Poemas de Antonio Mira de Amescua
Poemas de Antonio Mira de Amescua (1577-1644) fue una figura clave del Siglo de Oro español, destacando como dramaturgo y capellán real. Aunque su producción fue vasta y versátil, su mayor legado reside en haber perfeccionado la comedia de «vuelo» o de santos, fusionando la profundidad teológica con el dinamismo escénico de la escuela de Lope de Vega.
Su obra se la pasó explorando temas de caída moral y redención. Mira de Amescua sobresalió por su agudeza lírica y su capacidad para estructurar tramas complejas que influyeron directamente en Calderón de la Barca. Su estilo combina la gravedad del pensamiento barroco con una técnica teatral depurada, consolidándolo como un puente fundamental entre la frescura lopesca y la perfección técnica calderoniana.
Canción Real A Una Mudanza
Ufano, alegre, altivo, enamorado,
Rompiendo el aire el pardo jilguerillo,
Se sentó en los pimpollos de una haya,
Y con su pico de marfil nevado
De su pechuelo blanco y amarillo
La pluma concertó pajiza y baya;
Y celoso se ensaya
A discantar en alto contrapunto
Sus celos y amor junto,
Y al ramillo, y al prado y a las flores
Libre y ufano cuenta sus amores.
Mas ¡ay! que en este estado
El cazador cruel, de astucia armado,
Escondido le acecha,
Y al tierno corazón aguda flecha
Tira con mano esquiva
Y envuelto en sangre en tierra lo derriba.
¡Ay, vida mal lograda,
Retrato de mi suerte desdichada!
De la custodia del amor materno
El corderillo juguetón se aleja,
Enamorado de la yerba y flores,
Y por la libertad del pasto tierno
El cándido licor olvida y deja
Por quien hizo a su madre mil amores:
Sin conocer temores,
De la florida primavera bella
El vario manto huella
Con retozos y brincos licenciosos,
Y pace tallos tiernos y sabrosos.
Mas ¡ay! Que en un otero
Dio en la boca de un lobo carnicero,
Que en partes diferentes
Lo dividió con sus voraces dientes,
Y a convertirse vino
En purpúreo el dorado vellocino.
¡Oh inocencia ofendida,
Breve bien, caro pasto, corta vida!
Rica con sus penachos y copetes,
Ufana y loca, con ligero vuelo
Se remonta la garza a las estrellas,
Y, puliendo sus negros martinetes,
Procura ser allá cerca del cielo
La reina sola de las aves bellas:
Y por ser ella de ellas
La que más altanera se remonta,
Ya se encubre y trasmonta
A los ojos del lince más atentos
Y se contempla reina de los vientos.
Mas ¡ay! que en la alta nube
El águila la vio y al cielo sube,
Donde con pico y garra
El pecho candidísimo desgarra
Del bello airón que quiso
Volar tan alto con tan corto aviso.
¡Ay, pájaro altanero,
Retrato de mi suerte verdadero!
Al son de las belísonas trompetas
Y al retumbar del sonroso parche,
Formó escuadrón el capitán gallardo;
Con relinchos, bufidos y corvetas
Pidió el caballo que la gente marche
Trocando en paso presuroso el tardo:
Sonó el clarín bastardo
La esperada serial de arremetida,
Y en batalla rompida,
Teniendo cierta de vencer la gloria,
Oyó a su gente que cantó victoria.
Mas ¡ay! que el desconcierto
Del capitán bisoño y poco experto,
Por no observar el orden
Causó en su gente general desorden,
Y, la ocasión perdida,
El vencedor perdió victoria y vida.
¡Ay, fortuna voltaria,
En mis prósperos fines siempre varia!
Al cristalino y mudo lisonjero
La bella dama en su beldad se goza,
Contemplándose Venus en la tierra,
Y al más rebelde corazón de acero
Con su vista enternece y alboroza,
Y es de las libertades dulce guerra:
El desamor destierra
De donde pone sus divinos ojos,
Y de ellos son despojos
Los purísimos castos de Diana,
Y en su belleza se contempla ufana.
Mas ¡ay! que un accidente,
Apenas puso el pulso intercadente,
Cuando cubrió de manchas,
Cárdenas ronchas y viruelas anchas
El bello rostro hermoso
Y lo trocó en horrible y asqueroso.
¡Ay, beldad malograda,
Muerta luz, turbio sol y flor pisada!
Sobre frágiles leños, que con alas
De lienzo débil de la mar son carros,
El mercader surcó sus claras olas:
Llegó a la India, y, rico de bengalas,
Perlas, aromas, nácares bizarros,
Volvió a ver las riberas españolas.
Tremoló banderolas,
Flámulas, estandartes, gallardetes:
Dio premio a los grumetes
Por haber descubierto
De la querida patria el dulce puerto.
Mas ¡ay! que estaba ignoto
A la experiencia y ciencia del piloto
En la barra un peñasco,
Donde, tocando de la nave el casco,
Dio a fondo, hechos mil piezas,
Mercader, esperanzas y riquezas.
¡Pobre bajel, figura
Del que anegó mi próspera ventura!
Mi pensamiento con ligero vuelo
Ufano, alegre, altivo, enamorado,
Sin conocer temores la memoria,
Se remontó, señora, hasta tu cielo,
Y contrastando tu desdén airado,
Triunfó mi amor, cantó mi fe victoria;
Y en la sublime gloria
De esa beldad se contempló mi alma,
Y el mar de amor sin calma
Mi navecilla con su viento en popa
Llevaba navegando a toda ropa.
Mas ¡ay! que mi contento
Fue el pajarillo y el corderillo exento,
Fue la garza altanera,
Fue el capitán que la victoria espera,
Fue la Venus del mundo,
Fue la nave del piélago profundo;
Pues por diversos modos
Todos los males padecí de todos.
Canción, ve a la coluna
Que sustentó mi próspera fortuna,
Y verás que si entonces
Te pareció de mármoles y bronces,
Hoy es mujer; y en suma
Breve bien, fácil viento, leve espuma.
El Doctor Mira De Amescua, Capellán De Su Majestad, Al Libro De D. Diego de Mendoza
Hijo de aquel espíritu divino;
que de su ilustre cárcel desatado,
será siglos eternos laureado
sobre el zafir del cielo cristalino,
Salid, salid al mundo, y peregrino
(que debe ser el bien comunicado)
En alas de la Fama habréis andado
Siendo émulo del Sol, igual camino.
Si la lira de Tracia tiene asiento
en las altas imágenes, y aun arde
atrevida su luz, a hacer dos Soles,
Vos perdéis su lugar, por nacer tarde:
pero si estrella, no, del firmamento
sois luz de los ingenios Españoles.
Soneto I
Ponerse el rubio sol en el oriente,
y prestando su luz la casta diosa,
nacer la blanca y encarnada rosa
del fuego activo en la región caliente;
surcar del mar la espalda transparente
de elefantes la escuadra numerosa,
y ballenas en tropa y voz gozosa
la seca arena de la Libia ardiente;
dar la perdiz al elefante guerra,
las liebres al león hacer agravio,
huir el lobo hambriento del cordero;
pararse el sol y dar vuelta la tierra,
hasta aquí no lo has visto, pueblo sabio,
ni yo tampoco, a fe de caballero.
Soneto II
¿Has visto al tiempo que en el mar esconde
sus rubias hebras del señor de Delo,
cubrir de luto el cristalino cielo
la enemiga del día? Di, responde.
¿Has visto que en el mismo lugar donde
bordado estuvo el cristalino velo
un bordado terliz de escarcha y hielo
hace que el campo de verdor se monde?
¿Has visto tú abrasarse al mismo fuego
el monte, el prado y ser del mismo modo
lo que hay desde el Antártico al Calixto?
¿Has visto serenarse el tiempo luego?
Sí, mi señor; que ya lo he visto todo.
Y ¿qué se me da a mí que lo hayas visto?
