Poemas de José Somoza

Poemas de José Somoza

Poemas de José Somoza y Muñoz (1781-1852) quien representa fielmente la transición serena entre el Neoclasicismo y el Romanticismo español. Nacido en Salamanca, su obra está profundamente ligada al paisaje del río Tormes y a una sensibilidad melancólica, aunque contenida por el rigor formal. Aunque destacó como un agudo costumbrista en prosa, su poesía revela una voz íntima y honesta, alejada de la estridencia romántica.

Su estilo se caracteriza por la pureza del lenguaje y una modestia personal que le llevó a publicar de forma dispersa en la prensa de la época. Entre sus temas recurrentes sobresalen la fugacidad del tiempo, la amistad y el elogio a figuras clásicas como Fray Luis de León. Su célebre soneto La durmiente es testimonio de su capacidad para capturar la belleza estática con una delicadeza técnica excepcional.

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A la Magdalena

A la virtud, cuando habitara el suelo,

su imperio la belleza sometía,

la faz encantadora que atraía

el mundo al sonreír, lloró ante el Cielo.

 

Calmose el huracán que en raudo vuelo

el mar de las pasiones embestía;

fue la tiniebla luz, la noche día,

alzando la verdad su eterno velo.

 

La paz logró en la tierra una victoria,

y a las plantas del Justo por trofeos

se vieron los placeres, los amores;

 

las insignias del triunfo de más gloria,

las armas de la lid de los deseos,

suspiros, besos, lágrimas, olores.

 

Densas Nubes Vomita El Occidente

Densas nubes vomita el Occidente,

la noche en carro de ébano se sienta,

vuela en aras de fuego la tormenta,

hierve el rayo en la espuma del torrente;

 

la selva tala el huracán mugiente,

tronchada cruje el haya corpulenta,

rueda el risco al barranco y le acrecienta,

los montes en el mar hunden su frente;

 

la luna en olas de tinieblas nada,

es trono del relámpago la esfera,

y el imperio del mal anuncia el trueno;

 

la luz y paz que en hora bienhadada

el cielo al angustiado mundo diera,

huye y se acoge al corazón del bueno.

 

La Durmiente

La Luna, mientras duermes, te acompaña;

tiende su luz por tu cabello y frente,

va del semblante al cuello y lentamente

cumbres y valles de tu seno baña.

 

Yo, Lesbia, que al umbral de tu cabaña,

hoy velo, lloro y ruego inútilmente,

el curso de la Luna refulgente

dichoso he de seguir, o Amor me engaña.

 

He de entrar, cual la Luna, en tu aposento;

cual ella, al lecho en que tu faz reposa,

y cual ella a tus labios acercarme.

 

Cual ella, respirar tu dulce aliento,

y cual el disco de la casta diosa,

puro, trémulo, mudo, retirarme.

 

La Luna Mientras Duermes Te Acompaña

La luna mientras duermes te acompaña,

tiende su luz por tu cabello y frente,

va del semblante al cuello, y lentamente

cumbres y valles de tu seno baña.

 

Yo, Lesbia, que al umbral de tu cabaña

hoy velo, lloro y ruego inútilmente,

el curso de la luna refulgente,

dichoso he de seguir o amor me engaña.

 

He de entrar cual la luna en tu aposento,

cual ella al lienzo en que tu faz reposa,

y cual ella a tus labios acercarme;

 

cual ella respirar tu dulce aliento,

y cual el disco de la casta diosa,

puro, trémulo, mudo, retirarme.

 

La  Libertad

Á  Horacio  Cocles

Horacio,  solo,  en  el  angosto  puente

que  entre  la  iníamia  y  la  virtud  había,

detuvo  el  carro  de  Mavorte  un  día,

y  á  la  injusta  victoria  osó  hacer  frente.

 

Su  fatal  rueda  opuso  inútilmente

la  ciega  diosa  que  los  hados  guía;

contra  ella  un  pecho  en  que  el  honor  ardía

fué  á  la  salud  de  Roma  suficiente.

 

Muestran  las  ondas  su  profundo  abismo

en  vano;  de  las  líquidas  mansiones

sale  y  sostiene  al  héroe  el  dios  del  Tibre.

 

El  justo,  el  bueno,  el  dueño  de  sí  mismo

contra  la  adversidad  y  las  pasiones

así  lidia,  así  vence  y  así  es  libre.

 

Á  La  Primera  Violeta  De  La  Primavera

Naces  de  planta  inculta,  flor  modesta,

con  la  viciosa  zarza  confundida,

por  el  ingrato  cierzo  sacudida,

á  la  inclemencia  del  invierno  expuesta.

 

Solitaria,  olvidada,  humilde,  honesta,

entre  lóbregas  nieblas  escondida;

nueva  esperanza,  empero,  y  nueva  vida

va  en  tu  aroma  al  desierto,  y  es  floresta.

 

A  tu  fragante  olor  ríe  natura,

huye  el  genio  del  mal  del  yerto  suelo,

torna  Céfiro,  Amor,  Pomona  y  Céres.

 

Anuncio  de  bonanza  y  de  ventura,

de  la  aterida  humanidad  consuelo,

y  amable  imagen  de  la  virtud  eres.

 

Deslumhra  al  mundo  el  templo  de  la  gloria

do  mil  héroes  contempla  colocados,

que  en  el  bronce  y  el  mármol  entallados,

le  presenta  la  fábula  ó  la  historia.

 

Carros  de  triunfo,  palmas  de  victoria,

trofeos  sobre  tumbas  levantados

son  los  funestos  timbres  destinados

á  recordarnos  su  fatal  memoria.

 

No  allí  el  genio  del  bien  á.ti  propicio

¡oh  humanidad!  se  adora;  en  el  olvido

yacen,  sin  ser  de  reverencia  objeto,

 

los  fuertes, que,  invencibles  contra  el  vicio,

en  la  humildad  ó  sobre  el  trono  han  sido,

Sócrates,  Marco  Aurelio  y  Epicteto.

 

¿Quieres  vivir  por  el  placer  mecido?

¿Ver  sentada  á  tu  mesa  la  alegría?

¿Gozar,  cuando  en  el  mar  se  apaga  el  día,

lecho  que  el  Dios  del  sueño  haya  mullido?

 

¿Que  arregle  la  salud  cada  latido

de  tu  pulso,  y  conserve.su  armonía?

¿Que  contra  el  tedio  y  la  melancolía

tu  pecho  de  Minerva  esté  asistido?

 

¿Quieres  clavar  la  rueda  á  la  fortuna?

¿lia  fama  hacer  volar  de  gente  en  gente?

¿Dar  á  la  envidia  el  tártago  amargoso?

 

¿Quieres,  en  fin,  sin  miedo  á  ley  alguna,

en  leda  holganza  y  con  serena  frente

del  mundo  disfrutar?  Sé  virtuoso.

 

Cuando  en  la  siesta,  sobre  fresco  estrado,

sombra  y  reposo  á  Lesbia  da  su  estancia,

un  dichoso  clavel  le  da  fragancia,

entre  el  desnudo  seno  colocado.

 

Mécese  el  verde  vastago,  inclinado

hacia  la  luz  con  singular  constancia,

por  más  que  se  la  oculte  la  distancia,

ó  cancel  persa  y  árabe  entoldado.

 

Busca  y  sigue  el  reflejo  vacilante,

y  del  cáliz  en  púrpura  teñido,

aroma  delicioso  ofrece  al  día.

 

Flor  en  tu  pecho,  Lesbia,  semejante

á  la  virtud  del  pecho  bien  nacido,

á  quien  verdad  alumbra  y  honor  guía.

 

Contemplo,  Lesbia,  y  no  me  canso  de  ello,

tus  ojos,  donde  duerme  Amor  armado;

tu  boca,  en  que  las  Gracias  han  besado,

después  de  modelar  tu  rostro  bello ,

 

La  cabeza  elegante,  el  albo  cuello,

el  seno  blandamente  acariciado

por  las  alas  del  céfiro,  que  osado

vaga  entre  las  madejas  del  cabello.

 

Inclinación  á  la  virtud  me  infunde

cada  acción  tuya,  en  cada  movimiento

celeste  beatitud  contemplar  creo,

 

ó  luz  que  inunda  y  en  placer  confunde

del  fanático  el  torvo  pensamiento

y  el  espíritu  fuerte  del  ateo.

 

La  que  ha  de  enamorarme  ha  de  ser  bella,

pero  sencilla,  afable,  bondadosa;  ,

no  altiva  ni  crüel,  como  la  diosa

que  cuesta  vidas  acercarse  á  ella.

 

Dríada  agreste,  y  no  gentil  doncella,

es  la  que  al  hombre  como  en  selva  umbrosa

al  tigre  acecha  en  caza  peligrosa

para  ofenderle  ó  evitar  su  huella.

 

Risa  en  los  labios,  paz  en  las  miradas,

dulzura  en  las  razones,  y  en  la  frente,

como  en  el  pecho,  honestidad  sin  arte,

 

son  las  gracias  con  Venus  adoradas,

y  las  que  acompañándote  igualmente

he  de  ver,  oh  virtud,  al  abrazarte.

 

Al  Grabador  Esteve,  Abriendo La  Lámina  Del  Cuadro  De  La  Sed, Pintado  Por  Miirillo,  Que  Existe En La Caridad De Sevilla

En  templo  humilde,  en  lienzo  oscurecido,

el  numen  de  Murillo  es  admirado

por  el  de  Esteve,  que  medita  osado

robar  su  presa  al  tiempo  y  al  olvido.

 

«A  la  inmortalidad  restituido

el  bello  original,  multiplicado

irá,  y  á  las  edades  consignado

en  el  metal  de  mi  buril  herido.»

 

Dijo;  y  luego  á  la  empresa  generosa

aplicará  la  mente  y  diestra  mano,

su  genio  á  honrar  el  genio  consagrando.

 

Así  Platón,  la  ciencia  más  preciosa

benéfico  legó  al  género  humano,

las  lecciones  de  Sócrates  copiando.

 

No  envidies  la  ventura  del  malvado,

aunque  en  torno  danzar  las  Gracias  veas,

ni  entre  nubes  de  incienso  dios  le  creas,

cuando  en  olas  de  pompa  va  anegado.

