Poemas de José Cadalso

Poemas de José Cadalso

Poemas de José Cadalso, figura cumbre de la Ilustración española y que personifica la dualidad entre el rigor marcial y la sensibilidad melancólica. Su pluma, vibrante y cosmopolita, navegó entre la sátira social de sus Cartas marroquíes y la penumbra emocional que define su legado poético.

En sus versos, Cadalso transita del estilo anacreóntico —celebrando el amor y el vino con ligereza galante— hacia una profundidad sombría en Noches lúgubres. Esta obra, precursora del Romanticismo, destila un dolor auténtico tras la pérdida de su amada, transformando el paisaje en un espejo del alma atormentada.

Militar de carrera y humanista por vocación, su voz resuena con una elegancia trágica; un equilibrio perfecto entre la razón lúcida del siglo XVIII y el suspiro apasionado de quien comprende que la gloria y la vida son sombras fugaces.

A la muerte de Filis

En lúgubres cipreses

he visto convertidos

los pámpanos de Baco

y de Venus los mirtos;

cual ronca voz del cuervo

hiere mi triste oído

el siempre dulce tono

del tierno jilguerillo;

ni murmura el arroyo

con delicioso trino;

resuena cual peñasco

con olas combatido.

En vez de los corderos

de los montes vecinos

rebaños de leones

bajar con furia he visto;

del sol y de la luna

los carros fugitivos

esparcen negras sombras

mientras dura su giro;

las pastoriles flautas,

que tañen mis amigos,

resuenan como truenos

del que reina en Olimpo.

Pues Baco, Venus, aves,

arroyos, pastorcillos,

sol, luna, todos juntos

miradme compasivos,

y a la ninfa que amaba

al infeliz Narciso,

mandad que diga al orbe

la pena de Dalmiro.

 

A la peligrosa enfermedad de Filis

Si el cielo está sin luces

el campo está sin flores

los pájaros no cantan

los arroyos no corren

no saltan los corderos

no bailan los pastores

los troncos no dan frutos

los ecos no responden…

es que enfermó mi Filis

y está suspenso el orbe.

 

Al pintor que me ha de retratar

Discípulo de Apeles,

si tu pincel hermoso

empleas por capricho

en este feo rostro,

no me pongas ceñudo,

con iracundos ojos,

en la diestra el estoque

de Toledo famoso,

y en la siniestra el freno

de algún bélico monstruo,

ardiente como el rayo,

ligero como el soplo;

ni en el pecho la insignia

que en los siglos gloriosos

alentaba a los nuestros,

aterraba a los moros;

ni cubras este cuerpo

con militar adorno,

metal de nuestras Indias,

color azul y rojo;

ni tampoco me pongas,

con vanidad de docto,

entre libros y planos,

entre mapas y globos.

Reserva esta pintura

para los nobles locos

que honores solicitan

en los siglos remotos;

a mí, que sólo aspiro

a vivir con reposo

de nuestra frágil vida

estos instantes cortos,

la quietud de mi pecho

representa en mi rostro,

la alegría en la frente,

en mis labios el gozo.

Cíñeme la cabeza

con tomillo oloroso,

con amoroso mirto,

con pámpano beodo;

el cabello esparcido,

cubriéndome los hombros,

y descubierto al aire

el pecho bondadoso;

en esta diestra un vaso

muy grande, y lleno todo

de jerezano néctar

o de manchego mosto;

en la siniestra un tirso,

que es bacanal adorno,

y en postura de baile

el cuerpo chico y gordo;

o bien junto a mi Filis,

con semblante amoroso,

y en cadenas floridas

prisionero dichoso.

Retrátame, te pido,

de este sencillo modo,

y no de otra manera,

si tu pincel hermoso

empleas, por capricho,

en este feo rostro.

 

Anacreóntica

Unos pasan, amigo,

estas noches de enero

junto al balcón de Cloris,

con lluvia, nieve y hielo;

otros la pica al hombro,

sobre murallas puestos,

hambrientos y desnudos,

pero de gloria llenos;

otros al campo raso,

las distancias midiendo

que hay de Venus a Marte,

que hay de Mercurio a Venus;

otros en el recinto

del lúgubre aposento,

de Newton o Descartes

los libros revolviendo;

otros contando ansiosos

sus mal habidos pesos,

atando y desatando

los antiguos talegos.

Pero acá lo pasamos

junto al rincón del fuego,

asando unas castañas,

ardiendo un tronco entero,

hablando de las viñas,

contando alegres cuentos,

bebiendo grandes copas,

comiendo buenos quesos;

y a fe que de este modo

no nos importa un bledo

cuanto enloquece a muchos,

que serían muy cuerdos

si hicieran en la corte

lo que en la aldea hacemos.

 

Epigrama a Júpiter, Neptuno y Plutón

Ufanos con el gobierno

del infierno, cielo y mar

los tres dioses no han de estar.

Amor con ser niño tierno

a los tres sabe mandar.

 

Idilio anacreóntico a Batilo

Ya no verán, oh Tormes,

tus áridas orillas

los manes de Galeno

y del Estagirista.

Alza la anciana frente

tanto tiempo oprimida,

y esparce por el campo

desde hoy jovial la vista.

¿No ves como se acercan

con música divina

a tus arenas sacras

el gusto y la alegría?

En torno de ellas vuelvan

los juegos y las risas,

cerca vienen las Musas,

del gran Febo seguidas.

En medio de aquel carro,

¿no ves cómo camina

un joven, de quien tiene

Ganímedes envidia?

¿No escuchas que al acento

de su süave lira

las nueve musas cantan

y el verde prado pisan?

Para adornar sus sienes

y cabellos que brillan

más que el oro que llega

de las lejanas Indias,

tejiendo van guirnaldas;

y de Flora las ninfas

para tejerle flores

van y vienen a prisa.

Pues ese mismo joven

es por quien tus orillas

verán llegar las gracias,

el gusto y la alegría,

huyendo de sus voces

y célica armonía

los manes de Galeno

y del Estagirista.

 

Sobre el poder del tiempo

Todo lo muda el tiempo, Filis mía,

todo cede al rigor de sus guadañas:

ya transforma los valles en montañas,

ya pone un campo donde un mar había.

 

Él muda en noche opaca el claro día,

en fábulas pueriles las hazañas,

alcázares soberbios en cabañas,

y el juvenil ardor en vejez fría.