Soneto III
Menudas hojas que del aire leve
recibís el continuo movimiento,
mar azul con espalda crespa al viento,
cuando animoso en soplos se os atreve;
Cielos, cuya gran máquina se mueve,
forzándole a seguir curso violento;
luna, que nos enseña rostros ciento
en el discurso de un espacio breve;
claro mar, cielo azul y luna llena,
hojas cubiertas de la escarcha helada,
que causáis torozón a cualquier potro,
Si a Zahara veis, manifestad mi pena;
pero si no la veis, no digáis nada;
¡Tanto me va en lo uno como en lo otro!
Al p. fray Diego de Hojeda
Musa atrevida al Sol que su luz canta
desde que el mundo en cándido rocío
bajó sobre el Vellón, hasta que el río
de su sangre creció, potente y santa;
no es de Aganipe, no, ni fuerza tanta
tuviera de Hipocrene, el cristal frío,
otra deidad mayor, más alta Clío
mueve tu plecto, inspira tu garganta.
Oscurecer la fama no presume
el poderoso tiempo en su porfía:
que al cantar y escribir tal argumento,
el águila de Joan te dio la pluma,
Hamán la voz, David el argumento,
y los orbes celestes la armonía.
Al libro de don Diego de Mendoza
Hijo de aquel espíritu divino,
que de su ilustre cárcel desatado,
será siglos eternos laureado
sobre el zafir del cielo cristalino.
Salid, salid al mundo, y peregrino
(que debe ser el bien comunicado)
en alas de la fama habréis andado
siendo émulo del Sol, igual camino.
Si la lira de Tracia tiene asiento
en la saltas imágenes, y aun arde
atrevida su luz, ha hacer dos Soles.
Vos perdéis su lugar por nacer tarde,
pero si estrella no, del firmamento,
sois luz de los Ingenios Españoles.
De La rueda de la fortuna, Acto segundo – Teodosio
Bosques oscuros, ¡ah! por peregrinos
merecíais los célebres pinceles
de Timantes, de Ceuxis y de Apeles,
tenidos en el mundo por divinos;
cuyos frondosos y elevados pinos,
verdes hermosas hayas y laureles,
cipreses imitáis los chapiteles,
y os miráis en arroyos cristalinos;
si de sombra servís a mi enemiga
cuando viene a las siestas con despojos
de las fieras que mata en la espesura,
decidme donde está, porque la siga,
si acaso de las hojas hacéis ojos
para mirad despacio su hermosura.
De El Fénix de Salamanca. Acto segundo, Alejandra
¡Qué de espinas, amor, entre las flores
de tus deleites tienes escondidas,
y qué de días y horas desabridas
en el breve placer de tus favores!
¡Qué de pesares siembras entre amores
de glorias y esperanzas prometidas,
y qué de sobresaltos en las vidas
que asegurar pudieron sus temores!
Si eres tan falso, Amor, ¡qué divertidos
nos llegamos a ti! ¿Qué dulce engaño
es ése con que, Amor, nos trae prendidos?
Mas, ¡ay de mí!, que, conociendo el daño,
juzgamos tanto cuerdos los sentidos,
que tenemos por loco el desengaño.
De Los prodigios de la vara y capitán de Israel. Jornada primera, Faraón rey
Moisés llevó mis armas por divisa,
en mi nombre, a Etiopía ha conquistado,
a que me pague parias, la ha obligado,
y de lo que ha pasado, aquí me avisa.
Ofrécele su Reino la Etiopisa,
con Tarbis, finalmente, se ha casado,
y dice que por mí la ha repudiado,
y que sólo por verme, viene aprisa.
Dejar mujer y un Reino ¡no lo entiendo!
o es inmensa lealtad, o traición suma,
palabra di a Termud de ser su amigo.
Si no lo cumplo, mi persona ofenda,
si esto es lealtad, prevéngase la pluma,
y si es traición, prevéngase el castigo.
Del autosacramental La jura del príncipe. Herejía
Basta de resplandor, córrase el velo
del templo de Jerónimo sagrado,
pues águila no soy que ha remontado
atrevida a la luz el alto vuelo.
Por manchar esos círculos anhelo;
no puedo, pero quedo consolado
con que también me come a mí el osado
que sin lágrimas llega al pan del cielo.
¡Oh néctar celestial, oh dulce aroma!
¡Que por cinco palabras maná llueva,
que tenga el hombre vil tan alto idioma,
que gusano de Dios a Dios se atreva,
que en el plato de Dios a Dios se coma,
que en la copa de Dios a Dios se beba!
De El esclavo del demonio. Acto segundo, Don Gil
Si aprendo de la sutil nigromancia
que el católico llama barbarismo,
y excediendo las fuerzas de mí mismo
gozaré de Leonor un breve día,
digo yo, don Gil Núñez de Atoguía,
sin temor de las penas del abismo,
que reniego del cielo y del bautismo,
perdiendo a Dios la fe y la cortesía.
Su nombre borro ya de mi memoria.
Tu esclavo para siempre quedo hecho
por gozar de esta vida transitoria,
y renuncio el legítimo derecho
que la Iglesia me da para la gloria
por la puerta que Dios abrió en su pecho.
Acto tercero, Angelio
Sale a la plaza el toro de Jarama
como furia cruel de los infiernos.
Tiemblan los hombres porque son no eternos,
cual huye, cual en alto se encarama.
Herido el toro, en cólera se inflama.
Mármoles rompe con vidrios tiernos.
Hombres de bulto le echan a los cuernos,
y allí quiebra su furia, bufa y brama.
Soberbia fiera soy, nada perdono;
tres partes derribé de las estrellas
para que al coso de este mundo bajen.
Heridas tengo, y por vengarme de ellas
coger no puedo a Dios, que está en su trono,
y me vengo en el hombre, que es su imagen.
De La mesonera del cielo. Acto primero, Abrahán
¿Qué dichoso a ser viene aquel que huye
del babilón tumulto de la gente,
donde en la soledad está patente
lo que confunde al alma y la destruye!
Aquí el león rugiente sí que arguye
para quien no le entiende agudamente,
mas como siempre arguye falsamente,
con pocos entimemas se concluye.
Retíreme del mundo y su locura,
que aunque es cosa muy santa al matrimonio,
de Lucrecia temí la hermosura;
y el desierto me da por testimonio,
que el huir la ocasión es piedra dura
para quebrar los ojos al demonio.
De Galán, valiente y discreto
Flores que fueron pompa y alegría,
despertando el albor de la mañana,
a la tarde serán lástima vana,
muriendo a manos de la noche fría.
Aquel carmín que al cielo desafía,
iris listado de oro, nieve y grana,
será escarmiento de la vida humana.
¡Tanto comprende el término de un día!
A florecer las rosas madrugaron,
y para envejecerse florecieron,
cuna y sepulcro en un botón hallaron.
Tales los hombres sus fortunas vieron.
En un día nacieron y expiraron
que pasados los siglos, horas fueron.
Acto II, David
Salen del mar en dilatados río
las aguas, y una vez con paso lento,
haciéndonos dudoso el movimiento,
bañan los prados y árboles sombríos;
ahora cobrando caudalosos bríos
y en alas de cristal curso violento,
émulos del humano pensamiento,
del mar tornan a ser los peces fríos.
De tierra nace el hombre y de esta suerte
a pasos mide el mundo peregrino,
ya con bien, ya con mal, ya en paz, ya en guerra.
¿De qué me sirvió, pues, huir la muerte
si al fin el hombre por cualquier camino,
volver tiene a su centro que es la tierra?
De El caballero sin nombre. Acto primero, Blanca
¡Oh, santa soledad, esposa activa
del gusto, del descanso y del sosiego,
a ti las llaves de mi pecho entrego
porque en libertad en tu corte viva!
Me han dicho que el Amor tus gustos priva,
que acierta a ceñir armas, aunque ciego,
que tira flechas de amoroso fuego,
y a quien más se resiste, más cautiva.
Mientras tuviere ser, tú eres mi dueño.
Sirva al Amor quien ama en hora buena;
no he desobedecer a quien desdeño.
Con libertad en esta selva amena
libre del fiero Amor gozaré el sueño;
porque el amante, aún cuando duerme, pena.
Acto segundo, Gonzalo
¿Qué importa que la bala disparada
sobrepuje a las nubes con su vuelo
si, al caerse con más golpe en el suelo,
la he de postrar su indignación pesada?
