Poemas de Hadewijch (poetisa neerlandesa)

Hadewijch

Hadewijch de Amberes fue una mística y poetisa beguina del siglo XIII, considerada una de las voces más profundas de la espiritualidad medieval.

Su obra, escrita en neerlandés medio, incluye visiones, cartas y poemas que exploran el amor divino con imágenes tomadas del amor cortés.

Hadewijch concibió el Amor como fuerza absoluta, capaz de consolar y herir, y lo describió con paradojas intensas. Influida por Bernardo de Claraval y otros teólogos, defendió la fidelidad y la entrega total al Amor como vía de unión con Dios.

Su legado, redescubierto en el siglo XIX, la sitúa junto a figuras como Beatriz de Nazaret y Matilde de Magdeburgo.

Poema XIII

Por frío que aún sea el invierno,
breves los días y las noches largas,
el altivo verano se acerca a grandes pasos,
librándonos de la tristeza.

Al llegar la primavera
hacen los avellanos sus amentos:
no hay signo más fiel. –Ay, vale, vale millies–
¡Vosotros que, en esta primavera, –si dixero, non satis est–
queréis gustar la dicha del Amor!

Las almas nobles
tendrán un pensamiento recto y puro
en toda justa que afrontan por Amor:
«Aquí la victoria me espera;
quiero vencer; que Dios me dé
lo que se encuentra en el único Amor.
Si tal es su deseo,
el desastre será mi honor». –Ay, vale, vale millies–

¡Vosotros, que por amar al Amor, –si dixero, non satis est–
afrontáis con entereza la aventura!

¿Qué haré, pobre mujer que soy?
¿odiaré la fortuna?
¡Ay! ¡qué pena vivir me causa!
amar no puedo, mas tampoco dejar de amar.

El azar y el destino
me son por igual adversos:
¡abandonada de mí misma y de todos!
Qué ofensa a la naturaleza –Ay, vale, millies–
¡Amigos míos, conmoveos! –si dixero, non satis est–
por aquella a la que Amor así hace llorar!

¡Ay! me prendé del Amor
nada más oír su nombre
y por entero entregué a su voluntad.
Por eso me condenan todos,
amigos o extraños, jóvenes o viejos,
por servirle con todo mi ser;
en buena disposición con todos,
pido para ellos todo favor de Amor. –Ay, vale, vale millies–

Amigos míos, no escatiméis esfuerzos, –si dixero, non satis est–
si dura os parece mi suerte.
¡Ay, pobre de mí! no puedo darme la vida,
tampoco la muerte.

Dulce Amor, ¿por qué
esas gentes quieren hacerme daño?
Que os dejen el cuidado
de castigar mis faltas:
vos me haréis justicia
y ellos no tendrán ningún daño. –Ay, vale, vale millies–

No dais testimonio de amor, sino de odio,
–si dixero, non satis est–
quienes no dejáis que Amor actúe.
Examinan indiscretos mi alma,
mas ¿quién de ellos puede amar al Amor?

Más les valdría seguir el camino
que conduce hasta vos.
Pretenden ayudaros a guiarme
sin necesidad ninguna:
vos sabéis castigar o absolver
y someternos a la prueba de la verdad. –Ay, vale, vale millies–

Amigos, tomad el partido de Dios, –si dixero, non satis est–
ya dispense gracia o justicia.
¡Ah! con sabiduría Salomón nos exhorta
a no escrutar los secretos
más allá de nuestras fuerzas,
y a no aventurarnos
en empresas que superen
nuestros débiles recursos,
sino a dejar que Amor
nos encadene o libere. –Ay, vale, vale millies–

Vosotros que, hacia el secreto del Amor, –si dixero, non satis est–
subís cada día un peldaño.
Nimios son los pensamientos del hombre,
infinito es el poder de Dios.
Sólo es sabio el espíritu:
sea para él nuestra alabanza,
y que él dicte sentencia
de venganza o perdón.
No hay acto tan lejano
que escape a sus ojos. –Ay, vale, vale millies–

Almas al Amor rendidas, –si dixero, non satis est–
que en todo agradáis a su mirada.
Que Dios nos dé el sentido nuevo
de un amor más libre y noble.
Que nuestra vida, en él renovada,
reciba toda bendición.
Que el sabor nuevo aporte la vida nueva,
como la da Amor en su puro frescor.

Amor es recompensa nueva y ponderosa
para quienes renuevan su vida en él. –Ay, vale, vale millies–
Los que de nuevo queréis conocer –si dixero, non satis est–
en la nueva primavera el nuevo Amor.

 

Servicio al Amor

Mil signos muestran –los pájaros, las flores, los campos y los días–
que sobre el invierno y sus penas
pronto festejarán la victoria.

Las caricias del verano
prometen cercanas alegrías,
mientras yo sufro golpes tan fuertes.

Estaría igual de contenta
si Amor me diera la dicha,
pues jamás me tuvo en su gracia.

Pero ¿qué le hice a la dicha
para que día tras día su hostilidad me muestre,
para que el destino me oprima
más que a nadie
y deje mi fe sin recompensa
o me sonría, a lo más, un instante fugaz?

¡Ah! sin duda es culpa mía:
debo abandonarme, y por los caminos
vagar sola a merced del libre Amor.

Si pudiera fiarme al Amor
recobraría la paz y el sosiego,
¡si al menos estuviera segura
y supiera que mide los sufrimientos
y contempla las penas
que tan fielmente soporto por Él…!

No sería demasiado pronto, creo:
mi escudo está tan golpeado
que no hay lugar para otra herida.

Quien de buen grado llevara estas desgracias
tendría aquello de que mi alma carece:
sufrir sin amargura
pérdidas, daños, corazones hostiles,
y en la prueba, por dura que fuere, encontrar
la fortuna más alta.

Quien así haya vivido
conoció la sabiduría verdadera,
de la que yo carezco.

Dos veces poderoso, Amor nos da
sucesivamente consuelos y heridas.
Tan pronto golpea como cura:
¿cómo ponerse a resguardo de tanta inconstancia?

A uno no le revela sus secretos;
al otro le da, si le place,
los dulces besos de su boca;
y a otro, si quiere, lo condena al destierro.

¡Ay! ¿quién librará de su pena
a aquel a quien Amor condenó al destierro?
¡El mismo Amor! Que el alma se defienda
y le haga frente sin temor,

teniendo por igual
el gozo y el dolor que otorga.
Que sin diferencia acoja sus dones
y conocerá las maravillas del Amor
y el júbilo más puro.

Después de la tempestad, viene el buen tiempo,
así lo constatamos a menudo;
cólera una noche, el día siguiente paz:
así se hace fuerte el amor.

A quien Amor en ese crisol fortalece,
tan audaz las penas le vuelven
que lanza por fin su reto: ¡Soy todo vuestro!

¡No tengo otra cosa, Amor, de la que pueda vivir,
sed mío por completo!

Si el destino que con su odio me hostiga
por fin me dejase curar,
podría ser toda del Amor,
y entonces mi pena daría su fruto.

En sus aguas profundas y temibles
leería su veredicto, me entregaría toda,
y mi amor sin reserva acogería al Amor.
Y mi hambre, por fin, se aplacaría.

Lentos en satisfacerle,
permanecemos ajenos al Amor.
Y ahí está nuestra miseria.

¡Ah! Sabedlo todos,
quien sin cobardía supiera complacerle
tendría su reino y todos sus tesoros.

 

Las gracias otorgadas por Dios

¡Salud! Fuente primera en nuestro interior,
que nos das el noble saber celestial
y el alimento de amor siempre nuevo,
y en tu inteligencia nos liberas
de todo accidente exterior.

La unidad de la verdad desnuda,
aboliendo todos los porqués,
me mantiene en la vacuidad
y me adapta a la naturaleza simple
de la eternidad de la Esencia eterna.

Aquí soy despojada de todo porqué.

Quienes jamás comprendieron la Escritura
no podrán razonando explicar
lo que yo he encontrado en mí misma,
sin miedo, sin velo,
más allá de las palabras.

 

Los Mengeldichten

Todas las cosas son demasiado pequeñas para contenerme,
soy tan vasta.

En lo Infinito
me extiendo hacia lo No-Creado.

Lo he tocado,
me deshace,
más ancho que lo ancho.

Todo lo demás
es demasiado estrecho.

