Poemas de Anacreonte (poeta griego)

anacreonte

Poemas de Anacreonte, el poeta griego del siglo VI a.C., es conocido por sus poemas que celebran el amor, el vino y la alegría de vivir. He aquí algunas de sus obras más representativas, completas y/o en fragmentos.

 

De sus grandes obras

La Lira

Quiero ensalzar cantando a los Atridas,

quiero cantar a Cadmo,

mas de mi lira los sonoros nervios

tan sólo amores dicen.

 

Otra lira pulsar en otro tono

quise, con nuevas cuerdas

y al pretender cantar al fuerte Heracles,

tan sólo amores respondió mi lira.

 

Héroes, dejad de enardecer mi mente,

porque mi lira, sólo amores canta.

 

 

De las Mujeres

Naturaleza, a los feroces toros

dio temible defensa con sus astas,

cascos a los caballos,

rápidos pies a las veloces liebres,

a los leones dientes poderosos,

el volar a las aves,

el nadar a los peces

y a los hombres la fuerza de sus miembros.

¿Tal vez a la mujer dejó olvidada?

¿Cuál arma le ha entregado? La belleza:

el escudo más fuerte;

la espada más aguda;

pues la mujer con ella

domina los aceros y las llamas.

 

 

El Amor

Cuando la media noche se acercaba

y el signo de la Osa se volvía

a la mano de Bootes;

cuando los hombres en el blando lecho

yacían, del trabajo fatigados,

el Amor a mi puerta cauteloso

llegóse, golpeando las aldabas.

 

-¿Quién a estas horas – dije- hasta mi puerta viene, a turbarme el sueño?

 

-Abreme – contéstome el caminante-;

soy un niño; no temas por tu vid:

azótame la lluvia,

y en la cerrada noche me he perdido.

 

Al escuchar sus quejas,

de compasión se estremeció mi pecho

y encendiendo mi lámpara,

abrí la puerta y penetró el muchacho.

Traía el arco al hombro

colgado, y el carcaj lleno de flechas.

Sentados junto al fuego,

calentaba sus manos con mis manos

y le enjugaba el húmedo cabello.

 

Mas él, quitado el frío

quiso probar el arco, y si la cuerda

rota del agua estaba.

Tendiólo, y con el dardo,

me hirió en el corazón, con venenosa

herida, como un tábano rabioso.

 

-¡Alégrate, amigo,

huésped –dijo riendo-;

el arco estaba sano,

mas tú quedas herido para siempre!

 

anacreonte

De sí Mismo

Sobre los verdes mirtos recostado

quiero brindar, y sobre tiernos lotos,

y que al Amor, al cuello

con una cinta el palio recogido,

escancie el vino en mi profunda copa.

 

La breve vida pasa dando vueltas

cual la rueda de un carro,

y cuando se deshagan nuestros huesos

yaceremos en polvo convertidos.

 

¡Para qué entonces derramar ungüentos

sobre la tierra helada? ¿De qué sirve

libar sobre la tierra que nos cubra?

Mejor úngeme ahora,

coróname de rosas perfumadas

y haz que se acerque la mujer que adoro…

 

Mientras llega el momento

de acudir a las danzas infernales,

quiero vivir ajeno de cuidados.

 

 

Las Rosas

Derramemos el vino

sobre las frescas rosas,

que es flor de los amores.

Apuremos las copas

ciñendo nuestras sienes

con floridas coronas.

 

Entre todas las flores

la más bella es la rosa:

ríe la primavera

al romper su corola:

con ella se complacen

los dioses, y ella adorna

del hijo de la diosa Citerea

la cabellera blonda

cuando va con las Gracias

danzando en las praderas olorosas.

 

Ciñamos nuestras sienes, ¡oh Dionisos!

con floridas coronas,

y yo, cantando al eco de la lira,

danzaré ante las aras con la moza

de más alivio seno, coronado

de guirnaldas de rosas.

 

 

La Fiesta

Apuremos los vasos

ciñéndonos las sienes

de coronas de rosas.

Una gentil doncella

de blancos pies ligeros

danzará sobre flores

al compás de la lira,

agitando en el aire

los tirsos enlazados

con guirnaldas de hiedra,

y un hermoso mancebo

de cabellos de oro

la cítara armoniosa

tañera, mientras dulce

brotará de sus labios

una canción de amores.

Y Eros, el de la rubia

cabellera, y Lieo,

y la gentil Citeres,

reinarán en la fiesta,

regocijo de viejos y de mozos.

 

 

Del Amor

El importuno Eros,

azotando mi rostro

con olorosa rama de jacintos,

me mandaba correr tras de sus pasos.

El ardiente sudor me fatigaba,

atravesando selvas,

torrentes y profundas cortaduras.

Mi corazón a la nariz subía

y sin aliento me dejaba. Entonces,

tocándome la frente con las alas,

“¡Tú no puedes amar!”, dijo riendo.

 

 

La Paloma

Amable palomilla,

¡ay!, ¡ay! ¿de dónde vuelas?

¿De dónde por los aires

caminas tan ligera?

 

¡Qué fragantes aromas

espiras y goteas!

¿Quién eres, dí, quién eres

y qué cuidados llevas?

 

“Mandóme Anacronte

que a su Batilo fuera,

al muchacho tirano

que a todos hoy sujeta.

