Poemas de Juan de la Cueva

Poemas de Juan de la Cueva

Poemas de Juan de la Cueva (1543-1612), poeta y dramaturgo sevillano fundamental en la transición hacia el teatro barroco español. Su mayor aporte fue la ruptura con las unidades aristotélicas, reduciendo los actos de cinco a cuatro y mezclando elementos trágicos con cómicos.

Fue pionero al introducir temas de la historia nacional y leyendas populares en la escena, alejándose de los modelos puramente clásicos. En su obra teórica Ejemplar poético, defendió la libertad creativa y el uso de diversos metros según la situación dramática, sentando las bases que luego perfeccionaría Lope de Vega.

Égloga I

Argumento

Alción i Caustino, dos pastores cuyos nombres tienen alegórica sinificación. El Caustino era amado de una pastora llamada Cynthia. Alción, siendo su amigo, se aficionó della, i andando lamentándose de ver que lo tratava con menosprecio, entendido de Caustino, i hallándolo en sus lamentaciones quexándose de la esquiveza de Cynthia, haziendo burla de su ciega passión, passa con él el razonamiento que contiene, etcétera.

A don Antonio Manrique

Mi Musa exercitada en las montañas,

entre riscos i árboles umbrosos,

oída de las fieras alimañas,

agradable a los Faunos amorosos,

quiere salir dexando las cabañas,

las dehesas i sotos deleytosos,

a los prados de Amor donde reparte

el fuego abrasador del fiero Marte,

 

i assí mostrar el amoroso afeto,

la poderosa fuerça que commueve

al más altivo pecho i más quieto

que cosas no esperadas tiente i prueve;

en cuanto el ocio i el temor secreto

en que me tiene el Hado, que remueve

tantas causas de daño en daño mío,

sin dar jamás a su crueldad desvío,

 

quiere que aora deste tiempo duro

reduzga un breve término a la pluma,

¡ó claro Don Antonio!, i qu’el seguro

temor espela i sossegar presuma,

porqu’el desseo i ánimo tan puro

que mueve a mi desseo no consuma

el voraz tiempo con oscuro olvido

siendo en Letheo a fuerça sumergido.

 

Por esso, gran señor, quitad d’en medio

un solo punto el velador cuydado,

solicitando a bueltas el remedio

qu’el Cielo tanto tiempo m’á negado,

i del govierno qu’es a tantos medio

os mostrad (a me oír) desocupado:

no porqu’el baxo acento lo meresca,

mas porque yendo a vos jamás peresca.

 

I el Cielo dando a mis trabajos buelta,

venido el tiempo que desseo tanto

en que mi opressa libertad sea suelta,

por vuestra mano dando fin al llanto,

dexada la fatiga en que rebuelta

vive mi alma, en numeroso canto

celebraré vuestro glorioso nombre,

qu’en toda parte toda gente nombre.

 

Mas ya qu’el tiempo aora me lo impide

i el horrible temor me corta el hilo,

pues él me lleva i él mis passos mide

dando al sugeto acomodado estilo:

recebid los suspiros que despide

Alción, oíd su llanto, ved que un Nilo

se buelve en su amorosa fantasía

siguiendo en soledad mi compañía.

 

De su dura fatiga compelido

i del tenaz dolor que le aquexava,

a contemplar (en quien lo trae encendido)

sin sobresalto, un monte freqüentava;

lugar quieto, dulce i ascondido,

do Betis suavemente murmurava

por entre flores i árboles corriendo,

do puesto Alción, la boz soltó diziendo:

 

ALCIÓN, CAUSTINO

ALCIÓN

¡Ó Cynthia airada, altiva, ingrata i dura!

¡Ó coraçón de duro diamante!

¡Ó Cynthia a mi tormento tan segura

i a mi firme querer tan inconstante!

¿De qué sirvió la inmensa hermosura

qu’el Cielo puso en ti? ¿De qu’el semblante

que sossiega la ira al fiero viento,

si es causa de dar fuerça a mi tormento?

 

¿De qué sirvió la púrpura i el oro,

la nieve, perlas i el rubí precioso?

¿De qué las luzes de immortal tesoro

i el nativo esplendor maravilloso?

¿De qué la boz del soberano coro?

¿De qu’el mirar onesto i poderoso

de dar a un muerto vida i buena suerte

si sólo a mí tal bien me da la muerte?

 

No porque a mi firmeza se le deve

ni a puro amor en mí tan conocido,

que tanto mal i tanta afrenta prueve

i en tal odio me vea consumido.

¿Cuál árbol, cuál montaña no se mueve

a mi dolor? ¿Cuál bronze endurecido?

¿Cuál risco no se ablanda con mis ojos?

¿Cuál aspereza d’ásperos abrojos?

 

Sola en ti no ay piedad, sola en ti falta,

que a todo sobrepujas en dureza:

assí cual eres en beldad más alta,

assí eres desigual en la crueza;

que tu ostinado coraçón esmalta

dentro de sí tal odio i tal fiereza

que oyendo tu crueldad en mis querellas

cruel te llama el Cielo i las estrellas.

 

Por ti padesco el aspereza i saña

del poderoso Amor i mi cuidado;

por ti todo contento i bien me daña

i por ti estoi sin mí i en ti ocupado;

por ti la soledad desta montaña

sigo, por ti aborresco mi ganado,

que otro tiempo amparé cuando fui dino

que me viesses sin miedo de Caustino.

 

Por él te veo siempre desdeñarme,

por él serte odioso el nombre mío;

por él huyes de mí sin escucharme

i por él sufro tu imortal desvío;

por él aun no te mueves a mirarme,

con no pretender más mi desvarío

de que un solo momento a hurto veas

el mal que hazes en mi por que lo creas.

 

No te pido yo en esto que aborrescas

a quien Amor, el Cielo i la ventura

favorecen, ni quiero qu’enternescas

tu coraçón por ver mi desventura,

que ya esperar que tú te condolescas

de mi terrible mal, sería locura

si no es que Amor quisiesse ya de hecho

mudar tu coraçón i altivo pecho.

 

Mas esto (si es remedio) no es possible

que pueda ser en mi favor i ayuda,

que siendo cual te soy aborrecible,

¿qué bien avrá que a socorrerme acuda?

¡Ó suerte dura! ¡Ó coraçón terrible!

¡Ó ingrata Cynthia! ¿Cómo no se muda

tu alma d’esse amor, por quien me dexas

ardiendo en fuego, en celo, en llanto, en quexas?

 

Con un suspiro puso fin al canto,

enternecido en su amorosa pena,

paró la lengua i dio lugar al llanto

que se mostrasse con crecida vena;

traspuesto en su congoxa i su quebranto

del racional discurso se enagena,

i estando assí, Caustino se hallava

en el mismo lugar i assí cantava:

 

CAUSTINO

Sagrado Betis, que con dulce estruendo

vas regando esta selva deleytosa

a donde van guiados mis acentos:

enfrena tu corriente presurosa;

oye mi canto, con el cual pretendo

tener suspensos los airados vientos;

i los más elementos

que distintos están por su aspereza

juntos al tierno canto

estarán mientras canto,

libre de la crueza

del ciego, injusto Amor i su fiereza,

en libertad sabrosa,

fuera de su contienda peligrosa.

 

Sus vanas esperanças seguí un tiempo,

sus dañosos plazeres m’agradaron,

mas desto vivo libre i reposado,

escarmentado en ver cuantos quedaron

burlados de su breve passatiempo,

i cuantos lloran su engañoso estado.

Comigo retirado

en esta soledad, dulce, agradable,

no temo si se aíra

mi pastora o me mira,

si esta odiosa o afable,

si quiere, si aborrece, si es mudable,

qu’es la vida que adora

el ciego amanta que su bien inora.

 

De todo aquesto en libertad segura

me río, i lo estoi viendo muy quieto,

despedidos del alma los temores,

seguro ya del peligroso aprieto,

reduzido a razón de mi locura

gozo el suave aliento destas flores;

en aquestos dulçores

ocupo solamente mi sentido,

i en llevar mi ganado

al pasto acostumbrado,

traerlo del exido,

en mirar si el sarmiento está metido,

si a la fresca ribera

pinta la desseada Primavera.

 

Pongo la cuerda a la sutil raposa,

tiendo la red al ave descuydada,

sigo el ligero ciervo en su corrida;

buelvo cargado dél a la majada

después que con carrera presurosa

en el curso acabó su curso i vida;

hago dél mi comida,

combido sin temor al ganadero,

que sus vacas guardando,

a su plazer cantando,

con ánimo sincero

lo acepta, i aunque rustico i grocero,

lo tiene en más estima

que plata u oro u lo que más s’estima.

 

No m’entretengo ni jamás do entrada

en mi memoria al fácil pensamiento,

qu’en cosas fuera déstas pare un punto;

luego lo aparto i voy en seguimiento

de la vida quieta i reposada,

que todo bien alcança i tiene junto.

No m’altero, o barrunto

mil sospechas, ni admito su recelo;

no doy fuerça al tirano

que jusga ya en su mano

todo el poder del suelo,

porqu’el otro señor viendo su zelo

de ambición, le responde

riendo lo qu’el cauto pecho asconde.

 

¿Quién es aquél que solo i recogido

al pie de aquella haya veo sentado,

seguro al parecer, libre i quieto?

¿Es Alción? ¡Él es, ó desdichado!

¿Qué nueva desventura le á traído

‘aquesta soledad, o cuál aprieto

le tiene tan sugeto?

¿Vive en su antiguo fuego todavía?

Quiero a do está acercarme

i dél mismo informarme,

i por aquesta vía

passaré sin fastidio el largo día,

oyéndole dar cuenta

del mal que le consume i atormenta.

 

Salud tengas, Alción, i del rocío

de la dorada Aurora tengas parte,

i tenga fin tu mal tan importuno,

i en la fértil ribera deste río

que por diversas partes se reparte

veas el bien a tu desseo oportuno;

i sin miedo ninguno

del cauto lobo, pluvias o tormenta,

arribes tu ganado

al deleytoso prado

donde se representa

la gloria en que tu alma se sustenta,

i veas tus corderos

henchir de blanca lana tus aperos.

 

ALC.

Llueva dulce licor por tus collados,

uvas te dé la larga montuosa

i el lobo tenga miedo a tu ganado;

dente los alcornoques miel sabrosa

i tus corderos sean señalados

de la raíz de sándix de su grado.

La tierra sin arado

te produzga abundantes sementeras,

las ásperas espinas

te broten calvellinas,

i en las anchas laderas

te nasca el rico amomo i hagas eras,

i te dé tal contento

cual yo con tu venida aora siento.

 

CAU.

Cuán seguro, quieto i sin cuydado

te muestras, Alción, en tu semblante,

sentado a sombra d’essa haya umbrosa

sin que cosa a impedirte sea bastante;

gozoso vives el felice estado

do te subio tu suerte venturosa,

i con boz sonorosa

llamas a la pastora que recrea

tu alma, a ella ofrecida,

que de Amor encendida

la considere i vea,

i tu encendido amor conosca i crea,

i entre aquestos dulçores

los celos dan más fuerça a tus amores.

 

 

ALC.

Caustino: nunca fue tan venturoso

que de tan alto bien tuviesse parte,

ni jamás conocí tan alta suerte

ni ocupo mi juizio, estudio i arte

sino en mi trato agreste, desseoso

de verme libre de cuydado fuerte,

que causa triste muerte

al que sigue su lucha peligrosa,

a donde es ser vencido

el que más á podido.

 

CAU.

No me digas tal cosa,

que tu alma también es amorosa.

 

ALC.

¿Por qué razón lo entiendes?

 

CAU.

Porque conosco el fuego en que t’enciendes.

 

ALC.

Negarte que no estoy de Amor llagado,

que no abrasa el Amor el pecho mío,

sería negarte la verdad provada:

como si te afirmasse qu’este río

es monte, i esta haya es mi ganado,

i esta luz que da el Sol es emprestada;

i assí es cosa escusada

encubrir lo que al fin d’estar cubierto

el tiempo que lo encubre

él mesmo lo descubre,

mas el procurar cierto

quiénes la que yo amo, es desconcierto,

porque fiero castigo

el Cielo me promete si lo digo.

 

CAU.

Sin duda es la gran Iuno tu querida,

según la encubres dentro en tu conceto,

i es justo assí guardalle sus amores,

que uno por no amalla con secreto

fue su voluntad loca conocida

i por premio sacó eternos dolores.

Pues mira los ardores

de la hermosa Venus i el dios Marte

que aun de sí los guardavan,

mas después suspiravan

aquella sutil arte

con que su amor se supo en toda parte,

porqu’el umilde suelo

prometió no encubrille nada al Cielo.

 

ALC.

No quiero a Venus ni es mi amor con Iuno,

ni contiendo con dioses celestiales,

Caustino, ni procuro lo impossible;

ni dezafío dioses imortales,

ni quiero dellos infamar ninguno,

ni quiero ser a Iove aborrecible;

ni tengas por terrible

tener secreta aquella a quien adoro,

porque sería más vicio

dezir que la codicio

sin guardar el decoro

de aquella que merece el alto coro,

i no a un ganadero

que cuando más alcança es ser cabrero.

 

CAU.

Si en aqueste lugar secreto i solo

te dixesse quién es, ¿qué me dirías

si descubriesse todo tu desseo?

 

ALC.

Caustino, ten por cierto que serías

para comigo otro nuevo Apolo,

otro sabio Tiresias o Proteo;

i aunque lo seas no creo

que comprehender puedas el cuydado

a que vivo sugeto,

pues saber lo secreto

a Dios es reservado,

a quien el coraçón del ombre es dado,

por lo cual, ¡ó Caustino!,

no quieras imitar lo que es divino.

 

Mas ruégote, si el tiempo te concede

algún descanso i tu felice estado

te permite gozarlo en compañía,

des lugar al dulçor de tu cuydado

i al viento des la boz que ‘Apolo ecede

su divino concento i armonía.

Seguirte é con la mía

no igual, para tener tal competencia,

mas dándome tu aliento

resonará mi acento

que vaya a la presencia

de aquella de quien nunca hago ausencia,

de aquella que m’enciende,

qu’el alma adora i sola el alma entiende.

 

CAU.

¿Si te agrada, Alción, cantar comigo

qué premio avrá el que uviere la vitoria

o quien nos oye que nos dé sentencia?

 

ALC.

¿Quién te puede, ¡ó Caustino!, a ti dar gloria

o quien puede en contienda entrar contigo

que no te ofresca el premio de obediencia?

¿Quién de la competencia

nos juzgue? No ay en esto qué juzgarnos,

que yo te reconosco

ventaja, i la conosco,

que por exercitarnos

i del calor molesto repararnos

pedí que al viento diesses

tu boz, no que comigo competiesses.

 

CAU.

Da principio, Alción, ¿por qué te tardas?

Tiempla tu dulce i sonorosa avena,

que con la mía ya te estó aguardando.

 

ALC.

Muestra tu rica i frutuosa vena,

Caustino, ¿que te impide?, ¿a cuándo aguardas?

que ya te están las Ninfas escuchando

i aquélla que abrasando

está mi coraçón en fuego esquivo

i en su yelo m’enciende.

 

CAU.

Muy sin razón te ofende

siendo tan su cativo.

 

ALC.

Aunque m’ofende en gran descanso vivo.

 

CAU.

Dexa ya essas passiones.

 

ALC.

Comiença, i avrán fin nuestras razones.

 

CAU.

Dad a mi umilde canto grato oído

vos montes, fieras, ríos, aves, viento,

qu’en lo más apartado i ascondido

se oyga nuestro rústico instrumento,

i el pecho de piedad endurecido

contra Alción se mueva a sentimiento,

de suerte que los Faunos i Silvanos

canten i baylen por aquestos llanos.

 

ALC.

Tú, Cielo de mis quexas fiel testigo,

que oír mi mal te suspendió algún día,

séme, cual ya me fuiste, dulce amigo,

pues sólo a ti conduele el ansia mía;

la ira, saña i el cruel castigo

de aquella fiera que mi bien desvía

i lleva por camino tan estraño

aplaca con dezirle tú mi daño.

 

CAU.

Traigan amomo i casia, esparzan flores,

caigan pluvias de oro en este prado

en servicio de Cyntia tus amores,

con que su saña i odio sea aplacado.

Dexa los montes, dexa los pastores,

¡ó Pan de Arcadia!, ven, dexa el ganado;

oye ‘Alción i vengan por testigos

los mancebos de Arcadia sus amigos.

 

ALC.

Desde aquí estoy mirando, ¡ó Ninfa bella!,

las Ninfas i las diosas escuchando

mi suelta boz, i commovidas della

estar tu injusta crueldad culpando;

a ti te veo riendo mi querella

i tu culpa con daño mío escusando,

poniéndoles delante el amor puro

qu’enternece tu pecho al mío tan duro.

 

CAU.

En dura enzina al natural sacada

de sutil mano, tengo tu figura,

bella Cyntia, i tan bien entretallada

qu’en ella ven cual es tu hermosura;

la de Alción al propio trasladada,

que llorando su estrema desventura

tu implacable crueldad, tu poco aviso,

está por ti de sí hecho un Narciso.

 

ALC.

No ay planta en todo aquesto en que no vea,

¡ay, Ninfa ingrata! tu belleza puesta,

qu’en esta obra solamente emplea

mi alma la memoria en ti traspuesta;

mas temo (aunqu’esta gloria me recrea)

llegarme cerca aun con la vista presta,

impedida de ti i ardiendo en celo

lidio contigo, Amor, desseo i recelo.

 

CAU.

Cual fiera tigre no se mueve al canto

del mísero Alción, sino la ira

tuya, ¡ó cruel!, que al mundo causa espanto

no moverte jamás canto de lira;

alça los ojos a mirar un tanto,

que ardiendo en tu desdén de sí respira

ardiente fuego con qu’enciende el yelo

desta montaña i cassi abrasa el Cielo.

 

ALC.

De aquí donde tu saña rigurosa

me tiene desterrado, estoy mirando

(¡ay, fiera!) tu beldad maravillosa,

parte por parte viendo i contemplando;

i te veo que libre i desdeñosa

estás riendo lo qu’estoy llorando,

sin más memoria de mover tu pecho

que si no uvieras tú mi daño hecho.

 

CAU.

De la pesada siesta el gran quebranto

emos con nuestra música templado

i al Sol ardiente el encendido brío;

i una cosa, Alción, é contemplado:

que a la dulçura i fuerça de tu canto

cayó yelo i templo el ardiente estío,

hizo correr el río,

parar los montes sin ningún recelo,

que se moviesse el Cielo,

soplar los vientos cuando resonava

tu suelta boz i entr’estos riscos dava,

a tu Ninfa llamando

que de tu fiero mal s’está burlando.

 

ALC.

¿Cuándo jamás mi Musa campesina

mereció que tal gloria se le diesse

cual as dado al umilde canto mío?

¿O cuándo mereció que competiesse

mi boz terrestre con tu boz divina,

pues es imaginarlo desvarío?

¿O cuándo el presto río

pudo mi canto suspender a oírme

cual quisiste dezirme,

si no es qu’en tener yo tu compañía

tuvo valor la indina Musa mía,

criada entre montañas,

exercitada en rústicas cabañas?

 

I aora conseguí qu’en mi cadena

cantar pudiesse, ¡ó gloria soberana!,

que tanto premio viesse en mi baxeza,

i no en balde la boz d’esta mañana

cuando traspuesto en mi sabrosa pena

llegó a mi oído aquí en esta aspereza

diziendo: tu tristeza

tendrá fin oi, primero que a Ocidente

llegue el Sol, que de Oriente

començava a mostrar sus rayos de oro;

con esta hoz se reparó mi lloro

i aora é conocido

que aquella boz en esto se á cumplido.

 

CAU.

¿Qué boz pudo, Alción, hazerte cierto

de tan dudosa i no pensada gloria?

