Poemas de José María Vaca de Guzmán

José María Vaca de Guzmán

Poemas de José María Vaca de Guzmán y Manrique, jurista y poeta español del siglo XVIII, cuya figura simboliza la transición entre el neoclasicismo y la exaltación heroica. Es célebre principalmente por ser el primer ganador de un certamen de la Real Academia Española con su poema épico Las naves de Cortés destruidas (1778), donde se impuso a un joven Nicolás Fernández de Moratín.

Su obra, impregnada de un profundo sentido patriótico y rigor métrico, refleja la influencia de la tradición clásica y los valores de la Ilustración. Miembro de la Real Sociedad Económica Matritense, Vaca de Guzmán cultivó la lírica y la épica a la par de destacar en el ámbito legal, manteniendo un equilibrio entre su fe religiosa y el pensamiento racionalista de su época. Su legado perdura como un pilar del academicismo hispano.

Granada Rendida – Romance endecasílabo premiado por la Real Academia Española en Junta que celebró el día 22 de Junio de 1779

…………….. un animo constante

Es acreedor del Cielo a los auxilios.

 

Desciende en mi favor del alto Cielo

Tú, que demuestras en el Vate Argivo

El verso digno de cantar las guerras,

Y hazañas de Monarcas y Caudillos:

Y dime, oh Musa, cómo conquistaron,

Siendo su Tutelar el Cielo mismo,

Los Católicos Reyes el Emporio,

En donde muere el Darro cristalino.

Apenas este Numen a la tierra

Mostró serenos sus azules visos,

A los espacios del luciente Toro

Trasladando del Sol el domicilio,

Y a la más fértil estación del año

Comenzó a enriquecer con su rocío,

Tributando al Abril flores el prado,

Música el ave, y danzas el ejido:

Cuando a España sus ecos dirigiendo:

Tiempo es, prorrumpe, ya de que tus hijos

Sacudan de una vez el torpe yugo,

Pues se cumplieron los decretos míos.

Dijo el Cielo, y España a sus acentos,

Dando treguas al triste parasismo,

De sus hijos la cólera provoca,

Que ya en furor convierten el conflicto.

La Corte de Boabdil sombras errantes

Alteran entretanto, interrumpido

El nocturno silencio, y de sus muros

Se lanzan melancólicos suspiros.

¡Ay, Granada, de ti! se oye que dicen

Los Agarenos Manes, y al bramido

Del Aquilón soberbio corresponden

De infaustas aves agoreros picos.

Todo es horror, y no de la tragedia

Se engañan los terribles vaticinios,

Cuando ya de la España sobre el Moro

Brillan desnudos los aceros limpios.

Buscan los Ricoshombres presurosos

Al prudente Consejo, que advertido

Del celestial favor, que los anima,

Su influjo ofrece unir con el divino.

Era el anciano de agradable aspecto,

Largo el cabello cano, y sin aliño,

Arrugada la piel, vivos los ojos,

Pronto a escuchar, y en resolver prolijo:

Ya tardo, ya veloz su movimiento,

Afable en trato, y en hablar medido:

Un báculo una mano manejaba,

Otra una antorcha de esplendor continuo.

Del pecho separó la inculta barba,

Y miró al Cielo con fervor activo

Sin desplegar los labios: se resuelve,

Parte, y lleva los Próceres consigo.

Entra en Sevilla, toca los umbrales

Del Real Palacio, llega al trono digno

De Isabel y Fernando, y les acuerda

Sus alientos con ecos persuasivos.

Príncipes, dice, Padres de la Patria,

Augustos siempre, Triunfadores, Píos,

A cuyo esfuerzo la indomable Europa,

El mundo todo es ámbito sucinto:

España, esa Matrona portentosa,

Que todo el Orbe suspendió a prodigios,

Terror del altanero Capitolio,

Embeleso del Celta y del Fenicio,

Desde el día, que turbio el Guadalete

(Del Cielo fue tan ejemplar castigo,

Él destruyó de España las riquezas,

Él redujo su fausto al precipicio):

Desde el momento, en que entregó a sus ondas

La libertad de la nación, y el brillo,

Que extinguieron las leyes de Witiza,

Y sepultó el desorden de Rodrigo,

Humilde resignada venerando

De la airada Deidad los altos juicios,

Ante sus aras con perennes votos

Su corazón en lágrimas deshizo.

No la engañó su tierna confianza:

Oyóla el Cielo, y suscito propicio

Los Pelayos, los Jaimes, los Alfonsos,

Los Fernandos, Ordoños y Ramiros.

La Discordia de sierpes coronada

Arroja en tanto su hálito nocivo,

Que a la Matrona enflaqueció las fuerzas

En sus Reinos opuestos y divisos.

El justo Cielo (por aquesta causa

Decretando pausados los alivios)

De la canalla vil, que la oprimía,

Permitió retardar el exterminio:

Pero al volcán, en que fabrica Lemnos

Las armas de los Dioses vengativos,

Corrió Himeneo, y encendió la tea,

Que a vuestro regio tálamo previno.

Se aplaude del Moncayo a Guadarrama

El enlace feliz: corren amigos

El Ebro y Duero: el Árabe se asusta

Viendo unirse a las Barras los Castillos.

Domasteis su altivez: y una mañana

El claro Dios sus ojos compasivos

Tendió sobre la España, y esforzado

Juró ampararla por el Lago Estigio.

Viendo al iluminarla con sus rayos,

Que faltaba el reflejo peregrino

En la piedra mejor de su corona

Empañada del pérfido enemigo,

¡Hasta cuándo, Deidad que así la afliges,

Exclamó al Cielo, la hallarán mis giros

En triste esclavitud! ¡Caben acaso

Tantas iras en ánimos divinos!

Ni hubo tardanza: condesciende el Cielo,

E inspira a España: España acude al brío

De sus hijos: me buscan, y conformes

A excitar vuestro espíritu han venido.

Es tiempo de vencer: vuelve a Granada,

Oh Fernando, que ya contarse miro

De Bulhaxix la casa en tus Palacios,

Las Montañas del sol en tus dominios.

Sus ágatas el alto Châridemo,

Genil su plata te consagra fino,

Te ofrece el Darro sus arenas de oro,

Y Guadix sus ligeros hipogrifos.

