Poemas de Félix María de Samaniego

Poemas de Félix María de Samaniego

Poemas de Félix María de Samaniego, narrador de anécdotas y el azote satírico de la España dieciochesca. Con una vehemencia que oscila entre el rigor moral y la picardía más cruda, transformó la fábula en un espejo deformante de la vanidad humana. Sus versos, de una agilidad métrica envidiable, no solo buscan instruir, sino fustigar los vicios con una ironía que a menudo roza el cinismo.

Mientras otros se perdían en abstracciones, Samaniego diseccionó la naturaleza humana con la frialdad de un naturalista y el ingenio de un cortesano. Su poesía es un manifiesto de la razón pragmática, donde la supervivencia y la astucia prevalecen sobre el idealismo vacío. Es el triunfo del sentido común ilustrado, destilado en rimas que castigan la soberbia y celebran la agudeza intelectual.

El Viejo y la Muerte

Entre montes, por áspero camino,

Tropezando con una y otra peña,

Iba un viejo cargado con su leña.

Maldiciendo su mísero destino.

 

Al fin cayó, y viéndose de suerte

Que apenas levantarse ya podía.

Llamaba con colérica porfía

Una, dos y tres veces a la muerte.

 

Armada de guadaña, en esqueleto,

La Parca se le ofrece en aquel punto;

Pero el viejo, temiendo ser difunto.

Lleno más de terror que de respeto.

 

Trémulo la decía y balbuciente:

i Yo… Señora… Os llamé desesperado;

Pero…» — «Acaba; ¿qué quieres, desdichado?»

— «Que me cargues la leña solamente».

 

Tenga paciencia quien se crea infelice;

Que, aun en la situación más lamentable ,

Es la vida del hombre siempre amable.

El viejo de la leña nos lo dice.

 

La melindrosa

Señor don Juan, quedito, que me enfado.

¿Besar la cara? Es mucho atrevimiento.

¿Abrazos? ¡Ay Jesús!, no lo consiento.

¿Cosquillas? No las hay por ese lado.

 

¿Remangarme? ¡Ay, Juanito!, ¿y el pecado?

¡Qué malos sois los hombres!… Pasos siento.

¿No es nadie? Pues, bien, vaya en un momento;

mas ¡cuidado!, no venga algún criado.

 

¡Jesús!, que loca soy! ¡Quién lo diría

que con un hombre yo!… ¿Cómo cristiana?,

que ya de puro gusto… ¡Ay, alma mía!

 

¡Traidor, déjame, vete…!, ¿Aún tienes gana?

Pues cuando tú lo logres otro día…

Pero, Juanito, ¿volverás mañana?

 

La gallega

Casó Maruxa, gruesa gallegota

de luenga agigantada catadura,

con Domingo Chaveila, tal ventura

se celebró con zambra y con chacota.

 

Hubo gaita, garrote, danza y bota

que festejó la posesión futura

y ella, caliente, finge una apretura

para irse a la cama sin dar nota.

 

Despídese la turba lastimada,

y ella, sus atavíos deponiendo,

toda la cama ocupa esparrancada.

 

El la dice: -Muller, eu non intiendo

donde acostarme. ¿Non?, dice agitada,

pues ella propio sellu está diciendo.

 

El país de afloja y aprieta

En lo interior del África buscaba

un joven viajero

cierto pueblo en que a todos se hospedaba

sin que diesen dinero;

y con esta noticia que tenía

se dejó atrás un día

su equipaje y criado,

y, yendo apresurado,

sediento y caluroso,

llegó a un bosque frondoso

de palmas, cuyas sendas mal holladas

sus pasos condujeron

al pie de unas montañas elevadas

donde sus ojos con placer leyeron,

en diversos idiomas esculpido,

un rótulo que hacía este sentido:

Esta es la capital de Siempre-meta,

país de afloja y aprieta,

donde de balde se goza y se mantiene

todo el que a sus costumbres se conviene.

«¡He aquí mi tierra!», dijo el viandante

luego que esto leyó, y en el instante

buscó y hayó la puerta

de par en par abierta.

Por ella se coló precipitado y vióse rodeado,

no de salvajes fieros,

sino de muchos jóvenes en cueros,

con los aquellos tiesos y fornidos,

y armados de unos chuzos bien lucidos,

los cuales le agarraron

y a su gobernador le presentaron.

Estaba el tal, con un semblante adusto,

como ellos, en pelota; era robusto

y en la erección continua que mostraba

a los demás sobrepujaba.

Luego que en su presencia estuvo el viajero,

mando le desnudasen, lo primero,

y que con diligencia

le mirasen las partes genitales,

que hallaron de tamaño garrafales.

La verga estaba tiesa y consistente,

pues como había visto tanta gente

con el vigor que da Naturaleza,

también el pobre enarboló su pieza.

Como el gobernador en tal estado

le halló, díjole: «Joven extranjero,

te encuentro bien armado

y muy en breve espero

que aumentarás la población inquieta

de nuestra capital de Siempre-meta;

más antes sabe que es el heroísmo

de sus hijos valientes

vivir en un perpetuo priapismo,

gozando mil mujeres deferentes;

y si cumplir no puedes su costumbre,

vete, o te expones a una pesadumbre.»

«¡Oh! Yo la dejaré desempeñada»

el joven respondio,

«si me permite

que en alguna belleza me ejercite.

Ya véis que está exaltada

mi potencia, y yo quiero

al instante jo…» «¡Basta! Lo primero»

dijo el gobernador a sus ministros

«se apuntará su nombre en los registros

de nuestra población; después, llevadle

donde se bañe; luego, perfumadle;

después, que cene cuando se le antoje;

y después enviadle quien le afloje.»

Dijo y obedecieron,

y al joven como nuevo le pusieron,

lavado y perfumado,

bien bebido y cenado,

de modo que en la cama, al acostarse,

tan solo panza arriba pudo echarse.

Así se hallaba, cuando a darle ayuda

una beldad desnuda

llegó, y subió a su lecho;

la cual, para dejarle satisfecho,

sin que necesitase estimularlo,

con diez desagües consiguió aflojarlo.

Habiendo así cumplido

las órdenes, se fue y dejó dormido

al joven, que a muy poco despertaron

y el almuerzo a la cama le llevaron,

presentándole luego otra hermosura

que le hiciese segunda aflojadura

Esta, que halló ya lánguida la parte,

apuró los recursos de su arte

con rápidos meneos

para que contentase sus deseos,

y él, ya de media anqueta, ya debajo,

tres veces aflojó, ¡con qué trabajo!

No hallándole más jugo

ella se fue quejosa,

y otra entró de refresco más hermosa,

que, aunque al joven le plugo

por su perfección rara,

no tuvo ya nada que le aflojara.

Sentida del desaire,

esta empezó a dar gritos, y no al aire,

porque el gobernador entró al momento

y, al ver del joven el aflojamiento,

dijo en tono furioso:

«¡Hola! Que aprieten a este perezoso.»

Al punto tres negrazos de Guinea

vinieron, de estatura gigantea,

y al joven sujetaron,

y uno en pos de otro a fuerza le apretaron

por el ojo fruncido,

cuyo virgo dejaron destruido.

Así pues, desfondado,

creyéndole bastante castigado

de su presunción vana,

en la misma mañana,

sacándole al camino,

le dejaron llorar su desatino,

sin poderse mover. Allí tirado

le encontró su criado,

el cual le preguntó si hallado había

el pueblo en que en balde se comía.

«¡Ah, sí, y hallarlo fue mi desventura!

-el amo respondió. «Pues ¿qué aventura

-el mozo replico- le ha sucedido,

que está tan afligido?

En esa buena tierra

no puede ser que así le maltrataran.»

«Mil deleites -el amo dijo- encierra

y, aunque estoy desplegado, yo lo fundo

en que si como aflojan no apretaran,

mejor país no habría en todo el mundo.»

 

La fregona

Estaba una fregona por enero

metida hasta los muslos en el río,

lavando paños con donaire y brío

y mil necios trayendo al retortero.

 

Un cierto conde alegre y placentero

la pregunta por gracia: —¿Tienes frío?

Respondió la fregona: —Señor mío,

siempre llevo conmigo yo un brasero.

 

El conde, que era astuto y supo dónde,

la dijo, haciendo rueda como un pavo,

que le encendiera un cirio que traía.

 

Y dijo entonces la fregona al conde,

alzándose las faldas hasta el cabo:

—Pues sople ese tizón Vueseñoría.

 

El gallo y el zorro

Un gallo muy maduro,

de edad provecta, duros espolones,

pacífico y seguro,

sobre un árbol oía las razones

de un zorro muy cortés y muy atento,

más elocuente cuanto más hambriento.

 

«Hermano», le decía,

«ya cesó entre nosotros una guerra

que cruel repartía

sangre y plumas al viento y a la tierra.

Baja; daré, para perpetuo sello,

mis amorosos brazos a tu cuello.»

 

«Amigo de mi alma»,

responde el gallo, «¡qué placer inmenso

en deliciosa calma

deja esta vez mi espíritu suspenso!

Allá bajo, allá voy tierno y ansioso

a gozar en tu seno mi reposo.

 

«Pero aguarda un instante,

porque vienen, ligeros como el viento,

y ya están adelante,

dos correos que llegan al momento,

de esta noticia portadores fieles,

y son, según la traza, dos lebreles.»

 

«Adiós, adiós, amigo,

dijo el zorro, «que estoy muy ocupado;

luego hablaré contigo

para finalizar este tratado.»

El gallo se quedó lleno de gloria,

cantando en esta letra su victoria:

 

Siempre trabaja en su daño

el astuto engañador;

a un engaño hay otro engaño,

a un pícaro otro mayor.

 

La vieja y el gato

Tenía cierta vieja de costumbre,

al meterse en la cama,

arrimarse en cuclillas a la lumbre,

en camisa, las manos a la llama.

En este breve rato,

le hacía un manso gato

dos mil caricias tiernas:

pasaba y repasaba entre sus piernas.

Y como en tales casos la enarbola,

tocaba en cierta parte con la cola.

Y la vieja cuitada

muy contenta decía: -Peor es nada.

 

El fraile y la monja

Hallándose cortejando

cierto fraile a una monjita,

mientras que la requebraba

le enseñaba su pi…

Su pipa con que fumaba.

La monja, como era lega

y profesaba al otoño,

radiaba por darle entrada

y le enseñaba su co…

Su copo con que ella hilaba.

El fraile, como enojado,

la dijo con disimulo:

-No fuera malito, hermana,

soplárselo junto al cu…

Al cubo que saca el agua.

La monja, como agraviada,

le dijo sin agasajo:

-Váyase el fraile a la mierda

que le cortase el cara…

El caracolito que rabia.

 

El panadizo

Un gordo capuchino confesaba

a una sierva de Dios que se quejaba

de un panadizo fiero que tenía

en un dedo ya mucho tiempo hacía,

el cual, sin mejorarse con ungüentos,

cada vez le causaba más tormentos.

El fraile, de su mal compadecido,

la dijo: -Hermana, tenga por perdido

el tiempo que se aplica

asquerosos emplastos de botica,

pues sé por experiencia

que cuando se endurece una dolencia

el remedio mejor para curarla

es tratar de ablandarla

metiendo aquella parte dolorida

en paraje caliente:

yo creo que en su cuerpo halle cabida

para que el panadizo se reviente

introduciendo el dedo en el bujero

que bajo del empeine está primero.

La devota, en el fraile confiada,

puso su dedo en cura, y agitada

por las varias cosquillas que la hacía

al punto que allí dentro le metía,

tanto incesantemente meneose

que al cabo el panadizo reventose.

Para mostrar su agradecido afecto

le contó al capuchino el buen efecto

que su remedio había producido:

a que él la dijo entonces afligido:

-iAy, hermana!, que sea enhorabuena,

pero sepa que yo sufro igual pena,

pues tengo un panadizo pernicioso

en el miembro precioso

que las mujeres aman,

en el dedo sin uña: así le llaman;

y no tengo, ¡ ay de mí!, para ablandarle

sitio donde meterle y menearle.

-Por eso, padre mío, no se apure,

ella le dijo: pues por que se cure,

a pesar del rubor, yo mi agujero

prestarle agradecida al punto quiero.

En efecto: a la cura que promete

la devota se pone, y luego mete

su dedo colosal el fraile dentro,

y empujando y moviéndole en el centro,

logró por fin de operación tan seria

soltara el panadizo la materia.

Sacó su dedo sano y deshinchado

el fraile; y viéndole más sosegado

la devota le dice: -Padre mío,

perdone a mi malicia un desvarío,

pero yo le confieso francamente

que al tiempo de la cura antecedente

sospeché de su ardor y movimiento

que atropellaba el sexto mandamiento.

A que el fraile responde: -¿Eso dudabas?

toma, si no es, no, ¿pues qué pensabas?

Oyendo la respuesta decisiva

la sierva del Señor quedó suspensa

viendo que su virtud madurativa

era una grave ofensa

del precepto de Dios; pero no obstante

le replicó al instante:

-¡Aunque es culpa, su gusto satisfizo!

Padre, ¿cuándo tendrá otro panadizo?

 

Soneto de Manuel

Ardiente una muchacha el otro día,

en tanto que su madre en misa estaba,

llena de miedo y turbación dudaba

si a su amante Manuel se lo daría.

 

Temiendo si preñada quedaría,

entre darlo y no darlo vacilaba,

y el valiente mozuelo la animaba

diciendo que al venir lo sacaría.

 

Fueron tan poderosos los ataques,

que consiguió, por fin, verla en el suelo,

y dijo al derramar de los zulaques:

 

-Qué suave es la sustancia del ciruelo:

por tu vida, Manuel, no me la saques,

y más que llegue la barriga al cielo.

 

Los calzones de san Francisco

A media noche muchos gritos daba

una casada, y confesión pedía

diciendo se moría

de un cólico cruel que la mataba.

Llamose a un reverendo franciscano

que era su confesor, y de antemano

estaba prevenido

para coquifear a su marido

y lograr sin peligro sus placeres.

¡Qué no discurren frailes y mujeres!

Luego que con la moza se halló a solas,

se quitó el reverendo los calzones,

y libre de prisiones,

la hizo sin respirar tres carambolas.

Así que la purgó de sus pecados,

dejando sus calzones olvidados

se marchó a su convento,

donde le aguó esta falta su contento.

Contó el lance al portero claramente

y le dejó instruido

de una industria prudente

que estorbase las quejas del marido.

Entró luego en el cuarto de su esposa

aquel buen hombre, y la primera cosa

que halló en el suelo fueron los calzones

del fraile, con muy puercos lamparones.

Tomolos, conoció la picardía,

y rabioso se fue a la portería,

donde el bribón portero y el paciente

tuvieron el diálogo siguiente:

-Hermano, dígame, ¿ qué solicita?

-Que hablar se me permita

al padre guardián. -Ahora no puede.

-¿Por qué? -Pues, ¿ no sabéis lo que sucede

a la comunidad? -Todo lo ignoro.

-¡Ay, hermano!, han perdido su tesoro.

-¿Cuál era? -Una reliquia peregrina

por la que hay en el coro disciplina.

-¿Cómo ha sido? -Esta noche la han llevado

para una enferma y la han extraviado

no sé de qué manera.

-¿Y qué reliquia era

la que causa tan grandes aflicciones?

-Eran de San Francisco los calzones.

-No es el remiendo de la misma tela,

muy bien pegado está, pero no cuela:

yo traigo aquí guardados

unos calzones puercos y sudados

de un fraile picarón, que con vileza

me ha compuesto esta noche la cabeza.

Mírelos bien atento

dibujados con manchas de excremento.

¿Le parece que un santo así tendría

los calzones con tanta porquería?

-Esos son, el portero dice ufano,

quitándoselos luego. Cese, hermano,

¿cómo en su mente cabe

tan injuriosa idea?

Pues acaso no sabe

que murió San Francisco de diarrea?

 

El sombrerero

A los pies de un devoto franciscano

acudió un penitente, —Diga hermano,

¿qué oficio tiene? —Padre, sombrerero.

—¿Y qué estado? —Soltero.

—¿Y cual es su pecado dominante?

—Visitar a una moza. —¿Con frecuencia?

—Padre mío, bastante.

—¿Cada mes? —Mucho más. —¿Cada semana?

—Aun todavía más. —¿La cuotidiana?

—Hago dos mil propósitos sinceros…

—Pero dígame hermano, claramente:

¿Dos veces al día? —Justamente

—¿Pues cuando diablos hace los sombreros?

 

La pulga

Una noche ardorosa,

después de haber cenado alguna cosa,

la joven Isabela

en su lecho acostada

del todo despojada

trataba de entregarse al dulce sueño.

Mas una infame pulga la desvela

picando con empeño

ya el reducido pie, ya la rodilla,

ya la rolliza y blanca pantorrilla.

La joven, impaciente,

echa inmediatamente

su linda mano a donde piensa hallarla,

y algo bueno daría por pillarla;

pero el bicho maldito,

sin dársele ni un pito,

cuanto más le persigue

más salta, y brinca, y sigue con su empeño;

hasta que Isabelilla, incomodada,

con la sangre encendida,

no pudiendo sufrir más la cuitada,

salta fuera del lecho enfurecida,

coge la luz, se pone patiabierta

y en medio de las piernas la coloca;

pero se vuelve loca

y con la infame pulga nunca acierta.

La ve mil veces, otras tantas huye;

sobre ella pone el dedo, y se escabuye;

que de aquí para allá siempre saltando,

parece con la niña estar jugando.

Ésta, por eso mismo más airada,

jura la ha de pagar muy bien pagada,

y con tan gran ahínco la persigue

que, vaya a donde vaya, allá la sigue.

A fuerza de luchar, casi perdida

se halla al fin la insufrible picadora,

y por ver si se libra, va y se mete

en aquel lindo y virginal ojete,

que tan dulces placeres atesora.

La niña, entonces, más sobrecogida,

más sofocada y con la sangre hirviendo,

también el albo dedo va metiendo

a ver si allí la encuentra;

y a medida que lo entra

y que hurga presurosa,

halla una sensación tan deliciosa

que a continuar la excita,

el dedo a toda prisa meneando

hasta que, blanca espuma derramando,

queda la pobrecita,

la boca medio abierta y fatigada

y los ojos en blanco y desmayada.

Como, a pesar de todo, no saliera

el bichillo infernal de su tronera,

desde entonces apenas pasa el día

que no le busque con igual porfía.

 

La campanilla

Preguntó en el Paular un forastero

el uso de una grande campanilla

que veía en el claustro; y el portero

le respondió: -El oírla es maravilla,

porque sólo se toca cuando fiero

el tentador carnal los frailes pilla.

A que el curioso replicó guiñando:

-Pues, padre, estará siempre repicando.

 

El loro y la cotorra

Tenía una doncella muy bonita,

llamada Mariquita,

un viejo consejero

que en ella por-entero,

cuando se alborotaba

su cansada persona, desaguaba

con tal circunspección y tal paciencia

como si a un pleito diese la sentencia.

Era de este señor el escribiente

un mozuelo entre frailes educado,

como ellos suelen ser, rabicaliente,

rollizo y bien armado,

que, cuando el consejero fuera estaba,

a doña Mariquita consolaba.

Sucedió, pues, que un día

la consoló en su cuarto, donde había

en jaulas diferentes

un loro camastrón, cuyo despejo

todo lo comprendía por ser viejo,

y una joven cotorra muy parlera,

que la conversación de los sirvientes

oyeron, la cual fue de esta manera:

-¿ Te gusta, Mariquita?

-Sí, mucho, mucho; estoy muy contentita.

-¿ Entra bien de este modo?

-Sí, mi escribiente… ¡ Métemelo todo!

-Pues menéate más…, Que estoy perdido.

-Y yo… Que viene… ¡ Ay, Dios…! ¡Que ya ha venido!

Y en efecto, llegaba el consejero

en aquel mismo instante,

y apenas su escribiente marrullero

dejó regado el campo de su amante,

cuando, con la ganilla que traía,

al mismo cuarto entró su señoría.

Quitóse en él la toga,

dióse en la parte floja un manoteo,

y a la que su materia desahoga

manifestó su lánguido deseo.

