Poemas de Hartmann von Aue (poeta alemán)

Hartmann von Aue

Hartmann von Aue (c. 1160–1210) es una figura fundamental del Alto Alemán Medio, clave en la transición de la épica heroica a la cortés. Caballero y clérigo, introdujo el ciclo artúrico en Alemania con sus obras Erec e Iwein, adaptando a Chrétien de Troyes bajo un código moral germánico.

Destacó por su estilo claro y equilibrado (reine mâte), alejándose de la oscuridad retórica. En sus poemas espirituales, como Gregorius y El pobre Enrique, exploró la tensión entre la culpa humana y la gracia divina, consolidando el ideal de la caballería cristiana y la nobleza del espíritu.

El Invierno del Alma

Si durante el verano cargué pesadumbre y lamento, no es ahora mi esperanza de alegría mucho mejor; mi canto debe vestir las armas del invierno, pues así lo dicta también mi anhelante ánimo. Qué poco me sirve la constancia en mi amor, pues en ella me he perdido por completo: el tiempo, el servicio y la larga espera. No quiero, sin embargo, maldecirla; me basta con decir que no ha obrado bien conmigo.

Si quisiera odiar a quien me da amor, bien podría ser yo mi propio enemigo. Mucho han mudado mi cuerpo y mi juicio, y en mi desgracia se ha hecho evidente: mi señora no me desea, y la culpa es mía. Si el juicio hace al hombre vulnerable y la insensatez nunca halló fortuna constante, si no sé servir con la inteligencia debida, de ello soy yo el único culpable.

Puesto que mi servicio no llegó a su corazón, le pareció a ella una decisión prudente el privarme de su noble presencia; en ello pensó con total rectitud. Si me enojo, ella se burla y yo envejezco; grande fue mi falta cuando ella la temió, y por eso me evitó —bien lo creo— más por su propio honor que por odio hacia mí; ella piensa que así su fama se mantiene mejor.

Tengo derecho a que mi cuerpo esté triste, pues me oprime una angustia de nostalgia. Toda alegría que me acompañó desde niño ha sido pagada como tributo, según Dios mandó. Me ha abrumado la muerte de mi señor, y a ello se suma un dolor errante: una mujer me ha negado su gracia, a quien serví con total fidelidad desde el tiempo en que montaba en mi bastón de madera.

Ella me juzgó mal, por puras apariencias, cuando al principio me permitió servirla; porque me halló tan propenso al cambio, mi inconstancia y su sabiduría me rechazaron. Ella ha cumplido todo lo que me prometió; lo que me debía, ya me ha sido otorgado. Es un necio quien pretenda algo distinto: me recompensó según el valor que vio en mí. Mi dolor no es otra cosa que mi propia espada.

 

La Persistencia del Servicio

¿Qué cosas malas podría decir de ella, si siempre he hablado bien en su favor? Bien puedo lamentar mi propia pena y dejarla a ella libre de reproches. Ella aceptó de mí, es la verdad, mi servicio durante muchos años. Yo he deseado su amor, y hallé su rechazo; que nunca tuviera éxito allí es solo culpa mía; si ella me hubiera juzgado digno, me habría recompensado mejor.

Dije que siempre viviría para ella, y dejé que ese rumor se difundiera. Le había entregado mi corazón, pero ahora lo he recuperado. Quien haga una promesa necia, que la abandone con los días antes de que la disputa le robe sus años por completo. Eso mismo he hecho yo: la lucha con ella ha terminado; a partir de este momento, quiero servir en otra parte.

Siempre odié a los desleales, y ahora yo mismo querría serlo; la deslealtad me sentaría mucho mejor que esta fidelidad mía, que no me permitió separarme de ella y me ordenó seguir a su servicio. Ahora me duele: ella me dejará sin recompensa. Pero no diré de ella sino cosas buenas; antes de importunarla, prefiero aceptar la culpa junto con el daño.

