Poemas de Gutierre de Cetina

Poemas de Gutierre de Cetina

Poemas de Gutierre de Cetina (1520-1557) fue un poeta español fundamental del Renacimiento, clave en la transición hacia la lírica moderna. Soldado de profesión, vivió entre Italia, España y México, lo que nutrió su visión cosmopolita. Bajo la influencia de Petrarca y Garcilaso de la Vega, perfeccionó el uso del soneto y el madrigal en lengua castellana.

Su obra destaca por una sensibilidad melancólica y una técnica refinada que busca la armonía platónica. Es mundialmente reconocido por su «Madrigal», cuyos versos iniciales («Ojos claros, serenos…») son cumbres de la poesía amorosa hispana. Su vida terminó trágicamente en Puebla tras un ataque por un malentendido sentimental. Aunque su producción es breve, su legado consolidó los metros italianos en el Siglo de Oro, uniendo para siempre el humanismo europeo con el nuevo mundo.

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A una dama que le pidió alguna cosa suya…

No es sabrosa la música ni es buena,

aunque se cante bien, señora mía,

si de la letra el punto se desvía,

antes causa disgusto, enfado y pena.

 

Mas si a lo que se canta, acaso suena

la música conforme a su armonía,

en lugar del pesar que el alma cría,

de un dulce imaginar la deja llena.

 

Vos, que podéis mover al son del canto

los montes, no queráis cantar enojos

ni el secreto dolor de mi cuidado.

 

Quédese para mí solo mi llanto;

vos cantad la beldad de vuestros ojos:

conformará el cantar con lo cantado.

 

A una dama que lloraba a un su servidor muerto

De Menalca, pastor, la ninfa Flora

lloraba el duro caso extraño y fuerte,

y del hermoso rostro, ¡ay, dura suerte!

las rosas escurece y descolora.

 

Ya se hace llorar, ya vuelve y llora

y en gruesas perlas su llorar convierte;

ya queda muerta y fría, y si la muerte

la deja respirar, dice algún hora:

 

«Parca si de mi bien te enamoraste,

cortarás de mi vida el hilo incierto;

gozarás del poder, yo del engaño.

 

Mas, ¡ay!, qué digo yo que no acertaste:

que por matarle a él, a mí me has muerto;

el golpe has hecho en él, yo siento el daño».

 

Al conde de Feria

Mientra el franco furor fiero se muestra

en uno con el bárbaro tremiendo,

mientra el consorcio protestante, horrendo,

turbar piensa la fe y la patria nuestra,

 

Marte os arma, Señor, la mano diestra,

a la cual la victoria está atendiendo,

a aquel vestigio de valor siguiendo

que a la inmortalidad virtud adiestra.

 

Ya me parece ver de vuestra gloria

el alto resplandor ilustrar tanto

que al paterno poder hará la vista.

 

Sólo tengo temor que tanta historia

puesta no quedará en eterno canto

si vos de vos no sois el coronista.

 

Al monte donde fue Cartago

Excelso monte do el romano estrago

eterna mostrará vuestra memoria;

soberbios edificios do la gloria

aún resplandece de la gran Cartago;

 

desierta playa, que apacible lago

lleno fuiste de triunfos y victoria;

despedazados mármoles, historia

en quien se ve cuál es del mundo el pago;

 

arcos, anfiteatros, baños, templo,

que fuistes edificios celebrados

y agora apenas vemos las señales;

 

gran remedio a mi mal es vuestro ejemplo:

que si del tiempo fuistes derribados,

el tiempo derribar podrá mis males.

 

Al príncipe de Ascoli

Pastor, ¿cuál ocasión, cuál cosa extraña,

qué infortunio cruel, cuál fiero hado,

te trujo a apacentar nuevo ganado

tan lejos de tu bien, a esta montaña?

 

La nueva novedad de tal hazaña

me ha tenido confuso y alterado,

sabiendo que no estás sin el cuidado

que solías tener allá en España.

 

Mira bien cómo vas por esta tierra;

si tienes libertad mira por ella,

que las ninfas de acá son cautelosas.

 

Por tal beldad, pastor, podrás perdella,

que te dará mil muestras amorosas

y harate después bárbara guerra.

 

¡Ay, qué contraste fiero…

¡Ay, qué contraste fiero,

señora, hay entre el alma y los sentidos,

por decir que os doláis de los gemidos!

 

Ninguno dellos osa:

cada cual se acobarda y se le excusa

al alma deseosa,

que de su turbación la lengua acusa.

 

Ella dice confusa

que os dirá el dolor mío,

si la deja el temor de algún desvío;

pero de un miedo frío

la cansa el corazón, y de turbada,

cuando algo os va a decir, no dice nada.

 

Al corazón no agrada

la excusa, y dice que es della la mengua,

que el quejarse es efecto de la lengua.

El uno al otro amengua;

el vano pensamiento

no sabe dar consejo al desatiento.

 

La razón sierva siento,

que sabía un tiempo entre ellos ser señora,

y el esfuerzo enflaquece de hora en hora.

La mano no usa agora

del medio que solía;

que el temor la acobarda y la desvía.

 

La sangre corre fría

a la parte más flaca, y de turbado,

el triste cuerpo tiembla y suda helado.

¡Ay, rabioso cuidado!

Pues si el alma contrasta a los sentidos,

¿quién dirá que os doláis de mis gemidos?

 

Cubrir los bellos ojos

Cubrir los bellos ojos

con la mano que ya me tiene muerto,

cautela fue por cierto;

que ansí doblar pensastes mis enojos.

 

Pero de tal cautela

harto mayor ha sido el bien que el daño,

que el resplandor extraño

del sol se puede ver mientras se cela.

 

Así que aunque pensastes

cubrir vuestra beldad, única, inmensa,

yo os perdono la ofensa,

pues, cubiertos, mejor verlos dejastes.

 

Entre armas, guerra, fuego, ira y furores

Entre armas, guerra, fuego, ira y furores,

que al soberbio francés tienen opreso,

cuando el aire es más turbio y más espeso,

allí me aprieta el fiero ardor de amores.

 

Miro el cielo, los árboles, las flores,

y en ellos hallo mi dolor expreso,

que en el tiempo más frío y más avieso

nacen y reverdecen mis temores.

 

Digo llorando: «¡Oh dulce primavera,

cuándo será que a mi esperanza vea

ver de prestar al alma algún sosiego!»

 

Mas temo que mi fin mi suerte fiera

tan lejos de mi bien quiere que sea,

entre guerra y furor, ira, armas, fuego.

 

Excelso monte do el romano estrago

Excelso monte do el romano estrago

eterna mostrará vuestra memoria;

soberbios edificios do la gloria

aún resplandece de la gran Cartago;

 

desierta playa, que apacible lago

lleno fuiste de triunfos y victoria;

despedazados mármoles, historia

en quien se ve cuál es del mundo el pago;

 

arcos, anfiteatros, baños, templo,

que fuistes edificios celebrados

y agora apenas vemos las señales;

 

gran remedio a mi mal es vuestro ejemplo:

que si del tiempo fuistes derribados,

el tiempo derribar podrá mis males.

 

Madrigal

Ojos claros, serenos,

Si de un dulce mirar sois alabados,

¿Por qué, si me miráis, miráis airados?

Si cuando más piadosos,

Más bellos parecéis a aquel que os mira,

No me miréis con ira,

Porque no parezcáis menos hermosos.

¡Ay tormentos rabiosos!

Ojos claros, serenos,

Ya que así me miráis, miradme al menos.

 

Ojos claros, serenos…

Ojos claros, serenos,

Si de un dulce mirar sois alabados,

¿Por qué, si me miráis, miráis airados?

Si cuando más piadosos,

Más bellos parecéis a aquel que os mira,

No me miréis con ira,

Porque no parezcáis menos hermosos.

¡Ay tormentos rabiosos!

Ojos claros, serenos,

Ya que así me miráis, miradme al menos.

 

Ponzoña que se bebe por los ojos

Ponzoña que se bebe por los ojos,

dura prisión, sabrosa al pensamiento,

lazo de oro crüel, dulce tormento,

confusión de locuras y de antojos;

 

bellas flores mezcladas con abrojos,

manjar que al corazón trae hambriento,

daño que siempre huye el escarmiento,

minero de placer lleno de enojos;

 

esperanzas inciertas, engañosas,

tesoro que entre el sueño se parece,

bien que no tiene en sí más que la sombra;

 

inútiles riquezas trabajosas,

puerto que no se halla aunque parece;

son efectos de aquel que Amor se nombra.

 

Qué aprovecha, señor, andar buscando

¿Qué aprovecha, señor, andar buscando

hora el puerco montés cerdoso y fiero?,

¿qué aprovecha seguir ciervo ligero

ni con hierba crüel andar tirando?;

 

¿qué aprovecha, señor, ir remontando

la garza con halcón muy altanero?,

¿qué aprovecha, señor, tirar certero

allí una liebre, aquí un faisán matando?;

 

si va siempre tras vos vuestro cuidado,

si en el alma lleváis el pensamiento,

si estáis asido dél cuando más suelto,

 

si traéis el pensar tan regalado

que donde estáis más libre y más contento

a las presas andáis con él envuelto.

 

Vete, falsa visión, no me atormentes

Vete, falsa visión, no me atormentes,

déjame estar, que no quiero creerte;

mi ventura consiste en que no acierte,

tú quieres que lo sepa yo y las gentes.

 

Vete, temor villano, y no me cuentes

cosa que con mi fe no se concierte;

vete, sospecha loca; esta es mi suerte:

que me maten mil sombras aparentes.

 

Vete, fuego infernal, celosa furia,

fiera imaginación, cruel, dañosa;

no me deis, pues no os pido, el desengaño.

 

Creyendo el bien a nadie hago injuria.

¿Por qué queréis hacer tan sospechosa

a mi señora, y a mí un mal extraño?

 

Yo diría de vos tan altamente

A doña María de Mendoza

Yo diría de vos tan altamente

que el mundo viese en vos lo que yo veo,

si tal fuese el decir cual el deseo.

Mas si fuera del más hermoso cielo,

acá en la mortal gente,

entre las bellas y preciadas cosas,

no hallo alguna que os semeje un pelo,

sin culpa queda aquel que no os atreve.

El blanco, el cristal, el oro y rosas,

los rubís, y las perlas, y la nieve,

delante vuestro gesto comparadas,

son ante cosas vivas, las pintadas.

Ante vos las estrellas,

como delante el sol, son menos bellas.

El sol es más lustroso,

mas a mi parescer no es tan hermoso.

¡Qué puedo, pues, decir, si cuanto veo,

todo ante vos es feo!

Mudaos el nombre, pues, señora mía:

vos os llamad beldad, beldad María.

 

Amor Mueve mis Alas

Amor mueve mis alas, y tan alto

las lleva el amoroso pensamiento,

que de hora en hora así subiendo siento

quedar mi padescer más corto y falto.

 

Temo tal vez mientra mi vuelo exalto,

mas llega luego a mí el conoscimiento

y pruébase que es poco en tal tormento

por inmortal honor un mortal salto.

 

Que si otro puso al mar perpetuo nombre

do el soberbio valor le dio la muerte,

presumiendo de sí más que podía,

de mí dirán: «Aquí fue muerto un hombre

que si al cielo llegar negó su suerte,

la vida le faltó, no la osadía.»

 

No Miréis Más

No miréis más, señora,

con tan grande atención esa figura,

no os mate vuestra propia hermosura.

 

Huid, dama, la prueba

de lo que puede en vos la beldad vuestra.

Y no haga la muestra

venganza de mi mal piadosa y nueva.

 

El triste caso os mueva

del mozo convertido entre las flores

en flor, muerto de amor de sus amores.

 

Horas alegres que pasáis volando

Horas alegres que pasáis volando

porque a vueltas del bien mayor mal sienta;

sabrosa noche que en tan dulce afrenta

el triste despedir me vas mostrando;

importuno reloj que, apresurando

tu curso, mi dolor me representa;

estrellas con quien nunca tuve cuenta,

que mi partida vais acelerando;

 

gallo que mi pesar has denunciado,

lucero que mi luz va oscureciendo,

y tú, mal sosegada y moza Aurora,

si en voz cabe dolor de mi cuidado,

id poco a poco el paso deteniendo,

si no puede ser más, siquiera una hora.

 

Como garza real, alta en el cielo

Como garza real, alta en el cielo,

entre halcones puesta y rodeada,

que siendo de los unos remontada,

de los otros seguirse deja el vuelo,

 

viendo su muerte acá bajo en el suelo

por oculta virtud manifestada,

no tan presto será de él aquejada

que a voces mostrará su desconsuelo,

 

las pasadas locuras, los ardores

que por otras sentí, fueron, señora,

para me levantar remontadores;

pero viéndoos a vos, mi matadora,

el alma dio señal en sus temores

de la muerte que paso a cada hora.

 

Dichoso desear, dichosa pena

¡Dichoso desear, dichosa pena,

dichosa fe, dichoso pensamiento,

dichosa tal pasión y tal tormento,

dichosa sujeción de tal cadena;

 

dichosa fantasía, en gloria llena,

dichoso aquel que siente lo que siento,

dichoso el obstinado sufrimiento,

dichoso mal que tanto bien ordena;

 

dichoso el tiempo que de vos escribo,

dichoso aquel dolor que de vos viene,

dichosa aquella fe que a vos me tira;

 

dichoso quien por vos vive cual vivo,

dichoso quien por vos tal ansia tiene,

felice el alma quien por vos suspira!

 

En cuál región, en cuál parte del suelo

¿En cuál región, en cuál parte del suelo,

en cuál bosque, en cuál monte, en cuál poblado,

en cuál lugar remoto y apartado,

puede ya mi dolor hallar consuelo?

 

Cuanto se puede ver debajo el cielo,

todo lo tengo visto y rodeado;

y un medio que a mi mal había hallado,

hace en parte mayor mi desconsuelo.

 

Para curar el daño de la ausencia

píntoos cual siempre os vi, dura y proterva;

mas Amor os me muestra de otra suerte.

 

No queráis a mi mal más experiencia,

sino que ya, como herida cierva,

do quier que voy, conmigo va mi muerte.

 

A doña Magina Siguriosa, Gutierre de Cetina

Vuestro nombre, señora, que asigura

cuanto vuestra beldad hace dudoso,

demás de aquel mirar dulce y piadoso

han sido la ocasión de mi tristura.

 

Temía, y con razón, esta aventura,

puesto que fue el principio venturoso;

no era por mi parte temeroso,

mas de parte de vuestra hermosura.

 

El alma, en el tormento ejercitada,

de nueva sujeción quería librarse,

del antiguo error escarmentada.

 

Pero ¿cómo podía decir salvarse

quien tanto del primero mal se agrada

y no quiere de vos saber guardarse?

 

Cercado de Terror, lleno de Espanto

Cercado de terror, lleno de espanto,

en la barca del triste pensamiento,

los remos en las manos del tormento,

por las ondas del mar del propio llanto,

 

navegaba Vandalio; y si algún tanto

la esperanza le da propicio el viento,

la imposibilidad en un momento

le cubre el corazón de obscuro manto.

 

«Vandalio, ¿qué harás hora? —decía—.

Fortuna te ha privado de la estrella

que era en el golfo de la mar tu guía».

 

Y andándola a buscar, ciego sin ella,

cuando por más perdido se tenía,

la vio ante los nublados ir más bella.

 

Debajo de un pie blanco y pequeñuelo

Debajo de un pie blanco y pequeñuelo

tenía el corazón enamorado

Vandalio, tan ufano en tal cuidado,

que tiene en poco el mayor bien del suelo.

 

Cuando movido Amor de un nuevo celo,

envidioso de ver tan dulce estado,

mirando el pie hermoso y delicado,

el fuego del pastor muestra de hielo.

 

En tanto, el corazón que contemplaba

el pie debajo el cual ledo se vía,

con lágrimas de gozo lo bañaba.

 

Y el alma, que mirando se sentía,

con fogosos suspiros enjugaba

las mancillas que el llanto en el ponía.

 

Pincel Divino, Venturosa Mano

Pincel divino, venturosa mano,

perfecta habilidad única y rara;

concepto altivo do la envidia avara

si te piensa enmendar, presume en vano.

 

Delicado matiz que el ser humano

nos muestra cual el cielo lo mostrara;

beldad cuya beldad se ve tan clara

que al ojo engaña el arte soberano.

 

Artífice ingenioso, ¿qué sentiste

cuando tan cuerdamente contemplabas

el subjeto que muestran tus colores?

 

Dime, si como yo la vi, la viste,

el pincel y la tabla en que pintabas,

y tú, ¿cómo no ardéis, cual yo, de amores?

 

¡Ay, sabrosa ilusión, sueño süave!

¿Quién te ha enviado a mí? ¿cómo veniste?

¿por dónde entraste el alma o qué le diste

a mi secreto por guardar la llave?

¿quién pudo a mi dolor fiero, tan grave,

el remedio poner que tú pusiste?

si el ramo tincto en lete en mí esparciste,

ten la mano al velar que no se acabe.

Bien conozco que duermo y que me engaño,

mientra envuelto en un bien falso, dudoso,

manifiesto mi mal se muestra cierto.

Pero, pues excusar no puedo un daño,

hazme sentir, ¡oh sueño pïadoso!,

antes durmiendo el bien, que el mal despierto.

 

El triste recordar del bien pasado

Me representa el alma a mi despecho,

y el pensar que pasó me tiene hecho

de esperar que será, desesperado.

Ando de un no sé qué mal aquejado,

que me paresce que me roe el pecho;

pienso que es desear, pero sospecho

que no da el desear tanto cuidado.

Pues, si no es desear, ¿qué es lo que siento?

yo sé que no es temor, tampoco es celo,

que no me da vuestro valor licencia.

¿Si es fuerza de amoroso pensamiento?

no, que el pensar consigo trae consuelo.

Mas, ¡ay!, que ya sé que es: no es sino abstencia.

 

Ira y amor me están dentro en el pecho

Y cada cual me causa un mal extraño;

el amor fue principio del engaño;

después, del mismo amor nació el despecho.

Deseo aborrecer por mi provecho,

visto que del amor me viene el daño;

mas no basta la ira en mal tamaño

el nudo deshacer que amor ha hecho.

Ira me mueve a ser vuestro enemigo

y muéstrame razón por que lo sea;

mas ¿qué vale, si amor a amar me tira?

y así mientras los dos tratan conmigo,

es fuerza que la triste alma se vea,

siendo esclava de amor, sujeta de ira.

 

Como la obscura noche al claro día

Sigue con inefable movimiento,

así sigue al contento el descontento

de amor y la tristeza al alegría;

sigue al breve gozar luenga porfía,

al dulce imaginar sigue el tormento,

y al alcanzado bien el sentimiento

del perdido favor que lo desvía.

De contrarios está su fuerza hecha;

sus tormentas he visto y sus bonanzas,

y nada puedo ver que me castigue.

Ya sé qué es lo que daña y aprovecha;

mas ¿cómo excusará tantas mudanzas

quien ciego tras un ciego a ciegas sigue?

 

Alma del alma mía, ardor más vivo

Extremo de beldad única y rara,

ejemplo de valor por quien tan cara

la vida me es, de que antes era esquivo.

Fuera el decir cómo el concepto altivo

¡oh mi musa crüel!, menos avara

viérades, si en el mundo se os mostrara

cuanto de vos dentro del alma escribo.

Mas, ¿qué puedo hacer si amor me inspira?:

cantar vuestro valor alto y divino

al son desta vulgar, rústica lira.

No saber más mis versos de un camino:

esto me dicta aquél que a amar me tira,

por pensada elección, no por destino.

 

Por una alta montaña, trabajando

Por llegar a la cima deseada,

una piedra muy grande y muy pesada

sube sísifo a cuestas suspirando.

