Poemas de Nicasio Álvarez de Cienfuegos
Poemas de Nicasio Álvarez de Cienfuegos (1764-1809) una de las figuras más singulares de la lírica española en la transición del Neoclasicismo al Romanticismo. Aunque se formó en la estética ilustrada, su obra destaca por una subjetividad apasionada y un sentimentalismo melancólico que anticipó la sensibilidad romántica.
Fue un firme defensor de los ideales de la Revolución Francesa, lo que impregnó su poesía de conceptos como la fraternidad universal y la libertad. En sus poemas exploró temas existenciales con un lenguaje ardoroso y, a veces, complejo. Su compromiso político lo llevó al exilio tras oponerse a la ocupación napoleónica, falleciendo prematuramente en Francia. Cienfuegos representa el puente entre la razón del siglo XVIII y el desbordamiento emocional del XIX, marcando un hito en la evolución del estilo poético español.
A Un Amigo En La Muerte De Un Hermano
Es justo, sí: la humanidad, el deudo,
tus entrañas de amor, todo te ordena
sentir de veras y regar con llanto
ese cadáver, para siempre inmóvil,
que fue tu hermano. La implacable muerte
abrió sin tiempo su sepulcro odioso
y derribole en él. ¡Ay! ¡a su vida
cuántos años robó! ¡cuánta esperanza!
¡cuánto amor fraternal! y ¡cuánto, cuánto
miserable dolor y hondo recuerdo
a su hermano adelanta y sus amigos!
Vive el malvado atormentando, y vive,
y un siglo entero de maldad completa;
y el honrado mortal en cuyo pecho
la bondadosa humanidad se abriga
¿nace, y deja de ser? ¡Ay! llora, llora,
caro Fernández, el fatal destino
de un hermano infeliz; también mis ojos
saben llorar, y en tu aflicción presente
más de una vez a tu amistad pagaron
su tributo de lágrimas. ¡Si el cielo
benigno oyera los sinceros votos
de la ardiente amistad! Al punto, al punto
hacia el cadáver de tu amor volando
segunda vida le inspirara, y ledo
presentándole a ti, «Toma», dijera,
«vuelve a tu hermano y a tu gozo antiguo».
Mas ¡ay! el hombre en su impotencia triste
no puede más que suspirar deseos.
La losa cae sobre el voraz sepulcro
y cae la eternidad; y en vano, en vano
al que en su abismo se perdió le llaman
de acá las voces del mortal doliente.
Ni poder, ni virtud, ni humildes ruegos,
ni el ay de la viudez, ni los suspiros
de inocente orfandad, ni los sollozos
de la amistad, ni el maternal lamento,
ni amor, el tierno amor que el mundo rige,
nada penetra los oídos sordos
de la muerte insensible. Nuestros ayes
a los umbrales de la tumba llegan,
y escuchados no son; que los sentidos
allí cesaron, la razón es muda,
helose el corazón, y las pasiones
y los deseos para siempre yacen.
Yacen, sí, yacen; el dolor empero
también con ellos para siempre yace,
y la vida es dolor. Llama a tus años,
caro Fernández; sin pasión pregunta
qué has sido en ellos? y con tristes voces
dirán: «Si un día te rio sereno,
ciento y ciento tras él, tempestuosos
tronando sobre ti, huellas profundas
de mal y de temor sólo dejaron».
Hórrido yermo de inflamada arena,
do entre aridez universal y muerte
solitario tal vez algún arbusto
se esfuerza a verdear: tal es la imagen
de esta vida cruel que tanto amamos.
Enfermedad, desvalimiento, lloro,
ignorancia, opresión: este cortejo
nos espera al nacer, y apesadumbra
la hermosa candidez de nuestra infancia
que en nada es nuestra. Los demás ordenan
a su placer de nuestro débil cuerpo;
y nuestra mente a sus antojos sirve.
Si nuestro llanto a su indolencia ofende,
manda que pare su feroz dureza,
o su bárbara mano enfurecida
sobre nosotros cae. ¡Niño infelice!
llora ya, llora cuando apenas naces
de la injusticia la opresión sangrienta,
y el desprecio, el baldón, y tantos males,
¡preludios, ay, de los que en pos te aguardan!
Tus años correrán, y por tus años
hombre te oirás decir; mas siempre niño
entre niños serás. Injusto y justo,
opresor y oprimido todo a un tiempo
de tus pasiones en el mar furioso
perdido nadarás. En lucha eterna
de acciones y deseos, mal seguro
no sabrás qué querer; y fastidiado
con lo presente, volarás ansioso
a otro tiempo y lugar buscando siempre
allá tu dicha donde estar no puedas.
¿Y qué valdrá que en tu virtud contento
goces contigo, si mirando en torno
verás la humanidad acongojada
largamente gemir? Despedazado
tu tierno corazón verá los males,
querrá aliviarlos, no podrá, y el lloro,
sólo un estéril lloro es el consuelo
que puede dar su caridad fogosa.
¿Hay pena igual a la de oír al triste
sufrir sin esperanza? ¡Oh muerte, muerte!
¡Oh sepulcro feliz! ¡Afortunados
mil y mil veces los que allí en reposo
terminaron los males! ¡Ay! al menos
sus ojos no verán la escena horrible
de la santa virtud atada en triunfo
de la maldad al victorioso carro.
No escucharán la estrepitosa planta
de la injusticia quebrantando el cuello
de la inocencia desvalida y sola,
ni olerán los sacrílegos inciensos
que del poder en las sangrientas aras
la adulación escandalosa quema.
¡Oh cuánto no verán! ¿Por qué lloramos,
Fernández mío, si la tumba rompe
tanta infelicidad? Enjuga, enjuga
tus dolorosas lágrimas; tu hermano
empezó a ser feliz; sí, cese, cese
tu pesadumbre ya. Mira que aflige
a tus amigos tu doliente rostro,
y a tu querida esposa y a tus hijos.
El pequeñuelo Hipólito suspenso,
el dedo puesto entre sus frescos labios,
observa tu tristeza, y se entristece;
y marchando hacia atrás, llega a su madre
y la aprieta su mano, y en su pecho
la delicada cabecita posa,
siempre los ojos en su padre fijos.
Lloras, y él llora; y en su amable llanto
¿qué piensas que dirá? «Padre», te dice,
«¿será eterno el dolor? ¿no hay en la tierra
otros cariños que el vacío llenen
que tu hermano dejó? Mi tierna madre
vive, y mi hermana, y para amarte viven,
y yo con ellas te amaré. Algún día
verás mis años juveniles llenos
de ricos frutos, que oficioso ahora
con mil afanes en mi pecho siembras.
Honrado, ingenuo, laborioso, humano,
esclavo del deber, amigo ardiente,
esposo tierno, enamorado padre,
yo seré lo que tú. ¡Cuántas delicias
en mí te esperan! Lo verás: mil veces
llorarás de placer, y yo contigo.
Mas vive, vive, que si tú me faltas,
¡oh pobrecito Hipólito! sin sombra
¡ay! ¿qué será de ti huérfano y solo?
No, mi dulce papá; tu vida es mía,
no me la abrevies traspasando tu alma
con las espinas de la cruel tristeza.
Vive, sí, vive; que si el hado impío
pudo romper tus fraternales lazos,
hermanos mil encontrarás doquiera:
que amor es hermandad, y todos te aman.
De cien amigos que te ríen tiernos
adopta a alguno, y si por mí te guías
Nicasio en el amor será tu hermano».
La Escuela. El Sepulcro. A La Señora Marquesa De Fuertehijar, Con Motivo De La Muerte De Su Amiga La Señora Marquesa De Las Mercedes
¿Adónde, adónde los dolientes ojos
vuelves? ¿Qué buscas? ¿o por quién exhalas
tanto suspiro de dolor y angustia?
¿Qué atiendes, di, que el respirar parando
el alma toda en el oído clavas
ansioso de escuchar? En vano, en vano
anhelas por oír: la quieta noche
a los mortales con su sombra encierra,
y acalla al mundo que tranquilo yace
en un mar de silencio sumergido.
Mas ¡ay! ¿cuál son tan a deshora turba
la silenciosa paz de las tinieblas?
¿Y cesa, y vuelve a resonar, y para,
y resuena otra vez? Llora, sí, llora
tu amarga soledad, oh triste amiga,
gime, lamenta sin cesar; tu pecho
se parta de dolor, y al labio envíe
el ay de la amistad desesperada.
El bronco son que tus oídos hiere
es la trompeta de la muerte, el doble
de la campana que terrible dice:
«Fue, fue tu amiga. La que tantas veces
te vio, y te habló, y en sus amantes brazos
tan fina te estrechó, y en tus mejillas
su cariño estampó con dulces besos,
la que en su mente consagró tu imagen,
y en cuyo corazón un templo hermoso
te erigió la amistad do siempre ardía
tanto y tan puro amor, ya por las olas
fue de la eternidad arrebatada;
ahora mismo a su cadáver yerto,
en estrecho ataúd aprisionado,
alumbrarán con dolorosa llama
tristes antorchas del color que ostentan
las mustias hojas que al morir otoño
del árbol paternal ya se despiden.
Ahora mismo yacerá en la cima
de la tumba infeliz, hollando lutos
negros, más negros que nublada noche
en las hondas cavernas de los Alpes.
En torno de ella, y apartando el rostro
de su espantable palidez, sentados
compañía a harán los que otro tiempo
tal vez colgados de su voz, pendientes
de un giro de sus ojos, estudiaban
su voluntad para servirla humildes.
Ésta será ¡ay dolor! la vez postrera
que la visiten los mortales, ésta
su tertulia final, y último obsequio
que el mundo la ha de hacer. Sí; que esos cantos
con que del templo la anchurosa mole
temblando toda en rededor retumba
su despedida son, son sus adioses,
el largo adiós final. ¡Oh tú Lorenza,
ven por la última vez, ven, ven conmigo
y a tu amiga verás, verás al menos
el cuerpo que animó, verás reliquias
de una nada que fue! Mira que tardas,
y nunca, nunca volverás a verla,
nunca jamás; que ya sobre sus hombros
cargaron los ministros del sepulcro
el ataúd, y marchan, y descienden
con él a la morada solitaria
del oscuro no ser. Allí en los muros
cien bocas abre la insaciable muerte
por donde traga sin cesar la vida,
a ti, ¡oh Quero infeliz! ¡oh malograda!
¡oh atropellada juventud! Caíste,
bien como flor que en su lozana pompa
hollada fue por la ignorante planta
de un pasajero sin piedad. Caíste,
ya otro rastro de tu ser no queda
que las memorias que de ti conserven
los que te amaron. Pasarán los días,
y las memorias pasarán con ellos;
y entonces ¿qué serás? El nombre vano,
el nombre sólo en tu sepulcro escrito,
con que han querido eternizar tu nada.
Tirano el tiempo insultará tu tumba,
con diente agudo roerá sus letras,
borrará la inscripción, y nada, nada
serás por fin: ¡oh muerte impía!
¡oh sepulcro voraz! en ti los seres
desechos caen; en ti generaciones
sobre generaciones se amontonan,
en ti la vida sin cesar se estrella,
y de tu abismo en la espantosa margen
el tiempo destructor está sañudo
arrojando los siglos despeñados.
¿Qué son ahora los primeros días,
la edad primera de la tierra? ¿en dónde
las que fueron después hoy hallaremos?
¿Sesostris dónde está? ¿dónde el gran Ciro?
¿Babilonia y Semíramis? Pasaron
cortando el tiempo, cual veloz saeta
que el aire hiende sin que rastro alguno
deje de pasar. ¿Qué son ahora
los Césares, los Jerjes, los Timures
los héroes famosos de la Grecia?
Voces y nada más. ¿Y qué es el siglo
que acaba de expirar? ¿Y qué es el día
de ayer, el de hoy en lo que va corrido?
Muerte en verdad; que cuanta vida el tiempo
nos ha llevado en el sepulcro yace.
¿Es tan breve el vivir? ¿y el hombre insano
en hacerse infeliz sólo le emplea?
Como en airada mar la frágil nave
luchando entre borrascas horrorosas
corre perdida sin timón ni velas,
y en pos el huracán desenfrenado
la va acosando en bárbaros embates,
ora a las nubes las bramantes olas
la arrojan, y ora con terrible estruendo
la despeñan, rompiéndose, al abismo;
y ya anegada con salobre muerte
llora su perdición, y ya un fracaso
mira seguro en la enriscada costa
donde a estrellarse va: tal es el hombre
por el mar de la vida navegando.
Siempre a merced de sus pasiones corre
entre tinieblas y borrascas tristes
en eterna inquietud, allá en el alma
hondamente clavada la amargura,
y la zozobra y el crüel fastidio,
y desesperación; sin que los ojos
vuelva jamás al relumbrante faro
de la pura razón. En cada instante
vota acogerse a su sagrado puerto,
y a cada instante, quebrantando el voto,
se aparta más y más; y a nuevos mares
se confía, y a míseros naufragios.
De ilusión a ilusión, de sombra en sombra
va deslumbrado, con ardor abraza
mil fantasmas de bien, y ellas le burlan
deshaciéndose, y halla el miserable
ansia y dolor donde esperó contento:
y vuela deslizándose entre tanto
la vida, y se le escapa, y el sepulcro
le sale al paso, y ¿qué vivió? Cien voces
oigo que salen desde el centro frío
de los sepulcros que tormentos dicen.
Tormentos claman las doradas urnas
donde descansan las cenizas regias;
tormentos claman las inmundas hoyas
donde la plebe amontonada gime,
tormentos las pirámides erguidas
que en sus entrañas cóncavas tragaron
cien dinastías del perdido oriente;
y tormentos, tormentos desde el norte
al mediodía, desde oriente a ocaso
toda la tierra sin cesar repite.
¿Dónde estás, dónde estás, soberbia tumba,
tumba olvidada del atroz guerrero
a cuya alta ambición venía estrecha
la inmensidad del tiempo y del espacio?
Tumba del Macedón ¿dónde te escondes
que no dices «aquí»? Tal vez ahora
darás abrigo a las cansadas yuntas
de algún humilde labrador honrado;
tal vez la tierra que te henchía cubre
una choza infeliz, y las reliquias
del famoso Alejandro son paredes
de algún pobre pastor, no conocido
de otro mortal que de su tierna esposa,
y de su perro y de su fiel ganado.
Él es feliz en su pobreza oscura,
y tú fuiste infeliz en la abundancia
de tu hambrienta ambición. Él sus deseos
por la necesidad de cada día
mide, y prudente la natura acalla
con lo que fácil la razón exige.
Así contento lo presente goza
sin olvidarlo por correr ansioso
a encontrar a mañana, y a perderse
allá en un porvenir que nunca llega.
Y tú ¿qué fuiste, vencedor del mundo?
tú, de soberbia y ambición hinchado,
tú, que sangrientas lágrimas vertías
temiendo atroz que la paterna espada
nada en la tierra te dejase libre
que poder oprimir, ¿fuiste dichoso?
Las victorias del Gránico y del Iso,
Persia a su carro triunfador atada,
cien tronos de Asia, el Asia estremecida
a un mover de tu pie, la tierra entera
arrodillada de tu nombre al eco,
tanta potencia, tanta gloria ¿acaso
pusieron coto a tu ambición? ¿No hallaste
por siempre un más allá que las entrañas
te roía doquier, y cada gloria
te presentaba desabrida y triste
desde el punto fatal en que era tuya?
¿Cuál fue tu vida? Nunca lo presente
existió para ti, que adormecido
vivías en los sueños de esperanzas
desterrado por siempre en lo futuro.
Para ti lo pasado fue un tormento,
un estímulo más, que te arrastraba
a deseos sin fin, a largos planes
de guerras y victorias, y ruinas
y perpetua inquietud. Pues, ¿cuándo, cuándo
viviste? ¿Cuándo del feliz reposo
gozaste, y de la paz y la bonanza
de las pasiones, y el alegre cielo
de un inocente corazón tranquilo?
En el sepulcro, en el fatal sepulcro,
y sólo en el sepulcro descansaste;
los mortales sólo allí descansan,
que raros son los que en vivir insanos
de Alejandro no imitan el ejemplo.
Si es tal la vida, ¿para qué lloramos
a los dichosos que al tranquilo puerto
llegaron de la muerte ya seguros
de este mar de dolor que aquí nos cerca?
Y si es justo llorar, ¿por qué así estéril
en lágrimas se pierde nuestro llanto
sin que aprendamos a vivir felices
en la escuela sublime del sepulcro?
Enjuga ya, desconsolada amiga,
tu llanto de dolor, y atenta escucha
de tu amiga la voz. No ha perecido
tu amiga para ti, que vive y te habla
desde su tumba sin cesar, y dice:
«Mira del hombre la fatal carrera,
mira del hombre el paradero infausto.
Aquí ya para siempre se aniquilan
las grandezas del mundo, aquí se espantan
los sueños de la gloria, aquí los vientos
de las pasiones se echan, y se borra
el vaho del vivir, y el hombre es nada.
Vendrá el trance cruel, vendrá, oh amiga,
en que desciendas a la eterna noche
a acompañar mi soledad. ¡Aleje,
aleje el cielo tan fatal instante
y cada nuevo sol más despejado
el horizonte ensanche de tu vida!
Pero al fin ¿qué será, y encierra un siglo
el más largo durar de su carrera?
Sólo un pestañear, volviendo el rostro
verás tu muerte a tu nacer tocando.
¡Ay! a lo menos, pues el plazo es breve,
no, no le acortes suspirando ansiosa
por otro día, y sin cesar por otro;
porque es nunca vivir, es vivir muertes,
jugar este hoy por el mañana incierto.
Lejos, lejos de ti las ilusiones
que al mísero mortal le van llamando,
y las sigue, y se apartan, y engañosas
tendiéndole los brazos, le enajenan,
y le venden por fin, pues al sepulcro
le atraen, tropieza, cae, y ellas huyeron.
Lejos de ti las bárbaras pasiones
que en torbellinos de dolor arrastran
a los esclavos que las sirven ciegos,
y su fortuna de su mar confían.
¿Qué es la ambición, la vanidad, del oro
la frenética sed? ¿qué, los deseos
de una imaginación desenfrenada,
de un enfermo corazón? Errores,
y el error es un mal. ¿Quién en la tierra
fue dichoso jamás llorando males?
La razón, la razón: no hay otra senda
que a la alegre virtud pueda guiarte
y a la felicidad. Por ella fácil
tus deseos prudente moderando
aprenderás a despreciar el mundo,
la gloria y la opinión, preciando sólo
lo que inflexible la razón aprueba.
Así constante vivirás contigo,
vivirás para ti, y harás más larga
la próspera carrera de tus años,
porque al fin vivirás. ¡Oh cuál me gozo
al mirarte feliz en la grandeza
de tu alma pura! Superior al cieno
de este mundo infeliz, ni los desastres,
ni la persecución, ni los dolores
te podrán abatir; ni la fortuna
podrá mellar tu espíritu de bronce
con sus brillantes dones mentirosos.
¿Qué puede dar la mísera fortuna
que no posea quien felice goza
una sana razón? ¿y qué desgracias
ha de temer quien el mayor deseo
de una conciencia irreprensible y pura
dentro del corazón lleva escondido?
¡Oh Lorenza, Lorenza! ¡oh tierna amiga!
¡Adiós, adiós! Desde el dichoso instante
que allá en Pisuerga te juró mi pecho
una eterna amistad ¿falté por suerte,
falté, responde, a tu veraz cariño?
Siempre has vivido en mi memoria; siempre
ardió por ti mi corazón sincero;
siempre mis labios te dijeron finas
palabras de amistad; y eternamente
con mis consejos te probé y mis obras
la verdad de mi amor. Bajé al sepulcro,
y él conmigo también; aquí a tu Quero,
si es que un recuerdo para mí te queda,
por siempre encontrarás; de noche y día
y en todas partes te hablarán mis labios,
te hablarán la verdad. ¡Oh nunca apartes
tu oído de mi voz! Adiós, amiga,
adiós, adiós: la eternidad te espera».
Un Amante Al Partir Su Amada
¡Ay! ¡ay que parte! ¡que la pierdo!, abierta
del coche triste la funesta puerta,
la llama a su prisión. Laura adorada.
Laura, mi Laura ¿que de mí olvidada
entras donde esos bárbaros crüeles
lejos te llevan de mi lado amante?
¡Ay! que el zagal el látigo estallante
chasquea, y los ruidosos cascabeles
y las esquilas suenan, y al estruendo
los rápidos caballos van corriendo.
¿Y corren, corren, y de mí la alejan?
¿La alejan más y más sin que mi llanto
mueva a piedad su bárbara dureza?
Parad, parad, o suspended un tanto
vuestra marcha; que Laura su cabeza
una vez y otra asoma entristecida
y me clava los ojos; ¡que no sea
la vez postrera que su rostro vea!
¿Y corréis, y corréis? dejad al menos
que otra vez nuestros ojos se despidan
otra vez sola, y trasponeos luego.
¡Corazones de mármol! ¿a mi ruego
todos ensordecéis? En vano, en vano
cual relámpago el coche se adelanta;
en pos, en pos mi infatigable planta
cual relámpago irá, que amor la guía.
Laura, te seguiré de noche y día
sin que hondos ríos ni fragosos montes
me puedan aterrar: tú vas delante.
Asoma, Laura; que tu vista amante
caiga otra vez sobre mis tristes ojos.
¿Tardas, ingrata, y en aquella loma
te me vas a ocultar? Asoma, asoma,
que se acaba el mirar. Sólo una rueda
a lo lejos descubro; todavía
la diviso; allí va; tened que es mía,
es mía Laura; detened, que os veda
robármela el amor: él a mi pecho
para siempre la unió con lazo estrecho…
¡Ay! entretanto que infeliz me quejo
ellos ya para siempre se apartaron;
mis ojos para siempre la han perdido;
y sólo en mis dolores me dejaron
el funesto carril por donde han ido.
¿Por qué no es dado a mi cansada planta
alcanzar su carrera? ¿Por qué el cielo
sólo a las aves el dichoso vuelo
benigno concedió? Jamás doliente
llora el jilguero de su amor la ausencia;
yo entretanto de mi Laura ausente
en soledad desesperada lloro
y lloraré sin fin. Si yo la adoro,
si ella sensible mis cariños paga,
¿por qué nos separáis? En dondequiera
es mía, lo será; su pecho amante,
yo le conozco, me amará constante,
seré su solo amor… ¡Triste! ¿qué digo?
que se aparta de mí, y a un enemigo
se va acercando a quien amó algún día.
Huye, Laura, no creas, desconfía
de mi rival, y de los hombres todos.
Todos son falsos, pérfidos, traidores,
que dan pesares recibiendo amores.
¡Almas de corrupción!, jamás quisieron
con la ingenua verdad, con la ternura,
con la pureza y la fogosa llama
con que mi pecho enamorado te ama.
Te ama, te ama sin fin; y tú entretanto
¿qué harás de mí? ¿te acordarás? ¿en llanto
regarás mi memoria y tu camino?
¿probarás mi dolor, mi desconsuelo,
mi horrible soledad? Astro del cielo,
oh sol, hermoso para mí algún día,
tú la ves, y me ves: ¿dónde está ahora?
¿qué hace? ¿vuelve a mirar? ¿se aflige? ¿llora?
¿o ríe con la imagen lisonjera
de mi odioso rival que allá la espera?
¿Y ésta es la paga de mi amor sincero?
¿Y para esto infeliz, desesperado,
sufro por ella, y entre angustias muero?
¡Ah! ninguna mujer ha merecido
un suspiro amoroso, ni un cuidado.
Tan prontas al querer como al olvido,
fáciles, caprichosas, inconstantes,
su amor es vanidad. A cien amantes
quieren atar en su cadena a un tiempo,
y ríen de sus triunfos, y se aclaman,
y a nadie amaron porque a todos aman.
¿Y mi Laura también?… No, no lo creo.
Yo vi en sus ojos que me hablaba ansioso
su veraz corazón: todo era mío;
yo su labio escuché, y su labio hermoso
mío le declaró; cuantos oyeron
sus palabras, sus ayes, sus gemidos,
«es tuyo, y todo tuyo», me dijeron.
Es mío, yo lo sé; que en tiernos lazos
mil y mil veces la estreché en mis brazos,
y al suyo uní mi corazón ardiente,
y juntos palpitaron blandamente,
jurando amarse hasta la tumba fría.
¡Oh memoria crüel! ¿Adónde han ido
tantos, tantos placeres? Laura mía,
¿dónde estás? ¿dónde estás? ¿Que ya mi oído
no escuchará tu voz armonïosa,
mucho más dulce que la miel hiblea?