Tú a disponer el bélico aparato,

Oh nieta invicta del Augusto Enrico,

En Alcalá te quedarás en tanto,

Que gloriosa te avanzas al peligro.

No importa, no, que el arrogante pueblo

Se envanezca de haberos resistido

Tantos años: un ánimo constante

Es acreedor del Cielo a los auxilios.

Valor, Felicidad y Confianza

Os han de acompañar: caiga ese altivo

Coloso Mauritano, y en la Iberia

No suenen más del Alcorán los ritos.

Clame Belona, y a su voz horrenda

Se turbe el Reino infiel, desde el distrito

Que Almanzor baña, hasta las sierras que orla

Guadalentín con lazos cristalinos.

Vuestro el triunfo será, vuestra la gloria:

España, va con vos, el Cielo mismo:

Él se interesa en vuestro vencimiento:

Yo, que con esta antorcha os ilumino…

No acabó la razón. La Confianza

Se deja ver en hábito distinto

Del que otras veces la encubrió, y Fernando

Conoce el don, que al Cielo ha merecido.

Apoyóse el Consejo silencioso

Sobre el cayado, y ella el pecho invicto

Tocó del Rey, diciendo: en este centro

Por orden de los Númenes asisto.

Envuelto en una nube de humo y polvo,

Que dirige violento torbellino,

Todo cubierto de sudor y sangre

Se presenta el Valor enardecido.

Fijó la vista en el marcial congreso,

Alzó el nervioso brazo denegrido,

Y asiendo la Real mano: de esta diestra

Yo haré que tiemble el universo, dijo.

Se transparentan los dorados techos,

Y aparece del viento conducido

Un carro victorioso, en que a las llamas

Imitaban carbunclos y zafiros.

Manifiéstase en él el sacro bulto

De la Felicidad, que de improviso

Depuso el caduceo y cornucopia,

Y así de todos la atención previno.

Llevó la blanca mano con presteza

Al seno virginal, de cuyo archivo

Sacando con risueñas expresiones

Frondosos ramos de laurel y mirto:

Tejed, dice del séquito a los Genios,

Tejed coronas de marcial estilo

A Isabel y Fernando, cuyas sienes

Me manda orlar el soberano Olimpo.

Así los tres hablaron, y Fernando

No esperó más: el Cielo obedecido

Sea, dijo, Celtíberos valientes,

Que yo estoy con vosotros, y él conmigo.

Yo me pondré a la frente de mis tropas,

Isabel prorrumpió: yo en el designio

Empeñaré a mis Vándalos guerreros:

Yo armaré de furor mis Numantinos.

Llena en tanto las márgenes del Betis

La hispana juventud, como en estío

Negro escuadrón de próvidas hormigas

Corre a sus cuevas con el rubio trigo:

El valiente Extremeño, el Castellano

Se apresta, y de Cantabria lo florido,

Los que habitan del Júcar las orillas,

Los de Idubeda, y Puerto Brigantino,

Murcia abundante en piedras y metales,

Córdoba rica en fértiles olivos,

Las comarcas del Turia, y grande Ibero,

Y la que riega el Tormes fugitivo.

Y tú, del mar Señora, que recibes

Nombre y ser del magnánimo Barquino,

Diste también a tus amados Reyes

Soldados valerosos y escogidos.

Ni yo ingrato a la cuna, y monumento

De mis mayores, al silencio rindo,

O Madre de héroes, imperial Toledo,

El bélico furor de tus patricios.

Al Consejo los Reyes y sus tropas

Siguen, y llevan al Valor consigo,

Que asistiendo a la diestra de Fernando,

Influye en todos vengador y activo.

Así volviendo a la Ciudad de Alcides

La espalda ufanos, en sus pechos mismos

Trocaba la apacible Confianza

El horror de la lid en regocijo.

Corta los vientos, y su furia enfrena,

Templa el extremo del calor y el frío,

Y abre sendas, con todos halagüeña,

La alma Felicidad por el camino.

Así encontró al ejército brioso

Tercera vez la Aurora; mas no quiso

Volver al mar el hijo de Latona

Sin mostrarle el objeto apetecido.

De Granada se ven los chapiteles,

Y el gran Villena dice: ya diviso

A Granada, Granada, y por las tropas

Se oye Granada repetir a gritos,

Llegaron a unos plácidos lugares,

Amenos prados, cuyo dulce hechizo,

Formado de placeres inocentes,

Es poderoso imán de los sentidos.

Imitando de la hija de Taumantes

Opuesta al sol mil varios coloridos,

Su suelo esmaltan la morada viola,

El clavel rojo, y los azules lirios.

Febo aumenta su luz, mientras las auras

Se enriquecen con ámbares distintos:

Chupa la flor la abeja laboriosa,

Y rumian los ganados el tomillo.

En los álamos verdes Filomena

Suelta la voz con delicados trinos:

Itis la escucha, y lloran igualmente

De Progne, y de Tereo los delitos.

Hay una sierra, a quien la blanca nieve

Está siempre oprimiendo (los antiguos

Soloria la llamaron) cuyas puntas

Esconderse en la esfera han presumido.

Sus altas cumbres, célebre atalaya

Del mar de España, y clima berberisco,

Demuestran dos lagunas insondables,

Cuna del más dichoso de los ríos.

Nace de ellas Genil, y despeñado

Rápido corre hasta amansar su giro

En esta vega deleitosa, en donde

Se ve de bellas Náyades servido.

Filodoce la Ninfa más gallarda

Salió acaso a su orilla, y divertido

El pensamiento tuvo en los arroyos,

Que hacia ella corren entre grama y guijo.

Vio, y conoció las armas Españolas,

Y arrójase al cristal con el designio

De avisar a su Dueño, más ansiosa

Que en otro tiempo el infeliz Narciso.

Suenan las aguas con el golpe, y mueven

De tersa espuma blancos remolinos,

En tanto que Genil sacó la frente

Cenlida de amarantos y carrizos.

Puso los pies en la cerúlea concha,

Que le sirvió de asiento, y conocido

El gran Monarca, que su margen pisa,

Alzó al Cielo las manos, y así dijo:

¿Veniste, en fin, Conquistador famoso?

¡Oh causa digna del anhelo mío!

¿Veniste ya a vencer? ¿Que a ti triunfante

He de ver, y al Alárabe rendido?

