Poemas de Ramon Llull
Los poemas de Ramon Llull (1232-1316) demuestran que este polímata mallorquín fue clave en la cultura europea. Tras una experiencia mística, dedicó su vida a la conversión de musulmanes mediante el diálogo racional y la ciencia.
Creó el Ars, un sistema lógico-filosófico pionero que utilizaba figuras geométricas y letras para hallar la verdad universal, considerado un antecedente de la informática.
Fue un escritor prolífico que elevó el catalán a lengua literaria y científica, fusionando la escolástica cristiana con influencias árabes y neoplatónicas.
Sen nota a través de los poemas de Ramón Llul que su pensamiento buscaba la unidad del saber bajo la primacía de Dios, integrando fe, lógica y observación de la naturaleza.
La conquista de Mallorca
Si hoy canto con placer la grande empresa; si hoy hallo ocasion para cantar al rey Don Jaime el Conquistador, al varon portentoso que siendo terror y escarmiento de los moros, dejó atrás las gloriosas hazañas de Wifredo el Velloso;
Es porque con la toma de Mallorca fué encontrada una maravilla; maravilla que la sabiduría inmensa de Dios y su omnipotente poder, permitió que se descubriese al conquistarse una isla de plata.
Unidad, que te sientas en el lugar mas elevado; para que mi canto sea digno ¿por qué no reunes en mí la ira tremenda, y el esforzado brazo de Abu-Soleyman, y haré que mi pensamiento se dilate del uno al otro confin del mundo?
Pluguiese á Dios que me fuese dado hablar en estilo digno del estruendo de las armas y de la sangre que se vierte en los combates; y que estendiéndome en hondas consideraciones, os pudiese ofrecer una obra que rivalizara con la de los Fastos con que Ovidio dotó al orbe.
Mas ya que no son para mi éstro las mas grandes conquistas del mundo, dignas tan solo del númen de Horacio ó de Bertran de Born y tantos otros poetas insignes; recuerdo en mi canto los hechos siguientes.
I.
Inflamado por el deseo de la conquista, sale el rey Don Jaime á la mar con su armada compuesta de numerosas naves: aompáñanle sus barones, donceles y prelados, los mejores guerreros de su tiempo, los cuales secundan con ardor el bienaventurado deseo de su monarca.
II.
Flotaba la armada de mil galeras, formando sobre las ondas un puente de madera, cuando aquel que tiene en el cielo su esplendente trono, lanzó sobre nuestras riberas y nuestros mares todos los horrores de los vientos desencadenados, del rayo y de la tempestad.
III.
La nave que á su placer conduce el esclarecido rey á la gran conquista, hizo sus señales para reunir la armada que consideraba ya estraviada y perdida; mas la flota no puede favorecer el gran deseo del rey para llevar á cabo la atrevida empresa.
IV.
Dirigió entonces el rey su pensamiento á Dios, y sollozando y vertiendo lágrimas, dijo con mucha tristeza:—«Señor! dignaos prestarme vuestro ausilio en este viaje, que emprendí por honra vuestra, así como protegiste á Nabucodonosor y á Faraon después de haberlos castigado; restituid la luz al cielo y al mar la calma.»
V.
«Plázcaos que pueda llevar á feliz término el hecho que emprendí, para ensalzar la cruz donde espirasteis en el destierro de este mundo. Plázcaos, Señor, que se cumpla mi deseo, á fin de que no oigais mas á los infieles de Mallorca sin que nada de ellos podais esperar.»—
VI.
Entonces el rey hizo enarbolar en el mástil de su nave el pendon de Jesu-Christo, y en los bajeles apareció la bandera aragonesa. Casi toda la armada había estado á punto de perecer, mas no plugo esto á Dios, que había abierto á las armas de Aragón el camino de la gloria.
VII.
Las ondas del mar que enfurecidas habían desbaratado aquel inmenso escuadron de naves, recobró su perdida calma. Las cumbres de la isla aparecian ya á los ojos de los conquistadores: y el brazo de Dios que durante aquel dia tan adverso se había mostrado, hizo aparecer en el cielo la luz del sol, y la armada toda trocó en alegría su tristeza.
VIII.
Entonces el almirante Bonet que guia la navemayor, con gritos de alegría se acercó á la galera del rey y le dijo:—«Ya plugo á Dios por fin! Mirad, señor, mirad otra vez reunida vuestra flota, y si es la voluntad de mi rey, dirijámonos sin tardanza hácia la parte de mediodía.»—
IX.
Cuando el rey vió todas sus naves, que en tanto cuidado le habían tenido, dijo pesaroso, derramando lágrimas de ternura:—«Señor! la grande armada que habeis querido restituirme, salva de los horrores de la tormenta, os prometo que irá por vos á lanzar en las profundidades del infierno el coaligado poder de los mahometanos.»—
X
Y en tanto que así hablaba el rey, con sus ojos fijos en el cielo, inquieto por el daño que había sufrido su flota, vió al bajel de Don Nuño que hácia él se adelantaba, y díjole el esforzado caudillo con el gozo y la alegría pintados en su semblante:—«Señor rey! plázcaos seguir adelante en vuestro viaje.»—
XI.
Entonces la nave real hizo seña, á la cual respondieron todos los bajeles, levantando en alto sus confalones. El mar acabó de serenarse, y la brillante lumbrera del cielo hacía mas agradable el camino que la flota seguia; y esta continuó su curso gritando todos:—«Sús! sús! guerra á muerte á los moros!»—
XII.
La flota se desliza rápidamente sobre las aguas sin que apenas lo adviertan los guerreros, entregados todos á la alegría. Don Nuño esclama, fijando sus ojos á la parte de mediodía y distinguiendo los elevados minaretes de la isla:—«Señor rey! si os place, pudiéramos dirigir nuestras preces á la vírgen María.»—
XIII.
Plugo al rey lo que Don Nuño proponia; la nave real dió aviso por medio de sus señales, y la flota contestó levantando en alto sus confalones. Entonces el rey, el obispo y el abad, con ánimo contrito, dirigieron su pensamiento al cielo y la hueste toda se puso en oracion.
XIV.
Y el obispo, con voz trémula, entonó el Ave-Maris en honor de la reina de los cielos, y todos los prelados juntamente con el rey, puestos en fervorosa oracion, cantaron devotamente y con voz triste el Kirieleyson.
XV.
Entonces D. Nuño esclamó:—«Señor rey! puesto que ya dejamos la mar y nos es necesario tomar puerto en Mallorca, pensad en lo que debemos hacer para dar comienzo á nuestra empresa, si os place batallar con la odiosa horda sarracena.»—
XVI.
Reflexiona el rey lo que en tal ocasion conviene hacer, y dice al obispo y á D. Gaston:—«Si os parece, podríamos enviar un galeote hácia la costa para esplorarla, en tanto que el dia amanece, y elegir el lugar mejor en donde pueda dar fondo nuestra flota.»—
XVII.
—«Si lo teneis á bien, le respondió el obispo, podria prestar este servicio la nave del almirante Bonet, el mas apto para inquirir el sitio, en el cual con menos peligro la armada toda pueda guarecerse, y que ofrezca mayores ventajas para el desembarco de vuestro ejército.»—
XVIII.
Plugo al rey cuanto propuso el obispo y dijo al almirante Bonet:—«Vamos! vamos! adelantáos con vuestro bajel y buscad sin tardanza el punto de la costa mallorquina mas apropósito para nuestro objeto, y volved enseguida á decírnoslo, si habeis conseguido encontrarle.»—
XIX.
Cuando con su nave el intrépido marino hubo hecho la esploracion que se le habia confiado, volvióse á la flota y dijo al rey:—«Señor! por esta mitad de la isla no es posible tomar puerto, porque la costa es brava y escarpada. Si os place podremos dirigirnos hácia la parte de mediodía.»—
XX.
Con acuerdo de lo barones y ricos hombres del ejército, la armada cambió de rumbo, hasta anclar en el lugar llamado la Palomera; y cuando el rey vió allí reunidas todas sus naves, elevó sus ojos y sus manos al cielo, esclamando:—«Ayudadme, ó Dios, en esta grande empresa!»—
XXI.
Y entonces vino el moro Alí en la galera real, y prosternándose de rodillas ante el rey Don Jaime, esclamó:—«Apresuráos, señor! corred hácia la ribera! vuestra es esta preciosa isla en donde el mal nunca se albergó! Así me lo ha dicho mi anciana madre, que escrito lo encontró en el libro de los destinos.»—
XXII.
Mientras esto acontecia, el rey dijo á los marineros:—«Seguid el camino tan luego como entre la noche; y observad cual sea el lugar mejor para nuestro desembarco.»—Y émulos en gloria y valor D. Nuño Sanz y D. Ramon de Moncada, quisieron lanzarse juntos al lugar del peligro.
XXIII.
Y sus naves con mucho silencio y cautela esploraron la costa durante toda la noche, y estuvieron en acecho, y cuando el albor de la mañana apareció en el oriente, dijo D. Nuño al rey:—«Señor! nada temais: por esta parte encontré lugar donde pudiéramos desembarcar felizmente.»—
XXIV.
Y la armada entera levó las anclas sin hacer el menor ruido, y se encaminó hácia el punto designado. Mas los paganos no bien de ello se hubieron apercibido, cuando levantaron hasta el cielo su gritería: y entonces el rey Don Jaime dijo, lleno de ardimiento y valor:—«Pronto, compañeros! adelante en nombre de Dios!»—
XXV.
Obedientes á esta voz D. Nuño Sanz, D. Ponce Hugo y D. Gerardo de Cervellon quisieron los primeros saltar en la enemiga tierra, y D. Guillen de Moncada lo hizo con la mayor decision y denuedo, y trás él su hermano D. Ramon con D. Gaston de Bearne, y luego el rey con todo su séquito de barones y ricos hombres.
XXVI.
Y en tanto que Don Jaime saltaba á tierra, D. Ramon de Moncada acometió valerosamente al enemigo, y con los bravos soldados de su mesnada arrolló las contrarias filas. Espantados los moros con el fuerte empuje, huyeron despavoridos y en desórden, y no hubo sarraceno que quedase con vida de cuantos estuvieron al alcance de las armas cristianas.
XXVII.
Cuando el rey hubo puesto pié á tierra y encontró ganado el primer encuentro, dijo enojado:—«Mucho nos duele! Batalla travóse sin que nos estuviésemos en ella! Malhaya! ¡Sús, caballeros! Seguidme, que tengo afan de ver sangre musulmana.»—
XXVIII.
Y montando Don Jaime á caballo, entróse tierra adentro con varios de los suyos, persiguiendo á los fugitivos. Peleando á derecha y siniestra, muchos fueron los enemigos que cayeron bajo el filo de su espada. Poco despues el monarca y los que le seguian vieron con placer la hueste numerosa de los sarracenos que se habia tomado posicion sobre un cerro.
XXIX.
Entónces distingue el rey á un moro armado de piés á cabeza que hácia él se dirigia, amenazándole con la punta de su lanza. Al columbrarle el rey, le dijo:—«Ríndete, malvado!»—Y el sarraceno respondió:—«Jamas estuve acostumbrado á rendirme!»—Y en tanto un caballero del séquito del rey le hirió de muerte.
XXX.
Y cuando Don Jaime vió mas léjos en el campo á Mem-Ladron que combatia con los sarracenos, dijo á D. Nuño:—«Acechad trás ese collado con Gil de Alagon y Arnaldo de Finisterra, en tanto que voy á vencer aquellos tres moros que mas allá distingo.»—
XXXI.
Mas, Gil de Alagon, desobedeciendo las órdenes del rey, se precipitó sobre dos sarracenos, hiriéndoles el rostro con sus puños, y Don Jaime entónces corriendo hácia D. Gil, le dijo:—«¡Qué! ¿Acaso no sabe el de Alagon el ordenamiento de buen doncel?»—
XXXII.
Y D. Gil de Alagon contestó:—«Señor rey! Sabed que aquí vine para matar infieles. Si es otra vuestra voluntad, podeis reprender al mal baron cuando os desobedece, pero no ofender de tal modo al buen doncel.»
XXXIII.
«Y sabed tambien que Gil de Alagon se separa desde ahora de vuestro servicio. Sarracenos matareis vos si os place; y donceles hay que sabrán batir á los guerreros de vuestro ejército, y aun á Gil de Alagon le será dado hacerlo.»—Y el rey le replicó:—«Id, miserable, id enoramala.»—
XXXIV.
Y la hueste se dirigió entónces hácia el collado cargando sobre los moros, y haciéndoles gran destrozo. Muy cerca de mil de los sarracenos cayeron allí sin vida; y espantados los demas, dando alaridos, huyeron internándose por la selva.
XXXV.
Y luego el rey volvióse al campo muy satisfecho de la jornada, y al verle Ramon de Moncada le dijo con razon y enojado:—«¿Qué hicisteis, señor rey? ¿Os habeis acaso propuesto perderos y perdernos á todos? Si lanzándoos al peligro sucumbierais, ¿quién de nosotros escaparia con vida de esta tierra?»—
XXXVI.
Guardó silencio el rey á estas palabras, y añadió D. Guillen de Moncada:—«En verdad que nos demostrais ser modelo de caballeros. Sin duda que ninguno hay tan valiente y esforzado como vos; mas con poco seso procedeis esponiéndoos así al peligro. No obreis otra vez así, señor rey, no obreis otra vez así.»—
XXXVII.
Y cuando la noche empezaba á difundir la sombra por el cielo, todos los barones pusieron en el campo sus avanzadas; y en tanto el xeque de Mallorca salia con toda su hueste de la capital, que hermosa aparecia en lontananza; y allí sobre los cerros de Portopí se preparó para la gran batalla.
XXXVIII.
Apresuróse Mem-Ladron á dar noticia de esto al rey, enviándole desde luego mensajeros. Entretanto vino la luz del alba y con ella se levantó la hueste toda. Llama el rey á los guerreros para que asistan al santo sacrificio de la misa que ordena celebrar; y acabado que fué, dijo el obispo D. Berenguer:
XXXIX.
—«Marchad, barones! puesto que vuestra mano ha empuñado las armas por la honra de Dios, Dios os acompañará en el combate y á todos os tendrá por suyos. Adelante, paladines! herid con golpes fuertes y certeros, que alcanzará el cielo el que de vosotros muera por la fe de Jesu-Cristo.»—
XL.
