Poemas de José Marchena

Poemas de José Marchena

Poemas de José Marchena y Ruiz de Cueto, apodado el «Abate Marchena», quien personificó la agitación intelectual de la Ilustración española. Erudito políglota y figura controvertida, su vida fue un constante exilio entre la pluma y la guillotina. Como traductor, fue el puente esencial que trajo las ideas de Rousseau, Voltaire y Adam Smith al mundo hispano, desafiando la censura inquisitorial de su época.

Su obra poética, de corte neoclásico y tintes prerrománticos, destaca por un rigor filológico excepcional y una profundidad filosófica que buscaba la libertad de pensamiento. Marchena no solo cultivó el verso con elegancia, sino que utilizó la literatura como herramienta de agitación política y social. Su legado permanece como el de un humanista radical, un «español afrancesado» cuya audacia intelectual transformó la traducción en un acto de rebelión y modernidad.

A Amarilis

Soledad deliciosa, bosque umbrío

¡ay, cómo en tu retiro busco en vano

alivio al inmortal quebranto mío!

 

Me hirió de Amor la poderosa mano,

de Amor la flecha aguda envenenada

que contra mí lanzara el inhumano.

 

¡Oh mil veces feliz edad dorada

en que fue la ternura y la firmeza

del constante amador siempre premiada!

 

Agora al rendimiento, a la fineza

se retribuye indiferencia fría,

al obsequio humillado cruel dureza.

 

¿Qué mal dios en su cólera daría

el siempre infame honor a los mortales,

que tanto de natura los desvía?

 

Él el pudor nos trajo, él sus fatales

leyes a Amor impuso, y él los bienes

más dulces transformó en acerbos males.

 

De mi dulce enemiga los desdenes

el acaso los causa, y hace en llanto

mis ojos dos raudales ¡ay! perenes.

 

Sigue, Amarilis, de Cupido santo

las leyes, del amor sigue el sendero

exento de pesar y de quebranto.

 

Honor, de la natura comunero,

ejercite en el vulgo su tirana

dominación y su poder severo.

 

Tú escucha del Amor la soberana

voz, que al deleite agora te convida;

que esta la edad en su verdor lozana.

 

Huye la primavera de la vida

cual un ligero soplo, un breve instante,

y nunca torna si una vez es ida.

 

Vendrá ¡ay! la vejez corva, y el amante

que agora sólo espira tus amores,

y que esquivas más dura que diamante,

 

Lejos huirá de ti; de adoradores

la turba que te cerca de contino,

cual brillo suele de caducas flores

 

tal desparecerá; que del destino

esta es la ley severa, inexorable;

éste de la hermosura el hado indino.

 

Tal la purpúrea rosa, que al amable

Céfiro abrió su seno, el soplo airado

del vendaval deshoja, y despreciable

yace y marchita en el florido prado.

 

El estío

Del álamo frondoso

las verdes hojas ya se han marchitado;

el segador cansado

en mitad de la mies toma reposo.

Por aquí un arroyuelo bullicioso

con aguas cristalinas corrió antes,

ora un aire inflamado

y de la seca arena el polvo ardiente

enciende al fatigado pasajero.

 

Un delicioso otero

del Tormes rodeado

con su sombra suave nos convida,

do el aromado ambiente

del céfiro empapado

en olores fragantes

de millares de flores

su blando soplo espira a los amantes.

Todo respira amores;

las tiernas palomillas

con ardientes arrullos repetidos

muestran su amor; las tristes tortolillas

con profundos gemidos.

 

Allí, mi bella Emilia, viviremos

lejos del mundo, libres de cuidados;

las vacas por el día ordeñaremos;

ornaré yo tus sienes

de azucenas y rosas,

y en amantes delicias anegados

de la vida las sendas espinosas

sembraremos de bienes.

 

Emilia, bella Emilia, ¿qué tardamos?

Huye la vida, y vuela presurosa;

antes que nos sepulte eterno sueño

¡ay! ¿por qué los placeres no gustamos?

Olvidemos la ciencia fastidiosa,

depongamos el ceño,

a Amor sacrifiquemos

y sus dulces deleites ¡ay! gocemos.

 

A Carlota Corday

¡Oh pueblo malhadado!

Con mil cadenas tu cerviz altiva

amarrará a su carro la anarquía;

de libertad te priva

el padre de los dioses indignado,

en pena de tu infame cobardía,

hasta que con altares

la diosa que ofendiste aplacares.

 

De Bruto el alma santa,

rasgando las esferas celestiales,

en ti vino, y tu diestra generosa

de sus armas fatales

a los tiranos, ciñe. ¡Ay! cuál levanta

el vulgo vil al cielo su espantosa

voz por su soberano,

muerto, Carlota, por tu noble mano.

 

El fragoso camino

es este del Olimpo; el inflexible

Catón y Marco Aurelio por él fueron;

por él siguió el terrible

azote de los reyes, el divino

Rousseau; por él los dioses concedieron

escalar las moradas

a las divinidades reservadas.

 

Salve, deidad sagrada;

tú del monstruo Sangriento libertaste

la patria; tú vengaste a los humanos;

tú a la Francia enseñaste

cuál usa el alma libre de la espada,

y cuál sabe inmolar a sus tiranos;

tú abriste la carrera,

y en la lid te lanzaste la primera.

 

De tu pueblo infelice

sé deidad tutelar: ¡Oh! no permitas

que a la infame Montaña rinda el cuello.

Mas ¡ay! que en balde excitas

con tu ejemplo el vil pueblo que maldice

el brazo que le libra. ¡Ay! que tan bello

heroísmo es perdido,

y pesa más el yugo aborrecido.

 

Que en las negras regiones

las Furias hieran con azote duro

del vil Marat el alma delincuente;

que en el Tártaro escuro

sufra pena debida a sus acciones,

y del gusano eterno el crudo diente

roa el pecho ponzoñoso,

¿será por eso el pueblo más dichoso?

 

La libertad perdida

¡ay! mal se cobra; en pos de la anarquía

el despotismo sigue en trono de oro;

su carro triunfal guía

la soberbia opresión; la frente erguida

va la desigualdad, y con desdoro

el pueblo envilecido

tira de su señor al yugo uncido.

 

¡Oh diosa! los auspicios

funestos, de la Francia ten lejanos;

torne la libertad a nuestro suelo;

así con puras manos

los hombres libres gratos sacrificios

te ofrecerán, Carlota; tú del cielo

donde asistes, clemente

protege siempre la francesa gente.

