Poemas de Francisco de Rojas Zorrilla

Poemas de Francisco de Rojas Zorrilla

Poemas de Francisco de Rojas Zorrilla (1607-1648), destacado dramaturgo del Siglo de Oro español, perteneciente a la escuela de Calderón de la Barca. Su obra se caracteriza por una notable versatilidad, dominando tanto la tragedia como la comedia. En sus tragedias, exploró con audacia el concepto del honor y la dignidad del labrador frente a la nobleza.

Sin embargo, su mayor innovación radicó en la comedia de figurón, subgénero que perfeccionó mediante la creación de personajes caricaturescos definidos por un rasgo psicológico obsesivo. Con un estilo dinámico, diálogos ingeniosos y una técnica teatral depurada, Rojas Zorrilla influyó profundamente en el teatro europeo, especialmente en el francés, consolidándose como un autor fundamental de la escena barroca.

Sonetos

1

Corre con albos pies al espacioso

océano, veloz tarteso río,

assí no ciña el abrasado estío

tu dilatado curso glorïoso;

 

i di a mi ardor que crece tu espumoso

seno a las muchas lágrimas que envío,

o esparza la dudosa luz rocío

o muestre cintia lustre generoso.

 

Que oyendo en mustio son mi afán ardiente

de ti, con crespa lengua resonado

en verde prado o en sedienta arena,

 

será que blandas luzes al herviente

humor muestre (ya en vano derramado)

mi acerba i dulce i clara luz serena.

 

2

Sube, frondosa vid, i en estendido

ramo corona la desnuda frente

deste infelice povo, que al corriente

cristal yaze, de honor destituido.

 

Sube, assí no amanzille el aterido

ivierno en duro yelo tu ecelente

cima, ni febo, cuando más ardiente,

muestre a tu gloria el rayo embravecido.

 

Que pues, cuando en su lustre florecía,

te dio el áspero tronco i dilatado

seno donde luziesse tu ufanía,

 

es razón, sacra vid, qu’el despojado

leño de verde i fresca loçanía

ornes agora en su funesto estado.

 

3

Ya del sañudo bóreas el nevoso

soplo cessó, ¿el triste ivierno elado,

dando passo, al divino ardor templado,

huyó al profundo centro tenebroso.

 

I buelve el verde honor al espacioso

seno vuestro, del yelo despojado,

sacros povos, que ornáis el intricado

curso del claro guadiamar ondoso.

 

¡Felices vos!, que ufanos al süave

rayo de febo coronáis la frente,

libres del yerto humor que os oprimía.

 

Mas, ¡triste yo!, que de importuno i grave

yelo siento oprimir la frente mía,

lexos de ver mi altiva luz ardiente.

 

4

Menoba, que con turbia i alta frente

buelas veloz al gran tarteso río,

horrible a fuerça del pluvioso i frío

austro, la selva oprime tu corriente.

 

I vi yo cuando en la sazón ardiente,

corriendo apena, de cristal vazío,

ella te defendió del cano estío,

de tu ceñido umor mustia i doliente.

 

No des al aire, pues, ô río sagrado,

raízes de tan fiel i generosa

selva que te asombré al estivo fuego.

 

Templa la saña i el confuso i ciego

hervir de tu profunda agua espumosa;

assí discurras puro i dilatado.

 

5

Marchite, ¡ô nunca!, frío i cano yelo

de tus labios la dulce i blanda rosa,

do las gracias, do amor siempre reposa,

ni otro sitio invidiando ni otro cielo.

 

Dellos nunca a herir levanta el buelo,

ni hacha cuida o flecha rigurosa,

que una blanda palabra gracïosa

arma i enciende en el purpúreo velo.

 

Destos, pues, roxos, blandos i süaves

labios do se arma amor, i que encendieron

mi pecho en llama i rosa dulcemente,

 

¡nunca, ô tiempo!, permitas que los graves

yelos de edad la púrpura ardiente

amortigüen, i llama en que m’ardieron.

 

6

¡Salve, ô mancebo, flor de la hermosa

llama qu’enciende i cerca el puro cielo!,

cuanto menos que cintia generosa,

tanto luzes más cándido en el suelo.

 

Apazible destierra en la sombrosa

noche el horror de su medroso velo,

que aún no vibra su hacha luminosa

venus mirando al gran señor de delo.

 

Luze en su vez, ¡ô héspero dichoso!,

en su silencio, i con tu luz m’envia

a mi dulce esplendor i mi cuidado.

 

Y si tal vez sentiste el amoroso

fuego que assí encendió mi pecho helado,

dame no errar por tenebrosa vía.

 

7

Otro tiempo profundo i dilatado

te vi correr, ô sacro esperio río,

i ya te ciñe el abrasado estío

i tu luziente mármol seca airado.

 

Triste pensava yo nunca sobrado

sentir tal vez el ardimiento mío,

o elasse al tánais el ivierno frío,

o regalasse el sol su curso elado.

 

Pero si tú, gran lustre d’ocidente,

betis, siendo deidad, del inhumano

tiempo la vez i sientes la crüeza,

 

no desespero de mi ardor insano

buelta ver en ceniza la grandeza

mientra febo rayare en orïente.

 

8

Lánguida flor de venus, que ascondida

yazes, i en triste sombra i tenebrosa,

verte impiden la faz al sol hermosa

hojas i espinas de que estás ceñida;

 

i ellas el puro lustre i la vistosa

púrpura, en que te vi apuntar teñida,

te arrebatan, i a par la dulce vida

del verdor que descubre, ardiente rosa.

 

Igual es, mustia flor, tu mal al mío:

que si nieve tu frente descolora

por no sentir el vivo rayo ardiente,

 

a mí, en profunda oscuridad i frío

yelo, también de muerte me colora

l’ausencia de mi luz resplandeciente.

 

9

A don juan de fonseca i figueroa

ya la hoja que verde ornó la frente

desta selva, don juan, en el verano,

tiende amarilla por el suelo cano

fuerça de helado espíritu ardïente;

 

i la ova que en agua vi pendiente

de un güeco risco con verdor loçano,

mustio ya i sin color, despojo vano,

betis esplaya con mayor corriente.

