Poemas de Gaspar Melchor de Jovellanos

Poemas de Gaspar Melchor de Jovellanos

Poemas de Gaspar Melchor de Jovellanos (1744–1811) figura cumbre de la Ilustración española, un polímata cuya vida osciló entre el servicio público y el rigor intelectual. Jurista, economista y escritor, encarnó el reformismo borbónico con una fe inquebrantable en la educación como motor de progreso.

Su espíritu crítico le costó el destierro en Mallorca. Pese a las presiones de los invasores franceses, su patriotismo lo llevó a unirse a la Junta Central contra Napoleón.

Jovellanos fue un humanista pragmático que buscó armonizar la tradición con la razón, convirtiéndose en el símbolo ético de una España que despertaba a la modernidad.

Jovellanos soneto primero

A clori

sentir de una pasión viva y ardiente

todo el afán, zozobra y agonía;

vivir sin premio un día y otro día;

dudar, sufrir, llorar eternamente;

amar a quien no ama, a quien no siente,

a quien no corresponde ni desvía;

persuadir a quien cree y desconfía;

rogar a quien otorga y se arrepiente;

luchar contra un poder justo y terrible;

temer más la desgracia que la muerte;

morir, en fin, de angustia y de tormento,

víctima de un amor irresistible:

ésta es mi situación, ésta es mi suerte.

¿Y tú quieres, cruel, que esté contento?

 

A la mañana

Ven, ceñida de rayos y de flores

la rósea frente, ¡oh plácida mañana!

ve; ven, y ahuyenta con tu faz galana

la perezosa noche y sus horrores.

Ven, y vuelve a los cielos sus ardores,

su frescura a la tierra, y su temprana

gloria a mi pecho, en clori soberana;

en clori mi delicia y mis amores.

Ven, ven, que si piadosa me escuchares,

yo te alzaré un altar sobre el florido

suelo que honrare clori con su planta.

Y en él, después te ofreceré a millares

las víctimas mi pecho agradecido,

y los devotos himnos mi garganta.

 

A la noche

Ven, noche amiga; ven, y con tu manto

mi amor encubre y la esperanza mía;

ven, y mi planta entre tus sombras guía

a ver de clori el peregrino encanto;

ven, y movida a mi ardoroso llanto,

envuelve y llena en tu tiniebla fría

el malicioso resplandor del día,

testigo y causador de mi quebranto.

Ven esta vez no más; que si piadosa

tiendes el velo a mi pasión propicio,

y el don que pide otorgas a mi ruego,

tan solo a ti veneraré por Diosa,

y para hacerte un grato sacrificio

mi corazón dará materia al fuego.

 

De agudo mal el golpe no esperado

De agudo mal el golpe no esperado

asusta, clori, tu preciosa vida;

y al mirarte doliente y afligida

mi enfermo corazón tiembla asustado.

Dos veces con influjo porfiado

ejerce el mal su saña enfurecida,

una turbando mi alma dolorida,

otra afligiendo tu ánimo angustiado.

¿Cuál, clori, de las dos, pues la inclemencia

del mal sentimos ambos de consuno,

cuál, dime, sufrirá mayor martirio?

¿tú, en quien se ceba la cruel dolencia,

o yo que todo el mal siento importuno

de tu misma dolencia y mi delirio?

 

A Enarda

Quiero que mi pasión, ¡oh enarda!, sea,

menos de ti, de todos ignorada;

que ande en silencio y sombras embozada,

y ningún necio mofador la vea.

Sea yo dichoso, y más que nadie crea

que es con tu amor mi fe recompensada;

que no por ser de muchos envidiada,

crece la dicha a más sublime idea.

Amor es un afecto misterioso,

que nace entre secretas confianzas,

mas muere al soplo de mordaz censura;

y sólo aquel que logra, ni envidioso

ni envidiado, cumplir sus esperanzas,

colma su gozo y fija su ventura.

 

A sus amigos de Salamanca

Jovino a sus amigos de salamanca

est quodam prodire tenus, si non datur ultra.

(Horacio, epis. I, lib. I, v. 32).

A vosotros, oh ingenios peregrinos,

que allá, del tormes en la verde orilla,

destinados de apolo, honráis la cuna

de las hispáneas musas renacientes;

a ti, oh dulce batilo, y a vosotros,

sabio delio y liseno, digna gloria

y ornamento del pueblo salmantino;

desde la playa del ecuóreo betis

jovino el gijonense os apetece

muy colmada salud; aquel jovino

cuyo nombre, hasta ahora retirado

de la común noticia, ya resuena

por las altas esferas, difundido

en himnos de alabanza bien sonantes,

merced de vuestros cánticos divinos

y vuestra lira al sonoroso acento;

salud os apetece en esta carta,

que la tierna amistad y la más pura

gratitud desde el fondo de su pecho

con íntima expresión le van dictando;

que pues le niega el hado el dulce gozo

de estrechar con sus brazos vuestros pechos,

de urbanidad y suave amor henchidos,

podrá al menos grabar en estas letras

la dulce sensación que en su alma imprime

del vuestro amor la tierna remembranza.

Y no extrañéis que del eolio canto

cansada ya su musa, se convierta

al compás lento y numeroso que ama

tanto la didascálica poesía;

que en vano de su pecho, penetrado

del forense rumor, y conmovido

al llanto del opreso, de la viuda

y el huérfano inocente, presumiera

lanzar acentos dulces, ni su lira,

otras veces sonora, y hora falta

de los trementes armoniosos nervios,

al acordado impulso respondiera,

ni en fin a los avisos que me dicta

tu voz, oh polimnía, con astuta

y blanda inspiración fuera otro verso

que el verso parenético oportuno.

¡Ah, mis dulces amigos, cuán ilusos,

cuánto de nuestra fama descuidados

vivimos! ¡ay, en cuán profundo sueño

yacemos sepultados, mientras corre

por sobre nuestras vidas, aguijada

del tiempo volador, la edad ligera!

¿por ventura queremos que nos tope

sumidos en tan vil e infame sueño

la arrugada vejez, que poco a poco

se viene hacia nosotros acercando?

¿o que la muerte pálida sepulte

con nosotros también nuestra memoria?

y el hombre a quien el padre sempiterno

ornó con alto ingenio y con espíritu

eternal y celeste, ¿estará siempre

a escura y muelle vida mancipado,

sin recordar su divinal origen

ni el alto fin para que fue nacido?

¡ay, batilo! ¡ay, liseno! ¡ay, caro delio!

¡ay, ay, que os han las magas salmantinas

con sus jorguinerías adormido!

¡ay, que os han infundido el dulce sueño

de amor, que tarde o nunca se sacude!

no lo dudéis: mis ojos, aún no libres

del susto, en un sueño misterioso

sus infernales ritos penetraron.

¿Contárosle he? ¿qué numen me arrebata

y fuerza a traspasar de mis amigos

el tierno corazón? acorre ¡oh diva!,

y pues mi voz, a tu mandar atenta,

renueva en triste canto la memoria

del infando dolor, acorre, y alza

con soplo divinal mi flaco aliento.

Yacen del tormes a la orilla, ocultos

entre ruinas, los restos venerables

de un templo, frecuentado en otros siglos

por la devota gente salmantina,

mas hora sólo de agoreros búhos

y medrosas lechuzas habitado.

La amenidad huyó de aquel recinto,

y sólo en torno de él dañosas yerbas

crecen, y altos y fúnebres cipreses.

Aquí su infame junta celebraron

las lamias. ¡Oh, si fuera poderosa

mi voz de describirla y dar al mundo

cuenta de sus misterios nunca oídos!

en la mitad de su carrera andaba

la noche, y ya su manto tenebroso

cubría en torno el soñoliento mundo;

todo era oscuridad, que hasta la luna

su blanca faz del cielo retirara

por no ver el nefando sortilegio,

y el horror y el silencio más medroso

hacían el imperio de las sombras;

cuando desde una puerta del palacio

del sueño un negro ensueño desprendido

llegó de un vuelo adonde yo yacía.

Con la siniestra suya asió mi mano,

y con medrosa voz: «jovino, dice,

ven y verás el duro encantamiento

que prepara la envidia a tus amigos.

Ven, y si en tal ejemplo no escarmientas,

¡triste de ti, mezquino!» dijo, y luego

sobre sus negras alas me condujo

por medio de las sombras hasta el pórtico

del arruinado templo. No bien hube

llegado, cuando asidas de las manos,

siete horrendas figuras parecieron

desnudas, y de hediondas confecciones

ungido el sucio cuerpo. Presidenta

del congreso infernal la fiera envidia

venía, de serpientes coronada

la frente, triste, airada, desdeñosa,

y de los celos y el rencor seguida.

En medio del silencio un gran suspiro

lanzó del hondo pecho, y revolviendo

la sesga vista en torno: «nunca tanto,

dijo, de vuestro auxilio y vuestras artes

necesité, oh amigas, ni tan fiero,

ni tan grave dolor clavó algún día

en mi sensible corazón su punta.

¡Oh, si capaz de aniquilar el orbe

fuese la llama atroz que le devora!

tres celebrados nombres (y con rabia

batilo pronunció su torpe boca,

delio y liseno) por el ancho mundo

va esparciendo la fama, mi enemiga.

Su trompa los proclama en todas partes,

y ya a más alto vuelo preparada,

si no la enmudecemos, estos nombres

serán muy luego alzados a las nubes,

y sonarán del uno al otro polo.

Febo los patrocina, y no le es dado

a mi flaco poder mancharlos; pero

se rendirán al vuestro, si adormidos

en blando amor». No bien tan fiera idea

cayó del sucio labio, cuando en torno

del demolido templo en raudos giros

dio el maléfico coro siete vueltas.

Después alternativas susurraron

muchos versos de ensalmo, con palabras

de mágico vigor y rabia henchidas,

a cuya fuerza desde la honda entraña

de la tierra salieron redivivos

los fríos huesos, que de luengos días,

del humanal vestido ya desnudos,

allí dormían. ¡Ay, cuán prestamente

en los hambrientos dientes de la envidia

los vi yo triturados, y en sus manos

a leve y sucio polvo reducidos!

en esto hacia los ángulos internos

del templo corren las malignas sagas,

y del sombrío suelo mil dañosas

plantas recogen con siniestra mano

y misteriosos ritos arrancadas.

También allí prestó la cruda envidia

su auxilio, y en sus palmas estrujando

las hojas y raíces, hizo luego

que destilasen los dañosos jugos

cuanta virtud en ellos se escondía.

El zumo de la fría adormidera,

cortada su cabeza al horizonte,

que infunde a veces el eterno sueño;

el de la yerba mora, que altamente

el cerebro perturba; el hyosciamo,

y el coagulante jugo que destilan,

heridas, las raíces misteriosas

de la fría mandrágula, allí fueron

diestramente extraídos, y con nuevo

ensalmo derramados sobre el polvo

de los humanos huesos. Mientras una

de las sagas volvía y revolvía

el preparado adormeciente lodo,

sacó la envidia del cuidoso pecho

tres relucientes nóminas, con rasgos

de roja y venenosa tinta escritas.

¡Ah, no creáis, amigos, que mi pluma

os pretenda engañar! mis propios ojos,

en tierno llanto entonces anegados,

vieron ¡oh maravilla! los tres nombres,

los dulces nombres de ciparis bella,

de julinda y de mirta la divina,

que estaban allí escritos. Y cual suele

–si tiene tal prodigio semejante–

brillar con propia luz en noche oscura

la lienide purpúrea, que en su rumbo

suspende al receloso caminante,

así en la oscuridad resplandecían

los tres amados nombres. Entre tanto

mi corazón absorto palpitaba

de pasmo y de temor. La envidia entonces,

dividiendo en pedazos muy menudos

las esplendentes nóminas, de esta arte

habló a sus compañeras: «consumemos

¡oh amigas! nuestra obra, y estos nombres,

adorados de delio y sus secuaces,

a la maligna confección mezclemos.

Su virtud penetrante, aun más activa

que los venenos mismos, irá recta-

mente a iludir sus tiernos corazones;

y a blando amor eternamente dados,

la vida pasarán adormecidos,

y morirán sin gloria». Dijo, y luego

mezcló los rutilantes caracteres

al cruel maleficio, e infundioles

nuevo vigor con su maligno soplo.

Repitieron las brujas el susurro

sobre la masa ponzoñosa, y dieron

alegre fin a la perversa junta.

Yo en tanto, lleno de dolor, enviaba

del hondo pecho a apolo ardientes votos.

«Brillante Dios, decía, si la gloria

de tan dignos alumnos inTeresa

tu pía omnipotencia en favor suyo,

¡ah, destruye la fuerza venenosa

del duro encantamiento, y de la infamia

y de la eterna oscuridad redime

los nombres que otra vez has protegido!

¡desata el preparado encantamiento,

y sálvalos, oh Dios, para que eterna-

mente suba a tu trono el dulce acento

de su lira, en cantares eucarísticos

gratamente empleada!». Aquí llegaba

el bien sentido ruego, que sin duda

oyó piadoso el numen, porque al punto

descendió un resplandor desde lo alto,

al meridiano sol muy semejante,

que iluminando el pavimento umbrío,

al golpe de su luz postró a la envidia

y a sus viles ministras, y arrojolas

precipitadas hasta el hondo abismo.

¿Será estéril, oh amigos, de este ensueño

el misterioso anuncio? ¿siempre, siempre

dará el amor materia a nuestros cantos?

¡de cuántas dignas obras, ay, privamos

a la futura edad por una dulce

pasajera ilusión, por una gloria

frágil y deleznable, que nos roba

de otra gloria inmortal el alto premio!

no, amigos, no; guiados por la suerte

a más nobles objetos, recorramos

en el afán poético materias

dignas de una memoria perdurable.

Y pues que no me es dado que presuma

alcanzar por mis versos alto nombre,

dejadme al menos en tan noble empeño

la gloria de guiar por la ardua senda

que va a la eterna fama, vuestros pasos.