Sí, Fernando, sí, Rey, así lo ordena

El Cielo santo, que su voz lo ha dicho:

Yo la oí, que en mis sierras resonaba,

Y en las cuevas también de mi retiro.

No más, no más, que mis arenas puras

Manche la torpe huella: no el impío

Descendiente de Agar lave su cuerpo

En el cristal que te consagro limpio.

Cantad, Ninfas, tañed, y a manos llenas

Dad flores a tal huésped: no indecisos

Estén los lauros de mi fresca orilla:

Desgajadlos, oh Ninfas, y rendidlos.

Bajaba ya la noche silenciosa,

Cerca estaba Granada, y para el sitio

Manda sentar sus Reales el Monarca

Del celoso Consejo persuadido.

Pero en lo más profundo de las sombras

Juzgó llenaba de esplendor divino

Una beldad su tienda, y que le hablaba,

Ni bien despierto estando, ni dormido.

Era hermosa en extremo, aunque sus ojos

Cubre un cendal más blanco que el armiño,

Y en sus manos llevaba misteriosa

Ofrenda celestial de Pan y Vino.

Yo soy la Fe, le dice, a quien conoces,

Yo cautivé tu religioso oído:

El Cielo manda, que en la heroica España

Acabe de tener mi trono fijo.

De ti fía la acción: cúmplela, y funda

En este dichosísimo distrito

Una ciudad, que con mi nombre alcance

De su Deidad el alto patrocinio.

Desaparece: y de Titón la esposa

Apenas el ejército lucido

De las estrellas ahuyentaba, cuando

Así dio el Rey a su razón principio:

Ya, vasallos, las órdenes del Cielo

Fuerza es cumplir: la Fe, que he recibido

En la sagrada fuente, me estimula

A hacerla de mi vida sacrificio.

Bien que nuestro valor y confianza,

Si tan grandes promesas examino,

Nos están aclamando vencedores

Del fiero orgullo, que a postrar venimos.

Al arma, pues: y ocúpense los montes,

Que a esta fértil llanura están vecinos:

Parte, oh Villena, y la altivez humilla,

Que abrigan las entrañas de esos riscos.

Dijo: y el gran Pacheco acelerado

Camina, y cual el lobo enfurecido

Turba el rebaño, que en callada noche

Reposa descuidado en el aprisco,

Se avanza, y de las pérfidas aldeas

Abrasa los humildes edificios:

Tembló la Capital, abrió sus puertas,

Y opuso sus Alarbes vengativos.

Pero Fernando, en cuyo sacro escudo

Se rompen los alfanjes enemigos,

Desbaratando la defensa débil,

La volvió a contener en su recinto.

Cunde el pavor en toda la comarca,

Y los soldados por el monte unidos

Queman los pueblos, y a las tiendas vuelven

Llenos de honor, y de despojos ricos.

Viene Isabela del Valor llamada,

Y al hollar el terreno Granadino,

Salve, repite, centro delicioso

De dulce vida, y de placer elisio.

Ya antes os vi: no es, campos de Granada,

Esta la vez primera que os admiro,

Ya os vi cuando quedó con sangre humana

De vuestras fuentes el raudal teñido.

Y aunque ahora con mis hijos, con mi esposo

En no apartarme hasta triunfar insisto,

Premiando el Cielo mi constancia, espero

Sin llamar a las Parcas conseguirlo.

El Cielo hará piadoso con los hombres,

Que sin el duro corte de sus filos

Rinda el Monarca bárbaro su Imperio,

Y España vuelva en sí de su deliquio.

Entonces el Consejo diligente,

En alas de su esfuerzo conducido

A Granada camina, donde expone

Así a Boabdil sus útiles avisos.

Huye, hijo de Albohacén, huye de España:

A África busca, ya a los mares Libios:

A las faldas te acoge del robusto

Atlante coronado de altos pinos.

O bien a esos dos Héroes (respetando

Del Cielo santo el inmortal edicto)

Cede el laurel, y su favor implora,

Aquel favor, que admiran los rendidos.

Yo vi, yo vi al Valor siempre a su lado:

Yo a la Felicidad también he visto

Volver la espalda a tu infelice solio:

Contra ti el Cielo está, teme su juicio.

Él hizo descender la Confianza

A las armas de España, y al Presidio

De Santa Fe se acogen, que en tus tierras

Levantan ya los Españoles mismos.

De allí no faltarán, que son constantes,

Y religiosos son, hasta rendiros

A la penosa angustia del asedio,

O al destrozo sangriento del cuchillo.

Discurrió un sudor frío por los miembros

Del Monarca a esta voz: lloró cautivos

Sus vasallos en trágicas refriegas,

Y vio en sus torres ya a sus enemigos.

Ríndese a tantos males, y llamando

A Abulcacín su Alcaide: al fin perdimos

Nuestro Reino, le dice, y nuestra patria:

¡Oh patria! ¡Oh compañeros! ¡Oh destino!

¿Cobré para esto el usurpado trono?

¡Cuánto mejor, ilustres Granadinos,

Hubiera sido que Abohardil reinase,

Aunque perverso, aunque traidor, e inicuo!

¡Cuánto mejor, que el que manchó su fama

Con el crimen de injusto fratricidio,

Derrámase, enemigo de su sangre,

Junta con la del padre la del hijo!

¡Cuánto mejor…! Mas ¡ay, que ya no es tiempo

De tanta reflexión! Ya es desvarío

No ceder a la fuerza: el oponerse

Ya no será valor, sino delirio.

Escucha, Abulcacín, lo que te manda

Tu Señor, y tu Rey, Boabdil tu amigo:

No lo perdamos todo: ve a Fernando,

Y dile… Me estremezco al proferirlo:

Di a Isabel, que a sus armas invencibles

Granada se rindió. Busca el partido

Mas ventajoso a tu infelice patria:

El Cielo es el autor, yo su ministro.

Diciendo aquestas últimas palabras,

La cabeza inclinó, y por el vestido

Viendo correr las lágrimas amargas,

Se oyó de los Vasallos un suspiro.

Parte el Alcaide a Santa Fe, y Fernando

Con blanda condición, rostro benigno

Le recibe, y remite sus propuestas.

A dos, que la prudencia ha distinguido.

