Poemas de Nicolás Fernández de Moratín

Poemas de Nicolás Fernández de Moratín

Poemas de Nicolás Fernández de Moratín quien fuera el arquitecto del neoclasicismo español, un guerrero de la razón que se propuso purificar las letras de su tiempo. Bajo el sol de la Ilustración, su pluma fue un cincel que buscó la elegancia y el equilibrio, despreciando los excesos barrocos para abrazar la norma académica.

Desde la tertulia de la Fonda de San Sebastián, lideró la reforma del teatro, exigiendo la disciplina de las tres unidades. Su genio brilló en la épica de Las naves de Cortés destruidas y en la vivacidad de su Arte de las putas, donde la realidad se tiñe de ironía. Fue un espíritu culto y valiente, un reformador incansable que sentó las bases de la modernidad literaria, dejando un legado de claridad y rigor.

Atrevimiento Amoroso

Amor, tú que me diste los osados

intentos y la mano dirigiste

y en el cándido seno la pusiste

de Dorisa, en parajes no tocados;

 

si miras tantos rayos, fulminados

de sus divinos ojos contra un triste,

dame el alivio, pues el daño hiciste

o acaben ya mi vida y mis cuidados.

 

Apiádese mi bien; dile que muero

del intenso dolor que me atormenta;

que si es tímido amor, no es verdadero;

 

que no es la audacia en el cariño afrenta

ni merece castigo tan severo

un infeliz, que ser dichoso intenta.

 

Epigrama. saber sin estudiar

Admiróse un portugués

de ver que en su tierna infancia

todos los niños en francia

supiesen hablar francés.

«Arte diabólica es»,

dijo, torciendo el mostacho,

«que para hablar en gabacho

un fidalgo en portugal

llega a viejo, y lo habla mal;

y aquí lo parla un muchacho».

 

El león y el ratón (Moratín)

Estaba un ratoncillo aprisionado

en las garras de un león; el desdichado

en la tal ratonera no fue preso

por ladrón de tocino ni de queso,

sino porque con otros molestaba

al león, que en su retiro descansaba.

 

Pide perdón, llorando su insolencia;

al oír implorar la real clemencia,

responde el Rey en majestuoso tono

(no dijera más Tito): «Te perdono.»

 

Poco después, cazando, el león tropieza

en una red oculta en la maleza;

quiere salir, mas queda prisionero;

atronando la selva ruge fiero.

El libre ratoncillo, que lo siente,

corriendo llega; roe diligente

los nudos de la red de tal manera

que al fin rompió los grillos de la fiera.

 

Conviene al poderoso

para los infelices ser piadoso;

tal vez se puede ver necesitado

del auxilio de aquel más desdichado.

 

Bendita sea la hora

Bendita sea la hora, el año, el día

y la ocasión y el venturoso instante

en que rendí mi corazón amante

a aquellos ojos donde Febo ardía.

 

Bendito el esperar y la porfía

y el alto empeño de mi fe constante

y las saetas y arco fulminante

con que abrasó Cupido el alma mía.

 

Bendita la aflicción que he tolerado

en las cadenas de mi dulce dueño

y los suspiros, llantos y esquiveces,

 

los versos que a su gloria he consagrado

y han de vencer del duro tiempo el ceño,

y ella bendita innumerables veces.

 

Aplauso a Dorisa

Bendita sea la hora, el año, el día

y la ocasión y el venturoso instante

en que rendí mi corazón amante

a aquellos ojos donde Febo ardía.

 

Bendito el esperar y la porfía

y el alto empeño de mi fe constante

y las saetas y arco fulminante

con que abrasó Cupido el alma mía.

 

Bendita la aflicción que he tolerado

en las cadenas de mi dulce dueño

y los suspiros, llantos y esquiveces,

 

los versos que a su gloria he consagrado

y han de vencer del duro tiempo el ceño,

y ella bendita innumerables veces.

