Poemas de Francisco de Medrano
Poemas de Francisco de Medrano (1570-1607), poeta sevillano, considerado uno de los líricos más excelsos del Siglo de Oro, especialmente dentro de la escuela sevillana. Aunque fue jesuita durante gran parte de su vida, terminó abandonando la orden, reflejando en su obra una profunda tensión espiritual y humana.
Su estilo destaca por una asombrosa asimilación de los modelos clásicos, siendo calificado como el mejor imitador de Horacio en lengua castellana. Sus sonetos, de una perfección técnica y sobriedad admirables, exploran la brevedad de la vida, el retiro honesto y la búsqueda de la paz interior. A diferencia de la exuberancia barroca de sus contemporáneos, Medrano apostó por una densidad conceptual y una pureza formal que preludian la modernidad, influyendo notablemente en autores posteriores como Juan Ramón Jiménez.
Soneto III
A s. Pedro, en una borrasca, viniendo de Roma
Pescador soberano, en cuyas redes
los monarcas mayores han estado
dichosamente presos, y cambiado
en gloria sus prisiones y en mercedes;
tú que abrir y cerrar el çielo puedes,
con poderosa llave, a tu ganado,
y alcaçar en la tierra has alcançado
con colunas de pórfido y paredes:
los ojos vuelve al mar enfureçido,
y pues tal vez osó mojar tu planta
aun siendo ‘ollado de tu fee animosa,
su ‘inchazón rompe, acalla su rüido,
y enseñado dicípulo, levanta
mi fee y mis pies con mano poderosa.
Soneto XXVI
A las ruinas de itálica, que ahoran llaman Sevilla la vieja, junto de las quales está su eredamiento mirarbueno
Estos de pan llevar campos ahora,
fueron un tiempo Itálica. Este llano
fue templo. Aquí a Teodosio, allí a Trajano
puso estatuas su patria vençedora.
En este çerco fueron Lamia y Flora
llama y admiraçión deel vulgo vano;
en este cerco el luchador profano
deel aplauso esperó la voz sonora.
¡Cómo feneçió todo, ay!; mas erguidas,
a pesar de fortuna y tiempo, vemos
estas y aquellas piedras combatidas.
Pues si vencen la edad y los estremos
deel mal, piedras calladas y sufridas,
suframos, Amarilis, y callemos.
A Fernando de Soria
Yo vi romper aquestas vegas llanas,
y crecer vi y romper en pocos meses
estas ayer, Sorino, rubias meses,
breves manojos hoy de espigas canas.
Estas vi, que hoy son pajas, más ufanas
sus hojas desplegar para que vieses
vencida la esmeralda en sus enveses,
las perlas en su haz por las mañanas.
Nació, creció, espigó y granó un día
lo que ves con la hoz hoy derrocado,
lo que entonces tan otro parecía.
¿Qué somos pues, qué somos? Un traslado
desto, una mies, Sorino, más tardía;
y ¡a cuántos sin granar, los ha segado!
Quien te dice que ausencia causa olvido
Quien te dice que ausencia causa olvido
mal supo amar, porque si amar supiera,
¿qué, la ausencia?: la muerte nunca hubiera
las mientes de su amor adormecido.
¿Podrá olvidar su llaga un corzo herido
del acertado hierro, cuando quiera
huir medroso, con veloz carrera,
las manos que la flecha han despedido?
Herida es el amor tan penetrante
que llega al alma; y tuya fue la flecha
de quien la mía dichosa fue herida.
No temas, pues, en verme así distante,
que la herida, Amarili, una vez hecha,
siempre, siempre y doquiera, será herida.
No siempre fiero el mar zahonda al barco
No siempre fiero el mar zahonda al barco
ni acosa el galgo a la medrosa liebre,
ni sin que ella afloje o él se quiebre
la cuerda siempre trae violento al arco.
Lo que es rastrojos hoy, ayer fue charco,
frío dos horas antes lo que es fiebre;
tal vez al yugo el buey, tal al pesebre,
y no siempre severo está Aristarco.
Todo es mudanza, y de mudanza vive
cuanto en la mar aumento de la Luna,
y en la Tierra, del Sol, vida recibe.
Y sólo yo, sin que haya brisa alguna
con que del gozo al dulce puerto arribe,
prosigo el llanto que empecé en la cuna.
El rubí de tu boca me rindiera
El rubí de tu boca me rindiera,
a no haberme tu bello pie rendido;
hubiéranme tus manos ya prendido,
si preso tu cabello no me hubiera.
Los del cielo por arcos conociera
si tus ojos no hubiera conocido;
fuera tu pelo norte a mi sentido,
si la luz de tus ojos no lo fuera.
Así le plugo al cielo señalarte,
que no ya sólo al norte y arco bello
tus cejas venzan y ojos soberanos;
mas, queriendo a ti misma aventajarte,
tu pie la fuerza usurpa, y tu cabello
a tu boca, Amarili, y a tus manos.
Qué busco, ciego yo, con tan mortales
¿Qué busco, ciego yo, con tan mortales
y ansiosas bascas? ¿Pienso que podría
satisfacer la sed inmensa mía
un mar de aquestos bienes (¿diré? ¿o males?)?
¿No vi ya? ¿No probé cuán desiguales
son de aquello precioso que ofrecía
su vanamente hermosa flor, que el día
robó, descubridor de engaños tales?
Paremos ya, paremos: que el sosiego
en sólo aquel un Bien que sin mudanza
mueve cuanto ve el sol, hallar podremos.
Mas ay, que cuando verle pienso, y llego
yo a asirle, me deslumbra, y sin tardanza,
cual rayo pasa, y ciegos le perdemos.
No sé cómo, ni cuándo, ni qué cosa
No sé cómo, ni cuándo, ni qué cosa
sentí, que me llenaba de dulzura:
sé que llegó a mis brazos la hermosura,
de gozarse conmigo cudiciosa.
Sé que llegó, si bien, con temerosa
vista, resistí apenas su figura:
luego pasmé, como el que en noche escura
perdido el tino, el pie mover no osa.
Siguió un gran gozo a aqueste pasmo, o sueño
—no sé cuándo, ni cómo, ni qué ha sido—
que lo sensible todo puso en calma.
Ignorallo es saber; que es bien pequeño
el que puede abarcar solo el sentido,
y éste pudo caber en sola l’alma.
Soneto XXXI
Arde la llama, y a la oscura y fría
noche el festivo incendio vence, y cuanto
de estruendo y fuego horror fue ya en Lepanto
sirve el gusto brevísimo de un día.
