Poemas de Gregorio Silvestre

Poemas de Gregorio Silvestre

Poemas de Gregorio Silvestre (1520–1569) fue una figura bisagra en la transición lírica del Siglo de Oro español. Nacido en Portugal pero radicado en Granada, se desempeñó como organista de la Catedral, donde su virtuosismo musical influyó en su sentido del ritmo poético. Inicialmente, destacó como defensor de la tradición castellana y del octosílabo, utilizando metros cortos en composiciones como la «Canción» de los cabellos de oro.

Sin embargo, su evolución lo llevó a abrazar el estilo italianizante de Garcilaso, dominando el soneto y temas mitológicos, como se aprecia en sus versos sobre Salmacia y Troco. Su obra explora el neoplatonismo amoroso, las contradicciones del sentimiento y la reflexión moral ante la muerte. Silvestre logró fundir la sencillez tradicional con la elegancia renacentista, dejando un legado de profunda sensibilidad lírica.

Habiendo sido ya más combatida…

Habiendo sido ya más combatida

mi ninfa, que en el mar la dura roca,

amor la fuerza, hiere y la provoca

a darse entre mis brazos por vencida.

 

Y allí del mismo amor mío encendida

con su hermosos labios bebe y toca

el aire más caliente de mi boca,

haciendo de dos almas una vida.

 

Y un alma de dos cuerpos moradora

y dos cuerpos en uno más trabados

que jamás hiedra estuvo a olmo alguno.

 

Suspende este milagro amor ahora,

que no estemos jamás menos ligados

que Salmacia y Troco hechos uno.

 

Si mi vida pudiese defenderse…

Si mi vida pudiese defenderse

tanto de sus tormentos y sus daños

que, por virtud de sus postreros años,

vea vuestra hermosura oscurecerse,

 

y los cabellos de oro plata hacerse,

y dejar la guirnalda y ricos paños,

las galas y los trajes –tan extraños

que hacen mi afición más extenderse–:

 

allí me dará amor atrevimiento

para poder decirrle mi cuidado,

los años, días, meses y el momento.

 

El tiempo contrario es a tal estado;

mas tanto no será, que mi contento

no llegue algún suspiro, aunque cansado.

 

Con penas quiere Amor…

Con penas quiere Amor que me contente

y que perdiendo entienda que me gano,

que tenga el corazón muriendo ufano,

que sienta y que no sienta lo que siente.

 

Ni sé cuando estoy frío ni caliente,

ni sé cuando es invierno ni verano;

en mí lo más doliente es lo más sano

y es lo más sano en mí lo más doliente.

 

Del un extremo al otro extremo,

que no vale razón, ni ley, ni uso

para avisarme del error pasado.

 

Y es mal de tantos males, que no temo

sino que todo reino en sí confuso

en breve tiempo se verá asolado.

 

Silvia, Por Ti Moriré

Silvia, por ti moriré,

y sólo quiero de ti

si preguntaren por mí

que digas: «Yo le maté».

 

Si tu confiesas la culpa

bien mereces mi perdón,

pues está en tu confesión

mi venganza y mi disculpa:

venganza, yo sé de qué

pues todos huirán de ti:

disculpa verás en mí

si dices: «Yo le maté».

 

Ambos ganamos victoria,

yo en darla y tú en ganalla:

¿quién vio en tan corta batalla

tantos misterios de gloria?

en mí de constancia, y fe,

en ti de matarme así,

mayores en mí y en ti

si dices: «Yo le maté».

 

De doña María Espinosa a Sylvestre

De la dorada gruta y caro lecho

do contino habitáis, Dauro sagrado,

de variedad de flores rodeado

y de espuma cubierto el blanco pecho

 

salid si queréis ver quien os ha hecho

en cielo, mar y tierra tan nombrado

que solo en vos está todo ocupado

y aún no está el gran Sylvestre satisfecho.

 

Este es, glorioso Dauro, el apellido

del hijo vuestro, que con lyra y pluma

ha tanto enriquecido vuestro seno.

 

Fue el Mincio, el Po, ni el Tajo no han podido

jamás daros alcance, ni presuma

darlo el Tyber, ni el Ródano, ni el Reno.

 

Canción

Señora, vuestros cabellos

de oro son,

y de acero el corazón

que no se muere por ellos.

 

No son de oro, que no es el

oro de tanto valor;

porque no hay cosa mejor,

los comparamos con él.

 

Yo digo que el oro es dellos

y ellos son

tesoro del corazón,

que siempre contempla en ellos.

 

Son de lumbre, son de cielo,

son de sol y más si hay más

adonde suba el compás

lo mas preciso del suelo.

 

No hay que comparar con ellos,

de oro son,

y de acero el corazón

que no se muere por ellos.

 

Vuestros cabellos, señora,

son de oro para mí,

que cada uno por sí

me enriquece y me enamora.

 

Las almas ponéis en ellos

en prisión,

y es de acero el corazón

que no se muere por ellos.