Hernán de Zafra, eterno a las edades,

Y Gonzalo de Córdoba el invicto,

Que de Gran Capitán alcanzó el nombre

Sobre Alejandros, Héctores y Pirros.

Trataron algún tiempo los conciertos,

Que al fin las partes juran por escrito:

Del vencedor glorioso monumento,

Modelo de piedad con el vencido.

Alégrase Boabdil de los tratados,

Y los suyos con él; pero atrevido

El insano Furor con torpe insulto

Amotinó los ánimos tranquilos.

Y puntas mil flechando envenenadas

Con zumo del eléboro nocivo,

Que la nevada sierra le aprontaba,

Su corazón en llamas convertido,

Turbios los ojos, pálido el semblante,

Los labios entre espumas mal distintos,

Erizado el cabello, y rechinando

Los horrorosos dientes denegridos,

La Ciudad corre en torno: ya blasfema,

Ya hiere el pecho a golpes repetidos,

Ya rasga las inmundas vestiduras,

Y así delira el bárbaro prodigio:

.¿Qué demencia, no ya Moros valientes,

Torpes hijos del ocio, qué maligno

Espíritu os gobierna? ¿Qué letargo

Os pone de vosotros en olvido?

¡Oh vil generación! ¿Y sois vosotros

Los fieros, e indomables? ¿Producidos

Sois de aquellos Varones generosos,

Que rindieron de España el poderío?

¿Vos sois de aquellos Moros descendientes,

Que Junquera admiró? ¿De aquellos mismos,

Que dieron muerte a Aznar: que a las Iglesias

Quitaron sus Hermogios, y Dulcidios:

Destrozaron sus Reyes, y a la Ceca

Con denuedo trajeron inaudito

De su Apóstol los cóncavos metales,

Que en lámparas quedaron convertidos?

¿Y tú, Boabdil, de la Nación afrenta,

Así tu patria entregas? No imagino,

Que humanos pechos, ponzoñosa sierpe

Te convidó con su alimento a silvos.

Los Ismaeles, Muleyes y Levines

No así el trono trataron. Al indigno

Sucesor deponed, Árabes nobles,

Que al Nazareno vil quiere abatiros.

¿Pensáis, que guarden los sagrados pactos?

¿No advertís su doblez, sus artificios?

¿Juzgáis no vengarán su yerta sangre?

¡Oh cómo os burlarán los fementidos!

Os robarán esposas y tesoros,

Degollarán los inocentes niños,

Las Agarenas vírgenes honestas

Víctimas han de ser de su apetito.

Ya el espantoso son de las cadenas,

Que os harán arrastrar, los duros grillos

Que a los pies llevaréis, vuestros lamentos

Escucho resonar en mis oídos.

Veo la sangre mora derramada,

El baldón del Profeta (me horrorizo)

El oprobrio, el infame abatimiento,

La infausta esclavitud, el cruel martirio.

No habló mas: contra el Rey clama la plebe,

La Confianza la templó: imprevisto

Llegó el Valor, y al monstruo sedicioso

Lanzó al averno, del cabello asido.

¿Quién eres, huésped? ¿Qué fatales casos

A la región del llanto te han traído?

La negra Juno preguntó, y él luego

Hablando así, sus dudas satisfizo:

Pues el dolor, oh Reina, inexplicable

Me mandas renovar, de haber perdido

En la alta España a impulso de los Godos

Las Lunas Africanas el dominio:

Escucha en breve el último trabajo,

Que van a padecer, aunque al decirlo

Se estremezca la mente, aunque tu Imperio

Gima al horror, que absorto le anticipo.

Yace cerca de Ilíberis, exenta

De los rayos del sol, y sorda al ruido

De hombres y fieras una cueva obscura,

Que albergue fue del Nigromante antiguo.

Gar en idioma Arábigo se nombra,

Y los soldados de Tarif, unido

El vocablo al de Nata, patria suya,

Así al Pueblo llamaron, que describo.

Pobláronle, y Metrópoli erigióse

De un opulento Reino: fue temido

El nombre de Granada por el Orbe:

Fue; pero ya su pompa se deshizo.

Está impreso en la mente soberana,

Que abusó del poder, y el infinito

Distribuidor de bienes, y de males

No olvida, aunque retarde los castigos.

¡Oh con cuánto pavor a la memoria

Se me ofrece la voz de un adivino,

Que en la invasión de Zahara ignominiosa

El triste fin de la Nación predijo!

Encendióse Aragón, ardió Castilla,

Rugió feroz., injustamente herido

El León de España, y viose en aquel tiempo

Fernando de sus tropas por caudillo.

Ríndese Halama, y solicita en vano

Recuperarla el Sarraceno brío:

Cayó por tierra el Septenil famoso,

Y destrozaron a Alora sus tiros.

Se entregó Ronda, se entregó Marbella:

Cambil, y Albahar postraron sus Castillos:

Moclin, Illora. Loxa, Zagra, Baños,

Bentome, y Vélez yacen oprimidos.

Ceden Vera, Guadix, Baza, Almería,

Salobreña. Almuñécar, donde el Tirio

Ambicioso homicida de Siquéo

A Axis, Ciudad antigua, dio principio.

Ya los ásperos montes de Axarquía

Las derrotas no ven del enemigo:

Ya Gibralfaro a Málaga la excelsa

Mira ocupada, y al Zegrí cautivo.

Como en mar borrascoso la alta roca

Contrastando el embate repetido

De altivas olas, y furiosos vientos,

Inmóvil burla su tesón continuo,

Así Granada resistió diez años

A esos Reyes; mas ellos han sabido

Oponer a esta noble resistencia

La constancia, su heroico distintivo.

Del Cielo descendió la Confianza,

Y aun no ha corrido el sol los doce signos

Después que de Sevilla nuevamente

Partieron empeñados en el sitio.

No levantarle hasta vencer intentan;

Mas ya el Árabe (afrenta es referirlo)

La Ciudad rinde: clamo yo, y me arroja

Aquí el Valor, porque a la plebe irrito.

Dijo el Furor: y los Tartáreos Genios

A la espalda los brazos del vestigio

Ligan con cien cadenas, aumentando

El infernal horror sus alaridos.

