Poemas de Gaspar Núñez de Arce

Poemas de Gaspar Núñez de Arce

Poemas de Gaspar Núñez de Arce (1834-1903) gran influyente de la literatura y política española de finales del siglo XIX. Se le reconoce como el máximo exponente de la poesía civil y filosófica, alejándose del sentimentalismo postromántico para abrazar un estilo sobrio, reflexivo y de impecable factura técnica.

Su obra cumbre, Gritos del combate (1875), captura las crisis ideológicas, las dudas religiosas y las tensiones sociales de la España de la Restauración. Núñez de Arce utilizó el verso como una herramienta de análisis cívico, enfrentando el escepticismo frente al progreso. Además de su labor lírica, destacó como dramaturgo y político, desempeñando cargos como Gobernador Civil y Ministro de Ultramar. Su legado reside en haber dotado a la lírica de una gravedad ética y profundidad intelectual únicas en su tiempo.

Table of Contents

A Darwin

I

¡Gloria al genio inmortal! Gloria

al profundo

Darwin, que de este mundo

penetra el hondo y pavoroso arcano!

¡Que, removiendo lo pasado incierto,

sagaz ha descubierto

el abolengo del linaje humano.

 

II

Puede el necio exclamar en su locura:

«¡Yo soy de Dios hechura!»

y con tan alto origen darse tono.

¿Quién, que estime su crédito y su nombre,

no sabe que es el hombre

la natural transformación del mono?

 

III

Con meditada calma y paso a paso,

cual reclamaba el caso,

llegó a tal perfección un mono viejo;

y la vivaz materia por sí sola

le suprimió la cola,

le ensanchó el cráneo y le afeitó el pellejo.

 

IV

Esa invisible fuerza creadora,

siempre viva y sonora,

música, verbo, pensamiento alado;

ese trémulo acento en que la idea

palpita y centellea

como el soplo de Dios en lo creado;

 

V

hablo de Dios, porque lo exige el metro,

mas tu perdón impetro

(¡oh formidable secta darviniana!)

Ese sonido como el sol fecundo,

que vibra en todo el mundo

y resplandece en la palabra humana;

 

VI

esa voz, llena de poder y encanto,

ese misterio santo,

lazo de amor, espíritu de vida,

ha sido el grito de la bestia hirsuta,

en la cóncava gruta

de los ásperos bosques escondida.

 

VII

¡Ay! Si es verdad lo que la ciencia enseña,

¿por qué se agita y sueña

el hombre, de su paz fiero enemigo?

¿A qué aspira? ¿Qué anhela? ¿Qué es, en suma,

el genio que le abruma?

¿Fuerza o debilidad? ¿Premio o castigo?

 

VIII

Honor, virtud, ardientes devaneos,

imposibles deseos,

loca ambición, estéril esperanza;

horrible tempestad que eternamente

perturbas nuestra mente,

con acentos de amor o de venganza;

 

IX

conciencia del deber que nos oprimes,

ilusiones sublimes

que a más alta región tendéis el vuelo:

¿Qué sois? ¿Adónde vais? ¿Por qué os sentimos?

¿Por qué crimen perdimos

la inocencia brutal de nuestro abuelo?

 

X

Ajeno a todo inescrutable arcano,

nuestro Adán cuadrumano

en las selvas perdido y en los montes,

de fijo no estudiaba ni entendía

esta filosofía

que abre al dolor tan vastos horizontes.

 

XI

Independiente y libre en la espesura,

no sufrió la amargura

que nos quema y devora las entrañas.

Dábanle el bosque entretejidas frondas,

el río claras ondas,

aire sutil y puro las montañas;

 

XII

la tierra, a su elección, como en tributo

dulce y sabroso fruto,

música el viento susurrante y vago;

su luz fecunda el sol esplendoroso,

la noche su reposo

y limpio espejo el cristalino lago.

 

XIII

En su pelliza natural envuelto,

gozaba alegre y suelto

de su querida libertad salvaje.

Aún no grababa figurines Francia,

y en su rústica estancia

lo que la vida le duraba el traje.

 

XIV

Desconoció la púrpura y la seda

no inventó la moneda

para adorarla envilecido y ciego,

ni se dejó coger, como un idiota,

por una infame sota

en la red del amor o en la del juego.

 

XV

No turbaron su paz ni su apetito

este anhelo infinito,

esta pena tan honda como aguda.

¡Ay! ni a pedazos le arrancó del alma

su candorosa calma,

el demonio implacable de la duda.

 

XVI

Y en esas lentas y nocturnas horas

negras, abrumadoras,

en que la angustia nos desgarra el pecho,

con tu mirada impenetrable y triste

nunca te apareciste

¡oh desesperación! junto a su lecho.

 

XVII

No buscó los laureles del poeta,

ni en su ambición inquieta

alzó sobre cadáveres un trono.

No le acosó remordimiento alguno.

No fue rey, ni tribuno,

¡ni siquiera elector!… ¡Dichoso mono!

 

XVIII

En la copa de un árbol suspendido

y con la cola asido,

extraño a los halagos de la fama,

sin pensar en la tierra ni en el cielo,

nuestro inocente abuelo

la vida se pasó de rama en rama.

 

XIX

Tal vez enardecida y juguetona,

alguna virgen mona

prendiole astuta en sus amantes lazos,

y más fiel que su nieta pervertida,

ni le amargó la vida,

ni le hirió el corazón con sus abrazos.

 

XX

Y allí, bajo la bóveda azulada,

en la verde enramada,

a la sonora margen de los ríos,

adormecidos con los trinos suaves

de las canoras aves,

ocultas en los árboles sombríos;

 

XXI

allí donde la gran Naturaleza

descubre la belleza

de su seno inmortal, siempre fecundo,

en deliquios ardientes y amorosos,

los dos tiernos esposos

engendraron al árbitro del mundo.

 

XXII

¡Al árbitro del mundo!… ¡Qué sarcasmo!

Perdido el entusiasmo,

sin esperanza en Dios, sin fe en sí mismo,

cuando le borre su divino emblema,

esa ciencia blasfema,

como la piedra rodará al abismo.

 

XXIII

Caerá de sus altares el Derecho

por el turbión deshecho;

la Libertad sucumbirá arrollada.

Que cuando el alma humana se obscurece,

sólo prospera y crece

la fuerza audaz, de crímenes cargada.

 

XXIV

¡Ay, si al romper su religioso yugo,

gusta el pueblo del jugo

que en esa ciencia pérfida se esconde!

¡Ay, si olvidando la celeste esfera,

el hijo de la fiera

sólo a su instinto natural responde!

 

XXV

¡Ay, si recuerda que en la selva umbría

la bestia no tenía

ni Dios, ni ley, ni patria, ni heredades!

Entonces la revuelta muchedumbre

quizás, Europa, alumbre

con el voraz incendio tus ciudades.

 

XXVI

¡Batid gozosos las sangrientas manos

déspotas y tiranos!

Ya entre el tumulto vuestra faz asoma.

Que el hombre a la razón dobla su frente;

mas sólo el hierro ardiente

la hambrienta rabia de las fieras doma.

 

A Emilio Castelar

¡Ya triunfó la república! Has vencido.

Tras prolongada y mísera agonía

lanzó a tus plantas el postrer gemido

nuestra sacra y gloriosa monarquía.

No vino a tierra como el cedro erguido

que el huracán y el rayo desafía:

cayó como la mustia y débil hoja

de que en Octubre el árbol se despoja.

 

¡Ay! ¿Esta sociedad que desespera,

logrará acaso tiempos más felices,

porque haya muerto, sin luchar siquiera

la tradición excelsa que maldices?

¿Se desplomó quizás porque tuviera

podrido el tronco y secas las raíces?

¿Fue su impensada y rápida caída,

torpe venganza o pena merecida?

 

Si al paso que se extingue y desvanece

como el último rayo vespertino,

renace el orden y la paz florece,

es que cumplió la ley de su destino.

Pero si la tormenta se embravece,

si nos arrolla el raudo torbellino,

si no se aclara el porvenir incierto,

entonces es que asesinada ha muerto.

 

Mientras el cielo mi conciencia guarde,

jamás se apartará de mi memoria

aquella triste y vergonzosa tarde

baldón eterno de la patria historia,

en que un Senado imbécil o cobarde

vendió sin fruto y entregó sin gloria,

cediendo a los estímulos del miedo,

el trono secular de Recaredo.

 

No nació la república, gloriosa,

formidable y potente en lid reñida,

ni cual del casto cáliz de la rosa

la pura esencia en ondas esparcida.

Brotó de aquella tarde ignominiosa

como brota la sangre de la herida,

y como en medio de mortales dudas

nació de un beso la traición de Judas.

 

¡Oh! ¡Quién tuviese la robusta vena

de aquel ilustre historiador romano,

que en libros inmortales encadena

los fieros monstruos del linaje humano!

Mi pluma entonces… ¡pero no! La pena

que envilece al león, honra al gusano:

nunca la ruin bajeza ha merecido

censura eterna, sino eterno olvido.

 

Tal vez ceñida de fulgentes galas

forjose tu ilusión que en pleno día

la república, austera como Palas,

del cerebro del pueblo surgiría.

Tal vez pensaste que al tender sus alas

paz y ventura y luz derramaría,

siendo para tu fama ¡oh nuevo Orfeo!

la honrada encarnación de tu deseo.

 

Si el llanto no te ciega, en torno mira

ya tu inspirada voz no la conmueve,

ya tu templanza se convierte en ira,

ya revienta el volcán bajo la nieve.

Ya ha arrebatado tu sonora lira

la desgreñada Musa de la plebe;

ya suena, en vez de tu rotunda estrofa,

brutal insulto y sanguinaria mofa.

 

Ya con sordo fragor se precipita

y mueve a Dios desesperada guerra,

la santa cruz de los sepulcros quita,

vuelca las aras y los templos cierra.

Ya con furor satánico medita,

no sólo echar a Cristo de la tierra,

sino dejar en su insensato anhelo

mudo y vacío y solitario el cielo.

 

¡Inútil presunción! Cuando mañana

se agoste, como yerba el poderío

de esta generación soberbia y vana

que lanza a Dios su imbécil desafío;

cuando de su grandeza soberana

quede el polvo no más, árido y frío,

¡tú, redentora cruz! ¡tú, santo leño,

sobre las tumbas guardarás su sueño!

 

¡Valor, Emilio! El pueblo se desborda

y nuestra gloria secular destruye.

¡Ya no existe el ejército! ¡Ya es horda

la que fue hueste, y se desmanda y huye!

La anarquía los ámbitos asorda,

la honrada libertad se prostituye,

y óyense los aullidos de la hiena,

en Alcoy, en Montilla, en Cartagena.

 

Tu voz, que siempre condenó la saña

de la turba feroz, de nuevo estalle,

y vibre como el trueno en la montaña

y el bronce de los templos en el valle.

La triste España, nuestra madre España,

se desangra entre el cieno de la calle;

ebrio el desorden la denuesta y hiere.

Agonizando está. ¡Sálvala, o muere!

 

A España

Roto el respeto, la obediencia rota,

de Dios y de la ley perdido el freno,

vas marchando entre lágrimas y cieno,

y aire de tempestad tu rostro azota.

Ni causa oculta, ni razón ignota

busques al mal que te devora el seno;

tu iniquidad, como sutil veneno,

las fuerzas de tus músculos agota.

No esperes en revuelta sacudida

alcanzar el remedio por tu mano

¡oh sociedad rebelde y corrompida!

Perseguirás la libertad en vano,

que cuando un pueblo la virtud olvida,

lleva en sus propios vicios su tirano.

 

A la muerte de don Antonio Ríos Rosas

¡Cayó como la piedra en la laguna

con recio golpe en la insondable fosa!

Ya no levantará tormenta alguna

su elocuencia, vibrando en la tribuna,

como el rayo terrible y luminosa.

 

¡Triste destino de la gloria humana

tan costosa, tan mísera y tan vana!

¡Ayer grandeza, y entusiasmo, y ruido;

hoy tributo de lágrimas; mañana

hondo silencio, y soledad, y olvido!

 

En la infinita sed que nos aqueja,

¿qué es nuestra vida? El sueño de un momento,

onda que pasa, sombra que se aleja,

ave tímida y muda que no deja

ni el rastro de sus alas en el viento.

 

¡Cuántas, cuántas memorias arrebata

nuestra viviente y rauda catarata!

¿Qué es el mártir? ¿Qué el genio? ¿Qué el tirano

en el torrente del linaje humano,

que al través de los tiempos se dilata?

 

La secular encina, siempre verde,

de sus marchitos frutos se despoja

sin que nadie, mirándola, recuerde

ni el seco ramo, ni la inútil hoja

que en su invisible crecimiento pierde.

 

¡Todo es misterio, vértigo y locura!

La vida frágil, el renombre incierto,

y la tremenda eternidad obscura…

Sólo podemos dar a los que han muerto,

con fe piadosa, honrada sepultura.

 

El la tendrá con lágrimas regada.

¿Cómo olvidar tan pronto, patria mía,

la imperiosa atracción de su mirada,

su voz, su ardiente voz, rígida espada

que al chocar y al herir resplandecía?

 

A veces imagino que aún le veo

erguirse reposado y pensativo,

y a un tiempo mismo Tácito y Tirteo,

arrostrar el contrario clamoreo,

cuanto más acosado más altivo.

 

Con fuerza potentísima y secreta

brotaban de su espíritu fecundo

el dardo agudo, la alusión discreta,

la cólera inspirada del poeta

y la sentencia del varón profundo.

 

En el peligro, enérgico y valiente,

jamás cedió su varonil denuedo,

ni se dejó arrastrar por la corriente;

nunca dobló su poderosa frente

ante los vanos ídolos del miedo.

 

Noble y robusto vástago de aquella

viril generación, que al mundo vino

cuando, impulsado por su infausta estrella,

marcó en España su iracunda huella

el rayo de la guerra y del destino;

 

cuando de su letargo despertaba

la nación de Lepanto y de Pavía,

y en lid ardiente, inextinguible y brava,

mostró con su tesón que no quería

vivir sin honra, ni morir esclava.

 

Nacida entre el tumulto y el fracaso

de una lucha titánica y suprema,

esa generación que hacia su ocaso

dirige el triste y vacilante paso,

es el himno triunfal de aquel poema.

 

Arrojada y resuelta cual ninguna,

como engendrada en tan heroico empeño,

templola en sus rigores la fortuna,

la ronca tempestad meció su cuna

y el eco del cañón la arrulló el sueño.

 

Siempre en la brecha y siempre enardecida,

sin temor al destierro ni al verdugo,

con estoico desprecio de la vida

rompió, lidiando, el ominoso yugo

que soportaba España envilecida.

 

De su entusiasta afán en los extremos

amasó con la sangre de sus venas

la libertad que a su valor debemos.

¡Hoy nosotros, sus hijos, no tenemos

ni esperanza, ni fe, ni patria apenas!

 

El genio nacional, antes dormido

en la profunda noche del olvido,

llenó los aires con su voz sonora,

como el alegre pájaro en el nido

cuando le llama la rosada aurora.

 

¡Qué espontáneo y feliz renacimiento!

¡Qué pléyada de artistas y escritores!

En la luz, en las ondas, en el viento

hallaba inspiración el pensamiento,

gloria el soldado y el pintor colores.

 

¡Larra, Pacheco, Rivas, Espronceda,

Olózaga, Donoso, Avellaneda,

y cien nombres, orgullo de la historia,

ya son polvo no más! ¡Ya su memoria

sólo en el pueblo que ilustraron queda!

 

¡Su memoria mortal, que se derrumba

al impulso del siglo! Eco postrero

de su apagada voz, sordo retumba

en el helado mármol de la tumba,

y se pierde en los ámbitos ligero.

 

Cuando, vertiendo silencioso llanto,

vuelvo a mi Edad la vista atribulada,

siento a la vez indignación y espanto.

¡Cómo pensar, generación menguada,

que en pocos lustros descendieras tanto!

 

Nuestros padres con ánimo sereno

hallaron en los campos de pelea

algo fecundo, provechoso y bueno.

Nosotros, sumergidos en el cieno,

no encontramos un hombre ni una idea.

 

Su aliento generoso y esforzado,

de Cádiz a las cumbres del Pirene

avivó el fuego del honor sagrado.

Hoy la estéril república no tiene

ni un cantor, ni un artista, ni un soldado.

 

Ni nos defiende ya, ni el golpe embota

partido en mil pedazos nuestro escudo.

El vulgo, el necio vulgo nos azota:

yace el arte decrépito, está mudo

el genio, el arpa destemplada y rota.

 

Alguien con torpe y mentiroso halago,

en busca del aplauso apetecido,

agitó el fondo del impuro lago,

¡ay! y el vapor del fango removido

sólo engendra la peste y el estrago.

 

Tú dormirás en paz ¡oh varón fuerte!

con el sol de la patria que declina.

Y es venturosa y envidiable suerte

reposar en los brazos de la muerte,

cuando todo es dolor, vergüenza y ruina.

 

Tú de este triste y borrascoso drama

sacaste el puro corazón ileso.

Otros, que el pueblo alborotado aclama,

no dormirán tranquilos bajo el peso,

bajo el peso terrible de su fama.

 

A la patria: Himno con motivo de la paz

Dorando la alta cumbre

la ansiada aurora llega,

y ante la viva lumbre

que el ancho espacio anega,

cobarde se repliega

la densa obscuridad.

 

Ya baña el horizonte

la luz que Dios envía:

ya mar, y valle y monte

colora el nuevo día.

Ya todo es alegría.

¡Poetas, despertad!

 

La paz tiende su manto

desde el Pirene a Gades:

alzad el himno santo

en campos y en ciudades,

y admire a las edades

vuestro inmortal clamor.

 

Ascienda en raudo vuelo

la voz de la alabanza;

como cóndor que al cielo

intrépido se lanza.

Cantad a la esperanza:

yo cantaré al dolor.

 

No es que al deber ajeno

desdeñe la ventura

que de tu herido seno

las penas templa y cura.

Alma tan seca y dura

no alienta ¡oh Patria! en mí.

 

Acaso al ver hollada

tu majestad suprema,

¿no fue mi lira espada?

mi voz ¿no fue anatema?

Aún mis mejillas quema

el llanto que vertí.

 

¿Soy el poeta, acaso,

de las felices horas,

que calla en el ocaso

y canta en las auroras?

¿No estalla, cuando lloras,

mi ardiente indignación?

 

Pero hoy que conseguiste

cobrar el bien perdido,

y espléndida, aunque triste,

la paz ha renacido,

canto al dolor, que ha sido,

tu santa redención.

 

Enigma de la Historia

y escándalo del mundo,

de tu pasada gloria

so el árbol infecundo,

yacías en profundo

letargo secular.

 

Del fanatismo esclava,

en noche eterna y fría,

tan sólo iluminaba

tu mísera agonía,

la lámpara que ardía

delante del altar.

 

Perdida en tu camino

y a obscuras tu conciencia,

el arte sin destino,

sin libertad la ciencia,

tu antigua omnipotencia

no renació jamás.

 

Pirámide ostentosa

alzada en el desierto,

do incógnita reposa

la vanidad de un muerto,

¡oh Patria! tu famosa

grandeza era no más.

 

Llamando con su espada

de súbito a tu puerta,

gritó la inesperada

catástrofe: —¡Despierta!—

y el águila su abierta

garra en tu pecho hincó.

 

¡Oh asombro! Bajo el fiero

dolor de la ancha herida

tus músculos de acero.

cobraron nueva vida:

rugiste enfurecida

y el águila tembló.

 

Perdona si la austera

verdad acato y digo:

dolor que regenera

es premio y no castigo.

Confieso que contigo

inexorable fue.

 

Cuando te vio a la falda

del monte soñolienta,

tendió sobre tu espalda

su azote y la tormenta:

te exasperó la afrenta,

y te pusiste en pie.

 

Ardieron tus hogares,

y con mortal quebranto

corrió la sangre a mares

mezclada con tu llanto.

¡Cuánto sufriste, y cuánto

duró tu adversidad!

 

Pero pasó el torrente,

el sol doró tus ruinas,

y excelsa, refulgente,

aunque ciñendo espinas,

apareció en Oriente

tu augusta libertad.

 

¡Ah! Desde entonces luchas

con la traidora hiena,

y su rugido escuchas

impávida y serena.

Tres veces en la arena

domaste su furor.

 

Cuando tus ansias cesen,

y en tiempos más felices

honrados hijos besen

tus santas cicatrices,

verás como bendices

los frutos del dolor.

 

Él con potente mano

labra, organiza y crea

cuando en el yunque humano

con hondo afán golpea

para forjar la idea

que es vida, es verbo, es luz.

 

Los que dichosos duermen

no sueñan con el cielo:

siempre el dolor fue germen

de algún gigante anhelo,

y Dios, bajando al suelo,

le consagró en la Cruz.

 

A mi musa: Con motivo de los terremotos de Andalucía

¡Oh Musa, que en el combate

de la vida, no has tenido,

a tu honor rindiendo culto,

lisonjas para el magnate

injurias para el vencido,

ni aplausos para el tumulto!

 

Como en días de pelea,

si la lástima no embota

ni embarga tu pensamiento,

hoy alza tu canto, y sea

un gemido cada nota

y cada estrofa un lamento.

 

Ante el inmenso quebranto

de la hermosa Andalucía,

da curso a tu angustia fiera;

pero no te impida el llanto

proclamar ¡oh Musa mía!

la verdad, siempre severa.

 

Tus sentimientos acalla,

porque el celo inmoderado

al mísero desvanece,

y en esta humana batalla

quien adula al desgraciado

no le anima: le envilece.

 

Dile más bien: «—¡Adelante!

Cumple tu ruda faena

y llora, pero trabaja;

que el varón firme y constante

los estragos de su pena

con el propio esfuerzo ataja.

 

»No estés al pie de las ruinas,,

como inútil pordiosero,

indolente y abatido,

y al volver las golondrinas

labrarán en el alero

de tu nueva casa el nido.

 

»Ara, siembra, reedifica,

lucha contra la corriente

del infortunio en que vives,

y enaltece y santifica

con el sudor de tu frente

Ia dádiva que recibes».

 

Háblale así, Musa honrada,

y en tu noble magisterio

nunca profanes tu lira,

con la adulación menguada,

con el torpe vituperio

ni con la baja mentira.

 

A Quintana

En celebridad de su coronación

Allá en la edad florida

de mi niñez serena,

cuando las leves horas de mi vida

resbalaban en calma,

y no ahuyentaba la ambición ardiente

las doradas imágenes del alma;

mi buen padre, en aquella

tierna y dichosa edad, me refería

la página más bella

que hay en la historia de la patria mía.

Contóme cómo un día

de eterno luto y duelo,

vino desde las márgenes del Sena

a posarse orgullosa en nuestro suelo

la águila altiva de Austerliz y Jena;

cómo, en vibrante cólera encendido

el pueblo castellano,

combatió contra el genio y la fortuna;

y al escuchar tan peregrina historia,

bendije a Dios, que colocó mi cuna

en donde crece el lauro de la gloria.

Pobre niño inocente,

«¿quién, pregunté a mi padre, animar pudo

vuestro brazo nervudo?

¿Qué genio prepotente

despertó vuestro espíritu valiente?

¿Qué voz agitadora y soberana

mantuvo en vuestros pechos la energía?»

Y mi padre llorando respondía:

«¡la voz del gran QUINTANA!

España en ese acento

palpitaba y gemía;

él era la expresión del sentimiento

de la nación ibera,

el eco fiel de nuestras glorias era.»

 

Desde entonces te amé, y este cariño

no huyó como las blandas ilusiones

que halagan siempre el corazón del niño.

Por eso hoy que en tu frente

brilla el lauro inmortal, genio profundo,

paréceme que veo

coronado el esfuerzo giganteo

con que el pueblo español asombró al mundo.

 

A un traidor afortunado

¡Goza, goza en tu infamia! La serena

y osada faz levanta satisfecho:

insulta la virtud, huella el derecho,

y arrostra la opinión que te condena.

 

Como lugar de crímenes que llena

de cruces la piedad, muestra tu pecho,

si para el vil a las perfidias hecho

son premio los honores y no pena.

 

¡Alienta pues! La multitud olvida,

el tiempo envuelve la verdad en dudas,

la historia engaña, el éxito sanciona.

 

Únicamente amargará tu vida

la implacable conciencia, el juez de Judas,

que ni olvida, ni miente, ni perdona.

 

A Voltaire

Eres ariete formidable: nada

Resiste a tu satánica ironía.

Al través del sepulcro todavía

Resuena tu estridente carcajada.

 

Cayó bajo tu sátira acerada

Cuanto la humana estupidez creía,

Y hoy la razón no más sirve de guía

A la prole de Adán regenerada.

 

Ya solo influye en su inmortal destino

La libre religión de las ideas;

Ya la fe miserable a tierra vino;

 

Ya el Cristo se desploma; ya las teas

Alumbran los misterios del camino;

Ya venciste, Voltaire. ¡Maldito seas!

 

¡Amor!

¡Oh eterno Amor, que en tu inmortal carrera,

das a los seres vida y movimiento,

con qué entusiasta admiración te siento,

aunque invisible, palpitar doquiera!

Esclava tuya la creación entera,

se estremece y anima con tu aliento,

y es tu grandeza tal, que el pensamiento

te proclamara Dios, si Dios no hubiera.

Los impalpables átomos combinas

con tu soplo magnético y fecundo:

tú creas, tú transformas, tú iluminas,

y en el cielo infinito, en el profundo

mar, en la tierra atónita dominas,

¡Amor, eterno Amor, alma del mundo!

 

Ante una pirámide de Egipto

Quiso imponer al mundo su memoria

un rey, en su soberbia desmedida,

y por miles de esclavos construida

erigió esta pirámide mortuoria.

 

¡Sueño estéril y vano! Ya la historia

no recuerda su nombre ni su vida,

que el tiempo ciego en su veloz corrida

dejó la tumba y se llevó la gloria.

 

El polvo que en el hueco de su mano

contempla absorto el caminante ¿ha sido

parte de un siervo o parte del tirano?

 

¡Ah! todo va revuelto y confundido,

que guarda Dios para el orgullo humano

solo una eternidad: la del olvido.

 

¡Ay! cuando un pueblo rompe la valla…

¡Ay! cuando un pueblo rompe la valla,

y con instinto ciego y brutal

incendia y tala, mata y blasfema

y en sangre anega su libertad,

la turbulencia que engendra monstruos

crea el tirano providencial;

que también tiene como las fieras,

sus domadores la humanidad.

 

¡Ay, todo inspira horror! La noche oscura…

¡Ay, todo inspira horror! La noche oscura

tendió su manto y en la sombra envuelta

su audaz corriente alborotada y suelta,

extiende hasta los montes el Segura.

 

Arrolla cuanto encuentra en la llanura

con ímpetu feroz la onda revuelta:

el puente secular, la torre esbelta,

el molino, la casa y la espesura.

 

Hallando el valle a su soberbia estrecho,

no respetó el torrente embravecido

el templo augusto, ni la humilde choza,

 

y el labrador, en lágrimas deshecho,

sin amores, sin hijos y sin nido,

sobre las ruinas de su hogar solloza.

 

¡Cartagena!

¡Ay! cuando un pueblo rompe la valla,

y con instinto ciego y brutal

incendia y tala, mata y blasfema

y en sangre anega su libertad,

la turbulencia que engendra monstruos

crea el tirano providencial;

que también tiene como las fieras,

sus domadores la humanidad.

 

¡Cayó como la piedra en la laguna!…

¡Cayó como la piedra en la laguna

con recio golpe en la insondable fosa!

Ya no levantará tormenta alguna

su elocuencia, vibrando en la tribuna,

como el rayo terrible y luminosa.

 

¡Triste destino de la gloria humana

tan costosa, tan mísera y tan vana!

¡Ayer grandeza, y entusiasmo, y ruido;

hoy tributo de lágrimas; mañana

hondo silencio, y soledad, y olvido!

 

En la infinita sed que nos aqueja,

¿qué es nuestra vida? El sueño de un momento,

onda que pasa, sombra que se aleja,

ave tímida y muda que no deja

ni el rastro de sus alas en el viento.

 

¡Cuántas, cuántas memorias arrebata

nuestra viviente y rauda catarata!

¿Qué es el mártir? ¿Qué el genio? ¿Qué el tirano

en el torrente del linaje humano,

que al través de los tiempos se dilata?

 

La secular encina, siempre verde,

de sus marchitos frutos se despoja

sin que nadie, mirándola, recuerde

ni el seco ramo, ni la inútil hoja

que en su invisible crecimiento pierde.

 

¡Todo es misterio, vértigo y locura!

La vida frágil, el renombre incierto,

y la tremenda eternidad obscura…

Sólo podemos dar a los que han muerto,

con fe piadosa, honrada sepultura.

 

El la tendrá con lágrimas regada.

¿Cómo olvidar tan pronto, patria mía,

la imperiosa atracción de su mirada,

su voz, su ardiente voz, rígida espada

que al chocar y al herir resplandecía?

 

A veces imagino que aún le veo

erguirse reposado y pensativo,

y a un tiempo mismo Tácito y Tirteo,

arrostrar el contrario clamoreo,

cuanto más acosado más altivo.

 

Con fuerza potentísima y secreta

brotaban de su espíritu fecundo

el dardo agudo, la alusión discreta,

la cólera inspirada del poeta

y la sentencia del varón profundo.

 

En el peligro, enérgico y valiente,

jamás cedió su varonil denuedo,

ni se dejó arrastrar por la corriente;

nunca dobló su poderosa frente

ante los vanos ídolos del miedo.

 

Noble y robusto vástago de aquella

viril generación, que al mundo vino

cuando, impulsado por su infausta estrella,

marcó en España su iracunda huella

el rayo de la guerra y del destino;

 

cuando de su letargo despertaba

la nación de Lepanto y de Pavía,

y en lid ardiente, inextinguible y brava,

mostró con su tesón que no quería

vivir sin honra, ni morir esclava.

 

Nacida entre el tumulto y el fracaso

de una lucha titánica y suprema,

esa generación que hacia su ocaso

dirige el triste y vacilante paso,

es el himno triunfal de aquel poema.

 

Arrojada y resuelta cual ninguna,

como engendrada en tan heroico empeño,

templola en sus rigores la fortuna,

la ronca tempestad meció su cuna

y el eco del cañón la arrulló el sueño.

 

Siempre en la brecha y siempre enardecida,

sin temor al destierro ni al verdugo,

con estoico desprecio de la vida

rompió, lidiando, el ominoso yugo

que soportaba España envilecida.

 

De su entusiasta afán en los extremos

amasó con la sangre de sus venas

la libertad que a su valor debemos.

¡Hoy nosotros, sus hijos, no tenemos

ni esperanza, ni fe, ni patria apenas!

 

El genio nacional, antes dormido

en la profunda noche del olvido,

llenó los aires con su voz sonora,

como el alegre pájaro en el nido

cuando le llama la rosada aurora.

 

¡Qué espontáneo y feliz renacimiento!

¡Qué pléyada de artistas y escritores!

En la luz, en las ondas, en el viento

hallaba inspiración el pensamiento,

gloria el soldado y el pintor colores.

 

¡Larra, Pacheco, Rivas, Espronceda,

Olózaga, Donoso, Avellaneda,

y cien nombres, orgullo de la historia,

ya son polvo no más! ¡Ya su memoria

sólo en el pueblo que ilustraron queda!

 

¡Su memoria mortal, que se derrumba

al impulso del siglo! Eco postrero

de su apagada voz, sordo retumba

en el helado mármol de la tumba,

y se pierde en los ámbitos ligero.

 

Cuando, vertiendo silencioso llanto,

vuelvo a mi Edad la vista atribulada,

siento a la vez indignación y espanto.

¡Cómo pensar, generación menguada,

que en pocos lustros descendieras tanto!

 

Nuestros padres con ánimo sereno

hallaron en los campos de pelea

algo fecundo, provechoso y bueno.

Nosotros, sumergidos en el cieno,

no encontramos un hombre ni una idea.

 

Su aliento generoso y esforzado,

de Cádiz a las cumbres del Pirene

avivó el fuego del honor sagrado.

Hoy la estéril república no tiene

ni un cantor, ni un artista, ni un soldado.

 

Ni nos defiende ya, ni el golpe embota

partido en mil pedazos nuestro escudo.

El vulgo, el necio vulgo nos azota:

yace el arte decrépito, está mudo

el genio, el arpa destemplada y rota.

 

Alguien con torpe y mentiroso halago,

en busca del aplauso apetecido,

agitó el fondo del impuro lago,

¡ay! y el vapor del fango removido

sólo engendra la peste y el estrago.

 

Tú dormirás en paz ¡oh varón fuerte!

con el sol de la patria que declina.

Y es venturosa y envidiable suerte

reposar en los brazos de la muerte,

cuando todo es dolor, vergüenza y ruina.

 

Tú de este triste y borrascoso drama

sacaste el puro corazón ileso.

Otros, que el pueblo alborotado aclama,

no dormirán tranquilos bajo el peso,

bajo el peso terrible de su fama.

 

Ciego, ¿es la tierra el centro de las almas?…

Ciego, ¿es la tierra el centro de las almas?

Quiero, dejando hipótesis a un lado,

una duda exponer, y es la siguiente:

-¿Por qué cruza la tierra el inocente,

de espinas o de sombras coronado?

¿Por qué feliz y próspero, el malvado

alza orgulloso la atrevida frente?

¿Por qué Dios, que es el bien, mira y consiente

el eterno dominio del pecado?

¿Por qué, desde Caín, la humana raza,

sometida al dolor, con sangre traza

la historia de sus luchas giganteas?

Y si es ficción la gloria prometida,

si aquí empieza y acaba nuestra vida,

¿por qué, implacable Dios, por qué nos creas?

 

Crepúsculo

El Sol tocaba en su ocaso,

y la luz tibia y dudosa

del crepúsculo envolvía

la naturaleza toda.

Los dos estábamos solos,

mudos de amor y zozobra,

con las manos enlazadas,

trémulas y abrasadoras,

contemplando cómo el valle,

el mar y apacible costa,

lentamente iban perdiendo

color, transparencia y forma.

A medida que la noche

adelantaba medrosa,

nuestra tristeza se hacía

más invencible y más honda.

Hasta que al fin, no sé cómo,

yo trastornado, tú loca,

estalló en ardiente beso

nuestra pasión silenciosa.

¡Ay! al volver suspirando

de aquel éxtasis de gloria,

¿qué vimos? Sombra en el cielo,

y en nuestra conciencia sombra.

 

Cuando de tus desórdenes testigo…

Cuando de tus desórdenes testigo

te sorprende en los brazos del tumulto,

¡oh Libertad! avergonzado oculto

mi rostro y sollozando te maldigo.

 

En lucha interna y desigual conmigo

arráncame el dolor airado insulto:

quiero olvidarte, abandonar tu culto,

y ciegamente a mi pesar te sigo.

 

Te sigo a mi pesar. Sueño o quimera

riges mi voluntad, llenas mi vida

y dejaré de amarte cuando muera.

 

Eres como la hermosa fementida

que inspira al alma la pasión primera:

cuanto más inconstante, más querida.

 

Cuando el ánimo ciego y decaído…

Cuando el ánimo ciego y decaído

la luz persigue y la esperanza en vano;

cuando abate su vuelo soberano

como el cóndor en el espacio herido;

 

cuando busca refugio en el olvido,

que le rechaza con helada mano;

cuando en el pobre corazón humano

el tedio labra su infecundo nido;

 

cuando el dolor, robándonos la calma,

brinda tan sólo a nuestras ansias fieras,

horas desesperadas y sombrías,

 

¡ay, inmortalidad, sueño del alma

que aspira a lo infinito! si existieras,

¡qué martirio tan bárbaro serías!

 

Cuando en el seno de la noche fría…

Cuando en el seno de la noche fría

oculta el sol su resplandor fecundo,

es para renacer, y espera el mundo

la nueva luz con el cercano día.

 

Alas ¿quién penetra la inquietud sombría

que abruma el corazón del moribundo?

¿Quién sabe lo que guarda ese profundo

crepúsculo moral de la agonía?

 

Desde la alta región del firmamento

el sol, en acordado movimiento,

con la nocturna obscuridad alterna.

 

Pero tú, miserable vida humana,

no mueres hoy para brillar mañana.

¡Ay, no! tu noche es lóbrega y eterna.

 

Cuando recuerdo la piedad sincera…

Cuando recuerdo la piedad sincera

con que en mi edad primera

entraba en nuestras viejas catedrales,

donde postrado ante la cruz de hinojos

alzaba a Dios mi ojos

soñando en las venturas celestiales;

 

Hoy que mi frente atónito golpeo,

y con febril deseo

busco los restos de mi fe perdida,

por hallarla otra vez, radiante y bella

como en la edad aquélla,

¡desgraciado de mí! diera la vida.

