Poemas de Juan Nicasio Gallego

Poemas de Juan Nicasio Gallego

Poemas de Juan Nicasio Gallego (1777–1853), destacado sacerdote, político y poeta español, figura clave en la transición del neoclasicismo al romanticismo. Su obra, aunque breve, destaca por su rigor formal, elegancia y un profundo sentimiento patriótico.

Alcanzó gran notoriedad durante la Guerra de la Independencia con su célebre oda El dos de mayo, donde plasmó con vigor el heroísmo del pueblo frente a las tropas napoleónicas. Como político, participó activamente en las Cortes de Cádiz, defendiendo principios liberales que le costaron el cautiverio tras el retorno del absolutismo de Fernando VII.

Fue miembro y secretario de la Real Academia Española, consolidándose como un árbitro del buen gusto literario de su época. Su legado combina la perfección técnica neoclásica con la intensidad emocional característica de la nueva sensibilidad romántica.

Table of Contents

Inestabilidad de las cosas humanas

A la voz de los tiempos rigurosos

se desploman las torres elevadas:

los montes y las rocas encumbradas

se ocultan entre juncos cenagosos.

 

¿Dó estáis, anfiteatros y colosos,

arcos soberbios, moles ponderadas?

¿Dónde están vuestras bóvedas sagradas,

templos de Olimpia y de Balbec famosos?

 

¡Todos yacéis! Del poderío griego,

del sirio y persa, del romano, y godo,

¿qué dejó su segur al hierro y fuego?

 

¿Y deberé extrañar, cayendo todo,

que una botella de licor manchego

consiga derribarme por el lodo?

 

Elegía A La Muerte De La Duquesa De Frías

Al sonante bramido

Del piélago feroz que el viento ensaña

Lanzando atrás del Turia la corriente;

En medio al denegrido

Cerco de nubes que de Sirio empaña

Cual velo funeral la roja frente;

Cuando el cárabo oscuro

Ayes despide entre la breña inculta,

Y a tardo paso soñoliento Arturo

En el mar de occidente se sepulta;

A los mustios reflejos

Con que en las ondas alteradas tiembla

De moribunda luna el rayo frío,

Daré, del mundo y de los hombres lejos,

Libre rienda al dolor del pecho mío.

 

Sí, que al mortal a quien del hado el cerio

A infortunios sin término condena,

Sobre su cuello mísero cargando

De uno en otro eslabón larga cadena,

No en jardín halagüeño,

Ni al puro ambiente de apacible aurora

Soltar conviene el lastimero canto

Con que al cielo importuna.

Solitario arenal, sangrienta luna

Y embravecidas olas acompañen

Sus lamentos fatídicos. ¡Oh lira

Que escenas sólo de aflicción recuerdas;

Lira que ven mis ojos con espanto

Y a recorrer tus cuerdas

Mi ya trémula mano se resiste!

Ven, lira del dolor. ¡Piedad no existe!

 

¡No existe, y vivo yo! ¡No existe aquella

Gentil, discreta, incomparable amiga,

Cuya presencia sola

El tropel de mis penas disipaba!

¿Cuándo en tal hermosura alma tan bella

De la corte española

Más digno fue y espléndido ornamento?

¡Y aquel mágico acento

Enmudeció por siempre, que llenaba

De inefable dulzura el alma mía!

Y ¡qué! fortuna impía,

¿Ni su postrer adiós oír me dejas?

¿Ni de su esposo amado

Templar el llanto y las amargas quejas?

¿Ni el estéril consuelo

De acompañar hasta el sepulcro helado

Sus pálidos despojos?

¡Ay! Derramen sin duelo

Sangre mi corazón, llanto mis ojos.

 

¿Por qué, por qué a la tumba,

Insaciable de víctimas, tu amigo

Antes que tú no descendió, Señora?

¿Por qué al menos contigo

La memoria fatal no te llevaste

Que es un tormento irresistible ahora?

¿Qué mármol hay que pueda

En tan acerba angustia los aciagos

Recuerdos resistir del bien perdido?

Aun resuena en mi oído

El espantoso obús lanzando estragos,

Cuando mis ojos ávidos te vieron

Por la primera vez. Cien bombas fueron

A tu arribo marcial salva triunfante.

Con inmóvil semblante

Escucho amedrentado el son horrendo

De los globos mortíferos, en torno

Del leño frágil a tus pies cayendo,

Y el agua que a su empuje se encumbraba

Y hasta las altas grímpolas saltaba.

 

El dulce soplo de Favonio en tanto

Las velas hinche del bajel ligero,

Sin que salude con festivo canto

La suspirada costa el marinero.

Ardiendo de la patria en fuego santo,

Insensible al horror del bronce fiero,

Fijar te miro impávida y serena

La planta breve en la menuda arena.

—¡Salve, oh Deidad!—del gaditano muro

Grita la muchedumbre alborozada;

—¡Salve, oh Deidad!—de gozo enajenada

La ruidosa marina

Que a ti se agolpa y en bajel rodea;

Y al cielo sube el aclamar sonoro

Como al aplauso del celeste coro

Salió del mar la hermosa Citerea.

 

Absortas contemplaron

El fuego de tus ojos

Las bellas ninfas de la bella Gades;

Absortas te envidiaron

El pie donoso y la mejilla pura,

El vivo esmalte de tus labios rojos,

El albo seno y la gentil cintura.

Yo te miraba atónito: no empero

Sentí en el alma el pasador agudo

De bastarda pasión; que a dicha pudo

Del honor y deber la ley severa

Ser a mi pecho impenetrable escudo.

Mas ¿quién el homenaje

De afecto noble, de amistad sincera

Cual yo te tributó, cuando el tesoro

De tu divino ingenio descubría,

Que en cuerpo tan gallardo relucía

Como rico brillante en joya de oro?

¡Cuántas, ay, qué apacibles

Horas en dulces pláticas pasadas

Betis me viera de tu voz pendiente!

¡Cuántas en las calladas

Florestas de Aranjuez el eco blando

Detuvo el paso a la tranquila fuente;

Ya el primor ensalzando

Que al fragante clavel las hojas riza

Y la ancha cola del pavón fnatiza;

Ya la varia fortuna

Del cetro godo y del laurel romano;

O el poder sobrehumano

Que de un soplo derroca

Del alto solio al triunfador de Jena

Y con duras amarras le encadena,

Como al antiguo Encélado, a un roca.