Y en seguida empezó á moverse la vanguardia, que se componia de los soldados de D. Guillem y D. Ramon de Moncada y de los templarios; y pronto se distinguió tras el collado á la horda sarracena, preparada para el combate; y dada la señal, con pavoroso estrépito se trabó la lid, haciendo cada parte cuanto podia.
XLI.
La vanguardia hizo esperimentar grandes daños al enemigo, porque los cristianos peleaban con denuedo por la fe de Cristo. Mas allí acabó peleando D. Guillem de Moncada su gloriosa carrera; allí murió tambien D. Ramon de Moncada como un héroe defendiendo su estandarte, y con ellos el valiente Desfar y Hugo de Mataplana, el buen trovador.
XLII.
Hallábase ya derrotado y vencido el ejército de Infantilla, y las armas de la hueste del rey Don Jaime apenas encontraban ya enemigos que vencer por aquellos alrededores. Plugo á Dios dar á los infieles el castigo que merecian, y dijo el valeroso monarca: —«Entremos en la ciudad!»—
Y pronto se vió tremolar sobre las torres de sus muros el pabellon aragonés, y reducido á cenizas el de Mahoma: y D. Nuño, con muestras de verdadero gozo, dijo á Don Jaime:—«Señor rey! esta es la puerta de la ciudad que ya os pertenece, tomadla ante todo, y sed vos el primero que entre por ella.»—Y en seguida fué aclamado y victoreado por rey de Mallorca.
—«Adelante! adelante! dijo Don Jaime á sus prelados y barones, cuando vió á la hermosa ciudad llena de escombros, estended vuestras miradas; y pues tenemos segura la posesion de la capital, podeis desceñiros el casco, que con el ausilio de Dios, está ya conquistada la isla de Mallorca.»—
Y entonces el rey para descansar de las fatigas de aquel dia, y para reponerse del daño que habia esperimentado, se quitó el yelmo, depuso su espada y se desnudó de su armadura. Y luego esclamó:—«Honremos á Mallorca, colmándola de beneficios.»—
Y ya que el rey, ó Dios mio, ha dejado las armas que con tanto esfuerzo ha empleado en honra y servicio vuestro; ya que las afiladas lanzas están descansando sin que arranquen á los combatientes lágrimas ni lamentos, razon es que suspenda mis versos y dé fin á mi canto.
El Cant de Ramon
Fui creado y el ser me ha sido dado
para servir a Dios y que éste fuese honrado,
mas caí en mucho pecado
y en la ira de Dios fui colocado.
Vino a mí Jesús crucificado:
quiso que Dios fuese por mí amado.
Por la mañana fui a pedir perdón
a Dios y tomé confesión
con dolor y contricción.
De caridad, oración,
esperanza y devoción
Dios me hizo provisión.
Hice a los frailes Menores donar
el monasterio de Miramar
para a los sarracenos predicar.
Entre la viña y el hinojal,
el amor me tomó y me hizo a Dios amar,
y entre suspiros y lloros estar.
Dios Padre, Hijo y Dios espirado,
que es Santa Trinidad:
intenté que fuesen demostrados.
Dios Hijo del cielo bajó
y de una Virgen nació:
Dios y hombre, el Cristo llamado.
Estando el mundo en condenación,
murió para dar salvación
Jesús, por quien el mundo fue creado.
Jesús subió al cielo sobre el trono;
vendrá a juzgar el mal y el bien,
y no valdrán llantos para pedir perdón.
Un nuevo saber he encontrado
por el que el hombre puede conocer la verdad
y destruir la falsedad.
Los sarracenos serán bautizados,
tártaros, judíos y cuantos andan errados,
por el saber que Dios me ha dado.
He cogido la cruz y envío amores
a la Señora de los pecadores
esperando que de ella me venga gran socorro.
Mi corazón es casa de amores
y mis ojos fuentes de llanto:
entre gozo estoy y dolores.
Soy hombre viejo, pobre y menospreciado,
por ningún hombre soy ayudado
y la obra que he emprendido es demasiado.
Grandes cosas del mundo he buscado,
muy buen ejemplo he dado,
mas soy poco conocido y amado.
Quiero morir en piélago de amor.
Por ser mayor no siento temor
del mal príncipe ni del mal pastor.
Todos los días pienso en el deshonor
que hacen a Dios los grandes señores
que llevan el mundo al error.
Ruego a Dios que mande mensajeros
devotos, sabios y verdaderos
en conocer que Dios hombre es.
A la Virgen en la que Dios se hizo hombre
y a todos los santos a ella sometidos
ruego en el infierno no acabar metido.
Alabanza y honor al mayor Señor,
al cual envío mi amor,
esperando recibir de él resplandor.
No soy digno de hacer honor
a Dios: ¡soy tan pecador,
y soy de libros trovador!
Allí donde vaya quiero hacer gran bien,
y al final nada consigo hacer,
y por esto tengo ira y pesar.
Con contrición y llanto
tan solo quiero a Dios clamar la merced
de que mis libros quiera exaltar.
Santidad, vida, sanidad,
gozo me dé Dios y libertad,
y guárdeme del mal y del pecado.
A Dios todo mi ser he encomendado:
que el mal espíritu ni el hombre airado
tengan sobre mí potestad.
Ordene Dios a los cielos y a los elementos,
a las plantas y a todos los seres vivientes
que no me hagan mal ni tormentos.
Deme Dios compañeros inteligentes,
devotos, leales, humildes y prudentes
en procurar sus honramientos.
Cierre:
Alabanza y honor a la esencia de Dios, y a las Personas divinas y a sus dignidades. Y recordemos y amemos a Jesús el Nazareno y a María la Virgen, su madre.
Alabanza a Ti, oh, Cristo.
A vos, señora virgen santa María
A vos, señora virgen santa María, doy mi voluntad, que se quiere enamorar de vos tan fuertemente que sin vos no querría en ninguna cosa desear ni amar; porque toda voluntad tiene mejoría sobre cualquier otra que no sea volviendo a vos, que sois madre del amor. Quien no os quiere, no tiene de qué enamorarse.
Puesto que mi voluntad quiere vuestra señoría, mi memoria y mi saber os quiero dar; pues sin voluntad, Señora, ¿qué haría yo con ellos? Y vos, Señora, si os place, haced recordar, entender y amar a la clerecía, a fin de que vayan a Siria a los infieles convertir y predicar, y a los cristianos hagan pacificar.
Muchos hombres se vanaglorian de que morirían por vuestro hijo, si llegara la ocasión; pero pocos son aquellos que van a predicarlo a los infieles, pues la muerte les hace dudar.
Desconsuelo
I
Dios, con Vuestra virtud comienza este
Desconsuelo,
el cual hago en canto, para que me
consuele
y con él narre la falta y el daño
que el hombre hace contra Vos, que nos
juzgasteis en la muerte.
Y cuanto más me consuelo, menos el
corazón está fuerte,
pues de ira y dolor mi corazón es puerto,
por eso, el consuelo retorna como un
grave desconsuelo.
Por eso, estoy en trabajo y distracción,
y no hay ningún amigo que alguna
alegría me traiga,
sino tan solo Vos, para que yo Os
torne un puerto,
en la caída y en la ascensión. Y estoy así
en tal suerte
que nada veo o escucho que me traiga
conforto.
II
Cuando crecí y sentí la vanidad del
mundo,
comencé a hacer mal y entré en pecado,
olvidando al Dios glorioso y siguiendo
lo que es carnal.
Mas plugo a Jesucristo, por Su
grande piedad,
presentarse a mí cinco veces
crucificado,
para que Lo recordase y me
enamorase,
e hiciese que Él fuese predicado
por todo el mundo, y que fuese dicha la
verdad
de Su Trinidad, y cómo encarnó.
Porque fui inspirado en tan grande
voluntad,
que nada amé más que el que Él fuese
honrado
y, entonces, comencé a servirlo de buen
grado.
III
Cuando me puse a considerar del mundo
su estado,
cuán pocos son los cristianos y muchos los
descreídos,
entonces, en mi corazón tuve tal
concepción
que fuese a prelados y a reyes, igualmente,
y a religiosos, con tal ordenamiento,
para que ocurriese el Pasaje, y con
tal predicación
que con hierro y fuego, y verdadera
argumentación,
se diese a nuestra fe tan grande exaltación
que los infieles viniesen a la conversión.
Y esto he tratado, verdaderamente,
hace treinta años,
mas no obtuve nada, por lo que estoy
enfermo,
tanto, que lloro frecuentemente, y estoy
en languidez.
IV
Mientras estaba así, en tristeza,
considerando frecuentemente la grande
deshonra
que Dios recibe del mundo por falta de
amor,
como un hombre airado, que huye del mal
señor,
fui a un bosque, donde estuve en llanto,
tan fuertemente desconsolado, que el
corazón estaba en dolor.
Mas como lloraba, sentía dulzura,
y a Dios hablaba haciéndole clamor,
cómo tan poco escucha el justo y el
pecador
cuando Le adoran y creen tratar Su
honra,
pues si les diese más ayuda y fervor,
todos convertirían el mundo a Su
valor.
V
Así, mientras estaba en melancolía
a lo lejos observé y vi que venía un
hombre.
Tenía un bastón en su mano y una
gran barba,
en su dorso cilicio traía, y poco
vestía.
Parecía ermitaño, según su
comportamiento.
Y cuando llegó a mí, me preguntó
qué tenía
y de dónde venía el dolor que yo traía,
y si él de alguna forma podría ayudarme.
Y yo respondí, ay, que tal ira sentía
que ni por él ni por otro
me consolaría,
pues, conforme a lo que el hombre pierde,
crece la felonía.
Y lo que yo había perdido, ¿decirlo quién
podría?
VI
—Ramón, dijo el ermitaño, ¿qué habéis
perdido?
¿Por qué no os consoláis en el Rey de la
salvación,
que basta a todo lo que de Él viene?
Mas aquel que Lo pierde no puede tener
virtud
para ser consolado, pues está muy
abatido.
Y si vos no tenéis ningún amigo que
os ayude,
decidme a vuestro corazón qué hubo,
pues, si tuviereis corazón flaco o
estuviereis decepcionado,
bien podría ser que fueseis socorrido
por mi doctrina, tanto, que si
estuviereis vencido,
os mostraré cómo vencer vuestro
corazón combalido
de ira y dolor, para que Dios os ayude.
VII
—Don ermitaño, si yo pudiese llevar a
cumplimiento
la honra que por Dios traté por tanto
tiempo,
no habría nada perdido ni haría
clamor,
sino que ganaría tanto que a la conversión
vendrían los errados, y el Santo Sepulcro
tendrían los cristianos. Mas, por falta
de aquellos a quienes Dios ha dado más
honramiento,
que no desean oír y no consideran
ni a mí ni a mis palabras, como hombre que locamente
habla y nada hace según el entendimiento;
para que yo pierda por ellos toda la
procuración
que hago para honrar a Dios y tener de los
hombres la salvación.
VIII
Aún os digo que traigo un Arte General,
que me fue dada, recientemente, por don
espiritual
para que el hombre pueda saber toda
cosa natural,
conforme el entendimiento alcanza lo
sensual.
Vale para el Derecho, para la Medicina y
todo el saber,
y para la Teología, la cual me es más cara,
ninguna arte vale tanto para resolver
cuestiones
y para destruir los errores a través de la razón
natural.
Y la tengo por perdida, porque al
hombre casi no interesa.
Por eso, estoy en llanto, en lágrimas y
en ira mortal:
pues ningún hombre que perdiese tan
precioso caudal
podría tener nuevamente gozo de cosa
terrenal.
IX
—Ramón, si vos hacéis lo que debéis,
procurar honra para Dios y hacer grande
bien,
y no sois escuchado ni la ayuda os viene
de aquellos que tienen poder, por todo eso
no conviene
que estéis descontento, pues Dios, que
todo ve,
os es tan grato como si cumplieseis
inmediatamente
todo lo que pedisteis, pues el hombre que
bien se porta
para tratar Su honra, conseguirá para sí
mérito y corrección, don, piedad, merced.
Por eso, comete gran pecado quien
en su corazón retiene
ira y desconsuelo, haciéndole Dios bien
que concuerda con gozo, esperanza y fe.
X
—Ramón, con vuestra Arte no os quedéis
preocupado,
sino que estéis alegre y jubiloso,
pues ya que os fue dada por Dios, justicia
y valores
la multiplicarán en leales amantes.
Y si vos sintiereis amargor en estos
tiempos,
en otro tiempo tendréis mejores
ayudantes
que lentamente la aprenderán, vencerán
los errores
de este mundo y harán muchos buenos hechos
importantes.
Por eso, os ruego, mi amigo, que el
consuelo esté con vos,
y de ahora en adelante no lloréis por
hechos virtuosos,
sino alegraos contra hechos viciosos,
y de Dios esperad gracia y socorro.
XI
—Ramón, ¿por qué lloráis y no hacéis
bello semblante?
¿Y cómo no os consoláis de vuestro mal
talante?
Por esa razón, me hacéis dudar
que estéis en pecado mortal, tan grave,
que sois indigno de hacer algo bueno,
pues Dios no desea ser servido por
ningún hombre pecador.
Y si no llega al fin lo que tanto
deseáis,
no es por culpa de aquellos a quienes fuisteis a
clamar,
pues Dios no desea que vuestro hecho vaya
adelante
si estáis en pecado, pues de ningún
tipo de bien
el hombre pecador puede ser principio,
pues el bien y el pecado en nada son
semejantes.
XII
—Don ermitaño, no me excuso de haber
pecado
mortalmente muchas veces, de lo que soy
confeso,
mas después de que Jesucristo a mí fue
revelado
en la cruz, conforme a lo que antes os
conté,
y tuve en Su amor mi deseo
confirmado,
no pequé consciente en ningún mortal
pecado.
Mas podría ser que en el pasado,
cuando era siervo del mundo, amando
su vanidad,
no estuviese bien ayudado por Cristo al
hacer el bien.
Con todo, si no lo fuese, haría daño y
pecado
si Él no me ayudase después de haberlo
amado
y, por Su amor, el mundo desamparado.
