Poemas de Juan Ruiz (Arcipreste de Hita) poeta castellano

Juan Ruiz (Arcipreste de Hita)

Juan Ruiz (Arcipreste de Hita), es una de las figuras más enigmáticas y brillantes de la literatura medieval española del siglo XIV. Su obra cumbre, el Libro de buen amor, es una miscelánea vitalista que entrelaza parodias, fábulas, serranillas y elementos líricos bajo una ambigüedad intencionada.

A través de una voz narrativa audaz, Ruiz explora la tensión entre el «buen amor» (el espiritual y divino) y el «loco amor» (el carnal y terrenal). Con un dominio magistral del lenguaje popular y culto, introduce personajes icónicos como la alcahueta Trotaconventos.

Su estilo destaca por el uso de la cuaderna vía, el humor satírico y un realismo vibrante que retrata la sociedad de su época, consolidándolo como el primer gran poeta lírico con conciencia de autor individual en Castilla.

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Gozos de Santa María I

Santa María,

luz del día,

sé mi guía

todavía.

Gáname gracia y bendición,

y de Jesús la consolación,

para que pueda con devoción

cantar de tu alegría.

El primer gozo que se lea:

en ciudad de Galilea,

Nazaret, según se crea,

tuviste mensajería.

Del ángel que a ti vino,

Gabriel santo y digno,

trajo un mensaje divino:

te dijo «Ave María».

Tú, desde que el mandato oíste,

humildemente recibiste;

luego, Virgen, concebiste

al Hijo que Dios te envía.

En Belén aconteció

el segundo cuando nació,

y sin dolor apareció

de ti, Virgen, el Mesías.

El tercero cuenta las leyes,

cuando vinieron los reyes

y adoraron al que veis

en tu brazo donde yacía.

Ofrecióle mirra Gaspar,

Melchor fue incienso a dar,

oro ofreció Baltasar

al que Dios y hombre sería.

Alegría cuarta y buena

fue cuando la Magdalena

te dio gozo sin pena:

que tu Hijo ya vivía.

El quinto placer tuviste

cuando a tu Hijo viste

subir al cielo, y diste

gracias a Dios donde subía.

Madre, tu gozo sexto:

cuando en los discípulos presto

fue el Espíritu Santo puesto

en tu santa compañía.

Del séptimo, Madre Santa,

la iglesia toda canta;

subiste con gloria tanta

al cielo y cuanto en él había.

Reinas con tu Hijo quisto,

nuestro Señor Jesucristo;

por ti sea de nosotros visto

en la gloria sin falta alguna.

 

 

Gozos de Santa María II

Tú, Virgen, del cielo Reina,

y del mundo medicina,

quieras oírme muy digna

para que de tus gozos de prisa

escriba yo prosa digna

por te servir.

Decir de tu alegría

rogándote todavía

yo, pecador,

que a la gran culpa mía

no mires con rigor, María,

mas al loor.

Tú siete gozos tuviste:

el primero, cuando recibiste

salutación

del ángel, cuando oíste

«Ave María», concebiste

Dios salvación.

El segundo fue cumplido,

cuando fue de ti nacido,

y sin dolor,

de los ángeles servido,

fue luego conocido

por Salvador.

Fue el tu gozo tercero,

cuando vino el lucero

a demostrar

el camino verdadero,

de los reyes compañero

fue al guiar.

Fue tu cuarta alegría,

cuando te dijo Magdalena María,

y Gabriel,

que el tu Hijo vivía,

y por señal te decía

que viera a Él.

El quinto fue de gran dulzor,

cuando al tu Hijo Señor

viste subir

al cielo a su Padre mayor,

y tú quedaste con amor

de a Él ir.

Este sexto no es de dudar,

a los discípulos vino a alumbrar

con espanto;

tú estabas en ese lugar,

del cielo viste allí entrar

Espíritu Santo.

El séptimo no tiene par,

cuando por ti quiso enviar

Dios tu Padre;

al cielo te hizo elevar,

con Él te hizo asentar

como a Madre.

Señora, oye al pecador,

que tu Hijo el Salvador

por nos descendió;

del cielo en ti morador,

el que pariste, blanca flor,

y por nos murió.

A nosotros pecadores

no aborrezcas,

pues por nos Él merezca;

Madre de Dios,

ante Él con nosotros parezcas,

nuestras almas le ofrezcas,

ruégale por nos.

 

Plegaria del Arcipreste

Dios Padre, Dios Hijo, Dios Espíritu Santo:

el que nació de la Virgen, esfuerzo nos dé tanto,

que siempre lo loemos en prosa y en canto,

sea de nuestras almas cobertura y manto.

 

El que hizo el cielo, la tierra y el mar,

Él me otorgue su gracia y me quiera alumbrar,

que pueda de cantares un librillo rimar,

que los que lo oyeren, puedan solaz tomar.

 

Tú, Señor Dios mío, que al hombre criaste,

conforta y ayuda a mí, tu arcipreste,

que pueda hacer un libro de buen amor aqueste,

que los cuerpos alegre y a las almas preste.

 

Si queréis, señores, oír un buen solaz,

escuchad el romance, sosegad en paz;

no os diré mentira en cuanto en él yace,

que por todo el mundo se usa y se hace.

 

Y para que mejor de todos sea escuchado,

os hablaré por trovas y cuento rimado:

es un decir hermoso y saber sin pecado,

razón más placentera, hablar más apostado.

 

No tengáis por necio libro de devaneo,

ni creáis que es burla lo que en él leo;

que como el buen dinero yace en vil correo,

así en feo libro hay saber nada feo.

 

El ajenuz por fuera es más negro que caldera,

pero por dentro es blanco, más que la peñavera;

blanca harina se oculta bajo negra cobertera,

azúcar blanco y dulce está en vil cañavera.

 

Sobre la espina crece la noble rosa flor,

en fea letra habita el saber de gran doctor;

como bajo mala capa yace buen bebedor,

así tras mal tabardo se encuentra el buen amor.

 

Y porque de todo bien es comienzo y raíz

la Virgen Santa María, por ello yo, Juan Ruiz,

Arcipreste de Hita, para ella primero hice

cantar de sus siete gozos, que así dice.

 

De cómo todas las cosas del mundo son vanidad, sino amar a Dios

Como dice Salomón, y dice la verdad,

que las cosas del mundo todas son vanidad,

todas son pasajeras, se van con la edad;

salvo el amor de Dios, todas son liviandad.

 

Y yo, desde que vi a la dama partida y mudada,

dije: «Querer donde no me quieren, sería una nada;

responder donde no me llaman, es vanidad probada».

Me aparté de su pleito, pues de mí está alejada.

 

Sabe Dios que a esta dueña y a cuantas yo vi,

siempre quise guardarlas y siempre las serví;

si servirlas no pude, nunca las deserví,

de dama mesurada siempre bien escribí.

 

Mucho sería villano y torpe payés,

si de la mujer noble dijese cosa soez;

que en mujer lozana, hermosa y cortés,

todo el bien del mundo y todo el placer es.

 

Si Dios, cuando formó al hombre, entendiera

que era mala cosa la mujer, no la diera

al hombre por compañera, ni de él no la hiciera;

si para bien no fuera, tan noble no saliera.

 

Si el hombre a la mujer no la quisiese bien,

no tendría tantos presos el amor cuantos tiene;

por santo o por santa que sea, no sé quién

no codicie compañía, si solo se mantiene.

 

Un refrán lo dice, que os digo ahora:

que un ave sola ni bien canta ni bien llora;

el mástil sin la vela no se sostiene toda hora,

ni las berzas se crían tan bien sin la noria.

 

Y yo, como estaba solo y sin compañía,

codiciaba tener lo que otro para sí tenía;

puse el ojo en otra no santa, mas sentía:

yo sufría por ella, otro la poseía baldía.

 

Y porque yo no podía con ella así hablar,

puse por mí mensajero, cuidando recaudar,

a un mi compañero; supo el clavo echar:

él comió la vianda y a mí me hizo rumiar.

 

Hice con el gran pesar esta trova cazurra;

la dueña que la oyere, por ella no me aburra,

que deberían llamarme necio, y más que bestia burra,

si de tan gran escarnio yo no trovara burla.

 

Enxiemplo de cuando la tierra bramaba

Así fue que la tierra comenzó a bramar,

estaba tan hinchada que quería quebrar;

a cuantos la oían, podía bien espantar,

como dama de parto comenzó a se cuitar.

 

La gente que tan grandes bramidos oía,

creía que estaba preñada: a tanto se dolía.

Pensaban que era gran sierpe o gran bestia paría,

que a todo el mundo comería y estragaría.

 

Cuando ella bramaba, pensaban en huir,

y desde que vino el día que hubo de parir,

parió un ratoncillo, escarnio fue de reír;

sus bramidos y espantos en burla fueron salir.

 

Y bien así aconteció a muchas y a tu amo:

primero mucho trigo dan, luego poca paja y tamo;

ciegan muchos con el viento, van a perderse en mal ramo;

vete, dile que no me quiera, que no le quiero ni amo.

 

Hombre que mucho habla, hace menos a veces;

pone muy gran espanto, chica cosa es dos nueces:

las cosas muy caras alguna hora son viles,

las viles y baratas son caras tal vez.

 

Como por chica cosa aborreció con gran saña,

se alejó de mi lado, dejó mi suerte extraña;

aquel es engañado quien cree que engaña,

de esto, hice trova de tristeza tamaña.

 

Hice luego estas cántigas de verdadera salva,

mandé que se las diesen de noche o al alba:

no las quiso tomar; dije yo: «Muy mal va,

al tiempo se encoge mejor la hierba malva».

 

Enxiemplo de cómo el león estaba doliente, y los otros animales lo venían a ver

Dicen que yacía el león doliente, de dolor:

todos los animales venían a ver a su señor,

tomó placer con ellos y se sintió mejor,

alegráronse todos mucho por su amor.

 

Por hacerle placer, y más le alegrar,

convidáronle todos que le darían de yantar,

dijeron que mandase a los que quisiese matar:

mandó matar al toro, que podría bastar.

 

Hizo partidor al lobo, mandó que a todos diese,

él apartó lo menudo para que el león comiese,

y para sí la canal, la mejor que hombre viese:

al león dijo el lobo que la mesa bendijese.

 

«Señor», dijo, «tú estás flaco, esta vianda liviana

cómela tú, señor, que te será buena y sana,

para mí y los otros la canal que es vana».

El león fue sañudo, pues de comer tenía gana.

 

Alzó el león la mano por la mesa santiguar,

dio gran golpe en la cabeza al lobo por castigar:

el cuero con la oreja del casco le fue a arrancar;

el león a la raposa mandó la vianda dar.

 

La raposa, con miedo y como es artera,

toda la canal del toro al león dio entera,

para sí y los otros todo lo menudo era:

maravillóse el león de tan buena igualadera.

 

El león dijo: «Comadre, ¿quién os mostró a hacer partición

tan buena, tan dispuesta, tan derecha con razón?».

Ella dijo: «En la cabeza del lobo tomé yo esta lección;

en el lobo escarmenté qué hiciese o qué no».

 

«Por tanto yo te digo, vieja y no mi amiga,

que jamás a mí vengas, ni me digas tal enemiga;

si no, yo te mostraré cómo el león castiga,

que el cuerdo y la cuerda en mal ajeno se castigan».

 

Y según dice Jesucristo, no hay cosa escondida

que al cabo del tiempo no sea bien sabida;

fue mi secreto luego a la plaza salida,

la dueña muy guardada se alejó de mi vida.

 

Nunca desde esa hora yo más la pude ver:

envióme a mandar que me esforzase en hacer

algún triste dictado que pudiese ella saber,

que cantase con tristeza, pues no la podía haber.

 

Por cumplir su mandato de esta, mi señora,

hice cantar tan triste como esta mi deshonra:

cantábalo la dueña, creo que con dolor,

más que yo podría ser de ello trovador.

 

Dice el proverbio viejo: «Quien matar quiere a su can,

achaque le levanta porque no le den pan».

Los que quieren partirnos, como hecho lo han,

me enemistaron con ella y le dijeron del plan.

 

Que me alababa de ella como de buena caza,

y que presumía de ella como si fuese coraza:

dijo la dueña sañuda: «No hay paño sin raza,

ni el leal amigo se halla en toda plaza».

 

Como dice la fábula, cuando a otro someten,

qué palabra te dicen, tal corazón te meten:

le infundieron gran saña, de esto se entremeten;

dijo la dueña: «Los novios no dan cuanto prometen».

 

Como la buena dueña era mucho letrada,

sutil, entendida, cuerda, bien mesurada,

dijo a la mi vieja, que le había enviado,

esta fábula compuesta de Esopo sacada.

 

Dijo: «Cuando quiere casar hombre con dama honrada,

promete y manda mucho; después que la ha cobrada,

de cuanto le prometió, o le da poco o nada;

hace como la tierra, cuando estaba hinchada».

 

De cómo el arcipreste fue enamorado

Así fue que un tiempo una dueña me cautivó,

de su amor no estuve en ese tiempo arrepentido;

siempre tuve de ella buena palabra y buen reír,

nunca otra cosa hizo por mí, ni creo que quiso hacer.

 

Era dueña en todo, y de dueñas señora,

no podía estar a solas con ella ni una hora;

mucho de los hombres se guardan allí donde ella mora,

más incluso de lo que guardan los judíos la Torá.

 

Conoce toda nobleza del oro y de la seda,

colmada de muchos bienes anda mansa y alegre;

es de buenas costumbres, sosegada y queda,

no se podría vencer por moneda pintada.

 

Enviéle esta cántiga que está aquí debajo puesta

con mi mensajera, que tenía instruida;

dice verdad el refrán: que la dueña compuesta,

si no quiere el recado, no da buena respuesta.

 

Dijo la dueña cuerda a mi mensajera:

«Yo veo a otras muchas creerte a ti, parlera,

y se hallan luego mal; escarmento en su manera,

bien como la raposa en ajena mollera».

 

Aquí dice de cómo según naturaleza los hombres y los otros animales quieren tener compañía con las hembras

Como dice Aristóteles, cosa es verdadera,

el mundo por dos cosas trabaja: la primera,

por tener mantenimiento; la otra era

por tener ayuntamiento con hembra placentera.

 

Si lo dijese por mi cuenta, sería de culpar;

díselo gran filósofo, no soy yo de reprochar;

de lo que dice el sabio no debemos dudar,

que por obra se prueba el sabio y su hablar.

 

Que dice verdad el sabio claramente se prueba:

hombres, aves, animales, toda bestia de cueva

quieren, según natura, compaña siempre nueva;

y mucho más el hombre, que a toda cosa se mueva.

 

Digo mucho más del hombre que de otra criatura:

todos a tiempo cierto se juntan por natura,

el hombre de mal seso, todo tiempo sin mesura,

cada vez que puede quiere hacer esta locura.

 

El fuego siempre quiere estar en la ceniza,

pues tanto más arde cuanto más se atiza;

el hombre cuando peca, bien ve que desliza,

mas no se aparta de ello, que natura lo hechiza.