Sola una tú lo atiendes, alma mía,
de placer no alterada ni de espanto,
siendo en tan nueva luz y en fuego tanto
la admiración común y la alegría.
Arde ¿quién duda? en tu más noble parte
más fiera llama y más también luciente.
¿Qué te podrá alegrar o qué admirarte?
Así, presente el sol, no hay luz hermosa
ni grande; así ningún pincel valiente,
presente la verdad, parecer osa.
Soneto XXXVIII
¡Ay de mí! siempre, vana fantasía,
sin término dilatas tu remedio,
¿Cuándo será que libre de este asedio
de males me amanezca libre un día?
Rendirme será infame cobardía;
¿aguardaré? La muerte antes que el tedio
de una esperanza. Osar sólo es el medio.
Osemos; que es dichosa la osadía.
Hoy pondrás fin a vida tan amarga;
hoy, si bien sales hoy, corazón mío,
de ti sacudirás tan grave carga.
¿Quién aguarda a mañana mal prudente?
Que acabe de correr espera un río,
y él corre y correrá perpetuamente.
Soneto VIII
Borde Tormes de perlas sus orillas
sobre las yerbas de esmeralda, y Flora
hurte para adornarlas, a la aurora
las rosas que arrebolan sus mejillas
Viertan las turquesadas maravillas,
y junquillos dorados que atesora
la rica gruta, donde el viejo mora,
sus driadas en cándidas cestillas,
para que pise Margarita ufana,
tierra y agua llenando de favores;
mas si uno y otro mira con desvío,
ni las ninfas de Tormes viertan flores,
ni rosas hurte Flora a la mañana,
ni su orilla de perlas borde el río.
Soneto XXIII
A Don Juan De Arguijo contra el artificio
Cansa la vista el artificio humano,
cuanto mayor más presto: la más clara
fuente y jardín compuestos dan en cara
que nuestro ingenio es breve y nuestra mano.
Aquel, aquel descuido soberano
de la Naturaleza, en nada avara,
con luenga admiración suspende y para
a quien lo advierte con sentido sano.
Ver cómo corre eternamente un río,
cómo el campo se tiende en las llanuras,
y en los montes se añuda y se reduce,
grandeza es siempre nueva y grata, Argío;
tal, pero, es el autor que las produce:
¡oh Dios, inmenso en todas sus criaturas!
Soneto XLVII
A Dios Nuestro Señor
¿Cómo esperaré yo que de mi pena
tibias las quejas toquen en tu oído,
si con la lengua libertad te pido,
y el corazón se goza en la cadena?
Tú, Señor uno, ves cuánto esté ajena
la voz, que te importuna, del sentido;
y así, en bandos injustos dividido,
¿ver placada tu faz podré serena?
Tal es; haber piedad de un quebrantado
corazón aun es obra que en un crudo
pecho mortal halló tal vez entrada;
mas tirar del infierno a un obstinado
mal grado suyo, en ti, Uno, caber pudo
árbitro de la muerte y de la vida.
Soneto XXXV
Cuando envidioso el tiempo haya robado
el tu cabello, espanto ahora de Flora,
y el verano, que alegre gozo ahora
y la flor de mi edad haya robado,
no seré, no, Amarili, a tu sagrado
nombre ingrato que la alma humilde adora,
ni el fuego celestial que en ella mora
de la edad sentirá el invierno helado;
mas del cisne imitando la costumbre,
con acento, por dicha más divino,
te cantaré, para morirme luego;
y como llama que vigor y lumbre
cobra cuando su fin es más vecino,
más resplandecerá mi hermoso fuego.
Soneto XVII
A don Gutierre De Ocampo
Cuanta la tierra es toda comparada
con el inmenso cóncavo del cielo
un punto breve, y de este punto el hielo
dos partes y una al sol tiene abrasada,
de otras que restan dos, que está ocupada
de tierra con los mares, ¡qué de suelo
yermo está por inútil, ¡oh Marcelo!
y a nos un quinto resta de esta nada.
Sobre él naciones tantas a porfía
sangrientas, y sin fin se mueven guerra
(durarles ha su posesión, ¿qué día?);
mas, pues tal es, y a estos llaman bienes,
en el quinto de un punto, que es la tierra,
para te envanecer ¿qué parte tienes?
Soneto XLV
A la renunciación que hizo el emperador Carlos en el hijo y el hermano
De sostener cual nuevo Atlante el mundo
el siempre augusto Carlos ya cansado,
«Gentes, dice, no vistas he domado,
hollado el suelo, hollado el mar profundo,
hecho el persa monarca a mi segundo,
preso al francés, al moro leyes dado,
el cielo en ambos hombros sustentado,
más grave con las glorias que en él fundo».
Luego, del mundo desdeñoso y harto,
«Tú gobierna (al hermano le decía)
de Roma el ancho imperio y de Alemaña».
Y al hijo: «Tú de la invencible España
y del indio tendrás la monarquía,
y entrambos junte amor lo que yo parto».
Soneto XXVI
Otra respuesta al mismo argumento
Despierto al fiero incendio y del cercado
veis ya, veis que el caballo fue don griego,
y no mujer Elena, sino fuego;
mal admitido don, bien mal buscado.
¿Qué teméis? ¿Qué esperáis así ocupado,
sordo a las voces y a las llamas ciego?
Salid por medio de ellas, salid luego;
no esperéis, no; huid, y habréis triunfado.
Mas ya, si con el uso envejecido
para vencer huyendo un mal tamaño,
la fuerza os ha, Fernando, fallecido,
en sus hombros el nuevo desengaño,
por do estuviere el fuego más tendido,
sacaros sin lesión podrá y sin daño.
Soneto XXIX
El hombre solo en tantos animales,
Leonardo, nació al llanto; él solo atado
es el día que nace, desarmado,
sin defensa ni pies contra los males.
Así empieza la vida: a los umbrales
de ella ofreciendo llanto anticipado,
no entonces por algún otro pecado
que el de nacer para miserias tales.
A él fue dada insaciable sed de vida;
el solo cuida de la sepultura,
y en su alma brama un mar de ansia y afeto,
por do algunos dijeron: «No es natura
madre, sino madrastra aborrecida».
Mira si error oíste más discreto.
