Poemas de José Iglesias de la Casa
Poemas de José Iglesias de la Casa (1748–1791) fue un destacado sacerdote y poeta español perteneciente a la Escuela Salmantina del siglo XVIII. Su obra se caracteriza por una notable dualidad estilística: por un lado, cultivó una vertiente seria y moralizante de corte neoclásico; por otro, destacó en la poesía ligera, satírica y burlesca, donde recuperó formas tradicionales como el romance y la letrilla.
Influenciado por Quevedo, sus composiciones populares critican con ingenio los vicios sociales de su época. Pese a su formación eclesiástica, sus versos más recordados son aquellos cargados de humor y realismo, como sus famosos «dísticos» y epigramas. Su legado representa la transición entre el rigor ilustrado y la gracia del Siglo de Oro, consolidándose como una de las voces más versátiles y amenas del neoclasicismo español.
Los celos
Tú, ruiseñor dulcísimo, cantando
entre las ramas de esmeraldas bellas,
ensordeces las selvas con querellas,
su gravísimo daño lamentando.
al Cielo y las Estrellas.
Pesados vientos lleven tu gemido
en las cuevas de amor bien aceptado,
y con pecho en tus penas lastimado,
bien es responda al canto dolorido
de tu picuelo harpado.
¿Quién te persigue. ¿Quién te aflige tanto.
Si acaso es del amor la tiranía,
consuélate con la desdicha mía,
que advirtiendo tu mísero quebranto,
busco tu compañía.
No me desprecies cuando te acompaño,
pensando que en dolor me aventajaras;
pues si mis desventuras vieras claras,
y al fin te persuadieras de mi daño,
quizá el tuyo aliviaras.
¡Triste de mí!, que en páramo apartado,
siendo alimento a pena tan esquiva,
hallé muerte de celo, que derriba
el edificio amante, que hube alzado
sobre agua fugitiva.
Ilusiones de la tristeza
Descaminada, enferma y peregrina
la estéril tierra piso:
ocúltase la luz que me encamina,
y tiemblo de improviso.
Airado el Aquilón tronca las plantas,
silbando en las cavernas:
suspenden sus dulcísimas gargantas
las avecillas tiernas.
Marchítanse estos prados cuando miran
el fuego de mis ojos;
las florecillas de ellos se retiran,
armándose de abrojos.
Copian mi rostro pálido las fuentes,
y enturbian sus cristales;
huyen de mí las fieras inclementes
con bramidos fatales.
¿Quién les dijo mi mal. ¿Quién les dio cuenta
de mi dolor callado,
cuando el ardor que el alma me atormenta
decir me está vedado.
¿No te basta, cuitada, el miedo extraño
que dentro el alma siente,
sin que todas las cosas en tu daño
se muestren inclementes.
Llora, ¡ay mísera!, llora, pues el llanto
sólo a tu mal conviene:
y ni en hombres y en fieras tu quebranto
remedio alguno tiene.
Delirios de la desconfianza
Osé y temí; y en este desvarío
por la alta frente de un escollo pardo
del precipicio donde no me guardo
sigo la senda, preso el albedrío
con pie dudoso y tardo.
Nuevo ardor me arrebata el pensamiento;
discurro por el yermo con pie errante;
la actividad de un fuego penetrante;
ni la inquietud que en mi interior sïento,
huyen de mí un instante;
por el hondo distrito y dilatado
del corazón en fuego enardecido
se explayó el gran raudal de mi gemido
y la dulce memoria de mi amado
hundió en eterno olvido.
Soy ruinas toda, y toda soy destrozos,
escándalo funesto y escarmiento
a los tristes amantes, que sin tiento
levantaron de lágrimas sus gozos,
gozos de inútil viento.
Los que en la primavera de sus días
temieron el desdén de sus amores,
envidien el tesón de mis dolores,
y fuego aprendan de las ansias mías
los finos amadores.
La agitación
¡Ay! ¡Cómo ya la alegre primavera,
a su felice estado reducida,
torna a las plantas nuevo aliento y vida
esmaltando las flores su ribera,
que antes se vio aterida!
Suelta el raudal su risa armonïosa;
y canta el ruiseñor con trino doble:
de púrpura se viste el clavel noble,
y enlaza al olmo con la vid hermosa,
y con la hiedra al roble.
