Poemas de Juan de la Cueva
Poemas de Juan de la Cueva (1543-1612), poeta y dramaturgo sevillano fundamental en la transición hacia el teatro barroco español. Su mayor aporte fue la ruptura con las unidades aristotélicas, reduciendo los actos de cinco a cuatro y mezclando elementos trágicos con cómicos.
Fue pionero al introducir temas de la historia nacional y leyendas populares en la escena, alejándose de los modelos puramente clásicos. En su obra teórica Ejemplar poético, defendió la libertad creativa y el uso de diversos metros según la situación dramática, sentando las bases que luego perfeccionaría Lope de Vega.
Égloga I
Argumento
Alción i Caustino, dos pastores cuyos nombres tienen alegórica sinificación. El Caustino era amado de una pastora llamada Cynthia. Alción, siendo su amigo, se aficionó della, i andando lamentándose de ver que lo tratava con menosprecio, entendido de Caustino, i hallándolo en sus lamentaciones quexándose de la esquiveza de Cynthia, haziendo burla de su ciega passión, passa con él el razonamiento que contiene, etcétera.
A don Antonio Manrique
Mi Musa exercitada en las montañas,
entre riscos i árboles umbrosos,
oída de las fieras alimañas,
agradable a los Faunos amorosos,
quiere salir dexando las cabañas,
las dehesas i sotos deleytosos,
a los prados de Amor donde reparte
el fuego abrasador del fiero Marte,
i assí mostrar el amoroso afeto,
la poderosa fuerça que commueve
al más altivo pecho i más quieto
que cosas no esperadas tiente i prueve;
en cuanto el ocio i el temor secreto
en que me tiene el Hado, que remueve
tantas causas de daño en daño mío,
sin dar jamás a su crueldad desvío,
quiere que aora deste tiempo duro
reduzga un breve término a la pluma,
¡ó claro Don Antonio!, i qu’el seguro
temor espela i sossegar presuma,
porqu’el desseo i ánimo tan puro
que mueve a mi desseo no consuma
el voraz tiempo con oscuro olvido
siendo en Letheo a fuerça sumergido.
Por esso, gran señor, quitad d’en medio
un solo punto el velador cuydado,
solicitando a bueltas el remedio
qu’el Cielo tanto tiempo m’á negado,
i del govierno qu’es a tantos medio
os mostrad (a me oír) desocupado:
no porqu’el baxo acento lo meresca,
mas porque yendo a vos jamás peresca.
I el Cielo dando a mis trabajos buelta,
venido el tiempo que desseo tanto
en que mi opressa libertad sea suelta,
por vuestra mano dando fin al llanto,
dexada la fatiga en que rebuelta
vive mi alma, en numeroso canto
celebraré vuestro glorioso nombre,
qu’en toda parte toda gente nombre.
Mas ya qu’el tiempo aora me lo impide
i el horrible temor me corta el hilo,
pues él me lleva i él mis passos mide
dando al sugeto acomodado estilo:
recebid los suspiros que despide
Alción, oíd su llanto, ved que un Nilo
se buelve en su amorosa fantasía
siguiendo en soledad mi compañía.
De su dura fatiga compelido
i del tenaz dolor que le aquexava,
a contemplar (en quien lo trae encendido)
sin sobresalto, un monte freqüentava;
lugar quieto, dulce i ascondido,
do Betis suavemente murmurava
por entre flores i árboles corriendo,
do puesto Alción, la boz soltó diziendo:
ALCIÓN, CAUSTINO
ALCIÓN
¡Ó Cynthia airada, altiva, ingrata i dura!
¡Ó coraçón de duro diamante!
¡Ó Cynthia a mi tormento tan segura
i a mi firme querer tan inconstante!
¿De qué sirvió la inmensa hermosura
qu’el Cielo puso en ti? ¿De qu’el semblante
que sossiega la ira al fiero viento,
si es causa de dar fuerça a mi tormento?
¿De qué sirvió la púrpura i el oro,
la nieve, perlas i el rubí precioso?
¿De qué las luzes de immortal tesoro
i el nativo esplendor maravilloso?
¿De qué la boz del soberano coro?
¿De qu’el mirar onesto i poderoso
de dar a un muerto vida i buena suerte
si sólo a mí tal bien me da la muerte?
No porque a mi firmeza se le deve
ni a puro amor en mí tan conocido,
que tanto mal i tanta afrenta prueve
i en tal odio me vea consumido.
¿Cuál árbol, cuál montaña no se mueve
a mi dolor? ¿Cuál bronze endurecido?
¿Cuál risco no se ablanda con mis ojos?
¿Cuál aspereza d’ásperos abrojos?
Sola en ti no ay piedad, sola en ti falta,
que a todo sobrepujas en dureza:
assí cual eres en beldad más alta,
assí eres desigual en la crueza;
que tu ostinado coraçón esmalta
dentro de sí tal odio i tal fiereza
que oyendo tu crueldad en mis querellas
cruel te llama el Cielo i las estrellas.
Por ti padesco el aspereza i saña
del poderoso Amor i mi cuidado;
por ti todo contento i bien me daña
i por ti estoi sin mí i en ti ocupado;
por ti la soledad desta montaña
sigo, por ti aborresco mi ganado,
que otro tiempo amparé cuando fui dino
que me viesses sin miedo de Caustino.
Por él te veo siempre desdeñarme,
por él serte odioso el nombre mío;
por él huyes de mí sin escucharme
i por él sufro tu imortal desvío;
por él aun no te mueves a mirarme,
con no pretender más mi desvarío
de que un solo momento a hurto veas
el mal que hazes en mi por que lo creas.
No te pido yo en esto que aborrescas
a quien Amor, el Cielo i la ventura
favorecen, ni quiero qu’enternescas
tu coraçón por ver mi desventura,
que ya esperar que tú te condolescas
de mi terrible mal, sería locura
si no es que Amor quisiesse ya de hecho
mudar tu coraçón i altivo pecho.
Mas esto (si es remedio) no es possible
que pueda ser en mi favor i ayuda,
que siendo cual te soy aborrecible,
¿qué bien avrá que a socorrerme acuda?
¡Ó suerte dura! ¡Ó coraçón terrible!
¡Ó ingrata Cynthia! ¿Cómo no se muda
tu alma d’esse amor, por quien me dexas
ardiendo en fuego, en celo, en llanto, en quexas?
Con un suspiro puso fin al canto,
enternecido en su amorosa pena,
paró la lengua i dio lugar al llanto
que se mostrasse con crecida vena;
traspuesto en su congoxa i su quebranto
del racional discurso se enagena,
i estando assí, Caustino se hallava
en el mismo lugar i assí cantava:
CAUSTINO
Sagrado Betis, que con dulce estruendo
vas regando esta selva deleytosa
a donde van guiados mis acentos:
enfrena tu corriente presurosa;
oye mi canto, con el cual pretendo
tener suspensos los airados vientos;
i los más elementos
que distintos están por su aspereza
juntos al tierno canto
estarán mientras canto,
libre de la crueza
del ciego, injusto Amor i su fiereza,
en libertad sabrosa,
fuera de su contienda peligrosa.
Sus vanas esperanças seguí un tiempo,
sus dañosos plazeres m’agradaron,
mas desto vivo libre i reposado,
escarmentado en ver cuantos quedaron
burlados de su breve passatiempo,
i cuantos lloran su engañoso estado.
Comigo retirado
en esta soledad, dulce, agradable,
no temo si se aíra
mi pastora o me mira,
si esta odiosa o afable,
si quiere, si aborrece, si es mudable,
qu’es la vida que adora
el ciego amanta que su bien inora.
De todo aquesto en libertad segura
me río, i lo estoi viendo muy quieto,
despedidos del alma los temores,
seguro ya del peligroso aprieto,
reduzido a razón de mi locura
gozo el suave aliento destas flores;
en aquestos dulçores
ocupo solamente mi sentido,
i en llevar mi ganado
al pasto acostumbrado,
traerlo del exido,
en mirar si el sarmiento está metido,
si a la fresca ribera
pinta la desseada Primavera.
Pongo la cuerda a la sutil raposa,
tiendo la red al ave descuydada,
sigo el ligero ciervo en su corrida;
buelvo cargado dél a la majada
después que con carrera presurosa
en el curso acabó su curso i vida;
hago dél mi comida,
combido sin temor al ganadero,
que sus vacas guardando,
a su plazer cantando,
con ánimo sincero
lo acepta, i aunque rustico i grocero,
lo tiene en más estima
que plata u oro u lo que más s’estima.
No m’entretengo ni jamás do entrada
en mi memoria al fácil pensamiento,
qu’en cosas fuera déstas pare un punto;
luego lo aparto i voy en seguimiento
de la vida quieta i reposada,
que todo bien alcança i tiene junto.
No m’altero, o barrunto
mil sospechas, ni admito su recelo;
no doy fuerça al tirano
que jusga ya en su mano
todo el poder del suelo,
porqu’el otro señor viendo su zelo
de ambición, le responde
riendo lo qu’el cauto pecho asconde.
¿Quién es aquél que solo i recogido
al pie de aquella haya veo sentado,
seguro al parecer, libre i quieto?
¿Es Alción? ¡Él es, ó desdichado!
¿Qué nueva desventura le á traído
‘aquesta soledad, o cuál aprieto
le tiene tan sugeto?
¿Vive en su antiguo fuego todavía?
Quiero a do está acercarme
i dél mismo informarme,
i por aquesta vía
passaré sin fastidio el largo día,
oyéndole dar cuenta
del mal que le consume i atormenta.
Salud tengas, Alción, i del rocío
de la dorada Aurora tengas parte,
i tenga fin tu mal tan importuno,
i en la fértil ribera deste río
que por diversas partes se reparte
veas el bien a tu desseo oportuno;
i sin miedo ninguno
del cauto lobo, pluvias o tormenta,
arribes tu ganado
al deleytoso prado
donde se representa
la gloria en que tu alma se sustenta,
i veas tus corderos
henchir de blanca lana tus aperos.
ALC.
Llueva dulce licor por tus collados,
uvas te dé la larga montuosa
i el lobo tenga miedo a tu ganado;
dente los alcornoques miel sabrosa
i tus corderos sean señalados
de la raíz de sándix de su grado.
La tierra sin arado
te produzga abundantes sementeras,
las ásperas espinas
te broten calvellinas,
i en las anchas laderas
te nasca el rico amomo i hagas eras,
i te dé tal contento
cual yo con tu venida aora siento.
CAU.
Cuán seguro, quieto i sin cuydado
te muestras, Alción, en tu semblante,
sentado a sombra d’essa haya umbrosa
sin que cosa a impedirte sea bastante;
gozoso vives el felice estado
do te subio tu suerte venturosa,
i con boz sonorosa
llamas a la pastora que recrea
tu alma, a ella ofrecida,
que de Amor encendida
la considere i vea,
i tu encendido amor conosca i crea,
i entre aquestos dulçores
los celos dan más fuerça a tus amores.
ALC.
Caustino: nunca fue tan venturoso
que de tan alto bien tuviesse parte,
ni jamás conocí tan alta suerte
ni ocupo mi juizio, estudio i arte
sino en mi trato agreste, desseoso
de verme libre de cuydado fuerte,
que causa triste muerte
al que sigue su lucha peligrosa,
a donde es ser vencido
el que más á podido.
CAU.
No me digas tal cosa,
que tu alma también es amorosa.
ALC.
¿Por qué razón lo entiendes?
CAU.
Porque conosco el fuego en que t’enciendes.
ALC.
Negarte que no estoy de Amor llagado,
que no abrasa el Amor el pecho mío,
sería negarte la verdad provada:
como si te afirmasse qu’este río
es monte, i esta haya es mi ganado,
i esta luz que da el Sol es emprestada;
i assí es cosa escusada
encubrir lo que al fin d’estar cubierto
el tiempo que lo encubre
él mesmo lo descubre,
mas el procurar cierto
quiénes la que yo amo, es desconcierto,
porque fiero castigo
el Cielo me promete si lo digo.
CAU.
Sin duda es la gran Iuno tu querida,
según la encubres dentro en tu conceto,
i es justo assí guardalle sus amores,
que uno por no amalla con secreto
fue su voluntad loca conocida
i por premio sacó eternos dolores.
Pues mira los ardores
de la hermosa Venus i el dios Marte
que aun de sí los guardavan,
mas después suspiravan
aquella sutil arte
con que su amor se supo en toda parte,
porqu’el umilde suelo
prometió no encubrille nada al Cielo.
ALC.
No quiero a Venus ni es mi amor con Iuno,
ni contiendo con dioses celestiales,
Caustino, ni procuro lo impossible;
ni dezafío dioses imortales,
ni quiero dellos infamar ninguno,
ni quiero ser a Iove aborrecible;
ni tengas por terrible
tener secreta aquella a quien adoro,
porque sería más vicio
dezir que la codicio
sin guardar el decoro
de aquella que merece el alto coro,
i no a un ganadero
que cuando más alcança es ser cabrero.
CAU.
Si en aqueste lugar secreto i solo
te dixesse quién es, ¿qué me dirías
si descubriesse todo tu desseo?
ALC.
Caustino, ten por cierto que serías
para comigo otro nuevo Apolo,
otro sabio Tiresias o Proteo;
i aunque lo seas no creo
que comprehender puedas el cuydado
a que vivo sugeto,
pues saber lo secreto
a Dios es reservado,
a quien el coraçón del ombre es dado,
por lo cual, ¡ó Caustino!,
no quieras imitar lo que es divino.
Mas ruégote, si el tiempo te concede
algún descanso i tu felice estado
te permite gozarlo en compañía,
des lugar al dulçor de tu cuydado
i al viento des la boz que ‘Apolo ecede
su divino concento i armonía.
Seguirte é con la mía
no igual, para tener tal competencia,
mas dándome tu aliento
resonará mi acento
que vaya a la presencia
de aquella de quien nunca hago ausencia,
de aquella que m’enciende,
qu’el alma adora i sola el alma entiende.
CAU.
¿Si te agrada, Alción, cantar comigo
qué premio avrá el que uviere la vitoria
o quien nos oye que nos dé sentencia?
ALC.
¿Quién te puede, ¡ó Caustino!, a ti dar gloria
o quien puede en contienda entrar contigo
que no te ofresca el premio de obediencia?
¿Quién de la competencia
nos juzgue? No ay en esto qué juzgarnos,
que yo te reconosco
ventaja, i la conosco,
que por exercitarnos
i del calor molesto repararnos
pedí que al viento diesses
tu boz, no que comigo competiesses.
CAU.
Da principio, Alción, ¿por qué te tardas?
Tiempla tu dulce i sonorosa avena,
que con la mía ya te estó aguardando.
ALC.
Muestra tu rica i frutuosa vena,
Caustino, ¿que te impide?, ¿a cuándo aguardas?
que ya te están las Ninfas escuchando
i aquélla que abrasando
está mi coraçón en fuego esquivo
i en su yelo m’enciende.
CAU.
Muy sin razón te ofende
siendo tan su cativo.
ALC.
Aunque m’ofende en gran descanso vivo.
CAU.
Dexa ya essas passiones.
ALC.
Comiença, i avrán fin nuestras razones.
CAU.
Dad a mi umilde canto grato oído
vos montes, fieras, ríos, aves, viento,
qu’en lo más apartado i ascondido
se oyga nuestro rústico instrumento,
i el pecho de piedad endurecido
contra Alción se mueva a sentimiento,
de suerte que los Faunos i Silvanos
canten i baylen por aquestos llanos.
ALC.
Tú, Cielo de mis quexas fiel testigo,
que oír mi mal te suspendió algún día,
séme, cual ya me fuiste, dulce amigo,
pues sólo a ti conduele el ansia mía;
la ira, saña i el cruel castigo
de aquella fiera que mi bien desvía
i lleva por camino tan estraño
aplaca con dezirle tú mi daño.
CAU.
Traigan amomo i casia, esparzan flores,
caigan pluvias de oro en este prado
en servicio de Cyntia tus amores,
con que su saña i odio sea aplacado.
Dexa los montes, dexa los pastores,
¡ó Pan de Arcadia!, ven, dexa el ganado;
oye ‘Alción i vengan por testigos
los mancebos de Arcadia sus amigos.
ALC.
Desde aquí estoy mirando, ¡ó Ninfa bella!,
las Ninfas i las diosas escuchando
mi suelta boz, i commovidas della
estar tu injusta crueldad culpando;
a ti te veo riendo mi querella
i tu culpa con daño mío escusando,
poniéndoles delante el amor puro
qu’enternece tu pecho al mío tan duro.
CAU.
En dura enzina al natural sacada
de sutil mano, tengo tu figura,
bella Cyntia, i tan bien entretallada
qu’en ella ven cual es tu hermosura;
la de Alción al propio trasladada,
que llorando su estrema desventura
tu implacable crueldad, tu poco aviso,
está por ti de sí hecho un Narciso.
ALC.
No ay planta en todo aquesto en que no vea,
¡ay, Ninfa ingrata! tu belleza puesta,
qu’en esta obra solamente emplea
mi alma la memoria en ti traspuesta;
mas temo (aunqu’esta gloria me recrea)
llegarme cerca aun con la vista presta,
impedida de ti i ardiendo en celo
lidio contigo, Amor, desseo i recelo.
CAU.
Cual fiera tigre no se mueve al canto
del mísero Alción, sino la ira
tuya, ¡ó cruel!, que al mundo causa espanto
no moverte jamás canto de lira;
alça los ojos a mirar un tanto,
que ardiendo en tu desdén de sí respira
ardiente fuego con qu’enciende el yelo
desta montaña i cassi abrasa el Cielo.
ALC.
De aquí donde tu saña rigurosa
me tiene desterrado, estoy mirando
(¡ay, fiera!) tu beldad maravillosa,
parte por parte viendo i contemplando;
i te veo que libre i desdeñosa
estás riendo lo qu’estoy llorando,
sin más memoria de mover tu pecho
que si no uvieras tú mi daño hecho.
CAU.
De la pesada siesta el gran quebranto
emos con nuestra música templado
i al Sol ardiente el encendido brío;
i una cosa, Alción, é contemplado:
que a la dulçura i fuerça de tu canto
cayó yelo i templo el ardiente estío,
hizo correr el río,
parar los montes sin ningún recelo,
que se moviesse el Cielo,
soplar los vientos cuando resonava
tu suelta boz i entr’estos riscos dava,
a tu Ninfa llamando
que de tu fiero mal s’está burlando.
ALC.
¿Cuándo jamás mi Musa campesina
mereció que tal gloria se le diesse
cual as dado al umilde canto mío?
¿O cuándo mereció que competiesse
mi boz terrestre con tu boz divina,
pues es imaginarlo desvarío?
¿O cuándo el presto río
pudo mi canto suspender a oírme
cual quisiste dezirme,
si no es qu’en tener yo tu compañía
tuvo valor la indina Musa mía,
criada entre montañas,
exercitada en rústicas cabañas?
I aora conseguí qu’en mi cadena
cantar pudiesse, ¡ó gloria soberana!,
que tanto premio viesse en mi baxeza,
i no en balde la boz d’esta mañana
cuando traspuesto en mi sabrosa pena
llegó a mi oído aquí en esta aspereza
diziendo: tu tristeza
tendrá fin oi, primero que a Ocidente
llegue el Sol, que de Oriente
començava a mostrar sus rayos de oro;
con esta hoz se reparó mi lloro
i aora é conocido
que aquella boz en esto se á cumplido.