Soneto XII
A Fernando De Soria Galvarro
En el secreto de la noche suelo,
Sorino, contemplar las luces bellas,
y mudo platicar así con ellas,
porque envidioso no me estorbe el suelo:
«Ya, ya, soberbios astros, vuestro cielo
Flora pisa inmortal con firmes huellas;
ya, eternamente hermosa, pisa estrellas;
y ¡cuál sin ella yo! más cese el duelo.
»Tú fuiste, Flora, y vos, que la robaste,
divinas luces, para mí inhumanas,
pues solo y vida y seso me dejaste.
»Mas, porque tú no toda mueras, Flora,
ni en las miserias vivas toda humanas,
viva yo y pene, y tú los cielos mora».
Soneto VII
Estaba de mi edad en el florido
abril, que fruto asaz me prometía,
y de mi Flora en el regazo un día
vi reposar al niño Amor dormido.
Las alas que tan alto lo han subido,
por no bajar, abandonado había;
yo, que de celos y de envidia ardía,
tenté con ellas usurparle el nido.
Volar tenté; mas, de la luz medroso
de tus soles, ¡oh Flora! mudé intento,
con el fracaso de Ícaro avisado;
que es mal valor tal vez ser temeroso,
y no siempre fortuna da al osado
favor, ni quiere el gusto ser violento.
Soneto XXX
Al retrato de Luciano De Negrón por el pintor Francisco Pacheco
Este breve retrato los mayores
dos varones que al mundo dio Sevilla
nos ofrece a los ojos; maravilla
ambos y emulación a los mejores.
Los primores del cielo, los primores
del arte aquí la envidia vio amarilla,
y sobrada de entrambos la rodilla
dobla, y suelta la lengua en sus loores.
En ti ¡oh Negrón! sin límite así crece
la ciencia y la bondad, que en todos mengua;
la pintura ¡oh Pacheco! en ti se suma.
Mi pluma y lengua para y se enmudece
por no llegar a tu virtud mi lengua,
por no llegar a tu pincel mi pluma.
Soneto VI
Al licenciado Cristóbal De Mesa en su poema de «La restauración de España»
Hizo astillas el yugo, y la coyunda
afrentosa rompió con que oprimida
se vio España, la espada no vencida
que imperio nuevo al gran Pelayo funda.
Tanto mal grato el tiempo con profunda
envidia olvida gloria tan crecida,
y a los ojos del sol y a nueva vida
hoy la ofrece tu pluma sin segunda.
A aquella la morisca infame muerta,
a esta el olvido bárbaro vencido,
y a una y otra su gloria debe España.
Mas, si una de los moros la liberta,
y si otra la liberta del olvido,
¿cuál hace de las dos mayor hazaña?
Soneto XXXVII
Al Licenciado Francisco De Rioja
La violencia, Leucido, de los hados
¿en qué los ofendí? Lleva mi vida,
llévate, oh Amarilis, ofrecida
a mal seguros golfos y apartados.
¿Cómo pues yo de afanes y cuidados
batido miro el mar con tan erguida
frente y muda paciencia, no vencida
de estos escollos yertos y callados?
Cedo a la fuerza cuerdo, y cedo al día,
la esperanza alargando, y si no engaña
su arte al sabio, Amarilis serás mía.
Así del pez es dueño, cuando siente
fuerzas en él mayores que en la caña,
si le da cuerda el pescador prudente.
Soneto XXXII
Las almas son eternas, son iguales,
son libres, son espíritus, María;
si en ellos hay amor, con la porfía
de los estorbos crece y de los males.
Nacimos en fortuna desiguales,
no en gustos; la violencia nos desvía;
el tiempo corre lento y deja el día
de sí hasta en los mármoles señales.
Mas tú ni a tiempo ni a violencia,
ni a aquello desigual de la fortuna,
ni temas a la más prolija ausencia;
que si nuestras dos almas son a una,
¿en quién, si no ya en Dios, habrá potencia
que los gaste o los fuerce o los desuna?
Soneto XLIX
A San Isidro
Los campos de Madrid, Isidro santo,
donde estamparon ángeles las huellas,
sembrando vi de soles y de estrellas,
que alegres se inclinaron a su llanto.
Sus oraciones le encumbraron tanto,
que en éxtasis de amor brotó centellas,
y pudo la menor de todas ellas
ser del infierno confusión y espanto.
Al fin Isidro para el cielo oraba,
cuando araban los ángeles el suelo,
dando a su fe constante tal tributo.
Y tan perfecto Labrador estaba,
que vestido de luz cogió en el cielo,
sembrando aquí sus lágrimas el fruto.
Soneto XLII
A Filipo III, Luego Que Heredó Y Se Casó
Majestad soberana, en quien el cielo
tanto valor encierra y saber tanto,
que ya a la envidia sobras, ya al espanto,
hollando sabio el mar, valiente el suelo.
Emulo de tu padre y de tu abuelo,
rompe con la memoria con Lepanto,
y adora en Asia el monumento santo
guardado para pompa de tu celo.
El cielo esta victoria solicita,
y a Marte y Palas ha juntado en uno
(del sirio y persa victorioso bando).
Un mundo es poco para cada uno,
pues ni Isabel fue más que Margarita,
ni debes ser tú menos que Fernando.
Soneto XVI
Mustia la vid, de aquella y de esta vara
llora el robo, y del fruto que le espera
mal cierta, a la hoz culpa. ¡Oh si supiera,
oh cómo si supiera no llorara!
El rústico novel con mano avara
fía a la tierra en breve sementera
el grano, de cogerlo en fértil era
medroso; el bien experto ¡oh cómo osara!
El otoño enriquece, y el estío
corona al uno y otro de racimos
y de espigas los senos y las sienes.
Sufre y osa, varón corazón mío;
que a la paciencia y a la audacia vimos
ricas y coronadas de mil bienes.
Soneto XXIV
De Fernando De Soria Al Autor
No puedo desatar de este cuidado
un punto mi engañado pensamiento,
que está, cual Ixión en su tormento,
a la cadena y dura rueda atado.
En balde del camino comenzado
apartarlo con fuerza o maña intento,
si de mi sangre y mal está sediento
el tirano de Amor fiero y airado.
Medrano, ¿qué haré? Romper los lazos
no puede fuerza flaca y ya rendida,
ni vencer tanto monte de embarazos.
Mostradme vos de afuera la salida,
sin remitirla a mi rigor ni brazos;
que si es así no la hallaré en mi vida.
Soneto XXII
No sé cómo, ni cuándo, ni qué cosa
sentí, que me llenaba de dulzura:
sé que llegó a mis brazos la hermosura,
de gozarse conmigo cudiciosa.