 

Doma el tiempo al caballo desbocado,

detiene el mar y viento enfurecido,

postra al león y rinde al bravo toro.

 

Sola una cosa al tiempo denodado

ni cederá, ni cede, ni ha cedido,

y es el constante amor con que te adoro.

 

Vuelve, mi dulce lira

Vuelve, mi dulce lira,

vuelve a tu estilo humilde,

y deja a los Homeros

cantar a los Aquiles.

Canta tú la cabaña

con tonos pastoriles,

y los épicos metros

a Virgilio no envidies.

No esperes en la corte

gozar días felices,

y vuélvete a la aldea,

que tu presencia pide.

Ya te aguardan zagales

que con flores se visten,

y adornan sus cabezas

y cuellos juveniles.

Ya te esperan pastores,

que deseosos viven

de escuchar tus canciones,

que con gusto repiten.

Y para que sus voces

a los ecos admiren

y repitan tus versos

los melodiosos cisnes,

vuelve, mi dulce lira,

vuelve a tu tono humilde,

y deja a los Homeros

cantar a los Aquiles.

 

A la Primavera

No basta que en su cueva se encadene

el uno y otro proceloso viento,

ni que Neptuno mande a su elemento

con el tridente azul que se serene;

 

ni que Amaltea el fértil campo llene

de fruta y flor, ni que con nuevo aliento

al eco den las aves dulce acento,

ni que el arroyo desatado suene.

 

En vano anuncias, verde primavera,

tu vuelta de los hombres deseada,

triunfante del invierno triste y frío.

 

Muerta Filis, el orbe nada espera,

sino niebla espantosa, noche helada,

sombras y susto como el pecho mío.

 

Letrillas Satíricas

Que un sabio de mal humor

llame locura al amor,

ya lo veo;

pero que no se enloquezca

cuando otro humor prevalezca,

no lo creo.

 

Que una doncella guardada

esté del mundo apartada,

ya lo veo;

pero que no muera ella

por salir de ser doncella,

no lo creo.

 

Que un filósofo muy grave

diga que de amor no sabe,

ya lo veo;

pero que no mienta el sabio

con el pecho y con el labio,

no lo creo.

 

Que una moza admita un viejo

por marido o por cortejo,

ya lo veo;

mas que el viejo en confusiones

no dé por cuernos doblones,

no lo creo.

 

Que un amante abandonado

diga que está escarmentado,

ya lo veo;

pero que él no se desdiga

si encuentra grata a su amiga,

no lo creo.

 

Que una vieja ya se asombre

hasta del nombre del hombre

ya lo veo;

pero que ella no quisiera

ser de edad menos severa,

no lo creo.

 

Que una mujer a su amante

jure ser siempre constante,

ya lo veo;

pero que se pase un día

y ella quiera todavía,

no lo creo.

 

Que de todas las mujeres

no importen los pareceres,

ya lo veo;

pero de que la que amamos

el parecer no sigamos,

no lo creo.

 

Que la mujer, cual cristal,

la quiebre un soplo fatal,

ya lo veo;

pero que pueda soldarse

si una vez llega a quebrarse,

no lo creo.

 

Que al espejo las coquetas

estudien mil morisquetas,

ya lo veo;

pero que sea el cristal

el objeto principal,

no lo creo.

 

Que bastante he murmurado

en lo que está criticado,

ya lo veo;

pero que mucho no pueda

criticarse en lo que pueda,

no lo creo.

 

Que la novia moza y linda

al novio viejo se rinda,

ya lo veo;

pero que crea el barbón

que ella rinde el corazón,

no lo creo.

 

Sobre El Anhelo Con Que Cada Uno Trabaja Para Lograr Su Objeto

Pierde tras el laurel su noble aliento

el héroe joven en la atroz milicia;

supúltase en el mar por su avaricia

el necio, que engañaron mar y viento.

 

Hace prisión su lúgrube aposento

el sabio por saber; y por codicia

el que al duro metal de la malicia

fio su corazón y su contento.

 

Por su cosecha sufre el sol ardiente

el labrador, y pasa noche y día

el cazador de su familia ausente.

 

Yo también llevaré con alegría

cuantos sustos el orbe me presente,

sólo por agradarte, Filis mía.

 

Epigrama A Un Aragonés

En la cabeza le dio

Un palo Juan a Ginés

¿Y rompióselo? Al revés.

El palo se le rompió.

Ginés era aragonés.

 

Letrillas Pueriles De Dalmiro

De amores me muero,

mi madre, acudid,

si no llegáis pronto,

vereisme morir.

 

Glosa

Catorce años tengo,

ayer los cumplí,

que fue el primer día

del florido abril;

y chicas y chicos

me suelen decir:

«¿Por qué no te casan,

Mariquilla, di?».

 

De amores me muero,

mi madre, acudid,

si no llegáis pronto,

vereisme morir.

 

Y a fe, madre mía,

que allá en el jardín,

estando a mis solas,

despacio me vi

en el espejito

que me dio en Madrid

las ferias pasadas

el mi primo Luis.

 

De amores me muero,

mi madre, acudid,

si no llegáis pronto,

vereisme morir.

 

Mireme y mireme

cien veces y mil,

y dije llorando:

«¡Ay pobre de mí!,

¿por qué se malogra

mi dulce reír

y tierna mirada?».

¡Ay niña infeliz!

 

De amores me muero,

mi madre, acudid,

si no llegáis pronto,

vereisme morir.

 

Y luego en mi pecho

una voz oí,

cual cosa de encanto,

que empezó a decir:

«¿La niña soltera

de qué ha de servir?

La vieja casada

aun es más feliz».

 

De amores me muero,

mi madre, acudid,

si no llegáis pronto,

vereisme morir.

 

Si por ese mundo

no quisiereis ir

buscándome un novio,

dejádmelo a mí,

que yo hallaré tantos

que pueda elegir,

y de nuestra calle

yo no he de salir.

 

De amores me muero,

mi madre, acudid,

si no llegáis pronto,

vereisme morir.

 

Al lado vive uno

como un serafín,

que la misma misa

que yo suele oír.

Si voy sola, llega

muy cerca de mí;

y se pone lejos

si también venís.

 

De amores me muero,

mi madre, acudid,

si no llegáis pronto,

vereisme morir.

 

Me mira, le miro.

Si me vio le vi,

se pone más rojo

que el mismo carmín.