CAU.
¿Qué boz pudo, Alción, hazerte cierto
de tan dudosa i no pensada gloria?
¿O quién pudo advertirte deste hecho,
que cierto es cosa dina de memoria
saber estando en medio de un dezierto
tan fuera de sentido, en tal estrecho,
sintiessen tu despecho,
tu riguroso mal, i condolidas
las Ninfas ascondidas
dentro en los verdes árboles umbrosos,
oyendo tus acentos dolorosos,
i a ellos respondiessen
i esperança tan próspera te diessen?
No tienes, Alción, razón ninguna
tener assí encubierta tal hazaña
a quien de tu contento lo recibe,
pues no ay quien pueda en toda esta montaña
impedir que no cuentes tu fortuna,
para lo cual al punto te apercibe.
ALC.
Nada no me prohíbe
contar, Caustino amigo, mi suceso,
mas es largo el proceso
i no ay lugar, pues ya declina el día;
si quisieres los dos en compañía,
bolvamos tu ganado
del pasto, i demos buelta a lo abrigado,
i mañana la nueva luz mostrando
el claro Sol en el rosado Oriente,
con que se alegran al lugar presente,
venir podremos al lugar presente,
donde te iré, Caustino, recitando
todo el proceso de mis largos males.
CAU.
Si en ocasiones tales
difieres de dar cuenta de tu istoria,
recoge la memoria
i demos ambos buelta a mi cabaña,
que si el oído i vista no me engaña
Théstilis la criada
nos llama con la cena adereçada.
Epístola I
Sobre el ingenio y arte disputaron
Palas y el fiero hijo de la Muerte
a quien del cielo por odioso echaron.
La sabia diosa su razón convierte
en decir que el ingenio sin el arte
es ingenio sin arte cuando acierte.
De estas dos causas seguiré la parte
por do el ingenio inspira, el arte adiestra
sin que de su propósito me aparte.
Si admite la deidad sagrada vuestra,
Fébeas cultoras de Helicón divino,
comunicarse a la bajeza nuestra.
Y adiestrándome vos por el camino
de la vulgar rudeza desviado,
a su brutez profana siempre indino,
llegaré al punto en que veréis cantado
lo que el Arte al ingenio perfecciona,
y de quien es, si ha de acertar, guiado.
Sujeto es que repuna y abandona
de la mortal graveza la ignorancia,
y con puros espíritus razona.
Entre ellos hace dulce consonancia,
de quien recibe el numeroso acento
que lo adorna de afectos, y elegancia.
Vos a quien Febo Apolo da su asiento
y las Musas celebran en su canto
y el vuestro escuchan con discurso atento;
en mi temor que dificulta tanto
la extraña empresa, y me promete cierto,
la caída en el vuelo que levanto:
por este perturbado mar incierto
naufragando mi nave va a buscaros,
pues sois mi norte, a que seáis su puerto.
No va cargada -gran Fernando- a daros
ricas piedras de Oriente, ni preciosos
aromas, con que pueda regalaros.
Dones son los que os lleva más gloriosos,
de más estima, y de mayor riqueza
para la eternidad más poderosos.
De esta segura suerte la grandeza
se adquiere con los números, que el vuelo
cortan al tiempo en su mortal presteza.
Estos, son los que igualan con el cielo
los nombres, y así deben adornarse
con esplendor cual su lustroso velo.
De muchas cosas deben apartarse,
y otras muchas seguir precisamente
y por ley unas y otras observarse.
El verso advierta el escritor prudente
que ha de ser claro, fácil, numeroso
de sonido, y espíritu excelente.
Ha de ser figurado, y copioso
de sentencias, y libre de dicciones
que lo hagan humilde u escabroso.
La elevación de voces y oraciones
sublimes, muchas veces son viciosas
y enflaquecen la fuerza a las razones.
Vanse tras las palabras sonorosas
la hinchazón del verso, y la dulzura,
tras las sílabas llenas, y pomposas.
Entienden que está en esto la segura
felicidad y luz de la poesía
y que sin esto es lo demás horrura,
Si el verso consta sólo de armonía
sonora, de razones levantadas,
ni fuerza a más, bien siguen esa vía.
Mas si las cosas han de ser tratadas
con puntual decoro del sujeto
faltaran, de ese modo gobernadas.
No explica bien el alma de un conceto
el que se va tras el galano estilo
a la dulzura del hablar sujeto.
Ni el que del vulgo sigue el común hilo
en término, y razones ordinarias
cual en su ditirámbica Grecilo.
Entrambas a dos cosas son contrarias
a la buena poesía, en careciendo
del medio, con las partes necesarias.
Caerá en el mismo yerro el que escribiendo
puramente en lenguaje castellano
se sale de él por escribir horrendo.
Cual ya dijo un poeta semi hispano
el centimano Gigans que vibraba,
que ni habló en romance, ni en romano.
Otro que de elevado se elevaba
dijo, el sonoro son y voz de Orfeo,
en mi espíritu interno modulaba.
Esta escabrosidad de estilo es feo,
sin ingenio, y sin arte, que es la llave
con que se abre el celestial museo.
Ha de ser el poeta dulce, y grave,
blando en significar sus sentimientos,
afectuoso en ellos, y suave.
Ha de ser de sublimes pensamientos,
vano, elegante, terso, generoso,
puro en la lengua, y propio en los acentos.
Ha de tener ingenio y ser copioso,
y este ingenio, con arte cultivallo,
que no será sin ella fructuoso.
Fruto dará, mas cual conviene dallo
no puede ser, que ingenio falto de arte
ha de faltar si quieren apretallo.
No se puede negar que no es la parte
más principal, y que sin arte vemos
lo que Naturaleza le reparte.
Y aunque es verdad que algunos conocemos
que con su ingenio sólo han merecido
nombre, lugar común les concedemos.
Que el nombre de poeta no es debido
sólo por hacer versos, ni el hacellos
dará más, que el hacello conocido.
Este renombre se le debe a aquellos
que con erudición, dotrina, y ciencia
les dan ornato que los hacen bellos.
Vístenlos de dulzura y elocuencia,
de varias y hermosas locuciones,
libres de la vulgar impertinencia.
Hablan por elegantes circuiciones,
usan de las figuras convenientes
que dan fuerza a exprimir sus intenciones.
Los poetas que fueren diligentes
observando la lengua en su pureza
formarán voces nuevas de otras gentes.
No a todos se concede esta grandeza
de formar voces, sino a aquel que tiene
excelente juicio, y agudeza.
Aquel que en los estudios se entretiene
y alcanza a discernir con su trabajo
lo que a la lengua es propio, y le conviene.
Cuál vocablo es común, y cuál es bajo,
cuál voz dulce, cuál áspera, cuál dura,
cuál camino es seguido, y cuál atajo:
Este tiene licencia en paz segura
de componer vocablos, y este puede
enriquecer la lengua culta y pura.
Finalmente, al que sabe, se concede
poder en esto osar, poner la mano,
y el que lo hace sin saber, excede.
Por este modo fué el sermón romano
enriquecido con las voces griegas,
y peregrinas, cual lo vemos llano.
Y si tú que lo ignoras, no te allegas
a seguir esto, y porque a ti te admira
lo menosprecias, y su efecto niegas,
lo propio dice el Sabio de Stagira
a quien Horacio imita doctamente
en dulce, numerosa y alta lira.
Si formaren dicción, es conveniente
que sea tal de la oración el resto
que autoridad le dé a la voz reciente.
No se descuide en la advertencia de esto,
y en cuáles son las letras con que suenan
bien, y con cuáles mal lo que es compuesto.
Vocablos propios muchos los condenan
por simples, mas las voces trasladadas
y ajenas, por dulcísimas resuenan.
Voces antiguas hacen sublimadas
con majestad y ser las oraciones,
si las palabras son bien inventadas.
La oración hacen grave las dicciones
inusitadas, y serás loado
si cuerdamente ordenas, y dispones.
Una cosa encomienda más cuidado
que en cualquiera sujeto que tratares
siga siempre el estilo comenzado.
Si fuera triste aquello que cantares
que las palabras muestren la tristeza
y los afectos digan los pesares.
Si de Amor celebrares la aspereza,
la impaciencia y furor de un ciego amante,
de la mujer la ira y la crueza:
este decoro has de llevar delante
sin mezclar en sus rabias congojosas
cosa que no sea de esto semejante.
Si de cosas tratares deleitosas
las razones es justo que lo sean;
si de fieras, sean fieras y espantosas.
Acomoda el estilo que en él vean
las cosas que tratares tan al vivo
que tu designo por verdad lo crean.
Pinta al Satúrneo Júpiter esquivo
contra el terrestre bando de Briareo
y al soberbio Jayán, en vano altivo.
Celosa a Juno, congojoso a Orfeo,
hermosa a Hebe, lastimada a Ino,
a Clito bello, y sin fe a Tereo.
No estará la virtud en su divino
trono entre el Ocio vil y Gula vana
por ser lugar a su deidad indino.
Ni la corona sacra de Ariadna
esmaltada de formas celestiales
estará bien ciñendo frente humana:
estas partes son todas principales
en el Arte, y si en ellas no se advierte
errarán en las cosas esenciales.
Y vendrá a sucederles de la suerte
que en la lira una cuerda destemplada
en disonancia las demás convierte.
En la salud del hombre deseada
una señal de muerte, en mil de vida,
basta para que muera y sea acabada.
Si la obra en que tienes consumida
con largo estudio, y con vigilia eterna
la mejor parte de tu edad florida;
si abstinente de Baco, y de la tierna
Venus, que los espíritus enciende
y las almas destempla, y desgobierna:
Si Apolo que te inspira, la defiende
si le faltó la parte de inventiva
de do el alma poética depende:
no puede ufana alzar la frente altiva
ni tú llamarte con soberbia Homero,
si le hace la fábula que viva.
De este yerro culparon al severo
Scalígero, y de esto anduvo falto
en su Arte Poética el primero.
Castigo fué que vino de lo alto
que él criticó al Obispo de Cremona
y a él le dan por la inventiva asalto.
Así el que aspira a la Febea corona
observe la Poética imitante
que es la vía a la cumbre de Helicona.
Parte, ni fuerza tiene tan bastante,
ni más vida, ni esencia, cuanto tiene
de fábula, que en ella es lo importante.
Después de saber esto le conviene
al pierio Poeta usar bien de ello
como no exceda al Arte, ni disuene.
De tal modo es forzoso disponello
que nadie inore, y sea a todos claro
sin que la oscuridad prive entendello.
Ha de ser nuevo en la invención y raro,
en la historia admirable, y prodigioso
en la fábula, y fácil el reparo.
Ningún preceto hace ser forzoso
el escribir verdad en la poesía,
mas tenido en algunos por vicioso.
La obra principal no es la que guía
solamente a tratar de aquella parte
que de decir verdad no ¡se desvía.
Mas en saber fingilla de tal arte
que sea verisímil, y llegada
tan a razón, que de ella no se aparte.
Nicandro en su Triaca celebrada
dicen que no es poeta, y que Lucano
no lo fué en su Farsalia laureada.
Históricos los llama Quintiliano
porque tanto a la Historia se llegaron.
Poetas a Platón y Luciano.
Estos que en sus poesías se apartaron
de la inventiva son historiadores
y poetas aquellos que inventaron.
No se dan del Parnaso los honores
por solo hacer versos, aunque hagan
más que Favonio da a los Samios flores.
Cuando se alarguen más, y satisfagan
al común parecer, en careciendo
de intención, con poco honor les pagan.
Así, a los que este ingenio va encendiendo
son metrificadores, no poetas
cual fué Empedocles que lo fué siguiendo.
Di tú, que a la invención no te sujetas
y quieres que tu fama sea gloriosa,
¿sin ellas, cuáles obras hay perfetas?
Di, ¿cómo será especie de otra cosa
aquella que debajo no estuviere
de su género? o ¿cómo provechosa?
Cuando uno o más versos escribiere
dando poemas cada día diversos,
no es eso, lo que en esto se requiere.
Menos hace un poeta en hacer versos,
que en fingir, y fingiendo satisface,
y no fingiendo cuando sean más tersos.
Así, el que escribe al modo que le aplace
sin sujetarse a reglas ni precetos,
de estimación carece lo que hace.
Los versos de esta suerte más perfetos
son oro con alquimia, o sin quilates,
que valen, pero poco entre discretos.
No faltará quien llame disparates
esto que voy diciendo, no entendido,
ni tratado cual cumple que lo trates.
Y será tu razón, si en el oído
suenan bien, si la lengua es propia y pura,
alto el conceto, el verso bien medido.
Si de cualquier dición, común o dura,
se aparta, y va esmaltado de sentencias
y pone a cada paso una figura.
Si en las imitaciones, y licencias
poéticas, se hace lo posible,
déjennos ya estas críticas sentencias.
No tengas lo que digo por terrible,
ni lo que tú respondes por seguro,
ni a solo tu conceto por creíble,
Cuando tú hables en lenguaje puro,
cuando sea tu canto levantado,
cuando huya el vulgar y frasis duro.
¿Qué piensas tú que importa ese cuidado
si en lo que imitas perfección no guardas,
hermosura en lenguaje, y verso ornado?
¿Qué piensas tú que importa, cuando ardas
el corazón, y el alma, alambicando
el cerebro, tras ver lo que no aguardas?
Si en esas obras que te vas cansando
ni enseñas, ni deleitas, que es oficio
de los que siguen los que vas mostrando:
luego, razón será imputarle a vicio
al que de esto se aparta en su poesía
aunque se sueñe a Febo el más propicio.
En otro yerro incurre el que confía
en adornar los versos de dicciones
graves, dulces, que hagan armonía.
Si por subir de punto las razones
usa vocablos altos aplicados
en tiempos diferentes, y ocasiones.
Si los que son del tierno Aleman usados
en la dulzura de la blanda lira,
en la trompa de Homero son cantados.
Ni bien con ellos cantarán la ira
de Marte, ni de Amor los sentimientos
si del curso debido se retira.
A cada estilo apliquen sus acentos
propios, a su propósito y decoro,
no sólo tras la voz de los concentos.
Febo se agrada y su piério coro
que se use en la lírica terneza
el verso dulce, fácil y sonoro.
Y por el consiguiente a la grandeza
heroica, aplica los vocablos fieros
con que se sinifique su fiereza.
Peregrinos vocablos, y extranjeros
sirven a su propósito, y mezclallos
permitido, es también con los íberos.
Mas deben con tal orden aplicallos
que su economía y su decoro sea
en el nuevo idioma trasladallos.
El que en este propósito desea
alabanza, guardando los precetos
junte al provecho aquello que recrea.
Y tome solamente los sujetos
a que su ingenio más se aficionare
sin que en ellos violente los efetos.
Vaya por donde el mismo le guiare
sin torcer, ni hacelle repunancia
que imposible será si no acertare.
El ingenio da fuerza a la elegancia
es la fuente, y el alma a -la inventiva,
y sin él, todo hace disonancia.
Mas importa advertir, que cuando esquiva
un sujeto, que huyan de forzallo,
que de acertar, formándolo, se priva.
Cual acontece al marcial caballo
revolver rehusando la carrera
sin poder arte o fuerza gobernallo:
Mas si el diestro jinete considera
la causa oculta, y con mudalle el puesto
hace lo que al apremio no hiciera.
Claro tenemos el ejemplo de esto
en el que hizo el «Sueño» a la viuda,
y a Venus el jardín tan deshonesto.
Que siempre fué su Musa tosca y muda,
en no siendo lasciva y descompuesta,
y en siendo obcena, fácil fué y aguda.
Otra Musa siguió los pasos de ésta
y de su mala inclinación el uso
cual en sus torpes obras manifiesta;
que ninguna de muchas que compuso
de sujetos de ingenio y regalados
dejó de dar molestia y ser confuso;
y como fuesen versos aplicados
a pullas, que era el centro de su ingenio,
fué admirable y los versos extremados.
Yo conocí un poeta cuyo genio
se aplicó siempre a varios argumentos,
y en especial a los que el dato Ennio.
Astro no dió favor a sus intentos,
ni jamás hizo cosa en que no viesen
lánguidos versos, bajos pensamientos.
Y como sus amigos le advirtiesen
del bruto estilo, y zafia compostura,
y los propios escritos lo dijesen:
echó de ver que toda su escritura
era sin arte y llena de rudeza,
sin medida, ni buena contextura.
Que las cosas comunes sin alteza
en lugares sublimes colocaba,
y las sublimes las ponía en bajeza.
Que en los sagrados épicos usaba
concetos ordinarios, inorando
la majestad que en ellos demandaba.
Que nos les iba a sus escritos dando
hermosura con flores y figuras,
que en variedad los fuesen esmaltando.
Que las diciones ásperas y duras
no supo corregir, y usando de ellas
las nuevas ofuscó y dañó las puras.
Sin alcanzar, después de no entendellas,
consistir la ecelencia a la Poesía
en variedad de elocuciones bellas.
En esta congojosa fantasía
su triste y laso espíritu rendido
a mil perturbaciones le ofrecía.
Lleno de confusión, entristecido,
rompió el silencio, levantando al Cielo
la voz diciendo, de dolor movido:
¡Oh, tú, Deidad que el tenebroso velo
de la caliginosa sombra ahuyentas
con luz divina, esclareciendo el suelo.
¡Oh, tú que los espíritus alientas
y con tu influjo celestial inspiras
las que en tu solio y a tu lado asientas:
Y coronando de laurel sus liras,
su gloria haces cual la tuya eterna,
y hombres y orbes con su canto admiras.
Si el mío tu sacro espíritu gobierna,
si en mis escritos invoqué tu nombre,
y en la dulzura de mi Musa tierna:
dime, ¡ay de mí!, ¿por qué no hallo un hombre,
ya que tú desdeñas de escucharme,
que en oyendo mis versos no se asombre?
¿Dejo de trabajar, y fatigarme
en el cómico y trágico argumento,
y en las sátiras libres desvelarme?
¿Dejo de hacer notorio el sentimiento
de mis ansias, en élegos llorosos,
y en líricos suaves mí tormento?
¿Dejo de celebrar héroes famosos
en verso heroico, a Marte consagrado,
y en épicos, oráculos gloriosos?
Si en esto, como sabes, he gastado
mi alegre juventud, y en alabanza
de dioses cien mil himnos he cantado,
¿por qué permites sin hacer mudanza
que en tan infame abatimiento vea
de mis largos trabajos la esperanza,
y que no hay sabio ni hay vulgar que lea
mis obras, que no vuelva el rostro dellas
el que más las alaba y lisonjea?
¿Es justo así que sufra escarnecellas?
¿Es justo así ver yo menospreciallas?
¿Es justo así que dejes tú ofendellas?
Si no es justo, y tú debes amparallas,
como deidad suprema y retor suyo,
acude, ¡oh, sacro Apolo!, a remediallas.
Acude a este sufragáneo tuyo,
acude, Apolo, a la infelice suerte
en que en tan triste deshonor concluyo.
Revélame algún arte con que acierte
a hacerme estimar y ser de aquellos
a quien tu aliento en otro ser convierte.
Ya podiste sacar alguno dellos
de oficios viles de alquilada gente,
y preferir los cómicos más bellos.
