Poemas de Hernando Domínguez Camargo

Poemas de Hernando Domínguez Camargo

Poemas de Hernando Domínguez Camargo (1606-1659) fue un sacerdote y poeta neogranadino, figura cumbre del Barroco de Indias. Nacido en Bogotá y formado con los jesuitas, su obra es el máximo exponente del culteranismo en América, siguiendo la estela de Luis de Góngora.

Su pieza maestra, el Poema heroico a San Ignacio de Loyola, destaca por una complejidad lingüística extrema, metáforas deslumbrantes y un uso magistral del hipérbaton. En su lírica, como se aprecia en el Ramillete de varias flores poéticas, fusionó la devoción religiosa con una sensualidad descriptiva que redefine la naturaleza tropical. Aunque a menudo fue criticado por su oscuridad estilística, hoy se reconoce su genio para aclimatar la estética europea al Nuevo Mundo, dotando a la literatura colonial de una identidad propia y sofisticada.

Placeres Terrenales

Así del tiempo, dijo, el curso engaño,

que en perezosos pies al ocio fía

en la estación en que, dentado, el año

caniculares rayos viste al día,

desatando las bolas en el paño

que breve es circo, donde desafía

el un marfil al otro, haciendo iguales,

»a gladiatores juegos, o ferales.

 

La Presa

Menos, al bote corvo de la acerba

rápida harpía, baharí violento,

con inciertas errores en el viento;

y fulminada menos en la hierba,

de su livor la maculó cruento,

hasta llegar al césped, donde en suma

infamó sus verdores con su pluma.

 

Desborde Gozoso

Tercera vez, del truco el atrio siente

chocarse los marfiles voladores.

Menos, aquella con esotra frente,

petulco cabritillos entre flores

se alternan choque lujuriosamente,

o celosos, o ya retozadores,

que opuestamente se acometen bola y bola,

hiriendo más feliz la de Loyola.

Al tiempo, pues, en que el aro aprieta

su marfil el Doctor con mano activa,

sin violarlo Loyola, una flaqueta

del trofeo al marfil opuesto priva;

su bola por el truco fugitiva,

tan lince penetró, tan encañada,

que en el bolillo se quedó clavada.

 

A la muerte de Adonis

En desmayada beldad
De una rosa, sol de flores,
Con crepúsculos de sangre
Se trasmonta oriente joven.

Cortóla un dentoso arado
Que, a no ser de ayal torpe,
Por la púrpura que viste,
Le juzgara marfil noble.

Cerdoso Júpiter vibra
Rayos, marfil, sobre Adonis,
Y el alma que trae de Venus
Hiere más, mientras más rompe.

Espumoso coral vierte
Que en verde esmeralda corre,
Mar de sangre en quien a Venus
Naufragio prepara Jove.

Verdugo monstruo ejecuta
De inflexible Dios rencores,
Y siendo amor el vendado,
Son cadahalsos los montes.

«¡Ay!, fiera sangrienta, dice,
Si asegundarte dispones,
Advierte que en la de Venus
No en mi vida, has dado el golpe.

Y matar una mujer
Con hazaña tan enorme,
Más para escupida es,
Que para esculpida en bronce».

Con esto se vino a tierra
Esta hermosura Faetonte,
Y exhala beldad, ceniza
Del sol que agoniza ardores.

De la herida a la ventana
El alma, al golpe, asomóse
Y aunque halló en la sangre escalas
Saltó atrancando escalones.

Cuando de cansar las fieras,
Ciudadanos de los bosques,
Venía la diosa Venus
Guisando a su amante amores.

Perlas desata en la frente,
Y su cuerpo exhala olores,
Que en amorosa porfía
Mejillas y aire recogen.

Juega la túnica el viento
Y entre nube holanda expone
Relámpagos de marfil,
Migajas de perfecciones.

Arroyo de oro el cabello,
Libre por la espalda corre,
De la cual pende un carcaj,
Vientre de dardos veloces.

