Poemas de Juan Meléndez Valdés
Poemas de Juan Meléndez Valdés, el «Restaurador de la Poesía Castellana», personifica la transición del Rococó a la profundidad de la Ilustración. Bajo el seudónimo de Batilo, comenzó cautivando con anacreónticas de delicada sensualidad y pastores de porcelana, elevando el gusto estético de su tiempo con una técnica depurada y musical.
Sin embargo, su verdadera grandeza brotó al abrazar el compromiso social. Influido por el pensamiento humanista, transformó su lira en una herramienta de justicia, denunciando la pobreza y abogando por reformas agrarias con una sensibilidad prerromántica conmovedora.
Su verso, antes ligero, se tornó grave y filosófico, explorando la naturaleza y el destino humano. Jurista y poeta, Meléndez Valdés navegó entre la belleza bucólica y el rigor ético, consolidándose como la voz más luminosa y versátil del siglo XVIII español.
A Ciparis, en el día de sus años
Don grande es la alta fama;
y así como a la luna
oscurece del sol la ardiente llama,
así a par de Ciparis la fortuna
la hermosura abatió; mas si a quien ama
la Venus Dionea
donó lira sonora,
oh musa, ora la emplea
en cantar de este día. La alma aurora
de nieve y oro el yermo cielo dora,
merced al verso aonio y al concento
de docta poesía
cuando Apolo cantando calma el viento,
quedando a la dulcísona armonía
de la divina lira y sacro acento
la natura admirada;
ni pudo ser cantado
por cítara dorada
otro objeto mayor que el que ha tocado
a humilde musa por favor sagrado.
Suben al alto Olimpo los odores
de cínamo panqueo
y amáraco fragante y otras flores;
mas cumple, dulce musa, alto deseo
y olvida un poco a Amor y tus dolores.
Canta de este gran día
a Eurídice la bella
dulcísima armonía
dictó el intonso dios, y a la doncella
mudada en lauro por huir su huella.
Cual deidad iba en nácar erictea
de la espuma engendrada
que blandamente el aura la menea,
tal hoy Ciparis sale acompañada
del coro que cantando la rodea
de las Gracias y amores;
el invierno aterido
huye al verla, y mil flores
da el campo, y por do arrastra su vestido
vese de rosas mil enriquecido.
¿Qué es, pues, la hermosura si adornada
de honestidad no brilla?
Cual palma que a las nubes elevada
con su pompa los árboles humilla,
mi señora a la bóveda estrellada
se ensalza glorïosa;
desde el humilde suelo
la garza generosa
bate las alas, y con raudo vuelo
la tierra olvida, remontada al cielo.
Ni de mayor virtud enriquecida
hubo jamás doncella;
si habla, de entre sus labios desparcida
corre la miel; las Gracias, tras la huella
de su planta veloz van de corrida,
y no tanta hermosura
el iris refulgente
muestra, tras nube oscura
por las doradas puertas del oriente,
como su undosa túnica esplendente.
Natura este gran día está admirada
y en él se está placiendo.
¿Qué es del invierno triste? Aun más templada
que en mayo el aura dulce va bullendo;
seguid pues, oh avecillas; sea loada
de vos mi alta señora.
Tú, Venus, oye pía,
y el templo olvida ahora
de Gnido, y del Olimpo la ambrosía:
tu vista solemnice este gran día.
De los años el curso arrebatado,
que tanto la hermosura
desaliña y ofende, tú has burlado.
Así del sacro Líbano en la altura
crece el eterno cedro al cielo alzado;
el tiempo te enriquece,
y el cielo tu alma vida
guarda, y grato te ofrece
don de belleza y juventud florida,
y luego a sus mansiones te convida.
Si a humano ser los dioses largamente
de sus dones colmaron
sobre mortal poder, ¡oh, cuán fulgente
sobre todos, señora, te elevaron!
Mas ¿quién podrá cantarte, si en oriente
el sol impera solo?
Empero, si inspirada
mi voz fuese de Apolo,
tú serás algún día al cielo alzada
y en digno verso lírico cantada.
A Dorila
¡Cómo se van las horas,
y tras ellas los días
y los floridos años
de nuestra frágil vida!
La vejez luego viene,
del amor enemiga,
y entre fúnebres sombras
la muerte se avecina,
que escuálida y temblando,
fea, informe, amarilla,
nos aterra, y apaga
nuestros fuegos y dichas.
El cuerpo se entorpece,
los ayes nos fatigan,
nos huyen los placeres
y deja la alegría.
Si esto, pues, nos aguarda,
¿para qué, mi Dorila,
son los floridos años
de nuestra frágil vida?
Para juegos y bailes
y cantares y risas
nos los dieron los cielos,
las Gracias los destinan.
Ven ¡ay! ¿qué te detiene?
Ven, ven, paloma mía,
debajo de estas parras
do leve el viento aspira;
y entre brindis suaves
y mimosas delicias
de la niñez gocemos,
pues vuela tan aprisa.
A las muchachas
Ofendido me tiene,
muchachas, vuestro trato,
mucho decirlo siento,
mas ya no he de callarlo.
Yo os quise desde niño,
os sirvo y os regalo,
y en burlas inocentes
os digo mil halagos.
Mi lira os entretiene
con sus acentos blandos;
de ella gustáis tañendo,
de ella gozáis bailando.
En mis süaves versos
vuestras delicias canto,
vuestro desdén lamento,
vuestra belleza alabo.
¿Y esquivas hoy vosotras
me desdeñáis en pago?
Pues mirad que de amigo
me volveré contrario.
A mis lectores
No con mi blanda lira
serán en ayes tristes
lloradas las fortunas
de reyes infelices,
ni el grito del soldado
feroz en crudas lides,
o el trueno con que arroja
la bala el bronce horrible.
Yo tiemblo y me estremezco,
que el numen no permite
al labio temeroso
canciones tan sublimes.
Muchacho soy y quiero
decir más apacibles
querellas y gozarme
con danzas y convites.
En ellos coronado
de rosas y alhelíes,
entre risas y versos
menudeo los brindis.
En coros las muchachas
se juntan por oírme,
y al punto mis cantares
con nuevo ardor repiten.
Pues Baco y el de Venus
me dieron que felice
celebre en dulces himnos
sus glorias y festines.
A unos lindos ojos
Tus lindos ojuelos
me matan de amor.
Ora vagos giren,
o párense atentos,
o miren exentos,
o lánguidos miren,
o injustos se aíren,
culpando mi ardor,
tus lindos ojuelos
me matan de amor.
Si al final del día
emulando ardientes,
alientan clementes
la esperanza mía,
y en su halago fía
mi crédulo error,
tus lindos ojuelos
me matan de amor.
Si evitan arteros
encontrar los míos,
sus falsos desvíos
me son lisonjeros.
Negándome fieros
su dulce favor,
tus lindos ojuelos
me matan de amor.
Los cierras burlando,
y ya no hay amores,
sus flechas y ardores
tu juego apagando;
Yo entonces temblando
clamo en tanto horror:
«¡Tus lindos ojuelos
me matan de amor!».
Los abres riente,
y el Amor renace
y en gozar se place
de su nuevo oriente,
cantando demente
yo al ver su fulgor:
«¡Tus lindos ojuelos
me matan de amor!».
Tórnalos, te ruego,
niña, hacia otro lado,
que casi he cegado
de mirar su fuego.
¡Ay! tórnalos luego,
no con más rigor
tus lindos ojuelos
me maten de amor.
Al partir y dejarla…
Al partir y dejarla
Medrosa de mi olvido
Me dio para memoria
Dorila un Cupidillo,
Diciéndome: en mi seno
Ya queda, zagal mío,
Si tú la imagen llevas,
Por señor el Dios mismo.
Ten cuenta pues que el tuyo
Le guarde bien, y fino
Por él sin cesar oigas
La voz de mi cariño.
Que aunque cruel te alejas,
Con mi anhelar te sigo;
Y en cuantos pasos dieres
Siempre estaré contigo,
Cual tú en toda mi alma;
Que este donoso niño
Sabrá tu fe guardarme.
Tornarte mis suspiros.
Y de marfil labrado
Diome un Amor tan lindo,
Que viéndole aun Citeres
Creyera ser su hijo.
Vendados los ojuelos,
Luengo el cabello y rizo,
Las alitas doradas,
Y en la diestra sus tiros.
La aljaba al hombro bello,
Y el arco suspendidos,
Que escarmentados temen
Los dioses del Olimpo.
Arterillo el semblante
Cuan vivaz y festivo,
Y así como temblando
Por su nudez de frío.
Yo solícito al verle
Tan risueño y benigno,
Los más dulces requiebros
Inocente le digo.
Y encantado en sus gracias,
Bondadoso y sencillo
Cual un dige precioso
Le contemplo y admiro.
Ya le tomo en mis brazos,
Ya a mis labios le aplico,
Con mi aliento le templo,
Y en mi pecho le abrigo.
Mas tornando a mirarle,
Con él juego y me río;
Y en mil besos y halagos
Las finezas repito:
Tras las cuáles le vuelvo
De mi seno al asilo,
Do aun más tierno le guardo,
Más vivaz le acaricio.
Cuando súbito siento
Tan ardientes latidos,
Como cuando en el tuyo,
Dorila, me reclino.
¿Y qué fue? que en el hondo
Se me entró el fementido.
Del corazón llagado,
Para aún más afligirlo.
¡Cómo se van las horas…
¡Cómo se van las horas,
y tras ellas los días
y los floridos años
de nuestra frágil vida!
La vejez luego viene,
del amor enemiga,
y entre fúnebres sombras
la muerte se avecina,
que escuálida y temblando,
fea, informe, amarilla,
nos aterra, y apaga
nuestros fuegos y dichas.
El cuerpo se entorpece,
los ayes nos fatigan,
nos huyen los placeres
y deja la alegría.
Si esto, pues, nos aguarda,
¿para qué, mi Dorila,
son los floridos años
de nuestra frágil vida?
Para juegos y bailes
y cantares y risas
nos los dieron los cielos,
las Gracias los destinan.
Ven ¡ay! ¿qué te detiene?
Ven, ven, paloma mía,
debajo de estas parras
do leve el viento aspira;
y entre brindis suaves
y mimosas delicias
de la niñez gocemos,
pues vuela tan aprisa.
Cual suele abeja inquieta, revolando…
Cual suele abeja inquieta, revolando
por florido pensil entre mil rosas,
hasta venir a hallar las más hermosas
andar con dulce trompa susurrando,
mas luego que las ve, con vuelo blando
baja, y bate las alas vagarosas,
y en medio de sus hojas olorosas
el delicado aroma está gozando,
así, mi bien, el pensamiento mío
con dichosa zozobra por hallarte
vagaba de amor libre por el suelo;
pero te vi, rendime, y mi albedrío,
abrasado en tu luz, goza al mirarte
gracias que envidia de tu rostro el cielo.
Cuando a mi pobre aldea…
Cuando a mi pobre aldea
feliz escapar puedo,
las penas y el bullicio
de la ciudad huyendo,
alegre me parece
que soy un hombre nuevo,
y entonces solo vivo,
y entonces solo pienso.
Las horas que insufribles
allí me vuelve el tedio,
aquí sobre mí vagan
con perezoso vuelo.
Las noches que allá ocupan
la ociosidad y el juego,
acá los dulces libros
y el descuidado sueño.