 

Sus  crímenes  perennes  á  su  lado

mira  alumbrados  de  infernales  teas,

y  de  Medusa  las  culebras  feas

en  la  frente  del  bueno  que  ha  insultado.

 

De  Baco  el  brindis  ledo  le  enfurece,

de  Venus  le  parece  amargo  el  beso,

veneno  en  el  placer  le  ofrece  el  vicio,

 

la  péndola  del  tiempo  le  estremece,

gime  de  la  mortal  segur  al  peso,

ve  en  la  tumba  la  escala  del  suplicio.

 

¿Es  infierno  la  vida,  ó  limbo  inerte?

Hoy  estúpido  el  hombre,  ayer  aleve,

frenético  mañana,  sandio  en  breve

ya  en  lela  infancia,  ya  en  caduca  muerte.

 

Es  falso  el  débil,  es  injusto  el  fuerte,

sólo  malignidad  ó  error  le  mueve,

en  pasiones  tenaz,  en  juicio  leve,

siempre  en  contradicción,  que  nunca  advierte.

 

Cadalso  inmenso  el  mundo  me  parece,

donde  el  género  humano  condenado

á  errar,  gemir  y  atormentarse  creo;

 

mas  la  virtud  mi  engaño  desvanece,

y  me  demuestra  que  el  mortal  honrado

no  es  verdugo  jamás,  ni  jamás  reo.

 

Cárcel,  que  opones  inflexible  reja

á  la  inquietud  siniestra  del  bandido,

que,  en  pavorosa  soledad  hundido,

consigo  mismo  á  su  pesar  le  deja;

 

tras  cien  rastrillos  al  delito  aleja

de  la  vista  del  bueno,  y  de  su  oído

prolongado  sollozo,  hondo  gemido,

desesperada  y  blasfemante  queja.

 

Salve,  ¡oh  mansión  de  tantos  maldecida!

yo  te  bendigo,  y  veces  mil  contemplo

la  oscura  hiedra  que  tu  muro  viste,

 

un  tiempo  recordando  de  mi  vida,

en  que  asilo  sagrado  y  santo  templo

contra  la  envidia  á  la  inocencia  fuiste.

 

Hoy  la  pobreza  á  caminar  nos  lleva

por  senda  que  á  escarpada  cumbre  guía,

do  la  virtud  á  la  sabiduría

llama,  y  el  temple  de  las  almas  prueba.

 

Terror  vence  al  mortal,  si  en  región  nueva

por  incógnito  mar  y  zona  fría,

á  penetrar  do  no  penetra  el  día,

entre  sierras  de  hielo  el  ferro  leva.

 

Tal  al  verte,  oh  pobreza,  se  apodera

del  vil  que  merecerte  así  acredita;

el  fuerte,  el  sabio,  sin  pesar,  sus  dones

 

devuelve  á  la  fortuna  que  los  diera,

y  que  al  quitarlos  solamente  quita

vicios  al  malo,  al  bueno  obligaciones.

 

La  luna  mientras  duermes  te  acompaña,

tiende  su  luz  por  tu  cabello  y  frente,

va  del  semblante  al  cuello,  y  lentamente

cumbres  y  valles  de  tu  seno  baña.

 

Yo,  Lesbia,  que  al  umbral  de  tu  cabaña

hoy  velo,  lloro  y  ruego  inútilmente,

el  curso  de  la  luna  refulgente

dichoso  he  de  seguir,  ó  amor  me  engaña.

 

He  de  entrar  cual  la  luna  en  tu  aposento,

cual  ella  al  lienzo  en  que  tu  faz  reposa,

y  cual  ella  á  tus  labios  acercarme;

 

cual  ella  respirar  tu  dulce  aliento,

y  cual  el  disco  de  la  casta  diosa,

puro,  trémulo,  mudo  retirarme.

 

Cecilia 

Bendiga  el  cielo  tu  inocente  vida,

en  cultivar  las  artes  empleada,

placer  honesto  en  paternal  morada

goces  y  des,  por  buenos  aplaudida.

 

La  perfección,  á  pocas  concedida,

logres,  al  clave  y  bastidor  sentada,

do  tu  voz  por  Euterpe  es  modulada,

por  Minerva  tu  mano  dirigida.

 

Si  aprovechas,  Cecilia,  el  don  amable

con  que  el  numen  del  bien  te  favorece,

dedicada  á  tan  nobles  ejercicios,

 

ni  serás  juego  de  fortuna  instable,

ni  víctima  cual  mil  que  el  mundo  ofrece

del  tedio,  del  pesar  y  de  los  vicios.

Septiembre  de  1807.

 

Á  este  soneto  contestó  la  interesada  con  este  otro,  que

insertamos  aquí  como  una  curiosidad:

 

Cecilia  Nunez, Contestando Al Soneto Que Su Padrino Le Envió En 15  De Septiembre De 1807

Dulce  soneto  de  alabanza  mía,

¿quién  pudiera  inspirarte  que  no  fuera

amistad,  compasión  ó  placentera

musa,  que  instruye  con  su  melodía?

 

Sí,  numen  de  bondad,  con  alegría

mi  espíritu  se  ufana  y  te  venera,

y  grato  aprecia  la  lección  primera

que  me  diera  tu  amor  en  poesía.

 

¡Minerva!  ¡Euterpe!  bien:  serán  mi  encanto,

llenarán  mis  instantes  de  dulzura,

y  si  no  llego  al  templo  de  la  gloria

 

por  mi  clave,  mi  aguja  ó  por  mi  canto,

probarán  mis  anhelos  con  usura

ocupándome  siempre  en  tu  memoria.

Sevilla  29  Septiembre  de  1807.

 

El  Llanto  De  Tus  Ojos  Abundante

El  llanto  de  tus  ojos  abundante,

que  las  luengas  pestañas  humedece,

es  la  lluvia  de  Mayo,  que  oscurece

la  luz  del  sol,  y  pasa  en  breve  instante.

 

Es  el  iris  que  en  bóveda  brillante,

vida,  abundancia  y  paz  al  mundo  ofrece,

mientras  el  cáliz  de  las  flores  mece

blando  beso  de  céfiro  fragante.

 

Así  tu  llanto  al  infeliz  recrea,

anuncio  fausto  de  beneficencia,

de  consuelo,  de  alivio,  de  contento.

 

Nunca  tu  llanto  menos  dulce  sea,

ni  te  le  arranque  la  infernal  violencia

de  oprobio,  envidia  ni  remordimiento.

 

Llega,  rayo  de  sol,  que  lentamente

vienes  á  esta  prisión  todos  los  días,

ciñes  mis  sienes  pálidas  y  frías,

y  el  ósculo  de  paz  das  á  mi  frente.

 

Llega;  mas  ¡ay,  que  alejas  prontamente

tu  lumbre  de  estas  bóvedas  sombrías,

donde  ese  dulce  rayo  que  desvías

me  enlaza  al  universo  únicamente!

 

Sol,  cuya  universal  beneficencia,

por  el  inmenso  espacio  difundida,

no  agota  el  bien  en  tu  fecundo  seno,

 

¡Salve!  y  goza  la  excelsa  preeminencia,

al  mísero  mortal  no  concedida,

de  ser  impunemente  recto  y  bueno.

 

Densas  nubes  vomita  el  Occidente,

la  noche  en  carro  de  ébano  se  sienta,

vuela  en  alas  de  fuego  la  tormenta,

hierve  el  rayo  en  la  espuma  del  torrente;

 

la  selva  tala  el  huracán  mugiente,

tronchada  cruje  el  haya  corpulenta,

rueda  el  risco  al  barranco  y  le  acrecienta,

los  montes  en  el  mar  hunden  su  frente;

 

la  luna  en  olas  de  tinieblas  nada,

es  trono  del  relámpago  la  esfera,

y  el  imperio  del  mal  anuncia  el  trueno;

 

la  luz  y  paz,  que  en  hora  bienhadada

el  cielo  al  angustiado  mundo  diera,

huye  y  se  acoge  al  corazón  del  bueno.

 

Vagaba  por  el  bosque  Amor  llorando,

perdido  el  tino,  como  niño  y  ciego;

Silvia,  compadecida  y  á  mi  ruego,

los  brazos  le  tendió,  pero  callando.

 

El  conocerla  procuró,  tentando

rostro  y  cuello,  y  al  seno  tocó  luego,

que  dócil  Silvia  se  prestaba  al  juego,

mil  ímpetus  de  risa  sofocando.

 

Mas  la  divina  mano  que  indecisa

entre  las  perfecciones  vacilaba

de  tal  belleza,  á  tal  examen  puesta.

 

Tropezó  en  dos  hoyuelos  que  la  risa

en  torno  de  sus  labios  dibujaba,

y  entonces  dijo  Amor:  «Mi  madre  es  ésta.»

 

Al  Sr.  D.  Agustín  Arguelles,  Cuando Al  Volver  Del  Destierro,  Le  Abrazó Su  Amigo  El  Autor

Huyó  el  invierno,  perezoso  y  lento,

y  cadenas  de  hielo  echó  al  torrente;

miróle  un  día  el  sol  piadosamente,

y  al  campo  dió  esperanza,  espuma  al  viento.

 

Llevó  en  sus  alas  aquilón  violento

las  nieblas  del  Océano  inclemente,

y  alzó  la  luna  su  serena  frente,

y  en  las  ondas  refleja  el  firmamento.

 

Semejante  á  la  luz  en  la  pureza

vuelve,  y  al  firmamento  semejante,

el  pecho  de  invencible  fortaleza,

 

que  hoy  contra  el  pecho  mío  palpitante

late,  pues  hoy  en  amistosos  lazos

el  honor  de  mi  patria  está  en  mis  brazos.

 

Á  Los  Dos  Azaras

En  alas  de  su  genio  conducidos,

á  la  inmortalidad  son  elevados,

como  Cástor  y  Pólux  abrazados,

de  Febo  en  las  mansiones  admitidos.

 

No  fueron  héroes  para  el  mal  nacidos,

ni  doctos,  en  el  aula  ejercitados

de  Jehová  el  velo  á  levantar  osados,

ni  empíricos,  de  pueblos  aplaudidos.