 

Elegía a Lícoris

Del airado Mavorte la crueza

¡oh! no cantes, mi lira, ni la insana

sed de sangre, el furor y la fiereza.

 

Mas di de Venus, reina soberana

de Pafos, el poder; di los amores

y de las Gracias la belleza humana.

 

Canta del dios vendado los loores,

de Cupido certero las doradas

flechas, su blanda risa, y sus favores.

 

Deja, Cupido santo, las preciadas

aras de Chipre, y en tu fuego ardiente

enciende mis entrañas frías y heladas.

 

¡Oh mil veces fatal ruego, imprudente

súplica, por mi mal bien acogida!

¡Oh condición de Amor cruda, inclemente!

 

Baja de Olimpo el pérfido, y fingida

piedad muestra en su rostro y apostura

dulce el falso, y sonrisa fementida.

 

«Del Betis a la orilla una hermosura

(amarla es tu destino eternamente)

te ofrezco; parte, corre a tu ventura».

 

Dijo y voló; yo loco encontinente

el Manzanares dejo, y desalado

al Betis corro con anhelo ardiente.

 

Ya no hay más libertad ¡ay! ya aherrojado

Lícoris en durísimas prisiones

me tiene, al duro remo ¡ay! amarrado.

 

Yo triste los pesados eslabones

arrastro, mientras que tormenta horrible

levantan en mi pecho las pasiones.

 

Amor en fuego ardiente, inextinguible,

me abrasa sin cesar; jamás la hoguera

aparta, que esquivar me es imposible;

 

que el crüel me persigue por doquiera,

cual cierva a quien fatal punta acerada

el costado rompió con llaga fiera;

 

que el monte, el llano corre la cuitada,

el doliente bramido al cielo alzando,

del rabioso dolor siempre aquejada.

 

Así mi cruda pena va aumentando

la aguda flecha con que Amor me ha herido,

siempre el enfermo pecho lastimando;

 

la imagen de Licoris, el bruñido

cabello de azabache, la alta frente,

el sonrosado labio, el cuello erguido,

 

y el hablar, y el reír suavemente

Amor grabó con punta de diamante

en el mezquino corazón doliente.

 

Mora Licoris en mi pecho amante,

Licoris mora en él; vos amadores,

de Gnido desertad la ara humeante.

 

Ved cuál la abandonaron los amores

y a Lícoris festivos rodeando

de guirnaldas la ciñen de mil flores.

 

El sangriento Cupido está aguzando

la inevitable flecha, y falsa risa

va por sus labios pérfidos vagando.

 

¿Quién de mi dulce bien vio la sonrisa,

y cantar pudo la ambición, la guerra

que los tronos trastorna, rompe y pisa?

 

Obra de un dios maligno es nuestra tierra;

el duelo la pasea de contino,

que todo bien lejos de sí destierra.

 

Y cuando el placer muestra su divino

rostro, nosotros necios le esquivamos,

¡oh del error efeto el más indino!

 

Que la flor de la vida así pasamos;

la vejez nos señala el tenebroso

ataúd, que en vano tristes evitamos.

 

Gusta, Lícoris mía, el delicioso

néctar de amor, agora que te es dado

del tiempo del placer nuestro envidioso,

y nunca sin desdicha despreciado.

 

A Chabanó

Las humildes mansiones

desaparecen del linaje humano,

y las nubes preñadas

mis plantas huellan: lejos ¡oh profano

vulgo! a ti no son dadas

las sagradas armónicas canciones

oír que Apolo inspira,

no el oír los tonos de la acorde lira.

 

Rásgase el mortal velo,

que al hombre siempre encubre tenebroso

los sublimes arcanos,

que intenta en vano escudriñar curioso;

y a ti, Chabanó, en manos

de la sabia Minerva, al alto cielo

arrebatado veo,

cual lo fuera en otro tiempo Prometeo.

 

Las leyes de natura

sublimes y sencillas, ilustrado

con la antorcha Febea

la Diosa ante tus ojos ha mostrado;

cómo una misma sea

la que del monte en la caverna escura

forma el oro y contiene

los mundos que en sus órbitas retiene.

 

El oro apetecido,

que guerra y muertes trujo a los mortales

y que escondiera en vano

la tierra en sus entrañas: ya los males,

la codicia, el insano

furor a luz se muestran, del sumido

pozo con él parecen;

inocencia y candor desaparecen.

 

El mercader las naves

avaro apresta; el Aquilón sañudo

en vano se embravece,

y las olas del mar azota crudo;

el oro que se ofrece

a su esperanza busca y las suaves

playas trueca cuidoso

por el mar alterado y borrascoso.

 

No así bajo el reinado

del buen Saturno; que en inalterable

paz el mundo vivía,

y la doncella tímida y amable

su favor concedía

por premio de sus ansias a su amado;

mas ora la riqueza

¡oh mengua! compra y goza la belleza.

 

La ausencia

De la eterna manida del lamento

pálidos habitantes, malhadados

reinos a do jamás cupo el contento,

 

no; jamás vuestros dioses enojados

tormentos inventaron que igualasen

la ausencia a que me fuerzan ¡ay! los hados.

 

No plugo al crudo cielo que bañasen

de Adur las ondas mis cenizas hiertas

y plácidos mis manes reposasen.

 

Yace aquí un amador, yacen sus muertas

esperanzas, el túmulo diría,

su fe constante, y sus finezas ciertas.

 

Tal vez sobre mi tumba lloraría

ceñido de ciprés un fiel amante

de su ingrata señora la falsía.

 

Mi sombra en torno del sepulcro errante

sus lloros enjugara, y su quebranto

compadeciera, y su penar constante.

 

Bella Minerva Aglae, de tu llanto

una lágrima acaso regaría

los huesos de quien vivo te amó tanto.

 

¡Oh, cuál de tu dolor ufana iría

mi alma a morar en los Elisios prados,

y mi ventura alegre cantaría!

 

Jamás del dulce Orfeo los acordados

tonos con mis canciones se igualaran;

y fueran otra vez embelesados

 

del Tártaro los monstruos, y cesaran

las ondas del Leteo su corriente,

y las tremendas Furias se aplacaran.

 

Mas ¡ay! de ti, mi dulce bien, ausente,

ronca suena mi lira, y triste lloro

vierten mis ojos hechos larga fuente.

 

Estos mis cantos son: Minerva adoro;

¿dó estás, Minerva Aglae? ¿no me entiendes?