Boabdil en tanto con preciosos dones

De cimitarras, jaeces, y castizos

Hijos del Betis a Fernando aplaca,

Le llama, y le recibe en el camino.

Arrójase a sus plantas: tuyos somos,

Tuya es Granada, dice, el Cielo quiso

Hacerte vencedor: la Confianza

Me anunció tu clemencia, y a ella aspiro.

Ya dos auroras el sañudo Enero

Numeraba, y los Jeques distinguidos

Del pueblo de Ismael borrar mandaron

De la Égira el fatal día impropicio.

Las llaves tomó el Rey, y entró en la Alhambra:

Acuérdame su triunfo esclarecido,

Caliope heroica, y más divino fuego

Deba a tu inspiración el plectro tibio.

Rayaron cuatro soles, y ostentoso

El público aparato se previno:

Adornaron las torres los pendones,

Y creció en Bibarrambla el fiel bullicio.

El Rey, la Reina, el Príncipe, los Grandes,

Los Infanzones nobles y aguerridos,

Depuestas ya las túnicas de Marte,

Visten de Adonis galas y atavíos.

Oro, perlas, crisólitos, topacios,

Diamantes, granas y plumajes rizos,

A Ofir retratan, al Oriente copian,

Y desdeñan las púrpuras de Tiro.

Trocóse el son del parche en melodías,

Y la algazara pavorosa en himnos:

El cañon, antes lengua de la muerte,

De salvas puebla el ámbito festivo.

En los templos el Cielo los inciensos

Afable recibió: voló al Empíreo

La Confianza, y coronó a los Reyes

El Valor con pacíficos olivos.

Enjugó España el llanto, bendijeron

Sus Príncipes al Cielo agradecidos,

Y la Felicidad juró a este Numen

No separar del trono sus oficios.

Cayó el cetro fatal de Proserpina,

Y al triste golpe retumbó el abismo,

Maltrataron las Furias sus cabellos,

Ladró el Cerbero, y se irritó el Cocito.

Rodó del hombro a Sísifo el peñasco

Sin subir a la cumbre, y miró Ticio

Sus sangrientas entrañas palpitando,

Del buitre detenidas en el pico.

Así, oh Reyes Católicos, triunfasteis,

Cuyo excelso renombre os dejó escrito

La sagrada Ciudad de siete montes

En la memoria eterna de los siglos.

José María Vaca de Guzmán

Las naves de Cortés destruidas – Canto premiado por la Real Academia Española en Junta que celebró el día 13 de Agosto de 1778

Frangere nec tali puppim statione recuso, Arrepta tellure semel.  Virgil. Aeneid. 10.

CANTO

– I –

Hijos de Palas, ínclitos varones,

Imágenes gloriosas de su aliento,

Las armas suspended, y las Naciones

Oigan la hazaña, que cantar intento,

Con que a su gente, y bravos Campeones

Supo empeñar al último ardimiento

El Héroe grande, que enlazó al Hispano

El opulento Imperio Mexicano.

 

– II –

Grata a mis votos ven: desciende, Clío,

Y baña mi expresión en luces bellas:

Furor divino inspira al verso mío,

Y seguiré sus peregrinas huellas:

Del Etíope adusto al Scita frío,

Levantaré su fama a las estrellas,

Su heroica acción ensalzaré de suerte,

Que triunfe del olvido y de la muerte,

 

– III –

Pisaba yo del claro Manzanares

Una tarde las márgenes amenas,

Que dan envidia a los soberbios mares,

Que saludan de Alcides las almenas,

Cuando a la vista de los regios Lares

Besan el pie sus húmedas arenas,

Tejiendo lazos de cristal profundos,

Al augusto Monarca de dos Mundos.

 

– IV –

Divertida mi vista en la corriente,

Con sus hondas risueñas y sencillas,

A objeto superior lleve la mente,

Y ¡oh sacras, dije, fértiles orillas,

Del que tiene por cuna de su oriente

Las sierras, que dividen las Castillas!

En vosotras prendió, mas que en su cumbre,

Del Numen Delio la radiante lumbre.

 

– V –

¡Feliz patria (al Emporio coronado

El semblante volviendo, repetía)

De tanto noble ingenio iluminado

Del fuego de la dulce poesía,

Cuyo elogio, a las Musas reservado,

La voz desdeña, y la alabanza mía!

¡Dichoso suelo! ¡Célebres umbrales!

Ocupación de siglos inmortales.

 

– VI –

¡Dichoso suelo! Pero ¡más dichoso

Español clima, que su ardor fomentas,

Y objeto digno, asunto generoso

En héroes invencibles les presentas!

Héroes, que de tu espíritu brioso

En tus mismas entrañas alimentas,

Y de la guerra intrépidos Leones

A rugidos asombran las regiones.

 

– VII –

Cuna de Marte, que mostrarnos puedes

Triunfos, conquistas, bélicos afanes:

Tú a Roma afrentas, a Cartago excedes:

Tú produces los fuertes Capitanes:

En tus Vibares, Córdobas, Paredes,

Peláez, Toledos, Ponces y Bazanes

A respetar se dan del Orbe todo

La cuna Ibera, y el origen Godo.

 

– VIII –

En tales pensamientos divertido

Las épocas de España repasaba,

Contra la injuria del ingrato olvido

Sus memorables fastos recordaba:

Campo fecundo descubrió el sentido,

Y de hazaña en hazaña meditaba,

Cuantas empresas daba a los ingenios

El alto honor de sus marciales genios.

 

– IX –

Cuando un éxtasis dentro de mí mismo

Siento, que dulcemente me enajena:

De sublimes ideas de heroísmo

Avisa al pecho, y el discurso llena:

En un deliquio tal, en tanto abismo

Voz imperiosa a mi ilusión resuena,

Que, de la esfera sacra desprendida,

Ocupa el viento, y mi atención convida.

 

– X –

Alza los ojos, dijo: y yo humillado,

El celestial decreto obedeciendo,

Cada vez más absorto y transportado,

Juzgué que una Matrona estaba viendo.

Hermoso su semblante, aunque tostado,

La majestad con el agrado uniendo,

Demostraba, que saben las Deidades

Pedir cultos, rindiendo voluntades.

