Poemas de Manuel Bretón de los Herreros

Poemas de Manuel Bretón de los Herreros

Poemas de Manuel Bretón de los Herreros (1796–1873) reconocido capital del teatro español del siglo XIX, destacando como el gran renovador de la comedia de costumbres. Aunque vivió la transición del Neoclasicismo al Romanticismo, su estilo se mantuvo fiel a la observación crítica y satírica de la clase media madrileña.

Con una asombrosa fecundidad literaria, escribió más de cien piezas originales, entre las que sobresale Muérete y verás y su obra maestra, Marcelilla o ¿cuál de los tres?. Sus textos se caracterizan por un lenguaje ágil, un dominio magistral del verso y una ironía fina que retrataba las cursilerías y vicios sociales de su época. Además de dramaturgo, fue un respetado poeta, periodista y director de la Biblioteca Nacional, consolidándose como un cronista imprescindible de la burguesía isabelina.

Table of Contents

A Carmen…

Si por hermosa y discreta

Ya el derecho no gozaras

De que consagre a tus aras

Su pluma y su alma un poeta;

Y si a fuer de caballero

No te debiese esta ofrenda

Por ser dama y por ser prenda

De amigo a quien tanto quiero,

Carmen, de tu nombre solo

Yo cedería al prestigio,

Aunque arrostrase un litigio

Con las hermanas de Apolo.

Carmen, carminis,  el verso:

Así, dice el Calepino;

Así lo llamó el latino

Vencedor del universo;

Y de esta etimología

Es prueba, oh Carmen, muy clara

Esa tu divina cara

Tan llena de poesía.

Al pie de Sierra-nevada

Alza su galana frente

La perla del Occidente,

La voluptuosa Granada.

Y aunque a más de un alarife

Dado a morisca cultura

Sorprenda la arquitectura

De Alhambra  y Generalife;

Y alto renombre demande

Desde Cádiz a Tampico

Por la ruina de un Rey Chico

Y el prez de una Reina grande,

Su mayor gloria se funda,

Pese al Triunfo  y Zacatín,

En el plácido jardín

De aquella vega fecunda.

Ahora bien, lo más ameno

(Para volver a mi asunto)

De aquel risueño trasunto

Del Paraíso terreno,

En vergeles mil y mil

El agrícola divide

Donde perene reside

Toda la gala de Abril;

Y en cada vergel de aquellos

Tu gracia se simboliza,

Y tu nombre  los bautiza

Para lauro tuyo y de ellos.

¡Oh venturoso pensil

Donde amor unce a su carro

En los  cármenes del Darro,

Las  Cármenes del Genil!

Y siendo tantos los nombres

Con que adoramos a aquella

Que parió siendo doncella

Al Redentor de los hombres,

En preces con que desarmen

Los católicos al diablo

El más frecuente vocablo

Con que la invocan es Carmen.

No hay ya templo que no ocupe

Con su imagen celestial;

Ya Atocha, ya Tremedal,

Ya Pilar, ya Guadalupe;

Mas siempre entre visigodos

Que no han perdido la fe,

El nombre de Carmen fue

El más popular de todos.

Virgen del Pez, de la O,

Todo es uno, no lo ignoro,

Domus áurea (casa de oro)

Y Rosa de Jericó;

Mas si le rompen la crisma

A un prójimo; o suelta un taco,

O exclama en tono elegiaco:

¡Virgen del Carmen Santisma!

Y en prueba de que este título

Merece iguales loores

A justos y pecadores,

Diré, por postrer capítulo,

Que apenas hay bajo el cielo

Bandido patibulario

Que no lleve escapulario

De la Virgen del Carmelo.

 

A Conchita…

Líbreme Dios de los ojos

Que sólo mueve el placer

O sólo celos y enojos.

Ojos como los tuyos

Son los que quiero,

Que brindan la triaca

Con el veneno.

 

No quiero que una mirada

Hasta el fin de mi existencia

Me deje el alma llagada.

Ojos quiero traviesos,

Aunque me engañen;

Los quiero que me alegren

Y no me maten.

 

Yo, que en los tuyos me encanto,

No echo menos de otros ojos

Ni la ternura ni el llanto.

Las gracias de los tuyos

Son mi embeleso,

Que no en vano dos niñas

Juegan en ellos.

 

Ojos hay que ofrecerán

Falso contento, y los tuyos

Sin que le ofrezcan le dan.

Si giran penetrantes,

¡Ay, que me abrasan!;

Si entornados me miran,

Soy hombre al agua.

 

¡Oh tú, afligido garzón,

Que el áspid llevas clavado

De inesperada traición!…

Si los ojos de Concha

No te consuelan,

No hay a tu mal remedio

Sobre la tierra.

 

¿Quieres tú, linda Rosana,

No quedarte sin galán

De la noche a la mañana?

¡Guarda no mire a Concha

Ni sus ojuelos!

Yo vi más de un Macías

Penar en ellos.

 

Yo los vi en un carnaval,

Y menos que ellos lucían

Veinte arañas de cristal.

En torno de su llama

¡Cuántos ardieron,

Cuántos!…, y ya se entiende

Que yo el primero.

 

Con risa de ámbar y miel

Versos me pidió su boca…

¡Cielos, qué momento aquel!

Absorto, enajenado

¡Callé!…, y yo creo

Que ella acertó la causa

De mi silencio.

 

Mal cobrado todavía,

Conchita, de tal hechizo,

Hoy cumplo la oferta mía.

¡Perdón para mis versos!…

¡Ay!… Si valiera,

Algo más pediría

Para el poeta.

 

A La Pereza

¡Qué dulce es una cama regalada!

¡Qué necio, el que madruga con la aurora,

aunque las musas digan que enamora

oír cantar un ave la alborada!

 

¡Oh, qué lindo en poltrona dilatada

reposar una hora, y otra hora!

Comer, holgar…, ¡Qué vida encantadora,

sin ser de nadie y sin pensar en nada!

 

¡Salve, oh Pereza! En tu macizo templo

ya, tendido a la larga, me acomodo.

De tus graves alumnos el ejemplo

 

me arrastra bostezando; y, de tal modo

tu estúpida modorra a entrarme empieza,

que no acabo el soneto… de per…

 

A La Señorita Doña Manuela Garcés De Marcilla, Hija De Mi Amigo El Excmo. Sr. Barón de Andilla

¿Qué puedo decirte yo,

Si ya, ¡aymé! sobre la testa

De tu mísero tocayo

Más nieve que en el Moncayo

Cayó?

 

Mil donceles hallarás

Que te consagren sus liras;

Mas sin dientes y sin muelas,

¡Yo idilios, yo cantinelas!…

¡Helas!

 

Ya Apolo me desahució,

Y a la orden me resigno

(Aunque me muera de tedio)

Que de quitarme de en medio

Me dio.

 

Si un día con interés

Las tres Gracias me miraron,

¡Huyendo de mis desastres

Me han privado de sus lastres

Las tres!

 

Aquel tiempo ya pasó

En que el raudal de Hipocrene,

Que hoy me seca cierzo insano,

Bajo mi fecunda mano

Manó.

 

Perdí ya el estro y la fe

Con que a toda linda moza

De Jerez o de Cascante,

De Madrid o de Alicante

Canté.

 

¿Qué he de cantar, ¡santo Dios!

Cuando inveterado reuma

Me arranca gritos ingratos

Y el pulmón entre ululatos

La tos?

 

Por dicha en un dos por tres,

Padre de tan linda joya,

Tú mi pobreza resarces

Con poéticos engarces,

Garcés.

 

De mí no se diga, no:

«Ese jubilado vate

Quiso hacer un nuevo ensayo,

Y al salir de su desmayo…

¡Mayó!»

 

No obstante, ángel del Edén

Eres para mí, Manuela,

Y muy digna, en mi dictamen,

De que todos, todos te amen,

¡Amén!

 

A Laura En El Campo

Hermosa Laura, prez de las mujeres,

Tú, cuyo blando talle amor bendiga,

¿Por qué reposas en la rubia espiga

Y no sobre las rosas de Citeres?

 

¿Por qué a las galas de Madrid prefieres

Triste retiro, rústica fatiga?

¿Será que su dosel, mi dulce amiga,

Te cedió por más bella la alma Ceres?

 

Torna, torna a la Corte desolada;

O pues ya esclavizaste mi albedrío,

Por siervo me recibe en tu majada.

 

Tus hatos guardaré del lobo impío,

Ya que no pude, ¡oh Laura idolatrada!

De tus ojos guardar el pecho mío.

 

A Laura Tirando Al Blanco

Suelta el arcabuz horrible,

No al lanzar su ronco trueno

Hiera ese mórbido seno

Grata mansión del amor.

A su bárbaro estallido,

Nuncio de muerte y miseria,

Harto las ninfas de Iberia

Se estremecieron de horror.

 

Contra el galo aborrecido;

Contra la audaz tiranía

Gloria fue, mi Laura, un día

Gravar el hombro con él.

Entonces fue noble gala

Del español ardimiento:

¡Ay! ya es feroz instrumento

De la discordia cruel.

 

Bella y gentil es Diana

Cuando en el bosque nativo

Contra el ciervo fugitivo

Lanza su rápido arpón;

Empero ¡cuánto más bella

Cuando, depuesta la ira,

Amor, sólo amor respira

En los brazos de Endimión!

 

¡Pobre avecilla inocente!

¡Guárdate del plomo airado!

Laura, en pos del bien amado

Salir del nido la vi.

¿Oyes en la verde rama

Su hechicera melodía?

Perdónala, vida mía,

Que aprendió a cantar de ti.

 

Tiro al blanco inanimado,

Respondes; nací sensible;

Mi pecho es inaccesible

Al odio y la crueldad.

Mas si corazón tan tierno,

Oh Laura, en tu pecho mora,

¿Cómo es sólo quien te adora

Indigno de tu piedad?

 

Callas, y la planta afirmas;

Y cual guerrero sañoso

Tiendes tu párpado hermoso

Sobre el hierro matador;

Y el pedernal centellante

La negra pólvora prende,

Y el plomo helado se enciende

Con horrísono fragor.

 

¡No más! Tu destreza admiro

Y tu bizarra osadía;

¡Mas, ay! Suelta el arma impía

Que inventara la traición.

Amor las suyas te entrega,

Encantadora zagala,

Y por blanco te señala

Mi abrasado corazón.

 

A Lola En Sus Días

Zagales, no es Flora

La reina de Abril.

No ahora

La adora

Su ledo pensil.

 

Ya es Lola, pastores,

La que impera en él.

De flores,

De amores

Ornad su dosel.

 

En vano enmudeces.

¿Podraslo negar?

Mereces

Mil veces

Su trono, su altar.

 

La cárdena viola

Que brotaba ayer,

Tú, Lola,

Tú sola

La hiciste nacer.

 

Favonio risueño

Su soplo te dio.

No es sueño,

Mi dueño;

Que Amor lo mandó.

 

Si tu faz donosa

Se atreve a mirar

No hay rosa

Que hermosa

Se pueda llamar.

 

Ni Venus te iguala;

Que la hace gemir,

Zagala,

Tu gala,

Tu dulce reír.

 

La fuente si a ella

Te agrada llegar,

¡Oh bella!

Tu huella

Quisiera besar.

 

El ave en la rama

De gayo matiz

Te ama,

Te llama

Su numen feliz.

 

Por ti de verbena

Ceñido el pastor,

Su avena

Resuena

Cautivo de amor.

 

Y ufana te admira

Cual reina de Abril

Mi lira

Que inspira

Tu talle gentil.

 

A Los Amantes De Dorila

Amantes de Dorila,

Pastorcillos cuitados,

Que en sus dolosas redes

Os consumís incautos,

De moscatel sabroso

Henchido zaque os guardo.

Venid, lo agotaremos;

Venid. —¡Tiene diez años!

¡Ea, empinad! —¿Anfriso,

No más? ¡Mezquino trago!

¡Oh cómo se conoce

Que estás enamorado!

Bebe, Tirso, y el zaque

Corra de mano en mano.

¡Viva! —Escuchad ahora

Felices desengaños.

Cada cual de vosotros

Tan débil como vano

Se llama de Dorila

Zagal privilegiado.

¡Quizá no sin disculpa,

Que a todos, oh descaro!

La universal pastora

Pruebas de amor ha dado.

A ti dijes y flores;

¡Y cuánto te costaron!

Si sus dones repito

Te quedas sin rebaño.

A ti dulces miradas;

A ti la muelle mano,

A ti, pobre Fileno,

La risa de su labio;

A ti, menos experto

Y así más engañado,

Alguna estéril cita

Y algún besillo blando.

¿Miento yo por ventura?

Todos calláis. —Bebamos.

Cuando el zaque se apure

Vuelve Niso a llenarlo.

Si ya no estáis beodos,

Ahora decidme: ¿acaso

Puede amar a ninguno

Quien acaricia a tantos?

¿Y cuál es el amante

Tan necio, tan menguado

Que parte de una bella

Con otros los halagos?

¡Eh! abandonadla todos,

Y mozos tan bizarros

De una mujer voltaria

No sean el escarnio.

Laura, Melisa, Flora,

Cien hay en estos campos

Que en gracia la superan,

Y en virtud y en encantos.

Dejadla, pues rehúye

De amor el dulce dardo,

Y sólo inciensa el ara

Del orgullo insensato.

Dejadla, y consumirse

De envidia la veamos,

Cual efímera rosa

Que descolora el Austro.

Dejadla; que algún día,

Quizá no muy lejano,

Llorará desolada

Sus mal perdidos años.

 

A Mi Serrana Enferma

La peregrina serrana

Que tantas almas hirió,

Pálida, desfallecida

Purga sus delitos hoy.

Enferma está de cuartanas

Mi serranita, ¡ay dolor!

Y en lágrimas de amargura

Se anega el vendado Dios.

No llores, hijo de Venus.

¿De qué nace tu aflicción,

Si aun enferma y abatida

Mata a los hombres de amor?

Si de su labio hechicero

La blanda sonrisa huyó

Y de sus lindas mejillas

El nacarado arrebol,

No de sus plácidos ojos.

El celestial esplendor,

Y aquella rápida llama

Que el alma mía abrasó.

Así al través de las nubes

Que agita el Euro veloz

Tal vez con mayor incendio

Vibra sus rayos el Sol.

¡Cuál me atrista su dolencia,

Y cuál a mi ciego ardor

El velo cubre apacible

De benigna compasión!

Ora sus miembros divinos

Tiemblan cual lánguida flor,

O como leve palmera

Que dobla el fiero Aquilón;

Ora su sangre enardece

Sedienta fiebre, y atroz

Gira en el cándido pecho

Su veneno matador.

Dicen que es fiebre de lindas

La que en ella se cebó;

Que si el proverbio no miento

Como sol de Enero son.

¡Ay! otro helada te vea,

Y si tan felice soy,

Serrana, Serrana hermosa,

Guarda para mí el calor.

Mas a mi loco deseo

Vano prestigio engañó;

Que tus cuartanas, bien mío,

No son cuartanas de amor.

Desde que vi tus encantos

Yo también enfermo estoy,

Y no es fiebre intermitente

La que me devora, no;

Que sin tregua me atormenta

Adonde quiera que voy

Cual de su conciencia al reo

El continuo torcedor.

¡Ah! si mi bálsamo dulce

Tus tiernos brazos no son,

No hay antídoto que sane

El mal que padezco yo.

Escucha: anoche Cupido

(No creas que es ilusión)

Ante mi lecho…, ¡ay, no tuyo!…

Riendo se apareció.

Llevaba en la izquierda un arco

Y en la derecha un arpón

Y entre sus alas de oro

La aljaba que lo guardó.

Díjome, Serrana amable…

No; ¡que me causa rubor! –

¿Y habré de callar?… ¿Qué temo,

Si habla por mi boca un Dios?

Díjome que si me albergas,

Serrana,… en tu corazón,

Él nos dará medicina

Con que curemos los dos.

 

A Moratín

Salud, ínclito Leandro,

Tú que en más de una victoria

Eclipsaste la memoria

De Terencio y de Menandro:

Tú que, como en claro espejo,

Mostraste en discreto drama

Cuán absurda es la amalgama

De una niña con un viejo;

Que, mientras del mar en pos

Corran las aguas del Ebro,

Sonará mal un requiebro

Con obligado de tos:

Tú que del soñado solio

A una sandia derribaste,

Puesta en difícil contraste

Con un pillastre de a folio:

Tú que donoso retratas

Los contornos y perfiles

De los hidalgos cerriles

Y las mozas mojigatas:

Tú que los patrios telones

Librando del férreo yugo,

Fuiste implacable verdugo

De poetastros ramplones;

Y a la pública vindicta

Denunciaste como sabio,

El Sí que deshonra al labio

Cuando el alma no lo dicta.

¡Oh si tornases ahora

Pulsando tu acorde lira

A la patria que te admira,

Y a la escena que te llora!

¡Cuán otro el mundo hallarías

Que dejaste! ¡Virgen santa!

¡Cuánta peripecia, cuánta

De aquellos a nuestros días!

No ya en su jovial hechizo,

No ya en su gracia venusta,

Núbil zagala se asusta

De la tos y el romadizo,

Si en coche y circo y bureo,

Al margen de un sustituto,

Muestra dorada por Pluto

La cadena de Himeneo;

Que, aunque sin altar ni coro,

Ni monaguillo que estorbe,

Hoy como nunca en el orbe

Se adora al Becerro de oro;

Y al oír tantos cencerros,

Es opinión general,

Que mientras haya metal

No nos faltarán becerros.

A pocas conozco yo,

De genio tan dulce y manso,

Que hablen por boca de ganso,

Cuando dicen sí o no.

Y no es que alguna no mienta

Si le aprovecha el engaño;

Pero la que miente hogaño

Miente de su riesgo y cuenta.

¿Cuál de ellas mejor será;

La moza que se emancipa,

O la que no habla ni jipa

Sin licencia de mamá?

No lo sé: si nacen bellas

Amarlas a todas juro;

Mas lo cierto y lo seguro

Es que éstas no son aquéllas.

Pero la tímida corza

Que cifraba su fortuna

En un acerico y una

Santa Gertrudis de alcorza;

Y esotra que un rigodón

Prefiere a una letanía,

Y un buen chal a sor María

De la transverberación;

La antigua como la nueva

Suspiran por un galán:

Todas son hijas de Adán;

Todos somos hijos de Eva.

Si crecida fue la suma

De los vicios que en Iberia

Dieron tan amplia materia

A tu bien tajada pluma,

No es hoy sucinto el catálogo

De seres empedernidos

Que infringen los consabidos

Mandamientos del Decálogo.

Mala fue la hipocresía

Con su ayuno y su trisagio;

Mas, ¡ay! peor es el agio,

Peor es la homeopatía.

Malo era que echasen tacos

Por comediones mestizos

Polacos contra chorizos,

Chorizos contra polacos.

Mas ¿quién hallará guarismo

Para contar las facciones

Que a la Patria hacen girones

En nombre del patriotismo?

¡Oh! Rompe la dura losa

Donde inanimado y frío,

¡Ay! cabe extranjero río

Tu cuerpo, INARCO, reposa.

Vuelve, que a mi parvedad

No es dado seguir tu huella:

Ni ¿quién te imita en aquella

Difícil facilidad?

Sí, vicios hay en que ejerzas

Tu sazonada censura;

Vicios de tal estatura,

Que piden todas tus fuerzas.

¡Qué estragos! ¡Qué cataclismos!…

Mas no se ha variado todo.

Pecamos ya de otro modo,

Mas los pecados… ¡los mismos!

Puedo nombrarte en el acto

Un solemne trapalón

Que, aunque parece barón,

Es el de Illescas, exacto.

Y hallarás si te conviene

Más de un Bartolo Esculapio,

Y aun vive aquel don Serapio,

Y aun no ha muerto doña Irene.

Mas si hiciera el parangón

De unos y otros pecadores,

Hasta el viernes de Dolores

Duraría esta función.

Baste para tu gobierno

Saber que, francos de porte,

Hay genios en esta Corte

Para poblar el infierno;

Que si quisieres pedantes,

Sin buscarlos como Diógenes,

No te faltarán Hermógenes

Tan necios como los de antes;

Y aunque hay algunas estrellas

Que dan luz y honra a la plaza,

Aún pulula aquí la raza

De Zavalas y Comellas.

 

A Otro Mal Poeta

Juan sus versos publicó,

No tan lindos como piensa;

Y al entregarlos clamó:

Sude con ellos la prensa;

Que más he sudado yo.

 

A Quevedo

Aunque ya el peso no leve

De sesenta y un octubres

Poco ágil hace a mi diestra

Para plectros y laúdes,

Como carga concejil

De que ninguno se excluye

Pídeme el moderno Pindo

Que a Quevedo cante y juzgue,

Y que mi juicio y mi canto

En un romance formule,

Siendo el lecho de Procusto

A tal joya tal estuche.

No; para encomiar a un vate

De tan superior cacumen,

Poco es emplear un metro

Sobrado pedestre y dúctil.

Rimas de Taso o de Ariosto

Pide el asunto, y un numen

Émulo del que a Virgilio

Inspiró su Arma virumque.

Yo, amén de eso, que en un drama

De cinco puentes no supe

Revolverme con holgura,

¿Qué haré en tan estrecho buque?

Si informe bosquejo apenas

Hizo entonces mi chirumen

De tan colosal figura

Que se pierde entre las nubes,

¿Por qué, a riesgo de que un zoilo

Me llame Petrus in cunctis,

Lo que dialogué en domingo

He de romancear en lunes?

¿Qué, será lo que mandada

Hoy mi péñola ejecute,

Sino de aquel espontáneo

Embrión pálido resumen?

Dejadme pues que en silencio

Admire, ría y estudie

Al que imitar no sabría,

Y ¡ay del que a tal se aventure!

Harto lo que calle yo

Y lo que Tarsia no incluye

Mi amigo Fernández Guerra,

Veraz biógrafo, suple,

Y harto en sus propios escritos,

Con pincel digno de Rubens,

El sabio autor se retrata

Sin comentarios ni apuntes.

Harto el Lipsio castellano,

Mozo todavía impúber,

A España asombró y al orbe,

Doctor in utroque jure.

Bien en rimas y discursos

Su lectura inmensa luce

Y de aquel estro viril

El alcance y el empuje.

Que era hombre de pelo en pecho,

Si hay alguno que lo dude,

A Pacheco  el maestrón

Y a otros guapos lo pregunte.

O Trinacria lo dirá,

Y Saboya, y los insubres,

Y la embaidora Venecia,

Nueva Cartago palustre.

Ni cuando sueña despierto,

¡Con tanta sal!, o prorrumpe

En jácaras y romances,

Que cien prensas reproducen,

Sólo el Juvenal hispano

Dueñas fustiga y tahures,

Escribanos y alguaciles,

Alcahuetas y gandules.

También a la residencia

Llama de Plutón o Júpiter

A los próceres que viven

Y a los magnates que pudren;

Y ni en claustro o sin clausura

Las tocas y los capuces,

Ni coronas y tiaras

Son a su látigo inmunes;

Que él sólo, o mejor que nadie,

Mezclando lo agrio a lo dulce,

De su corrompido siglo

Osó pintar las costumbres.

Y si, a fuerza de escarmientos

Que hicieran mella en un yunque,

Tal vez a extraños golpea

Cuando a los de casa alude;

Y con su cuenta y razón

A Bruto o César contunde,

Y Opas y Judas compendian

A otros mil ejusdem furfuris;

El más lerdo echa de ver

Que a la estratagema acude

De: «A ti te lo digo, Brígida;

Entiéndelo tú, Gertrudis».

Entre máximas sublimes,

Que por donde quiera fluyen

De aquella valiente pluma,

Azote de los embustes,

Suele cansar al lector

Con el truque y el retruque

De equívocos sempiternos

Y de conceptillos fútiles.

Mejor que el oro y las perlas

Describe el lodo y la mugre

Y goza más de lo justo

En historiar podredumbres.

Tal vez con torpes vocablos,

Que guardar debió en su buche,

Aun escarneciendo el vicio

Su talento prostituye.

Mas resabios fueron estos

De lozanas juventudes,

Que harto compensó en hazañas

Y harto expió en pesadumbres.

Ni porque a las cotarreras

Tanto glose y tanto zurre

Y en sus artes nos instruya

Y las cuentas los ajuste;

O de viejas Mesalinas

La incontinencia vapule,

Y los ridículos dengues

Y jalbegues y menjurjes;

Y de ver se desazone

Que culto a Venus tribute

Quien sólo ha quedado para

Rosarios y via crucis;

Ni, en fin, porque a pecadoras

Con tal desenfado zumbe,

Dejó de dar a las buenas

Amparo, alabanza y lustre.

Dígalo el que en San Martín

Contra una dama de fuste

Se desvergonzó villano,

Pensando quedar impune,

Y remolcado a la calle

Desde el sacro balaústre,

Quevedo con fiero estoque

Le hizo bueno el quia pulvis.

Envidiosas medianías

Y negras ingratitudes

En vano eclipsar pretenden

De aquel sol la viva lumbre,

Y Montalván y comparsa,

Calumniando sus volúmenes,

Vierten en ruines libelos

El veneno que los nutre.

Pretexto fueron las faltas

En que fácilmente incurre

Quien tiene el saber por junto

Y el donaire por azumbres,

Para acusarle de hereje

Y jurar que huele a azufre

Quien de español y cristiano

Siempre rebosó el perfume.

Y ¿quién como él supo honrar,

¡Oh Yago! tu cruz de gules

Que en el manteo dibuja

Y en el corazón esculpe?

Pues aun este corto premio

De servicios no comunes

Ocasión fue para él.

De mortales inquietudes;

Que por sostener los fueros

Del que a cántabros y astures

Contra el sarraceno impío

Defendió, armado querube,

Guerra atroz le declaró

La monacal muchedumbre,

Dando por pendón al cisma

De una santa las virtudes;

De una santa cuya gloria,

Para brillar en la cúspide

No ha menester que con bandos

La paz del reino se turbe.

¡Ay! las amargas verdades

De que derramaste almudes

Fueron, Quevedo, tus culpas,

Y no las que te atribuyen.

Los perdidos que robando

Se convirtieron en Fúcares,

Los necios que con lisonjas

Ganaron sillas curules,

No al madrileño Aristarco

Perdonan que los denuncie

Y que descubra la lepra

Bajo el armiño y el múrice.

Le improperan, le persiguen,

Le saquean, los baúles,

Y a morirse  le condenan

En calabozo insalubre.

En tanto, mártir insigne,

Tu constancia no sucumbe,

Y tu merecida fama

No cabe en el mapamundi.

Y cuando menos lo piensa,

Al soberbio Condeduque

Llega la hora de todos,

Y despriva, y cae de bruces.

Y aún vives tú lo bastante

Para que, él viviendo, triunfes

Y la infamia de su nombre

Haga el tuyo más ilustre.

¡Fiara el cuarto Filipo

A tus superiores luces

Y a tu ardiente patriotismo

La nave en que otros le hunden,

Y ni a Portugal perdiera,

Ni Cataluña voluble,

Rebelde al propio Monarca,

Pidiera leyes al Lubre;

Y (¡mengua al león de España

Que estremecido no ruge

Y a la degradada estirpe

Del Cenobita de Yuste!)

No el escándalo se viera

De que a Nápoles sojuzgue

Un grosero pescador

De merluzas y de atunes;

Y mientras inciensa el Rey

A la diosa de Amatunte,

Su juguete no le hicieran

Monseñores  y monsiures;

Ni escala el vil lenocinio

Para trepar a la cumbre

Fuera, y blasón el cohecho,

Y ejecutoria el matute;

Ni para locos festines,

Présagos de luto fúnebre,

Mamara a Castilla el fisco

Hasta secarle las ubres;

Ni a la hartura de los zánganos

Que el trono ibero circuyen

Sirvieran sólo, y al lucro

De negociantes ligures,

Los ríos de plata y oro

Que en América descubren,

Colón a Hernando Cortés,

Y a Pizarro, Vasco Núñez;

Y en suma, no a tal oprobio

Viniera y tal servidumbre

La nación que el non plus ultra

Desmintió con tantos pluses,

Y pasmo de Europa un día

Desde el Bósforo hasta Dubres,

¡Con las palmas de Lepanto

Tejió los lauros de Túnez!

 

A Un Disforme Y Minucioso Cartel En Que Se Anunciaba Un Libro Muy Pequeño

¡Qué anuncio para un dozavo!

—Tres reales piden por él.

—No daré yo ni un ochavo.

—¿Por qué razón? —Porque acabo

De leerle en el cartel.

 

A Un Mal Actor, Al Acabarse La Tragedia Que Representaba

Llegó el ansiado momento

De las puñaladas fieras.

Ya se acabó mi tormento.

¡Pésimo actor, sólo siento

Que no hayas muerto de veras!

 

A Un Mal Actor, Sordo Por Añadidura

Eres oprobio del arte,

Y sordo; que es lo peor.

Ni aun tiene el espectador

El consuelo de silbarte.

 

A Un Mal Autor Que Dejó Escrita Su Vida

Su vida escribió Benito

A los siglos por venir.

Bien hizo el autor maldito;

Que si él no la hubiera escrito,

¿Quién la habría de escribir?

 

A Un Necio, Titiritero De Afición

Ese hombre, cuyo renombre

Puebla Corte y arrabales,

A todos los animales

Remeda…, menos al hombre.

 

A Un Plagiario

No hay que decir a Facundo

Que estudie buenos modelos.

¡Si los sabe de memoria!

Testigos todos sus versos.

 

A Un Pretendido Retrato Del Autor Y Al Autor Del Pretendido Retrato

¡Mientes! Tú  no eres yo. ¡Mientes, bellaco!

Pudo ser el de Gestas ese gesto,

Pudo ser el de Judas o el de Caco;

 

¿Mío? ¡Jamás! Lo juro y lo protesto;

Y para dar mi nombre a tal blasfemia

Ni en la Instituta hay ley ni en el Digesto.

 

Pregunten en mi casa, en la Academia,

En el café, en el Prado si mi cara

Espanta como el trueno o la epidemia.

 

No es que blasone yo, ¡Dios me librara!

De venusto y donoso y pulcro y lindo;

Mas ¿figura de proa o de mampara?…

 

No a las deidades del sublime Pindo

Culto daría tan aciago busto

Que ruibarbo destila y tamarindo.

 

¿Cuándo fui yo tan áspero y adusto?

¿Cuándo fui tal que la mujer encinta

Se exponga al verme a malparir del susto?

 

¿Quién reconoce en tan aviesa pinta

Al que, si no presume de Narciso,

Tierno fue, y lo es aún, como un Aminta?

 

A hombre encarado así fuera preciso

Que Pedro, sin más trámite, la puerta

Tapiara del celeste Paraíso.

 

Y una vez la impostura descubierta,

¿Será mucho un porvida a cada rasgo

Y por cada facción una reyerta?

 

Español o francés, suizo o pelasgo,

¿No he de llamar calumniador infame

Al que así me transforma en fiero trasgo?

 

¿He de sufrir sin que a los cielos clame

Que un temerario a engendro tan aleve

Manuel Bretón de los Herreros  llame?

 

¡Cómo! ¿Justicia habrá para el que leve

Injuria en una acción o en un vocablo

A inferir a su prójimo se atreve,

 

Y no para el que en público retablo

Tal a un vecino honrado desfigura,

Que no osaría prohijarle el diablo?

 

¡Feliz yo si tan ruin manufactura,

Ya que mi cara no genuina y propia,

Fuese de ella mordaz caricatura!

 

Siquiera al troglodita de la Etiopia

El maligno pintor me asimilase,

Pudiera brujuleárseme en la copia.

 

Nadie contra el pintor pide un ukase,

que, aun ridiculizándole en estampa,

Le distingue entre el vulgo de su clase;

 

Y hay más de un presuntuoso que se alampa

Porque su oscura faz caricaturen

Si así el mochuelo entre los cisnes campa.

 

Mis defectos propalen y censuren;

Lleven hasta la hipérbole la mofa,

Mas no, sin ton ni son, me desnaturen.

 

Pues no me juzgo de mejor estofa

Y a un rey he visto convertido en pera,

Hagan de mí una col o una alcachofa;

 

Mas o diga: he pintado una quimera,

O el pintor en la que haga a su capricho

Deje algo de mi cara verdadera;

 

Y no se diga de él lo que se ha dicho

Del que al pie de sus torpes mamarrachos

Ponía: este es un gallo; este es un micho.

 

Rían de mí en buen hora los muchachos,

Pero rían de mí  cuando en petacas

Me vendan o aleluyas los gabachos.

 

Cuando a la feria mis facciones sacas,

Pintor, yo no te pido que me loes

Ni que indulgente seas con mis macas.

 

Tengo una que ni Celso ni Averroes

Pudieran corregir; la que siquiera

Me iguala en esto al inmortal Camoes;

 

Y el pincel detractor ¿quién lo creyera!

Hasta en la ausente luz me falsifica

Trasladando el eclipse a la otra acera.

 

Porque cargue en lo feo no me pica,

Que fuera necio y femenil orgullo,

Quien me forja esa faz con que trafica.

 

Esopo (es ya verdad de Perogrullo)

Romo, giboso y de infeliz pergenio,

No brindaba de amor al blando arrullo.

 

Lindos no fueron Alarcón, Celenio,

Ni otros cien que a la cumbre del Parnaso

Se alzaron en las alas de su genio.

 

Mas algo de ese genio nada escaso

Hubo de transpirar; algo el oculto

Fuego brilló a través del tosco vaso.

 

Yo, mediocre poeta, no en mi bulto

Pienso escrito llevar Deus in nobis;

Pero ni soy feroz, ni soy estulto;

 

Y tanto a mí semeja el coram-vobis

Con que cual vera effigies  se me vende

Como a Ataúlfo, o Recesvinto o Clovis.

 

Pero el que tanto con su brocha ofende,…

Al arte más que a mí, no es compatriota

Sino un quidam  anónimo de allende.

 

Y es maravilla que fandango o jota

Bailar no me haga en traje charanguero

Con un trabuco al margen y una bota;

 

Que, ya sea rufián o caballero,

Para pintor de extranjis sólo un tipo

Tiene el pueblo español: el guerrillero.

 

Y mienten; que, aunque yo no participo

De tan precioso don, hay aquí talles

No indignos de Timantes y Lisipo;

 

Y si España en los campos y las calles

De horribles cataduras no escasea,

Hartas hay más allá de Roncesvalles.

 

No es español quien tan vitanda y fea

Me la atribuye a mí: del mal el menos;

Ni habrá español que tan bestial me crea.

 

¿Mas quién con ojos, ¡ay! miró serenos

Otra profanación ruda, inaudita…

Y esta no hay que achacarla a los ajenos!

 

Mi humilde cara al fin, fea o bonita,

Porque algún Orbaneja la adultere

Poco al lustre español pone ni quita;

 

Pero que a un hombre excelso se vulnere

Hasta el punto, ¡oh dolor! de que su rostro

En despreciable trasto degenere,

 

Es atentado atroz que ni Cagliostro

Osara concebir, y a su memoria

Herido en cuerpo y ánima me postro.

 

Aquel Fénix  de España, cuya gloria

No es ignorada ya ni del más drope;

Tal le encumbra en sus páginas la historia;

 

El mimado de Clío y de Caliope

Y Talía y Melpómene y Erato;

Lope de Vega,  en fin; Lope, el gran Lope,

 

Largo tiempo, ¡oh baldón! ¡Oh desacato!

De molde de pelucas ha servido

Comprado no sé a quién en un barato.

 

Cuenta al honrado artífice no pido

De aplicar a tan sucio ministerio

El busto de aquel hombre esclarecido.

 

Ignoraba que hacía un vituperio

Al poeta amenísimo y fecundo

Que con su nombre llena el hemisferio.

 

Culpo, sea quien fuere, al que de inmundo

Interés arrastrado hizo a sabiendas

Tráfico vil del vate sin segundo.

 

¡Tú, Lope  mío, tú por esas tiendas

Sirviendo de irrisión al transeúnte!

¡Así han hecho de ti carnestolendas!

 

¡Tú con bucles cosidos a pespunte

Sobre esa frente que de lauro Febo

Ciñó y de nardo y rosas Amatunte!

 

¡En guisa tú de frívolo mancebo

Ostentando risibles papillotes

Sobre greñas robadas al Erebo!

 

¿Quién de tu ingenio las preclaras dotes

En ese maniquí reconociera

Que ya sirvió para dos mil cogotes?

 

¿Cabe suerte más triste y lastimera?

¡Peladas viera yo todas las nucas

Antes que befa tal de ti se hiciera!

 

De estúpido acusando a Juan, o Lucas,

Es frase proverbial entre españoles:

«¡Soberbio molde para hacer pelucas!»

 

Vista pues la ruindad de tres bemoles

Que al buen Lope  injurió, la que me ensaña

No vale, a la verdad, tres caracoles.

 

No como quiera al público se engaña,

Y quien por muestra tan soez me busque,

De fijo no me encuentra; no me araña.

 

No más la ciega cólera me ofusque,

Que habas cuecen abondo en todas partes,

Y mi oración no pase del ¿Quousque…?

Contra ese Catilina  de las artes.

 

A Un Recién Poeta De Pocas Esperanzas

Voy a hablarte ingenuamente.

Tu soneto, don Gonzalo,

Si es el primero, es muy malo;

Si es el último, excelente.

 

A Una Amiga

Un queso, Carmen bella, me enviaste,

Paisano del ilustre Calatrava,

Y después una caja de guayaba…

Lo dulce y lo salado: ¡qué contraste!

 

Tú quieres dar con mi quietud al traste.

Con el dulce… pensé que te tragaba,

Y que el queso… (por cierto que hoy se acaba)

Con la sal que te sobra lo amasaste.

 

Y la que así mi gula satisfizo

¿Versos pide, no más? ¡Bondad inmensa!

Lloverán sobre ti como granizo.

 

¿Puedo negar tan leve recompensa

A quien tiene en su cara tanto hechizo…

Y tanta golosina en su despensa?

 

A Una Señora Con Quien Salí De Año Para El De 1830

¡Año mío y mi tocaya!

¡Digo! ¿Es un grano de anís?

Fuerza será que yo te ame,

Prenda mía, hasta el morir.

¡Oh cédula protectora!

¡Oh fortuna siempre ruin,

Gracias a Dios que una vez

Fuiste para mí feliz!

Díganlo cuantos admiran

Ese tu rostro gentil,

Esos tus ojos morenos,

y ese tu dulce reír.

Aunque murmure la envidia

Te quiero, y mucho que sí…

Mas no te alteres, hermosa;

Que te quiero con buen fin.

No gruñas por ser tu año

Un poeta baladí

Hoy que andan las pobres musas

Sin túnica y sin chapín.

Paciencia, pues no hay remedio;

Que, si consistiera en mí,

Corregidor fuera yo

De la villa de Madrid.

Sírvate pues de regalo

Este romance infeliz,

Aunque sería mejor

Que te enviase un pernil.

Por dos causas no lo envío:

Falta de maravedís,

Y un hambre tal, que a tenerlo

Guardáralo para mí.

Mas con deseos lo suplo,

Que no cuestan un tarín,

De que Dios te haga dichosa

Un siglo, y dos, y cien mil.

Y te dé mucha salud

Y el oro del Potosí,

Y te libre de que llame

A tu puerta un alguacil.

Y te conserve un consorte

Más héroe que el mismo Cid,

Pues con ocho años de yugo

Aún se está mirando en ti.

Y dé a tus niñas marido

No bien lleguen a su Abril,

Y a tu niño un obispado,

Aunque sea el de Guadix.

Más te diría, tocaya,

Pero se apaga el candil;

Y aunque deseo tu dicha

También deseo dormir.

 

A Varios Amigos Tronados

Esta turba famélica y bellaca

nunca se cansa de fumar de gorra;

como al hebreo en tiempo de Gomorra

yo os maldigo, y mi furia no se aplaca.

 

¿A qué tanto pedirme la petaca?

¿Cómo quieres, hambrón, que te socorra?

¿Soy acaso asqueroso hijo de zorra?

¿Recibo yo bajeles de Guaxaca?

 

¿Cómplice acaso soy del vicio ajeno?

Yo gano mi fumar con mi trabajo,

y en la aduana lo compro, malo o bueno.

 

Tú, que eres un pobre calandrajo,

estate sin fumar… o chupa heno…

o chúpate la punta del carajo.

 

El Anónimo

Aborto infame de la negra envidia,

Yo te maldigo, Anónimo  cobarde,

Pérfido aun a ti mismo en tu perfidia;

 

Que nunca de tu triunfo harás alarde,

O dejas de existir si el hondo arcano

Ve a tu pesar la luz temprano o tarde.

 

¡Y Dios permite que felón villano

Con ingrata labor la pluma fuerce

Contra el usado giro de la mano!

 

Mas quien péñola y mano así refuerce

Harto muestra el atroz remordimiento

Con que su industria tenebrosa ejerce.

 

¡Triste el placer que nace en el tormento!

¡Miserable el artífice que duda

Si le herirá rebelde el instrumento!

 

Con estéril afán trasnocha y suda;

Y en calma yace el indefenso blanco,

¡Y él tiembla al disparar flecha sañuda!

 

Si la cara mostrase al aire franco

Pudiera ser que, en pago del insulto,

Del brazo aleve se quedase manco.

 

Bien hace si no fía en el indulto;

Mas ni en el mal que avieso premedita

Deleitarse podrá guardando el bulto;

 

Luego es tradición inútil y gratuita

La suya, y revolcándose en el cieno

El reptil de más noble se acredita;

 

Que cuando muerde descuidado seno

Suya es la lengua al fin con que iracundo

Filtra en la humana sangre su veneno;

 

Y tras de un picotazo da el segundo,

Y en buena lid la indignación arrostra

De quien puede aplastar su cuerpo inmundo.

 

¡Hombre que hoy se empareda cual la ostra

Para herir a mansalva a un individuo,

Mañana ante sus pies la frente postra;

 

¡Y torpe histrión y adulador asiduo

Mientras aguza el ponzoñoso dardo

Mendiga de sus platos el residuo!

 

Por dicha ya el Anónimo  bastardo

Tanto su filo embota con el uso

Que semeja a la espada de Bernardo.

 

Si uno al leerlo se acongoja iluso,

Arrojándolo al sucio basurero

Ciento se mofan del libelo intruso.

 

No en dar con un papel tósigo fiero

El ocio engaña, no, quien fuerza y brío

Tiene para asestar golpe certero.

 

Mas tal a quien no da calor ni frío

De enemigo tan cauto en su ojeriza

El necio y jactancioso desafío;

 

Tal a quien no acobarda una paliza

Mientras sólo en torcidos caracteres

Su adversario traidor la simboliza,

 

Si indigno soplo amarga sus placeres,

Tiembla y en cada informe garrapato

Le punzan mil agudos alfileres.

 

¿Quién duerme en paz si en suculento plato

Teme que seducido el cocinero

Le aderece un funesto asesinato?

 

¿Quién si le obliga el delator artero

A confundir misántropo y adusto

Al amigo falaz con el sincero?

 

Poetas que inventáis a vuestro gusto

De las Danaides el botijo roto,

Y el potro, que no lecho, de Procusto;

 

Los que movido habéis tanto alboroto

Con el buitre que saja a Prometeo

En presencia de Láquesis y Cloto;

 

Decidme si no es digno del Leteo

El horrible suplicio de que os hablo…,

Amén del real que cuesta en el correo.

 

¡Y Dante  te olvidó siendo del diablo

Obra maestra, Anónimo  precito!

Vale todo un infierno este vocablo.

 

¡Y no hay ley que prevenga tal delito!

¡Y no hay para el bribón que lo perpetra

Un asno, una coroza, un sambenito!

 

Portador de un embuste en cada letra,

Más daño hace tal vez que guerra o fuego

En la casa infeliz donde penetra.

 

«Podré ahuyentar su dicha y su sosiego»,

Diría un embozado libelista,

Si osara hablar; «mas ¿con embustes? Niego.

 

»Larga es de los Anónimos  la lista

En que se miente a roso y a velloso;

Mas yo de la verdad sigo la pista.

 

»Decirla es sin embargo peligroso,

Y al débil, si el Anónimo condenas,

Entregas a merced del poderoso».

 

¡Error! Ni aquí, ni en Roma, ni en Atenas,

Ni ayer, ni hoy, ni jamás el oprimido

Ha roto con pasquines sus cadenas;

 

Que, o no llegan del déspota al oído,

O entre el fausto y la crápula insolente

Los sentencia al desprecio y al olvido.

 

Pregunta a aquel esguízaro valiente

Que de Gesler  el gorro escarneciendo

El yugo sacudió de Austria potente;

 

Pregunta al siciliano que tremendo

Al resonar el consabido salmo

Hízole coro con marcial estruendo;

 

Y a aquel que, convertido por ensalmo

De idiota en héroe, al violador Tarquino

No dejó del imperio un solo palmo;

 

Pregúntales si Anónimo  mezquino

El arma ignoble fue con que su diestra

Abrió a la libertad ancho camino.

 

Cuando a la luz del hielo no se muestra,

La verdad, hija suya, se denigra.

O calla, o sal osado a la palestra.

 

No la ama, no, quien vergonzante y pigra

La arrastra por vereda tortuosa

Pensando en si peligra o no peligra.

 

La verdad verdadera es animosa,

Manteos de murciélago rehúsa

Y a la escuela no va de la raposa.

 

¡Pícaro siglo que de todo abusa!

Su faz ostenta la procaz mentira,

¿Y la santa verdad irá a la inclusa?

 

«Pero el amor del bien tal vez inspira

Esa cautela que tan rudo acento

Hoy arranca a las cuerdas de tu lira.

 

»Tal vez una verdad dicha con tiento

Excusa al hombre honrado una desgracia

Y consigue de un tuno el escarmiento.

 

»¿Culparás que mi anónima  eficacia

De un contador voraz liberte al fisco

Por él robado con impune audacia?

 

»¿No quitaré la máscara a Francisco,

Que siendo un malhechor de tomo y lomo

Ve alzar a su virtud  un obelisco?

 

»¿He de sufrir que el cándido Jeromo

Tanto alabe a su púdica  consorte,

Si sé que se la pega y cuándo y cómo?»

 

¡Oh! ¿Y sabes si denuncias en la corte

Las rapiñas de lobo financiero

A quien un tanto cobra del importe?

 

Si el pueblo a algún malvado trapacero

Estatuas funde y monumentos labra

Cual Roma un día a Tito y a Severo,

 

Calla y déjalo estar, hijo de cabra;

Que hoy a un ídolo humilla el incensario…,

Y mañana con él le descalabra;

 

Y, pues que tenga alguno es necesario,

Quizá, en el cambio pierda más que gane

Si Juan releva a Pedro en el santuario.

 

Y ¿qué te importa a ti, cabeza inane,

Que, aunque la suya acuse a don Sempronio,

Con su ventura conyugal se ufane?

 

Pues ¿no ves, amanuense del demonio,

Que o da golpe cruel o golpe en vago

Quien se mete a infernar un matrimonio?

 

Sabe o no un marido que el halago

De su mujer le usurpa un mozalbete

Mientras él hace viajes a Buitrago;

 

Si lo sabe (y de diez lo saben siete),

Pierdes papel y tiempo; si lo ignora,

Le asesina tu anónimo  billete.

 

¡Al abrir él los ojos en mal hora

Caerá de su beato Paraíso…,

Y no se enmendará la pecadora!

 

Que rete a su rival será preciso;

No sin pena tal vez, porque es amable

Si los hay en el mundo el don Narciso.

 

Y como barco sin timón ni cable

En mar bravío, sin defensa, ¡oh grima!

Su busto entrega al enemigo sable;

 

Que él lego, y el galán docto en la esgrima,

Bien puede ser que, amén del cornificio,

Horrendo chirlo en la nariz le imprima.

 

Y enredado en los trámites de un juicio

Él sufrirá la pública chacota

Antes que ella la pena de su vicio.

 

Y en vano, en vano su indeleble nota

Pretenderá borrar el desdichado

Con autos de la Audiencia o de la Rota.

 

«Días ha con el dedo señalado

A jovial cuchicheo daba asunto

En teatro y café, tertulia y Prado».

 

¿Y qué? La misma mella que a un difunto

Le hacía, venturoso en su ignorancia,

Servir de mofa al universo junto.

 

Tal vez con inocente petulancia,

Satirizando él mismo a sus cofrades,

Convertía las pullas en sustancia.

 

Cuando de error tan dulce le disuades,

A pretexto de hacerle un beneficio

Cometes la mayor de las maldades.

 

¡Ay! ¿No es triste merced, flaco servicio,

Excitarle a dudar si el predilecto

Benjamín es auténtico o ficticio?

 

Le oyes clamar don paternal afecto:

«¡Qué mono! ¡Un serafín!… ¡He aquí mi obra!

¡Su rostro no desmiente al arquitecto!»

 

¿Y no te duele su mortal zozobra

Si, por ti descubierta la maraña,

Pierde esa fe que nunca se recobra?

 

Es caridad, ¡por Cristo!, bien extraña

Hacerle ver que le semeja el niño

Cual se parece un huevo a una castaña.

 

Ni a lastimarme del papá  me ciño.

¿No consideras que el muchacho tiene,

Si uno en el nombre, dos en el cariño?

 

No un soplo que sus días envenene

Saque por tu oficiosa tontería

De su dichoso engaño al pobre nene.

 

¡Ay! de rubor su frente no cubría

Amando al sandio padre putativo;

Que su puro candor salvo le hacía.

 

Pero ¡trocar por él, chivo o no chivo,

Otro que, aunque en secreto lo declare,

Por tal no consta en parroquial archivo!…

 

Y, como el hombre al fin no es el que pare,

Caviloso quizá no le prohíje

Y en su triste orfandad le desampare.

 

Con harta causa el mísero se aflige.

Ayer, ¡oh peripecia! tanto mimo;

Y hoy ¿a quién colgaremos este dije?

 

Vuelvo al papá  y el vástago suprimo.

¿No tiemblas al pensar que el sustituto

Era también su tutelar arrimo?

 

¿Qué olivar ni qué viña dio más fruto

Al sudor del colono que su boda?

¿Por qué llegó a intendente siendo un bruto?

 

¿Quién hizo de su casa una pagoda,

Con tanta y tanta ofrenda enriquecida,

Y a su mujer la reina de la moda?

 

«¡Ay, dirá con conatos de suicida,

Confunda Dios al temerario amigo

Que rasguñó esta carta aborrecida!

 

»¿Qué le hice yo para chocar conmigo?

Abrevado de penas y sonrojos,

De culpa ajena sufriré el castigo.

 

»Si es tarde ya para poner cerrojos

mi robado honor, ¿por qué la venda

¡Sólo para llorar! rompen mis ojos?»

 

O bien, siguiendo la trillada senda,

Al chisme y al chismoso hará una higa

Por no perder tan cómoda prebenda.

 

Así, menguado fruto de tu intriga

Siempre habrás de sacar, pues es forzoso

Que el lector te desprecie o te maldiga.

 

¡Quién te dijera que instrumento odioso

Fuese, oh Cadmo, a un traidor de vil ralea

El arte que inventaste prodigioso!…

 

¡Y aún quieres achacar acción tan fea

A falso amor del bien! Mientes, canalla;

No cabe en ti tan generosa idea.

 

Cuando tu falsa indignación estalla

Contra aquel aduanero que escamota

Cien fardos de tabaco y de quincalla,

 

Su vacante codicias, mal patriota,

Y no el bien del Estado te propones

Sino agotar la mina que él explota.

 

Al poderoso injurian tus renglones

Porque acaso anhelaste su privanza

Y él te echó de su casa a puntillones.

 

Bajo, vil y soez en tu venganza,

Denuncias la flaqueza de Belisa

Porque frustró tu lúbrica esperanza;

 

Y osado fuera un hombre de tu guisa

A vulnerar con falso testimonio

Timbres de Porcia lauros de Artemisa.

 

Otra vez y otras mil doite al demonio,

Sierpe de tinta, anónimo  libelo,

Y quien no te abomine es un bolonio.

 

Arte que no inventara Maquiavelo,

Yo a las mayores plagas te comparo

Que fulmina la cólera del Cielo.

 

Impalpable, invisible, el gesto avaro

Tu ruin adepto esconde; y ¿qué sibila

Nos dirá si es Crisóstomo o Jenaro?

 

Así hasta Gibraltar desde Manila

Vuela en miasma sutil hórrida peste

Que jóvenes y viejos aniquila;

 

Así el Céfiro blando del Oeste

Súbito cede al ímpetu del Noto

Que a conjurar no basta el arcipreste;

 

Y así, en fin, por sendero oscuro, ignoto,

Mientras incauto el hombre se solaza,

Lleva su sorda zapa el terremoto

Que ciudades y montes despedaza.

 

Al Guadalquivir

Ancho y caudaloso río

Que el híspalo muro lames,

Dame que tranquilo duerma

Sobre tu florida margen,

Cual tú bajo el peso duermes

De tanta velera nave,

Y ni avenidas te turban

Ni te agitan huracanes.

Yo precio un humilde césped

A la sombra de tus sauces

Más que las plumas desiertas

Do a Morfeo llamo en balde.

El murmurio de tus aguas

Tan regalado y suave,

El aura que tú perfumas

Con mil rosas y azahares,

Bálsamo sean, ¡oh Betis!

Que mi fiera angustia calme,

Si bálsamo puede haber

Para llagas incurables.

¡Ay! no solo yo entre tantos.

Enamorados zagales

Que con su lloro te acrecen

Y te invocan con sus ayes;

Ya llorando la perfidia

De un corazón inconstante,

Ora desvíos crueles;

Ora celosos afanes;

No solo yo sin consuelo

De tu orilla me separe

Do tregua a la pena busco

Que me devora incesante.

Mas aunque dulce beleño

Mis tristes párpados bañe,

Ni un solo instante me alejes

De Silvia hermosa la imagen.

Y a mis sentidos renueva

En ensueños agradables

Sus lisonjeras palabras

Y sus caricias amantes.

Ausencia, cruel ausencia,

¡Cuál mi destino cambiaste!

Caí desde la alta cumbre

Hasta el abismo insondable.

Horas, a mi amor inmenso

Algún día tan fugaces,

¡Cuál hoy al triste Salicio

Parecéis eternidades!

¡Quién durmiera, Silvia mía,

Hasta que torne a mirarte,

Y tus brazos de marfil

Amor a mi cuello enlace!

Mas tú desoyes mis ruegos,

Oh Betis inexorable,

Quizá porque no han sonado

En tu gloria mis cantares.

Digno objeto de mi lira

Fueras tú, que a tanto vate

Menos mísero que yo

Sublime canto inspiraste.

¡Ah! si en mi llagado pecho,

Que sólo por Silvia late,

De la pálida tristeza

La garra no se cebase,

Yo te cantara también

Soberano de los valles

Desde tu sierra nativa

Hasta las playas de Atlante.

Cantara yo acompañando

Al gorjeo de las aves

La perene primavera

De tus orillas feraces;

Y a las béticas zagalas,

Cuya gracia el mundo aplaude,

No fuera muda mi lira

Ni mi pecho de diamante.

