Poemas de Francisco de Medrano

Poemas de Francisco de Medrano

Poemas de Francisco de Medrano (1570-1607), poeta sevillano, considerado uno de los líricos más excelsos del Siglo de Oro, especialmente dentro de la escuela sevillana. Aunque fue jesuita durante gran parte de su vida, terminó abandonando la orden, reflejando en su obra una profunda tensión espiritual y humana.

Su estilo destaca por una asombrosa asimilación de los modelos clásicos, siendo calificado como el mejor imitador de Horacio en lengua castellana. Sus sonetos, de una perfección técnica y sobriedad admirables, exploran la brevedad de la vida, el retiro honesto y la búsqueda de la paz interior. A diferencia de la exuberancia barroca de sus contemporáneos, Medrano apostó por una densidad conceptual y una pureza formal que preludian la modernidad, influyendo notablemente en autores posteriores como Juan Ramón Jiménez.

Soneto III

A s. Pedro, en una borrasca, viniendo de Roma

Pescador soberano, en cuyas redes

los monarcas mayores han estado

dichosamente presos, y cambiado

en gloria sus prisiones y en mercedes;

 

tú que abrir y cerrar el çielo puedes,

con poderosa llave, a tu ganado,

y alcaçar en la tierra has alcançado

con colunas de pórfido y paredes:

 

los ojos vuelve al mar enfureçido,

y pues tal vez osó mojar tu planta

aun siendo ‘ollado de tu fee animosa,

 

su ‘inchazón rompe, acalla su rüido,

y enseñado dicípulo, levanta

mi fee y mis pies con mano poderosa.

 

Soneto XXVI

A las ruinas de itálica, que ahoran llaman Sevilla la vieja, junto de las quales está su eredamiento mirarbueno

Estos de pan llevar campos ahora,

fueron un tiempo Itálica. Este llano

fue templo. Aquí a Teodosio, allí a Trajano

puso estatuas su patria vençedora.

 

En este çerco fueron Lamia y Flora

llama y admiraçión deel vulgo vano;

en este cerco el luchador profano

deel aplauso esperó la voz sonora.

 

¡Cómo feneçió todo, ay!; mas erguidas,

a pesar de fortuna y tiempo, vemos

estas y aquellas piedras combatidas.

 

Pues si vencen la edad y los estremos

deel mal, piedras calladas y sufridas,

suframos, Amarilis, y callemos.

 

A Fernando de Soria

Yo vi romper aquestas vegas llanas,

y crecer vi y romper en pocos meses

estas ayer, Sorino, rubias meses,

breves manojos hoy de espigas canas.

 

Estas vi, que hoy son pajas, más ufanas

sus hojas desplegar para que vieses

vencida la esmeralda en sus enveses,

las perlas en su haz por las mañanas.

 

Nació, creció, espigó y granó un día

lo que ves con la hoz hoy derrocado,

lo que entonces tan otro parecía.

 

¿Qué somos pues, qué somos? Un traslado

desto, una mies, Sorino, más tardía;

y ¡a cuántos sin granar, los ha segado!

 

Quien te dice que ausencia causa olvido

Quien te dice que ausencia causa olvido

mal supo amar, porque si amar supiera,

¿qué, la ausencia?: la muerte nunca hubiera

las mientes de su amor adormecido.

 

¿Podrá olvidar su llaga un corzo herido

del acertado hierro, cuando quiera

huir medroso, con veloz carrera,

las manos que la flecha han despedido?

 

Herida es el amor tan penetrante

que llega al alma; y tuya fue la flecha

de quien la mía dichosa fue herida.

 

No temas, pues, en verme así distante,

que la herida, Amarili, una vez hecha,

siempre, siempre y doquiera, será herida.

 

No siempre fiero el mar zahonda al barco

No siempre fiero el mar zahonda al barco

ni acosa el galgo a la medrosa liebre,

ni sin que ella afloje o él se quiebre

la cuerda siempre trae violento al arco.

 

Lo que es rastrojos hoy, ayer fue charco,

frío dos horas antes lo que es fiebre;

tal vez al yugo el buey, tal al pesebre,

y no siempre severo está Aristarco.

 

Todo es mudanza, y de mudanza vive

cuanto en la mar aumento de la Luna,

y en la Tierra, del Sol, vida recibe.

 

Y sólo yo, sin que haya brisa alguna

con que del gozo al dulce puerto arribe,

prosigo el llanto que empecé en la cuna.

 

El rubí de tu boca me rindiera

El rubí de tu boca me rindiera,

a no haberme tu bello pie rendido;

hubiéranme tus manos ya prendido,

si preso tu cabello no me hubiera.

 

Los del cielo por arcos conociera

si tus ojos no hubiera conocido;

fuera tu pelo norte a mi sentido,

si la luz de tus ojos no lo fuera.

 

Así le plugo al cielo señalarte,

que no ya sólo al norte y arco bello

tus cejas venzan y ojos soberanos;

 

mas, queriendo a ti misma aventajarte,

tu pie la fuerza usurpa, y tu cabello

a tu boca, Amarili, y a tus manos.

 

Qué busco, ciego yo, con tan mortales

¿Qué busco, ciego yo, con tan mortales

y ansiosas bascas? ¿Pienso que podría

satisfacer la sed inmensa mía

un mar de aquestos bienes (¿diré? ¿o males?)?

 

¿No vi ya? ¿No probé cuán desiguales

son de aquello precioso que ofrecía

su vanamente hermosa flor, que el día

robó, descubridor de engaños tales?

 

Paremos ya, paremos: que el sosiego

en sólo aquel un Bien que sin mudanza

mueve cuanto ve el sol, hallar podremos.

 

Mas ay, que cuando verle pienso, y llego

yo a asirle, me deslumbra, y sin tardanza,

cual rayo pasa, y ciegos le perdemos.

 

No sé cómo, ni cuándo, ni qué cosa

No sé cómo, ni cuándo, ni qué cosa

sentí, que me llenaba de dulzura:

sé que llegó a mis brazos la hermosura,

de gozarse conmigo cudiciosa.

 

Sé que llegó, si bien, con temerosa

vista, resistí apenas su figura:

luego pasmé, como el que en noche escura

perdido el tino, el pie mover no osa.

 

Siguió un gran gozo a aqueste pasmo, o sueño

—no sé cuándo, ni cómo, ni qué ha sido—

que lo sensible todo puso en calma.

 

Ignorallo es saber; que es bien pequeño

el que puede abarcar solo el sentido,

y éste pudo caber en sola l’alma.

 

Soneto XXXI

Arde la llama, y a la oscura y fría

noche el festivo incendio vence, y cuanto

de estruendo y fuego horror fue ya en Lepanto

sirve el gusto brevísimo de un día.