¿que sin cesar mi vista lagrimosa
te buscará sin encontrarte? Al Prado,
que tantas veces a tu tierno lado
me vio, soberbio en mi feliz ventura,
iré, por ti preguntaré, y el Prado,
«No está aquí», me dirá; y en la amargura
de mi acerbo dolor, cuantos lugares
allí tocó tu delicada planta
todos los regaré con largo llanto,
en cada cual hallando mil pesares
con mil recuerdos. Bajaré perdido
a las Delicias, y con triste acento
«Laura, mi Laura», clamaré, y el viento
mi voz se llevará, y allí tendido
sobre la dura solitaria arena,
pondrase el sol, y seguirá mi pena.
A tu morada iré; con planta incierta
toda la correré desesperado,
y toda, toda la hallaré desierta.
Furioso bajaré, y a mis amigos,
de mi ardiente pasión fieles testigos,
preguntaré en silencio por mi amante,
y ellos, la compasión en el semblante,
nada responderán. ¡Desventurado!
¿a quién me volveré? Si sólo un día
durase mi dolor, yo me diría
feliz, y muy feliz; pero mis ojos
un sol, y otro verán, y cien tras ellos,
y a Laura no verán. Sus labios bellos
no se abrirán, y entre cordial ternura
«te amo» repetirán mil y mil veces;
ni con la suya estrechará mi mano,
ni gozaré mirando la hermosura
de su expresivo rostro soberano.
¡Ay, que nunca a mis ojos tan hermosa
brilló cual hoy cuando de mí partía!
Jamás, jamás la olvidaré; una diosa,
la diosa del amor me parecía.
Sí, mi diosa serás, Laura adorada,
la única diosa a quien mi pecho amante
cultos tributará. Ya en adelante
en todo el orbe para mí no existe
más belleza que tú, ni más deseo:
adorarte será mi eterno empleo.
¡Oh Guadiana, Guadiana hermoso!
¡oh río entre los ríos venturoso!
¡oh mil veces feliz! Tú a Manzanares
su tesoro robaste. Placenteras
mirarán a mi Laura tus riberas
contemplando cual pasan tus olitas
y unas en otras sin cesar se pierden.
Pensativa al mirarlo, en mí la mente
ocultará en tu rápida corriente
con mil lágrimas tristes mil amores.
¡Oh si después hacia Madrid corrieras!
a las suyas mis lágrimas unieras.
¡Ay! dila, dila, cuando allí la vieres,
que eternamente vivirá en mi pecho
su inextinguible amor; que acongojado
la lloro sin cesar; que lo he jurado;
cuando la sien de abril ciñan las flores
iré a exhalar entre sus dulces brazos
todo mi corazón, y mil amores
en cambio a recibir; que ella constante
pague mi fe, porque en el mundo entero
no encontrará un amor más verdadero.
Mi Paseo Solitario De Primavera
Mihi natura aliquid semper amare dedit
Dulce Ramón, en tanto que, dormido
a la voz maternal de primavera,
vagas errante entre el insano estruendo
del cortesano mar siempre agitado,
yo, siempre herido de amorosa llama,
busco la soledad y en su silencio
sin esperanza mi dolor exhalo.
Tendido allí sobre la verde alfombra
de grama y trébol, a la sombra dulce
de una nube feliz que marcha lenta,
con menudo llover regando el suelo,
late mi corazón, cae y se clava
en el pecho mi lánguida cabeza,
y por mis ojos violento rompe
el fuego abrasador que me devora.
Todo despareció; ya nada veo
ni siento sino a mí, ni ya la mente
puede enfrenar la rápida carrera
de la imaginación que, en un momento,
de amores en amores va arrastrando
mi ardiente corazón, hasta que prueba
en cuántas formas el amor recibe
toda su variedad y sentimientos.
Ya me finge la mente enamorado
de una hermosa virtud: ante mis ojos
está Clarisa; el corazón palpita
a su presencia: tímido, no puede
el labio hablarla; ante sus pies me postro,
y con el llanto mi pasión descubro.
Ella suspira y, con silencio amante,
jura en su corazón mi amor eterno;
y llora y lloro, y en su faz hermosa
el labio imprimo, y donde toca ardiente
su encendido color blanquea en torno…
Tente, tente, ilusión… Cayó la venda
que me hacía feliz; un cefirillo
de repente voló, y al son del ala
voló también mi error idolatrado.
Torno ¡mísero! en mí, y hállome solo,
llena el alma de amor y desamado
entre las flores que el abril despliega,
y allá sobre un amor lejos oyendo
del primer ruiseñor el nuevo canto.
¡Oh mil veces feliz, pájaro amante,
que naces, amas, y en amando mueres!
Ésta es la ley que, para ser dichosos,
dictó a los seres maternal natura.
¡Vivificante ley! el hombre insano,
el hombre solo en su razón perdido
olvida tu dulzor, y es infelice.
El ignorante en su orgullosa mente
quiso regir el universo entero,
y acomodarle a sí. Soberbio réptil,
polvo invisible en el inmenso todo,
debió dejar al general impulso
que le arrastrara, y en silencio humilde
obedecer las inmutables leyes.
¡Ay triste! que a la luz cerró los ojos,
y en vano, en vano por doquier natura,
con penetrante voz, quiso atraerle:
de sus acentos apartó el oído,
y en abismos de mal cae despeñado.
Nublada su razón, murió en su pecho
su corazón; en su obcecada mente,
ídolos nuevos se forjó que, impíos,
adora humilde, y su tormento adora.
En lugar del amor que hermana al hombre
con sus iguales, engranando a aquéstos
con los seres sin fin, rindió sus cultos
a la dominación que injusta rompe
la trabazón del universo entero,
y al hombre aísla, y a la especie humana.
Amó el hombre, sí, amó, mas no a su hermano,
sino a los monstruos que crió su idea:
al mortífero honor, al oro infame,
a la inicua ambición, al letargoso
indolente placer, y a ti, oh terrible
sed de la fama; el hierro y la impostura
son tus clarines, la anchurosa tierra
a tu nombre retiembla y brota sangre.
Vosotras sois, pasiones infelices,
los dioses del mortal, que eternamente
vuestra falsa ilusión sigue anhelante.
Busca, siempre infeliz, una ventura
que huye delante de él, hasta el sepulcro,
donde el remordimiento doloroso,
de lo pasado levantando el velo,
tanto mísero error al fin encierra.
¿Dó en eterna inquietud vagáis perdidos,
hijos del hombre, por la senda oscura
do vuestros padres sin ventura erraron?
Desde sus tumbas, do en silencio vuelan
injusticias y crímenes comprados
con un siglo de afán y de amargura,
nos clama el desengaño arrepentido.
Escuchemos su voz; y, amaestrados
en la escuela fatal de su desgracia,
por nueva senda nuestro bien busquemos,
por virtud, por amor. Ciegos humanos,
sed felices, amad: que el orbe entero
morada hermosa de hermanal familia
sobre el amor levante a las virtudes
un delicioso altar, augusto trono
de la felicidad de los mortales.
Lejos, lejos honor, torpe codicia,
insaciable ambición; huid, pasiones
que regasteis con lágrimas la tierra;
vuestro reino expiró. La alma inocencia,
la activa compasión, la deliciosa
beneficencia, y el deseo noble
de ser feliz en la ventura ajena
han quebrantado vuestro duro cetro.
¡Salve, tierra de amor! ¡mil veces salve,
madre de la virtud! al fin mis ansias
en ti se saciarán, y el pecho mío
en tus amores hallará reposo.
El vivir será amar, y dondequiera
Clarisas me dará tu amable suelo.
Eterno amante de una tierna esposa,
el universo reirá en el gozo
de nuestra dulce unión, y nuestros hijos
su gozo crecerán con sus virtudes.
¡Hijos queridos, delicioso fruto
de un virtuoso amor! seréis dichosos
en la dicha común, y en cada humano
un padre encontraréis y un tierno amigo,
y allí… Pero mi faz mojó la lluvia.
¿Adónde está, qué fue mi imaginada
felicidad? De la encantada magia
de mi país de amor vuelvo a esta tierra
de soledad, de desamor y llanto.
Mi querido Ramón, vos mis amigos,
cuantos partís mi corazón amante,
vosotros solos habitáis los yermos
de mi país de amor. Imagen santa
de este mundo ideal de la inocencia,
¡ay, ay! fuera de vos no hay universo
para este amigo que por vos respira.
Tal vez un día la amistad augusta
por la ancha tierra estrechará las almas
con lazo fraternal. ¡Ay! no; mis ojos
adormecidos en la eterna noche
no verán tanto bien. Pero, entretanto,
amadme, oh amigos, que mi tierno pecho
pagará vuestro amor, y hasta el sepulcro
en vuestras almas buscaré mi dicha.
El Rompimiento
¿Será, será que, osada,
¡oh Filis inconstante!,
quieras aún señorear, cual diosa,
mi mente avasallada?
Y yo, cual tierno infante
que, desvalido en su nutriz, reposa,
y ella es su amor primero,
toda su dicha, su universo entero,
¿cifraré mi ventura
en pender de tu pérfida hermosura?
En el silencio frío
de la noche callada,
al rayo incierto de la opaca luna
yo vi, yo vi a ese impío;
te vi, te vi abrazada
con ese amante de mejor fortuna;
tu acento fementido,
lleno de agravios, resonó en mi oído
cuando infiel prometías
la fe que me juraste en otros días.
Tú, que en su amor ahora
gozas, oh mi enemigo,
¡ay!, breve, breve llegará el momento
que en esa engañadora
llores. También testigo
fue ese jardín de mi feliz contento,
y murió en tus abrazos.
Húyela, que te miente, huye sus brazos,
de otra veraz te fía;
no te ama Filis, no, que toda es mía.
Es mía, yo la amaba,
yo la amo aún inconstante…
No la amo; la aborrezco… ¡La alevosa!
¡La pérfida! ¿Engañaba
al más sincero amante?
Tanta promesa y esperanza hermosa,
Filis, ¿dó están? ¿Qué has hecho
de tanta fe como juró tu pecho
cuando amarme ofrecía,
¡cruel, cruel!, hasta el postrero día?
¿Por qué entonces callabas
los agudos pesares
que me guardaba tu querer tirano?
¿Sacrílega esperabas
profanar los altares
cubriendo tu deshonra con mi mano?
Jamás la augusta pompa
rio en mi fantasía. Rompa, rompa
la funeral cadena
que a tus bárbaras leyes me condena.
Caiga, caiga deshecho
el ídolo engañoso
que ante sus plantas me miró abatido.
Arroje ya mi pecho
error tan ponzoñoso,
y que odio sea cuanto amor ha sido.
¡Oh, si feliz tornara
el tiempo que voló! Jamás manchara
ese monstruo sangriento
ni aun mis oídos con su torpe aliento.
¡Bárbara! ¿Mereciste
verte jamás señora
del corazón que te entregué rendido?
Tú misma lo dijiste;
que, en cuanto Febo dora,
nadie supo querer cual yo he querido.
Y ¿cuál paga me has dado?
¡Ay, si me hubieras a la par amado
de mi pasión fogosa!
¡Si me amaras aún, ingrata hermosa!
Huye, esperanza vana;
huid, muertos amores;
Filis, eterno adiós. Cuando mirares
esa beldad tirana,
burlada de traidores;
cuando pruebes los bárbaros pesares
que a mí llorar me has hecho;
cuando, herido de amor tu infame pecho,
sólo piedad implore,
y eternamente ingratitudes llore;
llegó, llegó el instante
de mi fatal venganza.
De soledad y desamores llena,
siempre verás delante
esta aciaga mudanza;
escucharás mi voz que te condena;
y, en cruel remordimiento,
al despedir el postrimer aliento,
ya tarde arrepentida,
temblarás de mi imagen ofendida.
El Túmulo
¿No ves, mi amor, entre el monte
y aquella sonora fuente,
un solitario sepulcro
sombreado de cipreses?
¿Y no ves que en torno vuelan,
desarmados y dolientes,
mil amorcitos, guiados
por el hijo de Citeres?
Pues en paz allí cerradas
descansan ya para siempre
las silenciosas cenizas
de dos que se amaron fieles.
Éramos niños nosotros
cuando Palemón y Asterie
llenaron estas comarcas
de sus cariños ardientes.
No hay olmo que, en su corteza,
pruebas de su amor no muestre;
Palemón, los unos dicen,
los otros claman Asterie.
Sus amorosas canciones
todo zagal las aprende;
no hay valle do no se canten,
ni monte do no resuenen.
Llegó su vejez, y hallolos
en paz, y amándose siempre;
y amáronse, y expiraron;
pero su amor permanece.
¿Te acuerdas, Filis, que un día,
simplecillos e inocentes,
los oímos requebrarse
detrás de aquellos laureles?
¡Cuántas caricias manaban
sus labios! ¡Cuántos placeres!
¡Cuánta eternidad de amores
juraba su pecho ardiente!
Al verlos, ¿te acuerdas, Filis,
oh, tan preciosas niñeces
volaron, que me dijiste,
deshojando unos claveles:
yo quiero amar; en creciendo,
serás Palemón, yo Asterie,
y juraremos, cual ellos,
amarnos hasta la muerte?
Mi Filis, mi bien, ¿qué esperas?
El tiempo de amar es éste;
los días rápidos huyen,
y la juventud no vuelve.
No tardes; ven al sepulcro
donde los pastores duermen
y, a su ejemplo, en él juremos
amarnos eternamente.
La Desconfianza
Las rosas que, ya marchitas,
de ti con desdén alejas,
la aurora me vio cortarlas,
y hermosas jóvenes eran.
Vivieron. Fue para siempre
su honor y antigua belleza.
¡Ay, todo cual sombra pasa,
y el ser a la nada lleva!
Vendrá el agosto abrasado
ahogando flores y, muertas
sus hijas, a otras regiones
volará la primavera.
En pos, el maduro otoño,
mostrando su faz risueña,
hará que el lánguido estío
bajo sus pámpanos muera.
Mas el aquilón bramando
se arrojará de las sierras,
y, lanzando estéril yelo,
cubrirá de horror la tierra.
Así, la lóbrega noche
sucede a la luz febea,
las risas a los lamentos,
y a los placeres las penas.
Es el universo entero
una inconstancia perpetua:
se muda todo; no hay nada
que firme y estable sea.
Y en medio a tantos ejemplos
que triste mudanza enseñan,
¡ay Filis!, ¿tu pecho solo
tendrá en amarme firmeza?
Alejado de la Corte
A dios, cárcel funesta, a dios palacio,
A dios trono infeliz, perpetuo asiento
De la inquietud. A dios, amigos míos,
Cobré mi libertad…
¡Y mil veces feliz si mi castigo
Puede servir a los demás de ejemplo!
La virtud, sí, amigos míos,
La virtud os recomiendo;
Que ella es feliz, o si aflige,
En su aflicción lleva el premio.
Mi destino
En mi cunita pobre,
menesteroso niño,
entre inocentes sueños
posaba yo tranquilo,
cuando hacia mí, sin flechas,
amor risueño vino
y, en torno de él, jugando
otros mil amorcitos.
Al inflamado soplo
del anhelante estío
yo, sudoroso y débil,
yacía enardecido.
Amor lo ve y, al punto,
me orea compasivo
sus alas agitando
con menear dormido.
Me alzó después suave
a su regazo amigo,
y allí tocó dos veces
sus labios con los míos.
Tras éstos, me cercaron
sus tiernos hermanitos;
todos me vieron, todos
me hicieron mil cariños.
Y aun uno, el más gracioso,
mudado en cefirillo,
voló y me dio tres besos,
y se durmió conmigo.
Después, con blando acento,
el de Cíteres dijo:
hagamos a porfía
feliz a aqueste niño.
Que no siga inhumano,
de polvo y sangre tinto,
los bárbaros pendones
de Marte vengativo.
Ni por el oro infame
vaya en el frágil pino
de mar en mar buscando
mortales precipicios.
Ni en el templo de Temis,
austero y pensativo,
pese en fatal balanza
los premios y castigos.
A mi feliz imperio,
por siempre sometido,
sean tiernos amores
su perenal destino.
Ea, dos de vosotros
derramen de contino
en su inocente pecho
ternuras y cariños.
Amante aquél le forme;
éste, oficioso amigo,
y entre los dos le críen
humano y compasivo.
Dijo, y voló dejando
dos amores conmigo,
Y tres con el gracioso
que se quedó dormido.
El cual, de mí prendado,
jamás huirme quiso;
antes hizo en mi pecho
un delicioso nido.
Y desde allí ¿no sabes,
oh tú, dueño querido,
lo que por siempre clama
con labio persuasivo?
Que ardiente a Filis ame
hasta el postrer suspiro;
que es muy amable Filis,
y amar es mi destino.
Mis Transformaciones
¡Oh si a elegir los cielos
me diesen una gracia!
Ni honores pediría,
ni montes de oro y plata.
Ni ver el orbe entero,
postrado ante mis plantas,
después de cien victorias
sangrientas e inhumanas.
Ni de laurel ceñido,
al templo de la fama,
con una estéril ciencia,
orgulloso, me alzara.
Gocen en tales dones
los que infelices aman
comprar, con su reposo,
los sueños de esperanzas.
Yo, que mis días cuento
por mis amantes ansias,
a mi placer pidiera
que mi ser se mudara.
Cuando mi bien al valle
desciende en la alborada,
allí al pasar me viera
rosita aljofarada.
Rosita que modesta,
con suave fragancia
atrayendo, a sus manos
me diera sin picarla.
Y luego, allá en su pecho,
¡cuán gozosa y ufana
la nieve de sus pomas
con mi ardor realzara!
Después… después, ¿qué hiciera?
Sombra fugaz y vana
un sol no más sería
mi gloria y mi esperanza.
Tan pasajeros gozos
no, rosas, no me agradan.
Adiós, que al aire tiendo
mis rozagantes alas.
Mariposilla alegre,
imagen de la infancia,
en inquietud eterna
iré girando vaga.
Bien como el Iris bella,
frente a mi dulce Laura,
en un botón de rosa
me quedaré posada.
Ella querrá cogerme
y, con callada planta,
vendrá, y huiré, y, traviesa,
la dejaré burlada.
¿Y si el rocío moja
mis tiernecitas alas?
Me sigue, soy perdida,
me prende y me maltrata.
¡Si al menos expirando,
con trémulas palabras,
pudiese, venturoso,
decirla: yo te amaba!
No. Cefirillo suelto
volaré a refrescarla
cuando el ardiente agosto
las praderas abrasa.
Ya enredaré, jugando,
sus trenzas ondeadas.
Ya besaré, al descuido,
sus mejillas de nácar.
Ora en eternos giros,
cercando su garganta,
en sus hibleos labios
empaparé mis alas.
O bien, si allá en la siesta,
dormida en paz descansa,
yo soplaré en su frente
mis más suaves auras.
Y cuando más se pierda
su fantasía vaga,
umbrátil sueñecito
me iré a ofrecer a su alma.
¡Oh cuánta dulce imagen,
cuántas tiernas palabras
allí diré, que el labio
quiere decirla, y calla!
Más favorable acaso
que pienso yo, a mis ansias
sonreirá: ¿quién sabe
si mis cariños paga?
¡Oh si a mi amor eterno
correspondieses, Laura!
Por todo el universo
mi dicha no trocara.
ídolo de mis ojos,
diosa de toda mi alma.
¡Pagarásme!, y al punto
cesarán mis mudanzas.
Precio De Una Rosa
En todos sus rosales
la madre primavera
jamás a rosa alguna
miró con más terneza.
En mil graciosos rizos
¡cuán varia purpurea
sobre el regazo amante
del botón que la estrecha!
Cómo en silencio suben
desde el pie contrapuestas
dos bien labradas hojas,
y se mecen sobre ella.
Una, tal vez, se dobla,
gira y, fugaz, la besa.
La otra lo ve cobarde,
y quiere, y va, y no llega.
Ella, entretanto, ríe
mil fragantes esencias,
y a su reír, ¡oh cuántos!,
¡cuántos deseos vuelan!
¡Oh rosa, honor del año!
Tu singular belleza,
¡oh cuán feliz sería
si Filis te quisiera!
Tómala, Filis, toma,
y deme en recompensa
la dulce miel de un beso
tu boquita risueña.
Ya vale más la rosa.
No te la doy, no; suelta,
que el beso fue, y lozana
mi flor aquí se queda.
Seis besos y otros tantos
me has de pagar por ella.
Es poco. No; tú ignoras
los ayes que me cuesta.
Fui y, al cortarla, impías
me hirieron dos abejas
de un numeroso enjambre
que a par giraba de ella.
¿No ves cuán lastimada
está mi triste diestra?
¡Ay Filis! Sí; mi rosa
precio mayor desea.
Un beso, ¿y qué es un beso?
Quiero por cada abeja
del numeroso enjambre
que a par giraba de ella.
La Despedida
Venid, venid piadosos,
y consolad mi pena
los que el amor condena
a mi cruel dolor.
Oh vos que habéis probado
la ausencia un solo instante,
yo parto y soy amante.
¿Me olvidará mi amor?
A su beldad rendido,
en ella embelesado,
amarla es mi cuidado,
servirla es mi loor.
En su contento vivo,
su desplacer me mata.
Decid, ¿habrá una ingrata
que olvide tanto amor?
Yo, mariposa amante,
que, en pos de Nais, volaba
y ante ella así me holgaba
cual abejita en flor,
¿podré vivir sin verla?
Partir es ley forzosa.
¡Ay triste!, ¿si alevosa
olvidará mi amor?
En soledad y luto,
ya lejos de mi amante,
doquier veré delante
su sombra y mi temor.
Cual si mi voz oyera,
con suspirar doliente
preguntaré a mi ausente:
¿Olvidarás mi amor?
En mi ilusión, perdido
tal vez en tiernos lazos,
la estrecharé en mis brazos
y abrazaré mi error.
Deshecha en aire vano,
huirá Nais y, afligido,
diré: ¿si ya en olvido
tornó la infiel mi amor?
Bien como flor que el cáliz
cierra en la noche fría
y, hasta asomar el día,
no torna a su esplendor.
Yo así, tu luz perdiendo,
me encerraré en el llanto.
Y tú, ¿quién sabe, en tanto,
si olvidarás mi amor?
Que mil y mil hermosa
te irán doquier diciendo,
con la verdad mintiendo
para engañar mejor.
¡Ay!, en aquel instante
que loan tu hermosura,
dicen que tú, perjura,
olvidarás mi amor.
«¡Oh pobre Nais!», alguno
te clamará malvado,
«tú lloras a tu amado,
y él te olvidó traidor.
Que allá, en pensiles nuevos,
versátil mariposa,
por ir tras nueva rosa
dejó perder tu amor.»
No creas; miente, miente
su lengua engañadora.
Pregunta al beso que ahora
te deja mi dolor.
¡Adiós, adiós! Es fuerza.
¡Adiós! Tal vez llorosa,
di, como yo, celosa:
¿olvidará mi amor?
La Desconfianza
Las rosas que, ya marchitas,
de ti con desdén alejas,
la aurora me vio cortarlas,
y hermosas jóvenes eran.
Vivieron. Fue para siempre
su honor y antigua belleza.
¡Ay, todo cual sombra pasa,
y el ser a la nada lleva!
Vendrá el agosto abrasado
ahogando flores y, muertas
sus hijas, a otras regiones
volará la primavera.
En pos, el maduro otoño,
mostrando su faz risueña,
hará que el lánguido estío
bajo sus pámpanos muera.
Mas el aquilón bramando
se arrojará de las sierras,
y, lanzando estéril yelo,
cubrirá de horror la tierra.
Así, la lóbrega noche
sucede a la luz febea,
las risas a los lamentos,
y a los placeres las penas.
Es el universo entero
una inconstancia perpetua:
se muda todo; no hay nada
que firme y estable sea.
Y en medio a tantos ejemplos
que triste mudanza enseñan,
¡ay Filis!, ¿tu pecho solo
tendrá en amarme firmeza?
El Amante Desdeñado
A par del risueño Tormes,
en una anchurosa vega,
abril, derramando flores,
galán y amoroso reina.
Con aire gallardo, suben
en brazos de amantes yedras
gigantes olmos, tejiendo
ramadas de sombra eterna.
¡Oh cómo, al son de sus hojas,
gime la tórtola tierna,
y el ruiseñor, a su arrullo,
entristecido se queja!
¡Ay, que su dulce quejido
el corazón atraviesa
del triste Damón, que llora
tendido en la dura tierra!
Nunca zagal por los montes
guió las mansas ovejas,
que le igualara en las gracias,
ni aventajase en las fuerzas.
Mil veces y mil dichoso
si por aquestas riberas
no pasease Florinda
su desdeñosa belleza.
Mil atractivos ocultos
exhala su faz modesta
sin cesar; y allá en sus ojos
está Amor lanzando flechas.
Toda es gentileza y gala,
y afable a un tiempo y soberbia,
rebosa gracias y amores,
amores y gracias nuevas.
El amante desdeñado
la vió asomar por la sierra,
y mira cual va, en rodeos,
bajando tras sus corderas.
Muda de color mil veces;
huirla quiere, y no acierta;
teme, y su temor acusa,
y desperanzado espera.