 

– XI –

En vez de mirto, o de laurel, ceñido

Un penacho de plumas ha su frente:

El cuello ricamente guarnecido

De finísimas perlas de Occidente:

De los hombros con joyas distinguido

Un regio manto de algodón pendiente,

Y de nubes, por trono a su decoro,

Pisaba un globo con sandalias de oro.

 

– XII –

Puesta la diestra mano en la mejilla,

Un arco a la siniestra acomodaba,

Llena de flechas en la espalda brilla

Sobre el cabello la dorada aljaba,

Y en dos columnas, que a sus pies humilla,

Los caracteres de Hércules burlaba,

Dando a entender, que a fuerzas españolas

Fijar no pueden límite las olas.

 

– XIII –

En himnos cantan su dominio extenso

Los Genios de su espíritu parciales:

Otros sus triunfos, su poder inmenso

Aplauden con bocinas y timbales:

Estos abrasan en su honor incienso:

Aquellos llevan las insignias reales,

Y terminando el júbilo ruidoso,

Le sucedió un silencio prodigioso.

 

– XIV –

Callaron todos con el rostro atento:

Suspéndense de Mantua los pastores:

Párase el río, y su benigno aliento

No comunica el céfiro a las flores:

Hasta Febo, pendiente de su acento,

Dibujando en las plumas mil colores,

Según me le pintó mi fantasía,

Quiso alargar los términos del día.

 

– XV –

¡Oh joven! (el prodigio de mi idea

Prorrumpió, hablando al parecer conmigo)

Los cielos quieren, que tu norte sea,

Y he de partir la admiración contigo:

Los blasones de España el mundo vea,

Pues América soy, de ellos testigo:

Ellos ilustran de Belona el Templo:

De ellos Hernán Cortés será el ejemplo.

 

– XVI –

No le demuestro, el ímpetu, domando

De la undosa vertiente de Grijalva,

Sus aguas con la sonda penetrando,

Hiriendo el aire con horrenda salva:

No entre los dardos del opuesto bando,

No en los pantanos donde le halla el alba,

Ni siguiendo al contrario presuroso,

Ni en Tabasco aclamado y victorioso.

 

– XVII –

No vencedor del Águila brillante,

Que al Tlaxcalteca a guerras estimula,

O con imperio, que al traidor espante,

Abrasando las torres de Cholula,

O aprisionando al Rey más arrogante,

Que de mi clima el septentrión adula,

O rompiendo a Narváez, o la ira loca

Castigando del fiero Qualpopoca.

 

– XVIII –

Callaré a Otumba y su feroz campaña,

Que estremeció los montes de la luna:

Los peligros de Chalco en la montaña:

Tanto choque naval en la laguna,

Hasta que preso Quaticmoc, España

Su imperio holló sin resistencia alguna,

Mientras del sol los puros rosicleres

La tez doraban de la hermosa Ceres.

 

– XIX –

Descubra el mar del sur; las perlas y oro

Que encierra en sí de espléndidos quilates:

Tehuantepec rebelde su desdoro

Sienta, y Panuco bélicos combates.

No así le pinto: al Cáucaso y Peloro

Suba su nombre: el Tigris y el Eufrates

Rindan postrados su corriente ufana

A los timbres del fértil Guadiana.

 

– XX –

Si quieres ver el ánimo valiente,

Que tanta gloria a tu Nación, ha dado,

Prevenido en los riesgos, y prudente,

Resuelto en las empresas, y arrestado,

Un General de la española gente,

Cuyo valor el mundo ha respetado,

En el grande Cortés lo verás todo,

En el grande Cortés, mas de este modo:

 

– XXI –

En ese lienzo que el arrojo mío

Arrebató del Templo de la Fama,

(Dice, y con soberano poderío

A que le muestren a sus Genios llama)

Verás el corazón, verás el brío

Que infatigable la Deidad aclama.

¡Oh cuándo callará su trompa, cuando

Olvidará esta hazaña de Fernando!

 

– XXII –

Yo volveré la copia a sus altares,

Y mi delito indultará la Diosa;

Pero atiende primero, y no te pares

En inquirir la mano prodigiosa:

Dones fueron del Cielo singulares:

Luces el sol la dio, matiz la rosa,

Y alma Cortés: que saben sus laureles

Comunicar su gloria a los pinceles.

 

– XXIII –

Ese salobre espacio, que retrata,

Manso ofreciendo al Español, en vano,

El regreso, que él propio se dilata,

A mis Islas, o al seno Gaditano:

Ese portento, de flexible plata

Es el célebre Golfo Mexicano:

Ese el teatro, donde el mar de Atlante

Al Castellano veneró triunfante.

 

– XXIV –

Aquese pueblo, que su costa mira,

Cuya fuerte muralla fue creciendo

No al dulce son de la tebana lira,

Sino al clamor de la trompeta horrendo,

Es Villa-Rica, que mi suelo admira

Primicias nobles del marcial estruendo,

Con que animó Cortés sus Campeones

A levantar eternas poblaciones.

 

– XXV –

Aquel es el católico estandarte,

Que adorado por esos mares vino,

Donde, a la voz de la piedad, el arte

La señal estampó de Constantino:

Futuras dichas su esplendor reparte,

Y en la prosperidad de su destino

Es contra tanto bélico embarazo

De ella el impulso, de Cortés el brazo.

 

– XXVI –

Del nuevo Cid, del Español Aquiles,

A cuya hazaña tu atención conduces,

Son esas cajas, picas y fusiles,

Esos cañones, balas y arcabuces.

Él previene rodelas y escaupiles(1):

Él a los nobles brutos andaluces

O templar sabe la pasión fogosa,

O enardecer la cólera espumosa.

 

– XXVII –

¿Qué otra cosa te dice ese trasunto,

Qué trabajó el pincel con arrogancia,

Sino que recopila en sólo un punto

Todo el valor de España, y la constancia?

Allí ves las pavesas de Sagunto:

Allí están las cenizas de Numancia:

Mira allí tus Celtíberos atroces:

Aquellos son tus Cántabros feroces.

 

– XXVIII –

Suya es esa progenie de guerreros,

Esa que llena mis alegres días,

Sino es que ya se reproducen fieros

En Alvarados, Dávilas, Mexías,

Y Escalantes, que en jaspes duraderos

Graban su nombre, y las venturas mías:

Hijos del Sol determiné adorarlos:

Eran vasallos del invicto Carlos.