 

¡Con qué profundo amor, niño inocente,

prosternaba mis frente

en las losas del templo sacrosanto!

Llenábase mi joven fantasía

de luz, de poesía,

de mudo asombro, de terrible espanto.

 

Aquellas altas bóvedas que al cielo

levantaban mi anhelo;

aquella majestad solemne y grave;

aquel pausado canto, parecido

a un doliente gemido,

que retumbaba en la espaciosa nave:

 

Las marmóreas y austeras esculturas

de antiguas sepulturas,

aspiración del arte a lo infinito;

la luz que por los vidrios de colores

sus tibios resplandores

quebraba en los pilares de granito;

 

Haces de donde en curva fugitiva,

para formar la ojiva,

cada ramal subiendo se separa,

cual el rumor de multitud que ruega,

cuando a los cielos llega,

surge cada oración distinta y clara;

 

En el gótico altar inmoble y fijo

el santo crucifijo,

que extiende sin vigor sus brazos yertos,

siempre en la sorda lucha de la vida,

tan áspera y reñida,

para el dolor y la humildad abiertos;

 

El místico clamor de la campana

que sobre el alma humana

de las caladas torres se despeña,

y anuncia y lleva en sus aladas notas

mil promesas ignotas

al triste corazón que sufre o sueña;

 

Todo elevaba mi ánimo intranquilo

a más sereno asilo:

religión, arte, soledad, misterio.

todo en el templo secular hacía

vibrar el alma mía,

como vibran las cuerdas de un salterio.

 

Y a esta voz interior que sólo entiende

quien crédulo se enciende

en fervoroso y celestial cariño,

envuelta en sus flotantes vestiduras

volaba a las alturas,

virgen sin mancha, mi oración de niño.

 

Su rauda, viva y luminosa huella

como fugaz centella

traspasaba el espacio, y ante el puro

resplandor de sus alas de querube,

rasgábase la nube

que me ocultaba el inmortal seguro.

 

¡Oh anhelo de esta vida transitoria!

¡Oh perdurable gloria! .

¡Oh! Sed inextiguible del deseo!

¡Oh cielo, que antes para mí tenías

fulgores y armonías,

y hoy tan oscuro y desolado veo!

 

Ya no templas mis íntimos pesares,

ya al pie de tus altares

como en mis años de candor no acudo.

Para llegar a ti perdí el camino,

y errante peregrino

entre tinieblas desespero y dudo.

 

Voy espantado sin saber por dónde;

grito, y nadie responde

a mi angustiada voz; alzo los ojos

y a penetrar la lobreguez no alcanzo;

medrosamente avanzo,

y me hieren el alma los abrojos.

 

Hijo del siglo, en vano me resisto

a su impiedad, ¡oh Cristo!

Su grandeza satánica me oprime.

Siglo de maravillas y de asombros,

levanta sobre escombros

un Dios sin esperanza, un Dios que gime.

 

¡Y ese Dios no eres tú! No tu serena

faz, de consuelos, llena,

alumbra y guía nuestro incierto paso.

Es otro Dios incógnito y sombrío:

su cielo es el vacío,

Sacerdote el error, ley el Acaso.

 

¡Ah! No recuerda el ánimo suspenso

un siglo más inmenso,

más rebelde a tu voz, más atrevido;

entre nubes de fuego alza su frente,

como Luzbel, potente;

pero también, como Luzbel, caído.

 

A medida que marcha y que investiga

es mayor su fatiga,

es su noche más honda y más oscura,

y pasma, al ver lo que padece y sabe,

cómo en su seno cabe

tanta grandeza y tanta desventura.

 

Como la nave sin timón y rota

que el ronco mar azota,

incendia el rayo y la borrasca mece

en piélago ignorado y proceloso,

nuestro siglo —coloso—

con la luz que le abrasa, resplandece.

 

¡Y está la playa mística tan lejos! . . .

a los tristes reflejos

del sol poniente se colora y brilla.

El huracán arrecia, el bajel arde,

y es tarde, es ¡ay! muy tarde

para alcanzar la sosegada orilla.

 

¿Qué es la ciencia sin fe? Corcel sin freno,

a todo yugo ajeno,

que al impulso del vértigo se entrega,

y a través de intrincadas espesuras,

desbocado y a oscuras

avanza sin cesar y nunca llega.

 

¡Llegar! ¿Adónde? . . . El pensamiento humano

en vano lucha, en vano

su ley oculta y misteriosa infringe.

En la lumbre del sol sus alas quema,

y no aclara el problema,

ni penetra el enigma de la Esfinge.

 

¡Sálvanos, Cristo, sálvanos, si es cierto

que tu poder no ha muerto!

Salva a esta sociedad desventurada,

que bajo el peso de su orgullo mismo

rueda al profundo abismo

acaso más enferma que culpada.

 

La ciencia audaz, cuando de ti se aleja,

en nuestras almas deja

el germen de recónditos dolores,

como al tender el vuelo hacia la altura,

deja su larva impura

el insecto en el cáliz de las flores.

 

Si en esta confusión honda y sombría

es, Señor, todavía

raudal de vida tu palabra santa,

di a nuestra fe desalentada y yerta:

—¡Anímate y despierta!

Como dijiste a Lázaro: —¡Levanta!—

 

¡Cuántas veces sentado en tu ribera!…

– I –

¡Cuántas veces sentado en tu ribera,

¡oh mar! como si oyera

la abrumadora voz de lo infinito,

ha despertado en la conciencia mía

honda melancolía,

tu atronador, tu interminable grito!

– II –

Todo enmudece y cae en el misterio:

el poderoso imperio

que la tierra asoló con sus batallas;

hasta los dioses que de polo á polo

temidos son; tú sólo

sientes rodar los siglos, y no callas.

– III –

No callas, y hasta el alto firmamento

sube tu ronco acento,

y cuando revolviéndote en ti mismo

ruges furioso, en tus entrañas late

el horror del combate

que empeña el huracán con el abismo.

– IV –

Sólo alcanza poder tan soberano,

el pensamiento humano

como tú grande, como tú profundo,

que alzando sin cesar su voz de trueno,

forja en su ardiente seno

las glorias y catástrofes del mundo.

– V –

¡Ay si decir pudieras cuanto sabes!…

¿Qué hiciste de las naves

con que surcó tu inmensidad, la aciaga

y trágica ambición? ¿Adónde han ido?

Como el mortal olvido

tu oscuro fondo hasta el recuerdo traga.

– VI –

Todo perece en ti sin dejar huella:

el barco que se estrella

contra el peñón, la armada que devoras,

los continentes que iracundo invades,

las sordas tempestades

que avanzan en tus olas bramadoras.

– VII –

La tierra, en cuyo seno te reclinas,

mantiene en pie las ruinas

que las ciegas catástrofes dejaron.

Tú, con desdén soberbio, las rechazas:

por ti pueblos y razas

como sombras efímeras pasaron.

– VIII –

El furor de los tiempos, que venciste,

sólo tu voz resiste:

tu acento fue, como clamor de guerra,

el que la humanidad oyó primero,

¡ay! y será el postrero

que en su agonía escuchará la tierra.

– IX –

Pero más, mucho más que cuando inmolas

y abismas en tus olas

la insolencia del fuerte á quien humillas,

mi espíritu conturbas y enajenas

con las tristes escenas

que esparcen el terror en tus orillas.

– X –

No lejos de un peñón agrio y salvaje

que con recio oleaje

el cantábrico mar bate y socava,

al través de los árboles blanquea

casi ignorada aldea,

sobre la costa inabordable y brava.

– XI –

Mirando al mar, de frente al Océano,

que sacudiendo en vano

la roca estéril sin cesar se agita,

el horizonte corta y se alza enhiesta

sobre la calva cresta

del picacho granítico, una ermita.

– XII –

¡Con qué placer la gente pescadora,

que al despuntar la aurora

por entre escollos á la mar se lanza,

del sol poniente al último vislumbre,

ve lucir en la cumbre

aquel faro de amor y de esperanza!

– XIII –

Cuando, salvo de innúmeros azares,

torna á los patrios lares

el marinero audaz ¡con qué alegría,

con qué ferviente fe, descalzo y roto,

corre á colgar su voto

en aquel pobre templo de María!

– XIV –

¡María! que del piélago y del alma

las tempestades calma;

que recoge en sus brazos y consuela

al náufrago del mar y de la vida.

Bálsamo á toda herida,

puerto á toda aflicción. Maris stella!

– XV –

Desde el peñón desnudo y solitario

que el blanco santuario

con su apacible majestad abruma,

contempla por do quiera la mirada

la costa acantilada

donde se estrella con fragor la espuma.

– XVI –

Y al dilatarse por el mar, divisa

en la línea indecisa

do se juntan las nubes y las olas,

raudo vapor, que con la crin al viento,

acelera el momento

de arribar á las costas españolas.

– XVII –

Luego, á medida que la luz desmaya,

con rumbo hacia la playa

cuyos contornos borra la neblina,

se ven llegar las pescadoras naves,

como tímidas aves

que al nido vuelven, cuando el sol declina.

– XVIII –

El faro, al descender la noche oscura,

en la empinada altura

de negro promontorio centellea,

y su destello intermitente oscila,

cual la roja pupila

de un Titán, que en las sombras parpadea.

– XIX –

Están, desde la cúspide del monte,

el mar y el horizonte

a la absorta mirada siempre abiertos,

y al otro lado, en la vertiente opuesta

de la escarpada cuesta,

reclinado el lugar entre sus huertos.

– XX –

Silvestres hayas y robustos pinos

de los cerros vecinos

orlan y ciñen la brumosa frente,

por cuyas quiebras rueda y se desata,

como líquida plata,

el sonoro raudal de alguna fuente.

– XXI –

Y allí, donde de pronto se despliega

la pintoresca vega,

siguiendo los contornos desiguales

de la verde montaña, resguardado

por el peñón tajado

de recios y furiosos vendavales;

– XXII –

bajo el amparo de la Iglesia santa,

sobre la cual levanta

sencilla cruz sus brazos redentores,

sin que la sed de la ambición le aflija,

humilde se cobija

aquel pueblo de honrados pescadores.

– XXIII –

Por entre los repliegues de una loma,

rústico albergue asoma

al margen de un arroyo cristalino,

cuyo limpio caudal, abriendo calle

por el fondo del valle,

mueve después las piedras de un molino.

– XXIV –

Fresca arboleda en sus orillas crece,

y cuando el viento mece

con leve impulso sus tupidas frondas,

parece, reflejándose en el río,

que el ramaje sombrío

en el espacio tiembla y en las ondas.

– XXV –

junto al arroyo que lamiendo pasa

las tapias de la casa,

un joven pescador de piel curtida

por el viento del mar, áspero y rudo,

iba nudo por nudo

recorriendo su red, al sol tendida,

– XXVI –

para coger los puntos de la malla,

que en su postrer batalla

rompió, saltando el pez, vencido y preso

en la jornada del pasado día,

cuando la red crujía

de la copiosa pesca bajo el peso.

– XXVII –

Agraciada mujer, viva y morena,

en la ingrata faena

le acompañaba, y con secreto gozo,

a menudo, ligera como el rayo,

mirándole al soslayo

orgullosa pensaba: -¡Es un buen mozo!

– XXVIII –

y él, al fijarse, de impaciencia lleno,

en el redondo seno

que el ceñido jubón reprime y tapa,

suspendiendo de pronto su trabajo,

decía por lo bajo

con aire vencedor: -¡ Es que eres guapa!

– XXIX –

Entonces, dibujándose indecisa

en sus labios la risa,

contemplábase, muda de embeleso,

la dichosa pareja enamorada,

y era aquella mirada

una promesa, una caricia, un beso.

– XXX –

Los dos nacieron para amarse. Es Rosa,

como su nombre, hermosa:

arde en sus ojos del placer la llama.

Su fresca boca, que al halago brinda,

es dulce cual la guinda

que el pájaro voraz pica en la rama.

– XXXI –

No tiene la blancura de la nieve,

que se deshace en breve:

negros sus ojos son, negro el cabello.

Competir en su rostro parecía

la noche con el día;

pero ¿acaso el crepúsculo no es bello?

– XXXII –

Cayó en las redes de su amor cautivo

Miguel, el más activo

y arriesgado patrón de aquella playa,

que ágil en el timón, fuerte en el remo,

en el peligro extremo

ni tiembla, ni se aturde, ni desmaya.

– XXXIII –

Adiestrado en el ímprobo ejercicio

de su penoso oficio,

por la abierta camisa muestra el pecho

de fuerte y musculosa contextura,

no a la molicie impura,

sino a las fieras tempestades hecho.

– XXXIV –

Bajo su tosca y natural corteza

oculta la nobleza

de un corazón resuelto, pero sano.

Tan sólo Rosa conquistó la palma

de someter un alma,

que no logró domar el Océano.

– XXXV –

Santificó su paz y su ventura

la bendición del cura.

Tres meses hace que al sagrado lazo

la ya vencida voluntad rindieron,

tres meses, que se dieron

el primer beso y el primer abrazo.

– XXXVI –

Nunca vio la cantábrica montaña,

honor y prez de España,

dos almas en sus gustos más unidas,

ni con tan casto ardor el himeneo

en un mismo deseo fundió

dos corazones y dos vidas.

– XXXVII –

En su hogar deslizábanse veloces

las horas y los goces.

Ignoraba los usos cortesanos

su amor tan inocente como vivo:

pero el beso furtivo,

la franca lisa, el apretón de manos,

– XXXVIII –

el íntimo y verboso cuchicheo,

semejante al gorjeo

de alegres aves, el falaz desvío

de que mimada joven alardea,

sólo el tiempo que emplea

en decir su amador: -Dulce bien mío!

– XXXIX –

la voz, el gesto, la expresión, el modo de

contemplarse, todo

trastornaba sus almas, pues ¿qué idioma

por inculto que sea y por grosero,

para el amor sincero

no es tierno como arrullo de paloma?

– XL –

Juntos en deleitable compañía

trabajan a porfía

repasando la red, y tan molesta

como pesada operación sazona

la burla retozona,

la aguda chanza o la atrevida fiesta.

– XLI –

Reconcentrados en su amor profundo

¿qué les importa el mundo?

Los sueños de ambición dan al olvido.

A su cariño sin temor se entregan

y juegan como juegan

los pájaros incautos en su nido.

– XLII –

No lejos, en el término de un prado

donde manso ganado

con la hierba otoñal su gula aplaca,

la madre de Miguel, limpia y risueña,

tranquilamente ordeña

las llenas ubres de fecunda vaca.

– XLIII –

Con frecuencia, a hurtadillas, clava en ellos

tan jóvenes, tan bellos

y tan rendidos a su mutuo encanto,

los dulces ojos, que la edad apaga,

y por sus labios vaga

leve sonrisa, tierna como el llanto.

– XLIV –

¡Con qué inefable paz la pobre vieja,

a quien tan sólo deja

vanas memorias la cansada vida,

con qué intenso y profundo regocijo

siente y ve en aquel hijo

reverdecer su juventud perdida!

– XLV –

Él la hace recordar tiempos mejores,

con sus castos amores,

sus ansias, sus placeres y congojas.

Es como tronco roto, que aún resiste,

y el mes de mayo viste

de nuevas ramas y de nuevas hojas.

– XLVI –

Fijose en ella embebecido el mozo,

y desbordando el gozo

que en sus plácidos ojos centellea,

dijo, llamando la atención de Rosa:

-Mírala qué hacendosa

y entretenida está. ¡Bendita, sea!-

– XLVII –

-¿Qué puede apetecer? ¡Nos ve felices!

Rosa exclamó: -Bien dices-,

respondiola Miguel: -¡Quieran los cielos

para colmar la dicha de esa anciana,

concederle mañana

inocentes y hermosos netezuelos!-

– XLVIII –

La joven, con el seno palpitante,

mostrando en su semblante

el vívido color de la amapola,

al cuello se colgó de su marido,

y murmuró a su oído

una tímida frase ¡una tan sola!

– XLVIX –

Mas de poder tan penetrante y hondo,

que removió hasta el fondo

el alma de Miguel, como la ardiente

lumbre del sol que las campiñas dora,

hace, germinadora,

estallar en el surco la simiente.

– L –

-¡Madre! ¡madre! -gritó falto de aliento;

y pronta al llamamiento

con creciente ansiedad la anciana vino.

-¿Qué es esto? -preguntó sobresaltada.

-¿Qué es esto? ¡Pues es nada!-

contéstole Miguel fuera de tino.

– LI –

-¡Qué avanza mi ventura a toda vela!

¡Qué vas a ser abuela!

¡Qué mis sueños de amor alcanzo y toco!-

Y hablaba cada vez menos tranquilo,

levantándola en vilo

locuaz y descompuesto como un loco.

– LII –

Por fin la anciana desasirse pudo

del apretado nudo,

y no vuelta del pasmo todavía,

haciendo a Rosa malicioso guiño,

con maternal cariño,

-¡Ah bobo! -prorrumpió- ¡si lo sabía!

– LIII –

Y no cabiendo el júbilo en su pecho,

en íntimo, en estrecho,

en entrañable abrazo confundidos,

mezclaron sus sencillos corazones,

anhelos, ilusiones,

lágrimas, esperanzas y latidos.

– LIV –

Como de la fortuna en el marco,

se anticipa el deseo

con sus alas de rosa al bien distante,

Miguel dijo soñando: -Si no muda

el tiempo, y Dios me ayuda,

la pesca del atún será abundante.

– LV –

Se la consagro al niño, y con su importe,

a Castro… ¡no! a la corte

iré enseguida, y si en las tiendas hallo

cosa de gusto, volcaré el bolsillo,

y le traeré un hatillo

de príncipe… ¡y un sable!… ¡y un caballo!-

– LVI –

Y añadió enternecido, sonriendo:

-¡Si casi le estoy viendo

con su carita colorada y fresca,

y sus gracias alegres y sencillas,

sentarse en mis rodillas

rara escuchar los lances de la pesca!

– LVII –

¡Verás cómo retoza por la playa

cuando a buscarme vaya!

Y cuando se acostumbre, al lado mío,

al olor del carbón y de la brea,

¡verás cómo gatea

por los palos y jarcias de un navío!

– LVIII –

Será -siguió diciendo satisfecho-,

un mozo de provecho

más resistente y firme que una entena.

Iremos juntos, y se hará a mis mañas.

-¡Hijo de mis entrañas!-

Rosa le interrumpió con susto y pena.

– LIX –

¡Él, expuesto al peligro de los mares!…

¿No bastan los pesares

que me afligen por ti? ¡Vaya un empeño!

No lograrás vencerme, te lo digo,

harto sufro contigo

sin que nueva inquietud me robe el sueño.-

– LX –

-¡Bravo! -exclamó Miguel: ¡ Famosa ideal

Pues ¿qué quieres que sea?-

Y mirándole Rosa con ternura,

-¡Cura! -le respondió- ¡Cómo! -repuso

el pescador confuso,

-¡y un mozo tan cabal ha de ser cura!-

– LXI –

-¡Sí, sí! Para que ruegue noche y día

a la Virgen María-,

respondió con tiernísimo arrebato,

-por cuantos mueren en la mar traidora,

por la infeliz que llora

su mísera viudez… y por ti ¡ingrato!

– LXII –

-Pues no me harás cejar. -Ni a mí tampoco,

-Vayamos poco a poco-

dijo, cortando la incipiente riña

la madre de Miguel. -Pues yo no paso

por que apuréis el caso

sin contar con el huésped. ¿Y si es niña?-

– LXIII –

Quedose el pescador mudo y perplejo:

arrugó el entrecejo

contrariado tal vez; pero de pronto,

á compás de ruidosa carcajada

prorrumpió: -¡Nada, nada,

madre tiene razón! ¡Es que soy tonto!…

– LXIV –

-Si es niña, ya sabéis, no la recibo,

aun cuando sea el vivo

retrato de mi adusta morenita-.

Y con franca efusión abrazó a Rosa,

que entre esquiva y gozosa

dijo, evitando sus cariños: ¡Quita!

– LXV –

¿Quién ve tanta ventura indiferente?

¡Santa y perenne fuente

del amor paternal, que en nuestro anhelo

en misteriosas ondas repartida,

para endulzar la vida

y templar nuestra sed, bajas del cielo!

– LXVI –

¡Sentimiento purísimo del alma,

que turbas nuestra calma,

y con ritmo jamás interrumpido

despiertas los estímulos que duermen,

haces vibrar el germen,

subir la savia y palpitar el nido!

– LXVII –

A tu voz la inmortal naturaleza

suspende la fiereza

del oso huraño y del león hirsuto,

y tu fuego vivaz que do quier arde,

ímpetu da al cobarde,

vigor al débil y razón al bruto.

– LXVIII –

Todo, sujeto a inexorable norma,

se muda, se trasforma,

y en este inmenso impenetrable abismo

que la infinita variedad encierra,

tan sólo tú, en la tierra,

en el cielo y el mar, eres el mismo.

– LXIX –

Pero ¡oh suerte importuna! En el momento

de su mayor contento,

asomando al través de los maizales

que encubren la vereda del molino,

un marinero vino

a turbar sus ensueños paternales.

– LXX –

Era Roberto, amigo y camarada

de Miguel. Alma honrada

que a su pesar apasionado culto

consagra a Rosa; amor inofensivo.

pero punzante y vivo,

en lo más hondo de su pecho oculto.

– LXXI –

-¿Ya vienes a buscarme? Es muy temprano.-

Con tono afable y llano

dijo al verle Miguel. -Bien se conoce

que tienes -contestó- la paz en casa,

y que el reló se atrasa

para quien vive a gusto. ¡Son las doce!

– LXXII –

¿A qué esperamos, pues? El tiempo es bueno,

el cielo está sereno

y el mar tranquilo y manso. Con que puedes

calcular el aguante de tu malla,

pues hoy, o todo falla,

van con la pesca a reventar las redes.

– LXXIII –

¡No es lícito a los pobres el regalo!…

El año ha sido malo…-

-Cierto -Miguel repuso-, y necesito

no perder la ocasión, porque mi esposa…-

Iba a hablar; pero Rosa

dijo, abrazando al imprudente: -¡Chito!-

– LXXIV –

-Si mi franqueza tu disgusto labra,

no diré una palabra,

contestole Miguel. Mientras Roberto

rendido al golpe de su ardiente pena,

contemplaba la escena,

lívido y silencioso como un muerto.

– LXXV –

Quien en lo oscuro de su pecho esconda

la herida viva y honda

que sangra sin cesar, de un desdichado

amor, y tenga para más tortura,

el sueño de ventura

que nunca logrará, siempre a su lado;

– LXXVI –

quien de los celos pertinaces sienta

la mordedura hambrienta,

y finja, indiferente o satisfecho,

ver su imposible bien en otros brazos,

mientras quiere a pedazos

el corazón saltársele del pecho;

– LXXVII –

quien amando en silencio hasta el delirio

no tenga en su martirio

ni aun el triste consuelo de la queja,

podrá tan sólo comprender el fiero

pesar del marinero,

ante el placer de la gentil pareja.

– LXXVIII –

Miguel de pronto profirió: -¡Al avío!

con desenvuelto brío

la fuerte red plegando. Diligente,

y según su costumbre cariñosa,

iba a ayudarle Rosa

cuando él le dijo amedrentado: -¡ Tente!

– LXXIX –

¡Por Dios! ¿Qué vas a hacer? Pues bueno fuera

que un esfuerzo cualquiera…

¡No me des qué sentir! Y a más, te aviso,

que hoy la felicidad me presta aliento.

¡Hasta capaz me siento

de cargar con la barca, si es preciso!-

– LXXX –

Entre risas, y plácemes y fiestas

Miguel echose a cuestas

la recogida red, diciendo: -¡Vaya!

Nada hacemos aquí. -Y él y Roberto,

en íntimo concierto

tomaron el sendero de la playa.

– LXXXI –

Marchaba el ágil mozo con presteza,

volviendo la cabeza

a cada instante hacia su linar cercano,

desde donde en señal de despedida,

la joven conmovida

le mandaba sus besos con la mano.

– LXXXII –

Y hasta que casi al fin de la jornada,

su prenda idolatrada

se internó en las revueltas del camino,

no apartó, con dulcísima porfía,

del rumbo que él seguía,

ni el corazón ni el rostro peregrino,

– LXXXIII –

viendo, no sin nublársela el semblante,

cada vez más distante

al dueño de su vida y de su casa;

que la ausencia en amor, aun la más breve.

cual nubecilla leve,

oscurece los cielos mientras pasa.

– LXXXIV –

-¡Ah! ¿cómo no quererle si es tan bueno!…-

dijo, oprimiendo el seno

maternal, con tan blando y dulce nudo,

que, de la dicha de su hogar ufana,

la enternecida anciana

contener una lágrima no pudo.

– LXXXV –

En tanto, los alegres marineros

perdiéronse ligeros

tras un peñón que hacia la senda avanza,

y al fin de cuya estrecha cortadura

la indómita llanura

del vasto mar a descubrir se alcanza.

– LXXXVI –

Desde allí se divisan de repente,

su grandeza imponente,

su augusta calma o su furor sublime,

y con su regia majestad a solas,

óyese de sus olas

la voz tonante que amenaza o gime.

– LXXXVII –

En coloquio jovial entretenidos

van, de la mano asidos,

hacia donde a merced de la marea

que su ancha curva en las arenas raya,

cual reina de la playa

la barca de Miguel se balancea.

– LXXXVIII –

¡Qué es verla, al separarse de la orilla,

con atrevida quilla

surcar graciosa el líquido elemento,

y mar afuera, inquieta y juguetona,

tender la blanca lona

a las caricias pérfidas del viento!

– LXXXIX –

¡Qué es ver cómo al peligro se aventura,

cuando la sombra oscura

se precipita sobre el mar de Atlante!

Y cuando viento duro el golfo riza,

¡qué es ver cuál se desliza

por la espalda ondulosa del gigante!

– XC –

Nunca el riesgo imprevisto la acobarda,

y hiende tan gallarda

la inmensidad del piélago bravío,

que no deja tras sí, rápida y suave,

ni aun la huella que un ave,

rozando con el ala, abre en el río.

– XCI –

El noble pecho de Miguel se ensancha

ante la airosa lancha

que su fortuna y su ambición encierra,

y le presta solícito el cuidado

con que el bravo soldado

mima y atiende a su corcel de guerra.

– XCII –

Un mancebo, que estaba de atalaya,

gritó a los de la playa:

-¡El patrón!- Y animosa la cuadrilla

a la dura jornada se dispuso.

Sólo absorto y confuso

un pescador permaneció en la orilla,

– XCIII –

Sentado en un montón de húmeda arena,

extraño a la faena

ocultaba su rostro entre las manos,

mostrando sólo en su actitud doliente

la ancha y curtida frente

orlada a trechos de cabellos canos.

– XCIV –

Cual no maduro fruto, que la helada

malogra, su hija amada

cayó marchita al soplo de la muerte,

y se le sale, sin sentir, del pecho

el corazón deshecho,

en las acerbas lágrimas que vierte.

– XCV –

Quien ha sufrido la mortal congoja

que, sin piedad, deshoja

como agostada flor nuestra ventura

en ese instante de terrible prueba,

en que voraz se lleva

parte de nuestro ser, la sepultura:

– XCVI –

cuando con lenta gradación se apaga

la luz dudosa y vaga

que colora la faz del moribundo,

¡ay! y a medida que en sus ojos crece

la sombra, nos parece

que va cayendo en lobreguez el mundo;

– XCVII –

cuando vencidos en estéril lucha,

nuestra impotencia escucha

el tremendo estertor de la agonía,

y con angustia alborotada y loca

posamos nuestra boca

sobre otra boca descompuesta y fría,

– XCVIII –

casi cerrada en su letal reposo

al ritmo fatigoso

que el pecho cadavérico le presta,

y que ya de la muerte bajo el peso,

ni al anhelante beso,

ni al tierno abrazo. ni a la voz contesta;

– XCIX –

cuando aun tibios los míseros despojos,

vemos con turbios ojos

toda nuestra ilusión desvanecida,

y en medio del pesar que nos destroza,

sentimos cuál se goza

traidor recuerdo en enconar la herida;

– C –

cuando envuelto en su fúnebre mortaja,

negra y medrosa caja

el bien amado para siempre encierra,

y siente el corazón despavorido

el ruido, el sordo ruido

que hace al cubrir el féretro la tierra:

– CI –

¡ay! quien tenga grabada en su memoria

esa trágica historia,

sin cesar repetida y siempre nueva,

verá, evocando su dolor pasado,

el dardo envenenado

que el triste padre en sus entrañas lleva.

– CII –

Al verle presa de aflicción tan viva,

con frase compasiva

le interrogó Miguel franco y abierto.

Alzó el viejo la faz desencajada,

y con voz desmayada,

-¿No sabes? -sollozó- ¡mi Juana ha muerto!-

– CIII –

El sentimiento concentrado es mudo,

mientras un choque rudo

no sacude el marasmo que le embota,

porque entonces el ansia comprimida,

como por ancha herida

la hirviente sangre, atropellada brota.

– CIV –

Y cuando el corazón rompe su valla,

en el dolor que estalla

se mezclan y amalgaman con espanto,

como fundidos por el mismo fuego,

la imprecación y el ruego,

y el gemido, y la cólera, y el llanto.

– CV –

Tal la voz de Miguel, blanda y serena,

exasperó la pena

que al tosco anciano le apretaba el cuello,

y exaltándose al cabo poco a poco,

con la rabia de un loco

maldiciendo y mesándose el cabello,

– CVI –

-¡ay!- de pronto exclamó con ceño adusto:-

¡Mentira! Dios no es justo

cuando se goza en aumentar mi cuita.

Tienen en buena paz muchos bribones

tierras, barcos, millones…

¡yo, una pobre muchacha… y me la quita!

– CVII –

¿Qué mal hacía la infeliz doncella?

¿Cómo vivir sin ella?…-

Y se apagó la voz en su garganta.

-Mas sin justicia ni razón me quejo-,

gimió el honrado viejo:

-¡No nació para el mundo! ¡Era una santa!-

– CVIII –

Miguel, tendiendo al afligido anciano

la encallecida mano,

-vuelve a casa- le dijo- y llora y reza

junto a la amada prenda que perdiste.

-¡No!- contestole el triste

moviendo gravemente la cabeza.

– CIX –

-Aunque me falta el sol de la alegría,

conservo todavía,

gracias a Dios, mi voluntad de hierro.

¿Por qué te he de mentir, si eres mi amigo?

Saldré a la mar contigo.

¡Necesito el jornal para su entierro!

– CX –

Quiero comprarle, si tenemos suerte,

las galas de la muerte:

una cruz, un sudario y una palma.

Guardó breve silencio el desdichado

y luego desolado

clamó con bronco acento. -¡Hija del alma!-

– CXI –

Su misma voz, que reprimir no pudo,

como puñal agudo

clavósele en el pecho, y tan activa

creció en su corazón la angustia fiera,

cual la insaciable hoguera,

que cuanto más devora, más se aviva.

– CXII –

Enternecido ante infortunio tanto,

y conteniendo el llanto

Miguel le respondió: -Tu pobre Juana

tendrá lo que tu anhelo solicita:

la humilde cruz bendita,

la palma virgen y el sayal de lana.

– CXIII –

Pero vuelve a tu hogar, porque no quiero

que un bravo compañero

a su propio tormento contribuya.

No serás, si te niegas, buen amigo,

y atiende a lo que digo:

hoy pesco para ti. ¡Mi parte es tuya!-

– CXIV –

Cayó, cual dulce bálsamo, la oferta

sobre la herida abierta

del triste anciano, y mitigó su duelo

llanto reparador, tranquilo y suave.

Siempre para quien sabe

sentir, la gratitud es un consuelo.

– CXV –

– ¡Que Dios te colme de mercedes, hijo!-

con blando acento dijo,

las lágrimas secando en su mejilla.

Miguel para ocultar su sentimiento,

ligero como el viento

a la barca saltó desde la orilla.

– CXVI –

Toda su gente al tráfago dispuesta,

con ansia manifiesta

esperaba no más la voz de mando.

Diola el patrón; y con vigor supremo,

el resistente remo

en las arenas de la playa hincando,

– CXVII –

puso a flote la lancha embarrancada,

que lenta y sosegada

siguió después por la canal angosta,

única vía, franca y descubierta,

entre la barra incierta

y las tajadas peñas de la costa.

– CXVIII –

La roca, a modo de ciclópeo muro,

inabordable, oscuro,

desde la playa misma se adelanta,

hasta la punta del siniestro Cabo

do el mar potente y bravo

con sorda intermitencia se quebranta.

– CXIX –

Varias cruces sencillas de madera,

en pavorosa hilera

resaltan del peñón de trecho en trecho,

señalando en el áspero arrecife,

el sitio en que un esquife

quedó, a los golpes de la mar, deshecho.

– CXX –

Recuerda cada cruz alguna escena

de horror y espanto llena.

Más de un pobre marino halló su fosa,

entre el medroso y formidable estruendo

de la borrasca, oyendo

penetrantes ayes de su esposa.

– CXXI –

Donde la punta del peñón termina,

por mísera y mezquina

pudiérase decir que el mar desdeña,

aunque a veces su presa lo disputa,

una abrigada gruta

labrada por las olas en la peña.

– CXXII –

Gratas para las lanchas pescadoras

las apacibles horas

trascurren sin sentir. Con los reflejos

de la luz que en las aguas reverbera,

el mar, como si fuera

de inflamado metal, brilla a lo lejos,

– CXXIII –

Miguel desde la popa de su barca,

con la mirada abarca

el golfo en que indolente se aventura.

Está a sus pies sumiso y reposado

como león cansado,

y la atmósfera azul, diáfana y pura.

– CXXIV –

Lánguida brisa, replegando el ala,

mansamente resbala

sin conmover el piélago sereno,

semejante al aliento tibio y leve,

que apenas alza y mueve

de una virgen dormida el casto seno.

– CXXV –

El barco, al apartarse de la playa,

rápidamente raya

las claras ondas con su blanca estela,

y al avanzar con suave balanceo,

parece que el deseo

va impaciente sirviéndole de vela.

– CXXVI –

Del tiempo, más que del trabajo, avara,

la gente se prepara,

el remo suelta, y su esperanza funda

en la corriente azul del Océano,

como el dolor humano,

amarga, sí, pero también fecunda.

– CXXVII –

Tres veces por el ámbito marino

con provechoso tino

tiende la fuerte red, y las tres veces

al recogerla, abrillantó su trama,

la refulgente escama

que en vívido montón lucen los peces.

– CXXVIII –

-¡Te lo anuncié, Miguel! Ya ves si acierto.-

Dice alegre Roberto,

mientras que sujetando por la agalla

con diligente mano desenreda,

al pez, que preso queda

en los hilos nudosos de la malla.

– CXXIX –

Y con aire triunfal alzando a pulso

un sollo, que convulso

entre sus férreos dedos se torcía,

regocijado exclama: -¡Brava presa!

No se pone en la mesa

del rey, cosa mejor. ¡Este es gran día!-

– CXXX –

El sol empieza a declinar. La gente

a medida que siente

su ganancia crecer, redobla el celo,

y sin cejar un punto en su tarea,

quién en la red se emplea,

quién, sentado en la borda, echa un anzuelo,

– CXXXI –

quién al enorme pez, que agonizante,

colea, en un instante

con implacable actividad remata;

y de la pesca el acre olor parece

que alienta y fortalece

al marinero en su existencia ingrata.

– CXXXII –

A poco, tenue y vaporoso velo

fue enturbiando del cielo

la limpia claridad. Oscura nube

desde el confín remoto se avecina,

sorbiendo la neblina

que de las ondas impalpable sube.

– CXXXIII –

A medida que llega va aumentando:

el mar plácido y blando

por momentos se encrespa y alborota.

Estremécese el viento, antes dormido,

y hacia el agreste nido

tiende el medroso vuelo la gaviota.

– CXXXIV –

De improviso una racha fugitiva

del oleaje aviva

el ímpetu naciente. Las espesas

nubes marchan en giro apresurado,

y al fin rompe el nublado

en gota, tan escasas como gruesas.

– CXXXV –

¡Hum! -exclama frunciendo el entrecejo

un pescador ya viejo.

-¡El tiempo muda, la borrasca avanza!-

Y otro añade después: -Se aguó la fiesta!

¡Ah, cobardes! -contesta

Miguel en tono de amistosa chanza:

– CXXXVI –

-¿Os asusta una nube de verano?-

-¡Sí! -responde el anciano.

