Poemas de Museo (poeta griego)

Museo

Poemas de Museo el Gramático (siglo V-VI d.C.) fue un poeta épico griego, exponente de la escuela de Nono de Panópolis. Su obra maestra, «Hero y Leandro», es un intenso poema (epilio) que narra el trágico amor de dos jóvenes separados por el Helesponto.

Destaca por su elegancia formal, su exquisito uso del hexámetro y una sensibilidad romántica que prefigura la literatura moderna. Es considerado uno de los últimos destellos de belleza lírica del mundo antiguo.

Los Amores de Hero y Leandro

Canta, ¡oh, musa!, la antorcha, fiel testigo,

de secretos amores y el nocturno

esposo nadador, que el mar conduce,

y oscuro enlace, que no vio la Aurora:

y a Abidos canta, y la marina Sestos,

sitio infelice de las nupcias de Hero.

Nadar escucho intrépido a Leandro,

y miro relucir la antorcha clara;

antorcha, precursora de Citera,

que Hero adornara en su nocturna boda;

luminaria de Amor, gran simulacro,

que excelso Jove colocar debiera

(cuando cumplido el tenebroso oficio

entre los astros del Olimpo alzado,

y la aclamar constelación de Amores,

brillante adorno de la esposa amante;

de amorosos desvelos fiel ministra,

y vigilante nuncia de Himeneo:

y canta, en fin, a la extinguida antorcha,

y a Leandro, en el ponto pereciendo.

 

 

Baña al undoso mar Sestos y Abidos,

y en frontera región sus brazos tiende;

el arco de Cupido, que no yerra,

ambas traspasa, de una flecha sola,

de Hero y Leandro el corazón hiriendo:

en Sestos mora aquella; este, en Abidos;

hermosos ambos, relucientes astros

de una y otra ciudad; muy semejantes.

Si tú fueres allá, curioso, inquiere,

y me lo contarás, cuál fue la torre

en que Hero de Sestos, en su mano,

la antorcha tuvo, que a Leandro guía;

pregúntalo también al mar sonoro

de Abidos veneranda, que lamenta

de Leandro el amor y muerte aciaga.

Pero Leandro, habitador de Abidos,

¿de Hero cómo sintió la llama ardiente

y en sola una cadena Amor les ata?

 

Hero, la linda, de prosapia ilustre,

era sacerdotisa de Ciprina

y, libre de los fueros de Himeneo,

del techo paternal lejos habita,

cabe la mar, una empinada torre,

cual la reina de Pafos; puro, intacto

su virginal pudor conserva atenta,

de entrambos sexos la frecuencia huyendo;

evitando la Envidia, que devora

lívido seno de celosas hembras;

aplacando la diosa, y a Cupido,

y a su madre celeste en libaciones,

temiendo siempre su encendida aljaba,

pero ni cauta el evitarla pudo.

 

La gran popular fiesta se acercaba,

que a Adonis bello, y la risueña Venus,

consagra Sestos; en tropel confuso,

y a festejar un día tan solemne,

presurosos corrían los que habitan

en las remotas islas, que el mar ciñe,

y los de Harmonía y la marina Chipre:

no quedó en Citerea una Belleza;

ni morador al Líbano oloroso,

ni a Frigia rica, o la vecina Abidos,

y cuantos aman las doncellas tiernas,

que, ansiosos, vuelan al festejo sacro

por contemplar los virginales rostros.

 

 

Hero la virgen el augusto templo

pasea de sus ojos despidiendo

un grato resplandor, cual nueva luna

con las mejillas cándidas luciendo;

y en las suyas brillaban, con rubíes,

en círculos de nieve aljofarados,

rosa en dobles colores matizada;

los albos miembros de la virgen casta

un prado ofrecen, que encendidas rosas

tornaran rojo; las delgadas túnicas

de las otras doncellas rojas brillan.

Tres Gracias solas los antiguos mienten;

y resaltaban, ciento los ojuelos,

de Hero la hermosa, que naciera digna,

sacerdotisa de Ciprina bella;

tras si arrastraba su divina imagen,

las almas tiernas de pulidos mozos;

y todos anhelaban, suspirando,

su esposa fuera el celestial hechizo;

ojos y corazones la seguían,

do quier que hollara el majestuoso templo;

y uno, entre tantos, que un volcán devora,

así exclamara, en amoroso acento.

