Poemas de Manuel Bretón de los Herreros
Poemas de Manuel Bretón de los Herreros (1796–1873) reconocido capital del teatro español del siglo XIX, destacando como el gran renovador de la comedia de costumbres. Aunque vivió la transición del Neoclasicismo al Romanticismo, su estilo se mantuvo fiel a la observación crítica y satírica de la clase media madrileña.
Con una asombrosa fecundidad literaria, escribió más de cien piezas originales, entre las que sobresale Muérete y verás y su obra maestra, Marcelilla o ¿cuál de los tres?. Sus textos se caracterizan por un lenguaje ágil, un dominio magistral del verso y una ironía fina que retrataba las cursilerías y vicios sociales de su época. Además de dramaturgo, fue un respetado poeta, periodista y director de la Biblioteca Nacional, consolidándose como un cronista imprescindible de la burguesía isabelina.
A Carmen…
Si por hermosa y discreta
Ya el derecho no gozaras
De que consagre a tus aras
Su pluma y su alma un poeta;
Y si a fuer de caballero
No te debiese esta ofrenda
Por ser dama y por ser prenda
De amigo a quien tanto quiero,
Carmen, de tu nombre solo
Yo cedería al prestigio,
Aunque arrostrase un litigio
Con las hermanas de Apolo.
Carmen, carminis, el verso:
Así, dice el Calepino;
Así lo llamó el latino
Vencedor del universo;
Y de esta etimología
Es prueba, oh Carmen, muy clara
Esa tu divina cara
Tan llena de poesía.
Al pie de Sierra-nevada
Alza su galana frente
La perla del Occidente,
La voluptuosa Granada.
Y aunque a más de un alarife
Dado a morisca cultura
Sorprenda la arquitectura
De Alhambra y Generalife;
Y alto renombre demande
Desde Cádiz a Tampico
Por la ruina de un Rey Chico
Y el prez de una Reina grande,
Su mayor gloria se funda,
Pese al Triunfo y Zacatín,
En el plácido jardín
De aquella vega fecunda.
Ahora bien, lo más ameno
(Para volver a mi asunto)
De aquel risueño trasunto
Del Paraíso terreno,
En vergeles mil y mil
El agrícola divide
Donde perene reside
Toda la gala de Abril;
Y en cada vergel de aquellos
Tu gracia se simboliza,
Y tu nombre los bautiza
Para lauro tuyo y de ellos.
¡Oh venturoso pensil
Donde amor unce a su carro
En los cármenes del Darro,
Las Cármenes del Genil!
Y siendo tantos los nombres
Con que adoramos a aquella
Que parió siendo doncella
Al Redentor de los hombres,
En preces con que desarmen
Los católicos al diablo
El más frecuente vocablo
Con que la invocan es Carmen.
No hay ya templo que no ocupe
Con su imagen celestial;
Ya Atocha, ya Tremedal,
Ya Pilar, ya Guadalupe;
Mas siempre entre visigodos
Que no han perdido la fe,
El nombre de Carmen fue
El más popular de todos.
Virgen del Pez, de la O,
Todo es uno, no lo ignoro,
Domus áurea (casa de oro)
Y Rosa de Jericó;
Mas si le rompen la crisma
A un prójimo; o suelta un taco,
O exclama en tono elegiaco:
¡Virgen del Carmen Santisma!
Y en prueba de que este título
Merece iguales loores
A justos y pecadores,
Diré, por postrer capítulo,
Que apenas hay bajo el cielo
Bandido patibulario
Que no lleve escapulario
De la Virgen del Carmelo.
A Conchita…
Líbreme Dios de los ojos
Que sólo mueve el placer
O sólo celos y enojos.
Ojos como los tuyos
Son los que quiero,
Que brindan la triaca
Con el veneno.
No quiero que una mirada
Hasta el fin de mi existencia
Me deje el alma llagada.
Ojos quiero traviesos,
Aunque me engañen;
Los quiero que me alegren
Y no me maten.
Yo, que en los tuyos me encanto,
No echo menos de otros ojos
Ni la ternura ni el llanto.
Las gracias de los tuyos
Son mi embeleso,
Que no en vano dos niñas
Juegan en ellos.
Ojos hay que ofrecerán
Falso contento, y los tuyos
Sin que le ofrezcan le dan.
Si giran penetrantes,
¡Ay, que me abrasan!;
Si entornados me miran,
Soy hombre al agua.
¡Oh tú, afligido garzón,
Que el áspid llevas clavado
De inesperada traición!…
Si los ojos de Concha
No te consuelan,
No hay a tu mal remedio
Sobre la tierra.
¿Quieres tú, linda Rosana,
No quedarte sin galán
De la noche a la mañana?
¡Guarda no mire a Concha
Ni sus ojuelos!
Yo vi más de un Macías
Penar en ellos.
Yo los vi en un carnaval,
Y menos que ellos lucían
Veinte arañas de cristal.
En torno de su llama
¡Cuántos ardieron,
Cuántos!…, y ya se entiende
Que yo el primero.
Con risa de ámbar y miel
Versos me pidió su boca…
¡Cielos, qué momento aquel!
Absorto, enajenado
¡Callé!…, y yo creo
Que ella acertó la causa
De mi silencio.
Mal cobrado todavía,
Conchita, de tal hechizo,
Hoy cumplo la oferta mía.
¡Perdón para mis versos!…
¡Ay!… Si valiera,
Algo más pediría
Para el poeta.
A La Pereza
¡Qué dulce es una cama regalada!
¡Qué necio, el que madruga con la aurora,
aunque las musas digan que enamora
oír cantar un ave la alborada!
¡Oh, qué lindo en poltrona dilatada
reposar una hora, y otra hora!
Comer, holgar…, ¡Qué vida encantadora,
sin ser de nadie y sin pensar en nada!
¡Salve, oh Pereza! En tu macizo templo
ya, tendido a la larga, me acomodo.
De tus graves alumnos el ejemplo
me arrastra bostezando; y, de tal modo
tu estúpida modorra a entrarme empieza,
que no acabo el soneto… de per…
A La Señorita Doña Manuela Garcés De Marcilla, Hija De Mi Amigo El Excmo. Sr. Barón de Andilla
¿Qué puedo decirte yo,
Si ya, ¡aymé! sobre la testa
De tu mísero tocayo
Más nieve que en el Moncayo
Cayó?
Mil donceles hallarás
Que te consagren sus liras;
Mas sin dientes y sin muelas,
¡Yo idilios, yo cantinelas!…
¡Helas!
Ya Apolo me desahució,
Y a la orden me resigno
(Aunque me muera de tedio)
Que de quitarme de en medio
Me dio.
Si un día con interés
Las tres Gracias me miraron,
¡Huyendo de mis desastres
Me han privado de sus lastres
Las tres!
Aquel tiempo ya pasó
En que el raudal de Hipocrene,
Que hoy me seca cierzo insano,
Bajo mi fecunda mano
Manó.
Perdí ya el estro y la fe
Con que a toda linda moza
De Jerez o de Cascante,
De Madrid o de Alicante
Canté.
¿Qué he de cantar, ¡santo Dios!
Cuando inveterado reuma
Me arranca gritos ingratos
Y el pulmón entre ululatos
La tos?
Por dicha en un dos por tres,
Padre de tan linda joya,
Tú mi pobreza resarces
Con poéticos engarces,
Garcés.
De mí no se diga, no:
«Ese jubilado vate
Quiso hacer un nuevo ensayo,
Y al salir de su desmayo…
¡Mayó!»
No obstante, ángel del Edén
Eres para mí, Manuela,
Y muy digna, en mi dictamen,
De que todos, todos te amen,
¡Amén!
A Laura En El Campo
Hermosa Laura, prez de las mujeres,
Tú, cuyo blando talle amor bendiga,
¿Por qué reposas en la rubia espiga
Y no sobre las rosas de Citeres?
¿Por qué a las galas de Madrid prefieres
Triste retiro, rústica fatiga?
¿Será que su dosel, mi dulce amiga,
Te cedió por más bella la alma Ceres?
Torna, torna a la Corte desolada;
O pues ya esclavizaste mi albedrío,
Por siervo me recibe en tu majada.
Tus hatos guardaré del lobo impío,
Ya que no pude, ¡oh Laura idolatrada!
De tus ojos guardar el pecho mío.
A Laura Tirando Al Blanco
Suelta el arcabuz horrible,
No al lanzar su ronco trueno
Hiera ese mórbido seno
Grata mansión del amor.
A su bárbaro estallido,
Nuncio de muerte y miseria,
Harto las ninfas de Iberia
Se estremecieron de horror.
Contra el galo aborrecido;
Contra la audaz tiranía
Gloria fue, mi Laura, un día
Gravar el hombro con él.
Entonces fue noble gala
Del español ardimiento:
¡Ay! ya es feroz instrumento
De la discordia cruel.
Bella y gentil es Diana
Cuando en el bosque nativo
Contra el ciervo fugitivo
Lanza su rápido arpón;
Empero ¡cuánto más bella
Cuando, depuesta la ira,
Amor, sólo amor respira
En los brazos de Endimión!
¡Pobre avecilla inocente!
¡Guárdate del plomo airado!
Laura, en pos del bien amado
Salir del nido la vi.
¿Oyes en la verde rama
Su hechicera melodía?
Perdónala, vida mía,
Que aprendió a cantar de ti.
Tiro al blanco inanimado,
Respondes; nací sensible;
Mi pecho es inaccesible
Al odio y la crueldad.
Mas si corazón tan tierno,
Oh Laura, en tu pecho mora,
¿Cómo es sólo quien te adora
Indigno de tu piedad?
Callas, y la planta afirmas;
Y cual guerrero sañoso
Tiendes tu párpado hermoso
Sobre el hierro matador;
Y el pedernal centellante
La negra pólvora prende,
Y el plomo helado se enciende
Con horrísono fragor.
¡No más! Tu destreza admiro
Y tu bizarra osadía;
¡Mas, ay! Suelta el arma impía
Que inventara la traición.
Amor las suyas te entrega,
Encantadora zagala,
Y por blanco te señala
Mi abrasado corazón.
A Lola En Sus Días
Zagales, no es Flora
La reina de Abril.
No ahora
La adora
Su ledo pensil.
Ya es Lola, pastores,
La que impera en él.
De flores,
De amores
Ornad su dosel.
En vano enmudeces.
¿Podraslo negar?
Mereces
Mil veces
Su trono, su altar.
La cárdena viola
Que brotaba ayer,
Tú, Lola,
Tú sola
La hiciste nacer.
Favonio risueño
Su soplo te dio.
No es sueño,
Mi dueño;
Que Amor lo mandó.
Si tu faz donosa
Se atreve a mirar
No hay rosa
Que hermosa
Se pueda llamar.
Ni Venus te iguala;
Que la hace gemir,
Zagala,
Tu gala,
Tu dulce reír.
La fuente si a ella
Te agrada llegar,
¡Oh bella!
Tu huella
Quisiera besar.
El ave en la rama
De gayo matiz
Te ama,
Te llama
Su numen feliz.
Por ti de verbena
Ceñido el pastor,
Su avena
Resuena
Cautivo de amor.
Y ufana te admira
Cual reina de Abril
Mi lira
Que inspira
Tu talle gentil.
A Los Amantes De Dorila
Amantes de Dorila,
Pastorcillos cuitados,
Que en sus dolosas redes
Os consumís incautos,
De moscatel sabroso
Henchido zaque os guardo.
Venid, lo agotaremos;
Venid. —¡Tiene diez años!
¡Ea, empinad! —¿Anfriso,
No más? ¡Mezquino trago!
¡Oh cómo se conoce
Que estás enamorado!
Bebe, Tirso, y el zaque
Corra de mano en mano.
¡Viva! —Escuchad ahora
Felices desengaños.
Cada cual de vosotros
Tan débil como vano
Se llama de Dorila
Zagal privilegiado.
¡Quizá no sin disculpa,
Que a todos, oh descaro!
La universal pastora
Pruebas de amor ha dado.
A ti dijes y flores;
¡Y cuánto te costaron!
Si sus dones repito
Te quedas sin rebaño.
A ti dulces miradas;
A ti la muelle mano,
A ti, pobre Fileno,
La risa de su labio;
A ti, menos experto
Y así más engañado,
Alguna estéril cita
Y algún besillo blando.
¿Miento yo por ventura?
Todos calláis. —Bebamos.
Cuando el zaque se apure
Vuelve Niso a llenarlo.
Si ya no estáis beodos,
Ahora decidme: ¿acaso
Puede amar a ninguno
Quien acaricia a tantos?
¿Y cuál es el amante
Tan necio, tan menguado
Que parte de una bella
Con otros los halagos?
¡Eh! abandonadla todos,
Y mozos tan bizarros
De una mujer voltaria
No sean el escarnio.
Laura, Melisa, Flora,
Cien hay en estos campos
Que en gracia la superan,
Y en virtud y en encantos.
Dejadla, pues rehúye
De amor el dulce dardo,
Y sólo inciensa el ara
Del orgullo insensato.
Dejadla, y consumirse
De envidia la veamos,
Cual efímera rosa
Que descolora el Austro.
Dejadla; que algún día,
Quizá no muy lejano,
Llorará desolada
Sus mal perdidos años.
A Mi Serrana Enferma
La peregrina serrana
Que tantas almas hirió,
Pálida, desfallecida
Purga sus delitos hoy.
Enferma está de cuartanas
Mi serranita, ¡ay dolor!
Y en lágrimas de amargura
Se anega el vendado Dios.
No llores, hijo de Venus.
¿De qué nace tu aflicción,
Si aun enferma y abatida
Mata a los hombres de amor?
Si de su labio hechicero
La blanda sonrisa huyó
Y de sus lindas mejillas
El nacarado arrebol,
No de sus plácidos ojos.
El celestial esplendor,
Y aquella rápida llama
Que el alma mía abrasó.
Así al través de las nubes
Que agita el Euro veloz
Tal vez con mayor incendio
Vibra sus rayos el Sol.
¡Cuál me atrista su dolencia,
Y cuál a mi ciego ardor
El velo cubre apacible
De benigna compasión!
Ora sus miembros divinos
Tiemblan cual lánguida flor,
O como leve palmera
Que dobla el fiero Aquilón;
Ora su sangre enardece
Sedienta fiebre, y atroz
Gira en el cándido pecho
Su veneno matador.
Dicen que es fiebre de lindas
La que en ella se cebó;
Que si el proverbio no miento
Como sol de Enero son.
¡Ay! otro helada te vea,
Y si tan felice soy,
Serrana, Serrana hermosa,
Guarda para mí el calor.
Mas a mi loco deseo
Vano prestigio engañó;
Que tus cuartanas, bien mío,
No son cuartanas de amor.
Desde que vi tus encantos
Yo también enfermo estoy,
Y no es fiebre intermitente
La que me devora, no;
Que sin tregua me atormenta
Adonde quiera que voy
Cual de su conciencia al reo
El continuo torcedor.
¡Ah! si mi bálsamo dulce
Tus tiernos brazos no son,
No hay antídoto que sane
El mal que padezco yo.
Escucha: anoche Cupido
(No creas que es ilusión)
Ante mi lecho…, ¡ay, no tuyo!…
Riendo se apareció.
Llevaba en la izquierda un arco
Y en la derecha un arpón
Y entre sus alas de oro
La aljaba que lo guardó.
Díjome, Serrana amable…
No; ¡que me causa rubor! –
¿Y habré de callar?… ¿Qué temo,
Si habla por mi boca un Dios?
Díjome que si me albergas,
Serrana,… en tu corazón,
Él nos dará medicina
Con que curemos los dos.
A Moratín
Salud, ínclito Leandro,
Tú que en más de una victoria
Eclipsaste la memoria
De Terencio y de Menandro:
Tú que, como en claro espejo,
Mostraste en discreto drama
Cuán absurda es la amalgama
De una niña con un viejo;
Que, mientras del mar en pos
Corran las aguas del Ebro,
Sonará mal un requiebro
Con obligado de tos:
Tú que del soñado solio
A una sandia derribaste,
Puesta en difícil contraste
Con un pillastre de a folio:
Tú que donoso retratas
Los contornos y perfiles
De los hidalgos cerriles
Y las mozas mojigatas:
Tú que los patrios telones
Librando del férreo yugo,
Fuiste implacable verdugo
De poetastros ramplones;
Y a la pública vindicta
Denunciaste como sabio,
El Sí que deshonra al labio
Cuando el alma no lo dicta.
¡Oh si tornases ahora
Pulsando tu acorde lira
A la patria que te admira,
Y a la escena que te llora!
¡Cuán otro el mundo hallarías
Que dejaste! ¡Virgen santa!
¡Cuánta peripecia, cuánta
De aquellos a nuestros días!
No ya en su jovial hechizo,
No ya en su gracia venusta,
Núbil zagala se asusta
De la tos y el romadizo,
Si en coche y circo y bureo,
Al margen de un sustituto,
Muestra dorada por Pluto
La cadena de Himeneo;
Que, aunque sin altar ni coro,
Ni monaguillo que estorbe,
Hoy como nunca en el orbe
Se adora al Becerro de oro;
Y al oír tantos cencerros,
Es opinión general,
Que mientras haya metal
No nos faltarán becerros.
A pocas conozco yo,
De genio tan dulce y manso,
Que hablen por boca de ganso,
Cuando dicen sí o no.
Y no es que alguna no mienta
Si le aprovecha el engaño;
Pero la que miente hogaño
Miente de su riesgo y cuenta.
¿Cuál de ellas mejor será;
La moza que se emancipa,
O la que no habla ni jipa
Sin licencia de mamá?
No lo sé: si nacen bellas
Amarlas a todas juro;
Mas lo cierto y lo seguro
Es que éstas no son aquéllas.
Pero la tímida corza
Que cifraba su fortuna
En un acerico y una
Santa Gertrudis de alcorza;
Y esotra que un rigodón
Prefiere a una letanía,
Y un buen chal a sor María
De la transverberación;
La antigua como la nueva
Suspiran por un galán:
Todas son hijas de Adán;
Todos somos hijos de Eva.
Si crecida fue la suma
De los vicios que en Iberia
Dieron tan amplia materia
A tu bien tajada pluma,
No es hoy sucinto el catálogo
De seres empedernidos
Que infringen los consabidos
Mandamientos del Decálogo.
Mala fue la hipocresía
Con su ayuno y su trisagio;
Mas, ¡ay! peor es el agio,
Peor es la homeopatía.
Malo era que echasen tacos
Por comediones mestizos
Polacos contra chorizos,
Chorizos contra polacos.
Mas ¿quién hallará guarismo
Para contar las facciones
Que a la Patria hacen girones
En nombre del patriotismo?
¡Oh! Rompe la dura losa
Donde inanimado y frío,
¡Ay! cabe extranjero río
Tu cuerpo, INARCO, reposa.
Vuelve, que a mi parvedad
No es dado seguir tu huella:
Ni ¿quién te imita en aquella
Difícil facilidad?
Sí, vicios hay en que ejerzas
Tu sazonada censura;
Vicios de tal estatura,
Que piden todas tus fuerzas.
¡Qué estragos! ¡Qué cataclismos!…
Mas no se ha variado todo.
Pecamos ya de otro modo,
Mas los pecados… ¡los mismos!
Puedo nombrarte en el acto
Un solemne trapalón
Que, aunque parece barón,
Es el de Illescas, exacto.
Y hallarás si te conviene
Más de un Bartolo Esculapio,
Y aun vive aquel don Serapio,
Y aun no ha muerto doña Irene.
Mas si hiciera el parangón
De unos y otros pecadores,
Hasta el viernes de Dolores
Duraría esta función.
Baste para tu gobierno
Saber que, francos de porte,
Hay genios en esta Corte
Para poblar el infierno;
Que si quisieres pedantes,
Sin buscarlos como Diógenes,
No te faltarán Hermógenes
Tan necios como los de antes;
Y aunque hay algunas estrellas
Que dan luz y honra a la plaza,
Aún pulula aquí la raza
De Zavalas y Comellas.
A Otro Mal Poeta
Juan sus versos publicó,
No tan lindos como piensa;
Y al entregarlos clamó:
Sude con ellos la prensa;
Que más he sudado yo.
A Quevedo
Aunque ya el peso no leve
De sesenta y un octubres
Poco ágil hace a mi diestra
Para plectros y laúdes,
Como carga concejil
De que ninguno se excluye
Pídeme el moderno Pindo
Que a Quevedo cante y juzgue,
Y que mi juicio y mi canto
En un romance formule,
Siendo el lecho de Procusto
A tal joya tal estuche.
No; para encomiar a un vate
De tan superior cacumen,
Poco es emplear un metro
Sobrado pedestre y dúctil.
Rimas de Taso o de Ariosto
Pide el asunto, y un numen
Émulo del que a Virgilio
Inspiró su Arma virumque.
Yo, amén de eso, que en un drama
De cinco puentes no supe
Revolverme con holgura,
¿Qué haré en tan estrecho buque?
Si informe bosquejo apenas
Hizo entonces mi chirumen
De tan colosal figura
Que se pierde entre las nubes,
¿Por qué, a riesgo de que un zoilo
Me llame Petrus in cunctis,
Lo que dialogué en domingo
He de romancear en lunes?
¿Qué, será lo que mandada
Hoy mi péñola ejecute,
Sino de aquel espontáneo
Embrión pálido resumen?
Dejadme pues que en silencio
Admire, ría y estudie
Al que imitar no sabría,
Y ¡ay del que a tal se aventure!
Harto lo que calle yo
Y lo que Tarsia no incluye
Mi amigo Fernández Guerra,
Veraz biógrafo, suple,
Y harto en sus propios escritos,
Con pincel digno de Rubens,
El sabio autor se retrata
Sin comentarios ni apuntes.
Harto el Lipsio castellano,
Mozo todavía impúber,
A España asombró y al orbe,
Doctor in utroque jure.
Bien en rimas y discursos
Su lectura inmensa luce
Y de aquel estro viril
El alcance y el empuje.
Que era hombre de pelo en pecho,
Si hay alguno que lo dude,
A Pacheco el maestrón
Y a otros guapos lo pregunte.
O Trinacria lo dirá,
Y Saboya, y los insubres,
Y la embaidora Venecia,
Nueva Cartago palustre.
Ni cuando sueña despierto,
¡Con tanta sal!, o prorrumpe
En jácaras y romances,
Que cien prensas reproducen,
Sólo el Juvenal hispano
Dueñas fustiga y tahures,
Escribanos y alguaciles,
Alcahuetas y gandules.
También a la residencia
Llama de Plutón o Júpiter
A los próceres que viven
Y a los magnates que pudren;
Y ni en claustro o sin clausura
Las tocas y los capuces,
Ni coronas y tiaras
Son a su látigo inmunes;
Que él sólo, o mejor que nadie,
Mezclando lo agrio a lo dulce,
De su corrompido siglo
Osó pintar las costumbres.
Y si, a fuerza de escarmientos
Que hicieran mella en un yunque,
Tal vez a extraños golpea
Cuando a los de casa alude;
Y con su cuenta y razón
A Bruto o César contunde,
Y Opas y Judas compendian
A otros mil ejusdem furfuris;
El más lerdo echa de ver
Que a la estratagema acude
De: «A ti te lo digo, Brígida;
Entiéndelo tú, Gertrudis».
Entre máximas sublimes,
Que por donde quiera fluyen
De aquella valiente pluma,
Azote de los embustes,
Suele cansar al lector
Con el truque y el retruque
De equívocos sempiternos
Y de conceptillos fútiles.
Mejor que el oro y las perlas
Describe el lodo y la mugre
Y goza más de lo justo
En historiar podredumbres.
Tal vez con torpes vocablos,
Que guardar debió en su buche,
Aun escarneciendo el vicio
Su talento prostituye.
Mas resabios fueron estos
De lozanas juventudes,
Que harto compensó en hazañas
Y harto expió en pesadumbres.
Ni porque a las cotarreras
Tanto glose y tanto zurre
Y en sus artes nos instruya
Y las cuentas los ajuste;
O de viejas Mesalinas
La incontinencia vapule,
Y los ridículos dengues
Y jalbegues y menjurjes;
Y de ver se desazone
Que culto a Venus tribute
Quien sólo ha quedado para
Rosarios y via crucis;
Ni, en fin, porque a pecadoras
Con tal desenfado zumbe,
Dejó de dar a las buenas
Amparo, alabanza y lustre.
Dígalo el que en San Martín
Contra una dama de fuste
Se desvergonzó villano,
Pensando quedar impune,
Y remolcado a la calle
Desde el sacro balaústre,
Quevedo con fiero estoque
Le hizo bueno el quia pulvis.
Envidiosas medianías
Y negras ingratitudes
En vano eclipsar pretenden
De aquel sol la viva lumbre,
Y Montalván y comparsa,
Calumniando sus volúmenes,
Vierten en ruines libelos
El veneno que los nutre.
Pretexto fueron las faltas
En que fácilmente incurre
Quien tiene el saber por junto
Y el donaire por azumbres,
Para acusarle de hereje
Y jurar que huele a azufre
Quien de español y cristiano
Siempre rebosó el perfume.
Y ¿quién como él supo honrar,
¡Oh Yago! tu cruz de gules
Que en el manteo dibuja
Y en el corazón esculpe?
Pues aun este corto premio
De servicios no comunes
Ocasión fue para él.
De mortales inquietudes;
Que por sostener los fueros
Del que a cántabros y astures
Contra el sarraceno impío
Defendió, armado querube,
Guerra atroz le declaró
La monacal muchedumbre,
Dando por pendón al cisma
De una santa las virtudes;
De una santa cuya gloria,
Para brillar en la cúspide
No ha menester que con bandos
La paz del reino se turbe.
¡Ay! las amargas verdades
De que derramaste almudes
Fueron, Quevedo, tus culpas,
Y no las que te atribuyen.
Los perdidos que robando
Se convirtieron en Fúcares,
Los necios que con lisonjas
Ganaron sillas curules,
No al madrileño Aristarco
Perdonan que los denuncie
Y que descubra la lepra
Bajo el armiño y el múrice.
Le improperan, le persiguen,
Le saquean, los baúles,
Y a morirse le condenan
En calabozo insalubre.
En tanto, mártir insigne,
Tu constancia no sucumbe,
Y tu merecida fama
No cabe en el mapamundi.
Y cuando menos lo piensa,
Al soberbio Condeduque
Llega la hora de todos,
Y despriva, y cae de bruces.
Y aún vives tú lo bastante
Para que, él viviendo, triunfes
Y la infamia de su nombre
Haga el tuyo más ilustre.
¡Fiara el cuarto Filipo
A tus superiores luces
Y a tu ardiente patriotismo
La nave en que otros le hunden,
Y ni a Portugal perdiera,
Ni Cataluña voluble,
Rebelde al propio Monarca,
Pidiera leyes al Lubre;
Y (¡mengua al león de España
Que estremecido no ruge
Y a la degradada estirpe
Del Cenobita de Yuste!)
No el escándalo se viera
De que a Nápoles sojuzgue
Un grosero pescador
De merluzas y de atunes;
Y mientras inciensa el Rey
A la diosa de Amatunte,
Su juguete no le hicieran
Monseñores y monsiures;
Ni escala el vil lenocinio
Para trepar a la cumbre
Fuera, y blasón el cohecho,
Y ejecutoria el matute;
Ni para locos festines,
Présagos de luto fúnebre,
Mamara a Castilla el fisco
Hasta secarle las ubres;
Ni a la hartura de los zánganos
Que el trono ibero circuyen
Sirvieran sólo, y al lucro
De negociantes ligures,
Los ríos de plata y oro
Que en América descubren,
Colón a Hernando Cortés,
Y a Pizarro, Vasco Núñez;
Y en suma, no a tal oprobio
Viniera y tal servidumbre
La nación que el non plus ultra
Desmintió con tantos pluses,
Y pasmo de Europa un día
Desde el Bósforo hasta Dubres,
¡Con las palmas de Lepanto
Tejió los lauros de Túnez!
A Un Disforme Y Minucioso Cartel En Que Se Anunciaba Un Libro Muy Pequeño
¡Qué anuncio para un dozavo!
—Tres reales piden por él.
—No daré yo ni un ochavo.
—¿Por qué razón? —Porque acabo
De leerle en el cartel.
A Un Mal Actor, Al Acabarse La Tragedia Que Representaba
Llegó el ansiado momento
De las puñaladas fieras.
Ya se acabó mi tormento.
¡Pésimo actor, sólo siento
Que no hayas muerto de veras!
A Un Mal Actor, Sordo Por Añadidura
Eres oprobio del arte,
Y sordo; que es lo peor.
Ni aun tiene el espectador
El consuelo de silbarte.
A Un Mal Autor Que Dejó Escrita Su Vida
Su vida escribió Benito
A los siglos por venir.
Bien hizo el autor maldito;
Que si él no la hubiera escrito,
¿Quién la habría de escribir?
A Un Necio, Titiritero De Afición
Ese hombre, cuyo renombre
Puebla Corte y arrabales,
A todos los animales
Remeda…, menos al hombre.
A Un Plagiario
No hay que decir a Facundo
Que estudie buenos modelos.
¡Si los sabe de memoria!
Testigos todos sus versos.
A Un Pretendido Retrato Del Autor Y Al Autor Del Pretendido Retrato
¡Mientes! Tú no eres yo. ¡Mientes, bellaco!
Pudo ser el de Gestas ese gesto,
Pudo ser el de Judas o el de Caco;
¿Mío? ¡Jamás! Lo juro y lo protesto;
Y para dar mi nombre a tal blasfemia
Ni en la Instituta hay ley ni en el Digesto.
Pregunten en mi casa, en la Academia,
En el café, en el Prado si mi cara
Espanta como el trueno o la epidemia.
No es que blasone yo, ¡Dios me librara!
De venusto y donoso y pulcro y lindo;
Mas ¿figura de proa o de mampara?…
No a las deidades del sublime Pindo
Culto daría tan aciago busto
Que ruibarbo destila y tamarindo.
¿Cuándo fui yo tan áspero y adusto?
¿Cuándo fui tal que la mujer encinta
Se exponga al verme a malparir del susto?
¿Quién reconoce en tan aviesa pinta
Al que, si no presume de Narciso,
Tierno fue, y lo es aún, como un Aminta?
A hombre encarado así fuera preciso
Que Pedro, sin más trámite, la puerta
Tapiara del celeste Paraíso.
Y una vez la impostura descubierta,
¿Será mucho un porvida a cada rasgo
Y por cada facción una reyerta?
Español o francés, suizo o pelasgo,
¿No he de llamar calumniador infame
Al que así me transforma en fiero trasgo?
¿He de sufrir sin que a los cielos clame
Que un temerario a engendro tan aleve
Manuel Bretón de los Herreros llame?
¡Cómo! ¿Justicia habrá para el que leve
Injuria en una acción o en un vocablo
A inferir a su prójimo se atreve,
Y no para el que en público retablo
Tal a un vecino honrado desfigura,
Que no osaría prohijarle el diablo?
¡Feliz yo si tan ruin manufactura,
Ya que mi cara no genuina y propia,
Fuese de ella mordaz caricatura!
Siquiera al troglodita de la Etiopia
El maligno pintor me asimilase,
Pudiera brujuleárseme en la copia.
Nadie contra el pintor pide un ukase,
que, aun ridiculizándole en estampa,
Le distingue entre el vulgo de su clase;
Y hay más de un presuntuoso que se alampa
Porque su oscura faz caricaturen
Si así el mochuelo entre los cisnes campa.
Mis defectos propalen y censuren;
Lleven hasta la hipérbole la mofa,
Mas no, sin ton ni son, me desnaturen.
Pues no me juzgo de mejor estofa
Y a un rey he visto convertido en pera,
Hagan de mí una col o una alcachofa;
Mas o diga: he pintado una quimera,
O el pintor en la que haga a su capricho
Deje algo de mi cara verdadera;
Y no se diga de él lo que se ha dicho
Del que al pie de sus torpes mamarrachos
Ponía: este es un gallo; este es un micho.
Rían de mí en buen hora los muchachos,
Pero rían de mí cuando en petacas
Me vendan o aleluyas los gabachos.
Cuando a la feria mis facciones sacas,
Pintor, yo no te pido que me loes
Ni que indulgente seas con mis macas.
Tengo una que ni Celso ni Averroes
Pudieran corregir; la que siquiera
Me iguala en esto al inmortal Camoes;
Y el pincel detractor ¿quién lo creyera!
Hasta en la ausente luz me falsifica
Trasladando el eclipse a la otra acera.
Porque cargue en lo feo no me pica,
Que fuera necio y femenil orgullo,
Quien me forja esa faz con que trafica.
Esopo (es ya verdad de Perogrullo)
Romo, giboso y de infeliz pergenio,
No brindaba de amor al blando arrullo.
Lindos no fueron Alarcón, Celenio,
Ni otros cien que a la cumbre del Parnaso
Se alzaron en las alas de su genio.
Mas algo de ese genio nada escaso
Hubo de transpirar; algo el oculto
Fuego brilló a través del tosco vaso.
Yo, mediocre poeta, no en mi bulto
Pienso escrito llevar Deus in nobis;
Pero ni soy feroz, ni soy estulto;
Y tanto a mí semeja el coram-vobis
Con que cual vera effigies se me vende
Como a Ataúlfo, o Recesvinto o Clovis.
Pero el que tanto con su brocha ofende,…
Al arte más que a mí, no es compatriota
Sino un quidam anónimo de allende.
Y es maravilla que fandango o jota
Bailar no me haga en traje charanguero
Con un trabuco al margen y una bota;
Que, ya sea rufián o caballero,
Para pintor de extranjis sólo un tipo
Tiene el pueblo español: el guerrillero.
Y mienten; que, aunque yo no participo
De tan precioso don, hay aquí talles
No indignos de Timantes y Lisipo;
Y si España en los campos y las calles
De horribles cataduras no escasea,
Hartas hay más allá de Roncesvalles.
No es español quien tan vitanda y fea
Me la atribuye a mí: del mal el menos;
Ni habrá español que tan bestial me crea.
¿Mas quién con ojos, ¡ay! miró serenos
Otra profanación ruda, inaudita…
Y esta no hay que achacarla a los ajenos!
Mi humilde cara al fin, fea o bonita,
Porque algún Orbaneja la adultere
Poco al lustre español pone ni quita;
Pero que a un hombre excelso se vulnere
Hasta el punto, ¡oh dolor! de que su rostro
En despreciable trasto degenere,
Es atentado atroz que ni Cagliostro
Osara concebir, y a su memoria
Herido en cuerpo y ánima me postro.
Aquel Fénix de España, cuya gloria
No es ignorada ya ni del más drope;
Tal le encumbra en sus páginas la historia;
El mimado de Clío y de Caliope
Y Talía y Melpómene y Erato;
Lope de Vega, en fin; Lope, el gran Lope,
Largo tiempo, ¡oh baldón! ¡Oh desacato!
De molde de pelucas ha servido
Comprado no sé a quién en un barato.
Cuenta al honrado artífice no pido
De aplicar a tan sucio ministerio
El busto de aquel hombre esclarecido.
Ignoraba que hacía un vituperio
Al poeta amenísimo y fecundo
Que con su nombre llena el hemisferio.
Culpo, sea quien fuere, al que de inmundo
Interés arrastrado hizo a sabiendas
Tráfico vil del vate sin segundo.
¡Tú, Lope mío, tú por esas tiendas
Sirviendo de irrisión al transeúnte!
¡Así han hecho de ti carnestolendas!
¡Tú con bucles cosidos a pespunte
Sobre esa frente que de lauro Febo
Ciñó y de nardo y rosas Amatunte!
¡En guisa tú de frívolo mancebo
Ostentando risibles papillotes
Sobre greñas robadas al Erebo!
¿Quién de tu ingenio las preclaras dotes
En ese maniquí reconociera
Que ya sirvió para dos mil cogotes?
¿Cabe suerte más triste y lastimera?
¡Peladas viera yo todas las nucas
Antes que befa tal de ti se hiciera!
De estúpido acusando a Juan, o Lucas,
Es frase proverbial entre españoles:
«¡Soberbio molde para hacer pelucas!»
Vista pues la ruindad de tres bemoles
Que al buen Lope injurió, la que me ensaña
No vale, a la verdad, tres caracoles.
No como quiera al público se engaña,
Y quien por muestra tan soez me busque,
De fijo no me encuentra; no me araña.
No más la ciega cólera me ofusque,
Que habas cuecen abondo en todas partes,
Y mi oración no pase del ¿Quousque…?
Contra ese Catilina de las artes.
A Un Recién Poeta De Pocas Esperanzas
Voy a hablarte ingenuamente.
Tu soneto, don Gonzalo,
Si es el primero, es muy malo;
Si es el último, excelente.
A Una Amiga
Un queso, Carmen bella, me enviaste,
Paisano del ilustre Calatrava,
Y después una caja de guayaba…
Lo dulce y lo salado: ¡qué contraste!
Tú quieres dar con mi quietud al traste.
Con el dulce… pensé que te tragaba,
Y que el queso… (por cierto que hoy se acaba)
Con la sal que te sobra lo amasaste.
Y la que así mi gula satisfizo
¿Versos pide, no más? ¡Bondad inmensa!
Lloverán sobre ti como granizo.
¿Puedo negar tan leve recompensa
A quien tiene en su cara tanto hechizo…
Y tanta golosina en su despensa?
A Una Señora Con Quien Salí De Año Para El De 1830
¡Año mío y mi tocaya!
¡Digo! ¿Es un grano de anís?
Fuerza será que yo te ame,
Prenda mía, hasta el morir.
¡Oh cédula protectora!
¡Oh fortuna siempre ruin,
Gracias a Dios que una vez
Fuiste para mí feliz!
Díganlo cuantos admiran
Ese tu rostro gentil,
Esos tus ojos morenos,
y ese tu dulce reír.
Aunque murmure la envidia
Te quiero, y mucho que sí…
Mas no te alteres, hermosa;
Que te quiero con buen fin.
No gruñas por ser tu año
Un poeta baladí
Hoy que andan las pobres musas
Sin túnica y sin chapín.
Paciencia, pues no hay remedio;
Que, si consistiera en mí,
Corregidor fuera yo
De la villa de Madrid.
Sírvate pues de regalo
Este romance infeliz,
Aunque sería mejor
Que te enviase un pernil.
Por dos causas no lo envío:
Falta de maravedís,
Y un hambre tal, que a tenerlo
Guardáralo para mí.
Mas con deseos lo suplo,
Que no cuestan un tarín,
De que Dios te haga dichosa
Un siglo, y dos, y cien mil.
Y te dé mucha salud
Y el oro del Potosí,
Y te libre de que llame
A tu puerta un alguacil.
Y te conserve un consorte
Más héroe que el mismo Cid,
Pues con ocho años de yugo
Aún se está mirando en ti.
Y dé a tus niñas marido
No bien lleguen a su Abril,
Y a tu niño un obispado,
Aunque sea el de Guadix.
Más te diría, tocaya,
Pero se apaga el candil;
Y aunque deseo tu dicha
También deseo dormir.
A Varios Amigos Tronados
Esta turba famélica y bellaca
nunca se cansa de fumar de gorra;
como al hebreo en tiempo de Gomorra
yo os maldigo, y mi furia no se aplaca.
¿A qué tanto pedirme la petaca?
¿Cómo quieres, hambrón, que te socorra?
¿Soy acaso asqueroso hijo de zorra?
¿Recibo yo bajeles de Guaxaca?
¿Cómplice acaso soy del vicio ajeno?
Yo gano mi fumar con mi trabajo,
y en la aduana lo compro, malo o bueno.
Tú, que eres un pobre calandrajo,
estate sin fumar… o chupa heno…
o chúpate la punta del carajo.
El Anónimo
Aborto infame de la negra envidia,
Yo te maldigo, Anónimo cobarde,
Pérfido aun a ti mismo en tu perfidia;
Que nunca de tu triunfo harás alarde,
O dejas de existir si el hondo arcano
Ve a tu pesar la luz temprano o tarde.
¡Y Dios permite que felón villano
Con ingrata labor la pluma fuerce
Contra el usado giro de la mano!
Mas quien péñola y mano así refuerce
Harto muestra el atroz remordimiento
Con que su industria tenebrosa ejerce.
¡Triste el placer que nace en el tormento!
¡Miserable el artífice que duda
Si le herirá rebelde el instrumento!
Con estéril afán trasnocha y suda;
Y en calma yace el indefenso blanco,
¡Y él tiembla al disparar flecha sañuda!
Si la cara mostrase al aire franco
Pudiera ser que, en pago del insulto,
Del brazo aleve se quedase manco.
Bien hace si no fía en el indulto;
Mas ni en el mal que avieso premedita
Deleitarse podrá guardando el bulto;
Luego es tradición inútil y gratuita
La suya, y revolcándose en el cieno
El reptil de más noble se acredita;
Que cuando muerde descuidado seno
Suya es la lengua al fin con que iracundo
Filtra en la humana sangre su veneno;
Y tras de un picotazo da el segundo,
Y en buena lid la indignación arrostra
De quien puede aplastar su cuerpo inmundo.
¡Hombre que hoy se empareda cual la ostra
Para herir a mansalva a un individuo,
Mañana ante sus pies la frente postra;
¡Y torpe histrión y adulador asiduo
Mientras aguza el ponzoñoso dardo
Mendiga de sus platos el residuo!
Por dicha ya el Anónimo bastardo
Tanto su filo embota con el uso
Que semeja a la espada de Bernardo.
Si uno al leerlo se acongoja iluso,
Arrojándolo al sucio basurero
Ciento se mofan del libelo intruso.
No en dar con un papel tósigo fiero
El ocio engaña, no, quien fuerza y brío
Tiene para asestar golpe certero.
Mas tal a quien no da calor ni frío
De enemigo tan cauto en su ojeriza
El necio y jactancioso desafío;
Tal a quien no acobarda una paliza
Mientras sólo en torcidos caracteres
Su adversario traidor la simboliza,
Si indigno soplo amarga sus placeres,
Tiembla y en cada informe garrapato
Le punzan mil agudos alfileres.
¿Quién duerme en paz si en suculento plato
Teme que seducido el cocinero
Le aderece un funesto asesinato?
¿Quién si le obliga el delator artero
A confundir misántropo y adusto
Al amigo falaz con el sincero?
Poetas que inventáis a vuestro gusto
De las Danaides el botijo roto,
Y el potro, que no lecho, de Procusto;
Los que movido habéis tanto alboroto
Con el buitre que saja a Prometeo
En presencia de Láquesis y Cloto;
Decidme si no es digno del Leteo
El horrible suplicio de que os hablo…,
Amén del real que cuesta en el correo.
¡Y Dante te olvidó siendo del diablo
Obra maestra, Anónimo precito!
Vale todo un infierno este vocablo.
¡Y no hay ley que prevenga tal delito!
¡Y no hay para el bribón que lo perpetra
Un asno, una coroza, un sambenito!
Portador de un embuste en cada letra,
Más daño hace tal vez que guerra o fuego
En la casa infeliz donde penetra.
«Podré ahuyentar su dicha y su sosiego»,
Diría un embozado libelista,
Si osara hablar; «mas ¿con embustes? Niego.
»Larga es de los Anónimos la lista
En que se miente a roso y a velloso;
Mas yo de la verdad sigo la pista.
»Decirla es sin embargo peligroso,
Y al débil, si el Anónimo condenas,
Entregas a merced del poderoso».
¡Error! Ni aquí, ni en Roma, ni en Atenas,
Ni ayer, ni hoy, ni jamás el oprimido
Ha roto con pasquines sus cadenas;
Que, o no llegan del déspota al oído,
O entre el fausto y la crápula insolente
Los sentencia al desprecio y al olvido.
Pregunta a aquel esguízaro valiente
Que de Gesler el gorro escarneciendo
El yugo sacudió de Austria potente;
Pregunta al siciliano que tremendo
Al resonar el consabido salmo
Hízole coro con marcial estruendo;
Y a aquel que, convertido por ensalmo
De idiota en héroe, al violador Tarquino
No dejó del imperio un solo palmo;
Pregúntales si Anónimo mezquino
El arma ignoble fue con que su diestra
Abrió a la libertad ancho camino.
Cuando a la luz del hielo no se muestra,
La verdad, hija suya, se denigra.
O calla, o sal osado a la palestra.
No la ama, no, quien vergonzante y pigra
La arrastra por vereda tortuosa
Pensando en si peligra o no peligra.
La verdad verdadera es animosa,
Manteos de murciélago rehúsa
Y a la escuela no va de la raposa.
¡Pícaro siglo que de todo abusa!
Su faz ostenta la procaz mentira,
¿Y la santa verdad irá a la inclusa?
«Pero el amor del bien tal vez inspira
Esa cautela que tan rudo acento
Hoy arranca a las cuerdas de tu lira.
»Tal vez una verdad dicha con tiento
Excusa al hombre honrado una desgracia
Y consigue de un tuno el escarmiento.
»¿Culparás que mi anónima eficacia
De un contador voraz liberte al fisco
Por él robado con impune audacia?
»¿No quitaré la máscara a Francisco,
Que siendo un malhechor de tomo y lomo
Ve alzar a su virtud un obelisco?
»¿He de sufrir que el cándido Jeromo
Tanto alabe a su púdica consorte,
Si sé que se la pega y cuándo y cómo?»
¡Oh! ¿Y sabes si denuncias en la corte
Las rapiñas de lobo financiero
A quien un tanto cobra del importe?
Si el pueblo a algún malvado trapacero
Estatuas funde y monumentos labra
Cual Roma un día a Tito y a Severo,
Calla y déjalo estar, hijo de cabra;
Que hoy a un ídolo humilla el incensario…,
Y mañana con él le descalabra;
Y, pues que tenga alguno es necesario,
Quizá, en el cambio pierda más que gane
Si Juan releva a Pedro en el santuario.
Y ¿qué te importa a ti, cabeza inane,
Que, aunque la suya acuse a don Sempronio,
Con su ventura conyugal se ufane?
Pues ¿no ves, amanuense del demonio,
Que o da golpe cruel o golpe en vago
Quien se mete a infernar un matrimonio?
Sabe o no un marido que el halago
De su mujer le usurpa un mozalbete
Mientras él hace viajes a Buitrago;
Si lo sabe (y de diez lo saben siete),
Pierdes papel y tiempo; si lo ignora,
Le asesina tu anónimo billete.
¡Al abrir él los ojos en mal hora
Caerá de su beato Paraíso…,
Y no se enmendará la pecadora!
Que rete a su rival será preciso;
No sin pena tal vez, porque es amable
Si los hay en el mundo el don Narciso.
Y como barco sin timón ni cable
En mar bravío, sin defensa, ¡oh grima!
Su busto entrega al enemigo sable;
Que él lego, y el galán docto en la esgrima,
Bien puede ser que, amén del cornificio,
Horrendo chirlo en la nariz le imprima.
Y enredado en los trámites de un juicio
Él sufrirá la pública chacota
Antes que ella la pena de su vicio.
Y en vano, en vano su indeleble nota
Pretenderá borrar el desdichado
Con autos de la Audiencia o de la Rota.
«Días ha con el dedo señalado
A jovial cuchicheo daba asunto
En teatro y café, tertulia y Prado».
¿Y qué? La misma mella que a un difunto
Le hacía, venturoso en su ignorancia,
Servir de mofa al universo junto.
Tal vez con inocente petulancia,
Satirizando él mismo a sus cofrades,
Convertía las pullas en sustancia.
Cuando de error tan dulce le disuades,
A pretexto de hacerle un beneficio
Cometes la mayor de las maldades.
¡Ay! ¿No es triste merced, flaco servicio,
Excitarle a dudar si el predilecto
Benjamín es auténtico o ficticio?
Le oyes clamar don paternal afecto:
«¡Qué mono! ¡Un serafín!… ¡He aquí mi obra!
¡Su rostro no desmiente al arquitecto!»
¿Y no te duele su mortal zozobra
Si, por ti descubierta la maraña,
Pierde esa fe que nunca se recobra?
Es caridad, ¡por Cristo!, bien extraña
Hacerle ver que le semeja el niño
Cual se parece un huevo a una castaña.
Ni a lastimarme del papá me ciño.
¿No consideras que el muchacho tiene,
Si uno en el nombre, dos en el cariño?
No un soplo que sus días envenene
Saque por tu oficiosa tontería
De su dichoso engaño al pobre nene.
¡Ay! de rubor su frente no cubría
Amando al sandio padre putativo;
Que su puro candor salvo le hacía.
Pero ¡trocar por él, chivo o no chivo,
Otro que, aunque en secreto lo declare,
Por tal no consta en parroquial archivo!…
Y, como el hombre al fin no es el que pare,
Caviloso quizá no le prohíje
Y en su triste orfandad le desampare.
Con harta causa el mísero se aflige.
Ayer, ¡oh peripecia! tanto mimo;
Y hoy ¿a quién colgaremos este dije?
Vuelvo al papá y el vástago suprimo.
¿No tiemblas al pensar que el sustituto
Era también su tutelar arrimo?
¿Qué olivar ni qué viña dio más fruto
Al sudor del colono que su boda?
¿Por qué llegó a intendente siendo un bruto?
¿Quién hizo de su casa una pagoda,
Con tanta y tanta ofrenda enriquecida,
Y a su mujer la reina de la moda?
«¡Ay, dirá con conatos de suicida,
Confunda Dios al temerario amigo
Que rasguñó esta carta aborrecida!
»¿Qué le hice yo para chocar conmigo?
Abrevado de penas y sonrojos,
De culpa ajena sufriré el castigo.
»Si es tarde ya para poner cerrojos
mi robado honor, ¿por qué la venda
¡Sólo para llorar! rompen mis ojos?»
O bien, siguiendo la trillada senda,
Al chisme y al chismoso hará una higa
Por no perder tan cómoda prebenda.
Así, menguado fruto de tu intriga
Siempre habrás de sacar, pues es forzoso
Que el lector te desprecie o te maldiga.
¡Quién te dijera que instrumento odioso
Fuese, oh Cadmo, a un traidor de vil ralea
El arte que inventaste prodigioso!…
¡Y aún quieres achacar acción tan fea
A falso amor del bien! Mientes, canalla;
No cabe en ti tan generosa idea.
Cuando tu falsa indignación estalla
Contra aquel aduanero que escamota
Cien fardos de tabaco y de quincalla,
Su vacante codicias, mal patriota,
Y no el bien del Estado te propones
Sino agotar la mina que él explota.
Al poderoso injurian tus renglones
Porque acaso anhelaste su privanza
Y él te echó de su casa a puntillones.
Bajo, vil y soez en tu venganza,
Denuncias la flaqueza de Belisa
Porque frustró tu lúbrica esperanza;
Y osado fuera un hombre de tu guisa
A vulnerar con falso testimonio
Timbres de Porcia lauros de Artemisa.
Otra vez y otras mil doite al demonio,
Sierpe de tinta, anónimo libelo,
Y quien no te abomine es un bolonio.
Arte que no inventara Maquiavelo,
Yo a las mayores plagas te comparo
Que fulmina la cólera del Cielo.
Impalpable, invisible, el gesto avaro
Tu ruin adepto esconde; y ¿qué sibila
Nos dirá si es Crisóstomo o Jenaro?
Así hasta Gibraltar desde Manila
Vuela en miasma sutil hórrida peste
Que jóvenes y viejos aniquila;
Así el Céfiro blando del Oeste
Súbito cede al ímpetu del Noto
Que a conjurar no basta el arcipreste;
Y así, en fin, por sendero oscuro, ignoto,
Mientras incauto el hombre se solaza,
Lleva su sorda zapa el terremoto
Que ciudades y montes despedaza.
Al Guadalquivir
Ancho y caudaloso río
Que el híspalo muro lames,
Dame que tranquilo duerma
Sobre tu florida margen,
Cual tú bajo el peso duermes
De tanta velera nave,
Y ni avenidas te turban
Ni te agitan huracanes.
Yo precio un humilde césped
A la sombra de tus sauces
Más que las plumas desiertas
Do a Morfeo llamo en balde.
El murmurio de tus aguas
Tan regalado y suave,
El aura que tú perfumas
Con mil rosas y azahares,
Bálsamo sean, ¡oh Betis!
Que mi fiera angustia calme,
Si bálsamo puede haber
Para llagas incurables.
¡Ay! no solo yo entre tantos.
Enamorados zagales
Que con su lloro te acrecen
Y te invocan con sus ayes;
Ya llorando la perfidia
De un corazón inconstante,
Ora desvíos crueles;
Ora celosos afanes;
No solo yo sin consuelo
De tu orilla me separe
Do tregua a la pena busco
Que me devora incesante.
Mas aunque dulce beleño
Mis tristes párpados bañe,
Ni un solo instante me alejes
De Silvia hermosa la imagen.
Y a mis sentidos renueva
En ensueños agradables
Sus lisonjeras palabras
Y sus caricias amantes.
Ausencia, cruel ausencia,
¡Cuál mi destino cambiaste!
Caí desde la alta cumbre
Hasta el abismo insondable.
Horas, a mi amor inmenso
Algún día tan fugaces,
¡Cuál hoy al triste Salicio
Parecéis eternidades!
¡Quién durmiera, Silvia mía,
Hasta que torne a mirarte,
Y tus brazos de marfil
Amor a mi cuello enlace!
Mas tú desoyes mis ruegos,
Oh Betis inexorable,
Quizá porque no han sonado
En tu gloria mis cantares.
Digno objeto de mi lira
Fueras tú, que a tanto vate
Menos mísero que yo
Sublime canto inspiraste.
¡Ah! si en mi llagado pecho,
Que sólo por Silvia late,
De la pálida tristeza
La garra no se cebase,
Yo te cantara también
Soberano de los valles
Desde tu sierra nativa
Hasta las playas de Atlante.
Cantara yo acompañando
Al gorjeo de las aves
La perene primavera
De tus orillas feraces;
Y a las béticas zagalas,
Cuya gracia el mundo aplaude,
No fuera muda mi lira
Ni mi pecho de diamante.