¿Qué importa que la nave ya engolfada
en la borrasca con mortal recelo
amaine, arroje al mar y pida al cielo,
si al fin está a las olas condenada?
¿Qué importa, pues, que mi ánimo engañado
me prometa el valor en que me fundo,
si al fin me ha puesto en este triste estado?
¿Qué importa que por honra salga al mundo
si todo le persigue al desdichado
y yo soy en desdichas sin segundo?
Acto segundo, Blanca
Si cuando dejé el bosque no dejara
en él la libertad que estimo y quiero,
y de la rama de un roble grosero
con un retrato el alma do colgara,
no pongo duda yo que me agradara
la corte, el rey, el noble, el caballero;
que en el palacio rico y lisonjero
la caza y primer vida sepultara.
Mas, ¡ay!, que aquel retrato me ha robado
cuanto gusto tenía y dame enojos,
sin él, la corte, el rey y su estado.
Atéla a un roble duro por despojos;
mas, ¿de qué me sirvió dejarle atado
si están dentro las niñas de mis ojos?
Noche, por ser oscura, a amor propicia,
si acaso tus estrellas hechas ojos
vieran que un hombre roba mis despojos,
de aqueste yerro calla su justicia.
Cintia divina, así de la avaricia
de tu esposo Plutón y sus enojos,
libren los cielos tus cabellos rojos,
que calles si me roba el de Galicia.
Paredes altas, no digáis las quejas
que me hace dar el ciego amor que encierro
si acaso tenéis lengua como orejas.
Jardín, si de tus flores me destierro,
no lo digáis a nadie. Duras rejas
callad mis yerros, pues que yo soy hierro.
De La casa del tahur. Acto primero, Isabela
Al pacífico mar su leño entrega
marinero feliz, y en salvamento,
a pesar de las aguas y del viento,
coronado de flámulas navega.
Otro se atreve al mar, y apenas llega
cuando sufre el rigor de este elemento.
Tal es a la mujer el casamiento;
una se salva en él, otra se anega.
Vívese en paz amor y cuando hay ventura,
mas cuando el hado con rigor porfía,
¿qué puede la virtud y la hermosura?
No sé que tal será la suerte mía;
sé que dice el proverbio: «Poco dura
en casa del tahúr el alegría.»
Acto segundo, Alejandro
¡Oh, hijos del Amor, reyes tiranos!
Envidia, confusión, rabia, tormento,
verdugos del valor, del pensamiento;
infiernos, inquietud, temores vanos;
pensión sobre los ánimos humanos,
espuelas del prudente sufrimiento,
guerra entre voluntad y entendimiento
a quien nunca dan paz consejos sanos;
ciegas sospechas, locas fantasías,
quiméricos antojos y desvelos,
inmortal presunción, sombras, engaño;
confusa oscuridad, desdichas mías,
imaginado mal, tiranos celos,
o la muerte me dais o el desengaño.
De El clavo de Jael. Acto primero, Jael
En el Deuteronomio, yo deseo,
Dios de Abraham, si puedo sin ofensa,
de tu divina ley, dar recompensa
a Ever de la aflicción en justo empleo.
Agradecida estoy a Ever Fineo;
mas o se agravie tu deidad inmensa,
pues para tu justicia no hay defensa;
temo tu enojo y tu justicia leo.
Tu, gran legislador Moisés divino,
que a Dios hablaste con serena cara,
muéstrame de estas dudas el camino.
Milagros muestra tu divina vara;
que al abrir una peña no imagino
que iguale a una duda que declara.
De El conde de Alarcos. Acto tercero, Conde
Más te aborrezco yo, pues en el prado
donde nacen tal vez hermosas flores
no introducen espinas ni rigores
como en aquél que abrojos ha llevado.
Los dos somos así, tu pecho airado
campaña ha sido que produjo amores,
y mis desprecios han de ser mayores
que estérilmente fui mármol helado.
Forma no se introduce fácilmente
donde otra alguna vez se ha introducido,
tarde el amor aborrecer consiente.
No quise, aborrecí. Tú me has querido.
Ser tuvo lo que fue y es evidente
que nunca tuvo ser lo que no ha sido.
De Cuatro milagros de amor. Acto tercero, Fernando
¿Viste de un monte las espaldas llenas
de rizos anchos de la intacta nieve?
¿Viste una fuente donde el alba bebe
escondida en celajes de azucena?
¿Viste en espumas, viste en las arenas
reflejos del rubí que el cielo mueve?
¿O al cisne en su candor cuando se atreve
a competir la voz de las sirenas?
Más cándido, más puro, más brillante
es el amor que anima el alma mía
si honesto da otras formas al amante
y otras especies en la mente cría.
Sombras son de mi amor puro y constante
la nieve, el sol, la fuente, el cisne, el día.
De Examinarse de rey. Acto tercero, Domingo
Un mar y una garita me hacen roncha;
un mar y una garita son mi mancha.
De amor tengo en el alma una gran plancha,
tanto que el alma con amor se troncha.
A no ser viejo aquello de la concha,
viniera a pelo aquí con una ensancha.
Mi afición se destroza con ser ancha,
no des troncha, si des troncha, no destronca.
Parta mi amor que ya ufano relincha,
porque la fuerza de su amor es muncha.
Dispara su arcabuz. Pega la mecha.
Revienta el fuego; que sus manos hincha,
y ya con su salta, amor no puncha,
ancha, uncha, hincha, honcha, y hencha.
De El mártir de Madrid. Acto tercero, Pedro
Muriendo en cruz, mi Dios, por culpa mía,
hicieron sentimiento los mortales;
las luces se eclipsaron celestiales,
montes estremeció la tierra fría.
Rasgóse el velo santo, y a porfía
se quebraron los duros pedernales;
sucedan en mí mismo estas señales
cuando yo muera en cruz antes del día.
Quebrántese la piedra de este pecho
a vuestro amor divino endurecida,
y mis ojos se eclipsen con el llanto.
Mi corazón se rasgue y ya deshecho,
estremézcase el alma al dar la vida,
temiendo el tribunal de Dios tan santo.
De No hay burlas con las mujeres. Acto segundo, Laura
Blando hechizo de amor, dulce veneno,
que en la viveza de mi pecho ardiente
introduciste artificiosamente
tanta ponzoña en vaso tan ameno,
si ya en las llamas de tu fuego peno,
si el duro yugo el corazón no siente,
y a la ley de tu imperio está obediente,
aunque es imperio de violencias lleno,
¿por qué con tiranía me condenas
después de hallar el bien que he deseado
a que arrastre en tus triunfos más cadenas?
Y, creciendo cuidado a mi cuidado
cuando el alivio ofreces de mis penas,
¿me haces penar en un amor callado?
Acto segundo, Mauricio
Figura que, pasando el tiempo engaña,
flor que marchita el caluroso estío,
ampolla hecha en el agua ya por frío,
correo de la muerte, débil caña;
sombra que hace tela de una araña,
ave ligera, despeñado río,
hoja del agua y veloz navío
que navega este mar a tierra extraña;
un punto indivisible, un breve sueño,
corrido sueño y muerte prolongada
es la vida del hombre desabrida.
¡Miserable de mí!, si es tan pequeño
el curso de mi edad, que es casi nada,
¿por qué pasé tan mal tan corta vida?
De La vida y muerte de la monja de Portugal. Acto primero, Luzbel
Tiran a un perro con violenta mano
piedra, en castigo de que rabia o muerde,
si bien huye el rigor no el tiempo pierde
el diestro brazo sin tirarla en vano.
Mas viendo, al fin, el animal villano
que a quien se la tiró no coge, en verde
espuma el canto masca, que recuerde
es justo del dolor fiero inhumano.
Piedra es el hombre, si por él desmedra
de la gracia de Dios, y los lucientes
coros muralla de su débil hiedra.
Y así, yo con mortales accidentes,
tengo, si cojo esta arrojada piedra,
de hacer menuda arena con los dientes.
De La adversa fortuna de don Bernardo de Cabrera. Acto primero, Lope
Aquí soñé a veces un tesoro,
que amarlo pude yo, no merecello;
jacinto y cristal cándido y bello,
perlas, rubíes y madejas de oro.
