Poemas de Wolfram von Eschenbach (poeta alemán)

Wolfram von Eschenbach

Wolfram von Eschenbach (c. 1170–1220) fue el poeta épico más relevante de la literatura medieval alemana. Caballero de origen modesto, transformó la tradición cortesana con un estilo complejo, irónico y profundamente espiritual.

Su obra cumbre, Parzival, redefinió el mito del Grial al convertir la búsqueda caballeresca en un proceso de maduración interior y ética. También escribió Titurel y el fragmentario Willehalm. Destacó por integrar conocimientos científicos, humor y una visión humanista que abrazaba incluso al mundo pagano, consolidándose como un maestro de la narrativa psicológica mucho antes de la modernidad.

PARZIVAL

La Inconstancia y el Corazón de Pica

Si la duda es del corazón vecina, amarga a la propia alma su doctrina. Deshonra y honor se dan cita allí donde, en mezcla fortuita, el ánimo del hombre se presenta como la urraca que el color ostenta. Aun así, podrá alcanzar la alegría, pues en él habita la dualidad en porfía: una parte del cielo y otra del infierno. Aquel que es un compañero alterno, del negro color se viste enteramente y habita en la tiniebla permanente; mas se aferra a la blancura y la pureza quien mantiene firme su fe y su entereza.

Este ejemplo fugaz y volador es para el necio demasiado veloz: no alcanza su mente a comprenderlo, pues antes de que logre siquiera verlo esquivo huye como liebre espantada. Como imagen tras un cristal empañada, o como el sueño que el ciego ha tenido, así el rostro de la verdad se ha ido. No puede haber constancia ni fijeza en este brillo de turbia naturaleza: solo brinda un gozo breve y vano. ¿Quién pretende arrancar pelos de mi mano, allí donde nunca un solo vello ha crecido? Ese bien sabe que en el vacío ha sido.

Si hablo así, enfrentando los temores, es fiel reflejo de mi juicio y mis valores. ¿Acaso pretendo encontrar la lealtad donde solo reina la fugacidad, como el fuego que en la fuente se apaga o el rocío que ante el sol naufraga? Nunca conocí a un sabio de tal suerte que no deseara conocer con mente fuerte qué rumbo siguen estos mis relatos y qué enseñanzas brindan sus contratos. En ello nunca el ánimo desmaya, pues huyen y persiguen en la raya, se retiran y vuelven al combate, infaman y honran en el mismo embate. Quien domina todos estos juegos muestra ingenio libre de sus fuegos; quien no se detiene ni yerra el paso, entiende bien la vida y su ocaso. Un ánimo falso en la amistad es leña para el infierno y su maldad, y para el alto honor es cruel granizo. Su lealtad es un rabo tan movedizo que no valdría ni un bocado de alimento si en la selva lo azotara el viento.

 

El Honor de las Mujeres y la Herencia

Estas palabras de diversa condición no solo a los hombres dan lección. También a las damas pongo esta meta: quien seguir quiera mi consejo, inquieta, debe saber hacia dónde encaminar su precio y el honor que ha de ganar, y ante quién estar siempre dispuesta a entregar amor y su valía en apuesta, de modo que nunca sienta arrepentimiento de su pureza y su fiel sentimiento. A Dios pido por las mujeres de bien, que la justa medida las siga también. La vergüenza es cerrojo de toda virtud: no pido para ellas mayor salud. La falsa solo alcanza fama incierta. ¿Qué firmeza tiene el hielo en la puerta bajo el sol ardiente de un agosto fiero? Así su elogio se deshace ligero. Muchas mujeres por belleza son nombradas, mas si sus almas están falsificadas, las alabo como alabar yo querría al vidrio que en el oro se escondía. No tengo por asunto nimio ni leve a quien en vil latón colocar se atreve el noble rubí de luz pura y divina y toda su aventura peregrina (con eso comparo el ánimo de la mujer). Aquella que a su esencia sabe ser fiel, no juzgaré yo su color ni su aspecto, ni el techo de su pecho, aunque sea imperfecto. Si por dentro el corazón está resguardado, su noble precio no será menoscabado.

Si ahora a mujeres y hombres por igual juzgara según mi ciencia natural, sería este un relato de larga andanza. Escuchad ahora el estilo de esta alianza, que os dará a conocer de igual modo el amor y el pesar que lo envuelve todo: la alegría y el miedo van a la par. Dejad que yo solo pueda en tres habitar, y que cada uno cuide por separado lo que mi arte ha en la balanza pesado: se requeriría un ingenio muy profundo si ellos quisieran revelaros al mundo lo que yo solo os pretendo contar. Mucho trabajo habrían de pasar.

Quiero renovaros una historia antigua que de gran lealtad es testigo y guía: del derecho de la mujer que es dama, y de la hombría del hombre y su fama, que ante la dureza nunca se dobló. Su corazón jamás lo traicionó; él fue acero en cada lid y contienda, su mano victoriosa tomó la prenda de muchos premios dignos de alabanza. Valiente y sabio en su templanza (así saludo yo al héroe guerrero), dulzor para los ojos de mujer, certero, y medicina para su mal de amor, refugio verdadero contra el deshonor. Al que para este relato he elegido aún no ha en la aventura nacido; de él se cuenta esta historia de renombre y los prodigios que asombraron al hombre.

 

El Destino de Gahmuret

Aún mantienen las costumbres de antaño allí donde el derecho galo no tiene daño. También en tierra germana se mantiene: esto sin mí ya lo sabéis, os conviene. Quienquiera que esas tierras gobernara, mandó sin que la vergüenza lo manchara (y es verdad pura que nadie cuestiona) que el hermano mayor tuviera la corona y de su padre la herencia entera. Fue para los menores suerte fiera, pues la muerte rompió el vínculo y la unión que el padre les dio en vida y comunión. Antes de eso, todo era compartido, ahora el mayor es el único asistido. Lo dispuso así un hombre de gran saber: que el primogénito el bien debía tener. La juventud posee mucha dignidad, la vejez solo suspiros y ansiedad. Nada hubo nunca tan falto de alegría como el ser viejo y pobre en la vía. Reyes, condes, duques de gran estado (os digo que no es cuento inventado), que de sus tierras sean desheredados hasta que el mayor los deje apartados, es una costumbre extraña y amarga. El puro y valiente, ante esta carga, Gahmuret, el guerrero de gran fama, perdió así castillos y tierras que ama, donde su padre, con mano serena, portó cetro y corona en hora buena con gran fuerza y real majestad, hasta que en batalla halló la eternidad.

Mucho lo lloraron con gran sentimiento. La lealtad y el honor sin detrimento los llevó consigo hasta su muerte. Su hijo mayor mandó con mano fuerte a los príncipes de todo el imperio. Vinieron como caballeros, sin misterio, pues debían por derecho recibir de él los grandes feudos y el porvenir.

Cuando a la corte hubieron llegado y su derecho fue por fin escuchado, recibiendo cada cual su posesión, escuchad cómo iniciaron su acción. Pidieron, como la lealtad les dictaba, ricos y pobres, toda la gente que estaba, una humilde y muy seria petición: que el rey tuviera con Gahmuret la unión de aumentar su lealtad de hermano, y de honrarse a sí mismo siendo humano, no rechazándolo del todo en su suerte, sino dejándole en su tierra, por hacerse fuerte, algún bien que pudiera ser testamento de que el señor reconoce su nacimiento, su nombre ilustre y su libertad. Al rey no le causó esto enemistad; dijo: «Sabéis pedir con justa medida, os concederé eso y más en la vida. ¿Por qué no llamáis a mi hermano, en fin, Gahmuret el Angevino? Anjou es mi tierra y mi destino: que ambos de ella tomen el camino».

Así habló el noble rey con presteza: «Mi hermano puede esperar con certeza más ayuda de mí y de mi lealtad de la que yo exprese con brevedad. Él será de mi séquito el primero. A todos os muestro, franco y certero, que una misma madre a ambos nos gestó. Él tiene poco y a mí mucho me sobró: mi mano lo repartirá de tal modo que mi salvación no se pierda por todo ante Aquel que da y quita la vida: a ambos nos toca la justicia debida».

Cuando los príncipes de gran poder escucharon a su señor así proceder, viendo que la lealtad en él habitaba, fue para ellos un día que les alegraba. Cada uno ante él se inclinó. Gahmuret ya más no se silenció, siguiendo lo que su corazón sentía; al rey le habló con dulce cortesía: «Señor y hermano mío, te digo: si yo quisiera ser siervo contigo o de cualquier otro hombre en el mundo, habría buscado un descanso profundo. Mas juzgad mi valor según mi intento (sois sabio y leal en todo momento), y aconsejadme lo que sea más digno: brindadme vuestro apoyo benigno. Solo mi armadura es mi posesión: si con ella logro alguna gran acción que me traiga una fama duradera, alguien se acordará de mí dondequiera».

Gahmuret habló de nuevo al instante: «Dieciséis escuderos tengo delante, de los cuales seis de hierro ya son. Dádme además cuatro niños, con el don de la buena crianza y la alta nobleza. Ante ellos no habrá nunca escasez ni bajeza de lo que mi mano alcance a ganar. Quiero por las tierras mi rumbo trazar. Ya he viajado algo en el pasado. Si la fortuna me tiene amparado, lograré de una buena mujer el favor. Si por ello debo servirla con honor, y si de tal gracia soy merecedor, mi mejor juicio me dice, con fervor, que la cuide con lealtad verdadera. Que Dios me guíe por su senda señera. Viajamos juntos como compañeros (cuando aún vuestros reinos enteros gobernaba Gandín, nuestro padre), y muchas penas, antes que el sol cuadre, sufrimos ambos por causa del amor. Fuisteis caballero y ladrón del honor, supisteis servir y ocultar el deseo: ¡ojalá supiera yo robar el amor que veo! ¡Ay, si tuviera yo vuestra destreza y por otro lado la gracia y su grandeza!»

El rey suspiró y dijo con pesar: «¡Ay, por qué tuve que verte llegar!, pues con tus modos de juego y alegría has partido mi alma en este día, y lo haces ahora que vamos a partir. Mi padre nos dejó para vivir muchos bienes y gran riqueza: te daré tu parte con toda nobleza. Te quiero de corazón, hermano mío. Piedras brillantes, oro de gran brillo, gente, armas, caballos y vestidura, toma de mi mano toda esa ventura, para que partas según tu voluntad y mantengas siempre tu generosidad. Tu hombría es entre todas elegida: aunque en Gylstram fuera tu vida nacida o hubieras llegado desde Ranculat, te querría siempre con esta lealtad con la que ahora te abrazo y te espero. Eres mi hermano, de verdad, verdadero». «Señor, me alabáis por vuestra bondad, pues así lo manda vuestra autoridad. Mostradme ahora vuestra ayuda y favor. Si vos y mi madre, con gran amor, me dais mi parte de los bienes muebles, subiré a la cima con pasos inmuebles. Mi corazón hacia lo alto aspira: no sé por qué así vive y suspira, que mi pecho izquierdo se ensancha así. ¡Ay!, ¿adónde me lleva el deseo tras de sí? He de intentarlo, si es que puedo. Ya llega mi adiós y el día del denuedo».

El rey le concedió todo lo que ansiaba, más de lo que él mismo al principio esperaba; cinco caballos elegidos y probados, los mejores de sus reinos y estados, valientes, fuertes, nada perezosos; muchos vasos de oro, muy preciosos, y muchas esferas de oro también. Al rey no le pesó darle ese bien, y cuatro cofres de carga le llenó: muchas piedras preciosas también incluyó. Cuando ya estaban los cofres cargados, los escuderos, que estaban encargados, vestían bien y cabalgaban mejor. No se pudo evitar el llanto y el dolor cuando ante su madre él se presentó y ella con fuerza a su pecho lo estrechó. «Hijo del rey Gandín, dime ahora: ¿no quieres quedarte conmigo esta hora?» dijo la mujer, de damas ejemplo. «¡Ay!, en mi cuerpo te llevé como un templo: tú también eres de Gandín la semilla. ¿Acaso Dios en su ayuda ya no brilla, o se ha vuelto sordo a mi clamor, que no me concede este favor? ¿Debo sufrir ahora nuevas penas? He enterrado mi fuerza y mis venas, la dulce luz que mis ojos tenían: si él quiere robarme lo que me queda en la vía, y es a pesar de todo un juez soberano, entonces me miente el relato humano que de su ayuda y socorro se cuenta, pues ante mi dolor Él no se presenta».

 

La Partida del Joven Angevino

Habló entonces el joven Angevino: «Dios os consuele, señora, por el padre mío; ambos debemos llorarlo con gran pena. Nadie podrá daros nunca noticia ajena de que yo os haya causado algún pesar. Parto para mi valía acrecentar, tras la caballería, hacia extraña región. Señora, así lo dicta mi resolución».

Respondió entonces la reina con dulzura: «Puesto que hacia el alto amor y su ventura diriges tu servicio y tu pensamiento, hijo querido, no desprecies el sustento de mis bienes para tu largo viaje. Manda que reciban de mi parte y linaje tus encargos y tus camareros cuatro cofres de carga, pesados y enteros: dentro hay ricas telas de seda y de ancho, piezas intactas, sin corte ni desgancho, y mucho samit de precio soberano. Dulce hombre, déjame saber pronto y temprano cuándo has de volver a mi presencia: mi alegría depende de tu existencia».

«Señora, eso yo mismo no lo sé, en qué tierras mis pasos asentaré; mas a cualquier lugar que me encamine, vuestro honor ha hecho que mi gloria culmine por la nobleza que en mí habéis volcado. También el rey mi hermano me ha dejado tal que mi servicio debe agradecido estar. Bien puedo yo vuestro valor asegurar, pues por vos él será más apreciado, sea cual sea el destino que me sea dado».

Según nos cuenta la historia y la aventura, aquel héroe que no conoce la pavora recibió, por la fuerza del afecto, y por el trato femenino y recto, joyas que valían mil marcos de plata. Si un prestamista hoy buscara una trata, bien podría aceptarlas por prenda y tesoro, pues no les falta ni la seda ni el oro. Se las envió una amiga con gran celo. En su servicio halló ganancia y consuelo: el amor de las damas y su saludo; mas del pesar librarse nunca pudo. Se despidió el guerrero de su hogar. A su madre, a su hermano y a aquel lugar, nunca más sus ojos volvieron a ver; muchos perdieron con tal padecer. Aquel que lo conoció con cercanía, antes de que él partiera en su vía, con cualquier muestra de favor o de alianza, recibió de él gratitud y confianza. Le parecía que nada era suficiente: por su crianza, nunca dijo a la gente que lo hacían por deuda o por obligación. Su ánimo era más llano que la discreción. Quien por sí mismo dice cuánto vale, hace que la duda en los otros escale; deben ser los vecinos quienes den fe, y también aquellos que el mundo ve, testigos de sus obras en tierra extranjera: solo así la historia se cree verdadera.

 

El Servicio al Baruc de Bagdad

Gahmuret mantenía siempre tal conducta que la justa medida era su ruta, y no aceptaba ninguna otra suerte. Su jactancia era escasa, nunca fuerte; el gran honor lo portaba con paciencia, y el deseo vano evitó con conciencia. Pensaba aquel hombre de gran sentido que no había corona en el mundo lucido, fuese rey, emperador o emperatriz, a quien él quisiera servir de aprendiz, sino a aquel que tuviera la mano más alta sobre la tierra y donde el mando no falta. Ese deseo en su pecho habitaba. Le dijeron que en Bagdad se encontraba un hombre de tal poder y tal nombre, que ante él se inclinaba casi todo hombre: dos partes de la tierra eran su herencia. Su nombre pagano era de tal eminencia que lo llamaban el Baruc soberano. Tenía tal fuerza bajo su mano que muchos reyes eran sus vasallos, con coronas puestas y sin fallos. Ese oficio del Baruc aún persiste. Mirad cómo la fe cristiana resiste en Roma, según el bautismo nos guía. Allí otra ley pagana se veía: en Bagdad tienen su derecho de Papa (eso les parece recto y sin trampa), donde el Baruc, por cada pecado, da testimonio de haberlo perdonado.

Dos hermanos de Babilonia, en su afán, Pompeyo y también Ipomidón, le quitaron al Baruc la ciudad de Nínive (que era de sus antepasados el vive): ellos mostraron su fuerza en la guerra. Allí llegó el joven Angevino a esa tierra: el Baruc le tomó un afecto sincero. Allí recibió su paga el caballero, Gahmuret, el hombre de gran valía. Permitid ahora que en su heráldica día tenga otras armas distintas de aquellas que Gandín le dio, entre las más bellas. El señor, con gusto por lo distinguido, hizo que en su gualdrapa fuera cosido un ancla de armiño, blanca y luciente: así debía ser todo lo demás, consecuente, en su escudo y en toda su vestimenta. Más verde que una esmeralda se presenta todo su arnés y su equipo de guerra, del color de la seda que el Oriente encierra. Esa seda se llama aquamardí: de ella mandó hacerse allí la túnica de armas y el sobrepuesto: es mejor que el samit, estad de esto puesto. Anclas de armiño llevaba bordadas, con cuerdas de oro en ellas trenzadas.

Sus anclas no habían aún anclado en ninguna tierra ni estado; en ningún puerto se habían clavado. El señor debía llevar, esforzado, esta carga de armas y de nobleza por muchas tierras, con gran entereza. Por el emblema del ancla en su escudo, pues no hallaba descanso ni nudo en ninguna parte donde detenerse. ¿Cuántas tierras cruzó sin dolerse o navegó en barcos por el mar fiero? Si yo tuviera que jurarlo, certero, os diría bajo mi fe y juramento, según mi seguridad de caballero y lo que la historia me cuenta primero: no tengo ahora más testigo que el viento. Dice que su fuerza de hombre valiente mantuvo el honor entre la pagana gente, en Marruecos y en la Persia lejana. Su mano cobró fama soberana en Damasco y en Alepo también, y dondequiera que se luchaba por bien, en Arabia y ante sus fronteras, pues nadie podía vencer sus maneras en el combate de hombre contra hombre. Este clamor alcanzó por su nombre. El deseo de su pecho buscaba la gloria: ante él se deshacía cualquier otra historia, quedando casi todas en nada. Así acababa siempre la jornada de aquel que con él quería justar. En Bagdad todos solían afirmar que su valor luchaba sin vacilar: desde allí partió hacia Zazamanc, a su reino. Allí todos lloraban con el mismo ceño a Isenhart, que la vida había perdido en servicio de una dama, herido. A ello lo obligó Belacane, la bella, la dulce dama que no tiene mella. Porque ella nunca le dio su favor, él yace muerto por causa de aquel amor. Sus parientes vengaban su partida abiertamente y en la emboscada tendida; con un ejército a la dama acosaban. Ella se defendía mientras la rodeaban, cuando Gahmuret llegó a su frontera, que Vridebrant de Escocia, de fiera manera, con flota de barcos había incendiado, antes de haberse de allí retirado.

 

La Llegada a Zazamanc

Escuchad ahora cómo viaja nuestro caballero. El mar lo arrojó con tormenta, certero, de modo que apenas pudo salvarse. Hacia el palacio de la reina, al acercarse, llegó navegando hasta el puerto seguro: allí fue observado desde el muro. Miró entonces hacia la llanura. Había muchas tiendas de gran hermosura alrededor de la ciudad, frente al mar: dos ejércitos fuertes se veían acampar. Mandó entonces preguntar la noticia, de quién era aquel castillo en su liza; pues ni él conocía el nombre del lugar, ni ninguno de sus hombres de mar. Dijeron a sus mensajeros al punto que era Pâtelamunt todo aquel conjunto. Le enviaron un ruego con gran cortesía, rogándole por sus dioses en ese día que les ayudara en su extrema necesidad, pues luchaban contra la muerte y la fatalidad.