Mas no tan presto arriba llega cuando

rodar la deja abajo, y no es llegada,

que subilla otra vez y otra le agrada,

de un trabajo otro nuevo comenzando.

Así sube, señora, el alma mía

con la carga mortal de mis cuidados

la montaña de la alta fantasía.

Y aún no son unos males acabados,

cuando la obstinación de mi porfía

sigue los que me están aparejados.

 

Más fácil es, señora, el abstenerse

De desear, a un hombre enamorado,

que después que algún tiempo ha deseado,

medida al desear pueda ponerse.

Puede uno rehusar, puede tenerse

de no entrar en lugar que viere helado,

mas si una vez entro, después de entrado,

no es en él esperar ni detenerse.

Bien pudiera no os ver cuando no os vía,

no viéndoos no os amara, y no os amando

no deseara el bien que ahora deseo.

Mas después de sujeta el alma mía,

amor, que me sostiene deseando,

no consiente poner freno al deseo.

 

Dórida, hermosísima pastora

Cortés, sabia, gentil, blanda y piadosa,

¿cuál suerte desigual, fiera, rabiosa,

pone a mi libertad nueva señora?

el corazón que te ama y que te adora,

¿quién lo puede forzar que ame otra cosa?

¿amarílida es más sabia o hermosa

que tú? no sé. Contempla esta alma ahora.

¿Fue jamás de amarílida tratado

tan bien como de ti, tan sin fiereza?

¿no me acordabas tú si yo te amaba?

pues sin mudarme yo, ¿quién me ha mudado?

respondió el eco: «yo, que en tanta alteza

mucho tiempo tan dulce ser duraba».

 

Qué alteración es ésta, amor, que siento

¿de dónde viene en mí tan gran mudanza?

si muero de temor, esta esperanza

que tengo, ¿sobre qué funda su asiento?

si no quiero mi mal ni lo consiento,

¿por qué tengo del bien desconfianza?

si el uso de razón el seso alcanza,

¿cómo se ciega así el entendimiento?

y si una mutación tan repentina

natura la aborrece, ¿cómo vivo?;

un sujeto tan flaco, ¿en qué se esfuerza?

mas, ¡ay!, que pues tormenta tan contina

no se amansa, es señal que el hado esquivo

quiere mostrar en mí toda su fuerza.

 

Ponzoña que se bebe por los ojos

Dura prisión, sabrosa al pensamiento,

lazo de oro crüel, dulce tormento,

confusión de locuras y de antojos;

bellas flores mezcladas con abrojos,

manjar que al corazón trae hambriento,

daño que siempre huye el escarmiento,

minero de placer lleno de enojos;

esperanzas inciertas, engañosas,

tesoro que entre el sueño se parece,

bien que no tiene en sí más que la sombra;

inútiles riquezas trabajosas,

puerto que no se halla aunque parece;

son efectos de aquel que amor se nombra.

 

Cual doncella hermosa y delicada

Que en verde prado está, de flores lleno,

el ánimo del mal de amor ajeno

tejiendo una guirnalda, descuidada,

estando en su labor toda ocupada,

fría serpiente se le entró en el seno,

y apenas se apercibe del veneno,

que en el alma la siente atravesada,

descuidada se andaba el alma mía,

recreándose sola entre las flores

que en el prado de amor había cogido,

cuando turbarse vio la fantasía

y entrar helado entre el ardor de amores

un áspide celoso en el sentido.

 

Tiéneme en duda amor, por más tormento

Si será o no será lo que deseo;

del sí casi ningún camino veo,

del no dejo engañarme el pensamiento;

del sí le viene esfuerzo al sufrimiento,

del no mayor terneza en lo que creo;

con el sí me regalo y me recreo

cuando del no me asombra el sentimiento.

Mi cuidado, que más tal duda piensa,

dice que un cierto no, no me conviene,

y del incierto sí se desagrada.

Y el alma que entre el sí y el no suspensa

dudando vive, por mejor lo tiene

que el peligro de ser desengañada.

 

La víbora crüel, según se escribe

Si a alguno muerde, es ya caso sabido

que no escapa de muerto el tal mordido,

por poco que el veneno en él se avive.

Pero si por ventura acaso vive,

que aunque es dificultoso ya se vido,

queda de otro veneno defendido

que ni le empece ni hay por qué lo esquive.

Ya que por mayor mal quiso ventura

que no muriese yo después que el cielo

me dejó ver en vos su hermosura,

no tengáis de mi fe, dama, recelo,

que el ser sujeto vuestro os asegura

que no me encenderá beldad del suelo.

 

Será verdad, ¡ay, Dios!, serán antojos

Este temor villano, este recelo?

¿será verdad, ¡ay Dios!, el desconsuelo

que de nuevo da fuerza a mis enojos?

¿será verdad, ¡ay Dios!, que vean mis ojos

gozar hombre mortal beldad del cielo?

¿será verdad, ¡ay Dios!, que hay en el suelo

quien merece ganar tales despojos?

¿será verdad, ¡ay Dios!, que de aquel gesto,

de aquel valor que es hoy al mundo extremo,

goce otro, si gozarle yo no debo?

¡ay, Dios! si esto es verdad, muera yo presto;

acábeme el dolor del mal que temo,

y no la vista de él, a que me atrevo.

 

Amor, ¿de dónde nace un tan gran miedo?

¿soy causa yo de este temor que siento?

¿por qué no piensa el bien mi pensamiento

ni de recelar mal tirarlo puedo?

»¿qué es esto que me quita el vivir ledo,

como solía cuándo más contento?

si me quita el descanso el sentimiento,

¿quién me quita el esfuerzo y el denudo?

»estas congojas y estas bascas tales,

¿de qué proceden? ¿ son por ventura

en los otros amantes de esta suerte?»

«sí respondió el amor, tu desventura,

que ni pueden hallar meDios tus males,

ni en tus males hallar medio la muerte».

 

Sobre la cubierta de un libro donde iban escriptas algunas cosas pastoriles

Esta guirnalda de silvestres flores,

de simple mano rústica compuesta

en los bosques de arcadia, aquí fue puesta

en honra del cantar de los pastores,

a los cuales, si amor en sus amores

quiera jamás negar demanda honesta,

ruego, si bien el don tan bajo cuesta,

pueda este olmo gozar de mis sudores.

Que si algún tiempo con más docta mano

las acierto a tejer como maestro,

guardando a los pasados el decoro,

espero, y mi esperar no será en vano,

que el nombre pastoral del siglo nuestro

será tal cual fue ya en la edad del oro.

 

Ojos, ¿ojos sois vos no sois vos ojos?

Antes ira del cielo extraña y fiera.

Mas, ojos, si lo sois, ¿de qué manera

roban vuestra beldad vuestros enojos?

ojos, ¿ojos sois vos? tristes enojos;

que no sois ojos ya, sois fin postrera.

Mas, ojos, si lo sois, antes que muera

mostradme os agradáis de mis despojos.

Ojos, no os pido yo que el ceño airado

lo levantéis de mi, más limitada

hace mi petición mi mala suerte.

Mas, ojos, pues tan claro habéis mostrado

que mi vivir os cansa y desagrada,

mostrad hora agradaros de mi muerte.

 

Vos sois todo mi bien, vois lo habéis sido

Si he dicho alguna vez, señora mía,

que habéis sido mi mal, no lo entendía:

hablaba con pasión o sin sentido.

Yo soy todo mi mal, yo lo he querido;

de mí viene, en mí nace, en mí se cría;

tan satisfecha de él mi fantasía,

que el mal no piensa haber bien merecido.

Vos fuisteis, vos seréis mi buena suerte;

si el mal desvarïar me hace al cuanto,

esta es mi voluntad libre y postrera.

Pues si, con verme al punto de la muerte,

por ser por vos el mal lo tengo en tanto,

¡ved que hiciera el bien si lo tuviera!

 

Sobre un verso de ovidio que dice: «fit quoque longus amor, quem diffidentia nutrit»

Escrito, aunque imposible al fin parece,

misterio es muy sabido y muy tratado,

que el amor en el firme enamorado

con los celos se aviva y se engrandece.

Cuanto dura el amor el ansia crece

y el deseo de verse asegurado,

sin que pueda aflojar un tal cuidado

mientras vive el recelo y prevalece.

Ni el furor, ni el más blando tratamiento,

ni aquel dulce gozar de cosa amada,

aseguran un alma temerosa.

No basta discreción ni sufrimiento,

ni esperanza en ajeno mal probada,

porque no cura amor ninguna cosa.

 

A la condesa Laura Gonzaga

Laura, si cuando en la gran selva idea

hizo el juicio aquel pastor troyano,

donde a venus fue dado el soberano

premio a pesar de la una y otra dea,

fuérades vos, ante vos fuera fea

la más hermosa, y presumiera en vano

haber lo que están vuestro y que tan llano

confesará cualquier dama que os vea.

Si zeúxis de vos sola tomara

cuanto bueno entre mil tomar pudiera,

cuando en crotón la bella imagen hizo,

más gracia, más beldad, más ser mostrara,

y a juno más perfecta pareciera:

¡tanto el cielo de vos se satisfizo!

 

A don Jerónimo de la Cerda sobre un retrato

Si por prueba mayor de su victoria

mostrando va perseo la peligrosa

cabeza de medusa, y por tal cosa

fue consagrado a la inmortal memoria,

¡cuánto sois digno vos de mayor gloria,

que otra nueva medusa y más hermosa

os ha vencido, y cuanto más honrosa

que fue su vencimiento, es vuestra historia!

estad, señor, con tal retrato ufano;

que si perseo lo viese, él trocaría

en vos su vencimiento y sus loores.

Pero no lo mostréis tan a la mano,

que si aquella mató mientras vivía,

la sombra de esta matará de amores.

 

A los huesos de los españoles muertos en Castinovo

Héroes gloriosos, pues el cielo

os dio más parte que os negó la tierra,

bien es que por trofeos de tanta guerra

se muestren vuestros huesos por el suelo.

Si justo desear, si honesto celo

en valeroso corazón se encierra,

ya me paresce ver, o que se atierra

por vos la hesperia vuestra, o se alza a vuelo:

no por vengaros, no, que no dejaste

a los vivos gozar de tanta gloria,

que envuelta en vuestra sangre la llevaste,

sino para probar que la memoria

de la dichosa muerte que alcanzaste

se debe envidiar más que la victoria.

 

Si de amor y de vos tan poco fío

Del amor y de vos nace este celo;

de vuestra honestidad nada recelo;

menor es contra vos mi desvarío.

Que vuestra voluntad me dé un desvío

hace que tema amor, del nace un celo

tal que vengo a temer si amáis al cielo.

¡Ved hasta dónde llega el dolor mío!

jamás tuve de vos una sospecha,

ya que tenerla cierta es imposible,

ni otra cosa deseé que otros desean.

Que con mi voluntad la vuestra estrecha

estuviese deseo, y, si es posible,

tan juntas que las dos una alma sean.

 

A don Juan De Guevara

Ejemplo del valor de las españas,

don juan, si así supiese ahora alabarte,

cuanto tus obras dan de gloria a marte

darían a mi pluma tus hazañas.

Las francesas insidias y las mañas

que en falta de virtud sufren con arte,

acrecen en la tuya y de tu parte

cosas de admiración muy más extrañas.

Gloriosa nación, pues que venciendo

el enemigo, su vencer os honra

mucho más que os pudiera honrar perdiendo.

De ellos fue la victoria y la deshonra.

¡Dichosas vidas que ganáis muriendo

do se suelen perder la vida y honra!

 

Como garza real alta en el cielo

Entre halcones puesta y rodeada,

que siendo de los unos remontada,

de los otros seguirse deja a vuelo,

viendo su muerte acá bajo en el suelo,

por oculta virtud manifestada,

no tan presto será del aquejada

que a voces mostrará su desconsuelo.

Las pasadas locuras, los ardores

que por otras sentí, fueron, señora,

para me levantar, remontadores;

pero viéndoos a vos, mi matadora,

el alma dio señal en sus temores

de la muerte que paso cada hora.

 

Sigue su curso el sol ya destinado

Y de su hacedor tal orden lleva

que ni por ir más alto o bajo mueva,

ni se aparte ni deje el hilo usado.

Podrá la oscuridad de algún nublado,

noche, luna o eclipse, o cosa nueva,

hacer que no dé luz, no que remueva

el paso del camino acostumbrado.

Así sigue, señora, el alma mía

el camino que amor quiso hacerme,

dando a mi voluntad fuerza el destino.

Bien podéis vos turbar mi fantasía,

privarme de la luz y escurescerme,

mas no apartarme ya de este camino.

 

Como la simplecilla mariposa

A torno de la luz de una candela

de pura enamorada se desvela,

ni se sabe partir, ni llegar osa;

vase, vuelve, anda, torna y no reposa,

y de amor y temor junto arde y hiela,

tanto que al fin las alas con que vuela

se abrasan con la vida trabajosa.

Así, mísero yo, de enamorado,

a torno de la luz de vuestros ojos

vengo, voy, torno y vuelvo y no me alejo;

mas es tan diferente mi cuidado

que en medio del dolor de mis enojos

ni me acaba el ardor, ni de arder dejo.

 

Si no os digo verdad, si en algo os miento

Sobre mi vida torne el desengaño;

si falta hay en mi fe, si os trato engaño,

dolor no quepa en vos del mal que siento;

si no sois causa vos del mal que siento

de vos sea yo tratado como extraño;

si por vos tengo en algo el mayor daño,

no pueda en vos caber consentimiento;

si no estáis hecha ya sola señora

de aquella libertad que no era mía,

¡plega a Dios que sin vos y ella me vea!

mas si la mísera ánima os adora,

si está llena de vos mi fantasía,

¿qué puedo yo decir que a sí no sea?

 

A Don Juan de Rojas Sarmiento, enviándole a pedir ciertos papeles que le pidió

Cuando oro bajo y de grosera mina

suele hallar tal vez minero experto,

si con otro metal sale cubierto,

al fuego lo consagra y lo destina;

allí se purifica, allí se afina,

allí descubre su valor más cierto;

si del acaso está dudoso, incierto,

el fuego lo quilata y determina.

Yo, que a pesar de febo y de parnaso,

de helicona hallé, no digo vena,

mas cierto humor peor que de locura,

para saber si debo dar más paso

en seguirla, o dejar tan loca pena,

consagro al fuego vuestro esta escriptura.

 

Si contra amor, señora, andáis armada

De aquel frío saber que amor contiende,

si os guía la razón, si ella os defiende,

no es gran caso no estar enamorada.

De poco amor, amor se desagrada;

no puede amor crecer do el seso entiende;

si el juicio gobierna, amor se ofende;

do no hay pasión, amor no puede nada.

Pero si permitiese el hado mío,

cosa que podría ser, que amor hallase

entrada en ese pecho de diamante,

a pagar de mi alma aquel desvío

en blando consentir se transformase,

¿qué freno hay que tener pueda un amante?

 

Triste avecilla que te vas quejando

Por feos ramos y por turbias fuentes,

pues que no son mis males diferentes,

vente agora aquí do estoy llorando.

Verásme de pesar desesperando,

de placer apartado y de las gentes,

después que aquellos ojos son ausentes,

por quien vivo muriendo y sospirando.

Tú lloras tu soledad y yo la mía:

consolémonos los dos pues que tenemos

una mesma razón de estar muriendo.

Y aquí, desamparados de alegría,

por aquestos desiertos andaremos

en llantos tristes contino gimiendo.

 

Dama, tan claro en vos amor me muestra

De su cautela la experiencia clara

que si el alma engañar no se dejara,

en vuestro gesto vio la clara muestra.

La culpa de amor fue, la gloria vuestra,

la pena mía, y tal, que me bastara

sin que os sacara el mal todo a la cara

el ciego que por vos mi vida adiestra.

El calor de esta fiebre que os ofende

ha hecho en mi dolor efecto extraño,

muy contrario de aquél que yo temía.

A vos os hiela el fuego, a mí me enciende;

en vos crece beldad, en mí el engaño

hace el deseo mayor que ser solía.

 

Es lo blanco castísima pureza

Amores significa lo morado;

crudeza o sujeción es lo encarnado;

negro obscuro es dolor, claro es tristeza;

naranjado se entiende que es firmeza;

rojo claro es venganza, y colorado

alegría; y si obscuro es lo leonado,

congoja, claro es señoril alteza;

es lo pardo trabajo, azul es celo;

turquesado es soberbia; y lo amarillo

es desesperación; verde esperanza.

Y de esta suerte, aquél que niega el cielo

licencia en su dolor para decillo,

lo muestra sin hablar por semejanza.

 

Un temor me destruye el pensamiento

Siendo sólo el pensar cuanto bien tengo;

mi mal no es grave, mas por ser más luengo,

miedo es el que me acaba el sufrimiento.

Cuando estás más caído el sentimiento,

cuando más desvalido a sus pies vengo,

pensando me sustento y me entretengo:

que no ocupo otra gloria en mi tormento.

¡Ay Dios, qué nuevo mal, cuán sin remedio!,

que ni la voluntad siento partida,

ni está, salvo en morir, entera en cosa.

Señora, ¿qué haré? dad vos remedio.

Acábame el dolor luego la vida,

y no me llegue a prenda tan preciosa.

 

A una dama quedando viuda

Como joya oriental rica y preciosa

entre vil tierra envuelta y encerrada,

descubre su valor de ella sacada

y se muestra más clara y más hermosa;

como parece el sol tras tenebrosa

nube, que su beldad tuvo ocupada;

cual va nave segura y descargada,

salida de tormenta peligrosa;

como queda mejor el peregrino

que en bosque obscuro y con peligro ha entrado,

cuando, salido del, halla el camino;

como oro de metal bajo apartado,

tal, señora, vuestro ánimo divino

queda, de sujeción baja librado.

 

Ved si el amor, señora, es cauteloso

Ved qué desigualdad guarda en sus fueros,

que mi daño mayor nace de veros

y de no os ver un mal más peligroso.

Mirándoos, siento el alma en un rabioso

deseo que jamás puedo moveros;

no viéndoos aquella ansia de quereros

me hace el desear más trabajoso;

no viéndoos, se enflaquece el sufrimiento;

en viéndoos, me desmayo y acobardo

y a los pies del dolor queda el sentido.

Ved, pues, si es nueva suerte de tormento:

que el peligro mayor de que me guardo

es el bien que con más congoja pido.

 

Por vos ardí, señora, y por vos ardo

Y arder por vos mientras viviere espero,

o contraste el deseo el hado fiero,

o sea favorable al bien que aguardo.

Tan a lo vivo a penetrado el dardo

de amor, que cuando menos bien os quiero,

por vos deseo morir, y por vos muero,

y por vos sola de morir me guardo.

Vos el primer ardor fuisteis al alma,

vos último seréis en la última hora;

y creed a mi fe lo que os promete.

Bien podrá de mi muerte haber la palma,

más después se verá, cual es ahora,

pasar el fuego mío de allá de lete.

 

Leandro que de amor en fuego ardía

Puesto que a su deseo contrastaba

el fortunoso mar que no cesaba,

nadando a su pesar, pasar quería.

Mas viendo ya que el fin de su osadía

a la rabiosa muerte lo tiraba,

mirando aquella torre donde estaba

hero, a las fieras ondas se volvía;

a las cuales con ansia enamorada

dijo: «pues aplacar furor divino

enamorado ardor no puede nada,

»dejadme al fin llegar de este camino

pues poco ha de tardar, y a la tornada

secutad vuestra saña y mi destino».

 

De la pena de Sísifo se cuenta

Que sube un grave peso a una montaña

áspera, inhabitable, obscura, extraña,

do cuanto puede ver, más le atormenta.