 

– XXIX –

Pero verás las naves españolas,

En que Alaminos, diestro Palinuro,

Llevarlos supo por extrañas olas,

Y preservarlos del naufragio duro,

Ya abatiendo sus ricas banderolas,

Zozobrar en el puerto más seguro,

El ancla fija, el mar sin movimiento,

El cielo claro, sosegado el viento.

 

– XXX –

Corren el marinero y el piloto:

Jarcia y velas solícitos redimen.

¿Qué borrasca, dirás, qué airado Noto,

Que encalladoras Sirtes las oprimen?

¿Qué Scila, que Caribdis las ha roto,

Que hado fatal, que las Nereidas gimen?

¿Qué tirano poder turba importuno

La eterna paz, que las juró Neptuno?

 

– XXXI –

No han sido, no, del Euro los enojos,

No la saña de Tetis las confunde:

Felices son, no trágicos despojos,

Los que a la playa el piélago difunde:

Vuelve al insigne Capitán los ojos,

Que allí a las tropas su coraje infunde.

Ese es Cortés, cuando en la arena mía

Resonaba su voz, que así decía:

 

– XXXII –

En fin, llegó la suspirada aurora,

Ilustres compañeros en mi suerte,

De la hazaña mayor: el mundo ahora

Tema, al saberla, vuestro brazo fuerte:

Que no os asusta, mi atención no ignora,

La hambre, el cansancio, la prisión, la muerte:

Muerte, que es vida del honor, muramos,

Y de una vez del mar nos despidamos.

 

– XXXIII –

Si aparenta catástrofe infelice

De esos buques la suerte inesperada,

Yo decreté su fin: yo los deshice:

Yo cerré el paso de la patria amada:

No así os ofendo: no el temor me dice

Que volveréis la espalda con la Armada:

De vuestro pundonor sé que es ajeno,

Por eso como inútil la condeno.

 

– XXXIV –

Aunque escucharse del opuesto clima

La voz parezca de la esposa amable,

El hijo tierno en su regazo gima,

Suspire el padre anciano y venerable;

Sé que el honor sus quejas desestima,

Que es la cera de Ulises despreciable,

Que está de más la astucia en los oídos

A la débil ternura endurecidos.

 

– XXXV –

Si el eco de la sangre es halagüeño,

Es glorioso también: los ascendientes

Inspirar saben el heroico empeño

Que ha de llevarse a las remotas gentes.

Cuando en la cuna se os llamaba el sueño

Con cantares y arrullos diferentes,

Lauros de vuestros padres os cantaban,

Que a Isabel y Fernando coronaban.

 

– XXXVI –

A su denuedo Nápoles se humilla,

Rinde el toscano mar ondas serenas:

Las armas de Aragón y de Castilla

Quebrantan de Navarra las cadenas:

Y huyendo Boadelin de su cuchilla,

Embotada en cervices Agarenas,

Su destrozo en Granada acaba el rayo,

Que en Covadonga fulminó Pelayo.

 

– XXXVII –

Ellos, como vosotros, oprimieron

La espalda de ese monstruo cristalino:

De la Europa también se desprendieron,

Al África llevando el blanco lino:

A Orán ganaron, al Peñón rindieron;

Tembló de su poder el Argelino,

Y tributaria se postró a su amago

La altiva sucesora de Cartago.

 

– XXXVIII –

Así venzamos, los que así nacimos:

Nuestro es ya su valor, nuestro su acero:

La tierra hollamos, que a vencer venimos:

Perezca pues el leño, lisonjero;

No a transportar tesoros le trajimos:

El grande Carlos, Carlos el Primero,

Despreciador del oro y la riqueza,

En sus héroes coloca su grandeza.

 

– XXXIX –

Los hombres, que malogra la milicia,

Mientras cuidan el débil armamento,

Triunfos son, que el Monarca desperdicia,

Reprimido en sí mismos su ardimiento:

Bisoños son: la militar pericia

No les dictó su vario movimiento,

Ni hollaron nieves, ni sufrieron soles;

Pero tienen valor: son Españoles.

 

– XL –

Roto el imán de la esperanza necia,

Reforzarán mi tropa reducida:

Al menor de ellos mi afición aprecia,

Si llego a ver su cólera encendida,

Más que a cuantos bajeles armó Grecia

Contra la injuria del pastor del Ida:

Sucedan pues las picas a los remos,

Y por ellos dos veces venceremos.

 

– XLI –

Sí, soldados, el rostro de la guerra

Es a la Hesperia grato: delicioso

El son del parche, que al cobarde aterra:

El eco del clarín armonioso:

Ni extraña, pienso, que nos es la tierra,

Ni mi ejército poco numeroso:

De España somos: si en la lid entramos,

Nuestra es toda la tierra que pisamos.

 

– XLII –

Y cuando a las edades venideras

Con tan vasta conquista (o Tiempo) asombres,

Dirás, que contra inmensas huestes fieras,

Valieron por ejércitos mis hombres.

En la altura pondrás de las esferas

Con letras de oro sus excelsos nombres,

Y el Cielo admitirá tu fiel desvelo,

Pues la causa que siguen, es del Cielo.

 

– XLIII –

Ya a favor nuestro se explicó en cometas,

Que en la luz clara, y en la noche fría

Ofuscaron la faz de los planetas

Con lúgubre, mortal melancolía:

De serpientes de fuego las inquietas

Ráfagas de Aquilón pobló algún día,

Y herido del pavor este hemisferio,

Vio cercana la ruina de su Imperio.

 

– XLIV –

Nuestro furor los vaticinios llene,

Con que infaustos oráculos le afligen:

Los poderosos cetros encadene,

Que a Iztapalapa, y a Tezcuco rigen:

La gran Temixtitlan se desordene,

Y a pesar sufra de su ciego origen,

Colocados en su alto Capitolio

Del hijo de Filipo estatua y solio.

 

– XLV –

Huitzilopoztli, numen insaciable,

Monstruo sediento de la sangre humana,

No como en otros tiempos formidable,

Sus flechas sin vigor, su sierpe vana,

En el ara se estrelle detestable,

Precipitado de la azul peana,

Y el Sacerdote en lastimosos gritos

Llore el baldón de sus inmundos ritos.