Mas donde Silvia no mora.
No hay belleza que me halague,
Ni pensil que me embelese,
Ni placer que no me canse.
Adiós, opulento río.
Ya me enojan tus cristales.
¡Ah, cuál sería tu orgullo
Si mi Silvia te mirase!
Otro río más dichoso,
Aunque menos arrogante,
Vio crecer para mi amor
Sus encantos celestiales.
Adiós; y pues sólo sirves
De redoblar mis pesares,
La lira que templa Erato
No esperes que te consagre.
Si me robas el tributo
De este llanto inconsolable;
No mi tierno corazón,
Que es todo del Manzanares.
El Preso Y Su Maja
La Maja
Alce usté, cara de escuerzo;
Levántese usté, seó trasto;
Que aquí le traigo el almuerzo.
Llenito viene el canasto.
El Preso
¡Loca! ¡Loca…!
La Maja
Pues naide le pide el gasto,
Coma usted, y punto en boca.
El Preso
Pepa, mal anda el fregao
Desque en casa no me guipas.
¡Sardinas y bacalao!
Yo no entiendo esas chiripas.
La Maja
¡Anda, anda…
El Preso
Si salgo de aquí, en tus tripas
Bailaré la zarabanda.
La Maja
Socorrer a un presidario,
Alifonso, es obra pía.
Y sobre todo, canario,
Y cuéntaselo a tu tía.
El Preso
¡Calla, calla…
La Maja
Dengún tendero, alma mía,
Da de balde la vitualla.
El Preso
Si no temiera al alcaide,
Mala mujer, endinota…
A mí no me tose naide,
Y por menos de una jota…
La Maja
¡Soy tu maja!
El Preso
Quita allá, cara de sota.
O tiro de la naaja.
La Maja
Ya que te traigo el avío,
No preguntes cómo y cuándo;
Que este resalero mío
No es fruto de contrabando.
El Preso
¡Por el ole!
La Maja
Vamos comiendo y callando,
O soniche y tomo el tole.
El Preso
¡Pegarme así la tostada
Porque te pido la sopa!
Si tú fueras tan honrada
Como amiga de la tropa..
La Maja
¡Vaya, vaya
El Preso
O morderías estopa,
O venderías la saya.
La Maja
Yo no quiero hilar, seó majo,
Como vieja sesentona,
Ni he de vender el refajo
Porque tú estés en chirona.
El Preso
¡Pepa! Pepa!
La Maja
Y yo mando en mi presona;
¡Pues! para que usté lo sepa.
El Preso
¡Ay bacalao! ¡Ay sardina!
Caro el almuerzo me cuesta.
Échame otro vaso, endina;
Pero te juro por esta…
La Maja
¡Calma! calma!
El Preso
Maldita sea tu cesta,
Y maldita sea tu alma.
La Maja
No la maldigas; que es tuya.
El cuerpo… es un pobrecillo.
El Preso
¡Mal rayo te lo destruya!
La Maja
¡Y al tuyo, mal tabardillo!
El Preso
¡Zorra! ¡Zorra!
La Maja
Un abrazo, otro cuartillo…;
Y acábese la camorra.
El Arroyo Amado
Aléjate volando,
Negra, horrorosa nube,
Y escóndete en los montes,
O allá a los mares huye.
No la tranquila calma
De ese arroyuelo turbes,
Gala del verde soto
Do serpeando bulle.
No a acrecentar sus ondas
Tu lluvia le tributes;
Que, aunque merece serlo,
De río no presume.
Arroyos hay que altivos
Mal la pobreza sufren.
Sus márgenes dilata
Y la ancha vega inunden.
Este de fuente humilde
Nació, si Tajo ilustre
Se despeñó torrente
Desde elevada cumbre.
Y puro como el astro
Que sobre todos luce
Espejo es de las flores
Que en sus orillas nutre.
Aparta, nube horrenda,
Aparta, no le enturbies.
¡Ay! bebe en él la hermosa
Que me arde y me consume.
En él antes que al día
Los pájaros saluden
Se lava el dulce rostro
Y el seno muy más dulce.
Y oculto entre las mimbres
Amor me da que triunfe,
Y a su desdén tirano
Mil y mil glorias hurte.
Aliatar
No soy, alevosa Zaida
Que el rayo de Alá confunda,
No soy el galán preciado
Que esperas entre esas murtas.
Soy Aliatar el terrible.
Aquí penetró mi furia
Al torpe esclavo comprando
Que no te sirve y te adula.
Soy el que sabe blandir
En el campo el asta ruda,
Mejor que decir requiebros
A engreídas hermosuras.
En tanto que ese doncel
Su laúd de cedro pulsa,
O reposa en blando sueño
Sobre almohadas de pluma,
Yo visto el arnés luciente,
Yo duermo en la peña dura,
Y ni temo a mis contrarios
Ni del tiempo las injurias.
Mis galas son mis trofeos,
Mi renombre es mi fortuna,
Y mis blasones el luto
De la castellana turba.
¿Qué vale al rival indigno
Que tu cariño me usurpa
La pompa de sus riquezas
Y el orgullo de su cuna?
Aunque de Tarif viniera
O bien del ínclito Muza,
Que voló de palma en palma
Desde Cádiz hasta Ampurias;
¿Qué es un moro afeminado
Que no lidia, y se perfuma,
Y sólo es grande en el nombre,
Y sólo entre damas triunfa?
No es noble…, ni moro aquel
Que en el ocio se sepulta,
Y las gloriosas cenizas
De sus mayores injuria.
Lo es el valiente adalid
Que alcanza en hórrida lucha,
Si no inmarcesible palma,
Generosa sepultura.
Acuérdome por mi daño
(Que también la suerte injusta
Da a un infeliz la memoria
Para colmar su amargura),
Acuérdome que al partir
A las márgenes del Júcar
Contra la hueste enemiga
Que marchaba sobre Murcia,
Entre sollozos amargos
Que tu perfidia me ocultan,
Y estrechándome a tu seno
Albergue de la impostura,
«Guárdete Alá, me dijiste.
Nuevos timbres acumula,
Y torna, Aliatar, si es dable,
Más digno de mi ternura.
Adiós. Ya suena la trompa.
Aunque me mate la angustia,
No tu vida entre mis brazos
Inerte pase y oscura.
Mas por mis ojos te ruego,
Que en sus lágrimas te inundan,
Y por el tierno cariño
Que nuestros días endulza,
Guardes tu vida, Aliatar;
Que si una acerada punta
A muerte abriere tu pecho,
También la mía apresura».
Tal dijiste, y me enlazaron
Tus manos banda purpúrea
Con ingeniosos emblemas
De amor y constancia mutua.
Y yo la besé mil veces,
¡Oh, mal haya mi locura!
Y en más la precié que el mando
De las tropas andaluzas.
Parto; y los cristianos tiemblan
No bien la fama divulga
Que los llanos de Gandía
Mis escuadrones saludan.
Empero a la lid se aprestan,
Y aunque su ruina procuran,
No sé si honor o despecho
Rémora fue de su fuga.
No es tan formidable el rayo
Que horrendo estrépito anuncia,
Ni el huracán mugidor
Que un roble y otro derrumba,
Cual en mi mano triunfante
La cimitarra desnuda,
Que abría al godo infeliz
En cada golpe una tumba.
El bravo muere; el cobarde
En los montes se refugia.
No hay resistir a un acero
Que patria y amor aguzan.
Mas no vencí sin mi sangre;
Que valerosa y robusta
Herirme logró la mano
De Álvar Núñez el de Asturias.
Si es causa de tu mudanza,
Mujer aleve y perjura,
La reciente cicatriz
Que la mejilla me cruza;
Sabe que Zora y Arlaja
La llamaron honra suya,
Porque mi fama engrandece
Si mi rostro desfigura.
Arlaja que a mi desvío
Mal su pesar disimula,
Aunque en belleza y donaire
No ceda a ti ni a ninguna.
¿Callas, Zaida? ¿De tu labio
No merezco una disculpa?
Fementida, ese silencio
Más me irrita y más te acusa.
¡No ha de triunfar mi enemigo,
Por el sol que nos alumbra!
Yo lavaré mi baldón
En su sangre y en la tuya.
Dijo Aliatar, y furioso
Punzante almarada empuña,
Y fuego sus ojos brotan,
Su labio rabiosa espuma.
Mas súbito arrepentido;
(Que no alberga un alma cruda,
Bien que vio la luz primera
En las playas de Getulia),
La espalda torna al peligro
Donde su gloria fluctúa,
Arroja banda y puñal
Y a la venganza renuncia.
Quédate para quien eres,
Exclamó, y en vil coyunda
El vil que te ha merecido
Tus votos infames cumpla;
Que yo vuelo, pues el alba
Ya corona las alturas,
A acrecentar los laureles
Que la frente me circundan.
Parte; presuroso monta
Sobre un morcillo de Osuna,
Y a larga brida se aleja
Por el camino de Andújar.
¡Ruede la Bola!
Amarilla sale Inés
De su lecho hospitalario,
Y, gracias al herbolario,
Cuando viene don Andrés
Ya está como una amapola.
Ruede la bola.
Responde con ceño adusto
Aquel barón displicente
Al clamor del indigente;
Pero se pasma de gusto
Cuando oye tocar la viola.
Ruede la bola.
Ayer me amó Clori bella,
Y hoy me mira con desprecio.
¡Y, qué! ¿Seré yo tan necio
Que en la garganta por ella
Me dispare una pistola?
Ruede la bola.
La que hoy vende alcaravea
Fue ayer señora eminente;
Y, gracias a un intendente,
Hoy tiene coche y librea
La que ayer era manola.
Ruede la bola.
Mientras abunde la feria
En dijes ultramontanos,
No os apuréis, castellanos.
No importa que en la miseria
Gima la industria española.
Ruede la bola.
Amor es cebo engañoso,
Es guerra, es potro, es veneno…;
Pero algo tendrá de bueno
Cuando el hombre su reposo
Y su dinero le inmola.
Ruede la bola.
¿Estudiar? No; que me aburro,
Dijo Fabio. A buena cuenta
un millón tengo de renta.
¿Qué importa que para burro
Sólo me falte la cola?
Ruede la bola.
¿Es limpia Isabela? —No.
—¿Ama a su esposo? —¡Bobada!
—¿Cuida de sus hijos? —¡Nada!
Pero ¡qué bien baila! ¡Oh!
Para eso se pinta sola.
Ruede la bola.
¡Cuál gimes, pobre virtud!
¡Vicio, cuál es tu insolencia!
Mas ¿qué se ha de hacer? Paciencia.
Mientras yo tenga salud
Y llene bien la bartola,
Ruede la bola.
Amén A Todos
Si a ser cortejo se humilla
Luis de una vieja infernal,
Y aunque murmure la villa
Poco le importa, con tal
Que la bruja le mantenga,
Allá se las avenga.
Si el pico y el azadón
No puede Gil soportar,
Y prefiero ser ladrón
Sabiendo que ha de llevar
Calcetines de Vizcaya,
Allá se las haya.
Si, sabiendo don Antonio
Que de olerla se emborracha,
Aunque le lleve el demonio
Apenas ve la garnacha
No hay freno que le detenga,
Allá se las avenga.
Si su casa y su mujer
Deja en abandono Blas,
Y curioso de saber
Lo que pasa en las demás
Está siempre de atalaya,
Allá se las haya.
Si se ha dejado arruinar
Por su mujer, don Simón,
Y, en vez de hacerla empalar,
En tirar por un balcón
Lo que ha quedado se venga,
Allá se las avenga.
Si por un prurito necio
De vestir con más primor,
No ignorando su alto precio
Vende Juliana el honor
Para comprar una saya,
Allá se las haya.
Si hay hombre que da en reñir
En obsequio de su amada,
Y se expone a recibir
En el pecho una estocada
Por los caprichos de Menga,
Allá se las avenga.
Si en todo quiere dar gusto
A Juana la marrullera
El mentecato don Justo,
Porque teme que se muera
Cuando llora y se desmaya,
Allá se las haya.
Juan no quiero escarmentar
Y gasta su juventud
En hediondo lupanar:
Pues bien, a perder salud,
Dinero y fama se atenga.
Allá se las avenga.
Si a Perico el caprichoso,
Que no hay cosa que le cuadre,
Sobre ser ruin y chismoso
Le mima tanto su madre
Que ya pasa de la raya,
Allá se las haya.
Si, creyendo con dulzura
A su mujer corregir,
El bueno de don Ventura
Se contenta con gruñir
Y a palos no la derrenga,
Allá se las avenga.
Si don Claudio su tesoro
Fiar al piélago intenta,
Y cuando Aquilón sonoro
Anuncia negra tormenta
No se está quieto en la playa,
Allá se las haya.
Quien posible haya juzgado
Que hambriento administrador
Si no cobra de contado
Sea fiel a su señor
Y de robarle se abstenga,
Allá se las avenga.
Marcos, ridículo y feo,
Casó con Flora divina.
Ella siempre de bureo;…
Él remando en la oficina…
¿No es forzoso… Vaya, vaya,
¡Allá se las haya!
La Manola
Ancha franja de velludo
En la terciada mantilla;
Aire recio, gesto crudo;
Soberana pantorrilla;
Alma atroz; sal española…
¡Alza, hola!
Vale un mundo mi Manola.
Cuando ella se pone en jarras,
¡Soleá! ¡Me río yo!…
Dígalo el terne de marras
Que al hospital le envió
Sin valerle la pistola.
¡Alza, hola!
Vale un mundo mi Manola.
De basilisco es su vista;
Cada mirada es un rayo;
No hay alma que la resista,
Y si mira de soslayo
Y pavonea la cola…
¡Alza, hola!
Vale un mundo mi Manola.
Si algún galán abejorro
Babeando tras de ella va,
Se revuelve, tuerce el morro,
Y le respondo: ¡Arre allá!;
Que no gusto de parola.
¡Alza, hola!
Vale un mundo mi Manola.
¡Qué caliá, y cómo cruje
Si baila jota o fandango!
¡Y qué brío en cada empuje!
¡Y qué gloria de remango
A la más leve cabriola!
¡Alza, hola!
Vale un mundo mi Manola.
Con primor se calza el pie
Digno de regio tapiz:
¡Y qué dulce no sé qué
En aquella cicatriz
Que tiene junto a la gola!
¡Alza, hola!
Vale un mundo mi Manola.
Sobre el suelo, en una esquina,
Ella en rábanos entiende,
Y en naranjas de la China.
Todo es fresco lo que vende…
Quedando aparte ella sola.
¡Alza, hola!
Vale un mundo mi Manola.
Roto iba yo por la calle
Y hecho un miserable trasto,
Cuando me prendó su talle;
Y hoy faja de seda gasto,
Y luzco la guirindola…
¡Alza, hola!
Vale un mundo mi Manola.
Por ella en holganza eterna
Vivo como un arcediano,
Triunfo y gasto en la taberna,
Me pongo calamocano,
Y me tiendo a la bartola.
¡Alza, hola!
Vale un mundo mi Manola.
Como para mí trabaja,
Muchas veces se amohína;
Mas no saco la naaja,
Aunque me trate la endina
Peor que a un bozal de Angola.
¡Alza, hola!
Vale un mundo mi Manola.
Siempre lleva al derredor
De amantes una cohorte;
Mas toda es gente de honor…,
¡Pues! Y yo, a estilo de corte,
Dejo que ruede la bola.
¡Alza, hola!
Vale un mundo mi Manola.
Los Inocentes
Anda con tiento, Bernardo,
No te suceda un petardo.
Tu inocencia sobrehumana
Es asombro de las gentes,
Y hacen su gasto mañana
Los Inocentes.
¡Guarda! Si prestas un duro
No lo cobras; ¡de seguro!
Y hay mil lazos, mil garlitos…
Ya se ve, tantos pacientes…
En Madrid son infinitos
Los inocentes.
No sólo el niño de teta,
Y la monja recoleta
Contenta con su clicio,
Y los míseros dementes,
Y los bobos de ab initio
Son inocentes.
El viejo cascado y chocho
Que con niña de dieciocho
Se casa, es digno de premio,
Y lograrán sus suplentes
Que le admitan en el gremio
Los inocentes.
Las que esperan más de un año
La boda o el desengaño,
Y leyendo con anhelo
Las cartas de los ausentes
En ellas ven su consuelo,
Son inocentes.
Los que piensan que es puntual
El reloj del hospital,
Y que es vino de Champaña
Sin extraños ingredientes
Todo el que consume España,
Son inocentes.
Mal actor, mis lindos versos
En tu boca son perversos.
¡Bárbaro! De dos en dos
Los destrozas con tus dientes.
Por Dios, ¡ten piedad! ¡Por Dios!…
¡Son inocentes!
Esos hombres de cachaza
Que no gritan en la plaza
Por modestia o por rubor,
Y se echan a pretendientes
Sin intriga y sin favor,
Son inocentes.
Y si a la Bolsa te arrimas,
La baja, el alza, las primas…
¡Don Froilán todo lo traga!…
Mas ¿qué anuncian los agentes?
¡Qué ha quebrado! ¿Y quién lo paga?
¡Los inocentes!
La Beneficencia
A Dorila
Ángel radiante en el Edén creado,
Dulce consuelo al humanal gemido,
Plácido orgullo de las nobles almas,
Yo te saludo.
No a ti los hombres religioso incienso
Píos tributan y fragantes flores,
Bien que tu nombre por falaces lenguas
Sea ensalzado.
Eleva en tanto al opresor cruento
Soberbio altar la adulación cobarde
Y al ciego error el fanatismo inmola
Fiero holocausto.
Beldad voluble con falaz ternura
Tal vez usurpa la veraz ofrenda
De amante pecho, que en acerbo lloro
Baña traidora.
Ídolos crea a su placer el hombre,
Y patria, amigos, bienestar, conciencia
En torno arrastra del indigno templo
Tumba a su fama.
Uncido el siervo cual si bruto fuera
De atroz caudillo al insolente carro,
Calla, y ni aún osa maldecir su horrendo,
Bárbaro triunfo.
Y el ronco son de la guerrera trompa
Tu grito ahoga, desolada madre,
Y en vano al cielo tu clamor envías,
Huérfano triste.
El torvo Genio de la infanda guerra
Roba al amor la voluptuosa danza,
Y canta el pueblo que verter debía
Ríos de llanto.
¡Dios de bondad y de fraterna sangre
Te brinda el hombre el infernal tributo,
Y el himno impío de feroz victoria
Suena en tus aras!
¡Tanto el engaño, la codicia, el miedo
Al corrompido corazón humano,
Y la ignorancia y la fatal discordia
Tanto envilecen!
Ya no hay pasión ni detestable vicio
Sin pingüe ofrenda, sin ardiente culto;
¡Y nadie a ti, Beneficencia santa,
Nadie te adora!
¿Será tal vez que al afrentoso imperio
Del oro infausto sometido el hombre
Seguir de Astrea te ordenó la triste,
Prófuga planta?
¿Cómo dudarlo cuando en balde llega
De altivo prócer al cancel dorado
La inope virgen si a lasciva llama
Cierra su pecho?
¿Cómo a mirar el sobrecejo altivo
Con que desoye del anciano débil
El ruego humilde y los dolientes ayes
Mozo liviano?
¿Cómo dudarlo quien lloroso vea
A todo un pueblo en la miseria hundido,
Y al hambre insana disputar el crimen
Víctimas tantas?…
¡Ah! no. ¿Qué digo? Caridad ferviente,
¡Salve otra vez!; que los humanos valles
No para siempre abandonó tu influjo,
Don de los cielos.
No a mí tu grato, predilecto albergue,
Bien que no sea renombrado alcázar,
Se oculta ya, ni en tu loor mis votos
Vagan perdidos.
En vano ya la hipocresía, en vano,
Robando artera tu sagrado nombre,
Ante mi vista mostrará su impía
Máscara infame.
Quien ve, Dorila, tu mansión callada,
Tu afable rostro, tu virtud sencilla,
Su velo sabe arrebatar al negro,
Pérfido monstruo.
De ti, Dorila, el impostor aprenda
Que no se cura de servil lisonja
Ni en vano alarde la virtud se halaga
Cándida y pura.
Dentro del alma el bienhechor encuentra
Mayor ventura, galardón más alto,
Y el hombre inicuo su mayor verdugo
Dentro del alma.
¡Ay, cuántas veces a piedad mentida
Estatuas funde y edifica altares
La ilusa plebe, y en el lodo al justo
Sume iracunda!
Tú más hermosa y duradera palma
Allá en el reino de la luz espera,
Si acá la fuerza, la falsía, el oro
Triunfan y ríen.
Tú, a quien no es dado con enjutos ojos
Penando ver al oprimido, al pobre;
Y nunca es solo compasión estéril
Dádiva tuya.
Tú, que no sientes criminal hastío
Si oyendo el ay de miserable viuda
Pisas tal vez con generosa planta
Rústica choza.
Rústica choza para ti más bella
Que el áureo techo y el tapiz de Oriente,
Do nuevo brillo a tu preclaro nombre
Dan tus virtudes.
Y no en el ara de imitar al cielo
Sagrados votos proferiste un día,
Ni el albo seno de engañosa cubres,
Áspera jerga.
No la virtud en aprendido metro
Sabes cantar, ni el anatema horrible,
Rayo eternal, con espumoso lanzas,
Cárdeno labio.
A ti y a Dios que el corazón sondea
Más gratos son tus eficaces dones.
Ellos te afianzan eternal corona,
Júbilo inmenso.
Ni austera tú la sociedad esquivas;
Que en ella vives de esplendor cercada,
Y aún besa ufano tu serena frente
Céfiro blando.
Y enciende amor con sus ligeras alas
La hermosa lumbre de tus negros ojos,
Y es del amor tu seductora risa
Plácido asilo.
¡Ah! si en las gracias que a natura plugo
Dar a tu rostro tu ambición fundaras,
¿Quién más trofeos al vendado Niño,
Quién le daría?
Mas tu modestia a tu hermosura iguala,
Y tu alma en vano sojuzgar anhela
Diestra lisonja, que en el vago viento
Rápida muere.
¡Cuánto más dulce en tu piadoso oído
Suena la voz que sin cesar tu nombre
Grata bendice y tutelar te llama,
Próvido numen.
Harto al amor y sus fugaces glorias
Suaves acentos consagró mi lira.
Hoy tu clemencia sublimar al cielo
Séame dado.
Lo sé, no es digno de tan alto asunto
Mi rudo canto, ni quizá lo fuera
Tu plectro mismo que inmortal florece,
Píndaro excelso.
Mas un altar mi corazón te erige,
Alma Piedad, si te lo niega el mundo,
Y en él la imagen de Dorila hermosa
Vive grabada.
El Mono Y El Buey
Asomado al mirador
De la caprichosa Inés,
Un mono, que es su delicia,
Así interpelaba a un buey:
«Torpe y rústico animal,
Cuya innata pesadez
Es proverbial, sólo en ella
Tu timbre está y tu poder.
»Y con ser tanta, es aún
Más grande la estupidez
Con que tu cerviz robusta
Al yugo humillada ves.
»Ora chillona carreta
Arrastras, ¡donoso tren!
Y con ella ricas viandas
Que tú no habrás de comer;
»O bien de negro carbón
Cien arrobas y otras cien;
Del carbón a cuya lumbre
No calentarás la piel.
»O por un gañán guiado,
Tosco y pesado también,
Surcas árido barbecho
Nueve horas al día o diez.
»Y el premio de servidumbre
Tan irritante ¿cuál es?
Dormir en establo inmundo,
Y al raso más de una vez;
»Y tres meses mantenerte
Con grama o con alcacer,
Y con heno seco y duro
Los nueve restantes. ¡Bien!—
»Cierto, más holgado vives,
Aunque no mucho, a mi ver,
Pues a cadena perpetua
Condenado estás. —¿Y qué?
»No por castigo la llevo,
No por sentencia de un juez,
Sino porque valgo mucho
Y no me quieren perder.
»¿Qué me importa una cadena
De cinco varas o seis,
Si con ella libremente
Los brazos muevo y los pies?
»Mira cómo me columpio,
Salto y brinco a mi placer,
Y abanico a mi señora,
Y casco y mondo una nuez.
»Y hago el marcial ejercicio
Mejor que un zuavo de Argel,
Y echaré un día si quiero
Una mano de ajedrez.
»Y cual otro Paganini
Toco violín o rabel,
Gracia que con otras muchas
Me enseñó un piamontés.
»Y con servilleta al hombro
¡Hubiérasme visto ayer
Servir a ocho convidados
El café y el pluscafé!
»Y vestido de botarga
Con pandera y cascabel,
Soy capaz de hacer reír
A un embajador inglés.
»Y ya me han visto en las calles
De Madrid y de Aranjuez
Darme tono y hacer muecas
Sobre un brioso corcel.
»En suma, eres un bufón
Ridículo, ya lo sé,
Y sólo con eso tienes
Todo lo que has menester.
»Rían de mí en hora buena,
Mientras a pasto me den,
Entre caricias sin fin,
Ave, conserva y pastel.
»Mas no por payaso insípido
Alcanzo yo tanta prez,
Sino por mi noble raza.
¿Noble tu raza? ¿Por qué?
»Pues ¿no ves cuán parecido
Al privilegiado ser
Que llaman hombre soy yo?
¡Jesús, María y José!
»Sí, señor; y aunque otra cosa
Digan Buffon y Cuvier,
Hay muchos naturalistas
De mi opinión: ¿está usted?
»O de hombres vienen los monos,
Que perdieron por cualquier
Accidente el don de hablar
Y la blanca y suave tez;
»O tanto irán progresando,
Que al fin llegarán a ser
Tan hombres como Escipión
Y César y Hernán Cortés.
»Desde antes que del diluvio
Le preservase Noé,
Siempre el mono fue una bestia,
Fea, lasciva y soez.
»Y eso, y no más, eres tú,
A pesar de tu oropel,
Y eso tus hijos serán
Y los que nazcan después.
»Tus mimos y tus regalos
Yo no codicio, no, a fe,
Hijos de antojo pueril
O de mezquino interés.
»Sobrio por temperamento,
Grave, sesudo, y tal vez
Filósofo a la manera
Que Pitágoras lo fue,
»Con yerbas engordo yo
Más que tú con el bistec,
Y de juglar despreciable
No te envidio el ruin papel.
»No a falsas genealogías
Como tú recurriré
Para probar la nobleza
De que se ufana mi grey;
»Ora indómita y altiva
Lidie en ancho redondel
Con afamados maestros
De Sevilla o de Jerez;
»Ora después que tirano
La castra, contra la ley
De naturaleza, el hombre
Con hierro aleve y cruel.
»Mi buen nombre en el zodiaco
Leerás, si sabes leer,
Y a dos ciudades de España
Le he dado, Toro y Teruel.
»Y en forma de toro Jove,
Con ser de los dioses rey,
De la bella ninfa Europa
Fue raptor y palafrén.
»Mas ya que a tales blasones
Crédito entero no des,
Otro auténtico y más grande
Puedo alegar, ¡voto a quién!
»Cuando al Redentor del mundo
(¡Mal se lo pagó Israel!)
Dio a luz la Virgen María
En el portal de Belén,
»No el alto honor inefable
Cupo de verle nacer
A un asqueroso macaco,
Sino a un corpulento buey.
»Por útil y laborioso
Obtuvo aquella merced,
Que Dios no quiso otorgar
A brutos de tu jaez».
A tal filípica el mono
No supo qué responder,
Volvió la grupa y saltó
Del balcón al canapé.
Y el cornudo catedrático
¿Hablaba sólo con él?
¡Ay! no; que la moraleja,
Recíbanla mal o bien,
Por carambola reprende
Al enfadoso tropel
De monigotes con fraque
Y monuelas con corsé.
El Genio De Los Genios
¡Ay de ti, Madrid, decía
San Vicente el de Ferrer,
Cuando todo seas tiendas
En tu confuso babel!
Si ya se ha cumplido o no
Su profecía, no sé,
Pero el Santo fue sin duda
Más santo que mercader.
Yo, ni mercader ni santo,
No merezco tanta fe
Y mi lengua no presagia
Lo que mis ojos no ven,
Porque pájaro agorero
Nunca me ha gustado ser,
Y antes que gemir un pésame
Regodeo un parabién.
¡¡¡Sí, que faltan Jeremías
Que destemplando el rabel
Clamen en prosa y en verso:
Ay de ti, Jerusalén!!!
Llevando, pues, la contraria,
¡Oh tres veces y otras tres
Beato Madrid, exclamo,
Y otras veinte y otras cien!
¡Dichoso pueblo, que encierra
Del Barquillo al Avapiés
Tantos genios creadores
Como hay vecinos en él!
En el siglo de Cervantes
Floja la cosecha fue.
¡Al fin siglo de tinieblas!
¿Qué había de suceder?
Pero el siglo en que vivimos…,
¡Friolera! Ya se ve,
¡Si es el siglo de las luces,
Y la propaganda, y… ¡Pues!
Cuenta la historia que entonces
(Rutinas del tiempo aquel)
No osaba nadie escribir
Si no sabía leer,
Y decían a sus hijos
Los padres (¡otra sandez!)
Aprende si ha de enseñar;
Trabaja si has de comer.
Hoy para ser grandes genios
Y varones de honra y prez
No es fuerza que lo seamos;
Basta con quererlo ser.
¿A qué estudiar nuestro idioma
Si a gatas en la niñez
Lo aprendemos? ¿No es mejor
Un poquito de francés?
¡Y echen guindas al que sabe
Dónde se vende el papel
Y dónde está la copiosa
Librería de Denné;
Y al pie de la letra puede
Traducir en solo un mes
A Balzac, y a Jorge Sand,
¡Y a Federico Soulié!
Y más si sabe un tantico
De taquigrafía, ¿eh?
Menos corre que su mano
La góndola de Aranjuez.
Al pie de la letra dije,
Aunque resulte un pastel
Que ni se lea en París
Ni se comprenda en Jerez;
Que aquella frase famosa
Que articuló cierto rey,
La de No más Pirineos,
Así se debe entender.
Mas si descubre agudeza
Para rimar ten con ten,
Y sabe formar en masa
Sílabas de diez en diez;
Si gimiendo en pie quebrado,
Aunque no tenga por qué,
Dice: mi misión es ésta,
Que me la dio no sé quién,
Cátele usted dispensado
De Dios, de patria y de ley;
Cátele usted archigenio
Por siempre jamás amén.
Y mil genios brotan hoy
Por cada genio de ayer;
Que en Madrid son tan fecundos
Como en su campo la mies.
El uno es genio varón,
El otro es genio mujer,
Y presumo que los hay
Hermafroditas también;
Porque esa especie de tifus,
Con permiso de Broussais,
No hay edad, sexo ni clase
Donde no tenga cuartel.
Si quieres que algunas señas,
Lector amable, te dé
Por donde el genio y los genios
Sea fácil conocer;
(Y te advertiré de paso,
Por si aún no lo sabes bien,
Que ser genio y tener genio
Todo es uno, aquí y en Brest;
Porque bien puede un vocablo
Ser cosa y hombre a la vez;
Y esto va en genios; y basta,
Que es artículo de fe);
Si quieres saber, repito,
Quién tiene genio… y lo es,
Préstame atención, que en pocas
Palabras te lo diré.
Genio, además de los genios
Del coplero somatén,
Es el niño de doce años
Que ya fuma y va al café.
Genio es la linda doncella
Que, mirando con desdén
Bajas faenas, no tiene
Genio de hilar ni coser;
Pero sabe analizar
Las telas de un almacén
Y hacia dónde necesita
Apéndices el corsé.
Genio es también inspirado
La que se suelta a leer
En el Optimismo y otras
Obrillas de ese jaez.
Genio es la mujer casada
Que su materno deber
Traslada a pasiega inmunda,
Plus ultra del interés;
Que aunque robusta se vea
Más que un mozo de cordel,
Pudiera con la lactancia
Perder el brillo su tez:
La que oye y ve desde un palco
Con inefable placer
La lógica de Antony,
De Marión el burdel;
La que el alma de su esposo
Tiene por baja y soez,
A no ser alma de cántaro
Como algunas que yo sé;
Y como la suya es alma
De más sublime troquel,
Sólo se aviene con otra
Que la sepa comprender;
Que si ayer llamaba amante
Al que hoy tirano cruel,
Fue por falta de experiencia
Y sobra de sencillez,
Y su misión en el mundo
Fue casarse… con cualquier,
Salvo el innato derecho
De arrepentirse después.
Y es genio privilegiado
El excéntrico doncel
Que a una prójima anticipa
Consuelos de la viudez,
O exclama, si ella resiste:
¡¡¡Maldita seas, mujer!!!,
Y amartilla una pistola,
Y se la apunta a la sien…
Mas ella, ¡ay Dios! se desmaya…,
O lo finge, y Lucifer
Anda listo, y la tragedia
Se convierte en entremés.
Genio es también, pero genio
Del Limbo, manso y sin hiel,
El estúpido marido
Que tiene ojos y no ve.
Genio, otrosí… Mas si a todos
Hubiera de comprender,
Mi catálogo de genios
Llegaría hasta Jaén.
Baste decir que pasando
Por un mesón anteayer
Oí decir: «¡Y qué genio!
No le hay en Madrid como él».
Me acerco al amo, y le digo:
«Aunque sea descortés,
¿Qué raro portento es ese?
¿De qué genio hablaba usted?»
«Vale un doblón, me responde,
Cada pelo de su piel.
Mire usted»… Y miro; y era…
¡Un caballo cordobés!
El Vino Consolador
Ayer por los desdenes
De la orgullosa Laura
Clavarme quise, ¡ay necio!
La punta de una daga.
Y a mi pecho abrasado
El hierro amenazaba,
Y el nombre maldecía
De esa mujer ingrata,
Cuando en cristal luciente
Baco mi vista llama
Brindándome una azumbre
Del rancio de Peralta.
Y bebo; y de la mano
Deslízase la daga,
Y ya menos furioso
No cuido de cobrarla.
Segunda vez el néctar
Mi labio ansioso baña,
Y…, ¿lo creeréis, zagales?,
Ya en Laura no pensaba.
Entre beodo y cuerdo
Torno a beber sin tasa;
Y río, y canto, y brinco,
¡Yo que antes me mataba!
Y al consolarme Baco
De la esquivez de Laura,
Para prendar a Silvia
Me inspira nuevas gracias.
Los Ojos De Mi Morena
Brame el cierzo en hora buena,
Que mal pueden darme pena,
Crudo Invierno, tus rigores,
Cuando me brindan amores
Los ojos de mi morena.
Mientras el cañón atruena
Las ondas del yerto Escalda,
Al son de rústica avena
Yo canto en la verde falda
Los ojos de mi morena.
Amarre a dura cadena
El francés batallador
A la turba sarracena
Mientras me llaman señor
Los ojos de mi morena.
Más que en la playa tirrena
Tiemblan hombres y ganados
Si el Etna abrasado truena,
Tiemblo yo de ver airados
Los ojos de mi morena.
Más que la del rico Sena
Precio yo tu pobre arena,
Guadalquivir espumoso;
Que en ella me hacen dichoso
Los ojos de mi morena.
Otros con frágil entena
Naveguen en pos del oro
Que a la virtud encadena;
Yo no; que son mi tesoro
Los ojos de mi morena.
¡Oh cómo el alma enajena
En el soto umbrío el canto
De amorosa Filomena!
Pues aún tienen más encanto
Los ojos de mi morena.
¡Oh cómo en noche serena
Brilla la luna argentada
Que el prado y el monte llena!
Pues la dejan afrentada
Los ojos de mi morena.
Si una y otra flor amena
Cubren de dulce ambrosía
La artificiosa colmena,
Más dulces son todavía
Los ojos de mi morena.
No más en copiosa vena
Lloraré la desventura
A que el hado me condena,
Pues dan premio a mi ternura
Los ojos de mi morena.
El Soldado Y El Carretero
Bueno es ser comedido, mas no tanto
Que raye la modestia en tontería.
Fábula al canto.
Ya no podía continuar su ruta,
Con la mochila y el fusil cargado,
Pobre recluta.
Viéndole un carretero muy bizarro
En tal angustia, «¡Militar!», —le dijo—,
«Sube a mi carro».
—«De perlas me vendría, que voy muerto;
Mas si a pagar el porte se me obliga…»
—«¡Eh! No por cierto».
—«Gracias. Bendigo al cielo, que me trajo
Tan buen padrino», —le responde, y monta
No sin trabajo—.
—«Ahora, bueno será dar un refuerzo
Al estómago», —dijo el trajinante—.
—«No, yo no almuerzo».
—«¡Eh! Nada de melindres y pamplinas.
La bota tengo llena, y en la alforja
Pan y sardinas».
Al fin, transido de hambre el buen soldado,
Aunque gravar temía su conciencia,
Toma un bocado.
Ya durmiendo, ya hablando al camarada,
Dejado había atrás el carretero
Media jornada;
Y todavía el mílite (¡da grima!)
No se había quitado la engorrosa
Mole de encima.
Ríe el otro y le dice: —«El sol escalda,
¡Y aún la ruda mochila, majadero,
Veo en tu espalda!
»Ya que me ahorro de pisar hormigas,
No es justo dar a la cansada mula
Nuevas fatigas.
»¿Y alivias por ventura su molestia?
De ti y del carro y todo el cargamento
Tira la bestia.
»No es tu propia carrera la castrense».
—«¿Pues cuál?» —«Hazte, ya que eres tan pacato,
Fraile mostense».
El Carnaval
Hic summa est insania.
Horacio
Callad, no me sopléis, diosas del Pindo,
Y tú, crinado Apolo, aparta a un lado,
Que hoy de tu numen délfico prescindo.
A ti, Momo procaz y descarado,
A ti te invoco, mofador eterno,
Ya del estro satírico impulsado.
Tu influjo, con permiso del gobierno,
A mí descienda, y reirán los hombres,
Y reirá Caronte en el Averno.
Y tú, lector benigno, no te asombres
Si a las nueve doncellas no demando
Inmortales proezas y altos nombres;
Que ni es este su siglo, ni en su bando
Me acogerán los Píndaros; que el búho
Mal con los cisnes brillará cantando.
Ingenuo en lo que valgo me valúo,
Y no soy como Clori la italiana,
Que exige pesos mil por cada dúo.
No, hinchando mi pellejo cual la rana
Que reventó de orgullo, hasta las nubes
Alzar pretendo yo la frente vana.
Tú, que al Olimpo sin escala subes,
Allá pulsa mi lira, Fabio mío,
Y dancen en tu torno los querubes.
De ti, de tu sublime desvarío,
Y del humano género demente,
Y de mí, de mí propio yo me río.
¿Y por qué no reír? ¿Soy yo intendente?
¿Soy padre provincial? ¿Soy covachuelo?
¿Quién me obliga a fruncir la adusta frente?
Quien no espera una toga, ni un capelo,
Ni cruzarse del santo Hermenegildo,
Siquiera de reír tenga el consuelo.
Respeto a quien me manda, y no le tildo;
Sus timbres, su decoro, su importancia
Por mí no ha de perder ningún cabildo;
A nadie ofendo yo. Pues, pesia Francia,
¿Por qué no he de reír, si a la chacota
Me provoca doquier la extravagancia?
Mas no te admires, no, si alguna gota
Mezclo de amarga tuera con la risa
Que me respinga ya naturalota.
¿Oís? Ya, maldiciendo al que le pisa,
Petardos vende el ciego por la plaza,
Y petardos el dengue de Melisa.
Ya la pueril caterva se solaza
Prendiendo al elegante remilgado
Sobre el rico sedan hedionda maza.
¡Oh Carnaval risueño y anhelado!
Haciendo gala ya del sambenito,
El pueblo te saluda alborozado.
¡Ya, abusando del público apetito,
Esta es la mía!, dice el pastelero,
Y el hojaldre encarece y el cabrito.
Ya la manola con procaz salero
Cantando al son de ronca pandereta
Alborotado tiene el barrio entero.
Ya al avaro, ignorante de la treta,
Cabe el umbral de alegre barbería
Escarmienta clavada la peseta.
Ya, cuando el manto de la noche fría
Al mundo vela, en lúbrica algazara
Madrid aguarda el presuroso día.
¡Filósofos! Mirad. ¿Quién lo pensara!
Rubias, cetrinas, espantosas, bellas…
Ya no hay mujer contenta con su cara.
¡Filósofos! Reíd. Veinte doncellas,
Modelos de beldad, Fileno esquiva,
Y de vieja salaz sigue las huellas;
Vieja salaz, que un soplo la derriba,
Y aun en el pecho siente, a par del asma,
De ridículo amor la llama activa.
¡Huye a rezar, escuálida fantasma!
¡Huye, y sumida en olvidado lecho
Ponte la consabida cataplasma!
¿Veis aquel que tan vano y satisfecho
Arrastra en el salón purpúreo manto?
Pues no tiene ni viña ni barbecho.
¿Veis aquel otro que se engríe tanto
Porque ostenta una toga? Ayer me dijo:
¡Qué morazo sería aquel Lepanto!
Necio y sabio, la corte y el cortijo…;
Todo se amasa aquí. Cada viviente
Es una farsa andando, un acertijo.
Ya el guirigay resuena impertinente.
¿Y cómo no reír cuando a un becerro
Oigo charlar en tiple aunque reviente?
¿Y cómo no reír cuando por yerro
Se ciñe diplomática venera
Quien debiera llevar rudo cencerro?
Ved. En vano Damón busca a Glicera,
Y en tanto un licencioso mancebillo
De su mórbido talle se apodera.
¿Y quién se guarda del osado pillo?
¿Y quién le acusa, quién, si cada bulto
Puede apenas pisar medio ladrillo?
¡Qué bulla! ¡Qué sudar! Acá un singulto;
Allí se escucha un ¡ay, que me sofoco!
Allá de un pisotón nace un insulto;
Otro acullá da vueltas como loco;
Otro, creyendo oír plática tierna,
Oye tal vez rabaneril descoco;
Más allá con las náyades alterna
En muelle danza un sátiro nefando
Que cinco lustro s mueve en cada pierna.
No allí de puro amor el eco blando;
Que el metro de Reaumur sube con furia.
¿Dónde es ido el rubor? Es contrabando.
Ya al oído más casto no es injuria
Torpe solicitud. Ya su veneno
No reboza galante la lujuria.
¡Oh cuadro escandaloso! Mal enfreno
Mi horror al contemplarte y mi quebranto;
Que cristiano soy yo, no sarraceno.
No llega, oh Momo, mi locura a tanto
Que a carcajadas sin pudor me ría
Cuando debo anegarme en triste llanto.
Ya opresa de dolor el alma mía…
Mas ¡llorar un satírico poeta!…
¡Y en Carnaval!… No, no. ¿Qué se diría?
«¿Eres tú, me dirán, anacoreta?
¿Tendrás más juicio tú, que nos reprendes,
Si el dominó te cubre y la careta?
»¿Acaso el mundo reformar pretendes?
¿No ha de otorgarse al pueblo algún recreo?
¡También contra las máscaras la emprendes!»
Basta, no me creáis; que me chanceo.
Torno a reír, y el dominó me pongo,
Y en bacanal festín me regodeo.
¿Yo llorar? Solitaria como el hongo.
Llore la fea que el cartón desata,
Al componerse incauta su zorongo.
El necio llore que gastó su plata,
Y acudiendo a la cita de una Elena,
Topa una bruja legañosa y chata.
Llore aquel que su capa, mala o buena,
Pierde en la confusión; y más si en tanto
Goloso Micifuz traga su cena.
Llore a lágrima viva don Crisanto,
Que buscando un amor pesca una fiebre,
Y su viaje apresura al camposanto.
Llore y alfalfa coma en un pesebre
Aquel que por bailar una galopa
Deja que otro galán cace su liebre.
Llore el que gasta miles en su ropa,
Y un clavo se la rasga, o vierte en ella
Beodo bailarín la henchida copa.
Llore y maldiga su menguada estrella
El que se ve de un fatuo perseguido,
Que le soba, y le tunde, y le atropella.
Llore y se ahorque el mísero marido
Que de la mano lleva a su consorte
Donde la espera incógnito el querido.
Llore y escarnio sea de la Corte
El que en la fe descansa de su novia
A quien de micos sitia una cohorte.
«Que se divierta. Es fiel. Si uno la agobia…»
¡Bien! Serás venturoso en tu himeneo
Como yo soy obispo de Segovia.
¿Qué mucho, si en tan cínico bureo
Tal vez sucumbe Porcia, y Artemisa
Afrenta a su llorado Mausoleo?
Amor en Carnaval anda de prisa.
¿Veis? Por allá desfila una pareja.
¿Dónde van? ¿Qué sé yo?… No irán a misa.
Allá sueña placeres una vieja,
Y a su hija entre tanto un mozalbete
Placeres no soñados aconseja.
«¡Clara!… Lléveme usted al gabinete.
Allí estaba bailando la mazurca…
No la veo. ¡Ay Jesús! ¿Dónde se mete?
»¡Clarita! Y yo que estoy hecha una urca,
¿Cómo pasar?… ¡Dios mío, qué empellones!…
Quien sepa el paradero de una turca…»
«¡Eh! ¡Que deshace usted los rigodones!»
«¡Clara!…» ¡Sí, buenas noches! Ya está Clara
Donde no la hallarás ni con hurones.
Llore el que paga triple en cada vara
La tela que en egipcio le convierte
A un mercader ladrón, que no es Guevara.
Llore el menguado cuya dura suerte
A escuchar le conduce un desengaño,
Y le dicen después que se divierta.
Mas ¿qué digo llorar? Aun en su daño
Todo prójimo ria y se alboroce;
Que no hay dos Carnavales en el año.
Y en buen hora Semíramis retoce,
Y con Dido Temístocles meriende,
Y baile Jezabel con Carlos Doce.
Y aquí y allá Cupido como duende
Gire triunfante, sin cuidarse un punto
De si Holanda sucumbe o se defiende;
Que también de la guerra es un trasunto
Danza de Carnaval, por más que en ella
Pocas damas imiten a Sagunto.
Y si teme la púdica doncella
Que audaz alguna diestra la analice,
No al baile tentador lleve su huella.
Y con tu prenda en tálamo felice
Duerme y ronca, oh marido, si la danza
Funesta cefalalgia te predice.
Haya broma, haya júbilo, haya holganza.
Alégrese Madrid: puto el postrero;
Que ya el terrible Miércoles avanza.
Jóvenes, vaya todo al retortero.
Descolgad las cortinas de damasco,
O víctimas seréis de algún prendero.
«¿Dónde está mi broquel? ¿Dónde mi casco?»
Se lo llevó Fabián el meritorio.
«¿Y qué me pongo yo? ¡Vaya, que es chasco!»
«Venga usted a ayudarme, don Liborio;
Que no sé yo ponerme los gregüescos.
Acuda usted… ¡Jesús, qué purgatorio!»
«¿Y usted no tiene traje? ¡Estamos frescos!
Vamos, póngase usted esa chamberga,
Que un día espanto fue de los tudescos.
«Tú en esa funda de colchón te alberga;
Tú ponte el casacón de la otra noche,
Y tú el refajo y el jubón de jerga»
«¿Estamos todos?» «¡Ay! Me falta un broche.
—¡Mi careta! —¡Mi liga! —¡Oh pierna…! —Vaya,
No mire usted, don Blas. —¡El coche! ¡El coche!»
¡Oh bien haya mil veces, oh bien haya,
Farsante Carnaval, tu amable caos
Que previene al placer tan ancha playa!
Niñas, de la estación aprovechaos.
¡Buen ánimo, donceles!, ¡arma!, ¡guerra!;
Que gran cosecha habrá de Menelaos.
Si llora algún Heráclito y se emperra,
Ya veréis como a sátiras le hundo
Y le diré: no hay santos en mi tierra.
Ayer cierto doctor, hombre profundo,
Con tétrico semblante me decía:
«Perpetuo Carnaval es este mundo.
»Tal vez a la infernal hipocresía
De la piedad cobija el sacro velo,
Y en la humildad se esconde la osadía.
»Máscara de amistad viste Juanelo,
Que hoy te acaricia, y forjará mañana
Contra tu honor anónimo libelo.
»Tal vez entre la turba cortesana
Fidelidad parece la lisonja,
Y celo ardiente la calumnia insana.
»Aquel que siente escrúpulos de monja
Si por la puerta pasa del teatro,
Es de los hijos pródigos esponja.
»Don Luis, que dice a Laura: te idolatro,
Es máscara también; que su falsía
Anda a caza de tres y engaña a cuatro.
»Y mujeres sin fin te nombraría
Que, con ungüentos que inventó una bruja,
Estrenan una cara cada día.
»Juan, que andaba no ha mucho a la granuja,
De noble patriotismo se disfraza,
Y es del erario público sanguja.
»Máscara lleva aquel que de su raza
La nobleza desmiente, y en su mano
No sentaría mal una almohaza.
»Y máscara también el publicano
Que con plumas de cándida paloma
Garras esconde de rapaz milano.
»Y es máscara falaz el suave aroma
Que compra a Petibón aquel mancebo,
Ciudadano asqueroso de Sodoma.
»Y aquél… Mas callo ya; que me conmuevo,
Y me ciega el furor, y en esta era
A predicar verdades no me atrevo».
Dijo el doctor, y echó por la otra acera;
Y me guardó las vueltas; y con maña
En un burdel entró. ¿Quién lo creyera!…
Muchos doctores hay de esta calaña.
El Tabaco
Canten otros el Nabo y la Judía,
Cantar que tiene a fe, cuatro bemoles;
Lleve otro su poética manía
Hasta el extremo de cantar las Coles;
Cante alguno mañana u otro día
La gloria del arroz con caracoles;
Mas con permiso yo de Horacio Flaco
Canto las alabanzas del Tabaco.
Si algún bien positivo a España trujo
Nauta atrevido el genovés Colombo,
No el oro fue que Potosí produjo,
No el tostado café que sirve Pombo,
Ni el ave tropical que habla por lujo;
¡No, nada de eso! O yo soy un zambombo,
O no vino de allá, ¡voto a dios Baco!,
Mercancía más útil que el Tabaco.
Negro, como el Brasil lo fabricaba
Para arrollarlo en sempiterna soga,
Que dulce al catalán como guayaba
Le parecía cuando estaba en boga;
O en luengo puro, que hace echar la baba;
O en papelillo envuelto como droga,
O quemado en la pipa al modo austriaco,
Inestimable yerba es el Tabaco.
Reine la ley, o el despotismo aleve,
De la santa igualdad él es la escuela.
Fuma el último quídam de la plebe;
Fuma el prócer que brilla en carretela.
¿Qué hombre a decir a otro hombre no se atreve:
Hágame usted el favor de la candela?
¿Quién la niega al más ruin hominicaco?
¡Oh virtud fraternal la del Tabaco!
¿Qué importa si los pobres lo consumen
De Virginia o Kentuqui, a cuarto el puro?
¿Qué importa que otros prójimos lo fumen
Habano rico, la docena un duro?
La calidad ¿qué importa si, en resumen,
Flojo o más fuerte, claro o más oscuro,
Barato o no, por consecuencia saco
Que todo ello es fumar, todo es Tabaco?
Un cigarro las fuerzas restituye
Al tostado jayán que cava y suda;
La bota el zapatero no concluye
Si el humo del cigarro no le ayuda;
El letrado con él chupa y arguye,
Y si la gota crónica y aguda
Aflige al sesentón hipocondriaco,
Le alivia, más que el médico, el Tabaco.
Al jugador que pierde su dinero,
Al aguador que rompe su botijo,
En su hondo calabozo al prisionero,
Al reo pregonado en su escondrijo,
Al demente en su jaula, al mundo entero
Es consuelo el fumar. ¡Oh qué bien dijo,
Llámese Pedro o Juan, Diego o Ciriaco,
El que dijo: ¡a mal dar, tomar Tabaco!
¿Quién no ha visto en presidios y cuarteles,
Cual su hacienda Esaú por un potaje,
Vender a veteranos los noveles,
Tras del último harapo de su traje,
Y aunque sufran después ansias crueles
Y el estómago hambriento se relaje,
El cotidiano pan negro y bellaco
Para comprar dos onzas de Tabaco?
Aunque andrajoso, abigarrado y feo
El soldado español vaya a la guerra
Y tenga que vivir del merodeo
Y descansar sobre la dura tierra,
(Porque las corvas uñas de un hebreo
Roban la plata que el Tesoro encierra)
Derrotará al calmuco y al cosaco
Si no le faltan pólvora y Tabaco.
Amigo (otros dirían alcahuete)
Es de Amor el Tabaco. So pretexto
De encender un cigarro, el mozalbete
A declarar su fin, no siempre honesto,
En el hogar de Brígida se mete…,
Aunque se expone a que con agrio gesto,
Si es sorprendido haciendo un arrumaco,
Padre o rival le den para Tabaco.
Y ¡qué es ver a un currillo malagueño,
Después que en Estepona hace el alijo
Y el género cubano o brasileño
Resguarda del resguardo en un cortijo,
Con una mano de su dulce dueño
La cintura estrechar… ¡ay regocijo!…
Mientras tiene en la otra su retaco
Y en la boca la muestra del Tabaco!
Y ¡qué es ver sobre el puente de Triana,
A babor y estribor terciado el dengue,
Pasearse la gárrula gitana
Columpiando con brío el bullarengue,
Y encendido un chicote de la Habana
Desafiar osada a Dios y al mengue!
Movería a un bajel su aire de taco
Y a otro el denso vapor de su Tabaco.
Y si tomado en humo por la boca
Da el Tabaco momentos tan felices,
¿Qué gratas sensaciones no provoca
Cuando en polvo lo gozan las narices?
Dígalo la abadesa con su toca;
Díganlo más de tres sobrepellices.
Cura hay que sorberá sal amoniaco
Y dirá en su ilusión: ¡qué buen Tabaco!
El segador que viene de Galicia
Flaco vuelve a su tierra como alambre.