XIII
—Ramón, el hombre negligente no sabe
el bien procurar
y, estando negligente, no desea mucho
recordar
lo que intenta acabar. Por eso, me hacéis
mucho dudar
que el negocio público que deseáis
acabar
con los muy grandes señores que no
os quieren ayudar
no se pierda, porque muchos no lo
desean amar,
pues, con poco amor, un gran hecho
no se puede encaminar.
Y si eres perezoso, de todo debes te
quejar,
y de tu falta no debes a otro culpar,
ni tú, estando ocioso, debes te
desconsolar
por otro, sino por ti, que no deseas te
esforzar
en hacer todo tu poder para a Dios
poder honrar.
XIV
—Don ermitaño, ved vos si estoy
ocioso
en tratar el bien público, de justos y
pecadores,
pues dejé mujer, hijos y posesiones,
por treinta años estuve en trabajo y
langor,
y cinco veces en la corte, con mis
gastos,
estuve. Y más: con los Predicadores
en tres capítulos generales, y, aún, con los
Menores
en otros tres capítulos generales. Y si vos
supieseis lo que hablé a reyes y a señores,
y cómo trabajé, no estaríeis dudoso
de mí, que en este hecho fui perezoso,
sino que tendríeis piedad, si fueseis un
hombre piadoso.
XV
—Ramón, a todo hombre que desea dar
cumplimiento
a algún hecho que sea de gran
estamento
conviene que sepa tratar discretamente.
Mas si vos no sois un hombre
discreto, ni entendéis
según lo que conviene al hecho, hacéis
recriminación,
amargándoos erradamente si
reprendéis
a aquellos que son discretos y hacen
sabiamente
lo que conviene al buen hecho y a la exaltación
de la fe cristiana. Por eso, os aconsejo
brevemente
que os quedéis consolado de vuestra falta,
considerando que no sois conveniente
al hecho,
estad así entre nosotros humilde y
paciente.
XVI
—Don ermitaño, si yo no tengo tal
discreción,
en hecho tan importante bastaría mi
razón.
Y si yo, ignorante, cometo falta contra
él
por falta de entendimiento y de discreción,
por el hecho ser grande, deseo compañía
que me ayude a cumplirlo, mas no me
sirve de nada
requerir compañía, sino que estoy solo y
abandonado.
Y cuando los miro cara a cara y deseo
decirles mi razón,
ellos no quieren escucharme. Dicen que soy
loco,
la mayoría, porque digo tal sermón.
Sin embargo, aparecerá en el Juicio quién tuvo
discreción
y quién de sus pecados encontró
perdón.
XVII
—Ramón, el hombre que es avaro y desea
hacer algún hecho
no puede cumplir ni terminar lo que
desea.
Luego, si vos sois avaro y no deseáis dar
de lo que es vuestro para que a Dios hagáis
honrar,
de vuestra codicia deberíais quejaros,
pues ella os impide del buen hecho
procurar.
O, si no podéis dar, la pobreza debe
estar
contra vuestro negocio, y deberíais pensar
que los señores más se inclinan a dar
que a predicar
a las peticiones que los hombres les hacen.
Por eso, quiero aconsejaros
que, si pudiereis, penséis rápidamente en
dar,
pues, al dar, podréis todo el resto
terminar.
XVIII
—Don ermitaño, estad cierto que nunca
más la codicia
de dinero o de honras en mí
habitó,
y, en este negocio, de mi patrimonio
he tantas veces gastado, y tan
largamente,
que todos mis hijos están en
pobreza.
Luego, de avaricia no debo ser acusado
ni puedo dar a los hombres de buen
grado,
pues no soy un hombre rico, ni
señor de ciudad.
Por eso, no me culpéis, sino me
disculpéis.
Y bien os digo: si fuese señor de
imperio o reino,
daría tanto de lo mío hasta que acabase,
mas el hombre que da poco no es bien
escuchado.
XIX
—Ramón, la vanagloria hace al hombre se
amar
para que de sí haga a las gentes hablar,
diciendo de él loores, para que sea
estimado
y que lo amen y lo honren al ser
nombrado frecuentemente.
Luego, si trabajáis para loaros a vos
mismos,
orgullo y vanagloria os hacen
menospreciado
por aquellos con quienes deseáis vuestro hecho
terminar,
y ellos ni desean veros ni
escucharos,
pues ningún hecho tan honrado, un
hombre vil debe hacer,
y todo hombre es vil y está en pecado
si desea hacerse honrar más de lo que le
pertenece.
Por eso, de vuestros errores deseáis a alguien
culpar.
XX
—Don ermitaño, yo no sé por qué
intención
tenéis de mí tan mala reputación,
pues antes el hombre debe tener buena
presunción
de quien no conoce, que mala opinión.
Y ¿por qué vos pensáis que a un hecho tan
bueno
se pueda dar un hombre que nada
valga al hecho? Pues, si en todo soy malo,
según lo que requiere la naturaleza y la
razón,
trataría lo contrario. Mas si Dios me
perdonó,
nunca más existió intención en mi
corazón
de obtener loores al hablar tal sermón,
pues en el hombre pecador ningún loor
puede ser bueno.
XXI
—Ramón, por ventura vos no sois
conocido,
y por eso podéis, en el hecho, estar
decepcionado,
pues a ningún tesoro que en la tierra
esté escondido
conviene que sea deseado o apetecido.
Luego, si vuestro saber no es percibido,
¿cómo pensáis ser reconocido?
Mostrad que sabéis, para que os ayuden
vuestra Arte y saber, pues el hombre
desconocido
no tiene, por ignorar, honramiento o
virtud.
Y si vos, mi amigo, amáis la salvación
de los hombres,
el honramiento de Dios, y que no sea
perdido
el hecho, que vuestro saber sea bien
conocido.
XXII
—Don ermitaño, ¿cómo vos pensasteis que
tal saber yo ocultaría
con el cual nuestra fe tan fuertemente se
probaría
a los hombres errados, por el cual salvarlos
a Dios, El cual tanto deseo que todo
hombre ame?
Estad bien seguro que estoy cansado
de demostrarlo.
Mas si el hombre estudiase fuertemente
mis libros,
y por otro saber ellos no fuesen
olvidados,
yo sería conocido. Mas, como gato que
pasa
rápidamente por brasas, los leen, pues
con ellos no hacen
casi nada de mi negocio. Mas, si
existiese alguien que los recordase,
los entendiese bien, y de ellos no
dudase,
podría, por mis libros, poner el
mundo en buen estado.
XXIII
—Ramón, lo que digo, lo hago para os
consolar,
mas como no deseáis absteneros de
llorar,
podríais rápidamente desear me
disgustar.
Mas escuchad y ved si podéis tratar
lo que vos pedisteis al Papa, pues no me
parece
que sea posible nuestra fe probar,
ni que el hombre pudiese tales hombres
encontrar
que se diesen a sí mismos para un
doloroso martirio
a los malvados sarracenos, para predicarles.
Por eso, amigo, no os debéis
maravillar
si el Papa y los cardenales no desean os
otorgar
lo que les pedís, puesto que no se puede
realizar.
XXIV
—Don ermitaño, si la fe el hombre no
pudiese probar,
entonces Dios no podría a los cristianos
culpar
si a los infieles no la deseasen mostrar,
y los infieles podrían, por derecho, de
Dios quejarse,
pues la mayor verdad no se deja
argumentar.
Porque el entendimiento ayuda a nuestro
amar
cuanto más ama la Trinidad y de Dios el
Encarnar
y a la falsedad más puede contrastar.
Escribí el Pasaje para con claridad
mostrar
cómo el Santo Sepulcro se puede retomar,
y cómo encontrar hombres que irán a
predicar
la fe sin pavor de la muerte, y que sepan
actuar.
XXV
—Ramón, si pudiésemos demostrar
nuestra fe,
perderíase el mérito y, por eso no
conviene
que se pueda demostrarla, pues se
perdería el bien,
y al perderse el bien, el mal
inmediatamente sería
causa de la demostración contra el mérito
que existe en el hombre que cree en la verdad
que no se ve
por fuerza del argumento, solamente por la
fe.
Y más: el entendimiento humano no
comprende
toda la virtud de Dios, que se mantiene
infinita,
tanto que ella no tiene causa finita.
Por eso, vuestra razón no parece valer
nada,
y como no os consoláis, hacéis lo que
no conviene.
XXVI
—Don ermitaño, si el hombre se hubiese
creado,
lo que intentáis probar contendría la verdad,
mas como Dios creó al hombre para
que fuese honrado,
que es un fin más noble y más elevado
que el fin que el hombre tiene en ser
glorificado,
no vale vuestra razón. Y ya fue arriba
probado
que la fe se puede probar, si estáis bien
recordado.
And si bien se puede probar, no sigue que
algo creado
contenga y comprenda todo el ente
increado,
sino que entienda tanto cuanto a él le es
dado,
para que el hombre tenga de Dios su
voluntad,
su memoria, entendimiento, poder y
bondad.
XXVII
—Ramón, ¿cómo pensáis que el hombre,
por predicar,
pudiese llevar a los sarracenos a bautizarse?
Pues, según lo que Mahoma deseó
ordenar,
aquel que hable mal de su ley no
podrá escapar,
y tales razones no deseará disputar.
Por eso, no me parece útil viajar.
Y más: el hombre no sabría hablar,
la lengua árabe, y por interpretar
no podría con ellos nada avanzar,
y si la lengua aprendiese, mucho podría
demorar.
Por eso, os aconsejo que vayáis a
Dios predicar,
en una alta montaña conmigo a Dios
contemplar.
XXVIII
—Don ermitaño, los sarracenos están en
tal estado
que aquellos que son sabios, por fuerza del
argumento,
no creen en Mahoma, antes desprecian
el Corán, porque él no vivió
honestamente.
Así, ellos vendrían a la conversión
rápidamente
si estuviesen con ellos en gran
disputa,
y les mostrasen la fe por fuerza del
argumento,
y aquellos, convertidos, convertirían a las
gentes.
No hace falta mucho tiempo para aprender
su lenguaje,
ni es preciso blasfemar de Mahoma
inmediatamente.
Y quien hace lo que puede, el Espíritu Santo
hace lo que a él conviene, dando el
cumplimiento.
XXIX
—Ramón, cuando Dios desee que el
mundo sea convertido,
dará lenguajes por el Espíritu Santo
para convertir al mundo, según lo que
habéis oído
de Cristo y de los apóstoles, de quienes
fueron hechos muchos escritos;
y aquella conversión será sentida por el
mundo,
tanto, que en un rebaño los hombres
serán unidos
y este mundo nunca más estará dividido.
Aquel será nuestro y por Dios
establecido,
y jamás cualquier pecado será
consentido.
Mas como en estos tiempos cada hombre
ha fallado
tan fuertemente que no desea ser
escuchado
¡Dios para hacer milagros, ya que tanto Lo
ha afrontado!
XXX
—Don ermitaño, en todos los tiempos
Dios ama la verdad
y desea ser conocido y amado por el
hombre.
Por eso, en todos los tiempos el hombre
tiene libertad
de hacer el bien y no el mal, y sería
forzado
si en los tiempos en que estamos no
hubiese poder
en tratar el honramiento de Dios y
caridad
a Su prójimo tener. Por eso, yo no estoy
satisfecho
con lo que habéis dicho y tenéis gran
pecado
cuando afirmáis que «todo ente está ligado;
en estos tiempos nadie puede convertir al
errado,
ni por Dios puede ser en su honra
ayudado».
Por eso, en vuestro hablar estáis
desconsolado.
XXXI
—Ramón, es mucho más sensato retener
lo que se ganó, que ir a convertir
a los malvados sarracenos, pues no
desean oír.
Por eso, debe decirse a los cristianos tan
bien
de Dios en la prédica, que les haga servir-
Lo.
Además, el hombre no sabe si algún
bien puede conseguir
al ir a los sarracenos, pues podría fallar
a tal punto que desearían matarlo,
y más, no podrían tornarse
nunca buenos cristianos, pues no pueden
dejar
lo que están acostumbrados. Por eso, os
agradaría dejar
vuestra ira y mudar, a partir de ahora,
vuestro deseo.
XXXII
—Don ermitaño, si fuesen pocos los
predicadores,
los clérigos seculares y los frailes menores,
y, además, los monjes, tanto abades
cuanto priores,
lo que vos dijisteis sería el mejor
consejo.
Mas como aún hay en nuestra fe muchos
homers de valor
que desean morir para hacer a Dios
honor,
y que pueden bastar a todos nosotros y a
ellos,
tengo desplacer, pues aquellos que son
mayores
no hacen lo que deben para dar a Dios
loor.
Y si los padres convertidos no tienen fe
en el corazón,
tenganla sus niños. Y dijisteis
grande locura,
pues ningún hombre pierde si muere
por el Creador.
XXXIII
—Ramón, según lo que oí decir,
muchos hombres han ido
a predicar a los sarracenos y pocos han
progresado,
y también a los tártaros. Por eso estoy
maravillado
de cómo estáis fuerte en vuestra voluntad,
pues de todo el hecho del cual se esté
fatigado,
principalmente cuando se ve que tantos
lo han intentado,
debe abandonarse, aún más si se es
sensato;
y, si no abandona, hace que lo
tengan por loco.
Por eso, os aconsejo, hermano, que
tengáis piedad
de vuestro propio corazón, que tanto
habéis afligido,
e id a un lugar donde estéis
reposado
y de vuestros daños estéis consolado.
XXXIV
—Don ermitaño, aquel que mucho desea
servir y honrar
a su buen Señor no debe por nada
dejar,
ni de servirlo bien debe enfadarse.
Mas como en vuestro corazón hay ausencia
de amar,
no sabéis a vos mismo ni a otro
aconsejar;
pues si un hombre en un tiempo no
puede su hecho acabar
en otro lo podrá terminar, si bien lo
supiere guiar;
y quien un buen hecho comienza, no lo
consigue principiar.
Y si los primeros hacen poco, los
otros podrán completar.
Por eso, os pido, por merced, que me
dejéis estar,
pues no me parece que con vos pueda
algo ganar,
al contrario, cuanto más me decís,
más me hacéis contristar.
XXXV
Ramón se enfureció, y no deseaba más
escuchar
al ermitaño, que le predicaba cómo debería
dejar
el gran dolor que traía, y comenzó a
hablar:
«—¡Señor Dios glorioso! ¿Hay en el mundo
tal martirio
como este que soporto cuando a Ti no
puedo servir?
