Poemas de Leandro Fernández de Moratín
Poemas de Leandro Fernández de Moratín, el arquitecto implacable de la reforma teatral neoclásica en España. Poseído por un fervor pedagógico, combatió el caos barroco para imponer el imperio de la razón, el decoro y las tres unidades. No fue solo un dramaturgo; fue un crítico feroz de las costumbres rancias de su tiempo.
Su pluma, afilada y lúcida, diseccionó la hipocresía social en obras maestras donde defendió con vehemencia el derecho a la libertad afectiva frente a la tiranía, marcando un hito en la dramaturgia europea. Afrontó el exilio y la incomprensión, pero su legado permanece como el triunfo de la claridad sobre el exceso, consolidando un teatro que, además de entretener, buscaba desesperadamente la veracidad y la virtud.
A Clori, histrionista, en coche simón
Leandro Fernández de Moratín
Esa que veis llegar máquina lenta,
de fatigados brutos arrastrada,
que en vano de rigor la diestra armada
vinoso auriga acelerar intenta,
no menos va dichosa y opulenta,
que la de cisnes cándidos tirada
concha de Venus, cuando en la morada
celeste al padre ufana se presenta.
Clori es esta; mirad las poderosas
luces, el seno de alabastro, el breve
labio que aromas del oriente espira.
Flores al viento esparcen las hermosas
gracias, y el virgen coro de las nueve
y entorno de ella Amor vuela y suspira.
A Flerida, poetisa
Basta Cupido ya, que a la divina
Ninfa del Turia reverente adoro:
ni espero libertad, ni alivio imploro,
y cedo alegre al astro que me inclina.
¿Qué nuevas armas tu rigor destina
contra mi vida, si defensa ignoro?
Sí, ya la admiro entre el castalio coro
la cítara pulsar griega y latina.
Ya, coronada del laurel febeo,
en altos versos llenos de dulzura,
oigo su voz, su número elegante.
Para tanto poder débil trofeo
adquieres tú; si sólo su hermosura
bastó a rendir mi corazón amante.
A la capilla del Pilar de Zaragoza
Estos que levantó de mármol duro
sacros altares la ciudad famosa,
a quien del Ebro la corriente undosa
baña los campos y el soberbio muro,
serán asombro en el girar futuro
de los siglos, basílica dichosa,
donde el Señor en majestad reposa,
y el culto admite reverendo y puro.
Don que la fe dictó, y erige, eterno,
religiosa nación a la divina
Madre que adora en simulacro santo:
por él, vencido el odio del Averno,
gloria inmortal el cielo la destina,
que tan alta piedad merece tanto.
A la ciencia de Hipócrates unida…
Para una estatua de la Farmacia
A la ciencia de Hipócrates unida,
dilata los instantes de la vida.
Apenas, Fabio, lo que dices creo…
Apenas, Fabio, lo que dices creo,
y leyendo tu carta cada día
más me confunde cuanto más la leo.
¿Piensas que esto que llaman poesía,
cuyos primores se encarecen tanto,
es cosa de juguete o fruslería?
¿O que puede adquirirse el numen santo
del dios de Delo, a modo de escalada,
o por combinación o por encanto?
Si en las escuelas no aprendiste nada,
si en poder de aquel dómine pedante
tu banda siempre fue la desgraciada,
¿por qué seguir procuras adelante?
Un arado, una azada, un escardillo,
para quien eres tú, fuera bastante.
De cólera te pones amarillo;
las verdades te amargan, ya lo advierto:
no quieres consultor franco y sencillo.
Pues hablemos en paz, que es desacierto
desengañar al que error desea,
vaya por donde va, derecho o tuerto.
Dígote, en fin, que es admirable idea
en tu edad cana acariciar las musas
y trepar a la fuente pegasea.
Pues si el aceite y la labor no excusas,
y prosigues intrépido y constante,
en ti sus gracias lloverán infusas.
Los conceptillos te andarán delante,
versos arrojarás a borbotones,
tendrás en el tintero el consonante.
¡Qué romances harás y qué canciones!
¡Y qué asuntos tan lindos me prometo
que para tus opúsculos dispones!
¡Qué gracioso ha de estar y qué discreto,
un soneto al bostezo de Belisa,
al resbalón de Inés otro soneto!
Una dama tendrás, cosa es precisa;
bellísima ha de ser, no tiene quite,
y llamarásla Filis o Marfisa.
Dila, que es nieve, cuando más te irrite;
nieve que todo el corazón te abrasa,
y el fuego de tu amor no la derrite.
Y si tal vez en el afecto escasa,
pronuncia con desdén sonoro hielo;
breve disgusto que incomoda y pasa,
dirás, que el encendido Mongibelo
de tu pecho, entre llamas y cenizas,
corusca crepitante y llega al cielo.
Si tu pasión amante solemnizas,
no olvides redes, lazos y prisiones,
en donde voluntario te esclavizas.
Pues si el cabello a celebrar te pones,
más que los rayos de titán hermoso,
¡qué mérito hallarás, qué perfecciones!
Dila, que el alma, ajena de reposo,
nada golfos de luz ardiente y pura,
en crespa tempestad del oro ondoso.
Llama a su frente espléndida llanura,
corvo luto sus cejas, o süaves
arcos, que flecha te clavaron dura.
Cuando las luces del Olimpo alabes,
apura, por tu vida, en el asunto
las travesuras métricas que sabes.
Di que su cielo, del cenit trasunto,
dos soles ostentó, por darte enojos,
que si se ponen quedarás difunto.
Y al aumentar tu vida sus despojos,
se lava el corazón, y el agua arroja
por los tersos balcones de los ojos.
Y tu amor, que en el llanto se remoja,
en él se anea, y sufre inusitados
males muriendo, y líquida congoja.
Di, que es pensil su bulto de mezclados
clavel y azahar, y abeja revolante
tú, que libas sus cálices pintados.
La boca celestial, que enciende amante
relámpagos de risa carmesíes,
alto asunto al poeta que la cante,
hará a que en su alabanza desvaríes,
llamándola de amor ponzoña breve,
o madreperla hermosa de rubíes.
Al pecho, inquieta desazón de nieve,
blanco, porque Cupido el blanco puso
en él, y en blanco te dejó el aleve.
Y di que venga un literato al uso,
con su Luzán y el viejo estagirita,
llamándote ridículo y confuso.
Que yo sabré con férula erudita
hacerle que enmudezca arrepentido,
por sectario de escuela tan maldita.
Así también hubiéramos vencido
el venusto rigor de esa tirana,
tigre de rosa y alhelí vestido.
Mas quiero suponer que la inhumana
rasgó tus ovillejos y canciones,
y todas las tiró por la ventana.
No importa, así va bien. Luego compones
diez o doce lloronas elegías,
llenándola de oprobios y baldones.
No te puedo prestar ningunas mías;
pero tres me dará cierto poeta,
largas, eternas, y sin arte, y frías.
Dirás que tanto la pasión te aprieta,
que mueres infeliz y desdeñado.
¡Inexorable amor! ¡Fatal saeta!
El cuerpo dejarás al verde prado,
el alma al cielo de tu dama hermosa
y serás en su olvido sepultado.
Y en lugar de escribir: «Aquí reposa
Fabio, que se murió de mal de amores;
culpa de una muchacha melindrosa»,
detendrás a las ninfas y pastores,
para que una razón prolija lean
de todas tus angustias y dolores.
Bien que los sabios, si adquirir desean
fama y nombre inmortal, no solamente
en un sujeto su labor emplean.
Olvida, amigo, esa pasión doliente;
hartas quejas oyó, que murmuraba
con lengua de cristal, pícara fuente.
No siempre el alma ha de gemir esclava;
déjate ya de celos y rigores,
y el grave empeño que elegiste acaba.
Que ya te ofrecen mil aparadores,
transformadas las salas en bodega,
espíritus, aceites y licores.
Suena algazara: cada cual despega
un frasco y otro, la embriagada gente
empieza a improvisar… ¿Y quién se niega?
¿Qué vale componer divinamente,
con largo estudio, en retirada estancia,
si delirar no sabes de repente?
Cruzan las copas, y entre la abundancia
de los brindis alegres de Lieo,
se espera de tu musa la elegancia.
Mira a Camilo, desgreñado y feo,
ronca la voz, la ropa desceñida,
lleno de vino y de furor pimpleo,
cómo anima el festín, y la avenida
de coplas suyas con estruendo suena,
de todos los oyentes aplaudida.
La quintilla acabó; los vasos llena
fiel asistente de licor precioso;
vuelve a beber y a desatar la vena.
Bomba, bomba, repite el bullicioso
concurso, y cuatro décimas vomita
con pie forzado el bacanal furioso.
¿Y qué, tú callarás? ¿Nada te excita
a mostrar de tu numen la aflüencia,
cuando la turba improvisante grita?
¿Temes? Vano temor. La competencia
no te desmaye, y las profundas tazas
desocupa y escurre con frecuencia.
Ya te miro suspenso, ya adelgazas
el ingenio, y buscando consonante,
en hallarle adecuado te embarazas.
¿A qué fin? Con medir en un instante,
aunque no digan nada, cuatro versos
mezclados entre sí, será bastante.
¿Juzgas acaso que saldrán diversos
de los que dieron a Camilo fama,
o más duros tal vez, o más perversos?
No porque alguno Píndaro le llama,
oyendo su incesante tarabilla,
pienses que numen superior le inflama.
Los muchachos le siguen en cuadrilla,
pues su musa pedestre y juguetona
es entretenimiento de la villa.
Si arrebatarle quieres la corona
y hacer que calle, escucha mis ideas
y estimarás al doble tu persona.
Chocarrero y bufón quiero que seas,
cantor de cascabel y de botarga:
verás qué aplauso en Avapiés granjeas.
Con tal autoridad, luego descarga
retruécanos, equívocos, bajezas,
y en ellas mezclarás sátira amarga.
Refranes usarás y sutilezas
en tus versillos, bufonadas frías,
y mil profanaciones y torpezas.
Y esta compilación de boberías
al público darás, de tomo en tomo,
que ansioso comprará lo que le envías,
porque el ingenio más agreste y romo
con obras de esta especie se recrea,
como tú con las gracias de Jeromo.
Mas si tu orgullo obscurecer desea
al lírico famoso venusino,
con quien un preceptista me marea,
aparta de sus huellas el camino,
huye su estilo atado de pedante,
que inimitable llaman y divino.
Canta en idioma enfático-crispante
de las deidades chismes celebrados,
sin perdonar la barba del tonante.
Pinta en Fenicia los alegres prados,
la niña de Agenor y sus doncellas,
los nítidos cabellos destrenzados,
que, dando flores al abril sus huellas,
la orilla, que de líquido circunda
Argento Doris, van pisando bellas.
Al motor de la máquina rotunda,
que enamorado pace entre el armento
la hierba, de que opaca selva abunda.
La ninfa al verle, ajena de espavento,
orna los cuernos y la espalda preme;
sin recelar lascivo tradimento.
Ya los recibe el mar; la virgen treme,
y al juvenco los álgidos undosos
piélagos, hace duro amor que reme.