Y de un sueño podiste solamente
hacer poeta al que guardaba cabras
y que en tu coro junto a ti se asiente.
Estas no son quimeras, ni palabras;
cosas son pregonadas y sabidas
que en tus divinas oficinas labras.
Cosas son a ti Bolo concedidas,
y a quien ofrezco humilde y congojoso
estas húmidas lágrimas vertidas.
Esto diciendo, le juntó un sabroso
sueño los blancos párpados, quedando
a su dulzor rendido con reposo.
Y estuvo de esta suerte reposando
lo que la oscura sombra cubrió el mundo,
con Febo, según dijo, consultando.
Y resultó de allí, que en su profundo
sueño, le reveló el conocimiento
de aquello en que su ingenio era fecundo.
Sacudió el perezoso encogimiento
que tenía sus nervios impedidos
con la dulzura del netáreo aliento.
Revolvió sus papeles conocidos
de tantos años, con afanes tantos
sustentados a fuerza y defendidos.
Y dijo, ya no quiero más quebrantos
en esta ceguedad, sirva el anillo
de Ciges que deshaga estos encantos.
El ingenio que supo mal regillo,
arrebatado de él, cativo y ciego
por tantos disparates, di en seguillo;
ahora que a la sacra luz me llego
estas obras que hice sin seguilla,
contra mi natural, mueran en fuego.
Sin más hablar, ¡oh, extraña maravilla!
que un hombre así con su opinión casado
poder tan fácilmente reducilla:
Y cuanto tenía escrito y trabajado
por este parecer que eligió solo
sin dejar hoja, al fuego fué entregado.
Y por acuerdo, cual decía, de Apolo
siguió lo que en su ingenio le ditaba,
y lo demás que le dañó, dejólo.
Y de tal modo desde allí observaba
las leyes de su ingenio, que ninguna
por ocasión ni fuerza traspasaba.
conociendo contraria su fortuna
de lo que fué, huyó constantemente
cuanto el ingenio con hastío repuna.
Dió en hacer coplas de plebeya gente
sin majestad heroica ni artificio,
en que su natural era ecelente.
A Séneca dejó el lloroso oficio
de la tragedia, a Plauto y a Cecilio
de la vulgar comedia el ejercicio.
Cantar las armas remitió a Virgilio,
al de Ascra de Dioses -y labores,
a quien dió Apolo celestial auxilio.
La lírica dulzura y los amores
a Horacio y a Tibulo, y al fogoso
Juvenal murmurar vicios y honores.
Y un argumento humilde, aunque gracioso,
eligió, que su ingenio lo dispuso,
en que ecedió al más alto y generoso,
Libre del Caos que le traía confuso,
cantó, en heroico plectro la ecelencia
de la Tarasca, con ingenio infuso.
Cantó su natural y descendencia,
el origen, la causa, el fundamento
de hacer en Sevilla su asistencia.
Por qué sale en tal fiesta y con qué intento
se le entregó a la gente que la tiene
a su cargo, y dó fué su alojamiento.
Esto vistió de cuanto en sí contiene
un heroico poema, sin faltalle
parte de cuantas observar conviene.
De aquí nació seguille, y estimalle,
y entre los más ilustres escritores
la Tarascana nombre eterno dalle.
Mereció conseguir estos honores
porque siguió su ingenio y dejó aquello
que fué ocasión de todos sus errores.
Cherillo mereció de no hacello
la poca estimación, y la memoria
que en tal abatimiento fué a ponello.
De la gloriosa Atenas la vitoria
contra Jerjes cantó, de ingenio opreso
y cómo, opreso así, le dió la gloria.
Tenga el poeta en la memoria impreso
esto, y con este ejemplo no se aparte
de lo que tengo del ingenio expreso,
quél es la forma y la materia el Arte.
Epístola II
Con nueva voz y, espíritu divino
aspirado de vos, prosigo el canto
que de toda alabanza haréis dino.
Y entre las musas del Pierio santo
en igual armonía el nombre vuestro
la mía celebre, sin dudoso espanto.
Bien conozco cuán próspero y cuán diestro
tengo el cielo en teneros de mi parte
cual bien en mi empezada labor muestro.
Algunos quieren que llamemos Arte
esta que llamo epístola, y algunos
dicen que de estos títulos se aparte.
Poético Ejemplar me dicen unos
que se diga, y no sé cómo es posible
no ser tales renombres importunos.
Por ellos considero, y veo visible
vibrar la horrible lanza al pecho mío
que a Lycambe la muerte dio terrible,
y no por eso han de hallar vacío
en que sus vanos silogismos puedan
caber, ni su insolente desvarío.
Que cuando a mi trabajo se concedan
la gloria que los sabios le conceden;
los que dejan de serlo, no lo vedan.
Ni puedes más del modo que proceden,
que tocar en la haz con sucias heces,
mientras los tiempos desta suerte rueden.
Y en cuanto que los rígidos jueces
llenos de austeridad, y oscuro estilo
de la Parca letal toman las veces.
Y aunque Minerva labre el sutil hilo
y sea labor de su divina mano
lo profanan y entregan a su filo.
Yo que con vuestro aliento surco ufano
el proceloso mar de su fiereza
donde es inútil el remedio humano.
Acudo a que me ayude la grandeza
de vuestra excelsitud, para que cante
de nuestro español verso la belleza.
De nuestro español verso el elegante
método, el armonía y la dulzura
a la griega y latina semejante.
En qué verá el que sabe de escritura
ser capaz de admitir cuántos sujetos
ofrece la poética letura.
Y los que fueren dotos y discretos
halláranse en las coplas castellanas
aptas para explicar altos concetos.
En noble antigüedad en las grecianas
liras se halla, en el trocaico verso
que es el nuestro, y lo propio en las romanas.
Esto es notorio en todo el universo,
esto dicen los sabios escritores
y esto hace y conoce el más adverso.
Esto vemos cantar de los mayores
que su número y sílabas guardaron,
cual hizo Anacreón y otros autores.
Los poetas modernos le aplicaron
la consonancia propia que tenía
en la lengua vulgar que le hallaron.
Deste género vemos cada día
algunas coplas hechas en Italia,
faltas de su donaire y gallardía.
Que a sola España concedió Castalia
por natural, cantar en su idioma
liras de Marte y fuegos de Acidalia.
Y el que en el suyo fuera deste toma
trabajo de escrebir, es propiamente
corneja, que ni es cuervo ni paloma.
A imitación del lacio diligente
nuestros números sacros resonaron
en la gálica lira en voz ardiente.
De amor los blandos juegos celebraron
con más feliz espíritu que fueron
los italos y más se levantaron.
Mas en la perfección en que pusieron
nuestros mayores esta compostura
a todas las naciones prefirieron.
En ninguna se halla la dulzura
que en la nuestra, la gracia y la terneza,
la elegancia, el donaire y hermosura.
Si aplicallo quisieres a la alteza
heroica, cual ya hizo Juan de Mena,
bien lo puedes fiar de su grandeza.
Si a pasiones de amor, si a llanto y pena,
con Garci-Sánchez puedes conformarte
cuya musa de gloria el mundo llena.
Si a fábulas quisieres aplicarte,
a cartas, epitafios y otras cosas,
Don Diego en él nos ha enseñado el arte.
Baltasar del Alcázar en graciosas
epigramas lo usó, y el numeroso
Burguillos en sus dulces y altas glosas.
El singular en gracia, el ingenioso
Lope de Rueda, el cómico tablado
hizo ilustre con él, y deleitoso.
El gran Pedro Mejía, el extremado
Juan Iranzo, en las justas de los santos
en que fue el uno y otro laureado.
En este verso celebraron tantos
cuántos vemos en santas alabanzas
que en las suyas resuenan hoy los cantos.
Y si la fatal suerte en sus mudanzas,
ínclito Duque, el vuelo refrenara
dejándonos lograr las esperanzas;
y vuestro fébeo padre se lograra
a la tebana y a la lesbia lira,
con la dulzura dél aventajara.
Mas a pesar de su implacable ira
vivirá en nuestra bética ribera
Fernando en cuanto el sol los orbes gira.
Nuestros antiguos de la edad primera
celebraron en él sus inmortales
proezas, sin que el nombre dellas muera.
Si estos versos acaban en vocales,
son más dulces, más tersos y elegantes
y apartándose de ellas no son tales.
Si dar quisieres a los consonantes
voces agudas, puedes, conociendo
los lugares y causas importantes.
Siempre es forzoso en ellos ir diciendo
nuevas cosas, y nunca se consiente
palabra ociosa el número supliendo.
La copla será buena puramente
que en agudeza acabe o en sentencia,
y la que no, por buena no se cuente.
No son de menos gloria y ecelencia
los antiguos romances, donde vemos
en el número igual correspondencia.
La antigüedad y propiedad tenemos
de nuestra lengua en ellos conservada
y por ellos lo antiguo conocemos.
Cantar en ellos fue costumbre usada
de los godos, los hechos gloriosos,
y dellos fue en nosotros trasladada.
Las rapsodias que usaron los famosos
griegos, fueron sin duda de esta suerte
y los areitos índicos llorosos.
Con ellos se libraban de la muerte
y la injuria del tiempo sus hazañas
y vivía el varón loable y fuerte.
Dellos los heredaron las Españas
casi en el mismo tiempo que cantaban
los regujíos en todas las montañas.
La mesma ley que guardan hoy guardaban
los antiguos, usar los disonantes,
y esto con gran veneración usaban.
Por viciosos tenían los consonantes,
y más si eran agudas las dicciones
y por buenas las voces más distantes.
Fueron siempre estas dos composiciones
tenidas en España en grande estima
hasta que entraron nuevas invenciones.
Llamo nuevas, que el número a la rima
del grave endecasílabo, primero
floreció, que en el Lacio, en nuestro clima.
El provenzal antiguo, el sacro ibero
en este propio número cantaron,
antes que dél hiciese el Arno, impero.
El Dante y el Petrarca lo ilustraron
y otros autores y esto les debemos,
a ellos que de nosotros lo tomaron.
La justa posesión que dél tenemos
que a la musa de Tajo y catalana
se atribuye, tampoco la apliquemos.
Primero fue el Marqués de Santillana
quien le restituyó de su destierro
y sonetos dio en lengua castellana.
He querido aclarar el ciego yerro
en que viven aquellos que ignorando
esto, siguen la contra yerro a yerro.
El que en ellos escribe irá notando
la variedad de suertes que hay en ellos
que van sujetos varios demandando.
Mas tienes de advertir en el hacellos
que tengan once sílabas y mires
la contextura que los hace bellos.
Y que siempre te guardes y retires
que en agudo no acabes el acento
Porque la una sílaba no tires.
Boscán dijo sin más conocimiento:
«aquella reina que en la mar nació»,
Y uso deste troncado abatimiento.
Y Garcilaso dijo y no advirtió:
«Amor, Amor, un hábito vestí»,
y don Diego en mil versos los usó.
Lo mesmo ahora habrá de ser de mí
que citando los versos que dijeron
incurro en los que siempre aborrecí.
Al verso que cortaron, e hicieron
los agudos el número diverso
de nueva otra advertencia le añidieron.
Que para ser cabal, ornado y terso
no hiera en la penúltima, y al hiere
hará de doce sílabas el verso.
De Lasso por ejemplo se refiere:
«El río le daba dello gran noticia»,
en que alargar el número se infiere.
«De mi muerte y tu olvido la noticia»
dijo el Conde de Gelves, y Malara
«Donde de mis desdichas no hay noticia».
Si, con esto tu ingenio se prepara
no te aconsejo que al cerebro apliques
cosa de cuantas la memoria aclara.
Deja los preparados alfeñiques
la alquermes cordial, las cornerinas;
no te acuerdes de jugos, ni alambiques.
No estragues la virtud con medicinas
y dietas, ni tomes de ordinario
eleboro, anacardo y mastiquinas.
Que no hará el jugoso letuario
que hagas buenos versos, sino el Arte,
que es la perfecta hierba y herbolario.
Como della tu escrito no se aparte
y te guíe el ingenio llanamente,
puedes entre estas musas ocuparte
El verso suelto pide diligente
cuidado en el ornato y compostura,
en que vicio ninguno se consiente.
Porque como la ley estrecha y dura
del consonante no le obliga o fuerza
con ningún atamiento, ni textura,
la elegancia y cultura en él es fuerza
que supla la sonora consonancia
con que el verso se ilustra y se refuerza.
Y así hará enfadosa disonancia
si aquella parte principal no llenan
de admiración, o cosas de importancia.
A cualquier verso lánguido condenan,
flaco, o infelice en número o estilo,
y del nombre de verso lo enajenan.
Siempre deben huir del común hilo,
desviarse de bajos pensamientos,
seguir la alteza y majestad de Esquilo.
Aplícanlos a heroicos argumentos
cual hacen al hexámetro latino,
no a tiernos y a llorosos sentimientos.
Esto rió el sofístico Aretino
en su pungiente epístola a Trebacio,
que una elegía hizo en ellos al de Urbino.
Donde se pone a disputar despacio
a quién, a dónde y cómo han de aplicarse
en que llenó un burlesco cartapacio.
No se pueden valer ni aprovecharse
de licencias poéticas, ni absuelven
vicios de impropiedad para excusarse.
Pobres son de concetos los que envuelven
muchas historias, fábulas, sentencias,
y en esto sus intentos se resuelven.
Llama pobreza, y llama impertinencias
amontonar gran copia de figuras,
aunque digan en ellas ecelencias.
Andan los que esto hacen tan a scuras
como aplicar los élegos llorosos
fuera de Venus, a discordias duras.
Son yerros tan impropios y viciosos
como vestir de púrpura a los ríos
y los reyes de cárbasos muscosos.
A éstos siguen otros desvaríos
que en vana ostentación hacen su asiento
de que Dios guarde los intentos míos.
Que es mostrar general conocimiento
de antigüedad, y cosas improbables
llevando la lección por fundamento.
Advierte, que el ser raras y agradables
al oído, si son dificultosas
y ascondidas, no pueden ser loables.
Después de ser cansadas y enfadosas
del modo que has oído, son pesadas,
confusas, sin provecho y enojosas.
Todas son cosas libres y excusadas
en el noble escritor, y dinamente
de los buenos ingenios condenadas.
Sigue en esto el decoro de prudente
y no estimes en tanto que te alaben
cuanto que el sabio junto a sí te asiente.
Esto sienten aquellos que bien saben,
y esto saben aquellos que bien sienten,
en quien Minerva y las virtudes caben.
Muchas cosas permiten y consienten
las licencias poéticas, y veo
muchas que no sé yo se exenten,
Y si no fuera licencioso y feo,
ajenos yerros pregonar, yo diera
más ejemplos que rayos da Cirreo.
Y por ventura algunos advirtiera
que el vulgo estima y loa la inorancia
que alguna obstinación se redujera.
Esto hace al sujeto repunancia,
y se ve más culpable en tratar dello
que en dejallo, aunque es justo y de importancia.
Lo que escribes importa disponello
que al tiempo, ni al lugar, id a la persona
falte el decoro ni al lenguaje bello.
Cuando en vulgar de España se razona
no mezcles verso extraño, como Lasso:
«Non essermi passato oltra la gonna».
Otro afligido en un lloroso paso
dijo sus desventuras lamentando:
«Debrían de la pietá romper un sasso»
Don Guillén de Casaus a don Fernando
en muerte de doña Angela su esposa
«In tristo humor vogli occhi consumando».
Cualquiera cosa destas es viciosa
no la debe usar el que no quiero
padecer la censura rigurosa.
El que verso elegíaco escribiere
debe considerar que la grandeza
trágica, ni la cómica, requiere.
Siga un medio entre ambas, que en la alteza
de estilo a la tragedia no se iguale
ni a la comedia imite en la llaneza.
Quien de estas dos proposiciones sale
hace que mude en género de efeto,
y los quilates no le da que vale.
En su lloroso y lamentable afecto
en sentimientos tristes y afliciones,
en miserias de amor, en llanto, aprieto,
en quejas y afligidas narraciones,
en congojosas iras y gemidos
se aplican en las trágicas acciones.
En las comedias pueden ser oídos
entre el celo rabioso y la mudanza
de la astuta ramera a sus rendidos.
En alegres favores de privanza,
en fríos desdenes, en astucias viles
de siervo, o en afetos de venganza.
Sin que trates de Alcestes ni de Aquiles
en el sublime estilo, ni lo abatas
a Sosia, o Davo, en condición serviles.
Las voces deste verso han de ser gratas
al oído, no duras ni afetadas
ni ajenas de la elegia de que tratas.
Han de ser las elegias lastimadas,
blandas, tiernas, suaves, tersas, claras,
sin ser de historia o fábula ofuscadas.
Si por descuido en esto no reparas
no le das a la elegia lo que debes
y le quitas el ser, y tú disparas.
Y pues tratamos della, porque lleves
más entera noticia y puedas dalla
no así, cual piensan, con razones leves.
Has de saber que en la elegía se halla
que abraza el verso lírico, y el blando
epigrama, do puedes procuralla.
Mas advierte que yéndola buscando
hallarás conocida diferencia,
aunque a la una y otra esté abrazando.
De su esplendor consiste la ecelencia
en la estrechez del consonante asido
a la tercera rima en asistencia.
El decoro guardando que has oído
hará florida, ilustre y agradable
la elegía, y a tu nombre esclarecido.
Dejando ya el estilo lamentable
al misivo la pluma enderecemos
que no es menos difícil que loable.
Y lo primero que advertir debemos
que la epístola abunda de argumentos
varios, donde ampliamente la ocupemos.
Sirve para amorosos sentimientos
casi como la elegía, si levanta
más el estilo, voz y pensamiento.
Cosas en ella de placer se canta,
sucesos en viajes dilatados
y a varias digresiones se adelanta.
Son a chacota y mofas dedicados
los versos della y pueden si agradare
ser en mordientes sátiras usados.
Ha de tener quien della se encargare
fácil dispusición, copiosa vena,
ingenio que ni inore ni repare.
De imitaciones vaya siempre llena
puestas en su lugar precisamente,
que de otra suerte es tanto que disuena.
Dicen si van en parte diferente
que son puertas sacadas de su quicio
que ni adornan, ni sirven a la gente.
Pocos advierten de excusar un vicio
cometido de muchos escritores
que se alzan con todo este ejercicio.
Y sin que se censuren son censores
de fáciles descuidos y usan ellos
epítetos y frasis de oradores.
De quien se dice, y bien, que el no entendellos
hace esa micelánea, y no es tan leve
que haya dispensación para absolvellos.
El propio nombre inoro que se debe
al que el que ajenas obras conocidas
de otros autores aplicarse atreve.
Y con dos o tres sílabas movidas,
y una dición de su lugar trocada
las da en su nombre para ser leídas.
El que esto hace, y no repara en nada
y de ajenos trabajos se aprovecha
hace lo que la esponja en agua echada;
que tomada en la mano, si se estrecha
da el humor propio que tenía cogido
sin dar cosa, aunque da, de su cosecha.
Al que de oficio tiene estar rendido
a hurtar el conceto, o pensamiento,
o el verso ya del otro referido,
le sucede de modo que al hambriento
que come lo contrario y lo dañoso
a su salud, aunque le dé contento.