Sé que llegó, si bien, con temerosa
vista, resistí apenas su figura:
luego pasmé, como el que en noche escura
perdido el tino, el pie mover no osa.
Siguió un gran gozo a aqueste pasmo, o sueño
—no sé cuándo, ni cómo, ni qué ha sido—
que lo sensible todo puso en calma.
Ignorallo es saber; que es bien pequeño
el que puede abarcar solo el sentido,
y éste pudo caber en sola l’alma.
Soneto XXI
¡Oh tú, que al sol tan desdeñosa miras,
y de verte más bella que él te engríes!
¿Por qué en mi dolor triste alegre ríes
después que las osadas flechas tiras?
Reserva esas en risa envueltas iras
para cuando más cuerda te desvíes
de ese que porque de él tu pecho fíes
colora con lisonjas sus mentiras.
Cambia, Amarili, cambia pensamiento,
da luz a la razón; que es grave daño
haberte a error o deslealtad rendido.
Mas ¡oh cómo eres ciego, Amor! al viento
das y a la ingratitud un bien tamaño,
debiéndolo a los años que he servido.
Soneto XXXVI
Otra vez, Amarili, el proceloso
invierno ensaña el mar y ciega el día;
otra vez flaca y rota nave mía
el cielo experimenta envidioso.
El se ostenta en tu daño poderoso
y ¿un cielo santo irás tamañas cría?
¡oh, cómo no te basta la osadía!
piloto has menester sabio, y no ocioso.
¿Tememos? No, Amarili, aunque veamos
o embestir el bajel en los más yertos
escollos o sorberlo ya el abismo.
¿Qué temeré, si juntos así estamos?
Que una ola misma nos sepulte muertos,
o salvos nos de al templo un voto mismo.
Soneto LI
A Lope De Vega
Parece el sol a coronar tu frente,
para que al suelo tu saber espante,
y el tiempo como a solo te levante
estatuas de oro puro en le Oriente.
Vuele la fama ya de gente en gente,
y la dulzura de tus versos cante,
porque el Ocaso en salvas de diamante
mil racimos de perlas te presente.
Lope, asombro del mundo y gloria rara,
¿quién tu divino ingenio no venera?
¿y quién en alabarte no repara?
Pues si la antigüedad te conociera,
de Apolo justamente se olvidara,
y por Dios del Parnaso te tuviera.
Soneto IV
En La Playa De Barcelona, Volviendo De Roma
Pláceme ver el mar cuando se enoja,
y a montes de agua montes acumula,
y al experto patrón (que disimula,
prudente, su temor) puesto en congoja.
También me place verle cuando moja
la orilla malavés, y en leche adula
a quien sus culpas llevan, o su gula,
a cortejar cualque birreta roja.
Turbio me place, y pláceme sereno;
verle seguro, digo, desde afuera,
y éste medroso ver, y éste engañado:
no porque me dé gusto el mal ajeno,
mas por hallarme libre en la ribera,
y del mar falso asaz desengañado.
Soneto XXXIX
¿Qué busco, ciego yo, con tan mortales
y ansiosas bascas? ¿Pienso que podría
satisfacer la sed inmensa mía
un mar de aquestos bienes (¿diré? ¿o males?)?
¿No vi ya? ¿No probé cuán desiguales
son de aquello precioso que ofrecía
su vanamente hermosa flor, que el día
robó, descubridor de engaños tales?
Paremos ya, paremos: que el sosiego
en sólo aquel un Bien que sin mudanza
mueve cuanto ve el sol, hallar podremos.
Mas ay, que cuando verle pienso, y llego
yo a asirle, me deslumbra, y sin tardanza,
cual rayo pasa, y ciegos le perdemos.
Soneto XLI
A Don Diego De Quiñónez
¿Quién jamás en tan luengo y espacioso
proceso de los siglos ha nacido,
y un mundo tan sin términos tendido,
que usurpar ose el nombre de dichoso?
El sobresalto sólo temeroso
de cambiar suerte aquel (si alguno ha sido)
que más pródigo el cielo ha enriquecido
para hacerlo infelice es poderoso;
Y ¿a cuántos, Sergio, a cuántos traen a extremos
males, extremos bienes, estos bienes
que los blasfemas junto y los adoras?
Mas cuando otras miserias no acusemos,
¿cómo bien será alguno aventurado,
si hombre ninguno hay sabio a todas horas?
Soneto XLVI
Robome, oh Julio, una cobarde fiera
(fiera y cobarde, Julio, cruel sería),
la mitad me robó del alma mía,
y ¿tú aun vives, mitad? ¡quién lo creyera!
Ira al fin mujeril, que no cupiera
en varón semejante villanía
necia; los que el amor y el cielo unía,
¿quién sino tú apartarlos pretendiera?
¿Qué se puede? Vivamos divididos,
dulce Amarilis mía, en esperanza
de vencer con paciencia y vida el hado.
Julio, ¿quién desordena mis sentidos?
Iba a hablarte, y me han arrebatado,
ya el amor, ya el dolor, ya la venganza.
Soneto I
A Fernando De Soria Galvarro
Sé que allá corre el mundo asaz ligero
donde, fatal ministro de su muerte,
pródigamente ponzoñoso vierte
más de dulzura el verso lisonjero;
bien como a instante pues, que sin entero
seso, el remedio de su mal no advierte,
beba lo falso y a beber acierte,
yendo engañado al bien lo verdadero.
Sólo aquel toco el punto que prudente
con lo dulce templó lo provechoso,
y ¿a quién fue Apolo, a quién fue así clemente?
Yo, Soriano, lo intento, codicioso
del pro común; tú apruebas que lo intente;
suceso de los cielos venturoso.
Soneto XX
A Don Juan De Arguijo
Si con poco nos basta, ¿por qué, Argio,
porque no, y animoso yo y prudente,
me breve censo estimaré igualmente
que de América el ancho señorío?
Dulce es de un gran montón de plata mío
suplir mi falta, y ¿no es tan suficiente
cogida el agua de una breve fuente
a mitigar la sed, como de un río?
Bebe pues de el; que suele arrebatado
Guadalquivir con súbita avenida
llevarse a quien lo bebe mal templado.
¿Quién hay, quién hay que con lo asaz se mida?
Ni charcos este apurará afanado,
ni entre ondas fieras perderá la vida.