 

Fueron  la  gloria  de  la  patria  mía,

los  que  al  culto  del  bien  se  consagraron

para  felicidad  de  los  mortales;

 

y  el  sacerdocio  en  la  sabiduría

ejercieron  los  dos,  pues  enseñaron

ciencia  del  mando  y  ciencias  naturales.

 

Á  La  Señora  Doña  Paula  Del  Acebal De  Arratia,  (1830)

Rompe  los  lazos  de  prisión  impía

el  pardo  ruiseñor,  y  el  bosque  umbroso

torna  á  alegrar  su  cántico  armonioso

en  el  horror  de  la  tiniebla  fría.

 

Yo,  así  venciendo  con  tenaz  porfía

el  rigor  de  un  decreto  poderoso,

vuelvo  libre  á  gozar  vida,  reposo

en  este  asilo  grato  al  alma  mía.

 

Y  complacido  en  el  murmullo  blando

del  raudal  de  esa  fuente  cristalina,

que  la  acacia  de  Mila  va  ocultando,

 

humilde  imploro  á  la  piedad  divina,

que,  este  día  mil  veces  renovando,

siembre  de  flores  tu  vivir,  Paulina.

 

Á  La  Excelentísima  Señora  Doña Paula  Del  Acebal  De  Huet

La  esperanza  acompaña  á  la  inocencia,

por  la  esperanza  la  virtud  existe,

cuando  su  fuerte  mano  el  mal  resiste,

cuando  la  tiende  á  la  beneficencia.

 

Tú,  esperanza  del  bien,  la  inteligencia

de  la  santa  equidad  al  bueno  diste,

como  á  Colón  los  mares  sometiste,

y  los  cielos  de  Newton  á  la  ciencia.

 

Tú  das  vida  y  calor  y  movimiento

al  mundo,  á  mundos  mil,  al  universo,

á  cuanto  en  el  espacio  á  ver  se  alcanza.

 

Si  en  la  profundidad  del  firmamento

un  infierno  ha  de  haber  para  el  perverso,

será  la  eternidad  sin  esperanza.

Piedrahita,  28  de  Abril  de  1833.

 

Á  Mi  Señora  Doña  Ramona  Del  Agebal

A  ruegos  del  amor,  la  idalia  diosa

sus  gracias  prestar  quiso  á  la  hermosura

de  una  mortal  sensible,  amable  y  pura,

y  en  el  regazo  maternal  dichosa.

Con  su  divina  mano,  poderosa,

se  desciñó  la  mágica  cintura,

que  el  universo  en  llama  de  ternura

funde,  y  del  cielo  la  mansión  gloriosa.

 

María  Cristina  de  Borbón.  Lo  comprueba  una  copia  autógrafa

que  hemos  hallado  de  él  entre  los  papeles  que  fueron  de  Somoza,

fechada  en  1829,  que  dice  así:

 

A  ruegos  del  Amor,  la  idalia  diosa,

benéfica  una  vez  bajó  del  cielo,

favor  de  una  mortal,  devolvió  al  suelo

la  sacra  huella  en  que  nació  la  rosa.

 

La  mano  de  Citéres  poderosa,

que  sombras  disipó  de  luto  y  duelo,

entre  las  ondas  del  purpúreo  velo

recogió  á  la  doncella  venturosa.

 

Sentóla  en  su  regazo,  y  desciñendo

su  propio  ceñidor,  el  pecho  ileso

fué  de  la  tierna  virgen  envolviendo.

 

Cuando  en  brazos  de  fuego  le  vió  preso

el  beso  del  placer  la  dió,  diciendo:

lleva  la  paz  á  un  reino  en  este  beso.

 

Somoza  no  se  cansó  nunca  de  corregir  y  transformar  este  soneto, acomodándolo  á  diferentes  personas  y  asuntos,  como  se  ve  por la  muestra  que  va  en.  el  texto,  y  por  estas  otras  dos  que  ponemos á  continuación.  La  una  la  hemos  hallado  también  entre  los  papeles del  autor,  aunque  no  es  de  su  letra,  sino  una  copia  en  limpio; la  segunda  la  dió  á  conocer  D.  Sinibaldo  de  Mas  y  el  marqués  de Valmar  la  reprodujo.  Se  ve,  por  la  fecha,  que  es  de  los  últimos años  de  Somoza.

 

A  ruegos  del  Amor,  la  idalia  diosa,

benéfica  otra  vez,  bajó  del  cielo

en  bien  de  una  mortal,  dejando  al  suelo

la  sacra  huella  en  que  nació  la  rosa.

 

A  ruegos  del  Amor,  más  generosa

descendiendo  esta  vez,  de  nuestro  duelo

las  sombras  disipó,  y  alzado  el  velo,

recogió  á  la  doncella  venturosa.

 

Sentóla  en  su  regazo,  y  desciñendo

Venus  su  ceñidor,  el  talle  ileso

fué  de  la  tierra  virgen  envolviendo.

 

En  este  ceñidor  iba  envolviendo

de  la  tierna  doncella  el  pecho  ileso

la  maliciosa  Venus  sonriendo,

 

y  después  que  en  sus  lazos  la  hubo  preso,

el  beso  del  placer  la  dió,  diciendo:

no  sé  si  te  doy  paz  en  ese  beso.

Piedrahita  y  Abril  21  de  1833.

 

Á  La  Jura  De  La  Constitucion  Por  S.  M. La  Reina,  En 18 De Junio  De 1837

Yo  vi  á  Cristina  en  el  solemne  día

que  cual  reina  la  ley  del  bien  juraba,

donde  senda  de  flores  la  guiaba

y  aura  de  bendiciones  la  seguía.

 

El  beso  de  Dione  aparecía

en  su  boca  gentil  si  saludaba

al  pueblo,  que  por  madre  la  aclamaba

y  de  amor  homenaje  la  ofrecía.

 

Cuando  en  lazos  de  fuego  le  vió  preso,

el  beso  del  placer  la  dió,  diciendo:

lleva  la  paz  á  un  reino  en  este  beso.

 

Vaticinio

De  himeneo  á  la  voz,  la  idalia  diosa

benéfica  desciende  ya  del  cielo,

y  aplaude  Mantua,  y  ve  en  el  patrio  suelo

la  sacra  huella  en  que  nació  la  rosa.

 

De  Citéres  la  risa  poderosa

sombras  disipará  de  llanto  y  duelo,

la  cipria  mano  entre  el  purpúreo  velo

recogerá  la  prenda  venturosa;

 

la  pondrá  en  su  regazo,  y  desciñendo

su  propio  ceñidor,  donde  está  impreso

de  las  gracias  el  dón,  la  irá  envolviendo,

 

y  al  amor  español  que  así  haya  preso,

el  beso  maternal  dará,  diciendo:

«La  paz  y  libertad  va  en  ese  beso.»

Piedrahita  30  de  Julio  de  1850

 

Una  Hermosa  Á  La  Luz  Del  Himeneo

Fué  un  tiempo  tu  beldad  tan  poderosa,

que  llegó  á  disculpar  tu  tontería;

la  sandez  en  tu  boca  se  aplaudía

por  salir  entre  el  nácar  y  la  rosa.

 

Cuando  la  edad  á  tu  cabeza  hermosa

la  interior  hermosura  dar  debía,

amor  me  aseguró  llegado  el  día

de  hallar  en  ti  mi  suerte  venturosa.

 

Obedecí  á  su  voz,  rogué  impaciente

que  tu  destino  á  mi  destino  unieses;

mas  cuando  me  alumbró  la  nupcial  tea,

 

cuando  entre  lo  pasado  y  lo  presente

me  pongo  á  comparar,  ¡dudo  que  fueses

tan  necia  entonces  como  luego  fea!

 

En  La  Muerte  De  Cecilia

«Cede  en  tu  terca  lid,  débil  anciano»,

gritó  la  muerte  en  el  funesto  día

en  que  su  amable  víctima  me  asía;

«eres  más  ciego  y  más  que  yo  inhumano.

 

»Hoy  la  eligió  mi  inexorable  mano,

porque  serás  mañana  presa  mía,

y  en  mísero  abandono  gemiría

la  cuitada  á  que  asido  estás  en  vano.»

 

Dijo;  y  hundió  á  la  huérfana  en  la  tumba,

adonde  el  paso  trémulo  dirijo,

donde  en  torno  de  mí  la  voz  retumba

que  de  muerte  me  anuncia  el  plazo  fijo.

¡Oh  soledad!  sepúlteme  clemente

el  musgo  y  sombra  y  llanto  de  tu  fuente.

 

La  Luz  Eléctrica

A  Prometeo  Alcídes  ha  vengado

del  negro  buitre  que  sobre  él  tendía

el  ala,  y  garra  y  pico  hundido  había

en  el  gigante  al  Cáucaso  amarrado.

 

El  genio  se  levanta,  y  denodado

su  antorcha  agita,  y  luz  al  mundo  envía,

y  el  mundo  admira,  y  duda  y  desconfía,

que  siglos  de  tinieblas  le  han  cegado.

 

Hijos  de  la  verdad,  que  en  la  alta  ciencia

de  la  naturaleza  estáis  leyendo

la  ley  que  dicta  y  guarda  el  cielo  mismo;

 

Númenes  de  la  eterna  omnipotencia

sois,  como  Prometeo,  conduciendo

luz,  electricidad  y  magnetismo.

 

Al  Fanático  Sacerdote  Que  Atentó Á  La  Vida  De  S.  M.  La  Reina  Doña Isabel  II

La  juventud,  la  gracia  y  la  hermosura

vi  de  una  madre  que  en  el  templo  oraba,

y  el  fruto  de  Himeneo  presentaba

al  cielo,  agradeciendo  su  ventura.

 

La  lealtad  española  ingénua  y  pura

sus  votos  une,  y  al  Eterno  alaba,

por  el  dichoso  instante  que  anhelaba,

do  Reina  y  pueblo  mutuo  amor  se  jura.

 

Pero  un  sér  por  las  furias  arrojado,

entre  la  pompa,  el  fausto  y  galas  y  oro,

quiso  que  el  llanto  y  que  la  sangre  brote.

 

¡En  la  inocencia  se  vengó  del  hado!

«¿qué  víctima  más  grata  al  dios  que  adoro?»,

dijo,  y  clavó  el  puñal  el  sacerdote.