Ella, los astros ambos lacrimosos,
reciprocando aspectos cintilantes,
prorrumpe en ululatos dolorosos,
curas quejas entorno redundantes,
de flébiles ancilas repetidas,
los antros duplicaron circunstantes.
Mas Creta ofrece playas extendidas,
prónuba al dulce amplexo apetecido
pudicias inermes ya vencidas.
Huye gozoso Amor, y agradecido
Jove, fecunda sobole promete
que imperio ha de regir muy extendido.
Apolo, antojadizo mozalbete,
asunto digno de tu canto sea,
cuando tras Dafne intrépido arremete.
La locura también faetontea
celebrarás, y el piélago combusto,
que en flagrantes incendios centellea.
Y muera de livor el Zoilo adusto,
al notar de estas obras los primores,
la dicción bella, el delicado gusto.
Al ver llamar estrellas a las flores,
líquido plectro a la risueña fuente,
y a los jilgueros prados voladores.
Vegetal esmeralda floreciente
al fresco valle, y al undoso río
sierpe sonora de cristal luciente.
Pero si has de llamarte alumno mío,
despreciando de Laso la cultura,
con ceño magistral y agrio desvío,
habla erizada jerigonza oscura,
y en gálica sintaxis mezcla voces
de añeja y desusada catadura,
copiando de las obras que conoces,
aquella molestísima reata
de frases y metáforas feroces.
Con ella se confunde y desbarata
la hispana lengua, rica y elegante,
y a Benengeli el más cerril maltrata.
Cualquiera escritorcillo petulante
licencia tiene, sin saber el nuestro,
de inventar un idioma a su talante
que él solo entiende; y ensartando diestro
sílabas, ya es autor y gran poeta,
y de alumnos estúpidos maestro.
Mas ya te llama el son de la trompeta,
de nuestros cides los heroicos hechos,
tanta nación a su valor sujeta.
Rompe, amigo, los vínculos estrechos,
las duras reglas atropella osado,
vencidos sus estorbos y deshechos.
Y el numen lleno de furor sagrado
«canto, dirás, el héroe furibundo,
a dominar imperios enseñado,
que dando ley al báratro profundo
su fuerte brazo, sujetó invencible
la dilatada redondez del mundo.»
Principio tan altísono y horrible,
proposición tan hueca y espantosa,
que deje de agradar es imposible.
No como aquel que dijo: Canta, diosa,
la cólera de Aquiles de Peleo,
a infinitos aquivos dolorosa.
Porque el estilo inflado y giganteo,
dejando a los lectores atronados,
causa mudo estupor, llena el deseo.
Dos caminos te ofrezco, practicados
ya por algunos admirablemente;
escoge, que los dos son extremados.
Sigue la historia religiosamente,
y conociendo a la verdad por guía,
cosa no has de decir que ella no cuente.
No finjas, no, que es grande picardía;
refiere sin doblez lo que ha pasado,
con nimiedad escrupulosa y pía.
Y en todo cuanto escribas ten cuidado
de no olvidar las fechas y las datas,
que así lo debe hacer un hombre honrado.
Si el canto frigidísimo rematas,
despediraste del lector prudente
que te sufrió, con expresiones gratas,
para que de tu libro se contente
y aguarde el fin del lánguido suceso,
de canto en canto, el mísero paciente.
Mas no imagines, Fabio, que por eso
te aplaudirán tus versos desdichados;
crítica sufrirán, zurra y proceso.
Dirán que los asuntos, adornados
con episodios y ficción divina,
se ven de tu epopeya desterrados.
Que es una historia insípida y mezquina,
sin interés, sin fábula, sin arte;
que el menos entendido la abomina.
Pero yo sé un ardid para salvarte,
dejándolos a todos aturdidos;
oye, que el nuevo plan voy a explicarte.
Después que entre centellas y estampidos
feroz descargues tempestad sonora,
y anuncies hechos ciertos o fingidos;
exagera el volcán que te devora,
que ceñirse del alma no consiente,
e invoca a una deidad tu protectora.
Luego amontonarás confusamente
cuanto pueda hacinar tu fantasía,
en concebir delirios eminente.
Botánica, blasón, cosmogonía,
náutica, bellas artes, oratoria,
y toda la gentil mitología;
sacra, profana, universal historia,
y en esto, amigo, no andarás escaso,
fatigando al lector vista y memoria.
Batallas pintarás a cada paso,
entre despechadísimos guerreros
que jamás de la vida hicieron caso.
Mandobles ha de haber y golpes fieros,
tripas colgando, sesos palpitantes,
y muchos derrengados caballeros.
Desaforadas mazas de gigantes,
deshechas puentes, armas encantadas,
amazonas bellísimas, errantes.
A espuertas verterás, a carretadas,
descripciones de todo lo criado,
inútiles, continuas y pesadas.
¡Oh!, cómo espero que mi alumno amado
ha de lucir el singular talento,
Febo, que a tu pesar ha cultivado.
¡Cuánta aventura, y cuánto encantamento!
¡Cuántos enamorados campeones!
¡Cuánto jardín y alcázar opulento!
Pondrás los episodios a millones;
y el héroe miserable no parece,
que no le encontraran ni con hurones.
Pero, ¿cómo ha de ser? Si le acontece
que un mago en una nube le arrebata,
y con él por los aires desparece.
En un valle oscurísimo remata
el viejo endemoniado su carrera,
y al huésped a cumplidos le maltrata.
Baja a una gruta inhabitable y fiera,
sepulcro de los tiempos que han pasado,
y le entretiene allí, quiera o no quiera.
¡Cuánta vasija y unto preparado
tiene! ¡Cuánto ingrediente venenoso!
Que al triste que lo ve deja admirado.
Allí le enseña en un artificioso
cristal, la descendencia dilatada,
que el nombre suyo ha de ilustrar famoso.
Y mira una ficción muy adecuada;
pues aunque algún censor la culparía,
de impertinente, absurda y dislocada,
siempre logras con esta fechoría
el linaje ensalzar de tu Mecenas,
que no te faltará, por vida mía.
Y si tales patrañas son ajenas
de su alcurnia, ¿qué importa? Si conviene,
con Héctor el troyano le encadenas:
porque un poeta facultades tiene
sin límite ni cotos, escribiendo
todo cuanto a la pluma se le viene.
Pero ya me parece que estoy viendo
sobre un carro de fuego remontados,
los dos amigos que la van corriendo.
¡Válame Dios!, y qué regocijados,
gentes, ciudades, reinos populosos
examinan, y climas ignorados.
De Libia los desiertos arenosos,
el hondo mar que hinchado se alborota,
montes nevados, prados olorosos.
De la septentrional playa remota,
al cabo que dobló Vasco de Gama,
el sabio Tragasmón registra y nota.
Vuelve después donde la ardiente llama
del sol se oculta, al expirar el día,
dándole Tetis hospedaje y cama.
Y en su precipitada correría,
al huésped volador hace patente
cuanto de Europa el ancho mar desvía.
Muda el auriga hacia el rosado oriente
el rumbo, y a los reinos de la aurora
los lleva el carro de propo ardiente…
Pero de un criticón me acuerdo ahora,
grave, tenaz, ridículo, pedante,
que vierte hiel su lengua detractora.
¡Cómo salta de cólera al instante
con estas invenciones! ¡Cuál blasfema!
Si se llega a irritar, no hay quien le aguante.
No quiere que haya encantos, ¡linda tema!
Ni vestiglos, ni estatuas habladoras,
y el libro en que lo halló desgarra y quema.
Si al héroe por acaso le enamoras
de una beldad que yace encastillada,
guardándola un dragón a todas horas;
y el caballero de una cuchillada
al escamoso culebrón degüella,
mi crítico infernal luego se enfada.
Ni hay que decirle, que la tal doncella
es hermana del sabio Malambruno,
el cual su doncellez así atropella,
que a dura cárcel, soledad y ayuno,
por un chisme no más la ha reducido
sin que sepa sus lástimas ninguno.
No señor, nada basta; enfurecido,
contra el mísero autor se despepita,
y en nada el inocente le ha ofendidos.
¡Abundancia infeliz! ¡Vena maldita!
Dice en horrenda voz, que impetuosa
como turbio raudal se precipita.
El gusto y la razón, en verso, en prosa,
la invención rectifiquen; que sin esto,
jamás se acertará ninguna cosa.
Mi patria llora el ejemplar funesto;
su teatro en errores sepultado,
a la verdad y a la belleza opuesto,
muestra lo que produce el estragado
talento, que sin luz se descamina,
de la docta elección abandonado.
Nuevo rumbo siguió, nueva doctrina,
la hispana musa, y desdeñó arrogante
la humilde sencillez griega y latinas
dio a la comedia estilo retumbante,
figurado, sutil, o tenebroso;
de la debida propiedad distante.
Halló en la escena el vulgo clamoroso
pintadas y aplaudidas las acciones
a que le inclina su vivir vicioso.
Y en vez de dar un freno a sus pasiones,
en la enseñanza de verdades puras,
mezcladas entre honestas invenciones,
oye solo mentiras y locuras,
celebra y paga enormes desaciertos,
y de juicio y moral se queda a oscuras.
¡Qué es ver saltar entre hacinados muertos,
hecha la escena campo de batalla,
a un paladín, enderezando tuertos!
¡Qué es ver, cubierta de loriga y malla,
blandir el asta a una mujer guerrera,
y hacer estragos en la infiel canalla!
A cada instante hay duelos y quimeras,
sueños terribles que se ven cumplidos,
fatídico puñal, fantasma fiera,
desfloradas princesas, aturdidos
enamorados, ronda, galanteo,
jardín, escala y celos repetidos.
Esclava fiel, astuta en el empleo
de enredar una trama delincuente,
y conducir amantes al careo.
Allí se ven salir confusamente
damas, emperadores, cardenales,
y algún bufón pesado e insolente.
Y aunque son a su estado desiguales;
con todos trata, le celebran todos,
y se mezcla en asuntos principales.
Allí se ven nuestros abuelos godos,
sus costumbres, su heroica bizarría,
desfiguradas de diversos modos.
Todo arrogancia y falsa valentía
todos jaques, ninguno caballero,
como mi patria los miró algún día.
No es más que un mentecato pendenciero
el gran Cortés, y el hijo de Jimena
un baladrón de charpas y jifero.
Cinco siglos y más, y una docena
de acciones junta el numen ignorante,
que a tanto delirar se desenfrena.
Ya veis los muros de Florencia o Gante:
ya el son del pito los transforma al punto
en los desiertos que corona Atlante.
Luego aparece amontonado y junto,
así lo quiere mágico embolismo,
Dublin y Atenas, Menfis y Sagunto.
Pero ¿qué mucho? Si en el drama mismo
se ven patentes las eternas penas,
y el ignorado centro del abismo.
Las llamas, pinchos, garfios y cadenas;
repitiéndose mísero lamento
por las estancias de dolores llenas.
¡Oh! ¡Qué abominación! Dice el sangriento
censor injusto, y dando manotadas,
se levanta furioso del asiento.
Estas críticas, Fabio, son dictadas
por envidia y no más, si bien lo miras,
y no deben de ti ser escuchadas.