¿O quién pudo advertirte deste hecho,

que cierto es cosa dina de memoria

saber estando en medio de un dezierto

tan fuera de sentido, en tal estrecho,

sintiessen tu despecho,

tu riguroso mal, i condolidas

las Ninfas ascondidas

dentro en los verdes árboles umbrosos,

oyendo tus acentos dolorosos,

i a ellos respondiessen

i esperança tan próspera te diessen?

 

No tienes, Alción, razón ninguna

tener assí encubierta tal hazaña

a quien de tu contento lo recibe,

pues no ay quien pueda en toda esta montaña

impedir que no cuentes tu fortuna,

para lo cual al punto te apercibe.

 

ALC.

Nada no me prohíbe

contar, Caustino amigo, mi suceso,

mas es largo el proceso

i no ay lugar, pues ya declina el día;

si quisieres los dos en compañía,

bolvamos tu ganado

del pasto, i demos buelta a lo abrigado,

i mañana la nueva luz mostrando

el claro Sol en el rosado Oriente,

con que se alegran al lugar presente,

venir podremos al lugar presente,

donde te iré, Caustino, recitando

todo el proceso de mis largos males.

 

CAU.

Si en ocasiones tales

difieres de dar cuenta de tu istoria,

recoge la memoria

i demos ambos buelta a mi cabaña,

que si el oído i vista no me engaña

Théstilis la criada

nos llama con la cena adereçada.

 

Epístola I

Sobre el ingenio y arte disputaron

Palas y el fiero hijo de la Muerte

a quien del cielo por odioso echaron.

 

La sabia diosa su razón convierte

en decir que el ingenio sin el arte

es ingenio sin arte cuando acierte.

 

De estas dos causas seguiré la parte

por do el ingenio inspira, el arte adiestra

sin que de su propósito me aparte.

 

Si admite la deidad sagrada vuestra,

Fébeas cultoras de Helicón divino,

comunicarse a la bajeza nuestra.

 

Y adiestrándome vos por el camino

de la vulgar rudeza desviado,

a su brutez profana siempre indino,

 

llegaré al punto en que veréis cantado

lo que el Arte al ingenio perfecciona,

y de quien es, si ha de acertar, guiado.

 

Sujeto es que repuna y abandona

de la mortal graveza la ignorancia,

y con puros espíritus razona.

 

Entre ellos hace dulce consonancia,

de quien recibe el numeroso acento

que lo adorna de afectos, y elegancia.

 

Vos a quien Febo Apolo da su asiento

y las Musas celebran en su canto

y el vuestro escuchan con discurso atento;

 

en mi temor que dificulta tanto

la extraña empresa, y me promete cierto,

la caída en el vuelo que levanto:

 

por este perturbado mar incierto

naufragando mi nave va a buscaros,

pues sois mi norte, a que seáis su puerto.

 

No va cargada -gran Fernando- a daros

ricas piedras de Oriente, ni preciosos

aromas, con que pueda regalaros.

 

Dones son los que os lleva más gloriosos,

de más estima, y de mayor riqueza

para la eternidad más poderosos.

 

De esta segura suerte la grandeza

se adquiere con los números, que el vuelo

cortan al tiempo en su mortal presteza.

 

Estos, son los que igualan con el cielo

los nombres, y así deben adornarse

con esplendor cual su lustroso velo.

 

De muchas cosas deben apartarse,

y otras muchas seguir precisamente

y por ley unas y otras observarse.

 

El verso advierta el escritor prudente

que ha de ser claro, fácil, numeroso

de sonido, y espíritu excelente.

 

Ha de ser figurado, y copioso

de sentencias, y libre de dicciones

que lo hagan humilde u escabroso.

 

La elevación de voces y oraciones

sublimes, muchas veces son viciosas

y enflaquecen la fuerza a las razones.

 

Vanse tras las palabras sonorosas

la hinchazón del verso, y la dulzura,

tras las sílabas llenas, y pomposas.

 

Entienden que está en esto la segura

felicidad y luz de la poesía

y que sin esto es lo demás horrura,

 

Si el verso consta sólo de armonía

sonora, de razones levantadas,

ni fuerza a más, bien siguen esa vía.

 

Mas si las cosas han de ser tratadas

con puntual decoro del sujeto

faltaran, de ese modo gobernadas.

 

No explica bien el alma de un conceto

el que se va tras el galano estilo

a la dulzura del hablar sujeto.

 

Ni el que del vulgo sigue el común hilo

en término, y razones ordinarias

cual en su ditirámbica Grecilo.

 

Entrambas a dos cosas son contrarias

a la buena poesía, en careciendo

del medio, con las partes necesarias.

 

Caerá en el mismo yerro el que escribiendo

puramente en lenguaje castellano

se sale de él por escribir horrendo.

 

Cual ya dijo un poeta semi hispano

el centimano Gigans que vibraba,

que ni habló en romance, ni en romano.

 

Otro que de elevado se elevaba

dijo, el sonoro son y voz de Orfeo,

en mi espíritu interno modulaba.

 

Esta escabrosidad de estilo es feo,

sin ingenio, y sin arte, que es la llave

con que se abre el celestial museo.

 

Ha de ser el poeta dulce, y grave,

blando en significar sus sentimientos,

afectuoso en ellos, y suave.

 

Ha de ser de sublimes pensamientos,

vano, elegante, terso, generoso,

puro en la lengua, y propio en los acentos.

 

Ha de tener ingenio y ser copioso,

y este ingenio, con arte cultivallo,

que no será sin ella fructuoso.

 

Fruto dará, mas cual conviene dallo

no puede ser, que ingenio falto de arte

ha de faltar si quieren apretallo.

 

No se puede negar que no es la parte

más principal, y que sin arte vemos

lo que Naturaleza le reparte.

 

Y aunque es verdad que algunos conocemos

que con su ingenio sólo han merecido

nombre, lugar común les concedemos.

 

Que el nombre de poeta no es debido

sólo por hacer versos, ni el hacellos

dará más, que el hacello conocido.

 

Este renombre se le debe a aquellos

que con erudición, dotrina, y ciencia

les dan ornato que los hacen bellos.

 

Vístenlos de dulzura y elocuencia,

de varias y hermosas locuciones,

libres de la vulgar impertinencia.

 

Hablan por elegantes circuiciones,

usan de las figuras convenientes

que dan fuerza a exprimir sus intenciones.

 

Los poetas que fueren diligentes

observando la lengua en su pureza

formarán voces nuevas de otras gentes.

 

No a todos se concede esta grandeza

de formar voces, sino a aquel que tiene

excelente juicio, y agudeza.

 

Aquel que en los estudios se entretiene

y alcanza a discernir con su trabajo

lo que a la lengua es propio, y le conviene.

 

Cuál vocablo es común, y cuál es bajo,

cuál voz dulce, cuál áspera, cuál dura,

cuál camino es seguido, y cuál atajo:

 

Este tiene licencia en paz segura

de componer vocablos, y este puede

enriquecer la lengua culta y pura.

 

Finalmente, al que sabe, se concede

poder en esto osar, poner la mano,

y el que lo hace sin saber, excede.

 

Por este modo fué el sermón romano

enriquecido con las voces griegas,

y peregrinas, cual lo vemos llano.

 

Y si tú que lo ignoras, no te allegas

a seguir esto, y porque a ti te admira

lo menosprecias, y su efecto niegas,

 

lo propio dice el Sabio de Stagira

a quien Horacio imita doctamente

en dulce, numerosa y alta lira.

 

Si formaren dicción, es conveniente

que sea tal de la oración el resto

que autoridad le dé a la voz reciente.

 

No se descuide en la advertencia de esto,

y en cuáles son las letras con que suenan

bien, y con cuáles mal lo que es compuesto.

 

Vocablos propios muchos los condenan

por simples, mas las voces trasladadas

y ajenas, por dulcísimas resuenan.

 

Voces antiguas hacen sublimadas

con majestad y ser las oraciones,

si las palabras son bien inventadas.

 

La oración hacen grave las dicciones

inusitadas, y serás loado

si cuerdamente ordenas, y dispones.

 

Una cosa encomienda más cuidado

que en cualquiera sujeto que tratares

siga siempre el estilo comenzado.

 

Si fuera triste aquello que cantares

que las palabras muestren la tristeza

y los afectos digan los pesares.

 

Si de Amor celebrares la aspereza,

la impaciencia y furor de un ciego amante,

de la mujer la ira y la crueza:

 

este decoro has de llevar delante

sin mezclar en sus rabias congojosas

cosa que no sea de esto semejante.

 

Si de cosas tratares deleitosas

las razones es justo que lo sean;

si de fieras, sean fieras y espantosas.

 

Acomoda el estilo que en él vean

las cosas que tratares tan al vivo

que tu designo por verdad lo crean.

 

Pinta al Satúrneo Júpiter esquivo

contra el terrestre bando de Briareo

y al soberbio Jayán, en vano altivo.

 

Celosa a Juno, congojoso a Orfeo,

hermosa a Hebe, lastimada a Ino,

a Clito bello, y sin fe a Tereo.

 

No estará la virtud en su divino

trono entre el Ocio vil y Gula vana

por ser lugar a su deidad indino.

 

Ni la corona sacra de Ariadna

esmaltada de formas celestiales

estará bien ciñendo frente humana:

 

estas partes son todas principales

en el Arte, y si en ellas no se advierte

errarán en las cosas esenciales.

 

Y vendrá a sucederles de la suerte

que en la lira una cuerda destemplada

en disonancia las demás convierte.

 

En la salud del hombre deseada

una señal de muerte, en mil de vida,

basta para que muera y sea acabada.

 

Si la obra en que tienes consumida

con largo estudio, y con vigilia eterna

la mejor parte de tu edad florida;

 

si abstinente de Baco, y de la tierna

Venus, que los espíritus enciende

y las almas destempla, y desgobierna:

 

Si Apolo que te inspira, la defiende

si le faltó la parte de inventiva

de do el alma poética depende:

 

no puede ufana alzar la frente altiva

ni tú llamarte con soberbia Homero,

si le hace la fábula que viva.

 

De este yerro culparon al severo

Scalígero, y de esto anduvo falto

en su Arte Poética el primero.

 

Castigo fué que vino de lo alto

que él criticó al Obispo de Cremona

y a él le dan por la inventiva asalto.

 

Así el que aspira a la Febea corona

observe la Poética imitante

que es la vía a la cumbre de Helicona.

 

Parte, ni fuerza tiene tan bastante,

ni más vida, ni esencia, cuanto tiene

de fábula, que en ella es lo importante.

 

Después de saber esto le conviene

al pierio Poeta usar bien de ello

como no exceda al Arte, ni disuene.

 

De tal modo es forzoso disponello

que nadie inore, y sea a todos claro

sin que la oscuridad prive entendello.

 

Ha de ser nuevo en la invención y raro,

en la historia admirable, y prodigioso

en la fábula, y fácil el reparo.

 

Ningún preceto hace ser forzoso

el escribir verdad en la poesía,

mas tenido en algunos por vicioso.

 

La obra principal no es la que guía

solamente a tratar de aquella parte

que de decir verdad no ¡se desvía.

 

Mas en saber fingilla de tal arte

que sea verisímil, y llegada

tan a razón, que de ella no se aparte.

 

Nicandro en su Triaca celebrada

dicen que no es poeta, y que Lucano

no lo fué en su Farsalia laureada.

 

Históricos los llama Quintiliano

porque tanto a la Historia se llegaron.

Poetas a Platón y Luciano.

 

Estos que en sus poesías se apartaron

de la inventiva son historiadores

y poetas aquellos que inventaron.

 

No se dan del Parnaso los honores

por solo hacer versos, aunque hagan

más que Favonio da a los Samios flores.

 

Cuando se alarguen más, y satisfagan

al común parecer, en careciendo

de intención, con poco honor les pagan.

 

Así, a los que este ingenio va encendiendo

son metrificadores, no poetas

cual fué Empedocles que lo fué siguiendo.

 

Di tú, que a la invención no te sujetas

y quieres que tu fama sea gloriosa,

¿sin ellas, cuáles obras hay perfetas?

 

Di, ¿cómo será especie de otra cosa

aquella que debajo no estuviere

de su género? o ¿cómo provechosa?

 

Cuando uno o más versos escribiere

dando poemas cada día diversos,

no es eso, lo que en esto se requiere.

 

Menos hace un poeta en hacer versos,

que en fingir, y fingiendo satisface,

y no fingiendo cuando sean más tersos.

 

Así, el que escribe al modo que le aplace

sin sujetarse a reglas ni precetos,

de estimación carece lo que hace.

 

Los versos de esta suerte más perfetos

son oro con alquimia, o sin quilates,

que valen, pero poco entre discretos.

 

No faltará quien llame disparates

esto que voy diciendo, no entendido,

ni tratado cual cumple que lo trates.

 

Y será tu razón, si en el oído

suenan bien, si la lengua es propia y pura,

alto el conceto, el verso bien medido.

 

Si de cualquier dición, común o dura,

se aparta, y va esmaltado de sentencias

y pone a cada paso una figura.

 

Si en las imitaciones, y licencias

poéticas, se hace lo posible,

déjennos ya estas críticas sentencias.

 

No tengas lo que digo por terrible,

ni lo que tú respondes por seguro,

ni a solo tu conceto por creíble,

 

Cuando tú hables en lenguaje puro,

cuando sea tu canto levantado,

cuando huya el vulgar y frasis duro.

 

¿Qué piensas tú que importa ese cuidado

si en lo que imitas perfección no guardas,

hermosura en lenguaje, y verso ornado?

 

¿Qué piensas tú que importa, cuando ardas

el corazón, y el alma, alambicando

el cerebro, tras ver lo que no aguardas?

 

Si en esas obras que te vas cansando

ni enseñas, ni deleitas, que es oficio

de los que siguen los que vas mostrando:

 

luego, razón será imputarle a vicio

al que de esto se aparta en su poesía

aunque se sueñe a Febo el más propicio.

 

En otro yerro incurre el que confía

en adornar los versos de dicciones

graves, dulces, que hagan armonía.

 

Si por subir de punto las razones

usa vocablos altos aplicados

en tiempos diferentes, y ocasiones.

 

Si los que son del tierno Aleman usados

en la dulzura de la blanda lira,

en la trompa de Homero son cantados.

 

Ni bien con ellos cantarán la ira

de Marte, ni de Amor los sentimientos

si del curso debido se retira.

 

A cada estilo apliquen sus acentos

propios, a su propósito y decoro,

no sólo tras la voz de los concentos.

 

Febo se agrada y su piério coro

que se use en la lírica terneza

el verso dulce, fácil y sonoro.

 

Y por el consiguiente a la grandeza

heroica, aplica los vocablos fieros

con que se sinifique su fiereza.

 

Peregrinos vocablos, y extranjeros

sirven a su propósito, y mezclallos

permitido, es también con los íberos.

 

Mas deben con tal orden aplicallos

que su economía y su decoro sea

en el nuevo idioma trasladallos.

 

El que en este propósito desea

alabanza, guardando los precetos

junte al provecho aquello que recrea.

 

Y tome solamente los sujetos

a que su ingenio más se aficionare

sin que en ellos violente los efetos.

 

Vaya por donde el mismo le guiare

sin torcer, ni hacelle repunancia

que imposible será si no acertare.

 

El ingenio da fuerza a la elegancia

es la fuente, y el alma a -la inventiva,

y sin él, todo hace disonancia.

 

Mas importa advertir, que cuando esquiva

un sujeto, que huyan de forzallo,

que de acertar, formándolo, se priva.

 

Cual acontece al marcial caballo

revolver rehusando la carrera

sin poder arte o fuerza gobernallo:

 

Mas si el diestro jinete considera

la causa oculta, y con mudalle el puesto

hace lo que al apremio no hiciera.

 

Claro tenemos el ejemplo de esto

en el que hizo el «Sueño» a la viuda,

y a Venus el jardín tan deshonesto.

 

Que siempre fué su Musa tosca y muda,

en no siendo lasciva y descompuesta,

y en siendo obcena, fácil fué y aguda.

 

Otra Musa siguió los pasos de ésta

y de su mala inclinación el uso

cual en sus torpes obras manifiesta;

 

que ninguna de muchas que compuso

de sujetos de ingenio y regalados

dejó de dar molestia y ser confuso;

 

y como fuesen versos aplicados

a pullas, que era el centro de su ingenio,

fué admirable y los versos extremados.

 

Yo conocí un poeta cuyo genio

se aplicó siempre a varios argumentos,

y en especial a los que el dato Ennio.

 

Astro no dió favor a sus intentos,

ni jamás hizo cosa en que no viesen

lánguidos versos, bajos pensamientos.

 

Y como sus amigos le advirtiesen

del bruto estilo, y zafia compostura,

y los propios escritos lo dijesen:

 

echó de ver que toda su escritura

era sin arte y llena de rudeza,

sin medida, ni buena contextura.

 

Que las cosas comunes sin alteza

en lugares sublimes colocaba,

y las sublimes las ponía en bajeza.

 

Que en los sagrados épicos usaba

concetos ordinarios, inorando

la majestad que en ellos demandaba.

 

Que nos les iba a sus escritos dando

hermosura con flores y figuras,

que en variedad los fuesen esmaltando.

 

Que las diciones ásperas y duras

no supo corregir, y usando de ellas

las nuevas ofuscó y dañó las puras.

 

Sin alcanzar, después de no entendellas,

consistir la ecelencia a la Poesía

en variedad de elocuciones bellas.

 

En esta congojosa fantasía

su triste y laso espíritu rendido

a mil perturbaciones le ofrecía.

 

Lleno de confusión, entristecido,

rompió el silencio, levantando al Cielo

la voz diciendo, de dolor movido:

 

¡Oh, tú, Deidad que el tenebroso velo

de la caliginosa sombra ahuyentas

con luz divina, esclareciendo el suelo.

 

¡Oh, tú que los espíritus alientas

y con tu influjo celestial inspiras

las que en tu solio y a tu lado asientas:

 

Y coronando de laurel sus liras,

su gloria haces cual la tuya eterna,

y hombres y orbes con su canto admiras.

 

Si el mío tu sacro espíritu gobierna,

si en mis escritos invoqué tu nombre,

y en la dulzura de mi Musa tierna:

 

dime, ¡ay de mí!, ¿por qué no hallo un hombre,

ya que tú desdeñas de escucharme,

que en oyendo mis versos no se asombre?

 

¿Dejo de trabajar, y fatigarme

en el cómico y trágico argumento,

y en las sátiras libres desvelarme?

 

¿Dejo de hacer notorio el sentimiento

de mis ansias, en élegos llorosos,

y en líricos suaves mí tormento?

 

¿Dejo de celebrar héroes famosos

en verso heroico, a Marte consagrado,

y en épicos, oráculos gloriosos?

 

Si en esto, como sabes, he gastado

mi alegre juventud, y en alabanza

de dioses cien mil himnos he cantado,

 

¿por qué permites sin hacer mudanza

que en tan infame abatimiento vea

de mis largos trabajos la esperanza,

 

y que no hay sabio ni hay vulgar que lea

mis obras, que no vuelva el rostro dellas

el que más las alaba y lisonjea?

 

¿Es justo así que sufra escarnecellas?

¿Es justo así ver yo menospreciallas?

¿Es justo así que dejes tú ofendellas?

 

Si no es justo, y tú debes amparallas,

como deidad suprema y retor suyo,

acude, ¡oh, sacro Apolo!, a remediallas.

 

Acude a este sufragáneo tuyo,

acude, Apolo, a la infelice suerte

en que en tan triste deshonor concluyo.

 

Revélame algún arte con que acierte

a hacerme estimar y ser de aquellos

a quien tu aliento en otro ser convierte.

 

Ya podiste sacar alguno dellos

de oficios viles de alquilada gente,

y preferir los cómicos más bellos.

