Poemas de Juan Bautista Diamante

Poemas de Juan Bautista Diamante

Poemas de Juan Bautista Diamante (1625–1687), dramaturgo del Siglo de Oro, perteneciente a la escuela de Calderón de la Barca. Madrileño de ascendencia portuguesa, destacó por un estilo solemne, musical y de gran fuerza heroica. Su producción oscila entre lo religioso y lo histórico.

Diamante se especializó en ensalzar la hidalguía y la fe. Sus textos se caracterizan por una estructura pulcra y el uso de tipos humanos arquetípicos que encarnan el honor español.

Fue un autor prolífico y respetado en la corte, logrando equilibrar la densidad lírica calderoniana con una agilidad escénica que cautivó a los corrales de comedias.

Table of Contents

EL NEGRO MÁS PRODIGIOSO

De Don Juan Bautista Diamante

PERSONAS QUE HABLAN EN ELLA:

  • Filipo
  • Alexandre
  • San Isidoro
  • Leopoldo
  • Lidoro
  • El Demonio
  • Teodora
  • Marcela
  • Rufina
  • Un Niño
  • Un Ángel
  • Bandoleros
  • Soldados
  • Músicos

JORNADA PRIMERA

(Dice dentro Filipo)

FILIPO:

…y contigo la voz,

que ser pudo impedimento

de mis designios.

(Dentro)

VOZ: ¡Ay triste!

FILIPO:

Muerto soy.

(Sale Filipo con un puñal en la mano)

FILIPO:

¡Qué lisonjero

es a mi sangriento oído

este lastimoso acento!

Así como tú, nadara

todo el egipcio soberbio

campo en el esmalte rojo

de que se muestra sediento.

(Descúbrese una tienda de campaña que encubre a Filipo, y aparécese dentro Alexandre recostado a un bajete, donde están las insignias de General, como bastón y armas, y un retrato pequeño de Teodora, que en alguna forma pueda verse)

FILIPO:

Muere a mi mano; y tu noche,

si aspiras al privilegio

de que se llame hijo tuyo

este atezado portento,

publicaré que debieron

estas tostadas cortezas

al sol sus esmaltes negros.

Eterno sueño sepulte

su vida; pero ¡qué veo!

¡qué miro! ¿el bello retrato

de un soberano portento,

que fue a su descanso norte,

es rémora a mis intentos?

Ángel sí debe de ser,

porque no pudo en el suelo

caber cosa tan divina.

Al pabellón de Alexandre

llegué, y el que está durmiendo

es Alexandre, según

el informe con que vengo.

Uno, y no solo en eso pruebo

su divinidad, sino

en que me causa respeto:

que lo sobrenatural,

aunque se ignore su precio,

tiene un valor que se explica

con quien le conoce menos.

Para matarle, es forzoso

quitarle el retrato bello,

así por lo que le ampara,

como por lo que le temo.

(Quítale el retrato)

FILIPO:

Desde el cielo de tus glorias

vea que te consagra

mi corazón el ruego.

Tu silencio apadrina

mi osadía en el empeño.

Hijo seré si me amparas,

por mi será tu imperio.

Y si no me ayudas,

pintura hermosa, al negro

tosco engarce de mi mano,

te ruego que perdones.

¿Cómo, Alexandre, no gimes?

Mas es letargo, que sueño

el que te sepulta; pues

no se da en ningún afecto,

que nadie despida al alma

sin señas de sentimiento.

Sin mi voy… cuanto

más le miro; di, perfecto

simulacro, ¿qué respeto

por ti me enajena tanto?

¿Qué fuerza tiene tu encanto,

que cuanto de libre arguyo,

tan mal la razón construyo,

confundiendo el albedrío,

que al querer hacerte mío,

me hace tu imperio ser tuyo?

¿Qué haré (¡ay de mí!) que privada

la razón, no encuentro

ni el camino del valor,

ni la senda del consuelo?

Si mato a Alexandre, cumplo

con lo que ofreció mi empeño;

pero ¿cómo, si le mato,

sabré cuyo es este bello

traslado, por quien adoro

la imposibilidad del dueño?

Si no le mato, me expongo

a que los que me eligieron

vuelvan irritados… pero a mí

me para ningún recelo,

cuando todo el mundo es leve

átomo pequeño,

para arder en la más frágil

menor parte de mi fuego.

Viva Alexandre, y con él

viva mi esperanza; pero

porque no culpe de omiso

nadie mi valor, resuelvo

asombrando,

yo solo oponerme a todo

el ejército soberbio

de los egipcios, matando

y destruyendo

cuanto a mi brazo se oponga.

Mueran todos pues, excepto

Alexandre, que no debe

morir por ningún pretexto,

quien queda por mi esperanza

perdonado de mis celos.

(Dentro ruido de batalla)

FILIPO:

Todos, infelices,

tendréis sepulcro en el sueño.

DENTRO: ¡Arma, egipcios!

(Despierta Alexandre)

ALEXANDRE: ¡Válgame el cielo, qué rara

fantasía!

Qué dé al sueño

poder la naturaleza

para fingir devaneos

tan aparentes, que estorben

a la quietud el sosiego.

Soñaba que el corazón me arrancaba

la voracidad de un cuervo,

y que le decía:

«Déjame, mi amoroso sentimiento,

tosco pirata, a Teodora,

porque menos te pese el robo que llevas,

y yo muera más contento».

Sueño en fin…

¿Pero qué es esto?

¿Qué se hizo el día? (¡ay de mí!)

¿Quién entró aquí dentro?

¡Hola!

(Sale Gragea)

GRAGEA: Señor mío,

si no tomamos muy presto

las de Villadiego,

iremos muy brevemente

a ser negro de los negros.

ALEXANDRE: ¿De qué nace este tumulto?

GRAGEA: De que solo en un podenco

se soltó contra nosotros

la patrulla del infierno.

 

(Sale Lidoro)

LIDORO:

Señor, si no le socorres,

todo tu campo deshecho

verás a solo la furia

de una mano y de un acero.

ALEXANDRE:

Cobardes, ¿cómo atreviós?

¿Así perdéis el respeto

a mis oídos? Villanos,

quien os mata es vuestro miedo,

vuestra infamia quien os…

(Tocan cajas)

DENTRO:

¡Pues el sol se ha descubierto,

cerquémosle, y muera!

FILIPO:

Todos

sois pocos para mi aliento.

ALEXANDRE:

¡Qué un solo bárbaro, ¡ay cielos!,

tanta osadía! El desprecio

que ha hecho de mi valor,

castigará mi ardimiento,

de la piedad olvidado.

¡Todos al alojamiento

etiope!

¡Egipcios míos,

mueran todos estos!

(Tocan y sale Filipo, combatiendo contra todos)

DENTRO:

¡Viva Egipto! ¡Amigos!

FILIPO:

¡Viva quien quisiere, mientras

busco por estos cerros

acomodarme!

GRAGEA:

(Aparte)

Temo tanto a los negros,

que aun bebiendo muy bien vino,

tengo al vino tanto miedo.

Desde aquí estoy lindamente;

veamos ahora el suceso.

Acullá, Alexandre hace

tiza en todo negro; pero

acá un negro, en todo blanco,

siega, y allí van huyendo

los negros desbaratados;

y esta es, a lo que entiendo,

la vez primera que huyen

los galgos de los conejos.

¡Mas cuenta con el alano!

¡Bravo es para mondonguero!

¡Lo que emboca de morcillas!

Todos le huyen, y un mancebo…

ALEXANDRE:

(A Filipo)

¡Detén el paso!

FILIPO:

¿Quién eres?

ALEXANDRE:

Quien sabrá castigar presto

tu orgullo.

FILIPO:

Si eres Alexandre,

no quiero matarte.

ALEXANDRE:

¿Luego

me conoces?

FILIPO:

Yo te busco.

ALEXANDRE:

¿Y para qué?

FILIPO:

Darte quiero

la muerte; mas ya no quiero.

ALEXANDRE:

¿Por qué?

FILIPO:

Porque algo que está oculto en ti,

y no solo algo… ¡Cautela!

Astucias contra esta sombra,

cuyo prodigio me asombra,

cuyo estrago me desvela.