 

Soneto: En la muerte de doña María

Mortales: ¿habéis visto mayor cosa

que siendo muerte me he tornado vida,

y de áspera, cruel y desabrida

me ha hecho blanda, dulce y amorosa?

 

Ya me codician todos por hermosa,

y de quien era más aborrecida

soy con alegre cara recebida

por suerte deseada y venturosa.

 

¿Sabeis de qué manera el mortal velo

del alma santa desaté de aquella

por quien era el vivir dulce, agradable?

 

Murió doña María y subió al cielo:

quedó hecho el vivir muerte sin ella,

y alegre yo, dulce y amable.

 

Soneto

Decid los que tratáis de agricultura:

en este valle umbroso y desabrido,

¿qué fruto del deleite habéis tenido

que no se os torne luego en amargura?

 

Del gusto y del regalo y la dulzura,

¿qué espigas y qué grano habéis cogido

que no salga nublado y revenido

del silo de la triste sepultura?

 

Del mal terreno y mala sementera,

¿qué se puede segar, sino sospecha,

disgusto, confusión, remordimiento?

 

El alma siente ya desde la era

cómo ha de baratar de la cosecha

agosto seco de eternal tormento.

 

Habiendo sido ya más combatida

mi ninfa, que en el mar la dura roca,

amor la fuerza, hiere y la provoca

a darse entre mis brazos por vencida.

 

Y allí del mismo amor mío encendida

con su hermosos labios bebe y toca

el aire más caliente de mi boca,

haciendo de dos almas una vida.

 

Y un alma de dos cuerpos moradora

y dos cuerpos en uno más trabados

que jamás hiedra estuvo a olmo alguno.

 

Suspende este milagro amor ahora,

que no estemos jamás menos ligados

que Salmacia y Troco hechos uno.

 

Si mi vida pudiese defenderse

Si mi vida pudiese defenderse

tanto de sus tormentos y sus daños

que, por virtud de sus postreros años,

vea vuestra hermosura oscurecerse,

 

y los cabellos de oro plata hacerse,

y dejar la guirnalda y ricos paños,

las galas y los trajes —tan extraños

que hacen mi afición más extenderse—:

 

allí me dará amor atrevimiento

para poder decirle mi cuidado,

los años, días, meses y el momento.

 

El tiempo contrario es a tal estado;

mas tanto no será, que mi contento

no llegue algún suspiro, aunque cansado.

 

Con penas quiere Amor que me contente

Con penas quiere Amor que me contente

y que perdiendo entienda que me gano,

que tenga el corazón muriendo ufano,

que sienta y que no sienta lo que siente.

 

Ni sé cuando estoy frío ni caliente,

ni sé cuando es invierno ni verano;

en mí lo más doliente es lo más sano

y es lo más sano en mí lo más doliente.

 

Del un extremo al otro extremo,

que no vale razón, ni ley, ni uso

para avisarme del error pasado.

 

Y es mal de tantos males, que no temo

sino que todo reino en sí confuso

en breve tiempo se verá asolado.

Poemas de Gregorio Silvestre

Discurso breve sobre la vida y costumbres del poeta

Hablar de la vida y costumbres de un poeta es internarse en un territorio donde lo cotidiano se entrelaza con lo eterno, donde cada instante vivido se convierte en materia de contemplación y cada recuerdo se transforma en semilla de verso. El poeta no habita únicamente el tiempo que le ha sido concedido por la vida; su espíritu transita entre épocas, se asoma a lo que fue y a lo que aún no ha sucedido, y en ese ir y venir construye un universo propio, hecho de palabras, silencios y visiones.

Su existencia, vista desde fuera, podría parecer sencilla, incluso monótona: paseos solitarios por calles antiguas o senderos olvidados, cuadernos gastados con páginas llenas de tachaduras, largas horas de quietud frente a una ventana. Pero bajo esa superficie calma se libra una batalla constante: la lucha por atrapar lo inefable, por dar forma a lo que el corazón siente y la mente apenas logra comprender. El poeta vive en un diálogo perpetuo con el silencio, y cada palabra que escribe es una victoria sobre el olvido.

En sus costumbres se hallan rituales que para otros carecen de sentido, pero que para él son alimento del alma: madrugar para escuchar el primer canto de un ave y sentir que el día comienza con música; detenerse a observar cómo la luz se posa sobre una piedra, como si en ese instante se revelara un secreto del mundo; escribir versos en servilletas, márgenes de libros o papeles sueltos que luego se pierden, como si la poesía misma quisiera ser efímera. El poeta se nutre de lo mínimo: un gesto fugaz, una mirada que se cruza en la calle, el aroma de la lluvia sobre la tierra, la cadencia de una voz que se apaga.