Sólo se escucha el murmurar sonoro

 

del Sena, y mis sollozos; ¿y no atiendes,

ingrata, a mi dolor? ¿Y yo ando en vano?

¿Y tú mi fuego más y más enciendes?

 

En esto que de ti me hallo lejano,

Eco responde solo a mis querellas;

yo en llanto amargo me deshago insano.

 

¿Por qué la Fama, di, pregona bellas

de este Sena las Ninfas tan preciadas?

¿Junto a Minerva Aglae qué son ellas?

 

De su hermosura así son eclipsadas,

como del alma Venus la belleza

sus émulas confunde despechadas.

 

El duro Amor ceñido de crueza

la sigue a todas partes; con halagos

el falso va escondiendo su fiereza.

 

¡Guarte, mortales tristes! ¡Qué de estragos!

¡Cuántos de letal flecha son heridos!

¡Qué días les prepara Amor aciagos!

 

Llévate ¡oh deidad cruda! tus mentidos

favores, y tus glorias lisonjeras,

y tórname mis bienes ¡ay! perdidos;

¡Ay! tórname mi alma y paz primeras.

 

A cuatro hermanas

La villana avaricia, el insaciable

amor del mando y del poder supremo

las bajas tierras oprimido habían;

abrumados gemían

los hombres bajo el cetro intolerable,

y del dolor en el violento extremo

los dioses invocaban,

que sordos a sus ruegos se mostraban.

Amor, tú consolaste

la humanidad; tú su deshecho llanto

piadoso le enjugaste,

trocando en alegría su quebranto.

Tú las cuatro Beldades

formaste a hermosear mi patrio suelo;

la belleza les diste de deidades

moradoras del Cielo.

Por ellas ha tornado,

por ellas el placer al mundo; humean

por ellas los altares,

do sacrifica el pueblo enamorado

en el templo de Amor, y de cantares

amantes la armonía

hinche el templo de dulce melodía.

¿El poder, la riqueza,

qué valen comparados

con el placer que ofrece la belleza?

Que los mortales son más desdichados

cuanto más de natura desviados.

Apolo: si otro tiempo penetrante

flecha de amor te hirió, si la inhumana

Dafne adoraste en vano, si en pos de ella

montes y valles recorriste amante,

en vano reprehendiéndote Diana,

templa para cantar ninfa más bella

la cítara dorada,

derrama en mis cantares tal dulzura,

que la suprema gracia y la hermosura

sea en ellos dignamente celebrada.

Canta tú los sencillos

juguetes, los placeres inocentes

que a la bella Francisca la ocupaban

en su primera edad. Mil amorcillos

ya entonces preparaban

el sonante carcaj y flecha ardiente.

¡Oh tiempo! ¿Dónde por mi mal te has ido?

Dulce satisfacción de la inocencia,

¡ay! cuán más deliciosa que el mentido

placer del mundo y que la falsa ciencia!

Canta de Madalena la belleza;

las gracias de la hermosa Catalina,

de Alcinda la viveza,

el sabroso reír, la habla divina,

y su mirar que el pecho de diamante

torna de blanda cera en un instante.

Diosa de los amores,

¡oh Venus! si ser quieres festejada

del bando de amadores,

pon aquí tu morada,

aquí do está aguzando eternamente

Amor sangriento la saeta ardiente.

Y yo desesperado

de pintar tal belleza

doy fin al tosco canto,

que nunca fue a mi humilde Musa dado

elevarse a la alteza

que pide Apolo para empeño tanto.

 

La coronación se acerca

La coronación se acerca

y mi pobre Musa helada

no pica de profetisa,

ni al rey vaticina hazañas.

En vano el frío Iriarte

sus insulsas coplas grazna,

y en lenguaje de Gaceta

a Carlos y Luisa canta.

¿Qué me importa que Forner

alce su tremenda vara,

y en duros y malos versos

haga por elogios sátiras?

¿Que el escritor cinco letras

acatamiento le haga,

qué a mí? ¿Fui yo por ventura

el autor de la Riada?

Por más que el necio Berilo

las ninfas de Salamanca

las atruene con sus cantos

sin armonía ni gracia,

mi Musa en profundo sueño

y en vil ocio sepultada

a Moratín y a Batilo

no envidia lauro y guirnaldas.

 

A Emilia

Bella Emilia, perdón; yo te lo ruego

por tu belleza; ¡ah cielos! ¡mi osadía

cuánta disculpa tuvo! ¿Dó se halla

aquel que a tu hermosura indiferente

sin amarte te mira? ¿Quién tu dulce,

tu suave elocuencia escuchar pudo

sin la emoción más viva? ¿Y yo cuitado,

yo solo ¡ay triste! sentiré tus iras?

¿Te aplacas, bella Emilia? ¿Me perdonas?

A un eterno silencio me condeno;

no más de amor hablarte; no fue dado

a mí, mortal, la dicha soberana.

 

Seamos amigos, adorable Emilia;

si de amor no soy digno, podré al menos

serlo de la amistad: sencillo, franco,

jamás la vil lisonja, la mentira

infame mi conducta han afeado.

¡Mi corazón sensible cuántas veces

en lágrimas se exhala en las desdichas

de mis amigos! ¡Las perfidias bajas,

las mentidas caricias, las lisonjas

envenenadas, la insultante mofa

de los que fingen serlo, cuánto acíbar

sobre mi triste vida han derramado!

Almas villanas, yo lo he merecido;

ingratos, yo os he amado; esto es bastante.

¡Ay! pasemos en blanco mis desdichas.

De mis falsos amigos las injurias

atroces, las envidias, los crueles

encarnizados odios olvidemos.

Seamos amigos, vuelvo a repetirlo,

de la santa amistad, y de las ciencias

al sagrario acogidos, los profanos

asestarán en balde sus saetas

contra nosotros. Ora, la balanza,

y el compás de Neutón en nuestra mano

teniendo, aquel cometa seguiremos

en su alongada elipse. Ora a Saturno,

y a Júpiter pesando las distancias

de Marte a nuestra tierra mediremos,

o bien por el calor de nuestro globo

su edad sabremos. Ora calculando,

el infinito mismo, que no es dado

al hombre conocer, numeraremos.

Otras veces, la historia recorriendo,

teatro vasto de horrores y miserias,

la suerte lamentable de la débil

humanidad, del despotismo injusto,

de la superstición, del falso celo

siempre oprimida compadeceremos.

