Poemas de Félix José Reinoso
Poemas de Félix José Reinoso (1772-1841) influyente eclesiástico, poeta y periodista español, figura clave de la transición entre la Ilustración y el Romanticismo. Formado en la Escuela Sevillana, su obra destaca por un profundo rigor formal y un contenido moralizante.
Su poema «La inocencia perdida» es su pieza más célebre, donde explora la caída del hombre y la corrupción de la razón, temas que resuenan en las transcripciones de su correspondencia poética con «Silvio». Reinoso utilizó la literatura para cuestionar la ambición humana y defender la virtud frente al caos social.
Como intelectual «afrancesado», sufrió el exilio, lo que marcó su visión crítica sobre la política española. Su legado reside en haber equilibrado la armonía neoclásica con una sensibilidad filosófica que anticipó la angustia existencial de épocas posteriores.
Fragmento
Los pájaros al aire derramados,
en colorida turba se desprenden,
cual nube que matiza en oro y grana,
coronada de lirios, la mañana.
La Inocencia Perdida (Fragmento)
Comió, y al fiel Adán, que respetoso
ni aun el árbol mirara, el don presenta
con las ofertas del traidor doloso,
y su temor y su esperanza alienta.
Insta, ruega, amorosa; el tierno esposo
cede, se rinde, y su osadía aumenta
más que el dolo, el amor; que es por su daño
amor más poderoso que el engaño.
La poma al labio llega, cuando al cielo
alzó acaso la vista, y de su mano
cayó el fruto perdido; un mudo hielo
cuajó densa la sangre al pecho insano.
Dos veces Eva con osado anhelo
tornó a la mano lasa el don profano;
dos veces cayó de ella, y ¡triste suerte!,
al fin revive para darse muerte.
Gustó la poma Adán, y el universo
sintió súbito el crimen. La alta esfera
robó entre sombras el semblante terso
que los globos de lumbre reverbera;
blando Favonio en Aquilón adverso
Mudó el soplo vital; de rabia fiera
se vistió el bruto, y su obsequioso oficio
el orbe todo convirtió en suplicio.
Viose desnudo Adán; la seductora
viose desnuda, su candor perdido,
cual marchito clavel se descolora
doblado sobre el vástago partido.
La bella, dulce luz encantadora,
rayo de luz eterna desprendido,
¡ay!, se oscuró en su faz, antes delicia,
maldición ya de la inmortal justicia.
Vioso y se avergonzó; y al bosque denso
corre turbado y su ignominia esconda,
las venganzas temblando del Inmenso,
a quien creyó igualarse. Mas, ¡oh!, ¿dónde?,
dónde de Dios huirá? Del orbe extenso
patente el seno ve; a su voz responde
la muda nada en el abismo oscuro;
su faz envuelve la sombra en fuego puro.
A La Concepcion De Ntra. Señora
Deja ya la mansion del suelo escuro
la Virgen Madre, y con ligero vuelo
hiende veloz la transparente esfera.
El manto desprendido al aire puro
en ondas vaga; y por el alto cielo
de rosicler bordada su carrera,
cual Iris reverbera,
y en mil visos las nubes esclarece.
Su semblante ya pálido oscurece
el rojo Delio y orna su sagrada
planta Cintia postrada;
y el genio de los males se estremece.
Al alto llega y soberano asiento
dó el Hacedor del Cielo en quicios de oro
los orbes mueve y á su acento rige.
No allí vano laurel, digno ornamento
es á la sacra sien de quien el lloro
destierra, que al mortal mísero aflige;
Mas augusta se elige
de estrellas mil corona refulgente,
que eterna ciña la dichosa frente.
Luego en dorada nube luminosa
la silla gloriosa
ocupa junto al Rey omnipotente,
A su vista se humillan respetosos
los Espíritus sacros, que contino
cercan, la faz cubierta, el trono santo,
y alegres cantan himnos sonorosos.
Y las sublimes almas, que el divino
reino esperaron en dichoso llanto,
el misterioso canto
repiten veces mil y el dulce acento
el alto Empíreo llena y el contento.
Y ¿quién, dicen, es esta que á deshora,
cual rutilante aurora
segura vuela hasta el supremo asiento?
Entonce el Padre Dios con voz inmensa
que escucha siempre el cielo prosternado,
Esta, dijo, es mi Esposa sacrosanta,
libre por mí de la primera ofensa,
por quien funesta muerte al Mundo ha entrado:
Esta mi Esposa diva, cuya planta
victoriosa quebranta
del hórrido dragon la frente dura:
y á la mesquina, esclava criatura
salva del yugo infame y triste llanto;
y cierra con espanto
del hondo lago la caverna escura.
El triste reino en lúgubre gemido
resuena en torno: tiembla el Rey tirano,
y la corona pierde de vil hierro;
y el duro cetro, en humo denegrido
el susto quita de su torpe mano.
Ya al hombre salvo del antiguo yerro
el tan largo destierro
por esta Vírgen sacra se levanta:
ya de la celestial morada santa
las cerradas un tiempo eternas puertas,
se miran siempre abiertas,
y entra el mortal su venturosa planta.
Vendrá un tiempo felice que este arcano
manifieste á los hombres y que honore
el Orbe tal pureza agradecido.
En cuanto al Sol su lustre dure ufano
y el alto cerco con sus rayos dore,
holocáusto en sus aras repetido,
á su gloria debido
gozoso ofrecerá. Ya el suelo Hesperio
votos dirige al inmortal misterio.
Así habló el Rey del cielo poderoso,
y Febo luminoso
se para en el Cenit del hemisferio.
Á Jesucristo Sacramentado (1796)
¿Y qué, Señor, bajo ese opaco velo
la magestad se esconde,
el poder y esplendor que en luz ardiente
enciende y llena el anchuroso cielo?
¿dó el trono soberano
está: el alcazar? Donde
la corte que entre nubes reverente
asiste á la deidad, de cuya mano
pende la tierra, á cuya vista airada
la mar huye espantada?
Tú bajas ¡oh! de tu esplendor desnudo
á esta humilde morada
para habitar en el mortal mezquino,
para estrecharle en amoroso nudo.
¡O Señor! qué es el hombre
prole infiel engendrada
en miseria y pecado? Amor divino,
inmenso como Dios! Así tu nombre
tu omnipotencia y gloria y tu grandeza
se humilla á su bajeza!
No ya como en Horeb de enmedio el fuego
un acento imperioso
Aparta, le dirá, del lugar santo:
ni otra vez el mortal entre humo ciego,
sobre el Siná encendido,
en trueno pavoroso
oirá la voz divina con espanto.
De sí pródigo Dios al hombre unido
fué su víctima ya; y hora, ¡o portento!
ser quiere su alimento.
¿Cual ¡oh! será la fortunada gente
á quien el rostro amable
su Dios así le muestre generoso?
Entonad, o mortales, dulcemente
canto no interrumpido:
la piedad adorable
load, load del Dios que en delicioso
manjar se os dá. ¡O amor! ¡oh! convertido
yo en tí viviere el alma desmayada
en dulzura anegada!
Al Nacimiento De Jesucristo (1796)
Del Padre omnipotente
tú el saber y esplendor; tú, la esperanza
del mísero viviente,
benigno oye los votos que á tu nombre,
por cuanto Febo á iluminar alcanza,
tributa fiel el hombre.
Benigno oye sus votos,
libertador de la cautiva gente:
ante los más remotos
siglos igual en ser, de su alta ciencia
te engendró el Padre, de la eterna mente
eterna descendencia.
Antes que el mar profundo
sus brazos dividiendo el suelo unido
tendiese por el mundo,
y rompiendo los bósforos violento,
á tu soplo del Cáucaso temido
temblára el hondo asiento:
Antes que la luz pura
volara en blanda llama por la esfera,
y atada Cinosura
al polo inmoble, el escuadron lumbroso
de los soles tras ella revolviera
tu brazo poderoso.
Y el eterno vacío
que poblaron los órbes ya llenaba
tu inmenso Señorío:
en silencio la nada respetosa
para brotar los seres aguardaba
tu palabra imperiosa.