Las que repasas sin cesar y admiras
insignes obras, a pesar de ingratos,
te llevarán al término a que aspiras.
Más te prometo. Los alegres ratos
que te visite el apolíneo coro,
no los has de vender nada baratos.
Pues aunque el tema popular no ignoro,
de que Cintio corona los poetas
de verde lauro, y no de perlas y oro,
las más descabelladas e indiscretas
farsas, te llenarán de patacones
los desollados cofres y gavetas.
Sí, Fabio, las obrillas que dispones
las hemos de vender todas al peso;
y algo me tocará por mis lecciones.
Tu vena redundante hasta el exceso,
que no conoce reglas ni camino,
es lo que se requiere para eso.
Suelta toda la presa del molino,
haz comedias sin número, te ruego,
y vaya en cada frase un desatino.
Escribe dos, y luego siete, y luego
imprime quince, y trama diez y nueve,
y a tu musa venal no desasosiego.
Harás que horrendos fabulones lleve
cada comedia y casos prodigiosos;
que así el humano corazón se mueve.
Salga el carro del sol, y los fogosos
Flegón y Etonte; salga Citerea
mayando en estribillos enfadosos.
Diversa acción cada jornada sea,
con su galán, su dama y un criado,
que en dislates insípidos se emplea.
Echa vanos escrúpulos a un lado,
llena de anacronismos y mentiras
el suceso que nadie habrá ignorado.
Y si a agradar al auditorio aspiras,
y que sonando alegres risotadas,
él te celebre, cuando tú deliras,
del apuro arrojen a las estacadas
moros de paja, si el asalto ordenas,
y en ellos el gracioso dé lanzadas.
Si del todo la pluma desenfrenas,
date a la magia, forja encantamientos
y salgan los diablillos a docenas.
Aquí un palacio vuele por los vientos,
allí un vejete se transforme en rana:
todo asombro ha de ser, todo portentos.
De la historia oriental, griega y romana
copiarás los varones celebrados,
que el pueblo admitirá de buena gana.
Héctor, Ciro, Catón, y los soldados
fuertes de Aníbal, con su jefe adusto,
todos los pintarás enamorados.
Verás qué diversión, verás qué gusto,
cuando lloren de Fátima el desvío
Tarif, o Muza, o Alcamán robusto.
Que ciegos de amoroso desvarío,
la llaman en octavas y tercetos:
mi bien, mi vida, encanto dulce mío.
Tus galanes serán todos discretos,
y la dama, no menos bachillera,
metáforas derrame y epítetos.
¡Qué gracia, verla hablar como si fuera
un doctor in utroque! Ciertamente
que esto es un pasmo, es una borrachera.
Ni busques lo moral y lo decente
para tus dramas, ni tras ello sudes;
que allí todo se pasa y se consiente,
todo se desfigura: no lo dudes;
allí es heroicidad la altanería,
y las debilidades son virtudes.
Y lo que Poncio alguna vez decía,
de que el pudor se ofende y el recato…
Pero, ¡qué!, si es aquella su manía.
Mil lances ha de haber por un retrato,
una banda, una joya, un ramillete;
con lo de infiel, traidor, aleve, ingrato.
La dama ha de esconder en su retrete
a dos o tres galanes rondadores,
preciado cada cual de matasiete.
Riñen, y salta por los corredores
el uno de ellos al jardín vecino;
y encuentra allí peligros no menores.
El padre oyendo cuchilladas vino,
y aunque es un tanto cuanto malicioso;
traga el enredo que Chichón previno.
Pero un primo frenético y celoso
lo vuelve a trabucar, de tal manera,
que el viejo está de cólera furioso.
Salen todos los yernos allí fuera:
la dama escoge el suyo, y la segunda
se casa de rondón con un cualquiera.
¡Oh, vena sin igual, rara y fecunda,
la que tales primores recopila,
y en lances tan recónditos abunda!
Esto debes hacer, esto se estila;
y váyase Terencio a los orates,
con Baquis, Menedemo y Antifila.
Que por él, y otros pocos botarates,
cobra la osada juventud espanto;
y se malogran furibundos vates.
Tú, dichoso mortal, prepara en tanto
para ser celebérrimo poeta,
el numen y las sílabas al canto.
La cítara sonante, la trompeta,
y la cómica máscara bufona,
llena de variedad y chanzoneta,
te alzarán a la cumbre de Helicona,
donde cercado de las nueve hermanas
luces despide el hijo de Latona.
Mas cuando con sus manos soberanas
de laurel te corone, ten sabido,
Fabio, a quien debes el honor que ganas,
y agradécelo a mí, que te he instruido.
Basta, Cupido ya, que a la divina
A Flérida poetisa
Basta, Cupido ya, que a la divina
ninfa del Turia reverente adoro;
ni espero libertad, ni alivio imploro,
y cedo alegre al astro que me inclina.
¿Qué nuevas armas tu rigor destina
contra mi vida, si defensa ignoro?
Sí, ya la admiro entre el castalio coro
la cítara pulsar griega y latina.
Ya, coronada del laurel febeo,
en altos versos llenos de dulzura,
oigo su voz, su número elegante.
Para tanto poder débil trofeo
adquieres tú, si sola su hermosura
bastó a rendir mi corazón amante.
Cesa en la octava noche el ronco estruendo…
Cesa en la octava noche el ronco estruendo
de la sangrienta militar porfía;
el campo godo destrozado ardía
con llama que descubre estrago horrendo.
Rodrigo en tanto, su peligro viendo,
por ignorada senda se desvía
y, muerto Orelio, entre la sombra fría
herido y débil se acelera huyendo.
En vano el Lete con raudal undoso
el paso estorba al príncipe, a quien ciega
de cadena o suplicio el justo espanto.
Surca las aguas, cede al poderoso
ímpetu, expira el infeliz y entrega
el cuerpo al fondo, a la corriente el manto.
Cupido no permite
A Rosinda, histrionisa
Cupido no permite
que mi canto celebre
los héroes que la fama
coronó de laureles.
Él me inspira dulzuras
y amores inocentes,
olvidando de Marte
los horrores crüeles.
Tú, hermosa, si a mi verso
agradecida vuelves
esos ojos, incendio
de los dioses celestes,
premio darás que baste
a que mi voz se aliente,
y a que sólo en tu aplauso
mi cítara se temple.
No por tal hermosura,
en armados bajeles
llevó la Grecia a Troya
desolación y muertes.
¿Que mucho que a tu vista
rendido se confiese
el corazón, que en vano
su libertad defiende?
Si cuando te presentas
en años florecientes
ante el callado vulgo,
que de tu labio pende,
con mágico embeleso
el ánimo más fuerte
o en tu placer se goza,
o en tu dolor padece.
Ya la vivaz Talía
sus fábulas te preste,
cuando el vicio censura
con máscaras alegres.
¡Qué honesta, si declaras
la pasión que te vence,
o imaginados celos
tu risa desvanece!
¡Qué airada, qué terrible,
cuando en acentos breves
al atrevido amante
su desatino adviertes!
La multitud escucha,
y absorta duda y teme;
que son, aunque fingidos,
temidos tus desdenes.
Mas en el drama triste
que dictó Melpómene,
todo es angustia y lloro,
todo afanes crüeles.
¿Qué espíritu te agita?
¿Qué deidad te conmueve?
¿Quién con serenos ojos
pudo escucharte y verte?
Si alguno dudar quiso
cuánta ilusión adquieren
en el ancho teatro,
ficciones aparentes,
oiga tu voz y mire
las lágrimas que viertes,
y a tus pies humillado
te dirá lo que pueden.
Vosotros que, inspirados
de las hermanas nueve,
dais a la sien corona
de yedras y laureles,
si dirigís el paso
a la cumbre eminente,
por la difícil senda
perdida tantas veces;
si el numen vuestro, aplausos
y eternidad pretende,
los hechos admirables
de la patria celebre.
Trágico verso imite
pasiones delincuentes,
fortunas infelices
de naciones y reyes.
Que si la ninfa bella,
por quien el hondo Betis,
en Híspalis soberbio,
baña su campo fértil,
presta su voz y anima
los mudos caracteres,
y lo que el arte inspira
en viva acción lo vuelve:
veréis como por ella
el orbe os engrandece,
y la fama poetas
os aclama celestes.
Feliz la suerte mía,
si merecer pudiese
que en sus labios de rosa
mis números resuenen.
Yo viera mis fatigas
premiadas dignamente,
¿ni galardón más alto
quién pudo merecerle?
Pero el vendado niño,
que tirano me vence,
me permite que solo
la adore reverente.
¡Oh, Amor! Libra mi pecho
del afán que padece;
ni contra mí tus viras
voladoras aprestes.
Basta que en ella admire
las dotes excelentes
con que a la patria escena
sublima y enriquece,
sin que la suma larga
de sus triunfos aumente,
sin que a sus ojos muera,
sin que muriendo pene.
Que si de sus hechizos
libertarme pudieres,
y el tiro que destinas
al flechero le vuelves,
por mí sus alabanzas
serán cantadas siempre,
en acentos süaves
de cítara doliente.
Y cisnes más sonoros
ensalcen y celebren
los héroes que la fama
coronó de laureles.
Deja tu Chipre amada
Traducción de Horacio
Deja tu Chipre amada,
Venus, reina de Pafos y de Gnido,
que Glycera adornada
estancia ha prevenido,
y te invoca con humos que ha esparcido.
Trae al muchacho ardiente
y las gracias, la ropa desceñida,
y a Mercurio elocuente,
y de ninfas seguida
la Juventud, sin ti no apetecida.
El coche en venta
Quiero contarte
que Don Miguel,
aquel pesado
que viste ayer,
me está moliendo
mas ha de un mes,
sin ser posible
zafarme de él,
para que compre
(mal haya, amén)
sus dos candongas
y su cupé.
Esta mañana
salí a las diez
a ver a Clori
(no lo acerté)
horas menguadas
debe de haber.
Íbame aprisa
hacia la Red
y en una esquina
me le encontré.
Fueron sin duda
cosa de ver
las artimañas,
la pesadez,
los argumentos
que toleré,
el martilleo
de somatén,
y las mentiras
de tres en tres.
-Y, no hay remedio,
ello ha de ser
porque, amiguito,
mirado bien
sale de balde.
Parece inglés:
la caja es cosa
digna de un rey,
¡qué bien colgada!
¡Qué solidez!
Otra más cuca
no la veréis.
Pues ¿y las mulas?
Yo las compré
muy bien pagadas
en Aranjuez,
y a los dos meses
llegó a ofrecer
el marquesito
de Mirabel,
(sobre la suma
que yo solté)
catorce duros
para beber,
a un chalán cojo
aragonés,
que vive al lado
de la Merced.
Son dos alhajas
no hay que tener,
fuertes, seguras,
de buena ley.
Con que Domingo
puede a las seis
ir a mi casa:
yo os dejaré
las señas… Pero…
¿Tenéis papel?
-No tengo nada,
ni es menester:
dejadme vivo
sayón cruel.
Si ya os he dicho
que no gastéis
saliva y tiempo.
Si no ha de ser.
Si por no hallaros
segunda vez,
solo, sin capa,
me fuera a pie,
hasta la turca
Jerusalén.