Subido a la alta cima, antes que sienta

descanso alguno, el desear le engaña,

y soltando la carga que le daña,

de nuevo torna a la pasada afrenta.

Así, sube, señora, el alma mía

por ásperos caminos desusados

a la cumbre de la alta fantasía.

Mas no son unos males acabados,

cuando la obstinación de mi porfía

sigue los que le están aparejados.

 

Vete, falsa visión, no me atormentes

Déjame estar, que no quiero creerte;

mi ventura consiste en que no acierte,

tú quieres que lo sepa yo y las gentes.

Vete, temor villano y no me cuentes

cosa que con mi fe no se concierte;

vete, sospecha loca; ésta es mi suerte:

que me maten mil sombras aparentes.

Vete, fuego infernal, celosa furia,

fiera imaginación, cruel, dañosa;

no me deis, pues no os pido, el desengaño.

Creyendo el bien a nadie hago injuria.

¿Por qué queréis hacer tan sospechosa

a mi señora, y a mí un mal extraño?

 

Solía cantar de amor dulces clamores

Ahora lloro triste, y de año en año

se seca la esperanza y crece el daño,

falta seguridad, sobran temores.

Vosotros, que al frescor de los favores

vivís alegres, sin temor de engaño,

sabed que nuevo mal, tormento extraño,

se os apareja al fin de los amores.

¡Dichoso aquél a quien concede el cielo

medir con su fortuna sus cuidados

y vive en un estado satisfecho!

las altas esperanzas vanse a vuelo

con el humo del mundo y los estados,

y pierde más quien más aquesto ha hecho.

 

Remorder de dolor el alma siento

Mil veces un temor de cosa incierta;

un nuevo sobresalto en mí despierta

de venidero daño el sentimiento.

¡Oh desaventurado pensamiento,

tan pronto siempre a abrir al mal la puerta!

¿no basta que al entrar la halle abierta

sin que entre antes el miedo que el tormento?

si por desdicha duermo, a despertarme,

helado, sin color, llega el recelo,

pronosticando algún inconveniente;

y es tan familiar en visitarme,

que tengo, porque así lo ordena el cielo,

siempre el mal por venir ya por presente.

 

Si es verdad, como está determinado

Como en casos de amor es ley usada,

transformarse el amante en el amada,

que por el mismo amor fue así ordenado,

yo no soy yo, que en vos me he transformado;

y el alma puesta en vos, de sí ajenada,

mientra de vuestro ser sólo se agrada,

dejando de ser yo, vos se ha tornado.

Mi seso, mis sentidos y mis ojos

siempre vos los movéis y los moviste

desde el alma do estáis hecha señora.

Si cosa he dicho yo que os diese enojos,

mi lengua sólo fue pronunciadora,

mas vos que los movéis, vos lo dijiste.

 

Un blanco, pequeñuelo y bel cordero

Vandalio para dórida criaba,

cuando viendo que el lobo lo llevaba,

dijo alzando la voz, airado y fiero:

«¡al lobo, al lobo, canes, que os espero,

argo, trasileón, melampo y brava!

¡hélo!, brava lo alcanza y, ¡hélo!, traba.

Soltado lo ha el traidor, por ir ligero.

»Ya lo veo y lo alcanzo, ya lo tomo;

ya se embosca el traidor, ya deja el robo;

ya mis canes se vuelven victoriosos».

Así decía vandalio, y no sé cómo

por entre aquellos álamos ombrosos

eco resuena ahora: «¡al lobo, al lobo!»

 

Si jamás el morir se probó en vida

Yo triste soy el que lo pruebo y siento

con extraño dolor, pena y tormento,

en esta trabajosa mi partida.

Mi alma en vuestro gesto embebecida,

mirándoos se henchía de un contento

tal, que de ufano ya mi sufrimiento

gloria le era la pena más crecida.

Mas hora que de vos me alejo tanto,

¿cuál consuelo será que me consuele,

que no sienta en partir la misma muerte,

si me muestra el temor visión de espanto,

que asombrándome hace que recele

de vos, de amor, del tiempo y de la suerte?

 

Oh sol, de quien es rayo el sol del cielo

En cuyo resplandor es alumbrada

el alma, que en tinieblas sepultada

vivió hasta verte, oh sol, en este suelo!

no sufras, claro sol, que obscuro velo

de ausencia viva esta alma condenada,

que aunque de donde estás, está apartada,

aspira siempre a ti con alto vuelo.

Temor de olvido, grave mal de ausencia,

del tiempo el vario curso y de fortuna,

y el mal de no te ver, estoy pasando.

Mas por rodar del cielo, sol y luna,

no temas, claro sol, que tu presencia

olvide, pues por fe la estoy mirando.

 

Si con cien ojos como el pastor Argo

Antes si con cien mil mirase atento,

si alcanzase la vista al pensamiento,

si de néstor tuviese el vivir largo,

si el alma libre más, más sin embargo,

pusiese en sola vos su entendimiento,

no basta a ver las partes que sin cuento

el cielo de beldad os hizo cargo.

La envidia, que poner suele defeto

do no lo puede haber, arde y suspira

mirándoos, y a sí mesma se reprueba;

y el mundo, que subir con el conceto

no puede desde acá, mientra que os mira

cree por fe, sin desear más prueba.

 

El dulce fruto en la cobarde mano II

Al mísero vandalio, que guiaba

sus ovejuelas, por su mal mostraba

cosa que su dolor mayor hacía.

Una avecilla que caído había

en la encubierta liga, vio que estaba,

y mientra por soltarse trabajaba,

más la enredaba el visco y la prendía.

Mirando el mal ajeno estaba atento,

y pensando hallar en él consuelo,

duro ejemplo le trajo al pensamiento.

«¡Mirad dijo el pastor que ha hecho el cielo

por mostrar en dibujo aquel tormento

que padece el que ha dado en un recelo!»

 

Por los ojos amor entra y derrama

En el alma un ardor que la enflaquece;

el ansia de gozar, fuego parece;

templada obstinación su fuerza trama.

De un hijo que amor tiene, el cual se llama

deseo, la esperanza nace y crece;

mas contra el hijo y nieta el hado ofrece

un bastardo temor que los desama.

El fin que amor pretende es ser amado;

temor, que a ningún bien del padre alcanza,

viene contra los dos acompañado

de enojos, de sospechas, de mudanza,

desdén, ingratitud, celos, cuidado,

armado de mortal desconfianza.

 

Como de duro entalle una figura

Con gran facilidad se imprime en cera,

y como queda siempre aquélla entera

mientras que otra imprimir no se procura,

tal en mi alma vuestra hermosura

ha esculpido el amor cual en vos era,

y hala dejado siempre en la primera,

viendo que de alguna otra no se cura.

El cuerpo, que a seguir el alma aspira,

por no haber parte en él de vos ajena,

muestra en sí mil imágenes iguales:

como sala que esta de espejos llena,

que la imagen de aquél que en uno mira

en todos muestra siempre unas señales.

 

[A Doña María De Cardona]

Ilustre honor el nombre de cardona,

no décima a las nueve de parnaso,

mas la primera del oriente a ocaso,

a quien rara beldad honra y corona;

y a quien la fama por sin par pregona

de virtudes colmado y rico vaso,

por elección, y no por suerte o caso,

dignísima de cetro y de corona.

Perdería la pena y el trabajo,

donde la envidia su malicia enfrena,

si cantase de ti aun el más instruto;

pues tu santa virtud tomó a destajo,

con pura caridad de afectos llena,

producir para el cielo eterno fruto.

 

Ojos, rayos del sol, luces del cielo

Que con un volver manso y piadoso,

en el trance más fuerte y peligroso

me solías de dar mayor consuelo,

¿qué ceño tan cruel, que oscuro velo

es el que mostráis tan temeroso?

¿qué es del blando mirar, grave, amoroso,

que apartaba de mí cualquier recelo?

¿qué es esto? ¿no sois vos aquellos ojos

que me suelen valer y asegurarme?

¿no me habéis dado vos mil desengaños?

pues, ojos, ocasión de mi enojos,

¿por qué agora miráis para matarme?

¿cabe en tanta beldad tales engaños?

 

Qué pérdida, qué mal, qué sentimiento

«marina de aragón yace aquí. Espera,

detén el paso y apresura el llanto».

«¿Y éste a quien el dolor aflige tanto

quién es?» «muerto su bien ya no es el que era».

«¡Ay, rabioso pesar!, ¡ay pena fiera!

¿es amor el que cubre obscuro manto?»

«sí, mas oye qué dice y nota cuánto

el cielo nos llevó, que no debiera»:

beldad, gracia, valor, virtud, cordura,

ingenio, honestidad, seso, arte y gloria,

linaje y todo el bien que da ventura,

se ha llevado la muerte y por memoria

su nombre mostrará esta piedra dura;

yo tendré cargo de llorar su historia.

 

Aquel nudo que ya debía ser suelto

Después que pude ver claros mis daños,

llevándose tras sí los tristes años

en perpetua prisión me tiene envuelto.

¿Quién pensará jamás viendo tan vuelto,

tan mezclado un amor con mil engaños,

pudiera el corazón en tan extraños

lazos permanecer preso y revuelto?

mas si la voluntad de un firme amante

puede el tiempo mudar, si libre verme

puedo una vez de este enojoso nudo,

de aquel mismo valor, de aquel diamante

que es agora mi fe, pienso hacerme

a los ojos un yelmo, al alma escudo.

 

Mientra con gran terror por cada parte

De roma ardían las moradas bellas,

mientra que con el humo a las estrellas

subía el clamor del gran pueblo de marte,

alegre está nerón, subido en parte

do viendo el fuego, oía las querellas,

mirando entre las llamas cuáles de ellas

eran mayores, do su furia harte.

Así del alma mía la que gobierna

mi vida, mira el fuego, escucha el llanto

y tiene el mayor mal por mayor juego;

y, a guisa de nerón, se alegra tanto

cuanto más viendo en mí durar el fuego

piensa hacer su crueldad eterna.

 

Dulce, sabrosa, cristalina fuente

Refugio al caluroso ardiente estío,

adonde la beldad del ídol mío

hizo tu claridad más transparente,

¿qué ley permite, qué razón consiente

un pecho refrescar helado y frío,

en quien fuego de amor, fuerza ni brío

ni muestra de piedad jamás se siente?

cuánto mejor harías si lavases

de este mi corazón tantas mancillas

y el ardor que lo abrasa mitigases.

Aquí serían, amor, tus maravillas,

si en estas ondas un señal mostrases

de mis penas a quien no quiere oíllas.

 

Contento con el mal de amor vivía

Habiendo el alma en él hábito hecho;

su daño principal ni su provecho

no me alteraba ya, ni lo sentía.

Hora ha querido la desdicha mía

con otro nuevo mal herirme el pecho;

éste me desbarata y me ha deshecho,

mientra menos del otro me temía.

Como enfermo que está ya confiado

que no puede morir de un mal que tiene,

por haberse en el uso así guardado,

cualquier nuevo accidente que le viene,

diferente de aquel que había pensado,

le hace recelar más que conviene.

 

No por el cielo ver correr estrellas

Ni por tranquilo mar navíos cargados,

ni en plaza tornear hombres armados,

ni a caza en bosque ver ninfas muy bellas;

ni en gran obscuridad volar estrellas,

ni llenos por abril de flor los prados,

ni galanes en sala aderezados,

ni en cabello bailar tiernas doncellas;

no el sol en el nacer de un claro día,

ni árboles de flor y fruta llenos,

ni fuego sobre nieve helada y fría;

ni todo cuanto hay más ni cuanto hay menos

de hermoso en el mundo, igualaría

vuestro dulce mirar, ojos serenos.

 

Contra el influjo del contrario cielo

Que a nuestra voluntad cegar porfía,

ha andado trabajando el alma mía

por defenderla de amoroso velo.

Y no bastando aquel divino celo

con que me ha desviado y me desvía,

pudo en el cuerpo más su fantasía,

como en cosa compuesta acá en el suelo.

No debe el alma ser reprehendida,

pues libre sin lesión ninguna queda

y sola la mortal parte ofendida.

Ni basta aquella que nos vuelve en rueda,

por ser elementada nuestra vida,

que contra el cielo defenderla pueda.

 

En un bastón de acebo que traía

Por sostener el cuerpo trabajado,

vandalio de su mano había entallado

la imagen que en el alma poseía.

Y como que presente la tenía,

mirando della el natural traslado,

envuelto en un suspiro apasionado,

con lágrimas llorando le decía:

«dórida, si mirando esta figura

siento el alma encender, siento abrasarme,

piensa qué será ver tu hermosura.

»Si así puedes ver tu hermosura,

di cuándo acabará mi desventura.

Mas no querrás hablar por no hablarme».

 

A Don Luis De Cotes, obispo de Empurias

Ando siempre, señor, de pena en pena,

de llanto en llanto y de uno en otro fuego;

ni por andar ni por tener sosiego

dolor afloja o mi fortuna es buena.

El alma de años ya y de daños llena,

que ciega nuestros apetitos ciego

debría volver de tan dañoso juego

a vida más tranquila y más serena.

Si el alma misma es causa de su daño,

¿por qué la causa? y si la fuerza el hado,

el arbitrio ¿qué es del?, ¿qué libre tiene?

pues yo no sé entender mal tan extraño,

suplícoos me digáis de este pecado

quién es primera causa o dónde viene.

 

El cielo de sus altos pensamientos

Con las alas de amor ledo subía

vandalio, y ni el peligro lo desvía

ni le ponen temor mil escarmientos.

Las nubes deja atrás, deja los vientos,

vencidos del valor de su osadía,

cuando de las palabras que decía

al sol, suenan acá tales acentos:

«si fue temeridad, ojos del cielo,

osar tan sin valor volar tan alto,

sabiendo de faetón el caso fiero,

»consentidme una vez que sin recelo

mire vuestra beldad; después si el salto

viniera a ser mortal, mortal lo quiero».

 

Pasan tan prestos los alegres días

Volando sin parar apresurados,

y del perdido bien acompañados

llevan tras sí las esperanzas mías.

Mas los que traen las ansias, las porfías,

temor, recelos, bascas y cuidados,

éstos pasan despacio, tan pesados,

que parece que van por otras vías.

Pues si no muda el sol su movimiento,

si regla cierta en sus caminos guarda,

si no se puede errar orden del cielo,

las horas enojosas del tormento

¿por qué tan luengas son? ¿cómo se tarda?

y las alegres, ¿quién las lleva en vuelo?

 

No puede un corazón apasionado

Claro tener de amor conocimiento;

mas si la pasión cesa, el sentimiento

puede hablar bien del como avisado.

Yo sé decir quién es, que lo he probado;

toda su calidad entiendo y siento;

y si artero no soy del escarmiento,

no es poco bien quedar escarmentado.

Jamás vi amor honesto o provechoso,

ni puede ser del todo deleitable

naciendo de apetito codicioso.

Porque si la esperanza no es estable,

si el trabajo es más cierto que el reposo,

¿qué deleite dará que sea durable?

 

Al secretario Gonzalo Pérez

«no más, como solía, jocundo y vago

te veo correr dorando tu ribera,

mas, turbio de mis lágrimas, la fiera

llama creer que yo llorando apago.

»Ya no te muestra el cielo aquel halago

con que suele adornar tu primavera,

ya no es tu claridad la que antes era».

Decía pireno contemplando el tago.

«¿Qué será de ti, mísero pireno,

tornó a decir llorando, si el pasado

tiempo no torna alegre cual solía?»

vandalio, que el dolor de mal ajeno

hacía recordar su propio estado,

lloraba de piedad mientras le oía.

 

Del dulce fuego que en el pecho me arde

No sé cómo decir que estoy quejoso,

ni en medio del ardor fiero, rabioso,

sé de quién fíe, ni de quién me guarde.

Contra la ley de amor soy tan cobarde

que aun el mismo dolor pedir no oso

tanto tiempo de venia y de reposo

que me pueda quejar, aunque es ya tarde.

Pero si a dicha alcanzo tanta suerte

que la turbación pierda del sentido,

y al corazón torna el valor usado,

aún espero, señora, que el sonido

del triste lamentar podrá moverte

a piedad de haberme maltratado.

 

A la marquesa del vasto

Cual en la deseada primavera

suelen venir a nos favonio y flora,

cual se suele mostrar la bella aurora

ante el rector de la celeste esfera,

cual en aquella dulce edad primera

diana en selva se mostró a deshora,

tal vos, excelentísima señora,

parecéis a este pueblo que os espera.

Alégrate hora, pues, liguria mía,

que si grande ocasión para gozarte

deseabas hallar, hoy es el día.

Si de dolor te queda alguna parte,

sea por no haber visto en compañía

de la nueva diana el nuevo marte.

 

Mientras las tiernas alas, pequeñuelo

Mi nuevo desear firmes hacía,

mientra de mí alejarse no podía,

por ser nueva la pluma, a mayor vuelo,

obediente me estaba, y al señuelo,

a la primera voz, luego acudía,

ni de volar tan alto presumía,

que con los pies no fuese por el suelo.

Hasta que con el tiempo ya crecida

la pluma, por su mal, de puro ufano,

sacándolo a volar mi mala suerte,

le lanzó a una esperanza tan perdida

que ni el deseo vuelve ya la mano,

ni parará hasta hallar la muerte.

 

Al príncipe de Ascoli IV

Cuando algún hecho grande y glorïoso

o victoria de ejército alcanzaban,

arcos, colosos, mármoles alzaban

los romanos al que era victorioso.

Quedaba el nombre así de aquel famoso,

y de una envidia honesta despertaban

los ánimos de aquellos que aspiraban

venir a un fin tan alto y glorïoso.

Estos escudos de armas, los trofeos,

las memorias que veis en cada parte,

príncipe digno de inmortal historia,

despertadores son de los deseos

que a un hijo tal cual vos del nuevo marte

harán subir a la paterna gloria.

 

Gran señal es el ver que me arrepiento

Para pensar que ya conozco el daño;

pues me quiero apartar de un mal tamaño,

señal es que lo entiendo y que lo siento.

Mas ¿quién me dará, amor, atrevimiento?

¿quién me dará un esfuerzo tan extraño

que aquel gesto sabroso del engaño

pueda desarraigar del sentimiento?

tanta luz de razón, razón me ha dado,

que conozco el error y el desvarío

del que pretende amando se amando;

mas tiene tanta fuerza el ardor mío

que aunque conozco bien que voy errado,

del camino que voy no me desvío.

 

Del más subido ardor, del más precioso

Olor de gloria y del más alto grado,

nació en mi alma el mal de su cuidado,

antes no, sino el bien de su reposo.

Mi mal nació de allí fiero y rabioso,

a mi bien sin igual, igual en grado;

razón en mi dolor se ha transformado,

y el dolor sin razón está quejoso.

¿A quién se dio jamás, pues, tal tormento?

¿dónde se vio decir que un mal tan alto

venga envuelto en un bien que par no tiene?

amor, gracias te doy por lo que siento:

razón sobra al dolor, y de ella falto,

teme el honoroso mal que de ti viene.

 

Padre me llama el sol del alegría

A mí la vista del más entristece;

apenas alejándose anochece

cuando muero por ver venido el día.

Todo cuanto en la tierra el cielo cría

reposa con la noche, en mí parece

que con fuerza mayor a la par crece

también la obscuridad del alma mía.

Y si del que mal hace es deseada,

que no querría ver luz en todo el año,

¿por cuál razón a mí me desagrada?

que demás de tratar de día mi daño,

en la noche, al descanso aparejada,

soy más cierto ministro de mi engaño.

 

Dulce enemiga mía, hermosa fiera

Si las obras de amor mirar queremos,

iguales con el sol las hallaremos

una regla guardar y una manera.

Cerca la tierra el sol dentro y de fuera,

y la cera derrite como vemos.