¡La galerna está encima! -No discuto-

le interrumpe el patrón. -Mas Juana ha muerto,

y yo no vuelvo al puerto

si no llevo a su padre para el luto.-

– CXXXVII –

Y la pesca siguió con mayor brío,

sin que del mar bravío

la sorda turbación los contuviera.

Pues ¿quién fuerza al lebrel cuando en la pista

la ansiada res avista,

a pararse en mitad de su carrera?

– CXXXVIII –

Mas de golpe la lluvia se desata

cual rauda catarata;

el huracán sus ráfagas sacude

como un corcel la crin; al llamamiento

del alterado viento,

la ola, bramando de furor, acude.

– CXXXIX –

Y se empeña otra vez con recio embate,

el eterno combate

que presencian los siglos confundidos,

en que después de trágicos horrores,

los fieros gladiadores

ceden cansados, pero no vencidos.

– CXL –

Quédase muda de estupor la gente.

Negra, inmensa, rugiente

rueda la tempestad: con ciego empuje

cual fogoso bridón que se desboca,

la ola adelanta, choca

contra la barca, se revuelve y ruge.

– CXLI –

¡Hola! -grita Miguel- ¡Cortad la cuerda,

aunque la red se pierda!

Aun habrá tiempo de llegar al faro.

¡Ánimo, chicos! y forzad los remos,

que pronto arribaremos.

¡La santa Virgen nos dará su amparo!

– CXLII –

El endeble timón Miguel aferra

y a la cercana tierra

dirige el rumbo como buen marino,

mientras la gente, ante el peligro absorta,

con ágil remo corta

la indócil ola, abriéndose camino.

– CXLIII –

Estimulado por la voz del trueno,

el mar su turbio sello

con resonante convulsión agita;

cual irritada fiera el lomo enarca

y hacia la frágil barca

sus gigantescas olas precipita.

– CXLIV –

A merced de la mar arrolladora,

la lancha pescadora

los golpes sufre, pero no desmaya.

Y los vecinos del lugar, en tanto,

vuelan llenos de espanto,

en confuso tropel hacia la playa.

– CXLV –

Mozos, ancianos, niños y mujeres,

imploran por los seres

que amenaza el furor del mar sombrío,

y ardientes quejas, alteradas voces

revueltas y veloces,

pueblan el aire en ronco griterío.

– CXLVI –

Luego el tropel desordenado y vario

invade el santuario

que la escarpada cúspide corona,

donde al pie del altar, una y cien veces

con dolorosas preces,

pide auxilio a su célica Patrona.

– CXLVII –

Joven esposa sus cabellos mesa,

otra, en silencio besa

desesperada a un párvulo inocente,

un débil niño en su pueril despecho,

golpeándose el pecho,

en el polvo del templo hunde su frente

– CXLVIII –

otro ofrece a la Virgen con devoto

fervor, sencillo voto;

y del concurso general, movido

por el temor, la angustia y el deseo,

el alto clamoreo,

¡ay! más que una oración, es un gemido.

– CXLIX –

En el lugar más arduo de la costa,

hacia la boca angosta

del canal, siempre al marinero aciaga,

bulle otra multitud, dando a los vientos,

sus ayes y lamentos,

que el recio son del temporal apaga.

– CL –

Pintándose en su faz el extravío,

por medio del gentío,

la madre de Miguel, como una sombra,

se mueve, sin cesar. Corre, pregunta,

reza, las manos junta,

y al hijo amado, inconsolable nombra.

– CLI –

Rosa trémula y muda la acompaña;

copioso llanto baña

sus claros ojos que oscurece el duelo.

Tiene el lívido rostro de una muerta,

y la razón cubierta

de tormentosas nubes como el cielo.

– CLII –

Todos enternecidos la abren paso.

¿Conocerán acaso

la noticia fatal? La incertidumbre

de Rosa, surge a tan horrible idea,

y con terror pasea

su vista por la absorta muchedumbre.

– CLIII –

Aquel silencio lúgubre la mata.

Frenética, insensata

a una amiga se acerca: -¿Dónde, dónde

está Miguel? ¡Ten lástima! -solloza.

La sorprendida moza

mírala estupefacta, y no responde.

– CLIV –

-¡Ha muerto! -añade acongojada- ¡Ha muerto!-

Pero un marino experto

en los trances del mar, compadecido

de la atroz inquietud que la enajena,

para templar su pena

dícele con amor: -¡Cobra el sentido!

– CLV –

¿A qué viene apurarse de esa suerte?

¿Qué sacas con ponerte

en el último extremo? Cuando tarda

la barca en presentarse, conjeturo

que ya en lugar seguro,

tan sólo el fin del temporal aguarda.

– CLVI –

¡Ea! Enjuga tus lágrimas: no llores,

porque riesgos mayores

ha vencido Miguel, que es tan resuelto.-

-Mas ¿le viste volver? -pregunta Rosa

turbada y anhelosa,

y le contesta el pescador: -No ha vuelto.-

– CLVII –

Entonces trepa a la escarpada cima,

al borde se aproxima

del saliente peñón, como una idiota,

y expuesta a peligroso paroxismo,

avanza hacia el abismo

la descompuesta faz, que el viento azota.

– CLVIII –

En medio del pesar que la anonada,

la atónita mirada

hunde en la inmensidad, y es su porfía

tan profunda y tenaz, que si pudiera,

la mar rebelde y fiera

con sus ávidos ojos sorbería.

– CLIX –

¡Ay! ¡si lograse traspasar la bruma!…

¡Si entre la blanca espuma

viese al mortal por quien suspira y ruega!…

Cuando divisa un barco en lontananza,

renace su esperanza

y clama, llena de ansiedad: -¡Ya llega!-

– CLX –

¡Estéril impaciencia! ¡Vano empeño!

¿En dónde está su dueño

que no acude a su voz? ¿Por qué no viene?

Su amante madre la acaricia y calma.

¡Compadeced al alma

que da consuelos ¡ay! ¡y no los tiene!

– CLXI –

Allá en la playa un grupo generoso,

sin tregua ni reposo

anuda cuerdas y apareja un bote,

sometido al mandato soberano

de respetado anciano,

mezcla de marinero y sacerdote.

– CLXII –

Viril arrojo en sus pupilas arde

sin ostentoso alarde,

y aunque a los años la cerviz inclina,

presta vigor a su cabeza cana

la fortaleza humana,

templada al fuego de la fe divina.

– CLXIII –

Al cabo por la estrecha cortadura,

luchando a la ventura

con el viento y las olas, impelida

por la borrasca hacia el difícil paso,

en donde puede acaso

quedar a salvo o perecer hundida,

– CLXIV –

entre el fragor que por momentos crece,

intrépida aparece

la barca de Miguel; pero ¡en qué estado!

Cual gladiador que tras inútil prueba

huye vencido, lleva

cien heridas de muerte en su costado.

– CLXV –

Resistiendo la cólera salvaje

del soberbio oleaje,

la gente fuerzas del peligro cobra;

y aunque la lancha, como leve pluma,

entre montes de espuma

parece a cada instante que zozobra,

– CLXVI –

cien veces con impávido heroísmo,

resurte del abismo

obediente a la mano que la guía.

Ninguna voz en su interior se escucha,

que el riesgo de la lucha

tiene una majestad muda y sombría.

– CLXVII –

¡Oh! ¡van a perecer! -¿Queréis seguirme?

Con voz entera y firme

pregunta el cura. -¡Á vuestro amor apelo!

Arrancaremos a la mar su presa

y si en tan santa empresa

morimos, ¿qué es morir? ¡Ganar el cielo!-

– CLXVIII –

El religioso impulso que le mueve

su aliento dobla, leve

cual fornido mancebo, al bote salta.

El peligro conoce y no le esquiva:

pues ¿a quién, si arde viva

la fe en su pecho, el ánimo le falta?

– CLXIX –

Todos se aprestan a seguir su suerte,

que aquel combate a muerte

de generosa emulación los llena.

¡Oh humanidad, tan pronta al sacrificio,

podrá mancharte el vicio

y ofuscarte el error; pero eres buena!

– CLXX –

El bote listo ya, con seis remeros

hábiles y ligeros,

abrirse paso hacia el canal ensaya.

¡Vana ilusión! ¡La mar embravecida,

con fuerte sacudida

pedazos hecho le arrojó a la playa.

– CLXXI –

-¡Señor! Tus altos juicios no escudriño

llorando como un niño,

gimió en su angustia el viejo venerable.

-Pero no hay tiempo que perder. ¡Subamos

hijos! Tal vez podamos

desde el mismo peñón echar un cable.-

– CLXXII –

Respondiendo a su voz, según costumbre,

a la empinada cumbre

el grupo asciende, y con empeño lanza

el recio cabo a la corriente ciega;

mas ¡ay! que nunca llega

al náufrago batel. ¡No hay esperanza!

– CLXXIII –

¡No hay esperanza! El cura consternado

increpa al mar airado.

Sin freno alguno que su empuje venza,

la tempestad incontrastable brama.

Y el noble anciano exclama:

-¡Hijos míos! ¡Yo acabo, y Dios comienza!-

– CLXXIV –

¡No hay esperanza! Y la barquilla aun flota

desgobernada y rota.

Aun los pobres remeros, más audaces

cuanto más la borrasca se acrecienta,

lidian con la tormenta

desesperados, sí, pero tenaces.

– CLXXV –

¿Dónde tender la salvadora amarra?

¿Cómo cruzar la barra

que el paso cierra del canal estrecho,

si ya tiene la barca pescadora,

quebrantada la prora,

el casco hendido y el timón deshecho?

– CLXXVI –

El avariento mar la presa ansía.

¡Ya es suya! Todavía,

resistiendo en los frágiles despojos

del roto barco, en su ansiedad suprema,

la gente rema, rema,

rema, y nublan las lágrimas sus ojos.

– CLXXVII –

¿Qué busca? ¿Adónde va? ¿Por qué se afana?

Su resistencia es vana.

¡Ay! la esperanza al corazón se aferra

en los casos adversos e infelices,

aun más que las raíces

a las duras entrañas de la tierra.

– CLXXVIII –

-¡Juan, lárgame una estacha!- grita el bravo

Miguel-, y por un cabo

átala pronto y bien, que si consigo

con el otro nadar hasta la orilla,

podrá nuestra barquilla

en la gruta del faro hallar abrigo-.

– CLXXIX –

Dobló la frente oscurecida y grave.

¿En qué pensaba? ¿Cabe

dudarlo un punto? En el edén perdido,

en su infeliz mujer, en el risueño

ángel, que vio en un sueño,

huérfano ¡ay triste! aun antes de nacido.

– CLXXX –

-¡Eh!- contéstale Juan: -¡Ahí va la estacha!-

Miguel el hombro agacha

para esquivar el golpe; mas Roberto,

asiéndola en el aire de improviso,

prorrumpe: -No es preciso:

yo llegaré a la costa, vivo o muerto-.

– CLXXXI –

La pasión que alimenta su ternura,

y en él, como la pura

lámpara de un altar, arde escondida,

le inspiró, en su postrera llamarada,

ofrecer a su amada

no sólo el corazón, sino la vida.

– CLXXXII –

De su mojado traje se desnuda,

y a su cintura anuda

la retorcida cuerda. Intenta en vano

resistirse Miguel en son de queja,

y se obstina, y forceja,

y arráncarsela quiere de la mano.

– CLXXXIII –

-¡Quita!- Roberto exclama: -¡Si en un credo

ganar la costa puedo!

¡Es inútil que chilles: no te escucho!

Esto sería asesinar a Rosa.-

Y con voz temblorosa

dice, saltando al mar: -¡Quiérela mucho!

– CLXXXIV –

Hacia el negro peñón el rumbo guía,

y sin temor confía

a sus robustos brazos su defensa.

Mas de repente, en turbio remolino,

a trastornarle vino

ola veloz, arrolladora, inmensa.

– CLXXXV –

Sobre su frente con estruendo estalla,

y en desigual batalla

le revuelca, le arrastra y le sofoca.

Desaparece el desdichado, juega

la onda con él, y ciega

le estrella al fin contra la enorme roca.

– CLXXXVI –

Ante aquel espectáculo de muerte,

desencajada, inerte,

de pie sobre la mole de granito

que sacude la mar tempestuosa,

lanzó de pronto Rosa

un grito aterrador. ¡Qué horrible grito!

– CLXXXVII –

El ¡ay! desgarrador, como una espada,

de quien no espera nada;

¡ay! que del corazón en lo más hondo,

las heces amarguísimas remueve

del cáliz en que bebe

la humanidad, para el dolor sin fondo.

– CLXXXVIII –

Cual mies que cede al ímpetu del viento,

convulsa, sin aliento,

levantando sus manos, ya inactivas,

la humilde multitud se postra en tierra,

y con fervor que aterra

eleva a Dios sus preces aflictivas.

– CLXXXIX –

¡Oh momento solemne! Austero y triste

la majestad reviste

de su augusta misión el sacro anciano,

y humedeciendo el llanto sus mejillas,

se dobla de rodillas

ante la inmensidad del Océano.

– CXC –

Su mano extiende trémula y cansada,

levanta la mirada

a la celeste bóveda, testigo

mudo de tanto horror, y con acento

parecido a un lamento:

¡Hijos! -grita- ¡Os absuelvo y os bendigo!-

– CXCI –

¿Qué vio después la multitud? Ver pudo

el cielo siempre mudo,

desierto el mar, la barca destruida,

y una hermosa mujer, rígida y yerta,

lo mismo que una muerta,

en el estéril peñascal tendida.

– CXCII –

Un año ha trascurrido. La alta cumbre

con su postrera lumbre

baña fúlgido sol desde el ocaso,

y en hora tal de paz y de misterio,

al santo cementerio

una débil mujer dirige el paso.

– CXCIII –

¡Cuán sola está, cuán pobre, cuán cambiada!

Rosa fragante, ajada

en mitad de su alegre primavera,

bajo el vivaz recuerdo que la excita,

aquella flor marchita

ni sombra es ya de lo que entonces fuera!

– CXCIV –

Abraza y besa con febril cariño,

a un escuálido niño

nacido entre miserias y trabajos.

El hatillo de príncipe, que un día

soñó la fantasía

del infeliz Miguel, era de andrajos.

– CXCV –

Recrudeciendo el duelo que la enerva,

entre la fresca hierba

dos fosas busca, se prosterna y ora.

Y cobrando calor de un seno amante,

el desvalido infante

sus manecitas mueve, y también llora.

– CXCVI –

¡Ay! ¿Podrá ser que el leño de la selva

a engalanarse vuelva?

¿Renovará sus cánticos el ave

que dejó la borrasca, herida y muda?

¿La infortunada viuda

olvidará algún día? ¡Dios lo sabe!

– CXCVII –

Todo lo gasta y borra el tiempo ingrato:

el ardiente arrebato

del amor, la ilusión que se deshoja,

la fe que espira, el gozo y el tormento:

que el hondo pensamiento,

como el mar, sus cadáveres arroja.

– CXCVIII –

Mas cuando alguno en nuestra mente queda,

cuando tenaz se enreda

al débil corazón, y en él dilata

su raíz, como hiedra trepadora,

entonces nos devora,

porque el triste recuerdo, o muere o mata.

 

Desde esta soledad en donde vivo…

Desde esta soledad en donde vivo,

y en la cual de los hombres olvidado

ni cartas ni periódicos recibo;

donde reposo en apacible calma,

lejos, lejos del mundo que ha gastado

con la del cuerpo la salud del alma;

antes de que el torrente desbordado

de la ambición con ímpetu violento

me arrebate otra vez; desde la orilla

donde yace encallada mi barquilla,

libre ya de las ondas y del viento,

como recuerdo de amistad te escribo.

 

¡Ay! Aunque salvo del peligro, siento

la inquietud angustiosa del cautivo,

que rompiendo su férrea ligadura,

traspasa fatigado a la ventura

montes, llanos y selvas, fugitivo.

El rumor apagado que levantan

las hojas secas que a su paso mueve,

las avecillas que en el árbol cantan,

el aire que en las ramas se cimbrea

con movimiento reposado y leve,

el río que entre guijas serpentea,

la luz del día, la callada sombra

de la serena noche, el eco, el ruido,

la misma soledad ¡todo le asombra!

Y cuando ya de caminar rendido,

sobre la yerta piedra se reclina

y le sorprende el sueño y le domina,

oye en torno de sí, medio dormido,

vago y siniestro son. Despierta, calla,

y fija su atención despavorido;

las tinieblas le ofuscan, se incorpora

y el rumor le persigue. «¡Es el latido

de su azorado corazón que estalla!»

Y entonces ¡ay! desesperado llora.

Porque es la libertad don tan querido.

que en el humano espíritu batalla,

más que el placer de conseguirla, el miedo

de volverla a perder.

 

Yo que no puedo recordar sin espanto la agonía,

la dura y azarosa incertidumbre

en que mi triste corazón gemía

sometido a penosa servidumbre,

cuando, arista a merced del torbellino,

sin elección ni voluntad seguía

los secretos impulsos del destino,

y, en ese pavoroso desconcierto

de la social contienda, consumía

la paz del alma ¡la esperanza mía!

hoy que la tempestad arrojó al puerto

mi navecilla rota y quebrantada,

temo ¡infeliz de mí! que otra oleada

la vuelva al mar donde mi calma ha muerto.

 

Para vencer su furia desatada

¿qué soy yo? ¿qué es el hombre? Sombra leve,

partícula de polvo en el desierto.

Cuando el simún de la pasión le mueve,

busca el átomo al átomo, y la arena

es nube, es huracán, es cataclismo.

Gigante mole los espacios llena,

bajo su peso el mundo se conmueve,

obscurece la luz, llega al abismo

y al sumo Dios que la formó se atreve.

Vértigo arrollador todo lo arrasa;

pero después que el torbellino pasa

y se apacigua y duerme la tormenta,

¿qué queda? Polvo mísero y liviano

que el ala frágil del insecto aventa,

que se pierde en la palma de la mano.

¡Oh grata soledad, yo te bendigo,

tú que al náufrago, al triste, al pobre grano

de desligada arena das abrigo!

 

Muchas veces, Antonio, devorado

por ese afán oculto que no sabe

la mente descifrar, me he preguntado,

-cuestión a un tiempo inoportuna y grave

¿qué busco? ¿adónde voy? ¿por qué he nacido

en esta Edad sin fe? Yo soy un ave

que llegó sola y sin amor al nido.

A este nido social en que vegeta,

mayor de edad, la ciega muchedumbre,

al infortunio y al error sujeta

entre miseria y sangre y podredumbre.

Contémplala, si puedes, tú que al cielo

con tus radiantes alas de poeta

tal vez quisiste remontar el vuelo,

y si éste el mundo que soñaste ha sido

nunca el encanto de tu dicha acabe…

¡Ay! pero tú también eres un ave

que llegó sola y sin amor al nido.

 

Desde la altura de mi siglo, tiendo

alguna vez con ánimo atrevido,

mi vista a lo pasado, y removiendo

los deshechos escombros de la historia,

en el febril anhelo que me agita

sus ruinas vuelvo a alzar en mi memoria.

Y al través de las capas seculares

que el aluvión del tiempo deposita

sobre columnas, pórticos y altares;

del polvo inanimado con que cubre

la loca vanidad del polvo vivo,

que arrebata a su paso fugitivo,

como el viento las hojas en octubre;

mudo de admiración y de respeto

busco la antigüedad -roto esqueleto

que entre la densa lobreguez asoma

y ofrecen a mi absorta fantasía

sus dioses Grecia, sus guerreros Roma,

sus mártires la fe cristiana y pía,

el patriotismo su grandeza austera,

sus monstruos la insaciable tiranía,

sus vengadores la virtud severa.

Y llevado en las alas del deseo

que anima mi ilusión, a veces creo

volver a aquella Edad: En la espesura

del bosque, en el murmullo de la fuente,

en el claro lucero que fulgura,

en el escollo de la mar rujiente,

en la espuma, en el átomo, en la nada,

Apolo centellea, alza su frente

de luminoso lauro coronada.

Por él la luna que entre sombras gira,

la luz que en rayos de color se parte,

la ola que bulle, el viento que suspira,

todo es Dios, todo es himno, todo es arte.

¡Ay! ¿No es verdad que en tus eternas horas

de desaliento y decepción, recuerdas

esa dorada Edad, y que te inspira

el coro de sus musas voladoras,

que murmuran y gimen en las cuerdas

de la ya rota y olvidada lira?

Aunque las llames, no vendrán; ¡han muerto!

La voz del interés grosera y ruda

anuncia que el Parnaso está desierto

la naturaleza triste y muda.

 

Que en este siglo de sarcasmo y duda

sólo una musa vive. Musa ciega,

implacable, brutal. ¡Demonio acaso

que con los hombres y los dioses juega!

La Musa del análisis, que armada

del árido escalpelo, a cada paso

nos precipita en el obscuro abismo

o nos asoma al borde de la nada.

¿No la ves? ¿No la sientes en ti mismo?

¿Quién no lleva esa víbora enroscada

dentro del corazón? ¡Ay! cuando llena

de noble ardor la juventud florida

quiere surcar la atmósfera serena,

quiere aspirar las auras de la vida,

esa Musa fatal y tentadora

en el libro, en la cátedra, en la escena

se apodera del alma y la devora.

¡Si a veces imagino que envenena

la leche maternal! En nuestros lares,

en el retiro, en el regazo tierno

del amor, hasta al pie de los altares

nos persigue ese aborto del infierno.

 

¡Cuántas noches de horror, conmigo a solas,

ha sacudido con su soplo ardiente

los tristes pensamientos de mi mente

como sacude el huracán las olas!

¡Cuántas, ay, revolcándome en el lecho

he golpeado con furor mi frente,

he desgarrado sin piedad mi pecho,

y entre visiones lúgubres y extrañas,

su diente de reptil, áspero y frío,

he sentido clavarse en mis entrañas!

¡Noches de soledad, noches de hastío

en que, lleno de angustia y sobresalto,

se agitaba mi ser en el vacío

de fe, de luz y de esperanza falto!

¿Y quién mantiene viva la esperanza

si donde quiera que la vista alcanza

ve escombros nada más? Por entre ruinas

la humanidad desorientada avanza;

hechos, leyes, costumbres y doctrinas

como edificio envejecido y roto

desplomándose van; sordo y profundo

no sé qué irresistible terremoto

moral, conmueve en su cimiento el mundo.

 

Ruedan los tronos, ruedan los altares:

reyes, naciones, genios y colosos

pasan como las ondas de los mares

empujadas por vientos borrascosos.

Todo tiembla en redor, todo vacila.

Hasta la misma religión sagrada

es moribunda lámpara que oscila

sobre el sepulcro de la edad pasada.

Y cual turbia corriente alborotada,

libre del ancho cauce que la encierra,

la duda audaz, la asoladora duda

como una inundación cubre la tierra.

-¡Es que el manto de Dios ya no la escuda!

No la defiende el varonil denuedo

de la fe inexpugnable y de las leyes,

y el dios de los incrédulos, el miedo,

rige a su voluntad pueblos y reyes.

Él los rumores bélicos propala,

él organiza innúmeras legiones

que buscan la ocasión, no la justicia.

Mas ¿qué podrán hacer? No se apuntala

con lanzas, bayonetas ni cañones,

el templo secular que se desquicia.

En medio de este caos, como un arcano

impenetrable, pavoroso, obscuro,

yérguese altivo el pensamiento humano

de su grandeza y majestad seguro.

Y semejante al árbol carcomido

por incansable y destructor gusano,

que cuando tiene el corazón roído,

desenvuelve su copa más lozano,

al través del social desasosiego

cruza la tierra en su corcel de fuego,

hasta los cielos atrevido sube,

pone en la luz su vencedora mano,

el rayo arranca a la irritada nube

y horada con su acento el Océano.

¡Mas, ay, del árbol que frondoso crece

sostenido no más por su corteza!

Tal vez la brisa que las flores mece

derribará en el polvo su grandeza.

 

¡Tal vez! ¿Lo sabes tú? ¿Quién el misterio

logra profundizar? Esta sombría

turbación, esta lóbrega tristeza

que invade sin cesar nuestro hemisferio,

¿es acaso el crepúsculo del día

que se extingue, o la aurora del que empieza?

¿Es ¡ay! renacimiento o agonía?

Lo ignoras como yo. ¡Nadie lo sabe!

Sólo sé que la dulce poesía

va enmudeciendo, y cuando calla el ave

es que su obscuridad la noche envía.

Oigo el desacordado clamoreo

que alza doquier la muchedumbre inquieta

sin freno, sin antorcha que la guíe;

ando entre ruinas, y espantado veo

cómo al sordo compás de la piqueta

la embrutecida indiferencia ríe.

 

-También en Roma, torpe y descreída,

la copa llena de espumoso y rico

licor, gozábase desprevenida,

hasta que de improviso por la herida

que abrió en su cuello el hacha de Alarico

escapósele el vino con la vida.

Todo el cercano cataclismo advierte;

pero en esta ansiedad que nos devora

ninguno habrá que a descifrar acierte

la gran transformación que se elabora.

 

¿Y qué más da? Resurrección o muerte,

vespertino crepúsculo o aurora,

los que siguen llorando su camino

por medio de esta confusión horrenda,

con inseguro paso y rumbo incierto,

¿dónde levantarán su débil tienda

que no la arranque el raudo torbellino

ni la envuelva la arena del desierto?

En otro tiempo el ánimo doliente,

atormentado por la duda humana,

postrábase sumiso y penitente

en el regazo de la fe cristiana,

y allí bajo la bóveda sombría

del templo, el corazón desesperado

se humillaba en el polvo y renacía.

Cristo en la cruz del Gólgota clavado

extendía sus brazos, compasivo,

al dolor sublimado en la plegaria,

y para el pobre y triste fugitivo

del mundo, era la celda solitaria

puerto de salvación, sepulcro vivo,

anulación del cuerpo voluntaria.

 

¡Ay! En aquella paz santa y profunda

todo era austero, reposado, grave.

La elevación de la gigante nave,

la luz entrecortada y moribunda,

la sencilla oración de un pueblo inmenso

uniéndose a los cánticos del coro,

la armonía del órgano sonoro,

las blancas nubes de quemado incienso,

el frío y duro pavimento, fosa

común, perpetuamente renovada,

de la cual cada tumba, cada losa

es doble puerta que limita y cierra

por debajo el silencio de la nada,

por encima el tumulto de la tierra;

aquella majestad, aquel olvido

del siglo, aquel recuerdo de la muerte,

parecían decir con infinita

dulzura al corazón desfallecido,

al espíritu ciego, al alma inerte:

Ego sum via, et veritas et vita.

Aquí en su pequeñez el hombre es fuerte.

Mas ¿dónde iremos ya? Torpes y obscuros

planes hallaron en el claustro abrigo,

y Dios airado desató el castigo

y con el rayo derribó sus muros.

¿Dónde posar la fatigada frente?

¿Dónde volver los afligidos ojos,

cuando ha dejado el corazón creyente

prendidos en los ásperos abrojos

su fe piadosa y su interés mundano?

¿Dónde?

¡En ti, soledad! Yo te bendigo,

porque al náufrago, al triste, al pobre grano

de desligada arena das abrigo.

 

Dorando la alta cumbre…

Dorando la alta cumbre

la ansiada aurora llega,

y ante la viva lumbre

que el ancho espacio anega,

cobarde se repliega

la densa obscuridad.

 

Ya baña el horizonte

la luz que Dios envía:

ya mar, y valle y monte

colora el nuevo día.

Ya todo es alegría.

¡Poetas, despertad!

 

La paz tiende su manto

desde el Pirene a Gades:

alzad el himno santo

en campos y en ciudades,

y admire a las edades

vuestro inmortal clamor.

 

Ascienda en raudo vuelo

la voz de la alabanza;

como cóndor que al cielo

intrépido se lanza.

Cantad a la esperanza:

yo cantaré al dolor.

 

No es que al deber ajeno

desdeñe la ventura

que de tu herido seno

las penas templa y cura.

Alma tan seca y dura

no alienta ¡oh Patria! en mí.

 

Acaso al ver hollada

tu majestad suprema,

¿no fue mi lira espada?

mi voz ¿no fue anatema?

Aún mis mejillas quema

el llanto que vertí.

 

¿Soy el poeta, acaso,

de las felices horas,

que calla en el ocaso

y canta en las auroras?

¿No estalla, cuando lloras,

mi ardiente indignación?

 

Pero hoy que conseguiste

cobrar el bien perdido,

y espléndida, aunque triste,

la paz ha renacido,

canto al dolor, que ha sido,

tu santa redención.

 

Enigma de la Historia

y escándalo del mundo,

de tu pasada gloria

so el árbol infecundo,

yacías en profundo

letargo secular.

 

Del fanatismo esclava,

en noche eterna y fría,

tan sólo iluminaba

tu mísera agonía,

la lámpara que ardía

delante del altar.

 

Perdida en tu camino

y a obscuras tu conciencia,

el arte sin destino,

sin libertad la ciencia,

tu antigua omnipotencia

no renació jamás.

 

Pirámide ostentosa

alzada en el desierto,

do incógnita reposa

la vanidad de un muerto,

¡oh Patria! tu famosa

grandeza era no más.

 

Llamando con su espada

de súbito a tu puerta,

gritó la inesperada

catástrofe: —¡Despierta!—

y el águila su abierta

garra en tu pecho hincó.

 

¡Oh asombro! Bajo el fiero

dolor de la ancha herida

tus músculos de acero.

cobraron nueva vida:

rugiste enfurecida

y el águila tembló.

 

Perdona si la austera

verdad acato y digo:

dolor que regenera

es premio y no castigo.

Confieso que contigo

inexorable fue.

 

Cuando te vio a la falda

del monte soñolienta,

tendió sobre tu espalda

su azote y la tormenta:

te exasperó la afrenta,

y te pusiste en pie.

 

Ardieron tus hogares,

y con mortal quebranto

corrió la sangre a mares

mezclada con tu llanto.

¡Cuánto sufriste, y cuánto

duró tu adversidad!

 

Pero pasó el torrente,

el sol doró tus ruinas,

y excelsa, refulgente,

aunque ciñendo espinas,

apareció en Oriente

tu augusta libertad.

 

¡Ah! Desde entonces luchas

con la traidora hiena,

y su rugido escuchas

impávida y serena.

Tres veces en la arena

domaste su furor.

 

Cuando tus ansias cesen,

y en tiempos más felices

honrados hijos besen

tus santas cicatrices,

verás como bendices

los frutos del dolor.

 

Él con potente mano

labra, organiza y crea

cuando en el yunque humano

con hondo afán golpea

para forjar la idea

que es vida, es verbo, es luz.

 

Los que dichosos duermen

no sueñan con el cielo:

siempre el dolor fue germen

de algún gigante anhelo,

y Dios, bajando al suelo,

le consagró en la Cruz.

 

Dulces y amorosos sueños…

Dulces y amorosos sueños

de la virgen candorosa,

que tomáis en el espacio

blanca y delicada forma;

 

melancólicos suspiros

de la flor que se deshoja,

que os convertís en el cielo

en espíritus de aroma;

 

yo siento sobre mi frente

vuestras alas temblorosas,

y siento en los labios míos

el beso de vuestra boca.

 

Lloráis para consolarme

de mis pasadas congojas,

y ese llanto es el rocío

que se columpia en las rosas.

 

Mas si queréis que no pene,

desde el cielo en donde mora,

si no al ángel que me inspira

bajadme al menos su sombra.

 

El reo de muerte

¡Oh, vedle; vedle! ¡Turbia y ardiente la mirada,

en brazos de su culpa que le acrimina austera,

tan lejos y tan cerca de la insondable nada,

del mundo que le arroja, del polvo que le espera!…

¡Luchando con extrañas y horribles agonías

que traen ante sus ojos en rápida carrera

sus inocentes horas, sus conturbados días,

el cuadro pavoroso de su existencia entera!

 

Ayer, aunque entre sombras, lo porvenir incierto,

brindábale ilusiones de amor y de ventura,

y hoy, asomado al borde de su sepulcro abierto,

contempla horripilado la eternidad obscura.

La muerte, que le acosa con misterioso grito,

despierta los terrores de su conciencia impura:

quiere llamar, y apaga sus voces el delito,

quiere huir, y le asalta la hambrienta sepultura.

 

¡Ay, si recuerda entonces el dulce hogar sereno

donde pasó ignorada su infancia soñadora,

la amante y pobre madre que le llevó en su seno,

único ser acaso que le disculpa y llora!

¡Ay triste de él si al lado del hondo precipicio

su amparo no le presta la fe consoladora;

la fe que se levanta potente en el suplicio

y da sus alas de ángel al alma pecadora!

 

¡Miradle! Cada paso que hacia el cadalso avanza

de su agitada vida los horizontes cierra:

apágase en sus ojos la luz de la esperanza

y el peso de la muerte fatídico le aterra.

¡Ay, ten valor! Si un día de imprevisión y dolo

te puso con los hombres y con la ley en guerra,

mañana entre los muertos abandonado y solo

en su profundo olvido te envolverá la tierra.

 

Aparta tu mirada terrífica y sombría

de esa apiñada turba que bulle en el camino

para gozar del triste placer de tu agonía

y presenciar el término de tu fatal destino.

¡Oh! no la empuja sólo su imbécil sentimiento

hacia el cadalso infame que espera al asesino.

¡Hasta la cumbre misma del Gólgota sangriento

siguió también los pasos del Redentor divino!

 

El Sol tocaba en su ocaso…

El Sol tocaba en su ocaso,

y la luz tibia y dudosa

del crepúsculo envolvía

la naturaleza toda.

Los dos estábamos solos,

mudos de amor y zozobra,

con las manos enlazadas,

trémulas y abrasadoras,

contemplando cómo el valle,

el mar y apacible costa,

lentamente iban perdiendo

color, transparencia y forma.

A medida que la noche

adelantaba medrosa,

nuestra tristeza se hacía

más invencible y más honda.

Hasta que al fin, no sé cómo,

yo trastornado, tú loca,

estalló en ardiente beso

nuestra pasión silenciosa.

¡Ay! al volver suspirando

de aquel éxtasis de gloria,

¿qué vimos? Sombra en el cielo,

y en nuestra conciencia sombra.

 

El vértigo

Guarneciendo de una ría

la entrada incierta y angosta,

sobre un peñón de la costa

que bate el mar noche y día,

se alza gigante y sombría

ancha torre secular

que un rey mandó edificar

a manera de atalaya,

para defender la playa

contra los riesgos del mar.

 

Cuando viento borrascoso

sus almenas no conmueve,

no turba el rumor más leve

la majestad del coloso.

Queda en profundo reposo

largas horas sumergido,

y sólo se escucha el ruido

con que los aires azota

alguna blanca gaviota

que tiene en la peña el nido.

 

Mas cuando en recia batalla

el mar rebramando choca

contra la empinada roca

que allí le sirve de valla;

Cuando en la enhiesta muralla

ruge el huracán violento,

entonces, firme en su asiento,

el castillo desafía

la salvaje sinfonía

de las olas y del viento.

 

Ció magnánimo el monarca

en feudo a Juan de Tabáres

las seis villas y lugares

de aquella agreste comarca.

Cuanto con la vista abarca

desde el alto parapeto,

a su yugo está sujeto,

y en los reinos de Castilla

no hay señor de horca y cuchilla

que no le tenga respeto.

 

Para acrecentar sus bríos

contra los piratas moros,

colmóle el Rey de tesoros,

mercedes y señoríos.

Mas cediendo a sus impíos

pensamientos de Luzbel,

desordenado y cruel

roba, asuela, incendia y mata,

y es más bárbaro pirata

que los vencidos por él.

 

Pasma el mirar su serena

faz y su blondo cabello,

que encubra rostro tan bello

los instintos de una hiena.

Cuando en el monte resuena

su bronca trompa de caza,

con mudo terror abraza

la madre al niño inocente,

y huye medrosa la gente

del turbión que la amenaza.

 

Elegía a la memoria del insigne historiador y poeta portugués Alejandro Herculano

Si es cierto que la pena compartida

llega a calmarse, porque el llanto ajeno

es para el triste bálsamo de vida;

 

si es verdad ¡ay! que el afligido seno,

cuando piedad encuentra y blando abrigo,

más reposado late y más sereno;

 

permite ¡oh Portugal! que un pueblo amigo,

ante la humilde tumba de Herculano,

mostrándote tu amor, llore contigo.

 

¡Ya no existe el poeta! Pero en vano

querrá la muerte arrebatar la gloria

del más insigne genio lusitano.

 

El con su ciencia engrandeció la Historia,

él exaltó la santa poesía,

y él impondrá a los siglos su memoria.