-¿Y te parece
que le ahuyenté?
Nunca un pelmazo
llega a entender,
lo que no cuadra
con su interés.
Quise cansarle;
me equivoqué.
Sigo mi trote,
sigue también,
suelto de lengua,
ágil de pies;
siempre a la oreja
como un lebrel.
Lloviendo estaba
y a buen llover,
calles y plazas
atravesé,
charcos, arroyos…
Voy a torcer
por la bajada
de San Ginés,
hallo un entierro
de mucho tren;
muerto y parientes
atropellé.
Él, por seguirme,
dio tal vaivén
a un Reculillo,
que sin poder
valerse, al suelo
cayó con él.
Tanta del fraile
la rabia fue,
tal cachetina
siguió después;
que malferido,
zurrado bien,
allí entre el lodo
me le dejé.
El niño ceguezuelo
Traducción de Grecourt
El niño ceguezuelo
adormeciose un día
en el recinto oscuro
de los bosques del Ida.
Venus temor concibe
al ver que no volvía
de tan largo reposo,
que al de la muerte imita.
Y en lágrimas hermosas
bañando las mejillas,
al Padre omnipotente
su dolor comunica.
Jove, que tanta pena
mitigar determina,
a los Dioses consulta
que en el Olimpo habitan.
Y viendo que en opuestas
opiniones vacilan,
al medio menos tardo
su decisión inclina.
Manda que al bosque umbroso
donde el Amor dormía
vayan los celos tristes,
y en torno de él asistan.
Parten ellos veloces,
y al rumor que traían
de su letargo vuelve
el niño de Ericina.
¡Mas ay!, que desde entonces
perdió su paz tranquila,
y nunca el dulce sueño
sus párpados visita.
Elegía a las musas
Esta corona, adorno de mi frente,
Esta sonante lira y flautas de oro
Y máscaras alegres, que algún día
Me disteis, sacras Musas, de mis manos
Trémulas recibid, y el canto acabe,
Que fuera osado intento repetirlo.
He visto ya cómo la edad ligera,
Apresurando a no volver las horas,
Robó con ellas su vigor al numen.
Sé que negáis vuestro favor divino
A la cansada senectud, y en vano
Fuera implorarlo; pero en tanto, bellas
Ninfas, del verde Pindo habitadoras,
No me neguéis que os agradezca humilde
Los bienes que os debí. Si pude un día,
No indigno sucesor de nombre ilustre,
Dilatarlo famoso, a vos fue dado
Llevar al fin mi atrevimiento. Sólo
Pudo bastar vuestro amoroso anhelo
A prestarme constancia en los afanes
Que turbaron mi paz, cuando insolente
Vano saber, enconos y venganzas,
Codicia y ambición, la patria mía
Abandonaron a civil discordia.
Yo vi del polvo levantarse audaces,
A dominar y perecer, tiranos:
Atropellarse efímeras las leyes,
Y llamarse virtudes los delitos.
Vi las fraternas armas nuestros muros
Bañar en sangre nuestra, combatirse,
Vencido y vencedor hijos de España,
Y el trono desplomándose al vendido
Ímpetu popular. De las arenas
Que el mar sacude en la fenicia Gades,
A las que el Tajo lusitano envuelve
En oro y conchas, uno y otro imperio, I
ras, desorden esparciendo y luto,
Comunicarse el funeral estrago.
Así cuando en Sicilia el Etna ronco
Revienta incendios, su bifronte cima
Cubre el Vesubio en humo denso y llamas,
Turba el Averno sus calladas ondas;
Y allá del Tibre en la ribera etrusca
Se estremece la cúpula soberbia
Que al Vicario de Cristo da sepulcro.
¿Quién pudo en tanto horror mover el plectro?
¿Quién dar al verso acordes armonías,
Oyendo resonar grito de muerte?
Tronó la tempestad: bramó iracundo
El huracán, y arrebató a los campos
Sus frutos, su matiz: la rica pompa
Destrozó de los árboles sombríos:
Todas huyeron tímidas las aves
Del blando nido, en el espanto mudas;
No más trinos de amor. Así agitaron
Los tardos arios mi existencia, y pudo
Sólo en región extraña el oprimido
Ánimo hallar dulce descanso y vida.
Breve será; que ya la tumba aguarda
Y sus mármoles abre a recibirme;
Ya los voy a ocupar… Si no es eterno
El rigor de los hados, y reservan
A mi patria infeliz mayor ventura,
Dénsela presto, y mi postrer suspiro
Será por ella… Prevenid en tanto
Flébiles tonos, enlazad coronas
De ciprés funeral, Musas celestes;
Y donde a las del mar sus aguas mezcla
El Garona opulento, en silencioso
Bosque de lauros y menudos mirtos,
Ocultad entre flores mis cenizas.
Esa que veis llegar máquina lenta…
Esa que veis llegar máquina lenta,
de fatigados brutos arrastrada,
que en vano de rigor la diestra armada
vinoso auriga acelerar intenta,
no menos va dichosa y opulenta,
que la de cisnes cándidos tirada
concha de Venus, cuando en la morada
celeste al padre ufana se presenta.
Clori es esta; mirad las poderosas
luces, el seno de alabastro, el breve
labio que aromas del oriente espira.
Flores al viento esparcen las hermosas
gracias, y el virgen coro de las nueve
y entorno de ella Amor vuela y suspira.
Esta corona, adorno de mi frente…
Esta corona, adorno de mi frente,
Esta sonante lira y flautas de oro
Y máscaras alegres, que algún día
Me disteis, sacras Musas, de mis manos
Trémulas recibid, y el canto acabe,
Que fuera osado intento repetirlo.
He visto ya cómo la edad ligera,
Apresurando a no volver las horas,
Robó con ellas su vigor al numen.
Sé que negáis vuestro favor divino
A la cansada senectud, y en vano
Fuera implorarlo; pero en tanto, bellas
Ninfas, del verde Pindo habitadoras,
No me neguéis que os agradezca humilde
Los bienes que os debí. Si pude un día,
No indigno sucesor de nombre ilustre,
Dilatarlo famoso, a vos fue dado
Llevar al fin mi atrevimiento. Sólo
Pudo bastar vuestro amoroso anhelo
A prestarme constancia en los afanes
Que turbaron mi paz, cuando insolente
Vano saber, enconos y venganzas,
Codicia y ambición, la patria mía
Abandonaron a civil discordia.
Yo vi del polvo levantarse audaces,
A dominar y perecer, tiranos:
Atropellarse efímeras las leyes,
Y llamarse virtudes los delitos.
Vi las fraternas armas nuestros muros
Bañar en sangre nuestra, combatirse,
Vencido y vencedor hijos de España,
Y el trono desplomándose al vendido
Ímpetu popular. De las arenas
Que el mar sacude en la fenicia Gades,
A las que el Tajo lusitano envuelve
En oro y conchas, uno y otro imperio, I
ras, desorden esparciendo y luto,
Comunicarse el funeral estrago.
Así cuando en Sicilia el Etna ronco
Revienta incendios, su bifronte cima
Cubre el Vesubio en humo denso y llamas,
Turba el Averno sus calladas ondas;
Y allá del Tibre en la ribera etrusca
Se estremece la cúpula soberbia
Que al Vicario de Cristo da sepulcro.
¿Quién pudo en tanto horror mover el plectro?
¿Quién dar al verso acordes armonías,
Oyendo resonar grito de muerte?
Tronó la tempestad: bramó iracundo
El huracán, y arrebató a los campos
Sus frutos, su matiz: la rica pompa
Destrozó de los árboles sombríos:
Todas huyeron tímidas las aves
Del blando nido, en el espanto mudas;
No más trinos de amor. Así agitaron
Los tardos arios mi existencia, y pudo
Sólo en región extraña el oprimido
Ánimo hallar dulce descanso y vida.
Breve será; que ya la tumba aguarda
Y sus mármoles abre a recibirme;
Ya los voy a ocupar… Si no es eterno
El rigor de los hados, y reservan
A mi patria infeliz mayor ventura,
Dénsela presto, y mi postrer suspiro
Será por ella… Prevenid en tanto
Flébiles tonos, enlazad coronas
De ciprés funeral, Musas celestes;
Y donde a las del mar sus aguas mezcla
El Garona opulento, en silencioso
Bosque de lauros y menudos mirtos,
Ocultad entre flores mis cenizas.
Este es Guadiela, cuyas ondas puras…
Este es Guadiela, cuyas ondas puras
van a crecer del Tajo la corriente;
esta la selva deliciosa, donde
gozan las Horas del ardor estivo
las bellas hamadríades, formando
ligeras danzas y festivos coros.
Inarco, ¡ay, infeliz! ¿así la cumbre
vuelves a ver de aquel nuboso monte?
¿Así a pisar esta ribera vuelves?
Prófugo, triste, en mi destino incierto,
dejé mi choza y mis alegres campos
y los muros de Mantua generosa,
y al bienhadado Coridon y Aminta,
y al constante en amor Alfesibeo;
todo lo abandoné. Por ignorada
senda me aparto, con errante huella,
y atrás volviendo alguna vez los ojos:
Adiós mi patria, sollozando dije,
Adiós praderas verdes, donde oculto
entre juncos y débiles cañelgas,
Manzanares humilde se adormece
sobre las urnas de oro. Adiós, y acaso
para nunca volver. A la espesura
de incultos bosques y profundo valle
la planta muevo apresuradamente,
bien como el ciervo, al conocerse herido
de enherbolado arpón, las cumbres altas
sube, desciende de la sierra al llano
y los anchos arroyos atraviesa,
en vano, ¡ay, triste! en vano, que el agudo
hierro, teñido en la caliente sangre,
cerca del corazón lleva pendiente.
Yo así en el pecho abrasadora llama
siento: ni la distancia ni los días
alivian mi dolor, que en la memoria
mi bella ausente y sus hechizos duran.
El donaire gentil, la risa, el canto,
el pie que mueve en ágil danza, honesta,
los dorados undívagos cabellos,
el claro resplandor de entrambas luces
y el alto pecho que süavemente
se agita al suspirar. ¡Delicïoso,
cándido seno donde Amor se anida!
Disculpa de mi ciego desvarío.
Si alguna vez a mi dolor se presta
benigno el sueño con amigas alas,
hijo de la callada, húmida noche,
al fatigado espíritu aparece
de mi partida el infeliz instante.
Miro los ojos de esplendor divino,
que en lágrimas se inundan amorosas,
la trenza ondosa deslazada al viento,
suelta la veste cándida, y escucho
la conocida voz, las dulces quejas,
que serenar el ímpetu espantoso
pueden del mar en tempestad oscura.
Tiemblo, y en vano la funesta imagen
quiero de mí apartar. Ya me parece
que con halagos, de pasión nacidos,
la linda Isaura mi partida estorba;
ya que indignada a su amador acusa
de ingrato y desleal; ya, que rendida
a su aflicción, la voz y el llanto cesan…
Yo, ¡mísero!, ciñendo el cuello hermoso
y a su labio tal vez uniendo el mío,
juro a los cielos que primero falte
mi aliento débil, que en ajenos brazos
llegue a mirarla que la pierda y viva
antes que olvide mi pasión primera.