 

Un alto y generoso pensamiento

Un alto y generoso pensamiento,

inspiración del cielo soberano,

me puso la áurea cítara en la mano

para cantar el dulce mal que siento.

 

Y fue tan grato mi sonoro acento,

que la ancha vega, el apacible llano

y el cavernoso monte carpetano

mostraron compasión de mi tormento.

 

Turbose el río de cerúleo manto,

oculto entre los álamos sombríos,

al ver su cisne lamentarse tanto.

 

Moviéronse los brutos más impíos

y los ásperos troncos a mi llanto;

y no la que causó los males míos.

 

Oda. a los ojos de Dorisa

Ojos hermosos

de mi dorisa:

yo os vi al reflejo

de luces tibias…

¡Noche felice,

no te me olvidas!

turbado y mudo

quedé a su vista,

susto de muerte

me atemoriza,

y sólo huyendo

pude evadirla.

Ojos hermosos:

yo así vivía,

cuando amor fiero

gimió de envidia.

Quiso que al yugo

la cerviz rinda,

y os me presenta

con pompa altiva,

una mañana,

cuando ilumina

febo los prados

que abril matiza.

Vi que con nuevas

flores se pinta

el suelo fértil,

la cumbre fría;

los arroyuelos

libres salpican,

sonando roncos,

la verde orilla.

Gratos aromas

el viento espira,

cantan amores

las avecillas.

Ojos hermosos:

yo me aturdía,

cuando me ciega

luz improvisa,

con más incenDios

y más rüinas

que si centellas

júpiter vibra.

Nunca posible

será que diga

que pena entonces

me martiriza.

¡Qué feliz era,

qué bien hacía

mientras huyendo

sus fuegos iba!

ojos hermosos:

si conocida

a vos os fuese

vuestra luz misma,

o en el espejo

la reflexiva

tanto mostrara,

conoceríais

qué estrago al orbe

se le destina,

bien con enojos

bien con delicias.

¡Ay cómo atraen,

cómo desvían,

cómo sujetan,

cómo acarician!

piedad, hermosas

lumbres divinas,

de quien amante

os solemniza.

Y si a mi verso

la suerte amiga

da, que en el mundo

durable exista,

aplauso eterno

haré que os siga,

y en otros siglos

daréis envidia.

 

Saber sin estudiar

Admiróse un portugués

de ver que en su tierna infancia

todos los niños en Francia

supiesen hablar francés.

 

«Arte diabólica es»

dijo, torciendo el mostacho,

«que para hablar en gabacho,

un fidalgo en Portugal

llega a viejo, y lo habla mal;

y aquí lo parla un muchacho.»

 

Dorisa en traje magnífico

¡Qué lazos de oro desordena el viento,

entre garzotas altas y volantes!

¡Qué riqueza oriental y qué cambiantes

de luz que envidia el sacro firmamento!

 

¡Qué pecho hermoso do el Amor su asiento

puso, y de allí fulmina a los amantes,

absortos al mirar sus elegantes

formas, su delicioso movimiento!

 

¡Qué vestidura arrastra, de preciado

múrice tinta y recamada en torno

de perlas que produjo el centro frío!

 

¡Qué extremo de beldad, al mundo dado

para que fuese de él gloria y adorno!

¡Qué heroico y noble pensamiento el mío!

 

Fiesta de Toros

MADRID, castillo famoso

Que al rey moro alivia el miedo,

Arde en fiestas en su coso

Por ser el natal dichoso

De Alimenón de Toledo.

 

El ancho circo se llena

De multitud clamorosa,

Que atiende a ver en la arena

La sangrienta lid dudosa,

Y todo en tomo resuena.

 

La bella Zaida ocupó

Sus dorados miradores

Que el arte afiligranó,

Y con espejos y flores

Y damascos adomó.

 

Añafiles y atabales.