Los ojos de la Infanta a quien adoro,
los labios encendidos, el cabello,
dientes menudos, torneado el cuello,
que organiza una voz de ángel sonoro.
La riqueza era mucha, yo su dueño,
y en medio de esta buena suerte
rompió el gallo la voz del león temido.
¡Oh, nunca despertara de este sueño!
Que es un engaño regalada muerte,
y el desengaño desdichada vida.
De La adversa fortuna de don Álvaro de Luna. Acto tercero, Álvaro
Un filósofo griego ha dividido
la humana suerte en cuatro, porque es una
la que sigue feliz desde la cuna
al hombre hasta el sepulcro, y otra ha sido
la que infeliz y adversa le ha seguido
del nacer al morir siempre importuna.
Con uno fue piadosa la fortuna;
tardó y al declinar su voz ha oído.
Con otro tuvo el curso presuroso;
vino ha la juventud y le ha negado
a la vejez el gusto y el reposo.
La cuarta diferencia me ha tocado,
y si en el mundo he sido el más dichoso,
¿quién duda que soy ya el más desdichado?
De El animal profeta. Acto tercero, Laurencia
Si Federico aquesta noche intenta
mostrar la fuerza de su amor gallardo,
con razón dudo, temo y me acobardo
viendo que Julián de mí se ausenta.
Ajeno amor batalla me presenta,
pero con mi valor vencerla aguardo;
ya el cielo se reboza el manto pardo
y en vez de luz la oscuridad ostenta.
De mi casa la puerta cerrar quiero
y prevenirme de arma mi honor piensa;
mas estas armas no serán de acero
sino de no querer hacer ofensa
al santo honor, que con aquesto espero
tener al mismo cielo en mi defensa.

Hero y Leandro
Personas que hablan en ella
Leandro, galán
Polidoro, galán
Nicanor, pintor
Floro, lacayo gracioso
Cintio
Eliano, hermano de Hero
Leonardo, padre de Leandro
Lucindo, hermano de Mitilene
Hero, dama
Mitilene, dama
Silena, criada de Hero
Tidora, criada de Hero
Músicos
ACTO PRIMERO
Salen todos los MÚSICOS y MÚSICAS, y toda la compañía con ramos en las manos y una guirnalda en una fuente de plata, y van por un palenque cantando todos, y salen detrás LEANDRO y NICANOR
MÚSICOS: «Hoy se celebra en el valle
el Fénix de la hermosura,
la que es madre del Amor
y nación de las espumas.
Los cisnes y las palomas
del carro de Venus hurtan
los resplandores al sol
y la nieve de sus plumas».
Vanse todos y quedan LEANDRO y NICANOR.
LEANDRO: Ya que vas peregrinando
por estos mares, escucha
la ocasión por qué en el valle
tantas naciones se juntan.
Aquella ciudad que miras,
en quien las torres se encumbran,
amenazando a los vientos
nubes pardas y confusas,
se llama Abido. Es mi patria.
Fue mi madre; fue mi cuna,
y, si yo muero con dicha,
ha de ser mi sepultura.
No te alabo esta ciudad.
La modestia me disculpa;
que en las propias causas siempre
es la retórica muda.
Esta que miras, vecina
a estos montes, cuyas puntas
pirámides son, que en ellos
sirven al sol de columnas,
se llama Sesto; y en medio,
por esas aguas profundas,
el estrecho de ese mar,
que es un línea, y es una
división que el cielo ha hecho
para que no se confundan
términos de Europa y Asia;
porque Sesto está sin duda
en Asia, Abido en Europa.
Y así no es mucho que infundan
las soberanas estrellas,
lámparas que nos alumbran.
Inclinaciones contrarias
en las dos máquinas usan
contra sí misma de guerra.
Ambas por causas ocultas
se aborrecen, con estar
tan vecinas que se escuchan
los latidos de los canes,
cuando en las sombras confusas
la noche nos da silencio.
Y cuando el alba madruga,
las aves de Abido y Sesto
en dos coros se saludan.
El breve estrecho igualmente
peces a los dos tributa,
y las nubes de los unos
suben mezcladas y juntas.
Todos los años en Sesto,
en ese templo que ilustra
ese valle, se celebran
con sumo amor y con suma
reverencia las exequias
del bello Adonis, de cuya
belleza Venus cautiva
descendió en las blancas plumas
de sus cisnes muchas veces.
No te espantes que concurra
celebrando a Venus, madre
del Amor y la hermosura,
la juventud de este valle,
y, coronadas de murta,
vengan las damas al templo
de la gran diosa, que triunfa
de la libertad del alma,
y a sus amores ayuda.
Treguas hay en ambas partes
mientras que las fiestas duran;
y, temiendo el sacrilegio,
los enojos disimulan.
Gozar quise de las treguas;
no he venido con alguna
pasión de Amor; que jamás
supe de Amor las injurias.
Curiosidad me ha traído,
no amor, ni celos; que nunca
cautivé la libertad,
ni las aras que perfuman
de Venus he menester.
Aquel coro, aquella junta
de músicos que pasó,
sospecho que va por una
sacerdotisa del templo,
para que en las aras puras
dé a la diosa el sacrificio;
que siempre así se acostumbra,
pero ya vuelven con ella.
Mucha gente viene, mucha
debe de ser su belleza,
que aplauden, ruegan y buscan.
Vuelven a salir todos los MÚSICOS cantando lo mismo, y detrás del acompañamiento, HERO, coronada con una corona de flores y POLIDORO.
MÚSICOS: «Hoy se celebra en el valle
el Fénix de la hermosura,
la que madre del Amor
y nació de las espumas».
HERO: Los que, de Venus y Amor,
entre las verdes espumas
de estos valles celebráis
una deidad absoluta,
antes que empiecen los fuegos
las carreras y las luchas
y las batallas fingidas,
es necesario que suplan
sacrificios los defectos,
y las oraciones suban
desde el templo al tercer cielo
donde la diosa se oculta.
Las flores de esta guirnalda,
que mi indigna frente ilustra,
porque son sangre de Adonis,
entretejidas de murta,
serán la ofrenda este día
ya que la belleza usurpan
al iris de tres colores:
encarnada, verde y rubia.
TODOS: ¡Hero, viva!
HERO: No me deis,
amigos, honra ninguna;
dadla en el templo a la diosa.
POLIDORO: Tu mismo ser nos disculpa,
Hero hermosa, y pues que sabes
de la diosa que te ilustra,
¿cómo no sabes de amor?
¿Cómo mis males no escuchas?
¿Cómo de las flechas de oro
los libres ojos ocultas?
HERO: Calla, Polidoro, calla;
que tus palabras me injurian.
POLIDORO: Sirve a Diana, señora,
pues de tanta gloria triunfas.
LEANDRO: ¡Ay, Nicanor, qué belleza!
¡Qué singular hermosura!
¡Qué celestial gallardía!
¡Con qué prisa, con qué furia,
porque a Venus desprecié,
ya a mi pecho el hijo apunta!
Flechando está el arco de oro;
ya no hay libertad que sufra
tal rigor. Venganza ha sido
de la diosa. ¡Ah, cruel! ¡Ah, injusta!
No puedo yo blasonar
de libre. Mal disimulas,
siendo deidad, tus enojos.
NICANOR: ¿Cuál de éstas es?
LEANDRO: ¿Qué preguntas?
Si entre humildes fuentecillas,
que apenas de sí murmuran,
ves el mar de la belleza;
si eclipsadas y difuntas
ves las estrellas delante
del sol, hermosa criatura,
¿cuál ha de ser la ocasión
de mi muerte?
NICANOR: ¿Ya te juzgas
muerto y vencido?
LEANDRO: Sí, amigo.
Cuando los halcones buscan
por las regiones del viento
a la garza, haciendo puntas,
y ella, del sol mariposa,
hecha un cometa de pluma,
se remonta hasta los cielos,
con naturaleza oculta
reconoce cuál neblí,
entre las rapantes uñas
le ha de matar, aquél teme,
y de los otros se burla,
sin temerlos ni estimarlos,
del mismo modo me anuncia
mi corazón que he de ser
presa y víctima desnuda
de libertad, de la hermosa
sacerdotisa que alumbra
ese templo más que Venus
con ser ésas aras suyas.