¿De dónde vienen, pues, tales extremos?

¿los rayos no son todos de una esfera?

amor os hiela a vos y a mí me enciende,

en mí acrecienta ardor y en vos desvío,

yo soy un fuego ya, vos toda un hielo.

¿Pues cómo puede ser? ¿hay quién loentiende?

si procede de amor el ardor mío,

¿el hielo vuestro es permisión del cielo?

 

Mil veces mientra en vos estoy pensando

A tanta perfección buscando falta,

no hallo parte que no sea tan alta

que el seso desfallece imaginando.

Pero mientras así estoy considerando

el sentido se queja y sobresalta,

y prueba que piedad, señora, os falta,

pues tratáis mal quien por vos muere amando.

Bien sé que no tenéis de esto disculpa,

mas quiéroosla yo dar por encubriros

la falta que yo mismo os he hallado.

Quejaos de mí, ponedme alguna culpa

que os disculpe de haberme maltratado:

yo diré que es verdad por más serviros.

 

Al príncipe de Ascoli V

Este andar y tornar, ir y volverte,

Lavinio, el caminar y no mudarte,

este incierto partir y no apartarte,

y el irte a despedir y detenerte,

tengo miedo, pastor, que han de encenderte,

como a la mariposa, aquella parte

de libertad que amor quiso dejarte

sana por descuidarte y ofenderte.

Lo mejor del nadar es no ahogarse,

jugar y no perder es buen aviso,

si lo puede excusar quien pisa abrojos.

Mas ¿quién podrá, quién bastará a guardarse

de la hermosa vuelta de unos ojos,

de una boca que os muestra un paraíso?

 

Aires süaves, que mirando atentos

Escucháis la ocasión de mis cuidados,

mientra que la triste alma acompañados

con lágrimas os cuenta sus tormentos,

así alegres veáis los elementos,

y en lugares do estáis enamorados

las hojas y los ramos delicados

os respondan con mil dulces acentos.

De lo que he dicho aquí, palabra fuera

dentre estos valles salga, a do sospecha

pueda jamás causarme aquella fiera.

Yo deseo callar, mas ¿qué aprovecha?:

que la vida, que ya se desespera,

para tanto dolor es casa estrecha.

 

Sabe Dios sin saber de vos deseo

Y témolo saber más que la muerte:

ved, señora, cuál es mi mala suerte,

de qué contrarios tormentar me veo.

De no saber de vos tan mal poseo

que en fiera rabia el desear convierte;

y por no saber nueva en que no acierte,

el triste desear huyo y rodeo.

Así el que ve la nave irse abrasando,

estando dentro en ella en la batalla,

modo para salvarse anda buscando;

mas doquiera que va su muerte halla:

el enemigo, el contrastar nadando;

y en la nave ella viene sin buscalla.

 

Para ver si sus ojos eran cuales

La fama entre pastores extendía,

en una fuente los miraba un día

dórida, y dice así, viéndolos tales:

«ojos, cuya beldad entre mortales

hace inmortal la hermosura mía,

¿cuáles bienes el mundo perdería

que a los males que dais fuesen iguales?

»tenía, antes de os ver, por atrevidos,

por locos temerarios los pastores

que se osaban llamar vuestros vencidos;

»mas hora viendo en vos tantos primores,

por más locos los tengo y perdidos

los que os vieron si no mueren de amores».

 

Golfo de mar con gran fortuna airado

Se puede comparar la vida mía;

van las ondas do el viento las envía

y las de mi vivir do quiere el hado;

no hallan suelo al golfo, ni hallado

será cabo jamás en mi porfía;

en el golfo hay mil monstruos que el mar cría,

mi recelo mil monstruos ha criado;

en el mar guía el norte, a mí una estrella;

nadie se fía del mar, de nada fío;

vase allí con temor, yo temeroso;

por mis cuidados van, naves por ella.

Y si en algo difiere el vivir mío,

es en que se aplaca el mar, yo no reposo.

 

Por qué es ciego el amor

Ajenos, ya que puede ver, se guía».

«¿Por qué tan niño por la incierta vía?»

«que tiene en gobernarse por antojos».

«¿Desnudo?» «por mostrar que sus enojos

natura los produce, ella los cría».

«¿Por qué tiene alas?» «porque en solo un día

da y quita libertad, vida y despojos».

«¿Por qué le dan el arco y las saetas?»

«por el libre poder que en todos tiene».

«¿Y el fuego?» «porque arder almas le agrada».

«¿Por qué son de oro, pues, las más perfectas

y otras de plomo?» «porque amando pene

el desamado de la cosa amada».

 

Al príncipe de Ascoli II

¿qué aprovecha, señor, andar buscando

hora el puerco montés cerdoso y fiero?,

¿qué aprovecha seguir ciervo ligero

ni con hierba crüel andar tirando?;

¿qué aprovecha, señor, ir remontando

la garza con halcón muy altanero?,

¿qué aprovecha, señor, tirar certero

allí una liebre, aquí un faisán matando?;

si va siempre tras vos vuestro cuidado,

si en el alma lleváis el pensamiento,

si estáis asido dél cuando más suelto,

si traéis el pensar tan regalado

que donde estáis más libre y más contento

a las presas andáis con él envuelto.

 

A Don Jerónimo De Urrea

Ni la africana sierra excelsa y brava,

ni las bárbaras armas, crudas, fieras,

ni tu sangre esparcida en sus riberas,

que el cielo de la honra derramaba,

ni la furia cruel que trastornaba

ante ti tantas naves y galeras,

ni el viento que en el campo las banderas

del fiero marte a su pesar postraba,

ni la gálida espada y torre fuerte,

ni en dura el duro asalto y duro hado,

contra del cual no hay fuerza que resista,

pudieron por más mal darte la muerte,

iberino pastor desventurado,

y agora mueres de una dulce vista.

 

Corre con tempestad furiosa y fuerte

El más cuerdo piloto, el más experto,

y en viendo cerca el deseado puerto,

el miedo en esperanza se convierte;

mas queriendo surgir la mala suerte,

lo torna con extraño desconcierto;

sale un viento cruel, contrario, incierto,

que atrás lo vuelve a recelar la muerte.

Así yo, en la fortuna del deseo

a vos vengo, que sois el puerto mío,

donde de tanto mal pienso salvarme;

mas, ¡ay, hado cruel!, que apena os veo,

cuando un contrario viento de un desvío

hace que en el dolor vuelva a engolfarme.

 

Ay, qué contraste fiero

Señora, hay entre el alma y los sentidos,

por decir que os doláis de los gemidos!

ninguno dellos osa:

cada cual se acobarda y se le excusa

al alma deseosa,

que de su turbación la lengua acusa.

Ella dice confusa

que os dirá el dolor mío,

si la deja el temor de algún desvío;

pero de un miedo frío

la cansa el corazón, y de turbada,

cuando algo os va a decir, no dice nada.

Al corazón no agrada

la excusa, y dice que es della la mengua,

que el quejarse es efecto de la lengua.

El uno al otro amengua;

el vano pensamiento

no sabe dar consejo al desatiento.

La razón sierva siento,

que sabía un tiempo entre ellos ser señora,

y el esfuerzo enflaquece de hora en hora.

La mano no usa agora

del medio que solía;

que el temor la acobarda y la desvía.

La sangre corre fría

a la parte más flaca, y de turbado,

el triste cuerpo tiembla y suda helado.

¡Ay, rabioso cuidado!

pues si el alma contrasta a los sentidos,

¿quién dirá que os doláis de mis gemidos?

 

Mientra, por alegrarme, el sol mostraba

La divina beldad que en sí tenía,

de pura envidia de la gloria mía

nube enojosa, oscura, lo celaba.

Céfiro, que a mirar atento estaba

aquel bien que la nube en sí escondía,

de enamorado, por mirar, la abría,

mas luego, de celoso, la cerraba.

El amor, que mirando estaba el juego,

vencedor a la fin quiso mostrarse,

encendido quizá de un mesmo fuego;

y a fuerza de saetas alargarse

hizo la nube que me tenía ciego,

o por cegarme más o por holgarse.

 

Para justificarme en mi porfía

Tal vez muevo la pluma que os alabe,

y antes de comenzar pide que acabe

de celoso temor la fantasía.

Pónesele delante al alma mía

temor que os perderé si tal se sabe,

y no decir de vos lo que en vos cabe

dice amor que es traición y cobardía.

Hágome alguna vez más atrevido

y digo: «¡qué temor tan sin prudencia!

¡ámenla cuantos hay debajo el cielo!»

ved si debo de estar ya bien perdido,

cuando, siendo incurable mi dolencia,

pienso en ajeno mal hallar consuelo.

 

Al maestre de campo Luis Pérez Vargas

Si saber del amor sola esta parte,

valeroso señor, tanto os agrada,

necesario será olvidar la espada

que tanta gloria ha dado al fiero marte.

Sabed por experiencia con cual arte

se transforma el amante en el amada,

y sabréis como el alma separada

paresce que de nos mil veces parte.

Así sabréis, señor, que un accidente,

mientras su propio ser el alma olvida,

con tan grave dolor el cuerpo siente;

y entonces sentiréis como la vida

se va exhalando así visiblemente

por no estar la virtud del alma unida.

 

Crüel y venturosa gelosía

Si de humano sentido alcanzas parte,

¿por qué enemiga así quieres mostrarte

al mundo, a mí y a la señora mía?

cuanta el mundo beldad mirar podría,

celas con importuna e inviDiosa arte;

a mí causas dolor con tu cerrarte

y a mi señora ofende tu porfía.

Ella quiere ser vista porque vea

la tierra el mayor bien que puede verse,

y el cielo la beldad que allá desea.

¡Aquel fuego que en mí pudo encenderse

te abrase! pero no, porque no sea

tu encenderte ocasión de su esconderse.

 

Al duque de Sessa II

Como al salir del sol se muestra el cielo

más claro y más alegre y más gozoso,

y como en el venir de abril hermoso

de flores se matiza y lustra el suelo,

tal, movido por vos de honesto celo,

se muestra ufano el mundo, deseoso

de veros ya llegar al glorioso

término que llegó el único abuelo.

Sólo en veros salir, sólo del nombre

de gonzalo hernández tiene espanto

cuanto ciñe apenín, adria y tirreno.

¿Cuál será, pues, señor, que no se asombre

viéndoos volver con el honrado manto

de palmas, de trofeos, de glorias lleno?

 

Amor me trae en la mar de su tormento

Al placer de la ondas de mudanzas,

mil fortunas tal vez, tal vez mudanzas

traen acá y allá mi sentimiento.

Sígueme alguna vez próspero viento,

meten velas entonces esperanzas,

mas salen de través desconfianzas

y acobardan al triste pensamiento.

Siéntome alguna vez alzar al cielo,

y otras mil abajar hasta el abismo;

ya me esfuerzo, ya temo, ya me atrevo.

Ora huyo, ora espero, ora recelo,

y en tanta variedad no sé yo mismo

qué quiero, aunque sé bien que querer debo.

 

Al Duque de Alba

Señor, mientra el valor que en vos contemplo,

el ánimo, el saber, alabar quiero,

con el bajo decir, torpe y grosero,

del alto desear la furia templo.

Vuestras obras serán, pues, vuestro ejemplo;

vos vuestro coronista verdadero;

vuestra virtud será el más cierto homero

que a la inmortalidad os abre el templo.

No dejéis, señor, ser alabado;

mas al principio que lleváis tan alto

dad en lo por venir alegre efeto:

que si el triunfo del mundo es pobre y falto,

si corresponde mal con tal sujeto,

allá os le tiene el cielo aparejado.

 

De aquella voluntad que a mi tormento

Pudo entregarme así, tan de su grado,

no puedo en nada ya ser ayudado,

ni en mi favor ni como mía la siento.

Perdió razón su acostumbrado asiento,

que el nuevo mal nueva razón me ha dado;

y en tanta confusión solo ha quedado

por verdugo del alma el pensamiento.

Tampoco me quedó libre el deseo,

que entre vida y morir busca y no acierta

de cuál se agrada más, cuál me conviene.

Pensad cuál debo estar, ved cuál me veo,

que el morir, por entrar, corre a la puerta,

y el vivir, por salir, se lo detiene.

 

Al rebaño mayor de sus cuidados

Que a la orilla del po paciendo se iba,

dijo vandalio con la mente esquiva,

los ojos de sus lágrimas bañados:

«paced, mis ovejuelas, pues los hados,

la invidia ajena y la aspereza altiva

de la ribera de pisuerga os priva

y de sus verdes y floridos prados.

»Si en las hierbas halláis amargo el gusto,

si el agua es menos clara que solía,

si os muestra el cielo invierno a primavera,

»no es fuera de razón, antes muy justo,

pues tan lejos estáis del alma mía,

que sea todo al revés lo que antes era».

 

Remedio incierto que en el alma cría

La ponzoña que da vida al tormento,

madrastra del cuitado sufrimiento,

de nuestros años robadora arpía;

obscura luz que por tinieblas guía,

falso esfuerzo del loco pensamiento,

dificultoso bien del sentimiento,

peligroso manjar de la porfía;

sierpe fiera con rostro de doncella,

fuego que blandamente nos consume,

jarabe dulce de alargar los males,

bien do el daño mayor se anida y sella.

¿Quién será tal que tus maldades sume?

¡oh mísera esperanza de mortales!

 

Ay, dulce tiempo por mi mal pasado

En el cual me vi yo de amor contento!

¡cómo se fue volando con el viento

y sola la memoria en mí ha quedado!

¡ay, triste tiempo lleno de cuidado

de dolor y pesar, pena y tormento!

¿quién hace así tardar tu movimiento?

¿cómo vas tan despacio y tan pesado?

si tanto bien no mereció mi suerte,

¿cuál desdicha ordenó que lo gustase?

y si era bien, ¿por qué fue mudable?

y si había de venir un mal tan fuerte

tras él, para que más me lastimase,

¿por qué es mi mal más que mi bien estable?

 

Amor, fortuna y la memoria esquiva

Del mal presente, atenta al bien pasado,

me tienen tan perdido y tan cansado

que de triste vivir la alma se priva.

Fortuna me contrasta, amor aviva

el fuego, la memoria un desusado

dolor me causa, y en tan triste estado

quieren a mi pesar los tres que viva.

Yo no espero ver más alegres días,

mal del mal en peor preso y revuelto,

me hallo en la mitad de la carrera.

Teniendo de delante las porfías,

la esperanza de vidrio se me ha vuelto,

y rompió cuando más durar debiera.

 

A una dama que lloraba un su servidor muerto

De menalca pastor la ninfa flora

lloraba el duro caso extraño y fuerte,

y del hermoso rostro, ¡ay, dura suerte!

las rosas escurece y descolora.

Ya se hace llorar, ya vuelve y llora

y en gruesas perlas su llorar convierte,

ya queda muerta y fría, y si la muerte

la deja respirar, dice algún hora:

«parca si de mi bien te enamoraste,

cortarás de mi vida el hilo incierto,

gozarás del pastor, yo del engaño.

»Mas, ¡ay!, qué digo yo que no acertaste:

que por matarle a él, a mí me has muerto;

el golpe has hecho en él, yo siento el daño».

 

Carbón, si dar favor suele fortuna

Carbón, si dar favor suele fortuna

a un fuerte corazón determinado;

¿quién como tú jamás fue tan osado

en cuanto rodea el sol y ve la luna?

¿quién tuvo, di, jamás razón alguna

para quejarse, como tú, del hado,

viniendo así a perder, por desdichado,

una ocasión tan alta y oportuna?

mas ¿qué digo perderte?, si acometiste

gozar del mayor bien que hay en el cielo,

que ya el acometer fue gran ventura.

Pero ¿cómo, carbón, si te encendiste,

en medio de tu ardor quedaste un hielo?

¿pudo más su beldad que tu locura?

 

A la princesa de Molfeta I

Como al rayo de sol nueva serpiente

en virtud del calor sale y se aviva,

muéstrase más lozana y más altiva

y el esfuerzo y valor doblado siente,

y como mientra el sol no es tan caliente,

la falta del calor hace que viva

tímida, solitaria, obscura, esquiva,

do ni la puede ver ni vea la gente,

tal ha sido de mí, señora mía,

que en virtud del calor de los favores

mientra el sol me duró, ledo vivía,

hasta que los helados disfavores

hicieron encoger mi fantasía,

esconderme y huir de los amores.

 

Mientra el fiero león, fogoso, ardiente,

Con furioso calor nos mueve guerra,

mientra la madre de aristeo atierra

los árboles, las plantas, la simiente,

entre altos montes de soberbia gente,

que al helvecio feroz el paso cierra,

me hallo en otra clima, en otra tierra

de la mi cara patria diferente.

Allá febo no tiene hora reparo;

acá muestra mudar orden el cielo,

y con helada nieve nos castiga.

Entre estas diferencias se ve claro

cuál es mi mal, pues ardo en medio el hielo

y en el fuego se hiela mi enemiga.

 

Mientra en mí la esperanza florecía

Alegre el corazón vivió cantando,

mas hora que el temor la va secando

paso el tiempo en llorar la pena mía.

Entonces de un pensar dulce vivía,

hora en pensar y más pesar pensando,

en amargo dolor va transformando

cuanto antes dentro en él de dulce había.

Ha tomado del alma mía gobierno

un triste recelar, que con espanto

amenaza hacer mi mal eterno.

Por lo cual, si tal vez en dulce canto

me pruebo, sale del dolor interno

interrota la voz y envuelta en llanto.

 

Al príncipe de Ascoli VIII

El que está como yo tan desvalido,

tan sujeto a su mal, tan desmayado,

no puede su dolor mostrar pintado,

ni con palabra ser bien referido.

Liviano es aquel mal, ya lo has leído,

que el seso puede en sí tener guardado;

pero muy más liviano el que contado

puede ser de la suerte que es sentido.

No quieras, pues, pastor, importunarme

que te muestre en dibujo mis pasiones

para que la ocasión se entienda luego:

que como por la luz se saca el fuego,

se puede de tan altas ocasiones

entender quien las causa y condenarme.

 

A una dama que le pidió alguna cosa suya para cantar

No es sabrosa la música ni es buena,

aunque se cante bien, señora mía,

si de la letra el punto se desvía,

antes causa disgusto, enfado y pena.

Mas si a lo que se canta, acaso suena

la música conforme a su armonía,

en lugar del pesar que el alma cría,

de un dulce imaginar la deja llena.

Vos, que podéis mover al son del canto

los montes, no queráis cantar enojos

ni el secreto dolor de mi cuidado.

Quédese para mí solo mi llanto;

vos cantad la beldad de vuestros ojos:

conformará el cantar con lo cantado.

 

Amor, ¿qué es esto» «amor» «mayor mal siento»

Que amor». «¿Pues qué es ?» «no sé» «¿dónde te ofende?»

«en el alma». «¿Con qué fuego la enciende»

«¡fuego, sí!» «¿quién lo enciende?» «el pensamiento».

«¿Arde?» «abrasa que parte el sentimiento».

«¿Cómo de imaginar note defiende

la causa?» «no». «¿Por qué?» «porque desciende

muy alta». «¿A buscar qué?» «mi perdimiento».

«¿Luego no es fuego?» «no, que será rabia».

«¿Huyes del agua?» «no». «¿Cómo?» «llorando».

«¿Descanso es desear?» «no». «¿Es pestilencia?»

«¡plugiera a Dios!» «¿por qué?» «que a quien me agravia

se pegara». «¿Es recelo?» «recelando

muero». «¡Ya sé lo que es!» «¿qué es, pues?» «ausencia».

 

Temor de mayor mal a algunos suele

Hacer correr a voluntaria muerte,

pensando así excusar dolor más fuerte,

si bien más que el morir ninguno duele.