Ella, puesta debajo

de un modo conveniente,

se acordó en su trabajo

del natural vigor del escribiente,

y empezó a respingar con tal salero

que por poco desmonta al consejero.

Este, viendo el peligro que corría,

dijo: -Basta… ¿ Qué hacéis, doña María?

¡Guarde más ceremonia con mi taco,

o por vida del rey que se lo saco!

-De veros, el contento,

replicó la taimada,

me hace tener tan fuerte movimiento.

¡Perdón!

-Sí, dijo el viejo; perdonada

estás, si es que te alegra mi llegada.

La cotorra, que aquello estaba oyendo,

dijo entonces, sus alas sacudiendo:

-Lorito, contentita

está la Mariquita.

A que respondió el loro prontamente:

-¡ Si se lo metió todo el escribiente!

 

Soneto a Nice

No te quejes, oh Nice, de tu estado

porque te llamen puta a boca llena,

pues puta ha sido mucha gente buena

y millones de putas han reinado.

 

Dido fue puta de un audaz soldado,

a ser puta Cleopatra se condena,

y el nombre lucrecial, que tanto suena,

no es tan honesto como se ha pensado.

 

Esa de Rusia emperatriz famosa

que fue de los carajos centinela,

entre más de dos mil murió orgullosa;

 

y pues ya lo dan todas sin cautela,

haz tú lo mismo, Nice vergonzosa,

que esto de honra y virgo es bagatela.

 

El inquisidor y la supuesta hechicera

A un viejo inquisidor es presentada

una hermosa mujer, que de hechicera,

sin más motivo que la envidia fiera,

ante su tribunal fue delatada.

 

Al tenor de los cargos preguntada,

los niega todos. Mas con voz severa

la comprimía el juez de tal manera

que la infeliz mujer, ya sofocada:

 

—-Ilustrísimo, dice, esto es lo fijo;

yo de hechizos, señor, entiendo nada,

este es solo el hechizo que colijo,

 

dice, y alza las faldas irritada.

Monta él las gafas, y al mirarlo dijo:

—-¡Hola, hola!, ¡pues no me desagrada!

 

La vergüenza

En casa de un labrador

vivían Blas y Lorenza:

se profesaban amor;

pero él tenía vergüenza

y ella tenía rubor.

A la aurora en el corral

se encontraron en camisa.

El encuentro fue casual:

cubrióse ella a toda prisa

la cosa con el pañal.

Turbado Blas desde luego

se remanga el camisón,

y de vergüenza hecho un fuego

tápase con el faldón

y como ella queda ciego.

Al huir tropieza Blas

con la cuitada Lorenza,

y… ¡ Válgate Barrabás!

Yo también tengo vergüenza;

no me atrevo a contar más.

 

Las beatas

Madre e hija con su manto

devotas al templo vienen,

no eran aquellas que tienen

devoción con algún santo.

La madre al divino canto

atiende, y cuando el tenor

¿computas —dijo— al cantar?

exclamó: – Mi dicha es fija,

mira que nos llaman, hija,

vamos al altar mayor.

 

El matrimonio incauto

Un tejedor tenía

de poca edad dos niños inocentes

con los cuales dormía,

por ser tan corto en bienes de fortuna

que no había más cama ni más cuna.

Una noche de frío

se arrimó a la parienta su pariente

por gozar del estío,

pues a todo casado se permite

que cuando tenga frío se lo quite.

Empieza la tarea,

y tan a pecho tómala y tal brinca

y tal se bambolea,

que, al sacudir los pies el burro en celo,

da con los chiquitines en el suelo.

La madre, que lo nota,

de la cama se tira, aunque rendida

de volver la pelota,

y al levantar sus hijos adorados,

los encuentra a los dos descalabrados.

Póneles balsamina

y a la cama los vuelve cariñosa,

cada cual a su esquina,

diciéndoles que aquello ha sucedido

porque estaba su padre algo bebido.

Antes que amaneciera

sintió el amigo gana de más coles,

y la tal curandera

se entregó a los placeres reiterados,

sin echar cuenta en los descalabrados.

El niño mayorcito,

que notó de la cama el movimiento,

dijo al otro, quedito:

– ¡Agárrate al colchón pronto, muchacho,

mira que vuelve padre a estar borracho!

 

A Roma por todo

Un payo a confesarse a Madrid vino

por ver si un reverendo capuchino,

que de gran santidad fama tenía,

de sus grandes pecados le absolvía.

Dirigióse al convento

de este varón sagrado

y le halló en el asiento

de su confesonario, rellanado,

absolviendo a sujetos diferentes

que tenían las caras penitentes.

Llegó al payo su vez y, arrodillado,

—Padre, le dice, mi mayor pecado,

que me pesa en extremo

porque mil veces temo

por esta causa verme condenado

sin que la paz de Dios nunca recobre,

es tener la desdicha de ser pobre.

—¿Y a ello pecado llama?

Cristo amó la pobreza, el fraile exclama,

y esa no es culpa. —¡Ay, padre!, el payo dice,

es que, como yo soy tan infelice,

mi mujer y mi madre,

mis tres cuñadas mozas y mi padre

para vivir tenemos un cuartito

no más, porque yo estoy muy pobrecito.

—Vamos, le manda el fraile, hijo, prosiga,

que todavía en vano se fatiga.

—Allá voy, siguió el payo, suspirando;

pues, como iba contando,

una cama hay no más en esta pieza

para tantas personas; mi pobreza

no permite tampoco que tengamos

ninguna luz cuando nos acostamos,

y así yo, equivocado,

muchas veces a oscuras he topado

en vez de mi mujer, ¡ay!, con mi madre,

y otras veces ¡Ay, padre,

será fuerza ir a Roma

si de absolverme el cargo no se toma!

Aquí, mientras el paño suspiraba,

el fraile se encogía y encerraba

en el confesionario, y luego dijo:

—Acaba pronto, hijo,

mientras que yo en seguro me acomodo,

porque, como ahora estás tan agitado

y aquí no hay luz, con este pobre modo

puedes topar conmigo equivocado.

—No haré, replicó el payo,

que huele a capuchino vuestro sayo;

pero a mí me han perdido

las equivocaciones

sin luz, medio dormido,

he compuesto en diversas ocasiones,

lo mismo que a mi madre a mis cuñadas,

y todas cuatro están embarazadas.

Si el cargo no se toma

Su Reverencia, padre, de absolverme,

me costarán mis culpas ir a Roma

y no sé en mi pobreza cómo hacerme.

A lo que dijo el fraile: —¡Pobrecito!

Todavía no es tiempo. Corre, hijito;

ve y compón a tu padre, y de este modo

irás a Roma de una vez por todo.

 

El pastor enamorado

El joven Melibeo

guiaba su rebaño

por la frondosa orilla

de cierto río tortuoso y claro.

Al pie de una alta haya,

en el sombrío campo,

se sienta, y le rodea

paciendo mansamente su ganado.

En el cantar, maestro,

y en la zampoña, sabio,

sus versos pastoriles

entona diestramente acompañado.

Mirlos y ruiseñores

dulcemente, entretanto,

aumentan la armonía

que repiten los valles y collados.

Del agua hermosa y pura

la cabeza sacando,

una ninfa le escucha

y vuelve a sumergirse de contado.

A las hondas cavernas

del cristalino caos

baja y a sus hermanas

llevó las nuevas del vecino prado.

Con un fuego lascivo,

diestramente nadando,

se acercan a la orilla

y muestran sus gargantas de alabastro.

La dulce melodía,

la hermosura del campo,

los árboles frondosos

con la hierba y las vides enlazados.

De fresca sombra lleno

el suelo, en flores vario,

la suave fragancia

que esparce en la ribera el viento manso.

Todo esto que las ninfas

en silencio admiraron

las convida a que dejen

las claras ondas por el verde prado.

Y con un pie ligero,

más que la nieve blanco,

entre frondosas vides

a la agradable sombra se ocultaron.

Atentas escuchaban;

mas entonces, mudando

sus versos Melibeo,

de esta suerte prosigue con el canto:

– Ninfas que a la salida

del cristalino baño

mostráis la gentileza

de esos cuerpos desnudos y lozanos,

¿por qué entre verdes hojas

os ocultáis? ¿Acaso

teméis la competencia

de Nise, la hermosura de estos campos?

¡Ah, quién la viese ahora

libremente en el prado

marchar como una ninfa

sin saber que la viesen los humanos!

Veríais ya, ¡oh, qué rostro!,

¡qué talle tan gallardo!,

¡qué blancura de cuerpo!,

no a vosotros, a Venus la comparo.

Entonces sus cabellos

flotantes y poblados,

por el cuerpo esparcidos

los pondría por velo su recato.

Entonces escondido

yo estaría aguardando

que el viento mansamente

corriese el velo de su pecho blanco.

Y entonces… ¿Y si entonces

se arrojase al ganado

algún astuto lobo

a Nise acudiría o al rebaño?

Responda Melibeo

al poeta, y en tanto

nadie entregue sus cabras

al pastor que estuviese enamorado.

 

El avaro y su mujer

Un avariento casado

a su mujer le decía:

-Tú me cuestas cada día

un doblón, ¡caro bocado!

Cada mes te he visitado

dos veces: en conclusión,

cada vez a la razón

de tres onzas. -¡Lindo chiste!,

dice ella. ¿ Y en qué consiste

que yo te salga a doblón?

 

El conjuro (Samaniego)

De un tremebundo lego acompañado,

fue a exorcizar un padre jubilado

a una joven hermosa y desgraciada

que del maligno estaba atormentada.

Empezó su conjuro

y el espíritu impuro,

haciendo resistencia,

agitaba a la joven con violencia

obligándola a tales contorsiones,

que la infeliz mostraba en ocasiones

las partes de su cuerpo más secretas:

ya descubría las redondas tetas

de brillante blancura,

ya, alzando la delgada vestidura,

manifestaba un bosque bien poblado

de crespo vello en hebras mil rizado,

a cuyo centro daba colorido

un breve ojal, de rosas guarnecido.

El lego, que miraba tal belleza,

sentía novedad grande en su pieza,

y el fraile, que lo mismo recelaba,

con los ojos cerrados conjuraba

hasta que al fin, cansado

de haber a la doncella exorcizado

dos horas vanamente,

para que sosegase la paciente

y él volviese con fuerzas a su empleo,

al campo salió un rato de paseo,

diciendo al lego hiciera compañía

a la doncella en tanto que él volvía.

Fuese, pues, y el donado,

de lujuria inflamado,

apenas quedó solo con la hermosa

cuando, esgrimiendo su terrible cosa,

sin temor de que estaba

el diablo en aquel cuerpo que atacaba,

la tendió y por tres veces la introdujo

de sus riñones el ardiente flujo.

Mientras que así se holgaba el lego diestro,

a la casa volviendo su maestro,

vio que en la barandilla

de la escalera, puesto en la perilla,

estaba encaramado

el diablo, confundido y asustado,

y díjole riendo:

-¡ Hola, parece que saliste huyendo

del cuerpo en que te hallabas mal seguro,

por no sufrir dos, veces mi conjuro!

Yo me alegro infinito;

mas, ¿ qué esperas aquí? ¡ Dilo, maldito!

-Espero, dijo el diablo sofocado,

que sepas que tú no me has expulsado

de esa pobre mujer por conjurarme,

sino tu lego que intentó amolarme

con su tercia de dura culebrina,

buscándome el ojete en su vagina,

y pensé: ¡ Guarda, Pablo!

Propio es de lego motilón ladino

que no respete virgo femenino.

Pero que deje con el suyo al diablo!

 

El cura y el muchacho

En la crítica ocasión

de estar ayudando a misa,

le dio un terrible apretón

a un muchacho con tal prisa

que le puso en confusión.

Volvió el pobrete la cara,

y a otro rogó tiernamente

que su lugar ocupara,

y que en lance tan urgente

aquella misa ayudara.

-Es el diantre que no sé,

dijo el otro. -No hay cuidado,

de eso nada se te dé:

quédate aquí arrodillado,

que yo al punto volveré.

Marchó, pues, y en tanto el cura

dominus vobiscum dijo;

y la pobre criatura

le miró con rostro fijo,

quedando inmóvil figura.

El cura llegó a pensar

que el chico no le había oído:

repitió y volvió a mirar,

y él le respondió afligido:

-Ya viene, que ha ido a cagar.

 

El cañamón

Cierta viuda, joven y devota,

cuyo nombre se sabe y no se anota,

padecía de escrúpulos, de suerte

que a veces la ponían a la muerte.

Un día que se hallaba acometida

de este mal que acababa con su vida,

confesarse dispuso,

y dijo al confesor: -Padre, me acuso

de que ayer, porque soy muy guluzmera,

sin acordarme de que viernes era,

quité del pico a un tordo que mantengo,

jugando, un cañamón que le había dado

y me lo comí yo. Por tal pecado

sobresaltada la conciencia tengo

y no hallo a mi dolor consuelo alguno,

al recordar que quebranté el ayuno.

Díjola el padre: -Hija,

no con melindres venga

ni por vanos escrúpulos se aflija,

cuando tal vez otros pecados tenga.

Entonces, la devota de mi historia,

después de haber revuelto su memoria,

dijo: -Pues es verdad: la otra mañana

me gozó un fraile de tan buena gana

que, en un momento, con las bragas caídas,

once descargas me tiró seguidas

y, porque está algo gordo el pobrecillo,

se fatigó un poquillo

y se fue con la pena

de no haber completado la docena.

Oyendo semejante desparpajo

el cura un brinco dio, soltó dos coces,

y salió por la iglesia dando voces

y diciendo: – ¡Carajo!

¡Echarla once, y no seguir por gordo!

¡Eso sí es cañamón, y no el del tordo!

 

El abad y el monje

Reprendía un abad a un perezoso

monje que a los maitines no asistía,

y con ásperas voces le decía:

– ¿Qué efecto, hermano, tan escandaloso

producirá en cualquiera religioso

su negligencia? Copie lo que hacía

todo un rey, un David. ¡Con qué alegría,

con qué afecto tan tierno y fervoroso

a medianoche el lecho abandonaba

para orar al Señor! —-Sí, bueno, bravo;

no hay diferencia,—— el monje replicaba.

—Y cuál?, —ninguna. ¡La pregunta alabo!

¿Cuál?, que David volvía y se encontraba

con Micol, yo me encuentro con mi nabo.

 

La fuerza del viento

En una humilde aldea el Jueves Santo

la pasión predicaban y, entre tanto,

los payos del lugar que la escuchaban

a lo vivo la acción representaban,

imitando los varios personajes

en la figura, el gesto y los ropajes.

Para el papel sagrado

de nuestro Redentor crucificado

eligieron un mozo bien fornido

que, en la cruz extendido

con una tuniquita en la cintura,

mostraba en lo restante su figura,

a los tiernos oyentes, en pelota,

para excitar su compasión devota.

La parte de María Magdalena

se le encargó a una moza ojimorena,

de cumplida estatura

y rolliza blancura,

a quien naturaleza en la pechera

puso una bien provista cartuchera.

Llegó el predicador a los momentos

en que hacía mención de los tormentos

que Cristo padeció cuando expiraba

y su muerte los orbes trastornaba.

Refirió, entusiasmado,

que con morir aniquiló el pecado

original, haciendo a la serpiente

tragarse, a su despecho, aunque reviente,

la maldita manzana

que hizo a todos purgar sin tener gana.

Esto dijo de aquello que se cuenta,

y después su fervor aún más aumenta

contando los dolores

de la Madre feliz de pecadores,

del discípulo amado,

y, en fin, del sentimiento desgarrado

de la fiel Magdalena,

la que, entre tanto, por la iglesia, llena

de inmenso pueblo, con mortal congoja

los brazos tiende y a la cruz se arroja.

Allí empezó su galas a quitarse

y en cogollo no más vino a quedarse,

con túnica morada

por el pecho escotada

tanto, que claramente descubría

la preciosa y nevada tetería.

Mientras esto pasaba,

el buen predicador siempre miraba

al Cristo, y observó que por delante

se le iba levantando a cada instante

la tuniquilla en pabellón viviente,

haciendo un borujón muy indecente.

Queriendo remediarlo

por si el pueblo llegaba a repararlo,

alzó la voz con brío

y dijo: -Hermanos, el vigor impío

de los fieros hebreos se aumentaba

al paso que la tierra vacilaba

haciendo sentimiento,

y la fuerza del viento

era tal, que al Señor descomponía

lo que sus partes púdicas cubría.

Apenas oyó Cristo este expediente

cuando, resucitando de repente,

dijo al predicador muy enfadado:

-Padre, el juicio sin duda le ha faltado.

¿Qué viento corre aquí? ¡ Qué berenjena!

¿ Las tetas no está viendo a Magdalena?

Hágala que se tape,

si no quiere que el Cristo se destape

y eche al aire el gobierno

con que le enriqueció su Padre Eterno.

 

Las hijas del pobre

Tenía cierto pobre vergonzante

una alforja detrás, otra delante,

y colocaba con cuidado en ellas

a dos hijas muy bellas,

que muchos para mover los corazones

suelen valerse de tales aprensiones,

o por mejor guardallas o escondellas.

Le preguntó un curioso: -¿ Son doncellas?

A lo que respondió como hombre ya maduro:

-Por la que va delante lo aseguro,

porque siempre a la vista yo la llevo;

por la que va detrás, yo no me atrevo.

 

El sueño (El jardín de Venus, Samaniego)

Vivían una vez, y va de cuento,

en un chico aposento

un pobre matrimonio con un niño,

fruto de su cariño,

y una niña graciosa,

que más que su hermanito era curiosa;

los cuales con sus padres en un lecho,

por no haber otra cama de provecho,

juntitos se acostaban

y a los pies abrigados reposaban.

Una noche el marido,

jugando al mete y saca, embebecido

con su mujer, de tal ardor se inflama

que entre los dos echaron de la cama,

sin saber lo que hacían,

al niño y a la niña que dormían.

Despertaron del golpe dando gritos

los tristes angelitos,

y el muchacho, llorando sin consuelo,

exclama: -¡ Ay, padre mío!, ¿ por qué al suelo

nos echa usted y madre a puntillones,

cuando cabemos bien en los colchones?

-Hombre, dijo el padre, no he podido

libraros del porrazo, porque ha sido

sin saber lo que hacía:

con tu madre soñaba que reñía

y tuve grande empeño

en amansarla un poco con el sueño.

Dijo: y luego enfadado

por no haber el negocio consumado,

fue a recoger sus hijos; y al meterlos

en la cama queriendo componerlos,

la muchacha, abrazándole llorosa,

le tocó cierta cosa,

y preguntó con mucho desenfado:

-Padre, ¿ qué es esto tieso que he tocado?

-Es la mano del niño, respondiole

el padre. Y la muchacha replicole:

-No señor, que los dedos no le encuentro.

-Suelta: los tiene vueltos hacia dentro

porque el puño ha cerrado.

-¿Y a dónde, padre, se habrá mojado?

-Niña, en la escupidera…

Duérmete y no seas bachillera.

Calló, atemorizada,

la chica; pero como escarmentada

estaba del dolor de la caída,

no se quedó dormida;

y sus padres, rijosos y encendidos,

creyendo que ya estaban bien dormidos

los chicos, la faena que dejaron

por su golpe, de nuevo comenzaron.

Sintiolo la muchacha y al chiquillo

despertándole dice: -Oye, Juanillo,

agárrate bien fuerte, que con madre

otra vez a soñar se ha puesto padre.

 

Diógenes en el Averno

El cínico Diógenes de Atenas

con su filosofía

hizo, mientras vivió, mil cosas buenas,

siendo su gran manía

ponerse a procrear públicamente

a sol radiante y a faldón valiente.

Decía: -No es razón que a ver a un hombre

morir se junten tantos

y el ver fabricar otro les asombre

para que hagan espantos.

¡ Ay, ya murió este sabio, y su tinaja

le sirvió de sepulcro y de mortaja!

Libre, después, del natural pellejo,

descendió a la morada

de las errantes sombras, y el buen viejo

la halló tan embrollada,

que mandó de su cóncavo profundo

la redacción siguiente a nuestro mundo.