Mas donde Silvia no mora.

No hay belleza que me halague,

Ni pensil que me embelese,

Ni placer que no me canse.

Adiós, opulento río.

Ya me enojan tus cristales.

¡Ah, cuál sería tu orgullo

Si mi Silvia te mirase!

Otro río más dichoso,

Aunque menos arrogante,

Vio crecer para mi amor

Sus encantos celestiales.

Adiós; y pues sólo sirves

De redoblar mis pesares,

La lira que templa Erato

No esperes que te consagre.

Si me robas el tributo

De este llanto inconsolable;

No mi tierno corazón,

Que es todo del Manzanares.

 

El Preso Y Su Maja

La Maja

Alce usté, cara de escuerzo;

Levántese usté, seó trasto;

Que aquí le traigo el almuerzo.

Llenito viene el canasto.

 

El Preso

¡Loca! ¡Loca…!

 

La Maja

Pues naide le pide el gasto,

Coma usted, y punto en boca.

 

El Preso

Pepa, mal anda el fregao

Desque en casa no me guipas.

¡Sardinas y bacalao!

Yo no entiendo esas chiripas.

 

La Maja

¡Anda, anda…

 

El Preso

Si salgo de aquí, en tus tripas

Bailaré la zarabanda.

 

La Maja

Socorrer a un presidario,

Alifonso, es obra pía.

Y sobre todo, canario,

Y cuéntaselo a tu tía.

 

El Preso

¡Calla, calla…

 

La Maja

Dengún tendero, alma mía,

Da de balde la vitualla.

 

El Preso

Si no temiera al alcaide,

Mala mujer, endinota…

A mí no me tose naide,

Y por menos de una jota…

 

La Maja

¡Soy tu maja!

 

El Preso

Quita allá, cara de sota.

O tiro de la naaja.

 

La Maja

Ya que te traigo el avío,

No preguntes cómo y cuándo;

Que este resalero mío

No es fruto de contrabando.

 

El Preso

¡Por el ole!

 

La Maja

Vamos comiendo y callando,

O soniche y tomo el tole.

 

El Preso

¡Pegarme así la tostada

Porque te pido la sopa!

Si tú fueras tan honrada

Como amiga de la tropa..

 

La Maja

¡Vaya, vaya

 

El Preso

O morderías estopa,

O venderías la saya.

 

La Maja

Yo no quiero hilar, seó majo,

Como vieja sesentona,

Ni he de vender el refajo

Porque tú estés en chirona.

 

El Preso

¡Pepa! Pepa!

 

La Maja

Y yo mando en mi presona;

¡Pues! para que usté lo sepa.

 

El Preso

¡Ay bacalao! ¡Ay sardina!

Caro el almuerzo me cuesta.

Échame otro vaso, endina;

Pero te juro por esta…

 

La Maja

¡Calma! calma!

 

El Preso

Maldita sea tu cesta,

Y maldita sea tu alma.

 

La Maja

No la maldigas; que es tuya.

El cuerpo… es un pobrecillo.

 

El Preso

¡Mal rayo te lo destruya!

 

La Maja

¡Y al tuyo, mal tabardillo!

 

El Preso

¡Zorra! ¡Zorra!

 

La Maja

Un abrazo, otro cuartillo…;

Y acábese la camorra.

 

El Arroyo Amado

Aléjate volando,

Negra, horrorosa nube,

Y escóndete en los montes,

O allá a los mares huye.

No la tranquila calma

De ese arroyuelo turbes,

Gala del verde soto

Do serpeando bulle.

No a acrecentar sus ondas

Tu lluvia le tributes;

Que, aunque merece serlo,

De río no presume.

Arroyos hay que altivos

Mal la pobreza sufren.

Sus márgenes dilata

Y la ancha vega inunden.

Este de fuente humilde

Nació, si Tajo ilustre

Se despeñó torrente

Desde elevada cumbre.

Y puro como el astro

Que sobre todos luce

Espejo es de las flores

Que en sus orillas nutre.

Aparta, nube horrenda,

Aparta, no le enturbies.

¡Ay! bebe en él la hermosa

Que me arde y me consume.

En él antes que al día

Los pájaros saluden

Se lava el dulce rostro

Y el seno muy más dulce.

Y oculto entre las mimbres

Amor me da que triunfe,

Y a su desdén tirano

Mil y mil glorias hurte.

 

Aliatar

No soy, alevosa Zaida

Que el rayo de Alá confunda,

No soy el galán preciado

Que esperas entre esas murtas.

Soy Aliatar el terrible.

Aquí penetró mi furia

Al torpe esclavo comprando

Que no te sirve y te adula.

Soy el que sabe blandir

En el campo el asta ruda,

Mejor que decir requiebros

A engreídas hermosuras.

En tanto que ese doncel

Su laúd de cedro pulsa,

O reposa en blando sueño

Sobre almohadas de pluma,

Yo visto el arnés luciente,

Yo duermo en la peña dura,

Y ni temo a mis contrarios

Ni del tiempo las injurias.

Mis galas son mis trofeos,

Mi renombre es mi fortuna,

Y mis blasones el luto

De la castellana turba.

¿Qué vale al rival indigno

Que tu cariño me usurpa

La pompa de sus riquezas

Y el orgullo de su cuna?

Aunque de Tarif viniera

O bien del ínclito Muza,

Que voló de palma en palma

Desde Cádiz hasta Ampurias;

¿Qué es un moro afeminado

Que no lidia, y se perfuma,

Y sólo es grande en el nombre,

Y sólo entre damas triunfa?

No es noble…, ni moro aquel

Que en el ocio se sepulta,

Y las gloriosas cenizas

De sus mayores injuria.

Lo es el valiente adalid

Que alcanza en hórrida lucha,

Si no inmarcesible palma,

Generosa sepultura.

Acuérdome por mi daño

(Que también la suerte injusta

Da a un infeliz la memoria

Para colmar su amargura),

Acuérdome que al partir

A las márgenes del Júcar

Contra la hueste enemiga

Que marchaba sobre Murcia,

Entre sollozos amargos

Que tu perfidia me ocultan,

Y estrechándome a tu seno

Albergue de la impostura,

«Guárdete Alá, me dijiste.

Nuevos timbres acumula,

Y torna, Aliatar, si es dable,

Más digno de mi ternura.

Adiós. Ya suena la trompa.

Aunque me mate la angustia,

No tu vida entre mis brazos

Inerte pase y oscura.

Mas por mis ojos te ruego,

Que en sus lágrimas te inundan,

Y por el tierno cariño

Que nuestros días endulza,

Guardes tu vida, Aliatar;

Que si una acerada punta

A muerte abriere tu pecho,

También la mía apresura».

Tal dijiste, y me enlazaron

Tus manos banda purpúrea

Con ingeniosos emblemas

De amor y constancia mutua.

Y yo la besé mil veces,

¡Oh, mal haya mi locura!

Y en más la precié que el mando

De las tropas andaluzas.

Parto; y los cristianos tiemblan

No bien la fama divulga

Que los llanos de Gandía

Mis escuadrones saludan.

Empero a la lid se aprestan,

Y aunque su ruina procuran,

No sé si honor o despecho

Rémora fue de su fuga.

No es tan formidable el rayo

Que horrendo estrépito anuncia,

Ni el huracán mugidor

Que un roble y otro derrumba,

Cual en mi mano triunfante

La cimitarra desnuda,

Que abría al godo infeliz

En cada golpe una tumba.

El bravo muere; el cobarde

En los montes se refugia.

No hay resistir a un acero

Que patria y amor aguzan.

Mas no vencí sin mi sangre;

Que valerosa y robusta

Herirme logró la mano

De Álvar Núñez el de Asturias.

Si es causa de tu mudanza,

Mujer aleve y perjura,

La reciente cicatriz

Que la mejilla me cruza;

Sabe que Zora y Arlaja

La llamaron honra suya,

Porque mi fama engrandece

Si mi rostro desfigura.

Arlaja que a mi desvío

Mal su pesar disimula,

Aunque en belleza y donaire

No ceda a ti ni a ninguna.

¿Callas, Zaida? ¿De tu labio

No merezco una disculpa?

Fementida, ese silencio

Más me irrita y más te acusa.

¡No ha de triunfar mi enemigo,

Por el sol que nos alumbra!

Yo lavaré mi baldón

En su sangre y en la tuya.

Dijo Aliatar, y furioso

Punzante almarada empuña,

Y fuego sus ojos brotan,

Su labio rabiosa espuma.

Mas súbito arrepentido;

(Que no alberga un alma cruda,

Bien que vio la luz primera

En las playas de Getulia),

La espalda torna al peligro

Donde su gloria fluctúa,

Arroja banda y puñal

Y a la venganza renuncia.

Quédate para quien eres,

Exclamó, y en vil coyunda

El vil que te ha merecido

Tus votos infames cumpla;

Que yo vuelo, pues el alba

Ya corona las alturas,

A acrecentar los laureles

Que la frente me circundan.

Parte; presuroso monta

Sobre un morcillo de Osuna,

Y a larga brida se aleja

Por el camino de Andújar.

 

¡Ruede la Bola!

Amarilla sale Inés

De su lecho hospitalario,

Y, gracias al herbolario,

Cuando viene don Andrés

Ya está como una amapola.

Ruede la bola.

 

Responde con ceño adusto

Aquel barón displicente

Al clamor del indigente;

Pero se pasma de gusto

Cuando oye tocar la viola.

Ruede la bola.

 

Ayer me amó Clori bella,

Y hoy me mira con desprecio.

¡Y, qué! ¿Seré yo tan necio

Que en la garganta por ella

Me dispare una pistola?

Ruede la bola.

 

La que hoy vende alcaravea

Fue ayer señora eminente;

Y, gracias a un intendente,

Hoy tiene coche y librea

La que ayer era manola.

Ruede la bola.

 

Mientras abunde la feria

En dijes ultramontanos,

No os apuréis, castellanos.

No importa que en la miseria

Gima la industria española.

Ruede la bola.

 

Amor es cebo engañoso,

Es guerra, es potro, es veneno…;

Pero algo tendrá de bueno

Cuando el hombre su reposo

Y su dinero le inmola.

Ruede la bola.

 

¿Estudiar? No; que me aburro,

Dijo Fabio. A buena cuenta

un millón tengo de renta.

¿Qué importa que para burro

Sólo me falte la cola?

Ruede la bola.

 

¿Es limpia Isabela? —No.

—¿Ama a su esposo? —¡Bobada!

—¿Cuida de sus hijos? —¡Nada!

Pero ¡qué bien baila! ¡Oh!

Para eso se pinta sola.

Ruede la bola.

 

¡Cuál gimes, pobre virtud!

¡Vicio, cuál es tu insolencia!

Mas ¿qué se ha de hacer? Paciencia.

Mientras yo tenga salud

Y llene bien la bartola,

Ruede la bola.

 

Amén A Todos

Si a ser cortejo se humilla

Luis de una vieja infernal,

Y aunque murmure la villa

Poco le importa, con tal

Que la bruja le mantenga,

Allá se las avenga.

 

Si el pico y el azadón

No puede Gil soportar,

Y prefiero ser ladrón

Sabiendo que ha de llevar

Calcetines de Vizcaya,

Allá se las haya.

 

Si, sabiendo don Antonio

Que de olerla se emborracha,

Aunque le lleve el demonio

Apenas ve la garnacha

No hay freno que le detenga,

Allá se las avenga.

 

Si su casa y su mujer

Deja en abandono Blas,

Y curioso de saber

Lo que pasa en las demás

Está siempre de atalaya,

Allá se las haya.

 

Si se ha dejado arruinar

Por su mujer, don Simón,

Y, en vez de hacerla empalar,

En tirar por un balcón

Lo que ha quedado se venga,

Allá se las avenga.

 

Si por un prurito necio

De vestir con más primor,

No ignorando su alto precio

Vende Juliana el honor

Para comprar una saya,

Allá se las haya.

 

Si hay hombre que da en reñir

En obsequio de su amada,

Y se expone a recibir

En el pecho una estocada

Por los caprichos de Menga,

Allá se las avenga.

 

Si en todo quiere dar gusto

A Juana la marrullera

El mentecato don Justo,

Porque teme que se muera

Cuando llora y se desmaya,

Allá se las haya.

 

Juan no quiero escarmentar

Y gasta su juventud

En hediondo lupanar:

Pues bien, a perder salud,

Dinero y fama se atenga.

Allá se las avenga.

 

Si a Perico el caprichoso,

Que no hay cosa que le cuadre,

Sobre ser ruin y chismoso

Le mima tanto su madre

Que ya pasa de la raya,

Allá se las haya.

 

Si, creyendo con dulzura

A su mujer corregir,

El bueno de don Ventura

Se contenta con gruñir

Y a palos no la derrenga,

Allá se las avenga.

 

Si don Claudio su tesoro

Fiar al piélago intenta,

Y cuando Aquilón sonoro

Anuncia negra tormenta

No se está quieto en la playa,

Allá se las haya.

 

Quien posible haya juzgado

Que hambriento administrador

Si no cobra de contado

Sea fiel a su señor

Y de robarle se abstenga,

Allá se las avenga.

 

Marcos, ridículo y feo,

Casó con Flora divina.

Ella siempre de bureo;…

Él remando en la oficina…

¿No es forzoso… Vaya, vaya,

¡Allá se las haya!

 

La Manola

Ancha franja de velludo

En la terciada mantilla;

Aire recio, gesto crudo;

Soberana pantorrilla;

Alma atroz; sal española…

¡Alza, hola!

Vale un mundo mi Manola.

 

Cuando ella se pone en jarras,

¡Soleá! ¡Me río yo!…

Dígalo el terne de marras

Que al hospital le envió

Sin valerle la pistola.

¡Alza, hola!

Vale un mundo mi Manola.

 

De basilisco es su vista;

Cada mirada es un rayo;

No hay alma que la resista,

Y si mira de soslayo

Y pavonea la cola…

¡Alza, hola!

Vale un mundo mi Manola.

 

Si algún galán abejorro

Babeando tras de ella va,

Se revuelve, tuerce el morro,

Y le respondo: ¡Arre allá!;

Que no gusto de parola.

¡Alza, hola!

Vale un mundo mi Manola.

 

¡Qué caliá, y cómo cruje

Si baila jota o fandango!

¡Y qué brío en cada empuje!

¡Y qué gloria de remango

A la más leve cabriola!

¡Alza, hola!

Vale un mundo mi Manola.

 

Con primor se calza el pie

Digno de regio tapiz:

¡Y qué dulce no sé qué

En aquella cicatriz

Que tiene junto a la gola!

¡Alza, hola!

Vale un mundo mi Manola.

 

Sobre el suelo, en una esquina,

Ella en rábanos entiende,

Y en naranjas de la China.

Todo es fresco lo que vende…

Quedando aparte ella sola.

¡Alza, hola!

Vale un mundo mi Manola.

 

Roto iba yo por la calle

Y hecho un miserable trasto,

Cuando me prendó su talle;

Y hoy faja de seda gasto,

Y luzco la guirindola…

¡Alza, hola!

Vale un mundo mi Manola.

 

Por ella en holganza eterna

Vivo como un arcediano,

Triunfo y gasto en la taberna,

Me pongo calamocano,

Y me tiendo a la bartola.

¡Alza, hola!

Vale un mundo mi Manola.

 

Como para mí trabaja,

Muchas veces se amohína;

Mas no saco la naaja,

Aunque me trate la endina

Peor que a un bozal de Angola.

¡Alza, hola!

Vale un mundo mi Manola.

 

Siempre lleva al derredor

De amantes una cohorte;

Mas toda es gente de honor…,

¡Pues! Y yo, a estilo de corte,

Dejo que ruede la bola.

¡Alza, hola!

Vale un mundo mi Manola.

 

Los Inocentes

Anda con tiento, Bernardo,

No te suceda un petardo.

Tu inocencia sobrehumana

Es asombro de las gentes,

Y hacen su gasto mañana

Los Inocentes.

 

¡Guarda! Si prestas un duro

No lo cobras; ¡de seguro!

Y hay mil lazos, mil garlitos…

Ya se ve, tantos pacientes…

En Madrid son infinitos

Los inocentes.

 

No sólo el niño de teta,

Y la monja recoleta

Contenta con su clicio,

Y los míseros dementes,

Y los bobos de ab initio

Son inocentes.

 

El viejo cascado y chocho

Que con niña de dieciocho

Se casa, es digno de premio,

Y lograrán sus suplentes

Que le admitan en el gremio

Los inocentes.

 

Las que esperan más de un año

La boda o el desengaño,

Y leyendo con anhelo

Las cartas de los ausentes

En ellas ven su consuelo,

Son inocentes.

 

Los que piensan que es puntual

El reloj del hospital,

Y que es vino de Champaña

Sin extraños ingredientes

Todo el que consume España,

Son inocentes.

 

Mal actor, mis lindos versos

En tu boca son perversos.

¡Bárbaro! De dos en dos

Los destrozas con tus dientes.

Por Dios, ¡ten piedad! ¡Por Dios!…

¡Son inocentes!

 

Esos hombres de cachaza

Que no gritan en la plaza

Por modestia o por rubor,

Y se echan a pretendientes

Sin intriga y sin favor,

Son inocentes.

 

Y si a la Bolsa te arrimas,

La baja, el alza, las primas…

¡Don Froilán todo lo traga!…

Mas ¿qué anuncian los agentes?

¡Qué ha quebrado! ¿Y quién lo paga?

¡Los inocentes!

 

La Beneficencia

A Dorila

Ángel radiante en el Edén creado,

Dulce consuelo al humanal gemido,

Plácido orgullo de las nobles almas,

Yo te saludo.

 

No a ti los hombres religioso incienso

Píos tributan y fragantes flores,

Bien que tu nombre por falaces lenguas

Sea ensalzado.

 

Eleva en tanto al opresor cruento

Soberbio altar la adulación cobarde

Y al ciego error el fanatismo inmola

Fiero holocausto.

 

Beldad voluble con falaz ternura

Tal vez usurpa la veraz ofrenda

De amante pecho, que en acerbo lloro

Baña traidora.

 

Ídolos crea a su placer el hombre,

Y patria, amigos, bienestar, conciencia

En torno arrastra del indigno templo

Tumba a su fama.

 

Uncido el siervo cual si bruto fuera

De atroz caudillo al insolente carro,

Calla, y ni aún osa maldecir su horrendo,

Bárbaro triunfo.

 

Y el ronco son de la guerrera trompa

Tu grito ahoga, desolada madre,

Y en vano al cielo tu clamor envías,

Huérfano triste.

 

El torvo Genio de la infanda guerra

Roba al amor la voluptuosa danza,

Y canta el pueblo que verter debía

Ríos de llanto.

 

¡Dios de bondad y de fraterna sangre

Te brinda el hombre el infernal tributo,

Y el himno impío de feroz victoria

Suena en tus aras!

 

¡Tanto el engaño, la codicia, el miedo

Al corrompido corazón humano,

Y la ignorancia y la fatal discordia

Tanto envilecen!

 

Ya no hay pasión ni detestable vicio

Sin pingüe ofrenda, sin ardiente culto;

¡Y nadie a ti, Beneficencia santa,

Nadie te adora!

 

¿Será tal vez que al afrentoso imperio

Del oro infausto sometido el hombre

Seguir de Astrea te ordenó la triste,

Prófuga planta?

 

¿Cómo dudarlo cuando en balde llega

De altivo prócer al cancel dorado

La inope virgen si a lasciva llama

Cierra su pecho?

 

¿Cómo a mirar el sobrecejo altivo

Con que desoye del anciano débil

El ruego humilde y los dolientes ayes

Mozo liviano?

 

¿Cómo dudarlo quien lloroso vea

A todo un pueblo en la miseria hundido,

Y al hambre insana disputar el crimen

Víctimas tantas?…

 

¡Ah! no. ¿Qué digo? Caridad ferviente,

¡Salve otra vez!; que los humanos valles

No para siempre abandonó tu influjo,

Don de los cielos.

 

No a mí tu grato, predilecto albergue,

Bien que no sea renombrado alcázar,

Se oculta ya, ni en tu loor mis votos

Vagan perdidos.

 

En vano ya la hipocresía, en vano,

Robando artera tu sagrado nombre,

Ante mi vista mostrará su impía

Máscara infame.

 

Quien ve, Dorila, tu mansión callada,

Tu afable rostro, tu virtud sencilla,

Su velo sabe arrebatar al negro,

Pérfido monstruo.

 

De ti, Dorila, el impostor aprenda

Que no se cura de servil lisonja

Ni en vano alarde la virtud se halaga

Cándida y pura.

 

Dentro del alma el bienhechor encuentra

Mayor ventura, galardón más alto,

Y el hombre inicuo su mayor verdugo

Dentro del alma.

 

¡Ay, cuántas veces a piedad mentida

Estatuas funde y edifica altares

La ilusa plebe, y en el lodo al justo

Sume iracunda!

 

Tú más hermosa y duradera palma

Allá en el reino de la luz espera,

Si acá la fuerza, la falsía, el oro

Triunfan y ríen.

 

Tú, a quien no es dado con enjutos ojos

Penando ver al oprimido, al pobre;

Y nunca es solo compasión estéril

Dádiva tuya.

 

Tú, que no sientes criminal hastío

Si oyendo el ay de miserable viuda

Pisas tal vez con generosa planta

Rústica choza.

 

Rústica choza para ti más bella

Que el áureo techo y el tapiz de Oriente,

Do nuevo brillo a tu preclaro nombre

Dan tus virtudes.

 

Y no en el ara de imitar al cielo

Sagrados votos proferiste un día,

Ni el albo seno de engañosa cubres,

Áspera jerga.

 

No la virtud en aprendido metro

Sabes cantar, ni el anatema horrible,

Rayo eternal, con espumoso lanzas,

Cárdeno labio.

 

A ti y a Dios que el corazón sondea

Más gratos son tus eficaces dones.

Ellos te afianzan eternal corona,

Júbilo inmenso.

 

Ni austera tú la sociedad esquivas;

Que en ella vives de esplendor cercada,

Y aún besa ufano tu serena frente

Céfiro blando.

 

Y enciende amor con sus ligeras alas

La hermosa lumbre de tus negros ojos,

Y es del amor tu seductora risa

Plácido asilo.

 

¡Ah! si en las gracias que a natura plugo

Dar a tu rostro tu ambición fundaras,

¿Quién más trofeos al vendado Niño,

Quién le daría?

 

Mas tu modestia a tu hermosura iguala,

Y tu alma en vano sojuzgar anhela

Diestra lisonja, que en el vago viento

Rápida muere.

 

¡Cuánto más dulce en tu piadoso oído

Suena la voz que sin cesar tu nombre

Grata bendice y tutelar te llama,

Próvido numen.

 

Harto al amor y sus fugaces glorias

Suaves acentos consagró mi lira.

Hoy tu clemencia sublimar al cielo

Séame dado.

 

Lo sé, no es digno de tan alto asunto

Mi rudo canto, ni quizá lo fuera

Tu plectro mismo que inmortal florece,

Píndaro excelso.

 

Mas un altar mi corazón te erige,

Alma Piedad, si te lo niega el mundo,

Y en él la imagen de Dorila hermosa

Vive grabada.

 

El Mono Y El Buey

Asomado al mirador

De la caprichosa Inés,

Un mono, que es su delicia,

Así interpelaba a un buey:

«Torpe y rústico animal,

Cuya innata pesadez

Es proverbial, sólo en ella

Tu timbre está y tu poder.

»Y con ser tanta, es aún

Más grande la estupidez

Con que tu cerviz robusta

Al yugo humillada ves.

»Ora chillona carreta

Arrastras, ¡donoso tren!

Y con ella ricas viandas

Que tú no habrás de comer;

»O bien de negro carbón

Cien arrobas y otras cien;

Del carbón a cuya lumbre

No calentarás la piel.

»O por un gañán guiado,

Tosco y pesado también,

Surcas árido barbecho

Nueve horas al día o diez.

»Y el premio de servidumbre

Tan irritante ¿cuál es?

Dormir en establo inmundo,

Y al raso más de una vez;

»Y tres meses mantenerte

Con grama o con alcacer,

Y con heno seco y duro

Los nueve restantes. ¡Bien!—

»Cierto, más holgado vives,

Aunque no mucho, a mi ver,

Pues a cadena perpetua

Condenado estás. —¿Y qué?

»No por castigo la llevo,

No por sentencia de un juez,

Sino porque valgo mucho

Y no me quieren perder.

»¿Qué me importa una cadena

De cinco varas o seis,

Si con ella libremente

Los brazos muevo y los pies?

»Mira cómo me columpio,

Salto y brinco a mi placer,

Y abanico a mi señora,

Y casco y mondo una nuez.

»Y hago el marcial ejercicio

Mejor que un zuavo de Argel,

Y echaré un día si quiero

Una mano de ajedrez.

»Y cual otro Paganini

Toco violín o rabel,

Gracia que con otras muchas

Me enseñó un piamontés.

»Y con servilleta al hombro

¡Hubiérasme visto ayer

Servir a ocho convidados

El café y el pluscafé!

»Y vestido de botarga

Con pandera y cascabel,

Soy capaz de hacer reír

A un embajador inglés.

»Y ya me han visto en las calles

De Madrid y de Aranjuez

Darme tono y hacer muecas

Sobre un brioso corcel.

»En suma, eres un bufón

Ridículo, ya lo sé,

Y sólo con eso tienes

Todo lo que has menester.

»Rían de mí en hora buena,

Mientras a pasto me den,

Entre caricias sin fin,

Ave, conserva y pastel.

»Mas no por payaso insípido

Alcanzo yo tanta prez,

Sino por mi noble raza.

¿Noble tu raza? ¿Por qué?

»Pues ¿no ves cuán parecido

Al privilegiado ser

Que llaman hombre soy yo?

¡Jesús, María y José!

»Sí, señor; y aunque otra cosa

Digan Buffon y Cuvier,

Hay muchos naturalistas

De mi opinión: ¿está usted?

»O de hombres vienen los monos,

Que perdieron por cualquier

Accidente el don de hablar

Y la blanca y suave tez;

»O tanto irán progresando,

Que al fin llegarán a ser

Tan hombres como Escipión

Y César y Hernán Cortés.

»Desde antes que del diluvio

Le preservase Noé,

Siempre el mono fue una bestia,

Fea, lasciva y soez.

»Y eso, y no más, eres tú,

A pesar de tu oropel,

Y eso tus hijos serán

Y los que nazcan después.

»Tus mimos y tus regalos

Yo no codicio, no, a fe,

Hijos de antojo pueril

O de mezquino interés.

»Sobrio por temperamento,

Grave, sesudo, y tal vez

Filósofo a la manera

Que Pitágoras lo fue,

»Con yerbas engordo yo

Más que tú con el bistec,

Y de juglar despreciable

No te envidio el ruin papel.

»No a falsas genealogías

Como tú recurriré

Para probar la nobleza

De que se ufana mi grey;

»Ora indómita y altiva

Lidie en ancho redondel

Con afamados maestros

De Sevilla o de Jerez;

»Ora después que tirano

La castra, contra la ley

De naturaleza, el hombre

Con hierro aleve y cruel.

»Mi buen nombre en el zodiaco

Leerás, si sabes leer,

Y a dos ciudades de España

Le he dado, Toro y Teruel.

»Y en forma de toro Jove,

Con ser de los dioses rey,

De la bella ninfa Europa

Fue raptor y palafrén.

»Mas ya que a tales blasones

Crédito entero no des,

Otro auténtico y más grande

Puedo alegar, ¡voto a quién!

»Cuando al Redentor del mundo

(¡Mal se lo pagó Israel!)

Dio a luz la Virgen María

En el portal de Belén,

»No el alto honor inefable

Cupo de verle nacer

A un asqueroso macaco,

Sino a un corpulento buey.

»Por útil y laborioso

Obtuvo aquella merced,

Que Dios no quiso otorgar

A brutos de tu jaez».

A tal filípica el mono

No supo qué responder,

Volvió la grupa y saltó

Del balcón al canapé.

Y el cornudo catedrático

¿Hablaba sólo con él?

¡Ay! no; que la moraleja,

Recíbanla mal o bien,

Por carambola reprende

Al enfadoso tropel

De monigotes con fraque

Y monuelas con corsé.

 

El Genio De Los Genios

¡Ay de ti, Madrid, decía

San Vicente el de Ferrer,

Cuando todo seas tiendas

En tu confuso babel!

Si ya se ha cumplido o no

Su profecía, no sé,

Pero el Santo fue sin duda

Más santo que mercader.

Yo, ni mercader ni santo,

No merezco tanta fe

Y mi lengua no presagia

Lo que mis ojos no ven,

Porque pájaro agorero

Nunca me ha gustado ser,

Y antes que gemir un pésame

Regodeo un parabién.

¡¡¡Sí, que faltan Jeremías

Que destemplando el rabel

Clamen en prosa y en verso:

Ay de ti, Jerusalén!!!

Llevando, pues, la contraria,

¡Oh tres veces y otras tres

Beato Madrid, exclamo,

Y otras veinte y otras cien!

¡Dichoso pueblo, que encierra

Del Barquillo al Avapiés

Tantos genios creadores

Como hay vecinos en él!

En el siglo de Cervantes

Floja la cosecha fue.

¡Al fin siglo de tinieblas!

¿Qué había de suceder?

Pero el siglo en que vivimos…,

¡Friolera! Ya se ve,

¡Si es el siglo de las luces,

Y la propaganda, y… ¡Pues!

Cuenta la historia que entonces

(Rutinas del tiempo aquel)

No osaba nadie escribir

Si no sabía leer,

Y decían a sus hijos

Los padres (¡otra sandez!)

Aprende si ha de enseñar;

Trabaja si has de comer.

Hoy para ser grandes genios

Y varones de honra y prez

No es fuerza que lo seamos;

Basta con quererlo ser.

¿A qué estudiar nuestro idioma

Si a gatas en la niñez

Lo aprendemos? ¿No es mejor

Un poquito de francés?

¡Y echen guindas al que sabe

Dónde se vende el papel

Y dónde está la copiosa

Librería de Denné;

Y al pie de la letra puede

Traducir en solo un mes

A Balzac, y a Jorge Sand,

¡Y a Federico Soulié!

Y más si sabe un tantico

De taquigrafía, ¿eh?

Menos corre que su mano

La góndola de Aranjuez.

Al pie de la letra dije,

Aunque resulte un pastel

Que ni se lea en París

Ni se comprenda en Jerez;

Que aquella frase famosa

Que articuló cierto rey,

La de No más Pirineos,

Así se debe entender.

Mas si descubre agudeza

Para rimar ten  con ten,

Y sabe formar en masa

Sílabas de diez en diez;

Si gimiendo en pie quebrado,

Aunque no tenga por qué,

Dice: mi misión  es ésta,

Que me la dio no sé quién,

Cátele usted dispensado

De Dios, de patria y de ley;

Cátele usted archigenio

Por siempre jamás amén.

Y mil genios brotan hoy

Por cada genio  de ayer;

Que en Madrid son tan fecundos

Como en su campo la mies.

El uno es genio  varón,

El otro es genio  mujer,

Y presumo que los hay

Hermafroditas  también;

Porque esa especie de tifus,

Con permiso de Broussais,

No hay edad, sexo ni clase

Donde no tenga cuartel.

Si quieres que algunas señas,

Lector amable, te dé

Por donde el genio y los genios

Sea fácil conocer;

(Y te advertiré de paso,

Por si aún no lo sabes bien,

Que ser genio y tener genio

Todo es uno, aquí y en Brest;

Porque bien puede un vocablo

Ser cosa y hombre a la vez;

Y esto va en genios; y basta,

Que es artículo de fe);

Si quieres saber, repito,

Quién tiene genio… y lo es,

Préstame atención, que en pocas

Palabras te lo diré.

Genio, además de los genios

Del coplero somatén,

Es el niño de doce años

Que ya fuma y va al café.

Genio  es la linda doncella

Que, mirando con desdén

Bajas faenas, no tiene

Genio  de hilar ni coser;

Pero sabe analizar

Las telas de un almacén

Y hacia dónde necesita

Apéndices el corsé.

Genio  es también inspirado

La que se suelta a leer

En el Optimismo  y otras

Obrillas de ese jaez.

Genio  es la mujer casada

Que su materno deber

Traslada a pasiega inmunda,

Plus ultra  del interés;

Que aunque robusta se vea

Más que un mozo de cordel,

Pudiera con la lactancia

Perder el brillo su tez:

La que oye y ve desde un palco

Con inefable placer

La lógica de Antony,

De Marión  el burdel;

La que el alma de su esposo

Tiene por baja y soez,

A no ser alma de cántaro

Como algunas que yo sé;

Y como la suya es alma

De más sublime troquel,

Sólo se aviene con otra

Que la sepa comprender;

Que si ayer llamaba amante

Al que hoy tirano cruel,

Fue por falta de experiencia

Y sobra de sencillez,

Y su misión en el mundo

Fue casarse… con cualquier,

Salvo el innato derecho

De arrepentirse después.

Y es genio privilegiado

El excéntrico doncel

Que a una prójima  anticipa

Consuelos de la viudez,

O exclama, si ella resiste:

¡¡¡Maldita seas, mujer!!!,

Y amartilla una pistola,

Y se la apunta a la sien…

Mas ella, ¡ay Dios! se desmaya…,

O lo finge, y Lucifer

Anda listo, y la tragedia

Se convierte en entremés.

Genio  es también, pero genio

Del Limbo, manso y sin hiel,

El estúpido marido

Que tiene ojos y no ve.

Genio, otrosí… Mas si a todos

Hubiera de comprender,

Mi catálogo de genios

Llegaría hasta Jaén.

Baste decir que pasando

Por un mesón anteayer

Oí decir: «¡Y qué genio!

No le hay en Madrid como él».

Me acerco al amo, y le digo:

«Aunque sea descortés,

¿Qué raro portento es ese?

¿De qué genio  hablaba usted?»

«Vale un doblón, me responde,

Cada pelo de su piel.

Mire usted»… Y miro; y era…

¡Un caballo cordobés!

 

El Vino Consolador

Ayer por los desdenes

De la orgullosa Laura

Clavarme quise, ¡ay necio!

La punta de una daga.

Y a mi pecho abrasado

El hierro amenazaba,

Y el nombre maldecía

De esa mujer ingrata,

Cuando en cristal luciente

Baco mi vista llama

Brindándome una azumbre

Del rancio de Peralta.

Y bebo; y de la mano

Deslízase la daga,

Y ya menos furioso

No cuido de cobrarla.

Segunda vez el néctar

Mi labio ansioso baña,

Y…, ¿lo creeréis, zagales?,

Ya en Laura no pensaba.

Entre beodo y cuerdo

Torno a beber sin tasa;

Y río, y canto, y brinco,

¡Yo que antes me mataba!

Y al consolarme Baco

De la esquivez de Laura,

Para prendar a Silvia

Me inspira nuevas gracias.

 

Los Ojos De Mi Morena

Brame el cierzo en hora buena,

Que mal pueden darme pena,

Crudo Invierno, tus rigores,

Cuando me brindan amores

Los ojos de mi morena.

 

Mientras el cañón atruena

Las ondas del yerto Escalda,

Al son de rústica avena

Yo canto en la verde falda

Los ojos de mi morena.

 

Amarre a dura cadena

El francés batallador

A la turba sarracena

Mientras me llaman señor

Los ojos de mi morena.

 

Más que en la playa tirrena

Tiemblan hombres y ganados

Si el Etna abrasado truena,

Tiemblo yo de ver airados

Los ojos de mi morena.

 

Más que la del rico Sena

Precio yo tu pobre arena,

Guadalquivir espumoso;

Que en ella me hacen dichoso

Los ojos de mi morena.

 

Otros con frágil entena

Naveguen en pos del oro

Que a la virtud encadena;

Yo no; que son mi tesoro

Los ojos de mi morena.

 

¡Oh cómo el alma enajena

En el soto umbrío el canto

De amorosa Filomena!

Pues aún tienen más encanto

Los ojos de mi morena.

 

¡Oh cómo en noche serena

Brilla la luna argentada

Que el prado y el monte llena!

Pues la dejan afrentada

Los ojos de mi morena.

 

Si una y otra flor amena

Cubren de dulce ambrosía

La artificiosa colmena,

Más dulces son todavía

Los ojos de mi morena.

 

No más en copiosa vena

Lloraré la desventura

A que el hado me condena,

Pues dan premio a mi ternura

Los ojos de mi morena.

 

El Soldado Y El Carretero

Bueno es ser comedido, mas no tanto

Que raye la modestia en tontería.

Fábula al canto.

 

Ya no podía continuar su ruta,

Con la mochila y el fusil cargado,

Pobre recluta.

 

Viéndole un carretero muy bizarro

En tal angustia, «¡Militar!», —le dijo—,

«Sube a mi carro».

 

—«De perlas me vendría, que voy muerto;

Mas si a pagar el porte se me obliga…»

—«¡Eh! No por cierto».

 

—«Gracias. Bendigo al cielo, que me trajo

Tan buen padrino», —le responde, y monta

No sin trabajo—.

 

—«Ahora, bueno será dar un refuerzo

Al estómago», —dijo el trajinante—.

—«No, yo no almuerzo».

 

—«¡Eh! Nada de melindres y pamplinas.

La bota tengo llena, y en la alforja

Pan y sardinas».

 

Al fin, transido de hambre el buen soldado,

Aunque gravar temía su conciencia,

Toma un bocado.

 

Ya durmiendo, ya hablando al camarada,

Dejado había atrás el carretero

Media jornada;

 

Y todavía el mílite (¡da grima!)

No se había quitado la engorrosa

Mole de encima.

 

Ríe el otro y le dice: —«El sol escalda,

¡Y aún la ruda mochila, majadero,

Veo en tu espalda!

 

»Ya que me ahorro de pisar hormigas,

No es justo dar a la cansada mula

Nuevas fatigas.

 

»¿Y alivias por ventura su molestia?

De ti y del carro y todo el cargamento

Tira la bestia.

 

»No es tu propia carrera la castrense».

—«¿Pues cuál?» —«Hazte, ya que eres tan pacato,

Fraile mostense».

 

El Carnaval

Hic summa est insania.

Horacio

Callad, no me sopléis, diosas del Pindo,

Y tú, crinado Apolo, aparta a un lado,

Que hoy de tu numen délfico prescindo.

 

A ti, Momo procaz y descarado,

A ti te invoco, mofador eterno,

Ya del estro satírico impulsado.

 

Tu influjo, con permiso del gobierno,

A mí descienda, y reirán los hombres,

Y reirá Caronte en el Averno.

 

Y tú, lector benigno, no te asombres

Si a las nueve doncellas no demando

Inmortales proezas y altos nombres;

 

Que ni es este su siglo, ni en su bando

Me acogerán los Píndaros; que el búho

Mal con los cisnes brillará cantando.

 

Ingenuo en lo que valgo me valúo,

Y no soy como Clori la italiana,

Que exige pesos mil por cada dúo.

 

No, hinchando mi pellejo cual la rana

Que reventó de orgullo, hasta las nubes

Alzar pretendo yo la frente vana.

 

Tú, que al Olimpo sin escala subes,

Allá pulsa mi lira, Fabio mío,

Y dancen en tu torno los querubes.

 

De ti, de tu sublime desvarío,

Y del humano género demente,

Y de mí, de mí propio yo me río.

 

¿Y por qué no reír? ¿Soy yo intendente?

¿Soy padre provincial? ¿Soy covachuelo?

¿Quién me obliga a fruncir la adusta frente?

 

Quien no espera una toga, ni un capelo,

Ni cruzarse del santo Hermenegildo,

Siquiera de reír tenga el consuelo.

 

Respeto a quien me manda, y no le tildo;

Sus timbres, su decoro, su importancia

Por mí no ha de perder ningún cabildo;

 

A nadie ofendo yo. Pues, pesia Francia,

¿Por qué no he de reír, si a la chacota

Me provoca doquier la extravagancia?

 

Mas no te admires, no, si alguna gota

Mezclo de amarga tuera con la risa

Que me respinga ya naturalota.

 

¿Oís? Ya, maldiciendo al que le pisa,

Petardos vende el ciego por la plaza,

Y petardos el dengue de Melisa.

 

Ya la pueril caterva se solaza

Prendiendo al elegante  remilgado

Sobre el rico sedan hedionda maza.

 

¡Oh Carnaval risueño y anhelado!

Haciendo gala ya del sambenito,

El pueblo te saluda alborozado.

 

¡Ya, abusando del público apetito,

Esta es la mía!, dice el pastelero,

Y el hojaldre encarece y el cabrito.

 

Ya la manola con procaz salero

Cantando al son de ronca pandereta

Alborotado tiene el barrio entero.

 

Ya al avaro, ignorante de la treta,

Cabe el umbral de alegre barbería

Escarmienta clavada la peseta.

 

Ya, cuando el manto de la noche fría

Al mundo vela, en lúbrica algazara

Madrid aguarda el presuroso día.

 

¡Filósofos! Mirad. ¿Quién lo pensara!

Rubias, cetrinas, espantosas, bellas…

Ya no hay mujer contenta con su cara.

 

¡Filósofos! Reíd. Veinte doncellas,

Modelos de beldad, Fileno esquiva,

Y de vieja salaz sigue las huellas;

 

Vieja salaz, que un soplo la derriba,

Y aun en el pecho siente, a par del asma,

De ridículo amor la llama activa.

 

¡Huye a rezar, escuálida fantasma!

¡Huye, y sumida en olvidado lecho

Ponte la consabida cataplasma!

 

¿Veis aquel que tan vano y satisfecho

Arrastra en el salón purpúreo manto?

Pues no tiene ni viña ni barbecho.

 

¿Veis aquel otro que se engríe tanto

Porque ostenta una toga? Ayer me dijo:

¡Qué morazo  sería aquel Lepanto!

 

Necio y sabio, la corte y el cortijo…;

Todo se amasa aquí. Cada viviente

Es una farsa andando, un acertijo.

 

Ya el guirigay resuena impertinente.

¿Y cómo no reír cuando a un becerro

Oigo charlar en tiple aunque reviente?

 

¿Y cómo no reír cuando por yerro

Se ciñe diplomática venera

Quien debiera llevar rudo cencerro?

 

Ved. En vano Damón busca a Glicera,

Y en tanto un licencioso mancebillo

De su mórbido talle se apodera.

 

¿Y quién se guarda del osado pillo?

¿Y quién le acusa, quién, si cada bulto

Puede apenas pisar medio ladrillo?

 

¡Qué bulla! ¡Qué sudar! Acá un singulto;

Allí se escucha un ¡ay, que me sofoco!

Allá de un pisotón nace un insulto;

 

Otro acullá da vueltas como loco;

Otro, creyendo oír plática tierna,

Oye tal vez rabaneril descoco;

 

Más allá con las náyades alterna

En muelle danza un sátiro nefando

Que cinco lustro s mueve en cada pierna.

 

No allí de puro amor el eco blando;

Que el metro de Reaumur  sube con furia.

¿Dónde es ido el rubor? Es contrabando.

 

Ya al oído más casto no es injuria

Torpe solicitud. Ya su veneno

No reboza galante la lujuria.

 

¡Oh cuadro escandaloso! Mal enfreno

Mi horror al contemplarte y mi quebranto;

Que cristiano soy yo, no sarraceno.

 

No llega, oh Momo, mi locura a tanto

Que a carcajadas sin pudor me ría

Cuando debo anegarme en triste llanto.

 

Ya opresa de dolor el alma mía…

Mas ¡llorar un satírico poeta!…

¡Y en Carnaval!… No, no. ¿Qué se diría?

 

«¿Eres tú, me dirán, anacoreta?

¿Tendrás más juicio tú, que nos reprendes,

Si el dominó  te cubre y la careta?

 

»¿Acaso el mundo reformar pretendes?

¿No ha de otorgarse al pueblo algún recreo?

¡También contra las máscaras la emprendes!»

 

Basta, no me creáis; que me chanceo.

Torno a reír, y el dominó  me pongo,

Y en bacanal festín me regodeo.

 

¿Yo llorar? Solitaria como el hongo.

Llore la fea que el cartón desata,

Al componerse incauta su zorongo.

 

El necio llore que gastó su plata,

Y acudiendo a la cita de una Elena,

Topa una bruja legañosa y chata.

 

Llore aquel que su capa, mala o buena,

Pierde en la confusión; y más si en tanto

Goloso Micifuz  traga su cena.

 

Llore a lágrima viva don Crisanto,

Que buscando un amor pesca una fiebre,

Y su viaje apresura al camposanto.

 

Llore y alfalfa coma en un pesebre

Aquel que por bailar una galopa

Deja que otro galán cace su liebre.

 

Llore el que gasta miles en su ropa,

Y un clavo se la rasga, o vierte en ella

Beodo bailarín la henchida copa.

 

Llore y maldiga su menguada estrella

El que se ve de un fatuo perseguido,

Que le soba, y le tunde, y le atropella.

 

Llore y se ahorque el mísero marido

Que de la mano lleva a su consorte

Donde la espera incógnito el querido.

 

Llore y escarnio sea de la Corte

El que en la fe descansa de su novia

A quien de micos sitia una cohorte.

 

«Que se divierta. Es fiel. Si uno la agobia…»

¡Bien! Serás venturoso en tu himeneo

Como yo soy obispo de Segovia.

 

¿Qué mucho, si en tan cínico bureo

Tal vez sucumbe Porcia, y Artemisa

Afrenta a su llorado Mausoleo?

 

Amor en Carnaval anda de prisa.

¿Veis? Por allá desfila una pareja.

¿Dónde van? ¿Qué sé yo?… No irán a misa.

 

Allá sueña placeres una vieja,

Y a su hija entre tanto un mozalbete

Placeres no soñados aconseja.

 

«¡Clara!… Lléveme usted al gabinete.

Allí estaba bailando la mazurca…

No la veo. ¡Ay Jesús! ¿Dónde se mete?

 

»¡Clarita! Y yo que estoy hecha una urca,

¿Cómo pasar?… ¡Dios mío, qué empellones!…

Quien sepa el paradero de una turca…»

 

«¡Eh! ¡Que deshace usted los rigodones!»

«¡Clara!…» ¡Sí, buenas noches! Ya está Clara

Donde no la hallarás ni con hurones.

 

Llore el que paga triple en cada vara

La tela que en egipcio le convierte

A un mercader ladrón, que no es Guevara.

 

Llore el menguado cuya dura suerte

A escuchar le conduce un desengaño,

Y le dicen después que se divierta.

 

Mas ¿qué digo llorar? Aun en su daño

Todo prójimo ria y se alboroce;

Que no hay dos Carnavales en el año.

 

Y en buen hora Semíramis retoce,

Y con Dido Temístocles meriende,

Y baile Jezabel con Carlos Doce.

 

Y aquí y allá Cupido como duende

Gire triunfante, sin cuidarse un punto

De si Holanda sucumbe o se defiende;

 

Que también de la guerra es un trasunto

Danza de Carnaval, por más que en ella

Pocas damas imiten a Sagunto.

 

Y si teme la púdica doncella

Que audaz alguna diestra la analice,

No al baile tentador lleve su huella.

 

Y con tu prenda en tálamo felice

Duerme y ronca, oh marido, si la danza

Funesta cefalalgia te predice.

 

Haya broma, haya júbilo, haya holganza.

Alégrese Madrid: puto el postrero;

Que ya el terrible Miércoles  avanza.

 

Jóvenes, vaya todo al retortero.

Descolgad las cortinas de damasco,

O víctimas seréis de algún prendero.

 

«¿Dónde está mi broquel? ¿Dónde mi casco?»

Se lo llevó Fabián el meritorio.

«¿Y qué me pongo yo? ¡Vaya, que es chasco!»

 

«Venga usted a ayudarme, don Liborio;

Que no sé yo ponerme los gregüescos.

Acuda usted… ¡Jesús, qué purgatorio!»

 

«¿Y usted no tiene traje? ¡Estamos frescos!

Vamos, póngase usted esa chamberga,

Que un día espanto fue de los tudescos.

 

«Tú en esa funda de colchón te alberga;

Tú ponte el casacón de la otra noche,

Y tú el refajo y el jubón de jerga»

 

«¿Estamos todos?» «¡Ay! Me falta un broche.

—¡Mi careta! —¡Mi liga! —¡Oh pierna…! —Vaya,

No mire usted, don Blas. —¡El coche! ¡El coche!»

 

¡Oh bien haya mil veces, oh bien haya,

Farsante Carnaval, tu amable caos

Que previene al placer tan ancha playa!

 

Niñas, de la estación aprovechaos.

¡Buen ánimo, donceles!, ¡arma!, ¡guerra!;

Que gran cosecha habrá de Menelaos.

 

Si llora algún Heráclito y se emperra,

Ya veréis como a sátiras le hundo

Y le diré: no hay santos en mi tierra.

 

Ayer cierto doctor, hombre profundo,

Con tétrico semblante me decía:

«Perpetuo Carnaval es este mundo.

 

»Tal vez a la infernal hipocresía

De la piedad cobija el sacro velo,

Y en la humildad se esconde la osadía.

 

»Máscara de amistad viste Juanelo,

Que hoy te acaricia, y forjará mañana

Contra tu honor anónimo libelo.

 

»Tal vez entre la turba cortesana

Fidelidad parece la lisonja,

Y celo ardiente la calumnia insana.

 

»Aquel que siente escrúpulos de monja

Si por la puerta pasa del teatro,

Es de los hijos pródigos esponja.

 

»Don Luis, que dice a Laura: te idolatro,

Es máscara también; que su falsía

Anda a caza de tres y engaña a cuatro.

 

»Y mujeres sin fin te nombraría

Que, con ungüentos que inventó una bruja,

Estrenan una cara cada día.

 

»Juan, que andaba no ha mucho a la granuja,

De noble patriotismo se disfraza,

Y es del erario público sanguja.

 

»Máscara lleva aquel que de su raza

La nobleza desmiente, y en su mano

No sentaría mal una almohaza.

 

»Y máscara también el publicano

Que con plumas de cándida paloma

Garras esconde de rapaz milano.

 

»Y es máscara falaz el suave aroma

Que compra a Petibón  aquel mancebo,

Ciudadano asqueroso de Sodoma.

 

»Y aquél… Mas callo ya; que me conmuevo,

Y me ciega el furor, y en esta era

A predicar verdades no me atrevo».

 

Dijo el doctor, y echó por la otra acera;

Y me guardó las vueltas; y con maña

En un burdel entró. ¿Quién lo creyera!…

Muchos doctores hay de esta calaña.

 

El Tabaco

Canten otros el Nabo  y la Judía,

Cantar que tiene a fe, cuatro bemoles;

Lleve otro su poética manía

Hasta el extremo de cantar las Coles;

Cante alguno mañana u otro día

La gloria del arroz con caracoles;

Mas con permiso yo de Horacio Flaco

Canto las alabanzas del Tabaco.

 

Si algún bien positivo a España trujo

Nauta atrevido el genovés Colombo,

No el oro fue que Potosí produjo,

No el tostado café que sirve Pombo,

Ni el ave tropical que habla por lujo;

¡No, nada de eso! O yo soy un zambombo,

O no vino de allá, ¡voto a dios Baco!,

Mercancía más útil que el Tabaco.

 

Negro, como el Brasil lo fabricaba

Para arrollarlo en sempiterna soga,

Que dulce al catalán como guayaba

Le parecía cuando estaba en boga;

O en luengo puro, que hace echar la baba;

O en papelillo envuelto como droga,

O quemado en la pipa al modo austriaco,

Inestimable yerba es el Tabaco.

 

Reine la ley, o el despotismo aleve,

De la santa igualdad él es la escuela.

Fuma el último quídam  de la plebe;

Fuma el prócer que brilla en carretela.

¿Qué hombre a decir a otro hombre no se atreve:

Hágame usted el favor de la candela?

¿Quién la niega al más ruin hominicaco?

¡Oh virtud fraternal la del Tabaco!

 

¿Qué importa si los pobres lo consumen

De Virginia o Kentuqui, a cuarto el puro?

¿Qué importa que otros prójimos lo fumen

Habano rico, la docena un duro?

La calidad ¿qué importa si, en resumen,

Flojo o más fuerte, claro o más oscuro,

Barato o no, por consecuencia saco

Que todo ello es fumar, todo es Tabaco?

 

Un cigarro las fuerzas restituye

Al tostado jayán que cava y suda;

La bota el zapatero no concluye

Si el humo del cigarro no le ayuda;

El letrado con él chupa y arguye,

Y si la gota crónica y aguda

Aflige al sesentón hipocondriaco,

Le alivia, más que el médico, el Tabaco.

 

Al jugador que pierde su dinero,

Al aguador que rompe su botijo,

En su hondo calabozo al prisionero,

Al reo pregonado en su escondrijo,

Al demente en su jaula, al mundo entero

Es consuelo el fumar. ¡Oh qué bien dijo,

Llámese Pedro o Juan, Diego o Ciriaco,

El que dijo: ¡a mal dar, tomar Tabaco!

 

¿Quién no ha visto en presidios y cuarteles,

Cual su hacienda Esaú por un potaje,

Vender a veteranos los noveles,

Tras del último harapo de su traje,

Y aunque sufran después ansias crueles

Y el estómago hambriento se relaje,

El cotidiano pan negro y bellaco

Para comprar dos onzas de Tabaco?

 

Aunque andrajoso, abigarrado y feo

El soldado español vaya a la guerra

Y tenga que vivir del merodeo

Y descansar sobre la dura tierra,

(Porque las corvas uñas de un hebreo

Roban la plata que el Tesoro encierra)

Derrotará al calmuco y al cosaco

Si no le faltan pólvora y Tabaco.

 

Amigo (otros dirían alcahuete)

Es de Amor el Tabaco. So pretexto

De encender un cigarro, el mozalbete

A declarar su fin, no siempre honesto,

En el hogar de Brígida se mete…,

Aunque se expone a que con agrio gesto,

Si es sorprendido haciendo un arrumaco,

Padre o rival le den para Tabaco.

 

Y ¡qué es ver a un currillo malagueño,

Después que en Estepona hace el alijo

Y el género cubano o brasileño

Resguarda  del resguardo  en un cortijo,

Con una mano de su dulce dueño

La cintura estrechar… ¡ay regocijo!…

Mientras tiene en la otra su retaco

Y en la boca la muestra del Tabaco!

 

Y ¡qué es ver sobre el puente de Triana,

A babor y estribor terciado el dengue,

Pasearse la gárrula gitana

Columpiando con brío el bullarengue,

Y encendido un chicote de la Habana

Desafiar osada a Dios y al mengue!

Movería a un bajel su aire de taco

Y a otro el denso vapor de su Tabaco.

 

Y si tomado en humo por la boca

Da el Tabaco  momentos tan felices,

¿Qué gratas sensaciones no provoca

Cuando en polvo lo gozan las narices?

Dígalo la abadesa con su toca;

Díganlo más de tres sobrepellices.

Cura hay que sorberá sal amoniaco

Y dirá en su ilusión: ¡qué buen Tabaco!