Ea, facundo delio, tú, a quien siempre

minerva asiste al lado, sus; asocia

tu musa a la moral filosofía,

y canta las virtudes inocentes

que hacen al hombre justo y le conducen

a eterna bienandanza. Canta luego

los estragos del vicio, y con urgente

voz descubre a los míseros mortales

su apariencia engañosa, y el veneno

que esconde, y los desvía dulcemente

del buen sendero, y lleva al precipicio.

Después con grave estilo ensalza al cielo

la santa religión de allá abajada,

y canta su alto origen, sus eternos

fundamentos, el celo inextinguible,

la fe, las maravillas estupendas,

los tormentos, las cárceles y muertes

de sus propagadores, y con tono

victorioso concluye y enmudece

al sacrílego error y sus fautores.

Y tú, ardiente batilo, del meonio

cantor émulo insigne, arroja a un lado

el caramillo pastoril, y aplica

a tus dorados labios la sonante

trompa, para entonar ilustres hechos.

Sean tu objeto los héroes españoles,

las guerras, las victorias y el sangriento

furor de marte. Dinos el glorioso

incendio de sagunto, por la furia

de aníbal atizado, o de numancia,

terror del capitolio, las cenizas.

Canta después el brazo omnipotente,

que desde el hondo asiento hasta la cumbre

conmueve el monte auseva y le desploma

sobre la hueste berberisca y suban

por tu verso a la esfera cristalina

los triunfos de pelayo y su renombre,

las hazañas, las lides, las victorias

que al imperio de carlos, casi inmenso,

y al evangelio santo un nuevo mundo

más pingüe y opulento sujetaron.

Canta también el inmortal renombre

del héroe metellímneo, a quien más gloria

que al bravo macedón debió la fama.

O en fin, la furia canta y las facciones

de la guerra civil que el pueblo hispano

alió y opuso al alemán soberbio.

Dirás el golfo catalán en furia

contra luis y su nieto, los leopardos

vencidos en brihuega, y los sangrientos

campos de almansa, do cortó a filipo

sus mejores laureles la victoria.

La empresa que a tu pluma reservada

queda, oh caro liseno, ¡ah, cuán difícil

es de acabar, cuán ardua! mas ya es tiempo

de proscribir los vicios indecentes

que manchan nuestra escena. ¡Cuánto, oh cuánto

la gloria de la patria se inTeresa

en este empeño! triunfan mil enormes

vicios sobre el proscenio, y la ufanía,

el falso pundonor, el duelo, el rapto,

los ocultos y torpes amoríos,

contra el desvelo paternal fraguados,

y todas las pasiones son impune-

mente sobre las tablas exaltadas.

Despierta, pues, oh amigo, y levantado

sobre el coturno trágico, los hechos

sublimes y virtuosos, y los casos

lastimeros al mundo representa.

Ensalza la virtud, persigue el vicio,

y por medio del susto y de la lástima

purga los corazones. Vea la escena

al inmortal guzmán, segundo bruto,

inmolando la sangre de su hijo,

de su inocente hijo, al amor patrio

¡oh espíritu varonil! ¡oh patria! ¡oh siglos,

en héroes y altos hechos muy fecundos!

vuestro auxilio también en esta empresa

imploro, oh mi batilo, oh sabio delio.

¡Ah, vea alguna vez el pueblo hispano

en sus tablas los héroes indígenas

y las virtudes patrias bien loadas!

bajar podréis también al zueco humilde,

y describir con gesto y voz picantes

las costumbres domésticas, sus vicios

y sus extravagancias pero, ¿dónde

encontraréis modelos? ni la grecia,

ni el pueblo ausonio, ni la docta francia

han sabido formarlos. Reina en todos

el vicio licencioso y la impudencia.

Mas cabe el ancha vía hay una trocha,

hasta ahora no seguida, do las burlas

y el chiste nacional yacen en uno

con la modestia y el decoro aliados.

Seguid, pues, este rumbo. ¡Qué tesoros

descubriréis en él! ¡será el teatro

escuela de costumbres inocentes,

de honor y de virtud! será mas, ¿dónde

del bien común el celo me arrebata?

¡ah, si su llama alcanza a vuestro pecho,

de los trabajos vuestros cuán opimos

frutos debo esperar! ¡y cuánta gloria

estará en otros siglos reservada

al celo de jovino, si esta insigne,

si esta dichosa conversión, que tristes

y llenas de rubor tanto ha que anhelan

las musas españolas, fuese el fruto

de sus avisos dulces y amigables!

 

A Arnesto

Quis tam patiens ut teneat se?

(JUVENAL)

Déjame, Arnesto, déjame que llore

los fieros males de mi patria, deja

que su ruïna y perdición lamente;

y si no quieres que en el centro obscuro

de esta prisión la pena me consuma,

déjame al menos que levante el grito

contra el desorden; deja que a la tinta

mezclando hiel y acíbar, siga indócil

mi pluma el vuelo del bufón de Aquino.

 

¡Oh cuánto rostro veo a mi censura

de palidez y de rubor cubierto!

Ánimo, amigos, nadie tema, nadie,

su punzante aguijón, que yo persigo

en mi sátira al vicio, no al vicioso.

¿Y qué querrá decir que en algún verso,

encrespada la bilis, tire un rasgo

que el vulgo crea que señala a Alcinda,

la que olvidando su orgullosa suerte,

baja vestida al Prado, cual pudiera

una maja, con trueno y rascamoño

alta la ropa, erguida la caramba,

cubierta de un cendal más transparente

que su intención, a ojeadas y meneos

la turba de los tontos concitando?

¿Podrá sentir que un dedo malicioso,

apuntando este verso, la señale?

Ya la notoriedad es el más noble

atributo del vicio, y nuestras Julias,

más que ser malas, quieren parecerlo.

 

Hubo un tiempo en que andaba la modestia

dorando los delitos; hubo un tiempo

en que el recato tímido cubría

la fealdad del vicio; pero huyóse

el pudor a vivir en las cabañas.

Con él huyeron los dichosos días,

que ya no volverán; huyó aquel siglo

en que aun las necias burlas de un marido

las Bascuñanas crédulas tragaban;

mas hoy Alcinda desayuna al suyo

con ruedas de molino; triunfa, gasta,

pasa saltando las eternas noches

del crudo enero, y cuando el sol tardío

rompe el oriente, admírala golpeando,

cual si fuese una extraña, al propio quicio.

Entra barriendo con la undosa falda

la alfombra; aquí y allí cintas y plumas

del enorme tocado siembra, y sigue

con débil paso soñolienta y mustia,

yendo aún Fabio de su mano asido,

hasta la alcoba, donde a pierna suelta

ronca el cornudo y sueña que es dichoso.

Ni el sudor frío, ni el hedor, ni el rancio

eructo le perturban. A su hora

despierta el necio; silencioso deja

la profanada holanda, y guarda atento

a su asesina el sueño mal seguro.

 

¡Cuántas, oh Alcinda, a la coyunda uncidas

tu suerte envidian! ¡Cuántas de Himeneo

buscan el yugo por lograr tu suerte,

y sin que invoquen la razón, ni pese

su corazón los méritos del novio,

el sí pronuncian y la mano alargan

al primero que llega! ¡Qué de males

esta maldita ceguedad no aborta!

Veo apagadas las nupciales teas

por la discordia con infame soplo

al pie del mismo altar, y en el tumulto,

brindis y vivas de la tornaboda,

una indiscreta lágrima predice

guerras y oprobrios a los mal unidos.

Veo por mano temeraria roto

el velo conyugal, y que corriendo

con la impudente frente levantada,

va el adulterio de una casa en otra.

Zumba, festeja, ríe, y descarado

canta sus triunfos, que tal vez celebra

un necio esposo, y tal del hombre honrado

hieren con dardo penetrante el pecho,

su vida abrevian, y en la negra tumba

su error, su afrenta y su despecho esconden.

 

¡Oh viles almas! ¡Oh virtud! ¡Oh leyes!

¡Oh pundonor mortífero! ¿Qué causa

te hizo fiar a guardas tan infieles

tan preciado tesoro? ¿Quién, oh Temis,

tu brazo sobornó? Le mueves cruda

contra las tristes víctimas, que arrastra

la desnudez o el desamparo al vicio;

contra la débil huérfana, del hambre

y del oro acosada, o al halago,

la seducción y el tierno amor rendida;

la expilas, la deshonras, la condenas

a incierta y dura reclusión. ¡Y en tanto

ves indolente en los dorados techos

cobijado el desorden, o le sufres

salir en triunfo por las anchas plazas,

la virtud y el honor escarneciendo!

 

¡Oh infamia! ¡Oh siglo! ¡Oh corrupción! Matronas

castellanas, ¿quién pudo vuestro claro

pundonor eclipsar? ¿Quién de Lucrecias

en Lais os volvió? ¿Ni el proceloso

océano, ni lleno de peligros,

el Lilibeo, ni las arduas cumbres

de Pirene pudieron guareceros

de contagio fatal? Zarpa, preñada

de oro, la nao gaditana, aporta

a las orillas gálicas, y vuelve

llena de objetos fútiles y vanos;

y entre los signos de extranjera pompa

ponzoña esconde y corrupción, compradas

con el sudor de las iberas frentes.

Y tú, mísera España, tú la esperas

sobre la playa, y con afán recoges

la pestilente carga y la repartes

alegre entre tus hijos. Viles plumas,

gasas y cintas, flores y penachos,

te trae en cambio de la sangre tuya,

de tu sangre ¡oh baldón! y acaso, acaso

de tu virtud y honestidad. Repara

cuál la liviana juventud los busca.

 

Mira cuál va con ellos engreída

la imprudente doncella; su cabeza,

cual nave real en triunfo empavesada,

vana presenta del favonio al soplo

la mies de plumas y de agrones y anda

loca, buscando en la lisonja el premio

de su indiscreto afán. ¡Ay triste, guarte,

guarte, que está cercano el precipicio!

El astuto amador ya en asechanza

te atisba y sigue con lascivos ojos;

la educación y la caricia el lazo

te van a armar, do caerás incauta,

en él tu oprobrio y perdición hallando.

¡Ay, cuánto, cuánto de amargura y lloro

te costarán tus galas! ¡Cuán tardío

será y estéril tu arrepentimiento!

 

Ya ni el rico Brasil, ni las cavernas

del nunca exhausto Potosí nos bastan

a saciar el hidrópico deseo,

la ansiosa sed de vanidad y pompa.

Todo lo agotan: cuesta un sombrerillo

lo que antes un estado; y se consume

en un festín la dote de una infanta.

Todo lo tragan; la riqueza unida

va a la indigencia; pide y pordiosea

el noble, engaña, empeña, malbarata,

quiebra y perece, y el logrero goza

los pingües patrimonios, premio un día

del generoso afán de altos abuelos.

¡Oh ultraje! ¡Oh mengua! Todo se trafica:

Parentesco, amistad, favor, influjo,

y hasta el honor, depósito sagrado,

o se vende o se compra. Y tú, Belleza,

don el más grato que dio al hombre el cielo,

no eres ya premio del valor, ni paga

del peregrino ingenio; la florida

juventud, la ternura, el rendimiento

del constante amador ya no te alcanzan.

Ya ni te das al corazón, ni sabes

de él recibir adoración y ofrendas.

Ríndeste al oro. La vejez hedionda,

la sucia palidez, la faz adusta,

fiera y terrible, con igual derecho

vienen sin susto a negociar contigo.

Daste al barato, y tu rosada frente,

tus suaves besos y sus dulces brazos,

corona un tiempo del amor más puro,

son ya una vil y torpe mercancía.

 

De Jovino a Anfriso

[Segunda versión]

Credibile est illi numen ineste loco.

(OVIDIO)

Desde el oculto y venerable asilo,

do la virtud austera y penitente

vive ignorada, y del liviano mundo

huida, en santa soledad se esconde,

Jovino triste al venturoso Anfriso

salud en versos flébiles envía.

Salud le envía a Anfriso, al que inspirado

de las mantuanas Musas, tal vez suele

al grave son de su celeste canto

precipitar del viejo Manzanares

el curso perezoso, tal süave

suele ablandar con amorosa lira

la altiva condición de sus zagalas.

 

¡Pluguiera a Dios, oh Anfriso, que el cuitado

a quien no dio la suerte tal ventura

pudiese huir del mundo y sus peligros!

¡Pluguiera a Dios, pues ya con su barquilla

logró arribar a puerto tan seguro,

que esconderla supiera en este abrigo,

a tanta luz y ejemplos enseñado!

Huyera así la furia tempestuosa

de los contrarios vientos, los escollos

y las fieras borrascas, tantas veces

entre sustos y lágrimas corridas.

Así también del mundanal tumulto

lejos, y en estos montes guarecido,

alguna vez gozara del reposo,

que hoy desterrado de su pecho vive.

 

Mas, ¡ay de aquel que hasta en el santo asilo

de la virtud arrastra la cadena,

la pesada cadena con que el mundo

oprime a sus esclavos! ¡Ay del triste

en cuyo oído suena con espanto,

por esta oculta soledad rompiendo,

de su señor el imperioso grito!

 

Busco en estas moradas silenciosas

el reposo y la paz que aquí se esconden,

y sólo encuentro la inquietud funesta

que mis sentidos y razón conturba.

Busco paz y reposo, pero en vano

los busco, oh caro Anfriso, que estos dones,

herencia santa que al partir del mundo

dejó Bruno en sus hijos vinculada,

nunca en profano corazón entraron,

ni a los parciales del placer se dieron.

 

Conozco bien que fuera de este asilo

sólo me guarda el mundo sinrazones,

vanos deseos, duros desengaños,

susto y dolor; empero todavía

a entrar en él no puedo resolverme.

No puedo resolverme, y despechado,

sigo el impulso del fatal destino,

que a muy más dura esclavitud me guía.