¡Y débil ora yaces
y flaco aliento tu deidad respira!
Eterno siendo, naces:
Sufres siendo impasible: el almo coro
tu faz de gloria prosternado admira
nublada en tierno lloro.
Los quicios de diamante
sobre que el mundo con perenne vuelo,
rueda en giro sonante,
esas trémulas manos afirmaron.
¡Esos bracitos el fulgente cielo
cual lienzo desrrollaron!
Mas ¡oh! que aun escondido
muestras tu gloria y tu poder presentes.
A su primer vagido
renace la creacion: un astro luce
nuevo en Empíreo y las remotas gentes
á adorarle conduce.
En letargo profundo
el orbe reposaba: del Ocaso
su rayo moribundo
nublosa y débil luna despedía,
y en leves sombras con dormido paso
la noche se envolvía.
Cuando súbita lumbre,
inundando la esfera, desvanece
la vaga muchedumbre
de cándidos luceros: arde el viento
en raudales de luz y se esclarece
el orbe soñoliento
Su seno el yermo helado
al dulce fuego dilatarse siente,
de lirios coronado:
de verde musgo el pedernal cubierto
riega, y fecunda en abundosa fuente
el árido desierto.
No ya serpiente oculta
el pié hiere al incáuto caminante,
ni mas la selva inculta
ponzoña guarda entre falaz maleza;
néctar destila y bálsamo fragante
la enriscada aspereza.
¡Qué apacible se mira
el lobo entre nevados recentales
olvidada su ira,
retozon alhagallos! atrevidos
tras él triscan en saltos desiguales
con débiles balidos.
¿Y qué nuevo portento
pasmada admira súbito natura?
El raudo movimiento
detiene el globo; su mecer undoso
para el mar; pléga el aire con blandura
las alas silencioso.
¡Cuál en dulce armonía
henchido suena en derredor el cielo!
Todo mana ambrosía:
y una voz… ¿no la oís? *Gloria en la altura,
gloria*, dice, *á tí, Dios: paz en el suelo,
paz al hombre y ventura*.
Paz, gloria: el grato acento
corre veloz y hasta el lejano polo
de paz se llena el viento.
Riegan olivas, en alegre bando,
y al hombre anuncian paz, gloria á Dios solo
los querubes volando.
¡Paz! Consolaos mortales;
gloria al Rey de la paz! Ya la justicia
los tristes eriales
pisa otra vez del mundo delincuente,
y ella y la paz el beso de delicia
se dan que al hombre aliente.
Paz! Al lóbrego Averno
gimiendo huyó la guerra fratricida.
El Hacedor eterno
que en paz universal formó al humano,
para que la recobre ya perdida
se humilla á ser su hermano.
Al Ser Supremo Contra Los Incrédulos (Cántico)
Imitacion de la poesía hebrea. (1796.)
Effunde iram tuam in gentes que te non noverunt (Salmo 78)
Dijo el necio. «No hay Dios». Osado un hombre
pretendió sojuzgar el orbe entero
á su arbitrario mando;
y el poder fingió artero
del númen vengador, en cuyo nombre
su imperio levantar. Cayó temblando
y dobló entonces la cerviz al yugo
la muchedumbre ilusa.—El hombre siente
cual el bruto viviente.
Quien á un tirano plugo
nó; natura es su Dios. ¿Dónde está, dónde
esa deidad que del mortal se esconde?
Tú, Señor Dios de Abran, en cuya ira
saltan los montes de pavor, y en humo
ardiendo sube el suelo
del sacro templo sumo,
oye mi voz y al insolente mira
que osó mover su lengua contra el cielo.
Tú, Dios, tu hablas victorias. ¡Oh! delante
de tu faz vá la muerte: tu vestido
de llamas guarnecido.
¿Quién á tí semejante
entre los fuertes es, Jehová guerrero?
Rayos tus ojos son, la voz tu acero.
Tu gloria anuncia el firmamento alzado
en sus lumbres sin fin. Nace fulgente
el Sol, y al universo
¡DIOS! proclama en oriente
¡DIOS! el Véspero suena: alza nevado
sobre las cimas el semblante terso
la Luna y DIOS repite; y DIOS el coro
de estrellas en su giro ardiendo clama.
Vuela cual leve llama
el acento sonoro
por el orbe; mas ciego el descreído
tapió con ambas manos el oido.
Dijo.—«No hay mas allá de lo terreno,
mañana no seré. Venid, bebamos;
holguemos este dia:
al justo persigamos
y al huérfano infeliz. Cual prado ameno
y es humillado el simple».—¡Ay Dios! que brama
el desleal! De su furor creciente
nos sumerge el torrente:
en nuestro pan derrama
la hiel, en nuestro pecho agudas penas:
sus manos de horfandad y sangre llenas.
Y prospera el infiel? Señor, mi planta
resbala y titubea: yo ardo en celos
por la paz del malvado.
Cual águila en sus vuelos
así él crece en su dicha y se levanta
y dige: en vano al corazon manchado
y las manos lavé; de la mañana
á la tarde padezco.—Mas te agravio,
Señor, con torpe labio;
por que la mente insana
el fin no vé del justo que en tí fie;
y entonces; ¡ay del que de Dios se rie!
¿Dónde el feroz huirá? Si de la aurora
toma las alas y con ráudo vuelo
corre allá do los mares
valladar son del suelo,
le alcanzará tu diestra vengadora.
Tornaránse sus dichas en azares,
cual heno al fuego pasarán sus dias.
«La noche esconderá en su seno umbrío,
digera aquel impío,
mi crímen y falsías».
Mas no hay sombra ante Dios: la niebla oscura
brilla á sus ojos como llama pura.
Manda presta tu ira cual rugiente
leon devorador: caiga el espanto
sobre el necio orgulloso:
su manjar sea el llanto.
¿El fuerte de Israél con sesga frente
oirá su nombre blasfemar? ¿Gozoso
moverá el arrogante la cabeza
contra Jehová? ¡Contra Jehová el gusano!
«Que venga, dice ufano;
«que muestre su grandeza
«ese Dios y creerélo». ¿Y lo percibe
Señor, tu oido, y aun el fiero vive?
¡Y vive él y te mofa!—Tiende, ¡Oh! tiende
el brazo triunfador que al mar bramante
en sus lindes encierra.
De tu airado semblante
el fuego lanza que las nubes hiende
y los cedros del Líbano soterra.
Sus! Vibra, ó Prepotente: el duro pecho
atraviese tu dardo enherbolado,
y caiga aquel malvado:
caiga y á su despecho
falleciente el poder confesará
de *El que és, el que ha sido, el que será.*
Himnos en loor de San Isidoro
Ante la hueste arriana
fuerte adalid se presenta
Leandro; ni le amedrenta
del vulgo la furia insana,
del tirano la crueldad.
Triunfa, las sienes vendada
la Fé en el antiguo asiento,
do ya con mas puro aliento
su voz oirá inmaculada
la ibera posteridad.
Llevado al celeste coro
el pastor que á la fiel grey
redujo al pueblo y al Rey;
mas luz dá á la fé Isidoro,
dá á la Iglesia mas honor.
Así la aurora naciente
rasga al orbe el negro velo;
mas luego, Señor del cielo,
subiendo el Sol por Oriente,
le inunda en su resplandor.
De su voz al trueno fuerte
huye pálido el impío,
y este noble poderío
deja despues de su muerte
á su silla en heredad.
Su sólio domina alzado
entre el tumulto agareno,
cual sobre nubes sereno
á su pié el Ande nevado
ve rugir la tempestad.
Él amoroso
dá á su rebaño
pasto sabroso;
y al lobo extraño,
que le amedrenta,
terrible auyenta
de su redil:
Cual oficiosa
labra la abeja
miel olorosa,
y al fiero aleja
que le arrebata
su labor grata
con mano hostil.
Ya enjambre sábio
lo mostró un dia,
cuando en su lábio
de la ambrosía
fabricó el nido,
como en florido
dulce pensil.