 

ALEXANDRE:

Y no solo algo a mi ciencia

tanto se ha facilitado,

que cuanto hayas pronunciado

lo sabe mi inteligencia.

La natural magia sé,

que no hay piedra, planta, ni flor,

que a mi estudioso primor

su secreto no le dé.

De estas altas luces bellas

el idioma sé callado,

como si fuera criado

en el aula de las estrellas.

Dime, ¿quién eres?

FILIPO:

No sé.

Solo sé que mi valor,

siendo a todos superior,

a solo tu sombra fue

rendido; y pues me venciste,

vencido me tienes ya;

que mi orgullo no sabrá

ser menos de lo que viste.

Tuyo soy.

ALEXANDRE:

Si eres mi amigo,

ven conmigo a la ciudad;

que en nuestra corta amistad

el cielo será testigo.

(Vase Alexandre y los suyos. Queda Filipo solo)

FILIPO:

¿Qué es esto? ¿Yo me rendí?

¿Yo, que a un ejército entero

puse el horror y el acero?

¿Qué fuerza hubo contra mí?

¿Es este el retrato acaso?

¡Ay, pintura! ¡Ay, luz divina!

Que a tu fuerza se inclina

el gigante en cada paso.

(Sale el Demonio, en traje de negro galán)

DEMONIO:

¿Qué dudas? ¿Qué te suspende?

FILIPO:

¿Quién eres tú, que en lo oscuro

de este monte, tan seguro

de mi rigor, se me ofrece?

DEMONIO:

Un amigo soy, que viene

a darte lo que te falta:

subirte a la esfera alta

que tu valor merece.

Yo sé quién eres, Filipo;

sé tu origen, sé tu nombre,

y sé que no habrá ya hombre

que de tu brazo no tiemble.

FILIPO:

¿Tú lo sabes?

DEMONIO:

Y sé más:

sé que ese retrato hermoso

es el dueño poderoso

que no olvidarás jamás.

Es Teodora, la que habita

en la corte de Alexandre;

y si quieres que ella te ame,

mi consejo te acredita.

FILIPO:

¡Teodora! ¡Nombre de cielo!

Dime, ¿qué tengo de hacer?

DEMONIO:

Solo me has de obedecer,

y tendrás todo el consuelo.

No te rindas a Alexandre,

que es tu rival en amores;

siembra en su campo dolores,

y que tu fama se agrande.

 

FILIPO:

¿Que su nombre es Teodora?

¡Qué bien el nombre le asienta!

Si el sol sus luces aumenta,

ella es la luz que me dora.

Dime, ¿quién eres, que sabes

secretos de tanta esfera?

DEMONIO:

Soy quien tu fortuna espera

para darte de ella llaves.

Soy un príncipe proscrito

de un reino que perdí un día,

y en tu altiva valentía

mi propio valor medito.

Si me sigues, serás dueño

de cuanto el mundo encierra;

no habrá ciudad, no habrá tierra

que no rinda a tu diseño.

FILIPO:

Tu voz me infunde un aliento

que no conocí en mi vida.

¿Qué pides?

DEMONIO:

Que esa rendida

voluntad, y ese intento

de amistad con Alexandre,

lo borres de tu memoria.

Que sea tu sola gloria

que tu nombre en sangre se ande.

Toma este acero, que ha sido

forjado en fuegos profundos;

con él asombrarás mundos

y nunca serás vencido.

(Dale una espada negra)

FILIPO:

¡Qué negra y fuerte parece!

Al tocarla, un fuego extraño

por mis venas hace daño,

y el corazón se me ofrece

a batallas y a furores.

¡Ya no quiero la paz! ¡Muera

cuanta piedad me detuviera!

¡Vengan armas, vengan horrores!

DEMONIO:

(Aparte)

Ya muerde el cebo el villano.

Si este negro es prodigioso,

mi triunfo será famoso

llevándole de la mano.

(Vanse los dos. Salen Teodora y Marcela, como de camino)

TEODORA:

No pases de aquí, Marcela,

que este sitio es el que dijo

mi amor, que en el punto fijo

de su esperanza se cela.

¿Viene Alexandre?

MARCELA:

Señora,

ya las cajas se han oído;

vencedor y enriquecido

llega el sol que tanto adora

tu alma.

TEODORA:

¡Ay, cuánto ha tardado!

Que un siglo parece un día

si falta la compañía

del dueño más deseado.

 

MARCELA:

Ya el polvo de la campaña

parece que el aire viste,

y aquel silencio tan triste

con la música se engaña.

¡Vesle allí!

TEODORA:

¡Ay, vista amada!

(Salen Alexandre, Lidoro y acompañamiento)

ALEXANDRE:

¡Teodora! ¡Vida del alma!

Si traigo del campo palma,

solo a tus pies es sagrada.

Perdona que la victoria

me detuviera un instante;

que no hay triunfo más brillante

que el que me da tu memoria.

TEODORA:

Bien venido, mi señor.

¿Qué nuevas traes de la guerra?

ALEXANDRE:

Que ya se rinde la tierra

a las leyes de tu amor.

Mas un prodigio he traído

que me ha causado cuidado:

un hombre, un Etiope fiero,

que él solo es un ejército entero,

y a mi sombra se ha rendido.

Le traigo por mi cuidado,

aunque en la lid le perdí.

(Aparece Filipo en lo alto, observando con el Demonio)

FILIPO:

(Aparte)

¡Cielos! ¿Qué es lo que veo aquí?

¿Es ese el dueño adorado

de aquel retrato?

DEMONIO:

(Aparte a Filipo)

Ese es.

Mira cómo la celebra;

mira cómo el lazo enhebra

de su amor a sus pies.

¿Sufrirás tú que ese dueño,

que ya en tu pecho se asienta,

en brazos ajenos sienta

de su descanso el empeño?

FILIPO:

¡No, por el cielo! Mi furia

no ha de permitir tal calma.

Si ella es el centro de mi alma,

verlo es mi mayor injuria.

¡Qué bella es! ¡Qué resplandor!

El sol se queda cobarde.

DEMONIO:

Pues no dejes que más tarde

el gozo de tu rigor.

Interrumpe su alegría.

FILIPO:

(Bajando con ímpetu)

¡Paso, soldados! ¡Atrás!

Que no habéis de pasar más

donde mi sombra se guía.

ALEXANDRE:

¿Qué es esto? ¿Filipo?

FILIPO:

Yo.

Que vengo a cobrar mi derecho.

Esa mujer, en mi pecho

un incendio despertó

que no se apaga con verte.

¡Suéltala, Alexandre, ahora!

Que si ella es tuya, Teodora,

mía ha de ser por la muerte.

 

ALEXANDRE:

¿Qué escucho? ¿Estás en tu juicio,

o es que el valor te ha turbado?

Si el cielo te ha preservado

la vida por mi ejercicio,

¿así me pagas la deuda?

FILIPO:

No hay deuda donde hay amor,

ni hay respeto al bienhechor

si el alma en fuego se enreda.

¡Esa mujer es mi norte!

Y pues la tengo pintada

en el alma y en la espada,

no ha de haber ley que me corte.

TEODORA:

¡Válgame el cielo! ¿Qué fiera

es esta que nos asombra?

Solo con mirar su sombra

parece que el sol se muera.

Alexandre, ¿quién es este?

ALEXANDRE:

Un bárbaro, que el destino

puso hoy en nuestro camino

como si fuera una peste.

¡Guardas! ¡Prendedle al punto!

FILIPO:

¡Que me prendan! ¡Eso no!

Que antes que me rinda yo,

será el mundo un gran difunto.

(Mete mano a la espada negra. Los soldados arremeten y Filipo los rechaza con asombrosa fuerza)

LIDORO:

¡Qué rayos su acero lanza!

No es hombre, que es un demonio.

DEMONIO:

(Aparte, gozoso)

De mi poder testimonio

es su negra confianza.

¡Hiere, Filipo, no pares!

FILIPO:

¡Caed, cobardes, caed!

Que de sangre tengo sed

en estos vuestros altares.

¡Teodora, tú has de ser mía!

TEODORA:

¡Antes la muerte, villano!

ALEXANDRE:

(Poniéndose en medio)

Primero verás mi mano

castigar tu demasía.