Despierto con el alba,
trocando el muelle lecho
por su vital ambiente,
que me dilata el seno.
Me agrada de arreboles
tocado ver el cielo
cuando a ostentar empieza
su clara lumbre Febo.
Me agrada, cuando brillan
sobre el cénit sus fuegos,
perderme entre las sombras
del bosque más espeso;
si lánguido se esconde,
sus últimos reflejos
ir del monte en la cima
solícito siguiendo;
o si la noche tiende
su manto de luceros,
medir sus direcciones
con ojos más atentos,
volviéndome a mis libros,
do atónito contemplo
la ley que portentosa
gobierna el universo.
Desde ellos y la cumbre
de tantos pensamientos
desciendo de mis gentes
al rústico comercio;
y con ellas tomando
en sus chanzas empeños
la parte que me dejan,
gozoso devaneo.
El uno de las mieses,
el otro del viñedo
me informan, y me añaden
las fábulas del pueblo.
Pondero sus consejas,
recojo sus proverbios,
sus dudas y disputas
cual árbitro sentencio.
Mis votos se celebran,
todos hablan a un tiempo,
la igualdad inocente
ríe en todos los pechos.
Llega luego el criado
con el cántaro lleno,
y la alegre muchacha
con castañas y queso,
y todo lo coronan
en fraternal contento
las tazas que se cruzan
del vino más añejo.
Así mis faustos días,
de paz y dicha llenos,
al gusto que los mide
semejan un momento.
Cuando mi blanda Nise…
Cuando mi blanda Nise
lasciva me rodea
con sus nevados brazos
y mil veces me besa,
cuando a mi ardiente boca
su dulce labio aprieta,
tan del placer rendida
que casi a hablar no acierta,
y yo por alentarla
corro con mano inquieta
de su nevado vientre
las partes más secretas,
y ella entre dulces ayes
se mueve más y alterna
ternuras y suspiros
con balbuciente lengua,
ora hijito me llama,
ya que cese me ruega,
ya al besarme me muerde,
y moviéndose anhela,
entonces, ¡ay!, si alguno
contó del mar la arena,
cuente, cuente, las glorias
en que el amor me anega.
Dame, Dorila, el vaso…
Dame, Dorila, el vaso
lleno de dulce vino,
que sólo en ver la nieve
temblando estoy de frío.
Ella en sueltos vellones
por el aire tranquilo
desciende, y cubre el suelo
de cándidos armiños.
¡Oh! como el verla agrada,
seguros de su tiro,
deshecha en copos leves
bajar con lento giro!
Los árboles del peso
se inclinan oprimidos,
y alcorza delicado
parecen en el brillo.
Los valles y laderas,
de un velo cristalino
cubiertos, disimulan
su mustio desabrigo.
Mientras el arroyuelo,
con nuevas aguas rico,
saltando bullicioso
se burla de los grillos.
Sus surcos y trabajos
ve el rústico perdidos,
y triste no distingue
su campo del vecino.
Las aves enmudecen
medrosas en el nido
o buscan de los hombres
el mal seguro asilo.
Y el tímido rebaño
con débiles balidos
demanda su sustento
cerrado en el aprisco.
Pero la nieve crece,
y en denso torbellino
la agita con sus soplos
el aquilón maligno.
Las nubes se amontonan,
y el cielo de improviso
se entolda pavoroso
de un velo más sombrío.
Dejémosla que caiga
Dorila, y bien bebidos,
burlemos sus rigores
con dulces regocijos.
Bebamos y dancemos,
que ya el abril florido
vendrá en las blandas alas
del céfiro benigno.
Dan tus labios de rosa…
Dan tus labios de rosa
Si los abres, bien mío,
El más sabroso néctar
Y el aroma más fino.
Dan el almo deleite,
Que allá en el alto Olimpo
Gozan los inmortales,
Y enajena el sentido.
El ámbar de la rosa
Al albor matutino,
Al perfume que exhalan
No es de igualarse digno.
La suave miel que liban
Del romeral florido
Las abejas, con ellos
Causa amargor y hastío.
El sabor delicioso
Del más preciado vino
Es al labio sediento
Menos dulce y subido.
Su acento es muy más grato
Que el amoroso trino
Del ruiseñor, que el vuelo
Del fugaz cefirillo.
Porque todas sus llamas,
Donaires y cariños,
Y encantos y delicias
Amor les dio benigno.
De los besos de amor
Cuando mi blanda Nise
lasciva me rodea
con sus nevados brazos
y mil veces me besa,
cuando a mi ardiente boca
su dulce labio aprieta,
tan del placer rendida
que casi a hablar no acierta,
y yo por alentarla
corro con mano inquieta
de su nevado vientre
las partes más secretas,
y ella entre dulces ayes
se mueve más y alterna
ternuras y suspiros
con balbuciente lengua,
ora hijito me llama,
ya que cese me ruega,
ya al besarme me muerde,
y moviéndose anhela,
entonces, ¡ay!, si alguno
contó del mar la arena,
cuente, cuente, las glorias
en que el amor me anega.
Del sol llevaba la lumbre…
Del sol llevaba la lumbre
Y la alegría del alba,
En sus celestiales ojos
La hermosísima Rosana,
Una noche que a los fuegos
Salió la fiesta de Pascua,
Para abrasar todo el valle
En mil amorosas ansias.
Por doquiera que camina
Lleva tras sí la mañana,
Y donde se vuelve rinde
La libertad de mil almas.
El céfiro la acaricia
Y mansamente la halaga,
Los Amores la rodean
Y las Gracias la acompañan.
Y ella, así como en el valle
Descuella la altiva palma
Cuando sus verdes pimpollos
Hasta las nubes levanta;
O cual vid de fruto llena
Que con el olmo se abraza,
Y sus vástagos extiende
Al arbitrio de las ramas;
Así entre sus compañeras
El nevado cuello alza,
Sobresaliendo entre todas
Cual fresca rosa entre zarzas;
O como cándida perla
Que artífice diestro engasta
Entre encendidos corales,
Porque más luzcan sus aguas.
Todos los ojos se lleva
Tras sí, todo lo avasalla;
De amor mata a los pastores
Y de envidia a las zagalas.
Ni las músicas se atienden,
Ni se gozan las lumbradas;
Que todos corren por verla
Y al verla todos se abrasan.
¡Qué de suspiros se escuchan!
¡Qué de vivas y de salvas!
No hay zagal que no la admire
Y no se esmere en loarla.
Cuál absorto la contempla
Y a la aurora la compara
Cuando más alegre sale
Y el cielo de su albor baña;
Cuál al fresco y verde aliso
Que crece al margen del agua,
Cuando más pomposo en hojas
En su cristal se retrata;
Cuál a la luna, si muestra
Llena su esfera de plata,
Y asoma por los collados
De luceros coronada.
Otros pasmados la miran
Y mudamente la alaban,
Y cuanto más la contemplan
Muy más hermosa la hallan.
Que es como el cielo su rostro
Cuando en la noche callada
Brilla con todas sus luces
Y los ojos embaraza.
¡Ay, qué de envidias se encienden!
¡Ay, qué de celos que causa
En las serranas del Tormes
Su perfección sobrehumana!
Las más hermosas la temen,
Mas sin osar murmurarla;
Que como el oro más puro
No sufre una leve mancha.
—Bien haya tu gentileza,
Una y mil veces bien haya,
Y abrase la envidia al pueblo,
Hermosísima aldeana.
Toda, toda eres perfecta,
Toda eres donaire y gracia,
El amor vive en tus ojos
Y la gloria está en tu cara;
En esa cara hechicera,
Do toda su luz cifrada
Puso Venus misma, y ciego
En pos de sí me arrebata.
La libertad me has robado,
Yo la doy por bien robada,
Mas recibe el don benigna
Que mi humildad te consagra.
No el don por pobres desdenes,
Que aun las deidades más altas
A zagales, cual yo, humildes,
Un tiempo acogieron gratas;
Y mezclando sus ternezas
Con sus rústicas palabras,
No, aunque diosas, esquivaron
Sus amorosas demandas.
Su feliz ejemplo sigue,
Pues que en verdad las igualas;
Cual yo a todos los excedo
En 1o fino de mi llama—.
Esto un zagal le decía
Con razones mal formadas,
Que salió libre a los fuegos
Y volvió cautivo a casa.
Y desde entonces perdido
El día a sus puertas le halla;
Ayer le cantó esta letra
Echándole la alborada:
Linda zagaleja
De cuerpo gentil,
Muérome de amores
Desde que te vi.
Tu talle, tu aseo,
Tu gala y donaire,
No tienen, serrana,
Igual en el valle.
Del cielo son ellos
Y tú un serafín:
Muérome de amores
Desde que te vi.
De amores me muero,
Sin que nada alcance
A darme la vida
Que allá te llevaste,
Si no te condueles
Benigna de mí;
Que muero de amores
Desde que te vi.
Don grande es la alta fama…
Don grande es la alta fama;
y así como a la luna
oscurece del sol la ardiente llama,
así a par de Ciparis la fortuna
la hermosura abatió; mas si a quien ama
la Venus Dionea
donó lira sonora,
oh musa, ora la emplea
en cantar de este día. La alma aurora
de nieve y oro el yermo cielo dora,
merced al verso aonio y al concento
de docta poesía
cuando Apolo cantando calma el viento,
quedando a la dulcísona armonía
de la divina lira y sacro acento
la natura admirada;
ni pudo ser cantado
por cítara dorada
otro objeto mayor que el que ha tocado
a humilde musa por favor sagrado.
Suben al alto Olimpo los odores
de cínamo panqueo
y amáraco fragante y otras flores;
mas cumple, dulce musa, alto deseo
y olvida un poco a Amor y tus dolores.
Canta de este gran día
a Eurídice la bella
dulcísima armonía
dictó el intonso dios, y a la doncella
mudada en lauro por huir su huella.
Cual deidad iba en nácar erictea
de la espuma engendrada
que blandamente el aura la menea,
tal hoy Ciparis sale acompañada
del coro que cantando la rodea
de las Gracias y amores;
el invierno aterido
huye al verla, y mil flores
da el campo, y por do arrastra su vestido
vese de rosas mil enriquecido.
¿Qué es, pues, la hermosura si adornada
de honestidad no brilla?
Cual palma que a las nubes elevada
con su pompa los árboles humilla,
mi señora a la bóveda estrellada
se ensalza glorïosa;
desde el humilde suelo
la garza generosa
bate las alas, y con raudo vuelo
la tierra olvida, remontada al cielo.
Ni de mayor virtud enriquecida
hubo jamás doncella;
si habla, de entre sus labios desparcida
corre la miel; las Gracias, tras la huella
de su planta veloz van de corrida,
y no tanta hermosura
el iris refulgente
muestra, tras nube oscura
por las doradas puertas del oriente,
como su undosa túnica esplendente.
Natura este gran día está admirada
y en él se está placiendo.
¿Qué es del invierno triste? Aun más templada
que en mayo el aura dulce va bullendo;
seguid pues, oh avecillas; sea loada
de vos mi alta señora.
Tú, Venus, oye pía,
y el templo olvida ahora
de Gnido, y del Olimpo la ambrosía:
tu vista solemnice este gran día.
De los años el curso arrebatado,
que tanto la hermosura
desaliña y ofende, tú has burlado.