 

Y de un sueño podiste solamente

hacer poeta al que guardaba cabras

y que en tu coro junto a ti se asiente.

 

Estas no son quimeras, ni palabras;

cosas son pregonadas y sabidas

que en tus divinas oficinas labras.

 

Cosas son a ti Bolo concedidas,

y a quien ofrezco humilde y congojoso

estas húmidas lágrimas vertidas.

 

Esto diciendo, le juntó un sabroso

sueño los blancos párpados, quedando

a su dulzor rendido con reposo.

 

Y estuvo de esta suerte reposando

lo que la oscura sombra cubrió el mundo,

con Febo, según dijo, consultando.

 

Y resultó de allí, que en su profundo

sueño, le reveló el conocimiento

de aquello en que su ingenio era fecundo.

 

Sacudió el perezoso encogimiento

que tenía sus nervios impedidos

con la dulzura del netáreo aliento.

 

Revolvió sus papeles conocidos

de tantos años, con afanes tantos

sustentados a fuerza y defendidos.

 

Y dijo, ya no quiero más quebrantos

en esta ceguedad, sirva el anillo

de Ciges que deshaga estos encantos.

 

El ingenio que supo mal regillo,

arrebatado de él, cativo y ciego

por tantos disparates, di en seguillo;

 

ahora que a la sacra luz me llego

estas obras que hice sin seguilla,

contra mi natural, mueran en fuego.

 

Sin más hablar, ¡oh, extraña maravilla!

que un hombre así con su opinión casado

poder tan fácilmente reducilla:

 

Y cuanto tenía escrito y trabajado

por este parecer que eligió solo

sin dejar hoja, al fuego fué entregado.

 

Y por acuerdo, cual decía, de Apolo

siguió lo que en su ingenio le ditaba,

y lo demás que le dañó, dejólo.

 

Y de tal modo desde allí observaba

las leyes de su ingenio, que ninguna

por ocasión ni fuerza traspasaba.

 

conociendo contraria su fortuna

de lo que fué, huyó constantemente

cuanto el ingenio con hastío repuna.

 

Dió en hacer coplas de plebeya gente

sin majestad heroica ni artificio,

en que su natural era ecelente.

 

A Séneca dejó el lloroso oficio

de la tragedia, a Plauto y a Cecilio

de la vulgar comedia el ejercicio.

 

Cantar las armas remitió a Virgilio,

al de Ascra de Dioses -y labores,

a quien dió Apolo celestial auxilio.

 

La lírica dulzura y los amores

a Horacio y a Tibulo, y al fogoso

Juvenal murmurar vicios y honores.

 

Y un argumento humilde, aunque gracioso,

eligió, que su ingenio lo dispuso,

en que ecedió al más alto y generoso,

 

Libre del Caos que le traía confuso,

cantó, en heroico plectro la ecelencia

de la Tarasca, con ingenio infuso.

 

Cantó su natural y descendencia,

el origen, la causa, el fundamento

de hacer en Sevilla su asistencia.

 

Por qué sale en tal fiesta y con qué intento

se le entregó a la gente que la tiene

a su cargo, y dó fué su alojamiento.

 

Esto vistió de cuanto en sí contiene

un heroico poema, sin faltalle

parte de cuantas observar conviene.

 

De aquí nació seguille, y estimalle,

y entre los más ilustres escritores

la Tarascana nombre eterno dalle.

 

Mereció conseguir estos honores

porque siguió su ingenio y dejó aquello

que fué ocasión de todos sus errores.

 

Cherillo mereció de no hacello

la poca estimación, y la memoria

que en tal abatimiento fué a ponello.

 

De la gloriosa Atenas la vitoria

contra Jerjes cantó, de ingenio opreso

y cómo, opreso así, le dió la gloria.

 

Tenga el poeta en la memoria impreso

esto, y con este ejemplo no se aparte

de lo que tengo del ingenio expreso,

quél es la forma y la materia el Arte.

 

Epístola II

Con nueva voz y, espíritu divino

aspirado de vos, prosigo el canto

que de toda alabanza haréis dino.

 

Y entre las musas del Pierio santo

en igual armonía el nombre vuestro

la mía celebre, sin dudoso espanto.

 

Bien conozco cuán próspero y cuán diestro

tengo el cielo en teneros de mi parte

cual bien en mi empezada labor muestro.

 

Algunos quieren que llamemos Arte

esta que llamo epístola, y algunos

dicen que de estos títulos se aparte.

 

Poético Ejemplar me dicen unos

que se diga, y no sé cómo es posible

no ser tales renombres importunos.

 

Por ellos considero, y veo visible

vibrar la horrible lanza al pecho mío

que a Lycambe la muerte dio terrible,

 

y no por eso han de hallar vacío

en que sus vanos silogismos puedan

caber, ni su insolente desvarío.

 

Que cuando a mi trabajo se concedan

la gloria que los sabios le conceden;

los que dejan de serlo, no lo vedan.

 

Ni puedes más del modo que proceden,

que tocar en la haz con sucias heces,

mientras los tiempos desta suerte rueden.

 

Y en cuanto que los rígidos jueces

llenos de austeridad, y oscuro estilo

de la Parca letal toman las veces.

 

Y aunque Minerva labre el sutil hilo

y sea labor de su divina mano

lo profanan y entregan a su filo.

 

Yo que con vuestro aliento surco ufano

el proceloso mar de su fiereza

donde es inútil el remedio humano.

 

Acudo a que me ayude la grandeza

de vuestra excelsitud, para que cante

de nuestro español verso la belleza.

 

De nuestro español verso el elegante

método, el armonía y la dulzura

a la griega y latina semejante.

 

En qué verá el que sabe de escritura

ser capaz de admitir cuántos sujetos

ofrece la poética letura.

 

Y los que fueren dotos y discretos

halláranse en las coplas castellanas

aptas para explicar altos concetos.

 

En noble antigüedad en las grecianas

liras se halla, en el trocaico verso

que es el nuestro, y lo propio en las romanas.

 

Esto es notorio en todo el universo,

esto dicen los sabios escritores

y esto hace y conoce el más adverso.

 

Esto vemos cantar de los mayores

que su número y sílabas guardaron,

cual hizo Anacreón y otros autores.

 

Los poetas modernos le aplicaron

la consonancia propia que tenía

en la lengua vulgar que le hallaron.

 

Deste género vemos cada día

algunas coplas hechas en Italia,

faltas de su donaire y gallardía.

 

Que a sola España concedió Castalia

por natural, cantar en su idioma

liras de Marte y fuegos de Acidalia.

 

Y el que en el suyo fuera deste toma

trabajo de escrebir, es propiamente

corneja, que ni es cuervo ni paloma.

 

A imitación del lacio diligente

nuestros números sacros resonaron

en la gálica lira en voz ardiente.

 

De amor los blandos juegos celebraron

con más feliz espíritu que fueron

los italos y más se levantaron.

 

Mas en la perfección en que pusieron

nuestros mayores esta compostura

a todas las naciones prefirieron.

 

En ninguna se halla la dulzura

que en la nuestra, la gracia y la terneza,

la elegancia, el donaire y hermosura.

 

Si aplicallo quisieres a la alteza

heroica, cual ya hizo Juan de Mena,

bien lo puedes fiar de su grandeza.

 

Si a pasiones de amor, si a llanto y pena,

con Garci-Sánchez puedes conformarte

cuya musa de gloria el mundo llena.

 

Si a fábulas quisieres aplicarte,

a cartas, epitafios y otras cosas,

Don Diego en él nos ha enseñado el arte.

 

Baltasar del Alcázar en graciosas

epigramas lo usó, y el numeroso

Burguillos en sus dulces y altas glosas.

 

El singular en gracia, el ingenioso

Lope de Rueda, el cómico tablado

hizo ilustre con él, y deleitoso.

 

El gran Pedro Mejía, el extremado

Juan Iranzo, en las justas de los santos

en que fue el uno y otro laureado.

 

En este verso celebraron tantos

cuántos vemos en santas alabanzas

que en las suyas resuenan hoy los cantos.

 

Y si la fatal suerte en sus mudanzas,

ínclito Duque, el vuelo refrenara

dejándonos lograr las esperanzas;

 

y vuestro fébeo padre se lograra

a la tebana y a la lesbia lira,

con la dulzura dél aventajara.

 

Mas a pesar de su implacable ira

vivirá en nuestra bética ribera

Fernando en cuanto el sol los orbes gira.

 

Nuestros antiguos de la edad primera

celebraron en él sus inmortales

proezas, sin que el nombre dellas muera.

 

Si estos versos acaban en vocales,

son más dulces, más tersos y elegantes

y apartándose de ellas no son tales.

 

Si dar quisieres a los consonantes

voces agudas, puedes, conociendo

los lugares y causas importantes.

 

Siempre es forzoso en ellos ir diciendo

nuevas cosas, y nunca se consiente

palabra ociosa el número supliendo.

 

La copla será buena puramente

que en agudeza acabe o en sentencia,

y la que no, por buena no se cuente.

 

No son de menos gloria y ecelencia

los antiguos romances, donde vemos

en el número igual correspondencia.

 

La antigüedad y propiedad tenemos

de nuestra lengua en ellos conservada

y por ellos lo antiguo conocemos.

 

Cantar en ellos fue costumbre usada

de los godos, los hechos gloriosos,

y dellos fue en nosotros trasladada.

 

Las rapsodias que usaron los famosos

griegos, fueron sin duda de esta suerte

y los areitos índicos llorosos.

 

Con ellos se libraban de la muerte

y la injuria del tiempo sus hazañas

y vivía el varón loable y fuerte.

 

Dellos los heredaron las Españas

casi en el mismo tiempo que cantaban

los regujíos en todas las montañas.

 

La mesma ley que guardan hoy guardaban

los antiguos, usar los disonantes,

y esto con gran veneración usaban.

 

Por viciosos tenían los consonantes,

y más si eran agudas las dicciones

y por buenas las voces más distantes.

 

Fueron siempre estas dos composiciones

tenidas en España en grande estima

hasta que entraron nuevas invenciones.

 

Llamo nuevas, que el número a la rima

del grave endecasílabo, primero

floreció, que en el Lacio, en nuestro clima.

 

El provenzal antiguo, el sacro ibero

en este propio número cantaron,

antes que dél hiciese el Arno, impero.

 

El Dante y el Petrarca lo ilustraron

y otros autores y esto les debemos,

a ellos que de nosotros lo tomaron.

 

La justa posesión que dél tenemos

que a la musa de Tajo y catalana

se atribuye, tampoco la apliquemos.

 

Primero fue el Marqués de Santillana

quien le restituyó de su destierro

y sonetos dio en lengua castellana.

 

He querido aclarar el ciego yerro

en que viven aquellos que ignorando

esto, siguen la contra yerro a yerro.

 

El que en ellos escribe irá notando

la variedad de suertes que hay en ellos

que van sujetos varios demandando.

 

Mas tienes de advertir en el hacellos

que tengan once sílabas y mires

la contextura que los hace bellos.

 

Y que siempre te guardes y retires

que en agudo no acabes el acento

Porque la una sílaba no tires.

 

Boscán dijo sin más conocimiento:

«aquella reina que en la mar nació»,

Y uso deste troncado abatimiento.

 

Y Garcilaso dijo y no advirtió:

«Amor, Amor, un hábito vestí»,

y don Diego en mil versos los usó.

 

Lo mesmo ahora habrá de ser de mí

que citando los versos que dijeron

incurro en los que siempre aborrecí.

 

Al verso que cortaron, e hicieron

los agudos el número diverso

de nueva otra advertencia le añidieron.

 

Que para ser cabal, ornado y terso

no hiera en la penúltima, y al hiere

hará de doce sílabas el verso.

 

De Lasso por ejemplo se refiere:

«El río le daba dello gran noticia»,

en que alargar el número se infiere.

 

«De mi muerte y tu olvido la noticia»

dijo el Conde de Gelves, y Malara

«Donde de mis desdichas no hay noticia».

 

Si, con esto tu ingenio se prepara

no te aconsejo que al cerebro apliques

cosa de cuantas la memoria aclara.

 

Deja los preparados alfeñiques

la alquermes cordial, las cornerinas;

no te acuerdes de jugos, ni alambiques.

 

No estragues la virtud con medicinas

y dietas, ni tomes de ordinario

eleboro, anacardo y mastiquinas.

 

Que no hará el jugoso letuario

que hagas buenos versos, sino el Arte,

que es la perfecta hierba y herbolario.

 

Como della tu escrito no se aparte

y te guíe el ingenio llanamente,

puedes entre estas musas ocuparte

 

El verso suelto pide diligente

cuidado en el ornato y compostura,

en que vicio ninguno se consiente.

 

Porque como la ley estrecha y dura

del consonante no le obliga o fuerza

con ningún atamiento, ni textura,

 

la elegancia y cultura en él es fuerza

que supla la sonora consonancia

con que el verso se ilustra y se refuerza.

 

Y así hará enfadosa disonancia

si aquella parte principal no llenan

de admiración, o cosas de importancia.

 

A cualquier verso lánguido condenan,

flaco, o infelice en número o estilo,

y del nombre de verso lo enajenan.

 

Siempre deben huir del común hilo,

desviarse de bajos pensamientos,

seguir la alteza y majestad de Esquilo.

 

Aplícanlos a heroicos argumentos

cual hacen al hexámetro latino,

no a tiernos y a llorosos sentimientos.

 

Esto rió el sofístico Aretino

en su pungiente epístola a Trebacio,

que una elegía hizo en ellos al de Urbino.

 

Donde se pone a disputar despacio

a quién, a dónde y cómo han de aplicarse

en que llenó un burlesco cartapacio.

 

No se pueden valer ni aprovecharse

de licencias poéticas, ni absuelven

vicios de impropiedad para excusarse.

 

Pobres son de concetos los que envuelven

muchas historias, fábulas, sentencias,

y en esto sus intentos se resuelven.

 

Llama pobreza, y llama impertinencias

amontonar gran copia de figuras,

aunque digan en ellas ecelencias.

 

Andan los que esto hacen tan a scuras

como aplicar los élegos llorosos

fuera de Venus, a discordias duras.

 

Son yerros tan impropios y viciosos

como vestir de púrpura a los ríos

y los reyes de cárbasos muscosos.

 

A éstos siguen otros desvaríos

que en vana ostentación hacen su asiento

de que Dios guarde los intentos míos.

 

Que es mostrar general conocimiento

de antigüedad, y cosas improbables

llevando la lección por fundamento.

 

Advierte, que el ser raras y agradables

al oído, si son dificultosas

y ascondidas, no pueden ser loables.

 

Después de ser cansadas y enfadosas

del modo que has oído, son pesadas,

confusas, sin provecho y enojosas.

 

Todas son cosas libres y excusadas

en el noble escritor, y dinamente

de los buenos ingenios condenadas.

 

Sigue en esto el decoro de prudente

y no estimes en tanto que te alaben

cuanto que el sabio junto a sí te asiente.

 

Esto sienten aquellos que bien saben,

y esto saben aquellos que bien sienten,

en quien Minerva y las virtudes caben.

 

Muchas cosas permiten y consienten

las licencias poéticas, y veo

muchas que no sé yo se exenten,

 

Y si no fuera licencioso y feo,

ajenos yerros pregonar, yo diera

más ejemplos que rayos da Cirreo.

 

Y por ventura algunos advirtiera

que el vulgo estima y loa la inorancia

que alguna obstinación se redujera.

 

Esto hace al sujeto repunancia,

y se ve más culpable en tratar dello

que en dejallo, aunque es justo y de importancia.

 

Lo que escribes importa disponello

que al tiempo, ni al lugar, id a la persona

falte el decoro ni al lenguaje bello.

 

Cuando en vulgar de España se razona

no mezcles verso extraño, como Lasso:

«Non essermi passato oltra la gonna».

 

Otro afligido en un lloroso paso

dijo sus desventuras lamentando:

«Debrían de la pietá romper un sasso»

 

Don Guillén de Casaus a don Fernando

en muerte de doña Angela su esposa

«In tristo humor vogli occhi consumando».

 

Cualquiera cosa destas es viciosa

no la debe usar el que no quiero

padecer la censura rigurosa.

 

El que verso elegíaco escribiere

debe considerar que la grandeza

trágica, ni la cómica, requiere.

 

Siga un medio entre ambas, que en la alteza

de estilo a la tragedia no se iguale

ni a la comedia imite en la llaneza.

 

Quien de estas dos proposiciones sale

hace que mude en género de efeto,

y los quilates no le da que vale.

 

En su lloroso y lamentable afecto

en sentimientos tristes y afliciones,

en miserias de amor, en llanto, aprieto,

 

en quejas y afligidas narraciones,

en congojosas iras y gemidos

se aplican en las trágicas acciones.

 

En las comedias pueden ser oídos

entre el celo rabioso y la mudanza

de la astuta ramera a sus rendidos.

 

En alegres favores de privanza,

en fríos desdenes, en astucias viles

de siervo, o en afetos de venganza.

 

Sin que trates de Alcestes ni de Aquiles

en el sublime estilo, ni lo abatas

a Sosia, o Davo, en condición serviles.

 

Las voces deste verso han de ser gratas

al oído, no duras ni afetadas

ni ajenas de la elegia de que tratas.

 

Han de ser las elegias lastimadas,

blandas, tiernas, suaves, tersas, claras,

sin ser de historia o fábula ofuscadas.

 

Si por descuido en esto no reparas

no le das a la elegia lo que debes

y le quitas el ser, y tú disparas.

 

Y pues tratamos della, porque lleves

más entera noticia y puedas dalla

no así, cual piensan, con razones leves.

 

Has de saber que en la elegía se halla

que abraza el verso lírico, y el blando

epigrama, do puedes procuralla.

 

Mas advierte que yéndola buscando

hallarás conocida diferencia,

aunque a la una y otra esté abrazando.

 

De su esplendor consiste la ecelencia

en la estrechez del consonante asido

a la tercera rima en asistencia.

 

El decoro guardando que has oído

hará florida, ilustre y agradable

la elegía, y a tu nombre esclarecido.

 

Dejando ya el estilo lamentable

al misivo la pluma enderecemos

que no es menos difícil que loable.

 

Y lo primero que advertir debemos

que la epístola abunda de argumentos

varios, donde ampliamente la ocupemos.

 

Sirve para amorosos sentimientos

casi como la elegía, si levanta

más el estilo, voz y pensamiento.

 

Cosas en ella de placer se canta,

sucesos en viajes dilatados

y a varias digresiones se adelanta.

 

Son a chacota y mofas dedicados

los versos della y pueden si agradare

ser en mordientes sátiras usados.

 

Ha de tener quien della se encargare

fácil dispusición, copiosa vena,

ingenio que ni inore ni repare.

 

De imitaciones vaya siempre llena

puestas en su lugar precisamente,

que de otra suerte es tanto que disuena.

 

Dicen si van en parte diferente

que son puertas sacadas de su quicio

que ni adornan, ni sirven a la gente.

 

Pocos advierten de excusar un vicio

cometido de muchos escritores

que se alzan con todo este ejercicio.

 

Y sin que se censuren son censores

de fáciles descuidos y usan ellos

epítetos y frasis de oradores.

 

De quien se dice, y bien, que el no entendellos

hace esa micelánea, y no es tan leve

que haya dispensación para absolvellos.

 

El propio nombre inoro que se debe

al que el que ajenas obras conocidas

de otros autores aplicarse atreve.

Y con dos o tres sílabas movidas,

y una dición de su lugar trocada

las da en su nombre para ser leídas.

 

El que esto hace, y no repara en nada

y de ajenos trabajos se aprovecha

hace lo que la esponja en agua echada;

 

que tomada en la mano, si se estrecha

da el humor propio que tenía cogido

sin dar cosa, aunque da, de su cosecha.