Pues no hay quien me ayude para que
pueda continuar
esa Arte que me fue dada, de donde tanto
bien se puede seguir,
la cual temo que se perderá tras mi
fin,
pues ningún hombre la sabe bien,
según mi arbitrio,
ni yo puedo forzar a nadie a escucharla.
¡Ay de mí! Si ella se pierde, ¿qué Te
podría decir,
que la diste a mí para ella enaltecer?»
XXXVI
—Ramón, los filósofos que existieron
antiguamente,
de esta Arte, que tú tienes, no tuvieron
conocimiento;
porque parece que no sea de gran
aprovechamiento.
Y si ella fuese verdadera, sería en el
principio
por ellos encontrada, pues su
entendimiento
fue más elevado que el tuyo. Con todo, si
yo miento,
y tuviste la ayuda de Dios, cometes falta
cuando temes que tras tu muerte ella
acabe,
pues todo lo que Dios da llega a un
buen cumplimiento.
Además, los antiguos, mientras estaban
vivos,
en las artes que hicieron no tuvieron
exaltación,
sino que fueron exaltados por sus sucesores.
XXXVII
Ramón deseó consolarse, pero se
irritó
cuando vio que el ermitaño tenía opinión
de que los filósofos antiguos, en los cuales la fe
no existía,
habían sido el principio de todo lo que es
bueno,
conociendo la Trinidad y Encarnación,
pues estos filósofos antiguos no tenían
opinión
de que Dios fuese Trinidad, ni con el
hombre unión,
ni la obra que Dios tiene en Sí por
producción
amaban o conocían. Entonces, ¿por qué
razón
los filósofos antiguos tuvieron más visión
en su entendimiento que aquellos que
vinieron después,
que tienen ley y creencia en la resurrección?
XXXVIII
—Ramón, nada puedo decir para que
estéis consolado.
Entiende esta razón y no estéis airado:
¿en qué Dios es afectado si el mundo no
está en buen estado?
Pues nada de lo que fue creado Lo eleva o
Lo rebaja,
ya que Él es en Sí completo, y no tiene
necesidad
de ninguna criatura. Luego, debéis ser
agradecido
del cumplimiento que Dios tiene en Sí
por Su bondad;
y tú, loco, estás triste, casi como si
Dios fuese disminuido
por el mal estado en que el mundo se
encuentra.
¡Loco! ¿Cómo no te alegras con la
plenitud de la deidad?
Despreocúpate de todo lo que fue creado,
para que a tu corazón baste Dios
completo, no menguado.
XXXIX
—Don ermitaño, mal me hace vuestro
consuelo.
¡Cuán fuerte fue el momento en que os
encontré!
Y si no temiese la vergüenza y el mal
estar,
de hoy en adelante no desearía más
con vos hablar.
Entonces, ¿cómo podéis decir que pueda me
consolar
al ver a Dios ultrajado, no servido, ni
recordado,
ni conocido, ni amado? Y si bien
puede bastar
Dios por Sí mismo a mi corazón, por
amar,
no basta, pues no Lo veo muy
fuertemente honrado;
y como por tan viles cosas Lo veo tan
menospreciado,
estoy en desconsuelo, y no puedo me
alegrar,
mas, en lo que Dios es, estoy confortado.
XL
—Ramón, todo lo que Dios hace, lo hace
justamente,
y si coloca en el Infierno al malvado
descreído,
no debéis por eso tener desolamiento;
mas como estáis airado con lo que Dios
hace justamente,
vuestra ira es pecado, y falláis mortalmente
contra Dios, y amáis a aquellos que
falsamente
creen contra el verdadero Dios, y son
desobedientes.
Y si vos fueseis buen y leal amante,
seríais agradecido, pues Dios da tormento
a aquellos que todos los días cometen faltas;
pues el hombre que bien ama no crea
rencor
de lo que hace el Amado, porque Él lo hace
rectamente.
XLI
—Don ermitaño, no me quejo de lo que
hace el Señor,
sino que en todo lo que Él hace, Lo loó y Lo
adoro;
y por eso, desearía que el hombre Le
honrase,
y por encima de todo, que Le amase.
Así, me duele mucho, me lamento y
estoy en tristeza;
y como vos no sabéis de dónde viene
mi grave dolor,
no sabéis consolarme ni darme
socorro alguno.
Por eso, es bueno que me dejéis estar en
ira y llanto,
y aprendáis a ser mejor consolador,
pues muy poco sabéis, y los pecadores
por vos no valdrán, ya que no tendrán
vuestra
caridad, pues Dios es de ellos gran
redentor.
XLII
—Ramón, como amo que estéis en
gozo,
y que ira y dolor nunca tengáis,
deseo consolaros bien y os pido que
escuchéis:
Dios soporta que el mundo esté así
malvado
para que Él mejor pueda perdonar por
todos lados,
pues cuanto más Él perdona, más existe
piedad,
y más Le conviene gratitud. Por eso,
estad seguro
que Dios tiene tan alta caridad por Su
pueblo,
que casi todos los hombres del mundo
serán salvos;
pues, si no fuesen más los salvos que
los condenados,
existiría Su merced sin gran caridad:
por eso consolaos en la gran merced de
Dios.
XLIII
—Don ermitaño, conversasteis conmigo
todo el día
y no me dejasteis recordar mi
angustioso tormento,
y lo hicisteis para que lanzase al
olvido
la ira y el desconsuelo de donde me viene el
abatimiento;
mas no acabasteis nada, e hicisteis defensa
más de la gran piedad que del gran
juicio.
Por eso, errasteis, pues en Dios
igualmente
están el juzgar y el perdonar, según el
ordenamiento
de Sus virtudes, pues Él nunca
consiente
que en Su justicia haya alguna
disminución.
Así, el pecador debe tener gran horror,
y es por eso que yo lloro, pues no hay
en Dios honramiento.
XLIV
—Ramón, a aquellos hombres que son
predestinados
conviene, por gran fuerza, que sean
salvos,
pues, si no lo fuesen, podría ser
alterado
contrariamente el saber que Dios tiene,
y tal cambio no es posible,
pues, si así fuese, no sería perfecto
el saber que Dios tiene, sino disminuido.
Mas como él es perfecto, estad, entonces,
consolado
en Su completitud, contra la cual
cometéis pecado
cuando no os confortáis en lo que ya fue
juzgado,
y, por la voluntad de Dios, así
otorgado,
como lo sabe Su saber, y lo hace la
verdadera verdad.
XLV
—Don ermitaño, si fueseis un hombre
muy bien letrado,
sabríais hablar mejor sobre el hombre
predestinado,
ni olvidaríais la libertad de Dios,
la cual tiene en Sí mismo y en lo que creó.
Esa libertad Él dio al hombre
para que desease servirlo sin que
fuese forzado,
pues Dios es tan bueno que debe ser
servido de buen grado,
el cual servir no puede existir por
necesidad,
ni Dios ser servido y amado por el
hombre predestinado,
pues el hombre sería salvo sin ser
juzgado,
y no puede existir juicio sin libertad,
ni la libertad constreñir a réprobos
o predestinados.
XLVI
—Ramón, si en vos la esperanza fuese
muy grande,
y si todo el mundo está en un grave
desequilibrio,
de su mal estado, no tendríais desventura;
pues Dios, que es pleno de gran
piedad,
en breve traerá al mundo una bonanza
tan grande, que cada hombre tendrá alegría.
Y para que eso sea verdad, tened
confianza,
porque Dios dio al hombre principio
con merced y bondad que tiene en Su
semejanza.
Y si vos, por eso, no dejaseis la
tristeza,
no tendréis bondad, merced ni
confianza,
y seréis contra Dios y Su amistad.
XLVII
—Don ermitaño, antes de que el mundo
esté en buen estado
será hecho gran vituperio al verdadero
Dios.
Y más: no veo que hagan ningún
ordenamiento
para que los tiempos sean propios, pues
lo que presento en la Corte,
al Papa y los cardenales, ellos no lo hacen
rápidamente,
al contrario, lo van dilatando. Por
eso, tengo gran langor,
tanto que no puedo tener ningún
consuelo,
pues lo que les presento muestra tan
claramente
el ordenamiento del mundo, que se
podría hacer brevemente,
y no lo consideran, y hacen escarnio
como si yo fuese un hombre loco que
hablase locamente,
por eso, de tales hombres tengo
desespero.
XLVIII
El ermitaño consideró si de algún modo
podría
consolar a Ramón, que tan fuertemente
lamentaba;
y dijo a Ramón: —Que Santa María,
y juntamente con ella cada jerarquía
de los ángeles y de los santos, pedía noche y
día
a Jesucristo, Su hijo, que por Su
merced
diese al mundo, en breve, ordenamiento
y camino
para honrarlo y servirlo. Por eso, vos deberíais
consolaros, Ramón, pues Cristo siempre
hace lo que es pedido por Su piadosa madre,
por los ángeles y santos; por lo que os pido
que tengáis
vuestro consuelo, y que el gozo esté
con vos.
XLIX
—Don ermitaño, cuando considero que la
Señora del amor
y Señora del valor, del justo y del
pecador,
y cada uno de los santos piden a Nuestro
Señor
para que todo el mundo haga a Jesús
Cristo honor,
y veo que el mundo Le hace tanta
deshonra,
entonces pienso en morir de ira y dolor,
pues son tan indignos los malvados
pecadores,
que Dios casi no soporta que el
hombre pida por él,
y así el mundo permanece en su
error,
y casi no existe quien a Dios quiera
dar loor,
sino que se loán a sí mismos, a sus hijos y
a su azor.
Por tanto, ¿quién debería tener gozo y no
tristeza?
L
—Ramón, no me parece que seáis un
hombre paciente,
y por eso no tendréis consuelo por nada.
¿Y por qué no recordáis a Job, que
perdió tanto,
soportó tantos tormentos
y se volvió tan pobre que no tenía nada
para sí?
Con todo, se consoló, y vos, por nada
vivo
deseáis consolaros, y estáis sano,
y tenéis heredad, dinero y vestimentas,
hijos y otras cosas en las que el hombre
tiene satisfacción.
Y como a Dios no place un hombre
impaciente,
no soporta que por vos tenga
cumplimiento
el hecho que conduces, ni que tengáis
honramiento.
LI
—Don ermitaño, no es mucho si el
hombre está consolado
al perder sus hijos, dinero o
heredades,
y al estar enfermo, pues eso agrada a
Dios.
Pero, ¿quién puede consolarse por que Dios
sea olvidado,
menospreciado, blasfemado y tan
fuertemente ignorado,
y que Dios con todo eso esté
fuertemente descontento?
Y más, no sabéis cómo yo fui
menosprezado
por Dios, herido, maldecido, y
gravemente blasfemado,
en peligro de muerte y la barba cortada,
y por virtud de Dios fui paciente;
pero por ser Dios tan poco agradecido
y honrado por el mundo,
no existe hombre en el mundo que me
deje consolado.
LII
—Ramón, según me parece, tú haces
todo lo que puedes
para que Dios pueda ser honrado por
todo el mundo.
Por eso, Dios debe tener por ti gran
gratitud
como si hubieses cumplido el hecho. Eso deberá valer
para consolarte, aunque tu dolor deba
permanecer,
pues tendrás gran mérito, y podrás tener
esperanza
de una gran recompensa. Así, expulsa con indiferencia
las faltas de los locos que a Dios causan
desplacer,
alégrate en ti y en tu comportamiento,
y no estés muy inquieto con lo que
deseas tener,
ni porque los otros no hacen tu
voluntad.
Para ti, que baste amar y temer a Dios.
LIII
—Don ermitaño, no existe hombre
creado principalmente
para tener mérito y gloria,
sino para que Dios tenga gran
honramiento
en el mundo por Su pueblo. Por eso, no
estoy contento
si tengo gran recompensa, ni estoy
enfermo
si tengo poco, pues no es mi
principio.
Pero toda mi ira, mi dolor y
melancolía existen
porque no fue hecho en el mundo tal
ordenamiento
para que Dios fuese más amado e
honrado por toda la gente,
y que todos los hombres tuviesen fe en la
salvación.
Y, como vos deseáis darme consolación
de lo que no se puede dar, me habláis en vano.
LIV
—Ramón, ¿cuál es el hecho que vos tanto
deseáis,
y por el cual Dios será en el mundo tan
fuertemente honrado?
Pues podría ser que al hecho vos no
fueseis adecuado,
y que otro al hecho fuese mejor
indicado,
a través del cual el mundo sería a un buen
fin llevado.
Pues, si de otro es el hecho, por nada
habéis trabajado,
y podríais trabajar, si mil años
vivieseis,
pero no veríais el fin deseado,
pues el hombre no puede cumplir un
hecho del cual está desviado.
Por eso, os pido que me digáis
claramente el hecho,
y que ambos veamos si el hecho donde vos
estáis
es aquel por el cual Dios puede ser más
amado.
LV
—Don ermitaño, la manera como Dios
puede ser más amado
ya os la conté, si bien la recordáis,
esto es, que el Papa tuviese muchos hombres
letrados
que, por Dios, deseasen ser
martirizados,
para que, en todo el mundo, Él fuese
entendido y honrado.
Y que a todos ellos el lenguaje les fuese
mostrado,
conforme a lo que en Miramar ha sido
ordenado, —¡y que tenga conciencia quien lo
malogró!—
Y más: que al Pasaje fuese dado el
diezmo
de todo lo que poseyesen el clérigo y el
prelado,
y que eso durase hasta que fuese
conquistado
el Sepulcro. Sobre eso, un libro fue
ordenado.
LVI
—Don ermitaño, aún existe otro
ordenamiento,
que daría al Pasaje un gran avance
para destruir el error de tanta gente:
que el Papa hiciese que a él
viniesen los cismáticos para una disputa,
sobre eso hice un tratado.
Y con los cismáticos, que son muchos,
recuperados,
no habría quien pudiese contrastar
maldosamente
a la Iglesia, ni por hierro, ni por ningún
argumento.
Y que del Templo y del Hospital fuese
hecha una unión,
y que su maestre fuese rey del Santo
Monumento;
pues, para honrar a Dios, no existe más
elevado tratamiento.
