Poemas de Gaspar Núñez de Arce
Poemas de Gaspar Núñez de Arce (1834-1903) gran influyente de la literatura y política española de finales del siglo XIX. Se le reconoce como el máximo exponente de la poesía civil y filosófica, alejándose del sentimentalismo postromántico para abrazar un estilo sobrio, reflexivo y de impecable factura técnica.
Su obra cumbre, Gritos del combate (1875), captura las crisis ideológicas, las dudas religiosas y las tensiones sociales de la España de la Restauración. Núñez de Arce utilizó el verso como una herramienta de análisis cívico, enfrentando el escepticismo frente al progreso. Además de su labor lírica, destacó como dramaturgo y político, desempeñando cargos como Gobernador Civil y Ministro de Ultramar. Su legado reside en haber dotado a la lírica de una gravedad ética y profundidad intelectual únicas en su tiempo.
A Darwin
I
¡Gloria al genio inmortal! Gloria
al profundo
Darwin, que de este mundo
penetra el hondo y pavoroso arcano!
¡Que, removiendo lo pasado incierto,
sagaz ha descubierto
el abolengo del linaje humano.
II
Puede el necio exclamar en su locura:
«¡Yo soy de Dios hechura!»
y con tan alto origen darse tono.
¿Quién, que estime su crédito y su nombre,
no sabe que es el hombre
la natural transformación del mono?
III
Con meditada calma y paso a paso,
cual reclamaba el caso,
llegó a tal perfección un mono viejo;
y la vivaz materia por sí sola
le suprimió la cola,
le ensanchó el cráneo y le afeitó el pellejo.
IV
Esa invisible fuerza creadora,
siempre viva y sonora,
música, verbo, pensamiento alado;
ese trémulo acento en que la idea
palpita y centellea
como el soplo de Dios en lo creado;
V
hablo de Dios, porque lo exige el metro,
mas tu perdón impetro
(¡oh formidable secta darviniana!)
Ese sonido como el sol fecundo,
que vibra en todo el mundo
y resplandece en la palabra humana;
VI
esa voz, llena de poder y encanto,
ese misterio santo,
lazo de amor, espíritu de vida,
ha sido el grito de la bestia hirsuta,
en la cóncava gruta
de los ásperos bosques escondida.
VII
¡Ay! Si es verdad lo que la ciencia enseña,
¿por qué se agita y sueña
el hombre, de su paz fiero enemigo?
¿A qué aspira? ¿Qué anhela? ¿Qué es, en suma,
el genio que le abruma?
¿Fuerza o debilidad? ¿Premio o castigo?
VIII
Honor, virtud, ardientes devaneos,
imposibles deseos,
loca ambición, estéril esperanza;
horrible tempestad que eternamente
perturbas nuestra mente,
con acentos de amor o de venganza;
IX
conciencia del deber que nos oprimes,
ilusiones sublimes
que a más alta región tendéis el vuelo:
¿Qué sois? ¿Adónde vais? ¿Por qué os sentimos?
¿Por qué crimen perdimos
la inocencia brutal de nuestro abuelo?
X
Ajeno a todo inescrutable arcano,
nuestro Adán cuadrumano
en las selvas perdido y en los montes,
de fijo no estudiaba ni entendía
esta filosofía
que abre al dolor tan vastos horizontes.
XI
Independiente y libre en la espesura,
no sufrió la amargura
que nos quema y devora las entrañas.
Dábanle el bosque entretejidas frondas,
el río claras ondas,
aire sutil y puro las montañas;
XII
la tierra, a su elección, como en tributo
dulce y sabroso fruto,
música el viento susurrante y vago;
su luz fecunda el sol esplendoroso,
la noche su reposo
y limpio espejo el cristalino lago.
XIII
En su pelliza natural envuelto,
gozaba alegre y suelto
de su querida libertad salvaje.
Aún no grababa figurines Francia,
y en su rústica estancia
lo que la vida le duraba el traje.
XIV
Desconoció la púrpura y la seda
no inventó la moneda
para adorarla envilecido y ciego,
ni se dejó coger, como un idiota,
por una infame sota
en la red del amor o en la del juego.
XV
No turbaron su paz ni su apetito
este anhelo infinito,
esta pena tan honda como aguda.
¡Ay! ni a pedazos le arrancó del alma
su candorosa calma,
el demonio implacable de la duda.
XVI
Y en esas lentas y nocturnas horas
negras, abrumadoras,
en que la angustia nos desgarra el pecho,
con tu mirada impenetrable y triste
nunca te apareciste
¡oh desesperación! junto a su lecho.
XVII
No buscó los laureles del poeta,
ni en su ambición inquieta
alzó sobre cadáveres un trono.
No le acosó remordimiento alguno.
No fue rey, ni tribuno,
¡ni siquiera elector!… ¡Dichoso mono!
XVIII
En la copa de un árbol suspendido
y con la cola asido,
extraño a los halagos de la fama,
sin pensar en la tierra ni en el cielo,
nuestro inocente abuelo
la vida se pasó de rama en rama.
XIX
Tal vez enardecida y juguetona,
alguna virgen mona
prendiole astuta en sus amantes lazos,
y más fiel que su nieta pervertida,
ni le amargó la vida,
ni le hirió el corazón con sus abrazos.
XX
Y allí, bajo la bóveda azulada,
en la verde enramada,
a la sonora margen de los ríos,
adormecidos con los trinos suaves
de las canoras aves,
ocultas en los árboles sombríos;
XXI
allí donde la gran Naturaleza
descubre la belleza
de su seno inmortal, siempre fecundo,
en deliquios ardientes y amorosos,
los dos tiernos esposos
engendraron al árbitro del mundo.
XXII
¡Al árbitro del mundo!… ¡Qué sarcasmo!
Perdido el entusiasmo,
sin esperanza en Dios, sin fe en sí mismo,
cuando le borre su divino emblema,
esa ciencia blasfema,
como la piedra rodará al abismo.
XXIII
Caerá de sus altares el Derecho
por el turbión deshecho;
la Libertad sucumbirá arrollada.
Que cuando el alma humana se obscurece,
sólo prospera y crece
la fuerza audaz, de crímenes cargada.
XXIV
¡Ay, si al romper su religioso yugo,
gusta el pueblo del jugo
que en esa ciencia pérfida se esconde!
¡Ay, si olvidando la celeste esfera,
el hijo de la fiera
sólo a su instinto natural responde!
XXV
¡Ay, si recuerda que en la selva umbría
la bestia no tenía
ni Dios, ni ley, ni patria, ni heredades!
Entonces la revuelta muchedumbre
quizás, Europa, alumbre
con el voraz incendio tus ciudades.
XXVI
¡Batid gozosos las sangrientas manos
déspotas y tiranos!
Ya entre el tumulto vuestra faz asoma.
Que el hombre a la razón dobla su frente;
mas sólo el hierro ardiente
la hambrienta rabia de las fieras doma.
A Emilio Castelar
¡Ya triunfó la república! Has vencido.
Tras prolongada y mísera agonía
lanzó a tus plantas el postrer gemido
nuestra sacra y gloriosa monarquía.
No vino a tierra como el cedro erguido
que el huracán y el rayo desafía:
cayó como la mustia y débil hoja
de que en Octubre el árbol se despoja.
¡Ay! ¿Esta sociedad que desespera,
logrará acaso tiempos más felices,
porque haya muerto, sin luchar siquiera
la tradición excelsa que maldices?
¿Se desplomó quizás porque tuviera
podrido el tronco y secas las raíces?
¿Fue su impensada y rápida caída,
torpe venganza o pena merecida?
Si al paso que se extingue y desvanece
como el último rayo vespertino,
renace el orden y la paz florece,
es que cumplió la ley de su destino.
Pero si la tormenta se embravece,
si nos arrolla el raudo torbellino,
si no se aclara el porvenir incierto,
entonces es que asesinada ha muerto.
Mientras el cielo mi conciencia guarde,
jamás se apartará de mi memoria
aquella triste y vergonzosa tarde
baldón eterno de la patria historia,
en que un Senado imbécil o cobarde
vendió sin fruto y entregó sin gloria,
cediendo a los estímulos del miedo,
el trono secular de Recaredo.
No nació la república, gloriosa,
formidable y potente en lid reñida,
ni cual del casto cáliz de la rosa
la pura esencia en ondas esparcida.
Brotó de aquella tarde ignominiosa
como brota la sangre de la herida,
y como en medio de mortales dudas
nació de un beso la traición de Judas.
¡Oh! ¡Quién tuviese la robusta vena
de aquel ilustre historiador romano,
que en libros inmortales encadena
los fieros monstruos del linaje humano!
Mi pluma entonces… ¡pero no! La pena
que envilece al león, honra al gusano:
nunca la ruin bajeza ha merecido
censura eterna, sino eterno olvido.
Tal vez ceñida de fulgentes galas
forjose tu ilusión que en pleno día
la república, austera como Palas,
del cerebro del pueblo surgiría.
Tal vez pensaste que al tender sus alas
paz y ventura y luz derramaría,
siendo para tu fama ¡oh nuevo Orfeo!
la honrada encarnación de tu deseo.
Si el llanto no te ciega, en torno mira
ya tu inspirada voz no la conmueve,
ya tu templanza se convierte en ira,
ya revienta el volcán bajo la nieve.
Ya ha arrebatado tu sonora lira
la desgreñada Musa de la plebe;
ya suena, en vez de tu rotunda estrofa,
brutal insulto y sanguinaria mofa.
Ya con sordo fragor se precipita
y mueve a Dios desesperada guerra,
la santa cruz de los sepulcros quita,
vuelca las aras y los templos cierra.
Ya con furor satánico medita,
no sólo echar a Cristo de la tierra,
sino dejar en su insensato anhelo
mudo y vacío y solitario el cielo.
¡Inútil presunción! Cuando mañana
se agoste, como yerba el poderío
de esta generación soberbia y vana
que lanza a Dios su imbécil desafío;
cuando de su grandeza soberana
quede el polvo no más, árido y frío,
¡tú, redentora cruz! ¡tú, santo leño,
sobre las tumbas guardarás su sueño!
¡Valor, Emilio! El pueblo se desborda
y nuestra gloria secular destruye.
¡Ya no existe el ejército! ¡Ya es horda
la que fue hueste, y se desmanda y huye!
La anarquía los ámbitos asorda,
la honrada libertad se prostituye,
y óyense los aullidos de la hiena,
en Alcoy, en Montilla, en Cartagena.
Tu voz, que siempre condenó la saña
de la turba feroz, de nuevo estalle,
y vibre como el trueno en la montaña
y el bronce de los templos en el valle.
La triste España, nuestra madre España,
se desangra entre el cieno de la calle;
ebrio el desorden la denuesta y hiere.
Agonizando está. ¡Sálvala, o muere!
A España
Roto el respeto, la obediencia rota,
de Dios y de la ley perdido el freno,
vas marchando entre lágrimas y cieno,
y aire de tempestad tu rostro azota.
Ni causa oculta, ni razón ignota
busques al mal que te devora el seno;
tu iniquidad, como sutil veneno,
las fuerzas de tus músculos agota.
No esperes en revuelta sacudida
alcanzar el remedio por tu mano
¡oh sociedad rebelde y corrompida!
Perseguirás la libertad en vano,
que cuando un pueblo la virtud olvida,
lleva en sus propios vicios su tirano.
A la muerte de don Antonio Ríos Rosas
¡Cayó como la piedra en la laguna
con recio golpe en la insondable fosa!
Ya no levantará tormenta alguna
su elocuencia, vibrando en la tribuna,
como el rayo terrible y luminosa.
¡Triste destino de la gloria humana
tan costosa, tan mísera y tan vana!
¡Ayer grandeza, y entusiasmo, y ruido;
hoy tributo de lágrimas; mañana
hondo silencio, y soledad, y olvido!
En la infinita sed que nos aqueja,
¿qué es nuestra vida? El sueño de un momento,
onda que pasa, sombra que se aleja,
ave tímida y muda que no deja
ni el rastro de sus alas en el viento.
¡Cuántas, cuántas memorias arrebata
nuestra viviente y rauda catarata!
¿Qué es el mártir? ¿Qué el genio? ¿Qué el tirano
en el torrente del linaje humano,
que al través de los tiempos se dilata?
La secular encina, siempre verde,
de sus marchitos frutos se despoja
sin que nadie, mirándola, recuerde
ni el seco ramo, ni la inútil hoja
que en su invisible crecimiento pierde.
¡Todo es misterio, vértigo y locura!
La vida frágil, el renombre incierto,
y la tremenda eternidad obscura…
Sólo podemos dar a los que han muerto,
con fe piadosa, honrada sepultura.
El la tendrá con lágrimas regada.
¿Cómo olvidar tan pronto, patria mía,
la imperiosa atracción de su mirada,
su voz, su ardiente voz, rígida espada
que al chocar y al herir resplandecía?
A veces imagino que aún le veo
erguirse reposado y pensativo,
y a un tiempo mismo Tácito y Tirteo,
arrostrar el contrario clamoreo,
cuanto más acosado más altivo.
Con fuerza potentísima y secreta
brotaban de su espíritu fecundo
el dardo agudo, la alusión discreta,
la cólera inspirada del poeta
y la sentencia del varón profundo.
En el peligro, enérgico y valiente,
jamás cedió su varonil denuedo,
ni se dejó arrastrar por la corriente;
nunca dobló su poderosa frente
ante los vanos ídolos del miedo.
Noble y robusto vástago de aquella
viril generación, que al mundo vino
cuando, impulsado por su infausta estrella,
marcó en España su iracunda huella
el rayo de la guerra y del destino;
cuando de su letargo despertaba
la nación de Lepanto y de Pavía,
y en lid ardiente, inextinguible y brava,
mostró con su tesón que no quería
vivir sin honra, ni morir esclava.
Nacida entre el tumulto y el fracaso
de una lucha titánica y suprema,
esa generación que hacia su ocaso
dirige el triste y vacilante paso,
es el himno triunfal de aquel poema.
Arrojada y resuelta cual ninguna,
como engendrada en tan heroico empeño,
templola en sus rigores la fortuna,
la ronca tempestad meció su cuna
y el eco del cañón la arrulló el sueño.
Siempre en la brecha y siempre enardecida,
sin temor al destierro ni al verdugo,
con estoico desprecio de la vida
rompió, lidiando, el ominoso yugo
que soportaba España envilecida.
De su entusiasta afán en los extremos
amasó con la sangre de sus venas
la libertad que a su valor debemos.
¡Hoy nosotros, sus hijos, no tenemos
ni esperanza, ni fe, ni patria apenas!
El genio nacional, antes dormido
en la profunda noche del olvido,
llenó los aires con su voz sonora,
como el alegre pájaro en el nido
cuando le llama la rosada aurora.
¡Qué espontáneo y feliz renacimiento!
¡Qué pléyada de artistas y escritores!
En la luz, en las ondas, en el viento
hallaba inspiración el pensamiento,
gloria el soldado y el pintor colores.
¡Larra, Pacheco, Rivas, Espronceda,
Olózaga, Donoso, Avellaneda,
y cien nombres, orgullo de la historia,
ya son polvo no más! ¡Ya su memoria
sólo en el pueblo que ilustraron queda!
¡Su memoria mortal, que se derrumba
al impulso del siglo! Eco postrero
de su apagada voz, sordo retumba
en el helado mármol de la tumba,
y se pierde en los ámbitos ligero.
Cuando, vertiendo silencioso llanto,
vuelvo a mi Edad la vista atribulada,
siento a la vez indignación y espanto.
¡Cómo pensar, generación menguada,
que en pocos lustros descendieras tanto!
Nuestros padres con ánimo sereno
hallaron en los campos de pelea
algo fecundo, provechoso y bueno.
Nosotros, sumergidos en el cieno,
no encontramos un hombre ni una idea.
Su aliento generoso y esforzado,
de Cádiz a las cumbres del Pirene
avivó el fuego del honor sagrado.
Hoy la estéril república no tiene
ni un cantor, ni un artista, ni un soldado.
Ni nos defiende ya, ni el golpe embota
partido en mil pedazos nuestro escudo.
El vulgo, el necio vulgo nos azota:
yace el arte decrépito, está mudo
el genio, el arpa destemplada y rota.
Alguien con torpe y mentiroso halago,
en busca del aplauso apetecido,
agitó el fondo del impuro lago,
¡ay! y el vapor del fango removido
sólo engendra la peste y el estrago.
Tú dormirás en paz ¡oh varón fuerte!
con el sol de la patria que declina.
Y es venturosa y envidiable suerte
reposar en los brazos de la muerte,
cuando todo es dolor, vergüenza y ruina.
Tú de este triste y borrascoso drama
sacaste el puro corazón ileso.
Otros, que el pueblo alborotado aclama,
no dormirán tranquilos bajo el peso,
bajo el peso terrible de su fama.
A la patria: Himno con motivo de la paz
Dorando la alta cumbre
la ansiada aurora llega,
y ante la viva lumbre
que el ancho espacio anega,
cobarde se repliega
la densa obscuridad.
Ya baña el horizonte
la luz que Dios envía:
ya mar, y valle y monte
colora el nuevo día.
Ya todo es alegría.
¡Poetas, despertad!
La paz tiende su manto
desde el Pirene a Gades:
alzad el himno santo
en campos y en ciudades,
y admire a las edades
vuestro inmortal clamor.
Ascienda en raudo vuelo
la voz de la alabanza;
como cóndor que al cielo
intrépido se lanza.
Cantad a la esperanza:
yo cantaré al dolor.
No es que al deber ajeno
desdeñe la ventura
que de tu herido seno
las penas templa y cura.
Alma tan seca y dura
no alienta ¡oh Patria! en mí.
Acaso al ver hollada
tu majestad suprema,
¿no fue mi lira espada?
mi voz ¿no fue anatema?
Aún mis mejillas quema
el llanto que vertí.
¿Soy el poeta, acaso,
de las felices horas,
que calla en el ocaso
y canta en las auroras?
¿No estalla, cuando lloras,
mi ardiente indignación?
Pero hoy que conseguiste
cobrar el bien perdido,
y espléndida, aunque triste,
la paz ha renacido,
canto al dolor, que ha sido,
tu santa redención.
Enigma de la Historia
y escándalo del mundo,
de tu pasada gloria
so el árbol infecundo,
yacías en profundo
letargo secular.
Del fanatismo esclava,
en noche eterna y fría,
tan sólo iluminaba
tu mísera agonía,
la lámpara que ardía
delante del altar.
Perdida en tu camino
y a obscuras tu conciencia,
el arte sin destino,
sin libertad la ciencia,
tu antigua omnipotencia
no renació jamás.
Pirámide ostentosa
alzada en el desierto,
do incógnita reposa
la vanidad de un muerto,
¡oh Patria! tu famosa
grandeza era no más.
Llamando con su espada
de súbito a tu puerta,
gritó la inesperada
catástrofe: —¡Despierta!—
y el águila su abierta
garra en tu pecho hincó.
¡Oh asombro! Bajo el fiero
dolor de la ancha herida
tus músculos de acero.
cobraron nueva vida:
rugiste enfurecida
y el águila tembló.
Perdona si la austera
verdad acato y digo:
dolor que regenera
es premio y no castigo.
Confieso que contigo
inexorable fue.
Cuando te vio a la falda
del monte soñolienta,
tendió sobre tu espalda
su azote y la tormenta:
te exasperó la afrenta,
y te pusiste en pie.
Ardieron tus hogares,
y con mortal quebranto
corrió la sangre a mares
mezclada con tu llanto.
¡Cuánto sufriste, y cuánto
duró tu adversidad!
Pero pasó el torrente,
el sol doró tus ruinas,
y excelsa, refulgente,
aunque ciñendo espinas,
apareció en Oriente
tu augusta libertad.
¡Ah! Desde entonces luchas
con la traidora hiena,
y su rugido escuchas
impávida y serena.
Tres veces en la arena
domaste su furor.
Cuando tus ansias cesen,
y en tiempos más felices
honrados hijos besen
tus santas cicatrices,
verás como bendices
los frutos del dolor.
Él con potente mano
labra, organiza y crea
cuando en el yunque humano
con hondo afán golpea
para forjar la idea
que es vida, es verbo, es luz.
Los que dichosos duermen
no sueñan con el cielo:
siempre el dolor fue germen
de algún gigante anhelo,
y Dios, bajando al suelo,
le consagró en la Cruz.
A mi musa: Con motivo de los terremotos de Andalucía
¡Oh Musa, que en el combate
de la vida, no has tenido,
a tu honor rindiendo culto,
lisonjas para el magnate
injurias para el vencido,
ni aplausos para el tumulto!
Como en días de pelea,
si la lástima no embota
ni embarga tu pensamiento,
hoy alza tu canto, y sea
un gemido cada nota
y cada estrofa un lamento.
Ante el inmenso quebranto
de la hermosa Andalucía,
da curso a tu angustia fiera;
pero no te impida el llanto
proclamar ¡oh Musa mía!
la verdad, siempre severa.
Tus sentimientos acalla,
porque el celo inmoderado
al mísero desvanece,
y en esta humana batalla
quien adula al desgraciado
no le anima: le envilece.
Dile más bien: «—¡Adelante!
Cumple tu ruda faena
y llora, pero trabaja;
que el varón firme y constante
los estragos de su pena
con el propio esfuerzo ataja.
»No estés al pie de las ruinas,,
como inútil pordiosero,
indolente y abatido,
y al volver las golondrinas
labrarán en el alero
de tu nueva casa el nido.
»Ara, siembra, reedifica,
lucha contra la corriente
del infortunio en que vives,
y enaltece y santifica
con el sudor de tu frente
Ia dádiva que recibes».
Háblale así, Musa honrada,
y en tu noble magisterio
nunca profanes tu lira,
con la adulación menguada,
con el torpe vituperio
ni con la baja mentira.
A Quintana
En celebridad de su coronación
Allá en la edad florida
de mi niñez serena,
cuando las leves horas de mi vida
resbalaban en calma,
y no ahuyentaba la ambición ardiente
las doradas imágenes del alma;
mi buen padre, en aquella
tierna y dichosa edad, me refería
la página más bella
que hay en la historia de la patria mía.
Contóme cómo un día
de eterno luto y duelo,
vino desde las márgenes del Sena
a posarse orgullosa en nuestro suelo
la águila altiva de Austerliz y Jena;
cómo, en vibrante cólera encendido
el pueblo castellano,
combatió contra el genio y la fortuna;
y al escuchar tan peregrina historia,
bendije a Dios, que colocó mi cuna
en donde crece el lauro de la gloria.
Pobre niño inocente,
«¿quién, pregunté a mi padre, animar pudo
vuestro brazo nervudo?
¿Qué genio prepotente
despertó vuestro espíritu valiente?
¿Qué voz agitadora y soberana
mantuvo en vuestros pechos la energía?»
Y mi padre llorando respondía:
«¡la voz del gran QUINTANA!
España en ese acento
palpitaba y gemía;
él era la expresión del sentimiento
de la nación ibera,
el eco fiel de nuestras glorias era.»
Desde entonces te amé, y este cariño
no huyó como las blandas ilusiones
que halagan siempre el corazón del niño.
Por eso hoy que en tu frente
brilla el lauro inmortal, genio profundo,
paréceme que veo
coronado el esfuerzo giganteo
con que el pueblo español asombró al mundo.
A un traidor afortunado
¡Goza, goza en tu infamia! La serena
y osada faz levanta satisfecho:
insulta la virtud, huella el derecho,
y arrostra la opinión que te condena.
Como lugar de crímenes que llena
de cruces la piedad, muestra tu pecho,
si para el vil a las perfidias hecho
son premio los honores y no pena.
¡Alienta pues! La multitud olvida,
el tiempo envuelve la verdad en dudas,
la historia engaña, el éxito sanciona.
Únicamente amargará tu vida
la implacable conciencia, el juez de Judas,
que ni olvida, ni miente, ni perdona.
A Voltaire
Eres ariete formidable: nada
Resiste a tu satánica ironía.
Al través del sepulcro todavía
Resuena tu estridente carcajada.
Cayó bajo tu sátira acerada
Cuanto la humana estupidez creía,
Y hoy la razón no más sirve de guía
A la prole de Adán regenerada.
Ya solo influye en su inmortal destino
La libre religión de las ideas;
Ya la fe miserable a tierra vino;
Ya el Cristo se desploma; ya las teas
Alumbran los misterios del camino;
Ya venciste, Voltaire. ¡Maldito seas!
¡Amor!
¡Oh eterno Amor, que en tu inmortal carrera,
das a los seres vida y movimiento,
con qué entusiasta admiración te siento,
aunque invisible, palpitar doquiera!
Esclava tuya la creación entera,
se estremece y anima con tu aliento,
y es tu grandeza tal, que el pensamiento
te proclamara Dios, si Dios no hubiera.
Los impalpables átomos combinas
con tu soplo magnético y fecundo:
tú creas, tú transformas, tú iluminas,
y en el cielo infinito, en el profundo
mar, en la tierra atónita dominas,
¡Amor, eterno Amor, alma del mundo!
Ante una pirámide de Egipto
Quiso imponer al mundo su memoria
un rey, en su soberbia desmedida,
y por miles de esclavos construida
erigió esta pirámide mortuoria.
¡Sueño estéril y vano! Ya la historia
no recuerda su nombre ni su vida,
que el tiempo ciego en su veloz corrida
dejó la tumba y se llevó la gloria.
El polvo que en el hueco de su mano
contempla absorto el caminante ¿ha sido
parte de un siervo o parte del tirano?
¡Ah! todo va revuelto y confundido,
que guarda Dios para el orgullo humano
solo una eternidad: la del olvido.
¡Ay! cuando un pueblo rompe la valla…
¡Ay! cuando un pueblo rompe la valla,
y con instinto ciego y brutal
incendia y tala, mata y blasfema
y en sangre anega su libertad,
la turbulencia que engendra monstruos
crea el tirano providencial;
que también tiene como las fieras,
sus domadores la humanidad.
¡Ay, todo inspira horror! La noche oscura…
¡Ay, todo inspira horror! La noche oscura
tendió su manto y en la sombra envuelta
su audaz corriente alborotada y suelta,
extiende hasta los montes el Segura.
Arrolla cuanto encuentra en la llanura
con ímpetu feroz la onda revuelta:
el puente secular, la torre esbelta,
el molino, la casa y la espesura.
Hallando el valle a su soberbia estrecho,
no respetó el torrente embravecido
el templo augusto, ni la humilde choza,
y el labrador, en lágrimas deshecho,
sin amores, sin hijos y sin nido,
sobre las ruinas de su hogar solloza.
¡Cartagena!
¡Ay! cuando un pueblo rompe la valla,
y con instinto ciego y brutal
incendia y tala, mata y blasfema
y en sangre anega su libertad,
la turbulencia que engendra monstruos
crea el tirano providencial;
que también tiene como las fieras,
sus domadores la humanidad.
¡Cayó como la piedra en la laguna!…
¡Cayó como la piedra en la laguna
con recio golpe en la insondable fosa!
Ya no levantará tormenta alguna
su elocuencia, vibrando en la tribuna,
como el rayo terrible y luminosa.
¡Triste destino de la gloria humana
tan costosa, tan mísera y tan vana!
¡Ayer grandeza, y entusiasmo, y ruido;
hoy tributo de lágrimas; mañana
hondo silencio, y soledad, y olvido!
En la infinita sed que nos aqueja,
¿qué es nuestra vida? El sueño de un momento,
onda que pasa, sombra que se aleja,
ave tímida y muda que no deja
ni el rastro de sus alas en el viento.
¡Cuántas, cuántas memorias arrebata
nuestra viviente y rauda catarata!
¿Qué es el mártir? ¿Qué el genio? ¿Qué el tirano
en el torrente del linaje humano,
que al través de los tiempos se dilata?
La secular encina, siempre verde,
de sus marchitos frutos se despoja
sin que nadie, mirándola, recuerde
ni el seco ramo, ni la inútil hoja
que en su invisible crecimiento pierde.
¡Todo es misterio, vértigo y locura!
La vida frágil, el renombre incierto,
y la tremenda eternidad obscura…
Sólo podemos dar a los que han muerto,
con fe piadosa, honrada sepultura.
El la tendrá con lágrimas regada.
¿Cómo olvidar tan pronto, patria mía,
la imperiosa atracción de su mirada,
su voz, su ardiente voz, rígida espada
que al chocar y al herir resplandecía?
A veces imagino que aún le veo
erguirse reposado y pensativo,
y a un tiempo mismo Tácito y Tirteo,
arrostrar el contrario clamoreo,
cuanto más acosado más altivo.
Con fuerza potentísima y secreta
brotaban de su espíritu fecundo
el dardo agudo, la alusión discreta,
la cólera inspirada del poeta
y la sentencia del varón profundo.
En el peligro, enérgico y valiente,
jamás cedió su varonil denuedo,
ni se dejó arrastrar por la corriente;
nunca dobló su poderosa frente
ante los vanos ídolos del miedo.
Noble y robusto vástago de aquella
viril generación, que al mundo vino
cuando, impulsado por su infausta estrella,
marcó en España su iracunda huella
el rayo de la guerra y del destino;
cuando de su letargo despertaba
la nación de Lepanto y de Pavía,
y en lid ardiente, inextinguible y brava,
mostró con su tesón que no quería
vivir sin honra, ni morir esclava.
Nacida entre el tumulto y el fracaso
de una lucha titánica y suprema,
esa generación que hacia su ocaso
dirige el triste y vacilante paso,
es el himno triunfal de aquel poema.
Arrojada y resuelta cual ninguna,
como engendrada en tan heroico empeño,
templola en sus rigores la fortuna,
la ronca tempestad meció su cuna
y el eco del cañón la arrulló el sueño.
Siempre en la brecha y siempre enardecida,
sin temor al destierro ni al verdugo,
con estoico desprecio de la vida
rompió, lidiando, el ominoso yugo
que soportaba España envilecida.
De su entusiasta afán en los extremos
amasó con la sangre de sus venas
la libertad que a su valor debemos.
¡Hoy nosotros, sus hijos, no tenemos
ni esperanza, ni fe, ni patria apenas!
El genio nacional, antes dormido
en la profunda noche del olvido,
llenó los aires con su voz sonora,
como el alegre pájaro en el nido
cuando le llama la rosada aurora.
¡Qué espontáneo y feliz renacimiento!
¡Qué pléyada de artistas y escritores!
En la luz, en las ondas, en el viento
hallaba inspiración el pensamiento,
gloria el soldado y el pintor colores.
¡Larra, Pacheco, Rivas, Espronceda,
Olózaga, Donoso, Avellaneda,
y cien nombres, orgullo de la historia,
ya son polvo no más! ¡Ya su memoria
sólo en el pueblo que ilustraron queda!
¡Su memoria mortal, que se derrumba
al impulso del siglo! Eco postrero
de su apagada voz, sordo retumba
en el helado mármol de la tumba,
y se pierde en los ámbitos ligero.
Cuando, vertiendo silencioso llanto,
vuelvo a mi Edad la vista atribulada,
siento a la vez indignación y espanto.
¡Cómo pensar, generación menguada,
que en pocos lustros descendieras tanto!
Nuestros padres con ánimo sereno
hallaron en los campos de pelea
algo fecundo, provechoso y bueno.
Nosotros, sumergidos en el cieno,
no encontramos un hombre ni una idea.
Su aliento generoso y esforzado,
de Cádiz a las cumbres del Pirene
avivó el fuego del honor sagrado.
Hoy la estéril república no tiene
ni un cantor, ni un artista, ni un soldado.
Ni nos defiende ya, ni el golpe embota
partido en mil pedazos nuestro escudo.
El vulgo, el necio vulgo nos azota:
yace el arte decrépito, está mudo
el genio, el arpa destemplada y rota.
Alguien con torpe y mentiroso halago,
en busca del aplauso apetecido,
agitó el fondo del impuro lago,
¡ay! y el vapor del fango removido
sólo engendra la peste y el estrago.
Tú dormirás en paz ¡oh varón fuerte!
con el sol de la patria que declina.
Y es venturosa y envidiable suerte
reposar en los brazos de la muerte,
cuando todo es dolor, vergüenza y ruina.
Tú de este triste y borrascoso drama
sacaste el puro corazón ileso.
Otros, que el pueblo alborotado aclama,
no dormirán tranquilos bajo el peso,
bajo el peso terrible de su fama.
Ciego, ¿es la tierra el centro de las almas?…
Ciego, ¿es la tierra el centro de las almas?
Quiero, dejando hipótesis a un lado,
una duda exponer, y es la siguiente:
-¿Por qué cruza la tierra el inocente,
de espinas o de sombras coronado?
¿Por qué feliz y próspero, el malvado
alza orgulloso la atrevida frente?
¿Por qué Dios, que es el bien, mira y consiente
el eterno dominio del pecado?
¿Por qué, desde Caín, la humana raza,
sometida al dolor, con sangre traza
la historia de sus luchas giganteas?
Y si es ficción la gloria prometida,
si aquí empieza y acaba nuestra vida,
¿por qué, implacable Dios, por qué nos creas?
Crepúsculo
El Sol tocaba en su ocaso,
y la luz tibia y dudosa
del crepúsculo envolvía
la naturaleza toda.
Los dos estábamos solos,
mudos de amor y zozobra,
con las manos enlazadas,
trémulas y abrasadoras,
contemplando cómo el valle,
el mar y apacible costa,
lentamente iban perdiendo
color, transparencia y forma.
A medida que la noche
adelantaba medrosa,
nuestra tristeza se hacía
más invencible y más honda.
Hasta que al fin, no sé cómo,
yo trastornado, tú loca,
estalló en ardiente beso
nuestra pasión silenciosa.
¡Ay! al volver suspirando
de aquel éxtasis de gloria,
¿qué vimos? Sombra en el cielo,
y en nuestra conciencia sombra.
Cuando de tus desórdenes testigo…
Cuando de tus desórdenes testigo
te sorprende en los brazos del tumulto,
¡oh Libertad! avergonzado oculto
mi rostro y sollozando te maldigo.
En lucha interna y desigual conmigo
arráncame el dolor airado insulto:
quiero olvidarte, abandonar tu culto,
y ciegamente a mi pesar te sigo.
Te sigo a mi pesar. Sueño o quimera
riges mi voluntad, llenas mi vida
y dejaré de amarte cuando muera.
Eres como la hermosa fementida
que inspira al alma la pasión primera:
cuanto más inconstante, más querida.
Cuando el ánimo ciego y decaído…
Cuando el ánimo ciego y decaído
la luz persigue y la esperanza en vano;
cuando abate su vuelo soberano
como el cóndor en el espacio herido;
cuando busca refugio en el olvido,
que le rechaza con helada mano;
cuando en el pobre corazón humano
el tedio labra su infecundo nido;
cuando el dolor, robándonos la calma,
brinda tan sólo a nuestras ansias fieras,
horas desesperadas y sombrías,
¡ay, inmortalidad, sueño del alma
que aspira a lo infinito! si existieras,
¡qué martirio tan bárbaro serías!
Cuando en el seno de la noche fría…
Cuando en el seno de la noche fría
oculta el sol su resplandor fecundo,
es para renacer, y espera el mundo
la nueva luz con el cercano día.
Alas ¿quién penetra la inquietud sombría
que abruma el corazón del moribundo?
¿Quién sabe lo que guarda ese profundo
crepúsculo moral de la agonía?
Desde la alta región del firmamento
el sol, en acordado movimiento,
con la nocturna obscuridad alterna.
Pero tú, miserable vida humana,
no mueres hoy para brillar mañana.
¡Ay, no! tu noche es lóbrega y eterna.
Cuando recuerdo la piedad sincera…
Cuando recuerdo la piedad sincera
con que en mi edad primera
entraba en nuestras viejas catedrales,
donde postrado ante la cruz de hinojos
alzaba a Dios mi ojos
soñando en las venturas celestiales;
Hoy que mi frente atónito golpeo,
y con febril deseo
busco los restos de mi fe perdida,
por hallarla otra vez, radiante y bella
como en la edad aquélla,
¡desgraciado de mí! diera la vida.
¡Con qué profundo amor, niño inocente,
prosternaba mis frente
en las losas del templo sacrosanto!