 

I yo assí bien no desigual mudança

siento en mi mal, que ya mi ardor intenso

cambia el yelo en ceniza vana i fría.

 

¿Quién esperó igual bien? ¡ô grata usança

del tiempo: que fallece a par del día

si un hermoso verdor, un fuego ¡inmenso!

 

10

aunque pisaras, fili, la sedienta

arena qu’en la libia apolo enciende,

sintieras, ¡ai!, que el aquilón me ofende,

i del yelo i rigor la pluvia lenta.

 

Oye con qué rüido la violenta

furia del viento en el jardín s’estiende,

i que apena aun la puerta se defiende

del soplo que en mi daño se acrecienta.

 

Pon la soberbia, ô fili, i blandos ojos

muestra, pues ves en lágrimas bañado

el umbral que adorné de blanda rosa;

 

que no siempre tu ceño i tus enojos

podré sufrir, ni el mustio ivierno helado,

ni de bóreas la saña impetuosa.

 

11

Claro i tranquilo el mar me conduzía

a que sulcara su profundo seno,

i apena entré, cuando el color sereno

huyó, de bóreas con la saña fría.

 

Crespos montes de humor al cielo vía

subir, i el mar, d’oscura sombra lleno,

cambiar varios semblantes, i el terreno

assiento entre las olas parecía.

 

Entonce, ¡ai!, ô mesquino!, un mortal yelo

me cubría, i el güeco leño roto

luchava con las aguas fatigado.

 

En tanto afán, con voz ya incierta, al cielo

moví a piedad; libróme, i hize voto

de fiar nunca en ponto sossegado.

 

12

Cuando entre luz i púrpura aparece

l’alba, i despierto, ¡ai, triste!, i miro el día

i no hallo la blanca fili mía,

alba i púrpura i luz se me oscurece.

 

Lloro, i crece mi llanto cuanto crece

más la lumbre i la sombra se desvía;

i un torpe yelo assí me ata i refría

que aun la voz para alivio me fallece.

 

I a un tiempo apura amor con alto fuego

en este ancho desierto el pecho mío,

donde el pesar lo aviva más i enciende.

 

Lloro, pues, i ardo assí, i el mal se estiende

tanto, que a luz i a sombra i a rocío

muero en llamas i en lágrimas me anego.

 

13

¡Ai, amarilla selva, que desnuda

yazes, i en cano i yerto humor cubierta,

cómo tu hórrida faz en mí despierta

nuevo mal a mi incendio i llama cruda!

 

siéntome, ¡ai, triste!, arder cuando se muda

tu frente, i se descubre blanca i yerta;

i cuando l’alma tierra más desierta

se ve de luz, mi llama es más aguda.

 

Pero ¿qué mucho, ô selva, si la ardiente

hacha con que te alienta el claro día

declina tanto al austro pluvïoso,

 

i yo estoi tan cercano al refulgente

rayo que de sus hizes siempre envía

mi dulce ardor, aglaida, i glorïoso?

 

14

no esperes, no, perpetua en tu alba frente,

ô aglaya, lisa tez, ni que tu boca,

que al más helado a blando amor provoca,

bañe siempre la rosa dulcemente.

 

¿Ves el sol que nació resplandeciente,

cuál con luz desvanece tibia i poca,

i tú sorda a mis ruegos como roca

estás, en quien se rompe alta corriente?

 

goza la nieve i rosa que los años

te ofrecen; mira, aglaya, que los días

llevan tras sí la flor i la belleza;

 

que cuando de la edad sientas los daños,

as de invidiar el lustre que tenlas

i as de llorar en vano tu dureza.

 

15

Passa, tirsis, cual sombra incierta i vana

este nuestro vivir i, como nieve

al tibio rayo, desvanece en breve

todo apazible bien i gloria humana.

 

Mira cuánto en color, cuánto en loçana

juventud confiar el hombre deve,

si assí acabó medrano: ¡ô, en buelo leve

subido aya a la estança soberana!

 

siendo su fin veloz (aunque no incierto,

triste imagino aquél que nos aguarda)

sólo por no avenirle en pena, en lloro.

 

Tirsis, dexa este mar, buelve ya al puerto

la nave i busca el celestial tesoro:

que a nos, quiçá, tan triste fin no tarda.

 

16

Cuando te miro, ô fresno, assí al helado

soplo del aquilón, calvo la frente,

i al tibio i blando soplo de ocidente

de purpúreo verdor la cima ornado,

 

alegre buelvo a mi infelice estado

i esfuerço assí mi coraçón doliente:

«espera, no importunes al luziente

cielo con vozes i con llanto airado.

 

Tiempo será que tan crecida pena

acabe, i tu luz gozes, si oprimido

yazes aora en tan profundo yelo.

 

I si el bolver del incansable cielo

da a un mudo tronco el verde honor perdido,

¿cómo a ti no tu pura luz serena?»

 

17

yo acabaré, infelice, en el ondoso

golfo que ensaña i turba el viento airado,

pues en nevoso ivierno sulqué osado

piélago assí profundo i proceloso.

 

Ya me arrebata el ponto furïoso,

i miro el leño, en pieças desatado,

entre la espuma errar (¡ai, yo cuitado!)

i no el cielo a mis lágrimas piadoso.

 

Yo acabaré, pues me creí imprudente

del manso mar, que inmenso me rodea

i bolverá en sus olas mis desnudos

 

güesos. No fíe de cristal luziente,

tome exemplo en mi mal quien no dessea

ser, cual yo, pasto de nadantes mudos.

 

18

¡Náufraga onda, i cómo leda frente

tuya, mientra ocio fácil posseía,

otra vez me a engañado, que creía

siempre tranquilo tu cristal luziente!

 

ya no miro encresparse dulcemente

el mar con l’aura que ocidente envía,

mas espumosos montes que a porfía

levanta al cielo el euro furïente.

 

Tres vezes fueron ya qu’e1 hondo egeo

rompí, mal cauto, con aguda prora,

náufrago, i tantas lo sulqué animoso.

 

Debiera escarmentar, porque no ahora,

opuesto en vano al mar impetuoso,

llorara el cierto fin en que me veo.