Con militar armonía,

Hicieron salva, y señales

De mostrar su valentía

Los moros más principales.

 

No en las vegas de Jarama

Pacieron la verde grama

Nunca animales tan fieros,

Junto al puente que se llama.

Por sus peces, de Viveros,

 

Como los que el vulgo vió

Ser lidiados aquel día;

Y en la fiesta que gozó.

La popular alegría

Muchas heridas costó.

 

Salió un toro del toril

Y a Tarfe tiró por tierra,

Y luego a Benalguacil;

Después con Hamete cierra

El temerón de Conil.

 

Traía un ancho listón

Con uno y otro matiz

Hecho un lazo por airón,

Sobre la inhiesta cerviz

Clavado con un arpón.

 

Todo galán pretendía

Ofrecerle vencedor

A la dama que servía:

Por eso perdió Almanzor

El potro que más quería.

 

El alcaide muy zambrero

De Guadalajara, huyó

Mal herido al golpe fiero,

Y desde un caballo overo

El moro de Horche cayó.

 

Todos miran a Aliatar,

Que, aunque tres toros ha muerto,

No se quiere aventurar,

Porque en lance tan incierto

El caudillo no ha de entrar.

 

Mas viendo se culparía,

Va a ponérsele delante:

La fiera le acometía,

Y sin que el rejón la plante

Le mató una yegua pía.

 

Otra monta acelerado:

Lo embiste el toro de un vuelo

Cogiéndole entablerado;

Rodó el bonete encarnado

Con las plumas por el suelo.

 

Dió vuelta hiriendo y matando

A los de a pie que encontrara,

El circo desocupando,

Y emplazándose, se para.

Con la vista amenazando.

 

Nadie se atreve a salir:

La plebe grita indignada,

Las damas se quieren ir,

Porque la fiesta empezada

No puede ya proseguir.

 

Ninguno al riesgo se entrega

Y está en medio el toro fijo,

Cuando un portero que llega

De la puerta de la Vega,

Hincó la rodilla, y dijo:

 

Sobre un caballo alazano.

Cubierto de galas y oro,

Demanda licencia urbano

Para alancear a un toro

Un caballero cristiano.

 

Mucho le pesa a Aliatar;

Pero Zaida dió respuesta

Diciendo que puede entrar.

Porque en tan solemne fiesta

Nada se debe negar.

 

Suspenso el concurso entero

Entre dudas se embaraza,

Cuando en un potro ligero

Vieron entrar en la plaza

Un bizarro caballero.

 

Sonrosado, albo color,

Belfo labio, juveniles

Alientos, inquieto ardor,

En el florido verdor

De sus lozanos abriles.

 

Cuelga la rubia guedeja

Por donde el almete sube,

Cual mirarse tal vez deja

Del sol la ardiente madeja

Entre cenicienta nube.

 

Gorguera de anchos follajes.

De una cristiana primores;

En el yelmo los plumajes

Por los visos y celajes

Vergel de diversas flores.

 

En la cuja gruesa lanza.

Con recamado pendón,

Y una cifra a ver se alcanza,

Que es de desesperación,

O a lo menos de venganza.

 

En el arzón de la silla

Ancho escudo reverbera

Con blasones de Castilla,

Y el mote dice a la orilla:

Nunca mi espada venciera .

 

Era el caballo galán,

El bruto más generoso,

De más gallardo ademán:

Cabos negros, y brioso.

Muy tostado, y alazán.

 

Larga cola recogida

En las piernas descamadas.

Cabeza pequeña, erguida.

Las nances dilatadas,

Vista feroz y encendida.

 

Nunca en el ancho rodeo

Que da Betis con tal fruto

Pudo fingir el deseo

Más bella estampa de bruto,

Ni más hermoso paseo.

 

Dió la vuelta alrededor;

Los ojos que le veían

Lleva prendados de amor:

¡Alah te salve! decían,

¡Déte el Profeta favor!

