Poemas de Juan de Iriarte

Poemas de Juan de Iriarte

Poemas de Juan de Iriarte y Cisneros (1701–1771), una de las figuras más brillantes de la Ilustración española. Nacido en Tenerife y formado en Francia, destacó como un humanista polifacético, bibliotecario y poeta. Su mayor legado fue la modernización de la Biblioteca Real en Madrid, donde catalogó miles de manuscritos griegos con un rigor científico sin precedentes.

Como miembro de la Real Academia Española, fue el principal artífice de la Gramática de la lengua castellana (1771), sentando las bases normativas del idioma. Además de su labor técnica, Iriarte fue un ingenioso autor de epigramas y una vasta colección de refranes castellanos traducidos al latín. Su vida representó el equilibrio perfecto entre la erudición clásica y el afán reformista de las luces, influyendo decisivamente en la cultura española del siglo XVIII.

A Un Hediondo Pródigo De Besos

A cuantos encuentras, das

besos, en prueba de amor:

si me amas, hazme favor

de no besarme jamás.

 

Canciones Del Epigrama

A la abeja semejante,

para que cause placer,

el epigrama ha de ser:

pequeño, dulce y punzante.

 

A La Afición De Los Gallegos Al Tabaco

Más contribuyen al Rey

con la nariz los gallegos,

que los demás españoles

juntos con todo su cuerpo.

 

A Un Tuerto Enamorado

Si como dicen es cierto

que amor por los ojos entra

no sé como en ti se encuentra

amor tanto siendo tuerto.

 

A Una Muchacha Hermosa Y Boba

La beldad más superior

si de discreción carece,

¿no sabes lo que parece?

flor vistosa sin dolor.

 

A Una Muchacha Muda Y Rica

Rica y muda es la doncella:

mil andan alrededor:

dos dotes a cual mejor

lleva quien case con ella.

 

Limpieza De Madrid Debida A Carlos III

Al igualar ya con tu cielo

tu suelo, Madrid, te atreves:

el cielo a Júpiter debes;

a Carlos debes el suelo.

 

Heráclito Y Demócrito

Aquel filósofo ríe,

este llora: aquel contempla

lo cómico de la vida,

este lo trágico de ella.

 

Los Malcasados

Cuando a alguno se pretende

casar contra su deseo,

el hacha apaga Himeneo,

y Tesífone la enciende.

 

De La Extrema Aflicción

Su dolor no llame agudo

quien llora con frenesí.

El gran sentimiento es mudo.

¡Triste de aquél que no pudo

decir siquiera: ay de mí!

 

Del Verano Y El Invierno

Dos son las enfermedades

que el hombre padece al año:

una que llaman invierno,

otra que llaman verano.

 

Don Lindo

Quien se acicala y repule,

quien presume en el vestir,

o quiere que gusten de él,

o gusta mucho de sí.

 

El Hierro Y El Oro

Mandan las cosas humanas,

a su arbitrio, el oro y hierro:

y entre sí estos dos metales

se dividen el imperio.

 

El Tiempo Y El Amor

Todo lo vence el amor,

todo lo consume el tiempo:

¿cuál de los dos puede más,

aquel niño, o este viejo?

 

La Inoculación De Las Viruelas

Feliz hallazgo y virtud

del arte medicinal,

¡hacer que de injerto mal

brote la misma salud!

 

La Mariposa

La luz hermosa del fuego

a la mariposa engaña:

el sol mismo la fomenta,

la imagen del sol la mata.

 

A la afición de los gallegos al tabaco

Más contribuyen al Rey

con la nariz los gallegos,

que los demás españoles

juntos con todo su cuerpo.

 

A la Abeja

A la abeja semejante,

para que cause placer,

el epigrama ha de ser:

pequeño, dulce y punzante.

 

Haga quien tenga el impulso

Haga quien tenga el impulso

De aspirar a escribir bien,

Que en su perfección estén

Papel, tinta, pluma y pulso.

 

De mui ligero en la Misa

De mui ligero en la Misa

El Prior me reprehende;

Y yo demostraré que él

La dice mucho mas breve.

