Poemas de José Somoza
Poemas de José Somoza y Muñoz (1781-1852) quien representa fielmente la transición serena entre el Neoclasicismo y el Romanticismo español. Nacido en Salamanca, su obra está profundamente ligada al paisaje del río Tormes y a una sensibilidad melancólica, aunque contenida por el rigor formal. Aunque destacó como un agudo costumbrista en prosa, su poesía revela una voz íntima y honesta, alejada de la estridencia romántica.
Su estilo se caracteriza por la pureza del lenguaje y una modestia personal que le llevó a publicar de forma dispersa en la prensa de la época. Entre sus temas recurrentes sobresalen la fugacidad del tiempo, la amistad y el elogio a figuras clásicas como Fray Luis de León. Su célebre soneto La durmiente es testimonio de su capacidad para capturar la belleza estática con una delicadeza técnica excepcional.
A la Magdalena
A la virtud, cuando habitara el suelo,
su imperio la belleza sometía,
la faz encantadora que atraía
el mundo al sonreír, lloró ante el Cielo.
Calmose el huracán que en raudo vuelo
el mar de las pasiones embestía;
fue la tiniebla luz, la noche día,
alzando la verdad su eterno velo.
La paz logró en la tierra una victoria,
y a las plantas del Justo por trofeos
se vieron los placeres, los amores;
las insignias del triunfo de más gloria,
las armas de la lid de los deseos,
suspiros, besos, lágrimas, olores.
Densas Nubes Vomita El Occidente
Densas nubes vomita el Occidente,
la noche en carro de ébano se sienta,
vuela en aras de fuego la tormenta,
hierve el rayo en la espuma del torrente;
la selva tala el huracán mugiente,
tronchada cruje el haya corpulenta,
rueda el risco al barranco y le acrecienta,
los montes en el mar hunden su frente;
la luna en olas de tinieblas nada,
es trono del relámpago la esfera,
y el imperio del mal anuncia el trueno;
la luz y paz que en hora bienhadada
el cielo al angustiado mundo diera,
huye y se acoge al corazón del bueno.
La Durmiente
La Luna, mientras duermes, te acompaña;
tiende su luz por tu cabello y frente,
va del semblante al cuello y lentamente
cumbres y valles de tu seno baña.
Yo, Lesbia, que al umbral de tu cabaña,
hoy velo, lloro y ruego inútilmente,
el curso de la Luna refulgente
dichoso he de seguir, o Amor me engaña.
He de entrar, cual la Luna, en tu aposento;
cual ella, al lecho en que tu faz reposa,
y cual ella a tus labios acercarme.
Cual ella, respirar tu dulce aliento,
y cual el disco de la casta diosa,
puro, trémulo, mudo, retirarme.
La Luna Mientras Duermes Te Acompaña
La luna mientras duermes te acompaña,
tiende su luz por tu cabello y frente,
va del semblante al cuello, y lentamente
cumbres y valles de tu seno baña.
Yo, Lesbia, que al umbral de tu cabaña
hoy velo, lloro y ruego inútilmente,
el curso de la luna refulgente,
dichoso he de seguir o amor me engaña.
He de entrar cual la luna en tu aposento,
cual ella al lienzo en que tu faz reposa,
y cual ella a tus labios acercarme;
cual ella respirar tu dulce aliento,
y cual el disco de la casta diosa,
puro, trémulo, mudo, retirarme.
La Libertad
Á Horacio Cocles
Horacio, solo, en el angosto puente
que entre la iníamia y la virtud había,
detuvo el carro de Mavorte un día,
y á la injusta victoria osó hacer frente.
Su fatal rueda opuso inútilmente
la ciega diosa que los hados guía;
contra ella un pecho en que el honor ardía
fué á la salud de Roma suficiente.
Muestran las ondas su profundo abismo
en vano; de las líquidas mansiones
sale y sostiene al héroe el dios del Tibre.
El justo, el bueno, el dueño de sí mismo
contra la adversidad y las pasiones
así lidia, así vence y así es libre.
Á La Primera Violeta De La Primavera
Naces de planta inculta, flor modesta,
con la viciosa zarza confundida,
por el ingrato cierzo sacudida,
á la inclemencia del invierno expuesta.
Solitaria, olvidada, humilde, honesta,
entre lóbregas nieblas escondida;
nueva esperanza, empero, y nueva vida
va en tu aroma al desierto, y es floresta.
A tu fragante olor ríe natura,
huye el genio del mal del yerto suelo,
torna Céfiro, Amor, Pomona y Céres.
Anuncio de bonanza y de ventura,
de la aterida humanidad consuelo,
y amable imagen de la virtud eres.
Deslumhra al mundo el templo de la gloria
do mil héroes contempla colocados,
que en el bronce y el mármol entallados,
le presenta la fábula ó la historia.
Carros de triunfo, palmas de victoria,
trofeos sobre tumbas levantados
son los funestos timbres destinados
á recordarnos su fatal memoria.
No allí el genio del bien á.ti propicio
¡oh humanidad! se adora; en el olvido
yacen, sin ser de reverencia objeto,
los fuertes, que, invencibles contra el vicio,
en la humildad ó sobre el trono han sido,
Sócrates, Marco Aurelio y Epicteto.
¿Quieres vivir por el placer mecido?
¿Ver sentada á tu mesa la alegría?
¿Gozar, cuando en el mar se apaga el día,
lecho que el Dios del sueño haya mullido?
¿Que arregle la salud cada latido
de tu pulso, y conserve.su armonía?
¿Que contra el tedio y la melancolía
tu pecho de Minerva esté asistido?
¿Quieres clavar la rueda á la fortuna?
¿lia fama hacer volar de gente en gente?
¿Dar á la envidia el tártago amargoso?
¿Quieres, en fin, sin miedo á ley alguna,
en leda holganza y con serena frente
del mundo disfrutar? Sé virtuoso.
Cuando en la siesta, sobre fresco estrado,
sombra y reposo á Lesbia da su estancia,
un dichoso clavel le da fragancia,
entre el desnudo seno colocado.
Mécese el verde vastago, inclinado
hacia la luz con singular constancia,
por más que se la oculte la distancia,
ó cancel persa y árabe entoldado.
Busca y sigue el reflejo vacilante,
y del cáliz en púrpura teñido,
aroma delicioso ofrece al día.
Flor en tu pecho, Lesbia, semejante
á la virtud del pecho bien nacido,
á quien verdad alumbra y honor guía.
Contemplo, Lesbia, y no me canso de ello,
tus ojos, donde duerme Amor armado;
tu boca, en que las Gracias han besado,
después de modelar tu rostro bello ,
La cabeza elegante, el albo cuello,
el seno blandamente acariciado
por las alas del céfiro, que osado
vaga entre las madejas del cabello.
Inclinación á la virtud me infunde
cada acción tuya, en cada movimiento
celeste beatitud contemplar creo,
ó luz que inunda y en placer confunde
del fanático el torvo pensamiento
y el espíritu fuerte del ateo.
La que ha de enamorarme ha de ser bella,
pero sencilla, afable, bondadosa; ,
no altiva ni crüel, como la diosa
que cuesta vidas acercarse á ella.
Dríada agreste, y no gentil doncella,
es la que al hombre como en selva umbrosa
al tigre acecha en caza peligrosa
para ofenderle ó evitar su huella.
Risa en los labios, paz en las miradas,
dulzura en las razones, y en la frente,
como en el pecho, honestidad sin arte,
son las gracias con Venus adoradas,
y las que acompañándote igualmente
he de ver, oh virtud, al abrazarte.
Al Grabador Esteve, Abriendo La Lámina Del Cuadro De La Sed, Pintado Por Miirillo, Que Existe En La Caridad De Sevilla
En templo humilde, en lienzo oscurecido,
el numen de Murillo es admirado
por el de Esteve, que medita osado
robar su presa al tiempo y al olvido.