 

A  Fray  Luis  De  Leon

Al  cielo,  en  fin,  te  alzaste,

y  en luz  resplandeciente  convertido,

verás,  cual  anhelaste,

Lo  que  es  y  lo  que  ha  sido,

Y  su  principio  propio  y  escondido.

 

Allí  tu  mente  admira

la  inmensidad  de  la  celeste  esfera,

que  en  el  espacio  gira,

y  mole  inútil  fuera

si  en  globos  dividida  no  estuviera.

 

Cada  astro  luminoso,

en  su  nocturno  brillo  innumerable,

rueda  majestuoso

en  zona  invariable,

separado  á  distancia  incalculable.

 

¡Oh  altura  inconcebible!

cada  rayo  de  luz  de  allá  enviado,

cuando  es  acá  visible,

mil  días  ha  empleado

en  descender  desde  que  fué  lanzado.

 

Un  ámbito  profundo

equilibra  su  peso  y  movimiento;

es  de  un  mundo  otro  mundo

contrapeso  y  cimiento,

que  al  universo  entero  dan  asiento.

 

Versos  de  la  oda  de  León  á  Felipe  Ruiz

Diferente  y  constante

destino  á  cada  globo  le  ha  cabido,

es  fijo  ó  es  errante,

atrayente,  atraído,

impulsor  de  otro  globo  ó  impelido.

 

Ya  solitariamente,

Ya  marcha  de  satélites  cercado,

ó  de  faja  esplendente,

ó  en  círculo  ignorado,

de  tenebroso  manto  rodeado.

 

Ya  cometa  encendido

por  los  desiertos  del  espacio  vaga,

ó  en  mar  de  luz  hundido

su  lumbre,  que  se  apaga,

renueva,  y  abrasar  al  mundo  amaga.

 

De  catástrofes  tales

el  teatro  es  el  ámbito  del  cielo,

mientras  que  á  los  mortales

en  el  oscuro  suelo

natura  tiende  de  ignorancia  el  velo.

 

Un  astro  que  perece,

y  mundos  desquició  en  el  firmamento,

cuál  fósforo  aparece,

que  ardió,  corrió  un  momento,

se  apagó  al  horizonte  ó  llevó  el  viento.

 

Que  es  á  nuestra  flaqueza

el  orbe  de  la  tierra  que  habitamos,

un  mundo  de  grandeza,

y  único  le  admiramos,

y  los  mundos  cual  átomos  miramos.

 

Así  nos  envaneces,

átomo  imperceptible,  opaco  y  leve,

globo  un  millón  de  veces

menor  que  el  que  te  mueve,

¡oh  del  humano  orgullo  cárcel  breve!

 

Calcinado  planeta,

¿qué  antiguo  cáos  te  agitó  en  su  seno?

¿qué  funesto  cometa?

¿por  qué,  de  escombros  lleno,

eres  ceniza,  escoria,  vidrio  y  cieno?

 

¿Y  es  del  hombre  la  cuna

y  el  féretro  este  punto  limitado?

¿vivir  en  forma  alguna,

de  globo  en  globo  alzado,

de  perfección  en  perfección  no  es  dado?

 

Sí;  que  alternando  un  día

con  cuantos  tienen  en  la  luz  su  asiento,

la  inmensa  jerarquía

del  bien  recorrer  cuento,

y  eterna  escala  ve  el  entendimiento.

 

Río  Tormes

Tus  márgenes  en  fuego

vi  y  en  humo  infernal  envuelto  el  día.

Mavorte,  en  furor  ciego,

¡oh,  Tormes!  detenía

tus  ondas,  que  de  víctimas  henchía.

 

De  Arapiles  famoso

vi  el  campo  de  batalla,  hoy  convertido

en  yermo  silencioso,

donde  el  ala  ha  tendido

el  tiempo,  que  los  males  da  al  olvido.

 

Tu  vega  es  hoy  hollada

por  la  raza  que  ignora  lo  pasado,

y  como  sepultada

otra  raza  ha  quedado

en  este  cementerio  dilatado,

 

donde  dió  paz  la  muerte

á  las  contrarias  huestes  y  naciones,

donde  juntó  la  suerte

en  pálidos  montones

cráneos  de  opuestas  sectas  y  opiniones.

 

¡Ay!  que  no  sólo  al  crimen

y  á  la  demencia  este  sepulcro  encierra,

ni  á  los  que  al  bueno  oprimen,

ni  á  los  que  le  hacen  guerra,

ni  á  los  dominadores  de  la  tierra.

 

Blanquean,  olvidados,

honrosos  huesos  de  españoles  brazos,

contra  el  orgullo  alzados,

y  que  los  viles  lazos

hicieran  de  los  déspotas  pedazos.

 

Despojos  barre  el  viento

de  juventud  y  gracia  y  hermosura,

que  el  error  de  un  momento

á  eterna  desventura

trajo,  de  amor  siguiendo  la  ley  dura.

 

En  pos  de  sus  amantes

las  olas  de  la  lid  las  alcanzaron,

y  cuellos  y  semblantes,

y  miembros  que  encantaron,

al  buitre  del  desierto  abandonaron.

 

Guarda,  piadoso  río,

sus  restos…  grato  á  la  virtud  sincera

no  fuera  el  canto  mío

si  en  él  no  maldijera

á  esos  que  un  vil  error  héroes  creyera.

 

El  Sepulcro  De  Mi  Hermano

Del  tiempo  la  corriente

los  años  y  los  siglos  precipita;

mas  ¿dónde  está  su  fuente?

¿En  qué  mar  deposita

los  años  y  los  siglos  que  nos  quita?

 

Si  al  hombre  fuera  dado

hundir  su  vista  en  la  caverna  oscura

que  tragó  lo  pasado,

desde  allí,  por  ventura,

lograra  ver  la  eternidad  futura.

 

La  misteriosa  esfera

del  saber  y  virtud  abarcaría,

y  el  término  midiera

de  la  encantada  vía

que  hacia  su  perfección  los  seres  guía.

 

¿Por  qué  este  marmol  frío

no  me  muestra  la  huella  silenciosa

del  caro  hermano  mío?

¡Con  mano  poderosa

la  muerte  entre  los  dos  echó  esta  losa!

 

En  ella  suspiraba

mientras  la  noche  el  manto  tenebroso

sobre  mí  desplegaba,

y  el  viento  quejumbroso

dejaba  los  cipreses  en  reposo.

 

La  luna  que  se  alzara,

un  débil  rayo  entonces  enviando,

el  sepulcro  alumbrara,

las  sombras  alargando

y  luz  á  mis  cansados  ojos  dando.

 

Vi  alzar  su  incierto  vuelo

á  una  pintada  mariposa  en  tanto,

cual  si  para  consuelo

viniera,  en  mi  quebranto,

á  darme  aliento  y  enjugar  mi  llanto;

 

como  si  me  dijera:

«quien  muertes  llora,  admire  mi  alegría;

vencí  á  la  Parca  fiera

 

El  fin  y  origen  viera

de  la  virtud  y  la  sabiduría;

y  el  término  midiera

de  la  encantada  vía

que  al  bien  por  el  placer  los  seres  guía.

como  á  la  noche  el  día;

tres  vidas  cuenta  ya  la  vida  mía.

 

«Era  gusano  inerte,

y  hoy  vuelo  ante  la  luz  como  la  aurora;

que  en  la  tumba  la  muerte

mi  existencia  mejora,

me  da  vida  de  amor,  mis  alas  dora.»

 

¡Ay,  mariposa  bella,

guíame  por  la  escala  de  esperanza,

que  á  la  más  alta  estrella

desde  la  tierra  alcanza,

y  los  seres  de  un  mundo  en  otro  lanza!

 

Á  Cierta  Señorita,  Previniéndola Acerca  Del  Carácter  De  Algún  Joven De  La  Universidad  De  Salamanca   

A  salud,  de  las  Gracias  compañera,

el  Abril  de  tus  años  prolongando

y  Amaltea  su  copa  derramando

en  tu  regazo  hasta  la  edad  postrera

no  te  hicieran  feliz  si  á  dones  tales

el  don  de  la  razón  no  se  juntara

y  el  goce  de  los  otros  razonara,

bin  este  don,  serán  dones  fatales

los  demás  dones  y  tu  triste  suerte

correrá  arrebatada  por  el  vicio,

dando  de  precipicio  en  precipicio

ó  yaciendo  en  letárgica  indolencia

estólida  é  inerte

 

Tal  es,  si  se  examina,

de  un  holgazán  la  inútil  existencia,

aunque  sea  holgazán  matriculado

desde  el  húmero  al  Aula  entre  cecina,

á  despecho  de  Céres  porteado.

Entra  en  cátedra,  siéntase,  bosteza,

ronca,  se  rasca,  silba  y  se  espereza,

apoyando  con  ímpetu  violento

sobre  el  banco  anterior  los  calcañales

y  el  lomo  en  el  respaldo  de  su  asiento.

Rechinan  las  maderas

á  impulso  de  sus  miembros  colosales,

las  tablas  se  desunen  y  las  vigas,

ceden  las  clavos,  saltan  las  espigas,

los  pies  derechos  faltan  las  solivas

y  el  banco,  de  filósofos  cargado,

sobre  el  padre  Joaquín  se  ha  desplomado.

¡Allí  de  piernas,  brazos  y  costillas

allí  de  las  tonsuras  abolladas

y  nucas  desahuciadas  de  golillas!

Sálvase  el  catedrático  en  sotana

por  su  jubilación  á  Dios  rogando

y  en  calle  de  Libreros  envidiando

ayunque,  fuelle  y  tizne  á  Malagana.

 

Pero  y  nuestro  Paredes  ¿qué  se  ha  hecho?

¿á  dónde  irá  cargado  con  su  tedio?

porque  el  peso  del  tiempo

le  condena  de  Sísifo  al  tormento.

¿Qué  hará  para  llenar  el  intermedio

que  señala  el  cuadrante  todavía

hasta  cubrir  su  sombra  el  mediodía?

Hele  allí  puesto  al  sol  de  pie  derecho,

y  en  verdad,  que  quien  no  le  conociera

juzgaría  que  estaba  meditando

y  que  se  enajenaba  á  la  manera

de  Arquímedes,  que  estándose  bañando,

le  fué  en  cueros  al  Rey  con  un  problema.

