Poemas de Juan Pablo Forner
Poemas de Juan Pablo Forner (1756–1797), quien fuera el polemista más feroz de la Ilustración española. Extremeño de nacimiento, este escritor y jurista se erigió como el defensor a ultranza de la tradición hispánica frente a las críticas extranjeras, especialmente las francesas.
Su obra cumbre, «Oración apologética por la España y su mérito literario», surgió como respuesta al desprecio europeo, reivindicando las aportaciones científicas y culturales de su nación. Poseedor de un estilo satírico y mordaz, protagonizó agrios enfrentamientos con figuras como Iriarte y Moratín, reflejando las tensiones de un siglo dividido entre el progreso ilustrado y el casticismo.
Aunque su carácter combativo le granjeó numerosos enemigos, su pluma fue fundamental para definir la identidad intelectual española del siglo XVIII, equilibrando el rigor neoclásico con un profundo fervor patriótico.
A Lucinda, En El Fin Del Año
¿Qué importa que ligera
la edad, huyendo en presuroso paso,
mi vida abrevie en la callada huida,
si cobro nueva vida
cuando en las llamas de tu amor me abraso,
y logro renacer entre su hoguera,
como el ave del sol, que vida espera?
Amor nunca fue escaso,
¡oh, Lucinda amorosa!
y aumenta gustos en los pechos tiernos.
Si el año tuvo fin, serán eternos
los que goce dichosa
mi dulce suerte entre tus dulces brazos,
¡oh mi Lucinda hermosa!,
brazos con tal blandura, que los lazos
vencerán de la Venus peregrina,
cuando, suelto el cabello,
a Marte desafía
y al victorioso dios vence en batalla;
en ellos mi amor halla
la vida, que en sus vueltas a porfía
el sol fúlgido y bello
me lleva en su carrera presurosa,
¡oh Lucinda amorosa!,
y en la estación helada,
cuando su margen despojada enfría
el yerto Manzanares,
al año despidiendo con su hielo,
la lumbre de tu cielo
dará calor a la esperanza mía,
ajena de pesares,
no perdida mi edad, mas renovada,
por más que el año huya,
con el calor de la esperanza tuya.
¡Oh! siempre acompañada
te goces del deseo que me anima,
más años que agradable
flores esparce en la húmeda ribera
la alegre primavera;
y nunca el cielo oprima
la dulce risa de tu rostro hermoso
con disgusto enojoso,
permitiendo que goce yo las flores
(como fiel mariposa
o cual dorada abeja, que su aliento
chupa, y en ellas forma su alimento)
de tus dulces amores,
¡oh mi Lucinda hermosa!
Y vuele el tiempo, pues su paso lento
detiene mi contento,
detiene torpe su estación tardía,
que tú me llames tuyo, y yo a ti mía;
vuele, vuele en buen hora,
y este año tenga fin, y juntamente
le tengan otros y otros; y el violento
curso de Febo, que la tierra dora
con su madeja ardiente,
su carrera apresure,
y tanto, en tanto mi ventura dure,
cuanto en tu pecho vea
reinar la llama que mi amor desea.
Vuelen, vuelen las horas,
y llévense los días y los años
en sus vueltas traidoras,
y llegue el tiempo en que mi amor posea
tu pecho unido al amoroso mío,
y la suerte gozosa
dé fin dichoso al ruego que la envío,
oh Lucinda amorosa;
y en tanto los engaños
de amor tengan tu pecho entretenido
con deseo, esperanza,
manjares que alimentan a Cupido.
¡Oh tardos días de presentes daños!
Por vosotros alcanza
su fin cuanto en el mundo es comprendido.
Pues huid, y dad fin al encendido
fuego en que mis deseos se alimentan;
mas, lográndolos luego,
el paso diligente
que detengáis os ruego;
dejad que entonces, pues que ahora cuentan
siglos los años, yo, mi bien gozando,
haga siglos los días,
y tanto dure en las venturas mías,
cuanto el alegre tiempo dar pudiera
estación venturosa
de tu edad a la hermosa primavera,
oh mi Lucinda hermosa.
A Un Poeta Manchego Que Se Retiró A Su Patria
Así siempre de pámpanos y flores,
árida Mancha la estación suave
cubra tu suelo y su verde acabe
cuando esparza de nuevo sus favores:
Ópima copia aliente los rigores
que sufre tu cultor, y menos grave
el ábrego cruel no menoscabe
la esperanza feliz de sus sudores:
Si es tanta la virtud que relirados
a ti tus Don Quijotes sin violencia
cobran el seso en nuestro mal perdido;
¡Oh! líbranos de versos endiablados.
Cleón vuelve a tu seno: su dolencia
cura; y dente los cielos lo que pido.
A Un Rayo Que Mató A Un Burro
Arde consuena con horrendo estampido
Jove que en la nube iracundo inflama
y en la pálida lumbre que derrama
amagado el mortal teme encogido.
Al trueno horrendamente repetido
huye a esconderse en la apartada cama
lloroso el Niño, y tus piedades llama,
Jove, el justo varón descolorido.
Se estremece el Olimpo, y ya apercibe
tu mano el rayo que hasta al justo aterra
y fulminado en fin baja violento:
y cuando en vicios opulentos vive
el vil Ganion, azote de la tierra,
¿se ceba tu furor en un jumento?
ANACREÓNTICA (De un jilguero)
Blandamente las alas
Batiendo un jilguerillo
Desde un laurel frondoso
A mi cabeza vino.
Una rama del árbol
Presa trajo en el pico,
Y en torno de las sienes
Enlazármela quiso.
En vano sus afanes
Consume el simplecillo;
Se agita, y de mi frente
Huye el árbol invicto.
Yo, su fatiga viendo,
No te canses le digo,
Si coronarme quieres,
Trueca el laurel en mirto.
Epigramas (Epitafio)
Aquí yace Jazmín, gozque mezquino,
que sólo al mundo vino
para abrigarse en la caliente falda
de madama Crisalda,
tomar chocolatito,
bizcochos y confites,
el pobre animalito,
desazonar visitas y convites,
alzando la patita
para orinar las capas y las medias
con audacia maldita,
ladrar rabiosamente
al yente y al viniente,
ir en coche a paseos y comedias
y ser martirio eterno de criados,
por él o despedidos o injuriados
con furor infernal y grito horrendo.
Si inútil fue y aborrecible bicho,
y petulante y puerco y disoluto,
culpas no fueron suyas, era bruto;
educole el capricho
de delicia soez con estupendo
horror de la razón; naturaleza
no le inspiró tan bárbara torpeza.
Los que en la tierra al Hacedor retratan,
sus hechuras divinas desbaratan,
corrompen y adulteran.
Los vicios de Jazmín, de su ama eran.
Desordenado en desaliño airoso
Desordenado en desaliño airoso
Al bullicioso céfiro permite
Nisa el cabello, porque no limite
Su nativo esplendor lazo industrioso.
Velo sutil sobre su pecho hermoso
Al gusto esconde lo que al gusto incite,
Ni tanto que el tesoro facilite,
Ni tanto que de él dude el ojo asiento *
Así en traje sucinto reclinada
En alcatifas de violetas yace
Su gentileza y gala peregrina.
Llega su esposo, vela acongojada,
Le halaga: Oro le pide: él se deshace:
Cobra el oro, y a Alexis le destina.
2º Soneto
Despierta Elpín; y guarda, que al hambriento
lobo no sirve, no, tu grey de pasto:
tú roncas, y el zagal hace su gasto,
devorando tus reses ciento a ciento.
De rotas pieles número cruento
luego se entrega el desalmado Ergasto,
y el daño apoca, aunque en ejido vasto
pace escaso ganado y macilento.
Despierta Elpín: y en las calladas horas
cuando sin luna las estrellas lucen
observa, espía a tus zagales fieles.
Verás como degüellan con traidoras
manos tu grey, y pérfidos reducen
tu hacienda toda a ensangrentadas pieles.
El Servicio Inútil
Ya silva el viento en la nevada cumbre,
y al soplo impetuoso la cabaña
vacila del zagal, que en frágil caña
con paja entretejió flaca techumbre.
Y Bato el mayoral sin pesadumbre,
aunque su grey del aquilón la saña
siente y parece, con paciencia extraña
huelga al calor de regalada lumbre.
El mísero zagal, humedecido
de helada nieve, por salvar se afana
la grey no suya en el pelado ejido.—
Zagal, reposa: tu fatiga es vana.
Su hacienda el mayoral tiene en olvido,
y ni a acordarse de tu afán se humana.
Madrid
Esta es la villa, Coridón, famosa
que bañada del breve Manzanares
leyes impone a los soberbios mares
y en otro mundo impera poderosa.
Aquí la religión, zagal, reposa
rica en ofrendas, fértil en altares;
en las calles los hallas a millares;
no hay portal sin imagen milagrosa.
Y por que más la devoción entiendas
de este piadoso pueblo, a cada mano
ves presidir los santos en las tiendas.
Y dime, Coridón: ¿es buen cristiano
pueblo que al cielo da tantas ofrendas?
Eso yo no lo sé, cabrero hermano.
Pequeñez De Las Grandezas Humanas
Salgo del Betis a la ondosa orilla
cuando traslada el sol su nácar puro
al polo opuesto, y en el cielo obscuro
la luna ya majestüosa brilla.
Entre la opaca luz su honor humilla
la soberbia Ciudad, y el roto muro
que al rigor de los siglos mal seguro
reliquia funeral ciñe a Sevilla.
Pierde en la sombra su grandeza ufana
la altiva población y sus despojos
lúgubres se divisan y espantables.
Fía, Licino, en la grandeza humana,
contémplala en la noche de sus gozos,
y los verás medrosos miserables.
Fragmento
Éste era mi deseo: ser muy sabio,
Llevar mi fama al contrapuesto polo,
Hacer colgar los hombres de mi labio,
Robar el plectro al inflamado Apolo,
Y lograr el renombre de poeta
Más brillante que el polvo del Pactolo,
¿A qué tiren la adulación no inquieta,
De la futura gloria premio vano,
Que al obstinado estudio le sujeta?
La noche apenas al desvelo humano
Brindaba con su paz, y a los mortales
Dulce apartaba del trabajo insano:
Negado al blando sueño, los umbrales
Del aposento lóbrego me hallaban,
Do puesto di a mil nombres inmortales.
Los senos de la tierra descansaban,
En un silencio universal sumidos,
Que ni los blandos céfiros turbaban:
Y yo, en doctas vigilias consumidos
Los momentos de paz, hasta la aurora
Dilataba el trabajo a mis sentidos.
Atónito tal vez con la sonora
Trompa del que no tiene patria cierta,
Me inflamé ante la lumbre que atesora,
Hállabala tal vez en la encubierta,
Si grave usurpación del Mantuano
Que al gentil imitar abrió la puerta.
Docto Catulo, Horacio sobrehumano,
Y el que el Ponto hunanó con su blandura.
Más dulce cuanto al bien menos cercano.
Al solicito ingenio, donde apura
su conato el saber, más llana hacían
La del Parnaso inaccesible altura.
Las obras al deseo respondían;
Que aunque medroso, emulación y gloria
La pluma entre los dedos me ponían.
¿Y logré, por ventura, meritoria
Hacer solicitud tan desvelada,
Por más que guíe a la inmortal memoria?
En números la voz aprisionada
Me lleva a la prisión de la miseria,
Si mi razón no acude apresurada:
Que, cierta ya del gusto de su Hesperia,
Me abdicó de la suerte de mi genio,
Dando a mi estudio interesal materia.
En vano fía en el favor Cilenio
La heredada pobreza hallar socorro,
Que avive el fuego en el ardiente ingenio.
Apláudese lo escrito, por el corro
Resuena la alabanza: mas ninguno
Cubre el aplauso con dorado forro:
Y el mísero poeta, poco ayuno
Del viento del aplauso, lo va acaso
Del sustento a sus fuerzas oportuno,
No fue jurisperito Garcilaso,
Y oprimiérale el hambre, si en sus gentes
No hallara patrimonio, o fuera escaso.
Astrea, que huyó al cielo, hace prudentes
Por vanas imprudencias del recelo,
Que inventó los dominios diferentes;
Y aquel que obliga a descender del ciclo
La inspiración divina que le inflama,
Es en poco tenido acá en el suelo.
Detesta la maldad, la virtud ama,
Sus dones acredita, y cuidadoso
Recomienda su precio, y los derrama.
Éste no es ejercicio provechoso:
Al causídico estruendo se someta,
Y esfuerce los delitos animoso:
Que si tuerce la ley cuando interpreta
Su espíritu flexible, y por la suma
Del oro abriga un vicio, no es poeta.
El irá descansado, por su pluma,
En el hinchado coche, y en sus arcas
Crecerá la moneda cual la espuma.
¡Cuán poco debe a las fatales Parcas
Quien de ellas, al nacer, recibe el fuego
Del aliento, que canta a los monarcas!
Hará inmortal, en el divino pliego
Que dictaron las Musas, al magnate
Que disipa la plata en vano juego;
Y no podrá alcanzar un vil rescate
De su necesidad, del que sus perros
Regalará con indio chocolate.
Con todo, en mí sufriera yo estos hierros,
Por ver siquiera hambrienta a toda lira,
Que intima al gusto y la razón destierros.
No el cielo a muchos el fervor inspira,
Que hace divino al vate, y se descubre
A cada paso quien en sí le admira,
Cual suele sacudir el fresco Octubre
La lluvia de las hojas que desprende,
Y dellas los desnudos campos cubre,
Que si corre enojado el viento, y hiende
La esfera clara, a oscurecerla llega
La innumerable suma que desciende:
No menos abundante el orbe anega
La poética turba que le oprime,
Que a todo trance su furor despliega.
Éste canta su amor, aquél le gime
Trabajos al Estado convenientes,
Con que se aumente su poder y anime.