 

Y yo, como soy hombre, como otro pecador,

tuve por las mujeres a veces gran amor;

probar uno las cosas, no es por ello peor,

y saber bien y mal, para usar lo mejor.

 

De la disputa que los griegos y los romanos tuvieron

Palabras son de sabio, y lo dijo Catón:

que el hombre a los cuidados que tiene en el corazón,

entreponga placeres y alegre la razón,

pues la mucha tristeza mucho agobio pone;

 

y porque de buen seso no puede el hombre reír,

habré algunas burlas aquí de introducir:

cuando las escuchéis no queráis maldecir,

salvo en la manera del trovar y del decir.

 

Entiende bien mis dichos y piensa la sentencia,

no me ocurra contigo como al doctor de Grecia

con el bribón romano y su poca sapiencia,

cuando demandó Roma a Grecia la ciencia.

 

Así fue que romanos las leyes no tenían,

fueron a pedirlas a griegos que las poseían;

respondieron los griegos que no las merecían,

ni las podrían entender, pues tan poco sabían.

 

Pero si las querían para por ellas usar,

que antes les convenía con sus sabios disputar,

por ver si las entendían y merecían llevar:

esta respuesta hermosa daban por se excusar.

 

Respondieron romanos que les placía de grado;

para la disputa fijaron pleito firmado:

mas porque no entendían el lenguaje no usado,

que disputasen por señas, por señas de letrado.

 

Pusieron día sabido todos para contender,

fueron romanos en cuita, sin saber qué hacer,

porque no eran letrados ni podrían entender

a los griegos doctores ni a su mucho saber.

 

Estando en su apuro, dijo un ciudadano

que tomasen un bribón, un bellaco romano;

según Dios le dictase hacer señas con la mano,

que tales las hiciese: fue para ellos consejo sano.

 

Fueron a un bellaco muy grande y muy ardido,

dijéronle: «Tenemos con griegos un partido

para disputar por señas; lo que quieras pide,

y nosotros te lo daremos, líbranos de este lío».

 

Vistiéronlo muy bien con paños de gran valía,

como si fuese doctor en la filosofía;

subió en alta cátedra, dijo con fanfarronería:

«De hoy más vengan los griegos con toda su porfía».

 

Vino allí un griego, doctor muy esmerado,

escogido de griegos, entre todos loado;

subió en otra cátedra, todo el pueblo juntado,

y comenzó sus señas, como estaba tratado.

 

Levantóse el griego, sosegado y sin prisa,

y mostró solo un dedo, el que al pulgar es vecino;

luego se sentó en ese mismo sitio;

levantóse el bribón, bravo y de mal juicio.

 

Mostró luego tres dedos contra el griego tendidos,

el pulgar con otros dos, que con él son contenidos

en manera de arpón, los otros dos encogidos;

sentóse el necio, mirando sus vestidos.

 

Levantóse el griego, tendió la palma llana,

y sentóse luego con su memoria sana;

levantóse el bellaco con fantasía vana,

mostró el puño cerrado: de pelear tenía gana.

 

A todos los de Grecia dijo el sabio griego:

«Merecen los romanos las leyes, no se las niego».

Levantáronse todos con paz y con sosiego;

gran honra tuvo Roma por un vil andariego.

 

Preguntaron al griego qué fue lo que dijera

por señas al romano, y qué le respondiera.

Dijo: «Yo dije que hay un Dios; el romano dijo que era verdad,

uno y tres personas, y tal señal hiciera.

 

Yo dije que todo estaba a su voluntad;

respondió que en su poder tenía el mundo, y dice:

desde que vi que entendían y creían la Trinidad,

comprendí que merecían de leyes la certeza».

 

Preguntaron al bellaco cuál fue su antojo.

Dijo: «Díjome que con su dedo me quebraría el ojo;

de esto tuve gran pesar y tomé gran enojo,

y respondíle con saña, con ira y con congoja:

 

que yo le quebraría ante todas las gentes

con dos dedos los ojos, con el pulgar los dientes.

Díjome luego tras esto que le prestase atención,

que me daría gran palmada en los oídos resonantes.

 

Yo le respondí que le daría tal puñada,

que en tiempo de su vida nunca la viera vengada;

cuando vio que la pelea estaba mal preparada,

dejó de amenazar donde no se le valora nada».

 

Por esto dice el cuento de la vieja ardida:

no hay mala palabra si no es a mal tenida;

verás que bien es dicha si bien fuese entendida;

entiende bien mi dicho y tendrás dama garrida.

 

La burla que oyeres, no la tengas en vil,

la manera del libro entiéndela sutil;

que saber bien y mal, decir oculto y gentil,

tú no hallarás uno entre trovadores mil.

 

Hallarás muchas garzas, no hallarás un huevo;

remendar bien no sabe todo sastre nuevo;

a trovar con locura no creas que me muevo,

lo que buen amor dice, con razón te lo pruebo.

 

En general a todos habla la escritura,

los cuerdos con buen seso entenderán la cordura,

los mancebos livianos guárdense de locura:

escoja lo mejor el de buena ventura.

 

Las del buen amor son razones encubiertas,

trabaja donde hallares sus señales ciertas;

si la razón entiendes o en el seso aciertas,

no dirás mal del libro que ahora contradices.

 

Donde creas que miente, dice mayor verdad.

En las coplas pintadas yace la falsedad;

dicha buena o mala por puntos juzgad,

las coplas con los puntos alabad o denostad.

 

De todos los instrumentos yo, libro, soy pariente:

bien o mal según pulses, tal te diré ciertamente;

lo que tú decir quisieres, allí haz punto y tente;

si pulsarnos supieres, siempre me tendrás en mente.

 

De lo que aconteció al arcipreste con Fernand García, su mensajero

Mis ojos no verán luz,

pues perdido he a Cruz.

 

Cruz cruzada, panadera,

tomé por entendedora;

tomé senda por carrera

como un andaluz.

 

Creyendo que la tendría,

díselo a Fernand García,

que tratase la embajada

y fuese mensajero y guía.

 

Díjome que le placía,

y de la Cruz se hizo privado;

a mí me dio a rumiar salvado,

él comió el pan más dulce.

 

Prometióle por mi consejo

trigo que tenía añejo,

y presentóle un conejo

el traidor falso y marfuz.

 

Dios confunda al mensajero

tan presto y tan ligero;

no prospere tal conejero

que la caza así conduce.

 

Cuando la Cruz veía, yo siempre me humillaba,

santiguábame ante ella dondequiera que la hallaba;

el compañero, de cerca, en la Cruz adoraba,

del mal de la cruzada yo no me resguardaba.

 

Del escolar goloso, compañero de cucaña,

hice esta otra trova, no os sea extraña,

que ni antes ni después hallé en toda España

quien así me hiciese de escarnio tal guadaña.

 

De la constelación y el planeta en que los hombres nacen

Los antiguos astrólogos dicen en la ciencia

de la astrología una buena sapiencia:

que el hombre cuando nace, ya en su nacimiento,

el signo en que se encuentra le juzga por sentencia.

 

Esto dice Tolomeo y lo dice Platón,

otros muchos maestros en este acuerdo son:

cual sea el ascendente y la constelación

del que nace, tal es su hado y su don.

 

Muchos hay que trabajan siempre por clerecía,

estudian largos tiempos, gastan gran cuantía;

al cabo saben poco, pues su hado los guía:

no pueden desmentir a la astrología.

 

Otros entran en orden por salvar sus almas,

otros cobran esfuerzo en querer usar armas,

otros sirven señores con sus manos ambas,

pero muchos de estos fracasan en sus palmas.

 

No acaban en la orden, ni son más caballeros,

ni tienen merced de señores ni sus dineros:

por qué ocurre esto, creo que son verdaderos,

según el curso natural, los dichos luceros.

 

Para que creas el curso de estos signos tales,

te diré un juicio de cinco naturales

que juzgaron a un niño por sus ciertas señales:

dieron juicios fuertes de acabados males.

 

Era un rey de moros, Alcaraz de nombre,

nacióle un hijo bello, único descendiente;

envió por sus sabios, pues saber quería

el signo y el planeta del hijo que nacía.

 

Entre los estrelleros que vinieron a verle,

llegaron cinco de ellos de más cumplido saber;

en cuanto vieron el punto en que hubo de nacer,

dijo un maestro: «Apedreado ha de ser».

 

Juzgó el otro y dijo: «Este ha de ser quemado».

El tercero dice: «El niño ha de ser despeñado».

El cuarto dijo: «El infante ha de ser colgado».

Dijo el quinto maestro: «Morirá en agua ahogado».

 

Cuando oyó el rey juicios tan desacordados,

mandó que los maestros fuesen muy bien guardados;

hízolos tener presos en lugares apartados,

dio todos sus juicios por mentirosos probados.

 

Cuando fue el infante a buena edad llegado,

pidió al rey su padre que le fuese otorgado

ir a correr el monte, cazar algún venado;

respondióle el rey que le placía de grado.

 

Buscaron día claro para ir a cazar;

en cuanto estuvieron en el monte, viose levantar

un súbito nublado, comenzó a granizar,

y al poco tiempo comenzó a apedrear.

 

Acordóse su ayo de cómo lo juzgaron

los sabios naturales que su signo acataron;

dijo: «Vayámonos, señor, que los que os fado dieron

no sean verdaderos en lo que adivinaron».

 

Pensaron muy de prisa todos en recogerse,

mas como es verdad, y no puede fallar

lo que Dios ordena en cómo ha de ser,

según el curso natural no se puede torcer.

 

Huyendo de la piedra el infante aguijó,

pasando por el puente un gran rayo le dio;

rompióse el puente, por allí se despeñó,

y en un árbol del río por sus ropas se colgó.

 

Estando así colgado donde todos lo vieron,

ahogóse en el agua; socorrerle no pudieron:

los cinco hados dichos todos bien se cumplieron,

los sabios naturales verdaderos salieron.

 

Cuando vio el rey cumplido su pesar,

mandó a los estrelleros de prisión soltar;

hízoles mucho bien y les mandó usar

de su astrología, en que no había que dudar.

 

Yo creo a los astrólogos por verdad natural;

pero Dios, que crió natura y accidente,

puedes los mudar y hacer de otra manera:

según la fe católica, yo en esto soy creyente.

 

En creer lo de natura no hay mal alguno,

y creer más en Dios con firme esperanza;

para que creas mis dichos y no tengas duda,

pruébotelo brevemente con esta semejanza.

 

Yo creo que el rey en su reino tiene poder

de dar fueros y leyes y derechos hacer;

de esto manda hacer libros y cuadernos componer:

para quien comete el yerro, qué pena debe haber.

 

Acontece que alguno hace gran traición,

así que por el fuero debe morir con razón;

pero por los privados que en su ayuda son,

si piden merced al rey, dale cumplido perdón.

 

O si por ventura aquel que erró

al rey en algún tiempo tanto le sirvió,

que piedad y servicio mucho al rey movió,

por el yerro hecho cumplido perdón le dio.

 

Y así como por fuero había de morir,

el hacedor del fuero no lo quiere consentir;

dispensa contra el fuero y déjalo vivir:

quien puede hacer leyes, puede contra ellas ir.

 

Asimismo puede el Papa sus decretales hacer,

en que a sus súbditos manda cierta pena dar;

pero puede muy bien contra ellas dispensar,

por gracia o por servicio toda la pena soltar.

 

Vemos cada día pasar esto de hecho,

pero por todo eso las leyes y el derecho

y el fuero escrito no quedan por ello deshechos;

antes es ciencia cierta y de mucho provecho.

 

Bien así nuestro Señor Dios, cuando el cielo crió,

puso en él sus signos y planetas ordenó,

sus poderes ciertos y juicios otorgó,

pero mayor poder retuvo que a ellos no dio.

 

Así que por ayuno, limosna y oración,

y por servir a Dios con mucha contrición,

no tiene poder mal signo ni su constelación:

el poderío de Dios quita la tribulación.

 

No son por todo esto los estrelleros mentirosos,

que juzgan por natura con sus cálculos hermosos;

ellos y la ciencia son ciertos, no dudosos,

mas no pueden contra Dios ni son poderosos.

 

No sé astrología ni soy en ella maestro,

ni entiendo el astrolabio más que buey de cabestro;

mas porque cada día veo pasar esto,

por aquello lo digo, pues también veo esto:

 

Muchos nacen en Venus; que lo más de su vida

es amar a las mujeres, nunca se les olvida;

trabajan y afanan mucho sin medida,

y los más no consiguen la cosa más querida.

 

En este signo tal creo que yo nací,

siempre me esforcé en servir a dueñas que conocí;

el bien que me hicieron no lo desagradecí;

a muchas serví mucho, mas nada conseguí.

 

Aunque he probado que mi signo es tal,

en servir a las dueñas esforzarme y no en más;

pero aunque uno no pruebe la pera del peral,

estar bajo su sombra es placer comunal.

 

Muchas noblezas tiene quien a las dueñas sirve,

el galán hablador en ser franco se avive;

en servir a las dueñas el bueno no se esquive,

que si mucho trabaja, en mucho placer vive.

 

El amor hace sutil al hombre que es rudo,

le hace hablar hermoso al que antes era mudo,

al hombre que es cobarde lo hace muy atrevido,

al perezoso hace ser presto y agudo.

 

Al mancebo mantiene mucho en su juventud,

y al viejo le hace perder mucha senectud,

hace blanco y hermoso al negro como pez;

lo que no vale una nuez, el amor le da gran prez.

 

El que está enamorado, por muy feo que sea,

asimismo su amiga, aunque sea muy fea,

el uno para el otro no hay cosa que vea

que tanto le parezca ni que tanto desea.

 

El bobo, el torpe, el necio y el pobre,

a su amiga parece bueno y rico hombre;

más noble que los otros, por ello todo cubre,

y si un amor pierde, pronto otro descubre.

 

Pues aunque su signo sea de tal natura

como es este mío, dice una escritura

que el buen esfuerzo vence a la mala ventura,

y a toda pera dura el tiempo la madura.

 

Una tacha le hallo al amor poderoso,

la cual a vosotras, dueñas, descubrir no oso;

mas porque no me tengáis por decidor medroso,

es esta: que el amor siempre habla mentiroso.

 

Pues según os he dicho en la otra conseja,

lo que en sí es torpe, con amor bien semeja;

tiene por noble cosa lo que no vale una arveja;

lo que parece no es, oiga bien tu oreja.

 

Si las manzanas siempre tuviesen tal sabor

por dentro cual por fuera dan vista y color,

no habría entre las plantas fruta de tal valor;

antes se pudrirían, pero dan buen olor.

 

Tal es el amor, que da palabra llena,

toda cosa que dice parece muy buena;

no es todo canto cuanto ruido suena:

por descubrirnos esto, dueña, no tengáis pena.

 

Dicen que por verdades se pierden los amigos,

y por no decirlas se hacen enemigos;

así entiende sanamente los proverbios antiguos,

y nunca os creáis los elogios de enemigos.

 

De cómo el arcipreste fue enamorado: y del enxiemplo del ladrón y del mastín

Como dice el sabio, cosa dura y fuerte

es dejar la costumbre, el hado y la suerte;

la costumbre es otra natura, ciertamente,

apenas si se pierde hasta que viene la muerte.