 

Al que de oficio tiene estar rendido

a hurtar el conceto, o pensamiento,

o el verso ya del otro referido,

 

le sucede de modo que al hambriento

que come lo contrario y lo dañoso

a su salud, aunque le dé contento.

 

Que en comiéndolo queda muy gustoso

saboreando el gusto al apetito,

sin entender que hay más que aquel reposo.

 

Así, el que hurta del ajeno escrito,

aunque luego le agrada y le recrea,

le ofende al noble honor tan vil delito.

 

Hace que el vulgo libremente vea

su cortedad de ingenio, y manifieste

por suya aquella obcenidad tan fea.

 

Y justamente hace que le cueste

las plumas que le quiten y la fama,

sin que remedio a reparalle preste.

 

Dios libre a mis amigos desta llama,

y a los demás a gracia reducidos

vayan por donde la razón los llama.

 

Tres modos hay por donde son regidos

los que en ajenas obras ponen mano

y son con fuertes leyes compelidos.

 

Unos imitan del sermón romano,

otros hurtan, y otros puramente

traducen de otra lengua en castellano.

 

La imitación en tiempo conveniente

es lícita, y licencia permitida

al ingenio más alto y ecelente.

 

Si es de idioma ajeno deducida

en el nuestro, o imitándola en concreto,

o siendo a su propósito vestida.

 

Puede el más doto y puede el más discreto

en sus obras usar de imitaciones,

entre sabios tenidas por preceto.

 

Del hurtar, sin que usemos de razones

que de nuevo lo aclaren, están claras

del uso dél las bajas condiciones.

 

Y (a) sí tú, que lo sigues y lo amparas

con adotiva musa, que alimenta

la vana ostentación con que la aclaras,

 

mira que ese furor icareo intenta

en ese vuelo tu mortal ruina

y abatimiento, en vez de honrosa cuenta.

 

Es el modo tercero la divina

tradución, tan difícil cuan gloriosa

al que observa el decoro a su dotrina.

 

Su ley es inviolable, y religiosa,

tratada con lealtad y verdad pura,

que ni pueden quitar ni añadir cosa.

 

Una ececión mitiga esta ley dura

que obliga al que traduce, aunque se aparte

de la letra, siguiendo su escritura,

 

a conservar y aun mejorar con arte

la grandeza, primor y la ecelencia,

original, sin ofender la parte.

 

También se le concede por licencia

que no se obligue a voz ni a consonancia,

sino al conecto, al número y sentencia.

 

Al espíritu, frases y elegancia

y propiedad de lengua, levantando

el estilo en las partes de importancia.

 

Desto los arquetipos desgustando

promulgan una ley precisa y justa

al imitante con rigor mandando:

 

que si Leusin de imitaciones gusta

no adjudique por suyo lo imitado,

pues no dispensa tal la ley augusta.

 

Y danles mandamiento rubricado

de Apolo, a Colindón, y a Magancino,

poéticos malsines del juzgado,

 

que vayan cada cual por su camino,

y al que no les hiciere manifiesto:

ejecuten la ley del descamino.

 

Mudando ya deste discurso puesto,

vuelvo al final propósito que sigo

temiendo en tantas burlas ser molesto.

 

Y entre las cosas de importancia digo

que use el poeta cándidas razones

si aceto quiere ser, y a Febo amigo,

 

que el concurso de hórridas diciones

huya, y evite encuentro de vocales

que sonar hacen mal las oraciones.

 

Los poetas que aspiran a inmortales

condenan el echar a un sustantivo

tres adjetivos, aunque sean iguales.

 

Cual el que dijo, en un dolor esquivo:

«Amor cruel, indómito, tirano,

por quien en muerte acerba y cruda vivo».

 

Otro dijo: mi mal ha hecho ufano

«la dulce, alegre y fresca primavera,

con hoja, flor y fruto soberano».

 

Otro dijo: «¡Ay, Amor, qué hay en tu esfera

sulfúreo ardiente, horrible, eterno fuego

donde mis ansias crecen sin que muera!»

 

Al censor de estos términos me llego,

y así se lo aconsejo a cualquier hombre,

y si fuere mi amigo se lo ruego,

 

que de ellos huya, y que también se asombre

como de ver fantasmas, por vicioso,

el gerundio poner jamás por nombre.

 

No faltará un sofista curioso

que desentrañe a Servio y a Donato

y diga que el gerundio es poderoso

 

a levantar el verso, y darle ornato,

y que lo hace grave, concluyendo

que sin razón lo infamo y lo maltrato.

 

Y habrá mil apoetados que leyendo

esto dirán que son triviales cosas

y que las pueden enseñar durmiendo.

 

Que tienen mil autores y mil glosas

de donde las tomé y queriendo vello

no verán maravillas milagrosas.

 

Que dellos sabrán esto sin sabello,

y que dellos dirán en sus corrillos

que dellos puede Apolo, desprendello,

 

que dellos inflamando los carrillos

los llenarán cual Bóreas de aire vano

que al Pindo aun sea difícil resistillos.

 

Y a la cordura dándole de mano

darán voces diciendo ciegamente:

«Cuanto ha dicho está escrito en castellano.

 

Ya sabemos el río desta fuente

que es donde el cisne se baño de Apolo

con que se fertiliza su corriente».

 

Al que supiere le respondo sólo

por sólo responder, no respondiendo

a los que Esgueva hacen a Pactolo.

 

Y estoy de su metáfora riendo

dina por cierto del nativo tronco

que va musas y grajas revolviendo.

 

Y aplican a este coro un cisne ronco

sin ver que la dulzura de su canto

es graznar en estilo zafio y bronco.

 

Si me atrevo a hablar y hablo tanto,

es porque los poetísimos entiendan

que no es para aquí cisne tan maganto.

 

Y si sus ojos con estambre vendan,

que es a lo jumental, conozcan desto

que otros métodos hay de donde aprendan.

 

De los primeros tiene Horacio el puesto

en números y estilo soberano

cual en su Arte al mundo es manifiesto.

 

Scalígero hace el paso llano

con general enseñamiento y guía;

lo mismo el doto Cintio y Biperano.

 

Maranta es ejemplar de la poesía,

Vida el norte, Pontano el ornamento,

la luz Minturno, cual el sol del día.

 

Estos, y otros con divino aliento,

enseñen lo que el cisne no ha cantado

ni le pudo pasar por pensamiento.

 

Y habiendo de esto tanta copia dado

que llenar pueden dello mil Parnasos

y a Febo laurear con lo enseñado,

 

Acuden todos a colmar sus vasos

al oceano sacro de Stagira

donde se afirman los dudosos pasos,

 

se eterniza la trompa y tierna lira.

 

Epístola III

Voces me da el temor de mi osadía

que remita tan célebre sujeto

al autor sacro de la luz del día.

 

Tiéneme en esto la razón sujeto

con los ejemplos que me trae delante

que testimonio dan de mi defeto.

 

Que no fue tanto el amador constante

oponerse al stigio y duro encuentro

y enternecer el muro de diamante:

 

ni entrar Alcides al tartáreo centro,

ligar el can, quitar de la cadena

el amigo, que opreso tenían dentro;

 

cuánto mi Musa de temores llena

emprender cosa que el poder humano

repuna, y el divino le condena.

 

Mas este miedo vergonzoso allano,

gran Señor, con teneros de mi parte

y el premio espero conseguir ufano.

 

Y en los versos que ahora ofrece el Arte

del cómico, y bucólico, y el claro

trágico, igual al épico de Marte.

 

Con tan felice y tan seguro amparo

bien puedo proseguir, sin que me impida,

el cobarde temor del vulgo avaro.

 

Es preceto por ley establecida

que hable pura, casta y propiamente

el poeta, y en lengua conocida.

 

Que no mezcle vocablo diferente

con mudar letras, o añadir diciones,

sino cual pide el Arte, y, se consiente.

 

Sea griego, o latino, o de naciones

bárbaras, aplicado y bien dispuesto

es usado de célebres varones.

 

Mas no se entiende que ha de ser compuesto

de esclavón y germano, y mixturado

de aquella suerte en otra lengua puesto.

 

Esto, del modo que ha de ser usado

con la decencia y culto que conviene

en otra parte queda ya tratado.

 

Y en esta digo es justo se condene

el que corrompe voces naturales

cual hizo Aldricio así escribiendo a Irene:

 

«Eres oficinaria de mis males,

indómita, crüel, lisonginosa,

de corruscantes ojos penetrales.»

 

Otro dijo en un ansía congojosa:

«ay me, que por estar alonjinada

manipulando estoy mi faz llorosa.»

 

Otro al de Gelves, «en la fuerte espada

ecedes al más ínclito herostano»,

de Heros, ved si hay voz tan mal formada.

 

De suerte, que hablando en castellano

si de extranjera voz se aprovecharen

no huyendo lo impuro es ser profano.

 

A los que desta el paso desviaren

van caminando a ser reprehendidos.

y a despeñarse cuando bien se amparen.

 

De dos archipoetas conocidos

una murmuración oí a un poeta

(porque usaban vocablos ascondidos.

 

Sclopetum llamaban la escopeta,

estapeda decían al estribo,

famélica curante a la dieta.

 

Al maldiciente le decían cancivo,

a la casa común de la vil gente

público alojamiento del festivo.

 

Carnes prívium, llamaban comúnmente

a las carnestolendas, y así usaban

de aquesta afectación impertinente.

 

A los propios vi un día que negaban

la diferencia en todos los sujetos

y unas voces al alto y bajo daban.

 

Al épico y al cómico en concetos

hacían iguales, y reían negando

el arte, y despreciaban los precetos.

 

Cual el vulgar sacrílego inorando,

con brutez, de las armas la destreza

y su infalible afeto no alcanzando,

 

aplica el buen suceso a la presteza,

o a la determinada confianza,

negando del preceto la certeza.

 

de modo, que por esta semejanza

al fuerte Sayas se opondrá Segura

y el vulgar diestro al único Carranza.

 

Esto es ajeno todo de cordura

sin proporción, ni buen conocimiento

hacer tan ciega y bárbara mixtura.

 

Y si no me llevara el pensamiento

arrebatado a empresa de más gloria

no dejara indiciso este argumento.

 

Mas volviendo al discurso y la memoria

de las composiciones, se me ofrece

la que ilustra la fábula y la historia.

 

Esta es la rima otava en quien florece

la heroica alteza y épica ecelencia,

y en dulzura a la lírica engrandece.

 

Hácense con alguna diferencia

respondiendo las voces terminadas

con variación distinta en su cadencia.

 

Mas en poema, aquellas son usadas

en que el Bocacio su Teseida canta

de quien primero fueron inventadas.

 

En variar sujetos se adelanta

a cuantas composturas hoy tenemos,

y en estilo se abaja, o se levanta.

 

No desdeña que en cuentos la apliquemos

ni en comedias en largas narraciones,

ni en las tragedias tristes della usemos.

 

En glorias amorosas, en pasiones,

en burlas, veras, mofas, risa, llanto,

elogios, epitafios, descripciones:

 

a todo se acomoda, y en su canto

parece bien, guardando propiamente

el decoro, que en ella importa tanto.

 

Dureza de diciones no consiente

ni letras que le causen aspereza

ni del verso detengan la corriente.

 

Pide soltura, y quiere la presteza

en el decir, sin que le ocupe cosa;

hermosura en los versos y pureza.

 

No guarda ley en acabar forzosa,

cuando quiere, y del modo que le agrada,

puede con facultad licenciosa.

 

Esta licencia no será otorgada

al soneto, que es lícito y no puede

alterar de su cuenta limitada.

 

Y cuando en esto alguna vez ecede,

y aumenta versos, es en el burlesco,

que en otros, ni aun burlando se concede.

 

Esto usó con donaire truhanesco

el Bernia, y por su ejemplo ha sido usado

este épodo, o cola, que aborrezco.

 

Sólo en aquel sujeto es otorgado,

mas en soneto grave, o amoroso,

por sacrílego insulto es detestado.

 

Tiénese de tratar con generoso

espíritu, y huir que en él se hallo

dición humilde, ni vocablo ocioso.

 

Con armonía tienes de adornalle,

en las rimas con gracia y hermosura,

toda pureza y, elegancia dalle.

 

Huir de toda oscuridad procura,

y de escrebir de modo diferente

que se habla, y hablar en lengua puro.

 

Usar licencia en él no se consiente

ni cosa alguna que al oír ofenda,

ni, a los números sea desconveniente.

 

Entre algunos poetas hay contienda

sobre si el verso puede o no cortarse,

y hay quien nos diga en contra y quien defienda.

 

Y tantos pareceres oigo darse,

con tanta variedad, y diferencia,

que hay duda a cuál huir, o a cuál llegarse.

 

Y tengo por vulgar impertinencia

no hacello, y hacello con eceso

condenaré, si vale mi sentencia.

 

Así, el que se desvela y trata en eso

y del Ruscelli observa los precetos,

que sobre el caso escribe un gran proceso:

 

Guardando la ecelencia a los sonetos,

el debido candor, y exornaciones

a la dispusición de los concetos:

 

no se ate a seguir observaciones

que el uso,,y natural le irán mostrando,

y de dotos escritos las leciones.

 

Desta incisión por ley van condenando

al que en el primer verso en los cuarteles

o en los tercetos della fuere usando.

 

Y condénanlo a penas tan crueles

que como a heresiarca lo relajan

los acroes del señor de los laureles.

 

Por este modo en la unión se encajan

y del influjo apolíneo se envisten

y al néctar dulce con acíbar cuajan.

 

Huyen los que este inepto coro asisten.

siguen los que en el ménalo dichoso

en paz sabrosa la ambición resisten.

 

Donde puedes quieto, y con reposo

consonar con las musas blandamente

y con Apolo el verso numeroso.

 

Y lo que el ciego Dipsas no consiente

con rudeza, o crueldad, será admitido

del que es menos severo y más prudente.

 

No estés del temor desto enflaquecido,

ni a tu lira le niegues la sonora

canción, de afeto y ánimo encendido.

 

Canta la causa en ella, y causadora

de la ardiente pasión del ciego amante

que el desdén ama, y la crueza adora.

 

En estilo sublime y elegante,

en oración pulida y castigada

numerosa, y de espíritu constante;

 

limpia, eficaz, y en voces regalada

cual de Píndaro fue y del Lesbio Alceo,

esta poesía mélica cantada.

 

Y si quieres que llegue tu deseo

adonde aspira, que es a la dulzura

del número, en que tantas fuerzas veo,

 

la suavidad le viene y la blandura

de nunca o, pocas veces las vocales

colidir, o juntar en su textura.

 

Donde en número casi son iguales

las vocales y graves consonantes,

dulces serán los versos y cabales.

 

Landísima es la L y cuando cantes

dulzuras, usa della, y dale asiento

que a las semivocales la adelantes.

 

De la R usarás cuando el violento

euro contrasta al boreas poderoso

con hórrido furor su movimiento.

 

La S al blando sueño y al sabroso

sosiego has de aplicar, y desta suerte

guarda el decoro a las demás cuidoso.

 

Y sobre todas una cosa advierte

que con tal armonía se concierte;

que el concurso de sílabas que usares

 

que en sus colocaciones y lugares,

regalen y deleiten los oídos,

que es propio de poetas singulares.

 

Estos advertimientos entendidos

en la ilustre canción prosigue, y mira

que la adornes de afectos encendidos.

 

De toda aquella novedad que admira

gracia, elegancia, lenidad, blandura

y voces que consuenen en la lira.

 

Con advertencia singular procura

que siempre levantada sea en concetos,

siempre agradable, y si empre con dulzura.

 

Usa en ella de muchos epitetos

que al verso dan dulzura, y hermosean,

y por ellos se expresan los afetos.

 

Los versos que los ánimos recrean

altos, y de la plebe desviados

les hace la perífrasis que sean.

 

Con ella son maníficos, y ornados

de jocunda belleza y lozanía,

cual deben ser en la canción usados.

 

Acomódase siempre esta poesía

a variedad de números, y extiende

a todos argumentos su armonía.

 

Divídese en estancias, y el que entiende

la gravedad de su cultura bella

con lasamiento ni durez la ofende.

 

Obligan al que hubiere de hacella

que veinte versos tenga cada estanza

no más, y nueve los menores della.

 

En esta ley ha habido tal mudanza

que de cinco hasta veinte las tenemos,

y una del Conde a veinte y tres alcanza.

 

Dicen que de alabanza carecemos

si una canción hacemos a un sujeto

y más de quince estanzas le ponemos.

 

Contra este ruscélico preceto

don Pedro de Guzmán hizo al Olvido

una canción, y traspasó el decreto.

 

Sin ser dél, ni sus leyes compelido

el culto Cangas hizo en tres canciones

la descripción de Pafo y la de Gnido.

 

Célebre fue y loada de varones

la del ingenioso y doto Sayas,

sin sujetarse a lacias opiniones.

 

Así, letor, cuando estos pasos vayas

no tengas miedo, que si haces esto

desmerezcas el lauro con sus vayas,

 

debes anteponer a lo propuesto

la variación de números que hacen

venusto este poema, y bien dispuesto.

 

En la estanza primera como aplacen

al gusto, o al oído en la textura

las rimas, de aquel modo las enlacen.

 

Mas ha de ser, que en esta ligadura

mudar no puedan consonancia della,

que es detestable objeto de censura.

 

De versos cortos tienes de hacella

con los endecasílabos mezclados

que he de ser dulce la hacen alta y bella.

 

Faltará a la canción do son usados

los cortos, o los largos, solamente

quien oídos le dé desocupados.

 

Canción de versos cortos, no consiente

majestad en estilo, porque aspira

a la dulzura de ellos conveniente.

 

Para las consonancias de la lira

es la de endecasílabos austera

poco agradable, y della se retira.

 

Así deben tejerse de manera

que la dulzura temple la aspereza

y consuene la dulce con la fiera.

 

Quieren también que gocen desta alteza

la sextina, y el nombre le conceden

de canción, igualándola en pureza.

 

Dar a una estanza solamente pueden

seis versos, con las voces diferentes,

que sin ninguna trabazón proceden.

 

Son al fin de los versos convenientes

dos sílabas, de nombres sustantivos

y aquí los verbos son impertinentes.

 

Concetos altos, pensamientos vivos.

Voces puras, sonoras, regaladas

demandan, con ilustres adjetivos.

 

Las consonancias dellas van trabadas

sexta y primera, quinta con segunda

cuarta y tercera, sin que sean trocadas.

 

Aquella será ilustre y más jocunda

que varïare más, y más dijere, 305

Y de terneza, y más conceto abunda.

 

Si doblar las estanzas te pluguiere

de seis en doce, no te dan licencia

que mudes voz ninguna que tuviere.

 

Es ley, que no la ecenta preminencia,

encerrar en tres versos solamente

a los seis consonantes sin violencia.

 

Esto advirtiendo el doto, y el prudente,

Y el que menos noticia tiene dello

hará lo que es forzoso y conveniente.

 

Bien sé que habrá quien diga sin sabello,

después de habello visto que lo sabe

mejor que yo he sabido disponello.

 

Y que el aéreo síndico en quien cabe

la eolia toda en su porosa testa

haya por do lo escrito no se alabe.

 

Pudiera darle al síndico respuesta,

y al nosequé del coro patriarchesco,

que tanto haber un título le cuesta.

 

Y preguntar si es término burlesco

entre sacras deidades colocarse

y a sus lados pintarse al óleo y fresco.

 

Si es decoro decente figurarse

en sus ideas, profanas, por divinos,

y a divinos querer aventajarse.

 

Si es de espíritus puros o malinos

desanimar los justos y los sabios

con sus calificados desatinos.

 

Si es de sabios llamar a todos Babios;

y al más glorioso y de mayor estima

siempre en su ofensa calentar los labios.

 

Betis se injuria desto y se lastima

Híspalis, y ofendida pide al cielo

los tales lance en la volcánea sima.