Así del sacro Líbano en la altura
crece el eterno cedro al cielo alzado;
el tiempo te enriquece,
y el cielo tu alma vida
guarda, y grato te ofrece
don de belleza y juventud florida,
y luego a sus mansiones te convida.
Si a humano ser los dioses largamente
de sus dones colmaron
sobre mortal poder, ¡oh, cuán fulgente
sobre todos, señora, te elevaron!
Mas ¿quién podrá cantarte, si en oriente
el sol impera solo?
Empero, si inspirada
mi voz fuese de Apolo,
tú serás algún día al cielo alzada
y en digno verso lírico cantada.
El amor mariposa
Viendo el Amor un día
que mil lindas zagalas
huían de él medrosas
por mirarle con armas,
dicen que de picado
les juró la venganza
y una burla les hizo,
como suya, extremada.
Tornose en mariposa,
los bracitos en alas
y los pies ternezuelos
en patitas doradas.
¡Oh! ¡qué bien que parece!
¡Oh! ¡qué suelto que vaga,
y ante el sol hace alarde
de su púrpura y nácar!
Ya en el valle se pierde,
ya en una flor se para,
ya otra besa festivo,
y otra ronda y halaga.
Las zagalas, al verle,
por sus vuelos y gracia
mariposa le juzgan
y en seguirle no tardan.
Una a cogerle llega,
y él la burla y se escapa;
otra en pos va corriendo,
y otra simple le llama,
despertando el bullicio
de tan loca algazara
en sus pechos incautos
la ternura más grata.
Ya que juntas las mira,
dando alegres risadas
súbito amor se muestra
y a todas las abrasa.
Mas las alas ligeras
en los hombros por gala
se guardó el fementido,
y así a todas alcanza.
También de mariposa
le quedó la inconstancia:
llega, hiere, y de un pecho
a herir otro se pasa.
El despecho
Los ojos tristes, de llorar cansados,
alzando al cielo, su clemencia imploro;
mas vuelven luego al encendido lloro,
que el grave peso no los sufre alzados.
Mil dolorosos ayes desdeñados
son, ¡ay!, tras esto de la luz que adoro;
y ni me alivia el día, ni mejoro
con la callada noche mis cuidados.
Huyo a la soledad, y va conmigo
oculto el mal, y nada me recrea;
en la ciudad en lágrimas me anego;
aborrezco mi ser, y aunque maldigo
la vida, temo que la muerte aun sea
remedio débil para tanto fuego.
El pensamiento
Cual suele abeja inquieta, revolando
por florido pensil entre mil rosas,
hasta venir a hallar las más hermosas
andar con dulce trompa susurrando,
mas luego que las ve, con vuelo blando
baja, y bate las alas vagarosas,
y en medio de sus hojas olorosas
el delicado aroma está gozando,
así, mi bien, el pensamiento mío
con dichosa zozobra por hallarte
vagaba de amor libre por el suelo;
pero te vi, rendime, y mi albedrío,
abrasado en tu luz, goza al mirarte
gracias que envidia de tu rostro el cielo.
El pronóstico
No en vano, desdeñosa, su luz pura
Ha el cielo a tus ojuelos trasladado,
Y ornó de oro el cabello ensortijado,
Y dio a tu frente gracia. y hermosura.
Esa encendida boca con ternura
Suspirará: tu seno regalado
De blando fuego bullirá agitado,
Y el rostro volverás con más dulzura.
Tirsi, el felice Tirsi tus favores
Cogerá, altiva Clori, su deseo
Coronando en el tálamo dichoso,
Los Cupidillos verterán mil flores,
Llamando en suaves himnos a Himeneo,
Y Amor su beso le dará gozoso.
En esta breve tabla…
En esta breve tabla,
discípulo de Apeles,
cual yo te la pintare,
retrátame mi ausente.
Retratada cual sale
al punto que amanece
tras unos corderillos
al valle a entretenerse.
Suelto el trenzado de oro,
y al céfiro, que leve
volando licencioso
le ondea y le revuelve.
Encima una guirnalda,
que sus tranquilas sienes
de púrpura matice
con rosas y claveles.
De do con aire hermoso
de majestad alegre
la tersa frente asome,
cual reluciente plata
salga la blanca frente.
Y para que le pongas
la gracia que ella tiene
la cándida azucena
darate olor y nieve.
Luego en las negras cejas
tu habilidad ordene
la majestad del arco
que nace cuando llueve:
Y al traidor Cupidillo
podrás también ponerme,
que en medio esté asentado
y el arco a todos fleche.
Los ojos de paloma
que a su pichón se vuelve
rendida ya de amores,
y un beso le promete;
Las niñas haz de llama
que bullan y se alegren,
y a Amor que como un niño
jugando en torno vuele.
Después para que apague
los fuegos que el enciende,
la nariz proporciona
tornátil y de nieve.
Y luego entre los labios
deshoja mil claveles,
que nunca puedes darle
la púrpura que tienen.
Su boca… pero aguarda,
primero van los dientes
de aljófares menudos,
que unidos no discrepen:
Y dentro has de pintarme
cuando la lengua mueve
como un panal que afuera
destile hibleas mieles.
Las Gracias como abejas,
que con susurro leve
volando en el verano
en torno van y vienen.
Y al lado de las mejillas
dos rosas, como suelen
quedar cuando sus perlas
el alba en ellas llueve.
Cargando todo aquesto
con proporción decente
sobre el nevado cuello,
que mil corales cerquen.
Los hombros de él se aparten,
y en el hoyuelo empiece
el relevado pecho
tan albo que embelese.
Con dos bullentes pomas,
cual deliciosas fuentes
del néctar regalado
de la mansión celeste.
La airosa vestidura
de púrpura esplendente,
las puntas arrastrando
que el campo reflorecen.
Encima un bien rizado
pellico, y que le cuelgues
mil trenzas de oro y seda
que su opulencia ostenten.
Pero ¡ay! déjalo, amigo,
que tú pintar no puedes
tan celestial sujeto,
por mucho que te esmeres.
Y yo a sus brazos corro,
donde el Amor me ofrece
el premio de mis ansias,
y el colmo de sus bienes.
En fin, voy a partir, bárbara amiga…
En fin, voy a partir, bárbara amiga,
voy a partir, y me abandono ciego
a tu imperiosa voluntad. Lo mandas;
ni sé, ni puedo resistir; adoro
la mano que me hiere, y beso humilde
el dogal inhumano que me ahoga.
No temas ya las sombras que te asustan,
las vanas sombras que te abulta el miedo
cual fantasmas horribles, a la clara
luz de tu honor y tu virtud opuestas,
que nacer sólo hicieron… En mi labio
la queja bien no está; gime y suspira;
no a culpar tu rigor de los instantes
del más ardiente amor tal vez postreros.
¡Qué proyectos formábamos!… Mi vida,
mi delicia, mi amor, mi bien, señora,
amiga, hermana, esposa, ¡oh si yo hallara
otro nombre aun más dulce!, ¿qué pretendes?
¿Sabes do quieres despeñarme? Espera,
aguarda pocos días; no me ahogues;
después yo mismo partiré; tú nada
tendrás que hacer ni que mandar; humilde
correré a mi destierro y resignado.
Mas ora, ¡irme!, ¡dejarte! Si me amas,
¿por qué me echas de ti, bárbara amiga?
ya lo veo, te canso; cuidadosa
conmigo evitas el secreto; me huyes;
sola te asustas y de todo tiemblas.
tu lengua se tropieza balbuciente,
y embarazada estás cuando me miras.
Si yo te miro, desmayada tornas
la faz y alguna lágrima…, ¡oh martirio!
Yo me acuerdo de un tiempo en que tus ojos
otros, ¡ay!, otros eran; me buscaban,
y en su mirar y regaladas burlas
alentaban mis tímidos deseos.
¿Te has olvidado de la selva hojosa,
do huyendo veces tantas del bullicio,
en sus oscuras solitarias calles
buscamos un asilo misterioso,
de alentar libres de mordaz censura?
¡Qué sitio no halló allí nuestras ternezas!
¿No ardió con nuestra llama? Al lugar corre
do reposar solíamos y escucha
tu blando corazón: si él mis suspiros
se atreve a condenar, dócil al punto
cedo a tu imperio y parto. Pero en vano,
te reconvengo, yo te canso; acaba
de arrojarme de ti, cruel,,, Perdona,
perdona a mi delirio; de rodillas
tus pies abrazo y tu piedad imploro.
¡Yo acusar tu fineza!… Yo cansarte,
a ti, que me idolatras…no: la pluma
se deslizó; mis lágrimas lo borren.
¡Oh Dios!, yo la he ultrajado; esto restaba
a mi inmenso dolor. Mi bien, señora,
dispón, ordena, manda: te obedezco;
sé que me adoras; no lo dudo; humilde
me resigno a tu arbitrio… El coche se oye,
y del sonante látigo el chasquido,
el ronco estruendo, el retiñir agudo,
viene a colmar la turbación horrible
de mi agitado corazón… Se acerca
veloz y para; te obedezco y parto.
Adiós, amada, adiós… El llanto acabe,
que el débil pecho en su dolor se ahoga.
¡Honor, honor a Baco…
¡Honor, honor a Baco,
El padre de las risas,
De las picantes burlas,
De la amistad sencilla!
¡Honor, honor a Baco,
El Dios de las provincias
Que el Málaga, el Tudela
Y el Valdepeñas crían!
Él la jovial franqueza,
Él la igualdad inspira;
Y en fraternales lazos
Los corazones liga.
Alas al genio ofrece,
Calor a la armonía,
Y a los claros poetas
Templa acorde la lira.
Sobre los pechos tristes
Derrama la alegría;
Y enjuga nuestros lloros
Con mano compasiva.
Con su licor divino
No hay duelo ni fatiga
Que el ánimo desmayen,
Pesar que nos aflija.
En la copa saltando
De Jove la ambrosía
Semeja, y su fragancia
La aroma más subida.
Bebido, sus ardores
Dan al flaco osadía,
Revelan mil verdades,
Acaban con mil iras.
Vuelven largo al avaro.
La esperanza subliman,
Al plebeyo hacen grande,
Y altiveces humillan.
Cuando en triunfo glorioso
Sujetó el Dios la India,
Tirso y copa las armas
Fueron de su conquista.
Al mismo Amor con ellas
Avasalla, y sus viras
Más penetrantes hace,
Sus llamas más activas.
El así de Ariadna,
Exánime en la huida
De su aleve Teseo,
En Naxos triunfó un día.
Llorar viola, y doliose,
Y en sus labios destila
Del licor, que las mesas
Del cielo regocija.
La bella a su don grata
Mirole enternecida,
Luego en sus llamas arde,
Y hoy con los astros brilla.
En hombros de sus faunos
Ved, cual la copa henchida
De Jerezano néctar,
Regocijado mira.
Mal fija la guirnalda,
Ya trémula la vista,
A todos a que brinden
Solícito convida.
Los silenos beodos
Forman su compañía,
Sus bulliciosas danzas
Bacanales y Ninfas.
¡Honor, gritando todos,
Al dios de las vendimias!
¡Honor, honor a Baco,
El padre de las risas!
La blanda primavera…
La blanda primavera
derramando aparece
sus tesoros y galas
por prados y vergeles.
Despejado ya el cielo
de nubes inclementes,
con luz cándida y pura
ríe a la tierra alegre.
El alba de azucenas
y de rosa las sienes
se presenta ceñidas,
sin que el cierzo las hiele.