 

Y porque es costumbre de mancebos usada

querer siempre tener alguna enamorada,

por tener solaz bueno del amor con amada,

tomé amiga nueva, una dueña encerrada.

 

Dueña de buen linaje y de mucha nobleza,

todo saber de dama conoce con sutileza;

cuerda y de buen seso, no sabe de vileza,

muchas damas y otras de gran saber la besan.

 

De talla muy apuesta y de gesto amorosa,

lozana, refinada, placentera y hermosa,

cortés y mesurada, halagüeña, donosa,

graciosa y entregada al amor en toda cosa.

 

Por amor de esta dueña hice trovas y cantares,

sembré avena loca a la orilla del Henares;

verdad es lo que dicen los antiguos refranes:

quien en el arenal siembra, no trilla sus pajares.

 

Creyendo yo tenerla entre las benditas,

dábale de mis dones, no paños ni cintas,

ni cuentas, ni collares, ni sortijas, ni mitas;

con ellos estas cántigas que están aquí escritas.

 

No quiso recibirlo, bien huyó de bajeza,

hizo de mí un bobo, dijo: «No muestran pereza

los hombres en dar poco por tomar gran riqueza;

llevadlo y decidle que mal comprar no es franqueza.

 

Y no perderé yo a Dios ni al su paraíso

por pecado del mundo, que es sombra de aliso;

no soy yo tan sin seso, si algo he aprendido;

quien toma, debe dar, díselo el sabio advertido».

 

Así me aconteció con la dueña de prestar,

como ocurrió al ladrón que entraba a hurtar;

que halló un gran mastín, comenzóle a ladrar,

el ladrón, por robar algo, comenzóle a halagar.

 

Lanzó medio pan al perro que traía en la mano,

dentro iban las trampas, barruntólo el alano;

dijo: «No quiero mal bocado, no sería para mí sano;

por el pan de una noche no perderé cuanto gano.

 

Por poca vianda que esta noche cenaría

no perderé los manjares ni el pan de cada día;

si yo tu mal pan comiese, con ello me ahogaría,

tú hurtarías lo que guardo y yo gran traición haría.

 

Al señor que me crió no haré tal falsedad,

que tú hurtes su tesoro, que dejó en mi lealtad;

tú llevarías el bien, yo haría gran maldad:

vete de aquí, ladrón, no quiero tu intimidad».

 

Comenzó a ladrar mucho, el mastín era fiero,

tanto siguió al ladrón que huyó de aquel granero;

así me ocurrió a mí y al mi buen mensajero

con esta dueña cuerda y con la otra primero.

 

Fueron dones baldíos de que tuve mancilla;

dijo: «Uno piensa el bayo y otro el que lo ensilla».

Me alejé de la dueña y creí la fabulilla

que dice: «Por lo perdido no estés mano en mejilla».

 

Que según os he dicho, de tal ventura soy,

ya sea por mi signo o por mi mal talante,

que nunca puedo alcanzar lo medio que deseo,

por eso a las veces con el amor peleo.

 

De cómo el Amor vino al Arcipreste, y de la pelea que con él tuvo

Os contaré una pelea que una noche me vino,

pensando en mi ventura, sañudo y no por vino:

un hombre grande, hermoso, mesurado a mí vino;

yo le pregunté quién era, dijo: «Amor, tu vecino».

 

Con la saña que tenía, fuilo a denostar:

díjele: «Si Amor eres, no puedes aquí estar;

eres mentiroso y falso en a muchos engañar,

salvar no puedes a uno, puedes cien mil matar.

 

Con engaños y lisonjas, y sutiles mentiras,

emponzoñas las lenguas, envenenas tus viras;

al que mejor te sirve, a ese hieres cuando tiras,

apartas de su amiga al hombre que tú aíras.

 

Traes enloquecidos a muchos con tu saber,

hácesles perder el sueño, el comer y el beber;

haces a muchos hombres tanto en ti se atrever,

hasta que el cuerpo y el alma van a perder.

 

No tienes regla cierta, ni tienes en ti tiento,

a las veces atrapas con gran arrebatamiento,

a veces poco a poco con maestrías ciento;

de cuanto yo te digo, tú sabes que no miento.

 

Desde que al hombre prendes, no das por él nada,

tráeslo de hoy en mañana en vida muy penada;

haces al que te cree pagar en tu mesnada,

y por placer poquillo andar luenga jornada.

 

Eres tan enconado que, donde hieres de golpe,

no lo sana medicina, emplasto ni jarabe;

no sé de fuerte o recio que contigo se tope

que no lo derribes luego por mucho que se esfuerce.

 

De cómo enflaqueces las gentes y las dañas,

muchos libros hay de esto, de cómo las engañas;

con tus muchos galanteos y con tus malas mañas

siempre robas la fuerza, dícese en las hazañas.

 

Enxiemplo del mancebo que quería casar con tres mujeres

Era un joven loco, muchacho muy valiente,

no quería casarse con una solamente,

sino con tres mujeres; tal era su talante;

porfió por ello al cabo con él toda la gente.

 

Su padre y su madre, y su hermano mayor,

le insistieron mucho, para que por su amor

con dos se casase; primero con la menor,

y pasado un mes cumplido, con la mayor.

 

Hizo su casamiento con esa condición;

pasado el primer mes, diéronle tal razón:

que al otro su hermano, con una y con más no,

quisiesen ya casarlo por ley y bendición.

 

Respondió el casado que tal cosa no hiciesen,

que él tenía mujer en que ambos a dos tuviesen

compañía muy buena, y de esto le dijesen;

de casarlo con otra no se entremetiesen.

 

Aquel hombre bueno, padre de aquel necio,

tenía un molino de gran muela de precio;

antes de estar casado el joven tan recio,

andando mucho la muela, con el pie la dejaba queda.

 

Esa fuerza grande y esa valentía,

antes de ser casado, ligero la hacía.

Pasado el primer mes que casado vivía,

quiso probar como antes y vino allí un día:

 

Probó a parar la muela como había usado;

levantóle las piernas, echólo por mal cabo;

levantóse el necio, maldijo con mal fado,

dijo: «¡Ay, molino recio! ¡Aun te vea casado!».

 

A la mujer primera él tanto la amó,

que a la otra doncella nunca más la miró;

no probó más la muela, ni siquiera lo pensó:

así tu devaneo al joven loco domó.

 

Eres padre del fuego, pariente de la llama,

más arde y más se quema quien más a ti te ama;

Amor, quien más te sigue, quémale cuerpo y alma,

destrúyeslo del todo, como el fuego a la rama.

 

Los que no te probaron, en buen día nacieron,

descansaron sin cuitas, nunca entristecieron;

desde que te hallaron, todos su bien perdieron,

fuele como a las ranas cuando el rey pidieron.

 

Enxiemplo de las ranas, en cómo demandaban rey a don Júpiter

Las ranas en un lago cantaban y jugaban,

nada las dañaba, bien libres caminaban;

creyeron al diablo, que del mal se pagaban,

pidieron rey a Júpiter, mucho se lo rogaban.

 

Envióles don Júpiter una viga de lagar,

la mayor que él pudo; cayó en ese lugar.

el gran golpe del fuste hizo a las ranas callar,

mas vieron que no era rey para las castigar.

 

Suben sobre la viga cuantas podían subir,

dijeron: «No es este rey para nos servir».

Pidieron rey a Júpiter, como solían pedir;

don Júpiter con saña húbolas de oír.

 

Envióles por su rey cigüeña carnicera,

cercaba todo el lago, también la ribera;

andando pico abierta, como era aventurera,

de dos en dos las ranas comía muy ligera.

 

Querellando a don Júpiter, dieron voces las ranas:

«Señor, señor, socórrenos, tú que matas y sanas;

el rey que tú nos diste por nuestras voces vanas,

danos muy malas tardes y peores mañanas.

 

Su vientre nos entierra, su pico nos estraga,

de dos en dos nos come, nos abarca y deshace;

Señor, tú nos defiende, Señor, tú ya nos paga,

danos la tu ayuda, quita de nos tu plaga».

 

Respondióles don Júpiter: «Tened lo que pedisteis,

el rey tan demandado por cuantas voces disteis;

vengue vuestra locura, pues en poco tuvisteis

ser libres y sin yugo: reñid, pues lo quisisteis».

 

Quien tiene lo que le basta, con ello sea pagado;

quien puede ser de sí mismo, no sea enajenado;

el que no tiene yugo, no quiera ser premiado:

libertad y soltura no es por oro comprado.

 

Bien así acontece a todos tus contrarios:

donde son de sí señores, se vuelven tus vasallos;

tú después solo piensas en cómo destrozarlos,

en cuerpos y en almas así a todos tragarlos.

 

Queréllanse de ti, mas no les vales nada,

que tan presos los tienes en tu cadena doblada,

que no pueden partirse de tu vida penada;

responde a quien te llama, vete de mi posada.

 

No quiero tu compaña, vete de aquí, varón:

das al cuerpo miseria, trabajo sin razón;

de día y de noche eres fino ladrón,

cuando el hombre está seguro, le robas el corazón.

 

Al punto que lo robas, luego lo enajenas,

daslo a quien no le ama, torméntaslo con penas;

anda el corazón sin cuerpo en tus cadenas,

pensando y suspirando por las cosas ajenas.

 

Haces que ande volando como la golondrina,

lo revuelves a menudo, tu mal no adivina;

unas veces piensa en saña, otras en medicina,

de diversas maneras tu queja lo espina.

 

En un punto lo pones a jornadas trescientas,

anda todo el mundo cuando tú lo retientas;

déjaslo solo y triste con muchas afrentas,

a quien no le quiere ni ama, siempre se la mientas.

 

Varón, ¿qué tienes conmigo?, ¿cuál fue aquella deuda

que tanto me persigues? Vienes manso y quedo,

nunca me adviertes con tu ojo ni el dedo,

me hieres en el corazón, vuelves triste al alegre.

 

No te puedo atrapar, tanta es tu maestría;

y aunque te atrapase, creo que no te mataría.

Tú, cada vez que me prendes, tanta es tu osadía,

sin piedad me matas de noche y de día.

 

Responde: ¿qué te hice?, ¿por qué no me diste dicha?

Con cuantas yo amé, ni con la dama bendita,

de cuanto me prometía, luego era desdicha;

en mala hora te vi, la hora fue maldita.

 

Cuanto más aquí estás, tanto más me ensaño;

más hallo que decirte viendo cuánto daño

siempre de ti me vino con tu sutil engaño:

andas urdiendo siempre cubierto de mal paño.

 

Aquí habla del pecado de la codicia

Contigo siempre traes los mortales pecados,

con mucha codicia, los hombres engañados,

hácesles codiciar, ser muy denodados,

pasar los mandamientos que por Dios fueron dados.

 

De todos los pecados es raíz la codicia:

esta es tu hija mayor, tu mayordoma ambicia,

esta es tu alférez y tu casa oficia,

esta destruye el mundo, sustenta la injusticia.

 

La soberbia e ira que no hallan donde quepan,

avaricia y lujuria que arden más que estepa,

gula, envidia, acidia, que se pegan como lepra,

de la codicia nacen, es de ella raíz y cepa.

 

En ti hacen morada, alevoso traidor.

Con palabras muy dulces, con gesto engañador,

prometen y mandan mucho los hombres con amor,

por cumplir lo que mandan, codician lo peor.

 

Codician los haberes que ellos no ganaron,

por cumplir las promesas que con amor mandaron,

muchos por tal codicia lo ajeno hurtaron,

por lo que penan sus almas y los cuerpos lastraron.

 

Murieron por los hurtos de muerte repentina,

arrastrados y ahorcados de manera dañina,

en todo eres tropiezo y de mala calaña,

quien tu codicia tiene, el pecado lo engaña.

 

Por codicia hiciste a Troya destruir,

por la manzana escrita que no debiera existir,

cuando la dio a Venus Paris por la inducir,

que trajo a Elena, a quien codiciaba servir.

 

Por tu mala codicia los de Egipto murieron,

los cuerpos difamaron, las almas perdieron,

fueron y son de Dios airados los que te creyeron,

de mucho que codiciaron, poca parte obtuvieron.

 

Por la codicia pierde el hombre el bien que tiene,

cree tener mucho más de cuanto le conviene,

no alcanza lo que ansía, lo suyo no mantiene:

lo que ocurrió al perro, a estos tal les viene.

 

Enxiemplo del alano que llevaba la pieza de carne en la boca

Alano carnicero en un río andaba,

una pieza de carne en la boca pasaba;

con la sombra del agua el doble le semejaba,

codició abarcarla, y cayósele la que llevaba.

 

Por la sombra mentirosa y por su cuidar vano,

la carne que tenía, perdióla el alano;

no obtuvo lo que quiso, no le fue codiciar sano:

creyó ganar, y perdió lo que tenía en su mano.

 

Cada día acontece al codicioso tal,

cree ganar contigo y pierde su caudal;

de esta raíz mala nace todo el mal:

es la mala codicia un pecado mortal.

 

Lo más y lo mejor, lo que es más preciado,

desde que lo tiene el hombre cierto y ya ganado,

nunca debe dejarlo por un vano cuidado:

quien deja lo que tiene hace muy mal recado.

 

Aquí habla del pecado de la soberbia

Soberbia mucha tienes donde miedo no hay,

piensas, pues no temes, cómo te mantendrás;

las joyas para tu amiga, ¿con qué las comprarás?

Por esto robas y hurtas, y por ello penarás.

 

Haces con tu soberbia acometer malas cosas:

robar a caminantes las joyas preciosas,

forzar a muchas mujeres, casadas y esposas,

vírgenes y solteras, viudas y religiosas.

 

Por tales maleficios mándalos la ley matar,

mueren de malas muertes, no los puedes tú librar.

Llévalos el diablo por tu gran engañar,

el fuego infernal arde donde sueles asentar.

 

Por tu mucha soberbia hiciste mucho perder:

primero muchos ángeles, con ellos Lucifer,

que por su gran soberbia y su desagradecer,

de las sillas del cielo hubieron de caer.

 

Aunque por su natura buenos fueron criados,

por su mucha soberbia fueron y son dañados;

cuantos por la soberbia fueron y son condenados,

no se podrían escribir en mil pliegos contados.

 

Cuantas fueron y son batallas y peleas,

injurias y barajas y contiendas muy feas,

Amor, por tu soberbia se hacen, bien lo creas,

toda maldad del mundo está donde tú seas.

 

El hombre muy soberbio y muy denodado,

que no tiene a Dios miedo ni busca lo adecuado,

antes muere que otro más flaco y más cansado;

le acontece como al asno con el caballo armado.

 

Enxiemplo del caballo y del asno

Iba a lidiar en campo el caballo brioso,

pues forzó a una dueña su señor valeroso;

con lorigas bien puestas, sentíase orgulloso:

delante iba el asno, herido y achacoso.

 

Con los pies, con las manos y con el noble freno,

el caballo soberbio hacía tal estruendo

que a las otras bestias espanta como trueno:

el asno, por el miedo, quedóse en mal terreno.