La mira, y la incierta vista
enojado aparta de ella.
No quiere, y torna a mirarla,
y su loco amor condena.
Por tres veces, a llamarla
se resuelve, y las tres mesmas,
al ir a decir su nombre,
el llanto trabó su lengua.
Cansado de tanta lucha,
al pie de un roble se sienta
y entre sollozos amargos,
así comenzó sus quejas.
¿No era bastante, oh Florinda,
a tu bárbara soberbia
verse, de tantos despojos,
allá en el Tajo cubierta?
¿En qué te ofendieron nunca
estas míseras riberas,
para que, cruel, vinieses
sembrando llantos y penas?
Tranquila paz respiraban
nuestras inocentes selvas.
¡Mal haya el aciago instante
en que te acordaste de ellas!
Viniste tú, y han huido
de aquí, por la vez primera,
la paz, las risas, el gusto,
el candor y la inocencia.
Lamentos es todo el valle:
la fe perdida, se quejan
de su amante la zagala,
de su pastor, las ovejas.
Dígalo yo, que al mirarte,
abandoné a Galatea,
que dejó por mí los pastos
donde vio la luz primera.
Infiel la olvida mi pecho
por más que en su amor se esfuerza;
y a ti forzado te adora,
y aborrecerte quisiera.
¿Acaso te han merecido
mis dolorosas tristezas
ni el favor de una mirada,
ni un ay de piedad siquiera?
Ayer te ofrecí, en el baile,
un ruiseñor con su hembra,
y, cruel, mi don arrojas,
y huyes del baile y la vega.
Pastoras, zagales, todos
rieron en mi vergüenza,
y, por mayor desventura,
rio también Galatea.
Aquí llegaba el amante,
cuando la zagala fiera
se volvió por donde vino,
cansada ya de sus quejas.
Él con la vista la sigue,
y solo ya con sus penas,
¿qué puede hacer? ¡Infelice!
Llorando sus ansias templa.
Los Amantes Enojados
Arrebolada, la aurora
miraba desde su carro
en los cristales del Tormes
al Otea retratado.
En el cáliz de las rosas,
oyendo al céfiro blando,
niño el abril asomaba
de rocío coronado.
El ruiseñor querellante,
de rama en rama saltando,
salve, le dice, y gorjea,
y son amores sus cantos.
Tal vez los roba el estruendo
con que baja entre peñascos
un arroyuelo travieso,
de roca en roca jugando.
Cae en el Tormes, que gira
y, en orbes siempre más anchos,
anuncia a su reino el triunfo
de su nuevo tributario.
Todo lo miran de lejos,
allá en los picos más altos
colgadas, unas cabrillas
de Filis pobre rebaño.
De Filis, zagala hermosa,
del Tormes honor y encanto,
en cuyo semblante, unidos,
reinan modestia y agrado.
Sus negros, lánguidos ojos,
melancólicos girando,
no hay corazón que no rindan,
y sin jamás intentarlo.
Sobre la mullida alfombra
de tréboles y amarantos,
yace, pensativa y triste,
la sien posada en la mano.
Lejos, allá por el suelo,
yace el rabel y el cayado;
y sin tutelares silbos
vaga sin ley el ganado.
Ni ya se engalana Filis,
ni teje para su amado
frescas guirnaldas, ni canta
sus amorosos cuidados.
En vano el Abril florido
ríe a la zagala; en vano
su amor oficioso imploran
las cabras tristes balando.
Todo es perdido; no escucha;
sus ojos no ven; sus labios
callan; para todo ha muerto,
y sólo vive en su llanto.
¿Qué penas su pecho afligen?
¡Amor, amor! ¡Cuán tirano
vendes tu favor! Su amante
rompió con ella enojado.
Tres días ha que, enemigos,
buscan diferentes pastos.
Filis ya cede. ¡Es tan duro
fingir desvíos amando!
Ya, de la cumbre de un cerro,
Damón, el pastor gallardo,
desciende en pos de sus cabras,
el cáñamo restallando.
A encontrarle vino Filis;
y al verle, se alza temblando;
quisiera esperarle, y huye,
perdida en mil sobresaltos.
De haberle amado se duele,
y nunca su amor fue tanto.
Se culpa del rompimiento,
y es el pastor el culpado.
Al fin se atreve, y resuelta
va con silenciosos pasos
hacia Damón, que la observa,
y se hace dormido el falso.
Llega, le mira; imprudente,
quiere arrojarse en sus brazos,
y va; pero teme, para,
y rompe en amargo llanto.
Pasó aquel tiempo en que Filis,
oculta, la voz mudando,
llamaba a Damón dormido,
y reía de su engaño.
¡Cuántos inocentes juegos,
cuántos mimosos halagos,
fruto de mejores días,
en su alma allí despertaron,
hoy son tormentos crueles
y los redobla Melampo,
que sobre el pecho de Filis
sienta las callosas manos!
Este es el can vigilante
que, guía leal del amo,
a la zagala anunciaba
la venida de su amado.
Siente, cuitadilla, siente,
llora tu mísero estado,
que yo también, compasivo,
tus lágrimas acompaño.
No temas que tus lamentos,
en los cóncavos sonando,
llamen al pastor dormido
de su profundo letargo.
Él vela, y oye tus lloros,
y arde en tu amor… ¡Cielo santo!
Ella se arroja, atrevida,
de su Damón en los brazos.
Él vuelve, y alza, y la mira,
y en ira y amor luchando
¡amor, amor!, ¿quién resiste
a tu omnipotente brazo?
Se enlazan los dos amantes
y, en mil besos regalados,
perdones tiernos se piden,
y se aman más que se amaron.
El Propósito
¡Salve, mi querido albergue!
¡Salve, mansión solitaria,
nido feliz, do las Musas
el gozo y la paz me guardan!
¿Que, en fin, a tu dulce abrigo
torno otra vez? ¡Cuántas ansias
probó enajenado el pecho
que jamás en ti probara!
El amor… ¿Qué no ha perdido
el amor? ¡Ah!, todo es tramas,
todo falsedad y engaños,
todo doblez e inconstancia.
Me habló, le creí, le sigo;
y ¡ay!, que al dolor me guiaba.
¡Crédulo yo! ¿Qué valieron
mis experiencias pasadas?
¿Fue acaso la vez primera
que, al mar del amor lanzada,
sólo naufragios terribles
halló mi perdida barca?
Me acuerdo que, en otro tiempo,
saliendo de una borrasca,
Adiós para siempre, dije
a las fluctuantes aguas.
Mi chocita, mi inocencia,
y mis amigos me bastan.
No más amor, que las hembras
todas son unas, y engañan.
Esto decía, y ya entonces,
de lejos, me preparaba
el amor, en nuevos lazos,
nuevas y nuevas desgracias.
Le ví; resistí; no pude.
¡Es tan tiernecita mi alma!
Jura no amar cada día,
y cada días más ama.
Fui débil; cedí; ¿qué mucho
si contra mí guerreaban
mi gratitud, mi ternura,
y las lágrimas de Laura?
Vióme sensible, y al punto
sus elocuentes miradas
amor, amor, me dijeron,
y yo las veía, y callaba.
Doquier de mi faz pendiente,
su sonreír, sus palabras,
su seriedad, su silencio
en todo, y toda me amaba.
Yo en su pesar me afligía;
pero, inflexible, exclamaba:
No más amor, que las hembras
todas son unas, y engañan.
Mil y mil lágrimas tristes
la vi ocultar con sus palmas;
y escuché mil sordos ayes
expirar en su garganta.
No sé; pero, triste imagen
de un dolor sin esperanza,
parece que me decía:
Yo moriré, y tú me matas.
Eres piadoso, ¿y permites
que a tu rigor me deshaga,
bien como al yelo del cierzo
la amable rosa temprana?
¿Hay resistencia que dure
al eco de estas palabras?
Téngala allá quien no albergue
mis compasivas entrañas.
¿Yo resistir? ¡Ah, perezca
quien duro el oído aparta
de los dolorosos ayes
que él mismo tal vez arranca!
No soy así; yo no puedo
ver padecer; y trocara,
por las desdichas ajenas,
mis placeres y esperanzas.
Respira, infeliz amante,
enjuga tus llantos, Laura.
Yo te amo; ¡y adiós de nuevo
propósitos y palabras!
Al fin la amé; y en el punto
que yo mi fe la juraba,
con otro amante, en silencio,
ella cautelosa y falsa.
¡Gran Dios! ¿Y por qué la tierra
sufre tan pérfidas almas?
¡Oh, salve, chocita mía!,
de ti mi aflicción se ampara.
¡Oh salve, salve mil veces!
A tu silenciosa calma
torno al fin, y para siempre
al amor daré la espalda.
¡Oh libros! ¡Oh amigos dulces
en que mis penas descansan!
Fuera de vos, ya la tierra
es para mis ojos nada.
Ya no hay verdad en el mundo,
ni fe, ni amor… ¡Laura, Laura!
¿Así, de un pecho sencillo,
el fiel cariño se paga?
En vano, en vano confusa,
en llanto cruel ahogada,
me buscarás implorando
con voz humilde mi gracia.
Si débil fui, ya soy firme,
impío, cruel. ¡Oh Laura!,
mucho te amé… ¡Si a lo menos
alguna disculpa hallaras!
Yo te ayudaré; adormece
mis justas desconfianzas;
deslúmbrame, y te perdono,
y te amaré cual te amaba.
¿Qué digo, infeliz? ¿Es ésta
mi entereza y mi constancia?
Huyamos, albergue mío,
apaga oficioso, apaga
el fuego en que ardo, y responde,
si viene a turbarme Laura:
No más amor, que las hembras
todas son unas, y engañan.
La Violación Del Propósito
En vano, en vano rabioso,
las duras cadenas muerdo
que amor, déspota inhumano,
ató a mi rebelde cuello.
¿Qué vale que, por romperlas,
sude en afanoso esfuerzo,
si a cada triste conato
un eslabón las aumento?
¿Do estás, propósito mío?
¿Do estás adiós postrimero
que ayer al amor y a Laura
dije con brioso aliento?
¿Así la voz imperiosa
de mis vengativos celos
enmudeció y, sólo ahora
habla el amor en mi pecho?
¡Ay, que jamás tan tirano
me subyugó! Todo entero,
con toda su ardiente llama,
va por mis venas corriendo.
Palpito, tiemblo, mis ojos
lágrimas brotan de fuego,
y mil fugitivos ayes
abrasan mis labios secos.
Yo me ardo, yo me ardo Laura,
Laura, aquí estás, yo te veo;
eres tú misma; a tus plantas
imploro tu amor de nuevo.
ídolo mío, perdona
si pude, en injustos celos,
dejarte; ya arrepentido,
a ser tu esclavo me vuelvo.
Ni jamás, aunque quisiera,
podría dejar de serlo.
¿Qué fuera de mí sin Laura,
si sólo por ella aliento?
Mi vida, mi ser, mi todo,
¡oh Laura!… mi entendimiento,
mi corazón, mis sentidos,
todo en ti sola lo veo.
¡Adiós, pasiones, que un día
fuisteis mi dulce embeleso!
Sed de saber, Musas, gloria,
ya para mí todo es muerto.
Laura no más, Laura, Laura
es mi pasión, mi universo.
¡Oh, viva con ella siempre,
y muera con ella a un tiempo!
El Cayado
Al ir tendiendo los montes
sus más alargadas sombras,
un ancho valle midiendo
que en paz Manzanares corta;
cuando las dormidas flores,
de abril a la voz, hermosas
despiertan, su cárcel rompen,
y con timidez asoman;
el anciano Palemón,
dejando la humilde choza,
un siglo entero pasea
por la verde y fresca alfombra.
¡Cuál brilla su augusta calva
a par del sol que la dora!
Y no es el sol más hermoso
que la vejez virtuosa.
Dejad, cefirillos mansos,
dejad las selvas do mora
amor, que un hombre de bien
vuestros halagos provoca.
Venid, venid oreantes,
y las alitas de rosa
sacudiendo, a Palemón
seguid cargados de aromas.
Todo es silencio en el valle;
no suenan más que las ondas
del sesgo río, y de lejos
la dulce voz de una alondra.
Contemplando en unas flores
está Palemón: las toca,
las deja; torna a mirarlas,
las deja otra vez, y llora.
¡Así marchitas, decía,
las que, al expirar la aurora,
la gala fueron del prado,
la envidia de las hermosas!
¡Oh tiempo, tiempo! A tus golpes
se rinde cuanto el sol dora:
ni el alto ciprés respetas,
ni la yedra vil perdonas.
Todo lo destruyes, todo,
hasta los montes y rocas.
También fui joven un día,
y anciano me ves ahora.
Vendrá, y hollará mañana
lo que este sol no trastorna.
Yo vi esta pradera entonces,
¡oh Palemón!, ¡oh memorias!
Siglos enteros cercada
de mil pastoriles chozas,
de paz, de amores y risas
morada fue deliciosa.
Todo se acabó; a mí sólo
conoce la vega ahora;
solo quedé por testigo
de mudanzas dolorosas.
Ya es paseo de la corte
la que arboleda frondosa
me vio nacer. ¡Cuántas veces
me hospedó su fresca sombra!
¡Cuántas pacíficas siestas
de la estación ardorosa
me regaló en blando lecho
de lirios, trébol y rosas!
Aquel infeliz collado
que está sustentando ahora
ese jaspeado alcázar
donde un cortesano mora,
en menos aciagos días
escuchó mi voz sonora
cuando guiaba las danzas
de las ágiles pastoras.
Desde su cumbre florida
bajaba con limpias ondas
un arroyuelo travieso
mojando, al pasar, las rosas.
Sentado en él, una tarde
di un colorín a mi esposa.
¡Ay años abriles míos!
Expiraron ya mis glorias.
Mudanzas tristes reparo
doquier la vista se torna;
todo ya me desconoce,
y en mi vejez me abandona.
Fresno inmutable, tú solo,
allá en antiguas memorias,
prestas a mi afán alivio
y en mi soledad me gozas.
Tú me recuerdas un padre
que bajo tu inmensa copa
en mi pecho las virtudes
vertía desde su boca.
También descubrir me oíste
mi ardiente amor a mi esposa;
y en las estivales siestas
frescor me guardó tu sombra.
¡Salve, piadoso arbolito!
¡Mil veces salve, y mil otras!
¡Cariño mío por siempre!
¡Mi única esperanza ahora!
En ti está la vega antigua,
mis padres, mi dulce esposa,
mis inocentes niñeces,
y mi juventud fogosa.
¡Cual me viste en otros tiempos
cuando en la edad de mis glorias
era el primero en la lucha,
en el salto y en la honda!
Pasó mi honor, todo muere.
¡Cuán otro de aquél, ahora
trémulo me ves cediendo
a los años que me agobian!
Así es mi frente, cual sierra
allá en diciembre nevosa;
y las ya cansadas plantas
flaquean y me abandonan.
Fresno de mi amor, tus ramas
hacia mí benigno dobla,
dame un bastón o, rendido,
volver no podré a mi choza.
Con sólo un triste cayado
mi tierno amor galardonas.
Yo te serví con el riego,
y es mía toda tu pompa.
¡Bendito seas, mi fresno!,
que ya una rama piadosa
me alargas. ¡Qué buen cayado,
Palemón, tendrás ahora!
Árbol ingrato, ¿en la tierra
me haces caer? ¡En mal hora
beba tu raíz el jugo,
y el sol caliente tus hojas!
¿Segunda vez, por dañarme,
a inclinar tus brazos tornas?
¡Ay, que una rama he cortado!
¡Ay, que me verá mi choza
entrar con cayado! ¡Oh fresno,
haga el cielo que tu pompa
dure por eternos siglos,
y cada vez más hermosa!
¡Jamás de Aquilón te opriman
las furias tempestuosas,
ni el rayo ardiente del cielo
ofenda impío tu copa!
¡Cuando la nieve entristezca
las soledades selvosas,
en tu follaje enredada
pose primavera hermosa!
¡Y cuando agosto inflamado
marchite las verdes hojas,
cuelgue el abril, en las tuyas,
la cuna feliz de Flora!
Amigo fresno, la muerte,
que a nadie jamás perdona,
porque el morir es forzoso,
se acerca a mi presurosa.
¡Plegue, cuando al fin llegare,
que, por mi postrera gloria,
mis huesos, algún piadoso,
al pie de tu tronco ponga!
Dijo, y lloró; y apoyado
volvió el pastor a su choza.
Dio el sol el postrer suspiro,
y se tendieron las sombras.
El Fin Del Otoño
¿Adónde rápidos fueron,
benéfica primavera,
tus cariñosos verdores
y tus auras placenteras?
¿Do están los amables días
cuando, a la aurora risueña,
de tus cálices rosados
tributabas mil esencias?
¿Do, los pomposos follajes
que oyeron las cantilenas
del ruiseñor, en las noches
llenando de amor las selvas?
¿Do estás, juventud del año?
Perdióse en la ardiente fuerza
de agosto; murió el estío,
y ahora noviembre reina.
Noviembre, que despojando
los bosques y las praderas,
con amarillos matices
las galas de abril afea.
¡Cual de los vientos al soplo
para siempre caen en tierra
las hojas, al pie del tilo
que vio su antigua belleza,
y sus maternales ramas,
en soledad lastimera,
los rigores del invierno
desconsoladas esperan!
Del invierno, que dejando
sus escarchadas cavernas,
ya se adelanta, seguido
de borrascosas tormentas.
¡Adiós, albergues queridos
de las aves halagüeñas,
nidos de amor, y teatros
de maternales ternezas!
Ya no abrigaréis piadosos
la desnuda descendencia
del colorín, ni mi oído
regalarán sus querellas.
¡Oh, cuán diferentes cantos
ahora doquier resuenan!
Que, entre orfandades, la muerte
su carro aciago pasea.
¡Cuántas virtudes oprimen
sus inexorables ruedas!
¡Cuánta esperanza sepultan,
y cuánto amor atropellan!
Ni la juventud perdonan,
ni el himeneo respetan.
¡Oh Filis, Filis!, ¿quién sabe
si ya, en nuestro mal, se acercan?
Nuestras niñeces volaron,
y, en pos, las flores primeras
de la juventud. ¡Ay tristes!
A nuestros días ¿qué resta?
En ellos ya, desde lejos,
asoma, de canas llena,
la ancianidad dolorosa,
el desamor y tristeza.
Amemos, amemos, Filis;
mira que rápidos llegan,
que ya este otoño es memoria,
y el tiempo destruye y vuela.
Traducción de las Odas I, II, III y IV de Anacreonte
-I-
Loar quisiera a Cadmo,
cantar quisiera a Atridas;
mas sólo amores suenan
las cuerdas de mi lira.
Otra me dad, y cante
de Alcides las fatigas;
pero también responde
amor, amor, la lira.
Héroes, adiós; es fuerza
que un vale eterno os diga.
¿Qué puedo hacer, si amores
canta, y no más, mi lira?
-II-
Armó natura al toro
con la enastada frente,
y al caballo con plantas
que atrás furioso vuelve.
La cavernosa boca
sembró al león de dientes,
y la veloz carrera
dio a la prófuga liebre.
Alas prestó a las aves,
dio el nadar a los peces,
la sensatez al hombre;
¿y olvidó a las mujeres?
No, ¿qué les dio? Belleza,
arma la más potente.
¡Ah, cedan hierro y fuego
a la que hermosa fuere!
-III-
En medio de la noche,
cuando parece el carro
donde ostentó Bootes
sus ya cubiertos rayos;
cuando al mortal cerraba
los ojos el cansancio,
de pronto amor parece
mis puertas golpeando.
¿quién, de mi sueño, dije,
turba el feliz descanso?
Y respondió: No temas,
abre, soy un muchacho;
por compasión me hospeda,
que llueve, estoy helado,
y en deslunada noche
solo y perdido vago.
Me lastimé de oírle,
y voy, y enciendo, y abro,
y un niño vi con alas,
con aljaba y con arco.
Le siento, a par del fuego,
y caliento sus manos
con mis palmas, y enjugo
su pelito mojado.
Al fin se cobra, y dice:
Trae, probaré del arco
la cuerda, que esta lluvia
¡cuál me la habrá parado!
La estira, y cual serpiente
que pica y vuelve insanos,
me hiere toda el alma,
mi pecho traspasando.
Vengan albricias, huésped,
grita riendo; el arco
ileso está; tu pecho
no quedará tan sano.
-IV-
De los frondosos lotos
a la sombra tendido,
quiero beber oyendo
el son del móvil mirto.
La túnica prendida
sobre el hombro, Cupido,
en un rústico vaso
me sirva el dulce vino.
Cual disparado carro
marcha el tiempo, que impío
nos deshace, mudando
la vida en polvo frío.
¿Y qué valdrá que entonces
riegues con leche y vino,
y ornes con vanidades
mi sepulcral olvido?
Ahora, mientras siento,
vierte esencias, amigo,
tráeme una hermosa, y ciñe
mi sien de rosa y lirios;
pues, antes que me pierda
en mi postrer suspiro,
quiero gozar. Id lejos,
cuidados pensativos.
El Rompimiento
¿Será, será que, osada,
¡oh Filis inconstante!,
quieras aún señorear, cual diosa,
mi mente avasallada?
Y yo, cual tierno infante
que, desvalido en su nutriz, reposa,
y ella es su amor primero,
toda su dicha, su universo entero,
¿cifraré mi ventura
en pender de tu pérfida hermosura?
En el silencio frío
de la noche callada,
al rayo incierto de la opaca luna
yo ví, yo ví a ese impío;
te ví, te ví abrazada
con ese amante de mejor fortuna;
tu acento fementido,
lleno de agravios, resonó en mi oído
cuando infiel prometías
la fe que me juraste en otros días.
Tú, que en su amor ahora
gozas, oh mi enemigo,
¡ay!, breve, breve llegará el momento
que en esa engañadora
llores. También testigo
fue ese jardín de mi feliz contento,
y murió en tus abrazos.
Húyela, que te miente, huye sus brazos,
de otra veraz te fía;
no te ama Filis, no, que toda es mía.
Es mía, yo la amaba,
yo la amo aún inconstante…
No la amo; la aborrezco… ¡La alevosa!
¡La pérfida! ¿Engañaba
al más sincero amante?
Tanta promesa y esperanza hermosa,
Filis, ¿do están? ¿Qué has hecho
de tanta fe como juró tu pecho
cuando amarme ofrecía,
¡cruel, cruel!, hasta el postrero día?
¿Por qué entonces callabas
los agudos pesares
que me guardaba tu querer tirano?
¿Sacrílega esperabas
profanar los altares
cubriendo tu deshonra con mi mano?
Jamás la augusta pompa
rió en mi fantasía. Rompa, rompa
la funeral cadena
que a tus bárbaras leyes me condena.
Caiga, caiga deshecho
el ídolo engañoso
que ante sus plantas me miró abatido.
Arroje ya mi pecho
error tan ponzoñoso,
y que odio sea cuanto amor ha sido.
¡Oh, si feliz tornara
el tiempo que voló! Jamás manchara
ese monstruo sangriento
ni aun mis oídos con su torpe aliento.
¡Bárbara! ¿Mereciste
verte jamás señora
del corazón que te entregué rendido?
Tú misma lo dijiste;
que, en cuanto Febo dora,
nadie supo querer cual yo he querido.
Y ¿cuál paga me has dado?
¡Ay, si me hubieras a la par amado
de mi pasión fogosa!
¡Si me amaras aún, ingrata hermosa!
Huye, esperanza vana;
huid, muertos amores;
Filis, eterno adiós. Cuando mirares
esa beldad tirana,
burlada de traidores;
cuando pruebes los bárbaros pesares
que a mí llorar me has hecho;
cuando, herido de amor tu infame pecho,
sólo piedad implore,
y eternamente ingratitudes llore;
llegó, llegó el instante
de mi fatal venganza.
De soledad y desamores llena,
siempre verás delante
esta aciaga mudanza;
escucharás mi voz que te condena;
y, en cruel remordimiento,
al despedir el postrimer aliento,
ya tarde arrepentida,
temblarás de mi imagen ofendida.
A Galatea, Que Huyó De Su Casa Por Seguir A Un Amante
¿Huyes ¡ay imprudente!,
de un ciego amor guiada,
el dulce albergue maternal dejando?
Cual alondra inocente
de su nido apartada,
que, el reclamo de lejos escuchando,
hacia su par volando
torna, y en lazo fuerte
halla eterna prisión o dura muerte,
¿corres al que, mintiendo, oh Galatea,
tristes cariños, tu baldón desea?
De cada huella que imprimió tu planta,
un odio y un pesar se te adelanta.
Huye, y tu madre, en tanto,
tu madre, antes querida,
te busca en vano, y encontrarte espera.
Te llama en hondo llanto,
y no es correspondida.
Tal la oveja, con mísera carrera,
en pos va lastimera
del perdido cordero.