 

Sola una tú lo atiendes, alma mía,

de placer no alterada ni de espanto,

siendo en tan nueva luz y en fuego tanto

la admiración común y la alegría.

 

Arde ¿quién duda? en tu más noble parte

más fiera llama y más también luciente.

¿Qué te podrá alegrar o qué admirarte?

 

Así, presente el sol, no hay luz hermosa

ni grande; así ningún pincel valiente,

presente la verdad, parecer osa.

 

Soneto XXXVIII

¡Ay de mí! siempre, vana fantasía,

sin término dilatas tu remedio,

¿Cuándo será que libre de este asedio

de males me amanezca libre un día?

 

Rendirme será infame cobardía;

¿aguardaré? La muerte antes que el tedio

de una esperanza. Osar sólo es el medio.

Osemos; que es dichosa la osadía.

 

Hoy pondrás fin a vida tan amarga;

hoy, si bien sales hoy, corazón mío,

de ti sacudirás tan grave carga.

 

¿Quién aguarda a mañana mal prudente?

Que acabe de correr espera un río,

y él corre y correrá perpetuamente.

 

Soneto VIII

Borde Tormes de perlas sus orillas

sobre las yerbas de esmeralda, y Flora

hurte para adornarlas, a la aurora

las rosas que arrebolan sus mejillas

 

Viertan las turquesadas maravillas,

y junquillos dorados que atesora

la rica gruta, donde el viejo mora,

sus driadas en cándidas cestillas,

 

para que pise Margarita ufana,

tierra y agua llenando de favores;

mas si uno y otro mira con desvío,

 

ni las ninfas de Tormes viertan flores,

ni rosas hurte Flora a la mañana,

ni su orilla de perlas borde el río.

 

Soneto XXIII

A Don Juan De Arguijo contra el artificio

Cansa la vista el artificio humano,

cuanto mayor más presto: la más clara

fuente y jardín compuestos dan en cara

que nuestro ingenio es breve y nuestra mano.

 

Aquel, aquel descuido soberano

de la Naturaleza, en nada avara,

con luenga admiración suspende y para

a quien lo advierte con sentido sano.

 

Ver cómo corre eternamente un río,

cómo el campo se tiende en las llanuras,

y en los montes se añuda y se reduce,

 

grandeza es siempre nueva y grata, Argío;

tal, pero, es el autor que las produce:

¡oh Dios, inmenso en todas sus criaturas!

 

Soneto XLVII

A Dios Nuestro Señor

¿Cómo esperaré yo que de mi pena

tibias las quejas toquen en tu oído,

si con la lengua libertad te pido,

y el corazón se goza en la cadena?

 

Tú, Señor uno, ves cuánto esté ajena

la voz, que te importuna, del sentido;

y así, en bandos injustos dividido,

¿ver placada tu faz podré serena?

 

Tal es; haber piedad de un quebrantado

corazón aun es obra que en un crudo

pecho mortal halló tal vez entrada;

 

mas tirar del infierno a un obstinado

mal grado suyo, en ti, Uno, caber pudo

árbitro de la muerte y de la vida.

 

Soneto XXXV

Cuando envidioso el tiempo haya robado

el tu cabello, espanto ahora de Flora,

y el verano, que alegre gozo ahora

y la flor de mi edad haya robado,

 

no seré, no, Amarili, a tu sagrado

nombre ingrato que la alma humilde adora,

ni el fuego celestial que en ella mora

de la edad sentirá el invierno helado;

 

mas del cisne imitando la costumbre,

con acento, por dicha más divino,

te cantaré, para morirme luego;

 

y como llama que vigor y lumbre

cobra cuando su fin es más vecino,

más resplandecerá mi hermoso fuego.

 

Soneto XVII

A don Gutierre De Ocampo

Cuanta la tierra es toda comparada

con el inmenso cóncavo del cielo

un punto breve, y de este punto el hielo

dos partes y una al sol tiene abrasada,

 

de otras que restan dos, que está ocupada

de tierra con los mares, ¡qué de suelo

yermo está por inútil, ¡oh Marcelo!

y a nos un quinto resta de esta nada.

 

Sobre él naciones tantas a porfía

sangrientas, y sin fin se mueven guerra

(durarles ha su posesión, ¿qué día?);

 

mas, pues tal es, y a estos llaman bienes,

en el quinto de un punto, que es la tierra,

para te envanecer ¿qué parte tienes?

 

Soneto XLV

A la renunciación que hizo el emperador Carlos en el hijo y el hermano

De sostener cual nuevo Atlante el mundo

el siempre augusto Carlos ya cansado,

«Gentes, dice, no vistas he domado,

hollado el suelo, hollado el mar profundo,

 

hecho el persa monarca a mi segundo,

preso al francés, al moro leyes dado,

el cielo en ambos hombros sustentado,

más grave con las glorias que en él fundo».

 

Luego, del mundo desdeñoso y harto,

«Tú gobierna (al hermano le decía)

de Roma el ancho imperio y de Alemaña».

 

Y al hijo: «Tú de la invencible España

y del indio tendrás la monarquía,

y entrambos junte amor lo que yo parto».

 

Soneto XXVI

Otra respuesta al mismo argumento

Despierto al fiero incendio y del cercado

veis ya, veis que el caballo fue don griego,

y no mujer Elena, sino fuego;

mal admitido don, bien mal buscado.

 

¿Qué teméis? ¿Qué esperáis así ocupado,

sordo a las voces y a las llamas ciego?

Salid por medio de ellas, salid luego;

no esperéis, no; huid, y habréis triunfado.

 

Mas ya, si con el uso envejecido

para vencer huyendo un mal tamaño,

la fuerza os ha, Fernando, fallecido,

 

en sus hombros el nuevo desengaño,

por do estuviere el fuego más tendido,

sacaros sin lesión podrá y sin daño.

 

Soneto XXIX

El hombre solo en tantos animales,

Leonardo, nació al llanto; él solo atado

es el día que nace, desarmado,

sin defensa ni pies contra los males.

 

Así empieza la vida: a los umbrales

de ella ofreciendo llanto anticipado,

no entonces por algún otro pecado

que el de nacer para miserias tales.

 

A él fue dada insaciable sed de vida;

el solo cuida de la sepultura,

y en su alma brama un mar de ansia y afeto,

 

por do algunos dijeron: «No es natura

madre, sino madrastra aborrecida».

Mira si error oíste más discreto.