O bien hasta el Eterno nuestras almas

por grados elevando, nuestras manos

puras de iniquidad levantaremos

a la extensión inmensa, do el muy alto

habita todo en todo; en respetoso,

en profundo silencio el bello orden,

la perfección que reina en el gran todo

absortos admirando, y en tranquila

paz el último día aguardaremos,

do el alma nuestra libre de cadenas,

de Marco Aurelio y Sócrates al lado,

en la contemplación del universo

gozará de placeres inefables.

 

La primavera

¿Ves, hermosa, la fuente que bullendo

el céfiro menea blandamente?

Amor la agita: mira su corriente

hacia el amado arroyo huir riendo.

 

Mira volar la abeja susurrante

en torno de las violas olorosas,

y su néctar le ofrecen amorosas,

zagala; que es la flor también amante.

 

¿No escuchas gorgear los ruiseñores,

de aguda flecha el tierno pecho heridos,

y en melodiosos trinos no aprendidos

explicar sus dulcísimos amores?

 

¿No ves las palomillas amorosas

exhalar sus arrullos inflamados?

¿Los pichones no ves enamorados

responder en querellas cariñosas?

 

Todo es amor; la alegre primavera,

al universo nueva vida dando,

naturaleza yerta va inflamando,

que Enero con su escarcha entorpeciera.

 

Y tú, por más que lo rehuyas dura,

has de rendir a Amor el cuello erguido,

que todo se avasalla ¡ay! a Cupido:

tal es la ley eterna de natura.

 

A Meléndez Valdés

Desciende, del sagrado

monte, Calíope santa, y las loores

de Batilo me inspira; dí cuál fuera

de los brazos de Baco y los amores

por Temis arrancado;

cuál la Diosa severa

blandir le enseña la amenazadora

espada del delito vengadora.

 

La espada que tajante

en tu mano, Batilo, al poderoso

opresor amenaza herida y muerte.

Ya pálido el malvado poderoso

vacilar su constante

potencia de tu fuerte

brazo impelida mira, y ya caído

asombro es del tirano aborrecido.

 

Temis torna a la tierra

y en Celtiberia pone su morada;

por ti, justo Batilo, desde el cielo

a los mortales otra vez bajada;

la codicia, la guerra

sangrienta, ya del suelo

celtíbero huyen lejos, y vencidos

al cielo alzan los monstruos sus bramidos.

 

Otro tiempo el Tonante

sus rayos encendidos fulminaba

contra el tirano duro y ambicioso;

su fuego abrasador aniquilaba

las puertas de diamante,

y el déspota orgulloso

mientras fiado en la lealtad dormía

de sus guardas, con ellos junto ardía.

 

Tal el desapiadado

Lycaón, y tal el suegro de Linceo

sufren pena y tormentos inmortales;

que no borran del pálido Leteo

las aguas el pecado,

ni se acaban los males,

antes Alecto del azote armada

cruda castiga la nación malvada.

 

Mas ora el inocente

opaco bosque, y la floresta amena

de Júpiter airado los rigores

siente, y burla el perverso de la pena

debida a sus horrores,

y el cielo le consiente;

Huyamos ¡ay! las tierras habitadas

de iniquidad y vicios infectadas.

 

La Revolución Francesa

Suena tu blanda lira,

Aristo, de las Ninfas tan amada,

cuando a Filis suspira,

y en la grata armonía embelesada

la tropa de pastores

escucha los suavísimos amores.

 

Mientras mi bronco acento

dice del despotismo derrocado

de su sublime asiento,

y con fuertes cadenas aherrojado

el llanto doloroso rompo

al pueblo de la Francia tan gustoso.

 

Cayeron quebrantados

de calabozos hórridos y escuros

cerrojos y candados;

yacen por tierra los tremendos muros

terror del ciudadano,

horrible baluarte del tirano.

 

La libertad del cielo

desciende, y la virtud dura y severa;

huye del francés suelo

el lujo seductor, la lisonjera

corrupción, el desorden;

reinan las leyes con la paz y el orden.

 

El fanatismo insano

agitando sus sierpes ponzoñosas

vencido clama en vano;

húndese en las regiones espantosas,

y con él es sumida

la intolerancia atroz aborrecida.

 

Dulce filosofía,

tú los monstruos infames alanzaste;

tu clara luz fue guía

del divino Rousseau, y tú amaestraste

el ingenio eminente

por quien es libre la francesa gente.

 

Excita al grande ejemplo

tu esfuerzo, Hesperia: rompe los pesados

grillos, y que en el templo

de Libertad de hoy más muestren colgados

del pueblo la vileza,

y de los Reyes la brutal fiereza.

 

A mi amigo Lanz

¡Oh dulce Lanz! Mi juventud lozana

ya para siempre huyó, cual agostada

rosa, que brilla sólo una mañana.

 

Cerca está ya de mí la fatigada

corva vejez, de muerte precursora,

de achaques y quebrantos rodeada.

 

¿Dó estás, oh juventud? ¿Dónde está agora

de aquel semblante mío la frescura?

¿Dónde del claro Tormes la pastora

 

que del cáliz de amor ¡ay! la dulzura

me dio a gustar? Mi luz es eclipsada;

ya sepultado ¡ay! yago en noche escura.

 

Pronto la férrea Parca no aplacada

irresistible va a precipitarme

en el voraz abismo de la nada.

 

Dulce esperanza ¡oh! ven a consolarme:

¿Quién sabe si es la muerte mejor vida?

¿Quien me dio el ser no puede conservarme

 

mas allá de la tumba? ¿Está ceñida

a este bajo planeta su potencia?

¿El inmenso poder hay quien le mida?

 

¿Qué es el alma? ¿Conozco yo su esencia?

Yo existo; ¿dónde iré? ¿de dó he venido?

¿Por qué el crimen repugna a mi conciencia?

 

Si de toda moral la norma ha sido

nuestro propio interés, ¿por qué en la historia

siempre el perverso vive aborrecido?

 

¿Me es de Nerón odiosa la memoria

porque temo morir de sus crueldades

víctima? ¿Qué interés tengo en la gloria

 

de Foción? ¿Qué me importan las maldades

del infame Tiberio? ¿De Trajano

qué bien hacerme pueden las bondades?

 

No calumniemos el linaje humano:

el malo a las ideas generosas

un vil origen atribuye en vano.

 

No, Lanz: de las acciones virtuosas

estímulo es la noble simpatía;

El egoísmo vil de las viciosas.

