Poemas de Tomás de Iriarte

Poemas de Tomás de Iriarte

Los poemas de Tomás de Iriarte no le mostraron como un simple fabulista, sino como el cirujano métrico de la Ilustración española. Con una vehemencia pedagógica sin parangón, secuestró el género de la fábula para transformarlo en una arma de crítica literaria y social. Sus poemas no buscan la emoción fácil, sino la perfección de la forma y la utilidad moral.

Cada composición es una lección de anatomía sobre los vicios del intelecto: la pedantería, la ignorancia aplaudida y la fatuidad. Iriarte impone la razón sobre la fantasía desbocada, dictando sentencias con una precisión rítmica implacable. Su legado es un grito de guerra neoclásico que exige claridad, decoro y, sobre todo, que el arte sirva para educar al ciudadano, fustigando con ironía a quienes corrompen las letras y la sociedad.

El mismo

Señor Don Juan, quedito, que me enfado:

besar la mano es mucho atrevimiento;

abrazarme… No, Juan, no lo consiento.

Cosquillas… Ay Juanito… ¿Y el pecado?

 

Qué malos son los hombres… Mas, cuidado

que me parece, Juan, que pasos siento…

No es nadie… Despachemos un momento

¡Ay, qué placer… Tan dulce y regalado!

 

Jesús, qué loca soy, quién lo creyera

que con un hombre yo… Siendo cristiana

mas… Que… De puro gusto…¡Ay, alma mía!

 

Ay, qué vergüenza, vete… ¿Aún tienes gana?

Pues cuando tú lo pruebes otra vez…

Pero, Juanito, ¿volverás mañana?

 

A los ojos de Laura

¿Un soneto a tus ojos, Laura mía?

¿No hay más que hacer sonetos, y a tus ojos?

-Serán los versos duros, serán flojos;

pero a Laura mi afecto los envía.

 

¿Con que ha de ser soneto? ¡Hay tal porfía!

-¡Ta!, que por estos súbitos arrojos

se ven tantos poetas en sonrojos,

que lo quiero dejar para otro día.

 

-Respondes, Laura, que no importa un pito

que no sea el soneto muy discreto,

como hable de tus ojos infinito.

 

-¿Sí?- Pues luego escribirle te prometo.

Allá voy… ¿Para qué, si ya está escrito,

Laura mía, a tus ojos el soneto?

 

Cierto galán a quien París aclama

Cierto galán a quien París aclama,

petimetre del gusto más extraño,

que cuarenta vestidos muda al año

y el oro y plata sin temor derrama,

 

celebrando los días de su dama,

unas hebillas estrenó de estaño,

sólo para probar con este engaño

lo seguro que estaba de su fama.

 

«¡Bella plata! ¡Qué brillo tan hermoso!»,

dijo la dama, «¡viva el gusto y numen

del petimetre en todo primoroso!»

 

Y ahora digo yo: «Llene un volumen

de disparates un autor famoso

y si no le alabaren, que me emplumen.»

 

Aunque es verdad

Aunque es verdad que he escrito algunos miles

de versos, si no buenos, tales cuales,

líricos, amorosos, pastoriles,

satíricos, dramáticos, morales,

 

¿qué han pecado mis coplas juveniles,

para que con trompetas y atabales,

con pregonero y sendos alguaciles

salgan por esas calles y portales?

 

No, Fabio; las sepulta una gaveta,

donde el sol no las ve, ni yo tampoco;

ni han de estamparme en pública tarjeta,

 

pues temo al vulgo como niño al coco.

Déjame con mi vena de poeta,

y no quieras que tenga la de loco.

 

Vióse un guerrero

Viose un guerrero en lides y rüinas,

páganle en fama, voz que lleva el viento.

Desvelose un autor, y está contento

sólo con ver su nombre en las esquinas.

 

Cede un indiano el fruto de las minas

por que le den de conde el tratamiento.

Surca un viajero el pérfido elemento

para decir: «Estuve en Filipinas».

 

Sacrifica en palacio un cortesano

su salud, libertad, descanso y rentas,

sólo porque le mire el soberano.

 

Así yo sufro amor, celos, afrentas;

sirvo, pretendo, y tú, dueño tirano,

con sola una mirada me contentas.