 

Estaba el asno sufriendo con la pesada carga,

andaba mal y poco, y al caballo embarga;

derribólo el corcel en medio de la varga;

dijo: «¡Don villano necio, buscad carrera larga!».

 

Dio salto en el campo ligero y advertido,

creyó ser vencedor y acabó allí vencido;

en el cuerpo muy fuerte por lanza fue herido:

las entrañas le salen, estaba muy perdido.

 

Cuando salió del campo, no valía una cereza;

a arar lo pusieron y a cargar la leña,

a veces a la noria, a veces a la aceña:

paga así el soberbio el amor de la dueña.

 

Tenía del gran yugo desollada la cerviz,

de tanto arrodillarse, hinchada la nariz;

rodillas despellejadas de ruda cicatriz,

ojos hondos y rojos como pies de perdiz.

 

Las caderas salidas, hundidas las ijadas,

el espinazo agudo, las orejas colgadas;

viodlo el asno necio, rebuznó tres veces:

dijo: «Soberbio amigo, ¿dónde están tus pisadas?

 

¿Dónde está el noble freno y tu dorada silla?

¿Dónde está tu soberbia y tu vana rencilla?

Siempre vivirás triste y con mucha mancilla:

vengue tu arrogancia esta mala postilla».

 

Aquí tomen ejemplo y lección cada día

los que son muy soberbios con su gran osadía;

que fuerza, honra y edad, salud y valentía,

no pueden durar siempre: se van con la alegría.

 

Aquí habla del pecado de la avaricia

Tú eres avaricia, eres escaso en demasía,

al tomar te alegras, al dar no tienes maestría;

no te saciaría el Duero con su gran corriente,

siempre te hallo malvado cuando te tengo presente.

 

Por la gran escasez se perdió aquel rico,

que al pobre San Lázaro no dio ni un mendrugo;

no quieres ver ni amas a pobre grande ni chico,

ni de tus tesoros les cedes ni un ápice de jugo.

 

Aunque te es mandado por santo mandamiento

que vistas al desnudo y hartes al hambriento,

y des al pobre posada, eres tan avariento

que nunca diste a uno, pidiéndotelo ciento.

 

Mezquino: ¿qué harás tú el día de la afrenta,

cuando de tus haberes y de tu mucha renta

te demande Dios de los gastos la cuenta?

No te valdrán tesoros ni reinos cincuenta.

 

Cuando tú eras pobre y tenías gran dolencia,

entonces suspirabas y hacías penitencia;

pedías a Dios salud y también mantenimiento,

prometiendo dar a pobres sin ningún fallo ni cuento.

 

Oyó Dios tus querellas y dio a tu mal consejo:

salud y gran riqueza y tesoro sobejo;

pero cuando ves al pobre, se te cae el cejo:

haces como el lobo doliente en el vallejo.

 

Enxiemplo del lobo, y de la grulla

El lobo a la cabra se comía por merienda,

atravesósele un hueso, estaba en gran contienda;

ahogarse quería, buscaba con premura

físicos y maestros, pues deseaba cura.

 

Prometió al que lo sacase tesoros y gran riqueza;

vino la grulla bajando de la alteza,

sacóle con el pico el hueso con sutileza:

el lobo quedó sano para comer sin pereza.

 

Dijo la grulla al lobo que le quisiese pagar;

el lobo dijo: «¡Cómo!, ¿no te pudiera tragar,

el cuello con mis dientes, si quisiera apretar?

Pues séate soldada que no te quise matar».

 

Bien así tú lo haces: ahora que estás lleno

de pan y de dineros que robaste de lo ajeno,

no quieres dar al pobre ni un poco de centeno;

mas así te secarás como rocío y heno.

 

Hacer bien al malvado en nada aprovecha,

hombre desagradecido el bien nunca compensa;

el buen reconocimiento el mal hombre lo desecha:

el bien que uno le hace, dice que es por su derecha.

 

Aquí habla del pecado de la lujuria

Siempre está la lujuria dondequiera que tú seas,

adulterio y fornicio todavía deseas;

al punto quieres pecar con cualquiera que veas,

por cumplir la lujuria con guiños la oteas.

 

Hiciste por lujuria al profeta David

que matase a Urías, cuando mandó en la lid

ponerlo en los primeros, cuando le dijo: «Id,

llevad esta mi carta a Joab y venid».

 

Por amor de Betsabé, la mujer de Urías,

fue el rey David homicida e hizo a Dios faltas;

por ello no hizo el templo en todos sus días:

hizo gran penitencia por tus maestrías.

 

Fueron por la lujuria cinco nobles ciudades

quemadas y destruidas; las tres por sus maldades,

las dos no por su culpa, mas por las vecindades:

por malas vecindades se pierden heredades.

 

No te quiero por vecino, ni me vengas tan presto:

al sabio Virgilio, como dice en el texto,

engañóle la dueña cuando lo colgó en el cesto,

creyendo que lo subía a su torre por esto.

 

Porque le hizo deshonra y escarnio del ruego,

el gran encantador hízole muy mal juego:

la lumbre de la vela encantó y el fuego,

que cuanto había en Roma al punto murió luego.

 

Así que los romanos, hasta la criatura,

no podían tener fuego por su desventura

si no lo encendían dentro de la natura

de la mujer mezquina; otro no les dura.

 

Si daba uno a otro fuego o la candela,

apagábase luego, y venían todos a ella;

encendían allí todos como en gran centella,

así vengó Virgilio su deshonra y querella.

 

Después de esta deshonra y de tanta vergüenza,

por hacer su lujuria Virgilio con la dueña,

desencantó el fuego para que ardiese en la leña;

hizo otra maravilla que el hombre ni sueña.

 

Todo el lecho del río de la ciudad de Roma,

el Tíber, agua caudal que muchas aguas toma,

hízole suelo de cobre, reluce más que goma:

a las damas tu lujuria de esta guisa las doma.

 

Desde que pecó con ella, sintióse ella escarnecida;

mandó hacer escalera de torno, provista

de navajas agudas, para que a la subida

que hiciese Virgilio, acabase su vida.

 

Él supo lo que estaba hecho por su encantamiento,

nunca más fue a ella, ni tuvo tal talento;

así por la lujuria es verdaderamente

el mundo escarnecido y muy triste la gente.

 

A muchos es a los que matas, no sé de uno que sanes:

cuantos en tu lujuria son grandes galanes,

mátanse a sí mismos los locos truhanes;

sucédeles como al águila con los necios villanos.

 

Enxiemplo del águila y del cazador

El águila real canta sobre la haya,

a todas las otras aves desde allí atalaya;

no hay pluma suya que en tierra caiga

que el ballestero no aprecie más que una saya.

 

Saetas y dardos, que trae afilados,

con plumas de águila los tiene emplumados;

fue como acostumbraba a herir a los venados,

mas al águila real le dio por los costados.

 

Miró hacia sus pechos el águila herida,

y vio que sus plumas la habían escarnecida;

dijo contra sí misma una razón temida:

«De mí salió quien me mató y me quitó la vida».

 

El loco, el mezquino que su alma no cata,

siguiendo tu locura y tu mala barata,

destruye su cuerpo y a su alma mata,

pues de sí mismo sale quien su vida desata.

 

Hombre, ave o bestia a quien el amor tienta,

en cuanto cumple lujuria, luego se arrepiente;

entristece al punto, luego flaqueza siente,

acórtase la vida: quien lo dijo no miente.

 

¿Quién podría decir cuántos tu lujuria mata?

¿Quién diría tu fornicio y tu mala barata?

Al que tu entendimiento y tu locura cata,

el diablo se lo lleva cuando no se recata.

 

Aquí habla del pecado de la envidia

Eres pura envidia, en el mundo no hay tanta;

con el gran celo que tienes, el hombre de ti se espanta.

Si tu amigo te dijese: «Habla ya de cuánta

tristeza y sospecha tu corazón quebranta».

 

El celo siempre nace de tu envidia pura,

temiendo que a tu amiga otro le hable en locura;

por esto eres celoso y triste con rencura,

siempre piensas en celos, de otro bien no tienes cura.

 

Desde que el celo empieza en ti a arraigar,

suspiros y corajes quieren te ahogar;

de ti mismo ni de otro te puedes agradar,

el corazón te salta, nunca estás en paz.

 

Con celo y sospecha a todos aborreces,

les levantas baraja, con el celo enflaqueces;

buscas malas contiendas, hallas lo que mereces:

te acontece como ocurre en la red a los peces.

 

Entras en la pelea, no puedes de ella salir;

estás flaco y sin fuerza, no puedes resistir,

ni la puedes vencer, ni puedes de allí huir:

te estorba tu pecado, te hace allí morir.

 

Por envidia Caín a su hermano Abel

matólo, por lo cual yace dentro del Mongibel;

Jacob a Esaú, por la envidia de él,

le robó la bendición, por lo que fue retado por él.

 

Fue por la envidia mala traicionado Jesucristo,

Dios verdadero y hombre, hijo de Dios muy querido;

por envidia fue preso, y muerto y conquistado:

en ti no hay ni un bien hallado ni visto.

 

Cada día los hombres por codicia porfían,

con envidia y celo hombres y bestias lidian;

dondequiera que tú seas, los celos allí herían,

la envidia los separa, envidiosos los crían.

 

Porque tiene tu vecino más trigo que tú paja,

con tu mucha envidia le levantas baraja;

así te acontece, por llevarle ventaja,

como con los pavos ocurrió a la graja.

 

Enxiemplo del pavón y de la corneja

Al pavo real la corneja vióle hacer la rueda,

dijo con gran envidia: «Yo haré cuanto pueda

por ser tan hermosa» —esta locura hereda—:

la negra, por ser blanca, contra sí se denueda.

 

Peló todo su cuerpo, su cara y su ceja;

de plumas de pavón vistió nueva pelleja,

hermosa y con lo ajeno fuese para la iglesia:

algunas hacen esto que hizo la corneja.

 

Graja empavonada, como pavón vestida,

viose bien pintada y fuese enloquecida;

con mejores que ella era desagradecida,

con los pavos anda la tan desconocida.

 

El pavón, de tal hijo espantado se hizo,

vio el mal engaño y el color postizo;

pelóle toda la pluma y echóla en el carrizo:

más negra parecía la graja que el erizo.

 

Así con tu envidia haces a muchos sobrar,

pierden lo que ganaron por lo ajeno cobrar;

con la envidia quieren por los cuerpos quebrar,

no hallarán en ti sino todo mal obrar.

 

Quien quiere lo que no es suyo y quiere otro parecer,

con algo de lo ajeno ahora resplandecer,

lo suyo y lo ajeno todo se va a perder;

quien se tiene por lo que no es, loco es y va a perder.

 

Aquí habla del pecado de la gula

La golosina tienes, goloso y lamedor,

querrías probarlo todo tú primero y con fervor;

enflaqueces, pecado, eres un gran glotón,

para cobrar tu fuerza, eres lobo y ladrón.

 

Desde que te conocí, nunca te vi ayunar:

almuerzas de mañana, no perdonas el yantar,

sin medida meriendas, mejor quieres cenar,

y si puedes, aún de noche, vuelves a manducar.

 

Con la mucha comida y el vino crece la flema,

duermes con tu amiga, te ahoga la apostema;

llévate el diablo, en el infierno te quema,

tú dices al muchacho que coma y nada tema.

 

Adán, nuestro padre, por gula y tragonía,

porque comió del fruto que comer no debía,

echólo del paraíso Dios en aquel mismo día:

por ello, tras su muerte, en el infierno yacía.

 

Mató la golosina a muchos en el desierto,

de los más principales que allí eran, por cierto;

el profeta lo dice, esto que te refiero:

por comer y tragar, siempre estás boca abierto.

 

Hiciste por la gula a Lot, noble burgués,

beber tanto que yació con sus hijas; pues ves,

así incitas al fornicio; que donde mucho vino es,

luego viene la lujuria y todo mal después.

 

Muerte muy repentina trae la golosina

al cuerpo muy goloso y al alma mezquina;

de esto hay muchas fábulas e historias claras;

te lo diré más breve para despacharte de prisa.

 

Enxiemplo del león y del caballo

Un caballo muy gordo pacía en la dehesa;

venía el león de caza, mas con él no pesa.

El león, tan goloso, al caballo sopesa:

«Vasallo —dijo— mío, la mano tú me besa».

 

Al león gargantero respondió el caballo;

dijo: «Tú eres mi señor y yo tu vasallo;

en besarte la mano yo bien me hallo,

mas ir a ti no puedo, que tengo un gran contrallo.

 

Ayer, cuando me herraba un herrero maldito,

clavóme en este pie un clavo tan hito;

enclavóme; ven, señor, con tu diente bendito,

sácamelo, y haz de mí como de siervo tuyo».

 

Agachóse el león por darle algún consuelo;

el caballo herrado contra él hizo duelo;

las coces el caballo lanzó fuerte, con celo:

diole entre los ojos, echólo muerto al suelo.

 

El caballo, con el miedo, huyó por aguas vivas;

había mucho comido de hierbas excesivas;

iba muy cansado, dábanle las adivas:

así mueren los locos golosos por donde tú ibas.

 

El comer sin medida y la gran glotonería,

asimismo mucho vino con mucha beberría,

más mata que cuchillo, Hipócrates lo decía;

tú dices que quien bien come, bien hace su mancebía.

 

Aquí habla del pecado de la vanagloria e ira

Ira y vanagloria tienes; en el mundo no hay tamaño igual,

más orgullo y más brío posees que toda España;

si no se hace tu voluntad, tomas ira y saña,

el enojo y la malquerencia andan siempre en tu compaña.

 

Por la gran vanagloria Nabucodonosor,

siendo tan poderoso y de Babilonia señor,

poco a Dios apreciaba ni tenía de Él temor:

quitóle Dios su poderío y todo su honor.

 

Él fue tornado muy vil y a las bestias igual,

comía hierbas del monte, como el buey paja y sal,

de cabellos cubierto, como una bestia tal,

uñas crió mayores que las del águila real.

 

Rencor y homicidio son criados tuyos;

dices: «Mirad que yo soy fulano, de los mozos el mejor».

Dices muchos insultos así, de repente,

y se matan los necios cuando tú estás presente, fanfarrón.

 

Con gran ira Sansón, que su fuerza perdió

cuando su mujer Dalila los cabellos le cortó,

en los que tenía la fuerza; y cuando la recobró,

a sí mismo con ira, y a otros muchos, mató.

 

Con gran ira y saña Saúl, que fue el rey

primero que los judíos tuvieron en su ley,

él mismo se mató con su espada; pues ve

si debo fiar en ti: ¡a fe que no lo creo!

 

Quien bien te conociere, de ti no fiará;

el que tus obras viere, de ti se apartará;

cuanto más te tratare, menos te apreciará,

cuanto más te probare, menos te amará.

 

Enxiemplo del león que se mató con ira

La ira y la vanagloria al león orgulloso,

que fue para todas las bestias cruel y muy dañoso,

le hicieron matarse a sí mismo, airado y sañoso;

te diré el ejemplo: que te sea provechoso.