LVII
El ermitaño consideró si decía la verdad;
y estuvo muy pensativo,
sin poder encontrar más provechosa
solución
que la que dijo Ramón. Por eso,
se apiadó,
y se arrepintió muy fuertemente por
todo lo que lo fatigó,
y con Ramón deseó estar triste y
desconsolado.
Le pidió tiernamente que lo perdonase
llorando y suspirando, y dijo: —“¡Ah,
verdad,
devoción y caridad! ¿Dónde está
la gratitud que a Dios debería ser dada?”
Cuando Ramón vio que con él el
ermitaño concordaba,
lo besó. Y juntos lloraron mucho.
LVIII
—Ramón, dijo el ermitaño, ¿cómo
podríamos mover
al Papa y a los cardenales, y el hecho obtener?
Pues en tan noble hecho deseo siempre
permanecer,
y para tratarlo, quiero hacerlo con todo
mi poder
pues si el hecho estuviera en el mundo, más
él podrá valer.
Y por no haberlo visto antes, tuve mucho
desplacer,
pues si lo hubiese visto antes, nada podría
detener
que yo aprendiese árabe y vuestro saber,
para ir a los sarracenos para la fe mantener
sin pavor de la muerte, y tener gran placer
en morir para a Jesús honrar y querer,
pues más vale por Él morir que para sí
mismo vivir.
LIX
—Don ermitaño, yo estoy cansado de este
hecho explicar
en la corte, pues no hay más nada que acabar.
Y si vos deseáis en la corte procurar
este hecho de Jesucristo y vuestro poder
realizar
largamente en la corte, bien podríais
intentar
el hecho terminar, si os deseasen
escuchar
el Papa y los cardenales, aunque juglar
fuese preciso hacer en la corte, y los Cien Nombres
cantar,
el cual hice sobre Dios, de forma rimada
para que ellos lo cantasen y hablasen sin
dudar,
pero eso no es aconsejable, para
que nadie menosprecie
mis libros que Dios me hizo crear.
LX
—Ramón, si yo estoy en la corte, ¿dónde
estaréis vos?
¿Por qué no buscáis conmigo
el hecho de Jesucristo, ya que lo
comenzasteis?
Y si de vos se escarnecen, ¿dónde estaréis?
¡Vos me mandáis hacer lo que no
deseáis!
Porque me parece que ni en este hecho
ni en otro valéis.
Mas vamos a la corte y de nada dudéis,
y no seáis de aquellos que dicen: «¡Señor,
haced!»
lo que ellos no harían. Porque de eso debéis
avergonzaros, y excusa no tendréis,
sino que hacéis hipocresía, y por eso pecáis,
y, por vergüenza, perdéis el bien que
habéis hecho.
LXI
—Don ermitaño, yo propongo a los
sarracenos volver
para que la fe pueda mostrarles.
Y voy sin miedo a la muerte, que es más
leve soportar
que sufrir vergüenza por a Jesucristo
honrar,
y no temo nada, sino que debo amar.
Pero para que mi Arte no puedan
menospreciar
por tener la forma que usan los juglares,
aunque crea hacer mejor en otro
lugar,
ahora no deseo a la corte retornar.
Y como vos tan fuertemente deseáis
culparme
tal vez lo hagáis para excusaros
por ir a la corte. Por eso, es mejor que nos
separemos.
LXII
El ermitaño se arrepintió por haber
reprendido a Ramón,
y le dijo que, para que fuese con él a la
corte,
le había atacado así tan fuertemente.
—Ramón, dijo el ermitaño, propongo dos
años o tres
estar en la corte, suponiendo que nada
allí hagáis, pero propongo que yo vaya
por el mundo, a prelados y marqueses,
religiosos y reyes, y hacer lo que pueda
para acabar ese hecho que me habéis
encomendado.
Pero desearía que en mi lugar otro en la
corte estuviese
y que un clérigo se encargase
hasta que ese hecho en la corte fuese
realizado.
LXIII
—Don ermitaño, dijo Ramón, bien
habéis considerado
pues por tal clérigo puede ser terminado
el hecho que es bueno y grande para la
Cristiandad.
Y decid aquí y allá, a reyes y a prelados,
que si el hecho no comienza rápidamente,
que ya está ordenado
por los sarracenos que los tártaros a ellos
sean convertidos,
y que ya convirtieron una gran
cantidad,
y los tártaros convertidos en sarracenos
luego podrán destruir casi toda la
Cristiandad,
a tal punto que no existirá cristiano con
reinado,
y ningún prelado tendrá caballo
descansado.
Ved, pues, ermitaño, en qué se ha tornado el
mundo.
LXIV
—Ramón, dijo el ermitaño, mucho
desearía saber
por qué razón Dios desea así
comportarse
con el mundo, que es Suyo, y es indiferente
a Su bondad. Y cómo puede soportar
que tantos pecadores vayan a tener el mal en el
Infierno.
Por eso, os pido, Ramón, que me
digáis la verdad,
pues cuanto más me digáis, más
sabré retener,
y el hecho que me entregáis, mejor
podré mantener.
Pues desde que el mundo fue hecho hasta
ahora, a mi parecer,
si un hombre es salvo, mil están en dolor
en el Infierno por todos los tiempos. ¿Y
cómo eso puede ocurrir
sin que la Iglesia ni los hombres hagan
todo su poder?
LXV
—Don ermitaño, ya os dije, si bien
podéis recordar,
que Dios creó al hombre más para
servirlo y honrarlo
que para que él pudiese ser vanagloriado.
Y como el hombre no está en el fin para el
cual fue creado,
y más desea para sí procurar
la salvación, que a Dios honrar y Su
bienestar,
él no puede en gracia estar,
sino que está en pecado, y sentado al borde
del abismo.
Por eso el mundo se pierde y no desea
despertar,
y no me maravillo si Dios no lo desea
amar
o si deja al demonio hacer tanto mal
en el mundo
para que de los agravios que recibe pueda
fuertemente vengarse.
LXVI
El ermitaño y Ramón se despidieron,
y, llorando, se besaron y se abrazaron,
y uno dijo al otro que a Dios fuese
encomendado
y en oración uno por el otro fuese
recordado.
Al partir, se miraron con gran
caridad,
piedad y dolor, y arrodillados
se bendijeron y se agradecieron,
y uno partió del otro con muchos
suspiros,
pues no creían que irían a encontrarse
más
en este mundo, sino en el otro, si a Dios
placiera.
Tan pronto estuvieron un poco alejados
uno del otro,
uno fue por el otro fuertemente deseado.
LXVII
El ermitaño recordó el trabajo y el
esfuerzo
que Ramón había hecho por muchos años,
y, además, se exponía a muchos
peligros.
Levantó sus ojos a los cielos, unió sus
manos, se arrodilló,
y con gran celo y amor, a Dios dijo
en llanto:
—¡Oh Dios grande, piadoso!, por merced
Os pido
que con Vos esté Ramón y que lo
protejáis de los daños.
A Vos, Dios poderoso, confío mi
amigo Ramón,
y al mundo enviad hombres que tengan
disposición
para morir por Vuestro amor, y que
muestren
la verdad de la fe, por el mundo predicando,
según lo que Ramón muy bien
comenzó.
LXVIII
Cuando Ramón recordó la gran
tempestad
bajo la cual por largo tiempo estuvo
trastornado,
y se acordó del ermitaño que a ella se
lanzó,
entonces lloró mucho y tuvo piedad de él,
y, manos juntas, arrodillado, dijo a Jesús
Cristo:
—¡Oh Vos, verdadero Dios y hombre,
por quien yo trabajé
para que fueseis conocido y amado por el
mundo!
Si al derecho place que por mí Vos
tengáis gratitud,
Os pido que el ermitaño sea
recompensado,
pues él se puso tan firme en mi
compañía,
y hagáis que él cumpla lo que poco
avancé,
y me ayudéis a expandir la Cristiandad.
LXIX
Finalizado está el Desconsuelo que Ramón
escribió,
en el cual dijo el ordenamiento del mundo,
y en rimas puso para que no sea
olvidado,
pues podría ser que muchos hombres
valerosos
se pongan en el hecho, hasta que sea
cumplido
lo que tanto Ramón requirió al Papa.
Pues si por el Papa el hecho fuese
establecido
y los cardenales lo consintiesen,
podrían del mundo hacer todo el mal
partir,
y todo el mundo sería tan atraído hacia
Dios
que la fe cristiana no sería refutada.

De Consolación
Dios consuela al hombre pecador cuando le recuerda el dolor que quiso sufrir por su amor.
Mas yo no puedo tener consuelo porque veo tan gran deshonra hacer en el mundo a Dios por tanta gente.
¿Quién se puede abstener de llorar cuando ve a Dios tan poco amado por aquellos a quienes Él quiso tanto honrar?
Todos los días estoy desconsolado porque veo a tantos hombres en pecado que van al fuego perpetuo.
Quien se consuela con un buen señor que por los suyos está en deshonra, no sabe qué es la fuerza del amor.
Dios consuela al hombre por amar, por esperar y perdonar, y consuela al hombre al dar.
Paciencia y piedad, justicia y lealtad consuelan al hombre enojado.
Aquel que piensa que es amado por Dios, si está desconsolado, solo de Dios no se tiene por pagado.
Aquel que tiene a Dios en su cuerpo puesto, ¿qué le importa si pierde cosa alguna pues Dios basta para cuanto existe?
No corresponde que sea consolado aquel que está en su pecado y de Dios está desamparado.
Poemas de Ramon Llull: De Esperanza
Cuando por la estrella en el alba se preparan todas las flores para que el sol multiplique su color de esperanza, a mí me viste la alegría de una dulzura y confianza que tengo en la Señora del amor;
y entonces pido confesor, ante todos me acuso como pecador, y que él me mande que repare todo el daño grande que he causado, pecando, a aquellos que son servidores de la Reina de los valores,
a fin de que espere tal socorro que a ningún pecado esté obligado, puesto que de ellos esté bien confesado.
Poemas de Ramon Llull: A aquellos que dicen que probar
A aquellos que dicen que probar
no se puede la fe, ni dar
ningún argumento necesario.
Queremos dar enseñanza
de siete artículos principales,
los cuales, por razones naturales,
probamos por nuevos principios,
que muestran inconvenientes
en que Dios esté sin unidad,
sin trinidad, sin encarnación,
sin creación, sin resurrección.
También queremos demostrar
que Dios es de necesidad.
Sin embargo, este nuestro dictado
requiere tener un enseñante,
que muestre la fuerza mayor
que reside en los consecuentes
que salen de los antecedentes,
llamados nuevos principios.
Comencemos, pues, con la claridad
del Espíritu Santo glorioso,
que complete nuestras razones
e ilumine al hombre obstinado,
que no puede ver la claridad
suponiendo que no se pueda hacer
que nuestra fe se pueda probar.
Probamos antes que Dios es,
y después que solo un Dios es;
luego probaremos la pluralidad
que en Dios muestra la trinidad;
y que Dios ha querido mostrar
su bondad queriendo encarnarse;
y que el mundo es de comienzo reciente;
y que el hombre será resucitado,
a gloria o a tormento,
por Dios que es omnipotente.
Ahora comencemos de este modo
para alabar a Dios que nunca mintió.
Poemas de Ramon Llull: Que Dios sea de necesidad
Más vale ser y plenitud,
que ser y deficiencia.
Si no es un ser infinito,
lo que es más, es más finito.
Si el ente infinito no puede estar,
lo que es finito lo hace y hará.
Sin lo infinito y eterno
no hay tanto bien como mal.
Si Dios no es, no hay fin
en el mediodía, tarde y mañana.
Si Dios no es, la privación
es el fin de la generación.
Si Dios no es, la infinitud
está sola en la eternidad.
Si Dios no es, no existe el pecar,
ni ningún bien es remunerado.
Si Dios no es, más vale la bondad
por durar, que por santidad.
Si Dios no es, el fin es el obrar,
y el fin no está en el estar.
Si Dios no es, el falso pensar vale
más que el ver ser, que es real.
Si Dios no es, todo cuanto es está lleno
de aquello que no vale nada.
Si Dios no es, todo cuanto es es tortuoso,
y todo el bien se pierde en la muerte.
Si Dios no es, porque él no es,
se pierde el bien de todo cuanto es.
Si Dios no es, no valemos nada,
e igualmente nada es todo cuanto es.
Si Dios no es, más vale el sentir
que la razón, el mérito o el deseo.
Si Dios no es, no hace falta hacer el bien,
y el hombre debe vivir para comer.
Si Dios no es, ¿quién ha puesto
tan bello orden en lo que es?
Si Dios no es, pues, ¿quién hay en ello,
que sea amado más que cuanto es?
Si Dios no es, el firmamento
es un falso dios con deficiencia.
Probado está, pues, y demostrado
que Dios es de necesidad.
Que sea un solo Dios
Si es solo un Dios, la posibilidad
puede en él infinitamente estar.
Si son dos infinidades,
lo que el hombre entiende no es verdad.
Si están dos dioses infinitos,
lo que pueden está limitado.
Si son dos dioses o tres o más,
cada uno está arriba y abajo.
Si son dos dioses, la eternidad
no puede tener prioridad.
Si son dos dioses, están mezclados
en lugar finito, no eterno.
Si son dos dioses, cada uno requiere
tener sobre el otro poder.
Si son dos dioses, cada uno tiene un mundo
que crea un vacío fuera en redondo.
Si son muchos dioses, no tienen con qué
puedan convenir en nada.
Si son muchos dioses, uno valdría más,
pues podría en todo cuanto es.
Si son muchos dioses, todos son finitos,
y su número es infinito.
Si son muchos dioses, tanto yo como vos
amamos menos al Dios que es nuestro.
Si son muchos dioses y uno y otro valen,
no tienen quien los haga iguales.
Si son muchos dioses, cada uno entiende
que no tiene en sí plenitud.
Si son muchos dioses, puede envidiar
el uno al otro, y puede pecar.
Si son muchos dioses, no hay plenitud
en uno ni en todos por igual.
Si son muchos dioses, no hay un solo fin,
y todo cuanto es, es peregrino.
Si son muchos dioses, ningún valor
es digno de gran alabanza.
Si son muchos dioses, cada uno por sí solo
puede hacer del otro lo que quiera.