 

Pero otro don magnífico, sublime,

Más alto que el ingenio y la hermosura,

Debiste al Criador, vivaz destello

De su lumbre inmortal, alma ternura.

¿Cuándo, cuándo al gemido

Negó del infeliz oro tu mano,

Ayes tu corazón? El escondido

Volcán que decoroso

Tu noble aspecto revelaba apenas,

Un infortunio, un rasgo generoso,

Un sacrificio heroico hervir hacía.

Entonces agitado

Tu rostro angelical resplandecía

Del más purpúreo rosicler cubierto:

Del seno revelado

La extraña conmoción, el entreabierto

Labio, las refulgentes

Ráfagas de tus ojos

Que entre los anchos párpados brillaban,

Las lágrimas ardientes

Que a tus negras pestañas asomaban,

El gesto, el ademán, los mal seguros

Acentos, la expresión… ¡Ah! Nunca, nunca

Tan insigne modelo

De estro feliz, de inspiración divina

Mostró Casandra en los dardanios muros

Ni en las lides olímpicas Corina.

Y sólo al santo fuego

De un pecho tan magnánimo pudiera

Deber tu amigo el aire que respira.

Sólo a tu blando ruego

La Amistad se vistiera

Máscara y formas del Amor su hermano.

¿Quién sino tú, señora,

Dejando inquieta la mullida pluma

Antes que el frío tálamo la Aurora,

Entrar osara en la mansión del crimen?

¿Quién sino tú del duro carcelero,

Menos al son del oro empedernido

Que al eco de los míseros que gimen,

Quisiera el ceño soportar? Perdona,

Cara Piedad, que mi indiscreta musa

Publique al mundo tan heroico ejemplo,

Y que mi gratitud cuelgue en el templo

De la santa Amistad digna corona.

 

En el mezquino lecho

De cárcel solitaria

Fiebre lenta y voraz me consumía,

Cuando, sordo a mis quejas,

Rayaba apenas en las altas rejas

El perezoso albor del nuevo día.

De planta cautelosa

Insólito rumor hiere mi oído;

Los vacilantes ojos

Clavo en la ruda puerta, estremecido

Del súbito crujir de sus cerrojos,

Y el repugnante gesto

Del fiero alcaide mi atención excita,

Que hacia mí sin cesar su mano agita

Con labio mudo y sonreír funesto.

Salto del lecho, y sígole azorado,

Cruzando los revueltos corredores

De aquella triste y lóbrega caverna

Hasta un breve recinto iluminado

De moribunda y fúnebre linterna.

Y a par que por oculto

Tránsito desparece

Como visión fantástica el cerbero,

De nuevo extraño bulto,

. Sombra confusa, que se acerca y crece,

La angustia dobla de mi horror primero.

Mas ¡cuál mi asombro fue cuando improvisa

A la pálida luz mi vista errante

Los bellos rasgos de Piedad divisa

Entre los pliegues del cendal flotante!

«¿Por qué, por qué benigna»,

Clamé bañado en llanto de alborozo,

«Osas pisar, Señora,

Esta morada indigna

Que tu respeto y tu virtud desdora?

¡Ah! si a la fuerza del inmenso gozo,

Del placer celestial que el alma oprime,

Hoy a tus plantas expirar consigo,

Mi fiebre, mi prisión, mi fin bendigo.

 

»A este oscuro aposento

No a que de pena o de placer expires

La voz de la amistad mis pasos guía,

Sino a esforzar tu desmayado aliento

Contra los golpes de la suerte impía.

Su cuello al susto y la congoja doble

El que del crimen en su pecho sienta

El punzante aguijón; que al alma noble

Do la inocencia plácida se anida,

Ni el peso de los grillos la atormenta,

Ni el son de los cerrojos la intimida.

Recobra, amigo caro,

La esperanza marchita.

Y el digno esfuerzo del varón constante.

Pronto será que el astro rutilante,

Que jamás estas bóvedas visita,

De la calumnia vil triunfar te vea:

Mi fausto anuncio tu consuelo sea.

 

»Serálo, sí; lo juro;

Y aunque ese llanto que tu rostro inunda

Vaticinio tan próspero desmiente,

No me hará de fortuna el torvo cerio

Fruncir las cejas ni arrugar la frente;

Que el dichoso mortal a quien risueño

Mira el destino…» ¡No acabé! A deshora

La aciaga voz del carcelero escucho,

Diciendo: «Es tarde; baste ya, Señora».

 

«¡Adiós! ¡adiós! Del vulgo malicioso

Que al despuntar del sol sacude el sueño

Temo el labio mordaz. ¡Adiós te queda!»

«Aguarda» … «¡Adiós!» … Y en soledad sumido

Oigo ¡ay de mí! del caracol torcido

Barrer las gradas la crujiente seda.

¡Oh digno, oh generoso

Dechado de amistad! ¡Oh alegre día!

¿Y dónde estás, en dónde,

Ángel consolador, Duquesa amada,

Que no te mueve ya la angustia mía?

¡Gran Dios, y ni responde

De su esposo infeliz al caro acento,

Aunque en la tumba helada

Lágrimas de dolor vierte a raudales!

¡Ni de su triste huérfana el lamento,

Con ambos brazos al sepulcro asida,

Ablanda sus entrañas maternales!

¡Oh dulces prendas de su amor! Al mármol

En vano importunáis. Hará el rocío

Del venidero Abril que al campo vuelva

La verde pompa que abrasó el estío;

Mas no esperéis que el túmulo sombrío

La devorada víctima devuelva,

Ni a sus profundos huecos

Otra respuesta oír que sordos ecos.

En él de bronce y oro,

Ínclito vate, estallarán cinceles

Vuestro heroico blasón, entretejiendo

Con palmas tus laureles.

¡Inútil afanar! La sien ceñida

De adelfa y mirto, pulsará tu mano

La dolorosa cítara, moviendo

El orbe todo a compasión… ¡En vano!

Resonarán con ellas

Mis gemidos simpáticos, y el coro

De cuantos cisnes tu infortunio inspira

Alzar podrá a su gloria

Noble trofeo en canto peregrino.

Mas ¡ay! ¿podrá su lira

Forzar las puertas del Edén divino

Y el diente ensangrentado

Del áspid arrancar en ti clavado?

 

A más alto poder, mísero amigo,

Los ojos torna y el clamor dirige

Que entre sollozos lúgubres exhalas.