Por ahorrar un ochavo (¡vil codicia!)
Se dejará morir de sed y de hambre.
Sólo el polvo es su orgullo y su delicia
Aunque en vez de rapé huela a cochambre;
Ni siente ver vacío el sucio saco
Si el fusique está lleno de Tabaco.
Finalmente, el Tabaco es cosa grande,
Ya al paladar o a la nariz se pegue,
Y al que lo niegue, Dios se lo demande,
Si hay algún temerario que lo niegue;
Y sin que humana súplica me ablande
Yo exclamaré fumando: ¡al cielo plegue
Que salga un golondrino en el sobaco
Al que sea enemigo del Tabaco!
Justicia Y No Por Mi Casa
Casado soy,
Y a picos pardos me voy;
Que, como dijo un poeta,
Fruta de cercado ajeno
Es la que a mí más me peta:
Y vuelvo a mi hogar sereno
Con la conciencia tranquila;
Mas si mi esposa Camila
Saluda a un galán ¿Qué digo?
Si a mirarle se propasa,
Tema, ¡infeliz! mi castigo.
Justicia, y no por mi casa.
¡Perro, ladrón!
¡Qué bárbaro pisotón!
¡Oh aguadores insolentes!
¡A un mancebo de mi talle…!
¿Por qué no irán esas gentes
Por en medio de la calle?
¡Y usted con el tilburí
Vendrá a atropellarme a mí
Mañana! Bien dijo el otro…
Ustedes son de otra masa.
¿Y quién sujeta a mi potro?
Justicia, y no por mi casa.
¡Muy bien, muy bien!
Yo celebro que le den
El merecido escarmiento.
¡Meterse a escribir un drama
Sin instrucción ni talento!
Con justicia el patio brama.
¿Se hace luego un drama mío
Y el silbato suena impío?
«¡Oh ignaro pueblo, insurgente!
Esto de la raya pasa.
¿Cómo el Gobierno consiente…»
Justicia, y no por mi casa.
¡Eh, pare usted,
Que echa abajo la pared!
¡Levantarse con el alba…
(Digo a usted que es fuerte empeño)
Y turbar con esa salva
De martillazos mi sueño!
Paciencia. Soy artesano.
Así mi sustento gano.
Y usted, vecino, el del coche,
¿Por qué el sueño a mí me tasa
Danzando toda la noche?
Justicia, ¿y no por mi casa?
¡Patria infeliz!
Se alza en vano tu cerviz
Libre del yugo tirano,
Origen de tantos vicios,
Si uno y otro ciudadano
No hace por ti sacrificios.
¡Reformas! ¡Vengan reformas!
Pues con ellas te conformas,
Cede de tu sueldo un poco;
Que la pecunia anda escasa.
¿De mi sueldo? ¿Está usted loco?
Justicia, ¡y no por mi casa!
¡La ley, la ley!
Ya no hay absoluto Rey.
¡La ley que al humilde ampara
Como a la alta dignidad!
Si Astrea tuerce la vara,
Peligra la libertad.-
Bien, bien; pero eso se entiende
Cuando a mí nadie me ofende.
¡Venirme a mí con Astreas
Cuando la ira me abrasa!
No son esas mis ideas.
¡Justicia, y no por mi casa!
Catálogo De Ridiculeces
Cuando era un pelafustán
Que mendigaba mi sopa
¡Cuál me estimaba Beltrán!
Mas hoy que con viento en popa
Por esa mar palaciega
Diplomático navega,
No me habla Su Señoría.
¿Y no quieres que me ría?
Dio gran cena don Clemente
Que, aunque insigne majadero,
Es gastrónomo excelente
Y tiene buen cocinero.
Sandeces dijo a millones,
Mas la turba de gorrones
¡Con qué fervor le aplaudía!
¿Y no quieres que me ría?
El vulgo estúpido piensa
Que es Blas un Licurgo, un Tales
Porque tiene entre cristales
Una librería inmensa.
¡Por vida del Cancerbero!
¡Si no sabe el majadero
Ni siquiera ortografía!
¿Y no quieres que me ría?
El hijo de don Facundo,
Que merecía una leva
Por zoquete y vagabundo,
En las tertulias se lleva
La universal atención
Porque baila un rigodón
Con destreza y gallardía.
¿Y no quieres que me ría?
Sin ser dueño de un ochavo,
Sin más talento que un roble,
Ni más coraje que un pavo,
Blasona don Gil de noble.
Dice bien: noble ha nacido.
¡Vaya! Está muy engreído
Con su rancia baronía.
¿Y no quieres que me ría?
Un tiempo anhelaba Roma
No más que pan y circenses:
Ópera, aunque no se coma,
Piden hoy los matritenses.
Sólo al músico se premia;
Que es ya en Madrid epidemia
De la solfa la manía.
¿Y no quieres que me ría?
A su mujer don Alejo
Tiene por una Susana,
Aunque muda de cortejo
Dos veces a la semana;
Y si alguno en lo más leve
A censurarla se atreve,
Sañudo le desafía.
¿Y no quieres que me ría?
De cincuenta años Inés
Con un mancebo se casa
Que ayer cumplió veintitrés.
Ridículo amor la abrasa,
Y porque es pingüe su dote
Piensa con tal monigote
Vivir siempre en armonía.
¿Y no quieres que me ría?
Él jura amor sempiterno
Cuando a Inés vende su mano.
¡Qué fenómeno! El invierno
Se casa con el verano.
Aún más. Llamándola bella
Diz que se casa con ella
Por amor y simpatía.
¿Y no quieres que me ría?
¿Y no quieres que me ría?
El amigo don Pascual,
Que exige de su consorte
Eterna fe conyugal,
Fruta muy rara en la Corte;
El pan y el amor le niega,
Y ora al garito se entrega,
Ora a torpe mancebía.
¿Y no quieres que me ría?
Juró amor en el terrero
Doña Isabel a don Bruno:
Otro tanto a don Antero
Le juró en el desayuno,
Y a otros dos en el teatro.
Pues la tienen todos cuatro
Por incapaz de falsía.
¿Y no quieres que me ría?
No sale Juana a la calle
Sin que admiren necios mil
La elegancia de su talle,
Su cabellera gentil.
Pues peluca y polisson
Se lo trajo un faetón
De París el otro día.
¿Y no quieres que me ría?
De su amiga Sinforiana
Dijo mil pestes Lorenza:
Tratola de ruin, villana,
Sin talento y sin vergüenza.
Vino luego, y la besó
Con tanto ahínco, que yo
Pensé que se la comía.
¿Y no quieres que me ría?
El hijo de un mal barbero
Hoy es un grande señor;
Por intriga, o por favor,
Que averiguarlo no quiero.
Ni un cuarto a su padre da;
Pero avergonzado está
De verle con la bacía.
¿Y no quieres que me ría?
El cínico don Trifón,
Que viste de lana burda
Y duerme en una zahúrda
Sobre un ético jergón,
Las onzas cuenta a millares;
En viñas y en olivares
Tiene media Andalucía.
¿Y no quieres que me ría?
Mira a aquel momio vejete
Tan galán como un Cupido,
Tan bailarín y aturdido
Como cualquier mozalbete.
Aun la quiere echar de potro
Con un pie y parte del otro
Dentro de la tumba fría.
¿Y no quieres que me ría?
Ese maldito usurero,
Que ciento por ciento gana,
Y por granjear dinero
Pondría en venta a su hermana,
Reza a san Pedro, a san Juan,
A san Cosme, a san Damián,…
A toda la letanía.
¿Y no quieres que me ría?
¿Don Luis? ¡Noble caballero!
¡Qué comedido! ¡Qué afable!
Mejor sujeto no es dable
Hallar en el mundo entero.
¿Sí? Pues, ahí donde le ves,
A dos gobiernos o tres
Ha servido ya de espía,
¿Y no quieres que me ría?
Ya está visto que este mundo
Es un continuo sainete.
No es filósofo profundo
Quien a enmendarlo se meje.
Por mi parte así lo entiendo;
Y pues a ninguno ofendo,
Déjame por vida mía,
Deja, Fabio, que me ría.
Mi Lugar
Cerca del Ebro caudal,
Linde del suelo navarro,
Y no lejos de tu falda,
Frío y estéril Moncayo;
Junto a la vega fecunda
Donde los muros se alzaron
De la inmortal Calahorra,
Patria del gran Quintiliano;
A la sombra de una peña,
Que desafía a los austros,
Se asienta la humilde villa
Do vi mis primeros años.
Quel es su nombre, harto pobre;
Bien que de dones colmado
A alguna ciudad soberbia
Honrar pudiera su campo.
Las claras ondas le bañan
Del fructífero Cidacos,
Cuyas plácidas riberas
Son de Castilla regalo.
Allí viciosa la grama,
De la oveja dulce pasto,
Crece en el valle frondoso
Y en el ameno collado.
Allí entre la mies dorada
Que agita Céfiro blando
La tímida codorniz
Repite su alegre canto.
Allí doquiera que vuele
La parda abeja zumbando,
Mil flores le abren su cáliz
En el monte y en el prado.
Minerva allí sus tesoros,
Allí sus delicias Baco,
Allí su copia Amaltea
Vierte con pródiga mano.
Llorando allí, como todos,
Salí del materno claustro;
Mas la risueña Talía
Me cobijó con su manto.
Dolida de mi orfandad,
Mi escudo ella fue y mi faro
Y mis vigilias premió
Con populares aplausos;
Y me dio, para escarmiento
De pícaros y de fatuos,
Sin la saña de Aristófanes
La férula de Menandro.
El Gato Y Los Ratones
«¡Cómo! ¡Un animalito
Que de su misma sombra tiene miedo
Te hace cuando le ves alzar el grito
Y casi desmayarte! ¡Ay Dios! No puedo
Mirarle sin horror y repugnancia.
Pues a mí me parece hasta bonito.
Lo creo, es proverbial tu extravagancia
Y pésimo tu gusto.
Que ese cargo es injusto,
Con haberte elegido por esposa
Harto lo pruebo, amable Sinforosa.
Ese requiebro insulso
No viene a cuento, y cuando yo repulso
Con razón a una inmunda sabandija,
Con defenderla tú me insultas. Hija,
Serénate. No quiero que el demonio
Perturbe por motivo tan ligero
La paz de nuestro dulce matrimonio.
Mandaré al carpintero
Que una alevosa trampa me construya
Donde, queso atrayéndole o tocino,
Cautivo caiga el animal dañino.
¡Bravo! ¡Lindo remedio es una trampa!
¿Piensas que es el ratón, en cuya estampa
He visto a Lucifer, solo en el mundo?
No; pero… ¡Sí, ya escampa!
No hay bicho más ladrón y más fecundo.
Mermada mi despensa
Harto atestigua su rapiña inmensa.
Poco, tomando bien tus precauciones,
Pueden mermarla tales musarañas;
Pero, ya que en su contra así te ensañas,
Guerra, ¡guerra de muerte a los ratones!
Dime tú (me someto a tu dominio)
Cómo conseguiremos su exterminio.
No hay cosa más sencilla: con un gato.
Justamente, sabiendo que me falta,
Me ofrecieron ayer uno de Malta.
Es taimado animal, pérfido, ingrato,
Y que traerá sospecho
Más daño a nuestra casa que provecho;
Pero, pues lo desea mi señora,
Venga el maltes cuadrúpedo en buen hora».
Así acabó la conyugal reyerta,
Y en aquel mismo día la consorte
Al huésped redomado abrió la puerta.
Humilde era en su gesto y en su porte,
Y el que ignorase cuánta es la falsía,
Cuánta la refinada hipocresía
De la gatuna raza,
Pudiera, sin lisonja,
A juzgar solamente por la traza,
Ponerle en parangón con una monja.
Durante una semana, y no cumplida,
Hizo su obligación el raticida.
Dos o tres parvulillos
De la grey roedora
Cogidos por su zarpa destructora
Dieron sabroso pasto a sus colmillos.
Y en dirección diversa
Pánico susto a los demás dispersa.
Pero el guardián goloso en una hora
Más que ellos en un mes hurta y devora.
Ítem, le abriga su ama en el regazo,
Y la mano süave
Con que ella le acaricia el espinazo
Él, que otro modo de halagar no sabe,
Señala con sacrílego arañazo.
Ítem, un día aprovechando el maula
El descuido de un fámulo que abierta
De un canario gentil dejó la jaula,
El voraz Micifuz, que estaba alerta,
Le destroza con ira de ostrogodo
Y se lo traga ¡oh Dios! con pluma y todo.
Ítem, enamorado de una gata,
Que en cuatro rivales
Reparte sus favores a prorrata,
Como hacen muchas damas principales,
No hay noche en que al tejado no se escape,
Y arma tal guirigay, tal zipizape,
Ora el amor le instigue, ora la furia,
Que al barrio escandaliza su lujuria.
Ítem, penetra un galgo en su vivienda
Que disputarle quiere la merienda.
Salta, huyendo del can, sobre una silla;
De allí a un aparador (¡momento aciago!)
De vasos todo lleno y de vajilla,
Y con horrendo estrago
La porcelana rompe y el cristal
Que costaron al amo un dineral.
Ahora bien, este apólogo prolijo
¿Qué nos enseña? Cáustica censura
Yo con él al resguardo no dirijo
Que fronteras y costas asegura;
Ni menos a la cauta policía,
Aunque tampoco haré su apología;
Mas sin que en ella dé crudo mordisco
Ni me ensangriente, ¡zape! con el fisco,
De mi sencillo ejemplo
Una verdad deduzco como un templo:
Muchas veces (perdóneme la ciencia)
El remedio es peor que la dolencia.
Cosas Vitandas
De una mujer zalamera
Que su amor quiera probar
Diciéndome sin cesar
«Consuelo mío, mi prenda»
Dios me libre y me defienda.
De fiarme en un chismoseo
Que, si hoy lo es en mi servicio,
Mañana su mismo vicio
Le hará también que me venda,
Dios me libre y me defienda.
De escuchar a un majadero
Mientras lo dan de cenar
Deletreando asesinar
De Cervantes la leyenda,
Dios me libre y me defienda.
De esos que apuestan por todo,
Y escupen por el colmillo,
Y hablan de onzas a porrillo
Con insolente fachenda,
Dios me libre y me defienda.
De creer yo que en la Corte,
Aunque allí todo es error,
De la pobreza el olor
A cien varas no trascienda,
Dios me libre y me defienda.
De dudar yo que en la guerra
Ganan muchos un balazo
Que les tronche pierna o brazo,
Y pocos una encomienda,
Dios me libre y me defienda.
Eso de ir por el atajo
Suele ser un desatino.
De dejar el real camino
Por la enmarañada senda,
Dios me libre y me defienda.
Aunque sean más hermosas
Que la diosa de Citeres,
De acompañar a mujeres
Cuando van a alguna tienda,
Dios me libre y me defienda.
De creer que un palaciego
Más que a la viuda llorosa,
Si es ojinegra y hermosa,
Al pobre inválido atienda,
Dios me libre y me defienda.
De imaginar que Tiburcio
Con leer sólo el Rengifo,
Como a hacer un logogrifo
A hacer poemas aprenda,
Dios me libre y me defienda.
De quererme enemistar
Jamás con un escribano,
O con alguacil villano
Que por venganza me prenda,
Dios me libre y me defienda.
De un criticón, cuya envidia
Contra mis versos le arme,
Y se empeñe en censurarme,
Tal vez porque no me entienda,
Dios me libre y me defienda.
Aunque mi padre le abone
Y un santo me lo aconseje,
De que otro me la maneje,
Si Dios me la da, mi hacienda,
Dios me libre y me defienda.
De creer que un jugador
Deje las cartas traidoras,
Aunque me haga a todas horas
Propósito de la enmienda,
Dios me libre y me defienda.
De dudar yo que es muy raro
Y merece eterna palma
El que tiene bella el alma
Teniendo la cara horrenda,
Dios me libre y me defienda.
De aprisionar el dinero
Por temor de infausta suerte
A riesgo de que la muerte
Sin gastarlo me sorprenda,
Dios me libre y me defienda.
De médico y boticario,
De hombre cominero y ruin,
De mujer que hable en latín,
Y de caballo sin rienda,
Dios me libre y me defienda.
Ristra De Verdades
¿Creéis que si alaba tanto
El versátil don Crisanto
A aquel grave mandarín,
Lo hace sólo con el fin
De conseguir un empleo?
Sí creo.
¿Creéis que el hombre que cuenta
Diez mil escudos de renta,
Al más bizarro galán
Desbancará sin afán
Aunque él sea tonto y feo?
Sí creo.
Aunque tan de moda está
El do, si, la, sol, mi, fa,
¿Creéis que puede un hidalgo
Por sí mismo valer algo
Sin entender el solfeo?
Sí creo.
Creedlo, que no es mentira:
Pronto por otra suspira
A cien leguas un amante,
Aunque jure ser constante
En uno y otro correo.
Sí creo.
¿Creéis que el necio de Fabio,
Aunque diga que le agravio,
Se llama en balde poeta
Porque hilvana una cuarteta
Cuando le inflama Lieo?
Sí creo.
¿Creéis que tanto rigor
No mostraría Leonor
Y muchas hijas de Adán
Si no fuera el qué dirán
Rémora de su deseo?
Sí creo.
¿Creéis vos que aquí y en Roma
No da mérito un diploma,
Ni talento un calepino,
Ni valor un pergamino,
Ni virtudes un manteo?
Sí creo.
¿Creéis que juega Luisillo
Con don Froilán al tresillo,
Porque es linda su mujer,
Y el truhán aspira a hacer
El papel de Cirineo?
Sí creo.
Aunque se ponga encarnada,
¿Creéis que en agua rosada
Se baña la zalamera,
Cuando al subir la escalera
Las ligas a Juana veo?
Sí creo.
¿Creéis que, excepto la olla,
Todo en el mundo es bambolla,
Y que más suele medrar
Quien mejor sabe engañar?
¿Lo creéis? —¡Oh! sí lo creo.
Laus Deo.
Crisis Ministerial
¿Qué hay en Madrid…, que no hay nada?
¡Cosa extraña! ¿Cómo es
que ha pasado entero un mes
Sin una triste asonada?
¿Cómo es que uno y otro bando…?
¡Chist!… Se está deliberando.
Se trata…, el asunto es serio,
De arreglar el Ministerio.
¡Qué lujo el de mi vecina!
¡Oh, si aquello es un encanto!
Pero el marido entre tanto
Aguanta, calla y se arruina.
Que en el gasto ponga tasa.
¿Cómo no arregla su casa?
¿Qué hace el buen don Eleuterio?
Arreglar el Ministerio.
Tremendo como un vestiglo
Grita allí don Baltasar:
«¿Aún hay quien quiera luchar
Contra el torrente del siglo?
¡Movimiento! ¡Propaganda!
No estoy por la gente blanda.
La llaga pido cauterio.
¡Que se mude el Ministerio!»
Otro sacristán de amén
Dice: «Mande Pedro o Juan,
¿Qué importa? ¿No es buen afán…?
Si todo va bien, ¡muy bien!
Y al cabo…, de todos modos…,
Para el nuevo y para todos
Guardáis el mismo criterio…
¡Quieto, quieto el Ministerio!
¡Oh! Usted viene de Palacio.
¿Qué se dice? ¿Qué se sabe?
¿Quién va a dirigir la nave?
¡Eh!… La cosa va despacio…
No obstante… Es de presumir…
Todo no se ha de decir…
En fin… Si no hay gatuperio,
Se arreglará el Ministerio.
Diz que la empleomanía
Es crónica enfermedad
Que en una y en otra edad
Aflige a la patria mía.
¡Bah! Pintar como querer.
¿Cómo lo puedo creer
Si en el hispano hemisferio
Hay vacante un Ministerio?
Y ¡vea usted! en el acto,
De la mañana a la tarde
Formaría Calomarde
Un ministerio compacto.
Cuando enmudece Castilla,
Y hay cepo, y horca, y cuchilla,
Y la ley pierde su imperio,
¿Quién no forma un Ministerio?
Pero ¿en el día? ¡Ya es obra!
Este no es buen orador;
A aquél le falta vigor;
Al de más allá le sobra.
¡Ni a la virtud más sublime
El ingrato pueblo exime
De su injusto vituperio
Si brilla en un Ministerio!
Bien sé yo que más de un tuno,
Mientras sea subalterno,
Si se le habla de gobierno
Dirá: el mejor es ninguno.
Y hay patriotas decididos
Que se juzgarán sumidos
En infame cautiverio
Mientras haya Ministerio.
Y en esa Puerta del Sol
Algún quídam se pasea
Que su heroísmo vocea,
Su amor al pueblo español,
Su alma generosa y pía,
Su ardiente filantropía;…
¡Y sería otro Tiberio
Si ascendiera al Ministerio!
Pero, pues es natural
Del público la impaciencia,
Yo me hago con su licencia
Órgano ministerial.
Sepa el curioso lector
Que en la Corte, salvo error,
Averiguado está ya
Quién el Electo será
Entre tanto Desiderio.
Ya se arregló el Ministerio.
En Alabanza De Silvia, Dama Granadina
¿Cuál de tus joyas, inmortal Granada,
Mayor sorpresa al caminante ofrece?
¿El áureo Darro que en tus muros crece,
O tu fecunda vega dilatada?
¿Será Generalife do encantada
Primavera sin término florece?
¿Será el claro Genil quien te envanece?
¿Será acaso tu Alhambra celebrada?
¿Será tu cielo plácido y sereno?
¿Será… Dímelo en fin, así en tus flores
No torne a solazarse el agareno.
Guarda, me dijo, admiración y amores
Silvia hermosa, que nació en mi seno
Para abrasar el alma a los pastores.
La Ocasión Perdida
¡Cuán sosegada duerme
La bella de mis ojos
Sobre la muelle grama
Bajo el nogal coposo!
¡Ay! ¿Osaré en sus labios
Como la grana rojos
Libar el dulce beso
Que ha de colmar mi gozo?
¿Si despierta y se ofende?…
Más temo yo su enojo
Que al águila rapante
El cándido palomo.
Mas cuando ayer le dije:
«Mi Filis, yo te adoro»
Su boca sonreía
Con ademán gracioso;
Y palpitó su pecho,
Y se encendió su rostro,…
Y lo advertía Filis,
Pues le ocultó en sus hombros.
¡Cuál besa sus mejillas
El lúbrico Favonio!
¡Cuán juguetón se mece
En su cabello blondo!
¿Y menos, ¡ay! que el viento
Será Damón dichoso?
Yo llego. Amor, tus alas
Cubran mi dulce robo.
Quizá no duerma Filis…
Quizá brinde a mi arrojo
Lo que jamás lograran
Mis ruegos amorosos.
Callad, alegres aves,
Delicia de este soto.
Para cantar mi triunfo
Guardad el blando coro.
Su murmurio suspenda
El cristalino arroyo;
Suspenda sus balidos
El olvidado choto.
Abeja que la amagas
Con tu aguijón ansioso,
¡Guarda, no la despiertes
Con tu zumbido ronco!
Vuela al rosal vecino;
Aparta, que a mí solo
El hijo de Ciprina
Reserva ese pimpollo.
Yo llegó… No. Pulsando
Su cálamo sonoro
De la colina al valle
Desciende Nemoroso.
¿Me mira? Sí. ¡Mal hayan
Sus importunos ojos!
¡Perezca su ganado
Presa de hambriento lobo!
Dijo; y la niña Filis
Quizá con más encono,
Aunque dormir figura,
Maldice a Nemoroso.
La Nochebuena
Cuando se celebra
El día mejor
Que al orbe anunciaron
Los rayos del sol;
Día en que resuelto
A morir por nos
Nació en un pesebre
Nuestro Salvador,
Todo fiel cristiano
Diga, en alta voz:
¡Alégrese el mundo;
Que ha nacido Dios!
Mas en este valle
Triste y pecador
Muchos se harán sordos
A mi exhortación,
Aunque con chicharra,
Zambomba y tambor
Graznen los muchachos
En discorde son,
Y aunque de la iglesia
Cante el facistol:
¡Alégrese el mundo;
Que ha nacido Dios!
Aquí donde todos
Rabian por turrón,
(Turronero dice
Quien dice español)
Todo el que lo tenga,
Siquiera por hoy;
(Tenerlo mañana
Es otra cuestión)
Dirá poseído
De santo fervor:
¡Alégrese el mundo;
Que ha nacido Dios!
Pero el que carezca
De esta confección,
Venga de Alicante
O venga de Alcoy,
Y sea de Tántalo
Segunda edición
Husmeando famélico
La Plaza Mayor,
Temo que no cante
En fa, en re ni en do:
¡Alégrese el mundo;
Que ha nacido Dios!
Tendrán gaudeamus
(Lo supongo yo,
Porque en tales días
La gula es feroz)
Todos los que vendan
Champagne y Bordeaux
Y anguila y besugo
Y pavo y capón,
Mostrando su gozo
Con este rondó:
¡Alégrese el mundo;
Que ha nacido Dios!
Y como hay regalos,
Y cada doctor
Ve su clientela
Crecer como arroz;
Porque es consiguiente
A tanto atracón
En cada familia
Un cólico o dos,
Los médicos…, ¡vaya!…
Votarán en pro.
¡Alégrese el mundo;
Que ha nacido Dios!
Es el aguinaldo
Sabrosa invención
Que al pobre desquita
De lo que ayuné;
Mas pide el cartero,
Pide el aguador,
Los repartidores…
¡Virgen de la O!
¿Dirá el saqueado
Por tanto gorrón:
Alégrese el mundo;
Que ha nacido Dios?
Pero con cuchara
De plata, o de boj;
Y unos con cascajo,
Otros con salmón;
Y sea de gorra
O por cuanto vos,
No hay quien no se exceda
De la colación,
Brindando con Yepes,
O Chateau Margó:
¡Alégrese el mundo;
Que ha nacido Dios!
Y afanoso el pueblo
Vuela de rondón
A la Cruz, al Príncipe,
Al circo de Paul,
Al Museo, et caetera,
Donde bonachón,
Admira un absurdo
Y aplaude una coz
Con una alegría
Que raya en furor.
¡Alégrese el mundo;
Que ha nacido Dios!
Y hay sus nacimientos
De estuco y cartón;
Y hay sandio que sólo,
Viendo aquel convoy,
En el buey y el mulo
Fija su atención;
Y al mirar la albarda
Exclama: ¡Ay dolor!
¡Qué bien me vendría
Para un paletó!
¡Alégrese el mundo;
Que ha nacido Dios!
Ya desde la cama
(Soy algo poltrón)
La misa del Gallo
Contemplando estoy,
En donde hay de todo
Menos devoción.
Al entrar ¡qué gresca!
Y dentro ¡qué horror!
Y al salir ¡qué zambra!…
El vino es atroz.
¡Alégrese el mundo;
Que ha nacido Dios!
Y en río revuelto
Gana el pescador.
Juan pierde la capa;
Perico el reloj;
Aquí de Rosita
Naufraga el pudor,
Y allá para ferias
Papá don Antón,
Te dará el diploma
De abuelo precoz.
¡Alégrese el mundo;
Que ha nacido Dios!
Pero el día es grande.
¡Que ruede el licor
Sin miedo a las penas
Que vengan en pos!
Y pues Cristo nace
Y tiembla Astarot;
Del Tajo al Danubio,
Del Ganges al Po,
Todo fiel cristiano
Cante en si bemol:
¡Alégrese el mundo;
Que ha nacido Dios!
Curiosa Y Verídica Relación
En un entreacto de un drama,
Parto de mi humilde ingenio,
Pasé yo desde el proscenio
Al camarín de la dama,
(Galante solicitud
Que a toda mujer halaga…,
Aunque alguna vez se haga
De necesidad virtud).
Yo, como hombre ya formal,
Y atento, y de buena fe,
Un cumplido improvisé
Con pujos de madrigal.
Y luego que, sin desliz,
(¿Soy yo acaso algún bodoque?)
Apliqué el felix utroque
A la mujer y a la actriz,
En conversación amena
Ella y yo y los concurrentes,
Departimos elocuentes
Sobre el arte de la Escena.
Quién, aborreciendo el yugo
De los clásicos preceptos,
Encomiaba los conceptos
De Dumas y Víctor Hugo;
Proscribía otro aristarco
A quien no sigue la huella
Del azote de Comella,
Moratín, alias Inarco;
Y otro reputaba a todos
Dignos de tan noble liza,
Lope, Schiller, Gorostiza,
Cimbros, lombardos y godos.
Alguien, con risita falsa,
Picó en la murmuración;
Que es fría conversación
La que no aviva esta salsa;
Y el estimulante ejemplo
Siguieron otros, por bulla,
Con tal cual donosa pulla
A los ausentes del templo.
Ni de colegas y hermanos
Ilesa quedó la fama;
Ni faltó algún epigrama
Contra Oriente y Jovellanos.
Yo, que veía algún riesgo
De pecar contra el Decálogo
Si así proseguía el diálogo,
Procuré darle otro sesgo.
Diserté sobre Cervantes,
Y noté que me escuchaba,
Cayéndosele la baba,
Uno de los circunstantes.
«Yo trato mucho a ese quídam,
Mas quién sea no recuerdo;
Que en punto a nombres soy lerdo
Y a docenas se, me olvidan».
Y tras de este soliloquio
Creo deber en conciencia
Hacerle una reverencia
Llámese Luis, Juan o Eustoquio.
Y el extraño personaje,
Que atento oía mi plática,
Con sonrisa muy simpática
Me devuelve el homenaje.
Luego que de hablar concluyo,
Yo, que tengo el vicio charro
De fumar, saco un cigarro…
¡Cata al quídam con el suyo!
Y encendidas a la par
Las cerillas subitáneas,
Fueron también simultáneas
Las bocas para chupar:
Toso, y tose aquel abanto,
Que instinto igual nos gobierna;
Cruzo pierna sobre pierna,
Y el prójimo hace otro tanto.
Como el tiempo estaba crudo,
Yo estornudo, y, a la vista,
En lugar de un ¡Dios te asista!,
¡Zas! me gira otro estornudo.
¿Quién vio, dije para mí,
Un simio de tal estofa?
Eso ¿es simpatía, o mofa?
Ese ¿es hombre, o maniquí?
Y fulmino al caricato
Fiera vista, airado zuño,
Y ya esgrimía mi puño
Retándole al pugilato.
Pero, de saña beodo
No menos que yo lo estaba,
También su actitud fue brava,
Conforme a la mía en todo.
Iba ya a pedirle cuenta,
Ardiendo en sed de venganza,
De aquella grosera chanza
Que era para mí una afrenta,
Cuando, ¡pecador de mí!
Veo que es mi efigie propia,
Que mudo un espejo copia,
La que me irritaba así.
Declaro a la reunión
El quid pro quo —soy sincero—
Y a todos, y a mí el primero,
Dio risa mi distracción.
Mas reflexionando un poco,
Bien que mayúscula fue,
Yo a mi modo la expliqué
Sin convencerme de loco.
Tiempo ha que no me deleitan
Los amorosos engaños,
Y enclenque, y con muchos años,
No me afeito ya; ¡me afeitan!
Esta cara nunca bella,
Hoy debe de ser fatal;
Por tanto, es ya muy casual
El tratarme yo con ella.
Si mal la corbata va,
Porque me la ato sin ver,
O la arregla mi mujer,
O se queda como está.
Exento, en fin, de livianos
Perfiles, sin ser adusto,
Conozco menos mi busto
Que el de muchos ciudadanos.
No por la fisonomía,
No, sino por la conciencia,
Aquella antigua sentencia
Nosce te ipsum decía;
Mas para que acabe en punta
Mi ya prolijo relato,
Permita el lector sensato
Que le haga yo esta pregunta:
¿Qué mucho si en los abismos
De su propio corazón
Tantos los mortales son
Que se ignoran a sí mismos,
Cuando en Madrid, ¡cosa rara!
Hay un trascordado viejo
Que la mira en un espejo
Y no conoce su cara!
Traducción De La Segunda Elegía De Tibulo
Dame vino, y que Lieo
Mis nuevas angustias calme,
Y mis párpados cansados
Apacible sueño embargue.
Dormir anhelo beodo:
¡No me despertéis, mortales!…
En tanto mi triste amor
Cesará de atormentarme.
¡Triste; que guarda al bien mío
Un Argos inexorable!
Duro cerrojo defiende
La su puerta de diamante.
Puerta que al amor te cierras,
¡Mala nube te maltrate!
¡Maldígate el alto Jove
Y a rayos te despedace!
¡Ay! no. Mis ruegos te venzan.
A mí, sólo a mí te abre;
Y en silencio…; no rechinen
Tus goznes, y me delaten.
Perdona las maldiciones
A un desesperado amante.
¡Plegue a los cielos, oh puerta,
Que sólo a mi frente alcancen!
Recuerda cuántas plegarias
Del labio mío escuchaste,
Y las guirnaldas floridas
Con que enlacé tus pilares.
Y tú, mi Delia, no temas:
Burla a tu guarda. ¿No sabes
Que al audaz protege Venus
Y abandona a los cobardes?
Por ella el mozo novel
Huella vedados umbrales,
Y las muchachas se mofan
De cerrojos y de llaves.
Del tálamo aborrecido
Aprenden a deslizarse,
Y de puntillas se huyen
Al seno de sus galanes.
Y ante el imbécil marido
De agudas señas se valen,
Y de los ojos emplean
El elocuente lenguaje.
El que aspire a tus favores,
Oh del amor blanda madre,
No por inercia o temor
En yermo lecho descanse.
No teman los amadores
Que los roben o los maten:
Seguros van; que es sagrado
Quien inciensa tus altares.
¿Qué a mí la escarcha en las noches
De Diciembre perdurables?
¿Qué a mí la lluvia prolija
Ni los recios huracanes,
Con tal que mi Delia amada
A abrirme la puerta baje,
Y, con el dedo en la boca,
A su regazo me llame?
¡Oh tú, varón o mujer
Que a mi lado pasas! ¡Guarte;
No me veas!; que sus hurtos
Ocultar a Venus place.
Ni me preguntes mi nombre,
Ni el pie con ruido estampes,
Ni con antorcha atrevida
Reconozcas mi semblante.
Si ya me has visto imprudente,
No se lo digas a nadie.
Jura por todos los dioses
Que nada ves, nada sabes.
¡Ay de aquel que me descubra!;
Que de procelosos mares
Venus le será nacida,
Tintos en hórrida sangre.
Ni fe le dará el marido;
Que una hechicera muy hábil
Me lo ofreció, y no hay ejemplo
De qué a sus promesas falte.
Yo he visto a su voz moverse
Las estrellas inmutables,
Y retroceder de un río
Los impetuosos raudales;
Y hender la tierra su canto,
Y evocar los yertos manes;
Y los huesos animar
Resto de llamas voraces.
Ora a sus ecos parecen
Las catervas infernales;
Con alba leche rociadas
Ora tornan a abismarse.
Ora del cielo enlutado
El torvo nublo deshace;
Ora en el estío ardiente
La nieve hibernal atrae.
Es fama que de Medea
Guarda las yerbas fatales,
Y que de Hécate ella sola
Domó los rabiosos canes.
En quieta noche le plugo
Con teas purificarme,
Víctima negra inmolando
Del Averno a las deidades.
Y diome mágicos versos
Con que a tu celoso engañes.
Basta cantarlos tres veces,
Y escupir cuando los cantes.
Y despreciará al chismoso
Que nuestro amor le declare;
Y dirá: «Soñando estoy»
Aunque en tus brazos me halle.
Mas no los cantes por otro;
Que los cantarás en balde.
Ciego es para mí tu dueño;
Lince para mis rivales.
Pues ¿no me dijo la maga,
¡Tan peregrina es su arte!
Que sus conjuros y yerbas
De mi amor pueden curarme?
Premio te pido, le dije,
No el fin de mi amor constante,
Y que jamás de mi Delia
Desterrar pueda la imagen.
Los Abusos
Al Señor Don José Musso Y Valiente
De política no hablemos.
Allá en sus altas regiones
Ventilen esas cuestiones
Los areópagos supremos,
Y plegue a Dios que las sillas
De Moscoso y Barrio Ayuso
Purguen al fin las Castillas
De tanto abuso.
Mas aunque un día su sala
Nos retire el Ser eterno
Y diga: «Tenga gobierno
La desventurada España»,
Al alcance de las leyes
Se ha de escapar, caro Musso,
Y al imperio de los reyes
Más de un abuso.
Y más de mil. Unos son
Cosecha de este país,
Y otros vienen de París,
de Roma, o de London.
De todos no haré pintura;
Que no quiero ser difuso,
Porque escribir sin mesura
Es un abuso.
Que no pueda un ciudadano
Sin ser mal visto en la Corte
Dar a su dulce consorte
En la escalera la mano,
Y venga muy satisfecho
Algún galancete intruso
A usurparle este derecho,
Es otro abuso.
Que aquí llamen elocuente
Al que charle por los codos
Y la historia de los godos
En cada sesión nos cuente,
Y las páginas de Francia,
Y las costumbres del ruso,
Y las glorias de Numancia,
Es un abuso.
Que la amable Micaela
Envíe esquelas sin tasa,
Aunque no quepa en la casa
Su crecida clientela,
Y sin haberse sentado
Salga a la calle contuso
El infeliz convidado,
Es otro abuso.
Esa cohorte de aleves
Poetastros Jeremías
Que salmodiando elegías
Me licean cada jueves,
Y abrir me harán una noche
Mi paraguas contra el uso,
¡Tal lloran a troche y moche!…,
Es un abuso.
Que relinche un animal
En el aria, que destruye,
Y suene cuando concluye
Palmoteo universal,
Cuando muy en hora mala
Avergonzado y confuso
Debe salir de la sala,
Es otro abuso.
Del público la sentencia
No seré yo quien resista.
Si me aplaude, Dios le asista;
Y si me silba, paciencia;
Mas que censure mi drama
Un curial torpe y obtuso
Que de milagro no brama,
Es un abuso.
Que don Blas el anticuario
Dado a sucias baratijas
Deje sin pan a sus hijas
Por hacer un monetario,
Y al de su mujer, que es guapa,
Prefiera el gesto de Druso
O el reverso de algún Papa,
Es otro abuso.
Que más de un espectador
Cuando una gracia resuena
Que el actor dice en la escena
Oyendo al apuntador,
Se la atribuya al farsante,
No al autor que la compuso;
Esto aquí y en Alicante
Es un abuso.
Y es abuso peligroso
La gracia de doña Flor,
Aunque es abuso mayor
La paciencia de su esposo;
Y aunque inocente, que al fin
El cielo así lo dispuso,
La nariz de don Joaquín
Es un abuso.
Y abuso es tener salud
Tanto bribón, tanto idiota,
Y que baile la gavota
Quien raya en la senectud;…
Y para acabar mi rima
Digo que en Madrid, incluso
El empedrado y el clima,
Todo es abuso.
Quien Bien Te Quiera
Decía el dómine
De mi lugar
Cuando zurraba
¡Cis, cis, zas, zas!…
Al niño rudo
Y al holgazán:
«A esto me mueve
Tu bienestar:
Así algún día
Sabio serás.
Quien bien te quiera,
Te hará llorar».
A cierto prójimo,
Seis días ha,
Un cirujano
De calidad,
¡Ay! una muela
Le fue a sacar…,
¡Y la quijada
Salió detrás! –
«¿Duele? No importa.
Ya pasará…
Quien bien te quiera,
Te hará llorar».
Cierto cuadrúpedo…,
(¿Lo acertarás?)
Tiene tal modo
De enamorar,
Que su infelice
Cara mitad
Si sus caricias
Llega a probar
Aturde a gritos
La vecindad.
Quien bien te quiera
Te hará llorar.
¡Y cuántos bárbaros
Maridos hay
Que como el gato
Suelen amar!
Mas si afligida,
Sin libertad,…
Se cansa alguna
De ser leal,
Común a entrambos
Será el refrán:
Quien bien te quiera
Te hará llorar.
¡Ay cuántos Hércules
Te abrazarán
Que con los brazos
Tiran a ahogar!
¡Y cuántos Judas
Te venderán
Dando, a tu rostro
Pérfida paz!
Tal es el mundo,
Joven Pascual.
Quien bien te quiera
Te hará llorar.
Yo, menos cándido,
Más ducho ya,
Tales cariños
Doy a Satán.
¿Quien bien te quiera
Te hará llorar?…
Miente el proverbio,
Miente: no hay tal.
Lo que yo digo
Sí que es verdad:
Quien bien te quiera…
No te hará mal.
Defensa De Las Mujeres
Es honrar a las mujeres
Deuda a que obligados nacen
Todos los hombres de bien.
Lope de Vega.
Mitad preciosa del linaje humano,
Triste Mujer esclavizada al Hombre,
Que tu escudo nació, no tu tirano;
Yo a defender tu mancillado nombre
Dulce a mi corazón, audaz me arrojo,
Bien que mi sexo indómito se asombre.
Tal vez me atraiga su temible enojo;
Que en tu defensa combatir no puedo
Sin cubrir a los hombres de sonrojo.
¡Oh! si mi bella con semblante ledo
Reconoce mi amor en mi poema,
Ni a todo un batallón le tengo miedo.
Mas ¡ay de mí si un crítico postema
Con indigesta pluma envenenada
A mis versos fulmina su anatema!…
¡Piedad, piedad! Sumisa, arrodillada
(¿Qué más quieres de mí?) pues no te ofende
Gracia pide esta sátira cuitada.
Tal vez en vano deleitar pretende.
No importa: sé indulgente, que harta pena
Tendrá su pobre autor si no la vende.
La Mujer ha nacido dulce y buena,
a recrear, a embellecer la vida
Como al campo la cándida azucena.
Si a los deberes falta inadvertida
De cariñosa madre y fiel consorte;
Si el virgíneo pudor acaso olvida;
¡Hombre severo! Si perdido el norte
A alguna ves que mísera naufraga
En el mar borrascoso de la Corte,
Tuya es la-culpa. Si el poder embriaga
De orgullo tus sentidos, al opreso
También sus grillos quebrantar halaga.
Hasta el insano tigre allá en lo espeso
Del arduo monte, y la feroz pantera
De tu barbarie culpan el exceso;
Que si ceban la garra carnicera
En la sangre del tímido cervato,
Dulces son a la dulce compañera.
Mas ¿qué admirar de ti cuando insensato
A la mujer inerme tiranizas,
Si ni al Hombre perdonas, Hombre ingrato?
De tu nombre el escándalo eternizas,
No la gloria, matando, destruyendo,
Jamás harto de sangre y de cenizas.
Y es suave a tus orejas el estruendo
Del infernal cañón, que el muro atierra,
Y de la alzada bomba el silbo horrendo.
Si una vez la ambición tu pecho encierra,
En saña vences al caudal torrente
Que el Noto arroja de la adusta sierra.
Mas ¿dónde voy? Del dios armipotente
Narrar no es mío el carro sanguinoso,
Ni Talía bufona lo consiente.
Así, bien que de cólera reboso,
Combatiré del Hombre la injusticia
En tono menos grave y ampuloso.
¡Oh tú, que tanto culpas la malicia
De tu pobre mujer!, ¿por qué primero
No culpas, di, tu sórdida avaricia?
Si tanto le escatimas el puchero,
Y comer es forzoso, ¿cómo quieres
Que tenga amor ni a ti, ni a tu dinero?
¡Qué tibios son de Venus los placeres,
Dijo allá in illo témpore un poeta,
Sin dulce Baco y regalada Ceres!
Tú, que apuras en vicios la gaveta,
Marido de una hermosa, ¿por qué exiges
Que penitente viva y recoleta?
Sin cesar la reprendes, y te afliges
Porque baila y se alegra; pero en tanto
Tu perversa conducta no corriges.
¿Y qué diré de ti, necio Crisanto,
Que con sesenta Eneros a la cola
Humillas tu cerviz al yugo santo?
¡Y con quién! Con Leonor, que campa sola
En gracias, en frescura y lozanía,
Y a quien tanto galán su pecho inmola.
¿Cuándo han vivido en plácida armonía
El suave nardo con el rudo espino,
El alegre con la noche fría?
¿Y no ha de renegar de su destino
Si recuerda que es joven, que es amable,
Y encuadernada vive en pergamino?
Compara tu braguero miserable,
Y tu rugosa frente ilimitada,
Y el asma que te aflige perdurable,
Con aquella cintura delicada,
Aquellas formas de beldad modelo,
Aquella tez brillante y sonrosada;
Y luego, si te atreves, clama al cielo,
Y acúsala de infiel y de perjura
Si sucumbe al amor de algún mozuelo.
«¿Era menos infausta mi figura
Cuando me unió, dirás, el sacro nudo
A su liviana y pérfida hermosura?»
¿Y no compraste escudo sobre escudo,
Respondo yo, la inicua tiranía
De su padre avariento y testarudo?
¿No la robó tu bárbara porfía
Al dulce amigo de su infancia tierna
Con quien dichosa y casta viviría?
O darse a ti, o clausura sempiterna:
¿Qué otro medio restaba a la infelice
Para aplacar la cólera paterna?
Llama sin tregua en el abismo atice
El tétrico Plutón al que de un hijo
La inclinación honesta contradice.
Lleve el diablo al decrépito canijo
Que no espera su término cercano
Tranquilo y sin bodorrio en su cortijo.
Y tú, lindo don Diego casquivano,
Que por salir de trampas y pobreza
Vendiste a doña Críspula tu mano;
Si porque el hado le negó belleza
La desprecias ingrato, ¿cómo extrañas
De su gruñir eterno la rudeza?
¿Se encuentran cada día esas cucañas?
¿No debes nada a tu mujer, que entero
Te consagras sin rienda a las extrañas?
«No se compra el amor con el dinero.
Por qué enlazarse a mí?» ¡Linda salida!
¿Te explicabas así cuando soltero?
¿Y aquello de mi amor, mi bien, mi vida?
¿Qué se hicieron los dulces madrigales
Do tu pasión pintabas desmedida?
«Rojos tus labios son como corales;
Nieve tu seno, que Cupido precia
Más que en Chipre su cuna de rosales.
«Ni Cleopatra famosa, ni Lucrecia
Te igualan en beldad, ni la traidora
Que tantos lloros arrancó a la Grecia».
Así hablaba tu boca engañadora.
¿Por qué es hoy a tus ojos una arpía
La que antes fue sirena encantadora?
«Que pague su orgullosa tontería.
¿Por qué no consultaba algún espejo,
Y hubiera visto en él que yo mentía?
»A un hombre de mi garbo y mi gracejo
Harto cuesta el llamarse su marido
Sin hacer el papel de su cortejo.»
Y acaso, dime, ¿la primera ha sido
Que hermosa se ha juzgado, o menos fea
A fuerza de adularla un fementido?
¿Es por ventura extraño que se crea,
Y más en la mujer, débil, sencilla,
Lo que el orgullo humano lisonjea?
¡Y cuántas veces el amor humilla
A una fea dichosa el Ganimedes
Admiración y hechizo de la villa!
¿Ni aun el consuelo a la infeliz concedes
De haber creído conquistar tu pecho,
Si no con su beldad, con sus mercedes?
¿Tan mal fundado juzgas el derecho
De una rica al amor de un pelagatos
Que no tiene ni viña ni barbecho?
Recuerda cuando andabas sin zapatos,
Y si un creso la sopa te ofrecía
Te tragabas hambriento hasta los platos.
«¡No se hubiera casado!» ¿Y qué sería,
Qué sería de ti, que tal profieres,
Si, pudiendo ser madre, aún fuera tía?
¡Ah! bien pudo nadar en los placeres
Sin gemir en amargo cautiverio;
Mas ¡oh suerte cruel de las mujeres!
Si del amor cedéis al dulce imperio,
Sólo el placer el Hombre se reserva:
Vuestro es el deshonor y el vituperio.
Pasa por gracia en la viril caterva
Lo que castiga cual atroz delito
En la mujer, su infortunada sierva.
No hay un freno que dome su apetito;
Que más aplauden al que más codicia
El lupanar, la crápula, el garito.
Y en tanto ¡cuál te oprime su injusticia,
Triste Mujer! Feroz si te condena,
Cocodrilo falaz si te acaricia.
¿Es mucho, pues, si de Natura suena
Dentro en su pecho la incesante aldaba,
Que anhele una infeliz nupcial cadena?
¿Y qué mujer de resistir se alaba
Al soberano amor? Su arpón maldito
A la hermosa, a la fea, a todas clava.
Y hoy que domina el interés precito
¿No ha de esperar que el oro la haga bella
Aunque sea una furia del Cocito?
¿De rabia no arderá como centella
Si es despreciada del marido injusto
Que sus derechos sacrosantos huella?
¿No ha de tenerle en sempiterno susto
Espiando al perjuro día y noche?
¿No ha de arañarle el entrecejo adusto?
¡No, que verá tranquila que derroche
Su hacienda en un burdel, y a una piruja
Querrá ceder el heredado coche!
¡Y tú la llamas deslenguada y bruja
Porque charla, y te aturde y desespera!
Hace bien en charlar; que no es cartuja.
Mas ¿cuál infame y cínica cohorte
A mis ojos parece?… ¡Ah vil canalla,
Escándalo y escoria de la Corte!
Ahora sí que saltar quiero la valla;
Ahora como la pólvora tronante
Mi cáustico furor arde y estalla.
¿Quién puede ver sin cólera a un tunante,
A su triste mitad poner en venta,
Del conyugal pudor vil traficante?
«Resista la mujer tamaña afrenta.»
¿Cómo podrá si su holgazán marido
La hace vivir desesperada, hambrienta?
Si en tanto algún ricacho corrompido
Con larga mano a su hermosura brinda
Ya el collar, ya el magnífico vestido;
Menos heroica que graciosa y linda,
¿Es mucho que por hambre o por despecho
Al pródigo magnate al fin se rinda?
Así el macizo artesonado techo
Que una gotera mina sin reposo
Al fin viene a caer roto y deshecho;
Así en el alto cerro pedernoso
Un año y otro la robusta encina
Al huracán resiste proceloso;
Y al fin la copa vacilante inclina,
Cruje el tronco tenaz, y al valle umbrío
Baja rodando en estruendosa ruina;
Así al oso feroz del Alpe frío
A fuerza de hambre y palos y cadena
Hace bailar el hombre a su albedrío;
Así a dormir con ruda cantilena
La serosa nodriza de Vizcaya
Los infantiles párpados condena;
Y tanto boga, sin hallar la playa
El desvalido párvulo en su cuna,
Que al fin duerme sin sueño o se desmaya.
¡Ay! en tanto que halaga la fortuna
A un gandul sin vergüenza, torpe, idiota,
Gime el talento y el honor ayuna.
¿No ha de sufrir la pública chacota
Un marido venal? ¿Por qué a ese reo
Sin honra ni pudor no se le azota?
¿Por qué ha de ser escudo el himeneo…
Mas silencio: mi pluma avergonzada
Se niega ya a pintar cuadro tan feo.
«Escuche usted, me dice un camarada:
Veamos cuál disculpa a la soltera.
El vengador de la mujer casada.
«¿Por qué Flérida esquiva y altanera
Me precia en menos que su mano hermosa,
Talle gentil y rubia cabellera?»
No la adulara tanto la enfadosa
Cuadrilla de babiecas que la hostiga,
Y frívola no fuera y vanidosa.
«¿Por qué si a tantos sin rubor prodiga
La blanda risa y la mirada ardiente,
Inés se llama mi constante amiga?»
Porque ya la ha engañado un pretendiente;
Y pues en todo el hombre da el ejemplo,
No es mucho que le imite… y le escarmiente.
«¿Por qué, si bien a Fílida contemplo,
Más humana la encuentra y más propicia
Quien lleva más ofrendas a su templo?»
¿Qué ha de hacer! De su padre la codicia
Al que suspira a secas no consiente,
Y al que regala, aplaude y acaricia.
«¿Por qué, si es cierto que Belarda siente
El amor que su boca me ha jurado,
En sus heladas cartas lo desmiente?
»Amor tan circunspecto y reservado
Es farsa, no es amor. ¿Por qué no imita
Mi volcánico estilo apasionado?»
Porque a la imberbe tropa hermafrodita
En el café no leas el billete,
Y la insulten después con su risita.
¡Mal haya el confitado mozalbete
Que por darse ridícula importancia
La opinión de una hermosa compromete!
Escuchadle contar, ¡oh petulancia!
Más victorias de amor, que de Belona
Ilustraron al héroe de Numancia.
Mirad cómo su lengua fanfarrona
A alguno cierto, que callar debiera,
Mil placeres soñados eslabona.
«¿Veis aquella que va por la carrera?…
Pues cierta noche hasta rayar el …»
¡Infame! ¡Y no ha pisado su escalera!
«¿Diréis que Petronila es una malva?
Pues me da cada lunes una cita,
Y el marido… ¡Infeliz! La fe le salva.»
¿Cuál de su lengua gárrula, maldita,
Aunque sea una santa se liberta?
¿Cuál no fue suya si nació bonita?
¡Ay desdichada joven si inexperta
Vencer te dejas del procaz lampiño!
¡Ay si le atranca tu virtud la puerta!
Que, muerto en breve su falaz cariño,
Tu honor es su juguete o su venganza,
Aunque sea más puro que el armiño.
Mas la florida edad de la esperanza,
Del placer, del amor rápida vuela,
Y a luengos pasos la vejez se avanza;
O bien el lindo rostro de Marcela,
Que fue portento ayer, hoy desfigura
Crudo tumor, aleve erisipela.
¡Y cuánta soledad, cuánta amargura
Guarda el hado cruel a la que llora
Marchita o jubilada su hermosura!
Si la rosa de Mayo encantadora
Del hombre esquiva la canosa frente,
Ciñe al menos oliva triunfadora.
Si en sus aras Amor no le consiente,
Temis le acoge, y próvida Minerva
Le brinda del saber la sacra fuente.
Si el crudo tiempo su vigor enerva,
Riquezas prodigándole y honores.
Del hambre y de la infamia le preserva.