 

Cantor de vigorosa fantasía,

pulsó inspirado el Arpa del Creyente

y amó la libertad. ¡Quién no ama el día!

 

No dobló el yugo del temor su frente,

ni la lisonja vil manchó su labio,

ni abatió al débil, ni ensalzó al potente.

 

De la austera verdad en desagravio,

se opuso a la invasión de la mentira

con fe de artista y convicción de sabio.

 

Enérgico y tenaz, pero sin ira,

combatió en pro de su fecunda idea

con la voz, con la espada y con la lira.

 

Harto ya de luchar, buscó en la aldea

la dulce calma, el apacible encanto

que perdió en el fragor de la pelea,

 

y hoy en rústico y pobre camposanto

sus restos guarda honrada sepultura,

que el pueblo portugués riega con llanto.

 

¡Feliz el alma que al romper su obscura

cárcel, de eterno lauro coronada,

vuelve al seno de Dios intacta y pura!

 

ejemplo sea nuestra Edad menguada,

en que más de un ingenio peregrino

en el fango del mundo se degrada,

 

y contrariando su inmortal destino,

como ramera sin pudor, ofrece

al éxito brutal su estro divino.

 

¡Ah! grande podrá ser, mas no merece

loa ni encomio el pensamiento humano

que se humilla, y se arrastra, y se envilece.

 

¿Quién al águila audaz, que el soberano

vuelo remonta, comparar podría

con el reptil inmundo del pantano?

 

¡Oh religión del arte! ¡Oh Poesía!

¡Comunión de las almas cuando llevas

la paz, el bien y la razón por guía!

 

¡Cuando contra la infamia te sublevas,

y con no usada majestad, el vuelo

hasta el principio de la luz elevas!

 

Pliega tus alas en señal de duelo,

y ante esa pobre tumba deposita

tu más preciada flor: ¡la fe en el cielo!

 

Rinde esa flor, que nunca se marchita,

¡ay! a quien solo, sí, mas no olvidado,

duerme a la sombra de la cruz bendita.

 

A quien fue por tu numen exaltado,

de rica inspiración raudal fecundo

y tu apóstol al par que tu soldado.

 

Rompe el silencio lóbrego y profundo

que cubre el polvo desligado y frío

del que llevaba en su cerebro un mundo.

 

¡Ay! ya ese mundo estéril y sombrío

no animarán los sueños de la vida:

¡ya no le animarán! ¡Está vacío!

 

Mas bastan a su fama esclarecida

las altas creaciones del poeta,

do su gran alma nos dejó esculpida.

 

¡Cuan bien nos pinta la inquietud secreta

del sacerdote que consigo mismo

combate sin cesar como un atleta!,

 

¡que ama y lucha a la vez con heroísmo;

y ve rodar sin gloria ni esperanza

su patria y su virtud hacia el abismo!

 

Cuando esparciendo e! odio y la matanza,

la morisma feroz salva el Estrecho

y cual torrente incontrastable avanza

 

ante el imperio gótico deshecho,

la pasión insensata que le oprime,

con sacrílego ardor le abrasa el pecho.

 

Y llora, y tiembla, y se retuerce, y gime,

y sólo a costa de la inútil vida

de sus perpetuos votos se redime.

 

¡Cayó en el campo del honor! La herida

anticipó su fin; pero él llevaba

la muerte en sus entrañas escondida.

 

¡Ay! ¿En qué corazón, rugiente y brava,

no estalla, en horas de incurable duelo,

la rebelión de la materia esclava?

 

¿A quién, alguna vez, con hondo anhelo

la sed de lo imposible no le acosa?

¿Quién no ha soñado en escalar el cielo?

 

Surge después la imagen luminosa

del arquitecto Alfonso, que en su extrema

y ciega ancianidad, aun no reposa.

 

Le designó la voluntad suprema

para labrar maravilloso templo,

y es forzoso, que acabe su poema.

 

De su viril constancia ante el ejemplo,

¡con cuánta angustia de la Edad presente,

la vergonzosa indecisión contemplo!

 

Incrédula, dudosa, indiferente,

lidia sin fe, sin convicción se agita,

y no acierta a explicarse lo que siente.

 

Ya con sordo fragor se precipita,

como el alud del monte, ya asustada

los hierros del esclavo solicita.

 

Sigue rebelde o sierva su jornada,

y más que al ruego, al látigo obedece,

¡ay! cuando no vencida, fatigada.

 

Ante esa sociedad que desfallece,

del inspirado artista la figura

¡cuán excelsa a mis ojos resplandece!

 

Lleno de genio, edificar procura

alta y extensa bóveda, que sea

terror y pasmo de la edad futura.

 

Acariciando su arriesgada idea,

cual padre cariñoso, con tranquila

majestad se consagra a su tarea.

 

El pueblo se estremece y horripila

al comprender su temerario empeño,

y él mismo alguna vez duda y vacila.

 

—¿No pudiera, en verdad, ser el diseño

de la atrevida y portentosa nave,

la irrealizable concepción de un sueño?

 

¿Acierta? ¿Se equivoca? ¡Quién lo sabe!

Todos son juicios, cálculos y asombros.

Pero él decide, resignado y grave,

 

enterrar su vergüenza en los escombros

y si decreta Dios la infausta ruina,

recibirla impertérrito en sus hombros.

 

¡Dichoso ciego a quien la fe ilumina!

Su ardor redobla en la animosa empresa,

y la admirable fábrica termina.

 

Derríbase, por fin, la selva espesa

de cimbras y pilares, y el espanto

es en todos mayor que la sorpresa.

 

Quedó desierto el templo sacrosanto,

y el noble viejo en éxtasis divino,

con sus ojos sin luz, mas no sin llanto,

 

solo, abstinente, orando de continuo,

vivió esperando hasta el tercero día

la catástrofe horrenda que no vino.

 

Y la imponente nave todavía,

inmóvil cual granítica montaña,

el furor de los siglos desafía.

 

¡Oh anciano ilustre, tu sublime hazaña,

de la dura labor a que se entrega

nuestra razón, el simbolismo entraña!

 

Aunque cansada del trabajo y ciega,

obediente a las leyes que la rigen,

sin cesar edifica, y no sosiega.

 

Dóciles a su voz desde su origen,

los pueblos con ruidosa incertidumbre

el monumento de su gloria erigen.

 

Teme a veces la ignara muchedumbre

que la nave espaciosa venga al suelo,

vencida de su inmensa pesadumbre;

 

mas la razón serena y sin recelo

sabe bien que en sus ejes de diamante

segura está la bóveda del cielo.

 

No caerá, no, porque el varón constante

deseche el miedo, y con afán profundo

en alas de la ciencia se levante.

 

¡Ah! si hubiese cedido al infecundo

pavor que nuestras almas encadena,

Colón no hubiera descubierto un mundo.

 

La duda nuestros ímpetus refrena,

abre anchuroso cauce al egoísmo,

y sólo funda en movediza arena.

 

¡Pero no es fácil resistir! Yo mismo,

que deploro su mal, mis horas paso

incierto entre los cielos y el abismo.

 

Herido a un tiempo por el brillo escaso

de un moribundo sol, que lentamente

va cayendo en las sombras del Ocaso,

 

y por la tibia aurora que en Oriente

empieza a despuntar, también vacilo,

y apenas sé donde posar mi frente.

 

¡Ay! ¿Quién puede, con ánimo tranquilo,

dar la triste y postrera despedida

al dulce hogar que le sirvió de asilo?

 

Mas, ¡basta ya de indecisión! La vida

se engrandece al calor de otras ideas

que nos muestran la tierra prometida,

 

y en ciudades, y en campos, y en aldeas

resuena el coro universal que canta

a la naciente luz: —¡Bendita seas!

 

Tu fulgor, que los orbes abrillanta,

sólo a la negra noche, engendradora

de monstruos y de crímenes, espanta.—

 

¡Quién pudiera, a los rayos de esa aurora

los seres convocar que de Herculano

forjó la fantasía soñadora!

 

Pero no abrigo el pensamiento vano

de animar las figuras colosales

que con diestro cincel labró su mano.

 

Las místicas angustias, las mortales

ansias, los rencorosos extravíos,

que él presenta patéticos y reales,

 

rebasarían de los versos míos,

si en ellos contenerlos intentara,

cual de sus cauces los hinchados ríos.

 

Mas no tan sólo en la región que avara

las ficciones y fábulas encierra,

se abrió camino su razón preclara.

 

Como rayo de sol que se soterra

por ocultos resquicios, e ilumina

los recónditos senos de la tierra,

 

el negro cráter, la profunda mina

y la gruta de abrojos resguardada

que conoce no más fiera dañina,

 

así del vate la sagaz mirada

penetró, fulgurando, en los obscuros

y hondos abismos de la Edad pasada.

 

Y descifrando en los ciclópeos muros

de tan lóbregos antros, los inciertos

signos para allegar datos seguros,

 

buscaba en los sepulcros entreabiertos

de los tiempos antiguos, la memoria

casi perdida de los siglos muertos.

 

Si cuando atormentado por la gloria,

con animoso espíritu escribía

del pueblo portugués la épica historia,

 

la fanática y torpe hipocresía,

medrosa de la luz, no hubiese roto

su pluma de oro, en que irradiaba el día;

 

si en medio del frenético alboroto

de envidiosas calumnias, él no hubiera

hecho de enmudecer solemne voto;

 

el monumento que con fe sincera

quiso alzar a la patria su erudito

y vasto ingenio, perdurable fuera.

 

Fuera como esas moles de granito

en que pueblos gigantes que no existen,

sus ya ignorados fastos han escrito.

 

¿Do sus glorias están? ¿En qué consisten?

¿Qué resta de ellos en el mundo? Nada:

las pirámides sólo, que aún resisten.

 

Esa Historia, entre tantas celebrada,

del egregio Herculano obra maestra,

¡ay! quedará por siempre inacabada.

 

Pero tan raras perfecciones muestra,

que es, y será en los siglos venideros

gloria de Portugal… ¡y también nuestra!

 

¿Por ventura los débiles linderos

que la discordia entre nosotros puso,

han roto nuestros vínculos primeros?

 

Hermanos son el español y el luso,

un mismo origen su destino enlaza,

y Dios la misma cuna los dispuso.

 

Mas aunque fuesen de enemiga raza,

la generosa tierra en que han crecido

con maternal orgullo los abraza.

 

¿A quién importa el rumbo que han seguido?

Dos águilas serán de opuesta zona,

que en el mismo peñón hacen su nido.

 

Ese sol que los sirve de corona,

con torrentes de luz sus campos baña

y sus frutos idénticos sazona.

 

Juntos pueblan los términos de España,

y parten ambos con igual derecho

el mar, el río, el llano y la montaña.

 

Cuando algún invasor, hallando estrecho

el mundo a su ambición, con ellos cierra,

la misma espada los traspasa el pecho.

 

El mismo hogar defienden en la guerra,

el mismo sentimiento los inspira,

cúbrelos al morir la misma tierra,

 

y tan unidos la razón los mira,

como los fuertes dedos de una mano

y las cuerdas vibrantes de una lira.

 

¡Ay! cuando luchan con rencor tirano,

pregunta Dios al vencedor impío:

—¡Caín, Caín, qué hiciste de tu hermano!

 

Juntos mostraron su indomable brío

en lid reñida, infatigable y fiera,

contra un poder despótico y sombrío.

 

Y juntos alzarán, cuando Dios quiera

poner fin a su mutua desventura

una patria, una ley y una bandera.

 

Por eso ante la humilde sepultura

que guarda al más insigne de tus hijos,

España ¡oh Portugal! su Danto apura,

 

y en ti sus nobles pensamientos fijos,

acude ansiosa a consolar tus penas;

pero no a compartir tus regocijos.

 

Podrá el recelo ruin, si no le enfrenas,

hacer que el odio entre nosotros cunda,

y no luzcan jamás horas serenas;

 

podrá impedir nuestra unidad fecunda;

mas no evitar que mi patria el llanto

con el que tú derrames se confunda.

¡No lo conseguirá! ¡No puede tanto!

 

En celebridad de su coronación…

En celebridad de su coronación

Allá en la edad florida

de mi niñez serena,

cuando las leves horas de mi vida

resbalaban en calma,

y no ahuyentaba la ambición ardiente

las doradas imágenes del alma;

mi buen padre, en aquella

tierna y dichosa edad, me refería

la página más bella

que hay en la historia de la patria mía.

Contóme cómo un día

de eterno luto y duelo,

vino desde las márgenes del Sena

a posarse orgullosa en nuestro suelo

la águila altiva de Austerliz y Jena;

cómo, en vibrante cólera encendido

el pueblo castellano,

combatió contra el genio y la fortuna;

y al escuchar tan peregrina historia,

bendije a Dios, que colocó mi cuna

en donde crece el lauro de la gloria.

Pobre niño inocente,

«¿quién, pregunté a mi padre, animar pudo

vuestro brazo nervudo?

¿Qué genio prepotente

despertó vuestro espíritu valiente?

¿Qué voz agitadora y soberana

mantuvo en vuestros pechos la energía?»

Y mi padre llorando respondía:

«¡la voz del gran QUINTANA!

España en ese acento

palpitaba y gemía;

él era la expresión del sentimiento

de la nación ibera,

el eco fiel de nuestras glorias era.»

 

Desde entonces te amé, y este cariño

no huyó como las blandas ilusiones

que halagan siempre el corazón del niño.

Por eso hoy que en tu frente

brilla el lauro inmortal, genio profundo,

paréceme que veo

coronado el esfuerzo giganteo

con que el pueblo español asombró al mundo.

 

En el monasterio de piedra (Aragón)

Venga el ateo y fije sus miradas

En las raudas cascadas

Que caen con el estrépito del trueno

En ese bosque que oscurece el día,

De rústica armonía

Y de perfumes y de sombras lleno;

En la gruta titánica que arredra

Con sus monstruos de piedra,

Su oculto lago y despeñado río:

Que ante tantas grandezas el ateo

Dirá asombrado: -¡Creo,

Creo en tu excelsa majestad, Dios mío!

Arpa es la creación, que en la tranquila

Inmensidad oscila

Con ritmo eterno y cántico sonoro,

Y no hay murmullo, ni rumor, ni acento

En tierra, mar y viento,

Que del himno inmortal no forme coro.

El insecto entre el césped escondido,

El pájaro en su nido,

El trueno en las entrañas de la nube,

Hasta la flor que en los sepulcros brota,

Todo exhala su nota

Que en acordado son al cielo sube.

Nunca del hombre la soberbia ciega,

Que a enloquecerlo llega,

Podrá alcanzar, en su insaciable anhelo,

Ese poder augusto y soberano

Que enfrena el océano

Y hace girar los astros en el cielo.

En vano, golpeándose la frente,

Se agitará impotente

En su orgullo satánico y maldito;

Siempre, desesperado Prometeo,

Le acosará el deseo,

¡Ay!, que como el dolor, es infinito.

 

Eres ariete formidable: nada…

Eres ariete formidable: nada

Resiste a tu satánica ironía.

Al través del sepulcro todavía

Resuena tu estridente carcajada.

 

Cayó bajo tu sátira acerada

Cuanto la humana estupidez creía,

Y hoy la razón no más sirve de guía

A la prole de Adán regenerada.

 

Ya solo influye en su inmortal destino

La libre religión de las ideas;

Ya la fe miserable a tierra vino;

 

Ya el Cristo se desploma; ya las teas

Alumbran los misterios del camino;

Ya venciste, Voltaire. ¡Maldito seas!

 

Es de noche: el monasterio…

Es de noche: el monasterio

que alzó Felipe Segundo

para admiración del mundo

y ostentación de su imperio,

yace envuelto en el misterio

y en las tinieblas sumido.

De nuestro poder, ya hundido,

último resto glorioso,

parece que está el coloso

al pie del monte, rendido.

 

El viento del Guadarrama

deja sus antros obscuros,

y estrellándose en los muros

del templo, se agita y brama.

Fugaz y rojiza llama

surca el ancho firmamento,

y a veces, como un lamento,

resuena el lúgubre son

con que llama a la oración

la campana del convento.

 

La iglesia, triste y sombría,

en honda calma reposa,

tan helada y silenciosa

como una tumba vacía.

Colgada lámpara envía

su incierta luz a lo lejos,

y a sus trémulos reflejos

llegan, huyen, se levantan

esas mil sombras que espantan

a los niños y a los viejos.

 

De pronto, claro y distinto,

la regia cripta conmueve

ruido extraño, que aunque leve,

llena el mortuorio recinto.

Es que el César Carlos Quinto,

con mano firme y segura

entreabre su sepultura,

y haciendo una horrible mueca,

su faz carcomida y seca

asoma por la hendidura.

 

Golpea su descarnada

frente con tenaz empeño,

como quien sale de un sueño

sin acordarse de nada.

Recorre con su mirada

aquel lugar solitario,

alza el mármol funerario,

y arrebatado y resuelto

salta del sepulcro, envuelto

en su andrajoso sudario.

 

«¡Hola!» grita en son de guerra

con aquella voz concisa,

que oyó en el siglo, sumisa

y amedrentada la tierra.

«¡Volcad la losa que os cierra!

Vástagos de imperial rama,

varones que honráis la fama,

antiguas y excelsas glorias,

de vuestras urnas mortuorias

salid, que el César os llama.»

 

Contestando a estos conjuros,

un clamor confuso y hondo

parece brotar del fondo,

de aquellos mármoles duros.

Surgen vapores impuros

de los sepulcros ya abiertos:

la serie de reyes muertos

después a salir empieza,

y es de notar la tristeza,

el gesto despavorido

de los que han envilecido

la corona en su cabeza.

 

Grave, solemne, pausado,

se alza Felipe Segundo,

en su lucha con el mundo

vencido, mas no domado.

Su hijo se despierta al lado,

y detrás del rey devoto,

aquel que humillado y roto

vio desmoronarse a España,

cual granítica montaña

a impulsos del terremoto.

 

Luego el monarca enfermizo,

de infausta y negra memoria,

en cuya Edad nuestra gloria,

como nieve se deshizo.

Bajo el poder de su hechizo

se estremece todavía.

¡Ay, qué terrible armonía,

qué obscuro enlace se nota

entre aquel mísero idiota

y su exhausta monarquía!

 

Con terrífica sorpresa

y en silencioso concierto,

todos los reyes que han muerto

van saliendo de su huesa.

La ya apagada pavesa

cobra los vitales bríos,

y se aglomeran sombríos

aquellos yertos despojos,

aquellas cuencas sin ojos,

aquellos cráneos vacíos.

 

De los monarcas en pos,

respondiendo al llamamiento,

cual si llegara el momento

del santo juicio de Dios,

acuden de dos en dos

por claustros y corredores,

príncipes, grandes señores,

prelados, frailes, guerreros,

favoritos, consejeros,

teólogos e inquisidores.

 

¡Qué es mirar como serpea

por su semblante amarillo

el fosforescente brillo

que la podredumbre crea!

¡Qué espíritu no flaquea

con mil terrores secretos,

viendo aquellos esqueletos,

que ante el César, que los nombra,

se deslizan por la sombra

mudos, absortos, inquietos!

 

¡Cuántas altas potestades,

cuántas grandezas pasadas,

cuántas invictas espadas,

cuántas firmes voluntades

en aquellas soledades

muestran sus restos livianos!

¡Cuántos cráneos soberanos,

que el genio habitara en vida,

convertidos en guarida

de miserables gusanos!

 

Desde el triste panteón

en que se agolpa y hacina,

hacia el templo se encamina

la fúnebre procesión.

Marcha con pausado son

tras del rey que la congrega,

y cuando a la iglesia llega,

inunda la altiva nave

un resplandor tibio y suave,

que ni deslumbra ni ciega.

 

Guardando el regio decoro,

como en los siglos pasados,

reyes, príncipes, prelados

toman asiento en el coro.

Después en tropel sonoro

por el templo se derrama,

rindiendo culto a la fama

con que llena las historias,

aquel haz de muertas glorias,

que el César convoca y llama.

 

Por mandato soberano

de Carlos, que el cetro ostenta,

llega al órgano y se sienta

un viejo esqueleto humano.

La seca y huesosa mano

en el gran teclado imprime,

y la música sublime,

que a inmensos raudales brota,

parece que en cada nota

reza y llora, canta y gime.

 

Uniendo al acorde santo

su voz, los muertos despojos

caen ante el ara de hinojos

y a Dios elevan su canto.

Honda expresión del quebranto,

aquel eco de la tumba

crece, se dilata, zumba,

y al paso que va creciendo,

resuena con el estruendo

de un mundo que se derrumba:

 

«Fuimos las ondas de un río

caudaloso y desbordado.

Hoy la fuente se ha secado,

hoy el cauce está vacío.

Ya ¡oh Dios! nuestro poderío

se extingue, se apaga y muere.

¡Miserere!

 

»¡Maldito, maldito sea

aquel portentoso invento

que dio vida al pensamiento

y alas de luz a la idea!

El verbo animado ondea

y como el rayo nos hiere.

¡Miserere!

 

»¡Maldito el hilo fecundo

que a los pueblos eslabona,

y busca, y cuenta, y pregona

las pulsaciones del mundo!

Ya en el silencio profundo

ninguna injusticia muere.

¡Miserere!

 

»Ya no vive cada raza

en solitario destierro,

ya con vínculo de hierro

la humana especie se enlaza.

Ya el aislamiento rechaza:

ya la libertad prefiere.

¡Miserere!

 

»Rígido y brutal azote

con desacordado empuje

sobre las espaldas cruje

del rey y del sacerdote.

Ya nada existe que embote

el golpe ¡oh Dios! que nos hiere.

¡Miserere!

 

»Mas ¡ay! que en su audacia loca,

también el orgullo humano

pone en los cielos su mano

y a ti, Señor, te provoca.

Mientras blasfeme su boca

ni paz ni ventura espere.

¡Miserere!

 

»No en la tormenta enemiga:

no en el insondable abismo:

el mundo lleva en sí mismo

el rayo que le castiga.

Sin compasión ni fatiga

hoy nos mata; pero muere.

¡Miserere!

 

»Grande y caudaloso río,

que corres precipitado,

ve que el nuestro se ha secado

y tiene el cauce vacío.

¡No prevalezca el impío,

ni la iniquidad prospere!

¡Miserere!»

 

Súbito, con sordo ruido

cruje el órgano y estalla,

la luz se amortigua y calla

el concurso dolorido.

Al disiparse el sonido

del grave y solemne canto

llega a su colmo el espanto

de las mudas calaveras,

y de sus órbitas hueras

desciende abundoso llanto.

 

A medida que decrece

la luz misteriosa y vaga,

todo murmullo se apaga

y el cuadro se desvanece.

Con el alba que aparece

la procesión se evapora,

y mientras la blanca aurora

esparce su lumbre escasa,

a lo lejos silba y pasa

la rauda locomotora.

 

Estrofas

I

La generosa musa de Quevedo

desbordose una vez como un torrente

y exclamó llena de viril denuedo:

«No he de callar, por más que con el dedo,

ya tocando los labios, ya la frente,

silencio avises o amenaces miedo».

 

II

Y al estampar sobre la herida abierta

el hierro de su cólera encendido,

tembló la concusión, que siempre alerta,

incansable y voraz, labra su nido,

como gusano ruin en carne muerta,

en todo Estado exánime y podrido.

 

III

Arranque de dolor, de ese profundo

dolor que se concentra en el misterio

y huye amargado del rumor del mundo,

fue su sangrienta sátira cauterio

que aplicó sollozando al patrio imperio,

mísero, gangrenado y moribundo.

 

IV

¡Ah! si hoy pudiera resonar la lira

que con Quevedo descendió a la tumba,

en medio de esta universal mentira,

de este viento de escándalo que zumba,

de este fétido hedor que se respira,

de esta España moral que se derrumba;

 

V

de la viva y creciente incertidumbre

que en lucha estéril nuestra fuerza agota;

del huracán de sangre que alborota

el mar de la revuelta muchedumbre;

de la insaciable y honda podredumbre

que el rostro y la conciencia nos azota;

 

VI

de este horror, de este ciego desvarío

que cubre nuestras almas con un velo,

como el sepulcro, impenetrable y frío;

de este insensato pensamiento impío

que destituye a Dios, despuebla el cielo

y precipita el mundo en el vacío;

 

VII

si en medio de esta borrascosa orgía

que infunde repugnancia al par que aterra

esa lira estallara, ¿qué sería?

Grito de indignación, canto de guerra,

que en las entrañas mismas de la tierra

la muerta humanidad conmovería.

 

VIII

Mas porque el gran satírico no aliente,

¿ha de haber quien contemple y autorice

tanta degradación, indiferente?

«¿No ha de haber un espíritu valiente?

¿Siempre se ha de sentir lo que se dice?

¿Nunca se ha de decir lo que se siente?»

 

IX

¡Cuántos sueños de gloria evaporados

como las leves gotas de rocío

que apenas mojan los sedientos prados!

¡Cuánta ilusión perdida en el vacío,

y cuántos corazones anegados

en la amarga corriente del hastío!

 

X

No es la revolución raudal de plata

que fertiliza la extendida vega:

es sorda inundación que se desata.

No es viva luz que se difunde grata,

sino confuso resplandor que ciega

y tormentoso vértigo que mata.

 

XI

Al menos en el siglo desdichado

que aquel ilustre y vigoroso vate

con el rayo marcó de su censura,

podía el corazón atribulado

salir ileso del mortal combate

en alas de la fe radiante y pura.

 

XII

Y apartando la vista de aquel cieno

social, de aquellos fétidos despojos,

de aquel lúbrico y torpe desenfreno,

fijar llorando sus ardientes ojos,

en ese cielo azul, limpio y sereno

de santa paz y de esperanzas lleno.

 

XIII

Pero hoy ¿dónde mirar? Un golpe mismo

hiere al César y a Dios. Sorda carcoma

prepara el misterioso cataclismo;

y como en tiempos de la antigua Roma,

todo cruje, vacila y se desploma

en el cielo, en la tierra, en el abismo.

 

XIV

Perdida en tanta soledad la calma,

de noche eterna el corazón cubierto,

la gloria, muda, desolada el alma,

en este pavoroso desconcierto

se eleva la razón, como la palma

que crece triste y sola en el desierto.

 

XV

¡Triste y sola, es verdad! ¿Dónde hay miseria

mayor? ¿Dónde más hondo desconsuelo?

¿De qué la sirve desgarrar el velo

que envuelve y cubre la vivaz materia,

y con profundo inextinguible anhelo

sondar la tierra, escudriñar el cielo;

 

XVI

entregarse a merced del torbellino

y en la duda incesante que la aqueja.

el secreto inquirir de su destino;

si a cada paso que adelanta, deja

su fe inmortal, como el vellón la oveja,

enredada en las zarzas del camino?

 

XVII

¿Si a su culpada humillación se adhiere

con la constancia infame del beodo,

que goza en su abyección, y en ella muere?

¿Si ciega, y torpe, y degradada en todo,

desconoce su origen y prefiere

a descender de Dios, surgir del lodo?

 

XVIII

¡Libertad, libertad! No eres aquella

virgen, de blanca túnica ceñida,

que vi en mis sueños pudibunda y bella.

No eres, no, la deidad esclarecida

que alumbra con su luz, como una estrella,

los lóbregos abismos de la vida.

 

XIX

No eres la fuente de perenne gloria

que dignifica el corazón humano

y engrandece esta vida transitoria.

No el ángel vengador que con su mano

imprime en las espaldas del tirano

el hierro enrojecido de la historia.

 

XX

No eres la vaga aparición que sigo

con hondo afán desde mi edad primera,

sin alcanzarla nunca… Mas ¿qué digo?

No eres la libertad, disfraces fuera,

¡licencia desgreñada, vil ramera

del motín, te conozco y te maldigo!

 

XXI

¡Ah! No es extraño que sin luz ni guía

los humanos instintos se desborden

con el rugido del volcán que estalla,

y en medio del tumulto y la anarquía,

como corcel indómito, el desorden

no respete ni látigo ni valla.

 

XXII

¿Quién podrá detenerle en su carrera?

¿Quién templar los impulsos de la fiera

y loca multitud enardecida,

que principia a dudar y ya no espera

hallar en otra luminosa esfera,

bálsamo a los dolores de esta vida?

 

XXIII

Como Cristo en la cúspide del monte,

rotas ya sus morales ligaduras,

mira doquier con ojos espantados,

por toda la extensión del horizonte

dilatarse a sus pies vastas llanuras,

ricas ciudades, fértiles collados.

 

XXIV

Y excitando su afán calenturiento

tanta grandeza y tanto poderío,

de la codicia el persuasivo acento

grítale audaz: «¡El cielo está vacío!

¿A quién temer?» Y ronca y sin aliento

la muchedumbre grita: «¡Todo es mío!»

 

XXV

Y en el tumulto su puñal afila,

y la enconada cólera que encierra

enturbia y enardece su pupila,

y ensordeciendo el aire en son de guerra

hace temblar bajo sus pies la tierra,

como las hordas bárbaras de Atila.

 

XXVI

No esperéis que esa turba alborotada

infunda nueva sangre generosa

en las venas de Europa desmayada;

ni que termine su fatal jornada,

sobre el ara desierta y polvorosa

otro Dios levantando con su espada.

 

XXVII

No esperéis, no, que la confusa plebe,

como santo depósito en su pecho

nobles instintos y virtudes lleve.

Hallará el mundo a su codicia estrecho,

que es la fuerza, es el número, es el hecho

brutal ¡es la materia que se mueve!

 

XXVIII

Y buscará la libertad en vano,

que no arraiga en los crímenes la idea,

ni entre las olas fructifica el grano.

Su castigo en sus iras centellea

pronto a estallar, que el rayo y el tirano

hermanos son. ¡La tempestad los crea!

 

¡Excélsior!

Por qué los corazones miserables,

por qué las almas viles,

en los fieros combates de la vida

ni luchan ni resisten?

 

El espíritu humano es más constante

cuanto más se levanta:

Dios puso el fango en la llanura, y puso

la roca en la montaña.

 

La blanca nieve que en los hondos valles

derrítese ligera,

en las altivas cumbres permanece

inmutable y eterna.

 

Fotografías

¡Pantoja, ten valor! Rompe la valla:

luce, luce en tarjeta y en membrete

y cabe el toro que enganchó a Pepete

date a luz en las tiendas de quincalla.

Eres un necio. -Cierto.- Pero acalla

tu pudor y la duda no te inquiete.

¿Qué importa un necio más donde se mete

con pueril presunción tanta morralla?

¡Valdrás una peseta, buen Pantoja!

No valen mucho más rostros y nombres

que la fotografía al mundo arroja.

Enséñanos tu cara y no te asombres:

deja a la edad futura que recoja,

tantos retratos y tan pocos hombres.

 

¡Gloria al genio inmortal! Gloria…

I

¡Gloria al genio inmortal! Gloria

al profundo

Darwin, que de este mundo

penetra el hondo y pavoroso arcano!

¡Que, removiendo lo pasado incierto,

sagaz ha descubierto

el abolengo del linaje humano.

 

II

Puede el necio exclamar en su locura:

«¡Yo soy de Dios hechura!»

y con tan alto origen darse tono.

¿Quién, que estime su crédito y su nombre,

no sabe que es el hombre

la natural transformación del mono?

 

III

Con meditada calma y paso a paso,

cual reclamaba el caso,

llegó a tal perfección un mono viejo;

y la vivaz materia por sí sola

le suprimió la cola,

le ensanchó el cráneo y le afeitó el pellejo.

 

IV

Esa invisible fuerza creadora,

siempre viva y sonora,

música, verbo, pensamiento alado;

ese trémulo acento en que la idea

palpita y centellea

como el soplo de Dios en lo creado;

 

V

hablo de Dios, porque lo exige el metro,

mas tu perdón impetro

(¡oh formidable secta darviniana!)

Ese sonido como el sol fecundo,

que vibra en todo el mundo

y resplandece en la palabra humana;

 

VI

esa voz, llena de poder y encanto,

ese misterio santo,

lazo de amor, espíritu de vida,

ha sido el grito de la bestia hirsuta,

en la cóncava gruta

de los ásperos bosques escondida.

 

VII

¡Ay! Si es verdad lo que la ciencia enseña,

¿por qué se agita y sueña

el hombre, de su paz fiero enemigo?

¿A qué aspira? ¿Qué anhela? ¿Qué es, en suma,

el genio que le abruma?

¿Fuerza o debilidad? ¿Premio o castigo?

 

VIII

Honor, virtud, ardientes devaneos,

imposibles deseos,

loca ambición, estéril esperanza;

horrible tempestad que eternamente

perturbas nuestra mente,

con acentos de amor o de venganza;

 

IX

conciencia del deber que nos oprimes,

ilusiones sublimes

que a más alta región tendéis el vuelo:

¿Qué sois? ¿Adónde vais? ¿Por qué os sentimos?

¿Por qué crimen perdimos

la inocencia brutal de nuestro abuelo?

 

X

Ajeno a todo inescrutable arcano,

nuestro Adán cuadrumano

en las selvas perdido y en los montes,

de fijo no estudiaba ni entendía

esta filosofía

que abre al dolor tan vastos horizontes.

 

XI

Independiente y libre en la espesura,

no sufrió la amargura

que nos quema y devora las entrañas.

Dábanle el bosque entretejidas frondas,

el río claras ondas,

aire sutil y puro las montañas;

 

XII

la tierra, a su elección, como en tributo

dulce y sabroso fruto,

música el viento susurrante y vago;

su luz fecunda el sol esplendoroso,

la noche su reposo

y limpio espejo el cristalino lago.

 

XIII

En su pelliza natural envuelto,

gozaba alegre y suelto

de su querida libertad salvaje.

Aún no grababa figurines Francia,

y en su rústica estancia

lo que la vida le duraba el traje.

 

XIV

Desconoció la púrpura y la seda

no inventó la moneda

para adorarla envilecido y ciego,

ni se dejó coger, como un idiota,

por una infame sota

en la red del amor o en la del juego.

 

XV

No turbaron su paz ni su apetito

este anhelo infinito,

esta pena tan honda como aguda.

¡Ay! ni a pedazos le arrancó del alma

su candorosa calma,

el demonio implacable de la duda.

 

XVI

Y en esas lentas y nocturnas horas

negras, abrumadoras,

en que la angustia nos desgarra el pecho,

con tu mirada impenetrable y triste

nunca te apareciste

¡oh desesperación! junto a su lecho.

 

XVII

No buscó los laureles del poeta,

ni en su ambición inquieta

alzó sobre cadáveres un trono.

No le acosó remordimiento alguno.

No fue rey, ni tribuno,

¡ni siquiera elector!… ¡Dichoso mono!

 

XVIII

En la copa de un árbol suspendido

y con la cola asido,

extraño a los halagos de la fama,

sin pensar en la tierra ni en el cielo,

nuestro inocente abuelo

la vida se pasó de rama en rama.

 

XIX

Tal vez enardecida y juguetona,

alguna virgen mona

prendiole astuta en sus amantes lazos,

y más fiel que su nieta pervertida,

ni le amargó la vida,

ni le hirió el corazón con sus abrazos.

 

XX

Y allí, bajo la bóveda azulada,

en la verde enramada,

a la sonora margen de los ríos,

adormecidos con los trinos suaves

de las canoras aves,

ocultas en los árboles sombríos;

 

XXI

allí donde la gran Naturaleza

descubre la belleza

de su seno inmortal, siempre fecundo,

en deliquios ardientes y amorosos,

los dos tiernos esposos

engendraron al árbitro del mundo.

 

XXII

¡Al árbitro del mundo!… ¡Qué sarcasmo!

Perdido el entusiasmo,

sin esperanza en Dios, sin fe en sí mismo,

cuando le borre su divino emblema,

esa ciencia blasfema,

como la piedra rodará al abismo.

 

XXIII

Caerá de sus altares el Derecho

por el turbión deshecho;

la Libertad sucumbirá arrollada.

Que cuando el alma humana se obscurece,

sólo prospera y crece

la fuerza audaz, de crímenes cargada.

 

XXIV

¡Ay, si al romper su religioso yugo,

gusta el pueblo del jugo

que en esa ciencia pérfida se esconde!

¡Ay, si olvidando la celeste esfera,

el hijo de la fiera

sólo a su instinto natural responde!

 

XXV

¡Ay, si recuerda que en la selva umbría

la bestia no tenía

ni Dios, ni ley, ni patria, ni heredades!

Entonces la revuelta muchedumbre

quizás, Europa, alumbre

con el voraz incendio tus ciudades.

 

XXVI

¡Batid gozosos las sangrientas manos

déspotas y tiranos!