 

Causaba lástima y grima

Su tierna edad floreciente:

Todos quieren que se exima

Del riesgo, y él solamente

Ni recela ni se estima.

 

Las doncellas, al pasar,

Hacen de ámbar y alcanfor

Pebeteros exhalar,

Vertiendo pomos de olor.

De jazmines y azahar.

 

Mas cuando en medio se para,

Y de más cerca le mira

La cristiana esclava Aldara,

Con su señora se encara,

Y así la dice, y suspira:

 

— Señora, sueños no son;

Así los cielos, vencidos

De mi ruego y aflicción.

Acerquen a mis oídos

Las campanas de León,

 

Como ese doncel, que ufano

Tanto asombro viene a dar

A todo el pueblo africano,

Es Rodrigo de Vivar,

El soberbio castellano.

 

Suena un rumor placentero

Entre el vulgo de Madrid:

No habrá mejor caballero,

Dicen, en el mundo entero,

Y algunos le llaman Cid.

 

Crece la algazara, y él,

Torciendo las riendas de oro.

Marcha al combate crüel:

Alza el galope, y al toro

Busca en sonoro tropel.

 

El bruto se le ha encarado

Desde que le vió llegar,

De tanta gala asombrado,

Y alrededor le ha observado

Sin moverse de un lugar.

 

Cual flecha se disparó

Despedida de la cuerda.

De tal suerte le embistió;

Detrás de la oreja izquierda

La aguda lanza le hirió.

 

Brama la fiera burlada;

Segunda vez acomete,

De espuma y sudor bañada,

Y segunda vez la mete

Sutil la punta acerada.

 

Pero ya Rodrigo espera

Con heroico atrevimiento,

El pueblo mudo y atento:

Se engalla el toro y altera,

Y finge acometimiento.

 

La arena escarba ofendido.

Sobre la espalda la arroja

Con el hueso retorcido;

El suelo huele y le moja

En ardiente resoplido.

 

La cola inquieto menea.

La diestra oreja mosquea,

Vase retirando atrás.

Para que la fuerza sea

Mayor, y el ímpetu más.

 

El que en esta ocasión viera

De Zaida el rostro alterado.

Claramente conociera

Cuanto le cuesta cuidado

El que tanto riesgo espera.

 

Mas ¡ay, que le embiste horrendo

El animad espantoso!

Jamás peñasco tremendo

Del Cáucaso cavernoso

Se desgaja estrago haciendo.

 

Ni llama así fulminante

Cruza en negra oscuridad

Con relámpagos delante,

Al estrépito tronante

De sonora tempestad,

 

Como el bruto se abalanza

Con terrible ligereza;

Mas rota con gran pujanza

La alta nuca, la fiereza

Y el último aliento lanza.

 

La confusa vocería

Que en el instante se oyó

Fué tanta, que parecía

Que honda mina reventó,

O el monte y valle se hundía.

 

A caballo como estaba

Rodrigo, el lazo alcanzó

Con que el toro se adornaba:

En su lanza le clavó

Y a los balcones llegaba.

 

Y alzándose en los estribos

Le alarga a Zaida diciendo:

Sultana, aunque bien entiendo

Ser favores excesivos.

Mi corto don admitiendo;

 

Si no os dignáredes ser

Con él benigna, advertid

Que a mí me basta saber

Que no le debo ofrecer

A otra persona en Madrid.

 

Ella, el rostro placentero.

Dijo, y turbada; — Señor,

Yo le admito y le venero.

Por conservar el favor

De tan gentil caballero.

 

Y besando el rico don,

Para agradar al doncel,

Le prende con afición

Al lado del corazón

Por brinquiño y por joyel.

 

Pero Aliatar el caudillo

De envidia aridiendo se ve,

Y, trémulo y amarillo,

Sobre un tremecén rosillo

Lozaneándose fué.