¡Muere, traidor!

FILIPO:

¡Tente, Alexandre!

Que aunque mi furia te nombre,

no quiero que de un gran hombre

la vida en mis manos ande.

¡Huye con ella, o te mato!

Que mi acero está sediento.

 

ALEXANDRE:

¡Qué horror! ¡Qué fuerza tan fiera!

Retiraos, que no es humano

el poder de esa mano;

parece que el infierno espera

en su acero.

TEODORA:

¡Huyamos, señor!

Que su vista me estremece,

y el aire que él envilece

me causa un frío pavor.

(Vanse Alexandre, Teodora y los suyos, huyendo de la furia de Filipo)

FILIPO:

¡Corred, que el miedo os da alas!

Pero yo os alcanzaré,

que donde el pie pondré,

no han de valer vuestras galas.

¡Teodora es mía! ¡El infierno

me ha dado este gran poder!

(Queda solo Filipo. El Demonio se desvanece riendo. De pronto, el ambiente cambia. Se oye una música suave y celestial que contrasta con el ruido anterior)

FILIPO:

¿Qué música es esta ahora,

que el pulso me va templando?

Si antes estaba gritando,

¿por qué mi alma ahora llora?

¡Qué dulce acento! ¡Qué calma!

Parece que el aire mismo

me saca del hondo abismo

donde se hundía mi alma.

(Sale San Isidoro, con hábito de monje, con mucha gravedad y luz)

ISIDORO:

¡Detén el paso, Filipo!

FILIPO:

¿Quién eres, que así me nombras?

¿Eres otra de las sombras

en que mi vida anticipo?

ISIDORO:

Soy quien te busca, perdido;

soy quien te quiere guiar,

que ese negro caminar

en sangre va sumergido.

Suelta esa espada, que es fuego;

suelta ese orgullo, que es muerte.

FILIPO:

¡No puedo! Mi brazo es fuerte,

y a este acero vivo ciego.

¿Quién eres tú, que me obligas

solo con tu resplandor?

ISIDORO:

Un siervo del Salvador,

que quiere que no te digas

esclavo de aquel tirano

que te dio esa negra espada.

Mira que tu alma, comprada

por Dios, no se pierda en vano.

FILIPO:

¿Mi alma? Yo no sé qué es eso.

Solo sé que quiero amar,

y que por querer gozar,

en este infierno estoy preso.

 

ISIDORO:

Ese incendio que te quema

no es amor, Filipo, es saña;

es una sombra que engaña,

es del infierno un esquema.

Amar es buscar el bien

del objeto que se adora,

y tú quieres que Teodora

sea tu esclava también.

¿Eso es amor?

FILIPO:

Yo no entiendo

de razones ni de leyes;

yo soy de mis pasos reyes,

y a mi voluntad me rindo.

Ella es hermosa, y la quiero;

Alexandre es mi rival,

y en este duelo mortal,

ha de mandar mi lucero.

ISIDORO:

Mira esa espada que aprietas,

mira su pomo y su brillo:

es del demonio el anillo

con que tus manos sujetas.

Si la sueltas, serás libre;

si la guardas, serás siervo.

FILIPO:

¡Es mi defensa! No observo

más ley que la que ella vibre.

Mas… ¿por qué al oír tu voz

siento que el brazo me pesa?

¿Qué extraña y dulce promesa

hace mi furia menos voz?

ISIDORO:

Es que Dios te está llamando,

Filipo, por mi conducto;

quiere que el amargo fruto

de tu error vayas dejando.

Vente conmigo al desierto,

donde el alma se sosiega.

FILIPO:

¿Al desierto? Allí se ciega

el que no tiene puerto.

Yo quiero el mundo, la gloria,

el aplauso y el poder.

ISIDORO:

Todo eso vas a perder

cuando se acabe tu historia;

solo el alma quedará.

FILIPO:

(Dudando)

Déjame, viejo, que siento

que me robas el aliento

que Alexandre no me da.

Vete, que si me arrepiento,

será porque tú lo mandas,

y no porque en estas bandas

tenga yo mi fundamento.

ISIDORO:

Yo me voy, pero te sigo

con la oración y el desvelo;

mira que te mira el cielo,

y Dios quiere ser tu amigo.

(Vase San Isidoro. Sale el Demonio, que ha estado observando escondido)

DEMONIO:

¡Qué cerca estuviste ahora

de perderlo todo, necio!

¿Vas a dar por ese precio

la posesión de Teodora?

FILIPO:

Aquel viejo me ha turbado.

DEMONIO:

Es un hechizo, una treta;

vuelve a tu furia completa,

que el ejército ha llegado.

¡Ea, Filipo! ¡A las armas!

 

JORNADA SEGUNDA

(Salen Filipo, con pieles y aspecto de bandolero, y varios soldados o bandoleros de su cuadrilla)

FILIPO:

¡Ea, valientes soldados!

Ya que el monte es nuestro muro,

aquí el botín está seguro

y los pasos guardados.

¿Qué hay de nuevo en el camino?

SOLDADO 1:

Señor, una caravana

que desde la luz mañana

se rinde a nuestro destino.

Traen sedas y traen oro.

FILIPO:

¡Que muera quien se resista!

Que no haya riqueza que vista

quien no me rinda decoro.

Mi espada negra tiene sed,

y pues el cielo me olvida,

yo me cobraré la vida

que me negasteis merced.

SOLDADO 2:

También se dice, capitán,

que Alexandre, el general,

con un bando principal

y armas que el miedo le dan,

viene a limpiarnos el monte.

FILIPO:

¿Alexandre? ¡Bien venido!

Que ya el tiempo ha transcurrido

y aún se ve en mi horizonte

aquel retrato que fue

causa de mi perdición.

¡Venga, que mi corazón

en su sangre bañaré!

(Sale el Demonio, vestido de capitán de bandoleros)

DEMONIO:

¡Esa es la voz que me agrada!

No escuches más al anciano

que con su rezo liviano

quiso torcer tu jornada.

Hoy serás rey de esta sierra.

FILIPO:

Rey soy, pues nadie me iguala.

Mi nombre es la negra gala

que hace temblar a la tierra.

Pero… dime, ¿qué es este peso

que a veces el alma me aprieta?

DEMONIO:

Es la memoria inquieta

de aquel favor en exceso

que Alexandre te otorgó.

Bórralo con su muerte,

y así cambiarás tu suerte

por la que el infierno te dio.

 

(Suenan cajas y ruido de pelea fuera. Entran Alexandre y sus soldados retrocediendo ante el empuje de Filipo y sus bandoleros)

ALEXANDRE:

¡Cielos! ¿Qué furia es esta?

¿Qué hombres son estos, que el monte

ha abortado en su horizonte

para hacernos tal respuesta?

¡Resistid, valientes míos!

FILIPO:

¡No hay resistencia que valga,

ni habrá fortuna que salga

de estos mis negros desafíos!

¡Mírate, Alexandre, ahora!

¿No me conoces?

ALEXANDRE:

(Pausa de asombro)

¡Filipo!

¿Tú eres quien mi vida anticipo

en esta selva traidora?

¿Tú, capitán de ladrones?

¿Tú, que debiste a mi mano

la vida, bárbaro humano,

pagas con estas traiciones?

FILIPO:

Pago como el mundo enseña:

con el acero y el fuego.

Aquel retrato, que luego

me robó el alma pequeña,

me ha hecho dueño de tu suerte.

Dime, ¿dónde está Teodora?

ALEXANDRE:

¡En sagrado está, traidor!

Y antes que vea tu error,

te daré yo mismo muerte.

¡Ingrato! ¡Fiero animal!

FILIPO:

¡Muere tú, pues me provocas!

Que las palabras que evocas

son mi sentencia fatal.

(Arremete Filipo contra Alexandre. El Demonio, invisible para Alexandre, guía el brazo de Filipo. Alexandre cae herido o desarmado)

DEMONIO:

(Al oído de Filipo)

¡Rímalo ahora! ¡No esperes!

Que si vive, será el dueño

de aquel divino diseño

por quien tú suspiras y mueres.

FILIPO:

(Dudando con la espada en alto)

¿Por qué el brazo se me para?