Tartamudeando repite

Cada palabra tres veces;

Y así, mientras yo una Misa,

Él tres juntas decir suele.

 

Gatos y Perros

Domésticos animales

El Perro y el Gato son:

El úno fiel á la Casa,

El ótro fiel al Señor.

 

Entrando Apolo en Venecia

Entrando Apolo en Venecia,

Se complace en advertir

Quanto el arte de imprimir

Allí florece, y se aprecia.

Ve tanto libro estampado

Sin el mas ligero error,

Con tal limpieza, primor,

Magnificencia y cuidado.

Que estancia tan grata! dixo;

Que digna de mi eleccion!

En ella mi habitacion,

Con mi docto Coro, fixo.

Mas luego, no bien repara

Que opuesta la vil codicia

A la noble industria, vicia

Moldes de fama tan rara,

Quando irritado se ausenta

De la Ciudad pervertida;

Y en su eterna despedida,

Con estas voces la afrenta:

A estar fundada en el cieno

De la Estigia; á ser mansion

Ya del avaro Pluton,

Nó de Apolo, te condeno.

 

Aprendió Mesio á Pintor

Aprendió Mesio á Pintor

Por lograr su amante fuego:

¿Quien dirá que, siendo ciego,

Le enseñó á pintar Amor?»

 

Como con hinchadas olas

¿Como con hinchadas olas

Intentas, soberbio Tajo,

Ofender ese pensil,

Recréo digno de Carlos?

No te irás, nó, sin castigo,

Por mas que huyas, anhelando

Esconder tus delinqüentes

Raudales en el Oceano.

El delito que en Castilla

Cometiste temerario,

Verás mui presto, verás

En Portugal castigado.

Poemas de Juan de Iriarte

Entrada del Rei Carlos III. En Madrid

Solemnizada por las Nobles Artes

«Docto, ilustre Esquadron, que felizmente

Alistado en las haces de Minerva,

Tantas veces habéis baxo su auspicio

Triunfado de la gran Naturaleza,

Y recibido de su sacra mano

Coronas tantas: ínclita Academia,

Con Regia autoridad establecida

Para fomento de las Artes Bellas:

A cuyos pechos el valor heroico

Y la virtud se crian y alimentan;

Canten otros á quienes mas propicio

El sacro Apolo de su númen llena,

Canten de vuestro augusto orígen dignas

Vuestras primeras célebres empresas,

Los insignes progresos conseguidos

Por medio de mil triunfos, mil proezas.

Los trabajos publiquen excelentes

Por el bello capricho y gentileza

De la rara invencion, por la gran copia

De sus varias y hermosas diferencias.

Las obras digan del triforme ingenio

Tan perfectas en sí, que solo al verlas

Calla la Antigüedad, calla la misma

Naturaleza atónita, suspensa.

Yo solo contaré lo que mi Musa

Me permitió poco ha ver en aquella

Regia Casa aplaudida con el nombre

De CERES ¹, en donde hoi Pallas se hospeda,

Por si cabe añadirlo al feliz colmo

De vuestras glorias, timbres y grandezas.

Era de noche; y quando el grave sueño

De los humanos cuerpos se apodera,

Que lánguidos dexaron y rendidos

Del dia los cuidados y fahenas:

Quando en alto silencio sepultado,

Por todas partes el bullicio cesa;

Y al orbe todo una quietud profunda

Oprimiendo, á sus leyes le sujeta:

La Academia olvidada del sosiego,

É incapaz de rendirse á la violencia

Con que el fuerte Morféo reducirla

A su dominio universal intenta,

Todo su ardiente afan, su anhelo todo

Ocupado tenía en las tareas

De la activa Minerva, exercitando

La noble juventud ansiosa de ellas.

En las estancias de aquel Real Palacio

Mas interiores, un salon se ostenta,

Salon ancho, elevado, magestuoso,

De figura quadrada mui perfecta.

De su dorada bóveda pendiente,

Coronado se ve con doce mechas

Un crecido velon que sus reflexos

Repartiendo en contorno, aunque la ausencia

Del dia suple, las obscuras sombras

Con insensible graduacion destierra;

Dispensando la luz donde conviene,

Aun mejor que la lámpara Febéa.