Sigo su fiero impulso, y llevo siempre

por todas partes los pesados grillos,

que de la ansiada libertad me privan.

 

De afán y angustia el pecho traspasado,

pido a la muda soledad consuelo

y con dolientes quejas la importuno.

Salgo al ameno valle, subo al monte,

sigo del claro río las corrientes,

busco la fresca y deleitosa sombra,

corro por todas partes, y no encuentro

en parte alguna la quietud perdida.

¡Ay, Anfriso, qué escenas a mis ojos,

cansados de llorar, presenta el cielo!

Rodeado de frondosos y altos montes

se extiende un valle, que de mil delicias

con sabia mano ornó Naturaleza.

Pártele en dos mitades, despeñado

de las vecinas rocas, el Lozoya,

por su pesca famoso y dulces aguas.

Del claro río sobre el verde margen

crecen frondosos álamos, que al cielo

ya erguidos alzan las plateadas copas

o ya sobre las aguas encorvados,

en mil figuras miran con asombro

su forma en los cristales retratada.

De la siniestra orilla un bosque ombrío

hasta la falda del vecino monte

se extiende, tan ameno y delicioso,

que le hubiera juzgado el gentilismo

morada de algún dios, o a los misterios

de las silvanas dríadas guardado.

Aquí encamino mis inciertos pasos

y en su recinto ombrío y silencioso,

mansión la más conforme para un triste,

entro a pensar en mi crüel destino.

La grata soledad, la dulce sombra,

el aire blando y el silencio mudo

mi desventura y mi dolor adulan.

 

No alcanza aquí del padre de las luces

el rayo acechador, ni su reflejo

viene a cubrir de confusión el rostro

de un infeliz en su dolor sumido.

El canto de las aves no interrumpe

aquí tampoco la quietud de un triste,

pues sólo de la viuda tortolilla

se oye tal vez el lastimero arrullo,

tal vez el melancólico trinado

de la angustiada y dulce Filomena.

Con blando impulso el céfiro suave,

las copas de los árboles moviendo,

recrea el alma con el manso ruido;

mientras al dulce soplo desprendidas

las agostadas hojas, revolando,

bajan en lentos círculos al suelo;

cúbrenle en torno, y la frondosa pompa

que al árbol adornara en primavera,

yace marchita, y muestra los rigores

del abrasado estío y seco otoño.

¡Así también de juventud lozana

pasan, oh Anfriso, las livianas dichas!

Un soplo de inconstancia, de fastidio

o de capricho femenil las tala

y lleva por el aire, cual las hojas

de los frondosos árboles caídas.

Ciegos empero y tras su vana sombra

de contino exhalados, en pos de ellas

corremos hasta hallar el precipicio,

do nuestro error y su ilusión nos guían.

 

Volamos en pos de ellas, como suele

volar a la dulzura del reclamo

incauto el pajarillo. Entre las hojas

el preparado visco le detiene;

lucha cautivo por huir y en vano

porque un traidor, que en asechanza atisba,

con mano infiel la libertad le roba

y a muerte le condena, o cárcel dura.

 

¡Ah, dichoso el mortal de cuyos ojos

un pronto desengaño corrió el velo

de la ciega ilusión! ¡Una y mil veces

dichoso el solitario penitente,

que, triunfando del mundo y de sí mismo,

vive en la soledad libre y contento!

Unido a Dios por medio de la santa

contemplación, le goza ya en la tierra,

y retirado en su tranquilo albergue,

observa reflexivo los milagros

de la naturaleza, sin que nunca

turben el susto ni el dolor su pecho.

Regálanle las aves con su canto

mientras la aurora sale refulgente

a cubrir de alegría y luz el mundo.

Nácele siempre el sol claro y brillante,

y nunca a él levanta conturbados

sus ojos, ora en el oriente raye,

ora del cielo a la mitad subiendo

en pompa guíe el reluciente carro,

ora con tibia luz, más perezoso,

su faz esconda en los vecinos montes.

 

Cuando en las claras noches cuidadoso

vuelve desde los santos ejercicios,

la plateada luna en lo más alto

del cielo mueve la luciente rueda

con augusto silencio; y recreando

con blando resplandor su humilde vista,

eleva su razón, y la dispone

a contemplar la alteza y la inefable

gloria del Padre y Criador del mundo.

Libre de los cuidados enojosos,

que en los palacios y dorados techos

nos turban de contino, y entregado

a la inefable y justa Providencia,

si al breve sueño alguna pausa pide

de sus santas tareas, obediente

viene a cerrar sus párpados el sueño

con mano amiga, y de su lado ahuyenta

el susto y las fantasmas de la noche.

 

¡Oh suerte venturosa, a los amigos

de la virtud guardada! ¡Oh dicha, nunca

de los tristes mundanos conocida!

¡Oh monte impenetrable! ¡Oh bosque ombrío!

¡Oh valle deleitoso! ¡Oh solitaria

taciturna mansión! ¡Oh quién, del alto

y proceloso mar del mundo huyendo

a vuestra eterna calma, aquí seguro

vivir pudiera siempre, y escondido!

 

Tales cosas revuelvo en mi memoria,

en esta triste soledad sumido.

Llega en tanto la noche y con su manto

cobija el ancho mundo. Vuelvo entonces

a los medrosos claustros. De una escasa

luz el distante y pálido reflejo

guía por ellos mis inciertos pasos;

y en medio del horror y del silencio,

¡oh fuerza del ejemplo portentosa!,

mi corazón palpita, en mi cabeza

se erizan los cabellos, se estremecen

mis carnes y discurre por mis nervios

un súbito rigor que los embarga.

 

Parece que oigo que del centro oscuro

sale una voz tremenda, que rompiendo

el eterno silencio, así me dice:

«Huye de aquí, profano, tú que llevas

de ideas mundanales lleno el pecho,

huye de esta morada, do se albergan

con la virtud humilde y silenciosa

sus escogidos; huye y no profanes

con tu planta sacrílega este asilo.»

 

De aviso tal al golpe confundido,

con paso vacilante voy cruzando

los pavorosos tránsitos, y llego

por fin a mi morada, donde ni hallo

el ansiado reposo, ni recobran

la suspirada calma mis sentidos.

Lleno de congojosos pensamientos

paso la triste y perezosa noche

en molesta vigilia, sin que llegue

a mis ojos el sueño, ni interrumpan

sus regalados bálsamos mi pena.

Vuelve por fin con la risueña aurora

la luz aborrecida, y en pos de ella

el claro día a publicar mi llanto

dar nueva materia al dolor mío.

Poemas de Gaspar Melchor de Jovellanos

Y Entre Tanto

Allá van a tus manos

mis versos, oh Paulino;

mis versos mal limados,

mis versos bien sentidos,

de afecto y verdad llenos,

si de primor vacíos.

 

Partid, partid alegres

¡oh pobres versos míos!;

partid de mí, sin miedo

de ser mal admitidos.

No vais emancipados

del público al capricho,

injusto siempre y vario,

ni vais a ser ludibrio

de zoilos envidiosos

ni críticos malignos.

Mejor y más dichoso

será vuestro destino,

pues vais a ser recreo

de mi caro Paulino;

vais a llenar las horas

que hurtare a su preciso

descanso, y en sus ocios

vais de él a ser leídos;

a ser vais por su vista

pasados de continuo,

y a ser de su memoria

mil veces repetidos.

 

Tal vez, al repasaros,

saldrá, mal reprimido,

el llanto a sus mejillas,

y tal, enternecido,

os honrará su pecho

con un tierno suspiro.

 

Empero si por caso

alguna vez tenidos

de él fuereis por livianos;

si acaso del antiguo

ropaje, con que incauta

mi pluma os ha guarnido,

culpare la extrañeza

y el aire peregrino;

en fin, si os reprendiere

por libres y sencillos,

y el tono licencioso

culpare acaso esquivo,

decidle solamente

que fuisteis concebidos,

unos del ocio blando

en medio del descuido,

otros de los negocios

en medio del bullicio,

y otros, al fin, en medio

del fuego más activo

de amor, y en el tumulto

de los años floridos.

 

Empero, si os disculpa,

piadoso y compasivo,

de ser de él estimados

vivid desvanecidos.

 

Vividlo, mas no tanto

que al público capricho

de la común censura

salgáis inadvertidos:

no sea que os prevenga,

como a otros, el destino

borrascas, escarmientos,

naufragios y peligros.

 

Vivid por tiempo largo,

contentos y escondidos,

en el virtuoso pecho

de mi caro Paulino.

 

Anfriso a Belisa

I

Del Betis recostado

sobre la verde orilla,

así el pastor Anfriso

se lamentaba un día,

culpando los desprecios

de la crüel Belisa:

 

-Permita el justo cielo,

desapiadada ninfa,

que en la aflicción que lloro

te vea yo algún día;

permitan de los dioses

las siempre justas iras

que con tu llanto y quejas

consuele yo las mías.

 

Cuando de aquél que adoras,

mofada y ofendida,

te quejes a los cielos,

los montes y las silvas;

cuando tu rostro ingrato

descubra la ruina

de los rabiosos celos,

de las celosas iras;

y cuando de tus ojos

las luces homicidas

cuidados oscurezcan,

pesares y vigilias,

y del contino llanto

las mire yo marchitas;

entonces, solazada,

la triste ánima mía

olvidará sus penas,

sus males y sus cuitas;

entonces el llanto ardiente

que hoy riega mis mejillas,

a vista de tu llanto

convertiráse en risa;

entonces las angustias

que el corazón me atristan,

las ansias que le aquejan,

los celos que le aguijan,

se trocarán en gusto,

consuelo y alegría.

 

II

En vano te deleitas

al ver el llanto mío,

crüel Belisa. En vano

celebras mis suspiros.

 

De lágrimas ardientes

mi rostro humedecido,

con las vigilias flaco,

con el dolor marchito,

tu liviandad arguye,

reprende tus caprichos,

y al mundo entero grita

tu infamia y tu delito.

 

Estos que en mi semblante

ves de dolor indicios,

no son exequias tristes

hechas a un bien perdido,

ni son a tu hermosura

tributos ofrecidos:

de tu perfidia sólo

son argumento fijo,

horror de tus engaños,

baldón de mis delirios.

 

No lloro tus rigores,

ni siento haber perdido

correspondencias falsas,

favores fementidos;

de mi ceguedad sólo

y mis engaños gimo;

lloro a un ingrato numen

los hechos sacrificios,

y el exhalado incienso

sobre un altar indigno;

lloro el recuerdo infame

del cautiverio antiguo,

y el peso vergonzoso

de los llevados grillos.

 

En mi memoria triste

revuelvo de contino

obsequios mal pagados,

desdenes mal sufridos,

pospuestas y olvidadas

finezas y suspiros.

Pero, Belisa, en vano

te agrada el llanto mío.

Amor, que ya me mira

con ojos compasivos,

mil veces reprendiendo

mis lágrimas, me dijo:

-Nada en perderla pierdes,

¿por qué lloras, mezquino?

 

III

Ya, gracias a los dioses,

Belisa, estoy contento;

ya está mi rostro alegre,

mis ojos ya están secos.

 

Aquel cuitado Anfriso,

que en el pasado tiempo

en pos de tus encantos

corría sin sosiego;

aquél que en tu semblante

buscaba iluso y necio

delicias engañosas,

mentidos pasatiempos;

aquél que en tus dos ojos

hallaba dos luceros,

mil perlas en tu boca,

mil flores en tu seno;

ya sin amor, sin susto,

sin ansias ni deseos,

lejos de ti o contigo,

tranquilo está y sereno.

 

Si al paso de los suyos

salen tus ojos bellos,

ni su color se muda,

ni pierde su sosiego,

ni el corazón le avisa

del ya pasado incendio.

 

Sobre los mismos labios

que en el antiguo tiempo

sólo formar sabían

querellas y lamentos,

residen ya los chistes,

la risa y el contento,

las sazonadas burlas,

los dichos placenteros.

Sus ojos deslumbrados,

que antes el dios pequeño

cerró con tierna mano

del mundo a los objetos,

dejándolos ¡oh cruda!

para ti sola abiertos,

hoy llenos de alegría,

vivaces y traviesos,

siguen el dulce hechizo

de mil semblantes bellos,

y de otros bellos ojos

beben el dulce incendio:

que ni los turba el llanto,

ni ofuscan los desvelos.

 

IV

Belisa, al fin los cielos

de mí se han apiadado:

tú lloras y te afliges,

yo estoy alegre y canto.

 

Al que antes, engañado,

favoreciste tanto,

ya con dolientes voces

el nombre das de ingrato.

 

Por él tu amor sin seso

rompió los dulces lazos

que mi inocente cuello

uncían a tu carro.

 

Por él abandonaste mi fe,

mi amor, mi llanto,

tu honor y tu decoro,

con engañoso trato.

Por él, en fin violaste

mil juramentos santos,

rompiste mil promesas,

forjaste mil engaños.

 

Ahora, despreciada,

derramas llanto amargo:

pues llora, injusta, llora,

que Anfriso está vengado.

 

A la ausencia de Marina

Corred sin tasa de los ojos míos

¡oh lágrimas amargas!, corred libres

de estos míseros ojos, que ya nunca,

como en los días de contento y gloria,

recrearán las gracias de Marina.

Corred sin tasa de los ojos míos

regando el pecho dolorido y triste,

corred hasta inundar la yerta tierra

que antes Marina honraba con su planta.

¡Ay! ¿Dó te lleva tu maligna estrella,

infeliz hermosura? ¿Dónde el hado,

conmigo ahora adverso y rigoroso,

quiere esconder la luz de tu belleza?

¿Quién te separa de los dulces brazos

de tu Anselmo, Marina desdichada?

¿Quién, de amargura y palidez cubierto

el rostro celestial, suelto y sin orden

el hermoso cabello, triste, sola,

y a mortales congojas entregada

de mi lado te aleja y de mi vista?