La  Fontaine,  hasta  tanto  que  cenaba

con  muchísima  flema,

jamás  se  le  ocurría  que  ayunaba.

Pero  son  distracciones  más  felices

las  de  nuestro  escolar:  en  las  narices

para  hacerse  cosquillas,  moja  y  mete

un  papel  retorcido,  y  es  billete

en  el  que  de  su  casa  la  criada

reclama  en  cinta  la  palabra  dada.

 

Ya  estornuda,  (Jesús!  Dios  le  haga  un  santo

y  aleje  de  él  la  tentación  maldita

de  entrarse  por  las  casas  de  visita.

 

Célebre  herrero  de  Salamanca,  que  vivía  en  aquella  calle,

Causa  su  aparición  pánico  espanto

en  cualquier  concurrencia;

todos  van  desfilando  en  su  presencia,

sola  dejando  al  ama  de  la  casa

que  angustias  y  mortales  tragos  pasa

en  poder  de  aquel  oso,

porque  á  más  de  pelmazo  y  majadero,

maligno,  preocupado  y  embustero,

es  bellaco  y  vicioso

como  un  orangután  con  las  mujeres.

 

Ni  entretenerle  esperes

con  pláticas  sabrosas,

instructivas,  agudas,  sentenciosas.

Sordo  y  sin  voz,  con  la  cabeza  baja,

sacando  del  bolsillo  la  navaja,

se  dedica  á  grabar  en  la  madera

más  fina,  sobre  el  mueble  más  lucido,

de  la  pasión  el  gallo  y  la  escalera

ó  un  víctor  con  su  nombre  y  apellido.

Si  un  libro,  aunque  enemigo  de  lectura,

encuentra  allí,  le  agarra  y  ver  desea

los  santos  (llama  así  á  las  grabaduras)

y  en  contemplarlos  del  revés  se  emplea.

 

Mas  como  alguna  mosca  aun  más  pesada

encima  de  la  lámina  se  plante,

cierra  el  libro  de  recio  en  el  instante

y  se  ríe  mostrándola  aplastada.

También  gusta  de  flores,  y  si  advierte

en  manos  de  la  dama  alguna  rosa,

se  la  pide  ó  la  pilla,  y  se  divierte

en  pelarla  y  las  hojas  va  plegando

con  gracia  primorosa

y  cuando  están  plegadas,  alargando

el  brazo  hacia  la  dama,  de  repente

se  las  estrella  á  golpes  en  la  frente.

 

Tal  es  de  las  mañanas  el  empleo.

La  tarde  ó  es  al  jarro  consagrada

ó  á  la  brisca,  y  tal  vez  sale  á  paseo

del  Tormes  á  la  margen  celebrada,

de  Meléndez  cantada

la  lira  anacreóntica  pulsando;

las  zagalas  en  torno  de  él  sentadas,

y  sus  grutas  las  Náyades  dejando

verdes  guirnaldas  en  su  honor  tejían,

y  besos  por  canciones  le  ofrecían

los  céfiros  y  amores,

meciéndose  á  su  voz  entre  las  flores.

 

Pero  nuestro  mancebo

que  se  ríe  de  líricas  patrañas

y  para  quien  las  Musas,  Pindó  y  Febo

son  gazapas  tan  fútiles  y  extrañas

como  el  andar  el  mundo  á  la  redonda,

tomar  del  sol  su  resplandor  la  luna,

preservar  de  viruelas  la  vacuna

y  en  medio  de  la  mar,  siendo  tan  honda,

morir  de  sed  la  gente  en  un  navio,

solo  va  al  Tormes  á  capar  el  río.

 

En  este  pasatiempo  le  anochece

y  yo  que  de  seguirle  estoy  cansado,

dejar  quiero  al  menguado

que  á  la  ciudad  se  vuelva  y  allí  empiece

su  nocturna  carrera

de  una  Aspasia  al  candil  por  dos  pesetas.

Le  dejo  columpiando  en  dos  muletas

hasta  la  primavera,

que  un  récipe  de  Alcántara  en  un  sorbo

libre  á  la  sociedad  de  tal  estorbo.

Poemas de José Somoza

Á  Un  Amigo  Disgustado  Del  Mundo

Quien  desde  su  agujero  ve  riendo

cual  mundo  nuevo  la  mundana  bola,

ese  solo  es  el  sabio,  á  lo  que  entiendo.

 

No  le  hará  la  fortuna  la  mamola,

por  querer,  en  su  rueda  encaramado,

asir  la  mecha  de  su  calva  chola.

 

Ni  rodará,  de  allí  precipitado,

en  honra,  en  fama,  bienes  y  persona

para  siempre  jamás  descalabrado.

 

Todo  el  que  sobre  cívica  corona

saltar  ha  visto  el  popular  chinarro,

que  vayan,  dice,  y  busquen  una  mona;

 

por  arrimar  el  hombro  coge  el  carro

al  que,  más  generoso  que  prudente,

logró  sacarle  del  inmundo  barro.

 

Por  más  que  sople  favorable  el  viento,

de  hoy  más  entró  en  bahía  mi  navio

y  yo  á  la  orilla  de  la  mar  me  siento;

 

que  la  muela  del  juicio,  amigo  mío,

si  al  cabo  de  mis  treinta  navidades

no  apunta  ya,  en  verdad  que  desconfío.

 

Esta  edad  equivale  á  dos  edades,

pues,  por  fortuna  la  que  me  ha  cabido

es  un  siglo  completo  en  novedades;

 

y  ya  que  con  pellejo  hemos  salido

guardarle  quiero  verde  desde  hoy  mismo

y  para  lo  del  mundo  me  despido.

 

Acúsenme  en  buen  hora  de  egoísmo,

treta  que  á  más  de  un  alma  novatona

hacer  puede  volar  al  heroísmo.

 

«El  brazo  se  partió,  grita  la  gente

que  dentro  va;  mas  ¿quién  le  mete  al  necio

En  arrimar  el  hombro  de  repente?»

 

Para  no  agradecer,  rebaja  el  precio

el  vulgo  al  beneficio,  cuya  suma

con  suma  igual  cancela  de  desprecio.

 

Pero  apartemos  pensamiento  y  pluma

de  rancios  apotegmas  y  triviales,

más  repetidos  que  del  mar  la  espuma.

 

Supongo  tus  agravios  sin  iguales,

cual  los  del  estrujado  entre  paveses,

por  chiste  de  señores  y  juglares;

 

supongo  que  de  paz  el  beso  dieses

al  rucio,  en  cuya  albarda  caballero,

del  mundo  huyendo  vas  y  sus  reveses.

 

Mas  de  la  soledad  en  el  sendero

una  sima  oscurísima  se  ofrece,

á  la  incauta  virtud  despeñadero;

antro  fatal,  que  el  ánimo  entorpece,

 

Mas  yo,  que  sobre  cívica  corona

saltar  he  visto  el  popular  chinarro,

que  vayan,  digo,  y  busquen  una  mona;

por  tirar  de  la  rueda  coge  el  carro

al  desdichado  que  oficiosamente

logró  sacarle  del  inmundo  barro.

 

El  brazo  se  partió,  grita  la  gente

que  dentro  va,  ¡animal !  ¡bien  empleado!

¿quién  va  á  meter  el  hombro  de  repente?

 

Tal  es  el  vulgo,  y  de  él  escarmentado,

no  por  eso,  misántropo  insociable,

á  la  beneficencia  he  renunciado:

 

virtud  que  para  el  hombre  razonable

es  (de  la  ingratitud  en  la  certeza)

aforismo  de  higiene  saludable.

Mas  juzgo,  por  ejemplo,  una  simpleza

el  que  la  cara  saques  por  la  villa

contra  los  de  la  cola  en  la  cabeza

cuando  vienen  buscando  á  la  guerrilla,

es  la  profundidad  del  egoísmo,

do  el  corazón  helado  se  endurece.

 

Ni  basta  que  te  libres  de  este  abismo,

pues  hay  otro  más  hondo  todavía,

boca  funesta  del  infierno  mismo.

 

Allí  la  criminal  misantropía

entre  fantasmas  lúgubres  cavila,

y  acecha  y  aborrece  y  desconfía.

 

Y  el  centelleo  del  puñal  que  afila

la  estremece,  y  su  sombra  teme  armada,

y  en  delirante  fiebre  se  aniquila.

 

Una  senda  aparece  poco  usada

que  á  la  felicidad  puede  llevarte

de  la  agradable  condición  privada:

 

No  temas,  si  la  emprendes,  fatigarte;

hallarás  en  pisarla  complacencia,

ni  querrás  luego  de  ella  desviarte,

 

La  senda,  en  fin,  de  la  beneficencia;

por  ella,  en  medianía  deliciosa,

y  á  sablazos  la  bula  repartiendo

ó  birlando  á  los  clérigos  la  cilla;

 

el  pueblo,  que  tu  celo  está  aplaudiendo,

aplaude  si  los  nuestros  te  acocean,

traición  tu  patriotismo  suponiendo,

 

Nada  exagero3  y  los  que  no  me  crean

bárbara  cicatriz  de  injusta  espada

sobre  mi  cuerpo  por  sus  ojos  vean.

 

Una  lección,  amigo,  tan  bien  dada

puede  acortar  su  generoso  vuelo

al  pájaro  del  ala  más  osada.

 

Tiempo  es  de  apeonar;  me  agaché  ai  suelo

cauto,  y  el  pico  entre  el  alón  metiendo,

me  acurruqué  en  el  nido  y  truene  el  cielo.

 

Sabré,  con  mi  amor  propio  transigiendo,

cual  mundo  nuevo  la  caduca  bola

reir  de  balde,  por  el  lente  viendo,

 

Hacer  á  la  fortuna  la  mamola

resolución,  por  cierto,  es  más  honrosa

útil  harás  y  grata  tu  existencia.

 

Pero  esta  medianía  misteriosa

dorada  en  balde  Horacio  nos  presenta,

pues  la  encontramos  pildora  amargosa;

pildora  que  al  tragarla  se  revienta,

y  es  porque  el  paladar  está  obstruido,

y  en  estómagos  débiles  no  asienta.