Llenábase mi joven fantasía
de luz, de poesía,
de mudo asombro, de terrible espanto.
Aquellas altas bóvedas que al cielo
levantaban mi anhelo;
aquella majestad solemne y grave;
aquel pausado canto, parecido
a un doliente gemido,
que retumbaba en la espaciosa nave:
Las marmóreas y austeras esculturas
de antiguas sepulturas,
aspiración del arte a lo infinito;
la luz que por los vidrios de colores
sus tibios resplandores
quebraba en los pilares de granito;
Haces de donde en curva fugitiva,
para formar la ojiva,
cada ramal subiendo se separa,
cual el rumor de multitud que ruega,
cuando a los cielos llega,
surge cada oración distinta y clara;
En el gótico altar inmoble y fijo
el santo crucifijo,
que extiende sin vigor sus brazos yertos,
siempre en la sorda lucha de la vida,
tan áspera y reñida,
para el dolor y la humildad abiertos;
El místico clamor de la campana
que sobre el alma humana
de las caladas torres se despeña,
y anuncia y lleva en sus aladas notas
mil promesas ignotas
al triste corazón que sufre o sueña;
Todo elevaba mi ánimo intranquilo
a más sereno asilo:
religión, arte, soledad, misterio.
todo en el templo secular hacía
vibrar el alma mía,
como vibran las cuerdas de un salterio.
Y a esta voz interior que sólo entiende
quien crédulo se enciende
en fervoroso y celestial cariño,
envuelta en sus flotantes vestiduras
volaba a las alturas,
virgen sin mancha, mi oración de niño.
Su rauda, viva y luminosa huella
como fugaz centella
traspasaba el espacio, y ante el puro
resplandor de sus alas de querube,
rasgábase la nube
que me ocultaba el inmortal seguro.
¡Oh anhelo de esta vida transitoria!
¡Oh perdurable gloria! .
¡Oh! Sed inextiguible del deseo!
¡Oh cielo, que antes para mí tenías
fulgores y armonías,
y hoy tan oscuro y desolado veo!
Ya no templas mis íntimos pesares,
ya al pie de tus altares
como en mis años de candor no acudo.
Para llegar a ti perdí el camino,
y errante peregrino
entre tinieblas desespero y dudo.
Voy espantado sin saber por dónde;
grito, y nadie responde
a mi angustiada voz; alzo los ojos
y a penetrar la lobreguez no alcanzo;
medrosamente avanzo,
y me hieren el alma los abrojos.
Hijo del siglo, en vano me resisto
a su impiedad, ¡oh Cristo!
Su grandeza satánica me oprime.
Siglo de maravillas y de asombros,
levanta sobre escombros
un Dios sin esperanza, un Dios que gime.
¡Y ese Dios no eres tú! No tu serena
faz, de consuelos, llena,
alumbra y guía nuestro incierto paso.
Es otro Dios incógnito y sombrío:
su cielo es el vacío,
Sacerdote el error, ley el Acaso.
¡Ah! No recuerda el ánimo suspenso
un siglo más inmenso,
más rebelde a tu voz, más atrevido;
entre nubes de fuego alza su frente,
como Luzbel, potente;
pero también, como Luzbel, caído.
A medida que marcha y que investiga
es mayor su fatiga,
es su noche más honda y más oscura,
y pasma, al ver lo que padece y sabe,
cómo en su seno cabe
tanta grandeza y tanta desventura.
Como la nave sin timón y rota
que el ronco mar azota,
incendia el rayo y la borrasca mece
en piélago ignorado y proceloso,
nuestro siglo —coloso—
con la luz que le abrasa, resplandece.
¡Y está la playa mística tan lejos! . . .
a los tristes reflejos
del sol poniente se colora y brilla.
El huracán arrecia, el bajel arde,
y es tarde, es ¡ay! muy tarde
para alcanzar la sosegada orilla.
¿Qué es la ciencia sin fe? Corcel sin freno,
a todo yugo ajeno,
que al impulso del vértigo se entrega,
y a través de intrincadas espesuras,
desbocado y a oscuras
avanza sin cesar y nunca llega.
¡Llegar! ¿Adónde? . . . El pensamiento humano
en vano lucha, en vano
su ley oculta y misteriosa infringe.
En la lumbre del sol sus alas quema,
y no aclara el problema,
ni penetra el enigma de la Esfinge.
¡Sálvanos, Cristo, sálvanos, si es cierto
que tu poder no ha muerto!
Salva a esta sociedad desventurada,
que bajo el peso de su orgullo mismo
rueda al profundo abismo
acaso más enferma que culpada.
La ciencia audaz, cuando de ti se aleja,
en nuestras almas deja
el germen de recónditos dolores,
como al tender el vuelo hacia la altura,
deja su larva impura
el insecto en el cáliz de las flores.
Si en esta confusión honda y sombría
es, Señor, todavía
raudal de vida tu palabra santa,
di a nuestra fe desalentada y yerta:
—¡Anímate y despierta!
Como dijiste a Lázaro: —¡Levanta!—
¡Cuántas veces sentado en tu ribera!…
– I –
¡Cuántas veces sentado en tu ribera,
¡oh mar! como si oyera
la abrumadora voz de lo infinito,
ha despertado en la conciencia mía
honda melancolía,
tu atronador, tu interminable grito!
– II –
Todo enmudece y cae en el misterio:
el poderoso imperio
que la tierra asoló con sus batallas;
hasta los dioses que de polo á polo
temidos son; tú sólo
sientes rodar los siglos, y no callas.
– III –
No callas, y hasta el alto firmamento
sube tu ronco acento,
y cuando revolviéndote en ti mismo
ruges furioso, en tus entrañas late
el horror del combate
que empeña el huracán con el abismo.
– IV –
Sólo alcanza poder tan soberano,
el pensamiento humano
como tú grande, como tú profundo,
que alzando sin cesar su voz de trueno,
forja en su ardiente seno
las glorias y catástrofes del mundo.
– V –
¡Ay si decir pudieras cuanto sabes!…
¿Qué hiciste de las naves
con que surcó tu inmensidad, la aciaga
y trágica ambición? ¿Adónde han ido?
Como el mortal olvido
tu oscuro fondo hasta el recuerdo traga.
– VI –
Todo perece en ti sin dejar huella:
el barco que se estrella
contra el peñón, la armada que devoras,
los continentes que iracundo invades,
las sordas tempestades
que avanzan en tus olas bramadoras.
– VII –
La tierra, en cuyo seno te reclinas,
mantiene en pie las ruinas
que las ciegas catástrofes dejaron.
Tú, con desdén soberbio, las rechazas:
por ti pueblos y razas
como sombras efímeras pasaron.
– VIII –
El furor de los tiempos, que venciste,
sólo tu voz resiste:
tu acento fue, como clamor de guerra,
el que la humanidad oyó primero,
¡ay! y será el postrero
que en su agonía escuchará la tierra.
– IX –
Pero más, mucho más que cuando inmolas
y abismas en tus olas
la insolencia del fuerte á quien humillas,
mi espíritu conturbas y enajenas
con las tristes escenas
que esparcen el terror en tus orillas.
– X –
No lejos de un peñón agrio y salvaje
que con recio oleaje
el cantábrico mar bate y socava,
al través de los árboles blanquea
casi ignorada aldea,
sobre la costa inabordable y brava.
– XI –
Mirando al mar, de frente al Océano,
que sacudiendo en vano
la roca estéril sin cesar se agita,
el horizonte corta y se alza enhiesta
sobre la calva cresta
del picacho granítico, una ermita.
– XII –
¡Con qué placer la gente pescadora,
que al despuntar la aurora
por entre escollos á la mar se lanza,
del sol poniente al último vislumbre,
ve lucir en la cumbre
aquel faro de amor y de esperanza!
– XIII –
Cuando, salvo de innúmeros azares,
torna á los patrios lares
el marinero audaz ¡con qué alegría,
con qué ferviente fe, descalzo y roto,
corre á colgar su voto
en aquel pobre templo de María!
– XIV –
¡María! que del piélago y del alma
las tempestades calma;
que recoge en sus brazos y consuela
al náufrago del mar y de la vida.
Bálsamo á toda herida,
puerto á toda aflicción. Maris stella!
– XV –
Desde el peñón desnudo y solitario
que el blanco santuario
con su apacible majestad abruma,
contempla por do quiera la mirada
la costa acantilada
donde se estrella con fragor la espuma.
– XVI –
Y al dilatarse por el mar, divisa
en la línea indecisa
do se juntan las nubes y las olas,
raudo vapor, que con la crin al viento,
acelera el momento
de arribar á las costas españolas.
– XVII –
Luego, á medida que la luz desmaya,
con rumbo hacia la playa
cuyos contornos borra la neblina,
se ven llegar las pescadoras naves,
como tímidas aves
que al nido vuelven, cuando el sol declina.
– XVIII –
El faro, al descender la noche oscura,
en la empinada altura
de negro promontorio centellea,
y su destello intermitente oscila,
cual la roja pupila
de un Titán, que en las sombras parpadea.
– XIX –
Están, desde la cúspide del monte,
el mar y el horizonte
a la absorta mirada siempre abiertos,
y al otro lado, en la vertiente opuesta
de la escarpada cuesta,
reclinado el lugar entre sus huertos.
– XX –
Silvestres hayas y robustos pinos
de los cerros vecinos
orlan y ciñen la brumosa frente,
por cuyas quiebras rueda y se desata,
como líquida plata,
el sonoro raudal de alguna fuente.
– XXI –
Y allí, donde de pronto se despliega
la pintoresca vega,
siguiendo los contornos desiguales
de la verde montaña, resguardado
por el peñón tajado
de recios y furiosos vendavales;
– XXII –
bajo el amparo de la Iglesia santa,
sobre la cual levanta
sencilla cruz sus brazos redentores,
sin que la sed de la ambición le aflija,
humilde se cobija
aquel pueblo de honrados pescadores.
– XXIII –
Por entre los repliegues de una loma,
rústico albergue asoma
al margen de un arroyo cristalino,
cuyo limpio caudal, abriendo calle
por el fondo del valle,
mueve después las piedras de un molino.
– XXIV –
Fresca arboleda en sus orillas crece,
y cuando el viento mece
con leve impulso sus tupidas frondas,
parece, reflejándose en el río,
que el ramaje sombrío
en el espacio tiembla y en las ondas.
– XXV –
junto al arroyo que lamiendo pasa
las tapias de la casa,
un joven pescador de piel curtida
por el viento del mar, áspero y rudo,
iba nudo por nudo
recorriendo su red, al sol tendida,
– XXVI –
para coger los puntos de la malla,
que en su postrer batalla
rompió, saltando el pez, vencido y preso
en la jornada del pasado día,
cuando la red crujía
de la copiosa pesca bajo el peso.
– XXVII –
Agraciada mujer, viva y morena,
en la ingrata faena
le acompañaba, y con secreto gozo,
a menudo, ligera como el rayo,
mirándole al soslayo
orgullosa pensaba: -¡Es un buen mozo!
– XXVIII –
y él, al fijarse, de impaciencia lleno,
en el redondo seno
que el ceñido jubón reprime y tapa,
suspendiendo de pronto su trabajo,
decía por lo bajo
con aire vencedor: -¡ Es que eres guapa!
– XXIX –
Entonces, dibujándose indecisa
en sus labios la risa,
contemplábase, muda de embeleso,
la dichosa pareja enamorada,
y era aquella mirada
una promesa, una caricia, un beso.
– XXX –
Los dos nacieron para amarse. Es Rosa,
como su nombre, hermosa:
arde en sus ojos del placer la llama.
Su fresca boca, que al halago brinda,
es dulce cual la guinda
que el pájaro voraz pica en la rama.
– XXXI –
No tiene la blancura de la nieve,
que se deshace en breve:
negros sus ojos son, negro el cabello.
Competir en su rostro parecía
la noche con el día;
pero ¿acaso el crepúsculo no es bello?
– XXXII –
Cayó en las redes de su amor cautivo
Miguel, el más activo
y arriesgado patrón de aquella playa,
que ágil en el timón, fuerte en el remo,
en el peligro extremo
ni tiembla, ni se aturde, ni desmaya.
– XXXIII –
Adiestrado en el ímprobo ejercicio
de su penoso oficio,
por la abierta camisa muestra el pecho
de fuerte y musculosa contextura,
no a la molicie impura,
sino a las fieras tempestades hecho.
– XXXIV –
Bajo su tosca y natural corteza
oculta la nobleza
de un corazón resuelto, pero sano.
Tan sólo Rosa conquistó la palma
de someter un alma,
que no logró domar el Océano.
– XXXV –
Santificó su paz y su ventura
la bendición del cura.
Tres meses hace que al sagrado lazo
la ya vencida voluntad rindieron,
tres meses, que se dieron
el primer beso y el primer abrazo.
– XXXVI –
Nunca vio la cantábrica montaña,
honor y prez de España,
dos almas en sus gustos más unidas,
ni con tan casto ardor el himeneo
en un mismo deseo fundió
dos corazones y dos vidas.
– XXXVII –
En su hogar deslizábanse veloces
las horas y los goces.
Ignoraba los usos cortesanos
su amor tan inocente como vivo:
pero el beso furtivo,
la franca lisa, el apretón de manos,
– XXXVIII –
el íntimo y verboso cuchicheo,
semejante al gorjeo
de alegres aves, el falaz desvío
de que mimada joven alardea,
sólo el tiempo que emplea
en decir su amador: -Dulce bien mío!
– XXXIX –
la voz, el gesto, la expresión, el modo de
contemplarse, todo
trastornaba sus almas, pues ¿qué idioma
por inculto que sea y por grosero,
para el amor sincero
no es tierno como arrullo de paloma?
– XL –
Juntos en deleitable compañía
trabajan a porfía
repasando la red, y tan molesta
como pesada operación sazona
la burla retozona,
la aguda chanza o la atrevida fiesta.
– XLI –
Reconcentrados en su amor profundo
¿qué les importa el mundo?
Los sueños de ambición dan al olvido.
A su cariño sin temor se entregan
y juegan como juegan
los pájaros incautos en su nido.
– XLII –
No lejos, en el término de un prado
donde manso ganado
con la hierba otoñal su gula aplaca,
la madre de Miguel, limpia y risueña,
tranquilamente ordeña
las llenas ubres de fecunda vaca.
– XLIII –
Con frecuencia, a hurtadillas, clava en ellos
tan jóvenes, tan bellos
y tan rendidos a su mutuo encanto,
los dulces ojos, que la edad apaga,
y por sus labios vaga
leve sonrisa, tierna como el llanto.
– XLIV –
¡Con qué inefable paz la pobre vieja,
a quien tan sólo deja
vanas memorias la cansada vida,
con qué intenso y profundo regocijo
siente y ve en aquel hijo
reverdecer su juventud perdida!
– XLV –
Él la hace recordar tiempos mejores,
con sus castos amores,
sus ansias, sus placeres y congojas.
Es como tronco roto, que aún resiste,
y el mes de mayo viste
de nuevas ramas y de nuevas hojas.
– XLVI –
Fijose en ella embebecido el mozo,
y desbordando el gozo
que en sus plácidos ojos centellea,
dijo, llamando la atención de Rosa:
-Mírala qué hacendosa
y entretenida está. ¡Bendita, sea!-
– XLVII –
-¿Qué puede apetecer? ¡Nos ve felices!
Rosa exclamó: -Bien dices-,
respondiola Miguel: -¡Quieran los cielos
para colmar la dicha de esa anciana,
concederle mañana
inocentes y hermosos netezuelos!-
– XLVIII –
La joven, con el seno palpitante,
mostrando en su semblante
el vívido color de la amapola,
al cuello se colgó de su marido,
y murmuró a su oído
una tímida frase ¡una tan sola!
– XLVIX –
Mas de poder tan penetrante y hondo,
que removió hasta el fondo
el alma de Miguel, como la ardiente
lumbre del sol que las campiñas dora,
hace, germinadora,
estallar en el surco la simiente.
– L –
-¡Madre! ¡madre! -gritó falto de aliento;
y pronta al llamamiento
con creciente ansiedad la anciana vino.
-¿Qué es esto? -preguntó sobresaltada.
-¿Qué es esto? ¡Pues es nada!-
contéstole Miguel fuera de tino.
– LI –
-¡Qué avanza mi ventura a toda vela!
¡Qué vas a ser abuela!
¡Qué mis sueños de amor alcanzo y toco!-
Y hablaba cada vez menos tranquilo,
levantándola en vilo
locuaz y descompuesto como un loco.
– LII –
Por fin la anciana desasirse pudo
del apretado nudo,
y no vuelta del pasmo todavía,
haciendo a Rosa malicioso guiño,
con maternal cariño,
-¡Ah bobo! -prorrumpió- ¡si lo sabía!
– LIII –
Y no cabiendo el júbilo en su pecho,
en íntimo, en estrecho,
en entrañable abrazo confundidos,
mezclaron sus sencillos corazones,
anhelos, ilusiones,
lágrimas, esperanzas y latidos.
– LIV –
Como de la fortuna en el marco,
se anticipa el deseo
con sus alas de rosa al bien distante,
Miguel dijo soñando: -Si no muda
el tiempo, y Dios me ayuda,
la pesca del atún será abundante.
– LV –
Se la consagro al niño, y con su importe,
a Castro… ¡no! a la corte
iré enseguida, y si en las tiendas hallo
cosa de gusto, volcaré el bolsillo,
y le traeré un hatillo
de príncipe… ¡y un sable!… ¡y un caballo!-
– LVI –
Y añadió enternecido, sonriendo:
-¡Si casi le estoy viendo
con su carita colorada y fresca,
y sus gracias alegres y sencillas,
sentarse en mis rodillas
rara escuchar los lances de la pesca!
– LVII –
¡Verás cómo retoza por la playa
cuando a buscarme vaya!
Y cuando se acostumbre, al lado mío,
al olor del carbón y de la brea,
¡verás cómo gatea
por los palos y jarcias de un navío!
– LVIII –
Será -siguió diciendo satisfecho-,
un mozo de provecho
más resistente y firme que una entena.
Iremos juntos, y se hará a mis mañas.
-¡Hijo de mis entrañas!-
Rosa le interrumpió con susto y pena.
– LIX –
¡Él, expuesto al peligro de los mares!…
¿No bastan los pesares
que me afligen por ti? ¡Vaya un empeño!
No lograrás vencerme, te lo digo,
harto sufro contigo
sin que nueva inquietud me robe el sueño.-
– LX –
-¡Bravo! -exclamó Miguel: ¡ Famosa ideal
Pues ¿qué quieres que sea?-
Y mirándole Rosa con ternura,
-¡Cura! -le respondió- ¡Cómo! -repuso
el pescador confuso,
-¡y un mozo tan cabal ha de ser cura!-
– LXI –
-¡Sí, sí! Para que ruegue noche y día
a la Virgen María-,
respondió con tiernísimo arrebato,
-por cuantos mueren en la mar traidora,
por la infeliz que llora
su mísera viudez… y por ti ¡ingrato!
– LXII –
-Pues no me harás cejar. -Ni a mí tampoco,
-Vayamos poco a poco-
dijo, cortando la incipiente riña
la madre de Miguel. -Pues yo no paso
por que apuréis el caso
sin contar con el huésped. ¿Y si es niña?-
– LXIII –
Quedose el pescador mudo y perplejo:
arrugó el entrecejo
contrariado tal vez; pero de pronto,
á compás de ruidosa carcajada
prorrumpió: -¡Nada, nada,
madre tiene razón! ¡Es que soy tonto!…
– LXIV –
-Si es niña, ya sabéis, no la recibo,
aun cuando sea el vivo
retrato de mi adusta morenita-.
Y con franca efusión abrazó a Rosa,
que entre esquiva y gozosa
dijo, evitando sus cariños: ¡Quita!
– LXV –
¿Quién ve tanta ventura indiferente?
¡Santa y perenne fuente
del amor paternal, que en nuestro anhelo
en misteriosas ondas repartida,
para endulzar la vida
y templar nuestra sed, bajas del cielo!
– LXVI –
¡Sentimiento purísimo del alma,
que turbas nuestra calma,
y con ritmo jamás interrumpido
despiertas los estímulos que duermen,
haces vibrar el germen,
subir la savia y palpitar el nido!
– LXVII –
A tu voz la inmortal naturaleza
suspende la fiereza
del oso huraño y del león hirsuto,
y tu fuego vivaz que do quier arde,
ímpetu da al cobarde,
vigor al débil y razón al bruto.
– LXVIII –
Todo, sujeto a inexorable norma,
se muda, se trasforma,
y en este inmenso impenetrable abismo
que la infinita variedad encierra,
tan sólo tú, en la tierra,
en el cielo y el mar, eres el mismo.
– LXIX –
Pero ¡oh suerte importuna! En el momento
de su mayor contento,
asomando al través de los maizales
que encubren la vereda del molino,
un marinero vino
a turbar sus ensueños paternales.
– LXX –
Era Roberto, amigo y camarada
de Miguel. Alma honrada
que a su pesar apasionado culto
consagra a Rosa; amor inofensivo.
pero punzante y vivo,
en lo más hondo de su pecho oculto.
– LXXI –
-¿Ya vienes a buscarme? Es muy temprano.-
Con tono afable y llano
dijo al verle Miguel. -Bien se conoce
que tienes -contestó- la paz en casa,
y que el reló se atrasa
para quien vive a gusto. ¡Son las doce!
– LXXII –
¿A qué esperamos, pues? El tiempo es bueno,
el cielo está sereno
y el mar tranquilo y manso. Con que puedes
calcular el aguante de tu malla,
pues hoy, o todo falla,
van con la pesca a reventar las redes.
– LXXIII –
¡No es lícito a los pobres el regalo!…
El año ha sido malo…-
-Cierto -Miguel repuso-, y necesito
no perder la ocasión, porque mi esposa…-
Iba a hablar; pero Rosa
dijo, abrazando al imprudente: -¡Chito!-
– LXXIV –
-Si mi franqueza tu disgusto labra,
no diré una palabra,
contestole Miguel. Mientras Roberto
rendido al golpe de su ardiente pena,
contemplaba la escena,
lívido y silencioso como un muerto.
– LXXV –
Quien en lo oscuro de su pecho esconda
la herida viva y honda
que sangra sin cesar, de un desdichado
amor, y tenga para más tortura,
el sueño de ventura
que nunca logrará, siempre a su lado;
– LXXVI –
quien de los celos pertinaces sienta
la mordedura hambrienta,
y finja, indiferente o satisfecho,
ver su imposible bien en otros brazos,
mientras quiere a pedazos
el corazón saltársele del pecho;
– LXXVII –
quien amando en silencio hasta el delirio
no tenga en su martirio
ni aun el triste consuelo de la queja,
podrá tan sólo comprender el fiero
pesar del marinero,
ante el placer de la gentil pareja.
– LXXVIII –
Miguel de pronto profirió: -¡Al avío!
con desenvuelto brío
la fuerte red plegando. Diligente,
y según su costumbre cariñosa,
iba a ayudarle Rosa
cuando él le dijo amedrentado: -¡ Tente!
– LXXIX –
¡Por Dios! ¿Qué vas a hacer? Pues bueno fuera
que un esfuerzo cualquiera…
¡No me des qué sentir! Y a más, te aviso,
que hoy la felicidad me presta aliento.
¡Hasta capaz me siento
de cargar con la barca, si es preciso!-
– LXXX –
Entre risas, y plácemes y fiestas
Miguel echose a cuestas
la recogida red, diciendo: -¡Vaya!
Nada hacemos aquí. -Y él y Roberto,
en íntimo concierto
tomaron el sendero de la playa.
– LXXXI –
Marchaba el ágil mozo con presteza,
volviendo la cabeza
a cada instante hacia su linar cercano,
desde donde en señal de despedida,
la joven conmovida
le mandaba sus besos con la mano.
– LXXXII –
Y hasta que casi al fin de la jornada,
su prenda idolatrada
se internó en las revueltas del camino,
no apartó, con dulcísima porfía,
del rumbo que él seguía,
ni el corazón ni el rostro peregrino,
– LXXXIII –
viendo, no sin nublársela el semblante,
cada vez más distante
al dueño de su vida y de su casa;
que la ausencia en amor, aun la más breve.
cual nubecilla leve,
oscurece los cielos mientras pasa.
– LXXXIV –
-¡Ah! ¿cómo no quererle si es tan bueno!…-
dijo, oprimiendo el seno
maternal, con tan blando y dulce nudo,
que, de la dicha de su hogar ufana,
la enternecida anciana
contener una lágrima no pudo.
– LXXXV –
En tanto, los alegres marineros
perdiéronse ligeros
tras un peñón que hacia la senda avanza,
y al fin de cuya estrecha cortadura
la indómita llanura
del vasto mar a descubrir se alcanza.
– LXXXVI –
Desde allí se divisan de repente,
su grandeza imponente,
su augusta calma o su furor sublime,
y con su regia majestad a solas,
óyese de sus olas
la voz tonante que amenaza o gime.
– LXXXVII –
En coloquio jovial entretenidos
van, de la mano asidos,
hacia donde a merced de la marea
que su ancha curva en las arenas raya,
cual reina de la playa
la barca de Miguel se balancea.
– LXXXVIII –
¡Qué es verla, al separarse de la orilla,
con atrevida quilla
surcar graciosa el líquido elemento,
y mar afuera, inquieta y juguetona,
tender la blanca lona
a las caricias pérfidas del viento!
– LXXXIX –
¡Qué es ver cómo al peligro se aventura,
cuando la sombra oscura
se precipita sobre el mar de Atlante!
Y cuando viento duro el golfo riza,
¡qué es ver cuál se desliza
por la espalda ondulosa del gigante!
– XC –
Nunca el riesgo imprevisto la acobarda,
y hiende tan gallarda
la inmensidad del piélago bravío,
que no deja tras sí, rápida y suave,
ni aun la huella que un ave,
rozando con el ala, abre en el río.
– XCI –
El noble pecho de Miguel se ensancha
ante la airosa lancha
que su fortuna y su ambición encierra,
y le presta solícito el cuidado
con que el bravo soldado
mima y atiende a su corcel de guerra.
– XCII –
Un mancebo, que estaba de atalaya,
gritó a los de la playa:
-¡El patrón!- Y animosa la cuadrilla
a la dura jornada se dispuso.
Sólo absorto y confuso
un pescador permaneció en la orilla,
– XCIII –
Sentado en un montón de húmeda arena,
extraño a la faena
ocultaba su rostro entre las manos,
mostrando sólo en su actitud doliente
la ancha y curtida frente
orlada a trechos de cabellos canos.
– XCIV –
Cual no maduro fruto, que la helada
malogra, su hija amada
cayó marchita al soplo de la muerte,
y se le sale, sin sentir, del pecho
el corazón deshecho,
en las acerbas lágrimas que vierte.
– XCV –
Quien ha sufrido la mortal congoja
que, sin piedad, deshoja
como agostada flor nuestra ventura
en ese instante de terrible prueba,
en que voraz se lleva
parte de nuestro ser, la sepultura:
– XCVI –
cuando con lenta gradación se apaga
la luz dudosa y vaga
que colora la faz del moribundo,
¡ay! y a medida que en sus ojos crece
la sombra, nos parece
que va cayendo en lobreguez el mundo;
– XCVII –
cuando vencidos en estéril lucha,
nuestra impotencia escucha
el tremendo estertor de la agonía,
y con angustia alborotada y loca
posamos nuestra boca
sobre otra boca descompuesta y fría,
– XCVIII –
casi cerrada en su letal reposo
al ritmo fatigoso
que el pecho cadavérico le presta,
y que ya de la muerte bajo el peso,
ni al anhelante beso,
ni al tierno abrazo. ni a la voz contesta;
– XCIX –
cuando aun tibios los míseros despojos,
vemos con turbios ojos
toda nuestra ilusión desvanecida,
y en medio del pesar que nos destroza,
sentimos cuál se goza
traidor recuerdo en enconar la herida;
– C –
cuando envuelto en su fúnebre mortaja,
negra y medrosa caja
el bien amado para siempre encierra,
y siente el corazón despavorido
el ruido, el sordo ruido
que hace al cubrir el féretro la tierra:
– CI –
¡ay! quien tenga grabada en su memoria
esa trágica historia,
sin cesar repetida y siempre nueva,
verá, evocando su dolor pasado,
el dardo envenenado
que el triste padre en sus entrañas lleva.
– CII –
Al verle presa de aflicción tan viva,
con frase compasiva
le interrogó Miguel franco y abierto.
Alzó el viejo la faz desencajada,
y con voz desmayada,
-¿No sabes? -sollozó- ¡mi Juana ha muerto!-
– CIII –
El sentimiento concentrado es mudo,
mientras un choque rudo
no sacude el marasmo que le embota,
porque entonces el ansia comprimida,
como por ancha herida
la hirviente sangre, atropellada brota.
– CIV –
Y cuando el corazón rompe su valla,
en el dolor que estalla
se mezclan y amalgaman con espanto,
como fundidos por el mismo fuego,
la imprecación y el ruego,
y el gemido, y la cólera, y el llanto.
– CV –
Tal la voz de Miguel, blanda y serena,
exasperó la pena
que al tosco anciano le apretaba el cuello,
y exaltándose al cabo poco a poco,
con la rabia de un loco
maldiciendo y mesándose el cabello,
– CVI –
-¡ay!- de pronto exclamó con ceño adusto:-
¡Mentira! Dios no es justo
cuando se goza en aumentar mi cuita.
Tienen en buena paz muchos bribones
tierras, barcos, millones…
¡yo, una pobre muchacha… y me la quita!
– CVII –
¿Qué mal hacía la infeliz doncella?
¿Cómo vivir sin ella?…-
Y se apagó la voz en su garganta.
-Mas sin justicia ni razón me quejo-,
gimió el honrado viejo:
-¡No nació para el mundo! ¡Era una santa!-
– CVIII –
Miguel, tendiendo al afligido anciano
la encallecida mano,
-vuelve a casa- le dijo- y llora y reza
junto a la amada prenda que perdiste.
-¡No!- contestole el triste
moviendo gravemente la cabeza.
– CIX –
-Aunque me falta el sol de la alegría,
conservo todavía,
gracias a Dios, mi voluntad de hierro.
¿Por qué te he de mentir, si eres mi amigo?
Saldré a la mar contigo.
¡Necesito el jornal para su entierro!
– CX –
Quiero comprarle, si tenemos suerte,
las galas de la muerte:
una cruz, un sudario y una palma.
Guardó breve silencio el desdichado
y luego desolado
clamó con bronco acento. -¡Hija del alma!-
– CXI –
Su misma voz, que reprimir no pudo,
como puñal agudo
clavósele en el pecho, y tan activa
creció en su corazón la angustia fiera,
cual la insaciable hoguera,
que cuanto más devora, más se aviva.
– CXII –
Enternecido ante infortunio tanto,
y conteniendo el llanto
Miguel le respondió: -Tu pobre Juana
tendrá lo que tu anhelo solicita:
la humilde cruz bendita,
la palma virgen y el sayal de lana.
– CXIII –
Pero vuelve a tu hogar, porque no quiero
que un bravo compañero
a su propio tormento contribuya.
No serás, si te niegas, buen amigo,
y atiende a lo que digo:
hoy pesco para ti. ¡Mi parte es tuya!-
– CXIV –
Cayó, cual dulce bálsamo, la oferta
sobre la herida abierta
del triste anciano, y mitigó su duelo
llanto reparador, tranquilo y suave.
Siempre para quien sabe
sentir, la gratitud es un consuelo.
– CXV –
– ¡Que Dios te colme de mercedes, hijo!-
con blando acento dijo,
las lágrimas secando en su mejilla.
Miguel para ocultar su sentimiento,
ligero como el viento
a la barca saltó desde la orilla.
– CXVI –
Toda su gente al tráfago dispuesta,
con ansia manifiesta
esperaba no más la voz de mando.
Diola el patrón; y con vigor supremo,
el resistente remo
en las arenas de la playa hincando,
– CXVII –
puso a flote la lancha embarrancada,
que lenta y sosegada
siguió después por la canal angosta,
única vía, franca y descubierta,
entre la barra incierta
y las tajadas peñas de la costa.
– CXVIII –
La roca, a modo de ciclópeo muro,
inabordable, oscuro,
desde la playa misma se adelanta,
hasta la punta del siniestro Cabo
do el mar potente y bravo
con sorda intermitencia se quebranta.
– CXIX –
Varias cruces sencillas de madera,
en pavorosa hilera
resaltan del peñón de trecho en trecho,
señalando en el áspero arrecife,
el sitio en que un esquife
quedó, a los golpes de la mar, deshecho.
– CXX –
Recuerda cada cruz alguna escena
de horror y espanto llena.
Más de un pobre marino halló su fosa,
entre el medroso y formidable estruendo
de la borrasca, oyendo
penetrantes ayes de su esposa.
– CXXI –
Donde la punta del peñón termina,
por mísera y mezquina
pudiérase decir que el mar desdeña,
aunque a veces su presa lo disputa,
una abrigada gruta
labrada por las olas en la peña.
– CXXII –
Gratas para las lanchas pescadoras
las apacibles horas
trascurren sin sentir. Con los reflejos
de la luz que en las aguas reverbera,
el mar, como si fuera
de inflamado metal, brilla a lo lejos,
– CXXIII –
Miguel desde la popa de su barca,
con la mirada abarca
el golfo en que indolente se aventura.
Está a sus pies sumiso y reposado
como león cansado,
y la atmósfera azul, diáfana y pura.
– CXXIV –
Lánguida brisa, replegando el ala,
mansamente resbala
sin conmover el piélago sereno,
semejante al aliento tibio y leve,
que apenas alza y mueve
de una virgen dormida el casto seno.
– CXXV –
El barco, al apartarse de la playa,
rápidamente raya
las claras ondas con su blanca estela,
y al avanzar con suave balanceo,
parece que el deseo
va impaciente sirviéndole de vela.
– CXXVI –
Del tiempo, más que del trabajo, avara,
la gente se prepara,
el remo suelta, y su esperanza funda
en la corriente azul del Océano,
como el dolor humano,
amarga, sí, pero también fecunda.
– CXXVII –
Tres veces por el ámbito marino
con provechoso tino
tiende la fuerte red, y las tres veces
al recogerla, abrillantó su trama,
la refulgente escama
que en vívido montón lucen los peces.
– CXXVIII –
-¡Te lo anuncié, Miguel! Ya ves si acierto.-
Dice alegre Roberto,
mientras que sujetando por la agalla
con diligente mano desenreda,
al pez, que preso queda
en los hilos nudosos de la malla.
– CXXIX –
Y con aire triunfal alzando a pulso
un sollo, que convulso
entre sus férreos dedos se torcía,
regocijado exclama: -¡Brava presa!
No se pone en la mesa
del rey, cosa mejor. ¡Este es gran día!-
– CXXX –
El sol empieza a declinar. La gente
a medida que siente
su ganancia crecer, redobla el celo,
y sin cejar un punto en su tarea,
quién en la red se emplea,
quién, sentado en la borda, echa un anzuelo,
– CXXXI –
quién al enorme pez, que agonizante,
colea, en un instante
con implacable actividad remata;
y de la pesca el acre olor parece
que alienta y fortalece
al marinero en su existencia ingrata.
– CXXXII –
A poco, tenue y vaporoso velo
fue enturbiando del cielo
la limpia claridad. Oscura nube
desde el confín remoto se avecina,
sorbiendo la neblina
que de las ondas impalpable sube.
– CXXXIII –
A medida que llega va aumentando:
el mar plácido y blando
por momentos se encrespa y alborota.
Estremécese el viento, antes dormido,
y hacia el agreste nido
tiende el medroso vuelo la gaviota.
– CXXXIV –
De improviso una racha fugitiva
del oleaje aviva
el ímpetu naciente. Las espesas
nubes marchan en giro apresurado,
y al fin rompe el nublado
en gota, tan escasas como gruesas.
– CXXXV –
¡Hum! -exclama frunciendo el entrecejo
un pescador ya viejo.
-¡El tiempo muda, la borrasca avanza!-
Y otro añade después: -Se aguó la fiesta!