Tú lo sabes bien,
tú que también estás allí.

Aprieta
hasta la nada
el círculo
que es
las cosas del mundo.

Entonces el círculo
Desnudo
puede crecer amplio,
ensancharse,
abrazarlo todo.

 

Por frío que aún sea el invierno

Por frío que aún sea el invierno,
breves los días y las noches largas,
el altivo verano se acerca a grandes pasos
librándonos de la tristeza.

Al llegar la primavera
hacen los avellanos sus amentos:
no hay signo más fiel.
—Ay, vale, vale millies—
¡Vosotros que, en esta primavera,
—si dixero, non satis est—
queréis gustar la dicha del Amor!

Las almas nobles
tendrán un pensamiento recto y puro
en toda justa que afrontan por Amor:
«Aquí la victoria me espera;
quiero vencer; que Dios me dé
lo que se encuentra en el único Amor.
Si tal es su deseo,
el desastre será mi honor».
—Ay, vale, vale millies—

¡Vosotros, que por amar al Amor,
—si dixero, non satis est—
afrontáis con entereza la aventura!

¿Qué haré, pobre mujer que soy?
¿odiaré la fortuna?
¡Ay! ¡qué pena vivir me causa!
amar no puedo, mas tampoco dejar de amar.

El azar y el destino
me son por igual adversos:
¡abandonada de mí misma y de todos!
Qué ofensa a la naturaleza.
—Ay, vale, vale millies—

¡Amigos míos, conmoveos
—si dixero, non satis est—
por aquella a la que Amor así hace llorar!

¡Ay! me prendé del Amor
nada más oír su nombre
y por entero me entregué a su voluntad.
Por eso me condenan todos,
amigos o extraños, jóvenes o viejos,
por servirle con todo mi ser;
en buena disposición con todos,
pido para ellos todo favor de Amor.
—Ay, vale, vale millies—

Amigos míos, no escatiméis esfuerzos,
—si dixero, non satis est—
si dura os parece mi suerte.
¡Ay! ¡pobre de mí! no puedo darme la vida,
tampoco la muerte.

Dulce Amor, ¿por qué
esas gentes quieren hacerme daño?
Que os dejen el cuidado
de castigar mis faltas:
vos me haréis justicia
y ellos no tendrán ningún daño.
—Ay, vale, vale millies—

No dais testimonio de amor, sino de odio,
—si dixero, non satis est—
quienes no dejáis que Amor actúe.
Examinan indiscretos mi alma,
mas ¿quién de ellos puede amar al Amor?

Más les valdría seguir el camino
que conduce hasta vos.
Pretenden ayudaros a guiarme
sin necesidad ninguna:
vos sabéis castigar o absolver
y someternos a la prueba de la verdad.
—Ay, vale, vale millies—

Amigos, tomad el partido de Dios,
—si dixero, non satis est—
ya dispense gracia o justicia.
¡Ah! con sabiduría Salomón nos exhorta
a no escrutar los secretos
más allá de nuestras fuerzas,
y a no aventurarnos
en empresas que superen
nuestros débiles recursos,
sino a dejar que Amor
nos encadene o libere.
—Ay, vale, vale millies—

Vosotros que, hacia el secreto del Amor,
—si dixero, non satis est—
subís cada día un peldaño.
Nimios son los pensamientos del hombre,
infinito es el poder de Dios.
Sólo es sabio el espíritu:
sea para él nuestra alabanza,
y que él dicte sentencia
de venganza o perdón.
No hay acto tan lejano
que escape a sus ojos.
—Ay, vale, vale millies—

Almas al Amor rendidas,
—si dixero, non satis est—
que en todo agradáis a su mirada.
Que Dios nos dé el sentido nuevo
de un amor más libre y noble.
Que nuestra vida, en él renovada,
reciba toda bendición.
Que el sabor nuevo aporte la vida nueva,
como la da Amor en su puro frescor.

Amor es recompensa nueva y poderosa
para quienes renuevan su vida en él.
—Ay, vale, vale millies—

Los que de nuevo queréis conocer
—si dixero, non satis est—
en la nueva primavera el nuevo Amor.

 

Mil signos muestran

Mil signos muestran
—los pájaros, las flores, los campos y los días—
que sobre el invierno y sus penas
pronto festejarán la victoria.

Las caricias del verano
prometen cercanas alegrías,
mientras yo sufro golpes tan fuertes.

Estaría igual de contenta
si Amor me diera la dicha,
pues jamás me tuvo en su gracia.

Pero ¿qué le hice a la dicha
para que día tras día su hostilidad me muestre,
para que el destino me oprima
más que a nadie
y deje mi fe sin recompensa
o me sonría, a lo más, un instante fugaz?

¡Ah! sin duda es culpa mía:
debo abandonarme, y por los caminos
vagar sola a merced del libre Amor.

Si pudiera fiarme al Amor
recobraría la paz y el sosiego,
¡si al menos estuviera segura
y supiera que mide los sufrimientos
y contempla las penas
que tan fielmente soporto por Él…!

No sería demasiado pronto, creo:
mi escudo está tan golpeado
que no hay lugar para otra herida.

Quien de buen grado llevara estas desgracias
tendría aquello de que mi alma carece:
sufrir sin amargura
pérdidas, daños, corazones hostiles,
y en la prueba, por dura que fuere, encontrar
la fortuna más alta.

Quien así haya vivido
conoció la sabiduría verdadera,
de la que yo carezco.

Dos veces poderoso, Amor nos da
sucesivamente consuelos y heridas.
Tan pronto golpea como cura:
¿cómo ponerse a resguardo de tanta inconstancia?

Uno arriesga sin queja cuanto tiene
y Amor no le revela sus secretos;
al otro le da, si le place,
los dulces besos de su boca;
y a otro, si quiere, lo condena al destierro.

¡Ay! ¿quién librará de su pena
a aquel a quien Amor condenó al destierro?
¡El mismo Amor! Que el alma se defienda
y le haga frente sin temor,

teniendo por igual
el gozo y el dolor que otorga.
Que sin diferencia acoja sus dones
y conocerá las maravillas del Amor
y el júbilo más puro.

Después de la tempestad, viene el buen tiempo,
así lo constatamos a menudo;
cólera una noche, el día siguiente paz:
así se hace fuerte el amor.

A quien Amor en ese crisol fortalece,
tan audaz las penas le vuelven
que lanza por fin su reto: ¡Soy todo vuestro!

¡No tengo otra cosa, Amor, de la que pueda vivir,
sed mío por completo!

Si el destino que con su odio me hostiga
por fin me dejase curar,
podría ser toda del Amor,
y entonces mi pena daría su fruto.

En sus aguas profundas y temibles
leería su veredicto, me entregaría toda,
y mi amor sin reserva acogería al Amor.
Y mi hambre, por fin, se aplacaría.

Lentos en satisfacerle,
permanecemos ajenos al Amor.
Y ahí está nuestra miseria.

¡Ah! Sabedlo todos,
quien sin cobardía supiera complacerle
tendría su reino y todos sus tesoros.

 

Por tristes que estén

Por tristes que estén la estación y los pajarillos,
no debe estarlo el corazón noble.

Pero quien quiera afrontar los trabajos de Amor
de Él sólo tendrá que aprender
—dulzura y crueldad,
alegría y dolor—
lo que hay que probar en el servicio de Amor.

Las almas elevadas que en Amor crecieron,
capaces de amar en la insatisfacción,
deben ser siempre
fuertes y atrevidas,
dispuestas de continuo a aceptar
el consuelo o la aflicción
que Amor les reserve.

Los caminos de Amor son inauditos,
como bien sabe quien pretende seguirlos;
turban de repente al corazón resuelto,
el que ama no puede encontrar constancia.

Aquel a quien Amor
toca en el fondo del alma
conocerá muchas horas sin nombre [de desolación].

Tan pronto ardiente, tan pronto frío,
tan pronto tímido, tan pronto audaz;
muchos son los caprichos del Amor.

Pero a cada momento nos recuerda
nuestra inmensa deuda
con su elevado poder
que nos atrae y nos reclama para Él solo.

Tan pronto gracioso, tan pronto terrible,
próximo ahora, lejano después;
para quien le conoce y en él confía,
esto mismo es el gozo supremo.