 

19

Este que ves, ô güésped, vasto pino,

útil sólo a la llama ya en el puerto,

selva frondosa un tiempo, en descubierto

cielo dio amiga sombra al peregrino.

 

De la cumbre citoria al ponto vino,

por la mordaz segur el tronco abierto,

i después, alta máquina, el incierto

golfo abrió, siempre con hinchado lino.

 

Vientos, aguas sufrió; llegó a la aurora,

veloz nave, i rompió luengos caminos,

i a su patria bolvió soberbia i rica.

 

Mas no firme a sufrir del mar ahora

los ímpetus, por voto a los marinos

Dioses cástor y pólus se dedica.

 

20

Almo, divino sol, que en refulgente

carro sacas i ascondes siempre el día,

i otro i el mismo naces tras la fría

sombra que huye l’alba luz ardiente;

 

pura i cándida ilitia, que luziente

eres del cielo honor, si se desvía

el áureo rayo que tu hermano envía

a tu hermosa faz resplandeciente:

 

venid ambos, venid, lustre del cielo,

fáciles a mis ruegos. Tú, lucina,

seas blanda a celia en la cercana ora.

 

I pues te honra, ô febo, con divina

voz, da al infante cuando sienta el yelo

del aire, ingenio i dulce voz sonora.

 

Sestinas

1

crespas, dulces, ardientes hebras de oro

que ondas formáis por la caliente nieve,

¿cuándo veré salir las alvas luzes,

contento de encenderme en vuestro fuego,

que dexe de bolver al triste llanto,

bañado en cana espuma como cisne?

 

igual entonces el tebano cisne,

siempre ilustrara los celages de oro

por quien el coraçón destilo en llanto,

o asombren sueltos la purpúrea nieve

que esparze rayos de invisible fuego,

o recojan en áurea red sus luzes.

 

Mas mientra viere tus divinas luzes,

no dexaré de andar, cual blanco cisne,

cantando en muerte el amoroso fuego

en que me encienden, i los cercos de oro

que me desatan, como el sol la nieve,

por los ojos contino en dulce llanto.

 

Siempre resuelto estoi en puro llanto,

salgan de phebo o del dragón las luzes,

caya dulce rocío o caya nieve;

i aunque más dulce cante que alvo cisne,

nunca veré el compuesto en nieve i oro

con blandos ojos a mi ardiente fuego.

 

¡ô Si ya consumiesse el duro fuego

el miserable coraçón en llanto,

i nunca viessen más bordarse en oro

el cielo a la mañana aquestas luzes!,

pues ardo siempre en ondas como cisne

cuando sale la noche i cae la nieve.

 

Bien sé, triste, que puede arder la nieve

cuando se acabe mi infinito fuego,

i que abitar en él bien puede el cisne

cuando toque piedad del grave llanto

a mi eliodora en sus acerbas luzes,

i cuando esté ligado en lazos de oro.

 

Pues no me enlaza el oro ni la nieve,

den fin tus luzes a mi ardiente fuego,

i en llanto i muerte cantaré cual cisne.

 

2

De febo apolo el claro ardiente rayo

ya muda l’alta nieve en tibias ondas

del más helado i riguroso monte;

sólo a mi pura luz no cambia el yelo

en piedad su centella, ni la llama

que humedece los cercos de mis ojos.

 

El polvo, el siclamor, sus blandos ojos

abren con el calor del puro rayo

que esparze en tomo de phaetón la llama,

i con el fresco humor de vivas ondas;

mas nunca reverdece, suelto el yelo

(bien que a la faz del fuego), mi arduo monte.

 

Las plantas bolverán de cualquier monte

otra vez a cerrar sus lindos ojos,

i cubrirá sus calvas duro yelo

ante que yo vos vea, ô dulce rayo

del eterno splendor, bañada en ondas

por la piedad de mi sobervia llama.

 

¡ô Si en cana ceniza mi alta llama

buelta, anduviesse solo por el monte,

o por do forman triste voz las ondas

del betis, i no viesse aquellos ojos,

ni aquel luziente i amoroso rayo,

poderoso a encender el duro yelo!

 

amor, enciende el cristalino yelo

de mi dulce enemiga con tu llama,

si no quieres mirarme al duro rayo

suelto (cual en verano nieve al monte)

en lágrimas, i ciegos estos ojos

con el incendio de sus negras ondas.

 

I si no te movieren estas ondas,

ni de mi laida el amarillo yelo

a quererme mirar con blandos ojos,

sacude con valor tu acerba llama,

i abrásame cual suele a espesso, monte

un fogoso i horrendo i fiero rayo.

 

Pues duro rayo i encendidas ondas

no vencen deste monte el arduo yelo,

abrasa, llama, mis osados ojos.

 

Silvas

1

Queriendo pintar un pintor la figura de apolo en una tabla de laurel.

Mancho el pinzel con el color en vano

para imitar, ô febo, tu figura

en tabla de laurel: o los colores

no obedecen la mente ni la mano,

o huye también dafne tu pintura,

árbol, aún no olvidando tus amores.

Perdió la rosa i nieve que solía

teñir su boca i frente,

mas no la castidad con que vivía,

pues oi la guarda en la corteza dura.

 

Si perdió solamente

color i hermosura,

¿i anima el rudo tronco dafne esquiva

en tu desdén, aún a tu imagen viva?

a la aurora pinté en el horizonte

entre inflamadas nuves i distintas,

con puras luzes i rosado arreo.

De la ninfa que abita el güeco monte

mentí con los pinzeles el desseo,

cuerpo dando a la voz con varias tintas.

I tú, marte soberbio, aunque guerrero,

contra mí no vibraste el limpio azero

porque con los colores te mostrara

espirando fiereza.

 

Sola esta virgen prueva su dureza

en mí, porque intentara

que, leño informe, apolo la abraçara.

Dafne l’arte a vencido;

venció ya dafne l’arte.

¡ô Cintio, culpa tuya!

¿dó está el arco, dó está el divino aliento?

a tan flaco poder mengua es que huya

y que dél se remita alguna parte.

 

Dime, ¿l’antigua llama

con imperio en tu sangre se derrama?