 

Yo viajé a Esparta, y la ciudad famosa

vi de Lacedemonia, y la Hermosura

disputando el valor al sexo fuerte;

mas, prudente doncella, tierna y linda

como esta, nunca vi; Venus, acaso,

de las Gracias alguna oculta en ella;

cansados ojos de mirarla tengo,

pero de la admirar no me sacio,

muera yo al punto, que su lecho alcance:

ser dios no quiero en el Olimpo excelso,

si Hero en mi casa dulce esposa fuera:

si me niegas, ¡oh, reina!, tu ministra,

dame una esposa que sus gracias tenga.

Así hablara este joven, y otros y otros,

mudos deliran con la oculta llama,

que al pecho enciende la doncella hermosa.

¡Leandro!, sufridor de mayor pena,

luego que vistes la gallarda joven,

ni oculto el fuego contener quisieras;

que traspasado de la flecha ardiente,

sin Hero bella ya vivir no sabes;

tu hoguera encienden sus radiantes ojos,

y el pecho hierve en indomable fuego:

pura rara Hermosura es más aguda

que el veloz dardo al corazón del hombre;

por el sendero de sedientos ojos

entra la flecha, al corazón clavando,

y sangre y fuego el corazón destila.

Descaro y estupor, temor, vergüenza

de tu alma se apoderan; y temblaba

tu corazón llagado; el Pudor tímido

te aprisiona cruel, y absorto quedas

de la sin par Belleza, en el asombro.

Amor vence al Pudor; luego, afectando

atrevido descaro, la seguías

con atentados pasos; y de frente

de hito en hito la miras incesante.

Con maliciosos ojos y con gestos

ganas, astuto, el inocente pecho;

pero, así que ella vio tu amor doloso,

su corazón se holgara remirando

su nuevo amante, de mil gracias lleno;

y absorta contemplaba, de soslayo,

su linda faz, con gestos respondiendo,

mas luego la aprisiona el disimulo:

palpita entonces de Leandro el seno,

Hero mirando arder con igual fuego

que el pudor vence y virginal respeto;

Leandro al punto, del Amor guiado,

horas propicias al Amor buscaba;

cuando al ocaso se ocultara Febo,

o mostrara su faz Héspero umbroso,

tiende la noche su esmaltado manto

y atrevido la sigue; y oprimía

entre los suyos los rosados dedos,

encendidos suspiros exhalando,

de lo profundo de su ardiente pecho.

Ella, callada, resistir fingiendo.

Airada, esconde la rosada mano.

Al mirar tan contrarios sentimientos,

Leandro osado, poderoso, asiera

la túnica, florida, y la guiara

a los recesos del oscuro templo;

y Hero la virgen, tarda, le seguía,

como si no quisiera irle siguiendo;

y con su voz, que amenaza dulcemente,

a Leandro le dice: «¡Oh, extranjero!,

estás fuera de ti, porque, ¡infelice!,

una virgen cual yo, ¿vender procuras?

Huye el enojo de mis ricos padres;

sacerdotisa de la Ciprea diosa,

tu amor me ultraja; ni alcanzar pretendas

que una virgen conduzcas a tu lecho.

 

 

Lenguaje propio de doncellas tiernas

las amenazas son; pero Leandro,

el furor y amenazas escuchando,

el lenguaje entendió del vencimiento;

que hembra, que ultraja al atrevido amante,

correo envía de su amor desecho:

y al sonrosado cuello imprime al punto,

con labio ardiente un amoroso beso,

y abrasado en su fuego, así le dice:

«¡Oh, amorosa beldad! Venus segunda

eres después de Venus; y Minerva

que después de Minerva la siguiera;

ni a terrestres beldades te comparo,

sino a las hijas del Saturnio Jove.

Dichoso veces mil, quien te plantara;

y dichosos los pechos que libaste.

¡Felicísimo el vientre que te trajo!

Pero escucha mi ruego, oye piadosa

el suspirar de mi amoroso pecho;

si eres sacerdotisa de Citere,

ejercita sus obras, complaciente.

Aquí has venido a conocer las leyes

que a los esposos dicta el Himeneo:

las vírgenes no sirven a Ciprina,

ni en vírgenes se placen sus afectos;

si aprender quieres de la diosa el rito,

la gratas ceremonias e institutos,

busca las nupcias y olorosos lechos:

si a Venus amas, ni el amar resistas,

y suave ley de Amor, que dulce oprime;

déjame ser tu esclavo y, si lo quieres,

venturoso seré tu esposo tierno.