¡Ah, cobardes! -contesta
Miguel en tono de amistosa chanza:
– CXXXVI –
-¿Os asusta una nube de verano?-
-¡Sí! -responde el anciano.
¡La galerna está encima! -No discuto-
le interrumpe el patrón. -Mas Juana ha muerto,
y yo no vuelvo al puerto
si no llevo a su padre para el luto.-
– CXXXVII –
Y la pesca siguió con mayor brío,
sin que del mar bravío
la sorda turbación los contuviera.
Pues ¿quién fuerza al lebrel cuando en la pista
la ansiada res avista,
a pararse en mitad de su carrera?
– CXXXVIII –
Mas de golpe la lluvia se desata
cual rauda catarata;
el huracán sus ráfagas sacude
como un corcel la crin; al llamamiento
del alterado viento,
la ola, bramando de furor, acude.
– CXXXIX –
Y se empeña otra vez con recio embate,
el eterno combate
que presencian los siglos confundidos,
en que después de trágicos horrores,
los fieros gladiadores
ceden cansados, pero no vencidos.
– CXL –
Quédase muda de estupor la gente.
Negra, inmensa, rugiente
rueda la tempestad: con ciego empuje
cual fogoso bridón que se desboca,
la ola adelanta, choca
contra la barca, se revuelve y ruge.
– CXLI –
¡Hola! -grita Miguel- ¡Cortad la cuerda,
aunque la red se pierda!
Aun habrá tiempo de llegar al faro.
¡Ánimo, chicos! y forzad los remos,
que pronto arribaremos.
¡La santa Virgen nos dará su amparo!
– CXLII –
El endeble timón Miguel aferra
y a la cercana tierra
dirige el rumbo como buen marino,
mientras la gente, ante el peligro absorta,
con ágil remo corta
la indócil ola, abriéndose camino.
– CXLIII –
Estimulado por la voz del trueno,
el mar su turbio sello
con resonante convulsión agita;
cual irritada fiera el lomo enarca
y hacia la frágil barca
sus gigantescas olas precipita.
– CXLIV –
A merced de la mar arrolladora,
la lancha pescadora
los golpes sufre, pero no desmaya.
Y los vecinos del lugar, en tanto,
vuelan llenos de espanto,
en confuso tropel hacia la playa.
– CXLV –
Mozos, ancianos, niños y mujeres,
imploran por los seres
que amenaza el furor del mar sombrío,
y ardientes quejas, alteradas voces
revueltas y veloces,
pueblan el aire en ronco griterío.
– CXLVI –
Luego el tropel desordenado y vario
invade el santuario
que la escarpada cúspide corona,
donde al pie del altar, una y cien veces
con dolorosas preces,
pide auxilio a su célica Patrona.
– CXLVII –
Joven esposa sus cabellos mesa,
otra, en silencio besa
desesperada a un párvulo inocente,
un débil niño en su pueril despecho,
golpeándose el pecho,
en el polvo del templo hunde su frente
– CXLVIII –
otro ofrece a la Virgen con devoto
fervor, sencillo voto;
y del concurso general, movido
por el temor, la angustia y el deseo,
el alto clamoreo,
¡ay! más que una oración, es un gemido.
– CXLIX –
En el lugar más arduo de la costa,
hacia la boca angosta
del canal, siempre al marinero aciaga,
bulle otra multitud, dando a los vientos,
sus ayes y lamentos,
que el recio son del temporal apaga.
– CL –
Pintándose en su faz el extravío,
por medio del gentío,
la madre de Miguel, como una sombra,
se mueve, sin cesar. Corre, pregunta,
reza, las manos junta,
y al hijo amado, inconsolable nombra.
– CLI –
Rosa trémula y muda la acompaña;
copioso llanto baña
sus claros ojos que oscurece el duelo.
Tiene el lívido rostro de una muerta,
y la razón cubierta
de tormentosas nubes como el cielo.
– CLII –
Todos enternecidos la abren paso.
¿Conocerán acaso
la noticia fatal? La incertidumbre
de Rosa, surge a tan horrible idea,
y con terror pasea
su vista por la absorta muchedumbre.
– CLIII –
Aquel silencio lúgubre la mata.
Frenética, insensata
a una amiga se acerca: -¿Dónde, dónde
está Miguel? ¡Ten lástima! -solloza.
La sorprendida moza
mírala estupefacta, y no responde.
– CLIV –
-¡Ha muerto! -añade acongojada- ¡Ha muerto!-
Pero un marino experto
en los trances del mar, compadecido
de la atroz inquietud que la enajena,
para templar su pena
dícele con amor: -¡Cobra el sentido!
– CLV –
¿A qué viene apurarse de esa suerte?
¿Qué sacas con ponerte
en el último extremo? Cuando tarda
la barca en presentarse, conjeturo
que ya en lugar seguro,
tan sólo el fin del temporal aguarda.
– CLVI –
¡Ea! Enjuga tus lágrimas: no llores,
porque riesgos mayores
ha vencido Miguel, que es tan resuelto.-
-Mas ¿le viste volver? -pregunta Rosa
turbada y anhelosa,
y le contesta el pescador: -No ha vuelto.-
– CLVII –
Entonces trepa a la escarpada cima,
al borde se aproxima
del saliente peñón, como una idiota,
y expuesta a peligroso paroxismo,
avanza hacia el abismo
la descompuesta faz, que el viento azota.
– CLVIII –
En medio del pesar que la anonada,
la atónita mirada
hunde en la inmensidad, y es su porfía
tan profunda y tenaz, que si pudiera,
la mar rebelde y fiera
con sus ávidos ojos sorbería.
– CLIX –
¡Ay! ¡si lograse traspasar la bruma!…
¡Si entre la blanca espuma
viese al mortal por quien suspira y ruega!…
Cuando divisa un barco en lontananza,
renace su esperanza
y clama, llena de ansiedad: -¡Ya llega!-
– CLX –
¡Estéril impaciencia! ¡Vano empeño!
¿En dónde está su dueño
que no acude a su voz? ¿Por qué no viene?
Su amante madre la acaricia y calma.
¡Compadeced al alma
que da consuelos ¡ay! ¡y no los tiene!
– CLXI –
Allá en la playa un grupo generoso,
sin tregua ni reposo
anuda cuerdas y apareja un bote,
sometido al mandato soberano
de respetado anciano,
mezcla de marinero y sacerdote.
– CLXII –
Viril arrojo en sus pupilas arde
sin ostentoso alarde,
y aunque a los años la cerviz inclina,
presta vigor a su cabeza cana
la fortaleza humana,
templada al fuego de la fe divina.
– CLXIII –
Al cabo por la estrecha cortadura,
luchando a la ventura
con el viento y las olas, impelida
por la borrasca hacia el difícil paso,
en donde puede acaso
quedar a salvo o perecer hundida,
– CLXIV –
entre el fragor que por momentos crece,
intrépida aparece
la barca de Miguel; pero ¡en qué estado!
Cual gladiador que tras inútil prueba
huye vencido, lleva
cien heridas de muerte en su costado.
– CLXV –
Resistiendo la cólera salvaje
del soberbio oleaje,
la gente fuerzas del peligro cobra;
y aunque la lancha, como leve pluma,
entre montes de espuma
parece a cada instante que zozobra,
– CLXVI –
cien veces con impávido heroísmo,
resurte del abismo
obediente a la mano que la guía.
Ninguna voz en su interior se escucha,
que el riesgo de la lucha
tiene una majestad muda y sombría.
– CLXVII –
¡Oh! ¡van a perecer! -¿Queréis seguirme?
Con voz entera y firme
pregunta el cura. -¡Á vuestro amor apelo!
Arrancaremos a la mar su presa
y si en tan santa empresa
morimos, ¿qué es morir? ¡Ganar el cielo!-
– CLXVIII –
El religioso impulso que le mueve
su aliento dobla, leve
cual fornido mancebo, al bote salta.
El peligro conoce y no le esquiva:
pues ¿a quién, si arde viva
la fe en su pecho, el ánimo le falta?
– CLXIX –
Todos se aprestan a seguir su suerte,
que aquel combate a muerte
de generosa emulación los llena.
¡Oh humanidad, tan pronta al sacrificio,
podrá mancharte el vicio
y ofuscarte el error; pero eres buena!
– CLXX –
El bote listo ya, con seis remeros
hábiles y ligeros,
abrirse paso hacia el canal ensaya.
¡Vana ilusión! ¡La mar embravecida,
con fuerte sacudida
pedazos hecho le arrojó a la playa.
– CLXXI –
-¡Señor! Tus altos juicios no escudriño
llorando como un niño,
gimió en su angustia el viejo venerable.
-Pero no hay tiempo que perder. ¡Subamos
hijos! Tal vez podamos
desde el mismo peñón echar un cable.-
– CLXXII –
Respondiendo a su voz, según costumbre,
a la empinada cumbre
el grupo asciende, y con empeño lanza
el recio cabo a la corriente ciega;
mas ¡ay! que nunca llega
al náufrago batel. ¡No hay esperanza!
– CLXXIII –
¡No hay esperanza! El cura consternado
increpa al mar airado.
Sin freno alguno que su empuje venza,
la tempestad incontrastable brama.
Y el noble anciano exclama:
-¡Hijos míos! ¡Yo acabo, y Dios comienza!-
– CLXXIV –
¡No hay esperanza! Y la barquilla aun flota
desgobernada y rota.
Aun los pobres remeros, más audaces
cuanto más la borrasca se acrecienta,
lidian con la tormenta
desesperados, sí, pero tenaces.
– CLXXV –
¿Dónde tender la salvadora amarra?
¿Cómo cruzar la barra
que el paso cierra del canal estrecho,
si ya tiene la barca pescadora,
quebrantada la prora,
el casco hendido y el timón deshecho?
– CLXXVI –
El avariento mar la presa ansía.
¡Ya es suya! Todavía,
resistiendo en los frágiles despojos
del roto barco, en su ansiedad suprema,
la gente rema, rema,
rema, y nublan las lágrimas sus ojos.
– CLXXVII –
¿Qué busca? ¿Adónde va? ¿Por qué se afana?
Su resistencia es vana.
¡Ay! la esperanza al corazón se aferra
en los casos adversos e infelices,
aun más que las raíces
a las duras entrañas de la tierra.
– CLXXVIII –
-¡Juan, lárgame una estacha!- grita el bravo
Miguel-, y por un cabo
átala pronto y bien, que si consigo
con el otro nadar hasta la orilla,
podrá nuestra barquilla
en la gruta del faro hallar abrigo-.
– CLXXIX –
Dobló la frente oscurecida y grave.
¿En qué pensaba? ¿Cabe
dudarlo un punto? En el edén perdido,
en su infeliz mujer, en el risueño
ángel, que vio en un sueño,
huérfano ¡ay triste! aun antes de nacido.
– CLXXX –
-¡Eh!- contéstale Juan: -¡Ahí va la estacha!-
Miguel el hombro agacha
para esquivar el golpe; mas Roberto,
asiéndola en el aire de improviso,
prorrumpe: -No es preciso:
yo llegaré a la costa, vivo o muerto-.
– CLXXXI –
La pasión que alimenta su ternura,
y en él, como la pura
lámpara de un altar, arde escondida,
le inspiró, en su postrera llamarada,
ofrecer a su amada
no sólo el corazón, sino la vida.
– CLXXXII –
De su mojado traje se desnuda,
y a su cintura anuda
la retorcida cuerda. Intenta en vano
resistirse Miguel en son de queja,
y se obstina, y forceja,
y arráncarsela quiere de la mano.
– CLXXXIII –
-¡Quita!- Roberto exclama: -¡Si en un credo
ganar la costa puedo!
¡Es inútil que chilles: no te escucho!
Esto sería asesinar a Rosa.-
Y con voz temblorosa
dice, saltando al mar: -¡Quiérela mucho!
– CLXXXIV –
Hacia el negro peñón el rumbo guía,
y sin temor confía
a sus robustos brazos su defensa.
Mas de repente, en turbio remolino,
a trastornarle vino
ola veloz, arrolladora, inmensa.
– CLXXXV –
Sobre su frente con estruendo estalla,
y en desigual batalla
le revuelca, le arrastra y le sofoca.
Desaparece el desdichado, juega
la onda con él, y ciega
le estrella al fin contra la enorme roca.
– CLXXXVI –
Ante aquel espectáculo de muerte,
desencajada, inerte,
de pie sobre la mole de granito
que sacude la mar tempestuosa,
lanzó de pronto Rosa
un grito aterrador. ¡Qué horrible grito!
– CLXXXVII –
El ¡ay! desgarrador, como una espada,
de quien no espera nada;
¡ay! que del corazón en lo más hondo,
las heces amarguísimas remueve
del cáliz en que bebe
la humanidad, para el dolor sin fondo.
– CLXXXVIII –
Cual mies que cede al ímpetu del viento,
convulsa, sin aliento,
levantando sus manos, ya inactivas,
la humilde multitud se postra en tierra,
y con fervor que aterra
eleva a Dios sus preces aflictivas.
– CLXXXIX –
¡Oh momento solemne! Austero y triste
la majestad reviste
de su augusta misión el sacro anciano,
y humedeciendo el llanto sus mejillas,
se dobla de rodillas
ante la inmensidad del Océano.
– CXC –
Su mano extiende trémula y cansada,
levanta la mirada
a la celeste bóveda, testigo
mudo de tanto horror, y con acento
parecido a un lamento:
¡Hijos! -grita- ¡Os absuelvo y os bendigo!-
– CXCI –
¿Qué vio después la multitud? Ver pudo
el cielo siempre mudo,
desierto el mar, la barca destruida,
y una hermosa mujer, rígida y yerta,
lo mismo que una muerta,
en el estéril peñascal tendida.
– CXCII –
Un año ha trascurrido. La alta cumbre
con su postrera lumbre
baña fúlgido sol desde el ocaso,
y en hora tal de paz y de misterio,
al santo cementerio
una débil mujer dirige el paso.
– CXCIII –
¡Cuán sola está, cuán pobre, cuán cambiada!
Rosa fragante, ajada
en mitad de su alegre primavera,
bajo el vivaz recuerdo que la excita,
aquella flor marchita
ni sombra es ya de lo que entonces fuera!
– CXCIV –
Abraza y besa con febril cariño,
a un escuálido niño
nacido entre miserias y trabajos.
El hatillo de príncipe, que un día
soñó la fantasía
del infeliz Miguel, era de andrajos.
– CXCV –
Recrudeciendo el duelo que la enerva,
entre la fresca hierba
dos fosas busca, se prosterna y ora.
Y cobrando calor de un seno amante,
el desvalido infante
sus manecitas mueve, y también llora.
– CXCVI –
¡Ay! ¿Podrá ser que el leño de la selva
a engalanarse vuelva?
¿Renovará sus cánticos el ave
que dejó la borrasca, herida y muda?
¿La infortunada viuda
olvidará algún día? ¡Dios lo sabe!
– CXCVII –
Todo lo gasta y borra el tiempo ingrato:
el ardiente arrebato
del amor, la ilusión que se deshoja,
la fe que espira, el gozo y el tormento:
que el hondo pensamiento,
como el mar, sus cadáveres arroja.
– CXCVIII –
Mas cuando alguno en nuestra mente queda,
cuando tenaz se enreda
al débil corazón, y en él dilata
su raíz, como hiedra trepadora,
entonces nos devora,
porque el triste recuerdo, o muere o mata.
Desde esta soledad en donde vivo…
Desde esta soledad en donde vivo,
y en la cual de los hombres olvidado
ni cartas ni periódicos recibo;
donde reposo en apacible calma,
lejos, lejos del mundo que ha gastado
con la del cuerpo la salud del alma;
antes de que el torrente desbordado
de la ambición con ímpetu violento
me arrebate otra vez; desde la orilla
donde yace encallada mi barquilla,
libre ya de las ondas y del viento,
como recuerdo de amistad te escribo.
¡Ay! Aunque salvo del peligro, siento
la inquietud angustiosa del cautivo,
que rompiendo su férrea ligadura,
traspasa fatigado a la ventura
montes, llanos y selvas, fugitivo.
El rumor apagado que levantan
las hojas secas que a su paso mueve,
las avecillas que en el árbol cantan,
el aire que en las ramas se cimbrea
con movimiento reposado y leve,
el río que entre guijas serpentea,
la luz del día, la callada sombra
de la serena noche, el eco, el ruido,
la misma soledad ¡todo le asombra!
Y cuando ya de caminar rendido,
sobre la yerta piedra se reclina
y le sorprende el sueño y le domina,
oye en torno de sí, medio dormido,
vago y siniestro son. Despierta, calla,
y fija su atención despavorido;
las tinieblas le ofuscan, se incorpora
y el rumor le persigue. «¡Es el latido
de su azorado corazón que estalla!»
Y entonces ¡ay! desesperado llora.
Porque es la libertad don tan querido.
que en el humano espíritu batalla,
más que el placer de conseguirla, el miedo
de volverla a perder.
Yo que no puedo recordar sin espanto la agonía,
la dura y azarosa incertidumbre
en que mi triste corazón gemía
sometido a penosa servidumbre,
cuando, arista a merced del torbellino,
sin elección ni voluntad seguía
los secretos impulsos del destino,
y, en ese pavoroso desconcierto
de la social contienda, consumía
la paz del alma ¡la esperanza mía!
hoy que la tempestad arrojó al puerto
mi navecilla rota y quebrantada,
temo ¡infeliz de mí! que otra oleada
la vuelva al mar donde mi calma ha muerto.
Para vencer su furia desatada
¿qué soy yo? ¿qué es el hombre? Sombra leve,
partícula de polvo en el desierto.
Cuando el simún de la pasión le mueve,
busca el átomo al átomo, y la arena
es nube, es huracán, es cataclismo.
Gigante mole los espacios llena,
bajo su peso el mundo se conmueve,
obscurece la luz, llega al abismo
y al sumo Dios que la formó se atreve.
Vértigo arrollador todo lo arrasa;
pero después que el torbellino pasa
y se apacigua y duerme la tormenta,
¿qué queda? Polvo mísero y liviano
que el ala frágil del insecto aventa,
que se pierde en la palma de la mano.
¡Oh grata soledad, yo te bendigo,
tú que al náufrago, al triste, al pobre grano
de desligada arena das abrigo!
Muchas veces, Antonio, devorado
por ese afán oculto que no sabe
la mente descifrar, me he preguntado,
-cuestión a un tiempo inoportuna y grave
¿qué busco? ¿adónde voy? ¿por qué he nacido
en esta Edad sin fe? Yo soy un ave
que llegó sola y sin amor al nido.
A este nido social en que vegeta,
mayor de edad, la ciega muchedumbre,
al infortunio y al error sujeta
entre miseria y sangre y podredumbre.
Contémplala, si puedes, tú que al cielo
con tus radiantes alas de poeta
tal vez quisiste remontar el vuelo,
y si éste el mundo que soñaste ha sido
nunca el encanto de tu dicha acabe…
¡Ay! pero tú también eres un ave
que llegó sola y sin amor al nido.
Desde la altura de mi siglo, tiendo
alguna vez con ánimo atrevido,
mi vista a lo pasado, y removiendo
los deshechos escombros de la historia,
en el febril anhelo que me agita
sus ruinas vuelvo a alzar en mi memoria.
Y al través de las capas seculares
que el aluvión del tiempo deposita
sobre columnas, pórticos y altares;
del polvo inanimado con que cubre
la loca vanidad del polvo vivo,
que arrebata a su paso fugitivo,
como el viento las hojas en octubre;
mudo de admiración y de respeto
busco la antigüedad -roto esqueleto
que entre la densa lobreguez asoma
y ofrecen a mi absorta fantasía
sus dioses Grecia, sus guerreros Roma,
sus mártires la fe cristiana y pía,
el patriotismo su grandeza austera,
sus monstruos la insaciable tiranía,
sus vengadores la virtud severa.
Y llevado en las alas del deseo
que anima mi ilusión, a veces creo
volver a aquella Edad: En la espesura
del bosque, en el murmullo de la fuente,
en el claro lucero que fulgura,
en el escollo de la mar rujiente,
en la espuma, en el átomo, en la nada,
Apolo centellea, alza su frente
de luminoso lauro coronada.
Por él la luna que entre sombras gira,
la luz que en rayos de color se parte,
la ola que bulle, el viento que suspira,
todo es Dios, todo es himno, todo es arte.
¡Ay! ¿No es verdad que en tus eternas horas
de desaliento y decepción, recuerdas
esa dorada Edad, y que te inspira
el coro de sus musas voladoras,
que murmuran y gimen en las cuerdas
de la ya rota y olvidada lira?
Aunque las llames, no vendrán; ¡han muerto!
La voz del interés grosera y ruda
anuncia que el Parnaso está desierto
la naturaleza triste y muda.
Que en este siglo de sarcasmo y duda
sólo una musa vive. Musa ciega,
implacable, brutal. ¡Demonio acaso
que con los hombres y los dioses juega!
La Musa del análisis, que armada
del árido escalpelo, a cada paso
nos precipita en el obscuro abismo
o nos asoma al borde de la nada.
¿No la ves? ¿No la sientes en ti mismo?
¿Quién no lleva esa víbora enroscada
dentro del corazón? ¡Ay! cuando llena
de noble ardor la juventud florida
quiere surcar la atmósfera serena,
quiere aspirar las auras de la vida,
esa Musa fatal y tentadora
en el libro, en la cátedra, en la escena
se apodera del alma y la devora.
¡Si a veces imagino que envenena
la leche maternal! En nuestros lares,
en el retiro, en el regazo tierno
del amor, hasta al pie de los altares
nos persigue ese aborto del infierno.
¡Cuántas noches de horror, conmigo a solas,
ha sacudido con su soplo ardiente
los tristes pensamientos de mi mente
como sacude el huracán las olas!
¡Cuántas, ay, revolcándome en el lecho
he golpeado con furor mi frente,
he desgarrado sin piedad mi pecho,
y entre visiones lúgubres y extrañas,
su diente de reptil, áspero y frío,
he sentido clavarse en mis entrañas!
¡Noches de soledad, noches de hastío
en que, lleno de angustia y sobresalto,
se agitaba mi ser en el vacío
de fe, de luz y de esperanza falto!
¿Y quién mantiene viva la esperanza
si donde quiera que la vista alcanza
ve escombros nada más? Por entre ruinas
la humanidad desorientada avanza;
hechos, leyes, costumbres y doctrinas
como edificio envejecido y roto
desplomándose van; sordo y profundo
no sé qué irresistible terremoto
moral, conmueve en su cimiento el mundo.
Ruedan los tronos, ruedan los altares:
reyes, naciones, genios y colosos
pasan como las ondas de los mares
empujadas por vientos borrascosos.
Todo tiembla en redor, todo vacila.
Hasta la misma religión sagrada
es moribunda lámpara que oscila
sobre el sepulcro de la edad pasada.
Y cual turbia corriente alborotada,
libre del ancho cauce que la encierra,
la duda audaz, la asoladora duda
como una inundación cubre la tierra.
-¡Es que el manto de Dios ya no la escuda!
No la defiende el varonil denuedo
de la fe inexpugnable y de las leyes,
y el dios de los incrédulos, el miedo,
rige a su voluntad pueblos y reyes.
Él los rumores bélicos propala,
él organiza innúmeras legiones
que buscan la ocasión, no la justicia.
Mas ¿qué podrán hacer? No se apuntala
con lanzas, bayonetas ni cañones,
el templo secular que se desquicia.
En medio de este caos, como un arcano
impenetrable, pavoroso, obscuro,
yérguese altivo el pensamiento humano
de su grandeza y majestad seguro.
Y semejante al árbol carcomido
por incansable y destructor gusano,
que cuando tiene el corazón roído,
desenvuelve su copa más lozano,
al través del social desasosiego
cruza la tierra en su corcel de fuego,
hasta los cielos atrevido sube,
pone en la luz su vencedora mano,
el rayo arranca a la irritada nube
y horada con su acento el Océano.
¡Mas, ay, del árbol que frondoso crece
sostenido no más por su corteza!
Tal vez la brisa que las flores mece
derribará en el polvo su grandeza.
¡Tal vez! ¿Lo sabes tú? ¿Quién el misterio
logra profundizar? Esta sombría
turbación, esta lóbrega tristeza
que invade sin cesar nuestro hemisferio,
¿es acaso el crepúsculo del día
que se extingue, o la aurora del que empieza?
¿Es ¡ay! renacimiento o agonía?
Lo ignoras como yo. ¡Nadie lo sabe!
Sólo sé que la dulce poesía
va enmudeciendo, y cuando calla el ave
es que su obscuridad la noche envía.
Oigo el desacordado clamoreo
que alza doquier la muchedumbre inquieta
sin freno, sin antorcha que la guíe;
ando entre ruinas, y espantado veo
cómo al sordo compás de la piqueta
la embrutecida indiferencia ríe.
-También en Roma, torpe y descreída,
la copa llena de espumoso y rico
licor, gozábase desprevenida,
hasta que de improviso por la herida
que abrió en su cuello el hacha de Alarico
escapósele el vino con la vida.
Todo el cercano cataclismo advierte;
pero en esta ansiedad que nos devora
ninguno habrá que a descifrar acierte
la gran transformación que se elabora.
¿Y qué más da? Resurrección o muerte,
vespertino crepúsculo o aurora,
los que siguen llorando su camino
por medio de esta confusión horrenda,
con inseguro paso y rumbo incierto,
¿dónde levantarán su débil tienda
que no la arranque el raudo torbellino
ni la envuelva la arena del desierto?
En otro tiempo el ánimo doliente,
atormentado por la duda humana,
postrábase sumiso y penitente
en el regazo de la fe cristiana,
y allí bajo la bóveda sombría
del templo, el corazón desesperado
se humillaba en el polvo y renacía.
Cristo en la cruz del Gólgota clavado
extendía sus brazos, compasivo,
al dolor sublimado en la plegaria,
y para el pobre y triste fugitivo
del mundo, era la celda solitaria
puerto de salvación, sepulcro vivo,
anulación del cuerpo voluntaria.
¡Ay! En aquella paz santa y profunda
todo era austero, reposado, grave.
La elevación de la gigante nave,
la luz entrecortada y moribunda,
la sencilla oración de un pueblo inmenso
uniéndose a los cánticos del coro,
la armonía del órgano sonoro,
las blancas nubes de quemado incienso,
el frío y duro pavimento, fosa
común, perpetuamente renovada,
de la cual cada tumba, cada losa
es doble puerta que limita y cierra
por debajo el silencio de la nada,
por encima el tumulto de la tierra;
aquella majestad, aquel olvido
del siglo, aquel recuerdo de la muerte,
parecían decir con infinita
dulzura al corazón desfallecido,
al espíritu ciego, al alma inerte:
Ego sum via, et veritas et vita.
Aquí en su pequeñez el hombre es fuerte.
Mas ¿dónde iremos ya? Torpes y obscuros
planes hallaron en el claustro abrigo,
y Dios airado desató el castigo
y con el rayo derribó sus muros.
¿Dónde posar la fatigada frente?
¿Dónde volver los afligidos ojos,
cuando ha dejado el corazón creyente
prendidos en los ásperos abrojos
su fe piadosa y su interés mundano?
¿Dónde?
¡En ti, soledad! Yo te bendigo,
porque al náufrago, al triste, al pobre grano
de desligada arena das abrigo.
Dorando la alta cumbre…
Dorando la alta cumbre
la ansiada aurora llega,
y ante la viva lumbre
que el ancho espacio anega,
cobarde se repliega
la densa obscuridad.
Ya baña el horizonte
la luz que Dios envía:
ya mar, y valle y monte
colora el nuevo día.
Ya todo es alegría.
¡Poetas, despertad!
La paz tiende su manto
desde el Pirene a Gades:
alzad el himno santo
en campos y en ciudades,
y admire a las edades
vuestro inmortal clamor.
Ascienda en raudo vuelo
la voz de la alabanza;
como cóndor que al cielo
intrépido se lanza.
Cantad a la esperanza:
yo cantaré al dolor.
No es que al deber ajeno
desdeñe la ventura
que de tu herido seno
las penas templa y cura.
Alma tan seca y dura
no alienta ¡oh Patria! en mí.
Acaso al ver hollada
tu majestad suprema,
¿no fue mi lira espada?
mi voz ¿no fue anatema?
Aún mis mejillas quema
el llanto que vertí.
¿Soy el poeta, acaso,
de las felices horas,
que calla en el ocaso
y canta en las auroras?
¿No estalla, cuando lloras,
mi ardiente indignación?
Pero hoy que conseguiste
cobrar el bien perdido,
y espléndida, aunque triste,
la paz ha renacido,
canto al dolor, que ha sido,
tu santa redención.
Enigma de la Historia
y escándalo del mundo,
de tu pasada gloria
so el árbol infecundo,
yacías en profundo
letargo secular.
Del fanatismo esclava,
en noche eterna y fría,
tan sólo iluminaba
tu mísera agonía,
la lámpara que ardía
delante del altar.
Perdida en tu camino
y a obscuras tu conciencia,
el arte sin destino,
sin libertad la ciencia,
tu antigua omnipotencia
no renació jamás.
Pirámide ostentosa
alzada en el desierto,
do incógnita reposa
la vanidad de un muerto,
¡oh Patria! tu famosa
grandeza era no más.
Llamando con su espada
de súbito a tu puerta,
gritó la inesperada
catástrofe: —¡Despierta!—
y el águila su abierta
garra en tu pecho hincó.
¡Oh asombro! Bajo el fiero
dolor de la ancha herida
tus músculos de acero.
cobraron nueva vida:
rugiste enfurecida
y el águila tembló.
Perdona si la austera
verdad acato y digo:
dolor que regenera
es premio y no castigo.
Confieso que contigo
inexorable fue.
Cuando te vio a la falda
del monte soñolienta,
tendió sobre tu espalda
su azote y la tormenta:
te exasperó la afrenta,
y te pusiste en pie.
Ardieron tus hogares,
y con mortal quebranto
corrió la sangre a mares
mezclada con tu llanto.
¡Cuánto sufriste, y cuánto
duró tu adversidad!
Pero pasó el torrente,
el sol doró tus ruinas,
y excelsa, refulgente,
aunque ciñendo espinas,
apareció en Oriente
tu augusta libertad.
¡Ah! Desde entonces luchas
con la traidora hiena,
y su rugido escuchas
impávida y serena.
Tres veces en la arena
domaste su furor.
Cuando tus ansias cesen,
y en tiempos más felices
honrados hijos besen
tus santas cicatrices,
verás como bendices
los frutos del dolor.
Él con potente mano
labra, organiza y crea
cuando en el yunque humano
con hondo afán golpea
para forjar la idea
que es vida, es verbo, es luz.
Los que dichosos duermen
no sueñan con el cielo:
siempre el dolor fue germen
de algún gigante anhelo,
y Dios, bajando al suelo,
le consagró en la Cruz.
Dulces y amorosos sueños…
Dulces y amorosos sueños
de la virgen candorosa,
que tomáis en el espacio
blanca y delicada forma;
melancólicos suspiros
de la flor que se deshoja,
que os convertís en el cielo
en espíritus de aroma;
yo siento sobre mi frente
vuestras alas temblorosas,
y siento en los labios míos
el beso de vuestra boca.
Lloráis para consolarme
de mis pasadas congojas,
y ese llanto es el rocío
que se columpia en las rosas.
Mas si queréis que no pene,
desde el cielo en donde mora,
si no al ángel que me inspira
bajadme al menos su sombra.
El reo de muerte
¡Oh, vedle; vedle! ¡Turbia y ardiente la mirada,
en brazos de su culpa que le acrimina austera,
tan lejos y tan cerca de la insondable nada,
del mundo que le arroja, del polvo que le espera!…
¡Luchando con extrañas y horribles agonías
que traen ante sus ojos en rápida carrera
sus inocentes horas, sus conturbados días,
el cuadro pavoroso de su existencia entera!
Ayer, aunque entre sombras, lo porvenir incierto,
brindábale ilusiones de amor y de ventura,
y hoy, asomado al borde de su sepulcro abierto,
contempla horripilado la eternidad obscura.
La muerte, que le acosa con misterioso grito,
despierta los terrores de su conciencia impura:
quiere llamar, y apaga sus voces el delito,
quiere huir, y le asalta la hambrienta sepultura.
¡Ay, si recuerda entonces el dulce hogar sereno
donde pasó ignorada su infancia soñadora,
la amante y pobre madre que le llevó en su seno,
único ser acaso que le disculpa y llora!
¡Ay triste de él si al lado del hondo precipicio
su amparo no le presta la fe consoladora;
la fe que se levanta potente en el suplicio
y da sus alas de ángel al alma pecadora!
¡Miradle! Cada paso que hacia el cadalso avanza
de su agitada vida los horizontes cierra:
apágase en sus ojos la luz de la esperanza
y el peso de la muerte fatídico le aterra.
¡Ay, ten valor! Si un día de imprevisión y dolo
te puso con los hombres y con la ley en guerra,
mañana entre los muertos abandonado y solo
en su profundo olvido te envolverá la tierra.
Aparta tu mirada terrífica y sombría
de esa apiñada turba que bulle en el camino
para gozar del triste placer de tu agonía
y presenciar el término de tu fatal destino.
¡Oh! no la empuja sólo su imbécil sentimiento
hacia el cadalso infame que espera al asesino.
¡Hasta la cumbre misma del Gólgota sangriento
siguió también los pasos del Redentor divino!
El Sol tocaba en su ocaso…
El Sol tocaba en su ocaso,
y la luz tibia y dudosa
del crepúsculo envolvía
la naturaleza toda.
Los dos estábamos solos,
mudos de amor y zozobra,
con las manos enlazadas,
trémulas y abrasadoras,
contemplando cómo el valle,
el mar y apacible costa,
lentamente iban perdiendo
color, transparencia y forma.
A medida que la noche
adelantaba medrosa,
nuestra tristeza se hacía
más invencible y más honda.
Hasta que al fin, no sé cómo,
yo trastornado, tú loca,
estalló en ardiente beso
nuestra pasión silenciosa.
¡Ay! al volver suspirando
de aquel éxtasis de gloria,
¿qué vimos? Sombra en el cielo,
y en nuestra conciencia sombra.
El vértigo
Guarneciendo de una ría
la entrada incierta y angosta,
sobre un peñón de la costa
que bate el mar noche y día,
se alza gigante y sombría
ancha torre secular
que un rey mandó edificar
a manera de atalaya,
para defender la playa
contra los riesgos del mar.
Cuando viento borrascoso
sus almenas no conmueve,
no turba el rumor más leve
la majestad del coloso.
Queda en profundo reposo
largas horas sumergido,
y sólo se escucha el ruido
con que los aires azota
alguna blanca gaviota
que tiene en la peña el nido.
Mas cuando en recia batalla
el mar rebramando choca
contra la empinada roca
que allí le sirve de valla;
Cuando en la enhiesta muralla
ruge el huracán violento,
entonces, firme en su asiento,
el castillo desafía
la salvaje sinfonía
de las olas y del viento.
Ció magnánimo el monarca
en feudo a Juan de Tabáres
las seis villas y lugares
de aquella agreste comarca.
Cuanto con la vista abarca
desde el alto parapeto,
a su yugo está sujeto,
y en los reinos de Castilla
no hay señor de horca y cuchilla
que no le tenga respeto.
Para acrecentar sus bríos
contra los piratas moros,
colmóle el Rey de tesoros,
mercedes y señoríos.
Mas cediendo a sus impíos
pensamientos de Luzbel,
desordenado y cruel
roba, asuela, incendia y mata,
y es más bárbaro pirata
que los vencidos por él.
Pasma el mirar su serena
faz y su blondo cabello,
que encubra rostro tan bello
los instintos de una hiena.
Cuando en el monte resuena
su bronca trompa de caza,
con mudo terror abraza
la madre al niño inocente,
y huye medrosa la gente
del turbión que la amenaza.
Elegía a la memoria del insigne historiador y poeta portugués Alejandro Herculano
Si es cierto que la pena compartida
llega a calmarse, porque el llanto ajeno
es para el triste bálsamo de vida;
si es verdad ¡ay! que el afligido seno,
cuando piedad encuentra y blando abrigo,
más reposado late y más sereno;
permite ¡oh Portugal! que un pueblo amigo,
ante la humilde tumba de Herculano,
mostrándote tu amor, llore contigo.