¡Cómo Amor abraza y golpea a la vez!
Tan pronto humillado, tan pronto exaltado,
oculto ahora, revelado después;
para ser colmada por Amor un día
hay que correr riesgos y aventuras
hasta alcanzar
el punto en que se degusta
la pura esencia de Amor.

Tan pronto ligero, tan pronto pesado,
oscuro ahora, claro después;
en la dulce paz, en la asfixiante angustia,
dando y recibiendo,
ésa es la vida de aquellos
que se pierden
en los caminos de Amor.

 

Desde que marzo ha vuelto

Desde que marzo ha vuelto,
todos los seres despiertan,
la hierba nace en la pradera
y en pocos días verdea.

Así hace nuestro deseo,
así se despierta Amor.
No hay nada que no reclame,
nada detiene su audacia:
quiere que todo se entregue
y que amar sea nuestra vida.

Un hondo dolor le embarga
a poco que falte en la ofrenda.
Quien por la senda del Amor se adentra,
que con fidelidad se entregue
a toda obra de bondad
en honor del único Amor,
a quien sirve, y toda su vida
mantenga su elección sublime.

Del mismo Amor recibirá
la fuerza que le falta
y el fruto de su deseo.
Pues Amor jamás puede
rechazar a quien le ama;
da más de lo que se espera
y de lo que él mismo hizo esperar.

Quien duda en sus días de prueba
es como la rama tierna
golpeada por la helada:
no satisface al Amor
y amar le pesa.

Sus hojas ya no verdean:
ninguna flor se abre el día
en que no luce el sol verdadero,
en que no brilla el Amor
por quien florece el pensamiento.

Ganancia o pérdida:
con una y otra contentaos por igual.
Quien en su juventud
se consagra al Primer Amor,
y con todo su ser se somete
entregándole el corazón;
quien en las puras virtudes
le consagra su espíritu,
dispondrá libremente
de su extraño poder:
tendrá la plenitud
a la que nada puede faltar,
y mediante dulce violencia
se adueñará del Amor.

¡Ay, de mí! exiliada,
¿dónde encontraré la prenda
de Amor que me consuele
y me ayude a soportar mi pena?

Me esquiva cuando le atisbo
y trato de seguir sus pasos
sin lograr ningún favor:
¡me traiciona con descaro!

Faltan a mi corazón palabras
para expresar su desdicha.
La agonía no es tan dura
como el hambre de amor.

Si Amor quiere todo mi amor,
¡que se entregue por entero!
No según mis deseos,
cuya estrechez bien conozco,
a pesar de que por él
mi alma está consumida.

¡Ah! no tengo de qué vivir:
¡tú bien lo sabes, Amor!
Nada mío conservé,
dame, pues, de lo que es tuyo.
Mas por mucho que me des
solo todo podrá saciar mi hambre.

¿Cómo tener paciencia
quienes vivimos del Amor,
si nos precede en el camino
y siempre se nos escapa?

¡Oh! la más dulce de las criaturas,
el rechazo que sufro de vos
no es lo que me enardece.
Pero piedad para vuestros amigos,
fieles servidores,
que negándose a sí mismos
solo vuestra esencia buscan.

Ahora, como almas cautivas,
exiliadas en su patria
bajo un poder extranjero,
vagan por el mundo errantes.

 

Por el año nuevo esperamos

Por el Año Nuevo esperamos
una nueva estación,
nueva floración
y mucha alegría nueva.

Que viva dichoso
quien sufre por Amor,
¡pues no escapará!
En su riqueza y poder,
siempre afable y dulce en su acción,
Amor compensa con su dulzura
todas las penas nuevas.

Qué nuevo era a mis ojos
quien servía al Amor nuevo
con lealtad renovada;
así debe hacer el novicio
cuando el Amor se le muestra.

Pocos amigos tendrá que le importen
si se entrega al Amor.
Pues Amor ofrece dones nuevos,
un espíritu nuevo
en su toque nuevo.

Amor es nuevo a cada instante
y se renueva cada día.
A quienes se renuevan hace renacer
a un bien siempre nuevo.

¡Ay! ¿se puede seguir en la vejez,
renunciando al amor
en pena y sin provecho?
Pues se ha separado del camino nuevo
y le escapa la novedad
de un amor nuevo
en el amor esencial de los nuevos amantes.

¡Ay! ¿dónde está el nuevo Amor
con sus dones renovados?
Mi angustia me hace sufrir de nuevo,
mis sentidos desfallecen en el furor de Amor.

El abismo en que me hundo
es más profundo que el mar,
y sus simas, aún más hondas,
renuevan mi herida.

Nunca sanaré
si no encuentro su fresca novedad.

Pero a los sabios, ancianos renovados,
que de nuevo se dan al Amor
y a él se entregan por completo,
los llamo jóvenes y ancianos.

Viven en la exaltación,
pues se afilian al Amor
y con celo lo contemplan.
En el amor crece su fuerza,
pues deben practicarlo cual novicios
y, como ancianos, apoyarse en el Amor,
para que el Amado los lleve donde quiera
en su espíritu renovado con renovado celo.

Quienes siguen la nueva escuela del Amor
con amor nuevo,
en su consejo renovado,
en el honor de una fidelidad nueva,
parecen vagar sin meta.

Pero son por completo engullidos
por la desdicha de Amor,
mientras por él languidecen.

Y vuelve luego la claridad nueva
con cada nueva verdad,
trayendo revelación nueva
que me confía en secreto.

Qué dulce es la buena nueva,
por más que traiga
dolores y sufrimientos nuevos.

Es confianza nueva
pues Amor nos pagará
con alta y nueva dignidad.

Amor nos elevará
al más alto consejo del Amor,
donde se encuentra la novedad en plenitud
y en alta fruición renovada.

«El Amor nuevo es todo mío»,
¡Ah, raro es este favor nuevo!

¡Que nuevos y renacidos
desconfíen y desafíen
a todos los que temen esta renovación
y se renuevan con novedades extranjeras!

 

Callan ahora los pájaros

Callan ahora los pájaros
que alegremente cantaban,
se apacigua el vibrar de sus alas
cuando la primavera se aleja.

Cuando se el año se renueve,
fieles a su victoria
la festejarán con más brío.
Para eso nace el pájaro,
lo comprenderás si lo escuchas.

Mas dejo a los pájaros,
cuyo duelo es tan fugaz como su dicha,
y lloro un mal que me hiere muy hondo:
ese Amor que debemos afrontar,
que supera con su carga nuestras fuerzas
y nos hace correr tras placeres extraños
para escapar a sus golpes.

¡Ah, qué gran desdicha la nuestra!
¿Quién nos librará de tanta cobardía?

Conozco a valientes de brazo fuerte,
en quienes poder confiar:
fieles al servicio del Amor,
penas, dolores, destinos cambiantes,
nada les impide explorar
los dominios ofrecidos por Amor al amante.

Su alma atrevida y noble
sabe lo que Amor por amor enseña
y cómo al amar se honra al Amor.

¿Y qué nos impediría,
si el amor puede vencer al Amor,
lanzar al asalto nuestro ávido corazón
confiando en Su causa,
prontos a servirle en todo?

Entonces contemplaríamos su nobleza,
pues el alba de amor no se levanta
sino donde ninguna pena se rehuye por Él,
donde el corazón fiel no se arredra ante ningún tormento.

A menudo pido socorro como alma perdida.
Cuando venís, Amor mío,
me consuelan vuestras gracias nuevas
y de nuevo emprendo mi atrevida cabalgada;

soy para mi Amado la más dichosa,
como si todos los seres del Norte y el Poniente,
de Levante y Mediodía, me dieran su fuerza…
Y de pronto me encuentro derribada.

¡Ay! ¿De qué me sirve contar mis penas?

 

Ahora la primavera

Pronto la primavera
hará florecer los campos.
Así harán los corazones nobles
elegidos para el yugo del Amor;
la fe en su alma florece
y lleva su fruto de nobleza.

Solo la fidelidad penetra
el sentido divino de la palabra.
El amor, firme en lo alto,
une para siempre a quienes se unen.

«Mi yugo es suave, mi carga,
ligera», nos dice el Amante:
Amor dijo estas palabras
que fuera del Amor no se comprenden.

Quien se exilie de su reino
encontrará pesada
cualquier carga
y se verá amenazado en cualquier parte;
la ley del esclavo es el temor;
amor, la ley de los hijos.

