Poemas de Manuel María de Arjona
Poemas de Manuel María de Arjona (1771–1820) un influyente escritor y sacerdote español, figura clave en la transición del Neoclasicismo al Pre-romanticismo. Nacido en Osuna, destacó como un humanista de profunda formación clásica, lo cual reflejó en su labor como miembro fundador de la Academia de Letras Humanas de Sevilla.
Su obra poética se caracteriza por un equilibrio entre el rigor formal y una sensibilidad emocional incipiente. Entre sus poemas más celebrados destaca «A la memoria», donde explora la fugacidad del tiempo y la melancolía. Además de su faceta literaria, Arjona ejerció como canónigo y secretario de la Real Capilla, vinculando su vida académica con sus deberes eclesiásticos. Su legado reside en haber depurado el estilo lírico de su época, influyendo notablemente en la posterior Escuela Sevillana.
Preséntome
Solo yo, crudo amor, busco mi daño,
sin esperar más fruto, honor ni puesto
que un costoso y estéril desengaño.
Al amor (Arjona)
Sufre las nieves, sin temor al frío,
el labrador que ocioso no pudiera
de la dorada mies cubrir su era
a la llegada del ardiente estío.
No recela el furor del Noto impío,
ni la saña del Ponto considera
el mercader que en la ocasión espera
descanso lisonjero, aunque tardío.
Mujer, hijos y hogar deja y cubierto
el soldado de sangre, en suelo extraño
el honor de su afán contempla cierto.
Solo yo, crudo amor, busco mi daño,
sin esperar más fruto, honor ni puesto
que un costoso y estéril desengaño.
Triste cosa es gemir entre cadenas
Triste cosa es gemir entre cadenas,
sufriendo a un dueño bárbaro y tirano,
triste cosa surcar el océano
cuando quebranta mástiles y antenas;
triste el pisar las líbicas arenas,
y el patrio nido recordar lejano,
y aún es más triste suspirar en vano
sembrando el aire de perdidas penas.
Mas ni dura prisión ni ola espantosa,
ni destierro en el Niger encendido,
ni sin fin esperanza fatigosa,
es, ¡oh cielos!, el mal de mi temido;
la pena más atroz, más horrorosa,
es de veras amar sin ser creído.
A Cicerón
Pende en el foro, triunfo de un malvado,
la cabeza de aquel que la ruina
evitó a Roma, muerto Catilina,
y padre de la patria fue aclamado.
La ve el pueblo en los Rostros conturbado,
y un mudo horror los ánimos domina;
en los Rostros, do aquella voz divina
fue de la libertad muro sagrado.
¡O Cicerón! si tantos beneficios
paga tu ingrata patria de esta suerte,
¿cómo espera magnánimos patricios?
Mas ¿qué importa el morir? Témante ¡o muerte!
los viles siervos del poder y vicios,
pero el sabio ¿qué tiene que temerte?
A Albino
Hallar piedad con llantos lastimeros
entre los hombres Arión intenta,
y le es más fácil que un delfín la sienta,
que no los despiadados marineros.
Pues rendido a sus trinos lisonjeros
Benigno el pez al joven se presenta,
y en su espalda la noble carga ostenta
que arrojaron sus necios compañeros.
¡Ay, Albino! Conócelo algún día,
ni más el plectro con gemidos vanos
intente ya domar la turba impía.
No se vencen así pechos humanos:
busquemos en los tigres compañía,
y verás que nos son menos tiranos.
La diosa del bosque
¡Oh si bajo estos árboles frondosos
se mostrase la célica hermosura
que vi algún día de inmortal dulzura
este bosque bañar!.
Del cielo tu benéfico descenso
sin duda ha sido, lúcida belleza;
deja, pues, Diosa, que mi grato incienso
arda sobre tu altar.
Que no es amor mi tímido alborozo,
y me acobarda el rígido escarmiento
que ¡oh Piritoo! condenó su intento,
y tu intento, Ixión.
Lejos de mi sacrílega osadía;
bástame que con plácido semblante
aceptes, Diosa, en tus altares, pía,
mi ardiente adoración.
Mi adoración y el cántico de gloria
que de mí el Pindo atónito ya espera;
baja tú a oírme de la sacra esfera,
¡oh, radiante deidad!
Y tu mirar más nítido y süave
he de cantar que fúlgido lucero;
y el limpio encanto que infundirle sabe
tu dulce majestad.
De pureza jactándose Natura,
te ha formado del cándido rocío
que sobre el nardo al apuntar de estío
la aurora derramó
Y excelsamente lánguida retrata
el rosicler pacífico de Mayo
tu alma: Favonio su frescura grata,
a tu hablar trasladó
¡Oh, imagen perfectísima del orden
que liga en lazos fáciles el mundo,
sólo en los brazos de la paz fecundo,
sólo amable en la paz!
En vano con espléndido aparato
finge el arte solícito grandezas;
Natura vence con sencillo ornato
tan altivo disfraz.
Monarcas que los pérsicos tesoros
ostentáis con magnífica porfía,
copiad el brillo de un sereno día
sobre el azul del mar.
O copie estudio de émula hermosura
de mi deidad el mágico descuido;
antes veremos la estrellada altura
los hombres escalar.
Tú, mi verso, en magnánimo ardimiento
ya las alas del céfiro recibe,
y al pecho ilustre en que tu numen vive
vuela, vuela, veloz;
y en los erguidos álamos ufana
penda siempre está cítara aunque nueva
que ya a sus ecos hermosura humana
no ha de ensalzar mi voz.
El autor a sí mismo
Cansada nunca de tu vano intento,
corres, barquilla, el piélago espumoso,
y tu piloto sufre, temeroso,
del Aquilón el ímpetu violento.