Sobre un tablado de mediana altura

Allí un hombre desnudo se presenta.

¡Qué magnitud de cuerpo tan enorme!

La arrogante cerviz quanto descuella!

Qué pecho, qué hombros anchos y espaciosos!

Qué nervios en los brazos, y qué venas!

¿Cómo de huesos, músculos, costillas

Pintaré la estructura corpulenta?

Cómo aquella canal, gallardo surco

De las espaldas? Cómo las caderas,

Que, estrechando los límites al talle,

Sobresalen con tanta gentileza?

¿Qué diré de la bien proporcionada

Figura de los muslos y las piernas?

Belleza varonil es finalmente

La que en todo aquel cuerpo señoréa.

Tal expresó el pincel del claro Apéles

A su Heroe: compitiendo la eloqüencia

Con los colores, tal Maron á Entelo,

Y Homero tal á Epéo ⁷ representan.

Constante y dócil el Modelo vivo,

Mantiene puntualmente la primera

Figura y situacion en que le puso

El Arte que preside á aquella escuela.

Siendo á sí mismo en todo semejante,

Una misma atitud siempre conserva;

Inmóbil permanece, qual si estatua

De duro mármol, ó de bronce fuera.

Él solo de esta suerte en su persona

Numeroso espectáculo presenta

Al concurso sentado sobre gradas

En anfiteatral órden dispuestas;

Pues estudiosa ocupa los asientos

De varia edad la muchedumbre densa,

De cándido papel y roxo lápiz

Ya prevenida, y de mirar sedienta.

De la dulce verdad allí en la fuente

Las aguas bebe en toda su pureza,

Y las leyes dictadas por su boca

Mas puntualmente de copiar se alegra.

De la hermosura natural, sencilla

Prendados todos, igualmente anhelan

A la madre comun de lo criado

Viva y desnuda contemplar de cerca.

Teniendo un cuerpo inmóbil por objeto,

Mil ojos á la par, mil manos vieras

Moverse á un mismo tiempo; aspirar todos

A expresar del modelo la viveza.

Por qualquier lado que éste se presente,

En retratarle cada qual se empeña,

Naciendo de una sola mil figuras,

De un hombre solo una nacion entera.

Miéntras que en el ardor de este exercicio

Siguen los nobles pechos tal contienda,

Miéntras hierve el estudio generoso,

De repente sonar se oyen las puertas.

Un improviso estrépito interrumpe

Aquel docto silencio que allí reina:

Al punto á los salones del Palacio

Una luz no esperada se dispensa;

Y desde luego con airoso talle,

Con graves y medidos pasos entra

De venerable aspecto una Matrona,

Que vestida de púrpura se ostenta;

A cuya sacra sien sirve de adorno

La augusta insignia de Real diadema,

Y en cuya frente por blason se admira

De la Arctica region brillante estrella.

A su Señora con iguales pasos

Sigue una Osa, nó voraz, nó fiera;

Sí mansa, y como lame á sus hijuelos,

Enseñada á lamer la mano de ella.

De tan raro espectáculo asombrado,

Y ansioso entónces de saber lo que era,

Pregunté en voz sumisa á mi Talía,

Que de mí, por fortuna, estaba cerca,

Quien era aquella Dama respetable,

De tan docta mansion huéspeda nueva:

Y ella satisfaciendo á la pregunta,

Me dió en el mismo tono la respuesta.

Esa, dixo, que ves, es la gran Mantua,

Cabeza y ornamento de la Hesperia,

En honrar á Minerva, generosa,

Y en venerar á Carlos la primera.”

Entretanto prosigue á paso lento

La bizarra Heroina; y por aquellas

Adornadas, magníficas estancias

Espaciando los ojos, se recrea,

Hasta fixarlos en las Artes mismas,

Cuya admirable, celestial belleza

Excede á quantas gracias y eminentes

Perfecciones allí se manifiestan,

Y hasta ver á las tres Nobles Hermanas,

A quienes una fiel correspondencia,

Y el honor á sus méritos debido

De un mismo asiento la igualdad franquean.