 

El león orgulloso, con ira y valentía,

cuando era mancebo a todas las bestias corría;

a las unas mataba, a las otras hería,

pero le llegó la vejez, la flaqueza y la mejoría.

 

Llegaron estas nuevas a las bestias acosadas,

que se pusieron alegres por andar ya liberadas;

contra él vinieron todas, por vengar sus dentelladas,

y hasta el asno necio venía en las avanzadas.

 

Todos en el león herían, y no poquillo:

el jabalí sañudo le atacaba con el colmillo,

heríanle con los cuernos el toro y el novillo,

y el asno perezoso en él ponía su sello.

 

Diole un gran par de coces, en la frente se las pone;

el león, con gran ira, se desgarró el corazón:

con sus uñas mismas murió y con nada más,

ira y vanagloria diéronle mal galardón.

 

El hombre que tiene estado, honra y gran poder,

lo que para sí no quiere, no lo debe a otros hacer,

pues muy pronto se puede todo su poder perder

y lo que él hizo a otros, de ellos lo puede obtener.

 

Aquí dice del pecado de la acedia

De la acedia eres mesonero y posada,

nunca quieres que el hombre de bondad haga nada;

desde que lo ves baldío, le das vida penada:

en pecado comienza y en tristeza es acabada.

 

Nunca estás ocioso; a aquel que una vez atas,

hazle pensar engaños y muchas malas baratas;

deléitase en pecados y en malas estratagemas:

con tus malas maestrías almas y cuerpos matas.

 

Asimismo con la acedia traes hipocresía,

andas con gran simpleza tramando pleitesía;

pensando estás triste, tu ojo no se alzaba,

pero donde ves a la hermosa, la oteas con raposía.

 

De cuanto bien podrías hacer, no haces de ello cosa;

engañas a todo el mundo con palabra hermosa,

quieres lo que el lobo quiere de la raposa:

abogado de fuero, oye esta charla provechosa.

 

De cómo el Amor enseña al arcipreste que tenga en sí buenas costumbres y, sobre todo, que se guarde de beber mucho vino blanco y tinto

Buenas costumbres debes en ti siempre tener:

guárdate, sobre todo, de mucho vino beber,

que el vino hizo a Lot con sus hijas yacer,

en vergüenza del mundo y en saña de Dios caer.

 

Hizo cuerpo y alma perder a un ermitaño,

que nunca lo bebiera; probólo para su daño.

Tentólo el diablo con su sutil engaño,

hízole beber el vino: oye este ejemplo extraño.

 

Era un ermitaño que cuarenta años había,

que en todas sus obras en yermo a Dios servía;

en el tiempo de su vida nunca el vino bebía,

en santidad, ayuno y en oración vivía.

 

Tomaba gran pesar el diablo con esto,

pensó cómo pudiese apartarle de su puesto;

vino a él un día con sutileza, presto:

«Dios te salve, buen hombre», dijo con simple gesto.

 

Maravillado el monje, dice: «A Dios me encomiendo;

dime qué cosa eres, que yo no te entiendo.

Gran tiempo hace que estoy aquí a Dios sirviendo,

nunca vi aquí a hombre; con la cruz me defiendo».

 

No pudo el diablo a su persona llegar;

estando alejado, comenzólo a tentar.

Dijo: «Aquel cuerpo de Dios que tú deseas gustar,

yo te mostraré manera en que lo puedas tomar.

 

No debes tener duda de que del vino se hace

la sangre verdadera de Dios; en ello yace

sacramento muy sano; prueba, si te place».

El diablo al monje, armado, lo enlaza.

 

Dijo el ermitaño: «No sé qué es el vino».

Respondió el diablo, presto a su destino,

dijo: «Aquellos taberneros que van por el camino

te darán bastante de ello; ve por ello de continuo».

 

Hízole ir por el vino, y en cuanto fue traído,

dijo: «Saca de ello y bebe, pues lo has conseguido;

prueba un poco de ello, y después de haber bebido,

verás que mi consejo te será por bien tenido».

 

Bebió el ermitaño mucho vino sin tino;

como era fuerte y puro, sacóle del buen juicio.

En cuanto vio el diablo que ya echaba el cimiento,

armó sutil su trampa y su aparejamiento.

 

«Amigo —dijo—, no sabes de noche ni de día

cuál es la hora cierta, ni el mundo cómo se guía;

toma un gallo que te anuncie las horas cada día,

y con él alguna gallina, que con ellas mejor se cría».

 

Creyó su mal consejo, ya el vino usaba;

él, estando con vino, vio cómo se juntaba

el gallo a las gallinas, con ellas se deleitaba;

codició hacer fornicio en cuanto con vino estaba.

 

Fue con él la codicia, raíz de todos los males,

lujuria y soberbia, tres pecados mortales,

y luego el homicidio: estos pecados tales

trae el mucho vino a los seres irracionales.

 

Descendió de la ermita, forzó a una mujer;

ella, dando muchas voces, no se pudo defender.

En cuanto pecó con ella, temió descubierto ser:

matóla el mezquino, y hóbose de perder.

 

Como dice el proverbio, palabra es muy cierta:

que no hay cosa oculta que a mal no revierta;

fue su mala obra al punto descubierta,

y en esa hora fue el monje preso y en reyerta.

 

Confesó con el vino cuánto mal había hecho;

fue luego ajusticiado, como era derecho.

Perdió cuerpo y alma el cuitado, mal trecho:

en el beber de más está todo el mal provecho.

 

Enxiemplo de la abutarda y de la golondrina

«Érase un cazador muy sutil pajarero,

fue a sembrar cañamones en un fértil terrero,

para hacer sus cuerdas, sus lazos y su rastro;

andaba la avutarda cerca, en el sendero.

 

Dijo la golondrina a tórtolas y pardales,

y más a la avutarda, estas palabras tales:

«Comed esta simiente de estos eriales,

que aquí está sembrada para nuestros grandes males».

 

Hicieron gran escarnio de lo que les hablaba;

dijeron que se fuese, que locura charlaba.

La simiente nacida, vieron cómo regaba

el cazador el cáñamo, y aquello no las espantaba.

 

Volvió la golondrina y dijo a la avutarda

que arrancase la hierba que ya había crecido;

que quien tanto la riega y tanto la cuida,

por su mal lo hacía, aunque el daño se tarda.

 

Dijo la avutarda: «Loca, necia y vana,

siempre estás charlando locura de mañana;

no quiero tu consejo, vete por villana,

déjame esta vega tan hermosa y tan llana».

 

Fuese la golondrina a casa del cazador,

hizo allí su nido cuanto pudo mejor;

como era gritona y gran gorjeador,

agradó al pajarero, que era madrugador.

 

Recogido ya el cáñamo y hecha la red,

fuese el pajarero, como solía, a la caza;

atrapó a la avutarda, llevóla a la plaza;

dijo la golondrina: «Ya estáis en la trampa».

 

Luego los ballesteros peláronle las alas,

no le dejaron de ellas sino pequeñas y ralas;

no quiso buen consejo, cayó en malas manos:

guardaos, doña Endrina, de estas trampas malas.

 

Que muchos se juntan y son de un mismo consejo

para destruir lo vuestro y haceros mal juego;

juran que cada día os llevarán a juicio:

como a la avutarda, os pelarán el pellejo.

 

Mas este caballero os defenderá de toda contienda,

sabe de muchos pleitos y sabe de leyenda;

ayuda y defiende a quien se le encomienda,

si él no os defiende, no sé quién os defienda».

 

Diálogo con la vieja Trotaconventos y Doña Endrina

Comenzó su hechizo la vieja astuta:

«Cuando el que en gloria esté vivía en este portal,

daba sombra a las casas y relucía la cal;

mas donde no mora hombre, la casa poco vale.

 

Así estáis, hija, viuda y jovencilla,

sola y sin compañero como la tortolilla;

por eso creo que estáis amarilla y flaquilla,

que donde hay tantas mujeres nunca falta la rencilla.

 

Dios bendijo la casa donde el buen hombre vive,

siempre tienen agasajo, placer y alegría;

por tanto, un mancebillo tal para vos querría,

antes de muchos días veríais la mejoría».

 

Respondió la dueña, dijo: «No me estaría bien

casar antes del año, que a viuda no conviene;

hasta que pase el año de lutos que tiene,

no debe casarse, pues el luto con esa carga viene.

 

Si yo antes casase sería difamada,

perdería la herencia que me fue legada;

por el segundo marido no sería tan honrada:

pensaría que no pude aguantar gran temporada».

 

Enxiemplo del asno y del perrillo faldero (blanchete)

Un perrillo blanco con su señora jugaba,

con su lengua y boca las manos le besaba;

ladrando y con la cola mucho la halagaba,

demostraba en todo el gran amor con que la amaba.

 

Ante ella y sus compañeras de pie se mantenía,

tomaban con él todos solaz y alegría;

dábale cada uno de cuanto que comía:

veía el asno esto cada nuevo día.

 

El asno de poco seso pensó y reflexionó;

dijo el burro necio y para sí razonó:

«Yo a mi señora y a cuanta gente aquí vio,

mejor que mil perrillos con provecho sirvo yo.

 

Yo en mi espinazo les traigo mucha leña,

tráigoles la harina que comen, de la aceña;

pues me pondré de pie y halagaré a la dueña

como aquel perrillo que bajo su falda sueña».

 

Salió rebuznando de su establo con porfía,

como semental loco el necio venía,

retozando y haciendo mucha tontería;

fuese para el estrado donde la dueña seía.

 

Puso en los hombros de ella ambos brazos suyos;

ella dando voces, vinieron los criados;

diéronle muchos palos, con piedras y con mazos,

hasta que ya los palos se hacían pedazos.

 

Moraleja y diálogo con Doña Endrina

No debe ser el hombre al mal hacer denodado,

ni decir ni cometer lo que no le es dado;

lo que Dios y natura han vedado y negado,

de hacerlo el cuerdo no debe ser osado.

 

Cuando cree el necio que dice bien y derecho,

y cree hacer servicio y placer con su hecho,

dice mal con necedad, hace pesar y despecho:

callar a veces reporta mucho provecho.

 

«Y porque ayer, señora, tanto os irritasteis,

por lo que yo decía por bien os ensañasteis,

por ende no me atrevo a preguntar qué pensasteis:

ruégoos que me digáis en qué lo acordasteis».

 

La dueña dijo: «Vieja, mañana madrugaste

a decirme patrañas de lo que ayer me hablaste;

yo no lo consentiría como tú me lo rogaste,

que consentir no debo tan mal juego como este».

 

«Sí», dijo la comadre, «cuando el cirujano

el corazón querría sacarle con su mano…

diréos su ejemplo ahora de antemano,

después daré respuesta cual debo y bien de llano».

 

Enxiemplo del gallo que halló el zafiro en el muladar

Andaba en el muladar el gallo muy hambriento,

escarbando de mañana con el frío y el viento;

halló un zafiro fino, mejor hombre no ha visto,

espantóse el gallo y le dijo como un tonto:

 

«Más querría de uvas o de trigo un grano,

que a ti ni a ciento iguales en mi mano».

El zafiro dio respuesta: «Bien te digo, villano,

que si me conocieses, tú andarías lozano.

 

Si a mí hoy me hallase quien hallarme debía,

si haberme pudiese el que me conocía,

aun bajo el estiércol mucho resplandecería;

tú no entiendes ni sabes cuánto yo merecía».

 

Muchos leen el libro teniéndolo en su poder,

que no saben qué leen ni lo pueden entender;

tienen algunas cosas preciadas y de querer,

a las que no dan honra, la cual debían tener.

 

A quien da Dios ventura y no la quiere tomar,

no quiere valer algo, ni saber, ni avanzar,

tenga mucha miseria, fatiga y trabajar:

le acontece como al gallo que escarba en el muladar.

Juan Ruiz (Arcipreste de Hita)

Diálogo de la vieja con Doña Garoza

«Bien así os acontece a vos, doña Garoza:

queréis en el convento más el agua con la orza,

que beber en tazas de plata y estar en la fiesta

con este mancebillo que os volvería moza.

 

Coméis en el convento sardinas y camarones,

verduras y miseria, y los duros cazones;

dejáis por el amigo perdices y capones:

os perdéis, cuitadas mujeres sin varones.

 

Con la mala comida, con las saladas sardinas,

con sayas de estameña coméis vos, mezquinas;

dejáis por el amigo las truchas, las gallinas,

las camisas bordadas, los paños de Malinas».

 

Díjole doña Garoza: «Hoy más no te diré;

en lo que tú me dices, en ello pensaré.

Ven mañana por la respuesta y yo te la daré;

lo que mejor vea, de grado lo haré».

 

Otro día la vieja fuese a la monjía,

y halló a la dueña, que en la misa seía:

«¡Uy, uy! —dijo— señora, ¡qué negra letanía!

En este ruido os hallo cada día.

 

O os hallo cantando, o os hallo leyendo,

o las unas con las otras discutiendo, riñendo;

nunca os he hallado jugando ni riendo:

verdad dice mi amo, por lo que yo entiendo.

 

Mayor ruido hacen, más veces y sin cuidado,

diez ánsares en laguna que cien bueyes en prado;

dejad eso, señora, os diré un recado:

pues la misa está dicha, vayamos al estrado».

 

Alegre va la monja del coro al locutorio,

alegre va el fraile de tercia al refectorio;

quiere oír la monja noticias del pretendiente,

quiere el fraile goloso entrar al comedor.

 

«Señora —dice la vieja—, os diré una broma,

no me ocurra como al asno con el perrillo blanco,

que él vio con su señora jugar en el tapete;

os diré la fábula, si me dais una sonrisa».

 

De la pasión de nuestro Señor Jesucristo

Miércoles a la hora de tercia, el cuerpo de Cristo

Judea lo tasa: en esa hora fue visto

cuán poco aprecia a tu Hijo querido

Judas el que lo vendió, su discípulo traidor.

 

Por treinta dineros fue la venta,

los mismos que faltan del noble ungüento;

quedaron satisfechos con el trato

y le dieron el pago al falso vendedor.

 

A la hora de maitines, dándole Judas la paz,

los traidores malvados, como si fuese un muchacho,

aquellos mastines, así ante su faz,

se abalanzaron sobre Él todos alrededor.

 

Tú, estando con Él a la hora de prima,

lo viste llevando y hiriendo ¡qué lástima!

Pilatos juzgando, le escupen encima

de su faz tan clara, del cielo resplandor.

 

A la hora tercera Cristo fue juzgado,

juzgólo la Ley de aquel pueblo porfiado;

por esto permanece en cautiverio dado,

del cual nunca saldrá, ni tendrá libertador.

 

Diciéndole «vaya», llévanlo a la muerte;

sobre su túnica echaron la suerte

para ver quién se la quedaba: ¡pesar tan fuerte!

¿Quién diría, Señora, cuál de estos dolores fue mayor?

 

A la hora de sexta fue puesto en la cruz,

gran angustia fue esta por tu hijo dulce;

mas al mundo socorre, pues de allí vino la luz,

claridad del cielo por siempre duradera.