Antes De Morir Anuncia La Pérdida De España
A la tumba cercano Isidoro,
de Rodrigo predice el desdoro,
de la mísera pátria el dolor.
«Ay! exclama, tus culpas, ó España,
«del Potente encendieron la saña,
«que ya el rayo vibró en su furor.
Sobre el godo la muerte revuela
y su trono y sus huestes asuela,
cual las mieses furioso huracan.
¡Ay! tus ondas orladas de espigas
cuantos yelmos, ó Lete, y lorigas
cuantos cuerpos al mar volcaran!
Ya, ya surgen del afro las popas,
ya descienden las bárbaras tropas,
ya las miro los campos correr.
Tal se vió de Coré en el estrago
entre llamas ignífero lago
de Jacob la progenie envolver.
Mas célica alegría,
depuesto ya el encono,
baja del almo trono:
hispanos, confiad.
Feliz nacerá un dia
en que benigno el cielo
sobre el amado suelo
derrame su piedad.
Las cruzadas entenas
de la española gente,
domando tu corriente,
verá la turba infiel;
Y rotas las cadenas,
Bétis, del cuello laso,
darás abierto paso
al cautivo Israël.
Que ya Jehová guerrero
al soplo de su enojo,
hundiendo en el mar rojo
la pérfida legion,
Por sólido sendero
el golfo dividido,
salvó al pueblo escogido
del duro Faraon.
La Creacion (1796)
¿En qué furor sagrado ardiendo el pecho
algun númen que ignoro
tras sí me lleva?… El horizonte estrecho
á mis ojos se extiende:
ya del éter los ámbitos exploro,
globos de luz sin número trasciende
la mente absorta… ¡Espíritu divino!
¿Acaso al gran destino
me elevas que el mortal perdió culpado
ó á la silla del ángel derribado?
Vanos nombres, que en mudo simulacro
honró ciego el viviente,
¿á dónde estais? Yo miro el trono sacro
del Señor cuya diestra
los orbes vuelve y rige Omnipotente.
Su frente excelsa el pensamiento muestra
que dió vida al no-ser… ¡Hacedor Santo!
Tu inmortal obra canto,
que Apolo ignora, y el mentido coro.
¡Oh! tú me inspira á quien humilde adoro.
Tú fuiste siempre, solo tú. El vacío
do rueda el universo,
solo tu ser llenaba y poderío.
Tú llamaste á la nada,
y de los mundos material diverso
brotó en sus senos á la voz sagrada:
inmenso, rudo vulto denegrido
en las aguas hundido
que, volando, tu Espíritu agitaba
y en gérmenes de vida fecundaba.
Más no entre sombras la sublime idea
entallar convenia
sobre el tosco embrion.—*Que la luz sea*,
sonó el divino acento,
y fué la luz. De entre la noche umbría
rápido se desprende por el viento
un vapor luminoso que á deshora
el espacio entredora,
como sin astros las nevadas cimas
tímido albor en los polares climas.
Y á la imperiosa voz obedeciendo,
las aguas difundidas
se agolpan y se lanzan con estruendo
en catarata inmensa,
abriendo el lecho do morar unidas.
Entonces descogió su faz extensa
la tierra enjuta, y Mulhacen la frente
alzó y el Etna ardiente,
cual un gigante con robusta planta
súbito despertando se levanta.
Desde el abismo de la tierra ciego
dulce calor envia
á la aterida faz el vivo fuego
que sus limos fomenta,
y el oro y jaspe en las entrañas cria.
*Plantas, naced.*—Habló y al cielo esenta
se sublimó la palma: en musgo y flores
se visten los alcores
que orlan las mieses de dorada zona,
y el Líbano de cedros se corona.
Pero á ese globo espléndido ceñida
no fué la grande empresa.
La lumbrosa materia removida
al mando omnipotente,
se aglomera en el éter, y sospesa,
y ya inmenso fanal brilla en oriente.
Fuiste, ó Sol, y á la Luna otro hemisferio
dividiendo tu imperio
diste alumbrar, como en país lejano,
su potestad delega el soberano.
Ni basta un Sol: innumerables cielos
uno sobre otro alzados
desplega Dios cual transparentes velos
do su diestra derrama
lluvia intensa de soles argentados,
un rayo de su frente los inflama:
un soplo los impele de su aliento
en raudo movimiento:
en grupos los ordena un gesto solo,
y centro á su girar les dió en el polo.
¡Oh! quién los contará? ¿Quién atrevido
sus órbitas corriera
por la insondable inmensidad perdido,
si ya el rápido vuelo
pidiese al Aquilon? Ante su hoguera
como alentar el morador del suelo;
fijar la vista en su fulgor celeste?…
¡Oh, Dios! tu templo es este:
sus lámparas los astros…. Yo su giro,
su fuego ignoro y en silencio admiro.
De aquí la faz en tu inacesa lumbre
tornando al bajo mundo
el hondo abismo, la enriscada cumbre,
el llano, el vago viento
todo se puebla á tu querer fecundo,
todo se anima á tu vital aliento;
cual jóven muerto, al despuntar el dia
ciego, inmóvil yacía
el órbe ante la luz: tu voz resuena
y de vida y accion el mundo llena.
Hablaste ¡oh Dios! y dilatarse siente
como un pecho que aspira,
y latir dentro el piélago obediente,
súbito inmensa próle
sus senos hinche y resbalando gira
diversa en formas, en esmalte, en mole;
del gusanillo al leviatan horrendo,
cuyo dorso entreviendo
teme dar el piloto en un bajío,
y cauto el rumbo tuerce del navío.
No tan ligera del sereno lago
alza súbito el vuelo
nube de ánades densa, si el amago
del cazador advierte;
cual entonces del mar al ancho cielo
ufana con su pompa y libre suerte
infinidad alígera se eleva,
y con audacia nueva
los aires cruza saludando al dia,
y de gala los llena y armonía.
¿Y aun nueva agitacion?… La voz de vida
(¿Ois?) manda a la tierra
despertar y animarse. Conmovida
órganos, sentimiento,
dá á sus glebas informes la alta sierra,
dá el valle, henchidos del vivaz aliento.
No así en lóbrega noche al caminante
fugaz llama radiante
de pronto objetos mil muestra presentes,
como el suelo se inunda de vivientes.
Todo vive á tu voz… ¿Mas quién alcanza
de esa grey tus portentos?
¿Qué lábio te dará digna alabanza?
El himno, el dulce lloro
de gratitud, de amor, no sus acentos
incultos sonarán en rudo coro.
Falta un ser mayor obra de tu brazo
que uniendo en alto lazo
lo eterno á lo mortal, del mundo Rey,
dé gloria al cielo y á la tierra ley.
¡Oh! (silencio vivientes!) En su seno
el Hacedor augusto
medita, se aconseja. De amor lleno:
*Hagamos, dice, al hombre*
*imágen nuestra, que el obsequio justo*
*nos dé y al orbe impere en nuestro nombre.*
No ya nace al mandato soberano;
la Omnipotente mano
le fabrica por sí: y aunque en el suelo
puesto, la vista se dirige al cielo
Y á la sublime celestial figura
lanza la mente inmensa
una centella de su lumbre pura,
que de saber y gloria
y dominio la inviste.—Ay! una ofensa….
¡hombre infeliz! Cayó…. Mas la memoria
de su grandeza en el humilde estado,
cual un Rey destronado,
guardando en su interior, el que perdiera
antiguo imperio recobrar espera.
Á Albino, En La Muerte Del Sr. D. Juan Pablo Forner (1797)
¿A qué precio, mi Albino, el alto cielo
á la perdida luz vuelve piadoso
el sábio arrebatado en presto vuelo?
¡Oh! si el llanto, si el ruego fervoroso
devolviera á la sombra inanimada
el celestial espíritu glorioso!
Mas ¡ay! ¿quien de la Parca despiadada
calmó el rigor, ni del fatal acero
logró la vida redimir cortada?
¡Triste y mísera vida! El hado fiero
trueca improviso la mayor ventura
en llanto eternamente duradero.