Terrible ausencia, imagen de la muerte,

tósigo del amor, fiero cuchillo

de las tiernas alianzas, ¿quién, oh cruda,

entre dos almas que el amor unía

con vínculos eternos, te interpuso?

¿Y podrá Anselmo, el sin ventura Anselmo,

en cuyo blando corazón apenas

caber la dicha y el placer podían,

podrá sobrevivir al golpe acervo

con que crüel tu brazo le atormenta?

¡Ah! ¡Si pudiera en este aciago instante,

sobre las alas del amor llevado,

alcanzarte, Marina, en el camino!

¡Ay! ¡Si le fuera dado acompañarte

por los áridos campos de la Mancha,

siguiendo el coche en su veloz carrera!

¡Con cuánto gusto al mayoral unido

fuera desde el pescante con mi diestra

las corredoras mulas aguijando!

¡O bien, tomando el traje y el oficio

de su zagal, las plantas presuroso

moviera sin cesar, aunque de llagas

mil veces el cansancio las cubriese!

¡Con cuánto gusto a ti de cuando en cuando

volviera el rostro de sudor cubierto,

y tan dulce fatiga te ofreciera!

¡Ah! ¡Cuán ansioso alguna vez llegara,

envuelto en polvo, hasta tu mismo lado,

y subiendo al estribo te pidiera

que con tu blanca mano mitigases

el ardor de mi frente, o con tus labios

dieses algún recreo a mis fatigas!

 

Historia de Jovino a Mireo

Actie aetatis placida et lenis recordatis.               

Cicerón.

Mireo, pues te place

que sepa el caro Delio

mi profesión, mi nombre,

mi patria, y mis sucesos,

aplícate un instante

a ver este diseño,

de ingenio y arte escaso,

si de verdades lleno.

 

Cifrada en breves puntos

mi historia verá Delio;

verála sin asombro,

pero también sin tedio.

Dile que en la ancha orilla

del mar cántabro un pueblo

sobre otros mil levanta

su erguida frente al cielo:

mil timbres le ennoblecen,

ganados en el tiempo

antiguo, cuando cuna

sus altos muros fueron

de claros capitanes

y heroicos semideos;

de aquellos santos reyes

que a España redimieron

del yugo berberisco

fue corte y real asiento.

En él nací, del sumo

rector del universo

sin duda descendido,

que a tanto dios debieron,

si no mintió la fama,

su origen mis abuelos.

 

Jovino me llamaron

desde los años tiernos

las ninfas gejionenses;

y allí do va el sereno

Pilas al mar de Asturias

sus aguas refluyendo,

el nombre de Jovino,

con resonantes ecos,

náyades y tritones

mil veces repitieron.

 

No aún mi blanca barba

manchara el pardo vello,

y ya del nombre mío

volaba el dulce acento,

llevado por las auras

al complutense suelo.

 

Minerva despiadada

firmó el cruel decreto

que me pasó a Compluto

desde el hogar paterno.

 

Mezclado a los ilustres

hijos del gran Cisneros,

allí me vio Dalmiro

al margen por do el viejo

y sabio Henares fluye

con graves pasos, ledo.

Allí me vio Dalmiro;

Dalmiro, cuyo ingenio,

ya entonces celebrado,

daba con vario efecto

cuidados a las ninfas

y a los pastores celos.

 

De allí, quizá aguijado

de tan ilustre ejemplo,

trepar osé al Parnaso

por cima de escarmientos.

Imberbe aún, y falto

de inspiración y fuego,

tenté del sabio Apolo

subir al trono excelso.

Luego al intonso numen

enderecé mis ruegos,

y aunque de tal descaro

mostrarse pudo ofenso,

la juvenil audacia

me perdonó, y risueño

me dio de alumno suyo

el nombre y los derechos.

 

Bajo de tal auspicio

viví mil días bellos,

gocé mil dulces dichas

y obré mil altos hechos.

Bebí de la armoniosa

corriente del Permeso,

después la de Hipocrene,

y al fin, a tragos luengos,

en el raudal castalio

sacié mi afán sediento.

Monteme en el Pegaso,

y en él volé ligero

al elevado Pindo

y al muy más alto Pierio,

donde las nueve hermanas

favores mil me hicieron;

de Erato, aunque voluble,

fui fino chichisbeo,

que en mi favor con ella

tal vez intercedieron

Teócrito, Virgilio,

Catulo y Anacreón;

galanteé a Talía

también por algún tiempo,

y entonces la taimada,

con aire zahareño,

enmascaró mi rostro,

y al pie, que del proscenio

el polvo nunca hollara,

calzó el humilde zueco;

la grave Melpómene

en tanto con severo

semblante me miraba;

quise obligarla atento,

rogué, seguí sus pasos

y huyome con desprecio.

Mas ¡oh natura extraña

del hombre en sus deseos,

que el fuego los entibia,

y los enciende el hielo!:

la fuga de la ninfa

irrita mi deseo;

la sigo a todas partes:

la busco entre los griegos,

y sólo hallé sus huellas,

que ya al latino pueblo

del ático pasara;

corrí el país que un tiempo

fue trono de las musas,

y ya sobre su suelo,

de sangre, de despojos

y ruinas mil cubierto,

la ninfa no habitaba;

desde uno al otro extremo

crucé la sabia Europa,

y al fin la hallé en los pueblos

a que uno y otro margen

del Sena dan asiento.

Con culto majestuoso

la ninfa vive entre ellos

tenida en grande estima:

allí escuchó mis ruegos,

y dio a mis inquietudes

y largo afán el premio,

subiéndome al heroico

coturno desde el zueco.

 

¡Oh cuántos ricos dones

a sus influjos debo!

Diome que en largos hilos

de los humanos pechos

mil lágrimas sacara,

mil quejas y lamentos;

diome que hacer pudiese

amables los senderos

de la virtud, por más que

el fraude, el odio negro

y la traición los pinten

penosos y molestos;

diome que al hombre hiciera,

con sabios documentos,

de lealtad amigo

y a vil perfidia adverso;

que a los potentes reyes

mostrase el fiero ceño

de la fortuna airada,

y a los sufridos pueblos

el celo vigilante

con que un poder supremo

refrena los designios

de príncipes aviesos;

diome… Pero no digas

cuánto me dio, Mireo:

sus dones no divulgues,

que Astrea tendrá celos;

Astrea, que hoy me tiene

en sus cadenas preso,

me trata con ley dura,

y con tirano imperio

pretende ser la sola

señora de mi ingenio.

 

Mal de su grado cede

mi corazón al peso

de ley tan inhumana,

y no sin gran tormento

a tan severo numen

ofrece sus inciensos.

¡Ay, Dios, los bellos días

pasaron! ¡Pasó el tiempo

de holganza, de venturas

y de contentamientos!

 

Pero, pues ya mis dichas

y glorias perecieron,

¿por qué no fue mi nombre

en hondo olvido envuelto?

¿Por qué me habéis dejado

crüel diva, en el recuerdo,

de tan sabrosos gustos

tan amargo tormento?

¡Oh, cuán dulces instantes,

qué días tan risueños

los que pasar solía

al margen del Permeso!

¡Cuántas veces mi nombre

y el de mi Enarda fueron

escritos de consuno

sobre los olmos tiernos,

que ya encumbró a más alta

región el raudo tiempo!…

 

¡De hiedra y verde mirto

ornado, el suave plectro

cuántas veces tañía,

y al dulce son atento

cantaba mis venturas,

que duplicaba el eco!

¡De Enarda cuántas veces

la gracia y dulce ingenio

loaba, y sus encantos

encaramaba al cielo!

Cantaba de sus ojos

el rutilante fuego,

su frente hermosa y grave

y los cabellos luengos,

que airosos abajaban

sobre su blanco pecho…

 

Perdona, oh santa Temis,

perdona estos recuerdos:

Mireo los exige

y los conduce a Delio;

a Delio, aquel que supo

con tan sonoro plectro

la integridad augusta

loar de tus decretos;

a Delio, que inflamado

con el divino fuego

que le inspiró tu numen,

extiende por el viento

el triunfo de los sabios

ministros de tu templo;

a Delio, al hijo ilustre,

imagen y heredero

del gran León, tu alumno,

tu gloria y tu recreo.

¡Oh genio peregrino!

¡Oh inimitable Delio!

¡Oh honor, oh prez, oh gloria

de los presentes tiempos!

Ya las hispanas musas,

que en hondo y vil desprecio

yacían, por ti vuelven

a su esplendor primero;

a ti fue dado sólo

obrar el alto hecho.

Y pues tamaña empresa

te reservaba el tiempo,

el triunfo que a tal gloria

levanta el pueblo ibero,

será del plectro mío

perenne, vasto objeto,

y de uno al otro polo

resonará en mis versos.

 

En la muerte de doña Engracia Olavide

Oda Sáfica

Al capitán don José de Ávila

Mientras cubierto el beaciense suelo

de triste luto, la eternal ausencia

siente de Filis, y las fuentes claras

lloran su muerte;

 

mientras al cielo sus dolientes voces

tristes envían las graciosas ninfas,

que con su llanto la urna transparente

del Betis hinchen;

 

mientras al son de roncos instrumentos

van entonando lúgubres endechas

los pastorcillos que los verdes prados

de Úbeda cruzan;

 

ven tú, Lisardo, y con veloces plantas

huye ligero del funesto clima

que a la divina, a la inocente Filis

causó la muerte.

 

Huye, y contigo del letal recinto

súbito arranca al dolorido Fabio,

que aún la sombra y las cenizas frías

de Filis adora.

 

¡Guar!, que al influjo de maligna estrella

no quede expuesto el huérfano inocente;

sálvale, salva, y en tu seno, amigo,

sácale oculto.

 

¡Ah!, no permitas que al horrendo triunfo

otros agreguen los funestos hados,

ni que la Parca más ilustres almas

destierre al Orco.

 

¡Oh cruda muerte! ¡Cómo en un instante

de la más bella y adorable ninfa

todas las gracias, los encantos todos

vuelves en humo!

 

La que atraía con su dulce canto

del aire vago a las canoras aves,

y los feroces brutos extraía

de sus cavernas;

 

cuyo sonoro penetrante acento

daba sentido a los peñascos duros,

y detenía en su corriente rauda

fuentes y ríos,

 

¿dónde se ha ido? ¿Cómo no resuenan

en los amenos carolíneos valles

sus peregrinos melodiosos ecos

dulcisonantes?

 

Cuando, a la excelsa Venus semejante,

salía al campo, los humildes chopos,

el olmo erguido y los ancianos robles

se le inclinaban.

 

Donde estampaba con airoso impulso

la breve huella su fecunda planta,

allí a porfía mil galanas flores

luego brotaban.

 

En otro tiempo ¡oh triste remembranza!

tú mismo viste los marianos montes

al dulce encanto de su voz alegres

y conmovidos.

 

Di, ¿no te acuerdas cuando señalaba

su blanca mano con devotos signos

sobre la arena del futuro pueblo

todo el recinto;

 

cuando miraba del cimiento humilde

salir erguido el majestuoso templo,

el ancho foro, y del facundo Elpino

la insigne casa;

 

cuando al anciano documentos graves

daba, y al joven prevenciones blandas,

y a las matronas y a las pastorcillas

santos ejemplos;

 

cuando sus lares consagraba pía,

cuando sus fueros repetía humana,

cuando ayudaba en la civil faena

al sabio Elpino;

 

o cuando, envuelta en celo religioso,

su voz enviaba del augusto templo

votos profundos, reverentes himnos

al Dios eterno?

 

Cuando… mas huye, huye presuroso;

huye, Lisardo, del fatal recinto;

huye con todos, y haz que humana planta

más no le oprima.

 

Otra vez sea hórrido desierto,

de incultas fieras solamente hollado,

donde de Filis vague solamente

la flébil sombra.

 

Huye, pero antes a la tumba fría,

do ella descansa, llega reverente,

y allí con puntas de diamante eternas

graba estas voces:

 

«De Filis un tiempo la presencia hermosa

era delicia de este suelo ingrato;

hoy es su afrenta el sueño sempiterno

de sus cenizas».

 

Carta de Jovino a sus amigos salmantinos

Est quodam prodire tenus, si non datur ultra.                

(Horacio, Epis. I, lib. I, v. 32).

A vosotros, oh ingenios peregrinos,

que allá del Tormes en la verde orilla,

destinados de Apolo, honráis la cuna

de las hispanas musas renacientes;

a ti, oh dulce Batilo, y a vosotros,

sabio Delio y Liseno, digna gloria

y ornamento del pueblo salmantino;

desde la playa del ecuóreo Betis

Jovino el gijonense os apetece

muy colmada salud; aquel Jovino

cuyo nombre, hasta ahora retirado

de la común noticia, ya resuena

por las altas esferas, difundido

en himnos de alabanza bien sonantes,

merced de vuestros cánticos divinos

y vuestra lira al sonoroso acento.

Salud os apetece en esta carta,

que la tierna amistad y la más pura

gratitud desde el fondo de su pecho

con íntima expresión le van dictando;

que pues le niega el hado el dulce gozo

de estrechar con sus brazos vuestros pechos,

de urbanidad y suave amor henchidos,

podrá al menos grabar en estas letras

la dulce sensación que en su alma imprime

del vuestro amor la tierna remembranza.

Y no extrañéis que del eolio canto

cansada ya su musa, se convierta

al compás lento y numeroso que ama

tanto la didascálica poesía;

que en vano de su pecho, penetrado

del forense rumor, y conmovido

al llanto del opreso, de la viuda

y el huérfano inocente, presumiera

lanzar acentos dulces, ni su lira,

otras veces sonora, y hora falta

de los trementes armoniosos nervios,

al acordado impulso respondiera,

ni en fin a los avisos que me dicta

tu voz, oh Polimnía, con astuta

y blanda inspiración fuera otro verso

que el verso parenético oportuno.