Y si esto le pasa

al pobre, decid:

«¿Qué queréis, mi madre,

que me pase a mí?»

 

De amores me muero,

mi madre, acudid,

si no llegáis pronto

vereisme morir.

 

Enfrente vive otro,

taimado y sutil,

que suele de paso

mirarme y reír.

Y disimulado

se viene tras mí,

y a ver dónde llego

me suele seguir.

 

De amores me muero,

mi madre, acudid,

si no llegáis pronto,

vereisme morir.

 

Otro hay que pasea

con aire gentil

la calle cien veces,

y aunque diga mil,

y a nuestra criada

la suele decir:

«Bonita es tu ama,

¿te habla de mí?».

 

De amores me muero,

mi madre, acudid,

si no llegáis pronto,

vereisme morir.

 

Injuria El Poeta Al Amor

Amor, con flores ligas nuestros brazos;

los míos te ofrecí lleno de penas,

me echaste tus guirnaldas más amenas,

secáronse las flores, vi los lazos,

y vi que eran cadenas.

 

Nos guías por la senda placentera

al templo del placer ciego y propicio;

yo te seguí, mas viendo el artificio,

el peligro y tropel de tu carrera,

vi que era un precipicio.

 

Con dulce copa al parecer sagrada,

al hombre brindas, de artificio lleno;

bebí; quemose con su ardor mi seno;

con sed insana la dejé apurada

y vi que era veneno.

 

Tu mar ofrece, con fingida calma,

bonanza sin escollo ni contagio;

yo me embarqué con tal falaz presagio,

vi cada rumbo que se ofrece al alma,

y vi que era un naufragio.

 

El carro de tu madre, ingrata diosa,

vi que tiraban aves inocentes;

besáronlas mis labios imprudentes,

el pecho me rasgó la más hermosa

y vi que eran serpientes.

 

Huye Amor, de mi pecho ya sereno,

tus alas mueve a climas diferentes,

lleva a los corazones imprudentes

cadenas, precipicios y veneno,

naufragios y serpientes.

 

Muerta Filis Renuncia El Poeta Al Amor Y A La Poesía

Mientras vivió la dulce prenda mía,

Amor, sonoros versos me inspiraste;

obedecí la ley que me dictaste,

y sus fuerzas me dio la poesía.

 

Mas ¡ay! que desde aquel aciago día

que me privó del bien que tú admiraste,

al punto sin imperio en mí te hallaste,

y hallé falta de ardor a mi Talía.

 

Pues no borra su ley la Parca dura,

a quien el mismo Jove no resiste,

olvido el Pindo y dejo la hermosura.

 

Y tú también de tu ambición desiste,

y junto a Filis tengan sepultura

tu flecha inútil y mi lira triste.

 

Sobre Ser La Poesía Un Estudio Frívolo, Y Convenirme Aplicarme A Otros Más Serios

Llegose a mí con el semblante adusto,

con estirada ceja y cuello erguido

(capaz de dar un peligroso susto

al tierno pecho del rapaz Cupido),

un animal de los que llaman sabios,

y de este modo abrió sus secos labios:

 

“No cantes más de amor. Desde este día

has de olvidar hasta su necio nombre;

aplícate a la gran filosofía;

sea tu libro el corazón del hombre”.

Fuese, dejando mi alma sorprendida

de la llegada, arenga y despedida.

 

¡Adiós, Filis, adiós! No más amores,

no más requiebros, gustos y dulzuras,

no más decirte halagos, darte flores,

no más mezclar los celos con ternuras,

no más cantar por monte, selva o prado

tu dulce nombre al eco enamorado;

 

no más llevarte flores escogidas,

ni de mis palomitas los hijuelos,

ni leche de mis vacas más queridas,

ni pedirte ni darte ya más celos,

ni más jurarte mi constancia pura,

por Venus, por mi fe, por tu hermosura.

 

No más pedirte que tu blanca diestra

en mi sombrero ponga el fino lazo,

que en sus colores tu firmeza muestra,

que allí le colocó tu airoso brazo;

no más entre los dos un albedrío,

tuyo mi corazón, el tuyo mío.

 

Filósofo he de ser, y tú, que oíste

mis versos amorosos algún día,

oye sentencias con estilo triste

o lúgubres acentos, Filis mía,

y di si aquél que requebrarte sabe,

sabe también hablar en tono grave.

 

Epístola dedicada a Ortelio de José Cadalso

Desde el centro de aquestas soledades,

gratas al que conoce las verdades,

gratas al que conoce los engaños

del mundo, y aprovecha desengaños,

te envío, amado Ortelio, fino amigo,

mil pruebas del descanso que consigo.

 

Ovidio en tristes metros se quejaba

de que la suerte no le toleraba

que al Tíber con sus obras se acercase,

sino que al Ponto cruel le destinase;

mas lo que de poeta me ha faltado

para llegar de Ovidio a lo elevado,

me sobra de filósofo, y pretendo

tomar las cosas como van viniendo.

 

Oh, ¡cómo extrañarás, cuando esto veas,

y sólo bagatelas aquí leas,

que yo criado en facultades serias,

me aplique a tan ridículas materias!

Ya arqueas, ya levantas esas cejas,

ya el manuscrito de la mano dejas,

¿por qué dejas los puntos importantes?

y dices: «Por juguetes semejantes,

¡No sé por qué capricho tú te olvidas

materias tan sublimes y escogidas!

 

¿Por qué no te dedicas, como es justo,

a materias de más valor que gusto?

Del público derecho, que estudiastes

cuando tan sabias cortes visitastes;

de la ciencia de Estado y los arcanos

del interés de varios soberanos;

en la ciencia moral, que al hombre enseña

lo que en su obsequio la virtud empeña;

de las guerreras artes que aprendistes

cuando a campaña voluntario fuistes;

de la ciencia de Euclides demostrable,

de la física nueva deleitable,

¿no fuera más del caso que pensaras

en escribir aquello que notaras?

 

¿Pero coplillas, y de amor? ¡Ay triste!

Perdiste el poco seso que tuviste».

¿Has dicho, Ortelio, ya cuanto, enfadado,

quisiste a este pobre desterrado?

Pues mira, ya con fresca y quieta flema

te digo que prosigo con mi tema.