 

El segador que viene de Galicia

Flaco vuelve a su tierra como alambre.

Por ahorrar un ochavo (¡vil codicia!)

Se dejará morir de sed y de hambre.

Sólo el polvo  es su orgullo y su delicia

Aunque en vez de rapé huela a cochambre;

Ni siente ver vacío el sucio saco

Si el fusique  está lleno de Tabaco.

 

Finalmente, el Tabaco  es cosa grande,

Ya al paladar o a la nariz se pegue,

Y al que lo niegue, Dios se lo demande,

Si hay algún temerario que lo niegue;

Y sin que humana súplica me ablande

Yo exclamaré fumando: ¡al cielo plegue

Que salga un golondrino en el sobaco

Al que sea enemigo del Tabaco!

 

Justicia Y No Por Mi Casa

Casado soy,

Y a picos pardos me voy;

Que, como dijo un poeta,

Fruta de cercado ajeno

Es la que a mí más me peta:

Y vuelvo a mi hogar sereno

Con la conciencia tranquila;

Mas si mi esposa Camila

Saluda a un galán ¿Qué digo?

Si a mirarle se propasa,

Tema, ¡infeliz! mi castigo.

Justicia, y no por mi casa.

 

¡Perro, ladrón!

¡Qué bárbaro pisotón!

¡Oh aguadores insolentes!

¡A un mancebo de mi talle…!

¿Por qué no irán esas gentes

Por en medio de la calle?

¡Y usted con el tilburí

Vendrá a atropellarme a mí

Mañana! Bien dijo el otro…

Ustedes son de otra masa.

¿Y quién sujeta a mi potro?

Justicia, y no por mi casa.

 

¡Muy bien, muy bien!

Yo celebro que le den

El merecido escarmiento.

¡Meterse a escribir un drama

Sin instrucción ni talento!

Con justicia el patio brama.

¿Se hace luego un drama mío

Y el silbato suena impío?

«¡Oh ignaro pueblo, insurgente!

Esto de la raya pasa.

¿Cómo el Gobierno consiente…»

Justicia, y no por mi casa.

 

¡Eh, pare usted,

Que echa abajo la pared!

¡Levantarse con el alba…

(Digo a usted que es fuerte empeño)

Y turbar con esa salva

De martillazos mi sueño!

Paciencia. Soy artesano.

Así mi sustento gano.

Y usted, vecino, el del coche,

¿Por qué el sueño a mí me tasa

Danzando toda la noche?

Justicia, ¿y no por mi casa?

 

¡Patria infeliz!

Se alza en vano tu cerviz

Libre del yugo tirano,

Origen de tantos vicios,

Si uno y otro ciudadano

No hace por ti sacrificios.

¡Reformas! ¡Vengan reformas!

Pues con ellas te conformas,

Cede de tu sueldo un poco;

Que la pecunia anda escasa.

¿De mi sueldo? ¿Está usted loco?

Justicia, ¡y no por mi casa!

 

¡La ley, la ley!

Ya no hay absoluto Rey.

¡La ley que al humilde ampara

Como a la alta dignidad!

Si Astrea tuerce la vara,

Peligra la libertad.-

Bien, bien; pero eso se entiende

Cuando a mí nadie me ofende.

¡Venirme a mí con Astreas

Cuando la ira me abrasa!

No son esas mis ideas.

¡Justicia, y no por mi casa!

 

Catálogo De Ridiculeces

Cuando era un pelafustán

Que mendigaba mi sopa

¡Cuál me estimaba Beltrán!

Mas hoy que con viento en popa

Por esa mar palaciega

Diplomático navega,

No me habla Su Señoría.

¿Y no quieres que me ría?

 

Dio gran cena don Clemente

Que, aunque insigne majadero,

Es gastrónomo excelente

Y tiene buen cocinero.

Sandeces dijo a millones,

Mas la turba de gorrones

¡Con qué fervor le aplaudía!

¿Y no quieres que me ría?

 

El vulgo estúpido piensa

Que es Blas un Licurgo, un Tales

Porque tiene entre cristales

Una librería inmensa.

¡Por vida del Cancerbero!

¡Si no sabe el majadero

Ni siquiera ortografía!

¿Y no quieres que me ría?

 

El hijo de don Facundo,

Que merecía una leva

Por zoquete y vagabundo,

En las tertulias se lleva

La universal atención

Porque baila un rigodón

Con destreza y gallardía.

¿Y no quieres que me ría?

 

Sin ser dueño de un ochavo,

Sin más talento que un roble,

Ni más coraje que un pavo,

Blasona don Gil de noble.

Dice bien: noble ha nacido.

¡Vaya! Está muy engreído

Con su rancia baronía.

¿Y no quieres que me ría?

 

Un tiempo anhelaba Roma

No más que pan y circenses:

Ópera, aunque no se coma,

Piden hoy los matritenses.

Sólo al músico se premia;

Que es ya en Madrid epidemia

De la solfa la manía.

¿Y no quieres que me ría?

 

A su mujer don Alejo

Tiene por una Susana,

Aunque muda de cortejo

Dos veces a la semana;

Y si alguno en lo más leve

A censurarla se atreve,

Sañudo le desafía.

¿Y no quieres que me ría?

 

De cincuenta años Inés

Con un mancebo se casa

Que ayer cumplió veintitrés.

Ridículo amor la abrasa,

Y porque es pingüe su dote

Piensa con tal monigote

Vivir siempre en armonía.

¿Y no quieres que me ría?

 

Él jura amor sempiterno

Cuando a Inés vende su mano.

¡Qué fenómeno! El invierno

Se casa con el verano.

Aún más. Llamándola bella

Diz que se casa con ella

Por amor y simpatía.

¿Y no quieres que me ría?

¿Y no quieres que me ría?

 

El amigo don Pascual,

Que exige de su consorte

Eterna fe conyugal,

Fruta muy rara en la Corte;

El pan y el amor le niega,

Y ora al garito se entrega,

Ora a torpe mancebía.

¿Y no quieres que me ría?

 

Juró amor en el terrero

Doña Isabel a don Bruno:

Otro tanto a don Antero

Le juró en el desayuno,

Y a otros dos en el teatro.

Pues la tienen todos cuatro

Por incapaz de falsía.

¿Y no quieres que me ría?

 

No sale Juana a la calle

Sin que admiren necios mil

La elegancia de su talle,

Su cabellera gentil.

Pues peluca y polisson

Se lo trajo un faetón

De París el otro día.

¿Y no quieres que me ría?

 

De su amiga Sinforiana

Dijo mil pestes Lorenza:

Tratola de ruin, villana,

Sin talento y sin vergüenza.

Vino luego, y la besó

Con tanto ahínco, que yo

Pensé que se la comía.

¿Y no quieres que me ría?

 

El hijo de un mal barbero

Hoy es un grande señor;

Por intriga, o por favor,

Que averiguarlo no quiero.

Ni un cuarto a su padre da;

Pero avergonzado está

De verle con la bacía.

¿Y no quieres que me ría?

 

El cínico don Trifón,

Que viste de lana burda

Y duerme en una zahúrda

Sobre un ético jergón,

Las onzas cuenta a millares;

En viñas y en olivares

Tiene media Andalucía.

¿Y no quieres que me ría?

 

Mira a aquel momio vejete

Tan galán como un Cupido,

Tan bailarín y aturdido

Como cualquier mozalbete.

Aun la quiere echar de potro

Con un pie y parte del otro

Dentro de la tumba fría.

¿Y no quieres que me ría?

 

Ese maldito usurero,

Que ciento por ciento gana,

Y por granjear dinero

Pondría en venta a su hermana,

Reza a san Pedro, a san Juan,

A san Cosme, a san Damián,…

A toda la letanía.

¿Y no quieres que me ría?

 

¿Don Luis? ¡Noble caballero!

¡Qué comedido! ¡Qué afable!

Mejor sujeto no es dable

Hallar en el mundo entero.

¿Sí? Pues, ahí donde le ves,

A dos gobiernos o tres

Ha servido ya de espía,

¿Y no quieres que me ría?

 

Ya está visto que este mundo

Es un continuo sainete.

No es filósofo profundo

Quien a enmendarlo se meje.

Por mi parte así lo entiendo;

Y pues a ninguno ofendo,

Déjame por vida mía,

Deja, Fabio, que me ría.

 

Mi Lugar

Cerca del Ebro caudal,

Linde del suelo navarro,

Y no lejos de tu falda,

Frío y estéril Moncayo;

Junto a la vega fecunda

Donde los muros se alzaron

De la inmortal Calahorra,

Patria del gran Quintiliano;

A la sombra de una peña,

Que desafía a los austros,

Se asienta la humilde villa

Do vi mis primeros años.

Quel  es su nombre, harto pobre;

Bien que de dones colmado

A alguna ciudad soberbia

Honrar pudiera su campo.

Las claras ondas le bañan

Del fructífero Cidacos,

Cuyas plácidas riberas

Son de Castilla regalo.

Allí viciosa la grama,

De la oveja dulce pasto,

Crece en el valle frondoso

Y en el ameno collado.

Allí entre la mies dorada

Que agita Céfiro blando

La tímida codorniz

Repite su alegre canto.

Allí doquiera que vuele

La parda abeja zumbando,

Mil flores le abren su cáliz

En el monte y en el prado.

Minerva allí sus tesoros,

Allí sus delicias Baco,

Allí su copia Amaltea

Vierte con pródiga mano.

Llorando  allí, como todos,

Salí del materno claustro;

Mas la risueña  Talía

Me cobijó con su manto.

Dolida de mi orfandad,

Mi escudo ella fue y mi faro

Y mis vigilias premió

Con populares aplausos;

Y me dio, para escarmiento

De pícaros y de fatuos,

Sin la saña de Aristófanes

La férula de Menandro.

 

El Gato Y Los Ratones

«¡Cómo! ¡Un animalito

Que de su misma sombra tiene miedo

Te hace cuando le ves alzar el grito

Y casi desmayarte! ¡Ay Dios! No puedo

Mirarle sin horror y repugnancia.

Pues a mí me parece hasta bonito.

Lo creo, es proverbial tu extravagancia

Y pésimo tu gusto.

Que ese cargo es injusto,

Con haberte elegido por esposa

Harto lo pruebo, amable Sinforosa.

Ese requiebro insulso

No viene a cuento, y cuando yo repulso

Con razón a una inmunda sabandija,

Con defenderla tú me insultas. Hija,

Serénate. No quiero que el demonio

Perturbe por motivo tan ligero

La paz de nuestro dulce matrimonio.

Mandaré al carpintero

Que una alevosa trampa me construya

Donde, queso atrayéndole o tocino,

Cautivo caiga el animal dañino.

¡Bravo! ¡Lindo remedio es una trampa!

¿Piensas que es el ratón, en cuya estampa

He visto a Lucifer, solo en el mundo?

No; pero… ¡Sí, ya escampa!

No hay bicho más ladrón y más fecundo.

Mermada mi despensa

Harto atestigua su rapiña inmensa.

Poco, tomando bien tus precauciones,

Pueden mermarla tales musarañas;

Pero, ya que en su contra así te ensañas,

Guerra, ¡guerra de muerte a los ratones!

Dime tú (me someto a tu dominio)

Cómo conseguiremos su exterminio.

No hay cosa más sencilla: con un gato.

Justamente, sabiendo que me falta,

Me ofrecieron ayer uno de Malta.

Es taimado animal, pérfido, ingrato,

Y que traerá sospecho

Más daño a nuestra casa que provecho;

Pero, pues lo desea mi señora,

Venga el maltes cuadrúpedo en buen hora».

Así acabó la conyugal reyerta,

Y en aquel mismo día la consorte

Al huésped redomado abrió la puerta.

Humilde era en su gesto y en su porte,

Y el que ignorase cuánta es la falsía,

Cuánta la refinada hipocresía

De la gatuna raza,

Pudiera, sin lisonja,

A juzgar solamente por la traza,

Ponerle en parangón con una monja.

Durante una semana, y no cumplida,

Hizo su obligación el raticida.

Dos o tres parvulillos

De la grey roedora

Cogidos por su zarpa destructora

Dieron sabroso pasto a sus colmillos.

Y en dirección diversa

Pánico susto a los demás dispersa.

Pero el guardián goloso en una hora

Más que ellos en un mes hurta y devora.

Ítem, le abriga su ama en el regazo,

Y la mano süave

Con que ella le acaricia el espinazo

Él, que otro modo de halagar no sabe,

Señala con sacrílego arañazo.

Ítem, un día aprovechando el maula

El descuido de un fámulo que abierta

De un canario gentil dejó la jaula,

El voraz Micifuz, que estaba alerta,

Le destroza con ira de ostrogodo

Y se lo traga ¡oh Dios! con pluma y todo.

Ítem, enamorado de una gata,

Que en cuatro rivales

Reparte sus favores a prorrata,

Como hacen muchas damas principales,

No hay noche en que al tejado no se escape,

Y arma tal guirigay, tal zipizape,

Ora el amor le instigue, ora la furia,

Que al barrio escandaliza su lujuria.

Ítem, penetra un galgo en su vivienda

Que disputarle quiere la merienda.

Salta, huyendo del can, sobre una silla;

De allí a un aparador (¡momento aciago!)

De vasos todo lleno y de vajilla,

Y con horrendo estrago

La porcelana rompe y el cristal

Que costaron al amo un dineral.

 

Ahora bien, este apólogo prolijo

¿Qué nos enseña? Cáustica censura

Yo con él al resguardo no dirijo

Que fronteras y costas asegura;

Ni menos a la cauta policía,

Aunque tampoco haré su apología;

Mas sin que en ella dé crudo mordisco

Ni me ensangriente, ¡zape! con el fisco,

De mi sencillo ejemplo

Una verdad deduzco como un templo:

Muchas veces  (perdóneme la ciencia)

El remedio es peor que la dolencia.

 

Cosas Vitandas

De una mujer zalamera

Que su amor quiera probar

Diciéndome sin cesar

«Consuelo mío, mi prenda»

Dios me libre y me defienda.

 

De fiarme en un chismoseo

Que, si hoy lo es en mi servicio,

Mañana su mismo vicio

Le hará también que me venda,

Dios me libre y me defienda.

 

De escuchar a un majadero

Mientras lo dan de cenar

Deletreando asesinar

De Cervantes la leyenda,

Dios me libre y me defienda.

 

De esos que apuestan por todo,

Y escupen por el colmillo,

Y hablan de onzas a porrillo

Con insolente fachenda,

Dios me libre y me defienda.

 

De creer yo que en la Corte,

Aunque allí todo es error,

De la pobreza el olor

A cien varas no trascienda,

Dios me libre y me defienda.

 

De dudar yo que en la guerra

Ganan muchos un balazo

Que les tronche pierna o brazo,

Y pocos una encomienda,

Dios me libre y me defienda.

 

Eso de ir por el atajo

Suele ser un desatino.

De dejar el real camino

Por la enmarañada senda,

Dios me libre y me defienda.

 

Aunque sean más hermosas

Que la diosa de Citeres,

De acompañar a mujeres

Cuando van a alguna tienda,

Dios me libre y me defienda.

 

De creer que un palaciego

Más que a la viuda llorosa,

Si es ojinegra y hermosa,

Al pobre inválido atienda,

Dios me libre y me defienda.

 

De imaginar que Tiburcio

Con leer sólo el Rengifo,

Como a hacer un logogrifo

A hacer poemas aprenda,

Dios me libre y me defienda.

 

De quererme enemistar

Jamás con un escribano,

O con alguacil villano

Que por venganza me prenda,

Dios me libre y me defienda.

 

De un criticón, cuya envidia

Contra mis versos le arme,

Y se empeñe en censurarme,

Tal vez porque no me entienda,

Dios me libre y me defienda.

 

Aunque mi padre le abone

Y un santo me lo aconseje,

De que otro me la maneje,

Si Dios me la da, mi hacienda,

Dios me libre y me defienda.

 

De creer que un jugador

Deje las cartas traidoras,

Aunque me haga a todas horas

Propósito de la enmienda,

Dios me libre y me defienda.

 

De dudar yo que es muy raro

Y merece eterna palma

El que tiene bella el alma

Teniendo la cara horrenda,

Dios me libre y me defienda.

 

De aprisionar el dinero

Por temor de infausta suerte

A riesgo de que la muerte

Sin gastarlo me sorprenda,

Dios me libre y me defienda.

 

De médico y boticario,

De hombre cominero y ruin,

De mujer que hable en latín,

Y de caballo sin rienda,

Dios me libre y me defienda.

 

Ristra De Verdades

¿Creéis que si alaba tanto

El versátil don Crisanto

A aquel grave mandarín,

Lo hace sólo con el fin

De conseguir un empleo?

Sí creo.

 

¿Creéis que el hombre que cuenta

Diez mil escudos de renta,

Al más bizarro galán

Desbancará sin afán

Aunque él sea tonto y feo?

Sí creo.

 

Aunque tan de moda está

El do, si, la, sol, mi, fa,

¿Creéis que puede un hidalgo

Por sí mismo valer algo

Sin entender el solfeo?

Sí creo.

 

Creedlo, que no es mentira:

Pronto por otra suspira

A cien leguas un amante,

Aunque jure ser constante

En uno y otro correo.

Sí creo.

 

¿Creéis que el necio de Fabio,

Aunque diga que le agravio,

Se llama en balde poeta

Porque hilvana una cuarteta

Cuando le inflama Lieo?

Sí creo.

 

¿Creéis que tanto rigor

No mostraría Leonor

Y muchas hijas de Adán

Si no fuera el qué dirán

Rémora de su deseo?

Sí creo.

 

¿Creéis vos que aquí y en Roma

No da mérito un diploma,

Ni talento un calepino,

Ni valor un pergamino,

Ni virtudes un manteo?

Sí creo.

 

¿Creéis que juega Luisillo

Con don Froilán al tresillo,

Porque es linda su mujer,

Y el truhán aspira a hacer

El papel de Cirineo?

Sí creo.

 

Aunque se ponga encarnada,

¿Creéis que en agua rosada

Se baña la zalamera,

Cuando al subir la escalera

Las ligas a Juana veo?

Sí creo.

 

¿Creéis que, excepto la olla,

Todo en el mundo es bambolla,

Y que más suele medrar

Quien mejor sabe engañar?

¿Lo creéis? —¡Oh! sí lo creo.

Laus Deo.

 

Crisis Ministerial

¿Qué hay en Madrid…, que no hay nada?

¡Cosa extraña! ¿Cómo es

que ha pasado entero un mes

Sin una triste asonada?

¿Cómo es que uno y otro bando…?

¡Chist!… Se está deliberando.

Se trata…, el asunto es serio,

De arreglar el Ministerio.

 

¡Qué lujo el de mi vecina!

¡Oh, si aquello es un encanto!

Pero el marido entre tanto

Aguanta, calla y se arruina.

Que en el gasto ponga tasa.

¿Cómo no arregla su casa?

¿Qué hace el buen don Eleuterio?

Arreglar el Ministerio.

 

Tremendo como un vestiglo

Grita allí don Baltasar:

«¿Aún hay quien quiera luchar

Contra el torrente del siglo?

¡Movimiento! ¡Propaganda!

No estoy por la gente blanda.

La llaga pido cauterio.

¡Que se mude el Ministerio!»

 

Otro sacristán de amén

Dice: «Mande Pedro o Juan,

¿Qué importa? ¿No es buen afán…?

Si todo va bien, ¡muy bien!

Y al cabo…, de todos modos…,

Para el nuevo y para todos

Guardáis el mismo criterio…

¡Quieto, quieto el Ministerio!

 

¡Oh! Usted viene de Palacio.

¿Qué se dice? ¿Qué se sabe?

¿Quién va a dirigir la nave?

¡Eh!… La cosa va despacio…

No obstante… Es de presumir…

Todo no se ha de decir…

En fin… Si no hay gatuperio,

Se arreglará el Ministerio.

 

Diz que la empleomanía

Es crónica enfermedad

Que en una y en otra edad

Aflige a la patria mía.

¡Bah! Pintar como querer.

¿Cómo lo puedo creer

Si en el hispano hemisferio

Hay vacante un Ministerio?

 

Y ¡vea usted! en el acto,

De la mañana a la tarde

Formaría Calomarde

Un ministerio compacto.

Cuando enmudece Castilla,

Y hay cepo, y horca, y cuchilla,

Y la ley pierde su imperio,

¿Quién no forma un Ministerio?

 

Pero ¿en el día? ¡Ya es obra!

Este no es buen orador;

A aquél le falta vigor;

Al de más allá le sobra.

¡Ni a la virtud más sublime

El ingrato pueblo exime

De su injusto vituperio

Si brilla en un Ministerio!

 

Bien sé yo que más de un tuno,

Mientras sea subalterno,

Si se le habla de gobierno

Dirá: el mejor es ninguno.

Y hay patriotas decididos

Que se juzgarán sumidos

En infame cautiverio

Mientras haya Ministerio.

 

Y en esa Puerta del Sol

Algún quídam  se pasea

Que su heroísmo vocea,

Su amor al pueblo español,

Su alma generosa y pía,

Su ardiente filantropía;…

¡Y sería otro Tiberio

Si ascendiera al Ministerio!

 

Pero, pues es natural

Del público la impaciencia,

Yo me hago con su licencia

Órgano ministerial.

Sepa el curioso lector

Que en la Corte, salvo error,

Averiguado está ya

Quién el Electo  será

Entre tanto Desiderio.

Ya se arregló el Ministerio.

 

En Alabanza De Silvia, Dama Granadina

¿Cuál de tus joyas, inmortal Granada,

Mayor sorpresa al caminante ofrece?

¿El áureo Darro que en tus muros crece,

O tu fecunda vega dilatada?

 

¿Será Generalife do encantada

Primavera sin término florece?

¿Será el claro Genil quien te envanece?

¿Será acaso tu Alhambra celebrada?

 

¿Será tu cielo plácido y sereno?

¿Será… Dímelo en fin, así en tus flores

No torne a solazarse el agareno.

 

Guarda, me dijo, admiración y amores

Silvia hermosa, que nació en mi seno

Para abrasar el alma a los pastores.

 

La Ocasión Perdida

¡Cuán sosegada duerme

La bella de mis ojos

Sobre la muelle grama

Bajo el nogal coposo!

¡Ay! ¿Osaré en sus labios

Como la grana rojos

Libar el dulce beso

Que ha de colmar mi gozo?

¿Si despierta y se ofende?…

Más temo yo su enojo

Que al águila rapante

El cándido palomo.

Mas cuando ayer le dije:

«Mi Filis, yo te adoro»

Su boca sonreía

Con ademán gracioso;

Y palpitó su pecho,

Y se encendió su rostro,…

Y lo advertía Filis,

Pues le ocultó en sus hombros.

¡Cuál besa sus mejillas

El lúbrico Favonio!

¡Cuán juguetón se mece

En su cabello blondo!

¿Y menos, ¡ay! que el viento

Será Damón dichoso?

Yo llego. Amor, tus alas

Cubran mi dulce robo.

Quizá no duerma Filis…

Quizá brinde a mi arrojo

Lo que jamás lograran

Mis ruegos amorosos.

Callad, alegres aves,

Delicia de este soto.

Para cantar mi triunfo

Guardad el blando coro.

Su murmurio suspenda

El cristalino arroyo;

Suspenda sus balidos

El olvidado choto.

Abeja que la amagas

Con tu aguijón ansioso,

¡Guarda, no la despiertes

Con tu zumbido ronco!

Vuela al rosal vecino;

Aparta, que a mí solo

El hijo de Ciprina

Reserva ese pimpollo.

Yo llegó… No. Pulsando

Su cálamo sonoro

De la colina al valle

Desciende Nemoroso.

¿Me mira? Sí. ¡Mal hayan

Sus importunos ojos!

¡Perezca su ganado

Presa de hambriento lobo!

Dijo; y la niña Filis

Quizá con más encono,

Aunque dormir figura,

Maldice a Nemoroso.

 

La Nochebuena

Cuando se celebra

El día mejor

Que al orbe anunciaron

Los rayos del sol;

Día en que resuelto

A morir por nos

Nació en un pesebre

Nuestro Salvador,

Todo fiel cristiano

Diga, en alta voz:

¡Alégrese el mundo;

Que ha nacido Dios!

 

Mas en este valle

Triste y pecador

Muchos se harán sordos

A mi exhortación,

Aunque con chicharra,

Zambomba y tambor

Graznen los muchachos

En discorde son,

Y aunque de la iglesia

Cante el facistol:

¡Alégrese el mundo;

Que ha nacido Dios!

 

Aquí donde todos

Rabian por turrón,

(Turronero dice

Quien dice español)

Todo el que lo tenga,

Siquiera por hoy;

(Tenerlo mañana

Es otra cuestión)

Dirá poseído

De santo fervor:

¡Alégrese el mundo;

Que ha nacido Dios!

 

Pero el que carezca

De esta confección,

Venga de Alicante

O venga de Alcoy,

Y sea de Tántalo

Segunda edición

Husmeando famélico

La Plaza Mayor,

Temo que no cante

En fa,  en re  ni en do:

¡Alégrese el mundo;

Que ha nacido Dios!

 

Tendrán gaudeamus

(Lo supongo yo,

Porque en tales días

La gula es feroz)

Todos los que vendan

Champagne  y Bordeaux

Y anguila y besugo

Y pavo y capón,

Mostrando su gozo

Con este rondó:

¡Alégrese el mundo;

Que ha nacido Dios!

 

Y como hay regalos,

Y cada doctor

Ve su clientela

Crecer como arroz;

Porque es consiguiente

A tanto atracón

En cada familia

Un cólico o dos,

Los médicos…, ¡vaya!…

Votarán en pro.

¡Alégrese el mundo;

Que ha nacido Dios!

 

Es el aguinaldo

Sabrosa invención

Que al pobre desquita

De lo que ayuné;

Mas pide el cartero,

Pide el aguador,

Los repartidores…

¡Virgen de la O!

¿Dirá el saqueado

Por tanto gorrón:

Alégrese el mundo;

Que ha nacido Dios?

 

Pero con cuchara

De plata, o de boj;

Y unos con cascajo,

Otros con salmón;

Y sea de gorra

O por cuanto vos,

No hay quien no se exceda

De la colación,

Brindando con Yepes,

O Chateau Margó:

¡Alégrese el mundo;

Que ha nacido Dios!

 

Y afanoso el pueblo

Vuela de rondón

A la Cruz, al Príncipe,

Al circo de Paul,

Al Museo, et caetera,

Donde bonachón,

Admira un absurdo

Y aplaude una coz

Con una alegría

Que raya en furor.

¡Alégrese el mundo;

Que ha nacido Dios!

 

Y hay sus nacimientos

De estuco y cartón;

Y hay sandio que sólo,

Viendo aquel convoy,

En el buey y el mulo

Fija su atención;

Y al mirar la albarda

Exclama: ¡Ay dolor!

¡Qué bien me vendría

Para un paletó!

¡Alégrese el mundo;

Que ha nacido Dios!

 

Ya desde la cama

(Soy algo poltrón)

La misa del Gallo

Contemplando estoy,

En donde hay de todo

Menos devoción.

Al entrar ¡qué gresca!

Y dentro ¡qué horror!

Y al salir ¡qué zambra!…

El vino es atroz.

¡Alégrese el mundo;

Que ha nacido Dios!

 

Y en río revuelto

Gana el pescador.

Juan pierde la capa;

Perico el reloj;

Aquí de Rosita

Naufraga el pudor,

Y allá para ferias

Papá don Antón,

Te dará el diploma

De abuelo precoz.

¡Alégrese el mundo;

Que ha nacido Dios!

 

Pero el día es grande.

¡Que ruede el licor

Sin miedo a las penas

Que vengan en pos!

Y pues Cristo nace

Y tiembla Astarot;

Del Tajo al Danubio,

Del Ganges al Po,

Todo fiel cristiano

Cante en si  bemol:

¡Alégrese el mundo;

Que ha nacido Dios!

 

Curiosa Y Verídica Relación

En un entreacto de un drama,

Parto de mi humilde ingenio,

Pasé yo desde el proscenio

Al camarín de la dama,

(Galante solicitud

Que a toda mujer halaga…,

Aunque alguna vez se haga

De necesidad virtud).

Yo, como hombre ya formal,

Y atento, y de buena fe,

Un cumplido improvisé

Con pujos de madrigal.

Y luego que, sin desliz,

(¿Soy yo acaso algún bodoque?)

Apliqué el felix utroque

A la mujer y a la actriz,

En conversación amena

Ella y yo y los concurrentes,

Departimos elocuentes

Sobre el arte de la Escena.

Quién, aborreciendo el yugo

De los clásicos preceptos,

Encomiaba los conceptos

De Dumas y Víctor Hugo;

Proscribía otro aristarco

A quien no sigue la huella

Del azote de Comella,

Moratín, alias Inarco;

Y otro reputaba a todos

Dignos de tan noble liza,

Lope, Schiller, Gorostiza,

Cimbros, lombardos y godos.

Alguien, con risita falsa,

Picó en la murmuración;

Que es fría conversación

La que no aviva esta salsa;

Y el estimulante ejemplo

Siguieron otros, por bulla,

Con tal cual donosa pulla

A los ausentes del templo.

Ni de colegas y hermanos

Ilesa quedó la fama;

Ni faltó algún epigrama

Contra Oriente y Jovellanos.

Yo, que veía algún riesgo

De pecar contra el Decálogo

Si así proseguía el diálogo,

Procuré darle otro sesgo.

Diserté sobre Cervantes,

Y noté que me escuchaba,

Cayéndosele la baba,

Uno de los circunstantes.

«Yo trato mucho a ese quídam,

Mas quién sea no recuerdo;

Que en punto a nombres soy lerdo

Y a docenas se, me olvidan».

Y tras de este soliloquio

Creo deber en conciencia

Hacerle una reverencia

Llámese Luis, Juan o Eustoquio.

Y el extraño personaje,

Que atento oía mi plática,

Con sonrisa muy simpática

Me devuelve el homenaje.

Luego que de hablar concluyo,

Yo, que tengo el vicio charro

De fumar, saco un cigarro…

¡Cata al quídam  con el suyo!

Y encendidas a la par

Las cerillas subitáneas,

Fueron también simultáneas

Las bocas para chupar:

Toso, y tose aquel abanto,

Que instinto igual nos gobierna;

Cruzo pierna sobre pierna,

Y el prójimo hace otro tanto.

Como el tiempo estaba crudo,

Yo estornudo, y, a la vista,

En lugar de un ¡Dios te asista!,

¡Zas! me gira otro estornudo.

¿Quién vio, dije para mí,

Un simio de tal estofa?

Eso ¿es simpatía, o mofa?

Ese ¿es hombre, o maniquí?

Y fulmino al caricato

Fiera vista, airado zuño,

Y ya esgrimía mi puño

Retándole al pugilato.

Pero, de saña beodo

No menos que yo lo estaba,

También su actitud fue brava,

Conforme a la mía en todo.

Iba ya a pedirle cuenta,

Ardiendo en sed de venganza,

De aquella grosera chanza

Que era para mí una afrenta,

Cuando, ¡pecador de mí!

Veo que es mi efigie propia,

Que mudo un espejo copia,

La que me irritaba así.

Declaro a la reunión

El quid pro quo —soy sincero—

Y a todos, y a mí el primero,

Dio risa mi distracción.

Mas reflexionando un poco,

Bien que mayúscula fue,

Yo a mi modo la expliqué

Sin convencerme de loco.

Tiempo ha que no me deleitan

Los amorosos engaños,

Y enclenque, y con muchos años,

No me afeito ya; ¡me afeitan!

Esta cara nunca bella,

Hoy debe de ser fatal;

Por tanto, es ya muy casual

El tratarme yo con ella.

Si mal la corbata va,

Porque me la ato sin ver,

O la arregla mi mujer,

O se queda como está.

Exento, en fin, de livianos

Perfiles, sin ser adusto,

Conozco menos mi busto

Que el de muchos ciudadanos.

No por la fisonomía,

No, sino por la conciencia,

Aquella antigua sentencia

Nosce te ipsum  decía;

Mas para que acabe en punta

Mi ya prolijo relato,

Permita el lector sensato

Que le haga yo esta pregunta:

¿Qué mucho si en los abismos

De su propio corazón

Tantos los mortales son

Que se ignoran a sí mismos,

Cuando en Madrid, ¡cosa rara!

Hay un trascordado viejo

Que la mira en un espejo

Y no conoce su cara!

 

Traducción De La Segunda Elegía De Tibulo

Dame vino, y que Lieo

Mis nuevas angustias calme,

Y mis párpados cansados

Apacible sueño embargue.

Dormir anhelo beodo:

¡No me despertéis, mortales!…

En tanto mi triste amor

Cesará de atormentarme.

¡Triste; que guarda al bien mío

Un Argos inexorable!

Duro cerrojo defiende

La su puerta de diamante.

Puerta que al amor te cierras,

¡Mala nube te maltrate!

¡Maldígate el alto Jove

Y a rayos te despedace!

¡Ay! no. Mis ruegos te venzan.

A mí, sólo a mí te abre;

Y en silencio…; no rechinen

Tus goznes, y me delaten.

Perdona las maldiciones

A un desesperado amante.

¡Plegue a los cielos, oh puerta,

Que sólo a mi frente alcancen!

Recuerda cuántas plegarias

Del labio mío escuchaste,

Y las guirnaldas floridas

Con que enlacé tus pilares.

Y tú, mi Delia, no temas:

Burla a tu guarda. ¿No sabes

Que al audaz protege Venus

Y abandona a los cobardes?

Por ella el mozo novel

Huella vedados umbrales,

Y las muchachas se mofan

De cerrojos y de llaves.

Del tálamo aborrecido

Aprenden a deslizarse,

Y de puntillas se huyen

Al seno de sus galanes.

Y ante el imbécil marido

De agudas señas se valen,

Y de los ojos emplean

El elocuente lenguaje.

El que aspire a tus favores,

Oh del amor blanda madre,

No por inercia o temor

En yermo lecho descanse.

No teman los amadores

Que los roben o los maten:

Seguros van; que es sagrado

Quien inciensa tus altares.

¿Qué a mí la escarcha en las noches

De Diciembre perdurables?

¿Qué a mí la lluvia prolija

Ni los recios huracanes,

Con tal que mi Delia amada

A abrirme la puerta baje,

Y, con el dedo en la boca,

A su regazo me llame?

¡Oh tú, varón o mujer

Que a mi lado pasas! ¡Guarte;

No me veas!; que sus hurtos

Ocultar a Venus place.

Ni me preguntes mi nombre,

Ni el pie con ruido estampes,

Ni con antorcha atrevida

Reconozcas mi semblante.

Si ya me has visto imprudente,

No se lo digas a nadie.

Jura por todos los dioses

Que nada ves, nada sabes.

¡Ay de aquel que me descubra!;

Que de procelosos mares

Venus le será nacida,

Tintos en hórrida sangre.

Ni fe le dará el marido;

Que una hechicera muy hábil

Me lo ofreció, y no hay ejemplo

De qué a sus promesas falte.

Yo he visto a su voz moverse

Las estrellas inmutables,

Y retroceder de un río

Los impetuosos raudales;

Y hender la tierra su canto,

Y evocar los yertos manes;

Y los huesos animar

Resto de llamas voraces.

Ora a sus ecos parecen

Las catervas infernales;

Con alba leche rociadas

Ora tornan a abismarse.

Ora del cielo enlutado

El torvo nublo deshace;

Ora en el estío ardiente

La nieve hibernal atrae.

Es fama que de Medea

Guarda las yerbas fatales,

Y que de Hécate ella sola

Domó los rabiosos canes.

En quieta noche le plugo

Con teas purificarme,

Víctima negra inmolando

Del Averno a las deidades.

Y diome mágicos versos

Con que a tu celoso engañes.

Basta cantarlos tres veces,

Y escupir cuando los cantes.

Y despreciará al chismoso

Que nuestro amor le declare;

Y dirá: «Soñando estoy»

Aunque en tus brazos me halle.

Mas no los cantes por otro;

Que los cantarás en balde.

Ciego es para mí tu dueño;

Lince para mis rivales.

Pues ¿no me dijo la maga,

¡Tan peregrina es su arte!

Que sus conjuros y yerbas

De mi amor pueden curarme?

Premio te pido, le dije,

No el fin de mi amor constante,

Y que jamás de mi Delia

Desterrar pueda la imagen.

 

Los Abusos

Al Señor Don José Musso Y Valiente

De política no hablemos.

Allá en sus altas regiones

Ventilen esas cuestiones

Los areópagos supremos,

Y plegue a Dios que las sillas

De Moscoso y Barrio Ayuso

Purguen al fin las Castillas

De tanto abuso.

 

Mas aunque un día su sala

Nos retire el Ser eterno

Y diga: «Tenga gobierno

La desventurada España»,

Al alcance de las leyes

Se ha de escapar, caro Musso,

Y al imperio de los reyes

Más de un abuso.

 

Y más de mil. Unos son

Cosecha de este país,

Y otros vienen de París,

de Roma, o de London.

De todos no haré pintura;

Que no quiero ser difuso,

Porque escribir sin mesura

Es un abuso.

 

Que no pueda un ciudadano

Sin ser mal visto en la Corte

Dar a su dulce consorte

En la escalera la mano,

Y venga muy satisfecho

Algún galancete intruso

A usurparle este derecho,

Es otro abuso.

 

Que aquí llamen elocuente

Al que charle por los codos

Y la historia de los godos

En cada sesión nos cuente,

Y las páginas de Francia,

Y las costumbres del ruso,

Y las glorias de Numancia,

Es un abuso.

 

Que la amable Micaela

Envíe esquelas sin tasa,

Aunque no quepa en la casa

Su crecida clientela,

Y sin haberse sentado

Salga a la calle contuso

El infeliz convidado,

Es otro abuso.

 

Esa cohorte de aleves

Poetastros Jeremías

Que salmodiando elegías

Me licean  cada jueves,

Y abrir me harán una noche

Mi paraguas contra el uso,

¡Tal lloran a troche y moche!…,

Es un abuso.

 

Que relinche un animal

En el aria, que destruye,

Y suene cuando concluye

Palmoteo universal,

Cuando muy en hora mala

Avergonzado y confuso

Debe salir de la sala,

Es otro abuso.

 

Del público la sentencia

No seré yo quien resista.

Si me aplaude, Dios le asista;

Y si me silba, paciencia;

Mas que censure mi drama

Un curial torpe y obtuso

Que de milagro no brama,

Es un abuso.

 

Que don Blas el anticuario

Dado a sucias baratijas

Deje sin pan a sus hijas

Por hacer un monetario,

Y al de su mujer, que es guapa,

Prefiera el gesto de Druso

O el reverso de algún Papa,

Es otro abuso.

 

Que más de un espectador

Cuando una gracia resuena

Que el actor dice en la escena

Oyendo al apuntador,

Se la atribuya al farsante,

No al autor que la compuso;

Esto aquí y en Alicante

Es un abuso.

 

Y es abuso peligroso

La gracia de doña Flor,

Aunque es abuso mayor

La paciencia de su esposo;

Y aunque inocente, que al fin

El cielo así lo dispuso,

La nariz de don Joaquín

Es un abuso.

 

Y abuso es tener salud

Tanto bribón, tanto idiota,

Y que baile la gavota

Quien raya en la senectud;…

Y para acabar mi rima

Digo que en Madrid, incluso

El empedrado y el clima,

Todo es abuso.

 

Quien Bien Te Quiera

Decía el dómine

De mi lugar

Cuando zurraba

¡Cis, cis, zas, zas!…

Al niño rudo

Y al holgazán:

«A esto me mueve

Tu bienestar:

Así algún día

Sabio serás.

Quien bien te quiera,

Te hará llorar».

 

A cierto prójimo,

Seis días ha,

Un cirujano

De calidad,

¡Ay! una muela

Le fue a sacar…,

¡Y la quijada

Salió detrás! –

«¿Duele? No importa.

Ya pasará…

Quien bien te quiera,

Te hará llorar».

 

Cierto cuadrúpedo…,

(¿Lo acertarás?)

Tiene tal modo

De enamorar,

Que su infelice

Cara mitad

Si sus caricias

Llega a probar

Aturde a gritos

La vecindad.

Quien bien te quiera

Te hará llorar.

 

¡Y cuántos bárbaros

Maridos hay

Que como el gato

Suelen amar!

Mas si afligida,

Sin libertad,…

Se cansa alguna

De ser leal,

Común a entrambos

Será el refrán:

Quien bien te quiera

Te hará llorar.

 

¡Ay cuántos Hércules

Te abrazarán

Que con los brazos

Tiran a ahogar!

¡Y cuántos Judas

Te venderán

Dando, a tu rostro

Pérfida paz!

Tal es el mundo,

Joven Pascual.

Quien bien te quiera

Te hará llorar.

 

Yo, menos cándido,

Más ducho ya,

Tales cariños

Doy a Satán.

¿Quien bien te quiera

Te hará llorar?…

Miente el proverbio,

Miente: no hay tal.

Lo que yo digo

Sí que es verdad:

Quien bien te quiera…

No te hará mal.

 

Defensa De Las Mujeres

Es honrar a las mujeres

Deuda a que obligados nacen

Todos los hombres de bien.

Lope de Vega.

Mitad preciosa del linaje humano,

Triste Mujer esclavizada al Hombre,

Que tu escudo nació, no tu tirano;

 

Yo a defender tu mancillado nombre

Dulce a mi corazón, audaz me arrojo,

Bien que mi sexo indómito se asombre.

 

Tal vez me atraiga su temible enojo;

Que en tu defensa combatir no puedo

Sin cubrir a los hombres de sonrojo.

 

¡Oh! si mi bella con semblante ledo

Reconoce mi amor en mi poema,

Ni a todo un batallón le tengo miedo.

 

Mas ¡ay de mí si un crítico postema

Con indigesta pluma envenenada

A mis versos fulmina su anatema!…

 

¡Piedad, piedad! Sumisa, arrodillada

(¿Qué más quieres de mí?) pues no te ofende

Gracia pide esta sátira cuitada.

 

Tal vez en vano deleitar pretende.

No importa: sé indulgente, que harta pena

Tendrá su pobre autor si no la vende.

 

La Mujer ha nacido dulce y buena,

a recrear, a embellecer la vida

Como al campo la cándida azucena.

 

Si a los deberes falta inadvertida

De cariñosa madre y fiel consorte;

Si el virgíneo pudor acaso olvida;

 

¡Hombre severo! Si perdido el norte

A alguna ves que mísera naufraga

En el mar borrascoso de la Corte,

 

Tuya es la-culpa. Si el poder embriaga

De orgullo tus sentidos, al opreso

También sus grillos quebrantar halaga.

 

Hasta el insano tigre allá en lo espeso

Del arduo monte, y la feroz pantera

De tu barbarie culpan el exceso;

 

Que si ceban la garra carnicera

En la sangre del tímido cervato,

Dulces son a la dulce compañera.

 

Mas ¿qué admirar de ti cuando insensato

A la mujer inerme tiranizas,

Si ni al Hombre perdonas, Hombre ingrato?

 

De tu nombre el escándalo eternizas,

No la gloria, matando, destruyendo,

Jamás harto de sangre y de cenizas.

 

Y es suave a tus orejas el estruendo

Del infernal cañón, que el muro atierra,

Y de la alzada bomba el silbo horrendo.

 

Si una vez la ambición tu pecho encierra,

En saña vences al caudal torrente

Que el Noto arroja de la adusta sierra.

 

Mas ¿dónde voy? Del dios armipotente

Narrar no es mío el carro sanguinoso,

Ni Talía bufona lo consiente.

 

Así, bien que de cólera reboso,

Combatiré del Hombre la injusticia

En tono menos grave y ampuloso.

 

¡Oh tú, que tanto culpas la malicia

De tu pobre mujer!, ¿por qué primero

No culpas, di, tu sórdida avaricia?

 

Si tanto le escatimas el puchero,

Y comer es forzoso, ¿cómo quieres

Que tenga amor ni a ti, ni a tu dinero?

 

¡Qué tibios son de Venus los placeres,

Dijo allá in illo témpore un poeta,

Sin dulce Baco y regalada Ceres!

 

Tú, que apuras en vicios la gaveta,

Marido de una hermosa, ¿por qué exiges

Que penitente viva y recoleta?

 

Sin cesar la reprendes, y te afliges

Porque baila y se alegra; pero en tanto

Tu perversa conducta no corriges.

 

¿Y qué diré de ti, necio Crisanto,

Que con sesenta Eneros a la cola

Humillas tu cerviz al yugo santo?

 

¡Y con quién! Con Leonor, que campa sola

En gracias, en frescura y lozanía,

Y a quien tanto galán su pecho inmola.

 

¿Cuándo han vivido en plácida armonía

El suave nardo con el rudo espino,

El alegre con la noche fría?

 

¿Y no ha de renegar de su destino

Si recuerda que es joven, que es amable,

Y encuadernada vive en pergamino?

 

Compara tu braguero miserable,

Y tu rugosa frente ilimitada,

Y el asma que te aflige perdurable,

 

Con aquella cintura delicada,

Aquellas formas de beldad modelo,

Aquella tez brillante y sonrosada;

 

Y luego, si te atreves, clama al cielo,

Y acúsala de infiel y de perjura

Si sucumbe al amor de algún mozuelo.

 

«¿Era menos infausta mi figura

Cuando me unió, dirás, el sacro nudo

A su liviana y pérfida hermosura?»

 

¿Y no compraste escudo sobre escudo,

Respondo yo, la inicua tiranía

De su padre avariento y testarudo?

 

¿No la robó tu bárbara porfía

Al dulce amigo de su infancia tierna

Con quien dichosa y casta viviría?

 

O darse a ti, o clausura sempiterna:

¿Qué otro medio restaba a la infelice

Para aplacar la cólera paterna?

 

Llama sin tregua en el abismo atice

El tétrico Plutón al que de un hijo

La inclinación honesta contradice.

 

Lleve el diablo al decrépito canijo

Que no espera su término cercano

Tranquilo y sin bodorrio en su cortijo.

 

Y tú, lindo don Diego casquivano,

Que por salir de trampas y pobreza

Vendiste a doña Críspula tu mano;

 

Si porque el hado le negó belleza

La desprecias ingrato, ¿cómo extrañas

De su gruñir eterno la rudeza?

 

¿Se encuentran cada día esas cucañas?

¿No debes nada a tu mujer, que entero

Te consagras sin rienda a las extrañas?

 

«No se compra el amor con el dinero.

Por qué enlazarse a mí?» ¡Linda salida!

¿Te explicabas así cuando soltero?

 

¿Y aquello de mi amor, mi bien, mi vida?

¿Qué se hicieron los dulces madrigales

Do tu pasión pintabas desmedida?

 

«Rojos tus labios son como corales;

Nieve tu seno, que Cupido precia

Más que en Chipre su cuna de rosales.

 

«Ni Cleopatra famosa, ni Lucrecia

Te igualan en beldad, ni la traidora

Que tantos lloros arrancó a la Grecia».

 

Así hablaba tu boca engañadora.

¿Por qué es hoy a tus ojos una arpía

La que antes fue sirena encantadora?

 

«Que pague su orgullosa tontería.

¿Por qué no consultaba algún espejo,

Y hubiera visto en él que yo mentía?

 

»A un hombre de mi garbo y mi gracejo

Harto cuesta el llamarse su marido

Sin hacer el papel de su cortejo.»

 

Y acaso, dime, ¿la primera ha sido

Que hermosa se ha juzgado, o menos fea

A fuerza de adularla un fementido?

 

¿Es por ventura extraño que se crea,

Y más en la mujer, débil, sencilla,

Lo que el orgullo humano lisonjea?

 

¡Y cuántas veces el amor humilla

A una fea dichosa el Ganimedes

Admiración y hechizo de la villa!

 

¿Ni aun el consuelo a la infeliz concedes

De haber creído conquistar tu pecho,

Si no con su beldad, con sus mercedes?

 

¿Tan mal fundado juzgas el derecho

De una rica al amor de un pelagatos

Que no tiene ni viña ni barbecho?

 

Recuerda cuando andabas sin zapatos,

Y si un creso la sopa te ofrecía

Te tragabas hambriento hasta los platos.

 

«¡No se hubiera casado!» ¿Y qué sería,

Qué sería de ti, que tal profieres,

Si, pudiendo ser madre, aún fuera tía?

 

¡Ah! bien pudo nadar en los placeres

Sin gemir en amargo cautiverio;

Mas ¡oh suerte cruel de las mujeres!

 

Si del amor cedéis al dulce imperio,

Sólo el placer el Hombre se reserva:

Vuestro es el deshonor y el vituperio.

 

Pasa por gracia en la viril caterva

Lo que castiga cual atroz delito

En la mujer, su infortunada sierva.

 

No hay un freno que dome su apetito;

Que más aplauden al que más codicia

El lupanar, la crápula, el garito.

 

Y en tanto ¡cuál te oprime su injusticia,

Triste Mujer! Feroz si te condena,

Cocodrilo falaz si te acaricia.

 

¿Es mucho, pues, si de Natura suena

Dentro en su pecho la incesante aldaba,

Que anhele una infeliz nupcial cadena?

 

¿Y qué mujer de resistir se alaba

Al soberano amor? Su arpón maldito

A la hermosa, a la fea, a todas clava.

 

Y hoy que domina el interés precito

¿No ha de esperar que el oro la haga bella

Aunque sea una furia del Cocito?

 

¿De rabia no arderá como centella

Si es despreciada del marido injusto

Que sus derechos sacrosantos huella?

 

¿No ha de tenerle en sempiterno susto

Espiando al perjuro día y noche?

¿No ha de arañarle el entrecejo adusto?

 

¡No, que verá tranquila que derroche

Su hacienda en un burdel, y a una piruja

Querrá ceder el heredado coche!

 

¡Y tú la llamas deslenguada y bruja

Porque charla, y te aturde y desespera!

Hace bien en charlar; que no es cartuja.

 

Mas ¿cuál infame y cínica cohorte

A mis ojos parece?… ¡Ah vil canalla,

Escándalo y escoria de la Corte!

 

Ahora sí que saltar quiero la valla;

Ahora como la pólvora tronante

Mi cáustico furor arde y estalla.

 

¿Quién puede ver sin cólera a un tunante,

A su triste mitad poner en venta,

Del conyugal pudor vil traficante?

 

«Resista la mujer tamaña afrenta.»

¿Cómo podrá si su holgazán marido

La hace vivir desesperada, hambrienta?

 

Si en tanto algún ricacho corrompido

Con larga mano a su hermosura brinda

Ya el collar, ya el magnífico vestido;

 

Menos heroica que graciosa y linda,

¿Es mucho que por hambre o por despecho

Al pródigo magnate al fin se rinda?

 

Así el macizo artesonado techo

Que una gotera mina sin reposo

Al fin viene a caer roto y deshecho;

 

Así en el alto cerro pedernoso

Un año y otro la robusta encina

Al huracán resiste proceloso;

 

Y al fin la copa vacilante inclina,

Cruje el tronco tenaz, y al valle umbrío

Baja rodando en estruendosa ruina;

 

Así al oso feroz del Alpe frío

A fuerza de hambre y palos y cadena

Hace bailar el hombre a su albedrío;

 

Así a dormir con ruda cantilena

La serosa nodriza de Vizcaya

Los infantiles párpados condena;

 

Y tanto boga, sin hallar la playa

El desvalido párvulo en su cuna,

Que al fin duerme sin sueño o se desmaya.

 

¡Ay! en tanto que halaga la fortuna

A un gandul sin vergüenza, torpe, idiota,

Gime el talento y el honor ayuna.

 

¿No ha de sufrir la pública chacota

Un marido venal? ¿Por qué a ese reo

Sin honra ni pudor no se le azota?

 

¿Por qué ha de ser escudo el himeneo…

Mas silencio: mi pluma avergonzada

Se niega ya a pintar cuadro tan feo.

 

«Escuche usted, me dice un camarada:

Veamos cuál disculpa a la soltera.

El vengador de la mujer casada.

 

«¿Por qué Flérida esquiva y altanera

Me precia en menos que su mano hermosa,

Talle gentil y rubia cabellera?»

 

No la adulara tanto la enfadosa

Cuadrilla de babiecas que la hostiga,

Y frívola no fuera y vanidosa.

 

«¿Por qué si a tantos sin rubor prodiga

La blanda risa y la mirada ardiente,

Inés se llama mi constante amiga?»

 

Porque ya la ha engañado un pretendiente;

Y pues en todo el hombre da el ejemplo,

No es mucho que le imite… y le escarmiente.

 

«¿Por qué, si bien a Fílida contemplo,

Más humana la encuentra y más propicia

Quien lleva más ofrendas a su templo?»

 

¿Qué ha de hacer! De su padre la codicia

Al que suspira a secas no consiente,

Y al que regala, aplaude y acaricia.

 

«¿Por qué, si es cierto que Belarda siente

El amor que su boca me ha jurado,

En sus heladas cartas lo desmiente?

 

»Amor tan circunspecto y reservado

Es farsa, no es amor. ¿Por qué no imita

Mi volcánico estilo apasionado?»

 

Porque a la imberbe tropa hermafrodita

En el café no leas el billete,

Y la insulten después con su risita.

 

¡Mal haya el confitado mozalbete

Que por darse ridícula importancia

La opinión de una hermosa compromete!

 

Escuchadle contar, ¡oh petulancia!

Más victorias de amor, que de Belona

Ilustraron al héroe de Numancia.

 

Mirad cómo su lengua fanfarrona

A alguno cierto, que callar debiera,

Mil placeres soñados eslabona.

 

«¿Veis aquella que va por la carrera?…

Pues cierta noche hasta rayar el …»

¡Infame! ¡Y no ha pisado su escalera!

 

«¿Diréis que Petronila es una malva?

Pues me da cada lunes una cita,

Y el marido… ¡Infeliz! La fe le salva.»

 

¿Cuál de su lengua gárrula, maldita,

Aunque sea una santa se liberta?

¿Cuál no fue suya si nació bonita?

 

¡Ay desdichada joven si inexperta

Vencer te dejas del procaz lampiño!

¡Ay si le atranca tu virtud la puerta!

 

Que, muerto en breve su falaz cariño,

Tu honor es su juguete o su venganza,

Aunque sea más puro que el armiño.

 

Mas la florida edad de la esperanza,

Del placer, del amor rápida vuela,

Y a luengos pasos la vejez se avanza;

 

O bien el lindo rostro de Marcela,

Que fue portento ayer, hoy desfigura

Crudo tumor, aleve erisipela.

 

¡Y cuánta soledad, cuánta amargura

Guarda el hado cruel a la que llora

Marchita o jubilada su hermosura!

 

Si la rosa de Mayo encantadora

Del hombre esquiva la canosa frente,

Ciñe al menos oliva triunfadora.

 

Si en sus aras Amor no le consiente,

Temis le acoge, y próvida Minerva

Le brinda del saber la sacra fuente.

 

Si el crudo tiempo su vigor enerva,

Riquezas prodigándole y honores.

Del hambre y de la infamia le preserva.