Al Ser inmenso que los orbes rige,

En las rápidas alas

De ferviente oración remonta el vuelo.

Yo elevaré contigo

Mis tiernos votos, y al gemir de aquella,

Que en mis brazos creció, cándida niña,

Trasunto vivo de tu esposa bella,

Dará benigno el cielo

Paz a su madre, a tu aflicción consuelo.

Sí; que hasta el solio del Eterno llega

El ardiente suspiro

De quien con puro corazón le ruega,

Como en su templo santo el humo sube

Del balsámico incienso en vaga nube.

 

A mi vuelta a Zamora en 1807

Cargado de mortal melancolía,

de angustia el pecho y de memorias lleno,

otra vez torno a vuestro dulce seno,

campos alegres de la patria mía.

 

¡Cuán otros ¡ay! os vio mi fantasía,

cuando de pena y de temor ajeno

en mí fijaba su mirar sereno

la infiel hermosa que me amaba un día!

 

Tú, que en tiempo mejor fuiste testigo

de mi ventura al rayo de la aurora,

sélo de mi dolor, césped amigo;

 

pues si en mi corazón, que sangre llora,

esperanzas y amor llevé conmigo,

desengaños y amor te traigo ahora.

 

Los hoyuelos de Lesbia

Cruzaba el hijo de la cipria diosa

solo y sin venda la floresta umbría,

cuando al pie de un rosal vio que dormía

al blando son del mar mi Lesbia hermosa;

 

y al ver pasmado que su faz graciosa

los reflejos del alba repetía,

tanto se deslumbró, que no sabía

si aquella era mejilla o era rosa.

 

Alargó el dedo el niño entre las flores,

y en ambos lados le aplicó a la bella,

formando dos hoyuelos seductores…

 

¡Ay, que al verla reír, la dulce huella

del dedo del Amor mata de amores!

¡Feliz el que su boca estampe en ella!

 

El Dos De Mayo

Animus meminisse horret, luctuque refugit

Virg. En.

Noche, lóbrega noche, eterno asilo

del miserable que esquivando el sueño

profundas penas en silencio gime,

no desdeñes mi voz: letal beleño

presta a mis sienes, y en tu horror sublime

empapada la ardiente fantasía,

da a mi pincel fatídicos colores

con que el tremendo día

trace al fulgor de vengadora tea,

y el odio irrite de la patria mía,

y escándalo y terror al orbe sea.

 

¡Día de execración! La destructora

mano del tiempo le arrojó al averno;

mas ¿quién el sempiterno

clamor con que los ecos importuna

la madre España en enlutado arreo

podrá atajar? Junto al sepulcro frío,

al pálido lucir de opaca luna,

entre cipreses fúnebres la veo:

trémula, yerta y desceñido el manto,

los ojos moribundos

al cielo vuelve que le oculta el llanto;

roto y sin brillo el cetro de dos mundos

yace entre el polvo, y el león guerrero

lanza a sus pies rugido lastimero.

 

¡Ay! que cual débil planta

que agosta en su furor hórrido viento,

de víctimas sin cuento

lloró la destrucción Mantua afligida!

Yo vi, yo vi su juventud florida

correr inerme al huésped ominoso.

Mas ¿qué su generoso

esfuerzo pudo? El pérfido caudillo,

en quien su honor y su defensa fía,

la condenó al cuchillo.

 

¿Quién ¡ay! la alevosía,

la horrible asolación habrá que cuente,

que, hollando de amistad los santos fueros,

hizo furioso en la indefensa gente

ese tropel de tigres carniceros?

 

Por las henchidas calles

gritando se despeña

la infame turba que abrigó en su seno.

Rueda allá rechinando la cureña,

acá retumba el espantoso trueno,

allí el joven lozano,

el mendigo infeliz, el venerable

sacerdote pacífico, el anciano

que con su arada faz respeto imprime,

juntos amarra su dogal tirano.

En balde, en balde gime

de los duros satélites en torno

la triste madre, la afligida esposa

con doliente clamor: la pavorosa

fatal descarga suena

que a luto y llanto eterno las condena.

 

¡Cuánta escena de muerte! ¡Cuánto estrago!

¡Cuántos ayes do quier! Despavorido

mirad ese infelice

quejarse al adalid empedernido

de otra cuadrilla atroz. «¡Ah! ¿qué te hice?,

exclama el triste en lágrimas deshecho.

Mi pan y mi mansión partí contigo,

te abrí mis brazos, te cedí mi lecho,

templé tu sed, y me llamé tu amigo:

¿y hora pagar podrás nuestro hospedaje

sincero, franco, sin doblez ni engaño,

con dura muerte y con digno ultraje?».

El monstruo infame a sus ministros mira,

y con tremenda voz gritando ¡fuego!,

tinto en su sangre el desgraciado expira.

 

Y en tanto ¿dó se esconden,

dó están, oh cara patria, tus soldados,

que a tu clamor de muerte no responden?

Presos, encarcelados

por jefes sin honor, que haciendo alarde

de su perfidia y dolo

a merced de los vándalos te dejan,

como entre hierros el león, forcejan

con inútil afán. Vosotros solo

fuerte Daoiz, intrépido Velarde,

que osando resistir al gran torrente

dar supisteis en flor la dulce vida

con firme pecho y con serena frente;

si de mi libre Musa

jamás el eco adormeció a tiranos

ni vil lisonja emponzoñó su aliento,

allá del alto asiento

a que la acción magnánima os eleva

el himno oíd que a vuestro nombre entona,

mientras la fama alígera le lleva

del mar de hielo a la abrasada zona.

 

Mas ¡ay! que en tanto sus funestas alas

por la opresa metrópoli tendiendo,

la yerma asolación sus plazas cubre,

y al áspero silbar de ardientes balas,

y al ronco son de los preñados bronces

nuevo fragor y estrépito sucede.

¿Oís cómo rompiendo

de moradores tímidos las puertas,

caen estallando de los fuertes gonces?

¡Con qué espantoso estruendo

los dueños buscan que medrosos huyen!

Cuanto encuentran destruyen

bramando los atroces forajidos

que el robo infame y la matanza ciegan.

¿No veis cuál se despliegan

penetrando en los hondos aposentos

de sangre, y oro, y lágrimas sedientos?

 

Rompen, talan, destrozan

cuanto se ofrece a su sangrienta espada.