 

Soneto XII

A Fernando De Soria Galvarro

En el secreto de la noche suelo,

Sorino, contemplar las luces bellas,

y mudo platicar así con ellas,

porque envidioso no me estorbe el suelo:

 

«Ya, ya, soberbios astros, vuestro cielo

Flora pisa inmortal con firmes huellas;

ya, eternamente hermosa, pisa estrellas;

y ¡cuál sin ella yo! más cese el duelo.

 

»Tú fuiste, Flora, y vos, que la robaste,

divinas luces, para mí inhumanas,

pues solo y vida y seso me dejaste.

 

»Mas, porque tú no toda mueras, Flora,

ni en las miserias vivas toda humanas,

viva yo y pene, y tú los cielos mora».

 

Soneto VII

Estaba de mi edad en el florido

abril, que fruto asaz me prometía,

y de mi Flora en el regazo un día

vi reposar al niño Amor dormido.

 

Las alas que tan alto lo han subido,

por no bajar, abandonado había;

yo, que de celos y de envidia ardía,

tenté con ellas usurparle el nido.

 

Volar tenté; mas, de la luz medroso

de tus soles, ¡oh Flora! mudé intento,

con el fracaso de Ícaro avisado;

 

que es mal valor tal vez ser temeroso,

y no siempre fortuna da al osado

favor, ni quiere el gusto ser violento.

 

Soneto XXX

Al retrato de Luciano De Negrón por el pintor Francisco Pacheco

Este breve retrato los mayores

dos varones que al mundo dio Sevilla

nos ofrece a los ojos; maravilla

ambos y emulación a los mejores.

 

Los primores del cielo, los primores

del arte aquí la envidia vio amarilla,

y sobrada de entrambos la rodilla

dobla, y suelta la lengua en sus loores.

 

En ti ¡oh Negrón! sin límite así crece

la ciencia y la bondad, que en todos mengua;

la pintura ¡oh Pacheco! en ti se suma.

 

Mi pluma y lengua para y se enmudece

por no llegar a tu virtud mi lengua,

por no llegar a tu pincel mi pluma.

 

Soneto VI

Al licenciado Cristóbal De Mesa en su poema de «La restauración de España»

Hizo astillas el yugo, y la coyunda

afrentosa rompió con que oprimida

se vio España, la espada no vencida

que imperio nuevo al gran Pelayo funda.

 

Tanto mal grato el tiempo con profunda

envidia olvida gloria tan crecida,

y a los ojos del sol y a nueva vida

hoy la ofrece tu pluma sin segunda.

 

A aquella la morisca infame muerta,

a esta el olvido bárbaro vencido,

y a una y otra su gloria debe España.

 

Mas, si una de los moros la liberta,

y si otra la liberta del olvido,

¿cuál hace de las dos mayor hazaña?

 

Soneto XXXVII

Al Licenciado Francisco De Rioja

La violencia, Leucido, de los hados

¿en qué los ofendí? Lleva mi vida,

llévate, oh Amarilis, ofrecida

a mal seguros golfos y apartados.

 

¿Cómo pues yo de afanes y cuidados

batido miro el mar con tan erguida

frente y muda paciencia, no vencida

de estos escollos yertos y callados?

 

Cedo a la fuerza cuerdo, y cedo al día,

la esperanza alargando, y si no engaña

su arte al sabio, Amarilis serás mía.

 

Así del pez es dueño, cuando siente

fuerzas en él mayores que en la caña,

si le da cuerda el pescador prudente.

 

Soneto XXXII

Las almas son eternas, son iguales,

son libres, son espíritus, María;

si en ellos hay amor, con la porfía

de los estorbos crece y de los males.

 

Nacimos en fortuna desiguales,

no en gustos; la violencia nos desvía;

el tiempo corre lento y deja el día

de sí hasta en los mármoles señales.

 

Mas tú ni a tiempo ni a violencia,

ni a aquello desigual de la fortuna,

ni temas a la más prolija ausencia;

 

que si nuestras dos almas son a una,

¿en quién, si no ya en Dios, habrá potencia

que los gaste o los fuerce o los desuna?

 

Soneto XLIX

A San Isidro

Los campos de Madrid, Isidro santo,

donde estamparon ángeles las huellas,

sembrando vi de soles y de estrellas,

que alegres se inclinaron a su llanto.

 

Sus oraciones le encumbraron tanto,

que en éxtasis de amor brotó centellas,

y pudo la menor de todas ellas

ser del infierno confusión y espanto.

 

Al fin Isidro para el cielo oraba,

cuando araban los ángeles el suelo,

dando a su fe constante tal tributo.

 

Y tan perfecto Labrador estaba,

que vestido de luz cogió en el cielo,

sembrando aquí sus lágrimas el fruto.

 

Soneto XLII

A Filipo III, Luego Que Heredó Y Se Casó

Majestad soberana, en quien el cielo

tanto valor encierra y saber tanto,

que ya a la envidia sobras, ya al espanto,

hollando sabio el mar, valiente el suelo.

 

Emulo de tu padre y de tu abuelo,

rompe con la memoria con Lepanto,

y adora en Asia el monumento santo

guardado para pompa de tu celo.

 

El cielo esta victoria solicita,

y a Marte y Palas ha juntado en uno

(del sirio y persa victorioso bando).

 

Un mundo es poco para cada uno,

pues ni Isabel fue más que Margarita,

ni debes ser tú menos que Fernando.

 

Soneto XVI

Mustia la vid, de aquella y de esta vara

llora el robo, y del fruto que le espera

mal cierta, a la hoz culpa. ¡Oh si supiera,

oh cómo si supiera no llorara!

 

El rústico novel con mano avara

fía a la tierra en breve sementera

el grano, de cogerlo en fértil era

medroso; el bien experto ¡oh cómo osara!

 

El otoño enriquece, y el estío

corona al uno y otro de racimos

y de espigas los senos y las sienes.

 

Sufre y osa, varón corazón mío;

que a la paciencia y a la audacia vimos

ricas y coronadas de mil bienes.

 

Soneto XXIV

De Fernando De Soria Al Autor

No puedo desatar de este cuidado

un punto mi engañado pensamiento,

que está, cual Ixión en su tormento,

a la cadena y dura rueda atado.

 

En balde del camino comenzado

apartarlo con fuerza o maña intento,

si de mi sangre y mal está sediento

el tirano de Amor fiero y airado.

 

Medrano, ¿qué haré? Romper los lazos

no puede fuerza flaca y ya rendida,

ni vencer tanto monte de embarazos.

 

Mostradme vos de afuera la salida,

sin remitirla a mi rigor ni brazos;

que si es así no la hallaré en mi vida.

 

Soneto XXII

No sé cómo, ni cuándo, ni qué cosa

sentí, que me llenaba de dulzura:

sé que llegó a mis brazos la hermosura,

de gozarse conmigo cudiciosa.