 

¡Ah, mis dulces amigos, cuán ilusos,

cuánto de nuestra fama descuidados

vivimos! ¡Ay, en cuán profundo sueño

yacemos sepultados, mientras corre

por sobre nuestras vidas, aguijada

del tiempo volador, la edad ligera!

¿Por ventura queremos que nos tope

sumidos en tan vil e infame sueño

la arrugada vejez, que poco a poco

se viene hacia nosotros acercando?

¿O que la muerte pálida sepulte

con nosotros también nuestra memoria?

Y el hombre a quien el Padre sempiterno

ornó con alto ingenio y con espirtu

eternal y celeste, ¿estará siempre

a escura y muelle vida mancipado,

sin recordar su divinal origen

ni el alto fin para que fue nacido?

¡Ay, Batilo! ¡Ay, Liseno! ¡Ay, caro Delio!

¡Ay, ay, que os han las magas salmantinas

con sus jorguinerías adormido!

¡Ay, que os han infundido el dulce sueño

de amor, que tarde o nunca se sacude!

No lo dudéis: mis ojos, aún no libres

del susto, en un sueño misterioso

sus infernales ritos penetraron.

¿Contárosle he? ¿Qué numen me arrebata

y fuerza a traspasar de mis amigos

el tierno corazón? Acorre ¡oh diva!,

y pues mi voz, a tu mandar atenta,

renueva en triste canto la memoria

del infando dolor, acorre, y alza

con soplo divinal mi flaco aliento.

 

Yacen del Tormes a la orilla, ocultos

entre ruinas, los restos venerables

de un templo, frecuentado en otros siglos

por la devota gente salmantina,

mas hora sólo de agoreros búhos

y medrosas lechuzas habitado.

La amenidad huyó de aquel recinto,

y sólo en torno de él dañosas yerbas

crecen, y altos y fúnebres cipreses.

Aquí su infame junta celebraron

las Lamias. ¡Oh, si fuera poderosa

mi voz de describirla y dar al mundo

cuenta de sus misterios nunca oídos!

 

En la mitad de su carrera andaba

la noche, y ya su manto tenebroso

cubría en torno el soñoliento mundo;

todo era oscuridad, que hasta la luna

su blanca faz del cielo retirara

por no ver el nefando sortilegio,

y el horror y el silencio más medroso

hacían el imperio de las sombras;

cuando desde una puerta del palacio

del Sueño un negro ensueño desprendido

llegó de un vuelo adonde yo yacía.

 

Con la siniestra suya asió mi mano,

y con medrosa voz: «Jovino, dice,

ven y verás el duro encantamiento

que prepara la Invidia a tus amigos.

Ven, y si en tal ejemplo no escarmientas,

¡triste de ti, mezquino!» Dijo, y luego

sobre sus negras alas me condujo

por medio de las sombras hasta el pórtico

del arruinado templo. No bien hube

llegado, cuando asidas de las manos,

siete horrendas figuras parecieron

desnudas, y de hediondas confecciones

ungido el sucio cuerpo. Presidenta

del congreso infernal la fiera Invidia

venía, de serpientes coronada

la frente, triste, airada, desdeñosa,

y de los Celos y el Rencor seguida.

En medio del silencio un gran suspiro

lanzó del hondo pecho, y revolviendo

la sesga vista en torno: «Nunca tanto,

dijo, de vuestro auxilio y vuestras artes

necesité, oh amigas, ni tan fiero,

ni tan grave dolor clavó algún día

en mi sensible corazón su punta.

¡Oh, si capaz de aniquilar el orbe

fuese la llama atroz que le devora!

Tres aborridos nombres (y con rabia

Batilo pronunció su torpe boca,

Delio y Liseno) por el ancho mundo

va esparciendo la Fama, mi enemiga.

Su trompa los proclama en todas partes,

y ya a más alto vuelo preparada,

si no la enmudecemos, estos nombres

serán muy luego alzados a las nubes,

y sonarán del uno al otro polo.

Febo los patrocina, y no le es dado

a mi flaco poder mancharlos; pero

se rendirán al vuestro, si adormidos

en blando amor…». No bien tan fiera idea

cayó del sucio labio, cuando en torno

del demolido templo en raudos giros

dio el maléfico coro siete vueltas.

Después alternativas susurraron

muchos versos de ensalmo, con palabras

de mágico vigor y rabia henchidas,

a cuya fuerza desde la honda entraña

de la tierra salieron redivivos

los fríos huesos, que de luengos días,

del humanal vestido ya desnudos,

allí dormían. ¡Ay, cuán prestamente

en los hambrientos dientes de la Invidia

los vi yo triturados, y en sus manos

a leve y sucio polvo reducidos…!

 

En esto hacia los ángulos internos

del templo corren las malignas sagas,

y del sombrío suelo mil dañosas

plantas recogen con siniestra mano

y misteriosos ritos arrancadas.

También allí prestó la cruda Invidia

su auxilio, y en sus palmas estrujando

las hojas y raíces, hizo luego

que destilasen los dañosos jugos

cuanta virtud en ellos se escondía.

El zumo de la fría adormidera,

cortada su cabeza al horizonte,

que infunde a veces el eterno sueño;

el de la yerba mora, que altamente

el cerebro perturba; el hiosciamo,

y el coagulante jugo que destilan,

heridas, las raíces misteriosas

de la fría mandrágula, allí fueron

diestramente extraídos, y con nuevo

ensalmo derramados sobre el polvo

de los humanos huesos. Mientras una

de las sagas volvía y revolvía

el preparado adormeciente lodo,

sacó la Invidia del cuidoso pecho

tres relucientes nóminas, con rasgos

de roja y venenosa tinta escritas.

¡Ah, no creáis, amigos, que mi pluma

os pretenda engañar! Mis propios ojos,

en tierno llanto entonces anegados,

vieron ¡oh maravilla! los tres nombres,

los dulces nombres de Ciparis bella,

de Julinda y de Mirta la divina,

que estaban allí escritos. Y cual suele

-si tiene tal prodigio semejante-

brillar con propia luz en noche oscura

la lícnide purpúrea, que en su rumbo

suspende al receloso caminante,

así en la oscuridad resplandecían

los tres amados nombres. Entre tanto

mi corazón absorto palpitaba

de pasmo y de temor. La Invidia entonces,

dividiendo en pedazos muy menudos

las esplendentes nóminas, de esta arte

habló a sus compañeras: «Consumemos

¡oh amigas! nuestra obra, y estos nombres,

adorados de Delio y sus secuaces,

a la maligna confección mezclemos.

Su virtud penetrante, aun más activa

que los venenos mismos, irá recta-

mente a iludir sus tiernos corazones;

y a blando amor eternamente dados,

la vida pasarán adormecidos,

y morirán sin gloria». Dijo, y luego

mezcló los rutilantes caracteres

al crüel maleficio, e infundioles

nuevo vigor con su maligno soplo.

Repitieron las brujas el susurro

sobre la masa ponzoñosa, y dieron

alegre fin a la perversa junta.

 

Yo en tanto, lleno de dolor, enviaba

del hondo pecho a Apolo ardientes votos.

«Brillante dios, decía, si la gloria

de tan dignos alumnos interesa

tu pía omnipotencia en favor suyo,

¡ah, destruye la fuerza venenosa

del duro encantamiento, y de la infamia

y de la eterna escuridad redime

los nombres que otra vez has protegido!

¡Desata el preparado encantamiento,

y sálvalos, oh Dios, para que eterna-

mente suba a tu trono el dulce acento

de su lira, en cantares eucarísticos

gratamente empleada!». Aquí llegaba

el bien sentido ruego, que sin duda

oyó piadoso el numen, porque al punto

descendió un resplandor desde lo alto,

al meridiano sol muy semejante,

que iluminando el pavimento ombrío,

al golpe de su luz postró a la Invidia

y a sus viles ministras, y arrojólas

precipitadas hasta el hondo abismo.

¿Será estéril, oh amigos, de este ensueño

el misterioso anuncio? ¿Siempre, siempre

dará el amor materia a nuestros cantos?

¡De cuántas dignas obras, ay, privamos

a la futura edad por una dulce

pasajera ilusión, por una gloria

frágil y deleznable, que nos roba

de otra gloria inmortal el alto premio!

No, amigos, no; guiados por la suerte

a más nobles objetos, recorramos

en el afán poético materias

dignas de una memoria perdurable.

Y pues que no me es dado que presuma

alcanzar por mis versos alto nombre,

dejadme al menos en tan noble empeño

la gloria de guiar por la ardua senda

que va a la eterna fama, vuestros pasos.

 

Ea, facundo Delio, tú, a quien siempre

Minerva asiste al lado, sus, asocia

tu musa a la moral filosofía,

y canta las virtudes inocentes

que hacen al hombre justo y le conducen

a eterna bienandanza. Canta luego

los estragos del vicio, y con urgente

voz descubre a los míseros mortales

su apariencia engañosa, y el veneno

que esconde, y los desvía dulcemente

del buen sendero, y lleva al precipicio.

Después con grave estilo ensalza al cielo

la santa religión de allá abajada,

y canta su alto origen, sus eternos

fundamentos, el celo inextinguible,

la fe, las maravillas estupendas,

los tormentos, las cárceles y muertes

de sus propagadores, y con tono

victorioso concluye y enmudece

al sacrílego error y sus fautores.

 

Y tú, ardiente Batilo, del meonio

cantor émulo insigne, arroja a un lado

el caramillo pastoril, y aplica

a tus dorados labios la sonante

trompa, para entonar ilustres hechos.

Sean tu objeto los héroes españoles,

las guerras, las victorias y el sangriento

furor de Marte. Dinos el glorioso

incendio de Sagunto, por la furia

de Aníbal atizado, o de Numancia,

terror del Capitolio, las cenizas.

Canta después el brazo omnipotente,

que desde el hondo asiento hasta la cumbre

conmueve el monte Auseva y le desploma

sobre la hueste berberisca y suban

por tu verso a la esfera cristalina

los triunfos de Pelayo y su renombre,

las hazañas, las lides, las victorias

que al imperio de Carlos, casi inmenso,

y al Evangelio santo un nuevo mundo

más pingüe y opulento sujetaron.

Canta también el inmortal renombre

del héroe metellímneo, a quien más gloria

que al bravo macedón debió la Fama.

O en fin, la furia canta y las facciones

de la guerra civil que el pueblo hispano

alió y opuso al alemán soberbio.

Dirás el golfo catalán en furia

contra Luis y su nieto, los leopardos

vencidos en Brihuega, y los sangrientos

campos de Almansa, do cortó a Filipo

sus mejores laureles la Victoria.

 

La empresa que a tu pluma reservada

queda, oh caro Liseno, ¡ah, cuán difícil

es de acabar, cuán ardua! Mas ya es tiempo

de proscribir los vicios indecentes

que manchan nuestra escena. ¡Cuánto, oh cuánto

la gloria de la patria se interesa

en este empeño! Triunfan mil enormes

vicios sobre el proscenio, y la ufanía,

el falso pundonor, el duelo, el rapto,

los ocultos y torpes amoríos,

contra el desvelo paternal fraguados,

y todas las pasiones son impune-

mente sobre las tablas exaltadas.

Despierta, pues, oh amigo, y levantado

sobre el coturno trágico, los hechos

sublimes y virtuosos, y los casos

lastimeros al mundo representa.

Ensalza la virtud, persigue el vicio,

y por medio del susto y de la lástima

purga los corazones. Vea la escena

al inmortal Guzmán, segundo Bruto,

inmolando la sangre de su hijo,

de su inocente hijo, al amor patrio…

¡Oh espíritu varonil! ¡Oh patria! ¡Oh siglos,

en héroes y altos hechos muy fecundos!

 

Vuestro auxilio también en esta empresa

imploro, oh mi Batilo, oh sabio Delio.

¡Ah, vea alguna vez el pueblo hispano

en sus tablas los héroes indígenas

y las virtudes patrias bien loadas!

Bajar podréis también al zueco humilde,

y describir con gesto y voz picantes

las costumbres domésticas, sus vicios

y sus extravagancias… Pero, ¿dónde

encontraréis modelos? Ni la Grecia,

ni el pueblo ausonio, ni la docta Francia

han sabido formarlos. Reina en todos

el vicio licencioso y la impudencia.

Mas cabe el ancha vía hay una trocha,

hasta ahora no seguida, do las burlas

y el chiste nacional yacen en uno

con la modestia y el decoro aliados.

Seguid, pues, este rumbo. ¡Qué tesoros

descrubriréis en él! ¡Será el teatro

escuela de costumbres inocentes,

de honor y de virtud! Será… Mas, ¿dónde

del bien común el celo me arrebata?

 

¡Ah, si su llama alcanza a vuestro pecho,

de los trabajos vuestros cuán opimos

frutos debo esperar! ¡Y cuánta gloria

estará en otros siglos reservada

al celo de Jovino, si esta insigne,

si esta dichosa conversión, que tristes

y llenas de rubor tanto ha que anhelan

las musas españolas, fuese el fruto

de sus avisos dulces y amigables!

 

El paraíso perdido

Primer canto

Traducido del inglés por Jovino

Canta la inobediencia ¡oh santa musa!

del padre de los hombres, que gustando

de la vedada planta el mortal fruto,

trajo al mundo la muerte y la miseria;

y di de las moradas venturosas

de Edén la triste pérdida, negadas

a la raza mortal, hasta que plugo

al Hombre-Dios bajar a recobrarlas;

y ora en silencio ocupes la alta cumbre

de Oreb o Sinaí, de do inspirastes

al gitano pastor, que a la escogida

gente enseñó después cómo al principio

del hondo Caos salieron cielo y tierra;

ora el alto Sión más te deleite,

y el río Siloé, que cabe el santo

oráculo de Dios fluye en silencio;

baja de allá a guiar mi peligroso

canto, que se alza sobre el monte Aonio,

mientras, de ti ayudado, emprende cosas

hasta hora en prosa o rima no cantadas.