 

De Helvecio errada la filosofía

convence en esta parte la conciencia,

que es de nuestra razón la mejor guía.

 

Vano fuera alegarnos la experiencia,

que sólo enseñar puede lo que ha sido;

quien lo que debe ser dice es la ciencia.

 

Tiranos y impostores se han unido

para ahogar la virtud, y yo me admiro

que sus esfuerzos más no hayan podido.

 

En todas partes la violencia miro

sobre el trono sentada, y exhalando

la libertad el último suspiro.

 

Del despotismo el horroroso bando;

la vil superstición, la intolerancia

la sanguinosa espada blandeando;

 

la feroz anarquía que la Francia

corre, y tala y asuela; cual abrasa

celeste rayo la suntuosa estancia

 

de reyes, junto con la humilde casa

del pobre labrador, y vuela ardiente,

consumiéndolo todo por do pasa.

 

¿Qué haces? ¿Dó te despeñas, imprudente

pueblo? ¿La libertad sin moral quieres?

¿Qué Dios te sopla este furor demente?

 

¿Piensas, atropellando tus deberes,

que más sean tus derechos respetados?

¡De cuán fatal error víctima eres!

 

Así es; los pueblos desmoralizados

hoy sus cadenas rompen, y otro día

se forjan grillos mucho más pesados.

 

De la ignorancia siempre la anarquía

ha sido inseparable compañera,

como la libertad lo es de Sofía.

 

Mas todos los delitos que esta fiera

comete, culpa son del despotismo,

en cuyo horrible seno ella naciera.

 

Así en Milton los monstruos del abismo

devoran con rabioso ávido diente

de quien les diera el ser el seno mismo.

 

¡Ah! sepamos templar hasta la ardiente

ansia del bien; el hombre es perfectible,

pero se perfecciona lentamente.

 

¿El efecto fatal de la terrible

revolución francesa cuál ha sido?

La guerra general, un lujo horrible,

 

el orbe por dos pueblos oprimido,

repúblicas y reinos devorados,

de Europa el equilibrio destruido;

 

de la filosofía los sagrados

principios por la chusma de escritores

con descaro increíble calumniados;

 

de cuanto del delirio en los furores

un populacho vil ejecutara,

culpados los más célebres autores.

 

El amor del trabajo, do cifrara

sus virtudes la clase laboriosa,

ora la sed del mando reemplazara.

 

Donde los proletarios su horrorosa

dominación ejercen, ¿la anarquía

qué vínculo social disolver no osa?

 

En el abismo de la tiranía

al pueblo precipita la licencia,

que por sus falsas máximas se guía.

 

Así el Vesubio lanza con violencia

de sus entrañas rocas inflamadas,

de la atracción venciendo la potencia.

 

Mas luego por su peso arrebatadas

caen, y abrasan los campos convecinos,

y sepultan ciudades desoladas.

 

Tal un pueblo empeora sus destinos,

cuando se entrega a locas sugestiones

de demagogos de alentar indinos.

 

Con las horribles exageraciones

de la revolución el despotismo

perpetuamente asusta a las naciones.

 

Como si el más absurdo fanatismo

de un vulgo vil fuera razón bastante

para que en un profundo parasismo

 

los pueblos se durmiesen, y triunfante

de los, esfuerzos de animosos pechos

la soberbia opresión fuera arrogante.

 

El hombre jamás pierde sus derechos;

cobrar la libertad es siempre justo;

rompamos nuestros grillos; que deshechos

 

al suelo caigan, y que pongan susto,

cayendo, a los tiranos macilentos

que nos oprimen con su cetro injusto.

 

Sofisma es confundir con los violentos

furores de la plebe arrebatada

de una nación los grandes movimientos.

 

Cuando la propiedad es respetada,

cuando la humanidad al pueblo guía,

cuando toda opinión es tolerada,

 

¿puede nacer acaso la anarquía

de una revolución sólo funesta

a los fautores de la tiranía?

 

Nueva lógica, amado Lanz, es ésta,

olvidar la violencia perdurable

del déspota, y la furia descompuesta

 

alegar de la plebe, cuya instable

cólera se apacigua en un momento,

como las olas de la mar mudable.

 

Más de tres siglos hace que el sangriento

infame tribunal del Santo Oficio

oprime a España con furor violento.

 

Y dos años, no más, el ejercicio

fatal de la anarquía duró en Francia;

¿cuál causa de los dos más perjüicio?

 

¿La riqueza, el comercio, la abundancia

de cuál de los dos pueblos han huido?

¿Dó esta el saber, y dónde la ignorancia?

 

Tal la revolución francesa ha sido

cual tormenta que asuela las campañas,

los frutos arrastrando del ejido.

 

Empero el despotismo las entrañas

deseca de la tierra donde habita;

cual el volcán que vive en las montañas,

 

y con perpetuo movimiento agita

el suelo, que su lava esteriliza,

y, cuanto más destruye, más se irrita.

 

La esclavitud es quien desmoraliza

los pueblos, quien sofoca los talentos,

y quien toda virtud inutiliza.

 

Ni tampoco están libres de violentos

vaivenes las naciones más esclavas,

y de internos terribles movimientos.

 

Cual mugen del Océano las bravas

olas, cuando la tierra se estremece,

y la mar rompe sus ferradas trabas;

 

un pueblo esclavo, cuando se embravece,

con sus cadenas se arma, y desbocado,

ningún delito en su furor le empece.

 

Contemplemos el suelo malhadado

de la Persia infeliz, de la Turquía,

por un dueño absoluto dominado.

 

Las discordias civiles, la anarquía

son siempre inseparables compañeras

del despotismo, y de la tiranía.

 

Y de consuno las monstruosas fieras

sangre beben, de sangre se alimentan,

y las naciones devorando enteras,

con llanto y sangre se sustentan.

Poemas de José Marchena

Mortal, débil mortal, tal es tu suerte

Mortal, débil mortal, tal es tu suerte;

los placeres más dulces nos fastidian;

Venus, la diosa Venus, que hermosea

la tierra que vivimos, y las flores

a manos llenas sobre el hombre esparce;

Venus, sagrada diosa, sus delicias

niega al mortal profano y corrompido,

que en un serrallo obscuro impenetrable

de eunucos y de esclavos rodeado

del dulce amor ignora los delirios.

¡Cuántas veces, amigo, cuántas veces

de amor en los placeres anegado

en ardientes suspiros el sensible,

el inflamado corazón se exhala

en brazos de mi Doris! ¡Cuántas veces

sus lágrimas mis besos enjugaron!