¡Qué de veces me vio rosada Aurora
mustia y débil la flor de mi hermosura,
reclinada del monte en la espesura,
y en vela inquieta me encontró a deshora
llorando mi ventura!
Cae del cielo la noche tenebrosa;
cubren sus alas negras todo el suelo:
mi dolor se acrecienta y desconsuelo,
y paz el blando sueño da engañosa
a mi triste recelo.
Que despierto asustada: y mi cuidado
me lleva a yerma orilla de ancho río:
vuelvo en vano a dormir, y desconfío
de poder encontrar puente ni vado
al triste curso mío.
Triste de mí que sigo temerosa
la luz escasa del funesto fuego,
que el poder de mis ojos deja ciego,
y émula de la incauta mariposa,
a su volcán me entrego.
Oda en sáficos-adónicos
¿De qué me sirve, Primavera hermosa,
que nueva vida a tus pensiles vuelvas,
y aquestas selvas llenas de frondosos
álamos verdes.
¿De qué me sirve que por estos valles
esparzas rosas, siembres vïoletas,
tiernas mosquetas, azucenas blancas,
cárdenos lirios.
¿De qué me sirve que por sus orillas
vierta la fuente perlas orientales,
y en sus cristales el divino Febo
néctares beba.
¿De qué me sirve que por la campiña
salte tocando el dulce pastorcillo
el caramillo con que da a su ninfa
música alegre.
¿De qué me sirve que los pajaritos
a coros trinen al romper del alba,
y en dulces salvas llamen al radiante
cándido Apolo.
¿De qué me sirve que mis corderillos
corran jugando tras la madre blanca,
y sin carlancas, sueltos mis mastines
júbilo muestren.
¿De qué me sirve cuando al mundo vuelvas
si no me vuelve mi Licori amada,
flor marchitada por la saña impía
de ábrego fiero.
¡Ay, cara esposa por mi mal difunta!
¡Ay, dulce prenda por mi mal perdida!
¡Ay, vida ida! ¿cómo no me has dado
trágica muerte.
¿Qué viste en Tirsis. Dime ¿en qué delito
pudo ofenderte. ¿cómo le dejaste
que no llevaste tras de ti al cuitado
su ánima triste.
Allá te has ido a la región más pura
ausente y lejos de tu Tirsis amado,
quien inundado en denegrido llanto
mísero muere.
¡Ay, queda, queda en sempiterno olvido
de estos cipreses lúgubres colgada,
y destemplada a los futuros siglos
cítara mía!
La rosa de abril
Zagalas del valle,
que al prado venís
a tejer guirnaldas
de rosa y jazmín,
parad en buen hora
y al lado de mí
mirad más florida
la rosa de abril.
Su sien, coronada
de fresco alhelí,
excede a la aurora
que empieza a reír,
y más si en sus ojos,
llorando por mí,
sus perlas asoma
la rosa de abril.
Veis allí la fuente,
veis el prado aquí
do la vez primera
sus luceros vi;
y aunque de sus ojos
yo el cautivo fui,
su dueño me llama
la rosa de abril.
La dije:-¿Me amas?-
Díjome ella:-Sí-.
Y porque lo crea
me dio abrazos mil.
El Amor, de envidia,
cayó muerto allí,
viendo cuál me amaba
la rosa de abril.
De mi rabel dulce
el eco sutil
un tiempo escucharon
londra y colorín;
que nadie más que ellos
me oyera entendí,
y oyéndome estaba
la rosa de abril.
En mi blanda lira
me puse a esculpir
su hermoso retrato
de nieve y carmín;
pero ella me dijo:
-Mira el tuyo aquí-;
y el pecho mostróme
la rosa de abril.
El rosado aliento
que yo a percibir
llegué de sus labios,
me saca de mí;
bálsamo de Arabia
y olor de jazmín
excede en fragancia
la rosa de abril.
El grato mirar,
el dulce reír,
con que ella dos almas
ha sabido unir,
no el hijo de Venus
lo sabe decir,
sino aquel que goza
la rosa de abril.
Letrilla satírica
¿Ves aquel señor graduado,
roja borla, blanco guante,
que nemine discrepante
fue en Salamanca aprobado?
Pues con su borla, su grado,
cátedra, renta y dinero,
es un grande majadero.
¿Ves servido un señorón
de pajes en real carroza,
que un rico título goza,
porque acertó a ser varón?
Pues con su casa, blasón,
título, coche y cochero,
es un grande majadero.
