Poemas de Moses ibn Ezra

Moses ibn Ezra

Poemas de Moses ibn Ezra (Granada, c. 1055-1138) a quien se le considera como una de las figuras más brillantes y melancólicas del Siglo de Oro hispano-hebreo. Conocido como «el filósofo de los poetas», su vida estuvo marcada por el exilio tras la invasión almorávide, lo que dotó a su obra de un tono elegíaco y profundo.

Destacó en tres vertientes: la poesía secular, donde exploró la fugacidad del tiempo en su Diwan; la sacra, con sus conmovedoras selihot (poemas de penitencia); y la teoría literaria, con su obra cumbre Kitab al-Muhadarah.

En ella, analizó la retórica y defendió la belleza de la lengua hebrea bajo moldes árabes. Su pensamiento combinó el neoplatonismo con una técnica formal impecable, consolidándolo como el maestro de la metáfora y el puente intelectual entre la filosofía y el verso.

Poema del Lamento

«Después de que los días de la juventud pasaron

como una sombra y los pasos de mis años se han acortado,

me grita el vagabundo: «¡Eh tú, el que vive tranquilo, levanta!»

Y ante su clamor retiñeron mis oidos.

Me levanté con el corazón trémulo y salí

errante, mientras mis hijos imploraban a Dios.

Eran la fuente de mi vida, como podría vivir

sin ellos, faltándome la luz de mis ojos.

El Tiempo me condujo a una tierra

en la que se espantaron mis ideas y pensamientos:

un pueblo de labios balbucientes, de idioma incomprensible,

que al contemplar sus rostros, se abatía el mío»

 

Unos Ojos sin Sueño

Unos ojos sin sueño / mi secreto desvelaron

a todos, y aguas torrenciales / vertidas son mi testigo

 

de la hoguera del amor / en mi osamenta encendida;

ya ni armas encuentro / para vengar mi sangre

de mano del corzo que males causa / a mí y a mi sueño,

pues me pusieron / calumnias en boca de mi amado

contra mí y acabó conmigo, / el día de mi ruina celebrando.

 

Ciervo es cuyo brillante rostro / sonroja a la luz de la mañana;

las víctimas de sus ojos / muchas son y sin cuento,

su corazón y razones / una jaula de mentiras;

no caminaré ya erguido / pues se quebrantó mi fuerza,

a mi alma destrozó, / al volar de mi cuerpo, la partida.

 

Lucero que con la luz de su fulgor / Poniente al Oriente iguala;

es sin par, y lleva el nombre / del príncipe entre sus hermanos,

en su poder se asemeja / a él y en sus virtudes,

grato es, de esbelta talla, / racimo de ‘En Gedi,

a cambio del cual mi espíritu / pondría en manos de mi amado.

 

Al ver sus mejillas con / hileras de preciados aromas

de mirra, a causa de lo que esconden / bebo amarga ponzoña;

con el filo de la espada de sus ojos, / mi sangre verter intenta;

tan excelso que si las Pléyades / quieren ser adorno

suyo, les dirá y rogará: / «postraos a mis plantas».

 

¿De qué sirve?¿qué consigo / presentando mis súplicas?

¡Sólo que la garganta / se inflame del amargor de mi grito!

Clamo de tanto enojo / sobre mi alma volcado:

 

«Al hombre agraviado / si el juez lo condena,

¡Ay Dios! ¿tiene alivio / quien tal es su pena?»

 

Himnos de los Lamentos

I

Insomnio, en mi cama las horas que cuento,

y, levantándome, busco la casa de Dios, mientras el

sueño pesa en los ojos de los hombres, y los sueños

cargan sus almas con visiones de la noche.

 

II

En pecado y necedad pasaron mis primeros años,

Por lo que me avergüenzo, y los atrasos de la vida

ahora intentan pagar, mientras mis lágrimas

han sido mi alimento día y noche. Corta es la vida del hombre, y llena de cuidado y tristeza,

Así y allá recurre a algo de facilidad,

Como a una flor florece, y al día

siguiente se va—una visión de la noche.

 

III

¿Cómo oprime el peso del pecado a mi alma,

porque la ley de Dios transgredo demasiadas veces;

Lloro y suspiro, con lágrimas de amargura

Mi cama la riego toda la noche. Mi juventud se desvanece como una sombra proyectada,

más rápida que las alas de un águila mis años vuelan rápidos,

y no recuerdo mi alegría pasada,

ni de día ni de noche.

 

IV

Proclamamos entonces ayuno, día santo,

purifica nuestro corazón del pecado, obedece la voluntad de Dios,

y a él, con espíritu humilde,

ruega incesantemente. de día y de noche.

 

Que aún escuchemos sus palabras: «Eres mi propio,

Mi gracia es tuya, el refugio de mi trono,

porque yo soy tu Redentor, solo yo;

¡Aguanta pero con paciencia esta noche!»

 

A la hora del cierre

Señor de maravillosas obras,

Concédenos comprensión—

Ahora en la hora del cierre.

 

Se llama a unos pocos elegidos,

Sus ojos hacia ti se alzan—

se mantienen exaltados en su temblor

Ahora, a la hora del cierre.

 

Derraman sus almas;

borrar, entonces, su desviación—

y concédales, Señor, tu absolución

Ahora en la hora del cierre.

 

Sé un refugio para ellos

a través de todo su sufrimiento;

Consignarlos solo a la alegría

Ahora, a la hora del cierre.

 

Muéstrales tu compasión,

en tu cambio de justicia

sobre todos los que les trajeron opresión—

Ahora en la hora del cierre.