Dice, pues, que llegando del Leteo

a la terrible orilla,

vio al anciano Carón, pálido y feo,

sentado en su barquilla,

procurando con mano intermitente

dar a su seco miembro un emoliente.

Las sombras de los muertos se agrupaban

en fantásticas tropas;

con ademanes lúbricos se alzaban

las funerarias ropas,

y trabajaban hembras y varones

en dar el ser a mil generaciones.

Atónito Diógenes severo,

esperó a que acabara

su operación prolífica el barquero

para que a la otra orilla le pasara;

el cual, luego que tuvo a bordo al sabio,

le dijo así con balbuciente labio:

-i Oh, cínico filósofo! Has llegado

en un día al Averno

de polución, pues hoy está

ocupado el gran Plutón eterno

en procrear tres furias inhumanas,

porque están las Euménides ya ancianas.

A este fin, en su lecho, a lo divino

embiste a Proserpina,

y, en tanto, sus vasallos del destino

seguimos la bolina.

Bien puedes tú, pues hoy no han de juzgarte,

en los Campos Elíseos embocarte.

Dijo, y le desembarca al otro lado.

Diógenes, siguiendo

su camino, gustoso y admirado,

las obras iba viendo

del lujurioso influjo entre los diablos

de aquellos obscurísimos establos.

El Can Cerbero y la Quimera holgaban

en lúbrico recreo;

las hijas de Danao se lo daban

a Ixión, a Prometeo,

a Tántalo, a Sísifo y a otros muchos

condenados espectros y avechuchos.

Minos también, y Caco, y Radamante,

alcaldes infernales,

a las tres viejas Furias entre tanto

atacaban iguales,

y Diógenes a todos, satisfecho,

al pasar les decía: -i Buen provecho!

Por último, a Plutón y Proserpina

llegó a ver en la cama,

armando, al engendrar, tal tremolina

entre sulfúrea llama,

que sus varias y bellas contorsiones

imitaban culebras y dragones.

En vez de semen, alquitrán vertían;

moscardas les picaban;

los fétidos alientos que expelían

el Averno infestaban;

y, por suspiros daban alaridos,

de su placer furioso poseídos.

Aquí exclamó Diógenes (y acaba

su relación con esto):

-¡ Qué bien hacía yo cuando engendraba

públicamente puesto!

i No ocultéis más, mortales, un trabajo

que hacen diablos y Dioses a destajo!

 

Las bendiciones en aumento

I

Reñía una casada a su marido

porque no estaba bien favorecido

de la naturaleza,

y a gritos le decía:

-Fue grande picardía

que con tan chica pieza

pensaras casarte y engañarme

puesto que no puedes contentarme.

Marcha, marcha de casa,

pues tu fortuna escasa

te dio para marido sólo el nombre,

y creó en lo demás un pobre hombre.

En efecto, saliose despachado

este infeliz, el cuerpo contristado,

y a muy poco que anduvo

el buen encuentro tuvo

de un mágico que al sol leyendo estaba

y en su libro las furias invocaba.

Luego que vio al marido,

el mágico, le dice: -Tú has venido,

amigo, a este paraje a lamentarte,

mas yo te espero para consolarte.

Por mi ciencia sé bien lo que te pasa,

pero en breve a tu casa

te volverás contento.

Toma: ponte al momento

en la derecha mano

este anillo que tiene virtud rara,

pues todo miembro humano

que bendigas con él crece una vara

a cada bendición rápidamente,

pero puesto en la izquierda prontamente

mengua lo que ha crecido

por la mano derecha bendecido.

Al punto el hombre, lleno de impaciencia,

quiso hacer del anillo la experiencia:

le pone en su derecha, lo bendice,

su caudal infelice

se le va aumentando de tal manera

que si el mágico a un lado no se hiciera,

da con él en el suelo,

tan rápido estirón dio aquel ciruelo.

Alegre, a su mujer volvió el marido

y la dice: -Ya vengo prevenido

para satisfacer tu ardiente llama;

ven conmigo a la cama,

pero encima de mí has de colocarte,

para poder mejor regodearte.

Sobre él luego se pone

la mujer, y al ataque se dispone;

y viéndola el marido bien montada,

echó la bendición premeditada

y otras y otras, corriendo de tal suerte

que alzándola en el aire el miembro fuerte,

la moza en él elevada parecía

un esclavo que empalan en Turquía.

Viéndose contra el techo así ensartada,

pide al cielo favor. Entra asustada

la madre, y viendo un cuadro tan terrible

da un alarido horrible,

diciendo: -i Santa Bárbara bendita,

qué visión tan maldita!

Venga un hacha que esté bien afilada

para cortar un nabo de este porte.

A que la mujer dijo atragantada:

-iAy, no, madre, desteche, mas no corte!

 

II

Ya se acuerda el lector de aquel marido

que por el mago anillo socorrido

clavó en su miembro a su mujer al techo;

sepa también que al cabo, satisfecho

de su esposa y vengado,

en un medio dejó proporcionado

el clavo monstruoso,

viviendo en adelante muy gustoso,

dándole aumento o merma en ocasiones

con derechas o zurdas bendiciones.

Paseándose un día alegremente,

llegó junto a una fuente

donde por diversión quiso lavarse

las manos y en el agua refrescarse.

La sortija encantada

a este fin se quitó y allí olvidada

entonces se dejó, sin que cayera

en ello, ni su falta conociera.

Fuese, finalizado su recreo,

y a muy poco el obispo de paseo

vino a la misma fuente deliciosa,

y viendo una sortija tan preciosa,

de tal hallazgo ufano,

se la coloca en la derecha mano.

Al tiempo que a su coche se volvía,

un pasajero le hizo cortesía,

a que el obispo corresponde atento

con una bendición; y en el momento,

saltando el alzapón de sus calzones,

ve salir de sus lóbregos rincones

un matamoscas largo de una vara

que igual entre mil monjes no se hallara.

Su Ilustrísima, al verlo, con el susto

se empezó a santiguar como era justo,

pero mientras más daba en santiguarse,

más veía aumentarse

por varas a la vista

su avión, sin saber en qué consista.

Los pajes al obispo rodearon

y a sostener el peso le ayudaron

de aquella inmensa cosa,

encubriendo la mole prodigiosa

con todos sus manteos y sotanas;

pero estas diligencias eran vanas,

porque apenas un nuevo pasajero

se quitaba el sombrero

viendo el obispo y él le bendecía,

cuando otra vara el avión crecía.

Por fin, cerca la noche,

como mejor pudieron, a su coche

llevan al ilustrísimo afligido;

pero para que fuese en él metido

del cristal delantero le quitaron

y así la mitad fuera colocaron

de aquel feroz pepino

semejante a una viga de molino.

A oscuras, muy despacio,

al obispo llevaron a palacio,

con mil mañas le ponen en su lecho

y de la alcoba abrieron en el techo

un agujero por que penetrara

según su altura aquella cosa rara.

La fama en breve lleva

de unos en otros la terrible nueva

del caudal que al obispo le ha crecido,

hasta, que sabedor de ella el marido

de la sortija dueño,

trató de recobrarla con empeño.

Para esto en el palacio se presenta,

diciendo que es un médico que intenta

menguar al ilustrísimo el recado,

si un anillo le da que se ha encontrado.

Admitiole el partido

el obispo gustoso, y al marido

entrega la sortija, el que, contento,

en su siniestra mano en el momento

la pone, y bendiciendo al buen prelado

vio por varas su miembro anonadado.

No quedaba al paciente

ya más que aquel tamaño suficiente

con que desempeñara sus funciones;

pero viendo que a echar más bendiciones

se disponía el médico oficioso,

le ataja temeroso,

diciéndole: -Por Dios, que se detenga

y no otra nueva bendición prevenga

que me pierde con ella si porfía:

déjeme al menos lo que yo tenía.

 

El cuervo (Samaniego)

En un carro manchego

caminaba una moza inocentona

de gallarda persona

propia para inspirar lascivo fuego.

El mayoral del carro era Farruco,

de Galicia fornido mameluco,

al que, en cualquier atasco, daba asombro

verle sacar mulas y carro al hombro.

Un colchón a la moza daba asiento,

porque el mal movimiento

del carro algún chichón no la levante.

(Lector, es importante,

referir y tener en la memoria

la menor circunstancia,

para que, por olvido o ignorancia,

la verdad no se olvide de esta historia.)

Yendo así caminando,

vieron un cuervo grande que, volando,

a veces en el aire se cernía

y otras el vuelo al carro dirigía.

-¡Jesús, qué pajarraco tan feote!

dijo la moza. ¿ Y ese animalote

qué nombre es el que tiene?

-Ese es un cuervo, respondió el arriero,

embiste a las mujeres y es tan fiero

que las pica los ojos, se los saca,

y después de su carne bien se atraca.

Oyendo esto la moza y reparando

que el cuervo se acercaba

al carro donde estaba,

tendióse en el colchón y, remangando

las faldas presurosa,

cara y cabeza se tapó medrosa,

descubriendo con este desatino

el bosque y el arroyo femenino.

Al mirarlos Farruco, alborotose;

subió sobre el colchón, desatascose,

sacó… ¡ Poder de Dios, qué grande que era…

Y a la moza a empujones

enfiló de manera

que del carro los fuertes enviones,

en vez de impedimento,

daban a su timón más movimiento.

Y en tanto que él saciaba su apetito,

ella decía: -¡ Sí, cuervo maldito;

pica, pica a tu antojo,

que por ahí no me sacas ningún ojo!

 

La confesión (Samaniego)

Confesándose un soldado

dijo muy arrepentido:

-Acúsome que he jodido

un barril de bacalao.

El fraile, muy admirado,

le preguntó: -¿Cómo ha sido?

-Porque el barril he robado,

en la plaza le he vendido,

del dinero que me han dado

varias veces he jodido,

aunque no con gran exceso.

-Toma, toma, dijo el padre,

según eso,

si se ajustan cuentas mías,

también habré yo jodido

más de cuatrocientas misas.

 

El onanismo

Un zagalón del campo,

de estos de «Acá me zampo»,

con un fraile panzón se confesaba,

que anteojos gastaba

porque, según decía,

de cortedad de vista padecía.

Llegó el zagal al sexto mandamiento,

donde tropieza todo entendimiento,

y dijo: —Padre, yo a mujer ninguna

jamás puse a parir, pues mi fortuna

hace que me divierta solamente,

cuando es un caso urgente,

con lo que me colgó Naturaleza,

y lo sé manejar con gran destreza.

—¿Conque contigo mismo,

—dice el fraile, enojado,

en un lance apretado—

te diviertes usando el onanismo?

—No, padre, —el zagal clama—;

no creo que es así como se llama

mi diversión, sino la… —Calla, hombre

—dice el fraile—; yo sé muy bien el nombre

que dan a esa vil treta,

infame consonante de retreta.

¿Tú no sabes que fue vicio tan feo

invención detestable de un hebreo,

y que tú, por tenerlo, estás maldito;

del Espíritu Santo estás proscrito;

estás predestinado

para ser condenado;

estás ardiendo ya en la fiera llama

del Infierno, y…?

—¡No más! —el mozo exclama

queriendo disculparse—.

Esta maña no debe graduarse

en mí de culpa, padre. Yo lo hacía

porque veo muy poco, y me decía

mi primo el sastre que se le aclaraba

la vista al que retreta se tocaba.

Aquí con mayor ira

el fraile replicó: —¡Todo es mentira!

Si fueran ciertos esos formularios,

las pulgas viera yo en los campanarios.

 

La paga adelantada

Una soltera muy escrupulosa

casarse rehusaba,

y decía a su madre que pensaba

que hacer la mala cosa

aun después de casada era pecado.

Un bigardón del caso fue informado,

y, habiéndose en la casa introducido

y hallándose querido,

pidió a la niña luego en casamiento.

Ella el consentimiento

dio con la condición de que tres veces

en la primera noche se lo haría

por ponerla corriente, y seguiría

luego una sola vez todos los meses.

Hízose al fin la boda

y, de la noche ya llegado el plazo,

la muchacha tres veces, brazo a brazo,

sufrió, sin menearse, la acción toda.

Concluyó el fuerte mozo su trabajo

y durmióse cansado; ella, impaciente,

andaba impertinente

volviéndose de arriba para abajo,

hasta que él acabó por despertarse

y huraño dijo: -¡ Hay tal cosquillería,

que por dos veces ya me has despertado!

Y ella exclamó, acabando de arrimarse:

-¿Me quieres dar un mes adelantado?

 

El miedo de las tormentas

En todos los tiempos hubo algún amante

(nota que solamente digo «alguno»)

que pudo ser tenido por constante;

pero en cuanto a ser fieles,

preciso es confesar que no hay ninguno.

Es desconsolador, triste, aflictivo,

mas si no se hace adrede con pinceles

en todo el universo hallarás uno.

Se puede aconsejar el paliativo

de atarse los amantes uno al otro,

o usar aquel anillo del demonio

que usó Carvel durante el matrimonio;

pero la asiduidad es siempre un potro,

y el fastidio la sigue sin remedio.

Elige, pues, entre uno y otro medio.

La historia con que voy a divertirte

te hará ver cómo debes conducirte.

En una casa rica y de linaje

servía una doncella

y, pues ya el consonante dice ella

lo bella que era, referir no quiero

cuánta beldad celaba su ropaje;

mas no puedo dejarme en el tintero

decirte que tenía

un galán a quien tierna recibía

en su lecho, callada y diestramente;

y una noche que estaban olvidados

del mundo, con mil besos embriagados,

estalla una tormenta de repente,

horrísona, espantosa,

que aturde a la doncella temerosa;

da en pensar que los cielos encendidos

por sus pecados van a consumirla.

¿Qué mucho que Isabel tanto temiera,

si era su edad de veinte no cumplidos

y a más era mujer, cual si dijera

devota y pecadora todo junto?

Un nuevo trueno acaba de aturdirla,

y huyendo de la cama sale al punto

sin que el galán consiga disuadirla.

– ¡Queda, queda con Dios, fatal amigo,

y no pretendas escapar conmigo,

que, huyendo de la culpa, ansiosa corro

a ocultarme en un sótano profundo!

¡Es Dios el que irritado

os amenaza al ver nuestro pecado!

Y echó a correr, y el otro en un segundo

durmió como un cachorro.

Durmiendo viene el bien, dice el proverbio

del vecino francés; y así le vino

al susodicho abandonado amante,

que, apenas el indino

un sueño saboreaba tan soberbio,

siente una mano suave… Luego un brazo…

Luego una pierna… Un beso acariciante…

– ¡Qué!, ¿duermes, Isabel? Y un nuevo abrazo

acabó de incendiar al ex dormido.

Una niña de quince había caído

como del cielo, al lado del tunazo,

quien su suerte bendice,

mientras con voz dulcísima le dice:

– ¿Cómo desnuda así, dime, te acuestas?

¿Qué tienes, Isabel, que no contestas?

¿Has perdido la voz? A ti, sin duda,

lo que a mí te sucede: que los truenos

miedo te han dado, ¿es cierto?… ¿Sigues muda?

– No, no, pero el temor…, Dice en voz baja

la fingida Isabel. – Ya van a menos

los relámpagos, vuélvete de frente.

¡Jesús, qué trueno! ¡El cielo se desgaja!

Y esto diciendo estrecha fuertemente

con los brazos al mozo, que la enlaza

con los suyos y el cuerpo al cuerpo anuda.

Cuán difícil, lector, en tal estado

sería de mujer tener la traza,

ya tú lo consideras. – ¡San Conrado!,

grita la niña, ¡cómo!, ¿qué he tocado?

¿Eres monstruo, Isabel?, porque me acuerdo

que yendo con mi madre por el río

una tarde, vi en él una persona

con una cosa igual, ¡bien lo recuerdo!,

y al preguntarle… (A ti te lo confío

que mucho me agradó considerarlo),

respondiome mi madre: «Gran simplona,

ése es un monstruo horrible; ni mirarlo

se puede». No creí fuera tan mala

cosa que así la vista nos regala.

¿Serás monstruo también, amiga mía?

– ¡Oh, no!, responde quedo el mozalbete,

es el miedo que tengo.

– ¡Cómo! ¿El susto…?

– Sucede algunas veces.

– No sabía…

¿Conque el miedo…?

– Es capaz de cualquier cosa,

y al pobre a que acomete

hay vez que ha convertido en lobo o grulla,

en cuervo o en raposa;

a mí me ha resultado aquí esta puya.

La inocente muchacha tragó el cuento;

mas el hado en aquél mismo momento

los truenos arreció con tal bramido

que la pobre, asustada, va a acogerse

a los brazos abiertos de la amiga

y, para más a gusto guarecerse,

una pierna por cima le ha subido…

Júntanse, al fin, barriga con barriga…

¿Qué harías tú, lector, en tal postura?

Lo que él: aprovechar la coyuntura.

– ¿Dónde lo metes?, dice la inocente;

¡qué singularidad!, ¡qué justo viene!

Parece que lo han hecho expresamente…

No pudo decir más; que tartamuda

la lengua da señal de lo que tiene

y la voz que perdió la deja muda.

Hace el amor su juego tan a gusto

que redoblan los truenos los temores

y sucede un asalto a cada susto.

Empero, como al fin somos mortales,

el miedo se le acaba (o los ardores)

a la falsa Isabel. ¡Y es diferencia

que hay del hombre a los Dioses inmortales:

que en aquél es muy corta la potencia

y en éstos, más felices, es eterna,

lo cual hace su dicha sempiterna!

– ¡Cómo!, amada Isabel, ¿no tienes miedo?,

¿no turban ya tus lánguidos sentidos

los truenos repetidos?

¡Ay, mi Dios!, ¡yo, por mí, parar no puedo!,

¡ten miedo, Isabelica!, ¡teme un poco!,

¡este trueno es atroz, nos pulveriza!

– No, amiga mía, no; todo es ya en vano:

ya no me atemoriza

el ruido de los truenos, ni tampoco

suena ya tanto; duerme, pues, querida,

que ésta ha sido una nube de verano.

La niña, resentida,

vuelve la espalda y quédase dormida;

el mozalbete, en tanto, bien quisiera

imitar a la bella, de cansado

que estaba; mas ocúpale el cuidado

de escaparse, que así son los amantes:

¡tan prontos por marcharse a la carrera

cuanto para llegar lo fueron antes!

Tomó el trote por fin. La otra doncella,

dando gracias al cielo y a su estrella

porque en trance tan fuerte

escapó del peligro de la muerte,

tranquila ya, subió de su escondite

y, al par que el miedo pierde a la centella,

el acceso amoroso la repite.

¡Ignora la infeliz su mala suerte!

A su cama se vuelve con descoco

y, creyendo abrazar al ser querido,

en los brazos estrecha a la que ha poco

con él perdiera el himen y el sentido.

– ¿Duermes, pregunta, amor del alma mía?

¿Es posible que el miedo…?

– ¡El miedo, el miedo!,

exclama la novicia, ¡oh, qué alegría!

¿Te ha vuelto? Deja, a ver si te lo toco.

Mas, ¡qué dolor! ¡Ay, Dios! ¡Si se está quedo!

Aunque busco, Isabel no te lo encuentro;

¿será que se ha quedado todo dentro?

La infeliz Isabel luego adivina

el caso todo, y busca con su mano

la prueba material que tanto teme;

o le queda ya duda: el inhumano,

provisto de una buena culebrina,

entreabriole al postigo medio jeme.

El disgusto que tuvo la doncella

se deja concebir bien fácilmente;

y con qué saña y qué furor la bella

acusa de inconstante al pobre ausente,

sin pensar que la culpa estuvo en ella;

que el mismo san Pascual, aun siendo un santo,

en ocasión igual haría otro tanto.

 

Décimas (El jardín de Venus, Samaniego)

Una fe con testimonio

del pecado original

tendrá, alma virginal,

la noche del matrimonio.