Y Tú, divino Espirtu, a quien más place

que los augustos templos la morada

de un puro y recto corazón, instruye

con ciencia divinal mi torpe lengua.

Tú, que desde el principio fuiste a todo

presente, y cobijando el ancho abismo

so tus inmensas alas, con activo

prolífico calor le fecundaste,

ven, y eleva mi voz, y lo que es débil

en mí sostén, y limpia y ilumina

lo inmundo y tenebroso, porque pueda

subir de un vuelo al encumbrado asunto,

justificar la eterna Providencia

de Dios, y abrir al hombre sus caminos.

Pero primero di, pues nada esconden

de tu vista los cielos ni las hondas

cavernas del infierno, di qué causa

indujo a nuestros padres, en tan llena

bienandanza nascidos, a que ingratos

a su Hacedor, violasen el precepto,

el único precepto que, al hacerles

dueños del Paraíso, les pusiera.

A tal traición ¿quién los llevó engañados?

El dragón infernal, cuya malicia,

de negra invidia y de venganza armada,

engañó a la gran madre de los hombres,

poco después que fuera con sus haces

de espíritus rebeldes de la clara

región del cielo echado. Allí soberbio,

en su partido y fuerzas confiado,

sobre toda criatura alzarse quiso,

y aun presumió que, opuesto, igualaría

al Altísimo en gloria. Así, ambicioso,

contra el reino de Dios y su alta silla

enarboló el pendón, y tocó al arma

en los celestes campos; pero hallóse

burlado en sus intentos, porque armado

de santa ira el brazo omnipotente,

le derrocó del alto firmamento,

con horrísono estruendo y gran ruina,

precipitado hasta el inmenso abismo,

do el que insultó, atrevido, al Poderoso

yace agora en cadenas de diamante

preso, y a eterno fuego condenado.

 

Nueve veces el tiempo que en el mundo

mide la duración de noche y día

corriera, y otro tanto, con sus fuertes

batallones, anduvo el fiero jefe

en un lago de llamas revolcado;

revolcado, vencido y confundido,

aunque inmortal. Pero a mayor venganza

le guardaba su suerte, porque agora

de las pasadas dichas y el presente

eterno mal le aflige la memoria.

En derredor de sí sus tristes ojos,

do profunda ambición y caimiento

con odio amargo y pertinaz orgullo

brillan mezclados, vuelve y en un punto

con perspicacia angélica su suerte

penetra de una vez; su triste, horrenda,

desesperada suerte. A todas partes

ve un hondo calabozo y un inmenso

horno, con negras llamas encendido,

a cuya escasa luz pudiera apenas

descubrirse aquel reino pavoroso,

región de horror y espanto, de medrosas

furias y sombras habitada, y donde

nunca el reposo ni la paz moraron,

ni la dulce esperanza, cuyo influjo

a todas partes llega, alcanzar pudo;

mas en vez de ella, afligen de contino

un tormento sin fin y un mar de fuego

de inextinguible azufre alimentado.

 

Tal es la habitación y horrible cárcel

que preparara la justicia eterna

a los rebeldes ángeles; en ella

señaló su mansión, tres veces tanto

como del alto polo el centro dista,

apartada de Dios y su alto trono.

 

¡Ah, cuán desemejante de la clara

región de donde fueran despeñados!

En un diluvio de impetuoso fuego

y negros torbellinos sepultados,

vio el dragón a los socios de su ruina,

y junto revolcándose al que en brío

casi y en impiedad le emparejaba,

aquél que con el tiempo en Palestina

se llamó Beelcebub. A él de esta arte

habló el archienemigo -en el Empíreo

Satán después nombrado-, su silencio

con tan fieras razones quebrantando:

«¿No eres tú aquél…? Mas ¡ay, a cuál bajura

caído! ¡Cuál mudado del que un día

allá en los reinos de la luz brillaba

con resplandor y gloria transparente

entre todos los ángeles! ¿No eres

el que en valor y heroicos pensamientos

igual casi conmigo, en la gloriosa

facción siguió brioso mis banderas,

compañero del riesgo y la esperanza?

¡Ay! agora nos hizo la desdicha

pares en la ruina. ¡A qué profunda

sima, de cuál altura hemos caído!

¡Tanto pudo del Todopoderoso

el trueno destructor!… ¡Ah! ¿quién probara

el poder de sus armas hasta entonces?

Mas las armas, ni los fieros males

que el vencedor en su ira nos reserva,

arrepentir me harán, ni de mi pecho,

aunque de tanta gloria despojado,

borrar podrá jamás la cruel memoria

de la pasada injuria, de la injuria

hecha al mérito nuestro, que grabada

altamente en mi alma contra el sumo

ofensor encendió la cruda guerra

y horrenda conmoción que de su lado

tantos espirtus apartó, que altivos

mi estandarte siguieron, y oponiendo

nuestro unido poder al poder suyo,

por los llanos del cielo, en lid dudosa,

hicimos vacilar su santo trono.

Por fin, se perdió el campo. Mas ¿qué importa?

No todo se perdió, que inconquistable

dura nuestro albedrío y odio eterno,

y de venganza el íntimo deseo,

su valor inflexible a los reveses

del caso o de la fuerza. No; tal gloria,

la ira del vencedor ni su soberbia

jamás de mí tendrán, ni nunca espere

ver que, acatando su deidad, postrado

y lleno de rubor, su gracia implora

el que antes hizo con heroico brazo

indecisa la suerte de su imperio;

que abatimiento tal más doloroso

y más infame fuera que el desaire

de la pasada ruina. Y pues no puede

ni la sustancia celestial ni el brío

perecer de los dioses, y más cautos

la experiencia os hará, ¡sus!, declaremos,

de mejor suerte y gloria esperanzados,

guerra al gran enemigo, eterna guerra,

por fuerza y por astucia peleada

contra el duro opresor, que agora triunfa

desvanecido y sin rival impera,

sólo, tirano del inmenso cielo».

 

Así el ángel infiel, mientra el despecho

roía sus entrañas, se jactaba;

y así su compañero le responde:

«¡Oh príncipe, oh caudillo de las altas

potestades del cielo, que, guiando

con tu falange numerosa al choque

los bravos serafines, fuiste asombro

con altos hechos del Empíreo, y diste

susto al eterno Rey, y disputaste

la excelsa primacía, que la fuerza

y fortuna tal vez le adjudicaron!

Por demás siento el caso lastimoso

de la pasada rota, que con mengua

nos arrancó del cielo, derribando

nuestro brillante ejército a este abismo,

do yace destruido, cuanto pueden

ser las sustancias puras destruidas.

Empero vive el ánimo invencible,

y aunque ofuscada la nativa gloria

y todo nuestro bien, en este hondo

piélago de miserias anegado,

el antiguo vigor renacer siento.

Mas ¡ay!, si el Vencedor omnipotente

-que tal le creo, pues vencernos pudo-

conserva astuto la nativa fuerza

de nuestro espirtu, solo para hacernos

resentir más y más los crueles males

que su implacable ira nos prepara;

o si, pues la ley dura de la guerra

nos hizo esclavos suyos, quiere sólo

que cual esclavos viles le sirvamos

en este horrible infierno, ejecutores

por la honda escuridad, de sus designios,

¿de qué nos sirve, di, sentir sin mengua

nuestro angélico brío, o del ser nuestro

la eterna duración, eterna sólo

para sufrir sin fin eternos males?»

 

A esto Satán así responde al punto:

«Caído querubín, mostrar flaqueza

en la prosperidad o en la desgracia

cosa es indigna de tu ser. No pienses

que podrá el bien de las acciones nuestras

ser objeto jamás. El mal solmente

lo puede ser; el mal, tan odioso

de la alta Voluntad que resistimos.

Y pues de nuestro mal su Providencia

sacar pretende el bien, sea nuestro empeño

que del bien mismo el mal resulte, y esta,

esta gloria, que, o miente mi esperanza

o será muy colmada, nos consuele;

la gloria de afligirle, conturbarle

y trastornar sus íntimos designios.

Vímosle ufano refrenar la saña

de los ministros de su injusta ira

que airados nos cargaban, y a las puertas

los obligó a volver del alto cielo.

Una lluvia de azufre tempestuosa,

que arrojó tras nosotros, cerró el paso

a esta honda cueva, en que de allá caímos.

Ya ni la luz medrosa del relámpago

deslumbra en el infierno, ni resuena

por su hueca extensión del trueno horrendo

el retumbante son. Agotó acaso

toda su furia en la cruel venganza.

«Mas, ya nos dé tan no esperada tregua

harta su saña, o altivo su desprecio,

no la desperdiciemos. Mira a aquella

parte un desierto y solitario llano,

triste mansión de horror, do escasamente

llega el medroso y pálido reflejo

que esta lúgubre llama de sí envía.

Guiemos allá el paso, y retirados

de este golfo de fuego, allí busquemos,

si le hay, algún reposo. Nuestra tropa

dispersa reunamos, y arbitremos

por qué medios de hoy más del enemigo

turbaremos la gloria, o la que tristes

perdimos cobraremos, o por cuáles

nuestro destino mitigarse pueda;

qué alivio en fin nos muestra la esperanza

o a qué extremo el despecho nos arroja».

 

Así Satán a Belcebub le hablaba,

y mientra en su semblante, levantado

sobre la onda, los ojos centellantes

relucían, el resto de su cuerpo,

monstruosamente grande, en el ardiente

golfo tendido a una y otra parte

ocupaba, flotando, un trecho inmenso;

tal cual las viejas fábulas nos pintan

a los monstruosos hijos de la Tierra,

que hicieron guerra a Jove, Briareo,

y el que su nombre al antro dio Tifonio;

o como Leviatán, el más enorme

habitador del piélago profundo;

tal vez un navichuelo por el Bóreas

hacia los mares de Noruega echado,

en tenebrosa noche allí le topa

rendido a torpe sueño, y el piloto

-tal en el puerto cuenta a sus amigos-

azorado y creyéndole una isla,

en su escamosa piel aferra el ancla,

guarecido tras él del viento insano.

La noche en tanto asombra el mar, y lenta

vuelve con tardos pasos la mañana.

Tan grande el archidiablo y tan enorme

parecía tendido sobre el golfo

de fuego, y nunca de él salido hubiera,

ni su altanera frente levantado,

si el gran Rector del cielo, a cuyo ceño

los destinos se humillan, libre rienda

dado no hubiese a su maligna astucia,

para que mientras el mal ajeno busca

con repetidos crímenes incauto

labre su propia perdición, y vea

que sus designios pérfidos del alta

bondad de Dios sacar pudieron sólo

gracia y misericordia para el hombre,

engañado por él, ira y venganza

y eterna confusión para sí mismo.

De repente levanta sobre el lago

su gigante estatura. A un lado y otro

las llamas rechazadas, en undosos

remolinos se rompen y retiran,

y descubren en medio un ancho valle.

Entonces él con extendidas alas

emprendió el alto vuelo sobre el aire,

que gimió al peso insólito pendiente,

y travesando el gran vacío oscuro,

posó en la seca tierra, si tal nombre

convenir puede al suelo que arde siempre

con inflamado azufre y fuego sólido,

como con llamas flúidas el lago.

Tal parecía en su candente forma

como tal vez de fuerza soterraña

el choque arranca un cerro del Peloro,

o de la étnea tronadora cumbre,

en cuya entraña hechida de inflamable

materia prende el fuego y agitado

hierve con furia mineral; revienta

violento al aire libre, y la comarca

de humo se cubre y de betún ardiente,

tal era el suelo do asentó la planta

el protervo Satán. En pos le sigue

Belcebub, necios presumiendo entrambos

haber la estigia cárcel escalado

por su antigua virtud, cual altos dioses,

y sin que otro mayor lo consintiese.

 

«¿Es aquéste el país?, exclamó entonces

el fiero Arcángel, ¿la región es ésta

a do lanzados desde el alto Empíreo

venimos a morar? ¿A esta medrosa

escuridad, del alma luz del cielo?

Sí lo será, que así mandarlo plugo

al tirano que hoy triunfa; sea en buen hora.

Vivamos lejos de su vista, libres,

ya que, a pesar de la razón, la fuerza

le juzgó superior a sus iguales.

Adiós, dichosos campos, donde siempre

moran el alma paz y la alegría.

¡Salve, horrible mansión! ¡Infierno, salve!

¡Y tú profundo abismo, abre tu seno

al nuevo habitador, cuyos designios

jamás el tiempo mudarán ni el hado!

Él vivirá en sí mismo, y con su gloria

del infierno hará cielo. Si uno siempre

es su ser inmutable, nada importa

que mude de lugar, que estará en todos

sobre toda criatura, inferior sólo

a uno a quien el trueno hace más grande.

En este reino oscuro, do la invidia

no llegará del Todopoderoso,

viviremos al menos sin el susto

de ser más desterrados. Reinaremos

independientes, y reinar es siempre

noble ambición, aun en el hondo abismo,

y mejor suerte que la vergonzosa

servidumbre del cielo. ¿Por qué causa

dejamos, pues, que los amigos fieles,

de nuestro riesgo y ruina compañeros,

yagan sumidos en el hondo lago,

y de mortal asombro poseídos?

¿Por qué no los llamamos a que gocen

también su parte en este suelo infame,

o para que, de nuevo reunidas

nuestras fuerzas, probemos si ser puede

algo del cielo aún reconquistado,

o si algo más perdido en el infierno?»