Hizo catón que su memoria vuele,

y el nombre a tal morir muda y pervierte;

uso de libertad llama su suerte,

y muestra que con ella se consuele.

Si nuestra religión lo permitiera,

como aquella gentil que solamente

de un hermoso morir tuvo cuidado,

yo sé por menos mal lo que hiciera:

que salvo a no morir siéndoos ausente,

en todo puedo ser de vos forzado.

 

Mirando cómo va soberbio, airado

A pagar su tributo al mar el reno,

de su propia alma y de su bien ajeno,

vandalio está cuidoso, recostado

a la sombra de un olmo, y descansado

ya de llorar, de mil congojas lleno,

viendo partir de sí el pastor tirreno,

dijo con un suspiro apasionado:

«¡dichoso tú, tú sólo eres dichoso,

que vuelves do verás tan presto el tago

y el bien que te hace ir tan presuroso!

»yo, mísero, llorando me deshago

de sólo ver pisuerga deseoso.

¡Mira cuál es de amor, tirreno, el pago!».

 

A un lacayo muerto debajo de un carro en el cual iba lucía hariela

Si puede honrar una famosa muerte

la más infame y deshonrada vida,

si la muerte con honra recibida

en gloria del que muere se convierte,

venturoso lacayo, a quien la suerte

concedió tanto bien, tal homicida,

duélate que haya sido en su venida,

presurosa al pasar, pero no fuerte.

¡Morir debajo un peso tan hermoso,

que hace feo al que sostuvo atlante!

¿cuál vida debe ser tan estimada?

¡ójala fuera yo tan venturoso!

tan dulce muerte en un mísero amante

fuera con más razón bien empleada.

 

Hiere el puerco montés cerdoso y fiero

Y la alterada sangre detenida

tarda del corazón a la herida

y una blanca señal muestra primero.

Así del amador que es verdadero,

en lágrimas la sangre convertida,

no llegan así presto a su salida

en llorando un pesar muy lastimero.

Da el corazón señal que está alterado;

hace que de dolor el fiero diente

en lo vivo del alma ha penetrado.

Entonces muestra el daño el accidente,

y la blanca señal de estar turbado

matiza con el llanto el mal que siente.

 

Entre osar y temer, entre esperanza

Y un triste recelar desesperado,

entre gozo y dolor, entre un cuidado

y un cierto no sé qué de confianza,

entre aquel bien que un amador alcanza

mientra espera gozar lo deseado,

y entre aquel mal que siente un desdichado

que teme de fortuna en la bonanza,

vandalio, enamorado y temeroso,

está entre un cierto sí y un no más cierto,

no suceda a su bien fortuna aviesa,

cuando dijo: «¡dolor fiero, rabioso!,

hoy triunfas de mi vida, hoy seré muerto

si amarílida falta a su promesa».

 

Al príncipe de Ascoli I

Ya paresce, pastor, que vas gustando

de los valles de acá, de estas verduras;

ya la manada veo de tus tristuras

irse por estos prados alargando.

Ya amor te espera al paso, y tú llorando

estás hora pasadas desventuras,

y no miras que están mil hermosuras

el son de tu zampoña deseando.

Despierta, pues, pastor, de aquel pesado

sueño que te ha tenido en pena fiera;

deja un poco olvidar la antigua llaga.

Cura con nuevo ardor viejo cuidado;

mira la ninfa bárbara que espera

que a su beldad tu lira inmortal haga.

 

Bastar debiera, ¡ay, Dios!, bastar debiera

Señora, el ser cruel, áspera y dura,

sin que por adornar la hermosura

que al mundo es hoy un sol, tal nombre os diera.

Bastar debiera, ¡ay, Dios!, mostraros fiera

siempre a la obstinación de mi locura,

sin que por el color mi desventura

de nueva crueldad temor tuviera.

Si queréis que a entender me dé el vestido

cuál es la condición esquiva y dura,

volverlo del revés y será cierto:

lo encarnado cruel quede escondido,

mostrad lo blanco que es limpieza pura;

será el engaño así más encubierto.

 

En la muerte de la princesa Doña María

La gran dea de los partos inviDiosa

de ver que haya en el cielo alguna estrella

de mayor resplandor y beldad que ella,

del marido y hermano está quejosa.

Júpiter que agradar desea a la esposa,

si bien conoce injusta su querella,

«traigamos acá dijo otra más bella

y así venus será menos hermosa».

Por el mundo la va juno buscando,

y en pincia, por común desaventura,

de una princesa al parto se destina.

Mas no tan presto la ha mirado, cuando

al cielo se llevó su hermosura.

¡Ay, invidia crüel, fiera lucina!

 

Al príncipe de Ascoli III

Pastor, ¿cuál ocasión, cuál cosa extraña,

qué infortunio cruel, cuál fiero hado,

te trujo a apacentar nuevo ganado

tan lejos de tu bien, a esta montaña?

la nueva novedad de tal hazaña

me ha tenido confuso y alterado,

sabiendo que no estás sin el cuidado

que solías tener allá en españa.

Mira bien cómo vas por esta tierra;

si tienes libertad mira por ella,

que las ninfas de acá son cautelosas.

Por tal beldad, pastor, podrás perdella,

que te dará mil muestras amorosas

y haráte después bárbara guerra.

 

Al príncipe [de Ascoli]

Deje el estilo ya la usada vena,

mude el suave en doloroso canto;

mudar conviene el llanto en mayor llanto

y pasar de una grande a mayor pena.

Muerto es el que hacer solía serena

la vida, y nuestra edad alegre tanto;

muerta es virtud, muerto es el vivir santo;

no viva puede haber ya cosa buena.

Eterno lamentar, lloroso verso,

lágrimas de dolor, obscuro luto

hagan al mundo fe de común daño.

Lloran, príncipe invicto, a quien adverso

hado cortó, en el dar de primer fruto,

el árbol más hermoso. ¡Ay, fiero engaño!

 

Ay, vivo fuego, ay, fiero pensamiento

Ay, rabioso dolor, pasos cansados,

ay, recelos de amor desesperados,

ay, triste, congojoso sentimiento!

¡ay, alto desear sin fundamento,

ay, vana empresa llena de cuidados,

ay, ríos, fuentes, selvas, bosques, prados,

ay, esquiva ocasión de mi tormento!

¡ay, verdes murtas, árboles hermosos,

ay, lugar que ya fue ledo y jocundo,

do gastaba mi tiempo en dulce canto!

espíritus alegres y amorosos,

si alguno vive acá en el bajo mundo,

muévaos hora a piedad mi triste llanto.

 

Un nuevo sol vi yo en humano gesto

Que en la tierra nos muestra un paraíso;

una boca vi yo que sólo un riso

en perpetuo llorar me tiene puesto;

de dos ojos salió un mirar honesto

que el ánimo del alma trae diviso;

de entre perlas salió encubierto aviso

que me hace el vivir menos molesto.

No supe a quién quejarme del engaño,

que el amor era ya desapartido

cuando caí en la cuenta de mi daño.

Pedí socorro al alma, y el sentido

me respondió por ella, ¡ay, caso extraño!:

«¿no ves que la razón la ha ya rendido?»

 

Como el que enfermedad de muerte tiene II

Del cuidado mayor, que más quería,

un sospiro secreto en que abscondía

la hermosa ocasión de su tormento,

todo cuanto favor, cuanto contento

tuvo jamás, cuanto tener podría,

vandalio, pastor bético, ofrecía

al amor, muy lloroso y descontento.

«Señor dijo al fin si el sacrificio

miras cuál puede ser que mayor sea,

si a la intención tú sabes bien mi historia,

»sólo te pido, en premio del servicio,

la salud de amarílida: no vea

el mundo así perder su mayor gloria».

 

Por repararse de una gran tormenta

Con que el cielo una noche amenazaba,

debajo de un alto olmo suspiraba

temeroso vandalio en tal afrenta.

No que con las ovejas tenga cuenta,

ni el temor de los lobos recelaba;

antes un ruiseñor que allí cantaba,

la historia de su mal le representa.

Piadoso, la avecilla enamorada

dijo: «¿qué así te afliges y cantando

muestras la tempestad tener en nada?

»¿qué haremos los dos, pues que llorando,

nuestro triste cantar tan poco agrada?»

«¿qué? dijo el ruiseñor. Morir amando».

 

Ay, falso burlador, sabroso sueño

Malamente traidor, me has ofendido!

¡ay, nunca hubiera yo jamás dormido

o nunca se acabara tu beleño!

la saña injusta y el turbado ceño

me mostraste en amor ya convertido,

y en llegándome al vivo del sentido

el mal, me huyó el bien como su dueño.

¿Para qué fue, traidor, aquel mostrarme

tan llena de piedad a mi señora

y tan de su crueldad arrepentida?

dejárasme así estar sin engañarme,

o fuera un sueño tal, no por un hora,

mas lo poco que queda de mi vida.

 

Amor, si por amar amor se aquista

Si alguna fe de tanta fe procede,

si premio por servir ganar se puede,

si un grave padecer un alma atrista;

si dura obstinación venció conquista,

si pidiendo merced dureza cede,

si a grande mal piedad se le concede,

si a luengo importunar no hay quien resista;

si de tu mano escrito ya en la frente

lo que siento en el alma al mundo muestro,

debería mi dolor hallar remedio.

Mas ya ni podrá ser, ni lo consiente

mi mal, si por algún caso siniestro

no muestra a tu pesar fortuna el medio.

 

El dulce fruto en la cobarde mano

Y casi puesto a la hambrienta boca,

de turbado lo suelta y no lo toca,

vencido de un temor bajo, villano,

vandalio; y el amor, fiero tirano,

que al alma asombra con sospecha loca,

mientra la vida deseando apoca,

la hambre cresce y cresce el temor vano.

En tanto, el caro fruto deseado

de la vista al pastor desaparesce,

y ni comer se deja ni tocarse;

cuando con un sospiro apasionado

dijo: «tal sea de aquél a quien se ofresce

un bien de que no sabe aprovecharse».

 

Estrella que mi mal todo influiste

Del bien que ya pasó eclipsada esfera,

que al florir de mi verde primavera

en invierno enojoso convertiste.

Sigue tu curso pues, obscuro y triste,

muéstrate, si sabrás, airada y fiera,

que yo siempre seré el que antes era

y tú ya no serás quien siempre fuiste.

De mal vaya a peor mi mala suerte,

que no podrá estorbarme aquella gloria

que en la mente quedó del bien perdido;

salvo si de piedad hace la muerte

que pague con la vida la memoria

el lago obscuro del eterno olvido.

 

Fuego queme mi carne y por encienso

Baje el humo a las almas del infierno;

pase la mía aquel olvido eterno

de lete porque pierda el bien que pienso;

»el fiero ardor que hora me abrasa intenso

ni melle corazón ni haga tierno;

niégueme pïedad, favor, gobierno

el mundo, amor y el sumo Dios inmenso;

»mi vivir sea enojoso y trabajado,

en estrecha prisión dura y forzosa,

siempre de libertad desesperado,

»si viviendo no espero ya ver cosa

dijo vandalio, y con verdad jurado,

que sea cual tú, amarílida, hermosa».

 

A la princesa de Molfeta II

Como el que de escorpión fue ya mordido,

si de allí en algún tiempo se le acuerda,

se altera, se demuda y desacuerda

y pierde la color y aun el sentido,

mi alma que improviso acaso vido

la beldad que a mi mal tan mal concuerda,

hizo que la color del rostro pierda

la memoria de haber sido ofendido.

No fue flaqueza, no, ni son amores:

la injuria al corazón ha salteado

y dio de justa cólera testigo.

No hace al caso, no, mudar colores,

señora, porque un hombre demudado

acomete mejor a su enemigo.

 

Como en cera imprimir sello podría

Lo mismo que en aquel fuese esculpido,

de aquel anillo, que en señal ha sido

dado de la fe vuestra a la fe mía,

el nombre me quedó que en él tenía,

desde el dedo en el alma así imprimido

que en el mismo metal fue convertido

el corazón, que mal se defendía.

Bien fue que fuese así, porque mudado

en oro el corazón siempre se vea

mientras se abrasa más, más afinado.

Vencerme otra beldad ninguno crea:

que nadie compra esclavo señalado

do el nombre del señor escrito sea.

 

De la incierta salud desconfiado

De la incierta salud desconfiado,

mirando cómo va turbio y furioso

betis corriendo al mar, dijo lloroso

vandalio, del vivir desesperado:

«recibe, ¡oh caro padre!, este cansado

cuerpo de un hijo tuyo, deseoso

de hallar en tus ondas el reposo

que negó la fortuna a mi cuidado.

»Haz, padre, que estos árboles que oyendo

la causa de mi muerte están atentos,

la recuenten después de esta manera:

»aquí yace un pastor que amó viviendo;

murió entregado a amor con pensamientos

tan altos, que aun muriendo, amar espera».

 

Tan puesto tengo en vos el pensamiento

Que ya ni pienso en mí, ni pensar quiero;

si tengo bien, por vos pasa primero;

de vos viene si tengo algún tormento.

Hace mi voluntad su fundamento

en la vuestra, y recíbela por fuero;

en mi propio querer soy el postrero,

sólo lo que queréis quiero y consiento.

Si alegre os veo a vos, luego me alegro;

si tristeza tenéis, luego estoy triste;

si os volvéis alegrar, vuelvo alegrarme.

Lo negro es blanco y lo blanco es negro

como queréis: luego al alma viste

el efecto que vos queréis mostrarme.

 

Cuál fiera tempestad, cuál accidente

Mi tan sereno mar ha vuelto airado?

¿qué es del fuego, señora, en que abrasado

fue vuestro corazón tan dulcemente?

si en el perpetuo olvido amor consiente

que así se haya deshecho y apagado,

¿qué fue, si no fue amor, mi bien pasado?

y si fue amor, ¿qué es de él, dóestá presente?

ya que justa ocasión de mí os partiese,

¿cómo puede hora ser que en solo un hora

tanto amor, si era amor, de vos se fuese?

sombra de amores fue, no amor, señora:

mostrásteme la luz por que sintiese

mayor obscuridad sin ella agora.

Poemas de Gutierre de Cetina

Si de Roma el ardor, si el de Sagunto

De troya, de numancia y de cartago,

si de jerusalén el fiero estrago,

belgrado, rodas y bizancio junto;

si puede a piedad moveros punto

cuanto ha habido de mal del indo al tago,

¿por qué del fuego que llorando apago

ni dolor, ni piedad en vos barrunto?

pasó la pena de éstos, y en un hora

acabaron la vida y el tormento,

puestos del enemigo a sangre y fuego.

Vos dais pena inmortal al que os adora,

y así vuestra crueldad no llega a cuento

romano, turco, bárbaro ni griego.

 

Sobre las ondas del helado ibero

Sobre las ondas del helado ibero,

incauto niño, y sin saber, corría,

cuando el hielo, que fuerza no tenía,

quebrando, se mostró crudo y severo.

El río, que veloz iba ligero,

con el tributo el cuerpo al mar envía:

la cabeza que el hielo sostenía

por memoria quedó del caso fiero.

La madre que buscando al niño andaba

por la ribera, viendo el rostro luego

asió del y sacó lo que quedaba.

«¡Ay cruel hado dijo extraño y ciego!

pues de lo que parí no me tocaba

más parte que ésta, ésta consuma el fuego».

 

Huyendo baja el monte aquella fiera

Que de pequeños canes es seguida,

y apenas en lo llano es ya venida,

que no puede volver donde partiera,

en otros da mayores, do cualquiera

la aprieta y le podría quitar la vida,

de estos es peligrosa la salida

de otros sin peligro se saliera.

Así huyendo yo los viejos males,

pequeños en respecto a los de ahora,

en otros más crueles he caído,

y tanto en el peligro desiguales

cuanto, siendo por vos, estoy, señora,

cierto de no volver donde he salido.

 

Luz que en el fuego vivo, en el tormento

Mayor que se haya visto entre mortales,

ardéis mi corazón con ansias tales

que en medio de su mal vive contento;

si las partes que en vos escribo y siento

a vuestro merescer no son iguales,

excúsenme con vos mis propios males,

que embarazan el flaco entendimiento.

Y si no puede haber cosa que sea

igual a lo que sois, ¿cómo podría

mostraros comparando al que no os vea?,

salvo pintando un bien la fantasía

con la imaginación, cual lo desea

y cual os pinta agora el alma mía.

 

Como el calor de la celeste esfera

Calienta y vivifica y da consuelo

cuanto hay elemental acá en el suelo,

árbol, planta, animal, flor, hierba o fiera,

así, señora, amor de esta manera

los pechos arde de amoroso celo,

sino ése vuestro que por ser de hielo,

de mal tan general se queda fuera.

Pero si el sol al mayor hielo ofende,

lo consume y deshace, como vemos,

el vuestro ante mi ardor, ¿quién lo defiende?

y si ambos de su ardor nos defendemos,

¿cómo se hiela en vos y en mí se enciende?

¿caben en un sujeto dos extremos?

 

Cosa es cierta, señora, y muy sabida

Aunque el secreto de ella está encubierto,

que lanza de sí sangre un cuerpo muerto

si se pone a mirarlo el homicida.

Así yo, aunque vivo, estoy sin vida

siendo visto de vos, que me habéis muerto;

con mi sangre mostré lo que más cierto

mostráis vos con mostraros desabrida.

Pero si no fue así, fue que corriendo

la sangre al corazón para valerle,

por saliros a ver erró el camino;

salvo si no fue el alma, que sintiendo

su agravio, así ante vos quiso ponerle

con señal tan costoso y tan divino.

 

Quien tanto de su propio mal se agrada

Señora, como yo, razón le falta,

ni por nuevo dolor se sobresalta,

ni del que ha de venir recela nada.

Quien tiene el alma ya tan transformada

en vos, por ocasión justa tan alta,

si de un extremo grande en otro salta,

bástale la memoria enamorada.

Si no os puede gozar, que os ha gozado,

quien no puede con lágrimas moveros,

con la esperanza puede remediarse.

Mas ¿en qué esperará un desesperado

quien tan lejos está del bien de veros?

¿basta pensar que os vio, basta acordarse?

 

Por esta faz, por esta bella mano

Que tan impresa está en el alma mía,
por estos ojos que hicieron vía
dentro en mi corazón a aquel tirano,
por esta boca que igualar en vano
a cosa terrenal presumiría,
y por este color que me desvía,
mirando su beldad, del ser humano,
por esta vaga frente que refrena,
ornada del color de estos cabellos,
el vano desear cuando más ciego,
juro que otra beldad no me da pena,
y llamo en testimonio de mí y de ellos,
el cielo, el aire, el mar, la tierra, el fuego.

 

Sin poderse alegrar de cosa alguna

De invidia, de ira y rabia ardiendo el pecho,

mirando la ocasión de su despecho,

en brazos de endimión decía la luna:

«¡ah, dichosa amarílida!, fortuna

que el más fiel pastor siervo te ha hecho;

te asegura del mal, de quien sospecho

que si no tú, escapar puede ninguna.

»Tú sola vivirás leda y contenta,

de aquel desimular de amor sigura,

que en los hombres sin fe se anida y sella».

Endimión, que oyendo esto se afrenta,

responde así: «hizo igual ventura

a la fe del pastor, la beldad della».

 

Señora, si es amor, como se entiende

Deseo de gozar la cosa amada,

¿de dó viene que esta alma enamorada

en el gozo mayor su fuego enciende?

si tanto dura amor cuanto contiende

al desear la cosa deseada,

pues la causa de amor es ya acabada

¿cómo dura el efecto y se defiende?

no es amor tal amor, mas desconcierto;

no es el favor el fin de esta porfía,

aunque muestra ser fin de los amores.

Amor nace del alma; el alma es cierto

que en parte es voluntad, y así la mía

desea la voluntad, no los favores.