HERO: ¡Ea! Ya es hora. Repitan
vuestras canciones las musas
y ninfas que a Venus sirven
con afecto y alma pura.
MÚSICOS: «Los cisnes y las palomas
del carro de Venus hurtan
los resplandores al sol
y la nieve de sus plumas».
Vanse. [Quédanse LEANDRO y NICANOR]
LEANDRO: Nicanor, ¿pudo ser Venus
entre las flores y nuncias
del Himeto tan hermosa?
¿Pudo nacer de la espuma
tan curiosa y tan bizarra?
Tras sí me lleva. ¿Quién duda
que ésta ha de ser ocasión
de mi muerte y desventura?
NICANOR: ¿Quieres que yo la retrate
entre la tropa confusa
de esa gente, pues que soy
el Fénix de la pintura?
LEANDRO: Sí, Nicanor, y la vida
si acaso me queda alguna,
será el premio del retrato.
Entra pues; traslada, hurta
aquellos rayos del sol,
para que en las líneas mudas
de tu pincel, me den luz,
aliento, gloria y ventura.
A espaldas de mi retrato
has de copiar la luz suya,
porque yo pueda imitar
la mendiguez de la luna.
Vase NICANOR. Sale FLORO
FLORO: ¡Gracias a Dios que te veo!
Siguiéndote me he perdido.
LEANDRO: Hallas a otro del que ha sido,
porque adoro, amo y deseo.
Fuerza fue amar cuando vi
nueva luz de este hemisfero.
FLORO: ¿Y cómo se llama?
LEANDRO: Hero.
FLORO: Futuro de sum, es, fui.
¡Que Hero se llaman las damas
de esta tierra! Apostaría
que has de querer otro día
en gerundio de amo, amas.
LEANDRO: Ésta es la deidad más pura
de ese templo que adoraste.
FLORO: ¿Y en cuántas partes notaste
que consiste su hermosura?
Que la beldad que provoca,
y muerte tal vez nos da,
en cuatro partes está:
ojos, manos, voz y boca.
LEANDRO: ¿Por qué en voz?
FLORO: No voz que cante,
sino la con que habla sea:
metal dulce de jalea,
no de becerro que espante.
Un amo a quien yo servía
requebraba a una mujer
sin oírla ni saber
si era muda; pero un día
que le dijo, «Yo os adoro»,
respondió la dama así:
Muy gordo
«Pues, ¿y qué se me da a mí?»
Pensó que bramaba un toro.
El tal galán, otro día
otra enamoró más bella,
y siempre callaba ella
a cuanto el galán decía.
Díjole una vez, «Mi diosa,
hermosa el cielo os formó».
Y la dama respondió:
Gangueando
«Ya yo sé que soy hermosa».
De suerte que en los metales
de la voz hay hermosura
y fealdad.
LEANDRO: Una luz pura
con reflejos celestiales
de su dulce voz me avisa.
Muera si puede la diosa
ser tan gallarda y hermosa
como su sacerdotisa,
gozando del privilegio
de gozar sus aras. Mira deidad
humana que admira.
Dentro
TODOS: ¡Sacrilegio! ¡Sacrilegio!
Sacan entre todos los que pudieren a NICANOR agarrado; y POLIDORO detrás, empuñando la espada; y NICANOR con el retrato en la mano, CINTIO queriéndosele quitar.
POLIDORO: Extranjero, ¿tú profanas
esta deidad? (Celos son Aparte
los que mueven mi intención;
no virtudes soberanas).
¿Copiando estás del altar
la deidad que sacrifica,
cuando víctimas aplica
y no se debe mirar?
Morir debes.
NICANOR: ¿Es error
retratar una belleza
que pasmó Naturaleza?
POLIDORO: ¡Ah, sacrílego pintor,
suelta el retrato!
LEANDRO: Señores,
que era culpa no he sabido.
POLIDORO: Sin duda que sois de Abido
donde todos sois traidores.
LEANDRO: ¡Vos mentís! Y de esta suerte
libro a un insigne pintor.
Huye, amigo Nicanor.
NICANOR: No solicites tu muerte.
Vase NICANOR
CINTIO: ¿Eres de la quinta esfera
algún rayo desatado?
LEANDRO: Un noble soy agraviado.
Mételos a CINTIO y POLIDORO a cuchilladas
CINTIO: ¡Yo soy muerto!
POLIDORO: ¡Muera, muera!
¡Traidor que el templo violó
de Venus en este día!
LEANDRO: Mi colérica osadía
esta vez me despeñó.
Sale LEANDRO por una puerta y vase por otra. Salen HERO y POLIDORO, y CRIADOS
HERO: Su injuria habéis de vengar.
El templo de Venus llora.
Dentro
LEANDRO: Valedme, brazos, agora;
que ya me arrojo en el mar.
HERO: El osado pecho ofrece
al agua desde una roca
y, con la espada en la boca,
delfín humano parece.
¡Tiradle flechas! Y muera
sobre las ondas de nieve,
hombre que a ofender se atreve
deidad que Chipre venera.
¡Qué marino monstruo o nave
no va excediendo esta vez!
Lo que moja el agua es pez,
lo que toca el aire es ave.
Rompiendo va en las espumas
grillo de olas y de lamas;
el medio cuerpo de escamas,
y el otro medio de plumas.
Grande valor ha mostrado,
parece en el mar crüel
fragmento de algún bajel
que el viento ha despedazado.
POLIDORO: Pues con la púrpura humana
que de Cintio derramaste,
el templo a Venus violaste,
muere en esa espuma cana.
¡Plega a Venus celestial
que tus exequias te canten,
y en ese mar te levanten
monumentos de cristal!
HERO: Ya ha llegado a salvamento;
que un barco le recogió.
¡Que no conociese yo
hombre de tanto ardimiento!
Sacan a FLORO agarrado, y a NICANOR, los CRIADOS
CRIADO 1: Aquí están dos que han venido
con el bárbaro homicida.
FLORO: Ya no daré por mi vida
un caracol.
CRIADO 1: Éste ha sido
la ocasión que sin recato
retratarte osó.
HERO: De muerte
eres digno de esa suerte.
Dame, extranjero, el retrato.
NICANOR: Aún no está perfecto.
HERO: ¿Cómo?
(¿Así se atreve un pintor Aparte
a belleza a quien Amor
hirió con flechas de plomo?
Aunque a Venus soberana
hoy en su templo servía,
no sé de Amor, y otro día
me pasaré al de Dïana.
A ninguno pienso amar,
y así a Venus dejaré,
porque agradarla no sé
ni a mí me agrada su altar).
¡Ay! ¿Quién es éste que así
en esta lámina breve
a estar junto a mí se atreve?
¿Qué retrato es éste, Di.
NICANOR: De ése que rompió el estrecho
y en la opuesta margen ves.
HERO: Venganza de Venus es,
arpón que amaga mi pecho.
(Eso no miréis, mis ojos. Aparte
Hablé inadvertidamente.
Hermosa Venus, detente;
no vengues, no, tus enojos).
¿Quién es éste?
NICANOR: Aunque su amigo,
éste informará mejor.
HERO: ¿Quién es éste? Di, traidor.
FLORO: No soy traidor pero digo.
Ese gallardo joven que hoy ha hecho
caravanas de atún a la vislumbre
de pece Nicolás pasó el estrecho,
como si el charco fuera media azumbre;
ése que unas fiestas ha deshecho,
sin poder excusar la pesadumbre,
si por enojo no lo sabéis, se llama
Leandro, el sin amor, Fénix sin dama.
De valiente y galán con sus acciones,
que para sus hazañas y sus galas
hígados ha comido de leones,
ya desnudando de sus verdes alas
al pájaro gentil, que anda de nones.
Envidiarla podrán Venus y Palas,
«león de Albania», «cisne del Meandro»,
en Abido se llama el tal Leandro.
No hayas cuidado, mi señora, que halles
más méritos en hombre, y esto es cierto.
¿Qué dama no ha rendido en esas calles?
¿Qué fiera no tembló en ese desierto?