Que en comiéndolo queda muy gustoso
saboreando el gusto al apetito,
sin entender que hay más que aquel reposo.
Así, el que hurta del ajeno escrito,
aunque luego le agrada y le recrea,
le ofende al noble honor tan vil delito.
Hace que el vulgo libremente vea
su cortedad de ingenio, y manifieste
por suya aquella obcenidad tan fea.
Y justamente hace que le cueste
las plumas que le quiten y la fama,
sin que remedio a reparalle preste.
Dios libre a mis amigos desta llama,
y a los demás a gracia reducidos
vayan por donde la razón los llama.
Tres modos hay por donde son regidos
los que en ajenas obras ponen mano
y son con fuertes leyes compelidos.
Unos imitan del sermón romano,
otros hurtan, y otros puramente
traducen de otra lengua en castellano.
La imitación en tiempo conveniente
es lícita, y licencia permitida
al ingenio más alto y ecelente.
Si es de idioma ajeno deducida
en el nuestro, o imitándola en concreto,
o siendo a su propósito vestida.
Puede el más doto y puede el más discreto
en sus obras usar de imitaciones,
entre sabios tenidas por preceto.
Del hurtar, sin que usemos de razones
que de nuevo lo aclaren, están claras
del uso dél las bajas condiciones.
Y (a) sí tú, que lo sigues y lo amparas
con adotiva musa, que alimenta
la vana ostentación con que la aclaras,
mira que ese furor icareo intenta
en ese vuelo tu mortal ruina
y abatimiento, en vez de honrosa cuenta.
Es el modo tercero la divina
tradución, tan difícil cuan gloriosa
al que observa el decoro a su dotrina.
Su ley es inviolable, y religiosa,
tratada con lealtad y verdad pura,
que ni pueden quitar ni añadir cosa.
Una ececión mitiga esta ley dura
que obliga al que traduce, aunque se aparte
de la letra, siguiendo su escritura,
a conservar y aun mejorar con arte
la grandeza, primor y la ecelencia,
original, sin ofender la parte.
También se le concede por licencia
que no se obligue a voz ni a consonancia,
sino al conecto, al número y sentencia.
Al espíritu, frases y elegancia
y propiedad de lengua, levantando
el estilo en las partes de importancia.
Desto los arquetipos desgustando
promulgan una ley precisa y justa
al imitante con rigor mandando:
que si Leusin de imitaciones gusta
no adjudique por suyo lo imitado,
pues no dispensa tal la ley augusta.
Y danles mandamiento rubricado
de Apolo, a Colindón, y a Magancino,
poéticos malsines del juzgado,
que vayan cada cual por su camino,
y al que no les hiciere manifiesto:
ejecuten la ley del descamino.
Mudando ya deste discurso puesto,
vuelvo al final propósito que sigo
temiendo en tantas burlas ser molesto.
Y entre las cosas de importancia digo
que use el poeta cándidas razones
si aceto quiere ser, y a Febo amigo,
que el concurso de hórridas diciones
huya, y evite encuentro de vocales
que sonar hacen mal las oraciones.
Los poetas que aspiran a inmortales
condenan el echar a un sustantivo
tres adjetivos, aunque sean iguales.
Cual el que dijo, en un dolor esquivo:
«Amor cruel, indómito, tirano,
por quien en muerte acerba y cruda vivo».
Otro dijo: mi mal ha hecho ufano
«la dulce, alegre y fresca primavera,
con hoja, flor y fruto soberano».
Otro dijo: «¡Ay, Amor, qué hay en tu esfera
sulfúreo ardiente, horrible, eterno fuego
donde mis ansias crecen sin que muera!»
Al censor de estos términos me llego,
y así se lo aconsejo a cualquier hombre,
y si fuere mi amigo se lo ruego,
que de ellos huya, y que también se asombre
como de ver fantasmas, por vicioso,
el gerundio poner jamás por nombre.
No faltará un sofista curioso
que desentrañe a Servio y a Donato
y diga que el gerundio es poderoso
a levantar el verso, y darle ornato,
y que lo hace grave, concluyendo
que sin razón lo infamo y lo maltrato.
Y habrá mil apoetados que leyendo
esto dirán que son triviales cosas
y que las pueden enseñar durmiendo.
Que tienen mil autores y mil glosas
de donde las tomé y queriendo vello
no verán maravillas milagrosas.
Que dellos sabrán esto sin sabello,
y que dellos dirán en sus corrillos
que dellos puede Apolo, desprendello,
que dellos inflamando los carrillos
los llenarán cual Bóreas de aire vano
que al Pindo aun sea difícil resistillos.
Y a la cordura dándole de mano
darán voces diciendo ciegamente:
«Cuanto ha dicho está escrito en castellano.
Ya sabemos el río desta fuente
que es donde el cisne se baño de Apolo
con que se fertiliza su corriente».
Al que supiere le respondo sólo
por sólo responder, no respondiendo
a los que Esgueva hacen a Pactolo.
Y estoy de su metáfora riendo
dina por cierto del nativo tronco
que va musas y grajas revolviendo.
Y aplican a este coro un cisne ronco
sin ver que la dulzura de su canto
es graznar en estilo zafio y bronco.
Si me atrevo a hablar y hablo tanto,
es porque los poetísimos entiendan
que no es para aquí cisne tan maganto.
Y si sus ojos con estambre vendan,
que es a lo jumental, conozcan desto
que otros métodos hay de donde aprendan.
De los primeros tiene Horacio el puesto
en números y estilo soberano
cual en su Arte al mundo es manifiesto.
Scalígero hace el paso llano
con general enseñamiento y guía;
lo mismo el doto Cintio y Biperano.
Maranta es ejemplar de la poesía,
Vida el norte, Pontano el ornamento,
la luz Minturno, cual el sol del día.
Estos, y otros con divino aliento,
enseñen lo que el cisne no ha cantado
ni le pudo pasar por pensamiento.
Y habiendo de esto tanta copia dado
que llenar pueden dello mil Parnasos
y a Febo laurear con lo enseñado,
Acuden todos a colmar sus vasos
al oceano sacro de Stagira
donde se afirman los dudosos pasos,
se eterniza la trompa y tierna lira.
Epístola III
Voces me da el temor de mi osadía
que remita tan célebre sujeto
al autor sacro de la luz del día.
Tiéneme en esto la razón sujeto
con los ejemplos que me trae delante
que testimonio dan de mi defeto.
Que no fue tanto el amador constante
oponerse al stigio y duro encuentro
y enternecer el muro de diamante:
ni entrar Alcides al tartáreo centro,
ligar el can, quitar de la cadena
el amigo, que opreso tenían dentro;
cuánto mi Musa de temores llena
emprender cosa que el poder humano
repuna, y el divino le condena.
Mas este miedo vergonzoso allano,
gran Señor, con teneros de mi parte
y el premio espero conseguir ufano.
Y en los versos que ahora ofrece el Arte
del cómico, y bucólico, y el claro
trágico, igual al épico de Marte.
Con tan felice y tan seguro amparo
bien puedo proseguir, sin que me impida,
el cobarde temor del vulgo avaro.
Es preceto por ley establecida
que hable pura, casta y propiamente
el poeta, y en lengua conocida.
Que no mezcle vocablo diferente
con mudar letras, o añadir diciones,
sino cual pide el Arte, y, se consiente.
Sea griego, o latino, o de naciones
bárbaras, aplicado y bien dispuesto
es usado de célebres varones.
Mas no se entiende que ha de ser compuesto
de esclavón y germano, y mixturado
de aquella suerte en otra lengua puesto.
Esto, del modo que ha de ser usado
con la decencia y culto que conviene
en otra parte queda ya tratado.
Y en esta digo es justo se condene
el que corrompe voces naturales
cual hizo Aldricio así escribiendo a Irene:
«Eres oficinaria de mis males,
indómita, crüel, lisonginosa,
de corruscantes ojos penetrales.»
Otro dijo en un ansía congojosa:
«ay me, que por estar alonjinada
manipulando estoy mi faz llorosa.»
Otro al de Gelves, «en la fuerte espada
ecedes al más ínclito herostano»,
de Heros, ved si hay voz tan mal formada.
De suerte, que hablando en castellano
si de extranjera voz se aprovecharen
no huyendo lo impuro es ser profano.
A los que desta el paso desviaren
van caminando a ser reprehendidos.
y a despeñarse cuando bien se amparen.
De dos archipoetas conocidos
una murmuración oí a un poeta
(porque usaban vocablos ascondidos.
Sclopetum llamaban la escopeta,
estapeda decían al estribo,
famélica curante a la dieta.
Al maldiciente le decían cancivo,
a la casa común de la vil gente
público alojamiento del festivo.
Carnes prívium, llamaban comúnmente
a las carnestolendas, y así usaban
de aquesta afectación impertinente.
A los propios vi un día que negaban
la diferencia en todos los sujetos
y unas voces al alto y bajo daban.
Al épico y al cómico en concetos
hacían iguales, y reían negando
el arte, y despreciaban los precetos.
Cual el vulgar sacrílego inorando,
con brutez, de las armas la destreza
y su infalible afeto no alcanzando,
aplica el buen suceso a la presteza,
o a la determinada confianza,
negando del preceto la certeza.
de modo, que por esta semejanza
al fuerte Sayas se opondrá Segura
y el vulgar diestro al único Carranza.
Esto es ajeno todo de cordura
sin proporción, ni buen conocimiento
hacer tan ciega y bárbara mixtura.
Y si no me llevara el pensamiento
arrebatado a empresa de más gloria
no dejara indiciso este argumento.
Mas volviendo al discurso y la memoria
de las composiciones, se me ofrece
la que ilustra la fábula y la historia.
Esta es la rima otava en quien florece
la heroica alteza y épica ecelencia,
y en dulzura a la lírica engrandece.
Hácense con alguna diferencia
respondiendo las voces terminadas
con variación distinta en su cadencia.
Mas en poema, aquellas son usadas
en que el Bocacio su Teseida canta
de quien primero fueron inventadas.
En variar sujetos se adelanta
a cuantas composturas hoy tenemos,
y en estilo se abaja, o se levanta.
No desdeña que en cuentos la apliquemos
ni en comedias en largas narraciones,
ni en las tragedias tristes della usemos.
En glorias amorosas, en pasiones,
en burlas, veras, mofas, risa, llanto,
elogios, epitafios, descripciones:
a todo se acomoda, y en su canto
parece bien, guardando propiamente
el decoro, que en ella importa tanto.
Dureza de diciones no consiente
ni letras que le causen aspereza
ni del verso detengan la corriente.
Pide soltura, y quiere la presteza
en el decir, sin que le ocupe cosa;
hermosura en los versos y pureza.
No guarda ley en acabar forzosa,
cuando quiere, y del modo que le agrada,
puede con facultad licenciosa.
Esta licencia no será otorgada
al soneto, que es lícito y no puede
alterar de su cuenta limitada.
Y cuando en esto alguna vez ecede,
y aumenta versos, es en el burlesco,
que en otros, ni aun burlando se concede.
Esto usó con donaire truhanesco
el Bernia, y por su ejemplo ha sido usado
este épodo, o cola, que aborrezco.
Sólo en aquel sujeto es otorgado,
mas en soneto grave, o amoroso,
por sacrílego insulto es detestado.
Tiénese de tratar con generoso
espíritu, y huir que en él se hallo
dición humilde, ni vocablo ocioso.
Con armonía tienes de adornalle,
en las rimas con gracia y hermosura,
toda pureza y, elegancia dalle.
Huir de toda oscuridad procura,
y de escrebir de modo diferente
que se habla, y hablar en lengua puro.
Usar licencia en él no se consiente
ni cosa alguna que al oír ofenda,
ni, a los números sea desconveniente.
Entre algunos poetas hay contienda
sobre si el verso puede o no cortarse,
y hay quien nos diga en contra y quien defienda.
Y tantos pareceres oigo darse,
con tanta variedad, y diferencia,
que hay duda a cuál huir, o a cuál llegarse.
Y tengo por vulgar impertinencia
no hacello, y hacello con eceso
condenaré, si vale mi sentencia.
Así, el que se desvela y trata en eso
y del Ruscelli observa los precetos,
que sobre el caso escribe un gran proceso:
Guardando la ecelencia a los sonetos,
el debido candor, y exornaciones
a la dispusición de los concetos:
no se ate a seguir observaciones
que el uso,,y natural le irán mostrando,
y de dotos escritos las leciones.
Desta incisión por ley van condenando
al que en el primer verso en los cuarteles
o en los tercetos della fuere usando.
Y condénanlo a penas tan crueles
que como a heresiarca lo relajan
los acroes del señor de los laureles.
Por este modo en la unión se encajan
y del influjo apolíneo se envisten
y al néctar dulce con acíbar cuajan.
Huyen los que este inepto coro asisten.
siguen los que en el ménalo dichoso
en paz sabrosa la ambición resisten.
Donde puedes quieto, y con reposo
consonar con las musas blandamente
y con Apolo el verso numeroso.
Y lo que el ciego Dipsas no consiente
con rudeza, o crueldad, será admitido
del que es menos severo y más prudente.
No estés del temor desto enflaquecido,
ni a tu lira le niegues la sonora
canción, de afeto y ánimo encendido.
Canta la causa en ella, y causadora
de la ardiente pasión del ciego amante
que el desdén ama, y la crueza adora.
En estilo sublime y elegante,
en oración pulida y castigada
numerosa, y de espíritu constante;
limpia, eficaz, y en voces regalada
cual de Píndaro fue y del Lesbio Alceo,
esta poesía mélica cantada.
Y si quieres que llegue tu deseo
adonde aspira, que es a la dulzura
del número, en que tantas fuerzas veo,
la suavidad le viene y la blandura
de nunca o, pocas veces las vocales
colidir, o juntar en su textura.
Donde en número casi son iguales
las vocales y graves consonantes,
dulces serán los versos y cabales.
Landísima es la L y cuando cantes
dulzuras, usa della, y dale asiento
que a las semivocales la adelantes.
De la R usarás cuando el violento
euro contrasta al boreas poderoso
con hórrido furor su movimiento.
La S al blando sueño y al sabroso
sosiego has de aplicar, y desta suerte
guarda el decoro a las demás cuidoso.
Y sobre todas una cosa advierte
que con tal armonía se concierte;
que el concurso de sílabas que usares
que en sus colocaciones y lugares,
regalen y deleiten los oídos,
que es propio de poetas singulares.
Estos advertimientos entendidos
en la ilustre canción prosigue, y mira
que la adornes de afectos encendidos.
De toda aquella novedad que admira
gracia, elegancia, lenidad, blandura
y voces que consuenen en la lira.
Con advertencia singular procura
que siempre levantada sea en concetos,
siempre agradable, y si empre con dulzura.
Usa en ella de muchos epitetos
que al verso dan dulzura, y hermosean,
y por ellos se expresan los afetos.
Los versos que los ánimos recrean
altos, y de la plebe desviados
les hace la perífrasis que sean.
Con ella son maníficos, y ornados
de jocunda belleza y lozanía,
cual deben ser en la canción usados.
Acomódase siempre esta poesía
a variedad de números, y extiende
a todos argumentos su armonía.
Divídese en estancias, y el que entiende
la gravedad de su cultura bella
con lasamiento ni durez la ofende.
Obligan al que hubiere de hacella
que veinte versos tenga cada estanza
no más, y nueve los menores della.
En esta ley ha habido tal mudanza
que de cinco hasta veinte las tenemos,
y una del Conde a veinte y tres alcanza.
Dicen que de alabanza carecemos
si una canción hacemos a un sujeto
y más de quince estanzas le ponemos.
Contra este ruscélico preceto
don Pedro de Guzmán hizo al Olvido
una canción, y traspasó el decreto.
Sin ser dél, ni sus leyes compelido
el culto Cangas hizo en tres canciones
la descripción de Pafo y la de Gnido.
Célebre fue y loada de varones
la del ingenioso y doto Sayas,
sin sujetarse a lacias opiniones.
Así, letor, cuando estos pasos vayas
no tengas miedo, que si haces esto
desmerezcas el lauro con sus vayas,
debes anteponer a lo propuesto
la variación de números que hacen
venusto este poema, y bien dispuesto.
En la estanza primera como aplacen
al gusto, o al oído en la textura
las rimas, de aquel modo las enlacen.
Mas ha de ser, que en esta ligadura
mudar no puedan consonancia della,
que es detestable objeto de censura.
De versos cortos tienes de hacella
con los endecasílabos mezclados
que he de ser dulce la hacen alta y bella.
Faltará a la canción do son usados
los cortos, o los largos, solamente
quien oídos le dé desocupados.
Canción de versos cortos, no consiente
majestad en estilo, porque aspira
a la dulzura de ellos conveniente.
Para las consonancias de la lira
es la de endecasílabos austera
poco agradable, y della se retira.
Así deben tejerse de manera
que la dulzura temple la aspereza
y consuene la dulce con la fiera.
Quieren también que gocen desta alteza
la sextina, y el nombre le conceden
de canción, igualándola en pureza.
Dar a una estanza solamente pueden
seis versos, con las voces diferentes,
que sin ninguna trabazón proceden.
Son al fin de los versos convenientes
dos sílabas, de nombres sustantivos
y aquí los verbos son impertinentes.
Concetos altos, pensamientos vivos.
Voces puras, sonoras, regaladas
demandan, con ilustres adjetivos.
Las consonancias dellas van trabadas
sexta y primera, quinta con segunda
cuarta y tercera, sin que sean trocadas.
Aquella será ilustre y más jocunda
que varïare más, y más dijere, 305
Y de terneza, y más conceto abunda.
Si doblar las estanzas te pluguiere
de seis en doce, no te dan licencia
que mudes voz ninguna que tuviere.
Es ley, que no la ecenta preminencia,
encerrar en tres versos solamente
a los seis consonantes sin violencia.
Esto advirtiendo el doto, y el prudente,
Y el que menos noticia tiene dello
hará lo que es forzoso y conveniente.
Bien sé que habrá quien diga sin sabello,
después de habello visto que lo sabe
mejor que yo he sabido disponello.
Y que el aéreo síndico en quien cabe
la eolia toda en su porosa testa
haya por do lo escrito no se alabe.
Pudiera darle al síndico respuesta,
y al nosequé del coro patriarchesco,
que tanto haber un título le cuesta.
Y preguntar si es término burlesco
entre sacras deidades colocarse
y a sus lados pintarse al óleo y fresco.
Si es decoro decente figurarse
en sus ideas, profanas, por divinos,
y a divinos querer aventajarse.
Si es de espíritus puros o malinos
desanimar los justos y los sabios
con sus calificados desatinos.
Si es de sabios llamar a todos Babios;
y al más glorioso y de mayor estima
siempre en su ofensa calentar los labios.
Betis se injuria desto y se lastima
Híspalis, y ofendida pide al cielo
los tales lance en la volcánea sima.
¿Qué irritación es ésta? o ¿cuándo suelo
declarar tales vicios, ni ofenderme
de lo que es plaga general del suelo?.
Aquí, de mi razón pienso valerme
que contra maceadores censurantes
sola y desnuda puede defenderme.
