Poemas de Catulo (poeta griego)

Catulo

Gayo Valerio Catulo fue el renovador de la lírica latina y máximo exponente de los poetae novi. Los Poemas de Catulo rompieron con la épica tradicional para centrarse en la subjetividad, el erotismo y el ingenio.

Es célebre por su intensa y tormentosa relación con «Lesbia», plasmada en poemas que transitan del éxtasis amoroso al odio profundo, sintetizado en su famoso verso «Odi et amo». Su estilo directo, emocional y refinado influyó profundamente en la poesía occidental.

Tan Enredada está mi Razón

Tan enredada está mi razón, mi Lesbia, por tu culpa

y por seguirte a ti está tan perdida,

que ya no podré estimarte por muy bien que te portes

ni por muy mal que te portes dejaré de quererte.

 

Poema 5

Vivamos, Lesbia mía, y amémonos.

Que los rumores de los viejos severos

no nos importen.

El sol puede salir y ponerse:

nosotros, cuando acabe nuestra breve luz,

dormiremos una noche eterna.

Dame mil besos, después cien,

luego otros mil, luego otros cien,

después hasta dos mil, después otra vez cien;

luego, cuando lleguemos a muchos miles,

perderemos la cuenta, no la sabremos nosotros

ni el envidioso, y así no podrá maldecirnos

al saber el total de nuestros besos.

 

Poema 48

De miel los ojos tuyos, Juvencio,

si alguien me dejara sin parar besarlos,

sin parar hasta miles trescientos besaría,

ni nunca me parecería que saciado estaría,

no si más densa que las áridas aristas

fuera de nuestro besar la siembra.

 

Poema 40

¿Qué mala mente a ti, pobrecillo de Rávido,

te lleva de cabeza hacia mis yambos?

¿Qué dios por ti no bien invocado

te dispone a incitar una malsana pelea?

¿Acaso es para arribar a las bocas de la gente?

¿Qué quieres? ¿Como sea ser conocido deseas?

Lo serás, puesto que a mis amores

quisiste amar, con larga condena.

 

Odio y Amo

Odio y amo. Tal vez preguntes ¿cómo es posible?.

No lo sé, pero siento que ocurre así y me torturo.

 

Poema 43

Salve, ni de mínima nariz muchacha,

ni de bonito pie, ni de negros ojillos,

ni de largos dedos, ni de boca seca,

ni, claro es, de demasiado elegante lengua,

del derrochador formiano la amiga,

¿que tú, la provincia narra, eres bonita?

¿Contigo la Lesbia nuestra se compara?

Oh siglo sin gusto y desagraciado.

 

Poema 52

¿Qué es, Catulo, qué te demoras para morir?

En la silla curul el bocio de Nonio se sienta,

por el consulado perjura Vatinio:

¿Qué es, Catulo, qué te demoras para morir?

 

Poema 46

Ya la primavera, desheladas, vuelve a traer las templanzas,

ya del cielo equinoccial el furor,

con las agradables auras del céfiro, calla.

Sean abandonados los frigios, Catulo, campos,

y de la Nicea bullente el campo fértil.

A las claras ciudades de Asia volemos.

Ya mi mente estremecida ansía vagar,

ya alegres de su afán los pies cobran fuerzas.

Oh dulces compañías de mis camaradas, adiós:

a quienes, lejos a la vez de casa que partimos,

distintas vías, diversamente, nos devuelven.

 

Poema 1

¿A quién dono este agradable, nuevo librito

con árida pómez recién pulido?

Cornelio, a ti, pues tú solías

creer que son algo mis tonterías,

ya entonces cuando osaste, único de los ítalos,

el tiempo explicar en tres pliegos,

doctos, Júpiter, y laboriosos.

Por ello ten para ti este librito, sea cual sea

y como sea; el cual, patrona Virgen,

más dure, perenne, de un siglo.

 

Poema 7

Preguntas cuántos a mí besares

tuyos, Lesbia, sean bastantes y de sobra.

Cuan grande el número de las libisas arenas

en la laserpiciosa Cirene yace,

entre el oráculo de Júpiter flagrante

y el sagrado sepulcro de Bato el antiguo,

o cuantas estrellas muchas, cuando calla la noche,

los furtivos amores de los hombres ven:

tantos besos muchos, que tú beses,

para el vesano Catulo bastante y de sobra es,

los que ni percontar los curiosos

puedan, ni fascinarlos con malvada lengua.