Mercurio alado, de la vara de oro,

de Almena al hijo, por su sirvo diera

a la sardania Ónfale; a ti me envía,

más que el sabio Mercurio, Amor potente.

Hágate temerosa el hado infausto

de Atalanta Arcadania, que, aspirando,

casto, guardar su virginal tesoro,

de Milianis desprecia el regio lecho;

y Venus enojada la encendiera,

con igual fuego, que a su amante hermoso.

Ríndete, sí, mi amor, y no provoques

la cólera de Venus implacable.

 

Así el joven habló, y el poder mágico

de sus palabras la doncella rinde;

fijos en tierra los modestos ojos,

muda, ocultando el encendido rostro,

y con los pies frotando el pavimento,

a los hombros ajusta el traje hermoso;

signos visibles del pudo vencido;

silencio, es la promesa de la virgen,

pronta a subir al tálamo oloroso;

el dulce amargo estímulo la punza,

y el corazón se quema en dulce fuego,

de su amante admirando la belleza.

Mientras inclina los brillantes ojos,

Leandro mira el sonrosado cuello

con la vista insaciable, ardiendo el seno.

Tarda, al fin, Hero con la voz suave,

dice, del rostro destilando rojo,

el húmedo rubor de la vergüenza:

«Lindo extranjero, tus palabras pueden

un peñasco ablandar. ¿Quién te enseñara

de tan varios discursos el camino?

¿Quién a mi patria, ¡ay, cielo!, te condujo?

Cuando has dicho es en vano; ¿cómo un vago,

un extranjero infiel, a amarme aspira?

Jamás serás mi esposo; ni a mis padres

placerá tal proyecto; y ni aun intentes,

un prófugo extranjero, amarme oculto.

¿Acaso ignoras que la lengua infame

del hombre se complace en la calumnia?

¿Y lo que en casa custodió el secreto,

negra envidia en las plazas lo publica?

Dime, pues, no lo ocultes: ¿cuál tu nombre,

cuál es tu patria? Ínclita Hero

el mío fuera y habitará, sola;

una alta torre en la marina Sestos,

junto a la orilla, en la profunda playa

por el severo paternal consejo:

ni las doncellas, compañeras trato,

ni las alegres danzas yo frecuento;

solo en mi oído resonar escucho

del mar ventoso el mugidor estruendo.

 

 

Bajo del velo de brillante púrpura

el rostro oculta, que el pudor colora,

cuando así hablara; mas Leandro, en tanto,

acabar piensa esta amorosa guerra;

del dardo agudo del amor herido:

pero amor, en arbitrios tan fecundo,

al hombre doma, que rindió su aljaba,

y luego cura su llagado pecho,

de los que vence, consultor sublime,

más que los sabios de profunda ciencia;

y a Leandro hermoso su poder le auxilia:

al fin, gimiendo, con locuela astuta,

responde a Hero en amorosos ecos.

 

«Por ti atravesaré, virgen garrida,

el mar rabioso que bulliera en llamas

o innavegable si su espalda fuera;

ni del áspero mar las ondas temo,

ni su rugir feroz ondisonante;

cuando a tu lecho voy, venceré ansioso

de Helesponto la rápida corriente,

consorte hermoso, por la noche umbría.

Abidos, mi ciudad, frontera a Sestos,

bástame solo que de la alta torre

antorcha muestres en la niebla oscura,

que entonces yo seré de amor la nave

y ella la estrella y luminoso norte;

y viéndola, a Bootes mal hadado,

ni al ominoso Orión ni al Carro vea,

que el mar no baña en su albicante espuma.

Pero, cauta, mi Amor, la antorcha guarda,

de Eolo soplador; que si ella muere,

Lúcifer, conductor, de mi esperanza;

tal vez yo muera en el salado centro.

Leandro es mi nombre, si mi nombre inquieres

de Hero la bella enamorado esposo».

 

Así pactos de Amor amor sellara,

y oscuras bodas y amistad nocturna

con la antorcha que anunca el desposorio;

ella encender el luminoso faro

y surcar él el proceloso ponto

sin anhelar el regalado sueño,

que nupcias veladoras alejaban,

dura necesidad separa a entrambos,

que no la voluntad: ella a la torre,

pero él, en torno del alzado muro,

vaga, callando, en la sonora playa,

de la torre buscando las señales

desde Abidos su patria; suspirando

Hero y Leandro las secretas bodas

y suplicando a la callada noche,

grata adornase el venturoso lecho.