 

En cuál región, en cuál parte del suelo

En cuál bosque, en cuál monte, en cuál poblado,

en cuál lugar remoto y apartado

puede ya mi dolor hallar consuelo?

cuanto se puede ver debajo el cielo

todo lo tengo visto y rodeado;

y un medio que a mi mal había hallado,

hace en parte mayor mi desconsuelo.

Para curar el daño de la ausencia

píntoos cual siempre os vi, dura y proterva;

mas amor os me muestra de otra suerte.

No queráis a mi mal más experiencia,

sino que ya, como herida cierva,

doquier que voy, conmigo va mi muerte.

 

Yo, señora, pensaba antes, creía

Mas, ¡ay!, que no sabía lo que pensaba,

que era amado el que amaba, y no entendía

que el hado a mi porfía contrastaba.

El amor me engañaba y me decía

que la fe que os tenía se apagaba;

pero si ciego andaba y no lo vía,

la justa opinión mía me engañaba.

Ya el temor me muestra el desengaño,

si el gusto del engaño consintiera

que apartarme pudiera de mi daño.

Mas el mayor engaño, ¡ay, suerte fiera!,

es que aunque claro viera que era engaño,

por un bien tan extraño el mal quisiera.

 

Cuando pienso me da dolor doblado

Ningún pensar me da contentamiento;

si fuera de pensar deleite siento,

ni sé entenderme a mí ni a mi cuidado.

Entre mi mal el bien viene mezclado;

ni lo sé conocer ni tomar tiento:

que en gustando del bien el sentimiento,

o se convierte en mal o ya es pasado.

En medio del deleite llega luego

el recelo del mal, considerando

que es un tal bien un poco de agua al fuego.

Así el monstruo marino está llorando

mientra el cielo y el mar muestran sosiego,

de futura tormenta recelando.

 

Llorando vivo y si en el fiero pecho

De la enemiga mía pudiese el llanto

cuanto pudo en su tiempo el dulce canto,

seríame el llorar honra y provecho.

Mas quien me tiene ya casi deshecho,

de mi bien o mi mal no cura tanto,

y así conviene a mi pesar que cuanto

fue el bien, sea ahora el mal de que sospecho.

Y porque en mi llorar más dolor halle,

quiso ordenar amor, que era enemigo,

que lo que más querría decir, más calle.

Ved cuál estoy, qué extremo es el que sigo:

que llorando mi mal, para contalle,

la causa callo y los efectos digo.

 

Con la casta virtud vive abrazado

A amor con traje honesto y peregrino;

venía el traidor al parecer benigno,

mas para hacer mal, más obstinado.

Traía el arco todavía al lado,

y con el gusto aún no ha perdido el tino;

para mi pecho enderezó el camino,

mostrándose de herir muy descuidado.

Yo sin temor de la cruel tormenta,

por verle alegre no curé ampararme,

que la virtud me aseguró del daño.

Ella después me hizo más afrenta,

y dio la flecha a amor para matarme,

y amor con ella ejecutó su engaño.

 

Si mientra el hombre al sol los ojos gira

Ciego del resplandor, busca un desvío,

¿cómo un flaco mirar ante el sol mío,

cuanto se ciega más, tanto más mira?

si una sola gloria un alma aspira,

puesto que mi deseo es desvarío,

visto un suave mirar, honesto y pío,

¿adónde el desear me lleva y tira?

si de lo que ha de ser certeza tengo,

de mil almas que arder en vivo fuego

he visto, ¿para qué busco otro indicio?

¿a qué me trae el amor? ¿dó voy, dó vengo,

haciendo de mi vida, al vulgo juego

del alma, lastimero sacrificio?

 

De error en error, de daño en daño

De una desdicha en otra desventura,

de un desvío en otra gran locura,

de un viejo engaño en otro viejo engaño,

de un grave mal en otro mal extraño,

de una necesidad a otra yactura,

me ha traído el amor y mi ventura

a que huya mi propio desengaño.

Conozco que me ofende el pensamiento,

y sólo de pensar me pasmo y vivo;

en él hallo el descanso y el tormento.

¡Oh nuevo padecer extraño, esquivo,

que nacen de una causa el mal que siento

y el bien que me hace ir soberbio, altivo!

 

En un olmo Vandalio escribió un día

Do la corteza estaba menos dura,

el nombre y la ocasión de su tristura;

después, mirando al cielo, así decía:

«tanto crezcas, ¡oh bella planta mía!,

que al más alto ciprés venzas de altura,

y tanta sea mayor tu hermosura

cuanta aquella de dórida sería.

»Crezcan a par del olmo en su grandeza

las letras del amado y dulce nombre,

y en él hagan perpetua su memoria;

»porque los que vendrán sepan que un hombre

levantó el pensamiento a tanta alteza

que es digno al menos de inmortal renombre».

 

Temía hasta aquí de entristecerme

Cansada el alma ya de un luengo llanto;

érame hasta aquí visión de espanto

ver un pesar y no saber valerme.

Mas agora que vos holgáis de verme

triste, ningún placer procuro tanto;

hora me es enojoso el dulce canto

y alegre aquél que ya solía ofenderme.

Dama, pues de mi bien sois tan esquiva,

descanso me será cualquier tormento

que de tan alta causa se deriva.

Pero tengo temor que, de contento,

el rostro, cuando en más tristeza viva,

muestre al revés señal de lo que siento.

 

Si tantas partes hay por vuestra parte

Para que os ame y que por vos sospire,

¿cómo queréis, mi bien, que me retire

de tal empresa y que de amar me aparte?

si el cielo en sola vos muestra y reparte

tal gracia y tal beldad que el mundo admire,

¿cómo queréis, mi bien, que el alma aspire

a nueva hermosura o con cuál arte?

si son nieve, oro, perlas y corales

los cabellos, la boca, el cuello, el pecho,

¿cómo queréis, mi bien, que no me encienda?

si vuestros modos más que naturales

me tienen tan vencido y tan estrecho,

¿cómo queréis, mi bien, que me defienda?

 

Con gran curiosidad, con gran cuidado

Por la rara beldad que en ellos vía,

curaba sus cabellos noche y día

el famoso david el hijo amado.

Cuando, crecidos ya, siendo aquejado

del valiente joab que lo seguía,

de los cabellos que él criado había

para su mal se vio quedar colgado.

Así un luengo esperar, dudoso, incierto,

a costa del vivir crió el deseo

y puso toda en él su confianza;

hasta que, ya el engaño descubierto,

siguiéndome el dolor, quedarse veo

colgado el desear de la esperanza.

 

Como teniendo en tierra bien echadas

Las raíces un árbol se sostiene,

y como del humor que de ellas tiene

las ramas son criadas y guardadas;

como si le serán todas cortadas,

no por eso se seca o se detiene,

antes torna a brotar y a mostrar viene

otras en su lugar luego criadas;

así de mi esperar siendo cortado,

por la mano cruel de algún desvío,

con las ramas el fruto deseado,

de la raíz que está en el alma envío

humor a la esperanza, y, de obstinado,

con nuevas ramas a esperar porfío.

 

Dos sonetos a la muerte de Pedro Mexía II

«¿qué pérdida, qué mal, qué sentimiento,

qué voces, qué gemido es el que suena?

¿qué gente, de color, de angustia llena,

llora sobre este triste monumento?»

«aquellas, que con tanto desatiento

muestran señales tristes de su pena,

las musas son, y aquél que el llanto ordena

febo». «Y éste, ¿quién es?» «conocimiento».

«Y la que llora más, ¿quién es?» «españa».

«¿Y aquel que muestra haber perdido tanto?»

«carlo, cuya inmortal tela tejía».

«¿Quién la tejía, pues?» «¡ay, pena extraña!

lee el verso, que a mí me ahoga el llanto».

Aquí reposa el gran Pero Mexía.

 

Cuando a escribir de vos el alma mía

Se mueve, tanto que alabar se ofrece

que el ingenio y el arte desfallece

y sólo el desear queda por guía.

Este deseo la tira y la desvía

de cuanto acá hermoso nos parece,

y en la eterna beldad do resplandece

la que vemos acá, mira y porfía.

De aquí nace otro efecto: que mirando

vuestra beldad en la beldad del cielo,

entre las otras puesta en alta cima,

se inflama de otro ardor que sentía cuando

acá os miraba, y de un más limpio celo.

¡Qué el bien más conocido más se estima!

 

Notorio es en el mundo aquel tormento

Que en el infierno tántalo padece,

do el agua y el manjar le desfallece,

teniendo entre los dos perpetuo asiento.

Yo en el infierno acá que el sentimiento

a un alma triste, enamorada, ofrece,

de un fiero desear, que le parece,

infernalmente atormentar me siento.

Mas, ¡ay!, ¿qué digo yo? ¡quédesvarío!:

que su tormento es pena de pecado

y el mío injusto mal no merecido.

Y de tanto es más grave el daño mío,

que él desea el manjar que no ha probado

y yo el que solía gozar y he ya perdido.

 

Si de una piedra fría enamorado

Pudo pigmalión mover el cielo,

si pudo a tanto ardor poner consuelo

falso espíritu en ella transformado,

siendo retrato vos tan bien sacado

de la mayor beldad que hay en el suelo,

y siendo ante mi ardor el suyo un hielo,

¿por qué no me ha el amor a mí engañado?

¡ay de mí! ¿para qué? ¿qué es lo que pido?

¿si espíritu tuviese esa pintura,

podría mejorarse mi partido?

no, porque en caso tal ¿quién me asegura,

si os hubiese en las mañas parecido

tanto como os parece en la hermosura?

 

Ay, mísero pastor!, ¿dó voy huyendo?

¿curar pienso un ardor con otro fuego?

¡cuitado!, ¿adónde voy? ¿estoy ya ciego

que ni veo mi bien ni el mal entiendo?

¿dó me llevas, amor? si aquí me enciendo,

¿tendré do voy más paz o más sosiego?

si huyo de un peligro, ¿a dó voy luego?

¿es menor el que voy hora siguiendo?

¿fue más ventura el betis, por ventura,

que era agora pisuerga? ¿aquél no ha sido

tan triste para mí como ese agora?

si falta en amarílida mesura,

¿cómo la tendrá dórida, sabido

que llevo ya en el alma otra señora?

 

Padre océano, que del bel tirreno

Gozas los amorosos abrazados,

de gloria, si sintieses mis cuidados,

cuanto yo de pesar estarías lleno.

En la parte del cielo más sereno,

para colmar la cima de tus hados,

vi a tu hijo bañar los delicados

pies de una ninfa que nació en su seno.

«¡Ay! ¡quién fuese hora tú!», yo ledecía,

y de puro celoso, lo enturbiaba

con llanto que del alma me salía.

Mas él, que tanto bien comunicaba,

mientra con mi llorar lo revolvía,

claro en sus ondas mi dolor mostraba.

 

Ay, qué plazo tan largo y tan extraño

Ay, qué término luengo y enojoso,

ay, qué tiempo prolijo y trabajoso,

ay, qué tardío remedio a tan gran daño!

¡ay, salud perezosa y con engaño,

ay, cruel dilatar tan peligroso,

ay, pesado esperar triste y forzoso

ay, qué día mayor que el mayor año!

si el sol para el extraño nacimiento

del hijo de alcumena anduvo errando,

en una dos jornadas convirtiendo,

¿por qué no pasa agora en un momento

ésta que tanto bien va dilatando,

o hace que la pase yo durmiendo?

 

Si el celeste pintor no se extremara

En haceros extremo de hermosura,

si cuanto puede dar beldad natura

tan natural en vos no se mostrara,

ni el retrato imperfecto se juzgara,

ni me quejara yo de mi ventura,

porque correspondiera la pintura

al vivo original do se sacara.

Pero, dama, pues ya no vive fidia,

ni humano genio basta a retrataros,

sin que quede confusa o falsa el arte,

debéis, para que no mueran de invidia

las menos que vos bellas, contentaros

con ver de lo que sois sola esa parte.

 

De la contemplación del pensamiento

Crece la voluntad mi fantasía;

del dulce imaginar del alma mía

hace el amor en mí firme cimiento;

del pensar nace en mí el contentamiento

que da más viva fuerza a mi porfía;

tanto mi desear las alas cría

cuanto nacen de más conocimiento.

Las partes que de vos esta alma entiende,

mientra que más las voy considerando

mayor ardor al corazón envío:

como fuego que tanto más se enciende

cuanto más leña en él irán echando.

¡Ved, pues, si es inmortal el fuego mío!

 

Al príncipe de Ascoli VII

No es falta de dolor faltarme el llanto,

antes dulce memoria enamorada,

que mientras contemplando está ocupada,

del usado llorar se deja al cuanto.

Estoy de este mi mal pagado tanto

por la gloria que entre él viene mezclada,

que mi propio sentir me desagrada

si la fuerza del mal le causa espanto.

Así viene el dolor a adelgazarse,

así el mal se transforma y se enajena

y hace que del llanto el uso pierda.

Mas ¿quién podrá, señor, desagradarse

del mal que tanto bien causa y ordena,

ni llorar mientra en él piensa y se acuerda?

 

Si así durase el sol sereno cuanto

Dura la noche tenebrosa, obscura,

si en medio del placer mi desventura

no transformase el gozo en triste llanto,

¿cuál vida podría ser alegre tanto,

cuál mal que iguale al bien de tal ventura,

cuál remedio mayor de mi tristura

que mudar en alegre el triste canto?

en la gloria mayor de mi tormento

voy por tranquilo mar ledo cantando,

mientra alegres se muestran vuestros ojos.

Mas, ¡ay!, que cuando más, más gloria siento,

se me deshace el bien considerando

cuál me suelen parar vuestros enojos.

 

Si os amo, si os he amado y si he de amaros

Más que es o fue mujer ni será amada,

no me lo agradezcáis, ni os pido nada,

ni vale el ardor mío para obligaros.

Aquel que tantas partes quiso daros

cubiertas de beldad tan extremada,

a solo aquel podéis ser obligada

que puso tanto en vos para adoraros.

No pudo yo llamarme en esto a engaño:

muy claro vi el camino de perderme,

tanto que agora me paresce extraño.

Lo que vos no podéis negar deberme

es que entendí al principio el desengaño

y no quise, aunque pude, defenderme.

 

Al pie de una alta haya muy sombrosa

Cuando más alto el sol mostraba el día,

mirando el agua clara que corría

por la ribera del tesín hermosa,

pensando está vandalio en la rabiosa

ocasión que turbó su fantasía,

tan obstinada el alma en su porfía

cuanto por la ocasión triste y cuidosa:

«¡ay, suerte desigual! dijo llorando,

si está el alma de mí tan separada,

¿tan lejos della cómo o por qué vivo?

»dolor, que sin matarme así apretando

me vas, o tu poder no puede nada

o se hace inmortal el hado esquivo».

 

A un hombre loco llamado carbón, que estando furioso arremetió a besar a una dama

Atrevido carbón, tan animoso

cuan falto de favor y de contento,

no se alabe faetón de atrevimiento

pues fue el tuyo más alto y más famoso.

Aquél, guiando al sol, de temeroso

hizo a los temerarios escarmiento,

tú pensaste gozar sin fundamento

de un nuevo sol más claro y más hermoso.

¿Cuál seso hay que iguale a tu locura?

¿cuál esfuerzo llega al bien de aventurarte

si tuvieras más fuerza o más ventura?

aunque siendo carbón, ponerte en parte

tan cerca de aquel sol de hermosura,

ya es ventura llegar y no abrasarte.

 

Al duque de Sessa I

Sesenio, pues que vas do vengo agora,

antes do siempre estoy, do ir quisiera,

cuando a ver llegarás la gran ribera

del betis, que por ti tanto se honora,

si aquella brisis que tu alma adora,

jamás se muestra a tus suspiros fiera,

a dórida dirás que desespera

la mía ya de verse alegre un hora.

Pero si aquel antiguo nuestro río

fuera el otro do suelen los mortales

el peso descargar de sus cuidados,

no por eso dejara el ardor mío

de atormentarme acá, porque mis males

no quiero ni podrán ser remediados.

 

Tras lo que temo más voy rastreando

Sin que espere hallar lo que quería,

y es de tal calidad la pena mía

que lo que huye más, anda buscando.

Se me va la verdad manifestando;

yo, por no la topar, busco otra vía;

si entendiese su mal mi fantasía

tendría por mejor vivir dudando.

Ha dado fe el temor a una sospecha

que no puede parar sino en mi daño,

y seguiréla hasta ver do para.

Querríala volver, más ¿qué aprovecha?

que aunque sea en su favor el desengaño,

sola la duda ya le cuesta cara.

 

Pues todavía queréis ir mis suspiros

Do siempre soléis ser tan mal tratados,

trabajad de llegar disimulados,

quizá con tal ardid querrán oíros.

Sabe amor si quisiera hora seguiros

para ver si osaréis ser tan osados;

mas, ¿para qué?, si van dos mil cuidados

míos allá, tras vos, para serviros.

Si os llegáis, al llegar, con la osadía

que hora partís de mí, decilde manso:

«señora, pïedad, ¿por qué tan fiera?»

mas si, como he temor, de sí os desvía,

básteos darle a entender con un descanso

cómo el verme sin él hace que muera.

 

Mientra el fiero dolor de su tormento

Con mayor soledad vandalio llora,

con voz de su morir denunciadora

dijo triste, lloroso y descontento:

«¡oh gloria de estas selvas y ornamento,

sombras que tanto ardor templáis agora!

¡oh tú, eco, perpetua habitadora

del bosque que este llanto escucha atento!

»quédese para vos sola guardado

mi tan secreto bien, mi buena suerte,

que tanto me costó por no mostralle.

»Y si tanto favor me niega el hado,

ya que a alguno contar queráis mi muerte,

dígase sólo el mal, el bien se calle».

 

Tiéneme ya el dolor tan lastimado

Está ya tan dañado el sentimiento,

que ningún nuevo mal de nuevo siento

que no hiere en lugar de antes llagado.

Estoy ya del vivir tan enfadado

que habría dado fin a mi tormento,

mas sale de través tal pensamiento,

que me es fuerza tornarme a mi cuidado.

Dice la enamorada fantasía

que de tal ocasión tal pena viene,

que me esfuerce en la fuerza del deseo.

Mas, tan lejos de vos, señora mía,

tanto menos mi mal consuelo tiene

cuanta razón por vuestra parte veo.

 

En el gozo mayor, en el contento

De mayor calidad que se desea,

en el bien que no hay bien que igual le sea,

y en la gloria mayor de mi tormento,

me sale de través un pensamiento,

¡ay Dios, qué gran error, qué cosa fea!,

y me hace creer que nos lo crea.

¡Ved cuál queda con esto el sentimiento!

me dice que es ficción, que es una sombra,

cierto disimular, falsa apariencia,

que no viene de amor tales afectos.

Y el alma que de tal visión se asombra,

tanto le amarga al gusto esta dolencia

que apenas siente el bien de estos efectos.

 

Dos sonetos a la muerte de Pedro Mexía I

«¿quién yace muerto aquí?» «Pero Mexía».

«¿Pero Mexía es muerto?» «antes muriendo

comenzó ahora a vivir, porque viviendo

fuera de do hora vive, no vivía».

«¿Fue caballero?» «sí». «¿Y en qué entendía?»

«ora el cielo, ora el mar, iba midiendo,

ora de carlo máximo escribiendo

la fama de ambos, que inmortal hacía».

«Pues si lloró Alexandre las memorias

famosas que de Aquiles escribió homero,

¿cómo no llora Cesar tan gran falta?»

«porque lo que escribió de sus historias

basta para dar fe en el fin postrero

de lo que no alcanzó pluma tan alta».