¿Cuál es pues ese peso ligero,
ese yugo que dicen es suave?
Es la carga que en lo más secreto
el puro Amor nos confía,
haciendo una las voluntades
y uniendo a los seres ya para siempre.

Toda el agua que saca el deseo
la bebe el amor, y no se sacia.
Amor exige al amor
más de lo que la inteligencia entiende.

¿Quién puede adivinar cómo
se mira a Quien se ama
cuando el corazón está henchido de amor?
No quiere perder un instante,
sino siempre padecer con Él
y contemplar fielmente
en su noble rostro
lo que ordena a nuestra alma.

Entonces, por fin, la verdad
ilumina las dulces penas.
Lo que debemos hacer
lo sabemos en un destello
cuando Verdad nos revela
cuánto faltamos a Amor:
cual tempestad, el dolor
embarga entonces al corazón noble.

Mas lee en el rostro puro
de su Amor lo que debe dar
para satisfacerle.
Y esta claridad le consuela.

Quien se dé por entero al Amor
experimentará gran maravilla;
con amor se unirá en la unidad
al Amor contemplado
y beberá por la arteria secreta
de esa fuente en la que Amor
derrama su amor
y con amor embriaga a sus amigos,
asombrados ante su furor.

Es conocido del sabio,
mas ningún extranjero lo sabe.

A quienes esta languidez consume
Amor les prepara el corazón
para que viva con su alimento.
Como Amor, al Amor acogen
y no temen ya el destino:
«Él está en mí y yo estoy en Él».

En esta libertad ardiente
¿quién les podría turbar?
¡Hasta vosotros le servís dócilmente,
astros del día y la noche!

 

En todo lugar

En todo lugar
aparece la estación nueva,
alegres están los pajarillos
y el valle y la montaña florecen.

Todo lo que vive
se libra
del tormento del invierno cruel.
Y sólo yo,
sólo yo muero,
si pronto Amor de mí no se apiada.

Mi cruel destino
lanzó contra mí ejércitos
venidos de todas partes.
Mis caminos, antes libres,
se encuentran ahora ocupados.

Se me niega la paz,
¿no concede tregua alguna
el exceso de dolor?

Si el Amado
me conduce a su victoria,
le daré gracias por siempre.
Todo lo conquista Amor,
¡que también a mí me otorgue el triunfo!

Amor conoce toda miseria,
que me deje decir
cuán duro,
¡ay, cuánto!,
es esperar su consuelo.

Es tan dura la prueba
que mis sentidos, abrumados, sucumben.

Por Amor quiero lograr
la victoria sobre la miseria y el exilio,
y sé que debe ser mía.

Mas surge tanto infortunio en mi camino
que a menudo
he soñado morir
desde que el Amor me hirió.

No me importa
carecer de todo
si Amor me acoge en su Reino.

En mis años de juventud,
cuando conocí las armas del Amor,
me regaló un sinfín de promesas,
bondad, saber, fuerza, riqueza;

y el día
en que estuve dispuesta
a pagar gustosamente la deuda,
fue como si él quisiera
unirme a él sin pedir nada.

¿Qué queda, Amor, de aquel inmenso ardor?
Así Amor me engañó,
mostrándome llena la mesa
de manjares que seducen
con sus delicias
a la juventud inexperta;

y por ese regalo
sufrí de buena gana dolores y penas.
Y ahora repito
quejas y lamentos
hacia él, ayer tan generoso.

Amor vive, bien lo sé,
de las penas que soporto,
y el saberlo
me hace más llevadero el dolor.

Desdicha y alegría,
pena y dulzura,
escondo a los extranjeros los secretos de mi corazón.

En lo más alto del espíritu,
bien lo sé,
el amor al amor debe pagar con amor.

Al noble Amor
me he dado por completo:
pierda o gane,
todo es suyo en cualquier caso.

¿Qué me ha sucedido
que ya no estoy en mí?
Sorbió la substancia de mi mente.

Mas su naturaleza me asegura
que las penas de amor son un tesoro.
Sé que Amor lo merece:
ganar o perder, qué más da.

Lo único que deseé
tan pronto Amor tocó mi corazón
fue satisfacerle
en cualquier exigencia;
lo que hice lo atestigua.

Soportando sus golpes
vi en su rigor mi bien.

Quien quiera satisfacer al Amor,
que nada se reserve, le aconsejo,
sino que entregue todo su ser
y viva para esta obra sublime,
secreta para los amantes,
desconocida a los extranjeros
que del Amor no comprenden la esencia.

Quien no se arriesgue
a los dulces extravíos en la escuela del Amor,
lo ignorará para siempre.

Por cruelmente que me hiera
nunca renunciaré
a lo que el Amor me ha impuesto.

 

Cuando se renueva el año

Cuando se renueva el año
y el valle y la montaña
están todavía oscuros y sombríos,
florecen ya los avellanos:
así sucede al amor, que aun entre penas
no deja de crecer en verdad.

¿Qué hacen en el corazón alegría y primavera,
compañeras gozosas del amor,
si aquella a quien Amor no escucha
no encuentra ya en el mundo
en qué fiarse y descansar,
y guarda en el fondo de su ser un hambre insaciable?

¿En qué dicha estuvo
aquella que Amor encadena
cuando quiere gozar libremente
y libre correr en su inmensidad?

Sábelo, hay más penas en el amor
que luces en el cielo estrellado.
Callaré pues el número de mis penas
y no pesaré la crueldad de mi carga.
¡No las compensa
el vano cuidado de contarlas!

Mas por débil que sea mi parte de prueba,
me estremece existir.
La vida es horror para el alma
cuando después de darlo todo
se ve arrojada a las tinieblas,
tan lejos, que parece no haber retorno,
sin nada que evite la desesperanza.

¿Qué pena es semejante a la del amor?

¡Ay! Almas atrevidas que todo podéis en él
y en su confianza vivís con libertad,
¡compadeceos de este corazón dividido
al que el Amor abruma
y persigue en un exilio infinito!

Quien razón tenga, que viva en paz con ella:
para mí solo hay desesperanza.

Vi alzarse una nube luminosa por encima
de las sombrías tormentas; tan bella me pareció
que creí poder gozar, libremente al sol,
de una plenitud sin tacha.

Mas esa alegría no fue más que un sueño,
¿quién me reprochará que anhele la muerte?
De súbito, la noche reemplazó al día.
¡Oh dolor, para mí, de haber nacido!

Quien todo ha dado al Amor, recibirá
de Amor al mismo Amor.
Por herida que ahora me encuentre
no hay deseo puro, bien lo sé, que Dios no consuele.

Al principio Amor se complace en colmarnos:
cuando el primer día se apoderó de mí,
¡ah! toda suya, cómo me reí de todo.

Pero me hizo semejante al avellano,
que florece temprano, en los meses sombríos,
mas hay que esperar mucho tiempo sus frutos.

Feliz quien sabe esperar el día
en que el Amor le devuelva Todo por todo.

¡Ay, Dios mío! ¡qué importa la paciencia!
al contrario, es para mí nueva alegría,
pues toda al Amor me entregué.
Pero he sufrido también toda la pena.

Nada abruma tanto al corazón que ama
como andar errante
buscando al Amor, sin saber por dónde,
si en las tinieblas o en la luz,
en la cólera o en la ternura.

Si Amor mostrara su verdad consoladora,
sosegaría por fin al alma exiliada.

Si el Amado del amor solo diera lo amable,
su amor no sería completo;
no sería dicha en verdad, sino ilusión
que solo por piedad se nos daría.

Muestre Dios a los corazones atrevidos
qué lástima sería que así fuese.

¡Ay! lo que quiero decir y desde hace tiempo he pensado,
se lo muestra Dios a las almas nobles,
a las que los tormentos del amor ofrece
para que puedan al fin saborear su esencia;
antes de que el Todo se una al Todo,
hay que degustar mucha amargura.

Amor viene y nos consuela, se va y nos aterra;
así es nuestra dolorosa aventura.

Pero cómo se capta el Todo con el Todo,
no lo sabrán jamás los extranjeros.

Hadewijch

De los grandes favores prematuros

De los grandes favores prematuros,
de las promesas que apenas cuestan nada,
no os gocéis demasiado,
muchas esperanzas se vieron así frustradas;
los fuegos precoces
del reino del Amor
me arrastraron lejos de mí.