Y cuando Amor nos dio su dulce néctar…

nuestros sentidos todos embriagados

en deleites divinos, nuestra alma

gustó la dicha y el placer supremo.

 

A Santibáñez

Yo, aquel que la Academia no ha premiado,

ni de Bouillón el bárbaro diarista,

ni el bonazo Guarinos ha elogiado;

 

cuando me pica soy también coplista,

y enhilo a millaradas consonantes,

cual pudiera el más diestro repentista.

 

Que del seco Forner no los tajantes

reveses me amendrentan; no el graznido

de la chusma de cuervos discordantes.

 

¿Y quién a Vaca de Guzmán ha oído

de Clío tañer la trompa sonorosa,

que el disonante estruendo haya sufrido?

 

Las Dríades que habitaban en la undosa

margen de Henares, Columbano huyendo,

dejaron su morada deliciosa;

 

y mientras, en el Tormes con tremendo

desapacible son grazna Berilo,

y huyen las Ninfas el horrible estruendo.

 

Ninfas que del dulcísimo Batilo

oísteis la suave melodía,

¿dónde hallaréis contra Guerrero asilo?

 

¿Yo callar? ¿Y Trigueros cantaría

las majas y Lerena y la Riada,

con su insulsa y pesada grosería;

 

y de Iriarte la musa siempre helada

dramas tan regulares y tan fríos

como La señorita mal criada?

 

Pues ¿quién para escribir no cobra bríos,

viendo que hasta Forner tiene ya fama,

y de Huerta se loan los desvaríos?

 

No más, que ya la cólera se inflama,

ya la bilis rebosa a borbollones,

y ya brotan mis ojos viva llama.

 

Deja, amigo, que exhale en mis renglones

la rabia, y más que contra mí vomite

el bando de Forner mil maldiciones;

 

que no estimo siquiera en un ardite

su estúpida manada de escritores,

por más que alce el ahullido, y que más grite.

 

¡Desventurado siglo, en que de amores

Casal canta; Moncín y el ignorante

Labiano de comedias son autores!

 

¿Y no quieres que esgrima la tajante

espada de la mofa y la ironía

contra turba tan necia y tan pedante?

 

La adulación, la vil lisonja guía

las plumas, y se premian los escritos

que ostentan la más baja villanía.

 

Los pensamientos nobles son proscritos

antes de ver la luz, y sofocados

de la santa verdad los libres gritos.

 

Los libros a ministros dedicados

(archivos de vileza y de mentira)

por ellos los autores pensionados.

 

¿Pues quién esto contempla, y no se aíra?

¿Quién la literatura tan vilmente

la ve humillada, sin enojo ni ira?

 

Juraron mortal odio eternamente

la ciencia, el desengaño iluminado,

la potencia fiera y insolente.

 

El libro al poderoso dedicado

no contuvo jamás verdades duras,

que a los que pueden siempre han disgustado.

 

Derívase de fuentes tan impuras

hoy la ciencia de España, ¿y esperamos

ver sus aguas correr tersas y puras?

 

¡Oh cuán erradamente caminamos

al templo de la Fama, si siguiendo

de la vil protección las sendas vamos!

 

Que tal vez la grandeza va tejiendo

la red con beneficios, y cautiva

la ciencia que escapar no puede huyendo.

 

Busca el saber la libertad, y esquiva

el trato con el rico potentado

que frentes huella94 con la planta altiva.

 

Al esclavo el pensar no le fue dado;

Natura al que no hinca la rodilla

al tirano, este don ha reservado.

 

¿Y de la vil canalla que se humilla

al siervo de sus siervos, la ignorancia

quieres tú que me cause maravilla?

 

¿Te admira que trasplanten de la Francia

vocablos sin razón, y así amancillen

de nuestro idioma patrio la elegancia?

 

¿Que por hurten escriban ellos pillen,

Hago el amor, no estoy enamorado,

Y que manden en jefe y no acaudillen?

 

¿Que escriban en estilo afrancesado

tan confuso que siempre el pensamiento

escurecido queda o embrollado?

 

Bien merecen entrar también en cuento

los pedantes secuaces del purismo,

que carecen de gusto y sentimiento;

 

que si Mena no dijo fanatismo

reprueban esta voz, y escrupulosos

buscan en Marïana panteísmo.

 

Hay escritores fieles, y celosos

observantes de plan y de unidades,

y de reglas que siguen rigorosos;

 

sujetos siempre a tales mezquindades

hacen versos a estilo de gaceta,

que maldicen del Pindo las deidades.

 

Cual si pudiera hacer obra perfeta

el autor de La niña mal criada,

en despecho de Apolo hecho poeta;

 

que por huir de Góngora la hinchada

dicción, escribe trabajosamente

epístolas en prosa mal rimada.

 

Naturaleza y arte juntamente

si no concurren, por ganar se afana

el nombre de poeta vanamente.

 

Mas calla ya, mi Musa; que la insana

caterva de ridículos copleros

si quieres extirpar, empresa es vana,

y esgrimen contra ti ya sus aceros.

 

Oda a Lícoris

Después de un año entero

Venus ¡ay! no te cansas de abrasarme,

ni tú, Cupido fiero,

con inmortal dolor de atormentarme,

aunque en llanto sumido,

y de pena me tengas consumido.

 

El congreso sagrado

que en Francia destruyó la tiranía

por otros sea loado,

y del brazo francés la valentía,

que hiende en un instante

del despotismo el muro de diamante.

 

El pueblo su voz santa

alza, que libertad al aire suena;

el opresor se espanta,

y la copa del duelo bebe llena

que en crueza ceñido

ya hizo apurar al pobre desvalido.

 

¿Quién podrá dignamente

cantar los manes de Rousseau, clamando

libertad a la gente,

del tirano el alcázar derrocando,

la soberbia humillada,

y la santa virtud al trono alzada?

 

Que yo en amor ardiendo

sólo a Lícoris canto noche y día,

Lícoris repitiendo

por la montaña y por la selva umbría,

la cítara tocando,

y de mis ansias el ardor templando.

 

Los besos amorosos

que cogí de su boca regalada,

más dulces, más sabrosos

que la ambrósia por Hebe derramada;

su blanda resistencia

que grata convidaba a más licencia.

 

Y mis glorias pasadas

canto por siempre ¡ay! ya desparecidas,

tan por mi mal halladas

y cual tenue vapor desvanecidas.