 

Esto dijo Satán, y tal respuesta

le diera Belcebut: «Noble caudillo

de aquel brillante ejército, que sólo

vencer pudiera el brazo omnipotente,

si ellos oyen tu voz, la más segura

prenda de su esperanza en los peligros,

tantas veces oída en más extremos

casos, y en el conflicto arduo y dudoso

de la cruel batalla en los asaltos,

y en todo trance su señal segura,

tú los verás volver con nuevo aliento

al antiguo vigor. Que no es extraño

que dende el alto cielo a este hondo abismo

caídos, yagan hora cual nosotros

poco ha, de horror y asombro penetrados»

 

Apenas acabó, cuando a la orilla

el fiero capitán se fue acercando.

De temple celestial, ancho y macizo,

era el redondo escudo que pendía

de sus robustos hombros, semejante

en su circunferencia al orbe lleno

de la luna, mirado por la tarde

a través de algún óptico instrumento.

Tal cual con firme vista, desde lo alto

de Fesol, o en Valdarno, le observaba

el inventor etrusco, y descubría

tierras, ríos y montes en su globo.

El más gigante pino de Noruega,

en los montes cortado para mástil

de una grande almiranta, un junco leve

sería, comparado con la lanza

en que apoyaba sus molestos pasos

(no cuales en el cielo dio algún día)

por la inflamada arena, mientra el ígneo

muro y la ardiente bóveda le herían

con fuego abrasador por todas partes.

Empero él lo sufría, y procediendo

hasta el vecino golfo, allí parado

llamó a sus tercios de ángeles, que yacen

rendidos al terror y agonizantes

sobre la herviente onda, tan espesos

como las secas hojas que al otoño

cubren de Valumbrosa las corrientes,

de los frondosos árboles caídas;

o como cuando Orión con turbulento

soplo azota las playas eritreas

nadan sobre las ondas las livianas

algas, sobre las ondas que sorbieron

un día a Faraón con su robusta

caballería de Menfis, cuando airados

las rescatadas tribus perseguían,

mientras seguras, de la opuesta orilla

vieron ellas hundirse sus jinetes,

yelmos, banderas, carros y caballos;

tan espesos cubrieron los rebeldes

espíritus el lago, al fiero asombro

de la mudanza súbita rendidos.

 

Llamólos, pues, y a la gran voz los huecos

senos del hondo infierno resonaron:

«Príncipes, potentados y guerreros,

flor del cielo, antes nuestro y ya perdido;

pues qué, ¿pudo infundirse en inmortales

espíritus tal pasmo? Por ventura

después del duro afán de la batalla,

¿pensáis hallar aquí sueño y reposo

cual si estuvierais en el blando cielo?

¿O es que así prosternados heis jurado

dar culto al vencedor, que hora se goza

en ver desde su trono a tantos fuertes

querubines y excelsos serafines

en este golfo hundidos, con sus rotas

armas y sus banderas revolcados,

mientras que de las puertas eternales

caen sobre nosotros sus ministros

prontísimos, del fuerte rayo armados

y el aterrante trueno, y os traspasan

con más crueles heridas, y al más hondo

fondón de aquesta cueva os precipitan?

¡Sus!, despertá o quedá por siempre hundidos».

 

Oyéronle, y al punto avergonzados

volaron hacia arriba, y como suele

una guardia tal vez en torpe sueño

por su mayor tomada, a la tremenda

voz correr presta al arma y darse prisa,

no bien despierta aún, así los diablos,

que ni el horrendo pozo en que cayeron,

ni los fieros tormentos, ocupados

del terror, percibieron. Mas con todo

la voz del general obedecieron

innumerables. Tal, en el mal día

de Egipto, apenas hubo al alto cielo

tendido la su vara portentosa

Moisén, cuando he aquí que dende oriente

una muy densa nube de langostas

viene, cubriendo el aire, y sobre el reino

del duro Faraón se extiende negra,

como la noche, del fecundo Nilo

las dilatadas playas asombrando.

 

Tan sin número entonces parecían

los ángeles precitos, so la ardiente

copa revolteando del infierno,

de tres voraces fuegos, alto, bajo

y lateral, en torno acometidos;

hasta que su lanzón Satán moviendo,

señaló el sitio do posar debían;

y ellos en ala igual bajaron prontos

al sulfúreo terreno, hinchiendo el llano.

Jamás tal muchedumbre el populoso

norte arrojó de su escarchado seno,

cuando sus hijos bárbaros, pasando

el Danubio o el Rin, como un diluvio

inundaron el sur, y hasta las playas

de la arenosa Libia se extendieron.

Desde cada escuadrón y tercio al punto

los jefes destacados vienen prontos

de su gran comandante a la presencia,

semidioses en aire y estatura,

de formas sobrehumanas; personajes

de real dignidad, que allá en el cielo

antes en altos tronos se asentaran,

bien que hoy en los registros eternales

no se halla ya memoria de sus nombres,

para siempre borrados y raídos,

por su traición, del libro de la vida.

Ni entre los hijos de Eva otros tuvieron

hasta mucho después, que sobre el mundo

por alta permisión de Dios vagando,

para probar al hombre, corrompieron

con fraudes y mentiras muy gran parte

de la raza mortal. Los desviaron

del Dios que los criara, hasta que torpe-

mente trocando su invisible gloria

en la imagen de un bruto, muchas veces

erigieron en dioses los demonios,

y entre oro y pompa y ceremonias vanas,

les dieron torpe culto, varios nombres,

después ídolos varios los hicieron

en el mundo gentil más conocidos.

 

Nómbralos, musa, tú; di quién primero,

y quién al fin, el sueño sacudiendo,

subió del negro lago a la llamada

del gran Emperador; cuáles más dignos

se hallaron, di, de estar cabe él situados

en la desierta playa, mientras queda

lejos en pos la turba indistinguida.

Salieron ante todos desde el hondo

abismo al ancho mundo los que, hambrientos,

de estragos y miserias, luego osaron

sus asientos fijar cabe el asiento

del Señor, levantando sus altares

a par del altar suyo, y adorados

en derredor de las naciones necias

cual dioses, insultaron atrevidos

al santo Jehová, que reciamente

tronaba allá en Sión, su faz velada

entre los querubines. ¡Cuántas veces

fue la abominación tan consumada,

que en el santuario mismo colocaron

sus armas, y oponiendo sus tinieblas

al resplandor y gloria inmarcesibles,

con torpes ceremonias las solemnes

fiestas y el santo rito profanaron!

 

Fije el primero Moloc, monarca horrendo,

en la sangre de víctimas humanas

y en paternales lágrimas bañado,

por más que de atambores y timbales

el rumor estruendoso confundiese

el nunca oído grito de los tiernos

hijuelos, por el fuego devorante

a su horroroso ídolo arrastrados.

Allá en Rabba y sus llanos aguanosos

le adoró el ammonita, hasta do corren

por Argob y Basán de Arnón las aguas.

Ni se hartó su altivez con esta gloria;

antes del más sapiente de los hombres

corrompió el corazón, y con engaños

hizo que el viejo Salomón le alzara

sobre el monte de Oprobio un alto templo,

frente al templo de Dios, y que por bosque

le consagrara el antes deleitoso

valle de Hennón, Tofet después llamado,

y negro Gehemna, imagen del infierno.

 

Camos viene tras él, terror inmundo

del moabita, de Aroer a Nebo,

y hasta el austral desierto de Abarimo,

por Hesebón y Horonaim, dominios

del rey Seón, y aún más allá de Sibma,

de sus viñedos y floridos valles,

desde Eleale al lago de Asfaltite.

So el nombre de Fegor también sedujo

a Israel en Sitim, a su partida

del Nilo, y logró de él obscenos ritos,

después con duros males castigados.

Mas todavía sus orgías torpes

extendió al monte infame, cabe el bosque

de Hennón, juntando el odio a la lujuria,

hasta que el buen Josías, con ardiente

celo, los arrojó de allí al infierno.

 

Tras éstos parecieron los que dende

la cofinante onda del Eufrates

hasta el arroyo que divide a Siria

de la egipciana tierra, so los nombres

de Baalim y Astarot, aquéste de hembra

y de varón aquél, fueron servidos;

que es dado a los espirtus cualquier sexo

tomar que les agrade, o los dos juntos;

tan simple y desleída es su natura,

no trabada con nervios, ni en el frágil

apoyo de los huesos sustentada,

cual nuestro deleznable y torpe cuerpo;

sino en cualquiera forma que les place,

grave o sutil, oscura o transparente,

prosiguen sus designios, y sus obras,

ora de amor o enemistad, completan.

Muchas veces por éstos se olvidara

Israel de su Dios, y abandonando,

infiel, su altar, hincara la rodilla

a otros brutales e impotentes dioses.

Por eso fue humillado en las batallas,

y del Señor dejado a que cayese

despojo vil del enemigo alfanje.

 

También vino Astoret en esta tropa,

a quien Astarte los fenicios llaman,

reina del cielo, de crecientes cuernos,

a cuya clara imagen en las noches

de luna sus canciones y plegarias

las sidonias doncellas dirigían;

y hasta en Sión sus himnos resonaron

sobre el monte de Escándalo, en el templo

que aquel rey muliebroso le ensalzara,

cuyo gran corazón al culto inmundo

cayó de vanos dioses, por la astucia

de sus idolatresas enlabiado.

 

En pos vino Tamud, de quien la herida

atraía cada año a la alta cumbre

del Líbano las vírgenes sirianas,

a plañir tiernas todo un día estivo

su desventura con devoto llanto;

mientras que el dulce Adonis, desprendido

de su nativa roca, la purpúrea

corriente enviaba al mar, teñido en sangre

de Tamud, según dicen, añalmente.

Igual lamento hicieron con la torpe

fábula, ilusas, de Sión las hijas,

cuyas livianas lágrimas rociando

los umbrales del templo vio en su rapto

Ecequiel, cuando puesta ante sus ojos

le fue ¡oh Judá! tu negra idolatría.

 

Aquél vino después, que gran tormento

sintió cuando cautiva el arca santa

mutiló la su imagen, derribando

allá en su mismo templo sobre el polvo,

sin brazos ni cabeza, el tronco horrible,

afrenta de su culto y sacerdotes.

Llamáronle Dagón, monstruo marino,

hombre del medio arriba, el resto pece.

Tuvo, empero, en Azot también su templo

temido por la costa palestina,

en Gath, en Asealón, y en las fronteras

de Acarón y de Gaza. Y a él seguía

Rimmón, que tuvo asiento allá en Damasco,

en la fecunda y deleitosa orilla

de Abana y Fárfar, transparentes ríos.

Rival también de Dios y de su templo,

si perdió a un rey leproso, otro (su necio

conquistador Acaz) vino a su culto,

y derribó en su obsequio el altar santo.

poniendo en su lugar otro erigido

a la siriana moda, do quemase

vergonzosas ofrendas, adorando

los mismos dioses que vencido hubiera.

 

Detrás venía innumerable turba,

por diferentes nombres distinguida,

de no reciente fama: Osiris, Isis,

Horo y su comitiva, que con formas

espantables y extrañas brujerías

al fanático Egipto embaucaron,

y aun a sus sacerdotes, que buscaban

sus dioses vagabundos, en figuras

de animalías torpes escondidos.

También dañó a Israel el mal contagio,

cuando adoró en Oreb sus arracadas,

por el arte fusoria convertidas

en un becerro de oro, cuya culpa

dobló en Bethel y en Dan el rey protervo

que contrahizo su Dios, y en vez del santo

Jehová, quemó incienso a un buey rumiante.

Por eso, oh Egipto, en una triste noche

fueron tus primogénitos despojo,

y tus balantes dioses, de su ira.

 

Belial vino por fin, que igual del cielo

ningún más torpe espíritu cayera,

ni que más suciamente el vicio amase.

No tuvo templo alzado, ni humo nunca

de altar suyo subió. Más ¡ay!, ¿quién tiene

culto mayor en templos y en altares,

cuando niegan a Dios sus sacerdotes,

cual los hijos de Elí, que el santo templo

con lujuria y violencia profanaron?

Reina también en cortes y palacios

y en las ciudades, de torpeza asiento,

donde del alboroto y las injurias

sube el rumor sobre las altas torres,

cuando a la sombra de la noche negra

salen los hijos de Belial, de orgullo

y vino henchidos, a rondar sus calles.

Testígüenlo las tuyas, oh Sodoma,

y las de Gabaá, do sin respeto

a la hospitalidad fue escarnecida

la dueña de Bethel, cuyo alto ultraje

libró de otro más torpe a su velado.

 

Estos eran en orden los primeros,

y en brío. Los demás eran sin cuento

y largos de expresar, aunque famosos

dioses, a quienes de Jabán, los hijos

adoraron en Jonia, más recientes

empero, que sus padres cielo y tierra:

Titán el primogénito, y su enorme

familia, de la herencia por Saturno,

bien que hermano menor, desposeídos,

aunque el hijo tonante justo pago

le dio, usurpando el usurpado cetro;

primero en Ida y Creta conocidos,

después también sobre la cana cumbre

del viejo Olimpo, el aire de la media

región reglando su más alto cielo;

o ya en la cima délfica en Dodona

y por la tierra dórica y sus lindes;

o en fin, do aquel que con Saturno el viejo

por el mar de Adria a los hesperios campos

fue, y de los celtas travesando el golfo,

logró subir a sus lejanas islas.

 

Todos estos y más vinieron juntos,

y aunque abatidos, tristes y en silencio.

todavía en sus ojos un oscuro

vislumbre de contento aparecía

de ver al jefe altivo esperanzado.

y así en la perdición aún no perdidos.

Él entonces seguro, y recobrando

la sólita soberbia, con muy graves

razones, aunque vanas de sentido,

reparó su temor, y gentilmente

desterró de sus pechos el desmayo.

Luego mandó que fuese prontamente,

al son de las trompetas y clarines,

el tremendo estandarte enarbolado.

Tocárale esta gloria por derecho

a Azazel, querubín de alta estatura,

el cual al punto la imperial insignia

desdobló del bruñido astil, y en alto

la enarbolando, al viento tremolada,

brilló como un meteoro refulgente,

con el oro y rubíes, que expresaban

en rica bordadura los trofeos

y blasones querúbicos. En tanto

sonaron los marciales instrumentos,

y todas las legiones respondieran

con un muy alto grito, a que los hondos

cóncavos del infierno retemblaron,

y aun se sintió de fuera el tenebroso

reino del Caos y la anciana noche.