Cuando el joven Angevino comprendió el dolor y la pena que allí se vivió, ofreció su servicio a cambio de ganancia, como hace a menudo un caballero de estancia, o para que le dijeran por qué motivo debía sufrir el odio del enemigo. Entonces hablaron como una sola voz tanto el enfermo como el sano veloz, diciendo que a su disposición estarían su oro y sus joyas, si ellos vencían; que de todo aquello él sería el señor y que entre ellos hallaría honor. Mas él poca paga necesitaba: de Arabia mucho oro él ya portaba, grandes pepitas traía consigo. Gente oscura como la noche, os digo, eran todos los que habitaban Zazamanc: con ellos le pareció el tiempo muy largo. Sin embargo, mandó tomar posada: era justo que le dieran la más nombrada, y le ofrecieron lo mejor de la estancia. Las damas aún estaban, con ansia, mirando desde las ventanas su llegada: observaban con la vista muy clavada a sus escuderos y todo su arnés, viendo cuán adornado estaba después.

Llevaba el héroe de gran caridad en un escudo de armiño y de calidad no sé cuántas pieles de marta cibelina: el mariscal de la reina, que lo examina, pensó que era un ancla de gran tamaño. No se cansaba de mirarlo sin engaño. Entonces sus ojos debieron declarar que ya antes habían visto ese lugar o a este caballero, o su imagen real. Debió ser en Alejandría, ciudad sin igual, cuando el Baruc ante ella acampaba: nadie al valor de este hombre igualaba.

Así entró el de ánimo rico y valiente en la ciudad, de modo muy complaciente. Mandó cargar diez mulas de equipaje, que avanzaron por las calles en su viaje. Veinte escuderos cabalgaban detrás. Su séquito delante se veía más: mozos de espuelas, cocineros y pajes se habían adelantado con sus correajes. Orgullosa era toda su compañía: doce niños nobles, de gran hidalguía, detrás de los escuderos cabalgaban, con buena crianza y modos que encantaban. Alguno de ellos era un sarraceno. Después avanzaba el grupo muy lleno: ocho caballos con gualdrapas de seda, cubiertos del todo en aquella vereda. El noveno su propia silla portaba: un escudo, del que antes se hablaba, lo llevaba un escudero muy gallardo a su lado. Tras ellos, sin retardo, trompeteros que siempre son necesarios. Un tamborilero golpeaba sus diarios tambores, lanzándolos muy a lo alto. Al señor no le faltaba ningún salto, pues cabalgaban flautistas a su lado y tres buenos violinistas de grado. Para ninguno de ellos había prisa. Él mismo cabalgaba tras la brisa, junto a su capitán de mar y de viento, el sabio y famoso en todo momento.

Toda la gente que allí se encontraba, moros y moras, la ciudad habitaba, tanto las mujeres como los varones. El señor empezó a ver los jirones de muchos escudos rotos y maltrechos, por lanzas heridos en todos sus pechos: había muchos allí colgados fuera, en las paredes y en la puerta entera. Tenían lamentos y gran desconsuelo. En las ventanas, abiertos al cielo, había camas para muchos heridos; aunque el médico acudiera a sus oídos, muchos no podían de allí ya sanar. Habían tenido con enemigos que luchar. Así le ocurría a quien no quería huir. Muchos caballos se veían venir, atravesados y heridos por la espada. A muchas damas de tez bronceada vio a ambos lados de la calle estar: su brillo al del cuervo se podía igualar.

Su anfitrión lo recibió con gran amor; lo que después fue alegría y honor. Era aquel un hombre de gran valentía: con su propia mano, en la lid y la vía, había dado muchos golpes y estocadas, pues guardaba las puertas más asediadas. Junto a él halló a muchos caballeros que llevaban sus brazos en cabestrillos, fieros, y cuyas cabezas estaban vendadas. Tenían heridas tan mal curadas que, sin embargo, seguían en la guerra: no habían perdido su fuerza en la tierra.

 

El Encuentro con la Reina Belacane

El burgrave, señor de la ciudad, rogó a su huésped con toda afabilidad que no dejara de expresar su deseo, pues sobre sus bienes y su vida, según veo, tenía el caballero absoluto poder. Lo llevó ante su esposa, para conocer a Gahmuret con un beso de bienvenida, aunque el héroe tenía la mente distraída. Después de comer, sin más dilación, el mariscal partió con gran emoción hacia donde la reina se encontraba, y por la gran noticia albricias reclamaba. Dijo: «Señora, nuestra angustia y pesar se han ido con el gozo que acaba de llegar. A quien hemos recibido en nuestro suelo es un caballero que es un don del cielo; debemos a los dioses siempre rogar, pues ellos quisieron a este hombre enviar».

«Dime ahora, por la lealtad que me tienes, quién es este caballero y de dónde viene». «Señora, es un guerrero de gran hidalguía, que al Baruc prestó su valiente compañía, un Angevino de estirpe soberana. ¡Ved cómo su vida nunca es vana y cómo se entrega donde hay batalla! ¡Con qué destreza y sin ninguna falla se retira, vuelve y ataca con fijeza! A los enemigos enseña la tristeza. Yo mismo lo vi luchar con esplendor, cuando los de Babilonia, con furor, querían Alejandría al Baruc arrebatar y con violencia de allí lo querían expulsar. ¡Cuántos cayeron allí derrotados en aquel combate, por él alcanzados! Allí realizó aquel hombre tales hazañas que los enemigos, en tierras extrañas, no tuvieron más remedio que la huida. Además, he oído que en cada embestida su nombre y su fama sobre toda tierra lo elevan como el único señor de la guerra».

«Busca entonces el modo y el momento de que hable conmigo y conocer su talento. Hoy disfrutamos de un día de tregua; por ello el héroe, sin recorrer una legua, puede subir hasta mí: ¿o debo yo bajar? Él tiene otro color y otro aspecto al mirar: ¡ay, ojalá eso no le causara dolor! Me gustaría haber sabido con anterior si mis consejeros verían con agrado que por mi parte fuera honrado. Si él decide a mi lado acercarse, ¿de qué manera debe mi trato mostrarse? ¿Es de linaje tan noble y sincero que mi beso no se pierda en un extranjero?» «Señora, es de sangre real, lo aseguro: por ello pongo mi vida como aval puro. Diré a vuestros príncipes, mi señora, que vistan sus mejores galas ahora, y que esperen ante vos con atención hasta que lleguemos en procesión. Decidlo también a vuestras damas todas, pues cuando yo baje, como en las bodas, os traeré al huésped de mayor valía, en quien nunca faltó la dulce hidalguía».

Nada de aquello se echó a perder: con gran diligencia supo hacer el mariscal lo que la reina pedía. Pronto a Gahmuret, en ese mismo día, le llevaron ropas de gran riqueza: él las vistió con toda su nobleza. He oído decir que eran tesoros finos, donde las anclas, con hilos divinos de oro de Arabia, pesadas y brillantes, estaban bordadas como nunca antes. Entonces, aquel premio del amor y su gloria montó un caballo que era ya memoria de un babilonio que contra él justó: él lo derribó y el corcel se llevó.

¿Fue su anfitrión con él al camino? Él y todos sus caballeros, por destino, fueron felices de seguir su estandarte. Cabalgaron juntos hacia aquella parte y descabalgaron frente al palacio real, donde muchos caballeros, en fila igual, esperaban vestidos con gran elegancia. Sus pajes corrían con gran prestancia, de dos en dos, tomados de la mano. Su señor vio a muchas damas, temprano, vestidas con gracia y maravilla. Los ojos de la reina, en su silla, sintieron un hondo y dulce tormento cuando vieron del Angevino el aliento. Era su aspecto tan lleno de amor que abrió su corazón con todo su frescor, fuera para su dicha o para su daño: aquello que guardó su virtud sin engaño.

Ella avanzó un poco hacia el caballero, pidiendo a su huésped el beso primero. Lo tomó ella misma de la mano, y frente a los enemigos, no en vano, se sentaron en la ventana espaciosa sobre un edredón de seda preciosa, bajo el cual un blando lecho yacía. Si hay algo más claro que la luz del día, no se iguala a la reina y su resplandor. Tenía ella un sentido de mujer y honor, mas era en lo demás un caballero fuerte, distinta a la rosa que el rocío vierte. Su piel era negra como la noche oscura, su corona un rubí de luz pura: a través de él se veía su cabeza. La señora habló con toda gentileza, diciendo que su llegada le alegraba. «Señor, de vos la fama me llegaba de vuestra gran valía en la caballería. Por vuestra crianza, os pido en este día que no os pese si os cuento mi pesar, que cerca del corazón me hace llorar».

«Mi ayuda, señora, no os ha de faltar. Cualquier cosa que os pueda perturbar, donde mi mano pueda el daño vencer, estará allí mismo para vuestro bien hacer. No soy más que un hombre, es verdad: pero ante quien os cause una maldad, ofreceré mi escudo con firmeza; poco han de temer de mí su aspereza».

Con cortesía habló un príncipe entonces: «Si tuviéramos un jefe entre los bronces, poco habríamos de temer al enemigo, pues Vridebrant ya se ha ido, os digo. Él ha marchado a liberar su propia tierra. Un rey llamado Hernant le hace la guerra, al que mató por causa de Herlinde la bella; sus parientes lo acosan por la huella y no quieren cesar en su reclamo. Pero ha dejado aquí guerreros de tramo: al duque Hiutegêr, cuya valentía nos ha causado heridas y agonía; su hueste tiene fuerza y maestría. También tiene soldados en su compañía Gaschier de Normandía, el sabio guerrero, noble y valiente en el campo entero. Y hay más caballeros en este lugar: Kaylet de Hoskurast suele luchar con muchos huéspedes de ánimo airado. A todos ellos aquí los ha enviado Vridebrant, el rey de los escoceses, con sus cuatro aliados y sus intereses. Allá hacia el oeste, junto al mar, está el ejército de Isenhart para luchar, con ojos que no cesan de llorar. Abierta o secretamente, no hay lugar donde un hombre los vea sin sentir pena (el llanto en sus corazones resuena), desde que su señor en la justa murió».

El huésped a la señora respondió, con el sentido propio de un caballero: «Decidme, si os place, el motivo verdadero de por qué se os busca con tal violencia. Tenéis tantos valientes en vuestra presencia: me duele verlos a todos tan cargados con el odio de enemigos ensañados».

«Os lo diré, señor, pues lo deseáis. Me servía un caballero al que vos amáis: su vida era un brote de toda virtud. Era el héroe sabio y de gran plenitud, fruto maduro de la lealtad sincera: su crianza sobre todas era la primera. Era más puro que una mujer en su trato, mas valiente y audaz en cada combate; nunca creció en mano de ritter tal relato de mayor generosidad en el mundo ingrato (no sé qué vendrá después de nosotros: que lo digan los tiempos y otros). Para la falsedad era un hombre necio, de piel negra como yo y de gran precio. Su padre era el rey Tankanîs, quien también alcanzó un alto matiz. Mi amigo se llamaba Isenhart. Mi condición de mujer no supo el arte de aceptar su amor y su fiel servicio, y así su dicha se volvió un sacrificio. Por ello siempre he de llevar el pesar. Piensan sus hombres que yo lo mandé matar: pero yo de traición nada conozco, aunque ellos me acusen con gesto tosco. Yo lo amaba más que ellos a él. No estoy sin testigos de mi trato fiel, con los que algún día lo habré de probar: la verdad pura la han de confesar mis propios dioses y también los suyos. Él me dio muchos dolores y arrullos. Ahora mi virtud y mi vergüenza han alargado mi pena y mi herencia. Mi doncellez le dio a aquel caballero mucho renombre en el mundo guerrero. Quise probar si podía ser un amigo, y aquello se hizo evidente conmigo. Por mí, él dejó sus armas de lado, que allí están como un palacio elevado (es una tienda que en el campo se asienta, que los escoceses trajeron a esta cuenta). Cuando el héroe se vio sin protección, no escatimó su vida ni su corazón. La existencia empezó a pesarle tanto, que buscó aventuras sin armas ni manto. Estando así las cosas un día, un príncipe que en mi séquito servía (Prôthizilas era su nombre nombrado), de toda cobardía siempre alejado, salió en busca de aventuras al campo, donde un gran daño lo cubrió con su manto. En la selva de Azagouc, una lanza no le permitió seguir con su andanza, pues chocó contra un hombre valiente que también allí halló su fin permanente. Ese hombre era mi amigo Isenhart. Cada uno sintió, por su propia parte, una lanza en el escudo y en el cuerpo entrar. Eso lloro yo todavía, pobre de mí, al pensar: la muerte de ambos siempre me ha de doler. En mi lealtad, la pena no deja de crecer.

Nunca fui mujer de ningún hombre todavía». A Gahmuret le pareció en ese día que, aunque ella fuera una pagana, un sentido de mujer tan soberana nunca habitó en un pecho más leal. Su pureza era un bautismo sin igual, como la lluvia que la cubría entera, el torrente que de sus ojos vertiera sobre su piel de marta y sobre su pecho. El luto era su único y firme derecho, y la verdadera escuela del pesar. Ella siguió con su historia y su hablar:

«Entonces me buscó desde el otro lado del mar el rey de los escoceses para luchar: él era el hijo del tío de mi amado. No podían haberme más daño causado del que ya con Isenhart me había sucedido, os lo digo con el corazón herido». La dama suspiraba con frecuencia. A través de sus lágrimas, con paciencia, miraba al huésped con timidez: entonces sus ojos dijeron a la vez a su corazón, con toda rapidez, que aquel hombre era de gran belleza. Ella sabía distinguir la nobleza: pues ya antes sus ojos habían visto a muchos paganos de porte bien listo. Allí nació entre ambos, en el momento, un deseo nacido de un fiel sentimiento: ella lo miraba, y él la miraba a ella.

Mandó entonces que sirvieran vino a la estrella: si por ella fuera, no lo habría hecho. Le pesaba que el tiempo fuera estrecho, pues eso obligaba a los caballeros a partir, a aquellos que con damas querían compartir. Sin embargo, su cuerpo ya era el de él: él le había entregado su ánimo fiel, y la vida de ella era la vida del caballero.

Él se levantó entonces, franco y sincero: «Señora, os estoy causando una molestia. Sé que mi estancia se vuelve una bestia y que me siento aquí demasiado tiempo: no lo hago con mala intención ni contratiempo. Me duele mucho, con todo mi servicio, que vuestro pesar sea tan grande sacrificio. Señora, disponed de mí según vuestra guía: donde queráis, allí estará mi energía. Os serviré en todo lo que yo deba». Ella dijo: «Señor, de vuestra fe tengo prueba».

El burgrave, que era su anfitrión, no permitió que cayera en la inacción, ni que las horas se volvieran pesadas. Empezó a hacerle preguntas animadas, si quería salir a cabalgar un momento: «Y ved cómo luchamos con el viento, y cómo nuestras puertas están guardadas». Gahmuret, el caballero de las jornadas, dijo que con gusto quería observar dónde la caballería se solía mostrar.

 

El Paseo por las Puertas y el Desafío

Cabalgó el burgrave con el héroe, y tras ellos muchos caballeros de valía, tanto el sabio como el joven que empieza. Lo guiaron en su recorrido frente a las dieciséis puertas de la muralla, y le explicaron con palabras claras que ninguna de ellas se cerraba nunca, pues desde que el noble Isenhart murió, la ira y el pesar pedían venganza. «Nuestra lucha pesa casi igual día y noche: jamás hemos echado el cerrojo desde entonces. Ante ocho de estas puertas nos dan batalla los hombres del fiel Isenhart: ellos nos han causado gran daño. Luchan con furia y con nobleza, los príncipes y vasallos del rey de Azagouc». Frente a cada puerta ondeaba al viento sobre las filas de valientes una clara bandera; en ella, la imagen de un caballero atravesado, tal como Isenhart perdió la vida: su gente eligió esas armas en su memoria.

«Contra ellos mantenemos una costumbre con la que intentamos calmar su lamento. Nuestras banderas son bien conocidas: mostramos dos dedos de la mano alzada como quien presta un juramento, pues nunca nos ha sucedido tal desgracia como desde que Isenhart yace muerto (lo que a mi señora causa dolor en el alma). Por eso la reina está representada, la hermosa Belacane, sin ninguna duda, en un blanco samit de gran belleza cortado sobre fondo negro, para que así elijamos nuestras armas según su luto (su lealtad encuentra ganancia en el pesar): estas banderas cuelgan en lo alto de las puertas. Frente a las otras ocho nos asedia todavía el ejército del orgulloso Vridebrant, los cristianos que han cruzado el mar.

Cada puerta está a cargo de un príncipe que se dispone a luchar fuera de los muros con su propio estandarte. A Gaschier le hemos capturado un conde: él nos ofrece a cambio gran riqueza. Es el hijo de la hermana de Kaylet: cualquier daño que él nos quiera causar, ha de pagarlo este prisionero. Tal suerte pocas veces nos alcanza. Apenas queda hierba verde, pues la arena, en una extensión de treinta cargas de tierra, está cubierta de tiendas desde el foso: allí se han librado ya muchas justas».

Todo esto le contaba su anfitrión al huésped. «Un caballero nunca deja de venir para mostrar su destreza en la justa. Si allí perdiera el favor de la dama que hasta aquí lo envió, ¿de qué le serviría su valiente deseo? Ese que veis es el orgulloso Hiutegêr. De él bien puedo deciros mucho más: desde que estamos aquí sitiados, ese héroe audaz y decidido siempre está preparado por la mañana ante la puerta, frente al palacio. Muchos trofeos se ha llevado ese valiente, pues atravesó nuestros escudos con tal fuerza que se consideró una gran pérdida cuando los guerreros se los arrancaron. A muchos de nuestros ritter ha derribado. Le gusta hacerse ver y mostrarse, y nuestras propias damas lo alaban. A quien las mujeres alaban, bien se sabe que tiene el honor en su mano y la alegría en su corazón». Entonces el sol, ya cansado, recogió sus claros rayos hacia su ocaso. El paseo debía llegar a su fin. El huésped regresó con su anfitrión y encontró la cena ya dispuesta.

 

El Banquete y la Inquietud del Héroe

Debo hablaros de los manjares que sirvieron. Fueron traídos con gran cortesía: se les sirvió como a nobles caballeros. La poderosa reina Belacane se presentó con orgullo ante su mesa. Aquí servían la garza, allá el pescado. Ella había acudido hasta allí porque quería asegurarse personalmente de que su huésped fuera bien atendido: venía acompañada de sus doncellas. Se arrodilló ante él (lo que al héroe pesó) y con su propia mano cortó una parte de los manjares para el caballero. La señora estaba encantada con su huésped. Le ofreció la copa para beber y cuidó de él con esmero: él observaba sus gestos y la dulzura de sus palabras. Sentados a un extremo de la mesa estaban sus juglares y músicos, y al otro lado se sentaba su capellán. Con timidez miraba él a la señora, y con voz muy humilde le dijo: «No estoy acostumbrado, señora, a que me tratéis con tantos honores en el transcurso de mi vida. Si yo pudiera daros un consejo, esta misma noche os pediría un cuidado del que yo fuera realmente digno, y no habríais tenido que bajar hasta aquí. Si me atrevo, señora, a pediros esto, dejadme vivir con mayor sencillez. Me habéis dado ya demasiado honor».