¡Oh tiempo, cuál volaste,

y en qué dolor sumido me dejaste!

 

Así cuando el alcázar del Olimpo

Así cuando el alcázar del Olimpo,

el soberbio Mimante y los Titanes,

hórridos hijos de la dura tierra,

escalar intentaron, y de Atlante

el grave Pelïón agobió el hombro;

cuando cien lanzas blandeó Briareo,

de Encélado la mano poderosa,

arranca sierras y montañas lanza

contra el sagrado cielo, y ni el tremendo

rayo que Jove por los aires vibra

no le amedrenta, ni el feroz bramido

del Noto por Eolo desatado,

ni las olas que heridas del tridente

de Neptuno las tierras anegaban;

no el reluciente casco de Mavorte,

no le asustan de Apolo las saetas;

de Apolo que a la sierpe en otro tiempo

traspasó el cuerpo duro con mil flechas,

y en angustia rabiosa exhaló el alma

en negra podre y en veneno envuelta.

Tres veces tiembla la morada augusta

de las deidades: Venus y las Gracias

a lo último del cielo huyen medrosas;

las otras diosas siguen: los amores

se acogen a sus brazos, o en sus senos

se esconden, temerosos del peligro.

 

Sobre la crítica de una traducción por un italiano

¡Sagacidad de crítico estupenda!

El que la impugnación de Urquijo lea

de su obra formará cabal idea

aunque una letra de español no entienda.

Basta saber que escribe en castellano

como su impugnador en italiano.

 

Belisa en el baile

Cual rosa sobresale entre las flores,

o cual la luna en la mitad del cielo

a las estrellas todas señorea;

cual entre chozas de pajiza aldea

se levanta del suelo

el erguido palacio; así Belisa

abrasando de amor a mil pastores

entre las zagalejas sobresales,

y todos los zagales

la danza y las pastoras descuidando

absortos a Belisa están mirando…

 

Los sus ojos de fuego

que de un azul brillante

el Amor ha pintado

doquiera que los pone abrasa luego;

ni hay corazón helado

que su mirar no encienda en un instante.

El rubio y rizo pelo

en ondas mil de oro al aire dado

por el cuello nevado

desciende en largas trenzas hasta el suelo.

Cual se ve entre celajes

Febo en Abril sereno

ya cerca de Ocidente,

tal por entre las gasas y plumajes

se columbra tal vez el blanco seno

y su pecho que late blandamente.

Mas ella a danzar sale: las zagalas

le ceden envidiosas

el puesto: avergonzadas

la maldicen llorosas

con su belleza airadas;

mas la pastora amable

desarma su furor con risa afable.

¡Cuán concertadas son sus cabriolas!

¡Cuán muelle el paso! ¡Qué animado el gesto!

¡Qué viveza en la acción! ¡Cuánta finura

del cuerpo en el contorno delicado!

Las Gracias y el Amor la han maestrado

y a rendir corazones la han dispuesto.

¡Oh fatal condición! ¡Oh pena dura!

Belisa, que los Cielos han formado

para inspirar amor a los mortales,

de amorosos cuidados

exenta y libre su poder ignora.

Amor; tu harpón dorado

asesta y hiere de Belisa el pecho;

yo besaré gustoso mis cadenas;

voluntario me echo

el dogal apretado,

y de hoy más tu cautivo me confieso,

si tus grillos de lirios y azucenas

a mi Belisa echases

y en una misma cárcel nos juntases.

 

El amor rendido

Las pesadas cadenas

del despotismo atroz ufano hollando,

cantemos, lira mía,

el acordado tono al cielo alzando,

la presente alegría

y las pasadas penas;

libertad sacrosanta, tú me inspira;

que sólo libertad suene mi lira.

 

Mientras fue mi morada

la esclava Hesperia, del rapaz Cupido

la flecha penetrante

de aguda llaga el corazón ha herido;

hoy peto de diamante

a su punta acerada

oponer quiero, y, de firmeza armado,

sus amenazas arrostrar osado.

 

¡Oh deidad inclemente!

¡Oh Cupido implacable! ¡Oh santo cielo!

¿Qué beldad peregrina

Viene a las Galias del hesperio suelo?

¡Oh belleza divina!

A tus pies reverente

me postro humilde, y ante ti rendido,

Amor, confieso a voces, me ha vencido.

 

Al duro yugo atado

la cerviz humillada, al fiero en vano

perdón ¡ay Dios! le pido;

que en mis lloros se ceba el inhumano,

y al carro en triunfo uncido,

con el dedo mostrado,

el quebrantado cuerpo puede apenas

arrastrar las gravísimas cadenas.

 

De mis ojos cansados

huyó por siempre el apacible sueño,

y en perenes raudales

de amargo llanto el porfiado empeño

de mis penosos males

en mi daño obstinados

¡ay! los ha para siempre convertido,

y en quebranto inmortal ¡ay! me ha sumido.

 

Deidades sacrosantas

que en Olimpo subido hacéis manida,

muévaos mi humilde ruego;

apagad en mi pecho la encendida

llama de amante fuego;

postrado a vuestras plantas,

de vos aguarda un triste este consuelo;

mas ¡ay! que al desdichado es sordo el cielo.

 

¡Oh deidad sobrehumana!

A ti fue dado, hermosa, solamente

la pasada alegría

tornar ¡ay triste! al corazón doliente;

ablanda, diosa mía,

tu condición tirana;

mira cuál a tus pies ruego amoroso;

di una sola palabra, y soy dichoso.

 

Sobre la traducción de la muerte de César

Ayer en una fonda disputaban

de la chusma que dramas escribía,

cuál entre todos el peor sería;

unos Moncín, Comella otros gritaban.

El más malo de todos, uno dijo,

es Volter traducido por Urquijo.

 

El canto de Amarilis

Quitad allá las ciencias,

dejadme mis amores.

allá dispute el sabio,

otro piense, y yo goce.

Denme a mí de Amarilis

oír los cantos acordes,

que encienden en mi pecho

mil amantes ardores.

Que Florián a Trigueros

le colme de loores,

que Forner satirice,

y Guarinos elogie;

y que estas necedades

diviertan a la corte,

¿qué a mí, que odio los lauros

de Minerva y Mavorte?

¡Oh, pueda yo beodo

las suavísimas voces

escuchar de Amarilis,

y arder en sus amores!

La vida es deleznable,

veloz el tiempo corre;

pues gocemos placeres,

y evitemos dolores.

¿No ves marchito el prado,

y secas ya las flores?