¡Ya no existe el poeta! Pero en vano
querrá la muerte arrebatar la gloria
del más insigne genio lusitano.
El con su ciencia engrandeció la Historia,
él exaltó la santa poesía,
y él impondrá a los siglos su memoria.
Cantor de vigorosa fantasía,
pulsó inspirado el Arpa del Creyente
y amó la libertad. ¡Quién no ama el día!
No dobló el yugo del temor su frente,
ni la lisonja vil manchó su labio,
ni abatió al débil, ni ensalzó al potente.
De la austera verdad en desagravio,
se opuso a la invasión de la mentira
con fe de artista y convicción de sabio.
Enérgico y tenaz, pero sin ira,
combatió en pro de su fecunda idea
con la voz, con la espada y con la lira.
Harto ya de luchar, buscó en la aldea
la dulce calma, el apacible encanto
que perdió en el fragor de la pelea,
y hoy en rústico y pobre camposanto
sus restos guarda honrada sepultura,
que el pueblo portugués riega con llanto.
¡Feliz el alma que al romper su obscura
cárcel, de eterno lauro coronada,
vuelve al seno de Dios intacta y pura!
ejemplo sea nuestra Edad menguada,
en que más de un ingenio peregrino
en el fango del mundo se degrada,
y contrariando su inmortal destino,
como ramera sin pudor, ofrece
al éxito brutal su estro divino.
¡Ah! grande podrá ser, mas no merece
loa ni encomio el pensamiento humano
que se humilla, y se arrastra, y se envilece.
¿Quién al águila audaz, que el soberano
vuelo remonta, comparar podría
con el reptil inmundo del pantano?
¡Oh religión del arte! ¡Oh Poesía!
¡Comunión de las almas cuando llevas
la paz, el bien y la razón por guía!
¡Cuando contra la infamia te sublevas,
y con no usada majestad, el vuelo
hasta el principio de la luz elevas!
Pliega tus alas en señal de duelo,
y ante esa pobre tumba deposita
tu más preciada flor: ¡la fe en el cielo!
Rinde esa flor, que nunca se marchita,
¡ay! a quien solo, sí, mas no olvidado,
duerme a la sombra de la cruz bendita.
A quien fue por tu numen exaltado,
de rica inspiración raudal fecundo
y tu apóstol al par que tu soldado.
Rompe el silencio lóbrego y profundo
que cubre el polvo desligado y frío
del que llevaba en su cerebro un mundo.
¡Ay! ya ese mundo estéril y sombrío
no animarán los sueños de la vida:
¡ya no le animarán! ¡Está vacío!
Mas bastan a su fama esclarecida
las altas creaciones del poeta,
do su gran alma nos dejó esculpida.
¡Cuan bien nos pinta la inquietud secreta
del sacerdote que consigo mismo
combate sin cesar como un atleta!,
¡que ama y lucha a la vez con heroísmo;
y ve rodar sin gloria ni esperanza
su patria y su virtud hacia el abismo!
Cuando esparciendo e! odio y la matanza,
la morisma feroz salva el Estrecho
y cual torrente incontrastable avanza
ante el imperio gótico deshecho,
la pasión insensata que le oprime,
con sacrílego ardor le abrasa el pecho.
Y llora, y tiembla, y se retuerce, y gime,
y sólo a costa de la inútil vida
de sus perpetuos votos se redime.
¡Cayó en el campo del honor! La herida
anticipó su fin; pero él llevaba
la muerte en sus entrañas escondida.
¡Ay! ¿En qué corazón, rugiente y brava,
no estalla, en horas de incurable duelo,
la rebelión de la materia esclava?
¿A quién, alguna vez, con hondo anhelo
la sed de lo imposible no le acosa?
¿Quién no ha soñado en escalar el cielo?
Surge después la imagen luminosa
del arquitecto Alfonso, que en su extrema
y ciega ancianidad, aun no reposa.
Le designó la voluntad suprema
para labrar maravilloso templo,
y es forzoso, que acabe su poema.
De su viril constancia ante el ejemplo,
¡con cuánta angustia de la Edad presente,
la vergonzosa indecisión contemplo!
Incrédula, dudosa, indiferente,
lidia sin fe, sin convicción se agita,
y no acierta a explicarse lo que siente.
Ya con sordo fragor se precipita,
como el alud del monte, ya asustada
los hierros del esclavo solicita.
Sigue rebelde o sierva su jornada,
y más que al ruego, al látigo obedece,
¡ay! cuando no vencida, fatigada.
Ante esa sociedad que desfallece,
del inspirado artista la figura
¡cuán excelsa a mis ojos resplandece!
Lleno de genio, edificar procura
alta y extensa bóveda, que sea
terror y pasmo de la edad futura.
Acariciando su arriesgada idea,
cual padre cariñoso, con tranquila
majestad se consagra a su tarea.
El pueblo se estremece y horripila
al comprender su temerario empeño,
y él mismo alguna vez duda y vacila.
—¿No pudiera, en verdad, ser el diseño
de la atrevida y portentosa nave,
la irrealizable concepción de un sueño?
¿Acierta? ¿Se equivoca? ¡Quién lo sabe!
Todos son juicios, cálculos y asombros.
Pero él decide, resignado y grave,
enterrar su vergüenza en los escombros
y si decreta Dios la infausta ruina,
recibirla impertérrito en sus hombros.
¡Dichoso ciego a quien la fe ilumina!
Su ardor redobla en la animosa empresa,
y la admirable fábrica termina.
Derríbase, por fin, la selva espesa
de cimbras y pilares, y el espanto
es en todos mayor que la sorpresa.
Quedó desierto el templo sacrosanto,
y el noble viejo en éxtasis divino,
con sus ojos sin luz, mas no sin llanto,
solo, abstinente, orando de continuo,
vivió esperando hasta el tercero día
la catástrofe horrenda que no vino.
Y la imponente nave todavía,
inmóvil cual granítica montaña,
el furor de los siglos desafía.
¡Oh anciano ilustre, tu sublime hazaña,
de la dura labor a que se entrega
nuestra razón, el simbolismo entraña!
Aunque cansada del trabajo y ciega,
obediente a las leyes que la rigen,
sin cesar edifica, y no sosiega.
Dóciles a su voz desde su origen,
los pueblos con ruidosa incertidumbre
el monumento de su gloria erigen.
Teme a veces la ignara muchedumbre
que la nave espaciosa venga al suelo,
vencida de su inmensa pesadumbre;
mas la razón serena y sin recelo
sabe bien que en sus ejes de diamante
segura está la bóveda del cielo.
No caerá, no, porque el varón constante
deseche el miedo, y con afán profundo
en alas de la ciencia se levante.
¡Ah! si hubiese cedido al infecundo
pavor que nuestras almas encadena,
Colón no hubiera descubierto un mundo.
La duda nuestros ímpetus refrena,
abre anchuroso cauce al egoísmo,
y sólo funda en movediza arena.
¡Pero no es fácil resistir! Yo mismo,
que deploro su mal, mis horas paso
incierto entre los cielos y el abismo.
Herido a un tiempo por el brillo escaso
de un moribundo sol, que lentamente
va cayendo en las sombras del Ocaso,
y por la tibia aurora que en Oriente
empieza a despuntar, también vacilo,
y apenas sé donde posar mi frente.
¡Ay! ¿Quién puede, con ánimo tranquilo,
dar la triste y postrera despedida
al dulce hogar que le sirvió de asilo?
Mas, ¡basta ya de indecisión! La vida
se engrandece al calor de otras ideas
que nos muestran la tierra prometida,
y en ciudades, y en campos, y en aldeas
resuena el coro universal que canta
a la naciente luz: —¡Bendita seas!
Tu fulgor, que los orbes abrillanta,
sólo a la negra noche, engendradora
de monstruos y de crímenes, espanta.—
¡Quién pudiera, a los rayos de esa aurora
los seres convocar que de Herculano
forjó la fantasía soñadora!
Pero no abrigo el pensamiento vano
de animar las figuras colosales
que con diestro cincel labró su mano.
Las místicas angustias, las mortales
ansias, los rencorosos extravíos,
que él presenta patéticos y reales,
rebasarían de los versos míos,
si en ellos contenerlos intentara,
cual de sus cauces los hinchados ríos.
Mas no tan sólo en la región que avara
las ficciones y fábulas encierra,
se abrió camino su razón preclara.
Como rayo de sol que se soterra
por ocultos resquicios, e ilumina
los recónditos senos de la tierra,
el negro cráter, la profunda mina
y la gruta de abrojos resguardada
que conoce no más fiera dañina,
así del vate la sagaz mirada
penetró, fulgurando, en los obscuros
y hondos abismos de la Edad pasada.
Y descifrando en los ciclópeos muros
de tan lóbregos antros, los inciertos
signos para allegar datos seguros,
buscaba en los sepulcros entreabiertos
de los tiempos antiguos, la memoria
casi perdida de los siglos muertos.
Si cuando atormentado por la gloria,
con animoso espíritu escribía
del pueblo portugués la épica historia,
la fanática y torpe hipocresía,
medrosa de la luz, no hubiese roto
su pluma de oro, en que irradiaba el día;
si en medio del frenético alboroto
de envidiosas calumnias, él no hubiera
hecho de enmudecer solemne voto;
el monumento que con fe sincera
quiso alzar a la patria su erudito
y vasto ingenio, perdurable fuera.
Fuera como esas moles de granito
en que pueblos gigantes que no existen,
sus ya ignorados fastos han escrito.
¿Do sus glorias están? ¿En qué consisten?
¿Qué resta de ellos en el mundo? Nada:
las pirámides sólo, que aún resisten.
Esa Historia, entre tantas celebrada,
del egregio Herculano obra maestra,
¡ay! quedará por siempre inacabada.
Pero tan raras perfecciones muestra,
que es, y será en los siglos venideros
gloria de Portugal… ¡y también nuestra!
¿Por ventura los débiles linderos
que la discordia entre nosotros puso,
han roto nuestros vínculos primeros?
Hermanos son el español y el luso,
un mismo origen su destino enlaza,
y Dios la misma cuna los dispuso.
Mas aunque fuesen de enemiga raza,
la generosa tierra en que han crecido
con maternal orgullo los abraza.
¿A quién importa el rumbo que han seguido?
Dos águilas serán de opuesta zona,
que en el mismo peñón hacen su nido.
Ese sol que los sirve de corona,
con torrentes de luz sus campos baña
y sus frutos idénticos sazona.
Juntos pueblan los términos de España,
y parten ambos con igual derecho
el mar, el río, el llano y la montaña.
Cuando algún invasor, hallando estrecho
el mundo a su ambición, con ellos cierra,
la misma espada los traspasa el pecho.
El mismo hogar defienden en la guerra,
el mismo sentimiento los inspira,
cúbrelos al morir la misma tierra,
y tan unidos la razón los mira,
como los fuertes dedos de una mano
y las cuerdas vibrantes de una lira.
¡Ay! cuando luchan con rencor tirano,
pregunta Dios al vencedor impío:
—¡Caín, Caín, qué hiciste de tu hermano!
Juntos mostraron su indomable brío
en lid reñida, infatigable y fiera,
contra un poder despótico y sombrío.
Y juntos alzarán, cuando Dios quiera
poner fin a su mutua desventura
una patria, una ley y una bandera.
Por eso ante la humilde sepultura
que guarda al más insigne de tus hijos,
España ¡oh Portugal! su Danto apura,
y en ti sus nobles pensamientos fijos,
acude ansiosa a consolar tus penas;
pero no a compartir tus regocijos.
Podrá el recelo ruin, si no le enfrenas,
hacer que el odio entre nosotros cunda,
y no luzcan jamás horas serenas;
podrá impedir nuestra unidad fecunda;
mas no evitar que mi patria el llanto
con el que tú derrames se confunda.
¡No lo conseguirá! ¡No puede tanto!
En celebridad de su coronación…
En celebridad de su coronación
Allá en la edad florida
de mi niñez serena,
cuando las leves horas de mi vida
resbalaban en calma,
y no ahuyentaba la ambición ardiente
las doradas imágenes del alma;
mi buen padre, en aquella
tierna y dichosa edad, me refería
la página más bella
que hay en la historia de la patria mía.
Contóme cómo un día
de eterno luto y duelo,
vino desde las márgenes del Sena
a posarse orgullosa en nuestro suelo
la águila altiva de Austerliz y Jena;
cómo, en vibrante cólera encendido
el pueblo castellano,
combatió contra el genio y la fortuna;
y al escuchar tan peregrina historia,
bendije a Dios, que colocó mi cuna
en donde crece el lauro de la gloria.
Pobre niño inocente,
«¿quién, pregunté a mi padre, animar pudo
vuestro brazo nervudo?
¿Qué genio prepotente
despertó vuestro espíritu valiente?
¿Qué voz agitadora y soberana
mantuvo en vuestros pechos la energía?»
Y mi padre llorando respondía:
«¡la voz del gran QUINTANA!
España en ese acento
palpitaba y gemía;
él era la expresión del sentimiento
de la nación ibera,
el eco fiel de nuestras glorias era.»
Desde entonces te amé, y este cariño
no huyó como las blandas ilusiones
que halagan siempre el corazón del niño.
Por eso hoy que en tu frente
brilla el lauro inmortal, genio profundo,
paréceme que veo
coronado el esfuerzo giganteo
con que el pueblo español asombró al mundo.
En el monasterio de piedra (Aragón)
Venga el ateo y fije sus miradas
En las raudas cascadas
Que caen con el estrépito del trueno
En ese bosque que oscurece el día,
De rústica armonía
Y de perfumes y de sombras lleno;
En la gruta titánica que arredra
Con sus monstruos de piedra,
Su oculto lago y despeñado río:
Que ante tantas grandezas el ateo
Dirá asombrado: -¡Creo,
Creo en tu excelsa majestad, Dios mío!
Arpa es la creación, que en la tranquila
Inmensidad oscila
Con ritmo eterno y cántico sonoro,
Y no hay murmullo, ni rumor, ni acento
En tierra, mar y viento,
Que del himno inmortal no forme coro.
El insecto entre el césped escondido,
El pájaro en su nido,
El trueno en las entrañas de la nube,
Hasta la flor que en los sepulcros brota,
Todo exhala su nota
Que en acordado son al cielo sube.
Nunca del hombre la soberbia ciega,
Que a enloquecerlo llega,
Podrá alcanzar, en su insaciable anhelo,
Ese poder augusto y soberano
Que enfrena el océano
Y hace girar los astros en el cielo.
En vano, golpeándose la frente,
Se agitará impotente
En su orgullo satánico y maldito;
Siempre, desesperado Prometeo,
Le acosará el deseo,
¡Ay!, que como el dolor, es infinito.
Eres ariete formidable: nada…
Eres ariete formidable: nada
Resiste a tu satánica ironía.
Al través del sepulcro todavía
Resuena tu estridente carcajada.
Cayó bajo tu sátira acerada
Cuanto la humana estupidez creía,
Y hoy la razón no más sirve de guía
A la prole de Adán regenerada.
Ya solo influye en su inmortal destino
La libre religión de las ideas;
Ya la fe miserable a tierra vino;
Ya el Cristo se desploma; ya las teas
Alumbran los misterios del camino;
Ya venciste, Voltaire. ¡Maldito seas!
Es de noche: el monasterio…
Es de noche: el monasterio
que alzó Felipe Segundo
para admiración del mundo
y ostentación de su imperio,
yace envuelto en el misterio
y en las tinieblas sumido.
De nuestro poder, ya hundido,
último resto glorioso,
parece que está el coloso
al pie del monte, rendido.
El viento del Guadarrama
deja sus antros obscuros,
y estrellándose en los muros
del templo, se agita y brama.
Fugaz y rojiza llama
surca el ancho firmamento,
y a veces, como un lamento,
resuena el lúgubre son
con que llama a la oración
la campana del convento.
La iglesia, triste y sombría,
en honda calma reposa,
tan helada y silenciosa
como una tumba vacía.
Colgada lámpara envía
su incierta luz a lo lejos,
y a sus trémulos reflejos
llegan, huyen, se levantan
esas mil sombras que espantan
a los niños y a los viejos.
De pronto, claro y distinto,
la regia cripta conmueve
ruido extraño, que aunque leve,
llena el mortuorio recinto.
Es que el César Carlos Quinto,
con mano firme y segura
entreabre su sepultura,
y haciendo una horrible mueca,
su faz carcomida y seca
asoma por la hendidura.
Golpea su descarnada
frente con tenaz empeño,
como quien sale de un sueño
sin acordarse de nada.
Recorre con su mirada
aquel lugar solitario,
alza el mármol funerario,
y arrebatado y resuelto
salta del sepulcro, envuelto
en su andrajoso sudario.
«¡Hola!» grita en son de guerra
con aquella voz concisa,
que oyó en el siglo, sumisa
y amedrentada la tierra.
«¡Volcad la losa que os cierra!
Vástagos de imperial rama,
varones que honráis la fama,
antiguas y excelsas glorias,
de vuestras urnas mortuorias
salid, que el César os llama.»
Contestando a estos conjuros,
un clamor confuso y hondo
parece brotar del fondo,
de aquellos mármoles duros.
Surgen vapores impuros
de los sepulcros ya abiertos:
la serie de reyes muertos
después a salir empieza,
y es de notar la tristeza,
el gesto despavorido
de los que han envilecido
la corona en su cabeza.
Grave, solemne, pausado,
se alza Felipe Segundo,
en su lucha con el mundo
vencido, mas no domado.
Su hijo se despierta al lado,
y detrás del rey devoto,
aquel que humillado y roto
vio desmoronarse a España,
cual granítica montaña
a impulsos del terremoto.
Luego el monarca enfermizo,
de infausta y negra memoria,
en cuya Edad nuestra gloria,
como nieve se deshizo.
Bajo el poder de su hechizo
se estremece todavía.
¡Ay, qué terrible armonía,
qué obscuro enlace se nota
entre aquel mísero idiota
y su exhausta monarquía!
Con terrífica sorpresa
y en silencioso concierto,
todos los reyes que han muerto
van saliendo de su huesa.
La ya apagada pavesa
cobra los vitales bríos,
y se aglomeran sombríos
aquellos yertos despojos,
aquellas cuencas sin ojos,
aquellos cráneos vacíos.
De los monarcas en pos,
respondiendo al llamamiento,
cual si llegara el momento
del santo juicio de Dios,
acuden de dos en dos
por claustros y corredores,
príncipes, grandes señores,
prelados, frailes, guerreros,
favoritos, consejeros,
teólogos e inquisidores.
¡Qué es mirar como serpea
por su semblante amarillo
el fosforescente brillo
que la podredumbre crea!
¡Qué espíritu no flaquea
con mil terrores secretos,
viendo aquellos esqueletos,
que ante el César, que los nombra,
se deslizan por la sombra
mudos, absortos, inquietos!
¡Cuántas altas potestades,
cuántas grandezas pasadas,
cuántas invictas espadas,
cuántas firmes voluntades
en aquellas soledades
muestran sus restos livianos!
¡Cuántos cráneos soberanos,
que el genio habitara en vida,
convertidos en guarida
de miserables gusanos!
Desde el triste panteón
en que se agolpa y hacina,
hacia el templo se encamina
la fúnebre procesión.
Marcha con pausado son
tras del rey que la congrega,
y cuando a la iglesia llega,
inunda la altiva nave
un resplandor tibio y suave,
que ni deslumbra ni ciega.
Guardando el regio decoro,
como en los siglos pasados,
reyes, príncipes, prelados
toman asiento en el coro.
Después en tropel sonoro
por el templo se derrama,
rindiendo culto a la fama
con que llena las historias,
aquel haz de muertas glorias,
que el César convoca y llama.
Por mandato soberano
de Carlos, que el cetro ostenta,
llega al órgano y se sienta
un viejo esqueleto humano.
La seca y huesosa mano
en el gran teclado imprime,
y la música sublime,
que a inmensos raudales brota,
parece que en cada nota
reza y llora, canta y gime.
Uniendo al acorde santo
su voz, los muertos despojos
caen ante el ara de hinojos
y a Dios elevan su canto.
Honda expresión del quebranto,
aquel eco de la tumba
crece, se dilata, zumba,
y al paso que va creciendo,
resuena con el estruendo
de un mundo que se derrumba:
«Fuimos las ondas de un río
caudaloso y desbordado.
Hoy la fuente se ha secado,
hoy el cauce está vacío.
Ya ¡oh Dios! nuestro poderío
se extingue, se apaga y muere.
¡Miserere!
»¡Maldito, maldito sea
aquel portentoso invento
que dio vida al pensamiento
y alas de luz a la idea!
El verbo animado ondea
y como el rayo nos hiere.
¡Miserere!
»¡Maldito el hilo fecundo
que a los pueblos eslabona,
y busca, y cuenta, y pregona
las pulsaciones del mundo!
Ya en el silencio profundo
ninguna injusticia muere.
¡Miserere!
»Ya no vive cada raza
en solitario destierro,
ya con vínculo de hierro
la humana especie se enlaza.
Ya el aislamiento rechaza:
ya la libertad prefiere.
¡Miserere!
»Rígido y brutal azote
con desacordado empuje
sobre las espaldas cruje
del rey y del sacerdote.
Ya nada existe que embote
el golpe ¡oh Dios! que nos hiere.
¡Miserere!
»Mas ¡ay! que en su audacia loca,
también el orgullo humano
pone en los cielos su mano
y a ti, Señor, te provoca.
Mientras blasfeme su boca
ni paz ni ventura espere.
¡Miserere!
»No en la tormenta enemiga:
no en el insondable abismo:
el mundo lleva en sí mismo
el rayo que le castiga.
Sin compasión ni fatiga
hoy nos mata; pero muere.
¡Miserere!
»Grande y caudaloso río,
que corres precipitado,
ve que el nuestro se ha secado
y tiene el cauce vacío.
¡No prevalezca el impío,
ni la iniquidad prospere!
¡Miserere!»
Súbito, con sordo ruido
cruje el órgano y estalla,
la luz se amortigua y calla
el concurso dolorido.
Al disiparse el sonido
del grave y solemne canto
llega a su colmo el espanto
de las mudas calaveras,
y de sus órbitas hueras
desciende abundoso llanto.
A medida que decrece
la luz misteriosa y vaga,
todo murmullo se apaga
y el cuadro se desvanece.
Con el alba que aparece
la procesión se evapora,
y mientras la blanca aurora
esparce su lumbre escasa,
a lo lejos silba y pasa
la rauda locomotora.
Estrofas
I
La generosa musa de Quevedo
desbordose una vez como un torrente
y exclamó llena de viril denuedo:
«No he de callar, por más que con el dedo,
ya tocando los labios, ya la frente,
silencio avises o amenaces miedo».
II
Y al estampar sobre la herida abierta
el hierro de su cólera encendido,
tembló la concusión, que siempre alerta,
incansable y voraz, labra su nido,
como gusano ruin en carne muerta,
en todo Estado exánime y podrido.
III
Arranque de dolor, de ese profundo
dolor que se concentra en el misterio
y huye amargado del rumor del mundo,
fue su sangrienta sátira cauterio
que aplicó sollozando al patrio imperio,
mísero, gangrenado y moribundo.
IV
¡Ah! si hoy pudiera resonar la lira
que con Quevedo descendió a la tumba,
en medio de esta universal mentira,
de este viento de escándalo que zumba,
de este fétido hedor que se respira,
de esta España moral que se derrumba;
V
de la viva y creciente incertidumbre
que en lucha estéril nuestra fuerza agota;
del huracán de sangre que alborota
el mar de la revuelta muchedumbre;
de la insaciable y honda podredumbre
que el rostro y la conciencia nos azota;
VI
de este horror, de este ciego desvarío
que cubre nuestras almas con un velo,
como el sepulcro, impenetrable y frío;
de este insensato pensamiento impío
que destituye a Dios, despuebla el cielo
y precipita el mundo en el vacío;
VII
si en medio de esta borrascosa orgía
que infunde repugnancia al par que aterra
esa lira estallara, ¿qué sería?
Grito de indignación, canto de guerra,
que en las entrañas mismas de la tierra
la muerta humanidad conmovería.
VIII
Mas porque el gran satírico no aliente,
¿ha de haber quien contemple y autorice
tanta degradación, indiferente?
«¿No ha de haber un espíritu valiente?
¿Siempre se ha de sentir lo que se dice?
¿Nunca se ha de decir lo que se siente?»
IX
¡Cuántos sueños de gloria evaporados
como las leves gotas de rocío
que apenas mojan los sedientos prados!
¡Cuánta ilusión perdida en el vacío,
y cuántos corazones anegados
en la amarga corriente del hastío!
X
No es la revolución raudal de plata
que fertiliza la extendida vega:
es sorda inundación que se desata.
No es viva luz que se difunde grata,
sino confuso resplandor que ciega
y tormentoso vértigo que mata.
XI
Al menos en el siglo desdichado
que aquel ilustre y vigoroso vate
con el rayo marcó de su censura,
podía el corazón atribulado
salir ileso del mortal combate
en alas de la fe radiante y pura.
XII
Y apartando la vista de aquel cieno
social, de aquellos fétidos despojos,
de aquel lúbrico y torpe desenfreno,
fijar llorando sus ardientes ojos,
en ese cielo azul, limpio y sereno
de santa paz y de esperanzas lleno.
XIII
Pero hoy ¿dónde mirar? Un golpe mismo
hiere al César y a Dios. Sorda carcoma
prepara el misterioso cataclismo;
y como en tiempos de la antigua Roma,
todo cruje, vacila y se desploma
en el cielo, en la tierra, en el abismo.
XIV
Perdida en tanta soledad la calma,
de noche eterna el corazón cubierto,
la gloria, muda, desolada el alma,
en este pavoroso desconcierto
se eleva la razón, como la palma
que crece triste y sola en el desierto.
XV
¡Triste y sola, es verdad! ¿Dónde hay miseria
mayor? ¿Dónde más hondo desconsuelo?
¿De qué la sirve desgarrar el velo
que envuelve y cubre la vivaz materia,
y con profundo inextinguible anhelo
sondar la tierra, escudriñar el cielo;
XVI
entregarse a merced del torbellino
y en la duda incesante que la aqueja.
el secreto inquirir de su destino;
si a cada paso que adelanta, deja
su fe inmortal, como el vellón la oveja,
enredada en las zarzas del camino?
XVII
¿Si a su culpada humillación se adhiere
con la constancia infame del beodo,
que goza en su abyección, y en ella muere?
¿Si ciega, y torpe, y degradada en todo,
desconoce su origen y prefiere
a descender de Dios, surgir del lodo?
XVIII
¡Libertad, libertad! No eres aquella
virgen, de blanca túnica ceñida,
que vi en mis sueños pudibunda y bella.
No eres, no, la deidad esclarecida
que alumbra con su luz, como una estrella,
los lóbregos abismos de la vida.
XIX
No eres la fuente de perenne gloria
que dignifica el corazón humano
y engrandece esta vida transitoria.
No el ángel vengador que con su mano
imprime en las espaldas del tirano
el hierro enrojecido de la historia.
XX
No eres la vaga aparición que sigo
con hondo afán desde mi edad primera,
sin alcanzarla nunca… Mas ¿qué digo?
No eres la libertad, disfraces fuera,
¡licencia desgreñada, vil ramera
del motín, te conozco y te maldigo!
XXI
¡Ah! No es extraño que sin luz ni guía
los humanos instintos se desborden
con el rugido del volcán que estalla,
y en medio del tumulto y la anarquía,
como corcel indómito, el desorden
no respete ni látigo ni valla.
XXII
¿Quién podrá detenerle en su carrera?
¿Quién templar los impulsos de la fiera
y loca multitud enardecida,
que principia a dudar y ya no espera
hallar en otra luminosa esfera,
bálsamo a los dolores de esta vida?
XXIII
Como Cristo en la cúspide del monte,
rotas ya sus morales ligaduras,
mira doquier con ojos espantados,
por toda la extensión del horizonte
dilatarse a sus pies vastas llanuras,
ricas ciudades, fértiles collados.
XXIV
Y excitando su afán calenturiento
tanta grandeza y tanto poderío,
de la codicia el persuasivo acento
grítale audaz: «¡El cielo está vacío!
¿A quién temer?» Y ronca y sin aliento
la muchedumbre grita: «¡Todo es mío!»
XXV
Y en el tumulto su puñal afila,
y la enconada cólera que encierra
enturbia y enardece su pupila,
y ensordeciendo el aire en son de guerra
hace temblar bajo sus pies la tierra,
como las hordas bárbaras de Atila.
XXVI
No esperéis que esa turba alborotada
infunda nueva sangre generosa
en las venas de Europa desmayada;
ni que termine su fatal jornada,
sobre el ara desierta y polvorosa
otro Dios levantando con su espada.
XXVII
No esperéis, no, que la confusa plebe,
como santo depósito en su pecho
nobles instintos y virtudes lleve.
Hallará el mundo a su codicia estrecho,
que es la fuerza, es el número, es el hecho
brutal ¡es la materia que se mueve!
XXVIII
Y buscará la libertad en vano,
que no arraiga en los crímenes la idea,
ni entre las olas fructifica el grano.
Su castigo en sus iras centellea
pronto a estallar, que el rayo y el tirano
hermanos son. ¡La tempestad los crea!
¡Excélsior!
Por qué los corazones miserables,
por qué las almas viles,
en los fieros combates de la vida
ni luchan ni resisten?
El espíritu humano es más constante
cuanto más se levanta:
Dios puso el fango en la llanura, y puso
la roca en la montaña.
La blanca nieve que en los hondos valles
derrítese ligera,
en las altivas cumbres permanece
inmutable y eterna.
Fotografías
¡Pantoja, ten valor! Rompe la valla:
luce, luce en tarjeta y en membrete
y cabe el toro que enganchó a Pepete
date a luz en las tiendas de quincalla.
Eres un necio. -Cierto.- Pero acalla
tu pudor y la duda no te inquiete.
¿Qué importa un necio más donde se mete
con pueril presunción tanta morralla?
¡Valdrás una peseta, buen Pantoja!
No valen mucho más rostros y nombres
que la fotografía al mundo arroja.
Enséñanos tu cara y no te asombres:
deja a la edad futura que recoja,
tantos retratos y tan pocos hombres.
¡Gloria al genio inmortal! Gloria…
I
¡Gloria al genio inmortal! Gloria
al profundo
Darwin, que de este mundo
penetra el hondo y pavoroso arcano!
¡Que, removiendo lo pasado incierto,
sagaz ha descubierto
el abolengo del linaje humano.
II
Puede el necio exclamar en su locura:
«¡Yo soy de Dios hechura!»
y con tan alto origen darse tono.
¿Quién, que estime su crédito y su nombre,
no sabe que es el hombre
la natural transformación del mono?
III
Con meditada calma y paso a paso,
cual reclamaba el caso,
llegó a tal perfección un mono viejo;
y la vivaz materia por sí sola
le suprimió la cola,
le ensanchó el cráneo y le afeitó el pellejo.
IV
Esa invisible fuerza creadora,
siempre viva y sonora,
música, verbo, pensamiento alado;
ese trémulo acento en que la idea
palpita y centellea
como el soplo de Dios en lo creado;
V
hablo de Dios, porque lo exige el metro,
mas tu perdón impetro
(¡oh formidable secta darviniana!)
Ese sonido como el sol fecundo,
que vibra en todo el mundo
y resplandece en la palabra humana;
VI
esa voz, llena de poder y encanto,
ese misterio santo,
lazo de amor, espíritu de vida,
ha sido el grito de la bestia hirsuta,
en la cóncava gruta
de los ásperos bosques escondida.
VII
¡Ay! Si es verdad lo que la ciencia enseña,
¿por qué se agita y sueña
el hombre, de su paz fiero enemigo?
¿A qué aspira? ¿Qué anhela? ¿Qué es, en suma,
el genio que le abruma?
¿Fuerza o debilidad? ¿Premio o castigo?
VIII
Honor, virtud, ardientes devaneos,
imposibles deseos,
loca ambición, estéril esperanza;
horrible tempestad que eternamente
perturbas nuestra mente,
con acentos de amor o de venganza;
IX
conciencia del deber que nos oprimes,
ilusiones sublimes
que a más alta región tendéis el vuelo:
¿Qué sois? ¿Adónde vais? ¿Por qué os sentimos?
¿Por qué crimen perdimos
la inocencia brutal de nuestro abuelo?
X
Ajeno a todo inescrutable arcano,
nuestro Adán cuadrumano
en las selvas perdido y en los montes,
de fijo no estudiaba ni entendía
esta filosofía
que abre al dolor tan vastos horizontes.
XI
Independiente y libre en la espesura,
no sufrió la amargura
que nos quema y devora las entrañas.
Dábanle el bosque entretejidas frondas,
el río claras ondas,
aire sutil y puro las montañas;
XII
la tierra, a su elección, como en tributo
dulce y sabroso fruto,
música el viento susurrante y vago;
su luz fecunda el sol esplendoroso,
la noche su reposo
y limpio espejo el cristalino lago.
XIII
En su pelliza natural envuelto,
gozaba alegre y suelto
de su querida libertad salvaje.
Aún no grababa figurines Francia,
y en su rústica estancia
lo que la vida le duraba el traje.
XIV
Desconoció la púrpura y la seda
no inventó la moneda
para adorarla envilecido y ciego,
ni se dejó coger, como un idiota,
por una infame sota
en la red del amor o en la del juego.
XV
No turbaron su paz ni su apetito
este anhelo infinito,
esta pena tan honda como aguda.
¡Ay! ni a pedazos le arrancó del alma
su candorosa calma,
el demonio implacable de la duda.
XVI
Y en esas lentas y nocturnas horas
negras, abrumadoras,
en que la angustia nos desgarra el pecho,
con tu mirada impenetrable y triste
nunca te apareciste
¡oh desesperación! junto a su lecho.
XVII
No buscó los laureles del poeta,
ni en su ambición inquieta
alzó sobre cadáveres un trono.
No le acosó remordimiento alguno.
No fue rey, ni tribuno,
¡ni siquiera elector!… ¡Dichoso mono!
XVIII
En la copa de un árbol suspendido
y con la cola asido,
extraño a los halagos de la fama,
sin pensar en la tierra ni en el cielo,
nuestro inocente abuelo
la vida se pasó de rama en rama.
XIX
Tal vez enardecida y juguetona,
alguna virgen mona
prendiole astuta en sus amantes lazos,
y más fiel que su nieta pervertida,
ni le amargó la vida,
ni le hirió el corazón con sus abrazos.
XX
Y allí, bajo la bóveda azulada,
en la verde enramada,
a la sonora margen de los ríos,
adormecidos con los trinos suaves
de las canoras aves,
ocultas en los árboles sombríos;
XXI
allí donde la gran Naturaleza
descubre la belleza
de su seno inmortal, siempre fecundo,
en deliquios ardientes y amorosos,
los dos tiernos esposos
engendraron al árbitro del mundo.
XXII
¡Al árbitro del mundo!… ¡Qué sarcasmo!
Perdido el entusiasmo,
sin esperanza en Dios, sin fe en sí mismo,
cuando le borre su divino emblema,
esa ciencia blasfema,
como la piedra rodará al abismo.
XXIII
Caerá de sus altares el Derecho
por el turbión deshecho;
la Libertad sucumbirá arrollada.
Que cuando el alma humana se obscurece,
sólo prospera y crece
la fuerza audaz, de crímenes cargada.
XXIV
¡Ay, si al romper su religioso yugo,
gusta el pueblo del jugo
que en esa ciencia pérfida se esconde!
¡Ay, si olvidando la celeste esfera,
el hijo de la fiera
sólo a su instinto natural responde!
XXV
¡Ay, si recuerda que en la selva umbría
la bestia no tenía
ni Dios, ni ley, ni patria, ni heredades!
Entonces la revuelta muchedumbre
quizás, Europa, alumbre
con el voraz incendio tus ciudades.
XXVI
¡Batid gozosos las sangrientas manos
déspotas y tiranos!