«A la inmortalidad restituido
el bello original, multiplicado
irá, y á las edades consignado
en el metal de mi buril herido.»
Dijo; y luego á la empresa generosa
aplicará la mente y diestra mano,
su genio á honrar el genio consagrando.
Así Platón, la ciencia más preciosa
benéfico legó al género humano,
las lecciones de Sócrates copiando.
No envidies la ventura del malvado,
aunque en torno danzar las Gracias veas,
ni entre nubes de incienso dios le creas,
cuando en olas de pompa va anegado.
Sus crímenes perennes á su lado
mira alumbrados de infernales teas,
y de Medusa las culebras feas
en la frente del bueno que ha insultado.
De Baco el brindis ledo le enfurece,
de Venus le parece amargo el beso,
veneno en el placer le ofrece el vicio,
la péndola del tiempo le estremece,
gime de la mortal segur al peso,
ve en la tumba la escala del suplicio.
¿Es infierno la vida, ó limbo inerte?
Hoy estúpido el hombre, ayer aleve,
frenético mañana, sandio en breve
ya en lela infancia, ya en caduca muerte.
Es falso el débil, es injusto el fuerte,
sólo malignidad ó error le mueve,
en pasiones tenaz, en juicio leve,
siempre en contradicción, que nunca advierte.
Cadalso inmenso el mundo me parece,
donde el género humano condenado
á errar, gemir y atormentarse creo;
mas la virtud mi engaño desvanece,
y me demuestra que el mortal honrado
no es verdugo jamás, ni jamás reo.
Cárcel, que opones inflexible reja
á la inquietud siniestra del bandido,
que, en pavorosa soledad hundido,
consigo mismo á su pesar le deja;
tras cien rastrillos al delito aleja
de la vista del bueno, y de su oído
prolongado sollozo, hondo gemido,
desesperada y blasfemante queja.
Salve, ¡oh mansión de tantos maldecida!
yo te bendigo, y veces mil contemplo
la oscura hiedra que tu muro viste,
un tiempo recordando de mi vida,
en que asilo sagrado y santo templo
contra la envidia á la inocencia fuiste.
Hoy la pobreza á caminar nos lleva
por senda que á escarpada cumbre guía,
do la virtud á la sabiduría
llama, y el temple de las almas prueba.
Terror vence al mortal, si en región nueva
por incógnito mar y zona fría,
á penetrar do no penetra el día,
entre sierras de hielo el ferro leva.
Tal al verte, oh pobreza, se apodera
del vil que merecerte así acredita;
el fuerte, el sabio, sin pesar, sus dones
devuelve á la fortuna que los diera,
y que al quitarlos solamente quita
vicios al malo, al bueno obligaciones.
La luna mientras duermes te acompaña,
tiende su luz por tu cabello y frente,
va del semblante al cuello, y lentamente
cumbres y valles de tu seno baña.
Yo, Lesbia, que al umbral de tu cabaña
hoy velo, lloro y ruego inútilmente,
el curso de la luna refulgente
dichoso he de seguir, ó amor me engaña.
He de entrar cual la luna en tu aposento,
cual ella al lienzo en que tu faz reposa,
y cual ella á tus labios acercarme;
cual ella respirar tu dulce aliento,
y cual el disco de la casta diosa,
puro, trémulo, mudo retirarme.
Cecilia
Bendiga el cielo tu inocente vida,
en cultivar las artes empleada,
placer honesto en paternal morada
goces y des, por buenos aplaudida.
La perfección, á pocas concedida,
logres, al clave y bastidor sentada,
do tu voz por Euterpe es modulada,
por Minerva tu mano dirigida.
Si aprovechas, Cecilia, el don amable
con que el numen del bien te favorece,
dedicada á tan nobles ejercicios,
ni serás juego de fortuna instable,
ni víctima cual mil que el mundo ofrece
del tedio, del pesar y de los vicios.
Septiembre de 1807.
Á este soneto contestó la interesada con este otro, que
insertamos aquí como una curiosidad:
Cecilia Nunez, Contestando Al Soneto Que Su Padrino Le Envió En 15 De Septiembre De 1807
Dulce soneto de alabanza mía,
¿quién pudiera inspirarte que no fuera
amistad, compasión ó placentera
musa, que instruye con su melodía?
Sí, numen de bondad, con alegría
mi espíritu se ufana y te venera,
y grato aprecia la lección primera
que me diera tu amor en poesía.
¡Minerva! ¡Euterpe! bien: serán mi encanto,
llenarán mis instantes de dulzura,
y si no llego al templo de la gloria
por mi clave, mi aguja ó por mi canto,
probarán mis anhelos con usura
ocupándome siempre en tu memoria.
Sevilla 29 Septiembre de 1807.
El Llanto De Tus Ojos Abundante
El llanto de tus ojos abundante,
que las luengas pestañas humedece,
es la lluvia de Mayo, que oscurece
la luz del sol, y pasa en breve instante.
Es el iris que en bóveda brillante,
vida, abundancia y paz al mundo ofrece,
mientras el cáliz de las flores mece
blando beso de céfiro fragante.
Así tu llanto al infeliz recrea,
anuncio fausto de beneficencia,
de consuelo, de alivio, de contento.
Nunca tu llanto menos dulce sea,
ni te le arranque la infernal violencia
de oprobio, envidia ni remordimiento.
Llega, rayo de sol, que lentamente
vienes á esta prisión todos los días,
ciñes mis sienes pálidas y frías,
y el ósculo de paz das á mi frente.
Llega; mas ¡ay, que alejas prontamente
tu lumbre de estas bóvedas sombrías,
donde ese dulce rayo que desvías
me enlaza al universo únicamente!
Sol, cuya universal beneficencia,
por el inmenso espacio difundida,
no agota el bien en tu fecundo seno,
¡Salve! y goza la excelsa preeminencia,
al mísero mortal no concedida,
de ser impunemente recto y bueno.
Densas nubes vomita el Occidente,
la noche en carro de ébano se sienta,
vuela en alas de fuego la tormenta,
hierve el rayo en la espuma del torrente;
la selva tala el huracán mugiente,
tronchada cruje el haya corpulenta,
rueda el risco al barranco y le acrecienta,
los montes en el mar hunden su frente;
la luna en olas de tinieblas nada,
es trono del relámpago la esfera,
y el imperio del mal anuncia el trueno;
la luz y paz, que en hora bienhadada
el cielo al angustiado mundo diera,
huye y se acoge al corazón del bueno.
Vagaba por el bosque Amor llorando,
perdido el tino, como niño y ciego;
Silvia, compadecida y á mi ruego,
los brazos le tendió, pero callando.
El conocerla procuró, tentando
rostro y cuello, y al seno tocó luego,
que dócil Silvia se prestaba al juego,
mil ímpetus de risa sofocando.
Mas la divina mano que indecisa
entre las perfecciones vacilaba
de tal belleza, á tal examen puesta.
Tropezó en dos hoyuelos que la risa
en torno de sus labios dibujaba,
y entonces dijo Amor: «Mi madre es ésta.»
Al Sr. D. Agustín Arguelles, Cuando Al Volver Del Destierro, Le Abrazó Su Amigo El Autor
Huyó el invierno, perezoso y lento,
y cadenas de hielo echó al torrente;
miróle un día el sol piadosamente,
y al campo dió esperanza, espuma al viento.
Llevó en sus alas aquilón violento
las nieblas del Océano inclemente,
y alzó la luna su serena frente,
y en las ondas refleja el firmamento.
Semejante á la luz en la pureza
vuelve, y al firmamento semejante,
el pecho de invencible fortaleza,
que hoy contra el pecho mío palpitante
late, pues hoy en amistosos lazos
el honor de mi patria está en mis brazos.