 

«¡Medianía!  ¡oh  placer!  clama  un  perdido,

¡cuán  dichoso  contigo  yo  viviera,

á  quinientos  ducados  reducido!»

 

Mas  téngalos  por  una  vez  siquiera;

hétele  en  el  garito:  Copo  y  gano,

grita,  fulla,  provoca  una  quimera,

 

dánle  de  palos,  llega  un  escribano,

va  en  una  cuerda  y  en  Melilla  para,

donde  á  la  medianía  invoca  en  vano.

 

¿Pues  aquel  mayorazgo?  ¿con  qué  cara

á  graves  cargos  bajamente  aspira,

y  en  hacer  antesalas  no  repara?

que  asir  la  mecha  de  su  calva  chola.

 

Mas,  ¡oh  tú,  medianía  deliciosa!

dorada  en  balde  Horacio  te  presenta,

pues  pildora  te  encuentran  amargosa;

pildora  que,  al  tragarla,  se  revienta,

por  cuanto  el  paladar  está  obstruido

y  en  débiles  estómagos  no  asienta.

 

¡Medianía,  oh  placer!  clama  un  perdido,

¡cuán  dichoso  contigo  yo  viviera

á  quinientos  ducados  reducido!

 

mas  téngalos  por  una  vez  siquiera:

¡á  Dios!  marchó  al  garito;  copo  y  gano,

grita,  fulla,  suscita  una  quimera,

dánle  de  palos,  llega  un  escribano,

pónenlo  en  cuerda  y  en  Melilla  para,

donde  á  la  medianía  invoca  en  vano.

 

¿Mas  y  aquel  mayorazgo?  ¿Con  qué  cara

á  graves  cargos  bajamente  aspira

y  en  hacer  antesalas  no  repara?

 

Con  renta  y  sin  afanes,  ¿qué  suspira?

la  dulce  medianía,  según  dice.

— ¿Has  visto  otra  chulada?…  pero  mira;

 

la  belleza  que  adora  el  infelice

desmáyase  cual  flor  del  cierzo  ajada,

en  viendo  una  berlina,  y  le  maldice.

 

Olla  española  en  fuente  abigarrada,

que  la  mesa  del  Cid  honrar  solía,

no  la  puede  arrostrar  la  desdichada.

 

Así  el  buen  hombre  á  la  tesorería,

en  tren  corriendo  de  caballos  píos,

va  á  buscar  la  dorada  medianía.

 

«Allá  se  avengan  con  sus  desvarios,

dirá  con  gravedad  cierto  sujeto,

que  yo  he  dado  de  mano  ya  á  los  míos.»

 

En  vida  independiente,  ocio  completo

logro,  de  afán  y  de  cuidado  exento;

mi  única  ocupación,  mi  único  objeto

es  el  de  cultivar  mi  entendimiento;

 

con  renta  y  sin  afanes,  ¿qué  suspira?

la  dulce  medianía,  según  dice:

¿has  visto  otra  chulada?  pero  mira:

 

la  belleza  que  adora  el  infelice

desmáyase  cual  flor  del  cierzo  ajada

en  viendo  una  berlina  y  le  maldice;

 

olla  española  en  fuente  abigarrada

que  la  mesa  del  Cid  honrar  solía

no  la  puede  arrostrar  la  desdichada.

 

Así  el  buen  hombre  en  la  repostería,

y  en  tren  llevado  de  caballos  píos,

quiere  hallar  la  dorada  medianía.

 

Allá  se  avengan  con  sus  desvarios,

dirá  cierto  sujeto  gravemente,

que  yo  he  dado  de  mano  ya  á  los  míos.

 

Hallóme  con  salud,  independiente,

con  hacienda  bastante  á  mi  sustento;

tengo  amigos,  me  quiere  bien  la  gente,

procuro  cultivar  mi  entendimiento;

 

en  verano  el  nativo  campo  gozo;

en  el  invierno  la  ciudad  frecuento;

 

y  para  ser  feliz,  pues  aún  soy  mozo,

lo  que  me  falta  conseguir  espero,

sin  que  presuma  ser  de  ciencia  un  pozo:

 

Pasar  por  la  capilla  es  lo  que  quiero,

y  doctor  salmantino  he  de  firmarme.

«¿Quién  es  ese  pedante  majadero,

 

»de  risa  muerto,  vas  á  preguntarme,

cuya  felicidad  del  grado  espera?

nómbramele,  que  quiero,  por  holgarme,

 

»la  borla  tremolar  en  su  mollera

con  que  Almagro  á  sus  recuas  condecora

á  golpes  de  tambora  titerera.»

 

¡Mas  cuál  te  santiguáras  si  yo  ahora

callandito  al  oído  te  dijese,

bajo  el  sigilo  que  el  pudor  minora:

«Pues,  amigo  del  alma,  yo  fui  ese!!!»

en  verano,  el  nativo  campo  gozo;

en  el  invierno,  la  ciudad  frecuento,

 

y  para  ser  feli\,pues  aún  soy  mo\o,

lo  que  me  resta  conseguir  espero,

sin  que  presuma  ser  de  ciencia  un  po\o.

 

Pasar  por  la  capilla  es  lo  que  quiero

y  doctor  salmantino  he  de  firmarme.

¿Quién  es  ese  pedante  majadero

 

(de  risa  muerto  vas  á  preguntarme)

cuya  felicidad  el  grado  espera?

Nómbramelo,  que  quiero,  por  holgar  me,

 

la  borla  tremolar  en  su  mollera

con  que  Almagro  sus  recuas  condecora

á  golpe  de  Pantorra  titerera.

 

Mas  cuál  te  santiguaras  si  yo  ahora,

callandito  al  oído  te  dijese,

bajo  el  sigilo  que  el  rubor  minora:

Pues,  amigo  del  alma,  yo  soy  ese.

 

Sobre  La  Felicidad  En  Estrambotes 

Dícesme  que  te  parece

cosa  imposible  decir:

¡vi  un  dichoso!

mas  es  porque  le  oscurece

su  retirado  vivir

silencioso;

 

mientras  que  los  descontentos

de  su  suerte  en  inquietud

continua  están.

Su  afán  en  sus  movimientos

y  ruidosa  multitud

diciendo  van;

 

y  juzgan  falso  y  forzado

y  aparente  aquel  sosiego

envidiable

 

del  sabio  que  no  es  llevado

en  un  torbellino  ciego

y  mar  mudable.

 

Al  débil  su  estolidez

felicidad  no  consiente

disfrutar,

 

ni  al  soberbio  su  altivez,

ni  el  atrabiliario  intente

á  ella  aspirar.

 

La  felicidad  no  habita

en  alma  que  estas  pasiones

aposenta.

 

Limpia  mansión  necesita

y  que  de  preocupaciones

esté  exenta.

 

Las  preocupaciones  son,

en  poética  figura,

las  Arpías,

que  tienen  el  fatal  dón

de  tornar  hiél  la  dulzura

de  tus  días.

 

A  estos  monstruos  infernales

pocos  osan  ausentar

ni  hacer  frente,

é  intrépidos  á  los  males

verdaderos,  despreciar

los  aparentes.

La  pompa,  la  elevación,

dignidades  y  opulencia

es  la  ventura

en  la  vulgar  opinión,

que  juzga  por  la  apariencia,

y  es  locura.

 

¡Loco  será  el  que  se  siente

en  rueda  que  ha  de  volver

fortuna  instable!

¡Locura  será  que  aumente

su  circunferencia  un  ser

tan  vulnerable!

 

Guarde  el  lidiador  el  pecho,

puesto  en  perfil  de  tal  suerte,

que  la  espada

 

de  adversidad  menor  trecho

hallar  pueda  en  que  le  acierte

la  estocada.

 

Las  artes  y  la  lectura,

los  campestres  ejercicios

provechosos,

son  de  posesión  segura,

no  caros  como  los  vicios,

ni  azarosos.

 

Dado  es  al  sabio  un  placer

de  más  estima,  nobleza

y  calidad:

 

el  estudio  de  su  ser,

el  de  la  naturaleza

y  la  verdad.

 

Así,  en  las  alas  del  genio

del  bien  Sócrates  llevado,

elevó  el  vuelo;

de  Newton  así  el  ingenio,

hasta  la  luz  trasportado,

midió  el  cielo.

 

Y  aunque  no  á  todo  mortal

dado  sea  conseguir

tal  beatitud,

existe  un  bien  sin  igual,

no  imposible  de  adquirir,

que  es  la  virtud.

 

Á  La  Cascada  De  La  Pesqueruela

Y  de  peña  en  peña  dando,

torrente,  y  vas  gastando

en  espuma  el  raudal?

El  cieno  impuro  agitas

del  lago,  en  que  cayendo,

le  rompes  con  estruendo

al  ronco  trueno  igual.

 

Tu  curso  estrepitoso

un  insondable  abismo

cava  para  ti  mismo

con  terco  frenesí;

y  al  fondo  cavernoso,

ciego,  contigo  lanzas

cuanto  en  tu  curso  alcanzas,

cuanto  se  acerca  á  ti.

 

Desnuda  tu  ribera

de  trébol,  musgo  y  flores

dejas,  y  los  amores

turbas  del  ruiseñor.

Su  nido  en  la  bardera,

sus  polluelos  alados

son  ¡ay!  arrebatados

de  tu  embate  al  furor.

 

La  tórtola  otros  ecos

busca  á  su  tierna  queja.

como  te  precipitas,

busca  lejos  la  abeja

sombra,  silencio  y  paz:

se  ve  de  espinos  secos

tu  contorno  erizado,

do  el  lobo  está  emboscado

y  el  alcotán  voraz.

 

A  la  hiedra  que  cerca

tu  roca  trepar  quiere

la  inquieta  cabra,  y  muere

devorada,  al  subir.

¡Ay!  del  pastor  que  acerca

á  tu  sombra  el  ganado;

su  imprudencia  el  cuitado

tiene  que  maldecir.

 

Ese  orgulloso  salto,

ese  continuo  ruido,

¿á  qué  va  dirigido?

¡á  perderte  en  el  mar!

donde,  de  juicio  falto,

tu  desvanecimiento

corre  á  merced  del  viento,

para  siempre  á  vagar;

 

mientras  la  humilde  fuente

al  pie  tuyo  formada,

benéfica  y  callada,

regando  el  prado  va;

su  trenzada  corriente

oculta  en  la  verdura,

y  abundancia  y  frescura

al  valle  y  selva  da.