Ya entre el tumulto vuestra faz asoma.

Que el hombre a la razón dobla su frente;

mas sólo el hierro ardiente

la hambrienta rabia de las fieras doma.

 

¡Goza, goza en tu infamia! La serena…

¡Goza, goza en tu infamia! La serena

y osada faz levanta satisfecho:

insulta la virtud, huella el derecho,

y arrostra la opinión que te condena.

 

Como lugar de crímenes que llena

de cruces la piedad, muestra tu pecho,

si para el vil a las perfidias hecho

son premio los honores y no pena.

 

¡Alienta pues! La multitud olvida,

el tiempo envuelve la verdad en dudas,

la historia engaña, el éxito sanciona.

 

Únicamente amargará tu vida

la implacable conciencia, el juez de Judas,

que ni olvida, ni miente, ni perdona.

 

Guarneciendo de una ría…

Guarneciendo de una ría

la entrada incierta y angosta,

sobre un peñón de la costa

que bate el mar noche y día,

se alza gigante y sombría

ancha torre secular

que un rey mandó edificar

a manera de atalaya,

para defender la playa

contra los riesgos del mar.

 

Cuando viento borrascoso

sus almenas no conmueve,

no turba el rumor más leve

la majestad del coloso.

Queda en profundo reposo

largas horas sumergido,

y sólo se escucha el ruido

con que los aires azota

alguna blanca gaviota

que tiene en la peña el nido.

 

Mas cuando en recia batalla

el mar rebramando choca

contra la empinada roca

que allí le sirve de valla;

Cuando en la enhiesta muralla

ruge el huracán violento,

entonces, firme en su asiento,

el castillo desafía

la salvaje sinfonía

de las olas y del viento.

 

Ció magnánimo el monarca

en feudo a Juan de Tabáres

las seis villas y lugares

de aquella agreste comarca.

Cuanto con la vista abarca

desde el alto parapeto,

a su yugo está sujeto,

y en los reinos de Castilla

no hay señor de horca y cuchilla

que no le tenga respeto.

 

Para acrecentar sus bríos

contra los piratas moros,

colmóle el Rey de tesoros,

mercedes y señoríos.

Mas cediendo a sus impíos

pensamientos de Luzbel,

desordenado y cruel

roba, asuela, incendia y mata,

y es más bárbaro pirata

que los vencidos por él.

 

Pasma el mirar su serena

faz y su blondo cabello,

que encubra rostro tan bello

los instintos de una hiena.

Cuando en el monte resuena

su bronca trompa de caza,

con mudo terror abraza

la madre al niño inocente,

y huye medrosa la gente

del turbión que la amenaza.

Poemas de Gaspar Núñez de Arce

Introducción

¡Los tiempos son de lucha! ¿Quién concibe

el ocio muelle en nuestra edad inquieta?

En medio de la lid canta el poeta,

el tribuno perora, el sabio escribe.

Nadie el golpe que da ni el que recibe

siente, a medida que el peligro aprieta:

desplómase vencido el fuerte atleta

y otro al recio combate se apercibe.

La ciega multitud se precipita,

invade el campo, avanza alborotada

con el sordo rumor de la marea.

Y son, en el furor que nos agita,

trueno y rayo la voz; el arte, espada;

la ciencia, ariete; tempestad la idea.

 

La duda

Desde esta soledad en donde vivo,

y en la cual de los hombres olvidado

ni cartas ni periódicos recibo;

donde reposo en apacible calma,

lejos, lejos del mundo que ha gastado

con la del cuerpo la salud del alma;

antes de que el torrente desbordado

de la ambición con ímpetu violento

me arrebate otra vez; desde la orilla

donde yace encallada mi barquilla,

libre ya de las ondas y del viento,

como recuerdo de amistad te escribo.

 

¡Ay! Aunque salvo del peligro, siento

la inquietud angustiosa del cautivo,

que rompiendo su férrea ligadura,

traspasa fatigado a la ventura

montes, llanos y selvas, fugitivo.

El rumor apagado que levantan

las hojas secas que a su paso mueve,

las avecillas que en el árbol cantan,

el aire que en las ramas se cimbrea

con movimiento reposado y leve,

el río que entre guijas serpentea,

la luz del día, la callada sombra

de la serena noche, el eco, el ruido,

la misma soledad ¡todo le asombra!

Y cuando ya de caminar rendido,

sobre la yerta piedra se reclina

y le sorprende el sueño y le domina,

oye en torno de sí, medio dormido,

vago y siniestro son. Despierta, calla,

y fija su atención despavorido;

las tinieblas le ofuscan, se incorpora

y el rumor le persigue. «¡Es el latido

de su azorado corazón que estalla!»

Y entonces ¡ay! desesperado llora.

Porque es la libertad don tan querido.

que en el humano espíritu batalla,

más que el placer de conseguirla, el miedo

de volverla a perder.

 

Yo que no puedo recordar sin espanto la agonía,

la dura y azarosa incertidumbre

en que mi triste corazón gemía

sometido a penosa servidumbre,

cuando, arista a merced del torbellino,

sin elección ni voluntad seguía

los secretos impulsos del destino,

y, en ese pavoroso desconcierto

de la social contienda, consumía

la paz del alma ¡la esperanza mía!

hoy que la tempestad arrojó al puerto

mi navecilla rota y quebrantada,

temo ¡infeliz de mí! que otra oleada

la vuelva al mar donde mi calma ha muerto.

 

Para vencer su furia desatada

¿qué soy yo? ¿qué es el hombre? Sombra leve,

partícula de polvo en el desierto.

Cuando el simún de la pasión le mueve,

busca el átomo al átomo, y la arena

es nube, es huracán, es cataclismo.

Gigante mole los espacios llena,

bajo su peso el mundo se conmueve,

obscurece la luz, llega al abismo

y al sumo Dios que la formó se atreve.

Vértigo arrollador todo lo arrasa;

pero después que el torbellino pasa

y se apacigua y duerme la tormenta,

¿qué queda? Polvo mísero y liviano

que el ala frágil del insecto aventa,

que se pierde en la palma de la mano.

¡Oh grata soledad, yo te bendigo,

tú que al náufrago, al triste, al pobre grano

de desligada arena das abrigo!

 

Muchas veces, Antonio, devorado

por ese afán oculto que no sabe

la mente descifrar, me he preguntado,

-cuestión a un tiempo inoportuna y grave

¿qué busco? ¿adónde voy? ¿por qué he nacido

en esta Edad sin fe? Yo soy un ave

que llegó sola y sin amor al nido.

A este nido social en que vegeta,

mayor de edad, la ciega muchedumbre,

al infortunio y al error sujeta

entre miseria y sangre y podredumbre.

Contémplala, si puedes, tú que al cielo

con tus radiantes alas de poeta

tal vez quisiste remontar el vuelo,

y si éste el mundo que soñaste ha sido

nunca el encanto de tu dicha acabe…

¡Ay! pero tú también eres un ave

que llegó sola y sin amor al nido.

 

Desde la altura de mi siglo, tiendo

alguna vez con ánimo atrevido,

mi vista a lo pasado, y removiendo

los deshechos escombros de la historia,

en el febril anhelo que me agita

sus ruinas vuelvo a alzar en mi memoria.

Y al través de las capas seculares

que el aluvión del tiempo deposita

sobre columnas, pórticos y altares;

del polvo inanimado con que cubre

la loca vanidad del polvo vivo,

que arrebata a su paso fugitivo,

como el viento las hojas en octubre;

mudo de admiración y de respeto

busco la antigüedad -roto esqueleto

que entre la densa lobreguez asoma

y ofrecen a mi absorta fantasía

sus dioses Grecia, sus guerreros Roma,

sus mártires la fe cristiana y pía,

el patriotismo su grandeza austera,

sus monstruos la insaciable tiranía,

sus vengadores la virtud severa.

Y llevado en las alas del deseo

que anima mi ilusión, a veces creo

volver a aquella Edad: En la espesura

del bosque, en el murmullo de la fuente,

en el claro lucero que fulgura,

en el escollo de la mar rujiente,

en la espuma, en el átomo, en la nada,

Apolo centellea, alza su frente

de luminoso lauro coronada.

Por él la luna que entre sombras gira,

la luz que en rayos de color se parte,

la ola que bulle, el viento que suspira,

todo es Dios, todo es himno, todo es arte.

¡Ay! ¿No es verdad que en tus eternas horas

de desaliento y decepción, recuerdas

esa dorada Edad, y que te inspira

el coro de sus musas voladoras,

que murmuran y gimen en las cuerdas

de la ya rota y olvidada lira?

Aunque las llames, no vendrán; ¡han muerto!

La voz del interés grosera y ruda

anuncia que el Parnaso está desierto

la naturaleza triste y muda.

 

Que en este siglo de sarcasmo y duda

sólo una musa vive. Musa ciega,

implacable, brutal. ¡Demonio acaso

que con los hombres y los dioses juega!

La Musa del análisis, que armada

del árido escalpelo, a cada paso

nos precipita en el obscuro abismo

o nos asoma al borde de la nada.

¿No la ves? ¿No la sientes en ti mismo?

¿Quién no lleva esa víbora enroscada

dentro del corazón? ¡Ay! cuando llena

de noble ardor la juventud florida

quiere surcar la atmósfera serena,

quiere aspirar las auras de la vida,

esa Musa fatal y tentadora

en el libro, en la cátedra, en la escena

se apodera del alma y la devora.

¡Si a veces imagino que envenena

la leche maternal! En nuestros lares,

en el retiro, en el regazo tierno

del amor, hasta al pie de los altares

nos persigue ese aborto del infierno.

 

¡Cuántas noches de horror, conmigo a solas,

ha sacudido con su soplo ardiente

los tristes pensamientos de mi mente

como sacude el huracán las olas!

¡Cuántas, ay, revolcándome en el lecho

he golpeado con furor mi frente,

he desgarrado sin piedad mi pecho,

y entre visiones lúgubres y extrañas,

su diente de reptil, áspero y frío,

he sentido clavarse en mis entrañas!

¡Noches de soledad, noches de hastío

en que, lleno de angustia y sobresalto,

se agitaba mi ser en el vacío

de fe, de luz y de esperanza falto!

¿Y quién mantiene viva la esperanza

si donde quiera que la vista alcanza

ve escombros nada más? Por entre ruinas

la humanidad desorientada avanza;

hechos, leyes, costumbres y doctrinas

como edificio envejecido y roto

desplomándose van; sordo y profundo

no sé qué irresistible terremoto

moral, conmueve en su cimiento el mundo.

 

Ruedan los tronos, ruedan los altares:

reyes, naciones, genios y colosos

pasan como las ondas de los mares

empujadas por vientos borrascosos.

Todo tiembla en redor, todo vacila.

Hasta la misma religión sagrada

es moribunda lámpara que oscila

sobre el sepulcro de la edad pasada.

Y cual turbia corriente alborotada,

libre del ancho cauce que la encierra,

la duda audaz, la asoladora duda

como una inundación cubre la tierra.

-¡Es que el manto de Dios ya no la escuda!

No la defiende el varonil denuedo

de la fe inexpugnable y de las leyes,

y el dios de los incrédulos, el miedo,

rige a su voluntad pueblos y reyes.

Él los rumores bélicos propala,

él organiza innúmeras legiones

que buscan la ocasión, no la justicia.

Mas ¿qué podrán hacer? No se apuntala

con lanzas, bayonetas ni cañones,

el templo secular que se desquicia.

En medio de este caos, como un arcano

impenetrable, pavoroso, obscuro,

yérguese altivo el pensamiento humano

de su grandeza y majestad seguro.

Y semejante al árbol carcomido

por incansable y destructor gusano,

que cuando tiene el corazón roído,

desenvuelve su copa más lozano,

al través del social desasosiego

cruza la tierra en su corcel de fuego,

hasta los cielos atrevido sube,

pone en la luz su vencedora mano,

el rayo arranca a la irritada nube

y horada con su acento el Océano.

¡Mas, ay, del árbol que frondoso crece

sostenido no más por su corteza!

Tal vez la brisa que las flores mece

derribará en el polvo su grandeza.

 

¡Tal vez! ¿Lo sabes tú? ¿Quién el misterio

logra profundizar? Esta sombría

turbación, esta lóbrega tristeza

que invade sin cesar nuestro hemisferio,

¿es acaso el crepúsculo del día

que se extingue, o la aurora del que empieza?

¿Es ¡ay! renacimiento o agonía?

Lo ignoras como yo. ¡Nadie lo sabe!

Sólo sé que la dulce poesía

va enmudeciendo, y cuando calla el ave

es que su obscuridad la noche envía.

Oigo el desacordado clamoreo

que alza doquier la muchedumbre inquieta

sin freno, sin antorcha que la guíe;

ando entre ruinas, y espantado veo

cómo al sordo compás de la piqueta

la embrutecida indiferencia ríe.

 

-También en Roma, torpe y descreída,

la copa llena de espumoso y rico

licor, gozábase desprevenida,

hasta que de improviso por la herida

que abrió en su cuello el hacha de Alarico

escapósele el vino con la vida.

Todo el cercano cataclismo advierte;

pero en esta ansiedad que nos devora

ninguno habrá que a descifrar acierte

la gran transformación que se elabora.

 

¿Y qué más da? Resurrección o muerte,

vespertino crepúsculo o aurora,

los que siguen llorando su camino

por medio de esta confusión horrenda,

con inseguro paso y rumbo incierto,

¿dónde levantarán su débil tienda

que no la arranque el raudo torbellino

ni la envuelva la arena del desierto?

En otro tiempo el ánimo doliente,

atormentado por la duda humana,

postrábase sumiso y penitente

en el regazo de la fe cristiana,

y allí bajo la bóveda sombría

del templo, el corazón desesperado

se humillaba en el polvo y renacía.

Cristo en la cruz del Gólgota clavado

extendía sus brazos, compasivo,

al dolor sublimado en la plegaria,

y para el pobre y triste fugitivo

del mundo, era la celda solitaria

puerto de salvación, sepulcro vivo,

anulación del cuerpo voluntaria.

 

¡Ay! En aquella paz santa y profunda

todo era austero, reposado, grave.

La elevación de la gigante nave,

la luz entrecortada y moribunda,

la sencilla oración de un pueblo inmenso

uniéndose a los cánticos del coro,

la armonía del órgano sonoro,

las blancas nubes de quemado incienso,

el frío y duro pavimento, fosa

común, perpetuamente renovada,

de la cual cada tumba, cada losa

es doble puerta que limita y cierra

por debajo el silencio de la nada,

por encima el tumulto de la tierra;

aquella majestad, aquel olvido

del siglo, aquel recuerdo de la muerte,

parecían decir con infinita

dulzura al corazón desfallecido,

al espíritu ciego, al alma inerte:

Ego sum via, et veritas et vita.

Aquí en su pequeñez el hombre es fuerte.

Mas ¿dónde iremos ya? Torpes y obscuros

planes hallaron en el claustro abrigo,

y Dios airado desató el castigo

y con el rayo derribó sus muros.

¿Dónde posar la fatigada frente?

¿Dónde volver los afligidos ojos,

cuando ha dejado el corazón creyente

prendidos en los ásperos abrojos

su fe piadosa y su interés mundano?

¿Dónde?

¡En ti, soledad! Yo te bendigo,

porque al náufrago, al triste, al pobre grano

de desligada arena das abrigo.

 

La fiera, la titánica batalla…

La fiera, la titánica batalla

dura y persiste aún:

es el combate entre la ciega sombra

y la fecunda luz.

 

¡Ni un instante de tregua y de reposo!

en la tierra, en el mar,

en el espacio, en la conciencia humana

siempre lidiando están.

 

Al través de los siglos que se empujan

con sorda confusión,

ruedan mezclados la verdad, el día,

la noche y el error.

 

¿Quién vencerá por fin? ¿La negra sombra?

¿La excelsa claridad?…

¡Ay, no lo preguntéis! La horrenda lucha

nunca terminará.

 

Cuando la creación rota y deshecha

vuelva al caos otra vez;

cuando desierta, impenetrable y muda

la inmensidad esté;

 

en el seno del tiempo, en el espacio

sin mundos y sin sol,

seguirá eterno el duelo formidable

entre Satán y Dios.

 

La generosa musa de Quevedo…

I

La generosa musa de Quevedo

desbordose una vez como un torrente

y exclamó llena de viril denuedo:

«No he de callar, por más que con el dedo,

ya tocando los labios, ya la frente,

silencio avises o amenaces miedo».

 

II

Y al estampar sobre la herida abierta

el hierro de su cólera encendido,

tembló la concusión, que siempre alerta,

incansable y voraz, labra su nido,

como gusano ruin en carne muerta,

en todo Estado exánime y podrido.

 

III

Arranque de dolor, de ese profundo

dolor que se concentra en el misterio

y huye amargado del rumor del mundo,

fue su sangrienta sátira cauterio

que aplicó sollozando al patrio imperio,

mísero, gangrenado y moribundo.

 

IV

¡Ah! si hoy pudiera resonar la lira

que con Quevedo descendió a la tumba,

en medio de esta universal mentira,

de este viento de escándalo que zumba,

de este fétido hedor que se respira,

de esta España moral que se derrumba;

 

V

de la viva y creciente incertidumbre

que en lucha estéril nuestra fuerza agota;

del huracán de sangre que alborota

el mar de la revuelta muchedumbre;

de la insaciable y honda podredumbre

que el rostro y la conciencia nos azota;

 

VI

de este horror, de este ciego desvarío

que cubre nuestras almas con un velo,

como el sepulcro, impenetrable y frío;

de este insensato pensamiento impío

que destituye a Dios, despuebla el cielo

y precipita el mundo en el vacío;

 

VII

si en medio de esta borrascosa orgía

que infunde repugnancia al par que aterra

esa lira estallara, ¿qué sería?

Grito de indignación, canto de guerra,

que en las entrañas mismas de la tierra

la muerta humanidad conmovería.

 

VIII

Mas porque el gran satírico no aliente,

¿ha de haber quien contemple y autorice

tanta degradación, indiferente?

«¿No ha de haber un espíritu valiente?

¿Siempre se ha de sentir lo que se dice?

¿Nunca se ha de decir lo que se siente?»

 

IX

¡Cuántos sueños de gloria evaporados

como las leves gotas de rocío

que apenas mojan los sedientos prados!

¡Cuánta ilusión perdida en el vacío,

y cuántos corazones anegados

en la amarga corriente del hastío!

 

X

No es la revolución raudal de plata

que fertiliza la extendida vega:

es sorda inundación que se desata.

No es viva luz que se difunde grata,

sino confuso resplandor que ciega

y tormentoso vértigo que mata.

 

XI

Al menos en el siglo desdichado

que aquel ilustre y vigoroso vate

con el rayo marcó de su censura,

podía el corazón atribulado

salir ileso del mortal combate

en alas de la fe radiante y pura.

 

XII

Y apartando la vista de aquel cieno

social, de aquellos fétidos despojos,

de aquel lúbrico y torpe desenfreno,

fijar llorando sus ardientes ojos,

en ese cielo azul, limpio y sereno

de santa paz y de esperanzas lleno.

 

XIII

Pero hoy ¿dónde mirar? Un golpe mismo

hiere al César y a Dios. Sorda carcoma

prepara el misterioso cataclismo;

y como en tiempos de la antigua Roma,

todo cruje, vacila y se desploma

en el cielo, en la tierra, en el abismo.

 

XIV

Perdida en tanta soledad la calma,

de noche eterna el corazón cubierto,

la gloria, muda, desolada el alma,

en este pavoroso desconcierto

se eleva la razón, como la palma

que crece triste y sola en el desierto.

 

XV

¡Triste y sola, es verdad! ¿Dónde hay miseria

mayor? ¿Dónde más hondo desconsuelo?

¿De qué la sirve desgarrar el velo

que envuelve y cubre la vivaz materia,

y con profundo inextinguible anhelo

sondar la tierra, escudriñar el cielo;

 

XVI

entregarse a merced del torbellino

y en la duda incesante que la aqueja.

el secreto inquirir de su destino;

si a cada paso que adelanta, deja

su fe inmortal, como el vellón la oveja,

enredada en las zarzas del camino?

 

XVII

¿Si a su culpada humillación se adhiere

con la constancia infame del beodo,

que goza en su abyección, y en ella muere?

¿Si ciega, y torpe, y degradada en todo,

desconoce su origen y prefiere

a descender de Dios, surgir del lodo?

 

XVIII

¡Libertad, libertad! No eres aquella

virgen, de blanca túnica ceñida,

que vi en mis sueños pudibunda y bella.

No eres, no, la deidad esclarecida

que alumbra con su luz, como una estrella,

los lóbregos abismos de la vida.

 

XIX

No eres la fuente de perenne gloria

que dignifica el corazón humano

y engrandece esta vida transitoria.

No el ángel vengador que con su mano

imprime en las espaldas del tirano

el hierro enrojecido de la historia.

 

XX

No eres la vaga aparición que sigo

con hondo afán desde mi edad primera,

sin alcanzarla nunca… Mas ¿qué digo?

No eres la libertad, disfraces fuera,

¡licencia desgreñada, vil ramera

del motín, te conozco y te maldigo!

 

XXI

¡Ah! No es extraño que sin luz ni guía

los humanos instintos se desborden

con el rugido del volcán que estalla,

y en medio del tumulto y la anarquía,

como corcel indómito, el desorden

no respete ni látigo ni valla.

 

XXII

¿Quién podrá detenerle en su carrera?

¿Quién templar los impulsos de la fiera

y loca multitud enardecida,

que principia a dudar y ya no espera

hallar en otra luminosa esfera,

bálsamo a los dolores de esta vida?

 

XXIII

Como Cristo en la cúspide del monte,

rotas ya sus morales ligaduras,

mira doquier con ojos espantados,

por toda la extensión del horizonte

dilatarse a sus pies vastas llanuras,

ricas ciudades, fértiles collados.

 

XXIV

Y excitando su afán calenturiento

tanta grandeza y tanto poderío,

de la codicia el persuasivo acento

grítale audaz: «¡El cielo está vacío!

¿A quién temer?» Y ronca y sin aliento

la muchedumbre grita: «¡Todo es mío!»

 

XXV

Y en el tumulto su puñal afila,

y la enconada cólera que encierra

enturbia y enardece su pupila,

y ensordeciendo el aire en son de guerra

hace temblar bajo sus pies la tierra,

como las hordas bárbaras de Atila.

 

XXVI

No esperéis que esa turba alborotada

infunda nueva sangre generosa

en las venas de Europa desmayada;

ni que termine su fatal jornada,

sobre el ara desierta y polvorosa

otro Dios levantando con su espada.

 

XXVII

No esperéis, no, que la confusa plebe,

como santo depósito en su pecho

nobles instintos y virtudes lleve.

Hallará el mundo a su codicia estrecho,

que es la fuerza, es el número, es el hecho

brutal ¡es la materia que se mueve!

 

XXVIII

Y buscará la libertad en vano,

que no arraiga en los crímenes la idea,

ni entre las olas fructifica el grano.

Su castigo en sus iras centellea

pronto a estallar, que el rayo y el tirano

hermanos son. ¡La tempestad los crea!

 

La guerra

Por razones que se calla

la historia prudentemente,

dos monarcas de Occidente

riñeron fiera batalla.

La causa del rompimiento

no está, en verdad, a mi alcance,

ni hace falta para el lance

que referiros intento.

Sobre el campo del honor

cubierto de sangre y gloria,

donde alcanzó la victoria

más la astucia que el valor;

dos discípulos de Marte,

que airados se acometieron

y juntamente cayeron

pasados de parte a parte;

sumergidos en el lodo,

mientras que llegaba el cura

para darles sepultura,

platicaban de este modo:

 

Soldado primero

¡Hola, compadre! ¿Qué tal

te ha parecido el asunto?

 

Soldado segundo

Puesto que me ves difunto

debe parecerme mal.

 

Soldado primero

Pues ha sido divertida

la función: mira a tu lado.

Lo menos hemos quedado

doce mil héroes sin vida.

Y en esto me quedo corto,

que me enfadan los extremos.

 

Soldado segundo

¡Con qué habilidad nos hemos

destrozado! Estoy absorto.

Ha habido alarmas y sustos

y muertes y atrocidades

para todas las edades

y para todos los gustos.

 

Soldado primero

Mas yo quisiera saber

por qué con tanto denuedo

nos matamos…

 

Soldado segundo

¡Ay! No puedo

tu duda satisfacer.

Para entrar en esta danza

tuve que dejar mi oficio.

Sé que aprendí el ejercicio,

sé que estudié la Ordenanza.

Sé que en compañía de esos

que están mordiendo la tierra,

me trajeron a la guerra

y me moliste los huesos.

Y, en fin, francamente hablando,

puedo decirte al oído,

que he muerto como he nacido;

sin saber por qué, ni cuándo.

 

Soldado primero

De tu explicación me huelgo,

porque mi vida retrata.

En esto, alzando la pata

un moribundo jamelgo,

¡Gracias, dioses inmortales!

-dijo con voz lastimera-

Pues de la misma manera

morimos los animales.

Cuando pasó la impresión

de tan extraño incidente,

así anudó el más valiente

la rota conversación:

 

Soldado primero

Aunque ignoramos la ley,

origen de esta querella,

juro a Dios vivo que en ella

lleva la razón mi rey.

 

Soldado segundo

¿Y por qué?

 

Soldado primero

Porque es el mío.

 

Soldado segundo

¡Qué salida de pavana!

La justicia es de quien gana.

 

Soldado primero

De tu ignorancia me río.

¡Pues cuántos que han hecho eternos

sus nombres con la victoria,

no han ido a gozar la gloria

de su triunfo a los infiernos!

 

Soldado segundo

Considera lo que dices,

porque estoy ardiendo en ira.

 

Soldado primero

¡No me alces el gallo!…

 

Soldado segundo

Mira

que te rompo las narices.

Y fieros y cejijuntos

a combatir empezaron

de nuevo… ¡y no se mataron,

porque ya estaban difuntos!

Diéronse golpes crueles,

hasta que hueca y ufana

llegó la Locura humana,

sonando sus cascabeles.

Puso paz entre los dos

y dijo con desenfado:

«¿Qué es esto? Habéis olvidado

que sois imagen de Dios?

Tal vez la inmortalidad

con justo título esperen

los que por la patria mueren,

por Dios, por la libertad.

Pero que el hombre sucumba

en conquistadora guerra,

cuando siete pies de tierra

le bastan para su tumba;

o que en lucha fratricida

entre, sin saber quizá

ni por qué la muerte da,

ni por qué pierde la vida;

esto mi paciencia apura,

y cuantas veces lo veo,

aunque soy Locura, creo

que es demasiada locura.»

 

La inundación: Antes

Todo respira paz: la fértil vega,

el cielo transparente, el bosque umbrío

y el viento que en las márgenes del río

sus alas bate y con las ramas juega.

 

Abre sus cauces el Segura, y riega

los campos secos por tenaz estío,

do redoblando su fecundo brío

el ribereño a su labor se entrega.

 

Al través de la copa embalsamada

de los verdes naranjos, su dichosa

casa, que dora el sol, cerca divisa.

 

¡Cuán feliz es! Alegran su jornada

el dulce canto de la amante esposa

y de sus hijos la inocente risa.

 

La inundación: Después

¡Ay, todo inspira horror! La noche oscura

tendió su manto y en la sombra envuelta

su audaz corriente alborotada y suelta,

extiende hasta los montes el Segura.

 

Arrolla cuanto encuentra en la llanura

con ímpetu feroz la onda revuelta:

el puente secular, la torre esbelta,

el molino, la casa y la espesura.

 

Hallando el valle a su soberbia estrecho,

no respetó el torrente embravecido

el templo augusto, ni la humilde choza,

 

y el labrador, en lágrimas deshecho,

sin amores, sin hijos y sin nido,

sobre las ruinas de su hogar solloza.

 

La luz y las tinieblas

La fiera, la titánica batalla

dura y persiste aún:

es el combate entre la ciega sombra

y la fecunda luz.

 

¡Ni un instante de tregua y de reposo!

en la tierra, en el mar,

en el espacio, en la conciencia humana

siempre lidiando están.

 

Al través de los siglos que se empujan

con sorda confusión,

ruedan mezclados la verdad, el día,

la noche y el error.

 

¿Quién vencerá por fin? ¿La negra sombra?

¿La excelsa claridad?…

¡Ay, no lo preguntéis! La horrenda lucha

nunca terminará.

 

Cuando la creación rota y deshecha

vuelva al caos otra vez;

cuando desierta, impenetrable y muda

la inmensidad esté;

 

en el seno del tiempo, en el espacio

sin mundos y sin sol,

seguirá eterno el duelo formidable

entre Satán y Dios.

 

La pesca

– I –

¡Cuántas veces sentado en tu ribera,

¡oh mar! como si oyera

la abrumadora voz de lo infinito,

ha despertado en la conciencia mía

honda melancolía,

tu atronador, tu interminable grito!

– II –

Todo enmudece y cae en el misterio:

el poderoso imperio

que la tierra asoló con sus batallas;

hasta los dioses que de polo á polo

temidos son; tú sólo

sientes rodar los siglos, y no callas.

– III –

No callas, y hasta el alto firmamento

sube tu ronco acento,

y cuando revolviéndote en ti mismo

ruges furioso, en tus entrañas late

el horror del combate

que empeña el huracán con el abismo.

– IV –

Sólo alcanza poder tan soberano,

el pensamiento humano

como tú grande, como tú profundo,

que alzando sin cesar su voz de trueno,

forja en su ardiente seno

las glorias y catástrofes del mundo.

– V –

¡Ay si decir pudieras cuanto sabes!…

¿Qué hiciste de las naves

con que surcó tu inmensidad, la aciaga

y trágica ambición? ¿Adónde han ido?

Como el mortal olvido

tu oscuro fondo hasta el recuerdo traga.

– VI –

Todo perece en ti sin dejar huella:

el barco que se estrella

contra el peñón, la armada que devoras,

los continentes que iracundo invades,

las sordas tempestades

que avanzan en tus olas bramadoras.

– VII –

La tierra, en cuyo seno te reclinas,

mantiene en pie las ruinas

que las ciegas catástrofes dejaron.

Tú, con desdén soberbio, las rechazas:

por ti pueblos y razas

como sombras efímeras pasaron.

– VIII –

El furor de los tiempos, que venciste,

sólo tu voz resiste:

tu acento fue, como clamor de guerra,

el que la humanidad oyó primero,

¡ay! y será el postrero

que en su agonía escuchará la tierra.

– IX –

Pero más, mucho más que cuando inmolas

y abismas en tus olas

la insolencia del fuerte á quien humillas,

mi espíritu conturbas y enajenas

con las tristes escenas

que esparcen el terror en tus orillas.

– X –

No lejos de un peñón agrio y salvaje

que con recio oleaje

el cantábrico mar bate y socava,

al través de los árboles blanquea

casi ignorada aldea,

sobre la costa inabordable y brava.

– XI –

Mirando al mar, de frente al Océano,

que sacudiendo en vano

la roca estéril sin cesar se agita,

el horizonte corta y se alza enhiesta

sobre la calva cresta

del picacho granítico, una ermita.

– XII –

¡Con qué placer la gente pescadora,

que al despuntar la aurora

por entre escollos á la mar se lanza,

del sol poniente al último vislumbre,

ve lucir en la cumbre

aquel faro de amor y de esperanza!

– XIII –

Cuando, salvo de innúmeros azares,

torna á los patrios lares

el marinero audaz ¡con qué alegría,

con qué ferviente fe, descalzo y roto,

corre á colgar su voto

en aquel pobre templo de María!

– XIV –

¡María! que del piélago y del alma

las tempestades calma;

que recoge en sus brazos y consuela

al náufrago del mar y de la vida.

Bálsamo á toda herida,

puerto á toda aflicción. Maris stella!

– XV –

Desde el peñón desnudo y solitario

que el blanco santuario

con su apacible majestad abruma,

contempla por do quiera la mirada

la costa acantilada

donde se estrella con fragor la espuma.

– XVI –

Y al dilatarse por el mar, divisa

en la línea indecisa

do se juntan las nubes y las olas,

raudo vapor, que con la crin al viento,

acelera el momento

de arribar á las costas españolas.

– XVII –

Luego, á medida que la luz desmaya,

con rumbo hacia la playa

cuyos contornos borra la neblina,

se ven llegar las pescadoras naves,

como tímidas aves

que al nido vuelven, cuando el sol declina.

– XVIII –

El faro, al descender la noche oscura,

en la empinada altura

de negro promontorio centellea,

y su destello intermitente oscila,

cual la roja pupila

de un Titán, que en las sombras parpadea.

– XIX –

Están, desde la cúspide del monte,

el mar y el horizonte

a la absorta mirada siempre abiertos,

y al otro lado, en la vertiente opuesta

de la escarpada cuesta,

reclinado el lugar entre sus huertos.

– XX –

Silvestres hayas y robustos pinos

de los cerros vecinos

orlan y ciñen la brumosa frente,

por cuyas quiebras rueda y se desata,

como líquida plata,

el sonoro raudal de alguna fuente.

– XXI –

Y allí, donde de pronto se despliega

la pintoresca vega,

siguiendo los contornos desiguales

de la verde montaña, resguardado

por el peñón tajado

de recios y furiosos vendavales;

– XXII –

bajo el amparo de la Iglesia santa,

sobre la cual levanta

sencilla cruz sus brazos redentores,

sin que la sed de la ambición le aflija,

humilde se cobija

aquel pueblo de honrados pescadores.

– XXIII –

Por entre los repliegues de una loma,

rústico albergue asoma

al margen de un arroyo cristalino,

cuyo limpio caudal, abriendo calle

por el fondo del valle,

mueve después las piedras de un molino.

– XXIV –

Fresca arboleda en sus orillas crece,

y cuando el viento mece

con leve impulso sus tupidas frondas,

parece, reflejándose en el río,

que el ramaje sombrío

en el espacio tiembla y en las ondas.

– XXV –

junto al arroyo que lamiendo pasa

las tapias de la casa,

un joven pescador de piel curtida

por el viento del mar, áspero y rudo,

iba nudo por nudo

recorriendo su red, al sol tendida,

– XXVI –

para coger los puntos de la malla,

que en su postrer batalla

rompió, saltando el pez, vencido y preso

en la jornada del pasado día,

cuando la red crujía

de la copiosa pesca bajo el peso.

– XXVII –

Agraciada mujer, viva y morena,

en la ingrata faena

le acompañaba, y con secreto gozo,

a menudo, ligera como el rayo,

mirándole al soslayo

orgullosa pensaba: -¡Es un buen mozo!

– XXVIII –

y él, al fijarse, de impaciencia lleno,

en el redondo seno

que el ceñido jubón reprime y tapa,

suspendiendo de pronto su trabajo,

decía por lo bajo

con aire vencedor: -¡ Es que eres guapa!

– XXIX –

Entonces, dibujándose indecisa

en sus labios la risa,

contemplábase, muda de embeleso,

la dichosa pareja enamorada,

y era aquella mirada

una promesa, una caricia, un beso.

– XXX –

Los dos nacieron para amarse. Es Rosa,

como su nombre, hermosa:

arde en sus ojos del placer la llama.

Su fresca boca, que al halago brinda,

es dulce cual la guinda

que el pájaro voraz pica en la rama.

– XXXI –

No tiene la blancura de la nieve,

que se deshace en breve:

negros sus ojos son, negro el cabello.

Competir en su rostro parecía

la noche con el día;

pero ¿acaso el crepúsculo no es bello?

– XXXII –

Cayó en las redes de su amor cautivo

Miguel, el más activo

y arriesgado patrón de aquella playa,

que ágil en el timón, fuerte en el remo,

en el peligro extremo

ni tiembla, ni se aturde, ni desmaya.

– XXXIII –

Adiestrado en el ímprobo ejercicio

de su penoso oficio,

por la abierta camisa muestra el pecho

de fuerte y musculosa contextura,

no a la molicie impura,

sino a las fieras tempestades hecho.

– XXXIV –

Bajo su tosca y natural corteza

oculta la nobleza

de un corazón resuelto, pero sano.

Tan sólo Rosa conquistó la palma

de someter un alma,

que no logró domar el Océano.

– XXXV –

Santificó su paz y su ventura

la bendición del cura.

Tres meses hace que al sagrado lazo

la ya vencida voluntad rindieron,

tres meses, que se dieron

el primer beso y el primer abrazo.

– XXXVI –

Nunca vio la cantábrica montaña,

honor y prez de España,

dos almas en sus gustos más unidas,

ni con tan casto ardor el himeneo

en un mismo deseo fundió

dos corazones y dos vidas.

– XXXVII –

En su hogar deslizábanse veloces

las horas y los goces.