Llora, mi Albino: que á la tumba oscura
á Norferio ha llevado; al gran Norferio:
no es la suerte del Genio mas segura.
Mas ¿por qué el detestado ministerio
no ejerce igual? ¿ni igual, si bien impío,
sojuzga los vivientes á su imperio?
¿Maron arrebatado al reino umbrío
será en temprana edad, mientras un Babio
no teme al hado, en su favor tardío?
¡Ah! crece el duro acanto sin agravio
del Noto adverso, que la flor hermosa
marchita á su nacer, tal muere el sábio.
Tal es del bien la condicion forzosa
en un mundo de males: brilla y muere
cual en la noche exhalacion lumbrosa.
Sutil destello que al mortal confiere
el cielo de su luz, cuanto mas puro
mas veloz á su esfera se transfiere.
Así pasó Norferio: al suelo oscuro
en su rápido tránsito luciendo,
voló triunfante al inmortal seguro.
El misterio del hombre, el caos horrendo
de errores que abortó saber insano,
esclareció, de nuestra vista huyendo.
En su giro ilustró del ser humano,
que autómato fingiera el desvarío,
la condicion y objeto soberano.
Del órden racional mostró al impío
ser Dios el centro, como el Sol fulgente
de los astros que corren el vacío.
Los altos dogmas declaró elocuente
de Temis; celador de su balanza,
el rigor vano combatió ferviente.
Él de los siglos que á contar alcanza
solo en hechos solícita la historia,
revelar quiso al mundo la enseñanza.
Él de su pátria restauró la gloria,
por extrangera emulacion manchada,
y vengó de sus sábios la memoria.
¡Y láuros tantos abismó en la nada,
¡Oh Norferio! y robó nuestra ventura
para daño comun la Parca airada!
No: jamás del saber la lumbre pura
nublará, ni tu fama el golpe fiero:
España en su dolor te lo asegura.
Del Calpe infausto al valladar postrero,
en son lúgubre el aire estremecido,
tu nombre lleva por el suelo íbero.
Y mas que todos Bétis condolido,
que oyó tu canto y el laud sonoro,
al mar lanza de Atlante su gemido.
En derredor vagando el triste coro,
el coro de zagales ¡ay! tu amado,
muda su alegre voz en tierno lloro,
Y ¿quién ¡mísero! clama desolado,
quién será ya en contiendas pastorales
por juez del cantar dulce señalado?
Las diosas del saber en funerales
lamentos cercan la funesta losa,
traspasados sus rostros celestiales:
Cuál de láuro inmortal y fresca rosa
con el vertido llanto salpicada
ciñe la tumba, y de azucena hermosa.
Cuál del dolor agudo desmayada,
al brazo apoya el pálido semblante,
junto al caro sepulcro derribada.
Cuál turbada con mano vacilante
las flores ya deslaza que tejía
en orla de colores rozagante.
En coronas espléndidas que un dia
su sien de nuevo ornaran y ya en vano
otro sábio á esperar se atrevería.
Cuál el ára levanta, do en lejano
siglo será invocado del viviente
Norferio á par de Apolo soberano.
En tanto le consagra en son doliente
su canto celestial que ignora el hombre,
ceñido Febo de Ciprés la frente.
Y aunque mi flaca voz del alto nombre
de Norferio es indigna, que de olvido
triunfó inmortal con célebre renombre,
En desusada llama el pecho ardido,
me inspira un númen, que al hispano suelo
proclame yo su nombre esclarecido.
Glorioso Vate, que el excelso cielo
habitas ya do entre celages de oro,
rasgado ante tu vista el sacro velo,
Al Hacedor del órbe en mas sonoro
y eterno canto alabas prosternado,
tu voz uniendo á las del almo coro.
No temas que mi acento desmayado
deslustre tu virtud; no en la alta esfera,
cual en el mundo, el genio es mancillado.
Allí absorve tu ser la gloria entera
de la deidad que de explendor te inviste
y á su adalid los triunfos remunera.
Gózala, sí: mientras en canto triste
repitiendo las musas tus loores
lloroso el pueblo á tu sepulcro asiste.
Ay! (clama desparciendo blandas flores
y siempre-viva por el mustio prado,
perfumando la tumba sus olores.)
Ay! No ya otro Norferio del sagrado
Helicon vengará ni de su fuente
el honor tantas veces ultrajado.
¿Y trepará de hoy mas la insana gente,
que en vil tropa turbó con ronco ahullido
los acentos que Febo oye presente?
¡Cual un tiempo se vió, despavorido
á la voz de Norferio el torpe bando,
despeñarse con hórrido alarido!
¡Y la trompa sublime resonando,
el láuro desceñirse el sacro Apolo
la frente al caro Vate coronando!
Mas ¡ay! su trompa triste ruina solo
rota yace: la que en vigor y alteza
no halló igual de Calixto al otro polo.
Rota su lira ya, sin gentileza
roto el zueco, envidiosa se adelanta
la Parca á destrozarlos con fiereza.
Y ya de Pimpla la caverna santa
solo en ayes resuena. ¿Se debia
al desgraciado coro pena tanta?
En un tiempo que agravios mil sufria
¡infeliz! ¿le asestaba el golpe airado
avara de su bien la muerte impía?
Querido Albino ¿y cuando así angustiado
el Pindo llora en dolorido acento,
tornar podremos al cantar usado?
¡Oh! vuela á las moradas del contento
á sonar, ¡o mi lira! que sumido
tu dueño yace en inmortal lamento;
no dá mas voz mi plectro que el gemido.

Firmeza De La Virtud (1796)
De lirios y vïolas olorosas
se adorna placentera,
reclinada la bella primavera
en tálamo de rosas.
Mas ¡ay! ya asalta la frondosa vega
el estío sediento,
y aja su pompa, y al airado viento
en aristas la entrega.
Templa Otoño sus fuegos, y racimos
ciñe, y doradas pomas,
y el ambiente embalsaman los aromas
de sus frutos opimos.
Pero el cierzo invernal hórrido zumba,
con las crugientes álas
desnuda al año las postreras galas,
y le arroja á la tumba.
¿Qué bien, o dulce Albino, habrá durable
en la mortal flaqueza,
si en giro así fugaz naturaleza
enseña á ser mudable?
Dó la alta torre y orgulloso muro
al cielo se levanta,
¡cuán presto el buey con perezosa planta
llevará el hierro duro!
Voraz el tiempo su mortal guadaña
blande, y con fiero encono
sobre las gradas del volcado trono
erige la cabaña.
Así fenece la mayor ventura,
veloz el hado esquivo
derriba al triunfador del carro altivo
á la indigencia oscura.
La virtud sola es fuerte. Denegrida
cubre su faz la esfera,
y con luz espantosa reverbera
en llamas encendida.
O estallando del monte la alta frente
con horrísono estruendo
se despedaza: pálida gimiendo
vaga la triste gente.
Solo entónces seguro el virtuoso
no busca el vano asilo;
y opone fuerte el corazon tranquilo
al estrago horroroso.
Si truena el cielo, y de las aves huye
el temeroso bando,
y busca en vano el nido que bramando
el huracan destruye;
Su vuelo entonces rápida levanta
el águila altanera,
y el rayo mira desde la alta esfera
cruzar bajo su planta.
Tiemble asustado en su feroz ventura
de Sicilia el tirano;
Sócrates mientras, con tranquila mano
el letal vaso apura.
¡Ah! solo la virtud del tiempo fiero
triunfa y adversa suerte:
¿Qué puede en ella, inexorable muerte
el golpe de tu acero?
Hiere…. del justo cumples la esperanza
rompiendo su atadura.
Ya vuela suelto á la inefable altura
de tu segur no alcanza.
Á Licio, De Los Vanos Deseos (1796)
¿Qué torpe frenesí al mortal insano
ciega, o mi Licio? En vano
naturaleza ofrece bienhechora
al humano reposo
los dones que atesora:
en vano hacer intenta
feliz al hombre; de la pena ansioso
feroz consigo, él mismo se atormenta.