¡que el desdén sólo puede en un rendido!

ya tu desprecio i no el del arte siento:

que sí queda sin gloria (ilustre apolo)

tu fábula, i sin lustre al mundo solo.

 

2

A la riqueza

¡ô mal seguro bien, ô cuidadosa

riqueza, i cómo a sombra de alegría

i de sossiego engañas!

el que vela en tu alcance i se desvía

del pobre estado i la quietud dichosa,

ocio i seguridad pretende en vano:

pues tras el luengo errar d’agua i montañas,

cuando el metal precioso coja a mano,

no a de ver sin cuidado abrir el día.

 

No sin causa los Dioses te ascondieron

en las entrañas de la tierra dura;

mas ¿qué halló difícil o encubierto

la sedienta codicia?

turbó la paz segura

con que en la antigua selva florecieron

el abeto i el pino,

i tráxolos al puerto,

i por campos de mar les dio camino.

 

Abriósse el mar i abriósse

altamente la tierra,

i saliste del centro al aire claro,

hija del’avaricia,

a hazer a los ombres cruda guerra.

Saliste tú i perdiósse

la piedad, que no habita en pecho avaro.

 

Tantos daños, riqueza,

an venido contigo a los mortales,

que aun cuando nos pagamos a la muerte,

no cessan nuestros males:

pues el cadáver que acompaña el oro,

o el costoso vestido,

sólo por opulento es perseguido;

i el último descanso i el reposo

que tuviera en pobreza, l’es negado,

siendo de su sepulcro conmovido.

 

¡A cuántos armó el oro de crüeza,

i a cuántos a dexado

en el último trance, ô dura suerte!

pierde su flor la virginal pureza

por ti, i vesse manchado

con adulterio el lecho, no esperado.

 

Al menos animoso,

para que te possea,

das, riqueza, ardimiento licencioso.

Ninguno hay que se vea

por ti tan abastado i poderoso

que caresca de miedo.

 

¿Qué cosa habrá de males tan cercada?,

pues ora pretendida, ora alcançada,

i aun estando en desseos,

pena ocultan tus ciegos devaneos.

Pero cánsome en vano; dezir puedo

que si sombras de bien en ti se vieran,

los immortales Dioses te tuvieran.

 

3

A la pobreza

desde el infausto día

que visité con lágrimas primeras,

me tienes, ô pobreza, compañía;

aunque tan buena, como dizen, fueras,

por ser tanto de mí comunicada,

me vinieras a ser menos preciada.

 

Diré tus males sin que mucho ahonde

en ellos, que es mui raro

lo que por glorias tuyas contar puedes.

Tal vez el que en su casa un monte asconde

 

de numidia i de paro

en arcos i paredes,

cuando entre el blando lino se rodea,

puesto de los cuidados en el fuego,

sin conocerte alaba tu sossiego,

i nunca, aunque lo alaba, lo dessea;

llegas a ser de alguno, en fin, loada,

mas de ninguno apenas desseada.

 

¿Si eres tú de los males

el que nos trata con mayor crüeza,

cómo podrá ninguno codiciarte?

después que nació el oro,

i con él la grandeza,

murió tu ser, murió tu igual decoro,

en otra edad divino:

¿si por esso, pobreza, en toda parte

con enfermo color andas contino?

 

con preciosos metales

siempre veo levantado

lo que tienes tú sola derribado.

¿Qué ciudad populosa

se sabe que por ti se aya fundado?

¿qué fuerça inespunable i espantosa

por ti se a fabricado?

 

el süave color, la hermosura

sólo en tu ausencia con su lustre dura.

Pintame la belleza

mayor que imaginares,

compuesta de jasmines i de grana:

si con vestido tuyo la adornares,

su lustre pierde i gracia soberana.

 

Pues cuando el agro ivierno,

hijo tuyo sin duda,

que, como tú, también siempre desnuda,

roba al bosque el verdor i lo despoja

de su amarilla hoja,

pobre por ti su frente,

ni su sombra codicia más la gente,

ni sus ramas las aves.

 

I si yo vanamente no dicierno,

¿cuándo armarse pudieron vastas naves

donde se vio tu sombra?,

¿cuándo exércitos gruessos?

el número infelice de sucessos

que por ti an avenido, ¿a quién no assombra?

hablen los nunca sepultados güessos

que en las playas blanquean,

de tantos que por falta de sustento

al mar rindieron el vital aliento.

 

¡Cuántos as ascondido

en los anchos desiertos

para que al mal seguro caminante

asalten encubiertos!

¡ô, en cuántas partes se verá teñido

el campo con la sangre de los muertos!

no hay voz, aunque de hierro, que bastante

sea a dezir los males que acarrean

duras necessidades.

 

Los pobres que habitan las ciudades,

¿qué afrenta no padecen?:

lo que por sus ingenios merecieron,

ô pobreza, por ti lo desmerecen.

¿Qué pobre hubo discreto?

¿cuándo tuvo amistades

que aun con pequeño honor correspondieran?

¿cuándo con la pobreza algún respeto

jamás se tuvo a las tendidas canas

que tú de blanca nieve, edad, coloras?

 

¡ô mentes de la humilde gente vanas,

no cuidéis, a despecho

de vuestra pobre i mísera fortuna,

levantaros al cerco de la luna!

mirad que cuantos hijos van saliendo

del nunca en vano frequentado lecho,

tantos esclavos, ¡ai!, os van creciendo

que ocupéis en mesquina servidumbre,

no sin tormento vuestro, no sin llanto.

 

¿Qué vale, ô pobres, levantaros tanto?

mirad que es necio error, necia costumbre,

soltar a la soberbia assí la rienda:

que yo apenas, humilde i sin contienda,

puedo contar en paz algunas oras

de las que passo en el silencio oscuro,

olvidado en pobreza i no seguro.

 

4

Al clavel

a ti, clavel ardiente,

invidia de la llama i de l’aurora,

miró al nacer más blandamente flora:

color te dio ecelente

i del año las oras más süaves.

 

Cuando a la ecelsa cumbre de moncayo

rompe luziente sol las canas nieves

con más caliente rayo,

tiendes igual las hojas abrasadas.