Ignoraba los usos cortesanos

su amor tan inocente como vivo:

pero el beso furtivo,

la franca lisa, el apretón de manos,

– XXXVIII –

el íntimo y verboso cuchicheo,

semejante al gorjeo

de alegres aves, el falaz desvío

de que mimada joven alardea,

sólo el tiempo que emplea

en decir su amador: -Dulce bien mío!

– XXXIX –

la voz, el gesto, la expresión, el modo de

contemplarse, todo

trastornaba sus almas, pues ¿qué idioma

por inculto que sea y por grosero,

para el amor sincero

no es tierno como arrullo de paloma?

– XL –

Juntos en deleitable compañía

trabajan a porfía

repasando la red, y tan molesta

como pesada operación sazona

la burla retozona,

la aguda chanza o la atrevida fiesta.

– XLI –

Reconcentrados en su amor profundo

¿qué les importa el mundo?

Los sueños de ambición dan al olvido.

A su cariño sin temor se entregan

y juegan como juegan

los pájaros incautos en su nido.

– XLII –

No lejos, en el término de un prado

donde manso ganado

con la hierba otoñal su gula aplaca,

la madre de Miguel, limpia y risueña,

tranquilamente ordeña

las llenas ubres de fecunda vaca.

– XLIII –

Con frecuencia, a hurtadillas, clava en ellos

tan jóvenes, tan bellos

y tan rendidos a su mutuo encanto,

los dulces ojos, que la edad apaga,

y por sus labios vaga

leve sonrisa, tierna como el llanto.

– XLIV –

¡Con qué inefable paz la pobre vieja,

a quien tan sólo deja

vanas memorias la cansada vida,

con qué intenso y profundo regocijo

siente y ve en aquel hijo

reverdecer su juventud perdida!

– XLV –

Él la hace recordar tiempos mejores,

con sus castos amores,

sus ansias, sus placeres y congojas.

Es como tronco roto, que aún resiste,

y el mes de mayo viste

de nuevas ramas y de nuevas hojas.

– XLVI –

Fijose en ella embebecido el mozo,

y desbordando el gozo

que en sus plácidos ojos centellea,

dijo, llamando la atención de Rosa:

-Mírala qué hacendosa

y entretenida está. ¡Bendita, sea!-

– XLVII –

-¿Qué puede apetecer? ¡Nos ve felices!

Rosa exclamó: -Bien dices-,

respondiola Miguel: -¡Quieran los cielos

para colmar la dicha de esa anciana,

concederle mañana

inocentes y hermosos netezuelos!-

– XLVIII –

La joven, con el seno palpitante,

mostrando en su semblante

el vívido color de la amapola,

al cuello se colgó de su marido,

y murmuró a su oído

una tímida frase ¡una tan sola!

– XLVIX –

Mas de poder tan penetrante y hondo,

que removió hasta el fondo

el alma de Miguel, como la ardiente

lumbre del sol que las campiñas dora,

hace, germinadora,

estallar en el surco la simiente.

– L –

-¡Madre! ¡madre! -gritó falto de aliento;

y pronta al llamamiento

con creciente ansiedad la anciana vino.

-¿Qué es esto? -preguntó sobresaltada.

-¿Qué es esto? ¡Pues es nada!-

contéstole Miguel fuera de tino.

– LI –

-¡Qué avanza mi ventura a toda vela!

¡Qué vas a ser abuela!

¡Qué mis sueños de amor alcanzo y toco!-

Y hablaba cada vez menos tranquilo,

levantándola en vilo

locuaz y descompuesto como un loco.

– LII –

Por fin la anciana desasirse pudo

del apretado nudo,

y no vuelta del pasmo todavía,

haciendo a Rosa malicioso guiño,

con maternal cariño,

-¡Ah bobo! -prorrumpió- ¡si lo sabía!

– LIII –

Y no cabiendo el júbilo en su pecho,

en íntimo, en estrecho,

en entrañable abrazo confundidos,

mezclaron sus sencillos corazones,

anhelos, ilusiones,

lágrimas, esperanzas y latidos.

– LIV –

Como de la fortuna en el marco,

se anticipa el deseo

con sus alas de rosa al bien distante,

Miguel dijo soñando: -Si no muda

el tiempo, y Dios me ayuda,

la pesca del atún será abundante.

– LV –

Se la consagro al niño, y con su importe,

a Castro… ¡no! a la corte

iré enseguida, y si en las tiendas hallo

cosa de gusto, volcaré el bolsillo,

y le traeré un hatillo

de príncipe… ¡y un sable!… ¡y un caballo!-

– LVI –

Y añadió enternecido, sonriendo:

-¡Si casi le estoy viendo

con su carita colorada y fresca,

y sus gracias alegres y sencillas,

sentarse en mis rodillas

rara escuchar los lances de la pesca!

– LVII –

¡Verás cómo retoza por la playa

cuando a buscarme vaya!

Y cuando se acostumbre, al lado mío,

al olor del carbón y de la brea,

¡verás cómo gatea

por los palos y jarcias de un navío!

– LVIII –

Será -siguió diciendo satisfecho-,

un mozo de provecho

más resistente y firme que una entena.

Iremos juntos, y se hará a mis mañas.

-¡Hijo de mis entrañas!-

Rosa le interrumpió con susto y pena.

– LIX –

¡Él, expuesto al peligro de los mares!…

¿No bastan los pesares

que me afligen por ti? ¡Vaya un empeño!

No lograrás vencerme, te lo digo,

harto sufro contigo

sin que nueva inquietud me robe el sueño.-

– LX –

-¡Bravo! -exclamó Miguel: ¡ Famosa ideal

Pues ¿qué quieres que sea?-

Y mirándole Rosa con ternura,

-¡Cura! -le respondió- ¡Cómo! -repuso

el pescador confuso,

-¡y un mozo tan cabal ha de ser cura!-

– LXI –

-¡Sí, sí! Para que ruegue noche y día

a la Virgen María-,

respondió con tiernísimo arrebato,

-por cuantos mueren en la mar traidora,

por la infeliz que llora

su mísera viudez… y por ti ¡ingrato!

– LXII –

-Pues no me harás cejar. -Ni a mí tampoco,

-Vayamos poco a poco-

dijo, cortando la incipiente riña

la madre de Miguel. -Pues yo no paso

por que apuréis el caso

sin contar con el huésped. ¿Y si es niña?-

– LXIII –

Quedose el pescador mudo y perplejo:

arrugó el entrecejo

contrariado tal vez; pero de pronto,

á compás de ruidosa carcajada

prorrumpió: -¡Nada, nada,

madre tiene razón! ¡Es que soy tonto!…

– LXIV –

-Si es niña, ya sabéis, no la recibo,

aun cuando sea el vivo

retrato de mi adusta morenita-.

Y con franca efusión abrazó a Rosa,

que entre esquiva y gozosa

dijo, evitando sus cariños: ¡Quita!

– LXV –

¿Quién ve tanta ventura indiferente?

¡Santa y perenne fuente

del amor paternal, que en nuestro anhelo

en misteriosas ondas repartida,

para endulzar la vida

y templar nuestra sed, bajas del cielo!

– LXVI –

¡Sentimiento purísimo del alma,

que turbas nuestra calma,

y con ritmo jamás interrumpido

despiertas los estímulos que duermen,

haces vibrar el germen,

subir la savia y palpitar el nido!

– LXVII –

A tu voz la inmortal naturaleza

suspende la fiereza

del oso huraño y del león hirsuto,

y tu fuego vivaz que do quier arde,

ímpetu da al cobarde,

vigor al débil y razón al bruto.

– LXVIII –

Todo, sujeto a inexorable norma,

se muda, se trasforma,

y en este inmenso impenetrable abismo

que la infinita variedad encierra,

tan sólo tú, en la tierra,

en el cielo y el mar, eres el mismo.

– LXIX –

Pero ¡oh suerte importuna! En el momento

de su mayor contento,

asomando al través de los maizales

que encubren la vereda del molino,

un marinero vino

a turbar sus ensueños paternales.

– LXX –

Era Roberto, amigo y camarada

de Miguel. Alma honrada

que a su pesar apasionado culto

consagra a Rosa; amor inofensivo.

pero punzante y vivo,

en lo más hondo de su pecho oculto.

– LXXI –

-¿Ya vienes a buscarme? Es muy temprano.-

Con tono afable y llano

dijo al verle Miguel. -Bien se conoce

que tienes -contestó- la paz en casa,

y que el reló se atrasa

para quien vive a gusto. ¡Son las doce!

– LXXII –

¿A qué esperamos, pues? El tiempo es bueno,

el cielo está sereno

y el mar tranquilo y manso. Con que puedes

calcular el aguante de tu malla,

pues hoy, o todo falla,

van con la pesca a reventar las redes.

– LXXIII –

¡No es lícito a los pobres el regalo!…

El año ha sido malo…-

-Cierto -Miguel repuso-, y necesito

no perder la ocasión, porque mi esposa…-

Iba a hablar; pero Rosa

dijo, abrazando al imprudente: -¡Chito!-

– LXXIV –

-Si mi franqueza tu disgusto labra,

no diré una palabra,

contestole Miguel. Mientras Roberto

rendido al golpe de su ardiente pena,

contemplaba la escena,

lívido y silencioso como un muerto.

– LXXV –

Quien en lo oscuro de su pecho esconda

la herida viva y honda

que sangra sin cesar, de un desdichado

amor, y tenga para más tortura,

el sueño de ventura

que nunca logrará, siempre a su lado;

– LXXVI –

quien de los celos pertinaces sienta

la mordedura hambrienta,

y finja, indiferente o satisfecho,

ver su imposible bien en otros brazos,

mientras quiere a pedazos

el corazón saltársele del pecho;

– LXXVII –

quien amando en silencio hasta el delirio

no tenga en su martirio

ni aun el triste consuelo de la queja,

podrá tan sólo comprender el fiero

pesar del marinero,

ante el placer de la gentil pareja.

– LXXVIII –

Miguel de pronto profirió: -¡Al avío!

con desenvuelto brío

la fuerte red plegando. Diligente,

y según su costumbre cariñosa,

iba a ayudarle Rosa

cuando él le dijo amedrentado: -¡ Tente!

– LXXIX –

¡Por Dios! ¿Qué vas a hacer? Pues bueno fuera

que un esfuerzo cualquiera…

¡No me des qué sentir! Y a más, te aviso,

que hoy la felicidad me presta aliento.

¡Hasta capaz me siento

de cargar con la barca, si es preciso!-

– LXXX –

Entre risas, y plácemes y fiestas

Miguel echose a cuestas

la recogida red, diciendo: -¡Vaya!

Nada hacemos aquí. -Y él y Roberto,

en íntimo concierto

tomaron el sendero de la playa.

– LXXXI –

Marchaba el ágil mozo con presteza,

volviendo la cabeza

a cada instante hacia su linar cercano,

desde donde en señal de despedida,

la joven conmovida

le mandaba sus besos con la mano.

– LXXXII –

Y hasta que casi al fin de la jornada,

su prenda idolatrada

se internó en las revueltas del camino,

no apartó, con dulcísima porfía,

del rumbo que él seguía,

ni el corazón ni el rostro peregrino,

– LXXXIII –

viendo, no sin nublársela el semblante,

cada vez más distante

al dueño de su vida y de su casa;

que la ausencia en amor, aun la más breve.

cual nubecilla leve,

oscurece los cielos mientras pasa.

– LXXXIV –

-¡Ah! ¿cómo no quererle si es tan bueno!…-

dijo, oprimiendo el seno

maternal, con tan blando y dulce nudo,

que, de la dicha de su hogar ufana,

la enternecida anciana

contener una lágrima no pudo.

– LXXXV –

En tanto, los alegres marineros

perdiéronse ligeros

tras un peñón que hacia la senda avanza,

y al fin de cuya estrecha cortadura

la indómita llanura

del vasto mar a descubrir se alcanza.

– LXXXVI –

Desde allí se divisan de repente,

su grandeza imponente,

su augusta calma o su furor sublime,

y con su regia majestad a solas,

óyese de sus olas

la voz tonante que amenaza o gime.

– LXXXVII –

En coloquio jovial entretenidos

van, de la mano asidos,

hacia donde a merced de la marea

que su ancha curva en las arenas raya,

cual reina de la playa

la barca de Miguel se balancea.

– LXXXVIII –

¡Qué es verla, al separarse de la orilla,

con atrevida quilla

surcar graciosa el líquido elemento,

y mar afuera, inquieta y juguetona,

tender la blanca lona

a las caricias pérfidas del viento!

– LXXXIX –

¡Qué es ver cómo al peligro se aventura,

cuando la sombra oscura

se precipita sobre el mar de Atlante!

Y cuando viento duro el golfo riza,

¡qué es ver cuál se desliza

por la espalda ondulosa del gigante!

– XC –

Nunca el riesgo imprevisto la acobarda,

y hiende tan gallarda

la inmensidad del piélago bravío,

que no deja tras sí, rápida y suave,

ni aun la huella que un ave,

rozando con el ala, abre en el río.

– XCI –

El noble pecho de Miguel se ensancha

ante la airosa lancha

que su fortuna y su ambición encierra,

y le presta solícito el cuidado

con que el bravo soldado

mima y atiende a su corcel de guerra.

– XCII –

Un mancebo, que estaba de atalaya,

gritó a los de la playa:

-¡El patrón!- Y animosa la cuadrilla

a la dura jornada se dispuso.

Sólo absorto y confuso

un pescador permaneció en la orilla,

– XCIII –

Sentado en un montón de húmeda arena,

extraño a la faena

ocultaba su rostro entre las manos,

mostrando sólo en su actitud doliente

la ancha y curtida frente

orlada a trechos de cabellos canos.

– XCIV –

Cual no maduro fruto, que la helada

malogra, su hija amada

cayó marchita al soplo de la muerte,

y se le sale, sin sentir, del pecho

el corazón deshecho,

en las acerbas lágrimas que vierte.

– XCV –

Quien ha sufrido la mortal congoja

que, sin piedad, deshoja

como agostada flor nuestra ventura

en ese instante de terrible prueba,

en que voraz se lleva

parte de nuestro ser, la sepultura:

– XCVI –

cuando con lenta gradación se apaga

la luz dudosa y vaga

que colora la faz del moribundo,

¡ay! y a medida que en sus ojos crece

la sombra, nos parece

que va cayendo en lobreguez el mundo;

– XCVII –

cuando vencidos en estéril lucha,

nuestra impotencia escucha

el tremendo estertor de la agonía,

y con angustia alborotada y loca

posamos nuestra boca

sobre otra boca descompuesta y fría,

– XCVIII –

casi cerrada en su letal reposo

al ritmo fatigoso

que el pecho cadavérico le presta,

y que ya de la muerte bajo el peso,

ni al anhelante beso,

ni al tierno abrazo. ni a la voz contesta;

– XCIX –

cuando aun tibios los míseros despojos,

vemos con turbios ojos

toda nuestra ilusión desvanecida,

y en medio del pesar que nos destroza,

sentimos cuál se goza

traidor recuerdo en enconar la herida;

– C –

cuando envuelto en su fúnebre mortaja,

negra y medrosa caja

el bien amado para siempre encierra,

y siente el corazón despavorido

el ruido, el sordo ruido

que hace al cubrir el féretro la tierra:

– CI –

¡ay! quien tenga grabada en su memoria

esa trágica historia,

sin cesar repetida y siempre nueva,

verá, evocando su dolor pasado,

el dardo envenenado

que el triste padre en sus entrañas lleva.

– CII –

Al verle presa de aflicción tan viva,

con frase compasiva

le interrogó Miguel franco y abierto.

Alzó el viejo la faz desencajada,

y con voz desmayada,

-¿No sabes? -sollozó- ¡mi Juana ha muerto!-

– CIII –

El sentimiento concentrado es mudo,

mientras un choque rudo

no sacude el marasmo que le embota,

porque entonces el ansia comprimida,

como por ancha herida

la hirviente sangre, atropellada brota.

– CIV –

Y cuando el corazón rompe su valla,

en el dolor que estalla

se mezclan y amalgaman con espanto,

como fundidos por el mismo fuego,

la imprecación y el ruego,

y el gemido, y la cólera, y el llanto.

– CV –

Tal la voz de Miguel, blanda y serena,

exasperó la pena

que al tosco anciano le apretaba el cuello,

y exaltándose al cabo poco a poco,

con la rabia de un loco

maldiciendo y mesándose el cabello,

– CVI –

-¡ay!- de pronto exclamó con ceño adusto:-

¡Mentira! Dios no es justo

cuando se goza en aumentar mi cuita.

Tienen en buena paz muchos bribones

tierras, barcos, millones…

¡yo, una pobre muchacha… y me la quita!

– CVII –

¿Qué mal hacía la infeliz doncella?

¿Cómo vivir sin ella?…-

Y se apagó la voz en su garganta.

-Mas sin justicia ni razón me quejo-,

gimió el honrado viejo:

-¡No nació para el mundo! ¡Era una santa!-

– CVIII –

Miguel, tendiendo al afligido anciano

la encallecida mano,

-vuelve a casa- le dijo- y llora y reza

junto a la amada prenda que perdiste.

-¡No!- contestole el triste

moviendo gravemente la cabeza.

– CIX –

-Aunque me falta el sol de la alegría,

conservo todavía,

gracias a Dios, mi voluntad de hierro.

¿Por qué te he de mentir, si eres mi amigo?

Saldré a la mar contigo.

¡Necesito el jornal para su entierro!

– CX –

Quiero comprarle, si tenemos suerte,

las galas de la muerte:

una cruz, un sudario y una palma.

Guardó breve silencio el desdichado

y luego desolado

clamó con bronco acento. -¡Hija del alma!-

– CXI –

Su misma voz, que reprimir no pudo,

como puñal agudo

clavósele en el pecho, y tan activa

creció en su corazón la angustia fiera,

cual la insaciable hoguera,

que cuanto más devora, más se aviva.

– CXII –

Enternecido ante infortunio tanto,

y conteniendo el llanto

Miguel le respondió: -Tu pobre Juana

tendrá lo que tu anhelo solicita:

la humilde cruz bendita,

la palma virgen y el sayal de lana.

– CXIII –

Pero vuelve a tu hogar, porque no quiero

que un bravo compañero

a su propio tormento contribuya.

No serás, si te niegas, buen amigo,

y atiende a lo que digo:

hoy pesco para ti. ¡Mi parte es tuya!-

– CXIV –

Cayó, cual dulce bálsamo, la oferta

sobre la herida abierta

del triste anciano, y mitigó su duelo

llanto reparador, tranquilo y suave.

Siempre para quien sabe

sentir, la gratitud es un consuelo.

– CXV –

– ¡Que Dios te colme de mercedes, hijo!-

con blando acento dijo,

las lágrimas secando en su mejilla.

Miguel para ocultar su sentimiento,

ligero como el viento

a la barca saltó desde la orilla.

– CXVI –

Toda su gente al tráfago dispuesta,

con ansia manifiesta

esperaba no más la voz de mando.

Diola el patrón; y con vigor supremo,

el resistente remo

en las arenas de la playa hincando,

– CXVII –

puso a flote la lancha embarrancada,

que lenta y sosegada

siguió después por la canal angosta,

única vía, franca y descubierta,

entre la barra incierta

y las tajadas peñas de la costa.

– CXVIII –

La roca, a modo de ciclópeo muro,

inabordable, oscuro,

desde la playa misma se adelanta,

hasta la punta del siniestro Cabo

do el mar potente y bravo

con sorda intermitencia se quebranta.

– CXIX –

Varias cruces sencillas de madera,

en pavorosa hilera

resaltan del peñón de trecho en trecho,

señalando en el áspero arrecife,

el sitio en que un esquife

quedó, a los golpes de la mar, deshecho.

– CXX –

Recuerda cada cruz alguna escena

de horror y espanto llena.

Más de un pobre marino halló su fosa,

entre el medroso y formidable estruendo

de la borrasca, oyendo

penetrantes ayes de su esposa.

– CXXI –

Donde la punta del peñón termina,

por mísera y mezquina

pudiérase decir que el mar desdeña,

aunque a veces su presa lo disputa,

una abrigada gruta

labrada por las olas en la peña.

– CXXII –

Gratas para las lanchas pescadoras

las apacibles horas

trascurren sin sentir. Con los reflejos

de la luz que en las aguas reverbera,

el mar, como si fuera

de inflamado metal, brilla a lo lejos,

– CXXIII –

Miguel desde la popa de su barca,

con la mirada abarca

el golfo en que indolente se aventura.

Está a sus pies sumiso y reposado

como león cansado,

y la atmósfera azul, diáfana y pura.

– CXXIV –

Lánguida brisa, replegando el ala,

mansamente resbala

sin conmover el piélago sereno,

semejante al aliento tibio y leve,

que apenas alza y mueve

de una virgen dormida el casto seno.

– CXXV –

El barco, al apartarse de la playa,

rápidamente raya

las claras ondas con su blanca estela,

y al avanzar con suave balanceo,

parece que el deseo

va impaciente sirviéndole de vela.

– CXXVI –

Del tiempo, más que del trabajo, avara,

la gente se prepara,

el remo suelta, y su esperanza funda

en la corriente azul del Océano,

como el dolor humano,

amarga, sí, pero también fecunda.

– CXXVII –

Tres veces por el ámbito marino

con provechoso tino

tiende la fuerte red, y las tres veces

al recogerla, abrillantó su trama,

la refulgente escama

que en vívido montón lucen los peces.

– CXXVIII –

-¡Te lo anuncié, Miguel! Ya ves si acierto.-

Dice alegre Roberto,

mientras que sujetando por la agalla

con diligente mano desenreda,

al pez, que preso queda

en los hilos nudosos de la malla.

– CXXIX –

Y con aire triunfal alzando a pulso

un sollo, que convulso

entre sus férreos dedos se torcía,

regocijado exclama: -¡Brava presa!

No se pone en la mesa

del rey, cosa mejor. ¡Este es gran día!-

– CXXX –

El sol empieza a declinar. La gente

a medida que siente

su ganancia crecer, redobla el celo,

y sin cejar un punto en su tarea,

quién en la red se emplea,

quién, sentado en la borda, echa un anzuelo,

– CXXXI –

quién al enorme pez, que agonizante,

colea, en un instante

con implacable actividad remata;

y de la pesca el acre olor parece

que alienta y fortalece

al marinero en su existencia ingrata.

– CXXXII –

A poco, tenue y vaporoso velo

fue enturbiando del cielo

la limpia claridad. Oscura nube

desde el confín remoto se avecina,

sorbiendo la neblina

que de las ondas impalpable sube.

– CXXXIII –

A medida que llega va aumentando:

el mar plácido y blando

por momentos se encrespa y alborota.

Estremécese el viento, antes dormido,

y hacia el agreste nido

tiende el medroso vuelo la gaviota.

– CXXXIV –

De improviso una racha fugitiva

del oleaje aviva

el ímpetu naciente. Las espesas

nubes marchan en giro apresurado,

y al fin rompe el nublado

en gota, tan escasas como gruesas.

– CXXXV –

¡Hum! -exclama frunciendo el entrecejo

un pescador ya viejo.

-¡El tiempo muda, la borrasca avanza!-

Y otro añade después: -Se aguó la fiesta!

¡Ah, cobardes! -contesta

Miguel en tono de amistosa chanza:

– CXXXVI –

-¿Os asusta una nube de verano?-

-¡Sí! -responde el anciano.

¡La galerna está encima! -No discuto-

le interrumpe el patrón. -Mas Juana ha muerto,

y yo no vuelvo al puerto

si no llevo a su padre para el luto.-

– CXXXVII –

Y la pesca siguió con mayor brío,

sin que del mar bravío

la sorda turbación los contuviera.

Pues ¿quién fuerza al lebrel cuando en la pista

la ansiada res avista,

a pararse en mitad de su carrera?

– CXXXVIII –

Mas de golpe la lluvia se desata

cual rauda catarata;

el huracán sus ráfagas sacude

como un corcel la crin; al llamamiento

del alterado viento,

la ola, bramando de furor, acude.

– CXXXIX –

Y se empeña otra vez con recio embate,

el eterno combate

que presencian los siglos confundidos,

en que después de trágicos horrores,

los fieros gladiadores

ceden cansados, pero no vencidos.

– CXL –

Quédase muda de estupor la gente.

Negra, inmensa, rugiente

rueda la tempestad: con ciego empuje

cual fogoso bridón que se desboca,

la ola adelanta, choca

contra la barca, se revuelve y ruge.

– CXLI –

¡Hola! -grita Miguel- ¡Cortad la cuerda,

aunque la red se pierda!

Aun habrá tiempo de llegar al faro.

¡Ánimo, chicos! y forzad los remos,

que pronto arribaremos.

¡La santa Virgen nos dará su amparo!

– CXLII –

El endeble timón Miguel aferra

y a la cercana tierra

dirige el rumbo como buen marino,

mientras la gente, ante el peligro absorta,

con ágil remo corta

la indócil ola, abriéndose camino.

– CXLIII –

Estimulado por la voz del trueno,

el mar su turbio sello

con resonante convulsión agita;

cual irritada fiera el lomo enarca

y hacia la frágil barca

sus gigantescas olas precipita.

– CXLIV –

A merced de la mar arrolladora,

la lancha pescadora

los golpes sufre, pero no desmaya.

Y los vecinos del lugar, en tanto,

vuelan llenos de espanto,

en confuso tropel hacia la playa.

– CXLV –

Mozos, ancianos, niños y mujeres,

imploran por los seres

que amenaza el furor del mar sombrío,

y ardientes quejas, alteradas voces

revueltas y veloces,

pueblan el aire en ronco griterío.

– CXLVI –

Luego el tropel desordenado y vario

invade el santuario

que la escarpada cúspide corona,

donde al pie del altar, una y cien veces

con dolorosas preces,

pide auxilio a su célica Patrona.

– CXLVII –

Joven esposa sus cabellos mesa,

otra, en silencio besa

desesperada a un párvulo inocente,

un débil niño en su pueril despecho,

golpeándose el pecho,

en el polvo del templo hunde su frente

– CXLVIII –

otro ofrece a la Virgen con devoto

fervor, sencillo voto;

y del concurso general, movido

por el temor, la angustia y el deseo,

el alto clamoreo,

¡ay! más que una oración, es un gemido.

– CXLIX –

En el lugar más arduo de la costa,

hacia la boca angosta

del canal, siempre al marinero aciaga,

bulle otra multitud, dando a los vientos,

sus ayes y lamentos,

que el recio son del temporal apaga.

– CL –

Pintándose en su faz el extravío,

por medio del gentío,

la madre de Miguel, como una sombra,

se mueve, sin cesar. Corre, pregunta,

reza, las manos junta,

y al hijo amado, inconsolable nombra.

– CLI –

Rosa trémula y muda la acompaña;

copioso llanto baña

sus claros ojos que oscurece el duelo.

Tiene el lívido rostro de una muerta,

y la razón cubierta

de tormentosas nubes como el cielo.

– CLII –

Todos enternecidos la abren paso.

¿Conocerán acaso

la noticia fatal? La incertidumbre

de Rosa, surge a tan horrible idea,

y con terror pasea

su vista por la absorta muchedumbre.

– CLIII –

Aquel silencio lúgubre la mata.

Frenética, insensata

a una amiga se acerca: -¿Dónde, dónde

está Miguel? ¡Ten lástima! -solloza.

La sorprendida moza

mírala estupefacta, y no responde.

– CLIV –

-¡Ha muerto! -añade acongojada- ¡Ha muerto!-

Pero un marino experto

en los trances del mar, compadecido

de la atroz inquietud que la enajena,

para templar su pena

dícele con amor: -¡Cobra el sentido!

– CLV –

¿A qué viene apurarse de esa suerte?

¿Qué sacas con ponerte

en el último extremo? Cuando tarda

la barca en presentarse, conjeturo

que ya en lugar seguro,

tan sólo el fin del temporal aguarda.

– CLVI –

¡Ea! Enjuga tus lágrimas: no llores,

porque riesgos mayores

ha vencido Miguel, que es tan resuelto.-

-Mas ¿le viste volver? -pregunta Rosa

turbada y anhelosa,

y le contesta el pescador: -No ha vuelto.-

– CLVII –

Entonces trepa a la escarpada cima,

al borde se aproxima

del saliente peñón, como una idiota,

y expuesta a peligroso paroxismo,

avanza hacia el abismo

la descompuesta faz, que el viento azota.

– CLVIII –

En medio del pesar que la anonada,

la atónita mirada

hunde en la inmensidad, y es su porfía

tan profunda y tenaz, que si pudiera,

la mar rebelde y fiera

con sus ávidos ojos sorbería.

– CLIX –

¡Ay! ¡si lograse traspasar la bruma!…

¡Si entre la blanca espuma

viese al mortal por quien suspira y ruega!…

Cuando divisa un barco en lontananza,

renace su esperanza

y clama, llena de ansiedad: -¡Ya llega!-

– CLX –

¡Estéril impaciencia! ¡Vano empeño!

¿En dónde está su dueño

que no acude a su voz? ¿Por qué no viene?

Su amante madre la acaricia y calma.

¡Compadeced al alma

que da consuelos ¡ay! ¡y no los tiene!

– CLXI –

Allá en la playa un grupo generoso,

sin tregua ni reposo

anuda cuerdas y apareja un bote,

sometido al mandato soberano

de respetado anciano,

mezcla de marinero y sacerdote.

– CLXII –

Viril arrojo en sus pupilas arde

sin ostentoso alarde,

y aunque a los años la cerviz inclina,

presta vigor a su cabeza cana

la fortaleza humana,

templada al fuego de la fe divina.

– CLXIII –

Al cabo por la estrecha cortadura,

luchando a la ventura

con el viento y las olas, impelida

por la borrasca hacia el difícil paso,

en donde puede acaso

quedar a salvo o perecer hundida,

– CLXIV –

entre el fragor que por momentos crece,

intrépida aparece

la barca de Miguel; pero ¡en qué estado!

Cual gladiador que tras inútil prueba

huye vencido, lleva

cien heridas de muerte en su costado.

– CLXV –

Resistiendo la cólera salvaje

del soberbio oleaje,

la gente fuerzas del peligro cobra;

y aunque la lancha, como leve pluma,

entre montes de espuma

parece a cada instante que zozobra,

– CLXVI –

cien veces con impávido heroísmo,

resurte del abismo

obediente a la mano que la guía.

Ninguna voz en su interior se escucha,

que el riesgo de la lucha

tiene una majestad muda y sombría.

– CLXVII –

¡Oh! ¡van a perecer! -¿Queréis seguirme?

Con voz entera y firme

pregunta el cura. -¡Á vuestro amor apelo!

Arrancaremos a la mar su presa

y si en tan santa empresa

morimos, ¿qué es morir? ¡Ganar el cielo!-

– CLXVIII –

El religioso impulso que le mueve

su aliento dobla, leve

cual fornido mancebo, al bote salta.

El peligro conoce y no le esquiva:

pues ¿a quién, si arde viva

la fe en su pecho, el ánimo le falta?

– CLXIX –

Todos se aprestan a seguir su suerte,

que aquel combate a muerte

de generosa emulación los llena.

¡Oh humanidad, tan pronta al sacrificio,

podrá mancharte el vicio

y ofuscarte el error; pero eres buena!

– CLXX –

El bote listo ya, con seis remeros

hábiles y ligeros,

abrirse paso hacia el canal ensaya.

¡Vana ilusión! ¡La mar embravecida,

con fuerte sacudida

pedazos hecho le arrojó a la playa.

– CLXXI –

-¡Señor! Tus altos juicios no escudriño

llorando como un niño,

gimió en su angustia el viejo venerable.

-Pero no hay tiempo que perder. ¡Subamos

hijos! Tal vez podamos

desde el mismo peñón echar un cable.-

– CLXXII –

Respondiendo a su voz, según costumbre,

a la empinada cumbre

el grupo asciende, y con empeño lanza

el recio cabo a la corriente ciega;

mas ¡ay! que nunca llega

al náufrago batel. ¡No hay esperanza!

– CLXXIII –

¡No hay esperanza! El cura consternado

increpa al mar airado.

Sin freno alguno que su empuje venza,

la tempestad incontrastable brama.

Y el noble anciano exclama:

-¡Hijos míos! ¡Yo acabo, y Dios comienza!-

– CLXXIV –

¡No hay esperanza! Y la barquilla aun flota

desgobernada y rota.

Aun los pobres remeros, más audaces

cuanto más la borrasca se acrecienta,

lidian con la tormenta

desesperados, sí, pero tenaces.

– CLXXV –

¿Dónde tender la salvadora amarra?

¿Cómo cruzar la barra

que el paso cierra del canal estrecho,

si ya tiene la barca pescadora,

quebrantada la prora,

el casco hendido y el timón deshecho?

– CLXXVI –

El avariento mar la presa ansía.

¡Ya es suya! Todavía,

resistiendo en los frágiles despojos

del roto barco, en su ansiedad suprema,

la gente rema, rema,

rema, y nublan las lágrimas sus ojos.

– CLXXVII –

¿Qué busca? ¿Adónde va? ¿Por qué se afana?

Su resistencia es vana.

¡Ay! la esperanza al corazón se aferra

en los casos adversos e infelices,

aun más que las raíces

a las duras entrañas de la tierra.

– CLXXVIII –

-¡Juan, lárgame una estacha!- grita el bravo

Miguel-, y por un cabo

átala pronto y bien, que si consigo

con el otro nadar hasta la orilla,

podrá nuestra barquilla

en la gruta del faro hallar abrigo-.

– CLXXIX –

Dobló la frente oscurecida y grave.

¿En qué pensaba? ¿Cabe

dudarlo un punto? En el edén perdido,

en su infeliz mujer, en el risueño

ángel, que vio en un sueño,

huérfano ¡ay triste! aun antes de nacido.

– CLXXX –

-¡Eh!- contéstale Juan: -¡Ahí va la estacha!-

Miguel el hombro agacha

para esquivar el golpe; mas Roberto,

asiéndola en el aire de improviso,

prorrumpe: -No es preciso:

yo llegaré a la costa, vivo o muerto-.

– CLXXXI –

La pasión que alimenta su ternura,

y en él, como la pura

lámpara de un altar, arde escondida,

le inspiró, en su postrera llamarada,

ofrecer a su amada

no sólo el corazón, sino la vida.

– CLXXXII –

De su mojado traje se desnuda,

y a su cintura anuda

la retorcida cuerda. Intenta en vano

resistirse Miguel en son de queja,

y se obstina, y forceja,

y arráncarsela quiere de la mano.

– CLXXXIII –

-¡Quita!- Roberto exclama: -¡Si en un credo

ganar la costa puedo!

¡Es inútil que chilles: no te escucho!

Esto sería asesinar a Rosa.-

Y con voz temblorosa

dice, saltando al mar: -¡Quiérela mucho!

– CLXXXIV –

Hacia el negro peñón el rumbo guía,

y sin temor confía

a sus robustos brazos su defensa.

Mas de repente, en turbio remolino,

a trastornarle vino

ola veloz, arrolladora, inmensa.

– CLXXXV –

Sobre su frente con estruendo estalla,

y en desigual batalla

le revuelca, le arrastra y le sofoca.

Desaparece el desdichado, juega

la onda con él, y ciega

le estrella al fin contra la enorme roca.

– CLXXXVI –

Ante aquel espectáculo de muerte,

desencajada, inerte,

de pie sobre la mole de granito

que sacude la mar tempestuosa,

lanzó de pronto Rosa

un grito aterrador. ¡Qué horrible grito!

– CLXXXVII –

El ¡ay! desgarrador, como una espada,

de quien no espera nada;

¡ay! que del corazón en lo más hondo,

las heces amarguísimas remueve

del cáliz en que bebe

la humanidad, para el dolor sin fondo.

– CLXXXVIII –

Cual mies que cede al ímpetu del viento,

convulsa, sin aliento,

levantando sus manos, ya inactivas,

la humilde multitud se postra en tierra,

y con fervor que aterra

eleva a Dios sus preces aflictivas.

– CLXXXIX –

¡Oh momento solemne! Austero y triste

la majestad reviste

de su augusta misión el sacro anciano,

y humedeciendo el llanto sus mejillas,

se dobla de rodillas

ante la inmensidad del Océano.

– CXC –

Su mano extiende trémula y cansada,

levanta la mirada

a la celeste bóveda, testigo

mudo de tanto horror, y con acento

parecido a un lamento:

¡Hijos! -grita- ¡Os absuelvo y os bendigo!-

– CXCI –

¿Qué vio después la multitud? Ver pudo

el cielo siempre mudo,

desierto el mar, la barca destruida,

y una hermosa mujer, rígida y yerta,

lo mismo que una muerta,

en el estéril peñascal tendida.