No ya en dulce solaz el placer puro
de cuidados seguro
goza el humano pecho no turbado.
¿Qué al mortal aprovecha
el bien tan suspirado,
si jamás su sed vana
con la dicha lograda satisfecha,
nueva inquietud por nuevo bien le afana?
Su heredad mira el labrador ufano
ya del dorado grano
mas que los Libios campos coronada;
Mas luego al prado ameno
de rosa aljofarada
cubierto en copia rica.
vuelve los ojos de tristeza lleno,
porque no en su provecho fructifica.
Brilla trémulo el mar en extendido
surco, cuando torcido
manda el rayo, subiendo por la esfera
la Luna silenciosa;
mas Fabio en la ribera
suspira desvelado,
porque le aparta la region dichosa
dó yace el metal rico sepultado.
¿A dónde, almo contento, en presto vuelo
veloz huyendo el suelo,
del triste pecho la quietud llevaste?
Cruel, cruel deseo,
tú solo, tú ahuyentaste
el sosiego anhelado
del viviente, que en vano su recreo
busca ya, en ansia viva congojado.
De entónces el sosiego abandonando
el ambicioso bando,
mora solo en sencillos corazones.
Su cetro obedecido
en altos pabellones
levante la codicia;
solo en mísero hogar, desconocido
vive el contento y vierte su delicia.
Reposa el zagalejo descuidado
bajo el olmo elevado
en pobre lecho de menuda grama:
el aura placentera
del ámbar que derrama,
su cabello humedece;
y revolando en torno lisongera
sobre su rostro posa y lo adormece.
No la ambicion del mando pretendido
su sueño no rompido
turba, ni de la gloria el nombre vano.
Cuando el esplendor puro
de Febo soberano
por la lejana cumbre
resbala en brillos mil al soto escuro,
los ojos abre, heridos de su lumbre.
Despierta ledo, y de pintadas flores
esmalta en mil colores
su pobre tragecillo. Por el prado
¡oh! ¡cuán tranquilo canta
tras su humilde ganado!
De inocente alegría
bañado el rostro cándido, levanta
sus puras manos saludando al dia.
¡Mortal feliz! ó Licio ¿Y altanero,
vil lo llama y grosero,
el hombre víl en ambicion sumido?
Almo, dulce reposo,
en vano apetecido
del viviente afanado
tras falso bien, el ánimo ambicioso
¡oh! jamás goce tu placer sagrado.
Á Jovino, Apreciador De La Juventud Estudiosa (1796)
Caliope, desciende:
¡oh! del celeste asiento,
desciende Diosa: la region vacía
en raudo vuelo desprendida hiende.
Ven, tu sagrado aliento
al mortal cante, que la frente alzada,
desdeña la mirada
de los humanos, y de Parca impía
triunfador, sube hasta la fija altura
do brilla Cinosura.
¡Ven! ¡oh! ¿mas qué?… yo miro
los átrios eternales
abrirse…. prosternado yo os adoro,
deidades santas. Sobre el alto giro
las sillas inmortales
se miran de los númenes sagrados:
¡Ah! ¿lo veis? Si, sentados
allá aparecen en brillante coro
y al gran padre se vé de cuanto anima
del Olimpo en la cima.
Y auricrinado Apolo
canta la sien orlada
de frondoso laurel: en torno gira
su coro en fuegos mil, y el ancho Polo
con la voz regalada
blandos ecos despide: el torvo ceño
desnuda ya, y risueño
oye Mavorte la canora lira,
y aparta el rayo Jove soberano
de la encendida mano.
Aparta el rayo ardiente
y vistosa guirnalda
de láuro fértil en su mano muestra:
de láuro que del Pimpla floreciente
en la ramosa falda
entrelazaron de azucena y rosas
las castalidas diosas.
¿Y á qué deidad la omnipotente diestra,
á qué Genio inmortal, mente divina
tal galardon destina?
Mas ¿quién al sacro asiento,
del hombre nunca hollado,
audaz estiende la gloriosa planta?
Tal intrépido corta el raudo viento
del ave arrebatado
el lozano garzon del alto Ida:
la region encendida
huella, serena el rostro, y se levanta,
ardiendo la sien rubia en viva lumbre,
á la celeste cumbre,
do en copa de oro ardiente
la eternal ambrosía
ministro sirve al celestial senado:
ora al varon sublime y elocuente
que con alta osadía
de Febo al lado su explendor aumenta,
ledo el nectar presenta.
Baja del trono Jove alborozado,
y al mortal sábio del laurel luciente
ciñe la heróica frente.
Y…. huid, huid, profanos
el padre altisonante
habla, y ¡oh! «Sube, dice, al almo coro
«sube al coro de dioses soberanos.
«La silla rutilante
«ocupa, o gran Jovino. No tu nombre
«invocado del hombre
«abismará víl tumba; el torpe lloro
dejad: no muere nó, á quien Helicona
teje eterna corona.
Tú, cual astro brillante,
clarecerás el suelo,
cortando sesgo el giro luminoso;
y al ver en ciega noche el navegante
crispar llamas el cielo,
fijo el pálido rostro hacia el Oriente,
te rogará ferviente
que nazcas á frenar el mar ventoso,
y bañada en tu lumbre placentera
brille clara la esfera.
O al áura tremolando
en hilos mil radiantes,
bañado en vivos rayos, el cabello,
en curso arrebatado
estallidando el eje de diamantes,
regirás los caballos voladores,
luego que sus colores
haya sembrado en cándido destello
por las puertas de Oriente la alba Aurora,
cuando aljófares llora.
¡Ah!, nó, no menor premio
Febo Apolo prepara
á su ministro fiel que sábio honora,
y al docto afan inflama su almo Gremio:
del Permeso en el ára,
do aromas arden ante Delio sacro,
tu augusto simulacro
de Vates cercará tropa canora,
y el Dios contigo del Parnaso iberio
dividirá el imperio.
Allá la hórrida trompa
por el Alpe escarpado
ó el nubloso Alpenino al hombre espante;
y el ronco son con ayes interrumpa
al orbe acongojado.
Alzados en monton se ven espesos
desencarnados huesos
blanquear entre el humo revolante,
y el suelo esconden hierros mil rompidos
en sangre enmohecidos.
Mientras, feroz guerrero
corre por palpitantes
cadáveres trepando, en la cruel mano
blandiendo al campo el sangrentado acero.
Los llorosos infantes
sus ternezuelos brazos al impío
tienden con débil brío,
para estorbar el golpe, que inhumano
al caro padre ante sus ojos hiere;
abrazándolos muere.
Así bárbaro el hombre
su furia en hombres ceba,
volando necio tras infame gloria;
tú, goza en alma paz mayor renombre.
Do el curso Bétis lleva
pintando flores en las ondas pías,
do en cercos mil sus Drías
lazan la yedra al árbol de victoria,
de un ramo y otro ceñirán tus manos
á Vates soberanos».
La olivosa ribera,
á do tu sacro acento
oyó Romula un tiempo enardecida,
tornas así á ilustrar. Tal la alta esfera
del luto soñoliento
Titan despoja alegre, y á deshora
del ancha mar sonora,
la sien de nuevos rayos guarnecida,
alza en Oriente, y su explendor fecundo
llueve otra vez al mundo.
En Loor De Los Ilustres Poetas Sevillanos (1796)
De florida verbena y verde oliva
la cana sien ornada,
sus puras aguas con murmurio ondoso
vertía el padre Bétis, y en tranquilo
y sesgo curso la ribera amada
fecundaba gozoso
de púrpura pintando el suelo herboso,
do la Ciudad sagrada
del Libio Domador fué levantada.
El bullicioso coro
de Ninfas, ora en la caverna umbría
con giros mil en torno le rodea;
ora en la margen fría,
al aire sueltos los cabellos de oro,
el valle de alelies matizado
con mil danzas recrea.
El tímido ganado
allí zagalas llevan y pastores,
y de olorosas flores,
entrelazadas con el mirto bello,
esmaltan su cabello:
y en placer inocente,
y en cantar apacible, no estudiado,
al campo dan y al viento sus amores.