Días ha que disputan los doctores
Si es justo o no que la Mujer se ciña
A mezquinas domésticas labores.
En buen hora se niegue a la basquiña
Regir la noble cátedra severa,
Blandir el asta y escardar la viña;
Pero al menos el Hombre ¿no pudiera
De algunas artes reservar el uso
A la pobre Mujer su compañera?
Todo lo abarca su poder intruso.
Tejedor es el Hombre, y cocinero,
Y sastre, que es el colmo del abuso.
¡Oh mecánico siglo chapucero!
¡Oh molicie del Hombre vergonzosa!
¡¡¡Yo he visto hacer calceta a un granadero!!!
Y porque anhela el título de esposa
Con ardor incesante una doncella
¿La censura tu lengua ponzoñosa?
¿Dirás que es liviandad si se atropella,
Por si otro más gentil no se aparece,
A escoger un marido indigno de ella?
¿Qué mucho si de un hombre se guarece,
Quien fuere sea, contra el hombre injusto
Que si no la persigue la escarnece?
¡Triste!… ¿No ha de temer el ceño adusto
Del que la juzga y manda soberano
Sólo porque ha nacido más robusto?
Bien con el corazón diera su mano
Al bello mozo que en secreto quiere,
Y no a su novio enclenque y chabacano.
Mas ¡ay, que en vano sin piedad la hiere
Del caprichoso amor la flecha aguda;
¡Que ha de arrancarla o despechada muere!
Su mal recata ruborosa y muda
Si movido por rara simpatía
Amoroso el doncel no la saluda.
El Hombre con descaro y osadía
Declara sus amores, pobre y feo;
A la hermosa de excelsa jerarquía.
No es dique la opinión a su deseo,
Y de una en otra hasta encontrar posada
Convierte el trashumante galanteo.
Mas en todo la Hembra infortunada
Contra su pecho para amar nacido
Nace a perpetua lucha destinada.
Legislador el Hombre empedernido
Ni aun el consuelo, ¡ay mísera! te deja
De elegir un tirano en un marido.
Así con el cetrino la bermeja,
La niña con el trémulo caduco,
La aguda con el fatuo se empareja.
¡Persiga Capricornio al mameluco
Que sin pasiones vegetar te manda
Cual si fueras de mármol, o de estuco!
«Bien; resignada estoy, dice Fernanda.
Ya del sexo opresor la ley recibo,
Aunque me dicta amor otra más blanda.
«Mas valga de mi rostro el atractivo,
Valga a adquirirme racional esposo
El laudable recato con que vivo.»
¡Inútil esperanza! Licencioso
Prefiere el Hombre al plácido himeneo
Celibato infecundo y vergonzoso.
Griego, romano, egipcio, persa, hebreo;
Todos honraban cuando Dios quería
El santo nudo que ultrajado veo.
Si alguno con culpable antipatía
Osaba desdeñarlo, era maldito,
Y en el desprecio y el baldón vivía.
Mas hoy se tiene a gala el sambenito.
«¿Casarme? dice Erasto, ni por pienso.
No caiga yo jamás en el garlito.
»Otro al ara nupcial lleve su incienso.
Libre quiero vivir, independiente;
Libre gastar mi patrimonio inmenso.
»No sea yo ludibrio de la gente.
No sufra yo, tras la mujer y el dogo,
Cuñado hambrón y suegra impertinente;
»Y una recua de primos… (¡yo me ahogo!…
Y ¡oh Dios! la ambigua prole venidera,
Y el comadrón, el ama, el pedagogo…
«¡Qué horror! Ya ¿quién se casa? Un calavera,
O el palurdo, si amaga alguna quinta
Que en morrión le transforme la montera».
Santo Himeneo, quien así te pinta,
Quien te denuesta así no tiene un alma,
O más negra la tiene que mi tinta.
Y cuando veo su insolente palma
Blandir al vicio ¿enfrenaré mi furia?
¿Veré su impunidad en torpe calma?
¿Hasta cuándo, ¡oh virtud! cual hija espuria
Te abnegará el ibero corrompido
Del Lete al Duero, desde el Miño al Turia?
¿Nada debes al suelo en que has nacido?
¿Nada a ti mismo por ventura debes,
Tú que el nombre escarneces de marido?
¡Hombre que al escuchar no te conmueves
De la natura el imperioso acento,
Feliz te llamas y a vivir te atreves!
No más hinchado prócer opulento
Compra el amor, sincero, don divino,
Que el piloto en el mar próspero viento.
Basta a alcanzar el oro alto destino,
Basta a lograr efímeros placeres,
Basta a rendir el muro diamantino;
Mas si algún corazón rendir quisieres,
Te ha de costar el tuyo; a menos precio,
Te afanarás en balde; no lo adquieres.
¡Ay miserable, miserable y necio!
El que compra lisonjas con el oro
Comprará la par su ruina y su desprecio.
Vendrá la senectud, y amargo lloro
Te ha de bañar el lánguido semblante,
Si hoy tal vez lo embellece tu tesoro.
No habrá una hiedra cariñosa, amante,
Que en abrigar se goce al tronco yerto
Lozano en otro tiempo y arrogante.
Muerto a ti mismo, a los placeres muerto,
El mundo que hoy no basta a tus antojos
¿Qué será para ti? Mudo desierto.
¿A quién entonces volverás los ojos?
¿Quién cubrirá de rozagantes flores
De tu vejez los áridos abrojos?
¿Quién vendrá a consolarte en tus dolores?
¿Quién besará tu mano, dulce fruto,
Dulce acuerdo de plácidos amores?
Y cuando pagues el fatal tributo
¿Quién cerrará tus párpados gimiendo?
¿Quién vestirá por ti fúnebre luto?
Así rasgada con horrible estruendo.
Pasa fugaz la nube veraniega
Entre granizo y rayos descendiendo;
Y ni una planta generosa riega;
Que al caer se disipa, no dejando
Vestigio de su tránsito en la vega.
Mas ¡cómo ciega al Hombre el vicio infando!
¡Cuántos la arrastran, ay! más ponderosa
La conyugal cadena desdeñando!
Arruina a Damis Lesbia, la Raposa,
Inmunda meretriz; y Damis fiero
Desprecia a Laura linda y virtuosa.
No quiere que al olor de su dinero
Algún pariente acuda; y el pazguato
Pariente viene a ser del pueblo entero.
Mucho cacarear su celibato;
Y obedece la ley de una buscona
Que ayer fue propiedad de un maragato.
Su corazón le ofrece la bribona;
Pero ¿qué corazón ni qué embeleco
Si ni aun manda absoluto en la persona?
Mírale al tonto pasear tan hueco
En soberbio landó con su manceba,
Que le burla después como a un muñeco.
¡Mira cuál le engatusa la hija de Eva,
Y cuán cara le vende su conquista!
¡Pobre caudal! El diablo se lo lleva.
¿Dónde hay repleto cofre que resista
Tanto gastar en fonda y coliseo
Y peluquero y tiendas y modista?
Cual si fuese la hacienda de un hebreo,
La tía de alquiler, el falso primo,
Todos entran a parte en el saqueo.
Así a la viña de su fruto opimo,
Lindera del camino, se despoja,
Si al paso cada cual corta un racimo.
¿Y a quién apiada luego su congoja
Si reducida su fortuna a cero
La ingrata Lesbia del umbral le arroja?
¿Quién no se ha de reír del majadero,
Del bagaje mayor que de este modo
Su juventud consume y su dinero?
«¿No es fuerte cosa, desde el sucio lodo
Do yace hundido, me dirá fulano,
Que en todo has de culpar al hombre, en todo?
«¿A mí me llamas cínico y liviano,
Y bagaje mayor, ¡sangrienta injuria!
Y estéril monstruo del linaje humano?
»¿Y acaso es una Porcia, una Veturia,
O más bien una torpe Mesalina
Quien vende su beldad a mi lujuria?
»Tu lógica es por cierto peregrina.
Porque estoy arruinado ¿soy culpable?
¡Pues, qué! ¿No peca más la que me arruina.
»¿Querrás tal vez el título de amable
Ganar entre las damas abogando
Por la ramera inmunda y despreciable?
»Y con la vieja infame que el nefando
Lenocinio ejercita ¿por ventura
Serás también caritativo y blando?
»No fuera tal del hombre la locura
Si mercenaria la mujer no fuera.
Más bendiciones echaría el cura.
»Cierto que mueve a lástima Glicera
Linda y graciosa, sin hallar marido,
Consumir su galana primavera;
»Mas ¿qué mucho si un joven aturdido
A la adusta Glicera recatada
La fácil Araminta ha preferido?
»¿Quién no coge la poma sazonada
De rama dócil que su mano toca
Mejor que de alta copa enmarañada?
»¿Qué marinero con audacia loca
Cuando le brinda la amigable arena
Se va a estrellar en la erizada roca?
»¿Quién si la rubia miel puede sin pena
Gustar en libre mesa, quién la busca
expensas de algún ojo en la colmena?
»¡Vate mordaz! ¿Qué vértigo te ofusca?
Contra tu mismo sexo ¿quién te mueve
A escribir una sátira tan brusca?
»Eso faltaba a la Mujer aleve
Para colmar su orgullo. ¡Ah! quien la apoya
Caiga en sus lazos; sus engaños pruebe.
»Acuérdate de Elena. ¡Linda joya!
Ella fue de su patria horror y estrago;
Ella ardió los alcázares de Troya.
»Fíate, necio, de amoroso halago;
Patrocina y elogia a las mujeres;
Temprano o tarde te darán el pago.
»Dones lleva a la diosa de Citeres;
Leda con una mano los recibe,
Y con otra envenena tus placeres.
»¡Dichoso quien a tiempo se apercibe
Contra el sexo falaz y más dichoso
Quien sin amor y sin mujeres vive!»
¿Has dicho? Óyeme ahora; que celoso
A mi defensa vuelvo y a mi ataque,
Homenaje debido al sexo hermoso.
Quizá ya el triunfo cantarás muy jaque;
Mas basta a evaporar tu vanagloria,
No digo yo, cualquiera badulaque.
¿Qué vale recordar la añeja historia
De la hermosa Tindárida funesta?
Sólo pruebas con eso tu memoria.
Citar mujeres mil poco me cuesta
De castidad y de valor modelo;
Mas no es del caso erudición molesta.
Ni cubre mi razón tan denso velo
Que a todas las disculpe. ¡A buen seguro!
Muchas son el oprobio de su suelo.
Mas para alguna que rompiendo el muro
De la austera opinión al torpe crimen
Guiar se deje por conato impuro,
¡Cuántas el hambre déspota redimen
Con su indefenso honor! ¡Cuántas, ay! Cuántas
de artera seducción víctimas gimen!
Censor injusto que de ver te espantas
De Isaura la flaqueza, ¿acaso ignoras
Que el lloro de Damón bañó sus plantas?
Las palabras recuerda engañadoras
Que insidiaron su cándida inocencia,
Las elocuentes cartas seductoras.
Viérasle de su amor en la demencia
Jurar por el divino firmamento
Consagrarla por siempre su existencia.
Viérasle cuán solícito y atento
Sus más leves caprichos prevenía,
Y así velaba su traidor intento,
Y gimiendo a su lado noche y día
Cuán rendido ensalzaba su hermosura,
Su ingenio, su donaire y bizarría.
Así entre gayas flores y verdura
Se oculta el áspid y en manjar sabroso
La ponzoña vertió mano perjura.
No de otra forma el piélago espumoso
Con mansas olas el fatal bajío
Al marinero cubre cauteloso.
¡Ah! ¿Qué no inventa el corruptor impío
Hasta que el triunfo bárbaro asegura,
Que olvida luego con cruel desvío?
Ora baña su rostro de dulzura,
Diestro camaleón; ora abismado
En el dolor lo finge y la amargura.
Viérasle, en fin ante el objeto amado
Con mentido furor el hierro agudo
Convertir a su seno depravado.
Débil Mujer, en el combate rudo
Do a par de la natura el hombre lidia,
¿Qué Palas te defiende con su escudo?
Nutrida en la ignorancia, en la desidia,
Y tierna más que el Hombre y amorosa,
¿No ha de vencer del Hombre la perfidia?
Así en torpe ramera escandalosa
La seducción convierte a quien sin ella
Tierna madre sería y fiel esposa.
Así, Clori infeliz, tu frente bella
Do celestial pudor resplandecía
Marchita el vicio y la ignominia sella.
Aquella que en inmunda mercancía
Torna el amor, decrépita rufiana,
Aún llora de un amante la falsía.
Nunca la hubieran en su edad lozana
Con pérfidas lisonjas seducido;
Y ahora sería respetable anciana.
¡Ay! después que una mísera ha perdido
La buena fama, su mayor tesoro,
¿Qué asombro si el pudor lanza al olvido?
Sin apiadarse de su ardiente lloro
Hoy lenguaz la deshonra el embustero
Que ayer la repetía: yo te adoro.
«De la virtud, respondes, al sendero
Puede tornar. Si el Hombre se lo niega,
Dios le dará el perdón, menos severo.»
¡Saludable moral más que a la vega
El fecundo rocío!, aunque en la boca
De un botarate lúbrico no pega.
Mas tu ejemplo al desorden la provoca.
¿Y por qué llamas hoy crimen horrible
Lo que llamaste ayer una bicoca?
La que ayer, a tus lágrimas sensible,
De gracia fue raudal y de delicias
¿Infame ha de ser hoy y aborrecible?
Hoy no vendiera Lola sus caricias
Si no la despreciase el insolente,
Que robó a su hermosura las primicias.
Y no es menos ludibrio de la gente
La que al vicio aprendido se abandona
Que aquella que lo llora y se arrepiente.
¿Qué digo? Despreciada se arrincona
La que siente pesar de su flaqueza,
A la relapsa la opulencia abona.
Perdió a Dorila su gentil belleza.
Pues otro bien no tiene, ¿será extraño
Que con ella conjure la pobreza?
Ya me replicas tétrico y huraño
Que eso de traficar con la hermosura
Causa a la sociedad inmenso daño.
Sí; mas viviendo mísera y oscura
¿Por qué a la sociedad ser inmolada,
Que la arroja de sí como basura?
Ni premio espera la mujer honrada,
Que entre los hombres vive como ilota,
Ni socorro y piedad la descarriada.
A tu lengua mordaz el filo embota,
Pues, si no seductor, cómplice fuiste,
Y no la imprimas indeleble nota.
El poder con que el hado te reviste
Templa tú con la plácida indulgencia;
Y harto será si tu poder resiste.
Si el saber y el valor fueron tu herencia,
De la Mujer son dotes la ternura,
El candor, la piedad y la paciencia.
No ve el rostro a la negra desventura
El que de una mujer amado vive
Que de sus males temple la amargura.
La Mujer en su seno te recibe,
Y a tu labio infantil el pecho ofrece
Do el almo néctar sin descanso libe.
No la aurora tan próvida amanece,
No a serenar el hórrido nublado
Tan halagüeño el iris aparece,
Cual su labio amoroso y regalado
Sonriendo saluda al caro dueño
Cuando a sus lares torna fatigado.
Ella, a olvidar el enconado ceño
De su estrella enemiga, le previene
La limpia mesa y el tranquilo sueño.
El cielo dio a su acento que resuene
Grato y consolador, y que a tu ira,
Hombre feroz, los ímpetus enfrene.
La Mujer con el mísero suspira,
Y mano tiende al pobre bienhechora
Como el Hombre impasible la retira.
Su mirar enternece y enamora,
Y su sonrisa el alma lisonjea
Como las auras al dosel de Flora.
Mientras el Hombre bárbaro pelea;
Mientras de acero la discordia insana
Arma su diestra o de encendida tea;
Sobria, dulce, benéfica y humana,
Paz amorosa la Mujer ansía,
Fuente de dichas que incesante mana.
Y en los altares fervorosa y pía,
Cuando el Hombre los huye pervertido,
Preces al Alto por el Hombre envía.
Ni, bien que débil gima y abatido,
Al eco de la patria, de la gloria
El sexo del amor cierra su oído.
¡Cuántas ganaron inmortal memoria
En los campos de Marte y a su frente
Ciñeron el laurel de la victoria!
Ni labio luminoso y elocuente
A la Mujer negó Naturaleza,
Y claro ingenio y fantasía ardiente.
No es patrimonio suyo la rudeza,
Como pretende el Hombre; que el talento
Bien se sabe hermanar con la belleza.
Mas no ya a la Mujer como portento
De gracia y de virtud el Hombre estime:
Sólo su compasión mover intento.
Duélete, sí, de la Mujer que gime,
Por nacer menos fuerte, condenada
A adular al tirano que la oprime.
Aún por el mismo amor atormentada,
En tutela infeliz desde la cuna
Vivir la mira hasta la tumba helada;
Y en soledad austera la importuna
Existencia arrastrar; y al hombre avaro
Los favores ceder de la fortuna.
Cual rota nave, si luciente faro
El puerto no le enseña en noche umbrosa,
La cuitada perece sin tu amparo.
Contempla que madrastra rigorosa
Le envía en cada gozo mil dolores
Natura, para ti madre amorosa.
Contempla en fin los negros sinsabores
Que por tu causa sin cesar padece,
Y si la has de ultrajar no la enamores.
Basta; que ya mi sátira te escuece.
Si en vano corregirte me prometo,
Confiésame a lo menos que merece
Más amor la Mujer y más respeto.
Epigrama XI
Dejome el Sumo Poder,
Por gracia particular,
Lo que había menester:
Dos ojos para llorar…
Y uno solo para ver.
La Mejor Gala De Abril
Del ledo Manzanares
En la galana orilla
«Entre olorosos céspedes
La tierna yerbecilla
Pace el cordero cándido,
Y con balido trémulo
Saluda a la aurora del plácido Abril.
La vid enamorada
Al olmo fiel asida
Tiende los verdes pámpanos
Sobre la copa erguida;
Y entre sus brazos lúbricos
Retoza el blando Céfiro
Nuncio delicioso del plácido Abril.
Y en el jardín ameno,
Y en el risueño prado
Abren las flores vírgenes
El seno embalsamado.
Brota la espiga próvida,
Y el impaciente agrícola
Entona loores al pródigo Abril.
De Progne ya resuena
El canto apetecido
Que en torno gira rápida
Del amoroso nido,
Y el ruiseñor armónico
En los gigantes álamos
Con dulce gorjeo bendice al Abril.
No empero el corderillo,
Ni la vid tortuosa,
Ni el Cefirillo alígero,
Ni la encarnada rosa,
Ni la espiga benéfica,
Ni los alegres pájaros
Subliman la gloria del plácido Abril.
Tú, mi gentil Rosana;
Tú, que a Venus afrentas,
Y hasta el paterno piélago
Con tus gracias la ahuyentas;
Tú, pastora bellísima,
De tantas almas ídolo,
Tú eres la gala más linda de Abril.
Reputaciones Fáciles
Dice un refrán (¡qué patraña!)
Que todo el mundo es país.
¿Dónde ha visto usted, don Luis,
Un país como la España?
Basta aquí un poco de maña
Para adquirir un varón
Universal opinión;
Que en el suelo castellano
Ya no distingue un cristiano
El pepino y el melón.
Gran pera, enorme mostacho,
Voz que atruene el hemisferio,
Guerra a todo ministerio…,
Si yo no entro en el Despacho;
Llamar brillante muchacho
Al que raja y alborota;
Acusar de vil feota,
Aunque sea buen patricio,
A todo el que tenga juicio;…
Y cáteme usted patriota.
Leer sin meditación
Las obras de Víctor Hugo,
Jamás doblegarse al yugo
Del gusto y de la razón,
Dar una ruin traducción
Por obra de mi chabeta,
En una insulsa cuarteta
Hacer gala de cinismo,
Loarme en fin a mí mismo;…
Y cáteme usted poeta.
Tenga yo mesa abundante
Que ofrecer a los gorrones;
Las torpes adulaciones
Pague en dinero contante
Del que mis gracias aguante.
Mientras sea dadivoso
No hay miedo que malicioso
Nadie con pullas me pinche,
Y aunque yo ladre y relinche,…
Cate usted que soy gracioso.
Tenga yo mucha osadía
Con el flaco y el caído,
Hable fuerte y haga ruido…
Cuando esté con compañía,
Cuente como hazaña mía
La hazaña de algún pariente,
Pague a un chulo el aguardiente
Porvidando a troche y moche,
Rompa faroles de noche;…
Y cáteme usted valiente.
Tenga yo mujer bonita
Entrometida y buscona
Para estarme en la poltrona
Mientras por mí solicita;
Si alguien la fama me quita
No me dé pena ninguna;
Que si labro mi fortuna
Todo es un grano de anís;…
Y cáteme usted, don Luis,
En los cuernos de la luna.
Dimisorias A Una Dama
Tanta es, niña, mi ternura,
que no reconoce igual.
Si tuvieras un caudal
comparable a la hermosura
de ese rostro que bendigo,
me casaría contigo.
Eres mi bien y mi norte,
graciosa y tierna Clarisa,
y a tener tú menos prisa
de llamarme tu consorte,
pongo al cielo por testigo,
me casaría contigo.
¿Tú me idolatras? Convengo.
Y yo, que al verte me encanto,
si no te afanaras tanto
por saber que sueldo tengo
y si cojo aceite o trigo,
me casaría contigo.
A no ser porque tus dengues
ceden solo a mi porfía
cuando, necio en demasía,
para dijes y merengues
mi dinero te prodigo,
me casaría contigo.
A no ser porque recibes
instrucciones de tu madre,
y es forzoso que la cuadre
cuando me hablas o escribes,
o me citas al postigo,
me casaría contigo.
Si cuando solo al bandullo
regalas tosco gazpacho,
haciendo de todo empacho,
no tuvieras más orgullo
que en la horca don Rodrigo,
me casaría contigo.
Si después de estar casados,
en lugar de rica hacienda,
no esperase la prebenda
de tres voraces cuñados
y una suegra por castigo,
me casaría contigo.
Si, conjurando la peste
que llorar a tantos veo,
virtudes que en ti no creo,
de cierto signo celeste
me pusieran al abrigo,
me casaría contigo.
Dios Sobre Todo
Verdades a troche y moche
Fulmina Juan a cualquiera,
Ya vaya a pie o tenga coche;
Mas, aunque tanta virtud
Confusa mi alma venera,
¿Prosperará de ese modo?
Dios sobre todo.
Si alguno le mira y ríe
Se enciende Claudio en furor:
Fuerza es que le desafíe,
Porque mirar a un valiente…
¿Y no merece mejor
De temerario el apodo?
Dios sobre todo.
Ese nuevo potentado
Que, gracias a su mujer,
Hoy se ve tan entonado,
Si llega un triste a su puerta,
¿Se acordará de que ayer
Arrastraba por el lodo?
Dios sobre todo.
¿Piensas tú que don Valerio,
Cuando este mundo mezquino
Es un puro gatuperio,
Aunque pueda acreditarlo
Con añejo pergamino,
Viene de linaje godo?
Dios sobre todo.
¿Qué fin se propone Rita,
Moza de garbo y salero,
Cuando servir solicita,
Y no hay en la Corte casa,
Sino es de señor soltero,
En donde encuentre acomodo?
Dios sobre todo.
Aquel administrador
Su plata mide a quintales.
¡Qué opulencia! ¡Qué esplendor!
¿Le cayó la lotería;
O bien en las arcas reales
Metió la mano hasta el codo?
Dios sobre todo.
¿Serán dinero contante
De un ministro la sonrisa,
Los cuentos de un navegante,
Los suspiros de un poeta,
Las lágrimas de Belisa,
Las promesas de un beodo?
Dios sobre todo.
El Brasero
Dirán que soy friolero;
Que soy un cierzo, un Enero;
Pero
Júrole a usted por mi honor
Que no hay un mueble mejor
Que el brasero.
Si el termómetro requiero,
Apunta dos bajo cero;
Pero
Del termómetro me río;
Que me preserva del frío
Mi brasero.
Si está el carbón muy entero,
Me da un tufo que me muero;
Pero
Se echa un cuarto de alhucema
Y no hay quien el tufo tema
Del brasero.
Fama cual otros no espero
Revolviendo el mundo entero;
Pero
Me bebo alegre una azumbre
Mientras revuelvo la lumbre
Del brasero.
Asando estoy con reposo
En las ascuas un hermoso
Pero,
Mientras se quema una pata
Y huye bufando la gata
Del brasero.
No tengo un gran cocinero
Ni mesa del alto clero;
Pero
Como a gusto en la tarima
Que suelo poner encima
Del brasero.
Es mueble antiguo, somero,
De mal tono, chapucero;
Pero
A toda la vecindad
Me reúne en sociedad
El brasero.
La chimenea ya infiero
Que da mayor reverbero;
Pero
Inspira más confianza,
Más intimidad la usanza
Del brasero.
Es el pudor muy severo
De la muchacha que quiero;
Pero
¡Qué delicia! Alza la ropa
Por no quemarla en la copa
Del brasero.
Y aguarda, que en el tintero
Me dejo el más lisonjero
Pero,
Los hurtillos que consiente
La camilla confidente
Del brasero.
El Baile
Diz que inventaron la danza
La alegría y el amor,
Y que tal vez la inocencia
Tuyo parte en la invención,
Cuando eran los hombres tales
Como el cielo los crió,
Y nadie osaba enmendar
La plana al sumo Hacedor;
Mas la sociedad moderna
De otra forma lo ordenó
Creando del baile serio
La singular locución.
Es cierto que de la danza
Arte bello se formó
Que un Vestris y una Taglioni
Hicieron encantador;
Y aunque no faltan filósofos
Que miren con irrisión
Un arte en que al hombre igualan
El perro, el oso, el jocó;
Y no pueden tolerar
Que se llame profesor
Quien tiene el alma en las corvas
Y el ingenio en el talón,
Ya a los públicos teatros
El arte se refugió,
Y a la ambulante maroma
De algún italiano histrión.
Y el baile de sociedad
¿Merece este nombre? No,
Bien que lo llamen así
Los tontos de profesión.
Lo que fue danza animada
Insulsa parodia es hoy,
O ridícula fatiga
Sin placer ni diversión.
¿Qué es ver ochenta figuras
Frente a frente y dos a dos
Como autómatas moverse
Sin espíritu y sin voz?
¿Qué inspiran a los sentidos,
Qué anuncian al corazón
Cojeando la mazurca,
Galopando la galop?
¿Qué sustancia, don Remigio,
Saca usted de un rigodón
Arrastrando el pie dengoso
Ora delante, ora en pos?
¡Miradlos! Ellos y ellas,
Más serios que un facistol,
Danzan como si danzaran
Así,… de orden superior.
Apenas el aire agita
La leve falda de gro,
O de un zanquilargo fraque
El escurrido faldón.
Si Laura te da una mano,
Lo hace… por amor de Dios,
Y con guante, y de los cinco
Tres dedos sisa el pudor.
Si ella te abraza, es mentira:
Vas tú a abrazarla y ¡voló!;
Que te esquiva la cintura…
Por guardar el polisson.
La destreza es de mal tono,
El regocijo, ¡fi donc!;
La ala está en el desdén
Y en el fastidio el primor.
Y esos que por tal bobada.
Sin piedad de su pulmón,
Perdidos tiempo y hacienda,
Vuelven a casa con sol,
Antes que hombres y mujeres
Parecen en el salón
Santos de tontería
O muñecos de reloj:
Y luego pregunta Carlos
A la hermosa Leonor:
«¿Qué tal en casa del Conde?
¡Gran baile! ¡Gran reunión!
»¡Sí, magnífica!, contesta
La dama. Tengo una tos…
Usted se divertiría
Mucho… —Nada: no, señor.
»Yo me aburrí, pero tengo
La dulce satisfacción
De poder asegurar
Que me aburrí comm’ il faut».
¡Tal presente nos ha hecho
La extranjera ilustración,
Y el prurito de la moda
A tal extremo llegó!
Tales bailes no me den;
Que no entiendo, voto a brios,
Cómo pueden asociarse
La danza y el mal humor.
Denme el brioso bolero,
Y la jota de Aragón,
Y el fandango saleroso
Y el polo jaleador;
Y aunque sirva de sarao
La cocina de un mesón;
Y mas que cuelguen candiles
Y espejo sea un perol;
Y mas que en humilde poyo
Suplan con rasgado son
La guitarra y la bandurria
Al oboe y al fagot.
¡Y alegría, pese al diablo!
¡Y vaya otro trago, Antón!
¡Y brinco que cante el credo!
¡Y que se muela el arroz!
Y la mano, sea mano,
Y en lo que fuero razón
No le anden con regateos
A ningún hombre de pro;
Y haga Juana otra cabriola,
Y mas que sea una coz;
Y sepamos si esa liga
Es verde o de otro color.
Esto será de mal tono,
Y vulgar, y ¿qué sé yo…;
Pero es fruta de mi tierra,
Y yo soy muy español.
Odio A La Sujeción
¡Ea, no quiero, tía!
¡El diantre de la rueca!
¿Siempre he de estar hilando?
¡No es mala impertinencia!
Dejadme que me ponga
La saya de franela
Que hogaño el tío Bartolo
Me trajo de la feria.
Dejadme al aire libre
Triscar por la pradera;
Que de chupar estopa
Me voy quedando seca.
Dejadme que tañendo
Mi linda pandereta
Cabe el arroyo cante
La jacarilla nueva.
Si no es que los donceles
Por adularme mientan,
En gracia y en donaire
No hay una que me venza.
Ayer me dijo Tirso:
«¡Lástima de mozuela
Perdida en los tizones
De rancia chimenea!»
Y dice bien. Quince años
Cumplí por la cuaresma.
Bullendo está mi sangre;
Saltando de las venas.
¿Teméis que me requiebren
Los mozos de la aldea?
Dejadlos. No hay peligro
Que en público me pierda.
Peor será que alguno,
Si amor me desespera,
A media noche salte
Las tapias de la huerta.
Que a las niñas… (anoche
Lo dijo la tendera)
Inútil es guardarlas
Si no se guardan ellas.
Hilando, no hay remedio,
Voy a caer enferma.
Dejadme de mis años
Gozar la primavera.
Cuando al invierno llegue…
Como vos; cuando vea
Arrugas en mi cara,
Canas en mi cabeza;
Entonces, sin cuidarme
De amor ni panderetas,
Lo juro, de las manos
No soltaré la rueca.
El Aguinaldo
Estoy frito, estoy en ascuas
Con tanto «¡Felices pascuas!»
Y con tanta socaliña.
Gente rapaz e indiscreta,
Basta ya de rebatiña,
O por vida de poeta
Con una sátira os baldo.
¡Reniego del aguinaldo!
Pedigüeño que me dices:
«¡Felices pascuas, felices!»
¿Cómo quieres que las tenga
Si con tarjetas los unos,
Los otros con una arenga,
¡No me dejáis, importunos!
¿Para una taza de caldo?
¡Basta, basta de aguinaldo!
Pedid al que emplea en fincas
Todo el oro de los Incas
Ganado ¡Dios sabe cómo!
Pedid al que era de un duque,
No hace mucho, mayordomo,
Y hoy puede fletar un buque
Con el importe del saldo.
¡Reniego del aguinaldo!
Andad con esa molienda
A algún ministro de Hacienda,
O al insaciable asentista,
O al palaciego intrigante,
O a un vista… corto de vista;
Pero ¿a un poeta… y cesante!…
¡Por vida de san Romualdo!
¡Basta, basta de aguinaldo!
Al aguador, santo y bueno,
Y al criado y al sereno;
Que estos al fin, bien o mal,
Me sirven; mas ¿que me pida
Para turrón, ¡pesia tal!
Una vergonzante Armida
De quien yo no soy Reinaldo?
¡Reniego del aguinaldo!
Repartidores perversos,
¿A qué me venís con versos
Si yo los tengo de sobra?
Con mano airada y convulsa,
Si volvéis a la maniobra,
En cada décima insulsa,
Una maldición respaldo.
¡Basta, basta de aguinaldo!
El Quevedo, y el Diario,
Y el Arpa y el Semanario…
¡Santo cielo, qué reata!
El Panorama español…
Dilín, dilín… ¡La Postdata!
—¿Otro? ¡La Revista!… ¡El Sol!…
¡Mis sobrinos!… ¡El Heraldo!…
¡Reniego del aguinaldo!
¡No cesa la campanilla!
Me fugaré de la villa
Si esto en Madrid se consiente.
¡Por Dios, por Dios, respetad
El mísero remanente
De mi escasa propiedad,
O me quejaré a Basualdo!
¡No más, no más aguinaldo!
El Amante De Todas
Me enamoran los ojos de Filena,
Y de Clori la túrgida cintura;
En Rosana me hechiza la blancura,
Y Anarda me cautiva por morena;
El talento de Elisa me enajena;
Me embelesa de Inés la travesura,
Y aun de la bizca Astrea la dulzura
Forja a mi corazón blanda cadena.
No hay una fea que me cause espanto.
Gorda, flaca; alta, baja; ardiente, fría;…
En todas hallo celestial encanto.
Perdona, de mi estrella es tiranía;
Mas aunque a todas quiero, a nadie tanto
Como a ti, que me escuchas, Nise mía.
El Diablo Predicador
No sólo en farsas dramáticas
Mete su cuezo Astarot:
No en el teatro del Príncipe
Fija sólo su mansión;
No sólo se viste el hábito
Que el Seráfico fundó;
Que, pues estamos en época
De algazara y de ficción,
También acude a la máscara
El Diablo predicador.
¡Paso, que allá va el intérprete
Del atezado Plutón!
Y nadie lo niegue incrédulo;
Que estar el Diablo no es de hoy
Bajo una careta anónima
O dentro de un dominó.
¡Paso! Entre veras y jácaras,
A más de uno y más de dos
Va a zurrar con crudo látigo
El Diablo predicador.
¡Arre allá, vieja ridícula!
No a la sombra del cartón
Robes a las tiernas vírgenes
Las lisonjas del amor.
¿De qué te sirve un crepúsculo
De ineficaz ilusión?
Anda a rezar por las ánimas.
Deja el mundo y piensa en Dios;
O tu faz descubre lívida
El Diablo predicador.
Ya la coquetuela Mónica
La careta se quitó,
Y aquella sonrisa plácida
Triunfa a babor y estribor;
Mas otra le queda, jóvenes,
De albayalde y arrebol…
Y ¿por qué también la pérfida
No se quita el polisson?
No engañan trapos recónditos
Al Diablo predicador.
¡Así! ¡Que suene la música,
Y se enzambre el rigodón,
Y haya codazos, y estrépito,
Y se sude de calor!…
Mientras tanto un mozo lúbrico,
Y una moza como un sol,
Se escurren por aquel ángulo…
—¿Se perderán? —¿Qué sé yo?…
Otro llorará su pérdida,
No el Diablo predicador.
¡Qué gozo en la sala próxima!
¿Será que al fin se logró
De los partidos acérrimos
La deseada fusión?
¿Podrán más que la política
Las travesuras de amor?
¿O lo que fusión paréceme
Será tal vez confusión?
No hace falta en ese círculo
El Diablo predicador.
Pero ¿qué horrendo espectáculo,
Más allá del corredor,
Se ofrece a mi vista atónita?
El juego, piélago atroz
Donde suelen morir náufragos
El dinero y el honor.
¡Ah, pobres maridos víctimas!…
¡Oh témpora! ¡Oh mores! ¡Oh!…
Allí debe estar el púlpito
Del Diablo predicador.
Más allá la fonda opípara
Recrea a más de un glotón.
Apenas pueden los fámulos
Acudir a tanta voz.
¡Y qué de virtudes frágiles
Anega el vino traidor!
¡Y qué nube de parásitos!
¡Si parece maldición!
¿Quién pone coto a su estómago?
Ni el Diablo predicador.
Pero ya basta de sátira
Y basta de reprensión,
Pues el cenizoso miércoles
Llega con paso veloz,
Y con él se acerca el término
De la jocosa estación.
Siga la broma sin límites;
Que al fin, si no vota en pro,
Hoy no harán mella las pláticas
Del Diablo predicador.
El Feo
Yo soy muy buen cristiano,
Yo soy buen ciudadano,
Yo soy un pobrecillo
Candoroso y sencillo;
Pero con esta cara
Que Dios me dio tan rara
Nada me sale como yo deseo.
¡Ay desgraciado del que nace feo!
La cara, dice el mundo,
Del corazón profundo
Es el veraz retrato;
Y ese mundo insensato
Sólo al ver mi figura
Mi alma inocente y pura
Compara al alma del feroz Atreo.
¡Ay desgraciado del que nace feo!
Nunca he sido tramposo;
Que es vicio indecoroso;
Mas si para un apuro
He menester un duro,
Jamás hallo una puerta
A mis ruegos abierta.
En vano pido, en vano pordioseo.
¡Ay desgraciado del que nace feo!
Si un lindo sin sustancia
Suelta una extravagancia,
¡Oh cómo aplaude Obdulia
Y toda la tertulia!
Yo digo una agudeza,
Y exclaman: ¡qué simpleza!
¿Quién le mete a gracioso a ese Asmodeo?
¡Ay desgraciado del que nace feo!
A Pedro da esperanzas,
A Juan mimos y chanzas,
A Diego… En fin, a trece
Versátil favorece
La coquetuela Marta;
Y a mí me da… una carta
Para que vaya a echarla en el correo.
¡Ay desgraciado del que nace feo!
En la calle un cualquiera
Me disputa la acera;
En casa, siendo el amo,
No acuden cuando llamo.
¿Pretender? Tararira.
Confianza no inspira
Este rostro fatal para un empleo.
¡Ay desgraciado del que nace feo!
Al entrar yo en la fonda
Ríen a la redonda
Ocho trastos o nueve,
Y el mozo se me atreve,
Y los peores platos
Me sirve, y no baratos;
Que yo soy algún paria a lo que veo.
¡Ay desgraciado del que nace feo!
Si hay de noche camorra
Por culpas de una zorra,
Y yo por un acaso
¡Triste! me encuentro al paso,
El agresor escapa,
Y la ronda me atrapa;
Y me mira… No hay más: yo soy el reo.
¡Ay desgraciado del que nace feo!
Si un fraile (esto no es mofa)
Furibundo apostrofa
Al pecador precito,
Aunque pueblo infinito
Le oiga en la augusta sala,
Solo a mí me señala
Cuando acudo al sermón del jubileo.
¡Ay desgraciado del que nace feo!
Yo busco al cirujano,
Yo sudo, yo me afano
Si pare un niño hermoso
Inés. Padre y esposo
(No siempre es uno mismo)
Me encargan del bautismo…
Y no cato los dulces del bateo.
¡Ay desgraciado del que nace feo!
Soy más feo que Picio,
Y es mi mayor suplicio
Gustar de la hermosura.
Si al fin por desventura
Acepta alguna bella
Mi amor, ¡tal será ella!
Capricornium me fecit, lo preveo.
¡Ay desgraciado del que nace feo!
El Furor Filarmónico
[…] Ridentem dicere verum
Quid vetat?
Horacio.
No más, no más callar; que ya en mi seno
Tanta bilis no cabe, Anfriso mío,
Y tanta indignación, tanto veneno.
¿Yo sufrir el armónico extravío
Que así enloquece al grave castellano?
¡Yo que de castellano me glorío!
¿Yo sufrir que el gorjeo de un soprano
Muy más al pueblo estólido conmueva
Que el ruso combatiendo al otomano?
¿Y que a enseñar un hombre no se atreva
Luneta para el otro coliseo
Cuando anuncia el cartel ópera nueva?
¿Que en el café, en la calle, en el paseo,
En tertulia, doquier se hable tan sólo
De la Donna del lago o de Romeo?
¿Que la letra de un aria, horror de Apolo,
Aprenda de memoria un lechuguino,
Y desprecie a León y al dulce Polo?
¿Que me pruebe en añejo pergamino
Descender de Gerión, y yo le vea
Adulador de un buffo transalpino?
¿Que el sentido común negado sea
Por la meliflua turba a quien ignora
Lo que es un calderón y una corchea?
¿Que hasta para vender platos de Alcora
En escala cromática se grite,
Y anuncie el diapasón a una aguadora?
¿Que aplaudiendo un moscón se desgañite
Tal vez lo que rechiflas merecía,
Y entre bravos el hígado vomite?
No, no; mil veces no. Sacra Talía,
Ya tu fuego satírico me inflama.
Dardo aguzado es ya la pluma mía.
No es tan terrible el bruto de Jarama
Que agarrochado rompe la barrera,
Y embiste, y hiere, y espumante brama.
¡Quién tu mostaza, Juvenal, me diera,
O tu diestro pincel, divino Horacio,
Que admirará la prole postrimera!
¡Mas ay, que no es Madrid el noble Lacio,
Y aquí no hay un Mecenas ni un Augusto
Que proteja de un vate el cartapacio!
¿Y he de callar, con el pulmón robusto?
No, que es santa la causa que sostengo
Y de ignorantes zoilos no me asusto.
Harto es mi galardón si a España vengo
Del desprecio español, y en rima acerba
Su decoro impertérrito mantengo.
«¡Triste! ¿Qué vas a hacer? Aunque Minerva
Declamara por ti, no se corrige
La tenaz filarmónica caterva.
»Hay un genio infernal que la dirige,
Gigante enorme, que a domar su furia
Más robusto poder que el tuyo exige.
»Reprende los enredos de la curia,
Si comezón de sátira te roe,
La avaricia o la sórdida lujuria;
»Y deja que Madrid plácido loe
Los trinos de una amable virtuosa
Al compás del violín y del oboe.
»Triunfe Pacini, triunfe Cimarosa,
Y eríjase de mármol y granito
Pirámide a Rossini majestuosa.
»Deja que, sin alzar tu inútil grito,
Cual sus tablas un día en el desierto
Se adore de Moisés el spartito.
»Todo sea dulcísono concierto,
Y óigase el gorgorito almibarado
Hasta en el réquiem que se entona a un muerto.
»¿Por qué en poema cáustico y airado
Ese placer legítimo combates
Que tiene al español embelesado?
»¡El mundo siempre fue casa de orates,
¡Y al furor filarmónico te opones!
¿Quién en locura, quién vence a los vates?
»La música es consuelo de aflicciones.
¿Quién no canta en el mundo? Aún el esclavo
Canta al sonar los férreos eslabones.
»¡Dichoso el que no cuenta un solo ochavo
Para almorzar mañana, como pueda
Clamar en la luneta ¡bravo! ¡bravo!
»Sigue, vate infeliz, otra vereda.
¿Quién ataja un torrente con arcilla?
¡Guarda, no algún desastre te suceda!
»Ya no es Castilla lo que fue Castilla
Aquí más que otro tiempo al gran Rodrigo
Hoy se aplaude a un maestro de capilla.
»Deja estar a los músicos, te digo,
Que son el ornamento de la Corte.
Mira que te aconsejo cual amigo.
»Tu satírica saña se reporte;
Que no bien un melómano te lea,
De enemigos tendrás una cohorte.
»Dirán (casi los oigo): ¡Estulta idea!
Ese hombre tiene el alma de peñasco
Cuando una dulce voz no le recrea.
»Mas ¿qué será lo que le altera el casco?
¡Audacia singular!… —Vamos, no hay duda,
Algún poema suyo ha fato fiasco.
»Más de una vez su musa testaruda
Entre la risa de ignorante plebe
Nos ha espetado la verdad desnuda.
»¡Venganza, guerra al poetastro aleve
Que a la divina Euterpe escarneciendo
Su viperina lengua osado mueve!
»El que impugna una stretta y un crescendo,
Quien maldice el adagio y el andante,
Reo es de crimen bárbaro y horrendo».
Tente, Anfriso, y escucha tolerante.
No soy yo de la música contrario:
Sólo pudiera serlo un delirante.
Ni a condenar me atrevo temerario
El público placer, bien que mi diestra
Sólo a Dios elevara el incensario.
Quizá también mi júbilo se muestra
Al escuchar los ecos de Rossini
En Galli, en Rossi, en la sonora orchestra.
Pláceme Osmir en boca de Passini,
La Céssari en Arsace me arrebata,
Y admiro en Semirámide a la Albini.
Ni dejo de aplaudir una volata
Por cantarla Valencia, si me gusta;
Que nunca he sido mulo de reata.
Ni aún Llord cual subalterno me disgusta;
Que Orfeo no ha de hacer de confidente
Como pretende multitud injusta.
Mas mi cólera, Anfriso, no consiente
Que ensalzando de Italia a los cantores
Al español teatro así se afrente.
Tribútense en buen hora mil loores
A una voz peregrina, y no olvidemos
Que en Madrid hay comedias, hay actores.
No sea todo bravos, todo extremos
Cuando trina en rondó lengua toscana,
Y al escuchar a Lope bostecemos.
No clamen voces mil: ¡Hosanna! ¡Hosanna!
Cuando acate a su reina el pueblo asirio,
Y olvidemos la gloria castellana.
No aplaudamos un dúo con delirio,
Y Calderón y Rojas y Moreto
En vez de almo placer nos den martirio.
No vea yo a Cervantes incompleto
Por las cuadras rodar, y entre cristales
De la Schiava el insípido libretto.
No en el canto los duros a quintales
Ose invertir quien a Talía niega
Ocho maravedís y cuatro reales.
¿No es risa ver al pueblo cómo brega
Para alcanzar billete del Crociato?
¡A tanto, Anfriso, la locura llega!
Uno pierde la capa, otro un zapato;
Otro desde la víspera se aloja
Sobre la dura losa. ¡Mentecato!
Las diez. ¡Fiero motín! ¡Ruda congoja!
«¡Orden! ¡Orden! ¡Soldados, en batalla!
Aquí la sangre azul; allí la roja.
—»¡Atrás! ¡Buen culatazo a la canalla!»
—¡Nada! ¿Quién la contiene? Aunque a sus ojos
Diez cañones cargasen de metralla.
¡Qué de jirones luego y de despojos!
¡Cuántos, sobre quedarse sin tarjeta,
Descalabrados van, mancos o cojos!
Otro, no menos huero de chaveta,
Compra a fuerza de plata el privilegio
De adquirir sin porrazos la luneta.
¿Qué ha de hacer? Si perdiera un solo arpegio
De la nueva función, otro elegante
Le acusara tal vez de sacrilegio.
No falta en tales días un tunante
Que revenda lunetas y sillones
Burlando al alguacil más vigilante.
Y hay hombre que daría diez doblones
Por escuchar el aria del contralto
Aunque fuera en el foso entre ratones.
Sabe Madrid que a la verdad no falto.
Cierto es el trasnochar, y el monopolio,
Y el tomar los billetes por asalto.
De cuanto pasa en él un tomo en folio
Se pudiera escribir; que menos fiero
El galo fue trepando al Capitolio.
Esto, y aún más que referir no quiero
Pasa en Madrid; ¡y me dirá mi abuela:
«¡Los tiempos están malos: no hay dinero!»
«¿A quién en tanto, a quién no desconsuela
El ver cuando no hay ópera desiertos
Patio, palcos, lunetas y cazuela?
«Este calor cruel nos tiene muertos.
Sudar en la comedía es de mal tono.
Los cómicos son torpes, inexpertos.
»Si es trágica la acción me desazono;
Si es moral me empalaga; si es jocosa…
Vaya usté en mi lugar: cedo el abono».
Así el canto alienígena se endiosa;
Y aunque viera a mis plantas un abismo,
¿No ha de tronar mi saña procelosa?
Necio furor, risible fanatismo,
La guerra te declaro, y ¡oh si fuera
Cada verso que estampo un sinapismo!
¡Oh tú, santuario de virtud severa,
Teatro nacional, que fuiste un día
Norma y recreo de la gente ibera;
Prestigio de mi ardiente fantasía,
Tú, a quien tanta vigilia he consagrado,
Puerto amigable en la tormenta mía;
Tú que el sesgo camino me has trazado
Do Inarco laureó la docta frente,
Si bien se atasca en él mi pie cuitado;
Tú que en vano a la moda intercadente
Moral opones, variedad, buen gusto,
Ludibrio ya y botín de intrusa gente;
Teatro nacional, mi ceño adusto
Tu inicua depresión vengar ansía
Y vapular al populacho injusto!
Otro tan bajo apodo aplicaría
Sólo al humilde menestral honesto,
al que no viene de alta jerarquía;
Yo no, que a todo trance me he propuesto
Lo que siento decir, aunque mañana
Mordaz me llame un crítico indigesto.
Los que nunca leyeron a Mariana,
Y devoran insípidas novelas
En lengua gali-escita-castellana;
Los que charlando más que un sacamuelas
Insignes literatos se pregonan,
Y jamás saludaron las escuelas;
Los que su patria sin pudor baldonan;
Los que el oro negado al indigente
Por exóticos dijes abandonan;
Los que con cien aromas del Oriente
De sus almas no purgan la inmundicia,
Y llaman al danzar ciencia eminente;
El gallego o vascón cuya injusticia
Osa tildar de bárbaro salvaje
Al hijo de Navarra o de Galicia;
Los que llaman a un coche un equipaje,
Y hablando entre españoles mal gabacho
Sus costumbres olvidan, su lenguaje;
Anfriso, yo lo digo sin empacho;
Estos, su condición cual fuere sea,
Estos son, ¡vive Dios! el populacho.
Lejos de mí la extravagante idea
De condenar las óperas, repito;
Ni aun la débil de Osmir y Netzarea.
Mas aquel que al armónico apetito
Todo lo sacrifica afeminado,
Es un fatuo, un cabeza de chorlito.
«¡Bello dúo! Mi oreja ha regalado».
Bien; mas ¿por qué el monarca babilonio
Ya cadáver entona un recitado?
¿Por qué Antenor, que viene hecho un demonio,
Canta rabiando y a Celmira aterra?
¿No es levantarle un falso testimonio?
¿En qué ignorado pueblo de la tierra,
Aunque perdone Il posto, canta un reo
Delante del consejo de la guerra?
¡Oh poder de la solfa! ¡Oh coliseo!
Cuando a mí me asaltaron los ladrones
No cantaban siguiendo a un corifeo.
¡Ay, que menos maldad, menos traiciones
Llorara el orbe si al compás y al tono
Los hombres sujetaran sus pasiones!
Mas no se diga que con ciego encono
Ando a caza de faltas en el canto,
Y al olvido sus gracias abandono.
Basta: sólo diré que no me espanto
Si entre bemoles el tam-tam resuena,
Ni Claudio cantarín me arranca llanto;
Que el canto los sentidos enajena,
Que conmueve tal vez; mas no convence,
Objeto primitivo de la escena.
Ni el comprender la letra a mí me vence,
Si cuando no debía Otelo canta,
Lo mismo es en toscano que en vascuence.
Sólo a su voz los triunfos que decanta
Quizá debe un tenor: la Poesía
Del genio vive, y no de la garganta.
De Melpómene fiera y de Talía
A los cuadros patéticos y fieles
También concede un genio la armonía.
La armonía de Fidias y de Apeles
Que el alma hiere, blanda, imperceptible,
Sin flautas, sin tam-tam, ni cascabeles.
Armónico placer indefinible,
Placer que sólo siente y sólo expresa
Quien nutre un corazón tierno y sensible.
¿Qué gozo iguala a la feliz sorpresa
De ver al torpe vicio escarnecido
Ceder su triunfo a la virtud opresa?
Si sucumbe, ¿qué pecho empedernido
No goza maldiciendo a los troyanos,
Lágrimas dando a la infelice Dido?
¿Quién de Dios no venera los arcanos
Cuando incestuoso gime y parricida
El miserable rey de los tebanos?
¿Quién si en su pecho la virtud anida,
No bendice a Jehová, que el alma fiera
Le negó y el orgullo de un Atrida?
¿Quién…? Pero ¿a qué me salgo de mi esfera?
¿Qué escribo yo? Una sátira picante,
Y no un tratado de moral austera.
¿Quién vale más, Racine o Mercadante?
¿Es más justo reír en El Avaro
Que aplaudir una pieza concertante?
¿Es lícito ignorar que Gundemaro
Fue de España monarca al madrileño
Que ha aprendido a decir: Addio, caro?
¿Se aplaudirá a un cantor con necio empeño
Antes que cante, sin saber si tiene
Mísera voz y oído berroqueño?
¿Callarán las deidades de Hipocrene
El talento español, y el de otra casta
Sonará desde Calpe hasta Pirene?
Que yo resuelva la cuestión no basta.
¿Y a qué fin? Cada cual a su albedrío,
Dirán, el tiempo y el dinero gasta.
Haced lo que queráis: tiradlo al río;
La solfa preferid; cuando haya canto
Olvidad los rigores del estío;
Pero, por Cristo y por su Padre santo,
No vayáis a ultrajar la patria escena
Los que la veis con tedio y con espanto.
No porque una comedía os cause pena
Miréis como a un idiota de reojo
Al pobre diablo que la juzga buena.
No apuntéis sin cesar el doble anteojo
Para ver en tertulia y aposentos
Si Filis se vistió de azul o rojo.
No allí el tiempo gastéis contando cuentos,
Y hasta ver si es el drama bueno o malo
No le volváis la espalda descontentos.
No charle usted tan fuerte, don Gonzalo,
O vaya con su cháchara al pasillo;
Que los que están detrás no son de palo.
No se ha anunciado en el cartel sencillo,
Ni puede autorizar el presidente
Que usted nos administre un tabardillo.
Ya que aplaude a rabiar, Dios se lo aumente,
Al tiple y al tenor, con sus paisanos
Sea usted, a lo menos, indulgente.
No tema lastimar sus lindas manos
Si aplaude a un español; que no por eso
Gemirán los cantores italianos.
Indigno fuera tan culpable exceso
De un artista eminente, cuya fama
No se funda en los bravos de un camueso.
Alguno de ellos, que las leyes ama
De la santa equidad, allá en su idioma
Llorando nuestra mengua al cielo clama.
¡Ay, que el llanto a mis párpados asoma
Cuando a ser españoles nos enseña
El que ha nacido en Nápoles o en Roma!