Si en lengua pura, y versos elegantes.
numerosos, corrientes, tersos, puros,
ligados con forzosos consonantes;
sin sujetarme los precetos duros
del Arte, mis precetos acomodo
no por cansados términos, ni oscuros;
y en ello tengo dicho en nuevo modo
lo que al posible mío fue posible,
que no en todo se puede decir todo;
¿por qué de Vulgio la infestión horrible
ha de empavorecer mi pensamiento
ni retraerme de él su voz risible?
Vaya adelante mi honoroso intento
y al son ahora de la agreste Musa
cantemos el bucólico argumento.
Cantemos en el verso que rehusa
la alteza urbana a Ménalo agradable
que la zampoña y voz pastoral usa.
Del dios de Arcadia siempre fue loable
la fístula y los árcades famosos
por ella, y su alabanza perdurable.
Usáronla en sus cantos amorosos,
en sus luchas y juegos pastorales
entre bosques, y árboles frondosos.
En ella fue, y en verso humilde a Pales
la custodia encargada del ganado
de los partos, contagios y otros males.
En este verso no ha de ser cantado
el horrible Creonte, o crudo Atreo,
ni sujeto de Marte, o Jove airado.
Cantarán los pastores su deseo
a su rústico Pan o a Fauno antigo
sin salirse de Ménalo, o Liceo;
del fértil pasto, o del seguro abrigo,
del tiempo alegre, o desabrido invierno,
del cierzo odioso, o de favonio amigo.
Esto ha de ser en verso humilde y tierno.
que al sujeto sea clara semejanza,
sin voz que deje el pastoral gobierno.
Aquel será más dino de alabanza
que la silvestre musa ejercitare
entre redes, apriscos y labranza.
Y si al dardo y sabueso la aplicare
o al fugitivo amor de la ascondida
ninfa, y por él los montes lastimare,
con justa estimación será leída
la égloga, que destos argumentos
en ríos, prados, selvas fuere oída.
Y aunque se aplique a varios pensamientos
porque admite sujetos diferentes
el amatorio es fin de sus intentos.
El blanco adonde tiran las más gentes
es éste, y los antiguos que lo usaron
lo dieron por ejemplo a los presentes.
Entre las cosas que guardar mandaron
son, que hable el pastor con los pastores
en aquello que sólo ejercitaron.
De la caza si fueren cazadores;
si pescador, de nasas y garlitos;
si labrador, del campo y sus labores.
No han de ser sus rancores infinitos
ni sus pasiones con violento daño,
ni amor adulterado de apetitos.
En sus rabiosos celos no haya engaño
que administre venganza ni crueza,
ni suceso que cuenten por extraño.
Lo que trataren todo sea llaneza,
con propiedad conforme al ejercicio
guardando en él la erótica pureza.
Tiénese en una égloga por vicio
que una persona vaya, y otra venga,
aunque administren diferente oficio.
Tres personas no más quieren que tenga,
y éstas, que sin moverse de un asiento
digan aquello que a su fin convenga.
No quieren que se encuentre en argumento
una con otra, y esto estrechan tanto,
que dicen que ni en voz, ni en pensamiento.
La que en una persona en gozo o llanto
concluye su argumento, es más gustosa,
y la de dos, en diferente canto.
Quieren también que sea ley forzosa
que no pase de diez el que hiciere
églogas, y no sé el que dio en tal cosa.
Y si un auto de Apolo no exhibiere
al eglógrafo absuelvo, porque inoro
en qué delito incurra el que ecediere.
Esto es lo del otro cita o moro,
que promulgó la bárbara herejía
contra España, que ilustra el cintio coro,
diciendo que no estaba la poesía,
del Pirineo acá, bien entendida,
sin dar otra razón que su osadía.
Quedara esta inorancia establecida
entre la gente, ajena de cordura;
de invidia, y odio, y deslealtad regida.
Si Apolo que su propio honor procura
en nuestra dota España no tuviera
trasladado su espíritu y dulzura.
Esto diga del Tajo la ribera
fertilizado con el sacro Lasso,
cual del céfiro alegre primavera.
O el mantuano Dauro que el Parnaso
con abundante vena de oro riega,
y al Tebro y Arno les impide el paso.
Y tú ¡oh, fecundo Betis!, cuya vega
enriqueció la sacra musa albana
que a los confines celestiales llega.
Sed aquí el testimonio al que profana
la española deidad, pues a la vuestra
no se puede negar que es soberana.
Y si no fuere a mi deseo siniestra
la inevitable suerte, y me dejare
gozar el aura de la vida nuestra;
haré que el pensamiento desampare
la oscura Pafo, y siga el claro Delo
por do la amada Erato lo llevare;
y con voz libre del común recelo
que se oirá ribombar en Elicona
subiré, España, tu alabanza al cielo.
Y a despecho del bando que pregona
cosa tan desviada de lo cierto,
te ornará Febo y te honrará Belona.
Y primero del orden y concierto
faltarán los efetos naturales,
y en dar su luz Apolo será incierto.
Pacerán juntos peces y animales
por los montes, las aves y serpientes
en perpetua amistad serán iguales.
Que el nombre tuyo y letras ecelentes
borre la invidia, ni la sacra fama
deje de celebrar de gente en gentes.
Si de ti la bucólica se ama,
y quieres hacer églogas, conviene
otra nueva advertencia que te llama.
Gran parte de ella de su ser contiene
del común uso y trato la desvías,
y el origen te enseña de do viene.
Compónense de odas y elegías;
de coros de tragedias, y de algunas
partes líricas, y otras poesías.
Si destas soledades te importunas,
y ya huyendo quieres desviarte
de las montañas, prados y lagunas,
dellas, si gustas, quiero acompañarte,
al cómico teatro, adonde veas
la fábula ingeniosa recitarte.
Dirás que ni la quieres ni deseas.
que no son las comedias que hacemos
con las que te entretienes y recreas.
Que ni a Ennio ni a Plauto conocemos,
ni seguimos su modo ni artificio,
ni de Nevio ni Accio lo hacemos.
Que es en nosotros un perpetuo vicio
jamás en ellas observar las leyes
ni en persona, ni en tiempo, ni en oficio
Que en cualquier popular comedia hay reyes,
y entre los reyes el sayal grosero
con la misma igualdad que entre los bueyes.
A mí me culpan de que luí el primero
que reyes y deidades di al tablado
de las comedias traspasando el fuero.
Que el un acto de cinco le he quitado,
que reducí los actos en jornadas,
cual vemos que es en nuestro tiempo usado.
Si no te da cansancio y desagradas
desto, oye cuál es el fundamento
de ser las leyes cómicas usadas.
Y no atribuyas este mudamiento
a que faltó en España ingenio y sabios
que prosiguieran el antiguo intento.
Mas siendo dinos de mojar los labios
en el sacro licor aganipeo,
que enturbian Mevios y corrompen Babios;
huyendo aquella edad del viejo ascreo
que al cielo dio y al mundo mil deidades
fantaseadas de él, y de Morfeo;
introdujimos otras novedades,
de los antiguos alterando el uso,
conformes a este tiempo y calidades.
Salimos de aquel término confuso
de aquel caos indigesto, a que obligaba
el primero que en plática las puso.
Huimos la observancia que forzaba
a tratar tantas cosas diferentes
en término de un día que se daba.
Ya fueron a estas leyes obedientes
los sevillanos cómicos, Guevara,
Gutierre de Cetina, Cozar, Fuentes.
El ingenioso Ortiz, y aquella rara
musa, de nuestro astrífero Mejía,
y del Menandro, bético Malara.
Otros muchos que en esta estrecha vía
obedeciendo el uso antiguo fueron
en dar luz a la cómica poesía.
Y aunque alcanzaron tanto, no ecedieron
de las leyes antiguas que hallaron
ni aun en una figura se atrevieron.
Entiéndese que entonces no mudaron
cosa de aquella ancianidad primera
en que los griegos la comedia usaron.
O por ser más tratable o menos fiera
la gente, de más gusto o mejor trato,
de más sinceridad que en nuestra era;
que la fábula fuese sin ornato,
sin artificio, y corta de argumento,
no la escuchaban con desdén ingrato.
El pueblo recebía muy contento
tres personas no más en el tablado
y a las dos solas explicar su intento.
Un gabán, un pellico y un cayado;
un padre, una pastora, un mozo bobo,
un siervo astuto y un leal criado.
Era lo que se usaba, sin que el robo
de la espartana reina conociesen
ni más que el prado ameno, el sauce o pobo.
Tuvo fin esto, y como siempre fuesen
los ingenios creciendo y mejorando
las artes, y las cosas se entendiesen,
fueron las de aquel tiempo desechando,
eligiendo las propias y decentes
que fuesen más al nuestro conformando.
Esta mudanza fue de hombres prudentes
aplicando a las nuevas condiciones
nuevas cosas que son las convenientes.
Considera las varias opiniones,
los tiempos, las costumbres que nos hacen
mudar y variar operaciones.
Estas cosas no sé si te desplacen
por ser contra tu gasto su extrañeza
aunque en probable ejemplo satisfacen,
Oyelas con el ánimo y pureza
que se te ofrecen, que razones justas
con la verdad se templa su aspereza.
Si del sujeto comenzando gustas
y a él se inclina tu afición dichosa
y con el mío el modo tuyo ajustas,
confesarás que fue cansada cosa
cualquier comedia de la edad pasada,
menos trabada y menos ingeniosa
Señala tú la más aventajada
y no perdones griegos ni latinos
y verás sí es razón la mía fundada.
No trato yo de sus autores dinos
de perpetua alabanza que estos fueron
estimados con títulos divinos.
No trato de las cosas que dijeron
tan fecundas, y llenas de ecelencia
que a la mortal graveza prefirieron.
Del arte, del ingenio, de la ciencia
en que abundaron con felice copia
no trato, pues lo dice la experiencia.
Mas la invención, la gracia y traza es propia
a la ingeniosa fábula de España,
no cual dicen los émulos impropia.
Cenas y actos suple la maraña
tan intrincada, y la soltura della,
inimitable de ninguna extraña.
Es la más abundante y la más bella
en facetos enredos y en jocosas
burlas, que darle igual es ofendella.
En sucesos de historia son famosas,
en monásticas vidas ecelentes,
en afectos de amor maravillosas.
Finalmente los sabios, y prudentes
dan a nuestras comedias la ecelencia
en artificio y pasos diferentes.
Esto sabido, importa la advertencia
del modo que han de ser, y a que te obliga
el decoro que enseña la experiencia.
Y para que bien logres tu fatiga
el argumento que siguieres sea
nuevo, y que nadie en su vulgar lo diga.
Decir lo que otro dijo es cosa fea
en el propio idioma, aunque se aparte,
si deja rastro o luz por do se vea.
Con extrañeza en todo has de mostrarte
admirable, vistiendo las figuras
conforme al tiempo, a la edad y al arte.
Al viejo avaro, envuelto en desventuras.
al mancebo, rabiando de celosa,
al juglar decir mofas y locuras.
Al siervo sin lealtad, y cauteloso,
a la dama amorosa o desabrida,
ya con semblante alegre, ya espantoso.
A la tercera astuta y atrevida,
al lisonjero envuelto en novedades,
y al rufián dar cédulas de vida.
Los efetos aplica a las edades,
si no es que dando algún ejemplo quieras
trocar la edad, oficio y calidades.
Entre las cosas que prometen veras
no introduzcas donaires, aunque dellos
se agrade el pueblo, si otro premio esperas.
Los versos han de ser sueltos y bellos
en lengua y propiedad, siempre apartados
que en la trágica alteza puedan vellos.
Si te agradare pueden ser llegados
al satírico estilo, en que tuvieron
por principio los cómicos osados.
Guarda el decoro que jamás perdieron
en dar conforme al caso que tratares
el estilo, y el verso, cual hicieron.
Si a rey, legado alguno le enviares
diferencia el estilo al ordinario,
que es vicio si a los dos los igualares.
No debes ser en esto voluntario
sino mirallo bien, porque es defeto,
y en la comedia nuestra necesario.
Cuando hagas comedia, ve sujeto
al arte, y no al autor que la recita,
no pueda el interés más que el sujeto.
Con el cuidado que es posible evita
que no sea siempre el fin de casamiento
ni muerte si es comedia se permita.
Porque debes tener conocimiento
que es la comedia un poema activo,
risueño, y hecho para dar contento.
No se debe turbar con caso esquivo
aunque el principio sea rencilloso,
el fin sea alegre sin temor nocivo.
La comedia es retrato del gracioso
y risueño Demócrito, y figura
la tragedia de Eráclito lloroso.
Tuvo imperio esta alegre compostura
hasta que Tifis levantó el estilo
a la grandeza trágica y dulzura.
Siguió en nueva invención el propio hilo
añidiéndole ornatos, y enseñando
a los farsantes, el discreto Esquilo.
Desterró el uso prisco mejorando
las personas, haciéndolas honestas,
y a no representar satirizando.
Y no parando su invención en éstas,
sobre el teatro puso las aciones,
haciéndolas al pueblo manifiestas.
En efeto enseñó a dotos varones
el hacer y saber representallas,
testando las antiguas opiniones.¡
De aquella suerte la tragedia hallas
en que las hizo su inventor primero
aunque algunos osaron mejorallas.
No traspasando el inviolable fuero
de los actos, y cenas, y el decoro
de las personas, y el suceso fiero.
Sófocles añidió el lloroso coro,
lamentando desdichas miserables,
entre reales púrpuras y oro.
Fueron en aquel tiempo así agradables,
mas en el nuestro en todo se ha mudado
si no es en los sucesos espantables.
El maestro Malara fue loado
porque en alguna cosa alteró el uso
antiguo, con el nuestro conformado.
En el teatro mil tragedias puso
con que dó nueva luz a la rudeza
della apartando el término confuso.
Aplica al verso trágico la alteza
épica, y dale lírica dulzura
con afectos suaves, sin dureza.
Con epitetos adornar procura
tus versos, que al poeta hermosean,
y al orador ofenden la escritura.
En la tragedia alguna vez afean
los sucesos contados de otra suerte
dando ocasión que la verdad no crean,
Y si en este preceto no se advierte
la Historia en que se funda la tragedia
se ofusca, y, de lo cierto se divierte.
De fábula procede la comedia
y en ella es invención licenciosa
cual vemos en Naharro y en Heredia.
El cómico no puede usar de cosa
de que el trágico usó, ni (a) un solo un nombre
poner, y ésta fue ley la más forzosa.
Si quieres que se estime, y que se nombre
tu musa, y que a las musas dinamente
te hagan de mortal, inmortal hombre;
hállete el vulgo siempre diferente
en lenguaje, pues hablan los poetas
en otra lengua que la ruda gente.
Procura que tus obras, sean secretas
antes que las divulgues, si no quieres
que sean a nuevo poseedor sujetas.
Si por la vía hercúlea acaso fueres,
ten cuenta en una grata que hay en ella
do Ciso baila a Baco y danza a Ceres.
Del círculo oriental la forma bella
jamás aquí fue vista la presencia
ni de su extremidad pudieron vella.
Con otra luz traída con la ciencia
de un fantástico y nuevo Prometeo
sienten de Apolo menos el ausencia.
Aquí la lira celestial de Orfeo,
en menosprecio, con Vulchin consuena;
Mulcio es Píndaro aquí; Agas, Museo.
Está de voces disonantes llena
del poeta Cleón siciliano,
que de torpezas ambos orbas llena.
Agido, el que cantó en sermón greciano
al macedonio príncipe la horrible
idolatría, con discurso vano,
es quien preside aquí, con el terrible
y detestable Momo y Zoilo injusto,
émulos de visible y de invisible.
De aquí digo que huigas, si tu gusto
no es querer peligrar, probando el daño
que no reserva al escritor de Augusto.
Si te parece que es consejo extraño,
mira el efeto bien, y verás cierto
que ni te lisonjeo, ni te engaño.
Ni cosa ajena de verdad te advierto.
Cuantos Oirán Mis Lástimas Riendo…
Cuantos oirán mis lástimas riendo,
cuando más mi dolor les representen,
no dudo que en pláticas las cuenten
diferentes que yo las voy sintiendo.
Y sin considerar que estoy muriendo,
por devaneos míos las sustenten,
porque ajenas pasiones no se sienten,
si no es del que está en ellas padeciendo.
Al que sabe de amor las mías le ofrezco,
que el sabio puede mucho, aunque esté solo;
que no doy al vano vulgo mis querellas,
solo al que siente el mal que yo padezco.
Pues sola una centella, que da Apolo,
alumbra más que todas las estrellas.

El Verso Advierta El Escritor Prudente…
El verso advierta el escritor prudente
que ha de ser claro, fácil, numeroso
de sonido, y espíritu excelente.
Ha de ser figurado, y copioso
de sentencias, y libre de dicciones
que lo hagan humilde u escabroso.
La elevación de voces y oraciones
sublimes, muchas veces son viciosas
y enflaquecen la fuerza a las razones.
Vanse tras las palabras sonorosas
la hinchazón del verso, y la dulzura,
tras las sílabas llenas, y pomposas.
Entienden que está en esto la segura
felicidad y luz de la poesía
y que sin esto es lo demás horrura,
Si el verso consta sólo de armonía
sonora, de razones levantadas,
ni fuerza a más, bien siguen esa vía.
Mas si las cosas han de ser tratadas
con puntual decoro del sujeto
faltaran, de ese modo gobernadas.
No explica bien el alma de un conceto
el que se va tras el galano estilo
a la dulzura del hablar sujeto.
Ni el que del vulgo sigue el común hilo
en término, y razones ordinarias
cual en su ditirámbica Grecilo.
Entrambas a dos cosas son contrarias
a la buena poesía, en careciendo
del medio, con las partes necesarias.
Ojos, que dais la luz…
Ojos, que dais la luz al firmamento
y el fuego al alma mía, sed piadosos;
dejad la ira, y sed (pues sois gloriosos)
menos crueles al dolor que siento.
Dentro en mi pecho Amor os dio el asiento,
y dentro arden mis fuegos, rigurosos
de veros que sois blandos y amorosos
y tan sin piedad a mi tormento.
Bien conocéis de mi que por vos muero,
y por vos vivo, y sólo a vos os amo,
ojos, que sois los ojos de mi alma,
por quien la vida en tanta muerte espero,
y en las tristes querellas que derramo,
mi bien, descanso, gloria, premio y palma.
El Saco De Roma
Argumento de la obra
Borbón, de nación francés, capitán general de nuestro invicto emperador Carlos Quinto, movido de su libre determinación, movió el campo contra la ciudad de Roma para quererla saquear, y prosiguiendo en su horrible pensamiento, fue entrada la ciudad y puesta a saco, muriendo Borbón en el primer rencuentro, sin perdonar los luteranos (de que era el mayor número del ejército) cosa profana ni divina, en que no pusiesen sus violentas manos. Acabando de hartar su furia, dejando casi destruida a Roma, enderezaron su camino a Bolonia, a donde le fue, después de algunos días, dada a nuestro Cesar la corona Imperial.
Fue representada esta farsa la primera vez en Sevilla por Alonso Rodríguez, famoso representante, en la huerta de Doña Elvira, siendo asistente don Francisco Zapata de Cisneros, conde de Barajas, año 1579.
PERSONAJES
GENERAL BORBÓN.
DON FERNANDO GONZAGA.
CAPITÁN MORÓN.
AVENDAÑO, soldado.
ESCALONA, soldado.
GUARDA.
MENSAJERO DE ROMA.