Soneto XXV
Si ya de la razón el rayo ha dado
luz a nuestro cerrado pensamiento;
si estimáis cuerdo ahora por tormento
lo que un tiempo placer se os ha antojado,
osad, osad romped el anudado
lazo que el alma os mide y el aliento;
que por si tiene al cielo un noble intento,
y a la fortuna tiene el que es osado.
Diréis, Sorino: ¿Cómo y tantos lazos
romper podrá una fuerza ya rendida,
y vencerá un tal monte de embarazos?
En el Dios muerto para darnos vida
hallaréis fuego vos, hallaréis brazos
que abrase el monte y libre os den salida.
Soneto IX
Soberano Señor, cuyo semblante
tal vez nos representa a Marte crudo
con el estoque vengador desnudo
y la túnica estrecha de diamante,
tal nos pone pacífico delante
preso el cabello con curioso nudo
de lauro, y con un libro por escudo,
no menos sabio a Apolo que elegante.
Honra ahora las letras, y con ellas,
émulo de tu padre y de sus leyes,
da a la paz el dominio de tu tierra,
de tu abuelo después sigue las huellas,
pues igualmente es propio de los reyes
amar la paz y ejercitar la guerra.
Soneto II
A Flora
Tus ojos, bella Flora, soberanos,
y la bruñida plata de tu cuello,
y ese, envidia del oro, tu cabello,
y el marfil torneado de tus manos,
no fueron, no, los que de tan ufanos
cuanto unos pensamientos pueden sello,
hicieron a los míos, sin querello,
tan a su gusto victorioso llanos.
Tu alma fue la que venció a la mía,
que, expirando con fuerza aventajada
por ese corporal apto instrumento,
se lanzó dentro en mí, donde no había
quien resistiese al vencedor la entrada,
porque tuve por gloria el vencimiento.
Soneto X
A Fernando De Soria Galvarro
Vos ¡oh común Señor! esta criatura
vuestra hiciste del polvo, y vuestro aliento
le prestó ser y vida y movimiento,
y la razón derecha y la figura.
Yo ciego, y, como ciego, la dulzura
seguí, de un breve y falso bien sediento
(¿qué útil pudo al polvo traer el viento?)
y olvidéos, fuente llena y siempre pura.
¡Oh agravio sin igual! ¿Qué recompensa
dar puedo, si aun me duelo escasamente,
y otra repito luego y otra ofensa?
Largádmelas, Señor, que si las sañas
guardáis vos, un tan franco y tan paciente
Dios, ¿en quién habrá fáciles entrañas?
Soneto XIII
Ya sentí de la muerte el postrer hielo
correr a largo paso por mis venas,
y dos nubes, de angustia y rabia llenas,
un mar donde mis ojos dar al suelo,
cuando, así ardiendo en compasivo celo,
a Flora vi turbar sus dos serenas
luces, por no aliviar sólo mis penas,
mas pudo en el abismo abrirme un cielo.
«Vete, me dijo triste, y si el camino
así te es breve, pide a tu deseo
alas para volver, y a mí esperanza».
Dichoso mal, que alcanza tan divino
remedio; amable infierno, donde veo,
no ya por fe, mi bienaventuranza.
Soneto XI
Veré al tiempo tomar de ti, señora,
por mí venganza, hurtando tu hermosura;
veré el cabello vuelto en nieve pura,
que el arte y juventud encrespa y dora;
y en vez de rosas, con que tiñe ahora
tus mejillas la edad, ay, malsegura,
lilios sucederán en la madura,
que el pesar quiten y la embidia a Flora.
Mas cuando a tu belleza el tiempo ciego
los filos embotare, y el aliento
a tu boca hurtare soberana,
bullir verás mi herida, arder el fuego:
que ni muere la llama, calmo el viento;
ni la herida, embotado el hierro, sana.
Soneto XIV
Suelta la carta y brújula el piloto,
cansado de luchar con agua y viento;
azota de la nave el mar hambriento
este costado abierto y aquel roto.
Del impío marinero, ya devoto,
envuelto en voces sube el sentimiento
al cielo, que desprecia mal contento
del pasajero humilde el casto voto.
Embiste el casco en un escollo duro,
y al más dichoso, en una tabla asido,
escupe el mar en las arenas muerto.
Yo lucho con la ausencia, y sostenido
de mi esperanza, ¿llegaré seguro,
Flora, a tus ojos? Muera yo en tal puerto.
Soneto XV
A Don Alonso De Santillán, Que Se Embarcaba En Los Galeones De La Armada De Las Indias
Tú surcas ¡oh Santiso! el mar furioso,
y de este sol huyendo la tardanza,
te avecinas al otro en esperanza
del hado, que te aguarda más piadoso;
y sabio el rostro opones y animoso
a una y otra fortuna sin mudanza;
uno te ve y te admira la bonanza,
y uno el Euro más turbio y proceloso.
Yo quedo en tierra firme y mal constante;
de dolor embestido y de alegría,
altero por momentos el semblante;
mas si un mar brama dentro en la alma mía,
no fuera, no, cual tú lo ves delante.
Júpiter ¿cuántas formas mudaría?
Soneto XXVII
Vive engañada mi fortuna loca
si de mi centro desasirme piensa,
porque no vio del mar la furia inmensa
opuesta a su rigor más firme roca.
Será que con distancia mucha o poca
el sentido divida sin defensa
de su gusta. Mas ¿cómo hará ofensa
al alma do su bien o mal no toca?
¿Qué? Destiérreme a Italia o a Castilla,
que mientras de Amarili arder me veo ,
más distante es mi ardor, más infinito.
¿Quién pero forma de esto maravilla,
si es tan madre la ausencia del deseo
como la privación del apetito?
Soneto XXVIII
Sólo uno el hombre nace despojado
de bien todo, y de todos envidioso;
mísero él sólo, y sólo él ambicioso,
para nada despierto y enseñado.
A llorar sí, que sólo esto de grado
le dio naturaleza, y tan vicioso
y tan rudo animal, y así lloroso
para dueño de todos fue criado.
El sólo ni ofender ni defenderse
en diferencia tanta de animales,
ni comer puede o sabe, ni moverse.
¡Oh loco! y pensará nacer de tales
principios para sólo envanecerse!
¡Cuál es la presunción de los mortales!
Soneto V
Vine y vi, y sujetome la hermosura
de un serafín que en apariencia humana
a los mortales ojos tal se allana,
que aunque flacos, sostengan su luz pura.
Así mirarse, deja con segura
vista el temprano sol de la mañana,
y entre nubes de nieve, tinta en grana,
permite a nuestra vista su figura.