«¿Por qué, dice, la gente madrileña,
Bien que aplaudidos sean tiple y bajo,
La escena nacional tanto desdeña?
»Esmerado y asiduo es su trabajo.
¿No hacen más de lo justo los actores
Que por poco dinero echan el cuajo?»
Dice bien. Y si en premio a sus sudores
La soledad reciben y el desprecio,
Mal se corregirán de sus errores.
Hoy dan nueva función. ¡Oh vulgo necio!
¿Por qué no vas a verla? Si es mezquina,
Si la ejecutan mal, silba de recio.
Canta la donna mal su cavatina,
Y exclamas al momento compasivo:
«Está mala; está ronca: ¡poverina!»
¿Pecar no pudo por igual motivo
Un actor español? Quizá trabaja
Después de haber tomado un vomitivo.
Quizá ese mismo que tu lengua ultraja,
Inmolado al escénico decoro,
Come gazpacho y duerme sobre paja.
¿No fuera más razón en rudo coro,
Si delinquen, silbar a los de allende
Que han venido a embolsar montones de oro?
Mas en vano mi sátira pretende
Reformar a la ciega muchedumbre
Que la razón esquiva, o no la entiende.
¡Basta; me canso ya! ¡Dios los alumbre!;
Que si decir quisiera lo que callo
Aún gastara de tinta media azumbre.
Si en vano, ¡oh patria! por tu honor batallo;
Si no me escuchan como en Troya un día
Al que arengó contra el fatal caballo;
Si los necios me juran guerra impía;
¿Qué importa? La verdad siempre es mi norte.
Muchos aplaudirán la audacia mía;
Que no todos son necios en la Corte.
El Galgo Y El Cerdo
La sobriedad nos conviene
Y nos mata la pereza:
Esta fábula lo reza,
Que es una lección de higiene.
Desde su hedionda pocilga
Cierto marrano archibruto
A un ligero galgo enjuto
Tales sandeces endilga:
«Pobre animal baladí
Que estás hecho una silueta,
¿Eres dómine, o poeta?
Lástima tengo de ti.
»Gracias, le responde el galgo,
Por tu amistoso interés;
Pero, tal como me ves,
Más puedo que tú y más valgo.
»¡Sí, cruzando valle y loma,
Y expuesto a más de un percance,
A una liebre das alcance
Para que otro se la coma!
»Cierto; mas de la victoria
La parte mejor reclamo:
El provecho doy al amo
Y me reservo la gloria.
»¡Bah! ¿Qué es la gloria? Humo vano.
Yo, a tales quimeras sordo,
Como, y duermo en paz y engordo,
Replica el tosco marrano.
»Por ventura ¿estoy yo hambriento?
El amo no me limita
La ración que necesita
Mi sobrio temperamento.
»Conservo así la aptitud
Que pide mi noble oficio,
Y aire puro y ejercicio
Fortalecen mi salud,
»Entre el hogar y la caza,
Así, bestia descreída,
Quince años y más de vida
Concede el cielo a mi raza.
»Tú, cuyo sensorio embota,
Ya de suyo torpe y basto,
Entre inmundo cieno el pasto
Del salvado y la bellota;
»Tú, cuyo destino cierto,
Tras llevar tan feo nombre,
Es cebarte vivo el hombre
Para devorarte muerto;
»Tú, cuya importancia es nula
Para tanto orgullo, ignoras
Que están contadas tus horas
Y es tu enemigo la gula.
»Cumplido apenas un año
Darás el postrer resuello,
Y tras de horrible degüello
Te sacarán el redaño;
»Y el de muerte tan funesta,
Sin duelo de tu agonía,
Será en esta casa día
De regodeo y de fiesta.
»Ya preparan: la sartén,
Ya hacen de tu carne trizas
Y con ella longanizas,
Que yo he de probar también…»
Su filípica severa
Suspendió el galgo ladino
Porque advirtió que el gorrino
Se durmió… como quien era.
El estúpido glotón
Que, sin más Dios que su panza,
Vive en vergonzosa holganza
Como el citado lechón,
Tema apresurar el día
En que le lleve al lucillo,
Si no acerado cuchillo
Fulminante apoplejía.

El Pie De Lola
A mi amiga la Excma. Señora Doña Dolores Perignat de Pacheco
Lolita la de ojos negros
Sobre nacarada tez,
Tan modesta como linda,
Tan donosa como fiel;
Hermosa andaluza, que eres
La gala de aquel edén
Y, sin ser Rabicortona,
El asombro de Jerez,
Hanme dicho que en París,
Corte del trono francés,
No has encontrado, Lolita,
Zapato para tu pie.
¿Qué mucho, si es tan pulido
Que Amor se deleita en él
Y tan breve que al moverse
El más lince no le ve?
¡Dios te perdone el tormento
Que sufrió… tú sabes quién
Cuando vio tu pie en la mano
De un zapatero soez!
Pero antes de consentir
Tal sacrilegio ¿por qué
No consideraste, Lola,
Que tu clima no era aquel?
Ya se ve, tú pedirías
Zapatos para mujer,
Y los debiste pedir
Para niña de ocho a diez;
Que pasan allí por bellos
Pies de a tercia, y puede ser
Que no asusten los que midan
Cinco dedos más o seis;
Y diz que al tarso condenan
Para que parezca bien
A ser descarnado y seco
Cual tablero de ajedrez.
De gustos nada hay escrito,
Dice el refrán, bien lo sé;
Y no ha de tirar guijarros
A su tejado el francés;
Y en cada tierra hay su estilo.
Por eso en Babel-Mandeb
Agrada el rostro atezado
Que suda gotas de pez.
Pero árido zancarrón
Con sólo huesos y piel
¿Quién lo puede celebrar
Hablando de buena fe?
O le es fuerza confesarme
Que lo admira contra ley,
O serán de pie de banco
Las razones que me dé;
Y si hay quien tribute versos
A tales pies, ese quién
Hará en vez de un madrigal
Un epigrama cruel.
¡No así Fidias memorable
Los esculpiera, ni fue
Tan chata la inspiración
De Murillo y Rafael!;
Que pie druida, es enemigo
De la pasión, del placer,
Y el instinto de lo bello
Fue guía de su pincel.
¿Qué talle hicieran garboso
Las patas que allí se ven?
Es imposible… ¿Y la pierna?…
Jesús, María y José!
Alma de cántaro abriga
Quien no sabe comprender
De un túrgido pie menudo
La elocuente morbidez.
¡Oh cuánto suelen decir
Artero amor a través
Del tabinete y la galga,
Y la media de patén!
Pero un pie de estado llano,
Que no altera su nivel,
Si no es cola de abadejo
Es cecina de Avilés.
Por eso cuando en España,
Que es país de honra y de prez,
«A los pies de usted, señora».
Exclama noble doncel,
Quizá se declara amante
Con achaque de cortés,
Y llamárase dichoso
Si le dijeran amén;
Que un pie lacónico y blando,
¡Vaya! es lo que hay que comer,
Lolita, y gracia de Dios
Poner los labios en él;
Pero en la orilla del Sena
Sería absurda sandez
El decir a una madama:
«Señora, a los pies de usted».
El Primer Billete
Leonor se esconde. —¿Por qué será?…
Ya sé yo adónde… y a lo que va.
Ya al gabinete con un billete
Color de rosa… ¡Qué linda cosa,
Bella Leonor,
¡Es un billete de amor!
Por verlo muero, dice entre sí.
¡Es el primero que recibí!
¡Mucho sigilo!, dijo Camilo.
Nadie lo vea, nadie lo lea,
Sino Leonor;
Que es un billete de amor.
Los del Tesoro, para papá;
Que él siempre el oro preferirá.
Pero el dinero del mundo entero
No tiene encanto, no vale tanto
Para Leonor
Como un billete de amor.
¡Oh que embeleso! ¡Oh qué pasión!
Merece un beso cada renglón.
Turbada el alma pierde la calma;
Mas no me asusto; tiemblo… de gusto.
¡Viva Leonor
Con un billete de amor.
Yo le contesto… ni mal, ni bien.
Mejor es esto: un ten con ten…
Así a mi primo no desanimo;
Pero es muy tonto decir tan pronto
«Tuya es Leonor»
En un billete de amor.
¡Leonor! En vano tregua le das.
Tarde o temprano sucumbirás.
Mientras Camilo duerme tranquilo,
Letal veneno bebe tu seno,
¡Pobre Leonor!
En un billete de amor.
El Qué Dirán
Tengo un hijo grandullón
Que es un bravo calavera.
¿Cuál? ¿El pobre segundón?
Sí. —Pues dele usted carrera;
Que eso vale un beneficio.
—No quiere… —Aprenda un oficio.
Por la vía mercantil
O con la industria fabril
Tendrá honra, tendrá pan.
Ya…; mas ¿qué dirán?
Ayer gastó en un convite
Ocho mil reales doña Ana,
Y dicen que se repite
La misma función mañana.
En tanto, tiene un hermano
Que a su puerta llama en vano…
Pero no es hombre elegante.
Le hospedaría al instante…,
Aunque fuera en el zaguán;
Pero ¿qué dirán?
Los versos de Fabio muerdo,
Aunque sé que buenos son.
No es eso obrar como cuerdo.
Como no es de mi opinión…
Antes que saliese a luz
Su drama, le hice la cruz.
Mi corazón no lo odia;
Mas ¡cantar la palinodia!…
Primero me matarán.
¡Jesús! ¿qué dirán?
Da un baile el embajador
El martes de esta semana,
Y convida a don Melchor
Y a su mujer Feliciana.
Entre vestidos y coche,
Por darse tono una noche,
Gastarán lo que no tienen;…
Pero de infanzones vienen
Y si a la fiesta no van,
¡Cielos! ¿qué dirán?
¡Gran boda va a hacer mi hija!
Casa con un mayorazgo
Que tiene medio Lebrija.
Del cielo vino este hallazgo.
Pero es muy feo y muy necio
Y ella no le tiene aprecio;
Que su corazón conquista
Un bello mozo, un artista.
¿Un artista? ¿Un ganapán?
¡Oh! no. ¿Qué dirán?
Por gusto, no por salud,
Mi mujer se va a los baños.
Yo rayo en la senectud,
Y ella tiene pocos años.
La acompaña un primo suyo…
Y hay quien dice que es su cuyo;
Ni falta quien me aconseje
Que a Sacedón no la deje
Marcharse con el galán.
Pero ¿qué dirán?
Linda muchacha es Jacinta.
Y le quiere a usted ¡Ya, ya!
¡Oh! sí. La pobre está encinta…
Pero usted se casará…
Bien quisiera, mas su cuna,
Su educación, su fortuna…
Sedujo usted su virtud,
Y hoy… ¡Qué infame ingratitud!
Yo siento mucho su afán;
Pero ¿qué dirán?
Vanidad de alma y de lengua,
Torpe egoísmo villano,
¿Cuándo no seréis la mengua
Del pobre género humano?
¡Oh miseria! El falso honor
Engendra el falso rubor.
¡Cuánto y cuánto mal hacemos!;
¡Cuánto y cuánto bien perdemos
Por un maldito refrán!;
Por el ¿qué dirán?
El Verano Del Pobre
«¡Oh qué gloria de verano!
Este es el tiempo del pobre.
El campo produce ufano
Para que a todos nos sobre.
El sol, primera deidad
Que el hombre absorto bendijo,
¡Brilla con tal majestad…
¡Qué regocijo!»
Así se explicaba un sabio
Con magistral continente.
Yo, por no hacerle un agravio,
No responderé que miente;
Pero el buen hombre, a fe mía,
No supo lo que se dijo
Cuando en verano decía:
¡Qué regocijo!
Si él suda, y el amo agarra,
¿Qué es a un cuitado el Agosto?
¿Verá con gozo la parra
Si no ha de catar el mosto?
¡Haré yo buena barriga
Mientras remando me aflijo
Con que un filósofo diga:
¡Qué regocijo!
Deme una quinta frondosa
Que del calor me preserve,
Y baño en agua de rosa
Cuando la sangre me hierve,
Y una carroza en que vaya
A la corte y al cortijo;
Y yo exclamaré: ¡Bien haya…
¡Qué regocijo!
¡Mas, por vida del Mogol!…
El que cava en esa cuesta
¿Cómo ha de loar al sol
Que le consume y le tuesta?
¿Y qué le espera en su choza?
Un gazpacho, un pan de mijo,
Y dormir sobre la broza.
¡Qué regocijo!
¡Pondera del sol luciente
La sublime maravilla
A esa familia indigente
Prensada en una guardilla!
Y allí el perro por compinche,
Y entre la mujer y el hijo
La mosca, el ratón, la chinche…
¡Qué regocijo!
Anda al río y date un baño.
Ni aun eso de balde haré;
Y será para mi daño
Yendo y volviéndome a pie.
Mal, si salgo del rincón;
Mal, si en casa me cobijo.
¡Qué regocijo!
Y de memoria no hablo;
Que a los pobres ganapanes
En este Madrid, o diablo,
Aun el agua cuesta afanes.
¡Dos horas estuvo ayer
Para llenar un botijo
Mi desdichada mujer!…
¡Qué regocijo!
La fruta vale a dos cuartos,
La hortaliza casi a cero.
Los pobretes quedan hartos
Con poquísimo dinero.
Y a mí un torozón me casca,
Y otro a mi suegra, de fijo,
Y un muchacho se me atasca…
¡Qué regocijo!
Al menos en el invierno
Los pobres, si los enlaza
Amor recíproco y tierno,
Aunque duerman en la plaza,
Unos con otros se abrigan,
Y en su grato revoltijo
No será extraño que digan:
¡Qué regocijo!
Si uno, en fin, ama este infierno
Y otro el frío destructor,
El estío y el invierno;…
Para mí todo es peor;
Pues, con permiso del sabio,
En invierno me encanijo
Y en la canícula rabio.
¡Qué regocijo!
En El Álbum De Una Actriz
Niña que versos me pides
¿Quieres ser libre y feliz?
Pues ni en tu casa te olvides,
Niña, de que eres actriz.
¿No ves, graciosa sirena,
Cómo en comedias de amores
Lo que se llora en la escena
Se ríe entre bastidores?
Tanto ve que son de cedro
Sus santos el sacristán,
Que ni le arroba san Pedro
Ni le edifica san Juan.
¿Sacas tú algún beneficio
Del que, obediente al poeta,
Te galantea de oficio
Con auxilio del consueta?
Esos requiebros que ahora
Te prodiga tan humilde,
Oirá mañana Teodora
Y esotro día Matilde.
Pues bien, linces no verán
La diferencia menor
Entre el actor que es galán.
Y el galán que no es actor.
Lee si no, prenda amada,
Para ver en qué me fundo,
Mi comedia titulada
Todo es farsa en este mundo.
«Guarda, niña, el corazón;
Castiga a tanto farsante
Con la pena del talión:
Farsa en ellos, ¡y adelante!
Mas cuando a su labio inspires
Dulce, amoroso preludio,
Te aconsejo que los mires…
Como figuras de estudio;
Que en baja clase y en alta
Actores hay más de cuatro
Que darían quince y falta
A los héroes de teatro.
Y con diferentes trajes
¡Cuántos en esta nación
Son cómicos personajes…,
Y no saben que lo son!
Al que diga: soy tu esclavo;
¡Duélete de mí, cruel!…
¡Bravo, responde, archibravo!
¡Bien estudiaste el papel!
¡Ay!… ya entre ellos no me cuenta
De los jóvenes la parva.
Paso ya de los cuarenta,
Y más que galán ¡soy barba!
Por ende, yo que no creo
Triunfar en tales empresas,
Sólo un amor te deseo;
El del arte que profesas.
Acaso dirás que soy
El perro del hortelano;
Pero un consejo te doy
Que no puede ser más sano.
Por esa cara hechicera,
Si el alma tienes artística,
¡Ay, no te cases siquiera
Hasta ser característica!
No de Himeneo te ciña
El lazo; teme su culto;
Que sus consecuencias, niña,
Suelen ser de mucho bulto;
Y es tarea del demonio
Involucrar cada día
La prosa del matrimonio
Con el estro de Talía.
No a la púdica vestal.
Mártir y prez de su sexo,
Desmienta en hora fatal
Algún indicio convexo.
No, mientras te hable de amor
Un supuesto Durandarte,
Tu esposo en un bastidor
Rabie de celos aparte.
No hay inspiración ni genio
En actriz que alza la gaita
Y advierte desde el proscenio
Que su nene dice taita.
Pero si el Dios de Pelayo
Decretó, niña donosa,
Que hagas de tu capa un sayo,
Sayo será y no otra cosa.
La naturaleza manda
Más que Rojas y Terencio,
Y a voz tan dulce y tan blanda
¿Quién puede imponer silencio?
Aunque linda y seductora,
Eres criatura humana,
Y tendrás tu cuarto de hora
Como toda fiel cristiana.
La Vida Del Hombre. Poema Pedestre Jocoserio. La Adolescencia
En el romance anterior
Dejamos, lector insigne,
A nuestro héroe de marras
En una especie de crisis;
Que así se puede llamar
Aquel tránsito difícil
De los pueriles instintos
los humos juveniles.
Crepúsculo de la vida;
(Que en efecto, menos vive
Que vegeta el individuo
En sus primeros abriles)
Crepúsculo de la vida
La adolescencia (otros dicen
La pubertad) se inaugura
Con los síntomas que siguen.
A las doce navidades
En unos se hace ostensible;
En otros, menos precoces,
No se muestra hasta las quince.
Sombrea leve pelusa,
Esto es, la barba en su origen,
Aquella parte del labio
Que frisa con las narices.
Pasa la voz a la boca
Desde la hueca laringe
En problemático son
Misto de tenor y tiple.
Hierve la sangre en las venas,
Cuyo humor acre, proclive
(Que dijo el otro) rebosa
Por la humana superficie.
Panadizos y diviesos
Al protagonista afligen,
Y el corazón palpitante
Quiere salir de sus lindes.
Ignoradas sensaciones,
Deseos indefinibles
En el cerebro le bullen
Y en el pecho le sonríen.
No bien cambia el tonelete
Y la valona de nipis
Por la levita y demás
Atavíos varoniles,
Mira con fiero desdén
Los trompos y los confites,
Y si le llaman muchacho
Se le amontona la bilis.
Si antes estudió los géneros
Sin saber en qué consisten,
Lo que va de primo a prima
Hoy sin vacilar distingue.
El desarrollo de Adela
Sigue con ojos de lince
Y observa que con el suyo
Simpático coincide;
Que, mientras juzga su padre
Que otros estudios prosigue,
En la historia natural
Hace progresos visibles;
Y es con las primas cordero
El que con los primos tigre
Sin descifrar todavía
La clave de este busilis.
Mas de la inocencia cándida
Pronto quebrados los diques,
Se convierten en demonios
Los que fueron serafines.
Ni es maravilla que al Céfiro
Cuando susurra apacible
La frágil caña se moza
Y se doblegue la mimbre.
Naturaleza nos habla
Halagüeña, inteligible;
Su copa exhala perfumes…
¿Cómo rehusar el brindis?
No es culpa de un pobre mozo
Si hay sátiros que le pinten
La virtud ruda y amarga,
Fácil y goloso el crimen.
Ni ¿qué mucho si el neófito
Lo que más le agrada elige
Entre el veto de su dómine
Y el exequátur de Filis?
Pecará…; yo no lo niego,
Mas si, en efecto, delinque,
Él purgará sus pecados
Y exclamará: ¡parce mihi!
¡Mirad! Su lustro primero
A duras penas fue triple,
¡Y ya aquella flor lozana
Diclina su tallo humilde!
El que ayer dio culto a Venus
Hoy a Mercurio lo rinde,
Y el pecho que amor henchía
Lenta consume la tisis.
¡Qué dolor! ¡Oh adolescencia
Estúpida! ¿Y es posible
Que aún hagan muchos mozuelos
Alarde de sus deslices?
Por el flujo de hombrear
¡Cuántos publican la triste
Vergonzosa pestilencia
Que abrevia sus días! ¡Títeres!…
Y hay mueble tan presumido,
Que sin sentirla la finge
Mintiendo palmas de mártir
Cuando las llora de virgen.
A otros les da por la gloria,
Como a aquellos por la sífilis,
Nuevo linaje de búhos,
Aunque blasonan de cisnes.
Genios son no comprendidos;
Es decir, incomprensibles,
Cuya misión en la tierra
Es renegar de su estirpe.
Sus númenes son vampiros,
Brujas, espectros, caribes…;
Su paraíso el infierno;
Su vida, suplicio horrible.
Oye el lúgubre ronquido
Con que del mundo maldicen
Que sólo han visto pintado
En bïombos y tapices,
Y el afán con que pretenden
En fuego y sangre fundirle,
Como el que abrasó la cama
Para acabar con las chinches.
Observa el raro contraste
De sus gracias infantiles
Con la seriedad ridícula
De sus pláticas bilingües.
Míralos cómo ponderan
Desengaños que no existen,
Pesares que no conocen,
Placeres que no conciben.
Para ellos todas las hembras
Son Mesalinas o Circes,
Ponzoña sus atractivos,
Prostitución sus melindres.
Y es porque ellas al muñeco
Que arriesga amoroso envite
Responden: «Límpiese el moco
Y aparte; que no me sirve».
Paciencia, ¡pobre zagal!
Si al tormento sobrevives
De no ser hombre cual piensas
Ni niño como lo fuiste,
Yo prometo que algún día
Con ellas te reconcilies
Y llames diosa del mundo
A la que hoy llamas esfinge.
Entonces… Mas para entonces
Con otro romance en ristre
Te emplazo. Este ya llegó
Al opus coronat finis.
Un Viaje A Hortaleza
Engancha, zagal amigo,
Ese cuadrúpedo ruin.
Hoy son los días de Laura,
¡Y aún estamos en Madrid!
Vuela por ese camino,
Y te daré gracias mil,
Y eternizará mi musa
Tu trémulo calesín;
Y aunque se ofenda el Correo
Literario mercantil,
Diré que lo fabricaron
Para las bodas del Cid.
Vuela a Hortaleza, y no sea
Que, por llevarnos allí,
Con tantas copas beodo
Nos lleves a Chamartín.
¡Oh si yo fuera paloma
Para no apelar a ti
Aunque en las garras de un sacre
Me aventurase a morir!
Aprieta. —¡Cuerpo de Cristo,
Cómo galopa el rocín!
¡Cuál sudo! ¡Cuál trago polvo!
No importa, Laura, es por ti.
Por cuestas y por barrancos
Nuestra vida está en un tris;
Que es el camino alevoso
Y el carruaje baladí.
—¡Tente, no vuelques!… Respiro.
Bendiga el cielo tu ardid;
Que fuera mucha desgracia
Sin ver a Laura morir.
—¿Qué harás en este momento?
¿Vagarás por el jardín?
¡Oh quién te viera, morena,
Sin que me vieras a mí!
Tal vez leve sombrerillo
Cubre tu frente gentil,
Ahora que el rubio Febo
Pende del alto cenit;
Y al cenador enramado
Robas el fresco jazmín,
O al verde geranio enlazas
El encarnado alelí.
Tal vez en la blanda higuera
Grabas con punta sutil,
¡Ay simplecilla!, recuerdos
De algún amor infeliz.
O bien en rima sencilla
Cerrada en tu camarín
De la campaña inocente
Cantas la vida feliz;
Que también del padre Delio
Te inspira el numen a ti,
Y te dio su plectro Erato
Cual su donoso reír.
O quizá pulsas el clave
Con tus dedos de marfil,
Y a los céfiros encantas
Con tu voz de serafín.
O ante el cristal animado
Te ayuda Silvia a ceñir
Al dulce túrgido seno
Corpiñito carmesí;
Y a tu cabello claveles
De jaspeado matiz;
Y a tu cuello torneado
La gargantilla turquí;
Y tornasolada cinta
Que trujiste de Madrid
A la tu breve cintura
Digna de eterno buril.
O a la sombra regalada
Del húmido tamariz
Te aduerme el blando gorjeo
Del tímido colorín.
¿Y quién sabe si en el plomo
Que no temes despedir
Mísera viudez envías
A la pintada perdiz?
O bien… Mas paran las ruedas
Del terrestre bergantín.
¡Ya en Hortaleza! Volemos,
Y a Laura… ¡Miradla allí!
Salud, hermosa zagala,
Tu fiesta vengo a aplaudir.
Dichosa, oh Laura, celebres
Otras ciento, y otras mil.
Las Proclamas
¿En qué público papel,
En qué esquina de cuartel,
En qué estrado o portería,
O tienda de mercería,
En qué retrete de cama
Fijaré la vista mía
Que no encuentre una proclama?
¡Por Dios del cielo que es cosa
Estupenda y asombrosa
Cómo cunde este contagio,
Y tanto insípido plagio
Como la prensa derrama
Pidiendo el común sufragio
En una y otra proclama!
Desde el cenit del gobierno
Hasta el postrer subalterno
¿Quién no las hace en Castilla?
Alcalde hay de monterilla
Que creerá perder su fama
Si desde ignorada villa
No da al mundo una proclama.
Hay gobernador civil
Que habrá escrito ya dos mil.
¡Y son breves sus abortos!
Los pueblos están absortos.
Si la pluma desparrama,
Cinco pliegos vienen cortos
A su más breve proclama.
¡Hará el pueblo buena olla
Con semejante bambolla!
Ni el faccioso las comprende,
Ni hay trazas de que se enmiende,
Ni la patriótica llama
En este siglo se enciende
Con una linda proclama.
Mi escaso merecimiento…
Pero con vosotros cuento…
Las palmas de la victoria…
La unión.. Un día de gloria…
La facción… La inicua trama…
Las páginas de la historia…
Cate usted una proclama.
Cierran puertas; suenan voces;
Ya andan a palos y a coces;
Ya suenan tiros… ¡Piedad!
Ya está ardiendo la ciudad;
Aquel grita, el otro brama…
¿Y qué hace la autoridad?
¡Friolera!… Una proclama.
Yo convengo en que haya alguna
Siendo veraz y oportuna;
Pero ¿proclamas a todo?
Pues ¿no veis que de ese modo
Se hastía el pueblo y se escama,
Y aunque tropiece en su codo
No mirará una proclama?
Oír al pobre y al rico;
Justicia al grande y al chico;
Sudar con manos y pies
Por el público interés;
Irse al tronco, no a la rama;
¡Guerra al traidor!… Esta es
La verdadera proclama.
Epigrama X
Para un viejo, almacén de desengaños,
Si en la esfera no está de los pudientes,
Son los amigos lo que son los dientes:
Se mellan y se pudren con los años.
Epístola Moral Sobre Las Costumbres Del Siglo
A mi querido amigo
El excelentísimo señor don Ventura de la Vega.
¡Oh siglo del vapor y del buen tono!
¡Oh venturoso siglo diecinueve…
O, para hablar mejor, decimonono!
Si alguna pluma cáustica se atreve
A negar tus virtudes y tu gloria,
Yo la declaro pérfida y aleve.
¿Cuándo ha visto en sus páginas la historia,
Sea en la antigua edad, sea en la media,
Tantas acciones dignas de memoria?
¡Y qué saber! Si Dios no lo remedia,
Tendrá cada varón dentro de poco
Montada en su nariz la enciclopedia.
Mozuelo a quien ayer hacía el coco
Bestial pasiega, y sin ajeno auxilio
Ni andar podía ni limpiarse el moco,
Hoy desafía a Homero y a Virgilio,
O con él comparado, si gobierna,
Era un mal aprendiz Numa Pompilio.
Hay quien echa a Demóstenes la pierna
De la elocuencia gárrula prendado
Que aprendió en los cafés… o en la taberna.
A otro basta nombrarle diputado,
Aunque su nulidad sea notoria,
Para que él se repute hombre de estado.
Hasta un pinche que en docta pepitoria
Perdices o besugos condimenta,
De sabio alcanza ya la ejecutoria;
Que si a la parca víctimas aumenta
La ciencia culinar, sabrosa muerte
Es morir con su sal y su pimienta.
Escribir y crear es nuestro fuerte,
No hay poste ya sin cartelón impreso,
Ni prensa ociosa, ni punzón inerte.
¡Así se compran páginas al peso,
Pagando medio duro por arroba,
Para envolver los dátiles y el queso!
Uno invoca a las brujas en su trova;
Otro sigue a Aristóteles y a Horacio;
Otro pinta a los héroes con joroba;
Aquel pulsa la lira en un palacio;
Aquel otro rasgando la bandurria
Muestra en un bodegón su cartapacio.
Ya nos posea el júbilo o la murria,
A todos nos ataca esa manía,
Esa especie de métrica estangurria,
Y lo mismo en la dulce poesía
Que en moral, en política, en hacienda,
Nuestro estado normal es la anarquía.
«El genio por doquier se abre una senda».
Asentada esta máxima, ¿qué importa
Que ya ningún cristiano nos entienda?
Así también la muchedumbre absorta
Sus goces multiplica intelectuales
Con tantas coplas como España aborta.
Así quizá en los públicos corrales
Involuntaria risa nos asedia
Cuando ejecutan dramas sepulcrales,
Y hoy que tanto se ríe en la tragedia
No es maravilla si se queja alguno
De que le hagan reír en la comedia.
Mas dejando en su tema a cada uno,
Hugos y Tasos, Góngoras y Ovidios,
Decidme, y perdonad si os importuno;
¿Cuándo persas, ni sármatas, ni lidios
Hilaron tanto y tan delgado en esto
De acumular gabelas y subsidios?
Ello es verdad que con amargo gesto
Suspiran más de dos por un sistema
Que a lo justo reduzca el presupuesto.
Ello es verdad que rústico anatema
Fulmina audaz contra el avaro fisco
El pobre ganapán que caya o rema,
Y cuando alza el orgullo un obelisco
Exclama en su dolor: ¡yo lo he pagado
Con la postrer oveja de mi aprisco!
Mas ¿quién es un pechero mal criado
Para meter impertinente el cuezo
En el Sancta Sanctórum del Estado?
Humille al suave yugo su pescuezo,
Y al sueño lo atribuya buenamente80
Cuando el hambre le arranque algún bostezo.
Pues ¡no faltaba más!; ¡que un insolente
Su bienestar prefiera…, verbigracia,
A las arduas cuestiones del Oriente!
Harto tiene que hacer la diplomacia
Si ha de avenir con el bajá del Nilo
A un tal Abdul Mejid, sultán de Tracia.
¡Es grave la cuestión! Pende de un hilo
Si ha de ser del vecino, o tuya, o mía
La pesca del caimán y el cocodrilo.
Arreglemos primero a la Turquía,
No sea que del uno al otro polo
Arda la guerra asoladora, impía.
A bien que Metternich se pinta solo,
Y Palmerston es hombre que lo entiende
Para eso de enjergar un protocolo,
Y después que conjuren aquel duende
Y al bajá y al sultán protocolicen,
Protocolizarán a los de aquende.
¡Oh! mármoles y bronces eternicen
Al que inventó tan linda panacea,
Aunque algunos ingratos la maldicen.
Lo que antes en diez años de pelea,
En un par de semanas hoy se ajusta
Con polvos y papel, tinta y oblea.
Otorga el flaco lo que al fuerte gusta;
La guerra es ya de pura ceremonia,
Y aunque truene el cañón nadie se asusta.
Venga, dice el inglés, esa colonia,
Y el prusiano y el ruso y el austríaco
Se reparten el reino de Polonia.
Si esto no agrada al infeliz polaco,
¡Paciencia! Era mal clima la Siberia:
Mejor campa en el Vístula el cosaco.
Así en el archipiélago se feria
A Otón un cetro, y a Coburgo en Flandes;
Así muere absoluto el rey de Iberia,
Y en su cartera así los hombres grandes
Del universo encierran el destino
Desde el hercúleo mar hasta los Andes.
Acaso algún espíritu mohíno
Más daño que a la pólvora y al hierro
Atribuya al papel y al pergamino.
Si al fin, dirá, la albarda y el cencerro
Ha de imponer al débil el potente,
Si le han de dar al cabo pan de perro,
Más vale pelear como valiente
Y a lo menos salvar la negra honrilla,
Como dijo aquel príncipe excelente.
¡Grosero error! Doblemos la rodilla,
¡Oh santo Protocolo, en tus altares.
¡Vítor!… Eres la octava maravilla.
Y no porque a los bélicos azares
Sucedan los primores de la pluma,
Faltan héroes. Nos sobran a millares.
De tal renombre la grandeza suma
Apenas se otorgaba en otra era
Al audaz vencedor de Moctezuma.
Hoy lo arreglamos ya de otra manera;
Proclamas y periódicos sin cuento
Conceden ese título a cualquiera.
¿Y qué diré, oh Ventura; (que el momento
Ya llegó de nombrar el ciudadano
A quien mi carta dirigir intento)
¿Qué diré del prodigio sobrehumano
De valer hoy millones los billetes
Que ayer menospreció todo cristiano?
Ve a la Bolsa y, sin miedo a los corchetes,
Verás improvisar su bienandanza
A quien sabe mover los cubiletes.
¡Doloso cebo al necio Sanchopanza
A quien sepulta en súbito naufragio
Viento falaz que le auguró bonanza!
¡Maldito sea, exclamarás, el agio,
Peste de las modernas sociedades,
Más fiera que el bubón en su contagio!
¡Dichosas las pretéritas edades
Do fue desconocido! ¡A buen seguro
Que lo sufrieran Jerjes ni Milciades!
Mas ¿qué hicieras, replico, en el apuro
De ser ministro, di, y en el erario
No hallar para un remedio un peso duro?
¡Oh! No cabe sistema tributario
Que iguale ni con mucho al arte eximia
Que convierte el papel en numerario.
¿Y cómo reprobar la nueva alquimia
Cuando con ella el alto financiero
Si no salva al estado… lo vendimia?
¿Y qué importa que gima el pueblo entero
Mientras jugando al alza y a la baja
La bursátil legión nada en dinero!
Que no a todos es dable la ventaja
De comprar al futuro y al contado
Sin un real en la bolsa ni en la caja.
Al bolsista chambón, desventurado,
Que, paga una primada en cada prima
¿Quién le manda meterse en tal fregado?
Pero aunque esta verdad nos cause grima,
El maldito interés es una plaga
Que nunca el hombre se echará de encima.
Yo mismo, mal coplero que, a la zaga
Del Venusino que ilustraba al Lacio
En dulce son que persuadiendo halaga;
Yo que, imperito imitador reacio
De Rioja insigne, cuya docta pluma
Dio a la hispana región segundo Horacio,
Oso epistolizar (¡audacia suma!)
Y en vano forcejeo con la carga
Que ya mis hombros frágiles abruma,
Cuando escribo estos versos de botarga,
Y con algo de miel los elaboro;
Que a secas la verdad es muy amarga,
No de gloria fugaz al almo coro
Demando la merced: sólo me impulsa
La golosina de la Rosa de oro:
Y aunque peque mi sátira de insulsa,
Me quedaré más frío que la nieve
Si el adusto areópago me repulsa.
Mas, por si tal ocurre, quiero en breve
Dar a mi carta fin; que es ya prolija
Y tal vez hoy se lean ocho o nueve.
Así, aunque mucho queda en la valija,
Adiós, Ventura amable; siempre tuyo,
Como sabes… et caetera…, y concluyo
Antes que el auditorio me lo exija.
¡Es Mucho Cuento!
¡Que contra su propio hermano
En el suelo castellano,
Por si ha de ser hache o erre,
Tanto libre ciudadano
Pierda el estribo y se emperre!
¡Vaya!
¡Y que tantas guerras haya,
Como si la de Vizcaya
Nos diera poco tormento!
¡Es mucho cuento!
¡Que haya quien tenga interés,
Cuando sucede un revés
Al partido nacional,
En aumentar dos o tres;
Y se llame liberal!
¡Anda!
¡Y si se apura el que manda
Yo, porque soy de otra tanda,
Salto y brinco de contento!
¡Es mucho cuento!
¡Guerra al Gobierno! ¡Anatema!…
Este es mi eterno sistema.
Tunda, y después otra tunda,…
Mas que en su agonía extrema
Con él la patria se hunda.
¡Bravo!
Quien no conspira es esclavo.
Yo de insurgente me alabo
Y el motín es mi elemento.
¡Es mucho cuento!
Empeñado don Fabricio
(Sin duda ha perdido el juicio)
En echar por el atajo,
Y aunque todo el edificio
Mañana se venga abajo,
¡Ea!
Él ha de hacer la azotea
Y plantar la chimenea
Sin afirmar el cimiento.
¡Es mucho cuento!
¿Recuerda usted el afán
Con que clamaba don Juan
Por derechos populares?
¡Oh, más que faltase el pan
Y la paz en los hogares!
¡Vamos!…
Y si a votar le llamamos,
¡Porque hay que subir dos tramos
No acude al Ayuntamiento!
¡Es mucho cuento!
¡Órgano de la opinión
En esta pobre nación
Se titula cada cuál,
Cuando infausta desunión
Acrecienta nuestro mal!
¡Por Dios!…
Esto sucede inter nos;
Mas ellos…, una de dos:
Ser arriero, o ser jumento.
Es mucho cuento.
La Niña Enferma
Es tanto mi desconsuelo,
Que no hay cosa que me cuadre.
Todo me fastidia, madre…,
Menos mi primo Antoñuelo.
Yo lloro, yo clamo al cielo,
Yo me impaciento, yo rabio,
Y…, ya lo veis, de mi labio
Desaparece el color.
Mi seno palpita; yo estoy muy malita.
¡Ay madre! que venga, que venga el doctor.
Ya no toco la pandera
Con inocente alegría;
Ya no soy como solía
La gala de la pradera.
Me tiene de tal manera
El mal que en vano reprimo,
Que, a no bailar con mi primo,
Aun el baile me da horror.
Mi seno palpita; yo estoy muy malita.
¡Ay madre! que venga, que venga el doctor.
No precio ya la dulzura
Del albérchigo amarillo,
Ni el canto del jilguerillo,
Ni del prado la verdura.
De mi tenaz calentura
Me seca el rudo martirio
Como al azulado lirio
Seca el cierzo asolador.
Mi seno palpita; yo estoy muy malita.
¡Ay madre! que venga, que venga el doctor.
Tal vez se alivia este mal
Que me acongoja y me oprime
Cuando una pastora gime
Quejosa de su zagal;
Y, aunque es pecado mortal
Envidiar lo que otro goza,
Cuando se casa una moza
Se acrecienta mi dolor.
Mi seno palpita; yo estoy muy malita.
¡Ay madre! que venga, que venga el doctor.
Desnudo el llagado pecho
Hasta que la aurora brilla
Doy vueltas como una ardilla
Sobre el solitario lecho.
Si un instante mí despecho
El blando sueño aligera,
Sueño… Yo bien lo dijera,
Pero me causa rubor.
Mi seno palpita; yo estoy muy malita.
¡Ay madre! que venga, que venga el doctor.
No me veáis de esta suerte
Bajar a la sepultura.
Mirad que la calentura
Es cada día más fuerte.
No mi dolorosa muerte5
Os cubra de amargo duelo;
Y aunque tal vez Antoñuelo.
Me curaría mejor,…
Mi seno palpita; yo estoy muy malita.
¡Ay madre! que venga, que venga el doctor.
Está Perdida La Sociedad
Yo tengo una alma
Como un volcán;
Yo mis pasiones
No sé domar…;
Mas la justicia,
Mas la moral
A cada paso
Siento invocar.
Está perdida
La sociedad.
Mujer casada.
Quiero sitiar,
Ciego al hechizo
De su beldad.
¡Ah! no, me dicen;
Que en el altar
Prenda la hicieron
De otro mortal.
Está perdida
La sociedad.
Amor no debe
Reflexionar
Si hay o no fueros
De propiedad;
Mas si propalo
Máxima tal,
A los Toribios
Me enviarán.
Está perdida
La sociedad.
¡Y aun en el siglo
Maridos hay
Que no consienten
Ningún rival!,
¿No ven que solos
Sucumbirán
Al férreo yugo
Matrimonial?
Está perdida
La sociedad.
Sansimoniana
Mi caridad,
Las viñas todas
Quiere esquilmar.
Entre en la mía
Cualquier truhán.
Cuando la tenga:
¿Puedo hacer más?
Está perdida
La sociedad.
Porque mis triunfos
Suelo contar…
Y aun los que sueño
Doy por verdad,
Y porque feo
Soy, además,
Me huyen las bellas
Como a Satán.
Está perdida
La sociedad.
Gasto en placeres
Un dineral;
Mas, como renta
Dios no me da,
Pido prestado:
¿No es natural?
Pero el que presta
¡Quiere cobrar!
Está perdida
La sociedad.
¡Y un sastre, cielos,
Un menestral,
Me hostiga impío
Por aquel frac!
¡Vil! Yo le he dado
Celebridad.
Sin mí ocupara
Sucio portal.
Está perdida
La sociedad.
Por este flujo
De criticar
A muchos privo
De honra y de paz;
Mas con donaire,
Con mucha sal,
Mucha. ¡Y me llaman
Bicho mordaz!…
Está perdida
La sociedad.
Mucho te elogian,
Santa amistad;
¡Y no hay amigos
Que quieran ya
Sacrificarme
Su voluntad,
Y sus amores
Y su caudal!…
Está perdida
La sociedad.
Exorcismos
¿He de ser yo tan abanto,
Luisa, que crea en tu llanto
Cuando sé que eres mujer,
Y que por un alfiler
Que se te caiga del manto
Con la misma angustia lloras?
¡Exi foras!
¿Yo, porque en desgracia esté,
Desesperarme? No a fe,
No haré yo tal, ¡buena gana!;
Que arrepentirme mañana
De mi hazaña no podré
Si hoy me sepulto en el Tibre.
¡Dios me libre!
Cuando tanto perantón
Escribe sin ton ni son,
¿Yo creer que un libro es bueno
Porque veo un muro lleno
Con el amplio cartelón
Que me pondera su anuncio?
¡Abrenuncio!
¿Me quería a mí engañar
Cuando solía exclamar
Mi abuelo: «siempre has quebrado,
Soga, por lo más delgado,
Y siempre se ha de tragar
El grande pez al pequeño?»
Ni por sueño.
Por sabio que sea un rey,
Es el hombre mala grey
Y el reinar es mucho afán;
Y pues dice aquel refrán:
«Bien se lame suelto el buey»,
¿Yo suspirar por un cetro?
¡Vade retro!
Si marido llego a ser
Cargaré con mi mujer,
Porque es justo y no hay escape;
Pero ¿con mi suegra? ¡Zape!;
Que eso sería meter
Dentro de mi casa al diablo.
¡Guarda, Pablo!
Decir piropos y flores
A una bella, y sus favores
Galante solicitar,
Lo haré mientras pueda andar;
Pero ¿morirme de amores
Como se murió Macías?
¡No en mis días!
Una Soaré
«Gervasia, prevén las velas:
Roque, limpia los quinqués.
¿Ha venido el repostero?
Préndeme aquí un alfiler.
Que ponga el coche Toribio
Y vaya por Isabel.
Tú, Juan, arregla las mesas
De tresillo y de ecarté,
Y en la chimenea luego
Echa dos troncos o tres.
Llamad al afinador;
Que el piano está cruel.
El farol de la escalera
¿Está ya corriente? —Bien.
Jesús, Jesús, ¡qué muchachos!
No nos dejan entender.
¡Ea, a la cama! —¡Así no!
Póngase en medio el pastel,
Mas allá la jaletina,
Y el jamón a la Jerez:
Lo demás a estotro lado…
¡Y no manches el mantel!
Aquí las conservas… ¡Bueno!
Y los helados después.
Usted se encarga del ponche.
Cuidadito, ¡don Miguel!
No muy cargado. A la una
Se ha de servir. ¿Está usted?»
Tal algarabía mueve,
Trajinando como diez,
Doña Próspera Ruivamba,
Condesa del Alcacer,
El bueno de su marido
Nada dice, o dice amén.
Hombre del antiguo régimen,
O se está cazando un mes
En su soto de la Alcarria,
No sin riesgo, a mi entender,
Mientras él apunta a un gamo,
De que le apunten a él
Si entro dos luces le toman
Por una cabra montés;
O, si reside en la Corte,
No conoce otro placer
Que comer, dormir, rezar
Y acariciar al lebrel;
Y, para pintarle, en fin,
Con solo un rasgo, diré
Que va al café de Levante
Y es jugador de ajedrez. —
Mas dejemos al marido,
Loando su buena fe,
Que en ser tonto le da Dios
Todo lo que ha menester;
Y si algún lector sinónimo
No ha conocido por qué
Con tantos preparativos
Se atosiga su mujer,
Digo que hay baile en su casa,
¡Vaya! y concierto también.
Lo que se llama un sarao…
Mal he dicho: una soaré.
Y ¿qué va a sacar en limpio
De ostentar todo ese tren?
Tengan ustedes paciencia,
Que pronto lo van a ver.
Siempre que entra alguna dama…
(¡Son ciento!) ponerse en pie,
Y dar cien pares de besos,
Y recibir otros cien
Con acentos cariñosos
Y risita de ojimiel,
Aunque esta la quiera mal
Y aquella no huela bien.
Andar como un zarandillo
De la una a la otra pared,
Porque la llama Luisita
Y le dice una sandez;
Porque otra quiere sentarse
Al lado de su doncel;
O a los nervios inocentes
Achaca Flora tal vez
La tortura del zapato
Y el suplicio del corsé;
O Laura tiene calor;
O Casilda tiene sed;
O la llaman con tres luegos
Urgencias de doña Inés.
Allí viene un elegante,
Que fue presentado ayer,
Y hoy con derecho se juzga
Para presentar a seis;
Y ella, aunque más de una mano
Cortada quisiera ver,
Tiene que besarlas todas,
O pasar por descortés.
Otro disputa en el juego
Por el valor de una nuez,
Y tiene que recordarle
Que su casa no es café.
Otro le pide dos onzas,
Que nunca piensa volver,
Y otro le rompe un florero
Por danzar un balancé.
¿Y el concierto? ¡Qué de afanes!
Faltó a la cita Isabel;
Se han olvidado los coros
Del aria de Mahomet;
Está ronco don Ciriaco
Y ha parido Salomé.
Pues que empiece Fulanita.
No, señor, no puede ser.
Arreglemos este dúo…
Bien por mi parte. ¿Y con quién?
Con Casimiro. —¡Imposible!
No puedo cantar con él.
No entra a tiempo, desafina,
Y todo lo echa a perder.
Conchita es más complaciente
Y nos hará la merced…
Lo haría con mil amores,
Mas no puedo dar el re.
Si no estuviera indispuesta…
Pues ¡cómo…! ¿Qué tiene usted?
Y Concha la habla al oído
Y le dice… no sé qué.
Vaya, pues será preciso
Que supla don Ezequiel…
Al momento. ¿Cuatro piezas
Faltan? Yo las cantaré;
Y canta; y tras de la voz
Dura, estentórea, soez,
Por un tris no arroja el bárbaro
Los pulmones y la hiel.
¿Y el ambigú? ¡Santo Dios!
No con igual avidez
Entra a saco una ciudad
Famélico somatén,
Como a la opulenta mesa
Se abalanzan de tropel
Una legión de heliogábalos…
Pero de buen tono… ¡pues!
Fiambres, dulces, sorbetes…,
A nada se da cuartel.
En vano reclama el orden
La desdichada mujer.
En vano su vanidad
Pagó cincuenta por diez,
Malbaratando su hacienda,
A los hijos de Israel;
Que el opíparo banquete
Merienda de negros fue
Entre aquella turbamulta
Sin Dios, sin patria y sin ley;
Y sin poder obsequiar
A tantas damas de prez,
La mejor fuente de china
Rota por el suelo ve;
Y para mayor desgracia
Torpe beodo novel
¡Zas! derrama una ponchera
En su traje de moaré.
Así acaba la función
Cerca del amanecer;
Y unos al marchar se ríen,
Y otros le quitan la piel;
Y el que entró muy derretido
Se despide con desdén.
Y la casa ¿cómo queda?
Hecha un confuso babel.
Y Madrid se ha divertido;
¡Mucho! ¿Y el ama?… ¡Aprended!
La que pocas horas antes
Pensó hacer un gran papel,
Sola, mustia, desairada,
Gime sobre un canapé.
—¡Oh! los bailes, los conciertos…
¡Gran cosa! ¿Y con cena? Miel
Sobre hojuelas. ¿Me convidan?
Mil gracias. Puntual seré;
Pero ¿en mi casa? ¡Abrenuncio!
¡Fuego de Dios, amén, amén, amén!
Glosa De Varios Refranes
Pretender que venturoso
Se juzgue torpe usurero
Aunque de inútil dinero
Llene su arcón hasta el colmo,
Es pedir peras al olmo.
Pedir a una viuda linda
Que no se asome al balcón,
Y se pudra en un rincón
Sollozando por el muerto,
Es predicar en desierto.
Trabaje, trabaje, hermano,
Y sacuda la pereza;
Que no saldrá de pobreza
Maldiciendo su fortuna.
Eso es ladrar a la luna.
No te quedes sin cenar
Cuando riñas con Inés
Por darle pesar. ¿No ves
Que eso es echar, majadero,
La soga tras el caldero?
Limitarse a suspirar
Habiendo en la Corte blondas,
Confiterías y fondas,
Es no entender a las damas;
Es andarse por las ramas.
Pedir que no mienta a un sastre,
Que no finja a una mujer,
Que no robe a un mercader,
Y que no jure a un sargento;
Eso es arar en el viento.
Pedir perdón a quien lea
Tu librejo, Bonifacio,
En un humilde prefacio,
Es lo mismo que enseñar
La horca antes que el lugar.
Con satirillas vengarse
De un ilustrado censor,
Es ser ingrato a un favor,
Es ser ruin, ser indio bravo,
Y apearse por el rabo.
Gollerías
Si el militar consiguiera
Sin oler nunca la pólvora
Una y otra charretera,
Con sólo rondar esquinas
Y guiñar a las vecinas,
Y sin comprar en campaña
Al grito de viva España
Con su sangre la victoria,
¡Oh qué gloria!
Si, como a cada momento
Cambia de colores Úrsula,
Se alimentase del viento
Camaleona completa,
En vez de ser tan coqueta
Y exigir a cada instante
De su desdichado amante
Ya el collar, ya la basquiña,
¡Oh qué viña!
Si campase mi talento
Libre, inmune en mi periódico,
Sin trabas de reglamento,
Y yo escribiera solito,
Sin que nadie alzara el grito,
Para diez mil suscriptores,
Y no tuviera censores,
Ancha mostrasen la manga,
¡Oh qué ganga!
Si bastara la osadía
Con que llamo burro al prójimo
De más alta nombradía,
Y hacer en mi cartapacio
Caricaturas de Horacio,
Y mal traducir un drama
Para merecer la fama
Que a otros corona en el Pindo
¡Oh qué lindo!
Si el Gobierno…, pio, o tordo,
Sólo por cantar el trágala
Me diera un destino gordo,
Aunque fuera necesario
Que a algún digno funcionario
El ministro despojara
Sólo por mi linda cara
Donde no ha apuntado el bozo,
¡Oh qué gozo!
Si, comiendo a dos carrillos,
Mientras la voz de república
Esparzo por los corrillos,
me pagan por ser agente
De Carlos el pretendiente,
Y me tienen por grande hombre
Y ensalza el vulgo mi nombre
Porque escribo con veneno,
¡Oh qué bueno!
Pues siendo yo un mequetrefe
Me doy tono con las ínfulas
Y el alto sueldo de jefe,
Al pago que un subalterno,
Sin conocerlo el Gobierno,
Lo hace todo en la oficina
Por la asignación mezquina
De doce reales y pico,
¡Oh qué rico!
Si libertad sólo hubiera
Para frailes y canónigos
En la monarquía ibera
Bajo el cetro de Isabel,
Y a costa del pueblo fiel
Viviera de mogollón
Cubierto el hipocritón
Con la máscara del justo,
¡Oh qué gusto!
La Rosa
¡Guarda, mi Silvia, guarda!
¡Ay! no por una rosa
Tu delicada mano
A lastimar te expongas.
Venus que las produjo
Como suprema Diosa
Al estampar su huella
Sobre la verde alfombra;
Venus vivió cien siglos
Ufana de su obra
Hasta que tú naciste,
Dulcísima pastora.
Dos el Amor ha puesto
En esa cara hermosa
Que las suyas afrentan
Y el corazón me roban.
Así el rosal ameno
De Venus envidiosa
Crudas espinas cubre
Entre lozanas hojas.
¿No temes su venganza?
¡Tente!… Quizá se esconda
Cabe el risueño arbusto
Víbora ponzoñosa.
Si engalanar deseas
Tu cabellera blonda,
Deja que yo la arranque
Con esta mano tosca.
¡Y oh si por serte grato
Fuera tanta mi gloria
Que las sutiles puntas
La desgarrasen toda!
Y mas que no pudiera
Valerme de la honda
Ni tocar en un año
Mi rústica zampoña.
¡Oh, déjame, importuno!
Responde la pastora.
¿Qué importa que me clave
Si es para ti la rosa?
¡Hay Brujas!
A Mi Amigo El Señor Don José Zorrilla
Mal, Zorrilla, el siglo nuestro
Se amolda a tu fantasía.
Si todo es prosa hoy en día,
¿Dónde alimentar el estro
De tu excelsa poesía?
De aquí nace tu aversión
A las presentes calendas
Y a uno y otro cronicón
Demandar la inspiración
De tus famosas leyendas.
En este pueblo mestizo
¿Quién es ya español castizo?
¿Adónde fue nuestra honrilla,
Negra o blanca? ¿Qué se hizo
De la sesuda Castilla?
Con el funesto contagio
Del moderno escepticismo,
Dio nuestra fe en un abismo,
Y nuestro rey es el agio,
Nuestro Dios el egoísmo.
Sin embargo, (¡cosa extraña!)
Aún hay brujas en España.
¿Te admiras? Sí tal, y muchas;
Y verás que no es patraña
Si con atención me escuchas.