 

De todas esas ciencias que refieres

(y añade algunas otras si quisieres),

yo no he sacado más que lo siguiente:

escúchame, por Dios, atentamente;

mas no, que más parece lo que digo

relación, que no carta de un amigo.

de todas las antiguas más hermosa,

el primero dirá con claridades

por qué dejé las altas facultades,

y sólo al pasatiempo me dedico;

que los leas despacio te suplico,

y si conoces que razón me sobra,

calla, y no juzgues que es tan necia mi obra.

 

Pero si acaso omites este asunto,

y la crítica pasas a otro punto,

cual es el que contiene la obra mía

faltas contra la buena poesía,

Conozco tu razón, mas oye atento;

con Ovidio respondo a tu argumento:

Siqua meis fuerint, ut erunt, vitiosa libellis,

Excusata suo tempore, lector, habe.

Exul eram; requiesque mihi non fama petita est;

Mens intenta suis ne foret usque malis.

 

Significa (y perdona la osadía

de interpretar de Ovidio la armonía,

porque en la traducción es consiguiente

que pierda la dulzura competente,

como sucede a todos los autores

en manos de mejores traductores):

El tiempo en que esta obra yo compuse,

las faltas que hallarás, lector, excuse.

Quietud busqué, no fama, desterrado,

por distraer a mi alma del cuidado.

Adiós.

 

Oda al amor

¡Niño temido por los dioses y hombres,

hijo de Venus, ciego Amor tirano,

con débil mano vencedor del mundo,

dulce Cupido!

 

Quita del arco la mortal saeta,

deja mi pecho, que con fuerza heriste

cuando la triste, la divina ninfa

me dominaba.

 

Desde que el hilo de su dulce vida

por dura Parca feneció cortado,

desde que el hado la llevo a la sacra

cumbre de Olimpo,

 

guardo constante la promesa antigua

de que ella sola me sería cara,

aunque pasara las estigias ondas

y el Aqueronte.

 

De lutos largos me vestí gimiendo

y de cipreses coroné mi frente;

eco doliente me siguió con quejas

hasta la tumba.

 

Sobre la losa que regué con sangre

de una paloma negra y escogida,

fue repetida por mi voz la triste,

justa promesa.

 

Nunca las voces que mi fe juraron

creo que puedan merecer olvido,

ni tú, Cupido, puedas olvidarlas

si las oíste.

 

«¡Sacra ceniza!», repetí mil veces,

«¡sombra de Filis!, si mi pecho adora

otra pastora, desde tan horrenda,

lóbrega noche,

 

haz que a mi falso corazón castigue

cuanto las cuevas del Averno ofrecen,

cuanto padecen los malvados, cuanto

Sísifo sufre.

 

Júrolo, Filis, por mi amor y el tuyo,

por Venus misma, por el sol y luna,

por la laguna que venera el mismo

omnipotente».

 

Las negras losas a mi fino acento

mil veces dieron ecos horrorosos,

y de dudosos ayes resonaron

túmulo y ara.

 

Dentro del mármol una voz confusa

dijo: «¡Dalmiro, cumple lo jurado!».

Quedé asombrado, sin mover los ojos,

pálido, yerto.

 

Temo, si rompo tan solemne voto,

que Jove apure su rigor conmigo,

y otro castigo, que es el ser llamado

pérfido, aleve.

 

Entre los brazos de mi nueva amante

temo la imagen de mi antiguo dueño:

ni alegre sueño ni tranquilo día

ha de dejarme.

 

En vano Clori, cuyo amor me ofreces,

y a cuyo pecho mi pasión inclinas,

pone divinas perfecciones juntas

ante mis ojos.

 

Ante mi vista se aparece Filis,

en mis oídos su lamento suena;

todo me llena de terror, y al suelo,

tímido, caigo.

 

Lástima causen a tu pecho, ¡oh niño!,

las voces mías, mis dolientes voces.

¡Ay!, si conoces el dolor que causas,

lástima tenme.

 

La nueva antorcha que encendiste, apaga,

y mi constante corazón respire.

Haz que no tire tu invencible brazo

otra saeta.

 

¡Ay!, que te alejas y me siento herido.

Ardo de amores, y con presto vuelo

llegas al cielo, y a tu madre cuentas

tu tiranía.

 

Canción de Dalmiro a Moratín

El semidiós que alzándose a la cumbre

del alto Olimpo, prueba la ambrosía

entre la muchedumbre

de dioses en la mesa del Tonante,

y en copa de diamante

purpúreo néctar bebe

al son de la armonía

de los astros que en torno el cielo mueve;

si desciende algún día

al mundo, le fastidian los manjares

del huerto, viña, monte, campo y mares.

 

Desde que el campo elíseo al tierno Orfeo

oyó cantar su amor en tono blando

y el ardiente deseo

de volver a lograr su dulce esposa

cuya lira amorosa

mientras duró cantando

de Sísifo y de Tántalo un momento

paró todo el tormento,

ya no se admira cuando

algún mortal al verse en tal delicia

las gracias canta a su deidad propicia.

 

Quien vio, surcado el mar, minas gigantes,

sangrientas Amazonas, gente extraña

y límites distantes

de humana audacia no, mas sí del mundo,

y el piélago profundo

hiende con ancha nave

volviendo rico a España

en el tranquilo hogar vivir no sabe.

Desprecia la cabaña,

la barca y red que le ocupó primero

antes que fuese osado marinero.

 

El joven que una vez del tracio Marte

de pálidos cadáveres cercado

tremoló el estandarte

y en el carro triunfal fue conducido

en su patria aplaudido

con bélico trofeo

y júbilo aclamado

en su patria aplaudido

por volver a la lid arde en deseo.

Ya desdeña el arado,

hijos, esposa, padre, mesa y lecho;

sólo el guerrero ardor le llena el pecho.

 

Y el que al divino Moratín oyere

los metros que el timbreo dios le inspira,

y el brío con que hiere

la cítara de Píndaro sagrada,

ya nunca más le agrada

la humana voz, ni sones

de otra cualquiera lira,

por más que suenen ínclitas canciones

que necio el vulgo admira.

Canta, pues, entre todos el primero,

y calle Ercilla, Herrera, Horacio, Homero.

 

Canción dile a mi amigo,

que me falta el aliento,

y que cuando cantar su gloria intento

callo mil veces más de lo que digo.

 

Epigrama epitafio de un amante

El que está aquí sepultado

porque no logró casarse

murió de pena acabado

otros mueren de acordarse

de que ya los han casado.