Por aquella a quien he servido hasta hoy, quiero mantener la alegría, aunque de poco me haya servido. Sé bien que mi señora vive según su honor. Quien se aleja de la suya propia, que cargue con ello: solo amarga el paso de sus años. Quien es capaz de amar así, es un hombre falso. Mi ánimo es más firme: nunca me apartaré de ella.

Ya que debo carecer de su premio, tras haberle servido tantos años, que Dios se digne concederme un ruego: que a esa bella mujer le vaya siempre con honor y con bien. Puesto que debo «vengarme», mi venganza será esta, y no otra: desearle el bien de todo corazón, más que cualquier otro hombre; y así estaré, triste por su pena y alegre por su dicha.

No son para mí años perdidos estos que en ella he invertido. Aunque me haya ocultado el premio de su amor, me consuela una dulce esperanza. Nada más deseaba yo sino poder, como antes, llamarla mi señora. Muchos hombres encuentran así su fin: sin que nunca les ocurra nada bueno, salvo la fe de creer que algún día sucederá, y esa esperanza los mantiene alegres.

 

La Dilatación del Tiempo

Mi servicio es ya demasiado largo, viviendo en una incierta esperanza; aquella por quien mi corazón siempre luchó, me deja ahora privado de consuelo. Bien podría yo quejarme y dar testimonio de cuánto tiempo ha pasado. Desde que conocí su rechazo, para mí, en verdad, cada momento pesa: una hora es un día, un día una semana, y una semana un año entero.

¡Ay! ¿Qué le haría ella a un hombre al que de veras odiara, si es capaz de destruir así a su amigo con tantas pesadumbres? Me resultaría más leve el odio de todo el reino; pues de aquel, en algún lugar, podría escapar y ocultarme. Pero este dolor vive siempre conmigo y cobra tributo a mi alegría, como si yo fuera su esclavo.

 

El Canto como Mensajero

Quien ponga su alegría en las buenas mujeres, debe hablar siempre bien de ellas y mantenerse a su servicio; tal es mi costumbre y mi consejo, con toda la lealtad debida. Mas nada de esto me ha servido en aquel lugar donde siempre supliqué clemencia; allí me he entregado por completo y allí deseo vivir por siempre.

Si pudiera expresar mi sentir a esa bella según mi propia voluntad, entonces abandonaría mi canto. Pero mi fortuna no es tan grande, y por eso debo lamentarme ante ella con la canción que me brota a la fuerza. Por más lejos que me encuentre, le envío un mensajero al que ella escucha bien, pero no ve, y que no me delata ante los demás.

Esto es un lamento y no una canción, con la que, a través de la amada, renuevo mis pesares. Los días de angustia son demasiado largos; yo le ruego por su gracia y ella, sin embargo, me la niega. Aquel que mantenga una lucha que solo da penas y ninguna alegría, y supiera abandonarla —cosa que yo no puedo—, ese sería, en verdad, un hombre afortunado.

 

El Camino de la Cruz y el Último Sacrificio

A la Cruz le sienta bien un ánimo puro y costumbres castas; solo así se puede alcanzar la dicha y todo el bien eterno. No es un vínculo ligero para el hombre necio que no sabe gobernar su propio cuerpo y voluntad. La Cruz no quiere que nadie esté libre de obras; ¿de qué sirve llevarla sobre el manto si no se lleva dentro del corazón?

Ahora, caballeros, entregad vuestra vida como tributo, y también vuestro espíritu, por aquel que os ha dado tanto el cuerpo como los bienes. Quien siempre tuvo el escudo dispuesto para la gloria del mundo, si ahora se lo niega a Dios, no es un hombre sabio. Pues a quien le es concedido partir con rectitud en esta empresa, obtendrá doble ganancia: el elogio del mundo y la salvación del alma.

Durante muchos días he corrido tras los cercos y vanidades donde nadie puede hallar constancia; hacia allí me apresuré. El mundo me sonreía con engaños y me hacía señas; y yo, como un hombre necio, lo seguí ciegamente. Ahora ayúdame, Señor Cristo, pues mi vida es errante y fugaz, para que pueda renunciar al mundo con este signo tuyo que ahora porto.