Si el untarse es condición
De brujas, sine qua non,
La que con minio y calostro
Y drogas de Sanahuja,
Adoba el pálido rostro
Es una bruja.
La rufiana marrullera
Que, a título de prendera,
Mientras con una sortija
La bolsa a la madre estruja
Con otra pierde a la hija,
Es una bruja.
Vieja de largos colmillos
Que diz que vende palillos
A la vera del portal
Donde astrosa se rebuja,
Ten por regla general
Que es una bruja.
¡Maruja en el ministerio
Cada día!… Aquí hay misterio.
Cuando así mata sus ocios,
Una de dos; o Maruja
Es agente de negocios,
O es una bruja.
Y si bruja y hechicera
Todo es uno, ¿qué es Glicera
Cuyo rostro, dulce edén
Donde el amor se dibuja,
Hechiza a cuantos la ven?
Es una bruja.
No obstante su jubileo,
Su rosario y su laus Deo,
Y su carita gazmoña,
Y su mirada cartuja,
Doña… (me quedo en el doña)
Es una bruja.
Y cuando miente favores,
Por gozarse en sus dolores,
A Juan, a Pedro y a Andrés,
¿Qué es en resumen Catuja
Coqueteando con los tres?
Es una bruja.
Esa que en el Parlamento
Toma la primera asiento
Y en vez de espumar el caldo
O de aplicarse a la aguja
Lee el Clamor y el Heraldo,
Es una bruja.
Esa comadre de todas
Que así en duelos como en bodas
Se encuentra, y con varias artes
Aquí ríe y allá puja…,
Y merienda en todas partes,
Es una bruja.
Y aunque las haya muy santas,
Cual la mía y unas cuantas,
Diré, para que esto acabe
Con una verdad que cruja:
Cada suegra (ya se sabe)
Es una bruja.
¡Paciencia!
Hijo nací segundón
de un hidalgo pobretón;
y se la fiebre amarilla
no barre media Castilla,
no espero ninguna herencia.
¡Paciencia!
¿Se vende una obrilla mía?
Nadie va a la librería.
A título de amistad
me la piden… Es verdad
que alaban luego mi ciencia.
¡Paciencia!
¿Imploro la protección
de algún grave señorón?
No, hay mus: inútil empeño.
¡Oh!, pero me habla risueño
y me apea la excelencia.
¡Paciencia!
¿Qué puedo dar a mis damas?
Sonetillos y epigramas.
Llega un cafre, rueda el oro,
y me deja el bien que adoro
a la luna de Valencia.
¡Paciencia!
Si presto, nadie me paga;
que es mi suerte muy aciaga;
y no hallaré, ¡mala peste!,
quien media onza me preste,
si la pido en una urgencia.
¡Paciencia!
¿Viene a convidarme Blas?
No me halla en casa jamás;
y es fijo que ha de encontrarme
el que venga a molestarme
con alguna impertinencia.
¡Paciencia!
El cielo anuncia tronada:
saco paraguas…; no hay nada.
No lo saco, y aquel día
un diluvio nos envía
la Divina omnipotencia.
¡Paciencia!
Si voy al baile, me atrapa
algún ratero la capa;
llego helado a mi portal;
llamo; no me oye Pascual…,
y me quedo a la inclemencia.
¡Paciencia!
Te aconsejo comó amigo:
no viajes, Fabio, conmigo,
que en gran peligro te pones.
Si no se asaltan ladrones,
volcará la diligencia.
¡Paciencia!
No aborrezco el matrimonio;
pero mi suerte…, el demonio.
No, no me caso. ¡Arre allá!,
porque mi dote será,
tras de cuernos, penitencia.
¡Paciencia!
Indicios Vehementes
Me la echó de protector,
Me dio don Claudio esperanza;
Mas, ¡ay! cuando al buen señor
Mi vista jamás alcanza,
Y sus negocios alega,
Y a recibirme se niega
Con uno y otro pretesto…
¡Malo me he puesto!
¡Malo, malo! Don Gaspar
Por ahorrar una sirvienta
Sale a la plaza a comprar
Mientras duerme su parienta
Y aun se la encuentra en la cama,
Porque sopla Guadarrama,
Cuando vuelve con el cesto.
¡Malo me he puesto!
Cuando triste y sonrojada
Me dice doña Lucía:
«Yo no soy interesada.
¿Yo pedir? ¡Jesús, María!…
Pero el casero, la tienda…
¡Ay, cuánto siento, mi prenda,
Los pesares que te cuesto!…»,
¡Malo me he puesto!
Yo sé el país donde vivo,
Y no quiero murmurar;
Pero es cierto y positivo
Que va engordando Pilar,
Y mi señor don Ignacio
Fue su amante muy despacio,
Y se casa presto, presto.
¡Malo me he puesto!
Diez reales de sueldo tiene
Don Paneracio el contador,
Y moza y coche mantiene,
Y vive como un señor.
Ya, pero en eso de rentas…
El que le toma las cuentas
Será… será… —Por supuesto.
¡Malo me he puesto!
Cuando alguno muy cortés
Entrando en mi gabinete
Arrastra mucho los pies,
O bien recibo un billete,
Y leo al primer renglón:
«Señor don Manuel Bretón:
Perdone usted si molesto…»,
¡Malo me he puesto!
No, señor, no soy celoso.
Ello, mi esposa es bonita…
Yo, la verdad, soy un oso;
Mi coronel la visita,
Y aunque mi conducta es buena
Cate usted que me condena
quince días de arresto.
¡Malo me he puesto!
¡Jamás!
No gustamos de bullangas
Donde otros buscando gangas
Suelen hallar coscorrones.,
¡Nones!
Pero ¿gobierno absoluto
Y aquel tribunal de luto
Invención de Barrabás?
¡Jamás!
Que las añejas injurias
Se perdonen y las furias
No viertan civil veneno,
Bueno;
Pero ¿llevar malos ratos
Para escapar de Pilatos,
Y estrellarnos en Caifás?
¡Jamás!
Que la libertad no sea
Humeante horrible tea
Que más que ilumine abrase,
Pase;
Mas ¿que vuelvan sarracenos
A mandar, y digan menos
Tras que no pedimos más?
¡Jamás!
Si anda bien siempre el timón
Tendremos moderación;
Daremos sangre y dinero;
Pero
¿Que el barquito ande o no ande
Según Metternich lo mande
Y el señor don Nicolás?
¡Jamás!
Diz que en oscuros registros
Se buscan nuevos ministros
Que hagan de España otra Angola.
¡Hola!
Vanas fueran sus porfías.
No pedimos gollerías;
Pero ¿un solo paso atrás?
¡Jamás!
Sarta De Embustes
Juana vive de coser;
Que es muy honrada mujer
Y nunca ha tenido amantes.
—Pues ¿quién paga los brillantes
Y el abono en la cazuela?
Que se lo cuente a su abuela.
Aquel hinchado señor
Sin virtudes ni valor
Pretende al mundo admirar
Porque luce en un billar
Galones y escarapela.
Que se lo cuente a su abuela.
Como está sin capa Gil
En Enero va de Abril,
Y echándola de valiente,
Aunque dé diente con diente
No se arrima a la candela.
Que se lo cuente a su abuela.
Un bulto de mal agüero
Tiene Luisa en el garguero,
Y ella dice con candor:
«Esto no es nada. Calor…
Un ramo de erisipela…»
Que se lo cuente a su abuela.
Víctima de un pisotón
Ve las estrellas Antón,
Y al oír: Perdone usté,
Responde: No, no hay de qué,
Y se ríe aunque le duela.
Que se lo cuente a su abuela.
¡Oh delicia! exclama Juan,
Azucarado galán.
¡Con qué gozo, prenda mía,
Rondando tu celosía
Paso las noches en vela!
Que se lo cuente a su abuela.
De un risible pundonor
Acérrimo defensor,
«Es vileza, dice Roque,
No abrir el pecho a un estoque
Por la menor bagatela».
Que se lo cuente a su abuela.
El parásito Fabricio
Dice al ricacho Simplicio
Que mata su hambre canina:
«No tu espléndida cocina;
Tu amistad mi pecho anhela».
Que se lo cuente a su abuela.
Juan Pérez, triste peón
Que a riesgo de un empellón
Con piedras y barros lidia,
Dice que no tiene envidia
Al que gasta carretela.
Que se lo cuente a su abuela.
Quien diga que un sastre solo
En cuanto ilumina Apolo
No ha de robar todo el año,
Si no en la hechura y el paño,
En botones y entretela,
Que se lo cuente a su abuela.
«¡Qué carta tan bien sentida
La de mi Anarda querida!
¡Qué ternura de mujer!»
¡Pobre mentecato! Ayer
La copió de una novela.
Que se lo cuente a su abuela.
¡A duro la muselina!
—A usted por ser mi vecina
Le rebajo un real en vara.
—¿A diecinueve? Es muy cara.
—Pues más me costó la tela.
Que se lo cuente a su abuela.
Blas me adora. ¡Oh! sí; lo creo,
Y tan rendido le veo,
Que jura serme constante
Aunque mi lindo semblante
Desfigure la viruela.
Que se lo cuente a su abuela.
El que me diga que un hombre,
Aunque su paciencia asombre,
Da con gusto su dinero
Al maldecido barbero
Que le ha sacado una muela,
Que se lo cuente a su abuela.
Dorila la cortesana
Se casa en esta semana
Con el bobo don Gabriel.
—¿Y está enamorada de él?
—Dice que sí. —Pues no cuela.
Que se lo cuente a su abuela.
La Boca De Lisaura
No hay pastor que no alabe la hermosura,
Dulce Lisaura, de tu boca breve;
Que en ella pone Amor el arco aleve
Do el tiro de sus flechas asegura.
Quién compara su aliento al alba pura,
Quién sus dientes al ampo de la nieve,
Quién a la copa que ministra Hebe
De su blando reír la donosura.
¡Ay simplecillos! Su mayor encanto
Que a delicias sin fin plácido guía
Cupido os cubre con espeso manto.
Yo lo callo y lo sé; que desde el día
En que apacible serenó mi llanto
Candado fue su boca de la mía.
La Cuaresma
¿Quién eres, pálido espectro,
Que envuelto en negra bayeta
El magro adusto semblante
Con cárdena toca velas?
¿Eres acaso la sombra
De algún cuitado poeta,
O bien la angustiada efigie
De algún maestro de escuela?
Mas ¿qué confuso trofeo
Tu trono lúgubre cerca
De gaitas y chirimías,
De dengues y castañuelas?
Allí de una que era ayer
Sacerdotisa de Vesta
La túnica yace ajada
Y el casto velo por tierra.
Podrá su blancura al lino
Restaurar la lavandera,
Mas ¿con qué jabón se lavan
Las culpas que me revela?
¡Ah! Si Madrid fuera Roma,
¡Cuántas vestales cayeran
Al ancho foro rodando
Desde la roca Tarpeya!
Allí el corpiño de pana,
Allí la alquilada trenza
Una pasiega depuso
Y el guardapiés de estameña;
Y es fama que por Otoño,
Si no hay un yerro de cuenta,
Ya podrá ejercer la industria
De que viven las pasiegas.
Allí una bata descubro
Rasgada por embustera,
Allí el talle de Lisarda,
Allí el color de Filena.
¡Oh qué de guantes aquí
Que uñas rapaces cubrieran!
¡Oh cuántas caras allá
Que cayeron de vergüenza!
¡No más! Lívida fantasma,
Tú eres la triste Cuaresma
Del Carnaval fugitivo
Ceñuda enemiga eterna.
Tú, que el regalado hojaldre
En duro abadejo truecas,
Y el ave tierna y sabrosa
En desaborida acelga,
Y en desaliño la gala,
Y la alegría en tristeza,
Y en silencio sepulcral
La baraúnda y la gresca.
Harto el pesar te denuncia
De tanta ya muda orquesta,
Y el luto de los fondistas,
Y el llanto de las prenderas.
Colchas de filipichín,
Casacas de filoseda,
Volved al raído cofre
Y a la carcomida percha,
Y con vosotras se encierren
Hasta el día de la feria
Tantos modernos pecados
Y tantas culpas añejas.
¡Oh! si un prodigio del cielo
De repente os diera lengua,
¡Cuánta opinión rodaría
Y cuánta virtud supuesta!
Mas no: callad; que también
Su buena fama perdieran
Las que os venden y revenden,
Y os alquilan, y os empeñan;
Y la malicia del vulgo
Diga lo que quiera de ellas,
Las prenderas siempre han sido
Mujeres de muchas prendas;
Y donde se venden honras
En públicas almonedas
No es cosa del otro jueves
Que ropa usada se venda.
Mas el Carnaval procaz
¿Acabose ya de veras?
¿No quedan ya por ventura
Carnes en Madrid tolendas?
¡Oh Miércoles penitente!
No lo creas, no lo creas.
Hay rostros que en todo el año
No se quitan la careta;
Y tanto a fingir se inclina
La humana naturaleza,
Que de disfraz sirve a muchos
Hasta el cilicio que llevan.
En las danzas, a lo menos,
Que el alegre Momo inventa
Contra astucias y maldades
Vivimos todos alerta.
Caretas de tafetán
Sólo a un tonto se la pegan;
Mas de caretas de carne
¿Quién defiende a la inocencia?
¡Pobre mundo! ¡Pobre mundo!
La taciturna Cuaresma
El regocijo te roba…,
¡Y las máscaras te deja!
La Declaración Involuntaria
Tus ojos me abrasan,
Y de amor cautivo,
¡Ay! anhelo en vano
Quebrantar mis grillos.
No creas empero,
Dulce dueño mío,
Que de mis amores
Hablarte imagino;
Pues me condenaron,
y yo no lo olvido,
A crudo silencio
Tus crudos desvíos.
Callaré, Filena,
Y del pecho herido
No saldrá a mi labio
Ni un leve suspiro.
Callaré la pena
Que incesante abrigo.
Mas ¿cómo callarla,
Si ya te la he dicho?
La Feria De Madrid
¿Qué es eso? Ahora sale el sol,
Altivo como español;
Ahora asustado se esconde,
Sin saber cómo ni dónde;
Ya me seco; ya me mojo;
Ya con el calor me abraso
Y la levita me aflojo;
Ya de frío me traspaso
Cual si me hallara en Siberia.
¡Ah! vaya… Es tiempo de feria.
Costumbre es en los diarios,
No de un prójimo, de varios
Sacar los trapos al viento
Con donoso atrevimiento.
Hoy por plazuelas y calles
Todo es trapos en Madrid.
Los hay de modernos talles:
Los hay del tiempo del Cid…
Los anales de la Iberia
Vende Madrid en su feria.
Muñecos en mil tenduchos…,
Y viéndolos otros muchos;
Regatones que vocean;
Pirujas que petardean;
Allí carcomido un trasto;
Más arriba a dos manolas
Paga un galopín el gasto
De azofaifas y acerolas,
Y los tres con disentería
Se retiran de la feria.
Al peso allí, como el plomo,
Se vende el bárbaro tomo
De horrendas majaderías
Que tituló poesías
Un ingenio encanijado.
Allá en montón poligloto
Ruedan Marco Tulio roto,
Cervantes descabalado,
Tasso lleno de laceria…;
¡Y a real los dan en la feria!
Allí vende mi criado
La ropa que me ha robado.
Allí están a la vergüenza
Los colchones de Lorenza,
Que si supieran hablar
Dirían sierpes y sapos:
Pero yo no he de callar
Que la tal tiene otros trapos
Con que puede dar materia.
Para enriquecer la feria.
La espada allí de un valiente
Se vende al precio corriente,
Y detrás en el rincón
Vende un sabio su opinión.
Y aquí ¿qué venden? —Amigos.
¿Y allí? —Empleos. —¿Y allá? —Fama.
—Y allá ¿qué compran? —Testigos.
—¿Y aquella dengosa dama
Que se pasea tan seria?
También se vende en la feria.
¡Qué de pobres en el lodo
Se abren paso con el codo,
A tiempo que con su moza
Pasea en áurea carroza
Alguno que andaba antaño
Mezclado con esa plebe,
Y, mal adquirido, hogaño
Su lujo a insultar se atreve
¡A la pública miseria!…
¡Oh mundo! ¡Oh Madrid! ¡Oh feria!
La Hipocresía
Mal conocía al hombre el ignorante
Que dijo, no sé a quién, dónde ni cuándo:
El espejo del alma es el semblante.
¡Pluguiera a Dios, y el crimen execrando,
Cuanto más solapado más temible,
De la virtud no hiciera contrabando!
Su sed de sangre, su índole irascible
Muestra el león en su rapante garra
Y de su boca en el abismo horrible;
Y ruge de furor si triple barra
Tornar le niega al arenal ardiente;
Y muerde la cadena que le amarra.
No esconde el jabalí su corvo diente;
Ni el águila caudal remeda astuta
El arrullo de tórtola inocente;
Ni llorando a sus víctimas se enluta
Hiena voraz; ni el lobo y el cervato
Reposaron jamás en una gruta.
No hay ser irracional, excepto el gato
Que del hombre aprendió la hipocresía,
Que en sus obras desmienta su retrato.
Mas del género humano la falsía
Tal es, que aun la virtud más acendrada
Se avergüenza al brillar la luz del día.
Yerta galantería almibarada
Ordena a don Simón besar la mano
Que quisiera, a fe mía, ver cortada.
¡Oh cuánto y cuánto ofrecimiento vano
Contraria al corazón dicta la boca,
No digan: ¡qué grosero es don fulano!
¡Oh cómo al cielo don Froilán invoca
Jurando a Cloris amistad eterna,
Y dice en el café que es una loca!
¡Oh cómo Lucio de su Laura tierna
Celebra el lindo pie!… ¡Guarda, cuitada!
Si el pie le das, avanzará a la pierna.
Cuentan que en otra edad afortunada,
Edad que algún enfermo visionario
Improvisó roncando en la almohada,
Ninguno te ultrajaba temerario,
Sacrosanta verdad, aunque a tu apoyo
El ante mí faltase de un notario.
¡Oh siglo de Saturno! En algún hoyo
Para siempre te hundieron. Ya no brota
De leche ni de miel ningún arroyo.
Sólo de ti nos queda la bellota;
Y yo sé quién comerla debería
Mejor que pan de Meco o de Grijota.
¡Eh! Sueños son de ilusa fantasía.
Fiel la historia esas fábulas desmiente
Que forjó la entusiasta poesía.
No te hubieran hollado impunemente,
Mísera humanidad, tantos tiranos
Del Norte al Sur, del Este al Occidente,
Si incensando al poder con ambas manos
Encomiado no hubieran sus excesos
Viles y aduladores cortesanos.
Ni aun después de hechos polvo nuestros huesos
La raza acabará de los Sinones
Y de los Judas los traidores besos.
Este el lote será de las naciones
Si algún milagro celestial no arranca
Del corazón humano las pasiones.
Unos nadando en oro; otros sin blanca…
¿Y embusteros no habrá, cuando este oficio
Se aprende sin cursar en Salamanca?
¿Quién ya de la virtud distingue al Vicio,
Si almas sumidas en su lodo inmundo
Cubre tal vez el áspero cilicio?
¿Quién restituye la verdad al mundo,
Si el que mejor del prójimo se mofa
Filósofo se llama el más profundo?
¿Si aquel poeta que en sublime estrofa
Nos encomia la cándida inocencia
No daría por ella una alcachofa?
¿Qué más? El noble título de ciencia
Se arroga ya en el orbe la impostura,
Y sin cargo se ejerce de conciencia.
Su alianza el ruso al otomano jura,
Y más codicia el bósforo de Tracia,
Que la amistad de un turco mal segura.
La falacia en un quidam es falacia.
¿La comete un ministro? ¿Hay protocolo?
Entonces se apellida diplomacia.
El bien de su país le mueve sólo,
Y si al sármata engaña y al tudesco
Del dolo se defiende con el dolo.
¿Y a quién ofende en pabellón chinesco
El amistoso fraude cortesano
Precedido de opíparo refresco?
Quizá ese fraude del bifronte Jano
Cierra el templo feroz, y el que lo signa
Es buen padre tal vez, buen ciudadano;
Como el soldado de índole benigna
Fulmina ardiente bala matadora
Obediente a la bárbara consigna.
Mas del orbe despótica señora,
Ello es que triunfa la mentira impune
Y con soberbios timbres se decora.
La mentira es el lazo que nos une,
Gracias al padre Adán. ¿Dónde hay un santo,
Dónde que sin mentir se desayune?
Miente la viuda con el negro manto;
Miente en su boca el funeral sollozo;
Miente en sus ojos el acerbo llanto.
Proponedla, si no, gallardo mozo
Que consuele su tálamo desierto,
Y veréis su pesar trocado en gozo.
Miente ya el mercader menos experto;
Miente el sello también con que atestigua
Que el tanto de arancel pagó en el puerto.
Miente casto rubor la cara ambigua
Del dómine que vive amancebado,
Y si oye decir porra se santigua.
Un pliego y otro de papel sellado
Con fehaciente rúbrica embadurna
Quien nunca tuvo fe ni lo ha soñado.
Y yo pondría a Elisa en una urna,
Cual ángel de virtud, si no supiera
Que es ave de reclamo, aunque nocturna.
¡Cuánta calva con riza cabellera!
¡Cuánta canosa greña reteñida!
¿Qué cabeza en Madrid no es embustera?
Finge cadera y pecho la escurrida,
Finge el color de sus mejillas rojo
La pálida coqueta presumida;
Y en la cara de Lucas miente un ojo;
Que de cristal de roca es el izquierdo;
¡A tanto, oh vanidad, llega tu arrojo!
¡Oh! Si algún día los estribos pierdo,
No dirás, infernal Hipocresía,
Que te ladro cual gozque y no te muerdo.
Y ¡qué! ¿No fuera mengua y cobardía
A tus veniales culpas solamente
Lanzar el dardo de la saña mía?
¡Qué! Denuncio a la risa de la gente
El falso dengue, el polisson maldito,
El muerto rizo y el intruso diente;
¿Y no alzaré contra mayor delito,
De Juvenal la férula empuñando,
Hasta los cielos el airado grito?
¡Oh patria, patria mísera! ¿Hasta cuándo
Te insultarán hipócritas infames
Tu sacro y dulce nombre profanando?
¿Cuándo querrá Satán que no declames
Contra tanta perfidia al vago viento
Y lágrimas perdidas no derrames?
¿Cuándo será que un sátrapa avariento,
Con el público bien siempre en la boca,
Fije sólo en el suyo el pensamiento?
¡Numen de libertad! ¿Por qué te invoca
En insidiosa y pérfida proclama
Quien tus aras sacrílego derroca?
¿Por qué abrasado en tu divina llama
Se finge sin rubor el mal patricio
Que la anarquía y el desorden ama?
¿Hasta cuándo sufrir el artificio
Del que hoy pide congreso, instituciones…
Y victoreaba ayer al Santo Oficio?
¡Tolerancia! ¡Igualdad!… ¡Y a sus pasiones
Suelta la brida el que a tirano yugo
Quiere forzar las libres opiniones!
Honra tu nombre, pues al cielo plugo
La cadena romper que te oprimía,
Y no seas ni esclavo ni verdugo.
Si de la patria el bien sólo te guía,
¿Por qué tu brazo envilecer blandiendo
Las armas de la odiosa tiranía?
Mas reprimir no es fácil al que, ardiendo
En patrio amor, tras luenga servidumbre
Ve derribado al despotismo horrendo.
Así tras de aparente mansedumbre
Traga la puente el Rin, la vega inunda
Y del monte amenaza a la alta cumbre.
Así el toro escapado a la coyunda,
Tal vez arremetiendo al que le uncía
Clava en su hermano el asta furibunda.
¡Oh! ¡Luzca presto el suspirado día,
Término justo al ansia generosa
Del que en la santa ley su gloria fía!
¡Oh cuánto tarda en resonar briosa
La voz inmune del prohombre libre,
Rota ya la mordaza vergonzosa!
¿Cuándo, cuándo será que Astrea vibre
Inflexible su espada, y Manzanares
Pueda las glorias renovar del Tibre?
¿Cuándo será que en respetados lares
Se goce el antes mudo ciudadano
Entonando patrióticos cantares?
¡Ah! No abriguemos la esperanza en vano
De unir al esplendor de la diadema
La libertad del pueblo castellano.
Y la discordia en su agonía extrema
Bramando lleve al fondo del abismo
De la ibera región el anatema.
Y con la pura voz del patriotismo
No más en nuestros valles se confunda
El alarido atroz del fanatismo.
Sí, de bienes sin número fecunda
Ya resplandece la anhelada aurora
Después de noche tétrica y profunda.
Y la misma facción que ciega adora
Al ministro falaz que la fascina
Le arrancará la máscara traidora;
Ya no osará de inspiración divina
Embriagado fingirse, el druida torvo
Que cual vándalo roba y asesina;
Más espantoso que el asiano morbo,
No ya en vez del pacífico incensario
Blandirá de Mahoma el hierro corvo.
Ni convertido se verá el santuario
En bélico arsenal, ni en su recinto
Se albergará seguro el incendiario;
Ni un brazo, ¡justo cielo! en sangre tinto
Bendecirá a la turba que enajena
De estúpido furor el ciego instinto.
En vano un alma de maldades llena
Esconderán dobladas las rodillas
Y los ojos clavados en la arena.
Tú, que feroces hordas acaudillas,
No eres quizá quien el sagrado nombre
Del Supremo Hacedor más amancillas.
Muestras al menos el valor de un hombre,
Y el mismo arrojo que tu ruina labra
Quizá algún día al universo asombre.
Maldito el que la mística palabra
Tuerce mañoso a rebelión injusta
Que a su oculta ambición las puertas abra;
El que osa calumniar con frente adusta
Del Redentor del mundo la incruenta,
Dulce, fraterna religión augusta;
El que a la faz del público aparenta
Paz, mansedumbre; y sigiloso trama
La ruina del país que le sustenta;
Aquel que horrible tósigo derrama
Sobre el incauto pueblo penitente
Que celestial oráculo le llama.
¡Oh! No le creas, no: su lengua miente;
Que es el eco del Tártaro sombrío,
No intérprete de un Dios justo y clemente.
Libres por dicha del contagio impío
Ministros hay en el cristiano templo
Que condenan tan ciego desvarío.
Postrado, absorto su virtud contemplo,
Si detesto al indigno sacerdote
Que de un Opas traidor sigue el ejemplo.
¡Ah! Sólo un iroqués, un hotentote
Pudiera… Mas mi mano se fatiga
De tanto sacudir el crudo azote.
Basta. Aunque más la punce y la maldiga,
El vértigo censorio de mi vena
¿Podrá del mundo desterrar la intriga?
La torpe Hipocresía que envenena
La humana sociedad ¿se irá al abismo
Sólo porque un poeta la condena?
¿Ahuyentaré del mundo el embolismo
Que es para tunos mil una cucaña?
No, no presumo tanto de mí mismo.
¡Alerta! diré sólo; que en España
De día es flor la que de noche ortiga:
Y entre el grano se esconde la cizaña,
Y el que más te acaricia más te engaña.
La Vida Del Hombre. Poema Pedestre Jocoserio. La Infancia
Nueve meses encerrado
En oscuro calabozo,
Con las piernas en cuclillas
Y los puños en los ojos,
Desde que fue concebido
El hijo de cada prójimo
(No siempre lícito fruto
De legítimo consorcio)
Llora y gime a su manera
De su prisión en el fondo,
Por ver los rayos del sol
Que ilumina nuestro globo.
¡En vano!; que para ahogar
Sus inocentes sollozos,
Conspira aleve el corsé,
Invención de los demonios;
Y a saber lo que le espera
Cuando salga de aquel lóbrego
Presidio, preferiría
Ser víctima de un aborto.
Cumplida ya su condena,
Antes de asomar el rostro
Paga a la madre en dolores
Lo que ella le dio en sofocos.
Si no tiene vocación
De trapense o de jerónimo,
Él mismo rompe la celda
Que le servía de estorbo.
Si la vida motilona
De aquel antro cenagoso
Le era grata, se resiste
A dejar el refectorio.
Pero ¡inútil resistencia;
Que con furor demagogo
Le exclaustra, mal de su grado,
El comadrón antropófago!
Revuelto como tortilla
Y amasado como bollo,
¡Feliz si de tal maniobra
No sale tullido o cojo!
Pero demos de barato
Que salga ileso el pimpollo
Y naturaleza próvida
Triunfe del barbero indocto.
¡Oíd al nieto de Adán
Cómo en destemplado lloro
Maldice el funesto don
De vivir entre nosotros!
Su vida desde el Oriente
Es inaguantable potro,
Y si supiera quejarse
Le escucharían los sordos.
Uno le quita la caspa;
Otro le limpia el meconio;
Aquí apósitos y vendas;
Acullá unturas y polvos.
¡Qué de friegas y estirones,
Qué de frotes y de sobos
De la cabeza a los pies
Y desde la mano al hombro!
Piensa descansar el mísero
Después de mondo y lirondo;
Mas de mayores tormentos
Aquél ha sido el exordio.
Ahora comienza el suplicio
Del consabido envoltorio
Que oprime sus coyunturas
Y estruja sus hipocondrios.
Metedores y pañales,
Mantillas, chambras y gorros,
Con una y otra corteza
Cobijan el débil tronco;
Y al fajarle el operario
Tal vez le disloca un codo
O con agudo alfiler
Pincha al indefenso rorro;
Y sobre prensarlo tanto
Le dan vueltas como a un torno;
Que no sé cómo no vuelven
Al pobre muchacho loco.
Por fin, menos semejante
Al hombre, de que es retoño,
Que al cilindro de una máquina
O a una colmena de corcho,
Chupa voraz de su madre
Los túrgidos promontorios,
Y breve tregua a su llanto
Da el suculento calostro.
Entre tanto, veinte brujas
Formando gárrulo coro
Bendicen (¡otra les queda!)
El fruto del matrimonio.
¡Oh qué linda criatura!
Dice fulana: es un rollo
De manteca. ¡Dios le libre
De viruelas y mal de ojo!
Otra en tono de sibila
Hace inspirada su horóscopo
Y larga vida le anuncia
Con montes de plata y oro.
Otra exclama: Se parece
Lo mismo que un huevo a otro
A su papá, y el papá
No cabe en sí de alborozo.
Pero quizá, aunque sonríe
Y dice en público «apoyo»,
Tiene el padrino razones
Para pensar de otro modo.
No lamento lo que sufro
En el acto meritorio
Del bautismo; que me precio
De ser cristiano ortodoxo;
Pero cuando siente el párvulo
Sobre su cabeza el chorro
Y en su boca el sal sapientiae,
Que no le sabe a bizcocho,
Tal vez (¡humana miseria!)
Se obstinaría en ser moro
Si al oír vis baptizare
Fuese él quien dijera «volo».
¿Y quién, ¡ay Dios! enumera
Las dolencias y soponcios
Que mortifican al nene
Entre lágrimas y mocos?
Hoy le aflige la alfombrilla;
Mañana el usagre hediondo;
Otro día el sarampión
Le convierte en fiero monstruo.
A cada diente que asoma
Le atacan pujos y vómitos,
Y tal vez males ajenos
Se le agregan a los propios;
Que si antes de descubrirse
El americano golfo
El pecado original
Era, aunque grave, uno solo;
¡Hoy son dos!…; y ¡vive Cristo
Que hizo España buen negocio
Quedándose con la peste
Y perdiendo el territorio!
Sin consultar (¡angelito!)
Su paladar ni su estómago,
Antes de cumplido el año
Llenan su cuerpo de bodrio,
Y antes que adquieran sus miembros
El preciso desarrollo
Le desnudan de mantillas
Para vestirle de corto.
Mas no por eso el menguado
Respira con desahogo;
Que su pulmón deterioran
Los andadores diabólicos;
Y cuando de ellos le alivian,
Si con afán engañoso
Para librarse del yugo
Hace pinitos heroicos,
Cada paso es un peligro,
Cada mueble es un escollo;
Que sus pies son de manteca
Y su cabeza de plomo.
Por fin, a fuerza de días
Y coscorrones de a folio,
Logra andar la criatura
Sin necesitar socorro,
Y su labio balbuciente,
Menos precoz que el de un loro,
Articula a los tres años
Papa, teta, mama y chocho;
No sin que antes las comadres,
Interpretando su tosco
Guirigay, al rudo niño
Levanten mil testimonios.
Hasta en los mismos halagos
Y caricias y piropos
Que le tributan, ¡ay! pasa
Las penas del purgatorio.
Objeto de diversión,
Como puede serlo un mono,
Para vecinas lechuzas
Y aduladores ociosos,
Le hacen reír cuando llora,
O turbando su reposo
Cuando mamara o durmiera
Le hacen bailar como trompo.
Llamándole serafín
Le aturden con su alboroto
Y el amor con que le besan
Tiene apariencias de encono.
Uno al cutis infantil
Aplica el suyo cerdoso;
Otro le inspira su aliento,
Que no huele a cinamomo;
Otra vieja fementida,
Mostrando insolente pólipo
En su alevosa nariz,
Que parece un sable corvo…
¡No más, impía canalla!
¡No con vuestro impuro soplo
Sequéis en flor ese vástago
Que acariciaba Favonio!
Pero ¿qué diré, ¡infeliz!
Si a falta de madre (¡oh tósigo!)
Te cría bestial pasiega
O la madre de algún choto?
¿Qué diré, si te condenan
A la congoja, al engorro
De chupar los biberones
Aspirantes de Ibarrondo?
¿Qué diré, en fin, si hacinado
En una casa de expósitos
Lloras de ignorada madre
El criminal abandono?
Si al hambre y la desnudez
Sobrevives, suyo el gozo,
Suyo habrá sido el pecado,
¡Y tuyo será el oprobio!
Y exclamarán todavía:
¡Dichosa edad! los filósofos…
O nunca fueron chiquillos,
O siempre han sido unos tontos.
La Vida Del Hombre. Poema Pedestre Jocoserio. La Juventud
Ya el canijo adolescente
Es fuerte y gallardo joven
Y el tenue disperso bozo
Es ya cerdoso bigote;
Ya en su total incremento
Ostenta fueros de roble
La débil rama y, en fin,
Ya nuestro hombre es todo un hombre.
¡Grata edad de los placeres
Y las dulces ilusiones
Y los hechos generosos
Y los pensamientos nobles!…
Pero yo que en mi poema
(Si puedo dar este nombre
A perdularios romances
Que no ha dictado Caliope)
Las miserias masculinas
Cantando con tres bemoles
Siego punzantes abrojos
Donde otros rebuscan flores,
Dejo al dichoso optimista
Narrar, Juventud, tus goces,
Y voy a exponer la serie
De tus desdichas enormes.
Presa de insanos deseos
Y de indómitas pasiones,
El Mundo, el Diablo y la Carne
Llevan tu vida a remolque.
Ambición te inspira el Mundo
Con que al Este, al Sur, al Norte
Sobre mal seguro leño
Surcas el ponto salobre;
O de las cándidas musas
Fervoroso sacerdote
Pides al genio las alas
Que hasta el cielo te remonten;
O la vara de Esculapio
(Otros dirían azote)
O la balanza de Temis,
la lanza de Mavorte.
Y el mar te traga en su abismo,
O cuando llegas al borde
Del puerto ansiado te abrazas…
¡Con el tifus icterodes!
Y si las musas te brindan
Con la copa de sus dones,
O la enturbia la ignorancia
O la envidia la corrompe.
Médico, pasas la vida
Oliendo y tocando horrores.
¿Curas? No te pagan. ¿Matas?
Te abruman a maldiciones.
Letrado, aunque docto seas,
Te quedas a buenas noches
Si bendicen tu justicia
Los huérfanos y los pobres.
Soldado, piensas medrar
Con asaltos y mandobles
Y sufriendo hambres y fríos
Por los valles y los montes;
Y mientras coges allí,
Amén de heridas y golpes,
Laureles que te escabechen
Y reumas que te joroben,
Te usurparán los cobardes
Grados, empleos y honores
Patrioteando en la plaza
O serpeando en la Corte.
Del diablo ¿qué te diré,
Si apenas sus tentaciones
Conjuraron eremitas
San Antón y san Onofre?
¡La carne!… Este es el mayor
Enemigo de los jóvenes,
Porque entre rosas y mirtos
Como víbora se esconde.
«¡La MUJER! Obra maestra
Del cielo, y gala del orbe,
Regalo de los sentidos
Y prez de los corazones,
Nuestra áncora en las borrascas,
Nuestro alivio en los dolores…»
¡Bravo, amigo! ¡Deliciosa
Letanía! Ora pro nobis.
Mas la especie en general,
Aunque hay muchas excepciones,
Da más penas que placeres,
Más maulas tiene que dotes.
Si entre doncellas y viudas
Tu dulce tormento escoges;
(Que perseguir a mujeres
Casadas no está en el orden)
O del suplicio de Tántalo
Sufres las ansias atroces
Cuando parientes y escrúpulos
Son de su jardín dragones;
O si temes que Himeneo
Dos veces tu sien corone
Para que ella no te venda
Es forzoso que la compres.
¡Aun sin el yugo nupcial,
Con el cual no estás conforme,
Habrá quien te ame de gorra
Si otras taimadas la ponen;
Y no expondrás cada día,
Porque no habrá quien la ronde,
Tu corazón a amarguras,
Tu cabeza a coscorrones;
Y sobre ser a tu amor
Leal, cariñosa y dócil,
Alguna habrá que te pague
El teatro, el sastre, el coche;
Pero será vieja o fea,
Si no es graduada in utroque,
Y en tal caso, con tu pan
Te lo comas, ¡si eso comes!
Si huyendo, en fin, de solteras
A las casadas te acoges,
Por no estrellarte en Caribdis
Quizá en Escila te ahogues;
Que si te pilla entre puertas
El ofendido consorte
Podrá medida de frac
Tomarte con un garrote.
Rara contingencia es esta
En los tiempos que ahora corren;
Que para un toro bravío
Hay cabestros diez o doce;
Pero, cabestros y todo,
Te causan mil sinsabores
Antes que de prisa engullas
Lo que de su mesa sobre;
Y si cansar no temiera
A quien lea estos borrones,
O escandalizar a alguno
De los de ¡oh témpora, oh mores!,
Me atrevería a probar
Con argumentos ad hóminem
Que los maridos no son
Los verdaderos cabrones.
La Letrilla Obligatoria
Vaya, que es faena
Que me causa pena;
Vaya, que es muy duro,
Vaya, que es apuro
En cada semana,
¡Jesús, qué polilla!
Con gana o sin gana
Dar una letrilla.
A una pluma seria
Hoy sobra materia.
¿Quién no hace un orondo
Discurso de fondo?
Y si escribe en gringo,
¡Oh qué maravilla!
Mas ¡cada domingo
Dar una letrilla!…
Uno al ministerio
Lanza un improperio;
Otro le defiende.
¿Quién de esto no entiende?
Pero yo pregunto:
¿Da alguna cartilla
Cada día asunto
Para una letrilla?
Con cuatro renglones
En guerras civiles
Mover las pasiones
De pueblos a miles
No es gran diplomacia,
Cosa es muy sencilla;
Mas no el hacer gracia
Con una letrilla.
Poética vena
No siempre está llena.
A veces no sopla
Ni una mala copla
El numen febeo,
Y de carretilla
Si está de bureo
Sopla una letrilla.
La pide la imprenta
Con sal y pimienta.
Si a Pedro no hiere
Diego no la quiere:
Pedro se arregosta,
Pero Diego chilla.
¡Ay, a cuánta costa
Se hace una letrilla!
Y al fin ¿qué adelanta
Mi cólera santa,
Si nadie se enmienda?
Y a mí ¿qué prebenda,
Como a otros cofrades,
Me dan en Castilla
Por decir verdades
En una letrilla?
Dejar tal resabio
Sería más sabio,
Y que libre y sola
Rodase la bola,
Que arrostrando luego
Más de una rencilla
Perder mi sosiego
Por una letrilla.
Mas ya que mi signo…
(Contrario o benigno;
Que esto no lo inquiero)
Me hizo cancionero,
Y me dio este flujo,
Y esta comidilla,
No he de ser cartujo:
Vaya otra letrilla.
Y vuelta a la Abeja
Con mi moraleja;
Pues, mal de mi grado,
Hasta el mismo enfado
De que hoy me lamento
Como un tarabilla…
Me ha dado argumento
Para una letrilla.
La Manía De Viajar
Epístola dirigida en julio de 1845
A mi amigo y padrino
El excelentísimo señor don Mariano Roca de Togores,
Marqués de Molins.
No sé si de Alicante o del Provencio
Rimado me enviaste un cartapacio
Y culpaste de paso mi silencio;
Mas, lo juro por Píndaro y Horacio,
Culpa es tuya, Mariano, que no mía,
Si en el silencio he sido tan reacio.
Si mi afecto una epístola te envía,
Para que no se pierda en el correo
¿Qué sobrescrito, di, será su guía?
Hoy en las calles de Madrid te veo,
Y eres mañana, nómada versátil,
Vivo traslado del errante hebreo.
Más vario que el termómetro bursátil,
Ya te alberga el fragoso Maestrazgo,
Ya en Elche comes amarillo dátil.
No hay día en que no pagues el portazgo,
Y sólo para postas y mesones
Necesitas un pingüe mayorazgo.
Astro, de eclipses mil y aberraciones,
Si sospecha Aragó dónde amaneces,
¿Qué Newton me dirá dónde te pones?
¿A qué resorte mágico obedeces
Que, sin incrédula vista acude al tacto,
Fantástica visión desapareces?
No ha mucho, si el informe ha sido exacto,
Que en un ferrocarril viajar te han visto,
Que es viajar poco menos que en abstracto.
Cuando te hacía yo comiendo pisto
Del edetano Turia en las orillas,
Camino de París ibas tan listo,
Y ya apenas distabas veinte millas
De la antigua Lutecia, cuya corte
Tantas encierra y tantas maravillas.
Pero el gas que impulsaba tu transporte
¿No pudo trasegarse a tu cabeza
Y virarla al Oeste desde el Norte?
Mientras «París» mi sobrescrito reza
Quizá en Liorna o en Ginebra te halles,
Quizá en las lomas de Úbeda y Baeza,
O al menos en los atrios de Versalles,
A fuer de buen patriota recordando
La rota del francés en Roncesvalles.
Mas me ocurre una idea. Si te mando
La carta «A don… et caetera en el mundo»,
Tú la recibirás… Dios sabe cuándo.-
Y ahora ¿qué te diré? Yo tan fecundo
Un día como el vate que en el Istro
Lloró de Octavio el ceño furibundo,
Apenas si figuro en el registro
Del Parnaso español, mi amor y el tuyo,
Desde que gaceteo y administro.
En vez de estrofas, tórculos construyo,
¡Y en prensa día y noche, mal pecado!
Al plectro el expediente sustituyo.
De letras por doquiera bloqueado,
Sólo ya las conozco por el tipo:
Mi numen no es ya Apolo; es el Estado;
Y aunque lo rija el que escribió el Edipo,
El Estado es prosaico aquí y en Asia
Y yo de su influencia participo.
Háblame de glosilla y atanasia
Y de alternar edictos y decretos
Con noticias de Chile o de Circasia;
Mas no de versos fáciles, discretos,
Que sabe Dios, Mariano, lo que sudo
Para hacer esta ristra de tercetos.
¡Feliz tú a quien destino menos crudo
Deparó venturosa independencia!…
(Y no lo digo, a fe, porque eres viudo).
¡Dichoso tú que sin real licencia
Puedes ser perdurable parroquiano
De todo conductor de diligencia!
Yo también lo que resta de verano
Esquivara el rigor de Febo intonso
Lejos de este bullicio cortesano;
Ya fuera mi mansión San Ildefonso,
Ya el templo insigne do a la pompa augusta
Hunde en la nada fúnebre responso.
Que es cosa natural y a todos gusta
Como el caliente hogar en el invierno
Buscar el fresco en la estación adusta.
Mas ¡cuántos necios hay, Dios sempiterno,
Cuántos que por huir del purgatorio
Se meten de rondón en el infierno!
Dejando aquí su holgado dormitorio
Arrienda a peso de oro una zahúrda
En un mal lugarejo don Liborio.
Hosca patrona con su saya burda
Le sirve, que no sabe entre sus manos
Distinguir la derecha de la zurda.
Antes que Dios alumbre a los humanos
Le despiertan los perros, las gallinas,
Las moscas, los chiquillos, los marranos.
Bigardos que apuntalan las esquinas
Ve sólo por la calle, o mutuamente
Matándose la caspa las vecinas.
Sale de casa con el fresco ambiente
Del alba matutina, y cuando torna
Le tuesta el Sol despótico, insolente;
Que sin un mal arbusto (¡es mucha sorna!)
Vive contento el poblachón grotesco
Cuando el Sur con su aliento le abochorna.
Hay un jardín cuyo apacible fresco
Puede ofrecer a tus ardores tregua,
Y tiene estanque y pabellón chinesco;
Pero dista lo menos media legua,
Y pasarla pedestre es necesario
al duro trote de alquilada yegua.
¡Y vivir día y noche solitario
O someterse al obligado trío
De fiel de fechos, cura y boticario!…
¿Y qué se come allí? ¿Pesca? No hay río;
¿Caza? A Madrid por ella si la quieres;
¿Fruta? El año es estéril y tardío.
Mas si deseas rústicos placeres,
Sal al campo y verás cómo prodiga
Sus tesoros en él la madre Ceres.
¡Oh qué recreo la dorada espiga
Ver, y girando el pedernoso trillo,
Y el merodeo de afanosa hormiga…,
Si este solaz bucólico y sencillo,
Que admiro yo… en Virgilio y en Valbuena,
¡No fuera precursor de un tabardillo!
Mas quién, mártir sin gloria, se condena
A pasar más trabajos que Tobías,
Con su pan se lo coma norabuena.
¡Tiene la moda, a fe, raras manías!
¿Qué dirían los padres de mi abuelo
Si volvieran al mundo en nuestros días?
Contentos con su hogar y con su cielo,
Sólo usaban la mula y la gualdrapa
Para dar un vistazo a su majuelo,
Y apenas conocían por el mapa
La corte del austriaco y la del ruso,
Los dominios del Argel y los del Papa.
Hoy hemos dado en el contrario abuso.
Ya español que no viaja se denigra.
Nadie está bien en donde Dios le puso.
Ya se ve, como siempre aquí peligra
Media nación si triunfa la otra media,
Cuando descansa Pedro, Antón emigra;
Y como dura tanto esta comedia,
En peripecias trágicas fecunda,
Sed de viajar a todos nos asedia.
Quién va a Cestona, quién a la Borunda;
Éste lleva al Molar su cataplasma;
Aquel sus nervios a la mar profunda;
Y mientras otro en Pau se cura el asma,
A la Suiza un simplón su viaje emprende
Y al ver a su tocayo se entusiasma.
Manda el buen tono caminar allende
Los riscos del selvoso Pirineo:
A Lion, a París, a Lila, a Ostende;
Que es chabacano y mísero el deseo
Del que sólo camina hasta Segovia
O cuando más se aleja hasta Bermeo.
Aunque a Berlín no llegue y a Varsovia,
¿Qué dama de este título es ya digna
Si no ha pasado el puente de Behovia?
La leona que falta a la consigna,
Porque el oro no cuenta en abundancia,
A esconderse en Buitrago se resigna;
Y por salvar, ¡pueril extravagancia!
La negra honrilla, escribe en la tarjeta:
«Fulana se despide para Francia».
¡Y tan mal a la España se interpreta
Que la tildan de pueblo estacionario,
Comparable a lo sumo con Damieta!
Sin contar tanto viaje involuntario,
Desde Junio a Setiembre, largo o corto,
¿Quién no traza en Madrid su itinerario?
Hay quien dice: esta tarde me transporto
Del barrio del Barquillo al de Moriana,
Ya que no puedo a Málaga y Oporto.
¿Y no vive viajando hoy y mañana
El asiduo parásito que hambriento
Siete mesas invade a la semana?
¿Qué hacen sino viajar a todo viento
Tanta movilizada pelandusca
Y pillos y tahures más de ciento?
Basta. Sin duda mi razón se ofusca.
El placer inocente de los viajes
No merece una sátira tan brusca.
Para algo se inventaron los carruajes,
Y a mozas de posada y postillones
No fuera justo cercenar sus gajes.
Mueva pues todo el mundo los talones,
Ya que la humana vida es transitoria;
Y si aquí nos da vuelcos y ladrones,
Dios arriba nos dé su santa gloria.
La Moda
Pues reina la Moda en Nápoles
Y en Inglaterra,
Y en la corte y el páramo
Y en paz y en guerra,
Fuera de la ley declaro
Al animal tosco y raro
Que al fiat no se acomoda
De la Moda.
Sólo un caribe de América
Negar osara,
Sacra diva estrambótica,
Preces al ara
Donde imperas disoluta…;
Quiero decir absoluta.
Doquier se alza una pagoda
A la Moda.
Ni es de hoy la invención diabólica,
Digna del Draque,
De ese rival del ómnibus,
Del miriñaque,
(Poco es llamarle pollera),
Que a una población entera
Con su balumba incomoda…
Porque es Moda.
También allá in illo témpore,
Hubo tontillos,
Que a los galanes jóvenes
Tiernos, sencillos
Aquel nombre traspasaban.
Es decir, que tonteaban,
Como hoy la pollada toda
De la Moda.
Pero al menos de aquel cuévano
Los accesorios
Dulces daban al ánima
Cien purgatorios.
Ninones y Pompadures
No escondían sus albures;
Melindres de dueña goda
No eran Moda.
Ya barriendo polvo y cáscaras
Por esas calles,
Miden cuatro kilómetros
Desde los talles
Las faldas de rica tela;
Y la linda damisela
Gallardamente se enloda…
¡Porque es Moda!
¡Cómo! ¿ya no tienen mérito
Para Cupido
Ni la cadera mórbida,
Ni el pie pulido?
Pase el abultar la nalga;
Pero ¡suprimir la galga!…
Yo creo que está beoda
Doña Moda.
¡Vaya afuera, voto al chápiro,
Tanta hojarasca,
Que confunde a la sílfida
Con la tarasca!
Así faltará pretesto
A más de un zoilo indigesto
Que de ridícula apoda
A la Moda.
No a guisa de viejo dómine
Que hostiga el asma,
Reniego yo del ídolo
Que os entusiasma.
No soy, niñas, tan estulto.
Ríndase en buen hora culto
Hasta en Tembleque y en Roda
A la Moda.
Pero haya un poco de cálculo
Y de chirumen.
No os hagáis ciegas víctimas
Del ciego numen.
Nada perderán las bellas
(El porqué lo saben ellas)
Aunque entre un poco la poda
En la Moda.
Para alguna que a neófitos
De poco fuste
Prenda en sus redes pérfidas
Con tanto embuste,
Muchas infunden sospechas
De zambas y contrahechas;
¡Muchas se quedan sin boda
Por la Moda!
¡Ah! no al desenfado bético
Que nos recrea
Un figurín exótico
Rémora sea;
Y la que hoy ruda letrilla
Con ruibarbo y con guindilla,
Será mañana una oda
A la Moda.
La Vida Del Hombre. Poema Pedestre Jocoserio. La Niñez
Yo, aquel del romance en do
Que los vitales preludios
Narré del cuitado párvulo
Recién venido a este mundo;
Yo que con amor paterno
Le seguí desde el columpio
De la cuna hasta dejarle
En los límites de un lustro;
Hoy que marcha por su pie,
Y aunque con poco discurso
Muestra en su lengua expedita
Que no nació sordomudo,
Voy a proseguir su historia
Con otro romance en do;
(Y basta de introducción
Al capítulo segundo.)
El niño es pobre, o es rico;
El niño es hábil, o es rudo;
Dócil o díscolo; tres
Verdades de Pero-Grullo.
Si engendro fue suspirado
De padres de alto coturno,
¡Venturosa criatura!
Dirá el envidioso vulgo.
¡Se engaña! Todo viviente
Nació para el infortunio,
Y con otra disyuntiva
Voy a probar lo que anuncio.
O temiendo a cada instante
Que le acometa el singulto
De la muerte, le sujetan
A planes de higiene absurdos;
Y aunque llore y se desgreñe
El infeliz, ¡no hay recurso!;
Que hacen con el tierno vástago,
Sin que le obligue el ayuno,
Lo que el doctor Tirteafuera
Hizo con Sancho el panzudo;
Y todo goce le daña
Y todo juego es abuso
Para él, y hasta del aire
Le merman el usufructo.
¡Así se cría canijo
El que naciera robusto
Y a fuerza de amor sus padres
Se convierten en verdugos!
O bien, con necio cariño,
Halagan todos sus gustos
Y de un mocoso rapaz
Hacen un rey absoluto.
Y no es más feliz por eso
El acariciado alumno;
Que con el mimo y los años
Crece en su pecho el orgullo.
Llega día en que no bastan
Las riquezas del Gran Turco
Para dejar satisfechos
Sus caprichos importunos.
Cuando le ofrecen faisanes
Se le han de antojar besugos,
Y pide peras al olmo,
O que nazca Dios en Junio.
Fáciles goces le cansan;
Que, como dijo Licurgo,
Cuando no hay pena, no hay gloria;
Donde no hay lucha, no hay triunfo.
Así la mitad del día
Pasa en hastío infecundo,
Y la otra mitad rabiando
Como si fuera energúmeno.
Mas si al hijo del magnate
Tan mala fortuna cupo,
¿Qué no sufrirá de un quídam
El desdichado producto?
¡Y al santo Dios de Israel
En sus altos juicios plugo
Que los ricos sean pocos
Y los pobres sean muchos!
Primero que la razón
En él ejerza su influjo,
Al brazo seglar le entregan
De un maestro cejijunto.
¡Cuánto le cuesta aprender
La primer letra de burro;
Cuánto el escribirla luego
Con intercadente pulso!