 

Poema 8

Pobre Catulo, no te engañes más

y da lo que ves muerto por perdido.

Para ti en otro tiempo se encendieron

muchos días felices. Eso fue

cuando acudías a donde esa joven

—que amaste como nadie jamás a otra

será capaz de amar— te reclamaba.

Y allí, en cuanto empezabais esos juegos

amorosos que tanto os complacían,

no hay duda de que a ti se te encendieron

aquellos días felices.

Mas ahora,

como ella ya no quiere continuar,

tampoco quieras tú: todo es inútil.

No persigas las cosas que se han ido.

No subsistas como un menesteroso.

Pon toda tu cabeza en aguantar.

Resiste y dile: «Pues adiós, muchacha.

Catulo ya resiste y no te va

a buscar ni a rogar como obligándote,

aunque te va a doler que él no te ruegue.

¡Y ay de ti, criminal!, porque ¿qué vida

llevarás? A partir de ahora, ¿quién

se te acercará?; ¿quién te tendrá por

la más hermosa?; ¿a quién vas a amar tú?;

dirás que eres ¿de quién?; ¿y a quién vas a

besar mordisqueándole sus labios?

Pero, Catulo, terco tú, resiste.

 

Poema 13

En unos pocos días y en mi casa,

cenarás hasta hartarte si los dioses,

oh Fábulo, te dejan y… si traes

una cena copiosa, una muchacha

guapa, el vino, la sal y muchas risas.

Si, como digo, vienes con todo esto,

has de cenar muy bien, querido amigo,

pues lo que es el bolsillo de Catulo

solo de telarañas está lleno.

Y a cambio, en recompensa, ganarás

mi cariño más limpio y un regalo

muy suave y elegante, el mismo que

los dioses del Amor y los Deseos

le dieron a mi chica: cierto ungüento

que, en cuanto lo olfatees, te verás,

Fábulo, conducido a suplicar

que los dioses te muden por entero

¡y hagan de ti tan solo una nariz!

 

Poema 32

Tengo que amarte, mi Ipsitila dulce.

Como eres mi delicia y mi placer,

mándame que esta tarde yo te busque.

Y si me ordenas eso, deja abierta

la puerta de tu casa, por favor,

y a ti ni se te ocurra salir fuera:

quédate dentro y nos dispensaremos

nueve polvos divinos sin parar.

Mas si quieres hacer lo que te he dicho,

tienes que darte prisa en ordenármelo:

bocarriba e hinchado tras comer,

en la cama perforo en este instante

con mi pene la túnica hasta el manto.

 

Poema 37

Vosotros los compadres de ese bar de fulanas

que está a nueve columnas del templo de los dos

mellizos que se cubren sus cabezas con píleos,

¿es que pensáis que solo vosotros tenéis picha

y que solo a vosotros se os permite follar

a todas las muchachas que se tercien pensando

que el resto de los hombres son cabrones? ¿De veras

creéis que, porque siempre estáis sentados quietos

cien o doscientos memos, no me voy a atrever

a que me la chupéis los doscientos mirones

a la vez? Pues pensadlo, porque ¡voy a pintaros

con pollas la fachada completa de esa tasca!

Y esto porque la chica que huyó de mi regazo,

a la que he amado tanto como nunca podré

querer a otra, y luchado muchas veces por ella,

ahora se sienta ahí junto a todos vosotros.

Felices y contentos, todos os la tiráis,

pero lo despreciable es que todos sois unos

repugnantes puteros callejeros: y tú

más que cualquiera, el único melenudo llegado

de aquella Celtiberia repleta de conejos,

sí, tú, Egnacio, el guaperas de la barba cerrada

que te lavas los dientes con meados de Iberia.

 

Poema 50

Ayer, desocupados, estuvimos

largo tiempo en mi casa distrayéndonos

en escribir, tal como corresponde,

Licinio, a los que somos refinados.

Medíamos los dos nuestros versitos

con este o aquel ritmo, respondiendo

uno al otro y jugando entre las risas

y el vino. Desde entonces me quedé

inflamado, Licinio, por tu hechizo

y tu humor. Ya ni gozo la comida,

pobre de mí, ni el sueño me permite

cerrar en paz los ojos, sino que

me revuelvo en la cama cerrilmente

enardecido y solo deseando

que llegue el día para hablar contigo

y estar juntos los dos. Hasta que al fin,

agotados mis miembros por la brega,

cayeron en la cama semimuertos,

y después te escribí, feliz amigo,

este poema para que te enteres

mejor de mi dolor. Ahora no oses

despreciar, te lo ruego, estas mis súplicas,

no vaya a ser que Némesis, vengándome,

te imponga su castigo: es una diosa

feroz y has de guardarte de ofenderla.