En los ásperos montes y los valles
ninfas y jabalíes de un golpe ha muerto;
y así todos le llaman «sol de Abido»,
«rayo de muerte», y «flecha de Cupido».
En un morcillo que alimenta, suele
desempedrar las calles, de manera
que al mismo sol obliga que recele,
que pueda alcanzarle en la carrera.
Os hará sombra, no hay que tanto vuele
cuando huye del alba lisonjera,
y a ser yegua, según sus maravillas,
fuera él morrión y rey de las morcillas.
¿No visteis una nube tenebrosa
volar tronando, rayos escupiendo?
Así la negra bestia generosa
velos parte tronando, no corriendo.
Los relámpagos con la luz hermosa
que saca de las piedras que va hiriendo.
El rayo es el jinete caballero.
Ella es la noche, y él es el lucero.
HERO: Calla. (El alma temerosa Aparte
está de afectos tan vivos,
amagos son vengativos.
Aplacar debo a la diosa.
Venus, si enojo te di,
ten piedad y no rigor.
No me mates con amor;
que es vil muerte para mí).
La diosa he de consultar.
En tal caso esperad, todos.
Vase
POLIDORO: Pensando estoy en los modos
con que muerte os han de dar.
FLORO: Malos pensamientos tenga.
Piense pensando veneno.
Piense siempre el mal ajeno
y lo que piense se venga.
¿Estudia para tirano?
¿Acaso toma lección
de verdugo o de sayón?
POLIDORO: Si ese templo soberano
manchado de sangre veo,
y en tragedias tan funestas
han fenecido las fiestas,
religioso es mi deseo.
Dentro
HERO: La voz de la diosa oí.
Dad libertad a esos dos.
FLORO: Larga vida te dé Dios.
(Y malos piensos a ti). Aparte
Sale HERO
HERO: Amigos, Venus mandó
que para aplacar la furia
yo misma vengue la injuria
y que mate a Leandro yo.
De su venganza instrumento
soy. A Abido he de pasar.
¡Corten los remos el mar!
¡Soplen las velas el viento!
POLIDORO: Acompañarte es razón.
Bien podéis vosotros iros.
FLORO: Hoy dieron fin mis suspiros
librándome de un sayón.
Vanse. Salen LEANDRO con diferente vestido, muy triste, y MITILENE detrás, muy enamorada
MITILENE: Apenas de Sesto vienes,
cuando triste y divertido
a esta ribera has venido.
Leandro, dime qué tienes.
Con amor tus pasos sigo
turbada como ese mar;
si son cosas de pesar,
primo, llévame contigo;
pues que tu sangre es la mía,
y yo te adoro también;
y mujer que quiere bien
es la mejor compañía.
Cual pálido girasol
voy siguiendo rayos bellos,
hasta arrancar los cabellos
en las tristezas del sol.
¿Quién eclipsa tu alegría,
turbando luces serenas
oscuras sombras de penas?
LEANDRO: (¡Ay, Hero del alma mía!) Aparte
MITILENE: ¿Ni me miras, ni respondes?
¿Quién tus mudanzas ha hecho?
En laberintos del pecho
grandes misterios escondes
con esquivez y rigor.
Siempre mi fe agradeciste.
Al templo de Venus fuiste.
De allá, ¿qué traes sino amor?
Si éste causa tu cuidado
si ya Amor tu pecho inflama,
cuéntame quién es la dama.
LEANDRO: ¡Ay, Leandro desdichado!)
MITILENE: ¿Sólo escucho de tus labios
mal formado un «ay», señor?
Ya digo que no es amor.
Celos son o son agravios;
porque amar por sólo amar
dulces efectos alcanza,
y, aunque falte la esperanza,
nunca obliga a suspirar.
Si tuya tengo de ser
ya que no puedes quererme,
aprende a no aborrecerme;
que es principio de querer.
Tu padre y mi hermano quieren
que hoy nos casemos, y así
vivo alegre.
LEANDRO: (Agora sí Aparte
que mis esperanzas mueren).
Mitilene, atrevimiento
fue salir a esta ribera.
Déjame que errando muera
en mi mismo pensamiento.
MITILENE: Mientras que la paz nos dura
con Sesto, salir podremos
a esta ribera; no demos
cuenta de mi desventura;
que tener amor y ser
no agradecido su amor
es la desdicha mayor
que le viene a una mujer.
LEANDRO: (¿Qué desdicha se ha de hallar Aparte
que no sea con la mía
átomo breve del día,
pequeña gota del mar?)
Mitilene, a fiestas fui
y vuelvo con pesadumbre;
que ésta es natural costumbre
del mundo, triste volví.
Cuando hay cosas de placer
con tristezas voy a verlas;
que es bien que vamos con ellas,
como habemos de volver.
Quien fue triste, triste viene;
no aumentes más mi pesar.
Sale FLORO, recatado
FLORO: (¿Cómo le podré avisar; Aparte
que está con él Mitilene?)
¡Ah, señor! ¡Ah, señor!
LEANDRO: ¿Qué?
FLORO: Haz que tu prima se vaya.
LEANDRO: ¿Por qué?
FLORO: Porque está en la playa,
vuelto en latín, «yo seré».
LEANDRO: No te entiendo.
FLORO: Aquel futuro
de Sesto. A solas te quiero.
LEANDRO: ¿Qué dices, grosero?
FLORO: Hero.
MITILENE: (Éste es ingrato y perjuro; Aparte
algo contra mí se trata.
Fingir quiero que me voy).
Primo, si enfado te doy
por esa margen de plata,
por esa florida selva,
que inundan sagradas olas,
me voy, discurriendo a solas,
hasta que a su tumba vuelva
el sol, de rayos süaves;
y con el arco que ves
haré que besen mis pies,
cayendo en giros las aves;
que el más ligero neblí,
bañado en sangre y espumas,
un rayo será de plumas,
y una estrella carmesí.
LEANDRO: Acuerdo discreto fue;
eres segunda Dïana.
MITILENE: (¡Ah, traidor! De buena gana Aparte
me despides. No me iré).
Escóndese
LEANDRO: ¿Floro, qué dices?
FLORO: Que vino
Hero hermosa a esta ribera,
y me dice que te espera
para hablarte.
LEANDRO: Sol divino,
si no me infundes valor,
agora es el fenecer;
porque un súbito placer
tiene efectos de dolor.
Hazme un Argos, cielo; empieza
a mitigar tus enojos,
porque no bastan los ojos
para ver tanta belleza.
Fama, presta con favor
tus lenguas a mi fortuna,
porque no ha de bastar una
para explicar tanto amor.
FLORO: Amante de pepitoria,
pídenos manos y pies.
Salen HERO y POLIDORO, y otros, criados, se quedan en la puerta
POLIDORO: Hero divina, aquél es.
El cielo te dé victoria.
HERO: Ya sin duda la promete.
Retiraos todos; que así
lo mandó Venus.
FLORO: Aquí
la tienes ya.
LEANDRO: Floro, vete.
FLORO: Saltos me da el corazón;
recelo alguna maldad.
LEANDRO: Necio, en aquella deidad
caber no puede traición.
Vase FLORO
(¡Oh, qué turbado me siento! Aparte
Ciego estoy a tales rayos.
Basten, Amor, los desmayos;
dame agora atrevimiento).
HERO: ¿Eres Leandro?
LEANDRO: No y sí.
HERO: ¡Qué locura peregrina!
LEANDRO: ¿Viste en alguna rüina
un padrón que dice: «Aquí
fue tal ciudad»? Pues así
en este cuerpo ha vivido
Leandro, cuando ha tenido
alma. No es locura, pues,
decir «no», porque no es;
y decir «sí», porque ha sido.
HERO: ¿Y dónde está el alma?
LEANDRO: Hice
voto de ofrecerla al templo
de Venus, porque es ejemplo
del amante más felice,
con un letrero que dice:
«Milagro esta alma no amaba.
De libertad blasonaba.
Vino a este templo y Amor
le ha sacado del error
en que sin amor estaba».
HERO: ¿Cómo al templo ha profanado
quien sangre en él derramó?
LEANDRO: Venus a Amor me mandó
y sacar quise un traslado
del sujeto que he adorado.