Á Los Dos Azaras
En alas de su genio conducidos,
á la inmortalidad son elevados,
como Cástor y Pólux abrazados,
de Febo en las mansiones admitidos.
No fueron héroes para el mal nacidos,
ni doctos, en el aula ejercitados
de Jehová el velo á levantar osados,
ni empíricos, de pueblos aplaudidos.
Fueron la gloria de la patria mía,
los que al culto del bien se consagraron
para felicidad de los mortales;
y el sacerdocio en la sabiduría
ejercieron los dos, pues enseñaron
ciencia del mando y ciencias naturales.
Á La Señora Doña Paula Del Acebal De Arratia, (1830)
Rompe los lazos de prisión impía
el pardo ruiseñor, y el bosque umbroso
torna á alegrar su cántico armonioso
en el horror de la tiniebla fría.
Yo, así venciendo con tenaz porfía
el rigor de un decreto poderoso,
vuelvo libre á gozar vida, reposo
en este asilo grato al alma mía.
Y complacido en el murmullo blando
del raudal de esa fuente cristalina,
que la acacia de Mila va ocultando,
humilde imploro á la piedad divina,
que, este día mil veces renovando,
siembre de flores tu vivir, Paulina.
Á La Excelentísima Señora Doña Paula Del Acebal De Huet
La esperanza acompaña á la inocencia,
por la esperanza la virtud existe,
cuando su fuerte mano el mal resiste,
cuando la tiende á la beneficencia.
Tú, esperanza del bien, la inteligencia
de la santa equidad al bueno diste,
como á Colón los mares sometiste,
y los cielos de Newton á la ciencia.
Tú das vida y calor y movimiento
al mundo, á mundos mil, al universo,
á cuanto en el espacio á ver se alcanza.
Si en la profundidad del firmamento
un infierno ha de haber para el perverso,
será la eternidad sin esperanza.
Piedrahita, 28 de Abril de 1833.
Á Mi Señora Doña Ramona Del Agebal
A ruegos del amor, la idalia diosa
sus gracias prestar quiso á la hermosura
de una mortal sensible, amable y pura,
y en el regazo maternal dichosa.
Con su divina mano, poderosa,
se desciñó la mágica cintura,
que el universo en llama de ternura
funde, y del cielo la mansión gloriosa.
María Cristina de Borbón. Lo comprueba una copia autógrafa
que hemos hallado de él entre los papeles que fueron de Somoza,
fechada en 1829, que dice así:
A ruegos del Amor, la idalia diosa,
benéfica una vez bajó del cielo,
favor de una mortal, devolvió al suelo
la sacra huella en que nació la rosa.
La mano de Citéres poderosa,
que sombras disipó de luto y duelo,
entre las ondas del purpúreo velo
recogió á la doncella venturosa.
Sentóla en su regazo, y desciñendo
su propio ceñidor, el pecho ileso
fué de la tierna virgen envolviendo.
Cuando en brazos de fuego le vió preso
el beso del placer la dió, diciendo:
lleva la paz á un reino en este beso.
Somoza no se cansó nunca de corregir y transformar este soneto, acomodándolo á diferentes personas y asuntos, como se ve por la muestra que va en. el texto, y por estas otras dos que ponemos á continuación. La una la hemos hallado también entre los papeles del autor, aunque no es de su letra, sino una copia en limpio; la segunda la dió á conocer D. Sinibaldo de Mas y el marqués de Valmar la reprodujo. Se ve, por la fecha, que es de los últimos años de Somoza.
A ruegos del Amor, la idalia diosa,
benéfica otra vez, bajó del cielo
en bien de una mortal, dejando al suelo
la sacra huella en que nació la rosa.
A ruegos del Amor, más generosa
descendiendo esta vez, de nuestro duelo
las sombras disipó, y alzado el velo,
recogió á la doncella venturosa.
Sentóla en su regazo, y desciñendo
Venus su ceñidor, el talle ileso
fué de la tierra virgen envolviendo.
En este ceñidor iba envolviendo
de la tierna doncella el pecho ileso
la maliciosa Venus sonriendo,
y después que en sus lazos la hubo preso,
el beso del placer la dió, diciendo:
no sé si te doy paz en ese beso.
Piedrahita y Abril 21 de 1833.
Á La Jura De La Constitucion Por S. M. La Reina, En 18 De Junio De 1837
Yo vi á Cristina en el solemne día
que cual reina la ley del bien juraba,
donde senda de flores la guiaba
y aura de bendiciones la seguía.
El beso de Dione aparecía
en su boca gentil si saludaba
al pueblo, que por madre la aclamaba
y de amor homenaje la ofrecía.
Cuando en lazos de fuego le vió preso,
el beso del placer la dió, diciendo:
lleva la paz á un reino en este beso.
Vaticinio
De himeneo á la voz, la idalia diosa
benéfica desciende ya del cielo,
y aplaude Mantua, y ve en el patrio suelo
la sacra huella en que nació la rosa.
De Citéres la risa poderosa
sombras disipará de llanto y duelo,
la cipria mano entre el purpúreo velo
recogerá la prenda venturosa;
la pondrá en su regazo, y desciñendo
su propio ceñidor, donde está impreso
de las gracias el dón, la irá envolviendo,
y al amor español que así haya preso,
el beso maternal dará, diciendo:
«La paz y libertad va en ese beso.»
Piedrahita 30 de Julio de 1850
Una Hermosa Á La Luz Del Himeneo
Fué un tiempo tu beldad tan poderosa,
que llegó á disculpar tu tontería;
la sandez en tu boca se aplaudía
por salir entre el nácar y la rosa.
Cuando la edad á tu cabeza hermosa
la interior hermosura dar debía,
amor me aseguró llegado el día
de hallar en ti mi suerte venturosa.
Obedecí á su voz, rogué impaciente
que tu destino á mi destino unieses;
mas cuando me alumbró la nupcial tea,
cuando entre lo pasado y lo presente
me pongo á comparar, ¡dudo que fueses
tan necia entonces como luego fea!
En La Muerte De Cecilia
«Cede en tu terca lid, débil anciano»,
gritó la muerte en el funesto día
en que su amable víctima me asía;
«eres más ciego y más que yo inhumano.
»Hoy la eligió mi inexorable mano,
porque serás mañana presa mía,
y en mísero abandono gemiría
la cuitada á que asido estás en vano.»
Dijo; y hundió á la huérfana en la tumba,
adonde el paso trémulo dirijo,
donde en torno de mí la voz retumba
que de muerte me anuncia el plazo fijo.
¡Oh soledad! sepúlteme clemente
el musgo y sombra y llanto de tu fuente.
La Luz Eléctrica
A Prometeo Alcídes ha vengado
del negro buitre que sobre él tendía
el ala, y garra y pico hundido había
en el gigante al Cáucaso amarrado.
El genio se levanta, y denodado
su antorcha agita, y luz al mundo envía,
y el mundo admira, y duda y desconfía,
que siglos de tinieblas le han cegado.
Hijos de la verdad, que en la alta ciencia
de la naturaleza estáis leyendo
la ley que dicta y guarda el cielo mismo;
Númenes de la eterna omnipotencia
sois, como Prometeo, conduciendo
luz, electricidad y magnetismo.
Al Fanático Sacerdote Que Atentó Á La Vida De S. M. La Reina Doña Isabel II
La juventud, la gracia y la hermosura
vi de una madre que en el templo oraba,
y el fruto de Himeneo presentaba
al cielo, agradeciendo su ventura.
La lealtad española ingénua y pura
sus votos une, y al Eterno alaba,
por el dichoso instante que anhelaba,
do Reina y pueblo mutuo amor se jura.