 

Días ha que disputan los doctores

Si es justo o no que la Mujer se ciña

A mezquinas domésticas labores.

 

En buen hora se niegue a la basquiña

Regir la noble cátedra severa,

Blandir el asta y escardar la viña;

 

Pero al menos el Hombre ¿no pudiera

De algunas artes reservar el uso

A la pobre Mujer su compañera?

 

Todo lo abarca su poder intruso.

Tejedor  es el Hombre, y cocinero,

Y sastre, que es el colmo del abuso.

 

¡Oh mecánico siglo chapucero!

¡Oh molicie del Hombre vergonzosa!

¡¡¡Yo he visto hacer calceta a un granadero!!!

 

Y porque anhela el título de esposa

Con ardor incesante una doncella

¿La censura tu lengua ponzoñosa?

 

¿Dirás que es liviandad si se atropella,

Por si otro más gentil no se aparece,

A escoger un marido indigno de ella?

 

¿Qué mucho si de un hombre  se guarece,

Quien fuere sea, contra el hombre  injusto

Que si no la persigue la escarnece?

 

¡Triste!… ¿No ha de temer el ceño adusto

Del que la juzga y manda soberano

Sólo porque ha nacido más robusto?

 

Bien con el corazón diera su mano

Al bello mozo que en secreto quiere,

Y no a su novio enclenque y chabacano.

 

Mas ¡ay, que en vano sin piedad la hiere

Del caprichoso amor la flecha aguda;

¡Que ha de arrancarla o despechada muere!

 

Su mal recata ruborosa y muda

Si movido por rara simpatía

Amoroso el doncel no la saluda.

 

El Hombre con descaro y osadía

Declara sus amores, pobre y feo;

A la hermosa de excelsa jerarquía.

 

No es dique la opinión a su deseo,

Y de una en otra hasta encontrar posada

Convierte el trashumante galanteo.

 

Mas en todo la Hembra infortunada

Contra su pecho para amar nacido

Nace a perpetua lucha destinada.

 

Legislador el Hombre empedernido

Ni aun el consuelo, ¡ay mísera! te deja

De elegir un tirano en un marido.

 

Así con el cetrino la bermeja,

La niña con el trémulo caduco,

La aguda con el fatuo se empareja.

 

¡Persiga Capricornio al mameluco

Que sin pasiones vegetar te manda

Cual si fueras de mármol, o de estuco!

 

«Bien; resignada estoy, dice Fernanda.

Ya del sexo opresor la ley recibo,

Aunque me dicta amor otra más blanda.

 

«Mas valga de mi rostro el atractivo,

Valga a adquirirme racional esposo

El laudable recato con que vivo.»

 

¡Inútil esperanza! Licencioso

Prefiere el Hombre al plácido himeneo

Celibato infecundo y vergonzoso.

 

Griego, romano, egipcio, persa, hebreo;

Todos honraban cuando Dios quería

El santo nudo que ultrajado veo.

 

Si alguno con culpable antipatía

Osaba desdeñarlo, era maldito,

Y en el desprecio y el baldón vivía.

 

Mas hoy se tiene a gala el sambenito.

«¿Casarme? dice Erasto, ni por pienso.

No caiga yo jamás en el garlito.

 

»Otro al ara nupcial lleve su incienso.

Libre quiero vivir, independiente;

Libre gastar mi patrimonio inmenso.

 

»No sea yo ludibrio de la gente.

No sufra yo, tras la mujer y el dogo,

Cuñado hambrón y suegra impertinente;

 

»Y una recua de primos… (¡yo me ahogo!…

Y ¡oh Dios! la ambigua prole venidera,

Y el comadrón, el ama, el pedagogo…

 

«¡Qué horror! Ya ¿quién se casa? Un calavera,

O el palurdo, si amaga alguna quinta

Que en morrión le transforme la montera».

 

Santo Himeneo, quien así te pinta,

Quien te denuesta así no tiene un alma,

O más negra la tiene que mi tinta.

 

Y cuando veo su insolente palma

Blandir al vicio ¿enfrenaré mi furia?

¿Veré su impunidad en torpe calma?

 

¿Hasta cuándo, ¡oh virtud! cual hija espuria

Te abnegará el ibero corrompido

Del Lete al Duero, desde el Miño al Turia?

 

¿Nada debes al suelo en que has nacido?

¿Nada a ti mismo por ventura debes,

Tú que el nombre escarneces de marido?

 

¡Hombre que al escuchar no te conmueves

De la natura el imperioso acento,

Feliz te llamas y a vivir te atreves!

 

No más hinchado prócer opulento

Compra el amor, sincero, don divino,

Que el piloto en el mar próspero viento.

 

Basta a alcanzar el oro alto destino,

Basta a lograr efímeros placeres,

Basta a rendir el muro diamantino;

 

Mas si algún corazón rendir quisieres,

Te ha de costar el tuyo; a menos precio,

Te afanarás en balde; no lo adquieres.

 

¡Ay miserable, miserable y necio!

El que compra lisonjas con el oro

Comprará la par su ruina y su desprecio.

 

Vendrá la senectud, y amargo lloro

Te ha de bañar el lánguido semblante,

Si hoy tal vez lo embellece tu tesoro.

 

No habrá una hiedra cariñosa, amante,

Que en abrigar se goce al tronco yerto

Lozano en otro tiempo y arrogante.

 

Muerto a ti mismo, a los placeres muerto,

El mundo que hoy no basta a tus antojos

¿Qué será para ti? Mudo desierto.

 

¿A quién entonces volverás los ojos?

¿Quién cubrirá de rozagantes flores

De tu vejez los áridos abrojos?

 

¿Quién vendrá a consolarte en tus dolores?

¿Quién besará tu mano, dulce fruto,

Dulce acuerdo de plácidos amores?

 

Y cuando pagues el fatal tributo

¿Quién cerrará tus párpados gimiendo?

¿Quién vestirá por ti fúnebre luto?

 

Así rasgada con horrible estruendo.

Pasa fugaz la nube veraniega

Entre granizo y rayos descendiendo;

 

Y ni una planta generosa riega;

Que al caer se disipa, no dejando

Vestigio de su tránsito en la vega.

 

Mas ¡cómo ciega al Hombre el vicio infando!

¡Cuántos la arrastran, ay! más ponderosa

La conyugal cadena desdeñando!

 

Arruina a Damis Lesbia, la Raposa,

Inmunda meretriz; y Damis fiero

Desprecia a Laura linda y virtuosa.

 

No quiere que al olor de su dinero

Algún pariente acuda; y el pazguato

Pariente viene a ser del pueblo entero.

 

Mucho cacarear su celibato;

Y obedece la ley de una buscona

Que ayer fue propiedad de un maragato.

 

Su corazón le ofrece la bribona;

Pero ¿qué corazón ni qué embeleco

Si ni aun manda absoluto en la persona?

 

Mírale al tonto pasear tan hueco

En soberbio landó con su manceba,

Que le burla después como a un muñeco.

 

¡Mira cuál le engatusa la hija de Eva,

Y cuán cara le vende su conquista!

¡Pobre caudal! El diablo se lo lleva.

 

¿Dónde hay repleto cofre que resista

Tanto gastar en fonda y coliseo

Y peluquero y tiendas y modista?

 

Cual si fuese la hacienda de un hebreo,

La tía de alquiler, el falso primo,

Todos entran a parte en el saqueo.

 

Así a la viña de su fruto opimo,

Lindera del camino, se despoja,

Si al paso cada cual corta un racimo.

 

¿Y a quién apiada luego su congoja

Si reducida su fortuna a cero

La ingrata Lesbia del umbral le arroja?

 

¿Quién no se ha de reír del majadero,

Del bagaje mayor que de este modo

Su juventud consume y su dinero?

 

«¿No es fuerte cosa, desde el sucio lodo

Do yace hundido, me dirá fulano,

Que en todo has de culpar al hombre, en todo?

 

«¿A mí me llamas cínico y liviano,

Y bagaje mayor, ¡sangrienta injuria!

Y estéril monstruo del linaje humano?

 

»¿Y acaso es una Porcia, una Veturia,

O más bien una torpe Mesalina

Quien vende su beldad a mi lujuria?

 

»Tu lógica es por cierto peregrina.

Porque estoy arruinado ¿soy culpable?

¡Pues, qué! ¿No peca más la que me arruina.

 

»¿Querrás tal vez el título de amable

Ganar entre las damas abogando

Por la ramera inmunda y despreciable?

 

»Y con la vieja infame que el nefando

Lenocinio ejercita ¿por ventura

Serás también caritativo y blando?

 

»No fuera tal del hombre la locura

Si mercenaria la mujer no fuera.

Más bendiciones echaría el cura.

 

»Cierto que mueve a lástima Glicera

Linda y graciosa, sin hallar marido,

Consumir su galana primavera;

 

»Mas ¿qué mucho si un joven aturdido

A la adusta Glicera recatada

La fácil Araminta ha preferido?

 

»¿Quién no coge la poma sazonada

De rama dócil que su mano toca

Mejor que de alta copa enmarañada?

 

»¿Qué marinero con audacia loca

Cuando le brinda la amigable arena

Se va a estrellar en la erizada roca?

 

»¿Quién si la rubia miel puede sin pena

Gustar en libre mesa, quién la busca

expensas de algún ojo en la colmena?

 

»¡Vate mordaz! ¿Qué vértigo te ofusca?

Contra tu mismo sexo ¿quién te mueve

A escribir una sátira tan brusca?

 

»Eso faltaba a la Mujer aleve

Para colmar su orgullo. ¡Ah! quien la apoya

Caiga en sus lazos; sus engaños pruebe.

 

»Acuérdate de Elena. ¡Linda joya!

Ella fue de su patria horror y estrago;

Ella ardió los alcázares de Troya.

 

»Fíate, necio, de amoroso halago;

Patrocina y elogia a las mujeres;

Temprano o tarde te darán el pago.

 

»Dones lleva a la diosa de Citeres;

Leda con una mano los recibe,

Y con otra envenena tus placeres.

 

»¡Dichoso quien a tiempo se apercibe

Contra el sexo falaz y más dichoso

Quien sin amor y sin mujeres vive!»

 

¿Has dicho? Óyeme ahora; que celoso

A mi defensa vuelvo y a mi ataque,

Homenaje debido al sexo hermoso.

 

Quizá ya el triunfo cantarás muy jaque;

Mas basta a evaporar tu vanagloria,

No digo yo, cualquiera badulaque.

 

¿Qué vale recordar la añeja historia

De la hermosa Tindárida funesta?

Sólo pruebas con eso tu memoria.

 

Citar mujeres mil poco me cuesta

De castidad y de valor modelo;

Mas no es del caso erudición molesta.

 

Ni cubre mi razón tan denso velo

Que a todas las disculpe. ¡A buen seguro!

Muchas son el oprobio de su suelo.

 

Mas para alguna que rompiendo el muro

De la austera opinión al torpe crimen

Guiar se deje por conato impuro,

 

¡Cuántas el hambre déspota redimen

Con su indefenso honor! ¡Cuántas, ay! Cuántas

de artera seducción víctimas gimen!

 

Censor injusto que de ver te espantas

De Isaura la flaqueza, ¿acaso ignoras

Que el lloro de Damón bañó sus plantas?

 

Las palabras recuerda engañadoras

Que insidiaron su cándida inocencia,

Las elocuentes cartas seductoras.

 

Viérasle de su amor en la demencia

Jurar por el divino firmamento

Consagrarla por siempre su existencia.

 

Viérasle cuán solícito y atento

Sus más leves caprichos prevenía,

Y así velaba su traidor intento,

 

Y gimiendo a su lado noche y día

Cuán rendido ensalzaba su hermosura,

Su ingenio, su donaire y bizarría.

 

Así entre gayas flores y verdura

Se oculta el áspid y en manjar sabroso

La ponzoña vertió mano perjura.

 

No de otra forma el piélago espumoso

Con mansas olas el fatal bajío

Al marinero cubre cauteloso.

 

¡Ah! ¿Qué no inventa el corruptor impío

Hasta que el triunfo bárbaro asegura,

Que olvida luego con cruel desvío?

 

Ora baña su rostro de dulzura,

Diestro camaleón; ora abismado

En el dolor lo finge y la amargura.

 

Viérasle, en fin ante el objeto amado

Con mentido furor el hierro agudo

Convertir a su seno depravado.

 

Débil Mujer, en el combate rudo

Do a par de la natura el hombre lidia,

¿Qué Palas te defiende con su escudo?

 

Nutrida en la ignorancia, en la desidia,

Y tierna más que el Hombre y amorosa,

¿No ha de vencer del Hombre la perfidia?

 

Así en torpe ramera escandalosa

La seducción convierte a quien sin ella

Tierna madre sería y fiel esposa.

 

Así, Clori infeliz, tu frente bella

Do celestial pudor resplandecía

Marchita el vicio y la ignominia sella.

 

Aquella que en inmunda mercancía

Torna el amor, decrépita rufiana,

Aún llora de un amante la falsía.

 

Nunca la hubieran en su edad lozana

Con pérfidas lisonjas seducido;

Y ahora sería respetable anciana.

 

¡Ay! después que una mísera ha perdido

La buena fama, su mayor tesoro,

¿Qué asombro si el pudor lanza al olvido?

 

Sin apiadarse de su ardiente lloro

Hoy lenguaz la deshonra el embustero

Que ayer la repetía: yo te adoro.

 

«De la virtud, respondes, al sendero

Puede tornar. Si el Hombre se lo niega,

Dios le dará el perdón, menos severo.»

 

¡Saludable moral más que a la vega

El fecundo rocío!, aunque en la boca

De un botarate lúbrico no pega.

 

Mas tu ejemplo al desorden la provoca.

¿Y por qué llamas hoy crimen horrible

Lo que llamaste ayer una bicoca?

 

La que ayer, a tus lágrimas sensible,

De gracia fue raudal y de delicias

¿Infame ha de ser hoy y aborrecible?

 

Hoy no vendiera Lola sus caricias

Si no la despreciase el insolente,

Que robó a su hermosura las primicias.

 

Y no es menos ludibrio de la gente

La que al vicio aprendido se abandona

Que aquella que lo llora y se arrepiente.

 

¿Qué digo? Despreciada se arrincona

La que siente pesar de su flaqueza,

A la relapsa la opulencia abona.

 

Perdió a Dorila su gentil belleza.

Pues otro bien no tiene, ¿será extraño

Que con ella conjure la pobreza?

 

Ya me replicas tétrico y huraño

Que eso de traficar con la hermosura

Causa a la sociedad inmenso daño.

 

Sí; mas viviendo mísera y oscura

¿Por qué a la sociedad ser inmolada,

Que la arroja de sí como basura?

 

Ni premio espera la mujer honrada,

Que entre los hombres vive como ilota,

Ni socorro y piedad la descarriada.

 

A tu lengua mordaz el filo embota,

Pues, si no seductor, cómplice fuiste,

Y no la imprimas indeleble nota.

 

El poder con que el hado te reviste

Templa tú con la plácida indulgencia;

Y harto será si tu poder resiste.

 

Si el saber y el valor fueron tu herencia,

De la Mujer son dotes la ternura,

El candor, la piedad y la paciencia.

 

No ve el rostro a la negra desventura

El que de una mujer amado vive

Que de sus males temple la amargura.

 

La Mujer en su seno te recibe,

Y a tu labio infantil el pecho ofrece

Do el almo néctar sin descanso libe.

 

No la aurora tan próvida amanece,

No a serenar el hórrido nublado

Tan halagüeño el iris aparece,

 

Cual su labio amoroso y regalado

Sonriendo saluda al caro dueño

Cuando a sus lares torna fatigado.

 

Ella, a olvidar el enconado ceño

De su estrella enemiga, le previene

La limpia mesa y el tranquilo sueño.

 

El cielo dio a su acento que resuene

Grato y consolador, y que a tu ira,

Hombre feroz, los ímpetus enfrene.

 

La Mujer con el mísero suspira,

Y mano tiende al pobre bienhechora

Como el Hombre impasible la retira.

 

Su mirar enternece y enamora,

Y su sonrisa el alma lisonjea

Como las auras al dosel de Flora.

 

Mientras el Hombre bárbaro pelea;

Mientras de acero la discordia insana

Arma su diestra o de encendida tea;

 

Sobria, dulce, benéfica y humana,

Paz amorosa la Mujer ansía,

Fuente de dichas que incesante mana.

 

Y en los altares fervorosa y pía,

Cuando el Hombre  los huye pervertido,

Preces al Alto por el Hombre  envía.

 

Ni, bien que débil gima y abatido,

Al eco de la patria, de la gloria

El sexo del amor cierra su oído.

 

¡Cuántas ganaron inmortal memoria

En los campos de Marte y a su frente

Ciñeron el laurel de la victoria!

 

Ni labio luminoso y elocuente

A la Mujer negó Naturaleza,

Y claro ingenio y fantasía ardiente.

 

No es patrimonio suyo la rudeza,

Como pretende el Hombre; que el talento

Bien se sabe hermanar con la belleza.

 

Mas no ya a la Mujer como portento

De gracia y de virtud el Hombre estime:

Sólo su compasión mover intento.

 

Duélete, sí, de la Mujer que gime,

Por nacer menos fuerte, condenada

A adular al tirano que la oprime.

 

Aún por el mismo amor atormentada,

En tutela infeliz desde la cuna

Vivir la mira hasta la tumba helada;

 

Y en soledad austera la importuna

Existencia arrastrar; y al hombre avaro

Los favores ceder de la fortuna.

 

Cual rota nave, si luciente faro

El puerto no le enseña en noche umbrosa,

La cuitada perece sin tu amparo.

 

Contempla que madrastra rigorosa

Le envía en cada gozo mil dolores

Natura, para ti madre amorosa.

 

Contempla en fin los negros sinsabores

Que por tu causa sin cesar padece,

Y si la has de ultrajar no la enamores.

 

Basta; que ya mi sátira te escuece.

Si en vano corregirte me prometo,

Confiésame a lo menos que merece

Más amor la Mujer y más respeto.

 

Epigrama XI

Dejome el Sumo Poder,

Por gracia particular,

Lo que había menester:

Dos ojos para llorar…

Y uno solo para ver.

 

La Mejor Gala De Abril

Del ledo Manzanares

En la galana orilla

«Entre olorosos céspedes

La tierna yerbecilla

Pace el cordero cándido,

Y con balido trémulo

Saluda a la aurora del plácido Abril.

 

La vid enamorada

Al olmo fiel asida

Tiende los verdes pámpanos

Sobre la copa erguida;

Y entre sus brazos lúbricos

Retoza el blando Céfiro

Nuncio delicioso del plácido Abril.

 

Y en el jardín ameno,

Y en el risueño prado

Abren las flores vírgenes

El seno embalsamado.

Brota la espiga próvida,

Y el impaciente agrícola

Entona loores al pródigo Abril.

 

De Progne ya resuena

El canto apetecido

Que en torno gira rápida

Del amoroso nido,

Y el ruiseñor armónico

En los gigantes álamos

Con dulce gorjeo bendice al Abril.

 

No empero el corderillo,

Ni la vid tortuosa,

Ni el Cefirillo alígero,

Ni la encarnada rosa,

Ni la espiga benéfica,

Ni los alegres pájaros

Subliman la gloria del plácido Abril.

 

Tú, mi gentil Rosana;

Tú, que a Venus afrentas,

Y hasta el paterno piélago

Con tus gracias la ahuyentas;

Tú, pastora bellísima,

De tantas almas ídolo,

Tú eres la gala más linda de Abril.

 

Reputaciones Fáciles

Dice un refrán (¡qué patraña!)

Que todo el mundo es país.

¿Dónde ha visto usted, don Luis,

Un país como la España?

Basta aquí un poco de maña

Para adquirir un varón

Universal opinión;

Que en el suelo castellano

Ya no distingue un cristiano

El pepino y el melón.

 

Gran pera, enorme mostacho,

Voz que atruene el hemisferio,

Guerra a todo ministerio…,

Si yo no entro en el Despacho;

Llamar brillante muchacho

Al que raja y alborota;

Acusar de vil feota,

Aunque sea buen patricio,

A todo el que tenga juicio;…

Y cáteme usted patriota.

 

Leer sin meditación

Las obras de Víctor Hugo,

Jamás doblegarse al yugo

Del gusto y de la razón,

Dar una ruin traducción

Por obra de mi chabeta,

En una insulsa cuarteta

Hacer gala de cinismo,

Loarme en fin a mí mismo;…

Y cáteme usted poeta.

 

Tenga yo mesa abundante

Que ofrecer a los gorrones;

Las torpes adulaciones

Pague en dinero contante

Del que mis gracias aguante.

Mientras sea dadivoso

No hay miedo que malicioso

Nadie con pullas me pinche,

Y aunque yo ladre y relinche,…

Cate usted que soy gracioso.

 

Tenga yo mucha osadía

Con el flaco y el caído,

Hable fuerte y haga ruido…

Cuando esté con compañía,

Cuente como hazaña mía

La hazaña de algún pariente,

Pague a un chulo el aguardiente

Porvidando a troche y moche,

Rompa faroles de noche;…

Y cáteme usted valiente.

 

Tenga yo mujer bonita

Entrometida y buscona

Para estarme en la poltrona

Mientras por mí solicita;

Si alguien la fama me quita

No me dé pena ninguna;

Que si labro mi fortuna

Todo es un grano de anís;…

Y cáteme usted, don Luis,

En los cuernos de la luna.

 

Dimisorias A Una Dama

Tanta es, niña, mi ternura,

que no reconoce igual.

Si tuvieras un caudal

comparable a la hermosura

de ese rostro que bendigo,

me casaría contigo.

 

Eres mi bien y mi norte,

graciosa y tierna Clarisa,

y a tener tú menos prisa

de llamarme tu consorte,

pongo al cielo por testigo,

me casaría contigo.

 

¿Tú me idolatras? Convengo.

Y yo, que al verte me encanto,

si no te afanaras tanto

por saber que sueldo tengo

y si cojo aceite o trigo,

me casaría contigo.

 

A no ser porque tus dengues

ceden solo a mi porfía

cuando, necio en demasía,

para dijes y merengues

mi dinero te prodigo,

me casaría contigo.

 

A no ser porque recibes

instrucciones de tu madre,

y es forzoso que la cuadre

cuando me hablas o escribes,

o me citas al postigo,

me casaría contigo.

 

Si cuando solo al bandullo

regalas tosco gazpacho,

haciendo de todo empacho,

no tuvieras más orgullo

que en la horca don Rodrigo,

me casaría contigo.

 

Si después de estar casados,

en lugar de rica hacienda,

no esperase la prebenda

de tres voraces cuñados

y una suegra por castigo,

me casaría contigo.

 

Si, conjurando la peste

que llorar a tantos veo,

virtudes que en ti no creo,

de cierto signo celeste

me pusieran al abrigo,

me casaría contigo.

 

Dios Sobre Todo

Verdades a troche y moche

Fulmina Juan a cualquiera,

Ya vaya a pie o tenga coche;

Mas, aunque tanta virtud

Confusa mi alma venera,

¿Prosperará de ese modo?

Dios sobre todo.

 

Si alguno le mira y ríe

Se enciende Claudio en furor:

Fuerza es que le desafíe,

Porque mirar a un valiente…

¿Y no merece mejor

De temerario el apodo?

Dios sobre todo.

 

Ese nuevo potentado

Que, gracias a su mujer,

Hoy se ve tan entonado,

Si llega un triste a su puerta,

¿Se acordará de que ayer

Arrastraba por el lodo?

Dios sobre todo.

 

¿Piensas tú que don Valerio,

Cuando este mundo mezquino

Es un puro gatuperio,

Aunque pueda acreditarlo

Con añejo pergamino,

Viene de linaje godo?

Dios sobre todo.

 

¿Qué fin se propone Rita,

Moza de garbo y salero,

Cuando servir solicita,

Y no hay en la Corte casa,

Sino es de señor soltero,

En donde encuentre acomodo?

Dios sobre todo.

 

Aquel administrador

Su plata mide a quintales.

¡Qué opulencia! ¡Qué esplendor!

¿Le cayó la lotería;

O bien en las arcas reales

Metió la mano hasta el codo?

Dios sobre todo.

 

¿Serán dinero contante

De un ministro la sonrisa,

Los cuentos de un navegante,

Los suspiros de un poeta,

Las lágrimas de Belisa,

Las promesas de un beodo?

Dios sobre todo.

 

El Brasero

Dirán que soy friolero;

Que soy un cierzo, un Enero;

Pero

Júrole a usted por mi honor

Que no hay un mueble mejor

Que el brasero.

 

Si el termómetro requiero,

Apunta dos bajo cero;

Pero

Del termómetro me río;

Que me preserva del frío

Mi brasero.

 

Si está el carbón muy entero,

Me da un tufo que me muero;

Pero

Se echa un cuarto de alhucema

Y no hay quien el tufo tema

Del brasero.

 

Fama cual otros no espero

Revolviendo el mundo entero;

Pero

Me bebo alegre una azumbre

Mientras revuelvo la lumbre

Del brasero.

 

Asando estoy con reposo

En las ascuas un hermoso

Pero,

Mientras se quema una pata

Y huye bufando la gata

Del brasero.

 

No tengo un gran cocinero

Ni mesa del alto clero;

Pero

Como a gusto en la tarima

Que suelo poner encima

Del brasero.

 

Es mueble antiguo, somero,

De mal tono, chapucero;

Pero

A toda la vecindad

Me reúne en sociedad

El brasero.

 

La chimenea ya infiero

Que da mayor reverbero;

Pero

Inspira más confianza,

Más intimidad la usanza

Del brasero.

 

Es el pudor muy severo

De la muchacha que quiero;

Pero

¡Qué delicia! Alza la ropa

Por no quemarla en la copa

Del brasero.

 

Y aguarda, que en el tintero

Me dejo el más lisonjero

Pero,

Los hurtillos que consiente

La camilla confidente

Del brasero.

 

El Baile

Diz que inventaron la danza

La alegría y el amor,

Y que tal vez la inocencia

Tuyo parte en la invención,

Cuando eran los hombres tales

Como el cielo los crió,

Y nadie osaba enmendar

La plana al sumo Hacedor;

Mas la sociedad moderna

De otra forma lo ordenó

Creando del baile serio

La singular locución.

Es cierto que de la danza

Arte bello se formó

Que un Vestris  y una Taglioni

Hicieron encantador;

Y aunque no faltan filósofos

Que miren con irrisión

Un arte en que al hombre igualan

El perro, el oso, el jocó;

Y no pueden tolerar

Que se llame profesor

Quien tiene el alma en las corvas

Y el ingenio en el talón,

Ya a los públicos teatros

El arte se refugió,

Y a la ambulante maroma

De algún italiano histrión.

Y el baile de sociedad

¿Merece este nombre? No,

Bien que lo llamen así

Los tontos de profesión.

Lo que fue danza animada

Insulsa parodia es hoy,

O ridícula fatiga

Sin placer ni diversión.

¿Qué es ver ochenta figuras

Frente a frente y dos a dos

Como autómatas moverse

Sin espíritu y sin voz?

¿Qué inspiran a los sentidos,

Qué anuncian al corazón

Cojeando la mazurca,

Galopando la galop?

¿Qué sustancia, don Remigio,

Saca usted de un rigodón

Arrastrando el pie dengoso

Ora delante, ora en pos?

¡Miradlos! Ellos y ellas,

Más serios que un facistol,

Danzan como si danzaran

Así,… de orden superior.

Apenas el aire agita

La leve falda de gro,

O de un zanquilargo fraque

El escurrido faldón.

Si Laura te da una mano,

Lo hace… por amor de Dios,

Y con guante, y de los cinco

Tres dedos sisa el pudor.

Si ella te abraza, es mentira:

Vas tú a abrazarla y ¡voló!;

Que te esquiva la cintura…

Por guardar el polisson.

La destreza es de mal tono,

El regocijo, ¡fi donc!;

La ala está en el desdén

Y en el fastidio el primor.

Y esos que por tal bobada.

Sin piedad de su pulmón,

Perdidos tiempo y hacienda,

Vuelven a casa con sol,

Antes que hombres y mujeres

Parecen en el salón

Santos de tontería

O muñecos de reloj:

Y luego pregunta Carlos

A la hermosa Leonor:

«¿Qué tal en casa del Conde?

¡Gran baile! ¡Gran reunión!

»¡Sí, magnífica!, contesta

La dama. Tengo una tos…

Usted se divertiría

Mucho… —Nada: no, señor.

»Yo me aburrí, pero tengo

La dulce satisfacción

De poder asegurar

Que me aburrí comm’ il faut».

¡Tal presente nos ha hecho

La extranjera ilustración,

Y el prurito de la moda

A tal extremo llegó!

Tales bailes no me den;

Que no entiendo, voto a brios,

Cómo pueden asociarse

La danza y el mal humor.

Denme el brioso bolero,

Y la jota  de Aragón,

Y el fandango  saleroso

Y el polo  jaleador;

Y aunque sirva de sarao

La cocina de un mesón;

Y mas que cuelguen candiles

Y espejo sea un perol;

Y mas que en humilde poyo

Suplan con rasgado son

La guitarra y la bandurria

Al oboe  y al fagot.

¡Y alegría, pese al diablo!

¡Y vaya otro trago, Antón!

¡Y brinco que cante el credo!

¡Y que se muela el arroz!

Y la mano, sea mano,

Y en lo que fuero razón

No le anden con regateos

A ningún hombre de pro;

Y haga Juana otra cabriola,

Y mas que sea una coz;

Y sepamos si esa liga

Es verde o de otro color.

Esto será de mal tono,

Y vulgar, y ¿qué sé yo…;

Pero es fruta de mi tierra,

Y yo soy muy español.

 

Odio A La Sujeción

¡Ea, no quiero, tía!

¡El diantre de la rueca!

¿Siempre he de estar hilando?

¡No es mala impertinencia!

Dejadme que me ponga

La saya de franela

Que hogaño el tío Bartolo

Me trajo de la feria.

Dejadme al aire libre

Triscar por la pradera;

Que de chupar estopa

Me voy quedando seca.

Dejadme que tañendo

Mi linda pandereta

Cabe el arroyo cante

La jacarilla nueva.

Si no es que los donceles

Por adularme mientan,

En gracia y en donaire

No hay una que me venza.

Ayer me dijo Tirso:

«¡Lástima de mozuela

Perdida en los tizones

De rancia chimenea!»

Y dice bien. Quince años

Cumplí por la cuaresma.

Bullendo está mi sangre;

Saltando de las venas.

¿Teméis que me requiebren

Los mozos de la aldea?

Dejadlos. No hay peligro

Que en público me pierda.

Peor será que alguno,

Si amor me desespera,

A media noche salte

Las tapias de la huerta.

Que a las niñas… (anoche

Lo dijo la tendera)

Inútil es guardarlas

Si no se guardan ellas.

Hilando, no hay remedio,

Voy a caer enferma.

Dejadme de mis años

Gozar la primavera.

Cuando al invierno llegue…

Como vos; cuando vea

Arrugas en mi cara,

Canas en mi cabeza;

Entonces, sin cuidarme

De amor ni panderetas,

Lo juro, de las manos

No soltaré la rueca.

 

El Aguinaldo

Estoy frito, estoy en ascuas

Con tanto «¡Felices pascuas!»

Y con tanta socaliña.

Gente rapaz e indiscreta,

Basta ya de rebatiña,

O por vida de poeta

Con una sátira os baldo.

¡Reniego del aguinaldo!

 

Pedigüeño que me dices:

«¡Felices pascuas, felices!»

¿Cómo quieres que las tenga

Si con tarjetas los unos,

Los otros con una arenga,

¡No me dejáis, importunos!

¿Para una taza de caldo?

¡Basta, basta de aguinaldo!

 

Pedid al que emplea en fincas

Todo el oro de los Incas

Ganado ¡Dios sabe cómo!

Pedid al que era de un duque,

No hace mucho, mayordomo,

Y hoy puede fletar un buque

Con el importe del saldo.

¡Reniego del aguinaldo!

 

Andad con esa molienda

A algún ministro de Hacienda,

O al insaciable asentista,

O al palaciego intrigante,

O a un vista… corto de vista;

Pero ¿a un poeta… y cesante!…

¡Por vida de san Romualdo!

¡Basta, basta de aguinaldo!

 

Al aguador, santo y bueno,

Y al criado y al sereno;

Que estos al fin, bien o mal,

Me sirven; mas ¿que me pida

Para turrón, ¡pesia tal!

Una vergonzante Armida

De quien yo no soy Reinaldo?

¡Reniego del aguinaldo!

 

Repartidores  perversos,

¿A qué me venís con versos

Si yo los tengo de sobra?

Con mano airada y convulsa,

Si volvéis a la maniobra,

En cada décima  insulsa,

Una maldición respaldo.

¡Basta, basta de aguinaldo!

 

El Quevedo, y el Diario,

Y el Arpa  y el Semanario…

¡Santo cielo, qué reata!

El Panorama español…

Dilín, dilín… ¡La Postdata!

—¿Otro? ¡La Revista!… ¡El Sol!…

¡Mis sobrinos!… ¡El Heraldo!…

¡Reniego del aguinaldo!

 

¡No cesa la campanilla!

Me fugaré de la villa

Si esto en Madrid se consiente.

¡Por Dios, por Dios, respetad

El mísero remanente

De mi escasa propiedad,

O me quejaré a Basualdo!

¡No más, no más aguinaldo!

 

El Amante De Todas

Me enamoran los ojos de Filena,

Y de Clori la túrgida cintura;

En Rosana me hechiza la blancura,

Y Anarda me cautiva por morena;

 

El talento de Elisa me enajena;

Me embelesa de Inés la travesura,

Y aun de la bizca Astrea la dulzura

Forja a mi corazón blanda cadena.

 

No hay una fea que me cause espanto.

Gorda, flaca; alta, baja; ardiente, fría;…

En todas hallo celestial encanto.

 

Perdona, de mi estrella es tiranía;

Mas aunque a todas quiero, a nadie tanto

Como a ti, que me escuchas, Nise mía.

 

El Diablo Predicador

No sólo en farsas dramáticas

Mete su cuezo Astarot:

No en el teatro del Príncipe

Fija sólo su mansión;

No sólo se viste el hábito

Que el Seráfico fundó;

Que, pues estamos en época

De algazara y de ficción,

También acude a la máscara

El Diablo predicador.

 

¡Paso, que allá va el intérprete

Del atezado Plutón!

Y nadie lo niegue incrédulo;

Que estar el Diablo no es de hoy

Bajo una careta anónima

O dentro de un dominó.

¡Paso! Entre veras y jácaras,

A más de uno y más de dos

Va a zurrar con crudo látigo

El Diablo predicador.

 

¡Arre allá, vieja ridícula!

No a la sombra del cartón

Robes a las tiernas vírgenes

Las lisonjas del amor.

¿De qué te sirve un crepúsculo

De ineficaz ilusión?

Anda a rezar por las ánimas.

Deja el mundo y piensa en Dios;

O tu faz descubre lívida

El Diablo predicador.

 

Ya la coquetuela Mónica

La careta se quitó,

Y aquella sonrisa plácida

Triunfa a babor y estribor;

Mas otra le queda, jóvenes,

De albayalde y arrebol…

Y ¿por qué también la pérfida

No se quita el polisson?

No engañan trapos recónditos

Al Diablo predicador.

 

¡Así! ¡Que suene la música,

Y se enzambre el rigodón,

Y haya codazos, y estrépito,

Y se sude de calor!…

Mientras tanto un mozo lúbrico,

Y una moza como un sol,

Se escurren por aquel ángulo…

—¿Se perderán? —¿Qué sé yo?…

Otro llorará su pérdida,

No el Diablo predicador.

 

¡Qué gozo en la sala próxima!

¿Será que al fin se logró

De los partidos acérrimos

La deseada fusión?

¿Podrán más que la política

Las travesuras de amor?

¿O lo que fusión  paréceme

Será tal vez confusión?

No hace falta en ese círculo

El Diablo predicador.

 

Pero ¿qué horrendo espectáculo,

Más allá del corredor,

Se ofrece a mi vista atónita?

El juego, piélago atroz

Donde suelen morir náufragos

El dinero y el honor.

¡Ah, pobres maridos víctimas!…

¡Oh témpora! ¡Oh mores! ¡Oh!…

Allí debe estar el púlpito

Del Diablo predicador.

 

Más allá la fonda opípara

Recrea a más de un glotón.

Apenas pueden los fámulos

Acudir a tanta voz.

¡Y qué de virtudes frágiles

Anega el vino traidor!

¡Y qué nube de parásitos!

¡Si parece maldición!

¿Quién pone coto a su estómago?

Ni el Diablo predicador.

 

Pero ya basta de sátira

Y basta de reprensión,

Pues el cenizoso miércoles

Llega con paso veloz,

Y con él se acerca el término

De la jocosa estación.

Siga la broma sin límites;

Que al fin, si no vota en pro,

Hoy no harán mella las pláticas

Del Diablo predicador.

 

El Feo

Yo soy muy buen cristiano,

Yo soy buen ciudadano,

Yo soy un pobrecillo

Candoroso y sencillo;

Pero con esta cara

Que Dios me dio tan rara

Nada me sale como yo deseo.

¡Ay desgraciado del que nace feo!

 

La cara, dice el mundo,

Del corazón profundo

Es el veraz retrato;

Y ese mundo insensato

Sólo al ver mi figura

Mi alma inocente y pura

Compara al alma del feroz Atreo.

¡Ay desgraciado del que nace feo!

 

Nunca he sido tramposo;

Que es vicio indecoroso;

Mas si para un apuro

He menester un duro,

Jamás hallo una puerta

A mis ruegos abierta.

En vano pido, en vano pordioseo.

¡Ay desgraciado del que nace feo!

 

Si un lindo sin sustancia

Suelta una extravagancia,

¡Oh cómo aplaude Obdulia

Y toda la tertulia!

Yo digo una agudeza,

Y exclaman: ¡qué simpleza!

¿Quién le mete a gracioso a ese Asmodeo?

¡Ay desgraciado del que nace feo!

 

A Pedro da esperanzas,

A Juan mimos y chanzas,

A Diego… En fin, a trece

Versátil favorece

La coquetuela Marta;

Y a mí me da… una carta

Para que vaya a echarla en el correo.

¡Ay desgraciado del que nace feo!

 

En la calle un cualquiera

Me disputa la acera;

En casa, siendo el amo,

No acuden cuando llamo.

¿Pretender? Tararira.

Confianza no inspira

Este rostro fatal para un empleo.

¡Ay desgraciado del que nace feo!

 

Al entrar yo en la fonda

Ríen a la redonda

Ocho trastos o nueve,

Y el mozo se me atreve,

Y los peores platos

Me sirve, y no baratos;

Que yo soy algún paria a lo que veo.

¡Ay desgraciado del que nace feo!

 

Si hay de noche camorra

Por culpas de una zorra,

Y yo por un acaso

¡Triste! me encuentro al paso,

El agresor escapa,

Y la ronda me atrapa;

Y me mira… No hay más: yo soy el reo.

¡Ay desgraciado del que nace feo!

 

Si un fraile (esto no es mofa)

Furibundo apostrofa

Al pecador precito,

Aunque pueblo infinito

Le oiga en la augusta sala,

Solo a mí  me señala

Cuando acudo al sermón del jubileo.

¡Ay desgraciado del que nace feo!

 

Yo busco al cirujano,

Yo sudo, yo me afano

Si pare un niño hermoso

Inés. Padre y esposo

(No siempre es uno mismo)

Me encargan del bautismo…

Y no cato los dulces del bateo.

¡Ay desgraciado del que nace feo!

 

Soy más feo que Picio,

Y es mi mayor suplicio

Gustar de la hermosura.

Si al fin por desventura

Acepta alguna bella

Mi amor, ¡tal será ella!

Capricornium me fecit, lo preveo.

¡Ay desgraciado del que nace feo!

 

El Furor Filarmónico

[…] Ridentem dicere verum

Quid vetat?

Horacio.

No más, no más callar; que ya en mi seno

Tanta bilis no cabe, Anfriso mío,

Y tanta indignación, tanto veneno.

 

¿Yo sufrir el armónico extravío

Que así enloquece al grave castellano?

¡Yo que de castellano me glorío!

 

¿Yo sufrir que el gorjeo de un soprano

Muy más al pueblo estólido conmueva

Que el ruso combatiendo al otomano?

 

¿Y que a enseñar un hombre no se atreva

Luneta para el otro coliseo

Cuando anuncia el cartel ópera  nueva?

 

¿Que en el café, en la calle, en el paseo,

En tertulia, doquier se hable tan sólo

De la Donna del lago  o de Romeo?

 

¿Que la letra de un aria, horror de Apolo,

Aprenda de memoria un lechuguino,

Y desprecie a León y al dulce Polo?

 

¿Que me pruebe en añejo pergamino

Descender de Gerión, y yo le vea

Adulador de un buffo  transalpino?

 

¿Que el sentido común negado sea

Por la meliflua turba a quien ignora

Lo que es un calderón  y una corchea?

 

¿Que hasta para vender platos de Alcora

En escala cromática  se grite,

Y anuncie el diapasón  a una aguadora?

 

¿Que aplaudiendo un moscón se desgañite

Tal vez lo que rechiflas merecía,

Y entre bravos  el hígado vomite?

 

No, no; mil veces no. Sacra Talía,

Ya tu fuego satírico me inflama.

Dardo aguzado es ya la pluma mía.

 

No es tan terrible el bruto de Jarama

Que agarrochado rompe la barrera,

Y embiste, y hiere, y espumante brama.

 

¡Quién tu mostaza, Juvenal, me diera,

O tu diestro pincel, divino Horacio,

Que admirará la prole postrimera!

 

¡Mas ay, que no es Madrid el noble Lacio,

Y aquí no hay un Mecenas ni un Augusto

Que proteja de un vate el cartapacio!

 

¿Y he de callar, con el pulmón robusto?

No, que es santa la causa que sostengo

Y de ignorantes zoilos no me asusto.

 

Harto es mi galardón si a España vengo

Del desprecio español, y en rima acerba

Su decoro impertérrito mantengo.

 

«¡Triste! ¿Qué vas a hacer? Aunque Minerva

Declamara por ti, no se corrige

La tenaz filarmónica caterva.

 

»Hay un genio infernal que la dirige,

Gigante enorme, que a domar su furia

Más robusto poder que el tuyo exige.

 

»Reprende los enredos de la curia,

Si comezón de sátira te roe,

La avaricia o la sórdida lujuria;

 

»Y deja que Madrid plácido loe

Los trinos  de una amable virtuosa

Al compás del violín y del oboe.

 

»Triunfe Pacini, triunfe Cimarosa,

Y eríjase de mármol y granito

Pirámide a Rossini  majestuosa.

 

»Deja que, sin alzar tu inútil grito,

Cual sus tablas un día en el desierto

Se adore de Moisés  el spartito.

 

»Todo sea dulcísono concierto,

Y óigase el gorgorito almibarado

Hasta en el réquiem  que se entona a un muerto.

 

»¿Por qué en poema cáustico y airado

Ese placer legítimo combates

Que tiene al español embelesado?

 

»¡El mundo siempre fue casa de orates,

¡Y al furor filarmónico te opones!

¿Quién en locura, quién vence a los vates?

 

»La música es consuelo de aflicciones.

¿Quién no canta en el mundo? Aún el esclavo

Canta al sonar los férreos eslabones.

 

»¡Dichoso el que no cuenta un solo ochavo

Para almorzar mañana, como pueda

Clamar en la luneta ¡bravo! ¡bravo!

 

»Sigue, vate infeliz, otra vereda.

¿Quién ataja un torrente con arcilla?

¡Guarda, no algún desastre te suceda!

 

»Ya no es Castilla lo que fue Castilla

Aquí más que otro tiempo al gran Rodrigo

Hoy se aplaude a un maestro de capilla.

 

»Deja estar a los músicos, te digo,

Que son el ornamento de la Corte.

Mira que te aconsejo cual amigo.

 

»Tu satírica saña se reporte;

Que no bien un melómano te lea,

De enemigos tendrás una cohorte.

 

»Dirán (casi los oigo): ¡Estulta idea!

Ese hombre tiene el alma de peñasco

Cuando una dulce voz no le recrea.

 

»Mas ¿qué será lo que le altera el casco?

¡Audacia singular!… —Vamos, no hay duda,

Algún poema suyo ha fato fiasco.

 

»Más de una vez su musa testaruda

Entre la risa de ignorante plebe

Nos ha espetado la verdad desnuda.

 

»¡Venganza, guerra al poetastro aleve

Que a la divina Euterpe escarneciendo

Su viperina lengua osado mueve!

 

»El que impugna una stretta  y un crescendo,

Quien maldice el adagio  y el andante,

Reo es de crimen bárbaro y horrendo».

 

Tente, Anfriso, y escucha tolerante.

No soy yo de la música contrario:

Sólo pudiera serlo un delirante.

 

Ni a condenar me atrevo temerario

El público placer, bien que mi diestra

Sólo a Dios elevara el incensario.

 

Quizá también mi júbilo se muestra

Al escuchar los ecos de Rossini

En Galli, en Rossi, en la sonora orchestra.

 

Pláceme Osmir en boca de Passini,

La Céssari  en Arsace  me arrebata,

Y admiro en Semirámide  a la Albini.

 

Ni dejo de aplaudir una volata

Por cantarla Valencia, si me gusta;

Que nunca he sido mulo de reata.

 

Ni aún Llord  cual subalterno me disgusta;

Que Orfeo no ha de hacer de confidente

Como pretende multitud injusta.

 

Mas mi cólera, Anfriso, no consiente

Que ensalzando de Italia a los cantores

Al español teatro así se afrente.

 

Tribútense en buen hora mil loores

A una voz peregrina, y no olvidemos

Que en Madrid hay comedias, hay actores.

 

No sea todo bravos, todo extremos

Cuando trina en rondó  lengua toscana,

Y al escuchar a Lope  bostecemos.

 

No clamen voces mil: ¡Hosanna! ¡Hosanna!

Cuando acate a su reina el pueblo asirio,

Y olvidemos la gloria castellana.

 

No aplaudamos un dúo  con delirio,

Y Calderón y Rojas y Moreto

En vez de almo placer nos den martirio.

 

No vea yo a Cervantes incompleto

Por las cuadras rodar, y entre cristales

De la Schiava  el insípido libretto.

 

No en el canto los duros a quintales

Ose invertir quien a Talía niega

Ocho maravedís y cuatro reales.

 

¿No es risa ver al pueblo cómo brega

Para alcanzar billete del Crociato?

¡A tanto, Anfriso, la locura llega!

 

Uno pierde la capa, otro un zapato;

Otro desde la víspera se aloja

Sobre la dura losa. ¡Mentecato!

 

Las diez. ¡Fiero motín! ¡Ruda congoja!

«¡Orden! ¡Orden! ¡Soldados, en batalla!

Aquí la sangre azul; allí la roja.

 

—»¡Atrás! ¡Buen culatazo a la canalla!»

—¡Nada! ¿Quién la contiene? Aunque a sus ojos

Diez cañones cargasen de metralla.

 

¡Qué de jirones luego y de despojos!

¡Cuántos, sobre quedarse sin tarjeta,

Descalabrados van, mancos o cojos!

 

Otro, no menos huero de chaveta,

Compra a fuerza de plata el privilegio

De adquirir sin porrazos la luneta.

 

¿Qué ha de hacer? Si perdiera un solo arpegio

De la nueva función, otro elegante

Le acusara tal vez de sacrilegio.

 

No falta en tales días un tunante

Que revenda lunetas y sillones

Burlando al alguacil más vigilante.

 

Y hay hombre que daría diez doblones

Por escuchar el aria  del contralto

Aunque fuera en el foso entre ratones.

 

Sabe Madrid que a la verdad no falto.

Cierto es el trasnochar, y el monopolio,

Y el tomar los billetes por asalto.

 

De cuanto pasa en él un tomo en folio

Se pudiera escribir; que menos fiero

El galo fue trepando al Capitolio.

 

Esto, y aún más que referir no quiero

Pasa en Madrid; ¡y me dirá mi abuela:

«¡Los tiempos están malos: no hay dinero!»

 

«¿A quién en tanto, a quién no desconsuela

El ver cuando no hay ópera desiertos

Patio, palcos, lunetas y cazuela?

 

«Este calor cruel nos tiene muertos.

Sudar en la comedía es de mal tono.

Los cómicos son torpes, inexpertos.

 

»Si es trágica la acción me desazono;

Si es moral me empalaga; si es jocosa…

Vaya usté en mi lugar: cedo el abono».

 

Así el canto alienígena se endiosa;

Y aunque viera a mis plantas un abismo,

¿No ha de tronar mi saña procelosa?

 

Necio furor, risible fanatismo,

La guerra te declaro, y ¡oh si fuera

Cada verso que estampo un sinapismo!

 

¡Oh tú, santuario de virtud severa,

Teatro nacional, que fuiste un día

Norma y recreo de la gente ibera;

 

Prestigio de mi ardiente fantasía,

Tú, a quien tanta vigilia he consagrado,

Puerto amigable en la tormenta mía;

 

Tú que el sesgo camino me has trazado

Do Inarco laureó la docta frente,

Si bien se atasca en él mi pie cuitado;

 

Tú que en vano a la moda intercadente

Moral opones, variedad, buen gusto,

Ludibrio ya y botín de intrusa gente;

 

Teatro nacional, mi ceño adusto

Tu inicua depresión vengar ansía

Y vapular al populacho injusto!

 

Otro tan bajo apodo aplicaría

Sólo al humilde menestral honesto,

al que no viene de alta jerarquía;

 

Yo no, que a todo trance me he propuesto

Lo que siento decir, aunque mañana

Mordaz me llame un crítico indigesto.

 

Los que nunca leyeron a Mariana,

Y devoran insípidas novelas

En lengua gali-escita-castellana;

 

Los que charlando más que un sacamuelas

Insignes literatos se pregonan,

Y jamás saludaron las escuelas;

 

Los que su patria sin pudor baldonan;

Los que el oro negado al indigente

Por exóticos dijes abandonan;

 

Los que con cien aromas del Oriente

De sus almas no purgan la inmundicia,

Y llaman al danzar ciencia eminente;

 

El gallego o vascón cuya injusticia

Osa tildar de bárbaro salvaje

Al hijo de Navarra o de Galicia;

 

Los que llaman a un coche un equipaje,

Y hablando entre españoles mal gabacho

Sus costumbres olvidan, su lenguaje;

 

Anfriso, yo lo digo sin empacho;

Estos, su condición cual fuere sea,

Estos son, ¡vive Dios! el populacho.

 

Lejos de mí la extravagante idea

De condenar las óperas, repito;

Ni aun la débil de Osmir  y Netzarea.

 

Mas aquel que al armónico apetito

Todo lo sacrifica afeminado,

Es un fatuo, un cabeza de chorlito.

 

«¡Bello dúo! Mi oreja ha regalado».

Bien; mas ¿por qué el monarca babilonio

Ya cadáver entona un recitado?

 

¿Por qué Antenor, que viene hecho un demonio,

Canta rabiando y a Celmira  aterra?

¿No es levantarle un falso testimonio?

 

¿En qué ignorado pueblo de la tierra,

Aunque perdone Il posto, canta un reo

Delante del consejo de la guerra?

 

¡Oh poder de la solfa! ¡Oh coliseo!

Cuando a mí me asaltaron los ladrones

No cantaban siguiendo a un corifeo.

 

¡Ay, que menos maldad, menos traiciones

Llorara el orbe si al compás  y al tono

Los hombres sujetaran sus pasiones!

 

Mas no se diga que con ciego encono

Ando a caza de faltas en el canto,

Y al olvido sus gracias abandono.

 

Basta: sólo diré que no me espanto

Si entre bemoles  el tam-tam  resuena,

Ni Claudio  cantarín me arranca llanto;

 

Que el canto los sentidos enajena,

Que conmueve tal vez; mas no convence,

Objeto primitivo de la escena.

 

Ni el comprender la letra a mí me vence,

Si cuando no debía Otelo  canta,

Lo mismo es en toscano que en vascuence.

 

Sólo a su voz los triunfos que decanta

Quizá debe un tenor: la Poesía

Del genio vive, y no de la garganta.

 

De Melpómene fiera y de Talía

A los cuadros patéticos y fieles

También concede un genio la armonía.

 

La armonía de Fidias y de Apeles

Que el alma hiere, blanda, imperceptible,

Sin flautas, sin tam-tam, ni cascabeles.

 

Armónico placer indefinible,

Placer que sólo siente y sólo expresa

Quien nutre un corazón tierno y sensible.

 

¿Qué gozo iguala a la feliz sorpresa

De ver al torpe vicio escarnecido

Ceder su triunfo a la virtud opresa?

 

Si sucumbe, ¿qué pecho empedernido

No goza maldiciendo a los troyanos,

Lágrimas dando a la infelice Dido?

 

¿Quién de Dios no venera los arcanos

Cuando incestuoso gime y parricida

El miserable rey de los tebanos?

 

¿Quién si en su pecho la virtud anida,

No bendice a Jehová, que el alma fiera

Le negó y el orgullo de un Atrida?

 

¿Quién…? Pero ¿a qué me salgo de mi esfera?

¿Qué escribo yo? Una sátira picante,

Y no un tratado de moral austera.

 

¿Quién vale más, Racine  o Mercadante?

¿Es más justo reír en El Avaro

Que aplaudir una pieza concertante?

 

¿Es lícito ignorar que Gundemaro

Fue de España monarca al madrileño

Que ha aprendido a decir: Addio, caro?

 

¿Se aplaudirá a un cantor con necio empeño

Antes que cante, sin saber si tiene

Mísera voz y oído berroqueño?

 

¿Callarán las deidades de Hipocrene

El talento español, y el de otra casta

Sonará desde Calpe hasta Pirene?

 

Que yo resuelva la cuestión no basta.

¿Y a qué fin? Cada cual a su albedrío,

Dirán, el tiempo y el dinero gasta.

 

Haced lo que queráis: tiradlo al río;

La solfa preferid; cuando haya canto

Olvidad los rigores del estío;

 

Pero, por Cristo y por su Padre santo,

No vayáis a ultrajar la patria escena

Los que la veis con tedio y con espanto.

 

No porque una comedía os cause pena

Miréis como a un idiota de reojo

Al pobre diablo que la juzga buena.

 

No apuntéis sin cesar el doble anteojo

Para ver en tertulia y aposentos

Si Filis se vistió de azul o rojo.

 

No allí el tiempo gastéis contando cuentos,

Y hasta ver si es el drama bueno o malo

No le volváis la espalda descontentos.

 

No charle usted tan fuerte, don Gonzalo,

O vaya con su cháchara al pasillo;

Que los que están detrás no son de palo.

 

No se ha anunciado en el cartel sencillo,

Ni puede autorizar el presidente

Que usted nos administre un tabardillo.

 

Ya que aplaude a rabiar, Dios se lo aumente,

Al tiple  y al tenor, con sus paisanos

Sea usted, a lo menos, indulgente.