 

Y en ronca voz: — Castellano —

Le dice — con más decoros

Suelo yo dar de mi mano.

Si no penachos de toros,

Las cabezas del cristiano.

 

Y si vinieras de guerra

Cual vienes de fiesta y gala

Vieras que en toda la tierra,

Al valor que dentro encierra

Madrid, ninguno se iguala.

 

— Así — dijo el de Vivar —

Respondo. — Y la lanza al ristre

Pone, y espera a Aliatar;

Mas sin que nadie administre

Orden, tocaron a armar,

 

Ya fiero bando con gritos

Su muerte o prisión pedía,

Cuando se oyó en los distritos

Del monte de Leganitos

Del Cid la trompetería.

 

Entre la Monclova y Soto

Tercio escogido emboscó.

Que, viendo como tardó,

Se acerca, oyó alboroto,

Y al muro se abalanzó,

 

Y si no vieran salir

Por la puerta a su señor,

Y Zaida a le despedir,

iban la fuerza a embestir:

Tal era ya su furor.

 

El alcaide, recelando

Que en Madrid tenga partido,

Se templó disimulando,

Y por el parque florido

Salió con él razonando.

 

Y es fama que, a la bajada.

Juró por la cruz el Cid

De su vencedora espada

De no quitar la celada

Hasta que gane Madrid.

 

Oda en alabanza de Dalmiro imitando el estilo sublime de Píndaro

Tres veces, oh dalmiro,

la cítara lesbiana apliqué al pecho

aliviando mi suspiro

al ejercicio usado

con peine ebúrneo y pulso a trizas hecho

en lauro coronado

porque te aplauda cuando mi voz cante

con cuerdas lloro el ébano sonante.

Y tres veces timbreo

áurea palabra destilo en mi oído

cogida con deseo

dulcísima y sonora

cual su rayo en mar índico ha cogido

irisiada concha o nácar erithea

que mansamente el flujo la menea

con aura matutina

y arrullo de los céfiros serenos

y febo la divina

lira puso cantando

y versos me inspiró de néctar llenos:

a cuyo acenia blando

rompen el agua en escuchar conformes

las sacras ninfas del nevado tormes.

Teniendo cairelada

con espadaña junco y verdes ovas

frente de oro crinadas

y el viejo Dios del río

dejando allá en sus húmedas alcobas

dosel de plata frío,

salió a escuchar la célica armonía

y en la mano la barba entretenía.

Mil gotas destilando

y no (merced a apolo) te cantaba,

ni marcial, como cuando

en la traciona orilla

mueve el bistonio marte guerra brava

blandiendo alta cuchilla

o la terrible lanza, con violento

impulso y junta la lengueta y cuento.

Con hierro engastonado,

y túnica vestida de diamante

ancho escudo embrazado

de láminas de bronce,

con sangre rociado de gigante

en las esferas once

relinchan sus caballos y al estruendo

del carro tronador, ebro el horrendo

curso pasó. De esta arte,

con la fulmínea espada hiriendo el viento,

no aspiro yo a cantarte

que el vuelo que levanta

el águila dircea al firmamento

es corto a empresa tanta

y a palas y minerva no es bastante

la cítara de píndaro sonante.

Con nuevo y dulce empleo,

esparciendo de casia olor sagrado,

y cínamo panqueo,

mi siempre humilde musa,

como alcarrena abeja al matizado

romeral en confusa

selva amena hizo moradas flores

cantará los suavísimos amores.

Que athenas te ofreciera

con lampo de belleza irresistible

cual rayo de la esfera.

Dichosa tu hermosura,

no solo porque en ti miré asequible

cuanto pudo natura,

mas porque te ensalzó la voz discreta

del divino y granDioso poeta.

Que el coro de helícona

del laurel y arrayán ciñe a su frente,

y rosas la corona.

Muchos ha dulces días

que este amor conocieron felizmente.