Aquí matando al dueño se alborozan,

hieren allí su esposa acongojada:

la familia asolada

yace expirando, y con feroz sonrisa

sorben voraces el fatal tesoro.

Suelta, a otro lado, la madeja de oro,

mustio el dulce carmín de su mejilla

y en su frente marchita la azucena,

con voz turbada y anhelante lloro

de su verdugo ante los pies se humilla

tímida virgen de amargura llena;

mas con furor de hiena,

alzando el corvo alfanje damasquino,

hiende su cuello el bárbaro asesino.

 

¡Horrible atrocidad!… ¡Treguas, oh musa,

que ya la voz rehúsa

embargada en suspiros mi garganta!

Y en ignominia tanta

¿será que rinda el español bizarro

la indómita cerviz a la cadena?

No, que ya en torno suena

de Palas fiera el sanguinoso carro,

y el látigo estallante

los caballos flamígeros hostiga.

Ya el duro peto y el arnés brillante

visten los fuertes hijos de Pelayo.

Fuego arrojó su ruginoso acero:

¡Venganza y guerra!, resonó en su tumba;

¡Venganza y guerra!, repitió Moncayo;

y al grito heroico que en los aires zumba

¡Venganza y guerra!, claman Turia y Duero.

Guadalquivir guerrero

alza al bélico son la regia frente,

y del Patrón valiente

blandiendo altivo la nudosa lanza,

corre gritando al mar: ¡Guerra y venganza!

¡Oh sombras infelices

de los que aleve y bárbara cuchilla

robó a los dulces lares!

¡Sombras inultas que en fugaz gemido

cruzáis los anchos campos de Castilla!

La heroica España, en tanto que al bandido,

que a fuego y sangre de insolencia ciego

brindó felicidad, a sangre y fuego

le retribuye el don, sabrá piadosa

daros solemne y noble monumento.

Allí en padrón cruento

de oprobio y mengua, que perpetuo dure,

la vil traición del déspota se lea,

y altar eterno sea

donde todo español al monstruo jure

rencor de muerte que en sus venas cunda

y a cien generaciones se difunda.

 

A Quintana por su Oda al combate de Trafalgar

¿Es la lira de Píndaro valiente

la que en mi oído atónito resuena,

a cuyo son sublime, que enajena,

las glorias canta de la griega gente?

 

No, que es del gran Quintana el plectro ardiente

que del nombre español el mundo llena:

a su voz brama el mar, el bronce truena

y el combate inmortal se ve patente.

 

Goza a par de los héroes que ensalzaste,

Píndaro nuevo, el lauro peregrino

con que sus sienes y la tuya ornaste;

 

pues al alto lugar que os da el destino,

si tú por sus hazañas le ganaste,

suben hoy por tu cántico divino.

 

En la traslación de los restos de D. Pedro Calderón al cementerio de San Nicolás

Gloria y delicia de los patrios lares,

¡buen Calderón!, de tu fecunda vena

el copioso raudal el orbe llena

venciendo espacios y cruzando mares.

 

Difunden hoy tus dramas a millares

las prensas de Leipsick, los oye Viena,

y hasta en las playas bálticas resuena

el cisne del modesto Manzanares.

 

¡Oh hispana juventud! Si al arduo empeño

de hollar del Pindo la sublime altura

no te alentare porvenir risueño,

 

esa pompa, ese mármol te asegura

con muda voz que, si la vida es sueño,

siglos de siglos el renombre dura.

 

A la memoria de Garcilaso

Río, ¿dó está de Laso la divina

musa que un tiempo suspiraba amores;

la que tu verde sien ciñó de flores

y suspendió tu linfa cristalina?

 

A tu margen la alondra matutina

modula al son del agua sus loores,

y el dulce lamentar de dos pastores

resuena grato en la imperial colina.

 

Zagales de Aranjuez, que en lastimera

voz recordáis su muerte cada día,

vosotros los del Tajo en su ribera,

 

dejad ¡ay! que la humilde musa mía

dé flores a su cítara ligera

y tierno llanto a su ceniza fría.

 

A don Ángel de Saavedra, hoy Duque de Rivas

Tú, a quien risueño concedió el destino

(digna ofrenda a tu ingenio soberano)

manejar del Aminta castellano

la dulce lira y el pincel divino;

 

vibrando el plectro y animando el lino,

logres, Saavedra, con certera mano

vencer las glorias del cantor troyano;

robar las gracias del pintor de Urbino.

 

Lógralo, y logre yo, si más clemente

me mira un tiempo la áspera fortuna

que hora me niega en blando son loarte,

 

tejer nuevas coronas a tu frente,

ya esclarecida por tu ilustre cuna,

ya decorada del laurel de Marte.

 

A Bernardina el día que cumplió catorce años

Dorando alegre en la oriental ribera

frescos racimos que el otoño cría,

otra vez torna el apacible día

que abrió tus ojos a la luz primera.

 

¡Oh si tan grande mi ventura fuera

que en él gozar te viese, Dina mía,

esa edad de inocencia y alegría

triscando como sílfide ligera!

 

Si de tu vida en el risueño oriente

el dulce nombre de tu madre bella

formar te oí con labio balbuciente,

 

¿por qué me ha de negar infausta estrella

te mire ufano en tu verdor naciente,

y en gracias tantas competir con ella?

 

A Corina en sus días

Id, mis suspiros, id sobre el ligero

plácido ambiente que el abril derrama;

id a los campos fértiles do brama

en ancho cauce el orgulloso Duero.

 

Id de Corina al pie sin que el severo

ceño temáis del cano Guadarrama,

pues el ardor volcánico os inflama

que en mí incendió la hermosa por quien muero.

 

Saludadla por mí; su alegre día

gozad ufanos, y el cruel tormento

recordadle del triste que os envía;

 

y en pago me traed del mal que siento

un ¡ay! que exhale a la memoria mía

empapado en el ámbar de su aliento.

 

A Glicera

¿Qué imposible no alcanza la hermosura?

¿Quién no cede a su hechizo soberano?

Adonde llega su poder tirano

la fábula, la historia lo asegura.

 

Renuncia Adán la celestial ventura,

su dulce halago resistiendo en vano;

por ella Paris el valor troyano

arma y conduce a perdición segura.

 

De una manzana la belleza rara

causó de entrambos la desdicha fiera

que de tu amor los gustos acibara:

 

mas si a verte llegara, mi Glicera,

el uno de tu mano la tomara,

el otro a tus encantos la rindiera.