 

 

Mas ya tendiera el tenebroso manto

a los hombres trayendo el dulce sueño,

pero a Leandro no, que amor despierta,

y en la ribera, do la mar se agita,

fija la vista en la frontera Sestos,

espiara la antorcha precursora,

y el lúgubre fanal, que el lecho muestra.

Hero también miró, bañada en gozo,

que, ya Febo, muriendo en el ocaso,

noche desplega el atezado velo;

y monstrando la antorcha luminosa,

Amor sacude de Leandro el seno,

ardiendo a par del luminar de Sestos;

y al escuchar el rebramar las ondas,

multisonantes con su loco estruendo,

temor asalta el agitado pecho,

pero, atrevido, consolarse intenta,

dulces plegarias al Amor diciendo.

 

¡Oh, duro Amor! ¡Océano indomable!

Empero, agua eres tú, y el vivo fuego

que a Leandro abrasa en un volcán desecho;

no temas, corazón: el fuego empuña;

ni las tendidas aguas te den miedo;

el fuego de tu amor irán suplando;

que la risueña Venus del mar nace

y calma suave el padecer acervo.

 

Mientras hablara así, con ambas manos

despoja, presto, los rosados miembros

de los vestidos que en la frente enrolla;

y saltando veloz, en la ribera

abandona su cuerpo al mar salado,

y presuroso nada de la antorcha,

que lejos brilla, el resplandor siguiendo,

remos, tripulación y nave a un tiempo.

Hero, la virgen, en la aérea torre,

cubre la antorcha, con el rico velo,

do quier que el aura perniciosa sopla,

hasta que Leandro, fatigado, llega

de Sestos, la portuosa, a la ribera;

y ella le lleva a la empinada torre,

y abraza, tierna en los umbrales mesmos,

a su anhelante esposo con silencio;

aun destilando lasmojadas trenzas,

lucientes gotas de la mar undosa:

luego en alcoba del ornado lecho,

de aromas unge su rosado cuerpo,

que el mariscoso olor destruyen pronto

y, aunque anhelante, a su consorte hermoso

en altiornado lecho así le dice:

 

«Gran fatiga has tenido, esposo amado;

más que otro alguno sufrimientos pasas;

bastaran solas las salobres ondas

y el fétido exhalar del mar pescoso:

mas las fatigas y el sudor olvida

entre mis brazos y el mullido lecho».

 

 

Ella así dijo; mas Leandro, osado,

afloja al punto el envidioso cinto

y a las leyes de Venus da principio:

bodas eran, sin danzas; lecho hermoso,

sin los himnos que aclaman la belleza.

Ni poeta que entone epitalamio,

ni lucieron las teas misteriosas,

ni en torno saltan danzarines ágiles,

ni los ancianos padres venerandos.

Empezaron el canto de Himeneo.

Mudo silencio celebrara solo,

y la esposa adornara y blando lecho

y, en vez de las antorchas nupciales,

lóbrega noche fue nupcial festejo;

ni aljofarada rubicunda aurora

el lecho vido de Leandro hermoso,

que navegaba a la ribera opuesta,

siempre insaciable de placeres nuevos.

Con la túnica larga, Hero se oculta

a sus padres; si virgen por el día,

mujer matrona por la noche fuera;

y ambos suspiran que la blanca aurora

baje el ocaso en presuroso vuelo.

 

Así, ocultando de su amor la fuerza,

en secretos amores se deleitan.

Ni duró mucho este placer callado;

yerto, el canoso Hibierno el norte deja,

con tormentas horribles agitando

del mar undoso los profundos senos;

y los vientos y lluvia, arrebatada,

la selva agitan, y el pastor medroso

corre a salvarse a la cabaña huyendo;

y la nave, que teme al ponto airado,

ansiosa busca el abrigado puerto;

y mar y tierra y cielo en remolinos

confuso arrastra el aterido Hibierno;

y suspirando la Natura entera,

muda obedece a su nevado cetro:

menos Leando, que burlara intrépido

del mar de Hibierno el indomable esfuerzo,

que cuando viera relucir la antorcha

se lanzara, seguro, al mar furioso

y la pérfida luz y feroz hado

crueles preparan su destino adverso.

Y tú, Hero celeste, ¿por qué, sabia,

no persuadiste al abrasado amante,

temer, prudente, el Aquilón y el Euro,

pieles ministros del airado ponto?

Pero el Hado y Amor ya la estrechaban

las parcas ocultando los amores.

