Poemas de Antonio de Solís
Poemas de Antonio de Solís y Rivadeneyra (1610-1686) quien representa la culminación del Barroco español, destacando como un polifacético dramaturgo y cronista. Iniciado en las leyes, su ingenio le valió el favor de la corte, donde sucedió a León Pinelo como Cronista Mayor de Indias.
Su obra cumbre, la Historia de la conquista de México, es una pieza magistral que trasciende el dato histórico mediante una prosa elegante y una estructura casi teatral. En ella, Solís no solo narra la caída del imperio azteca, sino que dota a figuras como Hernán Cortés de una dimensión heroica clásica.
Como dramaturgo, piezas como El amor al uso consolidaron su fama en la comedia de enredo, influyendo incluso en el teatro europeo. Su transición de las letras profanas al sacerdocio marcó el cierre de una vida dedicada al rigor estético.
A La Muerte De Montalván
Joven, de la parca atroz
el golpe airado y violento
pudo extinguirte el aliento,
mas no usurparte la voz;
que de la fama veloz
el bronce la ha repetido,
y halla en el bronce el oído,
cuando a los vientos la fía,
no sé qué dulce armonía
que dura más que el sonido.
A La Rosa
Viene abril y, ¿qué hace? En dos razones
viste a un rosal de hojas que ha tejido
y luego toma y dice: «Este vestido
tiene ojales; pues démosle botones».
Dáselos, y los rompen a empujones
las hormillas, que el tiempo ha colorido,
ascuas hoy, que la púrpura ha encendido
de los que eran ayer verdes carbones.
Nace la rosa pues y, apenas deja
el botón, cuando un lodo la salpica,
un viento la sacude, otro la acosa,
ájala un lindo, huélela una vieja
y al fin viene a parar a la botica;
si esto es ser rosa, el diablo sea rosa.
A Una Dama
Que me tuviste amor has confesado
cuando ya me condenas a tu olvido;
no me matarás, no, de aborrecido,
dejarásme morir de enamorado.
Haber perdido el bien después de hallado,
es peor que no haberlo conseguido;
no es infeliz quien dicha no ha tenido,
sólo aquel que la pierde es desdichado.
¡Oh, nunca yo supiera que me amaste!
Pues juzga mi temor, o mi fineza,
que tu mudanza es culpa de mi dicha.
bien conozco de ti que te mudaste;
pero no sé culpar a tu firmeza,
como tengo más cerca a mi desdicha.
Soneto
Amar a dos, y a entrambas con fineza,
amor es, y el amor más entendido;
que más firme será contra el olvido,
si en dos bases estriba su firmeza.
Niñas, si me cortáis pieza por pieza,
hay para entrambas; y pues siempre ha sido
señal de sujeción darse a partido,
partidme, y no quebradme la cabeza.
Amor y odio, ya en el campo estrecho
del corazón batallas han tenido
juntos en él, aunque entre sí distantes.
Pues si a un tiempo tal vez dentro del pecho
dos efectos contrarios han cabido,
¿por qué no han de caber dos semejantes?
El Sutil Ingenio De Don Antonio Solís Rivadeneira Al Licenciado Salvador Jacinto Polo De Medina, Su Gran Amigo
Son tus gracias tan saladas,
que al que las oye más triste
con la risa el mismo chiste
a las ojos le trasladas;
aun al que insultas, agradas;
sólo tú decir pudieras
pesadumbres lisonjeras,
con tal donaire te burlas;
pues si esto hiciste de burlas,
¿qué harás, Jacinto, de veras?
Ambiciosas de valor,
las Musas que hoy has honrado
can el que tú Ies has dado
presumen de buen humor.
Mas pues con tanto Favor
obligándolas estás,
deme las gracias de hoy más
de que tal gracia les des,
aunque darte gracias es
volverte lo que las das.
Romance Al Pie Grande De Una Mujer
Hoy en un piélago entro.
Pero no me anegaré;
Que en piélagos de pies largos
No es difícil hallar pie.
Uno de Isabel celebro
y en un romance ha de ser,
aunque estuviera un pie heroico
en verso heroico más bien.
Es pie, sin pies ni cabeza,
sin fin ni principio, y es
pie y que a fuer de mala yerba,
todo se le va en crecer.
Pie tan largo y liberal,
que es mas que pródigo, pues
Isabel no es manirrota
pero es pie rota Isabel.