 

¿Qué irritación es ésta? o ¿cuándo suelo

declarar tales vicios, ni ofenderme

de lo que es plaga general del suelo?.

 

Aquí, de mi razón pienso valerme

que contra maceadores censurantes

sola y desnuda puede defenderme.

 

Si en lengua pura, y versos elegantes.

numerosos, corrientes, tersos, puros,

ligados con forzosos consonantes;

 

sin sujetarme los precetos duros

del Arte, mis precetos acomodo

no por cansados términos, ni oscuros;

 

y en ello tengo dicho en nuevo modo

lo que al posible mío fue posible,

que no en todo se puede decir todo;

 

¿por qué de Vulgio la infestión horrible

ha de empavorecer mi pensamiento

ni retraerme de él su voz risible?

 

Vaya adelante mi honoroso intento

y al son ahora de la agreste Musa

cantemos el bucólico argumento.

 

Cantemos en el verso que rehusa

la alteza urbana a Ménalo agradable

que la zampoña y voz pastoral usa.

 

Del dios de Arcadia siempre fue loable

la fístula y los árcades famosos

por ella, y su alabanza perdurable.

 

Usáronla en sus cantos amorosos,

en sus luchas y juegos pastorales

entre bosques, y árboles frondosos.

 

En ella fue, y en verso humilde a Pales

la custodia encargada del ganado

de los partos, contagios y otros males.

 

En este verso no ha de ser cantado

el horrible Creonte, o crudo Atreo,

ni sujeto de Marte, o Jove airado.

 

Cantarán los pastores su deseo

a su rústico Pan o a Fauno antigo

sin salirse de Ménalo, o Liceo;

 

del fértil pasto, o del seguro abrigo,

del tiempo alegre, o desabrido invierno,

del cierzo odioso, o de favonio amigo.

 

Esto ha de ser en verso humilde y tierno.

que al sujeto sea clara semejanza,

sin voz que deje el pastoral gobierno.

 

Aquel será más dino de alabanza

que la silvestre musa ejercitare

entre redes, apriscos y labranza.

 

Y si al dardo y sabueso la aplicare

o al fugitivo amor de la ascondida

ninfa, y por él los montes lastimare,

 

con justa estimación será leída

la égloga, que destos argumentos

en ríos, prados, selvas fuere oída.

 

Y aunque se aplique a varios pensamientos

porque admite sujetos diferentes

el amatorio es fin de sus intentos.

 

El blanco adonde tiran las más gentes

es éste, y los antiguos que lo usaron

lo dieron por ejemplo a los presentes.

 

Entre las cosas que guardar mandaron

son, que hable el pastor con los pastores

en aquello que sólo ejercitaron.

 

De la caza si fueren cazadores;

si pescador, de nasas y garlitos;

si labrador, del campo y sus labores.

 

No han de ser sus rancores infinitos

ni sus pasiones con violento daño,

ni amor adulterado de apetitos.

 

En sus rabiosos celos no haya engaño

que administre venganza ni crueza,

ni suceso que cuenten por extraño.

 

Lo que trataren todo sea llaneza,

con propiedad conforme al ejercicio

guardando en él la erótica pureza.

 

Tiénese en una égloga por vicio

que una persona vaya, y otra venga,

aunque administren diferente oficio.

 

Tres personas no más quieren que tenga,

y éstas, que sin moverse de un asiento

digan aquello que a su fin convenga.

 

No quieren que se encuentre en argumento

una con otra, y esto estrechan tanto,

que dicen que ni en voz, ni en pensamiento.

 

La que en una persona en gozo o llanto

concluye su argumento, es más gustosa,

y la de dos, en diferente canto.

 

Quieren también que sea ley forzosa

que no pase de diez el que hiciere

églogas, y no sé el que dio en tal cosa.

 

Y si un auto de Apolo no exhibiere

al eglógrafo absuelvo, porque inoro

en qué delito incurra el que ecediere.

 

Esto es lo del otro cita o moro,

que promulgó la bárbara herejía

contra España, que ilustra el cintio coro,

 

diciendo que no estaba la poesía,

del Pirineo acá, bien entendida,

sin dar otra razón que su osadía.

 

Quedara esta inorancia establecida

entre la gente, ajena de cordura;

de invidia, y odio, y deslealtad regida.

 

Si Apolo que su propio honor procura

en nuestra dota España no tuviera

trasladado su espíritu y dulzura.

 

Esto diga del Tajo la ribera

fertilizado con el sacro Lasso,

cual del céfiro alegre primavera.

 

O el mantuano Dauro que el Parnaso

con abundante vena de oro riega,

y al Tebro y Arno les impide el paso.

 

Y tú ¡oh, fecundo Betis!, cuya vega

enriqueció la sacra musa albana

que a los confines celestiales llega.

 

Sed aquí el testimonio al que profana

la española deidad, pues a la vuestra

no se puede negar que es soberana.

 

Y si no fuere a mi deseo siniestra

la inevitable suerte, y me dejare

gozar el aura de la vida nuestra;

 

haré que el pensamiento desampare

la oscura Pafo, y siga el claro Delo

por do la amada Erato lo llevare;

 

y con voz libre del común recelo

que se oirá ribombar en Elicona

subiré, España, tu alabanza al cielo.

 

Y a despecho del bando que pregona

cosa tan desviada de lo cierto,

te ornará Febo y te honrará Belona.

 

Y primero del orden y concierto

faltarán los efetos naturales,

y en dar su luz Apolo será incierto.

 

Pacerán juntos peces y animales

por los montes, las aves y serpientes

en perpetua amistad serán iguales.

 

Que el nombre tuyo y letras ecelentes

borre la invidia, ni la sacra fama

deje de celebrar de gente en gentes.

 

Si de ti la bucólica se ama,

y quieres hacer églogas, conviene

otra nueva advertencia que te llama.

 

Gran parte de ella de su ser contiene

del común uso y trato la desvías,

y el origen te enseña de do viene.

 

Compónense de odas y elegías;

de coros de tragedias, y de algunas

partes líricas, y otras poesías.

 

Si destas soledades te importunas,

y ya huyendo quieres desviarte

de las montañas, prados y lagunas,

 

dellas, si gustas, quiero acompañarte,

al cómico teatro, adonde veas

la fábula ingeniosa recitarte.

 

Dirás que ni la quieres ni deseas.

que no son las comedias que hacemos

con las que te entretienes y recreas.

 

Que ni a Ennio ni a Plauto conocemos,

ni seguimos su modo ni artificio,

ni de Nevio ni Accio lo hacemos.

 

Que es en nosotros un perpetuo vicio

jamás en ellas observar las leyes

ni en persona, ni en tiempo, ni en oficio

 

Que en cualquier popular comedia hay reyes,

y entre los reyes el sayal grosero

con la misma igualdad que entre los bueyes.

 

A mí me culpan de que luí el primero

que reyes y deidades di al tablado

de las comedias traspasando el fuero.

 

Que el un acto de cinco le he quitado,

que reducí los actos en jornadas,

cual vemos que es en nuestro tiempo usado.

 

Si no te da cansancio y desagradas

desto, oye cuál es el fundamento

de ser las leyes cómicas usadas.

 

Y no atribuyas este mudamiento

a que faltó en España ingenio y sabios

que prosiguieran el antiguo intento.

 

Mas siendo dinos de mojar los labios

en el sacro licor aganipeo,

que enturbian Mevios y corrompen Babios;

 

huyendo aquella edad del viejo ascreo

que al cielo dio y al mundo mil deidades

fantaseadas de él, y de Morfeo;

 

introdujimos otras novedades,

de los antiguos alterando el uso,

conformes a este tiempo y calidades.

 

Salimos de aquel término confuso

de aquel caos indigesto, a que obligaba

el primero que en plática las puso.

 

Huimos la observancia que forzaba

a tratar tantas cosas diferentes

en término de un día que se daba.

 

Ya fueron a estas leyes obedientes

los sevillanos cómicos, Guevara,

Gutierre de Cetina, Cozar, Fuentes.

 

El ingenioso Ortiz, y aquella rara

musa, de nuestro astrífero Mejía,

y del Menandro, bético Malara.

 

Otros muchos que en esta estrecha vía

obedeciendo el uso antiguo fueron

en dar luz a la cómica poesía.

 

Y aunque alcanzaron tanto, no ecedieron

de las leyes antiguas que hallaron

ni aun en una figura se atrevieron.

 

Entiéndese que entonces no mudaron

cosa de aquella ancianidad primera

en que los griegos la comedia usaron.

 

O por ser más tratable o menos fiera

la gente, de más gusto o mejor trato,

de más sinceridad que en nuestra era;

 

que la fábula fuese sin ornato,

sin artificio, y corta de argumento,

no la escuchaban con desdén ingrato.

 

El pueblo recebía muy contento

tres personas no más en el tablado

y a las dos solas explicar su intento.

 

Un gabán, un pellico y un cayado;

un padre, una pastora, un mozo bobo,

un siervo astuto y un leal criado.

 

Era lo que se usaba, sin que el robo

de la espartana reina conociesen

ni más que el prado ameno, el sauce o pobo.

 

Tuvo fin esto, y como siempre fuesen

los ingenios creciendo y mejorando

las artes, y las cosas se entendiesen,

 

fueron las de aquel tiempo desechando,

eligiendo las propias y decentes

que fuesen más al nuestro conformando.

 

Esta mudanza fue de hombres prudentes

aplicando a las nuevas condiciones

nuevas cosas que son las convenientes.

 

Considera las varias opiniones,

los tiempos, las costumbres que nos hacen

mudar y variar operaciones.

 

Estas cosas no sé si te desplacen

por ser contra tu gasto su extrañeza

aunque en probable ejemplo satisfacen,

 

Oyelas con el ánimo y pureza

que se te ofrecen, que razones justas

con la verdad se templa su aspereza.

 

Si del sujeto comenzando gustas

y a él se inclina tu afición dichosa

y con el mío el modo tuyo ajustas,

 

confesarás que fue cansada cosa

cualquier comedia de la edad pasada,

menos trabada y menos ingeniosa

 

Señala tú la más aventajada

y no perdones griegos ni latinos

y verás sí es razón la mía fundada.

 

No trato yo de sus autores dinos

de perpetua alabanza que estos fueron

estimados con títulos divinos.

 

No trato de las cosas que dijeron

tan fecundas, y llenas de ecelencia

que a la mortal graveza prefirieron.

 

Del arte, del ingenio, de la ciencia

en que abundaron con felice copia

no trato, pues lo dice la experiencia.

 

Mas la invención, la gracia y traza es propia

a la ingeniosa fábula de España,

no cual dicen los émulos impropia.

 

Cenas y actos suple la maraña

tan intrincada, y la soltura della,

inimitable de ninguna extraña.

 

Es la más abundante y la más bella

en facetos enredos y en jocosas

burlas, que darle igual es ofendella.

 

En sucesos de historia son famosas,

en monásticas vidas ecelentes,

en afectos de amor maravillosas.

 

Finalmente los sabios, y prudentes

dan a nuestras comedias la ecelencia

en artificio y pasos diferentes.

 

Esto sabido, importa la advertencia

del modo que han de ser, y a que te obliga

el decoro que enseña la experiencia.

 

Y para que bien logres tu fatiga

el argumento que siguieres sea

nuevo, y que nadie en su vulgar lo diga.

 

Decir lo que otro dijo es cosa fea

en el propio idioma, aunque se aparte,

si deja rastro o luz por do se vea.

 

Con extrañeza en todo has de mostrarte

admirable, vistiendo las figuras

conforme al tiempo, a la edad y al arte.

 

Al viejo avaro, envuelto en desventuras.

al mancebo, rabiando de celosa,

al juglar decir mofas y locuras.

 

Al siervo sin lealtad, y cauteloso,

a la dama amorosa o desabrida,

ya con semblante alegre, ya espantoso.

 

A la tercera astuta y atrevida,

al lisonjero envuelto en novedades,

y al rufián dar cédulas de vida.

 

Los efetos aplica a las edades,

si no es que dando algún ejemplo quieras

trocar la edad, oficio y calidades.

 

Entre las cosas que prometen veras

no introduzcas donaires, aunque dellos

se agrade el pueblo, si otro premio esperas.

 

Los versos han de ser sueltos y bellos

en lengua y propiedad, siempre apartados

que en la trágica alteza puedan vellos.

 

Si te agradare pueden ser llegados

al satírico estilo, en que tuvieron

por principio los cómicos osados.

 

Guarda el decoro que jamás perdieron

en dar conforme al caso que tratares

el estilo, y el verso, cual hicieron.

 

Si a rey, legado alguno le enviares

diferencia el estilo al ordinario,

que es vicio si a los dos los igualares.

 

No debes ser en esto voluntario

sino mirallo bien, porque es defeto,

y en la comedia nuestra necesario.

 

Cuando hagas comedia, ve sujeto

al arte, y no al autor que la recita,

no pueda el interés más que el sujeto.

 

Con el cuidado que es posible evita

que no sea siempre el fin de casamiento

ni muerte si es comedia se permita.

 

Porque debes tener conocimiento

que es la comedia un poema activo,

risueño, y hecho para dar contento.

 

No se debe turbar con caso esquivo

aunque el principio sea rencilloso,

el fin sea alegre sin temor nocivo.

 

La comedia es retrato del gracioso

y risueño Demócrito, y figura

la tragedia de Eráclito lloroso.

 

Tuvo imperio esta alegre compostura

hasta que Tifis levantó el estilo

a la grandeza trágica y dulzura.

 

Siguió en nueva invención el propio hilo

añidiéndole ornatos, y enseñando

a los farsantes, el discreto Esquilo.

 

Desterró el uso prisco mejorando

las personas, haciéndolas honestas,

y a no representar satirizando.

 

Y no parando su invención en éstas,

sobre el teatro puso las aciones,

haciéndolas al pueblo manifiestas.

 

En efeto enseñó a dotos varones

el hacer y saber representallas,

testando las antiguas opiniones.¡

 

De aquella suerte la tragedia hallas

en que las hizo su inventor primero

aunque algunos osaron mejorallas.

 

No traspasando el inviolable fuero

de los actos, y cenas, y el decoro

de las personas, y el suceso fiero.

 

Sófocles añidió el lloroso coro,

lamentando desdichas miserables,

entre reales púrpuras y oro.

 

Fueron en aquel tiempo así agradables,

mas en el nuestro en todo se ha mudado

si no es en los sucesos espantables.

 

El maestro Malara fue loado

porque en alguna cosa alteró el uso

antiguo, con el nuestro conformado.

 

En el teatro mil tragedias puso

con que dó nueva luz a la rudeza

della apartando el término confuso.

 

Aplica al verso trágico la alteza

épica, y dale lírica dulzura

con afectos suaves, sin dureza.

 

Con epitetos adornar procura

tus versos, que al poeta hermosean,

y al orador ofenden la escritura.

 

En la tragedia alguna vez afean

los sucesos contados de otra suerte

dando ocasión que la verdad no crean,

 

Y si en este preceto no se advierte

la Historia en que se funda la tragedia

se ofusca, y, de lo cierto se divierte.

 

De fábula procede la comedia

y en ella es invención licenciosa

cual vemos en Naharro y en Heredia.

 

El cómico no puede usar de cosa

de que el trágico usó, ni (a) un solo un nombre

poner, y ésta fue ley la más forzosa.

 

Si quieres que se estime, y que se nombre

tu musa, y que a las musas dinamente

te hagan de mortal, inmortal hombre;

 

hállete el vulgo siempre diferente

en lenguaje, pues hablan los poetas

en otra lengua que la ruda gente.

 

Procura que tus obras, sean secretas

antes que las divulgues, si no quieres

que sean a nuevo poseedor sujetas.

 

Si por la vía hercúlea acaso fueres,

ten cuenta en una grata que hay en ella

do Ciso baila a Baco y danza a Ceres.

 

Del círculo oriental la forma bella

jamás aquí fue vista la presencia

ni de su extremidad pudieron vella.

 

Con otra luz traída con la ciencia

de un fantástico y nuevo Prometeo

sienten de Apolo menos el ausencia.

 

Aquí la lira celestial de Orfeo,

en menosprecio, con Vulchin consuena;

Mulcio es Píndaro aquí; Agas, Museo.

 

Está de voces disonantes llena

del poeta Cleón siciliano,

que de torpezas ambos orbas llena.

 

Agido, el que cantó en sermón greciano

al macedonio príncipe la horrible

idolatría, con discurso vano,

 

es quien preside aquí, con el terrible

y detestable Momo y Zoilo injusto,

émulos de visible y de invisible.

 

De aquí digo que huigas, si tu gusto

no es querer peligrar, probando el daño

que no reserva al escritor de Augusto.

 

Si te parece que es consejo extraño,

mira el efeto bien, y verás cierto

que ni te lisonjeo, ni te engaño.

 

Ni cosa ajena de verdad te advierto.

 

Cuantos Oirán Mis Lástimas Riendo…

Cuantos oirán mis lástimas riendo,

cuando más mi dolor les representen,

no dudo que en pláticas las cuenten

diferentes que yo las voy sintiendo.

 

Y sin considerar que estoy muriendo,

por devaneos míos las sustenten,

porque ajenas pasiones no se sienten,

si no es del que está en ellas padeciendo.

 

Al que sabe de amor las mías le ofrezco,

que el sabio puede mucho, aunque esté solo;

que no doy al vano vulgo mis querellas,

 

solo al que siente el mal que yo padezco.

Pues sola una centella, que da Apolo,

alumbra más que todas las estrellas.

Poemas de Juan de la Cueva

El Verso Advierta El Escritor Prudente…

El verso advierta el escritor prudente

que ha de ser claro, fácil, numeroso

de sonido, y espíritu excelente.

 

Ha de ser figurado, y copioso

de sentencias, y libre de dicciones

que lo hagan humilde u escabroso.

 

La elevación de voces y oraciones

sublimes, muchas veces son viciosas

y enflaquecen la fuerza a las razones.

 

Vanse tras las palabras sonorosas

la hinchazón del verso, y la dulzura,

tras las sílabas llenas, y pomposas.

 

Entienden que está en esto la segura

felicidad y luz de la poesía

y que sin esto es lo demás horrura,

 

Si el verso consta sólo de armonía

sonora, de razones levantadas,

ni fuerza a más, bien siguen esa vía.

 

Mas si las cosas han de ser tratadas

con puntual decoro del sujeto

faltaran, de ese modo gobernadas.

 

No explica bien el alma de un conceto

el que se va tras el galano estilo

a la dulzura del hablar sujeto.

 

Ni el que del vulgo sigue el común hilo

en término, y razones ordinarias

cual en su ditirámbica Grecilo.

 

Entrambas a dos cosas son contrarias

a la buena poesía, en careciendo

del medio, con las partes necesarias.

 

Ojos, que dais la luz…

Ojos, que dais la luz al firmamento

y el fuego al alma mía, sed piadosos;

dejad la ira, y sed (pues sois gloriosos)

menos crueles al dolor que siento.

 

Dentro en mi pecho Amor os dio el asiento,

y dentro arden mis fuegos, rigurosos

de veros que sois blandos y amorosos

y tan sin piedad a mi tormento.

 

Bien conocéis de mi que por vos muero,

y por vos vivo, y sólo a vos os amo,

ojos, que sois los ojos de mi alma,

 

por quien la vida en tanta muerte espero,

y en las tristes querellas que derramo,

mi bien, descanso, gloria, premio y palma.

 

El Saco De Roma

Argumento de la obra

Borbón, de nación francés, capitán general de nuestro invicto emperador Carlos Quinto, movido de su libre determinación, movió el campo contra la ciudad de Roma para quererla saquear, y prosiguiendo en su horrible pensamiento, fue entrada la ciudad y puesta a saco, muriendo Borbón en el primer rencuentro, sin perdonar los luteranos (de que era el mayor número del ejército) cosa profana ni divina, en que no pusiesen sus violentas manos. Acabando de hartar su furia, dejando casi destruida a Roma, enderezaron su camino a Bolonia, a donde le fue, después de algunos días, dada a nuestro Cesar la corona Imperial.