Era la noche tenebrosa, oscura,

de encapotado Hibierno compañera,

y los vientos rabiosos combatían

del ponto mugidor la espalda inmensa

con eco turbulento en la ribera.

Leandro, entonces, que el amor inflama,

sobre montañas de encrespadas ondas

lucha brioso de esperanza lleno;

y al éter sube y al abismo baja;

el Céfiro y el Euro, Bóreas, Noto

luchan contrarios con fragor horrendo,

y al amador agitan implacables.

Leandro implora a la marina Cipria

y a Neptuno, que rige azul Nereo;

ni a Bóreas olvida que de Atidis

sintió también el amoroso fuego.

Pero sordas quedaron las deidades

y sus plegarias disipara el viento.

Arrastrábanle airados viento y ponto;

y al fin faltó el vigor, los pies fallecen

e inmobles quedan las tranquilas manos;

llenan sus fauces las amargas ondas

y crudo el Euro el luminar extingue,

y la vida infeliz del fiel Leandro.

 

 

De Hero, la esposa veladores ojos,

el pecho fatigando fieras ansias,

buscaban su amador sobre la espalda

del tumultuoso mar, cuando la aurora

su albor tendiera en la anchurosa playa,

extinguida la antorcha malhadada:

pero allí no le vio; mas luego mira

de la torre al cimiento, que el mar baña,

y el cuerpo vido de Leandro hermoso

que el ponto rompe con sañosa rabia:

y rasgando del pecho hasta la fimbria,

la rica vestidura, el cuerpo lanza

junto a Leandro y con furor se estrella:

Hero así muere por su muerto esposo,

y aún se gozaron en su ruina extrema.

Museo

 

Fábula de Alfeo y Aretusa

Canto el amor del despreciado Alfeo,

cuyas quejas dulcísimas, dolientes,

por las amargas ondas de Nereo

aún oyen de Aretusa las corrientes.

Pues tú, délfico dios, otro deseo

siguiendo vas con círculos lucientes,

haz que en estas mis cláusulas sonoras

yo me corone del desdén que lloras.

 

Tú, de Arellano honor, Mecenas mío,

que aman las Musas y prohija Astrea,

que el caudaloso Betis, patrio río,

lleno de lustres saludar desea;

este mi ocio escucha, si es que fío

lo grave dividir de tu tarea;

logre yo tus favores entre tanto

que los desdenes de Aretusa canto.

 

Del dios rey de las aguas hija era

ninfa de Acaya, a quien la esquiva diosa,

cuando desde el Eurota va a su esfera,

deja el dominio de la selva umbrosa,

que en la tropa de Oréades ligera,

siendo la más gentil, la más hermosa,

aun ausente de Febo la alta hermana,

no desean las selvas a Diana.

 

No ilustró del Taigeto la escabrosa

cumbre ninfa más bella, pues la frente

en cada estrella vence luminosa

los ojos, que abre al cielo transparente;

de cuanto en sus mejillas mezcla hermosa

hizo con el jazmín, clavel ardiente,

queda uno, que en dos hojas se señala,

que encierra perlas, y ámbares exhala.

 

Bajando al pecho de su blanco cuello,

mucha nieve en dos partes dividía,

sobre cuyo candor suelto el cabello,

las hebras de oro el viento confundía;

así inunda de rayos el sol bello,

nevado escollo al despuntar del día;

de sus manos, en fin, son los albores

incendios de cristal, hielos de ardores.

 

Ésta, de Venus inmortal desdoro,

dejándole a la espalda el peso leve

del ebúrneo carcaj y flechas de oro,

éstas ajusta al arco, que las mueve;

penetra el bosque, y el errante coro

cede al aplauso que a Aretusa debe,

porque usurpa a las glorias de Atalanta

lo cierto el tiro, lo veloz la planta.

 

Igualmente partiendo su carrera,

el sol las blancas horas encendía,

cuando Aretusa, que corrió ligera

los arduos montes y la selva umbría,

fatigada desciende a la ribera,

y en su encendida nieve permitía

que en más bello cenit, con más auroras,

el sol hiciese las ardientes horas.

 

Por laberinto de álamos frondoso,

de verdes sauces por estancia amena,

profundo un río corre silencioso,

o se desliza con quietud serena;

de éste un remanso advierte delicioso,

que no le esconde la menuda arena,

pues contaba en sus senos transparentes

uno a uno sus cálculos lucientes.