CAMILA, matrona romana.
CORNELIA, matrona romana.
JULIA, matrona romana.
FILIBERTO, general, muerto Borbón.
FARIAS, soldado.
ITALIANO.
ALEMÁN.
ATAMBOR.
CAPITÁN
SARMIENTO.
SALVIATI, el que corona al emperador.
EMPERADOR CARLOS QUINTO.
Jornada I
BORBÓN, DON FERNANDO GONZAGA, CAPITÁN MORÓN, AVENDAÑO, ESCALONA, GUARDA, MENSAJERO de Roma.
BORBÓN junta su consejo de guerra, sobre el saquear a Roma que ya tenía cercada. El CAPITÁN MORÓN contradice el saquealla, AVENDAÑO y ESCALONA, dos soldados españoles, entran pidiendo el saco que BORBÓN les ha prometido: llega de Roma un MENSAJERO demandando a BORBÓN en nombre de los romanos que alce el cerco, prometido gran suma de dinero para el ejército. Despide BORBÓN el MENSAJERO romano negando su demanda, dando asiento de dar el día siguiente el asalto.
BORBÓN:
Contra el querer y potestad del mundo
la bélica, española y fiera gente
que sojuzgan la tierra, y al profundo
causa terror su brío, y saña ardiente,
sin valer la razón en que me fundo,
ni ser a su braveza en nada urgente,
por sólo su desiño han levantado
contra el pueblo de Marte el brazo airado.
Testigos sois, o ilustres capitanes,
cuan diferente en este hecho he sido,
y con cuántos remedios los afanes;
de la cercada Roma he defendido;
mas la gente española, y alemanes,
sin haberse a mi ruego persuadido
ponen la escala al romúleo muro,
y me piden que de el asalto duro.
No está en mi mano, ni su furia admite
en este caso parecer contrario,
todo a la ira y armas se remite,
un solo acuerdo sigue el vulgo vario.
La funeral Alectho no permite
descanso al crudo ejército adversario
de la opresada Roma, que ella incita
el daño que administra y solicita.
Levántales los ánimos al hecho
junto con su feroz naturaleza
las recientes victorias, el estrecho
en que ha puesto a Toscana su fiereza.
Esto no deja sosegar su pecho,
esto aumenta más ruego a su braveza.
Y así viendo yo esto, y donde estamos,
pido que deis el orden que sigamos.
DON FERNANDO:
Gran general Borbón, a quien ha sido
de nuestro invicto César dado el cargo
meritísimamente, aquí se ha oído
tu razón, y tu cargo, y tu descargo.
Y porque el parecer nos has pedido
doy el mío, que al punto sin embargo
asaltemos a Roma; éste es mi acuerdo,
y lo remito al parecer más cuerdo.
MORÓN:
Usando del debido acatamiento
si fuere aquí mi parecer acepto
digo, gran don Fernando, que ese intento
se reponga, y no tenga en esto efecto,
que administrar de Marte el violento
furor, no lo aconsejo, ni decreto,
contra el pueblo que Dios tiene elegido
para el vicario suyo instituido.
Si esto es de algún valor seréis comigo
en acetar mi parecer, piadoso,
o por amor, o miedo del castigo
reprimiréis el ánimo furioso.
Mirad que a Dios hacéis vuestro enemigo,
No os atreváis a él, que es poderoso
y vengará su injuria de tal suerte
que el menor mal que os dé, será la muerte.
DON FERNANDO:
Gran capitán Morón, ¿dime qué pudo
así mover tu corazón tan fiero?
Cuando la gruesa lanza y fuerte escudo
La causa pide, ¿te haces estrellero?
Desto me da razón, porque yo dudo
Como puede ser tal, que el duro acero
que siempre amaste, agora lo aborrezcas,
y la dureza antigua así enternezcas.
¿No ves los alemanes quebrantados
morir por entregarse desta tierra?
¿Los fieros españoles alterados,
dar voces por el fin de aquesta guerra?
Si agora desto fuesen desviados
y del deseo que su pecho encierra,
verías a los unos y a los otros
volver las fieras armas a nosotros.
Pues si han de hacer cruda matanza
en los que estamos de su mesma parte
cuánto mejor será darles venganza
de nuestros enemigos, y deste arte,
ensangrienten los bárbaros su lanza
en Roma, y los de España en crudo Marte,
pongan por tierra el muro de Quirino,
hagan el pueblo igual con el camino.
MORÓN:
No vendré en tal acuerdo eternamente
ni tal sentencia firmará mi mano.,
DON FERNANDO:
¿Por qué razón, o capitán valiente?
MORÓN:
Porque es respecto aqueste de cristiano.
DON FERNANDO:
¿Soy del bando cristiano diferente?
MORÓN:
No digo tal, mas eres inhumano,
pues quieres que el lugar que le fue dado
por Cristo a Pedro sea de ti asolado,
DON FERNANDO:
¿Qué podemos hacer? Pon tú en sosiego
el ejército todo al arma puesto.
MORÓN:
Amata tú hoy, Borbón, aqueste fuego.
BORBÓN:
El modo me da tú, que siga en esto,
y será obedecido de mí luego.
MORÓN:
Modo pides, estando ya dispuesto
el ejército fiero a la batalla,
que la espada se oye, y ve la malla.
DON FERNANDO:
¿Es la gente española tan modesta
que así se aplaque de seguir su intento?
Estando resoluta, y toda puesta
al arma, que es su vida y su contento.
MORÓN:
¿A nuestro invicto César no molesta
tal desiño?
BORBÓN:
Qué importa si el violento
furor, se va esparciendo por las venas,
que están de ira y de coraje llenas.
MORÓN:
Supliquemos a Dios que el dé el remedio
así como también dará el castigo.
BORBÓN:
Oh capitán Morón, ése es el medio
que hallo, en esta confusión que sigo:
Él nos guíe, él esté contino en medio
siendo defensa nuestra, y dulce abrigo,
de suerte que el gran César nuestro sea
victorioso, y el fin que pide vea.
AVENDAÑO:
Borbón, ¿que es tu pensamiento
que nos detienes aquí?
No hay mas que el descanso en ti,
los regalos y el contento.
Dejas morir los soldados
de hambre, sin más memoria
de conseguir la victoria
de los romanos cercados.
¿Y vas os entreteniendo
con promesas non cumplidas
porque acabemos las vidas
como mujeres durmiendo?
¿Para qué traemos armas
si no habemos de usar dellas,
y si en ti no hay más que vellas
por qué con ellas te armas?
Toca alarma, asalta el muro;
no nos difieras más punto,
tu determinación junto
venga, y el asalto duro.
Y si más nos entretienes
hágote, Borbón, saber
que no te podrás valer
con todo el poder que tienes.
BORBÓN:
Soldados fieros de España,
que sujetáis la arrogancia
del turco, y domáis a Francia
la una y otra Alemaña,
y desde el Danubio al Nilo
va, y a la desierta arena
de Libia y de allí resuena
vuestro nombre, y culto estilo,
Que es la razón que tenéis
para culpar mi tardanza,
si está hincada mi lanza
en el muro, que queréis
y siguiendo vuestro gusto
hemos venido cercando
toda Italia demandando
lo que niega el cielo justo.
ESCALONA:
General de Carlos Quinto,
mas sientes de lo que dices,
y si no es bien, no avises
si es que te falta el instinto.
Si a toda Italia cercamos,
Tú no nos dejaste usar
de la fuerza militar
que los soldados usamos.
A Bolonia, y a Ferrara,
a Flaminia, y a Francia,
¿Quién nos hizo resistencia?
¿A qué no se saqueara?
El duque no, que ya estaba
temblando el asalto fiero,
mas tú como bandolero
haces lo que te agradaba.
Tú nos has ido a la mano
apresanduro el viaje,
prometiendo gran pillaje
de aqueste saco romano.
Discurrimos tras tu mando,
llegamos do dirigimos,
y el fin para que venimos
vas con plazos alargando.
Borbón, deja ya razones,
toca alarma, asalta luego,
que ofende tanto sosiego
los bélicos corazones.
Y entiende que se pretende
poner por tierra esta tierra
y si a ti te enfría la guerra
a nosotros nos enciende.
GUARDA:
Ah romano, ¿qué buscáis?
¿Qué queréis? ¿O a qué venís?
MENSAJERO:
Soldado, pues lo pedís,
diré lo que preguntáis.
Al gran general Borbón
le vengo a dar un recado
de Roma a él enviado
vista nuestra perdición.
GUARDA:
Aguardad aquí un momento,
y daré razón de vos.
MENSAJERO:
La lengua te mueva Dios
y a Borbón el pensamiento.
GUARDA:
Concilio alto excelente,
un mensajero está aquí
de Roma, y pido por mí
ante vos verse presente.
BORBÓN:
Dalde la puerta, entre luego,
veamos que es lo que quiero.
AVENDAÑO:
Borbón, si paz te pidiere,
cierra a el oído a su ruego.
BORBÓN:
Las armas le quitaréis
para entrar como es usanza.
AVENDAÑO:
Dalde espada, escudo y lanza
y entre armado, ¿qué teméis?
Cuando franceses tuvieras
y no españoles contigo,
temieras al enemigo,
mas si te guardan ¿qué esperas?
Segura está tu persona,
no puede venirte daño,
que está contigo Avendaño
y te acompaña Escalona.
GUARDA:
Licencia a entrar se os concede,
mas que las armas dejéis.
MENSAJERO:
¿Los españoles teméis?
¿Miedo con vosotros puede?
¿Así los hombres desarmas?
¿No eres tú de aquel crisol
de España? Que el español
no quiere al hombre sin armas.
Generoso concilio, a quien el suelo
dignamente celebra, y tiene en tanto
que la gloriosa fama esparce al cielo
el nombre vuestro en su divino canto,
ya veis patente nuestro acerbo duelo,
no podéis ignorar nuestro quebranto,
con vuestros propios ojos estáis viendo
el mal que hacéis, que Roma está sufriendo.
Pídevos humilmente que apartando
de vos tan fiero y pertinaz intento,
el cerco levantéis, ya perdonando
a quien nos ofendió, ni en pensamiento.
Que bien nuestra razón considerando
el más fiero dará consentimiento
al justo ruego, y templará la ira,
temiendo a Dios, que viendo tal se aira.
Si alguna saña mueve el inhumano
deseo vuestro al cerco que está puesto;
si el pueblo que es de Dios, si el que es cristiano
ya contra Dios, y lo que manda en esto;
si a su vicario con violenta mano
asalta, el luterano viendo aquesto
¿Qué ha de hacer, sino seguir su furia,
y a nuestra iglesia hacer injusta injuria?
Esto pueda con vos, aunque haya sido
Roma culpada, y dad lugar al ruego.
Que en ley humana, y divina, os pido
que permitáis dejalla en su sosiego;
y si para el ejército movido
falta dinero, yo lo daré luego,
no sea de cristianos saqueada
Roma, pues de cristianos es morada.
BORBÓN:
Varón romano, el cielo es buen testigo
si la voluntad mía tal consiente,
mas que forzado en esto, el querer sigo
de la soberbia y española gente.
Con la cual, ni por ruego, ni castigo
se ha podido templar su furia ardiente,
Y así digo que en esto no soy parte
y no tengo respuesta otra que darte.
MENSAJERO:
Otra piedad traía confianza
que había de hallar en tu presencia,
mas pues me falta, sigue tu pujanza
y contra Roma usa tu violencia.
A Dios ofendes, y él dará venganza
al pueblo que amenaza tu potencia,
y con esto, o concilio valeroso,
voy a dar mi recaudo congojoso.
BORBÓN:
¿Qué resta para el fin de nuestro intento?
DON FERNANDO:
Poner en obra lo que se desea.
MORÓN:
No vengo en tal, ni doy consentimiento.
AVENDAÑO:
Nosotros demandamos la pelea.
BORBÓN:
Esto se acabe, y quede dado asiento,
Que luego que se muestre la febea
luz, en el lugar do agora estamos
para dar el asalto nos veamos.
El parecer que en esto habemos dado
se firme luego, y todos lo firmemos.
DON FERNANDO:
Yo firmo lo que está por mí acordado.
MORÓN:
Yo no, que no vendré a tales extremos.
Que no me obliga a mí, aunque esté obligado
servir a César, lo que aquí hacemos,
que es ir contra la Iglesia, y su precepto.
BORBÓN:
Sin ti vendrá nuestro deseo en efecto.
También aquí ninguno va a ofendella
porque somos católicos cristianos.
MORÓN:
Ese camino no es de defendella
del rigor de los fieros luteranos.
BORBÓN:
No es aquesto dejar de obedecella,
pues vamos a ofender a los romanos
y a servir nuestro rey, y en este hecho
darle lo que demanda su derecho.
Cargad piezas, tocad que se recoja
la desmandada y orgullosa gente.
Reparen con reposo la congoja
del día que huyendo va a occidente.
Y luego que su luz muestre la roja
Aurora, descubriéndose el oriente,
haremos lo acordado; poned velas,
encended fuegos, vayan centinelas.
Jornada II
GENERAL BORBÓN, DON FERNANDO GONZAGA. GUARDA. ROMANO. AVENDAÑO. ESCALONA. CORNELIA.
JULIA. CAMILA. ALEMÁN.
Manda BORBÓN que asalten a Roma, prende un espía romana, traénsela, manda que la ahorquen, AVENDAÑO le pide que la mande soltar hácese así, comienza a batir a Roma, y el primer asalto muere BORBÓN subiendo el muro; hállanlo AVENDAÑO y ESCALONA, llevanlo a su tienda, encuentran tres romanas catívanlas, despojan y matan a un ALEMÁN; tocan a recoger, cesa el saco por aquel día.
BORBÓN:
Lleno de ira, y sobresalto horrible
ardiendo en fiera y rigurosa saña,
todo el discurso desta noche fría,
revuelto en bascas, y congoja extraña,
pasé con inquietud dura y terrible
deseando la luz del claro día.
Ya el alma revolvía
a la triste ruina que promete
España a la alta Roma.
Que agora opresa y doma
y la cerviz al yugo le somete
después que fue señora
del mundo, y tantas gentes domadora.
Contemplo el alto Capitolio en tierra,
su opulencia en poder de los soldados,
el incendio, las muertes, las injurias,
sus templos y edificios derribados
las libertades de la libre guerra,
Los sacrilegios, robos y lujurias,
Las implacables furias
de los soberbios bárbaros, dispuestos
a la cruel matanza,
usando en su venganza
mil robos, mil estupros deshonestos,
triunfando de la gloria
de quien triunfó de tantos con victoria,
DON FERNANDO:
Gran general de España, esta es la hora
que asignaste, y el punto en que conviene
dar el asalto, antes que el aurora
rompa la oscuridad que el mundo tiene.
BORBÓN:
Ea, gente indomable vencedora
de todo cuanto el mundo en sí contiene,
dispongamos el campo, ea, asaltemos,
ea, el orden sigamos que tenemos.
Vos, Don Fernando, por aquesta parte
con aquesta avanguardia de alemanes
romped el muro, y con soberbio Marte
dad a Roma los últimos afanes.
El orden mismo seguirán, y el arte
los demás españoles capitanes. 40
Vayan por esta banda arcabuceros,
por aquella, caballos y piqueros.
La Infantería italiana vaya
cercando en torno el Tiber, un ala hecha,
guarde el bagaje y munición, no haya
desorden, que en la guerra esto aprovecha.
Esté el contrario en su lugar a raya,
y si huyere, viendo que lo estrecha
nuestra gente, dará en la infantería,
si se escapare, dé en la piquería.
Soldados valerosos, ya es venida
la ocasión que tenéis tan deseada,
la diligencia sea apercibida
de vos, y la pereza desechada,
la victoria tenéis tan conocida
que esta noche me ha sido revelada
del piadoso y favorable hado,
que plácido en mi ayuda se ha mostrado.
DON FERNANDO:
¿De qué sirven más arengas
dinos, general Borbón?
Que tengo a gran sinrazón
que así suspensos nos tengas.
Habían de estar ya en tierra
los muros, y los soldados
de los despojos cargados,
cuando das leyes de guerra.
El orden que nos has dado
todo el campo seguiremos,
mas solamente queremos
que hagamos lo acordado,
BORBÓN:
En ese mesmo deseo
estoy, mas para un momento,
que un gran alboroto siento
y el campo alterado veo.
GUARDA:
Gran Borbón, haciendo vela
en este cuarto presente,
en medio de nuestra gente
prendí aquesta centinela.
Dice a voces que es romano,
y pues es nuestro enemigo
el mismo pide el castigo,
no se lo niegue tu mano.
BORBÓN:
Romano, di, ¿a qué veniste
de tu Roma, a mi real?
¿Que es tu desiño final
y la causa a que saliste?
Si no me lo dices luego
de modo que satisfagas,
yo te haré que lo hagas,
poniéndote en vivo fuego.
No tienes razón que dar
si no decir quien te envía,
si vienes en compañía,
o si sólo, a este lugar.
Y asildo, porque si ordena
hacer lo que Mucio obró,
cuando la muerte le dio
al contador de Porsena.
ROMANO:
Señor, ¿qué quieres que diga?
Yo soy espía, y salí
de Roma, yo vine aquí
a espiar quien nos fatiga,
y habiendo considerado
todo tu campo dispuesto,
volvía avisarlo presto,
y atájome el crudo hado.
BORBÓN:
¡Eso no me satisface!
Con alguna maldad vienes.
ROMANO:
¿Aquesto por maldad tienes?
¿Esto en guerra no se hace?
¿Cuando faltarán espías
del un bando al otro puestas?
BORBÓN:
No te pido estas repuestas,
sino solo ¿á qué venías?
ROMANO:
Ya te he respondido, y digo
que te venía a espiar,
y a si te pudiera dar
con esta mano el castigo.
Quieres saber más de mí,
no tengo más que decirte,
y así puedes persuadirte
que a poder lo hiciera así.
BORBÓN:
Con tan extraña osadía
te has atrevido a hablarme.
ROMANO:
Mas pensaba adelantarme
si fuera la suerte mía.
BORBÓN:
Sus, colgado do aquel muro
pague sus intentos vanos.
ROMANO:
No espantan a los romanos
muertes, ni castigo duro.
AVENDAÑO:
Esa braveza de Roma,
ese despreciar la muerte,
ese hablar de esa suerte
tú verás cómo se doma.
No permitas, gran Borbón,
tratarlo de aqueste modo.
Que no es bien que un campo todo
dé muerte a un hombre en prisión.
Deja ir libre ese romano,
diga su muerte vecina
que una sola golondrina
no suele hacer verano,
otra gloria, otro renombre
tu gran valor nos promete,
digan que un nuestro acomete
un capón, y no un capón a un hombre.
BORBÓN:
Dalde libertad, y vaya
de nuevas de nuestra ida.
ROMANO:
Roma aguarda apercibida,
que temor no la desmaya.
BORBÓN:
Dad principio al crudo estrago,
toca al arma presto presto.
Guarde cada cual su puesto.
Santiago, Santiago.
Este muro levantado
por esta escala entraré,
y luego que en él esté
el fuerte tengo ganado.
Poca defensa hay aquí,
arriba, arriba, Borbón,
No te falte el corazón.
¡Muerto soy, triste de mí!
AVENDAÑO:
Anda, Escalona, llevemos
a la tienda ese pillaje.