Puesto que la muerte me ha robado a mi señor, cómo quede el mundo tras su partida es algo que ya no me importa. Él se ha llevado consigo la mejor parte de mi alegría. Si ahora buscara la salvación de mi alma, sería lo más sensato. Para poder acudir en su ayuda, en este viaje que he emprendido, quiero ofrecerle a él la mitad de mi mérito: ¡así pueda yo verlo de nuevo ante Dios!

 

El Pacto de la Partida

Aquella mujer que envía a su amado con el ánimo recto a este viaje, está ganando para sí la mitad del premio; siempre que en el hogar se guarde de tal modo que sus palabras y actos sean puros. Que ella ore aquí por los dos, mientras él avanza allí por ambos.

 

La Paradoja del Amigo y el Enemigo

¿Por qué hemos de estar tristes? A nadie le sienta bien tal pesar. Con gusto prescindiría yo de esta carga que no me trae ningún provecho. ¡Mirad cómo brilla la pradera, hermosa en su vestidura verde, como quien ha recibido al amado tiempo de verano!

Es justo que un hombre afortunado alcance con suavidad lo que desea, pues él sabe ganarse los elogios, como yo mismo tanto querría. Él recibe el saludo gozoso de las mejores mujeres que hoy viven; pero es una agonía para quien debe esperar tanto.

Que una mujer sea fiel, es algo que necesito fervientemente, pues paso poco tiempo a su lado. No debería yo pagar el precio por esto, pues por amor a Dios me privo de ella; si no fuera por salvar su honor, jamás me alejaría de ella ni un solo paso.

Ella no quiere concederme el acostarme a su lado, y sin embargo no quiere prescindir de mí como amigo, según ella dice. No es que me tenga odio, pero si no hay clemencia en su trato, un enemigo más dulce me sentaría mejor.

Ella dice que ya me ha recompensado, y ahora yo haré lo que ella desee; debo aceptarlo como algo bueno, pues de otro modo a ella le parecería demasiado. Ella «me permite» servirla; ¡mirad, ni un pagano haría eso! Es ya demasiado, si es que ella no lo tiene por pecado.

 

El Arte de la Constancia

Quien es triste cuando tiene fortuna, rara vez será alegre cuando le alcance la desdicha. Para vencer la tristeza tengo un truco: cuando algo me sucede que me causa dolor, siempre pienso así: «¡Deja que pase!, tenía que ocurrirte; pero pronto vendrá aquello que te favorezca». Así es como un hombre debe esperar siempre lo mejor.

Quien diga lo contrario, miente: a las mujeres constantes solo se las gana con constancia. Por mi propia falta de firmeza, perdí a una mujer constante que solía saludarme con tal gracia que me hacía vislumbrar la esperanza del amor; pero cuando ella descubrió que yo era inconstante, entonces también su clemencia tuvo que terminar.

Sin embargo, para mí será un bien eterno que mi inconstancia me haya privado de alegrías; pues ahora me vuelvo hacia un ánimo firme y, por mi bien, encontraré el remedio para mi desventura. Me he hecho siervo de una mujer constante, en quien se hará evidente mi propia fidelidad y que nunca hubo maestro de la constancia que me igualara.

 

El Valor del Reencuentro y la Verdadera Lealtad

Dios todopoderoso, ¿cómo será su saludo cuando vuelva a verla, después de haberla recordado tantos días? Pues aquel que se queda en casa debe temer la flaqueza, mientras que él, al menos, puede saludar a su amada a su debido tiempo. Allí espero disfrutar de su buen juicio y de que ella sepa bien por qué me alejé; si ella obra bien, en eso reside todo mi consuelo: un corazón constante jamás puede fallarle a un amigo.

Nadie vive que vea a su amigo tan a menudo que no tenga que pensar en él, aun sin quererlo; eso no es prueba de un amor de corazón. Por eso nuestra espera se hace a veces tan larga, para que una mujer pueda demostrarnos su constancia. Piense una dama que la inconstancia es como un golpe; si tras la larga ausencia obtengo de ella un bello saludo, ¡con cuánto esmero habré de agradecerlo con mi servicio por siempre!