Mas ya se acerca el trance aborrecido:
late oprimido el corazón… Entonces
al violento pesar de mí se aparta
leve la imagen de la muerte triste
más que la muerte inexorable y dura.
Venus, hija del mar, diosa de Gnido,
y tú, ciego rapaz, que revolante
sigues el carro de tu madre hermosa,
la aljaba de marfil pendiente al lado:
Si hay piedad en el cielo, si el humilde
ruego de un infeliz no vos ofende,
¡oh!, basten ya las padecidas penas.
Vuelva yo a ver aquel agrado honesto,
aquel dulce reír, y la süave
voz de sirena escuche, y sus favores
gozando, tornen las alegres horas.
Pero si acaso mi destino fuere
tan enemigo a la ventura mía,
que en larga ausencia padecer me manda:
Alma Citeres, flechador Cupido,
tal rigor estorbad. Falte a mis ojos
la luz pura del sol en noche eterna,
y del cuerpo mi espíritu desnudo,
fugaz descienda, en vana sombra y fría,
a la morada de Plutón terrible.
Inarco así, de la que adora ausente,
a las deidades del Olimpo sordas
demandaba piedad. Damon en tanto,
joven pastor, que al valle reducía
pobre rebaño de manchadas cabras,
al pie de un olmo halló sobre la hierba
al amante zagal apenas vivo.
Le alzó del suelo con amiga mano,
razones, no escuchadas, repitiendo,
por si con ellas aliviar lograse
su grave afán, piadoso le conduce
a su rústico albergue, y vagaroso
el fiel Melampo a su señor seguía.
Estos que levantó de mármol duro
A la Capilla del Pilar de Zaragoza
Estos que levantó de mármol duro
sacros altares la ciudad famosa,
a quien del Ebro la corriente undosa
baña los campos y el soberbio muro,
serán asombro en el girar futuro
de los siglos: basílica dichosa
donde el Señor en majestad reposa,
y el culto admite reverente y puro.
Don que la fe dictó, y erige eterno
religiosa nación a la divina
Madre, que adora en simulacro santo.
Por él, vencido el odio del Averno,
gloria inmortal el cielo la destina,
que tan alta piedad merece tanto.
Febo desde la tierna infancia mía
A D. Juan Bautista Conti
Febo desde la tierna infancia mía
quiso que el plectro de marfil pulsara,
y en las alturas de Helicón gozara
sus verdes bosques y su fuente fría.
Mas dudosa la mente desconfía,
Conti, aspirar al premio que prepara
a solo el que mostró, con unión rara,
talento y arte en docta poesía.
Pero si tú, mi amigo generoso,
la cumbre me señalas eminente
y el paso incierto dirigir no excusas,
imitando tu verso numeroso,
veré de lauros coronar mi frente
suspenso al canto el coro de las musas.
Flumisbo, el celebrado
A la memoria de D. Nicolás Fernández de Moratín
Flumisbo, el celebrado
cantor de Termodonte,
por quien grato a las musas
fue de Dorisa el nombre,
ya las sombras habita
de los elisios bosques.
Llorad, Venus hermosa,
llorad, dulces Amores.
Suelta la crencha de oro
que el viento descompone,
la rica vestidura
desceñida sin orden.
Erato, que suave
le colmó de favores,
sobre la tumba fría
hoy se reclina inmóvil.
Del seno de su madre
el niño de los dioses
batió veloz las alas,
fugitivo se esconde.
Deshecho el arco inútil,
la venda airado rompe:
ardió la corva aljaba
y duros pasadores.
Es fama que en la selva,
por donde lento corre
el Arlas, coronado
de olivo, yedra y flores,
sonó lamento ronco
de mal formadas voces,
que en ecos repitieron
las grutas en los montes.
Ninfas, la queja es vana
si dio la Parca el golpe,
ni vuelve lo que usurpa
el avaro Aqueronte.
Alzad un monumento
con mirtos de Dïone,
ornado de laureles,
guirnaldas y festones,
entrelazando en ellos
la trompa de Mavorte
y la cítara dulce
del teyo Anacreonte;
las coronas de Clío,
de Amor venda y arpones,
y las aves de Venus
el obelisco adornen.
Que si al asunto digno
mi verso corresponde,
si da lugar el llanto
a números acordes,
de la región que tiene
por su cenit al norte,
a la que esterilizan
rayos abrasadores,
Flumisbo en la memoria
durará de los hombres,
sin que fugaz el tiempo
su duración estorbe.

La ausencia
Este es Guadiela, cuyas ondas puras
van a crecer del Tajo la corriente;
esta la selva deliciosa, donde
gozan las Horas del ardor estivo
las bellas hamadríades, formando
ligeras danzas y festivos coros.
Inarco, ¡ay, infeliz! ¿así la cumbre
vuelves a ver de aquel nuboso monte?
¿Así a pisar esta ribera vuelves?
Prófugo, triste, en mi destino incierto,
dejé mi choza y mis alegres campos
y los muros de Mantua generosa,
y al bienhadado Coridon y Aminta,
y al constante en amor Alfesibeo;
todo lo abandoné. Por ignorada
senda me aparto, con errante huella,
y atrás volviendo alguna vez los ojos:
Adiós mi patria, sollozando dije,
Adiós praderas verdes, donde oculto
entre juncos y débiles cañelgas,
Manzanares humilde se adormece
sobre las urnas de oro. Adiós, y acaso
para nunca volver. A la espesura
de incultos bosques y profundo valle
la planta muevo apresuradamente,
bien como el ciervo, al conocerse herido
de enherbolado arpón, las cumbres altas
sube, desciende de la sierra al llano
y los anchos arroyos atraviesa,
en vano, ¡ay, triste! en vano, que el agudo
hierro, teñido en la caliente sangre,
cerca del corazón lleva pendiente.
Yo así en el pecho abrasadora llama
siento: ni la distancia ni los días
alivian mi dolor, que en la memoria
mi bella ausente y sus hechizos duran.
El donaire gentil, la risa, el canto,
el pie que mueve en ágil danza, honesta,
los dorados undívagos cabellos,
el claro resplandor de entrambas luces
y el alto pecho que süavemente
se agita al suspirar. ¡Delicïoso,
cándido seno donde Amor se anida!
Disculpa de mi ciego desvarío.
Si alguna vez a mi dolor se presta
benigno el sueño con amigas alas,
hijo de la callada, húmida noche,
al fatigado espíritu aparece
de mi partida el infeliz instante.
Miro los ojos de esplendor divino,
que en lágrimas se inundan amorosas,
la trenza ondosa deslazada al viento,
suelta la veste cándida, y escucho
la conocida voz, las dulces quejas,
que serenar el ímpetu espantoso
pueden del mar en tempestad oscura.
Tiemblo, y en vano la funesta imagen
quiero de mí apartar. Ya me parece
que con halagos, de pasión nacidos,
la linda Isaura mi partida estorba;
ya que indignada a su amador acusa
de ingrato y desleal; ya, que rendida
a su aflicción, la voz y el llanto cesan…
Yo, ¡mísero!, ciñendo el cuello hermoso
y a su labio tal vez uniendo el mío,
juro a los cielos que primero falte
mi aliento débil, que en ajenos brazos
llegue a mirarla que la pierda y viva
antes que olvide mi pasión primera.
Mas ya se acerca el trance aborrecido:
late oprimido el corazón… Entonces
al violento pesar de mí se aparta
leve la imagen de la muerte triste
más que la muerte inexorable y dura.
Venus, hija del mar, diosa de Gnido,
y tú, ciego rapaz, que revolante
sigues el carro de tu madre hermosa,
la aljaba de marfil pendiente al lado:
Si hay piedad en el cielo, si el humilde
ruego de un infeliz no vos ofende,
¡oh!, basten ya las padecidas penas.
Vuelva yo a ver aquel agrado honesto,
aquel dulce reír, y la süave
voz de sirena escuche, y sus favores
gozando, tornen las alegres horas.
Pero si acaso mi destino fuere
tan enemigo a la ventura mía,
que en larga ausencia padecer me manda:
Alma Citeres, flechador Cupido,
tal rigor estorbad. Falte a mis ojos
la luz pura del sol en noche eterna,
y del cuerpo mi espíritu desnudo,
fugaz descienda, en vana sombra y fría,
a la morada de Plutón terrible.
Inarco así, de la que adora ausente,
a las deidades del Olimpo sordas
demandaba piedad. Damon en tanto,
joven pastor, que al valle reducía
pobre rebaño de manchadas cabras,
al pie de un olmo halló sobre la hierba
al amante zagal apenas vivo.
Le alzó del suelo con amiga mano,
razones, no escuchadas, repitiendo,
por si con ellas aliviar lograse
su grave afán, piadoso le conduce
a su rústico albergue, y vagaroso
el fiel Melampo a su señor seguía.
La despedida
Nací de honesta madre: diome el Cielo
fácil ingenio en gracias, afluente:
dirigir supo el ánimo inocente
a la virtud, el paternal desvelo.
Con sabido estudio, infatigable anhelo,
pude adquirir coronas a mi frente:
la corva escena resonó en frecuente
aplauso, alzando de mi nombre el vuelo.
Dócil, veraz: de muchos ofendido,
de ninguno ofensor, las Musas bellas
mi pasión fueron, el honor mi guía.
Pero si así las leyes atropellas,
si para ti los méritos han sido
culpas; adiós, ingrata patria mía.
Lección poética
Apenas, Fabio, lo que dices creo,
y leyendo tu carta cada día
más me confunde cuanto más la leo.
¿Piensas que esto que llaman poesía,
cuyos primores se encarecen tanto,
es cosa de juguete o fruslería?
¿O que puede adquirirse el numen santo
del dios de Delo, a modo de escalada,
o por combinación o por encanto?
Si en las escuelas no aprendiste nada,
si en poder de aquel dómine pedante
tu banda siempre fue la desgraciada,
¿por qué seguir procuras adelante?
Un arado, una azada, un escardillo,
para quien eres tú, fuera bastante.
De cólera te pones amarillo;
las verdades te amargan, ya lo advierto:
no quieres consultor franco y sencillo.
Pues hablemos en paz, que es desacierto
desengañar al que error desea,
vaya por donde va, derecho o tuerto.
Dígote, en fin, que es admirable idea
en tu edad cana acariciar las musas
y trepar a la fuente pegasea.
Pues si el aceite y la labor no excusas,
y prosigues intrépido y constante,
en ti sus gracias lloverán infusas.
Los conceptillos te andarán delante,
versos arrojarás a borbotones,
tendrás en el tintero el consonante.
¡Qué romances harás y qué canciones!
¡Y qué asuntos tan lindos me prometo
que para tus opúsculos dispones!
¡Qué gracioso ha de estar y qué discreto,
un soneto al bostezo de Belisa,
al resbalón de Inés otro soneto!
Una dama tendrás, cosa es precisa;
bellísima ha de ser, no tiene quite,
y llamarásla Filis o Marfisa.
Dila, que es nieve, cuando más te irrite;
nieve que todo el corazón te abrasa,
y el fuego de tu amor no la derrite.