Duplica en la espalda flechas,
Rigores ostenta dobles,
Bruñido dardo a las fieras,
Sutil cabello a los hombres.

Al pequeño pie el coturno
Le pone armiñas prisiones,
blando muro a dura espina
Que a tanta beldad se opone.

Fuentes le abrió de coral,
Quizá previniendo entonces,
Que tanto fuego tuviese
Por la sangre evacuaciones.

Hilos de rubí desata
Para que su nieve borden,
Con que en la tez de las rosas
Lácteos purpureó candores.

Ramos de sangre en tal cielo
Fueron cometas atroces
Que le escribieron desastres
En tan sangrientos renglones.

Espoleóle a su desgracia
Con la espina y arrojóse
Desde el risco del amor
Al zarzal de confusiones.

Trajinaria de distancias,
La vista escudriña el orbe,
Ve un atleta con la muerte
Luchando en rojas unciones.

A Adonis vio, jaspe yerto,
Por lo manchado y lo inmoble,
Y por dudar lo que ve,
Adrede le desconoce.

Asómase toda el alma
A los ojos, conocióle,
Y por dudar y engañarse,
Con engaños se socorre.

Beber la muerte en sus labios,
Cervatilla herida, escoge,
Muerte bebe en barro y vida
En boca rubí propone.

A voces le encaña el alma
Y a la de Adonis, sus voces,
Como se va por la herida,
Son a su prisa empellones.

Mira al cielo de su rostro,
Que alumbraban zarcos soles,
Y halla que a eclipsarlos vino
La luna de su desorden.

De las mejillas, que en rosas
Desabrocharon botones,
Si bordados, no alelíes,
Cárdenas violetas coge.

El panal dulce del labio,
Que entre ambrosia daba olores
Si es ámbar flor maltratada,
Hiel al néctar corresponde.

Mas las víboras de sangre,
Que se arrastran por las flores,
Nueva Eurídice, la muerden,
Miembros de mármol la ponen.

Rabiosamente se arroja,
Y es el remedio que escoge,
Beberle en la boca el mismo
Veneno que la corrompe.

La boca avecina al labio,
A heredarle el alma, adonde
Como llegó Venus muerta,
Alterna muerte matóles.

Ay Píramo!, ay, Tisbe nueva!
Riscos ablandáis que os lloren,
Pues caváis en una herida
Hoyo a dos vidas conforme.

Con las palabras enjagua
Y dando nieve en sudores,
Con cansados huelgos dice
Estas quejas a los dioses:

«¡Ay Dios bronce!
¡ay Dios diamante!
¡ay Júpiter!, cuando adores
A Europa toro, oro a Dafne,
Tus amores se malogren.

¡Ay, Apolo vengativo!,
Cuando con pies voladores
Sigas a Dafne, de ingrato
Laurel tus sienes corones.

¡Ay!, náufraga vida mía!,
Que un mar bermejo te sorbe
Y en la roca de la muerte
Te estrellas ya sin tu norte».
Dijo, y por la herida misma
Hasta el corazón entróse,
Que aún más allá de la vida
Un dulce amor se traspone.

 

A un salto por donde se despeña el arroyo de Chillo

Corre arrogante un arroyo
por entre peñas y riscos,
que, enjaezado de perlas,
es un potro cristalino.
Es el pelo de su cuerpo
de aljófar, tan claro y limpio,
que por cogerle los pelos,
le almohazan verdes mirtos.
Cíñele el pecho un pretal
de cascabeles tan ricos,
que si no son cisnes de oro,
son ruiseñores de vidrio.
Bátenle el ijar sudante
los acicates de espinos,
y es él tan arrebatado,
que da a cada paso brincos.
Dalen sofrenadas peñas
para mitigar sus bríos,
y es hacer que labre espumas
de mil esponjosos grifos.
Estrellas suda de aljófar
en que se suda a sí mismo,
y atropellando sus olas,
da cristalinos relinchos.
Bufando cogollos de agua,
desbocado corre el río,
tan colérico, que arroja
a los jinetes alisos.
Hace calle entre el espeso
vulgo de árboles vecino,
que irritan más con sus varas
al caballo a precipicio.
Un corcovo dio soberbio,
y a estrellarse ciego vino
en las crestas de un escollo,
gallo de montes altivo.
Dio con la frente en sus puntas,
y de ancas en un abismo,
vertiendo sesos de perlas
por entre adelfas y pinos.
Escarmiento es de arroyuelos,
que se alteran fugitivos,
porque así amansan las peñas
a los potros cristalinos.