 

Oda sáfico-adónica a Cupido sobre los peligros de una nueva pasión

¡Niño temido por los dioses y hombres,

hijo de Venus, ciego Amor tirano,

con débil mano vencedor del mundo,

dulce Cupido!

 

Quita del arco la fatal saeta,

deja mi pecho, que con fuerza heriste

cuando la triste, la divina ninfa

me dominaba.

 

Desde que el hilo de su tierna vida

por dura Parca feneció cortado,

desde que el hado la llevo a la oculta

cumbre de Olimpo,

 

guardo constante la promesa justa

de que ella sola me sería cara,

aunque pasara las estigias olas

con Aqueronte.

 

De negros lutos me vestí llorando

y de cipreses coroné mi frente:

eco doliente me siguió con quejas

hasta su tumba.

 

Sobre la losa que regué con sangre

de una paloma negra y escogida,

fue repetida por mi voz la sacra,

justa promesa.

 

Nunca las voces que mi fe juraron

creo que puedan merecer olvido,

ni tú, Cupido, puedas olvidarlas

si las oíste.

 

«¡Sacra ceniza!», repetí mil veces,

«¡sombra de Filis!, si mi pecho adora

otra pastora, desde tan horrenda,

lóbrega noche,

 

haz que a mi falso corazón asuste

cuanto las cuevas del Averno ofrecen,

cuanto padecen los malvados, cuanto

Sísifo sufre.

 

Júrolo, Filis, por tu amor y el mío,

por Venus misma, por el sol y luna,

por la laguna que venera el Padre

Omnipotente».

 

Las losas duras a mi acento triste

mil veces dieron ecos horrorosos

y de dudosos ayes resonaron

túmulo y ara.

 

Dentro del mármol una voz confusa

dijo: «¡Dalmiro, cumple lo jurado!».

Quedé asombrado, sin mover los ojos,

pálido, yerto.

 

Temo, si rompo tan solemnes votos,

que Jove apure su rigor conmigo,

y otro castigo, que es el ser llamado

pérfido aleve.

 

Entre los brazos de mi Musa amante

temo la imagen de mi antiguo dueño:

ni alegre sueño ni tranquilo día

ha de dejarme.

 

En vano Clori, cuyo amor me ofreces,

y a cuyo pecho mi pasión inclinas,

pones divinas perfecciones juntas

ante mis ojos.

 

Ante mi vista se aparece Filis,

en mis oídos su lamento suena;

todo me llena de terror, y al suelo,

¡Niño temido por los dioses y hombres,

hijo de Venus, ciego Amor tirano,

con débil mano vencedor del mundo,

dulce Cupido!

 

Quita del arco la fatal saeta,

deja mi pecho, que con fuerza heriste

cuando la triste, la divina ninfa

me dominaba.

 

Desde que el hilo de su tierna vida

por dura Parca feneció cortado,

desde que el hado la llevo a la oculta

cumbre de Olimpo,

 

guardo constante la promesa justa

de que ella sola me sería cara,

aunque pasara las estigias olas

con Aqueronte.

 

De negros lutos me vestí llorando

y de cipreses coroné mi frente:

eco doliente me siguió con quejas

hasta su tumba.

 

Sobre la losa que regué con sangre

de una paloma negra y escogida,

fue repetida por mi voz la sacra,

justa promesa.

 

Nunca las voces que mi fe juraron

creo que puedan merecer olvido,

ni tú, Cupido, puedas olvidarlas

si las oíste.

 

«¡Sacra ceniza!», repetí mil veces,

«¡sombra de Filis!, si mi pecho adora

otra pastora, desde tan horrenda,

lóbrega noche,

 

haz que a mi falso corazón asuste

cuanto las cuevas del Averno ofrecen,

cuanto padecen los malvados, cuanto

Sísifo sufre.

 

Júrolo, Filis, por tu amor y el mío,

por Venus misma, por el sol y luna,

por la laguna que venera el Padre

Omnipotente».

 

Las losas duras a mi acento triste

mil veces dieron ecos horrorosos

y de dudosos ayes resonaron

túmulo y ara.

 

Dentro del mármol una voz confusa

dijo: «¡Dalmiro, cumple lo jurado!».

Quedé asombrado, sin mover los ojos,

pálido, yerto.

 

Temo, si rompo tan solemnes votos,

que Jove apure su rigor conmigo,

y otro castigo, que es el ser llamado

pérfido aleve.

 

Entre los brazos de mi Musa amante

temo la imagen de mi antiguo dueño:

ni alegre sueño ni tranquilo día

ha de dejarme.

 

En vano Clori, cuyo amor me ofreces,

y a cuyo pecho mi pasión inclinas,

pones divinas perfecciones juntas

ante mis ojos.

 

Ante mi vista se aparece Filis,

en mis oídos su lamento suena;

todo me llena de terror, y al suelo,

tímido caigo.

 

Lástima causen a tu pecho, ¡oh niño!,

las voces mías, mis dolientes voces.

Y si conoces el dolor que causas,

lástima tenme.

 

La nueva antorcha que encendiste, apaga,

y mi constante corazón respire.

Haz que no tire tu invencible mano

otra saeta.

 

¡Ay!, que te alejas y me siento herido.

Ardo de amores, y con presto vuelo

llegas al cielo, y a tu madre cuentas

tu alevosía.

 

Lástima causen a tu pecho, ¡oh niño!,

las voces mías, mis dolientes voces.

Y si conoces el dolor que causas,

lástima tenme.

 

La nueva antorcha que encendiste, apaga,

y mi constante corazón respire.

Haz que no tire tu invencible mano

otra saeta.

 

¡Ay!, que te alejas y me siento herido.

Ardo de amores, y con presto vuelo

llegas al cielo, y a tu madre cuentas

tu alevosía.

Poemas de José Cadalso

Oda: Remitiendo a un poeta joven las poesías de Garcilaso con algunos versos míos

Si mis ásperos metros yo te envío

con dulces versos del divino Laso,

no juzgues que el orgullo necio mío

me finja que le iguale en el Parnaso.

Lo hago porque juntas quiero darte

con prendas de mi amor, reglas del arte.

 

¿Quién es aquél que baja?