Tal se calza coturnos eminentes,
Que ofrecen un bufón al gran concurso,
Consejero de reyes muy prudentes.
Pues qué el que trueca a su escritura el curso,
Y del soberbio zueco se apodera,
Para mostrar la pompa en el discurso,
Allí es ver cómo esgrime y acelera
Su lengua en la oración regia y altiva
La airada majestad de una ramera.
¡Oh! tú, cualquiera a quien benigna priva
La suerte del calor que nos endiosa,
Cuando la mente su agudeza aviva;
Si envidias un furor que no reposa,
Y eres tan infeliz que le deseas,
Porque en aplauso universal rebosa;
Antes forzado a pretender te veas
Con mérito y sin sombra en la gran corte,
Donde viven con hambre las tareas;
Do el prepotente empeño es fijo norte,
Que lleva al puerto a que seguro aspira
Quien sabe cuanto el adular importe;
Donde aunque insta en el trabajo, y mira
Al bien común el rústico estudioso,
Al fin con canas y hambre se retira.
Primero. doctamente perezoso,
Por no saber ganar un grave paje,
Arcaduz del esclavo poderoso,
Sufras llorando el inhumano ultraje
De ver a tus estudios preferido
Un charlatán, que adula con buen traje:
Antes logres renombre de sufrido
En este triste género de afrenta,
Bien por el gran Cervantes conocido,
Que hacer número intentes en la cuenta
Del bando que en forjar versos malditos
Su edad consume y su saber ostenta.
Hiciera Dios no fuesen infinitos;
Pero el arte de Apolo es insolente,
Y produce más vanos que peritos.
¿Dio crédito al aplauso indiferente
Del oficioso vulgo un don Faustino,
Que le busca o le pide ansiosamente?
Basta así: ya su espíritu es divino,
Sus versos lo serán, y aun su lucerna
Ya a la divinidad se abre camino.
No fue la de Cleantes más eterna,
Bien ya en el Pesianacto esclareciese
La ley que al hombre en el vivir gobierna.
Versos ha de escribir mal que nos pese,
Y mal que pese al arte no habrá caso
En que su voz no acuda y se atraviese.
De algún señor la esposa pare acaso,
Como acostumbran todas, al noveno!
Al punto sale nuestro Mevio al paso,
Y muy colmado de entusiasmo. y lleno
De sibilino ardor, nos pronostica
Que el niño tiene traza de ser bueno:
Las glorias venideras le publica,
Y si el niño se escapa al otro mundo,
Al fin valió la adulación que aplica.
¡Oh negra musa, de saber inmundo,
Que va a hacer, por medrar, sus cumplimientos
A las obras de un útero fecundo!
Pero, ¿súplenlo, al fin, los pensamientos?
No allí elección, no riguroso juicio,
Que castigue los vanos ornamentos.
Crece en los versos lujurioso el vicio,
Cual la pompa en la vid de fruto escasa,
Y pródiga del verde desperdicio:
Y aun si fuera excelente, aunque sin tasa,
La sufriera el varón contentadizo,
Que llanamente por lo bueno pasa.
Amor de la Patria (discurso en Ripio)
La imagen, Señores, que ofrece a la expectación del público esta congregación de hombres benéficos, que se presenta en esta anual solemnidad como a dar cuenta del desempeño de las obligaciones que se han impuesto a sí mismos voluntariamente, debiendo producir admiración, ternura, fuego, vehemencia para animar, siquiera con la vana pompa de los aplausos, tareas de suyo tan útiles y generosas; parece que sólo ha ocasionado hasta ahora aquella frialdad estúpida e insensible, con que por su vulgaridad o futilidad son atendidos los objetos que nada interesan al gusto o felicidad de los hombres. ¿En cuál parte del orbe, en que región bárbara o salvaje, no es solemnizada la santa y bienhechora virtud? Los malvados mismos reconocen en ella el cimiento de la felicidad humana; porque conocen que sin auxiliarse, —4→ sin socorrerse, sin favorecerse mutuamente los hombres entre sí, incapaz cada uno para mejorar por sí solo su naturaleza, degenerarían en bestias feroces que vivirían persiguiéndose en continua y abominable opresión. Y así es, Señores, que los mismos malvados, para asegurar aquella falsa y miserable felicidad que buscan a tanta costa, tienen que echar mano de la virtud en el propio ejercicio de sus perversidades. Dura y durará indeleble el sello que estampó en nuestro corazón la mano próvida del todo Sabio. Hizo a los hombres débiles, porque los creó para la virtud. Dotó a los brutos de cuanto requieren las necesidades de su existencia, porque les negó la racionalidad, es decir, la facultad de ser virtuosos. Al hombre sólo concedió en la tierra este privilegio grande, que le acerca a la Divinidad en medio de sus miserias y liviandades. Y el hombre, ingrato a tanto beneficio, no parece que trabaja sino para desmentir en sí esta admirable obra de la Providencia.
—5→
En todos tiempos y entre todas las gentes han sido siempre (séame lícito decirlo así) los ídolos de la adoración pública aquellos hombres generosos, que anteponiendo el bien de todos a su propia comodidad e interés, perfeccionaron la raza humana, ya doctrinándola en las obligaciones de su ser; ya defendiéndola contra la violencia y el fraude; ya acrecentando los medios de su prosperidad; ya llevándola como por la mano para apartarla de los precipicios a que la arrojan el error, la ignorancia, y la corrupción miserable de sus potencias. No tuvieron otro origen las divinidades, a quienes supersticioso el gentilismo quemó aromas, entonó himnos, consagró festividades, y degolló hecatombes. Obra fueron del agradecimiento, antes que de la superstición, las aras y templos que se levantaron a aquellos héroes ya desconocidos, que después desfiguró la risible theogonía de los poetas, convirtiendo en deidades abominables a los que al principio merecieron culto por bienhechores —6→ de la especie humana. Ellos enseñaron a aumentar la fertilidad a la tierra: ellos sacaron de sus entrañas los fecundos partos que abriga en sí, para socorrer nuestras necesidades, y facilitar auxilios a la comodidad; ellos regularon el tiempo, siguieron los astros en su carrera, y proporcionaron las tareas mortales a las durables revoluciones del cielo; ellos dieron uso a los troncos, destino a las piedras toscas, docilidad al hierro, forma al bronce, alma al pincel, vida al mármol. Ellos en suma sacaron de las plantas, de los brutos, y de los insectos nuestro abrigo y nuestro adorno: domaron los mares para unir entre sí los más apartados confines, y hacer comunes a todos las diversas producciones de cada uno; y lo que es sobre todo, dictaron las leyes de la justicia y de la benevolencia, avivando aquel principio de fraternidad que enlaza al hombre con el hombre, y establece la paz y la seguridad en la tierra. Si en los siglos siguientes no subió a las aras tan crecido —7→ número de mortales, como vio deificados el mundo en los primeros pasos de su cultura, culpa fue de la depravación que en el progreso mismo de sus mejoras contrajo el linaje racional; cuyas pasiones subieron de punto y se aumentaron al paso que crecieron y se dilataron los objetos en que podían cebarse. El lujo y la opulencia, último fruto de los estudios y conatos humanos, ofrecieron ancho campo a la codicia y a la ambición; y desde entonces, adulterada la idea del heroísmo, sólo se creía grande el que más atesoraba o el que más imperaba. Mas los pueblos, aunque deslumbrados momentáneamente con el esplendor de los aparatos magníficos, o intimidados con el ronco estruendo de las armas, prestaban una reverencia maquinal y estólida a estos ídolos aparentes, que se erigían ellos a sí mismos en dioses; no por eso, cuando humillaba la frente, humillaban el corazón a una reverencia que sentían indebida. Conocían que aquella grandeza era sólo útil para el que —8→ la ostentaba, no para el resto de los hombres: y que acaso todo aquel bulto, toda aquella pompa y corpulencia de poder había crecido a costa de la congoja y estrechez de innumerables infelices. Los sentimientos naturales no se desmienten jamás, Señores. Atenas adoraba al justo Arístides, y sólo admiraba al ambicioso y turbulento Alcibíades. Lágrimas arrancó a Roma la muerte de Catón; y la de César sólo arrancó tumultos y alaridos. Finalmente en la virtud consiste la verdadera grandeza; y sin tributar amor y respeto a esta grandeza inestimable, nadie en la tierra puede merecer debidamente el nombre de humano.
¿Y cuáles tareas, Señores, cuáles más dignas, cuáles más virtuosas que las que por su propia elección, por su plena y libre voluntad se han impuesto a sí mismas estas juntas benéficas, que con nombre de sociedades ofrecen la imagen y renuevan la generosidad de aquellos primeros hombres a quien somos deudores de cuanto hoy —9→ gozamos, de cuanto hoy sabemos? ¿Qué hicieron estos que no tratan de conservar, de perfeccionar, y de aumentar aquellas? No osaré yo decir, que hasta ahora se haya desconocido en el fondo la naturaleza de estos cuerpos, cuyo instituto en nada se desemeja del que veneró la remota Antigüedad en sus númenes; pero diré sin recelo, que o nuestros siglos son más ingratos, o nuestros corazones menos dispuestos para recibir las impresiones de la virtud. Corremos a espectáculos frívolos o feroces con ansia y solicitud precipitada. El circo resuena en aplausos y gritería festiva cuando un racional lucha a sangre fría con una fiera, y vence el horrendo peligro de no perecer en tan desesperado combate. Poco falta para que el laurel orle la frente de un gladiador; y las palmas están temerosas de que algún día no se ofrezcan a unas manos bañadas en la sangre de los vencidos brutos. La disipación de la vida parece que es el objeto principal de nuestros cuidados; y es esto de tal —10→ manera, que en el tenor ordinario de nuestras ocupaciones, si desempeñamos las obligaciones de ciudadanos, damos a entender casi siempre que las miramos como subalternas y subordinadas a nuestra comodidad; y que aspiramos a la opulencia, no para favorecer a los demás hombres, sino para multiplicar el número de nuestros placeres, y dar pasto abundante a nuestras vanidades. Almas tan mezquinas, espíritus tan interesados, que no salen nunca del círculo de su conveniencia propia, y que en tanto se creen ligados con el resto de los mortales, en cuanto estos pueden ser tributarios de su ambición, de su codicia, o de su vanidad disoluta; no merecen por cierto profanar el templo de la Beneficencia. Pero ¡ah, Señores! la escasez de los Ministros que asisten en sus augustos altares; la tibieza, la frialdad con que es mirado el día solemne en que la virtud corona a la aplicación ¿no da bastantemente a entender el grado de flaqueza a que entre nosotros —11→ han decaído las virtudes civiles? ¿Celebraban así sus Juegos Olímpicos los vencedores de Maratón y de Salamina? A sus solemnidades y premios debió Grecia el mérito inextinguible de haber dado maestros a su posteridad toda. A la par de sus Artes creció el vigor de su milicia, y la gloria de sus armas: porque el amor de la patria prevalecía entonces al interés privado; y en tanto se creía feliz un griego, en cuanto concurría a que fuese feliz el Estado en que había nacido. Cuando aquel amor se extinguió en el austero espartano, enervado con el mal uso de la riqueza; en el docto y ligero ateniense, enmuellecido con el contagio del lujo asiático, y debilitado con las facciones que engendró la avaricia; entonces desapareció la gloria de Grecia, y sólo quedó de ella la triste noticia de aquellos grandes y memorables tiempos en que cada general suyo era un héroe, cada obra de sus Artes un milagro, y cada ciudad una familia ocupada solícitamente en promover la gloria —12→ y la prosperidad común.
No nos engañemos, Señores: el amor de la patria es el carácter fundamental del hombre civil; y este carácter decide casi siempre del destino de las naciones y de los imperios. Abísmese enhorabuena esa raza de calculadores, conocidos con el nombre de economistas, en especulaciones profundas para indagar las causas que influyen en el poder o debilidad de los Estados; y desentrañando sus leyes, sus institutos, sus establecimientos, sus sistemas y máximas gubernativas, busquen allí en vano las fuentes del bien y del mal que han experimentado sucesivamente las gentes que más han dominado en la tierra. Por muy puntuales que sean sus cálculos, por muy especiosas que aparezcan sus combinaciones; Atenas y Roma les enseñarán, que mientras ardió el amor de la patria en sus ciudadanos, ni el Gobierno inconstante y vago de la primera, ni la administración facciosa y turbulenta —13→ de la segunda, sirvieron de embarazo para que una y otra fuesen las naciones más prósperas y vigorosas que hasta ahora ha conocido el mundo. Buscábase en las obras del arte, no ya sólo un interés sórdido y mezquino, suficiente para saciar la necesidad del día de cualquier modo; sino la excelencia del artificio que aspiraba a la preferencia, y aun a la inmortalidad: solicitábase en las empresas, no una rapiña exclusiva y personal, sino el engrandecimiento de la prosperidad pública: el soldado marchaba animosamente en busca del triunfo, y no volvía a la patria si no le coronaba el victorioso laurel; cada ciudadano tenía grabada indeleblemente en su corazón esta máxima generosa: Mi patria debe ser la más poderosa, la más opulenta, la más sabia, la más gloriosa entre cuantas existen: y yo debo contribuir a que lo consiga en efecto. Y no era ciertamente esta máxima hija de la vanidad o ambición hidrópica de unos hombres mentecatos —14→ o inconsiderados, que renunciaban brutalmente a su propio bien por satisfacer la instigación de aquellas pasiones. No: el amor propio entraba a la parte en el ejercicio de la generosidad que profesaban y practicaban. No son los hombres tales, que por mucho que quieran a sus hermanos, no se quieran más a sí mismos. Es menester subir a un grado muy sublime de heroísmo, para que la naturaleza mortal deponga enteramente su interés propio para promover el ajeno. Pero entendían muy bien aquellos ciudadanos, que en la sociedad civil no es fácil vivir con felicidad, sino es feliz en sí el conjunto de la nación toda: entendían que en una casa opulenta hasta los criados comen y visten bien; entendían que donde abunda la riqueza, ha de derramarse por necesidad a todas las clases, y cada una en su jerarquía gozará a proporción de la abundancia competente; entendían por último, que estando íntimamente enlazado el interés de —15→ cada individuo con el de la nación todo; esto es, que la felicidad privada pende y resulta de la prosperidad pública; trabajando cada ciudadano en el aumento de esta, trabajaba en su propio beneficio, y al mismo tiempo gustaba el placer puro de aquella gloria inocente que produce en las almas honestas el ejercicio de la virtud. El amor de la patria, Señores; ved aquí el genio tutelar de las naciones. Ved aquí el espíritu vivificador, que derramado e insinuado en todos los seres del Universo civil, no de otro modo que el fuego en los del Universo físico, anima sus obras, y las reproduce y multiplica en progreso fecundo e interminable. Si este espíritu desfallece; todo queda árido, todo infecundo, todo falto de vigor y de vida.