Présagas ansias mías

que el pecho y corazón de quien tiernamente

arde por dentro en resonante llama.

No oculta a fiel amigo,

a favor de la dulce poesía

él es así testigo

de cuanto vibran rayo

los soles que a la ninfa ilustran mía,

cuanto clavel da mayo,

y cuanto incendió al híado oriente

los cerros de oro undoso de su frente.

Pero también él sabe

como me dio palabras que ligeras

volaron más que el ave

de jove, por la altura

de la etérea mansión: o tú no quieras

con tanta hermosura

que en los melífluos versos de dalmiro

que el indio desde el mar honde retiro

de la intacta señora

atiende, con plumeros y aljabado,

y el río que colora

su arena, al son se para

resuene tu desdén. ¡Ay que culpado

será, y su saña rara!

y cuanta Diosa envía, dará más pía

tan celeste y angélica armonía.

 

Oda a los días del coronel don José Cadalso

Hoy celebro los días

de mi dulce poeta,

del trágico dalmiro,

blasón de nuestra escena.

Venga la hermosa filis

y mi dorisa, venga

dorisa, la que canta

con la voz de sirena.

Brindaremos alegres

hasta perder la cuenta,

en las tazas penadas,

del oloroso néctar.

O si más nos agrada

la antigua usanza nuestra,

muchachos diligentes,

sacad la pipa añeja.

Y en aquel mar de vino,

como naves de guerra

naden con altas asas

las anchas tembladeras.

Bien hayan nuestros padres,

que en sus bárbaras mesas

bebieron con toneles,

brindaron en gamellas.

Así hacerlo debemos,

dalmiro, y vayan fuera

los cuidados molestos

que la vida atropellan.

Y si viene la muerte,

en semblante severa,

no podrá ya quitarnos

la celebrada fiesta.

Pues si para evitarla

no sirve la tristeza,

y es su venida al hombre

tan pronta, como cierta,

brindemos muchas veces

el tiempo que nos queda,

dancemos y cantemos,

y déjala que venga.

 

Canción a Pedro Romero, torero insigne

Cítara áurea de Apolo, a quien los Dioses

hicieron compañera

de los regios banquetes, y ¡oh sagrada

musa! que el bosque de Helicón venera,

no es tiempo que reposes;

alza el divino canto y la acordada

voz hasta el cielo osada,

con eco que supere resonante

al estruendo confuso y vocería,

popular alegría,

y aplauso cortesano triünfante,

que se escucha distante

en el sangriento coso matritense,

en cuya arena intrépido se planta

el vencedor circense,

lleno de glorias que la fama canta.

 

Otras quiere adquirir, y así de espanto

y de placer se llena

la Villa que domina entrambos mundos.

Corre el vulgo anhelante, rumor suena,

y se corona en tanto

de bizarros galanes sin segundos

y atletas furibundos

el ancho anfiteatro. Allí se asoma

todo el reino de Amor, y la hermosura

que a Venus desfigura,

y no hay humano pecho que no doma

(baldón de Grecia y Roma),

y en opulencia y aparato hesperio

muestra Madrid cuanto tesoro encierra

corte de tanto imperio,

del mayor soberano de la tierra.

 

Pasea la gran plaza el animoso

mancebo, que la vista

lleva de todos, su altivez mostrando,

ni hay corazón que esquivo le resista.

Sereno el rostro hermoso,

desprecia el riesgo que le está esperando;

le va apenas ornando

el bozo el labio superior, y el brío

muestra y valor en años juveniles

del iracundo Aquiles.

Va ufano al espantoso desafío,

¡con cuánto señorío!

¡qué ademán varonil! ¡qué gentileza!

Pides la venia, hispano atleta, y sales

en medio con braveza,

que llaman ya las trompas y timbales.

 

No se miró Jasón tan fieramente

en Colcos embestido

por los toros de Marte, ardiendo en llama,

como precipitado y encendido

sale el bruto valiente

que en las márgenes corvas de Jarama

rumió la seca grama.