 

A Judas

Cuando el horror de su traición impía

del falso Apóstol obcecó la mente,

y del árbol fatídico pendiente

con rudas contorsiones se mecía,

 

complacido en su mísera agonía

mirábale el demonio frente a frente,

hasta que al fin, del término impaciente,

de entrambos pies con ímpetu le asía.

 

Mas ya que vio cesar del descompuesto

rostro la agitación convulsa y fiera,

señal segura de su fin funesto,

 

con infernal sonrisa lisonjera

los labios puso en el deforme gesto,

y el beso le volvió que a Cristo diera.

 

Mis deseos a la Excma. Sra. Condesa de Toreno en el día de sus bodas

Siempre, bella Pilar, siempre risueño

luzca a tus ojos el solemne día

que de tus gracias su ventura fía

quien se envanece de llamarte dueño.

 

Cien veces mayo ofrézcate halagüeño

las flores, que sin él tu aliento cría:

corra tu edad en plácida alegría

como un sabroso y bonancible sueño.

 

De amables niños, lisonjero adorno

de matrona feliz, fórmete en breve

séquito digno turba bulliciosa,

 

que al agruparse de su padre en torno,

entre blandas caricias le renueve

rasgos y hechizos de su madre hermosa.

 

A la memoria de Garcilaso

Río, ¿do está de Laso la divina

musa que un tiempo suspiraba amores;

la que tu verde sien ciñó de flores

y suspendió tu linfa cristalina?

 

A tu margen la alondra matutina

modula al son del agua sus loores,

y el dulce lamentar de dos pastores

resuena grato en la imperial colina.

 

Zagales de Aranjuez, que en lastimera

voz recordáis su muerte cada día,

vosotros los del Tajo en su ribera,

 

dejad ¡ay! que la humilde musa mía

de flores a su cítara ligera

y tierno llanto a su ceniza fría.

 

A la misma

Cuando mi bien el campo hermoseaba

que del Órbigo baña la corriente,

yo de su vista celestial ausente

solitario y lloroso me quejaba.

 

Hoy, que la veo al fin; hoy que esperaba

el dulce premio de mi amor ardiente,

hállola sin piedad, dura, inclemente,

y más mi angustia y mi dolor se agrava.

 

Pues bien, Pradina: si al afecto mío

perpetuo llanto y desamor le espera,

culpa de ausencia o del olvido impío;

 

goce yo tu sonrisa placentera,

y más que en fuerza de tu infiel desvío

gimiendo viva, y suspirando muera.

 

A la muerte del Anti-Quijote

En un sucio rincón doliente ya

el bien acuchillado Anti-Quijó

aborto del ingenio más idió

de cuantos a Madrid han apestá.

 

Gime el mísero padre su desgrá

y llora, y grita, y dice que es famó,

pero no es de extrañar que cielo hermó

a su negro polluelo llame el grá.

 

No llores, Setabiense, por el hí,

pues salvarás la vida por fortú

en ungüentos y drogas de botí,

 

que si alcanzara el tiempo del buen cú

que hizo en la Mancha el célebre escrutí

no se librara el tiste de hacer hú.

 

A la reina Isabel en el pleno ejercicio de su voluntad

Cual viene en pos de nebuloso invierno

brotando rosas la estación florida,

y la campiña yerta y aterida

revive al soplo de favonio tierno,

 

así de España al liberal gobierno,

débil un tiempo, sin vigor, sin vida,

brío y lustre darás, reina querida,

y harás su dicha y tu renombre eterno.

 

Lanzado en fin al báratro profundo,

no verterá en mi patria su veneno

de la anarquía el monstruo furibundo.

 

A tu sombra, Isabel, aliente el bueno,

y a tu cetro feliz aclame el mundo

de la virtud imán, del vicio freno.

 

A la señorita María de la Concepción Ganoso

Aún en mi corazón, con fuego impreso,

y en mi atónito oído resonando,

dura el suspiro de tu acento blando,

más dulce que de amor el primer beso.

 

Al donoso ademán, al embeleso

de tu expresión y tus miradas, cuando

cantas el aire bético imitando,

¿quién, Corila gentil, no pierde el seso?

 

Bella, sensible, juguetona, esquiva,

me exalto, y río, y me estremezco, y lloro

al eco de tu voz tierna o festiva.

 

¡Feliz quien goce el mágico tesoro

de tantas gracias, y contigo viva,

y escuche de tu labio un: Yo te adoro.

 

A la Excma., Sra. Duquesa de Frías en sus días

Cuando improvisa mi prisión oscura

tornó en vergel tu planta bienhechora,

y vio asombrada la naciente aurora

en tus ojos su luz brillar más pura;

 

no bastando mi pecho a tal ventura,

las gracias viendo do el espanto mora,

así al perderte prorrumpí, señora,

bañado el rostro en llanto de ternura.

 

«¡Ángel celeste, hechizo y ornamento

del mundo, vete en paz, y el cielo pío

sin fin te colme del placer que siento!»

 

Este fue, dulce amiga, el voto mío:

hoy le renueva el alma y el acento,

y en pobres versos a tus pies le envío.

 

A Lesbia en su cumpleaños

Del nacarado Oriente a los umbrales

entre ráfagas bellas de oro y grana

torna a lucir la espléndida mañana

que al mundo abrió tus ojos celestiales.

 

Pura brille y feliz: huyan los males

de ti, divina Lesbia, como vana

niebla al sol estival, o cual ufana

disipas la aridez si al campo sales.

 

Meció tu cuna en la estación amena

el arrullo del céfiro, y más flores

que sus halagos con tu aliento crías.

 

Arda a tus pies la juventud de amores,

y tu lozana edad goza sin pena,

que cuanto gracias da, no aumenta días.

 

A Lord Wellington

A par del grito universal que llena

de gozo y gratitud la esfera hispana,

y del manso, y ya libre, Guadiana

al caudaloso Támesis resuena;

 

tu gloria ¡oh Conde! a la región serena

de la inmortalidad sube, y ufana

se goza en ella la nación britana;

tiembla y se humilla el vándalo del Sena.

 

Sigue; y despierte el adormido polo

al golpe de su espada; en la pelea

te envidie Marte y te corone Apolo;

 

y si al triple pendón que al aire ondea

osa Alecto amagar, tu nombre solo

prenda de unión, como de triunfo, sea.