De esplendores más rico
descuella por oriente
en triunfo el sol y a darle
la vida al mundo vuelve.
Medrosos de sus rayos
los vientos enmudecen,
y el vago cefirillo
bullendo les sucede,
el céfiro, de aromas
empapado, que mueven
en la nariz y el seno
mil llamas y deleites.
Con su aliento en la sierra
derretidas las nieves,
en sonoros arroyos
salpicando descienden.
De hoja el árbol se viste,
las laderas de verde,
y en las vegas de flores
ves un rico tapete.
Revolantes las aves
por el aura enloquecen,
regalando el oído
con sus dulces motetes;
y en los tiros sabrosos
con que el Ciego las hiere
suspirando delicias,
por el bosque se pierden,
mientras que en la pradera
dóciles a sus leyes
pastores y zagalas
festivas danzas tejen
y los tiernos cantares
y requiebros ardientes
y miradas y juegos
más y más los encienden.
Y nosotros, amigos,
cuando todos los seres
de tan rígido invierno
desquitarse parecen,
¿en silencio y en ocio
dejaremos perderse
estos días que el tiempo
liberal nos concede?
Una vez que en sus alas
el fugaz se los lleve,
¿podrá nadie arrancarlos
de la nada en que mueren?
Un instante, una sombra
que al mirar desparece,
nuestra mísera vida
para el júbilo tiene.
Ea, pues, a las copas,
y en un grato banquete
celebremos la vuelta
del abril floreciente.
La noche de invierno
¡O! ¡quan hórridos chocan
Los vientos! ¡o que silbos,
Que cielo y tierra turban
Con soplo embravecido!
Las nubes concitadas
Despiden largos ríos,
Y aumentan pavorosas
El miedo y el conflicto.
La luna en su albo trono
Con desmayado brillo
Preside a las tinieblas,
En medio de su giro;
Y las menores lumbres,
El resplandor perdido,
Se esconden a los ojos
Que observan sus caminos.
Del Tormes suena lejos
El desigual ruido,
Que forman las corrientes
Batiendo con los riscos.
¡O invierno! ¡o noche triste!
¡Quan grato a mi tranquilo
Pecho es tu horror! ¡tu estruendo
Quan plácido a mi oído!
Así en el alta roca
Cantando el pastorcillo,
Del mar alborotado,
Contempla los peligros.
Tu confusión medrosa
Me eleva hasta el divino
Ser, adorando humilde
Su inmenso poderío;
Y ante él absorto y ciego
Me anego en los abismos
De gloria, que circundan
Su solio en el empíreo.
Su solio desde donde
Señala los lucidos
Pasos al sol, y encierra
La mar en sus dominios.
¡O ser inmenso! ¡o causa
Primera! ¿dónde altivo
Con vuelo temerario
Me lleva mi delirio?
¡Señor! ¿quien sois? ¿quien puso
Sobre un eterno quicio
Con mano omnipotente
Los orbes de zafiro?
¿Quién dixo a las tinieblas:
Tened en señorío
La noche; y vistió al alba
De rosa el manto rico?
¿Quién suelta de los vientos
La furia, o llevar quiso
Las aguas en sus hombros
Del ayre al gran vacío?
¡O providencia! ¡o mano
Suave! ¡o Dios benigno!
¡O padre! ¡do no llegan
Tus ansias con tus hijos!
Yo veo en estas aguas
La mies del blondo estío,
De abril las gayas flores,
De octubre los racimos.
Yo veo de los seres
En número infinito
La vida y el sustento
En ellas escondido.
Yo veo… no sé como,
Dios bueno, los prodigios
De tu saber explique
Mi pecho enternecido.
Qual concha nacarada,
Que abierta al matutino
Albor, convierte en perlas
El cándido rocío;
La tierra el ancho gremio
Prestando al cristalino
Humor, con él fecunda
Sus gérmenes activos.
Y un día el hombre ingrato
Con dulce regocijo
Las gotas de estas aguas
Trocadas verá en trigo.
Verá el pastor que el prado
Da yerbas al aprisco,
Saltando en pos sus madres
Los sueltos corderillos
Y en las labradas vegas
Tenderse manso el río,
Los surcos fecundando
Con paso retorcido.
Los vientos en sus alas,
Qual ave que en el pico
El grano a sus polluelos
Alegre lleva al nido;
Tal próvidos extienden
A términos distintos
Las fértiles semillas
Con soplo repetido.
Las plantas fortifican
En recio torbellino,
Del ayre desterrando
Los hálitos nocivos,
Y en la cansada tierra
Renuevan el perdido
Vigor, porque tributo
Nos rinda más opimo.
¡O de Dios inefable
Bondad! ¡o altos designios,
Que inmensos bienes causan
Por medios no sabidos!
Do quiera que los ojos
Vuelvo, Señor, yo admiro
Tu mano derramando
Perenes beneficios.
¡Ay! siéntalos mi pecho
Por siempre; y embebido,
En ellos te tribute
Mi labio alegres himnos.
La paloma
Suelta mi palomita pequeñuela,
y déjamela libre, ladrón fiero;
suéltamela, pues ves cuánto la quiero,
y mi dolor con ella se consuela.
Tú allá me la entretienes con cautela;
dos noches no ha venido, aunque la espero.
¡Ay!, si esta se detiene, cierto muero;
suéltala, ¡oh crudo!, y tú verás cuál vuela.
Si señas quieres, el color de nieve,
manchadas las alitas, amorosa
la vista, y el arrullo soberano,
lumbroso el cuello, y el piquito breve…
mas suéltala y verásla bulliciosa
cuál viene y pica de mi palma el grano.
La partida
En fin, voy a partir, bárbara amiga,
voy a partir, y me abandono ciego
a tu imperiosa voluntad. Lo mandas;
ni sé, ni puedo resistir; adoro
la mano que me hiere, y beso humilde
el dogal inhumano que me ahoga.
No temas ya las sombras que te asustan,
las vanas sombras que te abulta el miedo
cual fantasmas horribles, a la clara
luz de tu honor y tu virtud opuestas,
que nacer sólo hicieron… En mi labio
la queja bien no está; gime y suspira;
no a culpar tu rigor de los instantes
del más ardiente amor tal vez postreros.
¡Qué proyectos formábamos!… Mi vida,
mi delicia, mi amor, mi bien, señora,
amiga, hermana, esposa, ¡oh si yo hallara
otro nombre aun más dulce!, ¿qué pretendes?
¿Sabes do quieres despeñarme? Espera,
aguarda pocos días; no me ahogues;
después yo mismo partiré; tú nada
tendrás que hacer ni que mandar; humilde
correré a mi destierro y resignado.
Mas ora, ¡irme!, ¡dejarte! Si me amas,
¿por qué me echas de ti, bárbara amiga?
ya lo veo, te canso; cuidadosa
conmigo evitas el secreto; me huyes;
sola te asustas y de todo tiemblas.
tu lengua se tropieza balbuciente,
y embarazada estás cuando me miras.
Si yo te miro, desmayada tornas
la faz y alguna lágrima…, ¡oh martirio!
Yo me acuerdo de un tiempo en que tus ojos
otros, ¡ay!, otros eran; me buscaban,
y en su mirar y regaladas burlas
alentaban mis tímidos deseos.
¿Te has olvidado de la selva hojosa,
do huyendo veces tantas del bullicio,
en sus oscuras solitarias calles
buscamos un asilo misterioso,
de alentar libres de mordaz censura?
¡Qué sitio no halló allí nuestras ternezas!
¿No ardió con nuestra llama? Al lugar corre
do reposar solíamos y escucha
tu blando corazón: si él mis suspiros
se atreve a condenar, dócil al punto
cedo a tu imperio y parto. Pero en vano,
te reconvengo, yo te canso; acaba
de arrojarme de ti, cruel,,, Perdona,
perdona a mi delirio; de rodillas
tus pies abrazo y tu piedad imploro.
¡Yo acusar tu fineza!… Yo cansarte,
a ti, que me idolatras…no: la pluma
se deslizó; mis lágrimas lo borren.
¡Oh Dios!, yo la he ultrajado; esto restaba
a mi inmenso dolor. Mi bien, señora,
dispón, ordena, manda: te obedezco;
sé que me adoras; no lo dudo; humilde
me resigno a tu arbitrio… El coche se oye,
y del sonante látigo el chasquido,
el ronco estruendo, el retiñir agudo,
viene a colmar la turbación horrible
de mi agitado corazón… Se acerca
veloz y para; te obedezco y parto.
Adiós, amada, adiós… El llanto acabe,
que el débil pecho en su dolor se ahoga.
La rosa de Citeres…
La rosa de Citeres,
primicia del verano,
delicia de los dioses
y adorno de los campos,
objeto del deseo
de las bellas, del llanto
del Alba feliz hija,
del dulce Amor cuidado,
¡oh! ¡cuán atrás se queda
si necio la comparo
en púrpura y fragancia,
Dorila, con tus labios!;
ora el virginal seno
al soplo regalado
de aura vital desplegue
del sol al primer rayo,
o inunde en grato aroma
tu seno relevado,
más feliz si tú inclinas
la nariz por gozarlo.
Las artes del Amor
Quiso el Amor que el corazón helado
de Nise ardiese, y le lanzó una flecha;
mas dio al punto a sus pies mil partes hecha
contra su seno de pudor murado.
Solicítala en oro trasformado,
y al vil metal con altivez desecha;
busca al vano favor; no le aprovecha,
quedando en pruebas mil siempre burlado.
Válese al fin de Tirsi, que la adora,
llama al tierno Himeneo y, oficioso,
de la mano la arrastra al nupcial lecho.
Victoria canta el dios, de la pastora
cesa el desdén, y en llanto delicioso
cual nieve al sol se le derrite el pecho.
Los besos de amor
Cuando mi blanda Nise
lasciva me rodea
con sus nevados brazos,
y mil veces me besa;
cuando a mi ardiente boca
su dulce labio aprieta
tan del placer rendida
que casi a hablar no acierta;
y yo por alentarla
corro con mano inquieta
de su nevado vientre
las partes más secretas;
y ella entre dulces ayes
se mueve más, y alterna
ternuras y suspiros
con balbuciente lengua;
ora hijito me llama,
ya que cese me ruega,
ya al besarme me muerde,
y moviéndose anhela.
Entonces ¡ay! si alguno
contó del mar la arena,
cuente, cuente, las glorias
en que el amor me anega.
Los ojos tristes, de llorar cansados…
Los ojos tristes, de llorar cansados,
Alzando al cielo su clemencia imploro;
Mas vuelven luego al encendido lloro,
Que el grave peso no los sufre alzados.
Mil dolorosos ayes desdeñados
Son ¡ay! tras esto de la luz que adoro;
Y ni me alivia el día, ni mejoro
Con la callada noche mis cuidados.
Huyo a la soledad, y va conmigo
Oculto el mal y nada me recrea;
En la ciudad en lágrimas me anego.
Aborrezco mi ser y aunque maldigo
La vida, temo que la muerte aún sea
Remedio débil para tanto fuego.
No con mi blanda lira…
No con mi blanda lira
serán en ayes tristes
lloradas las fortunas
de reyes infelices,
ni el grito del soldado
feroz en crudas lides,
o el trueno con que arroja
la bala el bronce horrible.
Yo tiemblo y me estremezco,
que el numen no permite
al labio temeroso
canciones tan sublimes.