Y si tal vez en el afecto escasa,
pronuncia con desdén sonoro hielo;
breve disgusto que incomoda y pasa,
dirás, que el encendido Mongibelo
de tu pecho, entre llamas y cenizas,
corusca crepitante y llega al cielo.
Si tu pasión amante solemnizas,
no olvides redes, lazos y prisiones,
en donde voluntario te esclavizas.
Pues si el cabello a celebrar te pones,
más que los rayos de titán hermoso,
¡qué mérito hallarás, qué perfecciones!
Dila, que el alma, ajena de reposo,
nada golfos de luz ardiente y pura,
en crespa tempestad del oro ondoso.
Llama a su frente espléndida llanura,
corvo luto sus cejas, o süaves
arcos, que flecha te clavaron dura.
Cuando las luces del Olimpo alabes,
apura, por tu vida, en el asunto
las travesuras métricas que sabes.
Di que su cielo, del cenit trasunto,
dos soles ostentó, por darte enojos,
que si se ponen quedarás difunto.
Y al aumentar tu vida sus despojos,
se lava el corazón, y el agua arroja
por los tersos balcones de los ojos.
Y tu amor, que en el llanto se remoja,
en él se anea, y sufre inusitados
males muriendo, y líquida congoja.
Di, que es pensil su bulto de mezclados
clavel y azahar, y abeja revolante
tú, que libas sus cálices pintados.
La boca celestial, que enciende amante
relámpagos de risa carmesíes,
alto asunto al poeta que la cante,
hará a que en su alabanza desvaríes,
llamándola de amor ponzoña breve,
o madreperla hermosa de rubíes.
Al pecho, inquieta desazón de nieve,
blanco, porque Cupido el blanco puso
en él, y en blanco te dejó el aleve.
Y di que venga un literato al uso,
con su Luzán y el viejo estagirita,
llamándote ridículo y confuso.
Que yo sabré con férula erudita
hacerle que enmudezca arrepentido,
por sectario de escuela tan maldita.
Así también hubiéramos vencido
el venusto rigor de esa tirana,
tigre de rosa y alhelí vestido.
Mas quiero suponer que la inhumana
rasgó tus ovillejos y canciones,
y todas las tiró por la ventana.
No importa, así va bien. Luego compones
diez o doce lloronas elegías,
llenándola de oprobios y baldones.
No te puedo prestar ningunas mías;
pero tres me dará cierto poeta,
largas, eternas, y sin arte, y frías.
Dirás que tanto la pasión te aprieta,
que mueres infeliz y desdeñado.
¡Inexorable amor! ¡Fatal saeta!
El cuerpo dejarás al verde prado,
el alma al cielo de tu dama hermosa
y serás en su olvido sepultado.
Y en lugar de escribir: «Aquí reposa
Fabio, que se murió de mal de amores;
culpa de una muchacha melindrosa»,
detendrás a las ninfas y pastores,
para que una razón prolija lean
de todas tus angustias y dolores.
Bien que los sabios, si adquirir desean
fama y nombre inmortal, no solamente
en un sujeto su labor emplean.
Olvida, amigo, esa pasión doliente;
hartas quejas oyó, que murmuraba
con lengua de cristal, pícara fuente.
No siempre el alma ha de gemir esclava;
déjate ya de celos y rigores,
y el grave empeño que elegiste acaba.
Que ya te ofrecen mil aparadores,
transformadas las salas en bodega,
espíritus, aceites y licores.
Suena algazara: cada cual despega
un frasco y otro, la embriagada gente
empieza a improvisar… ¿Y quién se niega?
¿Qué vale componer divinamente,
con largo estudio, en retirada estancia,
si delirar no sabes de repente?
Cruzan las copas, y entre la abundancia
de los brindis alegres de Lieo,
se espera de tu musa la elegancia.
Mira a Camilo, desgreñado y feo,
ronca la voz, la ropa desceñida,
lleno de vino y de furor pimpleo,
cómo anima el festín, y la avenida
de coplas suyas con estruendo suena,
de todos los oyentes aplaudida.
La quintilla acabó; los vasos llena
fiel asistente de licor precioso;
vuelve a beber y a desatar la vena.
Bomba, bomba, repite el bullicioso
concurso, y cuatro décimas vomita
con pie forzado el bacanal furioso.
¿Y qué, tú callarás? ¿Nada te excita
a mostrar de tu numen la aflüencia,
cuando la turba improvisante grita?
¿Temes? Vano temor. La competencia
no te desmaye, y las profundas tazas
desocupa y escurre con frecuencia.
Ya te miro suspenso, ya adelgazas
el ingenio, y buscando consonante,
en hallarle adecuado te embarazas.
¿A qué fin? Con medir en un instante,
aunque no digan nada, cuatro versos
mezclados entre sí, será bastante.
¿Juzgas acaso que saldrán diversos
de los que dieron a Camilo fama,
o más duros tal vez, o más perversos?
No porque alguno Píndaro le llama,
oyendo su incesante tarabilla,
pienses que numen superior le inflama.
Los muchachos le siguen en cuadrilla,
pues su musa pedestre y juguetona
es entretenimiento de la villa.
Si arrebatarle quieres la corona
y hacer que calle, escucha mis ideas
y estimarás al doble tu persona.
Chocarrero y bufón quiero que seas,
cantor de cascabel y de botarga:
verás qué aplauso en Avapiés granjeas.
Con tal autoridad, luego descarga
retruécanos, equívocos, bajezas,
y en ellas mezclarás sátira amarga.
Refranes usarás y sutilezas
en tus versillos, bufonadas frías,
y mil profanaciones y torpezas.
Y esta compilación de boberías
al público darás, de tomo en tomo,
que ansioso comprará lo que le envías,
porque el ingenio más agreste y romo
con obras de esta especie se recrea,
como tú con las gracias de Jeromo.
Mas si tu orgullo obscurecer desea
al lírico famoso venusino,
con quien un preceptista me marea,
aparta de sus huellas el camino,
huye su estilo atado de pedante,
que inimitable llaman y divino.
Canta en idioma enfático-crispante
de las deidades chismes celebrados,
sin perdonar la barba del tonante.
Pinta en Fenicia los alegres prados,
la niña de Agenor y sus doncellas,
los nítidos cabellos destrenzados,
que, dando flores al abril sus huellas,
la orilla, que de líquido circunda
Argento Doris, van pisando bellas.
Al motor de la máquina rotunda,
que enamorado pace entre el armento
la hierba, de que opaca selva abunda.
La ninfa al verle, ajena de espavento,
orna los cuernos y la espalda preme;
sin recelar lascivo tradimento.
Ya los recibe el mar; la virgen treme,
y al juvenco los álgidos undosos
piélagos, hace duro amor que reme.
Ella, los astros ambos lacrimosos,
reciprocando aspectos cintilantes,
prorrumpe en ululatos dolorosos,
curas quejas entorno redundantes,
de flébiles ancilas repetidas,
los antros duplicaron circunstantes.
Mas Creta ofrece playas extendidas,
prónuba al dulce amplexo apetecido
pudicias inermes ya vencidas.
Huye gozoso Amor, y agradecido
Jove, fecunda sobole promete
que imperio ha de regir muy extendido.
Apolo, antojadizo mozalbete,
asunto digno de tu canto sea,
cuando tras Dafne intrépido arremete.
La locura también faetontea
celebrarás, y el piélago combusto,
que en flagrantes incendios centellea.
Y muera de livor el Zoilo adusto,
al notar de estas obras los primores,
la dicción bella, el delicado gusto.
Al ver llamar estrellas a las flores,
líquido plectro a la risueña fuente,
y a los jilgueros prados voladores.
Vegetal esmeralda floreciente
al fresco valle, y al undoso río
sierpe sonora de cristal luciente.
Pero si has de llamarte alumno mío,
despreciando de Laso la cultura,
con ceño magistral y agrio desvío,
habla erizada jerigonza oscura,
y en gálica sintaxis mezcla voces
de añeja y desusada catadura,
copiando de las obras que conoces,
aquella molestísima reata
de frases y metáforas feroces.
Con ella se confunde y desbarata
la hispana lengua, rica y elegante,
y a Benengeli el más cerril maltrata.
Cualquiera escritorcillo petulante
licencia tiene, sin saber el nuestro,
de inventar un idioma a su talante
que él solo entiende; y ensartando diestro
sílabas, ya es autor y gran poeta,
y de alumnos estúpidos maestro.
Mas ya te llama el son de la trompeta,
de nuestros cides los heroicos hechos,
tanta nación a su valor sujeta.
Rompe, amigo, los vínculos estrechos,
las duras reglas atropella osado,
vencidos sus estorbos y deshechos.
Y el numen lleno de furor sagrado
«canto, dirás, el héroe furibundo,
a dominar imperios enseñado,
que dando ley al báratro profundo
su fuerte brazo, sujetó invencible
la dilatada redondez del mundo.»
Principio tan altísono y horrible,
proposición tan hueca y espantosa,
que deje de agradar es imposible.
No como aquel que dijo: Canta, diosa,
la cólera de Aquiles de Peleo,
a infinitos aquivos dolorosa.
Porque el estilo inflado y giganteo,
dejando a los lectores atronados,
causa mudo estupor, llena el deseo.
Dos caminos te ofrezco, practicados
ya por algunos admirablemente;
escoge, que los dos son extremados.
Sigue la historia religiosamente,
y conociendo a la verdad por guía,
cosa no has de decir que ella no cuente.
No finjas, no, que es grande picardía;
refiere sin doblez lo que ha pasado,
con nimiedad escrupulosa y pía.
Y en todo cuanto escribas ten cuidado
de no olvidar las fechas y las datas,
que así lo debe hacer un hombre honrado.
Si el canto frigidísimo rematas,
despediraste del lector prudente
que te sufrió, con expresiones gratas,
para que de tu libro se contente
y aguarde el fin del lánguido suceso,
de canto en canto, el mísero paciente.
Mas no imagines, Fabio, que por eso
te aplaudirán tus versos desdichados;
crítica sufrirán, zurra y proceso.
Dirán que los asuntos, adornados
con episodios y ficción divina,
se ven de tu epopeya desterrados.
Que es una historia insípida y mezquina,
sin interés, sin fábula, sin arte;
que el menos entendido la abomina.
Pero yo sé un ardid para salvarte,
dejándolos a todos aturdidos;
oye, que el nuevo plan voy a explicarte.
Después que entre centellas y estampidos
feroz descargues tempestad sonora,
y anuncies hechos ciertos o fingidos;
exagera el volcán que te devora,
que ceñirse del alma no consiente,
e invoca a una deidad tu protectora.
Luego amontonarás confusamente
cuanto pueda hacinar tu fantasía,
en concebir delirios eminente.
Botánica, blasón, cosmogonía,
náutica, bellas artes, oratoria,
y toda la gentil mitología;
sacra, profana, universal historia,
y en esto, amigo, no andarás escaso,
fatigando al lector vista y memoria.
Batallas pintarás a cada paso,
entre despechadísimos guerreros
que jamás de la vida hicieron caso.
Mandobles ha de haber y golpes fieros,
tripas colgando, sesos palpitantes,
y muchos derrengados caballeros.