Amar un ciudadano a su patria ¿qué otra cosa es, que amar su propia felicidad en la felicidad de aquella porción de hombres con quienes vive, con quienes comunica, con quienes le ligan unas mismas —16→ leyes, unas mismas costumbres, unos mismos intereses, y un vínculo de dependencia mutua, sin la cual no le sería posible existir? Y siendo esto así ¿se le pide mucho a un ciudadano, cuando se le exhorta a que ame a su patria? Si puede haber en la tierra una congregación civil, un Estado político, en cuyos miembros haya llegado a apagarse este sagrado fuego de benevolencia que inflama los ánimos para mantener y acrecentar la prosperidad del todo; diré francamente que tal nación degenerará en brutal y bárbara, y a modo de las bestias que vagan en los desiertos, quedará reducida por último a un desunido rebaño de gente estólida, que subsistirá a costa del daño que puedan hacerse unos a otros sus miserables individuos. El amor juntó a los hombres, y el amor los conserva. Nadie entra en la sociedad civil para atender a su propio interés con exclusión o daño del ajeno. Tal designio ocasionaría un verdadero estado de guerra, una, enemistad —17→ irreconciliable entre los mismos que se congregaron para vivir seguros unos de otros. Está bien que trabaje el hombre para su propia conservación y comodidad. La Naturaleza le dictó esta ley inviolable, y se la dictó con absoluta necesidad de cumplirla. Pero en la comunidad civil nunca trabajará útilmente, si a la conservación y comodidad de su persona no junta el designio de promover la conservación y comodidad de su patria. Esta patria es el cimiento del edificio político: y este edificio flaqueará sin remedio, si los que deben conspirar a que dure indestructible, trabajan para desquiciarle del cimiento que le sustenta. Desunid en el corazón de los ciudadanos el amor a la patria del amor a sí mismos. Entonces ¿para qué viven en sociedad? Encontrados y repugnantes entre sí los intereses de todos, sólo se comunicarán para engañarse, sólo trabajarán para destruirse, mutuamente. La cautela, el fraude, la perfidia, las tramas sordas, las marañas —18→ ocultas, las persecuciones hipócritas, la crueldad simulada serán las dignas ocupaciones de tales ciudadanos, si merecen llamarse tales. ¡Guerra más inhumana, discordia más feroz, que la que en campaña abierta se hacen ejércitos enemigos con los instrumentos de la muerte! Porque en esta al fin se sabe que son enemigos aquellos contra quien se combate. Pero en la sociedad donde el amor del bien de todos ceda al interés de cada uno, tratándose como amigos en la apariencia, nadie sabrá de quién deberá guardarse, ni le será posible adivinar cuándo y cómo le acometerán. Impensadamente se hallará asaltado; y acaso por la mano de aquel en cuya confianza había depositado los misterios de su fortuna.
No hay en nuestra lengua voz adecuada para expresar este vicio horrendo, que instiga al hombre a que prefiera su interés al de todo el género humano: y no debe extrañarse, porque en la región del heroísmo benéfico no era fácil que —19→ pudiese ocurrir la idea de semejante vicio. En otras naciones, donde esta corrupción execrable adulteró los sentimientos humanos hasta el extremo que se nota en las feroces turbulencias del tiempo, le impusieron el nombre bárbaro de egoísmo, cuya articulación y cuya idea ¡ojalá no suene nunca en nuestros labios, ni se fije jamás en nuestra fantasía! Un célebre legislador de la Antigüedad no dictó penas para los parricidas, porque creyó imposible la existencia de este delito. Una nación, para que sea feliz, debe desconocer toda idea que aparte a sus ciudadanos del amor a la patria. Si llega a ser posible en ella la existencia de esta corrupción, no está muy lejos de su ruina. El estado de guerra es destructivo. Y el egoísmo en su fondo no es otra cosa que una guerra civil de intereses, que luchan y se rechazan unos a otros.
Newton dijo, que la atracción es la ley fundamental en que estriba la permanencia y orden del Universo. De la tendencia —20→ o virtud oculta que inclina todos los seres a buscarse y unirse en un centro común, resulta la unidad admirable que se nota en ese gran sistema de astros y de planetas que pueblan la inmensidad de un espacio, cuyos límites sólo los conoce el Omnipotente. Esta, que es una hipótesis en la Física, es una ley necesaria para la conservación de los Estados políticos. La tendencia de todos los individuos al centro, esto es, la propensión a promover la felicidad pública, no sólo mantiene el orden, no de otro modo que la atracción mutua a cada planeta en su órbita, sino que forma aquel lazo indestructible, aquella indisoluble unidad que requiere toda máquina para que obre los efectos a que está destinada. La basa de esta tendencia es el trabajo útil de cada individuo; pero trabajo que debe ser útil en doble sentido: para sí, y para el Estado. De la combinación de estos movimientos procederá la riqueza pública: la riqueza es la basa del poder; —21→ en el poder se cimienta la seguridad de la patria; y bajo el escudo de esta seguridad descansa la paz, se multiplica la abundancia, prosperan los pueblos, y viven felices los hombres. Buscad, Señores, sobre la faz de la tierra una nación, cuyos campos, convertidos en vastas soledades, produzcan sólo malezas incultas pobladas de brutos y de fieras; cuyas ciudades ofrezcan sólo ruinas tristes, destrozos melancólicos, edificios destruidos cubiertos de hierbas y habitados de sabandijas; cuyas aldeas parezcan, antes silenciosas mansiones de anacoretas contemplativos, que congregaciones de hombres destinados al trabajo activo y fecundo; cuyos habitantes, pálidos y macilentos, lleven en la frente el sello de la congoja, y en su porte y acciones el abatimiento y la penuria; cuyos ríos caminen al mar sosegadamente, sin que la mano mortal ose aprovecharse de sus raudales; cuyas escasas producciones, estancadas, y aun cautivadas antes de nacer por pequeño número de —22→ monopolistas, ocasionen dentro de la nación la riqueza de pocos a costa de la miseria de muchos, y fuera de ella la opulencia de naciones extrañas a costa de su debilidad nacional. Si puede haber (vuelvo a decir) alguna región en la tierra, que os presente este espectáculo lamentable; afirmad entonces con seguridad, que el amor de la patria está desterrado de aquel mísero y desgraciado país; y afirmad también sin reparo, que la fuerza o la industria de otras naciones le subyugarán del todo, y le reducirán al estado de esclavo o de tributario. Donde reina el amor de la patria, brota la felicidad de entre las manos de los hombres. Los campos florecen; las poblaciones brillan; las generaciones se multiplican; no hay tierra sin cultivador; no hay familia sin patrimonio; no hay arte que se ignore, oficio que se descuide; los caminos (por decirlo así) hormiguean con el comercio; rebosan hacia los puertos las sobras del trabajo nacional; y trasladadas —23→ a los más remotos confines, refluyen a la patria en nueva y duplicada riqueza, que derramándose por las mismas manos que la engendraron, vuelve a ellas para dar continuo aumento a su fecundidad. Allí cada soldado será un héroe, porque peleará en defensa de una patria que es feliz y le hace feliz. Cada hombre de Estado será un Solón, porque fundará su gloria en el poder incontrastable de su país; poder que no tiene otro cimiento que la prosperidad pública. Cada magistrado será un Arístides, porque sabrá que en la rectitud, acierto y pureza de su administración ha de estribar el concierto del orden público. Cada ciudadano será un hijo fiel que se interesará en la felicidad de su madre, por conocer que cuanto más prospere esta, tanto más se acrecentará su patrimonio, y con tanta mayor seguridad gozará de él. Así unidos los conatos de todos para fortalecer el nudo político que los liga, no habrá guerra que los intimide, calamidad que —24→ los empobrezca, infortunio que los abata, rivalidad que los aniquile. La roca del Estado, apoyada en los cimientos robustos del amor a la patria, resistirá inmóvil el ímpetu de las tempestades más horrendas: y mientras perseveren los cimientos, contrastará la violencia de las olas; y en el día de la serenidad aparecerá grande y triunfante en medio del mar ya tranquilo. Jamás puede llegar a ser infeliz una nación donde se trabaje, y el trabajo viva favorecido; y el trabajo será siempre favorecido en cualquier parte donde el amor de la patria sea el móvil de la política, y forme el carácter civil de los ciudadanos.
Y no creáis, Señores, que este don excelente, basa primordial de la prosperidad de los Estados, no puede hallar cabida, ni producir efectos eficaces en ciertos géneros de Gobierno, donde el pueblo, destinado sólo a obedecer, no alcanza a desplegar otro vigor, que el que le comunica el impulso emanado de la soberanía. —25→ Gran número de sofistas que se han ocupado en inflamar la corrupción humana para acrecentar las turbulencias y delitos de los hombres, os dirán que sólo puede haber amor de la patria donde el pueblo es el artífice de sus leyes y de su política. Mas yo quisiera que estos ardientes patronos de la autoridad plebeya1 me señalasen donde ha existido jamás un pueblo verdaderamente legislador. Oigo pronunciar República, Democracia, Estado popular; las leyes establecidas por votos; la guerra y la paz decretadas en asambleas populares. Oigo estas locuciones; pero desmenuzadas en el yunque de la Historia ¡cuán diverso aparece su metal del que aparentan en el barniz sobrepuesto a su superficie! Dadme una ley en Atenas que no la dictase un demagogo, un orador turbulento, un genio hábil para engañar. Dadme un plebiscito en Roma, que no la arrancase un tribuno faccioso, un cónsul prepotente, o un prócer comprador de los votos. En las repúblicas —26→ tiene sólo el pueblo las apariencias del mando: pero la substancia y la realidad residen en el labio y destreza de los que se dedican determinadamente a la inteligencia de los negocios públicos; hombres tanto más dañosos, cuanto por obtener un mando precario trabajan, sordamente para obtenerle absoluto e independiente. Y así es, que no hay república sin facciones, por la prepotencia ambiciosa de los que manejan la cosa pública. Las facciones abortan la guerra civil; tras de ella viene infaliblemente la tiranía apoyada en el imperio militar, es decir, establecida y sustentada con el hierro y el fuego. El pueblo, Señores, siempre obedecerá en la realidad, y nunca mandará sino en la apariencia. Jamás se dará leyes a sí mismo; y obligado de la necesidad a vivir con leyes, recibirá obediente las que le dicten uno o más soberanos. Esta orden es irremediable en el estado de las cosas y pasiones humanas. Observad con reflexión imparcial las alteraciones continuas —27→ que fatigaron, y que al fin destruyeron las dos Repúblicas que más ruido han hecho en la tierra, Atenas y Roma; y la misma índole de los sucesos os manifestará, que el origen de sus males estaba en la incapacidad del pueblo para dirigir bien los intereses del Estado, y en la ambición de pocos próceres que abusando de aquella incapacidad, excitaban tempestades y turbulencias para que despedazado el gobierno en sus mismas agitaciones, cayesen los destrozos en su poder.
La ambición y la codicia allí despliegan más su violencia, donde hallan más proporción para alimentarse. Tal es el genio de las pasiones; y tal ha sido y será el hombre mientras exista. Una democracia es un campo de batalla, donde la ambición de pocos jefes se disputa a palmos la facultad de subyugar al pueblo a costa de la inquietud, y a veces de la sangre del mismo pueblo. ¿Y quién se persuadirá que un gobierno sujeto a los mayores atentados de la ambición y de la avaricia; un —28→ gobierno donde la parcialidad y el soborno establecen la ley; un gobierno donde las tiranías suceden a las sediciones, y alternan sin interrupción las sediciones y las tiranías, es más apto para engendrar el amor de la patria, que una administración tranquila donde entregado todo a sí el ciudadano, puede dedicarse, no a la ruina de su patria en turbulencias intestinas, sino a su engrandecimiento y poder en un trabajo, permanente y bien dirigido?