Venciome, y tan dichoso fui vencido
cuanto sin tiempo de gozarme en sello,
porque me priva ausencia de gozarlo;
que de muy sin ventura siempre ha sido
llegar al bien, y vello ya y tocayo,
y para más dolor luego perderlo.
Soneto XXXIII
A Don Juan De Arguijo
Ya sopla turbio el ábrego, ya hinchado
se encona sordo y turba el golfo Argío,
ya el aquilón arrebatado y frío
crece en montes las olas, ensañado.
Rómpense unas con otras y erizado
brama espantable el mar, lanzando impío
espumas contra el cielo, y tu navío
vacila entre las ondas, afanado.
¿Qué? Depón el temor, a humilde playa
Dios el que admiras piélago insolente
rindió, «y esta, le dijo, sea tu raya,
jamás de aquí con ambicioso antojo
oses pasar; aquí tu vanamente
espantosa hinchazón rompe y tu enojo».
En la fiesta de San Antonio
Si tenéis sed de virtud,
venid, almas, y vebed,
y mataros a la sed
la fuente de la salud.
Y aunque no es agua de pie
sino de mano de Antº,
eterna es por testimonio
que desso nos da la fee.
A su casa recién hecha
Antº quiso traella
y damos junto con ella
de virtudes gran cosecha,
que es aquel niño divino
agua de fuente de vida,
consagrada y convertida
en casto y virginal vino.
Y por tan dichoso lance
es con gran razón llamada
de Jesús esta morada,
que es de salud en romance.

Bien sé que se ríe el mundo
Bien sé que se ríe el mundo,
de ver cómo taño y canto,
auiendo llorado tanto
mi dolor graue y profundo.
Sepan que en esto me fundo,
que en los tormentos mortales
y las penas desiguales,
no me aprobecha llorar;
y ansi procuro cantar
por ver si espanto mis males.
Canta el presso alegremente,
los duros grillos tocando,
y el trabajador, cantando,
su trabajo menos siente;
cata dulcíssimamente
el paxarillo enjaulado.
Y yo, de penas rodeado,
procuro cantar un poco;
mas no piensen que estoy loco,
sino de llorar cansado.
Vn tiempo alegre canté,
mas fue tal mi suerte auara,
que lloré porque cantaba,
y oy canto porque lloré.
Si de mí mismo no sé,
¿por qué se espantan si canto,
y auiendo llorado tanto
y sabiendo en qué consiste,
pues siempre el canto del triste
suele conuertirsse en llanto?
Burle el mundo de mi canto,
y burle quien me mató;
mas sepan que entiendo yo
que fue disparate el llanto.
Ya me alegro, taño y canto,
ya no quiero más llorar
que me quisieron matar;
mas pues el cielo lo ordena,
para mitigar mi pena,
quiero tañer y cantar.
Hermosa y astuta dama de Sevilla
Si pena alguna, Lamia, te alcançara
por cada voto que perjura quiebras;
si almenos una de tus rubias hebras
en cana se trocara,
creyérate: mas luego que, engañosa,
la fee rompes debida al juramento,
tú, de la juventud común tormento,
despiertas más ‘ermosa.
Falta pues, Lamia bella, al siglo ‘onrrado
de tu defunta madre, sin reçelo;
falta a tu vida misma; falta al çielo
la fee que les ‘as dado:
pues de veer quánto número confíe
de moços en tus juras, y qué artera
burles al más astuto que te espera,
todo el çielo se ríe.
Más: que la juventud para ti creçe
toda; créçente nuevos servidores,
y de los que hoy desprecias amadores
ninguno te aborreçe:
de ti la madre teme a su querido
hijo; terne de ti el viejo avariento;
teme la esposa que tu dulçe aliento
detenga a su marido.
Un bulto casi sin bulto
Un bulto casi sin bulto
de güessos de un hombre sancto,
un cuerpo de poco cuerpo,
de carne de un descarnado,
remontado por los montes,
solo, puebla un despoblado,
y por entre peñas viuas
trae su vida despeñando.
Sobre las sierras peladas
andan los güessos pelados
de Francisco o de la sombra
de Christo cruçificado.
Viste el desecho del mundo,
y dél se a deshecho tanto,
que es, por deshecho y de hecho,
dechado de desechados.
Un capote de sayal
es su vestido ordinario,
hábito de quien tenía
hábito de andar gallardo.
Los dessencasados ojos
trae con el çielo casados,
y con los clauos de Christo
errado, pero no herrado.
Todo eleuado en el çielo,
de tierra todo eleuado,
eleuado porque a Dios
su coraçón es lleuado.
Quiérese llamar menor
por su mayor menoscabo,
menoscabo porque cabe
en qualquiera menor cabo.
Dios por su menor le toma,
y en todo le a mejorado
viendo que es lo que le da
mejorado y mejor dado.
Çiñe una cuerda su cuerpo,
cuerdo en todo y acordado,
pues con la cuerda concuerda
los quereres discordados.
Sus pies descalços por tierra,
mas por el çielo descalços,
siempre en vela sus sentidos
y de velar desuelados.
De su çiliçio y çilençio,
por no rompérselo, callo,
y de sus santas rodillas,
también callaré los callos.
Si sus milagros contara,
fuera muy largo y milagro.
Ceso, pues, y de su seso
puede otro seso alabarlo.
Sólo diré que en su iglesia
Dios puso exemplo tan raro
a perfectos y imperfectos
para imitallo y mirallo.
Huyó la nieve, y árboles y prados
Huyó la nieve, y árboles y prados
de hoja y grama se visten;
la tierra se rebeza, y, amenguados,
los ríos no la embisten.
El año te amonesta que no esperes
bienes aquí immortales,
y el día, que arrebata los plazeres
y gustos no cabales.
Amansa deel hibierno yerto el frío
con Fabonios templados;
y al verano ahuyentan, deel estío
los soles requemados.
Éste fallesce luego que el sabroso
otoño nos madura
los frutos, y el hibierno perezoso
por tornar se apresura.
Mas los daños deel tiempo, presurosas,
las lunas los reparan;
y restituye el Zéfiro las rosas
que los Çierços robaran.
Nos, de peor condiçión, si tal vez una
a aquesta luz cedemos,
¿en qué abril, a qué viento, con qué luna
renovamos podremos?
Hizo astillas el iugo
Al Licenciado Cristóbal De Mesa, En Su Poema De La Restauración De España
Hizo astillas el iugo, y la coyunda
afrentosa rompió con que oprimida
se vio España, la espada no vençida
que imperio nuevo al gran Pelayo funda.