 

No tema lastimar sus lindas manos

Si aplaude a un español; que no por eso

Gemirán los cantores italianos.

 

Indigno fuera tan culpable exceso

De un artista eminente, cuya fama

No se funda en los bravos  de un camueso.

 

Alguno de ellos, que las leyes ama

De la santa equidad, allá en su idioma

Llorando nuestra mengua al cielo clama.

 

¡Ay, que el llanto a mis párpados asoma

Cuando a ser españoles nos enseña

El que ha nacido en Nápoles o en Roma!

 

«¿Por qué, dice, la gente madrileña,

Bien que aplaudidos sean tiple  y bajo,

La escena nacional tanto desdeña?

 

»Esmerado y asiduo es su trabajo.

¿No hacen más de lo justo los actores

Que por poco dinero echan el cuajo?»

 

Dice bien. Y si en premio a sus sudores

La soledad reciben y el desprecio,

Mal se corregirán de sus errores.

 

Hoy dan nueva función. ¡Oh vulgo necio!

¿Por qué no vas a verla? Si es mezquina,

Si la ejecutan mal, silba de recio.

 

Canta la donna  mal su cavatina,

Y exclamas al momento compasivo:

«Está mala; está ronca: ¡poverina!»

 

¿Pecar no pudo por igual motivo

Un actor español? Quizá trabaja

Después de haber tomado un vomitivo.

 

Quizá ese mismo que tu lengua ultraja,

Inmolado al escénico decoro,

Come gazpacho y duerme sobre paja.

 

¿No fuera más razón en rudo coro,

Si delinquen, silbar a los de allende

Que han venido a embolsar montones de oro?

 

Mas en vano mi sátira pretende

Reformar a la ciega muchedumbre

Que la razón esquiva, o no la entiende.

 

¡Basta; me canso ya! ¡Dios los alumbre!;

Que si decir quisiera lo que callo

Aún gastara de tinta media azumbre.

 

Si en vano, ¡oh patria! por tu honor batallo;

Si no me escuchan como en Troya un día

Al que arengó contra el fatal caballo;

 

Si los necios me juran guerra impía;

¿Qué importa? La verdad siempre es mi norte.

Muchos aplaudirán la audacia mía;

Que no todos son necios en la Corte.

 

El Galgo Y El Cerdo

La sobriedad nos conviene

Y nos mata la pereza:

Esta fábula lo reza,

Que es una lección de higiene.

Desde su hedionda pocilga

Cierto marrano archibruto

A un ligero galgo enjuto

Tales sandeces endilga:

«Pobre animal baladí

Que estás hecho una silueta,

¿Eres dómine, o poeta?

Lástima tengo de ti.

»Gracias, le responde el galgo,

Por tu amistoso interés;

Pero, tal como me ves,

Más puedo que tú y más valgo.

»¡Sí, cruzando valle y loma,

Y expuesto a más de un percance,

A una liebre das alcance

Para que otro se la coma!

»Cierto; mas de la victoria

La parte mejor reclamo:

El provecho doy al amo

Y me reservo la gloria.

»¡Bah! ¿Qué es la gloria? Humo vano.

Yo, a tales quimeras sordo,

Como, y duermo en paz y engordo,

Replica el tosco marrano.

»Por ventura ¿estoy yo hambriento?

El amo no me limita

La ración que necesita

Mi sobrio temperamento.

»Conservo así la aptitud

Que pide mi noble oficio,

Y aire puro y ejercicio

Fortalecen mi salud,

»Entre el hogar y la caza,

Así, bestia descreída,

Quince años y más de vida

Concede el cielo a mi raza.

»Tú, cuyo sensorio embota,

Ya de suyo torpe y basto,

Entre inmundo cieno el pasto

Del salvado y la bellota;

»Tú, cuyo destino cierto,

Tras llevar tan feo nombre,

Es cebarte vivo el hombre

Para devorarte muerto;

»Tú, cuya importancia es nula

Para tanto orgullo, ignoras

Que están contadas tus horas

Y es tu enemigo la gula.

»Cumplido apenas un año

Darás el postrer resuello,

Y tras de horrible degüello

Te sacarán el redaño;

»Y el de muerte tan funesta,

Sin duelo de tu agonía,

Será en esta casa día

De regodeo y de fiesta.

»Ya preparan: la sartén,

Ya hacen de tu carne trizas

Y con ella longanizas,

Que yo he de probar también…»

Su filípica severa

Suspendió el galgo ladino

Porque advirtió que el gorrino

Se durmió… como quien era.

El estúpido glotón

Que, sin más Dios que su panza,

Vive en vergonzosa holganza

Como el citado lechón,

Tema apresurar el día

En que le lleve al lucillo,

Si no acerado cuchillo

Fulminante apoplejía.

Poemas de Manuel Bretón de los Herreros

El Pie De Lola

A mi amiga la Excma. Señora Doña Dolores Perignat de Pacheco

Lolita la de ojos negros

Sobre nacarada tez,

Tan modesta como linda,

Tan donosa como fiel;

Hermosa andaluza, que eres

La gala de aquel edén

Y, sin ser Rabicortona,

El asombro de Jerez,

Hanme dicho que en París,

Corte del trono francés,

No has encontrado, Lolita,

Zapato para tu pie.

¿Qué mucho, si es tan pulido

Que Amor se deleita en él

Y tan breve que al moverse

El más lince no le ve?

¡Dios te perdone el tormento

Que sufrió… tú sabes quién

Cuando vio tu pie en la mano

De un zapatero soez!

Pero antes de consentir

Tal sacrilegio ¿por qué

No consideraste, Lola,

Que tu clima no era aquel?

Ya se ve, tú pedirías

Zapatos para mujer,

Y los debiste pedir

Para niña de ocho a diez;

Que pasan allí por bellos

Pies de a tercia, y puede ser

Que no asusten los que midan

Cinco dedos más o seis;

Y diz que al tarso condenan

Para que parezca bien

A ser descarnado y seco

Cual tablero de ajedrez.

De gustos nada hay escrito,

Dice el refrán, bien lo sé;

Y no ha de tirar guijarros

A su tejado el francés;

Y en cada tierra hay su estilo.

Por eso en Babel-Mandeb

Agrada el rostro atezado

Que suda gotas de pez.

Pero árido zancarrón

Con sólo huesos y piel

¿Quién lo puede celebrar

Hablando de buena fe?

O le es fuerza confesarme

Que lo admira contra ley,

O serán de pie de banco

Las razones que me dé;

Y si hay quien tribute versos

A tales pies, ese quién

Hará en vez de un madrigal

Un epigrama cruel.

¡No así Fidias  memorable

Los esculpiera, ni fue

Tan chata  la inspiración

De Murillo  y Rafael!;

Que pie druida, es enemigo

De la pasión, del placer,

Y el instinto de lo bello

Fue guía de su pincel.

¿Qué talle hicieran garboso

Las patas que allí se ven?

Es imposible… ¿Y la pierna?…

Jesús, María y José!

Alma de cántaro abriga

Quien no sabe comprender

De un túrgido pie menudo

La elocuente morbidez.

¡Oh cuánto suelen decir

Artero amor a través

Del tabinete y la galga,

Y la media de patén!

Pero un pie de estado llano,

Que no altera su nivel,

Si no es cola de abadejo

Es cecina de Avilés.

Por eso cuando en España,

Que es país de honra y de prez,

«A los pies de usted, señora».

Exclama noble doncel,

Quizá se declara amante

Con achaque de cortés,

Y llamárase dichoso

Si le dijeran amén;

Que un pie lacónico y blando,

¡Vaya! es lo que hay que comer,

Lolita, y gracia de Dios

Poner los labios en él;

Pero en la orilla del Sena

Sería absurda sandez

El decir a una madama:

«Señora, a los pies de usted».

 

El Primer Billete

Leonor se esconde. —¿Por qué será?…

Ya sé yo adónde… y a lo que va.

Ya al gabinete con un billete

Color de rosa… ¡Qué linda cosa,

Bella Leonor,

¡Es un billete de amor!

 

Por verlo muero, dice entre sí.

¡Es el primero que recibí!

¡Mucho sigilo!, dijo Camilo.

Nadie lo vea, nadie lo lea,

Sino Leonor;

Que es un billete de amor.

 

Los del Tesoro, para papá;

Que él siempre el oro preferirá.

Pero el dinero del mundo entero

No tiene encanto, no vale tanto

Para Leonor

Como un billete de amor.

 

¡Oh que embeleso! ¡Oh qué pasión!

Merece un beso cada renglón.

Turbada el alma pierde la calma;

Mas no me asusto; tiemblo… de gusto.

¡Viva Leonor

Con un billete de amor.

 

Yo le contesto… ni mal, ni bien.

Mejor es esto: un ten con ten…

Así a mi primo no desanimo;

Pero es muy tonto decir tan pronto

«Tuya es Leonor»

En un billete de amor.

 

¡Leonor! En vano tregua le das.

Tarde o temprano sucumbirás.

Mientras Camilo duerme tranquilo,

Letal veneno bebe tu seno,

¡Pobre Leonor!

En un billete de amor.

 

El Qué Dirán

Tengo un hijo grandullón

Que es un bravo calavera.

¿Cuál? ¿El pobre segundón?

Sí. —Pues dele usted carrera;

Que eso vale un beneficio.

—No quiere… —Aprenda un oficio.

Por la vía mercantil

O con la industria fabril

Tendrá honra, tendrá pan.

Ya…; mas ¿qué dirán?

 

Ayer gastó en un convite

Ocho mil reales doña Ana,

Y dicen que se repite

La misma función mañana.

En tanto, tiene un hermano

Que a su puerta llama en vano…

Pero no es hombre elegante.

Le hospedaría al instante…,

Aunque fuera en el zaguán;

Pero ¿qué dirán?

 

Los versos de Fabio muerdo,

Aunque sé que buenos son.

No es eso obrar como cuerdo.

Como no es de mi opinión…

Antes que saliese a luz

Su drama, le hice la cruz.

Mi corazón no lo odia;

Mas ¡cantar la palinodia!…

Primero me matarán.

¡Jesús! ¿qué dirán?

 

Da un baile el embajador

El martes de esta semana,

Y convida a don Melchor

Y a su mujer Feliciana.

Entre vestidos y coche,

Por darse tono  una noche,

Gastarán lo que no tienen;…

Pero de infanzones vienen

Y si a la fiesta no van,

¡Cielos! ¿qué dirán?

 

¡Gran boda va a hacer mi hija!

Casa con un mayorazgo

Que tiene medio Lebrija.

Del cielo vino este hallazgo.

Pero es muy feo y muy necio

Y ella no le tiene aprecio;

Que su corazón conquista

Un bello mozo, un artista.

¿Un artista? ¿Un ganapán?

¡Oh! no. ¿Qué dirán?

 

Por gusto, no por salud,

Mi mujer se va a los baños.

Yo rayo en la senectud,

Y ella tiene pocos años.

La acompaña un primo suyo…

Y hay quien dice que es su cuyo;

Ni falta quien me aconseje

Que a Sacedón no la deje

Marcharse con el galán.

Pero ¿qué dirán?

 

Linda muchacha es Jacinta.

Y le quiere a usted ¡Ya, ya!

¡Oh! sí. La pobre está encinta…

Pero usted se casará…

Bien quisiera, mas su cuna,

Su educación, su fortuna…

Sedujo usted su virtud,

Y hoy… ¡Qué infame ingratitud!

Yo siento mucho su afán;

Pero ¿qué dirán?

 

Vanidad de alma y de lengua,

Torpe egoísmo villano,

¿Cuándo no seréis la mengua

Del pobre género humano?

¡Oh miseria! El falso honor

Engendra el falso rubor.

¡Cuánto y cuánto mal hacemos!;

¡Cuánto y cuánto bien perdemos

Por un maldito refrán!;

Por el ¿qué dirán?

 

El Verano Del Pobre

«¡Oh qué gloria de verano!

Este es el tiempo del pobre.

El campo produce ufano

Para que a todos nos sobre.

El sol, primera deidad

Que el hombre absorto bendijo,

¡Brilla con tal majestad…

¡Qué regocijo!»

 

Así se explicaba un sabio

Con magistral continente.

Yo, por no hacerle un agravio,

No responderé que miente;

Pero el buen hombre, a fe mía,

No supo lo que se dijo

Cuando en verano decía:

¡Qué regocijo!

 

Si él suda, y el amo agarra,

¿Qué es a un cuitado el Agosto?

¿Verá con gozo la parra

Si no ha de catar el mosto?

¡Haré yo buena barriga

Mientras remando me aflijo

Con que un filósofo diga:

¡Qué regocijo!

 

Deme una quinta frondosa

Que del calor me preserve,

Y baño en agua de rosa

Cuando la sangre me hierve,

Y una carroza en que vaya

A la corte y al cortijo;

Y yo exclamaré: ¡Bien haya…

¡Qué regocijo!

 

¡Mas, por vida del Mogol!…

El que cava en esa cuesta

¿Cómo ha de loar al sol

Que le consume y le tuesta?

¿Y qué le espera en su choza?

Un gazpacho, un pan de mijo,

Y dormir sobre la broza.

¡Qué regocijo!

 

¡Pondera del sol luciente

La sublime maravilla

A esa familia indigente

Prensada en una guardilla!

Y allí el perro por compinche,

Y entre la mujer y el hijo

La mosca, el ratón, la chinche…

¡Qué regocijo!

 

Anda al río y date un baño.

Ni aun eso de balde haré;

Y será para mi daño

Yendo y volviéndome a pie.

Mal, si salgo del rincón;

Mal, si en casa me cobijo.

¡Qué deliciosa estación!

¡Qué regocijo!

 

Y de memoria no hablo;

Que a los pobres ganapanes

En este Madrid, o diablo,

Aun el agua cuesta afanes.

¡Dos horas estuvo ayer

Para llenar un botijo

Mi desdichada mujer!…

¡Qué regocijo!

 

La fruta vale a dos cuartos,

La hortaliza casi a cero.

Los pobretes quedan hartos

Con poquísimo dinero.

Y a mí un torozón me casca,

Y otro a mi suegra, de fijo,

Y un muchacho se me atasca…

¡Qué regocijo!

 

Al menos en el invierno

Los pobres, si los enlaza

Amor recíproco y tierno,

Aunque duerman en la plaza,

Unos con otros se abrigan,

Y en su grato revoltijo

No será extraño que digan:

¡Qué regocijo!

 

Si uno, en fin, ama este infierno

Y otro el frío destructor,

El estío y el invierno;…

Para mí todo es peor;

Pues, con permiso del sabio,

En invierno me encanijo

Y en la canícula rabio.

¡Qué regocijo!

 

En El Álbum De Una Actriz

Niña que versos me pides

¿Quieres ser libre y feliz?

Pues ni en tu casa te olvides,

Niña, de que eres actriz.

¿No ves, graciosa sirena,

Cómo en comedias de amores

Lo que se llora en la escena

Se ríe entre bastidores?

Tanto ve que son de cedro

Sus santos el sacristán,

Que ni le arroba san Pedro

Ni le edifica san Juan.

¿Sacas tú algún beneficio

Del que, obediente al poeta,

Te galantea de oficio

Con auxilio del consueta?

Esos requiebros que ahora

Te prodiga tan humilde,

Oirá mañana Teodora

Y esotro día Matilde.

Pues bien, linces no verán

La diferencia menor

Entre el actor que es galán.

Y el galán que no es actor.

Lee si no, prenda amada,

Para ver en qué me fundo,

Mi comedia titulada

Todo es farsa en este mundo.

«Guarda, niña, el corazón;

Castiga a tanto farsante

Con la pena del talión:

Farsa en ellos, ¡y adelante!

Mas cuando a su labio inspires

Dulce, amoroso preludio,

Te aconsejo que los mires…

Como figuras de estudio;

Que en baja clase y en alta

Actores  hay más de cuatro

Que darían quince y falta

A los héroes de teatro.

Y con diferentes trajes

¡Cuántos en esta nación

Son cómicos personajes…,

Y no saben que lo son!

Al que diga: soy tu esclavo;

¡Duélete de mí, cruel!…

¡Bravo, responde, archibravo!

¡Bien estudiaste el papel!

¡Ay!… ya entre ellos no me cuenta

De los jóvenes la parva.

Paso ya de los cuarenta,

Y más que galán ¡soy barba!

Por ende, yo que no creo

Triunfar en tales empresas,

Sólo un amor te deseo;

El del arte que profesas.

Acaso dirás que soy

El perro del hortelano;

Pero un consejo te doy

Que no puede ser más sano.

Por esa cara hechicera,

Si el alma tienes artística,

¡Ay, no te cases siquiera

Hasta ser característica!

No de Himeneo te ciña

El lazo; teme su culto;

Que sus consecuencias, niña,

Suelen ser de mucho bulto;

Y es tarea del demonio

Involucrar cada día

La prosa del matrimonio

Con el estro de Talía.

No a la púdica vestal.

Mártir y prez de su sexo,

Desmienta en hora fatal

Algún indicio convexo.

No, mientras te hable de amor

Un supuesto Durandarte,

Tu esposo en un bastidor

Rabie de celos aparte.

No hay inspiración ni genio

En actriz que alza la gaita

Y advierte desde el proscenio

Que su nene dice taita.

Pero si el Dios de Pelayo

Decretó, niña donosa,

Que hagas de tu capa un sayo,

Sayo será y no otra cosa.

La naturaleza manda

Más que Rojas y Terencio,

Y a voz tan dulce y tan blanda

¿Quién puede imponer silencio?

Aunque linda y seductora,

Eres criatura humana,

Y tendrás tu cuarto de hora

Como toda fiel cristiana.

 

La Vida Del Hombre. Poema Pedestre Jocoserio. La Adolescencia

En el romance anterior

Dejamos, lector insigne,

A nuestro héroe de marras

En una especie de crisis;

Que así se puede llamar

Aquel tránsito difícil

De los pueriles instintos

los humos juveniles.

Crepúsculo de la vida;

(Que en efecto, menos vive

Que vegeta  el individuo

En sus primeros abriles)

Crepúsculo de la vida

La adolescencia (otros dicen

La pubertad) se inaugura

Con los síntomas que siguen.

A las doce navidades

En unos se hace ostensible;

En otros, menos precoces,

No se muestra hasta las quince.

Sombrea leve pelusa,

Esto es, la barba en su origen,

Aquella parte del labio

Que frisa con las narices.

Pasa la voz a la boca

Desde la hueca laringe

En problemático son

Misto de tenor  y tiple.

Hierve la sangre en las venas,

Cuyo humor acre, proclive

(Que dijo el otro) rebosa

Por la humana superficie.

Panadizos y diviesos

Al protagonista afligen,

Y el corazón palpitante

Quiere salir de sus lindes.

Ignoradas sensaciones,

Deseos indefinibles

En el cerebro le bullen

Y en el pecho le sonríen.

No bien cambia el tonelete

Y la valona de nipis

Por la levita y demás

Atavíos varoniles,

Mira con fiero desdén

Los trompos y los confites,

Y si le llaman muchacho

Se le amontona la bilis.

Si antes estudió los géneros

Sin saber en qué consisten,

Lo que va de primo  a prima

Hoy sin vacilar distingue.

El desarrollo de Adela

Sigue con ojos de lince

Y observa que con el suyo

Simpático coincide;

Que, mientras juzga su padre

Que otros estudios prosigue,

En la historia natural

Hace progresos visibles;

Y es con las primas cordero

El que con los primos tigre

Sin descifrar todavía

La clave de este busilis.

Mas de la inocencia cándida

Pronto quebrados los diques,

Se convierten en demonios

Los que fueron serafines.

Ni es maravilla que al Céfiro

Cuando susurra apacible

La frágil caña se moza

Y se doblegue la mimbre.

Naturaleza nos habla

Halagüeña, inteligible;

Su copa exhala perfumes…

¿Cómo rehusar el brindis?

No es culpa de un pobre mozo

Si hay sátiros que le pinten

La virtud ruda y amarga,

Fácil y goloso el crimen.

Ni ¿qué mucho si el neófito

Lo que más le agrada elige

Entre el veto  de su dómine

Y el exequátur  de Filis?

Pecará…; yo no lo niego,

Mas si, en efecto, delinque,

Él purgará sus pecados

Y exclamará: ¡parce mihi!

¡Mirad! Su lustro primero

A duras penas fue triple,

¡Y ya aquella flor lozana

Diclina su tallo humilde!

El que ayer dio culto a Venus

Hoy a Mercurio  lo rinde,

Y el pecho que amor henchía

Lenta consume la tisis.

¡Qué dolor! ¡Oh adolescencia

Estúpida! ¿Y es posible

Que aún hagan muchos mozuelos

Alarde de sus deslices?

Por el flujo de hombrear

¡Cuántos publican la triste

Vergonzosa pestilencia

Que abrevia sus días! ¡Títeres!…

Y hay mueble tan presumido,

Que sin sentirla la finge

Mintiendo palmas de mártir

Cuando las llora de virgen.

A otros les da por la gloria,

Como a aquellos por la sífilis,

Nuevo linaje de búhos,

Aunque blasonan de cisnes.

Genios  son no comprendidos;

Es decir, incomprensibles,

Cuya misión en la tierra

Es renegar de su estirpe.

Sus númenes son vampiros,

Brujas, espectros, caribes…;

Su paraíso el infierno;

Su vida, suplicio horrible.

Oye el lúgubre ronquido

Con que del mundo maldicen

Que sólo han visto pintado

En bïombos y tapices,

Y el afán con que pretenden

En fuego y sangre fundirle,

Como el que abrasó la cama

Para acabar con las chinches.

Observa el raro contraste

De sus gracias infantiles

Con la seriedad ridícula

De sus pláticas bilingües.

Míralos cómo ponderan

Desengaños que no existen,

Pesares que no conocen,

Placeres que no conciben.

Para ellos todas las hembras

Son Mesalinas o Circes,

Ponzoña sus atractivos,

Prostitución sus melindres.

Y es porque ellas al muñeco

Que arriesga amoroso envite

Responden: «Límpiese el moco

Y aparte; que no me sirve».

Paciencia, ¡pobre zagal!

Si al tormento sobrevives

De no ser hombre  cual piensas

Ni niño  como lo fuiste,

Yo prometo que algún día

Con ellas te reconcilies

Y llames diosa del mundo

A la que hoy llamas esfinge.

Entonces… Mas para entonces

Con otro romance en ristre

Te emplazo. Este ya llegó

Al opus coronat finis.

 

Un Viaje A Hortaleza

Engancha, zagal amigo,

Ese cuadrúpedo ruin.

Hoy son los días de Laura,

¡Y aún estamos en Madrid!

Vuela por ese camino,

Y te daré gracias mil,

Y eternizará mi musa

Tu trémulo calesín;

Y aunque se ofenda el Correo

Literario mercantil,

Diré que lo fabricaron

Para las bodas del Cid.

Vuela a Hortaleza, y no sea

Que, por llevarnos allí,

Con tantas copas beodo

Nos lleves a Chamartín.

¡Oh si yo fuera paloma

Para no apelar a ti

Aunque en las garras de un sacre

Me aventurase a morir!

Aprieta. —¡Cuerpo de Cristo,

Cómo galopa el rocín!

¡Cuál sudo! ¡Cuál trago polvo!

No importa, Laura, es por ti.

Por cuestas y por barrancos

Nuestra vida está en un tris;

Que es el camino alevoso

Y el carruaje baladí.

—¡Tente, no vuelques!… Respiro.

Bendiga el cielo tu ardid;

Que fuera mucha desgracia

Sin ver a Laura morir.

—¿Qué harás en este momento?

¿Vagarás por el jardín?

¡Oh quién te viera, morena,

Sin que me vieras a mí!

Tal vez leve sombrerillo

Cubre tu frente gentil,

Ahora que el rubio Febo

Pende del alto cenit;

Y al cenador enramado

Robas el fresco jazmín,

O al verde geranio enlazas

El encarnado alelí.

Tal vez en la blanda higuera

Grabas con punta sutil,

¡Ay simplecilla!, recuerdos

De algún amor infeliz.

O bien en rima sencilla

Cerrada en tu camarín

De la campaña inocente

Cantas la vida feliz;

Que también del padre Delio

Te inspira el numen a ti,

Y te dio su plectro Erato

Cual su donoso reír.

O quizá pulsas el clave

Con tus dedos de marfil,

Y a los céfiros encantas

Con tu voz de serafín.

O ante el cristal animado

Te ayuda Silvia a ceñir

Al dulce túrgido seno

Corpiñito carmesí;

Y a tu cabello claveles

De jaspeado matiz;

Y a tu cuello torneado

La gargantilla turquí;

Y tornasolada cinta

Que trujiste de Madrid

A la tu breve cintura

Digna de eterno buril.

O a la sombra regalada

Del húmido tamariz

Te aduerme el blando gorjeo

Del tímido colorín.

¿Y quién sabe si en el plomo

Que no temes despedir

Mísera viudez envías

A la pintada perdiz?

O bien… Mas paran las ruedas

Del terrestre bergantín.

¡Ya en Hortaleza! Volemos,

Y a Laura… ¡Miradla allí!

Salud, hermosa zagala,

Tu fiesta vengo a aplaudir.

Dichosa, oh Laura, celebres

Otras ciento, y otras mil.

 

Las Proclamas

¿En qué público papel,

En qué esquina de cuartel,

En qué estrado o portería,

O tienda de mercería,

En qué retrete de cama

Fijaré la vista mía

Que no encuentre una proclama?

 

¡Por Dios del cielo que es cosa

Estupenda y asombrosa

Cómo cunde este contagio,

Y tanto insípido plagio

Como la prensa derrama

Pidiendo el común sufragio

En una y otra proclama!

 

Desde el cenit del gobierno

Hasta el postrer subalterno

¿Quién no las hace en Castilla?

Alcalde hay de monterilla

Que creerá perder su fama

Si desde ignorada villa

No da al mundo una proclama.

 

Hay gobernador civil

Que habrá escrito ya dos mil.

¡Y son breves sus abortos!

Los pueblos están absortos.

Si la pluma desparrama,

Cinco pliegos vienen cortos

A su más breve proclama.

 

¡Hará el pueblo buena olla

Con semejante bambolla!

Ni el faccioso las comprende,

Ni hay trazas de que se enmiende,

Ni la patriótica llama

En este siglo se enciende

Con una linda proclama.

 

Mi escaso merecimiento…

Pero con vosotros cuento…

Las palmas de la victoria…

La unión.. Un día de gloria…

La facción… La inicua trama…

Las páginas de la historia…

Cate usted una proclama.

 

Cierran puertas; suenan voces;

Ya andan a palos y a coces;

Ya suenan tiros… ¡Piedad!

Ya está ardiendo la ciudad;

Aquel grita, el otro brama…

¿Y qué hace la autoridad?

¡Friolera!… Una proclama.

 

Yo convengo en que haya alguna

Siendo veraz y oportuna;

Pero ¿proclamas a todo?

Pues ¿no veis que de ese modo

Se hastía el pueblo y se escama,

Y aunque tropiece en su codo

No mirará una proclama?

 

Oír al pobre y al rico;

Justicia al grande y al chico;

Sudar con manos y pies

Por el público interés;

Irse al tronco, no a la rama;

¡Guerra al traidor!… Esta es

La verdadera proclama.

 

Epigrama X

Para un viejo, almacén de desengaños,

Si en la esfera no está de los pudientes,

Son los amigos lo que son los dientes:

Se mellan y se pudren con los años.

 

Epístola Moral Sobre Las Costumbres Del Siglo

A mi querido amigo

El excelentísimo señor don Ventura de la Vega.

¡Oh siglo del vapor  y del buen tono!

¡Oh venturoso siglo diecinueve…

O, para hablar mejor, decimonono!

 

Si alguna pluma cáustica se atreve

A negar tus virtudes y tu gloria,

Yo la declaro pérfida y aleve.

 

¿Cuándo ha visto en sus páginas la historia,

Sea en la antigua edad, sea en la media,

Tantas acciones dignas de memoria?

 

¡Y qué saber! Si Dios no lo remedia,

Tendrá cada varón dentro de poco

Montada en su nariz la enciclopedia.

 

Mozuelo a quien ayer hacía el coco

Bestial pasiega, y sin ajeno auxilio

Ni andar podía ni limpiarse el moco,

 

Hoy desafía a Homero y a Virgilio,

O con él comparado, si gobierna,

Era un mal aprendiz Numa Pompilio.

 

Hay quien echa a Demóstenes la pierna

De la elocuencia gárrula prendado

Que aprendió en los cafés… o en la taberna.

 

A otro basta nombrarle diputado,

Aunque su nulidad sea notoria,

Para que él se repute hombre de estado.

 

Hasta un pinche que en docta pepitoria

Perdices o besugos condimenta,

De sabio alcanza ya la ejecutoria;

 

Que si a la parca víctimas aumenta

La ciencia culinar, sabrosa muerte

Es morir con su sal y su pimienta.

 

Escribir y crear es nuestro fuerte,

No hay poste ya sin cartelón impreso,

Ni prensa ociosa, ni punzón inerte.

 

¡Así se compran páginas al peso,

Pagando medio duro por arroba,

Para envolver los dátiles y el queso!

 

Uno invoca a las brujas en su trova;

Otro sigue a Aristóteles y a Horacio;

Otro pinta a los héroes con joroba;

 

Aquel pulsa la lira en un palacio;

Aquel otro rasgando la bandurria

Muestra en un bodegón su cartapacio.

 

Ya nos posea el júbilo o la murria,

A todos nos ataca esa manía,

Esa especie de métrica estangurria,

 

Y lo mismo en la dulce poesía

Que en moral, en política, en hacienda,

Nuestro estado normal es la anarquía.

 

«El genio por doquier se abre una senda».

Asentada esta máxima, ¿qué importa

Que ya ningún cristiano nos entienda?

 

Así también la muchedumbre absorta

Sus goces multiplica intelectuales

Con tantas coplas como España aborta.

 

Así quizá en los públicos corrales

Involuntaria risa nos asedia

Cuando ejecutan dramas sepulcrales,

 

Y hoy que tanto se ríe  en la tragedia

No es maravilla si se queja alguno

De que le hagan reír en la comedia.

 

Mas dejando en su tema a cada uno,

Hugos y Tasos, Góngoras y Ovidios,

Decidme, y perdonad si os importuno;

 

¿Cuándo persas, ni sármatas, ni lidios

Hilaron tanto y tan delgado en esto

De acumular gabelas y subsidios?

 

Ello es verdad que con amargo gesto

Suspiran más de dos por un sistema

Que a lo justo reduzca el presupuesto.

 

Ello es verdad que rústico anatema

Fulmina audaz contra el avaro fisco

El pobre ganapán que caya o rema,

 

Y cuando alza el orgullo un obelisco

Exclama en su dolor: ¡yo lo he pagado

Con la postrer oveja de mi aprisco!

 

Mas ¿quién es un pechero mal criado

Para meter impertinente el cuezo

En el Sancta Sanctórum  del Estado?

 

Humille al suave yugo su pescuezo,

Y al sueño lo atribuya buenamente80

Cuando el hambre le arranque algún bostezo.

 

Pues ¡no faltaba más!; ¡que un insolente

Su bienestar prefiera…, verbigracia,

A las arduas cuestiones del Oriente!

 

Harto tiene que hacer la diplomacia

Si ha de avenir con el bajá del Nilo

A un tal Abdul Mejid, sultán de Tracia.

 

¡Es grave la cuestión! Pende de un hilo

Si ha de ser del vecino, o tuya, o mía

La pesca del caimán y el cocodrilo.

 

Arreglemos primero a la Turquía,

No sea que del uno al otro polo

Arda la guerra asoladora, impía.

 

A bien que Metternich se pinta solo,

Y Palmerston es hombre que lo entiende

Para eso de enjergar un protocolo,

 

Y después que conjuren aquel duende

Y al bajá y al sultán protocolicen,

Protocolizarán a los de aquende.

 

¡Oh! mármoles y bronces eternicen

Al que inventó tan linda panacea,

Aunque algunos ingratos la maldicen.

 

Lo que antes en diez años de pelea,

En un par de semanas hoy se ajusta

Con polvos y papel, tinta y oblea.

 

Otorga el flaco lo que al fuerte gusta;

La guerra es ya de pura ceremonia,

Y aunque truene el cañón nadie se asusta.

 

Venga, dice el inglés, esa colonia,

Y el prusiano y el ruso y el austríaco

Se reparten el reino de Polonia.

 

Si esto no agrada al infeliz polaco,

¡Paciencia! Era mal clima la Siberia:

Mejor campa en el Vístula el cosaco.

 

Así en el archipiélago se feria

A Otón un cetro, y a Coburgo en Flandes;

Así muere absoluto el rey de Iberia,

 

Y en su cartera así los hombres grandes

Del universo encierran el destino

Desde el hercúleo mar hasta los Andes.

 

Acaso algún espíritu mohíno

Más daño que a la pólvora y al hierro

Atribuya al papel y al pergamino.

 

Si al fin, dirá, la albarda y el cencerro

Ha de imponer al débil el potente,

Si le han de dar al cabo pan de perro,

 

Más vale pelear como valiente

Y a lo menos salvar la negra honrilla,

Como dijo aquel príncipe excelente.

 

¡Grosero error! Doblemos la rodilla,

¡Oh santo Protocolo, en tus altares.

¡Vítor!… Eres la octava maravilla.

 

Y no porque a los bélicos azares

Sucedan los primores de la pluma,

Faltan héroes. Nos sobran a millares.

 

De tal renombre la grandeza suma

Apenas se otorgaba en otra era

Al audaz vencedor de Moctezuma.

 

Hoy lo arreglamos ya de otra manera;

Proclamas y periódicos sin cuento

Conceden ese título a cualquiera.

 

¿Y qué diré, oh Ventura; (que el momento

Ya llegó de nombrar el ciudadano

A quien mi carta dirigir intento)

 

¿Qué diré del prodigio sobrehumano

De valer hoy millones los billetes

Que ayer menospreció todo cristiano?

 

Ve a la Bolsa  y, sin miedo a los corchetes,

Verás improvisar su bienandanza

A quien sabe mover los cubiletes.

 

¡Doloso cebo al necio Sanchopanza

A quien sepulta en súbito naufragio

Viento falaz que le auguró bonanza!

 

¡Maldito sea, exclamarás, el agio,

Peste de las modernas sociedades,

Más fiera que el bubón en su contagio!

 

¡Dichosas las pretéritas edades

Do fue desconocido! ¡A buen seguro

Que lo sufrieran Jerjes ni Milciades!

 

Mas ¿qué hicieras, replico, en el apuro

De ser ministro, di, y en el erario

No hallar para un remedio un peso duro?

 

¡Oh! No cabe sistema tributario

Que iguale ni con mucho al arte eximia

Que convierte el papel en numerario.

 

¿Y cómo reprobar la nueva alquimia

Cuando con ella el alto financiero

Si no salva al estado… lo vendimia?

 

¿Y qué importa que gima el pueblo entero

Mientras jugando al alza  y a la baja

La bursátil  legión nada en dinero!

 

Que no a todos es dable la ventaja

De comprar al futuro y al contado

Sin un real en la bolsa ni en la caja.

 

Al bolsista chambón, desventurado,

Que, paga una primada en cada prima

¿Quién le manda meterse en tal fregado?

 

Pero aunque esta verdad nos cause grima,

El maldito interés es una plaga

Que nunca el hombre se echará de encima.

 

Yo mismo, mal coplero que, a la zaga

Del Venusino que ilustraba al Lacio

En dulce son que persuadiendo halaga;

 

Yo que, imperito imitador reacio

De Rioja insigne, cuya docta pluma

Dio a la hispana región segundo Horacio,

 

Oso epistolizar (¡audacia suma!)

Y en vano forcejeo con la carga

Que ya mis hombros frágiles abruma,

 

Cuando escribo estos versos de botarga,

Y con algo de miel los elaboro;

Que a secas la verdad es muy amarga,

 

No de gloria fugaz al almo coro

Demando la merced: sólo me impulsa

La golosina de la Rosa de oro:

 

Y aunque peque mi sátira de insulsa,

Me quedaré más frío que la nieve

Si el adusto areópago me repulsa.

 

Mas, por si tal ocurre, quiero en breve

Dar a mi carta fin; que es ya prolija

Y tal vez hoy se lean ocho o nueve.

 

Así, aunque mucho queda en la valija,

Adiós, Ventura amable; siempre tuyo,

Como sabes… et caetera…, y concluyo

Antes que el auditorio me lo exija.

 

¡Es Mucho Cuento!

¡Que contra su propio hermano

En el suelo castellano,

Por si ha de ser hache o erre,

Tanto libre ciudadano

Pierda el estribo y se emperre!

¡Vaya!

¡Y que tantas guerras haya,

Como si la de Vizcaya

Nos diera poco tormento!

¡Es mucho cuento!

 

¡Que haya quien tenga interés,

Cuando sucede un revés

Al partido nacional,

En aumentar dos o tres;

Y se llame liberal!

¡Anda!

¡Y si se apura el que manda

Yo, porque soy de otra tanda,

Salto y brinco de contento!

¡Es mucho cuento!

 

¡Guerra al Gobierno! ¡Anatema!…

Este es mi eterno sistema.

Tunda, y después otra tunda,…

Mas que en su agonía extrema

Con él la patria se hunda.

¡Bravo!

Quien no conspira es esclavo.

Yo de insurgente me alabo

Y el motín es mi elemento.

¡Es mucho cuento!

 

Empeñado don Fabricio

(Sin duda ha perdido el juicio)

En echar por el atajo,

Y aunque todo el edificio

Mañana se venga abajo,

¡Ea!

Él ha de hacer la azotea

Y plantar la chimenea

Sin afirmar el cimiento.

¡Es mucho cuento!

 

¿Recuerda usted el afán

Con que clamaba don Juan

Por derechos populares?

¡Oh, más que faltase el pan

Y la paz en los hogares!

¡Vamos!…

Y si a votar le llamamos,

¡Porque hay que subir dos tramos

No acude al Ayuntamiento!

¡Es mucho cuento!

 

¡Órgano de la opinión

En esta pobre nación

Se titula cada cuál,

Cuando infausta desunión

Acrecienta nuestro mal!

¡Por Dios!…

Esto sucede inter nos;

Mas ellos…, una de dos:

Ser arriero, o ser jumento.

Es mucho cuento.

 

La Niña Enferma

Es tanto mi desconsuelo,

Que no hay cosa que me cuadre.

Todo me fastidia, madre…,

Menos mi primo Antoñuelo.

Yo lloro, yo clamo al cielo,

Yo me impaciento, yo rabio,

Y…, ya lo veis, de mi labio

Desaparece el color.

Mi seno palpita; yo estoy muy malita.

¡Ay madre! que venga, que venga el doctor.

 

Ya no toco la pandera

Con inocente alegría;

Ya no soy como solía

La gala de la pradera.

Me tiene de tal manera

El mal que en vano reprimo,

Que, a no bailar con mi primo,

Aun el baile me da horror.

Mi seno palpita; yo estoy muy malita.

¡Ay madre! que venga, que venga el doctor.

 

No precio ya la dulzura

Del albérchigo amarillo,

Ni el canto del jilguerillo,

Ni del prado la verdura.

De mi tenaz calentura

Me seca el rudo martirio

Como al azulado lirio

Seca el cierzo asolador.

Mi seno palpita; yo estoy muy malita.

¡Ay madre! que venga, que venga el doctor.

 

Tal vez se alivia este mal

Que me acongoja y me oprime

Cuando una pastora gime

Quejosa de su zagal;

Y, aunque es pecado mortal

Envidiar lo que otro goza,

Cuando se casa una moza

Se acrecienta mi dolor.

Mi seno palpita; yo estoy muy malita.

¡Ay madre! que venga, que venga el doctor.

 

Desnudo el llagado pecho

Hasta que la aurora brilla

Doy vueltas como una ardilla

Sobre el solitario lecho.

Si un instante mí despecho

El blando sueño aligera,

Sueño… Yo bien lo dijera,

Pero me causa rubor.

Mi seno palpita; yo estoy muy malita.

¡Ay madre! que venga, que venga el doctor.

 

No me veáis de esta suerte

Bajar a la sepultura.

Mirad que la calentura

Es cada día más fuerte.

No mi dolorosa muerte5

Os cubra de amargo duelo;

Y aunque tal vez Antoñuelo.

Me curaría mejor,…

Mi seno palpita; yo estoy muy malita.

¡Ay madre! que venga, que venga el doctor.

 

Está Perdida La Sociedad

Yo tengo una alma

Como un volcán;

Yo mis pasiones

No sé domar…;

Mas la justicia,

Mas la moral

A cada paso

Siento invocar.

Está perdida

La sociedad.

 

Mujer casada.

Quiero sitiar,

Ciego al hechizo

De su beldad.

¡Ah! no, me dicen;

Que en el altar

Prenda la hicieron

De otro mortal.

Está perdida

La sociedad.

 

Amor no debe

Reflexionar

Si hay o no fueros

De propiedad;

Mas si propalo

Máxima tal,

A los Toribios

Me enviarán.

Está perdida

La sociedad.

 

¡Y aun en el siglo

Maridos hay

Que no consienten

Ningún rival!,

¿No ven que solos

Sucumbirán

Al férreo yugo

Matrimonial?

Está perdida

La sociedad.

 

Sansimoniana

Mi caridad,

Las viñas todas

Quiere esquilmar.

Entre en la mía

Cualquier truhán.

Cuando la tenga:

¿Puedo hacer más?

Está perdida

La sociedad.

 

Porque mis triunfos

Suelo contar…

Y aun los que sueño

Doy por verdad,

Y porque feo

Soy, además,

Me huyen las bellas

Como a Satán.

Está perdida

La sociedad.

 

Gasto en placeres

Un dineral;

Mas, como renta

Dios no me da,

Pido prestado:

¿No es natural?

Pero el que presta

¡Quiere cobrar!

Está perdida

La sociedad.

 

¡Y un sastre, cielos,

Un menestral,

Me hostiga impío

Por aquel frac!

¡Vil! Yo le he dado

Celebridad.

Sin mí ocupara

Sucio portal.

Está perdida

La sociedad.

 

Por este flujo

De criticar

A muchos privo

De honra y de paz;

Mas con donaire,

Con mucha sal,

Mucha. ¡Y me llaman

Bicho mordaz!…

Está perdida

La sociedad.

 

Mucho te elogian,

Santa amistad;

¡Y no hay amigos

Que quieran ya

Sacrificarme

Su voluntad,

Y sus amores

Y su caudal!…

Está perdida

La sociedad.

 

Exorcismos

¿He de ser yo tan abanto,

Luisa, que crea en tu llanto

Cuando sé que eres mujer,

Y que por un alfiler

Que se te caiga del manto

Con la misma angustia lloras?

¡Exi foras!

 

¿Yo, porque en desgracia esté,

Desesperarme? No a fe,

No haré yo tal, ¡buena gana!;

Que arrepentirme mañana

De mi hazaña no podré

Si hoy me sepulto en el Tibre.

¡Dios me libre!

 

Cuando tanto perantón

Escribe sin ton ni son,

¿Yo creer que un libro es bueno

Porque veo un muro lleno

Con el amplio cartelón

Que me pondera su anuncio?

¡Abrenuncio!

 

¿Me quería a mí engañar

Cuando solía exclamar

Mi abuelo: «siempre has quebrado,

Soga, por lo más delgado,

Y siempre se ha de tragar

El grande pez al pequeño?»

Ni por sueño.

 

Por sabio que sea un rey,

Es el hombre mala grey

Y el reinar es mucho afán;

Y pues dice aquel refrán:

«Bien se lame suelto el buey»,

¿Yo suspirar por un cetro?

¡Vade retro!

 

Si marido llego a ser

Cargaré con mi mujer,

Porque es justo y no hay escape;

Pero ¿con mi suegra? ¡Zape!;

Que eso sería meter

Dentro de mi casa al diablo.

¡Guarda, Pablo!

 

Decir piropos y flores

A una bella, y sus favores

Galante solicitar,

Lo haré mientras pueda andar;

Pero ¿morirme de amores

Como se murió Macías?

¡No en mis días!

 

Una Soaré

«Gervasia, prevén las velas:

Roque, limpia los quinqués.

¿Ha venido el repostero?

Préndeme aquí un alfiler.

Que ponga el coche Toribio

Y vaya por Isabel.

Tú, Juan, arregla las mesas

De tresillo y de ecarté,

Y en la chimenea luego

Echa dos troncos o tres.

Llamad al afinador;

Que el piano está cruel.

El farol de la escalera

¿Está ya corriente? —Bien.

Jesús, Jesús, ¡qué muchachos!

No nos dejan entender.

¡Ea, a la cama! —¡Así no!

Póngase en medio el pastel,

Mas allá la jaletina,

Y el jamón a la Jerez:

Lo demás a estotro lado…

¡Y no manches el mantel!

Aquí las conservas… ¡Bueno!

Y los helados después.

Usted se encarga del ponche.

Cuidadito, ¡don Miguel!

No muy cargado. A la una

Se ha de servir. ¿Está usted?»

Tal algarabía mueve,

Trajinando como diez,

Doña Próspera Ruivamba,

Condesa del Alcacer,

El bueno de su marido

Nada dice, o dice amén.

Hombre del antiguo régimen,

O se está cazando un mes

En su soto de la Alcarria,

No sin riesgo, a mi entender,

Mientras él apunta a un gamo,

De que le apunten a él

Si entro dos luces le toman

Por una cabra montés;

O, si reside en la Corte,

No conoce otro placer

Que comer, dormir, rezar

Y acariciar al lebrel;

Y, para pintarle, en fin,

Con solo un rasgo, diré

Que va al café de Levante

Y es jugador de ajedrez. —

Mas dejemos al marido,

Loando su buena fe,

Que en ser tonto le da Dios

Todo lo que ha menester;

Y si algún lector sinónimo

No ha conocido por qué

Con tantos preparativos

Se atosiga su mujer,

Digo que hay baile en su casa,

¡Vaya! y concierto también.

Lo que se llama un sarao…

Mal he dicho: una soaré.

Y ¿qué va a sacar en limpio

De ostentar todo ese tren?

Tengan ustedes paciencia,

Que pronto lo van a ver.

Siempre que entra alguna dama…

(¡Son ciento!) ponerse en pie,

Y dar cien pares de besos,

Y recibir otros cien

Con acentos cariñosos

Y risita de ojimiel,

Aunque esta la quiera mal

Y aquella no huela bien.

Andar como un zarandillo

De la una a la otra pared,

Porque la llama Luisita

Y le dice una sandez;

Porque otra quiere sentarse

Al lado de su doncel;

O a los nervios inocentes

Achaca Flora tal vez

La tortura del zapato

Y el suplicio del corsé;

O Laura tiene calor;

O Casilda tiene sed;

O la llaman con tres luegos

Urgencias de doña Inés.

Allí viene un elegante,

Que fue presentado ayer,

Y hoy con derecho se juzga

Para presentar a seis;

Y ella, aunque más de una mano

Cortada quisiera ver,

Tiene que besarlas todas,

O pasar por descortés.

Otro disputa en el juego

Por el valor de una nuez,

Y tiene que recordarle

Que su casa no es café.

Otro le pide dos onzas,

Que nunca piensa volver,

Y otro le rompe un florero

Por danzar un balancé.

¿Y el concierto? ¡Qué de afanes!

Faltó a la cita Isabel;

Se han olvidado los coros

Del aria de Mahomet;

Está ronco don Ciriaco

Y ha parido Salomé.

Pues que empiece Fulanita.

No, señor, no puede ser.

Arreglemos este dúo…

Bien por mi parte. ¿Y con quién?

Con Casimiro. —¡Imposible!

No puedo cantar con él.

No entra a tiempo, desafina,

Y todo lo echa a perder.

Conchita es más complaciente

Y nos hará la merced…

Lo haría con mil amores,

Mas no puedo dar el re.

Si no estuviera indispuesta…

Pues ¡cómo…! ¿Qué tiene usted?

Y Concha la habla al oído

Y le dice… no sé qué.

Vaya, pues será preciso

Que supla don Ezequiel…

Al momento. ¿Cuatro piezas

Faltan? Yo las cantaré;

Y canta; y tras de la voz

Dura, estentórea, soez,

Por un tris no arroja el bárbaro

Los pulmones y la hiel.

¿Y el ambigú? ¡Santo Dios!

No con igual avidez

Entra a saco una ciudad

Famélico somatén,

Como a la opulenta mesa

Se abalanzan de tropel

Una legión de heliogábalos…

Pero de buen tono… ¡pues!

Fiambres, dulces, sorbetes…,

A nada se da cuartel.

En vano reclama el orden

La desdichada mujer.

En vano su vanidad

Pagó cincuenta por diez,

Malbaratando su hacienda,

A los hijos de Israel;

Que el opíparo banquete

Merienda de negros fue

Entre aquella turbamulta

Sin Dios, sin patria y sin ley;

Y sin poder obsequiar

A tantas damas de prez,

La mejor fuente de china

Rota por el suelo ve;

Y para mayor desgracia

Torpe beodo novel

¡Zas! derrama una ponchera

En su traje de moaré.

Así acaba la función

Cerca del amanecer;

Y unos al marchar se ríen,

Y otros le quitan la piel;

Y el que entró muy derretido

Se despide con desdén.

Y la casa ¿cómo queda?

Hecha un confuso babel.

Y Madrid se ha divertido;

¡Mucho! ¿Y el ama?… ¡Aprended!

La que pocas horas antes

Pensó hacer un gran papel,

Sola, mustia, desairada,

Gime sobre un canapé.

—¡Oh! los bailes, los conciertos…

¡Gran cosa! ¿Y con cena? Miel

Sobre hojuelas. ¿Me convidan?

Mil gracias. Puntual seré;

Pero ¿en mi casa? ¡Abrenuncio!

¡Fuego de Dios, amén, amén, amén!

 

Glosa De Varios Refranes

Pretender que venturoso

Se juzgue torpe usurero

Aunque de inútil dinero

Llene su arcón hasta el colmo,

Es pedir peras al olmo.

 

Pedir a una viuda linda

Que no se asome al balcón,

Y se pudra en un rincón

Sollozando por el muerto,

Es predicar en desierto.

 

Trabaje, trabaje, hermano,

Y sacuda la pereza;

Que no saldrá de pobreza

Maldiciendo su fortuna.

Eso es ladrar a la luna.

 

No te quedes sin cenar

Cuando riñas con Inés

Por darle pesar. ¿No ves

Que eso es echar, majadero,

La soga tras el caldero?

 

Limitarse a suspirar

Habiendo en la Corte blondas,

Confiterías y fondas,

Es no entender a las damas;

Es andarse por las ramas.

 

Pedir que no mienta a un sastre,

Que no finja a una mujer,

Que no robe a un mercader,

Y que no jure a un sargento;

Eso es arar en el viento.

 

Pedir perdón a quien lea

Tu librejo, Bonifacio,

En un humilde prefacio,

Es lo mismo que enseñar

La horca antes que el lugar.

 

Con satirillas vengarse

De un ilustrado censor,

Es ser ingrato a un favor,

Es ser ruin, ser indio bravo,

Y apearse por el rabo.

 

Gollerías

Si el militar consiguiera

Sin oler nunca la pólvora

Una y otra charretera,

Con sólo rondar esquinas

Y guiñar a las vecinas,

Y sin comprar en campaña

Al grito de viva España

Con su sangre la victoria,

¡Oh qué gloria!

 

Si, como a cada momento

Cambia de colores Úrsula,

Se alimentase del viento

Camaleona completa,

En vez de ser tan coqueta

Y exigir a cada instante

De su desdichado amante

Ya el collar, ya la basquiña,

¡Oh qué viña!

 

Si campase mi talento

Libre, inmune en mi periódico,

Sin trabas de reglamento,

Y yo escribiera solito,

Sin que nadie alzara el grito,

Para diez mil suscriptores,

Y no tuviera censores,

Ancha mostrasen la manga,

¡Oh qué ganga!

 

Si bastara la osadía

Con que llamo burro al prójimo

De más alta nombradía,

Y hacer en mi cartapacio

Caricaturas de Horacio,

Y mal traducir un drama

Para merecer la fama

Que a otros corona en el Pindo

¡Oh qué lindo!

 

Si el Gobierno…, pio, o tordo,

Sólo por cantar el trágala

Me diera un destino gordo,

Aunque fuera necesario

Que a algún digno funcionario

El ministro despojara

Sólo por mi linda cara

Donde no ha apuntado el bozo,

¡Oh qué gozo!

 

Si, comiendo a dos carrillos,

Mientras la voz de república

Esparzo por los corrillos,

me pagan por ser agente

De Carlos el pretendiente,

Y me tienen por grande hombre

Y ensalza el vulgo mi nombre

Porque escribo con veneno,

¡Oh qué bueno!

 

Pues siendo yo un mequetrefe

Me doy tono con las ínfulas

Y el alto sueldo de jefe,

Al pago que un subalterno,

Sin conocerlo el Gobierno,

Lo hace todo en la oficina

Por la asignación mezquina

De doce reales y pico,

¡Oh qué rico!

 

Si libertad sólo hubiera

Para frailes y canónigos

En la monarquía ibera

Bajo el cetro de Isabel,

Y a costa del pueblo fiel

Viviera de mogollón

Cubierto el hipocritón

Con la máscara del justo,

¡Oh qué gusto!

 

La Rosa

¡Guarda, mi Silvia, guarda!

¡Ay! no por una rosa

Tu delicada mano

A lastimar te expongas.

Venus que las produjo

Como suprema Diosa

Al estampar su huella

Sobre la verde alfombra;

Venus vivió cien siglos

Ufana de su obra

Hasta que tú naciste,

Dulcísima pastora.

Dos el Amor ha puesto

En esa cara hermosa

Que las suyas afrentan

Y el corazón me roban.

Así el rosal ameno

De Venus envidiosa

Crudas espinas cubre

Entre lozanas hojas.

¿No temes su venganza?

¡Tente!… Quizá se esconda

Cabe el risueño arbusto

Víbora ponzoñosa.

Si engalanar deseas

Tu cabellera blonda,

Deja que yo la arranque

Con esta mano tosca.

¡Y oh si por serte grato

Fuera tanta mi gloria

Que las sutiles puntas

La desgarrasen toda!

Y mas que no pudiera

Valerme de la honda

Ni tocar en un año

Mi rústica zampoña.

¡Oh, déjame, importuno!

Responde la pastora.

¿Qué importa que me clave

Si es para ti  la rosa?

 

¡Hay Brujas!

A Mi Amigo El Señor Don José Zorrilla

Mal, Zorrilla, el siglo nuestro

Se amolda a tu fantasía.

Si todo es prosa hoy en día,

¿Dónde alimentar el estro

De tu excelsa poesía?

 

De aquí nace tu aversión

A las presentes calendas

Y a uno y otro cronicón

Demandar la inspiración

De tus famosas leyendas.

 

En este pueblo mestizo

¿Quién es ya español castizo?

¿Adónde fue nuestra honrilla,

Negra o blanca? ¿Qué se hizo

De la sesuda Castilla?