Corre inquieta la vega y el otero,
de mata en mata registrando atenta;
a cada sombra, sus dolores cuenta,
con acento tristísimo balando,
en su favor a todos implorando.
De temores cercada,
¡cuánto, cuánto recela!
¡Qué perspectiva de dolor su mente
mira desesperada!
Si tierna la consuela
la voz de la amistad, un ay doliente
exhala y solamente
¡Galatea!, responde.
¡Galatea!, no más; y huye, y se esconde,
y silenciosa abriga su tormento,
fijo siempre en su hija el pensamiento.
Pensando en ella la saluda el día,
y la recibe así la noche fría.
En su lóbrego espanto,
¡oh si su voz oyeras
cuando al regazo maternal te llama!
Ya la enmudece el llanto;
ya, cual si allí la huyeras,
tente, tente, cruel; ¿huyes?, exclama;
¿huyes de quien más te ama?
Tu madre soy. ¿Por suerte,
mi cariño infeliz pudo ofenderte,
que, endurecida a mis ansiosas quejas,
¡ay!, tantos años de piedades dejas
por un monstruo que odioso te arrebata?
¡Oh Galatea, Galatea ingrata!
Yo, como el ave amante
que, el pecho ensangrentando,
a sus hijos en él nutre y anida,
desde el aciago instante
que te miró llorando
pasar de mis entrañas a la vida,
en mi pecho, acogida
te dí, te dí sustento;
te dí todo mi amor, sangre y aliento;
y pendiente de ti, siempre vivía
en tu vivir, en que gozosa veía
¡cuánta noble virtud y honor hermoso!
Y en mi helada vejez ¡cuánto reposo!
¡Ciega! ¡Cuánta mudanza
en lo que allí soñaba!
Con Galatea huyó la dicha mía;
falleció mi esperanza;
la luz que me alumbraba
se tornó oscuridad, y mi alegría
es luto y agonía.
La amaba, y me ha dejado;
me dejó para siempre. Esposo amado,
si, alzando de la tumba tenebrosa,
vieras el llanto de tu fiel esposa,
¿creyeras que a tormento tan agudo
dar ocasión tu Galatea pudo?
Pudo, pudo… La insana
a su madre abandona.
Huye, y me deja como vid doliente
que cuando más ufana
riendo se corona
de opulentos racimos, de repente
marcha del occidente,
llega, y cae resonando
el opaco granizo, y destrozando
los pámpanos, los frutos, la esperanza,
el suelo cubre de su atroz venganza;
y es la vina infeliz, ya despojada,
de cuantos pasan con dolor mirada.
Mi más querida prenda,
única gloria mía,
ídolo de mi pecho, hija adorada,
mira, mira; esa senda
do tu pasión te guía,
está de espinas y dolor sembrada.
¡Oh madre infortunada!
¡Oh joven sin ventura!
¡Oh cuánta pesadumbre y amargura
te sigue! Abandonada de tu amante,
sin madre, sin virtud, en un instante
verás crimen, verás remordimiento
donde hallar esperabas el contento.
Guárdate, miserable,
que el cielo omnipotente
vengó el desprecio y paternal afrenta
por siempre inexorable.
¿Quién sabe si, al presente,
el Ser eterno tu castigo intenta,
y la espada sangrienta,
envuelta en muerte y llanto,
contra ti va a esgrimir? Detén, oh santo
Señor, el golpe funeral, espera;
en mí se cebe tu venganza fiera;
me ofendió, y la perdono. ¡Ay hija mía!,
vuelve ya, vuelve a la que amaste un día.
Pon fin a su amargura:
torna a tu madre amante,
o la harás para siempre desdichada.
¿Temerás por ventura,
en mi airado semblante,
mi recelo y tu fuga ver pintada?
No, no; que más amada
serás que nunca has sido.
No -hallarás sino amor y eterno olvido
de cuanto fue… No vuelve. ¿Así dilata
el arrepentimiento? ¡Ingrata, ingrata!
Vendrás, y me verás ya sepultada,
y sobre mí tu ingratitud sentada.
Oda
Tente, tente, cruel. ¿Así te alejas,
Tirsis ingrato, de tu Nice amada?
¿Así, cerrando el insensible oído
a sus ardientes dolorosas quejas,
huyes, y en aflicción desesperada
la abandonas? ¿Será que, fementido,
anegues en dolores
un alma que te dio tantos amores?
En vano escudas tu infeliz dureza
con el destino que a partir te obliga;
amor y sólo amor; no hay más destino
para quien supo amar. Si la riqueza,
si la sed ambiciosa te fatiga,
si gloriosa te llama, a su camino,
la ensangrentada guerra;
parte y siembra de llanto la ancha tierra.
Que Nice ¡ay triste!, a su dolor rendida,
sola en el mundo, en congojoso llanto,
Tirsis, mi Tirsis, clamará doquiera,
y no será de Tirsis respondida.
¡Ay duro Tirsis! ¿Dónde estás? En tanto
que buscas anhelante esa quimera
que la ambición te inspira,
Nice te nombra, y por tu amor expira.
Morirá, morirá, si es que resiste
tu ingrato pecho al doloroso acento
con que te llama a su amoroso lado.
¡Con qué vehemencia te recuerda triste
el tiempo en que tu sólo pensamiento
era tu Nice! ¡Tiempo afortunado
de paz y de alegría!
¡Bello por siempre cuando amor quería!
¡Cuán elocuente su semblante mudo
te pinta su dolor! Su hinchado pecho
hierve, y hondos suspiros exhalando,
ata su voz con invencible nudo.
Su planta tiembla; en lágrimas deshecho,
su demudado rostro va buscando
en el tuyo su suerte.
¡Ay! Tu separación será su muerte.
Apiádate, cruel: ¿ves cuál te tiende
las tiernas palmas, y tu cuello enlaza,
y te estrecha en su pecho enamorado?
¿Y más y más en su pasión se enciende,
y otra vez torna, y a su Tirsi abraza,
diciéndole, en acento desmayado,
su lengua lastimera
que te abrace otra vez, y luego muera?
Le deja, y clava en el piadoso cielo
la turbia vista ya desencajada,
y clava su aflicción. No hay en la tierra
quien pueda mitigar su desconsuelo;
no hay más que un Tirsi, que ahora abandonada
la va a dejar. Cuanto anchuroso encierra
el orbe de hermosura
es para Nice luto y amargura.
¿Qué haces, Tirsi? Detén tu labio triste,
no pronuncie jamás la voz temida
de la separación; que es voz de muerte
para el sensible amor… ¡Cruel! ¿Qué hiciste?
¿Ya resonó en tu lengua aborrecida
el inhumano adiós que a nunca verte
condena a la infelice?
¿Que el postrimero adiós lanzaste a Nice?
Vuelve, Nice; no irá. Ya su partida
desecha con horror… En vano, en vano
la intento recobrar: pálida, helada,
del sudor de la muerte acometida,
el sepulcro la espera… ¡Insano, insano!
¿Do se pierde mi mente enajenada?
El telón ha caído
Tirsis, Nice, volved; ¿dónde habéis ido?
¡Y fue todo ilusión! ¡Y el sentimiento
que mi agitado pecho acongojaba
fue sombra y nada más! No: es verdadera
la Nice que cantó; cierto el tormento
que su sensible corazón probaba
en el terrible adiós: ni ¿quién pudiera
con un mentido canto
mandar al alma la aflicción y el llanto?
Amable Nice, tierna, generosa,
que con el fuego que en tu pecho ardía
abrasaste las almas que te vieron,
¡cuánto tesoro de virtud hermosa
en tu llanto y dolor se descubría!
Los santos cielos sobre ti quisieron
de un corazón humano
la ternura verter con larga mano.
¡Vive, Nice feliz, vive dichosa
a par de los deseos de un amigo
que ama tu corazón! Y madre tierna,
hija obediente, enamorada esposa,
¡que de tu sombra al maternal abrigo
crezcan tus hijos, conservando eterna
adentro en su alma pura
la virtud de su madre en su ternura!
En elogio del general Buonaparte, con motivo de haber respetado la patria de Virgilio
Victorque viros supereminet omnes. Virgilio
Marón yacía en los Elíseos campos,
y en torno de él volaban silenciosos
cual los soles radiantes del olimpo
mil héroes; y a su vida arrebatado
con celeste armonía
desatando la voz así decía:
«¡Oh venerables sombras generosas
nacidas para el bien! ¿Por qué la tierra
tan en breve os perdió? ¿Por qué inmortales
no eternizáis en ella la justicia,
la virtud bienhechora
que en vuestra muerte irreparable llora?
A vuestro aspecto acobardado el crimen
tiembla, y huye, y se esconde, y al abismo
su tronco cae; y la virtud hermosa
sobre él alzada, el universo entero
trae a su dulce mando
leyes de unión y de amistad dictando.
Faltáis empero, y ¡ay!… La primavera
muere en los brazos del estío ardiente;
pero otra igual renacerá. Un otoño
en otro y otros sempiterno vive;
mas la virtud fallece,
y otra virtud en su lugar no crece.
¡Oh Fabricio! ¡Oh Camilo! ¡Oh Epaminondas!
¡Oh tú, que de tu patria en Salamina
fuisteis el fundador! Y tú, ¡oh Aristides!
¡Oh Leónidas! ¡Oh Aníbal! ¡Oh Scipiones!
¿Quién, ay, dará a la tierra
cuanto ya en vuestros túmulos se encierra?
Mira entre tanto a Buonaparte, y clama:
no habéis muerto; vivís, héroes gloriosos,
todos, todos vivís. Joven valiente
tú Marcelo serás. Dijo, y el héroe
el bastón empuñando
va al enemigo rápido marchando.
Le acomete, venció; combate, triunfa;
batalla, y un ejército enemigo
fue, y otro y otros; vuela, es la victoria;
y a una sola campaña un siglo entero
de heroísmo cargando
gana la paz, la guerra esclavizando.
Sí; que al oírle desnudar la espada
tiemblan los muros de diamante, tiemblan
ríos y montes. Sólo sin espanto
la pobre aldea de Marón le mira,
que el héroe le respeta.
Violo en su tumba y sonrió el poeta.
Y rebosando en júbilo su pecho,
«cumplióse, dijo, mi feliz presagio,
Buonaparte inmortal. ¡Oh que a la vida
no pudiese otra vez volver ahora!
¡Quién loarte me diera,
y que luego a mi túmulo volviera!
De mis cantos, rayad, rayad a Augusto,
rayad a Eneas y a Catón dictando
sus leyes a los justos del Eliseo;
que todo nombre de virtud y gloria
con virtud despiadada,
la juventud romana cautivada.
¡Yo lo ví, yo lo ví, dijo, enclavados
en los púnicos templos los pendones
e incruentas espadas que el guerrero
arrancar se dejó! ¡Yo vi en las libres
espaldas, entre lazos,
los ciudadanos retorcidos brazos!
Vi ya patentes las herradas puertas
de los contrarios, y en triunfante gozo
romper su arado los tranquilos surcos;
los surcos ¡ay!, de nuestra gloria llenos,
que, en más felices horas,
talaron nuestras armas vencedoras.
¿Será que el oro de su vil rescate
haga más fuerte al campeón esclavo?
Le hará más vil y engendrador de infames;
que nunca, tinta, su color nativo
la lana ha recobrado,
ni su virtud el pecho amancillado.
Cuando luche la cierva, desprendida
de la nudosa red, será brioso
el militar que al pérfido enemigo
confió su salud. ¿En nuevas lides
podrá temblar Cartago
su vencimiento y funeral estrago
de los brazos que en hierros ponderosos
el miedo de morir ató cobarde?
Buscando vida sin saber do estaba,
a paz forzaron el combate. ¡Oh mengua!
¡Oh gran Cartago, alzada
sobre el baldón de Italia destrozada!
Dijo; y del beso de su casta esposa
huyó, cual siervo, y de sus tiernos hijos;
y en torvo ceño, el varonil semblante
fijó en la tierra, en tanto que afirmaba
al dudoso Senado
en su consejo atroz nunca imitado.
Parte veloz a su destierro ilustre
entre el llorar de la amistad, que lejos
ve los tormentos que el sayón le guarda.
Él no tiembla y los ve; marcha, y en torno
rompe su brazo fuerte
el pueblo que mediaba entre su muerte;
bien cual si huyendo la estruendosa Roma
y el cargoso velar en la fortuna
de sus clientes, a rendir marchase
a la rústica paz amables cultos
de calma y de contento
en los campos hibleos de Tarento.

A la paz entre España y Francia en 15
¿Qué fogoso volcán amenazando
hierve en mi corazón, que en paz dormía,
bien como en el abismo honditronante
del Etna cuando brama, y humeando
va a romper? Tente, tente, fantasía,
¿do me arrastras? Perdona; mí sonante
cítara suspendí; mi labio mudo
para siempre olvidó la voz del canto.
Y ¿cómo he de cantar entre el espanto
con que Marte sañudo,
en rencorosa guerra
muda en sepulcro la anchurosa tierra?
¡Oh Pirineo! ¡Oh campos de Gerona!
¡Espectáculo atroz! ¡Oh! ¿Quién me aleja
de esta escena cruel de sangre y lloro
do el fratricidio la discordia abona?
¿Dónde es muerte el honor? ¡Ay, cuál refleja
el acero infeliz los rayos de oro
del sol vivificante! ¡Cuál rechina
el carro horrible do el cañón sentado
va de viudez y de orfandad preñado!
¡Cuánto llanto, y ruina
y sepulcro está abriendo
del trémulo tambor el ronco estruendo!
Tened, crueles. ¿Contra quién esgrime
el duro hierro la insensata mano?
¿Do está la humanidad, el don divino
que en nuestras almas al nacer imprime
la natura? ¡Perezca el inhumano
que el feroz ministerio de asesino
el primero ejerció! ¡Que el hondo Averno
trague hasta el nombre del que alzó malvado
altares al valor ensangrentado
y, de laurel eterno
ciñendo su cabeza,
dijo: sea virtud la impía dureza!
Hirió su voz de Jerjes el oído,
que el escudo batiendo con la lanza,
la guerra ordena al hijo del oriente.
En la ilusión de su altivez dormido,
sueña que el universo a su pujanza
ya inclina con temor la esclava frente.
Marcha, triunfa; de Esparta en los leones
da, cía, los rodea, caen rugiendo.
Y su rugir Temístocles oyendo,
mueve al mar sus Pendones,
y allí, la diestra alzada,
tumba de toda el Asia fue su espada.
¿Huyes, oh Jerjes? ¿Tan ópimo fruto
te valió tu venganza lisonjera?
¿Huyes? ¿Adónde huirás? Ya se adelanta
a recibirte, en doloroso luto,
Asia; y «¿qué fue mi juventud guerrera?»,
te pregunta. «Mis campos, do levanta
el abrojo su frente ignominiosa,
piden los brazos donde en paz amiga
su sien posaba la materna espiga.
La amante lagrimosa
busca a su amor, no le halla,
que, polvo yerto, para siempre calla.
«¡Hijo adorado, en mi vejez odiosa
único puerto de mi ingrata suerte!
Desamor, soledad, ¿ésta es la herencia
que me vuelven de ti? Noche afrentosa
de mi himeneo, en que el amor fue muerte,
¡jamás seas…!» exclama en la vehemencia
de su hondo pesar la anciana madre;
mientras la viuda en lágrimas deshecha,
los huerfanitos en su seno estrecha;
y la mente en su padre,
mil futuros temores
flechan su corazón con mil dolores.
«Tú me arrancaste con tu infanda guerra
mi laboriosa paz y mis amores,
entregándome al hambre y las maldades.
Y ¡oh cuánta sangre en mi domada tierra
por ti veo correr! Por tus furores
vuela entre victoriosas mortandades
contra mí el Macedón, y me saquea,
y a su muerte… ¡qué horror!, ¡ay!, vuelve, impío,
vuelve mis hijos al regazo mío;
mis hijos de Platea;
cruel, torna al momento,
tórname mi virtud y mi contento».
El Asia dijo; y aún su voz ahora
desde el horror de sus desiertos clama
por su sangre inocente. Oíd, hispanos:
la madre España a sus lamentos llora,
y con su ejemplo a la concordia os llama.
¿Será que vuestros pechos inhumanos
resisten a su voz, que religiosa
repite sin cesar que no hay ventura
sin virtud, ni virtud sin la ternura
y la unión amistosa,
adonde en ara santa
feliz beneficencia se levanta?
¡Falte la tierra al que a su mismo hermano
persiga en su enemigo! Uncid los bueyes,
oh vírgenes del campo lagrimosas,
que vuelve su señor. Con diestra mano,
pues amor dictará sus dulces leyes,
tejed guirnaldas de azucena y rosas.
Madres sensibles, vuestro amargo llanto
truéquese ya en placer y regocijos,
que ya a sus lares vuestros tiernos hijos
tornan; sí, que el espanto
va a cesar de la guerra,
y en mieses de oro se ornará la tierra.
¡Júbilo, salvación! ¡Oh cuál se inunda
mi espíritu en placer! ¿Oís que clama
Paz, paz el Pirineo ensangrentado?
Dad oliva a mi sien. ¿Quién la circunda
con sus hojas? La trompa de la fama
toda es paz, y a su son llora abrazado
del galo el español, y maldiciendo
de la guerra y sus bárbaros horrores,
en amistad convierten sus rencores.
Los oye, y brama huyendo
la discordia sangrienta,
y en la oscura Albión tu trono asienta.
¿Do estáis, pastores, que el silencio amado
de los montes dejasteis al ardiente
estruendo del cañón? Volved tranquilos
a sus antiguos reinos el ganado;
señoread las selvas do inocente
a las plácidas sombras de los tilos
el amor sus misterios os confía.
Desechad el temor; del alto cielo,
yo lo ví, yo lo vi, que en raudo vuelo
alma paz descendía
de espigas coronada,
de genios y de musas rodeada.
Saludadla, cantad, hijos de Apolo.
¡Salve, decidla, madre bienhechora
del linaje mortal, cándida hermana
de la santa virtud! ¡De polo a polo
rija un día tu mano vencedora!
¡Salve mil veces, y a la gente humana
no abandones jamás! ¡Pueda contigo
comenzar el imperio afortunado
de la fraternidad, en que el malvado
es el solo enemigo,
y la tierra piadosa
una sola familia virtuosa!
La Primavera
Rosas, naced; que a la mansión del Toro,
de nativo placer y amores llena,
se acerca el sol, de triunfos coronada,
cual noble vencedor, la frente de oro.
Quebrantó victorioso la cadena
en que gimió la tierra avasallada
del numen invernal. Las altas cumbres,
do estéril nieve Capricornio lanza,
se estremecen de Febo a la pujanza,
que en crujientes heladas pesadumbres
los montes derrocando
va de su altiva eternidad triunfando.
Abrego silbador, cierzo bramante,
lóbregos partos del sañudo invierno,
huid do vuestro padre silencioso
de su alcázar de yelo resonante
os llama en Espizberg. Huid, que tierno
vuelve al campo del céfiro el reposo
el padre de la luz. La primavera
nació, y el coro de los mansos vientos
sopla suave, y abre a sus alientos
su seno el campo, y ríe la pradera,
y en umbrosos frescores
brota la selva el sueño y los amores.
¿Oís? ¿Quién parte con veloz huida
ante la nube, que con marcha lenta
por la aérea región se va tendiendo?
Es Favonio, que a Ceres la venida
anuncia de la plácida, opulenta
lluvia sutil. Sus rayos escondiendo
eclipsado va el sol; y a veces ama
el desplegar, la nube traspasando,
los que antes encubrió, lejos dorando
la nevosa altivez de Guadarrama,
que los valles nublados
alegra con sus iris variados.
¡Cuál, suspendida, por el vago viento
flota la nube de esperanzas llena
que las alondras revolantes miden
clamando, lluvia, en incesable acento!
¿Cae? Mi frente mojó, y el río suena
formando un orbe, y otros, que despiden
otros más ensanchados, que rodean
otros que inmensos en la orilla mueren.
¡Cuán regalados los oídos hieren
los alisos que trémulos menean
sus hojas, do jugando
el agua de una en otra va saltando!
Desciende al gremio de la madre Flora;
que a sus hijas, de perlas coronando
su ya débil prisión, hinche de vida.
¡Oh, cuantas rosas la primer aurora
en verde cuna mirará, asomando
con tímida inocencia la encogida
y vergonzosa faz! Venid, aladas
hijas del viento, atravesad ligeras
las llanuras del mar, que placenteras
os llaman ya las sombras sosegadas
que abril embalsamado
tiende risueño sobre el verde prado.
Venid, que Flora a vuestro amor ofrece
su hibleo don, y Ceres espigosa
por vuestra descendencia ya afanada
en misteriosa paz granando crece.
¡Oh salve, salve, fuentecilla hermosa
de adormida corriente! Desmayada
tal vez diciembre al Guadarrama frío
te encadenó; benigna primavera
rompe tus grillos; corre, y la pradera
florezca en tu correr, y el bosque umbrío
redoble en tus cristales
la pompa de sus ramas inmortales.
Corre dichoso, y tu feliz corriente
oiga nacer el trébol delicado
y verde juncia entre la humilde grama.
Tu benéfico humor la árida frente
cubra a aquel risco, y brille hermoseado
con musgoso verdor. Mas ¿quién derrama
por la ancha vega en profusión fragante
el balsámico olor que así enajena? so
¡Oh Coronilla! En la mojada arena
de tu dorada flor eterno amante,
quiero a su sombra fría
posar la sien hasta que expire el día.
Doquier repara maternal natura
la anual destrucción, y la esperanza
y paz renueva, y el placer y vida.
Y entre tanto ¡infeliz!, ¿cuál amargura
prueba mi corazón entre la holganza
y risa universal? ¡Oh enardecida
voz! ¡Oh cantar del ruiseñor doliente
que, amor, amor, en el silencio triste
clama del bosque! En vano se resiste
el alma a su impresión; mi rostro siente
de los ojos saltando
mis lágrimas ardientes ir bajando.
¡Amor, amor! La tierra, el firmamento
todo anuncia tu ley. Doquier envío
los mustios ojos, de tu antorcha ardiente
me cerca el resplandor; doquier tu acento
me hiere, y veo que hasta el polo frío
la inspiración de tu deidad resiente.
Su indestructible yelo por tu mando
se enternece, flaquea y, derretido,
despeñándose cae: tiembla oprimido
con su mole el océano, y bramando
tus cultos misteriosos
lejos proclama entre ecos montañosos.
Los oye el Leviatán, inmensurable
levantando la frente entre el helado
coloso que sobre él vasto se tiende.
Amor le habló; cesó su formidable
ferocidad: su pecho enamorado
suspira débil y en amor se enciende.
Ve a su amante, y acorre, y atrevido
en el profundo mar se alza fogoso,
y con placer terrible y estruendoso,
cual Osa sobre el Pelión suspendido,
cumpliendo, oh amor, tus leyes,
al imperio glacial da nuevos reyes.
En tanto el Atlas el feroz rugido
repite del león que centellante,
desordenada la gentil melena,
por las selvas se agita al encendido
volcán que le devora. El que arrogante
en otros días por la ardiente arena
paseaba feliz su calma fiera,
ora esclavo, sin paz, rinde impotente
al yugo del placer la indócil frente;
y a par de su rugiente compañera
con formidable agrado
adora a su pesar al dios alado.
¡Vivificante amor! ¡Hijo dichoso
del alma primavera! En tus altares
humea sin cesar de noche y día
el agradable incienso que amoroso
te ofrece todo ser. Doquier mirares
las caricias verás y el alegría
con que, buscando sempiterna vida
en su posteridad, hace que estable
subsista lo que fue. Yo, no culpable,
yo solo, en juventud ¡ay me!, perdida,
entre tanto contento,
mi soledad y desamor lamento.
¿Y por siempre, sin fin, estéril llama
en mí pecho arderá? ¿Nunca una amante
dará empleo feliz a la ternura
de un triste corazón a quien inflama
todo el dios del amor, que ni un instante
vivirá sin amar? ¿Do está, oh natura,
tu ley primaveral? En vano, en vano
de un nuevo abril renacerá florido
de un amor y otro amor; ¡ay!, sometido
de la pobreza a la imperiosa mano
nunca oiré delicioso,
nunca me oiré llamar padre ni esposo.
Cruel disparidad, tú monstruosa,
divinizando la opulencia hinchada
sobre la humillación del indigente,
sumergiste la tierra lagrimosa
en desorden y horror. Por ti cercada
de riqueza y maldad alzó la frente
la insaciable codicia, que sangrienta
llamó suyo el placer y la esperanza
que la natura por común holganza
dio a los humanos. Al sudor y afrenta
el bueno es condenado
por que nade en deleites el malvado.