 

Sé que llegó, si bien, con temerosa

vista, resistí apenas su figura:

luego pasmé, como el que en noche escura

perdido el tino, el pie mover no osa.

 

Siguió un gran gozo a aqueste pasmo, o sueño

—no sé cuándo, ni cómo, ni qué ha sido—

que lo sensible todo puso en calma.

 

Ignorallo es saber; que es bien pequeño

el que puede abarcar solo el sentido,

y éste pudo caber en sola l’alma.

 

Soneto XXI

¡Oh tú, que al sol tan desdeñosa miras,

y de verte más bella que él te engríes!

¿Por qué en mi dolor triste alegre ríes

después que las osadas flechas tiras?

 

Reserva esas en risa envueltas iras

para cuando más cuerda te desvíes

de ese que porque de él tu pecho fíes

colora con lisonjas sus mentiras.

 

Cambia, Amarili, cambia pensamiento,

da luz a la razón; que es grave daño

haberte a error o deslealtad rendido.

 

Mas ¡oh cómo eres ciego, Amor! al viento

das y a la ingratitud un bien tamaño,

debiéndolo a los años que he servido.

 

Soneto XXXVI

Otra vez, Amarili, el proceloso

invierno ensaña el mar y ciega el día;

otra vez flaca y rota nave mía

el cielo experimenta envidioso.

 

El se ostenta en tu daño poderoso

y ¿un cielo santo irás tamañas cría?

¡oh, cómo no te basta la osadía!

piloto has menester sabio, y no ocioso.

 

¿Tememos? No, Amarili, aunque veamos

o embestir el bajel en los más yertos

escollos o sorberlo ya el abismo.

 

¿Qué temeré, si juntos así estamos?

Que una ola misma nos sepulte muertos,

o salvos nos de al templo un voto mismo.

 

Soneto LI

A Lope De Vega

Parece el sol a coronar tu frente,

para que al suelo tu saber espante,

y el tiempo como a solo te levante

estatuas de oro puro en le Oriente.

 

Vuele la fama ya de gente en gente,

y la dulzura de tus versos cante,

porque el Ocaso en salvas de diamante

mil racimos de perlas te presente.

 

Lope, asombro del mundo y gloria rara,

¿quién tu divino ingenio no venera?

¿y quién en alabarte no repara?

 

Pues si la antigüedad te conociera,

de Apolo justamente se olvidara,

y por Dios del Parnaso te tuviera.

 

Soneto IV

En La Playa De Barcelona, Volviendo De Roma

Pláceme ver el mar cuando se enoja,

y a montes de agua montes acumula,

y al experto patrón (que disimula,

prudente, su temor) puesto en congoja.

 

También me place verle cuando moja

la orilla malavés, y en leche adula

a quien sus culpas llevan, o su gula,

a cortejar cualque birreta roja.

 

Turbio me place, y pláceme sereno;

verle seguro, digo, desde afuera,

y éste medroso ver, y éste engañado:

 

no porque me dé gusto el mal ajeno,

mas por hallarme libre en la ribera,

y del mar falso asaz desengañado.

 

Soneto XXXIX

¿Qué busco, ciego yo, con tan mortales

y ansiosas bascas? ¿Pienso que podría

satisfacer la sed inmensa mía

un mar de aquestos bienes (¿diré? ¿o males?)?

 

¿No vi ya? ¿No probé cuán desiguales

son de aquello precioso que ofrecía

su vanamente hermosa flor, que el día

robó, descubridor de engaños tales?

 

Paremos ya, paremos: que el sosiego

en sólo aquel un Bien que sin mudanza

mueve cuanto ve el sol, hallar podremos.

 

Mas ay, que cuando verle pienso, y llego

yo a asirle, me deslumbra, y sin tardanza,

cual rayo pasa, y ciegos le perdemos.

 

Soneto XLI

A Don Diego De Quiñónez

¿Quién jamás en tan luengo y espacioso

proceso de los siglos ha nacido,

y un mundo tan sin términos tendido,

que usurpar ose el nombre de dichoso?

 

El sobresalto sólo temeroso

de cambiar suerte aquel (si alguno ha sido)

que más pródigo el cielo ha enriquecido

para hacerlo infelice es poderoso;

 

Y ¿a cuántos, Sergio, a cuántos traen a extremos

males, extremos bienes, estos bienes

que los blasfemas junto y los adoras?

 

Mas cuando otras miserias no acusemos,

¿cómo bien será alguno aventurado,

si hombre ninguno hay sabio a todas horas?

 

Soneto XLVI

Robome, oh Julio, una cobarde fiera

(fiera y cobarde, Julio, cruel sería),

la mitad me robó del alma mía,

y ¿tú aun vives, mitad? ¡quién lo creyera!

 

Ira al fin mujeril, que no cupiera

en varón semejante villanía

necia; los que el amor y el cielo unía,

¿quién sino tú apartarlos pretendiera?

 

¿Qué se puede? Vivamos divididos,

dulce Amarilis mía, en esperanza

de vencer con paciencia y vida el hado.

 

Julio, ¿quién desordena mis sentidos?

Iba a hablarte, y me han arrebatado,

ya el amor, ya el dolor, ya la venganza.

 

Soneto I

A Fernando De Soria Galvarro

Sé que allá corre el mundo asaz ligero

donde, fatal ministro de su muerte,

pródigamente ponzoñoso vierte

más de dulzura el verso lisonjero;

 

bien como a instante pues, que sin entero

seso, el remedio de su mal no advierte,

beba lo falso y a beber acierte,

yendo engañado al bien lo verdadero.

 

Sólo aquel toco el punto que prudente

con lo dulce templó lo provechoso,

y ¿a quién fue Apolo, a quién fue así clemente?

 

Yo, Soriano, lo intento, codicioso

del pro común; tú apruebas que lo intente;

suceso de los cielos venturoso.

 

Soneto XX

A Don Juan De Arguijo

Si con poco nos basta, ¿por qué, Argio,

porque no, y animoso yo y prudente,

me breve censo estimaré igualmente

que de América el ancho señorío?

 

Dulce es de un gran montón de plata mío

suplir mi falta, y ¿no es tan suficiente

cogida el agua de una breve fuente

a mitigar la sed, como de un río?

 

Bebe pues de el; que suele arrebatado

Guadalquivir con súbita avenida

llevarse a quien lo bebe mal templado.

 

¿Quién hay, quién hay que con lo asaz se mida?

Ni charcos este apurará afanado,

ni entre ondas fieras perderá la vida.