 

Poema 58

Aquella Lesbia mía, Celio mía,

única Lesbia que Catulo

amó más que a sí mismo y que a todos

los suyos, anda ahora en callejones

y oscuras travesías pajeando

a los nietos de Remo el generoso.

Catulo

Poema 63

Atis atravesó la hondura de los mares

en un barco veloz. Y en cuanto, ya impaciente,

pisó el bosque de Frigia y se fue aproximando

al territorio oscuro de Cibeles, repleto

de floresta silvestre, enseguida, encendido

por su rabia furiosa y su loca cabeza,

con un hacha de sílex se cortó los dos pesos

colgantes de sus ingles. Y entonces, al sentir

los restos de su cuerpo ya sin virilidad,

convertido en mujer mientras iba brotando

su sangre que manchaba la tierra, de seguido

con sus manos ya níveas ella cogió el ligero

tambor —¡tu tambor, Madre primigenia, Cibeles!—

y empezó a redoblar sobre la hueca piel

de toro con sus dedos, ahora delicados,

y se puso a cantar, temblando, lo siguiente

para sus compañeras:

 

—¡En marcha! Id a la vez ya todas las castradas

hacia los altos bosques de Cibeles; id todas

vosotras a la vez donde el rebaño suelto

de la diosa del Díndimo; vosotras, que buscáis

paisajes nuevos como si fuerais desterradas

después de haber seguido mi mismo itinerario

conducidas por mí y tras sobrellevar,

compañeras, el ágil mar y su virulencia,

y de haberos castrado porque odiáis el Amor;

vosotras, sí, alegrad a la Madre Cibeles

con los pasos de un baile. Que vuestra mente os saque

de la lenta quietud: id todas a la vez.

Seguidme hacia el hogar de Cibeles en Frigia,

hasta los bosques frigios de la diosa, allá donde

redoblan los tambores, resuenan los platillos;

donde un flautista frigio saca sonidos graves

de su flauta curvada; donde agitan las ménades

con furia sus cabezas recubiertas de hiedra;

donde los sacrificios sagrados se realizan

entre agudos chillidos; donde pulular suele

el errabundo séquito de Cibeles, la diosa:

es decir, donde todas debemos ir corriendo

y danzando veloces.

 

Al tiempo que acabó de cantar lo anterior

a sus comadres Atis, esta mujer espuria,

toda la comitiva empezó de repente

a hacer vibrar sus lenguas; y el ligero tambor

redobló; y los platillos cóncavos su estridencia

lanzaron; y apretando sus pasos todo el coro

se aproximó hacia el monte del Ida, que verdea.

Atis, fuera de sí, jadeaba hasta exhalar

el alma por la boca, vagando como guía

por los bosques sombríos al ritmo del tambor

como acompañamiento, igual que una becerra

bravía que rehúye la carga de su yugo,

mientras seguía el coro a su guía acrobática.

Pero, cuando alcanzaron el hogar de Cibeles,

exhaustas tras la marcha, olvidaron comer

para dormir, los ojos un sopor indolente

les cerró con su blanda laxitud, y la furia

rabiosa se tornó en relajada calma.

Luego, cuando el dorado rostro del Sol enciende,

con sus ojos radiantes, la blancura del éter,

la tierra endurecida y el mar ingobernable,

aniquila las sombras de la noche arrastrado

por sus briosos corceles de cascos resonantes,

y de inmediato el Sueño rápidamente escapa

de Atis, ya desvelada, para ser acogido

en el ansioso seno de su esposa, la diosa

Pasitea. Una vez concluido aquel primer

frenesí, tras la calma del sueño la memoria

de Atis recolectó cuanto había pasado

y con la mente clara vio que nada era igual,

comprendió en donde estaba, que le faltaba el miembro,

y entonces emprendió, con el alma incendiada

su regreso hasta el mar. Y allí, ante la amplitud

de las aguas, llorando dirigió tristemente

las siguientes palabras a su lejana patria:

 

—¡Patria que me has creado, oh patria, madre mía!

Cuando, loco de mí, decidí abandonarte

igual que los esclavos prófugos a sus dueños,

me vine hasta este bosque para vivir al lado

de la nieve y las cuevas heladas de las fieras

y acercarme, embrujado, a sus feroces antros.