Tú le esperas, a un numen semejante,

sólo con débil, aparente escudo,

que dar más temor pudo;

el pie siniestro y mano está delante;

ofrécesle arrogante

tu corazón que hiera, el diestro brazo

tirado atrás con alta gallardía;

deslumbra hasta el recazo

la espada, que Mavorte envidiaría.

 

Horror pálido cubre los semblantes,

en trasudor bañados,

del atónito vulgo silencioso;

das a las tiernas damas mil cuidados

y envidia a sus amantes;

todo el concurso atiende pavoroso

el fin de este dudoso

trance. La fiera que llamó el silbido

a ti corre veloz, ardiendo en ira,

y amenazando mira

el rojo velo al viento suspendido.

Da tremendo bramido,

como el toro de Fálaris ardiente,

hácese atrás, resopla, cabecea,

eriza la ancha frente,

la tierra escarba y larga cola ondea.

 

Tu anciano padre, el gladiator ibero

que a Grecia España opone,

con el silvestre olivo coronado,

por quien la áspera Ronda ya se pone

sobre Elis, y el ligero

Asopo el raudo curso ha refrenado,

cediendo al despeñado

Guadalevín; tu padre, que el famoso

nombre y valor en ti ve renovarse,

no puede serenarse,

hasta que mira al golpe poderoso

el bruto impetüoso

muerto a tus pies, sin movimiento y frío,

con temeraria y asombrosa hazaña,

que por nativo brío

solamente no es bárbara en España.

 

¿Quién dirá el grito y el aplauso inmenso

que tu acción vocifera,

si el precio de tus méritos pregona

la envidia, con adorno a la extranjera,

que dice: «En el extenso

mundo, ¿cuál rey que ciña la corona

entre hijos de Belona

podrá mandar a sus vasallos fieros

(como el dueño feliz de las Españas)

hacer tales hazañas?

¿Cuál vencerán a indómitos guerreros

en lances verdaderos,

si éstos sus juegos son y su alegría?»

¡Oh, no conozca España qué varones

tan invencibles cría!

¡Rogádselo a los cielos, oh naciones!

 

Y tú, por quien Vandalia nombre toma

cual la aquiva Corinto

(ni tal vio el circo máximo de Roma),

si algo ofrece a mi verso el Dios de Cinto,

tu gloria llevaré del occidente

a la aurora, pulsando el plectro de oro;

la patria eternamente

te dará aplauso, y de Aganipe el coro.

 

Los animales con peste

En los montes, los valles y collados,

de animales poblados,

se introdujo la peste de tal modo,

que en un momento lo inficiona todo.

Allí, donde su porte el león tenía,

mirando cada día

las cacerías, luchas y carreras

de mansos brutos y de bestias fieras,

se veían los campos ya cubiertos

de enfermos miserables y de muertos.

«Mis amados hermanos»,

exclamó el triste Rey, «mis cortesanos,

ya veis que el justo cielo nos obliga

a implorar su piedad, pues nos castiga

con tan horrenda plaga;

tal vez se aplacará con que se le haga

sacrificio de aquel más delincuente,

y muera el pecador, no el inocente.

Confiese todo el mundo su pecado.

Yo, cruel, sanguinario, he devorado

inocentes corderos,

ya vacas, ya terneros,

y he sido, a fuerza de delito tanto,

de la selva terror, del bosque espanto.»

«Señor», dijo la zorra, «en todo eso

no se halla más exceso

que el de vuestra bondad, pues que se digna

de teñir en la sangre ruin, indigna,

de los viles cornudos animales

los sacros dientes y las uñas reales.»

Trató la corte al Rey de escrupuloso,

Allí del tigre, de la onza y oso

se oyeron confesiones

de robos y de muertes a millones;

mas entre la grandeza, sin lisonja,

pasaron por escrúpulos de monja.