 

Soneto XXV

Si ya de la razón el rayo ha dado

luz a nuestro cerrado pensamiento;

si estimáis cuerdo ahora por tormento

lo que un tiempo placer se os ha antojado,

 

osad, osad romped el anudado

lazo que el alma os mide y el aliento;

que por si tiene al cielo un noble intento,

y a la fortuna tiene el que es osado.

 

Diréis, Sorino: ¿Cómo y tantos lazos

romper podrá una fuerza ya rendida,

y vencerá un tal monte de embarazos?

 

En el Dios muerto para darnos vida

hallaréis fuego vos, hallaréis brazos

que abrase el monte y libre os den salida.

 

Soneto IX

Soberano Señor, cuyo semblante

tal vez nos representa a Marte crudo

con el estoque vengador desnudo

y la túnica estrecha de diamante,

 

tal nos pone pacífico delante

preso el cabello con curioso nudo

de lauro, y con un libro por escudo,

no menos sabio a Apolo que elegante.

 

Honra ahora las letras, y con ellas,

émulo de tu padre y de sus leyes,

da a la paz el dominio de tu tierra,

 

de tu abuelo después sigue las huellas,

pues igualmente es propio de los reyes

amar la paz y ejercitar la guerra.

 

Soneto II

A Flora

Tus ojos, bella Flora, soberanos,

y la bruñida plata de tu cuello,

y ese, envidia del oro, tu cabello,

y el marfil torneado de tus manos,

 

no fueron, no, los que de tan ufanos

cuanto unos pensamientos pueden sello,

hicieron a los míos, sin querello,

tan a su gusto victorioso llanos.

 

Tu alma fue la que venció a la mía,

que, expirando con fuerza aventajada

por ese corporal apto instrumento,

 

se lanzó dentro en mí, donde no había

quien resistiese al vencedor la entrada,

porque tuve por gloria el vencimiento.

 

Soneto X

A Fernando De Soria Galvarro

Vos ¡oh común Señor! esta criatura

vuestra hiciste del polvo, y vuestro aliento

le prestó ser y vida y movimiento,

y la razón derecha y la figura.

 

Yo ciego, y, como ciego, la dulzura

seguí, de un breve y falso bien sediento

(¿qué útil pudo al polvo traer el viento?)

y olvidéos, fuente llena y siempre pura.

 

¡Oh agravio sin igual! ¿Qué recompensa

dar puedo, si aun me duelo escasamente,

y otra repito luego y otra ofensa?

 

Largádmelas, Señor, que si las sañas

guardáis vos, un tan franco y tan paciente

Dios, ¿en quién habrá fáciles entrañas?

 

Soneto XIII

Ya sentí de la muerte el postrer hielo

correr a largo paso por mis venas,

y dos nubes, de angustia y rabia llenas,

un mar donde mis ojos dar al suelo,

 

cuando, así ardiendo en compasivo celo,

a Flora vi turbar sus dos serenas

luces, por no aliviar sólo mis penas,

mas pudo en el abismo abrirme un cielo.

 

«Vete, me dijo triste, y si el camino

así te es breve, pide a tu deseo

alas para volver, y a mí esperanza».

 

Dichoso mal, que alcanza tan divino

remedio; amable infierno, donde veo,

no ya por fe, mi bienaventuranza.

 

Soneto XI

Veré al tiempo tomar de ti, señora,

por mí venganza, hurtando tu hermosura;

veré el cabello vuelto en nieve pura,

que el arte y juventud encrespa y dora;

 

y en vez de rosas, con que tiñe ahora

tus mejillas la edad, ay, malsegura,

lilios sucederán en la madura,

que el pesar quiten y la embidia a Flora.

 

Mas cuando a tu belleza el tiempo ciego

los filos embotare, y el aliento

a tu boca hurtare soberana,

 

bullir verás mi herida, arder el fuego:

que ni muere la llama, calmo el viento;

ni la herida, embotado el hierro, sana.

 

Soneto XIV

Suelta la carta y brújula el piloto,

cansado de luchar con agua y viento;

azota de la nave el mar hambriento

este costado abierto y aquel roto.

 

Del impío marinero, ya devoto,

envuelto en voces sube el sentimiento

al cielo, que desprecia mal contento

del pasajero humilde el casto voto.

 

Embiste el casco en un escollo duro,

y al más dichoso, en una tabla asido,

escupe el mar en las arenas muerto.

 

Yo lucho con la ausencia, y sostenido

de mi esperanza, ¿llegaré seguro,

Flora, a tus ojos? Muera yo en tal puerto.

 

Soneto XV

A Don Alonso De Santillán, Que Se Embarcaba En Los Galeones De La Armada De Las Indias

Tú surcas ¡oh Santiso! el mar furioso,

y de este sol huyendo la tardanza,

te avecinas al otro en esperanza

del hado, que te aguarda más piadoso;

 

y sabio el rostro opones y animoso

a una y otra fortuna sin mudanza;

uno te ve y te admira la bonanza,

y uno el Euro más turbio y proceloso.

 

Yo quedo en tierra firme y mal constante;

de dolor embestido y de alegría,

altero por momentos el semblante;

 

mas si un mar brama dentro en la alma mía,

no fuera, no, cual tú lo ves delante.

Júpiter ¿cuántas formas mudaría?

 

Soneto XXVII

Vive engañada mi fortuna loca

si de mi centro desasirme piensa,

porque no vio del mar la furia inmensa

opuesta a su rigor más firme roca.

 

Será que con distancia mucha o poca

el sentido divida sin defensa

de su gusta. Mas ¿cómo hará ofensa

al alma do su bien o mal no toca?

 

¿Qué? Destiérreme a Italia o a Castilla,

que mientras de Amarili arder me veo ,

más distante es mi ardor, más infinito.

 

¿Quién pero forma de esto maravilla,

si es tan madre la ausencia del deseo

como la privación del apetito?

 

Soneto XXVIII

Sólo uno el hombre nace despojado

de bien todo, y de todos envidioso;

mísero él sólo, y sólo él ambicioso,

para nada despierto y enseñado.

 

A llorar sí, que sólo esto de grado

le dio naturaleza, y tan vicioso

y tan rudo animal, y así lloroso

para dueño de todos fue criado.

 

El sólo ni ofender ni defenderse

en diferencia tanta de animales,

ni comer puede o sabe, ni moverse.

 

¡Oh loco! y pensará nacer de tales

principios para sólo envanecerse!

¡Cuál es la presunción de los mortales!

 

Soneto V

Vine y vi, y sujetome la hermosura

de un serafín que en apariencia humana

a los mortales ojos tal se allana,

que aunque flacos, sostengan su luz pura.