¿Quién es aquél que baja

por aquella colina,

la botella en la mano,

en el rostro la risa,

de pámpanos y hiedra

la cabeza ceñida,

cercado de zagales,

rodeado de ninfas,

que al son de los panderos

dan voces de alegría,

celebran sus hazañas,

aplauden su venida?

Sin duda será Baco,

el padre de las viñas.

Pues no, que es el poeta

autor de esta letrilla.

 

¡Ninfas de manzanares!

A las ninfas de Manzanares, ofendidas por el libelo que se me atribuyó, por cuyo motivo salí de Madrid la noche última de octubre de 1768

¡Ninfas de Manzanares,

felices y adorables semidiosas!

Oíd de mis pesares

los ayes y las quejas lastimosas.

Tantas aguas no lleva vuestro río

como lágrimas vierte el llanto mío.

 

¡Madrileñas divinas!,

cuya dulzura, halago y genio afable,

cuyas miradas finas

el genio ablandarán más intratable;

si al cielo pide el hombre su consuelo,

yo mi consuelo pido a vuestro cielo.

 

Algún astro celoso

de la inmensa fortuna que pasaba

mi corazón dichoso,

mis indecibles dichas envidiaba;

y por tanto cortó con golpe airado

mi vuelo, hasta los cielos remontado.

 

Y si fuisteis diosas

en el castigo acerbo que me disteis,

y mujeres furiosas

por el mal proceder con que lo hicisteis

(pues por un crimen nunca comprobado

fui, antes que convicto, castigado)

 

volved a ser deidades,

la bondad se vuelva a vuestro pecho.

¡Ah!, cesen las crueldades

con que mi pecho se halla desecho,

así como después que el rayo aterra,

el iris une al cielo con la tierra.

 

Para que el corazón mío

sus penas olvidando y sus pesares,

llegando a vuestro río,

las orillas besando a Manzanares,

repita ya sin voces lastimosas:

«¡Cuán adorables sois, oh semidiosas!».

 

Sáficos adónicos a Venus

¡Madre divina del alado niño!,

oye mis ruegos, que jamás oíste

otra tan triste, lastimosa pena

como la mía.

 

Baje tu carro desde el alto Olimpo,

entre las nubes del sereno cielo,

rápido vuelo traiga tu querida,

blanca paloma.

 

No te detenga con amantes brazos

Marte, que deja su rigor al verte;

ni el que por suerte se llamó tu esposo

sin merecerlo;

 

ni las delicias de la sacra mesa,

cuando a los dioses, lleno de ambrosía,

brinda alegría Jove con la copa

de Ganímedes;

 

y el eco suena por los techos altos

del noble alcázar, cuyo piso huellas

lleno de estrellas, de luceros y astros

luz soberana.

 

Cerca del ara de tu templo en Pafos

entre los himnos que tu pueblo dice

este infelice tu venida aguarda.

¡baja volando!

 

Sobre tus aras mis ofrendas pongo,

testigo el pueblo, por mi voz llamado;

y concertado con mi tono el suyo,

llámate madre.

 

Alzo los ojos al verter el vaso

de leche blanca y el de miel sabrosa

ciño con rosa, mirtos y jazmines

esta mi frente.

 

Mi palomita con la blanca pluma,

aún no tocada por pichón amante

pongo delante de tu simulacro

no la deseches.

 

Ya, Venus, miro resplandor celeste

bajar al templo: tu belleza veo.

Ya mi deseo coronaste, madre,

¡madre de amores!

 

Vírgenes tiernas, niñas y matronas,

ya Venus llega: vuestra diosa viene:

El aire suene con alegres himnos

júbilo santo.

 

Humo sabeo salga de las urnas,

dulces aromas que agradarla suelen,

ámbares vuelen, tantos que a la excelsa

bóveda toquen.

 

Pueblo de amantes, que a mi voz acudes,

a Venus pide que a mi ruego atienda,

y que a mi prenda la pasión inspire,

cual yo la tengo.

 

CORO DE NIÑAS

¡Reina de Chipre, diosa de Citeres!,

tú que a los dioses y a los hombres mandas,

¿por qué no ablandas a la dura Cloris?,

¡mándalo, Venus!

 

CORO DE NIÑOS

¡Reina de Pafos y de amores Diosa!,

tú que las almas llenas de placeres,

¿por qué no quieres que Dalmiro triunfe?,

¡mándalo, Venus!

 

PRIMERA NIÑA

Como la rosa

agradecida

da mil aromas

al amoroso

céfiro blando

cuando la halaga

y la rodea,

 

PRIMER NIÑO

haz que reciba

en su regazo

Cloris afable

al que la adora.

 

CORO DE NIÑOS

¡Reina de Pafos y de amores Diosa!,

tú que las almas llenas de placeres,

¿por qué no quieres que Dalmiro triunfe?,

¡mándalo, Venus!

 

SEGUNDA NIÑA

Como la yedra

halla en el olmo

vínculo firme

cuando la abraza,

 

SEGUNDO NIÑO

haz que a su amante

plácido rostro

ponga la ninfa

cuando la vea;

pábulo nuevo

halle su llama

en su querida,

dulce zagala.

 

CORO DE NIÑAS

¡Reina de Chipre, diosa de Citeres!,

tú que a los dioses y a los hombres mandas,

¿por qué no ablandas a la dura Cloris?,

¡mándalo, Venus!

 

 

Oda: Ya deja Ortelio la paterna casa (Oda sáfico-adónica)

A la nave en que se embarcó Ortelio en Bilbao para Inglaterra

Ya deja Ortelio la paterna casa,

ya le recibes, navecilla humilde,

ya queda lejos la jamás domada

cántabra gente.

 

Nave que llevas tan amable vida,

céfiro grato llévete sereno,

hasta que pongas a la amiga costa

áncora firme.

 

Alce Neptuno el húmido tridente,

abra las ondas para darte paso,

salgan en coros ninfas y tritones

para guiarte.

 

Ni toques costa, ni movible arena,

ni sople hinchado contra tu velamen,

gúmena y jarcia, desde el alto polo

hórrido norte.

 

Las naves altas de cañón tremendo,

con la bandera del amado Carlos,

no te abandonen al atroz pirata

que África cría.

 

Ni temas golpes de la suerte aleve.

Yo pido al cielo para ti bonanza,

y al que le ruega por su dulce amigo,

Júpiter oye.