De auroras puras
esperamos días claros;
la revelación del Amor me engañó,
y no otra, cuyo nombre callaré.
Pero Él las conoce.
En cuanto a mí, sé
cuánto lamento me arrancó el Amor.

Esperad a la noche, dice el aldeano,
para hablar de un buen día.
Tarde lo comprendí
y ahora gimo, ¡ay de mí! desdichada.

¿Dónde está el dulce placer
y aquella paz del amor
que antaño me cubriera con espléndidas galas?
Por halagüeños que fueran sus anuncios
y crueles sus efectos, sé que Amor
no me engañó ni se burló de mí
en estos dolores donde madura mi certeza.

Pues quiso
revelarme cómo
Razón ilumina el abismo de Amor.
Con Amor, la Razón iluminada
me permite y aconseja
examinar el jardín de dama Amor
y asegurarme de que nada falta en él.

Y si algo faltara
que pronto fuere procurado
por el noble cuidado de la fidelidad.
Si en ello me mantengo fiel,
sin que Amor nada pueda reprocharme,
por lo que le doy, se me dará todo entero,
por todo lo que tengo y todo lo que soy.

Yo, que hace poco le rogaba,
le forzaré a que me otorgue
un goce libre y pleno.

¡Ay, Amor! ¿En qué tiempo, en qué estación
volveré a ver días hermosos
y clarear mi oscuridad?
¡Qué dicha sería contemplar el sol!

Mas bien sabes
que nada quiero desear
que a ti no agrade.

¡Ay! poderoso y excelso Amor,
que de forma maravillosa todo lo conquistas,
¡conquístame para conquistarte
con tu fuerza inconquistable!

¡Qué de veces conocí
esa extraña conquista,
esa victoria que en el amor me colmaba!
Pero sois aún, Amor, lo que fuisteis,
nadie que os siga de cerca lo ignora.
Y no dejo de creerlo.

El infortunio que me cerraba el camino
era no conocer
ni amar todavía esta obra
en la que la fidelidad me aseguró vuestra ayuda.

Desde que, siéndole fiel, comprendí
que Amor me asistiría en todo momento,
ningún dolor extranjero me alcanzó;
permanecí confiada y en pie,
sabiendo que un día
Amor me daría
el beso de la unidad.

Esa es la costumbre del fiero amor:
cogernos enteramente en su mano,
y por fuerza y violencia que ejerza primero,
dulcifica luego su apremio y da al fin satisfacción:
de ahí le viene
el gran renombre
y la alabanza en toda comarca.

A quien Amor alcanza, cierra primero los ojos
con sus dulzuras: el hombre, maravillado,
cree ser portador tan solo de alegrías;
así es como atrae a todos los seres.

Después viene Razón, la fuerte,
y por las nuevas exigencias
de nuestra deuda, prueba en nosotros el ardor.

Amor, haberos cantado tanto,
en nada me aprovecha.
No es viejo ni joven aquel
a quien el canto de amor el corazón no aplaca.

Pero de vos recibo
tan poco remedio
que cantos y llantos parecen vertidos en vano.

Yo clamo y me lamento:
a Vos el día,
a mí la noche y el furor de Amor.

 

Mi angustia es grande, desconocida de los hombres

Mi angustia es grande, desconocida de los hombres
que crueles quieren prohibirme
el acceso adonde el Amor encamina sus fuerzas.
Ellos lo ignoran, ¿y yo qué puedo decirles?

Debo vivir según soy:
lo que Amor me inspire,
eso será mi ser y a él dedicaré mi esfuerzo.

Sea cual sea la suerte
que en nombre del Amor pueda estarme destinada,
mi corazón persevera,
pues bien sé en lo más puro de mi alma
que sufrir por amor es vencer.

Jamás dejaré de darme,
en la pena, en el reposo, en la vida y en la muerte:
conozco el precepto de la fidelidad más alta.

La orden que Amor me da
lanza mi espíritu a la aventura:
algo sin forma, figura, ni porqué,
pero que claramente se siente…

Es la substancia de mi alegría,
aquello hacia lo que tiendo sin cesar,
y por lo que sufro tantos días de amargura.

No me lamentaré de sufrir por Amor:
pues es mi bien aceptar su voluntad,
grite su orden o la exprese en silencio.

Tan solo su reflejo nos es dado conocer.
Es maravilla impensable
que me invade el corazón
y me extravía en un desierto salvaje.

Es un desierto cruel, a nada se parece;
en él se instala el amor
cuando languidece el anhelo,
y nosotros lo probamos sin conocerlo jamás.

Se manifiesta huyendo,
le perseguimos, mas no le vemos;
y así el corazón se mantiene vigilante y doliente.

Si en el servicio de Amor escatimara mi pena,
grande sería mi error, quienes aman lo saben.
Debería entonces mendigar lo que ahora tengo
y sufrir por mi falta un daño irreparable.

En mi naturaleza encuentro mi deleite
y jamás mi pasión se cansará
de lo que me dan Amor y su ardor siempre renovado.

Dura pero cierta es la ley: no puedo
conocer al Amor si no renuncio a mí.

¡Ay! debió el deseo destrozar mi corazón
y la angustia de amor agotar mis fuerzas.

Quiero conocer lo que me atrae
y tan brutalmente me despierta
cuando pretendo descansar sólo un instante.

Cualquier juez se apiadaría
de lo que me sucede y me abruma:
¡Amor me condujo tan alto
y qué terribles son ahora sus golpes!

No tengo ni suerte ni provecho en esto,
mas ¿puedo yo acusar al Amor?

Temo a la Infidelidad, vil y cruel.
Que me asuste la perfidia de mi alma no es extraño,
pues el daño que me hizo fue mayor
de lo que pueda parecer.

Si no alcancé la meta deseada,
Infidelidad tuvo la culpa, nadie más.

Deslealtad fue mi peor enemiga
y, frente a ella,
sólo en la fe de un amor constante
podré encontrar salvación.

¿Por qué cantar este amor
y prolongar el tormento con mis quejas?
Por grande que sea la angustia que me impone,
no podría defender mi causa.

Confieso lo que confesaría
cualquiera a quien Amor haya robado el corazón.

¿De qué me serviría forzar mi naturaleza?
Pues ésta debe seguir siendo
simplemente lo que es, y recibir
lo que no ha dejado de ser suyo,
por angosto que se vuelva el camino.

 

Preámbulo de la primavera

Los pajarillos cantan
y los cálices abiertos
anuncian ya la primavera;
las voces cautivas del invierno,
las corolas, pálidas ayer,
de fiesta están ahora;
volvieron los días hermosos
por cuya ausencia
languidecieron de anhelo.

Así le sucede al alma presa de Amor.
En la angustia de amor
se saborea la muerte,
de ello soy testigo.

Aquél cuyo corazón es tocado
por la esencia pura del Amor
apenas guarda la calma
y ninguna gracia encuentra.

Si Amor no viniera en mi ayuda
me encontraría entre aquellas
que de sus dones conocen solo el dolor.

¿Qué consejo dar
a quien Amor abruma
con sus cargas más pesadas?
¿Qué consejo a quien condujo primero
con grandes promesas
a los altos lugares de luz,
para luego arrojarle tan bajo
que desespera por ver de nuevo el día,
a menos que el furor de Amor
cambie su destino?

El mejor consejo
para el alma que Amor
mantiene en sus redes
atada y cautiva,
es que se abandone en sus manos
y acepte sin resistencia
la angustia del amor.

Amor ofrece una pena,
quien la rechaza
deberá suspirar mucho tiempo en el exilio.

Que Amor me esclavizara
en nada me sorprende:
él es fuerte, yo soy débil.
Por él no puedo ya
disponer de mi persona
ni moverme a mi antojo.

Hace de mí lo que quiere,
nada queda de mí.
Rica ayer, ahora soy pobre:
todo lo he perdido en el amor.

De extranjeros y amigos
a los que en otro tiempo servía,
ahora estoy separada.
Me despojé de honor y sosiego
para vivir en libertad,
recibiendo en el amor
gran riqueza y saber puro.

Mal hace quien lo discute,
no puedo pasar sin ello;
cuando ya todo falta
¿de qué vivir sino de Amor?