No divise a Marco Antonio 5

Tácito, que vas perdida;

llora mucho por tu vida,

cena poco por tu alma,

y para ganar la palma

o haya lámpara encendida. 10

 

Ten tu lecho conyugal

con su mancha de artificio,

penitente sacrificio

sobre el ara original;

haya suspiro mortal, 15

y si Adán cogiera a Eva,

que toda fruta se prueba

en el jardín de la vida

dile con ansia afligida:

– Ay, señor, ¿dónde me lleva? 20

 

Si la piadosa madrina

al tálamo te llevare

y al esposo llamare,

dile: – Señor, no soy digna;

mas si el pobre determina 25

no parecer impotente,

dile con mucho dolor:

– Misericordia, Señor,

que soy cordera inocente.

 

Que con esto y con callar, 30

suspirar y presumir,

llorar, dudar y gemir,

el pobre la ha de tragar;

y si no quiere pasar

el agosto por abril, 35

para aliviar tu fortuna

di: – No hubo virgen ninguna

después de las once mil.

 

La mercadera y el tuno

En un día muy festivo

estaba una mercadera

sentada en silla poltrona

a la puerta de su tienda.

Su postura era chocante

porque tenía ambas piernas

demasiado separadas,

y así con razón se lleva

la atención de los que pasan.

Entre todos uno llega

que le dice: -Señorita,

cierre usté luego la puerta,

que hoy no se puede vender

porque es de precepto fiesta.

Conociendo la tal dama

dónde el dicho se endereza,

porque era bien advertida,

respondió: -Señor Babieca,

usted no sea ignorante,

y para adelante sepa

que estos postigos se abren

tan sólo para las fiestas.

Y el tunante la replica:

-Si eso es lo que usted desea,

avise y se las haré

de la suerte que las quiera.

 

El brocal

El pozo de los padres trinitarios

tuvo brocales varios:

ya de mampostería,

ya de piedra de buena sillería,

en fin de berroqueño le pusieron,

el último que eterno ellos creyeron;

pero tal faena de sacar agua

en el convento había,

que al año ya tenía

el brocal una brecha grande y buena.

-¡Virgen!, el superior

dijo al saberlo,

que no sé ya qué materia hacerlo

para que no se roce o desmorone.

Llamar al albañil en el momento

a ver de qué dispone

se haga el brocal al pozo del convento.

El albañil llamado

al punto fue enterado,

y dijo: -Aquí lo que conviene

es hacer un brocal como

el que tiene mi mujer,

que ha veinte años cabalmente

que echo por él la soga de frecuente

con dos cubos que al par le han golpeado,

y ni una pizca se ha desmoronado.

 

La semana

El lunes me encontré a Juana

y por ventura, aquel día

para estar una semana

se fue a casa de su tía.

Díjele: – Salada mía, 5

yo de irte a ver tengo gana.

– ¡Ay, señor!, ¿qué se diría?

Pero… Venga usted mañana.

 

Martes al amanecer

voy donde amor me convida,

píntola mi padecer,

dígola: – ¡Mi bien, mi vida,

yo te adoro, yo estoy loco!

¿No me respondes, tirana?

– Caballero poco a poco,

eso se verá mañana.

 

Miércoles fue para mí

el más venturoso día,

Juana con un tierno sí

confesó que me quería:

– Dame esa guirnalda en prenda,

que tu fe no será vana.

– No señor, mas no se ofenda

yo se la daré mañana.

 

El jueves de mirto y rosa

el nuevo ramo prepara

y aún permitió cariñosa

que en su pelo reposara.

– ¡Ay, Dios!, sufre que tu mano

temple el ardor que me afana.

– Para mano aún es temprano,

ya se la daré mañana.

 

El viernes su mano bella

entre las mías estrecho;

mas como amor atropella,

aún no quedo satisfecho.

– Juana, la dije, yo muero

si un beso mi mal no sana.

– ¿Un beso?, tanto no quiero,

quédese para mañana.

 

El sábado amor me guía

a la dicha que me toca,

lo que prometido había

a mi apetito provoca.

Del labio al seno de nieve

amor la senda me allana,

cuando… ¡Hola!, ¿cómo se atreve?

Eso se verá mañana.

 

El domingo, enardecido,

iba yo Dios sabe dónde,

esto y aquello le pido,

mas la pícara responde:

– Que durante la semana

se trabaje es linda cosa;

pero en la Iglesia romana,

el domingo se reposa.

 

Los nudos

Casarse una soltera recelaba

temiendo el grave daño que causaba

el fuerte ataque varonil primero

hasta dejar corriente el agujero.

La madre, que su miedo conocía,

si a su hija algún joven la pedía

con el honesto fin del casamiento,

procedía con tiento,

sin quitarle del todo la esperanza,

hasta que en confianza

al galán preguntaba sigilosa

si muy grande o muy chica era su cosa.

Luego que esta cuestión cualquiera oía,

alarde al punto hacía

de que Naturaleza

le había dado suficiente pieza.

Quién decía: -Yo más de cuarta tengo;

quién: -Yo una tercia larga la prevengo;

y un oficial mostró por cosa rara

un soberbio espigón de media vara.

Tan grandes dimensiones iba viendo

la madre y a los novios despidiendo,

diciéndole: -Mi niña quiere un hombre

que con tamaños tales no la asombre:

un marido de meDios muy escasos;

y así, ustedes no sirven para el caso.

Corrió en breve la fama

del extraño capricho de esta dama,

hasta llegar a un pobretón cadete

que luego que lo supo se promete

vivir en adelante más dichoso

llegando con astucia a ser su esposo.

Presentose en la casa

y, lamentando su fortuna escasa,

dijo que hasta en las partes naturales

eran sus meDios en pobreza iguales.

Oyendo esta noticia,

la madre le acaricia,

y, como tal pobreza la acomoda,

al cadete en seguida hizo la boda.

Ajustada conforme a su deseo,

en la primera noche de himeneo

se acostó con su novio muy gustosa,

sin temor, la doncella melindrosa;

mas, apenas su amor en ella ensaya,

cuando enseñó el cadete un trastivaya

tan largo, tan rechoncho y desgorrado,

que mil monjas le hubieran codiciado.

La moza, al verlo, a todo trapo llora;

llama a su madre y su favor implora,

la que, en el cuarto entrando

y de su yerno el cucharón mirando,

empezó del engaño a lamentarse

diciendo que le haría descasarse;

y el cadete, el ataque suspendiendo,

así la habló, su astucia defendiendo:

-Señora suegra, en esto no hay engaño;

yo no le haré a mi novia ningún daño,

porque tengo un remedio

con que el tamaño quede en un buen medio.

Deme un pañuelo: me echaré en la cosa

unos nudos que escurran, y mi esposa,

según que con la punta yo la incite,

pedirá la ración que necesite.

Usté, que por las puntas el pañuelo

tendrá para evitar todo recelo,

los nudos, según pida, irá soltando

y aquello que la guste irá colando.

No pudiendo encontrar mejor partido,

abrazaron las dos el prevenido:

al escabullo encasan el casquete,

y la alta empresa comenzó el cadete.

Así que la mocita

sintió la titilante cosquillita,

a su madre pidió que desatara

un nudo, para que algo más entrara.

Siguieron la función según se pudo,

a cada golpe desatando un nudo,

hasta que al fin, quedando sin pañuelo

el potente ciruelo

dentro ya del ojal a rempujones,

apenas ver dejaba los borlones.

Mas ella, no saciando su apetito, decía:

-¡Madre, quite otro nudito!

A que exclamó la vieja, sofocada:

-¡ Qué nudo ni qué nada!

Ya no queda ni nudo ni pañuelo;

que estás con tu marido pelo a pelo.

-I Cómo!, la hija respondió furiosa.

¿Pues qué hizo usté de tan cumplida cosa?

¡ Ay!, Dios se lo perdone;

siempre mi madre mi desdicha fragua;

todo lo que en las manos se le pone

al instante lo vuelve sal y agua.

 

El Raigón

Mientras ausente estaba

un pobre labrador de su alquería,

su mujer padecía

dolor de muelas. Esto lo causaba

un raigón que, metido

en la encía, tenía carcomido.

En el lugar hacía de barbero

un mancebo maulero

a quien ella quería,

por lo cual mandó a un chico que tenía

le buscase y dijese

que a sacarla un raigón luego viniese.

El rapabarbas, como no era payo,

vino con el recado como un rayo,

y para hacer la cura

se encerró con la moza. ¡ Qué diablura!

A veces son los niños de importancia

para que en la ignorancia

no se queden mil cosas

picantes y graciosas;

digo esto porque nunca se sabría

lo que el barbero con la moza hacía

a no ser por el chico marrullero,

que curioso atisbó en el agujero

de la llave la diestra sacadura

del raigón. Repitamos: ¡ qué diablura!

La operación quirúrgica acabose

y el barbero marchose

dejando a la paciente mejorada,

mas del tirón bastante estropeada,

mientras el chico, alerta,

a su padre esperó puesto a la puerta.

Este, a comer viniendo presuroso,

preguntole al muchacho cuidadoso:

-¿ Está mejor tu madre?

Y el chico dijo: -Ya está buena, padre;

porque a poco que vino

el barbero a curarla

quiso el raigón sacarla,

y se encerraron para… Ya usté sabe;

bien que yo por el ojo de la llave

pude con disimulo

ver que no sacó muela,

sino que estuvo… Amuela que te amuela,

dale… Y la sacó al fin de junto al culo

un raigón… De un tercia, goteando,

con sus bolas colgando;

y al mirarlo, en voz alta

dijo mi madre: «¡ Ay, cómo se hace falta!»

En todas ocasiones,

al buen entendedor, pocas razones;

dígolo porque luego

que éstas oyó el buen hombre, echando fuego

por los ojos, a su hijo:

-Ve corriendo, le dijo;

di al barbero que en nada se detenga

y a sacarme un raigón al punto venga,

que yo entre tanto prevendré una estaca;

veremos si se lleva lo que saca

ese bribón malvado

cuando hace falta lo que se ha llevado.

Partió a carrera abierta

el chico, y con la tranca de la puerta

el padre prevenido,

a quien le había así favorecido

con intención dañosa,

esperó, sin decir nada a su esposa.

Erramos los mortales

en nuestros juicios intelectuales;

bien el proverbio aquí lo manifiesta:

«Quien con niños se acuesta…»

Pues, como iba diciendo de mi cuento,

el chico en un momento,

llegó a la barbería,

llamó al autor de la bellaquería

y le dio su recado.

El hombre, descuidado,

tomó capa y gatillo,

y ya se iba a marchar con el chiquillo

cuando, por su fortuna,

de sus ventosidades soltó una;

lo que el muchacho oyendo

le dijo sonriendo:

-Bien puede usted, maestro, ahora aflojarse,

que pronto ha de ensuciarse,

pues mi padre, enfadado,

del raigón que a mi madre le ha sacado

porque falta le hacía

la tranca de la puerta prevenía;

y es que, sin duda, intenta

de lo que usté sacó tomarle cuenta.

Cuando esto oyó el barbero,

soltó capa y sombrero

y le dijo: -Para esa paparrucha

no es menester que vaya yo. Hijo, escucha:

corre y dile a tu padre

que le meta a tu madre,

si le hace falta, en el lugar vacío,

otro raigón que tiene igual al mío.

 

La limosna

A pedir la limosna acostumbrada

a una granja del pueblo separada,

llegó un fornido lego franciscano,

y encontró de carácter muy humano

a una viuda y joven labradora

que era de aquella granja la señora.

Esta, luego que vio tan colorado

al lego, tan robusto y bien tratado,

sintió cierta pasión picante y viva

que aumentó su virtud caritativa.

Echole en las alforjas varias cosas

al paladar gustosas

con que los reverendos regalones

suelen regodearse en ocasiones,

y, ya muy bien provisto por su mano

le dijo al irse: -¿Quiere más, hermano?

-Quiero lo que me den, respondió el lego;

mas lo que haya de ser démelo luego,

porque quien pronto da y sin intereses

hace una buena acción y da dos veces.

-Pues voy a darle, replicó la hermana,

un velloncito negro de mi lana,

que le puede servir de cabecera

cuando se quede del convento fuera.

En efecto, le trajo un velloncito

muy negro, muy rizado y peinadito,

que el lego recogió con gran sosiego,

queriendo marchar luego,

diciendo: ¡Sea por Dios!, según costumbre,

sin que el nuevo regalo diese lumbre.

Mas la viuda, cogiéndole la punta

del cordón, le detiene y le pregunta

afable y cariñosa,

si no necesitaba de otra cosa.

A que él dijo: -No habrá nada que sobre

a mi comunidad, porque es muy pobre,

y de todo, hermanita,

la orden de San Francisco necesita.

Mientras esto pasaba,

una gallina dentro cacareaba

y la viuda al lego dijo: -Espere,

hermano, y llevará lo que quisiere,

pues por mayor regalo se lo ofrezco,

de mi pollita blanca un huevo fresco.

-Hermana, uno no basta,

dijo el lego, que cada fraile gasta,

para su provisión, por todo el año,

un par de huevos y de buen tamaño.

La labradora entonces junto al lego

se arrimó con más fuego

y, sin andarse en otros perendengues,

le dice cariñosa haciendo dengues:

-Pues, hermano, que tome le aconsejo

para regalo suyo este conejo.

-No lo gasto tampoco; mas no obstante,

el lego la responde, aquí delante,

pues es limosna, engánchele al momento:

le llevaré al guardián de mi convento,

que lo suele comer muy a menudo

aunque tenga sus pelos y esté crudo.

 

La postema

Erase en una aldea

un médico ramplón, y a más casado

con una mujer joven y no fea,

la que había estudiado

entre los aforismos de su esposo

uno u otro remedio prodigioso

que, si él ausente estaba,

a los enfermos pobres recetaba.

Su caridad ejercitando un día

la señora Quiteria, este es su nombre,

vio que a su puerta había

un zagalón, ya hombre,

que a su esposo buscaba

porque alguna dolencia le aquejaba.

Parecía pastor en el vestido,

y a Febo en la belleza y la blancura,

mostrando en su estatura

la proporción de un Hércules fornido,

tanto, que la esculapia, alborotada,

cayó en la tentación. ¡ No somos nada!

Hizo entrar al pobrete,

ya con mal pensamiento, en su retrete,

en donde le rogó que la explicase

la grave enfermedad que padecía,

porque sin su marido ella podía

un remedio aplicar que le curase.

-¡ Ay, señora Quiteria!, el zagal dijo,

yo por lo que me aflijo

es por no hallar medio suficiente

para el mal que padezco impertinente.

Sepa usté, pues, que así que me empezaron

las barbas a salir y me afeitaron,

también me salió vello

alrededor de aquéllo,

y cátate que, a poco, tan hinchado

se me puso que… ¡ Vaya!

no podía jamás tenerlo a raya.

Yo, hallándome apurado

y de ver su tiesura temeroso,

pensé y vine a enseñárselo a su esposo,

el cual me lo bañó con agua fría,

con que se me aflojó por aquel día;

pero después a cada instante ha vuelto

el humor a estar suelto

y es la hinchazón tremenda.

Dijo, y sacó un… ¡ San Cosme nos defienda!,

tan feroz, que la médica al mirarlo

tuvo su cierto miedo de aflojarlo;

pero venció el deseo

de gozar el rarísimo recreo

que un virgo masculino la promete

cuando la vez primera empuja y mete.

A este fin, cariñosa,

dijo al simple zagal: -i Ay, pobrecito,

una postema tienes! Ven, hijito,

ven conmigo a la cama; haré una cosa

con que, a fe de Quiteria,

se te reviente y salga la materia.

El pastor inocente

a la cura se apresta

y ella, regocijada de la fiesta,

le dio un baño caliente,

metiendo aquello hinchado

en el…, Ya usted me entiende, acostumbrado,

con una habilidad tan extremada

y tales contorsiones,

que dejó la postema reventada

con dos o tres o más supuraciones.

Fuese el zagal, y, a poco, volvió un día

a la casa del médico, que estaba

sentado en su portal cuando llegaba;

y, viéndole venir, con ironía

díjole: -¡ Hola! Parece, por tu gesto,

que se te ha vuelto a hinchar… Pues entra presto,

te daré el baño de aguas minerales

que suaviza las partes naturales.

A que el pastor responde: -¡Guarda, Pablo!

Para postemas, que reciba el diablo

ese baño que aplasta y que no estruja.

Toma! Cuando arrempuja

la señora Quiteria,

me la revienta y saca la materia.

 

El voto de los benitos

Un convento ejemplar benedictino

a grave aflicción vino

porque en él se soltó con ciega furia

el demonio tenaz de la lujuria,

de modo que en tres pies continuamente

estaba aquel rebaño penitente.

Al principio, callando con prudencia,

hacía cada monje la experiencia

de sujetar con mortificaciones

las fuertes tentaciones.

No se omitió cilicio,

ayuno, penitencia ni ejercicio,

mas fueron vanas medicinas tales;

que, irritadas las partes genitales,

el demonio carnal más las apura,

dando a más penitencia más tiesura.

Supo el caso el abad, quien, aturdido

del feroz priapismo referido,

a capítulo un día

llamó a la bien armada frailería

y, después de entonado

el himno acostumbrado,

a cada cual, con humildad profunda,

pidió su parecer, por que se hallase

un medio que cortase

en la comunidad tal barahúnda.

Los monjes del convento

poltronamente estaban en su asiento

discutiendo los modos diferentes

de alejar con remeDios convenientes

el bullidor tumulto

que a cada fraile le abultaba el bulto.

Viendo lo ejecutado vanamente

hasta el caso presente,

los sapientes y místicos varones

con santidad y ciencia propusieron

diversas opiniones,

pero en ninguna dieron

que a propósito fuese

para que luego la erección cediese.

En esta confusión, con reverencia,

pidió el portero para hablar licencia.

El portero, no importa aquí su nombre,

era un legazo de tan gran renombre

que, después de rascarse aquello a solas,

hubo vez de jugar diez carambolas.

-Hable, clamó el abad. Y él, humillado,

dijo: -Dios sea loado,

que a mí, vil gusanillo, ha concedido

lo que a Sus Reverencias no ha querido.

Yo un tiempo tentaciones padecía,

mas, por fortuna mía,

hallé un remedio fácil y gustoso

con que al cuerpo y al alma doy reposo.

-¿Y cuál es?, preguntaron admirados

a una voz los benitos congregados.

-Padres, dijo el portero,

tengo una lavandera, cuyo esmero,

cuando a traerme viene

ropa con que me mude,

tanto cuidado tiene

de limpiarme de manchas exteriores

como de las materias interiores,

y a este fin de tal modo me sacude

que en toda la semana

no se alborota más mi tramontana.

Luego que oyó el abad y el consistorio

el medio tan sencillo y tan notorio

de obviar las tentaciones,

decretaron los ínclitos varones

que un voto, de común consentimiento,

se añadiese en las reglas del convento,

por el cual no pudiera

fraile alguno vivir sin lavandera.

El abad, con presteza,

dejó al punto aquel voto establecido

y a los monjes, alzando la cabeza,

dijo: -El Señor, hermanos, nos ha oído,

cuando remedia así nuestras desgracias.

Cantemos, pues: Agimus tibi gratias.

 

Dora y Dido

Casóse Dora la bella

con Dido, y Dido intentó,

la noche que se casó,

hacerle un hijo, hijo de ella.

Como pasó mala noche

aquella en que fue casada,

se levantó al otro día con

toda la cara ajada.

Desde que le vio su padre

con el semblante perdido,

enojado le pregunta:

-¿Quién te ha casado, hijo Dido?

Un hijo piden a Dora

los de su casa cantando,

y Dido le dice a Dora:

-¿Hijo piden? Hijo damos.

Para pan y para aceite

a Dora y Dido pidieron,

y fueron tan liberales

que con gran despejo dieron.

 

El resfriado

Montada en la trasera de su mulo,

a una pobre aldehuela

llevaba un arriero a una mozuela,

la cual, con disimulo,

o por flato o por malos alimentos,

solía soltar envenenados vientos.

Iba estando el arriero sofocado

del mal olor, y díjola enfadado:

-Mira que cuando des en aflojarte

de esa suerte, no tienes que quejarte

si me aburro y te apeo

y encima de tí un rato me recreo,

porque el flato se cura en ocasiones

con ciertas lavativas a empujones.