Si es mi enemigo, ¿por qué

esta nobleza que sé

me pone sombra en la cara?

¡Levántate, Alexandre! ¡Vete!

Que no quiero tu despojo.

DEMONIO:

¿Qué haces, loco? ¡Qué arrojo!

¿Así dejas que se flete

tu ruina?

FILIPO:

¡Calla, sombra!

Que aunque soy negro y villano,

no ha de mancharse mi mano

con quien mi valor asombra.

¡Vete, Alexandre, y no vuelvas!

ALEXANDRE:

(Levantándose con dificultad)

Me voy, pero has de saber

que el cielo te ha de ejercer

justicia en estas selvas.

¡Adiós, monstruo de crueldad!

 

(Quedan Filipo y el Demonio solo en el monte)

DEMONIO:

¿Qué has hecho, Filipo? ¡Necio!

¿Dejas ir a tu enemigo?

¿No ves que ese falso abrigo

te traerá solo el desprecio?

Él volverá con justicia,

con sogas y con cadenas,

para cobrar por tus venas

el precio de tu malicia.

FILIPO:

No pude, sombra, no pude.

Un hielo me dio el valor

al ver en él un honor

que a mi propia sangre alude.

¿Quién soy yo para matarle,

si él la vida me dio un día?

DEMONIO:

Eres el que todavía

no sabe cómo gozarle

a Teodora. ¡Mira allí!

(Se abre una cortina o se descubre un celaje donde aparece una ilusión de Teodora durmiendo o en actitud de espera)

FILIPO:

¡Cielos! ¿Es ella? ¿Es su cara?

DEMONIO:

Es la que el tiempo te para

si te rindes hoy a mí.

Ella te espera en su alcoba,

porque mi magia ha dispuesto

que ella piense que eres, puesto

en disfraz, el que la roba:

Alexandre, su marido.

FILIPO:

¿Yo, fingirme mi enemigo?

DEMONIO:

Es el camino, y te digo

que es el fin de tu gemido.

Ve a la ciudad, entra franco,

que mi sombra te dará

el color que ella querrá:

parecerás hombre blanco,

serás Alexandre mismo.

FILIPO:

¿Mudar de piel? ¿De semblante?

¡Oh, poder fascinante!

¡Oh, dulce y fiero abismo!

Venga el engaño, pues quiero

poseer aquel traslado;

que si el alma me ha robado,

ser su dueño es lo que espero.

(Vanse los dos hacia la ciudad. Salen Teodora y Marcela en una sala)

TEODORA:

¡Qué noche tan larga y fría!

No vuelve Alexandre, y siento

que me avisa el pensamiento

de una fiera profecía.

Aquel negro que en el monte

nos asaltó con su espada,

tiene mi vida turbada

y oscuro mi horizonte.

MARCELA:

No temas, que el cielo cuida

de la virtud que te asiste.

TEODORA:

Es que el miedo que me diste,

Filipo, no se me olvida.

Parece que está presente,

que su sombra me persigue…

 

(Sale Filipo, con apariencia de Alexandre, acercándose a los aposentos de Teodora. El Demonio lo acompaña, invisible para los demás)

FILIPO:

¿Soy yo? ¿Es mi voz la que suena?

¿Es este mi rostro? ¡Cielos!

Que aun en medio de mis celos,

me causa el engaño pena.

Mirarme al espejo y ver

la imagen de mi enemigo,

es el más fiero castigo

que me pudiera ejercer.

DEMONIO:

No pienses, goza el momento.

La belleza te reclama;

entra y apaga esa llama

que devora tu elemento.

Eres Alexandre ahora;

goza lo que él ha gozado.

FILIPO:

¡Qué silencio tan sagrado!

Parece que el mundo llora

mi traición. ¡Puerta, cede!

(Entra en el aposento. Teodora se levanta, asombrada y alegre)

TEODORA:

¿Esposo? ¿Alexandre amado?

¿Tan tarde habéis regresado?

¡Qué miedo el alma me sucede

al verte tan silencioso!

¿Vienes herido?

FILIPO:

(Aparte, con voz fingida)

¡Qué acento!

Me abrasa su sentimiento.

(A ella)

Vengo, mujer, del fogoso

lance del monte, y el frío

me tiene la voz turbada;

pero en tu vista sagrada

se templa el incendio mío.

TEODORA:

Ven a mis brazos, que el susto

de aquel negro prodigioso

me tuvo el pecho ansioso.

FILIPO:

(Aparte)

¡Me llama negro y injusto

en mi propia cara! ¡Ay, fuerte

dolor que el alma me toca!

Besar quisiera su boca,

pero me hiela la muerte.

TEODORA:

¿Qué dices entre ti? Dame

la mano, que estás helado.

FILIPO:

(Retirándose súbitamente)

¡No me toques! Que el pecado…

digo, que el cansancio me lame

las fuerzas. ¡Déjame, esposa!

DEMONIO:

(Al oído de Filipo)

¿Qué haces? ¡Aprovecha el engaño!

No te hagas tú mismo el daño

de una duda tan costosa.

FILIPO:

(Aparte)

No puedo. Su luz me ciega.

Aunque tengo su figura,

mi alma es negra y oscura,

y a tal bajeza se niega.

¡No quiero ser Alexandre

para robar su alegría!

 

TEODORA:

¿Qué es esto, señor? ¿Qué escucho?

¿Por qué os retiráis de mí?

Si en vuestro amor yo viví,

y hoy os he esperado mucho,

¿por qué me mostráis desvío?

¿Acaso el negro en el monte

os puso algún horizonte

de celos o de vacío?

FILIPO:

(Aparte)

¡Oh, cómo me aprieta el alma!

Ser ella y no ser yo mismo,

es un profundo abismo

donde se pierde mi calma.

(A ella)

No es eso, Teodora mía…

es que traigo la conciencia…

¡tan llena de una sentencia,

que me roba la alegría!

DEMONIO:

(Al oído, con rabia)

¡Acaba, que el tiempo vuela!

¿Eres hombre o eres sombra?

Mira que el cielo se asombra

de ver cómo tu alma vela

cuando debe de gozar.

FILIPO:

¡Calla, maldito! No puedo.

(Suena ruido de gente y luces fuera. Se oye la voz del verdadero Alexandre)

ALEXANDRE:

(Dentro)

¡Abrid, que el dueño ha llegado!

¡Teodora! ¡Abrid, que el cuidado

me ha hecho el paso apresurar!

TEODORA:

(Espantada)

¿Qué es esto? ¿Quién habla fuera?

¿Quién dice ser mi marido,

si vos ya habéis venido

y estáis de esa misma manera

delante de mí? ¡Ay, de mí!

¿Dos Alexandres? ¿Qué es esto?

FILIPO:

(Aparte)

¡Llegó mi fin! ¡Todo es puesto

en evidencia aquí!

(Entra Alexandre con criados y luces. Se detiene en seco al ver a su «doble» frente a Teodora)

ALEXANDRE:

¡Válgame el cielo! ¿Qué miro?

¿Un retrato de mí mismo?

¿O es que el infernal abismo

me ha robado el aire que aspiro?

¿Quién eres tú, que mi cara,

mi traje y mi honor me robas?

FILIPO:

(Recuperando su voz natural y perdiendo el disfraz mágico ante la presencia de la verdad)

Soy quien tu honor no declara,

pero quien tu vida ampara.

¡Mírame bien, Alexandre!

Que ya la sombra se expande

y la verdad se me aclara.

(La apariencia mágica cae. Filipo vuelve a ser el negro ante los ojos de todos)

TEODORA:

¡El negro! ¡Cielos! ¡Socorro!

ALEXANDRE:

¡Traidor! ¡Monstruo de maldad!

¿Hasta aquí tu crueldad

nos persigue? ¡Yo te borro

del mundo con este acero!

 

JORNADA TERCERA

(Escena de una prisión oscura. Filipo está encadenado, solo y en su forma natural de negro. Se mira las manos)

FILIPO:

¿Estas son mis manos? ¡Sí!

¿Este es mi color? ¡El mismo!

¡Qué hondo y oscuro es el abismo

donde por ciego caí!

Quise ser otro, y perdí

la esencia de lo que era;

quise una luz extranjera

y en mi sombra me hundí.