Ya entre el tumulto vuestra faz asoma.
Que el hombre a la razón dobla su frente;
mas sólo el hierro ardiente
la hambrienta rabia de las fieras doma.
¡Goza, goza en tu infamia! La serena…
¡Goza, goza en tu infamia! La serena
y osada faz levanta satisfecho:
insulta la virtud, huella el derecho,
y arrostra la opinión que te condena.
Como lugar de crímenes que llena
de cruces la piedad, muestra tu pecho,
si para el vil a las perfidias hecho
son premio los honores y no pena.
¡Alienta pues! La multitud olvida,
el tiempo envuelve la verdad en dudas,
la historia engaña, el éxito sanciona.
Únicamente amargará tu vida
la implacable conciencia, el juez de Judas,
que ni olvida, ni miente, ni perdona.
Guarneciendo de una ría…
Guarneciendo de una ría
la entrada incierta y angosta,
sobre un peñón de la costa
que bate el mar noche y día,
se alza gigante y sombría
ancha torre secular
que un rey mandó edificar
a manera de atalaya,
para defender la playa
contra los riesgos del mar.
Cuando viento borrascoso
sus almenas no conmueve,
no turba el rumor más leve
la majestad del coloso.
Queda en profundo reposo
largas horas sumergido,
y sólo se escucha el ruido
con que los aires azota
alguna blanca gaviota
que tiene en la peña el nido.
Mas cuando en recia batalla
el mar rebramando choca
contra la empinada roca
que allí le sirve de valla;
Cuando en la enhiesta muralla
ruge el huracán violento,
entonces, firme en su asiento,
el castillo desafía
la salvaje sinfonía
de las olas y del viento.
Ció magnánimo el monarca
en feudo a Juan de Tabáres
las seis villas y lugares
de aquella agreste comarca.
Cuanto con la vista abarca
desde el alto parapeto,
a su yugo está sujeto,
y en los reinos de Castilla
no hay señor de horca y cuchilla
que no le tenga respeto.
Para acrecentar sus bríos
contra los piratas moros,
colmóle el Rey de tesoros,
mercedes y señoríos.
Mas cediendo a sus impíos
pensamientos de Luzbel,
desordenado y cruel
roba, asuela, incendia y mata,
y es más bárbaro pirata
que los vencidos por él.
Pasma el mirar su serena
faz y su blondo cabello,
que encubra rostro tan bello
los instintos de una hiena.
Cuando en el monte resuena
su bronca trompa de caza,
con mudo terror abraza
la madre al niño inocente,
y huye medrosa la gente
del turbión que la amenaza.

Introducción
¡Los tiempos son de lucha! ¿Quién concibe
el ocio muelle en nuestra edad inquieta?
En medio de la lid canta el poeta,
el tribuno perora, el sabio escribe.
Nadie el golpe que da ni el que recibe
siente, a medida que el peligro aprieta:
desplómase vencido el fuerte atleta
y otro al recio combate se apercibe.
La ciega multitud se precipita,
invade el campo, avanza alborotada
con el sordo rumor de la marea.
Y son, en el furor que nos agita,
trueno y rayo la voz; el arte, espada;
la ciencia, ariete; tempestad la idea.
La duda
Desde esta soledad en donde vivo,
y en la cual de los hombres olvidado
ni cartas ni periódicos recibo;
donde reposo en apacible calma,
lejos, lejos del mundo que ha gastado
con la del cuerpo la salud del alma;
antes de que el torrente desbordado
de la ambición con ímpetu violento
me arrebate otra vez; desde la orilla
donde yace encallada mi barquilla,
libre ya de las ondas y del viento,
como recuerdo de amistad te escribo.
¡Ay! Aunque salvo del peligro, siento
la inquietud angustiosa del cautivo,
que rompiendo su férrea ligadura,
traspasa fatigado a la ventura
montes, llanos y selvas, fugitivo.
El rumor apagado que levantan
las hojas secas que a su paso mueve,
las avecillas que en el árbol cantan,
el aire que en las ramas se cimbrea
con movimiento reposado y leve,
el río que entre guijas serpentea,
la luz del día, la callada sombra
de la serena noche, el eco, el ruido,
la misma soledad ¡todo le asombra!
Y cuando ya de caminar rendido,
sobre la yerta piedra se reclina
y le sorprende el sueño y le domina,
oye en torno de sí, medio dormido,
vago y siniestro son. Despierta, calla,
y fija su atención despavorido;
las tinieblas le ofuscan, se incorpora
y el rumor le persigue. «¡Es el latido
de su azorado corazón que estalla!»
Y entonces ¡ay! desesperado llora.
Porque es la libertad don tan querido.
que en el humano espíritu batalla,
más que el placer de conseguirla, el miedo
de volverla a perder.
Yo que no puedo recordar sin espanto la agonía,
la dura y azarosa incertidumbre
en que mi triste corazón gemía
sometido a penosa servidumbre,
cuando, arista a merced del torbellino,
sin elección ni voluntad seguía
los secretos impulsos del destino,
y, en ese pavoroso desconcierto
de la social contienda, consumía
la paz del alma ¡la esperanza mía!
hoy que la tempestad arrojó al puerto
mi navecilla rota y quebrantada,
temo ¡infeliz de mí! que otra oleada
la vuelva al mar donde mi calma ha muerto.
Para vencer su furia desatada
¿qué soy yo? ¿qué es el hombre? Sombra leve,
partícula de polvo en el desierto.
Cuando el simún de la pasión le mueve,
busca el átomo al átomo, y la arena
es nube, es huracán, es cataclismo.
Gigante mole los espacios llena,
bajo su peso el mundo se conmueve,
obscurece la luz, llega al abismo
y al sumo Dios que la formó se atreve.
Vértigo arrollador todo lo arrasa;
pero después que el torbellino pasa
y se apacigua y duerme la tormenta,
¿qué queda? Polvo mísero y liviano
que el ala frágil del insecto aventa,
que se pierde en la palma de la mano.
¡Oh grata soledad, yo te bendigo,
tú que al náufrago, al triste, al pobre grano
de desligada arena das abrigo!
Muchas veces, Antonio, devorado
por ese afán oculto que no sabe
la mente descifrar, me he preguntado,
-cuestión a un tiempo inoportuna y grave
¿qué busco? ¿adónde voy? ¿por qué he nacido
en esta Edad sin fe? Yo soy un ave
que llegó sola y sin amor al nido.
A este nido social en que vegeta,
mayor de edad, la ciega muchedumbre,
al infortunio y al error sujeta
entre miseria y sangre y podredumbre.
Contémplala, si puedes, tú que al cielo
con tus radiantes alas de poeta
tal vez quisiste remontar el vuelo,
y si éste el mundo que soñaste ha sido
nunca el encanto de tu dicha acabe…
¡Ay! pero tú también eres un ave
que llegó sola y sin amor al nido.
Desde la altura de mi siglo, tiendo
alguna vez con ánimo atrevido,
mi vista a lo pasado, y removiendo
los deshechos escombros de la historia,
en el febril anhelo que me agita
sus ruinas vuelvo a alzar en mi memoria.
Y al través de las capas seculares
que el aluvión del tiempo deposita
sobre columnas, pórticos y altares;
del polvo inanimado con que cubre
la loca vanidad del polvo vivo,
que arrebata a su paso fugitivo,
como el viento las hojas en octubre;
mudo de admiración y de respeto
busco la antigüedad -roto esqueleto
que entre la densa lobreguez asoma
y ofrecen a mi absorta fantasía
sus dioses Grecia, sus guerreros Roma,
sus mártires la fe cristiana y pía,
el patriotismo su grandeza austera,
sus monstruos la insaciable tiranía,
sus vengadores la virtud severa.
Y llevado en las alas del deseo
que anima mi ilusión, a veces creo
volver a aquella Edad: En la espesura
del bosque, en el murmullo de la fuente,
en el claro lucero que fulgura,
en el escollo de la mar rujiente,
en la espuma, en el átomo, en la nada,
Apolo centellea, alza su frente
de luminoso lauro coronada.
Por él la luna que entre sombras gira,
la luz que en rayos de color se parte,
la ola que bulle, el viento que suspira,
todo es Dios, todo es himno, todo es arte.
¡Ay! ¿No es verdad que en tus eternas horas
de desaliento y decepción, recuerdas
esa dorada Edad, y que te inspira
el coro de sus musas voladoras,
que murmuran y gimen en las cuerdas
de la ya rota y olvidada lira?
Aunque las llames, no vendrán; ¡han muerto!
La voz del interés grosera y ruda
anuncia que el Parnaso está desierto
la naturaleza triste y muda.
Que en este siglo de sarcasmo y duda
sólo una musa vive. Musa ciega,
implacable, brutal. ¡Demonio acaso
que con los hombres y los dioses juega!
La Musa del análisis, que armada
del árido escalpelo, a cada paso
nos precipita en el obscuro abismo
o nos asoma al borde de la nada.
¿No la ves? ¿No la sientes en ti mismo?
¿Quién no lleva esa víbora enroscada
dentro del corazón? ¡Ay! cuando llena
de noble ardor la juventud florida
quiere surcar la atmósfera serena,
quiere aspirar las auras de la vida,
esa Musa fatal y tentadora
en el libro, en la cátedra, en la escena
se apodera del alma y la devora.
¡Si a veces imagino que envenena
la leche maternal! En nuestros lares,
en el retiro, en el regazo tierno
del amor, hasta al pie de los altares
nos persigue ese aborto del infierno.
¡Cuántas noches de horror, conmigo a solas,
ha sacudido con su soplo ardiente
los tristes pensamientos de mi mente
como sacude el huracán las olas!
¡Cuántas, ay, revolcándome en el lecho
he golpeado con furor mi frente,
he desgarrado sin piedad mi pecho,
y entre visiones lúgubres y extrañas,
su diente de reptil, áspero y frío,
he sentido clavarse en mis entrañas!
¡Noches de soledad, noches de hastío
en que, lleno de angustia y sobresalto,
se agitaba mi ser en el vacío
de fe, de luz y de esperanza falto!
¿Y quién mantiene viva la esperanza
si donde quiera que la vista alcanza
ve escombros nada más? Por entre ruinas
la humanidad desorientada avanza;
hechos, leyes, costumbres y doctrinas
como edificio envejecido y roto
desplomándose van; sordo y profundo
no sé qué irresistible terremoto
moral, conmueve en su cimiento el mundo.
Ruedan los tronos, ruedan los altares:
reyes, naciones, genios y colosos
pasan como las ondas de los mares
empujadas por vientos borrascosos.
Todo tiembla en redor, todo vacila.
Hasta la misma religión sagrada
es moribunda lámpara que oscila
sobre el sepulcro de la edad pasada.
Y cual turbia corriente alborotada,
libre del ancho cauce que la encierra,
la duda audaz, la asoladora duda
como una inundación cubre la tierra.
-¡Es que el manto de Dios ya no la escuda!
No la defiende el varonil denuedo
de la fe inexpugnable y de las leyes,
y el dios de los incrédulos, el miedo,
rige a su voluntad pueblos y reyes.
Él los rumores bélicos propala,
él organiza innúmeras legiones
que buscan la ocasión, no la justicia.
Mas ¿qué podrán hacer? No se apuntala
con lanzas, bayonetas ni cañones,
el templo secular que se desquicia.
En medio de este caos, como un arcano
impenetrable, pavoroso, obscuro,
yérguese altivo el pensamiento humano
de su grandeza y majestad seguro.
Y semejante al árbol carcomido
por incansable y destructor gusano,
que cuando tiene el corazón roído,
desenvuelve su copa más lozano,
al través del social desasosiego
cruza la tierra en su corcel de fuego,
hasta los cielos atrevido sube,
pone en la luz su vencedora mano,
el rayo arranca a la irritada nube
y horada con su acento el Océano.
¡Mas, ay, del árbol que frondoso crece
sostenido no más por su corteza!
Tal vez la brisa que las flores mece
derribará en el polvo su grandeza.
¡Tal vez! ¿Lo sabes tú? ¿Quién el misterio
logra profundizar? Esta sombría
turbación, esta lóbrega tristeza
que invade sin cesar nuestro hemisferio,
¿es acaso el crepúsculo del día
que se extingue, o la aurora del que empieza?
¿Es ¡ay! renacimiento o agonía?
Lo ignoras como yo. ¡Nadie lo sabe!
Sólo sé que la dulce poesía
va enmudeciendo, y cuando calla el ave
es que su obscuridad la noche envía.
Oigo el desacordado clamoreo
que alza doquier la muchedumbre inquieta
sin freno, sin antorcha que la guíe;
ando entre ruinas, y espantado veo
cómo al sordo compás de la piqueta
la embrutecida indiferencia ríe.
-También en Roma, torpe y descreída,
la copa llena de espumoso y rico
licor, gozábase desprevenida,
hasta que de improviso por la herida
que abrió en su cuello el hacha de Alarico
escapósele el vino con la vida.
Todo el cercano cataclismo advierte;
pero en esta ansiedad que nos devora
ninguno habrá que a descifrar acierte
la gran transformación que se elabora.
¿Y qué más da? Resurrección o muerte,
vespertino crepúsculo o aurora,
los que siguen llorando su camino
por medio de esta confusión horrenda,
con inseguro paso y rumbo incierto,
¿dónde levantarán su débil tienda
que no la arranque el raudo torbellino
ni la envuelva la arena del desierto?
En otro tiempo el ánimo doliente,
atormentado por la duda humana,
postrábase sumiso y penitente
en el regazo de la fe cristiana,
y allí bajo la bóveda sombría
del templo, el corazón desesperado
se humillaba en el polvo y renacía.
Cristo en la cruz del Gólgota clavado
extendía sus brazos, compasivo,
al dolor sublimado en la plegaria,
y para el pobre y triste fugitivo
del mundo, era la celda solitaria
puerto de salvación, sepulcro vivo,
anulación del cuerpo voluntaria.
¡Ay! En aquella paz santa y profunda
todo era austero, reposado, grave.
La elevación de la gigante nave,
la luz entrecortada y moribunda,
la sencilla oración de un pueblo inmenso
uniéndose a los cánticos del coro,
la armonía del órgano sonoro,
las blancas nubes de quemado incienso,
el frío y duro pavimento, fosa
común, perpetuamente renovada,
de la cual cada tumba, cada losa
es doble puerta que limita y cierra
por debajo el silencio de la nada,
por encima el tumulto de la tierra;
aquella majestad, aquel olvido
del siglo, aquel recuerdo de la muerte,
parecían decir con infinita
dulzura al corazón desfallecido,
al espíritu ciego, al alma inerte:
Ego sum via, et veritas et vita.
Aquí en su pequeñez el hombre es fuerte.
Mas ¿dónde iremos ya? Torpes y obscuros
planes hallaron en el claustro abrigo,
y Dios airado desató el castigo
y con el rayo derribó sus muros.
¿Dónde posar la fatigada frente?
¿Dónde volver los afligidos ojos,
cuando ha dejado el corazón creyente
prendidos en los ásperos abrojos
su fe piadosa y su interés mundano?
¿Dónde?
¡En ti, soledad! Yo te bendigo,
porque al náufrago, al triste, al pobre grano
de desligada arena das abrigo.
La fiera, la titánica batalla…
La fiera, la titánica batalla
dura y persiste aún:
es el combate entre la ciega sombra
y la fecunda luz.
¡Ni un instante de tregua y de reposo!
en la tierra, en el mar,
en el espacio, en la conciencia humana
siempre lidiando están.
Al través de los siglos que se empujan
con sorda confusión,
ruedan mezclados la verdad, el día,
la noche y el error.
¿Quién vencerá por fin? ¿La negra sombra?
¿La excelsa claridad?…
¡Ay, no lo preguntéis! La horrenda lucha
nunca terminará.
Cuando la creación rota y deshecha
vuelva al caos otra vez;
cuando desierta, impenetrable y muda
la inmensidad esté;
en el seno del tiempo, en el espacio
sin mundos y sin sol,
seguirá eterno el duelo formidable
entre Satán y Dios.
La generosa musa de Quevedo…
I
La generosa musa de Quevedo
desbordose una vez como un torrente
y exclamó llena de viril denuedo:
«No he de callar, por más que con el dedo,
ya tocando los labios, ya la frente,
silencio avises o amenaces miedo».
II
Y al estampar sobre la herida abierta
el hierro de su cólera encendido,
tembló la concusión, que siempre alerta,
incansable y voraz, labra su nido,
como gusano ruin en carne muerta,
en todo Estado exánime y podrido.
III
Arranque de dolor, de ese profundo
dolor que se concentra en el misterio
y huye amargado del rumor del mundo,
fue su sangrienta sátira cauterio
que aplicó sollozando al patrio imperio,
mísero, gangrenado y moribundo.
IV
¡Ah! si hoy pudiera resonar la lira
que con Quevedo descendió a la tumba,
en medio de esta universal mentira,
de este viento de escándalo que zumba,
de este fétido hedor que se respira,
de esta España moral que se derrumba;
V
de la viva y creciente incertidumbre
que en lucha estéril nuestra fuerza agota;
del huracán de sangre que alborota
el mar de la revuelta muchedumbre;
de la insaciable y honda podredumbre
que el rostro y la conciencia nos azota;
VI
de este horror, de este ciego desvarío
que cubre nuestras almas con un velo,
como el sepulcro, impenetrable y frío;
de este insensato pensamiento impío
que destituye a Dios, despuebla el cielo
y precipita el mundo en el vacío;
VII
si en medio de esta borrascosa orgía
que infunde repugnancia al par que aterra
esa lira estallara, ¿qué sería?
Grito de indignación, canto de guerra,
que en las entrañas mismas de la tierra
la muerta humanidad conmovería.
VIII
Mas porque el gran satírico no aliente,
¿ha de haber quien contemple y autorice
tanta degradación, indiferente?
«¿No ha de haber un espíritu valiente?
¿Siempre se ha de sentir lo que se dice?
¿Nunca se ha de decir lo que se siente?»
IX
¡Cuántos sueños de gloria evaporados
como las leves gotas de rocío
que apenas mojan los sedientos prados!
¡Cuánta ilusión perdida en el vacío,
y cuántos corazones anegados
en la amarga corriente del hastío!
X
No es la revolución raudal de plata
que fertiliza la extendida vega:
es sorda inundación que se desata.
No es viva luz que se difunde grata,
sino confuso resplandor que ciega
y tormentoso vértigo que mata.
XI
Al menos en el siglo desdichado
que aquel ilustre y vigoroso vate
con el rayo marcó de su censura,
podía el corazón atribulado
salir ileso del mortal combate
en alas de la fe radiante y pura.
XII
Y apartando la vista de aquel cieno
social, de aquellos fétidos despojos,
de aquel lúbrico y torpe desenfreno,
fijar llorando sus ardientes ojos,
en ese cielo azul, limpio y sereno
de santa paz y de esperanzas lleno.
XIII
Pero hoy ¿dónde mirar? Un golpe mismo
hiere al César y a Dios. Sorda carcoma
prepara el misterioso cataclismo;
y como en tiempos de la antigua Roma,
todo cruje, vacila y se desploma
en el cielo, en la tierra, en el abismo.
XIV
Perdida en tanta soledad la calma,
de noche eterna el corazón cubierto,
la gloria, muda, desolada el alma,
en este pavoroso desconcierto
se eleva la razón, como la palma
que crece triste y sola en el desierto.
XV
¡Triste y sola, es verdad! ¿Dónde hay miseria
mayor? ¿Dónde más hondo desconsuelo?
¿De qué la sirve desgarrar el velo
que envuelve y cubre la vivaz materia,
y con profundo inextinguible anhelo
sondar la tierra, escudriñar el cielo;
XVI
entregarse a merced del torbellino
y en la duda incesante que la aqueja.
el secreto inquirir de su destino;
si a cada paso que adelanta, deja
su fe inmortal, como el vellón la oveja,
enredada en las zarzas del camino?
XVII
¿Si a su culpada humillación se adhiere
con la constancia infame del beodo,
que goza en su abyección, y en ella muere?
¿Si ciega, y torpe, y degradada en todo,
desconoce su origen y prefiere
a descender de Dios, surgir del lodo?
XVIII
¡Libertad, libertad! No eres aquella
virgen, de blanca túnica ceñida,
que vi en mis sueños pudibunda y bella.
No eres, no, la deidad esclarecida
que alumbra con su luz, como una estrella,
los lóbregos abismos de la vida.
XIX
No eres la fuente de perenne gloria
que dignifica el corazón humano
y engrandece esta vida transitoria.
No el ángel vengador que con su mano
imprime en las espaldas del tirano
el hierro enrojecido de la historia.
XX
No eres la vaga aparición que sigo
con hondo afán desde mi edad primera,
sin alcanzarla nunca… Mas ¿qué digo?
No eres la libertad, disfraces fuera,
¡licencia desgreñada, vil ramera
del motín, te conozco y te maldigo!
XXI
¡Ah! No es extraño que sin luz ni guía
los humanos instintos se desborden
con el rugido del volcán que estalla,
y en medio del tumulto y la anarquía,
como corcel indómito, el desorden
no respete ni látigo ni valla.
XXII
¿Quién podrá detenerle en su carrera?
¿Quién templar los impulsos de la fiera
y loca multitud enardecida,
que principia a dudar y ya no espera
hallar en otra luminosa esfera,
bálsamo a los dolores de esta vida?
XXIII
Como Cristo en la cúspide del monte,
rotas ya sus morales ligaduras,
mira doquier con ojos espantados,
por toda la extensión del horizonte
dilatarse a sus pies vastas llanuras,
ricas ciudades, fértiles collados.
XXIV
Y excitando su afán calenturiento
tanta grandeza y tanto poderío,
de la codicia el persuasivo acento
grítale audaz: «¡El cielo está vacío!
¿A quién temer?» Y ronca y sin aliento
la muchedumbre grita: «¡Todo es mío!»
XXV
Y en el tumulto su puñal afila,
y la enconada cólera que encierra
enturbia y enardece su pupila,
y ensordeciendo el aire en son de guerra
hace temblar bajo sus pies la tierra,
como las hordas bárbaras de Atila.
XXVI
No esperéis que esa turba alborotada
infunda nueva sangre generosa
en las venas de Europa desmayada;
ni que termine su fatal jornada,
sobre el ara desierta y polvorosa
otro Dios levantando con su espada.
XXVII
No esperéis, no, que la confusa plebe,
como santo depósito en su pecho
nobles instintos y virtudes lleve.
Hallará el mundo a su codicia estrecho,
que es la fuerza, es el número, es el hecho
brutal ¡es la materia que se mueve!
XXVIII
Y buscará la libertad en vano,
que no arraiga en los crímenes la idea,
ni entre las olas fructifica el grano.
Su castigo en sus iras centellea
pronto a estallar, que el rayo y el tirano
hermanos son. ¡La tempestad los crea!
La guerra
Por razones que se calla
la historia prudentemente,
dos monarcas de Occidente
riñeron fiera batalla.
La causa del rompimiento
no está, en verdad, a mi alcance,
ni hace falta para el lance
que referiros intento.
Sobre el campo del honor
cubierto de sangre y gloria,
donde alcanzó la victoria
más la astucia que el valor;
dos discípulos de Marte,
que airados se acometieron
y juntamente cayeron
pasados de parte a parte;
sumergidos en el lodo,
mientras que llegaba el cura
para darles sepultura,
platicaban de este modo:
Soldado primero
¡Hola, compadre! ¿Qué tal
te ha parecido el asunto?
Soldado segundo
Puesto que me ves difunto
debe parecerme mal.
Soldado primero
Pues ha sido divertida
la función: mira a tu lado.
Lo menos hemos quedado
doce mil héroes sin vida.
Y en esto me quedo corto,
que me enfadan los extremos.
Soldado segundo
¡Con qué habilidad nos hemos
destrozado! Estoy absorto.
Ha habido alarmas y sustos
y muertes y atrocidades
para todas las edades
y para todos los gustos.
Soldado primero
Mas yo quisiera saber
por qué con tanto denuedo
nos matamos…
Soldado segundo
¡Ay! No puedo
tu duda satisfacer.
Para entrar en esta danza
tuve que dejar mi oficio.
Sé que aprendí el ejercicio,
sé que estudié la Ordenanza.
Sé que en compañía de esos
que están mordiendo la tierra,
me trajeron a la guerra
y me moliste los huesos.
Y, en fin, francamente hablando,
puedo decirte al oído,
que he muerto como he nacido;
sin saber por qué, ni cuándo.
Soldado primero
De tu explicación me huelgo,
porque mi vida retrata.
En esto, alzando la pata
un moribundo jamelgo,
¡Gracias, dioses inmortales!
-dijo con voz lastimera-
Pues de la misma manera
morimos los animales.
Cuando pasó la impresión
de tan extraño incidente,
así anudó el más valiente
la rota conversación:
Soldado primero
Aunque ignoramos la ley,
origen de esta querella,
juro a Dios vivo que en ella
lleva la razón mi rey.
Soldado segundo
¿Y por qué?
Soldado primero
Porque es el mío.
Soldado segundo
¡Qué salida de pavana!
La justicia es de quien gana.
Soldado primero
De tu ignorancia me río.
¡Pues cuántos que han hecho eternos
sus nombres con la victoria,
no han ido a gozar la gloria
de su triunfo a los infiernos!
Soldado segundo
Considera lo que dices,
porque estoy ardiendo en ira.
Soldado primero
¡No me alces el gallo!…
Soldado segundo
Mira
que te rompo las narices.
Y fieros y cejijuntos
a combatir empezaron
de nuevo… ¡y no se mataron,
porque ya estaban difuntos!
Diéronse golpes crueles,
hasta que hueca y ufana
llegó la Locura humana,
sonando sus cascabeles.
Puso paz entre los dos
y dijo con desenfado:
«¿Qué es esto? Habéis olvidado
que sois imagen de Dios?
Tal vez la inmortalidad
con justo título esperen
los que por la patria mueren,
por Dios, por la libertad.
Pero que el hombre sucumba
en conquistadora guerra,
cuando siete pies de tierra
le bastan para su tumba;
o que en lucha fratricida
entre, sin saber quizá
ni por qué la muerte da,
ni por qué pierde la vida;
esto mi paciencia apura,
y cuantas veces lo veo,
aunque soy Locura, creo
que es demasiada locura.»
La inundación: Antes
Todo respira paz: la fértil vega,
el cielo transparente, el bosque umbrío
y el viento que en las márgenes del río
sus alas bate y con las ramas juega.
Abre sus cauces el Segura, y riega
los campos secos por tenaz estío,
do redoblando su fecundo brío
el ribereño a su labor se entrega.
Al través de la copa embalsamada
de los verdes naranjos, su dichosa
casa, que dora el sol, cerca divisa.
¡Cuán feliz es! Alegran su jornada
el dulce canto de la amante esposa
y de sus hijos la inocente risa.
La inundación: Después
¡Ay, todo inspira horror! La noche oscura
tendió su manto y en la sombra envuelta
su audaz corriente alborotada y suelta,
extiende hasta los montes el Segura.
Arrolla cuanto encuentra en la llanura
con ímpetu feroz la onda revuelta:
el puente secular, la torre esbelta,
el molino, la casa y la espesura.
Hallando el valle a su soberbia estrecho,
no respetó el torrente embravecido
el templo augusto, ni la humilde choza,
y el labrador, en lágrimas deshecho,
sin amores, sin hijos y sin nido,
sobre las ruinas de su hogar solloza.
La luz y las tinieblas
La fiera, la titánica batalla
dura y persiste aún:
es el combate entre la ciega sombra
y la fecunda luz.
¡Ni un instante de tregua y de reposo!
en la tierra, en el mar,
en el espacio, en la conciencia humana
siempre lidiando están.
Al través de los siglos que se empujan
con sorda confusión,
ruedan mezclados la verdad, el día,
la noche y el error.
¿Quién vencerá por fin? ¿La negra sombra?
¿La excelsa claridad?…
¡Ay, no lo preguntéis! La horrenda lucha
nunca terminará.
Cuando la creación rota y deshecha
vuelva al caos otra vez;
cuando desierta, impenetrable y muda
la inmensidad esté;
en el seno del tiempo, en el espacio
sin mundos y sin sol,
seguirá eterno el duelo formidable
entre Satán y Dios.
La pesca
– I –
¡Cuántas veces sentado en tu ribera,
¡oh mar! como si oyera
la abrumadora voz de lo infinito,
ha despertado en la conciencia mía
honda melancolía,
tu atronador, tu interminable grito!
– II –
Todo enmudece y cae en el misterio:
el poderoso imperio
que la tierra asoló con sus batallas;
hasta los dioses que de polo á polo
temidos son; tú sólo
sientes rodar los siglos, y no callas.
– III –
No callas, y hasta el alto firmamento
sube tu ronco acento,
y cuando revolviéndote en ti mismo
ruges furioso, en tus entrañas late
el horror del combate
que empeña el huracán con el abismo.
– IV –
Sólo alcanza poder tan soberano,
el pensamiento humano
como tú grande, como tú profundo,
que alzando sin cesar su voz de trueno,
forja en su ardiente seno
las glorias y catástrofes del mundo.
– V –
¡Ay si decir pudieras cuanto sabes!…
¿Qué hiciste de las naves
con que surcó tu inmensidad, la aciaga
y trágica ambición? ¿Adónde han ido?
Como el mortal olvido
tu oscuro fondo hasta el recuerdo traga.
– VI –
Todo perece en ti sin dejar huella:
el barco que se estrella
contra el peñón, la armada que devoras,
los continentes que iracundo invades,
las sordas tempestades
que avanzan en tus olas bramadoras.
– VII –
La tierra, en cuyo seno te reclinas,
mantiene en pie las ruinas
que las ciegas catástrofes dejaron.
Tú, con desdén soberbio, las rechazas:
por ti pueblos y razas
como sombras efímeras pasaron.
– VIII –
El furor de los tiempos, que venciste,
sólo tu voz resiste:
tu acento fue, como clamor de guerra,
el que la humanidad oyó primero,
¡ay! y será el postrero
que en su agonía escuchará la tierra.
– IX –
Pero más, mucho más que cuando inmolas
y abismas en tus olas
la insolencia del fuerte á quien humillas,
mi espíritu conturbas y enajenas
con las tristes escenas
que esparcen el terror en tus orillas.
– X –
No lejos de un peñón agrio y salvaje
que con recio oleaje
el cantábrico mar bate y socava,
al través de los árboles blanquea
casi ignorada aldea,
sobre la costa inabordable y brava.
– XI –
Mirando al mar, de frente al Océano,
que sacudiendo en vano
la roca estéril sin cesar se agita,
el horizonte corta y se alza enhiesta
sobre la calva cresta
del picacho granítico, una ermita.
– XII –
¡Con qué placer la gente pescadora,
que al despuntar la aurora
por entre escollos á la mar se lanza,
del sol poniente al último vislumbre,
ve lucir en la cumbre
aquel faro de amor y de esperanza!
– XIII –
Cuando, salvo de innúmeros azares,
torna á los patrios lares
el marinero audaz ¡con qué alegría,
con qué ferviente fe, descalzo y roto,
corre á colgar su voto
en aquel pobre templo de María!
– XIV –
¡María! que del piélago y del alma
las tempestades calma;
que recoge en sus brazos y consuela
al náufrago del mar y de la vida.
Bálsamo á toda herida,
puerto á toda aflicción. Maris stella!
– XV –
Desde el peñón desnudo y solitario
que el blanco santuario
con su apacible majestad abruma,
contempla por do quiera la mirada
la costa acantilada
donde se estrella con fragor la espuma.
– XVI –
Y al dilatarse por el mar, divisa
en la línea indecisa
do se juntan las nubes y las olas,
raudo vapor, que con la crin al viento,
acelera el momento
de arribar á las costas españolas.
– XVII –
Luego, á medida que la luz desmaya,
con rumbo hacia la playa
cuyos contornos borra la neblina,
se ven llegar las pescadoras naves,
como tímidas aves
que al nido vuelven, cuando el sol declina.
– XVIII –
El faro, al descender la noche oscura,
en la empinada altura
de negro promontorio centellea,
y su destello intermitente oscila,
cual la roja pupila
de un Titán, que en las sombras parpadea.
– XIX –
Están, desde la cúspide del monte,
el mar y el horizonte
a la absorta mirada siempre abiertos,
y al otro lado, en la vertiente opuesta
de la escarpada cuesta,
reclinado el lugar entre sus huertos.
– XX –
Silvestres hayas y robustos pinos
de los cerros vecinos
orlan y ciñen la brumosa frente,
por cuyas quiebras rueda y se desata,
como líquida plata,
el sonoro raudal de alguna fuente.
– XXI –
Y allí, donde de pronto se despliega
la pintoresca vega,
siguiendo los contornos desiguales
de la verde montaña, resguardado
por el peñón tajado
de recios y furiosos vendavales;
– XXII –
bajo el amparo de la Iglesia santa,
sobre la cual levanta
sencilla cruz sus brazos redentores,
sin que la sed de la ambición le aflija,
humilde se cobija
aquel pueblo de honrados pescadores.
– XXIII –
Por entre los repliegues de una loma,
rústico albergue asoma
al margen de un arroyo cristalino,
cuyo limpio caudal, abriendo calle
por el fondo del valle,
mueve después las piedras de un molino.
– XXIV –
Fresca arboleda en sus orillas crece,
y cuando el viento mece
con leve impulso sus tupidas frondas,
parece, reflejándose en el río,
que el ramaje sombrío
en el espacio tiembla y en las ondas.
– XXV –
junto al arroyo que lamiendo pasa
las tapias de la casa,
un joven pescador de piel curtida
por el viento del mar, áspero y rudo,
iba nudo por nudo
recorriendo su red, al sol tendida,
– XXVI –
para coger los puntos de la malla,
que en su postrer batalla
rompió, saltando el pez, vencido y preso
en la jornada del pasado día,
cuando la red crujía
de la copiosa pesca bajo el peso.
– XXVII –
Agraciada mujer, viva y morena,
en la ingrata faena
le acompañaba, y con secreto gozo,
a menudo, ligera como el rayo,
mirándole al soslayo
orgullosa pensaba: -¡Es un buen mozo!
– XXVIII –
y él, al fijarse, de impaciencia lleno,
en el redondo seno
que el ceñido jubón reprime y tapa,
suspendiendo de pronto su trabajo,
decía por lo bajo
con aire vencedor: -¡ Es que eres guapa!
– XXIX –
Entonces, dibujándose indecisa
en sus labios la risa,
contemplábase, muda de embeleso,
la dichosa pareja enamorada,
y era aquella mirada
una promesa, una caricia, un beso.
– XXX –
Los dos nacieron para amarse. Es Rosa,
como su nombre, hermosa:
arde en sus ojos del placer la llama.
Su fresca boca, que al halago brinda,
es dulce cual la guinda
que el pájaro voraz pica en la rama.
– XXXI –
No tiene la blancura de la nieve,
que se deshace en breve:
negros sus ojos son, negro el cabello.
Competir en su rostro parecía
la noche con el día;
pero ¿acaso el crepúsculo no es bello?
– XXXII –
Cayó en las redes de su amor cautivo
Miguel, el más activo
y arriesgado patrón de aquella playa,
que ágil en el timón, fuerte en el remo,
en el peligro extremo
ni tiembla, ni se aturde, ni desmaya.
– XXXIII –
Adiestrado en el ímprobo ejercicio
de su penoso oficio,
por la abierta camisa muestra el pecho
de fuerte y musculosa contextura,
no a la molicie impura,
sino a las fieras tempestades hecho.
– XXXIV –
Bajo su tosca y natural corteza
oculta la nobleza
de un corazón resuelto, pero sano.
Tan sólo Rosa conquistó la palma
de someter un alma,
que no logró domar el Océano.
– XXXV –
Santificó su paz y su ventura
la bendición del cura.
Tres meses hace que al sagrado lazo
la ya vencida voluntad rindieron,
tres meses, que se dieron
el primer beso y el primer abrazo.
– XXXVI –
Nunca vio la cantábrica montaña,
honor y prez de España,
dos almas en sus gustos más unidas,
ni con tan casto ardor el himeneo
en un mismo deseo fundió
dos corazones y dos vidas.