Tentó malgrato el tiempo, con profunda
embidia, olvidar gloria tan creçida;
y a los ojos deel sol y a nueva vida
oy la ofrege tu pluma sin segunda.
A aquélla la morisma infame muerta,
a ésta el olvido bárbaro vençido,
y a una y otra su gloria, debe España:
mas si una de los moros la liberta,
y si otra la liberta deel olvido,
¿quál haze de las dos mayor hazaña?
Que toques a recoger
Que toques a recoger
te a persuadido mil veces,
pensamiento, el desengaño:
yerras si no le obedeces.
En los sulcos que as arado,
más, pensamiento, no siembres,
que la cosecha es estéril,
y vas, sin duda, a perderte.
Ponte, pensamiento mío,
con vn amo que te premie,
que el seruir y no medrar
es vil linage de muerte.
Quando te lisongearen
con deleites aparentes,
quita la máscara al gusto
y echarás de ver que mienten.
Deleite y necessidad
tienen la cara de erege:
necessidad quando bive
y deleite quando muere.
Y en la tragedia del mundo,
haze los buenos papeles
no a el que apadrinan sus partes,
sino al que ayuda la suerte.
Pero al fin de la jornada,
así a desnudarse viene
el que gouernó dos mundos
como el que rigió dos bueyes.
Si de renta
Si de renta más qüentos
que los Ingas y chinos alcançares,
y tus anchos çimientos
las tierras ocuparen y los mares,
ni la certera flecha
de la muerte huirás, ni de su miedo
la importuna sospecha
tenerte dejará el ánimo ledo.
¡Oh, mejor el gitano,
sin patria conocida ni solares,
vive!, y el africano
en movedizas casas aduares,
a quien fruto creçido,
no con lindes tasado ni mojones,
el campo agradeçido
rinde, y de trigo fértiles montones.
Y, con labor de un año
llenos, holgar permiten a la tierra;
y al que administra ogaño,
igual otro succede, paz y guerra.
Allí el varón no rige,
soberbia con la dote, su casada,
ni el vicio malcorrige,
deel poderoso adúltero fiada.
Gran dote es la nobleza
y onestidad, allí, de los mayores;
el pecar, gran vileza,
o su precio morir. Si los fabores
-oh tú, quienquier que seas-
de los siglos pretendes immortales;
si escrito ser deseas
Padre deel pueblo en públicos anales,
osa enfrenar, severo
cuerdamente, la vida licençiosa,
y al siglo venidero
virtud, que imite, ofreçe generosa.
Pues tal es que, imbidiosos,
en los presentes la virtud odiamos,
y, de ella cudiciosos,
si a los ojos falleçe, la buscamos.
¿qué sirven las querellas
si el castigo las culpas no descreçe?
¿qué las leyes, qual ellas
vanas, si, esento el pueblo, no obedece?
Ni ya el estéril suelo
de la tórrida, ardiente siempre y solo,
ni ya el eterno yelo
de los siete Trïones y deel polo,
al mercader desvía
de sus torpes ganancias: vence artero,
con pertinaz porfía,
tamaño golfo un breve marinero.
Y presta la pobreza
(grande oprobio oy) paciencia y ardimiento
para qualquier vileza,
y pone en torpe olvido el santo intento.
O al común (do la fama
y aplauso popular con glorïosos
apellidos nos llama),
o al mar vezino los rubís preçiosos
y el oro inútil demos,
de todo mal ¡quán çiertas ocasiones!
Y si nos malqueremos
las maldades, si bien somos varones,
de la torpe avaricia
las letras no se aprendan, no, primeras;
mas beba en la puericia
diciplinas el ánimo severas.
No qual oy que no gusta
ni andar sabe a caballo el ahembrado
moçuelo, y la robusta
caça teme: ¡oh el naype, assí, y el dado!
Y tú, oh padre perjuro,
y trefe a tus amigos y usurero,
¿con recambios el juro
apresuras, y el çenso, a ese heredero?
Está bien. Y sin tasa
crezca la ‘azienda; crezca. Mas, ¿qué importa,
si la cudiçia escasa
siempre en un no sé qué la llora corta?
Quién pondrá freno y término al deseo
A Francisco De Acosta En La Muerte Del Padre Iosef Acosta, Su Hermano
¿Quién pondrá freno y término al deseo
de una vida, Faustino, assí preciosa?
¡Oh, cómo fuera dino aquí el empleo
de tu voz numerosa
y de tu lyra, Orfeo!
Eterno sueño al grande Acosta oprime,
cuyo par no vio el sol. Y la fee pura
y la entereza, sin consuelo, gime
sobre la sepoltura;
ni ay quien no se lastime.
Faltó en dolor de muchos; mas ninguno
al tuyo igual. Tú, aquél, piadoso en vano,
al cerrado sepulcro, tú, aquél, uno,
al cielo soberano
demandas importuno.
Bájase fácil a la hoya escura;
pero dar paso atrás, y a aqueste aliento
y luz común volver (¡oh, cómo es dura
provincia!) no es intento
permitido a criatura.
Es grave asaz la pérdida, y terrible
y fiero es el dolor que de ella avino;
mas (si emendar el hado es imposible)
modérelo, Faustino,
la paciencia invencible.
El Entero Varón
El entero varón, de culpas puro,
por do quiera sin flecha enherbolada
y sin arco, Sabino, y sin cargada
aljaba irá seguro,
ora traviese páramos desiertos,
de ‘umanas plantas no jamás ‘ollados,
ora çerradas breñas, o empinados
y malseguros puertos.
Tal vez pasé, con religioso antojo
de veer al gran pastor que el Vaticano
mora, los montes donde el africano
caudillo perdió un ojo,
y, de Flora cantando la belleza,
sin armas con que deél me defendiera,
huyó un lobo de mí, que mayor fiera
no vio Naturaleza.
Véame, pues, en la región ardiente,
negra y estéril con eterno estío;
véame en la que siempre abrasa el frío,
y al sol no vee luziente;
que en cuanto el çielo vueltas multiplica,
para que el sol al mundo luz envíe,
amaré a Flora, la que dulçe ríe,
la que dulce platica.
Oh mil veces comigo
A Don Alonso de Santillán, que volvía de las Indias
¡Oh mil vezes comigo reduzido
al postrer punto de la vida odioso!:
¿quál astro poderoso
oy te ha restituido
a tu suelo dichoso,
Santiso, la mitad del’alma mía?