La mozuela calló atemorizada;

pero, como la pobre iba cargada,

por más que se encogía,

el aire a su pesar se le salía,

y así, al primer rumor extraordinario

que escuchó el arriero temerario,

la bajó diligente,

la tendió prontamente

y, para dar remedio a su fatiga,

la estrujó cuerpo a cuerpo la barriga,

quedando él más ligero

y ella mejor del flato fiero.

Concluyóse, siguieron caminando,

y la moza también de cuando en cuando

siguió echando gerunDios garrafales,

los que nuestro arriero, por sus males,

apenas escuchaba,

cuando otra vez de nuevo la estrujaba.

Tanto usó del remedio,

que al hombre al fin le vino a causar tedio,

y, aunque con más estruendo ella expelía

el viento, el arriero ya no oía;

y la muchacha, al ver que su costumbre

no daba entonces lumbre,

le dijo: -¡ Ay, Dios! Tío Juan, que me he aflojado

¿No oye usté qué rumor se me ha escapado?

Detengamos el mulo

y póngame en el suelo.

A lo que él respondió volviendo el culo:

-Estoy ya resfriado y no te huelo.

 

El piñón

Compró un turco robusto

dos jóvenes esclavos, que un adusto

argelino vendía.

Los llevó a la mazmorra en que tenía

otros muchos cautivos,

y, cerrando la puerta,

detrás de ella a escuchar se quedó alerta

los modos expresivos

con que los más antiguos consolaban

a los recién venidos que allí entraban.

Eran un andaluz y un castellano,

y el que hablaba con ellos italiano,

que dijo en voz de tiple, muy doliente,

a los nuevos llegados lo siguiente:

-Compagni aventurati al par che cari,

i vostri affani amari

io voglio consolar: nostro padrone

e un turco di bonissima intenzione,

pietoso cogli schiavi che la guerra

riduce al suo servizio;

solmente 1i destina per l’uoffizio

che si costum lá, nella mia terra,

strapazzando l’occhio del riposo

col suo membro, che é troppo lungo e grosso.

-Compaire, el andaluz dijo temblando,

¿qué me eztá unté jablando?

¿Con que ha dado eze perro en eza maña

que en Italia ze eztila? ¡ Ay, pobrecito

de mí, dezfondacao en tierra extraña!

¡Yo, que tengo un ojito

lo mezmo que un piñón! ¿ Zerá baztante

pa rezguardarle ezte calzón de ante?

Iba a darle respuesta el italiano,

pero el turco inhumano

gritó entonces: -¡No haber ante que valga!

¡El ojo del piñón al aire salga!

Al punto, cuatro moros,

sin atender las quejas ni los lloros,

afuera le sacaron

y a su señor por fuerza le llevaron.

En tanto que él la operación sufría,

el italiano al otro le decía:

-Giovinetto garbato,

anche tu sia al momento preparato

a soffrir del padron membruto e fiero

il colpo assalitor dell’occhio nero,

perché di bianca f accia o color bruno

il turco buzzarron non lascia alcuno.

El fuerte castellano con arrojo

la argolla de un cerrojo

arrancó de una puerta al oír esto,

y, habiéndosela puesto

de su gran nalgatorio en la angostura,

pudo con tal diablura

guardar el centro y pliegues del contorno,

y el ataque esperó con este adorno.

Pasada media hora, allí trajeron

al andaluz lloroso y derrengado,

y al castellano hicieron

ir a dar gusto al turco bien armado.

Este al momento en cuatro pies le pone,

los calzones le baja y se dispone

a profanarle: se unta con aceite,

para obviar el camino del deleite

aquel globo cerdoso,

fondo en color de cardenillo oscuro,

y, potente y rijoso,

no quiere dilatar el choque impuro.

Considere el lector, aunque yo callo,

qué magnitud tendría

lo que sacó, criado en un serrallo

sin sujeción de bragas ni alcancía,

y después se figure allá en su mente

que esta mole indecente,

enfilando la argolla en la trasera,

quedó como ratón en ratonera.

Por sacarlo se agita,

empuja, hace desguinces, y al fin grita

para que en su trabajo

no le guillotinasen por abajo.

El castellano, astuto, se endereza,

tirando de la argolla con presteza

porque no se la viesen

los que en favor del turco allí viniesen;

pero esto fue de un modo tan violento

que le quitó el turbante al instrumento.

Quedó por el dolor amortecido

el turco en la estacada,

y el castellano, habiendo conseguido

ver la Naturaleza así vengada,

mientras al desgorrado socorrían

los moros que acudían,

a la prisión volviose,

en donde a poco tiempo divulgose

su valerosa hazaña.

Y el italiano preguntole ansioso:

-Ma dica; ¿che cucagna

l’a salvato del caso periglioso?

Y el andaluz decía:

-¡ Qué piñón tendrá uzté tan duro, hermano,

cuando pudo jazer tal jechuría!

A lo que respondiole el castellano:

-Tengo para ese perro,

no un piñón natural, sino de hierro.

 

El ciego en el sermón

Predicaba un gilito en su convento

y, para comenzar, buscó al intento,

de la Escritura Santa en los lugares,

el texto que aquí va de los Cantares

en latín anotado,

y repitió en romance, acalorado:

-¡Qué hermosas son tus tetas, oh mi hermana,

oh mi esposa! ¡Mejor hueles que el vino!

Así hablaba a su amante soberana

Salomón, lleno del amor divino.

Luego que expuso el amoroso texto,

escondió bajo el hábito las manos

y siguió su sermón diciendo: -Hermanos,

¿hasta qué extremo habrá de llegar esto?

Un lego que, calada la capilla,

del púlpito en la angosta escalerilla

sentado, al reverendo acompañaba

y el sermón escuchaba,

díjole en tono bajo:

-No se tenga las manos ahí debajo,

padre; sáquelas fuera prontamente,

porque quizás sospechará la gente

al ver su acción y oyendo cómo empieza,

hasta qué extremo ha de llegar la pieza.

Oyólo el fraile y luego

las manos saca y sigue predicando;

pero, entre tanto, el lego

(o porque, el verde texto recordando,

sintió el vicio en sus partes exaltarse,

o porque no quería ocioso

estarse mientras se predicaba)

pensó lo mismo hacer que sospechaba

al principio del fraile reverendo,

con su negocio el tiempo entreteniendo.

A este fin, colocado en la escalera,

puso el hábito en hueco bien afuera,

las manos ocultando;

y, su cumplido miembro enarbolando,

empezó su recreo,

mas, porque no pudiese algún meneo,

de un modo involuntario,

su fuego descubrir extraordinario,

siempre que se encogía o empujaba

o algún suspiro el gusto le arrancaba,

ponía su semblante compungido

diciendo: -¡Ay, Dios, y cómo te he ofendido!

Al tiempo que la empresa concluía,

el glutinoso humor que despedía,

ardiente como fuego,

en los ojos cayó de un pobre ciego

que escuchaba el sermón allí debajo

y exclamó: -¡ JesuCristo, y qué gargajo

me has echado, que pega cual jalea!

¿No ven que estoy aquí? ¡Maldito sea

y ciego como yo quede del todo

quien sin mirar escupe de ese modo!

 

La procuradora y el escribiente

De cierto procurador

se encontraba el escribiente

trasladando el borrador

de un pedimento algo urgente,

por orden de su señor.

Iba con mucha atención,

pero tiene el ama al lado,

y estaba en esta ocasión

tan templada que al citado

lo llenó de confusión.

Ya le daba con el codo,

ya soltaba una risita,

mas con tanta gracia y modo,

que, aunque el pobrete se irrita,

tiene que sufrirlo todo.

De este juego resultó

que echaba muchos borrones,

y por último exclamó:

-No dé usted más empujones.

Y ella en risa prorrumpió.

Conociendo el escribiente

a dónde se dirigía

su intento nada prudente,

la pluma con picardía

coge, y la dice impaciente:

-Si usted de esta raya pasa,

que yo señalo en el suelo

y sus límites traspasa,

aunque luego clame al cielo,

ya verá lo que la pasa.

Ella al punto la pasó,

y el escribiente malvado

lo que ofrecía cumplió,

y tomándola en sus brazos

en la cama la tendió.

Lo que allí los dos harían

ya se deja conocer,

pues quietos no estarían

ni dejarían perder

la ocasión que conseguían.

El procurador tenía

un chico de corta edad

que estuvo con picardía

mirando con seriedad

cuanto el escribiente hacía.

Vino su padre a comer

y fue inadvertidamente

en la raya el pie a poner,

y el muchacho, cuerdamente,

sus pasos fue a detener.

-No pase usted adelante,

le dice, porque a mi mamá

por un paso semejante

el escribiente a la cama

se la llevó muy galante.

El procurador estuvo

suspenso por algún rato,

y, aunque algo remiso anduvo,

por evitar un mal trato,

de pasarla se contuvo.

 

Coplas del pájaro

El Pajarito, madre,

después que me picó,

me ha dejado burlada.

¡Ay de mi, qué dolor!

El Pájaro ya voló.

El Pájaro era blanco,

travieso y juguetón,

de pluma crespa y negra,

con pico de arrebol.

Estando yo solita

en mi cuarto se entró

y mil dulces tonadas

al punto me cantó.

En ellas me decía

con grandísimo ardor

que si le acariciaba

me mostraría amor.

Acogíle en mi falda

mil besos le di yo,

pero el pícaro luego

a mi frente saltó.

De allí se fue a los ojos,

a la nariz pasó,

besando las mejillas

en mi pecho posó.

¡Cuántas blancas caricias

en él me prodigó,

volando y revolando

por todo alrededor!

Cada vez más travieso,

los labios me besó,

y la punta del pico

en ellos me metió.

¡Ay, cuánto forcejeaba

el pícaro bribón

por encajarle todo,

mas le dije eso no!

El era porfiado,

blando mi corazón,

y tantos sus halagos

que por fin le metió.

Pero no sólo el pico,

también el cuerpo

entró menos las alas,

y eso porque muy gordas son.

 

Las tijeras del fraile

Yéndose a confesar cierta criada,

muy joven, inocente y agraciada,

con un fraile jerónimo extremeño,

más bravío que toro navarreño,

le sucedió un percance vergonzoso

digno de ser sabido por chistoso.

Hizo su confesión la tal sirviente

como la hace cualquiera penitente,

con profunda humildad y abatimiento,

y pasó en blanco el sexto mandamiento.

Notando el confesor el raro brinco,

le preguntó con lujurioso ahínco

por qué el santo precepto se saltaba

sin decir de qué y cómo se acusaba;

a lo que ella responde llanamente:

-Nunca he pecado en él, ni venialmente.

Ante tan gran rareza,

mirola de los pies a la cabeza

el fraile, y pensó al punto: -O yo estoy loco,

o esto no es de perder, pues de esto hay poco.

Siéntese con la cosa ya alterada

y, echando por la iglesia una ojeada,

notó que había en ella poca gente

y discurrió un diabólico expediente.

No hallando en qué imponerla penitencia

pues la moza era un pozo de inocencia,

la dice: -¿Y cómo, siendo tan hermosa,

no pone más cuidado en ser curiosa?

Ese pelo, ¿ por qué no está atusado?

Esa cara, ¿por qué no se ha lavado?

¿ Y qué diré al mirar uñas tan fieras?

¿Acaso es que en su casa no hay tijeras?

Pues, para que haga lo que la prevengo,

voy a darla unas finas que aquí tengo.

Agárrala una mano y la dirige

sin más ni más a donde tiene el dije

y, estando ya la hornilla preparada,

en cuanto tropezó se halló mojada.

Retira el brazo, llena de sorpresa,

limpiándose la goma a toda priesa,

y el fraile la pregunta: -¿ Te has cortado?

Pues ya hace un mes que no se han amolado.

 

La medicina de San Agustín

En la ciudad alegre y renombrada

que riega, saltarín, Guadalmedina,

empezó a padecer de mal de orina

una recién casada

de edad de veinte años,

a quien vinieron semejantes daños

de que su viejo esposo

setentón lujurioso,

por más esfuerzos que a su lado hacía

y con sus refregones la impelía

al conyugal recreo,

jamás satisfacía su deseo,

quedando a media rienda el pobrecito

con un moco de pavo tan maldito,

que la moza volada

enfermó de calor. ¡ Ahí que no es nada!

Era harto escrupulosa

la requemada esposa,

y, por calmar su ardor la Penitencia,

frecuentaba los santos sacramentos

pensando que aliviaran su conciencia

ciertos caritativos argumentos

con que un fraile agustino

daba lecciones del amor divino.

Refirióle afligida

las fatigas que el viejo impertinente,

su esposo, aunque impotente,

le obligaba a sufrir, y que encendida,

después que la atentaba

y de asquerosas babas la llenaba,

en el crítico instante

la dejaba ardorosa y titilante.

(Y aquí, lector, no cuento

lo que también contó de un sordo viento

fétido y asqueroso

que expelía en la acción su anciano esposo,

caliente y a menudo:

mas por mí no lo dudo,

porque la edad en tales ocasiones

afloja del violín los diapasones).

Volvamos sin tardanza

al agustino, que entendió la danza

y la dijo: -Esta tarde

a solas quiero, hermana, que me aguarde

en su cuarto, y haré que el mal de orina

se le cure con una medicina

que el gran padre Agustín, santo glorioso,

a nuestra religión dejó piadoso.

En esto concertados,

el bravo confesor y la paciente

a la tarde siguiente

en una alcoba entraron, y, encerrados

allí, Su Reverencia

a la joven curó de su dolencia

con un modo suave

y al mismo tiempo vigoroso y grave.

Entre tanto, el esposo

con un médico había, cuidadoso,

consultado los

males que su mujer sufría tan fatales

y a su casa consigo le traía

a tiempo que salía

de ella el buen confesor, gargajeando

y de la fuerte operación sudando.

Sin detenerse el viejo en otra cosa,

entró y dijo a su esposa:

-Mira, hijita, qué medico he buscado,

que dejará curado

ese tu mal de orina

aplicándote alguna medicina.

Y ella al galeno entonces, muy serena,

dijo -No es menester, que ya estoy buena;

mi enfermedad penosa

ha cedido a la fuerza milagrosa

que San Agustín puso en los pepinos

de los robustos frailes agustinos.

Poemas de Félix María de Samaniego

Las entradas de tortuga

Estaba una señora desahuciada

de esa fiebre malvada

que, sin ser, según dicen, pestilente,

se lleva al otro lado a mucha gente.

Sus criados y amigos la asistían

con celo cuidadoso,

pues por tonto tenían

de la dama al esposo

y, así, de su dolencia

nunca le confiaron la asistencia.

Llególe, al parecer, la última hora

a la pobre señora;

trajéronla, muy listos,

agonizantes Cristos,

y de la sepultura

la eterna llave con la Sacra Untura.

Después que bien la untaron

y a su placer los frailes la gritaron,

a media noche túvola por muerta

el médico, y dispuso

dejar del todo abierta

la alcoba de la enferma, según uso,

y que, ya sin cuidados,

se acostaron amigos y criados.

Fuéronse todos a dormir bien pronto;

y luego que esto vio el marido tonto,

quedito entró en el cuarto de su esposa,

que nunca más hermosa

le pareció que entonces porque hacía

un mes que por su mal no la veía.

Mirándola los pechos,

que a torno parecían estar hechos,

y el ojal del encanto en que pecara un santo,

dijo: -¿ Se ha de comer esto la tierra

sin más ni más? ¡Ah calentura perra!

Llévese entre responsos y rosarios

toda la retención de mis monarios.

Dicho y hecho: de un brinco

montó, enristró, y al golpe, con ahínco

quedó, sin que más quepa,

clavada en su terreno aquella cepa.

¡Vive Dios que producen maravillas

del masculino impulso las cosquillas

según se prueba en el siguiente caso!,

porque, lector, al paso

que el marido empujaba,

su mujer se animaba,

y, cuando sintió el fuego

del prolífico riego,

abrió los ojos, medio suspirando,

y abrazó a quien la estaba culeando.

Entonces las culadas prosiguieron

hasta el día; y los dos las suspendieron

porque entraron las gentes

de la enferma asistentes

en el cuarto, y hallándola sentada,

en brazos de su esposo reclinada,

se admiran y, ¡milagro!, repitiendo,

van a llamar al médico corriendo.

Éste, luego que vino,

la tomó el pulso y dijo: – Yo no atino

qué es lo que la habrán dado,

que así se ha mejorado.

Y el marido, que en tanto se reía,

dijo: – Señor doctor, será obra mía,

porque, así que dejaron a mi esposa

los presentes, entré yo con mi cosa

tiesa, como la tiene el que madruga,

y la di cinco entradas de tortuga.

– ¡Bravo!, el médico exclama,

ya comprendo la cura. ¿Y… Por qué llama

con tan extraño nombre

la genital operación del hombre?

– ¡Toma!, el tonto replica,

es un modo de hablar que significa…

¡Zas!… Soplarlo de golpe hasta lo hondo,

cual las tortugas… ¡Zas!… Se van al fondo.

Pero, si está mal hecho…

– No, el médico le dice, has acertado,

pues tus entradas son de tal provecho

que a tu pobre mujer vida le han dado.

Así que esto oyó el tonto,

echó a llorar de pronto,

y el doctor, que el motivo no alcanzaba,

le preguntó qué pena le apuraba.

– ¡Ay!, respondió afligido,

que el dolor me lo arruga.

¡Si yo hubiera sabido

que las tales entradas de tortuga

daban vida de cierto,

nunca mis padres se me hubieran muerto!

 

Los gozos de los elegidos

Iba un guardia de corps, lector amado,

a más de media noche, apresurado

a su cuartel y, al revolver la esquina

de la calle vecina,

oyó que de una casa ceceaban

y que, abriendo la puerta le llamaban.

Determinó acercarse

porque era voz de femenil persona

la que el lance ocasiona,

y sin dudar, a tiento,

de uno en otro aposento,

callado y sin candil, dejó guiarse

hasta que, al parecer, llegó la dama

donde estaba la cama

y le dijo: -Desnúdate, bien mío,

y acostémonos pronto, que hace frío.

El guardia la obedece

metiéndose en el lecho que le ofrece,

cuyo calor benéfico al momento

le templa el instrumento,

y mucho más sintiendo los abrazos

con que en amantes lazos

la dama que le entona

expresiva y traviesa le aprisiona.

Entonces, atrevido,

intentó la camisa remangarla

y rijoso montarla;

mas quedó sorprendido

al ver que ella obstinada resistía

la amorosa porfía,

y que, si la dejaba,

también de su abandono se quejaba,

hasta que al fin salió de confusiones

oyendo de la dama estas razones:

-¿Cómo te has olvidado

del modo con que habemos disfrutado

siempre de los placeres celestiales?

¿Los deleites carnales

pudiera yo gustar inicuamente

cuando mi confesor honestamente

sabes que me ha instruído

de cómo gozar debe el elegido

sin que sea pecado?

¡Pues bien que te has holgado

conmigo en ocasiones

sin faltar a tan puras instrucciones!

El guardia, deseando le instruyera

en lo que eran delicias celestiales,

dejó que dispusiera

la dama de sus partes naturales;

y halló que su pureza consistía

en que el varonil miembro introducía

dentro de su natura

por cierta industriosísima abertura

que, sin que la camisa se levante,

daba paso bastante,

como agujero para frailes hecho,

a cualquier recio miembro de provecho.

Con tal púdico modo

logró meter el guardia el suyo todo,

gozando a la mujer más cosquillosa

y a la más santamente lujuriosa.

Mientras los empujones,

ella usaba de raras expresiones,

diciendo: -¡ Ay, gloria pura!

¡Oh celestial ventura!

¡Deleites de mi amor apetecidos!

¡Ay, goces de los fieles elegidos!

El guardia, que la oía

y a su pesar la risa contenía,

dijo: -Por fin, señora,

no he malgastado el tiempo,

pues ahora me son ya conocidos

los goces de los fieles elegidos.

Al escuchar la dama estas razones,

desconoció la voz que las decía;

mas, como en los postreros apretones

entorpecer la acción no convenía,

exclamó: -¡ Ay, qué vergüenza! ¡ Un hombre extraño…

!No te pares…! ¿Se ha visto tal engaño…?

