Poemas de Juan de Arguijo

Poemas de Juan de Arguijo

Poemas de Juan de Arguijo (1567-1623), uno de los poetas más refinados y cultos del Siglo de Oro español. Miembro destacado de la escuela sevillana, destacó por una obra breve pero de una perfección técnica asombrosa, centrada casi exclusivamente en el soneto.

Su poesía se caracteriza por un tono grave, reflexivo y de gran contención emocional. Fue un maestro en la recreación de temas mitológicos (como los de Apolo, Dafne o Faetón) y pasajes de la historia clásica, utilizándolos para meditar sobre la fugacidad del tiempo y la inestabilidad de la fortuna.

Además de poeta y músico, fue un célebre mecenas que convirtió su palacio en un centro de reunión para los intelectuales de su época, consolidando a Sevilla como un foco humanista esencial frente al estilo barroco más recargado.

La tempestad y la calma

Yo vi del rojo sol la luz serena

Turbarse, y que en un punto desparece

Su alegre faz, y en torno se oscurece

El cielo con tiniebla de horror llena.

 

El austro proceloso airado suena,

Crece su furia, y la tormenta crece,

Y en los hombres de Atlante se estremece

El algo olimpo y con espanto truena;

 

Mas luego vi romperse el negro velo

Deshecho en agua, y á su luz primera

Restituirse alegre el claro dia,

 

Y de nuevo esplendor ornado el cielo

Miré, y dije: ¿Quién sabe si le espera

Igual mudanza á la fortuna mia?

 

Apolo a Dafne

«Victorioso laurel, Dafnes esquiva,

En cuyas verdes hojas la memoria

De tu rigor y de mi triste historia

Quiere el amor que eternamente viva.

 

»La antigua palma y abundante oliva

A tí de hoy mas inclinarán su gloria;

Tú ceñirás en premio de vitoria

Del fuerte vencedor la frente altiva.»

 

Dijo el burlado Cintio, y á la dura

Corteza asido, la contempla, y luego

Repite: «¡Dafne liera! ¡Mármol frio!

 

»Del rayo ardiente vivirás segura;

Que no es bien que consiente ajeno fuego

Quien pudo resistir al fuego mio.»

 

Andrómeda y Perseo

Expuesta en firme escollo al mar insano

La no culpada hija de Cefeo,

Mueve á piedad el reino de Nereo,

Remedio á su dolor pidiendo en vano,

 

Cuando rompiendo el aire con liviano

Vuelo se muestra el vencedor Perseo,

Que con el gran despojo meduseo

Orna glorioso la triunfante mano.

 

De la doncella el llanto y la hermosura

Enviaron á un tiempo al pecho fuerte

De lástima y amor agudas flechas.

 

Del mar la libra y de la bestia dura,

Trocando en vida la temida muerte,

Y en nupciales cantares las endechas.

 

La avaricia

Castiga el cielo á Tantalo inhumano,

Que en impia mesa su rigor provoca,

Medir queriendo en competencia loco

Saber divino con engaño humano.

 

Agua en las aguas busca, y con la mano

El árbol fugitivo casi toca;

Huye el copioso Eridano á su boca,

Y en vez de fruta aprieta el aire vano.

 

Tú, que espantado de su pena, admiras

Que el cercano manjar en largo ayuno

Al gusto falte y á la vida sobre,

 

¿Cómo de muchos Tántalos no miras

Ejemplo igual? Y si codicias uno,

Mira el avaro, en sus riquezas pobre.

 

Casandra

Cuando en horror medroso y ciego espanto

Por los teucros discurre Alecto airada,

Y el impío acero de la griega espada

Hace crecer con frigia sangre el Janto,

 

Entre los gritos y confuso llanto

De la mísera gente descuidada

Alza la voz Casandra, arrebatada

De profético aliento y furor santo.

 

«En tus cenizas, dice, ¡oh patria cara!

Se guarda el fuego cuya llama ardiente

Hará costosa á Grecia esta vitoria.

 

»Otra renacerá de tí mas clara

Troya, por quien tu nombre eternamente

Vuelva á vivir en mas dichosa historia.»