Soneto
Al Licenciado Salvador Jacinto Polo de Medina su amigo
Más que el Abril a este Jardín has dado,
Inmortal es por ti la flor más breve,
Y hoy en virtud de tu pincel, se atreve
A ser más que lo vivo lo pintado.
Tanto el traslado excede en tu cuidada,
Del bello original la pompa Leve,
Que en fe de los aumentos que te debe
Borra el original tanto traslado.
Déjame que te hurte algunas flores
Para pintarte (¡oh, Joven!) o tú puedes
Hacerlo con razones no sucintas;
Que yo sé, aunque con métricos colores;
Lo que pintas tan sabiamente excedes,
Que no te excedérás si a ti te pintas.
A la entrada del Príncipe de Gales en Madrid por marzo del año 1623
I-
Príamo joven de la gran Bretaña,
la que segunda Troya fue primero,
la que Neptuno sin sosiego baña,
la que tiene el Arturo por lucero,
¡salve, aplaudido de la grande España,
huésped augusto del mayor ibero!
¡vengas feliz a la española Corte
de los helados piélagos del norte!
-II-
Cuando el alto Ilión a las troyanas
reliquias se rindió en leños errantes,
y de sangre bañó las hondas canas,
debelando sus bárbaros gigantes;
próvidas las estrellas soberanas
te destinaron tantos siglos antes,
porque en ti renaciese al hemisferio
Héctor segundo, Fénix del Imperio.
-III-
Para triunfar, en Asia te previno
el cielo, cuando, a Palas obediente,
la fugitiva Troya abrió camino
en los undosos reinos de Occidente.
Este impulso secreto y peregrino
del Anglia te sacó, joven valiente,
a discurrir por climas, como Apolo,
en pardas nubes embozado y solo.
-IV-
Transcendiendo el valor de tus deseos,
la Galia (que llamaron Transalpina
los belgas) penetraste, que trofeos
fueron a un tiempo a la ambición latina.
Quisieran al pasar, los Pirineos,
inundarse otra vez de plata fina;
que a suspender tu curso no se atreve
promontorio de fuego ni de nieve.
-V-
Competidor del Sol, de zona en zona,
iniciaste su raro movimiento,
mostrando infatigable tu persona,
en alas de tu mismo pensamiento,
hasta ver el león, cuya corona
más que imagen será del firmamento.
¿Quién duda que a Filipo saludaste
cuando la luz del Héspero miraste?
-VI-
El fue el inmenso bien que pretendías
para línea feliz de tu carrera.
La amistad quiso unir dos monarquías
contra el Asia feroz y Africa fiera.
Y, así, cuando a las sombras y los días
el curso iguala la celeste esfera,
cesó el peregrinar, y vino el ocio,
y el silencio se vio en el equinoccio.
-VII-
Difícil es que esté disimulada
la majestad, en quien hay cierto linaje
del ser de esa deidad bien disfrazada,
y éste arrebata el alma a su homenaje.
¿Cuándo a Febo ocultó nube morada
sin ver de rosicler algún celaje?
Porque, bordando los extremos de oro,
un rayo le descubre en cada pozo.
-VIII-
¿En qué confusa Creta, a Babilonia,
pudo ocultar la luz de sus blasones
el señor de las forzadas colonias
de invictas y magnánimas naciones;
el dueño de la selva caledonia,
que tiene por cénit a los Tritones;
el marítimo César soberano
que su imperio fundó en el océano?
-IX-
Con aplauso vulgar una alegría
(que rasgos fueron ya, si no reflejos,
de la que el César español tenía)
te mostraron en mil mitos y lejos;
y, como el padre del hermoso día
suele esculpir su faz en dos espejos,
así, vanagloriosos españoles
en prodigios de amor vieron dos soles.
-X-
En tu disfraz, aunque Madrid te aclama,
un crepúsculo y luz indiferente,
como el alba dudosa que derrama
sus lágrimas y risa en prado y fuente.
Al silencio negó la voz la fama,
y comenzó a pagar la isperia gente
los aplausos que debe al desempeño
de tan rara verdad, que consta al sueño.
-XI-
Anticipó el abril amenidades,
colores desplegó varias y bellas;
y vimos en un sitio dos deidades,
en un mismo epiciclo dos estrellas,
debajo de un dosel dos majestades,
que la tierra y el mar temblarán de ellas;
porque es gallardo Júpiter el uno,
y el otro es heredero de Neptuno.
-XII-
Los clarines, que son letras de Palas,
se oyeron con horrísonos clamores,
cuando mayo pasmó viendo las galas
de quien pudo aprender y copiar flores.