¡ Angel del paraíso…! ¡Qué placeres…!

¡Ay, métemelo bien seas quien fueres!

 

El «¿pues y qué?»

A un alcalde de corte a presentarse

fue una mujer, diciendo iba a quejarse

de que el débito santo la mermaba

su marido y jamás la contentaba.

El alcalde mandó que al otro día

ante su señoría

los dos se presentasen en la audiencia,

donde recibirían su sentencia;

y, después de cenar, de sobremesa

refirió a la alcaldesa

la queja que, pendiente

ante su tribunal, al día siguiente

debía sentenciarse,

con que pensaba lindamente holgarse.

La alcaldesa también quejosa estaba

del alcalde en el punto de que hablaba,

pues, aunque ella solía acariciarle

siempre que la golilla le ponía,

no lograba ablandarle

y aun golilla en la cama mantenía.

Por lo mismo, curiosa determina

escuchar de esta queja la sentencia,

y al otro día se escondió en la audiencia,

muy temprano, detrás de una cortina.

Entró el alcalde; luego, el matrimonio;

y para dar de todo testimonio,

después, el escribano

con semblante infernal y pluma en mano.

Cuando la acusación oyó el marido,

de cólera encendido,

se volvió a su mujer y de esta suerte

la dice sofocado: —Es cosa fuerte

que pongas mi potencia en opiniones,

sabiendo bien que en todas ocasiones,

apenas en la cama estás metida,

cuando enristro y te pego mi embestida.

A lo que ella responde desdeñosa:

—¿Pues y qué? Y él siguió: —Pues a otra cosa:

¿negarás que también cuando amanece,

hora en que todo humano miembro crece,

contra tus partes gravemente juego

y el perejil con profusión te riego?

—¿Pues y qué? Y el marido proseguía,

viendo que a su mujer no convencía:

—¿Y acaso negarás que por las siestas,

a pesar del calor, te hago mil fiestas

y que el ataque entonces, aunque largo,

no abandono jamás si no descargo?

A que la mujer dice, haciendo un gesto:

—¿Pues y qué? Pero apenas dijo esto,

cuando de pronto se mostró en la sala

la alcaldesa exclamando: —¡Enhoramala

váyase la insolente de la audiencia

antes que se me apure la paciencia

y mande que la azoten como a Cristo!

¿Hay mayor desvergüenza? ¿Quién ha visto

con tal superchería

mujer de poluciones más avara?

Yo soy una alcaldesa y cada día

con sólo un ¿pues y qué? me contentara.

 

El dios Escamandro

Cuentan que un orador célebre en Grecia,

mansión en otro tiempo soberana

de cuanta ciencia humana

el sabio mundo aprecia,

quiso las ruinas visitar de Troya:

Simón, su amigo, el pensamiento apoya,

que aunque no es anticuario,

antes por el contrario

tiene su si es no es de tarambana,

le entró no poca gana

de ver tierra también; y suponía

que el sabio ha de buscar su compañía.

Parten los dos, y al término del viaje

llegaron sin trabajos o incidentes:

¡qué vista para el sabio! ¡ Oh, fiero ultraje

de la edad y barbarie de las gentes!

Donde Ilión su altísimo homenaje

alzaba a las esferas esplendentes,

hoy hallaron tan sólo pobre aldea,

que ni remota idea

da del gran pueblo antiguo desolado.

El sabio, en sus recuerdos embriagado:

¡Cómo!, decía, ¿ni el menor vestigio

veré de la ciudad, que fue prodigio

por mano de los Dioses levantado;

y abatido también por las deidades,

pero cuyo prestigio

pudo sobrevivir a las edades?

-¿Dó están las torres que Héctor defendía?

¿Dó los campos, do Aquiles y Diomedes

mostraban generosa valentía?

Erudito lector, suponer puedes

que el que así se explicaba,

a la margen estaba

del Escamandro undoso;

río que entre sus ondas sanguinoso

arrastró rotos petos y celadas,

a cabezas calientes arrancadas.

Simón, que en antiguallas no repara,

y su imaginación tiene un reposo,

a otros objetos dedicarse ansiara,

propios de un hombre material y ocioso.

Llegó, pues, la ocasión. Fresca y sencilla,

con una linda cara

que hasta la misma envidia enamorara,

llegó del río a la yerbosa orilla

incauta jovencilla,

que en traje y compostura

parece una aldeana,

lo cual no perjudica a su hermosura:

al contrario, al viajante

más impresión le ha hecho, que si fuera

remilgada y enclenque ciudadana.

La hora terrible de la siesta era:

que en Asia hace calor sabe cualquiera;

que el calor importuno

excita las eróticas pasiones,

y aún las encienden más las ocasiones,

tampoco hay que explicárselo a ninguno.

Allí, no muy distante,

había entre el ramaje gruta oscura,

asilo cierto contra el sol vibrante,

en donde la inocente criatura

las calurosas horas

quiso pasar, juzgándose segura.

Pero las seductoras

ondas, que limpias a sus pies pasaban

y a refrescarse en ellas convidaban,

el calor, la galbana,

de bañarse en la niña

excitaron la gana.

El viajero se esconde y escudriña

aquellas perfecciones,

que atizan el volcán de sus pasiones.

Qué hará? Si mete ruido

y espanta a la deidad, todo es perdido.

Mas de cómo rendirla, de repente,

después que meditó por breve rato,

van a suministrarle un expediente

las creencias del tiempo mentecato.

¿ No gozó a Dánae, en oro convertido,

Júpiter atrevido?

¿ No hay otros mil ejemplos

de Dioses, venerados en los templos,

que tras una mortal ciegos corrieron

y madres las hicieron

de ilustres semideos,

que la tierra llenaron de trofeos?

Manos a la obra pues: no hay que aturdirse;

un Dios de este jaez puede fingirse.

Toma entonces Simeón los elevados

aires de un Dios acuático, ciñendo

sus cabellos mojados

de césped y espadaña,

y toda su persona componiendo.

Luego con voz y entonación extraña,

al gran Mercurio invoca,

y a la deidad potente

a quien cuidar de los amantes toca.

La tímida muchacha que lo siente,

aunque sencilla ignora

del mancebo la astucia disoluta,

se atropella, se azora,

y huye a esconderse en la profunda gruta.

-Huyes del Dios, la dice, de este río:

ven, pues, Nereida, ven, y no te escondas;

que con ser dueño mío,

serás también la Diosa de estas ondas.

Por ti la forma de hombre

me he gozado en tomar: nada te asombre.

Vuelve al río, dichoso

en gozar de ese cuerpo delicioso,

que aún más que su cristal puro es mi pecho.

Ven a dejar mi anhelo satisfecho;

y en pago estas riberas esmaltaré de flores

que huellen esos pies encantadores;

y a ti y tus compañeras,

siempre que a ser mi esposa te resuelvas,

ninfas haré del río o de las selvas.

Nuestra joven, que estaba

con la cabeza llena de otras tales

hazañas de los Dioses inmortales,

no dudó que era un Dios el que la hablaba.

A ceder la deciden sin violencia

su halagüeña elocuencia,

su grato continente y rostro amable,

y, a decir la verdad, que es bien palpable,

un no sé qué de vanidad de moza

que en superar a las demás se goza:

flaqueza mujeril disimulable.

En sus senos umbrosos,

aquella gruta al sol impenetrable,

teatro fue dulce de hurtos amorosos;

y él la dio al separarse la advertencia

de que a verle viniera con frecuencia,

mas que a nadie su suerte revelara

hasta que la ocasión se presentara,

conforme a su deseo,

de anunciar a los Dioses su himeneo,

cuando el cónclave sacro se juntara.

Ella, ¡ cosa bien rara!,

el secreto guardó con gran prudencia.

¡Qué mujer no se paga

de contar un secreto que la halaga!

Mas hagamos justicia a la heroína

de nuestra historia cierta:

siguiendo fiel la insinuación divina,

calló como una muerta;

y siempre que podía,

esto es menos extraño,

a la gruta venía

a verse con su Dios, después del baño.

Mas cuando vino el frío,

cansado ya Simón de hacer de río,

poco a poco dejó la dulce gruta;

que el amor se fastidia si disfruta,

y veleidosos son, como traidores,

los Dioses del Olimpo moradores.

La mísera insensata,

viéndose ya olvidada; triste y mustia,

sus facciones maltrata,

y a los cielos acude con angustia;

recorre con afán la selva hojosa,

parte a la cueva que la vio dichosa,

mil veces sale y entra,

y por más que se mueve a nadie encuentra.

Simón, que desde el punto

que dejó de ser Dios le descontenta

esta tierra de Troya,

y tiene algún barrunto

de que puede salirle mal la cuenta

si llega a descubrirse la tramoya,

quisiera abandonar tales regiones;

mas entre tanto el sabio compañero,

emprendió excavaciones,

por comprobar las fábulas de Homero;

y héteme aquí con nuevas detenciones.

Mi hombre vivió encubierto,

como que su conciencia está intranquila:

mas ¿ cómo no tener algún descuido

que en su contra aprovechen

ojos que amor celoso despabila?

Y así sucede: el diablo que es experto

y tiene gran placer en meter ruido,

cruzando él casualmente,

dispuso que se halle

a la esposa enDiosada en una calle;

en la cual, de repente,

del pueblo se juntó la gente toda

a ver pasar una lujosa boda.

Héteme sin escape al pobre mozo:

ella desde el momento

que lo reconoció con alborozo

dijo, abiertos los brazos, y en su seno

echándose llorosa:

-i Escamandro, mi Dios! si sois tan bueno,

¿porqué dejasteis vuestra amante esposa?

La gente que escuchó a la desdichada,

luego soltó sonora carcajada;

pero cuando se entera

del vergonzoso caso,

al mal fingido Dios del pueblo fuera

a palos arrojó más que de paso.

Él escapó: la incauta escarnecida,

en vista del engaño,

de cada lagrimal soltando un caño,

lloró toda su vida

ser juguete de un pillo,

cuando creyó con ánimo sencillo

que daba a un Dios su mano y su persona.

¡Oh, vil superstición! ¿Y hay quien te abona?

 

El cabo de vela

Salió muy de mañana

a oír misa en la iglesia más cercana

una vieja ochentona

de vista intercadente y voz temblona.

A la del Hospital se dirigía

porque junto vivía,

llevando por no haber amanecido,

de una vela encendido

el cabo en su linterna,

cosa bien útil, aunque no moderna.

Dejémosla que siga su camino

y vamos a contar lo que el destino

le tenía guardado. El día antes

los mozos practicantes

del Hospital cortaron con destreza,

en la disecación, la enorme pieza

de un soldado difunto

y para mantenerla en todo el punto

de su hermoso tamaño,

con un cañón de estaño

la llenaron de viento;

en seguida el pellejo al instrumento

con un torzal ataron

al corte, y como nuevo le dejaron.

Jugaron luego al mingo

con él, y cada cual daba un respingo

cuando se lo tiraban

los unos a los otros que allí estaban,

siendo de tal diablura

objeto su grandísima tiesura.

Después que se cansaron,

a la calle arrojaron

de su fiesta el prolífico instrumento;

y aquí vuelve mi cuento

a buscar a la vieja, que con prisa

por la calle pasó para ir a misa.

No precisa el autor de aquesta historia

si tropezó en la tiesa caniloria

o en otra cosa; pero sí nos dice

que la vieja infelice,

por ir apresurada,

dio en la calle tan fuerte costalada

que se desolló el cutis de una pierna,

y, por el golpe rota la linterna,

perdió el cabo de vela y se vio a oscuras;

¡causa un porrazo muchas desventuras!

La pobre, al fin, se levantó diciendo:

-¡ Ah, Satanás maldito, ya te entiendo:

mas no te bastarán tus tentaciones

para que pierda yo mis devociones!

Entre tanto, tentaba

el empedrado, por si el cabo hallaba,

y tal fortuna tuvo

que al poco tiempo que buscando

anduvo, dio con la erguida pieza del soldado,

y al cogerla exclamó: -¡ Dios sea loado!

Como no había allí dónde encenderla,

tuvo en la faltriquera que meterla y,

a la iglesia sus pasos dirigiendo,

llegó cuando la puerta iban abriendo.

Oyó misa, y entró en la sacristía

para encender su cabo;

acercóle a una luz que en ella ardía,

pero el maldito nabo

dio con la llama tal chisporroteo

que apagó aquella vela.

La vieja, al ver frustrado su deseo,

al sacristán apela

para que le encendiese;

él le tomó, ignorando lo que fuese,

y le arrimó a la luz de otra bujía;

mas, como chispeaba y nunca ardía,

de la vela a la llama

le examina y exclama:

-¡ Cuerpo de Cristo! ¡ Qué feroz pepino!

Tómelo, hermana, usté, que tendrá tino

para saber lo que con él se hace,

que yo no enciendo velas de esta clase.

Atónita la vieja, entonces mira

con atención al cabo, y más se admira

que el sacristán, diciendo:

-En cincuenta y tres años que siguiendo

estuve la carrera

de moza de portal y de tercera,

no vi un cirio tan tieso y tan soplado.

¡Quién en sus tiempos se lo hubiera hallado!

 

La reliquia

Un confesor gilito

en opinión de santidad estaba,

por lo que despachaba

de penitentes número infinito.

Además, este padre reverendo

llevaba en un remiendo

de su negra pretina

cosida una reliquia peregrina

con muchas indulgencias

que evitaban penosas penitencias

siempre que con dos dedos la tocaba

al tiempo de absolver al confesado,

y así todo pecado

con esta ceremonia perdonaba.

De clases diferentes

el número creció de penitentes,

sabiendo la excelencia

de la nueva indulgencia

que este varón profundo

igualmente aplicaba a todo el mundo.

Una moza morena

llegó a sus plantas, de pecados llena,

con ojos tentadores, talle listo,

y unas tetas que hicieran caer a Cristo,

pues, conforme a la moda,

ya en taparlas ninguna se incomoda.

Empezó a confesarse

y, así que llegó al sexto mandamiento,

de torpes poluciones a acusarse

con tanta contrición, que el movimiento

de su blanca pechera

simpatizó del fraile el instrumento,

como era natural, de tal manera

que le causó cuidado

sentírselo de pronto tan hinchado.

La iglesia estaba oscura,

la gente no era mucha y, temeroso

de más descompostura,

el bendito varón acudió ansioso

al corriente remedio

de empuñar con recato por en medio

el miembro rebelado;

y esto fue tan a tiempo ejecutado,

que hizo un memento homo

pasándole la mano por el lomo.

La moza acabó en tanto

su confesión, y dijo al varón santo:

-Echeme, padre mío,

la sacra absolución en que confío,

y aplíqueme, le ruego, la indulgencia

que su reliquia tiene,

pues la virtud que en ella se contiene

puede excusar más grave penitencia.

Oyendo estas razones,

de su meditación medio aturdido,

el fraile volvió en sí dando un ronquido;

sacó de sus calzones,

para absolver, la mano humedecida;

tocóla en la reliquia consabida

y, en vez de bendición, echó rijoso

a la moza un asperges muy copioso.

-¡ Jesús!, ella exclamó. ¿ Para qué es esto

que me ha echado en la cara?

Sintiera que pegado se quedara,

pues parece de gomas un compuesto.

A que respondió el fraile: -Eso, sin duda,

es, ¡ ay!, que ha cometido un gran pecado,

hermana, y perdonárselo ha costado

tanto, que a mares la reliquia suda.

 

Quintillas

De las entrañas de un roble

salió una dama modorra:

quiso estirarme la po-bre

una pluma de mi gorra

para vestirse de hombre.

En mi enfermedad interna

no sé qué remedio elija:

tengo tan larga la pi-erna

que me maltrata prolija

si el tiempo no lo remedia.

Fui a verla el otro día;

se estaba peinando el moño:

me convidó con su co-che

para pasar a Logroño,

a dormir aquella noche.

Con tu cintura delgada

tú pasas fuertes trabajos,

pues te hartas de cara-coles,

y si los guisas con ajos

te han de salir los colores.

Ahí os entrego a millares

mis camisas y calzones,

también mi par de co-llares

para que en admiraciones

adornen vuestros altares.

Pasé a verla de mañana

y estaba matando un sapo:

me puse a mirar su pa-dre,

que limpiaba con un trapo

su carita de vinagre. –

Los amantes de violón

que violaron vuestras hijas

mandan les corten las pi-ernas

porque no sean prolijas

y las echen a un rincón.

Yo tengo una dama hermosa

de condición absoluta:

ella me parece pu-so

por bajo precio la fruta

acomodándose al uso.

Con vuestros ojos ponéis

en prisión los corazones,

y agarrando los co-géis

con los dulces eslabones

de las redes que tendéis.

Tu nariz copos deshechos,

tus mejillas dos macetas,

¡Quién se viera entre tus te-chos

con dos luces por planetas

y dos pomas a los pechos!

Es tu boca de azahar,

tus labios belfo madroño;

y es tan blanco tu co-ral

que lo matizó el otoño

a imitación del rosal.

Al pintar tu rostro bello

tosco es el pincel más chulo,

porque es tan blanco tu cu-ello

que los cristales anulo

y las nubes atropello.

Tu pie de nieve destapa

ágil el pincel más guapo,

y es tan singular tu pa-ta

que en un punto la destapo

y en un jazmín se dilata.

¡Ay, mi niña, si al pintarte

miraras hacia acá abajo

y me vieras el cará-cter

que hizo en mí tu perfección

cuando comencé a pintarte!

No me juzgue amor pelota

al contemplarme bisoño,

porque me muero por co-ta

y no hay soldado en Logroño

que empine mejor la bota.

Batallas, no, amor, revoques;

sal al encuentro y me abrocho,

mas si no me das el cho-que,

a soldado sin bizcocho

¿de qué le sirve el estoque?

Cansado me llegué a hallar

de un pie que pensé en perder,

y de continuo ho-llar

ya no me puedo tener,

mas siempre te he de adorar.

Aunque en pie la duda esté,

prevente al instante, hija,

que voy a meter mi pi-e

en la primera vasija

que tu belleza me dé.

Si ardo en lumbres infinitas

del amor llamas internas,

allá voy, abre las pi-tas

haremos cuerdas eternas

por ahorcarme necesitas.

Vida y muerte vibra impía

tu mano, cura mi anhelo,

porque no hay mejor cirugía

que el contacto de tu cielo

y de tus luces el día.

No imagines que despierte

otro ardor ya para amarte,

porque tengo de emprenderte,

o la vida ha de costarte

o yo tengo de perderte.

 

La linterna mágica (Samaniego)

Un novicio tenía en su convento

el entretenimiento,

cuando a solas estaba,

de tocarse el guión que le colgaba,

porque, como del claustro no salía,

gozar de otros placeres no podía.

Sorprendiole en sus sucios ejercicios

una vez el maestro de novicios,

y el converso, turbado,

queriendo se ocultase su pecado,

imploró la piedad del reverendo,

el cual así le dijo sonriendo:

-Hermano, yo conozco la flaqueza

de la naturaleza;

sé que en esta mansión de santa calma

la carne nos domina cuerpo y alma,

y a perdonar su culpa me acomodo;

pero quiero me diga de qué modo

puede hacerse ilusión consigo mismo,

pues, aunque usaba yo del onanismo

cuando era mozalbete sin dinero,

luego que descubrí cierto agujero

que tienen las mujeres,

Sólo con ellas pude hallar placeres.

El novicio, admirando la clemencia

de su maestro, así a Su Reverencia

le descubre el secreto,

diciéndole: -Maestro, en un aprieto,

es mi imaginación ardiente y viva

quien me ayuda a la parte sensitiva,

porque, en las ilusiones que me ofrece,

una linterna mágica parece.

Verbi gratia: figúrome que veo

pasar con lujurioso contoneo

a la Ojazos, y exclamo: «¡Ay, Dios! ¡Qué hermosa!­

y empuño, como veis, luego mi cosa;

dándole… Uno… Dos… Tres… Golpes de mano

que a la Ojazos dedico muy ufano.