Ella no quiso dejar de atenderlo, y a los jóvenes pajes que allí estaban les pidió que comieran con ganas. Hacía esto para honrar a su invitado. Todos aquellos jóvenes nobles sentían gran afecto por la reina. Después, la señora no olvidó acercarse a donde se sentaba el burgrave y su esposa, la señora del castillo. La reina levantó la copa y dijo: «Os encomiendo el cuidado de nuestro huésped: vuestro es el honor de atenderlo. Por ello os lo ruego a los dos». Se despidió y volvió de nuevo frente a su huésped para saludarlo. El corazón de él cargaba con el peso del amor, y lo mismo le sucedía a ella con él; así lo confesaban sus corazones y sus ojos: ambos debían aceptar su mutuo destino. Con cortesía habló la señora entonces: «Mandad, señor: lo que deseéis, yo lo dispondré, pues sois digno de ello. Y permitid que ahora me despida. Si aquí halláis descanso y bienestar, será para todos nosotros una gran alegría». De oro eran sus candelabros: cuatro luces llevaban delante de ella. Se marchó cabalgando hacia sus aposentos.

No comieron ellos mucho más tiempo. El héroe estaba triste y alegre a la vez. Se alegraba por el gran honor recibido, pero otra angustia lo dominaba: era el amor exigente y fiero, aquel que doblega a los sentidos más altos.

La anfitriona se retiró a descansar: aquello sucedió muy pronto. Le prepararon la cama al héroe: se hizo con toda diligencia. El burgrave dijo a su huésped: «Ahora debéis dormir profundamente y descansar esta noche: os hará falta». El señor mandó a los suyos que se retiraran de allí. Los jóvenes pajes del invitado pusieron sus camas alrededor de la suya, con sus cabezas cerca, como era costumbre. Allí ardían velas de gran tamaño y luces brillantes. Al héroe le pesaba que la noche fuera tan larga. A menudo perdía el sentido pensando en la negra reina de los moros, la soberana de aquella tierra. Se retorcía como una vara de mimbre, de modo que le crujían los miembros. Batalla y amor eran su deseo: desead ahora que se le concedan. Su corazón latía con fuerza, pues se hinchaba por la caballería. Aquello empezó a ensanchar el pecho del valiente guerrero, como el arco se tensa con la cuerda. Su deseo volaba hacia la acción.

El señor permaneció sin dormir hasta que vio despuntar el día gris: aún no daba una luz clara. Pero ya estaba allí preparado su capellán para decir la misa: la cantó para Dios y para él. Le trajeron su armadura al instante: cabalgó hacia donde se hallaba la justa.

 

La Victoria sobre Hiutegêr y Gaschier

Montó entonces en aquel momento sobre un caballo que sabía bien embestir con fuerza en el choque y saltar con gran rapidez, obediente siempre al freno. Vieron llevar su ancla en lo alto del yelmo hacia la puerta de la ciudad; allí, hombres y mujeres afirmaban que nunca habían visto un héroe tan hermoso: sus propios dioses debían ser como él.

Llevaban también lanzas fuertes a su lado. ¿Cómo iba él adornado para la lid? Su caballo llevaba una cubierta de hierro: era su protección contra los golpes. Encima llevaba otra gualdrapa de malla fina que no pesaba mucho: era de un verde samit. Su túnica de armas y su sobrepuesto eran también de un verde achmardí: había sido tejido allá en Arabia. En esto no miento a nadie: las correas de su escudo y todo lo que a ello pertenecía eran galones de colores firmes con piedras preciosas de gran valor; purificado en el fuego estaba el umbo de su escudo, de oro rojo. Su servicio buscaba el premio del amor: una lucha feroz pesaba en el ambiente. La reina estaba asomada a la ventana: con ella se sentaban otras damas. Mirad, allí aguardaba Hiutegêr, donde antes solía alcanzar la gloria. Cuando vio venir a este caballero galopando hacia él, pensó: «¿Cuándo o cómo ha llegado este francés a esta tierra? ¿Quién ha enviado a este noble señor? Si yo lo tomara por un moro, mi mejor juicio sería el de un necio».

Sin detenerse en su carrera, ambos picaron espuelas a sus caballos pasando del galope a la carga veloz. Mostraron su valor de caballeros, y en la justa ninguno falló al otro. Las astillas volaron por los aires de la lanza del valiente Hiutegêr: pero la fuerza de su oponente lo derribó por detrás del caballo, sobre la hierba. Muy poco acostumbrado estaba él a eso.

Gahmuret cabalgó sobre él y lo mantuvo abajo. Aunque el otro intentó recuperarse, mostrando su voluntad de lucha, todavía tenía clavada en el brazo la lanza de Gahmuret. Entonces pidió la rendición. Había encontrado a su maestro. «¿Quién me ha vencido?», preguntó el valiente guerrero. El vencedor respondió al instante: «Soy Gahmuret el Angevino». El otro dijo: «Mi seguridad es tuya».

Aceptó su palabra y lo envió al castillo. Por ello fue muy alabado por las damas que presenciaron la escena. Desde el otro lado se acercaba deprisa Gaschier de Normandía, el noble guerrero lleno de valor, el fuerte justador. Allí esperaba el noble Gahmuret, listo para la segunda justa. Su lanza tenía el hierro ancho y el asta era firme y fuerte. Allí se enfrentaron los dos huéspedes: el choque fue desigual. Gaschier cayó por tierra con caballo y todo por el golpe de la lanza, y fue obligado a rendirse, le pesara o le fuera grato.

Gahmuret el guerrero dijo: «Vuestra mano me da seguridad, pues habéis luchado como un hombre. Ahora cabalgad hacia el ejército escocés y pedidles que dejen de acosarnos con la guerra, si es que así lo desean: y venid después a buscarme a la ciudad». Todo lo que él ordenó o pidió se cumplió hasta el final: los escoceses tuvieron que dejar la lucha.

Entonces apareció el rey Kaylet. De él se apartó Gahmuret: pues era el hijo de su tía; ¿qué daño podía él querer causarle? El español le gritó llamándolo. Llevaba un avestruz sobre el yelmo: así de adornado iba aquel hombre, como tengo que contaros, con ricas telas anchas y largas. El campo resonaba al paso del héroe: sus cascabeles hacían un gran estruendo. ¡Él era la flor de la belleza masculina! Su apostura no tenía rival, hasta que nacieron dos después de él: Beacurs, el hijo de Lot, y Parzival, que aún no están aquí; ellos todavía no habían nacido, y fueron después elegidos por su belleza.

Gaschier lo tomó por las riendas: «Vuestra fiereza se volverá muy mansa (os lo digo por mi lealtad), si os enfrentáis al Angevino que tiene mi palabra de rendición. Debéis escuchar mi consejo y además, señor, mi ruego. He prometido a Gahmuret que os detendría a todos: así se lo juré a sus manos. Por mí, dejad vuestro empeño: él os mostrará su fuerza en la batalla». Entonces habló el rey Kaylet: «Si ese es mi sobrino Gahmuret, el hijo del rey Gandín, con él dejaré yo mi lucha. Soltadme las riendas». «No os soltaré hasta que mis ojos vean primero vuestra cabeza descubierta. La mía ya está aturdida por el golpe». Le quitó el yelmo de la cabeza. Gahmuret encontró entonces más combates.

 

La Victoria Final y el Matrimonio

Era ya media mañana cuando aquellos que estaban en la ciudad, llenos de alegría, presenciaron la justa. Gahmuret era para los enemigos como una red: todo lo que caía bajo su mano quedaba abatido. Montó el noble héroe un nuevo caballo que, según he oído, volaba rozando apenas la tierra; era firme en ambos flancos y valiente en la lucha. ¿Qué no haría él sobre tal montura? Debo alabar su coraje. Cabalgó hacia donde estaban los moros con su ejército, al oeste, junto al mar.

Allí estaba un príncipe llamado Razalic, el más poderoso de Azagouc, de estirpe real, quien cada día se presentaba ante la ciudad para justar. Pero el héroe de Anjou doblegó su fuerza. Una dama negra, que lo había enviado allí, lamentaría amargamente que alguien lograra vencerlo. Un paje, sin que se lo pidieran, entregó a su señor Gahmuret una lanza cuya asta era firme como una caña; con ella derribó al moro sobre la arena y, sin dejarlo levantarse, lo obligó a rendirse. Con esto terminó la guerra y Gahmuret alcanzó la gloria suprema.

Vio entonces ocho banderas que se dirigían a la ciudad y pidió al valiente vencido que les ordenara retirarse. Luego le mandó seguirlo al interior de los muros, y así lo hizo Razalic, pues así debía ser. Gaschier también acudió; y cuando el burgrave se enteró de que su huésped había salido a luchar, su ira rugió como la de un león. Se tiraba de los cabellos diciendo: «He sido un necio. Los dioses me enviaron un huésped noble y valiente; si él sucumbe bajo el peso de la batalla, nunca más seré digno. ¿De qué me sirven el escudo y la espada si permití que luchara solo?». Corrió hacia la puerta y se encontró con un paje que traía un escudo y un yelmo capturados a Razalic. Cuando el burgrave vio aquellas armas, sintió la mayor alegría de su vida. Salió corriendo y encontró al joven héroe, que aún buscaba más combate. Su anfitrión lo detuvo y lo llevó de vuelta; ya no derribaría a nadie más ese día.

Lachfilirost, el burgrave, le preguntó: «Señor, decidme, ¿ha vencido vuestra mano a Razalic? Entonces nuestra tierra está a salvo para siempre. Él es el señor de todos los moros y el jefe de los hombres del fiel Isenhart. Nuestra angustia ha terminado». Lo condujo adentro, y la reina salió a su encuentro. Ella misma tomó las riendas de su caballo y desató las cintas de su yelmo. La sabia reina guio a través de la ciudad al huésped que había ganado el honor. Cuando llegó el momento, ella misma lo desarmó. En una estancia privada, donde nadie más entró pues las doncellas cerraron la puerta tras ellos, la reina Belacane y Gahmuret, el amado de su corazón, se entregaron al dulce amor. Aunque sus pieles eran de distinto color, sus almas se unieron en una sola.

 

El Nuevo Rey y su Inquietud

Al día siguiente, los príncipes de Zazamanc rindieron homenaje a Gahmuret. Él, en un gesto de gran nobleza, pidió a la reina que besara en la boca a los prisioneros Razalic, Gaschier y Hiutegêr (aunque este último aún estaba herido por la justa). Gahmuret deseaba también ver a su sobrino, el joven Killirjacac, hijo de la hermana de Kaylet, que estaba allí prisionero. Cuando lo trajeron, Gahmuret se maravilló de su belleza y de su parecido familiar. El joven le rogó que tuviera clemencia con Gaschier, y Gahmuret, por amor a su estirpe, mandó llamar también al rey Kaylet de España, su primo.

Hubo una gran reconciliación. Gahmuret devolvió sus tierras a los príncipes de Azagouc a cambio de su lealtad, y ellos lo aceptaron como su señor. La pobreza huyó de la región. Gahmuret repartió riquezas como si los árboles dieran oro, pues tal era el deseo de la reina. Isenhart fue enterrado con honores reales.

Sin embargo, a pesar de tener el amor de la reina y el mando del reino, Gahmuret empezó a sentir una honda nostalgia. Su alegría se convirtió en preocupación porque no encontraba donde ejercer la caballería. Aunque amaba a la dama negra más que a su propia vida, su espíritu guerrero lo impulsaba a partir.

 

La Partida Secreta y el Nacimiento de Feirefiz

Gahmuret buscó a su sabio capitán de mar, nacido en Sevilla, y le pidió partir en secreto. «Debemos huir de noche», dijo el marino, «mis naves son rápidas y los de piel negra no podrán alcanzarnos». Mientras la reina dormía, Gahmuret cargó su oro y partió oculto por la oscuridad. En ese momento, ella llevaba en su seno un hijo de doce semanas.

Cuando la reina despertó y vio que él se había ido, encontró una carta escrita en francés. En ella, Gahmuret le explicaba: «Señora, me voy porque no puedo soportar la inactividad. Si tú fueras de mi misma fe, nunca me habría separado de ti. Si nuestro hijo es varón, será un héroe valiente. Sabed que su linaje proviene de reyes de Bretaña y de Anjou, descendientes de Mazadán. Si alguna vez deseas bautizarte, aún podrás recuperarme».

Belacane lloró amargamente, como la tórtola que pierde a su pareja y solo se posa en ramas secas. «Por honor a su Dios», decía ella, «me bautizaría con gusto y viviría como él quisiera». A su tiempo, dio a luz a un hijo que era de dos colores: su piel era blanca y negra, manchada como una urraca. La madre lo besaba con ternura en sus manchas blancas y lo llamó Feirefiz Anschevín. Él se convertiría en un guerrero formidable, cuya lanza rompería mil escudos.

Gahmuret, mientras tanto, navegaba por el mar. Se encontró con una nave de los escoceses que traía regalos de paz de parte de Vridebrant para Belacane: un yelmo de diamante, una espada y una cota de malla. Gahmuret aceptó los regalos y prometió entregar el mensaje cuando volviera a verla (aunque el destino le deparaba otros caminos). Finalmente, llegó al puerto de Sevilla, pagó generosamente a su capitán y se despidieron con tristeza. El caballero de las anclas buscaba ahora nuevas aventuras en las tierras de sus antepasados.

 

El Viaje a España y la llegada a Kanvoleis

En España, Gahmuret buscó a su primo, el rey Kaylet, y se dirigió a su capital, Dolet. Pero Kaylet no estaba allí; había partido hacia una gran expedición de caballería donde los escudos no se daban descanso. Gahmuret, impulsado por la misma sed de gloria, mandó preparar cien lanzas pintadas, adornadas con estandartes de seda verde. En cada uno brillaba su emblema: tres anclas de armiño, tan ricas y hermosas que todos alababan su opulencia. Las banderas eran tan largas que llegaban casi a la mano del caballero cuando se sujetaban al hierro de la lanza.

Siguió el rastro de la hueste hasta que divisó, en las tierras de Waleis, el campamento frente a la ciudad de Kanvoleis. El llano estaba cubierto de pabellones. Gahmuret, manteniendo su dignidad, mandó por delante a su maestro de pajes para buscar alojamiento en la ciudad.

Pronto se supo que la reina de Waleis, la doncella Herzeloyde, había convocado un torneo en Kanvoleis. El premio era inmenso: su mano y sus dos reinos para aquel que demostrara ser el mejor caballero. Muchos valientes habían acudido, y el estruendo de las espadas y el galope de los caballos ya resonaba en las llanuras.

 

El Despliegue de Riqueza y la Curiosidad de la Reina

El paje de Gahmuret entró en la ciudad y, frente al palacio donde la reina observaba desde las ventanas, mandó levantar una tienda tan magnífica que se necesitaron treinta mulas para transportarla. Era el pabellón que Gahmuret había obtenido en Zazamanc como botín de guerra, aquel que perteneciera al ejército de Isenhart.

La reina Herzeloyde, intrigada por tal despliegue, preguntó quién era aquel extranjero. Un joven criado le informó: —«Señora, su gente es cortés; hablan francés y lenguas de Oriente. Dicen que su señor es el Rey de Zazamanc. Mirad su tienda: vuestra corona y vuestra tierra no valdrían ni la mitad de lo que cuesta ese pabellón».

Gahmuret entró entonces en la ciudad con gran pompa, despertando a los que dormían con el sonido de trompetas y tambores, acompañados por el dulce son de las flautas. Él cabalgaba con elegancia, con su boca roja como un rubí y sus cabellos rubios asomando bajo un sombrero precioso. Vestía un manto de samit verde forrado de marta cibelina sobre una camisa blanca. La multitud se agolpaba para ver al caballero sin barba que traía tal riqueza.

 

El Comienzo de la «Vesperíe»

Aún era mediodía cuando los caballeros empezaron a justar en el llano, en lo que llamaban la vesperíe (el preludio al torneo principal). Gahmuret se dirigió al campo con sus banderas brillantes, pero no se lanzó al combate de inmediato; quería observar con calma cómo se movían ambos bandos.

Mandó extender un tapiz en el suelo para descansar mientras los caballos relinchaban y las espadas chocaban a su alrededor. Las damas, desde lo alto del palacio, observaban el trabajo de los héroes, pero la reina Herzeloyde estaba apenada porque el famoso caballero de Zazamanc aún no se mezclaba en la contienda.

En ese momento, se supo también que la Reina de Francia (la hermosa Ampflise) había enviado mensajeros buscando a Gahmuret, pues su esposo el rey había muerto y ella, movida por un antiguo amor, deseaba ofrecerle su corona y su mano.

Pero Gahmuret ya se estaba armando. Se puso el equipo que la reina Belacane le había entregado como ofrenda de paz de parte de Vridebrant: un casco de diamante (adamas) durísimo, sobre el cual grabó su ancla adornada con piedras preciosas. Era una carga pesada, pero el huésped estaba listo para demostrar que nadie en Kanvoleis podía igualar su fuerza.

 

El Esplendor de las Armas

¿Cómo era su escudo? Llevaba un umbo de oro de Arabia, tan pesado y brillante que uno podía verse reflejado en él como en un espejo. Bajo el oro, resaltaba el ancla de marta cibelina. Su túnica de armas era tan larga que rozaba el tapiz del suelo, y su brillo era tal que parecía un fuego vivo en mitad de la noche.

Estaba adornada con oro extraído de los riscos del Cáucaso, donde los grifos custodian el metal con sus garras. Solo los hombres de Arabia logran obtenerlo con astucia para tejer los verdes achmardí y las sedas ricas que nadie más puede igualar. Gahmuret montó su caballo, protegido hasta los cascos, y con una fuerza arrolladora se lanzó al combate. Sus lanzas atravesaban las filas enemigas; allí donde iba el ancla, le seguía el estandarte del avestruz de su primo Kaylet.

Gahmuret derribó a Poytwîn de Prienlascors y a muchos otros nobles, a quienes tomó bajo palabra de rendición. A los caballeros que habían perdido sus monturas, él les entregaba los caballos capturados; su generosidad era tan grande como su destreza. Incluso venció al rey de Gascuña, Hardîz, el caballero del grifo, derribándolo por la grupa de su caballo en medio de un estruendo de espadas.

 

El Mensaje de la Reina de Francia

Mientras Gahmuret descansaba un momento de la batalla, quitándose el casco para recibir el aire fresco, se le acercó un mensajero: era un capellán enviado por la reina Ampflîse de Francia. Venía acompañado de jóvenes pajes y dos mulas cargadas de tesoros.

El capellán lo saludó en francés: —«Bien sei venûz, bêâs sir (Bienvenido sea, bello señor). La reina de Francia os envía su amor». Le entregó una carta y un anillo que Gahmuret reconoció de inmediato. La carta decía:

«Vuelve a mí y toma de mi mano la corona, el cetro y el reino. Mi esposo ha muerto y mi corazón solo te pertenece a ti. Te envío estos presentes y te pido que seas mi caballero en este torneo de Kanvoleis. No me importa si la reina de Gales lo sabe; yo soy más bella, más rica y sé amar mejor».

Gahmuret se puso de nuevo el casco de diamante, pero su corazón estaba dividido. Por honor a Ampflîse, volvió al combate con renovada fuerza, derribando al rey Schafillôr de Aragón y al poderoso Lähelîn, a quien obligó a rendirse tras una carga feroz.