Tal vez la ovosa frente
levanta el sacro Rio embebecido,
y escucha el canto y el tañer suave,
y otra ventura desear no sabe.
Mas Febo esclarecido,
que á Híspalis alma destinado habia
de cuantas vegas con su lumbre dora
en el Vandalio suelo,
do su divino plectro sonoroso,
y celeste armonia
al Ibéro mostrase venturoso;
desde el sereno cielo
á Bétis mira, y muy mas alta gloria
en los futuros siglos le predice.
«Será un tiempo, decía:
«será un tiempo felice,
«en que con alto vuelo tu memoria
«eterna pasará de gente en gente;
«y en el opuesto polo
«tu nombre, del olvido victorioso,
«sonará, y tu ribera floreciente
«envidiará el Erídano y Pactolo.
«Si: ya los héroes veo,
«que dentro largos años por la suerte
«destinados te son: cual de Eliodora
«en tus amenos prados
«el dulce nombre suena, en la canora
«cítara repetido
«del que su ardor á Píndaro, atrevido
«ha de robar, y al soberano asiento
«del claro Olimpo el verso numeroso
«levantará esforzado; y á su acento
«aun Jove, el almo Jove estará atento.
«¡Oh! salve veces mil: salve glorioso
«vate inmortal! Por tí el sagrado coro
«por tí el licor sabroso
«que el alto Helicon riega, ya olvidado,
«renovará del Bétis en la márgen
«del Parnaso la gloria.
«Tras él *Aminta* viene, el tierno *Aminta*,
«y en mirto coronado
«el gracioso zagal, en tu llanura
«sobre la verde yerba no pisada,
«á los pastores cuenta reclinado
«su trabajoso amor y su ventura:
«y como dejó el Adda, enagenado
«al eco dulce del marfil sonoro,
«que enfrenará tu curso cristalino:
«al acento divino,
«por quien del gran Lucano
«la trompa suena en idioma hispano.
«¡Oh! ¡cuántos Genios, cuántos
«excelsos genios, de mi ardor movidos,
«la lira pulsarán suavemente
«en deliciosos cantos!
«de tu mansa corriente
«las Náyadas saliendo, los subidos
«sones repetirán, y en troncos duros
«entallarán los versos aprendidos:
«y de laurel y rosas
«guirnaldas adornando, por su mano
«les ceñirán las sienes venturosas.
«Mas no con tono errante
«el plectro sonará en capricho vano:
«un varon sobrehumano
«aquí será, que acuerde los sonidos,
«y leyes dé al que cante:
«que cual el docto Lacio,
«habrá tambien la Bética un Horacio.
«Y á los que enardecidos
«la cítara sonante
«mover emprendan, al afan glorioso
«alentará un Espíritu generoso. (2)
«Él de la Patria en el augusto templo
«de la justicia santa
«oráculo será: y á los mortales
«con su canto inflamando, claro ejemplo
«á la lira dará, y eterno nombre:
«y con osada planta
«por la escabrosa vía
«los llevará, por do á la cumbre alzada
«treparon ya los héroes celestiales.
«Así el alto renombre,
«á él concedido solo,
«gozará de llamarse nuevo Apolo.
«Mas ¡oh! levanta Bétis ¡oh! levanta
«la esclarecida frente,
«y mira ya conmigo la ventura
«que gozarás feliz. Híspalis alma,
«oye, entiende tu gloria permanente:
«¡ah! la gloria inmortal que te asegura
«el sacro pecho herviente:
«el pecho la asegura, estremecido
«en un nuevo furor y prodigioso,
«cual jamás ha sentido,
«Oid, lejana gente,
«mi sacra voz y espíritu adivino,
«y de Híspalis el nombre glorioso
«escuchad en silencio reverente.
«Dó la Escena elocuente
«la Hesperia ve nacer. Con larga mano
«su encanto delicioso
«aquí las Gracias vierten, y al humano
«inflaman en aliento soberano.
«¡Cuál en festivo zueco el Genio Ibero
«al alzado Teatro sube ufano,
«y el vicio y necedad alegre mofa!
«¡Cuál, oh! con faz risueña
«en ingénuo solaz al hombre enseña,
«y en risas mil suaviza placentero
«su vivir lastimero!
«Esfuerza, ó sacra Fama,
«de tu trompa el aliento sonoroso
«y del ínclito *Rueda* el nombre ilustre
«al Mundo anuncia en vuelo presuroso:
«y cuanto espacio de mi pura llama
«recibe claro lustre,
«del sábio ingenio adore la memoria,
«y de Bétis admire la alta gloria».
Habló Febo, y con rayo luminoso
el ancho templo esclareció, do el hado
cubre en escuro velo
el láuro y sacro asiento destinado
á los héroes, que el Cielo rutilante
produce en tardo vuelo.
En duro hierro atado
con el rostro anhelante
allí el tiempo fugaz extiende en vano
la planta destructora,
y el ála bate con afan insano,
por entrar al recinto soberano,
que de muerte y olvido esento brilla,
ni con vuelo inhumano
consigue arrebatar el sacro nombre
que á los siglos llevado, el Orbe honora,
y en ára permanente invoca el hombre.
Los ojos alza á la region dichosa
el claro Bétis y su honor futuro
contempla arrebatado.
Allí en bronce luciente,
que la inmortalidad ha consagrado,
y que embota los filos de la Parca
grabados vé los nombres vencedores
del ilustre *Rioja*, de *Cetina*,
del *Marcial Andaluz*, del elocuente
*Pacheco* y otros mil. El alto asiento
advierte, que en celestes esplendores
almo Febo destina,
cual Genios superiores
del Ibero Parnaso, al sacro *Herrera*
y al que de dos pastores
el áspero lamento
cantó, dorado Tajo en tu ribera.
Viólo Bétis gozoso,
el cristalino vaso suspendido,
que vierte la onda pura:
y el campo florecido;
y sacro muro de Híspalis glorioso
baña en curso espumoso,
de perlas mil y rosas revestido:
y las sonoras aguas apresura,
porque á Neptuno digan su ventura.
En La Muerte De Mi Singular Amigo, El Sr. Don Joaquin Maria Sotelo (1831)
Du juste qui n’est plus, respectez le repos
¡Ay! ¿qué quieres de mí, destino impío?
aun ronco sollozaba
postrado del dolor el pecho mio,
y ya tu saña fiera
nuevo dardo asestaba
que mi llagado corazon partiera.
¿Qué te detiene mas? Dobla la herida,
dobla el golpe inclemente:
tú llevaste mi amor; lleva mi vida.
¿Qué apoyo, qué modelo
á la virtud sufriente
resta en el mundo ya?… Murió Sotelo.
¡Amigo sin igual! ¿Quién en tal grado
pudo talento y ciencia
con la modestia unir? ¿Quién ha hermanado,
cual tú, fuerza y blandura?
¿Quién el celo y prudencia,
la perspicacia y candidéz mas pura?
De la justicia intérprete y ejemplo,
á la prófuga Astrea
contigo sientas en su antiguo templo.
Por tí en su rito vário
oráculos franquea
de Marte y de Cilenio el santuario.
Tú, si furiosa al militar insulto
la plebe se levanta,
brama, corre feroz, crece el tumulto
y á conjurar la suerte
el valor se adelanta
mostrando al pueblo inevitable muerte;
Númen de paz sobre la turba alzado
calmas su furia ciega:
como Neptuno de entre el Ponto hinchado
eleva la alta frente
y las ondas sosiega
tendiendo sobre el golfo su tridente.
O ya en Setúbal, consejero sábio
del adalid ibero
sagaz cual Néstor tu elocuente lábio,
de pérfida alianza
salva el tercio guerrero
que á la pátria en Bailen dará venganza.
¿Y quién tu ardor, tu sobrehumano celo
dignamente cantara,
cuando gime cautiva en largo duelo?
No: jamás tan ufano
el cuello levantara
la indefensa justicia ante el tirano.