Pero un sér por las furias arrojado,
entre la pompa, el fausto y galas y oro,
quiso que el llanto y que la sangre brote.
¡En la inocencia se vengó del hado!
«¿qué víctima más grata al dios que adoro?»,
dijo, y clavó el puñal el sacerdote.
A Fray Luis De Leon
Al cielo, en fin, te alzaste,
y en luz resplandeciente convertido,
verás, cual anhelaste,
Lo que es y lo que ha sido,
Y su principio propio y escondido.
Allí tu mente admira
la inmensidad de la celeste esfera,
que en el espacio gira,
y mole inútil fuera
si en globos dividida no estuviera.
Cada astro luminoso,
en su nocturno brillo innumerable,
rueda majestuoso
en zona invariable,
separado á distancia incalculable.
¡Oh altura inconcebible!
cada rayo de luz de allá enviado,
cuando es acá visible,
mil días ha empleado
en descender desde que fué lanzado.
Un ámbito profundo
equilibra su peso y movimiento;
es de un mundo otro mundo
contrapeso y cimiento,
que al universo entero dan asiento.
Versos de la oda de León á Felipe Ruiz
Diferente y constante
destino á cada globo le ha cabido,
es fijo ó es errante,
atrayente, atraído,
impulsor de otro globo ó impelido.
Ya solitariamente,
Ya marcha de satélites cercado,
ó de faja esplendente,
ó en círculo ignorado,
de tenebroso manto rodeado.
Ya cometa encendido
por los desiertos del espacio vaga,
ó en mar de luz hundido
su lumbre, que se apaga,
renueva, y abrasar al mundo amaga.
De catástrofes tales
el teatro es el ámbito del cielo,
mientras que á los mortales
en el oscuro suelo
natura tiende de ignorancia el velo.
Un astro que perece,
y mundos desquició en el firmamento,
cuál fósforo aparece,
que ardió, corrió un momento,
se apagó al horizonte ó llevó el viento.
Que es á nuestra flaqueza
el orbe de la tierra que habitamos,
un mundo de grandeza,
y único le admiramos,
y los mundos cual átomos miramos.
Así nos envaneces,
átomo imperceptible, opaco y leve,
globo un millón de veces
menor que el que te mueve,
¡oh del humano orgullo cárcel breve!
Calcinado planeta,
¿qué antiguo cáos te agitó en su seno?
¿qué funesto cometa?
¿por qué, de escombros lleno,
eres ceniza, escoria, vidrio y cieno?
¿Y es del hombre la cuna
y el féretro este punto limitado?
¿vivir en forma alguna,
de globo en globo alzado,
de perfección en perfección no es dado?
Sí; que alternando un día
con cuantos tienen en la luz su asiento,
la inmensa jerarquía
del bien recorrer cuento,
y eterna escala ve el entendimiento.
Río Tormes
Tus márgenes en fuego
vi y en humo infernal envuelto el día.
Mavorte, en furor ciego,
¡oh, Tormes! detenía
tus ondas, que de víctimas henchía.
De Arapiles famoso
vi el campo de batalla, hoy convertido
en yermo silencioso,
donde el ala ha tendido
el tiempo, que los males da al olvido.
Tu vega es hoy hollada
por la raza que ignora lo pasado,
y como sepultada
otra raza ha quedado
en este cementerio dilatado,
donde dió paz la muerte
á las contrarias huestes y naciones,
donde juntó la suerte
en pálidos montones
cráneos de opuestas sectas y opiniones.
¡Ay! que no sólo al crimen
y á la demencia este sepulcro encierra,
ni á los que al bueno oprimen,
ni á los que le hacen guerra,
ni á los dominadores de la tierra.
Blanquean, olvidados,
honrosos huesos de españoles brazos,
contra el orgullo alzados,
y que los viles lazos
hicieran de los déspotas pedazos.
Despojos barre el viento
de juventud y gracia y hermosura,
que el error de un momento
á eterna desventura
trajo, de amor siguiendo la ley dura.
En pos de sus amantes
las olas de la lid las alcanzaron,
y cuellos y semblantes,
y miembros que encantaron,
al buitre del desierto abandonaron.
Guarda, piadoso río,
sus restos… grato á la virtud sincera
no fuera el canto mío
si en él no maldijera
á esos que un vil error héroes creyera.
El Sepulcro De Mi Hermano
Del tiempo la corriente
los años y los siglos precipita;
mas ¿dónde está su fuente?
¿En qué mar deposita
los años y los siglos que nos quita?
Si al hombre fuera dado
hundir su vista en la caverna oscura
que tragó lo pasado,
desde allí, por ventura,
lograra ver la eternidad futura.
La misteriosa esfera
del saber y virtud abarcaría,
y el término midiera
de la encantada vía
que hacia su perfección los seres guía.
¿Por qué este marmol frío
no me muestra la huella silenciosa
del caro hermano mío?
¡Con mano poderosa
la muerte entre los dos echó esta losa!
En ella suspiraba
mientras la noche el manto tenebroso
sobre mí desplegaba,
y el viento quejumbroso
dejaba los cipreses en reposo.
La luna que se alzara,
un débil rayo entonces enviando,
el sepulcro alumbrara,
las sombras alargando
y luz á mis cansados ojos dando.
Vi alzar su incierto vuelo
á una pintada mariposa en tanto,
cual si para consuelo
viniera, en mi quebranto,
á darme aliento y enjugar mi llanto;
como si me dijera:
«quien muertes llora, admire mi alegría;
vencí á la Parca fiera
El fin y origen viera
de la virtud y la sabiduría;
y el término midiera
de la encantada vía
que al bien por el placer los seres guía.
como á la noche el día;
tres vidas cuenta ya la vida mía.
«Era gusano inerte,
y hoy vuelo ante la luz como la aurora;
que en la tumba la muerte
mi existencia mejora,
me da vida de amor, mis alas dora.»
¡Ay, mariposa bella,
guíame por la escala de esperanza,
que á la más alta estrella
desde la tierra alcanza,
y los seres de un mundo en otro lanza!
Á Cierta Señorita, Previniéndola Acerca Del Carácter De Algún Joven De La Universidad De Salamanca
A salud, de las Gracias compañera,
el Abril de tus años prolongando
y Amaltea su copa derramando
en tu regazo hasta la edad postrera
no te hicieran feliz si á dones tales
el don de la razón no se juntara
y el goce de los otros razonara,
bin este don, serán dones fatales
los demás dones y tu triste suerte
correrá arrebatada por el vicio,
dando de precipicio en precipicio
ó yaciendo en letárgica indolencia
estólida é inerte
Tal es, si se examina,
de un holgazán la inútil existencia,
aunque sea holgazán matriculado
desde el húmero al Aula entre cecina,
á despecho de Céres porteado.
Entra en cátedra, siéntase, bosteza,
ronca, se rasca, silba y se espereza,
apoyando con ímpetu violento
sobre el banco anterior los calcañales
y el lomo en el respaldo de su asiento.
Rechinan las maderas
á impulso de sus miembros colosales,
las tablas se desunen y las vigas,
ceden las clavos, saltan las espigas,
los pies derechos faltan las solivas
y el banco, de filósofos cargado,
sobre el padre Joaquín se ha desplomado.
¡Allí de piernas, brazos y costillas
allí de las tonsuras abolladas
y nucas desahuciadas de golillas!
Sálvase el catedrático en sotana
por su jubilación á Dios rogando
y en calle de Libreros envidiando
ayunque, fuelle y tizne á Malagana.
Pero y nuestro Paredes ¿qué se ha hecho?
¿á dónde irá cargado con su tedio?
porque el peso del tiempo
le condena de Sísifo al tormento.
¿Qué hará para llenar el intermedio
que señala el cuadrante todavía
hasta cubrir su sombra el mediodía?