 

Horacio Cocles

Con prodigioso ejemplo de osadía

Un hombre miro en la romana puente

Resistir solo de la etrusca gente

El grueso campo que pasar porfia.

 

Ni la enemiga fuerza le desvia,

Ni de su vida el cierto fin presente;

Que su valor dejar no lo consiente

La difícil empresa en que insistía.

 

Oigo del roto puente el son fragoso

Cuando al Tibre el varon se precipita

Armado, y sale de él con nueva gloria;

 

Y al mismo punto escucho del gozoso

Pueblo las voces, que aclamando grita:

«¡Viva Horacio; de Horacio es la vitoria!»

 

Júpiter a Ganimédes

No temas ¡oh bellísimo troyano!

Viendo que, arrebatado en nuevo vuelo,

Con corvas uñas te levanta al cielo

La feroz ave por al aire vano.

 

¿Nunca has oido el nombre soberano

Del alto olimpo, la piedad y el celo

De Júpiter, que da la pluvia al suelo

Y arma con rayos la tonante mano,

 

A cuyas sacras aras humillado,

Gruesos toros ofrece el teucro en Ida,

Implorando remedio á sus querellas?

 

El mismo soy; no al águila eres dado

En despojo; mi amor te trae, olvida

Tu amada Troya y sube á las estrellas.

 

Ulises

El griego vencedor que tantos años

Vió contra sí constante la fortuna;

El que pudo sagaz de la importuna

Circe vencer los mágicos engaños;

 

El que en nuevas regiones y en extraños

Mares temer no supo vez alguna;

El que, bajando á la infernal laguna

Libre volvió de los eternos daños,

 

Los ojos cubre y cierra los oídos

De las sirenas á la vista y canto,

Y se manda ligar á un mástil duro;

 

Y negando al objeto los sentidos,

La engañosa belleza y fuerte encanto

Huyendo vence, y corta el mar seguro.

 

Dido y Enéas

De la fenisa reina importunado

El teucro huésped, le contaba el duro

Estrago que asoló el troyano muro

Y echó por tierra el Ilíon sagrado;

 

Contaba la traición y no esperado

Engaño de Sinon falso y perjuro,

El derramado fuego, el humo oscuro,

Y Anquíses en sus hombros reservado;

 

Contó la tempestad que, embravecida,

Causó á sus naves lamentable daño,

Y de Juno el rigor no satisfecho;

 

Y mientras Dido escucha enternecida

Las griegas armas y el incendio extraño,

Otro nuevo y mayor le abrasa el pecho.

 

Sísifo

Sube gimiendo con mortal fatiga

El grave peso que en sus hombros lleva

Sisifo al alto monte, y cuando prueba

Pisar la cumbre, á mayor mal se obliga.

 

Cae el fiero peñasco, y la enemiga

Suerte cruel su nuevo afan renueva;

Vuelve otra vez á la difícil prueba,

Sin que de su trabajo el fin consiga.

 

No iguala aquella á la desdicha mía,

Pues algun tiempo alivia en su tormento

Los hombres, áa tal carga desiguales.

 

Sufro peso mayor con tal porfía;

Que un punto no perdona al pensamiento

La importuna memoria de mis males.

 

Ariadna

«¿A quién me quejaré del cruel engaño,

Arboles mudos, en mi triste duelo?

¡Sordo mar! ¡Tierra extraña! ¡Nuevo cielo!

¡Fingido amor! ¡Costoso desengaño!

 

»Huyó el pérfido autor de tanto daño,

Y quedé sola en peregrino suelo,

Do no espero á mis lágrimas consuelo;

Que no permite alivio mal tamaño.

 

»Dioses, si entre vosotros hizo alguno

De un desamor ingrato amarga prueba,

Vengadme, os ruego, del traidor Teseo.»

 

Tal se queja Ariadna en importuno

Lamento al cielo, y entre tanto lleva

El mar su llanto, el viento su deseo.

 

Narciso

Crece el insano amor, crece el engaño

Del que en las aguas vió su imágen bella;

Y él, sola causa en su mortal querella,

Busca el remedio y acrecienta el daño.

 

Vuelve á ver en la fuente ¡caso extraño!