Mas, ¿quién sabe si a flora el color deves,

cuando devas las oras más templadas?

amor, amor, sin duda, dulcemente

 

te bañó de su llama refulgente

i te dio el puro aliento soberano:

que eres, flor encendida,

pública admiración de la belleza,

lustre i ornato a pura i blanca mano,

i ornato i lustre i vida

al más hermoso pelo

que corona nevada i tersa frente,

¡sola merced de amor, no de suprema

otra deidad alguna,

ô flor de alta fortuna!

 

cuantas vezes te miro

entre los admirables lazos de oro

por quien lloro i suspiro,

por quien suspiro i lloro,

en invidia i amor junto me enciendo.

Si forman por la pura nieve i rosa

(diré mejor, por el luziente cielo)

las dulces hebras amoroso buelo,

quedas, clavel, en cárcel amorosa

con gloria peregrina aprisionado.

 

Si al dulce labio llegas que provoca

a süave deleite al más helado,

luego que tu encendido seno toca

a su color sangriento,

buelves, ¡ai, ô dolor!, más abrasado.

¿Dióte naturaleza sentimiento?

¡ô yo dichoso a avérseme negado!

hable más de tu olor i de tu fuego

aquél a quien invidias de favores

no alteran el sossiego.

Poemas de Francisco de Rojas Zorrilla

5

A la rosa

pura, encendida rosa,

émula de la llama

que sale con el día,

¿cómo naces tan llena de alegría

si sabes que la edad que te da el cielo

es apenas un breve i veloz buelo,

i ni valdrán las puntas de tu rama

ni púrpura hermosa

a detener un punto

la execución del hado presurosa?

 

el mismo cerco alado

que estoi viendo rïente,

ya temo amortiguado,

presto despojo de la llama ardiente.

Para las hojas de tu crespo seno

te dio amor de sus alas blandas plumas,

i oro de su cabello dio a tu frente.

 

¡ô Fiel imagen suya peregrina!

bañóte en su color sangre divina

de la deidad que dieron las espumas,

¿i esto, purpúrea flor, esto no pudo

hazer menos violento el rayo agudo?

 

róbate en una ora,

róbate licencioso su ardimiento

el color i el aliento:

tiendes aún no las alas abrasadas,

i ya buelan al suelo desmayadas.

 

Tan cerca, tan unida

está al morir tu vida,

que dudo si en sus lágrimas la aurora

mustia tu nacimiento o muerte llora.

 

Décimas

1

No se causan mis enojos,

ô clori, de ajenas glorias;

otras temidas victorias

dan lágrimas a mis ojos.

No envidio dulces despojos

de amante favorecido,

que la suerte me a traído

a no amar ser envidiado;

moriré alegre abrasado,

como no fuera ofendido.

 

Fundo mi cierta alegría

en vivir dentro en mi fuego,

i aquel deleite me niego

que tu luz darme podría.

Mi dulce passión porfía

en llevarme a tu rigor,

pero ardiendo aun tengo horror

del desprecio con que miras,

i llego a sentir tus iras

más que a estimar tu favor.

 

No hay sombra de bien que pueda

concederme la fortuna;

crece mi llama importuna

esparziendo el humo en rueda.

I tan abrasado queda

el pecho de su violencia

que desmaya la paciencia;

mas después un favor lento

assí ensuavece el tormento

que aun lo busca la prudencia.

 

Mas tan poco se detiene,

que vengo a desengañarme

que amor no quiere matarme

porque más de espacio pene.

La esperiencia me previene

a que huya el cierto daño,

pero amo tanto el engaño

que a la imagen de un favor

siento apagado el dolor

del incendio más estraño.

 

No sé si llame piedad

a esta remissión de pena,

porque afloxar la cadena

para apretarla, es crueldad.

En esta inhumanidad

a mi llama lisonjea

un cierto error porque crea

en tan acabada fee

que no es cierto lo que ve

sino aquello que desea.

 

Yo triste a conocer vengo

que mi bien desvaneció;

como sombra me huyó;

lágrimas ya le prevengo

¿será qu’en el mal que tengo

halle imperio el llanto mío?

mas, ¡ô necio desvarío!:

contra llamas celestiales

no pueden tibios cristales

ostentar sobervio brío.

 

2

Quiero mi grave tormento

en silencio padecer,

pues assí usurpa el temer

la fuerça al atrevimiento.

Mas no es mi fuego tan lento

qu’el humo pueda ocultar;

modos vengo a dessear

con que desmienta mi ardor,

i la fuerça del dolor

aun quita el imaginar.

 

Pierda el nombre de atrevido

quien no pretende favores,

i no acuse mis dolores

quien nunca los a sufrido.

Viva yo en público olvido,

siempre ocioso a la memoria,

i alcance aquella vitoria

que me diere tu piedad:

que a corta capacidad

no conviene mayor gloria.

 

¿En qué te injuria quien ama,

clori, la encendida rosa

que por tu nieve hermosa

dulcemente se derrama?

no aumenta el rigor la fama;

sienta tu crueldad el día

que a hazer polvo porfía

el fuego con que as vencido,

porque ofender al rendido

es covarde valentía.

 

Y si es ofensa adorarte

dentro en mí con blando ruego,

permite que trate el fuego

pues él puede assí vengarte;

que si vienes a enojarte

con menor belleza miras:

¿el puro cielo que admiras

i los mares espaciosos

no se ven menos hermosos

cuando más muestran sus iras?

 

ofendes a tu razón

en tener tanta fiereza,

que amor es de la belleza

apazible adulación.

Quien no huie tu prisión

bien merece menor mal:

¿no ves el manso cristal

que a la flor que ama su frente

le da con crespa corriente

de agradecido señal?

 

3

En tan lento resistir

i en incendio tan severo

poco a la razón espero

i mucho temo al vivir.

Una ley vengo a sentir

cuya violencia no acuso;

tiemblo i sígola confuso,

que avisos de la prudencia

dizen que no hay resistencia

contra el imperio del uso.

 

I quedo entre este temor

con tal gusto persuadido,

que aun cuando más ofendido,

hallo deleite en mi ardor.