El asno, sin embargo, muy confuso

prorrumpió; «Yo me acuso

que al pasar por un trigo este verano,

yo hambriento y él lozano,

sin guarda ni testigo,

caí en la tentación: comí del trigo.»

«¡Del trigo! ¡y un jumento!»

gritó la zorra, «¡horrible atrevimiento!»

Los cortesanos claman: «Este, éste

irrita al cielo, que nos da la peste.»

Pronuncia el Rey de muerte la sentencia,

y ejecutóla el lobo a su presencia.

Te juzgarán virtuoso,

si eres, aunque perverso, poderoso;

y aunque bueno, por malo detestable,

cuando te miran pobre y miserable.

Esto hallará en la corte quien la vea,

y aun en el mundo todo. ¡Pobre Astrea!

Poemas de Nicolás Fernández de Moratín

El león y el ratón

Estaba un ratoncillo aprisionado

en las garras de un león; el desdichado

en la tal ratonera no fue preso

por ladrón de tocino ni de queso,

sino porque con otros molestaba

al león, que en su retiro descansaba.

 

Pide perdón, llorando su insolencia;

al oír implorar la real clemencia,

responde el Rey en majestuoso tono

(no dijera más Tito): «Te perdono.»

Poco después, cazando, el león tropieza

en una red oculta en la maleza;

quiere salir, mas queda prisionero;

atronando la selva ruge fiero.

 

El libre ratoncillo, que lo siente,

corriendo llega; roe diligente

los nudos de la red de tal manera

que al fin rompió los grillos de la fiera.

Conviene al poderoso

para los infelices ser piadoso;

tal vez se puede ver necesitado

del auxilio de aquel más desdichado.

 

El gallo y el zorro

Un gallo muy maduro,

de edad provecta, duros espolones,

pacífico y seguro,

sobre un árbol oía las razones

de un zorro muy cortés y muy atento,

más elocuente cuanto más hambriento.

 

«Hermano», le decía,

«ya cesó entre nosotros una guerra

que cruel repartía

sangre y plumas al viento y a la tierra.

Baja; daré, para perpetuo sello,

mis amorosos brazos a tu cuello.»

 

«Amigo de mi alma»,

responde el gallo, «¡qué placer inmenso

en deliciosa calma

deja esta vez mi espíritu suspenso!

Allá bajo, allá voy tierno y ansioso

a gozar en tu seno mi reposo.

 

«Pero aguarda un instante,

porque vienen, ligeros como el viento,

y ya están adelante,

dos correos que llegan al momento,

de esta noticia portadores fieles,

y son, según la traza, dos lebreles.»

dijo el zorro, «que estoy muy ocupado;

luego hablaré contigo

para finalizar este tratado.»

 

El gallo se quedó lleno de gloria,

cantando en esta letra su victoria:

Siempre trabaja en su daño

el astuto engañador;

a un engaño hay otro engaño,

a un pícaro otro mayor.

 

Oh, gran Pepona, de saber profundo

(…)¡Oh, gran Pepona, de saber profundo;

grande en tu oficio! Deja que repita

para instrucción y norma de alcahuetas

la alta respuesta que a mi cargo diste,

dignas palabras de grabarse en bronce.

«Hijo, me dice un día, que a las once

quedó citada en la espaciosa lonja

de Trinitarios; hijo, está perdida

la putería; apenas lo creyera,

¿quién en mi mocedad me lo dijera?

En consecuencia del encargo tuyo

hice, cual suelo, vivas diligencias,

que, o no admitir la comisión honrada,

o debemos hacerlas en conciencia,

y donde no, restituir la paga,

mas pocas hay de proceder tan justo.

Yo, como sabes ya, sé bien tu gusto,

que por larga experiencia sé servirte;

ya fe de honrada no sabré decirte

cuánto afané por una buena moza.(…)

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