No aguardes cargar bagaje,
porque luego nos tornemos.
ESCALONA:
Echa por este camino,
atajaremos gran parte.
AVENDAÑO:
Éste al gran furor de Marte
dio el espíritu mezquino.
ESCALONA:
Paréceme que es Borbón
aquel que allí vemos muerto.
AVENDAÑO:
Él es; no es otro por cierto,
que acabó con su intención.
Por ser nuestro capitán
llevémoslo a nuestra tienda,
y que es muerto no se entienda.
ESCALONA:
Cárgate ese ganapán.
Echémoslo de aquí abajo,
dalo al diablo que pesa,
por cierto que es buena presa
para tan grande trabajo.
AVENDAÑO:
No es razón que lo dejemos,
que en muerte no es bien vengarnos.
ESCALONA:
Ni aún de un muerto es bien cargarnos
pues hay río en que lo echemos.
CORNELIA:
¡Ay mísera caída,
ay dio postrimero
del valor alto de la sacra Roma,
ay gente enfurecida,
ay hombre de dinero,
que así os consume el alma su carcoma!
Hoy se sujeta y doma
la ciudad que ha rendido
cuanto mira el sol puro,
hoy sufre asalto duro,
y hoy será cuando puede destruido.
¡Ay dulce patria amada
de Dios, para su Iglesia diputada!
Hijas de mis entrañas,
regalo y gloria mía,
¿En tan estrecho paso qué haremos?
Vamos a las montañas,
quizá hallaremos vio
como del fiero incendio nos libremos.
En las manos nos vemos
de la enemiga gente,
las haciendas quitadas,
las casas abrasadas,
sujetas al furor de su ira ardiente
a riesgo que perdamos
con la hacienda el nombre que estimamos.
JULIA:
Señora, la crueza
del bárbaro enemigo
que con airada y rigurosa mano
usando su fiereza
nos quita el patrio abrigo,
asolando el valor y ser romano,
cuando con su inhumano
furor, haya igualado
el Capitolio al suelo,
su fuerza, ni mi duelo,
harán mover mi virginal cuidado,
ni con infamia oscura
podrán amancillar su hermosura.
CAMILA:
Cuándo puesta en sus brazos
quisieron con violencia
sobrepujar mi femenil sujeto,
seré hecha pedazos
con firme resistencia,
primero que venir en tal decreto.
Mas si en tan duro aprieto
fuere más poderosa
su fuerza que la mía,
el cuerpo se rendía,
no el alma, que en aquesta trabajosa
lucha, estará constante,
teniendo siempre el casto honor delante,
CORNELIA:
Ése sólo recelo
hijas, me congojaba.
Mas ahora que veo vuestra firmeza
no temo el triste duelo,
ni el fin que me llamaba,
con ver que no se pierde la nobleza.
JULIA:
¡Ay tristes! ¿Qué fiereza
de hombres, es aquesta?
CORNELIA:
Cielo justo, tu ayuda
en este paso acuda.
CORNELIA:
Hijas, ánimo aquí, la hora es esta,
ya enemigos vemos
donde del valor nuestro ejemplo demos.
AVENDAÑO:
Anda, Escalona, apresuro
el paso, ¿vienes durmiendo?
Voto a tal que no te entiendo,
¿Tal vas en tal coyuntura?
Ponte alas a los pies,
y a las manos dos escarpias,
anda, hagámonos harpías,
pues tan buena ocasión es.
ESCALONA:
Por el dador de la vida
que es buen pillaje el que veo.
AVENDAÑO:
Bueno Escalona, no creo
que es mala nuestra venida.
Arremete presto a asillas,
no vengan otros soldados,
y a la parte acodiciados
hayamos de repartillas.
Hermosas damas romanas,
pues fortuna os ha traído
a tal estado y partido,
pareciendo más que humanas,
permitid ir con nosotros,
adonde seréis guardadas
servidas y regaladas,
antes que os asalten otros.
Y tened seguro aquí
que lo que toca a guardaros
podéis, señoras, flores
deste soldado, y de mí.
No usaremos del furor
y libertad de la guerra,
que en nuestros pechos se encierra
la piedad, y no el rigor.
CORNELIA:
Soldados, yo he creído
que el cielo oyó nuestro llanto,
pues en tan fiero quebranto
nos ha a vosotros traído.
Y habiendo de ir tres matronas
en las cadenas esquivas,
libertad es ir captivas
sirviendo tales personas.
Sola una cosa os demando
con lágrimas destos ojos,
que estas de que hacéis despojos
miréis, su honor conservando,
porque su rescate dellas
será tal cual lo veréis,
y sin esto subiréis
vuestro nombre a las estrellas.
ESCALONA:
Señora, yo doy seguro,
por la ley de buen soldado,
que sea su honor guardado,
y a Dios lo prometo y juro.
CORNELIA:
Eso alivio el mal que siento,
y es parte de consolarme
del yugo a que veo llevarme.
AVENDAÑO:
No lo será más contento.
Aguarda, Escalona, tente,
ten la espada apercebida
que por ésta vía seguida
oigo gran tropel de gente.
Dos alemanes cargados
vienen, o fieros violentos,
con casullas, y ornamentos
de los templos consagrados.
ESCALONA:
Ponte en aqueste paraje.
Pese a tal con los ladrones,
dennos en pocas razones
los pellejos y el pillaje.
Estate quedo, Avendaño,
déjalos, lleguen do estás;
pondrémoslos que jamás
en iglesias hagan daño.
ALEMÁN:
Cárgate bien, compañero,
no te detengas, ni tardes,
porque los despojos guardes
que llevas del saco lloro.
Los españoles no vengan
que si vienen, ten por cierto
que tú sin ropa, y yo muerto
quedamos, que así se vengan.
AVENDAÑO:
A ellos, ea, Escalona,
mueran entrambos a dos.
ESCALONA:
Éste ya es mío, por Dios.
AVENDAÑO:
Pues estotro no blasona
huertos están, ¿qué haremos?
ESCALONA:
Qué, no detenernos punto,
y ese lío todo junto
con lo demás nos llevemos.
AVENDAÑO:
¿Qué haces, a qué aguardamos?
¿No oyes a don Fernando
que su gente retirando
viene hacia donde estamos?
Sígueme por esta parte,
que si llega, es camarada,
y pedirá le sea dada
desta nuestra presa parte.
ESCALONA:
Enviarelo yo a la horca
de donde lleve despojos,
questos al ver de los ojos
los llevará sí se ahorca.
AVENDAÑO:
Estorbemos pesadumbre.
ESCALONA:
Calla, que es ese un figón,
Bergamasco, gran poltrón
que lo baja su costumbre.
AVENDAÑO:
Este camino tornemos
que es más cerca, y más seguido,
y el robo que hemos habido
entre los dos lo carguemos.
Y, señoras, caminando
poco a poco por aquí
podremos llegar allí,
do no llegue don Fernando.
DON FERNANDO:
Extraño ha sido el riguroso estrago
que en Roma habemos hecho con victoria,
dándole el justo y merecido pago
a su loca y altiva vanagloria.
Lástima daba ver el rojo lago
que por las calles iba, cuya historia
Roma celebrará en eterno llanto,
y a España ensalzará en divino canto.
Atambor, toca a recoger la gente,
que va del día faltando la luz pura,
cose ya la crueldad, y saña ardiente,
y de Roma la extrema desventura.
A Borbón demos, general valiente,
con tierno sentimiento sepultura;
yo lo voy a buscar; tú echa bando
que en orden vengan al real marchando.
Jornada III
FILIBERTO. DON FERNANDO GONZAGA. ALEMÁN. FARIAS. GUARDA. MENSAJERO de Roma. ATAMBOR. AVENDAÑO. ESCALONA. CORNELIA. JULIA. CAMILA.
Por la muerte de BORBÓN fue efigido capitán general FILIBERTO. Salen a un desafío singular FARIAS, un soldado español, y un ALEMÁN luterano: hace traerlos a su presencia, y sabida la ocasión de su desafío, manda que al luterano arrojen en el río atado a un peso, y da libertad con muchas alabanzas a FARIAS. Viénele un MENSAJERO de Roma, cuéntale los grandes daños que en ella se hacen, pidiéndole que cesasen. Otórgaselo; demándale las tres romanas que cativaron ESCALONA y AVENDAÑO, prometiendo su rescate; entrégaselas, y manda que luego marche el campo para Bolonia.
FILIBERTO:
Del bélico furor y ardor de Marte
los míseros romanos quebrantados
andan vagando de una a otra parte,
temblando de los bárbaros soldados,
que arbolando de César le estandarte,
a cuya sombra todos arrimados,
con detestables daños han rendido
el pueblo en todo el mundo más temido.
Agora resta, ejército potente
de Carlos invictísimo enviado
a Esperia, a sosegar la fiera gente,
y a opresar al rebelde y obstinado,
que viendo la ruina y mal presente
dejemos las reliquias que han quedado
en Roma, del incendio riguroso,
y el campo recojamos victorioso.
DON FERNANDO:
Filiberto magnánimo, elegido
por el cesáreo campo, en el oficio
del general Borbón, que muerto ha sido,
sin verde Roma el fin, y cruel suplicio;
suplícote me sea concedido
de ti, que el campo ande en su ejercicio,
que es robar, pues ya sabes, que el soldado
ha de ser de la guerra aprovechado.
Porque la gente de la invicta España,
que en este asalto ha sido la que ha hecho
todo el efecto, usando de la maña
de guerra, y del valor de su alto pecho,
hará punto, y tendrá a injuria extraña
impedirle su intento, y con despecho
levantará un motín, que nos veamos
en más afrenta que jamás pensamos.
Y por esta razón, o valeroso
Filiberto, permite aprovecharse
del saco, aquel ejército furioso
que su gloria es en esto recrearse.
FILIBERTO:
Gocen del triunfo y premio victorioso,
que es el fin a que vienen a entregarse
al rigor de Vulcano, que mi intento
no es impedirle a ellos su contento.
Mas condolido ya de la crueza
que se usa con Roma, ya arruinada,
ha movido mi ánimo a terneza,
sintiendo el mal que ha hecho nuestra espada.
DON FERNANDO:
Deja aquesa congoja, esa tristeza,
que con razón ha sido castigada
su locura, y oigamos qué ruido
es éste, que acá viene dirigido.
FARIAS:
No hay para que más razones,
ya estamos puestos en puesto,
donde entenderás bien presto
lo que sirven tus blasones.
Y el agravio que te hice
ha sido muy justamente
y quien contradice miente,
y quien otra cosa dice.
ALEMÁN:
Si han de averiguar las manos
lo que dices que me has hecho,
¿No ves que son sin provecho
aquesos desgarros vanos?
Aqueste guante me diste,
señalándome el lugar
donde te lo había de dar,
y al mesmo efecto veniste,
Aquí estamos, helo aquí,
la ropa nos desnudemos,
porque los dos peleemos,
cual tú me pediste a mí.
FARIAS:
No quiero verte desnudo
por que eres soldado viejo,
yo sí, que de tu pellejo
pienso de hacer escudo.
No por que entiendo con él
de peligro defenderme,
que no podrá guarecerme,
que es menos que de papel.
Y es agravio conocido
a la española nación
contra flaca defensión
haber hazaña emprendido.
ALEMÁN:
Aquese hablar ataja,
no ves que estás blasonando,
y eres según voy notando,
gran hablador de ventaja.
Ea, desnúdate luego,
o vestido como estás.
FARIAS:
Pues lo quieres, tú verás
como sales deste juego.
DON FERNANDO:
Campo singular entiendo
que es aquel, dame licencia,
trairelos a tu presencia,
quitaré el combate horrendo.
FILIBERTO:
Pues te agrada, don Fernando,
ir personalmente allí,
ve, y traémelos ante mí,
que aquí los estó aguardando.
FARIAS:
Acaba de desnudarte.
Tanto dilatas venir,
es que temes el morir,
y quieres así escaparte.
Yo lo otorgaré perdón
con hacerte dos mamonas,
porque de tales personas
basta tal satisfacción.
ALEMÁN:
Español cobarde, entiendes
que en mí reina cobardía,
veamos si tu osadía
te de aquí lo que pretendes.
FARIAS:
Poltrón, vil, y afeminado,
tú verás lo que hay en mí,
DON FERNANDO:
Parad, soldados, aquí.
FARIAS:
Déjenos, señor soldado.
DON FERNANDO:
No puede ser, que me envía
el general a llamaros,
y de fuerza he de llevaros.
FARIAS:
Comigo no se entendía.
DON FERNANDO:
Si entiende, que yo os lo pido,
y si vos me conocéis
mi ruego a hacer vendréis.
FARIAS:
Habiendo esto concluido,
DON FERNANDO:
Español, tened por bien
ir comigo al general,
que es la persona real;
no uséis de aquese desdén.
FARIAS:
Si viera al emperador
a quien sólo soy sujeto,
no tuviera más respeto
que a vos os tendré, señor.
Porque tal comedimiento
cual comigo habéis usado
son prisiones que han atado
mi voluntad, de su intento.
Y así, vamos do mandáis,
mas será con condición
que oída nuestra ocasión
a do estamos nos volváis.
DON FERNANDO:
Luego que el caso se vea
el general proveerá
lo que en ello se hará,
o por paz, o por pelea.
Filiberto valeroso,
estos dos fuertes soldados
salieron desafiados
a combate riguroso.
Enviásteme por ellos,
yo te los traigo y presento;
sabido su fundamento,
en paz procura ponellos,
Que soldados tan valientes
no es justo perder así,
y si no hay agravio aquí,
reprima sus accidentes.
FILIBERTO:
Para que yo dé sentencia
y pueda determinar
vuestro campo singular,
del cual no tengo experiencia,
conviene que me informéis
cual ha sido la ocasión,
y oída la información
así la sentencia habréis.
FARIAS:
En el asalto romano,
gran sucesor de Borbón,
metido, en la confusión
del ejército inhumano,
andábamos los de España
con los de Italia revueltos,
hurtando, todos envueltos.
Los de Francia y Alemaña.
Cada cual, cual más podía,
del robo se aprovechaba,
y el que menos alcanzaba
llevaba más que quería.
Sucedió que andando en esto
una gran casa encontré.
Y queriendo entrar hallé
a uno a la puerta puesto.
Dijo que me detuviese
por que entrar no era posible,
o que castigo terrible
vería si me atreviese,
confieso que me volviera
no por él, mas porque oí
gran estruendo, y vuelto en mí,
temí la que se dijera.
Con un ánimo inhumano
dispuesto al cruel recuentro,
pregunté: ¿quién está dentro?
Que a mí me vaya a la mano.
Respondió: no basta yo,
y diciendo esto arremete,
y por mí espada se mete,
de la cual muerto cayó.
Yo proseguí con mi intento,
y en la casa más entrando,
mas estruendo iba notando,
más voces, y más lamento.
Quisiera certificarme
de tan extraño ruido,
tan doloroso alarido,
primero que aventurarme.
Y estando dudando así,
o decir: luteranos,
¿En Dios ponéis vuestras manos,
el cielo nos hunde aquí?
Yo que iba a entrar a este punto,
este traidor que salía
y una monja que traía
asida, y con ella junto.
Como me vio diferente
en el hábito y postura,
Me dijo en tal desventura:
Español, séme clemente.
Que este fiero luterano
y otros de su mal ejemplo
este convento y su templo
han metido a saco mano.
Las monjas traen arrastrando,
robando los ornamentos,
quemando los sacramentos,
y contra Dios blasfemando.
En oyendo la razón
de la monja maltratada,
arremetí con mi espada,
ardiendo en ciega pasión,
Y viendo aqueste traidor
mi determinado intento,
la monja soltó al momento
por resistir mi furor,
y andando los dos riñendo
puesta en salvo la cautivo,
acudió gente de arriba,
y de la calle viniendo.
Estorbaron la contienda,
porque él temió los de fuera,
yo los que bajar oyera,
y así tuvimos la rienda.
Hame venido buscando,
y pídeme que le dé
la cautiva que se fue
cuando nos vio peleando.
Ésta ha sido la ocasión,
gran general, y éste diga
si es verdad, o contradiga,
y da tu resolución.
FILIBERTO:
¿Esto que aquí se ha propuesto
es verdad cual lo has oído?
ALEMÁN:
Verdad es, mas soy ofendido,
y a vengarme estoy dispuesto.
Él me tiene de entregar
la cautiva, o dar la vida,
que esta razón de ti oída
por fuerza me ha de ayudar.
FILIBERTO:
Sí haré, si eres cristiano.
ALEMÁN:
No lo soy, más mi defensa
es, que esta guerra dispensa,
aunque yo sea luterano.
FILIBERTO:
¿Lid singular entre dos
sin mando puede acetarse?
ALEMÁN:
Ahora puede dispensarse,
dando la licencia vos.
FILIBERTO:
La licencia que daré,
será que al Tiber romano
te arrojen, mal luterano,
enemigo de la fe.
Alto, haced lo que digo,
sin diferir un momento
de cumplir mi mandamiento.
GUARDA:
Dársele ha el mesmo castigo.
FILIBERTO:
Y tú, valiente soldado,
ve libre con la victoria,
que justo es darle tal gloria
a quien por Dios se ha mostrado.
DON FERNANDO:
¡O qué divina sentencia,
digna de ser de ti dada,
y que sea celebrada
tu rectitud y prudencia!
Y entiende que siendo oída
del invicto emperador,
que estimará tu valor
por hazaña tan subida.
GUARDA:
Tu mandamiento fue hecho,
como mandado me fue,
y en el Tiber lo arrojé.
DON FERNANDO:
Él ha sido un alto hecho.
FILIBERTO:
¿Cómo ejecutaste, di?
GUARDA
Señor, atele un cordel,
y una grande piedra en él,
y al río lo arrojé así.
Un mensajero ha venido
de Roma, pide licencia
de venir a tu presencia:
de ti sea respondido.
FILIBERTO:
Entre luego, y tú lo guía,
veamos qué es su demanda.
GUARDA:
Que entréis Filiberto os manda.
MENSAJERO:
Mueve Dios la lengua mía.
Haz de modo que se aparte
de su rebelde intención,
y que oyendo mi pasión,
de aplacar su ira se aparte.
Pues nuestro grave dolor
nos tiene tales, Dios mío,
tiempla y mueve el crudo brío
del contrario vencedor.
Si lugar diese la miseria mía,
senado, excelso, y declarar dejase
a la turbada lengua en este día,
sin que en llanto, cual suele, la ahogase,
no hay tanta saña en vos, que no sería
conmovida, ni scita que no usase
de piedad, oyendo nuestro duelo
que es el mayor que visto sea en el suelo;
porque si dél hubiese de dar cuenta,
y vuestro corazón oír pudiese
el mal nuestro, y de Dios la injusta afrenta.
No es posible que a llanto no os moviese.
¿De qué gente se oirá, que no se sienta
que la Iglesia de Dios en poder fuese
de antitematizados luteranos,
poniendo en ella sus violentas manos?
¿No os altera el espíritu? ¿Es posible
que vuestra cristiandad sufre tal cosa,
tal inhumanidad, mal tan terrible,
ofensa tal a Cristo y a su esposa?
¿No os levantáis, y dais castigo horrible
a la gente enemiga y odiosa
de la sede apostólica sagrada
de Dios instituida, a Pedro dada?