Otras diez mil banderas al momento,

por el oscuro aire tremoladas,

mostraron sus colores orientales,

a cuya luz se vido un bosque espeso

de picas, de bruñidos capacetes,

y escudos muchos fuertemente unidos,

que el formidable ejército ostentaban.

 

Al punto en ordenados batallones

se pone en marcha la tremenda hueste,

al son de dulces flautas y de pífanos,

al tono dorio y pausas acordados;

tono que en otro tiempo el noble pecho

de los antiguos héroes encendía

en los combates, no con rabia inútil,

sino con reflexible y firme aliento,

despreciador del susto y de la muerte;

tono grave y solemne, que inspiraba

tranquilos pensamientos, arrojando

de los mortales o inmortales pechos

la angustia, el duelo, el susto y el quebranto.

 

Así marchaba, unida y animosa,

la falange de espirtus en silencio,

y al dulce son de las acordes flautas

la ardiente arena alegres discurrían;

hasta que ya avanzados se pararon,

mostrando un ancho frente formidable

con las feroces relumbrantes armas;

y cual las huestes del heroico tiempo,

con lanzas y paveses muy cerrados,

esperaban la voz del gran caudillo.

Entonces él por las armadas filas

tendió la experta vista, y travesando

rápido los inmensos batallones,

vio el orden de los suyos, sus semblantes,

su aire y estatura, cual de dioses;

al fin sumó su número, y henchido

su corazón entonces de soberbia,

se glorió en su poder vano y protervo,

porque jamás desde su infancia el mundo

viera ejército tal, ni comparados

con él los más famosos, parecieran

otro que cual la enana infantería

que lidia con las grullas, aunque a un tiempo

se ayuntasen la prole gigantea

de Flegra y los heroicos escuadrones

que lidiaron en Teba y Troya en uno

revueltos con sus dioses auxiliares;

los que ensalza y describe el fabuloso

cuento de Artús seguido de sus fuertes

caballeros britanos y bretones;

los que después, ya infieles, ya cristianos,

en Montalván justaron o Aspremonte,

en Marruecos, Damasco o Trebisonda;

y los que, en fin, Biserta envió de África

cuando allá Carlomagno y los sus pares

fueron en Roncesvalles derrotados.

¡Tanto dista el ejército tartáreo

de las mortales fuerzas! Todavía

guardaban sujeción al gran caudillo.

 

Él, entre los demás sobresaliendo

en aire y gentileza, estaba erguido

como una torre, ni del todo hubiera

su lustre original perdido, y gloria;

antes como un arcángel relucía,

con luz, empero, y esplendor menguados.

Tal al romper el día el sol naciente

lanza al través de niebla matutina

su luz remisa, o tras la luna oculto

en pardo eclipse, a la mitad espanta

de las naciones crédulas, y anuncia

ruinas y susto a los medrosos reyes;

así, aunque escurecido todavía,

entre todos brillaba el alto arcángel.

Del rayo celestial las cicatrices

señalaban profundas su semblante,

y los fieros cuidados le anublaban;

empero heroico aliento y concentrada

soberbia a la venganza siempre pronta

anunciaba su ceño, aunque feroces

todavía en sus ojos parecían

gran lástima y crüel remordimiento,

al ver de su traición los compañeros,

o más bien los secuaces (¡cuán distintos

de lo que un tiempo fueran!) condenados

también con él, a pena perdurable.

Mil millones de espirtus por su culpa

arrojados del cielo, de la eterna

lumbre inmortal por su traición privados,

y fieles a su alianza, aunque perdido

su nativo esplendor. Así de fuego

del cielo heridos los montanos robres,

o los pinos de un bosque, aunque desnudos

de su frondosa copa, y chamuscados

sobre el marchito suelo, todavía

duran erguidos los eternos troncos.

 

Dispuesto a razonar, hace que al punto

plieguen las dobles filas de ala a ala;

luego en medio sus grandes le tomaron.

 

Tres veces quiso hablar, y tres las lágrimas,

cual verter puede un ángel, a sus ojos,

a pesar de su orgullo, se asomaron.

Por fin rompió, y mezcladas con suspiros

hallaron su camino estas palabras:

«¡Oh ejército de espirtus inmortales,

héroes sin par! ¡Oh al Todopoderoso

solmente comparables! Nuestra empresa

no tuvo infame fin, aunque esta horrible

prisión y tan acerba y espantosa

mudanza, el triste caso testifiquen.

Mas ¿qué penetración, qué agudo ingenio,

por más que diestro combinar supiese

lo presente y pasado, adivinara

que un tal poder, tan grande y tan unido

como el que aquí miramos, cedería

vencido y rechazado? Y ¿quién, no obstante,

aun después de tal rota, habrá que dude

que estas fuertes legiones, cuya ruina

tiene vacío el cielo, reanimadas

podrán con nuevo ardor subir de un vuelo

a recobrar sus tronos primitivos?

En cuanto a mí, testigos sean los altos

moradores del cielo, si dudoso

en la resolución o en los peligros

cobarde, malogré vuestra esperanza;

pero el supremo Rey, que hasta aquel día

ocupara su trono muy seguro,

sólo en su antigua posesión fundado,

o en la opinión y tolerancia nuestra,

descubriendo la gloria majestuosa

de su real dignidad, mantuvo oculto

el lleno de sus fuerzas, y este engaño

nos deslumbró y atrajo a nuestra ruina.

Pero en fin, ya desde hoy son conocidos

nuestro poder y el suyo; y si sería

locura provocarle a nueva guerra,

fuera infamia evitarla, provocados,

porque de nuestro ser la mejor parte

no está vencida aún. El alto ingenio

nos queda para obrar por escondidos

fraudes aquello do el poder no alcanza.

Esto a lo menos hallará en nosotros,

que no vence del todo a su contrario

quien sólo en fuerza le aventaja y vence.

Ya sabéis que criarse nuevos mundos

pueden en el vacío, y que el muy Alto,

según la tradición que dende antiguo

corría por el cielo, proyectaba

formar para estos tiempos uno, donde

plantase cierta gente venturosa,

caro objeto de todas sus delicias,

e igual en dicha a sus celestes hijos.

Probemos, pues, y a él o a otro hagamos

nuestra primer salida; que no siempre

han de vivir en esta sima hundidos

los hijos de la luz, ni por más tiempo

cubiertos de las sombras baratrales.

Pero esto debe consultarse agora

con maduro consejo, pues perdida

la esperanza de paz, ¿quién hay que opine

por la vil sumisión? Guerra, pues, guerra,

abierta o oculta, resolver debemos».

 

Dijo; y luego aprobando su discurso

millones de querúbicas espadas,

por el aire vibradas, relumbraron,

iluminando en torno el ancho infierno,

y todos ensañados contra el trono

del muy Alto, con armas resonantes

dieron en los broqueles reciamente;

tanto, que el fiero son de insulto y guerra

llegó a la alta techumbre del Empíreo.

 

Estaba cerca un monte, cuya horrible

cima lanzaba fuego y denso humo,

cubierto en lo demás de una lustrosa

costra, señal del oro que encubrían,

impregnadas de azufre, sus entrañas.

Allá voló prontísima una inmensa

brigada de guerreros, como suelen

ante un real campamento, bien armados

de picos y de sables, correr listos

los piquetes de bravos gastadores

a alzar una trinchera o parapeto.

 

Guiábalos Mammón; Mammón, de cuantos

espíritus cayeron del Empíreo

espíritu el más vil, pues en el mismo

cielo siempre sus ojos y deseos

fijos del rico pavimento al oro,

pisado allí de todos, le admiraba

sobre la clara y refulgente gloria

que inundaba de Dios el trono santo.

De él primero aprendieron los mortales

a robar de la tierra el centro escuro;

de la tierra, su madre, y con impías

manos dilacerando sus entrañas,

a sacar los tesoros que piadosas

escondían. Al punto sus soldados

abren en medio el monte una ancha boca,

y grandes peñas de metal brillante

sacan. Nadie se admire si el infierno

engendra tal riqueza, que es muy digno

este precioso mal de aquel terreno.

Vosotros, que ensalzáis los mundanales

bienes, y con asombro andáis loando

las obras que erigieron los monarcas

de Babilonia y Menfi a tanta costa,

ved aquí sus famosos monumentos,

milagros de arte y fuerza, traspasados

por espirtus malditos, que en un hora

acaban lo que apenas en un siglo

logró el continuo afán de tantas manos.

 

En el próximo llano, en muchas fraguas

que el lago ardiente por ocultas venas

del derretido fuego bastecía,

el macizo metal con arte extraño

fundía otra cuadrilla, y le afinaba.

Y otra que ya en la tierra varios moldes

había formado, por ocultas vías

llena sus huecos del metal herviente,

bien cual suele en los órganos un soplo

henchir toda la máquina, infundido

el aire a un tiempo por diversos tubos.

 

Al punto sale de la tierra, pronto

como una exhalación, un ancho templo,

al son de melodiosas sinfonías

de instrumentos y voces, todo en torno

cercado de pilastras, y en robustas

columnas de orden dórico apoyado,

que el dorado arquitrabe sostenían.

Ni friso ni cornisa allí faltaban

de exquisitos relieves, y era de oro

ricamente labrado el alto techo.

Las grandezas de Menfi y Babilonia

en su más alta gloria no igualaron

a éstas, ni los templos de sus dioses,

Belo y Serapis, ni el dorado asiento

de sus reyes, entonces, cuando Asiria

y Egipto en fausto y pompa compitieran.

Subió la excelsa mole, y se mantuvo

sobre su mismo peso. De repente

se abren las brónceas puertas, y descubren

de lo interior el ámbito espacioso

y el liso y bien labrado pavimento.

Sendas filas de lámparas pendían,

y de ardientes faroles, de la arqueada

bóveda, que alumbraban por encanto,

de asfalto y pingüe nafta bastecidos,

y daban clara luz cual la del cielo.

 

Entra la muchedumbre presurosa

y admirada; la obra alaban unos,

y otros del diestro artífice el ingenio,

cuya mano de antiguo conocida

fuera en el cielo, por las altas torres

que allá labrara, asiento y residencia

de los excelsos tronos; a quien tanto

ensalzó el Rey supremo, que les diera

el cargo de reglar en varias clases

las brillantes etéreas jerarquías.

Ni de la antigua Grecia fue ignorado

su nombre, ni del Lacio, do le dieron,

so el de Mulcíber, culto los ausonios.

Y como dende el cielo había caído,

fingiéronle arrojado de las altas

almenas cristalinas por la furia

de Júpiter airado, y que rodando

rápido por el aire, desde el alba

al mediodía, y desde el mediodía

hasta la húmida tarde, todo el curso

de un día de verano al esconderse

el sol, mal una estrella desgajada

dende el alto cenit, cayera en Lemnos,

isla del mar Egeo. Así lo cuentan

ilusos; mas mucho antes con los otros

rebeldes derribado hubiera sido;

que ni las altas torres en el cielo

alzadas le valieran, ni salvarle

las máquinas pudieron de que fuese

con su diestra cuadrilla despeñado

y enviado a edificar en el infierno.

 

Entretanto, por orden del gran Jefe,

los alados heraldos, con terrible

aparato y al son de las trompetas,

todo el tartáreo ejército convocan

a un general consejo, que juntarse

debía en Pandemón, insigne corte

de Satán y sus pares. Los más dignos

fueron allí llamados desde el frente

de sus tercios, según de cada uno

el mérito y lugar. Al punto todos

vienen en tropa, todos escoltados

de varia y numerosa comitiva.

Todas las avenidas con la inmensa

confluencia, las puertas y anchos atrios

se hinchen, y más el gran salón (aunque era

cual un campo espacioso, do guarnidos

de reluciente acero y bien montados

suelen tornear los bravos campeones,

y a vista del Soldán, al más cumplido

paladín, a batirse cuerpo a cuerpo

provocan, o a justar con lanza en ristre),

como un inmenso enjambre los espirtus

cubren el suelo, y al través del aire

sacuden sesgos las silbantes alas.

Así en la primavera, cuando monta

el sol ardiente en el bicorne signo,

sacan su prole numerosa en torno

de los melifluos corchos las abejas,

y ellas entre las flores, de süave

rocío humedecidas, susurrando,

vuelan, girando acá y allá ligeras,

o por la lisa tabla y odorosa,

ancho arrabal de su ciudad pajiza,

se solazan paseando, y los negocios

tratan de su gobierno; tan espesa

la aérea muchedumbre se estrechaba.

 

Mas dada la señal ¡portento extraño!,

los que mucho en tamaño a los terrígenas

gigantes excedieran, reducidos

a más breve estatura, ya parecen

enanos. Más espesos e incontables

que la pigmea gente colocada

allende el monte indiano, o que los duendes,

cuyos nocturnos juegos a la orilla

de un solitario bosque o fuente clara

mira tal vez, o sueña que los mira,

un rústico extraviado en su camino,

mientras la luna, presidiendo en alto,

se descubre, y más cerca de la tierra

lanza su tibia luz, en tanto hierve

la bulliciosa danza, y la festiva

música encanta el alma y el oído

del rústico, medroso y solazado;

de esta arte los espíritus encogen

su talla gigantea, a breve forma

reduciéndola, y bien que innumerables,

quedaron a su holgura en la gran sala

del infernal palacio. Más adentro,

y en su propia estatura, retirados,

formaban su sesión los serafines

y querubines, grandes y señores

de la tartárea corte, y en doradas

sillas, de gloria y majestad cubiertos,

más de mil semidioses se sentaban.

Puesto silencio, y la convocatoria

leída en alta voz, la junta empieza.

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