Si son muchos dioses, ¿quién ha puesto
que el ente infinito no sea nada?
Es, pues, un Dios tan solo,
quien de cuanto es, es la plenitud.
Que Dios sea en pluralidad
Dios es un ente que fuera de sí,
no necesita ninguna cosa.
Esencia de donde nada surge,
no tiene valor en ninguna cosa.
Si a la unidad no le atañe unir,
ni a la voluntad le atañe el desear.
Sin el que naturaleza y el ser naturaleado,
ninguna naturaleza puede estar.
Si lo finito y el finalizar son semejantes,
más lo infinito y el infinitar lo son.
Quien no puede de sí, bien se sigue
que no sea de sí mismo.
Todo esto conviene ser dicho en Dios,
sin lo cual no puede estar completo.
Quien no quiere ser muy amado,
va contra su amabilidad.
Ningún ente puede estar completo,
si en el completar no tiene deleite.
A lo infinito atañe el infinitar,
más que crear ni nada finalizar.
Más es aquel que es y que hace,
que aquel que es y nada hace.
El entendimiento tiene naturaleza,
con el entender y la rectitud.
Quien nada de sí quiere dar,
perezoso y avaro se hace estar.
Quien no tiene propio ni común,
no es la plenitud de ninguno.
Sin grandeza y el magnificar,
ningún ser puede estar en gran estado.
Todo ente conviene que sea finito,
si no puede provenir de un ente infinito.
Ningún ente es bueno sin hacer el bien,
y todo ente es malo de donde el mal viene.
Poder que dentro de sí no puede nada,
no es fuera de sí aunque se extendiese.
En el ente donde el fin no tiene poder,
conviene que quepa la vacuidad.
Todo poder tiene pasión
cuando no puede tener perfección.
Probado hemos la pluralidad,
que significa Trinidad.
Poemas de Ramon Llull: Que Dios sea encarnado
Más vale deificar a un hombre,
que crear mil millones de mundos.
El fin que en la creación es mayor
conviene amar a nuestro Señor.
Poder absoluto en el crear,
no tiene orden sin encarnar.
El mayor fin de toda la gente,
es que Dios sea nuestro pariente.
En el fin donde Dios no puede dar más,
han de reposar sus dignidades.
Porque Dios se ha humanizado
es más entendido y más amado.
Si Dios no se hiciese hombre,
ningún cuerpo tendría en él su fin.
Por naturaleza y por creación,
quiso Dios participar con nosotros.
Lo infinito tiene proporción
con nosotros por la encarnación.
Dios sería ocioso y avaro,
si el mayor bien no quisiera hacer.
De ente creado puede Dios hacer más
en sí que en otros, sin comparación.
A Dios conviene atribuir
aquello por lo que el hombre lo puede más servir.
Si Dios y el hombre no fuesen uno,
no sería aquello que es más común.
Con el encarnar ha Dios mostrado
la obra que tiene en la trinidad.
Por cuanto Dios se ha encarnado,
está más su juicio templado.
Si Dios no se quisiera encarnar,
lícito fuera desesperar.
No podría Dios el mundo completar,
si con el hombre no se quisiera unir.
Aquello por lo que Dios puede amar más
su obra, conviene que esté en él.
Dios no puede saber mayor fin,
que aquel que ama su voluntad.
Porque Dios crea para sí el mundo,
de sí mismo le da el bien.
Es, pues, manifiesto y probado
que a Dios conviene ser encarnado.
Que el mundo sea creado
Si el mundo no tiene comienzo,
el único fin es la eternidad.
El poder no podría ser eterno
sin posibilitar lo infinito.
No conviene que sean comunes,
en la eternidad, el bien y el mal.
Aquel tiene el poder más extenso,
que puede de algo y de la nada.
Aquel que crea y que mantiene,
hace más que aquel que solo sostiene.
Si el mundo no pudiese comenzar,
no tendría naturaleza de privación.
Todo aquello conviene que sea causado
donde Dios pueda ser más alabado.
En Dios cada dignidad
con otra tiene igualdad.
Eterna revolución
es si el mundo creado no fue.
Si el mundo no es creado, hace pecado
Dios contra su amabilidad.
Es, pues, manifiesto y probado
que el mundo es nuevo y creado.
Que haya resurrección
Si en el hombre no hay resucitar,
ningún hombre podrá amar mucho a Dios.
Si no hay resurrección,
el mundo no tiene perfección.
Más vale dar vida eterna a un hombre,
que a todos sin resucitar.
No habría fin del sentimiento,
si no hubiese resurgimiento.
Aquel conviene que sea juzgado,
quien hace el bien y el pecado.
Si el hombre no es resucitado,
en el otro mundo pierde la mitad.
Si no hay resurgimiento,
en este mundo tiene el hombre su cumplimiento.
En el efecto que es más pleno,
influye una causa de más bien.
Donde más bien se ha perpetuado,
más puede Dios ser alabado.
Dios no disminuye ninguna plenitud,
sino que pone en ella multiplicación.
Cuanto más grande es el mundo,
hace el hombre a Dios alabanza de bien.
A Dios pertenece mucho perdonar,
y al hombre pedir merced.
Mostrado hemos por gran razón que haya resurrección
A honor del Espíritu Santo
comienza y acaba su escrito,
Ramón, viniendo de París;
y lo encomienda a san Luis
y al muy noble rey de Aragón,
Jaime, en la Encarnación
de 1299.
Plazca oír este nuestro escrito,
el cual tenemos para disputar
contra los infieles, y mostrar
de nuestra fe la verdad;
y que en ello estén los prelados,
predicadores, frailes menores,
y asimismo los grandes señores
que tienen el entendimiento elevado:
y sean llamados judíos
y sarracenos al disputar;
y entonces mostraremos muy claro
que nuestra fe es verdad,
y que los infieles están errados.
Y si yo, señor, muestro la verdad,
plazcaos que me deis poder
por vuestros reinos y condados,
castillos, villas y ciudades,
para que haga reunir a los sarracenos,
y a los judíos, al disputar
sobre este nuestro nuevo dictado.
Y, señor, por gran caridad,
humilde rey de alta corona,
comencemos en Barcelona.
Y sea Jesucristo alabado
pues vuestras gentes os han recuperado
sano, alegre, con deber
donde habéis ejercido vuestro poder.
A aquellos que dicen que probar
no se puede la fe, ni dar
ningún argumento necesario,
queremos dar enseñanza
de siete artículos principales,
los cuales, por razones naturales,
probamos por nuevos principios
que muestran inconvenientes
en que Dios esté sin unidad,
sin trinidad, sin encarnación,
sin creación, sin resurrección.
También queremos demostrar
que Dios es de necesidad;
sin embargo este nuestro dictado
requiere tener un enseñante
que muestre la fuerza mayor
que reside en los consecuentes
que salen de los antecedentes,
llamados nuevos principios.
Comencemos, pues, con la claridad
del Espíritu Santo glorioso,
que complete nuestras razones
e ilumine al hombre obstinado
que no puede ver la claridad
suponiendo simplemente que no se pueda hacer
que nuestra fe se pueda probar.
Y probamos antes que Dios es,
y después que solo un Dios es;
y luego probamos la pluralidad
que en un solo Dios muestra la trinidad;
y que Dios ha querido mostrar
su bondad, queriendo encarnarse;
y que el mundo es de comienzo reciente;
y cómo el hombre será resucitado,
a gloria o a tormento,
por Dios que es omnipotente.
Ahora comenzaremos de este modo
para alabar a Dios que nunca mintió.
A vos, señora virgen santa María
A vos, señora virgen santa María,
doy mi querer, que se quiere enamorar
de vos tan fuerte que sin vos no querría
en ninguna cosa desear ni amar;
porque todo querer tiene mejoría
sobre cualquier otro que no sea
queriendo en vos, que sois madre de amor.
Quien no os quiere, no tiene de qué enamorarse.
Puesto que mi querer quiere vuestra señoría,
mi memoria y el saber os quiero dar;
porque sin querer, Señora, ¿yo qué haría con ellos?
Y vos, Señora, si os place, haced recordar,
entender y amar a la clerecía,
para que vayan a Siria
a los infieles convertir y predicar,
y a los cristianos hagan pacificar.
Muchos hombres se vanaglorian de que morirían
por vuestro hijo, si llegara la ocasión;
pero pocos son aquellos que vayan a predicarlo
a los infieles, pues la muerte los hace dudar.
Poemas de Ramon Llull: Compendio de Lógica
Dios, para haceros honor,
de lógica tratamos brevemente,
la cual es un compendio nuevo,
en mi entendimiento invoco
que se traslade del latín al romance
en rimas y palabras llanas,
para que el hombre pueda mostrar
la lógica y el filosofar
a aquellos que no saben latín
ni árabe: por lo cual vos a mí
guiadme, Señor, en el saber
y en tener buena intención.
He aquí los cinco universales,
sabed que sus nombres son tales:
género, bajo sí la especie,
después está la diferencia;
propiedad y accidente
son el cuarto y quinto examen.
Dos son los géneros menores
que terminan dentro de los mayores:
sustancia es el soberano,
animal mortal el más bajo,
y en medio están cuerpo y animal.
De las especies, asimismo,
las dos son extremidades,
como cuerpo y hombre nombrado;
las otras dos están en medio,
sensible y animal dicho.
El individuo se encuentra
dos veces en contrariedad:
de número y de especie,
que en ellos hacen diferencia.
De número: uno, dos y tres,
que un número el otro no es.
De especie: como el herrero
que no es su propio olivo.
De la diferencia diré,
mas muy ligero pasaré.
Diferencia es universal
que muestra de la especie cuál
es su diversidad,
así como si es preguntado:
¿el dátil, qué cosa es?
y la respuesta es hecha
en el género, que es árbol;
y esto mismo del mármol:
su género sé que piedra es.
Diferencia viene después
cuando se dice: ¿y qué árbol es?
¿o el mármol, qué piedra es?
y se responde: árbol que hace
dátiles; y piedra mármol noble,
labrados de ella castillos y torres.
En animales y en colores
y en toda causa creada
la diferencia es hallada.
Propiedad universal
particular es, que señal
es de su especie
y de los individuos de ella;
y porque en ellos está,
la propiedad los demuestra,
así como el perro, que por ladrar,
y el caballo, que por relinchar
demuestran su propiedad,
de la especie hacen diversidad.
Cada propiedad distingue
su sujeto de otra especie.
Propio y diferencia
significan la especie,
mas no la muestran de igual modo,
pues la propiedad va mostrando
que una especie no es la otra,
así como el caballo y el perro.
Por otro modo la diferencia
demuestra cuál es la especie,
así como el animal que ríe.
Ambas tienen conversión,
diferencia y propiedad,
mudando sujeto y predicado,
así como el hombre es risible;
risible es el hombre sensible:
cada uno puede ser predicado
y sujeto, si se gira.
Accidente es universal
particular, si Dios me salve,
el cual está en lo general
y también en lo especial.
En general: como lo vegetal
engendrado y corrompible.
De especial: algún hombre blanco
o negro o durmiente o cojo.
El accidente no puede demostrar
género ni especie, según me parece,
como la blancura y la enfermedad
que no muestran qué sujeto es.
En dos partes se divide el accidente:
la una es separablemente,
la otra inseparablemente.
Separable: hombre que corre.
Inseparable: fuego ardiente.
Algunos accidentes sé que hay
que no están en toda la especie,
como los ojos garzos o la nariz partida,
y en algunos metales el fundirse.
Hay accidente coesencial
y partible de igual manera.
El coesencial está dividido
en dos partes, según se ha dicho:
una es cuando el entendimiento
imagina posiblemente
un etíope privado de negrura,
o al hombre blanco de su blancura;
mas la otra parte no se puede privar
del entendimiento, como contar
dos en cuatro; pues siempre,
dos en cuatro el hombre entendería.
Del accidente sé que es partible
que en dos partes es cambiable:
la una viene tarde, os digo,
como cuando el hombre es joven;
la otra viene pronto y a menudo,
como el gozo o el espanto.
En otras dos partes se dice
que el accidente está repartido:
la una es propiedad
del accidente al sujeto dado:
al hombre es propio su reír,
su comprar y su escribir;
la otra parte sé que es llamada
propiedad no apropiada
más a un sujeto que a otro,
así como el hombre que come estando enfermo;
pues comer en la enfermedad
a todo animal se apropia.
De los cinco sé, universales,
los tres primeros sustanciales,
los dos últimos son de accidente;
así se ha visto manifiestamente.
Cuatro son las definiciones:
he aquí sus demostraciones.
La primera es de la eficiente:
el alma es del cuerpo el complemento,
lo sé, sin materia igualmente.
Materia son los elementos
del cuerpo que es engendrado.
La forma da el significado
de la materia, eso sé.
De la causa final se hace
la definición: ¿qué es un cuchillo?
y se responde con acierto:
el cuchillo es causa para servir,
y la pena es para el pecado punir.
Para conocer el ser de la cosa
convienen tres cosas, por mi fe.
La primera es cuando el predicado
muestra al sujeto en verdad;
comparación sustancial
hace falta, si Dios me salve,
del sujeto hecho con el predicado,
así como del hombre animado;
porque todo hombre tiene movimiento
y todo animal igualmente.
La segunda demostración
es cómo el sujeto da razón
para demostrar el predicado
para que sea hallado verdadero;
pues quien dice hombre, dice risible
con cuerpo animado y sensible.
De la tercera rindo razón,
pues en ella no cabe cuestión;
porque aquellos preguntan locuras
cuando dicen: ¿por qué es el color
negro o blanco? o, ¿por qué el dos
es cuenta? pues respuestas
se dan allí sin fallo
y sin otro acuerdo;
pues el negro es color por la negrura
y el blanco es blanco por su blancura,
y del dos se forma el número
porque dos están ajustados.
Género y diferencia
demuestran la especie
cuando se pone el género primero
y la especie al último.
Por la propiedad, asimismo,
se halla la verdad, si Dios me salve,
así como coser y escribir,
bramar y comprar y reír.
El hombre percibe por accidente
el paño blanco, negro, velando o durmiendo.
Género y diferencia
hacen sobre la especie
contrariedad dos veces,
según podréis entender:
la una se hace diversamente,
la otra por lo contrario, igualmente.
Diversamente se dice así:
paño de lana y paño de lino.