Aunque su oficio parezca solitario, su voz es un puente tendido hacia los demás. Vive para que sus palabras alcancen a quien las necesite, para que un lector desconocido, en un momento de su vida, se reconozca en ellas y descubra que no está solo. El poeta, en su esencia, es un guardián de la memoria y un sembrador de esperanza: recoge lo que la vida ofrece, lo transforma en belleza y lo devuelve al mundo para que otros puedan encontrar consuelo, fuerza o simplemente un instante de luz.

En suma, la vida del poeta es un viaje sin fin entre lo real y lo imaginado, entre lo que se vive y lo que se sueña. Sus costumbres, aunque humildes, son la argamasa de su arte; y su existencia, aunque breve en el tiempo, se prolonga en cada verso que deja como herencia. Porque el poeta, aun cuando calla, sigue hablando en la voz de quienes lo leen.

Si quieres, puedo ahora recrear este discurso con un tono renacentista, imitando el estilo y la cadencia de los textos que acompañaban a poetas como Gregorio Silvestre, para darle un aire más histórico y solemne. ¿Quieres que lo prepare así?

 

Oh luz donde a la luz su luz le viene

¡Oh luz donde a la luz su luz le viene

y clara claridad que el mundo aclara,

amparo del amparo que me ampara

y bien del sumo bien que más conviene!

Valor de aquel valor que en sí contiene

de todos el reparo y los repara,

tu cara, de los ángeles tan cara

me dé paz en la paz que el cielo tiene.

La brasa de tu amor que el alma abrasa,

la llama que tu amor inspira y llama

me sube de mi ser al ser divino,

que puedo yo, Señor, de casa en casa

de vuelo en vuelo ir, de rama en rama

a donde tu contino sea contino.

 

Cantico

No me voy que con vos quedo

ni menos vos os quedays

que si voy conmigo vays.

 

Patir me puedo, y quedarme

sin apartarme de vos,

porque solamente Dios

puede de vos apartarme,

assi que podre mudarme

del lugar à donde estays

mas si voy conmigo vays.

 

De partirme esta jornada

y veros quedar no è miedo,

que en la forma que en vos quedò,

os lleuo en mi transformada

tengo os tan representada

en el alma à donde estays

que si voy conmigo vays.

 

O yo vivo en tinieblas, o estoy ciego,

O yo vivo en tinieblas, o estoy ciego,

pues ojos tengo, y luz, y claro día:

¿por qué no sigo a Dios, pues Dios me guía

con fuerza, con razón, con mando y ruego?

 

En nombre de Jesús, comienzo luego,

enciéndame el ardor en que él ardía;

su sangre derramó, salga la mía:

responda sangre a sangre y fuego a fuego.

 

Ven pues a mí, Señor, que ya despierto,

aunque este despertar es tu venida,

la mano de tu amor es que me hiere.

 

Conviéneme morir, mas ya estoy muerto,

y aquesto es en tu muerte buscar vida,

la cual no vivirá quien no muriere.

 

Confusión

¡Qué niebla, qué confusión!

¿En qué Babilonia estoy?

¿Si he de ser, si fui, si soy?

¿Si tengo seso o razón,

o manera?

¿Soy acaso o soy quimera?

¿Soy cosa fantaseada

o soy un ser que no es nada,

o fuera más que no fuera?

Yo pregunto

si soy vivo o si difunto,

porque cuando miro en ello

no soy aquesto, ni aquello,

ni estotro, ni todo junto.

Ni hay que ver

si tengo o no tengo ser,

pues no soy gloria ni pena

ni cosa mala ni buena,

de pesar ni de placer.

He pensado

que soy un concepto errado,

un desastre de ventura,

un siniestro de natura,

compuesto desvarïado

de elementos.

Rüina de pensamientos,

cisma de sentidos varios,

revolución de adversarios,

furia de contrarios vientos

y aún peor.

El mismo qu’es el dolor

de mí sale y yo soy él;

él está en mí y yo estó en él

por una regla de amor

señalada;

no es mi vida atormentada

de desdichas de fortuna,

ni tienen fuerza ninguna

si de mí no les es dada

de prestado.

Yo no siento

ni alcanza mi pensamiento

qué mal tengo, ni en qué grado,

que el andar desvarïado

confunde el entendimiento.

No es penar,

no es tormento ni es pesar,

ni morir ni enloquecer,

sino que, a mi parecer,

es más que todo a la par.

Esto he olvidado:

si el principio fue causado

(y al fin me acuerdo que sí)

de una gloria que perdí

por querer demasïado.

El cómo fue,

por la pena que pasé

y el dolor que he sostenido,

pienso que ya lo es sabido,

pero agora no lo sé.

Así estoy más que perdido,

sin saber cómo ni cuándo,

desesperado esperando

que no sea lo que ha sido.

Vengo a tanto,

que de ver cuál es y cuánto

este mi grave cuidado,

me quedo de mí espantado

cómo de mí no me espanto.

En fin, hallo

que es yerro desmenuzallo:

mejor es para mi fe

que se piense que lo sé

y que por algo lo callo.

Yo he hecho lo que he podido;

Fortuna, lo que ha querido.

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