No os engañen, Señores, no os cieguen las fogosas declamaciones de aquellos espíritus turbulentos y de intención dañada, que encarnizándose en las llagas de vuestro cuerpo civil, ponderan sus dolencias con estudiada exageración, para enflaquecer en vosotros el sagrado amor de la patria, y desviar vuestros deseos del centro de vuestra unidad política. Estos negociantes de sofistería, aunque saben bien que no hay ni puede haber gobierno sin defectos; y que comparados —29→ entre sí los de todas las constituciones posibles, convence la razón, y ha confirmado la experiencia, que aquel género de gobierno es el más a propósito para prosperar, en donde el Estado existe menos sujeto a alteraciones y trastornos internos; sin embargo, traidores a la persuasión de sus conciencias, soplan el fuego de la discordia con el mismo fin que Catilina preparó las hachas para incendiar el Capitolio. Con estas máximas desabridas y melancólicas derraman el abatimiento en los ánimos; los cuales, teniendo por incurables los males, se postran del todo, y a la manera que el moribundo ya desahuciado, sobrellevan lánguidos y desfallecidos las horas de una vida que ya creen imposibilitada de remedio. El fruto de esta languidez es la miseria general, fundada principalmente en el interés personal, que en aquel momento se arraiga en los corazones de todos con tenacidad avara y profunda. Esta funesta opinión hace en el Estado —30→ las veces de un verdadero incendio. Creen los ciudadanos que arde el Estado por todas partes; y acudiendo cada cual sobresaltado y presuroso a salvar aquella porción que le pertenece, carga con lo que le viene a las manos, suyo o ajeno; lo pone en seguridad; y después lo guarda y economiza con avaricia escrupulosa, para que no le falte de qué vivir el resto de sus días. El tropel, la confusión ansiosa hacen que se desconozcan entonces los sentimientos de la humanidad, y cada uno aspira a arrebatar el primero, sin reparar el daño de los que atropella y estropea. El intento es asegurar la subsistencia de cualquier modo y a cualquier costa; y al modo que en los naufragios, la salud propia prevalece a la fatalidad ajena. Tal es la imagen de un Estado postrado en el último desaliento: de un Estado que amenaza ruina próxima e irremediable; de un Estado que ya no presenta otra felicidad a sus individuos, que el triste recurso de —31→ endurecer sus almas, cerrar sus manos, y no ocuparse sino en su provecho personalísimo. Pero considerad, Señores, que si este incendio es imaginario; si existe sólo en el miedo que ocasiona una opinión depravada; si no tiene otro origen que la malignidad de los mal contentos, y la tímida credulidad del vulgo, inclinado de suyo al terror, a la desconfianza, y a opinar mal de las cosas; entonces los males de la patria están principalmente en el abatimiento de sus miembros, y el remedio está en desengañarlos y alentarlos. Hay mucha diferencia entre los defectos intrínsecos de una Constitución política, y los vicios y dolencias accidentales que adquiere en el progreso de sus operaciones. A los primeros no alcanza la jurisdicción de la prudencia mortal, porque son efectos necesarios de la combinación misma que reciben las cosas; bien así como lo son las tempestades, los rayos, las inundaciones, las pestes, la muerte y la destrucción —32→ sucesiva en el orden que tienen los seres en el Universo. Los segundos, aunque son hijos de la ignorancia o de las pasiones de los hombres; ni siempre proceden de los primeros móviles de la máquina, ni deben jamás tenerse por tan desesperados, que induzcan a un abatimiento fúnebre, o a solicitar el remedio en la total destrucción. Y ved aquí, Señores, el grande error de nuestros tiempos: y en estas pocas palabras descifrado todo el misterio de iniquidad que pre dicaron en Europa los últimos heresiarcas de la política, padres funestos de la espantosa desolación que apenas creerán las generaciones futuras. Confundiendo los defectos necesarios con los accidentales; y exagerando el vicio de estos hasta el punto de proponerlos como desahuciados, inspiraron la desesperación en los pueblos, y los instigaron a que buscasen la cura en la muerte. Horrendo fruto de una sofistería audaz, que sólo ha sabido inspirar ruina, destrucción, destrozos, —33→ mortandades, rapiñas, sacrilegios, proscripciones, ferocidad cual jamás se ha visto en los anales de la locura humana; y al llegar sus desesperados alumnos a la práctica de lo que se debe hacer, divididos en parcialidades furiosas, se infaman, se injurian, se calumnian, se degüellan, y nada hacen, nada establecen, nada edifican que no sea derribado inmediatamente por la facción que predomina. ¿Es esto amor de la patria? Los que obran así ¿se parecen en algo a Licurgo, a Solón y a Bruto? ¿Se ha visto jamás que un preso ansioso de escaparse de su prisión, se corte las piernas para libertarse de los grillos?
Remedios más humanos, Señores, y remedios verdaderamente salutíferos, ofrece la prudencia política a los que, observando con serenidad lo que es el hombre, y la imposibilidad absoluta que hay para hacer que obre en todo según los dictámenes de la razón, tratan de remediar los abusos de los gobiernos, sin que —34→ se amasen con sangre racional los cimientos de lo que entienden se debe construir. Los que hoy mueren en esas batallas feroces, que esterilizan para muchos años los campos fértiles de la Flandes, ¿a cuál felicidad aspiran? Y los que se llaman restauradores de su nación, ¿qué hacen en beneficio de aquella florida e innumerable juventud que sucesivamente va pereciendo y agotando las fuentes de la generación en el conflicto horrendo de los combates? Mueren por su patria. Mas ¿no fuera mejor que esa patria los hiciera felices sin encaminarlos a la muerte? Las cosas (dirá) han llegado a tal punto, que ya se hace indispensable que perezcan inmaturas dos o tres generaciones, para que su posteridad viva próspera. ¡Oh barbarie! ¡oh estolidez aun indigna de salvajes sangrientos y embrutecidos! Doy que tu posteridad goce de un momento de esplendor, semejante al que gozaron los atenienses y los romanos en los pocos años de su mayor gloria. La experiencia —35→ acreditará a los venideros, como nos lo ha enseñado a los que hoy existimos, que la corrupción se introducirá muy desde luego en esa prosperidad pasajera que piensas trasladar a tus descendientes. Abusos sobre abusos gastarán otra vez la máquina; y cuando esta llegue a estar en igual grado de descomposición al que tenía antes, ¿qué fruto produjeron esos raudales de sangre con que se empapan los campos; esas desolaciones espantables que destruyen en un momento el trabajo de muchos siglos; ese encono, esa rabia, esa bárbara crueldad que derraman la aflicción y el llanto por todo el ámbito de la tierra? Cuando Atenas cayó en poder de Filipo de Macedonia, conducida a la esclavitud por los caprichos de su misma democracia, ¿de qué la sirvieron sus facciones; de qué toda la sangre derramada en la fatal y porfiada guerra del Peloponeso? Cuando Roma gimió debajo de Nerón, de Claudio y de Calígula, ¿qué fruto recogió de —36→ cinco siglos de parcialidades y de guerras para mantener a la plebe en el derecho de apedrear a sus magistrados? Amemos la patria, Señores; amémosla de veras. Trabajemos en nuestra propia felicidad con designio de que nuestro trabajo redunde en beneficio de la sociedad toda; y en este dulce y delicioso sentimiento hallaremos, lento sí, pero eficaz y suave remedio para reparar los daños que la miseria mortal introduce en todas las obras que salen de su mano débil y limitada. Lejos de nosotros el abatido desfallecimiento que pinta las cosas como desesperadas; y lejos de nosotros las máximas mortíferas de la charlatanería sanguinaria, que aspira a establecer su imperio sobre cadáveres y ruinas. El amor de la patria es fecundo por su naturaleza: en todas partes se insinúa, todo lo penetra, todo lo vivifica. Él ilustra, él dirige, él desengaña, él promueve, él estimula. Hoy da un paso; y el paso que da hoy es provechoso a los —37→ que hoy viven. Mañana adelanta otro paso; y ya la segunda generación gozará doble felicidad: y creciendo siempre en su progreso, al fin reparará los daños, caminando al remedio por un conducto saludable, no mortífero y emponzoñado. Amemos la patria de veras, y este amor nos hará felices, y hará más felices a nuestros nietos.
Por ventura ¿no es este el espíritu de nuestro gobierno desde que la monarquía, libre ya de las antiguas rivalidades que la trabajaron dos siglos continuos, pudo respirar y atender con desahogo a restablecer los daños que ocasionó en ella su misma grandeza? Cotejad los reinados de la dinastía de Borbón con los tres últimos de la dinastía Austriaca. En estos veréis una nación corpulenta y colosal, que impelida violentamente de la envidia o de los celos de otras naciones, se desploma al fin, se despedaza, y cada uno de los rivales acude ansioso a arrebatar alguno de sus fragmentos. En los —38→ monarcas de este siglo ya se ve una nación que renace de entre sus escombros; y cobrando fuerza y vigor sucesivamente, va caminando en silencio hacia su prosperidad. Todo se ha fomentado, todo se ha promovido; y si los embarazos que traen consigo las grandes ruinas no hubieran opuesto dificultades muy escabrosas a la beneficencia desinteresadísima de los monarcas, es muy posible que España se hallase hoy en el mismo estado en que la dejaron Fernando el Católico y el Cardenal Cisneros. Estos embarazos en gran parte están en los que obedecen, no en los que mandan. No es de este lugar ni de esta ocasión el manifestarlos: sólo diré, que si todos los súbditos de la monarquía amaran tanto el interés de su patria, como aman su interés personal, acaso se cultivarían hoy más campos, y detrás de su abundancia2 vendría la de los hombres, la de las Artes, y la del oro. No a la constitución de sus gobiernos, sino a las inspiraciones del amor —39→ patrio debieron Atenas y Roma su opulencia, su valor y su gloria. Atenas puso en el patíbulo a Sócrates, desterró a Arístides, persiguió a su libertador Temístocles; no produjo grande hombre, alma de extraordinaria virtud a quien no tratase con dureza bárbara e ingrata; y a pesar de eso, en medio de las delicias, del Asia, halagado, favorecido de la Corte de Persia, y expatriado y perseguido por la inconstante plebe de Atenas, trabajaba Temístocles en beneficio de aquella misma patria que le persiguió, más como un embajador, que como un desterrado. ¿Quién no oye con ternura y admiración aquella exclamación del justo Arístides, llevado al destierro por la prepotencia de un partido facineroso? «¡Ojalá (dice) abunden tanto las felicidades en mi patria, que no se vea en la necesidad de restituirme a su seno!» Gocemos ciudadanos de este temple, súbditos animados de este espíritu; y se verá que a pesar de los obstáculos más poderosos, —40→ triunfa al fin la virtud de la codicia y de la ambición. Se verá hervir por todas partes la confección de la prosperidad pública; y purificada y clara por último, dará al cuerpo del Estado la robustez que le es necesaria para mantener el bien y la comodidad de sus miembros. El amor de la patria pudo hacer grande y feliz a una nación que pagaba con el destierro, y a veces con la muerte a sus bienhechores. ¿Qué no podrá hacer en una nación, cuyo gobierno suave, tranquilo, equitativo, liberal, ofrece maravillosa disposición para que no sean inútiles los conatos del trabajo y de la virtud?