 

A la hora de nona murió; y aconteció

que por su persona el sol se oscureció:

hiriéndole con la lanza, la tierra se estremeció,

sangre y agua salieron, para el mundo fue dulzor.

 

Al atardecer, de la cruz fue descendido;

llegada la hora de completas, con ungüento ungido,

en piedra tallada, en sepulcro metido;

un centurión fue puesto luego como guardián.

 

Por estas llagas de esta santa pasión,

a mis angustias dales consuelo;

tú, que agradas a Dios, dame tu bendición,

para que sea yo tuyo, por siempre servidor.

 

De lo que le aconteció al arcipreste con la serrana

Después de esta aventura me fui para Segovia,

no a comprar las joyas para la novia chata,

fui a ver una costilla de la serpiente gris

que mató al viejo Rando, según dicen en Moya.

 

Estuve en esa ciudad y gasté mi dinero,

no hallé pozo dulce ni fuente perenne;

cuando vi que mi bolsa se quedaba vacía,

dije: «Mi casilla y mi hogar valen cien sueldos».

 

Regresé para mi casa luego al tercer día,

mas no vine por Lozoya, pues joyas no traía;

quise cruzar el puerto que es de la Fuenfría,

pero erré todo el camino, como quien no lo conocía.

 

Por el pinar abajo hallé una vaquera

que guardaba sus vacas en aquella ribera;

«Me humillo ante vos», dije yo, «serrana halagadora,

o me quedo con vos, o mostradme la carrera».

 

«Me pareces», dijo ella, «necio, pues así te convidas;

no te acerques a mí, piénsalo antes bien,

si no, yo te haré medir mi cayada;

si te alcanzo de lleno, tarde la olvidarás».

 

Como dice la fábula sobre el que del mal nos quita:

escarba la gallina y halla su pepita.

Traté de acercarme a la chata maldita,

y me dio con la cayada en la oreja, de hito en hito.

 

Me derribó cuesta abajo y caí aturdido,

allí comprobé que es mal golpe el del oído;

«Confunda Dios», dije yo, «a la cigüeña en el ejido,

que de tal forma atrapa a los cigoñinos en el nido».

 

Después de haber puesto en mí sus manos airadas,

dijo la excomulgada: «No pises lo sembrado,

no te enfades por el juego, que a veces

se consiguen así buenas cantidades de dinero».

 

Dijo: «Entremos a la cabaña, que Ferruso no se entere,

te pondré en el camino y tendrás buena merienda;

levántate de ahí, cornejo, no busques más contienda».

Cuando la vi calmada, me levanté deprisa.

 

Me tomó de la mano y nos fuimos juntos,

era pasada la hora de nona y yo estaba en ayunas;

cuando entramos en la choza, no hallamos a nadie;

me dijo que jugásemos al juego de uno contra uno.

 

«¡Por Dios!», dije yo, «amiga, más querría almorzar,

que en ayunas y tiritando no puede un hombre jugar;

si antes no comiese, no podría bien bailar».

No le gustó lo dicho y quiso amenazarme.

 

Nos preparó comida: dije yo: «Ahora se prueba

que el pan y el vino valen, y no la camisa nueva».

Pagué la merienda y me alejé de la cueva;

le pedí que me mostrase la senda, que es nueva.

 

Me rogó que me quedase con ella esa tarde,

pues es mala de apagar la estopa cuando arde.

Le dije yo: «Tengo prisa, que Dios de mal me guarde».

Se enojó contra mí; tuve recelo y fui cobarde.

 

Me sacó de la choza y me llevó a dos senderos;

ambos están muy transitados y son camineros.

Anduve lo más rápido que pude por los cerros,

llegué con el sol aún tibio a la aldea de Ferreros.

 

De esta burla pasada hice un cantar tal,

no es muy hermoso, creo que ni siquiera normal;

hasta que entiendas el libro, de él no digas bien ni mal,

pues tú entenderás una cosa y el libro dice otra.

 

Cántica de serrana

Pasando una mañana por el puerto de Malagosto,

me asaltó una serrana en cuanto asomé el rostro:

«¡Eh, tú!», dijo, «¿por dónde andas, qué buscas o qué demandas

por este puerto tan angosto?».

 

Le respondí a su pregunta: «Voy hacia Sotos Albos».

Dijo ella: «Hueles a pecado al hablar palabras tan bravas;

pues por esta zona, que yo tengo bien guardada,

no pasan los hombres salvos».

 

Se me plantó en el sendero la sarnosa, ruin y fea:

«¡A fe mía!», dijo, «escudero, aquí me estaré yo quieta;

hasta que algo me prometas, por mucho que te arremetas,

no pasarás de la vereda».

 

Le dije yo: «¡Por Dios, vaquera, no estorbes mi jornada!

Quítate del camino, que no traigo para ti nada».

Ella dijo: «Entonces date la vuelta y por Somosierra cruza,

que no tendrás aquí posada».

 

La chata endiablada, ¡que San Julián la confunda!,

me lanzó su dardo y dijo: «¡Por el Padre verdadero,

tú me pagarás hoy la ronda!».

 

Nevaba y granizaba; me dijo la chata luego,

como si me amenazara: «¡Págame, si no, verás juego!».

Le dije yo: «¡Por Dios, hermosa, os diré una cosa:

más querría estar al fuego!».

 

Dijo: «Yo te llevaré a casa y te mostraré el camino,

te haré fuego y brasa, te daré pan y vino;

a fe mía, promete algo y te tendré por hidalgo:

una buena mañana te ha venido».

 

Yo, con miedo y tiritando, le prometí una garnacha (túnica),

y le ofrecí para el vestido un broche y una joya;

ella dijo: «¡Dame más, amigo! ¡Anda, ven, trota conmigo,

y no tengas miedo a la helada!».

 

Me tomó con fuerza de la mano, en su pescuezo me puso

como a un zurrón liviano y me llevó cuesta abajo:

«¡Ánimo! No te espantes, que bien te daré que comas,

como es uso de la sierra».

 

Me puso muy deprisa en una venta, bajo su amparo;

me dio hoguera de encina, muchos conejos de soto,

buenas perdices asadas, hogazas mal amasadas

y buena carne de cabrito.

 

De buen vino un cuarto, mucha manteca de vaca,

mucho queso de asar, leche, natas y una trucha;

dijo luego: «¡Ea, vamos! Comamos de este pan duro,

y después haremos la lucha (el acto sexual)».

 

Después de estar un rato, me fui quitando el frío,

y como me iba calentando, así me iba sonriendo;

me miró la pastora y dijo: «¡Ea, compañero, ahora

creo que voy entendiendo!».

 

La vaquera traviesa dijo: «Caminemos un rato,

levántate de ahí deprisa, quítate de ese hato».

Por la muñeca me tomó, hube de hacer cuanto quiso:

creo que hice un buen trato.

 

Ejemplo de las ranas, de cómo pedían rey a Don Júpiter

Las ranas en un lago cantaban y jugaban,

nada las lastimaba, muy libres correteaban,

mas creyeron al diablo, de su paz se cansaban:

pidieron rey a Júpiter, con ruegos lo agobiaban.

 

Envióles Don Júpiter una viga de lagar,

la mayor que él pudo; cayó en ese lugar.

El gran golpe del fuste las hizo a todas callar,

mas vieron que no era rey para las castigar.

 

Suben sobre la viga cuantas podían subir,

dijeron: «No es este el rey que nos deba servir».

Pidieron rey a Júpiter, como solían pedir:

Don Júpiter, con saña, las hubo de oír.

 

Envióles por su rey cigüeña traicionera,

que cercaba todo el lago, por toda la ribera;

andando pico abierta, como era ventolera,

de dos en dos las ranas comía muy ligera.

 

Quejándose a Don Júpiter, dieron voces las ranas:

«¡Señor, Señor, socórrenos, Tú que matas y sanas!

El rey que Tú nos diste por nuestras voces vanas,

nos da muy malas tardes y peores mañanas.

 

Su vientre nos sepulta, su pico nos deshace,

de dos en dos nos come, nos atrapa y nos abate.

Señor, Tú nos defiende; Señor, el mal aplaque,

danos la Tu ayuda, de este horror nos rescate».

 

Respondióles Don Júpiter: «Tened lo que pedisteis,

el rey tan demandado por cuanto mucho exigisteis;

vengue vuestra locura, pues en poco tuvisteis

ser libres y sin dueño: sufrid, pues lo quisisteis.

 

Quien tiene lo que cumple, con ello sea pagado;

quien puede ser de sí mismo, no sea enajenado.

El que no tenga yugo, no quiera ser atado:

libertad y soltura por oro no es comprado».

 

Bien así les sucede a todos tus contrarios:

donde eran sus señores, tórnanse tus vasallos;

tú después no piensas sino en maltratarlos,

en cuerpos y en almas a todos devorarlos.

 

Se quejan de ti, pero no les vales nada,

que tan presos los tienes en tu cadena doblada,

que no pueden partirse de tu vida penada:

responde a quien te llama, ¡vete de mi posada!

 

No quiero tu compaña, vete de aquí, varón:

das al cuerpo miseria, trabajo sin razón;

de día y de noche eres fino ladrón:

cuando el hombre está seguro, le robas el corazón.

 

En el punto en que lo robas, luego lo enajenas,

lo das a quien no lo ama, lo atormentas con penas;

anda el corazón sin cuerpo en tus cadenas,

pensando y suspirando por las cosas ajenas.

 

Lo haces andar volando como la golondrina,

lo revuelves a menudo, tu mal no adivina;

unas veces con saña, otras por mesalina,

de diversas maneras tu queja lo espina.

 

En un punto lo pones a jornadas trescientas,

anda por todo el mundo cuando tú lo tientas;

lo dejas solo y triste con muchas soberbias,

a quien no lo quiere ni ama, siempre se lo mientas.

 

Varón, ¿qué tienes conmigo?, ¿qué deuda me condena,

que tanto me persigues? Vienes con paz ajena,

nunca me adviertes con ojos ni con seña:

me das en el corazón, vuelves la dicha en pena.

 

No te puedo apresar, tanta es tu maestría,

y aunque te apresase, creo que no te mataría.

Tú, cada vez que me atrapas, con tanta demasía,

sin piedad me matas de noche y de día.

 

Responde: ¿qué te hice, por qué no me diste dicha?

En cuantas que amé, ni en la dueña bendita,

cuanto me prometías era luego desdicha:

en mal punto te vi, la hora fue maldita.

 

Cuanto más aquí estás, tanto más me ensaño;

más encuentro que decirte viendo tanto daño

que siempre de ti me vino con tu sutil engaño:

andas urdiendo siempre cubierto bajo mal paño.

 

Cerca de la Tablada

Cerca de la Tablada,

la sierra pasada,

me encontré con Aldara

a la madrugada.

 

En la cima del puerto

creí estar muerto

de nieve y de frío,

y de ese rocío

y de gran helada.

 

A la bajada

di una corrida,

hallé una serrana

hermosa, lozana

y muy colorada.

 

Dije yo a ella:

«Me humillo, bella».

Dice: «Tú que bien corres,

aquí no te demores,

sigue tu jornada».

 

Yo le dije: «Frío tengo,

y por eso vengo

a vos, hermosura;

quered por mesura

hoy darme posada».

 

Díjome la moza:

«Pariente, mi choza,

el que en ella posa

conmigo desposa

y me da gran soldada (pago)».

 

Yo le dije: «De grado,

mas soy ya casado

aquí en Ferreros;

pero algo os daré, amada».

 

Dice: «Trota conmigo».

Llevóme consigo

y me dio buena lumbre,

como es de costumbre

en sierra nevada.

 

Dióme pan de centeno,

tiznado y moreno,

y dióme vino malo,

agrillo y ralo,

y carne salada.

 

Dióme queso de cabras:

«Hidalgo», dice, «abras

ese brazo y toma

un tanto de hogaza

que tengo guardada».

 

Dice: «Huésped, almuerza,

bebe y esfuerza,

caliéntate y paga;

que nada te haga mal

hasta la tornada.

 

Quien dones me diere,

cuales yo pidiere,

tendrá buena cena

y cama muy buena

sin que le cueste nada».

 

«Vos, que eso decís,

¿por qué no pedís

la cosa certera?».

Ella dice: «Siquiera,

¿me será por vos dada?

 

Pues dame una cinta

bermeja, bien teñida,

y buena camisa

hecha a mi medida

con su buen collar.

 

Y dame sartas

de estaño y abundantes,

y dame una alhaja

de mucha valía:

una piel delgada.

 

Y dame buena toca

listada de cota,

y dame zapatos

de cuello bien altos,

de pieza labrada.

 

Con estas joyas,

quiero que lo oigas,

serás bienvenido,

serás mi marido

y yo tu velada (esposa)».

 

«Serrana señora,

tanto dinero ahora

no traigo por ventura,

mas daré fianza

para la tornada».

 

Díjome la fea:

«Donde no hay moneda

no hay mercancía,

ni hay tan buen día,

ni cara pagada.

 

No hay mercadero

bueno sin dinero,

y yo no me agrado

del que no da algo,

ni le doy posada.

 

Nunca con promesas

pagan hospedaje;

por dinero hace

el hombre cuanto place:

cosa es probada».

 

De las propiedades que las dueñas chicas tienen

Quiero abreviaros ahora la predicación,

pues siempre me agradó el pequeño sermón,

y la dueña pequeña y la breve razón,

que lo poco y bien dicho se clava en el corazón.

 

Del que mucho habla ríen, quien mucho ríe es loco;

hay en la dueña chica un amor y no poco.

Dueñas hay muy grandes que por chicas no troco,

y al cambiar grandes por chicas, nadie se siente un poco.

 

De las chicas, para que bien diga, el Amor me hizo ruego,

que hable de sus noblezas; yo quiero decirlas luego.

Os hablaré de dueñas chicas, que lo tendréis por juego:

son frías como la nieve y arden como el fuego.

 

Son frías por fuera, mas con amor ardientes;

en la calle son solaz, juego, placenteras y rientes;

en casa cuerdas, donosas, sosegadas, bienhacientes,

muchas más cosas hallaréis si bien ponéis las mientes.

 

En pequeña apariencia yace gran resplandor,

en azúcar muy poco yace mucho dulzor;

en la dueña pequeña yace muy gran amor:

pocas palabras bastan al buen entendedor.

 

Es pequeño el grano de la buena pimienta,

pero más que la nuez conforta y calienta;

así la dueña pequeña, si al amor se consienta,

no hay placer en el mundo que en ella no se sienta.

 

Como en pequeña rosa hay mucho color,

en oro muy poco, gran precio y gran valor,

como en poco bálsamo yace gran buen olor,

así en la dueña chica yace muy gran sabor.

 

Como el rubí pequeño tiene mucha bondad,

color, virtud y precio, y noble claridad,

así la dueña pequeña tiene mucha beldad,

hermosura, donaire, amor y lealtad.

 

Chica es la calandria y chico el ruiseñor,

pero más dulce canta que cualquier ave mayor;

la mujer que es chica por eso es mejor:

en el galanteo es más dulce que azúcar o flor.