 

El Dolor por el Hermano Perdido

En medio de la gloria, el destino le asestó un golpe amargo. Gahmuret reconoció las armas de un caballero de Anjou: era su hermano Gâlôes. Con gran esperanza, se acercó para saludarlo, pero la verdad le fue revelada por Kaylet: su hermano Galoes había muerto en una justa frente a Muntôrî, y la reina que lo amaba también había muerto de dolor poco después.

Gahmuret, abrumado por el pesar, se quitó el yelmo. La tristeza lo invadió de tal forma que ya no quiso luchar más. En medio día había roto cien lanzas y capturado a cuatro reyes, pero la noticia de la muerte de su hermano apagó su fuego.

 

El Encuentro con Herzeloyde

Al caer la noche, el campo de Kanvoleis se iluminó no con el sol, sino con miles de antorchas y velas colocadas sobre ramas de olivo. La reina Herzeloyde, deseosa de conocer al caballero del que todos hablaban, cabalgó hacia la tienda de Gahmuret acompañada de sus damas.

Al entrar en el pabellón, Gahmuret y sus cuatro reyes cautivos se levantaron para recibirla. La reina de Gales habló con alegría: —«Vos sois el anfitrión aquí donde os encuentro, pero yo soy la señora de esta tierra. Si me permitís besaros, lo haré de buen grado».

Gahmuret, siempre cortés, respondió que solo aceptaría su beso si ella besaba también a los reyes y príncipes que estaban con él. Así lo hizo ella. Se sentaron sobre alfombras cubiertas de juncos verdes y húmedos de rocío. Herzeloyde se sentó tan cerca de Gahmuret que casi tocaba su cuerpo. Ella era una doncella pura y su belleza era tal que, si se hubieran apagado todas las velas, su rostro habría seguido iluminando la estancia.

Sirvieron vino en copas talladas en esmeraldas, sardónices y rubíes, tesoros traídos de Azagouc. La atracción entre ambos era evidente, pero el corazón de Gahmuret aún cargaba con el luto por su hermano y el recuerdo de Belacane.

 

La disputa por el Caballero

Kaylet, el primo de Gahmuret, entra en la tienda tras ser liberado. Encuentra a Gahmuret sumido en la melancolía y le reprende: «¡Has ganado el premio más alto! Los caballeros de todas las lenguas —franceses, britanos, irlandeses— dicen que nadie juega como tú. Has capturado a reyes y duques, ¡alégrate!».

Pero entonces aparece el capellán de la reina Ampflîse de Francia para reclamar su derecho. Argumenta que Gahmuret debe pertenecer a su señora, quien lo amó primero y lo formó como caballero. En ese momento, la reina Herzeloyde interviene con dulzura pero firmeza. Para resolver el conflicto, nombran a un juez.

El veredicto es claro: Según las leyes del torneo, el caballero que ha ganado el premio en el campo pertenece a la dueña del torneo. Puesto que Gahmuret fue el vencedor indiscutible de Kanvoleis, el juez dictamina que debe casarse con Herzeloyde. Gahmuret acepta, pero impone una condición: no quiere ser «custodiado» como lo fue en Zazamanc; exige libertad para participar en un torneo cada mes. Herzeloyde, por amor, accede.

 

El Duelo por Gâlôes y el Fin de un Linaje

La alegría del matrimonio se ve empañada por la confirmación de la muerte de Gâlôes, el hermano de Gahmuret. Gahmuret llora amargamente: «¡Mi ancla ha encallado en el dolor!». Descubre además que su madre, Schôette, murió de pena al perder a su esposo Gandîn y a su hijo Gâlôes, y al no saber nada de Gahmuret.

Gahmuret decide entonces dejar de usar el emblema del Ancla (el símbolo del caballero errante) y retomar el Pantera de su padre, pues ahora es un rey con tierras y responsabilidades.

 

La Última Partida y la Muerte de Gahmuret

La paz dura poco. Llegan noticias de Oriente: el Bâruc de Bagdad, el señor al que Gahmuret debe lealtad, está siendo atacado por los hermanos Ipomidôn y Pompeius. A pesar de que Herzeloyde está embarazada, Gahmuret siente que su honor le obliga a partir.

Meses después, llega a la corte un mensajero con noticias devastadoras. Gahmuret ha muerto ante los muros de Bagdad. El mensajero explica que la muerte fue producto de una traición o una astucia: un caballero empapó su lanza en sangre de macho cabrío, la cual tiene el poder de ablandar el diamante (adamas). La lanza atravesó el casco de diamante de Gahmuret, hiriéndolo mortalmente en la cabeza.

Gahmuret murió confesando sus pecados y fue enterrado con honores imperiales en Bagdad. Su epitafio reza:

«Aquí yace Gahmuret de Anjou, quien perdió la vida por el Bâruc. Su valor no tuvo igual y murió como un caballero fiel.»

 

El Nacimiento de Parzival

Herzeloyde, al recibir la noticia, cae en un estado de desesperación absoluta. Casi muere de dolor, pero un anciano sabio logra reanimarla. Ella comprende que debe vivir por el hijo que lleva en su vientre, al que llama «su vida y la semilla de Gahmuret».

A las pocas semanas, nace un niño fuerte y hermoso. Ella misma lo amamanta, rechazando a cualquier nodriza, y lo llama con nombres de cariño: bon fîz, scher fîz, bêâ fîz (buen hijo, querido hijo, bello hijo). Decide entonces abandonar la corte y los lujos para proteger a su hijo de la caballería, la misma que le arrebató a su esposo.

 

La Infancia en la Soledad de Soltane

Tras la muerte de Gahmuret, la reina Herzeloyde se retira del mundo. Huye de sus propios reinos (Waleis y Norgals) para internarse en el desierto de Soltane. Su objetivo es radical: criar a su hijo lejos de la caballería para que no sufra el mismo destino que su padre.

Ordena a toda su gente que nadie pronuncie jamás las palabras «caballero» o «caballería». Parzival crece en el bosque, silvestre y puro, cazando pájaros con arcos que él mismo fabrica. Sin embargo, su noble naturaleza se manifiesta de forma instintiva: cuando mata a un pájaro y el canto cesa, el niño llora de una tristeza que no comprende, movido por la «dulzura» del canto que penetra en su corazón.

Herzeloyde, al ver que el canto de las aves despierta el espíritu del niño, ordena matarlas a todas. Pero Parzival le pregunta: «Madre, ¿qué les han hecho las pajaritas?». La reina, arrepentida, le explica entonces la existencia de Dios, describiéndolo como «más brillante que el día» y como aquel que ayuda al mundo, advirtiéndole que se aleje del «señor del infierno», que es negro e infiel.

 

El Encuentro con los «Dioses»

Un día, mientras Parzival caza en una ladera, escucha el estruendo de cascos de caballos. Aparecen tres caballeros armados, y luego un cuarto, el príncipe Karnahkarnanz, que persigue a unos raptores.

Parzival, al ver el brillo de las armaduras, los yelmos y las campanas de oro, recuerda las palabras de su madre y cae de rodillas gritando: «¡Ayúdame, Dios!». El niño cree que los caballeros son deidades por su resplandor. Karnahkarnanz, divertido por la ignorancia del joven «galés» (pues en la época se consideraba a los galeses toscos pero valientes), le explica: —»No soy Dios, soy un caballero».

Parzival, fascinado, empieza a tocar la armadura y pregunta: «¿Qué es caballero? ¿Quién da ese título?». El príncipe le responde que es el Rey Arturo quien otorga la orden de caballería. En ese instante, el destino de Parzival queda sellado: decide partir hacia la corte de Arturo.

 

La Tragedia de Herzeloyde

Parzival parte sobre un caballo viejo y flaco. Herzeloyde lo sigue con la mirada hasta que el bosque lo oculta. En ese momento, su corazón se rompe definitivamente. El texto dice que ella muere de puro dolor y amor, un sacrificio final por su hijo. Wolfram destaca que su muerte fue «leal» y que ella es una «raíz de bondad».

Parzival llega a un arroyo oscuro y, siguiendo el consejo de su madre, no lo cruza hasta encontrar un tramo claro. Al otro lado, descubre una tienda magnífica. Dentro, encuentra durmiendo a la duquesa Jeschute, esposa de Orilus de Lalander.

Recordando los consejos de su madre sobre los anillos y los besos, el joven Parzival —vestido de loco pero con una belleza divina— está a punto de causar un malentendido que tendrá graves consecuencias para la dama.

 

El amanecer tras el canto del vigía

El amanecer, tras el canto del vigía, lo divisó una dama allí donde, en secreto, yacía en los brazos de su noble amado.

Por ello, mucha de su alegría perdió. Sus ojos brillantes tuvieron que humedecerse de nuevo. Ella dijo: «¡Ay, día!

Lo salvaje y lo manso se alegran contigo y te ven de buen grado… salvo yo sola. ¡Qué será de mí! Ya no puede permanecer más aquí a mi lado mi amigo: tu brillo me lo arrebata».

El día, con fuerza, penetró por las ventanas. Aunque cerraron muchos cerrojos, de nada sirvió: por ello conocieron la angustia.

La amada estrechó al amigo con fuerza contra sí. Las lágrimas de sus ojos empaparon las mejillas de ambos. Así le dijo su boca:

«Dos corazones y un solo cuerpo tenemos; indivisible, nuestra fidelidad camina unida. De ese gran amor quedo despojada salvo cuando tú vienes a mí y yo voy a ti».

El hombre triste se despidió pronto de esta manera: sus pieles claras y suaves se acercaron más. Así apareció el día.

Ojos que lloran… ¡dulce beso de dama! Así supieron entrelazar sus bocas, sus pechos, sus brazos, sus blancas piernas.

Cualquier pintor que dibujara eso, tal como yacían juntos… con ello tendría suficiente. Aunque el amor de ambos cargaba con mucha pena, se entregaron al amor sin reserva alguna.

 

¡Ya es de día!

«—¡Ya es de día! Lo que bien puedo decir con verdad: no quiero quedarme más tiempo—».

«—La oscura noche 5 nos ha traído ahora, para mi dolor, el brillo de la mañana.

Si él debe separarse ahora de mí, mi amigo, este pesar me llega demasiado pronto:

bien sé que para él es igual, 10 a quien de buena gana escondería en mis ojos si pudiera así conservarlo.

Mi pena empieza a extenderse: ¡ay!, ¿cómo se marchará? Que la más alta paz lo conduzca de nuevo a mis brazos».

La buena mujer el cuerpo de su amigo estrechó con fuerza: él se había quedado dormido.

Cuando sucedió 5 que él divisó el gris del día, tuvo que entristecerse.

Contra su pecho la apretó y dijo: «Jamás conocí

ninguna despedida triste tan veloz. 10 La noche se nos ha ido demasiado rápido: ¿quién la midió tan corta?

El día no quiere detenerse. Si el amor tiene parte en la dicha, que me ayude para que pueda encontrarte de nuevo con alegría».

Ambos desearon que él la besara suficiente. Maldito fue el día.

Él se despidió, 5 como era debido entonces. Notad ahora cómo allí ocurrió un juego entre lamentos.

Ambos se habían dispuesto de tal forma, que nunca se estuvo tan cerca el uno del otro,

por lo cual el amor aún mantiene su gloria: 10 aunque tres soles brillaran con su luz, no podrían haber lucido entre ambos.

Él dijo: «Ahora debo cabalgar. Que tu bondad femenina cuide de mí y sea mi escudo hoy al partir, y de aquí en adelante en todo momento».

Sus ojos húmedos se mojaron aún más. También a él lo forzó el lamento: debía alejarse de ella.

Ella le dijo: 5 «Me despido de mi alegría; ella se aleja ahora de mí por completo.

Puesto que debo privarme de tu boca, que tantos saludos

me ofreció, y también de tu beso, 10 tal como tu elegida bondad te enseñó, y tu compañía y tu fidelidad:

¿a quién me vas a dejar? Vuelve pronto para mi consuelo. ¡Ay!, por eso no puedo moderar mi profunda angustia».

 

Sus garras (Sîne klâwen)

«—Sus garras han atravesado las nubes: ¡él asciende con gran fuerza!

Lo veo volverse gris, 5 diario, como cuando quiere amanecer: veo al día, que quiere arrebatarle

la compañía al noble hombre a quien dejé entrar durante la noche. Lo sacaré de aquí si puedo: 10 su mucha virtud me obliga a cumplirlo—».

«—¡Vigía, tú cantas lo que me quita muchas alegrías y aumenta mi lamento!

Traes noticias 5 que, para mi desgracia, nunca me agradan cada mañana frente al día.

¡Deberías callarlas por completo! Te lo ordeno por la fidelidad que me debes. Te recompensaré por ello según mis medios, 10 con tal de que mi compañero permanezca aquí—».

«—Él debe marcharse, rápido y sin demora. ¡Dale ahora la despedida, dulce mujer!

Deja que él te ame 5 en adelante de forma tan secreta que pueda conservar su honor y su vida.

Él se encomendó a mi lealtad para que yo lo sacara de aquí otra vez. Ya es de día: era de noche cuando, 10 entre abrazos contra tu pecho, tus besos me lo ganaron—».

«—Canta lo que te plazca, vigía, pero deja aquí a quien trajo amor y amor recibió.

Por tu estrépito 5 él y yo siempre nos hemos asustado. Aún no ha salido el lucero del alba sobre aquel que ha venido aquí por amor,

ni ha lucido por parte alguna la luz del día: tú me lo has arrebatado a menudo 10 de mis blancos brazos… pero nunca de mi corazón—».

Por los resplandores que el día lanzó a través de los cristales, y cuando el vigía cantó su advertencia,

ella tuvo que asustarse 5 por aquel que estaba allí con ella. Sus pechos contra el pecho de él estrechó;

el caballero no olvidó su valor (aunque el canto del vigía quiso disuadirlo). Despedida tras despedida, cada vez más cerca, 10 con besos y más cosas, el amor les dio su recompensa.

 

Desde las almenas

«—Desde las almenas quiero bajar, y dejar de cantar mi canción de alba.

Quienes se aman 5 en secreto, si es que quieren que su amor mantenga su prestigio:

que piensen mucho en las enseñanzas de aquel a quien su vida y su honor 10 están encomendados.

A quien me lo pidiera, en verdad yo le daría buenos consejos y mi ayuda manifiesta.

15 ¡Caballero, despierta, cuida de ti!—».

«—No quiero deshonrar la fidelidad de todos los vigías hacia el hombre noble.

Tú, señora, 5 no debes pensar en el dolor de la partida sino en la esperanza de que volverá.

No sería justo que quien cultiva el amor tuviera que cargar 10 con el peso de la delación.

Un verano trae lo que mi boca canta: «A través de las nubes penetra un resplandor que anuncia el día».

15 ¡Cuida de ti, despierta, dulce huésped!—».

Él tuvo que marcharse, pues de mala gana escuchaba los lamentos de ella. Entonces dijo su boca:

«A ningún hombre 5 el pesar le destruyó jamás tan por completo su hallazgo de alegría».

Por más que amanecía rápido, el que no conoce el miedo obtuvo de ella 10 que la angustia huyera de él.

Un acercamiento íntimo, un abrazo muy cercano, el presionar de sus pechos y aún más todavía, 15 dio paso a la despedida: su valor fue muy alto.

 

El lamento del amor oculto

El lamento del amor oculto lo cantaste tú siempre ante el día,

lo amargo después de lo dulce. Quien el amor y el saludo femenino 5 recibió de tal modo

que ambos debieron separarse… por más que tú les aconsejaras a ambos cuando salía

el lucero del alba: ¡vigía, calla!, 10 ¡no cantes más sobre eso!

Quien cultiva o alguna vez cultivó el yacer junto a su amor

sin ocultarse de los maledicientes: ese no necesita, por la mañana, 5 esforzarse en huir.

Él puede esperar al día. No hace falta escoltarlo fuera para salvar su vida:

una dulce esposa legítima 10 puede dar ese amor.

 

Una mujer bien puede permitirme

Una mujer bien puede permitirme que yo cuide de ella con fidelidad.

Yo lo deseo —y nunca ese deseo me ha sido negado—, mis ojos vuelan hacia allá.

5 ¿Cómo es que soy así, como una especie de búho?: ella ve mi corazón en la noche oscura.

Ella porta el saludo que socorre, el que puede hacerme rico en alegrías.

Por ello deberé servir siempre. Muy pronto despuntará aquel día

5 en que se deba reconocer mi alegría: pues milagros aún mayores han ocurrido.

Mirad ahora qué daño hace una cigüeña a los sembrados: pues menos daño me hacen a mí las mujeres.

No quiero cargar con su odio sobre mí. Aquella que ahora se porte con culpa

5 hacia mí… eso lo dejaré pasar. Ahora quiero cultivar mi cortesía.

 

Brote de flores, salida de las hojas

Brote de flores, salida de las hojas, y la brisa de mayo incita a los pájaros a su vieja melodía.

A veces yo sé cantar algo nuevo aunque caiga la escarcha, buena mujer, aun sin recibir tu recompensa.

5 Los cantores del bosque y su canto, pasada la mitad del verano, en ningún oído resonaron.

El resplandor de las flores brillantes debe ser aclarado por el rocío allí donde estén.

Los pájaros, los más claros y mejores, durante todo el tiempo de mayo acunan a sus crías con cantos.

5 Entonces no dormía el ruiseñor. Pero ahora soy yo quien vela y canta en el monte y en el valle.

Mi canto quiere buscar gracia en ti, mujer bondadosa: ayúdame ahora, pues la ayuda se ha hecho necesaria.

Que tu recompensa se digne aceptar el servicio que siempre pido y ofrezco hasta mi muerte.

5 Permíteme recibir de ti el consuelo para que sea liberado de mis largos lamentos.

Buena mujer, ¿podrá mi servicio lograr, si tu mandato protector quiere concederme alegrías,

que mi tristeza deba desaparecer 5 y que mi largo anhelo alcance en ti un final dichoso?

Tu comportamiento bondadoso me obligó a cantarte, ya sea breve o, si lo prefieres, largo.

Noble mujer, tu dulce bondad y tu amoroso enojo me han privado de mucha alegría.

¿Puedes consolar mi espíritu? 5 Pues una sola palabra de ayuda de tu parte me sanaría suavemente.

Pon fin a mis lamentos, de modo que pueda sentirme animado durante mis días.

 

Buena mujer, te pido amor

Buena mujer, te pido amor en parte por esto: ya que no puedo mandarte.

Dame tú esa ganancia 5 de que yo, gracias a ti, viva aún un día mejor y más querido.

Más rápida que yo, más salvaje que una fiera, puede tu ayuda escapar de mí. Si quieres pensar en la fidelidad, 10 mujer bendita, me darás un final dichoso.

Llevas un corazón tan firme para mi perdición. ¿Cómo podrá desaparecer esa actitud en ti?

A un halcón de muda, a un torzuelo, 5 no puede el pecho sentarle mejor de lo que a ti el tuyo.

Tu boca está hecha para el beso, tu saludo sonriente bien puede endulzarme 10 la amarga angustia. Así, tu amor tiene poder sobre mí.

¡Si pudiera alcanzar esa dicha que tan alta está marcada por encima de mi alegría!

Dios debe ablandar su corazón, 5 puesto que todavía no se ha conmovido por mi pesadumbre.

Se me ve muy rara vez alegre. Un pedernal ante los rayos del trueno podría yo haber implorado 10 en todo momento, para que su dureza cediera un poco.