Tus altos modos, amor,

tarde llego a conocer:

el siempre elar i encender

a quien tu fe solicita

es porque sólo acredita

las glorias el padecer.

 

Solamente el bien de amar

quiero, sin correspondencia,

pues muere assí la paciencia

en naciendo el dessear.

Tiempo, dexa de apagar

el fuego que me eterniza:

que tu hielo atemoriza,

i el arte de la razón

no tiene juridición

para encender la ceniza.

 

Esta luz que en mí florece

i obraron passiones mías,

a la injuria de los días

sin advertir desvanece.

Fuerças el discurso ofrece

del ánimo al blando fuego;

mas su esfuerço i risa i juego

contra la edad a de ser:

que es violencia su poder

i el de la razón es ruego.

 

Pero si roba la flor

de tu voz i de tu aliento,

clori, el sol menos violento,

bien tengo a mi ofensa horror.

¿Qué osará humano valor

viendo divinos despojos?

mas, ¡ô importunos enojos!

pues aun no da la esperança

engaños a la vengança,

dé el dolor llanto a mis ojos.

 

A La Temprana Muerte Del Gran Poeta, Y Teólogo Insigne Doctor Iván Pérez De Montalbán

Mártir ya de su mismo entendimiento,

¡oh, quién no le heredara la memoria

para no vincular el sentimiento!

¡Oh cuánto bronce la futura historia

tiene de ocupar líneas ciento a ciento,

que dirán, por que no quede al olvido,

«este murió de no ser merecido»!

La codicia le dio la muerte fiera,

que nunca le dejó la pluma ociosa,

y esta vez fue no más la vez primera

que sirvió la codicia virtüosa.

Quiso ser más que él mismo y, como él era

todo lo más, la cuerda artificiosa

que concierta el reloj de nuestra vida

quebró de no gastada, de oprimida.

 

A Manuelillo, El Bufón De Palacio, Probando Que Es Bufón De Justicia Y No De Gracia

Canto a aquel que a quienes no corresponde,

canto al vicebufón como vizconde,

al gran sastre de luz cantar quisiera

que une al lado la mejor tijera;

a aquel que por patrones siempre iguales

corta el vestido a las pavesas reales;

a aquel que cara a cara en la compaña

dirá su parecer al rey de España.

 

Cantaré de la bufa al gran caudillo,

no aquel Manuel, no aquel, que hermosa o fiera

hacer sabe la cara de cualquiera,

porque en este el asumpto no repara

sino aquel que no sabe hacer su cara.

Manuelillo, el asumpto ha de apurarte,

bufón y de justicia he de nombrarte,

porque tiene tu ingenio tal desgracia

que caes en todo y no has caído en gracia.

 

Aprende a ser gracioso de Pernía,

que sufrió mil jeringas de agua fría;

por hacer una gracia rancia y vieja

diera el otro un bigote y una ceja.

Y aunque tú gozar pienses la vitoria,

no has de tener la gracia hasta la gloria

ni aun a Dios, que te hace tantos bienes,

no le das gracias porque no las tienes.

 

Con gravedad nos bufas, muy severo;

hermano, ¿eres bufón u consejero?

Y si esto es tu oficio, tu cuidado toma,

vete al Nuncio por gracias, vete a Roma,

y si esto fuere poco

ponte un hábito, hermano, o hazte loco,

y de San Juan le ponga tu codicia

porque tú eres bufón muy de justicia.

 

Si eres, porque tu oficio al nombre cuadre,

bufón por los servicios de tu padre,

ponte un rótulo, y diga en tu desgracia

«soy bufón de justicia y no de gracia»,

o ponte, por tu desgracia estás baldado,

las armas de la casa de Infantado,

y pues tu frialdad no te avergüenza,

sáquente a calentar a la vergüenza.

 

Y este silencio pregone a tu malicia:

«Bufón es este y esta es la justicia»

 

Romance

Agora que el corazón

con las alas que le informan

para morir en tus llamas

se habilita mariposa;

 

hoy que a la ley de la vida

tu providencia deroga

y hoy que el afecto se ataja

entre la lengua y la boca;

 

hoy que el día del olvido

resucita las memorias

y de la tribulación

llegan las primeras horas;

 

agora que por mis plantas

la muerte, ya ejecutora,

empieza a contar el feudo

que de los mortales cobra,

 

te busco, dulce Señor,

y para que me respondas;

si con lágrimas te llamo,

no estará tu piedad sorda.

 

¡Oh quién hubiera vivido

con alma tan temerosa,

oh Jesús, como si en ti

no hubiera misericordia!

 

¡Oh quién muriera también

con tal confianza agora,

como si ya tu justicia

no fuera siempre la propia!

 

Para mí se destinó

la máquina de tu gloria,

si no dármela es razón,

parece muy rigurosa.

 

¿De qué te hubiera servido

verter la sustancia roja

que desde tus sacras venas

se fue helando una con otra?

 

Por restaurarme moriste

y si agora no me cobras,

te quedas con el afrenta

sin llegar a la vitoria.

 

¿No me perdonas, Señor?

Mas la pregunta es impropia,

que quien baja la cabeza

ya está diciendo que otorga.

 

Esa lanzada mortal

que sacra púrpura arroja

como la he causado yo

se refresca o se alborota.

 

Tus ojos dos, que hacia dentro

arden divinas antorchas,

para no mirar mis culpas

pienso que los aprisiona.

 

Y entre tus labios también

traspillado el blanco aljófar

te atajaste las palabras

por no culparme las obras.

 

¿Espinas sobre tus sienes?

¿Con el castigo te adornas?

¡Oh, cómo eres rey prudente,

pues te ofende la corona!

 

De yerro esos penetrantes

clavos tus dos manos postran;

claro está que había de ser

yerro lo que a ti te enoja.

 

Mas, si perdonarme quieres,

tanto esos clavos importan

que un yerro saca otro yerro

y una injuria saca otra.

 

De perdón cuantas adoro

son señales misteriosas:

Dios, muerte, perdón y gracia,

todo es una misma cosa.

 

De ser misericordioso,

oh dulce Jesús, blasonas;

pues, Señor, a no haber culpa

no usaras misericordia.