Poemas de Juan Nicasio Gallego

A los ferrocarriles

Más quiero estar rollizo como un sollo

sin montar en borrico ni en caballo,

que andar diez leguas mientras canta un gallo

metido en un cajón hecho un repollo.

 

Tengo presente aquel fatal embrollo

que en Versalles pasó y otros que callo:

de aquí no he de moverme aunque eche tallo:

un hijo mío no ha de ser criollo.

 

En un ferrocarril sálvese un pillo

que a una doncella deshojó el capullo,

o de alguna prisión forzó el rastrillo;

 

que yo prefiero al plácido murmullo

de un arroyo roncar como un chiquillo,

y llámenme, si quieren, Pero Grullo.

 

A Margarita en sus días

Dos veces y no más Márgara mía,

veces y no más plugo al destino

que a tu lado me hallase el matutino

plácido ambiente de tu fausto día.

 

Gozoso entonces admirar solía

los rasgos de tu imperio peregrino,

y al eco de tu labio purpurino

colmaba el pecho insólita alegría.

 

Todo cambió. Por términos extraños

perdida ya de verte la esperanza,

me acosan males, tedio, desengaños.

 

Sólo en mi corazón no hallo mudanza;

que el poder de las penas y los años

en él tu imagen a borrar no alcanza.

 

A mi Caramillo

Rómpase ya la mísera flautilla,

que entonando de amor tiernos cantares,

si no aplacó su voz soberbios mares,

supo alegrar los campos de Castilla.

 

En son festivo el Tormes a su orilla

sonar la oyó sin sustos ni pesares,

y hora escucha sus quejas Manzanares,

y el llanto ve correr por mi mejilla.

 

Mas si cantar de aquélla sólo sabe,

que ya no osa nombrar el labio mío,

la belleza gentil, los garzos ojos;

 

como mi dicha y mi esperanza, acabe

y envueltos con mis lágrimas el río

lance al Tajo profundo sus despojos.

 

A mi Sra. P. de S. en sus días

Si entre las damas que la corte adora

eres, Clori, la bella de las bellas;

y así a tu vista desparecen ellas

como la noche al despuntar la aurora,

 

por tu dulzura y tu bondad, señora,

en que también, venciéndolas, descuellas,

contra el fiero rigor de las estrellas

mi voz al cielo en tu favor implora.

 

Grata en tanto y benévola permite

que el rudo acento de la musa mía

en tan digna ocasión te felicite.

 

Un siglo goces tu dichoso día,

sin que adusto pesar tu tez marchite

ni del tiempo veloz la huella fría.

 

A Ofelia en sus días

de Juan Nicasio Gallego

Una vez, y no más, Ofelia mía,

una vez y no más plugo al destino

que a tu lado me hallase el matutino

plácido ambiente de tu fausto día.

 

Fortuna entonces a mi amor reía:

feliz gozaba tu mirar divino,

y al eco de tu labio purpurino

nadaba el pecho en célica alegría.

 

¡Todo cambió! Por términos extraños

funestos dones debo a la venganza:

mofa, pobreza, canas, desengaños.

 

Sólo en mi corazón no hallo mudanza,

que el poder de las penas y los años

en él tu imperio a destruir no alcanza.

 

A Pradina ausente

¿Será que siempre esté, cara Pradina

tu larga ausencia y desamor llorando?

¿No escucharé jamás tu acento blando

ni he de embeberme en tu beldad divina?

 

Huyó el octubre: la robusta encina

vino el sañudo cierzo derribando;

siguiole abril, los campos matizando,

y tu dureza más y más se obstina.

 

Llega anhelante el polvoroso estío;

vuelve otoño de vides coronado;

torna la escarcha del invierno frío:

 

y tú tranquila, inmóvil, sin cuidado

dejas desfallecer el pecho mío,

ya de gemir y de esperar cansado.

 

A San Fernando

Desciende de las fúlgidas mansiones,

ilustre leonés, santo guerrero;

muévate a compasión el trono ibero

que en el Betis plantaron tus legiones.

 

No tiene ya Corteses ni Colones

que rindan a sus pies otro hemisferio:

el que era envidia ayer del orbe entero

ludibrio es hoy de reyes y naciones.

 

Mira a tu nieta, cándida, inocente,

que en infantiles juegos divertida

ni aun el rumor de la borrasca siente.

 

Guarda y protege su preciosa vida,

y esa corona trémula en su frente

de mi contrarios vientos combatida.

 

A un barrilito de jerez que me regaló una señora

Jugo Divino, honor de Andalucía

y envidia del flamenco y del britano;

tú por quien el Olimpo soberano

torciera el gesto al néctar y ambrosía.

 

¡Cual me colmara el verte de alegría

(más que con Hebe Júpiter, ufano)

si a henchir mi copa con su blanca mano

se hallase aquí la hermosa que te envía!

 

El rubio Febo en sus collados tiene

puro cristal: mi labio lo rehúsa,

que a tan helados sorbos no se aviene.

 

Sé pues mi numen tú, y ella mi musa,

y al diablo doy los brindis de Hipocrene

y el chorro de Castalia y de Aretusa.

 

A una señorita que me pidió versos, cuando en medio de la lucha fratricida de D. Pedro y D. Manuel de Portugal apareció el cólera en aquel reino y se propagó por Andalucía

Del padre Tajo el agua cristalina

con su puñal sacrílego ensangrienta,

de estragos siempre y lágrimas sedienta,

civil discordia en la nación vecina.

 

La ambición, que a dos príncipes fascina,

de Montiel los escándalos ostenta

a la asombrada Europa; y muda y lenta

peste voraz sus pueblos extermina.

 

¡Ay, que ya el monstruo la comarca huella

de los hijos del Betis, que a millares

abandonan su hogar despavoridos!

 

¿No escuchas sus lamentos, Dina bella?

¡Y ahora me pides himnos y cantares!

Pídeme llanto, indignación, gemidos.

 

A Zaragoza

Viendo el tirano que el valor ferviente

domar no puede del león de España,

ni el lazo odioso de coyunda extraña

dobla el fuerte Aragón la invicta frente,

 

y juró cruel venganza, y de repente

se hundió en el Orco, y con horrible saña

del reino oscuro que Aqueronte baña

alzó en su ayuda la implacable gente.