Si es verdad lo que oigo decir a tantos, que la falsedad es el mejor camino ante las mujeres, ¡ay!, ¿qué clase de suerte puede alcanzar entonces un hombre que, por su fidelidad, renuncia a eso y a todo engaño? Si ella y él son firmes en sus puras costumbres, él alcanzará con ello una salvación duradera; mientras que la dicha de los mentirosos se desvanece pronto, tal como rápido la encontraron en su falsedad.

 

La Flor de Cristo

Mi alegría nunca estuvo libre de zozobra hasta el día en que elegí para mí la flor de Cristo, esta que ahora porto; ella anuncia un tiempo de verano que descansa plenamente en una dulce delicia. Que Dios nos ayude a llegar allí, al décimo coro de los ángeles, de donde el negro demonio del infierno fue expulsado por su falsedad, pero que aún permanece abierto para los buenos.

El mundo me tuvo de tal modo acostumbrado que mi ánimo, en cierta medida, aún suspira por él; pero esto es ahora un bien para mí. Dios ha obrado muy bien conmigo, tal como ahora me encuentro, pues me ha liberado de las preocupaciones que a tantos hombres tienen encadenados por el pie, obligándolos a permanecer. Mientras tanto, yo, en la tropa de Cristo, hacia la dicha avanzo con júbilo.

 

El Engaño y la Falsa Amistad

Si con mentiras se alimentara el alma, entonces conocería yo a alguien que es santo; alguien que a menudo me juró lealtad. Su astuta picardía me venció, pues lo elegí como mi amigo creyendo que en él hallaría constancia. Mi propio juicio me perdió allí, como bien podría contarle al mundo: su cuerpo está tan libre de falsedad como el mar lo está de las olas.

¿Por qué busqué consejos ajenos, si mi propio corazón ya me traicionaba? Él me condujo hacia aquel que nunca me ha hecho bien alguno. Es un pobre honor para un hombre el que obtiene engañando a las mujeres. Es tan sabio en dulces palabras que bien podrían ponerse por escrito; yo las seguí hasta caminar sobre el hielo, y ahora el daño permanecerá conmigo.

Si empezara a odiar a todos los hombres, lo haría solo por el odio que le tengo a él. ¿Qué culpa tendrían los demás en esto? Incluso hay quienes recompensan a su amada mejor; aquella que, por su noble juicio, se ha unido a otro con fortuna. Ella ríe mientras yo estoy triste; envejecemos de forma muy distinta. Mi camino comenzó tras el dolor: ¡que Dios poderoso lo suavice!

Hartmann von Aue

La Dulce Distancia

Es para mí un lamento leve el verla tan pocas veces, a ella, de quien todos mis días he dicho y siempre diré solo bienes. En ningún otro lugar me hallo peor que allí donde estoy; mi cuerpo se estremece al acercarse. Y si no pudiera lograr que ella me viera de tal modo que me reconociera como su amigo, entonces su distanciamiento me sentaría mejor.

La virtud de las buenas mujeres alegra todavía mi corazón; nadie está más dispuesto a servirlas, y así ha de ser por mucho tiempo. Quiero llevar su alegría con alegría mientras viva, y lamentar su pesar con mi propio dolor. Nadie debe callar sus alabanzas; pues todo lo justo que pretendamos, y el hecho de que aún no hayamos perecido, debemos agradecérselo a su gracia.

 

La Bienaventuranza del Corazón Vacío

Nadie es un hombre afortunado en este mundo, salvo aquel único que nunca obtuvo su parte de amor y que tampoco se preocupa por buscarlo. Su corazón está libre de la angustia del deseo, esa que a tantos conduce hacia la muerte. Aquel que ha servido a la belleza y la virtud y luego debe verse privado de ellas, no siente el dolor tan profundamente como yo comprendo mi propio sufrimiento, pues cargo con esa misma pesadumbre.