Ni imperio, ni violencia; nada pudo
de tu diestra esforzada
robar al pueblo el tutelar escudo.
Tú, la víctima triste
ya bajo el golpe helada,
el cuchillo homicida detuviste.
Ni cuando el jóven sobre el padre anciano
pálido desfallece,
invoqué yo tu corazon en vano.
Junto á la huesa umbría
¡á cuántos amanece
por tí devuelto el fugitivo dia!
La tempestad huyó…. Mas no; que airada
su furor continua
y del Ponto y la tierra
en tétrico silencio se desvía.
Mas ¡ay! la Parca atroz, que no perdona,
su brazo contra tí la muerte guía,
y tu frente despoja de su zona.
¿De qué sirvió, Sotelo, al mundo mudo
tu voz, tu ejemplo y tu saber profundo?
Inmóvil yace el lábio, el pecho es nudo:
y la pátria en tu pérdida sumida
llora el apoyo del saber del mundo,
y la virtud su imágen mas querida.
¡Oh! si al menos mi acento dolorido
llegar pudiera á la mansión interna,
do en paz descansas, de tu Dios unido!
Mas ¡ay! que el hado con su mano fuerte
cerró la puerta de la vida eterna,
y el hombre nada sabe de la muerte.
Goza, en tanto, la paz: mientras yo triste,
el plectro mudo y el semblante en lloro,
lloro la falta de lo que tú fuiste.
¡Oh! si algún dia la piedad divina
me alzase á ver en el celeste coro
tu faz, que ya el Eterno ilumina!
Á Silvio (1799)
Sube en reposo por el vago cielo
la luna de luceros coronada,
y su cándida luz serena envia
sobre el dormido mundo. La faz yerta
del orbe sin color, huyen dispersos
los hombres fatigados, y hora yacen
simulacros de muerte, en sus guaridas.
Silencio, obscuridad, sublimes genios,
de la virtud amigos, yo os saludo:
á vuestra vista desparece el crímen,
y refugiado en los impuros lechos,
al perverso atormenta, que punzado
de su aguijon despierta y lucha imsomne,
anhela en vano la quietud del justo.
Huyamos, ó mi Silvio; la impía turba,
hora que duerme la maldad huyamos:
así tal vez escapa el caminante
cuando al sueño se entregan los bandidos.
¡Ah! ¿porqué el hombre para el bien formado
torna en su daño los preclaros dones
que á ser feliz le concediera el Cielo?
En fuerza al elefante, en ligereza
le hizo al ciervo inferior, para obligarle
á que en la union comun buscase amparo
contra males sin número que, solo,
ni rechazar ni precaver pudiera.
Mas dióle, alto destello de su lumbre,
soberana razon que moderase
la humana sociedad con leyes justas:
y en medio alzó de la felice grey
un ara tutelar, excelso trono
do el Dios augusto presidiera al órden,
do recibiera los humanos ruegos,
el debido homenage, y de amor mútuo
la sancion diera al sentimiento innato.
Símbolo de familia, que ante el Padre
los obedientes hijos congregara,
y unidos todos por comun orígen,
uniese á todos en fraterno lazo,
Mas ¡ay! esa razon que el alto imperio
fundar debiera, dirigiendo acordes
sus móviles de obrar, y al fin prescrito
los estímulos vários de natura
concertar entre sí, cual esta ordena
las encontradas fuerzas, y el reposo
forma del universo en fiel balanza:
esa razon que dominar debía,
soltó sin freno las pasiones todas,
y sucumbió postrada al recio empuje,
cual débil caña al huracan violento.
Dócil el hombre al turbulento impulso,
volcó el sagrado altar: de sus hermanos
rompió el nudo feliz: la fuerza unida
que se ordenara á la comun defensa,
descaminó, y en exclusivo apoyo
de su loca ambicion ó vil deleite,
al privado interés distrajo impío.
La inteligencia con que vence ó burla
el furor ó la astucia de los brutos,
el hombre usó para domar los hombres.
Osado con los débiles; artero,
pérfido con los fuertes, la violencia
y dolo fueron las certeras armas
con que afirmó su odiosa tiranía.
A los iguales dominó orgulloso:
conspiró infiel contra el magnate: duro,
ultrajó al desgraciado: al inocente
persiguió furibundo: al opulento
despojó usurpador: sus liviandades
sació lascivo con la infamia agena.
De entonces ¡ay! la sociedad humana
que una sola familia ser debiera,
en campo de batalla, en cruda liza,
se convirtió de opresos y opresores,
de asesinos y víctimas. Seguro,
independiente, exento, su existencia
procura el bruto y de la raza propia
la inmunidad acata. En tropa unida
congréganse los tigres, los leopardos
júntanse en un albergue; no sangrientos
á devorarse correrán.—Impíos,
aprended de las fieras á ser hombres.
Mentís, blasfemos, que al autor sagrado
acusais de los males, obra solo
del humano, rebelde á sus preceptos.
A cada ser el Hacedor benigno
las dotes dió y recursos con que hubiese,
cuanto era capaz de ella, su ventura.
De el bien y el daño propio dió el instinto
á los seres sensibles, y este solo
dirigió sus acciones: no la esfera
traspasó alguno por su autor prescrita.
Mas un impulso compasado y ciego
ligar no debió al hombre, á quien el mando
supremo dió de los demás vivientes:
para ser soberano le hizo libre.
¡Deslumbrado mortal! El albedrio,
dado para su mérito y su gloria,
en fuente impura convirtió de males.
La luz del bien que destelló en su mente,
el grito de justicia que en su pecho
resuena á su pesar, rebelde abjura.
Venda los ojos, de robusto acero
el corazon guarnece, y ciego, osado,
cual si fuera su Dios, al mar se arroja.
La libertad que en su felice cuna
tornó en arma de muerte; que el orígen
envenenara del linage humano,
mancipó el hombre á su eternal suplicio.
Siempre la ostenta para hollar la ley;
la ley, do vinculada su ventura
y el órden fué del universo todo.
Hizo el ensayo en su heredad dichosa,
y perdió el sacro Eden: la tierra luego
fué su morada y asoló la tierra.
Aun pudo ser feliz: aun derribado
del alto puesto y la suprema dicha,
lucrar para su bien pudo los medios
que le dejó natura. El arco y flechas
Señor le hicieron respetar del bruto,
y la reja fecunda de los campos
el dominio le dió. Defensa, abrigo
en fácil vestidura, ya domado
le tributaba aquel; sustento y sombra
en árboles y espígas la alma tierra
le dió feraz de su rasgado seno.
Ni la Deidad, mezquina con sus hijos,
á las necesidades miró solo
de un penoso vivir: ¡cuántos placeres
delicias cuantas prodigó, que hicieran
amable al hombre la afanosa vida!
No el romano opulento en copa de oro
el Falerno bebiera; el sibarita
no lánguido llamara el fugaz sueño
en tálamo de rosas; ni el egipcio
de obeliscos á Menfis coronara.
No sus púrpuras Tiro, sus aromas
no cambiara Sabá: ni las regiones
que halló Colom, al esforzado ibero
las piedras dieran y el metal preciado
que afeminaran su vigor robusto.
Mas tranquilos, mas puros dió natura
sus placeres al hombre. Al soto umbrío
formó de musgo y flores blando lecho
juvenil primavera: en pos otoño
de embalsamadas pomas y racimos
los árboles y pámpanos corona.
Suda el mortal para obligar la tierra
en anheloso afan: mas con usuras
la tierra premia su tenaz fatiga;
y de jazmines y rosado trébol
en zonas odoríferas guarnece
la miés que corta su nervudo brazo.
Vagan por la campiña simplecillos
los frutos de su amor, y en blanda risa
van troncando las flores: cuál la rosa
busca mas encendida: cuál se afana
triscando entre la juncia tras el lirio
que eleva sobre rojos alelíes
el seno virginal: otro sentado
en la mullida grama, teje mientras
de tierna mimbre y oloroso mirto
simple guirnalda, y las cogidas flores
en matizado círculo acomoda.