Que della sale el fuego; mas en ella

Templario piensa, y la enemiga estrella

Sus ojos cierra al fácil desengaño.

 

Fallecieron las fuerzas y el sentido

Al ciego amante amado; que á su suerte

La belleza fatal cayó rendida;

 

Y ahora, en flor purpúrea convertido,

La agua, que fué principio de su muerte,

Hace que crezca, y prueba á darle vida.

 

Venus en la muerte de Adonis

Despues que en tierno llanto desordena

Cíterea la voz por el violento

Fin de su Adónis, y con triste acento

El bosque Idalio á su dolor resuena,

 

Y en flor sobre el acanto y azucena

Hermosa trueca el mísero y sangriento

Jóven, modera el grave sentimiento,

Y el ímpetu á sus lágrimas enfrena;

 

Y no hallando en su tristeza medio,

Vuelve al usado ornato, y reflorece

Del ya sereno rostro la luz pura;

 

Asi el pesar con la razon descrece

Desesperado el bien: que tal vez cura

A un grande mal la falta de remedio.

 

Orfeo (2)

A tí en los versos dulce y numeroso

¡Oh primer padre de la lira, Orfeo!

Lloró por largo tiempo de Nereo

Cuanto contiene el término espacioso;

 

A tí lloró Estrimon, á tí el fragoso

Ródope y altas cumbres de Pangeo,

A tí las ninfas del sagrado Alfeo,

Obligadas del canto generoso.

 

Tus divididos miembros, no estimados

Del bacanal furor, que osadamente

Los esparció por el ingrato suelo,

 

Como á precioso don en sus sagrados

Senos Ebro recoge, y la prudente

Cabeza Lésbos, y la lira el cielo.

 

Las estaciones

Vierte alegre la copia en que atesora

Bienes la primavera, da colores

Al campo y esperanza á los pastores

Del premi ode su fe la bella Flora;

 

Pasa ligero el sol adonde mora

El cancro abrasador, que en sus ardores

Destruye campos y marchita flores,

Y el orbe de su lustre descolora;

 

Sigue el húmedo otoño, cuya puerta

Adornar Baco de sus dones quiere;

Luego el invierno en su rigor se extrema.

 

¡Oh variedad comun, mudanza cierta!

¿Quién habrá que en sus males no te espere?

Quién habrá que en sus bienes no te tema?

 

El triste fin, la suerte infortunada

El triste fin, la surete infortunada

(Ajeno premio de la fe constante)

Del uno y otro miserable amante,

A quien perdió una noche y una espada,

 

Oculta en sombre obscura esta labrada

Piedra. Tú, peregrino caminante,

Repara el grave caso, y con semblante

Pio suspende el curso á tu jornada;

 

Que darás tiernas lágrimas no dudo

A estas cenizas, donde aun dura ardiente

El fuego que causó desdicha tanta;

 

Debida composión al mal que pudo

Mudar color en la cercana fuente,

Y el de su fruto en la silvestre planta.

 

Psíquis a Cupido

A tu divina frente ¡oh poderoso

Niño! una venda con trabajo y arte

Teji de oro y colores, donde parte

Dibujé de tu triunfo glorioso;

 

En ella se ve atado al vitorioso

Carro el gran Febo, que la luz reparte,

Preso Mercurio, encadenado Marte,

Y Vulcano con muestras de celoso.

 

No se pudo librar con las reales

Insignias Jove; mal pudiera Psique

Resistir, si á estos rindes la fiereza.

 

Agraven mi prision mayores males,

Pues es fuerza que á un niño sacrifique

Mi firme amor, y á un ciego mi belleza.

 

Lucrecia

Baña llorando el ofendido lecho

De Colatino la consorte amada,

Y en la tirana fuerza disculpada,

Si no la voluntad, castiga el hecho.

 

Rompe con hierro agudo el casto pecho,

Y abre camino al alma, que indignada

Baja á la obscura sombre, do vengada.

Aun duda si su agravio ha satisfecho.

 

Venció al paterno llanto endurecida,

Y de su esposo el ruego, que no basta,

Menospreció con un fatal desvío.

