Poemas de Oswald von Wolkenstein (poeta alemán)

Poemas de Oswald von Wolkenstein

Poemas de Oswald von Wolkenstein (1376/77–1445); poeta, compositor y diplomático tirolés, considerado una de las voces más singulares de la Baja Edad Media.

Nacido en el castillo Schöneck, en el Tirol del Sur, desde joven emprendió viajes por Europa, Asia Menor y hasta Georgia, experiencias que marcaron su obra. Sirvió como caballero y diplomático del emperador Segismundo de Luxemburgo, participando en el Concilio de Constanza y en campañas militares como la conquista de Ceuta.

Su vida estuvo atravesada por disputas de herencia y encarcelamientos, pero también por amores apasionados, como los dedicados a Anna Hausmann y Bárbara. Su poesía combina el Minnesang cortesano con un lenguaje directo y cotidiano, abordando temas de viajes, religión y vida mundana. Su legado musical incluye canciones monódicas y polifónicas de gran calidad

Dios de los hombres

Santos todos… escudo fiel/
Lienardo no fue formado en él/
Martín tan gentil/
Su linaje quiere contender.

Elisabet singular y pura/
Un alma Clemente segura/
Catalina segura/
Virgilio envió tras los demás/
Alegre y noble Bárbara.

 

San Nicolás y María/
De Montserrat venía/
En Venecia Lucía/
Todos quieren ser benévolos.

 

De la India vino Tomás/
Y el niño Jesús con Esteban y Hans/
Debemos venerar en paz.

Et sic est finis.

 

Alégrate, criatura mundana

Alégrate, criatura mundana/
pues según arte soberana/
se mide pura toda tu figura/
Brillando en valle según medida.

Sin tacha, noble, con fuerza encerrada/
el gesto, el porte, en cada jornada/
a quien se dio como destino/
puede gozarse de ello con el corazón.

 

II

Una cabecita pequeña vi/
sobre ella el cabello rizado y fino allí/
dos cejas delgadas, los ojitos claros/
una boquita como rubí, rosada/
nariz y cuello, la piel blanca con mejillas encendidas.

Los pensamientos, sentidos, llenos/
de juventud en ellos tejidos/
agradecido el hombre que la formó con dolor.

 

III

Pues al contemplar con todo mi ser/
la forma del cuerpo, su belleza y poder/
como el maestro lo pensó/
y luego enteramente lo realizó/
que nadie tan puro en la tierra pueda imitar/
reinar, embellecer, como se quiera/
con fuerza guarda ella el juego/
y con seriedad puede tanto en broma como en verdad.

 

Dios, ayúdame

Dios, ayúdame, ¿qué haces aquí?/
tristeza me cerca, sin cuidado./
Me alegro, pues te veo/
con buen favor, así estoy hoy./

Me das esperanza, fuerza nueva,/
pues eres brillo, con alegría./
Padre mío, a ti me aferro,/
en buen servicio, firme y frío./

 

I

Ven con voluntad, ¿qué haces aquí?/
en la carga quitada, gracias te doy./
Me alegro, pues te contemplo/
con todo amor, tuyo soy./
Mi pensamiento entero se dirige a ti,/
pues eres fulgor, con gozo allí./

Cierto, mi deber yo te guardo,/
con fuerte servicio, en muchas formas./

 

II

Según costumbres, me haces débil,/
me oprime la carga, esto me asombra./

Recuerda tu gracia, tu piedad,/
no permitas mal, ni daño alguno./
Quien manda contigo, yo soy tu siervo,/
donde lo sé, allí me hallo./
Esto me da gozo pleno,/
llevo mi carga con buen ánimo./

 

II

¿Cómo puedes justo hacerme débil?/
tu siervo cautivo, eso me maravilla./
Recuerda tu gracia con bondad,/
en ningún camino me causes mal./

Lo que prometiste, eso cumplí,/
donde lo supe, en mal no caí./
Déjame, Señora, gozar en verdad,/
con fiel entrega, en buen año./

 

III

Yo te ruego, tu gracia aquí,/
sea grande, la mejor de todas./
No me dejes solo, te lo pido,/
que me sostenga tu favor./
Flor brillante, ayúdame,/
para que agradezca con fidelidad./

No lo niegues, pues muero yo,/
en golpe solemne, bajo tu amparo./

 

III

Tu gracia imploro, contra engaño,/
con buenas costumbres, pues es grande./
No me dejes solo, acuérdate de mí,/
como yo de ti, acuérdate de mí./
Claro y firme, ayúdame del dolor,/
para agradecer tu lealtad./
Si no lo haces pronto, estoy perdido,/
del verde bosque me lleva la necesidad.