Fue representada esta farsa la primera vez en Sevilla por Alonso Rodríguez, famoso representante, en la huerta de Doña Elvira, siendo asistente don Francisco Zapata de Cisneros, conde de Barajas, año 1579.

 

PERSONAJES

GENERAL BORBÓN.

DON FERNANDO GONZAGA.

CAPITÁN MORÓN.

AVENDAÑO, soldado.

ESCALONA, soldado.

GUARDA.

MENSAJERO DE ROMA.

CAMILA, matrona romana.

CORNELIA, matrona romana.

JULIA, matrona romana.

FILIBERTO, general, muerto Borbón.

FARIAS, soldado.

ITALIANO.

ALEMÁN.

ATAMBOR.

CAPITÁN

SARMIENTO.

SALVIATI, el que corona al emperador.

EMPERADOR CARLOS QUINTO.

 

Jornada I

BORBÓN, DON FERNANDO GONZAGA, CAPITÁN MORÓN, AVENDAÑO, ESCALONA, GUARDA, MENSAJERO de Roma.

 

BORBÓN junta su consejo de guerra, sobre el saquear a Roma que ya tenía cercada. El CAPITÁN MORÓN contradice el saquealla, AVENDAÑO y ESCALONA, dos soldados españoles, entran pidiendo el saco que BORBÓN les ha prometido: llega de Roma un MENSAJERO demandando a BORBÓN en nombre de los romanos que alce el cerco, prometido gran suma de dinero para el ejército. Despide BORBÓN el MENSAJERO romano negando su demanda, dando asiento de dar el día siguiente el asalto.

BORBÓN:

Contra el querer y potestad del mundo

la bélica, española y fiera gente

que sojuzgan la tierra, y al profundo

causa terror su brío, y saña ardiente,

sin valer la razón en que me fundo,

ni ser a su braveza en nada urgente,

por sólo su desiño han levantado

contra el pueblo de Marte el brazo airado.

Testigos sois, o ilustres capitanes,

cuan diferente en este hecho he sido,

y con cuántos remedios los afanes;

de la cercada Roma he defendido;

mas la gente española, y alemanes,

sin haberse a mi ruego persuadido

ponen la escala al romúleo muro,

y me piden que de el asalto duro.

No está en mi mano, ni su furia admite

en este caso parecer contrario,

todo a la ira y armas se remite,

un solo acuerdo sigue el vulgo vario.

La funeral Alectho no permite

descanso al crudo ejército adversario

de la opresada Roma, que ella incita

el daño que administra y solicita.

Levántales los ánimos al hecho

junto con su feroz naturaleza

las recientes victorias, el estrecho

en que ha puesto a Toscana su fiereza.

Esto no deja sosegar su pecho,

esto aumenta más ruego a su braveza.

Y así viendo yo esto, y donde estamos,

pido que deis el orden que sigamos.

 

DON FERNANDO:

Gran general Borbón, a quien ha sido

de nuestro invicto César dado el cargo

meritísimamente, aquí se ha oído

tu razón, y tu cargo, y tu descargo.

Y porque el parecer nos has pedido

doy el mío, que al punto sin embargo

asaltemos a Roma; éste es mi acuerdo,

y lo remito al parecer más cuerdo.

 

MORÓN:

Usando del debido acatamiento

si fuere aquí mi parecer acepto

digo, gran don Fernando, que ese intento

se reponga, y no tenga en esto efecto,

que administrar de Marte el violento

furor, no lo aconsejo, ni decreto,

contra el pueblo que Dios tiene elegido

para el vicario suyo instituido.

Si esto es de algún valor seréis comigo

en acetar mi parecer, piadoso,

o por amor, o miedo del castigo

reprimiréis el ánimo furioso.

Mirad que a Dios hacéis vuestro enemigo,

No os atreváis a él, que es poderoso

y vengará su injuria de tal suerte

que el menor mal que os dé, será la muerte.

 

DON FERNANDO:

Gran capitán Morón, ¿dime qué pudo

así mover tu corazón tan fiero?

Cuando la gruesa lanza y fuerte escudo

La causa pide, ¿te haces estrellero?

Desto me da razón, porque yo dudo

Como puede ser tal, que el duro acero

que siempre amaste, agora lo aborrezcas,

y la dureza antigua así enternezcas.

¿No ves los alemanes quebrantados

morir por entregarse desta tierra?

¿Los fieros españoles alterados,

dar voces por el fin de aquesta guerra?

Si agora desto fuesen desviados

y del deseo que su pecho encierra,

verías a los unos y a los otros

volver las fieras armas a nosotros.

Pues si han de hacer cruda matanza

en los que estamos de su mesma parte

cuánto mejor será darles venganza

de nuestros enemigos, y deste arte,

ensangrienten los bárbaros su lanza

en Roma, y los de España en crudo Marte,

pongan por tierra el muro de Quirino,

hagan el pueblo igual con el camino.

 

MORÓN:

No vendré en tal acuerdo eternamente

ni tal sentencia firmará mi mano.,

 

DON FERNANDO:

¿Por qué razón, o capitán valiente?

 

MORÓN:

Porque es respecto aqueste de cristiano.

 

DON FERNANDO:

¿Soy del bando cristiano diferente?

 

MORÓN:

No digo tal, mas eres inhumano,

pues quieres que el lugar que le fue dado

por Cristo a Pedro sea de ti asolado,

 

DON FERNANDO:

¿Qué podemos hacer? Pon tú en sosiego

el ejército todo al arma puesto.

 

MORÓN:

Amata tú hoy, Borbón, aqueste fuego.

 

BORBÓN:

El modo me da tú, que siga en esto,

y será obedecido de mí luego.

 

MORÓN:

Modo pides, estando ya dispuesto

el ejército fiero a la batalla,

que la espada se oye, y ve la malla.

 

DON FERNANDO:

¿Es la gente española tan modesta

que así se aplaque de seguir su intento?

Estando resoluta, y toda puesta

al arma, que es su vida y su contento.

 

MORÓN:

¿A nuestro invicto César no molesta

tal desiño?

 

BORBÓN:

Qué importa si el violento

furor, se va esparciendo por las venas,

que están de ira y de coraje llenas.

 

MORÓN:

Supliquemos a Dios que el dé el remedio

así como también dará el castigo.

 

BORBÓN:

Oh capitán Morón, ése es el medio

que hallo, en esta confusión que sigo:

Él nos guíe, él esté contino en medio

siendo defensa nuestra, y dulce abrigo,

de suerte que el gran César nuestro sea

victorioso, y el fin que pide vea.

 

AVENDAÑO:

Borbón, ¿que es tu pensamiento

que nos detienes aquí?

No hay mas que el descanso en ti,

los regalos y el contento.

Dejas morir los soldados

de hambre, sin más memoria

de conseguir la victoria

de los romanos cercados.

¿Y vas os entreteniendo

con promesas non cumplidas

porque acabemos las vidas

como mujeres durmiendo?

¿Para qué traemos armas

si no habemos de usar dellas,

y si en ti no hay más que vellas

por qué con ellas te armas?

Toca alarma, asalta el muro;

no nos difieras más punto,

tu determinación junto

venga, y el asalto duro.

Y si más nos entretienes

hágote, Borbón, saber

que no te podrás valer

con todo el poder que tienes.

 

BORBÓN:

Soldados fieros de España,

que sujetáis la arrogancia

del turco, y domáis a Francia

la una y otra Alemaña,

y desde el Danubio al Nilo

va, y a la desierta arena

de Libia y de allí resuena

vuestro nombre, y culto estilo,

Que es la razón que tenéis

para culpar mi tardanza,

si está hincada mi lanza

en el muro, que queréis

y siguiendo vuestro gusto

hemos venido cercando

toda Italia demandando

lo que niega el cielo justo.

 

ESCALONA:

General de Carlos Quinto,

mas sientes de lo que dices,

y si no es bien, no avises

si es que te falta el instinto.

Si a toda Italia cercamos,

Tú no nos dejaste usar

de la fuerza militar

que los soldados usamos.

A Bolonia, y a Ferrara,

a Flaminia, y a Francia,

¿Quién nos hizo resistencia?

¿A qué no se saqueara?

El duque no, que ya estaba

temblando el asalto fiero,

mas tú como bandolero

haces lo que te agradaba.

Tú nos has ido a la mano

apresanduro el viaje,

prometiendo gran pillaje

de aqueste saco romano.

Discurrimos tras tu mando,

llegamos do dirigimos,

y el fin para que venimos

vas con plazos alargando.

Borbón, deja ya razones,

toca alarma, asalta luego,

que ofende tanto sosiego

los bélicos corazones.

Y entiende que se pretende

poner por tierra esta tierra

y si a ti te enfría la guerra

a nosotros nos enciende.

 

GUARDA:

Ah romano, ¿qué buscáis?

¿Qué queréis? ¿O a qué venís?

 

MENSAJERO:

Soldado, pues lo pedís,

diré lo que preguntáis.

Al gran general Borbón

le vengo a dar un recado

de Roma a él enviado

vista nuestra perdición.

 

GUARDA:

Aguardad aquí un momento,

y daré razón de vos.

 

MENSAJERO:

La lengua te mueva Dios

y a Borbón el pensamiento.

 

GUARDA:

Concilio alto excelente,

un mensajero está aquí

de Roma, y pido por mí

ante vos verse presente.

 

BORBÓN:

Dalde la puerta, entre luego,

veamos que es lo que quiero.

 

AVENDAÑO:

Borbón, si paz te pidiere,

cierra a el oído a su ruego.

 

BORBÓN:

Las armas le quitaréis

para entrar como es usanza.

 

AVENDAÑO:

Dalde espada, escudo y lanza

y entre armado, ¿qué teméis?

Cuando franceses tuvieras

y no españoles contigo,

temieras al enemigo,

mas si te guardan ¿qué esperas?

Segura está tu persona,

no puede venirte daño,

que está contigo Avendaño

y te acompaña Escalona.

 

GUARDA:

Licencia a entrar se os concede,

mas que las armas dejéis.

 

MENSAJERO:

¿Los españoles teméis?

¿Miedo con vosotros puede?

¿Así los hombres desarmas?

¿No eres tú de aquel crisol

de España? Que el español

no quiere al hombre sin armas.

Generoso concilio, a quien el suelo

dignamente celebra, y tiene en tanto

que la gloriosa fama esparce al cielo

el nombre vuestro en su divino canto,

ya veis patente nuestro acerbo duelo,

no podéis ignorar nuestro quebranto,

con vuestros propios ojos estáis viendo

el mal que hacéis, que Roma está sufriendo.

Pídevos humilmente que apartando

de vos tan fiero y pertinaz intento,

el cerco levantéis, ya perdonando

a quien nos ofendió, ni en pensamiento.

Que bien nuestra razón considerando

el más fiero dará consentimiento

al justo ruego, y templará la ira,

temiendo a Dios, que viendo tal se aira.

Si alguna saña mueve el inhumano

deseo vuestro al cerco que está puesto;

si el pueblo que es de Dios, si el que es cristiano

ya contra Dios, y lo que manda en esto;

si a su vicario con violenta mano

asalta, el luterano viendo aquesto

¿Qué ha de hacer, sino seguir su furia,

y a nuestra iglesia hacer injusta injuria?

Esto pueda con vos, aunque haya sido

Roma culpada, y dad lugar al ruego.

Que en ley humana, y divina, os pido

que permitáis dejalla en su sosiego;

y si para el ejército movido

falta dinero, yo lo daré luego,

no sea de cristianos saqueada

Roma, pues de cristianos es morada.

 

BORBÓN:

Varón romano, el cielo es buen testigo

si la voluntad mía tal consiente,

mas que forzado en esto, el querer sigo

de la soberbia y española gente.

Con la cual, ni por ruego, ni castigo

se ha podido templar su furia ardiente,

Y así digo que en esto no soy parte

y no tengo respuesta otra que darte.

 

MENSAJERO:

Otra piedad traía confianza

que había de hallar en tu presencia,

mas pues me falta, sigue tu pujanza

y contra Roma usa tu violencia.

A Dios ofendes, y él dará venganza

al pueblo que amenaza tu potencia,

y con esto, o concilio valeroso,

voy a dar mi recaudo congojoso.

 

BORBÓN:

¿Qué resta para el fin de nuestro intento?

 

DON FERNANDO:

Poner en obra lo que se desea.

 

MORÓN:

No vengo en tal, ni doy consentimiento.

 

AVENDAÑO:

Nosotros demandamos la pelea.

 

BORBÓN:

Esto se acabe, y quede dado asiento,

Que luego que se muestre la febea

luz, en el lugar do agora estamos

para dar el asalto nos veamos.

El parecer que en esto habemos dado

se firme luego, y todos lo firmemos.

 

DON FERNANDO:

Yo firmo lo que está por mí acordado.

 

MORÓN:

Yo no, que no vendré a tales extremos.

Que no me obliga a mí, aunque esté obligado

servir a César, lo que aquí hacemos,

que es ir contra la Iglesia, y su precepto.

 

BORBÓN:

Sin ti vendrá nuestro deseo en efecto.

También aquí ninguno va a ofendella

porque somos católicos cristianos.

 

MORÓN:

Ese camino no es de defendella

del rigor de los fieros luteranos.

 

BORBÓN:

No es aquesto dejar de obedecella,

pues vamos a ofender a los romanos

y a servir nuestro rey, y en este hecho

darle lo que demanda su derecho.

Cargad piezas, tocad que se recoja

la desmandada y orgullosa gente.

Reparen con reposo la congoja

del día que huyendo va a occidente.

Y luego que su luz muestre la roja

Aurora, descubriéndose el oriente,

haremos lo acordado; poned velas,

encended fuegos, vayan centinelas.

 

Jornada II

GENERAL BORBÓN, DON FERNANDO GONZAGA. GUARDA. ROMANO. AVENDAÑO. ESCALONA. CORNELIA.

JULIA. CAMILA. ALEMÁN.

Manda BORBÓN que asalten a Roma, prende un espía romana, traénsela, manda que la ahorquen, AVENDAÑO le pide que la mande soltar hácese así, comienza a batir a Roma, y el primer asalto muere BORBÓN subiendo el muro; hállanlo AVENDAÑO y ESCALONA, llevanlo a su tienda, encuentran tres romanas catívanlas, despojan y matan a un ALEMÁN; tocan a recoger, cesa el saco por aquel día.

 

BORBÓN:

Lleno de ira, y sobresalto horrible

ardiendo en fiera y rigurosa saña,

todo el discurso desta noche fría,

revuelto en bascas, y congoja extraña,

pasé con inquietud dura y terrible

deseando la luz del claro día.

Ya el alma revolvía

a la triste ruina que promete

España a la alta Roma.

Que agora opresa y doma

y la cerviz al yugo le somete

después que fue señora

del mundo, y tantas gentes domadora.

Contemplo el alto Capitolio en tierra,

su opulencia en poder de los soldados,

el incendio, las muertes, las injurias,

sus templos y edificios derribados

las libertades de la libre guerra,

Los sacrilegios, robos y lujurias,

Las implacables furias

de los soberbios bárbaros, dispuestos

a la cruel matanza,

usando en su venganza

mil robos, mil estupros deshonestos,

triunfando de la gloria

de quien triunfó de tantos con victoria,

 

DON FERNANDO:

Gran general de España, esta es la hora

que asignaste, y el punto en que conviene

dar el asalto, antes que el aurora

rompa la oscuridad que el mundo tiene.

 

BORBÓN:

Ea, gente indomable vencedora

de todo cuanto el mundo en sí contiene,

dispongamos el campo, ea, asaltemos,

ea, el orden sigamos que tenemos.

Vos, Don Fernando, por aquesta parte

con aquesta avanguardia de alemanes

romped el muro, y con soberbio Marte

dad a Roma los últimos afanes.

El orden mismo seguirán, y el arte

los demás españoles capitanes. 40

Vayan por esta banda arcabuceros,

por aquella, caballos y piqueros.

La Infantería italiana vaya

cercando en torno el Tiber, un ala hecha,

guarde el bagaje y munición, no haya

desorden, que en la guerra esto aprovecha.

Esté el contrario en su lugar a raya,

y si huyere, viendo que lo estrecha

nuestra gente, dará en la infantería,

si se escapare, dé en la piquería.

Soldados valerosos, ya es venida

la ocasión que tenéis tan deseada,

la diligencia sea apercibida

de vos, y la pereza desechada,

la victoria tenéis tan conocida

que esta noche me ha sido revelada

del piadoso y favorable hado,

que plácido en mi ayuda se ha mostrado.

 

DON FERNANDO:

¿De qué sirven más arengas

dinos, general Borbón?

Que tengo a gran sinrazón

que así suspensos nos tengas.

Habían de estar ya en tierra

los muros, y los soldados

de los despojos cargados,

cuando das leyes de guerra.

El orden que nos has dado

todo el campo seguiremos,

mas solamente queremos

que hagamos lo acordado,

 

BORBÓN:

En ese mesmo deseo

estoy, mas para un momento,

que un gran alboroto siento

y el campo alterado veo.

 

GUARDA:

Gran Borbón, haciendo vela

en este cuarto presente,

en medio de nuestra gente

prendí aquesta centinela.

Dice a voces que es romano,

y pues es nuestro enemigo

el mismo pide el castigo,

no se lo niegue tu mano.

 

BORBÓN:

Romano, di, ¿a qué veniste

de tu Roma, a mi real?

¿Que es tu desiño final

y la causa a que saliste?

Si no me lo dices luego

de modo que satisfagas,

yo te haré que lo hagas,

poniéndote en vivo fuego.

No tienes razón que dar

si no decir quien te envía,

si vienes en compañía,

o si sólo, a este lugar.

Y asildo, porque si ordena

hacer lo que Mucio obró,

cuando la muerte le dio

al contador de Porsena.

 

ROMANO:

Señor, ¿qué quieres que diga?

Yo soy espía, y salí

de Roma, yo vine aquí

a espiar quien nos fatiga,

y habiendo considerado

todo tu campo dispuesto,

volvía avisarlo presto,

y atájome el crudo hado.

 

BORBÓN:

¡Eso no me satisface!

Con alguna maldad vienes.

 

ROMANO:

¿Aquesto por maldad tienes?

¿Esto en guerra no se hace?

¿Cuando faltarán espías

del un bando al otro puestas?

 

BORBÓN:

No te pido estas repuestas,

sino solo ¿á qué venías?

 

ROMANO:

Ya te he respondido, y digo

que te venía a espiar,

y a si te pudiera dar

con esta mano el castigo.

Quieres saber más de mí,

no tengo más que decirte,

y así puedes persuadirte

que a poder lo hiciera así.

 

BORBÓN:

Con tan extraña osadía

te has atrevido a hablarme.

 

ROMANO:

Mas pensaba adelantarme

si fuera la suerte mía.

 

BORBÓN:

Sus, colgado do aquel muro

pague sus intentos vanos.

 

ROMANO:

No espantan a los romanos

muertes, ni castigo duro.

 

AVENDAÑO:

Esa braveza de Roma,

ese despreciar la muerte,

ese hablar de esa suerte

tú verás cómo se doma.

No permitas, gran Borbón,

tratarlo de aqueste modo.

Que no es bien que un campo todo

dé muerte a un hombre en prisión.

Deja ir libre ese romano,

diga su muerte vecina

que una sola golondrina

no suele hacer verano,

otra gloria, otro renombre

tu gran valor nos promete,

digan que un nuestro acomete

un capón, y no un capón a un hombre.

 

BORBÓN:

Dalde libertad, y vaya

de nuevas de nuestra ida.