Pero confesémoslo, aunque con rubor: nuestras almas enfermizas, débiles y descontentadizas, con nada se satisfacen; y a manera de ancianos decrépitos, no saben sino quejarse, alabar los tiempos antiguos, reprobar todo lo que se hace en los suyos, y guardando avaramente su caudal, trabajar poco, y eso en —41→ alimentar su avaricia, aunque sea con usuras infames y monopolios inhumanos. No toleramos fácilmente una ligera incomodidad, un abuso momentáneo, un vicio derivado de calamidades muy remotas, una desgracia imprevista, una imprudencia a que vive sujeto un legislador tanto como cualquier otro de los mortales. Si pensara así Roma cuando tenía los galos en el Capitolio: si fueran tales los corazones de sus ciudadanos cuando Aníbal destrozó en Canas la flor de la juventud latina, y corrió el terror de la fatal jornada hasta las puertas de la ciudad, ¿hubieran fijado después sus águilas vencedoras sobre las ruinas de la patria de Aníbal, y llevádolas desde allí a todos los extremos del orbe? Y no hay que creer que el gobierno de Roma en aquellos tiempos favorecía mucho a los progresos de la prosperidad. Era un gobierno turbulento, agitado, inconstante, fluctuando continuamente entre la ambición de los patricios —42→ y el desenfreno de la plebe, ya victoriosa, ya vencida en los combates de la prepotencia a que aspiraba cada clase. Pero el amor de la patria prevalecía a los defectos de la constitución pública, y sólo con él pudo Roma consolidar su grandeza a pesar de los Silas, de los Marios, de los Catilinas, de los Crasos, y de los otros monstruos que engendraba naturalmente la depravada naturaleza del gobierno. No lo dudemos, Señores, los males y atrasos que padezcamos no estarán nunca en nuestros monarcas, sino en la mezquindad y decrepitud de nuestros corazones. Los monarcas aman sinceramente el bien público, y le promueven según lo permite el estado de las cosas. Un monarca todo lo posee, menos la gloria; y como los deseos son inseparables de la naturaleza del hombre; siendo la gloria el único bien que pueden codiciar los deseos de los monarcas; se ve manifiestamente que lo codician, y que aspiran a su logro por —43→ el camino del celo y de la beneficencia. Estas prendas, que son esencialmente características de la soberanía monárquica, y (puede decirse así) perennes en los tronos; ¿cuánto no fructificarían, si (permítaseme esta expresión) las almas rateras de muchos súbditos no ahogasen o no pervirtiesen la admirable fecundidad que aquellas envuelven en sí? Asidos tenazmente a nuestra utilidad personal; solícitos únicamente de granjear lo que redunde en provecho de nuestra codicia, miramos con alto desdén la utilidad pública, persuadidos de que este cuidado toca exclusivamente a la soberanía, como si fuese posible forzar un arenal a que produzca mieses, aunque su cultivo corra a cuenta del labrador más sabio y celoso. Nuestras almas están decrépitas, no lo dudemos. Muchos de los abusos que dan materia a nuestros disgustos, tienen las raíces en nuestra propia avaricia, en nuestra propia ambición, en la pertinacia de nuestras pasiones —44→ rebeldes y duras a todo lo que es ceder de nuestra conveniencia, y a veces de nuestro lujo y de nuestros vicios. Cada clase, cada hombre defiende protervamente sus prerrogativas cuando el trono, ocupado en cercenar sus exorbitancias, trabaja para equilibrarlas, y para ponerlas en el justo y útil temperamento. ¿Cómo se corregirán los abusos, si aquellas mismas gentes en quienes duran arraigados, luchan en su defensa como por su propia salud? «Tu patria es feliz (le dijo un extranjero a Teopompo) porque en ella saben mandar los reyes. No por eso (respondió el austero espartano), sino porque en ella saben los ciudadanos obedecer.» Las leyes más sabias serán infructíferas donde el interés personal de los súbditos estudie cavilaciones inicuas para desobedecerlas o burlarlas. Al contrario: donde el amor de la patria sea el móvil principal de las acciones civiles, sólo se estudiarán medios para enrobustecer la prosperidad del —45→ Estado, y entonces el celo universal logrará triunfar hasta de las malas leyes. ¡Oh lujo! ¡Oh detestable lujo! tú has esclavizado a la vileza de tus placeres ánimos inmortales, nacidos para emular con virtud robusta los atributos de la Divinidad. ¡Qué males no ha traído al mundo tu torpe instigación! Quien te ama a ti, aborrece por ti al resto de los humanos. Tú eres la verdadera parca de los imperios. A tu espalda corren las revoluciones, y aquellas grandes mudanzas que cambian la faz de las soberanías. Contigo nace el apego a las delicias disolutas, a los vicios pomposos, a los deleites brutales, al ocio muelle y afeminado. Tu aliento pestífero entorpece y debilita cuanto toca. Tú haces que el hombre, para saciar sus apetitos escandalosos, refiera a sí solo los seres de la Naturaleza; y el que idolatra sus vicios, ¿qué vicio no ejercerá para satisfacerlos? Cuando tú apareces, huye la virtud de sus pechos; y atados a tu —46→ yugo en tropa lánguida y enflaquecida, quieren que el Estado los sirva a ellos, no ellos al Estado. Entonces disuelta su trabazón, y despedazada su unidad, cae de su propio peso, o al embate de las naciones que espían los momentos favorables para consumar su ruina,
¿Y nosotros, Señores, amamos verdaderamente la Patria? Cuando los esfuerzos de tres cetros consecutivos se han ocupado en reparar las pérdidas que nos ocasionaron dos siglos de guerras no interrumpidas, el Maquiavelismo de Richelieu, un reinado pródigo, y una minoredad facciosa, ¿podremos presentar a la posteridad una larga lista de ciudadanos, que hayan renunciado gratuitamente a su lujo y su vanidad en obsequio de las intenciones del trono? Díganlo estas juntas benéficas, estas congregaciones virtuosas en cuyo establecimiento divisó la patria los días prósperos y alegres de su total restauración. Pasó como sombra fútil el primer hervor de —47→ sus operaciones. Los Señores, convidados a ellas para beneficiar una pequeñísima porción del caudal que tributa a su pompa, y acaso a sus vicios, el sudor de los pobres; el clero, llamado a ellas para desplegar allí todo el fervor de la caridad cristiana; los negociantes, excitados a alistarse en ellas para conferir y ampliar allí los medios de enriquecerse más enriqueciendo a la patria; los labradores opulentos, convocados a ellas para acrecentar allí la fecundidad a los campos, y disminuir la miseria de sus infelices jornaleros; los artistas atraídos a ellas para multiplicar allí los conductos de la industria, aprovechando en beneficio suyo y de la nación los fértiles tesoros de la Naturaleza en ambos hemisferios; los hombres de Letras, excitados a asistir en ellas para presidir allí al arduo y santo ministerio de la educación en las partes moral, civil y económica; todos estos hombres que deben vestir principalmente el carácter de ciudadanos, por ser aquellos —48→ que verdaderamente gozan de las comodidades que proporciona la sociedad civil, ¿dónde están? ¿quién los aleja de este recinto, consagrado al venerable ejercicio de la caridad y de las virtudes sociales? Ya sólo veo tiernos grupos de criaturitas inocentes, que vienen a decirnos con muda, pero con eficaz elocuencia: Aquí nos tenéis; todo lo seremos si se nos da la mano, y se nos educa. Yo sólo veo un concurso escaso, atraído de una curiosidad pasajera; y cuyo espectáculo durará menos en su imaginación y en su labio, que el de una fiesta sanguinaria, o de una farsa obscena o ridícula. Yo sólo veo lánguidos conatos de un corto número de hombres estimables, que han mantenido su puesto, y se han obstinado en estimular con premios la virtud y el trabajo. ¿Dónde está aquí la pompa con que en Olimpia se coronaba a Fidias, a Zeuxis, a Heródoto, a Menandro? ¿Dónde está la aclamación del inmenso concurso? ¿dónde las coronas, dónde —49→ las estatuas? ¿Qué magnificencia es esta, qué concurso, qué premios para convertir los hombres en héroes, los pobres en acomodados, los viciosos en virtuosos, los ignorantes en sabios, y la Naturaleza toda en utilidad y ornamento de nuestra gente? Los progresos irán a la par de los premios y de los aplausos. Poco espíritu produce poco aliento. También para la virtud es necesaria la vehemencia de las pasiones. La hidrópica ambición de un solo hombre, monarca de una nación sobria y bien disciplinada, pudo salir de un rincón de Grecia para domar la Persia, la Scitia, la India, el Oriente todo, y dejar a sus capitanes al repartimiento de muchos imperios. ¿Qué no podrá hacer una pasión sedienta de virtudes, obrando con igual impulso en todos los ciudadanos de una nación, a quien para ser feliz no falta sino que huyan de su suelo él ocio y la desconfianza? ¿De una nación, cuyo clima naturalmente cría virtudes robustas —50→ en sus racionales, vigor y gallardía en sus brutos, fertilidad en sus campos, riqueza en sus montes, proporciones admirables en su situación para trasladar a regiones menos felices las sobras de su natural opulencia?
Oigo las objeciones del abatimiento. El gobierno (dice) hace en las naciones las veces del Creador. A la voz de sus leyes se desenvuelve el caos de la Naturaleza confusa: la luz se aparta de las tinieblas, la tierra produce, el agua fertiliza, los montes no nutren inútilmente el oro y los mármoles en sus entrañas; sale el hombre de la ruda selvatiquez, y ama la virtud y el trabajo. Así es sin duda. Pero, Señores, sólo a la Divinidad le es dado crear algo de la nada, y sólo de su omnipotencia pueden esperarse obras sin defectos. Volved la vista a los pasos de nuestra monarquía desde que la fundó Pelayo en la áspera montaña de Covadonga; y hallaréis diez siglos de las guerras las más porfiadas, las —51→ más permanentes y peligrosas que han fatigado jamás a pueblo alguno. Peleamos ocho siglos por nuestra libertad, y más de dos por conservar los dominios vastos que unieron a esta metrópoli la fortuna de sus armas y los enlaces de su trono. En todo este largo tiempo la necesidad aplicó todo el honor al ejercicio de la milicia. De los soldados nacieron los caballeros y los hidalgos; y acostumbradas aquellas manos vencedoras a la lanza y la espada y el broquel, desdeñaron el arado, el telar y el martillo. La misma fatalidad que nos envolvió en las guerras, crió en nosotros el espíritu caballeresco, y nos enemistó con las artes, con los oficios y aun con las ciencias. Los manantiales de la riqueza variaron en Europa con las intrépidas navegaciones de Gama y de Colón. Antes podía ser poderosa una nación militar; hoy no puede ser poderosa sino una nación mercantil. Desplomose el gran coloso de nuestra monarquía, y de ella —52→ nos quedaron sólo el espíritu caballeresco, y algunos abusos que en tiempo de nuestra grande opulencia apenas se sentían, y hoy se dejan sentir porque desapareció la opulencia. ¿Se ha cambiado aun el antiguo espíritu de la nación? ¿Se han ajustado nuestras ideas al diverso estado de las cosas? Las leyes han variado; pero las costumbres y opiniones antiguas resisten su observancia, y frecuentemente se salen con arrancar su revocación a fuerza de importunaciones, y quizá de marañas bien urdidas. Queremos comercio, y despreciamos al comerciante; queremos agricultura, y deprimimos al labrador; alabamos grandemente los paños de Inglaterra, y nos desdeñamos de hablar con el que fabrica paños; un químico para nosotros es todavía un hombre estrafalario; y sin embargo nos quejamos de que en nuestras estofas no campean tan bellos matices y coloridos como en las extranjeras. Creedlo, Señores: las opiniones públicas y generales —53→ hacen felices o infelices a las naciones; y los gobiernos criados entre ellas, ni siempre alcanzan a conocer la extensión de sus consecuencias, ni aunque las alcancen pueden desarraigarlas de un golpe. Amor de la patria y educación recta: ved aquí los dos polos de la prosperidad pública. La educación recta enderezará las ideas hacia el rumbo que debe seguir el amor patrio. Aquella dirá: «las fuentes del poder no son hoy las mismas que en los siglos antiguos. Estas fuentes son la labranza, las artes, el comercio; y los soldados no son ya los que hacen las conquistas, sino los arados, los telares y las herramientas.» Entonces el amor de la patria pondrá los arados, los telares y las herramientas en las manos del mayor número; y el resto de los ciudadanos, cuya clase y dignidad los imposibilite a estas ocupaciones, las alentará a lo menos honrándolas y facilitando sus progresos. Este hervor podrá más que los defectos de —54→ la constitución; y la hará próspera a pesar de ellos; y la hará por último suave y silenciosamente ajustar sus movimientos al impulso de toda la masa.
El establecimiento de estas sociedades ¿no indica por sí la feliz constitución de un gobierno paternal, que pone en manos de sus hijos parte de su caudal, para que ellos por sí le beneficien y concurran igualmente a la opulencia y lustre de la familia? A ellas ha fiado la educación civil y económica en toda su extensión. Las ha dado imperio (digámoslo así) sobre los entendimientos de los ciudadanos, para que les den la configuración oportuna a los intereses presentes. Este depósito sagrado e importantísimo es el mayor de que puede desprenderse un gobierno para ponerlo en manos de los súbditos. La educación es el taller de los hombres; y así son los pueblos, según sus maestros y sus doctrinas. A las sociedades está confiada la formación de los hombres de España; aquella ocupación —55→ dignísima que en Persia y Esparta era la principal de los más altos magistrados. ¡Pero la gravedad española no debe humillarse al fútil ministerio de ser maestra de niños!
Por otra parte nuestras ideas magníficas nos llevan inconsideradamente a empresas vastas, y quiero decirlo así, a empezar el edificio por la cúpula y los capiteles. Fallan las empresas porque van en el aire: nos disgustamos; y en vez de aprender con el error, abandonamos la obra, bostezamos y cruzamos los brazos. Meditad, Señores, si por ventura han nacido de aquí la decadencia de muchas sociedades y los pocos progresos de otras. Queremos fomentar las fábricas de seda antes que las de lana; estas antes que la labranza y pastoría; todas ellas antes que la perfección de las herramientas; y sobre todo queremos que haya sedas, lanas, agricultura y herramientas antes de enseñar a los ciudadanos sus obligaciones, y a los artistas sus economías. No es este por —56→ cierto el orden de la Naturaleza: ni jamás se arribará a perfeccionar lo superfluo, si primero no se perfecciona lo necesario. Antes que el hombre sea rico, es menester que deje de ser pobre. Las Artes se inventaron para socorrer las necesidades de la vida; y este es el primer paso de sus progresos. Primero es que abunde en nosotros lo necesario; y después abundará lo superfluo para nosotros y para los de afuera. Estas máximas fomentadas por una recta educación; animadas por el fuego del amor de la patria; fecundadas con los auxilios de unas juntas benéficas, doctas para educar, eficaces para animar, prudentes para dirigir, liberales para socorrer, llenarán sin duda el mismo ministerio que adoró la gentilidad en los primeros padres y autores de la cultura humana. Porque ciertamente, atendido el estado de las cosas, no hay menos mérito en sacar a una nación de la dependencia política de otras naciones, que le hubo —57→ domesticar hombres embrutecidos, y reducirlos al pacífico cultivo de la razón en congregación ordenada. Las sociedades pueden hoy hacer las veces de Cadmo, de Orfeo, de Ceres, de Saturno, de Osiris, porque tienen en su mano la potestad de formar los hombres, y la proporción para hacerlos felices. Hay obstáculos que vencer; los hay, ¿quién los niega? y tenazmente asidos al suelo español con raíces profundas y envejecidas. Pero esta reflexión es buena para la abatida lógica del interés personal. Hay obstáculos que vencer; también hay gloria, también hay virtud, también hay grandeza de ánimo. Y el ciudadano que no sienta en sí el estímulo sacrosanto de la beneficencia, huya a los montes, y ajuste sus obras a la brutal independencia de las fieras.
¡Oh Sevilla! ¡Oh grande! ¡Oh siempre ilustre y memorable Sevilla! Si en mi flaca voz hay poder bastante para excitar en tus ciudadanos los sentimientos grandes —58→ y generosos a que ya los inclina naturalmente la feliz constitución de tu clima, este es el recinto destinado a la práctica de las virtudes civiles: aquí está el taller de la beneficencia; aquí la oficina de las acciones verdaderamente grandes. Aquí los llama la patria para la gran empresa de restaurar su opulencia y esplendor, cimentándola en la prosperidad de cuantos te habitan. Ciudad cristiana, aquí tienes el conducto más trascendental, más extenso para ejercer la caridad y hacerla útil. Patria de héroes, aquí está el templo de la gloria más pura y sublime: el hombre haciendo bien al hombre. El santo, el inmortal, el prudentísimo Fernando arrancó hoy esta gran metrópoli de la esclavitud sarracena: arrancadla vosotros desde hoy de la esclavitud del ocio, de la pobreza y de los vicios; y la época de vuestra restauración no será menos memorable que la de aquel heroico y bienaventurado monarca.