¡Cuántos tirones de orejas
Y cuántos azotes crudos
Para meterle en la cholla
Que uno es tres y tres son uno!
¿Y qué diré, santo Dios!
Del quis vel qui y el gerundio,
Y de Cornelio Nepote
Y de Fedro y Quinto Crucio?
Si inhábil para las letras
Le dispensan del estudio,
Confinado en un taller
Suda gotas como el puño.
Y en su casa y en la ajena
Su destino es siempre zurdo,
Ora maneje el escoplo,
Ora interprete a Salustio.—
Si la tiña no le aflige,
Tendrá al menos, de seguro,
Sabañones en invierno
Y seguidillas en Julio.-
Jamás acierta el pobrete
A dar a sus padre gusto:
Si habla, «¡charlatán maldito!»,
Y si no chista, «¡cazurro!»
Siempre pagan sus mofletes
Los domésticos disturbios;
Que no hay leyes para él…,
Excepto la del embudo.—
En vano voraz su estómago
Pide sin cesar condumio;
Que si abundan los sofiones
Escasean los mendrugos.—
Cuando le compran zapatos
Los pantalones son nulos,
Y cuando estrena chaqueta
El cogote va desnudo;
Y todo trapo es inútil
Antes que lo gaste el uso;
Que no crece la corteza
A medida del arbusto;
O retrógrada su ropa,
Como dirían algunos,
No sigue el progreso rápido
De sus brazos y sus muslos.
Así en su niñez vegeta
Entre desprecios y ayunos
Y llega a la pubertad
Escuálido y larguirucho.
¿Será más dichoso en ella?
Ni lo afirmo ni lo dudo
Por hoy. Al tercer romance
Dará esta cuestión asunto.
La Noche
A Dorila
No para mí los anchurosos valles,
¡Oh sol! coronas de precoz espiga;
No a mi placer consolador majuelo
Dora tu llama.
No yo a gozar de tus hermosos rayos
Cuando la escarcha del Enero rompes
La ijada hiriendo de alazán brioso
Cruzo la vega.
¿Qué alumbra mío tu fulgente carro?
¡Ah! ¿Qué me anuncia que dolor no sea?
¿Cuándo a templar de mi destino el ceño,
Cuándo amaneces?
Aguija al menos tu cuadriga, ¡oh Febo!;
Hiende veloz el eternal zafiro,
Y allá perdido en los profundos mares
Huye a mi vista.
¡Cuánto más grata a mi abrasado pecho
De Cintia luce la dudosa tea
Cuando retarda su tranquilo curso
Tétrica nube!
¡Oh de Morfeo bonanzosa madre!
¡Oh dulce tregua a los afanes míos!
Ven. Tiende al orbe el misterioso manto,
Lóbrega Noche.
Yo te deseo como al nueva
De virgen rosa purpurado cáliz;
Y no es mi seno al horroroso crimen
Bárbaro asilo.
Ni tanto es fiero tu atezado rostro
Que al hombre infunda merecido espanto.
Más de una vez en hermosura y pompa.
Vences al día.
No siempre en torno a tu dosel umbroso
Rugen los vientos y el olimpo truena;
No siempre arrasa los floridos campos
Árido hielo.
¡Cuán apacible en el ardiente Julio
Con mil estrellas tachonando el cielo
Reposo al hombre y al vergel envías
Céfiro leve!
¡Oh cuánto es dulce sobre el haz dorado
Libre tender los fatigados miembros
Cuando en los brazos del pastor querido
Vela Diana!
Todo es sosiego. Murmurando apenas
Desciende al mar el argentado río.
Susurra apenas en tu copa el aura,
Plácido fresno.
Sólo el silencio de la noche viola
Suave cantar de codorniz amante,
O allá a lo lejos el zagal sonando
Rústica avena.
¡Horas felices! Corazón helado
Yace en el seno del mortal que os odia.
¡Horas de paz! En alabanza vuestra
Suene mi lira.
Si el sol recrea y reverdece el campo,
También su hoguera lo consume activa;
Si alguna vez a la virtud alumbra,
¡Cuántas al crimen!
¡Oh infausto siglo! Las nocturnas sombras,
Gratas un tiempo a los malvados fueron.
Hoy no; que impunes a la luz sus ojos
Alzan osados.
¡Oh Noche! En tanto que tranquilo sueño
El vil traidor y el asesino duermen,
Tú los prodigios de Natura sabia
Plácida velas.
¿Por qué te llaman de la muerte imagen?
¡Oh sacrilegio! Cuanto puebla el mundo
A ti su vida y sus delicias debe,
Próvida Noche.
Y tú de amor, que las tinieblas ama,
Los dulces hurtos con tu negro manto
Cubres amiga; y el amor mi culto
Lleva a tu templo.
Almas sensibles a la grata herida
Que el niño alado sonriendo graba,
¿Cuál de vosotras negará a mi canto
Precio sublime?
No empero, oh Noche, tus tranquilas horas
Torpe conato a bendecir me impele.
No amor venal de meretriz infame
Guía mi planta.
Ni el sacro lecho del ausente esposo
Corro a manchar; ni seductor aleve
De incauta virgen a la fama tiendo
Pérfido lazo.
Vuelo a la choza de mi Silvia bella,
Mansión celeste de inocencia pura:
De Silvia bella, que me llama, ¡oh gloria!
Bien de su vida.
Feliz entonces mi destino acerbo
Lanzo al olvido con la luz febea;
Y apenas puede contener el alma
Júbilo tanto.
Ora ingeniosa a las palabras yertas
Que a la importuna sociedad dirige
Sabe mezclar para embeleso mío
Blandos amores.
Ora sus labios deliciosos ríen;
Ora en sus ojos mi ventura leo,
Ora en las mías al descuido encierra,
Cándida mano.
Ora… Mas ya del perezoso día
Lánguida brilla la remota lumbre.
Silvia me espera. —Protectora Noche,
Dame tus alas.
Mi Señora
La pasión no me alucina,
Aunque el alma me encadena,
No es el de Venus ciprina
El rostro de mi morena.
No así lo esculpiera Fidias,
No así lo pintara Apeles;…
Y arde en amores y envidias
A zagalas y donceles.
¿Por qué? Porque en cada hora
Muestra una gracia distinta,
Y aquel brío que enamora
Ni se esculpe ni se pinta.
Esas caras de modelo,
Donde no hay sal ni pimienta,
Son meloso caramelo
Que empalaga y no alimenta.
Una hermosura sin pero
Tan neciamente se engríe,
Que por no hacer un puchero
Ni llora jamás ni ríe.
Es una deidad radiante
Cuya alma reposa en calma,
O su celeste semblante
No es el espejo del alma.
Es con gesto peregrino
La estatua de Prometeo
Antes que el fuego divino
Robase al carro febeo.
Hay bellas caras que son
Bellas tan de buena fe,
Que toda su perfección
De una ojeada se ve;
Y como son un portento
En su estado natural,
O no han de hacer movimiento
O les asienta muy mal.
Reniego de una mujer,
Aunque aventaje a Diana,
Si es hoy lo mismo que ayer
Y como hoy será mañana.
Mas la faz de mi señora
Sin temer al sol ni al aire,
Se renueva y me enamora
Cada vez con más donaire.
Si un rasgo es menos perfecto,
De otro aumenta el incentivo;
Y tal vez sobre un defecto
Amanece un atractivo.
En vano lo miro atento.
Ya le enrojece el pudor;
Ya le dilata el contento;
Ya le desmaya el amor.
¿Y habrá pluma que encarezca
Aquel hoyo picarillo,
Ya en la barbilla aparezca,
Ya lo dibuje un carrillo?
Así con sola una dama,
Si bien ajusto la cuenta,
Me da Amor en panorama
Los hechizos de cincuenta.
Y sobre prendas tan raras,
Otra mayor atesora.
—¿Cuál? —Con tener tantas caras,
No es mudable ni traidora.
La Política Aplicada Al Amor. Carta Erótica En Estilo Parlamentario
Mariquita idolatrada,
Mi bien, mi amor, mi deidad,
Mi programa, mi turrón,
Mi frase sacramental:
Tú, cuyos ojos me roban
La independencia y la paz
Poniendo a mi corazón
En estado excepcional,
Permite que un ciudadano
Te interpele en puridad
Sobre cuestiones vitales
De su situación normal.
Si yo te amo y tú me quieres,
¿Por qué, pesia Barrabás,
Con un pacto de familia
No das término a mi afán?
Enemigo del progreso
Nos condena tu papá
A vivir estacionarios
En la flor de nuestra edad.
Con su horrible catadura
y su instinto monacal,
También, dos veces feota,
Me rechaza tu mamá.
Mas si tanta es de los dos
La injusta arbitrariedad,
¿Por qué no nos pronunciamos
Contra el yugo paternal?
Coliguémonos, Maruja,
Y válgame en el altar
Contra el veto de tu padre
La sanción del capellán;
Y cuando hecho consumado
Sea el vínculo nupcial,
Pediremos, alma mía,
Un voto de indemnidad.
Por dicha el antiguo régimen
Murió en este suelo ya;
Bien que algunos sicofantas
Lo quieren resucitar.
¿No ha de alcanzar al amor,
Que de suyo es liberal,
Ya que no el poder omnímodo,
Un cacho de libertad?
Es acto de vandalismo
Nuestras almas divorciar,
Con infracción manifiesta,
Del Código… natural.
Tú rica y yo proletario,
¿No somos hijos de Adán?
¿No somos parte integrante
Del edificio social?
Biógrafo de mí mismo
Me voy a espontanear,
Aunque no es parlamentario
El que dice la verdad. –
En primer lugar, las Cámaras
No me abren de par en par,
Porque ni soy financiero
Ni alta notabilidad.
No temo que me sorprenda
Polizonte suspicaz
Elucubrando en el club
Algún tenebroso plan.
No tengo, rancio aristócrata
O demagogo procaz,
La exaltación del tribuno
Ni el orgullo del bajá.
Ni contratos clandestinos
He celebrado jamás,
Ni me comprende el apodo
De sanguijuela voraz.
Ni aspiro a la teocracia,
Ni Ayacucho es mi lugar,
Y así soy yo cigarrón,
Como cangrejo fluvial.
Sólo a los hojalateros
Me pudieran comparar,
Porque siempre que te miro
Digo para mí: ¡Ojalá!…
Sin embargo, me parece,
Que pertenezco a la gran
Familia, porque los pobres
Siempre hemos sido los más.
Con el santo sacerdocio
De la prensa gano el pan;
Mas soy partícipe lego
En esa comunidad.
Folletinista infeliz
Y siempre hecho un azacán,
Habito en el piso bajo
Si otros en el principal.
No en artículos de fondo
Afirmo con gravedad
Que el equilibrio europeo
Corro peligro en Tetuán.
No es dado a mi humilde pluma
Discutir, analizar
Los negocios que en San James
Palpitan de actualidad.
No expongo en discursos lánguidos
Con estilo doctoral
El admirable artificio
Del sistema… trinidad.
Por ser de contrario dogma,
No en polémica mordaz
Acuso del farisaico
Al colega, Pedro o Juan.
No soy tránsfuga, ni apóstata,
Ni acostumbro a involucrar
Los rayos del Vaticano
Con la ley municipal.
En materia de agiotaje
No conozco el Cristus-a,
Y el ostracismo, sin ostras,
Para mí está en alemán.
En fin, ni sé de las masas
Las pasiones agitar,
Ni entiendo jota de gu-
bernamentabilidad.
Mi destino es traducir
Por un módico jornal
Novelas de munición,
Ya de Paul, ya de Balzac.
Por cierto que malas lenguas
Dicen que suelo dejar
En vascuence medio torno
Y en francés la otra mitad.
Ahora bien, dulce Maruja,
Si has podido barruntar
Las tendencias, de esta epístola
Escrita en lenguaje usual,
Da solución a mi crisis,
Y sepa yo, ¡voto a san!
Si es llegado el casus foederis…,
¡O he de tirarme al canal!
La Pubertad
—Madre, ¿qué llama oculta
Circula por mis venas
Que al paso que me halaga
Me aflige y desespera?
Hechizos son, ¡ay triste!
Que en ponzoñosa yerba
Recelo me haya dado
La encantadora Lesbia.
Mas ¿cómo, si la vida
Me abruma y me atormenta,
Jamás me ha parecido
Tan plácida y tan bella?
Si tú culpas al tiempo
Porque rápido vuela,
¿Cómo yo desolada
Maldigo su pereza?
Tú empero ya a la tumba
La débil planta llevas;
Y yo respiro el aura
De dulce primavera.
Enigmas son, oh madre,
Mis gozos y mis penas.
Descífralos, te ruego;
Mi lloro te conmueva.
Ayer entre las niñas
Al son de muelle avena
Gozosa, infatigable
Danzaba en la floresta.
La rosa nacarada
En mi cabello presa,
La poma aún no madura
De la vecina huerta,
La risa, la algazara,
La cinta, la pandera…;
No más apetecía
Mi cándida inocencia.
Hoy los pueriles juegos
Mi corazón desdeña,
Y no sé qué me pide,
Que de latir no cesa.
Y en tanto que a las niñas
Lanzo de mí soberbia,
Las adultas zagalas
Me esquivan, me desprecian.
Si algún pastor me mira,
Me turba y me enajena,
Y a mi despecho clavo
Los ojos en la tierra.
Si me habla lisonjero,
Si la mano me estrecha,
Yo tiemblo, y mis mejillas
Colora la vergüenza.
¿Qué crimen ignorado,
cuál desdicha acerba
De día me acongoja,
De noche me desvela?
Repíteme incesante
Aquí una voz secreta:
Para el placer naciste,
Donosa zagaleja.
Y del placer en tanto
La prometida senda
Natura a mis afanes
Cubre de opaca niebla.
Así a los trece mayos
Triste, llorosa, inquieta,
Razona con su madre
La niña Galatea.
Calla la adusta anciana;
La niña se impacienta;
Y Tirso más piadoso
La instruye y la consuela.
La Vida Del Hombre. Poema Pedestre Jocoserio. La Vejez
«¡Qué ridículo vejete!
No sé cómo hay quien le sufre.
Tose cuando no regaña;
Cuando no predica, gruñe.
Aguante él solo la gota
Y el asma que le consume,
Dolorosas consecuencias
De livianas juventudes,
Y no con su adusto ceño
Desde el martes hasta el lunes
Contra el reposo de deudos
Y criados se conjure.
Cuente sólo sus miserias
Entre rezos y menjurjes
Al confesor que le exhorte
Y al médico que le pulse,
Y deje a la juventud
Que sin tregua ría y triunfe,
Ya con felices verdades,
Ya con ilusiones dulces.
Deje gozar a Melisa,
Pues hierve su sangre y bulle,
Y cuando quiere bailar
No la lleve al via-crucis.
Deje retozar al niño,
Y no impaciente murmure
Si gusta más de su trompo
Que del uniuscujusque.
Harto es hacernos peinar,
Aunque tanto nos repugne,
La perdurable peluca
Que su calva inmunda cubre,
Sin las que a cada momento
Nos está echando con fútiles
Apotegmas que su boca
Antes que articula escupe».
Tales ausencias te guardan,
Pobre anciano, enfermo, inútil,
¡Y dichoso cuando tienes
Riquezas por que te adulen!
Que al menos en tu presencia
Con fingida dulcedumbre
Su inicua aversión disfrazan
A tus surcos y a tu mugre.
¡Cuitado! Cuando amorosos
Los que heredarte presumen
Te ponen los sinapismos
Y los colchones te mullen,
«¡Cuánto mejor descansara
(Para su saco discurren)
En la corte celestial
Entre ángeles y querubes!
Jaletinas y conservas
Traigan de casa de Núñez,
Que sin dañar el estómago
Lo restauran y lo nutren»,
Dice otro; y si fuera médico,
Su receta, no lo dudes,
Diría: «Récipe… horchata
De rejalgar, media azumbre».
«Ese es un mal pasajero
Que en dos días se destruye,
Exclama Juan; no hay motivo
Para tanta pesadumbre.
Tenéis complexión de atleta
Y resistencia de yunque.
Largos años viviréis:
Yo a Dios se lo pido…» ¡Embuste!
Allá en sus adentros dice,
Recordando lo de in pulverem
Reverteris: «¡Plegue a Dios.
No llegues al mes de Octubre!»
Y en tanto, ¿de qué te sirven
Pingüe renta, cuna ilustre,
Si tus sentidos flaquean
Y tus potencias sucumben?
¿Qué sensaciones aguardas
De lo que tus manos hurguen
Si descarnadas y trémulas
La muerte en ellas se esculpe?
¿Cómo gozar de Rossini
El grato, armonioso numen,
Si apenas hiere tu tímpano
El fragor de los obuses?
¿Qué han de oler esas narices,
Aunque flores te circunden,
Si el rapé las embadurna
Y el catarro las obstruye?
¿Cómo gozar de las tintas
Rosadas, verdes o azules
Con que el sol viste los campos
Y colorea las nubes,
Si miope y legañoso,
Dando acá y allá de bruces,
No ves siete sobre un asno
Aunque Rudaguas te ayude?
¿Qué vale que el ambigú,
De la Risa te estimule
Con perdices y faisanes
O con salmones y atunes,
Si despoblada tu boca
De muelas con que manduques
No puedes cubrir la mesa
Sino de sopas o puches,
O relajado tu estómago
Por antiguos ambigúes
Apenas consiente el pábulo
De demócratas legumbres?
Y si a tantas privaciones
Cuando doce lustros cumplen
Se ven, ¡ay dolor! sujetos
Los marqueses y los duques,
¿Qué diré del desdichado
Que en su ancianidad recurre
A pedir de puerta en puerta
Mendrugos para su buche?
Si hay uno que le socorra
Hay cuarenta que le injurien,
Y cuando va por la calle
No hay perro que no le aúlle.
Si logra un día que San
Bernardino le refugie,
Aun para el bodrio que come
Fuerza es que trabaje y sude;
O con cepillo en cintura,
Y sombrero que fue de hule,
Y en la blusa remendada
La imagen de un mapamundi,
Sirve en el Prado candela,
Que nadie lo retribuye;
O comparsa de difuntos
Les entona el de profundis.
Pues ¿y el infeliz inválido
Lleno de heridas y cruces
Que mutilado se arrastra
Sin pan, sin cama, sin lumbre?
Pues ¿y el mísero cesante,
Muerto de hambre cuando impunes
Le insultan con su opulencia
Cien ambiciosos gandules?
Mas si no atajo la pluma
Voy a escribir un volumen.
Aquí acaba este romance
Y aquí el poema concluye.
He dicho, y añado ahora,
Por epílogo y resumen,
Que desde el lecho en que nace
A la tumba en que se pudre,
El que los sabios titulan
Animal bípedo, implume…
Es el más triste animal
Que en el mundo se rebulle.
La Vida Del Hombre. Poema Pedestre Jocoserio. La Virilidad
Ya cumplió mi ciudadano
Las cuarenta navidades.
Ya por frívolos placeres
No sufre necios afanes.
Ya su suerte asegurada
Por buenos o malos trámites,
Serio y barrigudo, tiene
Cierto aquel…, cierto carácter,
Y casa y hogar, y lleva
El dulce nombre de padre
Y esposo… En fin, cate usted
A Periquito hecho fraile.
Y si no ha sacado ya
De este mundo miserable
Todo el partido posible
Y todavía es un nadie,
Lo mejor que puede hacer,
En mi concepto, es tirarse
De la torre de San Luis
O al canal de Manzanares.
¡La virilidad! Ahora
Es el gozar, pero en grande,
Cuando la razón modera
Los ímpetus de la sangre.
¡Ilusión! Nuevos cuidados,
Contratiempos y pesares
Te hacen en la edad madura
Más desventurado que antes.
Dejo aparte tus pasiones,
Que no por menos audaces
Dejan de ser de tu vida
Lento y silencioso cáncer;
Más, ¡ay! amén de las tuyas
Las ajenas te combaten;
Que a tu lado gozan todos
Y tú solo eres el mártir.
¿Quién se libra en este mundo
De criados que le estafen,
O de amigos que le vendan,
O de suegras que le arañen?
¡Y haber de sufrir, gran Dios,
A cada niño que nace
O el furor de la pasiega
O los dengues de la madre!
¡Y que el ángel de tus ojos
No permita que un instante
Los cierres cuando rendido
Des con tu cuerpo en el catre,
Ya con agudos clamores
Los oídos te taladre,
Ya se le aflojen los muelles
Y la nariz te regale!
Mas le amas; que para ahogar
Afecto tan entrañable
Fuerza es tener corazón
O de usurero o de cafre;
Y cuando más te enamoran
Sus infantiles donaires
Y en él perpetuar esperas
Los timbres de tu linaje,
O le enteca la alfombrilla
O le encanija el usagre,
¡Y aquella temprana flor
Herida del cierzo cae!
O crece hermosa y lozana
Al abrigo de tus lares,
Y procurando su dicha
Para cuando sea grande,
Te impones mil privaciones,
Sudas por mañana y tarde…
Pero ¡tal vez en tu seno
Estás abrigando un áspid!
Si es varón, suele salir
Aficionado a los naipes,
Quimerista, libertino,
Insurgente, botarate…
Si hembra, caprichosa, frívola,
Coqueta, nerviosa, frágil,
Y en fin, romántica; que es
El peor mal de los males.
Mas dado que ángeles sean
Los hijos que procreaste,
¿Cuál no será tu tormento
Cuando de ellos te separes?
Quintas, duelos, proscripciones,
O tumultos en las calles,
O facciosos en los campos,
O esbirros en todas partes,
Te arrebatan sin piedad
El varón hecho a tu imagen;
Y con sus manos lavadas
Llega cualquier badulaque
A privarte de tu niña
Y llevarla a los altares,
Más como víctima pingüe
Que como consorte amante.
Es decir que, cuando piensas
Poner una pica en Flandes
Cumpliendo la ley que dice:
Crescite et multiplicamini,
Crías carne para pícaros
O pícaros para carne.
¡Y gracias si tu mujer,
En vez de ser dulce, amable,
Y ayudarte a conllevar
Flaquezas y adversidades,
No es díscola, o jugadora,
O amiga de coche y baile
Y sortijas y aderezos
Y terciopelos y encajes
Y ópera y máscaras!… ¡Oh,
Las máscaras son fatales!
¿Y qué diré si tu sino
Es tan aciago, compadre,
Que por la puerta de Géminis
Entras en Tauro y en Aries?
¡Qué horror! Y del mal el menos
Si en desventura tan grave
O ignoras tu deshonor,
O lo aguantas si lo sabes.
Pero ¡las dudas amargas
Y las sospechas tenaces
Que el corazón te laceran
Como aguzados puñales;
Pero haber de acariciar
En tus brazos paternales
Al intruso motilón
Fruto de adulterio infame!…
Basta; que ya me enternezco,
Y no es justo, ¡voto al Draque!
Que, redactor de LA RISA,
Llore yo como un vinagre.
No; en vez de exclamar con Persio:
Quantum in rebus inane!
Con el buen Horacio Flacco
Diré: risum teneatis?
Y pues ya es largo el sermón,
Sólo añadiré una frase,
Oh lector, para decirte…
Que aquí acaba este romance.
Lamentos Del Poeta
Reniego del astro pésimo
Cuya influencia recóndita
Me aficionó a la poética,
Que ya maldice mi cólera.
Harto más valido hubiérame
Estudiar forenses fórmulas,
Y henchir mi mente del fárrago
De jurisprudencia lóbrega.
Con esto, y charlar ex cáthedra,
Y con un poco de mónita,
Rico viviera y espléndido
A expensas de gente estólida;
Que en este valle de lágrimas
Campa la avaricia sórdida,
La verdad no tiene apóstoles,
La moral es una andrómina;
Y en el agitado piélago
De las pasiones indómitas
Pesca sin temer al Ábrego
De un abogado la góndola.
O el valor de ruines géneros
Centuplicar en la alhóndiga,
Ahogando en el frío cálculo
Tus gritos, conciencia incómoda.
O miembro hacerme pacífico
De nuestra iglesia católica,
Y ya sería canónigo
De Cartagena o de Córdoba.
O alistarme en el ejército;
Que si en las batallas hórridas
A muchos abren el Báratro
La bayoneta y la pólvora,
Otros sin valor ni táctica
Labrando fortunas sólidas
Lucen entorchados áuricos;
Si no en el campo, en la ópera.
Basta adular a los próceres
Y saber cobrar la nómina
Ya del pueblo, ya del príncipe,
Ya de facción aristócrata,
Y antes imitar a un sátrapa
De la gente babilónica
Que el denuedo de Temístocles,
De Cimón y de Pelópidas.
Es verdad que eternas páginas
Prestó a las antiguas crónicas
Aquel espartano célebre
Que feneció en las Termópilas;
Mas ¿quién es hoy el estúpido
Que aspirando a fama póstuma
De su vida anhela el término,
Que ya es demasiado prófuga?
O a ser asentista diérame,
Y con marañas diabólicas
Saqueando al Rey y al público
Llenara de oro mi cómoda;
O estudiara terapéutica
Y nociones fisiológicas,
Y empuñara desde párvulo
La cimitarra anatómica.
Hoy asesinando al prójimo
Mi suerte sería próspera,
Ducho en la ciencia de Hipócrates
A los profanos incógnita.
Broussais, con tu goma arábiga
Y sanguijuelas hidrópicas
Todo lo curara; cólicos,
Úlceras, fiebres, parótidas.
O con Le Roi sin escrúpulo,
Dejando antiguas teóricas,
Del vomi-purgante bárbaro
Sería mi mano pródiga.
O bien sectario impertérrito
De las medicinas tónicas,
Daría a Plutón más súbditos
Que Bonaparte el de Córcega.
Brown, Le Roi, Broussais, idénticos
Son todos, si no en su lógica,
En atestar de cadáveres
Del campo santo las bóvedas.
O fuera yo farmacéutico,
Y por medicinas óptimas
A peso de plata un tósigo
Vendería en cada pócima.
O, aunque antes mano quirúrgica,
Mejor dijera antropófaga,
Me dejase como a Orígenes,
Que no es desventura módica,
¡A Dios pluguiera que en Nápoles
Nacido, en Turín o en Módena,
Dado me hubiera a la música,
Que en Madrid manda despótica!
Mas ¿qué digo? Sastre, acólito,
Maestro de baile, hipócrita,
Histrión, cocinero, dómine,
Rufián, alguacil, apóstata…
Todo es mejor, oh Teótimo,
Cualquiera industria es más cómoda
Que hacer versos para el pábulo
En esta edad macarrónica.
¿Qué vale de las Piérides
Sentir la influencia próvida?
La inopia y el arte métrica
Ya son palabras sinónimas.
¡Ay! mientras nada en la crápula
O yace en inmunda cópula,
Un creso niega a tu mérito
La suspirada bucólica.
Aunque cual Homero célebre
Cantes el luto de Andrómaca,
O excedas al alto Píndaro
Y al autor de las Geórgicas;
Ni de la imprenta los tórculos
Te han de adquirir una almóndiga,
Ni tener capa te es lícito
Que te guarde de la atmósfera.
Ni te darán dulce tálamo
Tropos y flores retóricas;
Que huyendo de ti las vírgenes
Se irán a la zona tórrida.
Ni aun si canto epitalámico
Produce, o farsa alegórica
Do vean su panegírico
Padres, consortes, y prónuba,
Logra un coplero parásito
De su hambre acabar la prórroga,
Aunque hinchado y metafísico
Veinte veces más que Góngora.
¿Qué son ya las glorias épicas?
¿Qué las dulzuras eróticas?
¿Qué son los ejemplos trágicos,
Y qué en fin las sales cómicas?
Ya clama ignorante clérigo
Que con impiedad insólita
Atentas en cada párrafo
A la doctrina canónica;
O ya gacetero díscolo
En sus columnas periódicas
A tus obras llama inútiles,
Descomunales o apócrifas.
Pides protección leyéndolas
A un señor de sangre gótica,
Y oye tus endecasílabos
Como si fuera un autómata.
Te sometes a la férula
De algún erudito cócora;
Y mide los raptos líricos
Con el compás de un geómetra.
Si con inocente júbilo
En sencilla anacreóntica
Cantas el vino y los céfiros
Y el arrullo de la tórtola,
Adormecen tus versículos
Como bebida narcótica,
O desaparecen rápidos
Cual las ilusiones ópticas;
Que ya sólo gusta a Flérida,
La de la cintura mórbida,
Alguna charada, insípida
alguna novela exótica.
Mordaz se llama a la Sátira,
A la Epopeya monótona,
Al Idilio sandio y rústico
Y a la Elegía platónica.
¿Y qué hace el triste dramático
Entre cabezas tan cóncavas
Cuando huella el orbe escénico
La manía filarmónica?
¿Quién no arrolla al vate indígena,
Ya con calumnias anónimas,
Ya con silbidos horrísonos,
O ya con risa sardónica?
Y en tanto al gorjeo lánguido
De una cantarina nómada,
Plebe rutinaria y frívola,
¡Cuál victoreas atónita!
¡Qué de riquezas a un músico!
¡Qué de honores, santa Mónica!
¡Y en tanto a mi triste estómago
Aqueja gazuza crónica!
Y en tanto al terrible tránsito
Mi vida veo muy próxima
Si no renueva algún síndico
La antigua sopa económica.
Uno De Tantos
Fulano
¡Las nueve ya! Abur, amigo.
Citano
Pronto se retira usted.
Yo pienso dar todavía
Un par de vueltas o tres.
¿Y adónde bueno?
Fulano
Al teatro
Citano
¿Con este calor cruel?
Fulano
¿Qué quiere usted! Es preciso.
Citano
Usted tendrá, ya se ve,
Grande afición…
Fulano
No por cierto.
¿Quién ha de tenerla, quién
Según está nuestra escena?
Citano
Hombre, yo creía…
Fulano
¡Qué!
¡Si da horror!
Citano
No la frecuento
Sino allá de mes a mes.
Como asisto a la oficina
Por la noche… Y el cartel
¿Qué nos anuncia?
Fulano
Lo ignoro.
Lo leo muy rara vez.
Citano
¿Es posible…?
Fulano
Son las nueve.
Primero voy al café:
Allí me paso una hora
Entre fumar y beber…
Citano
¡Pues alabo la cachaza!
Fulano
Es costumbre. Y a las diez
Me aparezco en mi luneta.
Citano
Pues ya ¿qué va usted a ver?
¿El bolero?
Fulano
¡Uf! No me gusta.
¡Es un baile tan soez!…
Citano
Ya entiendo. Usted se reserva
Para el jocoso entremés,
O sea sainete. Algunos
Son muy graciosos. Aquel…
Fulano
¿Sainetes? Son inmorales,
Groseros…
Citano
¡Qué rigidez!
A veces suelen pintar
Costumbres…
Fulano
Del Avapiés
Citano
Ya; pero entre col y col
También con mejor pincel
Se escriben doctas comedias,
Cuya grata sencillez…
Fulano
¿Esas que los eruditos
Llaman clásicas y…
Citano
Pues.
Fulano
Son frías, sin movimiento…
¿Y qué es lo que va a aprender
Un hombre en ellas? Lo mismo
Que todos los días ve
Ya en su casa, ya en la ajena.
Y luego, más de una vez
Se encuentra uno escarnecido…
Sin ir más lejos, ayer
En un marqués… (usted sabe
Que yo he nacido marqués)
Muy botarate y muy necio,
Quisieron reconocer
Mi retrato unos amigos.
Esta es mucha avilantez.
Critíquese en hora buena
Al artista, al mercader,
Al médico, al empleado,
Al curial…; pero ¡a un marqués!
Citano
¿Prefiere usted el sombrío
Melodrama…?
Fulano
¿Melo… Qué?
¡No, por Dios! Calumnias, muertes,
Robos al anochecer,
Espeluncas, tempestades,
Y el carcelero, y el juez,
Y el huérfano, y los bailetes,
Que nunca paran en bien…
¿Hay racional que soporte
Dislates de este jaez?
Citano
¿Y las comedias de magia?
Fulano
Para mozos de cordel,
Y paletos, y criados,
Y niños, lo que hay que ver.
Citano
En efecto… ¿Y las tragedias?
Fulano
Yo no quiero padecer
En el teatro.
Citano
No obstante,
Los infortunios de un rey…,
De un héroe…
Fulano
Como en el mundo
Ya no hay tales héroes…
Citano
¡Eh…!
Fulano
Los héroes de mojiganga
Hacen ya un triste papel.
Citano
¡Válgate Dios! ¿Y se extiende
Ese universal desdén
A nuestro teatro antiguo?
El ingenioso y cortés
Calderón, el sazonado
Tirso…
Fulano
Dios me libre amén,
De las comedias famosas.
Sin moral, sin interés,
Sin unidades; vaciadas
Casi en un mismo troquel
Todas ellas… Buenos versos,
Eso sí, vamos; ¿y qué?
Atestados de pueriles
Conceptos… ¡Y qué babel
De lances enmarañados!
Y eso de que no ha de haber
Una madre en todas ellas;
Que han de estar siempre en belén
Los padres y los hermanos,
Y que siempre ha de vencer
El primer galán, y que haya
En todas ellas papel,
Y escondite, y cuchilladas,
Y celos, y… ¡Calle usted!
Citano
¿Cuál será el gusto de este hombre?
Vive Dios que ya no sé…
¡Ah! di en el hito. Apostemos
Una onza contra cien
A que es usted… ¿Cómo dicen?…
Filarmónico. ¿Acerté?
Fulano
Sí. ¡La ópera! Por ella
Me estaría sin comer.
Es mi gozo, mi consuelo,
Mi gloria… Es decir, lo fue.
Porque en el día… ¡Ay amigo!
Citano
¿Qué le ha dado a usted?
Fulano
¡Cruel Memoria! El ídolo mío,
Aquella brava mujer,
Aquel cisne incomparable,
Aquella sirena… ¡Ohimé!
Citano
No hay que afligirse…
Fulano
Sparí
Com’ un lampo. Verdad es
Que otra donna, prodigiosa
Ha ocupado su dosel,
Y que canta como un ángel,
Y que es la gloria, el sostén
De la vacilante solfa,
Y que le dio su laurel
Euterpe, y que cada día
Más se lo afirma en la sien,
Y que ya cuando ella canta
Nadie se atreve a toser,
Porque hechiza a todo el mundo…,
¡Ay triste!… ¡Y a mí también!
Pero mis… votos la honra
Del pabellón… Yo soy fiel…
¿Qué dirían? ¡Yo aplaudir!
¡Yo dar mi brazo a torcer!
No en mis días. ¡Oh suplicio!
¡Oh inopinado vaivén
De la fortuna!
Citano
Acabemos.
¿Usted no encuentra placer
En el teatro?
Fulano
Ninguno.
Me aburro, me seco en él.
Citano
Pues buen remedio: no ir.
Fulano
¿Y qué me tengo que hacer
Hasta las once que empieza
Mi partida de ecarté?
Y, por otra parte, un hombre
De mi esfera y de mi prez…
Estoy abonado.
Citano
¡Lindo!
Fulano
En los dos teatros.
Citano
¡Bien!
Fulano
Esto me da tono…
Citano
¡Bravo!
Fulano
Pero… En fin, ¿cómo ha de ser!
Cada cual tiene su cruz
En este mundo…
Citano
Sí, a fe.
Fulano
Conque… abur.
Citano
Abur, amigo.
Fulano
¡¡Ah!! Compadézcame usted.
Mi Dama
Licio, si quieres saber
Cuál es la bella sin par
Que en amor mi pecho enciende
Y esculpida en él está,
Oye: pintártela quiero,
de inflexible metal
Tu corazón es formado,
O tú la conocerás.
Erguida lleva la frente
Que nunca supo inclinar
Ni a los encantos del oro
Ni a la lisonja venal.
No adorna el negro cabello
Con las perlas del Catay,
Y antes la encina le anuda
Que el nardo y el arrayán.
Es hechicera su boca
Por hermosa y por veraz;
Grandes, rasgados sus ojos,
Y atrevido su mirar.
Vence su pie en ligereza
Al Austro y al Vendaval:
Su talle esbelto y airoso
Desdeña el peto falaz.
Su mano, blanda y süave
A quien amante la da,
También la lanza guerrera
Sabe robusta empuñar.
Verde manto prende al hombro,
Y apenas leve cendal
Cubre su nevado seno
Que esconde ardiente volcán;
Y aunque sus formas celestes
No cuida de recatar,
Es puro candor en ella
Lo que en otras liviandad.
Adoradores sin cuento
Sacrifican en su altar,
Y aunque a todos corresponde
Nadie envidia a su rival.
Sabe cual otro Proteo
Mil y mil formas trocar;
Que, a fuer de hembra, es caprichosa,
Y a fuer de potente, audaz.
Ora a Belona imitando
Se ciñe el casco marcial;
Ora Minerva la brinda
Con el ramo de la paz.
Ora la embriaga y la ciega
El aplauso popular
Y cambia la dulce oliva
Por el tirso bacanal.
Niña siempre por instinto,
Bien que adulta por la edad,
Si no la guían se pierde;
Sin firme apoyo caerá.
Mas la celan dos hermanas
De mayor autoridad.
¡Plegue al cielo que las dos
No la abandonen jamás!
Una es de las grandes almas
ídolo, a veces fatal;
La otra forma los lazos
De la humana sociedad.
Venturosa la nación
Do las tres unidas van;
Que sin Gloria y sin Justicia
¿Qué vale la Libertad?
Mas ya la nombré; ya sabes
Cuál es la bella sin par
Que enciende en amor mi pecho
Y esculpida en él está.
Los Candidatos
Ya que tienes privilegio
Para entrar en el colegio
De elegidos electores,
No te alucinen, José,
Las profesiones de fe.
Obras, obras son amores;
No bambolla y aparato.
¡Ojo avizor al candidato!
Alguno habrá que te diga:
«Doy al poder una higa.
Mis patrióticas virtudes
Jamás empañó un empleo».
¡Y ya presentó el Proteo
Cuarenta solicitudes!
No te fíes de ese gato.
¡Ojo avizor al candidato!
Otro que habla de gobierno
Tiene en su casa el infierno.
Pero ni aquí, ni en Sicilia,
Ni en Nápoles, ni en Egipto,
¿Será buen Padre Conscripto
Un mal padre de familia?
Quien tal crea, es un pazguato.
¡Ojo avizor al candidato!
Inocente desahogo
Llamaba aquel demagogo
Al incendio, a la matanza;
Y hoy se está haciendo el mostén
Para que el voto le den;
Mas ¡qué pronto si lo alcanza
Le oirás tocar a rebato!…
¡Ojo avizor al candidato!
Quiere otro tomar asiento
En el honrado Estamento.
Tan sólo por vano orgullo.
Déjale que en la tribuna
Nos diga enfático alguna
Simpleza de Pero Grullo,
Y votará el Triunvirato.
¡Ojo avizor al candidato!
Tal dice a la muchedumbre
Que en la patriótica lumbre
Como fósforo se enciende,
Y votar jura una carta.
Más libre que la de Esparta;
Pero ¡en secreto nos vende
Ese aparente Viriato!
¡Ojo avizor al candidato!
Otro, a falta de conciencia,
Con ampulosa elocuencia
Seduce a la plebe incauta;
No quiero tirano rey,
Mas sin respeto a la ley,
Sea pito, sea flauta,
Todo lo mete a barato.
¡Ojo avizor al candidato!
Talento, arraigo, cordura,
Opinión ilesa y pura,
Que ni sé doble al cohecho
Ni al miedo ni a las pasiones;
Un hombre que a las facciones
Oponga de roble el pecho;
Eso busque tu conato…
¡Ojo avizor al candidato!
Los Dos Padres
Padres los dos felices algún día
De dos hermosas vírgenes, al cielo
Plugo arrancarlas del humano suelo
Que tan sublime don no merecía.
Guarda a la tuya austera celosía,
Recio candado, religioso velo,
Y a la antorcha nupcial, ¡ay desconsuelo!
Súbita muerte arrebató la mía.
Tú al menos de su voz tierna y piadosa
El son puedes oír cabe el sagrado
Inaccesible muro que la esconde;
Yo al frío mármol do mi bien reposa
Corro en amargas lágrimas bañado:
Llamo, torno a llamar… ¡Nadie responde!
Los Escritores Adocenados
¡Qué! ¿No hay más sino meterse a escribir a salga lo que salga, y ya soy autor?
Moratín.
¡Oh qué sabio es Madrid! ¡Oh cuál rechina
Aquí y allá la trabajada imprenta!
¡Oh cuán en posta el pueblo se ilumina!
¡Oh cuán rápida crece vuestra renta,
Fabricantes de Alcoy! ¡Oh qué de pliegos
El ansia de escribir consume hambrienta!
¿Y dónde, dónde están los hombres legos
Si hasta los necios son hijos de Apolo?
¿Si todo es luces hoy, dó están los ciegos?
Cada río en España es un Pactolo;
Cada coplero un Píndaro y un Dante
Que al mundo ha de asombrar de polo a polo.
¿Cuándo una prensa yacerá vacante?
¿Cuándo veré una esquina sin carteles?
¿Dónde iré sin topar con un pedante?
¿En qué archivo cabrán tantos papeles
Que embadurnan sin Dios y sin conciencia
Escritores adultos y noveles?
¿Ese pío lector, cuya paciencia
Ya excede a la de Job, en dónde vive?
¿Quién me dará razón de su existencia?
Mi anheloso mirar no le percibe.
¿Qué mucho? ¿A quién se guarda la lectura
Si todo el mundo sin cesar escribe?
Tanto cundes, feliz literatura,
Que no en estraza, sino en prosa y verso
Se envuelve por acá la confitura.
Y cuando a tanto cálamo perverso
De escribir acomete la manía,
¿Privas del tuyo, oh Fabio, al universo?
Tú, iniciado en la dulce poesía;
Tú, que haces redondillas de repente,
¿Por qué no escribes, Fabio, noche y día?
No tu suma ignorancia te amedrente.
Menos sabe don Próspero, y gallea
Porque no hay un Boileau que le escarmiente.
De cierto literato fue albacea;
Con esto, y un destierro, y un diploma,
Cátale ya escritor de alta ralea.
Por ahí dicen las gentes, será broma,
Que de tanto francés como ha aprendido
Ya no sabe escribir en nuestro idioma.
¿Y qué importa? Su nombre mete ruido
Como el de tanto cuervo literario
Que osada presunción sacó del nido.
Sólo algún nuevo Zoilo temerario
Pudiera condenarle porque agrega
Cien voces cada día al diccionario.
¿Y el crítico furor a tanto llega?
No es moda ya que la española pluma
De castiza blasone y solariega.
Loco será quien destruir presuma
La gálica irrupción. Antes podría
Al piélago quitar la blanca espuma.
Escribe, escribe, Fabio; que a fe mía,
Si observas mi lección imperturbable,
El vulgo aplaudirá tu algarabía.
¿Qué es vivir de una renta miserable;
De un honrado taller, o de un empleo,
A no ser de Castilla condestable?
Petulante, embrollón, mordaz te creo;
Hablas a chorros y el francés traduces…
Serás hombre de pro, ya lo preveo.
Tú coplea, y verás cómo te luces;
Que entre cisnes también hasta el Parnaso
Trepan desde Madrid los avestruces.
Vate conozco yo que del Pegaso
Ni un relincho merece, y se le aplaude
Más que a Rioja y al tierno Garcilaso;
Y mientras plata y vítores recaude
¿Qué le importa si Apolo escarnecido
Llora en silencio el insolente fraude?
No me seas modesto y comedido;
Que irás al hospital. Dice un adagio
Que ayuda la fortuna al atrevido.
Si no hay propio caudal, acude al plagio.
¿Uno lo atrapa? Bien; lo ignoran ciento,
Y de los ciento ganas el sufragio.
Sobre todo, tu pluma siga el viento
De la fortuna, en su favor o saña,
Ya apacible, ya raudo y turbulento.
¿Cambió la suerte? Válgate la maña:
Adula al poderoso, intriga, sopla,
Y tendrás, Fabio mío, una cucaña.
Ayer hubiera honrado la manopla
Al descarado Antón, que hoy paga coche.
¿Y cómo lo adquirió? Con una copla.
Deja que otro pacato día y noche
Torne al yunque y retorne sus escritos.
Tú escribe a norte y sur, a troche y moche.
Los fatuos en Madrid son infinitos;
De autor entre ellos cobrarás la fama,
Y en vano gruñirán los eruditos.
Tal vez sobre los sabios encarama
La ignara plebe al fantasmón pedante
Que merecía estar paciendo grama.
Otro los hechos de Gonzalo cante,
Otro al buen Cid en numerosa rima;
Tú no emprendas locura semejante.
Ni esperes que del hambre se redima,
Bien que le paguen con aplauso vano,
Quien buenos versos en España imprima.
¿No es mejor en lenguaje chabacano
Del francés traducir un melodrama,
Y venderlo después por castellano?
Muda el nombre al gracioso y a la dama,
Nuevo título inventa; y juro a cribas
Que el público por nuevo se lo mama.
No creas que a la tumba sobrevivas;
Y pues sólo el dinero aquí se aprecia,
Nunca leas a Horacio cuando escribas.
Ciertas voces oriundas de la Grecia
Basta que aprendas, Fabio, de memoria:
Como epítasis, ritmo, peripecia…;
Y aunque mover debieras una noria,
Lléveme Satanás si el populacho
No te cubre de aplausos y de gloria.
Ni hablar sin propiedad te cause empacho;
Que sintaxis, prosodia, analogía…
Son frívolos estudios de muchacho.
Ni el carecer de libros; que en el día
Basta ya con Rengifo y Taboada
Para escribir en prosa y poesía.
Te dirán que es forzoso —¡qué bobada!—
Escribiendo crear. Fileno crea;
¿Y qué gana con eso? Poco o nada.
Se afana el infeliz, suda, patea,
Mil desaires le cuestan sus porfías
Primero que la luz su obrilla vea;
Y después de tan fieras agonías,
En limpio ¿qué le dan? Quince doblones;
¡Y agotan la edición en ocho días!
De estos genios, honor de las naciones,
No envidies el infausto privilegio,
Y vive de morralla y traducciones.
Allá en el Sena de laurel egregio
Se ciñen y riquezas acumulan;
Aquí van a la sopa de un colegio;
Si no es que a hinchados próceres adulan,
O engañando a inocentes suscriptores
Con falaces prospectos especulan.
¡Y el teatro!… ¡Gran Dios! Tus borradores,
Si no son de algún lírico programa,
Te valdrán menos plata que sudores.
Necio el que gracias y moral derrama,
Oh Talía, en tus aras, do Celenio
De los Terencios eclipsó la fama.
¿Qué vale ya el saber? ¿Qué vale el genio?
A la solfa consagre sus tareas
Quien pretenda brillar en el proscenio.
El fuerte Aquiles, el prudente Eneas,
Si pretenden medrar en nuestra zona,
Acudan al mi-dó y a las corcheas.
Al que antaño ganó civil corona
El varonil talante distinguía,
Y aterraba en sus manos la tizona.
Hoy al compás de blanda sinfonía
Virtuosa la esgrime ultramontana
Que sólo el triunfo a su garganta fía.
Ya no se estila en rima castellana
Escuchar los furores de un Atreo,
Ni a Pelayo afrentado por su hermana.
¿No es mejor en henchido coliseo
Del contralto admirarlas pantorrillas
Que en París le vendió marchante hebreo?
Mas, oh Pindo español, en vano chillas;
Que sin dolerse de tu amarga pena
De Orfeo triunfarán las maravillas.
Ni porque a tantas almas enajena
El tenor o la tiple de cartello
Desierta vemos la española escena;
Que, si bien se consigue pelo a pelo
El mugriento cartón, ve todo el mundo
A Cabeza de Buey y a Brancanelo.
Y el mismo elegantuelo nauseabundo
Que a Moratín y a Calderón desdeña
Aplaude un melodrama furibundo.
Lo repito: es muy necio quien enseña
Verdad, buen gusto, y de la insana plebe
En derrocar los ídolos se empeña.
Traducir es más fácil y más breve;
Y quizás el librero más te pagué
Cuanto sea tu escrito más aleve.
En tanto, si pretendes que te halague
El aura popular, di que has estado
En París, en Antuerpia, en Copenhague.
¡Cuánto vale en Madrid quien ha viajado,
Y si sabe mentir con cierta gracia
Cuál se ve de los bobos celebrado!
Con tono magistral, con suma audacia
Donde quiera que estés habla de todo:
De historia; de blasón, de diplomacia…
Mucho rebuznarás. No me incomodo;
Ni aunque digas que al centro de la Iberia
Vino desde el Brasil el visogodo.
Sin gran lujo no salgas a la feria;
Que hoy se juzga a los sabios por la ropa.
¡Guárdate, Fabio, de ostentar miseria!
Si en lugar de batista, ruda estopa
Cubre tus carnes, se acabó el prestigio:
Ni en San Francisco te darán la sopa.
Mas de tu fama crecerá el prodigio
Si el mercader, el sastre y la patrona
De litigio te llevan en litigio.
¡Ea! Papel sin término emborrona,
Aunque sea con fárrago y basura;
Que el pueblo es un bendito, y Dios perdona.
Aunque es tu frente como el hierro dura,
No temas carecer de materiales;
Que quien sabe copiar jamás se apura.
Establece en París corresponsales.
¡Se escribe tanto allí!… Por el correo
Cien rasgos te vendrán originales.
Si copiar te parece pobre empleo,
Agregando algún frío comentario
Reimprime a los difuntos, y laus Deo.
O échate a criticón atrabiliario,
Aunque te expongas a cruel mordaza
Y te llamen procaz y temerario.
Si de otro más dichoso te amostaza
El reiterado lauro, en él te ceba.
Su opinión y sus obras despedaza.
Crimen reputa que a agradar se atreva
Tal escritor al público sencillo.
Di que es digno de cárcel y de leva.
No gemirá por eso en un castillo;
Que el gobierno solícito bien sabe
Quién es hombre de honor, y quién es pillo.
Mas el pobre escritor acaso agrave
Su imaginario mal, y acobardado
De componer y de brillar acabe.
Si natura el talento no te ha dado
Que al bachiller Juan Pérez de Munguía
Y su pincel maestro te ha negado;
No como él con donaire y valentía
A escarnecer abusos te limites
Que jamás ley humana extirparía.
Mejor es que a gritar te desgañites
Contra todo mortal que te haga frente,
Y el pan si puedes y el honor le quites.
Ni en todos claves el dañino diente.
El opúsculo ensalza de Fabricio,
Aunque a las musas tu descaro afrente.
Hoy está en candelero, y tu servicio
Puede galardonar. Muerde y adula;
Que es socorrido y cómodo el oficio.
Sigue antes a los asnos de la dula
Que al veraz escritor por la ardua senda
Donde se atolla el mísero y se anula.
Si alguno hubiere que impugnar pretenda
Tu sátira cruel, de nuevo ripio
Te servirá la crítica contienda.
¡Y no hay que desmayar! Desde el principio
Échala de doctor, por más que ignores
Lo que es interjección y participio;
Que a fuerza de sofismas y de errores
De tu rival fatigarás la pluma,
Y de paso a los cándidos lectores.
Mas ¿por qué el raro empeño así me abruma
De formar de la nada un pedantuelo
Si infestan a Madrid en tanta suma?
¿Quién enseñó a escribir a don Marcelo,
Que hace para halagar a un cortesano
En vez de un panegírico un libelo?
¿No echó a volar sin guía don Ulpiano
Su enfático poema, que aun de balde
No lo quiere leer ningún cristiano?
¿No escribe con permiso del alcalde,
Tratados de farmacia don Benito
Sin conocer siquiera el albayalde?
¿No imprime como propio el manuscrito
Que al prójimo robó don Celedonio,
Y le llaman las gentes erudito?
¿Dónde estudió don Blas, el muy bolonio,
Autor de esa novela fementida
Que apesta a Mundo, a Carne y a Demonio?
¿Ha pisado una cátedra en su vida
Don Cosme, que en su plan estrafalario
Con el oro y el moro al Rey convida?
¿Supo lo que escribía don Macario
Que, aunque dijo a Madrid: «yo lo he compuesto»,
Encuadernó, y no más, un diccionario?
¿Qué ciencia ha requerido ese indigesto
Almacén de inexactas colecciones
En letra infame y en papel funesto?
Tantas y tan inicuas traducciones
Que no se entienden ya ni aquí ni en Francia;
Tantos dramas exóticos, ramplones;
Tanto epítome ruin para la infancia;
Tanta refundición bárbara, impía;
Tantas y tantas coplas sin sustancia;
¿Son partos del talento? No a fe mía;
Abortos son del rudo publicismo
Que al extremo llevó su tiranía.
Hay hombres cuyo ciego fanatismo
Por ver su nombre impreso a tanto llega,
Que imprimieran la fe de su bautismo.
Hay necio que a Marón llama colega
Si publicar consigue una charada
En versos crudos de gaita gallega.
Hay quien desea que a la tumba helada,
Por imprimir la esquela del entierro,
Súbito baje su consorte amada.
Y hay quien se juzga autor, siendo un becerro,
Porque en letras de molde el buen Diario
La filiación estampa de su perro.
¡Qué! ¿Sólo puebla el mundo literario
Esa plaga de autores ignorantes
Que denuncia tu cáustico inventario?
¿Todos somos plagiarios y pedantes?
¿No hay ya quien libros de honra y de provecho
En el idioma escriba de Cervantes?
¿No hay sabios en historia, y en derecho,
Y en lenguas, y… Sí tal. Hay grandes hombres,
Lo sé de unos, y de otros… lo sospecho.
Bien pudieras citar algunos nombres…
¿Escribo acaso yo contra los sabios?
No. Pues si no los cito, no te asombres.
Y algunos tomarían por agravios
Mis elogios tal vez. Sí, su modestia…
¡Hay tanta en sus escritos y en sus labios!…
Pero aunque sé que es vana mi molestia,
Pues yo no he de quitarles su talento,
Ni está en mi mano el dársele a una bestia;
Quiero decirlo; que si no, reviento;
Muchos se llaman doctos en el día
Porque atestan de libros su aposento.