 

Así mirarse, deja con segura

vista el temprano sol de la mañana,

y entre nubes de nieve, tinta en grana,

permite a nuestra vista su figura.

 

Venciome, y tan dichoso fui vencido

cuanto sin tiempo de gozarme en sello,

porque me priva ausencia de gozarlo;

 

que de muy sin ventura siempre ha sido

llegar al bien, y vello ya y tocayo,

y para más dolor luego perderlo.

 

Soneto XXXIII

A Don Juan De Arguijo

Ya sopla turbio el ábrego, ya hinchado

se encona sordo y turba el golfo Argío,

ya el aquilón arrebatado y frío

crece en montes las olas, ensañado.

 

Rómpense unas con otras y erizado

brama espantable el mar, lanzando impío

espumas contra el cielo, y tu navío

vacila entre las ondas, afanado.

 

¿Qué? Depón el temor, a humilde playa

Dios el que admiras piélago insolente

rindió, «y esta, le dijo, sea tu raya,

 

jamás de aquí con ambicioso antojo

oses pasar; aquí tu vanamente

espantosa hinchazón rompe y tu enojo».

 

En la fiesta de San Antonio

Si tenéis sed de virtud,

venid, almas, y vebed,

y mataros a la sed

la fuente de la salud.

Y aunque no es agua de pie

sino de mano de Antº,

eterna es por testimonio

que desso nos da la fee.

A su casa recién hecha

Antº quiso traella

 

y damos junto con ella

de virtudes gran cosecha,

que es aquel niño divino

agua de fuente de vida,

consagrada y convertida

en casto y virginal vino.

Y por tan dichoso lance

es con gran razón llamada

de Jesús esta morada,

que es de salud en romance.

Poemas de Francisco de Medrano

Bien sé que se ríe el mundo

Bien sé que se ríe el mundo,

de ver cómo taño y canto,

auiendo llorado tanto

mi dolor graue y profundo.

Sepan que en esto me fundo,

que en los tormentos mortales

y las penas desiguales,

no me aprobecha llorar;

y ansi procuro cantar

por ver si espanto mis males.

 

Canta el presso alegremente,

los duros grillos tocando,

y el trabajador, cantando,

su trabajo menos siente;

cata dulcíssimamente

el paxarillo enjaulado.

Y yo, de penas rodeado,

procuro cantar un poco;

mas no piensen que estoy loco,

sino de llorar cansado.

 

Vn tiempo alegre canté,

mas fue tal mi suerte auara,

que lloré porque cantaba,

y oy canto porque lloré.

Si de mí mismo no sé,

¿por qué se espantan si canto,

y auiendo llorado tanto

y sabiendo en qué consiste,

pues siempre el canto del triste

suele conuertirsse en llanto?

 

Burle el mundo de mi canto,

y burle quien me mató;

mas sepan que entiendo yo

que fue disparate el llanto.

Ya me alegro, taño y canto,

ya no quiero más llorar

que me quisieron matar;

mas pues el cielo lo ordena,

para mitigar mi pena,

quiero tañer y cantar.

 

Hermosa y astuta dama de Sevilla

Si pena alguna, Lamia, te alcançara

por cada voto que perjura quiebras;

si almenos una de tus rubias hebras

en cana se trocara,

creyérate: mas luego que, engañosa,

la fee rompes debida al juramento,

tú, de la juventud común tormento,

despiertas más ‘ermosa.

 

Falta pues, Lamia bella, al siglo ‘onrrado

de tu defunta madre, sin reçelo;

falta a tu vida misma; falta al çielo

la fee que les ‘as dado:

pues de veer quánto número confíe

de moços en tus juras, y qué artera

burles al más astuto que te espera,

todo el çielo se ríe.

 

Más: que la juventud para ti creçe

toda; créçente nuevos servidores,

y de los que hoy desprecias amadores

ninguno te aborreçe:

de ti la madre teme a su querido

hijo; terne de ti el viejo avariento;

teme la esposa que tu dulçe aliento

detenga a su marido.

 

Un bulto casi sin bulto

Un bulto casi sin bulto

de güessos de un hombre sancto,

un cuerpo de poco cuerpo,

de carne de un descarnado,

 

remontado por los montes,

solo, puebla un despoblado,

y por entre peñas viuas

trae su vida despeñando.

 

Sobre las sierras peladas

andan los güessos pelados

de Francisco o de la sombra

de Christo cruçificado.

 

Viste el desecho del mundo,

y dél se a deshecho tanto,

que es, por deshecho y de hecho,

dechado de desechados.

 

Un capote de sayal

es su vestido ordinario,

hábito de quien tenía

hábito de andar gallardo.

 

Los dessencasados ojos

trae con el çielo casados,

y con los clauos de Christo

errado, pero no herrado.

 

Todo eleuado en el çielo,

de tierra todo eleuado,

eleuado porque a Dios

su coraçón es lleuado.

 

Quiérese llamar menor

por su mayor menoscabo,

menoscabo porque cabe

en qualquiera menor cabo.

 

Dios por su menor le toma,

y en todo le a mejorado

viendo que es lo que le da

mejorado y mejor dado.

 

Çiñe una cuerda su cuerpo,

cuerdo en todo y acordado,

pues con la cuerda concuerda

los quereres discordados.

 

Sus pies descalços por tierra,

mas por el çielo descalços,

siempre en vela sus sentidos

y de velar desuelados.

 

De su çiliçio y çilençio,

por no rompérselo, callo,

y de sus santas rodillas,

también callaré los callos.

 

Si sus milagros contara,

fuera muy largo y milagro.

Ceso, pues, y de su seso

puede otro seso alabarlo.

 

Sólo diré que en su iglesia

Dios puso exemplo tan raro

a perfectos y imperfectos

para imitallo y mirallo.

 

Huyó la nieve, y árboles y prados

Huyó la nieve, y árboles y prados

de hoja y grama se visten;

la tierra se rebeza, y, amenguados,

los ríos no la embisten.

 

El año te amonesta que no esperes

bienes aquí immortales,

y el día, que arrebata los plazeres

y gustos no cabales.

 

Amansa deel hibierno yerto el frío

con Fabonios templados;

y al verano ahuyentan, deel estío

los soles requemados.

 

Éste fallesce luego que el sabroso

otoño nos madura

los frutos, y el hibierno perezoso

por tornar se apresura.

 

Mas los daños deel tiempo, presurosas,

las lunas los reparan;

y restituye el Zéfiro las rosas

que los Çierços robaran.

 

Nos, de peor condiçión, si tal vez una

a aquesta luz cedemos,

¿en qué abril, a qué viento, con qué luna

renovamos podremos?