No es una criatura viva
la que me abandonó,
eso es cosa sabida.
Si por ventura en el amor perdiera,
¿qué sería de mí?

Ahora soy pequeña,
pero entonces sería pura nada.
Estoy perdida si por mí no vela.
Si tal infortunio llega, que me dé
con qué vivir libremente.

Los extranjeros crueles
me afligen sin medida
en este duro exilio
con palabras engañosas.
No tienen piedad de mí,
me infunden terror,
y en su ceguera me condenan.

Nunca podrán comprender el Amor
cuyo deseo
me tiene cautiva.

¡Quien quiera alcanzar al Amor
nada descuide
y nunca deje de entregarse a él!

Que en los sufrimientos
cuyo final no percibe
sea fiel al que eligió su corazón.

Que se abandone en la pena y el ultraje,
en la alegría y el pesar, a los lazos del Amor,
pues solo así se nos da a conocer
esta vida ardiente en toda su hondura.

 

La escuela del amor

Ya se alegran los pájaros
que apenas ayer el invierno oprimía:
así ocurrirá también
—¡alabado sea el Amor!—
con los corazones atrevidos que, durante tanto tiempo,
pusieron su confianza en él
soportando amargas penas.

Y tal es, en efecto, su poder:
serán recompensados
con más de lo que puedan soñar.

Quien del Amor más alto
quiere recibir amor,
que lo busque de buen grado,
y con todo el corazón, con toda el alma,
afronte una muerte terrible
si así lo quiere Amor.

Que siempre audaz,
sin temor esté listo
a cumplir los mandatos
que Amor imparte a los amantes.

¡Ay! ¿qué será del que sigue
las leyes del Amor?
No encuentra alma viviente
que comprenda su angustia,
sino la mirada extranjera
de rostros sin piedad.

Nadie sabrá el secreto
de la pena que soporta,
hasta que deje su infortunio
en el furor de Amor.

El furor de Amor es herencia magnífica,
y a poco que se entienda
no creo que de Amor
se desee otra herencia.

Quienes eran dos tan solo ayer
serán uno en adelante,
¡creed mi testimonio!

Hace amargo lo que fue dulce
y cercano al extranjero,
de lo más pequeño hace lo más noble.

Al fuerte debilita
y da salud al enfermo,
merma su brío al más robusto
y cura cualquier herida.

Por ella de repente el ignorante
conoce el largo camino
por el que tantos debemos vagar.

En un instante le muestra
cuanto se puede aprender
en la escuela del noble Amor.

En la escuela del Amor
se aprende el furor sublime
que, de sensato ayer,
hace al hombre vagabundo y errante.

Por ella se pasa
del infortunio a la dicha
y se reina sobre todos los bienes
de los que Amor es la Dama.

En ella puse mi fe
y no me volveré atrás.

A quien no puede sufrir el amor
le doy un sabio consejo:
si está al final de sus fuerzas,
pídale misericordia,
mas no deje de entregarse
al servicio del noble Amor.

Cobre valor pensando
que el poder del Amor es grande:
«Cerca de la muerte está
quien no se puede curar».

El espíritu divinamente exaltado
que sabe cuán fuerte es Amor,
lee en su virtud pura
los juicios a los que obedece.

 

Si queréis crecer en amor

Para el Amor solo quiero
nobles pensamientos de amor;
con su fuerza infinita
dilata mi esencia
y me entrego toda
a su noble renacer.

¡Pero si quiero sus delicias
me arroja a su prisión!
Sufriría, en verdad, sin pesar
en el servicio al Amor
si con claridad me mostrara
sus íntimos senderos.

Pero apenas pienso descansar en su gracia,
¡nueva tempestad, nuevo designio!
¡Qué extraño remedio,
cuanto más ama, más abruma!

Es gran maravilla para el entendimiento
que de esta manera Amor tome y dé
estos consuelos que se acogen
con temor y temblor.

Pero conjuro al Amor:
¡que no deje de seducir a los corazones nobles,
manteniéndolos ante su rostro
en humilde duda y elevada fe!

Juntos, consuelo y desdicha forman
el extraño sabor del amor.
Ni Salomón, el sabio, que viviera
se atrevería a resolver este enigma.

¿Qué discurso le hace justicia?
¡Es poema que desafía cualquier melodía!

Esa hora hacia la que languidezco
me guarda la recompensa a mi amor.

Desear, vagar, esperar días y noches
esa primavera que es el Amor,
nos hace despreciar a la plebe extranjera,
perder mucho, ganar ciento por uno.

Nobleza de Amor me quiere tan firme
que por fin de él reciba
naturaleza nueva que supera el sentido:
¡melodía que desafía a cualquier poema!

Canto que sobrepasa toda palabra,
hablo del poderoso Amor,
no puede revelarse
a los corazones fríos, ni a quienes
poco han sufrido de amor.

¿Qué saben ellos de ese reino?
Solo se da a los más audaces,
a los más osados, alimentados con la leche del Amor.

El Amor invencible desconcierta a la mente:
está cerca de quien se extravía
y lejos de quien lo comprende.

Su paz no deja paz alguna.
¡Oh paz del puro Amor,
solo quien haga suya su naturaleza
beberá esa leche consoladora!

Solo por Amor se gana a Amor.
Si queréis crecer en Amor
no ahorréis esfuerzos ni penas:
¡afrontad con todo vuestro ser
sus exigencias más severas!

Servidle de corazón y aceptad
su venida lo mismo que su partida.
Manteniéndoos fieles
pagaréis con amor toda la deuda.

 

La estación del amor

La estación se renueva con el año,
los días, ayer sombríos, brillan ahora.
¿No es maravilla que no sucumban
quienes desean el amor y de él se ven privados?

Del año nuevo comenzó ya el dulce reinado.
Quien decidido esté con toda el alma
a nada escatimar al amor,
de su pena obtendrá provecho.

Por el contrario, al alma que su esfuerzo ahorra
y manifiesta su escasa nobleza
entregada a alegrías extranjeras,
¿puede no parecerle duro el servicio al Amor?

Pero quienes nacidos del Amor,
escogidos para compartir su esencia,
nada evitan por alcanzarlo,
viven un tormento sagrado.

Desde el momento en que nos toca la sublime naturaleza
del Amor,
soportamos gustosos sus trabajos,
y por excelentes que sean nuestras obras
no dejan de parecernos imperfectas.

Gran desdicha sería para el hombre noble
si prestando oído a voces profanas
dejara de realizar esas nobles acciones
que dan una sed siempre nueva y nueva plenitud.

Hambre y saciedad inseparables
son el patrimonio del libre amor,
como saben desde siempre los amantes
tocados por su pura esencia.

Saciedad: pues el amor viene y nos colma.
Hambre: pues se retira y nos deja entre llantos.
Sus consuelos más bellos son cargas abrumadoras;
sus asaltos más violentos, delicias renovadas.

¿Cómo nos sacia la llegada de Amor?
Se le degusta, maravillado: ¡es él!
Nos sienta en su trono sublime
y nos prodiga sus inmensos tesoros.

¿Cómo es hambre la negación del amor?
Cuando no podemos conocer como debemos,
ni gozar lo que deseamos,
nuestra hambre crece hasta el infinito.

¿Por qué esas dulces claridades nos abruman?
No logramos acoger sus presentes,
ni las podemos expresar con palabras
y no sabemos en qué fijarnos ni un instante.

Pero el noble Amor nos hace encontrar alegría
en su mismo furor, día y noche:
el puro abandono es el único recurso
que subsiste con él.

Así os recomiendo al santo Amor,
a vosotros que queréis conocerle:
velad siempre con celo renovado
para no abandonar su morada interior.

Que una luz nueva os dé nuevo celo,
obras nuevas, plenitud de nuevas delicias,
nuevos asaltos de amor y un hambre nueva tan inmensa
que eternamente el nuevo amor devore sus dones nuevos.

 

Cuando la primavera regresa

Cuando la primavera regresa
esperamos los días más bellos
en que florezcan la hierba y el trigo
y de confianza se llenen las almas.

Pero hay quien pone su confianza en el mañana
y pronto su corazón se llena de despecho.
Mas quien quiere afrontar el Amor con amor,
escoge la vía más segura.

El verano ve aparecer flores
numerosas, mas casi insignificantes.
Queremos seguir al Amor,
que jamás al justo dama Amor rechaza.