Sus mejillas bien formadas están coloreadas como una rosa roja llena de rocío.

Esa belleza me place mucho: 5 está libre de toda mancha. Sus ojos me ponen en aprietos,

penetran hasta el fondo de mi corazón. Así me enciende su amor, que por su afecto ardo en llamas. 10 En ese mismo instante soy herido por la dulce mujer.

Su belleza produce alegría. De un rojo resplandeciente es su boca como un rubí.

A quien ella le ría de corazón, 5 su preocupación habrá muerto. Ella es el brillo radiante de mis ojos.

Su distancia enferma mi corazón; moriré si no obtengo su amor. La diosa Venus, 10 si aún viviera, tendría que haber palidecido a su lado.

Quiero darles las gracias a mis ojos porque la encontraron tan buena.

Aquella a quien amo en secreto 5 sin vacilar, ha elevado mi ánimo.

Eso lo logra su boca roja. Su risa encantadora bien puede infundirme 10 un alto espíritu. Por ello se me revela una gran alegría.

Wolfram von Eschenbach

TITUREL

Fragmento I

Cuando el fuerte Titurel aún podía valerse por sí mismo, se atrevió a guiarse a sí mismo y a los suyos en la batalla. Después, en su vejez, dijo: «Aprendo que debo dejar la lanza, algo que antes hacía con destreza y de buena gana.

Si pudiera portar armas», dijo el valiente, «el aire sería honrado por el estallido de la lanza en mi mano: las astillas darían sombra ante el sol. Mucho adorno hay en los yelmos nacido del filo de mi espada.

Si alguna vez recibí consuelo del alto amor, y si el poder de la dicha del dulce amor alguna vez obró en mí; si alguna vez recibí el saludo de una mujer amable, eso ahora se ha vuelto totalmente ajeno a mi cuerpo que suspira y se lamenta.

Mi dicha, mi castidad, mi constancia con juicio, y si mi mano alguna vez alcanzó gran renombre con dádivas o en la batalla, eso no puede corromper mi joven linaje: pues toda mi estirpe debe heredar siempre el amor verdadero con lealtad.

Sé bien que, a quien recibe una sonrisa femenina, la castidad y la constancia se le acercan siempre al corazón. Estas dos cosas no pueden separarse, sino solo con la muerte: de otro modo nadie puede extraviarlas.

Cuando recibí el Grial por el mensaje que el excelso ángel me envió con su alto poder, allí encontré escrita toda mi regla. Ese don nunca antes había pasado por manos humanas.

El señor del Grial debe ser casto y puro. ¡Ay, dulce hijo Frimutel!, no tengo más que a ti solo de mis hijos aquí para el Grial. Recibe ahora la corona del Grial y el Grial mismo, hijo mío de hermosa figura.

Hijo, en tu tiempo has ejercido con valentía el oficio del escudo. Tu consejo fue allí firme: debo retirarte de la caballería. Ahora defiéndete, hijo, tú solo: mi fuerza quiere huir de ambos.

Dios te ha provisto, hijo, de cinco nobles hijos: ellos son también aquí para el Grial un séquito muy bendito y digno. Anfortas y el veloz Trevrezent, puedo vivir para ver que su fama supere a cualquier otra fama de la tierra.

Tu hija Schoysiane encierra en su corazón tantas cosas buenas que el mundo goza de su bendición: Herzeloyde tiene la misma voluntad; la alabanza de Repanse de Schoye ninguna otra alabanza puede acallar».

Escucharon este discurso caballeros y damas. Se podía ver en los templarios el lamento de muchos corazones, a quienes él a menudo sacó de muchas penurias, cuando defendía el Grial caballerosamente con su mano y con la ayuda de ellos.

Así el fuerte Titurel se había vuelto débil, tanto por la gran vejez como por la molestia de la enfermedad. Frimutel poseyó entonces dignamente el Grial en Munsalvaesche: ese era el mayor deseo sobre el reino terrenal.

A este le nacieron dos hijas que por sus años ya estaban crecidas para el alto amor en los brazos de un amigo. El amor de Schoysiane fue pretendido por muchos reyes de muchas tierras; a uno de ellos, un príncipe, ella se concedió.

Kyot de Cataluña obtuvo a Schoysiane. Nunca se vio doncella más bella, ni antes ni después, bajo el sol o la luna. También él gozaba de muchas virtudes: su corazón nunca se cansó del gasto ni de la acción en pos del alto renombre.

Ella le fue llevada con honor y recibida ricamente. El rey Tampunteire, su hermano, vino también a Cataluña. Príncipes ricos e innumerables estaban allí: nunca se vio una fiesta tan costosa en muchos años.

Kyot, el señor de la tierra, había ganado fama con generosidad y también con valor: su acción era intachable dondequiera que se debiera luchar con ímpetu y también cabalgar con ornamentos hacia la justa por la recompensa de las mujeres.

Si algún príncipe amó más a una mujer, ¡qué delicia de corazón experimentó, tal como el amor lo quiso en ambos! ¡Ay de esto!, ahora se acerca su tristeza. Así termina el mundo: nuestra dulzura siempre debe amargar al final.

Su esposa, al tiempo debido, le concedió un hijo. ¡Que Dios me libre de tener en mi casa a un miembro del séquito que yo deba pagar tan caro! Mientras tenga juicio, tal cosa rara vez será deseada por mí.

La dulce Schoysiane, la clara y la constante, dio a luz al morir a una hija que tendría mucha bendición. En ella nació toda la honra virginal: poseía tanta lealtad que aún se habla de ella en muchas tierras.

Así el dolor del príncipe se mezcló con el amor: su joven hija vivía, su madre murió, eso le ocurrió con ambas. La muerte de Schoysiane le ayudó a perder las alegrías verdaderas y a ganar siempre más preocupaciones.

Entonces encomendaron a la dama con lamento a la tierra. Ella tuvo que ser aromatizada y embalsamada antes, pues hubo que esperar mucho con ella. Muchos reyes y príncipes acudieron al entierro desde todas partes.

El príncipe tenía su tierra de parte de Tampunteire, de su hermano el rey, a quien llamaban de Pelrapeire. Pidió que se la concedieran a su pequeña hija: él comenzó a renunciar a la espada, al yelmo y al escudo.

El duque Manfilot vio mucha pena en su noble hermano: aquello era un amargo espectáculo. Él también se apartó por dolor de la espada, de modo que ninguno de los dos deseó ya el alto amor ni la justa.

Sigune fue llamada la niña en el bautismo, que su padre Kyot había pagado con un precio caro: pues él perdió a su madre cuando ella nació. La que primero permitió que el Grial fuera portado fue Schoysiane.

El rey Tampunteire llevó a la pequeña Sigune con su hija. Cuando Kyot la besó, se vio mucho llanto. Condwiramurs estaba todavía al pecho. Las dos compañeras crecieron de modo que nunca se dijo que su fama disminuyera.

En ese mismo tiempo había muerto Kastis. Él también había obtenido a la clara Herzeloyde en Munsalvaesche. Entregó Kanvoleis a la dama, y Kingrivals: en ambos su cabeza portaba la corona ante los príncipes.

Kastis nunca tuvo a Herzeloyde como esposa (en el sentido carnal), ella que yacía en los brazos de Gahmuret con su cuerpo virginal: sin embargo, ella fue allí señora de dos tierras, la hija del dulce Frimutel, a quien enviaron allí desde Munsalvaesche.

Cuando Tampunteire murió y el claro Kardeiz portaba la corona en Brobarz, fue en el quinto año que Sigune fue retenida allí. Entonces tuvieron que separarse las dos jóvenes compañeras, no las ancianas.

La reina Herzeloyde pensó en Sigune: se esforzó con todo su juicio para que se la trajeran desde Brobarz. Condwiramurs comenzó a llorar, porque debía perder la compañía y el amor constante de ella.

La niña dijo: «Querido tío, ordéname conseguir mi cofre lleno de muñecas para cuando parta de aquí hacia mi tía: así estaré bien preparada para el viaje. Vive más de un caballero que todavía se obligará a mi servicio».

 

«¡Dichoso yo por tener una niña tan noble y tan sensata! Que Dios conceda a Cataluña gozar de ti por mucho tiempo como su excelsa señora. Mi preocupación duerme cuando tu dicha despierta. Si la Selva Negra estuviera en esta tierra, se convertiría toda en lanzas solo por ti».

Sigune, la hija de Kyot, creció así junto a su tía. Quien la veía, la prefería a ella antes que al resplandor de mayo entre las flores húmedas de rocío: de su corazón florecían la dicha y el honor. Dejen que su cuerpo crezca hasta los años de madurez y les contaré más de sus alabanzas.

Todo lo que en una mujer pura deba medirse como virtud plena, nada de ello faltaba, ni en el grosor de un cabello, en su muy dulce cuerpo; ella, fruto puro, totalmente diáfano y sin falsedad, hija de la noble Schoysiane, de igual naturaleza, joven, casta y pura.

Ahora debemos pensar también en la pura Herzeloyde. Ella no podía dañar su propia fama. Con verdad quiero referirme a la amada. Ella es el origen de todos los honores femeninos, y bien supo merecer que su alabanza se incrementara por todas las tierras.

La viuda virginal, la hija de Frimutel; quien en su juventud expresaba la alabanza de las damas, ninguna sonaba tan clara como la de ella. Su fama viajó lejos, por muchos reinos, hasta que su amor fue servido ante Kanvoleis con lanzas en fiero choque.

Escuchen ahora maravillas asombrosas sobre la doncella Sigune. Cuando sus pechos empezaron a formarse y su cabello rubio y rizado comenzó a oscurecerse, entonces se elevó en su corazón la altivez: empezó a volverse orgullosa y audaz, y sin embargo lo hacía con bondad femenina.

Cómo Gahmuret se separó de Belacane, y cuán dignamente obtuvo a la hermana de Schoysiane, y cómo se apartó de la Francesa, de eso quiero callar aquí, para contarles sobre el amor virginal.

A la francesa Amphlise le fue dejado un niño, nacido de linaje de príncipes y de tal estirpe que debía abstenerse de todo aquello que destruye la fama. Cuando todos los príncipes nacen, ninguno busca mejor el renombre que él.

Cuando Gahmuret recibió el escudo de manos de Amphlise, la noble reina le confió a este niño. Debemos alabar esto todavía: lo logró la verdadera dulzura del pequeño. Él será un señor en esta aventura; tengo razón al saludar a la infancia a través de él.

También viajó ese mismo niño con el Anjou allá a las tierras paganas, ante el baruc Ahkarin. Él lo trajo de vuelta a Gales desde allí. Donde los niños perciben la valentía, eso debe ayudarlos si alguna vez llegan a ser hombres.

Quiero nombrarles una parte del linaje del niño. Su abuelo (que se llamaba Gurnemanz de Graharz) sabía destrozar el hierro: eso practicaba en la justa con mucha fuerza. Su padre se llamaba Gurzgrî: él yació muerto por causa de Schoy de la kurte.

Mahaute se llamaba su madre, hermana de Ehkunat, el rico conde palatino, a quien llamaban el de la fuerte Berbester. Él mismo se llamaba Schionatulander. En su tiempo, nadie alcanzó tan alto renombre como él.

El hecho de que no nombrara al hijo del noble Gurzgrî antes que a la doncella Sigune se debió a que a la madre de ella la enviaron desde la custodia del puro Grial: su alta cuna y su estirpe de hermosa figura también la sitúan a ella en primer plano.

Toda la gente del Grial son los elegidos, siempre benditos aquí y allá, acampados en la fama constante. Pues bien, Sigune era también de esa misma semilla que fue sembrada desde Munsalvaesche hacia el mundo y que los afortunados recibieron.

Dondequiera que esa misma semilla fuera llevada desde aquella tierra, debía volverse fructífera y ser un escudo contra la deshonra; por ello Kanvoleis es conocida a lo lejos: en muchas lenguas fue siempre llamada la capital de la lealtad.

¡Dichosa tú, Kanvoleis!, ¡cómo se habla de tu constancia y del amor sincero que en ti ocurrió no demasiado tarde! El amor surgió temprano allí entre dos niños, y sucedió tan puramente que el mundo entero no podría encontrar turbiedad alguna en él.

El orgulloso Gahmuret crió a estos niños juntos en su cámara. Cuando Schionatulander aún no era fuerte en su juicio, fue sin embargo encerrado en la angustia del corazón por el amor de Sigune.

¡Ay de esto!, aún son demasiado jóvenes para tal angustia. Pues, donde el amor se prende en la juventud, allí dura más que en ningún sitio. Aunque la vejez se crea libre de amar, la juventud permanece en los lazos del amor; el amor no es despojado de sus fuerzas.

¡Ay, Amor!, ¿de qué sirve tu fuerza entre niños? Pues alguien que no tuviera ojos podría rastrearte, aunque caminara ciego. Amor, eres de muchísimas clases: todos los escribanos juntos no podrían terminar de describir tu naturaleza ni tu esencia.

Puesto que el monje auténtico en el amor y también el verdadero ermitaño son puestos a prueba, sus sentidos son obedientes, de modo que cumplen muchas cosas a duras penas. El amor somete al caballero bajo el yelmo: el amor es muy estrecho en su espacio.

El amor ha comprendido lo pequeño y lo ancho. El amor tiene su casa en la tierra: y en el cielo su compañía es pura ante Dios. El amor está en todas partes, excepto en el infierno. El fuerte amor flaquea en su fuerza si la duda y la vacilación son sus compañeras.

Sin vacilación y sin duda estaban ambos, la doncella Sigune y Schionatulander, con dolor: a ello se mezclaba un gran cariño. Les contaría muchas maravillas de su amor infantil, si no fuera porque se alarga.

Su recatada educación y la naturaleza de su linaje (nacieron de un amor puro) los obligaron a lo que les correspondía: a que ocultaran su amor secretamente en sus claros cuerpos, mientras por dentro sus corazones sufrían.

Schionatulander también podía ser sabio gracias a los muchos dulces mensajes que la reina francesa Amphlise enviaba secretamente al Anjou: él los conseguía y a menudo remediaba la angustia de ella; que ahora remedie también la suya propia.

Schionatulander se percataba muy a menudo, a través de su tío Gahmuret, de cuán bien sabía este hablar con sensatez y cómo sabía apartarse del pesar: de ello daban fe aquí muchos de la gente cristiana, tal como hacían allí los nobles paganos.

Todos los que practicaban el amor y se entregaban a él, escuchen ahora la preocupación virginal y la hombría con sus fatigas: de lo cual quiero contar la aventura a los hombres rectos que alguna vez sintieron la angustia del anhelo por el amor del corazón.

El dulce y valiente Schionatulander —mientras su compañía apenas le recordaba sus muchas preocupaciones— dijo entonces: «Sigune, tú que tanto ayudas, ayúdame ahora, dulce doncella, a salir de mis penas: así actuarás con socorro.

Duquesa de Cataluña, déjame gozar de tu favor: oigo decir que has nacido de una estirpe que nunca supo cansarse de ser generosa con su recompensa hacia quien por ellos recibió una angustia penosa; ejerce tu bendición en mí».

«Beas amis, habla ahora, bello amigo, qué quieres decir. Deja oír si con educación unes tu voluntad hacia mí de tal modo que tu petición lamentosa pueda lograr algo. Si no conoces bien la verdad, no debes precipitarte».

«Donde habita la gracia, allí se debe buscar. Dama, pido gracia: por tu propia gracia dígnate concedérmelo. La noble compañía sienta bien a los niños. Donde la verdadera gracia nunca tuvo nada que hacer, ¿quién podrá encontrarla allí?».

 

Ella dijo: «Debes manifestar tu pesar a través de consuelos allí donde se te pueda ayudar mejor que yo; de lo contrario, podrías pecar si pretendes que yo remedie tu aflicción: pues soy verdaderamente una huérfana de mis parientes, extranjera de mi tierra y de mi gente».

«Sé bien que eres gran señora de tierras y gentes. No deseo nada de eso, sino solo que tu corazón observe a través de tus ojos, de tal modo que tome en cuenta mi pesar. Ayúdame pronto, antes de que tu amor debilite mi corazón y mi alegría».

«Si alguien posee un amor tal que su amor es peligroso para un amigo tan querido como tú lo eres para mí, esa palabra impropia nunca será llamada «amor» por mí. Dios sabe bien que jamás conocí la pérdida ni la ganancia del amor.

Amor, ¿es un señor? ¿Puedes interpretarme al Amor? ¿Es una dama? Si el Amor viene a mí, ¿cómo debo acariciarlo? ¿Debo guardarlo junto a mis muñecas? ¿O vuela el Amor a disgusto hacia la mano desde la espesura? Yo sé bien cómo atraer al Amor».

«Dama, he oído decir a hombres y mujeres que el Amor puede tensar el arco contra el viejo y contra el joven de forma tan certera que dispara con fuerza mediante los pensamientos: hiere sin desviarse a lo que corre, se arrastra, vuela o fluye.

Sí, dulce doncella, antes conocía el amor solo por historias. El amor reside en los pensamientos: eso puedo ahora demostrarlo conmigo mismo; a ello lo obliga el amor constante. El amor me roba la alegría del corazón; no serviría ni para un ladrón».

«Schionatulander, a mí me fuerzan los pensamientos, cuando te pierdo de vista, a estar enferma de alegría, hasta que vuelvo a mirarte secretamente. Por ello no sufro una sola vez a la semana, sino que sucede con demasiada frecuencia».

«Entonces no hace falta, dulce doncella, que me preguntes por el amor: conocerás bien por ti misma, sin preguntas, la pérdida y la ganancia del amor. Mira ahora cómo el amor se transforma de alegría en preocupación: da al amor su derecho, antes de que el amor nos destruya el corazón a ambos».

Ella dijo: «¿Puede el amor deslizarse en los corazones de tal modo que ni el hombre, ni la mujer, ni la doncella con su rapidez puedan escapar de él? ¿Acaso sabe alguien qué venga el amor en gentes que nunca le causaron daño, para que así les rompa la alegría?».

«Sí, es poderoso sobre los necios y los sabios. Nadie vive tan hábil que pueda alabar plenamente sus maravillas. Ahora debemos ambos luchar por su ayuda con una amistad sin fisuras; el amor, con su inconstancia, no puede engañar a nadie».

«¡Ay!, ¡si el amor pudiera mostrar otra ayuda que no fuera entregar mi cuerpo libre a tu mando como si fuera propiedad! Tu juventud aún no me ha ganado por derecho. Debes servirme antes bajo el techo del escudo: queda advertido de ello».

«Dama, en cuanto pueda portar las armas con fuerza, desde ahora y en adelante mi cuerpo será visto en las dulces y amargas fatigas, de modo que mi servicio luche por tu ayuda. Nací para recibir tu ayuda: ayúdame ahora de modo que tenga éxito contigo».

Este fue el comienzo de su compañía con palabras, en los tiempos en que Pompeyo había convocado también su expedición militar con fuerza ante Bagdad, e Ipomidón el noble: de su ejército se quebraron muchas lanzas nuevas.

Gahmuret se puso en marcha hacia aquel destino secretamente con un solo escudo. Él tenía también una gran fuerza, sin duda alguna: pues poseía la corona de tres tierras. Así lo persiguió el amor hasta la muerte: la cual recibió de manos de Ipomidón.

Schionatulander estaba dolido por la partida, pues el amor de Sigune le impedía tener el ánimo alto y la alegría. Sin embargo, partió de allí con su pariente. Aquello fue la angustia del corazón de Sigune, y la de él: en ambos el amor tendió su emboscada.