 

No descanses con penas

No descanses con penas, mi tesoro oculto,/
cierra tus ojos con temor/
ante el odio del día claro,/
en el rastro./

El corazón aún ama,/
deja todo tu llanto y pesar,/
esperanza y alegría guarda la medida,/
si haces eso,/
serás bien mía,/
ah, querida, así debe ser./

 

II

Dama, repréndeme, me dormí, pasó la hora,/
Lucifer se desvaneció,/
oh boca risueña de rosa,/
hazme sano,/
allí donde me elevas./

Tu cabeza se inclina sobre mi corazón,/
tus brazos se cierran sin dolor,/
ahuyenta la broma/
que nos hace la señora traviesos,/
amor tierno, que sea con dicha./

 

III

El brillo entre tumbas, de la plebe, se apartó,/
oigo pájaros cantar mucho,/
el día, ¿quién lo envió tras ti?/
tu vestido/
no quiere mostrar nuestra vergüenza./

Tu gracia, aunque pequeña, yo alabo,/
buenos días, amada única,/
no llores mucho,/
mi llegada, palabra segura,/
con permiso, señora, salud te deseo. – Finis J.v.

 

Vamos, compañeros, hacia el viaje

Vamos, compañeros, hacia el viaje/
a Augsburgo, donde están las damas gentiles,/
y quien allí tenga larga estancia/
puede ganar alabanzas./

También quien no lo tenga/
que permanezca en casa, ese es mi consejo,/
o podría cansarse,/
y además acortar su camino./
Su alegría podría ser plena,/
o quizá llegar al baile,/
todo hacia el brillo de las damas./
Ellas se creen tan sabias./
Lo he notado bien,/
cuando llegué a la sala de baile,/
llevé mi parte con buen decoro,/
el deseo en belleza con empeño./

 

II

Una dijo que nunca antes/
había visto más,/
pero con la cabra lo tomé así,/
me pareció extraño./
Que me comparara con la cabra,/
me pareció que ya antes lo había hecho,/
y se había rascado con los pies,/
así lo consideré./

Cuando saltamos según la cuerda,/
en el baile, todos alrededor,/
me pareció que mucho me salió bien,/
si no fuera por la barba que llevé,/
que debía haber afeitado,/
cuando quise cabalgar hacia Suabia,/
a las damas y a los jóvenes,/
lo habría pensado mejor./

 

III

Ella dijo que yo era deforme,/
y me comparaba con un mono./
Así puede reprender a los invitados,/
ante todos los presentes,/
o los que aún vendrán,/
también puede girar alrededor,/
en el salto alto desde la tierra./
Ahora, ¡hurra, mi querido niño!/

Qué bien sabe mostrar amor,/
cuando viste el vestido blanco,/
entonces gira como un macho cabrío./
Ella se burla, o yo estoy ciego,/
porque no veo bien/
a la derecha, desigual./
Por eso no se acerque a mí,/
pues hallará en mí un bufón.

 

El que quiere aliviar su pena

El que quiere aliviar su pena/
y sin daño quedar entero,/
viaja a Constanza junto al Rin,/
si el viaje le conviene./

Allí habitan muchas damas gentiles,/
que saben alegrar en su compañía,/
y si ningún cabello allí se oculta,/
no le faltará consuelo./
Con una jugué la burla,/
aunque recibí desventura,/
ella me enseñó un dulce gesto,/
como si me venciera./
Una mano me olvidó en el juego,/
dejó caer sus largos cabellos,/
mientras el corto de otro quedaba,/
parecía que eran luchas./

 