¡Oh, Teodora! ¡Oh, mi enemigo!

¿Cómo podré yo mirar

vuestro rostro, si al azar

puse vuestro honor conmigo?

(Sale el Demonio, esta vez con aspecto terrible y airado)

DEMONIO:

¡Necio! ¡Cobarde! ¿Qué haces?

¿Lloras como una mujer?

Aún tienes mucho que ejercer

si con mi furia te haces.

Rompe estas ferrosas paces,

que yo te daré la llave;

vuela como negra ave

y en la sangre te complaces.

FILIPO:

¡Vete, sombra maldecida!

Que tu engaño me ha enseñado

que el alma que has manchado

no tiene en tu paz salida.

Me diste cara prestada,

me diste espada de fuego,

y me dejaste en el ruego

de una vida condenada.

¡No te quiero!

DEMONIO:

¿Eso me dices?

¿A mí, que te hice gigante?

Pues prepárate, ignorante,

para días más infelices.

Alexandre pide al Rey

tu cabeza en un madero,

y el pueblo, con voz de fiero,

pide que cumplan la ley.

¡Morirás!

FILIPO:

¡Que muera, sea!

Pero que muera yo mismo,

sin tu magia, sin tu abismo,

donde Dios mi alma vea.

(El Demonio desaparece con un trueno. Se abre una puerta y entra San Isidoro con una luz)

ISIDORO:

¿Llamabas, Filipo?

FILIPO:

¡Padre!

¿Cómo venís a este encierro?

¿No veis que soy puro yerro,

hijo de una negra madre

que es la culpa?

ISIDORO:

Dios es padre

de lo negro y de lo blanco;

Él es el refugio franco

donde no hay quien no se escuadre.

He venido a confesarte,

a decirte que hay perdón

si tu propio corazón

se dispone a desatarse.

FILIPO:

¿Perdón para un bandolero?

¿Perdón para un traidor?

ISIDORO:

Para el que reconoce su error

no hay cielo que sea de acero.

El Rey ha dado sentencia:

mañana es tu ejecución.

¿Quieres morir en la unión

de la divina clemencia?

 

(Salen Alexandre y Teodora a una sala del palacio. Entra San Isidoro conduciendo a Filipo, que viene cargado de cadenas y con semblante humilde)

ISIDORO:

Aquí traigo, Alexandre, al hombre

que vuestro honor ofendió;

pero el que antes se rindió

a la furia de su nombre,

hoy se rinde a la verdad.

ALEXANDRE:

¿Qué busca este fiero monstruo?

¿Aún se atreve a mostrar el rostro

ante nuestra majestad?

¡Llevadle al suplicio ya!

FILIPO:

(Arrodillándose)

¡Tente, Alexandre! No vengo

a pedir la vida que tengo

por perdida; ya se va.

Vengo a pediros perdón,

y a ti, divina Teodora,

que fuiste la luz que ahora

me da esta desolación.

Fui negro en la piel, y más

negro tuve el pensamiento;

pero en este amargo acento,

os juro que no verás

más rastro de aquel traidor.

TEODORA:

(Conmovida)

¡Qué extraño cambio percibo!

Si antes le vi tan esquivo,

hoy me causa gran dolor.

Alexandre, ¿no veis que el cielo

ha obrado en él un mudanza?

ALEXANDRE:

Es una falsa esperanza

para evitar el recelo

de la muerte que le espera.

FILIPO:

¡No, señor! Morir deseo,

pues en la muerte ya veo

mi libertad verdadera.

Toma, Alexandre, este anillo:

es lo único que guardé

de aquel botín que robé;

vuélvelo a su antiguo brillo.

Y a vos, San Isidoro, os pido

que no me dejéis ni un punto.

ISIDORO:

Hasta que el alma sea asunto

del cielo, iré a tu lado unido.

(Suenan trompetas lúgubres. Entran los soldados para llevarse a Filipo)

FILIPO:

¡Adiós, mundo de engaños!

¡Adiós, sol que me tostaste!

Si a mi cuerpo maltrataste,

no así a mis eternos años.

¡Voy a morir, y soy libre!

 

ESCENA FINAL

(Lugar del suplicio. Se ve un cadalso al fondo. El pueblo, Alexandre, Teodora y soldados están presentes. Entra Filipo caminando hacia el patíbulo, acompañado por San Isidoro, que lleva una cruz)

FILIPO:

¡Pasos que al cielo caminan,

aunque el cuerpo va a la tierra!

Aquí se acaba la guerra

que mis culpas determinan.

¡Pueblo! ¡Rey! ¡Justicia amada!

Mirad al que fue terror,

cómo rinde su valor

ante la luz de una espada

que no es de hierro ni fuego,

sino de luz y de paz.

ISIDORO:

¡Ánimo, Filipo! Haz

que tu fe no sea un ruego,

sino un triunfo verdadero.

DEMONIO:

(Aparece por última vez en lo alto, desesperado)

¡Todavía se me escapa!

¡Esa cruz que lo atrapa

me roba el alma que quiero!

¡Filipo, mira mis reinos!

FILIPO:

¡Miro al Cielo, que es mi casa!

¡Que la muerte me deshaga,

pues Dios quiere poseerme!

(Filipo sube al cadalso. El verdugo se acerca. En el momento en que se dispone a ejecutar la sentencia, se oye una música celestial y el escenario se llena de resplandores)

TEODORA:

¡Mirad! ¿Qué es este portento?

ALEXANDRE:

¡El aire se ha vuelto flores!

(De pronto, las cadenas de Filipo caen solas. Su piel negra parece brillar con una luz blanca o un ángel desciende con una túnica resplandeciente para cubrirlo)

ÁNGEL:

¡Ven, Filipo, a la victoria!

Que el que se humilla en el suelo,

tiene ganado en el cielo

el laurel de la mayor gloria.

Tu arrepentimiento ha sido

el prodigio más brillante;

ya no eres negro, que al instante

en luz te has convertido.

ISIDORO:

¡Prodigio de la Bondad!

ALEXANDRE:

¡Qué asombro para la historia!

FILIPO:

(En éxtasis, elevándose o desapareciendo en la luz)

¡Ya no hay sombras! ¡Ya no hay muerte!

¡Solo hay Dios y Libertad!

(El Demonio se hunde con ruido de truenos por una escotilla. Cae el telón mientras todos quedan de rodillas)

 

 

 

El valor no tiene edad y Sansón de Extremadura (Fragmentos)

Inicio de la Jornada Primera (Diálogo entre García y Pernil)

García: Pernil, mete esos caballos,

y prevén al hostelero,

que aquí hacer noche quiero.

Pernil: ¿Aquí?

García: Pues ¿quieres dejarlo?

Pernil: No, que es bueno el sitio, y tal,

que a fe de quien soy, que entiendo

que nos estamos metiendo

en un monte de cristal.

 

Sobre la naturaleza del viaje

García: Camina, no te detengas,

que el sol ya el rayo retira,

y si el cielo bien se mira,

no es bien que a la noche vengas

a buscar donde hospedar;

que en esta parte el camino

es, según dice el destino,

muy difícil de pasar.

 

La descripción del paisaje (Hilvanando versos de la escena I)

Pernil: El sitio es fresco y ameno,

de flores y fuentes lleno,

donde el silencio convida

a descansar de la vida

el afán de tanto trueno.

¿Es Italia, o es España?

Que el alma se me acompaña

de un susto que no sé yo.

 

Reflexión sobre el valor (García de Paredes)

García: No me espanta la aspereza,

ni el rigor de la fortuna,

que no hay montaña ninguna

que venza mi fortaleza.

El valor no tiene edad,

ni el brazo tiene frontera,

cuando el alma verdadera

busca su propia verdad.

 

Encuentro con el destino (Primeras décimas)

García: ¡Oh, nubes que el sol empañan!

¡Oh, montes que al cielo llegan!

Si mis ojos no se ciegan,

y mis pasos no me engañan,

en este lugar sombrío

ha de probarse mi brío;

que un caballero no teme

que el rayo del cielo queme

su esperanza y su albedrío.