 

Oda: ¡Ay, si cantar pudiera! – Oda pindárica de Dalmiro a Moratín

¡Ay, si cantar pudiera

los hijos de los dioses, lira de hombre,

y, cual trompa guerrera

de altísona armonía,

que ambos polos atónitos asombre,

resonase la mía,

hijo de Febo, joven prodigioso,

cuál se alzara mi numen orgulloso!

 

Se alzara por regiones,

astros, esferas, mundos; y a su acento

las célicas mansiones

eco sacro darían,

y los dioses del alto firmamento

a escucharme vendrían.

Anfión y Orfeo no triunfaron tanto

del mar y hórrido reino del espanto.

 

Creyéndome inspirado

para cantar tus loores dignamente,

mandándomelo el hado,

las musas castellanas,

con lauro coronándome la frente,

vendrían más ufanas

que las de Tebas, cuando el dios del día

a Píndaro portentos influía.

 

La cítara lesbiana,

que con marfil y pulso a trinar hecho

tañe tu diestra ufana,

en vano dulce amigo

para cantarte aplico al blando pecho:

No resuena conmigo

como en tu mano armónica resuena,

de pompa, majestad y gloria llena.

 

Resuena, cual solía

la de Salicio y Títiro en lo blando

la dulce lira mía.

Parezco al imitarte

pastor que con su avena va imitando

la trompa atroz de Marte,

que el céfiro se ríe y se recrea

y la purpúrea rosa se menea.

 

Con lascivos arrullos

y los pájaros juntan su armonía,

y el río sus murmullos

siempre manso y tranquilo;

cuando el mundo de horrores temblaría,

del Orinoco al Nilo,

si las ruedas del carro resonaran,

y de Marte la trompa acompañaran.

 

Fatíganme en lo interno

furias, trasgos y manes, que aparecen

del horrísono infierno

y báratro profundo;

y sol y luna y astros se obscurecen,

y se anonada el mundo

rompiéndose ambos polos con estruendo,

y el caos primero, tímido, estoy viendo.

 

Cuménides atroces

su fuego en torno esparcen con silbido

y horrendísimas voces,

con víboras, serpientes

y culebras el pelo entretejido:

los brazos relucientes

con lóbrega vislumbre tan siniestra,

que sólo espectros y fantasmas muestra.

 

La envidia las conmueve

sacándolas del centro del abismo,

y con ardid aleve

en mi pecho las hunde

con fiero ardor contra mi amigo mismo,

porque mil celos funde,

cuando la fama te aclamó poeta

con el son inmortal de su trompeta.

 

«Conque permite el Hado»

me dice en ronco son la horrible Dea

«que perezca olvidado

tu nombre con tu verso,

y que de Moratín la Musa sea

la que del Universo

haga sonora el uno y otro polo

con cítara que envidie el mismo Apolo».

 

Dijo, y su pecho lleno

de áspides ponzoñosos y rencores,

me arrojó su veneno.

Ardiose el pecho mío,

cual seca mies del rayo a los ardores

vibrada en el estío;

tu nombre aborrecí con triste ceño,

cual esclavo la mano de su dueño.

 

Mas la amistad sagrada

con su cándida túnica desciende

de la empírea morada,

de virtudes un coro

la cerca y con su manto te defiende.

Su carro insigne de oro

deslumbra y ciega al monstruo que me irrita,

y al centro del horror le precipita.

 

Mirándome la diosa

con faz serena y plácida hermosura,

dejó mi alma gozosa,

cual esparce alegría

rosada aurora tras la noche oscura,

dando consuelo el día,

desde el lejano, lúcido horizonte,

al hombre, al bruto, al ave, al campo, al monte.

 

Mi frente que arrugada

de mi alma mostró el crüel tormento,

con mano regalada

alzó, diciendo: «Vive

con amigo tan ínclito contento;

como tuyo recibe

el justo aplauso y lírica corona

que le da Olimpo, Iberia y Helicona,

 

Aquellos que yo he unido

con mis vínculos gratos y celestes,

después que hayan cumplido

los días de sus hados,

Cástor y Pólux, Pílades y Orestes,

a Olimpo son llevados;

y Júpiter, llenando mi deseo,

eternos viven Píroto y Teseo.

 

Deja a las corvas almas

la sátira y rencor, y tus laureles

junta a las sacras palmas

de Moratín divino.

No temen los amigos, si son fieles,

las iras del destino,

y al lado de sus versos asombrosos

se admirarán los tuyos amorosos.

 

A él le ha dado Apolo

la cítara de Píndaro sonante,

para que cante él solo

de Carlos las hazañas

oyendo desde el punto más distante,

Américas y España,

coronado en cada una de las zonas

y sus virtudes más que sus coronas.

 

Y el hijo suyo digno

(prole que a España dio próspero el cielo)

y aquel rostro benigno

de Luisa Parmesana,

de quien Castilla aguarda su consuelo,

belleza más que humana;

y de Gabriel y Luis las prendas tales,

que serán con sus versos inmortales.

 

Y por probarse a veces

cantará de la patria y sus varones

heroicas altiveces.

Escúchale entonando

sagrados himnos, líricas canciones,

y estándole escuchando

suspenso el cielo, quedan sin empleo

espada, rayo, lira y caduceo.

 

Para él es digno asunto

lo de México, Cuzco y de Pavía,

y Numancia y Sagunto,

San Quintín y Lepanto,

y de Almansa y Brihuega el claro día

¡feliz a España tanto!.

Pero tú, canta céfiros y flores,

arroyos, campos, ecos y pastores»,

 

dijo, y fuese volando,

dejando mi alma llena de consuelo.

Y un rastro fue dejando

de clara luz sagrada,

desde la humilde tierra al alto cielo;

su corona estrellada

en torno por el aire difundía

etéreo olor de líquida ambrosia.

 

Octava a Meléndez

Cuando Laso murió, las nueve hermanas

lloraron con tristísimo gemido:

destemplaron sus liras soberanas,

que sólo daban fúnebre sonido:

Gimieron más las musas castellanas,

temiéndose entregadas al olvido.

Mas Febo dijo: «Aliéntese el Parnaso.

Meléndez nacerá, si murió Laso».

 

Sigue con dulce lira

Canción

Sigue con dulce lira

el metro blando y amoroso acento

que el gran Febo te inspira:

pues Venus te da aliento

y el coro de las musas te oye atento.