 

«Ceda al debido honor la dulce vida;

Que no es bien, dijo, que otra menos casta

Ose vivir con el ejemplo mio.»

 

Troya

El que soberbio á no temer se atreve

La fuerza oculta del violento hado,

Y en alegre fortuna confiado,

De lo Dioses creyó el aplauso leve,

 

Ejemplo tome de mi gloria breve,

En cuyo fin dejó el egipcio armado

El turbio Nilo, y vino el scita osado

Que el puro Tánais y el Oronta bebe.

 

Troya fuí, de los Dioses obra ilustre,

Honor del Asia, hermosa, rica y fuerte,

Madre de reinos, y del mundo espanto.

 

Cayó mi gloria, y de su antiguo lustre

Solo han quedado ¡oh miserable suerte!

Cenizas viles y afrentoso llanto.

 

Del tiempo

Mira con cuánta priesa se desvia

De nosotros el sol, al mar vecino,

Y aprovecha, Fernando, en tu camino

La luz pequeña de este breve dia.

 

Antes que en tenebroso noche fria

Pierdas la senda, y de buscarla el tino,

Y aventurado en manos del destino,

Vagues errando por incierta via.

 

Háganse ajenos casos enseñado,

Y el miserable fin de tantos pueda

Con fuerte ejemplo apercibir tu olvido.

 

Larga carrera, plazo limitado

Tienes, veloz el tiempo corre, y queda

Solo el dolor de haberlo mal perdido.

 

La recaída

Otras dos veces del furioso noto

Probé las iras en el mar turbado,

Y no volver jamás á tal estado,

Arrepentido, prometí y devoto.

 

De la deshecha jarcia y leño roto

Dí los despojos al altar sagrado,

Y apenas pisé el puerto deseado,

Cuando olvidé el peligro y rompí el voto;

 

Y ahora, que continua y fiera lucha,

Mar y vientos se esfuerzan en mi daño,

Y sus enojos aplacar porfía,

 

Mis sordas voces sin piedad escucha

El justo cielo. ¡Oh inútil desengaño,

Cuán tarde llegas al remedio mío!

 

La constancia

Aunque en soberbias olas se revuelva

El mar, y conmovida en sus cimientos

Gima la tierra, y los contrarios vientos

Talen la cumbre en la robusta selva;

 

Aunque la ciega confusion envuelva

En discordia mortal los elementos,

Y con nuevas señales y portentos

La máquina estrellada se disuelva,

 

No desfallece ni se ve oprimido

Del varon justo el ánimo constante,

Que su mal como ajeno considera;

 

Y en la mayor adversidad sufrido,

La airada suerte con igual semblante

Mira seguro y alentado espera.

 

A la muerte de Cicerón

Deten un poco la cobarde espada,

Cruel Pompilio, ingrato, y considera

La injusta empresa que á tu brazo espera,

Y largos siglos ha de ser llorada.

 

¿Posible es que se ve tu mano armada

Contra el gran Tulio, á quien librar debiera

En igual recompensa de la fiera

Muerte, á tu ingratitud recomendada?

 

¡Oh, cuán poco aprovecha la memoria

Del recibido bien, que al obstinado

Ninguna cosa de su error le muda!

 

Desciende el golpe sobre la alta gloria

De la latina lengua; derribado

Deja el valor, y la elocuencia muda.

Poemas de Juan de Arguijo

Al Guadalquivir, en una avenida

Tú, á quien ofrece el apartado polo,

Hasta donde tu nombre se dilata,

Preciosos dones de luciente plata,

Que invidia el rico Tajo y el Pactolo;

 

Para cuya corona, como á solo

Rey de los rios, entreteje y ata

Pálas su oliva con la rama ingrata

Que contempla en tus márgenes Apolo;

 

Clara Guadalquivir, si impetuoso

Con crespas ondas y mayor corriente

Cubrieres nuestros campos mal seguros,

 

De la mejor ciudad, por quien famoso

Alzas igual al mar la altiva frente,

Respeta humilde los antiguos muros.

 

Fabio y Licori, ramera

De la astuta Licori á los umbrales

Te vió saliendo el sol, ¡oh Fabio amigo!