 

Del oro, como muchos, no dependo

Del oro, como muchos, no dependo,

Fabio, pues ni le guardo ni codicio;

ni dependo jamás del vulgar juicio,

pues dar a luz mis obras no pretendo.

 

Del sexo mujeril casi no pendo,

pues amo por placer, no por oficio;

y aun menos de la corte y su bullicio,

pues de fingir y de adular no entiendo.

 

Solamente dependo de la muerte,

ya que discurso no hay ni diligencia

que de su despotismo nos liberte.

 

Mas la espero sin miedo y con paciencia,

vivo sin desearla; y de esta suerte,

amigo, se acabó la dependencia.

 

El que de su quietud tanto se olvida

El que de su quietud tanto se olvida,

que entrega a bravo mar frágil navío;

el que en la guerra, por mostrar su brío,

pone contra mil balas una vida;

 

quien todo su caudal de un lance envida;

quien no esgrime, y se arriesga a un desafío;

quien se opone al capricho, o al desvío

de una mujer hermosa y presumida;

 

el que sube a una cátedra sin ciencia,

y el que al púlpito saca sus sermones,

fundando en su memoria su elocuencia,

 

todos ellos de ti tomen lecciones

en materia de arrojo y de imprudencia;

pues al Teatro das composiciones.

 

Trabajos por Juana

Pensando en Juana tomo siempre el sueño;

Juana mi reflexión de noche afana;

pienso en Juana también por la mañana

y Juana a todas horas es mi dueño.

 

Juana me desanima con su ceño;

Juana otras veces me parece humana;

severo estoy, según me mira Juana;

según me mira Juana, estoy risueño.

 

Sin Juana estoy y a Juana tengo al lado;

no es imperio el de Juana: ¡es despotismo!

Juana es en mí un espíritu arrimado

 

y para Juana no hallo un exorcismo…

¿Ves cómo este soneto está enjuanado?

Pues aún más enjuanado estoy yo mismo.

 

Reconciliación después de unos celos y un desmayo

Acordarme no quiero, Orminta amada,

del desmayo en que apenas pude verte

cuando estaba la imagen de la muerte

en tu bello semblante retratada.

 

Olvido la sospecha mal fundada

que contra mí forjó la adversa suerte,

y el cargo por sí débil, pero fuerte,

cuando tierna la hacías, cuando airada.

 

Sólo me acuerdo, sí, de aquel abrazo

en que tu gracia vi restituida,

y vi alargada a mi esperanza el plazo.

 

No quede cicatriz de tal herida;

reine la paz; y en tan estrecho lazo,

hallen muerte los celos, y yo vida.

 

Tres potencias bien empleadas

Levántome a las mil, como quien soy.

Me lavo. Que me vengan a afeitar.

Traigan el chocolate, y a peinar.

Un libro… Ya leí. Basta por hoy.

 

Si me buscan, que digan que no estoy…

Polvos… Venga el vestido verdemar…

¿Si estará ya la misa en el altar?…

¿Han puesto la berlina? Pues me voy.

 

Hice ya tres visitas. A comer…

Traigan barajas. Ya jugué. Perdí…

Pongan el tiro. Al campo, y a correr…

 

Ya doña Eulalia esperará por mí…

Dio la una. A cenar, y a recoger…

«¿Y es éste un racional?» «Dicen que sí.»

 

Fresca arboleda del jardín sombrío

¡Fresca arboleda del jardín sombrío,

clara fuente, sonoras avecillas,

verde prado que esmaltas las orillas

del celebrado y anchuroso río!

 

¡Grata aurora que viertes el rocío

por entre nubes rojas y amarillas,

bello horizonte de lejanas villas,

aura blanca, que templas el estío!

 

¡Oh soledad!, quien puede te posea;

que yo gozara en tu apacible seno

el placer que otros ánimos recrea,

 

si tu silencio y tu retiro ameno

más viva no ofrecieran a mi idea

la imagen de la ingrata por quien peno.

 

Ni siquiera un renglón ayer he escrito

Ni siquiera un renglón ayer he escrito,

que es para mí fortuna nunca vista;

hice por la mañana la conquista

de una graciosa ninfa a quien visito.

 

Entre amigos comí con apetito;

fui luego en un concierto violinista,

y me aplaudieron como buen versista

en cierto conciliábulo erudito.