– XXXVII –
En su hogar deslizábanse veloces
las horas y los goces.
Ignoraba los usos cortesanos
su amor tan inocente como vivo:
pero el beso furtivo,
la franca lisa, el apretón de manos,
– XXXVIII –
el íntimo y verboso cuchicheo,
semejante al gorjeo
de alegres aves, el falaz desvío
de que mimada joven alardea,
sólo el tiempo que emplea
en decir su amador: -Dulce bien mío!
– XXXIX –
la voz, el gesto, la expresión, el modo de
contemplarse, todo
trastornaba sus almas, pues ¿qué idioma
por inculto que sea y por grosero,
para el amor sincero
no es tierno como arrullo de paloma?
– XL –
Juntos en deleitable compañía
trabajan a porfía
repasando la red, y tan molesta
como pesada operación sazona
la burla retozona,
la aguda chanza o la atrevida fiesta.
– XLI –
Reconcentrados en su amor profundo
¿qué les importa el mundo?
Los sueños de ambición dan al olvido.
A su cariño sin temor se entregan
y juegan como juegan
los pájaros incautos en su nido.
– XLII –
No lejos, en el término de un prado
donde manso ganado
con la hierba otoñal su gula aplaca,
la madre de Miguel, limpia y risueña,
tranquilamente ordeña
las llenas ubres de fecunda vaca.
– XLIII –
Con frecuencia, a hurtadillas, clava en ellos
tan jóvenes, tan bellos
y tan rendidos a su mutuo encanto,
los dulces ojos, que la edad apaga,
y por sus labios vaga
leve sonrisa, tierna como el llanto.
– XLIV –
¡Con qué inefable paz la pobre vieja,
a quien tan sólo deja
vanas memorias la cansada vida,
con qué intenso y profundo regocijo
siente y ve en aquel hijo
reverdecer su juventud perdida!
– XLV –
Él la hace recordar tiempos mejores,
con sus castos amores,
sus ansias, sus placeres y congojas.
Es como tronco roto, que aún resiste,
y el mes de mayo viste
de nuevas ramas y de nuevas hojas.
– XLVI –
Fijose en ella embebecido el mozo,
y desbordando el gozo
que en sus plácidos ojos centellea,
dijo, llamando la atención de Rosa:
-Mírala qué hacendosa
y entretenida está. ¡Bendita, sea!-
– XLVII –
-¿Qué puede apetecer? ¡Nos ve felices!
Rosa exclamó: -Bien dices-,
respondiola Miguel: -¡Quieran los cielos
para colmar la dicha de esa anciana,
concederle mañana
inocentes y hermosos netezuelos!-
– XLVIII –
La joven, con el seno palpitante,
mostrando en su semblante
el vívido color de la amapola,
al cuello se colgó de su marido,
y murmuró a su oído
una tímida frase ¡una tan sola!
– XLVIX –
Mas de poder tan penetrante y hondo,
que removió hasta el fondo
el alma de Miguel, como la ardiente
lumbre del sol que las campiñas dora,
hace, germinadora,
estallar en el surco la simiente.
– L –
-¡Madre! ¡madre! -gritó falto de aliento;
y pronta al llamamiento
con creciente ansiedad la anciana vino.
-¿Qué es esto? -preguntó sobresaltada.
-¿Qué es esto? ¡Pues es nada!-
contéstole Miguel fuera de tino.
– LI –
-¡Qué avanza mi ventura a toda vela!
¡Qué vas a ser abuela!
¡Qué mis sueños de amor alcanzo y toco!-
Y hablaba cada vez menos tranquilo,
levantándola en vilo
locuaz y descompuesto como un loco.
– LII –
Por fin la anciana desasirse pudo
del apretado nudo,
y no vuelta del pasmo todavía,
haciendo a Rosa malicioso guiño,
con maternal cariño,
-¡Ah bobo! -prorrumpió- ¡si lo sabía!
– LIII –
Y no cabiendo el júbilo en su pecho,
en íntimo, en estrecho,
en entrañable abrazo confundidos,
mezclaron sus sencillos corazones,
anhelos, ilusiones,
lágrimas, esperanzas y latidos.
– LIV –
Como de la fortuna en el marco,
se anticipa el deseo
con sus alas de rosa al bien distante,
Miguel dijo soñando: -Si no muda
el tiempo, y Dios me ayuda,
la pesca del atún será abundante.
– LV –
Se la consagro al niño, y con su importe,
a Castro… ¡no! a la corte
iré enseguida, y si en las tiendas hallo
cosa de gusto, volcaré el bolsillo,
y le traeré un hatillo
de príncipe… ¡y un sable!… ¡y un caballo!-
– LVI –
Y añadió enternecido, sonriendo:
-¡Si casi le estoy viendo
con su carita colorada y fresca,
y sus gracias alegres y sencillas,
sentarse en mis rodillas
rara escuchar los lances de la pesca!
– LVII –
¡Verás cómo retoza por la playa
cuando a buscarme vaya!
Y cuando se acostumbre, al lado mío,
al olor del carbón y de la brea,
¡verás cómo gatea
por los palos y jarcias de un navío!
– LVIII –
Será -siguió diciendo satisfecho-,
un mozo de provecho
más resistente y firme que una entena.
Iremos juntos, y se hará a mis mañas.
-¡Hijo de mis entrañas!-
Rosa le interrumpió con susto y pena.
– LIX –
¡Él, expuesto al peligro de los mares!…
¿No bastan los pesares
que me afligen por ti? ¡Vaya un empeño!
No lograrás vencerme, te lo digo,
harto sufro contigo
sin que nueva inquietud me robe el sueño.-
– LX –
-¡Bravo! -exclamó Miguel: ¡ Famosa ideal
Pues ¿qué quieres que sea?-
Y mirándole Rosa con ternura,
-¡Cura! -le respondió- ¡Cómo! -repuso
el pescador confuso,
-¡y un mozo tan cabal ha de ser cura!-
– LXI –
-¡Sí, sí! Para que ruegue noche y día
a la Virgen María-,
respondió con tiernísimo arrebato,
-por cuantos mueren en la mar traidora,
por la infeliz que llora
su mísera viudez… y por ti ¡ingrato!
– LXII –
-Pues no me harás cejar. -Ni a mí tampoco,
-Vayamos poco a poco-
dijo, cortando la incipiente riña
la madre de Miguel. -Pues yo no paso
por que apuréis el caso
sin contar con el huésped. ¿Y si es niña?-
– LXIII –
Quedose el pescador mudo y perplejo:
arrugó el entrecejo
contrariado tal vez; pero de pronto,
á compás de ruidosa carcajada
prorrumpió: -¡Nada, nada,
madre tiene razón! ¡Es que soy tonto!…
– LXIV –
-Si es niña, ya sabéis, no la recibo,
aun cuando sea el vivo
retrato de mi adusta morenita-.
Y con franca efusión abrazó a Rosa,
que entre esquiva y gozosa
dijo, evitando sus cariños: ¡Quita!
– LXV –
¿Quién ve tanta ventura indiferente?
¡Santa y perenne fuente
del amor paternal, que en nuestro anhelo
en misteriosas ondas repartida,
para endulzar la vida
y templar nuestra sed, bajas del cielo!
– LXVI –
¡Sentimiento purísimo del alma,
que turbas nuestra calma,
y con ritmo jamás interrumpido
despiertas los estímulos que duermen,
haces vibrar el germen,
subir la savia y palpitar el nido!
– LXVII –
A tu voz la inmortal naturaleza
suspende la fiereza
del oso huraño y del león hirsuto,
y tu fuego vivaz que do quier arde,
ímpetu da al cobarde,
vigor al débil y razón al bruto.
– LXVIII –
Todo, sujeto a inexorable norma,
se muda, se trasforma,
y en este inmenso impenetrable abismo
que la infinita variedad encierra,
tan sólo tú, en la tierra,
en el cielo y el mar, eres el mismo.
– LXIX –
Pero ¡oh suerte importuna! En el momento
de su mayor contento,
asomando al través de los maizales
que encubren la vereda del molino,
un marinero vino
a turbar sus ensueños paternales.
– LXX –
Era Roberto, amigo y camarada
de Miguel. Alma honrada
que a su pesar apasionado culto
consagra a Rosa; amor inofensivo.
pero punzante y vivo,
en lo más hondo de su pecho oculto.
– LXXI –
-¿Ya vienes a buscarme? Es muy temprano.-
Con tono afable y llano
dijo al verle Miguel. -Bien se conoce
que tienes -contestó- la paz en casa,
y que el reló se atrasa
para quien vive a gusto. ¡Son las doce!
– LXXII –
¿A qué esperamos, pues? El tiempo es bueno,
el cielo está sereno
y el mar tranquilo y manso. Con que puedes
calcular el aguante de tu malla,
pues hoy, o todo falla,
van con la pesca a reventar las redes.
– LXXIII –
¡No es lícito a los pobres el regalo!…
El año ha sido malo…-
-Cierto -Miguel repuso-, y necesito
no perder la ocasión, porque mi esposa…-
Iba a hablar; pero Rosa
dijo, abrazando al imprudente: -¡Chito!-
– LXXIV –
-Si mi franqueza tu disgusto labra,
no diré una palabra,
contestole Miguel. Mientras Roberto
rendido al golpe de su ardiente pena,
contemplaba la escena,
lívido y silencioso como un muerto.
– LXXV –
Quien en lo oscuro de su pecho esconda
la herida viva y honda
que sangra sin cesar, de un desdichado
amor, y tenga para más tortura,
el sueño de ventura
que nunca logrará, siempre a su lado;
– LXXVI –
quien de los celos pertinaces sienta
la mordedura hambrienta,
y finja, indiferente o satisfecho,
ver su imposible bien en otros brazos,
mientras quiere a pedazos
el corazón saltársele del pecho;
– LXXVII –
quien amando en silencio hasta el delirio
no tenga en su martirio
ni aun el triste consuelo de la queja,
podrá tan sólo comprender el fiero
pesar del marinero,
ante el placer de la gentil pareja.
– LXXVIII –
Miguel de pronto profirió: -¡Al avío!
con desenvuelto brío
la fuerte red plegando. Diligente,
y según su costumbre cariñosa,
iba a ayudarle Rosa
cuando él le dijo amedrentado: -¡ Tente!
– LXXIX –
¡Por Dios! ¿Qué vas a hacer? Pues bueno fuera
que un esfuerzo cualquiera…
¡No me des qué sentir! Y a más, te aviso,
que hoy la felicidad me presta aliento.
¡Hasta capaz me siento
de cargar con la barca, si es preciso!-
– LXXX –
Entre risas, y plácemes y fiestas
Miguel echose a cuestas
la recogida red, diciendo: -¡Vaya!
Nada hacemos aquí. -Y él y Roberto,
en íntimo concierto
tomaron el sendero de la playa.
– LXXXI –
Marchaba el ágil mozo con presteza,
volviendo la cabeza
a cada instante hacia su linar cercano,
desde donde en señal de despedida,
la joven conmovida
le mandaba sus besos con la mano.
– LXXXII –
Y hasta que casi al fin de la jornada,
su prenda idolatrada
se internó en las revueltas del camino,
no apartó, con dulcísima porfía,
del rumbo que él seguía,
ni el corazón ni el rostro peregrino,
– LXXXIII –
viendo, no sin nublársela el semblante,
cada vez más distante
al dueño de su vida y de su casa;
que la ausencia en amor, aun la más breve.
cual nubecilla leve,
oscurece los cielos mientras pasa.
– LXXXIV –
-¡Ah! ¿cómo no quererle si es tan bueno!…-
dijo, oprimiendo el seno
maternal, con tan blando y dulce nudo,
que, de la dicha de su hogar ufana,
la enternecida anciana
contener una lágrima no pudo.
– LXXXV –
En tanto, los alegres marineros
perdiéronse ligeros
tras un peñón que hacia la senda avanza,
y al fin de cuya estrecha cortadura
la indómita llanura
del vasto mar a descubrir se alcanza.
– LXXXVI –
Desde allí se divisan de repente,
su grandeza imponente,
su augusta calma o su furor sublime,
y con su regia majestad a solas,
óyese de sus olas
la voz tonante que amenaza o gime.
– LXXXVII –
En coloquio jovial entretenidos
van, de la mano asidos,
hacia donde a merced de la marea
que su ancha curva en las arenas raya,
cual reina de la playa
la barca de Miguel se balancea.
– LXXXVIII –
¡Qué es verla, al separarse de la orilla,
con atrevida quilla
surcar graciosa el líquido elemento,
y mar afuera, inquieta y juguetona,
tender la blanca lona
a las caricias pérfidas del viento!
– LXXXIX –
¡Qué es ver cómo al peligro se aventura,
cuando la sombra oscura
se precipita sobre el mar de Atlante!
Y cuando viento duro el golfo riza,
¡qué es ver cuál se desliza
por la espalda ondulosa del gigante!
– XC –
Nunca el riesgo imprevisto la acobarda,
y hiende tan gallarda
la inmensidad del piélago bravío,
que no deja tras sí, rápida y suave,
ni aun la huella que un ave,
rozando con el ala, abre en el río.
– XCI –
El noble pecho de Miguel se ensancha
ante la airosa lancha
que su fortuna y su ambición encierra,
y le presta solícito el cuidado
con que el bravo soldado
mima y atiende a su corcel de guerra.
– XCII –
Un mancebo, que estaba de atalaya,
gritó a los de la playa:
-¡El patrón!- Y animosa la cuadrilla
a la dura jornada se dispuso.
Sólo absorto y confuso
un pescador permaneció en la orilla,
– XCIII –
Sentado en un montón de húmeda arena,
extraño a la faena
ocultaba su rostro entre las manos,
mostrando sólo en su actitud doliente
la ancha y curtida frente
orlada a trechos de cabellos canos.
– XCIV –
Cual no maduro fruto, que la helada
malogra, su hija amada
cayó marchita al soplo de la muerte,
y se le sale, sin sentir, del pecho
el corazón deshecho,
en las acerbas lágrimas que vierte.
– XCV –
Quien ha sufrido la mortal congoja
que, sin piedad, deshoja
como agostada flor nuestra ventura
en ese instante de terrible prueba,
en que voraz se lleva
parte de nuestro ser, la sepultura:
– XCVI –
cuando con lenta gradación se apaga
la luz dudosa y vaga
que colora la faz del moribundo,
¡ay! y a medida que en sus ojos crece
la sombra, nos parece
que va cayendo en lobreguez el mundo;
– XCVII –
cuando vencidos en estéril lucha,
nuestra impotencia escucha
el tremendo estertor de la agonía,
y con angustia alborotada y loca
posamos nuestra boca
sobre otra boca descompuesta y fría,
– XCVIII –
casi cerrada en su letal reposo
al ritmo fatigoso
que el pecho cadavérico le presta,
y que ya de la muerte bajo el peso,
ni al anhelante beso,
ni al tierno abrazo. ni a la voz contesta;
– XCIX –
cuando aun tibios los míseros despojos,
vemos con turbios ojos
toda nuestra ilusión desvanecida,
y en medio del pesar que nos destroza,
sentimos cuál se goza
traidor recuerdo en enconar la herida;
– C –
cuando envuelto en su fúnebre mortaja,
negra y medrosa caja
el bien amado para siempre encierra,
y siente el corazón despavorido
el ruido, el sordo ruido
que hace al cubrir el féretro la tierra:
– CI –
¡ay! quien tenga grabada en su memoria
esa trágica historia,
sin cesar repetida y siempre nueva,
verá, evocando su dolor pasado,
el dardo envenenado
que el triste padre en sus entrañas lleva.
– CII –
Al verle presa de aflicción tan viva,
con frase compasiva
le interrogó Miguel franco y abierto.
Alzó el viejo la faz desencajada,
y con voz desmayada,
-¿No sabes? -sollozó- ¡mi Juana ha muerto!-
– CIII –
El sentimiento concentrado es mudo,
mientras un choque rudo
no sacude el marasmo que le embota,
porque entonces el ansia comprimida,
como por ancha herida
la hirviente sangre, atropellada brota.
– CIV –
Y cuando el corazón rompe su valla,
en el dolor que estalla
se mezclan y amalgaman con espanto,
como fundidos por el mismo fuego,
la imprecación y el ruego,
y el gemido, y la cólera, y el llanto.
– CV –
Tal la voz de Miguel, blanda y serena,
exasperó la pena
que al tosco anciano le apretaba el cuello,
y exaltándose al cabo poco a poco,
con la rabia de un loco
maldiciendo y mesándose el cabello,
– CVI –
-¡ay!- de pronto exclamó con ceño adusto:-
¡Mentira! Dios no es justo
cuando se goza en aumentar mi cuita.
Tienen en buena paz muchos bribones
tierras, barcos, millones…
¡yo, una pobre muchacha… y me la quita!
– CVII –
¿Qué mal hacía la infeliz doncella?
¿Cómo vivir sin ella?…-
Y se apagó la voz en su garganta.
-Mas sin justicia ni razón me quejo-,
gimió el honrado viejo:
-¡No nació para el mundo! ¡Era una santa!-
– CVIII –
Miguel, tendiendo al afligido anciano
la encallecida mano,
-vuelve a casa- le dijo- y llora y reza
junto a la amada prenda que perdiste.
-¡No!- contestole el triste
moviendo gravemente la cabeza.
– CIX –
-Aunque me falta el sol de la alegría,
conservo todavía,
gracias a Dios, mi voluntad de hierro.
¿Por qué te he de mentir, si eres mi amigo?
Saldré a la mar contigo.
¡Necesito el jornal para su entierro!
– CX –
Quiero comprarle, si tenemos suerte,
las galas de la muerte:
una cruz, un sudario y una palma.
Guardó breve silencio el desdichado
y luego desolado
clamó con bronco acento. -¡Hija del alma!-
– CXI –
Su misma voz, que reprimir no pudo,
como puñal agudo
clavósele en el pecho, y tan activa
creció en su corazón la angustia fiera,
cual la insaciable hoguera,
que cuanto más devora, más se aviva.
– CXII –
Enternecido ante infortunio tanto,
y conteniendo el llanto
Miguel le respondió: -Tu pobre Juana
tendrá lo que tu anhelo solicita:
la humilde cruz bendita,
la palma virgen y el sayal de lana.
– CXIII –
Pero vuelve a tu hogar, porque no quiero
que un bravo compañero
a su propio tormento contribuya.
No serás, si te niegas, buen amigo,
y atiende a lo que digo:
hoy pesco para ti. ¡Mi parte es tuya!-
– CXIV –
Cayó, cual dulce bálsamo, la oferta
sobre la herida abierta
del triste anciano, y mitigó su duelo
llanto reparador, tranquilo y suave.
Siempre para quien sabe
sentir, la gratitud es un consuelo.
– CXV –
– ¡Que Dios te colme de mercedes, hijo!-
con blando acento dijo,
las lágrimas secando en su mejilla.
Miguel para ocultar su sentimiento,
ligero como el viento
a la barca saltó desde la orilla.
– CXVI –
Toda su gente al tráfago dispuesta,
con ansia manifiesta
esperaba no más la voz de mando.
Diola el patrón; y con vigor supremo,
el resistente remo
en las arenas de la playa hincando,
– CXVII –
puso a flote la lancha embarrancada,
que lenta y sosegada
siguió después por la canal angosta,
única vía, franca y descubierta,
entre la barra incierta
y las tajadas peñas de la costa.
– CXVIII –
La roca, a modo de ciclópeo muro,
inabordable, oscuro,
desde la playa misma se adelanta,
hasta la punta del siniestro Cabo
do el mar potente y bravo
con sorda intermitencia se quebranta.
– CXIX –
Varias cruces sencillas de madera,
en pavorosa hilera
resaltan del peñón de trecho en trecho,
señalando en el áspero arrecife,
el sitio en que un esquife
quedó, a los golpes de la mar, deshecho.
– CXX –
Recuerda cada cruz alguna escena
de horror y espanto llena.
Más de un pobre marino halló su fosa,
entre el medroso y formidable estruendo
de la borrasca, oyendo
penetrantes ayes de su esposa.
– CXXI –
Donde la punta del peñón termina,
por mísera y mezquina
pudiérase decir que el mar desdeña,
aunque a veces su presa lo disputa,
una abrigada gruta
labrada por las olas en la peña.
– CXXII –
Gratas para las lanchas pescadoras
las apacibles horas
trascurren sin sentir. Con los reflejos
de la luz que en las aguas reverbera,
el mar, como si fuera
de inflamado metal, brilla a lo lejos,
– CXXIII –
Miguel desde la popa de su barca,
con la mirada abarca
el golfo en que indolente se aventura.
Está a sus pies sumiso y reposado
como león cansado,
y la atmósfera azul, diáfana y pura.
– CXXIV –
Lánguida brisa, replegando el ala,
mansamente resbala
sin conmover el piélago sereno,
semejante al aliento tibio y leve,
que apenas alza y mueve
de una virgen dormida el casto seno.
– CXXV –
El barco, al apartarse de la playa,
rápidamente raya
las claras ondas con su blanca estela,
y al avanzar con suave balanceo,
parece que el deseo
va impaciente sirviéndole de vela.
– CXXVI –
Del tiempo, más que del trabajo, avara,
la gente se prepara,
el remo suelta, y su esperanza funda
en la corriente azul del Océano,
como el dolor humano,
amarga, sí, pero también fecunda.
– CXXVII –
Tres veces por el ámbito marino
con provechoso tino
tiende la fuerte red, y las tres veces
al recogerla, abrillantó su trama,
la refulgente escama
que en vívido montón lucen los peces.
– CXXVIII –
-¡Te lo anuncié, Miguel! Ya ves si acierto.-
Dice alegre Roberto,
mientras que sujetando por la agalla
con diligente mano desenreda,
al pez, que preso queda
en los hilos nudosos de la malla.
– CXXIX –
Y con aire triunfal alzando a pulso
un sollo, que convulso
entre sus férreos dedos se torcía,
regocijado exclama: -¡Brava presa!
No se pone en la mesa
del rey, cosa mejor. ¡Este es gran día!-
– CXXX –
El sol empieza a declinar. La gente
a medida que siente
su ganancia crecer, redobla el celo,
y sin cejar un punto en su tarea,
quién en la red se emplea,
quién, sentado en la borda, echa un anzuelo,
– CXXXI –
quién al enorme pez, que agonizante,
colea, en un instante
con implacable actividad remata;
y de la pesca el acre olor parece
que alienta y fortalece
al marinero en su existencia ingrata.
– CXXXII –
A poco, tenue y vaporoso velo
fue enturbiando del cielo
la limpia claridad. Oscura nube
desde el confín remoto se avecina,
sorbiendo la neblina
que de las ondas impalpable sube.
– CXXXIII –
A medida que llega va aumentando:
el mar plácido y blando
por momentos se encrespa y alborota.
Estremécese el viento, antes dormido,
y hacia el agreste nido
tiende el medroso vuelo la gaviota.
– CXXXIV –
De improviso una racha fugitiva
del oleaje aviva
el ímpetu naciente. Las espesas
nubes marchan en giro apresurado,
y al fin rompe el nublado
en gota, tan escasas como gruesas.
– CXXXV –
¡Hum! -exclama frunciendo el entrecejo
un pescador ya viejo.
-¡El tiempo muda, la borrasca avanza!-
Y otro añade después: -Se aguó la fiesta!
¡Ah, cobardes! -contesta
Miguel en tono de amistosa chanza:
– CXXXVI –
-¿Os asusta una nube de verano?-
-¡Sí! -responde el anciano.
¡La galerna está encima! -No discuto-
le interrumpe el patrón. -Mas Juana ha muerto,
y yo no vuelvo al puerto
si no llevo a su padre para el luto.-
– CXXXVII –
Y la pesca siguió con mayor brío,
sin que del mar bravío
la sorda turbación los contuviera.
Pues ¿quién fuerza al lebrel cuando en la pista
la ansiada res avista,
a pararse en mitad de su carrera?
– CXXXVIII –
Mas de golpe la lluvia se desata
cual rauda catarata;
el huracán sus ráfagas sacude
como un corcel la crin; al llamamiento
del alterado viento,
la ola, bramando de furor, acude.
– CXXXIX –
Y se empeña otra vez con recio embate,
el eterno combate
que presencian los siglos confundidos,
en que después de trágicos horrores,
los fieros gladiadores
ceden cansados, pero no vencidos.
– CXL –
Quédase muda de estupor la gente.
Negra, inmensa, rugiente
rueda la tempestad: con ciego empuje
cual fogoso bridón que se desboca,
la ola adelanta, choca
contra la barca, se revuelve y ruge.
– CXLI –
¡Hola! -grita Miguel- ¡Cortad la cuerda,
aunque la red se pierda!
Aun habrá tiempo de llegar al faro.
¡Ánimo, chicos! y forzad los remos,
que pronto arribaremos.
¡La santa Virgen nos dará su amparo!
– CXLII –
El endeble timón Miguel aferra
y a la cercana tierra
dirige el rumbo como buen marino,
mientras la gente, ante el peligro absorta,
con ágil remo corta
la indócil ola, abriéndose camino.
– CXLIII –
Estimulado por la voz del trueno,
el mar su turbio sello
con resonante convulsión agita;
cual irritada fiera el lomo enarca
y hacia la frágil barca
sus gigantescas olas precipita.
– CXLIV –
A merced de la mar arrolladora,
la lancha pescadora
los golpes sufre, pero no desmaya.
Y los vecinos del lugar, en tanto,
vuelan llenos de espanto,
en confuso tropel hacia la playa.
– CXLV –
Mozos, ancianos, niños y mujeres,
imploran por los seres
que amenaza el furor del mar sombrío,
y ardientes quejas, alteradas voces
revueltas y veloces,
pueblan el aire en ronco griterío.
– CXLVI –
Luego el tropel desordenado y vario
invade el santuario
que la escarpada cúspide corona,
donde al pie del altar, una y cien veces
con dolorosas preces,
pide auxilio a su célica Patrona.
– CXLVII –
Joven esposa sus cabellos mesa,
otra, en silencio besa
desesperada a un párvulo inocente,
un débil niño en su pueril despecho,
golpeándose el pecho,
en el polvo del templo hunde su frente
– CXLVIII –
otro ofrece a la Virgen con devoto
fervor, sencillo voto;
y del concurso general, movido
por el temor, la angustia y el deseo,
el alto clamoreo,
¡ay! más que una oración, es un gemido.
– CXLIX –
En el lugar más arduo de la costa,
hacia la boca angosta
del canal, siempre al marinero aciaga,
bulle otra multitud, dando a los vientos,
sus ayes y lamentos,
que el recio son del temporal apaga.
– CL –
Pintándose en su faz el extravío,
por medio del gentío,
la madre de Miguel, como una sombra,
se mueve, sin cesar. Corre, pregunta,
reza, las manos junta,
y al hijo amado, inconsolable nombra.
– CLI –
Rosa trémula y muda la acompaña;
copioso llanto baña
sus claros ojos que oscurece el duelo.
Tiene el lívido rostro de una muerta,
y la razón cubierta
de tormentosas nubes como el cielo.
– CLII –
Todos enternecidos la abren paso.
¿Conocerán acaso
la noticia fatal? La incertidumbre
de Rosa, surge a tan horrible idea,
y con terror pasea
su vista por la absorta muchedumbre.
– CLIII –
Aquel silencio lúgubre la mata.
Frenética, insensata
a una amiga se acerca: -¿Dónde, dónde
está Miguel? ¡Ten lástima! -solloza.
La sorprendida moza
mírala estupefacta, y no responde.
– CLIV –
-¡Ha muerto! -añade acongojada- ¡Ha muerto!-
Pero un marino experto
en los trances del mar, compadecido
de la atroz inquietud que la enajena,
para templar su pena
dícele con amor: -¡Cobra el sentido!
– CLV –
¿A qué viene apurarse de esa suerte?
¿Qué sacas con ponerte
en el último extremo? Cuando tarda
la barca en presentarse, conjeturo
que ya en lugar seguro,
tan sólo el fin del temporal aguarda.
– CLVI –
¡Ea! Enjuga tus lágrimas: no llores,
porque riesgos mayores
ha vencido Miguel, que es tan resuelto.-
-Mas ¿le viste volver? -pregunta Rosa
turbada y anhelosa,
y le contesta el pescador: -No ha vuelto.-
– CLVII –
Entonces trepa a la escarpada cima,
al borde se aproxima
del saliente peñón, como una idiota,
y expuesta a peligroso paroxismo,
avanza hacia el abismo
la descompuesta faz, que el viento azota.
– CLVIII –
En medio del pesar que la anonada,
la atónita mirada
hunde en la inmensidad, y es su porfía
tan profunda y tenaz, que si pudiera,
la mar rebelde y fiera
con sus ávidos ojos sorbería.
– CLIX –
¡Ay! ¡si lograse traspasar la bruma!…
¡Si entre la blanca espuma
viese al mortal por quien suspira y ruega!…
Cuando divisa un barco en lontananza,
renace su esperanza
y clama, llena de ansiedad: -¡Ya llega!-
– CLX –
¡Estéril impaciencia! ¡Vano empeño!
¿En dónde está su dueño
que no acude a su voz? ¿Por qué no viene?
Su amante madre la acaricia y calma.
¡Compadeced al alma
que da consuelos ¡ay! ¡y no los tiene!
– CLXI –
Allá en la playa un grupo generoso,
sin tregua ni reposo
anuda cuerdas y apareja un bote,
sometido al mandato soberano
de respetado anciano,
mezcla de marinero y sacerdote.
– CLXII –
Viril arrojo en sus pupilas arde
sin ostentoso alarde,
y aunque a los años la cerviz inclina,
presta vigor a su cabeza cana
la fortaleza humana,
templada al fuego de la fe divina.
– CLXIII –
Al cabo por la estrecha cortadura,
luchando a la ventura
con el viento y las olas, impelida
por la borrasca hacia el difícil paso,
en donde puede acaso
quedar a salvo o perecer hundida,
– CLXIV –
entre el fragor que por momentos crece,
intrépida aparece
la barca de Miguel; pero ¡en qué estado!
Cual gladiador que tras inútil prueba
huye vencido, lleva
cien heridas de muerte en su costado.
– CLXV –
Resistiendo la cólera salvaje
del soberbio oleaje,
la gente fuerzas del peligro cobra;
y aunque la lancha, como leve pluma,
entre montes de espuma
parece a cada instante que zozobra,
– CLXVI –
cien veces con impávido heroísmo,
resurte del abismo
obediente a la mano que la guía.
Ninguna voz en su interior se escucha,
que el riesgo de la lucha
tiene una majestad muda y sombría.
– CLXVII –
¡Oh! ¡van a perecer! -¿Queréis seguirme?
Con voz entera y firme
pregunta el cura. -¡Á vuestro amor apelo!
Arrancaremos a la mar su presa
y si en tan santa empresa
morimos, ¿qué es morir? ¡Ganar el cielo!-
– CLXVIII –
El religioso impulso que le mueve
su aliento dobla, leve
cual fornido mancebo, al bote salta.
El peligro conoce y no le esquiva:
pues ¿a quién, si arde viva
la fe en su pecho, el ánimo le falta?
– CLXIX –
Todos se aprestan a seguir su suerte,
que aquel combate a muerte
de generosa emulación los llena.
¡Oh humanidad, tan pronta al sacrificio,
podrá mancharte el vicio
y ofuscarte el error; pero eres buena!
– CLXX –
El bote listo ya, con seis remeros
hábiles y ligeros,
abrirse paso hacia el canal ensaya.
¡Vana ilusión! ¡La mar embravecida,
con fuerte sacudida
pedazos hecho le arrojó a la playa.
– CLXXI –
-¡Señor! Tus altos juicios no escudriño
llorando como un niño,
gimió en su angustia el viejo venerable.
-Pero no hay tiempo que perder. ¡Subamos
hijos! Tal vez podamos
desde el mismo peñón echar un cable.-
– CLXXII –
Respondiendo a su voz, según costumbre,
a la empinada cumbre
el grupo asciende, y con empeño lanza
el recio cabo a la corriente ciega;
mas ¡ay! que nunca llega
al náufrago batel. ¡No hay esperanza!
– CLXXIII –
¡No hay esperanza! El cura consternado
increpa al mar airado.
Sin freno alguno que su empuje venza,
la tempestad incontrastable brama.
Y el noble anciano exclama:
-¡Hijos míos! ¡Yo acabo, y Dios comienza!-
– CLXXIV –
¡No hay esperanza! Y la barquilla aun flota
desgobernada y rota.
Aun los pobres remeros, más audaces
cuanto más la borrasca se acrecienta,
lidian con la tormenta
desesperados, sí, pero tenaces.
– CLXXV –
¿Dónde tender la salvadora amarra?
¿Cómo cruzar la barra
que el paso cierra del canal estrecho,
si ya tiene la barca pescadora,
quebrantada la prora,
el casco hendido y el timón deshecho?
– CLXXVI –
El avariento mar la presa ansía.
¡Ya es suya! Todavía,
resistiendo en los frágiles despojos
del roto barco, en su ansiedad suprema,
la gente rema, rema,
rema, y nublan las lágrimas sus ojos.
– CLXXVII –
¿Qué busca? ¿Adónde va? ¿Por qué se afana?
Su resistencia es vana.
¡Ay! la esperanza al corazón se aferra
en los casos adversos e infelices,
aun más que las raíces
a las duras entrañas de la tierra.
– CLXXVIII –
-¡Juan, lárgame una estacha!- grita el bravo
Miguel-, y por un cabo
átala pronto y bien, que si consigo
con el otro nadar hasta la orilla,
podrá nuestra barquilla
en la gruta del faro hallar abrigo-.
– CLXXIX –
Dobló la frente oscurecida y grave.
¿En qué pensaba? ¿Cabe
dudarlo un punto? En el edén perdido,
en su infeliz mujer, en el risueño
ángel, que vio en un sueño,
huérfano ¡ay triste! aun antes de nacido.
– CLXXX –
-¡Eh!- contéstale Juan: -¡Ahí va la estacha!-
Miguel el hombro agacha
para esquivar el golpe; mas Roberto,
asiéndola en el aire de improviso,
prorrumpe: -No es preciso:
yo llegaré a la costa, vivo o muerto-.
– CLXXXI –
La pasión que alimenta su ternura,
y en él, como la pura
lámpara de un altar, arde escondida,
le inspiró, en su postrera llamarada,
ofrecer a su amada
no sólo el corazón, sino la vida.
– CLXXXII –
De su mojado traje se desnuda,
y a su cintura anuda
la retorcida cuerda. Intenta en vano
resistirse Miguel en son de queja,
y se obstina, y forceja,
y arráncarsela quiere de la mano.
– CLXXXIII –
-¡Quita!- Roberto exclama: -¡Si en un credo
ganar la costa puedo!
¡Es inútil que chilles: no te escucho!
Esto sería asesinar a Rosa.-
Y con voz temblorosa
dice, saltando al mar: -¡Quiérela mucho!
– CLXXXIV –
Hacia el negro peñón el rumbo guía,
y sin temor confía
a sus robustos brazos su defensa.
Mas de repente, en turbio remolino,
a trastornarle vino
ola veloz, arrolladora, inmensa.
– CLXXXV –
Sobre su frente con estruendo estalla,
y en desigual batalla
le revuelca, le arrastra y le sofoca.
Desaparece el desdichado, juega
la onda con él, y ciega
le estrella al fin contra la enorme roca.
– CLXXXVI –
Ante aquel espectáculo de muerte,
desencajada, inerte,
de pie sobre la mole de granito
que sacude la mar tempestuosa,
lanzó de pronto Rosa
un grito aterrador. ¡Qué horrible grito!
– CLXXXVII –
El ¡ay! desgarrador, como una espada,
de quien no espera nada;
¡ay! que del corazón en lo más hondo,
las heces amarguísimas remueve
del cáliz en que bebe
la humanidad, para el dolor sin fondo.
– CLXXXVIII –
Cual mies que cede al ímpetu del viento,
convulsa, sin aliento,
levantando sus manos, ya inactivas,
la humilde multitud se postra en tierra,
y con fervor que aterra
eleva a Dios sus preces aflictivas.