 

Con el funesto contagio

Del moderno escepticismo,

Dio nuestra fe en un abismo,

Y nuestro rey es el agio,

Nuestro Dios el egoísmo.

 

Sin embargo, (¡cosa extraña!)

Aún hay brujas en España.

¿Te admiras? Sí tal, y muchas;

Y verás que no es patraña

Si con atención me escuchas.

 

Si el untarse  es condición

De brujas, sine qua non,

La que con minio y calostro

Y drogas de Sanahuja,

Adoba el pálido rostro

Es una bruja.

 

La rufiana marrullera

Que, a título de prendera,

Mientras con una sortija

La bolsa a la madre estruja

Con otra pierde a la hija,

Es una bruja.

 

Vieja de largos colmillos

Que diz que vende palillos

A la vera del portal

Donde astrosa se rebuja,

Ten por regla general

Que es una bruja.

 

¡Maruja en el ministerio

Cada día!… Aquí hay misterio.

Cuando así mata sus ocios,

Una de dos; o Maruja

Es agente de negocios,

O es una bruja.

 

Y si bruja y hechicera

Todo es uno, ¿qué es Glicera

Cuyo rostro, dulce edén

Donde el amor se dibuja,

Hechiza a cuantos la ven?

Es una bruja.

 

No obstante su jubileo,

Su rosario y su laus Deo,

Y su carita gazmoña,

Y su mirada cartuja,

Doña… (me quedo en el doña)

Es una bruja.

 

Y cuando miente favores,

Por gozarse en sus dolores,

A Juan, a Pedro y a Andrés,

¿Qué es en resumen Catuja

Coqueteando con los tres?

Es una bruja.

 

Esa que en el Parlamento

Toma la primera asiento

Y en vez de espumar el caldo

O de aplicarse a la aguja

Lee el Clamor  y el Heraldo,

Es una bruja.

 

Esa comadre de todas

Que así en duelos como en bodas

Se encuentra, y con varias artes

Aquí ríe y allá puja…,

Y merienda en todas partes,

Es una bruja.

 

Y aunque las haya muy santas,

Cual la mía y unas cuantas,

Diré, para que esto acabe

Con una verdad que cruja:

Cada suegra (ya se sabe)

Es una bruja.

 

¡Paciencia!

Hijo nací segundón

de un hidalgo pobretón;

y se la fiebre amarilla

no barre media Castilla,

no espero ninguna herencia.

¡Paciencia!

 

¿Se vende una obrilla mía?

Nadie va a la librería.

A título de amistad

me la piden… Es verdad

que alaban luego mi ciencia.

¡Paciencia!

 

¿Imploro la protección

de algún grave señorón?

No, hay mus: inútil empeño.

¡Oh!, pero me habla risueño

y me apea la excelencia.

¡Paciencia!

 

¿Qué puedo dar a mis damas?

Sonetillos y epigramas.

Llega un cafre, rueda el oro,

y me deja el bien que adoro

a la luna de Valencia.

¡Paciencia!

 

Si presto, nadie me paga;

que es mi suerte muy aciaga;

y no hallaré, ¡mala peste!,

quien media onza me preste,

si la pido en una urgencia.

¡Paciencia!

 

¿Viene a convidarme Blas?

No me halla en casa jamás;

y es fijo que ha de encontrarme

el que venga a molestarme

con alguna impertinencia.

¡Paciencia!

 

El cielo anuncia tronada:

saco paraguas…; no hay nada.

No lo saco, y aquel día

un diluvio nos envía

la Divina omnipotencia.

¡Paciencia!

 

Si voy al baile, me atrapa

algún ratero la capa;

llego helado a mi portal;

llamo; no me oye Pascual…,

y me quedo a la inclemencia.

¡Paciencia!

 

Te aconsejo comó amigo:

no viajes, Fabio, conmigo,

que en gran peligro te pones.

Si no se asaltan ladrones,

volcará la diligencia.

¡Paciencia!

 

No aborrezco el matrimonio;

pero mi suerte…, el demonio.

No, no me caso. ¡Arre allá!,

porque mi dote será,

tras de cuernos, penitencia.

¡Paciencia!

 

Indicios Vehementes

Me la echó de protector,

Me dio don Claudio esperanza;

Mas, ¡ay! cuando al buen señor

Mi vista jamás alcanza,

Y sus negocios alega,

Y a recibirme se niega

Con uno y otro pretesto…

¡Malo me he puesto!

 

¡Malo, malo! Don Gaspar

Por ahorrar una sirvienta

Sale a la plaza a comprar

Mientras duerme su parienta

Y aun se la encuentra en la cama,

Porque sopla Guadarrama,

Cuando vuelve con el cesto.

¡Malo me he puesto!

 

Cuando triste y sonrojada

Me dice doña Lucía:

«Yo no soy interesada.

¿Yo pedir? ¡Jesús, María!…

Pero el casero, la tienda…

¡Ay, cuánto siento, mi prenda,

Los pesares que te cuesto!…»,

¡Malo me he puesto!

 

Yo sé el país donde vivo,

Y no quiero murmurar;

Pero es cierto y positivo

Que va engordando Pilar,

Y mi señor don Ignacio

Fue su amante muy despacio,

Y se casa presto, presto.

¡Malo me he puesto!

 

Diez reales de sueldo tiene

Don Paneracio el contador,

Y moza y coche mantiene,

Y vive como un señor.

Ya, pero en eso de rentas…

El que le toma las cuentas

Será… será… —Por supuesto.

¡Malo me he puesto!

 

Cuando alguno muy cortés

Entrando en mi gabinete

Arrastra mucho los pies,

O bien recibo un billete,

Y leo al primer renglón:

«Señor don Manuel Bretón:

Perdone usted si molesto…»,

¡Malo me he puesto!

 

No, señor, no soy celoso.

Ello, mi esposa es bonita…

Yo, la verdad, soy un oso;

Mi coronel la visita,

Y aunque mi conducta es buena

Cate usted que me condena

quince días de arresto.

¡Malo me he puesto!

 

¡Jamás!

No gustamos de bullangas

Donde otros buscando gangas

Suelen hallar coscorrones.,

¡Nones!

Pero ¿gobierno absoluto

Y aquel tribunal de luto

Invención de Barrabás?

¡Jamás!

 

Que las añejas injurias

Se perdonen y las furias

No viertan civil veneno,

Bueno;

Pero ¿llevar malos ratos

Para escapar de Pilatos,

Y estrellarnos en Caifás?

¡Jamás!

 

Que la libertad no sea

Humeante horrible tea

Que más que ilumine abrase,

Pase;

Mas ¿que vuelvan sarracenos

A mandar, y digan menos

Tras que no pedimos más?

¡Jamás!

 

Si anda bien siempre el timón

Tendremos moderación;

Daremos sangre y dinero;

Pero

¿Que el barquito ande o no ande

Según Metternich  lo mande

Y el señor don Nicolás?

¡Jamás!

 

Diz que en oscuros registros

Se buscan nuevos ministros

Que hagan de España otra Angola.

¡Hola!

Vanas fueran sus porfías.

No pedimos gollerías;

Pero ¿un solo paso atrás?

¡Jamás!

 

Sarta De Embustes

Juana vive de coser;

Que es muy honrada mujer

Y nunca ha tenido amantes.

—Pues ¿quién paga los brillantes

Y el abono en la cazuela?

Que se lo cuente a su abuela.

 

Aquel hinchado señor

Sin virtudes ni valor

Pretende al mundo admirar

Porque luce en un billar

Galones y escarapela.

Que se lo cuente a su abuela.

 

Como está sin capa Gil

En Enero va de Abril,

Y echándola de valiente,

Aunque dé diente con diente

No se arrima a la candela.

Que se lo cuente a su abuela.

 

Un bulto de mal agüero

Tiene Luisa en el garguero,

Y ella dice con candor:

«Esto no es nada. Calor…

Un ramo de erisipela…»

Que se lo cuente a su abuela.

 

Víctima de un pisotón

Ve las estrellas Antón,

Y al oír: Perdone usté,

Responde: No, no hay de qué,

Y se ríe aunque le duela.

Que se lo cuente a su abuela.

 

¡Oh delicia! exclama Juan,

Azucarado galán.

¡Con qué gozo, prenda mía,

Rondando tu celosía

Paso las noches en vela!

Que se lo cuente a su abuela.

 

De un risible pundonor

Acérrimo defensor,

«Es vileza, dice Roque,

No abrir el pecho a un estoque

Por la menor bagatela».

Que se lo cuente a su abuela.

 

El parásito Fabricio

Dice al ricacho Simplicio

Que mata su hambre canina:

«No tu espléndida cocina;

Tu amistad mi pecho anhela».

Que se lo cuente a su abuela.

 

Juan Pérez, triste peón

Que a riesgo de un empellón

Con piedras y barros lidia,

Dice que no tiene envidia

Al que gasta carretela.

Que se lo cuente a su abuela.

 

Quien diga que un sastre solo

En cuanto ilumina Apolo

No ha de robar todo el año,

Si no en la hechura y el paño,

En botones y entretela,

Que se lo cuente a su abuela.

 

«¡Qué carta tan bien sentida

La de mi Anarda querida!

¡Qué ternura de mujer!»

¡Pobre mentecato! Ayer

La copió de una novela.

Que se lo cuente a su abuela.

 

¡A duro la muselina!

—A usted por ser mi vecina

Le rebajo un real en vara.

—¿A diecinueve? Es muy cara.

—Pues más me costó la tela.

Que se lo cuente a su abuela.

 

Blas me adora. ¡Oh! sí; lo creo,

Y tan rendido le veo,

Que jura serme constante

Aunque mi lindo semblante

Desfigure la viruela.

Que se lo cuente a su abuela.

 

El que me diga que un hombre,

Aunque su paciencia asombre,

Da con gusto su dinero

Al maldecido barbero

Que le ha sacado una muela,

Que se lo cuente a su abuela.

Dorila la cortesana

Se casa en esta semana

Con el bobo don Gabriel.

—¿Y está enamorada de él?

—Dice que sí. —Pues no cuela.

Que se lo cuente a su abuela.

 

La Boca De Lisaura

No hay pastor que no alabe la hermosura,

Dulce Lisaura, de tu boca breve;

Que en ella pone Amor el arco aleve

Do el tiro de sus flechas asegura.

 

Quién compara su aliento al alba pura,

Quién sus dientes al ampo de la nieve,

Quién a la copa que ministra Hebe

De su blando reír la donosura.

 

¡Ay simplecillos! Su mayor encanto

Que a delicias sin fin plácido guía

Cupido os cubre con espeso manto.

 

Yo lo callo y lo sé; que desde el día

En que apacible serenó mi llanto

Candado fue su boca de la mía.

 

La Cuaresma

¿Quién eres, pálido espectro,

Que envuelto en negra bayeta

El magro adusto semblante

Con cárdena toca velas?

¿Eres acaso la sombra

De algún cuitado poeta,

O bien la angustiada efigie

De algún maestro de escuela?

Mas ¿qué confuso trofeo

Tu trono lúgubre cerca

De gaitas y chirimías,

De dengues y castañuelas?

Allí de una que era ayer

Sacerdotisa de Vesta

La túnica yace ajada

Y el casto velo por tierra.

Podrá su blancura al lino

Restaurar la lavandera,

Mas ¿con qué jabón se lavan

Las culpas que me revela?

¡Ah! Si Madrid fuera Roma,

¡Cuántas vestales  cayeran

Al ancho foro rodando

Desde la roca Tarpeya!

Allí el corpiño de pana,

Allí la alquilada trenza

Una pasiega  depuso

Y el guardapiés de estameña;

Y es fama que por Otoño,

Si no hay un yerro de cuenta,

Ya podrá ejercer la industria

De que viven las pasiegas.

Allí una bata descubro

Rasgada por embustera,

Allí el talle de Lisarda,

Allí el color de Filena.

¡Oh qué de guantes aquí

Que uñas rapaces cubrieran!

¡Oh cuántas caras allá

Que cayeron de vergüenza!

¡No más! Lívida fantasma,

Tú eres la triste Cuaresma

Del Carnaval fugitivo

Ceñuda enemiga eterna.

Tú, que el regalado hojaldre

En duro abadejo truecas,

Y el ave tierna y sabrosa

En desaborida acelga,

Y en desaliño la gala,

Y la alegría en tristeza,

Y en silencio sepulcral

La baraúnda y la gresca.

Harto el pesar te denuncia

De tanta ya muda orquesta,

Y el luto de los fondistas,

Y el llanto de las prenderas.

Colchas de filipichín,

Casacas de filoseda,

Volved al raído cofre

Y a la carcomida percha,

Y con vosotras se encierren

Hasta el día de la feria

Tantos modernos pecados

Y tantas culpas añejas.

¡Oh! si un prodigio del cielo

De repente os diera lengua,

¡Cuánta opinión rodaría

Y cuánta virtud supuesta!

Mas no: callad; que también

Su buena fama perdieran

Las que os venden y revenden,

Y os alquilan, y os empeñan;

Y la malicia del vulgo

Diga lo que quiera de ellas,

Las prenderas siempre han sido

Mujeres de muchas prendas;

Y donde se venden honras

En públicas almonedas

No es cosa del otro jueves

Que ropa usada se venda.

Mas el Carnaval procaz

¿Acabose ya de veras?

¿No quedan ya por ventura

Carnes en Madrid tolendas?

¡Oh Miércoles penitente!

No lo creas, no lo creas.

Hay rostros que en todo el año

No se quitan la careta;

Y tanto a fingir se inclina

La humana naturaleza,

Que de disfraz sirve a muchos

Hasta el cilicio que llevan.

En las danzas, a lo menos,

Que el alegre Momo inventa

Contra astucias y maldades

Vivimos todos alerta.

Caretas de tafetán

Sólo a un tonto se la pegan;

Mas de caretas de carne

¿Quién defiende a la inocencia?

¡Pobre mundo! ¡Pobre mundo!

La taciturna Cuaresma

El regocijo te roba…,

¡Y las máscaras te deja!

 

La Declaración Involuntaria

Tus ojos me abrasan,

Y de amor cautivo,

¡Ay! anhelo en vano

Quebrantar mis grillos.

No creas empero,

Dulce dueño mío,

Que de mis amores

Hablarte imagino;

Pues me condenaron,

y yo no lo olvido,

A crudo silencio

Tus crudos desvíos.

Callaré, Filena,

Y del pecho herido

No saldrá a mi labio

Ni un leve suspiro.

Callaré la pena

Que incesante abrigo.

Mas ¿cómo callarla,

Si ya te la he dicho?

 

La Feria De Madrid

¿Qué es eso? Ahora sale el sol,

Altivo como español;

Ahora asustado se esconde,

Sin saber cómo ni dónde;

Ya me seco; ya me mojo;

Ya con el calor me abraso

Y la levita me aflojo;

Ya de frío me traspaso

Cual si me hallara en Siberia.

¡Ah! vaya… Es tiempo de feria.

 

Costumbre es en los diarios,

No de un prójimo, de varios

Sacar los trapos al viento

Con donoso atrevimiento.

Hoy por plazuelas y calles

Todo es trapos en Madrid.

Los hay de modernos talles:

Los hay del tiempo del Cid…

Los anales de la Iberia

Vende Madrid en su feria.

 

Muñecos en mil tenduchos…,

Y viéndolos otros muchos;

Regatones que vocean;

Pirujas que petardean;

Allí carcomido un trasto;

Más arriba a dos manolas

Paga un galopín el gasto

De azofaifas y acerolas,

Y los tres con disentería

Se retiran de la feria.

 

Al peso allí, como el plomo,

Se vende el bárbaro tomo

De horrendas majaderías

Que tituló poesías

Un ingenio encanijado.

Allá en montón poligloto

Ruedan Marco Tulio  roto,

Cervantes  descabalado,

Tasso  lleno de laceria…;

¡Y a real los dan en la feria!

 

Allí vende mi criado

La ropa que me ha robado.

Allí están a la vergüenza

Los colchones de Lorenza,

Que si supieran hablar

Dirían sierpes y sapos:

Pero yo no he de callar

Que la tal tiene otros trapos

Con que puede dar materia.

Para enriquecer la feria.

 

La espada allí de un valiente

Se vende al precio corriente,

Y detrás en el rincón

Vende un sabio  su opinión.

Y aquí ¿qué venden? —Amigos.

¿Y allí? —Empleos. —¿Y allá? —Fama.

—Y allá ¿qué compran? —Testigos.

—¿Y aquella dengosa dama

Que se pasea tan seria?

También se vende en la feria.

 

¡Qué de pobres en el lodo

Se abren paso con el codo,

A tiempo que con su moza

Pasea en áurea carroza

Alguno que andaba antaño

Mezclado con esa plebe,

Y, mal adquirido, hogaño

Su lujo a insultar se atreve

¡A la pública miseria!…

¡Oh mundo! ¡Oh Madrid! ¡Oh feria!

 

La Hipocresía

Mal conocía al hombre el ignorante

Que dijo, no sé a quién, dónde ni cuándo:

El espejo del alma es el semblante.

 

¡Pluguiera a Dios, y el crimen execrando,

Cuanto más solapado más temible,

De la virtud no hiciera contrabando!

 

Su sed de sangre, su índole irascible

Muestra el león en su rapante garra

Y de su boca en el abismo horrible;

 

Y ruge de furor si triple barra

Tornar le niega al arenal ardiente;

Y muerde la cadena que le amarra.

 

No esconde el jabalí su corvo diente;

Ni el águila caudal remeda astuta

El arrullo de tórtola inocente;

 

Ni llorando a sus víctimas se enluta

Hiena voraz; ni el lobo y el cervato

Reposaron jamás en una gruta.

 

No hay ser irracional, excepto el gato

Que del hombre aprendió la hipocresía,

Que en sus obras desmienta su retrato.

 

Mas del género humano la falsía

Tal es, que aun la virtud más acendrada

Se avergüenza al brillar la luz del día.

 

Yerta galantería almibarada

Ordena a don Simón besar la mano

Que quisiera, a fe mía, ver cortada.

 

¡Oh cuánto y cuánto ofrecimiento vano

Contraria al corazón dicta la boca,

No digan: ¡qué grosero es don fulano!

 

¡Oh cómo al cielo don Froilán invoca

Jurando a Cloris amistad eterna,

Y dice en el café que es una loca!

 

¡Oh cómo Lucio de su Laura tierna

Celebra el lindo pie!… ¡Guarda, cuitada!

Si el pie le das, avanzará a la pierna.

 

Cuentan que en otra edad afortunada,

Edad que algún enfermo visionario

Improvisó roncando en la almohada,

 

Ninguno te ultrajaba temerario,

Sacrosanta verdad, aunque a tu apoyo

El ante mí  faltase de un notario.

 

¡Oh siglo de Saturno! En algún hoyo

Para siempre te hundieron. Ya no brota

De leche ni de miel ningún arroyo.

 

Sólo de ti nos queda la bellota;

Y yo sé quién comerla debería

Mejor que pan de Meco o de Grijota.

 

¡Eh! Sueños son de ilusa fantasía.

Fiel la historia esas fábulas desmiente

Que forjó la entusiasta poesía.

 

No te hubieran hollado impunemente,

Mísera humanidad, tantos tiranos

Del Norte al Sur, del Este al Occidente,

 

Si incensando al poder con ambas manos

Encomiado no hubieran sus excesos

Viles y aduladores cortesanos.

 

Ni aun después de hechos polvo nuestros huesos

La raza acabará de los Sinones

Y de los Judas los traidores besos.

 

Este el lote será de las naciones

Si algún milagro celestial no arranca

Del corazón humano las pasiones.

 

Unos nadando en oro; otros sin blanca…

¿Y embusteros no habrá, cuando este oficio

Se aprende sin cursar en Salamanca?

 

¿Quién ya de la virtud distingue al Vicio,

Si almas sumidas en su lodo inmundo

Cubre tal vez el áspero cilicio?

 

¿Quién restituye la verdad al mundo,

Si el que mejor del prójimo se mofa

Filósofo se llama el más profundo?

 

¿Si aquel poeta que en sublime estrofa

Nos encomia la cándida inocencia

No daría por ella una alcachofa?

 

¿Qué más? El noble título de ciencia

Se arroga ya en el orbe la impostura,

Y sin cargo se ejerce de conciencia.

 

Su alianza el ruso al otomano jura,

Y más codicia el bósforo de Tracia,

Que la amistad de un turco mal segura.

 

La falacia en un quidam  es falacia.

¿La comete un ministro? ¿Hay protocolo?

Entonces se apellida diplomacia.

 

El bien de su país le mueve sólo,

Y si al sármata engaña y al tudesco

Del dolo se defiende con el dolo.

 

¿Y a quién ofende en pabellón chinesco

El amistoso fraude cortesano

Precedido de opíparo refresco?

 

Quizá ese fraude del bifronte Jano

Cierra el templo feroz, y el que lo signa

Es buen padre tal vez, buen ciudadano;

 

Como el soldado de índole benigna

Fulmina ardiente bala matadora

Obediente a la bárbara consigna.

 

Mas del orbe despótica señora,

Ello es que triunfa la mentira impune

Y con soberbios timbres se decora.

 

La mentira es el lazo que nos une,

Gracias al padre Adán. ¿Dónde hay un santo,

Dónde que sin mentir se desayune?

 

Miente la viuda con el negro manto;

Miente en su boca el funeral sollozo;

Miente en sus ojos el acerbo llanto.

 

Proponedla, si no, gallardo mozo

Que consuele su tálamo desierto,

Y veréis su pesar trocado en gozo.

 

Miente ya el mercader menos experto;

Miente el sello también con que atestigua

Que el tanto de arancel pagó en el puerto.

 

Miente casto rubor la cara ambigua

Del dómine que vive amancebado,

Y si oye decir porra se santigua.

 

Un pliego y otro de papel sellado

Con fehaciente rúbrica embadurna

Quien nunca tuvo fe ni lo ha soñado.

 

Y yo pondría a Elisa en una urna,

Cual ángel de virtud, si no supiera

Que es ave de reclamo, aunque nocturna.

 

¡Cuánta calva con riza cabellera!

¡Cuánta canosa greña reteñida!

¿Qué cabeza en Madrid no es embustera?

 

Finge cadera y pecho la escurrida,

Finge el color de sus mejillas rojo

La pálida coqueta presumida;

 

Y en la cara de Lucas miente un ojo;

Que de cristal de roca es el izquierdo;

¡A tanto, oh vanidad, llega tu arrojo!

 

¡Oh! Si algún día los estribos pierdo,

No dirás, infernal Hipocresía,

Que te ladro cual gozque y no te muerdo.

 

Y ¡qué! ¿No fuera mengua y cobardía

A tus veniales culpas solamente

Lanzar el dardo de la saña mía?

 

¡Qué! Denuncio a la risa de la gente

El falso dengue, el polisson  maldito,

El muerto rizo y el intruso diente;

 

¿Y no alzaré contra mayor delito,

De Juvenal la férula empuñando,

Hasta los cielos el airado grito?

 

¡Oh patria, patria mísera! ¿Hasta cuándo

Te insultarán hipócritas infames

Tu sacro y dulce nombre profanando?

 

¿Cuándo querrá Satán que no declames

Contra tanta perfidia al vago viento

Y lágrimas perdidas no derrames?

 

¿Cuándo será que un sátrapa avariento,

Con el público bien siempre en la boca,

Fije sólo en el suyo el pensamiento?

 

¡Numen de libertad! ¿Por qué te invoca

En insidiosa y pérfida proclama

Quien tus aras sacrílego derroca?

 

¿Por qué abrasado en tu divina llama

Se finge sin rubor el mal patricio

Que la anarquía y el desorden ama?

 

¿Hasta cuándo sufrir el artificio

Del que hoy pide congreso, instituciones…

Y victoreaba ayer al Santo Oficio?

 

¡Tolerancia! ¡Igualdad!… ¡Y a sus pasiones

Suelta la brida el que a tirano yugo

Quiere forzar las libres opiniones!

 

Honra tu nombre, pues al cielo plugo

La cadena romper que te oprimía,

Y no seas ni esclavo ni verdugo.

 

Si de la patria el bien sólo te guía,

¿Por qué tu brazo envilecer blandiendo

Las armas de la odiosa tiranía?

 

Mas reprimir no es fácil al que, ardiendo

En patrio amor, tras luenga servidumbre

Ve derribado al despotismo horrendo.

 

Así tras de aparente mansedumbre

Traga la puente el Rin, la vega inunda

Y del monte amenaza a la alta cumbre.

 

Así el toro escapado a la coyunda,

Tal vez arremetiendo al que le uncía

Clava en su hermano el asta furibunda.

 

¡Oh! ¡Luzca presto el suspirado día,

Término justo al ansia generosa

Del que en la santa ley su gloria fía!

 

¡Oh cuánto tarda en resonar briosa

La voz inmune del prohombre libre,

Rota ya la mordaza vergonzosa!

 

¿Cuándo, cuándo será que Astrea vibre

Inflexible su espada, y Manzanares

Pueda las glorias renovar del Tibre?

 

¿Cuándo será que en respetados lares

Se goce el antes mudo ciudadano

Entonando patrióticos cantares?

 

¡Ah! No abriguemos la esperanza en vano

De unir al esplendor de la diadema

La libertad del pueblo castellano.

 

Y la discordia en su agonía extrema

Bramando lleve al fondo del abismo

De la ibera región el anatema.

 

Y con la pura voz del patriotismo

No más en nuestros valles se confunda

El alarido atroz del fanatismo.

 

Sí, de bienes sin número fecunda

Ya resplandece la anhelada aurora

Después de noche tétrica y profunda.

 

Y la misma facción que ciega adora

Al ministro falaz que la fascina

Le arrancará la máscara traidora;

 

Ya no osará de inspiración divina

Embriagado fingirse, el druida torvo

Que cual vándalo roba y asesina;

 

Más espantoso que el asiano morbo,

No ya en vez del pacífico incensario

Blandirá de Mahoma el hierro corvo.

 

Ni convertido se verá el santuario

En bélico arsenal, ni en su recinto

Se albergará seguro el incendiario;

 

Ni un brazo, ¡justo cielo! en sangre tinto

Bendecirá a la turba que enajena

De estúpido furor el ciego instinto.

 

En vano un alma de maldades llena

Esconderán dobladas las rodillas

Y los ojos clavados en la arena.

 

Tú, que feroces hordas acaudillas,

No eres quizá quien el sagrado nombre

Del Supremo Hacedor más amancillas.

 

Muestras al menos el valor de un hombre,

Y el mismo arrojo que tu ruina labra

Quizá algún día al universo asombre.

 

Maldito el que la mística palabra

Tuerce mañoso a rebelión injusta

Que a su oculta ambición las puertas abra;

 

El que osa calumniar con frente adusta

Del Redentor del mundo la incruenta,

Dulce, fraterna religión augusta;

 

El que a la faz del público aparenta

Paz, mansedumbre; y sigiloso trama

La ruina del país que le sustenta;

 

Aquel que horrible tósigo derrama

Sobre el incauto pueblo penitente

Que celestial oráculo le llama.

 

¡Oh! No le creas, no: su lengua miente;

Que es el eco del Tártaro sombrío,

No intérprete de un Dios justo y clemente.

 

Libres por dicha del contagio impío

Ministros hay en el cristiano templo

Que condenan tan ciego desvarío.

 

Postrado, absorto su virtud contemplo,

Si detesto al indigno sacerdote

Que de un Opas traidor sigue el ejemplo.

 

¡Ah! Sólo un iroqués, un hotentote

Pudiera… Mas mi mano se fatiga

De tanto sacudir el crudo azote.

 

Basta. Aunque más la punce y la maldiga,

El vértigo censorio de mi vena

¿Podrá del mundo desterrar la intriga?

 

La torpe Hipocresía que envenena

La humana sociedad ¿se irá al abismo

Sólo porque un poeta la condena?

 

¿Ahuyentaré del mundo el embolismo

Que es para tunos mil una cucaña?

No, no presumo tanto de mí mismo.

 

¡Alerta! diré sólo; que en España

De día es flor la que de noche ortiga:

Y entre el grano se esconde la cizaña,

Y el que más te acaricia más te engaña.

 

La Vida Del Hombre. Poema Pedestre Jocoserio. La Infancia

Nueve meses encerrado

En oscuro calabozo,

Con las piernas en cuclillas

Y los puños en los ojos,

Desde que fue concebido

El hijo de cada prójimo

(No siempre lícito fruto

De legítimo consorcio)

Llora y gime a su manera

De su prisión en el fondo,

Por ver los rayos del sol

Que ilumina nuestro globo.

¡En vano!; que para ahogar

Sus inocentes sollozos,

Conspira aleve el corsé,

Invención de los demonios;

Y a saber lo que le espera

Cuando salga de aquel lóbrego

Presidio, preferiría

Ser víctima de un aborto.

Cumplida ya su condena,

Antes de asomar el rostro

Paga a la madre en dolores

Lo que ella le dio en sofocos.

Si no tiene vocación

De trapense o de jerónimo,

Él mismo rompe la celda

Que le servía de estorbo.

Si la vida motilona

De aquel antro cenagoso

Le era grata, se resiste

A dejar el refectorio.

Pero ¡inútil resistencia;

Que con furor demagogo

Le exclaustra, mal de su grado,

El comadrón antropófago!

Revuelto como tortilla

Y amasado como bollo,

¡Feliz si de tal maniobra

No sale tullido o cojo!

Pero demos de barato

Que salga ileso el pimpollo

Y naturaleza próvida

Triunfe del barbero indocto.

¡Oíd al nieto de Adán

Cómo en destemplado lloro

Maldice el funesto don

De vivir entre nosotros!

Su vida desde el Oriente

Es inaguantable potro,

Y si supiera quejarse

Le escucharían los sordos.

Uno le quita la caspa;

Otro le limpia el meconio;

Aquí apósitos y vendas;

Acullá unturas y polvos.

¡Qué de friegas y estirones,

Qué de frotes y de sobos

De la cabeza a los pies

Y desde la mano al hombro!

Piensa descansar el mísero

Después de mondo y lirondo;

Mas de mayores tormentos

Aquél ha sido el exordio.

Ahora comienza el suplicio

Del consabido envoltorio

Que oprime sus coyunturas

Y estruja sus hipocondrios.

Metedores y pañales,

Mantillas, chambras y gorros,

Con una y otra corteza

Cobijan el débil tronco;

Y al fajarle el operario

Tal vez le disloca un codo

O con agudo alfiler

Pincha al indefenso rorro;

Y sobre prensarlo tanto

Le dan vueltas como a un torno;

Que no sé cómo no vuelven

Al pobre muchacho loco.

Por fin, menos semejante

Al hombre, de que es retoño,

Que al cilindro de una máquina

O a una colmena de corcho,

Chupa voraz de su madre

Los túrgidos promontorios,

Y breve tregua a su llanto

Da el suculento calostro.

Entre tanto, veinte brujas

Formando gárrulo coro

Bendicen (¡otra les queda!)

El fruto del matrimonio.

¡Oh qué linda criatura!

Dice fulana: es un rollo

De manteca. ¡Dios le libre

De viruelas y mal de ojo!

Otra en tono de sibila

Hace inspirada su horóscopo

Y larga vida le anuncia

Con montes de plata y oro.

Otra exclama: Se parece

Lo mismo que un huevo a otro

A su papá, y el papá

No cabe en sí de alborozo.

Pero quizá, aunque sonríe

Y dice en público «apoyo»,

Tiene el padrino razones

Para pensar de otro modo.

No lamento lo que sufro

En el acto meritorio

Del bautismo; que me precio

De ser cristiano ortodoxo;

Pero cuando siente el párvulo

Sobre su cabeza el chorro

Y en su boca el sal sapientiae,

Que no le sabe a bizcocho,

Tal vez (¡humana miseria!)

Se obstinaría en ser moro

Si al oír vis baptizare

Fuese él quien dijera «volo».

¿Y quién, ¡ay Dios! enumera

Las dolencias y soponcios

Que mortifican al nene

Entre lágrimas y mocos?

Hoy le aflige la alfombrilla;

Mañana el usagre hediondo;

Otro día el sarampión

Le convierte en fiero monstruo.

A cada diente que asoma

Le atacan pujos y vómitos,

Y tal vez males ajenos

Se le agregan a los propios;

Que si antes de descubrirse

El americano golfo

El pecado original

Era, aunque grave, uno solo;

¡Hoy son dos!…; y ¡vive Cristo

Que hizo España buen negocio

Quedándose con la peste

Y perdiendo el territorio!

Sin consultar (¡angelito!)

Su paladar ni su estómago,

Antes de cumplido el año

Llenan su cuerpo de bodrio,

Y antes que adquieran sus miembros

El preciso desarrollo

Le desnudan de mantillas

Para vestirle de corto.

Mas no por eso el menguado

Respira con desahogo;

Que su pulmón deterioran

Los andadores diabólicos;

Y cuando de ellos le alivian,

Si con afán engañoso

Para librarse del yugo

Hace pinitos heroicos,

Cada paso es un peligro,

Cada mueble es un escollo;

Que sus pies son de manteca

Y su cabeza de plomo.

Por fin, a fuerza de días

Y coscorrones de a folio,

Logra andar la criatura

Sin necesitar socorro,

Y su labio balbuciente,

Menos precoz que el de un loro,

Articula a los tres años

Papa, teta, mama y chocho;

No sin que antes las comadres,

Interpretando su tosco

Guirigay, al rudo niño

Levanten mil testimonios.

Hasta en los mismos halagos

Y caricias y piropos

Que le tributan, ¡ay! pasa

Las penas del purgatorio.

Objeto de diversión,

Como puede serlo un mono,

Para vecinas lechuzas

Y aduladores ociosos,

Le hacen reír cuando llora,

O turbando su reposo

Cuando mamara o durmiera

Le hacen bailar como trompo.

Llamándole serafín

Le aturden con su alboroto

Y el amor con que le besan

Tiene apariencias de encono.

Uno al cutis infantil

Aplica el suyo cerdoso;

Otro le inspira su aliento,

Que no huele a cinamomo;

Otra vieja fementida,

Mostrando insolente pólipo

En su alevosa nariz,

Que parece un sable corvo…

¡No más, impía canalla!

¡No con vuestro impuro soplo

Sequéis en flor ese vástago

Que acariciaba Favonio!

Pero ¿qué diré, ¡infeliz!

Si a falta de madre (¡oh tósigo!)

Te cría bestial pasiega

O la madre de algún choto?

¿Qué diré, si te condenan

A la congoja, al engorro

De chupar los biberones

Aspirantes de Ibarrondo?

¿Qué diré, en fin, si hacinado

En una casa de expósitos

Lloras de ignorada madre

El criminal abandono?

Si al hambre y la desnudez

Sobrevives, suyo el gozo,

Suyo habrá sido el pecado,

¡Y tuyo será el oprobio!

Y exclamarán todavía:

¡Dichosa edad! los filósofos…

O nunca fueron chiquillos,

O siempre han sido unos tontos.

 

La Vida Del Hombre. Poema Pedestre Jocoserio. La Juventud

Ya el canijo adolescente

Es fuerte y gallardo joven

Y el tenue disperso bozo

Es ya cerdoso bigote;

Ya en su total incremento

Ostenta fueros de roble

La débil rama y, en fin,

Ya nuestro hombre es todo un hombre.

¡Grata edad de los placeres

Y las dulces ilusiones

Y los hechos generosos

Y los pensamientos nobles!…

Pero yo que en mi poema

(Si puedo dar este nombre

A perdularios romances

Que no ha dictado Caliope)

Las miserias masculinas

Cantando con tres bemoles

Siego punzantes abrojos

Donde otros rebuscan flores,

Dejo al dichoso optimista

Narrar, Juventud, tus goces,

Y voy a exponer la serie

De tus desdichas enormes.

Presa de insanos deseos

Y de indómitas pasiones,

El Mundo, el Diablo  y la Carne

Llevan tu vida a remolque.

Ambición te inspira el Mundo

Con que al Este, al Sur, al Norte

Sobre mal seguro leño

Surcas el ponto salobre;

O de las cándidas musas

Fervoroso sacerdote

Pides al genio las alas

Que hasta el cielo te remonten;

O la vara de Esculapio

(Otros dirían azote)

O la balanza de Temis,

la lanza de Mavorte.

Y el mar te traga en su abismo,

O cuando llegas al borde

Del puerto ansiado te abrazas…

¡Con el tifus icterodes!

Y si las musas te brindan

Con la copa de sus dones,

O la enturbia la ignorancia

O la envidia la corrompe.

Médico, pasas la vida

Oliendo y tocando horrores.

¿Curas? No te pagan. ¿Matas?

Te abruman a maldiciones.

Letrado, aunque docto seas,

Te quedas a buenas noches

Si bendicen tu justicia

Los huérfanos y los pobres.

Soldado, piensas medrar

Con asaltos y mandobles

Y sufriendo hambres y fríos

Por los valles y los montes;

Y mientras coges allí,

Amén de heridas y golpes,

Laureles que te escabechen

Y reumas que te joroben,

Te usurparán los cobardes

Grados, empleos y honores

Patrioteando en la plaza

O serpeando en la Corte.

Del diablo  ¿qué te diré,

Si apenas sus tentaciones

Conjuraron eremitas

San Antón y san Onofre?

¡La carne!… Este es el mayor

Enemigo de los jóvenes,

Porque entre rosas y mirtos

Como víbora se esconde.

«¡La MUJER! Obra maestra

Del cielo, y gala del orbe,

Regalo de los sentidos

Y prez de los corazones,

Nuestra áncora en las borrascas,

Nuestro alivio en los dolores…»

¡Bravo, amigo! ¡Deliciosa

Letanía! Ora pro nobis.

Mas la especie en general,

Aunque hay muchas excepciones,

Da más penas que placeres,

Más maulas tiene que dotes.

Si entre doncellas y viudas

Tu dulce tormento escoges;

(Que perseguir a mujeres

Casadas no está en el orden)

O del suplicio de Tántalo

Sufres las ansias atroces

Cuando parientes y escrúpulos

Son de su jardín dragones;

O si temes que Himeneo

Dos veces  tu sien corone

Para que ella no te venda

Es forzoso que la compres.

¡Aun sin el yugo nupcial,

Con el cual no estás conforme,

Habrá quien te ame de gorra

Si otras taimadas la ponen;

Y no expondrás cada día,

Porque no habrá quien la ronde,

Tu corazón a amarguras,

Tu cabeza a coscorrones;

Y sobre ser a tu amor

Leal, cariñosa y dócil,

Alguna habrá que te pague

El teatro, el sastre, el coche;

Pero será vieja o fea,

Si no es graduada in utroque,

Y en tal caso, con tu pan

Te lo comas, ¡si eso comes!

Si huyendo, en fin, de solteras

A las casadas te acoges,

Por no estrellarte en Caribdis

Quizá en Escila te ahogues;

Que si te pilla entre puertas

El ofendido consorte

Podrá medida de frac

Tomarte con un garrote.

Rara contingencia es esta

En los tiempos que ahora corren;

Que para un toro bravío

Hay cabestros diez o doce;

Pero, cabestros y todo,

Te causan mil sinsabores

Antes que de prisa engullas

Lo que de su mesa sobre;

Y si cansar no temiera

A quien lea estos borrones,

O escandalizar a alguno

De los de ¡oh témpora, oh mores!,

Me atrevería a probar

Con argumentos ad hóminem

Que los maridos no son

Los verdaderos cabrones.

 

La Letrilla Obligatoria

Vaya, que es faena

Que me causa pena;

Vaya, que es muy duro,

Vaya, que es apuro

En cada semana,

¡Jesús, qué polilla!

Con gana o sin gana

Dar una letrilla.

 

A una pluma seria

Hoy sobra materia.

¿Quién no hace un orondo

Discurso de fondo?

Y si escribe en gringo,

¡Oh qué maravilla!

Mas ¡cada domingo

Dar una letrilla!…

 

Uno al ministerio

Lanza un improperio;

Otro le defiende.

¿Quién de esto no entiende?

Pero yo pregunto:

¿Da alguna cartilla

Cada día asunto

Para una letrilla?

 

Con cuatro renglones

En guerras civiles

Mover las pasiones

De pueblos a miles

No es gran diplomacia,

Cosa es muy sencilla;

Mas no el hacer gracia

Con una letrilla.

 

Poética vena

No siempre está llena.

A veces no sopla

Ni una mala copla

El numen febeo,

Y de carretilla

Si está de bureo

Sopla una letrilla.

 

La pide la imprenta

Con sal y pimienta.

Si a Pedro no hiere

Diego no la quiere:

Pedro se arregosta,

Pero Diego chilla.

¡Ay, a cuánta costa

Se hace una letrilla!

 

Y al fin ¿qué adelanta

Mi cólera santa,

Si nadie se enmienda?

Y a mí ¿qué prebenda,

Como a otros cofrades,

Me dan en Castilla

Por decir verdades

En una letrilla?

 

Dejar tal resabio

Sería más sabio,

Y que libre y sola

Rodase la bola,

Que arrostrando luego

Más de una rencilla

Perder mi sosiego

Por una letrilla.

 

Mas ya que mi signo…

(Contrario o benigno;

Que esto no lo inquiero)

Me hizo cancionero,

Y me dio este flujo,

Y esta comidilla,

No he de ser cartujo:

Vaya otra letrilla.

 

Y vuelta a la Abeja

Con mi moraleja;

Pues, mal de mi grado,

Hasta el mismo enfado

De que hoy me lamento

Como un tarabilla…

Me ha dado argumento

Para una letrilla.

 

La Manía De Viajar

Epístola dirigida en julio de 1845

A mi amigo y padrino

El excelentísimo señor don Mariano Roca de Togores,

Marqués de Molins.

No sé si de Alicante o del Provencio

Rimado me enviaste un cartapacio

Y culpaste de paso mi silencio;

 

Mas, lo juro por Píndaro y Horacio,

Culpa es tuya, Mariano, que no mía,

Si en el silencio he sido tan reacio.

 

Si mi afecto una epístola te envía,

Para que no se pierda en el correo

¿Qué sobrescrito, di, será su guía?

 

Hoy en las calles de Madrid te veo,

Y eres mañana, nómada versátil,

Vivo traslado del errante hebreo.

 

Más vario que el termómetro bursátil,

Ya te alberga el fragoso Maestrazgo,

Ya en Elche comes amarillo dátil.

 

No hay día en que no pagues el portazgo,

Y sólo para postas y mesones

Necesitas un pingüe mayorazgo.

 

Astro, de eclipses mil y aberraciones,

Si sospecha Aragó  dónde amaneces,

¿Qué Newton  me dirá dónde te pones?

 

¿A qué resorte mágico obedeces

Que, sin incrédula vista acude al tacto,

Fantástica visión desapareces?

 

No ha mucho, si el informe ha sido exacto,

Que en un ferrocarril viajar te han visto,

Que es viajar poco menos que en abstracto.

 

Cuando te hacía yo comiendo pisto

Del edetano Turia en las orillas,

Camino de París ibas tan listo,

 

Y ya apenas distabas veinte millas

De la antigua Lutecia, cuya corte

Tantas encierra y tantas maravillas.

 

Pero el gas que impulsaba tu transporte

¿No pudo trasegarse a tu cabeza

Y virarla al Oeste desde el Norte?

 

Mientras «París» mi sobrescrito reza

Quizá en Liorna o en Ginebra te halles,

Quizá en las lomas de Úbeda y Baeza,

 

O al menos en los atrios de Versalles,

A fuer de buen patriota recordando

La rota del francés en Roncesvalles.

 

Mas me ocurre una idea. Si te mando

La carta «A don… et caetera  en el mundo»,

Tú la recibirás… Dios sabe cuándo.-

 

Y ahora ¿qué te diré? Yo tan fecundo

Un día como el vate que en el Istro

Lloró de Octavio el ceño furibundo,

 

Apenas si figuro en el registro

Del Parnaso español, mi amor y el tuyo,

Desde que gaceteo y administro.

 

En vez de estrofas, tórculos  construyo,

¡Y en prensa  día y noche, mal pecado!

Al plectro  el expediente sustituyo.

 

De letras  por doquiera bloqueado,

Sólo ya las conozco por el tipo:

Mi numen no es ya Apolo; es el Estado;

 

Y aunque lo rija el que escribió el Edipo,

El Estado  es prosaico aquí y en Asia

Y yo de su influencia participo.

 

Háblame de glosilla y atanasia

Y de alternar edictos y decretos

Con noticias de Chile o de Circasia;

 

Mas no de versos fáciles, discretos,

Que sabe Dios, Mariano, lo que sudo

Para hacer esta ristra de tercetos.

 

¡Feliz tú a quien destino menos crudo

Deparó venturosa independencia!…

(Y no lo digo, a fe, porque eres viudo).

 

¡Dichoso tú que sin real licencia

Puedes ser perdurable parroquiano

De todo conductor de diligencia!

 

Yo también lo que resta de verano

Esquivara el rigor de Febo intonso

Lejos de este bullicio cortesano;

 

Ya fuera mi mansión San Ildefonso,

Ya el templo insigne do a la pompa augusta

Hunde en la nada fúnebre responso.

 

Que es cosa natural y a todos gusta

Como el caliente hogar en el invierno

Buscar el fresco en la estación adusta.

 

Mas ¡cuántos necios hay, Dios sempiterno,

Cuántos que por huir del purgatorio

Se meten de rondón en el infierno!

 

Dejando aquí su holgado dormitorio

Arrienda a peso de oro una zahúrda

En un mal lugarejo don Liborio.

 

Hosca patrona con su saya burda

Le sirve, que no sabe entre sus manos

Distinguir la derecha de la zurda.

 

Antes que Dios alumbre a los humanos

Le despiertan los perros, las gallinas,

Las moscas, los chiquillos, los marranos.

 

Bigardos que apuntalan las esquinas

Ve sólo por la calle, o mutuamente

Matándose la caspa las vecinas.

 

Sale de casa con el fresco ambiente

Del alba matutina, y cuando torna

Le tuesta el Sol despótico, insolente;

 

Que sin un mal arbusto (¡es mucha sorna!)

Vive contento el poblachón grotesco

Cuando el Sur con su aliento le abochorna.

 

Hay un jardín cuyo apacible fresco

Puede ofrecer a tus ardores tregua,

Y tiene estanque y pabellón chinesco;

 

Pero dista lo menos media legua,

Y pasarla pedestre es necesario

al duro trote de alquilada yegua.

 

¡Y vivir día y noche solitario

O someterse al obligado trío

De fiel de fechos, cura y boticario!…

 

¿Y qué se come allí? ¿Pesca? No hay río;

¿Caza? A Madrid por ella si la quieres;

¿Fruta? El año es estéril y tardío.

 

Mas si deseas rústicos placeres,

Sal al campo y verás cómo prodiga

Sus tesoros en él la madre Ceres.

 

¡Oh qué recreo la dorada espiga

Ver, y girando el pedernoso trillo,

Y el merodeo de afanosa hormiga…,

 

Si este solaz bucólico y sencillo,

Que admiro yo… en Virgilio y en Valbuena,

¡No fuera precursor de un tabardillo!

 

Mas quién, mártir sin gloria, se condena

A pasar más trabajos que Tobías,

Con su pan se lo coma norabuena.

 

¡Tiene la moda, a fe, raras manías!

¿Qué dirían los padres de mi abuelo

Si volvieran al mundo en nuestros días?

 

Contentos con su hogar y con su cielo,

Sólo usaban la mula y la gualdrapa

Para dar un vistazo a su majuelo,

 

Y apenas conocían por el mapa

La corte del austriaco y la del ruso,

Los dominios del Argel y los del Papa.

 

Hoy hemos dado en el contrario abuso.

Ya español que no viaja se denigra.

Nadie está bien en donde Dios le puso.

 

Ya se ve, como siempre aquí peligra

Media nación si triunfa la otra media,

Cuando descansa Pedro, Antón emigra;

 

Y como dura tanto esta comedia,

En peripecias trágicas fecunda,

Sed de viajar a todos nos asedia.

 

Quién va a Cestona, quién a la Borunda;

Éste lleva al Molar su cataplasma;

Aquel sus nervios a la mar profunda;

 

Y mientras otro en Pau  se cura el asma,

A la Suiza un simplón  su viaje emprende

Y al ver a su tocayo  se entusiasma.

 

Manda el buen tono caminar allende

Los riscos del selvoso Pirineo:

A Lion, a París, a Lila, a Ostende;

 

Que es chabacano y mísero el deseo

Del que sólo camina hasta Segovia

O cuando más se aleja hasta Bermeo.

 

Aunque a Berlín no llegue y a Varsovia,

¿Qué dama de este título es ya digna

Si no ha pasado el puente de Behovia?

 

La leona  que falta a la consigna,

Porque el oro no cuenta en abundancia,

A esconderse en Buitrago se resigna;

 

Y por salvar, ¡pueril extravagancia!

La negra honrilla, escribe en la tarjeta:

«Fulana se despide para Francia».

 

¡Y tan mal a la España se interpreta

Que la tildan de pueblo estacionario,

Comparable a lo sumo con Damieta!

 

Sin contar tanto viaje involuntario,

Desde Junio a Setiembre, largo o corto,

¿Quién no traza en Madrid su itinerario?

 

Hay quien dice: esta tarde me transporto

Del barrio del Barquillo  al de Moriana,

Ya que no puedo a Málaga y Oporto.

 

¿Y no vive viajando hoy y mañana

El asiduo parásito que hambriento

Siete mesas invade a la semana?

 

¿Qué hacen sino viajar a todo viento

Tanta movilizada pelandusca

Y pillos y tahures más de ciento?

 

Basta. Sin duda mi razón se ofusca.

El placer inocente de los viajes

No merece una sátira tan brusca.

 

Para algo se inventaron los carruajes,

Y a mozas de posada y postillones

No fuera justo cercenar sus gajes.

 

Mueva pues todo el mundo los talones,

Ya que la humana vida es transitoria;

Y si aquí nos da vuelcos y ladrones,

Dios arriba nos dé su santa gloria.

 

La Moda

Pues reina la Moda  en Nápoles

Y en Inglaterra,

Y en la corte y el páramo

Y en paz y en guerra,

Fuera de la ley declaro

Al animal tosco y raro

Que al fiat  no se acomoda

De la Moda.

 

Sólo un caribe de América

Negar osara,

Sacra diva estrambótica,

Preces al ara

Donde imperas disoluta…;

Quiero decir absoluta.

Doquier se alza una pagoda

A la Moda.

 

Ni es de hoy la invención diabólica,

Digna del Draque,

De ese rival del ómnibus,

Del miriñaque,

(Poco es llamarle pollera),

Que a una población entera

Con su balumba incomoda…

Porque es Moda.

 

También allá in illo témpore,

Hubo tontillos,

Que a los galanes jóvenes

Tiernos, sencillos

Aquel nombre traspasaban.

Es decir, que tonteaban,

Como hoy la pollada toda

De la Moda.

 

Pero al menos de aquel cuévano

Los accesorios

Dulces daban al ánima

Cien purgatorios.

Ninones y Pompadures

No escondían sus albures;

Melindres de dueña goda

No eran Moda.

 

Ya barriendo polvo y cáscaras

Por esas calles,

Miden cuatro kilómetros

Desde los talles

Las faldas de rica tela;

Y la linda damisela

Gallardamente se enloda…

¡Porque es Moda!

 

¡Cómo! ¿ya no tienen mérito

Para Cupido

Ni la cadera mórbida,

Ni el pie pulido?

Pase el abultar la nalga;

Pero ¡suprimir la galga!…

Yo creo que está beoda

Doña Moda.

 

¡Vaya afuera, voto al chápiro,

Tanta hojarasca,

Que confunde a la sílfida

Con la tarasca!

Así faltará pretesto

A más de un zoilo indigesto

Que de ridícula apoda

A la Moda.

 

No a guisa de viejo dómine

Que hostiga el asma,

Reniego yo del ídolo

Que os entusiasma.

No soy, niñas, tan estulto.

Ríndase en buen hora culto

Hasta en Tembleque y en Roda

A la Moda.

 

Pero haya un poco de cálculo

Y de chirumen.

No os hagáis ciegas víctimas

Del ciego numen.

Nada perderán las bellas

(El porqué lo saben ellas)

Aunque entre un poco la poda

En la Moda.

 

Para alguna que a neófitos

De poco fuste

Prenda en sus redes pérfidas

Con tanto embuste,

Muchas infunden sospechas

De zambas y contrahechas;

¡Muchas se quedan sin boda

Por la Moda!

 

¡Ah! no al desenfado bético

Que nos recrea

Un figurín exótico

Rémora sea;

Y la que hoy ruda letrilla

Con ruibarbo y con guindilla,

Será mañana una oda

A la Moda.

 

La Vida Del Hombre. Poema Pedestre Jocoserio. La Niñez

Yo, aquel del romance en do

Que los vitales preludios

Narré del cuitado párvulo

Recién venido a este mundo;

Yo que con amor paterno

Le seguí desde el columpio

De la cuna hasta dejarle

En los límites de un lustro;

Hoy que marcha por su pie,

Y aunque con poco discurso

Muestra en su lengua expedita

Que no nació sordomudo,

Voy a proseguir su historia

Con otro romance en do;

(Y basta de introducción

Al capítulo segundo.)

El niño es pobre, o es rico;

El niño es hábil, o es rudo;

Dócil o díscolo; tres

Verdades de Pero-Grullo.

Si engendro fue suspirado

De padres de alto coturno,

¡Venturosa criatura!

Dirá el envidioso vulgo.

¡Se engaña! Todo viviente

Nació para el infortunio,

Y con otra disyuntiva

Voy a probar lo que anuncio.

O temiendo a cada instante

Que le acometa el singulto

De la muerte, le sujetan

A planes de higiene absurdos;

Y aunque llore y se desgreñe

El infeliz, ¡no hay recurso!;

Que hacen con el tierno vástago,

Sin que le obligue el ayuno,

Lo que el doctor Tirteafuera

Hizo con Sancho  el panzudo;

Y todo goce le daña

Y todo juego es abuso

Para él, y hasta del aire

Le merman el usufructo.

¡Así se cría canijo

El que naciera robusto

Y a fuerza de amor sus padres

Se convierten en verdugos!

O bien, con necio cariño,

Halagan todos sus gustos

Y de un mocoso rapaz

Hacen un rey absoluto.

Y no es más feliz por eso

El acariciado alumno;

Que con el mimo y los años

Crece en su pecho el orgullo.

Llega día en que no bastan

Las riquezas del Gran Turco

Para dejar satisfechos

Sus caprichos importunos.

Cuando le ofrecen faisanes

Se le han de antojar besugos,

Y pide peras al olmo,

O que nazca Dios en Junio.

Fáciles goces le cansan;

Que, como dijo Licurgo,

Cuando no hay pena, no hay gloria;

Donde no hay lucha, no hay triunfo.

Así la mitad del día

Pasa en hastío infecundo,

Y la otra mitad rabiando

Como si fuera energúmeno.

Mas si al hijo del magnate

Tan mala fortuna cupo,

¿Qué no sufrirá de un quídam

El desdichado producto?

¡Y al santo Dios de Israel

En sus altos juicios plugo

Que los ricos sean pocos

Y los pobres sean muchos!