Muchacho soy y quiero
decir más apacibles
querellas y gozarme
con danzas y convites.
En ellos coronado
de rosas y alhelíes,
entre risas y versos
menudeo los brindis.
En coros las muchachas
se juntan por oírme,
y al punto mis cantares
con nuevo ardor repiten.
Pues Baco y el de Venus
me dieron que felice
celebre en dulces himnos
sus glorias y festines.
No en vano, desdeñosa, su luz pura…
No en vano, desdeñosa, su luz pura
Ha el cielo a tus ojuelos trasladado,
Y ornó de oro el cabello ensortijado,
Y dio a tu frente gracia. y hermosura.
Esa encendida boca con ternura
Suspirará: tu seno regalado
De blando fuego bullirá agitado,
Y el rostro volverás con más dulzura.
Tirsi, el felice Tirsi tus favores
Cogerá, altiva Clori, su deseo
Coronando en el tálamo dichoso,
Los Cupidillos verterán mil flores,
Llamando en suaves himnos a Himeneo,
Y Amor su beso le dará gozoso.
¡O! ¡quan hórridos chocan
¡O! ¡quan hórridos chocan
Los vientos! ¡o que silbos,
Que cielo y tierra turban
Con soplo embravecido!
Las nubes concitadas
Despiden largos ríos,
Y aumentan pavorosas
El miedo y el conflicto.
La luna en su albo trono
Con desmayado brillo
Preside a las tinieblas,
En medio de su giro;
Y las menores lumbres,
El resplandor perdido,
Se esconden a los ojos
Que observan sus caminos.
Del Tormes suena lejos
El desigual ruido,
Que forman las corrientes
Batiendo con los riscos.
¡O invierno! ¡o noche triste!
¡Quan grato a mi tranquilo
Pecho es tu horror! ¡tu estruendo
Quan plácido a mi oído!
Así en el alta roca
Cantando el pastorcillo,
Del mar alborotado,
Contempla los peligros.
Tu confusión medrosa
Me eleva hasta el divino
Ser, adorando humilde
Su inmenso poderío;
Y ante él absorto y ciego
Me anego en los abismos
De gloria, que circundan
Su solio en el empíreo.
Su solio desde donde
Señala los lucidos
Pasos al sol, y encierra
La mar en sus dominios.
¡O ser inmenso! ¡o causa
Primera! ¿dónde altivo
Con vuelo temerario
Me lleva mi delirio?
¡Señor! ¿quien sois? ¿quien puso
Sobre un eterno quicio
Con mano omnipotente
Los orbes de zafiro?
¿Quién dixo a las tinieblas:
Tened en señorío
La noche; y vistió al alba
De rosa el manto rico?
¿Quién suelta de los vientos
La furia, o llevar quiso
Las aguas en sus hombros
Del ayre al gran vacío?
¡O providencia! ¡o mano
Suave! ¡o Dios benigno!
¡O padre! ¡do no llegan
Tus ansias con tus hijos!
Yo veo en estas aguas
La mies del blondo estío,
De abril las gayas flores,
De octubre los racimos.
Yo veo de los seres
En número infinito
La vida y el sustento
En ellas escondido.
Yo veo… no sé como,
Dios bueno, los prodigios
De tu saber explique
Mi pecho enternecido.
Qual concha nacarada,
Que abierta al matutino
Albor, convierte en perlas
El cándido rocío;
La tierra el ancho gremio
Prestando al cristalino
Humor, con él fecunda
Sus gérmenes activos.
Y un día el hombre ingrato
Con dulce regocijo
Las gotas de estas aguas
Trocadas verá en trigo.
Verá el pastor que el prado
Da yerbas al aprisco,
Saltando en pos sus madres
Los sueltos corderillos
Y en las labradas vegas
Tenderse manso el río,
Los surcos fecundando
Con paso retorcido.
Los vientos en sus alas,
Qual ave que en el pico
El grano a sus polluelos
Alegre lleva al nido;
Tal próvidos extienden
A términos distintos
Las fértiles semillas
Con soplo repetido.
Las plantas fortifican
En recio torbellino,
Del ayre desterrando
Los hálitos nocivos,
Y en la cansada tierra
Renuevan el perdido
Vigor, porque tributo
Nos rinda más opimo.
¡O de Dios inefable
Bondad! ¡o altos designios,
Que inmensos bienes causan
Por medios no sabidos!
Do quiera que los ojos
Vuelvo, Señor, yo admiro
Tu mano derramando
Perenes beneficios.
¡Ay! siéntalos mi pecho
Por siempre; y embebido,
En ellos te tribute
Mi labio alegres himnos.
Oda III
Cuando mi blanda Nise
lasciva me rodea
con sus nevados brazos
y mil veces me besa,
cuando a mi ardiente boca
su dulce labio aprieta,
tan del placer rendida
que casi a hablar no acierta,
y yo por alentarla
corro con mano inquieta
de su nevado vientre
las partes más secretas,
y ella entre dulces ayes
se mueve más y alterna
ternuras y suspiros
con balbuciente lengua,
ora hijito me llama,
ya que cese me ruega,
ya al besarme me muerde,
y moviéndose anhela,
entonces, ¡ay!, si alguno
contó del mar la arena,
cuente, cuente, las glorias
en que el amor me anega.
Oda IV: El consejo del amor
Pensativo y lloroso,
contemplando cuán tibia
Dorila mi amor oye
por hermosa y por niña,
al margen de una fuente
me asenté cristalina,
que un rosal adornaba
con su pompa florida.
El voluble murmullo
de sus plácidas linfas
de mis penas agudas
amainaba las iras;
y en sus ondas rientes
encantada la vista,
invisibles cual ellas mis
cuidados se huían,
cuando en torno una rosa
que besar solicita
volar vi a un cefirillo
con ala fugitiva,
y entre blandos susurros
en voz dulce y sumisa
entendí que a la bella
cariñoso decía:
«¿Dó, insensible, te vueltes?
¿Por qué, injusta, te privas
en mis juegos vivaces
de mil tiernas caricias?
Mírame que rendido
cuando humillar podría
con soplo despeñado
tu presunción esquiva,
que te tornes te ruego,
y a mis labios permitas
que los ámbares gocen
que en tus hojas abrigas.
No temas, no, que ofendan
con culpable osadía
su rosicler hermoso,
aunque blanda te rindas.
Aun más fino que ardiente,
a nada más aspiran
que a un inocente beso
las esperanzas mías.
Por ti dejé en el valle,
por ti, beldad altiva,
con vuelo desdeñoso,
mil lindas florecitas .
Tú sola me embebeces,
tú sola», repetía
el céfiro, y más suelto
en torno de ella gira,
cuando súbito noto
que la rosa rendida
le presenta su seno,
y él cien besos le liba,
con los cuales mimosa
de aquí y de allá se agita,
otros y otros buscando
que muy más la mecían.
Y en aquel mismo punto
escuché que benigna
nueva voz me alentaba,
nuncio fiel de mis dichas:
«No de tímido ceses;
insta, anhela, suplica,
cefirillo incesante
de tu rosa Dorila;
y en sus dulces canciones
delicada tu lira
su tibieza y sus miedos
cual la nieve derritan.
Verás cómo a tus ansias
cede al fin y propicia
las finezas atiende,
por ti ciega suspira,
apurando en mi copa
las inmensas delicias
que a mis más fieles guardo,
que mi afecto le brinda».
Del Amor fue el consejo;
y así luego entre risas
vi a la esquiva en mis brazos
como mil rosas fina.
Oda V: De la primavera
La blanda primavera
derramando aparece
sus tesoros y galas
por prados y vergeles.
Despejado ya el cielo
de nubes inclementes,
con luz cándida y pura
ríe a la tierra alegre.
El alba de azucenas
y de rosa las sienes
se presenta ceñidas,
sin que el cierzo las hiele.
De esplendores más rico
descuella por oriente
en triunfo el sol y a darle
la vida al mundo vuelve.
Medrosos de sus rayos
los vientos enmudecen,
y el vago cefirillo
bullendo les sucede,
el céfiro, de aromas
empapado, que mueven
en la nariz y el seno
mil llamas y deleites.
Con su aliento en la sierra
derretidas las nieves,
en sonoros arroyos
salpicando descienden.
De hoja el árbol se viste,
las laderas de verde,
y en las vegas de flores
ves un rico tapete.
Revolantes las aves
por el aura enloquecen,
regalando el oído
con sus dulces motetes;
y en los tiros sabrosos
con que el Ciego las hiere
suspirando delicias,
por el bosque se pierden,
mientras que en la pradera
dóciles a sus leyes
pastores y zagalas
festivas danzas tejen
y los tiernos cantares
y requiebros ardientes
y miradas y juegos
más y más los encienden.
Y nosotros, amigos,
cuando todos los seres
de tan rígido invierno
desquitarse parecen,
¿en silencio y en ocio
dejaremos perderse
estos días que el tiempo
liberal nos concede?
Una vez que en sus alas
el fugaz se los lleve,
¿podrá nadie arrancarlos
de la nada en que mueren?
Un instante, una sombra
que al mirar desparece,
nuestra mísera vida
para el júbilo tiene.
Ea, pues, a las copas,
y en un grato banquete
celebremos la vuelta
del abril floreciente.

Oda VI: A Dorila
¡Cómo se van las horas,
y tras ellas los días
y los floridos años
de nuestra frágil vida!
La vejez luego viene,
del amor enemiga,
y entre fúnebres sombras
la muerte se avecina,
que escuálida y temblando,
fea, informe, amarilla,
nos aterra, y apaga
nuestros fuegos y dichas.
El cuerpo se entorpece,
los ayes nos fatigan,
nos huyen los placeres
y deja la alegría.
Si esto, pues, nos aguarda,
¿para qué, mi Dorila,
son los floridos años
de nuestra frágil vida?
Para juegos y bailes
y cantares y risas
nos los dieron los cielos,
las Gracias los destinan.
Ven ¡ay! ¿qué te detiene?
Ven, ven, paloma mía,
debajo de estas parras
do leve el viento aspira;
y entre brindis süaves
y mimosas delicias
de la niñez gocemos,
pues vuela tan aprisa.
Oda VII: El gabinete
¡Qué ardor hierve en mis venas!
¡Qué embriaguez! ¡Qué delicia!
¡Y en qué fragante aroma
se inunda el alma mía!
Éste es de Amor un templo:
doquier torno la vista
mil gratas muestras hallo
del numen que lo habita.
Aquí el luciente espejo
y el tocador, do unidas
con el placer las Gracias
se esmeran en servirla,
y do esmaltada de oro
la porcelana rica
del lujo preparados
perfumes mil le brinda,
coronando su adorno
dos fieles tortolitas,
que entreabiertos los picos
se besan y acarician.
Allí plumas y flores,
el prendido y la cinta
que del cabello y frente
vistosa en torno gira,
y el velo que los rayos
con que sus ojos brillan,
doblándoles la gracia,
emboza y debilita.
Del cuello allí las perlas,
y allá el corsé se mira
y en él de su albo seno
la huella peregrina.
¡Besadla, amantes labios…!
¡besadla…! Mas tendida
la gasa que lo cubre
mis ojos allí fija.
¡Oh, gasa…! ¡qué de veces…!
El piano…Ven, querida,
ven, llega, corre, vuela,
y mi impaciencia alivia.