Al llegar donde estaban, alternando

Su cortes reverencia á todas ellas,

Con acento apacible y magestuoso

En esta forma su discurso empieza.

Terno ingenioso de Paladias Ninfas,

Perdona si interrumpo tus taréas:

De mi Rei el amor aquí me trahe,

Y al gran Borbon mi justa reverencia.

Ya este Príncipe amable se previene

A ilustrar con su entrada mis almenas:

Ya suspiro impaciente por el día

En que me haga dichosa su presencia.

Intento disponer festejos, pompas

Dignas de huésped tal: que Carlos sepa

Que si soi Imperial en mando y zelo,

No lo soi ménos en magnificencia.

De vuestras manos el favor hoi busco;

Hoi de las Artes, como vos, expertas,

De fecundos ingenios necesito,

Y de todo el influxo de Minerva:

Pues, aunque rica soi y populosa,

Aunque me precio de ínclita nobleza,

¿Que podré yo lograr de quanto emprendo

Si no me concedéis vuestra asistencia?

No ha mucho, á la verdad, que diligente

Del Parnaso subí la cumbre excelsa,

Cumbre de vuestros ojos no ignorada,

A implorar de Caliope la influencia.

A Érato vi tambien, y vi á Talía,

Númenes deudos de la Pálas vuestra;

Y á todas las rogué que concurriesen

Al éxito feliz de mis idéas.

Pedílas que los nobles regocijos

Que en obsequio del Rei mi amor apresta,

Amenizar quisiesen con las gracias

De su mas viva y fértil elocüencia;

Y concertando sus canoras voces

Con los aplausos de mi dicha extrema,

El nombre de Borbon insigne, augusto

Entronizasen hasta la alta esfera.

Pero para lograr completamente

El desempeño de tan nobles fiestas,

Confianza mayor tengo en vosotras:

Mas que de Febo, espero de Minerva.

Al Apolíneo Coro el vuestro excede;

Porque si aquél por los oidos entra,

Y en el ánimo sabe con mil cantos

De afectos excitar mil diferencias;

El vuestro, á los objetos añadiendo

Color, figura, magnitud y fuerza,

Con mayor eficacia el alma enciende,

Dexándola mas llena y satisfecha.

Ya puedes, o Pintura primorosa,

Al vivo trasladar la imágen Regia;

A los lados del trono las Virtudes

Que á su Señor varias coronas texan.

Ya puedes ofrecer en un Rei solo

De heroicos Reyes una serie inmensa.

Pinta igualmente los afectos tiernos

Que su piedad en mi ánimo despierta,

Mi gratitud, mi obsequio reverente,

Mi ardiente zelo, y lealtad eterna.

Y enfin, á las naciones mas remotas

Que de ambos mundos el espacio pueblan,

Harás visible del glorioso Carlos

La efigie misma que en mi pecho reina.

Para ti, ingeniosísima Estatuaria,

Afan leve será, facil taréa

Eternizar de Príncipe tan digno

En mármoles y bronces las proezas.

De su Reinado antiguo, y de este nuevo

Fácilmente podrás, como tan diestra,

Los hechos en estatuas ó relieves

Pasar á las edades venideras.

Con arte tanto, que aparezcan quales

Esculpidos subsisten en mi idéa,

Y quales con su mano ya la Gloria

Grabados en sus fastos los conserva.

Tú, de la Fama la mas fiel custodia,

Saldrás tambien, Arquitectura excelsa,

A obsequiar al gran Carlos, levantando

Sublimes arcos y triunfales puertas:

Y ofreciéndole entradas tan capaces,

Expresarle podrás quan amplia sea

La que siempre en mis brazos, en mi pecho

Mi respetuoso amor le tiene abierta.

Tú tambien el camino despejado,

Con serie de columnas bien dispuesta

Le adornarás; y altivos munumentos

Has de erigir que su renombre extiendan.

Enfin, hacedme digna de sus plantas,

Digna de su Real sacra presencia.