 

Ya mis males se van casi acabando

Ya su fuerza por tierra está tendida,

ya no puede durar tan triste vida,

ya el manjar principal me va faltando;

ya voy tras de mi muerte rastreando,

ya el incierto esperar va de caída,

ya siento el fin de esta última partida,

ya el alma se va toda alborozando;

ya no hay por qué pensar en lo pasado,

ya no hay por qué llorar el mal presente,

ya no me da el que ha de venir cuidado;

ya no hay en mi morir inconveniente;

mas, ¡ay, qué sí!, que el cielo al desdichado,

por mayor mal, morir no le consiente.

 

Cuando a contemplar vengo el curso breve

De esta vida mortal, vana, ligera,

y cómo saltear airada y fiera

suele la muerte a aquél que morir debe,

viene el sentido a ser casi de nieve

ante el sol del temor que desespera,

viendo cuán tarde y mal, ya que andar quiera,

el mal uso a virtud los pasos mueve.

Y es el mal que me quejo y muestro ceño

de fortuna, de amor, de mi señora,

sabiendo que la culpa es toda mía,

que, como hombre engolfado en dulce sueño,

me duermo sin pensar siquiera un hora

que siendo el morir cierto, ignoro el día.

 

Al sepulcro de Diego de Esquivel

El despojo mortal yace aquí solo,

la beata alma es ya tornada al cielo,

del pastor esquivel, que fue en el suelo

un émulo de orfeo, un nuevo apolo.

Rabiosa muerte de entre nos llevólo;

inmortal fama con piadoso celo

haga su virtud, tendido el vuelo,

se manifieste al uno y otro polo.

Mirad pues, ninfas, musas y pastores

no haya flor en parnaso, ni helicona

destile humor que el lauro os tenga verde.

Y pues fue en el cantar de sus amores

el que puso más alta sus corona,

amor lo llore, que es el que más pierde.

 

Con aquel recelar que amor nos muestra

Mezclado el desear con gran cuidado,

viendo soberbio el mar, el cielo airado,

hero estaba esperando a la fenestra;

cuando fortuna, que hacer siniestra

quiso la fin de un bien tan deseado,

al pie de la alta torre, y ahogado,

del mísero leandro el cuerpo adiestra.

Ciega, pues, del dolor extraño, esquivo,

de la fenestra con furor se lanza

sobre leandro, en el caer diciendo:

«pues a mis brazos que llegase vivo

no quiso el hado, ¡oh sola mi esperanza!,

espera, que a do vas te voy siguiendo».

 

A doña Cecilia Millás

El amoroso piélago corría

la nave del curioso entendimiento,

y no sin ocasión miraba atento

las islas más hermosas que en él vía.

Al fin de navegar arribé un día,

cansado ya de ver islas sin cuento,

en la bella sicilia, do contento

quedé de aquel deseo que tenía.

Y visto todo el bien que puede verse,

exclamaba diciendo: «¡oh soberano

aquél que habrá de ti la alta corona!

»si por milagro, amor, puede hacerse,

haz que sea una hora siciliano,

ya que no puede ser de barcelona».

 

Pues dio fin de Fetonte su osadía

Siendo vana gloria el interese,

y no dejó soberbia que emprendiese

a júpiter echar de do vivía,

no os debe de espantar mi fantasía,

señora, pues amor quiso que fuese

el más subido ejemplo que se oyese

que un corazón humano emprendería.

Y así se va ordenando nueva pena

que a todas las pasadas dará olvido

que bien sé yo que no me iré alabando.

Consuélame ser vos la que lo ordena;

licencia de quejarme no la pido,

y arríscaseme el alma suspirando.

 

Por el airado mar a la ventura

Va el marinero con tormenta fiera,

y viéndose perder, salvarse espera

en el batel do su morir procura;

porque lo ordena así su desventura

por allí donde pensó salvarse muera,

volviendo al puerto, al fin, salva y entera

la nave que juzgó menos segura.

Así, señora, yo buscando un medio

que me pueda escapar de un mal tan fuerte,

do me pensé ganar vine a perderme.

Mas ¿qué puedo hacer quien su remedio

vio puesto en el arbitrio de la suerte?

¿de quién sino de vos puedo valerme?

 

Huyendo va la trabajosa vida

Del cansado vivir, que no lo quiere,

y el alma, de contenta en ver que muere,

en sus males no acierta a dar salida.

La esperanza cansada, embobecida,

tras un bien que será más mal si fuere,

viendo que falta ya fuerza en que espere,

a los pies del dolor queda rendida.

Poco puede tardar el bien que espero:

si el curso natural se ha detenido,

acabará el dolor tantos enojos.

Ya siento yo la muerte, y si no muero,

es que quiere el dolor que me ha vencido

poco a poco gozar de los despojos.

 

De las doce a las cuatro había pasado

Por la quinta carrera el sol corría,

sin que del resplandor que dar solía

muestra de su beldad, luz haya dado.

O escondido o traspuesto o de un nublado

negro, lleno de horror, se le cubría

al mísero vandalio, el cual no vía

sin él por dó seguir con su ganado.

Llenos de un triste humor tenía los ojos

el cuitado pastor mirando al cielo,

mostrando sin hablar su desventura.

Cuando, por renovar viejos enojos,

quitándose y poniendo el sol un velo,

mostró y tornó a esconder su hermosura.

 

Al emperador

No fuera alcides, no, famoso tanto,

ni durara en el mundo hoy su memoria,

si menos cara hubiera la victoria

de los monstruos que aún hoy causan espanto.

La fuerte emulación con todo cuanto

contrasta casi al par con vuestra gloria,

harán al fin, señor, que vuestra historia

nos ture con eterno e inmortal canto.

El vencer tan soberbios enemigos,

sujetar tantos monstruos, tanta gente,

con el valor que el cielo en vos derrama,

al siglo por venir serán testigos

del honor que dará perpetuamente

a Carlo Quinto Máximo la fama.

 

Al marqués del Vasto

Aquella luz que de la gloria vuestra,

invicto alfonso, tanto resplandece,

mientra de otros errores escurece

la fama, más que el sol clara se muestra.

Animoso valor la mano diestra

os rige (antes a ella se engrandece),

y aquello que entre nos valor parece,

es hechura de vos, no cosa nuestra.

Si así, como es razón, escrita en suma

vuestra tanta virtud ver os agrada,

y que escritor no usurpe vuestra gloria,

a imitación de cesar, con la pluma,

mientras que reposar dejáis la espada,

haced eterna vos vuestra memoria.

 

Sigue a la obscura noche el claro día

Y aquella obscuridad que el aire hace,

el sol la aclara toda y la deshace,

y la sombra y temor de sí desvía.

Así de mi verdad, señora mía,

el sol que alguna vez mirar os place,

aclara, justifica y satisface

la obscuridad que mala lengua envía.

Desterrad, pues, por Dios, aquella sombra

que el aire os ocupó claro y sereno,

para que el sol de la verdad se vea.

Y entonces, si de mí cosa os asombra,

veréis de un tal amor mi pecho lleno,

tan claro que no hay sol que más lo sea.

 

Siendo de vuestro bien, ojos ausentes

¿qué veréis donde vais que no os ofenda?»

«oscuro sol, monstruosa luna horrenda,

tigres, osos, leones y serpientes».

«Oídos, ¿qué oiréis entre las gentes?»

«llanto, suspiros, lágrimas, contienda».

«Por el cuál camino iréis o por cuál senda

que espinas no piséis, pies diligentes?»

«boca, ¿qué gustarás?» «mortal veneno».

«Manos, ¿qué haréis» «cruel oficio».

«¿Y tú, mi corazón?» «dolor sin alma».

«Alma, ¿qué haréis vos?» «penar cual peno».

«Pues, ¡sus!, aparejaos al sacrificio,

oídos, ojos, pies, manos, boca, alma».

 

Con aquel poco espíritu cansado

Que queda al que el vivir le va dejando,

en brazos de amarílida llorando

vandalio, de salud desconfiado:

«no me duele el morir desesperado

dijo, pues con mi mal se va acabando,

mas duéleme que parto y no sé cuándo.

Señora, ¿habrás dolor de mi cuidado?»

la ninfa que con lágrimas el pecho

del mísero pastor todo bañaba:

«sin premio no será tu amor», decía.

Mas él, puesto en el paso más estrecho,

mucho más que el morir, pena le daba

no poder ya gozar del bien que oía.

 

Hora podrás vencer, fiero recelo

Hora te hartarás, furia rabiosa;

hora quedas fortuna victoriosa

que estoy puesto a tus pies ya por el suelo.

Ya no hay de qué temer, pues quiere el cielo

que, ausente de mi bien, tan trabajosa

vida viva, muriendo en sospechosa

congoja y en llorar mi desconsuelo.

Mas no harás, en ser movible y fiera,

con no estar en vencer un hora estable,

que no sea mi pasión lo que antes era.

Tan honroso es mi mal y tan loable,

que si puedes hacer que del yo muera,

yo sé que no harás que sea mudable.

 

Como enfermo a quien ya médico cierto

Dice que ha de morir si no se bebe

un vaso de ponzoña y no se atreve,

siéndole el daño de ello descubierto;

teme si dura el mal, que ha de ser muerto

antes que el medio peligroso pruebe,

y si para probarlo al fin se mueve,

está de su salud también incierto;

a tal término, amor, soy allegado,

que me mata el temor, y el desengaño

me tiene de la muerte temeroso.

Pensar venir en duda es excusado,

y habiendo de pasar por el un daño,

de entrambos igualmente estoy dudoso.

 

Como está el alma a nuestra carne unida

En los miembros las partes igualmente,

y como cada miembro el alma siente

entera en sí y en todos repartida,

y como si una parte es dividida

del cuerpo por algún inconveniente,

el alma queda entera y tan potente

cual siempre, sin que pueda ser partida,

así el amor en mí no se acrecienta

por más favor, ni cuanto más padece

el triste corazón muda el estado.

Muéstrase amor en mí como tormenta

de mar, que cuando más con furia crece,

su término, no pasa limitado.

 

Con ansia que del alma le salía

La mente del morir hecha adivina,

contemplando vandalio la marina

de la ribera bética, decía:

«pues vano desear, loca porfía,

a la rabiosa muerte me destina,

mientras la triste hora se avecina,

oye mi llanto tú, dórida mía.

»Y si tu crüeldad contenta fuese,

por premio de esta fe firme y constante,

que sobre mi sepulcro se leyese,

»no en letras de metal, mas de diamante,

dórida ha sido causa que muriese

el más leal y el más sufrido amante».

 

Como al pastor que en la ardiente hora estiva

La verde sombra, el fresco aire agrada,

y como a la sedienta su manada

alegra alguna fuente de agua viva,

»así a mi árbol do se note o escriba

mi nombre en la corteza delicada

alegra, y ruego a amor que sea guardada

la planta porque el nombre eterno viva.

»Ni menos se deshace el hielo mío,

vandalio, ante tu ardor, cual suele nieve

a la esfera del sol ser derretida».

Así decía dórida en el río

mirando su beldad, y el viento leve

llevó la voz que apenas fue entendida.

 

A don Pedro De Sosa

Señor, si vuestro andar continuo errando

por provincias remotas muy extrañas,

si atravesar la mar, bosques, montañas,

nuevas costumbres y hábitos mirando,

pudiesen el ardor ir mitigando

que os convierte en ceniza las entrañas,

si los males de amor, iras y sañas,

pudiesen aliviarse caminando,

no sólo sería poco un tal camino,

mas cuando alcide anduvo en su conquista

debéis andar para hallar un medio.

Pero, pues tanto bien niega el destino,

tornad, señor, a ver la amada vista,

que donde nace el mal nace el remedio.

 

Debajo de un pie blanco y pequeñuelo

Tenía el corazón enamorado

vandalio, tan ufano en tal cuidado,

que tiene en poco el mayor bien del suelo.

Cuando movido amor de un nuevo celo,

enviDioso de ver tan dulce estado,

mirando el pie hermoso y delicado,

el fuego del pastor muestra de hielo.

En tanto, el corazón que contemplaba

el pie debajo el cual ledo se vía,

con lágrimas de gozo lo bañaba.

Y el alma, que mirando se sentía,

con fogosos suspiros enjugaba

las mancillas que el llanto en el ponía.

 

Amor me tira y casi a vuelo lleva

Por do mi presunción hizo la vía;

tan alta va mi loca fantasía

que las nubes pasar volando prueba.

No espero ya que el fin de ícaro mueva

la dura obstinación de mi porfía,

pues veo que el ardor que la desvía

el mismo la rehace y la renueva.

Está el alma una nueva fénix hecha

y en fuego de dolor que ha fabricado

se consume y renace cada hora.

Quiérelo así el amor, y es ley derecha

que siendo fénix vos, fuese forzado

fénix la mísera alma que os adora.

 

No me engañaréis más, vana esperanza

Mi desengaño ya cerró la puerta,

y esa falsa salud que os trae cubierta,

con el sueño se ira, como es su usanza.

Solía desear una mudanza,

hacer muy gran caudal de cosa incierta,

y agora el desear no se concierta

con mudar, que consiste en confianza.

Ya sé, falsa, quién sois; quitaos el velo;

no me engañarán más vuestras blanduras;

vivir podéis de hoy más con otro dueño.

¡Ay dura ley de amor! permite el cielo

que el cabo de tan grandes desventuras

sea mostrarme el bien durmiendo, en sueño.

 

Luz que a mis ojos das luz más serena

Vida que da la vida al alma mía,

beldad por quien se aparta y se desvía

de sentir el sentido y enajena;

gloria de mi dolor, bien de mi pena,

de todo mi pesar sola alegría,

fuego que hace arder mi fantasía

del más sabroso ardor que amor ordena;

¡pudiese yo, como querría, mostraros

el pecho abierto, do el amor ha escrito

cuanto quiero y no acierto a descubriros!

mas si no puede ser para moveros

que llegue ya mi mal a lo infinito,

¿qué más cierta señal que mis suspiros?

 

Un año hizo ayer, ya es hoy pasado

¡ay, Dios!, ¿por qué lo traigo a la memoria?

que pudiera acabar la triste historia

que hora de nuevo amor ha comenzado.

Tal día como ayer pudo un cuidado

los despojos gozar de su victoria;

pude y no quise asegurar mi gloria

porque pensaba ser asegurado.

Pensé, digo, y fue justo que pensase

quien tales muestras vio, que eran, señora,

afectos, no ficción disimulada.

Tal fue un dar lugar que descansase

esta alma a quien llevar hacéis agora

menos honrosa carga y más pesada.

 

Ni la alta piedra que de César cierra

Las reliquias soberbias en el suelo,

ni aquel famoso templo por quien delo

vivirá siempre en cuanto el mar encierra,

ni todos los honores que en la tierra

pueden de gloria alzarse en alto vuelo,

os dieran tanto honor, héroes del cielo,

cuanto os dan estas piedras y esta tierra.

De huesos de enemigos mayor pira,

do los vuestros a guisa de trofeo

se muestran fabricando, fabricaste.

El templo que a los otros más admira,

y el honor muy más grande que el deseo,

Cristo os lo dio y vosotros lo ganaste.

 

Por nuestro polo el sol no parescía

Al venturoso antártico alumbraba,

cuando un pastor que, sin él, ciego estaba,

con lágrimas llorando, así decía:

«¡oh luz sola que luz da al alma mía!

mas, ¡ay!, ¿qué digo luz?: que la daba

cuando dejaros ver ya os agradaba.

¿Quién de veros me aparta y me desvía?

»si no meresce ver beldad del cielo

un mísero pastor desventurado,

si no os queréis mostrar porque no os vea,

»considerad, por Dios, gloria del suelo,

que el alma, que ya en vos se ha transformado,

no os dejará de ver doquier que sea».

 

Está en mi alma mi opinión escrita

Con tal fuerza de amor, tan bien guardada,

que si de vuestra saña no es borrada,

a la par con la vida en ella habita.

Bien me podéis vos dar pena infinita,

amor os da el poder como le agrada,

mas excusar que no seáis amada

de mí, con tal beldad, ¿quién me lo quita?

aborrecerme vos podéis, señora,

afecto tan contrario al ardor mío,

y aun desearme, si queréis la muerte;

mas que no os ame esta alma que os adora…

Ni vos ni vuestra saña, yo lo fío,

podéis mudar lo que me cupo en suerte.

 

Traducción de un soneto toscano

Querría saber, amantes, cómo es hecha

esta amorosa red que a tantos prende,

cómo su fuerza en todo el mundo extiende

o cómo el tiempo ya no la desecha.

Si amor es ciego, ¿cómo se aprovecha

a hacer las saetas con que ofende?

si no las hace amor, ¿qué se las vende?

¿con cuál tesoro compra tanta flecha?

si tiene, como escriben los poetas,

en una mano el arco, en otra el fuego,

¿las saetas, la red, con qué las tira?

las armas del amor, tirano ciego,

un volver de ojos es que alegre os mira,

no el arco ni la red, fuego y saetas.

 

Al tiempo que leandro vio la estrella

Dulce farol del alma suya y muerte,

que hero puesto había por la suerte

para él tan desdichada y para ella,

el pecho puso al agua, que era vella

espanto, en su tormenta tanto fuerte.

«No quieras dice, ¡oh mar!, embravecerte.

Aplaca, ¡oh Dios neptuno!, el furor de ella».

Mas poco rato va su luz siguiendo,

y siempre con las olas peleando,

alzó su flaca voz, triste, muriendo.

«¡Oh hero y alma mía! iba diciendo,

no canses tu deseo, y desperando,

despídome de ti, para ti yendo».

 

Mientras que de sus canes rodeado

El mísero acteón seguro andaba,

mientras con más amor los regalaba

por habérselos él mismo criado,

habiendo, por su mal, un día mirado

la beldad que a una fuente se bañaba,

de aquellos de quien él más se fiaba

se vio el triste, a la fin, despedazado.

Tal obra hace en mí mi pensamiento,

tan regalado mío y tan querido,

tan confiado yo de sus hazañas,

que en viendo la ocasión de mi tormento,

airado luego me ha desconocido

y así me despedaza las entrañas.

 

Si no fuese juzgado atrevimiento

Si vuestra crueldad lo comportase,

que vuestro servidor llamar osase,

de solo el nombre viviría contento.

Tal os pinta en mi alma el pensamiento

que no os miré jamás que no juzgase

temeridad el bien que desease,

y de tal desvarío me arrepiento.

Enójome de haber más deseado,

y acusando a mí mismo mi locura,

de cuanto deseé no quiero nada.

Sólo en veros consiste mi ventura;

todo lo por venir me desagrada;

el bien presente es más que el mal pasado.

 

Señora, pues mis ojos merecieron

No por su merecer, mas por ventura,

ver el hermoso sol de tu figura,

no padezca yo el mal del bien que vieron.

Que da la presunción que en sí tuvieron,

de osar mirar tan alta hermosura,

se le ofrece a mi alma una tristura,

no sé por qué, mas sé que ellos lo hicieron.

Y sé también que si el remedio viene,

ha de venir, señora, de tu mano,

porque es el solo que a mi mal conviene.

Y sé que no será poder humano

para apartar la fuerza que en mí tiene:

antes todo será dañoso y vano.

 

En medio de mi mal vino cubierto

Un tan hermoso bien, tan dulce engaño,

que el alma enamorada de su daño

fue luego con el seso de concierto.

A tiempo vi el peligro descubierto,

que pudiera valerme del engaño

si consintiera amor que en bien tamaño

tuviera la razón discurso cierto.

Si pudiera apartar del pensamiento

un temor peligroso, obscuro y triste,

¿con quién trocara yo mi buena suerte?

mas no quiere el vencido sentimiento,

porque el alma que tal hábito viste,

no lo puede dejar salvo por muerte.