Y si culpo y maldigo la osadía
Del que escribe en materia que no entiende
Y a diestro y a siniestro desvaría;
El huraño doctor también me ofende
Que, mirando de lejos la batalla,
O sabe mucho, y todo se lo calla;
O nada sabe, y todo lo reprende.
Los Malos Actores
[…] Male si mandata loqueris,
aut dormitabo, aut ridebo.
Horacio.
También a ti, farsante rutinero,
Ya púrpura, ya jerga te cobije,
También a ti satirizarte quiero.
También tu corrección el pueblo exige;
Que no es suya la culpa si a la escena
Amarga soledad hogaño aflige;
Que si bien en su bolsa ya no suena
Omnipotente el oro cual solía,
Gracias se den al Támesis y al Sena,
No de Terencio el arte esquivaría
Si la torpe desidia y la ignorancia
No apresurasen tanto su agonía;
Si en lugar de grotesca extravagancia
Campasen el donaire y el talento;
Si callase la ruda petulancia.
Yo, cuya pluma, con el noble intento
De vengar los ultrajes de Talía,
Aunque quizá fue vano atrevimiento,
A la terca y fatal melomanía
Un día vapuló, que intolerante
A Inarco y a Alarcón escarnecía,
¿Cómo negar que al coro y al andante,
Y al tiple y al tenor y al duettino
Melpómene sucumbe vergonzante?
¿Ni cómo negaré que en el camino
Del hospital han puesto a los actores
Tanto poeta ruin, tanto pollino?
¿Cómo negar que zafios traductores
El buen gusto y la lengua corrompiendo
Profanan sin cesar los bastidores?
¿Cómo negar que el melodrama horrendo
De uno y otro corral crudo tirano
Sólo se opone al forte y al crescendo?
«¿Y por qué he de escribir en castellano,
Me dirá algún autor, si mato el hambre
Con exótico drama chabacano?
»Si a la seda prefieren el estambre,
¿Cómo derrotará sólo un ingenio
De tanto moscardón el fiero enjambre?
»¿Quién, pues no sé adular, quién el proscenio
A mi humillado numen abriría
Aunque escribiera yo como Celenio?»
¡Oh tiempos! ¡Oh infelice poesía,
Por la pobreza sólo cultivada
Y más pobre en España cada día!
¡Oh suerte!… Mas alguna inocentada
Quizá voy a decir. Punto y aparte.
Volvamos a la zurra comenzada.
Actor, si está en descrédito tu arte,
Aunque tuyo no sea el crimen todo,
Vive Dios que te toca mucha parte.
Mas ya me da un amigo con el codo
Y exclama: «¡Tú a los cómicos te atreves!
¿Qué intentas, temerario? ¿Estás beodo?
«¡Ah, que enemigos mil fieros y aleves
Que maldigan tus versos te acarreas
Si la teatral república conmueves!
»¡Qué de quejas después, qué de peleas!
Y ¡ay de ti si se amoscan las actrices!
Quiera Dios que arañado no te veas.
»¡Pobres gentes! ¿No son harto infelices?
Déjalos respirar. ¿En qué te ofenden
Para que así, cruel, los martirices?»
¡Y, qué!, respondo yo, desde que emprenden
Su independiente y cómodo ejercicio
A todo el mundo mofan y reprenden;
No hay un solo rincón, no hay un resquicio
Desde el alcázar regio hasta la choza
Que de su azote esconda al negro vicio;
Ora al señor que en maltratar se goza
Al fámulo cuitado, ora escarmientan
Al sucio avaro, a la liviana moza;
Ora los cuernos de don Gil ostentan
En el inmundo y bárbaro sainete
Que con mengua de Apolo representan;
Al honrado alguacil llaman corchete,
Garduña al escribano respetable,
Al barbero chismoso y alcahuete,
Al médico asesino abominable,
Al ventero ladrón (¡qué atrevimiento!)
Frívola bestia al pisaverde amable;
Y por colmo de horror… Aquí mi aliento
Desmaya. ¡Oh santo Dios! ¡Hasta al poeta
Qué les da de comer llaman hambriento!!!..
Por poco que frecuente la luneta
O asista a la modesta galería,
¿Quién no teme el rigor de su palmeta?
Cuando ejercen tan dura tiranía
Y el pueblo por sufrirla da dinero,
Y la aplaude tal vez con alegría,
¿No es muy justo que el látigo severo
De la sátira al fin consuele al mundo,
Pues de ella no les salva humano fuero?
Ni su vida privada furibundo
A censurar me arrojo; no, a fe mía.
En su arte solo mi censura fundo.
A todos Lucifer nos extravía;
Mortales somos todos, y… Acabemos.
Yo no soy celador de policía.
Si los peligros de su estado vemos,
Acaso en su conducta más materia
De elogio que de culpa encontraremos.
¡Cuántos murmuran de ellos en Iberia
Que habrían de esconderse en los desvanes
Si sus trapos sacasen a la feria!
Hay hombres deslenguados y holgazanes
Que en pasar a cuchillo se divierten
Damas, graciosos, barbas y galanes.
¡Cuántos, porque a Dorila no pervierten,
En su buena opinión (¡soez venganza!)
De vil calumnia la ponzoña vierten!
¡Cuántos!… Callad, callad, lenguas de lanza,
O distinguid al menos del vicioso
A los que dignos fueren de alabanza.
Silba al actor, oh vulgo caprichoso;
Sílbale, si es ramplón desaplicado;
Mas no al hombre persigas malicioso.
Nadie negarte puede que has comprado
De bufar y aplaudir el privilegio;
Mas tu imperio no pasa del tablado.
Silba a aquel que, cual niño de colegio,
Su papel balbuciendo deletrea
Y ensarta en cada voz un sacrilegio.
Silba al otro que en torno manotea
Cual si importuna mosca le picara
la esgrima enseñase a la platea.
Silba a aquel que, figura de mampara
Más que ser animado, nunca el sello
Muestra de las pasiones en su cara.
O al que presume parecerme bello
Porque apoya la mano en la cintura,
La pierna estira y agarrota el cuello.
Silba a la necia y frívola hermosura
Que a los afectos entregarse teme
Porque su lindo rostro desfigura.
Rechifla, aunque se pudra, aunque se queme,
Al que después de hablar inmóvil queda
Y de estúpida boca abriendo un jeme;
O al moduloso, que parece seda
Su lengua, y tanto pule que fastidia,
Y no dice el papel; que lo remeda;
O al que estudiar no quiso por desidia,
Y si acaso le dan su merecido,
Clama después: ¡parcialidad!, ¡envidia!
Aunque exceda en paciencia a algún marido,
¿Quién podrá ver con apacible gesto
A un comediante esclavo de su oído?
Si el popular escarnio es tan molesto,
Si amor no tiene al arte que ejercita,
Déjelo de una vez; otro a su puesto.
Mas ¡ah, que en vano el público se irrita
Contra impasible histrión adocenado
Que ni el víctor le mueve, ni la grita!
¿Y qué diré del simple que ha soñado
Llegar al non plus ultra del oficio
Porque una vez se vio palmoteado?
Si el pueblo te aplaudió como a novicio,
No fue, no, aprobación; que fue indulgencia;
Ni siempre has de encontrarle tan propicio.
«Mi padre fue galán…» ¡Qué consecuencia!
No como el virus suele emponzoñado
Se inocula a los párvulos la ciencia.
No basta, hijo de mi alma, haber mamado
Detrás de un bastidor para endosarte
El renombre de cómico afamado.
¡Afuera el vano orgullo! Atarearte
Noche y día sin tregua te es forzoso
Si distinguirte quieres en el arte.
Con la argentina voz y el talle airoso
Que natura te ha dado por hijuela
No se contenta el público ambicioso.
Tal vez alguna insípida mozuela
De ti se prende; mas si el patio brama,
¿Qué te vale un rincón de la cazuela?
Tampoco a ti te olvido, amable dama
Que a la luneta miras sonriendo
En el lance más crítico del drama.
Ni al que se juzga cómico estupendo
Porque arroja el pulmón a troche y moche
Y no hay quien de su voz sufra el estruendo.
¿Qué importa que te aplauda algún bamboche
Por compasión tal vez; que está temblando
No cual vejiga estalles una noche?
¿Qué importa, si de ti va renegando
Quien sabe distinguir del talco el oro,
Del buen artista al graznador nefando?
Otro…, (¡mala lanzada le dé un moro!)
Sólo cuenta sus cuitas a la orquesta,
Y no alzara la voz por un tesoro.
Otro con cara tétrica, indigesta,
Aun hablando de amor regaña y grita
Si hace papel de coronada testa.
¡Qué! ¿No es rey el que llamas no vomita?
¡Qué! ¿Todos son Nerones y Cambises?
¡Ah! No, ni el justo cielo lo permita.
No fue un rey bonachón el padre Anquises?
¿No supo simular sus intenciones
Con aparente dulcedumbre Ulises?
Otro con importunas contorsiones
Cual payaso en grotesca pantomima
Piensa mover del pueblo las pasiones.
Otro, que al compañero en poco estima,
Robándole el ganado palmoteo,
Sin dejarle acabar se le echa encima.
Otro declama con tenaz solfeo
Que los oídos sin piedad barrena,
Si no los cierra próvido Morfeo.
Otro en medio se clava de la escena,
Y allí quieto se está como una silla
Hasta que el mutis deseado suena.
Otro, que más que actor parece ardilla,
Ora se quita el guante, ora se rasca;
Ya escupe, ya se atusa la golilla.
Otro desventurado se me atasca
En dos menguados versos que le tocan;
¿Y quién conjura entonces la borrasca?
Otros tanto y tan gordo se equivocan,
Asesinando al pueblo y al poeta,
Que de un santo la cólera provocan.
¿Y quién te sufre, gárrulo consueta,
Cuando regala tu pulmón robusto
Doble edición del drama a la luneta?
Ni a ti tampoco perdonar es justo,
Actor guadaña, que el papel mutilas,
Ya mutilado por censor adusto.
¡Oh tú que de impiedad a cien Atilas
Pudieras dar lección!, ¿con qué derecho
Los versos que no entiendes aniquilas?
¿Qué te han hecho las musas, qué te han hecho,
Que arrancas a su templo tanta ofrenda?
¿Es acaso el Parnaso algún barbecho?
¿Qué dirías, cruel, si la merienda
Te cercenase a ti pinche golmajo?
¡Oh! Castíguete Dios con grita horrenda.
¡Gemid, vates, gemid! Vuestro trabajo
Vive a merced de cálamo sangriento
Que aquí da de revés, allí de tajo.
No culpo al que de largo parlamento
(Si hablar me es dado comical idioma)
Suprime dos renglones entre ciento;
Mas al autor consulte; que no es broma
La ajena propiedad, y mal su grado
No se atreva a sisarle ni una coma.
Si el juicio alguna vez ha decretado
Podar eterno drama impertinente
Cual si fuera acebuche enmarañado,
¡Cuántas por ser un cómico indolente
Relata su papel en esqueleto!
¡Mal haya quien tal hace y tal consiente!
Ni ha de quedar impune el indiscreto
Que absurdo grito en los apartes alza
Aunque importe mil vidas su secreto.
Ni al paso que mi voz de otros ensalza
El decoro, el esmero, a aquel perdono
Que abigarrado viste y zafio calza.
Ni absuelvo la impericia, el abandono
Del que en traje de persa o de fenicio
Hijo se llama del argivo trono.
Otro adolece, en fin, de torpe vicio
Para el cual fuera dulce y lisonjero
De Prometeo el hórrido suplicio.
¡Aquí de tus silbidos, mosquetero!
Ya llega. ¡Duro en él! ¡Búfale! ¡Truena!
¿Quién será?… El temerario morcillero.
Óyele ripios mil en cada escena,
Y cuál un verso y otro a su albedrío
Con sandeces sin término rellena.
¡Calla, insulso bufón! ¡Detente, impío!
¿Por qué el decoro escénico quebrantas?
¿Cuándo bebiste tú del sacro río?
¡Piedad del pobre ingenio a quien suplantas
Y pelando sus barbas de coraje
Cien veces te maldice y otras tantas!
Con un vocablo que tu lengua encaje
¡Adiós la dulce rima, adiós el metro!
El demonio que entienda tal potaje.
Délfico numen, abandona el cetro
O castiga a ese cínico payaso.
¡Exi foras, profano! ¡Vade retro!
«Si de torpes hay número no escaso
¿No hay otros, me dirán, cuya pericia
Merece bien del español Parnaso?»
Con ellos no hablo yo. Fuera injusticia
Confundir con el sandio, el rudo, el necio
Al que honra la dramática milicia.
Algunos hay cuya amistad aprecio,
Y aun los que el pueblo mira con enfado
A compasión me mueven, no a desprecio.
Sí; que ningún actor nace enseñado,
Y no es moco de pavo, voto a cribas,
Gustar a gentes mil sobre un tablado.
Y no hay preces al fin, no hay rogativas
Para aplacar a un pueblo que a su antojo
Reparte los tronchazos y los vivas.
Ni al que nació desaborido y flojo
Mi pluma enmendará, si no le enmienda
Del formidable patio el fiero enojo.
Ni porque yo sin caridad reprenda.
Y acá dé y acullá palos de ciego
Espero conseguir una prebenda.
Ni el interés me incita; que si llego
A un librero chalán con mis borrones,
Seis reales me dará por cada pliego.
No hay que glosar mis rectas intenciones.
Sólo el amor del arte me espolea,
Y a nadie insulto yo con mis sermones.
Alguno habrá que plácido me lea,
Y acaso alguno me destine ingrato
Para envolver anís y alcaravea.
¿Y no seré yo un necio, un mentecato,
Si por no ser de todos aplaudido
Me atufo, me enfurezco, me arrebato?
Y al censor que prudente y comedido
De mis versos denuncie los errores,
No es justo que yo viva agradecido?
Pues aplíquense el cuento los actores.
Estudie el ignorante, pese a su alma,
Y procuren los buenos ser mejores;
Que no ganaron sin afán la palma
Un Maiquez, un Garrik, un Kemble, un Talma.
Madrid Y El Campo
¡Oh qué linda es la pradera
Un día de primavera
Cuando la rosada aurora
Perlas y diamantes llora
Sobre la yerba y la flor!
Pero la cama es mejor.
¡Cómo es grato entre la sombra
Pisando la verde alfombra,
Por la verita del río,
Caminar al caserío
Del vecino labrador!
Pero en un coche es mejor.
¡Oh cómo en estiva siesta
Regocijan la floresta,
Fresca, lozana y umbría,
Con su dulce melodía
El mirlo y el ruiseñor!
La de Rossini es mejor.
¡Oh qué hermosa es la perdiz
Con su galano matiz
Volando de ramo en ramo
Hacia el mentido reclamo
Del astuto cazador!
Pero en la mesa es mejor.
¡Oh cómo en la pura fuente
Bulliciosa y transparente
Entre las menudas guijas,
Sin auxilio de botijas,
Brinda el agua… —Sí, señor;
Pero un sorbete es mejor.
Si no sopla rudo cierzo,
¡Oh qué bien sabe el almuerzo
En campiña libre y rasa…
Sí por cierto; pero en casa
De mi amigo el Senador
Se almuerza mucho mejor.
¡Bien hayan las lugareñas,
Tan amantes, tan risueñas,
Tan sencillas… —Pero atroces,
Suelen con pares de coces
Mostrar su rústico amor.
Mi madrileña es mejor.
Buen provecho a los secuaces
De placeres montaraces;
Mas yo a la Corte me atengo;
Que es bueno el campo, convengo,
Delicioso, encantador…
Pero Madrid es mejor.
Margaritas A Puercos
Pardo a un corro de camellos
Su Clitemnestra leyó.
¿Quién ha muerto? preguntó
Al concluir uno de ellos;
Y Pardo le dijo: ¡yo!
Vino Y Amor
Médico que me privas
Del vino y de mi Clori,
No así como mi pulso
Mi corazón conoces.
Si a tanta costa quieres
Que la salud recobre,
Huye; que de la Parca
No es tan funesto el golpe.
Vino y amor dictaron
Al dulce Anacreonte
Sus versos que le ascienden
Al trono de los dioses.
Vino y amor alivian
Fatigas y dolores;
Vino y amor infunden
Las ínclitas acciones.
¿A quién, doctor, no alegran
Si no es de helado bronce
Los ojos de una hermosa,
La espuma del aloque?
Aquí en mi hogar humilde
Que alumbra medio roble,
Aunque ignorado, limpio,
Y tranquilo, aunque pobre;
Mi Clori a la siniestra,
Y a la derecha el odre,
Sin miedo a las borrascas
Del cielo y de la corte;
Déjame que entre sorbos,
Y besos y canciones,
O me cure…, o me muera;
Que a todo estoy conforme.
Y guarda tus preceptos
Para el cuitado joven
Que pueda amar la vida
Sin vino y sin amores.
¿Soy Poeta?
Ni mi lengua brota espuma
Atormentada del estro,
Ni alquitrán baña mi pluma,
Ni está mi juicio en secuestro;
Ni en mi vida eché la zarpa
A los bordones de una arpa,
Ni llamo divina trípode
A mi sillón de vaqueta
Donde humilde me acomodo;
Y con todo,
Paso en Madrid por poeta.
Nunca fue mi ministerio
Copular con bruja hedionda,
Y si evoco un cementerio
No hay miedo que me responda.
No dejo crecer mis barbas
Como en el siglo de Yarbas,
Ni vivir quiero a lo príncipe
Sin tener una peseta;
Que no, soy tan delirante;
Y no obstante,
Quizá seré yo poeta.
No me tira de los pies
Ningún fantasma nocturno;
Ni chiquillos tres a tres
Devoro como Saturno;
Ni me sumerjo en el Ponto;
Ni a los cielos me remonto
Dialogando con los ángeles.
Hombre soy y en mi planeta
Paso lo dulce y lo amargo.
Sin embargo,
Tengo humillos de poeta.
No maldigo el hemisferio
Que alumbra al género humano;
Ni ara torpe al adulterio
Alzo con sangrienta mano;
Ni ajenas dichas envidio;
Ni en pro del negro suicidio
Haré escandalosa página
Ora en drama, ora en gaceta,
Si Dios me conserva el seso.
Con todo eso,
Dan en llamarme poeta.
Aunque dado a Satanás
El orbe esté en muchos puntos,
No pienso yo valer más
Que todos los hombres juntos.
Ni haré guerra a las mujeres
Por negarme sus placeres
Si tengo el cuerpo ridículo
Y no suple mi gaveta
Al mal gesto de mi cara.
¡Cosa rara…
Llamarme el mundo poeta!
Porque me entiendan me afano,
Y aunque parezca mancilla,
Quiero hablar en castellano,
Pues mi lengua es de Castilla.
Si es oscuro mi concepto,
No acuso al lector de inepto,
Ni llamando al pueblo bárbaro
Cuando un drama no le peta,
La atrabilis se me exalta;
¡Y no falta
Quien diga que soy poeta!
Mas ya, ¡voto a Garcilaso!…
No entiendo la poesía.
¿Por dónde se va al Parnaso?
¿Quién me alumbra? ¿Quién me guía?
¿Qué es el verso? ¿Qué es el drama?
¿Qué es la virtud? ¿Qué es la fama?
O ciertos vates novísimos
Han perdido la chaveta,
O se engaña el Ateneo,
Según veo,
Cuando me llama poeta.
No Es Oro Todo Lo Que Reluce
Soberbio escudo;
Campo de gules;
Aquí banderas;
Más allá cruces;
Y la corona
Que ciñen duques;
Landó soberbio,
Gran servidumbre;
Y en letras gordas:
«¡Alto!, no subes
Si antes no hablas,
Oh transeúnte,
Con mi portero
Domingo Núñez».
Pero juzgado
Por sus costumbres,
Ese heredero
De hombres ilustres
Tiene más vicios
Que ellos virtudes.
No es oro todo
Lo que reluce.
¡Qué buen sujeto
Don Gil Bermúdez!
Su bolsa franca,
Su trato dulce,
Su humor festivo…
¡Si es un estuche!
Y no haya miedo
Que a nadie insulte;
Y nadie paga
Donde él rebulle;
Y con las mozas
¡Lo que él consume!…
Pero a su casa
Vaya el que guste;
Vea a su esposa,
Vea y pregunte…
Bella, apacible
Como un querube,…
La mata el Judas
A pesadumbres.
No es oro todo
Lo que reluce.
Largo mostacho;
Voz que te aturde;
Torva mirada
Que te confunde;
Tiemblan las gentes
Cuando él escupe.
Denle cien hombres
De los que él busque,
Y los rebeldes
Veréis cuál huyen:
De una carrera
Se van a Túnez.
Pues ese Aquiles,
Saco de embustes,
Ni ha visto balas
Ni olido azufre;
Y sus proezas…
¡Que las anuncien
Los hospitales
Y los tahúres!
No es oro todo
Lo que reluce.
«¡Vengan reformas!
¡Fuera gandules!
¡Qué de empleados!
No hay quien los sume.
Son sanguijuelas
Que nos destruyen.
Yo soy patriota
Y hombre de luces;
Y me postergan;
Quieren que ayune…
¡Esto no marcha!
Y el que lo sufre…»
Así don Santos
Me hablaba el lunes;
Mas, ya empleado
Junto a la cumbre,
«¡Prudencia!, grita;
La ley se cumple;
Todo va bueno;
Nada se mude».
No es oro todo
Lo que reluce.
Pacto Amoroso
No me pidas rubíes ni esmeraldas;
Que no me inclina a dádivas mi estrella;
No te ofendas si en brazos de otra bella
Me ciñe amor de lúbricas guirnaldas;
No extrañes que te vuelva las espaldas,
Si responder me enfada a tu querella;
Ni con celoso ardor sigas mi huella;
Ni me cosas, oh Mónica, a tus faldas.
Ya que no abras la puerta a mi porfía
No me cites de noche a tu terrero;
Que me expongo a traidora pulmonía;
En fin no hables de boda, que prefiero
Cadenas arrastrar en Berbería…;
¡Y tú verás, mi bien, cuánto te quiero!
¡Revolución!
No nos cansemos,
¡Qué!… No, señor.
Si ha de salvarse
Nuestra nación,
Fuera sistemas:
Todo es error.
Sólo hay un medio.
¡Revolución!
Ya el Estatuto
Nos redimió,
De augusta Reina
Gratuito don.
Si algo le falta,
Las Cortes… —¡No!
Mejor es una
¡Revolución!
Si la templanza
No te agradó,
Ahora que reina
La exaltación…
Ni los de antaño,
Ni los de hoy;
Ni erres, ni haches.
¡Revolución!
Ya. Tú quisieras
Nuevo vigor
Dar a la antigua
Constitución;
Y aunque la pobre
Ya va de dos
Que… —No. Yo quiero
¡Revolución!
¡Cuán majestuoso
Relumbra el sol
Tras del nublado
Que da pavor!
¡Qué paz, qué dicha,
Pueblo español,
Tras de agitada
Revolución!
Con un bautismo
De sangre, atroz,
Se purga España;
Y entonces, ¡oh!…
¿Y entrar no temen
En el crisol
Los que desean
Revolución?
¿Y no sería
Mucho mejor
Paz que no diezme
La población?
—¡Si no es posible!
¡Si es de rigor
La consabida
Revolución!
Confianza, tropas,
Resignación,
Hilas, dinero,…
¡Todo lo doy!
¿Qué más de Iberia
Queréis? ¡Gran Dios!
Queremos que haya…
Revolución.
¿Y ha sido floja
La que se armó
Desde la muerte
De aquel Borbón?
¿O el cielo acaso.
Nos decretó
Cada mes una
Revolución?
Hablemos claro.
Tanto fervor
Es porque el puesto
Que Juan logró,
Compadre Curro,
Quereisle vos.
¡Oh qué gloriosa
Revolución!
Pecados Necios Y Gustos Depravados
¡Oh qué tonto es don Andrés,
Que gasta el oro sin tasa,
Y arruina tal vez su casa
Por titularse marqués
Y ponerse cruz al pecho!
Buen provecho.
Toda una noche bailando
Pasa Luis. ¡Necia manía!
¿Cuánto mejor no estaría
A pierna suelta roncando
En caliente y blando lecho?
Buen provecho.
¡Oh avaricia siempre ciega!
¡Que se exponga don Cenón
A perder fama y bastón
Por ganar media talega
En un infame cohecho!
Buen provecho.
Clara, ¿y de ti qué diré
Si con muleta te veo
Por llevar en el paseo
Sobre largo y ancho pie
Zapato corto y estrecho?
Buen provecho.
¿Posible es que don Jeromo,
Aunque ve menguar sus rentas,
Cuando viene a darle cuentas
Su rollizo mayordomo
Firme como en un barbecho?
Buen provecho.
Casose Fabio con Juana
Sin tener un solo ochavo;
Mas ¡la amaba tanto… Bravo!
¡Viva el amor! Si mañana
Se colgare de despecho,
Buen provecho.
Si quiere usted, camarada,
Con toros entrar en lid,
Cuando al mejor adalid
Le alumbran una cornada
Por el costado derecho,
Buen provecho.
Si en busca de un gazapillo
Que cuesta poco en la plaza
Sale don Martín a caza
Y vuelve con tabardillo,
Bien, su gusto ha satisfecho.
Buen provecho.
Si cuando menos lo espera
Se le hunde la casa a Antón
Por no gastar un doblón
En reparar la gotera
Que abrió una rata en el techo,
Buen provecho.
Si leyendo esta letrilla
Exclama un lector adusto:
¡Pésimo estilo! ¡Mal gusto!
Más graciosa y más sencilla
Mi pluma la hubiera hecho,
Buen provecho.
Los Yertos Aquilones
¿Oyes bramar, serrana,
Los yertos aquilones
Que el enconado invierno
Desata de los montes?
¡Desolación amarga!
Del campo los verdores
Ya el crudo hielo torna
En áridos terrones.
¿Adónde, adónde huyeron
Las matizadas flores?
Los sazonados frutos
Del rico otoño ¿adónde?
Mira a aquel arroyuelo
Gemir entre prisiones;
Mira al olmo copado
Desnudo, seco y pobre.
Ni cantan ya las aves,
Ni tienden ya veloces
Sus alas por el viento,
Región negada al hombre.
Ni el blando caramillo
Resuenan los pastores,
Ni vaga susurrando
La abeja por el bosque.
Avara sus riquezas
Naturaleza esconde,
Y en soledad y nieve
Se pierde el horizonte.
El sol como asombrado
Más presuroso corre,
Y vela opaca niebla
Sus rayos creadores.
Todo es terror el cielo,
Todo es silencio el orbe,
Y si hórrido es el día,
Más hórrida la noche.
¿Y aún del amor, serrana,
Esquivas los arpones?
¿Quién vive en el invierno,
Quién vive sin amores?
No más a mi ternura
Tu pecho sea bronce;
Verás como burlamos
Del tiempo los rigores.
Si piensas que te miento,
Pregúntaselo a Clori,
Y a Laura, y a Dalmira;
Verás que te responden:
«Serrana, no hay hoguera
Como abrazar a un hombre
Cuando enconados braman
Los yertos aquilones».
Quien No Quiera Polvo
Quien no quiera polvo
No vaya a la era.
¡Ay, que di mi corazón
A una bella presumida,
Tan frívola, que me olvida
Por bailar un rigodón!
Esta tirana pasión
Me aflige y me desespera.
Quien no quiera polvo
No vaya a la era.
¡Piedad de mí mentecato
Que, porque rica la vi,
A una vieja me vendí
Que padecía de flato;
¡Y se murió abintestato
En la semana primera!
Quien no quiera polvo
No vaya a la era.
Anoche, ¡oh suerte fatal!
Por seguir una judía
Perdí el oro que tenía
En un garito infernal;
Y, amén de eso, hasta el portal
Rodé luego la escalera.
Quien no quiera polvo
No vaya a la era.
¡Ay, que en los brazos de Elisa,
Que ríe de mi aflicción,
Me he dejado la opinión,
La salud y la camisa!
Hoy todo el mundo me pisa:
¿Quién ayer me lo dijera?
Quien no quiera polvo
No vaya a la era.
¡Ay, que por llamar cornudo
A un ricacho, que lo es,
En la cárcel como ves
Me voy quedando desnudo!
Y gracias que no saludo
El Peñón de la Gomera.
Quien no quiera polvo
No vaya a la era.
¡Ay! Mi marido Beltrán,
Después que en celos me abrasa,
Me da los palos sin tasa
Y por adarmes el pan.
¡Maldito sea mi afán!…
Mejor me estaba soltera.
Quien no quiera polvo
No vaya a la era.
¡Ay cuán mísero he nacido!
Oigo riña, aprieto el paso;
Llego, grito, no hacen caso;
Y cuando a la paz convido
Un garrotazo perdido
Viene a abrirme la mollera.
Quien no quiera polvo
Yo vaya a la era.
Ventura Conyugal. En El Álbum De Una Muy Bella Dama, Amiga Mía
Recuerdo en este instante,
Bellísima Dolores,
Que tu amable marido
Es diputado a Cortes;
Y a fuer de buen patriota
Y orador no mediocre,
Es pro-hombre entre tantos
Como son pobres-hombres.
Él se honra en el Congreso,
Y honra a los electores,
Y yo también me honro
Con ensalzar sus dotes.
Pero aunque es diputado,
Y mas que fuera prócer,
Su mayor gloria funda
En tener tal consorte.
¿Qué mucho? Te ama tierno,
Y tú lo correspondes,
Y tu alma no inficiona
La peste de la Corte.
¡Ay! el que no es dichoso,
En los tiempos que corren,
Dentro de sus hogares,
¿Dónde ha de serlo, dónde?
Yo con la edad curado
De vanas ilusiones;
Que es viejo en este siglo
Quien fuera en otros joven,
Huyendo de tribunas
Y de áulicos salones,
A la quietud me atengo
De mi casita pobre.
Aquí con mi morena,
Fiel, cariñosa y dócil,
Tal soy, que me envidiaran
Los príncipes del orbe.
¡Feliz, breve asamblea
Do nadie está discorde,
Ni hay míseros vencidos
Ni fieros vencedores!
Aquí sin embusteros
Taquígrafos veloces,
Ni tribunas que silben,
Ni maceros que estorben,
Amor presenta leyes
Que excusan discusiones.
¿Qué mucho, si ambos Cuerpos
Están siempre conformes?
No consta a quién incumbe
La iniciativa, porque
Aquí no hay Estatuto,
Ni carta, ni año doce;
Mas puedo asegurarte,
Así Dios me perdone,
Que la palabra veto
Aquí no se conoce.
Ni son jamás dañinas
Las interpelaciones;
Ni hay derecha ni zurda,
Radicales, ni Tories;
Ni nadie cabecea,
Gruñe, bosteza, o tose;…
Y eso, que son a veces
Muy largas las sesiones;
Ni nimio reglamento
Nuestros debates rompe,
Ni hay en fin campanillas
Que nos llamen al orden.
Vale más, y concluyo,
Bellísima Dolores,
Ser marido dichoso
Que diputado a Cortes.
Recuerdos De Un Baile De Máscaras
A Dorila
Yo no sé cómo mi acento
Te diga que al ciego niño
Por ti rendido me siento,
Porque me sobra cariño,
Y me falta atrevimiento.
Por más que el temor me enfrena,
Callar no puedo la pena
En que por tus ojos vivo;
Que el más humilde cautivo
Gime al son de la cadena.
Mas ¿quién me asegura, di,
Que si te digo: «¡ay hermosa!,
Muero de amores por ti»,
Con sonrisa desdeñosa
No te has de mofar de mí?
Mientras halla mi talento
Algún término a esta lucha
Que me da fiero tormento,
Hermosa Dorila, escucha,
Que voy a contarte un cuento.
Érase que se era un baile
Donde yo también dancé,
(Si danzar aquello fue)
Porque nunca he sido fraile,
Ni lo soy, ni lo seré.
Allí estaba media Europa,
Medio mundo. ¡Qué de trajes!
Y entre galopa y galopa
Cegríes y abencerrajes
Bebían en una copa.
Abriendo paso los codos
Corrían de ceca en meca,
Alegres y no beodos,
Dido, Cleopatra, Rebeca,
Cimbros, lombardos y godos.
La música hacía son,
Y bailaban la mazurca
Sin maldita la aprensión
Un paleto y una turca,
Una china y un valón.
Otros van al ambigú
Y entre damas y clientes
Consumen medio Perú.
¡Y qué llaneza de gentes!
Todos se hablaban de tú.
Allí el gigante, el enano,
La ochentona, la pupila,
El agreste, el cortesano;
Todos, ¿lo creerás, Dorila?
Tenían voz de soprano.
¡Cuánta cabeza al través!
¡Cuánta farsa de entremés!
¡Oh qué de figuras raras!…
Todas, todas con dos caras.
Y algunas tenían tres.
No se andaban por las ramas
Más de cuatro mozalbetes,
Y entre galanes y damas
Llovían los epigramas
Y los dimes y diretes.
Te digo a fe de varón
Que no sé cómo describa
Tan amable confusión,
Y tanto dulce empellón
Por activa y por pasiva.
No faltó algún colegial
Que viendo tanto bullicio
Dijo con voz doctoral:
Este es el final del juicio,
Si no es el juicio final.
Dudé yo si aquel salón
De palaciegos sería;
Y no extrañes mi opinión,
Porque a millares había
Semblantes de quita y pon.
¿Cuándo se ha visto en Iberia
Reír con la cara seria?
¿Quién muestra el rostro sereno
Con un áspid en el seno?
Pues de todo hubo en la feria.
¡Qué estrepitosa alegría!
¡Qué broma! ¡Qué algarabía!
¿Quién no estaba divertido?
Sólo algún sandio marido
O bostezaba o gruñía.
Muchas hembras con tesón
Conservaban el cartón;
Y otras muchas al instante
Lo apartaban del semblante:
Todas con mucha razón.
Todo allí se confundía:
La viuda con la doncella;
La sobrina con la tía;
La horrorosa con la bella;
La paloma con la arpía.
¡Oh! si te contara yo
Milagros de una careta,
Prodigios de un dominó…
Detente, lengua indiscreta.
¿Chismecillos? Eso no.
«Farsas, caretas… ¿Hay tal?
En vez de pintar su amor,
Un baile de Carnaval
Me pinta ese buen señor»,
Dirás tú ahora. —Cabal.
Temo que un no me escarmiente
Y busco rodeos mil;
Mas ¿qué amador es prudente?
Huyendo del perejil
Me va a salir en la frente.
Has de saber que en la sala,
Volviendo al baile y al cuento,
Me embromó cierta zagala
Que era de gracia un portento
Y de hermosura y de gala.
Desnudo el brazo de nieve,
Ceñía airoso corpiño
Aquella cintura leve.
La madre del ciego niño
Con menos gracia la mueve.
Peine de plata labrada
Con gentileza prendía
Su cabellera trenzada,
Y el propio metal lucía
En una y otra arracada.
No pintaré su primor;
Que aquel dorado cabello
Me parecía mejor,
Y aquel torneado cuello
Es plata de más valor.
De matizado percal
Era el limpio zagalejo,
Y a su talle celestial
Daba más brío y gracejo
El ligero delantal.
Aunque envidioso cubría
Cándido cendal su pecho,
¡Ay! yo vi cómo latía,
Y en mi amoroso despecho
¡Mal haya el cendal! decía.
Mostraba el pie sin cautela,
Y algo más, la alegre saya;
Y, aunque soy buen centinela,
Aun decía yo: ¡Mal haya
Tanta abundancia de tela!
La careta que llevaba
Apenas sus labios rojos
Como al descuido enseñaba,
Y dos rayos en sus ojos
Con que mil almas llagaba.
¡Cuán grato y suave su aliento
Llenaba de aroma el aire,
Mi corazón de contento!
¡Cuál brillaba su donaire
En el menor movimiento!
No se muestra tan lozana
Al despuntar la mañana
La gaya rosa de Abril,
Cual mi máscara gentil,
Cual mi fresca valenciana.
¡Qué garbo! ¡Qué bizarría!
¡Qué despejo de mozuela!
¡A cuántas sonrojaría
En la huerta de Orihuela,
Y en la playa de Gandía!
Yo le dije mil amores,
Que no tuvo por agravios,
Porque, grata a mis loores,
Las palabras de sus labios
Fueron otras tantas flores.
Su mórbida mano hermosa
Me abandonó generosa;
Yo en las mías la estreché,
Y aun en mi fiebre amorosa
Jurara que la besé.
Depuesto el cartón esquivo,
Vi luego en su cara bella
Tan poderoso atractivo,
Que desde entonces sin ella,
Dorila hermosa, no vivo.
Y este imán de mi deseo,
Tesoro de los placeres,
Envidia de las mujeres
Y de los hombres recreo…,
Dorila amable, tú eres.
He aquí mi cuento acabado.
¡Ah! no me muestres ahora
El lindo rostro enojado;
No la que esperaba aurora
Se torne fiero nublado.
Si eres conmigo inhumana,
Si mi esperanza aniquila
Tu tibieza cortesana,
Me quejaré de Dorila
A mi dulce valenciana.
Otra vez dame la mano,
Y tú verás cuán ufano
El néctar en ella bebo…,
Aunque te cubras de nuevo
Ese rostro soberano.
Niégueme Dorila el sí
Y, pues mi bien sólo fundo
En la máscara que vi,
Sé Dorila para el mundo;
Valenciana para mí.
¡Ah! no imites por mi mal,
Pues tu hermosura me hechiza,
Esa costumbre fatal
De convertir en ceniza
Las glorias de Carnaval.
Y si al fin me has de afligir
Con un no; si desdeñado
Decretas verme morir…,
Haz cuenta que te he contado
Un cuento para dormir.
¡Salgamos de Madrid!
Si es verdad, mi dulce Flérida,
Que tu corazón angélico
Corresponde al fuego plácido
Con que te amo hasta los tuétanos,
Sube conmigo a la góndola
Y caminito de Arévalo
De Madrid salgamos prófugos:
Que es pueblo dañino y pérfido.
Rápidos como la pólvora
Huyamos del vulgo tétrico
De poetillas misántropos,
Plañidores y epilépticos,
Que, maldiciendo sacrílegos
Del buen Horacio y su método,
Llaman talento a la crápula
Y creación al retruécano,
E invocando al hondo Tártaro
Con chirridos de murciélago,
Fulminan rudas apóstrofes
Contra el pobre humano género;
Que apenas pasiega bárbara
Los emancipa del cuévano,
Pesa la vida en sus vértebras
Como el Etna sobre Encélado.
Huyamos del Judas íntimo
Que al amigo franco y crédulo
Prodiga falaces ósculos
Y después le quita el crédito.
No oigamos la necia cháchara
De aquel orador acéfalo,
Que presume de Demóstenes
Y no sabe los pretéritos.
Huyamos de esos apóstatas
Que gritando a ignaro séquito:
«¡Viva la patria y su código!…»,
La venden después a Wellington.
Un ¡adiós!, y sea el último,
A esa caterva de médicos
Que si visitan diez prójimos
Dan con los nueve en el féretro;
Y al que la echó de demócrata,
Y hoy con sus estafas, émulo
De ricos-hombres y príncipes,
Arrastra carrozas de ébano;
¡Y niega un pan a los míseros
En cuyos hombros intrépidos
Se alzó a grandeza ridícula
muy superior a su mérito!
¡Fuego al proyectista trápala
A quien das el oro inédito,
Fiado en sus lindos cálculos
Que pintan seguro el éxito!;
Y luego figura pérdidas
En la bolsa o en el piélago.
Y sólo cobras en lágrimas
El capital y los réditos.
¡Maldición al vil hipócrita
Que bajo exterior ascético
Cubre la avaricia escuálida
Con que despoja a los huérfanos!
No más Madrid; que su atmósfera
Impregnan vapores fétidos,
Y es laberinto de crímenes
Más confuso que el de Dédalo.
¿Qué importa a placeres frívolos
Renunciar? Sin tanto estrépito
Podemos vivir más prósperos
En cualquier parte…; en Cintruénigo.
Bástanos cabaña rústica
Bajo limpio sol benéfico
Donde nuestro amor sin límites
Nunca desmaye decrépito;
Y bajo los verdes árboles
Oler de la rosa el pétalo
Y oír a la viuda tórtola
Fiar sus quejas al Céfiro;
O a la mariposa aligera
Perseguir con vano anhélito
De la clavellina al pámpano
Y del tomillo al orégano;
Y así en ventura recíproca,
Sin enemigos malévolos,
Con serenidad de espíritu
Llegar de la vida al término.
¡Sea En Hora Buena!
Siempre que tiene una broma
El señor don Juan, me olvida
Como si estuviera en Roma;
¡Y a un entierro me convida
Para matarme de pena!
Sea en hora buena.
Después de melindres mil
Canta Celestina el dúo
Que le han puesto en el atril;
Y aunque canta como un búho
Todos la llaman sirena.
Sea en hora buena.
Cien abejas sin reposo
Labrando a porfía están
El dulce panal sabroso.
¡Ay, que un zángano holgazán
Se ha de tragar la colmena!
Sea en hora buena.
El hombre a su semejante
Mueve guerra furibundo,
Cual si no fuera bastante
Para despoblar el mundo
El escuadrón de Avicena.
Sea en hora buena.
Hay en España usureros,
Hay esbirros a montones,
Y chalanes y venteros;
¡Y dicen que los ladrones
Están en Sierramorena!
Sea en hora buena.
En vano a tu puerta, Conde,
Llegan los pobres desnudos;
Que el perro sólo responde;
¡Y gastas dos mil escudos
En un baile y una cena!
Sea en hora buena.
Basta por hoy de sermón.
Aquí mi pluma suspendo
Hasta mejor ocasión.
Si el vicio en vano reprendo,
Y escribo sobre la arena,
Sea en hora buena.
Una Noche De Broma
Sepa el curioso lector
Que el señor don Nicolás
De Tolentino García
Es un señor muy formal.
Ítem más: es contador,
Y lo era treinta años ha,
De un conde… de no sé cuántos,
Que nunca supo contar.
Ítem más: ama en extremo
A Inés, su dulce mitad,
Aunque ésta tiene un compadre
Con el ítem de galán.
Ítem más: su dulce Inés
Manda al buen don Nicolás,
Y él dice: en eso consiste
La ventura conyugal.
La casa de Su Excelencia
Me toca a mí manejar,
Y ella maneja la mía:
No hay cosa más natural.
¡Oh! y ella sabe de cuentas,
Y es mucha su habilidad
En las reglas sobre todo
De dividir y restar.
Ítem más: el consabido
Tiene diez vástagos ya;
Sí, señor; que también sabe
Su esposa multiplicar.
Ítem más: tiene un sobrino
Que come como un gañán:
Ítem más: una cuñada…
¡Este sí que es ítem más!
Ítem: la contaduría
Da a toda esta gente pan,
Porque en la partida doble
Es ducho don Nicolás.
Ayer, que fue su cumpleaños
(Y en esto no hay que admirar,
Porque hay contador de grande
Que es casi una eternidad),
Con danza y broma nocturna
Lo quiso solemnizar,
Y convidó a sus amigos
Y a toda la vecindad.
Yo vivo en el cuarto bajo
Y él habita el principal,
Y fui por tanto admitido
En su amable sociedad.
Dos docenas de mozuelas
Deseosas de bailar,
Unas codiciando amante
Y otras por tenerle ya:
Otros tantos señoritos
Que con talante marcial
Por no haber sillas vacantes
Iban de acá para allá:
Las madres en el brasero
Hablando del temporal,
De tenderos y criadas,
de alguna enfermedad:
Cuatro viejos que bostezan,
Y engolfados acullá
Otros cuatro en el tresillo
Regañando por un real:
Los diez vástagos citados,
De trece años el que más,
Y otros seis de los vecinos
Armando un ruido infernal.
He aquí bien numerada
La concurrencia ítem más:
El compadre de Inesita,
Que se me olvidaba ya.
Debiendo advertir que un decem-
Viro de menor edad
De los ya citados (y era
El más grato a la mamá);
Digo que un rapaz de aquellos,
¡Notable casualidad!
Se parecía al compadre
Del señor don Nicolás.
Más de una hora pasó
Celebrando cada cual
Los hechizos infantiles
Del consabido rapaz.
¡Con qué gracia el angelito
Gritaba, comía pan!
A uno le pedía cuartos;
A otro le ensuciaba el frac…
Hizo treguas un momento,
Cansado ya de jugar,
Mientras todos celebraban
Su viveza natural.
Vaya, haz algo; no te duermas;
Vaya, luego dormirás,
Le decía doña Inés,
Con ternura maternal.
¿Y qué hace entonces Carlitos?
Levanta la mano y ¡zas!
Sacude una bofetada
A su hermanito carnal.
El pobre Juan…, ya se ve,
Coge y échase a llorar,
Y su madre le regaña;
Y ¿qué ha de hacer? Llora más.
Calla, ¡mal criado! ¡Bruto!
¡Si me duele! ¡Voto a san…!
¡Calla! ¡Vete! ¡Lucifer!…
Este hijo me va a matar.
En fin, sobre el bofetón
Llevó su azotaina Juan…
¡Y era un sol el pobrecillo!
¡Y parecido a papá!
Al cabo de media hora
Se restableció la paz,
Y otra media se pasó
En mirarnos y callar.
¿Cuándo se baila, señores?
Dijo yo. ¡Fatalidad!
Los músicos no vinieron.
Aun faltaba este ítem más.
Una guitarra con muermo
Lo pudo al fin remediar,
Y se bailó un rigodón
Con harta dificultad.
Quiso obsequiarme Inesita
Dándome para bailar
Una intendenta honoraria
Con más años que el Corán.
Y aun pensó hacerme Inesita
Una gracia singular;
Que la intendenta era allí
La primera autoridad.
Un zángano de treinta años,
Entre mico y sacristán,
Bailó luego la gavota
Con una niña, y muy mal.
Pero como así lo mandan
Las leyes de urbanidad,
Fui cómplice a mi despecho
Del aplauso universal.
—Que cante ahora Luisita.
—¡No, no! Me voy a cortar.
—¡Que cante! —¡Si estoy tan ronca!
—¡La modestia! —No, no tal.
—Una coplita del Chairo.
Te acompañará don Blas.
—Con mucho gusto. —No, no:
La guitarra está fatal.
—¡Con una voz tan bonita!
—¡Que no! Otro día será.
—¡Vaya! Una copla siquiera.
¿Nos quiere usted dejar mal?
—Bien, ya que ustedes lo exigen…
Pero ¡si no sé cantar!
—Señorita, ¡por favor!
Señorita, ¡por piedad!
—Yo solo sé cantar arias.
—Y yo las sé acompañar.
No hay excusa. —¡Qué porfía!
—¡Si luego se burlarán…
Yo no sé si estoy en voz.
—Pruébela usted con don Blas.
—Bien: hablen ustedes fuerte;
No me oigan talarear.
Después de veinte minutos
De probar el mi y el la,
Y de templar la guitarra,
Y de volverla a templar,
Impone don Blas silencio
A toda la sociedad;
Se suena Luisita, tose,
Y decídese a cantar.
Mas con labio balbuciente
Y enredando con el chal,
Apenas aulló el andante
De una voce poco fa.
No hubo fuerzas que la hiciesen
Hasta el alegro avanzar.
Me da vergüenza; no puedo;
¡Bah! No hay que cansarse; ¡bah!
En esto dieron las doce
Y empezó el ceremonial
De despedidas y besos,
Y lo de esta casa está…
Yo que no era de los que…
Se quedaban a cenar,
Sin decir Dios guarde a ustedes
Di a correr hasta el zaguán
Y tal estoy de la broma,
Que antes me dejo empalar
Que otra vez ser convidado
De ningún don Nicolás.
Vio A Don Pedro Don Vicente
Vio a don Pedro don Vicente
Saliendo de San Basilio,
De vuelta a su domicilio,
Y le dijo lo siguiente:
«Perico, aquello da grima.
Mientras yo, que soy tan franco,
Corría de banco en banco
Otro se llevó la PRIMA.
Perdí la Comodidad,
Y ¿adónde diablos se fue,
Que por más que la busqué
No di con la Probidad?
Allí está sudando tinta
La prensada Ilustración,
Y Agrícola en un rincón
Viendo si pinta o no pinta.
¿Qué oigo! ¡Brava pelotera
Se va armando en Ultramar!
¡Cuánto lo va a celebrar
La melosa Azucarera!
Para eso la Propietaria
Tiene el corazón tan ancho
Que promete a cada Sancho
Su ínsula Barataria,
¡Fuego! ¡Fuego!… ¡Dios del Cid!
Arderemos en sus fraguas
Si no lo apagan las Aguas…
Que han de traer a Madrid.
Y entre tanto a todos mima
La PRIMA de varios modos,
Y aunque es tan liviana, todos
Se desviven por la PRIMA.
Una ráfaga violenta
Vino después en mal hora
Y se oscurece la Aurora.
Y el Iris de paz se ahuyenta.
Y vana es la Actividad
En tan fatal coyuntura,
Aunque el Áncora procura
Conjurar la tempestad.
Clamo, tiemblo, titubeo
Como una puerta sin gonces…
¡Quién me hubiera dado entonces
El camino de Langreo!
Llamado el Gas en su ayuda
Fluctúa mi navecilla
Entre el Puente de Sevilla
Y las Aguas de la Puda.
Llego a la altura de Ujíjar,
Y si no rezo el trisagio
Inminente era el naufragio
En el Pantano de Níjar
Otra vez el Iris sale,
Y mi alma cobra Fomento
Cuando juguete del viento
Daba ya mi último Vale.
¡Ay! si muero en la jornada
El fisco mi haber enfeuda,
Porque aunque tengo una deuda
Es muy desinteresada.
Mas no que aludo a la PRIMA
De mis pecados entiendas,
Mujer de tan bajas prendas
Que a todo el que da se arrima.
Reniego de ella, y me fundo
En su notoria falsía.
¿Cómo ha de ser prima mía
La que lo es de todo el mundo?
¡Vieras luego allí qué acopios
Para dentro de dos meses,
Los unos contra los Treses,
¡Los Treses contra los Propios!
¡Vieras la extraña liturgia
Con que allí más de un estulto
Rindo fervoroso culto
A madama Metalurgia!…
La Zapa a muchos atrapa,
Pero al volver de los dados
No faltan escarmentados
Que digan ¡zape! a la Zapa.
¡Qué corrillos, qué capítulos!
Y nada de democracia,
Porque todos (¡vaya en gracia!)
Andan a caza de Títulos.
Ya nadan en pesos duros
Los Seguros de la vida;
Ya teme al hacha homicida
La vida de los Seguros.
Bocas hablan cuatrocientas
A un tiempo: quién de Trasportes,
Quién de cuentas a las Cortes,
Quién de cortes a las cuentas.
Pero nuevas maravillas
Preveo. Ese hombre (¡mirad!)
Teme a la Publicidad
Y consulta a las Cabrillas.
¡Y con qué solicitud
A los párvulos obliga
Doña Sociedad, amiga
De la tierna juventud!
¡Y la condenada PRIMA,
Incorregible ramera,
Se prostituye a cualquiera
Sobre la inmunda tarima!
¿Qué escucho! Ladran los perros,
Y al ruido del esquilón
Confuso se mezcla un son
De flautas y de cencerros.
Es una boda: ella y él
Ganan con el yugo blando:
Rico aunque viejo es Fernando,
Bella y lozana Isabel.
Vamos, si ella se acomoda
Y encuentra el viejo un puntal…
¡Quién me diera, pesia tal,
Los billetes de la boda!
Mas dejemos al anciano
Cayéndosele la baba.
¿Te acuerdas del que gritaba:
A Madrid traigo en la mano?
Pues no lo tomes a broma,
Porque hoy en una cartera
Cabe la Sierra Almagrera
Sin faltar punto ni coma.
Y yo sé de un adalid
Que se mete en el bolsillo
Desde el Rastro hasta el Barquillo
A la Villa de Madrid.
¿Y viajar? ¡Me río yo!…
Hay hombre que en dos minutos
Se traslada a pies enjutos
De Avilés a Mataró;
Y otro sentado en su silla
Remoja más de una vez
El camino de Aranjuez
En el canal de Castilla.
Y en todo danza la PRIMA,
Y todo el mundo la explota,
Y a manera de pelota
Ya está debajo, ya encima.
Armado con un Martillo
Anda por allí muy tieso
El ciudadano Progreso
Que escupe por el colmillo.
Mas quien llama la atención
Y es de todos festejado
Es un señor muy finchado
Que llaman monsieur Cupón.
Y mientras campa la PRIMA,
Buenafé, incauta doncella,
Siempre saca alguna mella
Si toma parte en la esgrima.
Ni al que de astuto blasona
Siempre su estrategia vale,
Pues alguna vez le sale
La criada respondona:
Que allí el Similia Similibus
Abunda, y es personaje
De cuenta un tal AGIOTAJE…,
Como quien dice Agibilibus».
Más dijera don Vicente
Si rápido como el viento
No cruzara un Tres-por-ciento
Atropellando a la gente.
Dio fin con un ¡guarda, Pablo!,
Tomando por otra vía,
A su extraña algarabía
De que no entendí vocablo.
Pero entré luego en la estancia
De donde mi hombre salió,
Y un Corredor me sacó
De mi feliz ignorancia.
Allí supe ¡ay, a mi costa!,
Merced a mi mala maña,
Que de las plagas de España
No es la peor la langosta.
Allí aumenté por mi mal
La turba inocente y crédula
Que piensa que es una Cédula
La piedra filosofal.
Allí en una Operación
Que me costó algunos miles
Supe que hay más de un Aquiles
Vulnerable en el Talón.
Allí (y con esta plumada
Pongo término a la rima)
Entré a buscar una PRIMA
Y pagué, ¡ay Dios! la primada.
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