Contigo alegremente los ardores
de los soles mayores,
contigo no sentía
deel cierço los rigores.
Ambos deel mar huimos proceloso
la saña; a mí por medio del cerrado
peligro mi buen hado,
alegre y vitorioso
a puerto me a sacado.
A ti segunda vez, maladvertido,
la resaca sorbió deel mar hambriento;
y al arbitrio deel viento,
y al caso, permitido
te viste y sin aliento.
Cumple tu voto, y, grato al cielo santo,
con lágrimas gozosas ya el sereno
rostro vaña, y el seno;
que yo, Santiso, al tanto,
te espero en Mirarbueno.
¡Oh, fuese a mi vejez firme reposo
este lugar!; de mis navegaciones
y peregrinaciones,
¡oh, término dichoso
fuese!, y de mis pasiones.
Este rincón, de todos los deel suelo
me place más, do brota la primera
y la rosa postrera;
do siempre es uno el cielo,
do siempre es primavera.
Éste a la mesa espléndida conmigo
y al brindis te combida. ¡Oh cuerdo ecceso!
Dulce me es ser travieso,
cobrado un tal amigo;
dulce perder el seso.
Sé que allá corre el mundo – A Fernando de Soria Galbarro
Este soneto es como prefación y dedicación de los demás
Sé que allá corre el mundo asaz ligero
donde (fatal ministro de su muerte),
pródigamente ponçoñoso, vierte
más de dulçura el verso lisongero.
Bien como a infante pues, que sin entero
seso el remedio de su mal no advierte,
beba lo falso, y a beber acierte,
yendo engañado al bien, lo verdadero.
Sólo aquel tocó el punto, que prudente
con lo dulce templó lo provechoso
(¿y a quién fue Apolo, a quién, assí clemente?).
Yo, Sorino, lo intento, cudiçioso
deel pro común; tú apruebas que lo intente:
succeso den los cielos venturosos.
Al mismo entrando en las escuelas de salamanca
Soberano Señor, cuyo semblante
tal vez nos representa a Marte crudo,
con el estoque vengador desnudo
y la túnica estrecha de diamante:
tal, nos pone pacífico delante
(preso el cabello con curioso ñudo
de lauro, y con un libro por escudo)
no menos sabio a Apolo que elegante:
honrra ahora las letras, y con ellas,
émulo de tu padre y de sus leyes,
da a la paz el dominio de tu tierra.
De tu abuelo después sigue las huellas,
pues igualmente es propio de los reyes
amar la paz y exercitar la guerra.
Estaba de mi edad en el florido
Estaba de mi edad en el florido
abril, que fruto asaz me prometía,
y de mi Flora en el regaço un día
vi reposar al niño Amor dormido.
Las alas, que tan alto le ‘an subido,
por no bajar, abandonado ‘auía;
yo, que de zelos y de embidia ardía,
tenté con ellas usurparle el nido.
Volar tenté, mas de la luz medroso
de tus soles, oh Flora, mudé intento,
con el fracaso d’Ícaro avisado;
que es más valor tal vez ser temeroso,
y no siempre Fortuna da al osado
fabor, ni quiere el gusto ser violento.
No estimes, no
No estimes, no, por afrentoso el ñudo
que con esclava te enlazó tan bella;
pues otra ya, menos ermosa que ella,
a Aquiles arder pudo.
Agamemnón, la prez y ‘onor deel griego
vando, ¿triunfo no fue de su cativa?;
y otra la condición de Aiace altiva
rendir pudo a su fuego.
¿Qué, Tirso? ¿no será que ilustre padre
engendrase a tu Fili, y que los çielos
le diesen, como a ti, nobles abuelos?,
si no bien igual madre.
Su aquel ánimo, almenos, generoso;
aquel su coraçón assí arredrado
de interés y doblez, no fue heredado,
no, de padre afrentoso.
¡Y el rostro! ¿Dó se vio par hermosura?
¡Qué pie!, ¡qué manos tan a tomo hechas!
Sano la alabo, Tirso, ¿qué sospechas?
Ya la edad me asegura.
Ya, ya, y fiera
Ya, ya, y fiera y ‘ermosa,
madre de los amores, quebrantado
desamparé tu enseña. ¿Y tú, embidiosa,
a mí? ¿tú a mí, malsano y desarmado?
¿Qué te podré yo ser? Al vulgo vano
risa, y silvo afrentoso;
Al sabio ¡oh, quánto espanto!, y al piadoso;
¡quál fábula al profano!
Deel venusto semblante
la ya florida tez huyó marchita,
y el pelo, que en la frente alçó arrogante
cresta, desnudo otoño lo exercita.
Ni contender con el ribal podría,
ni esperar, vanamente
crédulo, amor reçíproco en la ardiente
llama sabrosa mía.
Puedo apena sufrirme,
inútil carga, ¿y burlas, oh ‘ermosa?
¿o provócasme seria? ¿y conduçirme
a tu milicia esperas peligrosa?
Su Cypro, ay, Venus a desamparado,
y en fuego convertida
y en belleza (ya tal se mostró en Ida),
toda en mí se a langado.
Árdenme aquellos ojos
negros de la Amarili, que, serenos,
roban el sol; aquellos sus enojos
árdenme, de sal -más que d’ira- llenos;
su dulçemente açerba rebeldía,
y de su negro pelo
el oro, el fuego. ¿Arabia y Mongibelo
tal fuego, oro tal cría?
¿Quién trocará, prudente,
por cuanto el Inga atesoró, el cabello
de Amarili? ¿y por todo el rico Oriente?:
quando ella tuerçe -¡oh, cómo hermosa!- el cuello
a mis ardientes besos, y, rogada,
con saña fácil niega
lo que ella, más que el mismo que le ruega,
dar quisiera, robada.
Borde Tormes de perlas sus orillas
Borde Tormes de perlas sus orillas
sobre las yerbas de esmeralda, y Flora
hurte para adornarlas al’ Aurora
las rosas que arrebolan sus mexillas;
viertan las turquesadas maravillas
y junquillos dorados, que atesora
la rica gruta donde el viejo mora,
sus Dríades en cándidas çestillas,
para que pise Margarita ufana,
tierra y agua llenando de fabores.
Mas si uno y otro mira con desvío,
ni las Nynfas de Tormes viertan flores,
ni rosas hurte Flora a la mañana,
ni su orilla de perlas borde el río.
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