Primero que la razón

En él ejerza su influjo,

Al brazo seglar le entregan

De un maestro cejijunto.

¡Cuánto le cuesta aprender

La primer letra de burro;

Cuánto el escribirla luego

Con intercadente pulso!

¡Cuántos tirones de orejas

Y cuántos azotes crudos

Para meterle en la cholla

Que uno  es tres  y tres  son uno!

¿Y qué diré, santo Dios!

Del quis vel qui  y el gerundio,

Y de Cornelio Nepote

Y de Fedro  y Quinto Crucio?

Si inhábil para las letras

Le dispensan del estudio,

Confinado en un taller

Suda gotas como el puño.

Y en su casa y en la ajena

Su destino es siempre zurdo,

Ora maneje el escoplo,

Ora interprete a Salustio.—

Si la tiña no le aflige,

Tendrá al menos, de seguro,

Sabañones en invierno

Y seguidillas en Julio.-

Jamás acierta el pobrete

A dar a sus padre gusto:

Si habla, «¡charlatán maldito!»,

Y si no chista, «¡cazurro!»

Siempre pagan sus mofletes

Los domésticos disturbios;

Que no hay leyes para él…,

Excepto la del embudo.—

En vano voraz su estómago

Pide sin cesar condumio;

Que si abundan los sofiones

Escasean los mendrugos.—

Cuando le compran zapatos

Los pantalones son nulos,

Y cuando estrena chaqueta

El cogote va desnudo;

Y todo trapo es inútil

Antes que lo gaste el uso;

Que no crece la corteza

A medida del arbusto;

O retrógrada  su ropa,

Como dirían algunos,

No sigue el progreso rápido

De sus brazos y sus muslos.

Así en su niñez vegeta

Entre desprecios y ayunos

Y llega a la pubertad

Escuálido y larguirucho.

¿Será más dichoso en ella?

Ni lo afirmo ni lo dudo

Por hoy. Al tercer romance

Dará esta cuestión asunto.

 

La Noche

A Dorila

No para mí los anchurosos valles,

¡Oh sol! coronas de precoz espiga;

No a mi placer consolador majuelo

Dora tu llama.

 

No yo a gozar de tus hermosos rayos

Cuando la escarcha del Enero rompes

La ijada hiriendo de alazán brioso

Cruzo la vega.

 

¿Qué alumbra mío tu fulgente carro?

¡Ah! ¿Qué me anuncia que dolor no sea?

¿Cuándo a templar de mi destino el ceño,

Cuándo amaneces?

 

Aguija al menos tu cuadriga, ¡oh Febo!;

Hiende veloz el eternal zafiro,

Y allá perdido en los profundos mares

Huye a mi vista.

 

¡Cuánto más grata a mi abrasado pecho

De Cintia luce la dudosa tea

Cuando retarda su tranquilo curso

Tétrica nube!

 

¡Oh de Morfeo bonanzosa madre!

¡Oh dulce tregua a los afanes míos!

Ven. Tiende al orbe el misterioso manto,

Lóbrega Noche.

 

Yo te deseo como al nueva

De virgen rosa purpurado cáliz;

Y no es mi seno al horroroso crimen

Bárbaro asilo.

 

Ni tanto es fiero tu atezado rostro

Que al hombre infunda merecido espanto.

Más de una vez en hermosura y pompa.

Vences al día.

 

No siempre en torno a tu dosel umbroso

Rugen los vientos y el olimpo truena;

No siempre arrasa los floridos campos

Árido hielo.

 

¡Cuán apacible en el ardiente Julio

Con mil estrellas tachonando el cielo

Reposo al hombre y al vergel envías

Céfiro leve!

 

¡Oh cuánto es dulce sobre el haz dorado

Libre tender los fatigados miembros

Cuando en los brazos del pastor querido

Vela Diana!

 

Todo es sosiego. Murmurando apenas

Desciende al mar el argentado río.

Susurra apenas en tu copa el aura,

Plácido fresno.

 

Sólo el silencio de la noche viola

Suave cantar de codorniz amante,

O allá a lo lejos el zagal sonando

Rústica avena.

 

¡Horas felices! Corazón helado

Yace en el seno del mortal que os odia.

¡Horas de paz! En alabanza vuestra

Suene mi lira.

 

Si el sol recrea y reverdece el campo,

También su hoguera lo consume activa;

Si alguna vez a la virtud alumbra,

¡Cuántas al crimen!

 

¡Oh infausto siglo! Las nocturnas sombras,

Gratas un tiempo a los malvados fueron.

Hoy no; que impunes a la luz sus ojos

Alzan osados.

 

¡Oh Noche! En tanto que tranquilo sueño

El vil traidor y el asesino duermen,

Tú los prodigios de Natura sabia

Plácida velas.

 

¿Por qué te llaman de la muerte imagen?

¡Oh sacrilegio! Cuanto puebla el mundo

A ti su vida y sus delicias debe,

Próvida Noche.

 

Y tú de amor, que las tinieblas ama,

Los dulces hurtos con tu negro manto

Cubres amiga; y el amor mi culto

Lleva a tu templo.

 

Almas sensibles a la grata herida

Que el niño alado sonriendo graba,

¿Cuál de vosotras negará a mi canto

Precio sublime?

 

No empero, oh Noche, tus tranquilas horas

Torpe conato a bendecir me impele.

No amor venal de meretriz infame

Guía mi planta.

 

Ni el sacro lecho del ausente esposo

Corro a manchar; ni seductor aleve

De incauta virgen a la fama tiendo

Pérfido lazo.

 

Vuelo a la choza de mi Silvia bella,

Mansión celeste de inocencia pura:

De Silvia bella, que me llama, ¡oh gloria!

Bien de su vida.

 

Feliz entonces mi destino acerbo

Lanzo al olvido con la luz febea;

Y apenas puede contener el alma

Júbilo tanto.

 

Ora ingeniosa a las palabras yertas

Que a la importuna sociedad dirige

Sabe mezclar para embeleso mío

Blandos amores.

 

Ora sus labios deliciosos ríen;

Ora en sus ojos mi ventura leo,

Ora en las mías al descuido encierra,

Cándida mano.

 

Ora… Mas ya del perezoso día

Lánguida brilla la remota lumbre.

Silvia me espera. —Protectora Noche,

Dame tus alas.

 

Mi Señora

La pasión no me alucina,

Aunque el alma me encadena,

No es el de Venus ciprina

El rostro de mi morena.

No así lo esculpiera Fidias,

No así lo pintara Apeles;…

Y arde en amores y envidias

A zagalas y donceles.

¿Por qué? Porque en cada hora

Muestra una gracia distinta,

Y aquel brío que enamora

Ni se esculpe ni se pinta.

Esas caras de modelo,

Donde no hay sal ni pimienta,

Son meloso caramelo

Que empalaga y no alimenta.

Una hermosura sin pero

Tan neciamente se engríe,

Que por no hacer un puchero

Ni llora jamás ni ríe.

Es una deidad radiante

Cuya alma reposa en calma,

O su celeste semblante

No es el espejo del alma.

Es con gesto peregrino

La estatua de Prometeo

Antes que el fuego divino

Robase al carro febeo.

Hay bellas caras que son

Bellas tan de buena fe,

Que toda su perfección

De una ojeada se ve;

Y como son un portento

En su estado natural,

O no han de hacer movimiento

O les asienta muy mal.

Reniego de una mujer,

Aunque aventaje a Diana,

Si es hoy lo mismo que ayer

Y como hoy será mañana.

Mas la faz de mi señora

Sin temer al sol ni al aire,

Se renueva y me enamora

Cada vez con más donaire.

Si un rasgo es menos perfecto,

De otro aumenta el incentivo;

Y tal vez sobre un defecto

Amanece un atractivo.

En vano lo miro atento.

Ya le enrojece el pudor;

Ya le dilata el contento;

Ya le desmaya el amor.

¿Y habrá pluma que encarezca

Aquel hoyo picarillo,

Ya en la barbilla aparezca,

Ya lo dibuje un carrillo?

Así con sola una dama,

Si bien ajusto la cuenta,

Me da Amor en panorama

Los hechizos de cincuenta.

Y sobre prendas tan raras,

Otra mayor atesora.

—¿Cuál? —Con tener tantas caras,

No es mudable ni traidora.

 

La Política Aplicada Al Amor. Carta Erótica En Estilo Parlamentario

Mariquita idolatrada,

Mi bien, mi amor, mi deidad,

Mi programa, mi turrón,

Mi frase sacramental:

Tú, cuyos ojos me roban

La independencia  y la paz

Poniendo a mi corazón

En estado excepcional,

Permite que un ciudadano

Te interpele  en puridad

Sobre cuestiones vitales

De su situación normal.

Si yo te amo y tú me quieres,

¿Por qué, pesia Barrabás,

Con un pacto de familia

No das término a mi afán?

Enemigo del progreso

Nos condena tu papá

A vivir estacionarios

En la flor de nuestra edad.

Con su horrible catadura

y su instinto monacal,

También, dos veces feota,

Me rechaza tu mamá.

Mas si tanta es de los dos

La injusta arbitrariedad,

¿Por qué no nos pronunciamos

Contra el yugo  paternal?

Coliguémonos, Maruja,

Y válgame en el altar

Contra el veto  de tu padre

La sanción  del capellán;

Y cuando hecho consumado

Sea el vínculo nupcial,

Pediremos, alma mía,

Un voto de indemnidad.

Por dicha el antiguo régimen

Murió en este suelo ya;

Bien que algunos sicofantas

Lo quieren resucitar.

¿No ha de alcanzar al amor,

Que de suyo es liberal,

Ya que no el poder omnímodo,

Un cacho de libertad?

Es acto de vandalismo

Nuestras almas divorciar,

Con infracción manifiesta,

Del Código… natural.

Tú rica y yo proletario,

¿No somos hijos de Adán?

¿No somos parte integrante

Del edificio social?

Biógrafo  de mí mismo

Me voy a espontanear,

Aunque no es parlamentario

El que dice la verdad. –

En primer lugar, las Cámaras

No me abren de par en par,

Porque ni soy financiero

Ni alta notabilidad.

No temo que me sorprenda

Polizonte  suspicaz

Elucubrando  en el club

Algún tenebroso plan.

No tengo, rancio aristócrata

O demagogo  procaz,

La exaltación del tribuno

Ni el orgullo del bajá.

Ni contratos clandestinos

He celebrado jamás,

Ni me comprende el apodo

De sanguijuela voraz.

Ni aspiro a la teocracia,

Ni Ayacucho  es mi lugar,

Y así soy yo cigarrón,

Como cangrejo  fluvial.

Sólo a los hojalateros

Me pudieran comparar,

Porque siempre que te miro

Digo para mí: ¡Ojalá!…

Sin embargo, me parece,

Que pertenezco a la gran

Familia, porque los pobres

Siempre hemos sido los más.

Con el santo sacerdocio

De la prensa  gano el pan;

Mas soy partícipe lego

En esa comunidad.

Folletinista  infeliz

Y siempre hecho un azacán,

Habito en el piso bajo

Si otros en el principal.

No en artículos de fondo

Afirmo con gravedad

Que el equilibrio europeo

Corro peligro en Tetuán.

No es dado a mi humilde pluma

Discutir, analizar

Los negocios  que en San James

Palpitan de actualidad.

No expongo en discursos lánguidos

Con estilo doctoral

El admirable artificio

Del sistema… trinidad.

Por ser de contrario dogma,

No en polémica  mordaz

Acuso del farisaico

Al colega, Pedro o Juan.

No soy tránsfuga, ni apóstata,

Ni acostumbro a involucrar

Los rayos del Vaticano

Con la ley municipal.

En materia de agiotaje

No conozco el Cristus-a,

Y el ostracismo, sin ostras,

Para mí está en alemán.

En fin, ni sé de las masas

Las pasiones agitar,

Ni entiendo jota de gu-

bernamentabilidad.

Mi destino es traducir

Por un módico jornal

Novelas de munición,

Ya de Paul, ya de Balzac.

Por cierto que malas lenguas

Dicen que suelo dejar

En vascuence  medio torno

Y en francés  la otra mitad.

Ahora bien, dulce Maruja,

Si has podido barruntar

Las tendencias, de esta epístola

Escrita en lenguaje usual,

Da solución  a mi crisis,

Y sepa yo, ¡voto a san!

Si es llegado el casus foederis…,

¡O he de tirarme al canal!

 

La Pubertad

—Madre, ¿qué llama oculta

Circula por mis venas

Que al paso que me halaga

Me aflige y desespera?

Hechizos son, ¡ay triste!

Que en ponzoñosa yerba

Recelo me haya dado

La encantadora Lesbia.

Mas ¿cómo, si la vida

Me abruma y me atormenta,

Jamás me ha parecido

Tan plácida y tan bella?

Si tú culpas al tiempo

Porque rápido vuela,

¿Cómo yo desolada

Maldigo su pereza?

Tú empero ya a la tumba

La débil planta llevas;

Y yo respiro el aura

De dulce primavera.

Enigmas son, oh madre,

Mis gozos y mis penas.

Descífralos, te ruego;

Mi lloro te conmueva.

Ayer entre las niñas

Al son de muelle avena

Gozosa, infatigable

Danzaba en la floresta.

La rosa nacarada

En mi cabello presa,

La poma aún no madura

De la vecina huerta,

La risa, la algazara,

La cinta, la pandera…;

No más apetecía

Mi cándida inocencia.

Hoy los pueriles juegos

Mi corazón desdeña,

Y no sé qué me pide,

Que de latir no cesa.

Y en tanto que a las niñas

Lanzo de mí soberbia,

Las adultas zagalas

Me esquivan, me desprecian.

Si algún pastor me mira,

Me turba y me enajena,

Y a mi despecho clavo

Los ojos en la tierra.

Si me habla lisonjero,

Si la mano me estrecha,

Yo tiemblo, y mis mejillas

Colora la vergüenza.

¿Qué crimen ignorado,

cuál desdicha acerba

De día me acongoja,

De noche me desvela?

Repíteme incesante

Aquí una voz secreta:

Para el placer naciste,

Donosa zagaleja.

Y del placer en tanto

La prometida senda

Natura a mis afanes

Cubre de opaca niebla.

Así a los trece mayos

Triste, llorosa, inquieta,

Razona con su madre

La niña Galatea.

Calla la adusta anciana;

La niña se impacienta;

Y Tirso más piadoso

La instruye y la consuela.

 

La Vida Del Hombre. Poema Pedestre Jocoserio. La Vejez

«¡Qué ridículo vejete!

No sé cómo hay quien le sufre.

Tose cuando no regaña;

Cuando no predica, gruñe.

Aguante él solo la gota

Y el asma que le consume,

Dolorosas consecuencias

De livianas juventudes,

Y no con su adusto ceño

Desde el martes hasta el lunes

Contra el reposo de deudos

Y criados se conjure.

Cuente sólo sus miserias

Entre rezos y menjurjes

Al confesor que le exhorte

Y al médico que le pulse,

Y deje a la juventud

Que sin tregua ría y triunfe,

Ya con felices verdades,

Ya con ilusiones dulces.

Deje gozar a Melisa,

Pues hierve su sangre y bulle,

Y cuando quiere bailar

No la lleve al via-crucis.

Deje retozar al niño,

Y no impaciente murmure

Si gusta más de su trompo

Que del uniuscujusque.

Harto es hacernos peinar,

Aunque tanto nos repugne,

La perdurable peluca

Que su calva inmunda cubre,

Sin las que a cada momento

Nos está echando con fútiles

Apotegmas que su boca

Antes que articula escupe».

Tales ausencias te guardan,

Pobre anciano, enfermo, inútil,

¡Y dichoso cuando tienes

Riquezas por que te adulen!

Que al menos en tu presencia

Con fingida dulcedumbre

Su inicua aversión disfrazan

A tus surcos y a tu mugre.

¡Cuitado! Cuando amorosos

Los que heredarte presumen

Te ponen los sinapismos

Y los colchones te mullen,

«¡Cuánto mejor descansara

(Para su saco discurren)

En la corte celestial

Entre ángeles y querubes!

Jaletinas y conservas

Traigan de casa de Núñez,

Que sin dañar el estómago

Lo restauran y lo nutren»,

Dice otro; y si fuera médico,

Su receta, no lo dudes,

Diría: «Récipe… horchata

De rejalgar, media azumbre».

«Ese es un mal pasajero

Que en dos días se destruye,

Exclama Juan; no hay motivo

Para tanta pesadumbre.

Tenéis complexión de atleta

Y resistencia de yunque.

Largos años viviréis:

Yo a Dios se lo pido…» ¡Embuste!

Allá en sus adentros dice,

Recordando lo de in pulverem

Reverteris: «¡Plegue a Dios.

No llegues al mes de Octubre!»

Y en tanto, ¿de qué te sirven

Pingüe renta, cuna ilustre,

Si tus sentidos flaquean

Y tus potencias sucumben?

¿Qué sensaciones aguardas

De lo que tus manos hurguen

Si descarnadas y trémulas

La muerte en ellas se esculpe?

¿Cómo gozar de Rossini

El grato, armonioso numen,

Si apenas hiere tu tímpano

El fragor de los obuses?

¿Qué han de oler esas narices,

Aunque flores te circunden,

Si el rapé las embadurna

Y el catarro las obstruye?

¿Cómo gozar de las tintas

Rosadas, verdes o azules

Con que el sol viste los campos

Y colorea las nubes,

Si miope y legañoso,

Dando acá y allá de bruces,

No ves siete sobre un asno

Aunque Rudaguas  te ayude?

¿Qué vale que el ambigú,

De la Risa  te estimule

Con perdices y faisanes

O con salmones y atunes,

Si despoblada tu boca

De muelas con que manduques

No puedes cubrir la mesa

Sino de sopas o puches,

O relajado tu estómago

Por antiguos ambigúes

Apenas consiente el pábulo

De demócratas legumbres?

Y si a tantas privaciones

Cuando doce lustros cumplen

Se ven, ¡ay dolor! sujetos

Los marqueses y los duques,

¿Qué diré del desdichado

Que en su ancianidad recurre

A pedir de puerta en puerta

Mendrugos para su buche?

Si hay uno que le socorra

Hay cuarenta que le injurien,

Y cuando va por la calle

No hay perro que no le aúlle.

Si logra un día que San

Bernardino le refugie,

Aun para el bodrio que come

Fuerza es que trabaje y sude;

O con cepillo en cintura,

Y sombrero que fue de hule,

Y en la blusa remendada

La imagen de un mapamundi,

Sirve en el Prado candela,

Que nadie lo retribuye;

O comparsa de difuntos

Les entona el de profundis.

Pues ¿y el infeliz inválido

Lleno de heridas y cruces

Que mutilado se arrastra

Sin pan, sin cama, sin lumbre?

Pues ¿y el mísero cesante,

Muerto de hambre cuando impunes

Le insultan con su opulencia

Cien ambiciosos gandules?

Mas si no atajo la pluma

Voy a escribir un volumen.

Aquí acaba este romance

Y aquí el poema concluye.

 

He dicho, y añado ahora,

Por epílogo y resumen,

Que desde el lecho en que nace

A la tumba en que se pudre,

El que los sabios titulan

Animal bípedo, implume…

Es el más triste animal

Que en el mundo se rebulle.

 

La Vida Del Hombre. Poema Pedestre Jocoserio. La Virilidad

Ya cumplió mi ciudadano

Las cuarenta navidades.

Ya por frívolos placeres

No sufre necios afanes.

Ya su suerte asegurada

Por buenos o malos trámites,

Serio y barrigudo, tiene

Cierto aquel…, cierto carácter,

Y casa y hogar, y lleva

El dulce nombre de padre

Y esposo… En fin, cate usted

A Periquito hecho fraile.

Y si no ha sacado ya

De este mundo miserable

Todo el partido posible

Y todavía es un nadie,

Lo mejor que puede hacer,

En mi concepto, es tirarse

De la torre de San Luis

O al canal de Manzanares.

¡La virilidad!  Ahora

Es el gozar, pero en grande,

Cuando la razón modera

Los ímpetus de la sangre.

¡Ilusión! Nuevos cuidados,

Contratiempos y pesares

Te hacen en la edad madura

Más desventurado que antes.

Dejo aparte tus pasiones,

Que no por menos audaces

Dejan de ser de tu vida

Lento y silencioso cáncer;

Más, ¡ay! amén de las tuyas

Las ajenas te combaten;

Que a tu lado gozan todos

Y tú solo eres el mártir.

¿Quién se libra en este mundo

De criados que le estafen,

O de amigos que le vendan,

O de suegras que le arañen?

¡Y haber de sufrir, gran Dios,

A cada niño que nace

O el furor de la pasiega

O los dengues de la madre!

¡Y que el ángel de tus ojos

No permita que un instante

Los cierres cuando rendido

Des con tu cuerpo en el catre,

Ya con agudos clamores

Los oídos te taladre,

Ya se le aflojen los muelles

Y la nariz te regale!

Mas le amas; que para ahogar

Afecto tan entrañable

Fuerza es tener corazón

O de usurero o de cafre;

Y cuando más te enamoran

Sus infantiles donaires

Y en él perpetuar esperas

Los timbres de tu linaje,

O le enteca la alfombrilla

O le encanija el usagre,

¡Y aquella temprana flor

Herida del cierzo cae!

O crece hermosa y lozana

Al abrigo de tus lares,

Y procurando su dicha

Para cuando sea grande,

Te impones mil privaciones,

Sudas por mañana y tarde…

Pero ¡tal vez en tu seno

Estás abrigando un áspid!

Si es varón, suele salir

Aficionado a los naipes,

Quimerista, libertino,

Insurgente, botarate…

Si hembra, caprichosa, frívola,

Coqueta, nerviosa, frágil,

Y en fin, romántica; que es

El peor mal de los males.

Mas dado que ángeles sean

Los hijos que procreaste,

¿Cuál no será tu tormento

Cuando de ellos te separes?

Quintas, duelos, proscripciones,

O tumultos en las calles,

O facciosos en los campos,

O esbirros en todas partes,

Te arrebatan sin piedad

El varón hecho a tu imagen;

Y con sus manos lavadas

Llega cualquier badulaque

A privarte de tu niña

Y llevarla a los altares,

Más como víctima pingüe

Que como consorte amante.

Es decir que, cuando piensas

Poner una pica en Flandes

Cumpliendo la ley que dice:

Crescite et multiplicamini,

Crías carne  para pícaros

O pícaros  para carne.

¡Y gracias si tu mujer,

En vez de ser dulce, amable,

Y ayudarte a conllevar

Flaquezas y adversidades,

No es díscola, o jugadora,

O amiga de coche y baile

Y sortijas y aderezos

Y terciopelos y encajes

Y ópera y máscaras!… ¡Oh,

Las máscaras son fatales!

¿Y qué diré si tu sino

Es tan aciago, compadre,

Que por la puerta de Géminis

Entras en Tauro  y en Aries?

¡Qué horror! Y del mal el menos

Si en desventura tan grave

O ignoras tu deshonor,

O lo aguantas si lo sabes.

Pero ¡las dudas amargas

Y las sospechas tenaces

Que el corazón te laceran

Como aguzados puñales;

Pero haber de acariciar

En tus brazos paternales

Al intruso motilón

Fruto de adulterio infame!…

Basta; que ya me enternezco,

Y no es justo, ¡voto al Draque!

Que, redactor de LA RISA,

Llore yo como un vinagre.

No; en vez de exclamar con Persio:

Quantum in rebus inane!

Con el buen Horacio Flacco

Diré: risum teneatis?

Y pues ya es largo el sermón,

Sólo añadiré una frase,

Oh lector, para decirte…

Que aquí acaba este romance.

 

Lamentos Del Poeta

Reniego del astro pésimo

Cuya influencia recóndita

Me aficionó a la poética,

Que ya maldice mi cólera.

Harto más valido hubiérame

Estudiar forenses fórmulas,

Y henchir mi mente del fárrago

De jurisprudencia lóbrega.

Con esto, y charlar ex cáthedra,

Y con un poco de mónita,

Rico viviera y espléndido

A expensas de gente estólida;

Que en este valle de lágrimas

Campa la avaricia sórdida,

La verdad no tiene apóstoles,

La moral es una andrómina;

Y en el agitado piélago

De las pasiones indómitas

Pesca sin temer al Ábrego

De un abogado la góndola.

O el valor de ruines géneros

Centuplicar en la alhóndiga,

Ahogando en el frío cálculo

Tus gritos, conciencia incómoda.

O miembro hacerme pacífico

De nuestra iglesia católica,

Y ya sería canónigo

De Cartagena o de Córdoba.

O alistarme en el ejército;

Que si en las batallas hórridas

A muchos abren el Báratro

La bayoneta y la pólvora,

Otros sin valor ni táctica

Labrando fortunas sólidas

Lucen entorchados áuricos;

Si no en el campo, en la ópera.

Basta adular a los próceres

Y saber cobrar la nómina

Ya del pueblo, ya del príncipe,

Ya de facción aristócrata,

Y antes imitar a un sátrapa

De la gente babilónica

Que el denuedo de Temístocles,

De Cimón y de Pelópidas.

Es verdad que eternas páginas

Prestó a las antiguas crónicas

Aquel espartano célebre

Que feneció en las Termópilas;

Mas ¿quién es hoy el estúpido

Que aspirando a fama póstuma

De su vida anhela el término,

Que ya es demasiado prófuga?

O a ser asentista diérame,

Y con marañas diabólicas

Saqueando al Rey y al público

Llenara de oro mi cómoda;

O estudiara terapéutica

Y nociones fisiológicas,

Y empuñara desde párvulo

La cimitarra anatómica.

Hoy asesinando al prójimo

Mi suerte sería próspera,

Ducho en la ciencia de Hipócrates

A los profanos incógnita.

Broussais, con tu goma arábiga

Y sanguijuelas hidrópicas

Todo lo curara; cólicos,

Úlceras, fiebres, parótidas.

O con Le Roi  sin escrúpulo,

Dejando antiguas teóricas,

Del vomi-purgante bárbaro

Sería mi mano pródiga.

O bien sectario impertérrito

De las medicinas tónicas,

Daría a Plutón más súbditos

Que Bonaparte el de Córcega.

Brown, Le Roi, Broussais, idénticos

Son todos, si no en su lógica,

En atestar de cadáveres

Del campo santo las bóvedas.

O fuera yo farmacéutico,

Y por medicinas óptimas

A peso de plata un tósigo

Vendería en cada pócima.

O, aunque antes mano quirúrgica,

Mejor dijera antropófaga,

Me dejase como a Orígenes,

Que no es desventura módica,

¡A Dios pluguiera que en Nápoles

Nacido, en Turín o en Módena,

Dado me hubiera a la música,

Que en Madrid manda despótica!

Mas ¿qué digo? Sastre, acólito,

Maestro de baile, hipócrita,

Histrión, cocinero, dómine,

Rufián, alguacil, apóstata…

Todo es mejor, oh Teótimo,

Cualquiera industria es más cómoda

Que hacer versos para el pábulo

En esta edad macarrónica.

¿Qué vale de las Piérides

Sentir la influencia próvida?

La inopia y el arte métrica

Ya son palabras sinónimas.

¡Ay! mientras nada en la crápula

O yace en inmunda cópula,

Un creso niega a tu mérito

La suspirada bucólica.

Aunque cual Homero célebre

Cantes el luto de Andrómaca,

O excedas al alto Píndaro

Y al autor de las Geórgicas;

Ni de la imprenta los tórculos

Te han de adquirir una almóndiga,

Ni tener capa te es lícito

Que te guarde de la atmósfera.

Ni te darán dulce tálamo

Tropos y flores retóricas;

Que huyendo de ti las vírgenes

Se irán a la zona tórrida.

Ni aun si canto epitalámico

Produce, o farsa alegórica

Do vean su panegírico

Padres, consortes, y prónuba,

Logra un coplero parásito

De su hambre acabar la prórroga,

Aunque hinchado y metafísico

Veinte veces más que Góngora.

¿Qué son ya las glorias épicas?

¿Qué las dulzuras eróticas?

¿Qué son los ejemplos trágicos,

Y qué en fin las sales cómicas?

Ya clama ignorante clérigo

Que con impiedad insólita

Atentas en cada párrafo

A la doctrina canónica;

O ya gacetero díscolo

En sus columnas periódicas

A tus obras llama inútiles,

Descomunales o apócrifas.

Pides protección leyéndolas

A un señor de sangre gótica,

Y oye tus endecasílabos

Como si fuera un autómata.

Te sometes a la férula

De algún erudito cócora;

Y mide los raptos líricos

Con el compás de un geómetra.

Si con inocente júbilo

En sencilla anacreóntica

Cantas el vino y los céfiros

Y el arrullo de la tórtola,

Adormecen tus versículos

Como bebida narcótica,

O desaparecen rápidos

Cual las ilusiones ópticas;

Que ya sólo gusta a Flérida,

La de la cintura mórbida,

Alguna charada, insípida

alguna novela exótica.

Mordaz se llama a la Sátira,

A la Epopeya monótona,

Al Idilio sandio y rústico

Y a la Elegía platónica.

¿Y qué hace el triste dramático

Entre cabezas tan cóncavas

Cuando huella el orbe escénico

La manía filarmónica?

¿Quién no arrolla al vate indígena,

Ya con calumnias anónimas,

Ya con silbidos horrísonos,

O ya con risa sardónica?

Y en tanto al gorjeo lánguido

De una cantarina nómada,

Plebe rutinaria y frívola,

¡Cuál victoreas atónita!

¡Qué de riquezas a un músico!

¡Qué de honores, santa Mónica!

¡Y en tanto a mi triste estómago

Aqueja gazuza crónica!

Y en tanto al terrible tránsito

Mi vida veo muy próxima

Si no renueva algún síndico

La antigua sopa económica.

 

Uno De Tantos

Fulano

¡Las nueve ya! Abur, amigo.

 

Citano

Pronto se retira usted.

Yo pienso dar todavía

Un par de vueltas o tres.

¿Y adónde bueno?

 

Fulano

Al teatro

 

Citano

¿Con este calor cruel?

 

Fulano

¿Qué quiere usted! Es preciso.

 

Citano

Usted tendrá, ya se ve,

Grande afición…

 

Fulano

No por cierto.

¿Quién ha de tenerla, quién

Según está nuestra escena?

 

Citano

Hombre, yo creía…

 

Fulano

¡Qué!

¡Si da horror!

 

Citano

No la frecuento

Sino allá de mes a mes.

Como asisto a la oficina

Por la noche… Y el cartel

¿Qué nos anuncia?

 

Fulano

Lo ignoro.

Lo leo muy rara vez.

 

Citano

¿Es posible…?

 

Fulano

Son las nueve.

Primero voy al café:

Allí me paso una hora

Entre fumar y beber…

 

Citano

¡Pues alabo la cachaza!

 

Fulano

Es costumbre. Y a las diez

Me aparezco en mi luneta.

 

Citano

Pues ya ¿qué va usted a ver?

¿El bolero?

 

Fulano

¡Uf! No me gusta.

¡Es un baile tan soez!…

 

Citano

Ya entiendo. Usted se reserva

Para el jocoso entremés,

O sea sainete. Algunos

Son muy graciosos. Aquel…

 

Fulano

¿Sainetes? Son inmorales,

Groseros…

 

Citano

¡Qué rigidez!

A veces suelen pintar

Costumbres…

 

Fulano

Del Avapiés

 

Citano

Ya; pero entre col y col

También con mejor pincel

Se escriben doctas comedias,

Cuya grata sencillez…

 

Fulano

¿Esas que los eruditos

Llaman clásicas y…

 

Citano

Pues.

 

Fulano

Son frías, sin movimiento…

¿Y qué es lo que va a aprender

Un hombre en ellas? Lo mismo

Que todos los días ve

Ya en su casa, ya en la ajena.

Y luego, más de una vez

Se encuentra uno escarnecido…

Sin ir más lejos, ayer

En un marqués… (usted sabe

Que yo he nacido marqués)

Muy botarate y muy necio,

Quisieron reconocer

Mi retrato unos amigos.

Esta es mucha avilantez.

Critíquese en hora buena

Al artista, al mercader,

Al médico, al empleado,

Al curial…; pero ¡a un marqués!

 

Citano

¿Prefiere usted el sombrío

Melodrama…?

 

Fulano

¿Melo… Qué?

¡No, por Dios! Calumnias, muertes,

Robos al anochecer,

Espeluncas, tempestades,

Y el carcelero, y el juez,

Y el huérfano, y los bailetes,

Que nunca paran en bien…

¿Hay racional que soporte

Dislates de este jaez?

 

Citano

¿Y las comedias de magia?

 

Fulano

Para mozos de cordel,

Y paletos, y criados,

Y niños, lo que hay que ver.

 

Citano

En efecto… ¿Y las tragedias?

 

Fulano

Yo no quiero padecer

En el teatro.

 

Citano

No obstante,

Los infortunios de un rey…,

De un héroe…

 

Fulano

Como en el mundo

Ya no hay tales héroes…

 

Citano

¡Eh…!

 

Fulano

Los héroes de mojiganga

Hacen ya un triste papel.

 

Citano

¡Válgate Dios! ¿Y se extiende

Ese universal desdén

A nuestro teatro antiguo?

El ingenioso y cortés

Calderón, el sazonado

Tirso…

 

Fulano

Dios me libre amén,

De las comedias famosas.

Sin moral, sin interés,

Sin unidades; vaciadas

Casi en un mismo troquel

Todas ellas… Buenos versos,

Eso sí, vamos; ¿y qué?

Atestados de pueriles

Conceptos… ¡Y qué babel

De lances enmarañados!

Y eso de que no ha de haber

Una madre en todas ellas;

Que han de estar siempre en belén

Los padres y los hermanos,

Y que siempre ha de vencer

El primer galán, y que haya

En todas ellas papel,

Y escondite, y cuchilladas,

Y celos, y… ¡Calle usted!

 

Citano

¿Cuál será el gusto de este hombre?

Vive Dios que ya no sé…

¡Ah! di en el hito. Apostemos

Una onza contra cien

A que es usted… ¿Cómo dicen?…

Filarmónico. ¿Acerté?

 

Fulano

Sí. ¡La ópera! Por ella

Me estaría sin comer.

Es mi gozo, mi consuelo,

Mi gloria… Es decir, lo fue.

Porque en el día… ¡Ay amigo!

 

Citano

¿Qué le ha dado a usted?

 

Fulano

¡Cruel Memoria! El ídolo mío,

Aquella brava  mujer,

Aquel cisne incomparable,

Aquella sirena… ¡Ohimé!

 

Citano

No hay que afligirse…

 

Fulano

Sparí

Com’ un lampo. Verdad es

Que otra donna, prodigiosa

Ha ocupado su dosel,

Y que canta como un ángel,

Y que es la gloria, el sostén

De la vacilante solfa,

Y que le dio su laurel

Euterpe, y que cada día

Más se lo afirma en la sien,

Y que ya cuando ella canta

Nadie se atreve a toser,

Porque hechiza a todo el mundo…,

¡Ay triste!… ¡Y a mí también!

Pero mis… votos la honra

Del pabellón… Yo soy fiel…

¿Qué dirían? ¡Yo aplaudir!

¡Yo dar mi brazo a torcer!

No en mis días. ¡Oh suplicio!

¡Oh inopinado vaivén

De la fortuna!

 

Citano

Acabemos.

¿Usted no encuentra placer

En el teatro?

 

Fulano

Ninguno.

Me aburro, me seco en él.

 

Citano

Pues buen remedio: no ir.

 

Fulano

¿Y qué me tengo que hacer

Hasta las once que empieza

Mi partida de ecarté?

Y, por otra parte, un hombre

De mi esfera y de mi prez…

Estoy abonado.

 

Citano

¡Lindo!

 

Fulano

En los dos teatros.

 

Citano

¡Bien!

 

Fulano

Esto me da tono…

 

Citano

¡Bravo!

 

Fulano

Pero… En fin, ¿cómo ha de ser!

Cada cual tiene su cruz

En este mundo…

 

Citano

Sí, a fe.

 

Fulano

Conque… abur.

 

Citano

Abur, amigo.

 

Fulano

¡¡Ah!! Compadézcame usted.

 

Mi Dama

Licio, si quieres saber

Cuál es la bella sin par

Que en amor mi pecho enciende

Y esculpida en él está,

Oye: pintártela quiero,

de inflexible metal

Tu corazón es formado,

O tú la conocerás.

Erguida lleva la frente

Que nunca supo inclinar

Ni a los encantos del oro

Ni a la lisonja venal.

No adorna el negro cabello

Con las perlas del Catay,

Y antes la encina le anuda

Que el nardo y el arrayán.

Es hechicera su boca

Por hermosa y por veraz;

Grandes, rasgados sus ojos,

Y atrevido su mirar.

Vence su pie en ligereza

Al Austro y al Vendaval:

Su talle esbelto y airoso

Desdeña el peto falaz.

Su mano, blanda y süave

A quien amante la da,

También la lanza guerrera

Sabe robusta empuñar.

Verde manto prende al hombro,

Y apenas leve cendal

Cubre su nevado seno

Que esconde ardiente volcán;

Y aunque sus formas celestes

No cuida de recatar,

Es puro candor en ella

Lo que en otras liviandad.

Adoradores sin cuento

Sacrifican en su altar,

Y aunque a todos corresponde

Nadie envidia a su rival.

Sabe cual otro Proteo

Mil y mil formas trocar;

Que, a fuer de hembra, es caprichosa,

Y a fuer de potente, audaz.

Ora a Belona imitando

Se ciñe el casco marcial;

Ora Minerva la brinda

Con el ramo de la paz.

Ora la embriaga y la ciega

El aplauso popular

Y cambia la dulce oliva

Por el tirso bacanal.

Niña siempre por instinto,

Bien que adulta por la edad,

Si no la guían se pierde;

Sin firme apoyo caerá.

Mas la celan dos hermanas

De mayor autoridad.

¡Plegue al cielo que las dos

No la abandonen jamás!

Una es de las grandes almas

ídolo, a veces fatal;

La otra forma los lazos

De la humana sociedad.

Venturosa la nación

Do las tres unidas van;

Que sin Gloria y sin Justicia

¿Qué vale la Libertad?

Mas ya la nombré; ya sabes

Cuál es la bella sin par

Que enciende en amor mi pecho

Y esculpida en él está.

 

Los Candidatos

Ya que tienes privilegio

Para entrar en el colegio

De elegidos electores,

No te alucinen, José,

Las profesiones de fe.

Obras, obras son amores;

No bambolla y aparato.

¡Ojo avizor al candidato!

 

Alguno habrá que te diga:

«Doy al poder una higa.

Mis patrióticas virtudes

Jamás empañó un empleo».

¡Y ya presentó el Proteo

Cuarenta solicitudes!

No te fíes de ese gato.

¡Ojo avizor al candidato!

 

Otro que habla de gobierno

Tiene en su casa el infierno.

Pero ni aquí, ni en Sicilia,

Ni en Nápoles, ni en Egipto,

¿Será buen Padre Conscripto

Un mal padre de familia?

Quien tal crea, es un pazguato.

¡Ojo avizor al candidato!

 

Inocente desahogo

Llamaba aquel demagogo

Al incendio, a la matanza;

Y hoy se está haciendo el mostén

Para que el voto le den;

Mas ¡qué pronto si lo alcanza

Le oirás tocar a rebato!…

¡Ojo avizor al candidato!

 

Quiere otro tomar asiento

En el honrado Estamento.

Tan sólo por vano orgullo.

Déjale que en la tribuna

Nos diga enfático alguna

Simpleza de Pero Grullo,

Y votará el Triunvirato.

¡Ojo avizor al candidato!

 

Tal dice a la muchedumbre

Que en la patriótica lumbre

Como fósforo se enciende,

Y votar jura una carta.

Más libre que la de Esparta;

Pero ¡en secreto nos vende

Ese aparente Viriato!

¡Ojo avizor al candidato!

 

Otro, a falta de conciencia,

Con ampulosa elocuencia

Seduce a la plebe incauta;

No quiero tirano rey,

Mas sin respeto a la ley,

Sea pito, sea flauta,

Todo lo mete a barato.

¡Ojo avizor al candidato!

 

Talento, arraigo, cordura,

Opinión ilesa y pura,

Que ni sé doble al cohecho

Ni al miedo ni a las pasiones;

Un hombre que a las facciones

Oponga de roble el pecho;

Eso busque tu conato…

¡Ojo avizor al candidato!

 

Los Dos Padres

Padres los dos felices algún día

De dos hermosas vírgenes, al cielo

Plugo arrancarlas del humano suelo

Que tan sublime don no merecía.

 

Guarda a la tuya austera celosía,

Recio candado, religioso velo,

Y a la antorcha nupcial, ¡ay desconsuelo!

Súbita muerte arrebató la mía.

 

Tú al menos de su voz tierna y piadosa

El son puedes oír cabe el sagrado

Inaccesible muro que la esconde;

 

Yo al frío mármol do mi bien reposa

Corro en amargas lágrimas bañado:

Llamo, torno a llamar… ¡Nadie responde!

 

Los Escritores Adocenados

¡Qué! ¿No hay más sino meterse a escribir a salga lo que salga, y ya soy autor?

Moratín.

¡Oh qué sabio es Madrid! ¡Oh cuál rechina

Aquí y allá la trabajada imprenta!

¡Oh cuán en posta el pueblo se ilumina!

 

¡Oh cuán rápida crece vuestra renta,

Fabricantes de Alcoy! ¡Oh qué de pliegos

El ansia de escribir consume hambrienta!

 

¿Y dónde, dónde están los hombres legos

Si hasta los necios son hijos de Apolo?

¿Si todo es luces hoy, dó están los ciegos?

 

Cada río en España es un Pactolo;

Cada coplero un Píndaro y un Dante

Que al mundo ha de asombrar de polo a polo.

 

¿Cuándo una prensa yacerá vacante?

¿Cuándo veré una esquina sin carteles?

¿Dónde iré sin topar con un pedante?

 

¿En qué archivo cabrán tantos papeles

Que embadurnan sin Dios y sin conciencia

Escritores adultos y noveles?

 

¿Ese pío lector, cuya paciencia

Ya excede a la de Job, en dónde vive?

¿Quién me dará razón de su existencia?

 

Mi anheloso mirar no le percibe.

¿Qué mucho? ¿A quién se guarda la lectura

Si todo el mundo sin cesar escribe?

 

Tanto cundes, feliz literatura,

Que no en estraza, sino en prosa y verso

Se envuelve por acá la confitura.

 

Y cuando a tanto cálamo perverso

De escribir acomete la manía,

¿Privas del tuyo, oh Fabio, al universo?

 

Tú, iniciado en la dulce poesía;

Tú, que haces redondillas de repente,

¿Por qué no escribes, Fabio, noche y día?

 

No tu suma ignorancia te amedrente.

Menos sabe don Próspero, y gallea

Porque no hay un Boileau  que le escarmiente.

 

De cierto literato fue albacea;

Con esto, y un destierro, y un diploma,

Cátale ya escritor de alta ralea.

 

Por ahí dicen las gentes, será broma,

Que de tanto francés como ha aprendido

Ya no sabe escribir en nuestro idioma.

 

¿Y qué importa? Su nombre mete ruido

Como el de tanto cuervo literario

Que osada presunción sacó del nido.

 

Sólo algún nuevo Zoilo temerario

Pudiera condenarle porque agrega

Cien voces cada día al diccionario.

 

¿Y el crítico furor a tanto llega?

No es moda ya que la española pluma

De castiza blasone y solariega.

 

Loco será quien destruir presuma

La gálica irrupción. Antes podría

Al piélago quitar la blanca espuma.

 

Escribe, escribe, Fabio; que a fe mía,

Si observas mi lección imperturbable,

El vulgo aplaudirá tu algarabía.

 

¿Qué es vivir de una renta miserable;

De un honrado taller, o de un empleo,

A no ser de Castilla condestable?

 

Petulante, embrollón, mordaz te creo;

Hablas a chorros y el francés traduces…

Serás hombre de pro, ya lo preveo.

 

Tú coplea, y verás cómo te luces;

Que entre cisnes también hasta el Parnaso

Trepan desde Madrid los avestruces.

 

Vate conozco yo que del Pegaso

Ni un relincho merece, y se le aplaude

Más que a Rioja y al tierno Garcilaso;

 

Y mientras plata y vítores recaude

¿Qué le importa si Apolo escarnecido

Llora en silencio el insolente fraude?

 

No me seas modesto y comedido;

Que irás al hospital. Dice un adagio

Que ayuda la fortuna al atrevido.

 

Si no hay propio caudal, acude al plagio.

¿Uno lo atrapa? Bien; lo ignoran ciento,

Y de los ciento ganas el sufragio.

 

Sobre todo, tu pluma siga el viento

De la fortuna, en su favor o saña,

Ya apacible, ya raudo y turbulento.

 

¿Cambió la suerte? Válgate la maña:

Adula al poderoso, intriga, sopla,

Y tendrás, Fabio mío, una cucaña.

 

Ayer hubiera honrado la manopla

Al descarado Antón, que hoy paga coche.

¿Y cómo lo adquirió? Con una copla.

 

Deja que otro pacato día y noche

Torne al yunque y retorne sus escritos.

Tú escribe a norte y sur, a troche y moche.

 

Los fatuos en Madrid son infinitos;

De autor entre ellos cobrarás la fama,

Y en vano gruñirán los eruditos.

 

Tal vez sobre los sabios encarama

La ignara plebe al fantasmón pedante

Que merecía estar paciendo grama.

 

Otro los hechos de Gonzalo cante,

Otro al buen Cid en numerosa rima;

Tú no emprendas locura semejante.

 

Ni esperes que del hambre se redima,

Bien que le paguen con aplauso vano,

Quien buenos versos en España imprima.

 

¿No es mejor en lenguaje chabacano

Del francés traducir un melodrama,

Y venderlo después por castellano?

 

Muda el nombre al gracioso y a la dama,

Nuevo título inventa; y juro a cribas

Que el público por nuevo se lo mama.

 

No creas que a la tumba sobrevivas;

Y pues sólo el dinero aquí se aprecia,

Nunca leas a Horacio cuando escribas.

 

Ciertas voces oriundas de la Grecia

Basta que aprendas, Fabio, de memoria:

Como epítasis, ritmo, peripecia…;

 

Y aunque mover debieras una noria,

Lléveme Satanás si el populacho

No te cubre de aplausos y de gloria.

 

Ni hablar sin propiedad te cause empacho;

Que sintaxis, prosodia, analogía…

Son frívolos estudios de muchacho.

 

Ni el carecer de libros; que en el día

Basta ya con Rengifo y Taboada

Para escribir en prosa y poesía.

 

Te dirán que es forzoso —¡qué bobada!—

Escribiendo crear. Fileno crea;

¿Y qué gana con eso? Poco o nada.

 

Se afana el infeliz, suda, patea,

Mil desaires le cuestan sus porfías

Primero que la luz su obrilla vea;

 

Y después de tan fieras agonías,

En limpio ¿qué le dan? Quince doblones;

¡Y agotan la edición en ocho días!

 

De estos genios, honor de las naciones,

No envidies el infausto privilegio,

Y vive de morralla y traducciones.

 

Allá en el Sena de laurel egregio

Se ciñen y riquezas acumulan;

Aquí van a la sopa de un colegio;

 

Si no es que a hinchados próceres adulan,

O engañando a inocentes suscriptores

Con falaces prospectos especulan.

 

¡Y el teatro!… ¡Gran Dios! Tus borradores,

Si no son de algún lírico programa,

Te valdrán menos plata que sudores.

 

Necio el que gracias y moral derrama,

Oh Talía, en tus aras, do Celenio

De los Terencios eclipsó la fama.

 

¿Qué vale ya el saber? ¿Qué vale el genio?

A la solfa consagre sus tareas

Quien pretenda brillar en el proscenio.

 

El fuerte Aquiles, el prudente Eneas,

Si pretenden medrar en nuestra zona,

Acudan al mi-dó y a las corcheas.

 

Al que antaño ganó civil corona

El varonil talante distinguía,

Y aterraba en sus manos la tizona.

 

Hoy al compás de blanda sinfonía

Virtuosa  la esgrime ultramontana

Que sólo el triunfo a su garganta fía.

 

Ya no se estila en rima castellana

Escuchar los furores de un Atreo,

Ni a Pelayo afrentado por su hermana.

 

¿No es mejor en henchido coliseo

Del contralto admirarlas pantorrillas

Que en París le vendió marchante hebreo?

 

Mas, oh Pindo español, en vano chillas;

Que sin dolerse de tu amarga pena

De Orfeo triunfarán las maravillas.

 

Ni porque a tantas almas enajena

El tenor o la tiple de cartello

Desierta vemos la española escena;

 

Que, si bien se consigue pelo a pelo

El mugriento cartón, ve todo el mundo

A Cabeza de Buey  y a Brancanelo.

 

Y el mismo elegantuelo nauseabundo

Que a Moratín y a Calderón desdeña

Aplaude un melodrama furibundo.

 

Lo repito: es muy necio quien enseña

Verdad, buen gusto, y de la insana plebe

En derrocar los ídolos se empeña.

 

Traducir es más fácil y más breve;

Y quizás el librero más te pagué

Cuanto sea tu escrito más aleve.

 

En tanto, si pretendes que te halague

El aura popular, di que has estado

En París, en Antuerpia, en Copenhague.

 

¡Cuánto vale en Madrid quien ha viajado,

Y si sabe mentir con cierta gracia

Cuál se ve de los bobos celebrado!

 

Con tono magistral, con suma audacia

Donde quiera que estés habla de todo:

De historia; de blasón, de diplomacia…

 

Mucho rebuznarás. No me incomodo;

Ni aunque digas que al centro de la Iberia

Vino desde el Brasil el visogodo.

 

Sin gran lujo no salgas a la feria;

Que hoy se juzga a los sabios por la ropa.

¡Guárdate, Fabio, de ostentar miseria!

 

Si en lugar de batista, ruda estopa

Cubre tus carnes, se acabó el prestigio:

Ni en San Francisco te darán la sopa.

 

Mas de tu fama crecerá el prodigio

Si el mercader, el sastre y la patrona

De litigio te llevan en litigio.

 

¡Ea! Papel sin término emborrona,

Aunque sea con fárrago y basura;

Que el pueblo es un bendito, y Dios perdona.

 

Aunque es tu frente como el hierro dura,

No temas carecer de materiales;

Que quien sabe copiar jamás se apura.

 

Establece en París corresponsales.

¡Se escribe tanto allí!… Por el correo

Cien rasgos te vendrán originales.

 

Si copiar te parece pobre empleo,

Agregando algún frío comentario

Reimprime a los difuntos, y laus Deo.

 

O échate a criticón atrabiliario,

Aunque te expongas a cruel mordaza

Y te llamen procaz y temerario.

 

Si de otro más dichoso te amostaza

El reiterado lauro, en él te ceba.

Su opinión y sus obras despedaza.

 

Crimen reputa que a agradar se atreva

Tal escritor al público sencillo.

Di que es digno de cárcel y de leva.

 

No gemirá por eso en un castillo;

Que el gobierno solícito bien sabe

Quién es hombre de honor, y quién es pillo.

 

Mas el pobre escritor acaso agrave

Su imaginario mal, y acobardado

De componer y de brillar acabe.

 

Si natura el talento no te ha dado

Que al bachiller Juan Pérez  de Munguía

Y su pincel maestro te ha negado;

 

No como él con donaire y valentía

A escarnecer abusos te limites

Que jamás ley humana extirparía.

 

Mejor es que a gritar te desgañites

Contra todo mortal que te haga frente,

Y el pan si puedes y el honor le quites.

 

Ni en todos claves el dañino diente.

El opúsculo ensalza de Fabricio,

Aunque a las musas tu descaro afrente.

 

Hoy está en candelero, y tu servicio

Puede galardonar. Muerde y adula;

Que es socorrido y cómodo el oficio.

 

Sigue antes a los asnos de la dula

Que al veraz escritor por la ardua senda

Donde se atolla el mísero y se anula.

 

Si alguno hubiere que impugnar pretenda

Tu sátira cruel, de nuevo ripio

Te servirá la crítica contienda.

 

¡Y no hay que desmayar! Desde el principio

Échala de doctor, por más que ignores

Lo que es interjección y participio;

 

Que a fuerza de sofismas y de errores

De tu rival fatigarás la pluma,

Y de paso a los cándidos lectores.

 

Mas ¿por qué el raro empeño así me abruma

De formar de la nada un pedantuelo

Si infestan a Madrid en tanta suma?

 

¿Quién enseñó a escribir a don Marcelo,

Que hace para halagar a un cortesano

En vez de un panegírico un libelo?

 

¿No echó a volar sin guía don Ulpiano

Su enfático poema, que aun de balde

No lo quiere leer ningún cristiano?

 

¿No escribe con permiso del alcalde,

Tratados de farmacia don Benito

Sin conocer siquiera el albayalde?

 

¿No imprime como propio el manuscrito

Que al prójimo robó don Celedonio,

Y le llaman las gentes erudito?

 

¿Dónde estudió don Blas, el muy bolonio,

Autor de esa novela fementida

Que apesta a Mundo, a Carne y a Demonio?

 

¿Ha pisado una cátedra en su vida

Don Cosme, que en su plan estrafalario

Con el oro y el moro al Rey convida?

 

¿Supo lo que escribía don Macario

Que, aunque dijo a Madrid: «yo lo he compuesto»,

Encuadernó, y no más, un diccionario?

 

¿Qué ciencia ha requerido ese indigesto

Almacén de inexactas colecciones

En letra infame y en papel funesto?

 

Tantas y tan inicuas traducciones

Que no se entienden ya ni aquí ni en Francia;

Tantos dramas exóticos, ramplones;

 

Tanto epítome ruin para la infancia;

Tanta refundición bárbara, impía;

Tantas y tantas coplas sin sustancia;

 

¿Son partos del talento? No a fe mía;

Abortos son del rudo publicismo

Que al extremo llevó su tiranía.

 

Hay hombres cuyo ciego fanatismo

Por ver su nombre impreso a tanto llega,

Que imprimieran la fe de su bautismo.

 

Hay necio que a Marón llama colega

Si publicar consigue una charada

En versos crudos de gaita gallega.

 

Hay quien desea que a la tumba helada,

Por imprimir la esquela del entierro,

Súbito baje su consorte amada.

 

Y hay quien se juzga autor, siendo un becerro,

Porque en letras de molde el buen Diario

La filiación estampa de su perro.

 

¡Qué! ¿Sólo puebla el mundo literario

Esa plaga de autores ignorantes

Que denuncia tu cáustico inventario?

 

¿Todos somos plagiarios y pedantes?

¿No hay ya quien libros de honra y de provecho

En el idioma escriba de Cervantes?

 

¿No hay sabios en historia, y en derecho,

Y en lenguas, y… Sí tal. Hay grandes hombres,

Lo sé de unos, y de otros… lo sospecho.

 

Bien pudieras citar algunos nombres…

¿Escribo acaso yo contra los sabios?