 

La queja de Pernil (El gracioso)

Pernil: Señor, que el hambre me aprieta,

y es un fiero enemigo

que no se vence con trigo

ni con lanza, ni estafeta.

El valor, si no se come,

es un valor de papel;

y aunque vos seáis un león,

yo soy solo un cascabel.

 

Sobre el linaje y la ambición

García: Mi sangre me está llamando

a empresas de mayor gloria;

que no se escribe la historia

con quien se queda esperando.

En Trujillo nací hidalgo,

mas para el mundo nací,

que si no salgo de mí,

a fe que no valgo algo.

Poemas de Juan Bautista Diamante 

La aparición del conflicto (Escena de camino)

García: ¿No oyes, Pernil, el ruido

de espadas y de lamentos?

Que me traen los elementos

un eco desconocido.

Algún agravio se fía

a la sombra de este monte;

¡vamos, que en el horizonte

ya no hay luz, sino osadía!

 

La arenga antes del combate

García: Tente, villano, no pases,

que aunque soy joven de días,

son mis manos las guías

de que tus furias aplaques.

Que a un hombre que va de paso

y a una mujer que padece,

solo el infame ofrece

el rigor de su fracaso.

 

La resolución del héroe

García: ¡Cielos, ayudad mi brazo!

No por soberbia de mozo,

sino por el gran gozo

de romper este embarazo.

Que el acero bien empleado,

cuando defiende la fe,

es el pie con que se ve

el honor más levantado.

 

El asombro ante la fuerza de García

Pernil: ¡Válgame el cielo, qué golpe!

Si con un dedo lo toca,

le saca el alma por la boca

al gigante más torpe.

¿Es hombre o es un castillo?

Que en su puño hay un martillo

y en su mirada un león.

 

La respuesta del caballero herido

Caballero: ¿Quién es el que me socorre

en este monte perdido?

Que si el aliento he tenido,

es porque el valor me corre

por las venas todavía;

¡viva la vuestra osadía,

que mi vida ha rescatado!

 

El honor sobre la recompensa

García: No busco premio ni gloria,

que el hacer bien es oficio

de quien tiene por ejercicio

dejar limpia su memoria.

Levantaos del suelo, hidalgo,

que si os he servido en algo,

pagado queda el favor.

 

La advertencia del peligro cercano

Caballero: Guardaos, joven, que el bando

que mis pasos perseguía,

volverá con la agonía

de su acero relumbrando.

Son muchos, y vos sois uno;

no hay refugio ninguno

que os pueda aquí cobijar.

 

La jactancia de García (El valor no tiene edad)

García: ¿Muchos decís? Mejor suerte.

Que donde el número crece,

más el brazo se ennoblece

y más se burla a la muerte.

Vengan diez, o vengan ciento,

que a todos daré escarmiento

con este acero de honor.

 

El lamento de la dama (Intervención de la mujer)

Dama: ¡Ay de mí, que en este sitio

se confunde mi fortuna!

¿No habrá piedad alguna

que ponga fin al suplicio?

Si sois noble, caballero,

defended lo que más quiero:

mi vida y mi honestidad.

 

El juramento de protección

García: No temáis, bella señora,

que mientras yo tenga aliento,

será vuestro el firmamento

y vuestra la blanca aurora.

Que quien a una mujer ofende,

poco de nobleza entiende

y menos de cristiandad.

 

El fragor del combate (Redondillas)

García: ¡Ea, canalla atrevida!

Que en este brazo se encierra

el rayo que en vuestra guerra

os ha de quitar la vida.

No paséis un paso más,

que si el acero os alcanza,

será vuestra la mudanza

de no volver nunca atrás.

 

El asombro de los enemigos

Soldado 1: ¿Qué acero es este que corta

la malla como si fuera

de frágil y sutil cera?

¡Que su furia no se soporta!

No es hombre, es un elemento

que ha bajado con el viento

a castigar nuestro error.

 

La intervención de Pernil (Desde el escondite)

Pernil: ¡Dale, señor, que yo miro!

Y desde este tronco viejo,

os doy un sabio consejo:

¡dadles con mucho suspiro!

Que si alguno se escapara,

yo le pondré mala cara…

¡siempre que esté bien atado!

 

La hazaña de fuerza (El «Sansón» en acción)

García: ¿Cerráis el paso con piedras?

Pues con las manos desnudas,

haré que las peñas mudas

se arranquen como las hiedras.

¡Ved cómo el monte se mueve,

que ante mi fuerza es un leve

copo de blanca nevada!

 

La gratitud de la dama (Doña Inés)

Inés: ¡Oh, joven milagroso!

¿Qué ángel os ha enviado

a este bosque desdichado

para darme tal reposo?

Decid vuestro nombre ahora,

para que vuestra servidora

lo guarde en su corazón.

 

La revelación de la identidad

García: Diego García me llamo,

y en Trujillo tengo el nido;

mas el mundo es mi partido

y a la virtud solo amo.

No me agradezcáis la mano,

que el cielo, soberano,

es quien guía mi intención.

 

El caballero herido retoma el aliento

Caballero: Si sois de los de Paredes,

bien se explica la hazaña;

que no hay rincón en España

que no os deba mil mercedes.

Venid con nosotros, Diego,

que en el alma llevo el fuego

de serviros con lealtad.

 

La despedida del lugar del combate

García: Dejad estas peñas frías,

que el honor no se detiene

donde el peligro conviene

a las esperanzas mías.

A las armas me convoca

la voz que sale de la boca

de la fama y la victoria.

 

El miedo persistente de Pernil

Pernil: ¿A las armas? ¡Mala suerte!

Que yo nací para el pan,

y no para ese ademán

de buscarle la cara a la muerte.

Señor, quedémonos aquí,

que un conejo para mí

es mejor que un regimiento.

 

El consejo del caballero rescatado

Caballero: Diego, vuestro brazo es oro,

y en la guerra de Italia

hallaréis la sandalia

que os lleve al mayor tesoro.

Buscad al Gran Capitán,

que vuestras fuerzas verán

el mundo entero rendido.

 

La ambición noble de García

García: No busco el oro que brilla,

sino el que en el alma se fragua;

que no hay fuego, ni hay agua,

que detenga mi semilla.

A Nápoles quiero ir,

para vencer o morir

por el Rey y por la Fe.

 

El lamento de Doña Inés (La nota amorosa)

Inés: Partís, y en este retiro

dejáis mi alma cautiva;

no hay mujer que así viva

alimentando un suspiro.

Llevad este lazo en la mano,

que aunque el intento es vano,

os guardará en la pelea.

 

La aceptación del amuleto

García: Recibo el don, gran señora,

y juro por mi hidalguía,

que ha de ser la luz mía

y mi estrella protectora.

Que no hay fuerza en mi costado

como el haberme dejado

vuestra gracia en mi memoria.

 

La orden de marcha

García: ¡Caminemos! Que el sol sube

y el tiempo se nos escapa;

que no hay bajo esta capa

de Dios, ni sombra ni nube

que oculte mi porvenir;

¡a Italia vamos a ir,

a escribir nuestra memoria!

 

El avistamiento de las murallas de Nápoles

García: ¡Mirad, Pernil, qué murallas!

Que el sol en ellas se enciende,

y el mar a sus pies extiende

banderas de cien batallas.

Aquí la gloria se escribe,

y aquí el valor recibe

su premio o su sepultura.

 

El pavor de Pernil ante los cañones

Pernil: ¡Señor, que aquello retumba!

Esas bocas de bronce

no dicen las doce ni el once,

sino el camino a la tumba.

Si un trueno de esos me toca,

me deja el alma muy loca

y el cuerpo hecho un harapo.

 

La entrada al Real (Campamento)

García: ¡Cerrad el paso, soldados!

Que busco al Gran Capitán,

que mis fuerzas le darán

frutos bien aprovechados.

No soy espía ni extraño,

sino un brazo sin engaño

que viene a servir al Rey.

 

El recelo de la guardia

Soldado: ¿Quién es este que blasona

de tener tanta pujanza?

Que en el puño lleva lanza

y en la frente la corona

de una soberbia sin par.

No es fácil aquí entrar

sin tener nombre o nobleza.