– CXCII –

Un año ha trascurrido. La alta cumbre

con su postrera lumbre

baña fúlgido sol desde el ocaso,

y en hora tal de paz y de misterio,

al santo cementerio

una débil mujer dirige el paso.

– CXCIII –

¡Cuán sola está, cuán pobre, cuán cambiada!

Rosa fragante, ajada

en mitad de su alegre primavera,

bajo el vivaz recuerdo que la excita,

aquella flor marchita

ni sombra es ya de lo que entonces fuera!

– CXCIV –

Abraza y besa con febril cariño,

a un escuálido niño

nacido entre miserias y trabajos.

El hatillo de príncipe, que un día

soñó la fantasía

del infeliz Miguel, era de andrajos.

– CXCV –

Recrudeciendo el duelo que la enerva,

entre la fresca hierba

dos fosas busca, se prosterna y ora.

Y cobrando calor de un seno amante,

el desvalido infante

sus manecitas mueve, y también llora.

– CXCVI –

¡Ay! ¿Podrá ser que el leño de la selva

a engalanarse vuelva?

¿Renovará sus cánticos el ave

que dejó la borrasca, herida y muda?

¿La infortunada viuda

olvidará algún día? ¡Dios lo sabe!

– CXCVII –

Todo lo gasta y borra el tiempo ingrato:

el ardiente arrebato

del amor, la ilusión que se deshoja,

la fe que espira, el gozo y el tormento:

que el hondo pensamiento,

como el mar, sus cadáveres arroja.

– CXCVIII –

Mas cuando alguno en nuestra mente queda,

cuando tenaz se enreda

al débil corazón, y en él dilata

su raíz, como hiedra trepadora,

entonces nos devora,

porque el triste recuerdo, o muere o mata.

 

La sombra

Dulces y amorosos sueños

de la virgen candorosa,

que tomáis en el espacio

blanca y delicada forma;

 

melancólicos suspiros

de la flor que se deshoja,

que os convertís en el cielo

en espíritus de aroma;

 

yo siento sobre mi frente

vuestras alas temblorosas,

y siento en los labios míos

el beso de vuestra boca.

 

Lloráis para consolarme

de mis pasadas congojas,

y ese llanto es el rocío

que se columpia en las rosas.

 

Mas si queréis que no pene,

desde el cielo en donde mora,

si no al ángel que me inspira

bajadme al menos su sombra.

 

La virgen poesía…

La virgen poesía

huyendo de los hombres,

se pierde en las profundas

tinieblas de la noche.

Las arpas enmudecen,

y el eco no responde

sino a los broncos gritos

de cien revoluciones.

 

¡Ay, cuando la tormenta

cierne sus negras alas,

la tímida avecilla

se oculta y tiembla y calla!

¿Qué valen sus gorjeos

ante la voz airada

del trueno que retumba

en valles y en montañas?

 

¡Qué cambio y qué contraste!

Ayer llenaba el mundo

la inspiración sublime

de Schiller, Byron y Hugo.

Hoy sobre nuestras almas,

que envileció el tumulto,

parece que gravita

la losa de un sepulcro.

 

Miraban nuestros padres

el despertar de un siglo:

nosotros a sus hondas

angustias asistimos.

En su entusiasmo ardiente

su cántico era un himno.

El nuestro ¡oh desventura!

el nuestro es un gemido.

 

Cuando después de aquella

sangrienta sacudida,

que derribó en el polvo

la sociedad antigua,

con su potente mano

la santa poesía

logró sacar ileso

a Dios de entre las ruinas;

 

cuando en estéril roca,

entre el rumor confuso

del mar, agonizaba

en su aislamiento augusto

el águila altanera,

tan grande en su infortunio,

que de sus corvas garras

tuvo suspenso el mundo;

 

entonces, como el germen

oculto que despierta,

y rompe vigoroso

la cárcel que lo encierra,

sobre las viejas ruinas

brotaron por doquiera

la religión, la gloria,

la libertad, la ciencia.

 

¡Siempre el dolor fecunda!

La tierra, nuestra madre,

sufre el agudo arado

que sus entrañas abre;

el mar tiene sus roncas

y fieras tempestades,

su duda el pensamiento,

la religión sus mártires.

 

Todo lo grande surge

de este combate eterno

como la luz del choque

del pedernal y el hierro.

¡Felices nuestros padres,

que entonces recogieron

la mies, antes regada

con llanto, sangre y cieno!

 

¿Es raro que el poeta

alzase himnos de gloria

al Dios que renacía

de entre sus aras rotas?

¿Es raro que cantase

la alborozada Europa

al nuevo sol, naciendo

de la impalpable sombra?

 

Pero hoy, ¿qué alegre canto

entonarán las musas?

La llama del incendio

nuestro camino alumbra.

La libertad seguida

de alborotadas turbas

arrastra por el fango

sus blancas vestiduras.

 

El entusiasmo espira

en lecho de dolores:

atónita y turbada

la fe su venda rompe,

y caen de sus altares,

bajo insensatos golpes,

la patria, la familia,

los reyes y los dioses.

 

¡Todo se anubla, todo

choca, todo está herido!

Pide estragado el arte

su inspiración al vicio,

y entre el alegre estruendo

de infames regocijos,

la sociedad oscila

sobre el medroso abismo.

 

¡Poetas! Hasta tanto

que la borrasca pase,

colguemos nuestras arpas

de los llorosos sauces.

Tal vez cuando la tierra

nuestros despojos guarde,

el viento las sacuda

y vibren, giman, canten.

 

Tal vez cuando del tiempo

se amanse la corriente,

nuestros felices hijos

piadosos las descuelguen.

¡Quién sabe! Aunque las densas

tinieblas nos envuelven,

no eres eterna ¡oh noche!

¡dolor, no duras siempre!

 

Las arpas mudas

La virgen poesía

huyendo de los hombres,

se pierde en las profundas

tinieblas de la noche.

Las arpas enmudecen,

y el eco no responde

sino a los broncos gritos

de cien revoluciones.

 

¡Ay, cuando la tormenta

cierne sus negras alas,

la tímida avecilla

se oculta y tiembla y calla!

¿Qué valen sus gorjeos

ante la voz airada

del trueno que retumba

en valles y en montañas?

 

¡Qué cambio y qué contraste!

Ayer llenaba el mundo

la inspiración sublime

de Schiller, Byron y Hugo.

Hoy sobre nuestras almas,

que envileció el tumulto,

parece que gravita

la losa de un sepulcro.

 

Miraban nuestros padres

el despertar de un siglo:

nosotros a sus hondas

angustias asistimos.

En su entusiasmo ardiente

su cántico era un himno.

El nuestro ¡oh desventura!

el nuestro es un gemido.

 

Cuando después de aquella

sangrienta sacudida,

que derribó en el polvo

la sociedad antigua,

con su potente mano

la santa poesía

logró sacar ileso

a Dios de entre las ruinas;

 

cuando en estéril roca,

entre el rumor confuso

del mar, agonizaba

en su aislamiento augusto

el águila altanera,

tan grande en su infortunio,

que de sus corvas garras

tuvo suspenso el mundo;

 

entonces, como el germen

oculto que despierta,

y rompe vigoroso

la cárcel que lo encierra,

sobre las viejas ruinas

brotaron por doquiera

la religión, la gloria,

la libertad, la ciencia.

 

¡Siempre el dolor fecunda!

La tierra, nuestra madre,

sufre el agudo arado

que sus entrañas abre;

el mar tiene sus roncas

y fieras tempestades,

su duda el pensamiento,

la religión sus mártires.

 

Todo lo grande surge

de este combate eterno

como la luz del choque

del pedernal y el hierro.

¡Felices nuestros padres,

que entonces recogieron

la mies, antes regada

con llanto, sangre y cieno!

 

¿Es raro que el poeta

alzase himnos de gloria

al Dios que renacía

de entre sus aras rotas?

¿Es raro que cantase

la alborozada Europa

al nuevo sol, naciendo

de la impalpable sombra?

 

Pero hoy, ¿qué alegre canto

entonarán las musas?

La llama del incendio

nuestro camino alumbra.

La libertad seguida

de alborotadas turbas

arrastra por el fango

sus blancas vestiduras.

 

El entusiasmo espira

en lecho de dolores:

atónita y turbada

la fe su venda rompe,

y caen de sus altares,

bajo insensatos golpes,

la patria, la familia,

los reyes y los dioses.

 

¡Todo se anubla, todo

choca, todo está herido!

Pide estragado el arte

su inspiración al vicio,

y entre el alegre estruendo

de infames regocijos,

la sociedad oscila

sobre el medroso abismo.

 

¡Poetas! Hasta tanto

que la borrasca pase,

colguemos nuestras arpas

de los llorosos sauces.

Tal vez cuando la tierra

nuestros despojos guarde,

el viento las sacuda

y vibren, giman, canten.

 

Tal vez cuando del tiempo

se amanse la corriente,

nuestros felices hijos

piadosos las descuelguen.

¡Quién sabe! Aunque las densas

tinieblas nos envuelven,

no eres eterna ¡oh noche!

¡dolor, no duras siempre!

 

¡Los tiempos son de lucha! ¿Quién concibe?…

¡Los tiempos son de lucha! ¿Quién concibe

el ocio muelle en nuestra edad inquieta?

En medio de la lid canta el poeta,

el tribuno perora, el sabio escribe.

Nadie el golpe que da ni el que recibe

siente, a medida que el peligro aprieta:

desplómase vencido el fuerte atleta

y otro al recio combate se apercibe.

La ciega multitud se precipita,

invade el campo, avanza alborotada

con el sordo rumor de la marea.

Y son, en el furor que nos agita,

trueno y rayo la voz; el arte, espada;

la ciencia, ariete; tempestad la idea.

 

Luz y vida

Cuando en el seno de la noche fría

oculta el sol su resplandor fecundo,

es para renacer, y espera el mundo

la nueva luz con el cercano día.

 

Alas ¿quién penetra la inquietud sombría

que abruma el corazón del moribundo?

¿Quién sabe lo que guarda ese profundo

crepúsculo moral de la agonía?

 

Desde la alta región del firmamento

el sol, en acordado movimiento,

con la nocturna obscuridad alterna.

 

Pero tú, miserable vida humana,

no mueres hoy para brillar mañana.

¡Ay, no! tu noche es lóbrega y eterna.

 

Miserere

Es de noche: el monasterio

que alzó Felipe Segundo

para admiración del mundo

y ostentación de su imperio,

yace envuelto en el misterio

y en las tinieblas sumido.

De nuestro poder, ya hundido,

último resto glorioso,

parece que está el coloso

al pie del monte, rendido.

 

El viento del Guadarrama

deja sus antros obscuros,

y estrellándose en los muros

del templo, se agita y brama.

Fugaz y rojiza llama

surca el ancho firmamento,

y a veces, como un lamento,

resuena el lúgubre son

con que llama a la oración

la campana del convento.

 

La iglesia, triste y sombría,

en honda calma reposa,

tan helada y silenciosa

como una tumba vacía.

Colgada lámpara envía

su incierta luz a lo lejos,

y a sus trémulos reflejos

llegan, huyen, se levantan

esas mil sombras que espantan

a los niños y a los viejos.

 

De pronto, claro y distinto,

la regia cripta conmueve

ruido extraño, que aunque leve,

llena el mortuorio recinto.

Es que el César Carlos Quinto,

con mano firme y segura

entreabre su sepultura,

y haciendo una horrible mueca,

su faz carcomida y seca

asoma por la hendidura.

 

Golpea su descarnada

frente con tenaz empeño,

como quien sale de un sueño

sin acordarse de nada.

Recorre con su mirada

aquel lugar solitario,

alza el mármol funerario,

y arrebatado y resuelto

salta del sepulcro, envuelto

en su andrajoso sudario.

 

«¡Hola!» grita en son de guerra

con aquella voz concisa,

que oyó en el siglo, sumisa

y amedrentada la tierra.

«¡Volcad la losa que os cierra!

Vástagos de imperial rama,

varones que honráis la fama,

antiguas y excelsas glorias,

de vuestras urnas mortuorias

salid, que el César os llama.»

 

Contestando a estos conjuros,

un clamor confuso y hondo

parece brotar del fondo,

de aquellos mármoles duros.

Surgen vapores impuros

de los sepulcros ya abiertos:

la serie de reyes muertos

después a salir empieza,

y es de notar la tristeza,

el gesto despavorido

de los que han envilecido

la corona en su cabeza.

 

Grave, solemne, pausado,

se alza Felipe Segundo,

en su lucha con el mundo

vencido, mas no domado.

Su hijo se despierta al lado,

y detrás del rey devoto,

aquel que humillado y roto

vio desmoronarse a España,

cual granítica montaña

a impulsos del terremoto.

 

Luego el monarca enfermizo,

de infausta y negra memoria,

en cuya Edad nuestra gloria,

como nieve se deshizo.

Bajo el poder de su hechizo

se estremece todavía.

¡Ay, qué terrible armonía,

qué obscuro enlace se nota

entre aquel mísero idiota

y su exhausta monarquía!

 

Con terrífica sorpresa

y en silencioso concierto,

todos los reyes que han muerto

van saliendo de su huesa.

La ya apagada pavesa

cobra los vitales bríos,

y se aglomeran sombríos

aquellos yertos despojos,

aquellas cuencas sin ojos,

aquellos cráneos vacíos.

 

De los monarcas en pos,

respondiendo al llamamiento,

cual si llegara el momento

del santo juicio de Dios,

acuden de dos en dos

por claustros y corredores,

príncipes, grandes señores,

prelados, frailes, guerreros,

favoritos, consejeros,

teólogos e inquisidores.

 

¡Qué es mirar como serpea

por su semblante amarillo

el fosforescente brillo

que la podredumbre crea!

¡Qué espíritu no flaquea

con mil terrores secretos,

viendo aquellos esqueletos,

que ante el César, que los nombra,

se deslizan por la sombra

mudos, absortos, inquietos!

 

¡Cuántas altas potestades,

cuántas grandezas pasadas,

cuántas invictas espadas,

cuántas firmes voluntades

en aquellas soledades

muestran sus restos livianos!

¡Cuántos cráneos soberanos,

que el genio habitara en vida,

convertidos en guarida

de miserables gusanos!

 

Desde el triste panteón

en que se agolpa y hacina,

hacia el templo se encamina

la fúnebre procesión.

Marcha con pausado son

tras del rey que la congrega,

y cuando a la iglesia llega,

inunda la altiva nave

un resplandor tibio y suave,

que ni deslumbra ni ciega.

 

Guardando el regio decoro,

como en los siglos pasados,

reyes, príncipes, prelados

toman asiento en el coro.

Después en tropel sonoro

por el templo se derrama,

rindiendo culto a la fama

con que llena las historias,

aquel haz de muertas glorias,

que el César convoca y llama.

 

Por mandato soberano

de Carlos, que el cetro ostenta,

llega al órgano y se sienta

un viejo esqueleto humano.

La seca y huesosa mano

en el gran teclado imprime,

y la música sublime,

que a inmensos raudales brota,

parece que en cada nota

reza y llora, canta y gime.

 

Uniendo al acorde santo

su voz, los muertos despojos

caen ante el ara de hinojos

y a Dios elevan su canto.

Honda expresión del quebranto,

aquel eco de la tumba

crece, se dilata, zumba,

y al paso que va creciendo,

resuena con el estruendo

de un mundo que se derrumba:

 

«Fuimos las ondas de un río

caudaloso y desbordado.

Hoy la fuente se ha secado,

hoy el cauce está vacío.

Ya ¡oh Dios! nuestro poderío

se extingue, se apaga y muere.

¡Miserere!

 

»¡Maldito, maldito sea

aquel portentoso invento

que dio vida al pensamiento

y alas de luz a la idea!

El verbo animado ondea

y como el rayo nos hiere.

¡Miserere!

 

»¡Maldito el hilo fecundo

que a los pueblos eslabona,

y busca, y cuenta, y pregona

las pulsaciones del mundo!

Ya en el silencio profundo

ninguna injusticia muere.

¡Miserere!

 

»Ya no vive cada raza

en solitario destierro,

ya con vínculo de hierro

la humana especie se enlaza.

Ya el aislamiento rechaza:

ya la libertad prefiere.

¡Miserere!

 

»Rígido y brutal azote

con desacordado empuje

sobre las espaldas cruje

del rey y del sacerdote.

Ya nada existe que embote

el golpe ¡oh Dios! que nos hiere.

¡Miserere!

 

»Mas ¡ay! que en su audacia loca,

también el orgullo humano

pone en los cielos su mano

y a ti, Señor, te provoca.

Mientras blasfeme su boca

ni paz ni ventura espere.

¡Miserere!

 

»No en la tormenta enemiga:

no en el insondable abismo:

el mundo lleva en sí mismo

el rayo que le castiga.

Sin compasión ni fatiga

hoy nos mata; pero muere.

¡Miserere!

 

»Grande y caudaloso río,

que corres precipitado,

ve que el nuestro se ha secado

y tiene el cauce vacío.

¡No prevalezca el impío,

ni la iniquidad prospere!

¡Miserere!»

 

Súbito, con sordo ruido

cruje el órgano y estalla,

la luz se amortigua y calla

el concurso dolorido.

Al disiparse el sonido

del grave y solemne canto

llega a su colmo el espanto

de las mudas calaveras,

y de sus órbitas hueras

desciende abundoso llanto.

 

A medida que decrece

la luz misteriosa y vaga,

todo murmullo se apaga

y el cuadro se desvanece.

Con el alba que aparece

la procesión se evapora,

y mientras la blanca aurora

esparce su lumbre escasa,

a lo lejos silba y pasa

la rauda locomotora.

 

¡Oh eterno Amor, que en tu inmortal carrera!…

¡Oh eterno Amor, que en tu inmortal carrera,

das a los seres vida y movimiento,

con qué entusiasta admiración te siento,

aunque invisible, palpitar doquiera!

Esclava tuya la creación entera,

se estremece y anima con tu aliento,

y es tu grandeza tal, que el pensamiento

te proclamara Dios, si Dios no hubiera.

Los impalpables átomos combinas

con tu soplo magnético y fecundo:

tú creas, tú transformas, tú iluminas,

y en el cielo infinito, en el profundo

mar, en la tierra atónita dominas,

¡Amor, eterno Amor, alma del mundo!

 

¡Oh incesante desvarío!…

¡Oh incesante desvarío

del hombre! ¡Oh mentida gloria,

tan fugaz y transitoria

como las ondas de un río!

 

El tiempo impasible y frío

va empujando tu memoria,

que brilla un punto en la Historia

y se pierde en el vacío.

 

¡Cuánto César ya olvidado!

¡Cuánta vieja desventura,

que ni aun recuerda la gente,

 

habrá visto, habrá alumbrado

ese sol, desde la altura

en que gira indiferente!

 

A medida que hacia el puerto

va marchando del olvido,

aparece cuanto ha sido

de espesas brumas cubierto.

 

Ese polvo, árido y yerto,

ha pensado y ha sentido:

es el despojo perdido

de la humanidad que ha muerto.

 

De esos átomos sin nombre,

¿quién el misterio adivina?

¿quién a descifrarlo alcanza?

 

Tan lóbrego es para el hombre

lo pasado que declina,

cual lo porvenir que avanza.

 

¿Dónde está la oculta fuente

del hondo raudal humano?

¿A qué incógnito Océano

va a parar esa corriente?

 

Principio y fin, velozmente

se buscan y dan la mano;

y en el germen bulle el grano,

y en el grano la simiente.

 

La flor que arrebata el viento,

préstale al campo marchito

nuevo jugo y nueva vida;

 

mas ¿quién en el movimiento

del génesis infinito,

recuerda la flor caída?

 

¡Vanidad de vanidades!

En nuestras horas inciertas,

sobre las ciudades muertas

álzanse nuevas ciudades.

 

En ignotas soledades,

en regiones, hoy desiertas,

yacen de polvo cubiertas

las glorias de otras edades.

 

Cae en mortal cautiverio

cuanto el alma, inquieta y muda,

busca y ama, anhela y nombra.

 

Nuestra vida en el misterio,

nuestro destino en la duda,

nuestro término en la sombra.

 

¡Oh Musa, que en el combate!…

¡Oh Musa, que en el combate

de la vida, no has tenido,

a tu honor rindiendo culto,

lisonjas para el magnate

injurias para el vencido,

ni aplausos para el tumulto!

 

Como en días de pelea,

si la lástima no embota

ni embarga tu pensamiento,

hoy alza tu canto, y sea

un gemido cada nota

y cada estrofa un lamento.

 

Ante el inmenso quebranto

de la hermosa Andalucía,

da curso a tu angustia fiera;

pero no te impida el llanto

proclamar ¡oh Musa mía!

la verdad, siempre severa.

 

Tus sentimientos acalla,

porque el celo inmoderado

al mísero desvanece,

y en esta humana batalla

quien adula al desgraciado

no le anima: le envilece.

 

Dile más bien: «—¡Adelante!

Cumple tu ruda faena

y llora, pero trabaja;

que el varón firme y constante

los estragos de su pena

con el propio esfuerzo ataja.

 

»No estés al pie de las ruinas,,

como inútil pordiosero,

indolente y abatido,

y al volver las golondrinas

labrarán en el alero

de tu nueva casa el nido.

 

»Ara, siembra, reedifica,

lucha contra la corriente

del infortunio en que vives,

y enaltece y santifica

con el sudor de tu frente

Ia dádiva que recibes».

 

Háblale así, Musa honrada,

y en tu noble magisterio

nunca profanes tu lira,

con la adulación menguada,

con el torpe vituperio

ni con la baja mentira.

 

¡Oh, vedle; vedle! ¡Turbia y ardiente la mirada!…

¡Oh, vedle; vedle! ¡Turbia y ardiente la mirada,

en brazos de su culpa que le acrimina austera,

tan lejos y tan cerca de la insondable nada,

del mundo que le arroja, del polvo que le espera!…

¡Luchando con extrañas y horribles agonías

que traen ante sus ojos en rápida carrera

sus inocentes horas, sus conturbados días,

el cuadro pavoroso de su existencia entera!

 

Ayer, aunque entre sombras, lo porvenir incierto,

brindábale ilusiones de amor y de ventura,

y hoy, asomado al borde de su sepulcro abierto,

contempla horripilado la eternidad obscura.

La muerte, que le acosa con misterioso grito,

despierta los terrores de su conciencia impura:

quiere llamar, y apaga sus voces el delito,

quiere huir, y le asalta la hambrienta sepultura.

 

¡Ay, si recuerda entonces el dulce hogar sereno

donde pasó ignorada su infancia soñadora,

la amante y pobre madre que le llevó en su seno,

único ser acaso que le disculpa y llora!

¡Ay triste de él si al lado del hondo precipicio

su amparo no le presta la fe consoladora;

la fe que se levanta potente en el suplicio

y da sus alas de ángel al alma pecadora!

 

¡Miradle! Cada paso que hacia el cadalso avanza

de su agitada vida los horizontes cierra:

apágase en sus ojos la luz de la esperanza

y el peso de la muerte fatídico le aterra.

¡Ay, ten valor! Si un día de imprevisión y dolo

te puso con los hombres y con la ley en guerra,

mañana entre los muertos abandonado y solo

en su profundo olvido te envolverá la tierra.

 

Aparta tu mirada terrífica y sombría

de esa apiñada turba que bulle en el camino

para gozar del triste placer de tu agonía

y presenciar el término de tu fatal destino.

¡Oh! no la empuja sólo su imbécil sentimiento

hacia el cadalso infame que espera al asesino.

¡Hasta la cumbre misma del Gólgota sangriento

siguió también los pasos del Redentor divino!

 

¡Pantoja, ten valor! Rompe la valla…

¡Pantoja, ten valor! Rompe la valla:

luce, luce en tarjeta y en membrete

y cabe el toro que enganchó a Pepete

date a luz en las tiendas de quincalla.

Eres un necio. -Cierto.- Pero acalla

tu pudor y la duda no te inquiete.

¿Qué importa un necio más donde se mete

con pueril presunción tanta morralla?

¡Valdrás una peseta, buen Pantoja!

No valen mucho más rostros y nombres

que la fotografía al mundo arroja.

Enséñanos tu cara y no te asombres:

deja a la edad futura que recoja,

tantos retratos y tan pocos hombres.

 

¡Pobre loca!

I

Todas las tardes, cuando el sol declina

en brazos del misterio,

una mujer llorosa se encamina

al santo cementerio.

 

Con tosco y miserable desaliño,

tocas de luto viste,

lleva de la mano a un pobre niño

descalzo, enfermo y triste.

 

Paso torpe y trémulo apresura

marchando silenciosa

hacia la solitaria sepultura

en que su amor reposa.

 

¡Ay! su semblante tétrico y sombrío,

su atónita mirada

reflejan el dolor y el desvarío

de un alma destrozada.

 

Al pie del nicho desarruga el ceño,

detiene su carrera,

llama en la losa con tenaz empeño,

y espera, espera, espera…

 

El niño tiembla. La impaciente loca

que a un tiempo reza y gime,

que el dulce nombre del esposo invoca

con ansiedad sublime,

 

golpea el mármol sepulcral, y el eco

sordamente retumba

con lúgubre gemido, desde el hueco

de la cerrada tumba.

 

Y la infeliz mujer, en son de queja

grita: —¿dónde estás, dónde?—

Rompe en sollozos, y por fin se aleja

diciendo al niño: —¿Ves? No me responde.—

 

II

¡Ah, no le llores más! ¿Por qué el ingrato,

por qué, si te quería,

abandonó tu cariñoso trato,

tu blanda compañía,

 

la santa paz de la familia, el culto

de sus tranquilos lares,

para excitar en medio del tumulto

las iras populares?

 

Siempre deja en su bárbaro extravío

la inquieta muchedumbre,

más de un amante corazón vacío,

más de un hogar sin lumbre.

 

¿Por qué no recordó cuando inhumano

a su rencor cediendo,

corrió a verter la sangre de su hermano

en el combate horrendo,

 

que cuantos en la lucha sucumbían,

ante el peligro fijos

por la voz del deber, como él tendrían

madres, esposas, hijos?

 

¿Por qué no recordó que un pueblo libre,

ni límite ni coto

pondrá a sus desventuras, mientras vibre

el arma en vez del voto?

 

¡Ah, no le llores más! No lo merece.

No sufras ni batalles.

El que mancha con sangre, el que envilece

por plazas y por calles

 

la augusta libertad, el que furioso

apela al hierro insano,

no es tierno padre, ni sensible esposo,

ni honrado ciudadano.

 

Por qué los corazones miserables…

Por qué los corazones miserables,

por qué las almas viles,

en los fieros combates de la vida

ni luchan ni resisten?

 

El espíritu humano es más constante

cuanto más se levanta:

Dios puso el fango en la llanura, y puso

la roca en la montaña.

 

La blanca nieve que en los hondos valles

derrítese ligera,

en las altivas cumbres permanece

inmutable y eterna.

 

Por razones que se calla…

Por razones que se calla

la historia prudentemente,

dos monarcas de Occidente

riñeron fiera batalla.

La causa del rompimiento

no está, en verdad, a mi alcance,

ni hace falta para el lance

que referiros intento.

Sobre el campo del honor

cubierto de sangre y gloria,

donde alcanzó la victoria

más la astucia que el valor;

dos discípulos de Marte,

que airados se acometieron

y juntamente cayeron

pasados de parte a parte;

sumergidos en el lodo,

mientras que llegaba el cura

para darles sepultura,

platicaban de este modo:

 

Soldado primero

¡Hola, compadre! ¿Qué tal

te ha parecido el asunto?

 

Soldado segundo

Puesto que me ves difunto

debe parecerme mal.

 

Soldado primero

Pues ha sido divertida

la función: mira a tu lado.

Lo menos hemos quedado

doce mil héroes sin vida.

Y en esto me quedo corto,

que me enfadan los extremos.

 

Soldado segundo

¡Con qué habilidad nos hemos

destrozado! Estoy absorto.

Ha habido alarmas y sustos

y muertes y atrocidades

para todas las edades

y para todos los gustos.

 

Soldado primero

Mas yo quisiera saber

por qué con tanto denuedo

nos matamos…

 

Soldado segundo

¡Ay! No puedo

tu duda satisfacer.

Para entrar en esta danza

tuve que dejar mi oficio.

Sé que aprendí el ejercicio,

sé que estudié la Ordenanza.

Sé que en compañía de esos

que están mordiendo la tierra,

me trajeron a la guerra

y me moliste los huesos.

Y, en fin, francamente hablando,

puedo decirte al oído,

que he muerto como he nacido;

sin saber por qué, ni cuándo.

 

Soldado primero

De tu explicación me huelgo,

porque mi vida retrata.

En esto, alzando la pata

un moribundo jamelgo,

¡Gracias, dioses inmortales!

-dijo con voz lastimera-

Pues de la misma manera

morimos los animales.

Cuando pasó la impresión

de tan extraño incidente,

así anudó el más valiente

la rota conversación:

 

Soldado primero

Aunque ignoramos la ley,

origen de esta querella,

juro a Dios vivo que en ella

lleva la razón mi rey.

 

Soldado segundo

¿Y por qué?

 

Soldado primero

Porque es el mío.

 

Soldado segundo

¡Qué salida de pavana!

La justicia es de quien gana.

 

Soldado primero

De tu ignorancia me río.

¡Pues cuántos que han hecho eternos

sus nombres con la victoria,

no han ido a gozar la gloria

de su triunfo a los infiernos!

 

Soldado segundo

Considera lo que dices,

porque estoy ardiendo en ira.

 

Soldado primero

¡No me alces el gallo!…

 

Soldado segundo

Mira

que te rompo las narices.

Y fieros y cejijuntos

a combatir empezaron

de nuevo… ¡y no se mataron,

porque ya estaban difuntos!

Diéronse golpes crueles,

hasta que hueca y ufana

llegó la Locura humana,

sonando sus cascabeles.

Puso paz entre los dos

y dijo con desenfado:

«¿Qué es esto? Habéis olvidado

que sois imagen de Dios?

Tal vez la inmortalidad

con justo título esperen

los que por la patria mueren,

por Dios, por la libertad.

Pero que el hombre sucumba

en conquistadora guerra,

cuando siete pies de tierra

le bastan para su tumba;

o que en lucha fratricida

entre, sin saber quizá

ni por qué la muerte da,

ni por qué pierde la vida;

esto mi paciencia apura,

y cuantas veces lo veo,

aunque soy Locura, creo

que es demasiada locura.»

 

Problema

Ciego, ¿es la tierra el centro de las almas?

Quiero, dejando hipótesis a un lado,

una duda exponer, y es la siguiente:

-¿Por qué cruza la tierra el inocente,

de espinas o de sombras coronado?

¿Por qué feliz y próspero, el malvado

alza orgulloso la atrevida frente?

¿Por qué Dios, que es el bien, mira y consiente

el eterno dominio del pecado?

¿Por qué, desde Caín, la humana raza,

sometida al dolor, con sangre traza

la historia de sus luchas giganteas?

Y si es ficción la gloria prometida,

si aquí empieza y acaba nuestra vida,

¿por qué, implacable Dios, por qué nos creas?

 

Quiso imponer al mundo su memoria…

Quiso imponer al mundo su memoria

un rey, en su soberbia desmedida,

y por miles de esclavos construida

erigió esta pirámide mortuoria.

 

¡Sueño estéril y vano! Ya la historia

no recuerda su nombre ni su vida,

que el tiempo ciego en su veloz corrida

dejó la tumba y se llevó la gloria.

 

El polvo que en el hueco de su mano

contempla absorto el caminante ¿ha sido

parte de un siervo o parte del tirano?

 

¡Ah! todo va revuelto y confundido,

que guarda Dios para el orgullo humano

solo una eternidad: la del olvido.

 

Recuerdos

I

Tantas esperanzas muertas

y tantos recuerdos vivos!…

en el corazón humano

jamás se forma el vacío.

Nace una ilusión y muere;

pero su cadáver mismo

queda insepulto en el alma

y siempre en la mente fijo.

¡Ay! Por eso yo que os llevo

ha tantos años conmigo,

esperanzas engañosas

que me halagasteis de niño;

hoy que bajo el grave peso

de vuestro cadáver gimo,

¡infeliz de mí! quisiera

que nunca hubierais nacido.

 

II

¿Te acuerdas? Al pie de un árbol

en el jardín de tu casa,

el dulce y maduro fruto

ibas cogiendo en la falda.

Turbando nuestra alegría.

crujió de pronto la rama,

diste un grito, y desplomado

caí sin voz a tus plantas.

No vi más; pero entre sueños

me pareció que escuchaba

desconsolados gemidos,

tiernas y amantes palabras.

Y cuando volví a la vida,

en una sola mirada

se besaron nuestros ojos

se unieron nuestras almas.

 

III

¿Te acuerdas? Seis años hace

cuando por la vez primera

eterno amor nos juramos

y fidelidad eterna.

¡Cuán venturosas corrieron

las horas ¡ay! y cuán prestas!

un deseo, una esperanza

fue nuestra dulce existencia.

Turbose un día el encanto

de aquella pasión inmensa,

y el viento de la fortuna

llevome a lejanas tierras.

Colgándote de mi cuello,

en llanto amargo deshecha,

«vuelve, me dijiste, vuelve;

que mi corazón te llevas».

Volví… ¡Ya estabas casada!

y un ángel de rubias hebras

en tu regazo dormía

el sueño de la inocencia.

Posé, temblando, mis labios

en su faz blanca y risueña,

y al mirarte, vi que estabas

pálida como una muerta.

 

IV

Después, aturdido, ciego,

cuando me hirió el desengaño,

en tus queridas memorias

quise vengar mis agravios.

Busqué frenético el rizo

de tus cabellos castaños,

que en la postrer despedida

me diste, Inés, sollozando.

«Muera, dije, este recuerdo

de aquel corazón ingrato,

y arrastre el viento en cenizas

la inútil prenda que guardo».

Miréla suspenso y mudo,

hasta que ahogándome el llanto,

en vez de arrojarla al fuego

la llevé ¡loco! a mis labios.

¡Ay! quiera Dios que no veas

presa en amorosos lazos,

al hijo de tus entrañas

llorar, como estoy llorando.

 

V

¿Te acuerdas cuando en los días

de mi secreto infortunio

dudaba yo de mí mismo,

pobre, olvidado y obscuro;

enjugando compasiva

mi llanto abundante y mudo,

«no desmayes, me dijiste,

que el porvenir será tuyo».

Yo compartiré contigo

lauros, honores y triunfos,

y a la sombra de tu fama

nuestro amor llenará el mundo.

Hoy rompe a veces mi nombre

la indiferencia del vulgo,

y a veces también su aplauso

trémulo y turbado escucho.

Pero como estás muy lejos

y en vano te llamo y busco

paréceme que resuena

en el hueco de un sepulcro.

 

Roto el respeto, la obediencia rota…

Roto el respeto, la obediencia rota,

de Dios y de la ley perdido el freno,

vas marchando entre lágrimas y cieno,

y aire de tempestad tu rostro azota.

Ni causa oculta, ni razón ignota

busques al mal que te devora el seno;

tu iniquidad, como sutil veneno,

las fuerzas de tus músculos agota.

No esperes en revuelta sacudida

alcanzar el remedio por tu mano

¡oh sociedad rebelde y corrompida!

Perseguirás la libertad en vano,

que cuando un pueblo la virtud olvida,

lleva en sus propios vicios su tirano.

 

Si es cierto que la pena compartida…

Si es cierto que la pena compartida

llega a calmarse, porque el llanto ajeno

es para el triste bálsamo de vida;

 

si es verdad ¡ay! que el afligido seno,

cuando piedad encuentra y blando abrigo,

más reposado late y más sereno;

 

permite ¡oh Portugal! que un pueblo amigo,

ante la humilde tumba de Herculano,

mostrándote tu amor, llore contigo.

 

¡Ya no existe el poeta! Pero en vano

querrá la muerte arrebatar la gloria

del más insigne genio lusitano.

 

El con su ciencia engrandeció la Historia,

él exaltó la santa poesía,

y él impondrá a los siglos su memoria.

 

Cantor de vigorosa fantasía,

pulsó inspirado el Arpa del Creyente

y amó la libertad. ¡Quién no ama el día!

 

No dobló el yugo del temor su frente,

ni la lisonja vil manchó su labio,

ni abatió al débil, ni ensalzó al potente.

 

De la austera verdad en desagravio,

se opuso a la invasión de la mentira

con fe de artista y convicción de sabio.

 

Enérgico y tenaz, pero sin ira,

combatió en pro de su fecunda idea

con la voz, con la espada y con la lira.