Allí los ojos de Argos y las alas
del Fénix han cedido a sus colores,
y, en gala tan hermosa y lisonjera,
desprecios padeció la primavera.
-XIII-
Ejércitos de flores desafía
la pompa de la rosa y la violeta,
desvanecidas ya, porque lucía
en dos monarcas su color discreta.
Dos Alejandros son los que este día
el alma de Bucéfalo respeta,
en dos caballos que del viento nacen,
y dulce ambrosía en los Elíseos pacen.
-XIV-
El gusto popular era retrato
de los triunfos antiguos de Belona,
que, aunque éste no fue el bélico aparato,
con alentado espíritu blasona.
Iba la Guarda sólo para ornato,
que, en esta fidelísima corona,
en empresas que son inanimadas,
defendiendo a su rey, están armadas.
-XV-
Quizá envidioso el sacro Apolo, tales
acechaba entre pardas vidrieras,
y, arrojando pedazos de cristales,
llovió fecundidad de primaveras.
Eran los reyes de armas, feciales,
que a las naciones bárbaras y fieras
publican, porque vengan a adorarlos,
que Felipe es inglés, y español Carlos.
-XVI-
Esta unión, esta paz, esta colonia,
en que imperios fundáis tan dilatados,
ostentan al blasón de Caledonia;
los cónsules de España y magistrados,
cuando el afecto, y no la ceremonia,
a esas plantas los tiene arrodillados,
poniendo sus britanos escorpiones
por timbre a sus castillos y leones.
-XVII-
Signos celestes son nuestros escudos.
La vía que os condujo al Real Palacio
el zodiaco fue, donde son mudos
los astros de diamante o de topacio.
Con ojos sin moverse y labios mudos,
en éxtasis las gentes largo espacio,
a Carlos atendiendo y a Filipo,
estatuas parecieron de Lisipo.
-XVIII-
Aunque los héroes de valor divino
del concurso vulgar se dividían,
en los afectos que el amor previno,
los unos y los otros competían.
Por esto, en los teatros del camino,
en voz del pueblo y nobles se oían
aclamaciones a los dos Saturnos,
cómicos cuellos, trágicos, coturnos.
-XIX-
Iris quiso templar los elementos
con la verdad purpúrea y amarilla,
y su pompa temió deslucimientos
viendo los ricos hombres de Castilla;
desvaneció las nubes y los vientos,
mirando con bizarra maravilla,
a los pasos del mundo semejantes
los dos Alcides de los dos Atlantes.
-XX-
Esperaban (y entonces la mañana
a el declinar la luz celos tenía)
la flor de lis, de Francia soberana;
la singular belleza de María;
el clavel y la púrpura romana
de Carlos y Fernando. Expiró el día
y aún trémulas buscaron, aunque bellas,
para dar luminarias las estrellas.
El Amor Al Uso (fragmentos)
No es el amor aquel antiguo fuego,
que en suspiros el alma consumía;
es hoy una elegante cortesía,
un hábil arte, un ingenioso juego.
A la constancia el corazón se niega,
buscando en lo mudable su sustento;
don Gaspar da su fe como el elemento
que el interés o el lucimiento entrega.
No hay pasión que no sea una impostura,
ni lazo que el olvido no deshaga.
Viste el afecto gala de etiqueta,
mudando de semblante a cada paso;
no busca el corazón un fiel abrazo,
sino una breve y vana artimaña neta.
Si el galán hoy suspira su secreto,
mañana al nuevo amor se rinde ufano;
todo el fervor resulta un acto vano,
un simple rito, un cálculo discreto.
Que en este siglo el amor se ha vuelto uso:
un mercado de engaños y de ruido.
El laberinto de las apariencias
Busca el deseo engañar al sentimiento,
vistiendo la verdad de extraño ultraje;
es el amor un hábil personaje
que muda de intención como el acento.
En la duda se funda el pensamiento,
pues quien más ama, más su fe desvía;
no hay en palacio clara luz del día,
sino una sombra fiel al fingimiento.
Don Diego jura lo que el alma calla,
y en su mentira el corazón se halla.
La estrategia del desdén
Cruzan las damas redes de cuidado,
donde el honor se mide por la astucia;
no hay voluntad que no se sienta sucia
en este tablero de amor trazado.
Lo que ayer fue un afecto declarado,
hoy es un celo que el orgullo inventa;
la cortesía al engaño alimenta
y deja al pecho de rigor armado.