 

¡Oh, qué de palabras gasto

con ser bastante una sola,

pues aún no he dicho una culpa

cuando las olvidas todas.

 

¡Oh, Jesús, y lo que debo

a tu piedad generosa,

pues me arrepiento tan tarde

y tan presto me perdonas!

 

Pero el alma que me anima,

o inspirada o animosa,

por gozar de la ocasión

se atropella por la boca.

 

El pecho ya se estremece,

no se muere, se alboroza,

que como es su centro el cielo

se levanta hacia la gloria.

 

Este espíritu recibe,

lo que me has prestado toma,

que aunque no va mejorado

que vuelva a tus manos sobra.

 

Al Salón Del Buen Retiro Hablando Con Los Que Cuidaron De Aquella Fábrica

Gerardo, bronces hay, buril procura,

no el pincel solicite nuestra gloria;

hechos que han de durar en la memoria

menos bien los conserva la pintura.

 

¿En sombras del Filipo la luz pura?,

¿en lejos tan cercana la vitoria?

¿Labras teatro a la pasada historia

y no fabricas templo a la futura?

 

Mas, oh ¿cómo tu celo no te engaña?

Mejor copia el pincel lo soberano

por si es eterno triunfo, que es de España.

 

Poco blasón, buril conquiste ufano,

que allá la mano hará mejor la hazaña

y aquí la hazaña hace mayor la mano.

 

Al Sepulcro De Frey Lope Félix De Vega Carpio

Epitafio

Este que en decoroso monumento

siendo ceniza, se habilita llama,

al peso que da luces a la fama

añade compasión al sentimiento.

 

Fue su accidente su merecimiento,

no el dolor fue el veneno que le inflama,

que a quien grande la voz del orbe aclama

parece que el vivir dura violento.

 

Este es el mismo llanto y el llorado,

sus méritos dirá su infeliz suerte,

no tuvo que invidiar y fue invidiado.

 

Su admiración en llanto se convierte,

de todos fue en la vida venera

doy nadie le premió si no es la muerte.

 

Un Romance Que Declare Cuál Estómagos Es Más Para Invididado, El Que Digiere Grandes Pesadumbres O Grandes Cenas

Romance

Aunque para hablar mejor

de Digestos la materia

era necesario ser

más letrado que poeta,

 

hoy que esta dificultad

me está llamando a la vena,

par Dios, quítome de dudas

y aténgome al de las cenas.

 

Ninguno como yo puede

hablar con tanta experiencia,

pues de Tréveris glotón

he faltado a la dieta.

 

Para cocer pesadumbres

y cenas, con diferencia

uno ha de ser con blandura

y esotro ha de ser con fuerza.

 

Luego en estos dos estremos

hace menos por mi cuenta

el que digiere blanduras

que el que digiere durezas.

 

Ítem más, señores míos,

yo más invidia tuviera

al que una cena digiere

que al que digiere una pena.

 

Que cocer la cena bien

cuesta mucha diligencia;

mas digerir pesadumbres

se hace a un cerrar de orejas.

 

Ítem más, aquel ingenio

hace mejores comedias

que en la mesa del teatro

digiere mejor las cenas.

 

Más ítem el deshincharse

es tener mucha modestia

y el digerir pesadumbres

es tener poca vergüenza.

 

Calorazo natural

me fecit, que este dispensa

papa de uno y otro plato

ocho grados de merienda.

 

Mas este asumpto es de ricos,

prosiga otro que lo sea,

que los pobres no sabemos

de pesadumbres ni cenas.

 

Mas si hubiera de escoger

un estómago eligiera,

no a prueba de pesadumbres,

sino a prueba de terneras.

 

SONETO [Atribuido]

De quince a veinte es niña, buena moza

de veinte a veinte cinco, y por la cuenta

linda mujer de viente cinco a treinta.

¡Dichoso aquel que en tal edad la goza!

 

De treinta a treinta y cinco no alboroza,

pero puede pasar con sal pimienta;

mas de los treinta y cinco a los cuarenta

cría niñas que labren su coroza.

 

Ya de cuarenta y cinco es baxilera,

habla gangoso y juega del vocablo;

de cincuenta serrados da en santera.

 

Y a los cincuenta y cinco hecho el retablo:

niña, moza, mujer, vieja, hechicera,

bruja y santera se la lleva el diablo.

 

DÉCIMA (a Rodrigo Méndez Silva)

Hoy con claros desengaños,

Silva, tu célebre historia

nos acuerda a la memoria

lo que olvidaron los años.

Ya ni lisonjas ni engaños

turbarán la luz mejor,

tú ilustras su resplandor.

Y así el que más ser presuma

tanto confiese a tu pluma

como debe a su valor.

 

Epigrama LXI

Recele de Filipo el otomano

menos ya la vitorias que su intento,

que es en Filipo acierto el pensamiento

y aun piensa menos que acertó su mano.

 

Con el venablo, si fatiga el llano,

ofrece en el amago el escarmiento;

lo visible es en él poco elemento,

despojo es suyo lo que aún no es humano.

 

Diga, pues, si a su brazo prodigioso

ni el plomo engaña ni el objeto miente,

el mundo ser efeto milagroso

 

si errará la diadema del Oriente,

que acertar en Filipe es lo forzoso

y ni aun errar en él es contingente.

 

Octavas

Llora, lágrimas negras, pluma mía,

y corra igual el llanto con el vuelo

de un prolijo accidente; la porfía

nos turbó la esperanza y el consuelo.

Suspenso está, no ha muerto, en urna fría,

el que para templar el desconsuelo

del fácil desengaño de la suerte

está viviendo con la misma muerte.

 

Su memoria dejó, subió a la gloria,

mártir ya de su mismo entendimiento.

¡Oh, quién no le heredara la memoria

para no vincular el sentimiento!

¡Oh, cuánto bronce la futura historia

tiene de ocupar líneas ciento a ciento!

Que dirán, porque no quede al olvido:

este murió de no ser merecido.

 

La codicia le dio la muerte fiera,

que nunca le dejó la pluma ociosa

y esta vez fue no más la vez primera

que sirvió la codicia virtuosa.