 

Preámbulo heroíco

Para el dictamen tuyo soberano,

bronces enrubie el sol con rayo oculto;

un mármol pario, y otro, bruña ufano,

en que rinda el cincel, el ritmo culto;

sus diamantes la India dé a mi mano,

con qué escribir el título a su vulto;

y porque a siglo y siglo esté constante,

en cada letra gastaré un diamante.

 

Soledad Segunda

Éntrase el mar por un arroyo breve

Que a recibillo con sediento paso

De su roca natal se precipita,

Y mucha sal no sólo en poco vaso,

Mas su ruina bebe,

Y su fin, cristalina mariposa–No alada, sino undosa–,

En el farol de Tetis solicita.

Muros desmantelando, pues, de arena,

Centauro ya espumoso el océano–Medio mar, medio ría

Dos veces huella la campaña al día,

Escalar pretendiendo el monte en vano,

De quien es dulce vena

El tarde ya torrente Arrepentido, y aún retrocedente.

Eral lozano así novillo tierno,

De bien nacido cuerno

Mal lunada la frente,

Retrógrado cedió en desigual lucha

A duro toro, aun contra el viento armado

No, pues, de otra manera

A la violencia mucha

Del padre de las aguas, coronado

De blancas ovas y de espuma verde,

Resiste obedeciendo y tierra pierde.

 

A sus Murallas

Piedra lució de su rëal corona,

si ya no pedernal de su cadena,

a la que puso cátedra a Belona en una

y otra que la ciñe almena:

a la escoltada del león, Pamplona;

a la que altiva a su eslabón condena

la cerviz más exenta,

del que al muro o cauteloso escala, o bate duro.

 

A la escolta del león de Pamplona

Al pie de la muralla ha sacudido

una teñida en sangre,

y otra ala la fama y del destrozo enrojecido,

(que inculca apenas entre bala y bala)

un Babel de ruinas ha erigido,

que en riscos de coral al cielo iguala;

donde de España se clavó la gloria,

a escribir en los cielos su memoria.

 

La Figura de la Cruz

A un cortezudo tronco,

vinculado con cuatro hierros,

pende el bulto de un Cristo de metal,

tan lastimado del arte docta,

como del insulto del tiempo,

a sus injurias conjurado,

que, sus llagas con diente arando oculto,

con buriles de siglos perficiona

lo que el arte a su estrago le perdona.

El tronco rudo de la cruz nacía

del casco roto de una calavera,

que de su amada esposa

fue algún día alma de hueso de beldad parlera,

cuando rayos al sol le oscurecía

con la anulosa rubia cabellera que del hueso,

que risco es indecoro, undosos Nilos desataba de oro.

 

El Énfasis es Mío

De superior impulso conducido,

bien abrigado de la eterna diestra

y del divino arpón Ignacio herido,

esta cueva eligió para palestra,

adonde a brazo luchará partido

con el infierno todo,

a quien ya muestra, atleta soberano,

las arenas que vestirá con sangre de sus venas.

 

Alusivo a la Lucha

Este fue anfiteatro un año entero,

que le aclamó victorias agonales,

donde tierno aún el risco más severo

las migajas guardó de sus corales,

y lacrimoso más que lisonjero,

purpureó de sus venas sus cristales el arroyo,

y tres veces cada día de su sangre inundado, más crecía.