Hele allí puesto al sol de pie derecho,
y en verdad, que quien no le conociera
juzgaría que estaba meditando
y que se enajenaba á la manera
de Arquímedes, que estándose bañando,
le fué en cueros al Rey con un problema.
La Fontaine, hasta tanto que cenaba
con muchísima flema,
jamás se le ocurría que ayunaba.
Pero son distracciones más felices
las de nuestro escolar: en las narices
para hacerse cosquillas, moja y mete
un papel retorcido, y es billete
en el que de su casa la criada
reclama en cinta la palabra dada.
Ya estornuda, (Jesús! Dios le haga un santo
y aleje de él la tentación maldita
de entrarse por las casas de visita.
Célebre herrero de Salamanca, que vivía en aquella calle,
Causa su aparición pánico espanto
en cualquier concurrencia;
todos van desfilando en su presencia,
sola dejando al ama de la casa
que angustias y mortales tragos pasa
en poder de aquel oso,
porque á más de pelmazo y majadero,
maligno, preocupado y embustero,
es bellaco y vicioso
como un orangután con las mujeres.
Ni entretenerle esperes
con pláticas sabrosas,
instructivas, agudas, sentenciosas.
Sordo y sin voz, con la cabeza baja,
sacando del bolsillo la navaja,
se dedica á grabar en la madera
más fina, sobre el mueble más lucido,
de la pasión el gallo y la escalera
ó un víctor con su nombre y apellido.
Si un libro, aunque enemigo de lectura,
encuentra allí, le agarra y ver desea
los santos (llama así á las grabaduras)
y en contemplarlos del revés se emplea.
Mas como alguna mosca aun más pesada
encima de la lámina se plante,
cierra el libro de recio en el instante
y se ríe mostrándola aplastada.
También gusta de flores, y si advierte
en manos de la dama alguna rosa,
se la pide ó la pilla, y se divierte
en pelarla y las hojas va plegando
con gracia primorosa
y cuando están plegadas, alargando
el brazo hacia la dama, de repente
se las estrella á golpes en la frente.
Tal es de las mañanas el empleo.
La tarde ó es al jarro consagrada
ó á la brisca, y tal vez sale á paseo
del Tormes á la margen celebrada,
de Meléndez cantada
la lira anacreóntica pulsando;
las zagalas en torno de él sentadas,
y sus grutas las Náyades dejando
verdes guirnaldas en su honor tejían,
y besos por canciones le ofrecían
los céfiros y amores,
meciéndose á su voz entre las flores.
Pero nuestro mancebo
que se ríe de líricas patrañas
y para quien las Musas, Pindó y Febo
son gazapas tan fútiles y extrañas
como el andar el mundo á la redonda,
tomar del sol su resplandor la luna,
preservar de viruelas la vacuna
y en medio de la mar, siendo tan honda,
morir de sed la gente en un navio,
solo va al Tormes á capar el río.
En este pasatiempo le anochece
y yo que de seguirle estoy cansado,
dejar quiero al menguado
que á la ciudad se vuelva y allí empiece
su nocturna carrera
de una Aspasia al candil por dos pesetas.
Le dejo columpiando en dos muletas
hasta la primavera,
que un récipe de Alcántara en un sorbo
libre á la sociedad de tal estorbo.

Á Un Amigo Disgustado Del Mundo
Quien desde su agujero ve riendo
cual mundo nuevo la mundana bola,
ese solo es el sabio, á lo que entiendo.
No le hará la fortuna la mamola,
por querer, en su rueda encaramado,
asir la mecha de su calva chola.
Ni rodará, de allí precipitado,
en honra, en fama, bienes y persona
para siempre jamás descalabrado.
Todo el que sobre cívica corona
saltar ha visto el popular chinarro,
que vayan, dice, y busquen una mona;
por arrimar el hombro coge el carro
al que, más generoso que prudente,
logró sacarle del inmundo barro.
Por más que sople favorable el viento,
de hoy más entró en bahía mi navio
y yo á la orilla de la mar me siento;
que la muela del juicio, amigo mío,
si al cabo de mis treinta navidades
no apunta ya, en verdad que desconfío.
Esta edad equivale á dos edades,
pues, por fortuna la que me ha cabido
es un siglo completo en novedades;
y ya que con pellejo hemos salido
guardarle quiero verde desde hoy mismo
y para lo del mundo me despido.
Acúsenme en buen hora de egoísmo,
treta que á más de un alma novatona
hacer puede volar al heroísmo.
«El brazo se partió, grita la gente
que dentro va; mas ¿quién le mete al necio
En arrimar el hombro de repente?»
Para no agradecer, rebaja el precio
el vulgo al beneficio, cuya suma
con suma igual cancela de desprecio.
Pero apartemos pensamiento y pluma
de rancios apotegmas y triviales,
más repetidos que del mar la espuma.
Supongo tus agravios sin iguales,
cual los del estrujado entre paveses,
por chiste de señores y juglares;
supongo que de paz el beso dieses
al rucio, en cuya albarda caballero,
del mundo huyendo vas y sus reveses.
Mas de la soledad en el sendero
una sima oscurísima se ofrece,
á la incauta virtud despeñadero;
antro fatal, que el ánimo entorpece,
Mas yo, que sobre cívica corona
saltar he visto el popular chinarro,
que vayan, digo, y busquen una mona;
por tirar de la rueda coge el carro
al desdichado que oficiosamente
logró sacarle del inmundo barro.
El brazo se partió, grita la gente
que dentro va, ¡animal ! ¡bien empleado!
¿quién va á meter el hombro de repente?
Tal es el vulgo, y de él escarmentado,
no por eso, misántropo insociable,
á la beneficencia he renunciado:
virtud que para el hombre razonable
es (de la ingratitud en la certeza)
aforismo de higiene saludable.
Mas juzgo, por ejemplo, una simpleza
el que la cara saques por la villa
contra los de la cola en la cabeza
cuando vienen buscando á la guerrilla,
es la profundidad del egoísmo,
do el corazón helado se endurece.
Ni basta que te libres de este abismo,
pues hay otro más hondo todavía,
boca funesta del infierno mismo.
Allí la criminal misantropía
entre fantasmas lúgubres cavila,
y acecha y aborrece y desconfía.
Y el centelleo del puñal que afila
la estremece, y su sombra teme armada,
y en delirante fiebre se aniquila.
Una senda aparece poco usada
que á la felicidad puede llevarte
de la agradable condición privada:
No temas, si la emprendes, fatigarte;
hallarás en pisarla complacencia,
ni querrás luego de ella desviarte,
La senda, en fin, de la beneficencia;
por ella, en medianía deliciosa,
y á sablazos la bula repartiendo
ó birlando á los clérigos la cilla;
el pueblo, que tu celo está aplaudiendo,
aplaude si los nuestros te acocean,
traición tu patriotismo suponiendo,
Nada exagero3 y los que no me crean
bárbara cicatriz de injusta espada
sobre mi cuerpo por sus ojos vean.
Una lección, amigo, tan bien dada
puede acortar su generoso vuelo
al pájaro del ala más osada.
Tiempo es de apeonar; me agaché ai suelo
cauto, y el pico entre el alón metiendo,
me acurruqué en el nido y truene el cielo.
Sabré, con mi amor propio transigiendo,
cual mundo nuevo la caduca bola
reir de balde, por el lente viendo,
Hacer á la fortuna la mamola
resolución, por cierto, es más honrosa
útil harás y grata tu existencia.
Pero esta medianía misteriosa
dorada en balde Horacio nos presenta,
pues la encontramos pildora amargosa;
pildora que al tragarla se revienta,
y es porque el paladar está obstruido,
y en estómagos débiles no asienta.