Quiso ser más que él mismo, y como él era

todo lo más, la cuerda artificiosa

que concierta el reloj de nuestra vida

quebró, no de gastada, de oprimida.

 

Pues si ves, caminante, los engaños

de nuestra torpe vida que te advierte

que los méritos solos son los años,

lastímete su falta y no su suerte.

 

Enséñale a tu idea desengaños,

que siempre escoge lo mejor la muerte;

que este a quien la piedad procura en vano

falleció de estudioso y no de anciano.

 

Seguidillas

Piden, cuando rezan

estas señoras

por el pan cotidiano

pan de la boda.

 

Y a los inquisidores

toca el castigo,

porque truecan las letras

del Santo Oficio.

 

Y por otra causa

les compete más,

que quien pide marido

pide familiar.

 

El pan de cada día

piden a voces,

y a gritos el marido

de cada noche.

 

Devociones son todas,

según entiendo,

porque todas piden

al padrenuestro.

 

Danos el marido

dijo otra después,

porque no del pan solo

vive la mujer.

 

Dame el marido nostrum

dijo una destas,

que como soy honrada

no soy paniega.

 

Y otras por todas dijo

más mesurada:

danos hoy el marido

y el pan mañana.

 

Y a la gran camarera

castigar tocó,

ni el marido nostrum

sino el dánosle hoy.

 

Que el pedir marido

es conveniencia

y parece gana

pedirle apriesa.

 

Pero este castigo

no le toca, no,

ni a la camarera

ni a la Inquisición.

 

Que si el marido cuida

de dar sustento,

la que pide el marido

pide el pan nuestro.

 

Cabeza De Motes, De Don Francisco De Rojas

Señoras:

Un galán hay que pretende a todas cuantas mujeres mira y otro que a ninguna quiere. Vuesas mercedes nos digan si es mejor para querido el que a todas las pretende o el que las desdeña a todas.

Papel en prosa

Damas cuyo semblante, por ser tan sereno, ha dado catarro a más de cuatro trasnochados amantes; soles tan de verano, que habéis dado tabardillo a los que para la luenga tornada a palacio caminan sin el quitasol de un guardadamas. Las que podéis favorecer con los desprecios y las que sabéis despreciar con los favores, esta mi cabeza de motes es para el patrocinio de vuestros pies, si es que librar se pueden de tan grandes rayos a la luz de tan breves sombras.

Ocho son las preguntas que esperan calificar vuestro buen gusto, y pues sois tan entendidas, que es mucho que hayáis salido tan hermosas, responded en un verso con el entendimiento y con el otro con la hermosura. Dios os vuelva a vuestra verdadera patria y os saque de andar de posada en posada.

Fecha en mi Retiro a las once de Manuelillo, que es fecho de los bufones, año de mil y seiscientos treinta y ocho. Mil deseos de serviros.

Don Sí de Ya me entienden.

 

Respuesta de las damas

Escuderón, ese vuestro papel fue puesto delante de una de nuestras sillas para que nos acompañase a reír sus necedades y pudierais escusar poneros a tú por tú con quien nunca se ha puesto a vos por vos. Hemos estrañado que quien suele gastar tan buena poesía se haya empeñado con tan mala prosa; con todo, por dar lugar a el aplauso del día, os hacemos saber en ocho respuestas lo que nos suplicáis por ocho preguntas.

Repetid ahora los motes y proseguí después con el papel, que si no sirviere a vos de gusto, servirá a los demás de escarmento.

Don Tebacio Fontanete a doña Blanca de Siruela:

¿Quién ama más por costumbre que por amor, qué merece?

Respuesta: Que todas le quieran bien por lo que él estima a todas.

Don Gerundio de Guzmán Álvarez a doña Antolina Mendo:

¿Qué mérito tiene aquel que no sabe qué es amor?

Respuesta: No quererle, que después cansará de muy amante.

Don Próspero a doña Sapiencia:

¿Es bueno para eligido el que no tiene electión?

Respuesta: El que ha de ser sino amante, ¿ha de saber qué es amor?

Don Pacífico a doña Rubicunda Cadere:

¿Qué decís de aquel que quiere a todas cuantas procura?

Respuesta: Que aún no ha hallado a quien querer.

Don Silverio de Rempica a doña Marina de Aguiar:

¿Es grosero aquel que inora méritos de la hermosura?

Respuesta: Grosero es quien los conoce y no sabe merecerlos.

Don Lucio a doña Lozana:

¿El que solicita a todas ofende a la que no ha visto?

Respuesta: No, que puede presumir que, vista, fuera ella sola.

Don Avilés Antonio de Silvana:

¿No es mejor el que ama a todas que no el que a ninguna quiere?

Respuesta: Este puede amar a la una tanto como el otro a todas.

Don Médico Almirez a doña Guiomar de Baza:

¿Por qué puede ser bien visto galán que a todas festeja?

Respuesta: Solo en que se viste al uso.

 

Prosigue el papel

Y saber para otra vez que las de acá arriba respondemos más de ingeniosas que de experimentadas, y os perdonamos por esta vez la grosería de preguntar cuál es mejor para eligido, siendo las que debiéramos ser quistión de vuestros deseos y no deseo de vuestras quistiones. Dios os dé nuestra gracia para vuestros motes y os lleve por el camino de la puerta el premio que habéis merecido con nuestro favor.

Deste siempre nuestro Retiro, a las once de Manuel González, que su mano besa.

Las que sabéis.

 

Epitafio A La Muerte De Doña Mariana De Alencastro, Condesa De Bailén

Soneto

No verás bien si lloras, mira atento,

peregrino, del tiempo la mudanza:

la que ayer era flor de la esperanza,

maravilla es aquí del escarmiento.

¡Oh, qué tarde la aplaude el sentimiento

de la muerte en la trágica venganza!,

porque es tan perezosa la alabanza,

que despierta a las horas del lamento.

No yace la que miras de sus años,

que falleció de no ser merecida;

malogró tantos méritos la suerte.

¿Quieres ver si triunfó de los engaños?

Al morir deseó tener más vida,

por solo conocer mejor la muerte.

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