 

Cueva del Castigo

Se mulló a su breve sueño

un rugoso peñasco endurecido,

y el lecho compusieron halagüeño

aqueste agudo, esotro mal mordido pedernal […]

Muchos dentados hierros de la armería

ocupan de la cueva […]

cuando de Ignacio la constancia santa o los cansa,

o los gasta, o los quebranta.

 

Castigos de Penitencia

De un tronco en ramos dividida siete,

y cada uno un escorpión de acero

si ya no sierpe, cada cual comete

a cada extremo suyo un diente fiero,

hidra rubia de cáñamo,

acomete al débil cuerpo,

aun contra sí severo, la disciplina,

y escarpiar porfía sus espaldas tres veces al día.

 

Victoria Espiritual

Con estos, pues, favores halagado,

cuando más de asperezas consumido,

o retiro fue un año, regalado,

o teatro la cueva fue, aplaudido del cielo:

donde, atleta victoreado, siempre a Luzbel

lo desarmó rendido, pues aun los riscos

consagró vocales, que sus lauros cantasen trïunfales.

 

Tormenta y Naufragio

La nao del corazón,

en que la vida ondas surca de sangre,

en aquel trecho que su derrota

sigue esclarecida en los angostos

márgenes del pecho, de dos quebrados remos

conducida en las angustias de un violento estrecho,

encallada en un joven, donde rota,

en una de coral se anega gota.

Los vitales alientos zozobrados

de los pulsos delirios de pilotos,

los miembros forcejeaban anegados

en los del cuerpo términos remotos:

los iguales impulsos desatados,

en las arterias naufragaban rotos,

hallando, dubios, en la boca apenas

entre espumosas ondas las arenas.

De aqueste achaque, pues, tan tormentoso,

en el bajel del corazón perdido,

de un Caribdis a un Scila proceloso

duramente nadaba sacudido,

naufragando mortal,

el imperioso aliento de Loyola

esclarecido el Telmo fue,

que en el revuelto seno impuso

a su tormenta el dulce freno.

 

De Su Interés

Augusto así garzón, pisó los lares

de la corte de césares hispanos,

que de fortuna son en altos mares coronados

Caribdis soberanos: donde en náufragos votos,

los altares de ídolos fatiga

cortesanos indiana nao,

que en preciosa suma,

carga de oro por cargar de espuma.

 

Gloria con Sangre Ajena

¡Oh espada, dijo, bien nacida,

llave que las chapas abriste de la vida,

de aquesta mano levemente grave

en ocasiones del honor regida:

timón, que vinculándote a la nave

de mi fortuna, en muchos conducida

mares de ajena sangre,

que inculcaste, nuevos mundos

de gloria me ganaste!

 

Soldado al Servicio del Rey

Aquí se bosquejó para la guerra

en su imagen de caza;

a sus pinceles pluma ofreció el halcón;

Inglaterra pelos le vinculó a sus lebreles;

tiento el venablo fue,

lienzo la tierra y del bosque pintor,

del monte Apeles,

tal color dio la sangre al aparato,

que a la verdad se le atrevió el retrato.

Poemas de Hernando Domínguez Camargo

A Tifis

¡Oh Tifis, tú conculcador primero,

en bastarda, en plebeya, en torpe haya,

del no violado imperio del mar fiero,

de la hasta ti temida, undosa raya!

Temeridades tuyas hoy severo castiga

el mar en la infamada playa,

en cuanta lastimando está su arena,

deshecha quilla, quebrantada entena.

 

A un Antivalor

¡Oh interés, que las selvas arrojaste

en tanto unido monstruo, en tanto abeto,

en el piélago undoso en quien hallaste

en tantos siglos mundo a ti secreto;

y en uno y otro mar, lince,

inculcaste de la rugosa concha

el hijo neto, en cuyo alcance,

quebrantadas quillas,

más que ellas conchas, diste a las orillas!

 

Al Escollo

¡Oh escollo, tú, del norte hidropesía,

Clicie de piedra que sus rayos bebes,

imán de cuyo amor el hombre fía

alados bosques y montañas leves

del ponto falso, y a inquirirle al día

los más secretos términos,

atreves tanto pueblo de naos,

que sin camino las zonas borra con precito lino!