 

La demostración de fuerza (El «Sansón» rompe una barra)

García: ¿Nobleza queréis? Mirad

cómo este hierro se dobla,

que mi mano no se puebla

de sombras, sino de verdad.

¡Ved la barra retorcida!

Que así quedará la vida

de quien me quiera estorbar.

 

La aparición del Gran Capitán

Gran Capitán: ¿Qué ruido es este en mi puerta?

¿Quién quebranta la ordenanza?

Que se detenga la lanza

y quede la duda abierta.

Mas… ¿qué gigante es aquel

que tiene en su piel

la marca de los antiguos?

 

El saludo de Diego al General

García: Diego García de Paredes,

que a vuestras plantas se rinde;

no hay muro, foso ni linde

que me impida daros mercedes.

Venid a probar mi acero,

que soy vuestro caballero

por la honra de mi España.

 

El Gran Capitán reconoce el valor

Gran Capitán: No hace falta más prueba,

que en el hierro retorcido

leo el nombre que ha nacido

para que el mundo se mueva.

Sed bienvenido, Paredes,

que en estas lides y redes

vuestro brazo es un tesoro.

 

El recelo de los cortesanos

Cortesano: ¡Qué bárbaro gigante!

Más parece una muralla

que hombre hecho a la batalla

con estilo elegante.

La fuerza no es la nobleza,

que un buey tiene más cabeza

y no por eso es señor.

 

La respuesta de García al desdén

García: Señor, que el acero hable,

que las palabras son viento;

y en el campo del tormento

se verá quién es más hábil.

Que la seda no da el brío,

ni el linaje hace el río,

sino el agua que lo lleva.

 

La orden de marcha hacia el Garellano

Gran Capitán: ¡A las armas, caballeros!

Que el francés el paso cierra,

y en el lodo de esta tierra

se han de clavar los luceros.

Diego, id a la vanguardia,

que vuestra sombra resguarda

el honor de nuestra tropa.

 

El pánico de Pernil ante la vanguardia

Pernil: ¿Vanguardia habéis dicho, jefe?

¡Si yo soy de la retaguardia!

Que mi panza no es de guardia

ni mi cuerpo de relieve.

Dejadme con las maletas,

que entre lanzas y saetas

me vuelvo un hombre de nieve.

 

El cruce del río (Hazaña histórica)

García: ¡Ved cómo el río ruge!

Mas mi pecho es más fuerte,

y no temo yo a la muerte

ni al yugo que nos estruje.

Con una mano el escudo,

y con la otra el nudo

de mi espada toledana.

 

La arenga del Sansón a los soldados

García: ¡Seguidme, que el cielo es nuestro!

No miréis la hondura fría,

que con esta mano mía

el camino os demuestro.

¡Santiago y cierra España!

Que hoy se escribe la hazaña

que los siglos cantarán.

 

El desafío en el puente

García: ¡Atrás, galos presuntuosos!

Que este paso es mi heredad,

y aquí vuestra libertad

hallará muros sañosos.

Ni un paso daréis adelante,

mientras sostenga el montante

este brazo extremeño.

 

El asombro del ejército francés

General Francés: ¿Es un hombre o es un muro?

Que a diez ha echado al río,

y con un extraño brío

hace el camino inseguro.

Tiradle lanzas y dardos,

que sus hombros de leopardos

no pueden ser de este mundo.

 

La furia de García de Paredes

García: ¡Venid todos, que es poco!

Que mi acero tiene sed,

y en esta estrecha pared

me vuelvo un rayo loco.

No hay peto que no se rompa,

ni hay fama que no se corrompa

ante mi diestra sagrada.

 

El comentario de Pernil (Escondido tras un carretón)

Pernil: ¡Jesús, qué carnicería!

Mi amo parece un molino,

que va moliendo el destino

con una gran maestría.

Si yo fuera de los otros,

me volviera con nosotros…

¡o me hiciera una tortilla!

 

El Gran Capitán observa la hazaña

Gran Capitán: ¡Mirad qué asombro de Marte!

Él solo el puente defiende,

y con su fuego desprende

al enemigo de su arte.

¡Corred, soldados, al punto!

Que no quede el héroe junto

a tanta turba enemiga.

 

La fatiga del héroe tras la lid

García: El brazo ya se me cansa,

mas el alma sigue en pie;

que no hay cansancio, lo sé,

que mi voluntad amansa.

¡Venid, que el puente es España!

Y en esta humilde cabaña

de madera, está el honor.

 

El triunfo y el abrazo del General

Gran Capitán: ¡Oh, Sansón de Extremadura!

Venid a mi pecho ahora,

que España entera os adora

por vuestra gran herradura.

Hoy el mundo ha conocido

que el valor no está dormido

cuando vos empuñáis luz.

 

Pernil intenta «enderezar» una espada

Pernil: Pues si mi amo las dobla,

yo también he de probar,

que para esto de apretar

no hace falta tanta copla.

¡Ay, mi dedo! ¡Ay, mi mano!

Que este hierro es un tirano

y yo soy un pobre mulo.

 

La burla de los soldados a Pernil

Soldado: ¿Qué hacéis, valiente escudero?

¿Queréis emular al dueño?

Que para ese gran empeño

os falta un brazo de acero.

Volved mejor a la bota,

que vuestra fuerza es remota

y vuestro miedo es sincero.

 

El recelo del Duque (Envidia cortesana)

Duque: No me agrada este ascenso,

que un soldado de fortuna

no tenga sombra ninguna

y reciba tanto incienso.

El Gran Capitán delira,

si por este hombre suspira

olvidando nuestra casta.

 

La defensa de Doña Inés en la Corte

Inés: No es la casta, señor Duque,

lo que gana las batallas,

que hay pechos bajo las mallas

que no hay quien los machuque.

El valor es la hidalguía,

y en Diego hay una alegría

que a los nobles hace falta.

 

La llegada de Diego a palacio

García: Vengo a besar vuestra mano,

no por favor ni por sueldo,

que en este militar duelo

me siento más que un hermano.

Traigo el puente en la memoria,

mas no quiero yo la gloria

si el Rey no está satisfecho.

 

El desafío oculto del Duque

Duque: Sed bienvenido, Paredes,

aunque el ruido de vuestro acero

ha despertado un lucero

que os puede tender sus redes.

Tened cuidado en la cena,

que hay copas de blanca arena

y vinos de mucha hiel.

 

La intuición de Diego (Sospecha)

García: No temo al vino ni al dardo,

que quien de frente pelea,

no hay sombra que le rodee

ni paso de lobo pardo.

Mi fuerza es mi escudo santo,

y si me causa espanto,

es ver la envidia en el lodo.

 

El banquete de la traición

Duque: Sentaos, Diego, a esta mesa,

que después de tanto estrago,

bien merece un dulce trago

quien tanta gloria profesa.

Bebed, que el vino de España

con el de Italia se acompaña

para sellar vuestra empresa.

 

La advertencia de Doña Inés (Aparte)

Inés: (Aparte) ¡Si pudiera yo avisarle!

Que en el brillo de esa copa

veo el luto de la tropa

si no acierto a rescatarle.

Guardaos, Diego, el sentido,

que el manjar es un olvido

y el honor quieren quitarle.

 

La sospecha de Diego

García: No sé qué tiene este vino,

señor Duque, que al mirarlo,

siento miedo de probarlo

por no torcer mi camino.

Que el agua de la montaña

mejor conserva la saña

de mi brazo extremeño.

 

El desaire del Duque

Duque: ¿Teméis acaso un veneno?

Poco valor es el vuestro,

si ante un brindis tan maestro

os mostráis de susto lleno.

¿Dónde quedó aquel Sansón

que con tanta presunción

rompía el hierro ajeno?

 

La prueba de honor (Diego rompe la copa)

García: ¡No temo, que el miedo es ciego!

Pero mirad qué sucede…

que mi mano tanto puede,

que al cristal le pone fuego.

(Aprieta la copa y la rompe)

¡Ved la copa hecha pedazos!

Que no hay nudos ni hay lazos

que detengan mi sosiego.

 

El pánico de Pernil ante la comida

Pernil: ¡Ay, señor, que yo he comido!

Y si el vino tiene truco,

me voy a quedar muy puko

y con el vientre dormido.