Contrariedad: como cuerpo mortal
frente al inmortal. Y porque me importa
digo que si hay alguna cosa
a la que ningún nombre se ha puesto,
se hace su definición
sobre el género, y ved aquí:
si la causa es animada
y vegetal, es dada
así la respuesta,
según lo muestra la razón:
este cuerpo es animado y siente,
mas su nombre se ha puesto en el olvido;
privado de nombre y de denominación.
Dos son las comparaciones
universales, según razones:
natural y accidental.
Comparación natural:
cuando el sujeto y su predicado
en la naturaleza se encuentran,
así como el hombre y el animal
que en el movimiento parecen iguales;
porque si los hombres se mueven,
así se mueven los animales igualmente.
Comparación de accidente:
de lo blanco con lo blanco, o lo que corre
con lo que corre, y con lo negro
algún cuerpo que haya sido blanqueado.
Para conocer el «qué», tres modos hay.
El primero en el género está
cuando se pregunta: ¿el hombre qué es?
y la respuesta es hecha
cuando se dice: el hombre es animal
racional. Y asimismo
por el segundo modo se responde
con la especie, y ved cómo:
el hombre es racional mortal.
El tercer modo se hace por señal,
esto es decir descripción
con la que se hace la respuesta:
¿qué es el hombre? erguido de estatura,
uñas anchas tiene por naturaleza.
La diferencia demuestra
lo que muchas veces por una sola,
y por más de una asimismo.
Por una: el hombre es animal.
Por más de una: racional,
sensible, movible, amante
de su creador omnipotente.
Quién muestra la diferencia
en el género y en la especie
cuando se dice: ¿y qué animal?
y el hombre responde: racional.
He aquí la proposición,
en dos partes está su sermón:
predicativa la primera,
condicional la última.
La predicativa se reparte
en dos partes se divide,
una parte es disyuntiva,
la otra parte es conjuntiva.
Disyuntiva: o falso o verdadero,
pues ningún medio puede caber.
En la conjuntiva hay medio
cuando se dice: cierra la acequia.
He aquí la de la condición:
si me amases te daría un cordón.
Cuatro son las proposiciones
comprendidas, donde hay muchos sermones
hechos: en todo, no todo, y alguno,
y todavía en ninguno.
Cuatro son las que no están en uso,
mas con las que algunos hacen falacias:
dos llamadas individuales
y las otras desamparadas:
Pedro es grande, Pedro no es grande,
hombre velando, hombre no velando.
En ocho modos la proposición
parece que tenga contrario, ved aquí
al afirmar y al negar;
mas no es contrario a mi parecer.
El primero es de lo equívoco
cuando del sujeto se hace predicado.
El uno dice: degollado el carnero,
y el otro dice: nunca verdad fue;
el uno habla de Aries,
y el otro de aquel que comieses.
Cada uno dice verdad, si Dios me salve,
por lo que el contraste nada vale.
El segundo, que habla del predicado
cuando dice: el vino para beber está vedado;
según la ley del sarraceno,
mas para el cristiano no es así.
El tercero es cuando particular
y universal hacen contrastar,
así como decir: el ojo del hombre es blanco,
y se responde que no es blanco.
Cada uno dice verdad, pues blanco hay allí
en lo negro, eso veo claramente.
El cuarto de actualidad
y de potencia donde la verdad está.
El uno dice que el vino de la bodega
embriaga, el otro dice que no;
el uno lo dice de momento
y el otro de posiblemente.
El quinto es de relación.
El uno dice padre, el otro no;
el uno lo dice por naturaleza,
y el otro por lo accidental
cuando el niño es tomado para criar.
El sexto del lugar se suele decir.
El uno dice que el padre está viajando,
y el otro dice que están navegando;
el uno dice que va a París,
y el otro dice: no, a Túnez.
El séptimo se dice del estado
en el que el hombre esté siendo.
El uno dice que Pedro tiene saber,
y el otro dice que no es verdad;
el uno dice que sabe por costumbre,
y el otro que no por naturaleza.
El octavo se dice del tiempo.
El uno, afirmativamente,
que el hombre que yace no está sano,
y el otro dice que mal no tiene;
el uno te dice verdad por un día,
y el otro por el otro cual sea.
Cuatro son las proposiciones
con que el hombre forma los sermones:
algunas tienen conversión
y no las otras igualmente.
Conversión se encuentra
cuando el sujeto y el predicado
toman en sí un cambio.
He aquí las que tienen conversión:
la negativa universal
niega que el hombre no sea sano;
la afirmativa particular
se puede así figurar
cuando se dice: algún hombre es blanco
o negro, enfermo o cojo.
La afirmativa universal
no se convierte, si Dios me salve:
cuando se dice: todo hombre es animado,
quien lo convierte no dice verdad;
la negativa particular
no se convierte, según parece:
no es todo hombre animal
ni todo animal hombre mortal.
Proposición que se convierte
no puede ser, si verdaderamente
no es demostrada la verdad
sin que haya allí falsedad.
Tres modos hay de conversión:
uno se hace por accidente;
el otro se hace por simplicidad
mudando sujeto y predicado;
y el tercer modo, si Dios me dé bien,
es por contraposición.
La proposición, por trece vías.
¡Cuán sabio serías
si en tu corazón las pudieses retener!
pues por ellas tendrás saber.
La primera es de necesidad:
todo cuerpo compuesto es demostrado.
La segunda se dice cuando es sentida
viendo, palpando, gustando, oyendo.
La tercera es de ser probado:
todo fuego es cálido cuando es tocado.
La cuarta se dice «tauetur»,
vocablo árabe se ha oído,
en lo especial es demostrado
y en lo general otorgado,
así como el hombre que cree que existe
París, aunque no haya estado allí.
La quinta es la proposición
que tiene en sí misma su razón,
como en el cuatro se muestra,
que el dos es su mitad.
La sexta es de pensamiento,
y esta no vale nada,
pues la falsedad puede caber
donde mucho hombre falla por no saber.
La séptima se dice de lo público,
como el hombre que miente y es tenido por vil.
La octava se dice de la suposición
la cual no vale ninguna vez,
pues mucho hombre recibe a menudo
aquello en lo que no entiende la verdad.
La novena se dice de otorgamiento
a quien no hace falta reproche.
La décima está en la semejanza
cuando la primera se va acercando
con semejante posibilidad,
mas no lo hace por necesidad.
La undécima se dice claramente:
con tu amigo seas cortés.
La duodécima es de opinión:
quien va de noche parece ladrón.
La decimotercera es imaginada,
como serpiente morena moteada.
De las trece proposiciones,
en la quinta hay las razones más fuertes,
pues el silogismo van a formar.
El nombre de aquellas quiero nombrar.
En la primera: el todo es más
que su parte. He aquí después
la segunda, que es la sentida,
donde difícilmente hallaréis fallo.
La tercera es de la probada,
de donde el hombre se guarde otra vez.
La cuarta es del «tauetur»
donde raramente se pone el fallo.
La quinta es aquella que en sí
tiene su razón, como yo en mí
tengo mis manos y todas mis muelas.
Las otras no son para nada equivalentes
a las cinco arriba nombradas.
Las públicas y otorgadas
se dan a los no sabientes
cuando disputando el sabio los vence
con las cinco arriba nombradas,
donde verdaderas razones son mostradas.
De pensar y de parecer
puede el hombre formar falacias.
Las públicas y recibidas
con creencia, son tenidas por valiosas,
a la retórica son dadas
y al derecho las más de las veces.
De lo posible y lo imposible,
de lo necesario, su corazón quiere.
Posible: ser escribano.
Imposible: hombre de piedra.
Necesario: el hombre es animal.
No necesario: llamarse Vidal.
Lo que en un tiempo es posible,
en otro tiempo es imposible.
Del argumento, sabed que diré
lo más brevemente que pueda.
Argumentos son dichos ajustados
de donde otros dichos son derivados,
según podréis entender
cuando las figuras leáis
donde el argumento es demostrado.
En tres términos está terminado,
sabed por verdad, todo argumento,
pues sin ellos no se muestra nada.
Un término es de la mediación,
y el menor es siempre
sujeto en la conclusión,
y el mayor, si Dios me dé bien,
está en la conclusión
como predicado, y es la cuestión.
La conclusión aquí no se dice
antes de que ella haya salido
de dos proposiciones,
porque no está acabado el sermón;
mas cuando ha salido es razón
que se la llame conclusión.
Dos negaciones no hacen
ningún argumento, a mi parecer.
ni ningún animal es sano;
ni de dos particulares
proposiciones, no darás
la verdad en el argumento
según el arte de la demostración;
pues quien dice algún animal
y algunos blancos, su dicho no vale.
De la materia del argumento
os diré verdaderamente.
Cinco raíces se han encontrado.
A la primera son dadas
las proposiciones de buen grado
que demuestran necesidad.
La segunda es cuando parece verdad:
que el hombre que ama sea amado.
La tercera habla de opinión:
quien va de noche parece ladrón.
La cuarta es cuando parece verdad
lo que es una muy grande falsedad,
así como todo el ser en un lugar:
Dios es, sin estar en un lugar.
La quinta es cuando falsamente
el hombre hace una falsa comparación;
porque quien dice: Carlos es un león
muestra que falso es su sermón.
El silogismo sé que ha de tener
cuatro cosas a mi parecer:
sujeto, accidente, cuestión,
y que el comienzo sea bueno.
Del sujeto os diré brevemente
cómo el hombre enfermo halla la salud.
El accidente no os quiero olvidar,
en el triángulo lo podrás encontrar,
pues cada línea en el triángulo
con su línea par forma un ángulo.
De la cuestión, según me parece,
es aquello que el sujeto se va a ajustar
con el accidente, de donde la cuestión
toma forma en la conclusión.
El comienzo no quiero dejar:
esto es cuando el hombre al disputar
otorga la proposición
de donde se saca la conclusión.
Quien el comienzo quiere negar,
en la disputa no sabe entrar.
Cuatro son las condiciones
del silogismo: las razones
verdadero, necesario, y primero,
lo esencial es necesario.
Verdadero, es que sea verdad
lo que el argumento ha probado.
Lo que es de necesidad,
es cuando no puede ser mudado.
Primero, es cuando se afirma
primeramente el predicado.
Esencial, conviene que esté
en aquello de lo que quieres predicar.
Por cuatro modos va la cuestión,
y así se hace la conclusión.
El silogismo va el primero de todos,
el ejemplo es el más último;
entimema e inducción
están en medio, si Dios me dé bien.
Silogismo, sermón cabal
cuando se forma la conclusión
de dos proposiciones,
por verdaderas demostraciones.
La inducción podrás encontrar
entonces cuando con lo particular
podrás probar lo universal;
porque si en Ramón y en Vidal
y en cada uno de los racionales
hay lugar, y ancho y profundo,
así están todos los hombres que existen.
El entimema sé cómo se toma
en la conclusión solamente
con una proposición
de donde es suelta la cuestión.
Cuando dices: Pedro es sensible,
conviene que tenga cuerpo visible.
Con ejemplos son la cuestión
he aquí un ejemplo bello y bueno:
si mala cosa es guerrear,
buena cosa es pacificar.
Tres modos hay de oscurecimiento:
cuando el hombre se empeña en el argumento,
como decir animal que corre;
y mucho hombre disminuye y quita,
cuando acortar la razón quiere;
o cuando quiere responder muy breve,
de donde forma entimemas fácilmente.
El silogismo podrás buscar
en la causa y lo causado, según me parece.
El fuego es la causa, y el humo es
lo ocasionado, y verdad es
que el humo es la ocasión
para hallar el fuego cuando haces carbón,
como por el humo el fuego es hallado.
Así como el fuego es mayor causa
que el humo, así se establece
que la última dicción
que está en la conclusión,
esté en el término medio
como causa mayor, eso es cierto:
entonces la más noble dicción
pon en la mayor abundancia
en el término medio, el cual es
compuesto de dos términos: es verdad.
¿Si es?, ¿qué?, ¿cuál? y ¿por qué?
son cuatro modos, que así conviene.
El «¿si es?» en dos partes está
con que la pregunta se forma:
la primera es si es o no
lo que pregunta tu sermón;
la segunda es del estado:
si Dios es bueno, omnipotente.
El «¿qué?», en dos partes partido está:
primera: ¿qué es el caballo del labrador?
respuesta: es el caballo de quien labra;
segunda, verdad mayor,
¿qué es el vino? responde con abundancia:
exprimido, embriagador, para el glotón.
Lo propio y la diferencia
te darán la ciencia
de lo «¿cuál?», que está en dos cosas,
pues por cada uno se demuestra.
El «¿por qué?», en dos partes están:
primera: por qué causas se hacen;
segunda: por qué se encuentra
lo que por otro es demostrado
y por sí mismo se demuestra que es.
El «¿si es?» y el «¿por qué?» van a la fe,
y el «¿qué?» y el «¿cuál?» van a la razón.
El sermón contradictorio
que en cuatro modos se figura.
El primero, primero se dirá,
es lo relativo, como hijo y padre.
El segundo aporta lo contrario
de blanco y negro, y mal y bien,
y verdadero y falso, y de otra cosa.
Privación y posición
es el tercer modo, como el ciego
que al nacer no ve ninguna cosa.
El cuarto de afirmación es
y de negación formado
que no tiene medio ni vínculo.
El número ya no existiría sin el dos,
ni el dos sería número si nada existiese.
No se sigue por necesidad
que al dos, el tres le sea dado;
pues el dos puede existir sin el tres
y sin el dos, el tres no sería nada.
Entre el ser y la esencia
sé que hay diferencia.
La esencia, el entendimiento,
aquí, la comprende naturalmente;
mas del ser no toma la forma,
sino dentro de la materia.
Esencia es la especie,
y el ser es lo particular;
y el ser y su especie
pueden ser sustancia
y accidente, en verdad.
De los universales me he acordado,
de los cuales la materia impregnada
y su impronta sellada
hace conservar la especie
en los individuos de ella.
La especie está limitada
dentro de dos términos, y se sustenta:
el un término es la materia
universal, sin forma,
la cual es llamada primordial;
y el otro término, asimismo,
es considerado de los individuos.
Y esto por lo cual no está vedado
que sea vista la especie,
es porque la materia
primordial es invisible,
aunque sea inteligible.