Neptuno te presenta, fraudulento,
mansas las iras de su reino undoso,
¡cuitada! porque dejes tu reposo,
y luego llores del instable viento.
Al mar no vuelvas, mísera barquilla;
acógete, por fin, escarmentada,
al ocio dulce de la quieta orilla.
Que si a nave real, de horror cargada,
Neptuno la orgullosa frente humilla,
¡ay!, tú serás por burla destrozada.
Poema de Encomio al Monarca Francés
“De rosas y de mirto coronadas
canten del Betis las festivas drías
al sol benigno, que de luces pías
viene a dorar sus márgenes sagradas;
sol de más dulce encanto
que al que de luz fulgente
visten las bellas horas áureo manto:
y al grato rayo de su ardor clemente
la hermosa turba en danzas extendida
nuevo amor las inflame y nueva vida”.
Elogio a José Napoleón
“Reinará la abundancia, y en su seno
verás domar al piélago tus robles;
y no quebrados tus intentos nobles
tu nombre antiguo gozarás de lleno:
dos siglos son pasados,
oh España, que no existes,
cuando a impulso de genios elevados
te ves nacer de entre fragmentos tristes.
Por tanta hazaña, oh Palas, ya previenes
el más digno laurel de regias sienes.
Y así, oh gran rey, a su región te llama,
en que solo ser puedes coronado,
donde el Betis del Tíber envidiado
por los tartesios campos se derrama”.

Oda a la Presencia del Rey
“No siempre Marte
da los imperios,
que también de Minerva
vienen los cetros.
Ya pues desciende,
oh diosa sabia,
a coronar al Rey
de las Españas.
Y en este de la diosa suelo amado
donde Betis corona sus riberas
del árbol a sus cultos consagrado,
las musas placenteras
te impondrán, oh gran Rey, digna guirnalda,
y ya envidia a los montes Marianos
habrá del Pindó la esmaltada falda”.
“Pasó el terror helado,
y el español dichoso
te ofrece generoso
eterna su lealtad.
Más que el cañón tronante,
más que la ardiente espada,
más que la Francia armada,
conquista tu bondad”.
“Así la España
que triste yace,
en llanto baña
su hermosa faz.
Mas se complace,
mas se reanima,
y a tu presencia,
oh Rey piadoso,
goza en reposo
ya la influencia
de la alma paz”.
Al Gran Capitán
“¡Oh, de Córdoba honor, que eterno brillas,
como del cielo el astro soberano!
Gonzalo ilustre, que nombrado humillas
no menos al francés que al italiano;
hoy de tu Betis gocen las orillas
triunfo que emule el tuyo en Garellano,
y tu gloriosa sombra el númen sea
que intimide al francés en la pelea” (ibid.)
Idilio
“Aquella primavera,
que fue al pastor Dalmiro
invierno tenebroso
de llantos y suspiros,
enfrente de la choza
de Doris, su martirio,
una amapola bella
brotó el estéril risco,
en cuyas rojas tintas
miraba enternecido
la imagen del incendio
que abrasa sus sentidos;
como la fiera roca
lo era del ceño esquivo
que hallaba en su zagala
su amor enardecido”.
Soneto de Amor Triste
“Triste cosa es gemir entre cadenas,
sufriendo a un dueño bárbaro y tirano;
triste cosa sulcar el océano
cuando quebranta mástiles y entenas;
triste el pisar las líbicas arenas,
y el patrio nido recordar lejano;
y aún es más triste suspirar en vano,
sembrando el aire de perdidas penas.
Mas ni dura prisión, ni ola espantosa,
ni destierro en el Níger encendido,
ni sin fin esperanza fatigosa,
es ¡oh cielos! el mal de mí temido;
la pena más atroz, más horrorosa,
es de veras amar, sin ser creído”.
Si tú me Quisieras
“Si tú me quisieras,
mi adorado bien,
verías mi alma
nadar en placer”.
“La azucena y rosa
mezcladas se ven
al lirio y al nardo,
al mirto y clavel.
De tan dulce encanto
gocemos, mi bien;
gocemos, que el tiempo
no vuelve después” (ibid.)
El Duende
“Madre mía, murió el duende;
ya no tenemos con qué
poder asombrar al niño
cuando rabiare, ¿qué haré?
Se asomaba al postiguillo
y los dientes le enseñaba,
y le sacaba la lengua,
y el niño al punto callaba.
Pero ahora, madre mía,
ya no tenemos con qué
poder asombrar al niño
cuando rabiare, ¿qué haré?
Otras veces se vestía
de fraile o de sacristán,
y el pobre niño pensaba
que lo iban a enterrar.
Pero ahora, madre mía,
ya no tenemos con qué
poder asombrar al niño
cuando rabiare, ¿qué haré?
También yo estaba contenta,
porque el duende era mi amigo,
y nunca a mí me asombraba,
sino [que] me hacía cariños.
Mire usted, los tales duendes
a los hombres intimidan;
mas para nosotras, todos
son de mercocha y almíbar”.
Cantinela
“Pastorcito del alma,
no me abandones;
que cercan mi camino
mil salteadores.
Esta selva vecina
llena está de leones,
y sus fieros rugidos
estremecen los bosques.
¡Ay! qué difícil,
¡ay! qué intrincada
es esta senda toda,
pastor del alma”.
A La Memoria
Cuán divino es el don de la memoria.
Por ella se engrandece el ser humano
Y llega a hacerse el hombre ciudadano
Del anchuroso imperio de la historia.
Vence siglos y edades, y escogiendo
El tiempo que le agrada,
Hace en él su morada.
Así mortales límites trasciendo,
Y, de mi fuerza y libertad unidas,
De una vida fugaz formo mil vidas.
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