¡Sacadme de aquí volando,

que mi tripa está ensayando

un réquiem por mi apellido!

 

La ruptura del protocolo

García: Levantaos, Duque, al punto,

que no es de caballeros

usar modos tan rastreros

para tratar un asunto.

Si me queréis ver la cara,

sea con la espada clara

y no con caldo difunto.

 

El desafío del Duque

Duque: ¡No sufriré tal ultraje!

Que si la copa rompiste,

con la misma mano hiciste

la tumba de tu linaje.

Sal fuera, villano fuerte,

que si el brazo te divierte,

mi espada te hará el ropaje.

 

El dilema de Diego

García: ¡Oh, ley de honor, qué tirana!

Que el General me ha mandado

que no riña con soldado

ni con sangre soberana.

Si te mato, soy traidor;

si no salgo, mi valor

se queda en vergüenza vana.

 

La burla de los cortesanos

Cortesano: ¡Ved cómo el gigante tiembla!

Mucho pulso para el hierro,

mas se esconde como un perro

cuando el honor se le siembra.

Es Sansón de nombre solo,

que el miedo de polo a polo

en sus venas se desmembra.

 

El estallido de García (La furia contenida)

García: ¡Basta! Que el cielo se hunde

si consiento tal mentira.

Mirad cómo mi alma aspira

el rayo que en mí se infunde.

No habrá bando ni obediencia

que detenga la sentencia

que en mi pecho se confunde.

 

La intervención de Pernil (Tratando de calmar)

Pernil: ¡Señor, mirad lo que hacéis!

Que el Duque tiene parientes,

y os van a hincar los dientes

si en este duelo os metéis.

Vámonos a la cocina,

que allí la paz se cocina

y no hay por qué ser cortés.

 

El encuentro de aceros (El duelo)

García: ¡Guardaos, Duque, la vida!

Que mi acero no es de broma,

y al punto que os asoma,

os deja el alma perdida.

(Riñen)

No busquéis mi fortaleza,

que os cortaré la cabeza

antes de verla rendida.

 

La llegada del Gran Capitán (El castigo)

Gran Capitán: ¡Tened las manos! ¿Qué es esto?

¿En mi casa tal desorden?

¿Quién ha roto así mi orden

con semblante tan apresto?

Diego, habéis faltado al bando,

y aunque os esté yo amando,

a prisión iréis por esto.

Diego en el calabozo (Décimas de lamento)

García: ¿Estas cadenas a mí?

¿A quien los puentes guardó?

El mismo que me encumbró,

es quien me encierra aquí.

Mas no me quejo, que vi

que la ley es para todos;

aunque de extraños modos

premia el mundo la hidalguía,

dándome por compañía

grillos, sombras y lodos.

 

Pernil, el compañero de penas

Pernil: Señor, que estamos perdidos;

que este cuarto no tiene aire,

y me falta ya el donaire

por los pies y los oídos.

¿No podéis, con un tirón,

echar abajo el portón

y dejarnos sacudidos?

 

La nobleza de Diego ante la prisión

García: Callad, Pernil, que es justicia,

pues falté a lo mandado;

un soldado disciplinado

no cede ante la malicia.

Si el General me castiga,

que la prisión me persiga,

que el honor es mi delicia.

 

La visita secreta de Doña Inés

Inés: (Tras la reja) ¿Diego? ¿Vivís todavía?

Que en la corte se murmura

que vuestra fe y vuestra altura

se apagan con la luz del día.

Traigo las llaves del guarda,

que el amor nunca se aguarda

cuando el alma se extravía.

 

El rechazo heroico a la fuga

García: No saldré por la trasera,

señora, que no es de noble

romper el nudo del roble

por la puerta de una espera.

Si he de salir, ha de ser

con el sol al amanecer

y la frente verdadera.

 

El sonido de las trompetas de guerra

García: ¡Escuchad! ¿No es el parche?

¿No es la trompeta francesa?

¡El enemigo regresa

para que el honor se marche!

¡Vienen contra el Real ahora,

y yo aquí, mientras la aurora

pide que el acero enganche!

 

El «Sansón» rompe las cadenas

García: ¡Cadenas, ya no sois nada!

Que si el Rey corre peligro,

no hay ley en ningún libro

que detenga mi estocada.

(Arranca los grillos)

¡Venid, muros, al suelo!

Que no hay prisión bajo el cielo

para un alma enamorada.

 

El asalto francés al campamento

Soldado Francés: ¡Victoria, que ya caen!

Que el Gran Capitán se rinde,

y en esta estrecha linde

sus banderas se deshacen.

¿Dónde está aquel fuerte muro,

aquel Sansón tan seguro

que los puentes nos deshace?

 

La aparición de Diego (Con los grillos rotos)

García: ¡Aquí está, perros, aquí!

Que si la cárcel me tuvo,

el honor no se detuvo

porque yo lo quise así.

Con los grillos por espada,

haré que vuestra emboscada

sea un entierro para ti.

 

El asombro del Gran Capitán

Gran Capitán: ¿Qué es lo que ven mis ojos?

¿Es Diego, o es su sombra?

Que la tierra se asombra

de ver tales despojos.

Viene con las manos presas,

mas realiza tales empresas

que nos quita los enojos.

 

Diego pelea con las cadenas

García: ¡Tomad este hierro frío!

Que si no tengo el acero,

con este grillete fiero

os quito vuestro albedrío.

(Golpea con las cadenas)

¡Ved cómo el eslabón corta!

Que a quien la patria comporta,

le sobra todo el brío.

 

El pánico del Duque (El traidor asustado)

Duque: ¡No es hombre, que es demonio!

¿Cómo rompió la muralla?

Si vuelve de la batalla,

de mi mal será testimonio.

Huid, que su fuerza crece,

y el aire mismo parece

que le rinde matrimonio.

 

Pernil recupera el ánimo (A su manera)

Pernil: ¡Ese es mi amo, señores!

El que rompe las prisiones

como quien come piñones

en los días de calores.

¡Dales, Diego, con el perno,

mándalos directo al infierno

con todos sus antecesores!

 

La victoria final y el encuentro

García: (Rendido a los pies del General)

Aquí tenéis vuestro preso;

la batalla se ha ganado,

y el honor queda lavado

con este marcial proceso.

Volvedme ahora al calabozo,

que me sobra todo el gozo

de haberos dado este beso.

 

El perdón del Gran Capitán

Gran Capitán: Alzaos, Diego, del suelo,

que no es preso quien libera

a la nación entera

bajo el manto de este cielo.

Rompisteis el hierro impuro,

mas vuestro pecho es el muro

que nos guarda del desvelo.

 

El reconocimiento de la hidalguía

Gran Capitán: Quede el Duque confundido,

que la sangre no hace al noble

si el corazón no es de roble

y el valor no es su vestido.

Diego es Sansón por la mano,

y es ángel por lo cristiano

en el campo del olvido.

 

El castigo del envidioso

Duque: (Aparte) ¡Rabia me quema el sentido!

Pues su gloria me oscurece,

y mi envidia solo crece

viéndole tan preferido.

Callaré por conveniencia,

mas le guardo mi sentencia

en el pecho carcomido.

 

La unión de los amantes

Inés: Diego, mi mano os entrego,

que si el valor no tiene edad,

tampoco tiene heredad

el amor que en vos navego.

Sed mi esposo y mi señor,

que no hay en el mundo honor

que me cause mayor fuego.

 

La alegría de Pernil (El fin de las penas)

Pernil: ¡Pues si hay boda, que haya cena!

Que ya me cansa el acero,

y un buen plato de cordero

me quitará toda pena.

¡Vivan los novios, señores!

Y que no falten olores

de bota de vino llena.

 

La moraleja de García de Paredes

García: Al Rey serví con el brazo,

a Dios con la voluntad,

y a esta bella majestad

la rindo en eterno lazo.

Que aprenda el mundo en mi historia,

que se alcanza la victoria

paso a paso, abrazo a abrazo.

 

Despedida al auditorio (Cierre clásico)

García: Y aquí, senado discreto,

da fin la pluma impaciente,

pidiendo humildemente

perdón por cualquier defecto.

«El valor no tiene edad»

os ofrece su verdad

con amor y con respeto.

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