Carta dirigida a un vecino de Cádiz sobre otra del L. J. A. C. un «Literato Sevillano» con el título de «La Loa restituida a su primitivo ser»
Su autor Rosauro de Safo, con una epístola de Leandro Misono en nombre del Literato Sevillano
Amigo y señor mío: aplaudo sobremanera la honrada determinación de Vm. en tomar la pluma contra el bonísimo Don Hugo Imparcial, si osase responder a la solidísima carta del Autor del Filósofo enamorado. Yo también le contestaría de buena gana, si no estuviese tan cierto de la capacidad de Vm. para hacerlo, y si no tuviese la pluma en ristre contra otro folletista peor diez veces que el mismo Don Hugo, si puede hallarse otro peor. Al arma, amigo: al arma. Esta raza de escritorcillos pigmeos que procuran corromper el buen gusto, y pugnan por levantarse sobre las alas que da un orgullo estúpido, hasta poner las manos osadas en los gigantes de la literatura, no debe gloriarse impunemente. Acuérdese Vm. de aquella coplita que sabe:
—4→
«Muera, muera la impía turba,
que mancha con labio obsceno
de la gran hija de Jove
los sacrosantos misterios.»
El Autor del Filósofo, y de la Loa recitada para la apertura del Teatro de esta Ciudad no debe detenerse a impugnar estos censuradores mezquinos. Debe seguir ilustrando a su patria, que tiene derecho para exigir los frutos de su literatura. Para confundir la idiotez y maledicencia son necesarios pocos esfuerzos. Y si acaso llegan a obtener un aplauso pasajero en la credulidad del vulgo ignorante, prontamente se desvanece; y el nombre respetable que han ultrajado, pasa con veneración a la posteridad, al mismo tiempo que sus míseros impugnadores yacen sumidos en un olvido ignominioso.
Vm. sabe cuánto estrépito ha suscitado aquí la Loa y la carta que la acompaña; que ya han comenzado a salir papeletes en contra suya y se espera otra porción de ellos celebrados de antemano ruidosamente. Pero acaso no sabrá Vm. que acaba de publicarse una carta de un Literato Sevillano, bajo el título de la Loa restituida a su primitivo ser: el más ignorante y osado de cuantos folletos han abortado las prensas. Su intento es, o debería ser a lo menos la impugnación del Teatro, cuya defensa se hace en la Loa. Vm. ha oído en muchas ocasiones mi sentir acerca de nuestra —5→ escena, y yo no pienso manifestarlo públicamente, cuando se tratan con tanto ardor las disputas sobre su licitud. No es esto necesario para impugnar la carta del literato. La causa que él pretende defender es buena; aunque por su desgracia pueda perder mucho en manos de tales abogados. Como en dicho papel se injuria horriblemente al Autor de la Loa a nombre de un Sevillano, he querido por amor a la honradez, y buena literatura que se haga por otro Sevillano la defensa: porque sería gran lástima que perdiese esta Ciudad el buen concepto que merece su cultura y urbanidad, por la estolidez y malevolencia de un hijo suyo. Sí Señor: el tal papelote es la demostración más convincente del corrompido gusto, pedantería, insolencia, y mala fe de su Autor. No piense Vm. que esta es una de las censuras vagas, que se usan entre los profesores del charlatanismo moderno, que nada especifican. Yo lo mostraré por partes.
Después de hacer gran algazara sobre una ridiculez pueril acerca del nombre, que deberá darse a la Loa, pasa a criticar el lenguaje del Prólogo del Genio, que no entiende, en lo cual manifiesta las bellísimas ideas que tiene acerca de la locución poética. A guisa de un frío Gramático, que pretende una exactitud lánguida e insípida en la dicción, reprueba la abundancia de epítetos que usa el Autor de la Loa, y que han usado cuantos buenos Poetas ha habido en todas —6→ las naciones y siglos. Vergüenza es haber de repetir una doctrina tan vulgar aun entre los aprendices de Poética, a un hombre que se estimará sobre Píndaro y Horacio; pero tal es la instrucción de nuestros fabricadores de folletos, que es menester enseñarles frecuentemente los principios más triviales de las artes, sobre que deciden con estúpida soberanía. Oiga pues el Señor Literato a un Sevillano1 harto más instruido que él en la verdadera Poética, cuyas palabras quiero trasladarte aquí, porque pienso sin temor de errar, que no las habrá leído en su vida. «Los epítetos, llamados por otro nombre apósitos, y en vulgar ayuntados, son muy frecuentes a los Poetas, que se sirven de ellos libremente, porque les basta que convengan a la voz que se juntan, y así ninguno reprehendió en ellos el humido vino, los dientes blancos…; porque siendo suave la Poesía de su naturaleza…, entre todos los ornamentos suyos son más alabados los epítetos, como más suaves, y que dan mayor deleite». Ya se ve: como los antiguos ignoraron la Poética del Sevillano iliterato, no es de extrañar que llevados de estas ideas rancias, fuesen tan pródigos en el uso de los epítetos. Sin pasar a los Griegos, abundantísimos en usarlos, podía leer el buen Sevillano con más reflexión a Horacio, y a Virgilio, los príncipes del estilo —7→ Poético latino, y aprenderla entre otras muchas cosas a no censurar la continua frecuencia de epítetos en los nombres. Los Italianos, que han sido los restauradores del buen gusto, cuyo principado en la Lírica pueden disputar solamente los Españoles, han hecho tanto aprecio de los epítetos, que a veces se encuentran seis u ocho puestos a un solo nombre en sus mejores Poetas. ¿Y qué diremos de los nuestros, especialísimamente de Herrera, de Balbuena, cuando escribe con juicio, y del Br. de la Torre? El Señor Literato sin letras no los ha leído jamás, y acaso no habrá oído mentar a alguno de ellos. Pues sepa que los tres dichos son cabalmente los que han hablado mejor nuestro fecundo y gallardísimo lenguaje Poético, y han manejado con más acierto las gracias y bellezas de la dicción; y sepa también que hay canciones enteras, particularmente de Torre, en que apenas apenas se hallará nombre sin uno o más epítetos. No solo sirven estos de calificar las cosas, representándonos diversas ideas de ellas, como cuando se dice noche serena, o turbia noche; sirven también para dar energía y fuerza, o gracia, o suavidad, o majestad, o belleza a lo que se dice. El nombre solo nos presenta la cosa desnuda y sencillamente sin novedad alguna; porque las cosas y sus nombres son las más veces triviales. No así los epítetos; los cuales como nuevos y buscados estudiosamente, y como que significan las propiedades —8→ más brillantes y oportunas de la cosa misma, le añaden esplendor y realce, y excitan el deleite y la maravilla que pretende el Poeta. ¿Si me habrá entendido el Señor Sevillano? Vaya un ejemplito para aclararlo más. Nuestro Literato, y cualquier otro versista de prosa ratera diría así, y tal vez lo diría peor:
Como pasa en la noche
el rayo de la Luna entre las nubes.
En estos dos versos hay una imagen: todas sus palabras son escogidas. De aquí nace que estos versecillos sean infinitamente mejores, que cuantos abortan en cien años todos los rimadores de la legua. Pero en estos versos no hay epítetos. ¿Y qué sucede? Que nos presentan una buena imagen; pero vulgarmente. Aquí no encontramos la pompa, la viveza, y gallardía, que en estos otros:
«…Cual tibio pasa
amortiguado entre celajes pardos
el brillo de la Luna en turbia noche».
Versos tan hermosos, como los más excelentes que tenemos de nuestros mejores Poetas. ¡Con cuánta mayor energía se nos presenta aquí el objeto, que en los anteriores! Aquí se ve una noche tenebrosa, cuya obscuridad no puede vencer el trémulo rayo, el amortiguado y opaco brillo de la —9→ Luna, que pasa débilmente por entre pardos celajes que se le oponen. Todo esto da cuerpo y colorido al objeto; y un pintor halla en estas solas palabras todas las partes de un excelente cuadro. Aquel tibio nos hace ver vivísimamente la flojedad, la falta de brío, con que penetra el brillo de la Luna los oscuros celajes. La voz turbia nos pone de bulto una noche, no como quiera, sino confusa, escasa de claridad. Tal es la significación de estas palabras. Y en fin cada uno de los demás epítetos está puesto con grandísima inteligencia, y pienso que no hay uno tan solo que pueda mejorarse. Baste decir que habiéndome oído los versos anteriores un sujeto instruidísimo, y de bellísimo gusto en la materia, que no se acordaba de haberlos leído en los Discursos filosóficos, me dijo inmediatamente que eran de Balbuena (cuidado que quien dijo esto ha leído a Balbuena, y cuidado que no es esta una historieta fingida): lo cual es la suma alabanza que se puede dar a unos versos, para cualquiera que entienda algo más del asunto, que el Literato de Sevilla. ¡Desgraciado suelo, donde cantó un tiempo el divino Herrera, y el inmortal traductor del Aminta, ocupado ahora de búhos y cigarras!
Pero nuestra literatísima criatura se mofa de estos versos, censurando los epítetos de tibio brillo, y turbia noche. Tal es su finísimo discernimiento. Bien que el pobrecillo habla en esto —10→ por boca de ganso, porque esta infelicísima crítica es robada a la letra de otro tan instruido en la materia como el Sevillano: quiero decir, del Teniente del Apologista universal, que en un papelillo vulgarísimo graznó años pasados una censura asnal de los Discursos filosóficos. De allí copió los versos que impugna, y que jamás ha visto en su original, y de allí trasladó también la coplilla de taberna que dijo el chulo socarrón; aunque sin advertirnos que lo había tomado de otra parte, porque esa devoción no tienen los plagiarios. Reprueba el Literato, o más bien su maestro el Apologista, o su Teniente (que cualquiera de ellos sabía tanta Poética como el mismísimo Rengifo): reprueba pues los epítetos de tibio y turbio, por una razón, que aunque algo groserilla en sí, es a lo menos sólida, y concluyente: y es, que ambos se aplican a la orina. Como el Sevillano, y su original, y cuantos pedantes hablan lo que no entienden, acostumbran manifestar sus ilustradísimos juicios en algarabía, sin ser capaces de fijarse en nada, ni dar fundamento de lo que censuran, queda a cargo del pío lector desentrañar sus badajadas, y darles la inteligencia que tuviere por conveniente. Así que no sabemos cuál es el grande pecadazo de aquellos epítetos para que no puedan usarse por un Poeta. A mí me parece que quisieron reprobarlos por bajos; y por eso dirían que se aplican, o pueden aplicarse a la orina. Y si es así, es menester —11→ abstenernos en adelante de infinitas palabras nobles de suyo, pero que pueden acomodarse a alguna cosa menos decente. Porque a la orina tan lindamente se puede llamar turbia, como clara; tibia como fría: y sin embargo claro y frío son epítetos aseadísimos y bellísimos que usan a cada paso los Poetas, especialmente en el estilo florido. Quisiera ver una Poética escrita por el Literato; porque había de hacer singularísimas observaciones sobre el estilo, y lenguaje poético. ¡Pobrecito! Si tanto le escuece un epíteto que desconoce, ¿qué diría si tuviera noticia de las infinitas licencias, que se han tomado en el lenguaje nuestros Poetas, y aun mucho más los de otras lenguas, singularmente los Griegos, que usaron de una dicción distintísima de la prosa? La razón que tienen los Poetas para hablar de un modo muy superior a los prosistas, no la sabe el Sevillano a pesar de su literatura; pero yo no se la quiero decir. Que estudie.
Ahora bien: repruebe el Literato de avería los epítetos tibio y turbio por bajos, o por importunos, o por otra razón que no le plugo manifestar a su merced literatísima, sepa en caridad que son de los más usados por nuestros Poetas con los mismos, o semejantes nombres que les acompañan en los versos de la censura. Esta es una cosa tan sabida, que solo puede ignorarla el Sevillano. Mas porque esta raza infeliz de Gramáticos sosos y exactísimos, que miden cada palabra —12→ a compás, no queda jamás satisfecha en no mostrándoles en los Maestros de la lengua cualquiera locución extraña para ellos, quiero trasladarle aquí un par de ejemplillos de cada una de las voces censuradas. Perdóneseme esta erudición vulgarísima. Se trata de responder a un pedante, y es preciso pedantear. Vea pues el Literato por antífrasis los epítetos turbio y tibio usados de la misma manera por los mejores hablistas de nuestro lenguaje poético. El primer ejemplo es de Herrera, los dos que siguen de Balbuena, y el último del Br. de la Torre.
«Do el Sol con tibio rayo tarde alcanza,
y luenga sombra ofende el mustio suelo…»
«Haciendo el tibio resplandor difuso
de mil colores un color confuso…»
«El deseado Sol turbio, encogido
a sembrar comenzó lumbre al oriente…»
«No viera yo cubierto
de turbias nubes cielo, que vi abierto».
Pienso que basta ya de respuesta a la censura, que del lenguaje del prólogo, y el de los Discursos filosóficos nos ha reimpreso mi Literatísimo paisano. Sería un solemne desatino, que juzgase yo convencer a un hombre, que sobre no tener principios algunos del arte, muestra muy bien carecer de aquella disposición natural, de aquel buen gusto, y discernimiento de lo bello, —13→ que jamás puede suplir el estudio. Un hombre de esta naturaleza no tiene remedio: ha de morir impenitente. Yo quedo satisfecho con que mi carta pueda desengañar a algunos entendimientos más dóciles, que se dejan arrastrar de los que censuran en tono de oráculo lo que más ignoran; y se me da muy poco de las sandeces del Literato, que naturalmente hará un altísimo desprecio de quien le ha enseñado lo que no sabía. Y por si le tentare a Vm. el diablo prosista, y quisiere versificar en el lenguaje de los maragatos, tómese allá esos cuatro versecillos de la carta de mi paisano que pueden servir de modelo al mismo cronista de Francisco Esteban.