 

Si  un  tronco,  si  una  peña

su  camino  embaraza,

les  huye  ó  les  abraza,

burlando  su  intención:

no  en  penetrar  se  empeña

la  escondida  maleza;

sabia  naturaleza

guía  su  inclinación.

 

Ya  por  anchos  canales,

ya  por  rústica  zanja,

frutos  dando  á  la  granja,  –

dando  pompa  al  jardín;

y  en  secos  arenales

de  yermos,  que  ameniza,

su  cauce  se  desliza,

benéfico  hasta  el  fin.

 

Su  fin,  tan  apacible

como  el  azul  del  cielo,

que  mientras  regó  el  suelo

se  reflejaba  en  él;

el  fin  apetecible

de  la  vida  del  bueno

de  quien  fué  aquel  sereno

arroyo  imagen  fiel.

 

Á  La  Laguna  De  Gredos

Entre  escarpadas  puntas

de  una  sierra  nevada,

sobre  otra  sierra  alzada,

el  hondo  lago  vi:

vi  el  lago  en  que  sepultas

¡oh  Gredos!  mil  torrentes,

que  elevadas  pendientes

hunden  por  siempre  en  ti.

 

Ruedan  las  olas  dentro,

la  salida  buscando,

y  en  derredor  bramando

de  su  eterna  prisión;

pero  luego  en  su  centro

cesa  el  ruido  espantoso;

silencio  pavoroso

sigue  á  su  agitación.

 

Tendió  el  ala  en  el  polo

el  viento  del  desierto,

y  el  lago,  al  soplo  yerto,

es  hielo  inmóvil  ya.

El  cardo  triste  y  solo

en  su  orilla  nacido,

de  Bóreas  al  silbido,

sobre  él  huyendo  va.

 

Densa  niebla  oscurece

su  cumbre,  asiento  eterno

del  trono  del  invierno,

hijo  del  Septentrión.

Entre  ella  resplandece

nevado  el  ventisquero,

vuela  en  su  reverbero

deslumbrado  el  halcón.

 

Busca  incierto  su  nido,

y  del  etéreo  cielo

la  alba  nieve  del  suelo

no  acierta  á  distinguir.

La  escarcha  el  pino  erguido

sacude  inútilmente,

sus  ramas  tristemente

hace  el  peso  crugir.

 

El  águila  despierta

sobre  el  césped  marchito

de  la  roca,  y  su  grito

vaga  en  la  soledad.

¡Ay  laguna  desierta!

ese  témpano  helado

semeja  del  malvado

la  insensibilidad.

 

La  congelación  fría

del  corazón  humano,

que  el  huracán  insano

del  vicio  endureció,

luto  y  melancolía

cubre  el  antro  insondable,

que  en  yermo  inhabitable

el  tiempo  trasformó.

 

Muro  de  rocas  cerca

la  inaccesible  orilla,

do  el  rayo  jamás  brilla

de  benéfica  luz.

Jamás  allí  se  acerca

céfiro  puro  y  blando,

en  sus  alas  llevando

esperanza  y  salud.

 

Su  estéril  aspereza

venenos  da  homicidas,

que  á  las  entumecidas

víboras  den  vigor.

Plegué  á  Naturaleza

en  un  temblor  horrible

hundirte,  ¡oh  insensible

páramo  de  terror!

 

Una  Desdeñosa

No  extrañara  ¡oh  desdeñosa!

el  que  mi  amor  te  ofendiera,

si  yo  la  culpa  tuviera

de  que  tú  fueras  hermosa.

 

Cuenta  de  mi  inclinación

pide  á  la  Naturaleza,

que  es  quien  te  dió  esa  belleza,

bajo  de  esta  condición.

 

Como  al  sol  le  dió  su  lumbre,

no  para  que  á  él  le  adornase,

sino  para  que  enviase

luz  que  al  universo  alumbre;

 

así  el  cielo  á  ti  también

te  dió  beldad  para  mí,

sin  que  dependa  de  ti

el  que  goce  yo  ese  bien.

 

Sé  yo  gozar  la  fragancia

de  las  flores  sin  cogerlas,

sin  ajarlas,  ni  ponerlas

en  mi  seno  ni  en  mi  estancia.

 

Sé  la  frescura  gozar

de  las  ondulantes  fuentes,

sin  bañarme  en  sus  corrientes

ni  su  pureza  enturbiar.

 

Y  sé  yo  gozar  del  sueño

entre  alamedas  amenas,

sin  pensar  que  son  ajenas,

ni  curar  quién  es  el  dueño.

 

Sueñe  mi  temeridad

ser  dueño  de  tu  hermosura,

goce  de  ella  mi  ventura,

y  ten  tú  la  propiedad.

 

Si  á  pocos  satisfaría

soñada  la  posesión,

ilusión  por  ilusión,

menos  molesta  es  la  mía.

 

Molesta  el  niño  llorando,

si  no  alcanza,  si  no  toca,

ó  si  no  lleva  á  la  boca

la  cosa  que  está  mirando;

 

y  no  hay  forma  de  acordarse,

cuando  suspira  por  ella,

de  cómo  es  la  llama  bella,

y  que  el  asirla  es  quemarse.

 

¿Quién  sabe  si  yo  también

hubiera  la  llama  asido,

si  no  me  hubiera  tenido

lejos  de  ella  tu  desdén?

 

Te  debo  esa  obligación,

aunque  sé  que  no  lo  has  hecho

por  mirar  á  mi  provecho

ni  tenerme  compasión.

 

Mas  déjate  de  guardar,

como  el  avaro,  el  tesoro,

que  estando  á  la  vista  el  oro,

alguno  le  ha  de  robar.

 

Ni  esperes  que  el  amador

te  pida  de  amar  licencia,

mientras  la  correspondencia

no  sea  una  ley  de  amor.

 

La  Sed  De  Agua

De  la  fuente  Inés  volvía,

y  el  peso  la  fatigaba

del  cántaro  que  llevaba,

pues  quince  años  no  tenía.

 

Contra  su  seno  agitado

su  blanco  y  desnudo  brazo

ceñía  con  dulce  abrazo

aquel  cántaro  envidiado.

 

Descargóle,  y  tomó  aliento

sobre  una  florida  alfombra,

bajo  la  sonora  sombra

de  un  olmo  que  mece  el  viento;

 

cuando  acertara  á  pasar

por  aquel  sitio  Lisardo,

el  mancebo  más  gallardo

de  todos  los  del  lugar.

 

Él  llevaba  sed,  y  al  ver

el  cántaro,  le  dió  más,

y  di  jola: — «Inés,  ¿me  das

de  ese  cántaro  á  beber?»

 

Ella  los  ojos  alzó,

y  mirando  su  semblante

halagüeño  y  suplicante,

respondióle: — «¿Por  qué  no?»

 

Y  con  su  mano  graciosa

la  punta  del  delantal

pasaba  por  el  brocal

del  cántaro,  vergonzosa.

 

«Excusado  es  tanto  esmero

en  limpiar  el  borde,  Inés,

— dijo  el  zagal, — si  no  es

que  otro  ha  bebido  primero.»

 

Ella  dijo: — «En  el  vasar

siempre  por  mi  madre  ha  estado

este  cántaro  guardado,

sin  dejármelo  estrenar,»

 

Bien  lo  conoció  el  mancebo

cuando  comenzó  á  beber,

que  es  fácil  de  conocer

Agua  de  cántaro  nuevo.

 

Y  como  mientras  bebía,

á  la  zagala  miraba,

su  boca  se  refrescaba,

pero  su  pecho  se  ardía.

 

«No  bebas  tanto,  zagal,

— decía  Inés,  retirando

el  cántaro  y  suspirando: —

hacerte  pudiera  mal.»

 

Lisardo,  por  el  contrario,

se  empeña  en  beber  sin  tasa,

y  el  cántaro  por  el  asa

arrebata  temerario.

 

Pero  lo  que  sucedió

con  semejante  violencia

fué  que  en  la  fatal  pendencia

el  cántaro  se  rompió.

 

El  grito  más  doloroso,

por  la  cuitada  lanzado,

á  los  ecos  fué  llevado

por  el  viento  vagaroso;

 

y  de  color  y  sentido

privada,  al  suelo  viniera,

si  el  mancebo  no  la  hubiera

en  sus  brazos  recibido.

 

«¡Ay,  triste  de  mí!  exclamaba

cuando,  en  su  acuerdo  volviendo,

los  bellos  ojos  abriendo,

en  llanto  los  inundaba;

 

»mi  madre  bien  me  decía

que  el  cántaro  no  expusiera;

mas  yo,  que  tan  frágil  era

el  cántaro  no  creía.

 

»¿Quién  había  de  negar

una  sed  de  agua,  ni  quién

pensara  que  el  hacer  bien

tan  caro  suele  costar?

 

» — No  lo  hice  á  mal  hacer, —

dijo  el  mozo  á  Inés; — perdona

si  las  quiebras  mi  persona

te  puede  satisfacer.

 

»Dame  la  mano,  y  de  aquí

los  dos  á  tu  casa  iremos;

á  tu  madre  la  diremos

cómo  el  cántaro  rompí;

 

»que  yo  de  barro  tan  tierno

no  le  juzgué  ciertamente,

mas,  pues  fué  un  día  á  la  fuente,

no  había  de  ser  eterno.»

 

A  la  fuente  Inés  volvió

pero  con  cántaro  usado

y  en  un  olmo  recostado

á  su  Lisardo  encontró.

 

Bajó  los  ojos  al  verle,

vergonzosa  del  fracaso

y  él  la  dijo, — «¿Inés,  acaso

no  me  expusiste  á  romperle?»

 

— «Yo  no,  que  tú  le  cogiste,» —

dijo  sonrosada  Inés

y  él  replicó: — «verdad  es,

pero  tú  el  agua  me  diste.

 

¿Ni  cómo  podría  ser

que  del  agua  yo  probase

si  el  cántaro  no  agarrase

para  poderla  beber?