 

El apóstrofe continúa

Tú, pues, codicia, pérfido piloto,

despreciadas de Alcides las Colunas,

con tres quillas rompiste el nunca roto

piélago occidental de otras algunas;

y sobornando al mar náutico voto,

porfiaste hasta las rocas importunas del Istmo,

que cordel son diamantino del arco

de ambos mares cristalino.

 

A la Codicia

A pesar, pues, del indio, cuya frente,

cuya espalda vistió exquisita suma,

de plumas ésta, aquélla del luciente aljófar

que le dio su rica espuma:

la flecha a quien sus aves dieron pluma,

quebrada, violó perlas en la orilla

de esta mi cuna tu obstinada quilla.

 

Octava XXXV

Condujiste después linos segundos

al mar, cuna de sol, donde el aurora

en los senos esconde más profundos

lo que en las conchas más rugosas llora;

muró en vano, después, sus nuevos mundos,

cuanto espumoso monstruo el agua mora,

con las que alterna formidable

señas de mástiles rompidos en sus peñas.

 

Octava XXXVIII

¡Oh, cuánto cuesta al lusitano noble,

a las Quinas del viento triunfantes

(que en cuanto ladra hipérboles de roble,

y de obstinado pino arma elefantes

piélago no hay fragoso que no doble),

hallar el firmamento de diamantes,

la láctea vía de la perla neta,

y del rubí la eclíptica secreta!

 

Octava CXXX

Antes que tú nacieses, el membrudo

jayán era temido, y el soldado

la defensa preciaba de su escudo;

un dardo de la cuerda era arrojado

al áspid más fatal; ariete rudo

desmigajaba el muro levantado;

nacida tú al cañón, halló tu ira

contra distantes vidas longemira.

 

Árboles que Aromatizan

Del firmamento verde el numeroso

vulgo plebeyo es astro, aunque lucido,

que el Zodíaco pueblan espumoso

del arroyo que, en flores escondido,

en el jazmín que inunda populoso

Vía Láctea al abril le ha florecido.

Éstos las fuentes y la pila arrean,

a luz de flores, o astros de ámbar sean.

 

Productos que pueblan la mesa

Paradas mesas la opulencia tuvo

el número de huéspedes lustroso,

que en lo mucho exquisito se entretuvo

si mucho se admiró de lo precioso;

tela donde un estómago mantuvo

de los cuatro elementos victorioso,

pues ni la tierra piel, la mar escama,

ni el aire pluma le negó a la llama.

 

Animales en América

Rojo penda terliz, ya que no bello,

sobre el pico, ni adunco ni torcido,

o fuelle de zafir sople en su cuello

a su canto, ni arrullo ni gemido,

el ave que, en el hombro o el cabello,

ya del Inca es diadema, ya vestido;

que hospedando en sus arcas al oriente,

voló a la mesa desde el occidente.

 

Invectiva

Donde se finge a la ceniza leve

renacencia en el pórfido luciente,

que un siglo más allá, en la pira breve,

rempuje la memoria ilustremente:

ambición del cadáver, que se atreve

con poco mármol al secreto diente

del tiempo, que lo roe y más olvida,

muerta dos veces una misma vida.

Donde alista en un hilo en pocos granos

una escuadra el oriente de luceros,

a cuyos netos globos soberanos

(balas de auroras) no hay dobles aceros:

opulenta aritmética de indianos,

que su riqueza suma en pocos ceros,

y el más profundo investigando abismo,

a la codicia halló nuevo guarismo.

¡Oh ambición, que oprimida de grandezas

vistes la corte de purpúreas ropas;

sierpe, que en tantas se partió cabezas

cuantas la pretensión adoró tropas:

que brindas con hidrópicas altezas

al camaleón, que te apuró las copas,

y en ellas bebe sed el mayor Numa,

pues seca al néctar ponzoñosa espuma!

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