¿Es bien que culpas estén
en no amar y querer bien?
¿Qué locura es ésta mía,
que no amando la ofendía,
amo y la ofendo también?
HERO: A darte la muerte vengo,
y la diosa lo mandó.
LEANDRO: De ese intento saco yo
la grande dicha que tengo,
y con discursos prevengo
que, ni yo soy su enemigo,
ni está enojada conmigo;
ni que sus aras profano,
porque morir a tu mano
es favor y no castigo.
Ea, pues, bella homicida;
sangre de mi pecho vierte,
porque blasone la muerte
que vale más que la vida.
Pero déjame en la herida
esa mano celestial,
vida sobrenatural.
Y así matando y viviendo,
dándome vida y muriendo,
vendrás a hacerme inmortal.
Usa ya de ese rigor,
hermosa tirana mía,
aunque Venus te diría
que me matases de amor;
porque es muerte superior
el amar sin esperanza
de remedio ni mudanza.
Si éste su precepto fue,
ya estoy muerto; ya expiré.
No busques otra venganza.
HERO: (¡Oh, cómo estuve indiscreta! Aparte
¿A qué vine? ¡Qué mal hice!
En cada razón que dice
me dispara una saeta.
Aprisa Amor me sujeta.
Quiero decirle que debe
morir como un hombre aleve;
pero, ¿cómo, si esto pasa?
¿De corazón que se abrasa
saldrán pedazos de nieve?
¡Venus, ingrata y crüel!
Tomar de un golpe quisiste
dos venganzas. Muero, ¡ay triste!
Amor llegó de tropel.
¿Que le diese muerte a él
me mandaste? Vino, vi,
no soy peña, no vencí.
Diosa, las flechas abate
si me mandas que le mate
como me mata él a mí).
LEANDRO: Sé que el modo de mi muerte
estás consultando agora
rigor y amor. ¡Ay, señora!
Ambos matan de una suerte.
La sentencia espero. Advierte
que si me mata el rigor,
de una vez pasó el dolor;
si me mata Amor, de muchas.
Piadosamente me escuchas.
¿Quién me ha de matar?
HERO: Amor.
(Rigor decirle quería. Aparte
Venus la lengua movió.
¡Ea, de mí se vengó!
En vano el alma porfía).
Van saliendo MITILENE y POLIDORO, cada uno por su puerta
MITILENE: (Bien temí la alevosía Aparte
de este ingrato).
POLIDORO: (Mucho tarda Aparte
Hero en matarle. ¿Qué aguarda?)
MITILENE: (¡Peregrina mujer! ¡Cielos!) Aparte
POLIDORO: (Vida le den ya mis celos). Aparte
MITILENE: (¡Qué enemiga tan gallarda!) Aparte
LEANDRO: Felice soy, pues que veo
que moderas tu rigor.
HERO: Procura tú que este amor
nunca llegue a ser deseo;
que si amando y esperando
vive el alma cuidadosa,
de ti se vengó la diosa.
Fuerza es morir deseando.
LEANDRO: Desde aquí de su ley uso.
Como este mar he de ser;
que no se atreva a romper
el margen que Dios le puso.
Pero un siglo ha de ser leve.
Ser quisiera al sol igual;
porque un amor inmortal
no cabrá en vida tan breve.
Sale POLIDORO
POLIDORO: (Quiero saber lo que espera). Aparte
Hero hermosa, no te entiendo.
Advierte que va saliendo
mucha gente a la ribera.
HERO: Asegurándole estoy.
Retírate, Polidoro.
Vase POLIDORO
LEANDRO: Ya contra tu ley te adoro;
rompí tus preceptos hoy.
Tener amor solamente
me mandaste, pero al ver
que te llegué a conocer,
más que amor el alma siente.
Una envidiosa pasión
me han infundido los cielos;
mas, ¿si fuesen éstos celos?
Pienso que sí, celos son.
HERO: Celos las almas no sienten;
que no hay celos es error;
los duendes son del amor.
Dicen que los hay, y mienten.
Invención debe de ser,
con que su amor encarecen
los amantes.
MITILENE: (No merecen Aparte
tanto amar y padecer
mis ojos. ¡Grave dolor!
En vano su amor conquisto.
Sepa al menos que le he visto,
aunque se enoje). ¡Ah, traidor!
Sale MITILENE
¿Quién es ésta?
LEANDRO: ¡Mitilene!
Si me quieres, vete luego.
MITILENE: Obedezco, pues que ruego.
(Esta desventura tiene Aparte
la mujer aborrecida;
que ha de ver y ha de callar).
Vase MITILENE
HERO: ¡Válgame Dios! ¿Qué pesar
me va quitando la vida?
LEANDRO: Di, ¿Qué sientes?
HERO: Que es verdad
que hay duendes.
LEANDRO: Pues de eso, ¿a quién
pesó?
HERO: Celos hay también,
y es bellaca enfermedad.
LEANDRO: Mi fe pura no te engaña;
mi prima es ésta, ¡por Dios!
HERO: Pues curémonos los dos:
aquel hombre me acompaña.
LEANDRO: Señora, di, ¿podré verte?
HERO: En Sesto te han de matar.
LEANDRO: ¿Qué importa?
HERO: ¿No ha de importar?
LEANDRO: No, pues es vida la muerte.
HERO: Para tener descuidado
un pueblo que es tu enemigo,
di los que vienen conmigo
creyeran que se han vengado,
una industria tengo.
LEANDRO: ¿Y es?
HERO: Que te mato he de fingir.
LEANDRO: No mientes, pues es morir
el verte ausente.
HERO: Después
te avisaré qué has de hacer.
LEANDRO: ¿Y cómo fingirlo debes?
HERO: Llega, como que te atreves,
a mis brazos.
LEANDRO: Si ha de ser,
de esa suerte será acierto
morir de veras.
HERO: ¡Así!
Hace que le da con una daga
Venus se venga de ti.
LEANDRO: ¡Ah, crüel! ¿Por qué me has muerto?
(De amores, digo). Aparte
Sale POLIDORO
POLIDORO: Señora,
valor te han dado los cielos.
Sale MITILENE
MITILENE: (¡Ay, que borraron mis celos Aparte
sangre y lástima!) ¡Traidora,
de un golpe quitas dos vidas,
un amor y mil sospechas!
¿Qué hacéis en la aljaba, flechas?
Salid, salid, no me impidas,
turbación.
HERO: Corred delante.
Prevenid[me] barco luego.
MITILENE: Daré voces, no sosiego.
¡Gente de Abido!
Vanse todos menos HERO y LEANDRO
LEANDRO: ¿A qué amante
esto sucedió jamás?
HERO: (Mucho lo siente la prima). Aparte
LEANDRO: No ofendas a quien te estima.
HERO: Yo te escribiré.
LEANDRO: Darás
vida a un muerto.
HERO: Voyme.
LEANDRO: Espero
un favor.
HERO: Cure la herida
con éste.
Arroja un pañuelo
LEANDRO: ¿A llaga fingida
das favor tan verdadero?
HERO: ¿Temes ya?
LEANDRO: No estar presente.
HERO: Las almas se comunican.
LEANDRO: Mucho los ojos se explican.
HERO: ¿Qué alivia el mal de ausente?
LEANDRO: Confïar.
HERO: Pues, confïar.
LEANDRO: Adiós, mi bella homicida.
HERO: Adiós, muerte de mi vida.
LEANDRO: ¿Qué he de hacer?
HERO: Vivir y amar.
Vase HERO
LEANDRO: Ya es mi dicha de manera
que yo soy el más dichoso,
y a haber de estar envidioso,
sólo de mí lo estuviera.
Salen FLORO, LEONARDO y LUCINDO, hermano de MITILENE
FLORO: Leandro está aquí, señores.
LEONARDO: Hijo, buscándote vengo,
porque a Mitilene tengo
lástima, de sus amores.
LUCINDO: Casi loca está mi hermana,
como ser tuya desea.
LEONARDO: Tu esposa mañana sea.
Dime, si de buena gana.
LEANDRO: (Mis ojos se van al mar). Aparte
Luego vuelve y os diré
la causa y razón por qué
no me pretendo casar.