 

Hizo astillas el iugo

Al Licenciado Cristóbal De Mesa, En Su Poema De La Restauración De España

Hizo astillas el iugo, y la coyunda

afrentosa rompió con que oprimida

se vio España, la espada no vençida

que imperio nuevo al gran Pelayo funda.

 

Tentó malgrato el tiempo, con profunda

embidia, olvidar gloria tan creçida;

y a los ojos deel sol y a nueva vida

oy la ofrege tu pluma sin segunda.

 

A aquélla la morisma infame muerta,

a ésta el olvido bárbaro vençido,

y a una y otra su gloria, debe España:

 

mas si una de los moros la liberta,

y si otra la liberta deel olvido,

¿quál haze de las dos mayor hazaña?

 

Que toques a recoger

Que toques a recoger

te a persuadido mil veces,

pensamiento, el desengaño:

yerras si no le obedeces.

En los sulcos que as arado,

más, pensamiento, no siembres,

que la cosecha es estéril,

y vas, sin duda, a perderte.

Ponte, pensamiento mío,

con vn amo que te premie,

que el seruir y no medrar

es vil linage de muerte.

Quando te lisongearen

 

con deleites aparentes,

quita la máscara al gusto

y echarás de ver que mienten.

Deleite y necessidad

tienen la cara de erege:

necessidad quando bive

y deleite quando muere.

 

Y en la tragedia del mundo,

haze los buenos papeles

no a el que apadrinan sus partes,

sino al que ayuda la suerte.

Pero al fin de la jornada,

así a desnudarse viene

el que gouernó dos mundos

como el que rigió dos bueyes.

 

Si de renta

Si de renta más qüentos

que los Ingas y chinos alcançares,

y tus anchos çimientos

las tierras ocuparen y los mares,

ni la certera flecha

de la muerte huirás, ni de su miedo

la importuna sospecha

tenerte dejará el ánimo ledo.

 

¡Oh, mejor el gitano,

sin patria conocida ni solares,

vive!, y el africano

en movedizas casas aduares,

a quien fruto creçido,

no con lindes tasado ni mojones,

el campo agradeçido

rinde, y de trigo fértiles montones.

 

Y, con labor de un año

llenos, holgar permiten a la tierra;

y al que administra ogaño,

igual otro succede, paz y guerra.

 

Allí el varón no rige,

soberbia con la dote, su casada,

ni el vicio malcorrige,

deel poderoso adúltero fiada.

 

Gran dote es la nobleza

y onestidad, allí, de los mayores;

el pecar, gran vileza,

o su precio morir. Si los fabores

-oh tú, quienquier que seas-

de los siglos pretendes immortales;

si escrito ser deseas

Padre deel pueblo en públicos anales,

osa enfrenar, severo

cuerdamente, la vida licençiosa,

y al siglo venidero

virtud, que imite, ofreçe generosa.

 

Pues tal es que, imbidiosos,

en los presentes la virtud odiamos,

y, de ella cudiciosos,

si a los ojos falleçe, la buscamos.

¿qué sirven las querellas

si el castigo las culpas no descreçe?

¿qué las leyes, qual ellas

vanas, si, esento el pueblo, no obedece?

 

Ni ya el estéril suelo

de la tórrida, ardiente siempre y solo,

ni ya el eterno yelo

de los siete Trïones y deel polo,

al mercader desvía

de sus torpes ganancias: vence artero,

con pertinaz porfía,

tamaño golfo un breve marinero.

 

Y presta la pobreza

(grande oprobio oy) paciencia y ardimiento

para qualquier vileza,

y pone en torpe olvido el santo intento.

 

O al común (do la fama

y aplauso popular con glorïosos

apellidos nos llama),

o al mar vezino los rubís preçiosos

y el oro inútil demos,

de todo mal ¡quán çiertas ocasiones!

 

Y si nos malqueremos

las maldades, si bien somos varones,

de la torpe avaricia

las letras no se aprendan, no, primeras;

mas beba en la puericia

diciplinas el ánimo severas.

 

No qual oy que no gusta

ni andar sabe a caballo el ahembrado

moçuelo, y la robusta

caça teme: ¡oh el naype, assí, y el dado!

 

Y tú, oh padre perjuro,

y trefe a tus amigos y usurero,

¿con recambios el juro

apresuras, y el çenso, a ese heredero?

 

Está bien. Y sin tasa

crezca la ‘azienda; crezca. Mas, ¿qué importa,

si la cudiçia escasa

siempre en un no sé qué la llora corta?

 

Quién pondrá freno y término al deseo

A Francisco De Acosta En La Muerte Del Padre Iosef Acosta, Su Hermano

¿Quién pondrá freno y término al deseo

de una vida, Faustino, assí preciosa?

¡Oh, cómo fuera dino aquí el empleo

de tu voz numerosa

y de tu lyra, Orfeo!

 

Eterno sueño al grande Acosta oprime,

cuyo par no vio el sol. Y la fee pura

y la entereza, sin consuelo, gime

sobre la sepoltura;

ni ay quien no se lastime.

 

Faltó en dolor de muchos; mas ninguno

al tuyo igual. Tú, aquél, piadoso en vano,

al cerrado sepulcro, tú, aquél, uno,

al cielo soberano

demandas importuno.

 

Bájase fácil a la hoya escura;

pero dar paso atrás, y a aqueste aliento

y luz común volver (¡oh, cómo es dura

provincia!) no es intento

permitido a criatura.

 

Es grave asaz la pérdida, y terrible

y fiero es el dolor que de ella avino;

mas (si emendar el hado es imposible)

modérelo, Faustino,

la paciencia invencible.

 

El Entero Varón

El entero varón, de culpas puro,

por do quiera sin flecha enherbolada

y sin arco, Sabino, y sin cargada

aljaba irá seguro,

ora traviese páramos desiertos,

de ‘umanas plantas no jamás ‘ollados,

ora çerradas breñas, o empinados

y malseguros puertos.

 

Tal vez pasé, con religioso antojo

de veer al gran pastor que el Vaticano

mora, los montes donde el africano

caudillo perdió un ojo,

y, de Flora cantando la belleza,

sin armas con que deél me defendiera,

huyó un lobo de mí, que mayor fiera

no vio Naturaleza.

 

Véame, pues, en la región ardiente,

negra y estéril con eterno estío;

véame en la que siempre abrasa el frío,

y al sol no vee luziente;

que en cuanto el çielo vueltas multiplica,

para que el sol al mundo luz envíe,

amaré a Flora, la que dulçe ríe,

la que dulce platica.

 

Oh mil veces comigo

A Don Alonso de Santillán, que volvía de las Indias  

¡Oh mil vezes comigo reduzido

al postrer punto de la vida odioso!:

¿quál astro poderoso

oy te ha restituido

a tu suelo dichoso,

Santiso, la mitad del’alma mía?