Si tú quieres entender la verdad,
fe y entender te harán falta.
Con la fe empieza a obrar
en lo que quieras investigar,
afirmando la posibilidad;
pues la imposibilidad
no la afirmes al comienzo,
porque si lo haces, el entendimiento
no podrá ir más adelante
a investigar lo que quieres hallar;
pues quien al comienzo desconfía,
con el entendimiento no ve nada.
Tal costumbre tienen los infieles
que descreen que el Dios del cielo
esté en la santa trinidad,
ni en santa María encarnado;
pues al comienzo de la razón
lo descreen, diciendo que no;
y porque descreen al principio,
su entendimiento al final
no tiene con qué ir a buscar
lo que él podría encontrar
si no le estorbara su virtud
lo imposible que es creído
al comenzar la disputa;
a los cuales les valdría más dudar;
pues por dudar es demostrado
lo que es posibilidad,
porque el entendimiento se reanima
en su investigar cuando halla
en lo que es verdadero y probado.
Esta regla ten en tu agrado,
pues amar puedes y saber
a tu Dios, que te lo hace apreciar.
Si tú quieres hallar algún secreto
con cuatro modos lo has de buscar.
Primeramente con lo sensual
investiga lo otro en lo sensual,
y porque uno en la sensualidad
da del otro el significado;
pues la forma artificial
de su maestro es la señal.
El segundo modo es cuando lo sensual
demuestra lo intelectual
como por este modo que es sensual,
entiendes lo otro intelectual.
He aquí el tercer modo, donde difícilmente
toma morada el entendimiento:
este es cuando lo intelectual
de otro es muestra y señal,
así como lo verdadero y lo falso que son
los mayores contrarios del mundo
y demuestran que Dios existe;
pues si ponemos que Dios no existe,
lo que es verdadero y falso es menor;
y si Dios existe, es mayor
la contrariedad para ambos;
y porque lo mayor es abundante
en el ser, y lo menor en ello falla,
entonces puedes saber que de ningún modo
lo menor con el ser se conviene,
puesto que con lo menor no habría nada.
En tres modos te he demostrado
que Dios mismo es lo significado.
Del cuarto modo te quiero recordar
con lo intelectual, según me parece,
de esto que es secreto sensual;
pues la teoría te es señal
de los secretos de la práctica.
La demostración tres grados tiene.
El primero es: más es el todo que la parte;
pues el individuo del arte,
al arte mismo no es igual.
El segundo modo que aún más vale:
es lo simple finito que en sí
contiene su todo, sin que de sí
haga parte, como el entendimiento
que en hábito tiene diversamente
muchos objetos, sin que haga parte
de sí, sino que toma su forma.
El porqué la demostración
en el segundo modo tiene más traza
de verdad que no tiene en el primero,
os lo diré muy de buena gana.
En el primero tu cuerpo es más
de lo que es tu mano, la cual es
posible que te la puedan cortar;
y todo tu cuerpo se puede gastar
retornando sus partes a la nada
hasta que el todo no tiene nada,
pues ha perdido aquello por lo que era.
El entendimiento ya no perderá
su todo por las partes, pues no las tiene,
porque si algún objeto no toma,
tomar puede otro igualmente;
mas ya la naturaleza no devolverá
el pie, al cuerpo, que ha perdido:
entonces es más el todo que parte no tiene
que no es el todo que partes tiene.
El tercer modo es más verdadero
que el segundo ni el primero,
pues el todo es sin parte, infinito,
eso es un todo en el espíritu
simple que su todo más contiene
que el todo del segundo. Ved por qué:
pues todo lo finito está dentro de un término,
por lo que en su término verdadero hay
tanto cantidad como fallo,
puesto que no es infinitamente;
mas el todo que es sin término,
infinitamente ha existido,
y es, y sin fin será.
Aquel todo más verdad tiene en sí
que la que tiene el todo terminado,
que contiene tal necesidad
que lo hace estar terminado;
mas, el tercer todo tiene tal poder,
tal necesidad, tal querer,
que todo cuanto existe lo concluye en sí.
Puesto que tan grande es, acuérdate de mí.
El primer grado lo sentimos ligero
por el hecho de que es sin intermediario.
El segundo grado lo sentimos pesado
porque con medio sensualmente
lo habrás de entender primero.
El tercer grado, donde hay más de verdad,
tiene muchos medios que son fáciles:
saberlo te conviene, si a Dios
quieres saber por necesidad.
Y que Él por su gran piedad
ilumine tu entendimiento,
sin el cual ningún hombre entiende.
De sujeto y objeto y el medio
te quiero hablar, pues te hará falta.
La materia es potencia
y como sujeto tiene toda forma
que por cuerpo natural sea;
y los compuestos de los elementos
son sujeto, eso sé, instrumento
para la forma artificial.
Objeto hay que es natural
a las partículas sensuales;
objeto de la intelectualidad
es Dios y fe y caridad;
objeto del artificio, el ver
lo toma, y también el querer,
como ves y quieres tu torre.
Medio sé que es el movedor
que se mueve del sujeto al objeto
sin que se separe de su sujeto
ni fuera del objeto se vaya,
sino que en el medio de ambos está;
así como es el andar y el escribir,
el entender y el amar y el reír.
En su mover el objeto consiente,
y así lo hace el sujeto igualmente;
y por esto el medio moviente
mueve y es movido verdaderamente
por sus dos términos,
el movimiento es demostrado.
De investigar lo más noble me acuerdo,
con tres cosas lo hallaré:
ser, mayor, acabado,
que juntos tienen conveniencia
contra lo contrario de lo mayor,
lo cual se conviene con lo menor,
con el fallo, con la nada.
Este investigar dos modos contiene:
el primero es de diversidad,
el otro de contrariedad.
Diversos son mayor y menor
que no son iguales en valor;
pues si el hombre existe, que se conviene
con el fallo, con la nada,
por ignorar y por privar,
y de lo acabado puede usar
en la edad y en la caridad,
entonces manifiesto es y probado
que en el ser haya alguna cosa
que no se convenga con la nada,
ni con lo menor, ni con el fallo,
antes bien haya allí todo acabado
en sí y de todo esto que existe,
y sea mayor que cuanto existe;
y si esto no fuera verdad,
convendría, a mi parecer,
ser menor con el fallo
contra el mayor acabado;
no ser y privación,
fallo y corrupción
no tendrían hermandad;
y esto es una gran falsedad.
El modo que por lo contrario va
en lo más noble investiga
el ser mayor acabado,
y su contrario no es nada,
como Dios que es mayor y mejor,
al cual no es contrario lo menor,
ni la nada, ni el fallo;
y si Dios no fuera existente,
la nada, el fallo, lo menor,
sin contrario serían mayores
que el ser y lo acabado
y que lo mayor, y verdaderamente
antes serían nada y menor
y fallo, que lo mayor
ni el ser ni lo acabado;
mas esto la razón no lo consiente.
Compendio de Lógica y Metafísica en los Poemas de Ramon Llull
Porque el corazón no consiente la falsedad, ya está manifestado y probado qué es lo verdadero y qué es lo falso; hemos dicho suficiente: hablemos de otra cosa.
Con lo semejante o con lo desemejante busca lo que vas buscando, pues con lo semejante lo hallarás; por lo desemejante conocerás la diversa operación y el diverso ser; y mira cómo:
Los filósofos que han existido, sábelo, han errado muy fuertemente; pues ellos, negando al Creador y creyendo hacer más honor a Dios diciendo que su obra vale más si es eterna por todos los tiempos, quisieron honrarlo por semejanza de su obra, según parece. Pero ellos le harían más honor si dijesen que Él es mayor en durar en la eternidad que no el mundo, que es causado por Él; pues más grande es quien puede crear de la nada, que hacer a alguien igual a sí mismo en duración sin comienzo; por lo cual ellos no supieron encontrar por lo desemejante, según he dicho.
Aún han fallado en otra cosa, pues dijeron que el firmamento, ni el tiempo, ni su movimiento, tienen comienzo y son eternos, diciendo que todo esto es igual a Dios, quien es sin corrupción en el durar; y nunca fue verdad; pues Dios tiene virtud y poder por la cual hace sostener aquello que es sin corrupción, a lo cual Él ha dado comienzo. Por lo que han dicho los filósofos, sabedlo, muchos hombres han fallado, pues creen que sus principios son verdaderos sin falta, y su entendimiento cree lo que ellos creen falsamente; y por eso no pueden subir sobre los principios ni pensar en otra necesidad más fuerte que se muestra con diversidad de lo más noble y lo menor, que contiene la verdad mayor.
He aquí un ejemplo fuerte y claro: bien sabes tú que Dios debe amar al hombre justo cuando hace algún bien, y cuando hace el mal no conviene que sea deseado por Dios; ni conviene que sea alterada en Dios su voluntad, que si lo fuera, a mi parecer, sería en Dios un accidente y sufriría de finitud: por tanto, te es necesario que con lo semejante y lo desemejante vayas buscando de tu Creador su voluntad, su justicia y su saber.
Puedes asemejar tu amar con el de Dios cuando quieres amar a aquel que hace el bien, pues Dios así lo hace. Con lo desemejante, pues, busca tu voluntad y la de Dios; pues si dejas de amar a tu amigo cuando hace maldad y pecado, tu voluntad se ha alterado; pues tú sabes que no cambia en Dios su voluntad, sea como sea. Por el hecho de que en ti ha cambiado, la voluntad de Dios se te muestra en cuanto no sigue tu sendero; pues Él tiene una voluntad más verdadera que la tuya, que cambia cuando su objeto se altera.
Poemas de Ramon Llull: De los Sentidos y el Entendimiento
No conviene nuestro silencio: cinco son los sentidos particulares. De la vista hablaremos primero, que trabaja con el triángulo: su medio es el aire, la luz y el color, y el aire brilla con esplendor; y el color, que es su objeto, sabed que no existe sin luz. En vuestros ojos hay luz de igual modo: esta luz es una línea señal que continuamente se extiende desde la vista hasta lo que alcanza.
El aire y el agua son el medio del oído, eso es cierto; el aire es golpeado por los impactos y el agua es su impronta. Dentro de las orejas viene el sonido en el aire y el agua que allí están; esa agua y aire, igualmente, recibiendo aquel golpe que ha venido de fuera, el oído toma aquel cuerpo y los viste, pues son su hábito.
Del olfato su medio es el calor y la humedad que del fuego y el aire se juntan: lo cálido y lo húmedo sube, y tu aliento sigue ese uso cuando de tu nariz ha descendido; y como es verdad y conocido que tu aliento es cálido y húmedo, entonces aquello que es semejante dentro de la nariz se hace hábito del olor: si hay olor allí, lo trae tu aliento.
Del gusto os digo que así viene: su medio es la humedad; bajo la lengua están los poros vacíos que se llenan de humedad; por ellos el sabor te llega arriba a tu garganta, en la cual el gusto actúa según es la calidad de lo que has bebido o comido.
Sentir (el tacto) viene de la animalidad: el instrumento donde se demuestra es la carne, que siente al instante cuando se hace en ella cualquier contacto; tierra y agua son necesarias, pues estas sienten primero por estar más en la superficie; el fuego y el aire están en lo profundo, recibiendo su contacto, de donde hacen hábito y vestimenta según lo que es tocado desde fuera. El gusto y el sentir son alabados sobre los otros sentidos verdaderamente, pues sin estos dos no vive nada, ningún cuerpo, el cual puede estar vivo sin los otros sentidos y durar.
Los sentidos particulares se trasladan. Bien, cuando los sentidos se juntan, la imaginativa los escribe; en la fantasía tiene su nido, de la cual toma demostración tu entendimiento de aquello que es sensual, y después sube al alto hostal que es de la intelectualidad, donde muchos secretos se reúnen.
De las Falacias y los Silogismos
A la falsa imaginación que con la fantasía corriente forma una falsa opinión, te doy un ejemplo bello y bueno. Los filósofos del pasado dicen que el mundo y la eternidad son una sola cosa, y ved cómo: si el firmamento nunca tuvo naturaleza de corrupción, entonces es con el tiempo y el movimiento eterno sin ningún comienzo. Imaginando, esto parece verdad; pero luego el entendimiento lo destruye, entendiendo que la eternidad no conviene con nada que haya comenzado ni con ningún fallo, sino con el absoluto acabamiento: por tanto, conviene con la infinitud y no con lo que es terminado en cantidad y en poder o en ignorancia.
El firmamento es, pues, tal, y el tiempo y el movimiento igual al firmamento: entonces es verdad que hay alguna otra causa más noble que el firmamento, el tiempo o el movimiento, la cual el entendimiento comprende antes que al tiempo y al movimiento, que conviene con la eternidad, pues no está terminada por dentro, sino que está fuera de todo lo que existe y dentro de lo que tiene límite; y porque en sí contiene todo bien, conviene a la eternidad. Y si Dios no es eterno, dices que lo que existe no vale nada y que el comienzo empieza de la nada, y luego de sí mismo; y esto es gran falsedad: que el comenzar, lo comenzado, la nada y el comienzo sean una sola cosa: por tanto, puedes entender verdaderamente que Dios es grande, omnipotente, quien ha comenzado todo cuanto existe.
¿Sabes qué es la primera intención o la segunda? Si dices que no, te lo mostraré de buen grado, pues son necesarias para tu saber. La primera intención es tal que conviene con la causa final; la segunda, el instrumento. Te daré un ejemplo brevemente. La primera intención dásela a Dios, si quieres ser suyo. La segunda intención es si, bajo Dios, amas cualquier cosa para que puedas honrar a Dios. Si amas así, puedes entrar en el paraíso y ser salvado; pero si tú haces que Dios sea amado para que Él te dé de lo suyo, te amas más a ti que a Dios: tienes para ti la primera intención, y sin fallo, pues la segunda la tienes para Dios: por lo que te honras más a ti que a Él.
Y como Él es mejor que nada, te conviene que con la primera intención lo tengas en tu voluntad: si no lo haces, tienes error y pecado. Y ya ves tú que el manzano, para poder hacer el fruto, quiere hacer las hojas, pero no hace el fruto por la hoja: el fruto se hace por la primera intención, la hoja por la segunda. Si tú en todo lo que hagas tienes la primera intención (hacia Dios), en todo momento harás lo mejor.
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