Corren alegres y al cansado padre
en el dental subidos, con anhelo
los bracillos alzando, le coronan
la sudorosa sien, y el lábio ofrecen
pidiendo el beso paternal en pago.
En tanto le prepara en limpia mesa
sóbrio manjar la diligente esposa,
que en torno ciñe de sabrosos frutos
aun de la flor nativa guarnecidos.
Y cuando arde el lucero que al ganado
en los rediles cierra, ante la choza,
á par de su marido reclinada,
embelesados miran cual se mueve
tras delgado celage el bello Arturo
de esmaltadas figuras rodeado
que sosegadas tras Calixto giran.
Céfiro en el regazo de las flores
dormido posa un tanto, y con susurro
despertando revuela, y sus perfumes
esparce en derredor de los amantes.
Allí resbala cándido arroyuelo
sobre el rizado cesped y su giro
torciendo entre los árboles del soto,
en sus linfas les lleva con murmurio
el puro sueño; el sueño no rompido,
que en dulces trinos robarán las aves
cuando asomare la inocente aurora,
trayendo paz al venturoso humano.
Álzase ledo el padre y su casilla
de paz vé rodeada y de abundancia,
y de placer y amor cubierto el valle.
¿Y no bastaron tan copiosos dones
para saciar en el humano pecho
el ansia de gozar? Y luego unidos
en sociedad pacífica ¿no todos
pudieron disfrutar de iguales bienes?
Para el pró general obrando acordes
¿no mejorarlos y aumentar pudieron?
Trabajando en comun, en comun goza
de su tesoro la industriosa abeja.
Contenta de la suya, á su consorte
ninguna lanza de la celda amiga
que de consuno todas fabricaron:
no le arrebata el delicioso néctar
que á todas basta y laboraron todas.
Solo el hombre insaciable no consiente
ser venturoso en la comun ventura:
solo la quiere para sí. Su anhelo
es acrecer la que le cupo en suerte
parcial herencia, despojando á todos
de la porcion que hubieron. Asi pugnan
entre sí los humanos: sus pasiones
un feudo exigen siempre, y ese feudo
han de pagar los que tambien le exijen.
Vé aquí brotando las pasiones torpes
en la social union, y vé con ellas
la impotencia nacida de aplacarlas;
nacida la discordia, los furores,
la guerra infiel, la asolacion, la muerte.
Cual aguijado de la sed rabiosa,
anhelante y rastrero corre el tigre
del Gánges la riberá, y de improviso
alzándose en los pies, se lanza fiero
sobre las reses que al raudal acuden;
las rinde, vuelca, sus entrañas rasga
para abrevarse en la caliente sangre:
tal devorado del ardor perenne
vaga el hombre frenético: á la tierra
el seno rompe, y del obscuro abismo
el duro pedernal, el hierro agudo
saca á la luz, y en el fraterno pecho
abre mil puertas á la avara muerte.
Las selvas tala y el anciano tronco
que su guirnalda matizó de flores,
cubriendo el campo de verdor sombrío;
quiebra, y desnudo de la pompa ufana,
estéril leño sobre el mar le arroja.
Sus pacíficas lindes ven las aguas
asaltar; braman, y en grupadas olas
cual montes enriscados, se levantan
pendientes sobre el tronco; el noto airado,
ábrego coronado de tormentas,
en derredor le embaten: ora alzado
en las nubes se esconde; ora en los senos,
mansion eterna de la eterna noche,
derrumbado se abisma y desparece.
Ruedan en tanto en la nublosa esfera
en carro tronador las tempestades,
y granizado de sangrientas llamas,
ruge encendido el viento, y piedra y rayos
y espanto y destruccion al mar envía.
Arde ya el leño: en las bramantes olas
nada el cárdeno fuego retratado
sobre negro verdor: huye estruendoso
y en las hondas cavernas se guarece
tímido el leviatan: los polos crugen
y al orbe desquiciado el mar inmenso
sorber en sus furores amenaza.
Así en el caos primero, el fuego y tierra,
Atlante y Pelion, Orion y Sirio,
y el Austro y Aquilon, cual masa informe
en las aguas yacieron sepultados.
Tal vacila convulso el universo
orillas del abismo.—Solo el hombre,
el hombre para el mal osado solo,
mira insensible las airadas ondas
desde la inmóvil playa, y temerario
salta sobre el esquife naufragante.
Trás él del hondo averno desatadas
se lanzan la crueldad, la fraude inícua,
la esclavitud cargada de cadenas,
la llorosa horfandad, las furias todas.
Virtuoso mortal, que en paz tranquila
ves en cuna de oro al sol naciente
las sienes coronar de nuevos rayos:
ó bien habitas la escondida tumba
donde muere su luz, y las estrellas
bordan el manto á la futura noche;
teme, infeliz: en tu ignorado asilo
teme de hoy mas: el indomable golfo
surca ominosa nave, de discordia
de sangre y lloro y vastacion henchida.
Ya llega á tus riberas: huye, incauto,
huye; mas ¡ay! en vano; muerte, muerte,
clama el cañon horrisonante. Oyólo
Tormentorio y tembló: la extrema playa
muerte repite, y despedido el eco
rueda sobre las ondas desiguales
sonando muerte en los helados Polos.
¡Autor del universo! ¿así voraces
formaste á los humanos, que en sus iras
á esclavizarse, á degollarse corran?
¡Oh! no: tú la afeccion, los sentimientos
les grabaste de amor, de amor el nudo
á su poder, conservacion y dicha
hiciste cooperar: y preparando
su instinto, su razon, su excelsa mente
para un mundo mejor, divina ley
de amor les diste y celestiales premios.
Pero insensible, alucinado, impío,
al corazon se niega; el bien mas cierto,
que el concurso amigable le daria,
renuncia; huella el divinal mandato;
y en pos se lanza codicioso el hombre,
de un interés falaz que le deslumbra
y al precipicio arrastra do perezca.
No socios que atraer: solo enemigos
que combatir y despojar conoce:
no el apoyo comun, su presa busca.
Así vaga perdido el breve dia
de su infausto vivir, tras vanas sombras
que errantes desparecen en la huesa,
do en callado pavor cien y cien siglos
se hundieron con la nada. Allí los héroes,
de maldicion cargados, descendieron,
y no son mas; pero la tierra vive
amasada con sangre, y al arado
los blancos huesos que ocultara, entrega;
y maldicion les clama: mil ciudades
arrasadas lamenta el pasagero,
y maldicion á su sepulcro envía.
Este es el hombre, Silvio; la corona
ésta de su ambicion y sus furores.
Huyamos, ¡ay! La perezosa luna,
en su carro de sombras recostada,
tocando ya al Cénit, alza tardía
guarnecida de sueños, la alba frente.
Silvio, mi Silvio, á la inhumana turba
robémonos veloces. Saldrá Febo
á mostrar con sus rayos los horrores
ocultos hora; la fatal cadena
de crímenes que enlaza el universo.
Saldrá de los vivientes descuidados
á auyentar el reposo; al duro remo
tornará el triste, á la homicida lanza.
Con él sube el tirano al sólio augusto;
al hierro vuelve el oprimido esclavo.
Huyamos… ¡Infelices! ¿quién nos diera
poder hacerlo? ¡Bárbaras prisiones!
Nos ligaron sin fin. Así el piloto
quisiera huir la tempestad sañuda,
precursora de muerte; mas al triste
tocar no es dado la segura playa.
Tal vez corta las gúmenas osado
y las entenas con fragor derriba,
y sin pensar en el negado puerto
escapar del naufragio solo anhela.
Así, ó mi Silvio, tú: si no es posible
revocar los humanos á su dicha,
enfrena su crueldad: afortunado
tú puedes, si. De la sagrada Astrea
oráculo veráz contigo sube
la alma justicia á su perdido sólio.
A tí fió la humanidad llorosa
vindicar sus agravios; tú la venga:
y pues sociables, ¡ay! hacer no puedes,
haz, Silvio, á los mortales menos fieros.
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