El Sibarita, en languidez ociosa
voluptuosamente adormecido,
sin poder desear, los brazos tiende
y bebe sin cesar, en la engañosa
copa de los placeres, el olvido
de la razón; y bebe, y más se enciende
en implacable sed, y más corrompe
los favores maternos usurpando
de la naturaleza, el lazo blando
que le une al infeliz, sangriento rompe,
y su virtud apena
y a estériles deseos le condena.
¡Oh Helvecia, oh región donde natura
para todos igual, ríe gozosa
con sus hijos tranquilos y contentos!
De la rígida nieve en la fragura
allí tiene su templo candorosa
la paz inmemorial. Ledos acentos
suenan en derredor del que, forzando
los campos con la reja reluciente,
con el sudor de su encorvada frente
la frugal opulencia va comprando,
y esperanzas mayores,
y en larga ancianidad largos amores.
De su cuna le ríe el himeneo,
y entre honesto placer tierno le guía
a la beldad que, en la vecina choza,
es de sus padres perenal recreo.
La misma selva que sus juegos veía
en la hermosa niñez, luego se goza
con los suspiros de su edad amante;
y en su preciosa unión las sombras presta
para las danzas de tan dulce fiesta;
sombras do su vejez, ya vacilante,
cargada de memorias,
vendrá a buscar los días de sus glorias.
¡Bienhadado país! ¡Oh! ¿Quién me diera
a tus cumbres volar? Rustiquecido
con mano indiestra de robustas ramas
una humilde cabaña entretejiera;
y ante el vecino labrador, rendido
te dijera: «Si justo no desamas
la voz de la desgracia virtuosa,
oye a un hombre de bien que las ciudades
huyendo cual abrigo de maldades,
busca en esta aspereza montañosa
la paz y la ventura
con que le brinda maternal natura.
«Si amaste alguna vez, por los placeres
de tu primer amor, benigno oído
te merezca. En el culto misterioso
quiero iniciarme de la rubia Ceres,
y tú me iniciarás. Yo, sometido
para siempre a tu voz, no perezoso
rehusaré el afán. O sople frío
el cierzo nevador, o el rayo ardiente
lance el sol estival, siempre obediente
me verás que, incansable, al buey tardío
sigo en la marcha lenta,
la mano de labrar tal vez sangrienta.»
Sí; mi rústico dios me enseñaría
la ley del labrador; y yo, rendido
en tanto a la beldad de una pastora,
hija suya tal vez, ¡con qué alegría
oyera mi lección! Presto, instruido
en mandar a los campos, mi señora
premiara mis fatigas con su mano
y una eterna ventura deliciosa.
¡Cuál amaría a mi inocente esposa!
Esposa, esposa, en mi querer insano,
clamaría doquiera,
y el eco mis amores repitiera.
¡Oh cuántas veces mi querido dueño,
de nuestro amor el fruto sustentando,
a mis surcos viniera y blandamente
el tierno hijito, entre la paz del sueno,
ofreciera a mi vista, provocando
mi beso paternal! Su calma frente
besaría bañándola en mi llanto,
y a su madre después con tiernos lazos
estrechara mil veces en mis brazos;
y la besara en inefable encanto
y otra vez la abrazara,
y más que nunca mi labor amara.
Contando mi vivir por mis amores
de ellos cercado y de mi dulce esposa,
cuando anunciase abril la primavera
alegre cantaría sus loores;
y en la cabaña que hospedó oficiosa
mi pasado dolor yo les dijera
el antiguo pesar que al patrio suelo
me forzó a renunciar; la cruda guerra
que mueve a la virtud la impía tierra;
cual de los Alpes quebrantando el yelo
vine; y como infelice
la informe choza con las ramas hice.
¡Ah!, que al oírme con llorar doliente
bendecirán la rústica pobreza
de su amable virtud, y a mí estrechados
me amarán más y más, y más ardiente
crecerá en su cariño mi terneza,
y ¿por qué me engañáis, sueños amados
de la imaginación?, ¿dónde, perdido,
me llevan, oh virtud, tus ilusiones?
No; jamás de mis Alpes las ficciones
realizadas veré, no; desquerido
sin hijos, sin esposa,
jamás será mi primavera hermosa.
El Otoño
¡Oh, salve, salve, soledad querida,
do, en los halagos del Abril hermoso,
vine a cantar en medio a los amores
mi eterno desamor! ¡Salve, oh florida,
oh calma vega! A tu feliz reposo
torno otra vez y, entre tus nuevas flores
enjugando el sudor que a Sirio ardiente
pagó en tributo lánguida mi frente,
veré al otoño levantarse ufano
sobre la árida tumba del verano.
Sí, le veré; que la Balanza justa
las sombras y la luz igual partiendo
en sus frescos palacios aprisiona
voluble al sol que, de su sien augusta
la diadema inflamada desciñendo,
de rayos más benignos se corona.
Otoño, clama de su carro de oro;
y otoño al punto, entre el favonio coro
que agosto adormeció, la faz alzando,
el florido frescor vuela soplando.
A su dulce volar ¡cuál reverdece
la tierra enriqueciendo su ancho manto
de opulento verdor! La tuberosa
del albo cáliz en su honor florece,
y la piramidal, y tú, oh amaranto,
de más largo vivir. Tu flor pomposa,
que adornaba de mayo los amores,
hoy halla frutos donde vió las flores;
oyó quejarse al ruiseñor primero,
y ya recibe su cantar postrero.
Tú le viste brillante y florecido
a este rico peral que, ahora agobiado
del largo enjambre de su prole hermosa,
la frente inclina. Céfiro atrevido,
de una poma tal vez enamorado,
bate rápido el ala sonorosa,
y la besa, y la deja, y torna amante,
y mece las hojitas, e inconstante
huye, y torna a mecer, y cae su amada,
y toca el polvo con la faz rosada.
¡Otoño, otoño! ¿Le miráis que llega
de colina en colina vacilante
resaltando? ¡Evohe! Salid, oh hermosas,
a recibirle al monte y a la vega
suspendiendo a los hombros el vacante
hondo mimbre. Corred, y en pampanosas
guirnaldas coronad mi temulenta
sien. Dadme yedras, que ardo en violenta
sed báquica. ¡Evohe!, cortad, que opimos
entre el pámpano caigan los racimos.
¡Mil veces Evohe! Que ya resuena
rechinando el lagar. ¡Cuál, ay, corriendo,
el padre Baco en ríos espumantes
se precipita, y de la cuba llena
la ancha capacidad que tiembla hirviendo!
Copa, copa; mis labios anhelantes
se bañen en el néctar de Lico.
Hijos de Ceres, vuestro duro empleo
cesa; ¡mitad mis báquicos furores,
que ya el año premió vuestros sudores.
Conmigo enloqueced. Ya está vacía,
mi copa rellenad, y en torno ruede,
y los ecos repitan retumbando
cien veces ¡Evohe! La selva umbría
se adelanta hacia mí; ya retrocede,
ya gira en derredor. ¡Cuál, ay, saltando
los peñascos y montes de su asiento
vuelan ligeros por el vago viento!
Tierra y cielo se mueven. Luego, luego
cien copas ¡Evohe!, dad a mi fuego.
Otras ciento me dad; y que el arado,
rompiendo el seno a la fecunda Ceres,
la esperanza asegure en rubios granos
al futuro vivir y, desvelado,
siembre nuevo placer. ¡Ah!, los placeres
cual humo pasan, y recuerdos vanos
dejan en su lugar. ¿Veis cuál fallece
la alegría otoñal? Ya palidece
el hojoso verdor, y el claro cielo
llora cubierto en nebuloso velo.
El gozo es llanto. En los vapores lanza
el Escorpión su bárbaro veneno,
y abre las puertas de la tumba fría.
Muere el infante, mísera esperanza
de la madre infeliz, que entre su seno
le está viendo morir. En tanto impía
vuela la muerte al trono de himeneo,
huella al amor, y un bárbaro trofeo
allí levanta, a la afligida esposa
cubriendo el lecho de viudez sombrosa.
¡Tristeza universal! ¿Quién ¡ay!, me diera
volar a otra región do más tardío
lanzase otoño el postrimer aliento?
¡Que del Betis corriendo la ribera
no oyese todavía el canto mío
mezclar el ruiseñor su tierno acento!
Entre los bosques de Minerva errante
la diestra armada del bastón pujante
el árbol de la paz despojaría,
y en ríos de oro el suelo regaría.
U, oprimiendo el ijar del espumante
caballo, las selvosas espesuras
penetrara las fieras persiguiendo.
¿Oís, oís que el eco retumbante
hinche el aire de acentos ladradores
y de agudos relinchos? Al estruendo
huye el ciervo, se esconde, para, mira,
y tornando el ladrar, trémulo gira
por entre el laberinto montuoso,
en otro tiempo su feliz reposo.
En vano, en vano en su favor implora
a su bosque. Las ramas alevosas
que galán de las selvas le aclamaron,
¡oh fortuna cruel!, prenden ahora
de su frente las galas ambiciosas
que en silencio mil veces retrataron
las ondas claras del arroyo amigo.
Ya todo se mudó; que su enemigo
llega, y el triste por huir se agita,
y más se enreda cuanto más se irrita.
No hay ya salud, que el ladrador ardiente
le ve, y se arroja, y a su cuerpo airoso
se abalanza amargando, y no exorable
la majestad humilla de su frente.
¡Ciervo infeliz! Tendido, sanguinoso,
rodeado de muerte inevitable,
los ojos tristes por la vez postrera
alza al bosque do vió la luz primera;
y entre el acero que sus gracias hiere,
y recuerdos amargos, llora y muere.
Así tal vez del hombre la alegría
expira en el dolor; y así sucede
a la risa otoñal el desconsuelo
que a la estación brumal árido guía.
Ya nos rodea; sustentar no puede
la selva su ambición; pálido el suelo
se encubre con las hojas que, bajando
por el aire en mil orbes circulando,
lentas van; caen, y yace lastimero
el selvoso frescor de un año entero.
¡Cuál silban en las ramas combatiendo
hijos de obscuridad los roncos vientos,
vedando a Ceres su vigor fecundo!
Brama el mar, y los ríos, con estruendo,
arrastran los torrentes violentos
en turbias ondas con horror profundo.
Avecitas de Abril, huid ligeras
del Nilo a las benéficas riberas;
aquí ya no hay placer, ha muerto Flora,
otoño expira, y nos dejó la Aurora.
Huyó cual sueño el anual contento
que alargaba mentida mi esperanza,
y se llevó un otoño de mi vida.
Otro en pos volará, y en un momento
marchita flor mi juvenil pujanza,
la edad madura en lo que fue perdida,
con albo pelo y encorvada frente
me arrastrará la ancianidad doliente,
y do posé la planta vacilante,
la tumba abierta miraré delante.
Presto será que, solo y apartado
de todo cuanto amé, llore extranjero
en este mundo muerto a mis placeres.
Vanamente el octubre empampanado
renovará las risas placentero;
¡mísero yo! Perdidos mis quereres,
sin amigos, sin padres, sin amores,
¿a quien me volveré? ¿Cuál ser piadoso
enjugará mi llanto congojoso?
Doquier publicará naturaleza
mi destierro. Vendrá el abril florido
ya sin mi juventud, sin las delicias
de un ya distante amor, de una belleza
polvo, sueño fugaz. Saldrá encendido
agosto, recordando las primicias
de mi Apolo: ¡oh dolor! Murió su canto
para siempre. De invierno, entre el espanto,
oiré que de su helado monumento
mudo me llama el paternal acento.
¡Oh soledad, oh bárbara amargura
de un ser aislado! Mi tristeza os llama,
volad, amigos, que con tiernos lazos
estrechándome huirá mi desventura.
¡Pueda en medio de vos, pobre, sin fama,
merecer vuestro amor, y en vuestros brazos
venturoso vivir eternamente!
¡Pueda aprender de vos, la calma frente
posando en vuestros dulces corazones,
de la santa virtud las instrucciones!
Y cuando ya la muerte se levante
a romper nuestra unión, ¡pruebe conmigo
su hierro! ¡Oh muerte, en mi cerviz descarga
tu primero furor! ¡Jamás quebrante
mi corazón del doloroso amigo
que ya bebe su fin la escena amarga!
¡Ah, precédalos yo! ¡Pueda mi lecho
mirarlos rodear, y entre su pecho,
con su amor olvidando mi tormento,
darles al fin mi postrimer aliento!
¡Oh recreo feliz del alma mía!
¡Oh mis amigos! Cuando yazca helado
de mi arroyo querido en la ribera,
un sepulcro me alzad, de sombra fría
de cipreses y adelfas rodeado.
Amadme siempre; y cuando otoño muera,
mis cenizas con lágrimas regando,
decid, Nicasio; y repetid clamando:
hombre tierno y amigo afectuoso
fue su otoño en nosotros delicioso.
Mi Paseo Solitario De Primavera
Mihi natura aliquid semper amare dedit
Dulce Ramón, en tanto que, dormido
a la voz maternal de primavera,
vagas errante entre el insano estruendo
del cortesano mar siempre agitado;
yo, siempre herido de amorosa llama,
busco la soledad y, en su silencio,
sin esperanza mi dolor exhalo.
Tendido allí sobre la verde alfombra
de grama y trébol, a la sombra dulce
de una nube feliz que marcha lenta
con menudo llover regando el suelo,
late mi corazón, cae y se clava
en el pecho mi lánguida cabeza,
y por mis ojos violento rompe
el fuego abrasador que me devora.
Todo despareció; ya nada veo
ni siento sino a mí, ni ya la mente
puede enfrenar la rápida carrera
de la imaginación que, en un momento,
de amores en amores va arrastrando
mi ardiente corazón, hasta que prueba
en cuantas formas el amor recibe
toda su variedad y sentimientos.
Ya me finge la mente enamorado
de una hermosa virtud; ante mis ojos
está Clarisa; el corazón palpita
a su presencia; tímido no puede
el labio hablarla; ante sus pies me postro,
y con el llanto mi pasión descubro.
Ella suspira y, con silencio amante,
jura en su corazón mi amor eterno;
y llora y lloro, y en su faz hermosa
el labio imprimo, y donde toca ardiente
su encendido color blanquea en torno
Tente, tente, ilusión… Cayó la venda
que me hacía feliz; un cefirillo
de repente voló, y al son del ala
voló también mi error idolatrado.
Torno ¡mísero!, en mí, y hállome solo
llena el alma de amor y desamado
entre las flores que el Abril despliega,
y allá sobre un Amor lejos oyendo
del primer ruiseñor el nuevo canto.
¡Oh mil veces feliz, pájaro amante,
que naces, amas, y en amando mueres!
Esta es la ley que, para ser dichosos,
dictó a los seres maternal natura.
¡Vivificante ley! El hombre insano,
el hombre solo en su razón perdido
olvida tu dulzor, y es infelice.
El ignorante en su orgullosa mente
quiso regir el universo entero,
y acomodarle a sí. Soberbio reptil,
polvo invisible en el inmenso todo
debió dejar al general impulso
que le arrastrara, y en silencio humilde
obedecer las inmutables leyes.
¡Ay triste! Que a la luz cerró los ojos,
y en vano, en vano por doquier natura,
con penetrante voz, quiso atraerle;
de sus acentos apartó el oído,
y en abismos de mal cae despeñado.
Nublada su razón, murió en su pecho
su corazón; en su obcecada mente,
ídolos nuevos se forjó que, impíos,
adora humilde, y su tormento adora.
En lugar del amor que hermana al hombre
con sus iguales, engranando a aquéstos
con los seres sin fin, rindió sus cultos
a la dominación que injusta rompe
la trabazón del universo entero,
y al hombre aísla, y a la especie humana.
Amó el hombre, sí, amó, mas no a su hermano,
sino a los monstruos que crió su idea:
al mortífero honor, al oro infame,
a la inicua ambición, al letargoso
indolente placer, y a ti, oh terrible
sed de la fama; el hierro y la impostura
son tus clarines, la anchurosa tierra
a tu nombre retiembla y brota sangre.
Vosotras sois, pasiones infelices,
los dioses del mortal, que eternamente
vuestra falsa ilusión sigue anhelante.
Busca, siempre infeliz, una ventura
que huye delante de él, hasta el sepulcro,
donde el remordimiento doloroso
de lo pasado, levantando el velo,
tanto mísero error al fin encierra.
¿Do en eterna inquietud vagáis perdidos,
hijos del hombre, por la senda oscura
do vuestros padres sin ventura erraron?
Desde sus tumbas, do en silencio vuelan
injusticias y crímenes comprados
con un siglo de afán y de amargura,
nos clama el desengaño arrepentido.
Escuchemos su voz; y, amaestrados
en la escuela fatal de su desgracia,
por nueva senda nuestro bien busquemos,
por virtud, por amor. Ciegos humanos,
sed felices, amad; que el orbe entero
morada hermosa de hermanal familia
sobre el amor levante a las virtudes
un delicioso altar, augusto trono
de la felicidad de los mortales.
Lejos, lejos, honor, torpe codicia,
insaciable ambición; huid, pasiones
que regasteis con lágrimas la tierra;
vuestro reino expiró. La alma inocencia,
la activa compasión, la deliciosa
beneficencia, y el deseo noble
de ser feliz en la ventura ajena
han quebrantado vuestro duro cetro.
¡Salve, tierra de amor! ¡Mil veces salve,
madre de la virtud! Al fin mis ansias
en ti se saciarán, y el pecho mío
en tus amores hallará reposo.
El vivir será amar, y dondequiera
clarisas me dará tu amable suelo.
Eterno amante de una tierna esposa,
el universo reirá en el gozo
de nuestra dulce unión, y nuestros hijos
su gozo crecerán con sus virtudes.
¡Hijos queridos, delicioso fruto
de un virtuoso amor! Seréis dichosos
en la dicha común, y en cada humano
un padre encontraréis y un tierno amigo,
y allí… Pero mi faz mojó la lluvia.
¿Adónde está, qué fue mi imaginada
felicidad? De la encantada magia
de mi país de amor vuelvo a esta tierra
de soledad, de desamor y llanto.
Mi querido Ramón, vos mis amigos
cuantos partís mi corazón amante,
vosotros solos habitáis los yermos
de mi país de amor. Imagen santa
de este mundo ideal de la inocencia,
¡y, ay!, fuera de vos no hay universo
para este amigo que por vos respira.
Tal vez un día la amistad augusta
por la ancha tierra estrechará las almas
con lazo fraternal. ¡Ay!, no; mis ojos
adormecidos en la eterna noche
no verán tanto bien. Pero, entre tanto,
amadme, oh amigos, que mi tierno pecho
pagará vuestro amor, y hasta el sepulcro
en vuestras almas buscaré mi dicha.
A un amigo que dudaba de mi amistad porque había tardado en contestarle
¿Y dudas, dudas, Muriel querido,
de mi amistad porque tan largamente
a tus voces callé? ¿Podrá en mi mente
entrar jamás el letargoso olvido
de mi felicidad, de mis amores?
¿Podrá mi corazón decir ingrato
a sus más verdaderos amadores,
«Nuestros antiguos vínculos desato,
os destierro de mí?» ¡Qué horror! ¡Ay triste!
¡Cuánta noche, cual caos espantoso,
entonces en mi espíritu caería!
¡Adiós, tierna piedad; adiós, hermoso
consolador placer de amarse amando!
¡Adiós, oh mi feliz melancolía,
que ahora de mis ojos arrancando
este llanto que vierto, en vivas llamas
mi corazón anegas, y le inflamas
en el volcán de amor que me devora!
Y ¡adiós, adiós, virtud!… Desamorado,
¡ah!, ¿qué fuera de mí? La tierra entera
cual vasto yermo ante mis ojos viera
de sanguinarios tigres habitado;
pues insensible para siempre odiado
mi fiereza hallaría por doquiera.
Ahora que el abril con blando aliento
despierta a amor, y en su hermanal cadena
enlaza al hombre recreando el mundo;
yo, espectador del general contento,
cual muerto abrojo entre galanas rosas,
vería sin gozar, el alma llena
de roedoras furias envidiosas.
¿Quién me había de amar? El sol naciente,
su carrera de luz abriendo al día,
te aborrezco gritara, y marcharía
cargado de mis odios a occidente,
La luna en pos, la perezosa frente
recostando en los sueños bostezantes,
tomara el cetro en la celeste esfera;
y entre sus sombras tímidas y errantes
huye, yo te persigo, me dijera,
huye dentro de ti. Y allí ¿qué viera?
La soledad del cruel remordimiento.
Ya me parece que su triste acento
me hiere, mis entrañas destrozando,
y con terrible voz así me dice:
«Hombre de execración, tú que infelice
tu interés del ajeno separando
lanzaste de tu pecho empedernido
el benéfico amor, recibe ahora
el justo galardón que has merecido.
Vive insensible; por deidad adora
a tu aislado interés: jamás tu pecho
responda al ¡ay!, de tu doliente hermano,
y sé tú solo tu universo entero;
mas vive solo; tu interior tirano
sus calabozos lóbregos abriendo
te dé eterna prisión, donde tu oído
sólo escuche el horror de mi alarido.
Jamás por ti la compasión fecunda
abra las fuentes de su dulce llanto;
espantado el amor nunca te infunda
de su aliento vital el tierno encanto;
ni la amistad te halague complaciente,
ni el gozo bienhechor ría en tu frente.
En vano, en vano al estruendoso trato
del mundo apelarás; el mundo ingrato
en tu fortuna próspera risueño
te venderá fingiendo ante tus ojos
simulacros fantásticos de amigos,
que, mentidas imágenes de un sueño,
huirán de ti cuando al dolor despiertes.
Entonces clamarás, y tu gemido,
por desmayada soledad vagando,
en vanos ecos morirá perdido.
La vista ansiosa volverás buscando
quien se aflija en tu mal, y solamente
encontrarás en mí quien acreciente
tu pesadumbre. Tu sepulcro abriendo
al desamor diré: sus ojos cierra,
y que dura le sea hasta la tierra
y el último suspiro despidiendo,
sin piedad en el túmulo arrojado,
de ninguno jamás serás llorado.
No; ni tus hijos, ni tu misma esposa,
si insensato te acoges a himeneo,
en llanto regarán la yerta losa
que tu cadáver olvidado oprima.
Lágrimas de interés, llantos venales
sus ojos verterán, porque han perdido,
no el padre ni el esposo aborrecido,
sino el oro cruel que en él amaban;
porque menguada su feroz riqueza,
no ostentarán en triunfo escandalosos
los vicios de su padre y su dureza.
Murió y nada dejó; maldito sea:
estos serán los ayes cariñosos,
los adioses que oirás en tu agonía.
Sí, la venganza lo ha jurado: viendo
que no era amor quien tierno te guiaba
al tálamo nupcial, clamó diciendo:
ven, sube, goza cuanto ansioso esperas;
procrea, sí, pero procrea fieras.»
¡Ay, perezca, perezca, dulce amigo,
quien resiste al amor! Sin él ¿qué fuera
cuanto siente, cuanto es? Natura entera
del caos en el túmulo yacía
cuando sonó una voz, que, «amor» decía,
«amor; yo soy unión, la unión es vida,
la desunión es caos, muerte, nada;
sea, sea la unión.» En el instante
el orden se alza por la vez primera.
El inflamado sol sube triunfante
en su trono de luz, en torno mira,
y nacen sus planetas, que hermanados,
monta en su carro cada cual, y gira,
y se tiende el espacio, el tiempo vuela,
y en sus alas abrió las estaciones.
Cerca el aire la tierra, sopla el viento,
las aguas caen, y en abismoso asiento
todas unidas con perpetuos lazos
el globo ciñen con fraternos brazos.
El sol ama, y su amor vivificante
de gozo maternal hinche a la tierra.
¡Oh cuánta vida en sus entrañas cierra!
¡Cuántos siglos de ser en este instante
silenciosos allí se están labrando!
Naced, plantas, creced; y vuestras flores,
de su par cada cual enamorada,
sin límites os vayan propagando.
Vuestra pompa en la tierra sustentada
en ella encontrará madre oficiosa;
padre bueno en el sol, cuyos rigores,
excesivos tal vez, sabrá amistosa
el agua mitigar con sus frescores,
ora arroyuelo juguetón saltando,
ora opulento, respetable río,
y ora nube en los vientos cabalgando.
También el aire el liberal rocío
amigo os prestará, y el nutrimento
incógnito os dará, de vuestras hojas
fiando su feliz beneficencia.
Todos los seres, tierra, firmamento
sobre vos derramando su influencia
os publican su amor y el vuestro piden.
Con el follaje que el otoño os roba
a la tierra pagad, que agradecida,
se hará maternal con nueva vida.
Al sol tributaréis vuestros vapores
con que cebe su ardor, y reducidos
a lluvia bajarán; y los debidos
dones volviendo al agua dadivosa,
en la limpia atmósfera más hermosa
parecerá del sol la clara fuente.
Al aire hospedaréis en vuestro seno,
y allí purgando su mortal veneno
puro le volveréis a la atmosfera
conservando su ser. De esta manera,
a la amistosa unión todos los seres
su bienestar debieron, y su vida,
y de especies la tierra se vió henchida.