¿No ves de escarcha y hielos

coronados los montes?

Unas en pos de otras

se van las estaciones;

la juventud con ellas

¡ay! huye y los amores.

Ligero el tiempo vuela;

pues ¡ah! no le malogres.

¿Qué sabes si más vida

te conceden los dioses?

Ya he visto yo los filos

de las tajantes hoces

segar la seca espiga

con las lozanas flores.

Vivamos y gocemos

antes que triste llores

tu engaño, y tu hermosura

la llames y no torne.

 

Sueño de Belisa

Belisa duerme: el céfiro suave

agita la violeta blandamente;

el arroyuelo corre mansamente,

y el padre Tormes con su ruido grave

teme inquietar su sueño regalado;

el Sol desde el Ocaso

lanza lánguidos rayos;

el Amor recostado

sobre el tierno regazo

de Belisa, le guarda el dulce sueño.

 

El cefirillo vivo

en fragantes olores empapado,

retozón y lascivo

ora el seno nevado

agita licencioso,

ora más atrevido

el labio sonrosado,

el labio de carmín besa amoroso.

 

¡Oh sueños verdaderos,

sueños que a los mortales

dicha pronosticáis o desventura!

Venid, venid ligeros:

ablandad ¡ay! la dura

condición de Belisa, y sus desdenes;

y mis acerbos males

mudad en un instante en dulces bienes.

 

Pintadle mi cariño respetoso,

y mi amante constancia y mi firmeza,

y mi ardiente pasión impetuosa;

quizá que ella piadosa

deponga su fiereza,

y me quiera una vez hacer dichoso.

 

Sueño; pues tú amansaste los rigores

de la que el dulce canto

de Batilo esquivaba,

de Batilo el honor de los pastores;

si te mueve mi llanto,

mi llanto que apiadara la onza brava,

de mi Belisa muda los desvíos

y… Mas ella despierta,

y su dulce sonrisa

es una prueba cierta

de que el Sueño escuchó los votos míos.

Mas ¡ay! que ella me llama; fuente pura,

pintadas florecillas,

y vosotras parleras avecillas

celebrad a porfía mi ventura.

 

Invocación a Venus

Aeneadum genitrix, divum hominumque voluptas

Engendradora del romano pueblo,

placer de hombres y dioses, alma Venus,

que bajo de la bóveda del cielo,

por do giran los astros resbalando,

pueblas el mar de voladoras naves

y la tierra fructífera fecundas:

por ti todo animal respira y vive;

de ti, diosa, de ti los vientos huyen,

ahuyentas con tu vista los nublados,

te ofrece flores la dedálea tierra,

las llanuras del mar contigo ríen,

y brilla en larga luz el claro cielo.

Al punto que galana primavera

la faz descubre, y su fecundo aliento

recobra ya Favonio desatado,

primero las ligeras aves cantan

tu bienvenida, oh diosa, porque al punto

con el amor sus pechos traspasaste;

en el momento, por alegres prados

retozan los ganados encendidos,

y atraviesan la férvida corriente.

Prendidos del hechizo de tus gracias

mueren todos los seres por seguirte

hacia do quieras, diosa, conducirlos,

y en las sierras altivas, y en los mares,

y en medio de los ríos caudalosos,

y en medio de los campos que florecen,

con blando amor tocando todo pecho,

haces que las especies se propaguen.

 

Lozanísimo Pasaje

¿Tal vez perecen las copiosas lluvias

cuando las precipita el padre Éter

en el regazo de la madre tierra?

No, pues hermosos frutos se levantan,

las ramas de los árboles verdean,

crecen y se desgajan con el fruto,

sustentan a los hombres y alimañas,

de alegres niños pueblan las ciudades…

Y donde quiera, en los frondosos bosques

se oyen los cantos de las aves nuevas;

tienden las vacas de pacer cansadas

su ingente cuerpo por la verde alfombra,

y sale de sus ubres retestadas

copiosa y blanca leche; sus hijuelos,

de pocas fuerzas, por la tierna hierba

lascivos juguetean, conmovidos

del placer de mamar la pura leche.

 

Descripción de la Tormenta

La fuerza embravecida de los vientos

revuelve el mar, y las soberbias naves

sumerge, y desbarata los nublados;

con torbellino rápido corriendo

los campos a la vez, saca de cuajo

los corpulentos árboles; sacude

con soplo destructor los altos montes;

el ponto se enfurece con bramidos

y con murmullo aterrador se ensaña.

Pues son los vientos cuerpos invisibles

que barren tierra, mar y el alto cielo,

y esparcen por el aire los destrozos.

No de otro modo corren y arrebatan

que cuando un río de tranquilas aguas

de improviso sus márgenes extiende,

enriquecido de copiosas lluvias

que de los montes a torrentes bajan,

amontonando troncos y malezas;

ni los robustos puentes la avenida

resisten de las aguas impetuosas;

en larga lluvia rebosando el río,

con ímpetu estrellándose en los diques,

con horroroso estruendo los arranca,

y revuelve en sus ondas los peñascos…

 

Aquel varón Griego

de cuya boca la verdad salía,

y de cuyas divinas invenciones

se asombra el universo, y cuya gloria,

triunfando de la muerte, se levanta

a lo más encumbrado de los cielos.

 

¡Oh tú, ornamento de la griega gente,

que encendiste el primero entre tinieblas

la luz de la verdad!…

Yo voy en pos de ti; y estampo ahora

mis huellas en las tuyas, ni codicio

ser tanto tu rival, como imitarte

ansío enamorado. ¿Por ventura

entrará en desafío con los cisnes

la golondrina, o los temblantes chotos

volarán como el potro en la carrera?

Tú eres el padre del saber eterno,

y del modo que liban las abejas

en los bosques floríferos las mieles,

así también nosotros de tus libros

libamos las verdades inmortales…

 

Expresión Feliz y Adecuada

Los sitios retirados del Pierio

recorro, por ninguna planta hollados;

me es gustoso llegar a íntegras fuentes

y agotarlas del todo, y me deleita,

cortando nuevas flores, coronarme

las sienes con guirnalda brilladora

con que no hayan ceñido la cabeza

de vate alguno las sagradas Musas;

primero, porque enseño cosas grandes

y trato de romper los fuertes nudos

de la superstición agobiadora,

y hablo en verso tan dulce, a la manera

que cuando intenta el médico a los niños

dar el ajenjo ingrato, se prepara

untándoles los bordes de la copa

con dulce y pura miel…

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