«¡Medianía! ¡oh placer! clama un perdido,
¡cuán dichoso contigo yo viviera,
á quinientos ducados reducido!»
Mas téngalos por una vez siquiera;
hétele en el garito: Copo y gano,
grita, fulla, provoca una quimera,
dánle de palos, llega un escribano,
va en una cuerda y en Melilla para,
donde á la medianía invoca en vano.
¿Pues aquel mayorazgo? ¿con qué cara
á graves cargos bajamente aspira,
y en hacer antesalas no repara?
que asir la mecha de su calva chola.
Mas, ¡oh tú, medianía deliciosa!
dorada en balde Horacio te presenta,
pues pildora te encuentran amargosa;
pildora que, al tragarla, se revienta,
por cuanto el paladar está obstruido
y en débiles estómagos no asienta.
¡Medianía, oh placer! clama un perdido,
¡cuán dichoso contigo yo viviera
á quinientos ducados reducido!
mas téngalos por una vez siquiera:
¡á Dios! marchó al garito; copo y gano,
grita, fulla, suscita una quimera,
dánle de palos, llega un escribano,
pónenlo en cuerda y en Melilla para,
donde á la medianía invoca en vano.
¿Mas y aquel mayorazgo? ¿Con qué cara
á graves cargos bajamente aspira
y en hacer antesalas no repara?
Con renta y sin afanes, ¿qué suspira?
la dulce medianía, según dice.
— ¿Has visto otra chulada?… pero mira;
la belleza que adora el infelice
desmáyase cual flor del cierzo ajada,
en viendo una berlina, y le maldice.
Olla española en fuente abigarrada,
que la mesa del Cid honrar solía,
no la puede arrostrar la desdichada.
Así el buen hombre á la tesorería,
en tren corriendo de caballos píos,
va á buscar la dorada medianía.
«Allá se avengan con sus desvarios,
dirá con gravedad cierto sujeto,
que yo he dado de mano ya á los míos.»
En vida independiente, ocio completo
logro, de afán y de cuidado exento;
mi única ocupación, mi único objeto
es el de cultivar mi entendimiento;
con renta y sin afanes, ¿qué suspira?
la dulce medianía, según dice:
¿has visto otra chulada? pero mira:
la belleza que adora el infelice
desmáyase cual flor del cierzo ajada
en viendo una berlina y le maldice;
olla española en fuente abigarrada
que la mesa del Cid honrar solía
no la puede arrostrar la desdichada.
Así el buen hombre en la repostería,
y en tren llevado de caballos píos,
quiere hallar la dorada medianía.
Allá se avengan con sus desvarios,
dirá cierto sujeto gravemente,
que yo he dado de mano ya á los míos.
Hallóme con salud, independiente,
con hacienda bastante á mi sustento;
tengo amigos, me quiere bien la gente,
procuro cultivar mi entendimiento;
en verano el nativo campo gozo;
en el invierno la ciudad frecuento;
y para ser feliz, pues aún soy mozo,
lo que me falta conseguir espero,
sin que presuma ser de ciencia un pozo:
Pasar por la capilla es lo que quiero,
y doctor salmantino he de firmarme.
«¿Quién es ese pedante majadero,
»de risa muerto, vas á preguntarme,
cuya felicidad del grado espera?
nómbramele, que quiero, por holgarme,
»la borla tremolar en su mollera
con que Almagro á sus recuas condecora
á golpes de tambora titerera.»
¡Mas cuál te santiguáras si yo ahora
callandito al oído te dijese,
bajo el sigilo que el pudor minora:
«Pues, amigo del alma, yo fui ese!!!»
en verano, el nativo campo gozo;
en el invierno, la ciudad frecuento,
y para ser feli\,pues aún soy mo\o,
lo que me resta conseguir espero,
sin que presuma ser de ciencia un po\o.
Pasar por la capilla es lo que quiero
y doctor salmantino he de firmarme.
¿Quién es ese pedante majadero
(de risa muerto vas á preguntarme)
cuya felicidad el grado espera?
Nómbramelo, que quiero, por holgar me,
la borla tremolar en su mollera
con que Almagro sus recuas condecora
á golpe de Pantorra titerera.
Mas cuál te santiguaras si yo ahora,
callandito al oído te dijese,
bajo el sigilo que el rubor minora:
Pues, amigo del alma, yo soy ese.
Sobre La Felicidad En Estrambotes
Dícesme que te parece
cosa imposible decir:
¡vi un dichoso!
mas es porque le oscurece
su retirado vivir
silencioso;
mientras que los descontentos
de su suerte en inquietud
continua están.
Su afán en sus movimientos
y ruidosa multitud
diciendo van;
y juzgan falso y forzado
y aparente aquel sosiego
envidiable
del sabio que no es llevado
en un torbellino ciego
y mar mudable.
Al débil su estolidez
felicidad no consiente
disfrutar,
ni al soberbio su altivez,
ni el atrabiliario intente
á ella aspirar.
La felicidad no habita
en alma que estas pasiones
aposenta.
Limpia mansión necesita
y que de preocupaciones
esté exenta.
Las preocupaciones son,
en poética figura,
las Arpías,
que tienen el fatal dón
de tornar hiél la dulzura
de tus días.
A estos monstruos infernales
pocos osan ausentar
ni hacer frente,
é intrépidos á los males
verdaderos, despreciar
los aparentes.
La pompa, la elevación,
dignidades y opulencia
es la ventura
en la vulgar opinión,
que juzga por la apariencia,
y es locura.
¡Loco será el que se siente
en rueda que ha de volver
fortuna instable!
¡Locura será que aumente
su circunferencia un ser
tan vulnerable!
Guarde el lidiador el pecho,
puesto en perfil de tal suerte,
que la espada
de adversidad menor trecho
hallar pueda en que le acierte
la estocada.
Las artes y la lectura,
los campestres ejercicios
provechosos,
son de posesión segura,
no caros como los vicios,
ni azarosos.
Dado es al sabio un placer
de más estima, nobleza
y calidad:
el estudio de su ser,
el de la naturaleza
y la verdad.
Así, en las alas del genio
del bien Sócrates llevado,
elevó el vuelo;
de Newton así el ingenio,
hasta la luz trasportado,
midió el cielo.
Y aunque no á todo mortal
dado sea conseguir
tal beatitud,
existe un bien sin igual,
no imposible de adquirir,
que es la virtud.
Á La Cascada De La Pesqueruela
Y de peña en peña dando,
torrente, y vas gastando
en espuma el raudal?
El cieno impuro agitas
del lago, en que cayendo,
le rompes con estruendo
al ronco trueno igual.
Tu curso estrepitoso
un insondable abismo
cava para ti mismo
con terco frenesí;
y al fondo cavernoso,
ciego, contigo lanzas
cuanto en tu curso alcanzas,
cuanto se acerca á ti.
Desnuda tu ribera
de trébol, musgo y flores
dejas, y los amores
turbas del ruiseñor.
Su nido en la bardera,
sus polluelos alados
son ¡ay! arrebatados
de tu embate al furor.
La tórtola otros ecos
busca á su tierna queja.
como te precipitas,
busca lejos la abeja
sombra, silencio y paz:
se ve de espinos secos
tu contorno erizado,
do el lobo está emboscado
y el alcotán voraz.
A la hiedra que cerca
tu roca trepar quiere
la inquieta cabra, y muere
devorada, al subir.
¡Ay! del pastor que acerca
á tu sombra el ganado;
su imprudencia el cuitado
tiene que maldecir.
Ese orgulloso salto,
ese continuo ruido,
¿á qué va dirigido?
¡á perderte en el mar!
donde, de juicio falto,
tu desvanecimiento
corre á merced del viento,
para siempre á vagar;
mientras la humilde fuente
al pie tuyo formada,
benéfica y callada,
regando el prado va;
su trenzada corriente
oculta en la verdura,
y abundancia y frescura
al valle y selva da.