Creció en su luz el dia, y fué testigo

De tu lamento y quejas desiguales.

 

Oyó tambien el Héspero tus males,

La blanca luna se dolió contigo;

Mas el ingrato dueño, tu enemigo,

Ni aun de corta piedad mostro señales.

 

¿Cuál otro galardon en tal porfia,

Inútil yedra de su puerta, esperas?

¿Hasta cuándo tu propio engaño adoras?

 

Huye la fiera Circe y cruel arpía,

Que alegra en ver que por su causa mueras,

Riendo está lo mismo que tú lloras.

 

Orfeo (1)

«Desiertas selvas, monte yerto y frío,

Ródope, que en el cielo tocar osas;

Vosotras, de Estrimon ondas hermosas,

A quien vencer presume el llanto mio,

 

»Seréis testigos largo tiempo, fio,

De mi dolor y quejas lastimosas,

Que en vano esparzo al aire, y con piadosas

Voces al rey del lago obscuro envio.»

 

Así cantando llora el tracio amante;

Y á sus blandos acentos enmudece

El viento, y la agua su corriente enfrena;

 

Y enternecidas truecan el semblante

Las fieras ¡corto alivio! mientras crece

Del ya perdido bien la justa pena.

 

Artemisa

Labra Artemisa el grande mausoleo,

Que los altos pirámides afrenta

Del egipcio soberbio, y no contenta,

Busca á su ilustre fe mayor trofeo.

 

Del tierno y casto pecho en nuevo empleo

Hacer sepulcro al nuevo esposo intenta,

Cuyas cenizas, de su amor sedienta,

Bebe con ansias de inmortal deseo.

 

«En vano, dice, pretendió la muerte

De tí, dulce Mausolo, dividirme,

Y en largo olvido sepultar tu gloria;

 

»Que de su injuria hasta á defenderte

Mi pecho, mas que el bronce y mármol firme,

Y eternizar mi amor y tu memoria.

 

A Baco

A tí, de alegres vides coronado,

Baco, gran padre domador de Oriente,

He de cantar; á tí, que blandamente

Tiemplas la fuerza del mayor cuidado;

 

Ora castigues á Licurgo aírado,

O á Penteo en tus aras insolente,

Ora te mire la festiva gente

En sus convites dulce y regalado,

 

O ya de tu Ariadna al alto asiento

Subas ufano la mortal corona

Vén fácil, vén humano al canto mio;

 

Que si no desmerece el sacro aliento,

Mi voz penetrará la opuesta zona,

Y al Tibre envidiará el Hispalio rio.

 

Píramo

«Tú, de la noche gloria y ornamento,

Errante luna, que oyes mis querellas;

Y vosotras, clarísimas estrellas,

Luciente honor del alto firmamento,

 

»Pues ha subido allá de mi lamento

El son y de mi fuego las centellas,

Sienta vuestra piedad, ¡oh luces bellas!

Si la merece; mi amoroso intento.»

 

Esto diciendo, deja el patrio muro

El desdichado Píramo, y de Nino

Parte al sepulcro, donde Tísbe espera.

 

¡Pronóstico infeliz, presagio duro

De infaustas bodas, si ordenó el destino

Que un túmulo por tálamo escogiera!

 

A Curcio

La horrible sima con espanto mira

en su gran plaza Roma, y el dudoso

portento, grave al pueblo victorïoso,

no enseñado a temer, suspenso admira.

 

En tanta confusión turbado aspira

a buscar el remedio, y presuroso

consulta si de Jove poderoso

se pudiese aplacar la justa ira.

 

Asegura el oráculo invocado

al pueblo de temor si a la gran cueva

lo más ilustre ofrece de su gloria.

 

Curcio, de acero y de valor armado,

se arroja dentro, y deja con tal prueba

libre su patria, eterna su memoria.

 

A Faetón

Pudo quitarte el nuevo atrevimiento,

bello hijo del Sol, la dulce vida;

la memoria no pudo, qu’extendida

dejó la fama de tan alto intento.

 

Glorioso aunque infelice pensamiento

desculpó la carrera mal regida;

y del paterno carro la caída

subió tu nombre a más ilustre asiento.