Nace el hombre, los campos le saludan,
y con sus pobres voluntarios frutos
a sustentar su mendiguez ayudan.
Pero ya no bastando a sus tributos
«tiende a nosotros, tiende» le dijeron,
«tu brazo bienhechor, si compasiva
tu amistad industriosa nos cultiva
pródigos premiaremos tus sudores.
Mas solo ¿qué podrás? Venid, humanos,
volad a reuniros, sed hermanos
del que solo no basta a su ventura;
que en la suya la vuestra se asegura.»
El hombre obedeció, y en el arado
nació la sociedad. Allí, abrazado
del hombre el hombre, por la vez primera
toda la humanidad sintió en su pecho,
toda, toda su esencia, su alma entera,
hombre fue el hombre. Al sexual cariño
el brutal apetito rindió el cetro,
y dio principio a la piedad paterna,
al afecto filial, a la fraterna
caridad, y al deseo generoso
de amarse amando. El personal odioso
en interés común ya convertido
era un padre del joven cada anciano,
el joven de los jóvenes hermano;
por dondequiera el inocente niño
huérfano hallaba maternal cariño,
y era un amigo cada semejante.
Así el amor, perpetuo compañero
del tranquilo mortal, de día en día
le iba insensible a la vejez llevando
por su carrera plácida sembrando
en larga juventud larga alegría.
Y cuando ya la muerte le brindaba
a dormir en la paz del sueño eterno
con lágrimas su tumba rociaba,
cubriéndola en las flores olorosas
de sus frescas virtudes amorosas.
Moría cual la rosa postrimera,
último adiós de la estación florida,
que, viéndola expirar, todos dolientes
exclaman, ¡qué otra vez no renaciera!
¡Oh amigo! ¡Oh Muriel! Cuanto es criado
es hijo del amor; toda belleza
todo bien es amor; Naturaleza
es amor, y no más. Los negros males
son desunión, son restos infernales
del caos antiguo; Amor los aborrece.
¡Ah!, triunfe, triunfe Amor! ¡Pueda algún día
el terco error y la ignorancia hollando
traer los hombres a su dulce mando
la tierra en paraíso convirtiendo!
¡Pueda, los corazones encendiendo
en caridad, llenar a los mortales
de este mar de placer que ahora inunda
mi pecho electrizado en sus amores!
¡Oh Muriel! ¡Oh amigos bienhechores!
¡Oh Nicasio feliz! ¡Eternamente
me hará vuestro cariño venturoso!,
que la pobreza, el deshonor odioso,
cruel dolor, ignominiosa muerte
me acometan; en medio del tormento
bendeciré con lágrimas mi suerte;
soy feliz, soy feliz, diré contento,
amé, me amaron, me amarán por siempre.
El Recuerdo De Mi Adolescencia
Caro Batilo ¿para qué despiertas
en mi memoria los dormidos días
que en las calladas sombras del Otea
a tu lado gocé? ¡Días amables!,
cual en tarde de abril flotante nube
que rociando va. Mirólos Tormes
de sus ondas en pos correr fugaces
de mi florida juventud cargados.
Sembraron ¡ay!, en la tenaz memoria
larga cosecha de recuerdos tristes,
y volaron después, y muertos yacen
de lo pasado en el sepulcro inmenso.
Ya jamás los veré; no al alma mía
las risas volverán, las esperanzas
inmortales del bien que en torno vuelan
de aquella edad de mágicos encantos,
la franqueza veraz, ni la bondosa
inexperiencia que inocente ríe
cual a amigo hermanal a cada humano.
¡Sencilla juventud! Nueva en el mundo,
le prodigas tu amor porque le ignoras.
Tu recto corazón, no corrompido
con el trato falaz, sordo a las voces
de la añosa maldad, risueño abriga
de las virtudes la semilla fértil.
Así, cerrando su modesto cáliz
al nocturno vapor, la adormidera
dócil le presta al oreante soplo
que Febo, al renacer, delante envía.
Jamás, en hondo afán, tu erguida frente
dobló triunfante el cárdeno cuidado;
ni la envidia voraz, pálida hermana
del odio adusto, te arrancó en secreto
llantos de destrucción; ni la perfidia
riendo muertes, enseñó a su rostro
a negar la maldad que dentro hierve.
¿Cuándo jamás en tu tranquilo lecho
turbulenta ambición alzando el trono
los sueños ahuyentó para dictarte
rencor, deshermandad, crimen y muerte?
¿Cuándo avaricia, entre inmortal pobreza,
clavó en tu corazón tímido y solo
la insaciabilidad del oro insomne?
Dulce igualdad en fraternal cariño;
penas comunes, y comunes gozos
en fortuna común; almas exentas
de los pesares y el temor funesto
que aíslan al mortal… ¡yo vi aquel tiempo,
yo le vi, le gocé, y eternamente
su presta fuga llorarán mis ojos!
Paz, recíproco amor, todo el deleite
de la vida social, fueron mis días
en aquella estación ¡cándida imagen
de la hermosa unidad de la natura!
Allí fue el hombre mi oficioso hermano;
en su querer me saludé felice,
y a lo futuro adelanté mi dicha
¡engañado de mí!, que en pos sin verla,
otra edad de dolor ya, ya asomaba
do el díscolo interés, soplando estéril,
sofocara el placer y la inocencia.
Llega terrible; de mis ojos huye
la hermosa escena en que viví dichoso,
y en nuevo mundo en su lugar parece
do busco en vano la perdida magia.
¿Adónde estáis, amados compañeros
de mi primera juventud? ¿Adónde
os seguiré que con vosotros halle
la sencilla amistad, el gozo antiguo,
y la risueña virtuosa calma?
Fue, fue, responden; y en la torva frente
entronizada la inquietud rugosa
tristes y solos, arrastrados giran
de la fortuna en la insociable rueda
que entre abismos de mal injusto mueve.
¡Insensible interés! En vano, en vano
fiel la memoria ofrecerá a su pecho
el antiguo placer cual dulce fruto
de la fraternidad y las virtudes.
Ellos, en tanto que suspiran tristes,
y en llanto riegan tan feliz recuerdo,
nuevos inciensos quemarán impíos
a la injusta deidad; y en sus altares
en propiciarla agotarán acaso
la sangre, y el honor, y la inocencia
de los que amaban en mejores días.
El interés gritó: crimen, fortuna;
y por siempre jamás se disociaron
los que amistad unió con lazo tierno.
Mar incalmable de abismosas ondas
que el huracán de las pasiones hincha,
donde aislado el mortal en frágil tabla
sobre la muerte naufragante aleja
cual enemigo, y en las aguas hunde
al que las palmas moribundas tiende,
y asir en él su salvación procura;
tal es, Batilo, el borrascoso mundo
do expiraron mis años bonancibles;
y tal mudanza por doquier presenta
el hombre débil. Su niñez recibe
una infantina juventud, hermosa,
dócil, sensible al maternal acento
de la natura, que oficiosa halaga
su tierno corazón, y le fecunda
en placer, en virtud, en mil amores,
fabricando sobre él un templo augusto
a la beneficencia. ¡Afán perdido!
Presto será que el pestilente soplo
del ejemplo mortal de un mundo infecto,
arideciendo el alma infructuosa,
sin esperanza la semilla ahogue
que natura plantó. ¿Dónde está el fuerte
que, íntegra su virtud, resista inmóvil
el choque atroz de las voraces ondas
que en inflamado mar de hirviente lava,
entre montes de sombras humeantes,
ese volcán fulminador arroja
estremeciendo el vacilante suelo?
No, no le es dado a la humanal flaqueza
tan alto esfuerzo; ni arrostrar el riesgo
fue prudencia jamás. Al virtuoso
¿qué le resta? ¡Infeliz! Suspira y huye;
rompe llorando los sociales lazos,
¡que no debieran! Pero al crimen guían;
su oscura probidad, y algún amigo
solitario cual él son su universo.
¡Oh Batilo! ¡Oh dolor! ¿Es ley forzosa
para amar la virtud odiar al hombre,
y huirle como a bárbaro asesino?
¡Congojosa verdad! Tú has encerrado
en el sepulcro del dolor mis días.
¡Oh! ¿Quién me diese el atrasar el tiempo
hasta arrancarle mi verdor marchito?
¿O siquiera volar con mi Batilo
a buscarle del Tormes en la orilla?
Le encontrara; allí está; por siempre inmóvil
entre sus ondas deleznables yace
mi adolescencia; por doquier mis ojos
hallarán restos de sus frescas flores.
Del Otea, el Zurguén, de la enriscada
aspereza que mira amenazando
correr debajo el río hondisonante;
doquier me hiriera con dulzura triste
la silenciosa voz de lo pasado.
Aquí, diría, deleitables horas
de cordial amistad en ancho coro,
entre las risas del ardiente Baco,
se te huyeron; allí las largas noches
velando ante las aras de Minerva
para siempre insensibles te dejaron;
acá, de la Academia en los afanes
y las contiendas, intornables días
pasaron sobre ti; y allá el Otea
de tu Batilo a par te vio mil veces
correr sus huertas, y arrancar riendo
la lechuga frugal, y a par del Tormes
lavándola en sus aguas circulantes,
comerla entre las pláticas sabrosas
nadando el alma en celestial contento.
¡Oh inefable placer! ¡Oh hermosas tardes
de mi felicidad!… Fueron, Batilo,
para siempre jamás ¡pueda a lo menos
vivir siempre inmortal nuestro cariño
único resto de tan bellos días!
Un Amante Al Partir Su Amada
¡Ay! ¡Ay que parte! ¡Que la pierdo! Abierta
del coche triste la funesta puerta
la llama a su prisión. Laura adorada,
Laura, mi Laura ¿que de mí olvidada
entras donde esos bárbaros crueles
lejos te llevan de mi lado amante?
¡Ay! Que el zagal el látigo estallante
chasquea, y los ruidosos cascabeles
y las esquilas suenan, y al estruendo
los rápidos caballos van corriendo.
¿Y corren, corren, y de mí la alejan?
¿La alejan más y más sin que mi llanto
mueva a piedad su bárbara dureza?
Parad, parad, o suspender un tanto
vuestra marcha; que Laura su cabeza
una vez y otra asoma entristecida
y me clava los ojos; ¡que no sea
la vez postrera que su rostro vea!
¿Y corréis, y corréis? Dejad al menos
que otra vez nuestros ojos se despidan,
otra vez sola, y trasponeos luego.
¡Corazones de mármol! ¿A mi ruego
todos ensordecéis? En vano, en vano
cual relámpago el coche se adelanta;
en pos, en pos mi infatigable planta
cual relámpago irá, que amor la guía.
Laura, te seguiré de noche y día
sin que hondos ríos ni fragosos montes
me puedan aterrar; tú vas delante.
Asoma, Laura; que tu vista amante
caiga otra vez sobre mis tristes ojos.
¿Tardas, ingrata, y en aquella loma
te me vas a ocultar? Asoma, asoma,
que se acaba el mirar. Sólo una rueda
a lo lejos descubro; todavía
la diviso; allí va; tened que es mía,
es mía Laura; detened, que os veda
robármela el amor; él a mi pecho
para siempre la unió con lazo estrecho.
¡Ay!, entre tanto que infeliz me quejo
ellos ya para siempre se apartaron;
mis ojos para siempre la han perdido;
y sólo en mis dolores me dejaron
el funesto carril por donde han ido.
¿Por qué no es dado a mi cansada planta
alcanzar su carrera? ¿Por qué el cielo
sólo a las aves el dichoso vuelo
benigno concedió? Jamás doliente
llora el jilguero de su amor la ausencia;
y yo entretanto de mi Laura ausente
en soledad desesperada lloro
y lloraré sin fin. Si yo la adoro,
si ella sensible mis cariños paga
¿por qué nos separáis? En dondequiera
es mía, lo será; su pecho amante,
yo le conozco, me amará constante,
seré su solo amor… ¡Triste! ¿Qué digo?
Que se aparta de mí, y a un enemigo
se va acercando a quien amó algún día.
Huye, Laura, no creas, desconfía
de mi rival, y de los hombres todos.
Todos son falsos, pérfidos, traidores,
que dan pesares recibiendo amores,
¡Almas de corrupción!, jamás quisieron
con la ingenua verdad, con la ternura,
con la pureza y la fogosa llama
con que mi pecho enamorado te ama.
Te ama, te ama sin fin; y tú entretanto
¿qué harás de mí? ¿Te acordarás? ¿En llanto
regarás mi memoria y tu camino?
¿Probarás mi dolor, mi desconsuelo,
mi horrible soledad? Astro del cielo,
oh sol, hermoso para mí algún día,
tú la ves, y me ves: ¿dónde está ahora?
¿Qué hace? ¿Vuelve a mirar? ¿Se aflige? ¿Llora?
¿O ríe con la imagen lisonjera
de mi odioso rival que allá la espera?
¿Y ésta es la paga de mi amor sincero?
¿Y para esto infeliz, desesperado,
sufro por ella, y entre angustias muero?
¡Ah! Ninguna mujer ha merecido
un suspiro amoroso, ni un cuidado.
Tan prontas al querer como al olvido,
fáciles, caprichosas, inconstantes,
su amor es vanidad. A cien amantes
quieren atar en su cadena a un tiempo,
y ríen de sus triunfos, y se aclaman,
y a nadie amaron porque a todos aman.
¿Y mi Laura también?… no, no lo creo.
Yo vi en sus ojos que me hablaba ansioso
su veraz corazón; todo era mío;
yo su labio escuché, y su labio hermoso
mío le declaró; cuantos oyeron
sus palabras, sus ayes, sus gemidos,
es tuyo, y todo tuyo, me dijeron.
Es mío, yo lo sé; que en tiernos lazos
mil y mil veces la estreché en mis brazos,
y al suyo uní mi Corazón ardiente,
y juntos palpitaron blandamente,
jurando amarse hasta la tumba fría.
¡Oh memoria cruel! ¿Adónde han ido
tantos, tantos placeres? Laura mía,
¿dónde estás? ¿Dónde estás? ¿Que ya mi oído
no escuchará tu voz armoniosa,
mucho más dulce que la miel hiblea?,
¿que sin cesar mi vista lagrimosa
te buscará sin encontrarte? Al Prado,
que tantas veces a tu tierno lado
me vio, soberbio en mi feliz ventura,
iré, por ti preguntaré, y el Prado,
no está aquí, me dirá; y en la amargura
de mi acerbo dolor, cuantos lugares
allí tocó tu delicada planta
todos los regaré con largo llanto,
en cada cual hallando mil pesares
con mil recuerdos. Bajaré perdido
a las Delicias, y con triste acento,
Laura, mi Laura, clamaré, y el viento
mi voz se llevará, y allí tendido
sobre la dura solitaria arena,
pondrase el sol, y seguirá mi pena.
A tu morada iré; con planta incierta
toda la correré desesperado,
y toda, toda la hallaré desierta.
Furioso bajaré, y a mis amigos,
de mi ardiente pasión fieles testigos
preguntaré en silencio por mi amante;
y ellos, la compasión en el semblante,
nada responderán. ¡Desventurado!
¿A quién me volveré? Si sólo un día
durase mi dolor, yo me diría
feliz, y muy feliz; pero mis ojos
un sol, y otro verán, y cien tras ellos,
y a Laura no verán. Sus labios bellos
no se abrirán, y entre cordial ternura
te amo repetirán mil y mil veces;
ni con la suya estrechará mi mano,
ni gozaré mirando la hermosura
de su expresivo rostro soberano.
¡Ay, que nunca a mis ojos tan hermosa
brilló cual hoy cuando de mi partía!
Jamás, jamás la olvidaré; una diosa,
la diosa del amor me parecía.
Sí, mi diosa serás, Laura adorada,
la única diosa a quien mi pecho amante
cultos tributará. Ya en adelante
en todo el orbe para mí no existe
más belleza que tú, ni más deseo;
adorarte será mi eterno empleo.
¡Oh Guadiana, Guadiana hermoso!,
¡oh río entre los ríos venturoso!,
¡oh mil veces feliz! Tú a Manzanares
su tesoro robaste. Placenteras
mirarán a mi Laura tus riberas
contemplando cual pasan tus olitas,
y unas en otras sin cesar se pierden.
Pensativa al mirarlo, en mí la mente,
ocultará en tu rápida corriente
con mil lágrimas tristes mil amores.
¡Oh si después hacia Madrid corrieras!,
a las suyas mis lágrimas unieras.
¡Ay!, dila, dila, cuando allí la vieres,
que eternamente vivirá en mi pecho
su inextinguible amor; que acongojado
la lloro sin cesar; que lo he jurado,
cuando la sien de abril ciñan las flores
iré a exhalar entre sus dulces brazos
todo mi corazón, y mil amores
en cambio a recibir; que ella constante
pague mi fe, porque en el mundo entero
no encontrará un amor más verdadero.
A Un Amigo En La Muerte De Un Hermano
Es justo, sí; la humanidad, el deudo,
tus entrañas de amor, todo te ordena
sentir de veras y regar con llanto
ese cadáver, para siempre inmóvil,
que fue tu hermano. La implacable muerte
abrió sin tiempo su sepulcro odioso
y derribóle en él. ¡Ay! ¡A su vida
cuántos años robó! ¡Cuánta esperanza!
¡Cuánto amor fraternal! y ¡cuánto, cuánto
miserable dolor y hondo recuerdo
a su hermano adelanta y sus amigos!
Vive el malvado atormentando, y vive,
y un siglo entero de maldad completa:
y el honrado mortal en cuyo pecho
la bondadosa humanidad se abriga
¿nace, y deja de ser? ¡Ay!, llora, llora
caro Fernández, el fatal destino
de un hermano infeliz; también mis ojos
saben llorar, y en tu aflicción presente
más de una vez a tu amistad pagaron
su tributo de lágrimas. ¡Si el cielo
benigno oyera los sinceros votos
de la ardiente amistad! Al punto, al punto
hacia el cadáver de tu amor volando
segunda vida le inspirara, y ledo
presentándole a ti, toma, dijera,
vuelve a tu hermano y a tu gozo antiguo.
Mas ¡ay!, el hombre en su impotencia triste
no puede más que suspirar deseos.
La losa cae sobre el voraz sepulcro
y cae la eternidad; y en vano, en vano
al que en su abismo se perdió le llaman
de acá las voces del mortal doliente.
Ni poder, ni virtud, ni humildes ruegos,
ni el ay de la viudez, ni los suspiros
de inocente orfandad, ni los sollozos
de la amistad, ni el maternal lamento,
ni amor, el tierno amor que el mundo rige;
nada penetra los oídos sordos
de la muerte insensible. Nuestros ayes
a los umbrales de la tumba llegan,
y escuchados no son; que los sentidos
allí cesaron, la razón es muda,
helóse el corazón, y las pasiones
y los deseos para siempre yacen.
Yacen, sí, yacen, el dolor empero
también con ellos para siempre yace,
y la vida es dolor. Llama a tus años,
caro Fernández; sin pasión pregunta
¿qué has sido en ellos? Y con tristes voces
dirán: si un día te rió sereno,
ciento y ciento tras él, tempestuosos
tronando sobre ti, huellas profundas
de mal y de temor sólo dejaron.
Hórrido yermo de inflamada arena,
do entre aridez universal y muerte
solitario tal vez algún arbusto
se esfuerza a verdear; tal es la imagen
de esta vida cruel que tanto amamos.
Enfermedad, desvalimiento, lloro,
ignorancia, opresión, este cortejo
nos espera al nacer, y apesadumbra
la hermosa candidez de nuestra infancia
que en nada es nuestra. Los demás ordenan
a su placer de nuestro débil cuerpo;
y nuestra mente a sus antojos sirve.
Si nuestro llanto a su indolencia ofende,
manda que pare su feroz dureza,
o su bárbara mano enfurecida
sobre nosotros cae. ¡Niño infelice!
Llora ya, llora cuando apenas naces
de la injusticia la opresión sangrienta,
y el desprecio, el baldón, y tantos males,
¡preludios, ay, de los que pos te aguardan!,
tus años correrán, y por tus años
hombre te oirás decir; mas siempre niño
entre niños serás. Injusto y justo,
opresor y oprimido todo a un tiempo
de tus pasiones en el mar furioso
perdido nadarás. En lucha eterna
de acciones y deseos, mal seguro
no sabrás qué querer; y fastidiado
con lo presente, volarás ansioso
a otro tiempo y lugar buscando siempre
allá tu dicha donde estar no puedas.
¿Y qué valdrá que en tu virtud contento
goces contigo, si mirando en torno
verás la humanidad acongojada
largamente gemir? Despedazado
tu tierno corazón verá los males,
querrá aliviarlos, no podrá, y el lloro,
sólo un estéril lloro es el consuelo
que puede dar su caridad fogosa.
¿Hay pena igual a la de oír al triste
sufrir sin esperanza? ¡Oh muerte, muerte!
¡Oh sepulcro feliz! ¡Afortunados
mil y mil veces los que allí en reposo
terminaron los males! ¡Ay!, al menos
sus ojos no verán la escena horrible
de la santa virtud atada en triunfo
de la maldad al victorioso carro.
No escucharán la estrepitosa planta
de la injusticia quebrantando el cuello
de la inocencia desvalida y sola;
ni olerán los sacrílegos inciensos
que del poder en las sangrientas aras
la adulación escandalosa quema.
¡Oh cuánto no verán! ¿Por qué lloramos,
Fernández mío, si la tumba rompe
tanta infelicidad? Enjuga, enjuga
tus dolorosas lágrimas; tu hermano
empezó a ser feliz; sí, cese, cese
tu pesadumbre ya. Mira que aflige
a tus amigos tu doliente rostro,
y a tu querida esposa y a tus hijos.
El pequeñuelo Hipólito suspenso,
el dedo puesto entre sus frescos labios,
observa tu tristeza, y se entristece;
y marchando hacia atrás, llega a su madre
y la aprieta una mano, y en su pecho
la delicada cabecita posa,
siempre los ojos en su padre fijos.
Lloras, y llora; y en su amable llanto
¿qué piensas que dirá? «Padre, te dice,
¿será eterno el dolor? ¿No hay en la tierra
otros cariños que el vacío llenen,
que tu hermano dejó? Mi tierna madre
vive, y mi hermana, y para amarte viven,
y yo con ellas te amaré. Algún día
verás mis años juveniles llenos
de ricos frutos, que oficioso ahora
con mil afanes en mi pecho siembras.
Honrado, ingenuo, laborioso, humano,
esclavo del deber, amigo ardiente,
esposo tierno, enamorado padre,
yo seré lo que tú. ¡Cuántas delicias
en mí te esperan! Lo verás; mil veces
llorarás de placer, y yo contigo.
mas vive, vive, que si tú me faltas,
¡oh pobrecito Hipólito!, sin sombra
¡ay!, ¿qué será de ti huérfano y solo?
No, mi dulce papá; tu vida es mía,
no me la abrevies traspasando tu alma
con las espinas de la cruel tristeza.
Vive, sí, vive; que si el hado impío
pudo romper tus fraternales lazos,
hermanos mil encontrarás doquiera;
que amor es hermandad, y todos te aman.
De cien amigos que te ríen tiernos
adopta a alguno, y si por mi te guías
Nicasio en el amor será tu hermano».
Zorayda
En elogio de una señora que en una función particular de teatro, hizo en esta tragedia el papel de Zorayda. Como su sensibilidad y mérito resalta más que en ningún otro lugar en el soliloquio que hay en el tercer acto, sobre él recae principalmente el presente elogio.
Era la noche; la modesta luna
con rostro melancólico reía,
de las selvas calladas visitando
la augusta soledad, do la fortuna
tal vez de algún amante se dolía
sus lágrimas pasadas enjugando.
Sueño, placer, amores
doquier volaban; y Zorayda en tanto,
sola con sus dolores,
las rosas del jardín regando en llanto,
en la Alhambra se queja,
y mientras llora Abenamet se aleja.
¿Se aleja? ¿Y es verdad? Su idolatrado,
su solo gozo, su única esperanza,
todo su corazón, su mundo entero,
su Abenamet se aleja de su lado.
¿Pudo agostar el soplo de venganza
tantas flores de amor tan verdadero?
¿Es de otro ya la mano
que, niña aún, Zorayda balbuciente
le ofreció? ¿Por qué en vano
feliz entonces la fingió su mente
si iba a nombrarla esposa
su verdugo, y su amor vil alevosa?
Entra esta voz en su inocente oído,
y desmáyase y cae, y el reino odiado
de la muerte en su pecho largamente
se dilata. El terror despavorido
al mirarla caer, yerto, erizado
el cabello, se arroja omnipotente
a los espectadores
y ata sus miembros, y su labio abriendo,
los más hondos temores
va en sus almas atónitas vertiendo.
Mudo el espanto vuela,
y el ¡ay!, de todos en las fauces hiela.
Ya torna en sí la moribunda amante.