Aquí acabó la ilustre Suplicante

Su eficaz oracion; y al punto dexa

La Pintura el asiento que ocupaba

En medio de sus dos Hermanas bellas,

Y de parte de todas ella sola

A su cargo tomando la respuesta,

Que su espíritu noble y generoso

En voces la dictó de afecto llenas,

¿Con que podrémos, dixo, Imperial Mantua,

Agradecerte la merced suprema

Que otorgas á las tres solo en rogarnos,

Y quanto con tus honras nos elevas?

Nuestra satisfaccion, nuestro honor propio

En cumplir tus anhelos se interesan.

Para nosotras, si el precepto es tuyo,

Mas grata que el mandar es la obediencia.

¿Qué júbilo mayor, qué mayor gloria,

Que poder coronar las dichas nuestras,

Agotando en obsequio del Monarca

Todo nuestro caudal y nuestras fuerzas?

De un Monarca á las Artes tan propicio,

Que de timbres las colma y de riquezas:

Cuyo nombre mejor aun nos defiende

Que el formidable escudo de Minerva:

Cuya beneficencia, por mas dones

Por mas favores que á esperar se atrevan

Mis ávidos deséos, será siempre

Mayor que de ellos todos la licencia;

Pues si con nuevo prodigioso intento,

De Hércules superior á las empresas,

Sacarnos quiso, quando sepultadas

Nos tenía Herculano en sus cavernas;

Y si despues de haber permanecido

De tantos siglos en la noche ciegas,

Piadoso nos volvió la luz del día,

Y nuestro antiguo resplandor con ella:

Ahora que nos vemos tan brillantes

Por el amor y generosas muestras

Que á su Hermano debimos, é ilustradas

Con su nombre inmortal nuestras escuelas:

¿De quantas distinciones no debemos

Ya prometernos que colmarnos quiera

Su magnánimo esmero en elevarnos

Del honor á la cumbre mas soberbia?

La valentía, la invencion osada

De nuestras Artes, toda su agudeza,

Nuestro continuo afan, teson, estudio,

Y la industria que todo lo sujeta,

Sé que son toscos, débiles talentos

Para logro del fin que nos empeña.

Cortos auxilios son (lo confesamos)

Si se comparan á la Real grandeza;

Pues al punto que Carlos aparece,

Sin colorido la Pintura queda,

Pierde su gallardía la Escultura,

La Arquitectura, enfin, yace por tierra.

¿Y qué lustre con todos sus ornatos

Comunicar las Artes pretendieran

A un Rei cuyas virtudes á porfía

Su lustre á la Imperial púrpura aumentan?

Rei de tanto esplendor, que si la sombra

De su benignidad no interpusiera,

Entrambos hemisferios deslumbrara

De sus hazañas con la luz inmensa.

A vencer qualquier óbice, con todo,

Qualquier dificultad vamos resueltas:

Harémos quanto alcance nuestro esfuerzo,

Para que efecto vuestras ansias tengan;

Y para que á la gloria del Monarca

El legítimo culto se conceda:

Que aplauso nos dará del mayor triunfo

Solo el intento de tan alta empresa.

Dixo así la Pintura; y retornando

Con afible ademan la reverencia

A la Matrona, se volvió á su silla,

Donde con las demas Artes se sienta.

Gozosa la rindió Mantua las gracias;

Y al punto con la Osa compañera

Desaparece, tras de sí dexando

De vuelo celestial brillante senda.

Esta la causa fué de que en la entrada

Del Heroe Carlos, á la Villa Regia,

Júbilo rebosando y bizarría,

Hemos visto ostentar magnificencias:

De que los espectáculos debidos

Al desempeño de la augusta fiesta,

(Concurriendo al primor de sus adornos

Juntas la Magestad y la Belleza)

Sobresalieron todos con tal copia

De hermosuras tan raras y diversas,

Que ni basta la cítara de Febo,

Ni el clarin de la Fama á encarecerlas.

Por eso derramaste generosa

Tu corazon, o Mantua, y tus riquezas;

Y vos, Artes, con tantas maravillas

Digna prole os mostrasteis de Minerva,

Y dignas Ciudadanas igualmente,

No ménos que á la Patria, al Rei afectas:

Moviendo así el afan con el ingenio,

Y el amor con entrambos, competencia.

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