¡Oh! ¡cuánto en la tardanza
padezco! ¡Cuál palpita
mi seno! ¡En qué zozobras
mi espíritu vacila!
En todo, en todo te halla
mi ardor… Tu voz divina
oigo feliz… Mi boca
tu suave aliento aspira;
y el aura que te halaga
con ala fugitiva,
de tus encantos llena,
me abraza y regocija.
Mas… ¿si serán sus pasos…?
Sí, sí; la melodía
ya de su labio oyendo,
todo mi ser se agita.
Sigue en tus cantos, sigue;
vuelve a sonar de Armida
los amenazantes gritos,
las mágicas caricias.
Trine armonioso el piano;
y a mi rogar benigna,
cual ella por su amante,
tú así por mí delira.
Clama, amenaza, gime;
y en quiebros y ansias rica,
haz que ardan nuestros pechos
en sus pasiones mismas,
que tú cual ella anheles
ciega de amor y de ira
y yo rendido y dócil
tu altiva planta siga.
Y tú sostenme, ¡oh Venus!
sostenme, que la vida
entre éxtasis tan gratos
débil sin ti peligra.
Oda VIII: A la aurora
Salud, riente Aurora,
Que entre arreboles vienes
A abrir a un nuevo día
Las puertas del oriente;
Librando de las sombras
Con tu presencia alegre
Al mundo, que en sus grillos
La ciega noche tiene:
Salud, hija gloriosa
Del rubio sol, perenne
Venero a los mortales
De alivios y placeres.
Tú de eternales rosas
Ceñida vas las sienes,
Mientras tu fresco seno
Flores y perlas llueve.
Tú de brillantes ojos,
Tú de serena frente,
Y en cuya boca manan
Risas y aromas siempre.
Cuando la hermosa lumbre
De Venus desfallece,
De ópalo , nácar y oro,
Velada le sucedes:
Y el pabellón alzando
En que su faz envuelve
Tu padre el sol, sus huellas
Nuncia feliz precedes.
Tu manto purpurado
Flotando al viento leve
De las eoas plagas
Del cielo se desprende;
Hinche el espacio inmenso,
Y de su grana y nieve
Las bóvedas eternas
Matiza y esclarece,
En cuanto alegre cruzas
Por sendas de claveles
Desde su excelsa cumbre
Al cárdeno occidente.
El sol que en pos te sigue,
Tus vivos rosicleres
Inflama , y retemblando
Por verlos se detiene,
Hasta que entre sus llamas
Tú misma al fin te pierdes,
Y en su torrente inmenso
Envuelta despareces:
Si no es que tan penada
De tu Titón te sientes,
Que por sus brazos dejas
Ya la mansión celeste.
Los céfiros fugaces,
Que en un letargo muelle
Las flores en su seno
Rendidos guardar quieren,
Con tu calor se animan ,
Las prestas alas tienden,
Y en delicioso juego
Las liban y las mecen:
De do a las aves corren
Que aun en sus nidos duermen,
Con su vivaz susurro
Pugnando que despierten
A darte , oh bella Aurora,
Los dulces parabienes,
Y henchir con su alborada
Las auras de deleite.
Tú en tanto más graciosa
En luz y en rayos creces,
Que en transparentes hilos
Cruzando al viento penden.
Las cristalinas aguas
Cual vivas flechas hieren
Y hacen de bosque y prados
Más animado el verde.
A par que sus cogollos
Alzan las ricas mieses,
Y abriéndose las flores
Sus ámbares te ofrecen:
Que a la nariz y al seno,
Y al labio que los bebe
De su fragancia inundan ,
Y a mil delicias mueven.
Y todo bulle y vive,
Y en regocijo hierve
Rayando tú, que al mundo
La ansiada luz le vuelves.
Haz ¡ay! purpúrea diosa,
Que como en faz riente
Un día fausto y puro
Benigna nos prometes;
Así en mi blando seno,
Sin ansias que lo aquejen,
La paz y la inocencia
Por siempre unidas reinen.
Oda X: De las riquezas
Ya de mis verdes años
como un alegre sueño
volaron diez y nueve
sin saber dónde fueron.
Yo los llamo afligido,
mas pararlos no puedo,
que cada vez más huyen
por mucho que les ruego;
y todos los tesoros
que guarda en sus mineros
la tierra, hacer no pueden
que cesen un momento.
Pues lejos, ea, el oro;
¿para qué el afán necio
de enriquecerse a costa
de la salud y el sueño?
si más gozosa vida
me diera a mí el dinero,
o con él las virtudes
encerrara en mi pecho,
buscáralo, ¡ay!, entonces
con hidrópico anhelo;
pero si esto no puede,
para nada lo quiero.
Oda XII: De los labios de Dorila
La rosa de Citeres,
primicia del verano,
delicia de los dioses
y adorno de los campos,
objeto del deseo
de las bellas, del llanto
del Alba feliz hija,
del dulce Amor cuidado,
¡oh! ¡cuán atrás se queda
si necio la comparo
en púrpura y fragancia,
Dorila, con tus labios!;
ora el virginal seno
al soplo regalado
de aura vital desplegue
del sol al primer rayo,
o inunde en grato aroma
tu seno relevado,
más feliz si tú inclinas
la nariz por gozarlo.
Oda XV
De mis niñeces
Siendo yo niño tierno,
con la niña Dorila
me andaba por la selva
cogiendo florecillas,
de que alegres guirnaldas
con gracia peregrina,
para ambos coronarnos,
su mano disponía.
Así en niñeces tales
de juegos y delicias
pasábamos felices
las horas y los días.
Con ellos poco a poco
la edad corrió de prisa,
y fue de la inocencia
saltando la malicia.
Yo no sé; mas al verme
Dorila se reía,
ya mí de sólo hablarla
también me daba risa.
Luego al darle las flores
el pecho me latía,
y al ella coronarme
quedábase embebida.
Una tarde tras esto
vimos dos tortolitas,
que con trémulos picos
se halagaban amigas
y de gozo y deleite,
cola y alas caídas,
centellantes sus ojos,
desmayadas gemían.
Alentonos su ejemplo,
y entre honestas caricias
nos contamos turbados
nuestras dulces fatigas;
y en un punto cual sombra
voló de nuestra vista
la niñez, mas en torno
nos dio el Amor sus dichas…
Oda XVI: A un pintor
En esta breve tabla,
discípulo de Apeles,
cual yo te la pintare,
retrátame mi ausente.
Retratada cual sale
al punto que amanece
tras unos corderillos
al valle a entretenerse.
Suelto el trenzado de oro,
y al céfiro, que leve
volando licencioso
le ondea y le revuelve.
Encima una guirnalda,
que sus tranquilas sienes
de púrpura matice
con rosas y claveles.
De do con aire hermoso
de majestad alegre
la tersa frente asome,
cual reluciente plata
salga la blanca frente.
Y para que le pongas
la gracia que ella tiene
la cándida azucena
darate olor y nieve.
Luego en las negras cejas
tu habilidad ordene
la majestad del arco
que nace cuando llueve:
Y al traidor Cupidillo
podrás también ponerme,
que en medio esté asentado
y el arco a todos fleche.
Los ojos de paloma
que a su pichón se vuelve
rendida ya de amores,
y un beso le promete;
Las niñas haz de llama
que bullan y se alegren,
y a Amor que como un niño
jugando en torno vuele.
Después para que apague
los fuegos que el enciende,
la nariz proporciona
tornátil y de nieve.
Y luego entre los labios
deshoja mil claveles,
que nunca puedes darle
la púrpura que tienen.
Su boca… pero aguarda,
primero van los dientes
de aljófares menudos,
que unidos no discrepen:
Y dentro has de pintarme
cuando la lengua mueve
como un panal que afuera
destile hibleas mieles.
Las Gracias como abejas,
que con susurro leve
volando en el verano
en torno van y vienen.
Y al lado de las mejillas
dos rosas, como suelen
quedar cuando sus perlas
el alba en ellas llueve.
Cargando todo aquesto
con proporción decente
sobre el nevado cuello,
que mil corales cerquen.
Los hombros de él se aparten,
y en el hoyuelo empiece
el relevado pecho
tan albo que embelese.
Con dos bullentes pomas,
cual deliciosas fuentes
del néctar regalado
de la mansión celeste.
La airosa vestidura
de púrpura esplendente,
las puntas arrastrando
que el campo reflorecen.
Encima un bien rizado
pellico, y que le cuelgues
mil trenzas de oro y seda
que su opulencia ostenten.
Pero ¡ay! déjalo, amigo,
que tú pintar no puedes
tan celestial sujeto,
por mucho que te esmeres.
Y yo a sus brazos corro,
donde el Amor me ofrece
el premio de mis ansias,
y el colmo de sus bienes.
Oda XXIII: De un hablar muy gracioso
Dan tus labios de rosa
Si los abres, bien mío,
El más sabroso néctar
Y el aroma más fino.
Dan el almo deleite,
Que allá en el alto Olimpo
Gozan los inmortales,
Y enajena el sentido.
El ámbar de la rosa
Al albor matutino,
Al perfume que exhalan
No es de igualarse digno.
La suave miel que liban
Del romeral florido
Las abejas, con ellos
Causa amargor y hastío.
El sabor delicioso
Del más preciado vino
Es al labio sediento
Menos dulce y subido.
Su acento es muy más grato
Que el amoroso trino
Del ruiseñor, que el vuelo
Del fugaz cefirillo.
Porque todas sus llamas,
Donaires y cariños,
Y encantos y delicias
Amor les dio benigno.
Oda XXXIII: De un Cupido
Al partir y dejarla
Medrosa de mi olvido
Me dio para memoria
Dorila un Cupidillo,
Diciéndome: en mi seno
Ya queda, zagal mío,
Si tú la imagen llevas,
Por señor el Dios mismo.
Ten cuenta pues que el tuyo
Le guarde bien, y fino
Por él sin cesar oigas
La voz de mi cariño.
Que aunque cruel te alejas,
Con mi anhelar te sigo;
Y en cuantos pasos dieres
Siempre estaré contigo,
Cual tú en toda mi alma;
Que este donoso niño
Sabrá tu fe guardarme.
Tornarte mis suspiros.
Y de marfil labrado
Diome un Amor tan lindo,
Que viéndole aun Citeres
Creyera ser su hijo.
Vendados los ojuelos,
Luengo el cabello y rizo,
Las alitas doradas,
Y en la diestra sus tiros.
La aljaba al hombro bello,
Y el arco suspendidos,
Que escarmentados temen
Los dioses del Olimpo.
Arterillo el semblante
Cuan vivaz y festivo,
Y así como temblando
Por su nudez de frío.
Yo solícito al verle
Tan risueño y benigno,
Los más dulces requiebros
Inocente le digo.
Y encantado en sus gracias,
Bondadoso y sencillo
Cual un dige precioso
Le contemplo y admiro.
Ya le tomo en mis brazos,
Ya a mis labios le aplico,
Con mi aliento le templo,
Y en mi pecho le abrigo.
Mas tornando a mirarle,
Con él juego y me río;
Y en mil besos y halagos
Las finezas repito:
Tras las cuáles le vuelvo
De mi seno al asilo,
Do aun más tierno le guardo,
Más vivaz le acaricio.
Cuando súbito siento
Tan ardientes latidos,
Como cuando en el tuyo,
Dorila, me reclino.
¿Y qué fue? que en el hondo
Se me entró el fementido.