Si un tronco, si una peña
su camino embaraza,
les huye ó les abraza,
burlando su intención:
no en penetrar se empeña
la escondida maleza;
sabia naturaleza
guía su inclinación.
Ya por anchos canales,
ya por rústica zanja,
frutos dando á la granja, –
dando pompa al jardín;
y en secos arenales
de yermos, que ameniza,
su cauce se desliza,
benéfico hasta el fin.
Su fin, tan apacible
como el azul del cielo,
que mientras regó el suelo
se reflejaba en él;
el fin apetecible
de la vida del bueno
de quien fué aquel sereno
arroyo imagen fiel.
Á La Laguna De Gredos
Entre escarpadas puntas
de una sierra nevada,
sobre otra sierra alzada,
el hondo lago vi:
vi el lago en que sepultas
¡oh Gredos! mil torrentes,
que elevadas pendientes
hunden por siempre en ti.
Ruedan las olas dentro,
la salida buscando,
y en derredor bramando
de su eterna prisión;
pero luego en su centro
cesa el ruido espantoso;
silencio pavoroso
sigue á su agitación.
Tendió el ala en el polo
el viento del desierto,
y el lago, al soplo yerto,
es hielo inmóvil ya.
El cardo triste y solo
en su orilla nacido,
de Bóreas al silbido,
sobre él huyendo va.
Densa niebla oscurece
su cumbre, asiento eterno
del trono del invierno,
hijo del Septentrión.
Entre ella resplandece
nevado el ventisquero,
vuela en su reverbero
deslumbrado el halcón.
Busca incierto su nido,
y del etéreo cielo
la alba nieve del suelo
no acierta á distinguir.
La escarcha el pino erguido
sacude inútilmente,
sus ramas tristemente
hace el peso crugir.
El águila despierta
sobre el césped marchito
de la roca, y su grito
vaga en la soledad.
¡Ay laguna desierta!
ese témpano helado
semeja del malvado
la insensibilidad.
La congelación fría
del corazón humano,
que el huracán insano
del vicio endureció,
luto y melancolía
cubre el antro insondable,
que en yermo inhabitable
el tiempo trasformó.
Muro de rocas cerca
la inaccesible orilla,
do el rayo jamás brilla
de benéfica luz.
Jamás allí se acerca
céfiro puro y blando,
en sus alas llevando
esperanza y salud.
Su estéril aspereza
venenos da homicidas,
que á las entumecidas
víboras den vigor.
Plegué á Naturaleza
en un temblor horrible
hundirte, ¡oh insensible
páramo de terror!
Una Desdeñosa
No extrañara ¡oh desdeñosa!
el que mi amor te ofendiera,
si yo la culpa tuviera
de que tú fueras hermosa.
Cuenta de mi inclinación
pide á la Naturaleza,
que es quien te dió esa belleza,
bajo de esta condición.
Como al sol le dió su lumbre,
no para que á él le adornase,
sino para que enviase
luz que al universo alumbre;
así el cielo á ti también
te dió beldad para mí,
sin que dependa de ti
el que goce yo ese bien.
Sé yo gozar la fragancia
de las flores sin cogerlas,
sin ajarlas, ni ponerlas
en mi seno ni en mi estancia.
Sé la frescura gozar
de las ondulantes fuentes,
sin bañarme en sus corrientes
ni su pureza enturbiar.
Y sé yo gozar del sueño
entre alamedas amenas,
sin pensar que son ajenas,
ni curar quién es el dueño.
Sueñe mi temeridad
ser dueño de tu hermosura,
goce de ella mi ventura,
y ten tú la propiedad.
Si á pocos satisfaría
soñada la posesión,
ilusión por ilusión,
menos molesta es la mía.
Molesta el niño llorando,
si no alcanza, si no toca,
ó si no lleva á la boca
la cosa que está mirando;
y no hay forma de acordarse,
cuando suspira por ella,
de cómo es la llama bella,
y que el asirla es quemarse.
¿Quién sabe si yo también
hubiera la llama asido,
si no me hubiera tenido
lejos de ella tu desdén?
Te debo esa obligación,
aunque sé que no lo has hecho
por mirar á mi provecho
ni tenerme compasión.
Mas déjate de guardar,
como el avaro, el tesoro,
que estando á la vista el oro,
alguno le ha de robar.
Ni esperes que el amador
te pida de amar licencia,
mientras la correspondencia
no sea una ley de amor.
La Sed De Agua
De la fuente Inés volvía,
y el peso la fatigaba
del cántaro que llevaba,
pues quince años no tenía.
Contra su seno agitado
su blanco y desnudo brazo
ceñía con dulce abrazo
aquel cántaro envidiado.
Descargóle, y tomó aliento
sobre una florida alfombra,
bajo la sonora sombra
de un olmo que mece el viento;
cuando acertara á pasar
por aquel sitio Lisardo,
el mancebo más gallardo
de todos los del lugar.
Él llevaba sed, y al ver
el cántaro, le dió más,
y di jola: — «Inés, ¿me das
de ese cántaro á beber?»
Ella los ojos alzó,
y mirando su semblante
halagüeño y suplicante,
respondióle: — «¿Por qué no?»
Y con su mano graciosa
la punta del delantal
pasaba por el brocal
del cántaro, vergonzosa.
«Excusado es tanto esmero
en limpiar el borde, Inés,
— dijo el zagal, — si no es
que otro ha bebido primero.»
Ella dijo: — «En el vasar
siempre por mi madre ha estado
este cántaro guardado,
sin dejármelo estrenar,»
Bien lo conoció el mancebo
cuando comenzó á beber,
que es fácil de conocer
Agua de cántaro nuevo.
Y como mientras bebía,
á la zagala miraba,
su boca se refrescaba,
pero su pecho se ardía.
«No bebas tanto, zagal,
— decía Inés, retirando
el cántaro y suspirando: —
hacerte pudiera mal.»
Lisardo, por el contrario,
se empeña en beber sin tasa,
y el cántaro por el asa
arrebata temerario.
Pero lo que sucedió
con semejante violencia
fué que en la fatal pendencia
el cántaro se rompió.
El grito más doloroso,
por la cuitada lanzado,
á los ecos fué llevado
por el viento vagaroso;
y de color y sentido
privada, al suelo viniera,
si el mancebo no la hubiera
en sus brazos recibido.
«¡Ay, triste de mí! exclamaba
cuando, en su acuerdo volviendo,
los bellos ojos abriendo,
en llanto los inundaba;
»mi madre bien me decía
que el cántaro no expusiera;
mas yo, que tan frágil era
el cántaro no creía.
»¿Quién había de negar
una sed de agua, ni quién
pensara que el hacer bien
tan caro suele costar?
» — No lo hice á mal hacer, —
dijo el mozo á Inés; — perdona
si las quiebras mi persona
te puede satisfacer.
»Dame la mano, y de aquí
los dos á tu casa iremos;
á tu madre la diremos
cómo el cántaro rompí;
»que yo de barro tan tierno
no le juzgué ciertamente,
mas, pues fué un día á la fuente,
no había de ser eterno.»
A la fuente Inés volvió
pero con cántaro usado
y en un olmo recostado
á su Lisardo encontró.
Bajó los ojos al verle,
vergonzosa del fracaso
y él la dijo, — «¿Inés, acaso
no me expusiste á romperle?»
— «Yo no, que tú le cogiste,» —
dijo sonrosada Inés
y él replicó: — «verdad es,
pero tú el agua me diste.
¿Ni cómo podría ser
que del agua yo probase
si el cántaro no agarrase
para poderla beber?
Mil veces mal haya, amén
no se ha hecho de manera
que aunque ayer roto estuviera
hoy se rompiera también.