Vase LEANDRO
LEONARDO: ¿Sábesla tú?
FLORO: La sabía,
pero ya se me olvidó.
Sale MITILENE, muy despechada
MITILENE: (¡Oh, nunca llegara yo Aparte
a ver este infausto día!)
Tío y hermano, vengad
si a llanto y lástima os mueve,
la desdicha más aleve
que ha inventado la crueldad.
El sentimiento es forzoso,
y será muerte después,
porque perdimos los tres
un hijo, un primo, un esposo.
En su sangre revolcado
queda Leandro sin vida,
porque una hermosa homicida
amor y muerte le ha dado.
Dióle fin atroz y fuerte
una aleve entre sus brazos,
y los últimos abrazos
le dio envueltos en la muerte.
El horror y el sentimiento
me impidieron la venganza;
que una turbación no alcanza
discurso ni atrevimiento;
que cuando le vi expirar,
con ansias, bascas y enojos,
y vi eclipsados sus ojos
a nunca más despertar,
de modo quedé sin mí
que flechar no supe el arco,
y la enemiga en un barco,
o marítimo neblí,
volando pasó el estrecho;
y con pena y con espanto
si no en sangre bañó en llanto
estos ojos y aquel pecho.
¡Ea, su muerte venguemos!
Lloremos su fin crüel,
o muramos como él.
LEONARDO: Bien temí que los extremos
del amor de Mitilene
pararían en locura.
LUCINDO: Tiene amor, tiene hermosura,
partes y méritos tiene.
Vese despreciada. Así,
¿qué mucho que pierda el seso?
MITILENE: ¿No es lástima este suceso?
O, no sabiendo de mí,
¿no lo he sabido contar?
¡Leandro es muerto, señor!
LEONARDO: ¡Qué desdicha! ¡Qué dolor!
¿Amor pudo trastornar
su jüicio?
LUCINDO: Señor, sí;
que es inmenso su poder.
FLORO: En mi vida hallé mujer
que pierda el seso por mí,
con ser tan lindo.
MITILENE: Señores,
¿locos sois o no creéis
esto que escuchado habéis?
Pues tiñendo prado y flores
de nácar y de claveles
está el Adonis de Abido.
Aquí su sangre han vertido
aquellas manos crüeles.
¡Dejan que busque, cielos!
Vase MITILENE
LEONARDO: ¡Qué melancólico humor!
LUCINDO: Y no sólo ha sido amor;
también pienso que son celos;
que a otra mujer culpa da.
LEONARDO: Ya su locura sabía,
Leandro, pues no quería
ser su esposo.
LUCINDO: ¡Claro está!
Sale LEANDRO
LEANDRO: (Si en amor de Hero me abraso, Aparte
hable el alma claramente;
diga la pasión que siente,
pues por ella no me caso).
Agora os diré por qué
a mi prima no he querido.
LEONARDO: Ya lo tenemos sabido.
Desdicha y lástima fue.
Sale MITILENE como buscando
MITILENE: Aquí cayó en este puesto,
y, con las ansias mortales
bajaría a los cristales
de ese arroyo. Mas, ¿qué es esto?
¡Animo, no más dolor!
¿Corazón, no más enojos!
Y, ¡no más lágrimas, ojos!
Todo se vuelve en amor.
LEONARDO: (Parece que ha mejorado). Aparte
Hija, deja esa locura.
MITILENE: ¿Tal es ya mi desventura
que a este término ha llegado?
LUCINDO: La que Amor enloquece,
si al templo de Venus va,
salud en él hallará.
LEONARDO: Dices bien y pues se ofrece
que nos dan treguas los cielos,
allá se puede llevar.
MITILENE: (Quiero dejarme engañar; Aparte
que allá vengaré mis celos.
De Leandro engaños son;
otra quiere, a mí me olvida.
¿Para qué quiero la vida?
¡Piérdase ya con razón
el jüicio!)
LEONARDO: Por agora
quede la boda suspensa
mientras se mejora.
Vanse LEONARDO y LUCINDO
LEANDRO: (Inmensa Aparte
es mi dicha).
MITILENE: (En vano adora Aparte
un alma cuando la suerte
y el hado la contradice.
Para hacerme a mí infelice
loca, fingieron su muerte).
Detiene a LEANDRO
Traidor, ¿engaños conmigo?
Mas, mis afectos extraños
agradecen tus engaños.
¿Cómo no mueres, amigo?
¿Quién es causa de que yo
sienta el mal tan fiero?
LEANDRO: Hero.
MITILENE: Dime, ¿quién es por quien muero?
LEANDRO: Hero.
MITILENE: ¿Siempre se burló
tu lengua de mí? ¿Por qué
eco de mi voz te has hecho?
LEANDRO: Digo lo que está en el pecho.
MITILENE: Saber quién la dama fue
espero.
LEANDRO: Hero.
MITILENE: ¡Qué crueldad!
¡Qué desprecio tan extraño!
LEANDRO: (Ella piensa que la engaño, Aparte
y le digo la verdad).
Vanse…
El doctor Mira
El doctor Mira,
apostaré, si no lo manda el Conde,
que también en sus puntos se retira.
Señor galán, parezca; ¿a qué se asconde?
Pues a fe, por llevarle, si el no gusta,
que ni le busque, aceche ni le ronde.
¿Es esta empresa acaso tan injusta
que se esquiven de hallar en ella cuantos
tienen conciencia limitada y justa,
¿carece el cielo de poetas santos?
Puesto que brote a cado paso el suelo
poetas que lo son, tantos y tantos?
¿No se oyen sacros himnos en el cielo?
¿La arpa de David allá no suena
causando nuevo accidental consuelo?
Fuera melindres…
El Baño de Diana
Grutescos y figuras ele relieve
ele su artífice nunca pretendidas,
el agua. que a los mármoles se atreve,
con buril ele cristal tiene esculpidas,
el techo humedecido perlas llueve
a las que llora al Alba parecida,
ele cabellos ele Venus adornado
que el agua los crió y lo ha peinado.
Señoreando el estanque
en pie le adornó feliz
porque, ninfa ele alabastro,
fuente se quiso sentir.
Ademán
Aguarda, dueño mío,
no vayas tan ligero,
vuelve a darme la vida que me llevas ;
mira que tu desvío
es ele amante grosero
y para un firme amor son muchas pruebas,
yo vine desde Tebas
a ser tu amada esposa,
y ya que mariposa
vengo a ser ele tu llama,
vuelve a dar vida a quien ele veras ama;
que es notable desdicha
acabarse tan presto tanta dicha.
Juzgando Criterios
Dos letras hay en el no
y dos letras en el sí,
y más no te cuesta a ti
decir sí que decir no.
Y si pronuncias el no
en vez ele pronunciar sí,
verá todo el mundo en mí
lo que mi amor te estimó.
No pido por fuerza yo
que sea mi amor premiado,
mas en tan confuso estado
aguardar será forzoso
ser con tu sí muy dichoso
y con tu no desdichado.
Haced
Arroyuelos ligeros,
hinchad vuestros raudales,
no hagáis puente ele plata a mi querido
afilad los aceros
en líquidos cristales,
y si prisión ele hi elo os ha oprimido,
lo que cárcel ha sido
del escarchado enero,
rompa el mayor lucero,
grillos ele plata pura,
trocando en libertades la clausura
y en vuestra amena playa
haced a mi querido estar a raya.
Poema Taurino
Sale a la plaza el toro ele Jarama
como furia cruel ele los infiernos.
Tiemblan los hombres porque no son eternos ;
cúal huye, cúal en lo alto se encarama.
Herido el toro, en cólera se inflama.
Mármoles rompe como vidrios tiernos.
Hombres ele bulto le echan a los cuernos;
y allí quiebra su furia, bufa y brama …
Abrazado a su Dama
Quiero, divina Leonor,
pues que merezco gozar
destos regalos de amor,
tener luz para gozar
ele sus partes el valor.
No es bien que tanta ventura
se goce en la cueva oscura,
aunque a ser águila yo,
viera los rayos que dio,
este sol de su hermosura.
¡Dichoso yo que he gozado
tal ángel! …
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