 

Divertime en un baile, volví en coche,

y el día se pasó como un instante.

¡Qué diversión tan varia, tan completa!

 

¡Qué vida tan feliz! Pero esa noche

me quitó el sueño… ¿Quién? Un consonante

¡Oh desgraciada vida de poeta!

 

La semana adelantada

Un tío enfermo y en edad anciana

casó con su sobrina (¡muy mal hecho!),

doncella alegre, joven y lozana,

pronta a cobrar el marital derecho.

 

Díjola el novio: «Te prevengo, Juana,

ya que vas a estrenar el nupcial lecho,

que yo sólo una vez cada semana

podré servirte en algo de provecho.»

 

Conformose la ninfa; y recibiendo

en singular aquel tributo frío,

repetía entre sí: «Peor es nada.»

 

Mas llamado el anciano reverendo

le instaba humilde: «Vaya, tío mío,

siquiera una semana adelantada.»

 

Metiose Amor a boticario un día

Metiose Amor a boticario un día,

bella Orminta, y compuso una receta

para curar a un mísero poeta

que herido de sus flechas padecía.

 

Mezcló la leche, el néctar, la ambrosía,

la azucena, la rosa y la violeta;

el metal rubio del primer planeta,

el coral y las perlas que el mar cría.

 

Pero salió el remedio tan ardiente

como la misma fragua de Vulcano;

erró el traidor la dosis ciertamente;

 

sobre todo de sal cargó la mano;

enconose la herida de repente,

y no espero en mi vida verme sano.

 

Situación crítica de un poeta

Ofréceme tal vez la fantasía

un concepto feliz para un soneto;

entre escribir o no discurro inquieto;

siento en mí ya valor, ya cobardía.

 

Resuélvome a empezar, mas no querría

que me engañase mi ímpetu indiscreto;

y, teniendo a los críticos respeto,

ya se acalora el numen, ya se enfría.

 

Batallo en mi interior, dudo y vacilo,

me hace cosquillas, súfrolas un rato,

escribo un poco, párome y cavilo.

 

¡Qué tentación! En vano la combato.

Y, al fin, ¿qué haré…? Para quedar tranquilo,

componer el soneto es más barato.

 

Ay de ti, si proféticos amores

¡Ay de ti, si proféticos amores

manteniendo de verdes esperanzas,

ausencias sufres, y desconfianzas,

hecho el ánimo a prueba de rigores!

 

¡Ay de ti, si después que los favores

de tu hermosura idolatrada alcanzas,

empiezas a inferir de sus mudanzas

que se ha cansado ya de que la adores!

 

El que de amor la tiranía siente,

ya al principio, ya al fin, es desgraciado;

sólo es feliz quien goza el bien presente,

 

sin que a su idea sirvan de cuidado

los males que pasó de pretendiente,

ni los que pasará de jubilado.

 

Lamiendo reconoce el beneficio

Lamiendo reconoce el beneficio

el can más fiero al hombre que le halaga.

Yo, escritor, me desvelo por quien paga

o tarde, o mal, o nunca el buen servicio.

 

La envidia, la calumnia, el artificio,

cuya influencia vil todo lo estraga,

con más rabiosos dientes abren llaga

en quien abraza el literato oficio.

 

Así la fuerza corporal padece,

falta paciencia, el ánimo decae;

poca es la gloria, mucha la modestia.

 

El libro vive, y el autor perece.

Y ¿amar la ciencia tal provecho trae?

Pues doy gusto a Forner, y me hago bestia.

 

Al ver yo mil poetas zalameros

Al ver yo mil poetas zalameros

que a sus damas llamaban serafines,

claveles, azucenas y jazmines,

diamantes, perlas, soles y luceros,

 

al ver cómo sus versos lisonjeros

de nácares llenaban y carmines,

los llamaba salvajes y rocines,

los trataba de locos y embusteros.

 

Hoy Cupido esta burla vengar quiere

mandando que de Orminta me apasione,

y con las armas que yo herí me hiere.

 

Que hable yo igual idioma ya dispone;

mas si hay quien mi flaqueza vitupere,

Amor, haz que de Orminta se aficione.

Poemas de Tomás de Iriarte

El Manguito, El Abanico Y El Quitasol

También suele ser nulidad el no saber más que una cosa; extremo opuesto del defecto reprehendido en la fábula del pato y la serpiente.

