«¡Ese sí que es altar!», dijo a mi oído
el eco amortiguado
de la voz de un recuerdo no perdido…
Y al ver al sacerdote allí postrado,
con su rica, sagrada vestidura
de la propia blancura del armiño,
me acordé con tristísima dulzura
de su altar de cartón cuando era niño,
y me hirió en las entrañas la ternura
del idilio inocente recordado
que yo mismo veía
en poema magnífico trocado.
Llegó al fin el momento
del sublime misterio: el celebrante
se inclinó y consagró, fijo y atento:
los ojos de su fe vieron delante
el divino portento
que ofuscó, que cegó su pensamiento;
y pálido, con miedo, vacilante,
con toda el alma en el misterio hundida,
con el santo terror de la criatura
que ve su pequeñez engrandecida
y elevada por Dios a aquella altura;
como rendido al infinito peso
de aquel divino y amoroso exceso;
con el alma anegada
en un mar de ternura dolorosa
e implorando la ayuda poderosa
de la bondad de Dios, nunca agotada,
pudo elevar, con mano temblorosa,
la Hostia consagrada…
Yo adoré de hinojos
con el pueblo postrado:
y el solemne momento ya pasado,
al levantar los ojos
y ver al sacerdote reposado
y en tranquila actitud, como si orara,
vi también otra cosa…
vi caer una lágrima amorosa
sobre el paño blanquísimo del ara…
Treno
Tengo el alma serena
para toda amenaza de catástrofe;
la tengo muda y sorda
para voces de amores que me llamen;
la tengo seria como un campo yermo;
quieta la tengo como aquel cadáver
de quien yo no creí que fuese tierra
porque era el de mi madre.
El que ve lo que vi cuando era mozo
que amor disuelto apellidé a la sangre
y eterno soñé al tiempo
para besar la frente de la imagen,
¿qué puede ver que le sacuda el alma
ni al cuerpo un grito de dolor le arranque?
Rayo de la tormenta:
podrás romperme pero no espantarme;
volcán rugiente que escupiendo fuego
me enseñas el abismo de tu cráter;
sierra que te derrumbas
y ante las puertas de mi casa caes;
río que te desbordas
y azotas de mi casa los umbrales;
huracán que su techo le arrebatas;
muerte que rondas mi olvidada calle…
¡qué pequeños sois todos, qué pequeños,
y mi dolor qué grande!
Y vosotros también, hombres perversos,
que me herís con salivas el semblante;
y vosotros también, hombres amigos
que a la vida feliz queréis tomarme
con la ambrosía de la humana gloria,
miel al beber y al digerir vinagre…,
me herís los unos con estéril saña,
porque herís a un cadáver;
lucháis los otros con afán estéril
porque nadie logró que el mundo hable.
Sólo podrá moverme,
desde la noche de la gran catástrofe,
la voz de Dios gritándome: «¡Hijo! ¡Hijo!
¡Respóndele a tu padre!»
Sortilegio
Una noche de sibilas y de brujos
y de gnomos y de trasgos y de magas;
una noche de sortílegas diabólicas;
una noche de perversas quirománticas,
y de todos los espasmos,
y de todas las eclampsias
y de horribles hechiceras epilépticas,
y de infames agoreras enigmáticas;
una noche de macabros aquelarres,
y de horrendas infernales algaradas
y de pactos, y de ritos, y de oráculos
y de todas las diabólicas vesanias,
por horrendos peñascales que blanquean,
a los rayos de una enferma luna pálida,
con la fiebre de la hembra, la celosa,
va delante de la vieja nigromántica.
Como sombras del abismo se detienen
a la orilla de rugiente catarata.
Es la hora de los ritos,
es la hora de las cábalas,
es la hora del horrible sortilegio,
es la hora del conjuro de las aguas.
La sortílega se inclina sobre ellas;
la celosa la contempla muda y pálida.
¡No está Dios en la celosa,
no está Dios en la sortílega satánica!
Sobre el lecho de las aguas espumantes
la agorera traza el signo de la cábala
murmurando la diabólica salmodia
con horrendas, con sacrílegas palabras:
¡Aah!… en las nieblas… ¡Aah!… en la espuma
¡Aah!… en los aires… ¡Aah!… en las aguas…
¡Aah!… en las brumas… ¡Aah!… en el tiempo.
¡Surge pronto!… ¡Surge y habla!
La agorera se detuvo contemplando
la corriente de la linfa como estática.
—¿No veis nada? —murmuraba la celosa.
—¡No veo nada!… ¡No veo nada!…
¡Aah!… en las nieblas… ¡Aah!… en la espuma
¡Aah!… en los aires… ¡Aah!… en las aguas…
Y quedóse de repente muda y quieta
la espantosa nigromántica,
—¿No veis nada? —murmuraba la celosa
con la fiebre de la hembra en la mirada—.
¿No veis nada? —repetía.
—Sí…, ya veo…, Espera…, calla…
Una joven en un lecho suspirando
por el hombre a quien espera enamorada.
¡Oh, qué hermosa!… Tiene el seno descubierto.
—¿Y sabéis cómo se llama?
—Pues se llama…
¡Aah!… en las nieblas… ¡Aah!… en la espuma.
¡Aah!… su nombre… ¡Mariana!
La celosa dio un gemido horripilante,
—sigue viendo…, sigue viendo… —murmuraba.
Ahora un hombre enamorado
se le acerca… Ella lo llama…
—¿Con qué nombre?
—No lo entiendo.
—¿Con qué nombre?
—Espera y calla.
¡Aah!… en las nieblas… ¡Aah!… en la espuma.
¡Aah!… en los aires… ¡Aah!… en las aguas…
Con el nombre de Fernando lo ha llamado,
y él la dice que la ama…
—¡Que la ama!…
La celosa llenó el aire con los timbres
de una horrenda desgarrante carcajada
y acercándose a los bordes del abismo
se arrojó tras el infierno de las aguas.
Que las brujas la llevaron una noche
las comadres de la aldea murmuraban,
y era cierto… y era cierto
¡Que lo dijo la perversa nigromántica!
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