Desaforadas mazas de gigantes,
deshechas puentes, armas encantadas,
amazonas bellísimas, errantes.
A espuertas verterás, a carretadas,
descripciones de todo lo criado,
inútiles, continuas y pesadas.
¡Oh!, cómo espero que mi alumno amado
ha de lucir el singular talento,
Febo, que a tu pesar ha cultivado.
¡Cuánta aventura, y cuánto encantamento!
¡Cuántos enamorados campeones!
¡Cuánto jardín y alcázar opulento!
Pondrás los episodios a millones;
y el héroe miserable no parece,
que no le encontraran ni con hurones.
Pero, ¿cómo ha de ser? Si le acontece
que un mago en una nube le arrebata,
y con él por los aires desparece.
En un valle oscurísimo remata
el viejo endemoniado su carrera,
y al huésped a cumplidos le maltrata.
Baja a una gruta inhabitable y fiera,
sepulcro de los tiempos que han pasado,
y le entretiene allí, quiera o no quiera.
¡Cuánta vasija y unto preparado
tiene! ¡Cuánto ingrediente venenoso!
Que al triste que lo ve deja admirado.
Allí le enseña en un artificioso
cristal, la descendencia dilatada,
que el nombre suyo ha de ilustrar famoso.
Y mira una ficción muy adecuada;
pues aunque algún censor la culparía,
de impertinente, absurda y dislocada,
siempre logras con esta fechoría
el linaje ensalzar de tu Mecenas,
que no te faltará, por vida mía.
Y si tales patrañas son ajenas
de su alcurnia, ¿qué importa? Si conviene,
con Héctor el troyano le encadenas:
porque un poeta facultades tiene
sin límite ni cotos, escribiendo
todo cuanto a la pluma se le viene.
Pero ya me parece que estoy viendo
sobre un carro de fuego remontados,
los dos amigos que la van corriendo.
¡Válame Dios!, y qué regocijados,
gentes, ciudades, reinos populosos
examinan, y climas ignorados.
De Libia los desiertos arenosos,
el hondo mar que hinchado se alborota,
montes nevados, prados olorosos.
De la septentrional playa remota,
al cabo que dobló Vasco de Gama,
el sabio Tragasmón registra y nota.
Vuelve después donde la ardiente llama
del sol se oculta, al expirar el día,
dándole Tetis hospedaje y cama.
Y en su precipitada correría,
al huésped volador hace patente
cuanto de Europa el ancho mar desvía.
Muda el auriga hacia el rosado oriente
el rumbo, y a los reinos de la aurora
los lleva el carro de propo ardiente…
Pero de un criticón me acuerdo ahora,
grave, tenaz, ridículo, pedante,
que vierte hiel su lengua detractora.
¡Cómo salta de cólera al instante
con estas invenciones! ¡Cuál blasfema!
Si se llega a irritar, no hay quien le aguante.
No quiere que haya encantos, ¡linda tema!
Ni vestiglos, ni estatuas habladoras,
y el libro en que lo halló desgarra y quema.
Si al héroe por acaso le enamoras
de una beldad que yace encastillada,
guardándola un dragón a todas horas;
y el caballero de una cuchillada
al escamoso culebrón degüella,
mi crítico infernal luego se enfada.
Ni hay que decirle, que la tal doncella
es hermana del sabio Malambruno,
el cual su doncellez así atropella,
que a dura cárcel, soledad y ayuno,
por un chisme no más la ha reducido
sin que sepa sus lástimas ninguno.
No señor, nada basta; enfurecido,
contra el mísero autor se despepita,
y en nada el inocente le ha ofendidos.
¡Abundancia infeliz! ¡Vena maldita!
Dice en horrenda voz, que impetuosa
como turbio raudal se precipita.
El gusto y la razón, en verso, en prosa,
la invención rectifiquen; que sin esto,
jamás se acertará ninguna cosa.
Mi patria llora el ejemplar funesto;
su teatro en errores sepultado,
a la verdad y a la belleza opuesto,
muestra lo que produce el estragado
talento, que sin luz se descamina,
de la docta elección abandonado.
Nuevo rumbo siguió, nueva doctrina,
la hispana musa, y desdeñó arrogante
la humilde sencillez griega y latinas
dio a la comedia estilo retumbante,
figurado, sutil, o tenebroso;
de la debida propiedad distante.
Halló en la escena el vulgo clamoroso
pintadas y aplaudidas las acciones
a que le inclina su vivir vicioso.
Y en vez de dar un freno a sus pasiones,
en la enseñanza de verdades puras,
mezcladas entre honestas invenciones,
oye solo mentiras y locuras,
celebra y paga enormes desaciertos,
y de juicio y moral se queda a oscuras.
¡Qué es ver saltar entre hacinados muertos,
hecha la escena campo de batalla,
a un paladín, enderezando tuertos!
¡Qué es ver, cubierta de loriga y malla,
blandir el asta a una mujer guerrera,
y hacer estragos en la infiel canalla!
A cada instante hay duelos y quimeras,
sueños terribles que se ven cumplidos,
fatídico puñal, fantasma fiera,
desfloradas princesas, aturdidos
enamorados, ronda, galanteo,
jardín, escala y celos repetidos.
Esclava fiel, astuta en el empleo
de enredar una trama delincuente,
y conducir amantes al careo.
Allí se ven salir confusamente
damas, emperadores, cardenales,
y algún bufón pesado e insolente.
Y aunque son a su estado desiguales;
con todos trata, le celebran todos,
y se mezcla en asuntos principales.
Allí se ven nuestros abuelos godos,
sus costumbres, su heroica bizarría,
desfiguradas de diversos modos.
Todo arrogancia y falsa valentía
todos jaques, ninguno caballero,
como mi patria los miró algún día.
No es más que un mentecato pendenciero
el gran Cortés, y el hijo de Jimena
un baladrón de charpas y jifero.
Cinco siglos y más, y una docena
de acciones junta el numen ignorante,
que a tanto delirar se desenfrena.
Ya veis los muros de Florencia o Gante:
ya el son del pito los transforma al punto
en los desiertos que corona Atlante.
Luego aparece amontonado y junto,
así lo quiere mágico embolismo,
Dublin y Atenas, Menfis y Sagunto.
Pero ¿qué mucho? Si en el drama mismo
se ven patentes las eternas penas,
y el ignorado centro del abismo.
Las llamas, pinchos, garfios y cadenas;
repitiéndose mísero lamento
por las estancias de dolores llenas.
¡Oh! ¡Qué abominación! Dice el sangriento
censor injusto, y dando manotadas,
se levanta furioso del asiento.
Estas críticas, Fabio, son dictadas
por envidia y no más, si bien lo miras,
y no deben de ti ser escuchadas.
Las que repasas sin cesar y admiras
insignes obras, a pesar de ingratos,
te llevarán al término a que aspiras.
Más te prometo. Los alegres ratos
que te visite el apolíneo coro,
no los has de vender nada baratos.
Pues aunque el tema popular no ignoro,
de que Cintio corona los poetas
de verde lauro, y no de perlas y oro,
las más descabelladas e indiscretas
farsas, te llenarán de patacones
los desollados cofres y gavetas.
Sí, Fabio, las obrillas que dispones
las hemos de vender todas al peso;
y algo me tocará por mis lecciones.
Tu vena redundante hasta el exceso,
que no conoce reglas ni camino,
es lo que se requiere para eso.
Suelta toda la presa del molino,
haz comedias sin número, te ruego,
y vaya en cada frase un desatino.
Escribe dos, y luego siete, y luego
imprime quince, y trama diez y nueve,
y a tu musa venal no desasosiego.
Harás que horrendos fabulones lleve
cada comedia y casos prodigiosos;
que así el humano corazón se mueve.
Salga el carro del sol, y los fogosos
Flegón y Etonte; salga Citerea
mayando en estribillos enfadosos.
Diversa acción cada jornada sea,
con su galán, su dama y un criado,
que en dislates insípidos se emplea.
Echa vanos escrúpulos a un lado,
llena de anacronismos y mentiras
el suceso que nadie habrá ignorado.
Y si a agradar al auditorio aspiras,
y que sonando alegres risotadas,
él te celebre, cuando tú deliras,
del apuro arrojen a las estacadas
moros de paja, si el asalto ordenas,
y en ellos el gracioso dé lanzadas.
Si del todo la pluma desenfrenas,
date a la magia, forja encantamientos
y salgan los diablillos a docenas.
Aquí un palacio vuele por los vientos,
allí un vejete se transforme en rana:
todo asombro ha de ser, todo portentos.
De la historia oriental, griega y romana
copiarás los varones celebrados,
que el pueblo admitirá de buena gana.
Héctor, Ciro, Catón, y los soldados
fuertes de Aníbal, con su jefe adusto,
todos los pintarás enamorados.
Verás qué diversión, verás qué gusto,
cuando lloren de Fátima el desvío
Tarif, o Muza, o Alcamán robusto.
Que ciegos de amoroso desvarío,
la llaman en octavas y tercetos:
mi bien, mi vida, encanto dulce mío.
Tus galanes serán todos discretos,
y la dama, no menos bachillera,
metáforas derrame y epítetos.
¡Qué gracia, verla hablar como si fuera
un doctor in utroque! Ciertamente
que esto es un pasmo, es una borrachera.
Ni busques lo moral y lo decente
para tus dramas, ni tras ello sudes;
que allí todo se pasa y se consiente,
todo se desfigura: no lo dudes;
allí es heroicidad la altanería,
y las debilidades son virtudes.
Y lo que Poncio alguna vez decía,
de que el pudor se ofende y el recato…
Pero, ¡qué!, si es aquella su manía.
Mil lances ha de haber por un retrato,
una banda, una joya, un ramillete;
con lo de infiel, traidor, aleve, ingrato.
La dama ha de esconder en su retrete
a dos o tres galanes rondadores,
preciado cada cual de matasiete.
Riñen, y salta por los corredores
el uno de ellos al jardín vecino;
y encuentra allí peligros no menores.
El padre oyendo cuchilladas vino,
y aunque es un tanto cuanto malicioso;
traga el enredo que Chichón previno.
Pero un primo frenético y celoso
lo vuelve a trabucar, de tal manera,
que el viejo está de cólera furioso.
Salen todos los yernos allí fuera:
la dama escoge el suyo, y la segunda
se casa de rondón con un cualquiera.
¡Oh, vena sin igual, rara y fecunda,
la que tales primores recopila,
y en lances tan recónditos abunda!
Esto debes hacer, esto se estila;
y váyase Terencio a los orates,
con Baquis, Menedemo y Antifila.
Que por él, y otros pocos botarates,
cobra la osada juventud espanto;
y se malogran furibundos vates.
Tú, dichoso mortal, prepara en tanto
para ser celebérrimo poeta,
el numen y las sílabas al canto.
La cítara sonante, la trompeta,
y la cómica máscara bufona,
llena de variedad y chanzoneta,
te alzarán a la cumbre de Helicona,
donde cercado de las nueve hermanas
luces despide el hijo de Latona.
Mas cuando con sus manos soberanas
de laurel te corone, ten sabido,
Fabio, a quien debes el honor que ganas,
y agradécelo a mí, que te he instruido.