 

De allí el desmayo y la miseria adusta,

de allí la ardiente sed, la destructora

fiebre salieron y el contagio inmundo.

 

Ellos domaron la ciudad augusta;

no el hierro, no el poder. ¡Decanta ahora

tu triunfo, oh Corso, y tu valor al mundo!

 

Al cumpleaños de Para

¡Pradina hermosa! cuando Dios quería,

y yo feliz tus ojos celebraba,

de tu presencia angelical gozaba

y en tu blando mirar me embebecía.

 

De tu boca dulcísima la mía

en tiernos besos el maná gustaba,

a tu bella garganta me abrazaba,

y de amor y placer desfallecía.

 

Mas hora ¡triste! de tu lado ausente,

de la esperanza el mentiroso halago

es cuanto gozo en mi dolor vehemente.

 

Beso un papel; abrazo el aire vago;

la hiel del tedio gusto solamente,

y en amargura y llanto me deshago.

 

Al Duque de Rivas

Tú a quien afable concedió el destino,

digna ofrenda a tu ingenio soberano,

manejar del Aminta castellano

la dulce lira y el pincel divino.

 

Vibrando el plectro y animando el lino,

logra Saavedra, con dichosa mano,

vencen las glorias del cantor troyano,

robar las gracias del pintor de Urbino.

 

Lógralo, y logre yo, si más clemente

se muestra acaso la áspera fortuna

que hoy no me deja en blando son loarte,

 

tejer nuevas coronas en tu frente

ya esclarecida por tu ilustre cuna,

ya decorada del laurel de Marte.

 

Al Excmo. Sr. Conde de Haro, hijo primogénito del Excmo. Sr. Duque de Frías al cumplir un año

Precioso niño, si al templar mi pena

basta el recuerdo de tan fausto día,

y al cielo llega la plegaria mía

en vez de lira al son de mi cadena;

 

dará benigno a tu niñez serena,

delicias de tu casa y su alegría,

más que soñado néctar o ambrosía

de salud y placer la copa llena.

 

Tu brazo un tiempo blandirá brioso

de tu padre el acero, cuando altivo

batas la ijada al alazán fogoso.

 

Docto cual él serás y ardiente y vivo;

cual tu madre gentil, discreto, hermoso;

cual ambos bueno, amable, compasivo.

 

Al nacimiento de Pradina

Cuando al morir el poderoso estío

el Otoño asomó la rubia frente,

frescura dando al congojoso ambiente,

vida a las plantas, movimiento al río,

 

nació Pradina, y celestial rocío

vivificó las flores de repente;

arrullolas Favonio blandamente,

y el sol brilló con nuevo señorío.

 

Alegre al verla el ruiseñor trinaba,

y de su boca de coral salía

fragante olor que el aire embalsamaba.

 

¡Triste de ti, Casinio! (cuando abría

los bellos ojos, el Amor clamaba).

¡Ay, de tu libertad, y aun de la mía!».

 

Al primer pintor de Camara don Vicente López

Si plugo a Carlos con la regia mano,

que a Marte arrebató palmas sin cuento,

alzar del suelo el mágico instrumento

a que gloria inmortal debe Tiziano;

 

si vio Velázquez de su dicha ufano

premiar todo a Filipo su talento,

dando a su efigie en ínclito ornamento

la roja insignia del Patrón hispano:

 

hoy a despecho de la envidia injusta

te ofrece, López, tan feliz destino

de otro monarca la bondad augusta,

 

que a favor desusado y peregrino

da a tus desvelos recompensa justa

y nuevos timbres al pincel divino.

 

Al Sr. Obispo de Zamora en sus días

Hoy que sus rayos el mayor planeta

mustios y oblicuos a la tierra envía

y envuelto en tinieblas y en escarcha fría

del trópico tocó la helada meta;

 

para dar vado a la emoción secreta

que el alma siente en vuestro fausto día,

sin invocar a Euterpe ni a Talía,

sola mi gratitud me hará poeta.

 

Gozadle un siglo, y por el santo celo

de tal pastor, que honrara el Vaticano,

de las sagradas ínfulas modelo,

 

hoy para bien del pueblo zamorano

más bendiciones os conceda el cielo

que tiene repartidas vuestra mano.

 

Cargado de mortal melancolía

Cargado de mortal melancolía,

de angustia el pecho y de memorias lleno,

otra vez torno a vuestro dulce seno,

campos alegres de la patria mía.

 

¡Cuán otros, ay, os vio mi fantasía,

cuando de pena y de temor ajeno,

en mí fijaba su mirar sereno

la infiel hermosa que me amaba un día!

 

Tú, que en tiempo mejor fuiste testigo

de mi ventura al rayo de la aurora,

selo de mi dolor, césped amigo;

 

pues si en mi corazón, que sangre llora,

esperanzas y amor llevé conmigo,

desengaños y amor te traigo ahora.

 

Cual viene en pos del borrascoso invierno

Cual viene en pos del borrascoso invierno

los campos alegrando abril florido

y la furia del austro embravecido

cede al arrullo del favonio tierno;

 

así el estado y público gobierno,

que en desdichas sin fin gimió sumido,

su esplendor volverás, oh Rey querido,

y harás su dicha y tu renombre eterno.

 

Ya el déspota cayó. Ya del profundo

sueño tornando de arrogancia lleno

ruge el león de España furibundo.

 

A tu sombra, de hoy más, aliente el bueno,

y en tu trono feliz te admire el mundo,

alma de la virtud, del vicio freno.

 

Cuando no hallaba ni aun en sueño vano

Cuando no hallaba ni aun en sueño vano

de mi triste prisión fácil salida,

por generoso impulso dirigida

tú me tendiste protectora mano.

 

Por ti recobro, ilustre Soberano

cuanto me puede hacer grata la vida.

Familia tierna, libertad perdida,

el sol de España, el suelo carpetano.

 

Que admiras hoy benévolo confío,

de mi tosco buril escaso fruto,

estos humildes rasgos que te envío,

 

mientras exento ya de pena y luto

por tanto alto favor el pecho mío

te da en su gratitud mejor tributo.

 

En el álbum de la señora Tomasa de Bretón

¡Cuál como tú feliz, bella Tomasa,

en quien Bretón extático se mira,

y en tu amor quincenal (no, no es mentira:

vuelve la hoja y lo verás) se abrasa.

 

«Hermosa, mucho más, la tengo en casa»,

dice a toda beldad que el mundo admira.