El joven príncipe se despidió de la doncella secretamente. Dijo: «¡Ay!, ¿cómo podré vivir para que el amor me haga pronto rico en alegrías y me libre de la muerte? Deséame suerte, dulce doncella: debo partir lejos de ti hacia los paganos».

«Te quiero, fiel amigo: dime ahora, ¿es eso el amor? Así estaré yo siempre deseando el beneficio que nos procure a ambos una alta alegría. Arderán todas las aguas antes de que el amor muera por mi parte».

Mucho amor permaneció allí, el amor partió de allí. Nunca oyeron hablar de doncellas, de mujeres ni de hombres valientes que supieran amarse más de corazón. De ello se percató después Parzival junto a Sigune en el tilo.

Desde Kingrivals, el rey Gahmuret se separó ocultamente de parientes y hombres, de modo que su viaje les fue totalmente escondido. Pues había elegido para el viaje a veinte niños de alta cuna y ochenta pajes con hierro pero sin escudo.

Cinco hermosos corceles y mucho oro, piedras preciosas de Azagouc le siguieron en el viaje; su escudo estaba totalmente solo entre otros escudos. Por ello un escudo debía elegir compañeros, para que otro escudo le deseara suerte, si es que tal escudo pudiera sentir.

Su amor de corazón y el cariño de ella nunca se habían vuelto extraños por la costumbre. Ella, la reina, le entregó su camisa, de seda blanca, tal como tocaba su blancura. Tocaba algo de color moreno en su cadera: él la portó en el combate ante Bagdad.

Desde Norgals hacia España, hasta Sevilla se dirigió el hijo del valiente Gandín, quien hizo brotar mucha agua de los ojos cuando se supo cómo terminó su viaje. Su alta fama nunca será ajena ni a la gente bautizada ni a los paganos.

Esto lo digo con verdad, de ningún modo por suposición. Ahora debemos pensar también en el joven príncipe de Graswaldane, a quien Sigune, su casta amada, sometió: ella extrajo la alegría de su corazón, como la abeja extrae la dulzura de las flores.

Su amorosa enfermedad que portaba por el amor, la pérdida de su alto ánimo y el aumento de las preocupaciones forzaron al de Graharz a muchos sufrimientos: le habría sido más leve la muerte, como la de Gurzgrî a manos de Mabonagrín.

Si alguna vez se produce un encuentro con ímpetu por el estallido de lanzas rotas de su mano a través de los escudos, su cuerpo es sin embargo demasiado débil para esa fatiga: el fuerte amor lo debilita, y el hecho de que su pensamiento recuerde de forma inolvidable el amor carnal.

Cuando otros jóvenes caballeros en los campos y en las calles combatían y luchaban, él debía abandonar eso debido a la angustia del anhelo. El amor le enseñaba a estar enfermo de alegrías constantes. Donde los niños aprenden a ponerse de pie en las sillas, siempre deben primero gatear hasta allí.

Ahora déjenlo en los altos amores: así también debe él pensar cómo elevarse hacia la altura y cómo su fama duradera en la juventud y en la vejez puede destruir toda falsedad. Conozco al príncipe: si tuviera que aprender eso, se le enseñaría antes el salterio a un oso.

Schionatulander soportó muchas penurias ocultas antes de que el noble Gahmuret se diera cuenta, observando, de las preocupaciones manifiestas por las que su pariente más querido luchaba con pesar. Sufrió durante todas las lunas, según pasaba el tiempo, en invierno y en verano.

Por naturaleza heredada, su figura perfecta, su piel, los ojos claros, todo lo que allí se percibía, el brillo de su rostro, se apartó por necesidad de su esplendor diáfano. No lo forzó una vacilación inconstante, lo hizo un amor fuerte y completo.

El corazón de Gahmuret también estaba oprimido por el calor del amor: y su ardor le había chamuscado a veces su piel clara, de modo que podía estar turbia. Él había recibido una parte de la ayuda del amor, y conocía también sus horas de opresión.

 

Por muy astuto que sea el Amor, debe mostrarse: quien posea los ojos expertos y observadores del Amor, sabe que su fuerza no puede ocultarse. He oído decir que es también como una escuadra: diseña y teje con gran ingenio, mejor incluso que el encaje o el bordado.

Gahmuret se percató de la pesadumbre manifiesta, de que el joven delfín de Graswaldan estaba tan vacío de alegría. Lo llevó aparte, del camino al campo: «¿Cómo le va así al muchacho de Amphlise? Su tristeza me resulta desmedida.

Siento por tu dolor la misma responsabilidad que si fuera mío. Ni el emperador romano ni el almirante de todos los sarracenos podrían evitarlo con sus riquezas; cualquier cosa que te cause un pesar de suspiros, debe despojarme a mí también de mis alegrías».

Deben creer ahora al noble Anjou, pues él ayudaría de buena gana, si pudiera, al joven y anhelante delfín. Dijo: «¡Ay!, ¿por qué se ha apagado el brillo diáfano de tu rostro? El Amor se roba a sí mismo en ti.

Rastreo en ti al Amor: sus golpes son demasiado grandes. No debes ocultarme tu secreto, ya que somos parientes tan cercanos y ambos somos de la misma carne por linaje directo, más cercanos que de la madre que nació de la costilla robada.

¡Tú, origen del amor, savia fértil de la flor del amor! Ahora debo compadecerme de Amphlise, quien por su bondad femenina te me confió: ella te crió como si te hubiera dado a luz, y te tuvo en lugar de un hijo, por lo mucho que la quieres y siempre la quisiste.

Si me ocultas tu secreto, con ello queda herido mi corazón, que siempre fue el tuyo, y tu lealtad se habrá deshonrado si me escondes una angustia tan grande. No podría entonces confiar en tu constancia, al ver que te transformas de forma tan vacilante».

El niño dijo con preocupación: «Que mi esperanza sea entonces tu paz y tu favor, y que tu enojo no me oprima más. Por respeto oculté ante ti todo mi dolor: ahora debo nombrarte a Sigune, ella es quien ha triunfado sobre mi corazón.

Tú puedes, si quieres, aliviar esta carga insoportable. Acuérdate ahora de la francesa: si alguna vez compartí tus preocupaciones, líbrame de mi debilidad por ella. Un león dormido nunca fue tan pesado como mi pensamiento despierto.

También recuerda cuántos mares y tierras he recorrido por amor a ti, no por pobreza. Me he alejado de parientes y hombres, y de Amphlise, mi noble señora. Por todo ello debo recibir ahora tu favor: deja que se vea tu ayuda.

Tú bien puedes desatarme de estos lazos que me encierran. Si alguna vez llego a ser señor de un escudo bajo el yelmo y gano renombre en las tierras, si mi mano auxiliadora logra allí la gloria, mientras tanto sé mi protector, para que tu amparo me salve de la opresión de Sigune».

«¡Eh, muchacho débil!, ¡cuánta selva deberá desaparecer primero de tu mano en la justa antes de que alcances el amor de la duquesa! El amor noble se reparte por orden: el bendito y valiente lo obtiene antes que el cobarde rico.

Sin embargo, me alegro de la noticia de que tu corazón se eleve así. ¿Dónde hubo jamás un tronco de árbol cuyas ramas florecieran tan loablemente? ¡Ella, flor luminosa en la landa, en el bosque, en el campo! Si mi sobrina te ha sometido, ¡dichoso tú por tal amorosa noticia!

Schoysiane, su madre, era célebre porque Dios mismo y su arte crearon con voluntad su claridad: el brillo solar de Schoysiane lo tiene en ella Sigune, la hija de Kyot, así lo afirman quienes la conocen.

Kyot, el buscador de gloria en la dura batalla, el príncipe de Cataluña, antes de que la muerte de Schoysiane le arrebatara la alegría; a la hija de ambos saludo yo con verdad: Sigune, la victoriosa en el campo donde se eligen la castidad y la dulzura de las doncellas.

La que ha triunfado sobre ti, tú debes ganar su victoria con lealtad servicial en su amor. Tampoco quiero esperar más: traeré en tu ayuda a su noble tía. El esplendor de Sigune hará florecer tu color como flores radiantes».

Schionatulander comenzó a hablar así: «Ahora tu lealtad va a romper todos los lazos de mi preocupación, ya que con tu favor puedo amar a Sigune, quien desde hace mucho me roba la alegría y el sentido jovial».

Bien podía, o quería, Schionatulander confiar en recibir ayuda. Tampoco debemos olvidar la gran angustia que portaba la hija de Kyot y Schoysiane antes de recibir consuelo: ella tuvo que carecer de alegrías.

Cómo la princesa de Cataluña estaba sometida por el amor severo (así su pensamiento había luchado dolorosamente durante mucho tiempo, pues quería ocultárselo a su tía), la reina se dio cuenta con un sobresalto en el corazón de lo que Sigune sufría.

Tal como una rosa llena de rocío y toda húmeda de color rojo, así se pusieron sus ojos: su boca, todo su rostro sentía la angustia. Entonces su recato no pudo ocultar el amor cariñoso en su corazón: así sufría por el joven héroe.

Entonces dijo la reina con amor y lealtad: «¡Ay, fruto de Schoysiane!, ya cargaba yo antes con demasiados pesares por seguir al Anjou: ahora crece en mi pesadumbre una nueva espina, al ver tal sufrimiento en ti.

Dime qué te aflige respecto a tierras o gentes: ¿o acaso mi consuelo y el de mis otros parientes te resultan tan lejanos que su ayuda no puede alcanzarte? ¿A dónde se fue tu mirada solar? ¡Ay!, ¿quién la ha robado de tus mejillas?

Doncella desterrada, ahora debo compadecerme de tu destierro. Se me contará siempre entre las pobres, a pesar de las coronas de tres tierras, si no vivo para ver que tu pesar desaparezca y si no descubro con verdad la auténtica historia de toda tu preocupación».

«Entonces debo contarte con preocupación toda mi angustia. Si por ello me tienes en menos, tu educación pecará contra mí, pues no puedo separarme de este sentimiento. Déjame bajo tu favor, dulce amor: eso nos sienta bien a ambas.

Que Dios te lo pague: toda la ternura amorosa que una madre ofreció a su hijo, esa misma lealtad encuentro aquí de forma constante en ti, yo que estoy enferma de alegría. Me has aliviado bien de mi soledad: agradezco tu bondad femenina.

De tu consejo, de tu consuelo, de tu favor necesito a la vez, pues sufro el lamento de anhelar a un amigo, una angustia muy atormentadora que es inevitable: él encadena mis pensamientos salvajes, todo mi sentido está atado a él.

He perdido muchas tardes mirando por las ventanas sobre la landa, hacia el camino y hacia las praderas luminosas: él viene a mí demasiado raramente. Por ello mis ojos deben pagar caro el amor del amigo con llanto.

Luego voy de la ventana a las almenas: allí vigilo el este y el oeste, por si pudiera divisar al noble que desde hace mucho somete mi corazón. Se me puede contar bien entre las ancianas que sufren por amor, no entre las jóvenes.

Navego por un oleaje salvaje durante un tiempo: allí vigilo a lo lejos, a más de treinta millas, por si escuchara noticias que me aliviaran del pesar por mi joven y claro amigo.

¿A dónde se fue mi alegría juguetona? ¿O cómo se ha apartado así el alto ánimo de mi corazón? Un «ay» debe seguirnos ahora a ambos, pues yo sola querría sufrir por él. Sé bien que la preocupación del anhelo lo persigue hacia mí, aunque él sepa evitarme.

¡Ay de esto!, su llegada me resulta demasiado costosa, por quien a menudo me quedo fría y, después, es como si yaciera en un fuego de chispas; así me hace arder Schionatulander: su amor me da calor, como el Agremontin al gusano salamandra».

«¡Ay!», dijo la reina, «hablas como los sabios. ¿Quién te ha traicionado ante mí? Ahora temo que la francesa Amphlise haya vengado su enojo en mí: todas tus palabras sabias han sido dichas por su boca.

Ella crió a ese mismo niño desde que fue retirado del pecho. Si no dio por engaño el consejo que tan dolorosamente te ha conmovido, puedes tú ganar mucha alegría de él, y él de ti. Si le quieres, no permitas que tu cuerpo perfecto se consuma.

Ofrécele eso como honor, deja que vuelvan a aclararse tus ojos, tus mejillas, tu barbilla. ¿Cómo sienta eso a años tan jóvenes, si una piel tan radiante se apaga? Has mezclado demasiada preocupación en la alegría breve.

Si el joven delfín te ha privado de alegrías, él bien puede enriquecerte en ellas: mucha bendición y amor ha heredado de su padre y de la delfina Mahaute, que fue su madre, y de la reina Schoette, su tía.

Lamento que seas su amada demasiado pronto. Quieres heredar el pesar que Mahaute sintió por el delfín Gurzgrî. A menudo sus ojos descubrieron en él que mantenía la fama en muchas tierras, con el yelmo atado.

Schionatulander debe ascender en fama. Ha nacido de gente que no deja que su renombre decaiga: creció ancho de hombros y alto de estatura. Mantén ahora hacia él la alegría que consuela, y que él no permita que la preocupación te domine.

Por mucho que tu corazón ría bajo el pecho por ello, no me maravilla. ¡Cómo sabe él comportarse bajo el techo del escudo! Sobre él caerán más lágrimas de chispas que saltan de yelmos y filos donde se incrementa la lluvia de fuego.

Está diseñado para la justa: ¿quién podría haberlo medido tan bien? En el rostro de un hombre, respecto a la bondad femenina, nunca se olvidó menos en el fruto de una madre, según lo reconozco. Su mirada debe endulzar tus ojos: como pago, le mencionaré tu amor».

Allí el amor fue permitido y con amor sellado. Sin vacilación hacia el amor, el corazón de ambos fue incansable en amar. «¡Dichosa yo, tía!», dijo la duquesa, «¡que ahora, con permiso, amo así a mi caballero de Graharz ante todo el mundo!».

 

Fragmento II

Así permanecieron por poco tiempo: pronto escucharon, con una voz clara y dulce sobre el rastro sangriento de un animal herido, a un sabueso que venía cazando hacia ellos con grandes ladridos. El animal fue retenido por un momento: por ello, debido a mis amigos, sigo lamentándome.

Cuando oyeron el bosque resonar así con el estrépito, Schionatulander, que desde su infancia era conocido por ser de los más veloces (pues el puro Trevrizent corría y saltaba por delante de todos aquellos que practicaban el ejercicio de la caballería), se puso en marcha.

Él pensó: «Si alguien puede alcanzar al perro, que lo lleven piernas de caballero». Él va a vender su alegría y a recibir a cambio una tristeza constante. Saltó hacia la voz, como quien quiere capturar al sabueso.

Puesto que la presa fugitiva no quiso internarse en el bosque espeso, sino que pasó por delante del delfín, esto aumentará su fatiga: una tristeza futura le tocó en suerte. Él se ocultó en un matorral espeso: así llegó cazando, atado a su correa, el sabueso del príncipe.

Se le escapó de las manos al príncipe hacia las huellas ensangrentadas. Que nunca más le envíe un perro aquella que se lo envió al gran valiente, desde quien cazó hasta el orgulloso Grahardeiz, pues desde entonces se le acabó la alta alegría.

Cuando él irrumpió así por la espesura tras el rastro, su collar era una banda de Arabia tejida con gran firmeza, sobre la cual se veían piedras preciosas y brillantes: resplandecían por el bosque como el sol. Allí capturó no solo al sabueso.

Lo que atrapó junto al sabueso, dejen que se lo nombre: tuvo que conocer sin dudar un pesar forrado de fatiga, y siempre más grandes luchas tras la batalla. La correa del sabueso fue para él el origen de un tiempo de pérdida de alegrías.

Llevó el perro en el brazo a la clara Sigune. La correa tenía unas doce brazas de largo, hechas de seda trenzada de cuatro colores: amarillo, verde, rojo y marrón el cuarto; siempre donde terminaba un palmo estaba unida a la otra con belleza.

Sobre ella había anillos brillantes con perlas; entre cada anillo había la medida de un palmo, no debilitada por piedras, sino con cuatro hojas de cuatro colores del ancho de un dedo. Si alguna vez capturo un perro con tal correa, se quedará conmigo aunque suelte al animal.

Cuando se desdoblaba, entre los anillos, por fuera y por dentro, se veía una inscripción hecha con cosas preciosas. Escuchen la aventura, si lo permiten: con clavos de oro estaban las piedras firmemente remachadas a la correa.

De esmeraldas eran las letras, unidas con rubíes: diamantes, crisólitos y granates había allí. Nunca hubo perro mejor atado, y el perro mismo era muy valioso: bien pueden imaginar cuál de los dos tomaría yo, si me dieran a elegir entre el perro y la correa.

Sobre un samito verde, como el bosque en mayo, estaba cosida la banda del collar; muchas piedras de diversas clases estaban engastadas: una dama enseñó la inscripción. Gardeviaz se llamaba el perro: eso significa en alemán «Guarda el rastro».

La duquesa Sigune leyó el comienzo de la historia: «Aunque este sea el nombre de un sabueso, la palabra es apropiada para los nobles. El hombre y la mujer que guardan bien su rastro (su conducta), gozan aquí del favor del mundo y allí recibirán la bendición como recompensa».

Leyó más en el collar, pero aún no en la correa: «Quien sabe guardar bien su rastro, su fama nunca estará en venta: habita tan fortalecida en un corazón puro que ningún ojo la verá jamás en el mercado inconstante y vacilante».

El sabueso y la correa habían sido enviados a un príncipe por amor: quien lo envió era por linaje una joven reina coronada. Sigune leyó en las distinciones de la correa quién era la reina y quién el príncipe: ambos estaban allí identificados.

Ella había nacido en Kanadic, era hermana de Florie, aquella que dio su corazón, su pensamiento y su cuerpo como amada a Ilinot el Bretón; todo cuanto tenía, excepto el amor carnal: ella lo crió desde niño hasta su partida caballeresca y lo eligió por encima de todo beneficio.

Él también encontró su fin bajo el yelmo en pos del amor de ella. Si no rompiera mi cortesía, debería maldecir la mano que trajo la justa que le causó la muerte. Florie murió también por esa misma justa, aunque su cuerpo nunca se acercó a la punta de una lanza.

Ella dejó una hermana, que heredó su corona. Clauditte se llamaba la doncella: la castidad y su bondad le dieron como recompensa la alabanza de los extraños y de quienes la conocían. Por ello su fama fue proclamada en muchas tierras sin que nadie la pusiera en duda.

La duquesa leyó sobre la doncella en la correa. Los príncipes de su reino le pedían por juicio un señor. Ella convocó una corte en Beuframunde. Allí acudieron ricos y pobres innumerables: se le concedió su elección en aquel momento.

Al duque Ehkunat de Salvash Florie lo llevaba ella en su corazón desde antes; también lo eligió formalmente como su amado. Por ello el corazón de él estaba más alto que la corona de ella: Ehkunat alcanzó la meta de todos los príncipes, pues guardaba su rastro con gran belleza.

Su juventud lo obligaba, y también el derecho de su reino: puesto que se le concedió la elección, la doncella eligió dignamente. ¿Quieren conocer el nombre de su amigo en alemán? El duque Ehcunaver de la Selva Salvaje, así oí que lo llamaban.

Puesto que él se llamaba «de la selva», ella le envió hacia la selva este mensaje silvestre: el sabueso, que guardaba el rastro por bosques y campos como correspondía a su naturaleza. También decía la inscripción de la correa que ella misma quería guardar su rastro femenino.

