Poemas de Licofrón (poeta griego)
Poemas de Licofrón de Calcis (siglo III a.C.) fue un poeta y filólogo alejandrino, miembro de la Pléyade trágica. Su fama reside en la Alexandra, un extenso y enigmático monólogo donde un mensajero relata las profecías de Casandra sobre la caída de Troya y el destino de los héroes.
La obra es célebre por su oscuridad extrema, repleta de neologismos, acertijos mitológicos y una erudición críptica que desafía al lector, convirtiéndolo en uno de los autores más difíciles de la Antigüedad.
Alexandra – Las profecías de Helena
En la torre vigía la doncella suspira,
su voz es relámpago que nadie escucha,
profetisa de sombras, hija de Príamo,
teje con fuego el destino de Troya.
Helena, espejo de guerras y mares,
rostro que incendia mil naves de Grecia,
espejismo fatal que arrastra a los héroes,
ruina vestida de oro y deseo.
Casandra alza su canto de hierro,
advierte la sangre que pronto se vierte,
mas nadie cree su palabra ardiente,
pues los dioses sellaron su boca en desprecio.
Ve a Paris errante por bosques de Ida,
robando la joya del reino aqueo,
una mujer que es llama y conjuro,
la reina que arrastra ciudades al polvo.
Los muros de Ilión se estremecen de miedo,
el caballo de engaños ya rueda en su sombra,
y los héroes de Grecia, con lanzas de bronce,
se preparan a hundir la corona de Asia.
Agamenón, rey de soberbia y cadenas,
lleva consigo la furia del mar,
mas su regreso será tumba y cuchillo,
pues Clitemnestra aguarda con hacha escondida.
Ulises, astuto tejedor de engaños,
será errante por mares sin fin,
su astucia lo salva, su astucia lo pierde,
pues los dioses castigan la mente orgullosa.
Aquiles, relámpago de furia invencible,
morirá por la flecha que guía Apolo,
su gloria será canto, su cuerpo ceniza,
y su nombre eterno, dolor de los griegos.
Ayax, gigante de furia y de sombra,
se hundirá en la locura de sangre,
y su espada será tumba en la arena,
eco de un héroe que nadie recuerda.
Casandra ve a Héctor, columna de Troya,
caer bajo el filo del hijo de Tetis,
y Andrómaca llora su suerte de esclava,
mientras el niño Astianacte es lanzado al vacío.
Las llamas devoran los templos sagrados,
los dioses se alejan de torres caídas,
y el río Escamandro se tiñe de rojo,
como un espejo de furia divina.
Helena sonríe entre ruinas y gritos,
su belleza es máscara de muerte,
y los hombres la siguen como ciegos,
hacia el abismo que nunca se cierra.

Casandra anuncia cadenas y barcos,
llevarán a las hijas de Troya cautivas,
y los héroes que hoy cantan victoria,
serán polvo errante en costas ajenas.
Ve a Menelao, esposo ultrajado,
perdonar a la causa de guerras,
pues el deseo vence al rencor,
y la reina regresa a Esparta intacta.
Mas la profetisa ve más allá:
los hijos de Grecia se matan en casa,
la sangre no cesa, la guerra no muere,
pues Helena es semilla de discordia eterna.
Los mares se llenan de náufragos mudos,
los altares de Grecia de víctimas nuevas,
y los dioses se ríen del llanto humano,
pues su juego es eterno, su gozo cruel.
Casandra misma será esclava y despojo,
llevada a Micenas como botín,
y su voz, que predijo la ruina,
será ignorada hasta su último aliento.
Ella ve su muerte en la casa de Atridas,
cuando la reina de hacha la hiera,
y su sangre se mezcle con la del rey,
como augurio de linajes malditos.
Los hijos de Helena serán sombra y disputa,
sus nombres arrastran la furia del dios,
y en cada generación que nazca,
la guerra será eco de su hermosura.
El oráculo canta: no hay paz en la tierra,
pues la belleza es llama que nunca se apaga,
y los hombres, esclavos de su deseo,
repiten la tragedia sin aprender.
Casandra ve Roma en los siglos futuros,
heredera de Grecia y de Troya,
y en sus muros de mármol y hierro,
la profecía revive con nuevo disfraz.
Helena será mito, será diosa y fantasma,
su rostro pintado en mil generaciones,
y cada poeta que invoque su nombre,
despertará guerras en versos y cantos.
La voz de Licofrón recoge estas sombras,
en su Alexandra de augurios oscuros,
y la reina profetisa, entre ruinas y mares,
se convierte en espejo de todo destino.
Así la palabra se vuelve cadena,
así la belleza se vuelve cuchillo,
y el canto de Helena, o Casandra,
es eco que nunca se extingue del mundo.
Oh lector, escucha la voz que no calla,
la profecía que atraviesa los siglos:
la guerra nace del deseo sin freno,
y la historia repite su círculo eterno.
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