¿Ves al jefe blasonando
que tiene el cuero cosido
de heridas que ha recibido
allá en Flandes batallando?
Pues con su escuadrón, su mando,
su honor, heridas y acero,
es un grande majadero.
¿Ves aquel paternidad,
tan grave y tan reverendo,
que en prior le está eligiendo
toda su comunidad?
Pues con su gran dignidad,
tan serio, ancho y tan entero,
es un grande majadero.
¿Ves al juez con fiera cara
en su tribunal sentado,
condenando al desdichado
reo que en sus manos para?
Pues con sus ministros, vara,
audiencia y juicio severo,
es un grande majadero.
¿Ves al que esta satirilla
escribe con tal denuedo,
que no cede ni a Quevedo
ni a otro ninguno en Castilla?
Pues con su vena, letrilla,
pluma, papel y tintero,
es mucho más majadero.

Anacreónticas
Siendo yo tierno niño,
iba cogiendo flores
con otra tierna niña,
por un ameno bosque,
cuando sobre unos mirtos
vi al Teyo Anacreonte,
que a Venus le cantaba
dulcísimas canciones.
Voyme al viejo y le digo:
«Padre, deje que toque
ese rabel que tiene,
que me gustan sus sones.»
Paró su canto el viejo,
afable sonrióme,
cogióme entre sus brazos
y allí mil besos diome.
Al fin me dio su lira,
toquéla, y desde entonces
mi blanda musa sólo,
sólo me inspira amores.
Debajo de aquel árbol
de ramas bulliciosas,
donde las auras suenan,
donde el favonio sopla,
donde sabrosos trinos
el ruiseñor entona,
y entre guijuelas ríe
la fuente sonorosa;
la mesa, oh Nise, ponme
sobre las frescas rosas,
y de sabroso vino
llena, llena la copa.
Y bebamos alegres
brindando en sed beoda,
sin penas, sin cuidados,
sin sustos, sin congojas;
y deja que en la corte
los grandes en buen hora,
de adulación servidos,
con mil cuidados coman.
La palomita
Una paloma blanca
como la nieve,
me ha picado en el alma;
mucho me duele.
Dulce paloma,
¿cómo pretendes
herir el alma
de quien te quiere?
Tu pico hermoso
brindó placeres,
pero en mi pecho
picó cual sierpe.
Pues dime, ingrata,
¿por qué pretendes
volverme males
dándote bienes?
¡Ay! nadie fíe
de aves aleves;
que a aquel que halagan,
mucho más hieren.
Epigramas
Sin crédito en su ejercicio
se llegó un médico a ver,
y él por ganar de comer
ya se ocupa en nuevo oficio.
Mas tan poco se desvía
de la afición del primero,
que hoy hace sepulturero
el que antes médico hacía.
Preguntó a su esposo Inés:
«¿Qué cosa es la que tropieza
un marido con los pies,
llevándola en la cabeza?»
Puesto el pobre a discurrir,
respondió que no acertaba;
y ella echándose a reír,
con dos dedos le apuntaba.
Tocando ayer Luisa un pito,
«¿qué avisas, di?», la pregunto.
Y dijo un su pajecito:
«Es que está un pájaro a punto
de caer en el garlito.»
Ella lo fue a desplumar,
que era un pichón delicado,
criado en buen palomar.
Y apenas lo hubo pelado,
volvió su pito a tocar.
El sueño y el deseo
Cuando yo en el prado
me pongo a dormir,
sueño que me halaga
mi pastor gentil.
Despierto, y no viendo
holgar y reír
a Alexi conmigo,
cual en sueños vi,
de mí no me acuerdo,
ni acierto a vestir,
ni escucho el ganado,
que bala por mí.
El año que viene
no le tendré así;
que yo de mi lado
no le he dejar ir,
pues casarnos hemos
los dos por abril,
y en un mismo chozo
hemos de dormir.
Fuego amoroso
Mañanita alegre
del señor San Juan,
al pie de la fuente
del rojo arenal;
con un listón verde
que eché por sedal
y un alfiler corvo,
me puse a pescar.
Llegóse al estanque
mi tierno zagal,
y en estas palabras
me empezó a burlar:
«Cruel pastorcilla,
¿dónde pez habrá
que a tan dulce muerte
no quiera llegar?»
Yo así de él, y dije:
«¿Tú también querrás?
Y este pececillo
no, no se me irá.»
Publicar comentario