 

Si el justo desear, Padre Silvano

Jamás pudo moverte entre pastores,

si del rabioso mal de los amores

el corazón salvaje has hecho humano,

ruega al numen celeste que la mano

de su piedad extienda a los clamores

que dórida le hace, en los ardores

de una fiebre crüel, llorando en vano.

Si alcanzo de los dos tanta ventura,

vuestra gloria será más verdadera,

y más para sufrir mi desventura.

Y cuando lo contrario el hado quiera,

no perezca, señor, tal hermosura:

menor mal es que yo en su lugar muera.

 

Al príncipe de Ascoli IX

Lavinio, si el hallarme el alma ajena

del ardor en que había hábito hecho,

te hace de mi fe mal satisfecho,

sin saber la ocasión que el hado ordena,

la historia de disculpa y razón llena,

que me tiene ya en lágrimas deshecho,

podrás leer, do hallarás que el pecho

el objeto mudó, mas no la pena.

Baste, pues, un recaudo, el más honrado:

la más justa ocasión para mudarme

que pudo un corazón mudar cuidado.

Sola una razón hay para culparme:

que las alas de bajo vuelo usado

no debieran tan alto levantarme.

 

Aquel rumor que de improviso suena

Como de la experiencia está entendido,

robando la color, turba el sentido,

al alma de recelo o gozo llena.

Pero nace tal bien de aquella pena

que queda el tal rumor más conocido,

siendo el entendimiento socorrido

de las potencias que de sí enajena.

Así la vez que os veo, el sentimiento

se turba, y los espíritus penados

así correr, así alterarse siento.

Mas siendo al alma a dar favor llegados,

cuanto son de más claro entendimiento

quedan vencidos más y enamorados.

 

Al pie de un monte que divide a España

De Francia, do más alto el cuello asoma,

en las faldas de aquél que el nombre toma

del ladrón más subtil, de mayor maña,

en un valle hermoso a do la extraña

alteza el blanco monte abaja y doma,

no lejos de la fuente por quien roma

dio nombre a la región que en torno baña,

cerca de do perdió el francés famoso

la gloria de que aún hoy soberbio viene,

allí nació la causa del mal mío;

después la crió el tajo, y de inviDioso

pisuerga la robó, betis la tiene:

intendami chi può, ch’i’ m’intend’io.

 

Tan alta al desear hallo la vía

Tanto peligro en ella yo comprendo,

que ni contrasto ya, ni me defiendo,

rendido a la cruel señora mía.

Mas, si bien siento, el fin de mi porfía

es irme poco a poco deshaciendo,

y que lo que me está mejor, entiendo.

No se verá mudar mi fantasía;

no se dirá jamás que de inconstante

no osé seguir tan gloriosa empresa,

ni que me puso algún temor la pena.

Tan ufana está el alma en verse presa,

que si a limar probase la cadena,

hallará que es del más duro diamante.

 

Ya me vi de pavor puesto tan alto

De los bienes de amor tan regalado,

tan cerca de gozar, tan bien tratado,

que no temiera de fortuna el salto.

Mas, ¡ay, mísero yo!, ¿de qué me exalto,

si ahora de mi bien tan desdeñado,

tan fuera de pavor, tan agraviado

me veo, sin porqué tan pobre y falto?

ventura, ¿para qué, para qué han sido

juntos tantos regalos y favores?

¿para qué tanto bien? ¿para perdello?

mis altas esperanzas, ¿dó se han ido?

mas, ¡ay! que es ley de amor en los amores

que quien muda de fe, muera por ello.

 

El tiempo es tal que cualquier fiera agora

Ama su igual y por él llora o canta;

muestra el ciervo en bramar fiereza tanta,

mas a la cierva es dulce y la enamora;

la ronca voz del cuervo de hora en hora

cualquier dureza de su par quebranta;

y el triste ruiseñor su amiga espanta,

por lo cual se lamenta, aflige y llora.

Si yo me quejo, la razón me sobra,

pues ni tener respeto al ser constante

vale, ni tanto amar a ser amado.

Amor lo hace, y muestra bien ser obra

suya hacer que valga un ignorante

dichoso más que un cuerdo desdichado.

 

En el paso más duro y más estrecho

En el más peligroso, en el más fuerte,

en el que temo más que no la muerte,

y en el que más deseé por mi provecho,

me tiene puesto amor, que amor lo ha hecho,

en el dudoso arbitrio de la suerte,

a que viva contento en que se acierte,

o que no, y muera en lágrimas deshecho.

Solía el alma ya vivir segura,

confiada del bien sin merescello,

esperando ese trance en que ha de verse.

Mas quien tiene su vida en aventura,

colgada, como dicen, de un cabello,

ved si tiene razón para temerse.

 

Al príncipe de Ascoli X

Si está en opinión, lavinio caro,

del más dulce pastor, del más sabroso,

si por mil buenas partes glorioso

te ha hecho el cielo señalado y claro,

¿por qué de tu cantar único y raro,

del estilo tan alto y tan famoso,

de las pinturas de tu mal rabioso,

pues tan honrosas son, eres avaro?

ya que el mundo escuchar no te meresce,

¿no miras que no es bien entre los bienes

si no se comunica y se reparte?

ni en leyes de amistad se compadesce,

pues das a todo el mundo lo que tienes,

que de tanta virtud no nos des parte.

 

Tanto espacio de tierra y tan gran seno

De mar, tantas naciones tan extrañas,

tantos tormentos y ásperas montañas,

ni el alpe de terror y fieras lleno;

ni tanta soledad, ni el verme ajeno

de aquel bien que me rasga las entrañas,

ni los males, las iras, ni las sañas

de amor, ni el no tener un rato bueno;

ni el temor de la muerte que presente

traigo de cada hora, diferencia

harán en mí de aquél que ser solía.

Era mi fe, señora, indiferente,

¿pero quién me asegura en tanta ausencia

que la vuestra será cual es la mía?

 

Luz de estos ojos tristes que solía

Alegrarlos mirando alegremente,

vida por quien la mía ahora siente

harto más que el morir vuestra porfía,

¿por cual razón, ¡ay, bien del alma mía!

turbado por un súbito accidente

luego a mi verdad no se consiente?

¿cual injusta ocasión de mí os desvía?

si mi vivir, señora, os desagrada,

si dura mucho ya una buena suerte,

si privarme queréis del bien pasado,

no os me enojéis, no os me mostréis airada:

que como me quitasteis de la muerte,

me la podéis volver de vuestro grado.

 

De sola la ocasión ledo y gozoso

Dijo Vandalio a amor: «por un halago

corre en cama dorada el rico tago,

pactolo sea de perlas abundoso;

»desee con su virtud quedar famoso

el que el sacro laurel quiere por pago,

vaya arando la mar, cual hizo lago,

aquél que de riquezas es cuidoso;

»gobierne el reino aquel que lo procura,

sea el mundo de aquél que lo conquista,

y cada cual se goce con su estado.

»Yo no pido ni quiero más ventura

salvo que pueda de una dulce vista

solamente mirar y ser mirado».

 

Si no socorre amor la frágil nave

Combatida de vientos orgullosos,

que entre bravos peñascos peligrosos

la hizo entrar un fresco aire suave,

tal carga de dolor lleva y tan grave

de pensamientos tristes, congojosos,

que no pueden durar tan enojosos

días sin que el morir me desagrave.

Desdén rige el timón, furor la vela,

trabajo el mástil y la escota el celo;

lágrimas hacen mar, suspiros viento.

Nublado escuro de soberbia cela

el norte mío, y sólo veo en el cielo

pena, dolor, afán, rabia y tormento.

 

Si tras de tanto mal me está guardado

Algún bien, de que estoy tan fuera agora,

aún espero por vos cantar, señora,

con estilo más alto que he llorado.

Entonces será el bien más estimado

por no haber del jamás sabido un hora,

cual madre que por muerto el hijo llora

se alegra en verlo vivo así tornado.

Entonces contaré de la tormenta,

seguro de zozobras en el puerto,

y placeráme la pasada afrenta.

Desterraré el dolor que sin concierto

me suele fatigar, do nunca sienta

nueva, ni sepa del si es vivo o muerto.

 

Si vos pensáis que por un ceño airado

Por abajar los ojos y enojaros,

o por huir de mí, por alejaros,

torcer el rostro con mirar turbado,

saldréis del alma mía, o que el cuidado

pueda en otro ocupar que en adoraros,

justa causa será para apartaros

estar en ella vos sin vuestro grado.

Tal gracia, tal beldad, cierto, se ofende

pues, en un alma rústica, grosera,

tan pobre de valor, tan defectuosa.

Pero si el hado vuestro a vos defiende,

mejor morada proveed, siquiera:

que ésta os pueda agradar, pues forzosa.

 

Al príncipe de Ascoli VI

Quien tiene tan honrado pensamiento,

lavinio, como yo, no es tan ligero

mudar de voluntad sin que primero

pierda con el vivir todo el contento.

No fue el primero ardor el que ahora siento,

mas sé yo bien al fin será el postrero;

éste fue el muy sabroso, éste más fiero,

de este fue el bien igual con el tormento.

Si me quejo, pastor, de mi pastora,

si digo que es cruel, que es una ingrata,

a ti, que de mi ardor sabes la historia,

es la contemplación que me maltrata,

que ora el bien, ora el mal pasado llora,

según amor lo trae a la memoria.

 

Soneto de Gutierre de Cetina, siendo enamorado en la corte, para donde Montemayor se partía

Si como vas, lusitano, yo fuese

do el alma dejé, que no debiera;

si como verás presto la ribera

del hermoso pisuerga, así la viese;

si como partirás do yo partiese,

y llegarás do yo llegar quisiera;

si el bien que verás tú, yo ver pudiera,

y el poder ir como tú vas , tuviese,

estos húmidos ojos que llorando

te mueven a piedad, vieras gozosos

andar, su mayor bien manifestando.

Mas ordenan los hados enojosos,

porque lo sienta más, irme alargando

los días del destierro trabajoso.

 

No hallo ya en el mal inconveniente

Ni en el bien, si lo alcanzo, me detengo;

el tiempo en que no os veo, aunque es muy luengo,

con el alma os estoy siempre presente.

Con tal orden templáis un accidente,

que en el mayor favor, si alguno tengo,

cuando en el disfavor a pensar vengo,

paso por él así livianamente.

Y el placer, el pesar, el riso, el llanto,

gozar y padecer, daño y provecho

igualmente por vos me satisface.

Sola una novedad me causa espanto:

teniendo de contrarios lleno el pecho,

¿cómo la división no lo deshace?

 

A doña Magina Siguriosa

Vuestro nombre, señora, que asigura

cuanto vuestra beldad hace dudoso,

demás de aquel mirar dulce y piadoso

han sido la ocasión de mi tristura.

Temía, y con razón, esta aventura,

puesto que fue el principio venturoso;

no era por mi parte temeroso,

mas de parte de vuestra hermosura.

El alma, en el tormento ejercitada,

de nueva sujeción quería librarse,

del antiguo error escarmentada.

Pero ¿cómo podía decir salvarse

quien tanto del primero mal se agrada

y no quiere de vos saber guardarse?

 

Respuesta de Vandalio [a Cariteo]

Ni la fuerza del mal, ¡oh cariteo!,

ni estar lejos del bien desposeído,

ni la mente, verdugo del sentido

cuando más apretada es del deseo,

atormenta tu alma, a lo que creo,

tanto, aunque tanto lo has encarecido,

que si te acuerdas quién la causa ha sido

no juzgues tu llorar por caso feo.

Consuélate, ¡oh pastor tan venturoso!,

pues que éstas del amor solas las flores

y sólo el ser ausente te atormenta.

Déjame a mí llorar, que en los amores

un solo recelar fiero, rabioso,

hace que los demás apenas sienta.

 

Al mismo príncipe [de Ascoli]

A restaurar tornaba el nuevo día

la aurora, cuando el sueño le mostraba

al pastor principal que nos guardaba,

la imagen que, ya muerta, en él vivía,

diciendo: «¡oh parte que del alma mía

fuiste la que viviendo más amaba!,

del reino que en el trino acá esperaba,

por consolarte, el señor de él acá me envía.

»Cesen, pues, ya las lágrimas y el luto;

¿a qué sirve llorarme, si mi suerte

pasó de grande a muy mayor estado?

»alégrate, pastor, y con el fruto

del árbol mío que cortó la muerte,

consuela a ti y al español ganado».

 

Tanto tiempo he en amar perseverado

Que el flaco ingenio, rústico y grosero,

un pensamiento blando, a veces fiero,

poco a poco lo ha hecho delicado

y aquel sujeto vil atrás dejado

que suele a un amador no verdadero

desvïar de aquel bien puro y sincero

en los amantes de hoy tan poco usado.

Ya sé hacer de sabio diferencia

entre amor y un deseo que es lascivo:

sé cuánto el uno más que el otro vale.

Mostrádome ha mi mal por experiencia

que un triste desear, fogoso, esquivo,

no es amor, ni de amor nace ni sale.

 

Ni por mostrarse blanda ni piadosa

La imagen que en el alma amor me sella,

ni porque ceda a su color más bella

el blanco lirio y la bermeja rosa,

ni por mostrarse fiera y desdeñosa,

ni por fingir de mi falsa querella,

ni por estar presente o nunca vella,

ni por estar contenta ni quejosa,

mi alma se verá que de otro fuego

arda jamás, ni que se borre un punto

la imagen que ya en ella está esculpida.

Tan dulce hizo amor el nudo ciego

que no puede amargar, si todo junto

fuese de ajenjo el resto de mi vida.

 

Temor desventurado y trabajoso

Trabajoso temor desventurado!

quien supiese mostrar de ti un traslado

bien se podría llamar pintor famoso;

quien tu desasosiego sospechoso,

tu recelar, tus bascas, tu cuidado,

con palabras pintase, habría pintado

lo que es, aunque a pensar, dificultoso.

Eres sin proporción incomparable,

eres mal que se siente y no se entiende,

sueño que el alma aduerme y la desvela;

eres fuego infernal, intolerable,

hielo que de un rabioso ardor enciende,

ardor que de un mortal hielo nos hiela.

 

Como al que grave mal tiene doliente

Después de haber con la paciencia larga

faltado la virtud, que el mal se alarga,

la rabia y el dolor hace impaciente;

y como cuando afloja el accidente,

la lengua el pesar la culpa carga,

la conciencia se duele, el alma amarga,

y de cuanto ha hablado se arrepiente.

Así en la furia yo de aquel tormento

que me causáis, me quejo y me maldigo,

y ruego a Dios que cual me veis os vea.

Después me reconozco y arrepiento,

mas no puedo hacer, por más que digo,

que lo que dije ya, dicho no sea.

 

No tenga yo jamás contentamiento

Ni pare hasta el alma el dolor mío,

ira, saña y desdén, pena y desvío

sean la paga al fin de mi tormento;

fálteme al mejor tiempo el sufrimiento,

nunca suspiro oigáis de los que envío,

el corazón tengáis de nieve frío

ante el ardor que a vuestra causa siento;

de otro os pueda ver enamorada,

reíros de mi mal, menospreciarme,

ni de cuanto dijere creáis nada,

si basta otra beldad a enamorarme;

ni la busco, ni quiero, ni me agrada,

ni puede, sino vos, cosa agradarme.

 

Cuál hombre fue jamás tan sin sentido

Que si entiende de amor el duro estado,

viendo en claros ejemplos lo pasado,

quiera seguir su bando o su partido?

yo solo soy a quien el hado ha sido

tan contrario, que siendo destinado

a amar sabiendo el daño, soy forzado

quedar, si me defiendo, al fin vencido.

Si trabajo, tal vez por alegrarme,

como cosa contraria al mal que siento,

luego se ve lo falso descubierto.

Si en otro que en amor quiero ocuparme,

el hábito que ha hecho el pensamiento

hace lo más dudoso en mí más cierto.

 

En esto podéis ver, señora mía

La razón que tenéis de maltratarme,

que si vengo ante vos para quejarme

el temor me acobarda y me desvía.

Anda tan ciega ya mi fantasía

que llego alguna vez a aventurarme,

mas un no sé qué se viene a estorbarme,

y no es, aunque parece, cobardía.

Ved cuál debe de estar quien no se entiende:

que siendo causa vos del mal que siento,

de vos, que lo causáis, me cubro y celo.

Pues si mata el callar, decillo ofende,

¿qué remedio tendrá quien su tormento

le tiene a vuestros pies ya por el suelo?

 

Cuando del grave golpe es ofendido

El cuerpo, de improviso es lastimado,

o por nuevo accidente es alterado

por caso de que no fue prevenido,

la sangre corre luego al desvalido

corazón como a miembro señalado,

y de allí va a parar do el golpe ha dado,

de do nace el quedar descolorido.

Hizo en mi pecho amor mortal herida;

corrió luego la sangre allí alterada

y reparóse donde estaba el daño.

De allí quedé con la color perdida:

al rostro el corazón se la ha usurpado

para favorescer su mal extraño.

 

Como se turba el sol y se escuresce

Si nube se interpone o turbio el cielo,

dejando oscuro y triste acá en el suelo

todo cuanto con él claro paresce;

y como estando así nos aparesce

fuera de aquella nube y de aquel velo,

y llevando lo obscuro el aire a vuelo,

la claridad del sol más resplandece;

tales me son a mí vuestros enojos,

que mirándoos airada o descontenta

se torna obscura noche el claro día;

mas, en viendo la luz de vuestros ojos,

alegre luego el alma os me presenta,

mil veces más hermosa que solía.

 

Si el mudarme el color, si el alterarme

Si el súbito alegrar y entristecerme,

si el irme de do estáis y detenerme,

si el partirme de vos y no apartarme,

si aquel viéndoos airada, ardiendo helarme,

y en el hielo de olvido el encenderme,

si el huir de mi bien para perderme,

y el procurar mi mal para ganarme.

Indicios pueden dar si son, señora,

prueba del gran dolor que me atormenta,

¿para qué me tratáis de esta manera?

si el alma de esta vida que os adora

de vuestra vida vive y se alimenta,

¿por qué os mostráis cuando me veis tan fiera?

 

Venturoso ventalle a quien ha dado

Fortuna todo el bien que pudo darte,

tus obras y color han sido en parte

pronóstico a mi mal desventurado.

Yo en los efectos soy enamorado,

tú lo muestras estar con algún arte;

viento sacas al fin de trabajarte,

yo de mi trabajar viento he sacado.

Si el favor de que gozas conocieses,

¿quién podría contigo de contento,

ya que de ufano no ensoberbecieses?

envidia habría de ti si el mal que siento

sintieras; pero ya que lo sintieses,

tú la deberías haber de mi tormento.

 

De sola religión vana movido

Bárbaro, que en su fe piensa salvarse,

de la patria, tal vez, suele alejarse

y en la extraña pasar desconocido.

Pobre, cansado, solo y afligido,

adorado el lugar do fue a votarse,

por más no ver, quiere del ver privarse,

no creyendo ya ver más bien que vido.

Si el ver otra beldad no he procurado,

de aquí viene, señora, y de aquel fuego

que en mi alma se enciende de miraros.

De ver otras yo mismo me he privado;

y en medio de mi mal quedé, aunque ciego,

contento con el bien de contemplaros.

 

Oh pasos, tan sin fruto derramados

Oh alto y peligroso pensamiento,

oh memoria, ocasión de mi tormento,

oh ardor, no mortal, mas de dañados!

¡oh flaco corazón, graves cuidados,

oh vano desear, fundado en viento,

oh grande y obstinado sufrimiento,

oh ojos, de llorar fuentes tornados!

¡oh vida triste, de trabajos llena,

oh dulce error, que andar me hace errando,

oh esperanza incierta, oh cierto engaño!

¡oh vos, que estáis en la amorosa pena,

almas que en este infierno ardéis amando,

ved cual debe de ser mi mal extraño!

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