Ahora no sé dónde ni en qué lugar te encuentras,

y no consigo verte, aunque ansían las niñas

de mis ojos lanzar hacia ti su mirada

porque, aun por poco tiempo, mi espíritu se encuentra

libre del paroxismo. ¿Y yo habré de habitar

en estos bosques, lejos de mi hogar añorado,

careciendo de patria, de fortuna, de amigos

y de mis padres? ¿Lejos de la palestra, el foro,

el gimnasio, el estadio? ¡Pobre y pobre de mí,

que tengo que quejarme mucho y más, alma mía!

¿Qué clase de figura hay, que no haya asumido?;

ahora soy mujer, pero fui niño, púber,

joven y guapo mozo, el mejor del gimnasio,

y, aceitado, la gloria de los valientes púgiles;

las puertas de mi casa siempre estaban abiertas,

su entrada concurrida, y toda ella sembrada

por coronas de flores cuando, al salir el sol,

yo dejaba mi alcoba. ¿Y ahora he de oficiar

de esclava de Cibeles y criada de los dioses?

¿He de ser una ménade?, ¿tan solo un medio yo?,

¿un hombre sin su sexo? ¿Y siempre viviré

en este verde monte revestido del frío

de la nieve? ¿Y mi vida he de vivirla al pie

de estas tan altas cúspides de Frigia donde habita

la cierva de los bosques y el jabalí feroz

que siempre corretea? ¡Cuánto y cuánto me duele

sin remedio lo que he hecho, y cuánto me arrepiento!

 

Cuando de los rosáceos y finos labios de Atis

el sonoro lamento alcanzó las orejas

gemelas de los dioses con su noticia insólita,

Cibeles soltó el yugo que uncía a sus leones,

acució al de la izquierda, el que odia los ganados,

y le gritó:

—¡Adelante! ¡Ponte, feroz, en marcha!

¡Conviérteme a ese en loco otra vez y que un golpe

de furia lo devuelva a mis bosques de nuevo

por haber intentado librarse de mis órdenes!

¡En marcha! ¡Azótate la espalda con tu cola,

sufre tus coletazos! ¡Y que por todas partes

retumbe tu espantoso rugido! ¡Zarandea,

la melena rojiza de tu cuello robusto!

 

La irritada Cibeles acaba su amenaza,

libera con la mano de su yugo a la fiera

que se excita a sí misma, inyecta en su valor

rapidez, y acelera, ruge y quiebra al azar

arbustos. Hasta que, cuando alcanza la playa

mojada que espumea, y divisa a la triste

Atis cerca de un mar de mármol, arremete.

Atis, loca de nuevo, escapa hacia los ásperos

bosques. Y todo el resto de su vida será

ella solo una esclava.

 

¡Diosa y dueña del Díndimo,

oh gran diosa Cibeles, reserva tu locura

solo para tus fieles, y aléjala, oh señora,

de mi hogar: enardece y enloquece a los otros!

 

Poema 68

Me envías unas líneas escritas con tus lágrimas

porque estás agobiado por la mala Fortuna

y por una desgracia, para que te rescate

como a un náufrago echado a las hirvientes olas

del mar y así consiga devolverte a la vida

estando como estás tan cerca de la muerte.

Pues te hallas tan ansioso, que, en tu cama desierta

de soltero, ni Venus te permite un pacífico

sueño ni te distraen las musas con los versos

de los poetas clásicos. Sin embargo tu carta

me alegra, porque en ella tú dices ser mi amigo

al pedir que te envíe los versos que me inspiren

las musas y el Amor. En cambio, lo que voy

a darte, Malio mío, para que no te quedes

sin saberlo y no pienses que esquivo mi deber

de responderte, amigo, son mis propias desgracias

en las que estoy sumido por el cambiante Azar,

de forma que no puedes pedir en adelante

que te cuente alegrías un pobre desgraciado.

 

Mi vida discurría, desde la juventud,

por una primavera en un lecho de rosas.

Y como muy bien sabe esa diosa que mezcla

lo amargo con lo dulce en las penas de amor,

yo tonteé en exceso. Pero seguidamente

la muerte de mi hermano transformó los afanes

del amor en dolor:

¡Te me han robado, hermano,

ay, para mi desgracia!; ¡cuando moriste, hermano,

mi dicha hiciste añicos!, ¡nuestra familia entera

fue enterrada contigo!; ¡y toda la alegría

que, en vida, tu exquisito amor alimentaba

contigo se extinguió!