 

ROMANO:

Roma aguarda apercibida,

que temor no la desmaya.

 

BORBÓN:

Dad principio al crudo estrago,

toca al arma presto presto.

Guarde cada cual su puesto.

Santiago, Santiago.

Este muro levantado

por esta escala entraré,

y luego que en él esté

el fuerte tengo ganado.

Poca defensa hay aquí,

arriba, arriba, Borbón,

No te falte el corazón.

¡Muerto soy, triste de mí!

 

AVENDAÑO:

Anda, Escalona, llevemos

a la tienda ese pillaje.

No aguardes cargar bagaje,

porque luego nos tornemos.

 

ESCALONA:

Echa por este camino,

atajaremos gran parte.

 

AVENDAÑO:

Éste al gran furor de Marte

dio el espíritu mezquino.

 

ESCALONA:

Paréceme que es Borbón

aquel que allí vemos muerto.

 

AVENDAÑO:

Él es; no es otro por cierto,

que acabó con su intención.

Por ser nuestro capitán

llevémoslo a nuestra tienda,

y que es muerto no se entienda.

 

ESCALONA:

Cárgate ese ganapán.

Echémoslo de aquí abajo,

dalo al diablo que pesa,

por cierto que es buena presa

para tan grande trabajo.

 

AVENDAÑO:

No es razón que lo dejemos,

que en muerte no es bien vengarnos.

 

ESCALONA:

Ni aún de un muerto es bien cargarnos

pues hay río en que lo echemos.

 

CORNELIA:

¡Ay mísera caída,

ay dio postrimero

del valor alto de la sacra Roma,

ay gente enfurecida,

ay hombre de dinero,

que así os consume el alma su carcoma!

Hoy se sujeta y doma

la ciudad que ha rendido

cuanto mira el sol puro,

hoy sufre asalto duro,

y hoy será cuando puede destruido.

¡Ay dulce patria amada

de Dios, para su Iglesia diputada!

Hijas de mis entrañas,

regalo y gloria mía,

¿En tan estrecho paso qué haremos?

Vamos a las montañas,

quizá hallaremos vio

como del fiero incendio nos libremos.

En las manos nos vemos

de la enemiga gente,

las haciendas quitadas,

las casas abrasadas,

sujetas al furor de su ira ardiente

a riesgo que perdamos

con la hacienda el nombre que estimamos.

 

JULIA:

Señora, la crueza

del bárbaro enemigo

que con airada y rigurosa mano

usando su fiereza

nos quita el patrio abrigo,

asolando el valor y ser romano,

cuando con su inhumano

furor, haya igualado

el Capitolio al suelo,

su fuerza, ni mi duelo,

harán mover mi virginal cuidado,

ni con infamia oscura

podrán amancillar su hermosura.

 

CAMILA:

Cuándo puesta en sus brazos

quisieron con violencia

sobrepujar mi femenil sujeto,

seré hecha pedazos

con firme resistencia,

primero que venir en tal decreto.

Mas si en tan duro aprieto

fuere más poderosa

su fuerza que la mía,

el cuerpo se rendía,

no el alma, que en aquesta trabajosa

lucha, estará constante,

teniendo siempre el casto honor delante,

 

CORNELIA:

Ése sólo recelo

hijas, me congojaba.

Mas ahora que veo vuestra firmeza

no temo el triste duelo,

ni el fin que me llamaba,

con ver que no se pierde la nobleza.

 

JULIA:

¡Ay tristes! ¿Qué fiereza

de hombres, es aquesta?

 

CORNELIA:

Cielo justo, tu ayuda

en este paso acuda.

 

CORNELIA:

Hijas, ánimo aquí, la hora es esta,

ya enemigos vemos

donde del valor nuestro ejemplo demos.

 

AVENDAÑO:

Anda, Escalona, apresuro

el paso, ¿vienes durmiendo?

Voto a tal que no te entiendo,

¿Tal vas en tal coyuntura?

Ponte alas a los pies,

y a las manos dos escarpias,

anda, hagámonos harpías,

pues tan buena ocasión es.

 

ESCALONA:

Por el dador de la vida

que es buen pillaje el que veo.

 

AVENDAÑO:

Bueno Escalona, no creo

que es mala nuestra venida.

Arremete presto a asillas,

no vengan otros soldados,

y a la parte acodiciados

hayamos de repartillas.

Hermosas damas romanas,

pues fortuna os ha traído

a tal estado y partido,

pareciendo más que humanas,

permitid ir con nosotros,

adonde seréis guardadas

servidas y regaladas,

antes que os asalten otros.

Y tened seguro aquí

que lo que toca a guardaros

podéis, señoras, flores

deste soldado, y de mí.

No usaremos del furor

y libertad de la guerra,

que en nuestros pechos se encierra

la piedad, y no el rigor.

 

CORNELIA:

Soldados, yo he creído

que el cielo oyó nuestro llanto,

pues en tan fiero quebranto

nos ha a vosotros traído.

Y habiendo de ir tres matronas

en las cadenas esquivas,

libertad es ir captivas

sirviendo tales personas.

Sola una cosa os demando

con lágrimas destos ojos,

que estas de que hacéis despojos

miréis, su honor conservando,

porque su rescate dellas

será tal cual lo veréis,

y sin esto subiréis

vuestro nombre a las estrellas.

 

ESCALONA:

Señora, yo doy seguro,

por la ley de buen soldado,

que sea su honor guardado,

y a Dios lo prometo y juro.

 

CORNELIA:

Eso alivio el mal que siento,

y es parte de consolarme

del yugo a que veo llevarme.

 

AVENDAÑO:

No lo será más contento.

Aguarda, Escalona, tente,

ten la espada apercebida

que por ésta vía seguida

oigo gran tropel de gente.

Dos alemanes cargados

vienen, o fieros violentos,

con casullas, y ornamentos

de los templos consagrados.

 

ESCALONA:

Ponte en aqueste paraje.

Pese a tal con los ladrones,

dennos en pocas razones

los pellejos y el pillaje.

Estate quedo, Avendaño,

déjalos, lleguen do estás;

pondrémoslos que jamás

en iglesias hagan daño.

 

ALEMÁN:

Cárgate bien, compañero,

no te detengas, ni tardes,

porque los despojos guardes

que llevas del saco lloro.

Los españoles no vengan

que si vienen, ten por cierto

que tú sin ropa, y yo muerto

quedamos, que así se vengan.

 

AVENDAÑO:

A ellos, ea, Escalona,

mueran entrambos a dos.

 

ESCALONA:

Éste ya es mío, por Dios.

 

AVENDAÑO:

Pues estotro no blasona

huertos están, ¿qué haremos?

 

ESCALONA:

 

Qué, no detenernos punto,

y ese lío todo junto

con lo demás nos llevemos.

 

AVENDAÑO:

¿Qué haces, a qué aguardamos?

¿No oyes a don Fernando

que su gente retirando

viene hacia donde estamos?

Sígueme por esta parte,

que si llega, es camarada,

y pedirá le sea dada

desta nuestra presa parte.

 

ESCALONA:

Enviarelo yo a la horca

de donde lleve despojos,

questos al ver de los ojos

los llevará sí se ahorca.

AVENDAÑO:

Estorbemos pesadumbre.

 

ESCALONA:

Calla, que es ese un figón,

Bergamasco, gran poltrón

que lo baja su costumbre.

 

AVENDAÑO:

Este camino tornemos

que es más cerca, y más seguido,

y el robo que hemos habido

entre los dos lo carguemos.

Y, señoras, caminando

poco a poco por aquí

podremos llegar allí,

do no llegue don Fernando.

 

DON FERNANDO:

Extraño ha sido el riguroso estrago

que en Roma habemos hecho con victoria,

dándole el justo y merecido pago

a su loca y altiva vanagloria.

Lástima daba ver el rojo lago

que por las calles iba, cuya historia

Roma celebrará en eterno llanto,

y a España ensalzará en divino canto.

Atambor, toca a recoger la gente,

que va del día faltando la luz pura,

cose ya la crueldad, y saña ardiente,

y de Roma la extrema desventura.

A Borbón demos, general valiente,

con tierno sentimiento sepultura;

yo lo voy a buscar; tú echa bando

que en orden vengan al real marchando.

 

Jornada III

FILIBERTO. DON FERNANDO GONZAGA. ALEMÁN. FARIAS. GUARDA. MENSAJERO de Roma. ATAMBOR. AVENDAÑO. ESCALONA. CORNELIA. JULIA. CAMILA.

Por la muerte de BORBÓN fue efigido capitán general FILIBERTO. Salen a un desafío singular FARIAS, un soldado español, y un ALEMÁN luterano: hace traerlos a su presencia, y sabida la ocasión de su desafío, manda que al luterano arrojen en el río atado a un peso, y da libertad con muchas alabanzas a FARIAS. Viénele un MENSAJERO de Roma, cuéntale los grandes daños que en ella se hacen, pidiéndole que cesasen. Otórgaselo; demándale las tres romanas que cativaron ESCALONA y AVENDAÑO, prometiendo su rescate; entrégaselas, y manda que luego marche el campo para Bolonia.

FILIBERTO:

Del bélico furor y ardor de Marte

los míseros romanos quebrantados

andan vagando de una a otra parte,

temblando de los bárbaros soldados,

que arbolando de César le estandarte,

a cuya sombra todos arrimados,

con detestables daños han rendido

el pueblo en todo el mundo más temido.

Agora resta, ejército potente

de Carlos invictísimo enviado

a Esperia, a sosegar la fiera gente,

y a opresar al rebelde y obstinado,

que viendo la ruina y mal presente

dejemos las reliquias que han quedado

en Roma, del incendio riguroso,

y el campo recojamos victorioso.

 

DON FERNANDO:

Filiberto magnánimo, elegido

por el cesáreo campo, en el oficio

del general Borbón, que muerto ha sido,

sin verde Roma el fin, y cruel suplicio;

suplícote me sea concedido

de ti, que el campo ande en su ejercicio,

que es robar, pues ya sabes, que el soldado

ha de ser de la guerra aprovechado.

Porque la gente de la invicta España,

que en este asalto ha sido la que ha hecho

todo el efecto, usando de la maña

de guerra, y del valor de su alto pecho,

hará punto, y tendrá a injuria extraña

impedirle su intento, y con despecho

levantará un motín, que nos veamos

en más afrenta que jamás pensamos.

Y por esta razón, o valeroso

Filiberto, permite aprovecharse

del saco, aquel ejército furioso

que su gloria es en esto recrearse.

 

FILIBERTO:

Gocen del triunfo y premio victorioso,

que es el fin a que vienen a entregarse

al rigor de Vulcano, que mi intento

no es impedirle a ellos su contento.

Mas condolido ya de la crueza

que se usa con Roma, ya arruinada,

ha movido mi ánimo a terneza,

sintiendo el mal que ha hecho nuestra espada.

 

DON FERNANDO:

Deja aquesa congoja, esa tristeza,

que con razón ha sido castigada

su locura, y oigamos qué ruido

es éste, que acá viene dirigido.

 

FARIAS:

No hay para que más razones,

ya estamos puestos en puesto,

donde entenderás bien presto

lo que sirven tus blasones.

Y el agravio que te hice

ha sido muy justamente

y quien contradice miente,

y quien otra cosa dice.

 

ALEMÁN:

Si han de averiguar las manos

lo que dices que me has hecho,

¿No ves que son sin provecho

aquesos desgarros vanos?

Aqueste guante me diste,

señalándome el lugar

donde te lo había de dar,

y al mesmo efecto veniste,

Aquí estamos, helo aquí,

la ropa nos desnudemos,

porque los dos peleemos,

cual tú me pediste a mí.

 

FARIAS:

No quiero verte desnudo

por que eres soldado viejo,

yo sí, que de tu pellejo

pienso de hacer escudo.

No por que entiendo con él

de peligro defenderme,

que no podrá guarecerme,

que es menos que de papel.

Y es agravio conocido

a la española nación

contra flaca defensión

haber hazaña emprendido.

 

ALEMÁN:

Aquese hablar ataja,

no ves que estás blasonando,

y eres según voy notando,

gran hablador de ventaja.

Ea, desnúdate luego,

o vestido como estás.

 

FARIAS:

Pues lo quieres, tú verás

como sales deste juego.

 

DON FERNANDO:

Campo singular entiendo

que es aquel, dame licencia,

trairelos a tu presencia,

quitaré el combate horrendo.

 

FILIBERTO:

Pues te agrada, don Fernando,

ir personalmente allí,

ve, y traémelos ante mí,

que aquí los estó aguardando.

 

FARIAS:

Acaba de desnudarte.

Tanto dilatas venir,

es que temes el morir,

y quieres así escaparte.

Yo lo otorgaré perdón

con hacerte dos mamonas,

porque de tales personas

basta tal satisfacción.

 

ALEMÁN:

Español cobarde, entiendes

que en mí reina cobardía,

veamos si tu osadía

te de aquí lo que pretendes.

 

FARIAS:

Poltrón, vil, y afeminado,

tú verás lo que hay en mí,

 

DON FERNANDO:

Parad, soldados, aquí.

 

FARIAS:

Déjenos, señor soldado.

 

DON FERNANDO:

No puede ser, que me envía

el general a llamaros,

y de fuerza he de llevaros.

 

FARIAS:

Comigo no se entendía.

 

DON FERNANDO:

Si entiende, que yo os lo pido,

y si vos me conocéis

mi ruego a hacer vendréis.

 

FARIAS:

Habiendo esto concluido,

 

DON FERNANDO:

Español, tened por bien

ir comigo al general,

que es la persona real;

no uséis de aquese desdén.

 

FARIAS:

Si viera al emperador

a quien sólo soy sujeto,

no tuviera más respeto

que a vos os tendré, señor.

Porque tal comedimiento

cual comigo habéis usado

son prisiones que han atado

mi voluntad, de su intento.

Y así, vamos do mandáis,

mas será con condición

que oída nuestra ocasión

a do estamos nos volváis.

 

DON FERNANDO:

Luego que el caso se vea

el general proveerá

lo que en ello se hará,

o por paz, o por pelea.

Filiberto valeroso,

estos dos fuertes soldados

salieron desafiados

a combate riguroso.

Enviásteme por ellos,

yo te los traigo y presento;

sabido su fundamento,

en paz procura ponellos,

Que soldados tan valientes

no es justo perder así,

y si no hay agravio aquí,

reprima sus accidentes.

 

FILIBERTO:

Para que yo dé sentencia

y pueda determinar

vuestro campo singular,

del cual no tengo experiencia,

conviene que me informéis

cual ha sido la ocasión,

y oída la información

así la sentencia habréis.

 

FARIAS:

En el asalto romano,

gran sucesor de Borbón,

metido, en la confusión

del ejército inhumano,

andábamos los de España

con los de Italia revueltos,

hurtando, todos envueltos.

Los de Francia y Alemaña.

Cada cual, cual más podía,

del robo se aprovechaba,

y el que menos alcanzaba

llevaba más que quería.

Sucedió que andando en esto

una gran casa encontré.

Y queriendo entrar hallé

a uno a la puerta puesto.

Dijo que me detuviese

por que entrar no era posible,

o que castigo terrible

vería si me atreviese,

confieso que me volviera

no por él, mas porque oí

gran estruendo, y vuelto en mí,

temí la que se dijera.

Con un ánimo inhumano

dispuesto al cruel recuentro,

pregunté: ¿quién está dentro?

Que a mí me vaya a la mano.

Respondió: no basta yo,

y diciendo esto arremete,

y por mí espada se mete,

de la cual muerto cayó.

Yo proseguí con mi intento,

y en la casa más entrando,

mas estruendo iba notando,

más voces, y más lamento.

Quisiera certificarme

de tan extraño ruido,

tan doloroso alarido,

primero que aventurarme.

Y estando dudando así,

o decir: luteranos,

¿En Dios ponéis vuestras manos,

el cielo nos hunde aquí?

Yo que iba a entrar a este punto,

este traidor que salía

y una monja que traía

asida, y con ella junto.

Como me vio diferente

en el hábito y postura,

Me dijo en tal desventura:

Español, séme clemente.

Que este fiero luterano

y otros de su mal ejemplo

este convento y su templo

han metido a saco mano.

Las monjas traen arrastrando,

robando los ornamentos,

quemando los sacramentos,

y contra Dios blasfemando.

En oyendo la razón

de la monja maltratada,

arremetí con mi espada,

ardiendo en ciega pasión,

Y viendo aqueste traidor

mi determinado intento,

la monja soltó al momento

por resistir mi furor,

y andando los dos riñendo

puesta en salvo la cautivo,

acudió gente de arriba,

y de la calle viniendo.

Estorbaron la contienda,

porque él temió los de fuera,

yo los que bajar oyera,

y así tuvimos la rienda.

Hame venido buscando,

y pídeme que le dé

la cautiva que se fue

cuando nos vio peleando.

Ésta ha sido la ocasión,

gran general, y éste diga

si es verdad, o contradiga,

y da tu resolución.

 

FILIBERTO:

¿Esto que aquí se ha propuesto

es verdad cual lo has oído?

 

ALEMÁN:

Verdad es, mas soy ofendido,

y a vengarme estoy dispuesto.

Él me tiene de entregar

la cautiva, o dar la vida,

que esta razón de ti oída

por fuerza me ha de ayudar.

 

FILIBERTO:

Sí haré, si eres cristiano.

 

ALEMÁN:

No lo soy, más mi defensa

es, que esta guerra dispensa,

aunque yo sea luterano.

 

FILIBERTO:

¿Lid singular entre dos

sin mando puede acetarse?

 

ALEMÁN:

Ahora puede dispensarse,

dando la licencia vos.

 

FILIBERTO:

La licencia que daré,

será que al Tiber romano

te arrojen, mal luterano,

enemigo de la fe.

Alto, haced lo que digo,

sin diferir un momento

de cumplir mi mandamiento.

 

GUARDA:

Dársele ha el mesmo castigo.

 

FILIBERTO:

Y tú, valiente soldado,

ve libre con la victoria,

que justo es darle tal gloria

a quien por Dios se ha mostrado.

 

DON FERNANDO:

¡O qué divina sentencia,

digna de ser de ti dada,

y que sea celebrada

tu rectitud y prudencia!

Y entiende que siendo oída

del invicto emperador,

que estimará tu valor

por hazaña tan subida.

 

GUARDA:

Tu mandamiento fue hecho,

como mandado me fue,

y en el Tiber lo arrojé.

 

DON FERNANDO:

Él ha sido un alto hecho.

 

FILIBERTO:

¿Cómo ejecutaste, di?

GUARDA

Señor, atele un cordel,

y una grande piedra en él,

y al río lo arrojé así.

Un mensajero ha venido

de Roma, pide licencia

de venir a tu presencia:

de ti sea respondido.

 

FILIBERTO:

Entre luego, y tú lo guía,

veamos qué es su demanda.

 

GUARDA:

Que entréis Filiberto os manda.

 

MENSAJERO:

Mueve Dios la lengua mía.

Haz de modo que se aparte

de su rebelde intención,

y que oyendo mi pasión,

de aplacar su ira se aparte.

Pues nuestro grave dolor

nos tiene tales, Dios mío,

tiempla y mueve el crudo brío

del contrario vencedor.

Si lugar diese la miseria mía,

senado, excelso, y declarar dejase

a la turbada lengua en este día,

sin que en llanto, cual suele, la ahogase,

no hay tanta saña en vos, que no sería

conmovida, ni scita que no usase

de piedad, oyendo nuestro duelo

que es el mayor que visto sea en el suelo;

porque si dél hubiese de dar cuenta,

y vuestro corazón oír pudiese

el mal nuestro, y de Dios la injusta afrenta.

No es posible que a llanto no os moviese.

¿De qué gente se oirá, que no se sienta

que la Iglesia de Dios en poder fuese

de antitematizados luteranos,

poniendo en ella sus violentas manos?