No. Pues si no los cito, no te asombres.

 

Y algunos tomarían por agravios

Mis elogios tal vez. Sí, su modestia…

¡Hay tanta en sus escritos y en sus labios!…

 

Pero aunque sé que es vana mi molestia,

Pues yo no he de quitarles su talento,

Ni está en mi mano el dársele a una bestia;

 

Quiero decirlo; que si no, reviento;

Muchos se llaman doctos en el día

Porque atestan de libros su aposento.

 

Y si culpo y maldigo la osadía

Del que escribe en materia que no entiende

Y a diestro y a siniestro desvaría;

 

El huraño doctor también me ofende

Que, mirando de lejos la batalla,

O sabe mucho, y todo se lo calla;

O nada sabe, y todo lo reprende.

 

Los Malos Actores

[…] Male si mandata loqueris,

aut dormitabo, aut ridebo.

Horacio.

También a ti, farsante rutinero,

Ya púrpura, ya jerga te cobije,

También a ti satirizarte quiero.

 

También tu corrección el pueblo exige;

Que no es suya la culpa si a la escena

Amarga soledad hogaño aflige;

 

Que si bien en su bolsa ya no suena

Omnipotente el oro cual solía,

Gracias se den al Támesis y al Sena,

 

No de Terencio el arte esquivaría

Si la torpe desidia y la ignorancia

No apresurasen tanto su agonía;

 

Si en lugar de grotesca extravagancia

Campasen el donaire y el talento;

Si callase la ruda petulancia.

 

Yo, cuya pluma, con el noble intento

De vengar los ultrajes de Talía,

Aunque quizá fue vano atrevimiento,

 

A la terca y fatal melomanía

Un día vapuló, que intolerante

A Inarco y a Alarcón escarnecía,

 

¿Cómo negar que al coro y al andante,

Y al tiple y al tenor y al duettino

Melpómene sucumbe vergonzante?

 

¿Ni cómo negaré que en el camino

Del hospital han puesto a los actores

Tanto poeta ruin, tanto pollino?

 

¿Cómo negar que zafios traductores

El buen gusto y la lengua corrompiendo

Profanan sin cesar los bastidores?

 

¿Cómo negar que el melodrama horrendo

De uno y otro corral crudo tirano

Sólo se opone al forte  y al crescendo?

 

«¿Y por qué he de escribir en castellano,

Me dirá algún autor, si mato el hambre

Con exótico drama chabacano?

 

»Si a la seda prefieren el estambre,

¿Cómo derrotará sólo un ingenio

De tanto moscardón el fiero enjambre?

 

»¿Quién, pues no sé adular, quién el proscenio

A mi humillado numen abriría

Aunque escribiera yo como Celenio?»

 

¡Oh tiempos! ¡Oh infelice poesía,

Por la pobreza sólo cultivada

Y más pobre en España cada día!

 

¡Oh suerte!… Mas alguna inocentada

Quizá voy a decir. Punto y aparte.

Volvamos a la zurra comenzada.

 

Actor, si está en descrédito tu arte,

Aunque tuyo no sea el crimen todo,

Vive Dios que te toca mucha parte.

 

Mas ya me da un amigo con el codo

Y exclama: «¡Tú a los cómicos te atreves!

¿Qué intentas, temerario? ¿Estás beodo?

 

«¡Ah, que enemigos mil fieros y aleves

Que maldigan tus versos te acarreas

Si la teatral república conmueves!

 

»¡Qué de quejas después, qué de peleas!

Y ¡ay de ti si se amoscan las actrices!

Quiera Dios que arañado no te veas.

 

»¡Pobres gentes! ¿No son harto infelices?

Déjalos respirar. ¿En qué te ofenden

Para que así, cruel, los martirices?»

 

¡Y, qué!, respondo yo, desde que emprenden

Su independiente y cómodo ejercicio

A todo el mundo mofan y reprenden;

 

No hay un solo rincón, no hay un resquicio

Desde el alcázar regio hasta la choza

Que de su azote esconda al negro vicio;

 

Ora al señor que en maltratar se goza

Al fámulo cuitado, ora escarmientan

Al sucio avaro, a la liviana moza;

 

Ora los cuernos de don Gil ostentan

En el inmundo y bárbaro sainete

Que con mengua de Apolo representan;

 

Al honrado alguacil llaman corchete,

Garduña al escribano respetable,

Al barbero chismoso y alcahuete,

 

Al médico asesino abominable,

Al ventero ladrón (¡qué atrevimiento!)

Frívola bestia al pisaverde amable;

 

Y por colmo de horror… Aquí mi aliento

Desmaya. ¡Oh santo Dios! ¡Hasta al poeta

Qué les da de comer llaman hambriento!!!..

 

Por poco que frecuente la luneta

O asista a la modesta galería,

¿Quién no teme el rigor de su palmeta?

 

Cuando ejercen tan dura tiranía

Y el pueblo por sufrirla da dinero,

Y la aplaude tal vez con alegría,

 

¿No es muy justo que el látigo severo

De la sátira al fin consuele al mundo,

Pues de ella no les salva humano fuero?

 

Ni su vida privada furibundo

A censurar me arrojo; no, a fe mía.

En su arte solo mi censura fundo.

 

A todos Lucifer nos extravía;

Mortales somos todos, y… Acabemos.

Yo no soy celador de policía.

 

Si los peligros de su estado vemos,

Acaso en su conducta más materia

De elogio que de culpa encontraremos.

 

¡Cuántos murmuran de ellos en Iberia

Que habrían de esconderse en los desvanes

Si sus trapos sacasen a la feria!

 

Hay hombres deslenguados y holgazanes

Que en pasar a cuchillo se divierten

Damas, graciosos, barbas y galanes.

 

¡Cuántos, porque a Dorila no pervierten,

En su buena opinión (¡soez venganza!)

De vil calumnia la ponzoña vierten!

 

¡Cuántos!… Callad, callad, lenguas de lanza,

O distinguid al menos del vicioso

A los que dignos fueren de alabanza.

 

Silba al actor, oh vulgo caprichoso;

Sílbale, si es ramplón desaplicado;

Mas no al hombre  persigas malicioso.

 

Nadie negarte puede que has comprado

De bufar y aplaudir el privilegio;

Mas tu imperio no pasa del tablado.

 

Silba a aquel que, cual niño de colegio,

Su papel balbuciendo deletrea

Y ensarta en cada voz un sacrilegio.

 

Silba al otro que en torno manotea

Cual si importuna mosca le picara

la esgrima enseñase a la platea.

 

Silba a aquel que, figura de mampara

Más que ser animado, nunca el sello

Muestra de las pasiones en su cara.

 

O al que presume parecerme bello

Porque apoya la mano en la cintura,

La pierna estira y agarrota el cuello.

 

Silba a la necia y frívola hermosura

Que a los afectos entregarse teme

Porque su lindo rostro desfigura.

 

Rechifla, aunque se pudra, aunque se queme,

Al que después de hablar inmóvil queda

Y de estúpida boca abriendo un jeme;

 

O al moduloso, que parece seda

Su lengua, y tanto pule que fastidia,

Y no dice el papel; que lo remeda;

 

O al que estudiar no quiso por desidia,

Y si acaso le dan su merecido,

Clama después: ¡parcialidad!, ¡envidia!

 

Aunque exceda en paciencia a algún marido,

¿Quién podrá ver con apacible gesto

A un comediante esclavo de su oído?

 

Si el popular escarnio es tan molesto,

Si amor no tiene al arte que ejercita,

Déjelo de una vez; otro a su puesto.

 

Mas ¡ah, que en vano el público se irrita

Contra impasible histrión adocenado

Que ni el víctor  le mueve, ni la grita!

 

¿Y qué diré del simple que ha soñado

Llegar al non plus ultra  del oficio

Porque una vez se vio palmoteado?

 

Si el pueblo te aplaudió como a novicio,

No fue, no, aprobación; que fue indulgencia;

Ni siempre has de encontrarle tan propicio.

 

«Mi padre fue galán…» ¡Qué consecuencia!

No como el virus suele emponzoñado

Se inocula a los párvulos la ciencia.

 

No basta, hijo de mi alma, haber mamado

Detrás de un bastidor para endosarte

El renombre de cómico afamado.

 

¡Afuera el vano orgullo! Atarearte

Noche y día sin tregua te es forzoso

Si distinguirte quieres en el arte.

 

Con la argentina voz y el talle airoso

Que natura te ha dado por hijuela

No se contenta el público ambicioso.

 

Tal vez alguna insípida mozuela

De ti se prende; mas si el patio brama,

¿Qué te vale un rincón de la cazuela?

 

Tampoco a ti te olvido, amable dama

Que a la luneta miras sonriendo

En el lance más crítico del drama.

 

Ni al que se juzga cómico estupendo

Porque arroja el pulmón a troche y moche

Y no hay quien de su voz sufra el estruendo.

 

¿Qué importa que te aplauda algún bamboche

Por compasión tal vez; que está temblando

No cual vejiga estalles una noche?

 

¿Qué importa, si de ti va renegando

Quien sabe distinguir del talco el oro,

Del buen artista al graznador nefando?

 

Otro…, (¡mala lanzada le dé un moro!)

Sólo cuenta sus cuitas a la orquesta,

Y no alzara la voz por un tesoro.

 

Otro con cara tétrica, indigesta,

Aun hablando de amor regaña y grita

Si hace papel de coronada testa.

 

¡Qué! ¿No es rey el que llamas no vomita?

¡Qué! ¿Todos son Nerones y Cambises?

¡Ah! No, ni el justo cielo lo permita.

 

No fue un rey bonachón el padre Anquises?

¿No supo simular sus intenciones

Con aparente dulcedumbre Ulises?

 

Otro con importunas contorsiones

Cual payaso en grotesca pantomima

Piensa mover del pueblo las pasiones.

 

Otro, que al compañero en poco estima,

Robándole el ganado palmoteo,

Sin dejarle acabar se le echa encima.

 

Otro declama con tenaz solfeo

Que los oídos sin piedad barrena,

Si no los cierra próvido Morfeo.

 

Otro en medio se clava de la escena,

Y allí quieto se está como una silla

Hasta que el mutis deseado suena.

 

Otro, que más que actor parece ardilla,

Ora se quita el guante, ora se rasca;

Ya escupe, ya se atusa la golilla.

 

Otro desventurado se me atasca

En dos menguados versos que le tocan;

¿Y quién conjura entonces la borrasca?

 

Otros tanto y tan gordo se equivocan,

Asesinando al pueblo y al poeta,

Que de un santo la cólera provocan.

 

¿Y quién te sufre, gárrulo consueta,

Cuando regala tu pulmón robusto

Doble edición del drama a la luneta?

 

Ni a ti tampoco perdonar es justo,

Actor guadaña, que el papel mutilas,

Ya mutilado por censor adusto.

 

¡Oh tú que de impiedad a cien Atilas

Pudieras dar lección!, ¿con qué derecho

Los versos que no entiendes aniquilas?

 

¿Qué te han hecho las musas, qué te han hecho,

Que arrancas a su templo tanta ofrenda?

¿Es acaso el Parnaso algún barbecho?

 

¿Qué dirías, cruel, si la merienda

Te cercenase a ti pinche golmajo?

¡Oh! Castíguete Dios con grita horrenda.

 

¡Gemid, vates, gemid! Vuestro trabajo

Vive a merced de cálamo sangriento

Que aquí da de revés, allí de tajo.

 

No culpo al que de largo parlamento

(Si hablar me es dado comical idioma)

Suprime dos renglones entre ciento;

 

Mas al autor consulte; que no es broma

La ajena propiedad, y mal su grado

No se atreva a sisarle ni una coma.

 

Si el juicio alguna vez ha decretado

Podar eterno drama impertinente

Cual si fuera acebuche enmarañado,

 

¡Cuántas por ser un cómico indolente

Relata su papel en esqueleto!

¡Mal haya quien tal hace y tal consiente!

 

Ni ha de quedar impune el indiscreto

Que absurdo grito en los apartes alza

Aunque importe mil vidas su secreto.

 

Ni al paso que mi voz de otros ensalza

El decoro, el esmero, a aquel perdono

Que abigarrado viste y zafio calza.

 

Ni absuelvo la impericia, el abandono

Del que en traje de persa o de fenicio

Hijo se llama del argivo trono.

 

Otro adolece, en fin, de torpe vicio

Para el cual fuera dulce y lisonjero

De Prometeo el hórrido suplicio.

 

¡Aquí de tus silbidos, mosquetero!

Ya llega. ¡Duro en él! ¡Búfale! ¡Truena!

¿Quién será?… El temerario morcillero.

 

Óyele ripios mil en cada escena,

Y cuál un verso y otro a su albedrío

Con sandeces sin término rellena.

 

¡Calla, insulso bufón! ¡Detente, impío!

¿Por qué el decoro escénico quebrantas?

¿Cuándo bebiste tú del sacro río?

 

¡Piedad del pobre ingenio a quien suplantas

Y pelando sus barbas de coraje

Cien veces te maldice y otras tantas!

 

Con un vocablo que tu lengua encaje

¡Adiós la dulce rima, adiós el metro!

El demonio que entienda tal potaje.

 

Délfico numen, abandona el cetro

O castiga a ese cínico payaso.

¡Exi foras,  profano! ¡Vade retro!

 

«Si de torpes hay número no escaso

¿No hay otros, me dirán, cuya pericia

Merece bien del español Parnaso?»

 

Con ellos no hablo yo. Fuera injusticia

Confundir con el sandio, el rudo, el necio

Al que honra la dramática milicia.

 

Algunos hay cuya amistad aprecio,

Y aun los que el pueblo mira con enfado

A compasión me mueven, no a desprecio.

 

Sí; que ningún actor nace enseñado,

Y no es moco de pavo, voto a cribas,

Gustar a gentes mil sobre un tablado.

 

Y no hay preces al fin, no hay rogativas

Para aplacar a un pueblo que a su antojo

Reparte los tronchazos y los vivas.

 

Ni al que nació desaborido y flojo

Mi pluma enmendará, si no le enmienda

Del formidable patio el fiero enojo.

 

Ni porque yo sin caridad reprenda.

Y acá dé y acullá palos de ciego

Espero conseguir una prebenda.

 

Ni el interés me incita; que si llego

A un librero chalán con mis borrones,

Seis reales me dará por cada pliego.

 

No hay que glosar mis rectas intenciones.

Sólo el amor del arte me espolea,

Y a nadie insulto yo con mis sermones.

 

Alguno habrá que plácido me lea,

Y acaso alguno me destine ingrato

Para envolver anís y alcaravea.

 

¿Y no seré yo un necio, un mentecato,

Si por no ser de todos aplaudido

Me atufo, me enfurezco, me arrebato?

 

Y al censor que prudente y comedido

De mis versos denuncie los errores,

No es justo que yo viva agradecido?

 

Pues aplíquense el cuento los actores.

Estudie el ignorante, pese a su alma,

Y procuren los buenos ser mejores;

Que no ganaron sin afán la palma

Un Maiquez, un Garrik, un Kemble, un Talma.

 

Madrid Y El Campo

¡Oh qué linda es la pradera

Un día de primavera

Cuando la rosada aurora

Perlas y diamantes llora

Sobre la yerba y la flor!

Pero la cama es mejor.

 

¡Cómo es grato entre la sombra

Pisando la verde alfombra,

Por la verita del río,

Caminar al caserío

Del vecino labrador!

Pero en un coche es mejor.

 

¡Oh cómo en estiva siesta

Regocijan la floresta,

Fresca, lozana y umbría,

Con su dulce melodía

El mirlo y el ruiseñor!

La de Rossini es mejor.

 

¡Oh qué hermosa es la perdiz

Con su galano matiz

Volando de ramo en ramo

Hacia el mentido reclamo

Del astuto cazador!

Pero en la mesa es mejor.

 

¡Oh cómo en la pura fuente

Bulliciosa y transparente

Entre las menudas guijas,

Sin auxilio de botijas,

Brinda el agua… —Sí, señor;

Pero un sorbete es mejor.

 

Si no sopla rudo cierzo,

¡Oh qué bien sabe el almuerzo

En campiña libre y rasa…

Sí por cierto; pero en casa

De mi amigo el Senador

Se almuerza mucho mejor.

 

¡Bien hayan las lugareñas,

Tan amantes, tan risueñas,

Tan sencillas… —Pero atroces,

Suelen con pares de coces

Mostrar su rústico amor.

Mi madrileña es mejor.

 

Buen provecho a los secuaces

De placeres montaraces;

Mas yo a la Corte me atengo;

Que es bueno el campo, convengo,

Delicioso, encantador…

Pero Madrid es mejor.

 

Margaritas A Puercos

Pardo a un corro de camellos

Su Clitemnestra  leyó.

¿Quién ha muerto? preguntó

Al concluir uno de ellos;

Y Pardo le dijo: ¡yo!

 

Vino Y Amor

Médico que me privas

Del vino y de mi Clori,

No así como mi pulso

Mi corazón conoces.

Si a tanta costa quieres

Que la salud recobre,

Huye; que de la Parca

No es tan funesto el golpe.

Vino y amor dictaron

Al dulce Anacreonte

Sus versos que le ascienden

Al trono de los dioses.

Vino y amor alivian

Fatigas y dolores;

Vino y amor infunden

Las ínclitas acciones.

¿A quién, doctor, no alegran

Si no es de helado bronce

Los ojos de una hermosa,

La espuma del aloque?

Aquí en mi hogar humilde

Que alumbra medio roble,

Aunque ignorado, limpio,

Y tranquilo, aunque pobre;

Mi Clori a la siniestra,

Y a la derecha el odre,

Sin miedo a las borrascas

Del cielo y de la corte;

Déjame que entre sorbos,

Y besos y canciones,

O me cure…, o me muera;

Que a todo estoy conforme.

Y guarda tus preceptos

Para el cuitado joven

Que pueda amar la vida

Sin vino y sin amores.

 

¿Soy Poeta?

Ni mi lengua brota espuma

Atormentada del estro,

Ni alquitrán baña mi pluma,

Ni está mi juicio en secuestro;

Ni en mi vida eché la zarpa

A los bordones de una arpa,

Ni llamo divina trípode

A mi sillón de vaqueta

Donde humilde me acomodo;

Y con todo,

Paso en Madrid por poeta.

 

Nunca fue mi ministerio

Copular con bruja hedionda,

Y si evoco un cementerio

No hay miedo que me responda.

No dejo crecer mis barbas

Como en el siglo de Yarbas,

Ni vivir quiero a lo príncipe

Sin tener una peseta;

Que no, soy tan delirante;

Y no obstante,

Quizá seré yo poeta.

 

No me tira de los pies

Ningún fantasma nocturno;

Ni chiquillos tres a tres

Devoro como Saturno;

Ni me sumerjo en el Ponto;

Ni a los cielos me remonto

Dialogando con los ángeles.

Hombre soy y en mi planeta

Paso lo dulce y lo amargo.

Sin embargo,

Tengo humillos de poeta.

 

No maldigo el hemisferio

Que alumbra al género humano;

Ni ara torpe al adulterio

Alzo con sangrienta mano;

Ni ajenas dichas envidio;

Ni en pro del negro suicidio

Haré escandalosa página

Ora en drama, ora en gaceta,

Si Dios me conserva el seso.

Con todo eso,

Dan en llamarme poeta.

 

Aunque dado a Satanás

El orbe esté en muchos puntos,

No pienso yo valer más

Que todos los hombres juntos.

Ni haré guerra a las mujeres

Por negarme sus placeres

Si tengo el cuerpo ridículo

Y no suple mi gaveta

Al mal gesto de mi cara.

¡Cosa rara…

Llamarme el mundo poeta!

 

Porque me entiendan me afano,

Y aunque parezca mancilla,

Quiero hablar en castellano,

Pues mi lengua es de Castilla.

Si es oscuro mi concepto,

No acuso al lector de inepto,

Ni llamando al pueblo bárbaro

Cuando un drama no le peta,

La atrabilis se me exalta;

¡Y no falta

Quien diga que soy poeta!

 

Mas ya, ¡voto a Garcilaso!…

No entiendo la poesía.

¿Por dónde se va al Parnaso?

¿Quién me alumbra? ¿Quién me guía?

¿Qué es el verso? ¿Qué es el drama?

¿Qué es la virtud? ¿Qué es la fama?

O ciertos vates novísimos

Han perdido la chaveta,

O se engaña el Ateneo,

Según veo,

Cuando me llama poeta.

 

No Es Oro Todo Lo Que Reluce

Soberbio escudo;

Campo de gules;

Aquí banderas;

Más allá cruces;

Y la corona

Que ciñen duques;

Landó soberbio,

Gran servidumbre;

Y en letras gordas:

«¡Alto!, no subes

Si antes no hablas,

Oh transeúnte,

Con mi portero

Domingo Núñez».

Pero juzgado

Por sus costumbres,

Ese heredero

De hombres ilustres

Tiene más vicios

Que ellos virtudes.

No es oro todo

Lo que reluce.

¡Qué buen sujeto

Don Gil Bermúdez!

Su bolsa franca,

Su trato dulce,

Su humor festivo…

¡Si es un estuche!

Y no haya miedo

Que a nadie insulte;

Y nadie paga

Donde él rebulle;

Y con las mozas

¡Lo que él consume!…

Pero a su casa

Vaya el que guste;

Vea a su esposa,

Vea y pregunte…

Bella, apacible

Como un querube,…

La mata el Judas

A pesadumbres.

No es oro todo

Lo que reluce.

Largo mostacho;

Voz que te aturde;

Torva mirada

Que te confunde;

Tiemblan las gentes

Cuando él escupe.

Denle cien hombres

De los que él busque,

Y los rebeldes

Veréis cuál huyen:

De una carrera

Se van a Túnez.

Pues ese Aquiles,

Saco de embustes,

Ni ha visto balas

Ni olido azufre;

Y sus proezas…

¡Que las anuncien

Los hospitales

Y los tahúres!

No es oro todo

Lo que reluce.

«¡Vengan reformas!

¡Fuera gandules!

¡Qué de empleados!

No hay quien los sume.

Son sanguijuelas

Que nos destruyen.

Yo soy patriota

Y hombre de luces;

Y me postergan;

Quieren que ayune…

¡Esto no marcha!

Y el que lo sufre…»

Así don Santos

Me hablaba el lunes;

Mas, ya empleado

Junto a la cumbre,

«¡Prudencia!, grita;

La ley se cumple;

Todo va bueno;

Nada se mude».

No es oro todo

Lo que reluce.

 

Pacto Amoroso

No me pidas rubíes ni esmeraldas;

Que no me inclina a dádivas mi estrella;

No te ofendas si en brazos de otra bella

Me ciñe amor de lúbricas guirnaldas;

 

No extrañes que te vuelva las espaldas,

Si responder me enfada a tu querella;

Ni con celoso ardor sigas mi huella;

Ni me cosas, oh Mónica, a tus faldas.

 

Ya que no abras la puerta a mi porfía

No me cites de noche a tu terrero;

Que me expongo a traidora pulmonía;

 

En fin no hables de boda, que prefiero

Cadenas arrastrar en Berbería…;

¡Y tú verás, mi bien, cuánto te quiero!

 

¡Revolución!

No nos cansemos,

¡Qué!… No, señor.

Si ha de salvarse

Nuestra nación,

Fuera sistemas:

Todo es error.

Sólo hay un medio.

¡Revolución!

 

Ya el Estatuto

Nos redimió,

De augusta Reina

Gratuito don.

Si algo le falta,

Las Cortes… —¡No!

Mejor es una

¡Revolución!

 

Si la templanza

No te agradó,

Ahora que reina

La exaltación…

Ni los de antaño,

Ni los de hoy;

Ni erres, ni haches.

¡Revolución!

 

Ya. Tú quisieras

Nuevo vigor

Dar a la antigua

Constitución;

Y aunque la pobre

Ya va de dos

Que… —No. Yo quiero

¡Revolución!

 

¡Cuán majestuoso

Relumbra el sol

Tras del nublado

Que da pavor!

¡Qué paz, qué dicha,

Pueblo español,

Tras de agitada

Revolución!

 

Con un bautismo

De sangre, atroz,

Se purga España;

Y entonces, ¡oh!…

¿Y entrar no temen

En el crisol

Los que desean

Revolución?

 

¿Y no sería

Mucho mejor

Paz que no diezme

La población?

—¡Si no es posible!

¡Si es de rigor

La consabida

Revolución!

 

Confianza, tropas,

Resignación,

Hilas, dinero,…

¡Todo lo doy!

¿Qué más de Iberia

Queréis? ¡Gran Dios!

Queremos que haya…

Revolución.

 

¿Y ha sido floja

La que se armó

Desde la muerte

De aquel Borbón?

¿O el cielo acaso.

Nos decretó

Cada mes una

Revolución?

 

Hablemos claro.

Tanto fervor

Es porque el puesto

Que Juan logró,

Compadre Curro,

Quereisle vos.

¡Oh qué gloriosa

Revolución!

 

Pecados Necios Y Gustos Depravados

¡Oh qué tonto es don Andrés,

Que gasta el oro sin tasa,

Y arruina tal vez su casa

Por titularse marqués

Y ponerse cruz al pecho!

Buen provecho.

 

Toda una noche bailando

Pasa Luis. ¡Necia manía!

¿Cuánto mejor no estaría

A pierna suelta roncando

En caliente y blando lecho?

Buen provecho.

 

¡Oh avaricia siempre ciega!

¡Que se exponga don Cenón

A perder fama y bastón

Por ganar media talega

En un infame cohecho!

Buen provecho.

 

Clara, ¿y de ti qué diré

Si con muleta te veo

Por llevar en el paseo

Sobre largo y ancho pie

Zapato corto y estrecho?

Buen provecho.

 

¿Posible es que don Jeromo,

Aunque ve menguar sus rentas,

Cuando viene a darle cuentas

Su rollizo mayordomo

Firme como en un barbecho?

Buen provecho.

 

Casose Fabio con Juana

Sin tener un solo ochavo;

Mas ¡la amaba tanto… Bravo!

¡Viva el amor! Si mañana

Se colgare de despecho,

Buen provecho.

 

Si quiere usted, camarada,

Con toros entrar en lid,

Cuando al mejor adalid

Le alumbran una cornada

Por el costado derecho,

Buen provecho.

 

Si en busca de un gazapillo

Que cuesta poco en la plaza

Sale don Martín a caza

Y vuelve con tabardillo,

Bien, su gusto ha satisfecho.

Buen provecho.

 

Si cuando menos lo espera

Se le hunde la casa a Antón

Por no gastar un doblón

En reparar la gotera

Que abrió una rata en el techo,

Buen provecho.

 

Si leyendo esta letrilla

Exclama un lector adusto:

¡Pésimo estilo! ¡Mal gusto!

Más graciosa y más sencilla

Mi pluma la hubiera hecho,

Buen provecho.

 

Los Yertos Aquilones

¿Oyes bramar, serrana,

Los yertos aquilones

Que el enconado invierno

Desata de los montes?

¡Desolación amarga!

Del campo los verdores

Ya el crudo hielo torna

En áridos terrones.

¿Adónde, adónde huyeron

Las matizadas flores?

Los sazonados frutos

Del rico otoño ¿adónde?

Mira a aquel arroyuelo

Gemir entre prisiones;

Mira al olmo copado

Desnudo, seco y pobre.

Ni cantan ya las aves,

Ni tienden ya veloces

Sus alas por el viento,

Región negada al hombre.

Ni el blando caramillo

Resuenan los pastores,

Ni vaga susurrando

La abeja por el bosque.

Avara sus riquezas

Naturaleza esconde,

Y en soledad y nieve

Se pierde el horizonte.

El sol como asombrado

Más presuroso corre,

Y vela opaca niebla

Sus rayos creadores.

Todo es terror el cielo,

Todo es silencio el orbe,

Y si hórrido es el día,

Más hórrida la noche.

¿Y aún del amor, serrana,

Esquivas los arpones?

¿Quién vive en el invierno,

Quién vive sin amores?

No más a mi ternura

Tu pecho sea bronce;

Verás como burlamos

Del tiempo los rigores.

Si piensas que te miento,

Pregúntaselo a Clori,

Y a Laura, y a Dalmira;

Verás que te responden:

«Serrana, no hay hoguera

Como abrazar a un hombre

Cuando enconados braman

Los yertos aquilones».

 

Quien No Quiera Polvo

Quien no quiera polvo

No vaya a la era.

¡Ay, que di mi corazón

A una bella presumida,

Tan frívola, que me olvida

Por bailar un rigodón!

Esta tirana pasión

Me aflige y me desespera.

Quien no quiera polvo

No vaya a la era.

 

¡Piedad de mí mentecato

Que, porque rica la vi,

A una vieja me vendí

Que padecía de flato;

¡Y se murió abintestato

En la semana primera!

Quien no quiera polvo

No vaya a la era.

 

Anoche, ¡oh suerte fatal!

Por seguir una judía

Perdí el oro que tenía

En un garito infernal;

Y, amén de eso, hasta el portal

Rodé luego la escalera.

Quien no quiera polvo

No vaya a la era.

 

¡Ay, que en los brazos de Elisa,

Que ríe de mi aflicción,

Me he dejado la opinión,

La salud y la camisa!

Hoy todo el mundo me pisa:

¿Quién ayer me lo dijera?

Quien no quiera polvo

No vaya a la era.

 

¡Ay, que por llamar cornudo

A un ricacho, que lo es,

En la cárcel como ves

Me voy quedando desnudo!

Y gracias que no saludo

El Peñón de la Gomera.

Quien no quiera polvo

No vaya a la era.

 

¡Ay! Mi marido Beltrán,

Después que en celos me abrasa,

Me da los palos sin tasa

Y por adarmes el pan.

¡Maldito sea mi afán!…

Mejor me estaba soltera.

Quien no quiera polvo

No vaya a la era.

 

¡Ay cuán mísero he nacido!

Oigo riña, aprieto el paso;

Llego, grito, no hacen caso;

Y cuando a la paz convido

Un garrotazo perdido

Viene a abrirme la mollera.

Quien no quiera polvo

Yo vaya a la era.

 

Ventura Conyugal. En El Álbum De Una Muy Bella Dama, Amiga Mía

Recuerdo en este instante,

Bellísima Dolores,

Que tu amable marido

Es diputado a Cortes;

Y a fuer de buen patriota

Y orador no mediocre,

Es pro-hombre  entre tantos

Como son pobres-hombres.

Él se honra en el Congreso,

Y honra a los electores,

Y yo también me honro

Con ensalzar sus dotes.

Pero aunque es diputado,

Y mas que fuera prócer,

Su mayor gloria funda

En tener tal consorte.

¿Qué mucho? Te ama tierno,

Y tú lo correspondes,

Y tu alma no inficiona

La peste de la Corte.

¡Ay! el que no es dichoso,

En los tiempos que corren,

Dentro de sus hogares,

¿Dónde ha de serlo, dónde?

Yo con la edad curado

De vanas ilusiones;

Que es viejo en este siglo

Quien fuera en otros joven,

Huyendo de tribunas

Y de áulicos salones,

A la quietud me atengo

De mi casita pobre.

Aquí con mi morena,

Fiel, cariñosa y dócil,

Tal soy, que me envidiaran

Los príncipes del orbe.

¡Feliz, breve asamblea

Do nadie está discorde,

Ni hay míseros vencidos

Ni fieros vencedores!

Aquí sin embusteros

Taquígrafos veloces,

Ni tribunas que silben,

Ni maceros que estorben,

Amor presenta leyes

Que excusan discusiones.

¿Qué mucho, si ambos Cuerpos

Están siempre conformes?

No consta a quién incumbe

La iniciativa, porque

Aquí no hay Estatuto,

Ni carta, ni año doce;

Mas puedo asegurarte,

Así Dios me perdone,

Que la palabra veto

Aquí no se conoce.

Ni son jamás dañinas

Las interpelaciones;

Ni hay derecha ni zurda,

Radicales, ni Tories;

Ni nadie cabecea,

Gruñe, bosteza, o tose;…

Y eso, que son a veces

Muy largas las sesiones;

Ni nimio reglamento

Nuestros debates rompe,

Ni hay en fin campanillas

Que nos llamen al orden.

Vale más, y concluyo,

Bellísima Dolores,

Ser marido dichoso

Que diputado a Cortes.

 

Recuerdos De Un Baile De Máscaras

A Dorila

Yo no sé cómo mi acento

Te diga que al ciego niño

Por ti rendido me siento,

Porque me sobra cariño,

Y me falta atrevimiento.

Por más que el temor me enfrena,

Callar no puedo la pena

En que por tus ojos vivo;

Que el más humilde cautivo

Gime al son de la cadena.

Mas ¿quién me asegura, di,

Que si te digo: «¡ay hermosa!,

Muero de amores por ti»,

Con sonrisa desdeñosa

No te has de mofar de mí?

Mientras halla mi talento

Algún término a esta lucha

Que me da fiero tormento,

Hermosa Dorila, escucha,

Que voy a contarte un cuento.

Érase que se era un baile

Donde yo también dancé,

(Si danzar aquello fue)

Porque nunca he sido fraile,

Ni lo soy, ni lo seré.

Allí estaba media Europa,

Medio mundo. ¡Qué de trajes!

Y entre galopa  y galopa

Cegríes y abencerrajes

Bebían en una copa.

Abriendo paso los codos

Corrían de ceca en meca,

Alegres y no beodos,

Dido, Cleopatra, Rebeca,

Cimbros, lombardos y godos.

La música hacía son,

Y bailaban la mazurca

Sin maldita la aprensión

Un paleto y una turca,

Una china y un valón.

Otros van al ambigú

Y entre damas y clientes

Consumen medio Perú.

¡Y qué llaneza de gentes!

Todos se hablaban de tú.

Allí el gigante, el enano,

La ochentona, la pupila,

El agreste, el cortesano;

Todos, ¿lo creerás, Dorila?

Tenían voz de soprano.

¡Cuánta cabeza al través!

¡Cuánta farsa de entremés!

¡Oh qué de figuras raras!…

Todas, todas con dos caras.

Y algunas tenían tres.

No se andaban por las ramas

Más de cuatro mozalbetes,

Y entre galanes y damas

Llovían los epigramas

Y los dimes y diretes.

Te digo a fe de varón

Que no sé cómo describa

Tan amable confusión,

Y tanto dulce empellón

Por activa y por pasiva.

No faltó algún colegial

Que viendo tanto bullicio

Dijo con voz doctoral:

Este es el final del juicio,

Si no es el juicio final.

Dudé yo si aquel salón

De palaciegos sería;

Y no extrañes mi opinión,

Porque a millares había

Semblantes de quita y pon.

¿Cuándo se ha visto en Iberia

Reír con la cara seria?

¿Quién muestra el rostro sereno

Con un áspid en el seno?

Pues de todo hubo en la feria.

¡Qué estrepitosa alegría!

¡Qué broma! ¡Qué algarabía!

¿Quién no estaba divertido?

Sólo algún sandio marido

O bostezaba o gruñía.

Muchas hembras con tesón

Conservaban el cartón;

Y otras muchas al instante

Lo apartaban del semblante:

Todas con mucha razón.

Todo allí se confundía:

La viuda con la doncella;

La sobrina con la tía;

La horrorosa con la bella;

La paloma con la arpía.

¡Oh! si te contara yo

Milagros de una careta,

Prodigios de un dominó…

Detente, lengua indiscreta.

¿Chismecillos? Eso no.

«Farsas, caretas… ¿Hay tal?

En vez de pintar su amor,

Un baile de Carnaval

Me pinta ese buen señor»,

Dirás tú ahora. —Cabal.

Temo que un no me escarmiente

Y busco rodeos mil;

Mas ¿qué amador es prudente?

Huyendo del perejil

Me va a salir en la frente.

Has de saber que en la sala,

Volviendo al baile y al cuento,

Me embromó cierta zagala

Que era de gracia un portento

Y de hermosura y de gala.

Desnudo el brazo de nieve,

Ceñía airoso corpiño

Aquella cintura leve.

La madre del ciego niño

Con menos gracia la mueve.

Peine de plata labrada

Con gentileza prendía

Su cabellera trenzada,

Y el propio metal lucía

En una y otra arracada.

No pintaré su primor;

Que aquel dorado cabello

Me parecía mejor,

Y aquel torneado cuello

Es plata de más valor.

De matizado percal

Era el limpio zagalejo,

Y a su talle celestial

Daba más brío y gracejo

El ligero delantal.

Aunque envidioso cubría

Cándido cendal su pecho,

¡Ay! yo vi cómo latía,

Y en mi amoroso despecho

¡Mal haya el cendal! decía.

Mostraba el pie sin cautela,

Y algo más, la alegre saya;

Y, aunque soy buen centinela,

Aun decía yo: ¡Mal haya

Tanta abundancia de tela!

La careta que llevaba

Apenas sus labios rojos

Como al descuido enseñaba,

Y dos rayos en sus ojos

Con que mil almas llagaba.

¡Cuán grato y suave su aliento

Llenaba de aroma el aire,

Mi corazón de contento!

¡Cuál brillaba su donaire

En el menor movimiento!

No se muestra tan lozana

Al despuntar la mañana

La gaya rosa de Abril,

Cual mi máscara gentil,

Cual mi fresca valenciana.

¡Qué garbo! ¡Qué bizarría!

¡Qué despejo de mozuela!

¡A cuántas sonrojaría

En la huerta de Orihuela,

Y en la playa de Gandía!

Yo le dije mil amores,

Que no tuvo por agravios,

Porque, grata a mis loores,

Las palabras de sus labios

Fueron otras tantas flores.

Su mórbida mano hermosa

Me abandonó generosa;

Yo en las mías la estreché,

Y aun en mi fiebre amorosa

Jurara que la besé.

Depuesto el cartón esquivo,

Vi luego en su cara bella

Tan poderoso atractivo,

Que desde entonces sin ella,

Dorila hermosa, no vivo.

Y este imán de mi deseo,

Tesoro de los placeres,

Envidia de las mujeres

Y de los hombres recreo…,

Dorila amable, tú eres.

He aquí mi cuento acabado.

¡Ah! no me muestres ahora

El lindo rostro enojado;

No la que esperaba aurora

Se torne fiero nublado.

Si eres conmigo inhumana,

Si mi esperanza aniquila

Tu tibieza cortesana,

Me quejaré de Dorila

A mi dulce valenciana.

Otra vez dame la mano,

Y tú verás cuán ufano

El néctar en ella bebo…,

Aunque te cubras de nuevo

Ese rostro soberano.

Niégueme Dorila  el sí

Y, pues mi bien sólo fundo

En la máscara que vi,

Sé Dorila  para el mundo;

Valenciana  para mí.

¡Ah! no imites por mi mal,

Pues tu hermosura me hechiza,

Esa costumbre fatal

De convertir en ceniza

Las glorias de Carnaval.

Y si al fin me has de afligir

Con un no; si desdeñado

Decretas verme morir…,

Haz cuenta que te he contado

Un cuento para dormir.

 

¡Salgamos de Madrid!

Si es verdad, mi dulce Flérida,

Que tu corazón angélico

Corresponde al fuego plácido

Con que te amo hasta los tuétanos,

Sube conmigo a la góndola

Y caminito de Arévalo

De Madrid salgamos prófugos:

Que es pueblo dañino y pérfido.

Rápidos como la pólvora

Huyamos del vulgo tétrico

De poetillas misántropos,

Plañidores y epilépticos,

Que, maldiciendo sacrílegos

Del buen Horacio y su método,

Llaman talento a la crápula

Y creación al retruécano,

E invocando al hondo Tártaro

Con chirridos de murciélago,

Fulminan rudas apóstrofes

Contra el pobre humano género;

Que apenas pasiega bárbara

Los emancipa del cuévano,

Pesa la vida en sus vértebras

Como el Etna sobre Encélado.

Huyamos del Judas íntimo

Que al amigo franco y crédulo

Prodiga falaces ósculos

Y después le quita el crédito.

No oigamos la necia cháchara

De aquel orador acéfalo,

Que presume de Demóstenes

Y no sabe los pretéritos.

Huyamos de esos apóstatas

Que gritando a ignaro séquito:

«¡Viva la patria y su código!…»,

La venden después a Wellington.

Un ¡adiós!, y sea el último,

A esa caterva de médicos

Que si visitan diez prójimos

Dan con los nueve en el féretro;

Y al que la echó de demócrata,

Y hoy con sus estafas, émulo

De ricos-hombres y príncipes,

Arrastra carrozas de ébano;

¡Y niega un pan a los míseros

En cuyos hombros intrépidos

Se alzó a grandeza ridícula

muy superior a su mérito!

¡Fuego al proyectista trápala

A quien das el oro inédito,

Fiado en sus lindos cálculos

Que pintan seguro el éxito!;

Y luego figura pérdidas

En la bolsa o en el piélago.

Y sólo cobras en lágrimas

El capital y los réditos.

¡Maldición al vil hipócrita

Que bajo exterior ascético

Cubre la avaricia escuálida

Con que despoja a los huérfanos!

No más Madrid; que su atmósfera

Impregnan vapores fétidos,

Y es laberinto de crímenes

Más confuso que el de Dédalo.

¿Qué importa a placeres frívolos

Renunciar? Sin tanto estrépito

Podemos vivir más prósperos

En cualquier parte…; en Cintruénigo.

Bástanos cabaña rústica

Bajo limpio sol benéfico

Donde nuestro amor sin límites

Nunca desmaye decrépito;

Y bajo los verdes árboles

Oler de la rosa el pétalo

Y oír a la viuda tórtola

Fiar sus quejas al Céfiro;

O a la mariposa aligera

Perseguir con vano anhélito

De la clavellina al pámpano

Y del tomillo al orégano;

Y así en ventura recíproca,

Sin enemigos malévolos,

Con serenidad de espíritu

Llegar de la vida al término.

 

¡Sea En Hora Buena!

Siempre que tiene una broma

El señor don Juan, me olvida

Como si estuviera en Roma;

¡Y a un entierro me convida

Para matarme de pena!

Sea en hora buena.

 

Después de melindres mil

Canta Celestina el dúo

Que le han puesto en el atril;

Y aunque canta como un búho

Todos la llaman sirena.

Sea en hora buena.

 

Cien abejas sin reposo

Labrando a porfía están

El dulce panal sabroso.

¡Ay, que un zángano holgazán

Se ha de tragar la colmena!

Sea en hora buena.

 

El hombre a su semejante

Mueve guerra furibundo,

Cual si no fuera bastante

Para despoblar el mundo

El escuadrón de Avicena.

Sea en hora buena.

 

Hay en España usureros,

Hay esbirros a montones,

Y chalanes y venteros;

¡Y dicen que los ladrones

Están en Sierramorena!

Sea en hora buena.

 

En vano a tu puerta, Conde,

Llegan los pobres desnudos;

Que el perro sólo responde;

¡Y gastas dos mil escudos

En un baile y una cena!

Sea en hora buena.

 

Basta por hoy de sermón.

Aquí mi pluma suspendo

Hasta mejor ocasión.

Si el vicio en vano reprendo,

Y escribo sobre la arena,

Sea en hora buena.

 

Una Noche De Broma

Sepa el curioso lector

Que el señor don Nicolás

De Tolentino García

Es un señor muy formal.

Ítem más: es contador,

Y lo era treinta años ha,

De un conde… de no sé cuántos,

Que nunca supo contar.

Ítem más: ama en extremo

A Inés, su dulce mitad,

Aunque ésta tiene un compadre

Con el ítem de galán.

Ítem más: su dulce Inés

Manda al buen don Nicolás,

Y él dice: en eso consiste

La ventura conyugal.

La casa de Su Excelencia

Me toca a mí manejar,

Y ella maneja la mía:

No hay cosa más natural.

¡Oh! y ella sabe de cuentas,

Y es mucha su habilidad

En las reglas sobre todo

De dividir y restar.

Ítem más: el consabido

Tiene diez vástagos ya;

Sí, señor; que también sabe

Su esposa multiplicar.

Ítem más: tiene un sobrino

Que come como un gañán:

Ítem más: una cuñada…

¡Este sí que es ítem más!

Ítem: la contaduría

Da a toda esta gente pan,

Porque en la partida doble

Es ducho don Nicolás.

Ayer, que fue su cumpleaños

(Y en esto no hay que admirar,

Porque hay contador de grande

Que es casi una eternidad),

Con danza y broma nocturna

Lo quiso solemnizar,

Y convidó a sus amigos

Y a toda la vecindad.

Yo vivo en el cuarto bajo

Y él habita el principal,

Y fui por tanto admitido

En su amable sociedad.

Dos docenas de mozuelas

Deseosas de bailar,

Unas codiciando amante

Y otras por tenerle ya:

Otros tantos señoritos

Que con talante marcial

Por no haber sillas vacantes

Iban de acá para allá:

Las madres en el brasero

Hablando del temporal,

De tenderos y criadas,

de alguna enfermedad:

Cuatro viejos que bostezan,

Y engolfados acullá

Otros cuatro en el tresillo

Regañando por un real:

Los diez vástagos citados,

De trece años el que más,

Y otros seis de los vecinos

Armando un ruido infernal.

He aquí bien numerada

La concurrencia ítem más:

El compadre de Inesita,

Que se me olvidaba ya.

Debiendo advertir que un decem-

Viro de menor edad

De los ya citados (y era

El más grato a la mamá);

Digo que un rapaz de aquellos,

¡Notable casualidad!

Se parecía al compadre

Del señor don Nicolás.

Más de una hora pasó

Celebrando cada cual

Los hechizos infantiles

Del consabido rapaz.

¡Con qué gracia el angelito

Gritaba, comía pan!

A uno le pedía cuartos;

A otro le ensuciaba el frac…

Hizo treguas un momento,

Cansado ya de jugar,

Mientras todos celebraban

Su viveza natural.

Vaya, haz algo; no te duermas;

Vaya, luego dormirás,

Le decía doña Inés,

Con ternura maternal.

¿Y qué hace entonces Carlitos?

Levanta la mano y ¡zas!

Sacude una bofetada

A su hermanito carnal.

El pobre Juan…, ya se ve,

Coge y échase a llorar,

Y su madre le regaña;

Y ¿qué ha de hacer? Llora más.

Calla, ¡mal criado! ¡Bruto!

¡Si me duele! ¡Voto a san…!

¡Calla! ¡Vete! ¡Lucifer!…

Este hijo me va a matar.

En fin, sobre el bofetón

Llevó su azotaina Juan…

¡Y era un sol el pobrecillo!

¡Y parecido a papá!

Al cabo de media hora

Se restableció la paz,

Y otra media se pasó

En mirarnos y callar.

¿Cuándo se baila, señores?

Dijo yo. ¡Fatalidad!

Los músicos no vinieron.

Aun faltaba este ítem más.

Una guitarra con muermo

Lo pudo al fin remediar,

Y se bailó un rigodón

Con harta dificultad.

Quiso obsequiarme Inesita

Dándome para bailar

Una intendenta honoraria

Con más años que el Corán.

Y aun pensó hacerme Inesita

Una gracia singular;

Que la intendenta era allí

La primera autoridad.

Un zángano de treinta años,

Entre mico y sacristán,

Bailó luego la gavota

Con una niña, y muy mal.

Pero como así lo mandan

Las leyes de urbanidad,

Fui cómplice a mi despecho

Del aplauso universal.

—Que cante ahora Luisita.

—¡No, no! Me voy a cortar.

—¡Que cante! —¡Si estoy tan ronca!

—¡La modestia! —No, no tal.

—Una coplita del Chairo.

Te acompañará don Blas.

—Con mucho gusto. —No, no:

La guitarra está fatal.

—¡Con una voz tan bonita!

—¡Que no! Otro día será.

—¡Vaya! Una copla siquiera.

¿Nos quiere usted dejar mal?

—Bien, ya que ustedes lo exigen…

Pero ¡si no sé cantar!

—Señorita, ¡por favor!

Señorita, ¡por piedad!

—Yo solo sé cantar arias.

—Y yo las sé acompañar.

No hay excusa. —¡Qué porfía!

—¡Si luego se burlarán…

Yo no sé si estoy en voz.

—Pruébela usted con don Blas.

—Bien: hablen ustedes fuerte;

No me oigan talarear.

Después de veinte minutos

De probar el mi  y el la,

Y de templar la guitarra,

Y de volverla a templar,

Impone don Blas silencio

A toda la sociedad;

Se suena Luisita, tose,

Y decídese a cantar.

Mas con labio balbuciente

Y enredando con el chal,

Apenas aulló el andante

De una voce poco fa.

No hubo fuerzas que la hiciesen

Hasta el alegro avanzar.

Me da vergüenza; no puedo;

¡Bah! No hay que cansarse; ¡bah!

En esto dieron las doce

Y empezó el ceremonial

De despedidas y besos,

Y lo de esta casa está…

Yo que no era de los que…

Se quedaban a cenar,

Sin decir Dios guarde a ustedes

Di a correr hasta el zaguán

Y tal estoy de la broma,

Que antes me dejo empalar

Que otra vez ser convidado

De ningún don Nicolás.

 

Vio A Don Pedro Don Vicente

Vio a don Pedro don Vicente

Saliendo de San Basilio,

De vuelta a su domicilio,

Y le dijo lo siguiente:

«Perico, aquello da grima.

Mientras yo, que soy tan franco,

Corría de banco  en banco

Otro se llevó la PRIMA.

Perdí la Comodidad,

Y ¿adónde diablos se fue,

Que por más que la busqué

No di con la Probidad?

Allí está sudando tinta

La prensada Ilustración,

Y Agrícola  en un rincón

Viendo si pinta o no pinta.

¿Qué oigo! ¡Brava pelotera

Se va armando en Ultramar!

¡Cuánto lo va a celebrar

La melosa Azucarera!

Para eso la Propietaria

Tiene el corazón tan ancho

Que promete a cada Sancho

Su ínsula Barataria,

¡Fuego! ¡Fuego!… ¡Dios del Cid!

Arderemos en sus fraguas

Si no lo apagan las Aguas…

Que han de traer a Madrid.

Y entre tanto a todos mima

La PRIMA de varios modos,

Y aunque es tan liviana, todos

Se desviven por la PRIMA.

Una ráfaga violenta

Vino después en mal hora

Y se oscurece la Aurora.

Y el Iris  de paz se ahuyenta.

Y vana es la Actividad

En tan fatal coyuntura,

Aunque el Áncora  procura

Conjurar la tempestad.

Clamo, tiemblo, titubeo

Como una puerta sin gonces…

¡Quién me hubiera dado entonces

El camino de Langreo!

Llamado el Gas  en su ayuda

Fluctúa mi navecilla

Entre el Puente de Sevilla

Y las Aguas de la Puda.

Llego a la altura de Ujíjar,

Y si no rezo el trisagio

Inminente era el naufragio

En el Pantano de Níjar

Otra vez el Iris  sale,

Y mi alma cobra Fomento

Cuando juguete del viento

Daba ya mi último Vale.

¡Ay! si muero en la jornada

El fisco mi haber enfeuda,

Porque aunque tengo una deuda

Es muy desinteresada.

Mas no que aludo a la PRIMA

De mis pecados entiendas,

Mujer de tan bajas prendas

Que a todo el que da se arrima.

Reniego de ella, y me fundo

En su notoria falsía.

¿Cómo ha de ser prima  mía

La que lo es de todo el mundo?

¡Vieras luego allí qué acopios

Para dentro de dos meses,

Los unos contra los Treses,

¡Los Treses  contra los Propios!

¡Vieras la extraña liturgia

Con que allí más de un estulto

Rindo fervoroso culto

A madama Metalurgia!…

La Zapa  a muchos atrapa,

Pero al volver de los dados

No faltan escarmentados

Que digan ¡zape! a la Zapa.

¡Qué corrillos, qué capítulos!

Y nada de democracia,

Porque todos (¡vaya en gracia!)

Andan a caza de Títulos.

Ya nadan en pesos duros

Los Seguros de la vida;

Ya teme al hacha homicida

La vida de los Seguros.

Bocas hablan cuatrocientas

A un tiempo: quién de Trasportes,

Quién de cuentas a las Cortes,

Quién de cortes a las cuentas.

Pero nuevas maravillas

Preveo. Ese hombre (¡mirad!)

Teme a la Publicidad

Y consulta a las Cabrillas.

¡Y con qué solicitud

A los párvulos obliga

Doña Sociedad, amiga

De la tierna juventud!

¡Y la condenada PRIMA,

Incorregible ramera,

Se prostituye a cualquiera

Sobre la inmunda tarima!

¿Qué escucho! Ladran los perros,

Y al ruido del esquilón

Confuso se mezcla un son

De flautas y de cencerros.

Es una boda: ella y él

Ganan con el yugo blando:

Rico aunque viejo es Fernando,

Bella y lozana Isabel.

Vamos, si ella se acomoda

Y encuentra el viejo un puntal…

¡Quién me diera, pesia tal,

Los billetes  de la boda!

Mas dejemos al anciano

Cayéndosele la baba.

¿Te acuerdas del que gritaba:

A Madrid traigo en la mano?

Pues no lo tomes a broma,

Porque hoy en una cartera

Cabe la Sierra Almagrera

Sin faltar punto ni coma.

Y yo sé de un adalid

Que se mete en el bolsillo

Desde el Rastro hasta el Barquillo

A la Villa de Madrid.

¿Y viajar? ¡Me río yo!…

Hay hombre que en dos minutos

Se traslada a pies enjutos

De Avilés  a Mataró;

Y otro sentado en su silla

Remoja más de una vez

El camino de Aranjuez

En el canal de Castilla.

Y en todo danza la PRIMA,

Y todo el mundo la explota,

Y a manera de pelota

Ya está debajo, ya encima.

Armado con un Martillo

Anda por allí muy tieso

El ciudadano Progreso

Que escupe por el colmillo.

Mas quien llama la atención

Y es de todos festejado

Es un señor muy finchado

Que llaman monsieur Cupón.

Y mientras campa la PRIMA,

Buenafé, incauta doncella,

Siempre saca alguna mella

Si toma parte en la esgrima.

Ni al que de astuto blasona

Siempre su estrategia vale,

Pues alguna vez le sale

La criada respondona:

Que allí el Similia Similibus

Abunda, y es personaje

De cuenta un tal AGIOTAJE…,

Como quien dice Agibilibus».

Más dijera don Vicente

Si rápido como el viento

No cruzara un Tres-por-ciento

Atropellando a la gente.

Dio fin con un ¡guarda, Pablo!,

Tomando por otra vía,

A su extraña algarabía

De que no entendí vocablo.

Pero entré luego en la estancia

De donde mi hombre salió,

Y un Corredor  me sacó

De mi feliz ignorancia.

Allí supe ¡ay, a mi costa!,

Merced a mi mala maña,

Que de las plagas de España

No es la peor la langosta.

Allí aumenté por mi mal

La turba inocente y crédula

Que piensa que es una Cédula

La piedra filosofal.

Allí en una Operación

Que me costó algunos miles

Supe que hay más de un Aquiles

Vulnerable en el Talón.

Allí (y con esta plumada

Pongo término a la rima)

Entré a buscar una PRIMA

Y pagué, ¡ay Dios! la primada.

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