«Vuelven los ojos, y la vista fija
cada cual para sí en la que le place,
y allá en su corazón secretamente
en afectos impuros se complacen.»
Viva mil veces el benditísimo Literato, y échenle un víctor con almagre. Esto sí que es hacer versos calamo currente sin necesidad de calentarse la cabeza, lo mismo que pudiera hacerlos cualquiera mandadero de monjas. ¿Qué más se necesita para ser Poeta hecho y derecho?
Antes de cerrar esta carta, quiero participar a Vm. una invención provechosísima para la reforma del Teatro, propia de la profunda instrucción y gusto del literato. Vm. a pesar de sus conocimientos —14→ no vulgares en la Dramática, no habrá caído jamás, en que para ser las comedias útiles al pueblo, deberían tomarse de la agricultura, y negocios caseros; lo cual se demuestra hasta la evidencia con el sabio ejemplo de los ilustradísimos Amautas. He aquí que manantial tan fecundo de preciosidades para abastecer el Teatro se han perdido todos los dramáticos del mundo, por no haberse adelantado siquiera dos mil y quinientos años el Literato para comunicarles este rarísimo proyecto. Figúrese Vm. una comedia campestre, en que los Actores salen todos con sus zamarras y azadas al hombro; en que se cava y ara, se estercola, se siembra, o siega en las primeras jornadas, y en la última puestos todos al rededor de su caldero, saca cada uno su cuchara, y se dan un hartazgo de gazpacho, que es la catástrofe; y dígame ahora en su conciencia ¿si habrá cosa más útil, y sazonada en el mundo? ¿Pues qué si el plan de la comedia se forma sobre un hecho casero, en que las mujeres hilen, y guisen, y aplanchen, y canten el chicochin, o la carmañola al son de la escoba, mientras que los hombres retirados a un lado de la escena disertan sobre la gaceta, o sobre el papelote del Sevillano? ¡Qué acción tan cómica! ¡Qué deleite! ¡Qué maravilla! ¡Qué interés! ¡Qué fábula! ¡Qué enredo y solución! ¡Qué costumbres! ¡Qué sales! ¡Qué moralidad! ¿No le parece a Vm. que sería esto un portento del arte? —15→ ¿Cómo se alamparía el pueblo por asistir a tales dramas? ¡Y cuánto más crecería la instrucción, y el deleite, si los Actores vertiesen largos discursos sobre el modo de cortar con gracia unos calzones, de dorar un pollo, de cuidar de una casa, o de varear los alcornoques? ¿Se habrá hecho otro descubrimiento más original, aunque entre el celebérrimo de Rousseau, que quiso hacer andar en cuatro pies a todos los hombres, comenzando por el horrendo ingenio que ha restituido la Loa a su ser natural? ¿Y no tendrá sobradísima razón quien hubiere de continuar la Biblioteca de Don Nicolás Antonio para colocar al Literato entre los hijos ilustres de esta Ciudad por sola esta invención felicísima? No se ría Vm., que hablo de veras. No ha mucho tiempo que se imprimió aquí un catálogo fornido de ilustres Sevillanos, entre los cuales se colocaron algunos con méritos muy parecidos a los del Literato. ¡Ah! Llegará un día feliz, que espera gozosa Sevilla, en que el nombre venerable de este sabio patricio suyo aumente el número de aquella multitud de hombres insignes, que la han hecho inmortal en la república de las letras.
Está demostrado el bellísimo gusto del Literato. Quedan tres partes de nuestro Sermón, si mal no me acuerdo de la división que hice al principio. Yo cuidaré de desempeñarlas en una, o más cartas separadas, que bien lo necesitan, —16→ por ser las más interesantes. Es menester arredrar al Sevillanito, a ver si podemos librarlo de caer otra vez en la tentación de hacerse Literato. Vm. conduélase de mi suerte en haber de lidiar con semejante casta de escritores, y mande con toda la confianza, que debe inspirarle mi sincera amistad.
Sevilla 18 de Junio de 1796.
Rosauro de Safo.
- C. d. M.

Epístola del L. J. A. C. autor de La Loa restituida a su primitivo ser, a un Amigo suyo
Quiero probar fortuna, Firmio amigo,
Pues al verme con fama por mi prosa
Rabio por ver si en verso tal consigo.
¿Te admiras? ¡Oh! Pues no: la menor cosa
Que pienso hacer de aquí adelante es esta,
Según siento la Musa ya furiosa.
Ni es mucho que se halle bien dispuesta
Para cantar en verso altisonante,
Hecha a mayores cosas, mi gran testa;
Pues el que pudo, en el primer instante
De su ser, presentar restituida
La Loa con estilo tan brillante;
¿Quién duda que podrá con atrevida
Mano, robar la cítara sonora
Al mismo Apolo? ¡Bueno!… Por mi vida
Que no lo pensé bien, y que si ahora
Empezara, y las uñas no tuviera
Comidas, al mirar cual se acalora
Mi rápido magín, yo convirtiera
Esta Epístola en Oda tan sublime
Que se dejara atrás al mismo Herrera.
Pero ¿quién es Herrera? El pobre gime
Que es lástima mirarlo, y turbio y claro
—→
Llama a su Sol, si el consonante oprime.
Eso acá no: No sufro yo el descaro
De que se injurie el cielo a troche moche
Diciéndole un Poeta que es avaro.
¡Habrá tontos! Pues digo, si a la noche
Quieren pintar, la ponen con su manto
Bordado, en estrellado y negro coche.
Y aún más allá: que suelen amor santo
Llamar a el Dios Cupido (¡Qué herejías!)
Solo porque algún Griego hizo otro tanto.
Pero no es este el caso: en nuestros días
Quieren hablar como ha doscientos años
Se hablaba, sea por reglas o manías.
Y por poner epítetos tamaños
Dicen aquestas cosas, y aun peores
¡Tal se ven estos míseros tacaños!
Nunca dirán sencillamente, flores
Sin añadir, fragantes, coloradas
Y otras mil propiedades, o colores.
Nombran montañas, dicen ser nevadas
Y aun notan que la leche, y que la nieve
Son blancas, y no negras o encarnadas.
¡Famosa observación! El Diablo lleve
Tanto epíteto, amén, y a quien los pone.
Yo pienso desterrarlos muy en breve.
Al menos de mis versos. Y si opone
Esa turba infeliz un tal Balbuena
U otro que estas simplezas amontone;
Aunque hasta el nombre ignoro, a boca llena
Diré que es un salvaje. No me afligen
—→
A mí nombres de Autores, ni dan pena.
Que si estos argumentos me dirigen
Ahí tengo yo a la mano otros Autores
Que un estilo del todo opuesto eligen.
Yo seguiré a Iriarte. Las mayores
Cosas y de más peso cantar quiero
Con versos más corrientes, y mejores.
En verso ha de gozar el mundo entero
El arte de sacar en Lotería
Sin que cueste trabajo, gran dinero.
Que de algo ha de servir la ciencia mía
Y estudio en Matemáticas profundo
Junto con mi sublime Poesía.
Mas no parará en esto mi fecundo
Ingenio, que dispongo ya otra obra
Que me dará renombre sin segundo.
¡Qué se ha de hacer! Yo veo que de sobra
Anda mi gran papel, y que al Librero
Ya poco o casi nada, dél se cobra.
Hablé contra el Teatro, y ahora quiero
Nuevos Dramas hacer para la Escena,
Y establecer Teatro en el Copero.
¡Qué plan tan asombroso! La faena
Del campo se hará ver sobre el tablado,
Se sembrará allí el trigo con la avena.
—→
Veráse el alcornoque apaleado
Dar copia de bellotas abundante,
Y he aquí, mostrarse el Pueblo interesado;
Pues para hacer persona tan brillante
Me elegirá sin duda, y la corona
Me dará de supremo comediante.
Sí Firmio: un nuevo asiento en Elicona
Me veo por las Musas preparado
Donde por distintivo, a mi persona
No se dará el Laúd, sino el Arado.
Introducción o Loa a la apertura del Teatro
Las personas que hablan en ella son todos los actores de la Compañía que se especifican por el número o clase de sus partes, excepto el Segundo Gracioso que figuró un escolar estrafalario; y el Primer Barba que representó al Genio de la Poesía Dramática.
La escena se figura en el vestuario.
Aparecen los demás actores en acción de estarse ensayando, divididos en corrillos y con la informalidad que acostumbran.
AUTOR ¿No acabaremos Señores?
Ustedes se están burlando,
y el caso es un poco serio.
Galán, poca prosa: vamos
con formalidad. Vicenta,
por Dios, ya que al vestuario
tan temprano hemos venido,
los momentos no perdamos,
y mientras llega la hora
de empezar, en ensayarnos
más y más nos ocupemos:
vamos.
GRACIOSO I ¡Qué hombre tan cansado!
Ya sabemos la comedia,
y es inútil el ensayo.
GALÁN I Dice bien: ya esto es molernos.
Autor, yo estoy fastidiado
de ensayos tan repetidos:
todos corrientes estamos
en la función; la sabemos
aún mejor que papagayos:
¿a qué, pues, tanta fatiga?
AUTOR ¡Bellamente! Por San Pablo
que se me eriza el cabello
cuando considero el paso.
¿Sabéis que estáis en Sevilla
y que hoy mismo en su Teatro
habéis por la vez primera
de salir a presentaros?
Esta noche… el corazón
se me descompone a saltos
cada vez que en ello pienso.
¿Esta noche? ¡Ay Dios que trago!
Esta noche, señoritas,
esta noche, barbonazos,
salen ustedes a vistas,
y yo con ustedes salgo
ante un pueblo que en España
es famoso, es celebrado
por su cultura, su chiste,
sus talentos sazonados,
su gusto y su perspicacia.
¿Podemos pues descuidarnos,
y con necia confianza
esperar, no digo aplausos,
mas tolerancia benigna
de un pueblo tan delicado,
si no ponemos nosotros
de nuestra parte un trabajo
que asegure los aciertos?
GRACIOSO I Autor, usted es muy raro:
si ya más de ochenta veces
habremos ejecutado
esta comedia, y con gloria,
¿a qué efecto molestarnos
en lo que ya todos saben?
Y en cuanto al pueblo, no alcanzo
la causa de estos temores.
Hijo, son los sevillanos
muy tiernos, muy derretidos,
muy finos, muy… vamos, vamos,
yo me entiendo, usted verá
que no padecemos chasco:
toma… si son tan benignos…
tan halagüeños… me engaño,
muchachas, ¿qué, qué os parece?
DAMA II ¿Quién hasta ahora ha dudado
de esa verdad? Las historias
nos los retratan muy altos
en las obras y palabras;
y siempre fueron bizarros
los pechos que se remontan
sobre los demás humanos.
AUTOR ¡Qué historias, ni berenjenas!,
bachilleras de los Diablos,
en todas partes apesta
lo despreciable, lo malo.
GRACIOSA I Y qué, ¿lo somos nosotras?
DAMA II Usted nos honra, le estamos
muy agradecidas
DAMA IV Cierto.
AUTOR No digo…
DAMA II El diantre del hombre
siempre nos está tirando
a degüello.
AUTOR No quería…
GRACIOSO I La suela de mi zapato
vale más que cien autores.
AUTOR Si digo que…
DAMA IV Maltratarnos
así, por vida de …
AUTOR En fin
no he de poder…
DAMA II Este pago
bien me lo esperaba yo.
AUTOR ¿Con cuatro mil de a caballo,
quieren ustedes oírme?
DAMA I Autor, esto está acabado,
bórreme usted de la lista,
que yo a las tablas no salgo.
TODAS Ni yo, ni yo.
AUTOR ¿Cómo es eso?
Saldrán ustedes rabiando
y se darán por contentas.
BARBA II ¿No veis qué gresca a aquel lado?
GALÁN I Ortega, ve a apaciguarlas.
BARBA II No tengo gana de araños.
TODAS Vámonos de aquí, y dejarle.
(Sale) GRACIOSO II Por siempre sea Dios loado.
Buenas tardes, señoritas.
Caballeros, bien hallados.
¿Lo pasan ustedes bien?
Me alegro: yo así me hallo,
tal cual, no falta salud,
aunque sea todo quebrantos
esta vida: ¿están ustedes
para oírme un breve rato
cuatro palabras?
AUTOR ¿Quién es
ese hombre, digo?
GALÁN I Otro tanto
te iba a preguntar.
GRACIOSO II Señoras
suplícolas, que a mi lado
se sienten. Desde esa reja
que da a la calle, he escuchado
la heroica empresa, el intento
verdaderamente sabio,
la resolución prudente
de abandonar el Teatro,
y no salir a las tablas.
Hijas, con verdad las hablo,
no hay cosa más pestilente
que la comedia. Yo aplaudo
su retirada. ¡Comedia!
En este solo vocablo
se encierran todos lo vicios;
y horror me causa y espanto,
que se consienta tal peste
en un pueblo tan sensato
como Sevilla. ¡Oh costumbres!
¡Oh tiempos desventurados!
AUTOR Este hombre está loco. Amigo,
y quién licencia le ha dado
para hablar mal del gobierno.
GRACIOSO II Yo, amigo, estoy graduado
de bachiller.
GRACIOSO I Se conoce.
GRACIOSO II Aquí mi título traigo:
soy un sabio, y sé que yerran
los que piensan lo contrario
de lo que yo pienso y juzgo.
AUTOR ¿Según eso estará claro
para usted que obra muy mal
el gobierno en tolerarnos,
y en permitir las comedias?
GRACIOSO II El gobierno, ¡oh!…
AUTOR Ya, ya caigo.
Si usted gobernara, fueran
todos los hombres muy santos
con sólo no consentir
las comedias.
GRACIOSO II No hay dudarlo;
y si no observad los pueblos
que carecen de teatro.