De modo que la muerte

de mi hermano me hurtó totalmente lo que antes

tanto me interesaba y el gusto de la vida.

Por eso, lo que escribes de que es indecoroso,

Malio, que se haya vuelto Catulo a su Verona

y ya aquí cualquier tipo notable se caliente

sus huesos en mi cama vacía, eso, querido

Malio, no puede ser indecoroso, porque

más bien es un desastre. Tendrás, en consecuencia,

que perdonar que yo no te regale aquello

que el dolor me ha robado: aquello que me falta.

Pero además ocurre que no vivo en Verona:

en Roma es donde vivo y allí mi casa está,

allí está mi escritorio y allí vivo mi vida.

Por eso de los muchos libros que tengo en Roma

me he traído aquí solo un puñado de títulos

en una sola caja. Como así están las cosas

no quiero que tú pienses que yo obro como lo hago

con algún vil propósito o con doble intención:

no poseo ya nada de lo que me has pedido

—ni versos optimistas ni canciones de amor—

pero, si lo tuviera, te lo enviaría enseguida.

 

Poema 75

Tengo el alma tan débil por tu culpa, mi Lesbia,

que ya se me ha perdido por cumplir bien contigo.

Pero, aunque te cambiaras en la mejor de todas,

ya no podría quererte ni, hicieras lo que hicieres,

dejar de desearte.

 

Poema 76

Cuando un hombre recuerda todo lo que ha hecho bien

en la vida hasta ahora, cuando se juzga honesto,

cuando piensa que nunca ha sido desleal

y que en ningún contrato ha usado de los dioses

para engañar a nadie, se encuentra satisfecho:

por eso tú, Catulo, mereces disfrutar

el resto de tu vida de toda la alegría

que vas a cosechar tras este amor infiel.

Pues lo que puede un hombre decir o hacer por otro

tú ya lo has dicho y hecho…, solo que se perdió

cuando lo confiaste a un corazón perjuro.

¿Y por qué te atormentas? ¿Por qué no cierras ya

dentro de ti ese asunto, te recuperas y,

a pesar del designio de los dioses, te olvidas

de ser un desdichado? Es difícil, de golpe,

romper un largo amor, es muy difícil, pero

si te empeñas lo harás: esta es tu única y sola

salvación; y si tienes que conseguirlo, hazlo

pudiendo o sin poder. Oh dioses, si apiadarse

es propio de vosotros o si alguna vez

a alguien en el último extremo y hasta en la misma muerte

le disteis vuestra ayuda, ¡miradme a mí, que soy

un pobre desgraciado y, si mi vida ha sido

razonable hasta aquí, extirpad el tormento

que me arruina y, reptando desde lo más profundo,

paraliza mis miembros y expulsa totalmente

de mi alma la alegría! Yo no quiero que vuelva

ella a quererme y no anhelo el imposible

de que se torne casta. Solo quiero curarme

y quitarme de dentro este mal infernal.

¡Oh dioses, concededme, por piedad, lo que os pido!

 

Poema 83

Lesbia dice de mí muchas atrocidades

si se encuentra presente su marido, lo cual

a ese bobo le da una enorme alegría.

¡Pero es que ni te enteras, borrico! Si ella nada

dijera sobre mí, me tendría olvidado

y estaría curada, pero si insulta y ladra

no solo me recuerda, sino, lo que es peor,

es que está enfurecida; es decir: que, abrasada,

se le suelta la lengua.

 

Poema 96

Si algo grato o amable, querido amigo Calvo,

puede alcanzar incluso a los sepulcros mudos

desde nuestro dolor, es la melancolía

de volver a vivir los amores antiguos

y llorar los amores perdidos del pasado:

la muerte prematura de tu esposa Quintilia

seguro que le duele menos a ella, pues sigue

gozando de tu amor.

 

Poema 107

Si se tiene la suerte de obtener de una vez

aquello que se espera desesperadamente,

el corazón se llena de un placer especial.

Por eso para mí también es una cosa

más querida que el oro que tú, Lesbia, retornes

a mí, como deseo; que tú retornes a este

amante sorprendido; que tú sola te llegues

hasta mí ¡esta mañana más blanca que la luz!

¿Quién será más feliz que yo con esta dicha

o quién podrá decir que vivir de otro modo

es aún más deseable que esta vida que empieza?

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