Del corazón llagado,
Para aún más afligirlo.
Oda XXXIV: A Baco
¡Honor, honor a Baco,
El padre de las risas,
De las picantes burlas,
De la amistad sencilla!
¡Honor, honor a Baco,
El Dios de las provincias
Que el Málaga, el Tudela
Y el Valdepeñas crían!
Él la jovial franqueza,
Él la igualdad inspira;
Y en fraternales lazos
Los corazones liga.
Alas al genio ofrece,
Calor a la armonía,
Y a los claros poetas
Templa acorde la lira.
Sobre los pechos tristes
Derrama la alegría;
Y enjuga nuestros lloros
Con mano compasiva.
Con su licor divino
No hay duelo ni fatiga
Que el ánimo desmayen,
Pesar que nos aflija.
En la copa saltando
De Jove la ambrosía
Semeja, y su fragancia
La aroma más subida.
Bebido, sus ardores
Dan al flaco osadía,
Revelan mil verdades,
Acaban con mil iras.
Vuelven largo al avaro.
La esperanza subliman,
Al plebeyo hacen grande,
Y altiveces humillan.
Cuando en triunfo glorioso
Sujetó el Dios la India,
Tirso y copa las armas
Fueron de su conquista.
Al mismo Amor con ellas
Avasalla, y sus viras
Más penetrantes hace,
Sus llamas más activas.
El así de Ariadna,
Exánime en la huida
De su aleve Teseo,
En Naxos triunfó un día.
Llorar viola, y doliose,
Y en sus labios destila
Del licor, que las mesas
Del cielo regocija.
La bella a su don grata
Mirole enternecida,
Luego en sus llamas arde,
Y hoy con los astros brilla.
En hombros de sus faunos
Ved, cual la copa henchida
De Jerezano néctar,
Regocijado mira.
Mal fija la guirnalda,
Ya trémula la vista,
A todos a que brinden
Solícito convida.
Los silenos beodos
Forman su compañía,
Sus bulliciosas danzas
Bacanales y Ninfas.
¡Honor, gritando todos,
Al dios de las vendimias!
¡Honor, honor a Baco,
El padre de las risas!
Oda XLVII: De la nieve
Dame, Dorila, el vaso
lleno de dulce vino,
que sólo en ver la nieve
temblando estoy de frío.
Ella en sueltos vellones
por el aire tranquilo
desciende, y cubre el suelo
de cándidos armiños.
¡Oh! como el verla agrada,
seguros de su tiro,
deshecha en copos leves
bajar con lento giro!
Los árboles del peso
se inclinan oprimidos,
y alcorza delicado
parecen en el brillo.
Los valles y laderas,
de un velo cristalino
cubiertos, disimulan
su mustio desabrigo.
Mientras el arroyuelo,
con nuevas aguas rico,
saltando bullicioso
se burla de los grillos.
Sus surcos y trabajos
ve el rústico perdidos,
y triste no distingue
su campo del vecino.
Las aves enmudecen
medrosas en el nido
o buscan de los hombres
el mal seguro asilo.
Y el tímido rebaño
con débiles balidos
demanda su sustento
cerrado en el aprisco.
Pero la nieve crece,
y en denso torbellino
la agita con sus soplos
el aquilón maligno.
Las nubes se amontonan,
y el cielo de improviso
se entolda pavoroso
de un velo más sombrío.
Dejémosla que caiga
Dorila, y bien bebidos,
burlemos sus rigores
con dulces regocijos.
Bebamos y dancemos,
que ya el abril florido
vendrá en las blandas alas
del céfiro benigno.
Oda XL: De mi vida en la aldea
Cuando a mi pobre aldea
feliz escapar puedo,
las penas y el bullicio
de la ciudad huyendo,
alegre me parece
que soy un hombre nuevo,
y entonces solo vivo,
y entonces solo pienso.
Las horas que insufribles
allí me vuelve el tedio,
aquí sobre mí vagan
con perezoso vuelo.
Las noches que allá ocupan
la ociosidad y el juego,
acá los dulces libros
y el descuidado sueño.
Despierto con el alba,
trocando el muelle lecho
por su vital ambiente,
que me dilata el seno.
Me agrada de arreboles
tocado ver el cielo
cuando a ostentar empieza
su clara lumbre Febo.
Me agrada, cuando brillan
sobre el cénit sus fuegos,
perderme entre las sombras
del bosque más espeso;
si lánguido se esconde,
sus últimos reflejos
ir del monte en la cima
solícito siguiendo;
o si la noche tiende
su manto de luceros,
medir sus direcciones
con ojos más atentos,
volviéndome a mis libros,
do atónito contemplo
la ley que portentosa
gobierna el universo.
Desde ellos y la cumbre
de tantos pensamientos
desciendo de mis gentes
al rústico comercio;
y con ellas tomando
en sus chanzas empeños
la parte que me dejan,
gozoso devaneo.
El uno de las mieses,
el otro del viñedo
me informan, y me añaden
las fábulas del pueblo.
Pondero sus consejas,
recojo sus proverbios,
sus dudas y disputas
cual árbitro sentencio.
Mis votos se celebran,
todos hablan a un tiempo,
la igualdad inocente
ríe en todos los pechos.
Llega luego el criado
con el cántaro lleno,
y la alegre muchacha
con castañas y queso,
y todo lo coronan
en fraternal contento
las tazas que se cruzan
del vino más añejo.
Así mis faustos días,
de paz y dicha llenos,
al gusto que los mide
semejan un momento.
Ofendido me tiene…
Ofendido me tiene,
muchachas, vuestro trato,
mucho decirlo siento,
mas ya no he de callarlo.
Yo os quise desde niño,
os sirvo y os regalo,
y en burlas inocentes
os digo mil halagos.
Mi lira os entretiene
con sus acentos blandos;
de ella gustáis tañendo,
de ella gozáis bailando.
En mis süaves versos
vuestras delicias canto,
vuestro desdén lamento,
vuestra belleza alabo.
¿Y esquivas hoy vosotras
me desdeñáis en pago?
Pues mirad que de amigo
me volveré contrario.
Pensativo y lloroso…
Pensativo y lloroso,
contemplando cuán tibia
Dorila mi amor oye
por hermosa y por niña,
al margen de una fuente
me asenté cristalina,
que un rosal adornaba
con su pompa florida.
El voluble murmullo
de sus plácidas linfas
de mis penas agudas
amainaba las iras;
y en sus ondas rientes
encantada la vista,
invisibles cual ellas mis
cuidados se huían,
cuando en torno una rosa
que besar solicita
volar vi a un cefirillo
con ala fugitiva,
y entre blandos susurros
en voz dulce y sumisa
entendí que a la bella
cariñoso decía:
«¿Dó, insensible, te vueltes?
¿Por qué, injusta, te privas
en mis juegos vivaces
de mil tiernas caricias?
Mírame que rendido
cuando humillar podría
con soplo despeñado
tu presunción esquiva,
que te tornes te ruego,
y a mis labios permitas
que los ámbares gocen
que en tus hojas abrigas.
No temas, no, que ofendan
con culpable osadía
su rosicler hermoso,
aunque blanda te rindas.
Aun más fino que ardiente,
a nada más aspiran
que a un inocente beso
las esperanzas mías.
Por ti dejé en el valle,
por ti, beldad altiva,
con vuelo desdeñoso,
mil lindas florecitas .
Tú sola me embebeces,
tú sola», repetía
el céfiro, y más suelto
en torno de ella gira,
cuando súbito noto
que la rosa rendida
le presenta su seno,
y él cien besos le liba,
con los cuales mimosa
de aquí y de allá se agita,
otros y otros buscando
que muy más la mecían.
Y en aquel mismo punto
escuché que benigna
nueva voz me alentaba,
nuncio fiel de mis dichas:
«No de tímido ceses;
insta, anhela, suplica,
cefirillo incesante
de tu rosa Dorila;
y en sus dulces canciones
delicada tu lira
su tibieza y sus miedos
cual la nieve derritan.
Verás cómo a tus ansias
cede al fin y propicia
las finezas atiende,
por ti ciega suspira,
apurando en mi copa
las inmensas delicias
que a mis más fieles guardo,
que mi afecto le brinda».
Del Amor fue el consejo;
y así luego entre risas
vi a la esquiva en mis brazos
como mil rosas fina.
¡Qué ardor hierve en mis venas!…
¡Qué ardor hierve en mis venas!
¡Qué embriaguez! ¡Qué delicia!
¡Y en qué fragante aroma
se inunda el alma mía!
Éste es de Amor un templo:
doquier torno la vista
mil gratas muestras hallo
del numen que lo habita.
Aquí el luciente espejo
y el tocador, do unidas
con el placer las Gracias
se esmeran en servirla,
y do esmaltada de oro
la porcelana rica
del lujo preparados
perfumes mil le brinda,
coronando su adorno
dos fieles tortolitas,
que entreabiertos los picos
se besan y acarician.
Allí plumas y flores,
el prendido y la cinta
que del cabello y frente
vistosa en torno gira,
y el velo que los rayos
con que sus ojos brillan,
doblándoles la gracia,
emboza y debilita.
Del cuello allí las perlas,
y allá el corsé se mira
y en él de su albo seno
la huella peregrina.
¡Besadla, amantes labios…!
¡besadla…! Mas tendida
la gasa que lo cubre
mis ojos allí fija.
¡Oh, gasa…! ¡qué de veces…!
El piano…Ven, querida,
ven, llega, corre, vuela,
y mi impaciencia alivia.
¡Oh! ¡cuánto en la tardanza
padezco! ¡Cuál palpita
mi seno! ¡En qué zozobras
mi espíritu vacila!
En todo, en todo te halla
mi ardor… Tu voz divina
oigo feliz… Mi boca
tu suave aliento aspira;
y el aura que te halaga
con ala fugitiva,
de tus encantos llena,
me abraza y regocija.
Mas… ¿si serán sus pasos…?
Sí, sí; la melodía
ya de su labio oyendo,
todo mi ser se agita.
Sigue en tus cantos, sigue;
vuelve a sonar de Armida
los amenazantes gritos,
las mágicas caricias.
Trine armonioso el piano;
y a mi rogar benigna,
cual ella por su amante,
tú así por mí delira.
Clama, amenaza, gime;
y en quiebros y ansias rica,
haz que ardan nuestros pechos
en sus pasiones mismas,
que tú cual ella anheles
ciega de amor y de ira
y yo rendido y dócil
tu altiva planta siga.
Y tú sostenme, ¡oh Venus!
sostenme, que la vida
entre éxtasis tan gratos
débil sin ti peligra.
Quiso el Amor que el corazón helado…
Quiso el Amor que el corazón helado
de Nise ardiese, y le lanzó una flecha;
mas dio al punto a sus pies mil partes hecha
contra su seno de pudor murado.
Solicítala en oro trasformado,
y al vil metal con altivez desecha;
busca al vano favor; no le aprovecha,
quedando en pruebas mil siempre burlado.
Válese al fin de Tirsi, que la adora,
llama al tierno Himeneo y, oficioso,
de la mano la arrastra al nupcial lecho.
Victoria canta el dios, de la pastora
cesa el desdén, y en llanto delicioso
cual nieve al sol se le derrite el pecho.
Rosana en los fuegos
Del sol llevaba la lumbre
Y la alegría del alba,
En sus celestiales ojos
La hermosísima Rosana,
Una noche que a los fuegos
Salió la fiesta de Pascua,
Para abrasar todo el valle
En mil amorosas ansias.