Es un saludo de la desventura, que supera cualquier otro pesar, el tener que separarme de los amigos junto a los que siempre querría estar. Esta angustia nace de mi propia fidelidad; no sé si esto servirá de algo a mi alma, pero al cuerpo no le da más recompensa que la tristeza durante el largo día. Mi constancia me duele a menudo, pues no puedo hallar consuelo lejos de aquella buena mujer que tan bien me cuidó.

 

El Mensaje y la Respuesta

A ti te envía, señora buena, su servicio quien de buen grado te lo ofrece: un caballero que hace con alegría lo mejor que su corazón es capaz. Por tu voluntad, él quiere pasar este verano con el ánimo muy alto, confiando en tu gracia. Deberías recibir esto con amor, para que yo pueda regresar con buenas noticias; así seré allí bien recibido.

—Respuesta de la dama— Debes decirle que acepto su servicio; todo cuanto pueda ocurrir para su bien, a nadie le complacería más que a mí, aunque lo haya visto tan pocas veces. Pero ruégale que dirija su noble persona hacia donde reciba recompensa; yo soy una mujer extraña para recibir tales palabras. Pero en lo que él desee, le complaceré, pues bien lo vale.

—Reflexión del poeta— Las primeras palabras que ella me escuchó, las recibió de un modo que me pareció bueno; pero en cuanto me tuvo cerca de ella, al punto cambió su actitud. Por más que quisiera, no puedo alejarme de ella; este gran amor ha crecido con tal fuerza que no me deja libre en absoluto. Debo ser su esclavo para siempre, y ahora, ya no me importa que así sea mi voluntad.

 

El Día Bendito y la Corona de mi Vida

Con razón debo bendecir por siempre el día en que conocí por primera vez a esa noble mujer; en su dulce educación y su juicio femenino. ¡Dichoso yo por haber inclinado mi ánimo hacia ella! A ella no le daña, y para mí es un bien eterno, pues hacia Dios y hacia el mundo dirijo mi espíritu mucho mejor gracias a su voluntad. Así espero que mi alegría todavía crezca más.

Mi cuerpo bien puede separarse de esa buena mujer, pero mi corazón y mi voluntad deben permanecer con ella; ella puede hacerme aborrecer la vida y la alegría, y al mismo tiempo alejar todas mis pesadumbres. En ella residen tanto mi felicidad como mi dolor; lo que ella quiera de mí, siempre estará dispuesto. Si alguna vez fui feliz, no fue sino por su bondad; ¡que Dios sea quien proteja su cuerpo y su honor!

Me alejé de ella sin haber podido explicarle cuán profundamente la amaba en mi espíritu; pero después, el destino me concedió una hora bendita en la que la hallé a solas, para mi fortuna. Cuando pude contemplar a esa noble dama como es debido y le confesé plenamente mi voluntad, ella lo recibió de tal modo que Dios se lo premie: ella fue desde mi infancia, y debe ser siempre, mi corona.

 

El Invierno y la Elección del Corazón

Quien pone su alegría en las flores pronto habrá de entristecerse cuando llegue el tiempo difícil; sin embargo, siempre habrá consuelo para una mujer que yace durante la larga noche junto al hombre amado. Así quiero yo también, durante el largo invierno, acortar las horas sin el canto de los pájaros; si he de carecer de ello, será contra mi voluntad.

Mis amigos han repartido para mí un juego de azar que está perdido por ambos lados; pero yo quiero elegir una de las opciones, aunque sin una buena elección sería mejor que el asunto quedara oculto. Dicen ellos que si quiero entregarme al amor, debo renunciar a mí misma; pero mi propio ánimo me da consejos en ambas direcciones.

Si fuera solo por el consejo de mis amigos, ¡ah, Señor!, ¿por qué habría él de estarme agradecido? Puesto que él bien se lo ha ganado, me parece que su espera ha sido ya demasiado larga. Pues por él quiero arriesgar la vida, el honor y todo mi juicio; si soy afortunada, habré de tener éxito.