Alguien compone un canto nuevo de amor
y ensalza con él su fortuna:
así expresa su agradecimiento,
pues Amor es bueno con él.

En cuanto a mí, ¡no ha hecho sino condenarme!
Puesto que así decreta el Amor
que llore sus veredictos y mis penas,
no puedo pleitear con él:
mi derecho es pequeño y su fuerza, grande.

Dicen que el cisne canta
cuando se acerca su muerte.
Lo que Amor de mí ordena
que lo cumpla sin falta.

¡Ay Amor! que así me abrumas
y tan largas me haces las horas,
mas revelas a tus amigos
maravillas sin fin.

¡Ay! A menudo no sé qué hacer
en esta cruel angustia.
Otros alcanzan tus cimas, yo me quedo en el valle,
presa de horror ante el camino que me aguarda.

¡Ay Amor! Quién podría olvidar
las penas tan duras que nos causas
y la forma en que te muestras a tantos corazones,
cruel con unos, con otros generoso…

En tu furor, tomas posesión de un alma
y desde dentro la devoras por entero;
alimentas a otra con dulzura
sin hacerla tuya ni un instante.

De Amor se pueden contar maravillas,
de lo que es, de lo que hace.
Con unos despliega sus ardides:
«Soy todo vuestro, sed mía igualmente».

A veces nos toca de forma tan brusca
que casi el corazón nos rompe.
Y otras veces deja en pura libertad.
Nos extravía y nos vuelve de nuevo al camino.

Aniquilarse en el Amor
es lo más alto que sé;
por lejos que esté de mi alcance
no conozco obra mejor.

Afrontando el Amor con deseo,
ya sin corazón ni pensamiento,
cuando extingue al fin nuestra pasión en la suya
encontramos la fuerza que lo conquista para siempre.

¡Adelante, en la alegría o en la pena!
Amor no resiste la violencia del asalto
de quien sabe atacarle con ardor,
y lo acoge como igual en su morada.

 

¡Ay bello amor!

Aunque el mes y el año
se renuevan a la vez,
apenas tenemos alegrías;
faltan los días claros
y lejos están los placeres
que anhela el joven corazón.

Pero más impaciente que todas, este alma
que desea el Amor y no lo gusta.
¡Ay! cómo sufre en los senderos profundos
el peregrino de lejanas comarcas
que en vano camina hacia el Amor.

Y esta desdicha a menudo le abruma:
no conocerle bastante
para saber claramente
lo que gusta o disgusta al Amor.

Ese peregrino conoce días sombríos.
¡Ay, querido Amor! tus furores, tus sonrisas,
tu gran voluntad y nuestra deuda,
tu venida y tu huida, de todo ello
¿qué podemos comprender?

Pues por el servicio humilde,
das dulce maravilla y luz poderosa;
por una pequeña falta, que parece perdonada,
pena cruel y muerte amarga.

¡Ay bello Amor! ¿quién nos dirá el porqué
de tus idas y venidas repentinas?
¿Cómo prevenir tu huida y tus tempestades
antes de que nos arruinen?

¿Qué medios desconocidos darán
constancia a tus dulces milagros
para que nuestra cobardía no nos prive
de tantos bienes prometidos por tu amor?

¡Ay! por cuántos senderos de noche y miseria
Amor nos deja vagar
en tantos asaltos a los que sucumbimos.

Amor cruel e implacable
que a veces no obstante prodiga sin esfuerzo
su gran y múltiple alegría.

Extrañas apariencias que arrebatan
al alma iniciada a su libre poder.
¡Ay, puro Amor! ¡Aunque razones tengáis,
vuestra partida nos parece cólera cruel!

Pero el alma noble y sabia
sabe que debe seguiros
en la pena y la alegría, el descanso y el temor,
hasta la inteligencia pura
de vuestros designios,
que tornan nuestra pena en paz profunda.

¡Ay! quien navega a países lejanos
debe afrontar la aventura:
así el amante soporta
gran angustia de amor
antes de agradar al Amado.

Deberá siempre buscar
solo su voluntad sublime,
y aceptar lo que le advenga
sin tristeza ni alegría.

¡Ay! a quien solo ama la voluntad de Amor
Amor en él se basta,
en el gran tumulto y en el silencio humilde,
en todo lo que dama Amor sugiere:

ésa es la fortaleza más firme,
defensa más bella no es posible encontrar,
ni muralla tan alta, ni foso tan profundo,
para tener a Amor prisionero por siempre jamás.

 

Sus promesas son seductoras

Son sus violencias lo más dulce de Amor,
su abismo insondable es su forma más bella,
perderse en él es alcanzar la meta.

Tener hambre de él es alimentarse y deleitarse,
la inquietud de amor es un estado seguro,
su herida mayor, bálsamo soberano,
languidecer por él es nuestro vigor.

Eclipsándose se revela,
si hace sufrir, da salud,
si se esconde, nos muestra sus secretos,
es rehusándose como se entrega.

No tiene rima ni razón y es poesía,
cautivándonos nos libera,
sus golpes más duros son el más dulce consuelo,
¡qué privilegio si nos toma por entero!

Es cuando se va cuando está más cercano,
su silencio más hondo es su canto más alto,
su cólera peor, su mejor recompensa,
su amenaza nos calma
y su tristeza consuela todas las penas:
no tener nada es su riqueza inagotable.

Pero del Amor se puede decir también
que su seguridad nos lleva al naufragio,
y su estado más sublime nos hunde hasta el fondo;
su opulencia nos empobrece
y sus beneficios son nuestras desdichas.

Sus consuelos nos agrandan las heridas,
su trato es a menudo mortal;
su alimento es hambre, su ciencia, extravío;
su escuela nos enseña a perdernos,
su amistad es cruel y violenta.

Nos huye cuando nos es fiel,
para manifestarse se esconde sin dejar rastro,
y sus dones nos despojan aún más.

Sus promesas son seductoras,
su ornato nos desnuda,
su verdad nos decepciona
y su seguridad es mentira.

Éste es el testimonio que yo misma y muchas otras
podemos manifestar,
quienes vimos del Amor las maravillas,
y recibimos escarnio
al creer poseer lo que para sí guardaba.

Desde que así jugó conmigo
y aprendí a conocer sus modos,
me comporto de manera muy distinta:
no me engañan ya
ni promesas ni amenazas;
yo le quiero tal cual es, y poco importa
que sea dulce o cruel.

 

¡Ay amor amado!

Saludo a aquel a quien amo
con la sangre de mi corazón.
Mis sentidos se secan
en el furor de amor.

¡Ay, querido y dulce Amor!
creced según vuestra esencia
y que así mis facultades
se libren de la muerte.

¡Ay Amor amado por encima de todo!
si fuerais lo que sois
yo habría alcanzado
estabilidad.

¡Ay, muy dulce Descanso!
si poseyerais lo que está en vos,
ligeras serían las cosas
que tanto ahora me pesan.

¡Ay, dulce naturaleza!
¿Cómo está vuestro corazón?
No puedo vivir ni una hora
sin ser toda del Amor.

¡Ay! hermana querida,
si hoy me muestro locuaz
es a causa de una confianza nueva
por el toque profundo del Amor.

¡Ah! si tuviéramos lo que
las dos juntas tenemos, seríamos tan ricas
que no habría en parte alguna
nadie que fuera tan feliz.

¡Ay! el furor de amor me exalta
y de mí se apodera ese bien, ser enteramente suya.
¡Ay! ¡qué sabiduría en el furor de Amor,
qué privilegio en el furor del libre Amor!

Languidezco, velo y saboreo
el Bien que me llena de dulzura.
Conozco, siento y encuentro
recompensa a mi dolor.

Sufro, me esfuerzo, quiero llegar por encima de mí,
amamanto con mi sangre (a ese Dios que nace en mí).
Saludo a la Dulzura divina
que recompensa el furor de Amor.

Me estremezco y a Él me doy;
vivo en la honda fe
de que mi pena, mi noble pena
recibirá todo en su pena divina.

¡Ay, Amor amado! el Amor que yo amo
sois Vos, Amor mío;
vos que dais gracia por gracia,
con la que el Amado sostiene a la amada.

¡Ay, Amor! si yo fuera amor
y vos amarais, Amor, con el mismo amor.
¡Ay, Amor! dadme por amor
que el amor conozca plenamente al Amor.