 

Sigue, joven gracioso,

de mirto, grato a Venus, coronado,

y quedara envidioso

aquel siglo dorado

por Lasos y Villegas afamado.

 

Dichosa la zagala

a quien le sea dado el escucharte,

pues tu musa la iguala

con la Diosa de Marte;

tal es la fuerza de tu ingenio y arte.

 

Aunque más dura sea

que mármoles y jaspes de Granada,

cual otra Galatea,

o sea más helada

que fuente por los yelos estancada.

 

Al punto que te oyere,

te ofrecerá su cándido regazo;

Si tu voz prosiguere,

te estrechará su brazo;

y amor aplaudirá tan dulce lazo.

 

Y las otras pastoras

de envidia correrán por selva y prado,

y verá la que adoras

el triunfo que ha ganado

por haber tus ternezas escuchado.

 

Mas, ¡ay de aquellos necios

que intenten competir con tu blandura!

Sólo hallarán desprecios

de aquella hermosura

que una vez escuchare tu dulzura.

 

Dirán su rabia y celos

en el bosque más lóbrego metidos,

injuriando a los cielos;

y oyendo sus gemidos,

responderán las fieras con bramidos.

 

La entrada del averno

parecerá aquel bosque desdichado;

y do tu metro tierno

hubiere resonado,

el campo que a los buenos dará el hado.

 

Pasó mi primavera

(¡los años gratos al amor y a Febo

quién revocar pudiera!)

y a juntar no me atrevo

mi voz cansada con tu aliento nuevo.

 

Si no, yo cantaría

al tono de tu lira mis amores;

y al tono de la mía

cantaras, entre flores,

atónitas las aves y pastores.

 

Sigue, sigue cantando,

no pierdas tiempo de la edad florida:

que yo voy acabando

mi fastidiosa vida

en milicia y en corte mal perdida.

 

En alas de la fama

tus versos llegarán a mis oídos.

Si la trompa me llama

a los moros vencidos

o a los indios de Apache embravecidos,

 

o al antártico polo,

llevando las banderas del gran Carlos,

dirame siempre Apolo

tus versos, y a escucharlos

acudirán las gentes y a alabarlos.

 

Ni el estrépito horrendo

de Neptuno, que ofrece muerte impía,

ni de Marte el estruendo

turbará el alma mía,

si suena en mis oídos tu armonía.

 

Aun cuando dura Parca

mayores plazos a mi vida niegue,

y en la fúnebre barca

por la Estigia navegue

y a las delicias del Elíseo llegue;

 

oiré cuando Catulo,

a la sombra de un mirto recostado,

con Propercio y Tibulo,

lea maravillado

los versos que tu musa te ha dictado,

 

cuando acudan ansiosos

Laso y Villegas al sonoro acento,

repitiendo envidiosos:

«¡Qué celestial portento!,

¿a quién ha dado Apolo tanto aliento!».

 

Yo, que seré testigo

de tu fortuna, que tendré por mía,

diré: «Yo fui su amigo,

y por tal me tenía,

gozando yo su amable compañía».

 

Haranme mil preguntas,

puesto en medio de todos: «¿De quién eres?,

¿y cuántas gracias juntas?,

¿y a cuál zagala quieres?,

¿y cómo baila cuando el plectro hieres?».

 

Y con igual ternura

que el padre cuenta de su hijo amado

la gracia y hermosura,

y se siente elevado

cuando le escuchan todos con agrado,

 

responderé contando

tu nombre, patria, genio y poesía:

y asombraranse cuando

les diga tu elegía

a la memoria de la Filis mía.

 

Letrillas satíricas

Que dé la viuda un gemido

por la muerte del marido,

ya lo veo;

pero que ella no se ría

si otro se ofrece en el día,

no lo creo.

 

Que Clori me diga a mí

«Sólo he de quererte a ti»,

ya lo veo;

pero que siquiera a ciento

no haga el mismo cumplimiento,

no lo creo.

 

Que los maridos celosos,

sean más guardias que esposos,

ya lo veo;

pero que estén las malvadas,

por más guardias, más guardadas,

no lo creo.

 

Que al ver de la boda el traje,

la doncella el rostro baje,

ya lo veo;

pero que al mismo momento

no levante el pensamiento,

no lo creo.

 

Que Celia tome el marido

por sus padres escogido,

ya lo veo;

pero que en el mismo instante

ella no escoja el amante,

no lo creo.

 

Que se ponga con primor

Flora en el pecho una flor,

ya lo veo;

pero que astucia no sea

para que otra flor se vea,

no lo creo.

 

Que en el templo de Cupido

el incienso es permitido,

ya lo veo;

pero que el incienso baste,

sin que algún oro se gaste,

no lo creo.

 

Que el marido a su mujer

permita todo placer,

ya lo veo;

pero que tan ciego sea,

que lo que vemos no vea,

no lo creo.

 

Que al marido de su madre

todo niño llame padre,

ya lo veo;

pero que él, por más cariño,

pueda llamar hijo al niño,

no lo creo.

 

Que Quevedo criticó

con más sátira que yo,

ya lo veo;

pero que mi musa calle

porque más materia no halle,

no lo creo.

 

Ya veis cuál viene, amantes, mi pastora – Idilio anacreóntico a Batilo

Ya veis cuál viene, amantes, mi pastora

de bulliciosos céfiros cercada,

la rubia trenza suelta, y adornada

por sacras manos de la misma Flora.

 

Ya veis su blanco rostro que enamora

su vista alegre y sonreír que agrada

su hermoso pecho, celestial morada

del corazón a quien el mío adora.

 

Oís su voz, y el halagüeño acento;

y al ver y oír que sólo a mí me quiere,

con envidia miráis la suerte mía.

 

Ni veis ni oís el mísero tormento

con que mil veces su rigor me hiere,

la envidia en compasión se trocaría.

 

Carta XIX

Como suben al cielo las aromas de las flores, y como llegan a mezclarse con los celestes coros los trinos de las aves, así he recibido la expresión de rendimiento que me ha traído la carta en que abominas del desacato de algunos jóvenes europeos hacia sus padres. Mantente contra tan horrendas máximas, como la peña se mantiene contra el esfuerzo de las olas, y créeme que Alá mirará con bondad, desde la alteza de su trono, a los hijos que tratan con reverencia a sus padres, pues los otros se oponen abiertamente al establecimiento de la sabia economía que resplandece en la creación.

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