¿No os altera el espíritu? ¿Es posible

que vuestra cristiandad sufre tal cosa,

tal inhumanidad, mal tan terrible,

ofensa tal a Cristo y a su esposa?

¿No os levantáis, y dais castigo horrible

a la gente enemiga y odiosa

de la sede apostólica sagrada

de Dios instituida, a Pedro dada?

No es posible que en religión cristiana

quede tan gran insulto sin castigo,

ni el bárbaro inhumano, que profana

los preceptos de Dios como enemigo.

Ved por el suelo la valla romana.

Príncipes, escuchame, estad comigo,

que en breve suma quiero daros cuenta

si pudiere, de nuestra injusta afrenta.

Luego que entrados nuestros muros fueron

por bélica violencia derribados

al suelo, y dentro en la ciudad se vieron

los libres y sacrílegos soldados,

los unos a los templos acudieron,

sin ser de su crueza reservados,

los otros a las casas principales

de grandes, o a robar los cardenales.

Esto hicieron ya después que el fiero

furor de los nefarios luteranos,

asaz harto de haber con duro acero

tan gran matanza hecho en los cristianos,

con hambre insaciable de dinero,

acudieron al robo que sus manos

dejaban, por seguir otros ejemplos,

en corromper doncellas, quemar templos.

Hanse hartado ya, ya no les queda

que poder hacer más, de lo que han hecho,

ni hay cosa ya que aprovecharles pueda,

ni en cosa en que no tengan su derecho.

Vuestra piedad, o príncipes, conceda

a Roma quedar libre deste estrecho;

miralda por el suelo ya arruinada

del furor y rigor de vuestra espada.

Nunca se vio jamás en tal extremo

con haber sido perseguido tanto,

y es tanto que acordarme dello tremo,

y me corta el vigor el crudo espanto.

Que Alarico, en crueza rey supremo,

ni Atila le puso en igual llanto,

cual ahora se ve toda asolada

del furor y rigor de vuestra espada.

Pideos humilde, o príncipes, que el fiero

cerco le alcéis, pues no le ha ya quedado

ropa, joyas, haciendas, ni dinero,

en que el campo no esté todo entregado;

mejor veis esto vos, que yo os refiero,

y mejor sabéis vos la que se ha usado

con la mísera Roma que os demanda

la piedad en hazaña tan infando.

 

FILIBERTO:

Gran romano, no sé cómo te diga

el dolor que de Roma se ha sentido,

ni qué camino en este caso siga

que satisfaga, y sea yo creído,

porque no faltará quien contradiga

que de mí fue y ha sido consentido,

hacer a la alta Roma tal ultraje,

de las paces quebrando el homenaje.

Bien es a todo el mundo manifiesto

lo poco que yo debo en esta parte,

y así no quiero disculparme en esto,

sino respuesta a tu embajada darte,

y digo que del cerco tan molesto

que con justicia dices agraviarte,

serás libre, y el campo levantado,

así cual pide Roma en tu recado.

 

MENSAJERO:

Pues, general valeroso,

cuya bondad da ocasión

que olvidemos la pasión

de nuestro estado lloroso,

de aqueste fiero combate

tres captivas han traído

a tu real; yo las pido,

dando el debido rescate.

 

FILIBERTO:

En eso y en lo demás

se cumplirá lo que dices,

como tú dello me avises,

sin faltar desto jamás.

Atambor, echad un bando

que cualquiera que tuviere

tres cativas, sea quien fuere,

las venga manifestando.

 

ATAMBOR:

Manda el señor general

por bando, a ser compelido

al que de Roma ha traído

tres romanas al real,

que para ser rescatadas

de su miserable suerte,

manda so pena de muerte

sean luego ante él llevadas.

 

AVENDAÑO:

Habiendo tu bando oído,

venimos a obedecello,

como es justicia hacello,

y tú ser obedecido.

Estas son las tres cativas

que del asalto romano

trujimos por nuestra mano

a las prisiones esquivas.

 

FILIBERTO:

¿Son éstas las que buscáis?

 

MENSAJERO:

Señor sí, aquestas son

cuya nobleza y blasón

es más de lo que pensáis,

y así, soldados valientes,

sin que en esto haya debate,

ponelde nombre al rescate

de las cativas presentes.

 

ESCALONA:

Siendo de tanto valor

no tenemos que pedir,

mas querello remitir

a vuestro acuerdo, señor.

Y lo que hicierédes vos,

nosotros lo obedecemos,

y contentos quedaremos,

de cualquier modo, los dos.

 

MENSAJERO:

 

 

El gran cardenal Colona,

alto general, me envía

a esto, y él te pedía

lo que lo por su persona.

Él dará resolución

de lo que se debe dar,

o quisieren demandar,

por aquesta redención.

 

FILIBERTO:

¿Qué queréis, señor soldado,

que se os envíe en rescate?

 

AVENDAÑO:

Señor, deso no se trate,

que eso a vos queda encargado.

 

FILIBERTO:

Llevaldas, pues tan hidalgo

Avendaño se os ofrece,

y más de la que merece

por fácil merezca algo.

 

CORNELIA:

Sumo general de España,

no sé con qué razón diga

lo que tu bondad me obliga,

en tan heroica hazaña.

Mas remítolo al sentido,

pues se me turba la lengua,

y súplase aquesta mengua

con ser el caso entendido.

Nosotras cautivas fuimos

destos dos fuertes soldados,

en quien hallamos cobrados

los regalos que perdimos.

Porque en el buen tratamiento,

no pudiera yo su madre,

ni su poderoso padre,

tratarlas con más contento.

Y en nuestras penas esquivas

y en nuestras ansias sobradas,

fuimos servidas, guardados,

que nunca fuimos cativas.

Y así se enviará a los dos

el rescate, oh general,

tal, y si no fuere tal,

a pedirlo iré por Dios.

 

MENSAJERO:

Dándonos, señor, licencia,

queremos ir nuestra vía.

 

FILIBERTO:

Vaya Dios en vuestra guía.

 

MENSAJERO:

Y él quede en vuestra presencia.

 

FILIBERTO:

Vos de mi guardia id con ellos,

acompañad su viaje,

no se le impida el pasaje,

y alguien se atreva a orendellos.

Valeroso don Fernando,

el campo recogeréis

luego, y con él os iréis

para Bolonia marchando,

porque nuestro emperador

me envían hoy avisar

que allá se va a coronar.

 

DON FERNANDO:

Así lo haré, señor.

Toca a recoger al punto,

y di a la gente de guerra

que el bando, y dejar la tierra,

se tiene de cumplir junto.

Que so pena de la vida

el que en Roma se tardare

un hora, si no marchare

a Boloña en vio seguida.

 

ATAMBOR:

Manda el señor don Fernando,

en nombre del general,

que todos los del real

le sigan luego marchando,

y que dejando sus modos

y tratos, dentro de un hora

oyendo mi voz agora,

venga a noticia de todos.

 

Jornada IV

DON FERNANDO GONZAGA. CAPITÁN SARMIENTO. SALVIATI. EMPERADOR CARLOS QUINTO.

Llegados a Bolonia DON FERNANDO DE GONZAGA y el CAPITÁN SARMIENTO, se encuentran, tratan de algunas cosas, y de la ocasión que lo movió al EMPERADOR a querer coronarse en Bolonia. Sale el invicto EMPERADOR, recibe la corona imperial por la mano de SALVIATI.

DON FERNANDO:

No sé cómo encareceros

señor capitán Sarmiento,

el regocijo que siento

de veros bueno, y de veros.

Y aunque en mi larga jornada

he venido quebrantado,

con solo haberos hallado,

es suave y regalada.

 

CAPITÁN:

En esa mesma ocasión,

es tan bueno mi derecho

que me deja satisfecho

con no deciros razón.

Que siendo tan conocida

mi pura amistad de vos,

no hay engaño entre los dos,

si las dos es una vida.

Y dejando esto a una parte,

decidme cómo os ha ido

en el saco, que he sabido

que alcanzastes buena parte.

Esto supe en Barcelona

de un correo que llegó

de Roma, que se envió

a la Imperial persona.

Con el cual me pasó un cuento

bien gracioso sobre mesa,

que contando vuestra empresa

perdió el hablar, y aun el tiento.

Porque le sentí el humor

que era amigo de brindar,

tanto como de hablar

con ser muy buen hablador.

Hice que menudeasen

los pajes en su porfía,

de un vino de Malvasía,

y que las tazas colmasen.

Él enamorado dellas,

siguiendo tras sus amores

se puso de más colores

que el arco de las doncellas.

Vino el negocio a tal punto

que vierais vuestro correo

no correr, ni dar meneo

que no fuese todo él junto.

Yo por honor de su fama

hice que lo desnudasen,

y de brazo lo llevasen

a reposar a la cama.

Y luego que amaneció,

me dijo muy reposado:

cierto no ha mal caminado

quien de Roma ayer salió.

Yo, visto que aún te duraba

el humo de Malvasía,

nada no le respondía,

y de vos le preguntaba.

Y a poder de rempujones,

me dio estas nuevas de vos,

que las estimé por Dios,

cual razón, no cual razones.

Y no me fiara dél,

por estar tal, cual os digo,

mas afírmolo un su amigo

que posó junto con él.

 

DON FERNANDO:

En el asalto romano,

es negocio tan cantado

que no se halló soldado

que no hinchese la mano.

Por donde bien se entendía

que si a todos les sobraba,

que a mí que entre ellos andaba,

tampoco me faltaría.

Porque veáis por las calles

ropas, tapices, vajillas,

sin estimarse, esparcillas,

y esparcidas, no tocalles.

Verdad es, que los de España

el robar ejercitaban,

contrario de lo que usaban

los bárbaros de Alemaña.

Estos, ni templo dejaron,

ni religión que no entrasen,

ni imagen que no quemasen,

ni monja que no forzaron.

No procuraban dinero,

que dél no hacían cuenta,

mas con una sed sangrienta,

satisfacían a Lutero.

Pero la gente invencible

de la nación española

fue la que no pudo sola

sufrir maldad tan terrible.

Y así siempre los seguían,

y los hacían mil pedazos,

y con sus valientes brazos,

la cristiandad defendían.

Los rebeldes luteranos

en un riesgo tan extraño

Recibían mayor daño

de España que de romanos.

Mas al fin ellos hicieron

cuanto pudo ser posible,

y aun cosas que es imposible

que hombres a tal se atrevieron.

Y pudiérate contar

cosas que vi con mis ojos,

y en cosas hacer despojos,

que te hiciera llorar.

Mas déjolas, porque huyo

su memoria que me atormenta,

sólo porque me des cuenta

de una cosa en que concluyo.

¿Cuál ha sido la razón

te ruego me des aviso,

porque aquí el gran César quiso

hacer su coronación?

Si a Roma tenía sujeta,

y es uso allí coronarse,

¿Qué le movió aquí apartarse?

 

CAPITÁN:

No ha sido causa secreta.

La causa más principal

fue la ruina presente,

y en un dolor tan reciente

el placer sería mortal.

También se consideró

que aderezos faltarían

en Roma, cual convenían

sabido que tal quedó.

Otras causas te han movido

al emperador de España,

que son ir de aquí Alemaña,

a cosas que han sucedido,

principalmente aplacalla.

Que entre algunos señalados,

ejercitan alterados

lanza, escudo, espada, y malla.

A reducir a su fuero

algunas francas ciudades,

que intentando libertades,

huyen del cesáreo impero.

Y hanse venido a ligar

los esguizaros con ellas,

para querer defendellas,

y aquesto va a sosegar.

Va a elegir los electores

del alto rey de romanos,

y a Hungría a esforzar los vanos

y repentinos temores

que Babada, rey de Buda,

con favor de Solimán,

junto gente, y que a Austria van

la primavera sin duda.

Éstas y otras cosas son

las causas para no ir

a Roma, por acudir

de aquí, a su petición.

¿Y nosotros qué hacemos?

¿No oyes gran vocería?

De placer, sigue esta vía,

y en la ciudad nos entremos.

Hora es ya, que este ruido

nos aviso que nos vamos,

porque si acá nos estamos

haremos lo no debido.

Sigamos este camino

que más cerca me parece,

por éste que se me ofrece,

don Fernando, te encamino.

 

SALVIATI:

Excelso emperador, luz de la tierra,

a quien el sumo Altitonante tiene

por pilar de su fe, pues en ti encierra

cuanto a tal ministerio a ver conviene,

por quien el fiero turco se destierra,

y el valiente francés temo, y no viene

a inquietar el mundo, que tu mano

invencible, sujeta y tiene llano.

Guardando el uso que se guarda en esto,

tu majestad católica, en presencia

de Dios, me juro siempre estar dispuesto

con eterna observancia y obediencia

en defender la Iglesia, del molesto

Lutero, y los demás, que con violencia

la ofendieren, siguiendo el crudo intento.

 

EMPERADOR:

Yo ratifico vuestro juramento.

 

SALVIATI:

Reciba vuestra majestad, agora,

las insignias que pide la grandeza

de emperador, y aquesta vencedora

mano, tenga este cetro de firmeza;

esta espada, que sea domadora

del enemigo de la fe, y su alteza;

este mundo de oro, que es el mundo

de que os hace señor, sin ser segundo.

Esta corona a vos justa y debida,

sustente la cabeza gloriosa,

como cabeza de la fe, eligida,   195

para ampararla de la cisma odiosa.

Y el cielo os dé y otorgue tanta vida

cuanto durare en él la luz hermosa

del sol, y os dé vitorias excelentes

de varias, fieras, y enemigas gentes.

Y porque resta que la sacra mano

del vicario de Dios os unja, vamos,

Emperador dignísimo romano,

a quien el ceptro y obediencia damos,

y el Hacedor del cielo tan ufano

os haga, que de vos solo veamos

el nombre eterno, de inmortal memoria,

poniendo fin en esto a nuestra historia.

 

La Muracinda

La horrible empresa, el espantable efecto

de la sangrienta Alecto administrado,

canto, de los dos bandos encontrados:

el uno de los gatos infieles

y el otro de los perros animosos

y leales, y cómo fueron muertos

y vengados los gatos de su ofensa

de haber muerto a la gata Muracinda.

 

Oh musa, a quien le toca este cuidado

no te desdeñes del sujeto humilde,

pues ya cantó de ranas y ratones

el smírneo poeta, y la sagrada

lira de Mantua, en números divinos

nos dejó la memoria de un moxquito.

 

Tú (oh celeste Can) que entre los astros

tienes tu asiento, envía tu socorro

en favor de tus canes, que la Muerte

los tiene condenados a que mueran,

por el orden fatal que iré contando.

 

Tomares, es un agradable pueblo

principio del riquísimo Ajarafe

puesto en la altura de una ecelsa cumbre,

famoso por los frutos de que abunda

y por su ilustre fuente esclarecido.

 

Este fértil lugar de Baco y Palas

por la parte del Euro que le espira

y la Aurora le da la luz primera,

mira a la sacra Hispalis y al Betis

cómo ciñe la vega de Triana,

fértil de vides y árboles frutales;

de aquí se ve, volviendo el rostro al Bóreas

de la rica Triana el llano asiento,

do está el Tribunal sacro que defiende

la verdadera fe contra Lutero;

desde aquí, atravesando el pueblo ilustre,

que dos millas está nuestro Tomares,

donde esta historia su principio tuvo,

que fue éste su origen verdadero:

 

En los tiempos pasados tuvo un cura

de gran dotrina y de virtud ejemplo,

que a todo aquel lugar administraba

los divinos oficios, enseñando

las cosas de la Fe a la rudeza

del vulgo agreste que tenía a su cargo.

Un día sucedió, que entró en su casa

cuando el Sol puesto en su mayor altura,

hería la tierra con derechos rayos;

ocupó el padre cura, silla y mesa,

bastecida de frutas y viandas

con moderada cantidad en todo,

que la mesa templada desta suerte

huye con menosprecio, y abandona

la gulosa abundancia, que promete

dar de comer a cien epicúreos

y osa a Fabricio convidar en ella;

prosiguió su comida, y tomó un hueso

(en que el Hado encerró la dura muerte

que lo había de ser de tantas vidas)

y echóselo a la gata Muracinda

a quien él regalaba con estremo.

 

Con las vírgenes vestales

Con las vírgenes vestales

Está la hermosa rea,

Que su tío el rey Amulio

Allí la tiene por fuerza,

Desterrándole a su padre

contra justicia y clemencia,

Por quitarle el reino Albano,

Qu’era suyo por herencia.

Asimismo dio la muerte

A Lauro, otro hermano d’ella,

con que seguro de todo

con el reino albanés queda.

La triste rea quedando

Huérfana y por fuerza opresa,

La cual consumía su vida

Lastimada de su ofensa,

Pidiendo venganza al cielo

De su estrechez y miseria,

Desesperada del medio

Que dalle remedio pueda.

Estando así en el convento

De la religiosa Vesta,

Entre su virgíneo coro

La virgen vestal profesa.

 

Lucha Impuesta Por El Amor

El hijo del alto Jove,

Que preside en las peleas,

El sangriento horror, dejando

Las armas y trompas bélicas,

A la terneza de amor

Todo su furor sujeta,

Viendo la beldad divina

De la virgen vestal rea;

Y forzado al dulce fuego,

Que al más fuerte señorea,

El poderoso dios Marte

ciego y cativo se entrega;

Que en las contiendas de amor

Ninguna fuerza aprovecha.

Dio lugar a la memoria

El dios fiero de la guerra,

Trabando consigo mismo

De las guerras la más fiera,

Entre amor y su deseo,

Que el uno y otro le apremian,

Dándole el amor esfuerzo,

Y el deseo temor y pena;

Natural cosa al que ama,

Es temer lo que desea,

cual al dios Marte, sucede,

Que lo que desea, recela.

Puesto el tracio dios horrible

En esta horrible contienda,

Temiendo y orando a un punto,

cosa en el que ama cierta,

Sujeto a su voluntad

rompió del temor la cuerda

Dejando al libre deseo

Suelta a su querer la rienda:

Y así puesto en asechanza

A la vestal rea acecha,

Y hallándola sola un día

A gozar d’ella se apresta;

Que no le otorga su fuego,

Para aguardar más, licencia.

 

Llegó a ella y por la mano

Llegó a ella y por la mano,

Sin descubrirse quién era,

La asió, y ella pavorosa

La voz mal formada arrecia.

Forcejeando, y resistiendo

Enflaqueció en la defensa;

Que no puede fuerza humana

resistir divina fuerza.

Tembló el templo, bramó el cielo,

Estremecióse la tierra,

De horror volvió atrás el Tíber

Escondiendo la cabeza,

Y al centro lodoso y hondo

Se dejó calar de pena,

Turbando las claras hondas

revolviendo las arenas

Dando testimonio en esto

Del agravio hecho a Vesta.

Habiendo Marte a su gusto

Gozado de la doncella,

Le dice quién es, y en vuelo

Se desapareció de ella,

Quedando la vestal virgen

Sin el don que más se precia.

 

Castigo a la Madre y a los Niños

Y de dos hijos preñada,

Indicio de que era rea;

Que las ocultas maldades

El mismo mal las revela,

cual en este ayuntamiento

Vino a sucederle a rea,

Quedando por rastro d’él

La preñez, en que se vea:

La cual aunque quedó oculta,

Fue, creciendo, manifiesta;

Llegando el tiempo que Juno

Sacó a ver la luz febea

Dos bellos niños de un parto,

No sin confusión y afrenta

De las vírgenes vestales,

Que al rey el caso le cuentan.

El cual oyendo el suceso,

Sin que punto se detenga,

renovando el odio antiguo

ordenó, ardiendo en crueza,

cómo padezca la madre,

Y los dos hijos perezcan:

Y así la mandó poner

En una prisión estrecha

Donde acabase la vida

En soledad y miseria.

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