Después digo: «Ahora pasan las Trapitos

con melindres y adornos exquisitos;

¡qué morenas que son…! ¡Qué provocantes!»;

y a su salud van dos pasavolantes.

Luego pienso: «Allá va la Zapatera,

que un mar de tetas lleva en la pechera.

¡Ay! , ¡qué gorda! , ¡qué blanca! , ¡qué aseada!,

¡qué pierna se la ve tan torneada!

Bien merece su garbo soberano

la dedique seis golpes de mi mano:

uno…, Dos…»

Aquí el fraile, que veía

que el novicio a lo vivo proseguía

su cosa golpeando

y que ya de la cuenta iba pasando,

le dijo: -Espere y, ya que así se aplica,

dígame a quién dedica

de su linterna mágica el pecado.

A que el novicio respondió siguiendo

su negocio, y la obra concluyendo:

-Ay, padre! Pues pasó la Zapatera,

esta va a la … ¡Qué gusto! … A la cualquiera.

 

Las lavativas

Cierta joven soltera,

de quien un oficial era el amante,

pensaba a cada instante

cómo con su galán dormir pudiera,

porque una vieja tía

gozar de sus amores la impedía.

Discurrió al fin meter al penitente

en su casa, y, fingiendo que la daba

un cólico bilioso de repente,

hizo a la vieja, que cegata estaba,

que un colchón separase

y en diferente cama se acostase.

Ella en la suya, en tanto,

tuvo con su oficial lindo recreo,

dándole al dengue tanto

que a media voz, en dulce regodeo,

suspiraba y decía:

-¡ Ay …! ¡Ay …! ¡Cuánto me aprieta esta agonía!

La vieja cuidadosa,

que no estaba durmiendo,

los suspiros oyendo,

a su sobrina dijo cariñosa:

-Si tienes convulsiones aflictivas,

niña, yo te echaré unas lavativas.

-No, tía, ella responde, que me asustan.

-Pues si son un remedio soberano.

-¿Y qué, si no me gustan?

-Con todo, te he de echar dos por mi mano.

Dijo, y en un momento levantada,

fue a cargar y a traer la arma vedada.

La mozuela, que estaba embebecida

cuando llegó este apuro,

gozando una fortísima embestida,

pensó un medio seguro

para que la función no se dejase

ni a su galán la tía allí encontrase;

montó en él ensartada,

tapándole su cuerpo y puesta en popa,

mientras la tía, de jeringa armada,

llegó a la cama, levantó la ropa

por un ladito y, como mejor pudo,

enfiló el ojo del rollizo escudo.

En tanto que empujaba

el caldo con cuidado,

la sobrina gozosa respingaba

sobre el cañón de su galán armado,

y la vieja, notando el movimiento,

la dijo: -¿Ves como te dan contento

las lavativas, y que no te asustan?

¡Apuesto a que te gustan!

A lo cual la sobrina respondió:

-¡ Ay!, por un lado sí, por otro no.

 

La receta (Samaniego)

De histérico una monja padecía

y ningún mes contaba

las calendas purpúreas que aguardaba.

Al convento asistía

un médico arriscado

que por su ciencia conoció el estado

de la joven paciente

y cuál era el remedio conveniente;

y con oculta treta,

en papel reservado

entrególe a la sor como receta

cuyo expedito y breve contenido

de esta manera estaba concebido:

«Contra ese flato histérico receto

un fregado completo

en aquellos canales

que los censos expelen mensuales.

Yo para esta faena,

una tienta de carne tengo buena,

con que ofrezco curarla

y la matriz al par deshollinarla.»

Esto leyó la monja, y afanosa

de cobrar su salud, pensó una cosa

con que deshollinada

quedase con la tienta deseada;

para ello, de repente,

con más fuerza el histérico accidente

fingió, de tal manera

que mandó la abadesa se trajera

el médico al momento,

y, sin desconfianza, en el convento

le pidió que quedase

en tanto que la monja peligrase.

Llegó la media noche y las campanas

a maitines tocaron;

las piadosas hermanas

de sus celdas al coro se marcharon,

quedando con la enferma una novicia

de bastante malicia

y el médico, ajustándose su cuenta

de cómo engañaría a la asistenta.

Esta, que recelaba el torpe empeño,

fingió ceder al sueño

y vio que el esculapio prontamente

montaba a la paciente

y que ella culeaba

mientras él la estrujaba

tanto, que la pobreta

tragaba suspirando la receta.

La novicia, por no llevar el gorro,

gritó: -¡Hermanas, socorro!

¡Acudan, que este médico maldito

a nuestra hermana pincha el conejito!

Por pronto que a esta voz saltó del lecho

el agresor sin consumar el hecho,

las monjas, que volaron

a la celda, llegando a tiempo, vieron

lo que nunca tuvieron

y siempre desearon;

hallaron a la enferma destapada;

vieron, ¡ ay!, enristrada

la tienta valerosa

del médico en el aire y que, furiosa

porque su ocupación se lo impedía,

con todas juntas embestir quería.

A tal vista, una clama: -¡ Es un impío!

Otra dice: -¡ Qué escándalo, Dios mío!

Otra, con mayor celo, repetía

que sobre sí el delito toMaría

para evitar que luego

llegue sobre el convento a llover fuego.

En tanto que gritaban, la abadesa

llegó dándose priesa,

en brazos de dos monjas apoyada,

con el peso encorvada

de ochenta y cinco años,

que le habían causado, entre otros daños,

almorranas, ceguera,

algo de perlesía y de sordera,

y una pronunciación intercadente

por hallarse su boca sin un diente.

Esta, pues, enterada de la culpa,

vio que la delincuente se disculpa

mostrando la receta,

y adivinó que el médico operaba

con la tienta que en ella insinuaba.

La abadesa, discreta,

de la verdad queriendo cerciorarse,

en la nariz montó los anteojos,

que eran auxiliadores de sus ojos;

mandó luego acercarse

al galeno que estaba bien armado

por no haber la receta consumado,

y, alzándole de prisa

el cumplido faldón de la camisa,

exclamó con presteza:

-¡ Bendígaselo Dios! ¡ Soberbia pieza!

La de mi confesor, que pincha y raja,

con dos palmos del vello a la cabeza

es un meñique al lado de esta alhaja.

 

La oración de san Gregorio

Un cura y su criada en una aldea

la noche de difuntos

se calentaban juntos

al fuego de una grande chimenea.

La doncella era joven y graciosa

tanto como inocente,

y el cura un hombre ardiente,

de barriga y gordura prodigiosa,

porque siempre estos bienaventurados

son de salud por el Señor colmados.

Al ir al dormitorio,

la mujer dijo al cura, compungida:

-¡ Ay, señor! Estarán en la otra vida

almas del Purgatorio

esta noche esperando

los sufragios que allí vayan llegando

de unas y otras gentes,

para subir al Cielo,

y, aunque he rezado yo por mis parientes,

no sé si este consuelo

lograrán por mis cortas oraciones,

-Cierto, la dijo el cura, suspirando,

desnudo ya, subiéndose a la cama

y sus formas rollizas enseñando;

cierto que no hay sufragios suficientes

para sacar las ánimas benditas

de la llama cruel del Purgatorio,

si no es cierta oración de San Gregorio

que consigue indulgencias infinitas.

Cada vez que se reza por un alma,

sube al instante al Cielo con su palma;

mas no puede rezarse

sino entre dos al tiempo de acostarse.

-¡ Oh! Si en esto consiste,

respondió la doncella,

señor cura, por Dios que la recemos

entre los dos, y luego dormiremos;

iranse por mis padres aplicando

al tiempo de ir rezando.

-Bien: aunque tengo sueño, dijo el cura,

lo haré porque te estimo:

acuéstate a mi lado

y no tengas cuidado

si en medio del fervor a ti me arrimo,

porque estas oraciones

tienen su ahogo y sus espiraciones.

Con arreglo a las tales circunstancias,

rezaron juntos la oración primera,

que se aplicó a la madre

de la pobre soltera,

y ella exclamó: -Prontito por mi padre

recemos, señor cura, que no dudo,

por el placer que el rezo me ocasiona,

que mi madre en el Cielo se corona.

Como mejor se pudo,

y a fe que bien lo hicieron,

después rezando fueron

por los tíos, hermanos

y parientes lejanos

de que se fue acordando la mozuela,

y en fin sólo un abuelo

faltaba de tan larga parentela

que conducir al Cielo.

El cura, ya cansado

porque había salvado

con su santa faena

diez ánimas en pena,

por más que se afanaba,

se encendía y sudaba

y mil esfuerzos con vigor hacía,

arrancar aquel muerto no podía;

y la moza notando

esta falta, le dijo: -¿Qué? ¿Mi abuelo

no ha de subir al Cielo?

A que respondió el cura desmontando:

-No, porque él no rezaba a San Gregorio.

Déjalo que se esté en el Purgatorio.

 

Los relojes del soldado

Dieron alojamiento

a un tunante sargento

en la casa de cierta labradora,

viuda, joven, con humos de señora,

cuyo genio intratable

en breve con su huésped se hizo amable,

habiendo reparado

que era rollizo, sano y bien formado;

tanto, que dijo para su capote:

-¡ Vaya! Tendrá un bellísimo virote.

Al tiempo que cenaron,

mil pullas a los dos se les soltaron,

y después el sargento

dijo: -Patrona mía, lo que siento

es que mi compañía

marcha al romper el día,

por lo cual tendré que irme tempranito,

y quizá no habrá en este lugarcito

un reloj de campana

que se oigan dar las tres por la mañana.

-Aunque no haya ninguno,

la viuda respondió, yo tengo uno

en mi corral guardado,

que es más fijo que el sol por lo arreglado:

mi gallo, que no atrasa ni adelanta,

porque a la aurora sin falencia canta.

-Yo también, respondiola prontamente

el sargento, un reloj conmigo tengo

que, cuando está corriente,

todas las horas da que le prevengo;

pero para arreglarle

es preciso las péndolas colgarle,

dándolas movimiento

mientras que el minutero toma asiento,

que, en teniéndolas a gusto,

apunta bien y da las horas justo;

mas yo, solo y cansado,

no le puedo poner en tal estado.

-Lo hará el señor sargento con mi ayuda,

le dijo la viuda.

-Tanto mejor, exclama

el tunantón; pero será en la cama.

Y no lo dijo en vano,

que, tomándola luego de la mano,

al lecho la conduce y,

halagándola, pronto la reduce

a que en forma se ponga:

el minutero mete,

las péndolas le cuelga y arremete

tan firme a la patrona a troche y moche,

que dio todas las horas de la noche.

Gustosa la viuda, aunque cansada,

vino a dormirse hacia la madrugada,

y también el sargento, sin cuidado,

en el gallo fiado,

cogió el sueño, contento

de la repetición del movimiento.

Y bien entrado el día,

le despertó la prisa que tenía

de marcharse temprano,

porque no cantó el gallo, o cantó en vano;

y viendo que ya había falta hecho,

al corral fue derecho,

pilló al pobre reloj de carne y pluma,

y con presteza suma

el pescuezo torciole

y en el morral, colérico metiole.

Queriendo antes de irse

de su amable patrona despedirse,

volvió a entrar en la alcoba

y encontró a la muy boba

destapada y despierta;

conque cerró la puerta

y, montándola presto,

le dijo: -Mi reloj se ha descompuesto

otra vez y, antes de irme en tal estado,

quiero que me lo pongas arreglado.

La dócil labradora

lo arregló y le hizo dar la última hora;

y él, de la compostura agradecido,

tomó la puerta habiendo concluido;

mas ya en la calle, díjola en voz alta:

-Si su reloj, patrona, le hace falta,

no se la dé cuidado,

porque andaba también algo atrasado,

y yo para ponerlo como nuevo,

en mi morral a componer lo llevo.

 

El ajuste doble

A casa de una moza un estudiante

llegó, pobre y tunante,

y por poco dinero

le pidió algún carnal desaguadero.

-No puedo socorrerle en ese apuro,

ella le dijo, sin que pague un duro;

no lo hago más barato

porque anda malo el tiempo y malo el trato.

Llevaba el estudiante únicamente

el duro que la moza le pedía,

mas no le convenía

gastarle en un desagüe solamente,

y así la respondió: -Por el dinero

no habrá dificultad; pero primero

haga la diligencia

menor en su orinal a mi presencia;

que yo, viendo su liquida corriente,

conozco si el rincón está doliente.

-En eso no hay reparo,

la moza replicó; luego, la hizo,

y el estudiante avaro

con esto su deseo satisfizo,

porque, una tercia y algo más sacando

y el orinal alzando

empuñó la cualquiera,

diciendo en su función pasamanera:

-Con caldo se contentan mis culadas,

porque valen muy caro las tajadas.

La moza, de la treta arrepentida,

le dijo: -No prosiga, por su vida,

que yo no tengo el corazón tan duro

y se lo empuñaré por medio duro.

Al punto el estudiante, alborozado,

el partido aceptó, y en el estrado

junto a ella se coloca,

a su arbitrio dejando la bicoca.

La moza, con despejo,

ya le afloja o aprieta,

ya le pliega el pellejo,

y en sus pasavolantes

también dio en trastear con los colgantes.

En tanto que él se holgaba,

ella atenta observaba

el crítico momento

de la expulsión; y a cierto movimiento

que hizo el pobre estudiante indicativo,

tapando el agujero expeditivo

le dijo: -Señor guapo,

si no me dais un duro, no destapo.

El, viéndose burlado en tal aprieto,

la dijo: -Te lo doy si te lo meto,

pues el ajuste doble que propones

no es justo si debajo no te pones.

La moza, que lo mismo deseaba

para probar la pieza que empuñaba,

se convino al instante

a la proposición del estudiante,

y quitóse la ropa

en una santiguada,

y, cogiendo la paga deseada,

tendióse y la metió bajo su popa,

y se prestó después al regodeo

de su carnal deseo; y en tanto que retoza

y en ondulantes giros se alboroza,

el estudiante, que acabó primero,

cogió con disimulo su dinero;

mas, cuando iba a marcharse,

le echó menos la moza al levantarse

y le dijo: -Detente,

porque se me ha perdido

el duro que me diste;

ayúdame a buscarle.

A que él repuso: -En ti podrás hallarle,

pues como con tal furia te moviste,

si bajo las nalgas le has metido,

le encontrarás en ellas derretido.

 

La peregrinación

Iba a Jerusalén acompañada

de su esposo una joven remilgada

de carácter tan serio

que, aparentando un sano beaterio,

siempre que su marido la embestía

inmóvil en la acción se mantenía;

y él, creyendo que en ella

duraba la vergüenza de doncella,

su virtud respetando, trabajaba

por entero la vez que la atacaba.

Su peregrinación y tiernos votos

iban ya a ver cumplidos los devotos,

cuando antes de llegar al feliz puerto

diez árabes salieron del desierto

y en el ancho camino

cogen al matrimonio peregrino:

sin detención los dejan en pelota,

y viendo la beldad de la devota

resuelven, sin oír sus peticiones,

en su esponja limpiarse los morriones.

Atan luego al marido,

de vergüenza y de rabia poseído:

a la mujer en actitud acuestan,

y alegres manifiestan

diez erguidos y gordos instrumentos,

capaces de engendrar hombres a cientos;

instrumentos que España no vio iguales

sino en las observancias monacales.

Miró nuestra heroína sin turbarse

el diezmo musulmán que iba a tirarse;

y al saciar del primero los deseos

con volubles y rápidos meneos

agitó su cadera de tal suerte

que aflojó en dos por tres al varón fuerte.

Según su antigüedad y sus hazañas

sobre ella los demás pruebas extrañas

de su vigor hicieron

y con más prontitud vencidos fueron.

Quedaba un musulmán de bigotazos

que quitaba los virgos a porrazos,

engendrador a roso y a velloso

y eterno atacador del sexo hermoso.

Este, pues, embistió con la beata,

ella en sus movimientos se desata:

él se procura asir con fuerte mano

y su giro burlar, pero fue en vano,

que al choque impetuoso

el árabe rijoso

se sintió vacilante, y reculando

perdió su dirección allí luchando.

Empeine con empeine compitieron,

el choque repitieron,

y al golpe la erección del moro bravo

vino a quedar en un moco de pavo.

Concluida de los árabes la empresa

marchan a toda priesa.

La beata se levanta, se sacude,

y a desatar a su marido acude

que, testigo infeliz de su trabajo,

estaba pensativo y cabizbajo.

Viéndole así su esposa

le animó cariñosa,

diciéndole se aliente

pues es de Dios milagro muy patente

el haber con las vidas escapado;

a que él la respondió: -Pues yo he pensado

que el milagro le hicieron tus meneos,

porque siempre me has dicho: Si lo quieres,

ahí está, gózalo como pudieres.

A que ella respondió enfurecida:

-¡ Está buena la queja, por mi vida!

¡ Pues qué! ¿Me he de mover con un cristiano

como merece un perro mahometano?

No te hacía tan tonto:

la mala gente despacharla pronto.

 

Cualquier cosa

Una noche de enero,

estaba calentándose al brasero

una joven casada,

la ropa a las rodillas remangada,

porque así no temía

quemarse en tanto que labor hacía.

De este modo esperaba a su marido,

que era un pobre artesano,

mientras entretenido

un chico que tenía, por su mano

castañas en la lumbre iba metiendo

y el rescoldo con ellas revolviendo.

Así agachado, de su madre enfrente,

asaba diligente

una y otra castaña,

cuando, la vista alzando descuidado,

vio con admiración cierta montaña

de pelo engrafillado,

con que se coronaba y guarnecía

un ojal que su madre allí tenía.

Con tal visión se puso

el muchacho confuso;

mas queriendo, curioso,

saber si en aquel sitio tenebroso

alguna trampantoja se escondía

y qué hondura tenía,

poquirritito a poco, aunque con miedo,

se fue acercando, y… ¡ Zas!, la metió el dedo.

Respingóse la madre, y dio un chillido

por no estar su agujero prevenido

para esta tentadura inesperada,

y al dejar, agitada,

su silla, tropezó con el puchero

del guisado, y vertiole en el brasero.

El muchacho, que vio con sobresalto

arruinada la cena por el salto,

dijo: -¿De qué se asusta, madre mía,

si era yo quien el dedo la metía?

Dígame usté: ¿ qué es eso

que tiene entre las piernas tan espeso?

-¿ Qué te importa?, le dijo muy rabiosa

la madre. Eso será… Cualquiera cosa.

¡Miren qué travesura!

¡No es mala tentación de criatura

buscarle las cosquillas a su madre

para que sin cenar deje a su padre!

Ya verás, cuando venga y se lo cuente,

qué linda zurra te dará en caliente.

El chico, temeroso,

la pidió que callase,

pues jamás volvería a ser curioso

como a su padre nada le contase,

y la madre, por fin desenojada,

cuando vino el marido

le refirió que el gato había vertido

la cena preparada,

derribando el puchero

que estaba calentándose al brasero.

El hombre, que la amaba,

aunque no le gustaba

quedarse sin cenar, como a su hijo,

-¡ Qué hemos de hacer!, la dijo.

Por esta noche, esposa,

cenaremos los tres cualquiera cosa.

Apenas el muchacho hubo escuchado

esta resolución, cuando agitado,

de tal suerte gemía,

que le preguntó el padre qué tenía.

Y el chico, con mayores desconsuelos,

respondió con voz llorosa:

-¡ Yo no quiero cenar cualquiera cosa,

padre, que está mojada y tiene pelos!

 

Diálogo entre un tío y un sobrino

Mandó a Madrid venir de la montaña

un mercader ricacho a su sobrino

para que se instruyese en la maña

con que era en el comercio ladrón fino.

Cuando llegó buscando la cucaña

el tal montañesillo a su destino,

tendría de catorce a quince años,

edad en que el amor hace mil daños.

A poco tiempo que en la corte estaba

el tío le notó mucha tristeza,

y aunque el joven por libras engordara

era de mal humor; y con presteza

volverse a la montaña deseaba

sin catar de su tío la riqueza,

hasta que éste le dijo ya aburrido:

-Muchacho, ¿por qué estás tan abatido?

-Por nada. -Algo será: ¿ dime, qué tienes?

-Pues señor: yo a la tierra volver quiero.