Va a respirar, y su primer aliento
es un dolor que suena sollozando
en sus entrañas. Quiere vacilante
la cabeza elevar, y el sentimiento
se la abate imperioso. Suspirando
la vista en torno tiende,
y nada ve sino su odiosa vida.
Lucha una vez, pretende
otra y otras alzarse, y desvalida
cae. ¿Y en su angustia extrema
sin amparo se ve? ¿Do estás, Zulema?
Con rencorosa voz: ¡bárbaro!, clama
a su esposo feroz. Luego gimiendo
con el tono de amor más lastimero,
por su querido, ¡el infeliz!, exclama
y agudo sigue un ¡ay!, cual si, rompiendo
su corazón, lanzase el postrimero
aliento de su vida.
Fija la mente en que su amor traidora
la juzgó a su partida,
se ahoga en amarguras, calla, llora;
y en tanto mil pasiones
hablan en su semblante y sus acciones.
Odio, deber, amor, miedo, venganza,
un volcán de pasiones fulminantes
dentro de su alma combaten destrozada.
El odio triunfa; con furor se lanza
del asiento, los ojos centellantes,
la voz hirviendo en la garganta hinchada,
blanco y trémulo el labio,
incierto el pie, los músculos turgentes,
a su esposo en su agravio
le provoca, y en ansias impacientes
a su querido llama,
y más que nunca en su delirio le ama.
Tiende los brazos cual si allí le viera,
le repite su amor, enajenada
ya su esposa se juzga, y de repente
su ilusión desparece placentera;
en vez de Abenamet halla pasmada
que es ya de Boabdil eternamente.
Para; sus miembros riega
frío sudor; su lengua entorpecida
al paladar se pega;
vuelve al cielo la vista dolorida
y calla y sigue el cielo
en su quieto girar, y ella en su duelo.
En su silencio estúpido la espanta
la imagen de un esposo a quien ofende.
Teme; sola se ve; marcha a su amiga
y ¡en vano, en vano la rebelde planta
en busca suya acelerar pretende!,
que el rígido pavor sus miembros liga.
Su palpitante pecho
fuerza el aliento y a Zulema llama,
y muere a largo trecho
sin respuesta su voz. Otra vez clama
y huye, dice al momento,
do no veas mi torpe abatimiento.
¡Cuál se aflige de amar, y siempre amando!
¡De aborrecer, y siempre aborreciendo!
¡De faltar a un deber que doloroso
un sepulcro infeliz le está aguardando!
¡Cuán sublime expresión! Está vertiendo
los afectos en mar tempestuoso,
su marcha, su semblante,
su silencio, su voz. ¡Ah!, no hay acento,
no hay pincel que bastante
sea ni a bosquejar tanto portento;
ni ya mi pecho aspira
sino sólo a sentir; romped mi lira.
Rompedla al punto, que jamás mi mano
la volverá a pulsar. Almas piadosas
no creáis a mi voz; a su presencia
venid; ved a Zorayda. ¿Hay labio humano
que ose de sus acciones afectuosas
retratar la volcánica elocuencia
ni el penetrante acento
que habla en la muchedumbre de sus males?
Tan vasto sentimiento
no cabe, no, en los pechos de mortales.
Basta, Zorayda, tente
que yo expiro al dolor que tu alma siente.
¿Y quién resistirá? ¡Llámese fiera
el bárbaro mortal que no se ablande
a tu voz y a tu vista abrasadora!
¡Zorayda celestial! ¡Oh! ¡Quién me diera
de Píndaro y de Sófocles el grande
genio eternizador! En cuanto dora
el sol, de gente en gente,
en alas de mi musa volaría
tu nombre eternamente,
y lágrimas sin fin arrancaría.
Mas, ¡ay!, ¡nací en mal hado!
Admirarte y callar sólo me es dado.
En La Ausencia De Cloe
Espera, tente, ¿por ventura esquivas
mi sincera pasión? ¿Huyes ingrata,
de quien nació para adorarte?…¿Adónde,
adónde has ido, celestial imagen
de mi querida Cloe? Ahora, ahora
en este punto, en mis amantes brazos
la vi, estreché mi corazón al suyo;
y palpitaba, y palpité; y sus ojos
en los míos ardieron; mis labios
en los suyos pegué; y un alma sola
entre los dos erró. Lo ví; no es sueño,
no es mentida ilusión: ¿cabe por suerte
tanta verdad en la apariencia vana?
Aquí ha de estar; la llamaré: ¿mi Cloe,
Cloe, mi Cloe?… Tenderé los brazos,
y a mis brazos vendrá: Cloe, ¿qué esperas?
¿Cloe, mi Cloe?…Pero ¿en cuál delirio
así me arrastra mi exaltada mente?
La llamo; y ella, en apartado clima,
mi voz no escucha. ¿Para qué destierras,
sol importuno, las piadosas sombras
de la noche feliz? Dichoso en ella
yo me gozaba en la mentida magia
de un sueño bienhechor; cruel llamaste
con tu luz a mis párpados tranquilos,
y abrí inocente, y con mi dulce sueño
voló mi dicha, y empezó mi llanto.
¡Astro de maldición! Huye, apresura
tu giro de dolor; cae, y en tu ocaso
también mi vida para siempre caiga.
¡Puedan los rayos de tu nuevo oriente
en el féretro hallar mis yertos ojos
cerrados a tu luz, cayendo en torno
el llanto de mi madre y mis amigos!
¡Gocen ¡ay!, gocen de tu hermosa lumbre
los que impacientes con la noche anhelan
por tu presencia, y a la aurora llaman!
La aurora los oirá, y ellos felices
serán de nuevo al rosear la aurora.
Mas yo ¡infeliz!, que, de mi Cloe lejos,
no puedo ver su idolatrado rostro
¿qué es el sol para mí? ¡Triste!, algún día
me hizo también su resplandor dichoso!
Al asomar su refulgente carro,
latiendo el pecho, la veré, exclamaba;
y la veía en verdad. Ora risueño
a su morada en la mitad del día
iba con planta presurosa, y Cloe
ya me esperaba. Los amantes brazos
al verme abría, y en su pecho ardiente
estrechándome tierna, un dulce beso,
un beso, todo amor, entre mis labios
iba a esconder; y luego me miraba,
y sonreía, y de su boca en torno
mil y mil besos para mí nacían.
¡Ay! ¿Dónde huyeron tan alegres horas?
¿Do están los juegos cariñosos? ¿Dónde
las lágrimas de amor, los juramentos
de una eterna constancia, los desmayos,
los ayes de placer; las blandas quejas,
los enojos tal vez, nuncios felices
de un cariño mayor en nuevas paces?
Cloe ¿do estás? Desesperado corro
por todas partes en tu busca, y hallo
en todas partes soledad. Perdido
voy a los olmos, cuyas verdes ramas
una vez y otra en las serenas tardes
te miraban pasar, y allí sentado
esperándote estoy. Pasan las bellas,
pasan, y pasan, y la noche viene;
pero mi amante no. ¿Qué es ésto, Cloe?
Cloe ¿qué es ésto? Cuando sólo vivo
al resplandor de tus hermosos ojos
¿así permites que en perpetua noche
me consuma el dolor? ¿Esta es la paga
de tanto amor como mi ardiente pecho
anidó para ti, para ti siempre,
y sólo para ti? ¿Y eres piadosa?
Iré: mis labios en aquesta noche
el nombre odioso te darán de ingrata.
Iré al instante: en tu mansión ahora
entrar furioso me verás. Partamos:
la diré… la diré… ¡Poder del cielo!…
¡Ay! Las antorchas que en la noche umbría
la entrada a su mansión iluminaron
todas muertas están: están cerradas
en silenciosa oscuridad las puertas.
Ha partido: es verdad: partió, y en vano
mi amor la busca en su fatal delirio.
Ha partido por fin, y triste y solo
no habrá en la tierra quien me diga te amo.
Ha partido por fin, y a mi me deja
cual huerfanito que la sombra pierde
de su madre al nacer. Solo en el mundo
estas lágrimas solas me acompañan;
estas amargas lágrimas que riegan
de su morada las paredes frías.
¡Paredes de mi amor, ay! ¡Si albergasen
entrañas de piedad! Ellas conmigo
llorarían también, ellas me amaran
como las amo yo; pero mi labio
las toca sin cesar, y ellas heladas
mis besos y mis lágrimas reciben
sin dolerse de mi. Guardad al menos
tantos cariños, y decid a Cloe
cuando retorne a vos. «Aquí tu amante
todas las noches te lloró, y entre ayes
mil y mil veces repitió tu nombre
al son tal vez de la ruidosa lluvia.
Aquí le vimos (levantando al cielo
los mustios ojos, que después volvía
hacia el lugar adonde tú partiste)
mil bendiciones enviar a Cloe.
Besaba el aire en su ilusión diciendo:
Acaso este aire tenderá sus alas
y hacia ella volará, y jugando en torno
de sus mejillas, la dará mi beso.
Después, clavando con ardor la mano
sobre su corazón; hasta el sepulcro,
más allá del sepulcro, eternamente
suyo todo será, clamaba; y luego
«¡pueda un día, una hora, un mismo instante
abrazados los dos en nudo estrecho,
sus labios y sus ojos en los míos,
mi pecho y corazón clavado al suyo
vernos así expirar! ¡Pueda una tumba,
pueda un solo ataud cerrar piadoso
nuestras cenizas en descanso eterno!
Aquesto la diréis; mas no: ¿quién sabe
si entonces ella me amará? ¿Si odioso
ya le será mi desdichado nombre?,
nombre que un día recreó su oído.
¡Ay! ¡Ay! Tal vez su corazón prendado
de otro amante mejor… Ámale, Cloe,
ámale, sí, como su amor te ría.
Mi lengua callará; mi triste labio,
mudo a las quejas, se abrirá tan solo
para colmarte en bendiciones. Ama;
sé tú feliz, y mas que yo perezca.
¡Ella es feliz!, exclamaré muriendo.
Y alegre exhalaré, pensando en Cloe,
mi último amor con mi postrer suspiro.
La Rosa Del Desierto
¿Dónde estás, dónde estás, tú que embalsamas
de este desierto el solitario ambiente
con tu plácido olor? Con él me llamas
hacia ti más y más, te busco ardiente,
e ingrata a mi cuidado,
triste me dejas en mi afán burlado.
Bella entre flores bellas
¿por qué te escondes y mi amor esquivas?
¿Temes que yo prefiera
a tu hermosa franqueza la altanera
pompa del tulipán, o la inodora
anémona que al iris desafía,
o del clavel la majestad grandiosa?
No; todo cede para mi a la rosa,
la rosa es mi placer, ven, ven, ofrece
tu modesta beldad a mi deseo,
oh rosa virginal. ¿Me engaño, o veo
su purpúreo color que allí aparece
por entre una quebrada?
Es, es, no hay duda; en los paternos brazos
de su rosal sentada
con lentitud se mece
al movimiento blando
de un cefirillo que la está besando.
¡Oh salve, salve! ¿Qué mi vista ansiosa,
cansada ya de la aridez penosa
que en torno te rodea
al fin en tu belleza se recrea?
¡Oh flor amable! En tus sencillas galas
¿qué tienes, dí, que el ánimo enajenas
y de agradable suspensión le llenas,
en cada olor que liberal exhalas
de tu cáliz ingenuo, un pensamiento,
un recuerdo, un amor… no sé que siento
allá dentro de mi, que enternecido
suelto la rienda al llanto,
y encuentro en mi aflicción un dulce encanto.
Sola en este lugar, ¿cuándo, qué mano
pudo plantarte en él? ¿Fue algún anciano
que recordó sus días juveniles
pasando por aquí, y al ver su muerte
en recogerlos se afanó y guardarlos
dentro de tu raíz? ¿O fue un amante,
que abandonado ya de una inconstante
huyó a esta soledad, queriendo triste
olvidar a su bella,
y este rosal plantó pensando en ella?
Era un hombre de bien del hombre amigo
quien un yermo infeliz pobló contigo,
que en medio a la aridez así pareces
cual la virtud sagrada
de un mundo de maldades rodeada.
¡Ah! Rosa es la virtud, y bien cual rosa
dondequiera es hermosa,
espinas la rodean dondequiera,
y vive un solo instante
como tú vivirás. ¡Ay! Tus hermanas
fueron rosas también, también galanas
las pintó ese arroyuelo, cual retrata
en ti de tu familia la postrera.
Del tiempo fugitivo imagen triste
él corre, correrá, y en su carrera
te buscará mañana con la aurora,
y no te encontrará, que ya esparcidas
tus mustias hojas sin honor caídas
sobre la tierra dura
el fin le cantarán de tu hermosura.
¡Oh si me fuese dado
tus horas prolongar cediendo un día
en tu favor del tiempo que me toca!
Gozoso más en breve marcharía
hacia mi tumba helada
porque durase más mi flor amada.
¡Imposibles soñados! ¡Ay!, siquiera
toma, guarda ese beso
de mi amistad sincera
y esa parte de mí contigo muera.
¿Y qué, sola, olvidada,
sin que su labio y su pasión imprima
en ti ninguna amante
en fin perecerás sin ser llorada?
¿No volará en su muerte
ningún ay de tristeza
de la fresca belleza
que en ti contemple su futura suerte?
¡Oh Clori, Clori!, para ti esta rosa,
bella cual mi cariño,
aquí nació: la cortará mi mano
y allá en tu pecho morirá gloriosa.
Guarda, tente, no cortes, y perdone
Clori esta vez; que por ventura injusto
bajará a este lugar algún celoso
venganzas meditando allá en la mente
de una triste inocente
que amarle hasta morir en tanto jura.
Al mirar esta rosa de repente
se calmarán sus celos, y bañado
en llanto de ternura
maldecirá su error, y arrepentido
irá a abjurarle ante su bien postrado.
o la verá tal vez algún esposo
ya en sus cariños frío;
y la edad de sus flores recordando,
fija la mente en su marchita esposa,
clamará en su interior, también fue rosa:
y con este recuerdo despertando
el fuego que en su pecho ya dormía,
la volverá un amor que de ella huía.
¿Y quién sabe si acaso maquinando
la primera maldad, con torvo ceño
vendrá algún infeliz solo, perdido
de pasiones terribles combatido?
Al llegar donde estoy verá esta rosa,
la mirará, se sentará a su lado,
e ignorando por qué, su pecho herido
de una dulce terneza
amará, de mi flor estimulado,
la belleza moral en su belleza.
¡Ay!, que del crimen al cadalso infame
tal vez ese infeliz se despeñara
si esta rosa escondida
la virtud en su olor no le inspirara.
Queda, sí, queda en tu rosal prendida,
oh rosa del desierto,
para escuela de amor y de virtudes.
Queda, y el pasajero
al mirarte se pare y te bendiga,
y sienta y llore como yo, y prosiga
más contento su próspero camino
sin que te arranque de tus patrios lares.
¿Es tan larga tu edad para que quiera
cortarte, acelerando tu carrera?
No; queda, vive, y el piadoso cielo
dos soles más prolongue tu hermosura.
¡Puedas lozana y pura
no probar los rigores
del bárbaro granizo,
ni los crudos ardores
de un sol de muerte; ni jamás tirano
tus galas rompa el roedor gusano.
No: dura, y sé feliz cuanto desea
mi amistad oficiosa;
y feliz a la par contigo sea
la abejilla piadosa
que en tu cáliz posada
hace a tus soledades compañía.
Adiós, mi flor amada,
adiós, y eterno adiós. La tumba fría
me abismará también; mas si en mi musa
llego a triunfar del tiempo y de la muerte,
inseparable de tu dulce amigo
eternamente vivirás conmigo.
Al Señor Marqués De Fuertehíjar, En Los Días De Su Esposa
¿Duermes, Germano, y el rosado oriente
va a proclamar el venturoso día
de tu más tierno amor? ¿Duermes, y en tanto
vela tu amigo, y a gozar te llama,
y no atiendes su voz? Tal vez nos llegan
las horas de placer, nos ven dormidos,
y pasan, y huyen, y el placer las sigue
para nunca volver. El sueño entonces
¿qué deja en pos sino pesar estéril?
Duerman los tristes; pero tú despierta,
ven, ven, al punto a recibir, marchemos
entre las verdes pensativas ramas
de un desmayado sauce, el primer rayo
del astro de la luz. El insensible
por la profunda soledad del cielo
va silencioso en perenal viaje.
Si tú le esquivas, a tus voces sordo
este sol pasará, y ¡oh cuánto, cuánto
otro cual él se tardará en lucirte!
Este es el sol que de tu amable esposa
cuenta los años. De la oscura noche
lejos un día amaneció radiante,
y allí con él desde el materno seno
también Lorenza amaneció: Lorenza
antes de lo que fue, y es en la nada.
En ella busca a su querido objeto,
y le halla, y le ama; y desde allí volando
corta lo por venir, entra en la, tumba
y ama en la tumba, y en la tumba vive.
Distancias desconoce; en breve espacio
lleva en el alma el universo entero.
Ni hay edades en él, ni hay estaciones,
que eterna primavera es el cariño.
Todo lo anima, lo embellece todo
cual embellece para ti, oh Germano,
este día feliz. ¿Y que tú solo
en él te gozarás? No; tus placeres
de tus amigos son: ellos tus penas
sentirán otra vez. Nicasio te ama,
y ama a tu esposa, y ¿lo ignoráis? Nicasio
sabe también amar. ¡Oh cuál palpita
de júbilo mi pecho! Ven, estrecha,
Germano mío, en tus amigos brazos
mi ardiente corazón, y a par del tuyo
lata más vivo y tu placer redoble.
¡Oh cuál en ellos mi amistad se inflama!
¡Cuántos deseos de cariño hermoso
hinchen mi corazón que allá en el pecho
ya no acierta a caber! Estrecha, estrecha
dolor hermoso de su tierna madre.
Ella nacía, para ti nacía,
y lo ignorabas tú. ¿Y en dónde estabas,
dime, o cuál eras en aquel instante?
Indómito garzón entre los juegos
de tu edad bulliciosa te perdías
ciego a lo por venir y a lo pasado.
¿Quién te dijera que a distancia tanta
lejos, allá en el gaditano suelo
del alma una mitad hoy te nacía?
¿Que de Lorenza la inocente cuna
mecían la piedad, las tiernas gracias,
la compasión, la ingenuidad hermosa,
tanto y tan bello amor como adelante
para siempre tu pecho cautivaron?
¡Oh cuántas veces te alumbró este día
igual a los demás, y confundido
entre el vulgo de días le olvidaste!
¡Cuántas, cuántas después, cuando Lorenza
con su querer le ennobleció a tus ojos,
fija la mente en los que ya pasaron
en medio de dos lágrimas lanzaste
un ay de amor, clamando entristecido:
«¡Oh si posible el atrasarlos fuese,
y de uno en otro de mi esposa al lado
ir ascendiendo hasta el feliz instante
que la miró nacer! Allí naciera
mi cariño también; ella vería
todo el espacio de su vida hermoso
sembrado con mi amor desde su cuna.
Más ignorada para mí en su infancia
no pude verla palpitar dormida
entre los pechos que manaron píos
en su boquita el cándido sustento.
Saltó jugando en su niñez traviesa,
y no pude alternar allí en sus juegos,
ni sonreír con sus pueriles gracias.
Su adolescencia las primeras flores
brotó lozana, y para mí no fueron.
¡Ay!, cuántos años sin su amor perdidos!»
¿Perdidos? No; con tu pesar amante,
pesar hermoso de las almas tiernas,
los haces revivir, y amas en ellos.
Así el amor lo que perdió desquita,
y poderoso el sepulcral vacío
llena de lo que fue con lo presente.
La misteriosa eternidad del tiempo
la inmensidad del insondable espacio
es estrecha prisión para el cariño:
no hay límites con él. Las alas tiende,
vuela, y penetra lo pasado, y vuela
más y más cada vez; y así enlazados,
bien cual hermanos, al salir nos halle
el pacífico sol… ¡oh salve, salve!…
¿Le ves, le ves que por las altas cumbres
su rayo matinal tímido asoma?
¡Oh salve, salve, vencedor glorioso
de la muerte, del caos y la noche!
¡Monarca celestial! ¡Brillante imagen
de verdad, de virtud y de hermosura!
¡Vivificante sol! ¡Ay! Siempre bello
tiendes con profusión por la ancha esfera
de tu lumbre inmortal las ricas galas.
O críe rosas tu vital aliento,
o en soplo abrasador las mieses dores,
o más templado alegres las colinas
con el verdor dl pampanoso octubre,
o allá en nublosa oscuridad perdido
cubras el mundo de invernal tristeza;
siempre eres bello, y tu belleza es tuya.
Mas tan bello cual hoy, oh sol, perdona,
mis ojos no te ven ni cuando tierno
la flor primera del Abril nos abres,
ni cuando entierra con honor tu ocaso
del verde otoño el postrimer suspiro.
Más hermosa que tú mil y mil veces
reluce la amistad, y en este día
es la bella amistad quien te hermosea.
Lorenza brilla en ti. ¡Pueda Lorenza
brillar entre su esposo y sus amigos
cual tú feliz en medio a tus planetas!
¡Puedas sembrar de rosas y placeres
su fausto día, sin que nunca torne
la vista ansiosa a lo pasado huyendo
de lo presente en él! ¡Siempre lograda
hasta en los sueños su esperanza vea,
y sueñe risas y virtud! ¡Que viva,
viva tan larga edad!… Caro Germano
¡Ay, ay Germano! Las fugaces horas
vuelan impías, y tras sí arrebatan
días y años, y lustros, y en un punto
parece la vejez y en pos la muerte.
¡Oh, que no fuese a mi cariño dado
el tiempo detener antes que traiga
ese trance cruel! ¡Nunca mis ojos
lo lleguen a mirar! ¡Antes resuene
en mi hueco ataúd el sordo ruido
de la tierra fatal que cae rodando
a henchir la soledad de los sepulcros!
Sí, dulce amigo: con tu amada esposa
vive, vive feliz cuanto desea
mi fogosa amistad, y ¡pueda el cielo
cortando por piedad mi inútil vida
la vuestra prolongar próspera y bella!
Torna este abrazo para ti, Germano,
y éste también para tu tierna esposa,
y toda el alma recibid en ellos.
Cuando después en mi sepulcro yazca
este sol mismo volverá en agosto,
y yo no le veré. Germano, entonces
siquiera en un recuerdo de tu mente
viva Nicasio, y a tu amable esposa
dando un abrazo la dirás lloroso:
esto un amigo me dejó en tus días.
La Pastorcilla Enamorada
¿En cuál hado nací tan funesto
que a perpetuo dolor me condena?
Allá dentro me aflige una pena
que yo siento y no puedo decir.
Aborrezco lo que antes amaba;
solitaria a llorar me retiro,
me pregunta mi madre, y suspiro,
y respondo, yo quiero morir.
¡Ay!, ¿dónde están los apacibles días
que me vieron contenta
pastorear los mansos corderillos?
De pesares exenta
al son de los acordes caramillos
danzando entre las ágiles pastoras
gocé largo placer en breves horas.
Tal vez en ancho corro
en medio a mis amigas refería
mil divertidos cuentos,
y reían conmigo y yo reía.
Tal vez se ejercitaban los talentos
n resolver enigmas misteriosos,
y aquélla que acertaba
mil parabienes y una flor ganaba.
¡Ay!, cuánta y cuánta flor, premios dichosos
de aquella mi agudeza,
a mi madre llevé que los guardara!
Ella los recibía,
y después repasándolos decía:
más premios has ganado
que las otras zagalas de este prado:
toma, toma este abrazo, Silvia mía:
¡Ay!, ¿qué valieron mis victorias bellas?
Recogiéndolas hoy, marché con ellas
a par del sesgo río,
y de una en una las eché en sus ondas,
y vi como cayeron,
y en ellas, cual mis gustos, se perdieron.
Ya ni las dulces flores,
ni el grato rosear de la mañana,
ni el expirar del sol, ni los pastores
con sus juegos nativos, nada alcanza
a templar mis pesares;
ni la blanda amistad con sus consuelos,
ni de mi madre la cordial terneza;
más bien todo redobla mi tristeza.
Dolor es cuanto siento,
cuanto miro es dolor, y triste vaga
de dolor en dolor mi pensamiento.
Fileno ¡ay Dios!, Fileno
yo fallezco de amor, y él no me paga.
En el alma clavado
sin poder desecharle va conmigo;
duermo, y allí a mi lado
entre sueños le veo;
despierto, y allí está con Mis amigas;
a Fileno y no más hallan mis ojos;
al bosque solitaria me retiro,
y allí a Fileno en cada sombra miro.
Fileno por doquier; todo es Fileno;
y él, el ingrato, en mi dolor sereno.
¡Ay!, ni mis ojos mustios,
ni el pálido color de mi semblante,
ni mi cruel tristeza,
ni este morir en juventud perdida
no ablandan su dureza.