– CLXXXIX –
¡Oh momento solemne! Austero y triste
la majestad reviste
de su augusta misión el sacro anciano,
y humedeciendo el llanto sus mejillas,
se dobla de rodillas
ante la inmensidad del Océano.
– CXC –
Su mano extiende trémula y cansada,
levanta la mirada
a la celeste bóveda, testigo
mudo de tanto horror, y con acento
parecido a un lamento:
¡Hijos! -grita- ¡Os absuelvo y os bendigo!-
– CXCI –
¿Qué vio después la multitud? Ver pudo
el cielo siempre mudo,
desierto el mar, la barca destruida,
y una hermosa mujer, rígida y yerta,
lo mismo que una muerta,
en el estéril peñascal tendida.
– CXCII –
Un año ha trascurrido. La alta cumbre
con su postrera lumbre
baña fúlgido sol desde el ocaso,
y en hora tal de paz y de misterio,
al santo cementerio
una débil mujer dirige el paso.
– CXCIII –
¡Cuán sola está, cuán pobre, cuán cambiada!
Rosa fragante, ajada
en mitad de su alegre primavera,
bajo el vivaz recuerdo que la excita,
aquella flor marchita
ni sombra es ya de lo que entonces fuera!
– CXCIV –
Abraza y besa con febril cariño,
a un escuálido niño
nacido entre miserias y trabajos.
El hatillo de príncipe, que un día
soñó la fantasía
del infeliz Miguel, era de andrajos.
– CXCV –
Recrudeciendo el duelo que la enerva,
entre la fresca hierba
dos fosas busca, se prosterna y ora.
Y cobrando calor de un seno amante,
el desvalido infante
sus manecitas mueve, y también llora.
– CXCVI –
¡Ay! ¿Podrá ser que el leño de la selva
a engalanarse vuelva?
¿Renovará sus cánticos el ave
que dejó la borrasca, herida y muda?
¿La infortunada viuda
olvidará algún día? ¡Dios lo sabe!
– CXCVII –
Todo lo gasta y borra el tiempo ingrato:
el ardiente arrebato
del amor, la ilusión que se deshoja,
la fe que espira, el gozo y el tormento:
que el hondo pensamiento,
como el mar, sus cadáveres arroja.
– CXCVIII –
Mas cuando alguno en nuestra mente queda,
cuando tenaz se enreda
al débil corazón, y en él dilata
su raíz, como hiedra trepadora,
entonces nos devora,
porque el triste recuerdo, o muere o mata.
La sombra
Dulces y amorosos sueños
de la virgen candorosa,
que tomáis en el espacio
blanca y delicada forma;
melancólicos suspiros
de la flor que se deshoja,
que os convertís en el cielo
en espíritus de aroma;
yo siento sobre mi frente
vuestras alas temblorosas,
y siento en los labios míos
el beso de vuestra boca.
Lloráis para consolarme
de mis pasadas congojas,
y ese llanto es el rocío
que se columpia en las rosas.
Mas si queréis que no pene,
desde el cielo en donde mora,
si no al ángel que me inspira
bajadme al menos su sombra.
La virgen poesía…
La virgen poesía
huyendo de los hombres,
se pierde en las profundas
tinieblas de la noche.
Las arpas enmudecen,
y el eco no responde
sino a los broncos gritos
de cien revoluciones.
¡Ay, cuando la tormenta
cierne sus negras alas,
la tímida avecilla
se oculta y tiembla y calla!
¿Qué valen sus gorjeos
ante la voz airada
del trueno que retumba
en valles y en montañas?
¡Qué cambio y qué contraste!
Ayer llenaba el mundo
la inspiración sublime
de Schiller, Byron y Hugo.
Hoy sobre nuestras almas,
que envileció el tumulto,
parece que gravita
la losa de un sepulcro.
Miraban nuestros padres
el despertar de un siglo:
nosotros a sus hondas
angustias asistimos.
En su entusiasmo ardiente
su cántico era un himno.
El nuestro ¡oh desventura!
el nuestro es un gemido.
Cuando después de aquella
sangrienta sacudida,
que derribó en el polvo
la sociedad antigua,
con su potente mano
la santa poesía
logró sacar ileso
a Dios de entre las ruinas;
cuando en estéril roca,
entre el rumor confuso
del mar, agonizaba
en su aislamiento augusto
el águila altanera,
tan grande en su infortunio,
que de sus corvas garras
tuvo suspenso el mundo;
entonces, como el germen
oculto que despierta,
y rompe vigoroso
la cárcel que lo encierra,
sobre las viejas ruinas
brotaron por doquiera
la religión, la gloria,
la libertad, la ciencia.
¡Siempre el dolor fecunda!
La tierra, nuestra madre,
sufre el agudo arado
que sus entrañas abre;
el mar tiene sus roncas
y fieras tempestades,
su duda el pensamiento,
la religión sus mártires.
Todo lo grande surge
de este combate eterno
como la luz del choque
del pedernal y el hierro.
¡Felices nuestros padres,
que entonces recogieron
la mies, antes regada
con llanto, sangre y cieno!
¿Es raro que el poeta
alzase himnos de gloria
al Dios que renacía
de entre sus aras rotas?
¿Es raro que cantase
la alborozada Europa
al nuevo sol, naciendo
de la impalpable sombra?
Pero hoy, ¿qué alegre canto
entonarán las musas?
La llama del incendio
nuestro camino alumbra.
La libertad seguida
de alborotadas turbas
arrastra por el fango
sus blancas vestiduras.
El entusiasmo espira
en lecho de dolores:
atónita y turbada
la fe su venda rompe,
y caen de sus altares,
bajo insensatos golpes,
la patria, la familia,
los reyes y los dioses.
¡Todo se anubla, todo
choca, todo está herido!
Pide estragado el arte
su inspiración al vicio,
y entre el alegre estruendo
de infames regocijos,
la sociedad oscila
sobre el medroso abismo.
¡Poetas! Hasta tanto
que la borrasca pase,
colguemos nuestras arpas
de los llorosos sauces.
Tal vez cuando la tierra
nuestros despojos guarde,
el viento las sacuda
y vibren, giman, canten.
Tal vez cuando del tiempo
se amanse la corriente,
nuestros felices hijos
piadosos las descuelguen.
¡Quién sabe! Aunque las densas
tinieblas nos envuelven,
no eres eterna ¡oh noche!
¡dolor, no duras siempre!
Las arpas mudas
La virgen poesía
huyendo de los hombres,
se pierde en las profundas
tinieblas de la noche.
Las arpas enmudecen,
y el eco no responde
sino a los broncos gritos
de cien revoluciones.
¡Ay, cuando la tormenta
cierne sus negras alas,
la tímida avecilla
se oculta y tiembla y calla!
¿Qué valen sus gorjeos
ante la voz airada
del trueno que retumba
en valles y en montañas?
¡Qué cambio y qué contraste!
Ayer llenaba el mundo
la inspiración sublime
de Schiller, Byron y Hugo.
Hoy sobre nuestras almas,
que envileció el tumulto,
parece que gravita
la losa de un sepulcro.
Miraban nuestros padres
el despertar de un siglo:
nosotros a sus hondas
angustias asistimos.
En su entusiasmo ardiente
su cántico era un himno.
El nuestro ¡oh desventura!
el nuestro es un gemido.
Cuando después de aquella
sangrienta sacudida,
que derribó en el polvo
la sociedad antigua,
con su potente mano
la santa poesía
logró sacar ileso
a Dios de entre las ruinas;
cuando en estéril roca,
entre el rumor confuso
del mar, agonizaba
en su aislamiento augusto
el águila altanera,
tan grande en su infortunio,
que de sus corvas garras
tuvo suspenso el mundo;
entonces, como el germen
oculto que despierta,
y rompe vigoroso
la cárcel que lo encierra,
sobre las viejas ruinas
brotaron por doquiera
la religión, la gloria,
la libertad, la ciencia.
¡Siempre el dolor fecunda!
La tierra, nuestra madre,
sufre el agudo arado
que sus entrañas abre;
el mar tiene sus roncas
y fieras tempestades,
su duda el pensamiento,
la religión sus mártires.
Todo lo grande surge
de este combate eterno
como la luz del choque
del pedernal y el hierro.
¡Felices nuestros padres,
que entonces recogieron
la mies, antes regada
con llanto, sangre y cieno!
¿Es raro que el poeta
alzase himnos de gloria
al Dios que renacía
de entre sus aras rotas?
¿Es raro que cantase
la alborozada Europa
al nuevo sol, naciendo
de la impalpable sombra?
Pero hoy, ¿qué alegre canto
entonarán las musas?
La llama del incendio
nuestro camino alumbra.
La libertad seguida
de alborotadas turbas
arrastra por el fango
sus blancas vestiduras.
El entusiasmo espira
en lecho de dolores:
atónita y turbada
la fe su venda rompe,
y caen de sus altares,
bajo insensatos golpes,
la patria, la familia,
los reyes y los dioses.
¡Todo se anubla, todo
choca, todo está herido!
Pide estragado el arte
su inspiración al vicio,
y entre el alegre estruendo
de infames regocijos,
la sociedad oscila
sobre el medroso abismo.
¡Poetas! Hasta tanto
que la borrasca pase,
colguemos nuestras arpas
de los llorosos sauces.
Tal vez cuando la tierra
nuestros despojos guarde,
el viento las sacuda
y vibren, giman, canten.
Tal vez cuando del tiempo
se amanse la corriente,
nuestros felices hijos
piadosos las descuelguen.
¡Quién sabe! Aunque las densas
tinieblas nos envuelven,
no eres eterna ¡oh noche!
¡dolor, no duras siempre!
¡Los tiempos son de lucha! ¿Quién concibe?…
¡Los tiempos son de lucha! ¿Quién concibe
el ocio muelle en nuestra edad inquieta?
En medio de la lid canta el poeta,
el tribuno perora, el sabio escribe.
Nadie el golpe que da ni el que recibe
siente, a medida que el peligro aprieta:
desplómase vencido el fuerte atleta
y otro al recio combate se apercibe.
La ciega multitud se precipita,
invade el campo, avanza alborotada
con el sordo rumor de la marea.
Y son, en el furor que nos agita,
trueno y rayo la voz; el arte, espada;
la ciencia, ariete; tempestad la idea.
Luz y vida
Cuando en el seno de la noche fría
oculta el sol su resplandor fecundo,
es para renacer, y espera el mundo
la nueva luz con el cercano día.
Alas ¿quién penetra la inquietud sombría
que abruma el corazón del moribundo?
¿Quién sabe lo que guarda ese profundo
crepúsculo moral de la agonía?
Desde la alta región del firmamento
el sol, en acordado movimiento,
con la nocturna obscuridad alterna.
Pero tú, miserable vida humana,
no mueres hoy para brillar mañana.
¡Ay, no! tu noche es lóbrega y eterna.
Miserere
Es de noche: el monasterio
que alzó Felipe Segundo
para admiración del mundo
y ostentación de su imperio,
yace envuelto en el misterio
y en las tinieblas sumido.
De nuestro poder, ya hundido,
último resto glorioso,
parece que está el coloso
al pie del monte, rendido.
El viento del Guadarrama
deja sus antros obscuros,
y estrellándose en los muros
del templo, se agita y brama.
Fugaz y rojiza llama
surca el ancho firmamento,
y a veces, como un lamento,
resuena el lúgubre son
con que llama a la oración
la campana del convento.
La iglesia, triste y sombría,
en honda calma reposa,
tan helada y silenciosa
como una tumba vacía.
Colgada lámpara envía
su incierta luz a lo lejos,
y a sus trémulos reflejos
llegan, huyen, se levantan
esas mil sombras que espantan
a los niños y a los viejos.
De pronto, claro y distinto,
la regia cripta conmueve
ruido extraño, que aunque leve,
llena el mortuorio recinto.
Es que el César Carlos Quinto,
con mano firme y segura
entreabre su sepultura,
y haciendo una horrible mueca,
su faz carcomida y seca
asoma por la hendidura.
Golpea su descarnada
frente con tenaz empeño,
como quien sale de un sueño
sin acordarse de nada.
Recorre con su mirada
aquel lugar solitario,
alza el mármol funerario,
y arrebatado y resuelto
salta del sepulcro, envuelto
en su andrajoso sudario.
«¡Hola!» grita en son de guerra
con aquella voz concisa,
que oyó en el siglo, sumisa
y amedrentada la tierra.
«¡Volcad la losa que os cierra!
Vástagos de imperial rama,
varones que honráis la fama,
antiguas y excelsas glorias,
de vuestras urnas mortuorias
salid, que el César os llama.»
Contestando a estos conjuros,
un clamor confuso y hondo
parece brotar del fondo,
de aquellos mármoles duros.
Surgen vapores impuros
de los sepulcros ya abiertos:
la serie de reyes muertos
después a salir empieza,
y es de notar la tristeza,
el gesto despavorido
de los que han envilecido
la corona en su cabeza.
Grave, solemne, pausado,
se alza Felipe Segundo,
en su lucha con el mundo
vencido, mas no domado.
Su hijo se despierta al lado,
y detrás del rey devoto,
aquel que humillado y roto
vio desmoronarse a España,
cual granítica montaña
a impulsos del terremoto.
Luego el monarca enfermizo,
de infausta y negra memoria,
en cuya Edad nuestra gloria,
como nieve se deshizo.
Bajo el poder de su hechizo
se estremece todavía.
¡Ay, qué terrible armonía,
qué obscuro enlace se nota
entre aquel mísero idiota
y su exhausta monarquía!
Con terrífica sorpresa
y en silencioso concierto,
todos los reyes que han muerto
van saliendo de su huesa.
La ya apagada pavesa
cobra los vitales bríos,
y se aglomeran sombríos
aquellos yertos despojos,
aquellas cuencas sin ojos,
aquellos cráneos vacíos.
De los monarcas en pos,
respondiendo al llamamiento,
cual si llegara el momento
del santo juicio de Dios,
acuden de dos en dos
por claustros y corredores,
príncipes, grandes señores,
prelados, frailes, guerreros,
favoritos, consejeros,
teólogos e inquisidores.
¡Qué es mirar como serpea
por su semblante amarillo
el fosforescente brillo
que la podredumbre crea!
¡Qué espíritu no flaquea
con mil terrores secretos,
viendo aquellos esqueletos,
que ante el César, que los nombra,
se deslizan por la sombra
mudos, absortos, inquietos!
¡Cuántas altas potestades,
cuántas grandezas pasadas,
cuántas invictas espadas,
cuántas firmes voluntades
en aquellas soledades
muestran sus restos livianos!
¡Cuántos cráneos soberanos,
que el genio habitara en vida,
convertidos en guarida
de miserables gusanos!
Desde el triste panteón
en que se agolpa y hacina,
hacia el templo se encamina
la fúnebre procesión.
Marcha con pausado son
tras del rey que la congrega,
y cuando a la iglesia llega,
inunda la altiva nave
un resplandor tibio y suave,
que ni deslumbra ni ciega.
Guardando el regio decoro,
como en los siglos pasados,
reyes, príncipes, prelados
toman asiento en el coro.
Después en tropel sonoro
por el templo se derrama,
rindiendo culto a la fama
con que llena las historias,
aquel haz de muertas glorias,
que el César convoca y llama.
Por mandato soberano
de Carlos, que el cetro ostenta,
llega al órgano y se sienta
un viejo esqueleto humano.
La seca y huesosa mano
en el gran teclado imprime,
y la música sublime,
que a inmensos raudales brota,
parece que en cada nota
reza y llora, canta y gime.
Uniendo al acorde santo
su voz, los muertos despojos
caen ante el ara de hinojos
y a Dios elevan su canto.
Honda expresión del quebranto,
aquel eco de la tumba
crece, se dilata, zumba,
y al paso que va creciendo,
resuena con el estruendo
de un mundo que se derrumba:
«Fuimos las ondas de un río
caudaloso y desbordado.
Hoy la fuente se ha secado,
hoy el cauce está vacío.
Ya ¡oh Dios! nuestro poderío
se extingue, se apaga y muere.
¡Miserere!
»¡Maldito, maldito sea
aquel portentoso invento
que dio vida al pensamiento
y alas de luz a la idea!
El verbo animado ondea
y como el rayo nos hiere.
¡Miserere!
»¡Maldito el hilo fecundo
que a los pueblos eslabona,
y busca, y cuenta, y pregona
las pulsaciones del mundo!
Ya en el silencio profundo
ninguna injusticia muere.
¡Miserere!
»Ya no vive cada raza
en solitario destierro,
ya con vínculo de hierro
la humana especie se enlaza.
Ya el aislamiento rechaza:
ya la libertad prefiere.
¡Miserere!
»Rígido y brutal azote
con desacordado empuje
sobre las espaldas cruje
del rey y del sacerdote.
Ya nada existe que embote
el golpe ¡oh Dios! que nos hiere.
¡Miserere!
»Mas ¡ay! que en su audacia loca,
también el orgullo humano
pone en los cielos su mano
y a ti, Señor, te provoca.
Mientras blasfeme su boca
ni paz ni ventura espere.
¡Miserere!
»No en la tormenta enemiga:
no en el insondable abismo:
el mundo lleva en sí mismo
el rayo que le castiga.
Sin compasión ni fatiga
hoy nos mata; pero muere.
¡Miserere!
»Grande y caudaloso río,
que corres precipitado,
ve que el nuestro se ha secado
y tiene el cauce vacío.
¡No prevalezca el impío,
ni la iniquidad prospere!
¡Miserere!»
Súbito, con sordo ruido
cruje el órgano y estalla,
la luz se amortigua y calla
el concurso dolorido.
Al disiparse el sonido
del grave y solemne canto
llega a su colmo el espanto
de las mudas calaveras,
y de sus órbitas hueras
desciende abundoso llanto.
A medida que decrece
la luz misteriosa y vaga,
todo murmullo se apaga
y el cuadro se desvanece.
Con el alba que aparece
la procesión se evapora,
y mientras la blanca aurora
esparce su lumbre escasa,
a lo lejos silba y pasa
la rauda locomotora.
¡Oh eterno Amor, que en tu inmortal carrera!…
¡Oh eterno Amor, que en tu inmortal carrera,
das a los seres vida y movimiento,
con qué entusiasta admiración te siento,
aunque invisible, palpitar doquiera!
Esclava tuya la creación entera,
se estremece y anima con tu aliento,
y es tu grandeza tal, que el pensamiento
te proclamara Dios, si Dios no hubiera.
Los impalpables átomos combinas
con tu soplo magnético y fecundo:
tú creas, tú transformas, tú iluminas,
y en el cielo infinito, en el profundo
mar, en la tierra atónita dominas,
¡Amor, eterno Amor, alma del mundo!
¡Oh incesante desvarío!…
¡Oh incesante desvarío
del hombre! ¡Oh mentida gloria,
tan fugaz y transitoria
como las ondas de un río!
El tiempo impasible y frío
va empujando tu memoria,
que brilla un punto en la Historia
y se pierde en el vacío.
¡Cuánto César ya olvidado!
¡Cuánta vieja desventura,
que ni aun recuerda la gente,
habrá visto, habrá alumbrado
ese sol, desde la altura
en que gira indiferente!
A medida que hacia el puerto
va marchando del olvido,
aparece cuanto ha sido
de espesas brumas cubierto.
Ese polvo, árido y yerto,
ha pensado y ha sentido:
es el despojo perdido
de la humanidad que ha muerto.
De esos átomos sin nombre,
¿quién el misterio adivina?
¿quién a descifrarlo alcanza?
Tan lóbrego es para el hombre
lo pasado que declina,
cual lo porvenir que avanza.
¿Dónde está la oculta fuente
del hondo raudal humano?
¿A qué incógnito Océano
va a parar esa corriente?
Principio y fin, velozmente
se buscan y dan la mano;
y en el germen bulle el grano,
y en el grano la simiente.
La flor que arrebata el viento,
préstale al campo marchito
nuevo jugo y nueva vida;
mas ¿quién en el movimiento
del génesis infinito,
recuerda la flor caída?
¡Vanidad de vanidades!
En nuestras horas inciertas,
sobre las ciudades muertas
álzanse nuevas ciudades.
En ignotas soledades,
en regiones, hoy desiertas,
yacen de polvo cubiertas
las glorias de otras edades.
Cae en mortal cautiverio
cuanto el alma, inquieta y muda,
busca y ama, anhela y nombra.
Nuestra vida en el misterio,
nuestro destino en la duda,
nuestro término en la sombra.
¡Oh Musa, que en el combate!…
¡Oh Musa, que en el combate
de la vida, no has tenido,
a tu honor rindiendo culto,
lisonjas para el magnate
injurias para el vencido,
ni aplausos para el tumulto!
Como en días de pelea,
si la lástima no embota
ni embarga tu pensamiento,
hoy alza tu canto, y sea
un gemido cada nota
y cada estrofa un lamento.
Ante el inmenso quebranto
de la hermosa Andalucía,
da curso a tu angustia fiera;
pero no te impida el llanto
proclamar ¡oh Musa mía!
la verdad, siempre severa.
Tus sentimientos acalla,
porque el celo inmoderado
al mísero desvanece,
y en esta humana batalla
quien adula al desgraciado
no le anima: le envilece.
Dile más bien: «—¡Adelante!
Cumple tu ruda faena
y llora, pero trabaja;
que el varón firme y constante
los estragos de su pena
con el propio esfuerzo ataja.
»No estés al pie de las ruinas,,
como inútil pordiosero,
indolente y abatido,
y al volver las golondrinas
labrarán en el alero
de tu nueva casa el nido.
»Ara, siembra, reedifica,
lucha contra la corriente
del infortunio en que vives,
y enaltece y santifica
con el sudor de tu frente
Ia dádiva que recibes».
Háblale así, Musa honrada,
y en tu noble magisterio
nunca profanes tu lira,
con la adulación menguada,
con el torpe vituperio
ni con la baja mentira.
¡Oh, vedle; vedle! ¡Turbia y ardiente la mirada!…
¡Oh, vedle; vedle! ¡Turbia y ardiente la mirada,
en brazos de su culpa que le acrimina austera,
tan lejos y tan cerca de la insondable nada,
del mundo que le arroja, del polvo que le espera!…
¡Luchando con extrañas y horribles agonías
que traen ante sus ojos en rápida carrera
sus inocentes horas, sus conturbados días,
el cuadro pavoroso de su existencia entera!
Ayer, aunque entre sombras, lo porvenir incierto,
brindábale ilusiones de amor y de ventura,
y hoy, asomado al borde de su sepulcro abierto,
contempla horripilado la eternidad obscura.
La muerte, que le acosa con misterioso grito,
despierta los terrores de su conciencia impura:
quiere llamar, y apaga sus voces el delito,
quiere huir, y le asalta la hambrienta sepultura.
¡Ay, si recuerda entonces el dulce hogar sereno
donde pasó ignorada su infancia soñadora,
la amante y pobre madre que le llevó en su seno,
único ser acaso que le disculpa y llora!
¡Ay triste de él si al lado del hondo precipicio
su amparo no le presta la fe consoladora;
la fe que se levanta potente en el suplicio
y da sus alas de ángel al alma pecadora!
¡Miradle! Cada paso que hacia el cadalso avanza
de su agitada vida los horizontes cierra:
apágase en sus ojos la luz de la esperanza
y el peso de la muerte fatídico le aterra.
¡Ay, ten valor! Si un día de imprevisión y dolo
te puso con los hombres y con la ley en guerra,
mañana entre los muertos abandonado y solo
en su profundo olvido te envolverá la tierra.
Aparta tu mirada terrífica y sombría
de esa apiñada turba que bulle en el camino
para gozar del triste placer de tu agonía
y presenciar el término de tu fatal destino.
¡Oh! no la empuja sólo su imbécil sentimiento
hacia el cadalso infame que espera al asesino.
¡Hasta la cumbre misma del Gólgota sangriento
siguió también los pasos del Redentor divino!
¡Pantoja, ten valor! Rompe la valla…
¡Pantoja, ten valor! Rompe la valla:
luce, luce en tarjeta y en membrete
y cabe el toro que enganchó a Pepete
date a luz en las tiendas de quincalla.
Eres un necio. -Cierto.- Pero acalla
tu pudor y la duda no te inquiete.
¿Qué importa un necio más donde se mete
con pueril presunción tanta morralla?
¡Valdrás una peseta, buen Pantoja!
No valen mucho más rostros y nombres
que la fotografía al mundo arroja.
Enséñanos tu cara y no te asombres:
deja a la edad futura que recoja,
tantos retratos y tan pocos hombres.
¡Pobre loca!
I
Todas las tardes, cuando el sol declina
en brazos del misterio,
una mujer llorosa se encamina
al santo cementerio.
Con tosco y miserable desaliño,
tocas de luto viste,
lleva de la mano a un pobre niño
descalzo, enfermo y triste.
Paso torpe y trémulo apresura
marchando silenciosa
hacia la solitaria sepultura
en que su amor reposa.
¡Ay! su semblante tétrico y sombrío,
su atónita mirada
reflejan el dolor y el desvarío
de un alma destrozada.
Al pie del nicho desarruga el ceño,
detiene su carrera,
llama en la losa con tenaz empeño,
y espera, espera, espera…
El niño tiembla. La impaciente loca
que a un tiempo reza y gime,
que el dulce nombre del esposo invoca
con ansiedad sublime,
golpea el mármol sepulcral, y el eco
sordamente retumba
con lúgubre gemido, desde el hueco
de la cerrada tumba.
Y la infeliz mujer, en son de queja
grita: —¿dónde estás, dónde?—
Rompe en sollozos, y por fin se aleja
diciendo al niño: —¿Ves? No me responde.—
II
¡Ah, no le llores más! ¿Por qué el ingrato,
por qué, si te quería,
abandonó tu cariñoso trato,
tu blanda compañía,
la santa paz de la familia, el culto
de sus tranquilos lares,
para excitar en medio del tumulto
las iras populares?
Siempre deja en su bárbaro extravío
la inquieta muchedumbre,
más de un amante corazón vacío,
más de un hogar sin lumbre.
¿Por qué no recordó cuando inhumano
a su rencor cediendo,
corrió a verter la sangre de su hermano
en el combate horrendo,
que cuantos en la lucha sucumbían,
ante el peligro fijos
por la voz del deber, como él tendrían
madres, esposas, hijos?
¿Por qué no recordó que un pueblo libre,
ni límite ni coto
pondrá a sus desventuras, mientras vibre
el arma en vez del voto?
¡Ah, no le llores más! No lo merece.
No sufras ni batalles.
El que mancha con sangre, el que envilece
por plazas y por calles
la augusta libertad, el que furioso
apela al hierro insano,
no es tierno padre, ni sensible esposo,
ni honrado ciudadano.
Por qué los corazones miserables…
Por qué los corazones miserables,
por qué las almas viles,
en los fieros combates de la vida
ni luchan ni resisten?
El espíritu humano es más constante
cuanto más se levanta:
Dios puso el fango en la llanura, y puso
la roca en la montaña.
La blanca nieve que en los hondos valles
derrítese ligera,
en las altivas cumbres permanece
inmutable y eterna.
Por razones que se calla…
Por razones que se calla
la historia prudentemente,
dos monarcas de Occidente
riñeron fiera batalla.
La causa del rompimiento
no está, en verdad, a mi alcance,
ni hace falta para el lance
que referiros intento.
Sobre el campo del honor
cubierto de sangre y gloria,
donde alcanzó la victoria
más la astucia que el valor;
dos discípulos de Marte,
que airados se acometieron
y juntamente cayeron
pasados de parte a parte;
sumergidos en el lodo,
mientras que llegaba el cura
para darles sepultura,
platicaban de este modo:
Soldado primero
¡Hola, compadre! ¿Qué tal
te ha parecido el asunto?
Soldado segundo
Puesto que me ves difunto
debe parecerme mal.
Soldado primero
Pues ha sido divertida
la función: mira a tu lado.
Lo menos hemos quedado
doce mil héroes sin vida.
Y en esto me quedo corto,
que me enfadan los extremos.
Soldado segundo
¡Con qué habilidad nos hemos
destrozado! Estoy absorto.
Ha habido alarmas y sustos
y muertes y atrocidades
para todas las edades
y para todos los gustos.
Soldado primero
Mas yo quisiera saber
por qué con tanto denuedo
nos matamos…
Soldado segundo
¡Ay! No puedo
tu duda satisfacer.
Para entrar en esta danza
tuve que dejar mi oficio.
Sé que aprendí el ejercicio,
sé que estudié la Ordenanza.
Sé que en compañía de esos
que están mordiendo la tierra,
me trajeron a la guerra
y me moliste los huesos.
Y, en fin, francamente hablando,
puedo decirte al oído,
que he muerto como he nacido;
sin saber por qué, ni cuándo.
Soldado primero
De tu explicación me huelgo,
porque mi vida retrata.
En esto, alzando la pata
un moribundo jamelgo,
¡Gracias, dioses inmortales!
-dijo con voz lastimera-
Pues de la misma manera
morimos los animales.
Cuando pasó la impresión
de tan extraño incidente,
así anudó el más valiente
la rota conversación:
Soldado primero
Aunque ignoramos la ley,
origen de esta querella,
juro a Dios vivo que en ella
lleva la razón mi rey.
Soldado segundo
¿Y por qué?
Soldado primero
Porque es el mío.
Soldado segundo
¡Qué salida de pavana!
La justicia es de quien gana.
Soldado primero
De tu ignorancia me río.
¡Pues cuántos que han hecho eternos
sus nombres con la victoria,
no han ido a gozar la gloria
de su triunfo a los infiernos!
Soldado segundo
Considera lo que dices,
porque estoy ardiendo en ira.
Soldado primero
¡No me alces el gallo!…
Soldado segundo
Mira
que te rompo las narices.
Y fieros y cejijuntos
a combatir empezaron
de nuevo… ¡y no se mataron,
porque ya estaban difuntos!
Diéronse golpes crueles,
hasta que hueca y ufana
llegó la Locura humana,
sonando sus cascabeles.
Puso paz entre los dos
y dijo con desenfado:
«¿Qué es esto? Habéis olvidado
que sois imagen de Dios?
Tal vez la inmortalidad
con justo título esperen
los que por la patria mueren,
por Dios, por la libertad.
Pero que el hombre sucumba
en conquistadora guerra,
cuando siete pies de tierra
le bastan para su tumba;
o que en lucha fratricida
entre, sin saber quizá
ni por qué la muerte da,
ni por qué pierde la vida;
esto mi paciencia apura,
y cuantas veces lo veo,
aunque soy Locura, creo
que es demasiada locura.»
Problema
Ciego, ¿es la tierra el centro de las almas?
Quiero, dejando hipótesis a un lado,
una duda exponer, y es la siguiente:
-¿Por qué cruza la tierra el inocente,
de espinas o de sombras coronado?
¿Por qué feliz y próspero, el malvado
alza orgulloso la atrevida frente?
¿Por qué Dios, que es el bien, mira y consiente
el eterno dominio del pecado?
¿Por qué, desde Caín, la humana raza,
sometida al dolor, con sangre traza
la historia de sus luchas giganteas?
Y si es ficción la gloria prometida,
si aquí empieza y acaba nuestra vida,
¿por qué, implacable Dios, por qué nos creas?
Quiso imponer al mundo su memoria…
Quiso imponer al mundo su memoria
un rey, en su soberbia desmedida,
y por miles de esclavos construida
erigió esta pirámide mortuoria.
¡Sueño estéril y vano! Ya la historia
no recuerda su nombre ni su vida,
que el tiempo ciego en su veloz corrida
dejó la tumba y se llevó la gloria.
El polvo que en el hueco de su mano
contempla absorto el caminante ¿ha sido
parte de un siervo o parte del tirano?
¡Ah! todo va revuelto y confundido,
que guarda Dios para el orgullo humano
solo una eternidad: la del olvido.
Recuerdos
I
Tantas esperanzas muertas
y tantos recuerdos vivos!…
en el corazón humano
jamás se forma el vacío.
Nace una ilusión y muere;
pero su cadáver mismo
queda insepulto en el alma
y siempre en la mente fijo.
¡Ay! Por eso yo que os llevo
ha tantos años conmigo,
esperanzas engañosas
que me halagasteis de niño;
hoy que bajo el grave peso
de vuestro cadáver gimo,
¡infeliz de mí! quisiera
que nunca hubierais nacido.
II
¿Te acuerdas? Al pie de un árbol
en el jardín de tu casa,
el dulce y maduro fruto
ibas cogiendo en la falda.
Turbando nuestra alegría.
crujió de pronto la rama,
diste un grito, y desplomado
caí sin voz a tus plantas.
No vi más; pero entre sueños
me pareció que escuchaba
desconsolados gemidos,
tiernas y amantes palabras.
Y cuando volví a la vida,
en una sola mirada
se besaron nuestros ojos
se unieron nuestras almas.
III
¿Te acuerdas? Seis años hace
cuando por la vez primera
eterno amor nos juramos
y fidelidad eterna.
¡Cuán venturosas corrieron
las horas ¡ay! y cuán prestas!
un deseo, una esperanza
fue nuestra dulce existencia.
Turbose un día el encanto
de aquella pasión inmensa,
y el viento de la fortuna
llevome a lejanas tierras.
Colgándote de mi cuello,
en llanto amargo deshecha,
«vuelve, me dijiste, vuelve;
que mi corazón te llevas».
Volví… ¡Ya estabas casada!
y un ángel de rubias hebras
en tu regazo dormía
el sueño de la inocencia.
Posé, temblando, mis labios
en su faz blanca y risueña,
y al mirarte, vi que estabas
pálida como una muerta.
IV
Después, aturdido, ciego,
cuando me hirió el desengaño,
en tus queridas memorias
quise vengar mis agravios.
Busqué frenético el rizo
de tus cabellos castaños,
que en la postrer despedida
me diste, Inés, sollozando.
«Muera, dije, este recuerdo
de aquel corazón ingrato,
y arrastre el viento en cenizas
la inútil prenda que guardo».
Miréla suspenso y mudo,
hasta que ahogándome el llanto,
en vez de arrojarla al fuego
la llevé ¡loco! a mis labios.
¡Ay! quiera Dios que no veas
presa en amorosos lazos,
al hijo de tus entrañas
llorar, como estoy llorando.
V
¿Te acuerdas cuando en los días
de mi secreto infortunio
dudaba yo de mí mismo,
pobre, olvidado y obscuro;
enjugando compasiva
mi llanto abundante y mudo,
«no desmayes, me dijiste,
que el porvenir será tuyo».
Yo compartiré contigo
lauros, honores y triunfos,
y a la sombra de tu fama
nuestro amor llenará el mundo.
Hoy rompe a veces mi nombre
la indiferencia del vulgo,
y a veces también su aplauso
trémulo y turbado escucho.
Pero como estás muy lejos
y en vano te llamo y busco
paréceme que resuena
en el hueco de un sepulcro.
Roto el respeto, la obediencia rota…
Roto el respeto, la obediencia rota,
de Dios y de la ley perdido el freno,
vas marchando entre lágrimas y cieno,
y aire de tempestad tu rostro azota.
Ni causa oculta, ni razón ignota
busques al mal que te devora el seno;
tu iniquidad, como sutil veneno,
las fuerzas de tus músculos agota.
No esperes en revuelta sacudida
alcanzar el remedio por tu mano
¡oh sociedad rebelde y corrompida!
Perseguirás la libertad en vano,
que cuando un pueblo la virtud olvida,
lleva en sus propios vicios su tirano.
Si es cierto que la pena compartida…
Si es cierto que la pena compartida
llega a calmarse, porque el llanto ajeno
es para el triste bálsamo de vida;
si es verdad ¡ay! que el afligido seno,
cuando piedad encuentra y blando abrigo,
más reposado late y más sereno;
permite ¡oh Portugal! que un pueblo amigo,
ante la humilde tumba de Herculano,
mostrándote tu amor, llore contigo.
¡Ya no existe el poeta! Pero en vano
querrá la muerte arrebatar la gloria
del más insigne genio lusitano.
El con su ciencia engrandeció la Historia,
él exaltó la santa poesía,
y él impondrá a los siglos su memoria.
