Poemas de Calpurnio Sículo (poeta griego)

Calpurnio Sículo

Poemas de Calpurnio Sículo, poeta latino del siglo I d.C., destacado representante de la poesía bucólica durante el reinado de Nerón. Siguiendo la estela de Virgilio, sus siete églogas combinan la tradición pastoril con el panegírico político, celebrando al emperador como el instaurador de una nueva «Edad de Oro».

Su estilo se caracteriza por un refinamiento técnico y una transición hacia el realismo didáctico, fusionando la nostalgia por la vida rústica con la propaganda imperial y la técnica agrícola.

ÉGLOGA I

El descubrimiento del oráculo

Al inicio, los pastores buscan refugio del calor y encuentran los versos grabados por la divinidad:

«No son versos que haya marcado un caminante con su rústico cuchillo, ni que un pastor apresurado haya grabado con su navaja; la misma mano divina los trazó sobre el tronco sagrado”.

 

El anuncio de la Edad de Oro

Este es el núcleo del poema, donde se describe el fin de las guerras civiles y el regreso de la paz bajo el nuevo emperador:

«Yo, Fauno, de estirpe divina, anuncio a los pueblos que el siglo de oro renace… Volverá la justicia, limpia de la herrumbre de la antigua maldad; el derecho recuperará su fuerza y las leyes su antiguo rigor”.

 

La paz y el fin del miedo

Calpurnio enfatiza que el nuevo gobernante traerá una paz real, comparándola con la seguridad del campo:

«Ya no habrá más cadenas para el cuello del vencido, ni el estrépito de las armas turbará el descanso de los hombres. El campesino podrá labrar sus campos sin temor a que el paso de las legiones destruya su cosecha”.

 

ÉGLOGA II

El desafío y la naturaleza en silencio

Al estilo de las grandes competencias pastoriles, el mundo natural se detiene para escuchar el duelo de voces. Calpurnio describe una atmósfera de paz absoluta:

«Se detuvieron los vientos del este para no agitar las frondas y un profundo silencio reinó en todas las colinas; todo quedó inmóvil: los toros pisaban la hierba sin comerla y hasta la abeja laboriosa se atrevió a dejar sin visitar las flores que destilan néctar”.

 

El orgullo del pastor (Idas)

En su turno, Idas presume de su conexión con los dioses antiguos y de la riqueza de su ganado, enfatizando que su música nace de la tradición más pura:

«Silvano me ama; él me da las cañas que obedecen mi voluntad y corona mis sienes con hojas de pino. Siendo yo aún niño, me profetizó: «Ya crece para ti, en el tallo inclinado, una flauta de fino sonido»“.

 

El orgullo del hortelano (Ástaco)

Ástaco responde defendiendo la nobleza de su oficio y la abundancia de sus frutos, comparando su éxito con la arena del mar:

«Quien quiera contar la multitud de manzanas que recojo bajo mis árboles, antes contará las finas arenas. Siempre estoy cosechando los verdes frutos de la tierra; ni el medio invierno ni el verano me detienen. Si vienes, Crócale [la amada], todo mi huerto estará a tu servicio”.

 

ÉGLOGA III

El arrepentimiento del amante violento

Iolas relata a su amigo Micón cómo, cegado por los celos al ver a Lícidas con un rival, reaccionó de forma violenta, algo de lo que ahora se arrepiente profundamente:

«¡Ay de mí! Con mis propias manos desgarré sus ropas y sus mejillas, y mis dedos crueles se enredaron en sus cabellos. Ella lloraba en silencio, y sus lágrimas, que caían sin cesar, eran para mí como dardos que atravesaban mi pecho. Ahora, mi locura se ha convertido en mi castigo”.

 

La súplica y la promesa de sumisión

Desesperado por recuperarla, Iolas compone una canción de ruego donde se ofrece a ser castigado por ella, invirtiendo los roles de poder:

«Si todavía guardas rencor, Lícidas, ata mis manos a la espalda con una suave mimbre, o castiga mi espalda con la vara que prefieras. No huiré del dolor que me inflijas, pues merezco sufrir por haber profanado tu belleza con mi rabia”.

 

La descripción de la amada (El Ideal Bucólico)

En medio de su tristeza, Iolas describe la belleza de Lícidas comparándola con los elementos más puros de la naturaleza, una característica típica del estilo refinado de Calpurnio:

«Más blanca que el lirio de nieve, más dulce que el panal de las abejas del monte Himeto; cuando ella ríe, los campos parecen florecer fuera de tiempo, y cuando calla, hasta el canto de los pájaros parece perder su alegría”.

Calpurnio Sículo

ÉGLOGA IV

El agradecimiento al mecenas (Melibeo)

Coridón reconoce que antes vivía en la miseria, recogiendo frutos silvestres para sobrevivir, pero que gracias a la intervención de Melibeo ante el emperador, su suerte ha cambiado:

«Por ti, Melibeo, ya no recojo fresas y zarzas, ni calmo el hambre con malvas verdes. Tu bondad nos alimenta con grano. Tú, compadecido de nuestra escasez y de nuestra juventud pronta a aprender, impides que disipemos las punzadas del hambre con hayucos en invierno”.

 

La divinidad del joven César

En este pasaje, el poeta eleva la figura del emperador a la categoría de dios, siguiendo la tradición del panegírico imperial romano. Lo presenta como una deidad que ha bajado a la Tierra para traer prosperidad:

«¡Oh dioses!, os ruego que retiréis solo después de una larga vida a este joven, a quien vosotros, lo sé bien, nos habéis enviado desde el mismo cielo; o mejor, destejed su hilo de mortalidad y concededle hilos celestiales del metal de la eternidad. Sea él un dios, y sin embargo sea reacio a cambiar su palacio por el cielo”.

 

El contraste entre el canto rústico y el imperial

Coridón explica que, aunque sus temas suelen ser humildes (el redil de ovejas), la grandeza del nuevo gobernante exige un estilo más elevado, comparando su flauta con la de los grandes maestros:

«Dulcemente suenan tus cantos y no es con frío desdén que Apolo te mira, joven Coridón; pero las divinidades de la poderosa Roma no han de ser ensalzadas con el mismo estilo que el redil de Menalcas… Comienza, no tengas duda; pulsa las cañas que cantaron bosques dignos de un cónsul”.

 

ÉGLOGA V

El cuidado del ganado en verano

«Cuando el sol esté en su cenit y la tierra se agriete por el calor, busca para tus ovejas la sombra de un bosque espeso o el refugio de una cueva profunda. No permitas que el sol del mediodía queme sus lomos, ni que beban agua estancada; busca siempre el arroyo que corre, cuya corriente sea clara y fresca para sus gargantas sedientas”.

 

El marcado y la propiedad

«Apresúrate a marcar a los corderos recién nacidos con el signo de tu hierro caliente, para que el rebaño no se confunda con el del vecino y las disputas no turben tu paz. Es mejor que cada animal lleve en su piel el sello que declare quién es su dueño, antes de que el tiempo borre el recuerdo de su origen”.

 

La llegada del invierno y el forraje

El anciano advierte sobre la previsión necesaria para sobrevivir a los meses fríos, cuando la tierra ya no ofrece pasto verde:

«Cuando el invierno endurezca los campos y la escarcha cubra la hierba, no te pille la estación sin provisiones. Debes haber guardado en el pajar el heno seco y las ramas de encina con sus hojas, para que el ganado, encerrado en el establo, no añore los pastos de la primavera y su vigor no decaiga antes de que el sol vuelva a calentar”.

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