 

En tal demanda al mundo aseguraste

que de Apolo eras hijo, pues pudiste

alcanzar dél la empresa a que aspiraste.

 

Término ponga a su lamento triste

Climente, si la gloria ganaste

excede al bien que por osar perdiste.

 

A Julio César

Del gran Pompeyo el enemigo fuerte

llega en oscura noche al pobre techo,

do Amiclas con seguro y libre pecho

ni teme daño ni recela muerte.

 

Ya que llamar segunda vez advierte,

rogado deja el mal compuesto lecho,

y en frágil barca el peligroso estrecho

rompe, presagio de siniestra suerte.

 

Brama furioso el mar sintiendo el peso

que sostiene, y al tímido piloto

César anima, y dice: «Rema amigo,

 

»Rema; no temas infeliz suceso

por más que te contrasten Euro y Noto;

la fortuna de César va contigo».

 

A Julio César Mirando La Cabeza De Pompeyo

Prepara ufano a César victorioso

el tirano de Menfis inclemente

la temida cabeza que al Oriente

tuvo al son de sus armas temeroso.

 

No pudo dar el corazón piadoso

enjutos ojos ni serena frente

al don funesto; mas gimió impaciente

de tal crueldad, y repitió lloroso;

 

«Tú, gran Pompeyo, en la fatal caída

serás ejemplo de la humana gloria

y cierto aviso de su fin incierto.

 

»¡Cuánto se debe a tu virtud crecida!

¡Cuán costosa en tu muerte es mi victoria!

Vivo te aborrecí, y te lloro muerto».

 

A Rómulo, Que Mató A Su Hermano Remo

Las armas tomó aprisa el esforzado

Quirino de su hermano mal seguro,

y en la nueva ciudad el primer muro

con la sangre fraterna fue manchado.

 

Primero dividido que fundado,

sintió el pueblo de Marte el hierro duro,

presagio cierto del rigor futuro

que amenazaba el disponer del hado.

 

No consintió a sus ojos ver presente

algún igual el ánimo ambicioso,

ni sufrió compañero la corona.

 

Al natural amor venció impaciente

el amor de reinar más poderoso,

que aun a su misma sangre no perdona.

 

A Tántalo

Castiga el cielo a Tántalo inhumano,

que en impia mesa su rigor provoca,

medir queriendo en competencia Ioca

saber divino con engaño humano.

 

Agua en las aguas busca, y con la mano

el árbol fugitivo casi toca;

huye el copioso Erídano a su boca

y en vez de fruta aprieta el aire vano.1

 

Tú, qu’espantado de su pena admiras

qu’el cercano manjar en largo ayuno

al gusto falte y a la vista sobre,2

 

¿Cómo de muchos Tántalos no miras

ejemplo igual? Y si codicias uno,

mira al avaro en sus riquezas pobre.

 

A Una Estatua De Niobe, Que Labró Praxíteles, De Ausonio

Viví, y en dura piedra convertida,

labrada por la mano artificiosa

de Praxíteles, Niobe hermosa,

vuelvo segunda vez a tener vida.

 

A todo me dejó restituida,

mas no al sentido, l’arte poderosa;

que no le tuve yo, cuando furiosa

los altos dioses desprecié atrevida.

 

¡Ay triste! Cuán en vano me consuelo,

si ardiente llanto mana el mármol frío

sin que mi antigua pena el tiempo cure;

 

Pues ha querido el riguroso cielo,

porque fuese perpetuo el dolor mío,

que faltándome l’alma, el llanto dure.

 

En segura pobreza vive Eumelo

En segura pobreza vive Eumelo

Con dulce libertad, y le mantienen

Las simples aves, que engañadas vienen

A los lazos y liga sin recelo.

 

Por mejor suerte no importuna al cielo,

Ni se muestra envidioso a la que tienen

Los que con ansia de subir sostienen

En flacas alas el incierto vuelo.

 

Muerte tras luengos años no le espanta,

Ni la recibe con indigna queja,

Mas con sosiego grato y faz amiga.

 

Al fin, muriendo con pobreza tanta,

Ricos juzga sus hijos, pues les deja

La libertad, las aves y la liga.

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