Si es el amor al uso tal porfía,
pierde el valor la antigua hidalguía.
El desenlace del engaño
Ya se descubre el rostro del engaño,
que en la sombra del muro se escondía;
lo que ayer fue una dulce cortesía
hoy se revela como el propio daño.
No busques en el alma un bien extraño,
que el interés es dueño del deseo;
en este laberinto en que me veo
el amor es un traje de buen año.
Cae el telón de toda la apariencia
y queda solo el peso de la ausencia.
La ley de la conveniencia
No hay voluntad que al uso no se rinda,
ni pecho que no busque su provecho;
el honor se acomoda en estrecho lecho
si el interés su mano clara brinda.
Que la pasión su libertad desvinda
y se sujete al orden del momento;
no hay en el mundo un firme juramento
que la moda del siglo no lo escinda.
Don Gaspar halla en el final su suerte,
pues el amor de gala se hace fuerte.
El triunfo de la apariencia
Finaliza la astucia su jornada,
con bodas que el ingenio ha concertado;
lo que fue un celo apenas dibujado
es ahora una paz bien ensayada.
Queda la fe del alma derrotada
frente al estilo nuevo del amante;
no hay corazón que marche por delante
de la opinión por todos celebrada.
Es el amor al uso astuto juego:
humo que engaña y nunca enciende el fuego.
El presagio de la ruina
«Vieronse en el aire señales de fuego,
que el cielo en su rigor enviaba al suelo;
no era luz de piedad, sino de duelo,
que al azteca dejó turbado y ciego.
El sol perdió su brillo en el sosiego
de una tarde que sombras anunciaba;
la tierra en sus cimientos ya temblaba,
y el mar rompió su límite en el ruego.
Fue el prodigio la voz de la fortuna:
que el ocaso llegaba a la laguna.»
La arenga de Cortés
«No es la ambición la que el acero guía,
sino el honor que en el pecho se inflama;
que a la gloria del nombre Dios nos llama,
y en su fe se sostiene nuestra guía.
¿Qué importa la mayor soberanía
de un imperio que en bárbaro se encierra?
Si es la fe la que gana nuestra guerra,
será de España toda la alegría.
Marchad, soldados, con el paso fuerte:
que el miedo es el disfraz de la misma muerte.»
Llanto por Tenochtitlán
«Cayó la torre que el cristal miraba,
y el oro se mezcló con la ceniza;
la mano del destino, tan de prisa,
lo que fue majestad, hoy desataba.
La voz del macehual ya no cantaba,
que el llanto fue su único instrumento;
se llevó la victoria el mismo viento
que la ambición del hombre alimentaba.
Quedó el silencio en la ciudad dormida:
de un mundo nuevo, una esperanza nacida.»
Encuentro de dos monarcas
Se detiene el destino en el puente,
donde el oro saluda al frío acero;
no sabe el rey si el huésped es guerrero,
o un dios que nace desde el oriente.
Mira el azteca el rostro del valiente,
y el español la pompa del indiano;
se estrechan en el aire mano a mano,
mientras el miedo cruza por la frente.
Es un instante que el tiempo detiene:
la paz que el rayo en su seno sostiene.
La Noche Triste (El llanto bajo el ahuehuete)
Huye la sombra entre la lluvia fría,
cargada de oro y de mortal espanto;
se apaga el brillo y nace solo el llanto,
donde la gloria su luz escondía.
Bajo el árbol que el tiempo todavía
guarda en su tronco el rastro del quebranto,
llora el caudillo su perdido encanto,
viendo morir la fe de su osadía.
No hay victoria que el lodo no mancille,
ni honor que en la derrota no se humille.
El valor de Cuauhtémoc
No es el vencido aquel que entrega el alma,
sino el que pierde el nombre y la memoria;
Cuauhtémoc sube al trono de la historia,
con el silencio que al dolor da calma.
No busca el pecho la fingida palma,
que el fuego es el altar de su entereza;
cae el imperio, pero la nobleza
en la tragedia su valor ensalma.
Que la cadena es solo un hierro vano,
si el espíritu sigue siendo soberano.
El misticismo de los templos
Suben las gradas hacia el cielo oscuro,
donde el incienso se mezcla con la vida;
es una fe por sangre sostenida,
tras el silencio de aquel alto muro.
El mármol labrado, firme y seguro,
guarda el secreto de un sol que fenece;
ante la vista el templo se estremece,
como un gigante de destino puro.
Todo es asombro en la mirada extraña:
la nueva luz que a la piedra acompaña.
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