Cantor de vigorosa fantasía,
pulsó inspirado el Arpa del Creyente
y amó la libertad. ¡Quién no ama el día!
No dobló el yugo del temor su frente,
ni la lisonja vil manchó su labio,
ni abatió al débil, ni ensalzó al potente.
De la austera verdad en desagravio,
se opuso a la invasión de la mentira
con fe de artista y convicción de sabio.
Enérgico y tenaz, pero sin ira,
combatió en pro de su fecunda idea
con la voz, con la espada y con la lira.
Harto ya de luchar, buscó en la aldea
la dulce calma, el apacible encanto
que perdió en el fragor de la pelea,
y hoy en rústico y pobre camposanto
sus restos guarda honrada sepultura,
que el pueblo portugués riega con llanto.
¡Feliz el alma que al romper su obscura
cárcel, de eterno lauro coronada,
vuelve al seno de Dios intacta y pura!
ejemplo sea nuestra Edad menguada,
en que más de un ingenio peregrino
en el fango del mundo se degrada,
y contrariando su inmortal destino,
como ramera sin pudor, ofrece
al éxito brutal su estro divino.
¡Ah! grande podrá ser, mas no merece
loa ni encomio el pensamiento humano
que se humilla, y se arrastra, y se envilece.
¿Quién al águila audaz, que el soberano
vuelo remonta, comparar podría
con el reptil inmundo del pantano?
¡Oh religión del arte! ¡Oh Poesía!
¡Comunión de las almas cuando llevas
la paz, el bien y la razón por guía!
¡Cuando contra la infamia te sublevas,
y con no usada majestad, el vuelo
hasta el principio de la luz elevas!
Pliega tus alas en señal de duelo,
y ante esa pobre tumba deposita
tu más preciada flor: ¡la fe en el cielo!
Rinde esa flor, que nunca se marchita,
¡ay! a quien solo, sí, mas no olvidado,
duerme a la sombra de la cruz bendita.
A quien fue por tu numen exaltado,
de rica inspiración raudal fecundo
y tu apóstol al par que tu soldado.
Rompe el silencio lóbrego y profundo
que cubre el polvo desligado y frío
del que llevaba en su cerebro un mundo.
¡Ay! ya ese mundo estéril y sombrío
no animarán los sueños de la vida:
¡ya no le animarán! ¡Está vacío!
Mas bastan a su fama esclarecida
las altas creaciones del poeta,
do su gran alma nos dejó esculpida.
¡Cuan bien nos pinta la inquietud secreta
del sacerdote que consigo mismo
combate sin cesar como un atleta!,
¡que ama y lucha a la vez con heroísmo;
y ve rodar sin gloria ni esperanza
su patria y su virtud hacia el abismo!
Cuando esparciendo e! odio y la matanza,
la morisma feroz salva el Estrecho
y cual torrente incontrastable avanza
ante el imperio gótico deshecho,
la pasión insensata que le oprime,
con sacrílego ardor le abrasa el pecho.
Y llora, y tiembla, y se retuerce, y gime,
y sólo a costa de la inútil vida
de sus perpetuos votos se redime.
¡Cayó en el campo del honor! La herida
anticipó su fin; pero él llevaba
la muerte en sus entrañas escondida.
¡Ay! ¿En qué corazón, rugiente y brava,
no estalla, en horas de incurable duelo,
la rebelión de la materia esclava?
¿A quién, alguna vez, con hondo anhelo
la sed de lo imposible no le acosa?
¿Quién no ha soñado en escalar el cielo?
Surge después la imagen luminosa
del arquitecto Alfonso, que en su extrema
y ciega ancianidad, aun no reposa.
Le designó la voluntad suprema
para labrar maravilloso templo,
y es forzoso, que acabe su poema.
De su viril constancia ante el ejemplo,
¡con cuánta angustia de la Edad presente,
la vergonzosa indecisión contemplo!
Incrédula, dudosa, indiferente,
lidia sin fe, sin convicción se agita,
y no acierta a explicarse lo que siente.
Ya con sordo fragor se precipita,
como el alud del monte, ya asustada
los hierros del esclavo solicita.
Sigue rebelde o sierva su jornada,
y más que al ruego, al látigo obedece,
¡ay! cuando no vencida, fatigada.
Ante esa sociedad que desfallece,
del inspirado artista la figura
¡cuán excelsa a mis ojos resplandece!
Lleno de genio, edificar procura
alta y extensa bóveda, que sea
terror y pasmo de la edad futura.
Acariciando su arriesgada idea,
cual padre cariñoso, con tranquila
majestad se consagra a su tarea.
El pueblo se estremece y horripila
al comprender su temerario empeño,
y él mismo alguna vez duda y vacila.
—¿No pudiera, en verdad, ser el diseño
de la atrevida y portentosa nave,
la irrealizable concepción de un sueño?
¿Acierta? ¿Se equivoca? ¡Quién lo sabe!
Todos son juicios, cálculos y asombros.
Pero él decide, resignado y grave,
enterrar su vergüenza en los escombros
y si decreta Dios la infausta ruina,
recibirla impertérrito en sus hombros.
¡Dichoso ciego a quien la fe ilumina!
Su ardor redobla en la animosa empresa,
y la admirable fábrica termina.
Derríbase, por fin, la selva espesa
de cimbras y pilares, y el espanto
es en todos mayor que la sorpresa.
Quedó desierto el templo sacrosanto,
y el noble viejo en éxtasis divino,
con sus ojos sin luz, mas no sin llanto,
solo, abstinente, orando de continuo,
vivió esperando hasta el tercero día
la catástrofe horrenda que no vino.
Y la imponente nave todavía,
inmóvil cual granítica montaña,
el furor de los siglos desafía.
¡Oh anciano ilustre, tu sublime hazaña,
de la dura labor a que se entrega
nuestra razón, el simbolismo entraña!
Aunque cansada del trabajo y ciega,
obediente a las leyes que la rigen,
sin cesar edifica, y no sosiega.
Dóciles a su voz desde su origen,
los pueblos con ruidosa incertidumbre
el monumento de su gloria erigen.
Teme a veces la ignara muchedumbre
que la nave espaciosa venga al suelo,
vencida de su inmensa pesadumbre;
mas la razón serena y sin recelo
sabe bien que en sus ejes de diamante
segura está la bóveda del cielo.
No caerá, no, porque el varón constante
deseche el miedo, y con afán profundo
en alas de la ciencia se levante.
¡Ah! si hubiese cedido al infecundo
pavor que nuestras almas encadena,
Colón no hubiera descubierto un mundo.
La duda nuestros ímpetus refrena,
abre anchuroso cauce al egoísmo,
y sólo funda en movediza arena.
¡Pero no es fácil resistir! Yo mismo,
que deploro su mal, mis horas paso
incierto entre los cielos y el abismo.
Herido a un tiempo por el brillo escaso
de un moribundo sol, que lentamente
va cayendo en las sombras del Ocaso,
y por la tibia aurora que en Oriente
empieza a despuntar, también vacilo,
y apenas sé donde posar mi frente.
¡Ay! ¿Quién puede, con ánimo tranquilo,
dar la triste y postrera despedida
al dulce hogar que le sirvió de asilo?
Mas, ¡basta ya de indecisión! La vida
se engrandece al calor de otras ideas
que nos muestran la tierra prometida,
y en ciudades, y en campos, y en aldeas
resuena el coro universal que canta
a la naciente luz: —¡Bendita seas!
Tu fulgor, que los orbes abrillanta,
sólo a la negra noche, engendradora
de monstruos y de crímenes, espanta.—
¡Quién pudiera, a los rayos de esa aurora
los seres convocar que de Herculano
forjó la fantasía soñadora!
Pero no abrigo el pensamiento vano
de animar las figuras colosales
que con diestro cincel labró su mano.
Las místicas angustias, las mortales
ansias, los rencorosos extravíos,
que él presenta patéticos y reales,
rebasarían de los versos míos,
si en ellos contenerlos intentara,
cual de sus cauces los hinchados ríos.
Mas no tan sólo en la región que avara
las ficciones y fábulas encierra,
se abrió camino su razón preclara.
Como rayo de sol que se soterra
por ocultos resquicios, e ilumina
los recónditos senos de la tierra,
el negro cráter, la profunda mina
y la gruta de abrojos resguardada
que conoce no más fiera dañina,
así del vate la sagaz mirada
penetró, fulgurando, en los obscuros
y hondos abismos de la Edad pasada.
Y descifrando en los ciclópeos muros
de tan lóbregos antros, los inciertos
signos para allegar datos seguros,
buscaba en los sepulcros entreabiertos
de los tiempos antiguos, la memoria
casi perdida de los siglos muertos.
Si cuando atormentado por la gloria,
con animoso espíritu escribía
del pueblo portugués la épica historia,
la fanática y torpe hipocresía,
medrosa de la luz, no hubiese roto
su pluma de oro, en que irradiaba el día;
si en medio del frenético alboroto
de envidiosas calumnias, él no hubiera
hecho de enmudecer solemne voto;
el monumento que con fe sincera
quiso alzar a la patria su erudito
y vasto ingenio, perdurable fuera.
Fuera como esas moles de granito
en que pueblos gigantes que no existen,
sus ya ignorados fastos han escrito.
¿Do sus glorias están? ¿En qué consisten?
¿Qué resta de ellos en el mundo? Nada:
las pirámides sólo, que aún resisten.
Esa Historia, entre tantas celebrada,
del egregio Herculano obra maestra,
¡ay! quedará por siempre inacabada.
Pero tan raras perfecciones muestra,
que es, y será en los siglos venideros
gloria de Portugal… ¡y también nuestra!
¿Por ventura los débiles linderos
que la discordia entre nosotros puso,
han roto nuestros vínculos primeros?
Hermanos son el español y el luso,
un mismo origen su destino enlaza,
y Dios la misma cuna los dispuso.
Mas aunque fuesen de enemiga raza,
la generosa tierra en que han crecido
con maternal orgullo los abraza.
¿A quién importa el rumbo que han seguido?
Dos águilas serán de opuesta zona,
que en el mismo peñón hacen su nido.
Ese sol que los sirve de corona,
con torrentes de luz sus campos baña
y sus frutos idénticos sazona.
Juntos pueblan los términos de España,
y parten ambos con igual derecho
el mar, el río, el llano y la montaña.
Cuando algún invasor, hallando estrecho
el mundo a su ambición, con ellos cierra,
la misma espada los traspasa el pecho.
El mismo hogar defienden en la guerra,
el mismo sentimiento los inspira,
cúbrelos al morir la misma tierra,
y tan unidos la razón los mira,
como los fuertes dedos de una mano
y las cuerdas vibrantes de una lira.
¡Ay! cuando luchan con rencor tirano,
pregunta Dios al vencedor impío:
—¡Caín, Caín, qué hiciste de tu hermano!
Juntos mostraron su indomable brío
en lid reñida, infatigable y fiera,
contra un poder despótico y sombrío.
Y juntos alzarán, cuando Dios quiera
poner fin a su mutua desventura
una patria, una ley y una bandera.
Por eso ante la humilde sepultura
que guarda al más insigne de tus hijos,
España ¡oh Portugal! su Danto apura,
y en ti sus nobles pensamientos fijos,
acude ansiosa a consolar tus penas;
pero no a compartir tus regocijos.
Podrá el recelo ruin, si no le enfrenas,
hacer que el odio entre nosotros cunda,
y no luzcan jamás horas serenas;
podrá impedir nuestra unidad fecunda;
mas no evitar que mi patria el llanto
con el que tú derrames se confunda.
¡No lo conseguirá! ¡No puede tanto!
Soneto
Cuando el ánimo ciego y decaído
la luz persigue y la esperanza en vano;
cuando abate su vuelo soberano
como el cóndor en el espacio herido;
cuando busca refugio en el olvido,
que le rechaza con helada mano;
cuando en el pobre corazón humano
el tedio labra su infecundo nido;
cuando el dolor, robándonos la calma,
brinda tan sólo a nuestras ansias fieras,
horas desesperadas y sombrías,
¡ay, inmortalidad, sueño del alma
que aspira a lo infinito! si existieras,
¡qué martirio tan bárbaro serías!
Soneto
Cuando de tus desórdenes testigo
te sorprende en los brazos del tumulto,
¡oh Libertad! avergonzado oculto
mi rostro y sollozando te maldigo.
En lucha interna y desigual conmigo
arráncame el dolor airado insulto:
quiero olvidarte, abandonar tu culto,
y ciegamente a mi pesar te sigo.
Te sigo a mi pesar. Sueño o quimera
riges mi voluntad, llenas mi vida
y dejaré de amarte cuando muera.
Eres como la hermosa fementida
que inspira al alma la pasión primera:
cuanto más inconstante, más querida.
Tantas esperanzas muertas…
I
Tantas esperanzas muertas
y tantos recuerdos vivos!…
en el corazón humano
jamás se forma el vacío.
Nace una ilusión y muere;
pero su cadáver mismo
queda insepulto en el alma
y siempre en la mente fijo.
¡Ay! Por eso yo que os llevo
ha tantos años conmigo,
esperanzas engañosas
que me halagasteis de niño;
hoy que bajo el grave peso
de vuestro cadáver gimo,
¡infeliz de mí! quisiera
que nunca hubierais nacido.
II
¿Te acuerdas? Al pie de un árbol
en el jardín de tu casa,
el dulce y maduro fruto
ibas cogiendo en la falda.
Turbando nuestra alegría.
crujió de pronto la rama,
diste un grito, y desplomado
caí sin voz a tus plantas.
No vi más; pero entre sueños
me pareció que escuchaba
desconsolados gemidos,
tiernas y amantes palabras.
Y cuando volví a la vida,
en una sola mirada
se besaron nuestros ojos
se unieron nuestras almas.
III
¿Te acuerdas? Seis años hace
cuando por la vez primera
eterno amor nos juramos
y fidelidad eterna.
¡Cuán venturosas corrieron
las horas ¡ay! y cuán prestas!
un deseo, una esperanza
fue nuestra dulce existencia.
Turbose un día el encanto
de aquella pasión inmensa,
y el viento de la fortuna
llevome a lejanas tierras.
Colgándote de mi cuello,
en llanto amargo deshecha,
«vuelve, me dijiste, vuelve;
que mi corazón te llevas».
Volví… ¡Ya estabas casada!
y un ángel de rubias hebras
en tu regazo dormía
el sueño de la inocencia.
Posé, temblando, mis labios
en su faz blanca y risueña,
y al mirarte, vi que estabas
pálida como una muerta.
IV
Después, aturdido, ciego,
cuando me hirió el desengaño,
en tus queridas memorias
quise vengar mis agravios.
Busqué frenético el rizo
de tus cabellos castaños,
que en la postrer despedida
me diste, Inés, sollozando.
«Muera, dije, este recuerdo
de aquel corazón ingrato,
y arrastre el viento en cenizas
la inútil prenda que guardo».
Miréla suspenso y mudo,
hasta que ahogándome el llanto,
en vez de arrojarla al fuego
la llevé ¡loco! a mis labios.
¡Ay! quiera Dios que no veas
presa en amorosos lazos,
al hijo de tus entrañas
llorar, como estoy llorando.
V
¿Te acuerdas cuando en los días
de mi secreto infortunio
dudaba yo de mí mismo,
pobre, olvidado y obscuro;
enjugando compasiva
mi llanto abundante y mudo,
«no desmayes, me dijiste,
que el porvenir será tuyo».
Yo compartiré contigo
lauros, honores y triunfos,
y a la sombra de tu fama
nuestro amor llenará el mundo.
Hoy rompe a veces mi nombre
la indiferencia del vulgo,
y a veces también su aplauso
trémulo y turbado escucho.
Pero como estás muy lejos
y en vano te llamo y busco
paréceme que resuena
en el hueco de un sepulcro.
Todas las tardes, cuando el sol declina…
I
Todas las tardes, cuando el sol declina
en brazos del misterio,
una mujer llorosa se encamina
al santo cementerio.
Con tosco y miserable desaliño,
tocas de luto viste,
lleva de la mano a un pobre niño
descalzo, enfermo y triste.
Paso torpe y trémulo apresura
marchando silenciosa
hacia la solitaria sepultura
en que su amor reposa.
¡Ay! su semblante tétrico y sombrío,
su atónita mirada
reflejan el dolor y el desvarío
de un alma destrozada.
Al pie del nicho desarruga el ceño,
detiene su carrera,
llama en la losa con tenaz empeño,
y espera, espera, espera…
El niño tiembla. La impaciente loca
que a un tiempo reza y gime,
que el dulce nombre del esposo invoca
con ansiedad sublime,
golpea el mármol sepulcral, y el eco
sordamente retumba
con lúgubre gemido, desde el hueco
de la cerrada tumba.
Y la infeliz mujer, en son de queja
grita: —¿dónde estás, dónde?—
Rompe en sollozos, y por fin se aleja
diciendo al niño: —¿Ves? No me responde.—
II
¡Ah, no le llores más! ¿Por qué el ingrato,
por qué, si te quería,
abandonó tu cariñoso trato,
tu blanda compañía,
la santa paz de la familia, el culto
de sus tranquilos lares,
para excitar en medio del tumulto
las iras populares?
Siempre deja en su bárbaro extravío
la inquieta muchedumbre,
más de un amante corazón vacío,
más de un hogar sin lumbre.
¿Por qué no recordó cuando inhumano
a su rencor cediendo,
corrió a verter la sangre de su hermano
en el combate horrendo,
que cuantos en la lucha sucumbían,
ante el peligro fijos
por la voz del deber, como él tendrían
madres, esposas, hijos?
¿Por qué no recordó que un pueblo libre,
ni límite ni coto
pondrá a sus desventuras, mientras vibre
el arma en vez del voto?
¡Ah, no le llores más! No lo merece.
No sufras ni batalles.
El que mancha con sangre, el que envilece
por plazas y por calles
la augusta libertad, el que furioso
apela al hierro insano,
no es tierno padre, ni sensible esposo,
ni honrado ciudadano.
Todo respira paz: la fértil vega…
Todo respira paz: la fértil vega,
el cielo transparente, el bosque umbrío
y el viento que en las márgenes del río
sus alas bate y con las ramas juega.
Abre sus cauces el Segura, y riega
los campos secos por tenaz estío,
do redoblando su fecundo brío
el ribereño a su labor se entrega.
Al través de la copa embalsamada
de los verdes naranjos, su dichosa
casa, que dora el sol, cerca divisa.
¡Cuán feliz es! Alegran su jornada
el dulce canto de la amante esposa
y de sus hijos la inocente risa.
¡Treinta años!
¡Treinta años! ¿Quién me diría
que tuviese al cabo de ellos,
si no blancos mis cabellos
el alma apagada y fría?
Un día tras otro día
mi existencia han consumido,
y hoy asombrado, aturdido,
mi memoria se derrama
por el ancho panorama
de los años que he vivido.
Y aparecen ante mí
fugitivas y ligeras,
las venturosas quimeras
que desvanecerse vi:
la inocencia que perdí
y aquel vago sentimiento
que animó mi pensamiento
cuando eran mis alegrías
las mágicas armonías
del mar, del bosque y del viento.
Han sido para mi daño
en la vida que disfruto,
un siglo cada minuto,
una eternidad cada año.
El dolor y el desengaño
forman parte de mí mismo,
y el torpe materialismo
de esta edad indiferente,
cubre de sombras mi frente
y abre a mis pies un abismo.
Sacude el mar su melena
de crespas olas, rugiendo,
y con pavoroso estruendo
los aires asorda y llena.
Pero una playa de arena,
su audaz cólera contiene…
¡Ay! ¿Quién habrá que refrene
el tormentoso océano
que en el pensamiento humano
ni fondo ni orillas tiene?
¡La razón!… Tanto se encumbra
tan locamente camina,
que ya no es luz que ilumina
sino hoguera que deslumbra.
Al horror nos acostumbra,
siembra de ruinas el suelo,
y en su inextinguible anhelo
álzase hasta Dios atea
con la sacrílega idea
de derribarle del cielo.
He visto tronos volcados,
instituciones caídas,
y tras recias sacudidas
pueblos y reyes cansados.
Propios y ajenos cuidados
muévenme continua guerra,
y mi espíritu se aterra
cuando, perdida la calma,
siento rugir en el alma
la tempestad de la tierra.
Cuando pienso en lo que fui,
hondas heridas renuevo,
y me parece que llevo
la muerte dentro de mí.
No veo lo que antes vi,
no siento lo que he sentido,
no responde ni un latido
del corazón si a él acudo,
llamo al cielo y está mudo,
busco mi fe y la he perdido.
Infeliz generación
que vas, con loco ardimiento,
nutriendo tu entendimiento
a expensas del corazón,
dime, ¿no es cierto que son
vivas tus penas y ardientes?
¿No es verdad que te arrepientes,
presa de terrores graves,
de los misterios que sabes
y de las dudas que sientes?
¡Yo sí! Feliz si lograra,
después de mis desengaños,
lanzar hacia atrás los años
que el destino me depara.
Pero ¡ay! el tiempo no para
ni tuerce su curso el río,
ni vuelve al nido vacío
el ave muerta en la selva,
¡ni quiere el cielo que vuelva
la esperanza al pecho mío!
¡Treinta años! ¿Quién me diría?…
¡Treinta años! ¿Quién me diría
que tuviese al cabo de ellos,
si no blancos mis cabellos
el alma apagada y fría?
Un día tras otro día
mi existencia han consumido,
y hoy asombrado, aturdido,
mi memoria se derrama
por el ancho panorama
de los años que he vivido.
Y aparecen ante mí
fugitivas y ligeras,
las venturosas quimeras
que desvanecerse vi:
la inocencia que perdí
y aquel vago sentimiento
que animó mi pensamiento
cuando eran mis alegrías
las mágicas armonías
del mar, del bosque y del viento.
Han sido para mi daño
en la vida que disfruto,
un siglo cada minuto,
una eternidad cada año.
El dolor y el desengaño
forman parte de mí mismo,
y el torpe materialismo
de esta edad indiferente,
cubre de sombras mi frente
y abre a mis pies un abismo.
Sacude el mar su melena
de crespas olas, rugiendo,
y con pavoroso estruendo
los aires asorda y llena.
Pero una playa de arena,
su audaz cólera contiene…
¡Ay! ¿Quién habrá que refrene
el tormentoso océano
que en el pensamiento humano
ni fondo ni orillas tiene?
¡La razón!… Tanto se encumbra
tan locamente camina,
que ya no es luz que ilumina
sino hoguera que deslumbra.
Al horror nos acostumbra,
siembra de ruinas el suelo,
y en su inextinguible anhelo
álzase hasta Dios atea
con la sacrílega idea
de derribarle del cielo.
He visto tronos volcados,
instituciones caídas,
y tras recias sacudidas
pueblos y reyes cansados.
Propios y ajenos cuidados
muévenme continua guerra,
y mi espíritu se aterra
cuando, perdida la calma,
siento rugir en el alma
la tempestad de la tierra.
Cuando pienso en lo que fui,
hondas heridas renuevo,
y me parece que llevo
la muerte dentro de mí.
No veo lo que antes vi,
no siento lo que he sentido,
no responde ni un latido
del corazón si a él acudo,
llamo al cielo y está mudo,
busco mi fe y la he perdido.
Infeliz generación
que vas, con loco ardimiento,
nutriendo tu entendimiento
a expensas del corazón,
dime, ¿no es cierto que son
vivas tus penas y ardientes?
¿No es verdad que te arrepientes,
presa de terrores graves,
de los misterios que sabes
y de las dudas que sientes?
¡Yo sí! Feliz si lograra,
después de mis desengaños,
lanzar hacia atrás los años
que el destino me depara.
Pero ¡ay! el tiempo no para
ni tuerce su curso el río,
ni vuelve al nido vacío
el ave muerta en la selva,
¡ni quiere el cielo que vuelva
la esperanza al pecho mío!
Tristezas
Cuando recuerdo la piedad sincera
con que en mi edad primera
entraba en nuestras viejas catedrales,
donde postrado ante la cruz de hinojos
alzaba a Dios mi ojos
soñando en las venturas celestiales;
Hoy que mi frente atónito golpeo,
y con febril deseo
busco los restos de mi fe perdida,
por hallarla otra vez, radiante y bella
como en la edad aquélla,
¡desgraciado de mí! diera la vida.
¡Con qué profundo amor, niño inocente,
prosternaba mis frente
en las losas del templo sacrosanto!
Llenábase mi joven fantasía
de luz, de poesía,
de mudo asombro, de terrible espanto.
Aquellas altas bóvedas que al cielo
levantaban mi anhelo;
aquella majestad solemne y grave;
aquel pausado canto, parecido
a un doliente gemido,
que retumbaba en la espaciosa nave:
Las marmóreas y austeras esculturas
de antiguas sepulturas,
aspiración del arte a lo infinito;
la luz que por los vidrios de colores
sus tibios resplandores
quebraba en los pilares de granito;
Haces de donde en curva fugitiva,
para formar la ojiva,
cada ramal subiendo se separa,
cual el rumor de multitud que ruega,
cuando a los cielos llega,
surge cada oración distinta y clara;
En el gótico altar inmoble y fijo
el santo crucifijo,
que extiende sin vigor sus brazos yertos,
siempre en la sorda lucha de la vida,
tan áspera y reñida,
para el dolor y la humildad abiertos;
El místico clamor de la campana
que sobre el alma humana
de las caladas torres se despeña,
y anuncia y lleva en sus aladas notas
mil promesas ignotas
al triste corazón que sufre o sueña;
Todo elevaba mi ánimo intranquilo
a más sereno asilo:
religión, arte, soledad, misterio.
todo en el templo secular hacía
vibrar el alma mía,
como vibran las cuerdas de un salterio.
Y a esta voz interior que sólo entiende
quien crédulo se enciende
en fervoroso y celestial cariño,
envuelta en sus flotantes vestiduras
volaba a las alturas,
virgen sin mancha, mi oración de niño.
Su rauda, viva y luminosa huella
como fugaz centella
traspasaba el espacio, y ante el puro
resplandor de sus alas de querube,
rasgábase la nube
que me ocultaba el inmortal seguro.
¡Oh anhelo de esta vida transitoria!
¡Oh perdurable gloria! .
¡Oh! Sed inextiguible del deseo!
¡Oh cielo, que antes para mí tenías
fulgores y armonías,
y hoy tan oscuro y desolado veo!
Ya no templas mis íntimos pesares,
ya al pie de tus altares
como en mis años de candor no acudo.
Para llegar a ti perdí el camino,
y errante peregrino
entre tinieblas desespero y dudo.
Voy espantado sin saber por dónde;
grito, y nadie responde
a mi angustiada voz; alzo los ojos
y a penetrar la lobreguez no alcanzo;
medrosamente avanzo,
y me hieren el alma los abrojos.
Hijo del siglo, en vano me resisto
a su impiedad, ¡oh Cristo!
Su grandeza satánica me oprime.
Siglo de maravillas y de asombros,
levanta sobre escombros
un Dios sin esperanza, un Dios que gime.
¡Y ese Dios no eres tú! No tu serena
faz, de consuelos, llena,
alumbra y guía nuestro incierto paso.
Es otro Dios incógnito y sombrío:
su cielo es el vacío,
Sacerdote el error, ley el Acaso.
¡Ah! No recuerda el ánimo suspenso
un siglo más inmenso,
más rebelde a tu voz, más atrevido;
entre nubes de fuego alza su frente,
como Luzbel, potente;
pero también, como Luzbel, caído.
A medida que marcha y que investiga
es mayor su fatiga,
es su noche más honda y más oscura,
y pasma, al ver lo que padece y sabe,
cómo en su seno cabe
tanta grandeza y tanta desventura.
Como la nave sin timón y rota
que el ronco mar azota,
incendia el rayo y la borrasca mece
en piélago ignorado y proceloso,
nuestro siglo —coloso—
con la luz que le abrasa, resplandece.
¡Y está la playa mística tan lejos! . . .
a los tristes reflejos
del sol poniente se colora y brilla.
El huracán arrecia, el bajel arde,
y es tarde, es ¡ay! muy tarde
para alcanzar la sosegada orilla.
¿Qué es la ciencia sin fe? Corcel sin freno,
a todo yugo ajeno,
que al impulso del vértigo se entrega,
y a través de intrincadas espesuras,
desbocado y a oscuras
avanza sin cesar y nunca llega.
¡Llegar! ¿Adónde? . . . El pensamiento humano
en vano lucha, en vano
su ley oculta y misteriosa infringe.
En la lumbre del sol sus alas quema,
y no aclara el problema,
ni penetra el enigma de la Esfinge.
¡Sálvanos, Cristo, sálvanos, si es cierto
que tu poder no ha muerto!
Salva a esta sociedad desventurada,
que bajo el peso de su orgullo mismo
rueda al profundo abismo
acaso más enferma que culpada.
La ciencia audaz, cuando de ti se aleja,
en nuestras almas deja
el germen de recónditos dolores,
como al tender el vuelo hacia la altura,
deja su larva impura
el insecto en el cáliz de las flores.
Si en esta confusión honda y sombría
es, Señor, todavía
raudal de vida tu palabra santa,
di a nuestra fe desalentada y yerta:
—¡Anímate y despierta!
Como dijiste a Lázaro: —¡Levanta!—
Velet umbra
¡Oh incesante desvarío
del hombre! ¡Oh mentida gloria,
tan fugaz y transitoria
como las ondas de un río!
El tiempo impasible y frío
va empujando tu memoria,
que brilla un punto en la Historia
y se pierde en el vacío.
¡Cuánto César ya olvidado!
¡Cuánta vieja desventura,
que ni aun recuerda la gente,
habrá visto, habrá alumbrado
ese sol, desde la altura
en que gira indiferente!
A medida que hacia el puerto
va marchando del olvido,
aparece cuanto ha sido
de espesas brumas cubierto.
Ese polvo, árido y yerto,
ha pensado y ha sentido:
es el despojo perdido
de la humanidad que ha muerto.
De esos átomos sin nombre,
¿quién el misterio adivina?
¿quién a descifrarlo alcanza?
Tan lóbrego es para el hombre
lo pasado que declina,
cual lo porvenir que avanza.
¿Dónde está la oculta fuente
del hondo raudal humano?
¿A qué incógnito Océano
va a parar esa corriente?
Principio y fin, velozmente
se buscan y dan la mano;
y en el germen bulle el grano,
y en el grano la simiente.
La flor que arrebata el viento,
préstale al campo marchito
nuevo jugo y nueva vida;
mas ¿quién en el movimiento
del génesis infinito,
recuerda la flor caída?
¡Vanidad de vanidades!
En nuestras horas inciertas,
sobre las ciudades muertas
álzanse nuevas ciudades.
En ignotas soledades,
en regiones, hoy desiertas,
yacen de polvo cubiertas
las glorias de otras edades.
Cae en mortal cautiverio
cuanto el alma, inquieta y muda,
busca y ama, anhela y nombra.
Nuestra vida en el misterio,
nuestro destino en la duda,
nuestro término en la sombra.
Venga el ateo y fije sus miradas…
Venga el ateo y fije sus miradas
En las raudas cascadas
Que caen con el estrépito del trueno
En ese bosque que oscurece el día,
De rústica armonía
Y de perfumes y de sombras lleno;
En la gruta titánica que arredra
Con sus monstruos de piedra,
Su oculto lago y despeñado río:
Que ante tantas grandezas el ateo
Dirá asombrado: -¡Creo,
Creo en tu excelsa majestad, Dios mío!
Arpa es la creación, que en la tranquila
Inmensidad oscila
Con ritmo eterno y cántico sonoro,
Y no hay murmullo, ni rumor, ni acento
En tierra, mar y viento,
Que del himno inmortal no forme coro.
El insecto entre el césped escondido,
El trueno en las entrañas de la nube,
Hasta la flor que en los sepulcros brota,
Todo exhala su nota
Que en acordado son al cielo sube.
Nunca del hombre la soberbia ciega,
Que a enloquecerlo llega,
Podrá alcanzar, en su insaciable anhelo,
Ese poder augusto y soberano
Que enfrena el océano
Y hace girar los astros en el cielo.
En vano, golpeándose la frente,
Se agitará impotente
En su orgullo satánico y maldito;
Siempre, desesperado Prometeo,
Le acosará el deseo,
¡Ay!, que como el dolor, es infinito.
¡Ya triunfó la república! Has vencido…
¡Ya triunfó la república! Has vencido.
Tras prolongada y mísera agonía
lanzó a tus plantas el postrer gemido
nuestra sacra y gloriosa monarquía.
No vino a tierra como el cedro erguido
que el huracán y el rayo desafía:
cayó como la mustia y débil hoja
de que en Octubre el árbol se despoja.
¡Ay! ¿Esta sociedad que desespera,
logrará acaso tiempos más felices,
porque haya muerto, sin luchar siquiera
la tradición excelsa que maldices?
¿Se desplomó quizás porque tuviera
podrido el tronco y secas las raíces?
¿Fue su impensada y rápida caída,
torpe venganza o pena merecida?
Si al paso que se extingue y desvanece
como el último rayo vespertino,
renace el orden y la paz florece,
es que cumplió la ley de su destino.
Pero si la tormenta se embravece,
si nos arrolla el raudo torbellino,
si no se aclara el porvenir incierto,
entonces es que asesinada ha muerto.
Mientras el cielo mi conciencia guarde,
jamás se apartará de mi memoria
aquella triste y vergonzosa tarde
baldón eterno de la patria historia,
en que un Senado imbécil o cobarde
vendió sin fruto y entregó sin gloria,
cediendo a los estímulos del miedo,
el trono secular de Recaredo.
No nació la república, gloriosa,
formidable y potente en lid reñida,
ni cual del casto cáliz de la rosa
la pura esencia en ondas esparcida.
Brotó de aquella tarde ignominiosa
como brota la sangre de la herida,
y como en medio de mortales dudas
nació de un beso la traición de Judas.
¡Oh! ¡Quién tuviese la robusta vena
de aquel ilustre historiador romano,
que en libros inmortales encadena
los fieros monstruos del linaje humano!
Mi pluma entonces… ¡pero no! La pena
que envilece al león, honra al gusano:
nunca la ruin bajeza ha merecido
censura eterna, sino eterno olvido.
Tal vez ceñida de fulgentes galas
forjose tu ilusión que en pleno día
la república, austera como Palas,
del cerebro del pueblo surgiría.
Tal vez pensaste que al tender sus alas
paz y ventura y luz derramaría,
siendo para tu fama ¡oh nuevo Orfeo!
la honrada encarnación de tu deseo.
Si el llanto no te ciega, en torno mira
ya tu inspirada voz no la conmueve,
ya tu templanza se convierte en ira,
ya revienta el volcán bajo la nieve.
Ya ha arrebatado tu sonora lira
la desgreñada Musa de la plebe;
ya suena, en vez de tu rotunda estrofa,
brutal insulto y sanguinaria mofa.
Ya con sordo fragor se precipita
y mueve a Dios desesperada guerra,
la santa cruz de los sepulcros quita,
vuelca las aras y los templos cierra.
Ya con furor satánico medita,
no sólo echar a Cristo de la tierra,
sino dejar en su insensato anhelo
mudo y vacío y solitario el cielo.
¡Inútil presunción! Cuando mañana
se agoste, como yerba el poderío
de esta generación soberbia y vana
que lanza a Dios su imbécil desafío;
cuando de su grandeza soberana
quede el polvo no más, árido y frío,
¡tú, redentora cruz! ¡tú, santo leño,
sobre las tumbas guardarás su sueño!
¡Valor, Emilio! El pueblo se desborda
y nuestra gloria secular destruye.
¡Ya no existe el ejército! ¡Ya es horda
la que fue hueste, y se desmanda y huye!
La anarquía los ámbitos asorda,
la honrada libertad se prostituye,
y óyense los aullidos de la hiena,
en Alcoy, en Montilla, en Cartagena.
Tu voz, que siempre condenó la saña
de la turba feroz, de nuevo estalle,
y vibre como el trueno en la montaña
y el bronce de los templos en el valle.
La triste España, nuestra madre España,
se desangra entre el cieno de la calle;
ebrio el desorden la denuesta y hiere.
Agonizando está. ¡Sálvala, o muere!
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