 

Recordar el mérito de sus padres

y lo consideran mérito para ellos;

renovar sus días como antes,

Ahora, a la hora del cierre.

 

Llama al año de la gracia—

El regreso de la bandada remanente

a Oholìbah y Oholàh—

Ahora en la hora del cierre.

 

Poema De Los Dos Exilios

Tengo el pelo blanco, mas el cabello del Tiempo no ha encanecido,

y los días del exilio han vuelto a la juventud.

Después de haberse ajado, ha sentido placer la madre

de la separación y los hijos del deseo se han enamorado.

Al volverse muy cortos los pasos de mis años, las Hades

del sendero de mis penas como el mar se han ensanchado.

Los oleajes de la vejez asimismo me han cercado,

y se ha quedado seca la fuente de la juventud.

Digo a los que me reprenden: «Tened calma conmigo hasta que

me lamente», y a los que me recriminan: «¡Cesad!».

Cesad hasta que ronde por lugares que tan solo por las llamas de

mi corazón y el llanto de mis ojos quedaron asolados.

Parecían ciudades destruidas por las que no pasaba

pie humano y nadie las habitaba.

Después de haberse desplegado en ellas las alas de la amistad

y de haberse arrastrado por ellas los vuelos del amor,

los ejércitos de gacelas disminuyeron en su interior, mientras, por el contrario,

en sus cuatro lados se multiplicaron los chacales para lamentarse.

 

Leve fracción de ser

Hasta dónde serán enviados mis pies
en el destierro, pues aún no han hallado reposo.
Desenvainó el tiempo la espada de la separación.

 

Arugat ha-Bosem (El Lecho de las Especias)

En el jardín de la mente he plantado mi tienda,

donde el Intelecto es sol que no conoce ocaso,

la primera luz, la más noble y pura ofrenda

que el Creador vertió en nuestro humano vaso.

 

Es la escala de fuego que al cielo se extiende,

donde el alma, olvidando su cárcel de arcilla,

en el misterio de la Unidad al fin se enciende

y ante la gloria del Trono, en silencio, se arrodilla.

 

No busques a Dios en la piedra o el viento,

búscalo en la joya que en tu pecho se esconde;

purifica la esencia, aclara el pensamiento,

que a la voz de la Razón, el Cosmos responde.

 

Kitab al-Muhadarah (Libro de la Disertación)

Me preguntas, hermano, por el secreto del verso,

por qué la lengua del árabe es hoy seda y es espada,

mientras la nuestra, reina de un antiguo universo,

yace en la sombra, muda, triste y olvidada.

 

¡Ay de la Lengua Sagrada, tan pura y tan bella!

Sus hijos la han dejado sin manto y sin brillo,

mientras el extraño sigue el rastro de su estrella

y nosotros mendigamos pan en un humilde pasillo.

 

Mas sabe que la elocuencia es un don del destino,

un vino del cielo que en copas de oro se vierte;

si el alma es noble y el juicio es fino,

la palabra será eterna, venciendo a la muerte.

Moses ibn Ezra

Diwan (Poemario)

El Tiempo ha tensado su arco con mano segura,

sus flechas son días que cruzan el aire sombrío;

¿quién puede escapar de esta herida que dura,

si hasta el mar más inmenso termina en el río?

 

Despertad, compañeros, que el rocío se apaga,

las flores del huerto ya inclinan su frente;

la juventud es un sueño que el viento se traga,

una luz que se apaga veloz en la fuente.

 

Bebamos el vino de la fe y la memoria,

antes que el polvo reclame nuestro cansancio;

pues solo el amor es la verdadera historia

en este palacio de sombras y de escaso espacio.

 

Shirat Yisrael (La Poesía de Israel)

La métrica es el hueso que sostiene el cuerpo del canto,

el ritmo es el pulso que hace al verso latir;

sin orden, la rima es solo un triste quebranto,

una música vana que no sabe a dónde ir.

 

Busca la «mentira» que oculta la gran verdad:

la metáfora es el velo que embellece a la novia;

viste la idea con galas de gran suntuosidad,

para que el vulgo no manche su antigua memoria.

 

Bebe de los viejos, de su fuente y su corriente,

pero forja tu vasija con fuego nuevo y brillante;

que el poema sea un río, antiguo y presente,

que lleve en sus aguas el alma del navegante.

 

Sefer ha-Anak (El Collar / Tarshish)

He engarzado este collar con perlas de ciencia,

cada palabra es un doble reflejo en el cristal;

un nombre que engaña a la propia conciencia,

con mil significados, pero una esencia real.

 

Este mundo es un mar que ruge y que engaña,

una nave de corcho en la gran tempestad;

no te fíes del sol que la cima acompaña,

que la sombra acecha tras la clara heredad.

 

No te jactes del «hoy», que es humo y es viento,

las horas son guardias que te llevan al fin;

busca el collar que no rompa el lamento,

la joya que brille fuera de este jardín.

 

Fi Fada’il Ahl al-Adab (Las Virtudes de los Literatos)

No mires la cuna, ni el oro, ni el nombre,

que el linaje del hombre es su propio saber;

la pluma es la espada que defiende al hombre

y el libro es el campo donde debe crecer.

 

El sabio es silencio, es pausa, es recato,

su lengua es esclava de un juicio prudente;

no busca el aplauso del necio y su trato,

sino la luz de la idea que nace en su mente.

 

Camina con aquellos que aman las letras,

cuyo aliento es perfume de antigua sabiduría;

pues en sus palabras, por más que te adentres,

hallarás el descanso al final del amargo día.

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