 

Mil  veces  mal  haya,  amén

no  se  ha  hecho  de  manera

que  aunque  ayer  roto  estuviera

hoy  se  rompiera  también.

 

Mas  pocas  podrán  contar,

como  del  tuyo  has  contado,

estar  quince  años  guardado

sin  romperse  en  el  vasar.»

 

Mientras  hablaba  el  mancebo

la  tierna  Inés  que  le  oía

jugando  se  entretenía

con  la  punta  del  pañuelo.

 

— «Mi  madre  me  regañó

porque  beber  te  dejé —

dijóle  al  fin, — y  porque

el  cántaro  se  rompió.

 

Dijo  que  sois  muy  villanos

los  mozos  de  este  lugar,

que  no  se  puede  fiar

un  cántaro  en  vuestras  manos.

 

Dijo  que  con  solo  verlos

hay  mozo  que  por  merced

pide  agua  sin  tener  sed

por  el  gusto  de  romperlos.

 

De  modo  que  no  confío,

Lisardo, — continuó  Inés, —

si  habrás  roto  dos  ó  tres

antes  de  romper  el  mío.»

 

Ni  dijo  más  Inés,  ni

aun  cuando  ella  lo  quisiera

el  zagal  lugar  la  diera,

quien  la  satisfizo  así:

 

— «Si  he  roto  más,  vida  mía,

no  vean  mis  ojos  la  luz

por  esta…»— y  besó  la  cruz

que  Inés  al  cuello  traía.

 

— «¿Qué  haces,  Lisardo?» — asustada

ella  le  gritó  al  instante,

poniéndosela  el  semblante

como  una  rosa  encarnada.

 

— «En  todo  eres  extremado,

en  jurar  como  en  beber

y  pudiera  acontecer

que  alguien  lo  hubiese  notado.»

 

Y  el  seno  le  palpitaba

y  el  rostro  se  la  encendía

y  el  mozo  que  la  veía

 

de  ardiente  sed  se  abrasaba.

 

Dame  el  cántaro,  Inés  bella,

á  ver  si  templo  mi  ardor;

y  mudada  de  color,

— c<toma  y  bebe,» — dijo  ella.

 

Y  el  cántaro  abandonó

á  aquel  zagal  imprudente

que,  como  ciervo  á  la  fuente,

al  agua  se  abalanzó.

 

¡Pobre  Inés!  ¿Cómo  podría

no  socorrer  al  mancebo?

¿la.  que  ayer  ofreció  el  nuevo

el  usado  negaría?

 

A  ambos  en  tan  tierno  paso

dulce  desmayo  oprimía

Lisardo,  porque  bebía,

Inés  porque  daba  el  vaso,

mientras  entre  las  frondosas

ramas  del  árbol  erguido

les  enredaba  Cupido

una  cadena  de  rosas,

diciéndoles:  «quiere  Apolo

que  dicha  tan  singular

no  le  sea  dado  contar

al  que  tenga  un  ojo  solo»

 

Á  Doña   María  S.   Del  Acebal  De Arratia

Una  sola  vez  te  vi

y  aunque  tan  de  paso  fué,

escucha  si  aproveché

la  mirada  que  te  di.

 

Vi  en  tu  porte  gentileza

y  en  tu  gesto  y  apostura

garbo,  aseo,  compostura,

y  en  tus  modales  nobleza.

 

Vi  que  el  mirar  penetrante

negras  pestañas  templaban,

y  en  oscuras  sombras  daban

honestidad  al  semblante.

 

Vi  tu  boca  sonreírse,

y  sentí  lo  que  sintiera

piadoso  mortal  que  viera

el  Paraíso  entreabrirse.

 

Vi  la  nieve  acumulada

en  torno  al  airoso  cuello,

vi  entre  el  rizado  cabello

al  Cándido  seno  entrada.

 

Y  allí  yo,  por  la  apariencia,

de  amor  juzgué  el  templo  ver;

pero  me  dijeron  ser

el  de  la  beneficencia.

 

Una  Lágrima  De  Emilia  –  Cancion Á  La  Señora  De  Angulo

Vi  una  lágrima  correr

por  tu  angélico  semblante

y  en  él  brillar  un  instante

para  en  tu  seno  caer.

Y  aquel  seno  vi  agitarse,

como  cuando  el  viento  mueve

de  cumbre  en  cumbre  la  nieve

que  comienza  á  deshelarse.

 

Tu  Cándida  mano,  en  tanto,

los  bellos  ojos  cubría

y  en  vano  enjugar  quería

aquel  compasivo  llanto.

 

Así  al  regar  los  jardines

una  bullidora  fuente

salta,  inunda  osadamente

valladares  de  jazmines.

 

Y  así  una  nube  ligera,

la  luz  de  Mayo  encubriendo

y  en  blanda  lluvia  cayendo,

anuncia  la  primavera.

Primavera  de  consuelo,

para  bien  de  los  mortales

anuncian  lágrimas  tales

á  quien  contempla  tu  cielo.

 

El   Beso  Á  Lesbia

Si  tus  dos  labios  un  día

á  mis  dos  labios  unieras,

todo  el  placer  que  me  dieras

para  tu  gloria  sería.

 

Cuanto  sentir  y  gozar

me  concediera  el  amor,

tanto  en  tu  gloria  y  honor

me  concediera  cantar.

 

Cantaría  el  dulce  aliento

que  tu  boca  respiraba

cuando  á  la  mía  tocaba

con  trémulo  movimiento;

 

La  ambrosía  más  sabrosa

que  la  hebea  para  mí,

si  ofrecida  era  por  ti

entre  el  azahar  y  la  rosa;

y  aquel  ruido  delicioso

que  tus  labios  susurraron,

mientras  los  míos  libaron

aquel  bálsamo  precioso.

 

Ruido  grato  y  lisonjero

más  que  el  de  sonora  fuente,

en  la  canícula  ardiente,

al  sediento  pasajero.

 

Así  mi  lira  sonara,

y  tu  beso  y  mi  canción

en  toda  edad  y  región

se  aplaudiera  y  se  cantara.

 

Ni  amante  había  de  haber

que  el  beso  de  amor  sentir

lograra,  sin  bendecir

al  dios  autor  del  placer.

 

Elogio  Á  La  Maestra  De  Una Niña 

Niña  del  Guadalquivir,

bien  haya  la  discreción

de  la  que  tu  educación

se  complace  en  dirigir.

 

Por  ella  gozará  el  suelo

el  placer  y  la  ventura

de  adorar  en  la  hermosura

la  inteligencia  del  cielo.

 

Como  en  el  cielo  la  luz,

en  tu  halagüeño  semblante

ofrecerá  á  cada  instante

un  matiz  cada  virtud.

 

Del  alba  el  candor  tendrá

ó  de  la  aurora  el  rubor,

ó  el  benéfico  fulgor

que  vida  á  los  mundos  da.

Será  tu  sonrisa  un  día

iris  de  serenidad,

y  en  tus  ojos  la  piedad

rocío  que  Abril  envía.

 

¡Cuán  bendecido  ha  de  ser

entonces  de  los  mortales

ese  numen,  por  quien  tales

encantos  en  ti  han  de  ver!

 

¡Ay!  Bien  haya  veces  mil

su  ciencia,  por  quien  ver  creo

el  fuego  de  Prometeo

en  la  estatua  más  gentil.

 

Al  Natalicio  De  La  Señora  Doña Paula   Del  Acebal   Y  Arratia  (1827)

Con  qué  fulgor  insólito

veo  brillar  la  aurora;

nuevo  matiz  colora

su  candido  arrebol;

el  cielo  más  espléndido

se  arma  de  lumbre  pura,

su  carro  hoy  apresura

más  refulgente  el  sol.

 

Todo  rebosa  júbilo

en  este  fausto  día,

todo  inspira  alegría

en  cielo  tierra  y  mar;

Y  por  la  vaga  atmósfera

oigo  clamar:  «Paulina,

la  rubia,  la  divina,

la  bella  del  lunar;

 

»que  el  coro  de  las  náyades,

cantando  sus  loores,

anuo  tributo  en  flores

ofrece  al  día  natal.

 

»Deja,  Ramona  el  mórbido

lecho  que  te  empereza;

disfruta  la  belleza

y  gozo  universal.

 

»Ven,  y  con  pecho  férvido

tal  día  celebremos,

á  Lina  consagremos

nuestro  fraterno  amor;

 

y  pues  tal  dicha  ¡oh  númenes!

nos  concedéis  propicios,

cual  hoy  mil  natalicios

denos  vuestro  favor.»

 

Mis  Deseos  Cantilena  Al Cumpleaños  De  La  Señora  Doña  Paula Del  Acebal  De  Arratia 

Si  el  cielo  á  mis  deseos

benévolo  accediera,

yo  no  le  pediría

ni  mando  ni  riquezas,

ni  regir  ostentoso

en  rauda  carretela

de  caballos  de  Arabia

la  rápida  carrera;

ni  en  palacio  de  mármol

espléndido  viviera,

si  émulas  en  su  ornato

las  artes  compitieran;

y  despreciar  sabría

el  poder  y  las  rentas,

el  comercio  y  las  naves

de  Francia  y  de  Inglaterra;

más  humildes  mis  votos

otra  ventura  anhelan;

tornar,  Litará  mi  infancia

al  cielo  yo  pidiera,

y  vagar  por  los  campos

de  la  progenie  nuestra,

y  subirte  en  mis  hombros

hasta  la  cumbre  enhiesta

del  peñascoso  Unguino,

y  enseñarte  la  sierra,

y  la  cántabra  costa

do  el  bravo  mar  se  estrella;

mientras  tú  silenciosa,

con  tus  manitas  tiernas

cruzadas  en  mi  frente,

vas  segura  y  contenta.

Si  tal  vez  fatigado

te  sentara  en  la  hierba,

tu  angelical  sonrisa

la  gratitud  expresa;

y  apenas  tu  boquita

de  rosa  medio  abierta,

balbuciente,  mi  nombre

á  pronunciar  acierta.

 

¡Ay,  años  infantiles!

¡Cuán  dulce  impresión  dejan

los  goces  inocentes

con  que  la  vida  empieza!

Lita,  seamos  niños,

torne  la  infancia  nuestra,

olvida  el  cumpleaños,

mas  nunca  á  tu  poeta.

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