 

Son aves pequeñas el papagayo y el oriol,

pero cualquiera de ellas es dulce y gran gritador;

adornada, hermosa, preciada y cantadora,

así es la dueña pequeña cuando es amadora.

 

De la mujer pequeña no hay comparación:

terrenal paraíso es y gran consolación,

solaz y alegría, placer y bendición;

es mejor en la prueba que en la salutación.

 

Siempre quise mujer chica más que grande o mayor;

no es desacertado de un gran mal ser huidor.

«Del mal, tomar lo menos», dice el sabio con rigor,

por tanto, de las mujeres, ¡la mejor es la menor!

 

Aquí habla del pleito que el lobo y la raposa tuvieron ante don Simio, alcalde de Bugía

Robaba la raposa el gallo a su vecina:

veíalo el lobo y mandábale dejarlo;

decía que no debía lo ajeno robar;

pero él solo esperaba la hora de poder devorarlo.

 

Lo que él más hacía, a otros se lo acusaba;

a otros reprochaba lo que en sí mismo alababa;

lo que él más amaba, aquello denostaba:

decía que no hiciesen lo que él más practicaba.

 

Emplazó por fuero el lobo a la comadre,

fueron a ver su juicio ante un sabio grande;

Don Simio tenía por nombre, de Bugía alcalde;

era sutil y sabio, nunca trabajaba en balde.

 

Hizo el lobo su demanda de muy buena manera,

cierta y bien formada, clara y muy certera;

tenía buen abogado, ligero y sutil era:

el galgo, que de la raposa es gran perseguidora.

 

«Ante vos, el muy honrado y de gran sabiduría,

Don Simio, ordinario alcalde de Bugía,

yo, el lobo, me querello de la comadre mía;

en juicio denuncio su mala fe y villanía.

 

Y digo que ahora, en el pasado febrero,

era de mil trescientos el año primero,

reinando nuestro señor el león justiciero,

que vino a nuestra ciudad con nombre de monedero.

 

En casa de Don Cabrón, mi vasallo y quintero,

entró a robar de noche por lo alto del humero;

sacó robando al gallo, nuestro pregonero,

llevólo y comiólo, a mi pesar, en aquel terrero.

 

De esto la acuso ante vos, el buen varón;

pido que la condenéis por sentencia y por nada más:

que sea ahorcada y muerta como un ladrón;

esto ofrezco probar bajo pena de talión».

 

Siendo la demanda en juicio leída,

fue sabia la zorra y estuvo bien precavida:

«Señor —dijo—, yo soy siempre de poco mal sabida,

dadme un abogado que hable por mi vida».

 

Respondió el alcalde: «Yo vengo nuevamente

a esta vuestra ciudad y no conozco a la gente;

pero yo te doy de plazo, hasta días veinte,

para hallar abogado; luego al plazo vente».

 

Levantóse el alcalde en esa hora de juzgar;

las partes, cada una, pensaron en buscar,

quién dineros, quién prendas para al abogado dar;

ya sabía la raposa quién la había de ayudar.

 

El día había llegado del plazo asignado;

vino doña Marfusa con un gran abogado:

un mastín ovejero, de carrancás (collar de pinchos) rodeado;

el lobo, cuando lo vio, quedó luego espantado.

 

Este gran abogado propuso por su parte:

«Alcalde, señor Don Simio, cuanto el lobo reparte,

cuanto demanda y pide, todo lo hace con arte,

pues él es fino ladrón y no halla quien lo harte.

 

Y por tanto yo propongo contra él una exención

legítima y buena, porque su petición

no debe ser oída, ni tal acusación:

él no puede denunciar, pues es un gran ladrón.

 

A mí me sucedió con él muchas noches y días,

que llevaba robadas ovejas de las mías;

vi que las degollaba en aquellas erías;

antes de que las comiera, yo se las quité frías.

 

Muchas veces por robo fue por juez condenado,

por sentencia y derecho está muy difamado;

por tanto no debe ser por él nadie acusado,

ni en vuestra audiencia oído ni escuchado.

 

Asimismo le acuso de que está excomulgado

de mayor excomunión por ley del delegado,

porque tiene barragana pública y es casado

con su mujer Doña Loba, que vive en ruin horado.

 

Su manceba es la mastina que guarda las ovejas:

por tanto sus dichos no valen dos arvejas,

ni se debe dar respuesta a sus malas consejas;

absolved a mi comadre, váyase de las callejas».

 

El galgo y el lobo estaban encogidos,

lo admitieron todo con miedo y a disgusto.

Dijo luego la Marfusa: «Señor, sean tenidos

en reconvención; pido que mueran y no sean oídos».

 

Aquí habla de la pelea que el arcipreste tuvo con don Amor

Tal eres como el lobo: reprochas lo que tú haces,

criticas lo que ves y no el lodo en que yaces;

eres mal enemigo; a todos a quienes complaces

hablas con gran simpleza para que a muchos engañes.

 

A obras de piedad nunca prestas atención,

ni visitas los presos ni quieres ver al enfermo,

sino a solteros, sanos, mancebos y valientes:

si a lozanas encuentras, les hablas entre dientes.

 

Rezas muy bien las horas con jóvenes holgazanes:

Con los que odian la paz hasta que el salterio acabas.

Dices He aquí qué bueno con sonajas y vasijas,

En las noches, necios, después vas a maitines.

 

Donde tu amiga vive comienzas a levantarte,

Señor, abre mis labios en alta voz a cantar,

Al orto del primer día los instrumentos a tocar,

Para que oiga nuestras preces, y así los haces despertar.

 

En cuanto la sientes, tu corazón se expande;

con la madrugada cantas con las fuerzas flojas,

La aurora luce sus alabanzas, les das grandes gracias,

con el Ten piedad de mí mucho te congracias.

 

Y saliendo el sol comienzas luego la hora de prima,

Día en tu noche, ruegas a su sirvienta

que la lleve por agua y que dé a todo cima;

va con el pretexto del agua a verte la mala pieza.

 

Y si es de tal clase que no suele andar por las callejas,

que la lleve a los huertos por las rosas bermejas;

si cree la necia tus dichos y consejos,

Cuerpo triste trae del Quienquiera que quiera sobras.

 

Y si tu amiga es dueña que de esto no se ocupa,

tú Católica y ella, buscas modo de que se trastorne;

Boca, lengua, mente le añade, el seso con ardor pospone:

va la dueña a tercia, la Caridad pone lejos.

 

Tú vas luego a la iglesia para decirle tu discurso

más que por oír la misa ni ganar de Dios perdón;

quieres la misa de los novios sin gloria y sin canto,

cacareas al dar ofrenda, bien trotas el responso.

 

Acabada la misa rezas tú bien la sexta:

que la vieja tenga a tu amiga lista,

comienzas En tu palabra y dices de esta:

Pero santo santo licor por la gran misa de fiesta.

 

Dices Cómo amé nuestro habla varonil,

Sosténme según, que para mi corona

Lámpara para mis pies es la vuestra persona;

ella te dice Cuán dulces, que logras a la nona.

 

Vas a rezar la nona con la dueña lozana,

Maravillas comienzas, dices de esta plana;

Dirige mis pasos, responde doña fulana,

Justo eres, Señor, al tañer a nona la campana.

 

Nunca vi sacristán que a vísperas mejor taña,

todos los registros toca con la manga pequeña;

la que viene a tus vísperas, por bien que se remangue,

con la Vara de tu virtud haces que de ahí se detenga.

 

Siéntate a mi diestra dices a la que viene;

cantas Me alegré, si allí se detiene;

Porque allí subieron a cualquiera que allí se atiene.

La fiesta de gran gala contigo la Pascua tiene.

 

Nunca vi cura de almas que tan bien diga completas.

Vengan hermosas o feas, ya blancas, ya morenas,

digan Te conozcas nosotros, de grado abres las puertas,

después Guárdanos te ruegan las que andan encubiertas.

 

Hasta el Que preparaste no la quieres dejar,

ante Su faz sabes cómo levantarlas;

en la Gloria de tu pueblo haces que se luzcan;

Dios te salve, Reina, dices si de ti se va a quejar.

 

Aquí habla de la pelea que tuvo el arcipreste con don Amor

Con pereza traes tantos y tales males,

muchos otros pecados, antojos y espantos;

no te complaces en hombres castos ni dignos santos,

a los tuyos das obras de males y quebrantos.

 

El que tu obra sigue es mentiroso y perjuro,

por cumplir tus deseos lo haces hereje duro;

más cree tus lisonjas el necio malhadado

que la fe de Dios; ¡vete, yo te conjuro!

 

No te quiero, Amor, ni codicio tu hijo,

me haces andar en balde, me dices «digo, digo»,

tanto más me acosas cuanto yo más aguijo,

no me vale tu vanagloria un vil grano de mijo.

 

No tienes miedo ni vergüenza de rey ni de reina,

te mudas a donde te pagan cada día deprisa;

huésped eres de muchos, no duras bajo cortina,

como el fuego andas de vecina en vecina.

 

Con tus muchas promesas a muchos embelesas,

al cabo son muy pocos a los que bien encaminas;

no te faltan lisonjas, más que hojas en viñas:

traes más necios locos que hay piñones en piñas.

 

Haces como el holgazán, a tu misma manera:

atajeas de lejos y cazas a la primera;

al que quieres matar, lo sacas de carrera,

de lugar encubierto sacas celada fiera.

 

Tiene el hombre a su hija de corazón amada,

lozana y hermosa, de muchos deseada,

encerrada y guardada, y con vicios criada;

donde cree tener algo, en ella no tiene nada.

 

Piensan casarla como las otras gentes,

porque se honren con ella su padre y sus parientes;

como mula resabiada aguza rostros y dientes,

remueve la cabeza, a mal juicio pone mientes.

 

Tú le susurras al oído y le das mal consejo,

que haga tu mandato y siga tu juego:

los cabellos en rueda, el peine y el espejo,

que aquel amigo «oveja» no es para ella parejo.

 

El corazón le vuelves de mil formas a la hora:

si hoy casarla quieren, mañana de otro se enamora;

a veces en saya, a veces en túnica,

se entrega la loca a donde tu locura mora.

 

El que más en ti cree, anda por peor camino;

a ellos y a ellas, a todos das mal destino.

De pecado dañoso, de otra cosa no te alabo:

tristeza y flaqueza, otra cosa de ti no recaudo.

 

Das muerte perdurable a las almas que hieres,

das muchos enemigos al cuerpo que requieres,

haces perder la fama al que más amor dieres:

a Dios pierde y al mundo, Amor, al que más quieres.

 

Destruyes a las personas, los bienes estragas,

almas, cuerpos y riquezas como el infierno las tragas;

de todos tus vasallos haces necios y lánguidos,

prometes grandes cosas, poco y tarde pagas.

 

Eres muy gran gigante al tiempo de mandar,

eres enano chico cuando lo has de dar;

luego de grado mandas, bien te sabes mudar:

tarde das y a disgusto, pero bien quieres demandar.

 

De la mujer lozana haces una loca boba,

haces con tu gran fuego como hace la loba:

al más astroso lobo en el celo se arrima,

a aquel da de la mano y con aquel se encueva.

 

Así muchas hermosas contigo se engañan,

con quien se les antoja, con aquel se apartan;

ya sea feo o rústico, lo sensato no miran:

cuanto más en ti creen, tanto peor negocian.

 

Haces por mujer fea perder hombre apuesto,

piérdese por hombre torpe dueña de gran alcurnia;

te complaces con cualquiera donde el ojo has puesto:

bien te pueden llamar «antojo» por insulto.

 

Naturaleza de diablo tienes, donde quiera que moras

haces temblar a los hombres y mudar sus colores,

perder seso y habla, sentir muchos dolores;

traes a los hombres ciegos, que creen en tus loores.

 

Al cazador te pareces cuando tañe su reclamo,

que canta dulce con engaño y al ave pone cebo

hasta que le echa el lazo cuando el pie dentro mete:

asegurando matas. ¡Quítate de mí, vete!

 

Ejemplo del topo y de la rana

Acontece cada día a tus amigos contigo,

como aconteció al topo, que quiso ser amigo

de la rana pintada, cuando lo llevó consigo:

entiende bien la fábula y por qué te lo digo.

 

Tenía el topo su cueva en la ribera,

creció tanto el río, que maravilla era,

cercó toda su cueva, que no salía fuera;

vino a él cantando la rana cantadera.

 

«Señor enamorado», dijo al topo la rana,

«quiero ser tu amiga, tu mujer y tu cercana;

yo te sacaré a salvo ahora por la mañana,

te pondré en la colina, lugar para ti sana».

 

«Yo sé nadar muy bien, ya lo ves por el ojo:

ata tu pie al mío, sube en mi rodilla;

te sacaré bien a salvo, no te haré enojo,

te pondré en la colina o en aquel rastrojo».

 

Bien cantaba la rana con hermosa razón,

mas otra cosa tiene pensada en su corazón;

creyóselo el topo, y ambos atados son:

atan los pies en uno, las voluntades no.

 

No guardando la rana la palabra que puso,

dio un salto en el agua, se hundió hacia abajo;

el topo cuanto podía tiraba hacia arriba:

cuál abajo, cuál arriba, andaban en mal uso.

 

Andaba ahí un milano volando hambriento,

buscando qué comiese, esta pelea vio;

se abatió por ellos, subió velozmente,

al topo y a la rana llevóselos a su nido.

 

Comióselos a ambos, no le quitaron el hambre;

así hace a los locos tu falsa ponzoña;

cuantos tienes atados con tu mala estambre,

todos por ti perecen por tu mala ralea.

 

A los necios y necias que una vez enlazas,

de tal guisa los trabas con tus fuertes mordazas,

que no tienen de Dios miedo ni de sus amenazas;

el diablo los lleva presos en sus tenazas.

 

Al uno y al otro eres destruidor,

tanto al engañado como al engañador;

como el topo y la rana perecen, o peor:

eres mal enemigo, te haces pasar por amador.

 

Toda maldad del mundo y toda pestilencia

sobre la falsa lengua y mentirosa apariencia:

decir palabras dulces que traen avenencia,

y hacer malas obras y tener mala querencia.

 

Del bien que el hombre dice, si a sabiendas falta,

es el corazón falso y mentirosa la lengua;

confunda Dios al cuerpo donde tal corazón huelga,

lengua tan enconada Dios del mundo la quite.

 

No es propio de hombre bueno creer a la ligera;

todo lo que le digan, piénselo bien primero;

no le conviene al bueno que sea lisonjero;

en el buen decir sea el hombre firme y verdadero.

 

Bajo la piel ovejuna traes dientes de lobo;

al que una vez atrapas, te lo llevas en robo;

matas al que más quieres, del bien eres estorbo,

echas en flacas cuestas gran peso y gran agobio.

 

Me place bien, te digo, que nada te debo;

eres cada día usurero y das a préstamo;

atrapas la gran ballena con tu poco cebo:

mucho más te diría, salvo que no me atrevo.

 

Porque de muchas dueñas mal querido sería,

y mucho mancebo loco de mí murmuraría;

por tanto no te digo ni el diezmo de lo que podría:

pues cállate y callemos, Amor, vete por tu vía.