Todos se duelen de la pobre Silvia,
todos se esfuerzan a enjugar mi llanto,
todos la buscan; y Fileno en tanto
va de la triste huyendo
a Galatea por doquier siguiendo;
ámala, que es hermosa; y yo soy fea,
¡Oh quién fuese la bella Galatea!
¡Tuviese yo a lo menos
sus negros ojos y las dulces gracias
de su reír! ¡Tuviera
no más que su fortuna!,
que tan fea no soy si él me quisiera.
Y aún hay quien comparándome con ella
dice que soy más bella.
Mi madre en este día
besándome en sus brazos lo decía;
y mi madre no miente.
¿Y no lo dice claro aquesta fuente
que me retrata ahora en sus cristales?
Todas mis compañeras
y todos los zagales,
y las mismas corderas,
todos, todos me quieren,
y en todo a Galatea me prefieren.
Mas ¿qué vale si en tanto
yo me consumo en doloroso llanto?
Avecilla en la jaula prendida
ve a su par y le llama piando,
y al mirar que se aleja volando
se contrista y no puede vivir.
Madre, madre, yo soy la avecilla;
el ingrato no atiende a mi ruego;
no me es dado apagar este fuego:
madre mía, yo quiero morir.
En alabanza de un carpintero llamado Alfonso
Virtutem… invenies… callosas habentem manus. SÉNECA, De Vita beata, .
Yo lo juré: mi incorruptible acento
vengará la virtud, que lagrimosa
en infame baldón yace indigente.
En despecho del oro macilento
y de ambición pujante y envidiosa,
mil templos la alzaré do reverente,
sus aras perfumando
al orbe su loor iré cantando.
Nobles magnates, que la humana esencia
osasteis despreciar por un dorado
yugo servil que ennobleció un Tiberio,
mi lira desoíd. Vuestra ascendencia
generación del crimen laureado,
vuestro pomposo funeral imperio,
vuestro honor arrogante,
yo los detesto, iniquidad los cante.
¿Del palacio en la mole ponderosa
que anhelantes dos mundos levantaron
sobre la destrucción de un siglo entero,
morará la virtud? ¡Oh congojosa
choza del infeliz! A ti volaron
la justicia y razón desde que fiero,
ayugando al humano,
de la igualdad triunfó el primer tirano.
Dilo tú, dilo tú, pura morada
del íntegro varón: taller divino
de un recto menestral… Adonde, adonde…
¿Quién sacrílego habló? ¿Qué lengua osada
se mueve contra mí porque apadrino
a la miseria do virtud se esconde
mi Apolo condenando,
innoble y bajo al menestral llamando?
¿Innoble? ¡Oh monstruo, en el profundo Averno
perezca para siempre tu memoria
y tu generación! ¿Eternamente
habremos de ignorar que el sempiterno
es Padre universal? ¿Que no hay más gloria
ante su rectitud inteligente
que inflexible justicia,
ni más baldón que la parcial malicia?
Fue usurpación, que la verdad nublando,
distinciones halló do sus horrores
se ilustrasen. Por ella la nobleza,
del ocioso poder la frente alzando,
dijo al pobre: soy más; a los sudores
el cielo te crió; tú en la pobreza,
yo en rico poderío,
tu destino es servir, mandar el mío.
¿Y nobles se dirán estos sangrientos
partos de perdición, trastornadores
de las eternas leyes de natura?
¿Nobles serán los locos pensamientos
de un ser que innatural huella inferiores
a sus hermanos, y que audaz procura
en sobrehumana esfera
divinizar su corrupción grosera?
¿Pueden honrar al Apolíneo canto,
cetro, toisón y espada matadora,
insignias viles de opresión impía?
¿Y de virtud el distintivo santo,
el tranquilo formón, la bienhechora
gubia su infame deshonor sería?
¿Y un insecto envilece
lo que Dios en los cielos ennoblece?
Levantaos, oh grandes de la tierra;
seguid mis pasos, que a su tumba oscura
Alfonso os llama. Enhiestos y brillantes
con más tesoros que Golconda encierra,
de vuestra claridad y excelsa altura
presentad los blasones arrogantes,
que a los vuestros famosos
él ya a oponer sus timbres virtuosos.
Recibiólo al nacer sacra pobreza
para seguirle hasta el postrer aliento.
Nació, y oyendo su primer vagido
voló la enfermedad, y con dureza
quebrantó su salud, eterno asiento
fijando en él. Se queja, y al quejido
desde el Olimpo santo
baja virtud para enjugar su llanto.
Crece, y sus padres con placer miraron
crecer en él la cándida inocencia.
Corrió su edad, esclareció su mente,
y ya su pecho y su razón le hablaron.
Mira en torno de sí, y es indigencia
cuanto miró; y al contemplar doliente
su familia infelice,
un escoplo tomó, y así le dice:
«Objeto de mi amor ¡ay!, sólo es dado
el sustento al afán, y sólo el vicio
se alimenta sin él. ¡Ley adorable
de mi adorable autor! El triste estado
ves de mis padres, cuánto sacrificio
merezco a su cariño infatigable;
ellos de noche y día
compran con su dolor la dicha mía.
¿Por siempre gemirán? Es tiempo ahora
de amparar su vejez. Escoplo amigo,
ya te puedo gritar; mi brazo fuerte
a ti se acoge; tu favor implora;
tú mi apoyo serás y firme abrigo
contra el hambre y maldad; harás mi suerte
hasta el día postrero,
y yo te juro ser fiel compañero.
Empieza, empieza; y favorable el cielo
bendiga tu empezar, y a tus labores
dé rico galardón; puedas un día
de mi triste familia ser consuelo.
Puedas ¡ay!, de mi padre los sudores
para siempre limpiar; y en compañía
de su divina esposa
cerrar los ojos en quietud dichosa.
Y entonces ¡ay!, cuando orfandad doliente
siembre en mis días soledad y lloro,
¿adónde llevaré la débil planta
que temple mi dolor? Tú de mi mente
las fúnebres imágenes que honoro
piadoso aparta, y la antorcha ardiente
al amor concediendo
con su dulce esposa mi penar partiendo.
Modelo de virtud su fértil seno
sabrá reproducir multiplicadas
sus virtudes sin fin. Gozos filiales,
el bien os ame; su cruel veneno
no os soplen las maldades prosperadas.
Estudiad los ejemplos maternales
mientras la mano mía
guarda vuestra niñez de la hambre impía.
¡Seductora ilusión! ¡Oh quién me diera
en salud floreciente mis labores
no interrumpir jamás! Dios poderoso
que paternal desde tu augusta esfera
del infeliz recibes los clamores,
yo me postro ante ti; vuelve piadoso
hacia mí tu semblante,
y mi quebranto cesará al instante.
Yo no deseo la opulenta suerte
de una alta condición; tú me la diste;
cual tuyo adoraré mi humilde estado.
Mas, ¡oh mi padre!, que tu brazo fuerte
siempre me aparte de la senda triste
del vicio; y que a tu acento recobrado
mi vital desaliento
en mi labor recoja mi sustento.»
Dijo, y obró; y al varle, estremecido
el infierno tembló; y el vicio adusto
miró caer su cetro fulminante.
Por tres veces Alfonso repetido
por los ángeles fue; y el nombre augusto
de esferas en esferas resonante
dijo el Ser soberano:
este es el hombre que crió mi mano.
Ven, oh tierra; venid, cielos hermosos,
cantad las alabanzas del Eterno,
y admirar su poder imponderable;
ved entre los anhelos trabajosos,
el hambre y el oprobio sempiterno,
un Carpintero vil; inestimable
tesoro en él se encierra:
es la imagen de Dios, Dios en la tierra.
Es el hombre de bien; oscurecido
en miseria fatal, nubes espesas
su virtud anublaron, despremiada
su difícil virtud. Si enardecido
de la fama al clarín arduas empresas
obra el héroe, su alma es sustentada
con gloriosa esperanza;
mas la oscura virtud ¿qué premio alcanza?
El desprecio, el afán, y la amargura;
tal fue de Alfonso el galardón sangriento.
Sacrificado a la inmortal fatiga,
¿cuál fruto recogió? La parca dura
debilitando su vital aliento
desde el mismo nacer, hizo enemiga
que en trabajo inclemente
fuera estéril sudor el de su frente.
Veía a sus hijos y su amante esposa
en las garras del hambre macilenta
prontos a perecer. En vano, en vano
la enfermedad ataba poderosa
sus miembros al dolor. Su alma atenta
al ajeno sufrir, su estado insano
olvida, y en contento
dobla por sus amores su tormento.
¡Oh tú, esposa feliz de un virtuoso,
perpetua infatigable compañera
de su eterna aflicción! Teresa amable,
¿no es cierto que jamás tu santo esposo
murmuró en su pesar? ¿Que lastimera
su pobreza adoró? ¿Que inviolable
su planta religiosa
huyó de la maldad menos costosa?
Y vosotros, oh prendas inocentes
de Alfonso, hablad. Decidnos las lecciones
que os dictó ejecutando; los dolientes
que tierno consoló; los angustiados
que su hambre sustentó; los corazones
que su atractivo ejemplo
llevó rendidos de virtud al templo.
Bondad fue su vivir; en su semblante
hablaba la deidad. ¡Oh cuántas veces
mi espíritu en respetos abismado
ante tu majestad probó el triunfante
imperio de virtud. Mis altiveces
allí desparecían, y humillado
a sus palabras santas,
tal vez quiso besar sus dignas plantas.
Yo le vi… yo le vi… ¡Funesto día!
Para siempre le vi… Pálida muerte
volaba en torno de él. ¡Infortunado!,
que el penúltimo sol entonces veía.
Jamás, jamás, su enfurecida suerte
ostentó más rigor. Desfigurado
con furibundo acento
me demandó su postrimer sustento.
¡Sacrosanta virtud? ¿Tú suplicante
a mí, débil mortal? Tú, tú lo viste,
Omnipotente Dios, el amargura
que mi pecho bebió en aquel instante.
Nunca el sol para mí lució más triste;
lloré mi dicha, deseé la tumba oscura,
y ¡ojalá quien me diera
que en el lugar de Alfonso padeciera!
Disipad, destruid, oh colosales
monstruos de la fortuna, las riquezas
en la perversidad y torpe olvido
de la santa razón; criad, brutales
en nueva iniquidad, nuevas grandezas
y nueva destrucción; y el duro oído
a la piedad negando,
que Alfonso expire, en hambre desmayando.
¿Esto es ser noble? Vuestro honor sangriento
en la muerte de Alfonso: ¡ay, ay, que expira!
Pesadumbres huid; cesad siquiera
de atormentar su postrimer aliento.
Inútil ruego. Adonde el triste mira,
aflicción. Con sus hijos lastimera
su esposa se le ofrece;
y cuanto sufrirán, él lo padece.
¡Dolorido varón! Ni un solo día
alegre te miró: ni un solo instante
rió tu probidad. Torvos doctores,
vos que enseñáis que con la tumba fría
cesan el bien y el mal, ved expirante
a Alfonso. Su virtud entre dolores;
¿es nada, es nombre vano,
o hay un otro vivir para el humano?
Hay otro estado donde espera el justo
eterno galardón. ¡Ah!, vuela, vuela,
del santo Alfonso espíritu dichoso
a la patria inmortal, adonde augusto
te llama el Dios que justiciero vela
por su amada virtud. Paró nubloso
su invierno, y placentera
ya le ríe inmortal la primavera.
Goza, goza en la paz inalterable
el fruto dulce de tu amable vida.
Bebe de las delicias, que en torrentes
manan sin descansar del Inefable.
Yo entre tanto a la tumba oscurecida
iré do tus cenizas inocentes
yacen, y mis dolores
mitigaré cubriéndola de flores.
Iré, la bañaré con triste llanto
en tributo anual; y cuando horrendo
el falso vicio deslumbrarme intente,
allí te buscaré. Tu nombre santo
invocará mi voz, y el vicio huyendo,
a mi clamor la sombra reverente
saldrá, y en soplo frío
volverá la virtud al pecho mío.
¡Oh sepulcro que guardas el reposo
de tan justo mortal! Hasta la muerte
has de ser mi lección. Tú la inocencia
me enseñarás; lo honesto y virtuoso
leeré en tu oscuridad; harás que fuerte
sepa amar el afán y la indigencia;
y que allí atrincherado
huelle el poder del crimen entronado.
La Escuela Del Sepulcro
A la señora marquesa de Fuertehíjar, con motivo de la muerte de su amiga la señora marquesa de las Mercedes
¿Adónde, adónde los dolientes ojos
vuelves? ¿Qué buscas? ¿O por quién exhalas
tanto suspiro de dolor y angustia?
¿Qué atiendes, di, que el respirar parando
el alma toda en el oído clavas
ansioso de escuchar? En vano, en vano
anhelas por oír; la quieta noche
a los mortales con su sombra encierra,
y acalla al mundo que tranquilo yace
en un mar de silencio sumergido.
Mas ¡ay!, ¿cuál son tan a deshora turba
la silenciosa paz de las tinieblas?
¿Y cesa, y vuelve a resonar, y para,
y resuena otra vez? Llora, sí, llora
tu amarga soledad, oh triste amiga,
gime, lamenta sin cesar, tu pecho
se parta de dolor, y al labio envíe
el ay de la amistad desesperada.
El bronco son que tus oídos hiere
es la trompeta de la muerte, el doble
de la campana que terrible dice:
fue, fue tu amiga. La que tantas veces
te vio, y te habló, y en sus amantes brazos
tan fina te estrechó, y en tus mejillas
su cariño estampó con dulces besos;
la que en su mente consagró tu imagen,
y en cuyo corazón un templo hermoso
te erigió la amistad do siempre ardía
tanto y tan puro amor, ya por las olas
fue de la eternidad arrebatada;
ahora mismo a su cadáver yerto,
en estrecho ataúd aprisionado,
alumbrarán con dolorosa llama
tristes antorchas del color que ostentan
las mustias hojas que al morir otoño
del árbol paternal ya se despiden.
Ahora mismo yacerá en la cima
de la tumba infeliz, hollando lutos
negros, más negros que nublada noche
en las hondas cavernas de los Alpes.
En torno de ella, y apartando el rostro
de su espantable palidez, sentados
compañía la harán los que otro tiempo
tal vez colgados de su voz, pendientes
de un giro de sus ojos, estudiaban
su voluntad para servirla humildes.
Esta será ¡ay dolor!, la vez postrera
que la visiten los mortales, ésta
su tertulia final, y último obsequio
que el mundo la ha de hacer. Sí; que esos cantos
con que del templo la anchurosa mole
temblando toda en rededor retumba
su despedida son, con sus adioses,
el largo adiós final. ¡Oh tú Lorenza,
ven por la última vez, ven, ven conmigo
y a tu amiga verás, verás al menos
el cuerpo que animó, verás reliquias
de una nada que fue! Mira que tardas,
y nunca, nunca volverás a verla,
nunca jamás; que ya sobre sus hombros
cargaron los ministros del sepulcro
el ataúd, y marchan, y descienden
con él a la morada solitaria
del oscuro no ser. Allí en los muros
cien bocas abre la insaciable muerte
por donde traga sin cesar la vida;
y a ti, ¡oh Quero infeliz! ¡Oh malograda!
¡Oh atropellada juventud! Caíste,
bien como flor que en su lozana pompa
hollada fue por la ignorante planta
de un pasajero sin piedad. Caíste,
y ya otro rastro de tu ser no queda
que las memorias que de ti conserven
los que te amaron. Pasarán los días,
y las memorias pasarán con ellos;
y entonces ¿qué serás? El nombre vano,
el nombre sólo en tu sepulcro escrito,
con que han querido eternizar tu nada.
Tirano el tiempo insultará tu tumba,
con diente agudo roerá sus letras,
borrará la inscripción, y nada, nada
serás por fin. ¡Oh muerte impía!,
¡oh sepulcro voraz! En ti los seres
desechos caen; en ti generaciones
sobre generaciones se amontonan,
en ti la vida sin cesar se estrella;
y de tu abismo en la espantosa margen
el tiempo destructor está sañudo
arrojando los siglos despeñados.
¿Qué son ahora los primeros días,
la edad primera de la tierra? ¿En dónde
las que fueron después hoy hallaremos?
¿Sesostris dónde está? ¿Dónde el gran Ciro?
¿Babilonia y Semíramis? Pasaron
cortando el tiempo, cual veloz saeta
que el aire hiende sin que rastro alguno
deje de su pasar. ¿Qué son ahora
los Césares, los Jerges, los Timures
y los héroes famosos de la Grecia?
Voces y nada más. ¿Y qué es el siglo
que acaba de expirar? ¿Y qué es el día
de ayer, el de hoy en lo que va corrido?
Muerte en verdad; que cuanta vida el tiempo
nos ha llevado en el sepulcro yace.
¿Es tan breve el vivir? ¿Y el hombre insano
en hacerse infeliz sólo le emplea?
Como en airada mar la frágil nave
luchando entre borrascas horrorosas
corre perdida sin timón ni velas,
y en pos el huracán desenfrenado
la va acosando en bárbaros embates,
y ora a las nubes las bramantes olas
la arrojan, y ora con terrible estruendo
la despeñan, rompiéndose, al abismo;
y ya anegada con salobre muerte
llora su perdición, y ya un fracaso
mira seguro en la enriscada costa
donde a estrellarse va; tal es el hombre
por el mar de la vida navegando.
Siempre a merced de sus pasiones corre
entre tinieblas y borrascas tristes
en eterna inquietud, allá en el alma
hondamente clavada la amargura,
y la zozobra y el cruel fastidio,
y desesperación; sin que los ojos
vuelva jamás al relumbrante faro
de la pura razón. En cada instante
vota acogerse a su sagrado puerto,
y a cada instante, quebrantando el voto,
se aparta más y más; y a nuevos mares
se confía, y a míseros naufragios.
De ilusión a ilusión, de sombra en sombra
va deslumbrado, con ardor abraza
mil fantasmas de bien, y ellas le burlan
deshaciéndose, y halla el miserable
ansia y dolor donde esperó contento;
y vuela deslizándose entre tanto
la vida, y se le escapa, y el sepulcro
le sale al paso, y ¿qué vivió? Cien voces
oigo que salen desde el centro frío
de los sepulcros que tormentos dicen.
Tormentos claman las doradas urnas
donde descansan las cenizas regias;
tormentos claman las inmundas hoyas
donde la plebe amontonada gime,
tormentos las pirámides erguidas
que en sus entrañas cóncavas tragaron
cien dinastías del perdido oriente;
y tormentos, tormentos desde el norte
al mediodía, desde oriente a ocaso
toda la tierra sin cesar repite.
¿Dónde estás, dónde estás soberbia tumba,
tumba olvidada del atroz guerrero
a cuya alta ambición venía estrecha
la inmensidad del tiempo y del espacio?
Tumba del Macedón ¿dónde te escondes
que no dices aquí? Tal vez ahora
darás abrigo a las cansadas yuntas
de algún humilde labrador honrado:
tal vez la tierra que te henchía cubre
una choza infeliz, y las reliquias
del famoso Alejandro son paredes
de algún pobre pastor, no conocido
de otro mortal que de su tierna esposa,
y de su perro y de su fiel ganado.
Él es feliz en su pobreza oscura,
y tú fuiste infeliz en la abundancia
de tu hambrienta ambición. Él sus deseos
por la necesidad de cada día
mide, y prudente la natura acalla
con lo que fácil la razón exige.
Así contento lo presente goza
sin olvidarlo por correr ansioso
a encontrar a mañana, y a perderse
allá en un porvenir que nunca llega.
Y tú ¿qué fuiste, vencedor del mundo?
Tú, de soberbia y ambición hinchado,
tú, que sangrientas lágrimas vertías
temiendo atroz que la paterna espada
nada en la tierra te dejase libre
que poder oprimir, ¿fuiste dichoso?
Las victorias del Gránico y del Iso,
Persia a tu carro triunfador atada,
cien tronos de Asia, el Asia estremecida
a un mover de tu pie, la tierra entera
arrodillada de tu nombre al eco,
tanta potencia, tanta gloria ¿acaso
pusieron coto a tu ambición? ¿No hallaste
por siempre un más allá que las entrañas
te roía doquier, y cada gloria
te presentaba desabrida y triste
desde el punto fatal en que era tuya?
¿Cuál fue tu vida? Nunca lo presente
existió para ti, que adormecido
vivías en los sueños de esperanzas
desterrado por siempre en lo futuro.
Para ti lo pasado fue un tormento,
un estímulo más, que te arrastraba
a deseos sin fin, a largos planes
de guerras y victorias, y ruinas
y perpetua inquietud. Pues, ¿cuándo, cuándo
viviste? ¿Cuándo del feliz reposo
gozaste, y de la paz y la bonanza
de las pasiones, y el alegre cielo
de un inocente corazón tranquilo?
En el sepulcro, en el fatal sepulcro,
y sólo en el sepulcro descansaste;
y los mortales sólo allí descansan,
que raros son los que en vivir insanos
de Alejandro no imitan el ejemplo.
Si es tal la vida, ¿para qué lloramos
a los dichosos que al tranquilo puerto
llegaron de la muerte ya seguros
de este mar de dolor que aquí nos cerca?
Y si es justo llorar, ¿por qué así estéril
en lágrimas se pierde nuestro llanto
sin que aprendamos a vivir felices
en la escuela sublime del sepulcro?
Enjuga ya, desconsolada amiga,
tu llanto de dolor, y atenta escucha
de tu amiga la voz. No ha perecido
tu amiga para ti, que vive y te habla
desde su tumba sin cesar, y dice:
«Mira del hombre la fatal carrera,
mira del hombre el paradero infausto.
Aquí ya para siempre se aniquilan
las grandezas del mundo, aquí se espantan
los sueños de la gloria, aquí los vientos
de las pasiones se echan, y se borra
el vaho del vivir, y el hombre es nada.
Vendrá el trance cruel, vendrá, oh amiga,
en que desciendas a la eterna noche
a acompañar mi soledad. ¡Aleje,
aleje el cielo tan fatal instante!
Y cada nuevo sol más despejado
el horizonte ensanche de tu vida!
Pero al fin ¿qué será, y encierra un siglo
el más largo durar de su carrera?
Sólo un pestañear, volviendo el rostro
verás tu muerte a tu nacer tocando.
¡Ay!, a lo menos, pues el plazo es breve,
no, no le acortes suspirando ansiosa
por otro día, y sin cesar por otro;
porque es nunca vivir, es vivir muertes,
jugar este hoy por el mañana incierto,
Lejos, lejos de ti las ilusiones
que al mísero mortal le van llamando,
y las sigue, y se apartan, y engañosas
tendiéndole los brazos, le enajenan,
y le venden por fin, pues al sepulcro
le atraen, tropieza, cae, y ellas huyeron.
Lejos de ti las bárbaras pasiones
que en torbellinos de dolor arrastran
a los esclavos que las sirven ciegos,
y su fortuna de su mar confían.
¿Qué es la ambición, la vanidad, del oro
la frenética sed? ¿Qué, los deseos
de una imaginación desenfrenada,
y de un enfermo corazón? Errores,
y el error es un mal. ¿Quién en la tierra
fue dichoso jamás llorando males?
La razón, la razón; no hay otra senda
que a la alegre virtud pueda guiarte
y a la felicidad. Por ella fácil
tus deseos prudente moderando
aprenderás a despreciar el mundo,
la gloria y la opinión, preciando sólo
lo que inflexible la razón aprueba.
Así constante vivirás contigo,
vivirás para ti, y harás más larga
la próspera carrera de tus años,
porque al fin vivirás. ¡Oh cuál me gozo
al mirarte feliz en la grandeza
de tu alma pura! Superior al cieno
de este mundo infeliz, ni los desastres,
ni la persecución, ni los dolores
te podrán abatir; ni la fortuna
podrá mellar tu espíritu de bronce
con sus brillantes dones mentirosos.
¿Qué puede dar la mísera fortuna
que no posea quien felice goza
una sana razón? ¿Y qué desgracias
ha de temer quien el mayor deseo
de una conciencia irreprensible y pura
dentro del corazón lleva escondido?
¡Oh Lorenza, Lorenza! ¡Oh tierna amiga!
¡Adiós, adiós! Desde el dichoso instante
que allá en Pisuerga te juró mi pecho
una eterna amistad, ¿falté por suerte,
falté, responde, a tu veraz cariño?
Siempre en mi memoria; siempre
ardió por ti mi corazón sincero;
siempre mis labios te dijeron finas
palabras de amistad; y eternamente
con mis consejos te probé, y mis obras
la verdad de mi amor. Bajé al sepulcro,
y él conmigo también; aquí a tu Quero,
si es que un recuerdo para mí te queda,
por siempre encontrarás; de noche y día
y en todas partes te hablarán mis labios,
te hablarán la verdad. ¡Oh nunca apartes
tu oído de mi voz! Adiós amiga,
adiós, adiós: la eternidad te espera».
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