No es posible que en religión cristiana
quede tan gran insulto sin castigo,
ni el bárbaro inhumano, que profana
los preceptos de Dios como enemigo.
Ved por el suelo la valla romana.
Príncipes, escuchame, estad comigo,
que en breve suma quiero daros cuenta
si pudiere, de nuestra injusta afrenta.
Luego que entrados nuestros muros fueron
por bélica violencia derribados
al suelo, y dentro en la ciudad se vieron
los libres y sacrílegos soldados,
los unos a los templos acudieron,
sin ser de su crueza reservados,
los otros a las casas principales
de grandes, o a robar los cardenales.
Esto hicieron ya después que el fiero
furor de los nefarios luteranos,
asaz harto de haber con duro acero
tan gran matanza hecho en los cristianos,
con hambre insaciable de dinero,
acudieron al robo que sus manos
dejaban, por seguir otros ejemplos,
en corromper doncellas, quemar templos.
Hanse hartado ya, ya no les queda
que poder hacer más, de lo que han hecho,
ni hay cosa ya que aprovecharles pueda,
ni en cosa en que no tengan su derecho.
Vuestra piedad, o príncipes, conceda
a Roma quedar libre deste estrecho;
miralda por el suelo ya arruinada
del furor y rigor de vuestra espada.
Nunca se vio jamás en tal extremo
con haber sido perseguido tanto,
y es tanto que acordarme dello tremo,
y me corta el vigor el crudo espanto.
Que Alarico, en crueza rey supremo,
ni Atila le puso en igual llanto,
cual ahora se ve toda asolada
del furor y rigor de vuestra espada.
Pideos humilde, o príncipes, que el fiero
cerco le alcéis, pues no le ha ya quedado
ropa, joyas, haciendas, ni dinero,
en que el campo no esté todo entregado;
mejor veis esto vos, que yo os refiero,
y mejor sabéis vos la que se ha usado
con la mísera Roma que os demanda
la piedad en hazaña tan infando.
FILIBERTO:
Gran romano, no sé cómo te diga
el dolor que de Roma se ha sentido,
ni qué camino en este caso siga
que satisfaga, y sea yo creído,
porque no faltará quien contradiga
que de mí fue y ha sido consentido,
hacer a la alta Roma tal ultraje,
de las paces quebrando el homenaje.
Bien es a todo el mundo manifiesto
lo poco que yo debo en esta parte,
y así no quiero disculparme en esto,
sino respuesta a tu embajada darte,
y digo que del cerco tan molesto
que con justicia dices agraviarte,
serás libre, y el campo levantado,
así cual pide Roma en tu recado.
MENSAJERO:
Pues, general valeroso,
cuya bondad da ocasión
que olvidemos la pasión
de nuestro estado lloroso,
de aqueste fiero combate
tres captivas han traído
a tu real; yo las pido,
dando el debido rescate.
FILIBERTO:
En eso y en lo demás
se cumplirá lo que dices,
como tú dello me avises,
sin faltar desto jamás.
Atambor, echad un bando
que cualquiera que tuviere
tres cativas, sea quien fuere,
las venga manifestando.
ATAMBOR:
Manda el señor general
por bando, a ser compelido
al que de Roma ha traído
tres romanas al real,
que para ser rescatadas
de su miserable suerte,
manda so pena de muerte
sean luego ante él llevadas.
AVENDAÑO:
Habiendo tu bando oído,
venimos a obedecello,
como es justicia hacello,
y tú ser obedecido.
Estas son las tres cativas
que del asalto romano
trujimos por nuestra mano
a las prisiones esquivas.
FILIBERTO:
¿Son éstas las que buscáis?
MENSAJERO:
Señor sí, aquestas son
cuya nobleza y blasón
es más de lo que pensáis,
y así, soldados valientes,
sin que en esto haya debate,
ponelde nombre al rescate
de las cativas presentes.
ESCALONA:
Siendo de tanto valor
no tenemos que pedir,
mas querello remitir
a vuestro acuerdo, señor.
Y lo que hicierédes vos,
nosotros lo obedecemos,
y contentos quedaremos,
de cualquier modo, los dos.
MENSAJERO:
El gran cardenal Colona,
alto general, me envía
a esto, y él te pedía
lo que lo por su persona.
Él dará resolución
de lo que se debe dar,
o quisieren demandar,
por aquesta redención.
FILIBERTO:
¿Qué queréis, señor soldado,
que se os envíe en rescate?
AVENDAÑO:
Señor, deso no se trate,
que eso a vos queda encargado.
FILIBERTO:
Llevaldas, pues tan hidalgo
Avendaño se os ofrece,
y más de la que merece
por fácil merezca algo.
CORNELIA:
Sumo general de España,
no sé con qué razón diga
lo que tu bondad me obliga,
en tan heroica hazaña.
Mas remítolo al sentido,
pues se me turba la lengua,
y súplase aquesta mengua
con ser el caso entendido.
Nosotras cautivas fuimos
destos dos fuertes soldados,
en quien hallamos cobrados
los regalos que perdimos.
Porque en el buen tratamiento,
no pudiera yo su madre,
ni su poderoso padre,
tratarlas con más contento.
Y en nuestras penas esquivas
y en nuestras ansias sobradas,
fuimos servidas, guardados,
que nunca fuimos cativas.
Y así se enviará a los dos
el rescate, oh general,
tal, y si no fuere tal,
a pedirlo iré por Dios.
MENSAJERO:
Dándonos, señor, licencia,
queremos ir nuestra vía.
FILIBERTO:
Vaya Dios en vuestra guía.
MENSAJERO:
Y él quede en vuestra presencia.
FILIBERTO:
Vos de mi guardia id con ellos,
acompañad su viaje,
no se le impida el pasaje,
y alguien se atreva a orendellos.
Valeroso don Fernando,
el campo recogeréis
luego, y con él os iréis
para Bolonia marchando,
porque nuestro emperador
me envían hoy avisar
que allá se va a coronar.
DON FERNANDO:
Así lo haré, señor.
Toca a recoger al punto,
y di a la gente de guerra
que el bando, y dejar la tierra,
se tiene de cumplir junto.
Que so pena de la vida
el que en Roma se tardare
un hora, si no marchare
a Boloña en vio seguida.
ATAMBOR:
Manda el señor don Fernando,
en nombre del general,
que todos los del real
le sigan luego marchando,
y que dejando sus modos
y tratos, dentro de un hora
oyendo mi voz agora,
venga a noticia de todos.
Jornada IV
DON FERNANDO GONZAGA. CAPITÁN SARMIENTO. SALVIATI. EMPERADOR CARLOS QUINTO.
Llegados a Bolonia DON FERNANDO DE GONZAGA y el CAPITÁN SARMIENTO, se encuentran, tratan de algunas cosas, y de la ocasión que lo movió al EMPERADOR a querer coronarse en Bolonia. Sale el invicto EMPERADOR, recibe la corona imperial por la mano de SALVIATI.
DON FERNANDO:
No sé cómo encareceros
señor capitán Sarmiento,
el regocijo que siento
de veros bueno, y de veros.
Y aunque en mi larga jornada
he venido quebrantado,
con solo haberos hallado,
es suave y regalada.
CAPITÁN:
En esa mesma ocasión,
es tan bueno mi derecho
que me deja satisfecho
con no deciros razón.
Que siendo tan conocida
mi pura amistad de vos,
no hay engaño entre los dos,
si las dos es una vida.
Y dejando esto a una parte,
decidme cómo os ha ido
en el saco, que he sabido
que alcanzastes buena parte.
Esto supe en Barcelona
de un correo que llegó
de Roma, que se envió
a la Imperial persona.
Con el cual me pasó un cuento
bien gracioso sobre mesa,
que contando vuestra empresa
perdió el hablar, y aun el tiento.
Porque le sentí el humor
que era amigo de brindar,
tanto como de hablar
con ser muy buen hablador.
Hice que menudeasen
los pajes en su porfía,
de un vino de Malvasía,
y que las tazas colmasen.
Él enamorado dellas,
siguiendo tras sus amores
se puso de más colores
que el arco de las doncellas.
Vino el negocio a tal punto
que vierais vuestro correo
no correr, ni dar meneo
que no fuese todo él junto.
Yo por honor de su fama
hice que lo desnudasen,
y de brazo lo llevasen
a reposar a la cama.
Y luego que amaneció,
me dijo muy reposado:
cierto no ha mal caminado
quien de Roma ayer salió.
Yo, visto que aún te duraba
el humo de Malvasía,
nada no le respondía,
y de vos le preguntaba.
Y a poder de rempujones,
me dio estas nuevas de vos,
que las estimé por Dios,
cual razón, no cual razones.
Y no me fiara dél,
por estar tal, cual os digo,
mas afírmolo un su amigo
que posó junto con él.
DON FERNANDO:
En el asalto romano,
es negocio tan cantado
que no se halló soldado
que no hinchese la mano.
Por donde bien se entendía
que si a todos les sobraba,
que a mí que entre ellos andaba,
tampoco me faltaría.
Porque veáis por las calles
ropas, tapices, vajillas,
sin estimarse, esparcillas,
y esparcidas, no tocalles.
Verdad es, que los de España
el robar ejercitaban,
contrario de lo que usaban
los bárbaros de Alemaña.
Estos, ni templo dejaron,
ni religión que no entrasen,
ni imagen que no quemasen,
ni monja que no forzaron.
No procuraban dinero,
que dél no hacían cuenta,
mas con una sed sangrienta,
satisfacían a Lutero.
Pero la gente invencible
de la nación española
fue la que no pudo sola
sufrir maldad tan terrible.
Y así siempre los seguían,
y los hacían mil pedazos,
y con sus valientes brazos,
la cristiandad defendían.
Los rebeldes luteranos
en un riesgo tan extraño
Recibían mayor daño
de España que de romanos.
Mas al fin ellos hicieron
cuanto pudo ser posible,
y aun cosas que es imposible
que hombres a tal se atrevieron.
Y pudiérate contar
cosas que vi con mis ojos,
y en cosas hacer despojos,
que te hiciera llorar.
Mas déjolas, porque huyo
su memoria que me atormenta,
sólo porque me des cuenta
de una cosa en que concluyo.
¿Cuál ha sido la razón
te ruego me des aviso,
porque aquí el gran César quiso
hacer su coronación?
Si a Roma tenía sujeta,
y es uso allí coronarse,
¿Qué le movió aquí apartarse?
CAPITÁN:
No ha sido causa secreta.
La causa más principal
fue la ruina presente,
y en un dolor tan reciente
el placer sería mortal.
También se consideró
que aderezos faltarían
en Roma, cual convenían
sabido que tal quedó.
Otras causas te han movido
al emperador de España,
que son ir de aquí Alemaña,
a cosas que han sucedido,
principalmente aplacalla.
Que entre algunos señalados,
ejercitan alterados
lanza, escudo, espada, y malla.
A reducir a su fuero
algunas francas ciudades,
que intentando libertades,
huyen del cesáreo impero.
Y hanse venido a ligar
los esguizaros con ellas,
para querer defendellas,
y aquesto va a sosegar.
Va a elegir los electores
del alto rey de romanos,
y a Hungría a esforzar los vanos
y repentinos temores
que Babada, rey de Buda,
con favor de Solimán,
junto gente, y que a Austria van
la primavera sin duda.
Éstas y otras cosas son
las causas para no ir
a Roma, por acudir
de aquí, a su petición.
¿Y nosotros qué hacemos?
¿No oyes gran vocería?
De placer, sigue esta vía,
y en la ciudad nos entremos.
Hora es ya, que este ruido
nos aviso que nos vamos,
porque si acá nos estamos
haremos lo no debido.
Sigamos este camino
que más cerca me parece,
por éste que se me ofrece,
don Fernando, te encamino.
SALVIATI:
Excelso emperador, luz de la tierra,
a quien el sumo Altitonante tiene
por pilar de su fe, pues en ti encierra
cuanto a tal ministerio a ver conviene,
por quien el fiero turco se destierra,
y el valiente francés temo, y no viene
a inquietar el mundo, que tu mano
invencible, sujeta y tiene llano.
Guardando el uso que se guarda en esto,
tu majestad católica, en presencia
de Dios, me juro siempre estar dispuesto
con eterna observancia y obediencia
en defender la Iglesia, del molesto
Lutero, y los demás, que con violencia
la ofendieren, siguiendo el crudo intento.
EMPERADOR:
Yo ratifico vuestro juramento.
SALVIATI:
Reciba vuestra majestad, agora,
las insignias que pide la grandeza
de emperador, y aquesta vencedora
mano, tenga este cetro de firmeza;
esta espada, que sea domadora
del enemigo de la fe, y su alteza;
este mundo de oro, que es el mundo
de que os hace señor, sin ser segundo.
Esta corona a vos justa y debida,
sustente la cabeza gloriosa,
como cabeza de la fe, eligida, 195
para ampararla de la cisma odiosa.
Y el cielo os dé y otorgue tanta vida
cuanto durare en él la luz hermosa
del sol, y os dé vitorias excelentes
de varias, fieras, y enemigas gentes.
Y porque resta que la sacra mano
del vicario de Dios os unja, vamos,
Emperador dignísimo romano,
a quien el ceptro y obediencia damos,
y el Hacedor del cielo tan ufano
os haga, que de vos solo veamos
el nombre eterno, de inmortal memoria,
poniendo fin en esto a nuestra historia.
La Muracinda
La horrible empresa, el espantable efecto
de la sangrienta Alecto administrado,
canto, de los dos bandos encontrados:
el uno de los gatos infieles
y el otro de los perros animosos
y leales, y cómo fueron muertos
y vengados los gatos de su ofensa
de haber muerto a la gata Muracinda.
Oh musa, a quien le toca este cuidado
no te desdeñes del sujeto humilde,
pues ya cantó de ranas y ratones
el smírneo poeta, y la sagrada
lira de Mantua, en números divinos
nos dejó la memoria de un moxquito.
Tú (oh celeste Can) que entre los astros
tienes tu asiento, envía tu socorro
en favor de tus canes, que la Muerte
los tiene condenados a que mueran,
por el orden fatal que iré contando.
Tomares, es un agradable pueblo
principio del riquísimo Ajarafe
puesto en la altura de una ecelsa cumbre,
famoso por los frutos de que abunda
y por su ilustre fuente esclarecido.
Este fértil lugar de Baco y Palas
por la parte del Euro que le espira
y la Aurora le da la luz primera,
mira a la sacra Hispalis y al Betis
cómo ciñe la vega de Triana,
fértil de vides y árboles frutales;
de aquí se ve, volviendo el rostro al Bóreas
de la rica Triana el llano asiento,
do está el Tribunal sacro que defiende
la verdadera fe contra Lutero;
desde aquí, atravesando el pueblo ilustre,
que dos millas está nuestro Tomares,
donde esta historia su principio tuvo,
que fue éste su origen verdadero:
En los tiempos pasados tuvo un cura
de gran dotrina y de virtud ejemplo,
que a todo aquel lugar administraba
los divinos oficios, enseñando
las cosas de la Fe a la rudeza
del vulgo agreste que tenía a su cargo.
Un día sucedió, que entró en su casa
cuando el Sol puesto en su mayor altura,
hería la tierra con derechos rayos;
ocupó el padre cura, silla y mesa,
bastecida de frutas y viandas
con moderada cantidad en todo,
que la mesa templada desta suerte
huye con menosprecio, y abandona
la gulosa abundancia, que promete
dar de comer a cien epicúreos
y osa a Fabricio convidar en ella;
prosiguió su comida, y tomó un hueso
(en que el Hado encerró la dura muerte
que lo había de ser de tantas vidas)
y echóselo a la gata Muracinda
a quien él regalaba con estremo.
Con las vírgenes vestales
Con las vírgenes vestales
Está la hermosa rea,
Que su tío el rey Amulio
Allí la tiene por fuerza,
Desterrándole a su padre
contra justicia y clemencia,
Por quitarle el reino Albano,
Qu’era suyo por herencia.
Asimismo dio la muerte
A Lauro, otro hermano d’ella,
con que seguro de todo
con el reino albanés queda.
La triste rea quedando
Huérfana y por fuerza opresa,
La cual consumía su vida
Lastimada de su ofensa,
Pidiendo venganza al cielo
De su estrechez y miseria,
Desesperada del medio
Que dalle remedio pueda.
Estando así en el convento
De la religiosa Vesta,
Entre su virgíneo coro
La virgen vestal profesa.
Lucha Impuesta Por El Amor
El hijo del alto Jove,
Que preside en las peleas,
El sangriento horror, dejando
Las armas y trompas bélicas,
A la terneza de amor
Todo su furor sujeta,
Viendo la beldad divina
De la virgen vestal rea;
Y forzado al dulce fuego,
Que al más fuerte señorea,
El poderoso dios Marte
ciego y cativo se entrega;
Que en las contiendas de amor
Ninguna fuerza aprovecha.
Dio lugar a la memoria
El dios fiero de la guerra,
Trabando consigo mismo
De las guerras la más fiera,
Entre amor y su deseo,
Que el uno y otro le apremian,
Dándole el amor esfuerzo,
Y el deseo temor y pena;
Natural cosa al que ama,
Es temer lo que desea,
cual al dios Marte, sucede,
Que lo que desea, recela.
Puesto el tracio dios horrible
En esta horrible contienda,
Temiendo y orando a un punto,
cosa en el que ama cierta,
Sujeto a su voluntad
rompió del temor la cuerda
Dejando al libre deseo
Suelta a su querer la rienda:
Y así puesto en asechanza
A la vestal rea acecha,
Y hallándola sola un día
A gozar d’ella se apresta;
Que no le otorga su fuego,
Para aguardar más, licencia.
Llegó a ella y por la mano
Llegó a ella y por la mano,
Sin descubrirse quién era,
La asió, y ella pavorosa
La voz mal formada arrecia.
Forcejeando, y resistiendo
Enflaqueció en la defensa;
Que no puede fuerza humana
resistir divina fuerza.
Tembló el templo, bramó el cielo,
Estremecióse la tierra,
De horror volvió atrás el Tíber
Escondiendo la cabeza,
Y al centro lodoso y hondo
Se dejó calar de pena,
Turbando las claras hondas
revolviendo las arenas
Dando testimonio en esto
Del agravio hecho a Vesta.
Habiendo Marte a su gusto
Gozado de la doncella,
Le dice quién es, y en vuelo
Se desapareció de ella,
Quedando la vestal virgen
Sin el don que más se precia.
Castigo a la Madre y a los Niños
Y de dos hijos preñada,
Indicio de que era rea;
Que las ocultas maldades
El mismo mal las revela,
cual en este ayuntamiento
Vino a sucederle a rea,
Quedando por rastro d’él
La preñez, en que se vea:
La cual aunque quedó oculta,
Fue, creciendo, manifiesta;
Llegando el tiempo que Juno
Sacó a ver la luz febea
Dos bellos niños de un parto,
No sin confusión y afrenta
De las vírgenes vestales,
Que al rey el caso le cuentan.
El cual oyendo el suceso,
Sin que punto se detenga,
renovando el odio antiguo
ordenó, ardiendo en crueza,
cómo padezca la madre,
Y los dos hijos perezcan:
Y así la mandó poner
En una prisión estrecha
Donde acabase la vida
En soledad y miseria.
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