Por doquiera que camina
Lleva tras sí la mañana,
Y donde se vuelve rinde
La libertad de mil almas.
El céfiro la acaricia
Y mansamente la halaga,
Los Amores la rodean
Y las Gracias la acompañan.
Y ella, así como en el valle
Descuella la altiva palma
Cuando sus verdes pimpollos
Hasta las nubes levanta;
O cual vid de fruto llena
Que con el olmo se abraza,
Y sus vástagos extiende
Al arbitrio de las ramas;
Así entre sus compañeras
El nevado cuello alza,
Sobresaliendo entre todas
Cual fresca rosa entre zarzas;
O como cándida perla
Que artífice diestro engasta
Entre encendidos corales,
Porque más luzcan sus aguas.
Todos los ojos se lleva
Tras sí, todo lo avasalla;
De amor mata a los pastores
Y de envidia a las zagalas.
Ni las músicas se atienden,
Ni se gozan las lumbradas;
Que todos corren por verla
Y al verla todos se abrasan.
¡Qué de suspiros se escuchan!
¡Qué de vivas y de salvas!
No hay zagal que no la admire
Y no se esmere en loarla.
Cuál absorto la contempla
Y a la aurora la compara
Cuando más alegre sale
Y el cielo de su albor baña;
Cuál al fresco y verde aliso
Que crece al margen del agua,
Cuando más pomposo en hojas
En su cristal se retrata;
Cuál a la luna, si muestra
Llena su esfera de plata,
Y asoma por los collados
De luceros coronada.
Otros pasmados la miran
Y mudamente la alaban,
Y cuanto más la contemplan
Muy más hermosa la hallan.
Que es como el cielo su rostro
Cuando en la noche callada
Brilla con todas sus luces
Y los ojos embaraza.
¡Ay, qué de envidias se encienden!
¡Ay, qué de celos que causa
En las serranas del Tormes
Su perfección sobrehumana!
Las más hermosas la temen,
Mas sin osar murmurarla;
Que como el oro más puro
No sufre una leve mancha.
—Bien haya tu gentileza,
Una y mil veces bien haya,
Y abrase la envidia al pueblo,
Hermosísima aldeana.
Toda, toda eres perfecta,
Toda eres donaire y gracia,
El amor vive en tus ojos
Y la gloria está en tu cara;
En esa cara hechicera,
Do toda su luz cifrada
Puso Venus misma, y ciego
En pos de sí me arrebata.
La libertad me has robado,
Yo la doy por bien robada,
Mas recibe el don benigna
Que mi humildad te consagra.
No el don por pobres desdenes,
Que aun las deidades más altas
A zagales, cual yo, humildes,
Un tiempo acogieron gratas;
Y mezclando sus ternezas
Con sus rústicas palabras,
No, aunque diosas, esquivaron
Sus amorosas demandas.
Su feliz ejemplo sigue,
Pues que en verdad las igualas;
Cual yo a todos los excedo
En 1o fino de mi llama—.
Esto un zagal le decía
Con razones mal formadas,
Que salió libre a los fuegos
Y volvió cautivo a casa.
Y desde entonces perdido
El día a sus puertas le halla;
Ayer le cantó esta letra
Echándole la alborada:
Linda zagaleja
De cuerpo gentil,
Muérome de amores
Desde que te vi.
Tu talle, tu aseo,
Tu gala y donaire,
No tienen, serrana,
Igual en el valle.
Del cielo son ellos
Y tú un serafín:
Muérome de amores
Desde que te vi.
De amores me muero,
Sin que nada alcance
A darme la vida
Que allá te llevaste,
Si no te condueles
Benigna de mí;
Que muero de amores
Desde que te vi.
Salud, riente Aurora…
Salud, riente Aurora,
Que entre arreboles vienes
A abrir a un nuevo día
Las puertas del oriente;
Librando de las sombras
Con tu presencia alegre
Al mundo, que en sus grillos
La ciega noche tiene:
Salud, hija gloriosa
Del rubio sol, perenne
Venero a los mortales
De alivios y placeres.
Tú de eternales rosas
Ceñida vas las sienes,
Mientras tu fresco seno
Flores y perlas llueve.
Tú de brillantes ojos,
Tú de serena frente,
Y en cuya boca manan
Risas y aromas siempre.
Cuando la hermosa lumbre
De Venus desfallece,
De ópalo , nácar y oro,
Velada le sucedes:
Y el pabellón alzando
En que su faz envuelve
Tu padre el sol, sus huellas
Nuncia feliz precedes.
Tu manto purpurado
Flotando al viento leve
De las eoas plagas
Del cielo se desprende;
Hinche el espacio inmenso,
Y de su grana y nieve
Las bóvedas eternas
Matiza y esclarece,
En cuanto alegre cruzas
Por sendas de claveles
Desde su excelsa cumbre
Al cárdeno occidente.
El sol que en pos te sigue,
Tus vivos rosicleres
Inflama , y retemblando
Por verlos se detiene,
Hasta que entre sus llamas
Tú misma al fin te pierdes,
Y en su torrente inmenso
Envuelta despareces:
Si no es que tan penada
De tu Titón te sientes,
Que por sus brazos dejas
Ya la mansión celeste.
Los céfiros fugaces,
Que en un letargo muelle
Las flores en su seno
Rendidos guardar quieren,
Con tu calor se animan ,
Las prestas alas tienden,
Y en delicioso juego
Las liban y las mecen:
De do a las aves corren
Que aun en sus nidos duermen,
Con su vivaz susurro
Pugnando que despierten
A darte , oh bella Aurora,
Los dulces parabienes,
Y henchir con su alborada
Las auras de deleite.
Tú en tanto más graciosa
En luz y en rayos creces,
Que en transparentes hilos
Cruzando al viento penden.
L a s cristalinas aguas
Cual vivas flechas hieren
Y hacen de bosque y prados
Más animado el verde.
A par que sus cogollos
Alzan las ricas mieses,
Y abriéndose las flores
Sus ámbares te ofrecen:
Que a la nariz y al seno,
Y al labio que los bebe
De su fragancia inundan ,
Y a mil delicias mueven.
Y todo bulle y vive,
Y en regocijo hierve
Rayando tú, que al mundo
La ansiada luz le vuelves.
Haz ¡ay! purpúrea diosa,
Que como en faz riente
Un día fausto y puro
Benigna nos prometes;
Así en mi blando seno,
Sin ansias que lo aquejen,
La paz y la inocencia
Por siempre unidas reinen.
Siendo yo niño tierno…
De mis niñeces
Siendo yo niño tierno,
con la niña Dorila
me andaba por la selva
cogiendo florecillas,
de que alegres guirnaldas
con gracia peregrina,
para ambos coronarnos,
su mano disponía.
Así en niñeces tales
de juegos y delicias
pasábamos felices
las horas y los días.
Con ellos poco a poco
la edad corrió de prisa,
y fue de la inocencia
saltando la malicia.
Yo no sé; mas al verme
Dorila se reía,
ya mí de sólo hablarla
también me daba risa.
Luego al darle las flores
el pecho me latía,
y al ella coronarme
quedábase embebida.
Una tarde tras esto
vimos dos tortolitas,
que con trémulos picos
se halagaban amigas
y de gozo y deleite,
cola y alas caídas,
centellantes sus ojos,
desmayadas gemían.
Alentonos su ejemplo,
y entre honestas caricias
nos contamos turbados
nuestras dulces fatigas;
y en un punto cual sombra
voló de nuestra vista
la niñez, mas en torno
nos dio el Amor sus dichas…
Suelta mi palomita pequeñuela…
Suelta mi palomita pequeñuela,
y déjamela libre, ladrón fiero;
suéltamela, pues ves cuánto la quiero,
y mi dolor con ella se consuela.
Tú allá me la entretienes con cautela;
dos noches no ha venido, aunque la espero.
¡Ay!, si esta se detiene, cierto muero;
suéltala, ¡oh crudo!, y tú verás cuál vuela.
Si señas quieres, el color de nieve,
manchadas las alitas, amorosa
la vista, y el arrullo soberano,
lumbroso el cuello, y el piquito breve…
mas suéltala y verásla bulliciosa
cuál viene y pica de mi palma el grano.
Tus lindos ojuelos…
Tus lindos ojuelos
me matan de amor.
Ora vagos giren,
o párense atentos,
o miren exentos,
o lánguidos miren,
o injustos se aíren,
culpando mi ardor,
tus lindos ojuelos
me matan de amor.
Si al final del día
emulando ardientes,
alientan clementes
la esperanza mía,
y en su halago fía
mi crédulo error,
tus lindos ojuelos
me matan de amor.
Si evitan arteros
encontrar los míos,
sus falsos desvíos
me son lisonjeros.
Negándome fieros
su dulce favor,
tus lindos ojuelos
me matan de amor.
Los cierras burlando,
y ya no hay amores,
sus flechas y ardores
tu juego apagando;
Yo entonces temblando
clamo en tanto horror:
«¡Tus lindos ojuelos
me matan de amor!».
Los abres riente,
y el Amor renace
y en gozar se place
de su nuevo oriente,
cantando demente
yo al ver su fulgor:
«¡Tus lindos ojuelos
me matan de amor!».
Tórnalos, te ruego,
niña, hacia otro lado,
que casi he cegado
de mirar su fuego.
¡Ay! tórnalos luego,
no con más rigor
tus lindos ojuelos
me maten de amor.
Viendo el Amor un día…
Viendo el Amor un día
que mil lindas zagalas
huían de él medrosas
por mirarle con armas,
dicen que de picado
les juró la venganza
y una burla les hizo,
como suya, extremada.
Tornose en mariposa,
los bracitos en alas
y los pies ternezuelos
en patitas doradas.
¡Oh! ¡qué bien que parece!
¡Oh! ¡qué suelto que vaga,
y ante el sol hace alarde
de su púrpura y nácar!
Ya en el valle se pierde,
ya en una flor se para,
ya otra besa festivo,
y otra ronda y halaga.
Las zagalas, al verle,
por sus vuelos y gracia
mariposa le juzgan
y en seguirle no tardan.
Una a cogerle llega,
y él la burla y se escapa;
otra en pos va corriendo,
y otra simple le llama,
despertando el bullicio
de tan loca algazara
en sus pechos incautos
la ternura más grata.
Ya que juntas las mira,
dando alegres risadas
súbito amor se muestra
y a todas las abrasa.
Mas las alas ligeras
en los hombros por gala
se guardó el fementido,
y así a todas alcanza.
También de mariposa
le quedó la inconstancia:
llega, hiere, y de un pecho
a herir otro se pasa.
Ya de mis verdes años…
Ya de mis verdes años
como un alegre sueño
volaron diez y nueve
sin saber dónde fueron.
Yo los llamo afligido,
mas pararlos no puedo,
que cada vez más huyen
por mucho que les ruego;
y todos los tesoros
que guarda en sus mineros
la tierra, hacer no pueden
que cesen un momento.
Pues lejos, ea, el oro;
¿para qué el afán necio
de enriquecerse a costa
de la salud y el sueño?
si más gozosa vida
me diera a mí el dinero,
o con él las virtudes
encerrara en mi pecho,
buscáralo, ¡ay!, entonces
con hidrópico anhelo;
pero si esto no puede,
para nada lo quiero.
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