II

Escucha, querido compañero, lo que te digo,/
quiero sanar siempre mis golpes./
Otra me mostró el camino,/
con un puño en la oreja./
El mejor ojo perdí,/
como si me ahogara en la prueba,/
y mi esfuerzo casi se colgaba,/
por eso me volví necio./
Y quien toma lo fácil, eso es dinero,/
bella Elsa y Äll van a la tienda,/
saltando por el campo torcido,/
de eso perdimos más./
El cuerpo allí me alegró mucho,/
pero mi parte se dispersó,/
esparcida en la sala aquí y allá,/
como el grano sembrado./

 

III

Cuando pensé en el lago de Podem,/
de pronto me dolió el bolsillo,/
con un chelín el abecé/
debí aprender junto al prado./
El pago debía ser lo que cantaban,/
al rompedor de piedras de Nesselwang,/
mucho enojo resonó contra mí,/
porque allí no permanecí en casa./
Uno pensó que yo era una botella,/
tomó el dinero y dejó mi bolsa,/
quiero que de lo poco que ganó/
no se jacte ante nadie./
He viajado por muchos lugares,/
a Prusia, Rusia, sobre el mar,/
pero nunca vi hombres más duros/
de despojar y raspar./

 

IV

Un gran alarde de pequeño brillo,/
casi noble, necesario, débil balance,/
no nos costó otro baile/
en Constanza allá en Suabia./
Y si hubiera hallado en tal camino/
tan buen comercio de manos,/
el bolsillo rara vez se abrió/
para dañar mi dinero./
Lo que aprendí en mis días,/
las damas lo tuvieron por nada./
Ella dijo que yo era como hierro gastado,/
que me apartaba del cuello./
Yo dije: doncella, permaneced hoy,/
sí, sois como otras personas,/
¿o vuestro cuerpo está tejido de oro?/
eso podríais decirnos./

 

V

Una vez me dijo un sabio mosquito:/
igual que un puente rota la espalda,/
y un pobre gana un noble puente,/
que se puede cruzar y cabalgar./
Quien pasa por encima, rueda,/
muchos dicen que está adornada,/
y muy altamente calcada,/
podría aún engañar a la gente./
Cada cual se complace en sí mismo,/
por eso el mundo está lleno de necios./
Cuando de Constanza debo partir,/
lo siento en mi costado./
Alabo el noble mazo dorado,/
hacia él dirijo mi vela,/
dondequiera que en el mundo vaya,/
rara vez alabo a las doncellas./

 

Un triste adiós

Un triste adiós, por lágrimas duras,/
junto al prado me quita la renta,/
las alegrías, riquezas, aún puedo,/
pero de lamento, palabra y carga, sufro noche y día./

 

II

Tus ojitos bañaron mi mejilla,/
el adorno de tus brazos me encerró,/
con presión, con gracia, junto al cuerpo./
Ah, mujer, no huyas, escribe: de ti no me aparto./

 

III

El adiós tomó la amable,/
con dulce unión, de ello me alegro./
Razonable, con futura promesa,/
en envidia, pena, doncella, dame un poco de tiempo./

 

 

Un tesoro de honor

Un tesoro de honor en lugar sin reproche,/
muerte, sentido y ánimo en grave retroceso,/
denso, temeroso, me atraviesan cuerpo y alma./
Ah, mujer, si debo separarme de ti,/
tan pronto, aquí, tu señora no me será bien./

 

II

Tu cuerpo siempre me causará pesar,/
aunque tu enojo me haya golpeado./
Débil, cansado, todo fue mi ánimo,/
tu bondad vio mi queja,/
allí se volvió duro, áspero, mi desventura./

 

III

Oh separación, debo lamentarte,/
dulce, lo que contra mí tu disciplina impuso./
Más, aprender, tu amor nunca me otorgó,/
he perdido mi consuelo,/
en la tierra, el valor, deshecho y sin redención./

 

Alégrate, ilustre doncella tierna

Alégrate, ilustre doncella tierna:
pues hoy nació el puro,
de ti un hermoso joven
sin mancha y sin herida.

En una ciudad me es conocida,
y se llama Belén nombrada:
allí sucedió tan maravillosa cosa
por esta mujer bendita.
Desvanecida fue su pena,
cuando vio al Señor ante sí,
el origen de todo ser,
que siempre fue y será contemplado.
Bien pudo su corazón alegrarse,
cuando al niño puro abrazó,
el poderoso del círculo del mundo
apretado en su regazo.