Tus ojos son el numen que le inspira;

tuyo el hechizo que a sus versos pasa.

 

Sólo falta ¡oh dolor! que en la terneza

de sus deliquios conyugales, cuando

a la diosa de Amor, no a Febo, invoque,

 

la gran fecundidad de su cabeza,

la unidad de lugar atropellando,

en punto menos alto se coloque.

 

En la traslación de los restos de D. Pedro Calderónal cementerio de San Nicolás

Gloria y delicia de los patrios lares,

¡buen Calderón!, de tu fecunda vena

el copioso raudal el orbe llena

venciendo espacios y cruzando mares.

 

Difunden hoy tus dramas a millares

las prensas de Leipsick, los oye Viena,

y hasta en las playas bálticas resuena

el cisne del modesto Manzanares.

 

¡Oh hispana juventud! Si al arduo empeño

de hollar del Pindo la sublime altura

no te alentare porvenir risueño,

 

esa pompa, ese mármol te asegura

con muda voz que, si la vida es sueño,

siglos de siglos el renombre dura.

 

En los campos de Vergara

¿Qué inusitada aclamación festiva

convierte el gozo de mi patria en duelo?

¿Por qué de mar a mar con raudo vuelo

suena sin fin centuplicado el viva?

 

La Paz, sí: ¿no la veis, de fresca oliva

la sien ordena, descender del cielo,

en su diestra agitar cándido velo,

y ahuyentar la Discordia vengativa?

 

¡Oh momento feliz! Su horrible tea

de la nación magnánima española

maldita siempre y execrada sea;

 

y anuncie el blanco lino que hoy tremola

y en que la cifra de Isabel campea,

un grito, un pensamiento, un alma sola.

 

Inestabilidad de las cosas humanas

A la voz de los tiempos rigurosos

se desploman las torres elevadas:

los montes y las rocas encumbradas

se ocultan entre juncos cenagosos.

 

¿Do estáis, anfiteatros y colosos,

arcos soberbios, moles ponderadas?

¿Dónde están vuestras bóvedas sagradas,

templos de Olimpia y de Balbec famosos?

 

¡Todos yacéis! Del poderío griego,

del sirio y persa, del romano, y godo,

¿qué dejó su segur al hierro y fuego?

 

¿Y deberá extrañar, cayendo todo,

que una botella de licor manchego

consiga derribarme por el lodo?

 

Invocando a la Virgen por la salud de la reina doña Cristina de Nápoles

Dulce consuelo del linaje humano,

madre excelsa de Dios, sacra Lucina,

humillado a tus pies la frente inclina

con ardiente fervor el pueblo hispano.

 

Si nunca vierte lágrima sen vano

el que se acoge a tu bondad divina,

vuelve, Señora, al lecho de Cristina

los bellos ojos, la piadosa mano.

 

Muévate de Fernando la agonía,

que en zozobra cruel pregunta, espera,

teme, se afana, alienta, desconfía.

 

De su penar los plazos acelera,

y antes que su fulgor esconda el día

agita el viento la feliz bandera.

 

La primavera

Sacude abril su fértil cabellera

y el ancho suelo puéblase de flores;

el alba le saluda, y mil colores

en torno brillan de la clara esfera.

 

Anuncia alegre el soto y la pradera

la vuelta de la risa y los amores,

y arroyos, aves, selvas y pastores

cantan la deliciosa primavera.

 

Ríe el zagal; alégrase el ganado;

todo el placer de su presencia siente;

el bosque, el río, el páramo, el poblado,

 

mas yo, que estoy de mi Pradina ausente,

suspiro solo y de tristeza helado,

cual si bramara el ábrego inclemente.

 

Los hoyuelos de Lesbia

Cruzaba el hijo de la cipria diosa

solo y sin venda la floresta umbría

cuando, al pie de un rosal, vio que dormía

al blando son del mar mi Lesbia hermosa;

 

y al ver pasmado que su faz graciosa

los reflejos del alba repetía,

tanto se deslumbró que no sabía

si aquello era mejilla o era rosa.

 

Alargó el dedo el niño entre las flores

y en ambos lados le aplicó a la bella,

formando dos hoyuelos seductores.

 

¡Ay, que al verla reír, la dulce huella

del dedo del amor mata de amores!

¡Feliz el que su boca estampe en ella!

 

Para el álbum (Juan Nicasio Gallego) de D. P. de T.

A Tulita de Avellaneda

Hoy que sus rayos el mayor planeta

mustios y oblicuos a la tierra envía

y envuelto en tinieblas y en escarcha fría

del trópico tocó la helada meta,

 

Tula cruel, ¿pretendes indiscreta

que salga a relucir la musa mía?

¿Dónde hallará calor mi fantasía?

¿Quién con setenta abriles es poeta?

 

¡Ay, que del estro se extinguió la llama!

Pasó la edad del canto y los amores,

y ya la ávida huesa me reclama.

 

Sólo del crudo invierno en los rigores

trocar es dado al numen que te inflama

las nieblas en fulgor, la escarcha en flores.

 

Parabién al rey Fernando por su enlace con la princesa de Nápoles María Cristina

Al clamor de la pública alegría

en que el pecho español su aliento apura,

de cuyos ecos a su cueva oscura

huye bramando la Discordia impía,

 

gozad ¡oh Rey! en tan dichoso día,

nuncio veraz de siglos de ventura,

la flor de gentileza y hermosura

que la bella Parténope os envía.

 

Nunca el vivo placer, Fernando augusto,

que en vuestra frente generosa brilla,

altere de fortuna el ceño adusto;

 

y a tan plácida unión deba Castilla

un príncipe feliz, clemente, justo,

a quien doblen dos mundos la rodilla.

 

Soneto improvisado en broma y de pies forzados

Ya no reina en las tablas Marco Antonio,

César, Yogurta ni el patrón de Plinio.

El trágico puñal perdió el dominio,

opio se emplea, arsénico, antimonio.

 

Cruces, horcas, fantasmas el telonio

te ofrece si haces de él fiel escrutinio:

de crímenes atroces vaticinio

es hoy la bendición del matrimonio.

 

El delirio, el furor se llaman genio;

ya Diana no es más que un plenilunio;

sólo se usa en el gálico Cilenio:

 

y en los teatros en diciembre o junio

tiemblan de horror los arcos del proscenio

de sólo presenciar tanto infortunio.

Publicar comentario