 

Aquí habla de la respuesta que don Amor dio al arcipreste

El Amor con mesura me dio respuesta luego:

dijo: «Arcipreste, no seas sañudo, yo te ruego,

no digas mal de amor ni en verdad ni en juego,

que a veces poca agua hace bajar gran fuego.

 

Por poco mal decir se pierde gran amor,

de pequeña pelea nace muy gran rencor,

por mala suerte pierde el vasallo a su señor;

el buen hablar siempre hace del bueno, mejor.

 

Escucha con mesura, pues dijiste insultos,

no debe amenazar el que espera perdón;

donde bien eres oído escucha mi razón:

si mis dichos sigues, no te dirá mujer «no».

 

Si tú hasta ahora nada conseguiste

de dueñas y de otras que dices que amaste,

vuelve a tu culpa, pues por ti lo erraste,

porque a mí no viniste, ni me oíste, ni me prometiste.

 

Quisiste ser maestro antes que discípulo ser,

y no sabes la manera en que se debe aprender;

oye y lee mis consejos, y sabélos bien hacer:

conseguirás a la dueña y sabrás otras tener.

 

Para todas las mujeres tu amor no conviene,

no quieras amar dueñas que a ti no te convienen;

es un amor baldío, de gran locura viene:

siempre será mezquino quien amor vano tiene.

 

Si leyeres a Ovidio, el que fue mi criado,

en él hallarás palabras que le hube yo mostrado;

muchas buenas maneras para el enamorado,

a Pánfilo y a Nasón yo los hube aconsejado.

 

Si quisieres amar dueñas u otra cualquier mujer,

muchas cosas habrás primero de aprender;

para que ella te quiera en su amor querer,

sabe primeramente a la mujer escoger.

 

Busca mujer hermosa, donosa y lozana,

que no sea muy alta ni tampoco enana;

si pudieres, no quieras amar mujer villana,

que de amor nada sabe: es como una necia.

 

Busca mujer de talle, de cabeza pequeña,

cabellos rubios, que no sean de alheña,

las cejas apartadas, largas, altas en arco,

anchita de caderas: esta es talla de dueña.

 

Ojos grandes, hermosos, pintados, relucientes,

y de largas pestañas, bien claras y rientes;

las orejas pequeñas, delgadas, fíjate en otras cosas:

si tiene el cuello alto, así la quiere la gente.

 

La nariz afilada, los dientes menuditos,

iguales y bien blancos, un poco apretaditos;

las encías rojas, los dientes aguditos,

los labios de la boca rojos, angostitos.

 

La su boca pequeña, así de buena forma,

su faz sea blanca, sin vello, clara y lisa;

esfuérzate en ver a la mujer sin ropa,

que la talla del cuerpo te dirá lo que falta.

 

La mujer que envíes sea parienta tuya,

que te sea muy leal, no sea tu sirvienta;

no lo sepa la dueña para que la otra no mienta:

no puede ser que quien mal casa no se arrepienta.

 

Esfuérzate cuanto puedas en que tu mensajera

sea bien razonada, sutil y experta,

sepa mentir hermoso y siga el camino,

que más hierve la olla con su cobertera.

 

Si parienta no tienes tal, toma a las viejas

que andan por las iglesias y conocen las callejas;

grandes cuentas al cuello, saben muchos relatos,

con lágrimas de Moisés encantan las orejas.

 

Son grandes maestras estas alcahuetas,

andan por todo el mundo, por plazas y por cotas;

a Dios alzan los rezos, quejándose de sus penas,

¡ay, cuánto mal saben estas viejas trotonas!

 

Ejemplo del león y del ratón

Dormía el león pardo en la fría montaña,

en la espesura tiene su cueva soterraña;

allí juega de ratones una rápida compaña,

al león despertaron con su burla tamaña.

 

El león atrapó a uno y quería matarlo,

el ratón con el gran miedo comenzó a halagarlo:

«Señor», dijo, «no me mates, que no te podré saciar,

en darme tú la muerte no te puedes honrar.

 

¿Qué honra es para el león, al fuerte, al poderoso,

matar a uno pequeño, al pobre, al angustioso?

Es deshonra y bajeza, y no es vencer hermoso;

el que al ratón vence, tiene un honor vergonzoso.

 

Por tanto, vencer es honra para todo hombre nacido,

y es maldad y pecado vencer al desvalido;

el vencedor tiene honra según el valor del vencido,

su mérito es tanto cuanto es el del combatido».

 

El león de estos dichos se sintió satisfecho,

soltó al ratoncillo; el ratón, cuando fue soltado,

diole muy muchas gracias y dijo que estaría a su mando

en cuanto él pudiese, que le serviría de grado.

 

Fuese el ratón al agujero, el león fue a cazar;

andando en el monte hubo de tropezar,

cayó en grandes redes, no las podía romper;

envuelto de pies y manos, no se podía levantar.

 

Comenzó a lamentarse, oyólo el ratoncillo,

fue hacia él y dijo: «Señor, yo traigo buen cuchillo;

con estos mis dientes roeré poco a poquito

donde están vuestras manos, haré un gran agujero.

 

Vuestros brazos fuertes por allí los sacaréis;

abriendo y tirando, las redes rasgaréis.

Por mis pequeños dientes vos hoy escaparéis:

perdonasteis mi vida y vos por mí viviréis».

 

Tú, rico poderoso, no quieras despreciar

al pobre, al necesitado no lo quieras de ti echar;

puede hacer servicio quien no tiene con qué pagar,

el que no puede más, puede aprovechar.

 

Puede una pequeña cosa y de poca valía

hacer mucho provecho y dar gran mejoría;

el que poder no tiene, oro ni hidalguía,

tenga maña y juicio, arte y sabiduría.

 

Quedó con esto la dueña ya algo más complacida:

«Vieja», dijo, «no temas, estás bien segura;

no conviene a una dueña ser tan arrojada,

mas recelo mucho el ser mal engañada.

 

Estas buenas palabras, estos dulces halagos

no querría que fuesen para mí hiel y amargos,

como fueron al cuervo los dichos y encargos

de la falsa raposa con sus malos enredos».

 

Ejemplo de la zorra y del cuervo

»La zorra un día con hambre caminaba,

vio al cuervo negro en un árbol donde estaba;

un gran pedazo de queso en el pico llevaba,

ella con su lisonja así lo saludaba:

 

‘¡Oh, cuervo tan apuesto! Del cisne eres pariente,

en blancura, en donaire, hermoso, reluciente;

más que todas las aves cantas muy dulcemente;

si un cantar dijeses, diría yo por él veinte.

 

Mejor que la calandria o el papagayo,

mejor gritas que el tordo, el ruiseñor o el gayo:

si ahora cantases, todo el pesar que traigo

me quitaríais al punto más que con otro ensayo.’

 

Bien creyó el cuervo que con su gorjear

gustaba a todo el mundo más que otro cantar;

creía que su lengua y su mucho graznar

alegraba a la gente más que cualquier juglar.

 

Comenzó a cantar, su voz a levantar,

el queso de la boca se le hubo de caer;

la zorra al instante se lo fue a comer,

el cuervo con el daño se hubo de entristecer.

 

Falsa honra y vanagloria y la risa falsa

dan pesar y tristeza, y daño sin medida;

muchos creen que el viñadero guarda el camino,

y es el espantapájaros que está en el cadalso.

 

No es cosa segura creer la dulce lisonja,

de este dulzor suele venir amarga ración;

pecar de tal manera no conviene a monja,

religiosa no casta es perdida toronja.»

 

«Señora», dijo la vieja, «ese miedo no tengáis,

al hombre que os ama nunca lo esquivéis;

todas las otras temen eso que vos teméis,

el miedo de las liebres las monjas lo tenéis.

 

Del Ave María de Santa María

Ave María gloriosa,

Virgen Santa preciosa,

cuán piadosa eres

todavía.

 

Llena de gracia, sin mancha,

abogada,

por tu merced, Señora,

haz esta maravilla

señalada;

por tu bondad ahora

guárdame a toda hora

de muerte vergonzosa,

para que te loe a ti, hermosa,

noche y día.

 

El Señor es contigo:

estrella resplandeciente,

medicina de cuidados,

rostro muy bello,

reluciente,

sin mancha de pecados;

por tus gozos preciados

te pido, virtuosa,

que me guardes, limpia rosa,

de la locura.

 

Bendita tú eres,

honrada sin igual,

siendo Virgen concebiste,

por los ángeles loada

en las alturas;

por el hijo que pariste,

por la gracia que tuviste,

¡Oh bendita flor y rosa!

Tú me guarda, piadosa,

y me guía.

 

Entre las mujeres

escogida Santa Madre,

amparo de cristianos,

de los santos bien servida;

y tu Padre

es tu hijo sin duda;

¡Oh virgen, mi confianza!

De gente maliciosa,

cruel, mala, soberbia,

me desvía.

 

Y bendito es el fruto:

descanso y salvación

del linaje humano,

que quitaste la tristeza

y la perdición,

que por nuestro esquivo mal

el sucio diablo tal,

con su obra engañosa,

en cárcel peligrosa

ya ponía.

 

De tu vientre:

santa flor no tocada,

por tu gran santidad

tú me guarda de errar,

que en mi vida siempre siga

en bondad,

que merezca igualdad

con los santos, muy graciosa,

en dulzor maravillosa,

¡Oh María!

 

Cántica de loores de Santa María

Milagros muchos hace la Virgen siempre pura,

guardando a los cuitados de dolor y de tristeza;

al que loa tu figura, no lo dejes olvidado:

no mirando su pecado, lo salvas de amargura.

 

Ayudas al inocente con amor muy verdadero;

al que es tu servidor, bien lo libras con presteza.

No le falta tu socorro, sin duda alguna;

guárdalo de mala suerte tu bien grande y pleno.

 

Reina, Virgen, mi esfuerzo, me veo puesto en tal espanto,

por lo cual a ti te ruego que me guardes de quebranto;

pues a ti, Señora, canto, tú me guarda de herida,

de muerte y de desgracia por tu hijo Jesús santo.

 

Yo soy muy agraviado estando en esta ciudad;

que tu socorro y guardia fuerte me defiendan libre;

pues a ti me encomiendo, no me seas desdeñosa:

tu bondad maravillosa loaré siempre sirviendo.

 

A ti me encomiendo, Virgen Santa María;

mi angustia tú la aparta, tú me salva y me guía,

y me guarda todavía, piadosa Virgen Santa,

por tu merced, que es tanta que decir no la podría.

 

Cántica de loores de Santa María II

Santa Virgen escogida,

de Dios Madre muy amada,

en los cielos ensalzada,

del mundo salud e vida.

 

Del mundo salud e vida,

de muerte destruimiento,

de gracia llena, cumplida,

de cuitados salvamiento;

de este dolor que siento,

en prisión sin merecer,

Tú me dignes socorrer

con tu amparo y defensa.

 

Con tu amparo y defensa,

no mirando mi maldad,

ni mi propio merecimiento,

sino tu propia bondad;

que confieso en verdad

que soy pecador errado,

de ti sea yo ayudado

por tu virginidad.

 

Por tu virginidad,

que no tiene comparación,

ni tuviste igualdad

en obra e intención,

llena de bendición;

aunque no soy merecedor,

venga a ti, Señora, a la mente

el cumplir mi petición.

 

El cumplir mi petición,

como a otros ya cumpliste,

de tan fuerte tentación

en que soy cuitado triste;

pues poder tienes, y tuviste,

tú me guarda en tu mano,

bien socorres con llaneza

al que quieres, y quisiste.

 

Cántica de loores de Santa María III

Quiero seguirte a ti, flor de las flores,

siempre decir cantares de tus loores;

no apartarme de tu servicio,

mejor de las mejores.

 

Gran confianza tengo yo en ti, Señora,

mi esperanza en ti está a toda hora,

de tribulación, sin tardanza,

ven a librarme ahora.

 

Virgen muy santa, paso atribulado,

pena tanta con dolor atormentado;

en tu esperanza, angustia tanta

la que veo, ¡mal pecado!

 

Estrella del mar, puerto de descanso,

de dolor pleno y de tristeza

ven a librarme y consolarme,

Señora de la altura.

 

Nunca fallece tu merced cumplida,

siempre sanas de cuitas y das vida;

nunca perece ni entristece

quien a ti no olvida.

 

Sufro gran mal sin merecer, injustamente,

escribo tal porque pienso que voy a morir;

mas tú ayúdame, que no veo a otro

que me saque a puerto.

 

Cántica de loores de Santa María IV

En ti está mi esperanza,

Virgen Santa María;

en el Señor de tal valía

es razón tener confianza.

 

Ventura azarosa,

cruel, enojosa,

cautiva, mezquina,

¿por qué eres sañuda,

contra mí tan dañina,

y falsa vecina?

 

No sé escribir,

ni puedo decir

la angustia extraña

que me haces sufrir,

deseando vivir

en tormenta tamaña.

 

Hasta hoy, todavía,

mantuviste porfía

en maltratarme;

haz ya cortesía,

y dame alegría,

consuelo y placer.

 

Y si tú me quitaras

angustia y pesares,

y mi gran tribulación

en gozo tornaras,

y bien ayudaras,

harás buena estancia.

 

Mas si tú porfías,

y no te desvías

de mis penas crecer,

ya las cuitas mías

en muy pocos días

podrán fenecer.

 

Cantar de ciegos

Varones buenos y honrados, quered ya ayudarnos.

A estos ciegos desdichados, vuestra limosna dad;

somos pobres necesitados, tenemos que pedirla,

 

de los bienes de este mundo no tenemos nosotros parte.

Vivimos en gran peligro, en vida muy penada,

ciegos como un monstruo, del mundo no vemos nada.

 

Señora Santa María, tú dale la bendición

al que hoy en este día nos dé la primera ración;

dale al cuerpo alegría y al alma salvación.

 

Santa María Magdalena, ruega al Dios verdadero

por quien nos dé buen estreno de moneda o de dinero,

para mejorar la cena a nosotros y a nuestro compañero.

 

Al que hoy nos estrene con moneda o con pan,

dele en cuanto comience buen estreno San Julián:

cuanto a Dios demandare, otórguiselo de plano.

 

A sus hijos y a su familia, Dios Padre espiritual,

de ceguera tan grande guarde y de angustia tal:

a sus ganados y a su cabaña Santo Antón guarde de mal.

 

A quien nos dio su moneda por amor del Salvador,

Señor, dale tu gloria, tu gracia y tu amor:

guárdalo de la pelea del pecador engañador.

 

Porque tú, bienaventurado ángel Señor San Miguel,

tú seas el abogado de aquella y de aquel

que de su pan nos ha dado; te lo ofrecemos por él.

 

Cuando las almas pesares, sostén con tu diestra

a los que dan cenas y comidas a nosotros y a quien nos guía;

sus pecados y sus males, échalos a la siniestra.

 

Señor, merced te pedimos con nuestras dos manos,

las limosnas que te damos, que las tomes en tus palmas;

a quien nos dio que comamos, da paraíso a sus almas.

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