Todos son anacoretas,
en ellos: no hay no borrachos,
adúlteros, usureros,
calumniadores, malvados,
envidiosos, jugadores,
ociosos, tramposos, vagos,
logreros, estafadores,
embusteros; no hay casados
pacientes, no hay cortesanos,
no hay disolución, no fausto,
no lujo, no se murmura
ni se infama; todo sano
existe, todo sin mancha.
AUTOR En efecto, yo he observado
que esta ciudad está limpia
de esos vicios, si miramos
al lujo, nadie aquí gasta
lustre ni adornos profanos.
GRACIOSO II Algún exceso hay en eso;
hay fluecos, blondas, cintajos,
que cuestan lo que importaba
antiguamente el salario
de un general o un ministro:
pero por fin no hay Teatro.
AUTOR Borracheras no se ven
tampoco en Sevilla.
GRACIOSO II Hermano,
algún traguillo se bebe,
y aun en los días sagrados
se nota algún excesillo:
pero por fin no hay Teatro.
AUTOR También estará en Sevilla
el tálamo ajeno salvo
de corrupción.
GRACIOSO II Hay casadas
alegres, un tanto cuanto,
y un tanto cuanto pacientes
se hallan también marizados:
sí, su excesillo hay en eso:
pero por fin no hay Teatro.
AUTOR A lo menos en Sevilla
no habrá usuras, ni esos tratos
inicuos, que la sustancia
de los más pobres chupando,
sacian su horrenda codicia
a costa del común llanto.
GRACIOSO II De usureros y logreros
que forman de todo estanco,
para que el pobre perezca
y ellos vayan engordando,
dicen que hay algunos; pero
dan cada día un ochavo
a un mendigo, rezan mucho,
y son muy buenos cristianos:
se advierte algún excesillo:
pero por fin no hay Teatro.
AUTOR De estafas sí que carece
esta ciudad.
GRACIOSO II Hay sus manos
algo puercas; sus trampillas
se fraguan de cuando en cuando;
y acaso será en algunos
la injusticia un mayorazgo:
no lo sé, lo pobres chillan:
pero por fin no hay Teatro.
AUTOR Nadie en Sevilla murmura
ni calumnia.
GRACIOSO II Sus trabajos
hay en eso; en las visitas
suelen darse fieros tajos
al próximo, y también suele
tal cual testimonio falso
por caridad levantarse
contra aquellos que no amamos
para entablar su ruina.
Pero éstos no son pecados
de monta, son bagatelas:
pecado grande el Teatro.
AUTOR Supongo que aquí no habrá
hipócritas desalmados
que a Dios tengan en la boca
y en el corazón al diablo,
gente, que del santo culto
haga comercio ostentado
un exterior muy devoto
para saciar a su salvo
la sed de sus apetitos.
GRACIOSO II Y eso ¿qué tiene de extraño?
No es malo que en la apariencia
siquiera buenos seamos:
haya hipócritas, no importa,
con tal de que no haya Teatro.
GRACIOSO I Y diga usted, amiguito,
la honestidad, el recato,
la modestia, la decencia,
el recogimiento casto,
la fe, y el honor sin duda
serán aquí el ordinario
carácter de las mujeres:
¿No es verdad? Ya ha veinte años
que faltaron las comedias,
y ya habrán de hacer milagros
las gentes: la liviandad
del sexo ya habrá faltado
del todo; la voz cortejo
no estará en el diccionario
del mundo: la Venus vaga,
el desahogo y los tratos
infames y adulterinos
ya habrán del todo cesado:
esto es preciso.
GRACIOSO II De modo
que como somos de barro
los hombres y las mujeres,
tan frágiles… tan…
GRACIOSO I Ya estamos.
¿Hay hoy lo mismo que hubo,
y aún poquito más acaso,
no es esto?
GRACIOSO II Es tan quebradizo
este loco y el alago
del vicio es tan delicioso,
tan dulce, tan…
BARBA II ¡Ah bellaco!
Y cómo se reconcomía.
GRACIOSO II Hermanitas, este vaso
de que está vestida el alma
está sujeto a quebrantos
muy grandes. La carne es débil,
se revela a cada paso,
y mientras existan sexo
padecerá mil estragos
la pudicia. Quien vea
unos ojos vivarachos
- g. así…
GRACIOSO I Un poquito
apártese usted, hermano,
que para hablar no es preciso
hacer tantos arrumacos
GRACIOSO II ¡Ay hija, es frágil la carne,
y no siempre está en la mano
del hombre ser contenido;
pero por fin no tengamos
comedias, y Dios mediante
todo irá bien.
AUTOR Sí, lo alcanzo:
que haya vicios, nada importa,
con tal de que en el practicarlos
se guarden las apariencias
de un virtuoso aparato,
de una austeridad traidora,
que las maldades dorando
en sordo estrago arruine
los derechos sacrosantos
de la virtud.
GRACIOSO II Yo no he dicho…
AUTOR Lo que habéis dicho está claro.
Si hay en el Teatro vicios,
¿a qué enfurecerse tanto
contra un público recreo
donde consigan descanso
los afanes de la vida,
y ofrece, bien manejado,
oportunidad muy útil
para enseñar deleitando?
BARBA II Sepa el Sr. Bachiller
que el usurero, el malvado
logrero, el vil delator,
el que devora el trabajo
de los pobres impíamente,
el hablador temerario
que infama el crédito ajeno,
el horrendo y sanguinario
calumniador, el que vende
la fe, el honor, los sagrados
depósitos de las leyes
o del culto en inhumano
y sacrílego comercio;
los que viven abismados
en codicia, en ambición,
en vanidad, en infaustos
deseos de dominar,
ser temidos, incensados
de un vulgo, pobre por ellos.
Sepa, digo, que este vario
enjambre de horrendos vicios
que Dios desde el trono alto
de su grandeza maldice,
con ser los más frecuentados
y los que más desconciertan
los decretos soberanos
de la caridad, jamás
los inspiró, ni inspirarlos
puede el teatro a los hombres.
DAMA I Podrá haber algo de malo
en la escena; lo hay en todo,
mas yo afirmo que el estrago
de las costumbres resulta
de orígenes muy lejanos
de este agradable recreo,
y si no a cuentas vengamos.
¿Hay más virtud en Sevilla
desde que faltó el halago
de la escena? ¿Hay nuevos vicios?
¿Los hombres son más honrados,
más justos, más verdaderos,
fieles, desinteresados,
buenos padres y maridos,
hijos obedientes, amos
benéficos, finalmente
llenan los deberes varios
que a Dios y al mundo los ligan?
¿Y en las mujeres notamos
más cordura, más modestia,
menos lujo, menos fausto,
menos desahogo? En fin,
¿con la labor en las manos
las vemos dar en sus casas
provecho y ejemplos claros
de honor, de juicio y decencia?
AUTOR Basta de prosa: muchachos
alto a ensayar.
GRACIOSO II Todos estos
son sin duda endemoniados,
y es inútil predicarles.
Amigos, mas no me canso;
pero escuchadme aquí aparte:
Soy un hombre de bien, y paso
terribles necesidades;
mis estudios y mi grado
sólo hambre me reditúan;
ni un tristísimo bocado
ha visitado hoy mi panza:
si me prestarais…
AUTOR Ni un cuarto
me asiste: ¿veis esta gente?
Comiéndome está a pedazos;
y así, amigo, Dios le ampare.
GRACIOSO I Si yo, escuchadme, le alargo
medio durillo, ¿qué tal?
GRACIOSO II Seré siempre vuestro esclavo,
bien que sin el medio duro…
Conciencia vamos despacio.
GRACIOSO I Muchachas, id al momento
los bolsillos desatando,
y démosle cada una
una peseta: ¡Ea!, vamos,
que yo sé que este Señor
es tan lindo y tan honrado,
que si le damos dinero
ha de ser el partidario
más firme de las comedias.
GRACIOSO II ¿Cómo es eso? Voto hago
aquí ante esas pesetillas
de ser trompetero nato
del teatro, de las tablas,
de las lunetas y palcos,
de los telones y orquesta,
sillas, escalas y bancos,
y también prometo serlo
de la cazuela, que es harto
en nombre de mi conciencia.
Venga la mosca y escapo
a defenderos, a darme
de cachetes y porrazos,
de coches y remoquetes,
con todo infiel mamarracho
que ose hablar sin miramiento
de la escena y sus encantos.
TODAS ¡Viva el Señor bachiller!
GRACIOSO II Hijas mías, yo os declaro
que si dais en esta treta
de ir con plata conquistando,
los que ahora son vituperios
se volverán en aplausos.
Chiquillas, hace prodigios
el ungüento mejicano.
Dios bendito ya tenemos
con qué llenar hoy el pancho.
Voy a rezar por vosotras,
hijas, y haced otro tanto
por mí; encomendadme a Dios,
que soy un pobre gusano,
y vosotras unas santas.
¡Qué fuera yo tan menguado
que por malas las tuviera…! (Vase.)
BARBA II ¡Autor, qué tal!
AUTOR No es muy malo
este ejemplo. Así en el mundo
todo está sujeto al mando
del interés… Mas, ¿qué es esto?
¿Está alborotado el patio?
(Sale) BARBA III Autor, ya es hora, y el pueblo
está de esperar cansado.
AUTOR ¿Cómo es eso?: son las cinco (mira el reloj)
¡Por vida de…! ¡Es fuerte chasco!
El diantre del bachiller
nos tuvo empataratados,
y el ensayo se ha perdido.
A bien que ya nos hallamos
vestidos; pero ¿y la Loa?
¿López dónde está?
BARBA III Rumiando
sus versos en un rincón.
AUTOR Dile, que salga volando,
y levanten el telón.
Es un pensamiento extraño
la Loa, se representa
en un Genio el entusiasmo
de las dramáticas musas
que con sublime boato
dé versos a la ciudad,
y a su pueblo ilustre y sabio,
benéfico y generoso
tributa el puro holocausto
dé gracias bien merecidas,
por ver ya aquí restaurado
de las musas españolas
el honor ya amortiguado,
por no decir casi extinto.
Salga pues, y acreditando
nosotros con nuestro celo
lo mucho que respetamos
a un público tan ilustre,
esperemos confiados
que sabrá benignamente
las faltas disimularnos:
suba el telón, salga el Genio,
y oigámosle retirados… (Vanse.)
Sale el GENIO, a la griega
Hoy que ve renacer en sus orillas
el fértil Betis con decente pompa
la gloria de sus musas, y el influjo
de la agradable y elocuente escena;
huye turbada la ignorancia torpe,
y al rayo de las artes que aquí brilla
sus sombras y su horror se desvanecen.
¡Ah, cuánto estrago ocasionó su turbia,
su ciega oscuridad en la grandeza
del espléndido pueblo, lustre un día
de la opulencia y del saber de España!
¿Dónde está, gran Sevilla, el tiempo ilustre
de tu gloria y tu honor? ¿Dónde es esconden
los altos genios, las excelsas frentes
que inspiradas de Apolo y coronadas
dieron a Roma emulación durable,
y el espíritu a Grecia le bebieron
que inmortal en tus Píndaros respira?
Entonces sabias las amables artes,
con el común aplauso enardecidas
de ti, ciudad ilustre, nueva Atenas
consiguieron formar. Aquí de Cano,
de Roelas aquí, del gran Murillo,
del divino Velázquez se lograron
el mágico pincel, las doctas tintas
que atónita admiró naturaleza
vencida a veces del mortal desvelo;
y al bronce aquí y al mármol y a la bronca
rudeza de los troncos alma, vida
comunicó el cincel; o ya elevados
en graves y opulentos edificios,
de sacra Majestad embellecieron
el ancho cerco a la ciudad dichosa.
Pasó tu gloria y de tu pompa antigua
restos escasos con desdén conserva
la presente tibieza de tus hijos.
No ya se infama el Genio, ni al sonoro
acento de la lira, eternizada
se escucha tu memoria entre las gentes.
Lóbrega así la estólida ignorancia
degrada al hombre y en su mente ofusca
la luz inextinguible que le anima.
Debió su eternidad Grecia a sus artes,
y debióle Sevilla, cuando sabia,
madre feliz de entendimientos cultos,
supo criar más hombres a sus hombres.
¡Ah!, vuelva, vuelva a su esplendor la patria
de los altos ingenios por quien dura
respetado en Europa el grato nombre
de la ínclita Sevilla. Aquí, aquí tuvo
su nacimiento la española escena;
y el gran Lope de Rueda en este suelo
actor y autor, de Roscio y de Terencio
restauró la enseñanza deleitable.
Las musas ya y las artes, revocadas
del profundo letargo a los impulsos
de la mano feliz que hoy os gobierna,
logran ufanas venturoso asilo
en el culto teatro, amable escuela
donde en lazo recíproco hermanados
lira y pincel al zueco y al coturno
al antiguo esplendor subirán bellas.
Animadlas, oh ilustres sevillanos;
y pues debisteis al benigno Cielo
almas hermosas en hermoso clima,
y en fértil suelo espíritus fecundos
restauradle su asilo a la belleza,
su recinto a las artes deliciosas
que enseñan deleitando; y vuestro nombre
triunfando así del tiempo y del olvido,
inmortal pasará de gente en gente,
y hará adorable el nombre de Sevilla.
FIN
A Corina ausente
Mi solo y dulce amor, Corina hermosa,
anhelada mitad del alma mía,
de cuyos bellos ojos nace el día
puro como en abril purpúrea rosa:
El alma que sin ti jamás reposa,
sin ti, su única gloria y su alegría,
en un gemido el parabién te envía,
pues Febo dio su vuelta presurosa.
Vuelan los años ¡ay! y sin estruendo
fugaz los sigue juventud florida,
su mágica ilusión con ella huyendo.
¡Feliz quien goza el sol de su querida!
¡Y triste aquél, que en soledad gimiendo,
ausente pasa el mayo de la vida!
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