Schionatulander, con un anzuelo de pluma, pescaba tímalos y truchas mientras ella leía, y sentía la falta de alegría que desde entonces rara vez lo dejaría estar alegre. La duquesa desató el nudo para leer la inscripción a lo largo de la correa.

Esta estaba firmemente atada al mástil de la tienda. Me pesa que ella la desatara: ¡ay, si se hubiera contenido! Gardeviaz se estiró con ímpetu antes de que la duquesa pudiera hablar sobre su comida: su intención era darle de comer.

Dos doncellas salieron corriendo de la tienda. Lamento las blancas manos de la duquesa: si la correa las desgarró, ¿qué puedo hacer yo? Estaba endurecida por las piedras. Gardeviaz dio un tirón y saltó veloz tras el rastro de la caza.

Él se le había escapado a Ehkunat aquel mismo día de la misma forma. Ella llamó a las doncellas: estas habían traído la comida del sabueso y corrieron de vuelta a la tienda muy rápido. Pero él ya se había escabullido entre los vientos; pronto se le oyó en el bosque.

Él arrancó incluso una parte de los vientos (lazos) de las estacas. Cuando volvió a encontrarse en el rastro fresco y sangriento, no se ocultó; cazaba muy abiertamente y nada oculto. Por ello, el hijo del noble Gurzgri tuvo que sufrir después muchas penurias.

Schionatulander pescaba peces grandes y pequeños con el anzuelo, allí donde estaba con sus blancas piernas desnudas en el arroyo claro y rápido por el frescor. Entonces oyó la voz de Gardeviaz: resonó para su desgracia.

Tiró el anzuelo de la mano y corrió con rapidez. Sobre troncos caídos y entre zarzas; con todo, no lograba acercarse al sabueso: el terreno difícil lo había alejado tanto que no percibía ni rastro ni perro, y también el oído se le confundía por el viento.

Sus piernas desnudas quedaron arañadas por las zarzas: sus pies blancos también sufrieron algunas heridas por las ramas durante la carrera. Se le veía más herido que al animal que antes había sido flechado: mandó lavarse las heridas antes de entrar en la tienda. Allí encontró a Sigune.

En el interior de sus manos, estaban como si hubieran sido cubiertas de escarcha gris, como la mano de un justador a quien se le desliza la lanza por el contraataque, que desgarra al rozar la piel desnuda. Exactamente así había pasado la correa por la mano de la duquesa.

Él vio muchas heridas en las piernas y pies de ella: ella se lamentaba por él, y él por ella. Ahora la historia va a perder su dulzura, cuando la duquesa comenzó a hablarle sobre lo escrito en la correa: esa pérdida quebrará ahora muchas lanzas.

Él dijo: «Nunca supe de correas con inscripciones. Conozco bien los libros de cartas en francés: ese arte no lo he perdido, allí leería lo que estuviera escrito. Sigune, dulce doncella, que no te importe nada la inscripción de la correa».

Ella dijo: «Allí estaba escrita una aventura en la cuerda: si no termino de leerla hasta el final, no me importa perder mi tierra de Cataluña. Cualquier riqueza que alguien pudiera ofrecerme, y aunque yo fuera digna de recibirla, la daría por dedicarme a esa inscripción.

Digo esto, noble amigo, sin engaño hacia ti ni hacia nadie. Si ambos viviéramos siendo jóvenes hasta el tiempo de nuestros años futuros, de modo que tu servicio pretendiera mi amor, antes debes recuperarme la correa a la que Gardeviaz estaba atado».

Él dijo: «Entonces buscaré esa correa con gusto. Si hay que recuperarla con lucha, allí tendré que perder la vida o la fama, o te la traeré de vuelta a tus manos. Sé clemente, dulce doncella, y no mantengas mi corazón tanto tiempo en tus cadenas».

«La gracia y todo lo que una doncella deba cumplir jamás hacia su noble y claro amigo, lo haré yo, y nadie podrá impedírmelo, si tu voluntad lucha por la correa que el sabueso llevaba en el rastro, el que tú me trajiste capturado».

«Por ello mi servicio luchará siempre con constancia. Ofreces una gran recompensa: ¿cómo viviré el tiempo necesario para que mi mano logre conservar tu favor? Se intentará cerca y lejos: que la suerte y tu amor me guíen».

Así se habían consolado el uno al otro con palabras y también con buena voluntad. ¡El comienzo de tanto pesar, cómo se vio entorpecido! Eso lo sabrán bien el joven y el anciano, por el mensajero valiente (Schionatulander), si es que flota o se hunde en la fama.

 

 

WILLEHALM

Willehalm: la Gesta

Sin falsedad, tú, el Puro, tú, Tres y sin embargo Uno, Creador sobre toda creación, sin principio permanece tu fuerza constante y sin fin. Si ella aleja de mí los pensamientos que están perdidos, entonces tú eres el Padre y yo soy el hijo. Noble Excelso sobre toda nobleza, deja que tu virtud se duela y dirige tu misericordia hacia donde yo, Señor, actúe mal contra ti. No permitas, Señor, que pase por alto cuánta bendición me ha ocurrido y cuánta alegría infinita. Tu hijo y tu linaje soy yo por destino, yo pobre y tú muy rico. Tu humanidad me otorga parentesco; tu divinidad me reconoce sin disputa como un hijo cuando el Padrenuestro me nombra. Así, el bautismo me da un consuelo que me ha librado de la duda: tengo el sentido de la fe de que soy tu homónimo: Sabiduría sobre toda astucia, tú eres Cristo, así yo soy cristiano. Tu altura y tu anchura, tu profundidad dispuesta…

Nunca fueron medidas hasta el fin. También corre en tus manos el apresurarse de las siete estrellas, de modo que el cielo las vuelve a acoger. El aire, el agua, el fuego y la tierra habitan totalmente en tu valor. A tu mandato todo obedece, lo que anda por ahí salvaje o domesticado. También tu poder divino ha medido y distinguido el día claro de la noche oscura con el doble curso del sol. Jamás habrá, ni hubo, nadie igual a ti. La fuerza de todas las piedras y el poder de las plantas los conoces hasta el fondo. El tono y la palabra de la escritura correcta han sido fortalecidos por tu espíritu. Mi sentido te percibe poderoso: de lo que está escrito en los libros, he quedado ignorante. No he aprendido de otra manera: si tengo arte, es mi juicio el que me lo da. Que la ayuda de tu bondad envíe a mi ánimo un sentido sabio y libre, que en tu nombre alabe a un caballero que nunca te olvidó. Siempre que él mereció tu enojo con cosas pecaminosas, tu misericordia supo llevarlo…

A las obras en que su hombría estaba dispuesta al cambio por tu gracia. Tu ayuda lo sacó a menudo del peligro. Él puso en riesgo ambas muertes, la del alma y la del cuerpo, por el amor de una mujer; por ello a menudo sufrió angustia de corazón. El landgrave Herman de Turingia me dio a conocer esta historia sobre él. En francés es llamado el conde Guillermo de Orange. Que cada caballero esté seguro de que, si busca su ayuda en la angustia, nunca le será negada, si presenta esa misma necesidad ante Dios. El mensajero valiente y noble reconoce bien el pesar de los caballeros. Él mismo estuvo a menudo revestido de hierro. Su mano conoció bien la correa que ataba el yelmo a la cabeza a costa de su vida. Él fue un blanco de la justa: a menudo se le vio entre enemigos. El escudo de noble estirpe era su techo. Se oye decir en Francia, a quien supiera observar su linaje, que este se alzaba sobre todo el reino igualando el poder de los príncipes. Sus parientes fueron siempre los más altos. Excepto por el emperador Carlos, nunca…

Nació un francés tan noble: por ello fue y es elegida su fama. Tú tienes y tuviste dignidad, Auxiliador, cuando tu pureza luchó con humildad ante la mano más alta, de modo que ella te hizo conocer su ayuda. Auxiliador, ayúdalo a él y también a mí, que confiamos plenamente en tu ayuda, ya que las historias verdaderas nos dicen que fuiste príncipe aquí en la tierra: lo mismo eres allá. Que tu bondad reciba mis palabras, señor san Guillermo. El clamor de mi boca pecaminosa invoca tu santidad: puesto que estás libre de todas las cadenas del infierno, protégeme también a mí de la deshonra. Yo, Wolfram von Eschenbach, de lo que hablé sobre Parzival según me guio su aventura, algunos hombres lo alabaron: hubo también muchos que lo despreciaron y prefirieron mejorar su propio discurso. Si Dios me concede tantos días, contaré mi lamento y el de otros que con lealtad cuidaron de mujeres y hombres desde que Jesús fue sumergido en el Jordán por el bautismo. No es fácil igualar…

A ninguna lengua alemana con la que ahora me refiero, su final y su comienzo. Quien quiera amar la dignidad, que deje entrar esta aventura en su casa junto al fuego: ella viaja aquí con los huéspedes. Los mejores franceses han dado su consentimiento en que nunca se hizo un discurso más dulce con dignidad y también con verdad. Ni el apoyo ni la mediación falsificaron jamás este relato: así lo afirman allá, escúchenlo ahora también aquí. Esta historia es verdadera, aunque maravillosa. El conde Enrique de Narbona desheredó a todos sus hijos, de modo que no les dejó ni castillo ni hacienda, ni ninguna de sus riquezas en la tierra. Un hombre suyo luchó tanto a su lado que perdió la vida por él: a su hijo, el conde lo eligió como hijo propio. También lo había apadrinado en el bautismo por lealtad. Pidió a sus hijos que partieran y aumentaran ellos mismos su riqueza en las tierras donde pudieran: si servían para el servicio y la suerte les ponía metas correctas, obtendrían mucha recompensa de los poderosos.

«Si quieren dar fruto a su vida, las mujeres nobles ofrecen una alta recompensa: también encontrarán en algún lugar al hombre que sabe recompensar bien el servicio con feudos y con otros bienes. Hacia las mujeres, con alto ánimo, deben dirigir sus sentidos y comprometerse con su ayuda. El emperador Carlos tiene mucha virtud: pongan sus cuerpos fuertes y su bella juventud a su mandato. Solo una gran necesidad le impediría enriquecerlos siempre más: su corte posee su honor. Deben estar dispuestos a servirle: él reconocerá bien su nobleza». Esta era su voluntad y lo que les pedía: así se separaron de su padre. Déjenme nombrarles a los héroes para que se dignen conocerlos. Uno era Guillermo, el otro Bertram. Así se llamaba su tercer hijo: el claro y dulce Buvon. Enrique se llamaba el cuarto, cuya virtud adornaba muchas tierras. Arnaldo y Bernardo tuvieron que partir en el mismo viaje. El séptimo se llamaba Guiberto: él era también cortesano y valioso.

Cuánta preocupación sufrieron, y también cuánta alegría recuperaron, y cómo su habilidad varonil ganó con caballería el amor de las mujeres y el favor de sus corazones, y a menudo pasaron los días de modo que se les veía en alta fama. Poco descanso y gran fatiga conocieron los héroes desde entonces. Por la fama fueron enviados. Sobre el servicio de los otros y sobre su viaje quiero ahora ahorrar mis palabras, y centrarme en aquel a quien la aventura quiere referirse. Guillermo era su nombre. ¡Ay, que no se le dejara en la herencia de su padre! Si ahora este perece, hay en ello más pecado que el que obtuvo de limosna su muerto Enrique: creo que pesa de forma desigual. Ya habrán oído antes (no hace falta que les llegue como novedad) cómo se desarrolló aquel servicio por el que muchos corazones nobles huyeron de la alegría. Guillermo obtuvo a Arabel, por la cual murió gente inocente. El amor le cumplió lo que antes le prometió: ella, Guiburc, se dejó bautizar.

¡Cuánto ejército lo pagó con la muerte! Su marido, el rey Tíbalt, lamentaba la pérdida del amor por ella: la pérdida de alegría lanzó con fuerza su corazón al pesar. Él lamentaba el honor y a la mujer, además de castillos y tierras. Su lamento se conoció con dolor hasta la India exterior. Provenza, por aquí y por allá, conoció desde entonces el pesar. El flujo de las olas del mar no puede cargar a tantos como la gente que por ello fue muerta. Ahora creció la riqueza de la preocupación donde antes estaba dispuesta la ganancia de la alegría: esta fue pisoteada y atropellada con verdaderas costumbres de dolor: de la fortuna lo tomaron, y todavía tienen la semilla de la alegría el linaje de los franceses. El deleite de la gentilidad también pereció por la fuerza del pesar. El margrave Guillermo obtuvo lo que él declaró como alta bendición: lo que sucedió entre tanto desde entonces, lo callaré de ambos, de los bautizados y de los paganos, y contaré el regreso del ejército. Eso lo trajo el rey Terramer…

Por el mar en un momento, en quillas y en naves de tres mástiles, en galeras y en cocas. Quien quiera jactarse de haber visto un ejército más grande, eso rara vez le ha ocurrido desde entonces. Había convocado a parientes y hombres. A su dios más amado, Mahoma, y a sus otros dioses, les mostró a menudo mucha honra con sacrificios, y les lamentó también muy seriamente por Arabel, que se llamaba Guiburc, y que con el bautismo se había vuelto esquiva a muchos ojos por la orden cristiana. La noble reina, por el amor de un amigo querido y por el amor de la mano más alta, hizo que la vida cristiana fuera conocida en ella. Terramer era su padre: pidió ayuda a su hermano Arofel y al fuerte Halzebier. Esos dos trajeron en su ayuda muchas galeras: bien lo habían pensado. La riqueza de Terramer era poderosa, ancha y larga, y otros reyes recibían su corona de su mano como recompensa por vasallaje…

Y le rendían servicio. Los príncipes de su reino acudieron poderosamente, aquellos a quienes él quiso mandar. También acudieron por su paga muchos hombres belicosos. ¡Cuántos miles obtuvo de los nobles sarracenos! A los que llamaba suyos, los cuento de esta manera: cubría montes y valles cuando se vio llegar a los nobles desde las naves a tierra por causa del rey Tíbalt; lo cual pagaron muchos hombres bautizados en el llano de Alischanz. Allí se realizó tal caballería que, si se le da la palabra correcta, bien puede llamarse en verdad asesinato. Dondequiera que se golpeaba o se pinchaba, de lo que hablé antes, se aterrizó más cerca de lo que se terminó con la muerte: esto no cuenta sino como morir y perecer en las alegrías. Allí se tomó poca seguridad ante quien vencía al otro, a quien sin embargo se había rescatado caro: este era el consuelo en ambos lados…

Nada más que defensa varonil. El ejército del rey Terramer y los parientes de Guillermo pusieron firmemente en riesgo tanto el hallazgo como la pérdida. Entonces su deseo varonil aconsejó al noble rey Tíbalt que cabalgara con poder en pos del amor y de la tierra: su pérdida y su deshonra quería vengarlas con gusto. ¿Qué más puedo decir ahora, sino que su suegro Terramer le trajo a muchos reyes excelsos, ricos y conocidos como varoniles? Mahoma y Tervigante fueron invocados a menudo antes de que se produjera esta lucha. Terramer actuó sin mesura, pues no le bastaba con lo que a su hija le parecía mucho. Quiero hablar con juicio: si mi hija eligiera a alguien como amigo, de mala gana perdería yo a ese como amigo. Guillermo Ehkurneis (Nariz Corta) era un francés tan valioso que todavía una mujer lo necesitaría bien si pusiera un cuerpo tan selecto bajo su mando por amor: su suegro lo odiaba sin motivo.

Ahora debe rodar como pueda: alguna vez el día del alto ánimo apareció después con la llegada de alegrías. Terramer decidió dirigirse a Alischanz, donde su ejército aprendió una lucha de la que nunca más volvió a estar alegre. ¿Cómo hizo el hombre sabio tal cosa? Eran parientes suyos por igual, Guillermo, el rico en alabanza, y Tíbalt, el marido de Arabel, por quien obtuvo dolor de corazón por el pesar tras su hermano y tras muchos nobles sarracenos que entregó a la muerte como tributo. Un corazón que hubiera crecido del pedernal en el trueno se dolería con estas historias. Al campo de Alischanz llegaron muchos escudos nuevos e íntegros que quedaron agujereados por la lucha. El ejército de Terramer necesitó de lo ancho y lo largo cuando, al salir de las naves del mar, cada uno cabalgó hacia su tropa, de la que cuidaba por caballería. Antes de que se golpeara o se pinchara, hubo estrépito de trompetas y también de muchos tambores. La dulzura de Guiburc se les volvió amarga…

A los paganos y a la cristiandad. Ahora debo anunciar el dolor de la buena gente con el relato verdadero, en su día del juicio. En Alischanz se mostró, ante la travesía de Terramer, que se vio con defensa varonil al ejército del margrave Guillermo, el puñado de hombres que pudo tener. No habrían querido dejarlo: una parte de su linaje había acudido a él, y también aquellos que habían recibido fuertes servicios de su mano, en los que no encontró sino lealtad. Entonces cabalgaban junto a su estandarte Witschart y Gerardo de Blavi, y el conde palatino Bertram, que nunca permitió que la cobardía entrara bajo su pecho en su corazón (eso quedó bien claro en Alischanz); y el claro Viviano: yo sería para siempre un ganso en lealtad consciente si no me doliera por él. ¡Ay, que sus años jóvenes, sin vello en la boca, terminaran con la muerte! Su linaje quedó desolado de alta alegría por ello: lo hicieron con razón.

¡Ay, Enrique de Narbona!, el servicio de tu hijo recibió como recompensa de pesar el amor de Guiburc. Cualquier favor que ella le concediera, fue pagado caro, de modo que la noble también sufrió preocupaciones femeninas. En la tierra apareció un día de pérdida y en el cielo un nuevo resplandor especial cuando muchos huéspedes nobles volaron con ángeles al cielo. Su bendición poco los engañó a los que lucharon por Guillermo y a los que vinieron con costumbres varoniles; dejen que nombre a más. Si la dignidad es excelsa por la fama y si la fama es la dignidad, una de las dos es tan ancha que por ella la suerte se vuelve completa. El borgoñón Gwigrimanz y el sobrino del margrave, Mile, estos dos príncipes entraron en Orange. De los nobles debe haber todavía más: me refiero al claro Jozeranz y a Huwesen de Meilanz. Estos cuatro tuvieron aquí la fama y están ahora allá en el paraíso. ¡Ay, Guiburc, dulce mujer!, con daño fue ganado tu cuerpo.

Gaudín el Moreno también llegó allí, y Kyblín con el cabello blanco, y también de Tolosa, Gaudiers, y Hunas de Saintes. Si me creen, quiero adornar esta historia con estos cuatro. Ellos tenían sobre la meta del deseo tanta de la alta dignidad: quien de entre ellos portaba menos fama, tenía sin embargo suficiente de tres tierras toda la gente. Aquel día separó a las mujeres de la alegría, si conocían el amor: me refiero a las que enviaron allí su escudo de alegría a cambio de lamento. Si el amor es verdadera lealtad, entonces la muerte de muchos héroes allí ganó para las mujeres en casa la angustia del pesar. No puedo nombrarlos a todos los que acudieron aquí belicosamente al margrave. El pobre y el rico están ambos nombrados en la cuenta: eran conocidos por veinte mil cuando se agruparon; poco escatimaron a los paganos. Provenzales y borgoñones y verdaderos franceses habría deseado él tener más cuando cabalgó el turno de los dañados.