Si querer entender de todo

es ridícula presunción,

servir sólo para una cosa

suele ser falta no menor.

 

Sobre una mesa, cierto día,

dando estaba conversación

a un abanico y a un manguito

un paraguas o quitasol.

 

Y, en la lengua que en otro tiempo

con la olla el caldero habló,

a sus dos compañeros dijo:

«¡Oh, qué buenas alhajas sois!

 

Tú, manguito, en invierno sirves;

en verano vas a un rincón.

Tú, abanico, eres mueble inútil

cuando el frío sigue al calor.

 

No sabéis salir de un oficio.

Aprended de mí, pese a vos,

que en el invierno soy paraguas

y en el verano quitasol».

 

El Pato Y La Serpiente

Más vale saber una cosa bien que muchas mal

A orillas de un estanque,

diciendo estaba un pato:

«¿A qué animal dio el cielo

los dones que me ha dado?

 

Soy de agua, tierra y aire:

cuando de andar me canso,

si se me antoja, vuelo;

si se me antoja, nado».

 

Una serpiente astuta,

que le estaba escuchando,

le llamó con un silbo

y le dijo «¡Seó guapo!

 

no hay que echar tantas plantas;

pues ni anda como el gamo,

ni vuela como el sacre,

ni nada como el barbo;

 

y así, tenga sabido

que lo importante y raro

no es entender de todo,

sino ser diestro en algo».

 

Los Dos Conejos

No debemos detenernos en cuestiones frívolas, olvidando el asunto principal

Por entre unas matas,

seguido de perros

-no diré corría-

volaba un conejo.

 

De su madriguera

salió un compañero,

y le dijo: «Tente,

amigo, ¿qué es esto?»

 

«¿Qué ha de ser? -responde-;

sin aliento llego…

Dos pícaros galgos

me vienen siguiendo».

 

«Sí -replica el otro-,

por allí los veo…

Pero no son galgos».

«¿Pues qué son?» «Podencos».

 

«¿Qué? ¿Podencos dices?

Sí, como mi abuelo.

Galgos y muy galgos;

bien vistos los tengo».

 

«Son podencos, vaya,

que no entiendes de eso».

«Son galgos, te digo».

«Digo que podencos».

 

En esta disputa

llegando los perros,

pillan descuidados

a mis dos conejos.

 

Los que por cuestiones

de poco momento

dejan lo que importa,

llévense este ejemplo.

 

La Abeja Y Los Zánganos

Fácilmente se luce con citar y elogiar a los hombres grandes de la Antigüedad; el mérito está en imitarlos

A tratar de un gravísimo negocio

se juntaron los zánganos un día.

Cada cual varios medios discurría

para disimular su inútil ocio;

y, por librarse de tan fea nota

a vista de los otros animales,

aun el más perezoso y más idiota

quería, bien o mal, hacer panales.

Mas como el trabajar les era duro,

y el enjambre inexperto

no estaba muy seguro

de rematar la empresa con acierto,

intentaron salir de aquel apuro

con acudir a una colmena vieja,

y sacar el cadáver de una abeja

muy hábil en su tiempo y laboriosa;

hacerla, con la pompa más honrosa,

unas grandes exequias funerales,

y susurrar elogios inmortales

de lo ingeniosa que era

en labrar dulce miel y blanda cera.

Con esto se alababan tan ufanos,

que una abeja les dijo por despique:

«¿No trabajáis más que eso? Pues, hermanos,

jamás equivaldrá vuestro zumbido

a una gota de miel que yo fabrique».

 

¡Cuántos pasar por sabios han querido

con citar a los muertos que lo han sido!

¡Y qué pomposamente que los citan!

Mas pregunto yo ahora: ¿los imitan?

 

El Gusano De Seda Y La Araña

Trabajando un gusano su capullo,

la araña, que tejía a toda prisa,

de esta suerte le habló con falsa risa,

muy propia de su orgullo:

«¿Qué dice de mi tela el señor gusano?

Esta mañana la empecé temprano,

y ya estará acabada a mediodía.

¡Mire qué sutil es, mire qué bella!…»

El gusano, con sorna, respondía:

«¡Usted tiene razón; así sale ella!»

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