 

Compróme de Dione

por una cantilena;

desde entonces le sirvo

en cosas de gran cuenta.

 

Ora, cual ves, le llevo

a Batilo estas letras,

y ha dicho que me haría

libre cuando volviera.

 

Mas quedaré su esclava,

aunque me diere suelta,

que vagar no me place

por montes y por selvas,

 

ni andar de rama en rama

posándome y, hambrienta,

manteniéndome sólo

de las frutillas secas,

 

cuando con pan ahora,

que en sus manos me muestra

y yo se lo arrebato,

mi dueño me alimenta,

 

y del vino que él bebe

me da también que beba,

y ya que estoy beoda

le bailo con mil fiestas,

 

y le hago sombra luego

con mis alitas tiernas,

y en su lira me pone

para que en ella duerma …

 

Todo lo sabes, vete

pues más que la corneja

con tu pregunta, amigo

me has hecho ser parlera.”

 

 

La de Lesbos

Otra vez su pelota color púrpura

me arroja el rubio Eros

y me invita a jugar con una niña

que calza unas sandalias de colores.

Pero ella–que es de Lesbos la de las nobles calles–

cuando ve mi pelambre, ya blanca, la desprecia

y entreabre su boca en pos de otra.

 

 

Indómita

¿Por qué, potrilla tracia

me observas de reojo

y me huyes, implacable,

creyendo que no soy

experto en nada útil?

 

Pues sabe que hábilmente

el freno te pondría

y tomando tus riendas

doblarias conmigo

las lindes del estadio.

 

Ahora paces en prados

brincas con ligereza

retozona; no tienes

ningún jinete diestro

que a tus lomos se suba

 

 

Eros

De nuevo me partió Eros con enorme mazo,

cual un herrero, y en el tempestuoso torrente me templó.

 

I

¿A qué me instruyes en las reglas de la retórica?

Al fin y al cabo, ¿a qué tantos discursos

que en nada me aprovechan?

Será mejor que enseñes a saborear

el néctar de Dionisios

y a hacer que la más bella de las diosas

aun me haga digno de sus encantos.

La nieve ha hecho en mi cabeza su corona;

muchacho, dame agua y vino que el alma me adormezcan

pues el tiempo que me queda por vivir

es breve, demasiado breve.

 

Pronto me habrás de enterrar

y los muertos no beben, no aman, no desean.

 

 

II

De la dulce vida, me queda poca cosa;

esto me hace llorar a menudo porque temo al Tártaro;

bajar hasta los abismos del Hades,

es sobrecogedor y doloroso,

aparte de que indefectiblemente

ya no vuelve a subir quien allí desciende.

 

 

III

¿Por qué, potrilla tracia, con sesgados ojos mirándome,

sin piedad me huyes y piensas que nada sabio sé?

Sabe que a ti, que a ti pondría el freno diestramente

y con las riendas te haría girar en torno de las metas.

Mas ahora paces y, brincando, ligera juegas:

pues por jinete no tienes un diestro picador.

 

IV

Antes andaba en andrajos, con estrecha capucha

y tabas de madera en las orejas, y en torno de los flancos

un calvo pellejo de buey

—no lavado forro de mal escudo—, a panaderas

y ganosos putos frecuentando, el desgraciado de Artemón,

hallando fraudulenta vida;

mucho en la pica poniendo el cuello, mucho en la rueda,

mucho flagelado en el lomo con fusta de cuero, de cabellera

y barba despojado.

 

Pero ahora va en carrozas, con dorados pendientes

—hijo de Cice—, y sombrillita de marfil,

justo como las mujeres.

 

V

De Cleóbulo estoy enamorado,

Por Cleóbulo estoy aun más loco,

a Cleóbulo mis ojos lo persiguen.

 

IV

– Jovencito que tienes una mirada virgen

trato de conseguirte pero tú no me escuchas.

Y es que no eres consciente

de que en tus manos llevas las riendas de mi alma.

 

VIII

Trae agua, muchacho, trae vino

y tráenos guirnaldasen flor!

¡Que sea pronto,que estoy midiendo ya

mis puños contra Eros!

 

 

Indómita

¿Por qué, potrilla tracia,

me observas de reojo

y me huyes, implacable,

creyendo que no soy

experto en nada útil?

 

Pues sabe que hábilmente

el freno te pondría

y tomando tus riendas

doblarías conmigo

las lindes del estadio.

 

Ahora paces en prados,

brincas con ligereza

retozona: no tienes

ningún jinete diestro

que a tus lomos se suba.

anacreonte

 

Oda a la Cigarra

¡Cuán feliz eres, cigarra,

Cuando en la cima de los árboles,

Ahíta después de beber una gota de rocío, te

Duermes como una reina!

Cuanto te rodea es tuyo,

Y cuanto produce el bosque.

Eres amada de los campesinos,

Pues no causas perjuicio en sus campos;

Los mortales te honran,

Saludando en ti a la amable mensajera del verano.

 

Las musas te aman, y también

El propio Apolo, que te dio una voz armoniosa.

La vejez no puede alcanzarte, hábil hija de la tierra, tú

Que sólo amas el canto,

Tú que no conoces el sufrimiento,

Tú que no tienes ni sangre ni carne y que casi te

Pareces a los dioses.

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