 

El amor tiene siete nombres

El amor tiene siete nombres
que como sabéis le convienen:
Lazo, Luz, Carbón, Fuego,
designan su fiero imperio.

También los otros son nobles,
por siempre insuficientes y de resonancia eterna:
Rocío, Fuente viva, Infierno.

Si enumero estos nombres
es porque están en la Escritura:
os explicaré su virtud,
lo que quieren decir y manifiestan.

Que no os engaño
y que Amor se conduce como digo,
lo sabe quien vio todo en el Amor,
esa vida llena de maravillas
de la que ya he hablado.

En verdad es lazo, pues ata
y todo lo somete a su apremio.
Lazo dotado de todo poder,
no lo ignoráis pues que lo habéis gustado.

Arruina en lo mejor nuestros consuelos
y en las penas peores nos conforta.
Me aprieta íntimamente de tal forma
que creo morir de dolor;
mas todo lo casa
en fruición y plenitud sin par.

Lazo que une a los que se aman de manera
que uno al otro penetra por completo,
en el dolor o el reposo o el furor de Amor,
y come su carne y bebe su sangre;
cada corazón devora al otro corazón,
el espíritu asalta al espíritu y lo invade por entero,
como nos mostró el que es el mismo Amor,
haciéndose nuestro alimento y nuestro pan,
y confundiendo los pensamientos del hombre.

Nos dio a conocer que ésta
es la más íntima unión de amor:
comer, saborear, ver interiormente.
Él nos come, nosotros creemos comerle,
y sin duda lo hacemos.

Pero él permanece intacto,
tan fuera de nuestro alcance,
tan lejos de nuestros deseos,
que cada cual sigue siendo lo que es
y la distancia permanece.

Mas a quien este lazo cautive
que no deje de comer con pasión
para conocer y saborear más allá de sus deseos
la humanidad y la divinidad.

El lazo de amor hace comprender estas palabras:
«Yo soy para mi Amado y Él es para mí».

Luz es el nombre del Amor con que
nos revela lo que place al Amado,
lo que conviene mejor al Amor
o lo que primero condena.

En esa claridad aprendemos
cómo hay que amar al Hombre-Dios
y al Dios-Hombre, en la unidad:
esa parte que se nos da es riqueza infinita.

Carbón: observad qué nos quiere decir
la Escritura con tal nombre.
Es dádiva maravillosa
que Dios hace al alma interiormente
en todo lo que recibe o en aquello de lo que es privada,
en su paz, paciencia y esfuerzo,
en el consuelo, la alegría y el trabajo,
en todos los modos caprichosos del Amor.

Rápida mensajera es esa brasa
que sirve al Amor de maravilla.
Su misión no se interrumpe
y no puede fallar al Amor.

Inflama lo que estaba frío,
vuelve tímido al orgulloso,
descabalga al caballero
y colma de nobleza al vasallo:
pone al pobre en un reino
donde no es inferior a nadie.

Y todo ello: caer, levantarse,
dar o tomar, perder o recibir,
se enciende y se extingue por el furor de Amor
que ese carbón representa.

Trabajad ahora en esta obra y conoced
los extraños prodigios que Dios hace
hasta que Amor en nosotros se convierte en fuego
en el que se abisman igualmente,
quemados, devorados, consumidos,
el deseo del hombre y el rechazo divino.

Con el nombre de fuego consume
suerte o desgracia, dicha y desdicha:
todas las formas de ser son una para él.

A quien de ese fuego el toque interior recibió
nada le será ancho ni estrecho.
Cuando su llama se enciende en nosotros
ya nos es igual lo que devore:
ser amado u odiado, rechazo o deseo,
pérdida o ganancia, satisfacción o malestar,
provecho, daño, honor y vergüenza,
estar con Dios en celestial consuelo
o en el dolor del infierno,
ya no hay en ese fuego diferencia alguna.

Consume cuanto toca,
y ya no puede hablarse —os lo aseguro—
de condena o bendición.

El Amor actúa también con el nombre de Rocío:
cuando el fuego ha quemado en su violencia todo,
llega el rocío, derramando su humedad
como brisa de maravillosa dulzura.

Provoca el beso de las criaturas nobles
y da constancia en los cambios.
El celo de amor devora sus dones de tal suerte
que siempre debe terminar así.

Amainan entonces las tempestades
que ayer mismo se desataban en el alma.
La calma reina al fin
cuando la Amada recibe de su Amado
los besos que convienen al Amor.

Cuando se apodera de ella y de todos sus sentidos,
gusta sus besos y los saborea hasta el fondo.
En cuanto Amor toca a la Amada,
come su carne y bebe su sangre.

El dulce Amor que así la deshace
conduce suavemente a los amantes
al beso indisoluble,
el mismo beso que une
a las Tres Personas en un solo Ser.

Así el noble rocío extingue el fuego
que asolaba el país del Amor.

Fuente viva es el sexto nombre
que le conviene después de rocío.
Derramamiento y reflujo
de uno en el otro y crecimiento en Dios
que sobrepasan el entendimiento y el sentido,
la inteligencia y la capacidad
de cualquier criatura humana.

Pero en nosotros está
la vía escondida que el amor nos marca
para encontrar por momentos el más dulce de los besos.
Ahí recibimos la dulce Vida viviente
que la Vida da a la viviente vida.

 

Fuente viva se la llama, pues alimenta
y guarda en el hombre el alma viva.
Brota viva de la Vida
y de esta Vida da vida nueva a nuestra vida.

La Fuente viva se vierte en todo tiempo,
en las virtudes de siempre o en el celo nuevo,
como el río expande sus ondas
y las recibe de nuevo,
así el amor engulle lo que da.
Por eso se le llama Fuente y Vida.

El séptimo nombre es Infierno,
y de ese amor yo he probado el tormento.
Nada hay que no devore y condene.
En verdad, nadie escapa a él
de quienes prueban el amor y de él quedan cautivos:
ninguna gracia se concede aquí.

Así como el infierno todo lo arruina,
no se encuentra en el Amor
más que tortura sin piedad:
ni un instante de reposo, siempre
un nuevo asalto, una persecución nueva.

Verse devorado, tragado
en su esencia abismal,
hundirse sin cesar en el ardor y el frío
en la profunda y sublime tiniebla del Amor,
supera los tormentos de la gehenna.

Sólo el amor conoce su venida y su marcha,
y sólo quien lo prueba sabe
por qué el nombre de Infierno
le conviene por encima de todo.

Ved ahora cómo esos nombres revelan
la esencia y los modos del bello Amor.

No hay corazón tan sabio que pueda
comprender la más pequeña parte
del Lazo del Amor aunque dejase
a un lado los otros seis nombres.

El lazo nos asegura que nada
nos separará del Amor,
ni violencia, ni fuerza, ni milagro.
Tal es la fuerza del don de sabiduría.

El corazón, por sí solo, no lo podría aguantar,
pero por ese lazo soporta los lazos del Amor.

La Luz nos muestra las costumbres del Amor,
nos revela su voluntad en todas sus formas:
por qué debemos conocer y amar
la Humanidad y la Divinidad.

El Carbón enciende a los dos amantes,
y el Fuego les quema en la unidad:
así en el fuego de la salamandra
el fénix se consume y transmuta.

El Rocío lo apaga,
se extiende por él como bálsamo y brisa unitiva.

La alegría y el furor de Amor
arrojan a los amantes al mar abismal,
mar sin fondo, siempre vivo,
que con la vida da a los Tres en la Unidad
Dios y Hombre en un solo amor;
así es la Trinidad más allá de todo pensamiento.

El séptimo nombre, justo y sublime,
dice que el amor es Gehenna,
como lo es en efecto por naturaleza.
Pues arruina el alma y los sentidos,
de manera que no se levantan más;
en adelante, los Amantes no podrán
más que vagar en tempestades de amor,
errar con cuerpo y alma, pensamiento y corazón,
Amantes perdidos en este Infierno.

¡Que tenga cuidado quien quiera afrontarlo!

Pues ante el Amor, nada vale, sino aceptar
en todo momento golpes o caricias
hasta el fondo del corazón fiel
que quiere ofrecer un amor verdadero.

Así lograremos la victoria: por lejos
que aún nos parezca, alcanzaremos el Amor.

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