 

 

 

La Batalla de Alischanz: El Choque de dos Mundos

El margrave invicto. Así se me contó de él, cómo vio apostados a los paganos. Bajo muchos techos de samito, bajo muchas telas de seda brillantemente pintadas: de cendal eran por dentro sus cabañas y sus tiendas, levantadas en el campo de Alischanz con cuerdas de seda. Sus estandartes resplandecían con cortes preciosos y extranjeros, según la costumbre de la caballería. Allí brillaban tales maravillas que, ¡ay!, poco puedo yo describirlas con una cuenta detallada. En la anchura del campo, cuando quiero examinar sus tiendas, no se pueden ver tantas estrellas a través del aire. No me jacto de otra cosa sino de lo que la aventura me dicta. Entonces se hizo saber a la gentilidad que llegaban los bautizados, los que compraban su asiento en el cielo. El margrave, rico en valor, exhortaba con audacia a su linaje y a su hombría, por Dios y por la justicia, y sus sentidos belicosos por el amor de dos clases:

En la tierra aquí por la recompensa de las mujeres, y en el cielo por el canto de los ángeles. «Héroes, deben recordar, y no permitan que los paganos debiliten nuestra fe, ellos que querrían robarnos el bautismo si pudieran. Vean ahora para qué servimos si abandonáramos tal bendición que protegemos con la cruz. Pues desde que se ofreció en forma de cruz, Jesús de Nazaret, tu muerte, de ella han huido los malos espíritus para siempre. Héroes, deben fijarse en esto: portan las armas de la muerte de Aquel que nos libró del infierno: Él viene bien para nuestro consuelo. Defiendan ahora el honor y la tierra, para que Apolo y Tervigante y el engañoso Mahoma no pisoteen nuestro bautismo». El margrave Guillermo y los bautizados oyeron el clamor de muchas trompetas. Entonces había subido a su caballo con todos los suyos, suceda lo que suceda, el rey de Falfundé, el fuerte y valiente Halzebier. A muchos orgullosos mercenarios

Y a muchos nobles jefes conducía: a ellos los poseía el valor; puesto que se llamaban príncipes, querían hacer valer su fuerza y su nobleza, para que la fama estuviera dispuesta para ellos ante el flujo de otro ejército. Muchos príncipes de alto ánimo llegaron allí cabalgando con sus tropas, los que luchaban por Halzebier. En su ayuda estaban destinados treinta mil combatientes reconocidos, sargentos y caballeros. Halzebier llegó con fuerza. En aquel mismo momento del comienzo de la batalla, sus turcopolos se encargaban de los que estaban allí dispersos. Aunque habían tensado con maestría muchos arcos fuertes, sus disparos y sus tensares, sus fintas y sus huidas, les fueron bien pagados, pues los bautizados debían y tenían que ofrecer resistencia. Los paganos se consultaron: se decidió su grito de guerra, todos gritaban «¡Tervigante!». Ese era uno de sus dioses valiosos: cumplían de buena gana su mandato.

«¡Monjoie!» era el grito de los bautizados, a quienes Dios destinó allí a su servicio. Aquí la estocada, allá el golpe: aquel caía sentado, este yacía. Los que en ambos bandos eran aptos para la lucha estaban estrechamente entrelazados. Entonces comenzó la caída de los caballos a la tierra. De los nobles paganos yacían allí muchos cientos muertos. Los bautizados sufrieron penurias antes de romper las filas. Los paganos se vengaron varonilmente y sin vacilar. Eso fue lamentado con pesar por los soldados de Dios. Si yo tuviera que describir sus adornos de rica gala, tal como cabalgaban los que luchaban contra los bautizados, tendría que nombrar muchas tierras y telas preciosas enviadas por mujeres por amor con ingenio sutil. Los paganos llevaban sobrevestes, como todavía muchas amigas dan a sus amados por adorno. Hacia la fama eterna se esforzaban los bautizados: mientras vivieron,

Los paganos sufrieron daños y los bautizados obtuvieron pérdida y pesar. Nunca se vio el verano luminoso con tantos colores, por muchas flores extranjeras que el mayo nos trajera: muchas tropas cabalgaban allí adornadas con flores, con los colores de la landa. Ahora pienso con dolor si su dios Tervigante los habrá destinado al infierno. Difícilmente podían encontrar a un hombre entre cien que llevara una loriga de mallas: por ello su aspecto brillante fue destrozado con violencia. Eran generosos con sus vidas: donde se les golpeaba sin escudo, allí las espadas se sentían de tal modo que muchos nobles paganos se convirtieron en la alfombra de los caballos. Con las espadas no se escatimaban sus altos tocados blancos como la nieve: debajo, sin armadura alguna, había muchas cabezas nobles que fueron silenciadas por la muerte. También ellos causaban con mazas tales chichones a través de los yelmos que, entre la gente de los bautizados, muchos se despidieron de la vida.

Pinel hijo de Cator, que en todo momento estaba al frente donde se rompían las cargas, de su mano se oyeron muchos golpes valientes antes de que el héroe yaciera muerto por la mano del margrave, por lo cual toda la tierra pagana fue privada de alegría. Aquel era un pagano noble. La lucha se volvió amarga en ambos lados. El margrave también mató a un jefe (que era muy rico) rápidamente y de forma caballeresca. Él todavía no quería agruparse. Terramer llegó montado en un caballo llamado Brahane: entonces se dirigió hacia el llano, quería intervenir en el combate. Temía que le deshonrara si se retiraba de la lucha. Su hombría le enseñó: realizó una justa dañina por la cual el noble Mile yació muerto ante Terramer, a quien los franceses lamentaron amargamente hasta su fin, ellos que allí ganaron muchas preocupaciones. Terramer volvió a cabalgar hacia su gran círculo de tropas.

Rala se volvió entonces la tropa de los paganos: en contra, de vuelta, hacia aquí y allá fue atravesado el ejército de Halzebier con costumbres varoniles, del valiente y del fuerte. No se podrían cargar en una barca tantos estandartes como los que los bautizados veían ondear al viento contra ellos sobre la fuerza del ejército. Entonces llegó una caballería descansada en ese mismo momento hacia la batalla con muchas grandes tropas separadas. Las conducía un hombre a quien nunca le pesó la lucha ni la acción caballeresca. Su dignidad todavía tiene seguidores por el modo en que buscó la fama caballeresca: se llamaba Noupatrís: tenía juventud y un aspecto radiante. En Oraste Gentesín portaba corona: era su tierra. Allí lo había impulsado y enviado el amor de las mujeres: su corazón y su sentido luchaban por la recompensa femenina. Una corona de rubíes había sobre su yelmo brillante: claro como el cristal de un espejo era el resplandor del yelmo descubierto. Contra él salió Viviano,

El hijo de la hermana del margrave: él también sabía actuar con dignidad. Así estaba protegida su clara juventud: ningún punto de su virtud era mohoso ni marchito, pues la reina Guiburc lo crió desde niño y le aconsejó de tal modo que su corazón nunca se apartó de la fama ilustre. El joven y sabio vio venir hacia él orgullosamente a aquel de cuya justa se oyó lamento y angustia de corazón. Ambos buscaban la muerte. Yo soy uno de los que, dondequiera que se cuente, lamenta su muerte con lealtad; la de este por la fama y por el bautismo; y la de aquel por el trato constante: su juventud anhelaba mucha fama, pues su corazón lo protegía con muchos deseos caballerescos. Su lanza era de caña y el hierro afilado y ancho. Con una carga completa cabalgó el pagano por delante de los suyos. Entre todos los sarracenos no había ningún estandarte tan bueno como el que el rey de alto ánimo portaba en su mano. Tocó al caballo con las espuelas,

Como quien quiere justar. No se escatimó el rico gasto de piedras preciosas y de oro; en el estandarte estaba recortado Amor, en honor al amor, con una lanza preciosa, porque él luchaba por amores. El caballo de raza saltó contra el joven francés, que también era varonil y cortés y además de alto ánimo, como todavía hace quien anhela la fama. Por el amor del parentesco, Guiburc la reina lo había adornado bien. Chocaron, impulsados por una carga rápida. ¿Acaso los fresnos quedaron enteros? No, su justa fue tal, a través de los escudos y de ambos hombres. A cada uno, por mano del otro, le fue destrozada la armadura y la carne, y ambas lanzas se rompieron en dos, la fuerza de cada uno tan mermada que la muerte se convirtió en su fianza. Viviano, sin reservarse nada, golpeó al rey a través del yelmo coronado, de modo que tanto la hierba como el polvo bajo él se mojaron de sangre. El pagano se olvidó entonces de la vida.

Allí ocurrió un suceso dañino y una visión lamentable para los suyos que lo vieron. Quisieron acudir en ayuda: su ayuda llegó demasiado tarde. Sin ser visto ni oído, a muchos paganos les llegó allí su muerte, aunque ofrecieron su vida en riesgo por la fama y por la recompensa de las mujeres. Witschart y Sansón del linaje de Blavi, se lanzaron junto a Viviano y le ayudaron: sin embargo, él sufrió angustia. Amor, el dios del amor, y su aljaba y su dardo, habían atravesado el estandarte por él rápidamente, de modo que se les veía por la espalda, por la mano del rey que allí atravesó a Viviano por el cuerpo; por lo cual muchos hombres y mujeres ganaron el dolor del pesar; de modo que sus entrañas colgaban de la justa sobre la silla. El héroe tomó entonces el estandarte y se volvió a meter las entrañas, como si ninguna vena suya pesara por lucha alguna: el joven digno de alabanza

Se lanzó más allá en la lucha. La venganza de Tíbalt y su odio apenas han comenzado su juego. Quien todavía no se haya saciado de daño, puede escucharlo más adelante; lo cual no conviene a las buenas mujeres, tales historias mortales sobre sus servidores. Aquel era mayormente un ejército del amor, que estaban destinados como justadores para el desgaste de la vida: muchos paganos muy nobles habían llegado allí en la vanguardia. El nombre de todos ellos no se oirá (a estos también los trajo Noupatrís): sin embargo, a los que tenían la fama más alta y el linaje más alto en la carga de la justa, a esos se los nombro sin engaño, reyes y duques y algún jefe. Tengo muchos vecinos que no los conocerían todos aunque se los nombrara dos veces. Escalabón de Seres, que a menudo recibió recompensas secretas de una amiga noble. Cualquier favor que ella le concediera, le dolía por su amor. Su hermano Galarfré,

Que era todavía más blanco que un cisne. Si la aventura me recuerda que debo alabarlos, eso no lo falsificarán los sabios. Ambos portaban corona. También debemos nombrar a Glorión y al orgulloso Fausabré y al rey Tampasté y al duque Rubiant, para decir que la mano de los seis corrió muchas justas caballerescas. El rico Rubión luchó allí, y el rey Sinagún, sobrino de Halzebier, por quien la gentilidad tenía honor. Todavía no habían llegado más de los altos entre los caballeros. Ahora también Halzebier había sufrido la derrota por la necesidad de la lucha: de sus treinta mil estaban allí muertos bien las dos terceras partes. Los bautizados tuvieron que encargarse de iniciar una nueva defensa contra el ejército de Noupatrís, que era él mismo el sexto de los reyes. Por amor, el desamor lo derribó sobre la hierba, una justa y un golpe: yació muerto ante Viviano, el joven francés. Entonces se extendió la travesía,

No por una huida: dos vigías con noticias llevaron a Terramer el relato de que Halzebier había sido derrotado por la necesidad de la lucha, y que yacía muerto Noupatrís el generoso, y que la lucha se dirigía contra el ejército con muchas tropas: a los que conducía el margrave, los podría cubrir un sombrero: «Deberíamos rodearlos con la décima parte de nuestras flechas: no pueden durar ningún tiempo ante el ejército». A los jefes y señores y a los reyes que allí eran capitanes, se les hizo saber entonces, se empezó a decir a jóvenes y viejos que Terramer, de ánimo colérico, quería vestir las mismas armas. Entonces se agitó el flujo del ejército. Desde Arabia y desde Todjerne los reyes acudieron entonces con gusto, Tíbalt y Ehmereiz su hijo; y el rey Turpión: su tierra se llamaba Falturmíe. Ellos llegaron antes a los caballeros que el rey Poufameiz o Josweiz de Amatiste;

O el rey Arficlant y su hermano Turkant: su tierra se llamaba Turkania. Su llegada hizo llorar a muchas amadas en Francia, que mostraron su lealtad lamentándose. Mientras un rey estaba dispuesto, entre tanto el otro luchaba, muchos círculos separados con un gran ejército, y los que con defensa varonil resistían, los que les nombré ahora. Apenas empiezo a nombrarlos. Arofel el Persa, a quien en muchas tierras se le concedía el deseo de fama y de justa. Él tenía allí también el gasto más alto de mercenarios y de parientes: en su círculo estaban diez reyes, hijos de su hermano. La caballería de los paganos era nada comparada con los que él conducía. ¡Qué tambores se tocaban y qué trompetas resonaban! Con muchas compañías se movía el ejército del hermano de Terramer, Arofel, por deseo de lucha. Entonces se divisaban en el campo muchos adornos de yelmo silvestres, que la caballería imaginó, la que trajo Arofel.

De eso tenía la culpa (la causa), él podía permitírselo. Terramer había dejado a la gente joven de alto ánimo, quiero decir que los distinguió con reinos y tierras propias destinados a sus diez hijos, donde cada uno portaba corona ante sus príncipes con poder y por linaje. Cada uno cabalgaba en la expedición acompañado de otros reyes ricos. Vean si su ejército era algo ancho, los que habían cabalgado a su servicio. También servían con costumbres educadas a su tío y cumplían su mandato. Él también yació muerto en su servicio, Arofel de Persia, en cuyo servicio estaban ellos allí y también él por ellos. Al generoso nunca le faltó tal ayuda. Arabel Guiburc, una mujer llamada dos veces, el amor y tu cuerpo se entrelazan ahora con el pesar: te has unido al daño. Tu amor cercena el bautismo: la defensa del bautismo tampoco evita cercenar a aquellos de quienes has nacido. Por ello se perderá a muchos, si no lo evita Aquel que ve en los corazones. Mi corazón te declara su desfavor.

 

El Sacrificio de Viviano y la Soledad del Héroe

¿Por qué? Debo decir antes qué quería vengar. ¿A dónde envío mis sentidos? Inocente era la reina, que antes se llamaba Arabel y dejó su nombre en el bautismo por Aquel que se hizo Palabra. La Palabra viajó con fuerza hacia la doncella (que siempre es virgen) que dio a luz a quien, invicto, entregó su vida por nosotros en la muerte. Quien por Él se deja encontrar en la necesidad, recibe una recompensa infinita… Me refiero al sonido de los ángeles en el cielo: es más dulce que cualquier canto. En la tropa de Guillermo se podía observar un gran pesar. Sus auxiliadores no habían escatimado nada: tanto golpeada como cortada sobre sus ropas de armas estaba la muerte de Cristo, a quien allí cercenaba la gente pagana e incrédula.

Los bautizados fueron inundados por la gentilidad por todas partes. Muchas compañías les trajeron tal tormento que necesitaban nuevos miembros. La muerte del cuerpo y la paz del alma ganaron allí los franceses. Arofel de Persia y los hijos de su hermano llegaron con galope caballeresco: Fabors y Passigweiz, Malarz y Malatras, Carriax, Gloriax y Utreiz, Merabjax y Matreiz, y el décimo, Morgowanz. Cada ejército de los reyes de ultramar cabalgaba a la lucha a través del polvo. Allí lucharon los hijos de Terramer, de modo que los bautizados quedaron rodeados por todos los lados. Sin embargo, su lucha fue varonil. Contra la mano de un solo bautizado siempre se contaban cien paganos para la defensa, entre caballeros y arqueros.

Entonces llegó Josweiz de Amatiste. Su ejército derramaba sudor sangriento ante los franceses. El brillo del sol se reflejaba en sus sobrevestes. El poder del ejército de Josweiz, la caballería de Arofel y los refuerzos de Halzebier eran tales que los bautizados no podían recuperarse. El ejército pagano crecía con emires y jefes. Muchos atabales, muchos tambores, trompetas y flautas. Terramer quería ahora aplastar con estrépito la lengua de los bautizados. Su mejor tierra era Córdoba: la cuenta de sus tesoros era infinita según las escrituras. De sus nueve tierras cabalgaban muchos negros, aunque de aspecto brillante, que se habían adornado bien antes de cargar.

Llegó el rey Margot de Pozzidant. Su otra tierra, Orkeise, está tan cerca del borde de la tierra que el lucero del alba sale tan cerca que a quien esté allí a pie le parece que podría alcanzarlo. Trajo consigo al rey Gorhant, cuyo pueblo tenía cuernos delante y detrás y carecía de voz humana: el sonido de sus bocas aullaba como perros de caza o como mugido de terneros. El ejército de Gorhant luchaba a pie con mazas de acero: eran tan rápidos con su piel córnea que seguían bien a las fieras y a los caballos. Nadie podía huir de ellos, salvo quien pudiera volar.

Alyschanz, si el campo era ancho, los suyos bien lo necesitaban: el apretujamiento les enseñaba el tormento. Terramer llegó con tropas tan vastas que se dice que su carga podía sacudir rocas, plantas y bosques. El margrave Guillermo, cuyo yelmo fue forjado en Totel y cuya espada se llamaba Schoyuse (Joyosa) y su caballo Puzat, realizó allí muchas hazañas. Pero la sobrepuerza los venció. Quien moría por Guillermo, ganaba la victoria del alma en el campo de Alischanz. ¡Ay, diablo!, ¡cómo nos prohíbes el bien y cómo luchas contra nosotros! Eres un anfitrión despreciable, siempre rico en huéspedes.

El margrave Guillermo vio silenciado su grito de «¡Monjoie!». Sus veinte mil hombres se habían reducido a solo catorce, que sufrían tormento varonil junto a su señor. Los héroes hervían en sangre y sudor por el fuerte calor. Guillermo se ocultó en el polvo cuando llegaba una nueva tropa; de allí salió cabalgando el marqués con sus últimos catorce. «Alegría y alto ánimo, ambos caen para mí», dijo. «Si mis parientes yacen muertos, ¿con quién celebraré la alegría? Ni el emperador Carlos sufrió tales pérdidas en Roncesvalles».

Guillermo se retiró siguiendo el consejo de sus hombres hacia Orange. Pero el rey Poufameiz de Ingulie llegó con un ejército descansado desde el mar. Su adorno de armas era tan brillante que hería los ojos del margrave como si fuera el sol mismo. Guillermo le arrebató la vida y así se vengó, pero en esa lucha perdió a sus últimos catorce hombres. Quedó solo. Entonces le acometieron Arfiklant y Turkant: el margrave mató a ambos reyes jóvenes. Su caballo Puzat estaba empapado en sangre humana. Luego luchó contra Talimon de Boctan y el rey Turpion. Talimon cargó contra él sobre un caballo llamado Marschibeiz. Guillermo gritó «¡Monjoie!» por última vez, derribó a Talimon y le quitó el caballo, llevándolo de la rienda.

Pero ante la multitud de enemigos, tuvo que abandonar al caballo ganado. Lo mató de una estocada por detrás para no dejarlo en manos de la gentilidad. Su hombría le dio permiso para despedirse de cada uno de los que lo perseguían. Entonces se dirigió hacia las montañas. Allí donde hasta a los enanos salvajes les costaría escalar, su caballo lo llevó por encima. El margrave ha escapado cabalgando.

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