Los días
¡No es completa desgracia,
que por ser hoy mis días,
he de verme sitiado
de incómodas visitas!
Cierra la puerta, mozo,
que sube la vecina,
su cuñada y sus yernos
por la escalera arriba.
Pero, ¡qué!… No la cierres,
si es menester abrirla;
si ya vienen chillando
doña Tecla y sus hijas.
El coche que ha parado,
según lo que rechina,
es el de don Venancio,
¡famoso petardista!
¡Oh! Ya está aquí don Lucas
haciendo cortesías,
y don Mauro el abate,
opositor a mitras.
Don Genaro, don Zoylo,
y doña Basilisa;
con una lechigada
de niños y de niñas.
¡Qué necios cumplimientos!
¡Qué frases repetidas!
Al monte de Torozos
me fuera por no oírlas.
Ya todos se preparan
(y no bastan las sillas)
a engullirme bizcochos,
y dulces y bebidas.
Llénanse de mujeres
comedor y cocina,
y de los molinillos
no cesa la armonía.
Ellas haciendo dengues,
allí y aquí pellizcan;
todo lo gulusmean,
y todo las fastidia.
Ellos, los hombronazos,
piden a toda prisa
del rancio de Canarias,
de Jerez y Montilla.
Una, dos, tres botellas,
cinco, nueve se chiflan.
¿Pues, señor, hay paciencia
para tal picardía?
¿Es esto ser amigos?
¿Así el amor se explica?
¿Dejando mi despensa
asolada y vacía?
Y en tanto los chiquillos,
canalla descreída,
me aturden con sus golpes,
llantos y chilladiza.
El uno acosa al gato
debajo de las sillas;
el otro se echa a cuestas
un cangilón de almíbar.
Y al otro, que jugaba
detrás de las cortinas,
un ojo y las narices
le aplastó la varilla.
Ya mi bastón les sirve
de caballito, y brincan;
mi peluca y mis guantes
al pozo me los tiran.
Mis libros no parecen,
que todos me los pillan,
y al patio se los llevan
para hacer torrecitas.
¡Demonios! Yo que paso
la solitaria vida,
en virginal ayuno
abstinente eremita.
Yo, que del matrimonio
renuncié las delicias,
por no verme comido
de tales sabandijas.
¿He de sufrir ahora
esta algazara y trisca?
Vamos, que mi paciencia
no ha de ser infinita.
Váyanse enhoramala;
salgan todos aprisa;
recojan abanicos,
sombreros y basquiñas.
Gracias por el obsequio
y la cordial visita;
gracias, pero no vuelvan
jamás a repetirla.
Y pues ya merendaron,
que es a lo que venían,
si quieren baile, vayan
al soto de la villa.
Nací de honesta madre: diome el Cielo…
Nací de honesta madre: diome el Cielo
fácil ingenio en gracias, afluente:
dirigir supo el ánimo inocente
a la virtud, el paternal desvelo.
Con sabido estudio, infatigable anhelo,
pude adquirir coronas a mi frente:
la corva escena resonó en frecuente
aplauso, alzando de mi nombre el vuelo.
Dócil, veraz: de muchos ofendido,
de ninguno ofensor, las Musas bellas
mi pasión fueron, el honor mi guía.
Pero si así las leyes atropellas,
si para ti los méritos han sido
culpas; adiós, ingrata patria mía.
¡No es completa desgracia!…
¡No es completa desgracia,
que por ser hoy mis días,
he de verme sitiado
de incómodas visitas!
Cierra la puerta, mozo,
que sube la vecina,
su cuñada y sus yernos
por la escalera arriba.
Pero, ¡qué!… No la cierres,
si es menester abrirla;
si ya vienen chillando
doña Tecla y sus hijas.
El coche que ha parado,
según lo que rechina,
es el de don Venancio,
¡famoso petardista!
¡Oh! Ya está aquí don Lucas
haciendo cortesías,
y don Mauro el abate,
opositor a mitras.
Don Genaro, don Zoylo,
y doña Basilisa;
con una lechigada
de niños y de niñas.
¡Qué necios cumplimientos!
¡Qué frases repetidas!
Al monte de Torozos
me fuera por no oírlas.
Ya todos se preparan
(y no bastan las sillas)
a engullirme bizcochos,
y dulces y bebidas.
Llénanse de mujeres
comedor y cocina,
y de los molinillos
no cesa la armonía.
Ellas haciendo dengues,
allí y aquí pellizcan;
todo lo gulusmean,
y todo las fastidia.
Ellos, los hombronazos,
piden a toda prisa
del rancio de Canarias,
de Jerez y Montilla.
Una, dos, tres botellas,
cinco, nueve se chiflan.
¿Pues, señor, hay paciencia
para tal picardía?
¿Es esto ser amigos?
¿Así el amor se explica?
¿Dejando mi despensa
asolada y vacía?
Y en tanto los chiquillos,
canalla descreída,
me aturden con sus golpes,
llantos y chilladiza.
El uno acosa al gato
debajo de las sillas;
el otro se echa a cuestas
un cangilón de almíbar.
Y al otro, que jugaba
detrás de las cortinas,
un ojo y las narices
le aplastó la varilla.
Ya mi bastón les sirve
de caballito, y brincan;
mi peluca y mis guantes
al pozo me los tiran.
Mis libros no parecen,
que todos me los pillan,
y al patio se los llevan
para hacer torrecitas.
¡Demonios! Yo que paso
la solitaria vida,
en virginal ayuno
abstinente eremita.
Yo, que del matrimonio
renuncié las delicias,
por no verme comido
de tales sabandijas.
¿He de sufrir ahora
esta algazara y trisca?
Vamos, que mi paciencia
no ha de ser infinita.
Váyanse enhoramala;
salgan todos aprisa;
recojan abanicos,
sombreros y basquiñas.
Gracias por el obsequio
y la cordial visita;
gracias, pero no vuelvan
jamás a repetirla.
Y pues ya merendaron,
que es a lo que venían,
si quieren baile, vayan
al soto de la villa.
No pretendas saber (que es imposible)
Traducción de Horacio
No pretendas saber (que es imposible)
cuál fin el cielo a ti y a mí destina,
Leucónoe, ni los números caldeos
consultes, no; que en dulce paz, cualquiera
suerte podrás sufrir. O ya el tonante
muchos inviernos a tu vida otorgue,
o ya postrero fuese el que hoy quebranta
en los peñascos las tirrenas ondas,
tú, si prudente fueres, no rehúyas
los brindis y el placer. Reduce a breve
término tu esperanza. La edad nuestra
mientras hablamos envidiosa corre.
¡Ay! goza del presente, y nunca fíes,
crédula, del futuro incierto día.
Por nada, como ves
-Siete duros al mes de peluquero;
para calzarme, nueve; las criadas
-que necesito dos- no están pagadas
si no les doy cien reales en dinero.
Diez duros al bribón de mi casero;
telas, plumas, caireles, arracadas,
blondas, medias, hechuras y puntadas
de madama Burlet y del platero…
noventa duros, poco más. -Noventa,
diez, siete, nueve, cinco… ¡Y la comida!
-¿No la quiere pagar, y somos cuatro?
-¿Y esto en un mes? -Si a usted no le contenta…
-Sí, calla. Bien. ¡Hermosa de mi vida!…
¡Ay del que tiene amor en el teatro!
¿Que al fin, las riquezas?…
Traducción de Horacio
¿Que al fin, las riquezas
de la Arabia envidias,
Icio, y a los reyes,
no vencidos antes,
de Saba preparas
guerra luctuosa,
y al medo terrible
pesadas cadenas?
¿Cuál servirte puede
bárbara cautiva,
que llore a tus manos
su esposo difunto?
¿Cuál en regio alcázar
llenará tus copas,
ungido el cabello
de aromas süaves,
mancebo ministro;
enseñado solo
a tirar saetas
séricas, doblando
el arco paterno?
¿Quién ya dudaría
poder los arroyos
subir a las cumbres,
y el rápido Tíber
volver a su fuente;
si tú de Panecio
las preciadas obras
y las que produjo
socrática escuela
(No a costa de leve
afán adquiridas)
dar quieres en cambio
de arneses íberos?
¡Tú, que prometiste
virtudes mayores!
Rodrigo
Cesa en la octava noche el ronco estruendo
de la sangrienta militar porfía;
el campo godo destrozado ardía
con llama que descubre estrago horrendo.
Rodrigo en tanto, su peligro viendo,
por ignorada senda se desvía
y, muerto Orelio, entre la sombra fría
herido y débil se acelera huyendo.
En vano el Lete con raudal undoso
el paso estorba al príncipe, a quien ciega
de cadena o suplicio el justo espanto.
Surca las aguas, cede al poderoso
ímpetu, expira el infeliz y entrega
el cuerpo al fondo, a la corriente el manto.
Siete duros al mes de peluquero…
-Siete duros al mes de peluquero;
para calzarme, nueve; las criadas
-que necesito dos- no están pagadas
si no les doy cien reales en dinero.
Diez duros al bribón de mi casero;
telas, plumas, caireles, arracadas,
blondas, medias, hechuras y puntadas
de madama Burlet y del platero…
noventa duros, poco más. -Noventa,
diez, siete, nueve, cinco… ¡Y la comida!
-¿No la quiere pagar, y somos cuatro?
-¿Y esto en un mes? -Si a usted no le contenta…
-Sí, calla. Bien. ¡Hermosa de mi vida!…
¡Ay del que tiene amor en el teatro!
¿Ves cuán acelerados…
A Nísida
¿Ves cuán acelerados,
Nísida, corren a su fin los días?
¿Y los tiempos pasados,
cuando joven reías,
ves que no vuelven, y en amar porfías?
Huyó la delicada
tez, y el color purísimo de rosa,
la voz, y la preciada
melena de oro undosa:
todo la edad se lo llevó envidiosa.
¡Ay! Nísida ¿y procuras
ver a tus pies un amador constante?
¿Y de otras hermosuras
el divino semblante
censuras o desprecias arrogante?
En vano es el adorno
artificioso, y la oriental riqueza
que, repartida en torno
corona tu cabeza,
si falta juventud, gracia y belleza.
Ni digas indignada
que es indomable corazón el mío
do amor no hizo morada,
si a tus halagos frío,
del ruego que me cansa me desvío.
Que Cupidillo ciego,
hijo de Venus, fiero me encadena.
Isaura, con el fuego
de su vista serena,
todo me abrasa en agradable pena.
Ni permite que cante
los lauros que Gradivo en sangre baña,
América triunfante
con una y otra hazaña,
y el muro de Magón abierto a España.
Amor las cuerdas de oro
me dio y el plectro, porque cante en ellas
a la que firme adoro
dulcísimas querellas,
su espíritu gentil, sus formas bellas.
¡Qué amable, si el oído
presta suspensa a mi pasión doliente!
¡O al beso apetecido
evita brevemente
el labio muy hermoso y elocuente!
¡Ay! Si benigna un día
(tú lo puedes hacer, madre de amores)
cede la ninfa mía
los últimos favores,
tus aras cubriré de mirto y flores.
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