-¿Por qué con esa tontería vienes?

-Porque yo antes que yo soy el primero.

-¿Y eso qué significa? ¿Que en mis bienes

no te doy parte? ¡Dilo, majadero!

-No es eso, lo primero solamente…

-Bruto, explícate pronto claramente.

-Pues yo, tío, estoy malo a lo que entiendo.

-¿Cómo, bribón? ¡Tan gordo y colorado!

-¡ Ay, señor!, que la fuerza voy perdiendo.

-Pícaro, habrás tu enfermedad buscado.

-No es eso, ni el por qué yo comprendo;

pero antes de que hubiese aquí llegado

con una mano el bicho me tenía,

y ahora le echo las dos y no hay tu tía.

 

El modo de hacer pontífices

Un joven arriscado

de una soltera estaba enamorado

y el tiempo que a su lado estar podía

el dedo la metía

para saciar de amor su ardiente llama

sin que pierda su fama,

y ella, en tanto, la mano deslizando

por bajo de la capa

(que es quien urgencias semejantes tapa),

manejándole aquello, cariñosa,

le sacaba la savia pegajosa.

A este entretenimiento

puso fin de la iglesia el cumplimiento;

fue a confesar el joven, cabizbajo,

y contándole al fraile su trabajo,

en vano se disculpa

pues Su Paternidad siente que es culpa

su diversión muy grave,

y en tono de sermón dice que sabe

que el Espíritu Santo

maldice al hombre que con vicio tanto,

por su infame malicia,

en la tierra su jugo desperdicia

cuando, bien empleado en cuerpo humano,

quizá produciría

un obispo o pontífice romano;

Y que si le absolvía

era con condición de que volviese

pasada una semana

enmendado de culpa tan liviana

y que lo mismo hiciese

la cómplice infeliz de su delito.

Pasó el tiempo prescrito

y el penitente presentose ufano.

-Padre, le dijo, ya, porque no en vano

en la tierra se vierta la simiente

al tiempo que al salir se precipita,

mi amada, diligente,

la ha recogido en esta redomita,

que traigo para que haga lo que quiera,

echándola a su gusto en cuerpo humano;

pero si mi opinión prevaleciera,

sólo haría un pontífice romano.

 

Las gollerías

Oye, Apolo, mi acento,

ven a inspirarme un cuento,

pues hace muchos días

que, temeroso de las penas mías,

quieres que yo te aguarde,

y tu fuego me infundes mal o tarde.

Parece que se apiada

con esta invocación, pues exaltada

por su influencia mi memoria siento

y empiezo a contar. En un convento

de padres capuchinos halló un día

el guardián un billete que decía:

«Hermana Mariquita:

espérame esta tarde peinadita,

lavadita y compuesta,

que iré y tendremos en la cama fiesta».

Con este escandaloso contenido,

de rabia el reverendo poseído,

ordenó que a capítulo tocasen,

y que en el refectorio se juntasen

sin tardar un momento

todos los gordos frailes del convento.

Ellos obedecieron cabizbajos,

diciendo: -¿Qué apostólicos trabajos

nuestro padre guardián hoy nos previene,

pues tanta prisa en convocarnos tiene?

La comunidad, pues, estando junta,

en medio se presenta y les pregunta:

-¿ Quién es el fraile impío

que ha escrito este billete?

Miren su lujurioso desvarío

y, pues que castigarlo me compete,

digan (lo mando así bajo obediencia)

quién es para imponerle penitencia.

En seguida leyó encolerizado

en voz alta el billete mencionado,

y oyendo su impiedad los frailes todos

mostraron su rubor de varios modos.

Cual, con gestos horrendos,

la cita detestaba;

cual, con gritos tremendos,

«¿es joven la hermanita?», preguntaba;

pero ninguno, en tanto, del delito

confesó ser autor, ni del escrito;

bien que al fin a las plantas se arrojaron

del grave superior y le rogaron

que no se publicara

tan infame papel, y deshonrara

a la comunidad, con desatinos

indecentes en frailes capuchinos.

-¡ Ah!, no es el crimen, exclamó furioso

el padre guardián, lo que me irrita,

sino las circunstancias de la cita;

pues en un religioso

es la mayor de las bellaquerías

pedir de esa manera gollerías.

«Hermana Mariquita:

espérame peinada y compuestita,

lavadita y…» ¡ Jesús! , yo me sofoco;

todo a los frailes les parece poco,

pues yo soy el guardián y la tomara

sin que se compusiera ni lavara.

 

Al maestro, cuchillada

Allá en tiempos pasados

salieron desterrados

de la Grecia los Dioses inmortales.

Un asilo buscaban,

cuando en nuestro hemisferio se fundaban

diversas religiosas monacales,

y entre ellas, por gozar la vita bona,

se refugió el Dios Príapo en persona.

De tal deidad potente el atributo

con que hace cunda el genitario fruto,

es que todo varón que esté en su vista

siempre tenga la porra tiesa y lista.

Con que de esta excelencia

sintiendo la influencia,

en todos los conventos donde estaba

el vigor de los frailes se aumentaba

de modo que las tapias eran pocas

para tener a raya sus bicocas.

Furibundos salieron y atacaron

a roso y a velloso;

pero, aunque más metieron y sacaron,

el efecto rijoso

no por eso cedía

y cada miembro un roble parecía.

El Dios Príapo al momento

vio que este monacal levantamiento

sus fuerzas desairaba,

pues más que él cualquier fraile trabajaba,

y por miedo a los rudos empujones

de tales campeones,

abandonarlos luego

pensó, tomando las de Villadiego.

Fuese, por no pasar el tiempo en vano,

a un convento de monjas de hortelano;

pero cuando las madres recogidas

sintieron de tal Dios las embestidas,

crecieron sus deseos

a par de los continuos regodeos,

tanto que al huésped molestando andaban

y a puto el postre daban y tomaban.

Entre ellas el potente fornicario

todavía estuviera

si un caso extraordinario

por su influjo viril no sucediera;

y fue que, como siempre en los conventos

hay algunos jumentos,

en éste dos las monjas mantenían

que los trabajos de la huerta hacían;

ítem más, un berraco había en ella,

de gordura hecho pella,

y su choto ya mancebo

que para procrear tenía cebo;

por desdicha los pobres animales

sintieron los impulsos naturales

del Dios que los cuidaba,

y al tiempo que en la huerta paseaba

la femenil comunidad en tropa,

oliendo que eran hembras en la ropa,

el cerdo con gruñidos,

el choto con balidos,

y los asnos a dúo rebuznando

y sus virotes a lucir sacando,

tras de las monjas daban

y, aunque corriesen, bien las alcanzaban;

pero como enfilarlas no podían,

en el suelo caían,

donde el polvo, esperma y otras cosas

las dejaban molidas y asquerosas.

Entonces protección al hortelano

pedían, pero en vano,

porque a los animales su presencia

aumentaba la gana y la potencia.

Así que esto las madres conocieron,

por el maligno a Príapo tuvieron,

que, después de gozarlas,

enviaba el Señor a castigarlas;

con que, dando al olvido

los méritos del Dios antecedentes,

después de que le hubieron despedido

quisieron, penitentes,

de su buen confesor aconsejadas,

sólo por éste ser refociladas.

Príapo, despachado,

se marchó a la mansión de un purpurado

de geniazo severo,

donde entrar pretendió de limosnero.

El señor cardenal, con mil dolencias

se hallaba, de sus obras consecuencias,

con tres partes de un siglo envejecido

y en la cama impedido,

cuando sus pajes en la alcoba entraron

y al pretendiente Dios le presentaron.

Ya había en ellos hecho

la presencia del huésped buen provecho

inflamando sus flojas zanahorias

de suerte que, tornando a la antesala,

las empuñaron con primor y gala

y se hicieron sus cien dedicatorias.

En tanto, el cardenal, que estaba a solas

con Príapo, sintió que se estiraba

el cutis arrugado de su bolas

y que se le inflamaba

tanto su débil pieza,

que enderezó la prepucial cabeza.

Hallóse, finalmente, como nuevo

y, echándole al mancebo

una ardiente ojeada,

saltó del lecho, la camisa alzada,

cerró la puerta y atacó furioso

a Príapo a traición, que, valeroso,

vio que era, en tal apuro,

descubrirse el remedio más seguro.

En efecto, impaciente

se desataca y muestra de repente

al cardenal impío

por miembro un mastelero de navío.

Quedóse estupefacto el purpurado

porque, a su vista, el suyo viejo y feo

era lo mismo que poner al lado

del Coloso de Rodas un pigmeo;

y mucho más, oyendo que decía

el Dios: —¡Habrá mayor bellaquería!

Sacrílega Eminencia,

Eminencia endiablada,

¿quieres dar al maestro cuchillada?

Sepas que es mi presencia

la que tu miembro entona,

porque soy el Dios Príapo en persona:

las cópulas protejo naturales,

pero no los ataques sensuales

de puerca sodomía;

y, pues gozar ojete es tu manía,

quédese el tuyo viejo,

que en sempiterna languidez lo dejo.

—¡No, por la Diosa Venus!, humillado

exclamó el cardenal. ¡A ti, postrado,

Dios de fornicación, perdón te pido!

Mis sucias mañas echaré en olvido;

pues, más que en flojedad tan indecente,

quiero tenerlo tieso eternamente.

 

El reconocimiento

Una abadesa, en Córdoba, ignoraba

que en su convento introducido estaba

bajo el velo sagrado

un mancebo, de monja disfrazado;

que, el tunante dormía,

para estar más caliente,

cada noche con monja diferente,

y que ellas lo callaban

porque a todas sus fiestas agradaban,

de modo que era el gallo

de aquel santo y purísimo serrallo.

Las cosas más ocultas

mil veces las descubren las resultas

y esto acaeció con las cuitadas monjas,

porque, perdiendo el uso sus esponjas,

se fueron opilando

y de humor masculino el vientre hinchando.

Hizo reparo en ello por delante

su confesor, gilito penetrante,

por su grande experiencia en el asunto,

y, conociendo al punto

que estaban fecundadas

las esposas a Cristo consagradas,

mandó que a toda priesa

bajase al locutorio la abadesa.

Esta acudió al mandato

por otra vieja monja conducida,

pues la vista perdida

tenía ya del flato,

y al verla, el reverendo,

con un tono tremendo,

la dijo: -¿Cómo así tan descuidada,

sor Telesfora, tiene abandonada

su tropa virginal? Pero mal dije,

pues ya ninguna tiene intacto el dije.

¿No sabe que, en su daño,

hay obra de varón en su rebaño?

Las novicias, las monjas, las criadas…

¿Lo diré? Sí; todas están preñadas.

-¡Miserere mei,. Domine!, responde

sor Telesfora. ¿En dónde

estar podemos de parir seguras,

si no bastan clausuras?

Váyase, padre, luego,

que yo hallaré al autor de tan vil juego

entre las monjas. Voy a convocarlas

y con mi propio dedo a registrarlas.

El confesor marchose;

subió sor Telesfora, y publicose

al punto en el convento

de las monjas el reconocimiento.

Ellas, en tanto, buscan presurosas

al joven, y llorosas

el secreto le cuentan

y el temor que por él experimentan.

-¡Vaya! No hay que encogerse,

él dice. Todo puede componerse,

porque todas estáis de poco tiempo.

Yo me ataré un cordel en la pelleja

que cubre mi caudal cuando está flojo;

veréis que me la cojo

detrás; junto las piernas, y la vieja

cegata, estando atado a la cintura,

no puede tropezar con mi armadura.

Se adoptó el expediente,

se practicó, y las monjas le llevaron

al coro, donde hallaron

la abadesa impaciente

culpando la tardanza.

En fin, para esta danza

en dos filas las puso;

las gafas pone en uso

y, una vela tomando

encendida, las iba remangando.

Una por una, el dedo las metía

y después, «no hay engendro», repetía.

El mancebo miraba

lo que sor Telesfora destapaba,

y se le iba estirando

el bulto, y el torzal casi estallando;

de modo que tocándole la suerte

de ser reconocido,

dio un estirón tan fuerte

que el torzal consabido

se rompió y soltó al preso

al tiempo que lo espeso

del bosque la abadesa lo alumbraba;

y así, cuando para esto se bajaba,

en la nariz llevó tal latigazo

que al terrible porrazo

la vela, la abadesa y los anteojos

en el suelo quedaron por despojos.

-¡ San Abundio me valga!,

ella exclamó. ¡Ninguna de aquí salga,

pues ya, bien a mi costa,

reconozco que hay moros en la costa!

Mientras la levantaron

al mancebo ocultaron

y en su lugar pusieron

otra monja, la falda remangada,

que, siendo preguntada

de con qué a la abadesa el golpe dieron,

la respondió: -Habrá sido

con mi abanico, que se me ha caído.

A que la vieja replicó furiosa:

-¡Mentira! ¡ En otra cosa

podrán papilla darme,

pero no en el olfato han de engañarme,

que yo le olí muy bien cuando hizo el daño,

y era un dánosle hoy de buen tamaño!

 

La poca religión

En la Puerta del Sol, según costumbre,

haciendo el corro andaba

por la noche una moza

que, aunque ya poca lumbre

este oficio la daba,

siempre la que lo ejerce en él se goza.

Al dar una virada,

se halló de cierto quidam abordada,

que, pidiendo matute,

acompañarla quiso complaciente;

y ella, sin que en la paga le dispute,

a su casa condujo al pretendiente.

Los muebles que tenía por adorno

eran un lecho grande y elevado,

sillas en su contorno

y una mesa, la cual el convidado,

porque cenar quería,

hizo cubrir de bodrios de hostería.

Los dos solos cenaron,

y a pasar se dispuso

toda la noche allí, según el uso,

el pagano; mas luego que llegaron

al momento festivo de acostarse,

vieron un hombre por la alcoba entrarse,

que, sacando un colchón del alto lecho,

lo echó al suelo y tendióse satisfecho.

Al verle el convidado,

a la moza le dijo, algo aturdido:

-¿ Quién es este señor recién venido?

Y ella le respondió: -Deja el cuidado,

porque ése es mi marido

que viene a recogerse

y en nuestra diversión no ha de meterse.

-Con todo, yo me voy, él la replica,

que no quiero que turbe mi descanso.

-No hagas tal, que es muy manso,

ella le dice, y esto no le pica;

que ya en él es costumbre

vivir de su profunda mansedumbre.

Apaga la luz pronto,

y acostémonos ya; no seas tonto.

El hombre obedeció, y entró en la cama;

pero, apenas la luz hubo apagado,

cuando el marido exclama:

-¡ Hay tal bellaquería!

¡ Echarse de esta suerte, sin decoro!

¡ Vaya, que semejante picardía

no pienso que se hiciese ni en el Moro!

-¿Lo ves?, dijo a la moza el convidado.

¡ Si esto era demasiado

para que lo sufriera!

-¡Toma! Pues… Si lo sufre de cualquiera…

Yo no sé, repetía la señora,

por qué el bellaco se alborota ahora.

Mas el pagano resolvió, no obstante,

marcharse, y al paciente

le demandó perdón humildemente;

a lo cual respondióle el buen marido:

-Hombre, no se levante,

que a mí no me ha ofendido

porque con mi mujer dormir pretende:

sólo la poca religión me ofende

con que, habiendo apagado

la luz, en un momento

no diga: Sea bendito y alabado

el santo Sacramento.

 

La sentencia justa

A cierta moza un húsar, y no es cuento,

porque le socorriera en sus apuros

del carnal movimiento,

le prometió ocho duros

y después sólo cuatro la dio en paga.

La moza, descontenta

con esta trabacuenta,

para que por justicia se le haga

aflojar lo restante,

fue a querellarse de él al comandante.

Era éste un hombre adusto,

pero en sus procederes siempre justo,

y antes de oír a la moza querellante

quiso que el húsar fuese allí al instante.

Presentose, en efecto, el demandado

y, siendo preguntado

por su jefe de dónde provenía

la deuda que tenía

con aquella señora,

el húsar respondió: -Diga ella ahora,

si lo tuviese a bien, de qué dimana

una deuda que puede ser liviana.

-No tengo impedimento,

la moza dijo entonces. Sabrá usía

que yo alquilé al señor un aposento

que vacío tenía

para que en él metiese ciertos trastos

que dijo le causaban muchos gastos;

me ofreció media onza por la renta

y ahora con la mitad pagarme intenta.

Calló, y el húsar luego

empezó su defensa con sosiego

diciendo: -Aunque es verdad que ése fue el trato,

me salía más caro que barato,

porque yo solamente

pude meter un trasto estrechamente

en el zaquizamí que me alquilaron;

con que si di por esto

la mitad de la renta, fue bastante,

y no creo que el resto

me obligue ahora a pagar mi comandante.

A que la querellante sofocada,

replicó: -Esa excepción no vale nada,

pues si tuvo el señor por oportuno

de sus trastos dejar alguno fuera,

no se quedó ninguno

por no tener en donde lo metiera;

que yo desocupada

otra pieza inmediata le tenía,

que, aunque es un poco oscura y jaspeada,

para los que sobraban bien servía.

No dijo más, ni el húsar dijo respuesta

que su defensa hiciese manifiesta,

por lo que el comandante

esta sentencia pronunció al instante:

-Vaya usted, señor húsar, y en la pieza

que la señora dice, con presteza,

meta todos sus trastos por entero

y páguela completo su dinero.

 

Antonio y Pepa

Si yo he de quererte bien,

vamos a hacer por aquí

aquello que te pedí,

si no se acaba ,el Belén.

Antonio con Pepa hablaba

en su jardín cierto día,

y una cosa le pedía

que Cupido la mandaba;

pero ella se la negaba

con rubor, susto y desdén,

y, usando de amor el tren,

le dijo con loco exceso:

-Antonio, no me hables de eso,

si yo he de quererte bien.

Instó Antonio en la gustosa

petición que Amor dictaba,

y ella un sí y un no le daba

entre risueña y llorosa;

mas, asustada y medrosa,

le dice: -Gente sentí,

huyamos pronto de aquí.

Y él, aliviando su fe,

le dice: -Nadie nos ve,

vamos a hacer por aquí.

Mas viéndola titubear,

de la mano la tomó,

y entre si consiente o no

se fue dejando llevar,

-Que acomodado lugar,

dice él, tenemos allí;

vente, pues, detrás de mí;

dime Pepa ¿ puede haber

otro mejor para hacer

aquello que te pedí?

En el enredo amoroso

por fin la Pepa cayó,

y aunque infinito lloró,

Antonio se hizo dichoso;

depuesto ya el ceño honroso,

halagüeña y sin desdén,

le dice: -Antonio, mi bien,

desde hoy serás mi embeleso;

vamos otra vez a eso,

si no se acaba el Belén.

 

Las penitencias calculadas

Fue a consultar a un padre jubilado

un joven jovencito

y recién aprobado

de confesor. Llegose muy cortito

diciendo: -Yo quisiera

que su paternidad norma me diera

de aplicar penitencias competentes

a toda calidad de penitentes,

que en llegando a este caso

yo no acierto a salir, padre, del paso.

-No se aflija por eso: tome y lea,

que ahí va en este papel cuanto desea.

Toma, se humilla y sale presuroso

a ver lo que el cuaderno contenía.

¡Qué alegre! ¡ Qué gozoso!

al mirar que su título decía

Lista de penitencias calculadas.

A su confesionario marchó ufano

sin dejar el cuaderno de la mano,

y según la tarifa exactamente

va despachando todo penitente.

Un tuerto llega en esto y dice: -Padre,

yo tengo una comadre

alegre y juguetona de costumbre,

y hallándola ayer sola,

el diablo, que no huelga, aplicó lumbre…

La hice tres carambolas.

Busca las carambolas en la lista

y encuentra: carambolas de ordinario:

por cada dos, su parte de rosario.

El fraile se contrista,

pues siendo tres, dos partes no les cabe:

una es poco, y así que hacer no sabe.

Pónese a discurrir y determina

una idea fácil y peregrina:

-Vaya, le dice, y busque su comadre,

la cuarta carambola hágale al punto,

y por esta y las otras de por junto

con mucha devoción y gran sosiego

dos partes de rosario rece luego.

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