Él es bien digno de todo ello, si es que yo quiero mantenerle mi fidelidad; de cuanto un hombre desea de una mujer, en verdad, ningún honor es demasiado para él. Es un hombre tan cabal que, si soy capaz de mantenerme firme junto a él y le entrego mi amor, nada me saldrá nunca mal.

 

El Cansancio del Noble Amor

Muchos me saludan diciendo: (y ese saludo no me hace precisamente feliz) «¡Hartmann, vayamos a ver a las damas de la corte!». ¡Ojalá me dejaran en paz y se fueran ellos deprisa con sus damas! Junto a las nobles no espero conseguir nada, salvo estar de pie ante ellas hasta el cansancio.

Con las damas tengo un principio: tal como ellas son conmigo, soy yo con ellas. Pues puedo pasar mucho mejor el tiempo con mujeres sencillas. Dondequiera que voy, hay muchas de ellas; allí encuentro siempre a la que me desea, y ella es el deleite de mi corazón. ¿De qué me sirve aspirar a una meta demasiado alta?

En mi necedad, una vez me ocurrió que le dije a una gran dama: «Señora, he puesto todos mis sentidos en alcanzar vuestro amor». Entonces ella me miró de reojo, con desprecio. Por eso quiero confesaros algo: buscaré a mujeres de tal condición que no me hagan pasar por algo semejante.

 

El Lamento de la Dama

Estos serían días maravillosos para aquel que pudiera vivirlos con alegría; pero a mí Dios me ha dado un pesado lamento en este tiempo tan hermoso, del cual, por desgracia, nunca seré compensada. He perdido a un hombre tal que, en verdad, debo decir: nunca una mujer tuvo un amigo más querido. Cuando él era mío, él era mi alegría; ahora que Dios cuide de él, pues lo cuidará mejor que yo.

Nadie reconocería la magnitud de mi pérdida si no lo juzgara digno de un gran lamento; en él siempre hallé lealtad y honor, y todo cuanto una mujer desea en un hombre. Él me ha sido arrebatado de forma demasiado súbita; por eso, hasta el día de mi muerte, nada podrá ya serme de consuelo, y habré de sufrir la angustia de la nostalgia. Aquella a quien le ocurra algo más grato, que lo demuestre también en sus gestos.

Dios ha sido muy bondadoso con aquella que, sabiendo que el amor termina en tal dolor, ha sabido prescindir de ambos; para ella el tiempo transcurre con alegría. Yo tengo mi lamento y ella tiene sus días claros. Su ánimo es de tal naturaleza que ella no puede creerme cuando digo que el amor me hizo feliz. Si he de vivir muchos años todavía, este dolor se me pagará multiplicado por mil.

 

El Viaje y el Desafío a Saladino

Parto con vuestra gracia, señores y parientes; ¡que vuestras gentes y tierras sean benditas! No hace falta que nadie me pregunte el porqué de mi viaje: os diré que se trata de algo que debo hacer. He puesto en riesgo mi vida y mi alma, y ahora ella me ha ordenado, por su amor, que parta. Es inútil resistirse, debo marcharme finalmente; ¿cómo podría yo romper mi lealtad y mi juramento?

Muchos alardean de lo que harían por amor; oigo bien sus palabras, ¿pero dónde están sus obras? Me gustaría ver que ella le pidiera a alguno de esos que la sirviera como yo la he de servir. Es un hombre vulgar quien dice que por amor sufre el exilio; pero mirad cómo ella, por mi propia lengua, me arrastra sobre el mar. Aunque viviera el señor Saladino con todo su ejército, ni ellos juntos me harían retroceder un solo paso.

Vuestros cantos de amor suelen terminar en desgracia; lo que os daña es vivir de puras ilusiones. Yo quiero jactarme, pues puedo cantar sobre mi amor: ella tiene mi vida, y yo la tengo a ella. Lo que yo deseo, vedlo bien, me desea a mí con las mismas ganas; vosotros, en cambio, perdéis el tiempo en vanas esperanzas, luchando por un amor que no os quiere. ¡Ojalá pudierais alcanzar, pobres amantes, un amor como el mío!

Publicar comentario