 

Harto ya de luchar, buscó en la aldea

la dulce calma, el apacible encanto

que perdió en el fragor de la pelea,

 

y hoy en rústico y pobre camposanto

sus restos guarda honrada sepultura,

que el pueblo portugués riega con llanto.

 

¡Feliz el alma que al romper su obscura

cárcel, de eterno lauro coronada,

vuelve al seno de Dios intacta y pura!

 

ejemplo sea nuestra Edad menguada,

en que más de un ingenio peregrino

en el fango del mundo se degrada,

 

y contrariando su inmortal destino,

como ramera sin pudor, ofrece

al éxito brutal su estro divino.

 

¡Ah! grande podrá ser, mas no merece

loa ni encomio el pensamiento humano

que se humilla, y se arrastra, y se envilece.

 

¿Quién al águila audaz, que el soberano

vuelo remonta, comparar podría

con el reptil inmundo del pantano?

 

¡Oh religión del arte! ¡Oh Poesía!

¡Comunión de las almas cuando llevas

la paz, el bien y la razón por guía!

 

¡Cuando contra la infamia te sublevas,

y con no usada majestad, el vuelo

hasta el principio de la luz elevas!

 

Pliega tus alas en señal de duelo,

y ante esa pobre tumba deposita

tu más preciada flor: ¡la fe en el cielo!

 

Rinde esa flor, que nunca se marchita,

¡ay! a quien solo, sí, mas no olvidado,

duerme a la sombra de la cruz bendita.

 

A quien fue por tu numen exaltado,

de rica inspiración raudal fecundo

y tu apóstol al par que tu soldado.

 

Rompe el silencio lóbrego y profundo

que cubre el polvo desligado y frío

del que llevaba en su cerebro un mundo.

 

¡Ay! ya ese mundo estéril y sombrío

no animarán los sueños de la vida:

¡ya no le animarán! ¡Está vacío!

 

Mas bastan a su fama esclarecida

las altas creaciones del poeta,

do su gran alma nos dejó esculpida.

 

¡Cuan bien nos pinta la inquietud secreta

del sacerdote que consigo mismo

combate sin cesar como un atleta!,

 

¡que ama y lucha a la vez con heroísmo;

y ve rodar sin gloria ni esperanza

su patria y su virtud hacia el abismo!

 

Cuando esparciendo e! odio y la matanza,

la morisma feroz salva el Estrecho

y cual torrente incontrastable avanza

 

ante el imperio gótico deshecho,

la pasión insensata que le oprime,

con sacrílego ardor le abrasa el pecho.

 

Y llora, y tiembla, y se retuerce, y gime,

y sólo a costa de la inútil vida

de sus perpetuos votos se redime.

 

¡Cayó en el campo del honor! La herida

anticipó su fin; pero él llevaba

la muerte en sus entrañas escondida.

 

¡Ay! ¿En qué corazón, rugiente y brava,

no estalla, en horas de incurable duelo,

la rebelión de la materia esclava?

 

¿A quién, alguna vez, con hondo anhelo

la sed de lo imposible no le acosa?

¿Quién no ha soñado en escalar el cielo?

 

Surge después la imagen luminosa

del arquitecto Alfonso, que en su extrema

y ciega ancianidad, aun no reposa.

 

Le designó la voluntad suprema

para labrar maravilloso templo,

y es forzoso, que acabe su poema.

 

De su viril constancia ante el ejemplo,

¡con cuánta angustia de la Edad presente,

la vergonzosa indecisión contemplo!

 

Incrédula, dudosa, indiferente,

lidia sin fe, sin convicción se agita,

y no acierta a explicarse lo que siente.

 

Ya con sordo fragor se precipita,

como el alud del monte, ya asustada

los hierros del esclavo solicita.

 

Sigue rebelde o sierva su jornada,

y más que al ruego, al látigo obedece,

¡ay! cuando no vencida, fatigada.

 

Ante esa sociedad que desfallece,

del inspirado artista la figura

¡cuán excelsa a mis ojos resplandece!

 

Lleno de genio, edificar procura

alta y extensa bóveda, que sea

terror y pasmo de la edad futura.

 

Acariciando su arriesgada idea,

cual padre cariñoso, con tranquila

majestad se consagra a su tarea.

 

El pueblo se estremece y horripila

al comprender su temerario empeño,

y él mismo alguna vez duda y vacila.

 

—¿No pudiera, en verdad, ser el diseño

de la atrevida y portentosa nave,

la irrealizable concepción de un sueño?

 

¿Acierta? ¿Se equivoca? ¡Quién lo sabe!

Todos son juicios, cálculos y asombros.

Pero él decide, resignado y grave,

 

enterrar su vergüenza en los escombros

y si decreta Dios la infausta ruina,

recibirla impertérrito en sus hombros.

 

¡Dichoso ciego a quien la fe ilumina!

Su ardor redobla en la animosa empresa,

y la admirable fábrica termina.

 

Derríbase, por fin, la selva espesa

de cimbras y pilares, y el espanto

es en todos mayor que la sorpresa.

 

Quedó desierto el templo sacrosanto,

y el noble viejo en éxtasis divino,

con sus ojos sin luz, mas no sin llanto,

 

solo, abstinente, orando de continuo,

vivió esperando hasta el tercero día

la catástrofe horrenda que no vino.

 

Y la imponente nave todavía,

inmóvil cual granítica montaña,

el furor de los siglos desafía.

 

¡Oh anciano ilustre, tu sublime hazaña,

de la dura labor a que se entrega

nuestra razón, el simbolismo entraña!

 

Aunque cansada del trabajo y ciega,

obediente a las leyes que la rigen,

sin cesar edifica, y no sosiega.

 

Dóciles a su voz desde su origen,

los pueblos con ruidosa incertidumbre

el monumento de su gloria erigen.

 

Teme a veces la ignara muchedumbre

que la nave espaciosa venga al suelo,

vencida de su inmensa pesadumbre;

 

mas la razón serena y sin recelo

sabe bien que en sus ejes de diamante

segura está la bóveda del cielo.

 

No caerá, no, porque el varón constante

deseche el miedo, y con afán profundo

en alas de la ciencia se levante.

 

¡Ah! si hubiese cedido al infecundo

pavor que nuestras almas encadena,

Colón no hubiera descubierto un mundo.

 

La duda nuestros ímpetus refrena,

abre anchuroso cauce al egoísmo,

y sólo funda en movediza arena.

 

¡Pero no es fácil resistir! Yo mismo,

que deploro su mal, mis horas paso

incierto entre los cielos y el abismo.

 

Herido a un tiempo por el brillo escaso

de un moribundo sol, que lentamente

va cayendo en las sombras del Ocaso,

 

y por la tibia aurora que en Oriente

empieza a despuntar, también vacilo,

y apenas sé donde posar mi frente.

 

¡Ay! ¿Quién puede, con ánimo tranquilo,

dar la triste y postrera despedida

al dulce hogar que le sirvió de asilo?

 

Mas, ¡basta ya de indecisión! La vida

se engrandece al calor de otras ideas

que nos muestran la tierra prometida,

 

y en ciudades, y en campos, y en aldeas

resuena el coro universal que canta

a la naciente luz: —¡Bendita seas!

 

Tu fulgor, que los orbes abrillanta,

sólo a la negra noche, engendradora

de monstruos y de crímenes, espanta.—

 

¡Quién pudiera, a los rayos de esa aurora

los seres convocar que de Herculano

forjó la fantasía soñadora!

 

Pero no abrigo el pensamiento vano

de animar las figuras colosales

que con diestro cincel labró su mano.

 

Las místicas angustias, las mortales

ansias, los rencorosos extravíos,

que él presenta patéticos y reales,

 

rebasarían de los versos míos,

si en ellos contenerlos intentara,

cual de sus cauces los hinchados ríos.

 

Mas no tan sólo en la región que avara

las ficciones y fábulas encierra,

se abrió camino su razón preclara.

 

Como rayo de sol que se soterra

por ocultos resquicios, e ilumina

los recónditos senos de la tierra,

 

el negro cráter, la profunda mina

y la gruta de abrojos resguardada

que conoce no más fiera dañina,

 

así del vate la sagaz mirada

penetró, fulgurando, en los obscuros

y hondos abismos de la Edad pasada.

 

Y descifrando en los ciclópeos muros

de tan lóbregos antros, los inciertos

signos para allegar datos seguros,

 

buscaba en los sepulcros entreabiertos

de los tiempos antiguos, la memoria

casi perdida de los siglos muertos.

 

Si cuando atormentado por la gloria,

con animoso espíritu escribía

del pueblo portugués la épica historia,

 

la fanática y torpe hipocresía,

medrosa de la luz, no hubiese roto

su pluma de oro, en que irradiaba el día;

 

si en medio del frenético alboroto

de envidiosas calumnias, él no hubiera

hecho de enmudecer solemne voto;

 

el monumento que con fe sincera

quiso alzar a la patria su erudito

y vasto ingenio, perdurable fuera.

 

Fuera como esas moles de granito

en que pueblos gigantes que no existen,

sus ya ignorados fastos han escrito.

 

¿Do sus glorias están? ¿En qué consisten?

¿Qué resta de ellos en el mundo? Nada:

las pirámides sólo, que aún resisten.

 

Esa Historia, entre tantas celebrada,

del egregio Herculano obra maestra,

¡ay! quedará por siempre inacabada.

 

Pero tan raras perfecciones muestra,

que es, y será en los siglos venideros

gloria de Portugal… ¡y también nuestra!

 

¿Por ventura los débiles linderos

que la discordia entre nosotros puso,

han roto nuestros vínculos primeros?

 

Hermanos son el español y el luso,

un mismo origen su destino enlaza,

y Dios la misma cuna los dispuso.

 

Mas aunque fuesen de enemiga raza,

la generosa tierra en que han crecido

con maternal orgullo los abraza.

 

¿A quién importa el rumbo que han seguido?

Dos águilas serán de opuesta zona,

que en el mismo peñón hacen su nido.

 

Ese sol que los sirve de corona,

con torrentes de luz sus campos baña

y sus frutos idénticos sazona.

 

Juntos pueblan los términos de España,

y parten ambos con igual derecho

el mar, el río, el llano y la montaña.

 

Cuando algún invasor, hallando estrecho

el mundo a su ambición, con ellos cierra,

la misma espada los traspasa el pecho.

 

El mismo hogar defienden en la guerra,

el mismo sentimiento los inspira,

cúbrelos al morir la misma tierra,

 

y tan unidos la razón los mira,

como los fuertes dedos de una mano

y las cuerdas vibrantes de una lira.

 

¡Ay! cuando luchan con rencor tirano,

pregunta Dios al vencedor impío:

—¡Caín, Caín, qué hiciste de tu hermano!

 

Juntos mostraron su indomable brío

en lid reñida, infatigable y fiera,

contra un poder despótico y sombrío.

 

Y juntos alzarán, cuando Dios quiera

poner fin a su mutua desventura

una patria, una ley y una bandera.

 

Por eso ante la humilde sepultura

que guarda al más insigne de tus hijos,

España ¡oh Portugal! su Danto apura,

 

y en ti sus nobles pensamientos fijos,

acude ansiosa a consolar tus penas;

pero no a compartir tus regocijos.

 

Podrá el recelo ruin, si no le enfrenas,

hacer que el odio entre nosotros cunda,

y no luzcan jamás horas serenas;

 

podrá impedir nuestra unidad fecunda;

mas no evitar que mi patria el llanto

con el que tú derrames se confunda.

¡No lo conseguirá! ¡No puede tanto!

 

Soneto

Cuando el ánimo ciego y decaído

la luz persigue y la esperanza en vano;

cuando abate su vuelo soberano

como el cóndor en el espacio herido;

 

cuando busca refugio en el olvido,

que le rechaza con helada mano;

cuando en el pobre corazón humano

el tedio labra su infecundo nido;

 

cuando el dolor, robándonos la calma,

brinda tan sólo a nuestras ansias fieras,

horas desesperadas y sombrías,

 

¡ay, inmortalidad, sueño del alma

que aspira a lo infinito! si existieras,

¡qué martirio tan bárbaro serías!

 

Soneto

Cuando de tus desórdenes testigo

te sorprende en los brazos del tumulto,

¡oh Libertad! avergonzado oculto

mi rostro y sollozando te maldigo.

 

En lucha interna y desigual conmigo

arráncame el dolor airado insulto:

quiero olvidarte, abandonar tu culto,

y ciegamente a mi pesar te sigo.

 

Te sigo a mi pesar. Sueño o quimera

riges mi voluntad, llenas mi vida

y dejaré de amarte cuando muera.

 

Eres como la hermosa fementida

que inspira al alma la pasión primera:

cuanto más inconstante, más querida.

 

Tantas esperanzas muertas…

I

Tantas esperanzas muertas

y tantos recuerdos vivos!…

en el corazón humano

jamás se forma el vacío.

Nace una ilusión y muere;

pero su cadáver mismo

queda insepulto en el alma

y siempre en la mente fijo.

¡Ay! Por eso yo que os llevo

ha tantos años conmigo,

esperanzas engañosas

que me halagasteis de niño;

hoy que bajo el grave peso

de vuestro cadáver gimo,

¡infeliz de mí! quisiera

que nunca hubierais nacido.

 

II

¿Te acuerdas? Al pie de un árbol

en el jardín de tu casa,

el dulce y maduro fruto

ibas cogiendo en la falda.

Turbando nuestra alegría.

crujió de pronto la rama,

diste un grito, y desplomado

caí sin voz a tus plantas.

No vi más; pero entre sueños

me pareció que escuchaba

desconsolados gemidos,

tiernas y amantes palabras.

Y cuando volví a la vida,

en una sola mirada

se besaron nuestros ojos

se unieron nuestras almas.

 

III

¿Te acuerdas? Seis años hace

cuando por la vez primera

eterno amor nos juramos

y fidelidad eterna.

¡Cuán venturosas corrieron

las horas ¡ay! y cuán prestas!

un deseo, una esperanza

fue nuestra dulce existencia.

Turbose un día el encanto

de aquella pasión inmensa,

y el viento de la fortuna

llevome a lejanas tierras.

Colgándote de mi cuello,

en llanto amargo deshecha,

«vuelve, me dijiste, vuelve;

que mi corazón te llevas».

Volví… ¡Ya estabas casada!

y un ángel de rubias hebras

en tu regazo dormía

el sueño de la inocencia.

Posé, temblando, mis labios

en su faz blanca y risueña,

y al mirarte, vi que estabas

pálida como una muerta.

 

IV

Después, aturdido, ciego,

cuando me hirió el desengaño,

en tus queridas memorias

quise vengar mis agravios.

Busqué frenético el rizo

de tus cabellos castaños,

que en la postrer despedida

me diste, Inés, sollozando.

«Muera, dije, este recuerdo

de aquel corazón ingrato,

y arrastre el viento en cenizas

la inútil prenda que guardo».

Miréla suspenso y mudo,

hasta que ahogándome el llanto,

en vez de arrojarla al fuego

la llevé ¡loco! a mis labios.

¡Ay! quiera Dios que no veas

presa en amorosos lazos,

al hijo de tus entrañas

llorar, como estoy llorando.

 

V

¿Te acuerdas cuando en los días

de mi secreto infortunio

dudaba yo de mí mismo,

pobre, olvidado y obscuro;

enjugando compasiva

mi llanto abundante y mudo,

«no desmayes, me dijiste,

que el porvenir será tuyo».

Yo compartiré contigo

lauros, honores y triunfos,

y a la sombra de tu fama

nuestro amor llenará el mundo.

Hoy rompe a veces mi nombre

la indiferencia del vulgo,

y a veces también su aplauso

trémulo y turbado escucho.

Pero como estás muy lejos

y en vano te llamo y busco

paréceme que resuena

en el hueco de un sepulcro.

 

Todas las tardes, cuando el sol declina…

I

Todas las tardes, cuando el sol declina

en brazos del misterio,

una mujer llorosa se encamina

al santo cementerio.

 

Con tosco y miserable desaliño,

tocas de luto viste,

lleva de la mano a un pobre niño

descalzo, enfermo y triste.

 

Paso torpe y trémulo apresura

marchando silenciosa

hacia la solitaria sepultura

en que su amor reposa.

 

¡Ay! su semblante tétrico y sombrío,

su atónita mirada

reflejan el dolor y el desvarío

de un alma destrozada.

 

Al pie del nicho desarruga el ceño,

detiene su carrera,

llama en la losa con tenaz empeño,

y espera, espera, espera…

 

El niño tiembla. La impaciente loca

que a un tiempo reza y gime,

que el dulce nombre del esposo invoca

con ansiedad sublime,

 

golpea el mármol sepulcral, y el eco

sordamente retumba

con lúgubre gemido, desde el hueco

de la cerrada tumba.

 

Y la infeliz mujer, en son de queja

grita: —¿dónde estás, dónde?—

Rompe en sollozos, y por fin se aleja

diciendo al niño: —¿Ves? No me responde.—

 

II

¡Ah, no le llores más! ¿Por qué el ingrato,

por qué, si te quería,

abandonó tu cariñoso trato,

tu blanda compañía,

 

la santa paz de la familia, el culto

de sus tranquilos lares,

para excitar en medio del tumulto

las iras populares?

 

Siempre deja en su bárbaro extravío

la inquieta muchedumbre,

más de un amante corazón vacío,

más de un hogar sin lumbre.

 

¿Por qué no recordó cuando inhumano

a su rencor cediendo,

corrió a verter la sangre de su hermano

en el combate horrendo,

 

que cuantos en la lucha sucumbían,

ante el peligro fijos

por la voz del deber, como él tendrían

madres, esposas, hijos?

 

¿Por qué no recordó que un pueblo libre,

ni límite ni coto

pondrá a sus desventuras, mientras vibre

el arma en vez del voto?

 

¡Ah, no le llores más! No lo merece.

No sufras ni batalles.

El que mancha con sangre, el que envilece

por plazas y por calles

 

la augusta libertad, el que furioso

apela al hierro insano,

no es tierno padre, ni sensible esposo,

ni honrado ciudadano.

 

Todo respira paz: la fértil vega…

Todo respira paz: la fértil vega,

el cielo transparente, el bosque umbrío

y el viento que en las márgenes del río

sus alas bate y con las ramas juega.

 

Abre sus cauces el Segura, y riega

los campos secos por tenaz estío,

do redoblando su fecundo brío

el ribereño a su labor se entrega.

 

Al través de la copa embalsamada

de los verdes naranjos, su dichosa

casa, que dora el sol, cerca divisa.

 

¡Cuán feliz es! Alegran su jornada

el dulce canto de la amante esposa

y de sus hijos la inocente risa.

 

¡Treinta años!

¡Treinta años! ¿Quién me diría

que tuviese al cabo de ellos,

si no blancos mis cabellos

el alma apagada y fría?

Un día tras otro día

mi existencia han consumido,

y hoy asombrado, aturdido,

mi memoria se derrama

por el ancho panorama

de los años que he vivido.

 

Y aparecen ante mí

fugitivas y ligeras,

las venturosas quimeras

que desvanecerse vi:

la inocencia que perdí

y aquel vago sentimiento

que animó mi pensamiento

cuando eran mis alegrías

las mágicas armonías

del mar, del bosque y del viento.

 

Han sido para mi daño

en la vida que disfruto,

un siglo cada minuto,

una eternidad cada año.

El dolor y el desengaño

forman parte de mí mismo,

y el torpe materialismo

de esta edad indiferente,

cubre de sombras mi frente

y abre a mis pies un abismo.

 

Sacude el mar su melena

de crespas olas, rugiendo,

y con pavoroso estruendo

los aires asorda y llena.

Pero una playa de arena,

su audaz cólera contiene…

¡Ay! ¿Quién habrá que refrene

el tormentoso océano

que en el pensamiento humano

ni fondo ni orillas tiene?

 

¡La razón!… Tanto se encumbra

tan locamente camina,

que ya no es luz que ilumina

sino hoguera que deslumbra.

Al horror nos acostumbra,

siembra de ruinas el suelo,

y en su inextinguible anhelo

álzase hasta Dios atea

con la sacrílega idea

de derribarle del cielo.

 

He visto tronos volcados,

instituciones caídas,

y tras recias sacudidas

pueblos y reyes cansados.

Propios y ajenos cuidados

muévenme continua guerra,

y mi espíritu se aterra

cuando, perdida la calma,

siento rugir en el alma

la tempestad de la tierra.

 

Cuando pienso en lo que fui,

hondas heridas renuevo,

y me parece que llevo

la muerte dentro de mí.

No veo lo que antes vi,

no siento lo que he sentido,

no responde ni un latido

del corazón si a él acudo,

llamo al cielo y está mudo,

busco mi fe y la he perdido.

 

Infeliz generación

que vas, con loco ardimiento,

nutriendo tu entendimiento

a expensas del corazón,

dime, ¿no es cierto que son

vivas tus penas y ardientes?

¿No es verdad que te arrepientes,

presa de terrores graves,

de los misterios que sabes

y de las dudas que sientes?

 

¡Yo sí! Feliz si lograra,

después de mis desengaños,

lanzar hacia atrás los años

que el destino me depara.

Pero ¡ay! el tiempo no para

ni tuerce su curso el río,

ni vuelve al nido vacío

el ave muerta en la selva,

¡ni quiere el cielo que vuelva

la esperanza al pecho mío!

 

¡Treinta años! ¿Quién me diría?…

¡Treinta años! ¿Quién me diría

que tuviese al cabo de ellos,

si no blancos mis cabellos

el alma apagada y fría?

Un día tras otro día

mi existencia han consumido,

y hoy asombrado, aturdido,

mi memoria se derrama

por el ancho panorama

de los años que he vivido.

 

Y aparecen ante mí

fugitivas y ligeras,

las venturosas quimeras

que desvanecerse vi:

la inocencia que perdí

y aquel vago sentimiento

que animó mi pensamiento

cuando eran mis alegrías

las mágicas armonías

del mar, del bosque y del viento.

 

Han sido para mi daño

en la vida que disfruto,

un siglo cada minuto,

una eternidad cada año.

El dolor y el desengaño

forman parte de mí mismo,

y el torpe materialismo

de esta edad indiferente,

cubre de sombras mi frente

y abre a mis pies un abismo.

 

Sacude el mar su melena

de crespas olas, rugiendo,

y con pavoroso estruendo

los aires asorda y llena.

Pero una playa de arena,

su audaz cólera contiene…

¡Ay! ¿Quién habrá que refrene

el tormentoso océano

que en el pensamiento humano

ni fondo ni orillas tiene?

 

¡La razón!… Tanto se encumbra

tan locamente camina,

que ya no es luz que ilumina

sino hoguera que deslumbra.

Al horror nos acostumbra,

siembra de ruinas el suelo,

y en su inextinguible anhelo

álzase hasta Dios atea

con la sacrílega idea

de derribarle del cielo.

 

He visto tronos volcados,

instituciones caídas,

y tras recias sacudidas

pueblos y reyes cansados.

Propios y ajenos cuidados

muévenme continua guerra,

y mi espíritu se aterra

cuando, perdida la calma,

siento rugir en el alma

la tempestad de la tierra.

 

Cuando pienso en lo que fui,

hondas heridas renuevo,

y me parece que llevo

la muerte dentro de mí.

No veo lo que antes vi,

no siento lo que he sentido,

no responde ni un latido

del corazón si a él acudo,

llamo al cielo y está mudo,

busco mi fe y la he perdido.

 

Infeliz generación

que vas, con loco ardimiento,

nutriendo tu entendimiento

a expensas del corazón,

dime, ¿no es cierto que son

vivas tus penas y ardientes?

¿No es verdad que te arrepientes,

presa de terrores graves,

de los misterios que sabes

y de las dudas que sientes?

 

¡Yo sí! Feliz si lograra,

después de mis desengaños,

lanzar hacia atrás los años

que el destino me depara.

Pero ¡ay! el tiempo no para

ni tuerce su curso el río,

ni vuelve al nido vacío

el ave muerta en la selva,

¡ni quiere el cielo que vuelva

la esperanza al pecho mío!

 

Tristezas

Cuando recuerdo la piedad sincera

con que en mi edad primera

entraba en nuestras viejas catedrales,

donde postrado ante la cruz de hinojos

alzaba a Dios mi ojos

soñando en las venturas celestiales;

 

Hoy que mi frente atónito golpeo,

y con febril deseo

busco los restos de mi fe perdida,

por hallarla otra vez, radiante y bella

como en la edad aquélla,

¡desgraciado de mí! diera la vida.

 

¡Con qué profundo amor, niño inocente,

prosternaba mis frente

en las losas del templo sacrosanto!

Llenábase mi joven fantasía

de luz, de poesía,

de mudo asombro, de terrible espanto.

 

Aquellas altas bóvedas que al cielo

levantaban mi anhelo;

aquella majestad solemne y grave;

aquel pausado canto, parecido

a un doliente gemido,

que retumbaba en la espaciosa nave:

 

Las marmóreas y austeras esculturas

de antiguas sepulturas,

aspiración del arte a lo infinito;

la luz que por los vidrios de colores

sus tibios resplandores

quebraba en los pilares de granito;

 

Haces de donde en curva fugitiva,

para formar la ojiva,

cada ramal subiendo se separa,

cual el rumor de multitud que ruega,

cuando a los cielos llega,

surge cada oración distinta y clara;

 

En el gótico altar inmoble y fijo

el santo crucifijo,

que extiende sin vigor sus brazos yertos,

siempre en la sorda lucha de la vida,

tan áspera y reñida,

para el dolor y la humildad abiertos;

 

El místico clamor de la campana

que sobre el alma humana

de las caladas torres se despeña,

y anuncia y lleva en sus aladas notas

mil promesas ignotas

al triste corazón que sufre o sueña;

 

Todo elevaba mi ánimo intranquilo

a más sereno asilo:

religión, arte, soledad, misterio.

todo en el templo secular hacía

vibrar el alma mía,

como vibran las cuerdas de un salterio.

 

Y a esta voz interior que sólo entiende

quien crédulo se enciende

en fervoroso y celestial cariño,

envuelta en sus flotantes vestiduras

volaba a las alturas,

virgen sin mancha, mi oración de niño.

 

Su rauda, viva y luminosa huella

como fugaz centella

traspasaba el espacio, y ante el puro

resplandor de sus alas de querube,

rasgábase la nube

que me ocultaba el inmortal seguro.

 

¡Oh anhelo de esta vida transitoria!

¡Oh perdurable gloria! .

¡Oh! Sed inextiguible del deseo!

¡Oh cielo, que antes para mí tenías

fulgores y armonías,

y hoy tan oscuro y desolado veo!

 

Ya no templas mis íntimos pesares,

ya al pie de tus altares

como en mis años de candor no acudo.

Para llegar a ti perdí el camino,

y errante peregrino

entre tinieblas desespero y dudo.

 

Voy espantado sin saber por dónde;

grito, y nadie responde

a mi angustiada voz; alzo los ojos

y a penetrar la lobreguez no alcanzo;

medrosamente avanzo,

y me hieren el alma los abrojos.

 

Hijo del siglo, en vano me resisto

a su impiedad, ¡oh Cristo!

Su grandeza satánica me oprime.

Siglo de maravillas y de asombros,

levanta sobre escombros

un Dios sin esperanza, un Dios que gime.

 

¡Y ese Dios no eres tú! No tu serena

faz, de consuelos, llena,

alumbra y guía nuestro incierto paso.

Es otro Dios incógnito y sombrío:

su cielo es el vacío,

Sacerdote el error, ley el Acaso.

 

¡Ah! No recuerda el ánimo suspenso

un siglo más inmenso,

más rebelde a tu voz, más atrevido;

entre nubes de fuego alza su frente,

como Luzbel, potente;

pero también, como Luzbel, caído.

 

A medida que marcha y que investiga

es mayor su fatiga,

es su noche más honda y más oscura,

y pasma, al ver lo que padece y sabe,

cómo en su seno cabe

tanta grandeza y tanta desventura.

 

Como la nave sin timón y rota

que el ronco mar azota,

incendia el rayo y la borrasca mece

en piélago ignorado y proceloso,

nuestro siglo —coloso—

con la luz que le abrasa, resplandece.

 

¡Y está la playa mística tan lejos! . . .

a los tristes reflejos

del sol poniente se colora y brilla.

El huracán arrecia, el bajel arde,

y es tarde, es ¡ay! muy tarde

para alcanzar la sosegada orilla.

 

¿Qué es la ciencia sin fe? Corcel sin freno,

a todo yugo ajeno,

que al impulso del vértigo se entrega,

y a través de intrincadas espesuras,

desbocado y a oscuras

avanza sin cesar y nunca llega.

 

¡Llegar! ¿Adónde? . . . El pensamiento humano

en vano lucha, en vano

su ley oculta y misteriosa infringe.

En la lumbre del sol sus alas quema,

y no aclara el problema,

ni penetra el enigma de la Esfinge.

 

¡Sálvanos, Cristo, sálvanos, si es cierto

que tu poder no ha muerto!

Salva a esta sociedad desventurada,

que bajo el peso de su orgullo mismo

rueda al profundo abismo

acaso más enferma que culpada.

 

La ciencia audaz, cuando de ti se aleja,

en nuestras almas deja

el germen de recónditos dolores,

como al tender el vuelo hacia la altura,

deja su larva impura

el insecto en el cáliz de las flores.

 

Si en esta confusión honda y sombría

es, Señor, todavía

raudal de vida tu palabra santa,

di a nuestra fe desalentada y yerta:

—¡Anímate y despierta!

Como dijiste a Lázaro: —¡Levanta!—

 

Velet umbra

¡Oh incesante desvarío

del hombre! ¡Oh mentida gloria,

tan fugaz y transitoria

como las ondas de un río!

 

El tiempo impasible y frío

va empujando tu memoria,

que brilla un punto en la Historia

y se pierde en el vacío.

 

¡Cuánto César ya olvidado!

¡Cuánta vieja desventura,

que ni aun recuerda la gente,

 

habrá visto, habrá alumbrado

ese sol, desde la altura

en que gira indiferente!

 

A medida que hacia el puerto

va marchando del olvido,

aparece cuanto ha sido

de espesas brumas cubierto.

 

Ese polvo, árido y yerto,

ha pensado y ha sentido:

es el despojo perdido

de la humanidad que ha muerto.

 

De esos átomos sin nombre,

¿quién el misterio adivina?

¿quién a descifrarlo alcanza?

 

Tan lóbrego es para el hombre

lo pasado que declina,

cual lo porvenir que avanza.

 

¿Dónde está la oculta fuente

del hondo raudal humano?

¿A qué incógnito Océano

va a parar esa corriente?

 

Principio y fin, velozmente

se buscan y dan la mano;

y en el germen bulle el grano,

y en el grano la simiente.

 

La flor que arrebata el viento,

préstale al campo marchito

nuevo jugo y nueva vida;

 

mas ¿quién en el movimiento

del génesis infinito,

recuerda la flor caída?

 

¡Vanidad de vanidades!

En nuestras horas inciertas,

sobre las ciudades muertas

álzanse nuevas ciudades.

 

En ignotas soledades,

en regiones, hoy desiertas,

yacen de polvo cubiertas

las glorias de otras edades.

 

Cae en mortal cautiverio

cuanto el alma, inquieta y muda,

busca y ama, anhela y nombra.

 

Nuestra vida en el misterio,

nuestro destino en la duda,

nuestro término en la sombra.

 

Venga el ateo y fije sus miradas…

Venga el ateo y fije sus miradas

En las raudas cascadas

Que caen con el estrépito del trueno

En ese bosque que oscurece el día,

De rústica armonía

Y de perfumes y de sombras lleno;

En la gruta titánica que arredra

Con sus monstruos de piedra,

Su oculto lago y despeñado río:

Que ante tantas grandezas el ateo

Dirá asombrado: -¡Creo,

Creo en tu excelsa majestad, Dios mío!

Arpa es la creación, que en la tranquila

Inmensidad oscila

Con ritmo eterno y cántico sonoro,

Y no hay murmullo, ni rumor, ni acento

En tierra, mar y viento,

Que del himno inmortal no forme coro.

El insecto entre el césped escondido,

El pájaro en su nido,

El trueno en las entrañas de la nube,

Hasta la flor que en los sepulcros brota,

Todo exhala su nota

Que en acordado son al cielo sube.

Nunca del hombre la soberbia ciega,

Que a enloquecerlo llega,

Podrá alcanzar, en su insaciable anhelo,

Ese poder augusto y soberano

Que enfrena el océano

Y hace girar los astros en el cielo.

En vano, golpeándose la frente,

Se agitará impotente

En su orgullo satánico y maldito;

Siempre, desesperado Prometeo,

Le acosará el deseo,

¡Ay!, que como el dolor, es infinito.

 

¡Ya triunfó la república! Has vencido…

¡Ya triunfó la república! Has vencido.

Tras prolongada y mísera agonía

lanzó a tus plantas el postrer gemido

nuestra sacra y gloriosa monarquía.

No vino a tierra como el cedro erguido

que el huracán y el rayo desafía:

cayó como la mustia y débil hoja

de que en Octubre el árbol se despoja.

 

¡Ay! ¿Esta sociedad que desespera,

logrará acaso tiempos más felices,

porque haya muerto, sin luchar siquiera

la tradición excelsa que maldices?

¿Se desplomó quizás porque tuviera

podrido el tronco y secas las raíces?

¿Fue su impensada y rápida caída,

torpe venganza o pena merecida?

 

Si al paso que se extingue y desvanece

como el último rayo vespertino,

renace el orden y la paz florece,

es que cumplió la ley de su destino.

Pero si la tormenta se embravece,

si nos arrolla el raudo torbellino,

si no se aclara el porvenir incierto,

entonces es que asesinada ha muerto.

 

Mientras el cielo mi conciencia guarde,

jamás se apartará de mi memoria

aquella triste y vergonzosa tarde

baldón eterno de la patria historia,

en que un Senado imbécil o cobarde

vendió sin fruto y entregó sin gloria,

cediendo a los estímulos del miedo,

el trono secular de Recaredo.

 

No nació la república, gloriosa,

formidable y potente en lid reñida,

ni cual del casto cáliz de la rosa

la pura esencia en ondas esparcida.

Brotó de aquella tarde ignominiosa

como brota la sangre de la herida,

y como en medio de mortales dudas

nació de un beso la traición de Judas.

 

¡Oh! ¡Quién tuviese la robusta vena

de aquel ilustre historiador romano,

que en libros inmortales encadena

los fieros monstruos del linaje humano!

Mi pluma entonces… ¡pero no! La pena

que envilece al león, honra al gusano:

nunca la ruin bajeza ha merecido

censura eterna, sino eterno olvido.

 

Tal vez ceñida de fulgentes galas

forjose tu ilusión que en pleno día

la república, austera como Palas,

del cerebro del pueblo surgiría.

Tal vez pensaste que al tender sus alas

paz y ventura y luz derramaría,

siendo para tu fama ¡oh nuevo Orfeo!

la honrada encarnación de tu deseo.

 

Si el llanto no te ciega, en torno mira

ya tu inspirada voz no la conmueve,

ya tu templanza se convierte en ira,

ya revienta el volcán bajo la nieve.

Ya ha arrebatado tu sonora lira

la desgreñada Musa de la plebe;

ya suena, en vez de tu rotunda estrofa,

brutal insulto y sanguinaria mofa.

 

Ya con sordo fragor se precipita

y mueve a Dios desesperada guerra,

la santa cruz de los sepulcros quita,

vuelca las aras y los templos cierra.

Ya con furor satánico medita,

no sólo echar a Cristo de la tierra,

sino dejar en su insensato anhelo

mudo y vacío y solitario el cielo.

 

¡Inútil presunción! Cuando mañana

se agoste, como yerba el poderío

de esta generación soberbia y vana

que lanza a Dios su imbécil desafío;

cuando de su grandeza soberana

quede el polvo no más, árido y frío,

¡tú, redentora cruz! ¡tú, santo leño,

sobre las tumbas guardarás su sueño!

 

¡Valor, Emilio! El pueblo se desborda

y nuestra gloria secular destruye.

¡Ya no existe el ejército! ¡Ya es horda

la que fue hueste, y se desmanda y huye!

La anarquía los ámbitos asorda,

la honrada libertad se prostituye,

y óyense los aullidos de la hiena,

en Alcoy, en Montilla, en Cartagena.

 

Tu voz, que siempre condenó la saña

de la turba feroz, de nuevo estalle,

y vibre como el trueno en la montaña

y el bronce de los templos en el valle.

La triste España, nuestra madre España,

se desangra entre el cieno de la calle;

ebrio el desorden la denuesta y hiere.

Agonizando está. ¡Sálvala, o muere!

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