 

Contigo alegremente los ardores

de los soles mayores,

contigo no sentía

deel cierço los rigores.

 

Ambos deel mar huimos proceloso

la saña; a mí por medio del cerrado

peligro mi buen hado,

alegre y vitorioso

a puerto me a sacado.

 

A ti segunda vez, maladvertido,

la resaca sorbió deel mar hambriento;

y al arbitrio deel viento,

y al caso, permitido

te viste y sin aliento.

 

Cumple tu voto, y, grato al cielo santo,

con lágrimas gozosas ya el sereno

rostro vaña, y el seno;

que yo, Santiso, al tanto,

te espero en Mirarbueno.

 

¡Oh, fuese a mi vejez firme reposo

este lugar!; de mis navegaciones

y peregrinaciones,

¡oh, término dichoso

fuese!, y de mis pasiones.

 

Este rincón, de todos los deel suelo

me place más, do brota la primera

y la rosa postrera;

do siempre es uno el cielo,

do siempre es primavera.

 

Éste a la mesa espléndida conmigo

y al brindis te combida. ¡Oh cuerdo ecceso!

Dulce me es ser travieso,

cobrado un tal amigo;

dulce perder el seso.

 

Sé que allá corre el mundo – A Fernando de Soria Galbarro  

Este soneto es como prefación y dedicación de los demás  

Sé que allá corre el mundo asaz ligero

donde (fatal ministro de su muerte),

pródigamente ponçoñoso, vierte

más de dulçura el verso lisongero.

 

Bien como a infante pues, que sin entero

seso el remedio de su mal no advierte,

beba lo falso, y a beber acierte,

yendo engañado al bien, lo verdadero.

 

Sólo aquel tocó el punto, que prudente

con lo dulce templó lo provechoso

(¿y a quién fue Apolo, a quién, assí clemente?).

 

Yo, Sorino, lo intento, cudiçioso

deel pro común; tú apruebas que lo intente:

succeso den los cielos venturosos.

 

Al mismo entrando en las escuelas de salamanca

Soberano Señor, cuyo semblante

tal vez nos representa a Marte crudo,

con el estoque vengador desnudo

y la túnica estrecha de diamante:

 

tal, nos pone pacífico delante

(preso el cabello con curioso ñudo

de lauro, y con un libro por escudo)

no menos sabio a Apolo que elegante:

 

honrra ahora las letras, y con ellas,

émulo de tu padre y de sus leyes,

da a la paz el dominio de tu tierra.

 

De tu abuelo después sigue las huellas,

pues igualmente es propio de los reyes

amar la paz y exercitar la guerra.

 

Estaba de mi edad en el florido

Estaba de mi edad en el florido

abril, que fruto asaz me prometía,

y de mi Flora en el regaço un día

vi reposar al niño Amor dormido.

 

Las alas, que tan alto le ‘an subido,

por no bajar, abandonado ‘auía;

yo, que de zelos y de embidia ardía,

tenté con ellas usurparle el nido.

 

Volar tenté, mas de la luz medroso

de tus soles, oh Flora, mudé intento,

con el fracaso d’Ícaro avisado;

 

que es más valor tal vez ser temeroso,

y no siempre Fortuna da al osado

fabor, ni quiere el gusto ser violento.

 

No estimes, no

No estimes, no, por afrentoso el ñudo

que con esclava te enlazó tan bella;

pues otra ya, menos ermosa que ella,

a Aquiles arder pudo.

 

Agamemnón, la prez y ‘onor deel griego

vando, ¿triunfo no fue de su cativa?;

y otra la condición de Aiace altiva

rendir pudo a su fuego.

 

¿Qué, Tirso? ¿no será que ilustre padre

engendrase a tu Fili, y que los çielos

le diesen, como a ti, nobles abuelos?,

si no bien igual madre.

 

Su aquel ánimo, almenos, generoso;

aquel su coraçón assí arredrado

de interés y doblez, no fue heredado,

no, de padre afrentoso.

 

¡Y el rostro! ¿Dó se vio par hermosura?

¡Qué pie!, ¡qué manos tan a tomo hechas!

Sano la alabo, Tirso, ¿qué sospechas?

Ya la edad me asegura.

 

Ya, ya, y fiera

Ya, ya, y fiera y ‘ermosa,

madre de los amores, quebrantado

desamparé tu enseña. ¿Y tú, embidiosa,

a mí? ¿tú a mí, malsano y desarmado?

¿Qué te podré yo ser? Al vulgo vano

risa, y silvo afrentoso;

Al sabio ¡oh, quánto espanto!, y al piadoso;

¡quál fábula al profano!

 

Deel venusto semblante

la ya florida tez huyó marchita,

y el pelo, que en la frente alçó arrogante

cresta, desnudo otoño lo exercita.

Ni contender con el ribal podría,

ni esperar, vanamente

crédulo, amor reçíproco en la ardiente

llama sabrosa mía.

 

Puedo apena sufrirme,

inútil carga, ¿y burlas, oh ‘ermosa?

¿o provócasme seria? ¿y conduçirme

a tu milicia esperas peligrosa?

Su Cypro, ay, Venus a desamparado,

y en fuego convertida

y en belleza (ya tal se mostró en Ida),

toda en mí se a langado.

 

Árdenme aquellos ojos

negros de la Amarili, que, serenos,

roban el sol; aquellos sus enojos

árdenme, de sal -más que d’ira- llenos;

su dulçemente açerba rebeldía,

y de su negro pelo

el oro, el fuego. ¿Arabia y Mongibelo

tal fuego, oro tal cría?

 

¿Quién trocará, prudente,

por cuanto el Inga atesoró, el cabello

de Amarili? ¿y por todo el rico Oriente?:

quando ella tuerçe -¡oh, cómo hermosa!- el cuello

a mis ardientes besos, y, rogada,

con saña fácil niega

lo que ella, más que el mismo que le ruega,

dar quisiera, robada.

 

Borde Tormes de perlas sus orillas

Borde Tormes de perlas sus orillas

sobre las yerbas de esmeralda, y Flora

hurte para adornarlas al’ Aurora

las rosas que arrebolan sus mexillas;

 

viertan las turquesadas maravillas

y junquillos dorados, que atesora

la rica gruta donde el viejo mora,

sus Dríades en cándidas çestillas,

 

para que pise Margarita ufana,

tierra y agua llenando de fabores.

Mas si uno y otro mira con desvío,

 

ni las Nynfas de Tormes viertan flores,

ni rosas hurte Flora a la mañana,

ni su orilla de perlas borde el río.

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