 

Sea alabado hoy y eternamente

Sea alabado hoy y eternamente,
en la tierra y en el reino celestial,
el día tan dichoso y noble,
su alabanza tiene fundamento.
Pues allí apareció el verdadero Dios,
por la muy pura doncella tierna,
en forma humana en medio del camino,
medida de la tierra y del mundo.
Allí sufrió muchas penas,
por nuestra salvación hasta la muerte,
que ningún hombre puede agradecer bastante,
por eso no debemos olvidarlo.
Cada día en lo profundo del corazón,
con palabras y obras en todo momento,
recordemos su dolorosa pasión,
para que los enemigos no nos devoren.

 

Dios, Dios, Dios todopoderoso

Grande fue tu mandato paternal,
cuando tan lejos te envió de sí
a la aventura dolorosa.
Así, por criatura humana,
hombre contra naturaleza divina,
naciste en nuestra tierra
para sostén de la cristiandad.
¿Qué hizo tu Padre aún más?
Te entregó al dardo de la muerte,
que atravesó tu corazón divino,
entonces ardió el fuego del infierno.
Contra todos los que tu voluntad
hicieron y aún harán,
sea loable cumplir lo que ordena,
para que brille el reino celestial.

 

Juventud y aprendizaje caballeresco 

Se dispuso, cuando tenía diez años,

que yo llevara ánimo caballeresco:

aprendí a montar, disparar y cazar,

y ejercitarme en nobles juegos.

 

Fui educado en la noble compañía,

para servir a altas damas con claridad,

me ejercité en muchas costumbres de caballería,

y me mantuve siempre en su disciplina.

 

Servicio en la juventud 

Cuando llegué a veinte años de edad,

comencé a servir con empeño y rigor,

viajé a tierras extrañas en muchas jornadas,

y me ejercité en la manera caballeresca.

 

Aprendí lenguas y costumbres ajenas,

me mantuve siempre en la justa medida,

cumplí con muchas obligaciones de caballero,

y guardé siempre la rectitud caballeresca.

 

Experiencia de los treinta 

A partir de los treinta años fui probado,

que podía guardar ánimo caballeresco,

me ejercité en muchas empresas de caballería,

y me mantuve siempre en su arte.

 

Fui conocido en muchas tierras extranjeras,

me ejercité en la mano caballeresca,

guardé siempre la obligación del caballero,

y me ejercité en su visión recta.

 

Honor de los cuarenta 

Desde los cuarenta años fui honrado,

por haber deseado ánimo caballeresco,

me ejercité en muchas hazañas de caballero,

y me mantuve siempre en su consejo.

 

Fui conocido en muchas altas compañías,

me ejercité en la verdad caballeresca,

guardé siempre la obligación del caballero,

y me ejercité en su visión recta.

Poemas de Oswald von Wolkenstein

Madurez y firmeza del caballero 

Desde los cincuenta años fui probado,

que aún podía sostener ánimo caballeresco,

me ejercité en muchas empresas arduas,

y me mantuve siempre en su arte.

 

Fui conocido en muchas tierras lejanas,

me ejercité en la mano caballeresca,

guardé siempre la obligación del caballero,

y me ejercité en su visión recta.

 

El peso de los sesenta 

A los sesenta años me sobrevino la carga,

mas aún guardé ánimo caballeresco,

me ejercité en muchas hazañas de caballero,

y me mantuve siempre en su consejo.

 

Fui conocido en muchas altas compañías,

me ejercité en la verdad caballeresca,

guardé siempre la obligación del caballero,

y me ejercité en su visión recta.

 

El límite de los setenta 

A los setenta años me alcanzó la frontera,

mas aún guardé ánimo caballeresco,

me ejercité en muchas obras de caballero,

y me mantuve siempre en su consejo.

 

Fui conocido en muchas nobles asambleas,

me ejercité en la verdad caballeresca,

guardé siempre la obligación del caballero,

y me ejercité en su visión recta.

 

El ocaso de los ochenta 

A los ochenta años me alcanzó el ocaso,

mas aún guardé ánimo caballeresco,

me ejercité en muchas obras de caballero,

y me mantuve siempre en su consejo.

 

Fui conocido en muchas nobles compañías,

me ejercité en la verdad caballeresca,

guardé siempre la obligación del caballero,

y me ejercité en su visión recta.