Mas pocas podrán contar,
como del tuyo has contado,
estar quince años guardado
sin romperse en el vasar.»
Mientras hablaba el mancebo
la tierna Inés que le oía
jugando se entretenía
con la punta del pañuelo.
— «Mi madre me regañó
porque beber te dejé —
dijóle al fin, — y porque
el cántaro se rompió.
Dijo que sois muy villanos
los mozos de este lugar,
que no se puede fiar
un cántaro en vuestras manos.
Dijo que con solo verlos
hay mozo que por merced
pide agua sin tener sed
por el gusto de romperlos.
De modo que no confío,
Lisardo, — continuó Inés, —
si habrás roto dos ó tres
antes de romper el mío.»
Ni dijo más Inés, ni
aun cuando ella lo quisiera
el zagal lugar la diera,
quien la satisfizo así:
— «Si he roto más, vida mía,
no vean mis ojos la luz
por esta…»— y besó la cruz
que Inés al cuello traía.
— «¿Qué haces, Lisardo?» — asustada
ella le gritó al instante,
poniéndosela el semblante
como una rosa encarnada.
— «En todo eres extremado,
en jurar como en beber
y pudiera acontecer
que alguien lo hubiese notado.»
Y el seno le palpitaba
y el rostro se la encendía
y el mozo que la veía
de ardiente sed se abrasaba.
Dame el cántaro, Inés bella,
á ver si templo mi ardor;
y mudada de color,
— c<toma y bebe,» — dijo ella.
Y el cántaro abandonó
á aquel zagal imprudente
que, como ciervo á la fuente,
al agua se abalanzó.
¡Pobre Inés! ¿Cómo podría
no socorrer al mancebo?
¿la. que ayer ofreció el nuevo
el usado negaría?
A ambos en tan tierno paso
dulce desmayo oprimía
Lisardo, porque bebía,
Inés porque daba el vaso,
mientras entre las frondosas
ramas del árbol erguido
les enredaba Cupido
una cadena de rosas,
diciéndoles: «quiere Apolo
que dicha tan singular
no le sea dado contar
al que tenga un ojo solo»
Á Doña María S. Del Acebal De Arratia
Una sola vez te vi
y aunque tan de paso fué,
escucha si aproveché
la mirada que te di.
Vi en tu porte gentileza
y en tu gesto y apostura
garbo, aseo, compostura,
y en tus modales nobleza.
Vi que el mirar penetrante
negras pestañas templaban,
y en oscuras sombras daban
honestidad al semblante.
Vi tu boca sonreírse,
y sentí lo que sintiera
piadoso mortal que viera
el Paraíso entreabrirse.
Vi la nieve acumulada
en torno al airoso cuello,
vi entre el rizado cabello
al Cándido seno entrada.
Y allí yo, por la apariencia,
de amor juzgué el templo ver;
pero me dijeron ser
el de la beneficencia.
Una Lágrima De Emilia – Cancion Á La Señora De Angulo
Vi una lágrima correr
por tu angélico semblante
y en él brillar un instante
para en tu seno caer.
Y aquel seno vi agitarse,
como cuando el viento mueve
de cumbre en cumbre la nieve
que comienza á deshelarse.
Tu Cándida mano, en tanto,
los bellos ojos cubría
y en vano enjugar quería
aquel compasivo llanto.
Así al regar los jardines
una bullidora fuente
salta, inunda osadamente
valladares de jazmines.
Y así una nube ligera,
la luz de Mayo encubriendo
y en blanda lluvia cayendo,
anuncia la primavera.
Primavera de consuelo,
para bien de los mortales
anuncian lágrimas tales
á quien contempla tu cielo.
El Beso Á Lesbia
Si tus dos labios un día
á mis dos labios unieras,
todo el placer que me dieras
para tu gloria sería.
Cuanto sentir y gozar
me concediera el amor,
tanto en tu gloria y honor
me concediera cantar.
Cantaría el dulce aliento
que tu boca respiraba
cuando á la mía tocaba
con trémulo movimiento;
La ambrosía más sabrosa
que la hebea para mí,
si ofrecida era por ti
entre el azahar y la rosa;
y aquel ruido delicioso
que tus labios susurraron,
mientras los míos libaron
aquel bálsamo precioso.
Ruido grato y lisonjero
más que el de sonora fuente,
en la canícula ardiente,
al sediento pasajero.
Así mi lira sonara,
y tu beso y mi canción
en toda edad y región
se aplaudiera y se cantara.
Ni amante había de haber
que el beso de amor sentir
lograra, sin bendecir
al dios autor del placer.
Elogio Á La Maestra De Una Niña
Niña del Guadalquivir,
bien haya la discreción
de la que tu educación
se complace en dirigir.
Por ella gozará el suelo
el placer y la ventura
de adorar en la hermosura
la inteligencia del cielo.
Como en el cielo la luz,
en tu halagüeño semblante
ofrecerá á cada instante
un matiz cada virtud.
Del alba el candor tendrá
ó de la aurora el rubor,
ó el benéfico fulgor
que vida á los mundos da.
Será tu sonrisa un día
iris de serenidad,
y en tus ojos la piedad
rocío que Abril envía.
¡Cuán bendecido ha de ser
entonces de los mortales
ese numen, por quien tales
encantos en ti han de ver!
¡Ay! Bien haya veces mil
su ciencia, por quien ver creo
en la estatua más gentil.
Al Natalicio De La Señora Doña Paula Del Acebal Y Arratia (1827)
Con qué fulgor insólito
veo brillar la aurora;
nuevo matiz colora
su candido arrebol;
el cielo más espléndido
se arma de lumbre pura,
su carro hoy apresura
más refulgente el sol.
Todo rebosa júbilo
en este fausto día,
todo inspira alegría
en cielo tierra y mar;
Y por la vaga atmósfera
oigo clamar: «Paulina,
la rubia, la divina,
la bella del lunar;
»que el coro de las náyades,
cantando sus loores,
anuo tributo en flores
ofrece al día natal.
»Deja, Ramona el mórbido
lecho que te empereza;
disfruta la belleza
y gozo universal.
»Ven, y con pecho férvido
tal día celebremos,
á Lina consagremos
nuestro fraterno amor;
y pues tal dicha ¡oh númenes!
nos concedéis propicios,
cual hoy mil natalicios
denos vuestro favor.»
Mis Deseos Cantilena Al Cumpleaños De La Señora Doña Paula Del Acebal De Arratia
Si el cielo á mis deseos
benévolo accediera,
yo no le pediría
ni mando ni riquezas,
ni regir ostentoso
en rauda carretela
de caballos de Arabia
la rápida carrera;
ni en palacio de mármol
espléndido viviera,
si émulas en su ornato
las artes compitieran;
y despreciar sabría
el poder y las rentas,
el comercio y las naves
de Francia y de Inglaterra;
más humildes mis votos
otra ventura anhelan;
tornar, Litará mi infancia
al cielo yo pidiera,
y vagar por los campos
de la progenie nuestra,
y subirte en mis hombros
hasta la cumbre enhiesta
del peñascoso Unguino,
y enseñarte la sierra,
y la cántabra costa
do el bravo mar se estrella;
mientras tú silenciosa,
con tus manitas tiernas
cruzadas en mi frente,
vas segura y contenta.
Si tal vez fatigado
te sentara en la hierba,
tu angelical sonrisa
la gratitud expresa;
y apenas tu boquita
de rosa medio abierta,
balbuciente, mi nombre
á pronunciar acierta.
¡Ay, años infantiles!
¡Cuán dulce impresión dejan
los goces inocentes
con que la vida empieza!
Lita, seamos niños,
torne la infancia nuestra,
olvida el cumpleaños,
mas nunca á tu poeta.
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