 

La calurosa ninfa, que procura

término a sus afanes deseado,

solícita registra la espesura,

por si alguno la advierte Acteón osado;

la soledad el sitio le asegura,

y habiendo sus despojos confiado

de un sauce, dio al cristal el blanco bulto,

donde quedó cubierto, mas no oculto.

 

En el claro remanso, no lasciva,

o se abate, o se eleva, o se recrea,

pareciendo en la espuma fugitiva

segunda de las ondas Citerea;

sus brazos (blancos remos, en que estriba)

cortan las aguas, y si lisonjea

el viento de sus hebras el tesoro,

bajel es de marfil, con velas de oro.

 

En hondas grutas de cristal luciente

el dios Alfeo, entonces sosegado,

oye turbar sus aguas, y la frente

alzó, de verdes cañas coronado;

mira la blanca ninfa, mira, y siente

dulces incendios en su pecho helado;

y suspensos sus rápidos cristales,

así siente su amor, así sus males:

 

«Si piensas, ninfa bella, que no dura

un instantáneo amor, y excusas fiera

el bien que me promete esta ventura,

para crecer, amor tiempos no espera.

Si el ver y el adorar una hermosura

son dos cosas, ninguna es la primera;

yo te vi, yo te amé, y otros amantes

no te adoraron más, te amaron antes.

 

»Calurosa y cansada, tus fatigas

recibieron benignas mis arenas;

dulcemente en mis aguas ya mitigas

el calor y el cansancio, y no mis penas;

ya que en mi propia urna tú me obligas

a beber el veneno que en mis venas

arde, reciproquemos los favores:

mitiguen tus cristales mi ardores.

 

»Dueño soy (si soy tuyo ¡qué fortuna!)

de cuanto engendra la ribera amena;

mil arroyuelos desde su alta cuna

bajan su plata a mi dorada arena;

contémplase en mí el sol, la errante luna

aun no se mueve en mi quietud serena;

mas ¿para qué numero bienes tales,

si ya sólo soy dueño de mis males?»

 

Dice; y lascivo apenas se adelanta,

cuando ella de sus ondas se le exime

intrépida, fiando a veloz planta

nobles defensas, que el amante gime;

mas, como aunque a Aretusa en fuga tanta

alas preste el desdén, nunca reprime

sus esfuerzos Amor, que es dios alado,

vuela ella esquiva, y él enamorado.

 

«Aguarda, espera», dice; «oh ninfa, tente.

¡Oh si el amor un muro te opusiera!

Teme de áspid dormido el mortal diente,

cuando no el pomo de oro en tu carrera;

más ¡ay de mí! que ni el metal luciente,

ni el veneno mortal te suspendiera,

pues no detuvo ya tu pie divino

mi pena más mortal, mi amor más fino».

 

Sorda Aretusa, y más veloz que el viento,

huye, y el dios, que en vano ya la nombra,

tanto se adelantó en su seguimiento,

que una vez abrazó la amada sombra;

del fatigado pecho el recio aliento

el tierno oído de la ninfa asombra;

y como el dios acuoso la seguía,

creyó que húmedo el austro la impelía.

 

Así afligida con el riesgo instante

la casta compañera de Diana,

contra el esfuerzo del insano amante,

a su deidad apela soberana.

«Oh diosa», dice, «si guardé constante

tus santas leyes, y si aplausos gana

tu decoro, defiende de este impío

mi honor por tuyo, cuando no por mío».

 

La diosa, conmovida al justo lloro,

de opaca y densa niebla rodeada,

la oculta, y luego la madeja de oro

corre en hilos de plata liquidada;

no de coral, de aljófar es tesoro

la sangre de las venas desatada,

y al deshacerse en los cristales puros,

bullen la blanda carne y huesos duros.

 

Entre tanto, cual dando vueltas ciento,

en alta noche el can infiel dormido,

a espacioso redil el lobo hambriento

aúlla, y crece el mísero balido;

tal gira en tornos, firme aún en su intento,

la opuesta nube el dios; y más rendido,

por si su ingrata bella aún no se excusa,

«¡oh mi Aretusa», clama, «oh mi Aretusa!»

 

Desató el viento, en fin, la niebla fría,

dejando en descubierto al triste Alfeo,

fuente ya, a aquella por quien su porfía

torpes delicias prometió al deseo.

Vuelve a sus aguas, nunca a su alegría;

aunque, por corto de su dicha empleo,

le conceden que junte en su corriente

de su amada Aretusa con la fuente.

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