 

El peso de los noventa 

A los noventa años me alcanzó la carga,

mas aún guardé ánimo caballeresco,

me ejercité en muchas obras de caballero,

y me mantuve siempre en su consejo.

 

Fui conocido en muchas nobles compañías,

me ejercité en la verdad caballeresca,

guardé siempre la obligación del caballero,

y me ejercité en su visión recta.

 

El límite de los cien 

A los cien años me alcanzó la frontera,

mas aún guardé ánimo caballeresco,

me ejercité en muchas obras de caballero,

y me mantuve siempre en su consejo.

 

Fui conocido en muchas nobles asambleas,

me ejercité en la verdad caballeresca,

guardé siempre la obligación del caballero,

y me ejercité en su visión recta.

 

El eco de la vejez 

En la vejez me alcanzó el ocaso,

mas aún guardé ánimo caballeresco,

me ejercité en muchas obras de caballero,

y me mantuve siempre en su consejo.

 

Fui conocido en muchas nobles compañías,

me ejercité en la verdad caballeresca,

guardé siempre la obligación del caballero,

y me ejercité en su visión recta.

 

La memoria del caballero 

En la memoria me alcanzó la frontera,

mas aún guardé ánimo caballeresco,

me ejercité en muchas obras de caballero,

y me mantuve siempre en su consejo.

 

Fui conocido en muchas nobles asambleas,

me ejercité en la verdad caballeresca,

guardé siempre la obligación del caballero,

y me ejercité en su visión recta.

 

El eco de los ciento diez

A los ciento diez años me alcanzó la frontera,
mas aún guardé ánimo caballeresco,
me ejercité en muchas obras de caballero,
y me mantuve siempre en su consejo.

Fui conocido en muchas nobles asambleas,
me ejercité en la verdad caballeresca,
guardé siempre la obligación del caballero,
y me ejercité en su visión recta.

 

El recuerdo de los ciento veinte

A los ciento veinte años me alcanzó la memoria,
mas aún guardé ánimo caballeresco,
me ejercité en muchas obras de caballero,
y me mantuve siempre en su consejo.

Fui conocido en muchas nobles compañías,
me ejercité en la verdad caballeresca,
guardé siempre la obligación del caballero,
y me ejercité en su visión recta.

 

El límite de los ciento treinta

A los ciento treinta años me alcanzó la frontera,
mas aún guardé ánimo caballeresco,
me ejercité en muchas obras de caballero,
y me mantuve siempre en su consejo.

Fui conocido en muchas nobles asambleas,
me ejercité en la verdad caballeresca,
guardé siempre la obligación del caballero,
y me ejercité en su visión recta.

 

El ocaso de los ciento cuarenta

A los ciento cuarenta años me alcanzó el ocaso,
mas aún guardé ánimo caballeresco,
me ejercité en muchas obras de caballero,
y me mantuve siempre en su consejo.

Fui conocido en muchas nobles compañías,
me ejercité en la verdad caballeresca,
guardé siempre la obligación del caballero,
y me ejercité en su visión recta.

 

El eco de los ciento cincuenta

A los ciento cincuenta años me alcanzó la frontera,
mas aún guardé ánimo caballeresco,
me ejercité en muchas obras de caballero,
y me mantuve siempre en su consejo.

Fui conocido en muchas nobles asambleas,
me ejercité en la verdad caballeresca,
guardé siempre la obligación del caballero,
y me ejercité en su visión recta.

 

La memoria de los ciento sesenta

A los ciento sesenta años me alcanzó la memoria,
mas aún guardé ánimo caballeresco,
me ejercité en muchas obras de caballero,
y me mantuve siempre en su consejo.

Fui conocido en muchas nobles compañías,
me ejercité en la verdad caballeresca,
guardé siempre la obligación del caballero,
y me ejercité en su visión recta.

 

El límite de los ciento setenta

A los ciento setenta años me alcanzó la frontera,
mas aún guardé ánimo caballeresco,
me ejercité en muchas obras de caballero,
y me mantuve siempre en su consejo.

Fui conocido en muchas nobles asambleas,
me ejercité en la verdad caballeresca,
guardé siempre la obligación del caballero,
y me ejercité en su visión recta.

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