 

– XLVI –

Así lo manda el religioso Numa,

Que tan noble piedad tomó a su cargo:

Por él surcamos de salobre espuma

Incierto rumbo, peligroso y largo:

Despertará el terrible Motezuma,

Despertará de su mortal letargo,

Y dará el cetro a Emperador más digno,

Más justo Juez, Monarca más benigno.

 

– XLVII –

Cesarán los prodigios, los obscuros

Visos del sol envuelto en arreboles:

Verá el gran lago sus reflejos puros:

Serán los Indios nuevos Españoles.

Olvidarán sus elevados muros,

A sus Axayacaces(2) y Ahuitzoles,

Y el Nuevo Mundo admirará en su infancia

La justicia, la paz y la abundancia.

 

– XLVIII –

Plazas, templos, palacios y jardines

Serán ya admiración, y ya recreo:

Con mitotes(3) en públicos festines

Brindará esta región al Europeo:

Nos traerá de sus más remotos fines

Nácar y perlas, que cuajó Nereo,

La grana con que al múrice retrata,

Las piezas de oro y láminas de plata.

 

– XLIX –

Tepequaquilco ofrecerá rendido

Anime(4), que a sus Númenes aplaca:

Lucientes piedras de valor subido,

Y bálsamos fragrantes Tepeaca,

Maderas Quahuacan, que ha producido:

Toluca tilmas(5): púrpuras Oaxaca:

Tlauhquitepec las olorosas gomas:

Tlachco la dulce miel y las aromas.

 

– L –

En sus Ministros ha sus claros Reyes

Así demostrarán el amor tierno:

Tendrán al recibir las sabias leyes

Por don del Cielo su feliz gobierno,

Y mientras en sus palmas y magueyes(6)

El joven de Austria se dibuja eterno,

En Europa por glorias tan inmensas

Las plumas cansaremos y las prensas.

 

– LI –

Estos son los laureles, que los hados

Destinan a los hésperos alientos:

¿Y el premio de los árboles sagrados,

Que coronan los altos vencimientos,

De la pasión de Apolo idolatrados,

De las iras de Júpiter exentos,

Hemos de despreciar? ¿Tan vil memoria

Podrá de España obscurecer la gloria?

 

– LII –

Antes, roto el timón y las entenas,

Las quillas a las ondas entregadas,

Doris lamentará con sus Sirenas

Esas tristes reliquias sepultadas.

Del pálido temor sombras, ajenas

De vuestro pecho invicto, disipadas,

Vencer, soldados, o morir, y entonces

Fatigaréis los mármoles y bronces.

 

– LIII –

Morir famosos, o vencer valientes;

Pompa triunfal, o decorosa pira

Sólo os aguarda: a las futuras gentes

Ya el pierio coro vuestro aplauso inspira:

La fuga, que evitamos diligentes,

Será el objeto de la hispana lira,

Dando asunto a sus números suaves

La destrucción gloriosa de las naves.

 

– LIV –

Esto el valiente General predice,

Y esto su copia allí con mudos labios:

La fama de dos siglos contradice

De la envidia los bárbaros agravios,

Y porque mas su hazaña se eternice,

Hoy la promueve el coro de los sabios,

Que con la noble vista al Héroe atenta,

El prodigioso lienzo representa.

 

– LV –

Éstos, que de Felipe el Animoso

Siempre velando en propagar el celo,

A las letras su lustre venturoso

Restituyen a costa de su anhelo;

La pura voz, el plectro numeroso,

La frase digna, todo su desvelo

Inútil juzgan, si en tan alta idea

La feliz patria su atención no emplea.

 

– LVI –

¡Oh Madrid, sabia madre de las ciencias!

Ya por Cortés ha puesto tu Liceo

A las Musas del Reino en competencias:

Ya el fuego celestial descender veo:

Ya las acordes métricas cadencias

Suenan gloriosamente en mi deseo:

Renazcan pues, a influjos celestiales,

Renazcan sus Lucanos y Marciales.

 

– LVII –

Y tú, joven, que errante y discursivo

Los lauros de tu patria recorriste,

Y un modelo buscabas expresivo

De la región guerrera en que naciste:

Ya has visto bien aquel retrato vivo,

Ya su acción valerosa atento oíste,

Ya la grandeza adviertes de esta hazaña:

Este es Hernán Cortés: esta es España.

 

– LVIII –

Dijo América: y luego resonaron

De su séquito armónicos loores:

En una nube densa, que formaron

Exhalados los húmedos vapores,

Los Pavones de Juno arrebataron

De mi vista sus bellos resplandores:

Seguirlos quise, y ocultó su llama

La cumbre del nevado Guadarrama.

 

– LIX –

Como en la noche lóbrega y horrenda,

Cuando Jove los polos estremece,

Si al caminante la perdida senda

A la luz del relámpago aparece,

Deslumbrado después, en más tremenda

Obscuridad, su aliento desfallece,

Sin poder divisar los horizontes,

Ni distinguir los valles de los montes:

 

– LX –

Así el portento, que aun dudoso admiro,

Confuso me dejó, ciego y cobarde:

Vuelvo en mí con el susto, y me retiro

Al expirar los plazos de la tarde.

¡Oh caudillo el más grande que vio el giro

De ese planeta, que ilumina y arde!

¡Que no pudiste ser, si tanto asombras

Hallado en raptos, y explicado en sombras!

 

Carta a Augusta (Fragmento)

«De la corte se ausenta

el filósofo, en ella es despreciado,

pues ni finge ni ostenta,

ni adula, ni es ansioso, ni es osado.

Vente a la aldea; su sencilla vida

a la naturaleza es parecida.»

 

«No aquí el favor se vende,

ni el mérito se abate o se posterga;

el sabio aquí desprende

el lazo que en la corte le despliega

la envidia astuta, la ambición dañosa,

y vive en paz tranquila y generosa.

 

Mira, Augusta, la fuente

que entre las guijas con cristal camina;

mira el prado elocuente,

donde el silencio mismo nos doctrina;

allí la mano de la Omnipotencia

grabó las leyes de la pura ciencia.

 

¡Oh, cuán alegre pasa

sus horas el que vive en sí escondido!

Ni el oro de su casa,

ni el nombre por el vulgo esclarecido

le dan cuidado; su virtud le guía,

y es su tesoro la sabiduría.»

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